Emile Zola - Trabajo 2da Parte
Emile Zola - Trabajo 2da Parte
I PQ2521
158
A C A R D O CO'
TRABAJO
Nüm.
Múm.'Auto
Mútti- A d g .
O B R A S D E EMILIO Z O L A
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Naná t tomos
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JSP
BARCELONA *
C a s » E i t t o r l a l M a u o c l . - C a l l e de Mallorca, 108.
S u c u r s a l . — C a l l e Kapoz y U i a a 15 f. M a u c o l H e r m a n o s . — C u y o 1070
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ES PROPIBDAÍD DE LA CASA EDITORIAL MAUCCI
(Continuación)
SxlcintTá° L W m l
* la, fiuerta
—¿Qué tal, Lange?—preguntó cordialmenteí el pri- y barba enmarañados cual maleza, era, esn el fondoj
inero.—¿Qué tal marcha el comercio? de una infinita dulzura amorosa.
—Siempre bastante bien para que el pan no falte,' De repente añadió, con su franqueza brutal, volvién-
señor Lucas. Ya sabe, usted que es todo lo que pido. dose á Lucas á quien afectaba tratar como á un cama»
En efecto, no paseaba sus pucheros más que cuando rada:
el pan faltaba. Y lo demás del tiempo se entregaba —Y vamos á ver, ¿eso de la felicidad de todos, par
á sus trabajos de alfarería que no eran para la ven- rece que no marcha bien? Por lo visto no quieren ser
ta; horas y horas los miraba con ojos soñadores, co felices en la forma que usted pide, esos imbéciles
mo poeta rústico cuya pasión era dar vida á las co- que consienten en encerrarse en su convento de us-
sas. Hasta los objetos groseros que fabricaba, las ollas ted.
y barreños mostraban cierta graciosa sencillez, pure- Hablaba á lo socarrón; así embromaba á Lucas siem-
za de lineas, una gracia sencilla y arrogante. Hijo pre que le encontraba, con motivo de la tentativa de
del pueblo, por instinto había dado con la primitiva comunista fourierista de la Crécherie. Lucas no hizo
belleza popular, esa belleza del humilde objeto do- más que sonreír y Lange añadió:
méstico, que nace de las proporciones perfectas y de —Se me figura que antes de seis meses se vendrá
la adaptación absoluta al uso á que se destina. usted con nosotros, con los anarquistas... Se lo re-
Impresionaba esta belleza á Lucas que examinaba pito una vez más, todo está podrido, no hay más que
algunas piezas no vendidas, dentro del carro. Y la echar por tierra la vieja sociedad, á fuerza de bom-
presencia de la Descalza, la buena moza morena, tan bas.
hermosa, con sus miembros finos de combatiente, su Bonnaire, que hasta entonces había callado, inter-
seno pequeño y duro de guerrera, le llenaba también vino de pronto:
de una admiración mezclada de asombro. —lOh, á fuerza de bombas, qué imbecilidad!
—Eh, ¿qué tal?—añadió dirigiéndose á ella;—debé El colectivista puro, no estaba por los atentados,
de ser trabajoso empujar todo el día. por la propaganda por el hecho, aunque creía en la
Mas ella, criatura silenciosa, no hizo más que son- necesidad de una revolución general y violenta.
reír con sus grandes ojos de salvaje, mientras el al- —¿ Cómo imbecilidad ?—exclamó Lange ofendido.—i
farero respondía por ella: ¿Cree usted que si no se preparan los burgueses vues-
—1 Bah! se descansa á la sombra, á la orilla del tra famosa «socialización» de los instrumentos del tra>
camino cuando se encuentra una fuente... ¿Verdad, Des- bajo vendrá nunca? Lo imbécil es vuestro capitalis-
calza, que no vamos mal, que somos felices? mo disfrazado. Comenzad por destruirlo todo para recons-
Había vuelto ella hacia él los ojos que se llenaron truirlo todo.
de una adoración sin límites, cual si fuera el señor Continuaron, en lucha la anarquía del uno con el
todopoderoso y bueno, el salvador, el dios. colectivismo del otro, y Lucas ya no tuvo más re-
Luego, sin decir una palabra, acabó de empujar ha- medio que oirlos. Tan lejos estaba Lange de Bonnai-
cia dentro el carricoche y lo colocó bajo un cobertizo. re, como éste de Lucas. Oyéndoles, se les hubiera
Lange le había seguido con una mirada de profunda creído por la aspereza y malignidad de la disputa hom-
ternura. Hacía á veces como que la trataba con ru- bres de razas diferentes, enemigos seculares dispues-
deza, como vagabunda Tecogida en un camino, cuyo tos á devorarse sin acuerdo posible. Y, sin embargo,
domador quería seguir siendo. Pero ya era ella el ama; la misma felicidad para todos los seres, se juntaban
la quería con pasión que no confesaba, que ocultaba en el mismo objeto: la justicia, la paz, el trabajo reor-
bajo su aspecto de hijo de aldeano zafio todavía. Este ganizado, dando el pan y la alegría á todos. ¡Pero qué
hombrecillo rechoncho, de cabeza cuadrada, de pelo furor todavía, qué odio agresivo, mortal en cuanta
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se trataba de entenderse acerca de los medios! A lo tendían. Después, en cuanto estuvo solo se le esca-
largo del camino tan arduo del progreso había, á cada- pó aquel grito que sin cesar henchía su corazón:
alto, entre los hermanos en marcha, todos inflamados —I Sí es que no aman ; si amasen, todo se fecunda-
del mismo deseo de emancipación, batallas sangrien- ría, todo brotaría, triunfando bajo el sol!
tas por la simple cuestión de saber si se había de También Morfain le daba qué pensar. En vano ha-
echar por la derecha ó por la izquierda. bía querido civilizarle un poco haciéndole abandonar
—Y después de todo, cada cual es dueño de sí mis- su agujero de roca para bajar á vivir en una de las
mo—acabó por declarar Lange.—Adormézcase usted si casitas claras de la Crécherie. El maestro fundidor siem-
place, camarada, en su nicho de burgués. Yo sé bien pre se había negado con obstinación con el pretex-
lo que debo hacer.... Y la cosa marcha, marcha; los to de qúe allá arriba estaba más cerca de su traba-
regalitos, las marmitas pequeñas que iremos á depo- jo, siempre alerta. Lucas se entregaba á él completa-
sitar el mejor día en casa del sub-Prefecto, del al- mente, le dejaba dirigir el horno alto que funcionaba
calde, del presidente, del cura, ¿no es así, Descalza? á la antigua, esperando las baterías de los hornos
Famosa excursión. | J e ! ¡Jet jLa tal mañana! jcon eléctricos, el empeño que seguía Jordán sin cansarse
qué gusto empujaremos la carreta! nunca. Pero la causa verdadera de la obstinación de
La arrogante buena moza había vuelto al umbral Morfain en no bajar á vivir entre los hombres que po-
donde se destacaba soberana y escultórica entre las blaban la ciudad nueva era el desdén, casi odio que
rojas arcillas del cercado. Otra vez brillaron sus ojos,- le inspiraban. El, el Vulcano de los tiempos primiti-
sonrió como sierva que se ha entregado, dispuesta á vos, el conquistador del fuego, el obrero aplastado des-
seguir á su dueño hasta el crimen. pués por la larga esclavitud, dando su esfuerzo como
—Está en el ajo, camarada—añadió Lange con tono héroe resignado, acabando por amar la sombría gran-
brusco y tierno.—Me ayuda. deza del presidio á que el destino le humillaba, irri-
Lucas y Bonnaire se fueron,- no enfadados, aunque tábase ante esta fábrica cuyos obreros iban á ser se-
no se entendían. Y caminaron un rato en silencio. ñores, avaros de sus brazos, reemplazados por máqui-
Lnego el obrero sintió necesidad de volver á sus ar- nas que niños guiarían pronto. Aquello le parecía pe-
gumentos de probar una vez más que no había sal- queño, miserable; aquel afán de sufrir lo menos po-
vación posible fuera de la fe colectivista. Condenaba sible, de no batirse más con el fuego y el hierro. No
já los anarquistas como á los fouricristas; á éstos,- comprendía siquiera; se encogía de hombros; sin una
porque no se apoderaban inmediatamente del capital,' palabra en los largos silencios que guardaba durante
á los otros porque lo suprimían violentamente. Y Lu- días enteros. Y muy solo, muy orgulloso -seguía al
cas pensaba otra vez que la reconciliación no era po- costado de su montaña, reinando sobre el horno alto,
sible más que en la ciudad fundada al fin, cuando to- dominando la fábrica,' que cuatro veces cada veinti-
das las sectas se aplacaran ante el sueño común rea- cuatro horas coronaban de llamas las sangrías brillan-
lizado. Ya no habría disputas sobre el mejor camino,- tes.
Be habría llegado al fin deseado por todos y la paz Otro motivo además causaba el enfado de Morfain
j fraternal reinaría, j Pero qué inmortal inquietud le cau- contra estos tiempos nuevos de que no quería saber,
saba el largo camino que aun se había de recorrer,- cuyo soplo ni siquiera había rozado su ruda pie! cur-
y qué temor tenía de ver á los hermanos devorarse tida por el trabajo, y ahora eí corazón de. este tacitur-
une« á otros en su marcha! no tuvo que sangrar horriblemente. Su hija Azulina,
Lucas volvió á su casa muy triste por estos conti- cuyos ojos eran el azul d6 su cielo, aquella hermosa
nuos choques, obstáculos todos para su empresa. En y arrogante criatura, ama de su casa querida, desde
cuanto dos hombres querían hacer algo, ya no s§ gu- Ja muerte de la madre, se> vió en cinlá- Morfain, se
irritó, después perdonó, pues se decía que alguna vez tosca mesa de encina que habían construido ellos mis-
había de casarse. Pero ya no hubo perdón cuando ella mos á hachazos; la pobre lámpara que los alumbraba
le confesó el nombre del amante, el hijo del alcalde. proyectaba sobre la piedra ahumada de las paredes
Hace años que duraban las relaciones; se encontraban sus sombras de colosos.
en los senderos de los Montes Bleuses, pasaban horas —Sin embargo, padre—decía Petit-Da,—el mundo mar-
y horas en lechos olorosos de tomillo y alhucema bajo cha, no se puede seguir inmóvil.
la libre brisa de las noches estrelladas. Aquiles, rom- De un puñetazo, Morfain hizo temblar le pesada mesa.
piendo con su familia, señorito á quien su burguesía —Yo he vivido como vivió mi padre, y vuestro de-
aburría y disgustaba, había rogado á Lucas que le ber sería vivir como yo vivo.
ajustara en la Crécherie, donde era dibujante. Rom- Por lo común estos dos hombres no cambiaban cua-
pía todos los lazos, amaba donde y cómo quería, re- tro palabras en todo el día. Pero hacía algún tiempo
suelto á tr bajar por la mujer escogida libremente,' que en medio de ambos iba creciendo cierta discordia,
evolucionando como hijo conquistado de la antigua so- malestar que querían impedir; pero á veces estallaban
ciedad condenada, que va hacia la edad nueva. Y esto disputas. El hijo sabía leer, escribir, se había ido in-
era lo que angustiaba á Morfain, hasta el punto de teresando más y más por la evolución que llevaba su
hacerle arrojar de casa á su Azulina, como á una per- aliento hasta lo más hondo de las hoces de la monta-
dida. Se había dejado seducir por un señorito, no había ña. Y el padre en su gloriosa terquedad de no ser
en su casa más que rebeldía y obra del diablo. Todo más que un sólido obrero, cuyo esfuerzo bastaba para
el antiguo edificio se hundía, ya que mía hija tan domar el fuego y conquistar el hierro, se enfurecía
buena y tan hermosa había removido también una al ver que su raza se bastardeaba con toda aquella li-
de sus armaduras, escuchando, tal vez pescando al cencia y aquellas ideas inútiles.
hijo del alcalde. —Si tu hermana no hubiera leído libros ni se hu-
Después, como Azulina, puesta en la calle, se ha- biera ocupado con lo que pasaba por allá abajo, to-
bía refugiado naturalmente en casa de Aquiles, tuvo davía estaría con .nosotros... ¡OhI ¡la ciudad nueva,'
Lucas que intervenir. La pareja no pensaba en ca- lesa ciudad maldita que nos la ha quitado 1
sarse. ¿Para qué? Estaban bien seguros de amarse y Esta vez su puño no cayó sobre la mesa, se tendió,
de no separarse jamás. Para casarse hubiera necesita- por la puerta abierta, en la noche negra, hacia la
do Aquiles entenderse judicialmente con su padre y Crécherie cuyas luces brillaban como estrellas en el
esto le parecía una complicación y una molestia in- fondo de la pendiente de peñascos.
útil. En vano insistió Sœurette con la idea de que la Petit-Da no replicó, respetuoso, turbada sin embar-
moral, por la reputación de la Crécherie, exigía to- go la conciencia, pues sabia que su padre estaba dis-
davía el matrimonio legal. Lucas llegó á obtener que gustado con él desde el día en que le había encontrado
cerrase los ojos, porque comprendía que con las ge- con Honorina, la hija del tabernero Caffiaux. Hono-
neraciones nuevas poco á poco habría que aceptar la rina, pequeña, morena, de tipo fino, do rostro alegre
unión libre. y despierto, se había enamorado de aquel gigante tan
Pero Morfain no aceptaba tan fácilmente la situa- suave, que también la encontraba encantadora. En la
ción, y Lucas tuvo que ir una tarde á convencerle. discusión de aquella noche entre el padre y el hijo,
Desde que había expulsado á su hija el maestro fun- en el fondo se trataba de Honorina, así que el ataque
didor vivía solo con su hijo Petit-Da y entre los dos directo que el último esperaba llegó por fin.
arreglaban la casa y cocinaban, en su agujero abier- —Y tú—preguntó bruscamente Morfain,—¿cuándo vas
to en la peña. Aquella noche acababan de comer una S abandonarme?.
sopa y seguían sentados sobre taburetes delante de
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Esta idea de separación pareció trastornar á Petit- gti mis ideas, y me enfado si me contradicen. Esto
Da.
pasa de raro en raro; ya sabe usted que hablo poco...
—¿Pero, por qué he de abandonarte yo? Y puede usted estar seguro, esto no perjudica al tra-
, —I Oh 1 cuando hay una muchacha por medio, sólo bajo; siempre estoy ojo avizor; no se hace una sangría
puede resultar la ruina de todo, entre liñas... Y vaya sin que yo esté presente... Cuando hay penas se tra-
una cosa que has ido á escoger. ¿Piensas que van á' baja de firme, ¿verdad?
querer dártela; son razonables matrimonios semejan- Procuró Lucas poner paz en aquella familia, des-
tes, que confunden las clases, el mundo al revés, el hecha, por la reforma de que él era apóstol; pero Mor-
acabóse?... He vivido demasiado. fain estuvo á punto de irritarse otra vez.
Con suavidad, con dulzura, el hijo se esforzó por —No, no, basta; ique me dejen en paz!... Si ha ve-
aplacar al padre. No renegaba de su amor por Hono- nido usted para hablarme de. Azulina, ha hecho usted
rina, pero hablaba de él como joven razonable, deci- mal, señor Lucas; porque es el medio más seguro para
dido á tener paciencia y esperar mientras fuera pre- empeorar las cosas. iQue se esté ella en su casa, como
ciso. Más tarde se vería. ¿Qué mal había en que se yo estoy en la mía!
hablasen con cariño, cuando se encontraban, aquella Y queriendo romper la conversación, pasó de repen-
joven y él ? Si no eran de la misma esfera, eso no im- te á otra cosa, dando una mala noticia que entraba
pedía que pudieran gustarse, y aunque las clases se por mucho en su honor endiablado.
mezclaran un poco, ¿ n o traería esto la ventaja de co- —Puede que hubiera ido ahora mismo á decirle que
nocerse y quererse más? be estado esta mañana en la mina, y que la espe-
Pero, rebosando cólera y amargura.; Morfain, se te ranza de encontrar el filón de mineral rico se ha vuel-
vantó de repente, y con un grande ademán trágico, to á perder... Y con todo, hubiera jurado que se en-
bajo el techo de roca que tocaba casi con la frente, contraría infaliblemente en el fondo de la galería que
exclamó: había indicado... Pero, jquó quiere usted! nos persi-
—iVéte, véte cuando quieras!... Haz lo que tu her- gue la mala suerte en todo lo que emprendemos de
mana; escupe á todo lo que es respetable, pierde la algún tiempo á esta parte; nada sale bien.
vergüenza, arrójate á la locura. Ya no sois mis hijos, Estas palabras resonaron para Lucas, como si to-
ya no os conozco, alguien os ha cambiado.... j Que me caran á muerto por sus grandes esperanzas. Siguió un
dejen solo en este agujero salvaje; y qué las mismas rato hablando con el padre y el hijo, los dos colosos.
rocas acaben por desplomarse y aplastarme! Morfain le desesperaba, como último testigo de un mun-
Lucas había oído, al .Legar al umbral, estas pala- do desaparecido; con su cabeza enorme y su ancha
bras últimas, y se detuvo. Le impresionaron mucho, frente agrietada y envejecida por el fuego. Sus ojos
porque estimaba muy de veras á Morfain. Mucho tiem- de llama, su boca torturada de un rojo leonado de
po estuvo procurando convencerle. Pero, en cuanto entró quemadura. Y se fué, bajó agobiado por una tristeza
el amo, el obrero se tragó su pena para no ser más que más amarga, preguntándose sobre qué montón de rui-
e l obrero,' el subordinado sumiso entregado á su oficio. nas gigantescas, aumentadas sin cesar, tendría que fun-
No se permitía siquiera juzgar á Lucas, causa primera dar su pueblo.
d e estas abominaciones, que trastornaban al país y En la misma Crécherie,- en la intimidad tan apa-
q u e á él le hacían padecer. Los patronos seguían siendo cible, tan suave de Sœurette, encontraba Lucas cau-
dueños de obrar á su antojo; á los obreros les tocaba sas de desaliento. Continuaba la joven recibiendo á
ser honrados y cumplir con su trabajo, como los ante- Marie el cura, al profesor Hermeline y á Novarte, el
pasados habían hecho. médico; y tan contenta se mostraba,- viendo concu-
_ —No haga fisted caso, señor Lficasj es que yo ten- rrir á su almuerzo en tales días á su amigo Lucas¿
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que éste no se atrevía á rehusar la invitación, á pe- con aquella intransigencia de sectario, de católico á
sar del vago malestar que le producían las continuas contrapelo, que había decretado el dogma del progre-
disputas del maestro y del clérigo. Tranquila el alma, so, del que no quería salir. Así que, no hizo más que
Sceurette no padecía con ellas, y creía que á él le inte- responder tranquilamente:
resaban, en tanto que Jordán, envuelto en sus man- —Sí, creemos que es necesario dar atractivo al tra-
tas, meditando absorto algún experimento comenzado, bajo, cambiar los estudios clásicos en continuas lec-
parecía escuchar con vaga sonrisa. ciones de cosas; y nuestro objeto es formar, aja te todo,
Cierto martes, la disputa fué muy fuerte al aca- voluntades, hombres. .
bar el almuerzo. Hermeline la había tomado con Lu- Al oír esto, gritó Hermeline:
cas, por causa de la instrucéión que se daba á los —|Muy bienl ¿Y s'abéis lo que hacéis con eso? Re-
niños de la Crécherie, en cinco clases mixtas, corta- beldes, vagos, perdidos. No hay más que un medio
das por largas horas de recreo, y otras empleadas en de dar al Estado ciudadanos, y es fabricarlos expro-
que se seguía un método diametralmente opuesto al feso para él, tal como los necesita para ser fuerte y
sayo, le había quitado discípulos, y esto no lo per- glorioso. De ahí la necesidad de una instrucción dis-
donaba. Su rostro anguloso, de frente menuda, de la- ciplinada, idéntica, que le prepare al país, siguiendo
bios delgados, palidecía de comprimida cólera á la idea programas que se reconozcan como los mejores, los
de que se pudiera creer en otra verdad que la suya. obreros, los hombres de profesión, los funcionarios que
—Podría pasar por eso de los chicos y las chicas necesita. Fuera de la autoridad, no hay seguridad po-
en montón, aunque no me parece muy decente. Los sible... Yo soy hombre bien probado, republicano de
muchachos ya tienen bastantes instintos malos, dia- la víspera, librepensador y ateo. Supongo que á nadie
bólicas fantasías, cuando se separa los sexos, sin que se le ocurrirá ver en mí un espíritu retrógrado; y sin
se vaya á concebir la extraordinaria idea de reurur- embargo, vuestra educación é instrucción libertarias,
los para excitarlos y corromperlos más juntándolos. como se dicen, me sacan de mis casillas, porque en
Debe de ser gracioso lo que pasa por los nncones, en ellas, antes de medio siglo, no habrá ciudadanos, ni
cuanto se les vuelve la espalda... Pero lo que es de soldados, ni «nacionales».... Sí, con vuestros hombres
tcdo punto inaceptable, es la autoridad del maestro libres, os desafío á que hagáis soldados. ¿ Y cómo se
destruida, la disciplina reducida á nada, desde el mo- defendería la patria en caso de guerra?
mento en que se invoca la personalidad de esos chi- —Sin duda, en caso de guerra, habría que defen-
quillos y se les deja dirigirse á sí mismos á su antojo. derla—dijo Lucas tranquilo.—Pero algún día, ¿á qué
¿No me ha dicho usted que cada alumno sigue su in- vendrán los soldados, si no habrá que batirse? Habla
clinación, se consagra al estudio que le place, con usted como el capitán Jollivet en el «Diario de Beau-
libertad de discutir su lección? A eso le llamáis sus- clair», cuando nos acusa de hombres sin patria y de
citar energías... Y luego, ¿qué estudios son esos en traidores.
que todo se vuelve jugar, en que los libros se despre- Esta ironía, poco maliciosa, acabó de exasperar á,
cian, en que la palabra del maestro no es infalible, en Hermeline.
que el tiempo que no se pasa en el jardín se pasa en —El capitán Jollivet es un imbécil á quien yo des-
los talleres, cepillando madera ó limando hierro? Cier- precio... Pero no es meno3 cierto que nos preparáis
to que es bueno aprender un oficio manual, pero hay una generación desordenada, en rebeldía contra el Es-
tiempo para todo, y lo primero es hacer entrar en tado y que llevaría seguramente la República á las
la dura mollera de esos holgazanes, á mazo, toda la mayore« catástrofes.
gramática y lodo el cálculo que se pueda. —Toda la libertad, toda la verdad, toda la justicia,
Lucas había dejado de discutir, cansado de chocar son catástrofes—dijo Lucas sonriendo.
Pero Hermeline continuaba, trazando un cuadro es- dora que se da aquí en vuestras escuelas; y es el que
pantoso de la sociedad del mañana; si las escuelas hayáis puesto á Dios á la puerta de la calle; que
dejaban de instruir á todos los ciudadanos del mismo hayáis olvidado con toda intención edificar una igle-
modo, todos fabricados para el servicio de su Repúbli-. sia en medio de vuestra nueva ciudad, entre tantas
ca autoritaria y centralizado ra, no más disciplina po- construcciones bellas y útiles... ¿Es que pretendéis vi-
lítica, ni administración posible, ni estado soberano; vir sin Dios? Hasta hoy ningún Estado ha podido pres-
la licencia desordenada'llegaría al peor desenfreno fí- cindir de El; una religión siempre ha sido neeesaria •
síco y moral. Y de repente, el cura, Marle, que oía para gobernar á los hombres.
aprobando con la cabeza, no pudo resistir más al de- r—Yo no pretendo nada—respondió Lucas—Cada cual
seo de exclamar: es libre en su fe, y si no se ha construido una igle-
—|Ah! iqué razón tiene usted, y qué bien dicho sia,- es que ninguno de nosotros basta ahora la ha ne-
está todo eso! cesitado. Pero so puede edificar una en el caso en
Su rostro carilleno, de facciones regulares, de nariz que se encuentren fieles para llenarla. Siempre será
aguileña, se mostraba radiante oyendo aquel ataque . lícito á un grupo de ciudadanos reunirse para darse
furioso contra la sociedad naciente, en la que sentía el gusto de hacer lo que quieran. En cuanto á la ne-
á su Dios condenado, cerca ya de no ser más que el cesidad de una religión, es, en efecto, muy real cuan-
ídolo de una religión muerta. El mismo, en sus plá- do se quiere gobernar á los hombres. Pero nosotros
ticas de cada domingo, hacía iguales acusaciones, pro- I no queremos gobernarlos, sino que vivan Ubres en la
fetizaba iguales desastres. Pero apenas se le oía, el I ciudad libre... Usted lo ve, señor cura; no somos nos-
templo se le quedaba de día en día vacío, y esto | otros quien destruye el catolicismo; se destruye él mis-
le causaba un gran dolor, que escondía, encerrándose I mo, se muere de muerte natural, como se mueren suce-
más y más, por todo consuelo, en su estrecha doctrina i sivamente las religiones después de haber cumplido su
Nunca se había aferrado más á la letra ni tratado con I misión histórica, en la hora señalada por la evolución
más severidad á sus penitentes, como si quisiera que j humana. La ciencia destruye uno á uno todos los dog--
aquel mundo burgués, cuya podredumbre cubría con | mas; la religión de la humanidad ha nacido y va á!
el manto de la religión, se lo tragase, al menos, la tie- | conquistar el mundo. ¿Para qué una iglesia católica
rra en actitud bizarra. El día que su iglesia se despio-' I en la Crécherie,- si la de usted es ya demasiado grande
mase, estaría en el altar, y acabaría bajo los esconw I para Beauclair; y se leí va quedando desierta, y el me-
bros su última misa. jor día se hunde? ,. .
—Sí, es muy cierto; el reinado de Satán está cerca; h Muy pálido el clérigo, no comprendió, no quiso confe
esas jóvenes y esos muchachos educados en común/ 8 prender. Se contentó con repetir, con la terquedad del
todas las malas pasiones desencadenadas, la autori-1 creyente, que pone su fuerza ea la afirmación, sin ra-
zones ni pruebas:
dad destruida, el reino de Dios puesto sobre la tie- -
rra, como en tiempo de los paganos... El cuadro que jj —Si Dios no está con ustedes, la derrota es segurá.-
acaba usted de presentar es tan exacto,• que nada más 1 Créame, edifiquen una iglesia.
fuerte podría yo añadir. Hermeline no pudo contenerse más. Loa elogios del
No le gustó al maestro verse tan alabado por el f sacerdote le sofocaban," sobre todo con esta c o n s e j e n *
clérigo, con el cual nunca estaba conforme,, y se calló ¿ cía de la necesidad de una religión, y gritó:
de repente mirando á lo lejos, á las praderas del par-| —¡Ah, no; ah, no, señor cura; nada de iglesia! Nd
que, como si nada oyese. oculto, verdad es, que las cosas aquí no se organizan'
—Pero hay algo—prosiguió el cura,—que aun pue-'| a m j gusto. Pe.ro, si algo apruebo, es el abandono do
do perdonar menos que esa instrucción desmoraliza-1 Trabajo—Tomo Á
todo culto oficial... Gobernar á los hombres,- sí; perol instante, su voluntad zozobraba próxima á sumergirse.
no han de ser los curas desde las iglesias, sino nosotros, I Aquel día volvió á su exclamación de congoja sen-
los ciudadanos, desde los ayuntamientos. De las igle-f timental:
sias se harán graneros públicos, granjas para las c o - | —Pero si es que no aman. ¡Si amasen, todo se fe-
sechas. cundaría, todo brotaría, triunfando bajo el solí
El cura se incomodó, dijo que en su presencia no | Algunos días después, una mañana de otoño, muy
toleraría palabras sacrilegas, y la disputa se agrió t a n - | temprano, Sœurette recibió en medio del corazón un
to, que el doctor Novarre tuvo que intervenir como g golpe horrible, cuyo dolor inesperado le caugó pro-
de costumbre. Hasta entonces había oído tranquilo con í funda angustia. Madrugaba mucho y solía ir á dar
arie inteligente, ojos vivos como hombre muy amable! órdenes á una vaquería que había hecho instalar para
y un poco escéptico á quien no turbaban palabras t los niños de un asilo; y aquel día tuvo la idea, según,
más ó menos, por fuertes que fueran. Pero creyó notar ú' caminaba á lo largo de la pared, en forma de terraza,
que SGeurette empezaba á disgustarse. que terminaba en el pabellón ocupado por Lucas, de
—Vaya, vaya, si casi están ustedes de acuerdo, pues | echar una ojeada al camino de Combettes que domi-
ambos utilizan las iglesias. El cura siempre podrá de- jj naba la terraza. Y en aquel momento la puerta del
cir misa en ellas, dejando un rincón para los frutos pabellón que daba al camino so entreabrió apenas y
de la tierra los años de mucha abundancia... Dios bon- j vió salir con cautela á una mujer, una sombra ligera de
dadoso, de cualquiera religión que sea, no se opondría. ( mujer que se desvaneció casi al punto en la rosada
Después habló de una rosa nueva muy blanca, muy niebla de la mañana. Pero la había reconocido; tan
pura, pintada de carmín en medio de su corola. Ha- j delicada, tan esbelta, de penetrante encanto, como una
bía traído un ramo de ellas y Sceurette las miraba, visión de infinita ternura huyendo en plena claridad.
en un vaso sobre la mesa, sonriendo de nuevo al en- j Era Josina que salía de casa de Lucas, y para salir
canto florido y perfumado, pero todavía como can- j así, con el sol, tenía que haber pasado dentro la noche.
sada de la pena que le causaba la virulencia que to- Desde que Ragú había dejado la Crécherie, Josina
maban las disputas en sus almuerzos de los martes. había vuelto así varias veces al lado de Lucas, las
Acabarían por no poder reunirse. noches que estaba libre. Esta vez había venido á de-
Hasta entonces no salió Jordán de sus cavilado-. cirle que no volvería, por el temor de ser sorprendida,
nes. No había dejado de parecer atento, como si oye- porque había vecinas que espiaban sus escapatorias.
ra lo que se decía. Pero con una frase demostró cuán ] Además, la idea de mentir, de ocultarse, para ser de
lejos estaba su espíritu. su dios, acababa por ser tan penosa, que prefería es-
—Sabrán ustedes que en América un sabio electri- ¡ perar la hora en que pudiera declarar su amor á la
cista acaba de almacenar bastante calor solar para) luz del sol. Lucas, que había comprendido, se había
producir electricidad. resignado. Pero [qué noche de caricias, cortadas por
Cuando Lucas quedó solo con los Jordán, callaron la desesperación, y qué triste despedida á la primera
mucho rato; la ¡dea de los pobres hombres que se des- luz del alba! Con besos sin fin, volvían el uno al otro,
garraban, se abrumaban unos á otros persiguiendo cie- y habían cambiado tantos juramentos, que ya era d.a
gos el bien, le oprimía el corazón. A la larga, al ver i claro cuando había podido arrancarse de sus brazos,
con qué trabajo se buscaba el bien común entre la3 Y no más los vapores matinales habían velado un poco
rebeldías de los mismos á quienes se quería salvar, I su partida.
sentía á veces desalientos que no confesaba todavía, [ Josina pasando la noche con Lucas, dejándole al
pero que le fatigaban miembros y espíritu como el salir el sol! Esta brusca revelación rebumbaba den-
cansancio de los grandes esfuerzos inútiles. Por un
tro de Soeurette como un ruido dé mortal catástrofe'.
Se había detenido de repente, clavada en su 6Íüo, jarla do amar. Ahora que conocía au amor correspon-
como si la tierra se hubiera abierto ante sus pasos. dido no la aplacaba como fresco bálsamo. Todo oran
Estaba tan trastornada, tal mido d e tempestad ee le confusiones, luchaba con pensamientos indecisos, obs-
subía al cerebro, que todo en ella era confusión, sin cura la voluntad, como mujer ya madura, inocente aún,
una sensación clara, sin un razonamiento posible. No lanzada de repente á las torturas reales de la vida.
siguió su camino, olvidó que iba á la vaquería á dar Asi estuvo martirizándose mucho tiempo, hundido el
órdenes. De repente, huyó también, se volvió atrás co- rostro en la almohada. Ya estaba alto el sol, la ma-
rriendo, entró en casa, subió loca á su cuarto, se arrojó ñana avanzaba sin que ella encontrase una solución
»obre la cama deshecha, tapándose con las manos ojos práctica en su emoción creciente. Siempre volvía la
y oídos, para no ver .para no oír. No lloraba, no sabía pregunta, que era obsesión: ¿qué iba á hacer para
por entonces, presa no más de una inmensa desolación decir que amaba, para ser amada? De pronto se acordó
mezclada de un espanto sin límites. de su hermano; en él debía confiar, á él confesarse,
pues que él sólo en el mundo la conocía y sabía que
¿Por qué sufría así con toda el alma desgarrada? su corazón no había mentido jamás. Era un hombre,
No se había creído más que amiga muy cariñosa de la comprendería-do seguro, la enseñaría lo que se hace
Lucas, discúpula y ayudante suya, consagrada con ardor cuando se tiene necesidad de ser feliz. En seguida, sin
á la empresa de justicia y bien humano por él imagi- pensar más, saltó del lecho, y bajó al laboratorio como
nada. A su lado no creía gozar más que la deliciosa una niña que ha encontrado la solución do una gran
dulzura de una fraternidad de alma sin haber senti- pena.
do jamás todavía el roce de otro escalofrío. Y ahora se Jordán, aquella mañana acababa de sufrir un des-
sentía abrasada, sacudida por ardiente fiebre, porque calabro desastroso. Hacía meses que había creído en-
la imagen de aquella otra mujer que pasaba aili la contrar el modo de transportar la fuerza eléctrica en
noche, que salía al amanecer, era evocación en ade- condiciones perfectas de seguridad y economía. Que-
lante necesaria, con tiranía abominable. maba el carbón al salir del pozo, conducía la elec-
¿Amaba, pues, á Lucas, lo deseaba? y lo echaba de tricidad sin desperdiciar nada, lo cual bajaba el pre-
ver el día en que la desgracia estaba consumada, cuan- cio de fábrica de manera considerable. El problema
do era ya muy tarde para hacerse amar. Si, aquello le había costado cuatro años de investigaciones en-
era el desastre, saber tan duramente que ella amaba tre el dolor de los achaques de su cuerpo enfermizo;
también, cuando otra había ocupado el lugar, lanzán- utilizaba lo mejor que podía la escasa salud, durmien-
dola del corazón donde acaso hubiera podido reinar do mucho, envuelto en sus mantas y ocupando con
adorada y todopoderosa. Lo demás desaparecía. No im- métedo las raras horas que conquistaba asi á la na-
portaba cómo había nacido su amor, había crecido, turaleza madrastra. Y llegaba, sacando el mejor par-
y ppr qué lo había ignorado, inocente aún á los treinta tido posible del instrumento ingrato que tenía en su
años, feliz del todo hasta entonces con una dulce inti< miserable cuerpo, á conseguir la formidable tarea cum-
midad, con el aguijón do un deseo de posesión más plida. Se le ocultaba Ta crisis alarmante que atrave-
estrecha. saba la Crécherie, para no turbarle. Creía que todo
Lloró por fin, sollozó pensando en la brutalidad de] marchaba bien, y era además incapaz de notar tales
hecho cumpíido, en el brusco obstáculo que se levan- cosas ni atender á ellas, encerrado siempre en su la-
taba ante ella y el hombre á quien se había dado toda; boratorio, todo para su trabajo, io único que existía
sin saberlo. Ya no había más que esto: ¿qué iba á¡ en el mundo. Y aquella misma mañana se había pues-
hacer, cómo iba á hacerse amar? porque le parecía im- to á trabajar temprano, sintiéndose con la inteligen-
posible no ser timada ya que amaba ella, y nunca d ^ cia despejada, y queriendo aprovg.oiia.ria en &L úiU-
íno experimento. Y éste había fracasado por compte- I zón... Te querría á ti si te hubiese querido primero.;
to; tropezaba con un obstáculo imprevisto, error de I Y aquello era. Lucas amaba á Josina porque era
cálculo, detalle despi-eciado que adquiría de pronto una | la enamorada, la mujer del encanto y la pasión en-
importancia destructiva, que retrasaba indefinidamente | contrada en la pena y despertando todas las ternuras
la tan buscada solución de sus hornos eléctricos. del corazón, y además tenía la hermosura, el divino
Era toda una ruina; jcuánto trabajo improductivo,- j¡ temblor del deseo, traía la carne voluptuosa y fecun-
todavía; todavía cuánto trabajo necesario 1 En medio g da, por la cual el mundo se eterniza.
d e la ancha sala, como desolado, - se había vuelto & | —Pero, hermano, á mí me conoció antes, ¿por qué
envolver en sus mantas para tenderse en la butaca en no me quiso primero?
que pasaba tantas horas, cuando au hermana entró. I Jordán, á quien estas preguntas confundían más y
La vió tan pálida, tan alterada, que se alarmó viva- [ más, buscaba conmovido y encontraba respuestas de-
ínente, él que había asistido al fracaso de su experi- I licadas y buenas, en su candor.
mentó con la frente tranquila, como hombre á quien I —Acaso sea porque ha vivido aquí como amigo, co-
nada desalienta. mo hermano. Se ha hecho hermano tuyo.
—¿Qué tienes, querida mía? ¿Te sientes mal? La miraba, y ya no se lo decía todo, viéndola seme-
La confidencia no le costó trabajo. Dijo sin vacilar,- f jante á él, tan menuda, tan débil, de rostro insignifi-
como pobre niña cuyo corazón se abría aa un sus- i cante. Era muy pálida para ser el amor; siempre ves-
piro: tida de negro, de aspecto amable, muy suave, muy
—Tengo, hermano mío, que amo á Lucas y que él i bondadoso, pero tan triste, como todas las silenciosa»
no me ama. Soy muy desgraciada. las abnegadas. Seguramente nunca había sido para
Y en tono sencillo y candoroso, contó toda la aven- l
tura: de dónde había visto salir á Josina, el dolor f
Iucas, más que una mujer inteligente, benéfica, feliz.
que esto la había causado; y que corría al lado de i —Ya comprendes, querida hermana, que si ha lle-
Jordán porque necesitaba que la consolase, que la cu- \ gado á ser para ti un hermano como yo, no puedo
rase. Quería á Lucas, y Lucas no la quería. quererte como quiere á Josina. No se le ha ocurrido,
Jordán la oía con estupor, como si le hablase de ¡ Pero de todos modos, te quiere mucho, te quiere más,
pn cataclismo extraordinario é inesperado. te quiere tanto como yo te quiero.
—I Que amas á Lucas, que amas á Lucas I ' | Esto sublevó á Sœurette. Se rebeló todo su pobre
¿El amor, á qué el amor? El amor en esta hermana I sér enamorado, y tuvo que vociferar el desastre d e
adorada que siempre había visto junto á sí como un i su amor en medio de redoblados sollozos.
otro yo, le asombraba. Jamás había pensado que pu- I —|No, nol no me quiere más. No me quiere nada.
diera amar y sufrir por ello. Era una necesidad que K No es amar á una mujer quererla como hermano, cuan-
ignoraba, un mundo en que no había entrado nunca. I do yo sufro lo que sufro al verle perdido para mí.
Estaba perplejo, no sabía qué hacer, inocente también £ Si hace un momento todavía nada sabia de estas cosas,
y de una ignorancia total en esta materia. las adivino ahora que me siento morir.
—I Oh, dime, hermano, por qué Lucas ama á Jo- I Conmovido como ella, Jordán contenía las lágrimas
Bina, por qué no es á mí 4 quien ama! que le subían á los ojos.
Sollozaba abrazada á su cuello, la cabeza sobre su E —Hermana mía, hermana mía, mira que rae haces
bombro en una desolación desesperada. ¿Pero qué de- I sufrir infinito; no es razonable acongojarte así hasta
cirla para enterarla, para consolarla? ponerte mala. No te reconozco; tú tan tranquila, tan
—Yo no sé, hermana mía, yo no sé. Sin duda la f razonable, que tan bien comprendes la firmeza de al-
SWfire, porque la .quiere. No debe de haber o t e m | ma que se ha de oponer á las miserias de la vida.
Quiso convencerla»
•—Vamos á ver, ¿tienes alguna queja de Lucas? signarás, De Anegación y de cariño se hará la dicha,
i—I Oh, no, ninguna! Sé que me aprecia mucho, so- para ti.
mos muy amigos. Les ahogaban l a s lágrimas. Mezclaban fins sollozos.
—Entonces ¿qué quieres? Te quiere como te pue- Enternecía aquel amor fraternal, aquella lucha entre
d e querer. Haces mal en enfadarte con él. dos séres tan amantes, tan candorosos.^ _
—i Pero si yo no me enfado I Yo no tengo odio & ¥ él repetía, en tono de inmensa lástima, con infi-
Badie; sólo tengo pena. nito cariño:
Volvieron los sollozos, nueva ola d e angustia la su- —Ya te resignaras, ya te resignarás.
mergió, haciéndola gritar: Protestaba ella todavía, pero iba entregándose; ya
e—¿ Por qué no me quiere, por qué no me quiere? no tenia más que un quejido de pobre víctima lasti-
! ' "—Si no te ama de amor, como tú quisieras, es quo mada, cuyo dolor so quiere adormecer.
i no te conoce bastante. No, no te conoce como yo to —lOh, n o l quiero sufrir... No puedo, no reí-
conozco, no sabe que eres la mejor, la más amable, Signo.
la más abnegada, la más amante. Tú hubieras sido Aquel día almorzaba Lucas con los Jordán, y cuán-
la compañera, el apoyo, la que facilita y suaviza la do, á las once y media, se presentó, todavía los encon-
vida. Pero ha vencido la otra con s u belleza; y mucha tró conmovidos, ios ojos llorosos. Pero él también pa-
fuerza hay en esto, cuando la ha seguido, sin verte á decía tanto, que no lo echó de ver. La necesaria des-
ti, que, sin embargo, ya le amabas... Tienes que re- pedida de Josina le desesperaba. Era como si le arran-
signarte. caran la postrer energía el llevarle su amor, que creía
La había cogido e n brazos, la besaba el cabello, necesario para su misión. Si no salvaba & Josina, ja-
Pero ella seguía luchando, más salvaría el pueblo miserable á .quien liabía dado
h Í— |No, no! |No puedoI su corazón.
—Si, ya te resignarás, eres muy buena,- muy inteli- En cuanto SO levantó, todos los obstáculos qué le
gente para no resignarte... Llagarás á olvidar. estorbaban, se lo presentaron - invencibles Había vis-
| 0 h , no, nol ¡Nunca! to, en negra visión, la Crécherie perdida, hasta el punto
—No h e dicho bien; no te pido que olvides; guar- de parecerle locura soñar con salvaría. Allí se devora-
da ese recuerdo en tu corazón, sólo tú sufrirás cotí ban los hombres, no había podido establecer la fra-
él... Pero te pido resignación, porque sé que siempre ternidad entre ellos; todas las fatalidades humanas se
la has tenido, que eres capaz de ella, hasta poder re- encarnizaban contra su empresa. Y( de repente, habla
nunciar, hasta el sacrificio... Piensa en todas las des- perdido la fe, presa dé la más terrible crisis de desalien-
gracias que vendrían si té rebelaras, si hablases. Des- to que hasta entonces había sufrido. Ei héroe, en él,
trozarías nuestra vida, en ruinas quedarían nuestras vacilaba, agravando ed mal, próximo á renunciar á
empresas; padecerías mil veces más. su empeño ar.te el temor de la cercana derrota.
—-Bueno—le interrumpió temblorosa,—pues que sei Sœurette, notando su turbación, tuvo la divina ter-
rcmpa todo, que se arruine. Al menos me desahogaré« nura de inquietarse poi olla,
Mal haces, hermano, hablándome así. Eres egoísta. e-—¿So siente usted mai, amigo mío?
—(Egoísta, cuando sólo pienso en ti, hermanilla ado- •—Sí, no me siento muy bien; he pasado una ma-
rada! En este momento el dolor exaspera tu carácter,- ñana atroz... Desde que me he levantado, cada noticia
tan bueno. iQué remordimiento el tuyo, si te dejara tina desgracia.
destruirlo todo! Mañana no podrías vivir entre los es- No insistió ella; lo miraba con ansiedad, pregun-
combros amontonados,,, Pobre corasoncito, ya te re- tándose cuál podría ser su dolor, si amaba y era ama-
4o, Pa££ oQuIt&r un poco su propia emoción, se había
acercado á su mesa de trabajo fingiendo tomar notas Iongar la lucha;. Yo no me atrevo â pedírselas S usted,
para su hermano, el cual había vuelto á echarse en su pues si yo puedo sacrificarme por completo, no tengo
butaca, fatigado. el derecho de arrastrarles en mi caída á usted y á su
—Entonces, mi querido Lucas—dijo Jordán,—allá nos hermana.
vamos todos; pues si yo me levanté bastante fuer- Se dejó caer en una silla con las piernas como ro-
te, he tenido también tales contratiempos, que estoy tas, abatido, mientras Sœurette, muy pálida, sentada
en tierra. aún delante de su mesa siempre, mirándolos, oía con
Lucas se paseó un momento, sombrío el rostro, sin emoción profunda.
decir una palabra. Iba y venía deteniéndose á veces —Verdaderamente las cosas van muy mal—replicó
delante de la alta ventana mirando á la Crécherie, á Jordán con voz tranquila.—Y sin embargo, la idea de
la ciudad naciente. Después no pudo contener el flujo usted era muy buena, y había usted acabado por con-
de su desesperación, y habló: vencerme... Yo no se lo había ocultado; no me mez-
—Amigo mío, ya es necesario que hablemos... No claba en esas tentivas políticas y sociales, convencido
se le ha querido turbar en sus investigaciones, y se de que sólo la ciencia es revolucionaria y que sólo ella
le ha ocultado que en la Crécherie nuestros negocios acabará la evolución de mañana llevando al hombre
van muy mal. Los obreros nos dejan; todo es rebeldía & toda verdad y á toda justicia... |Pero era tan her-
y desunión entre ellos, por causa de las eternas discor- mosa vuestra solidaridad! Desde esta ventana, después
dias del egoísmo y del odio. Reauclair entero se su- de mis horas buenas de trabajo, miraba yo con interés
bleva, los comercian'es, los n ismos tr b jaiores cuyo3 brotar vuestra ciudad. Me divertía, y decíame que para
hábitos alteramos, nos hacen Uui penosa la vida, que ella trabajaba yo también y que algún día sería su
nuestra situación cada día es más alarmante.... En fin, gran fuerza la electricidad, la obrera activa y bienhe-
yo no sé si las cosas me parecen hoy demasiado som- chora... ¿Habrá que renunciar á todo eso?
brías, pero ya no veo esperanza. Creo que estamos per- Lucas, entonces, dejó escapar este grito de cansan-
didos, y no puedo ocultar 4 usted más tiempo la ca-
tástrofe á que vamos. cio supremo :
-»-Se me acabó la energía, no siento en mí ningún
Jordán le oía con asombro, pero muy tranquilo, j valor, toda mi fe se ha ido. Todo se acabó; vengo á
¡hasta sonrió ligeramente. decirles que lo abandono todo antes que exigirles un
»«-¿No exagera usted un poco, amigo mío? nuevo sacrificio.... Porque vamos, amigo mío, el di-
—Supongamos que exagero, que la ruina no es pata nero que aun necesitaríamos.... ¿se atreverla usted á¡
mañana... Aun así, no me creería un hombre honrado,' dármelo ni tendría yo la audacia de pedírselo?
si no le advirtiera que temo una ruina próxima. Cuan- Y jamás grito de desesperación más desgarrador salió
do le pedí á usted terreno, dinero para la empresa de del pecho de un hombre. Era la hora mala, la hora
salvación social que soñaba, ¿no le prometí, demás; negra que conocen bien todos los héroes, todos los
de una grande y hermosa acción digna de usted, un apóstoles, la hora en que la gracia se va, en que la misión
buen negocio? Pues le he engañado, su fortuna se va se obscurece, en que la empresa parece imposible. De-
á sepultar en la mayor derrota. ¿ Cómo quiere usted qufl rrota pasajera, cobardía de un momento que causa dolor
n o me acosen terribles remordimientos? terrible.
Cun un ademán, Jordán había intentado interrum- Volvió Jordán á su apacible sonreír. No respondió
pirle, como para decir que el dinero no le importaba. en seguida á la cuestión que Lucas le planteaba, tem-
Pero Lucas continuó: blando, á propósito de las grandes sumas de dinerft
—Y no son únicamente las considerables sumas ya que todavía serían necesarias. Con un movimiea{^,'|»ór-
perdida^, sino las que »9 necesitan cada día para pro-
28 « s a 29 "
qtíc sintió frfo, atrajo las mantas hacia 9tís toí$mbro| bajo, Sin detenemos jamás; siempre BaSt empresa tras
débiles. Y dijo suavemente: otra, mientras estemos en pie, inteligentes y viriles.
—Ha de saber usted, amigo mío, (fuo tampoco yo Parecía que había crecido, que era grande, fuerte,
estoy muy contento. Sí, esta mañana me ha ocurrido como acorazado por su creencia en el esfuerzo huma-
un verdadero desastre... Ya sabe usted mi descubri- no contra todo desaliento, seguro do vencer si utili-
miento para transportar la fuerza eléctrica á bajo pre- zaba para la victoria hasta el último latido de sus
cio y sin malgastar nada. Pues bueno, me había en- venas. Y Lucas,- que le oía, sentía venir á él, de aquel
gañado No tengo absolutamente nada de lo que creía sér tan débil, un soplo de indomable energía»
tener Esta mañana, un experimento de comprobación El trabajo l j El trabajo I—continuó Jordán,—no hay
ha fracasado totalmente y me he convencido de que fitra fuerza. Cuando uno ha puesto toda su fe ea el
hay que empezar de nuevo. Hay que volver á em- trabajo, se es invencible. Y es tan fácil crear un mun-
prender el trabajo de años y años. Ya comprende usted do; basta, todas las mañanas, volver á la faena, añadir
lo molesto que es tropezar asi con una derrota, cuando una piedra á las piedras del monumento ya colocadas;
se cree estar seguro de la victoria. hacerle subir tanto como lo permita la vida, sin prisa,
Sceurette se había vuelto hacia él, trastornada al por el empleo metódico de las energías físicas é in-
Saber así aquel contratiempo que ignoraba todavía. Tam- telectuales de que se dispone. ¿Por qué dudar do ma-
bién Lucas, compadecido á pesar de sus propias penas,- ñana, si lo hacemos nosotros, gracias á nuestro trabajo
había alargado la mano para estrechar con fraterna* de hoy? Todo lo que nuestro trabajo siembra, ma-
simpatía la de Jordán. Sólo éste seguía tranquilo con ñana nos le da. |Ahl ¡Trabajo sagrado, trabajo crea-
su temblorcillo de fiebre, que era corriente siempre dor y salvador, q*ue es mi vida, mi única razón de vivir I
que se excitaba demasiado. Sus miradas se habían perdido en la lontananza;
5 ya no hablaba más que para si. repitiendo este himno
—Y entonces, ¿ qué va usted á hacer?
~ ¿ Q u é voy á hacer, amigo mío? Pues voy á poner- al trabajo, que volvía sin cesar á sus labios en las
me otra vez al trabajo. Mañana volveré á empezar grandes emociones. Y una vez más contaba cómo el
tomando mi empeño desde el principio, puesto que hay¡ trabajo le había consolado, le había sostenido siem-
que reformarlo todo. Es muy sencillo, no hay otra pre Si aún vivía, era porque había puesto en su vida
cosa que hacer. ¡Ya lo oye usted 1 Jamás se abandona una obra para la cual había regularizado todas sus
Una empresa. Si se necesitan veinte años, treinta, vidas funciones Estaba seguro de no morir mientras su obra
enteras; se le dan. Si se ha engañado uno, otra vez no estuviera acabada. El que se entregaba á una em-
paso atrás, y se vuelve á andar el camino ya recorrido presa encontraba desde luego un guia, un sostén, como
cuantas veces hace falta. Los impedimentos, los obs- el regulador mismo de! corazón que latía en su pecho.
táculos no son más que paradas, las dificultades inevi- La existencia adquiría un fin. la salud se ordenaba,
tables del cpaino. Una empresa es un hijo sagrado,- nacía UD equilibrio que producía la única alegría hu-
que es criminal no hacer que nazca. Es nuestra san- mana posible» la de la acciÓD bien realizada. El tan
gre.. no tenemos derecho de negarnos á su creación/ enfermizo, jamás había entrado en su laboratorio sin
le debemos toda nuestra fuerza, toda nuestra alma,' sentii algÚD alivio, t Cuántas veces se había puesto a l
nuestra carne y nuestro espíritu. Como la madre que trabajo con ios miembro» doloridos, llorando con e l
muere á veces por causa de la criatura querida que corazón! Y siempre el trabajo le habla curado. Sus
concibe, debemos estar dispuestos á morir por nues- incertidumbres, sus raros desalientos, siempre habían
tra empresa, si nos agota. Y si no nos ha costado provenido de las horas de pereza. La empresa con-
la -vida, corriente; sólo una cosa tenemos que hacer ducía á su creador; no le era funesta, no lg hundía!
cuando está acabada, viva, fuerte: emprender otro tra- basta el momento en que la abandonaba. ,
De pronto se volvió hacia Lucas y concluyó diciéií-
uole sonriente: tornado, elevando lo más hondo de su sér. Todo lo que
é l0
su hermano decía para Lucas, resonaba en ella con
lo ~ 7 S u - U S tme do' n-r á^
Su Osted
mío, r si1 1 usted deja morir áj igual energía. Esta necesidad del trabajo, esta abne-
nr.í, ?'J P° Crécherie. Su em- gación ante un empeño, ¿no era la vida aceptada, vi-
presa es usted mismo. Hay que vivirla hasta el fin. vida lealmente para la mayor harmonía posible? En
• J í S ? f h T a b í a p u e s t o e n Pie> c o n un arranque dq adelante, también ella se hubiera considerado como
todo su sér. Lo que acababa de oir, este acto de fe en Lucas, mala y cobarde, si hubiera estorbado á la em-
f L £ J °' e S t ?. a m o r apasionado de la empresa, le presa, si no se hubiera sacrificado á ella hasta renun-
elevaba con aliento heroico, le devolvía á toda' su ciar á todo. Volvía á ella otra vez su gran valor de
fuerza. En sus horas de cansancio y do duda, solo da alma buena, sencilla y sublime.
, euergia corría
* tomar junto á su Se levantó, se abrazó á su hermano; asi estuvo al-
am go aquel pobre cuerpo enfermizo, emanaba seme-
gún tiempo, y con la cabeza en su hombro, lo dijo
STríh. f n t d ° p a z y d e c e r tidumbre. Siempre suavemente al oído, despacio :
obraba e l encanto, un flujo de valor le inundaba/ya —|Gracias! Me has curado; me sacrificaré.
no sentía más que la impaciencia de volver á la lucha. En tanto, Lucas, agitado con nuevo afán de acción;
—1 uní—gritó,—tiene usted razón, soy un cobarde- había vuelto á la ventana, mirando el gran cielo azul
tengo vergüenza de haber desesperado. La dicha hu- brillar sobre los tejados de la Crécherie. Y al reti-
mana no esta más que en la glorificación del trabajo rarse, repetía una vez más:
nn.lLre0r?nJZaC1rím deI *al™dor. El fundará —ISi es que no aman! ¡El día que amen, todo se
iPer
™ ° e f e d i n e r o > P«® ^ dinero que H
fecundará, todo brotará triunfando bajo el solí
nabrá que arriesgar todavía 1 Sœurette, que se le había acercado cariñosa, dijo
áa ag tad0 Slóa n
haK In ? ^ «> acababa de entonces, con el último temor de su triste carne do-
hab ar, envolvía I los flacos hombros, apretando más minada:
Y senc
é é m ^ X . ^ ' " a m e n t e con voz —Y hay que amar sin querer ser amado; porque
la empresa no puede comenzar á ser más que por
~EQf dinero
a
y°
«o lo daré á usted. Haremos eco-
03 amor de los demás.
y «i arreglaremos. Bien sabe usted que Esta frase de una criatura que se entregaba toda
con poco nos basta: leche, huevos y fruta. Con tal qua con la única alegría de entregarse, cayó en medio da
maPrSrá°?ieTf lo d
* un gran silencio en que temblaba algo. No hablaron
más; los tres, unidos en fraternidad estrecha, contem-
emocíón p r o f u n l ^ ^ ^ ^ * * * * * C0* plaron á lo lejos, entre verdores, la ciudad naciente
- I A m i g o mío, amigo mío!... Pero, ¿y su herma- de justicia y de felicidad que iba á extenderse poco á
aa, vamos á arruinarla también? poco à lo infinito, ahora quo estaba sembrado mucha
mofu
iettef8 Verdad_dl
J 0 J o r d á n , - n o s olvidamos de Sceu-
Sceurette
J Z t T ^ i > » ' o c i o s a , lloraba. Seguía
ídos,
o s ta C 4 m e S l t a > a p y a d 0 S 6,1 e l l a g re
la barba en*}las manos. °Grandes lágrimasl o aroda- «í
desaho
to^ u m d o T m ^ ' 1 g a - e su pobre corazón Desde entonces, Lucas, el constructor, el fundador
^ f ^ r a b a , con aquella ola de ternura. de pueblos, volvió en sí, quiso, obró, y los hombres y
También á ella, acababa de oir la había t r a n j
las piedras se levantaron á su voz. Se vió al apóstol
De pronto se volvió hacia Lucas y concluyó diciéií-
uole sonriente: tornado, elevando lo más hondo de su sér. Todo lo que
é l0 USted
su hermano decía para Lucas, resonaba en ella con
lo ~17 S u - ' - ^ S O mío, si usted deja morir áj igual energía. Esta necesidad del trabajo, esta abne-
J i ^ e n e morirá usted por la Crécherie. Su em- gación ante un empeño, ¿no era la vida aceptada, vi-
presa es usted mismo. Hay que vivirla hasta el fin. vida lealmente para la mayor harmonía posible? En
• J í S ? f h T a b í a p u e s t o e n Pie> c o n un arranque dq adelante, también ella se hubiera considerado como
todo su sér. Lo que acababa de oir, este acto de fe en Lucas, mala y cobarde, si hubiera estorbado á la em-
f L £ J °' e S t ?. a m o r apasionado de la empresa, le presa, si no so hubiera sacrificado á ella hasta renun-
l e v a b a con aliento heroico, le devolvía á toda su ciar á todo. Volvía á ella otra vez su gran valor de
fuerza. En sus horas de cansancio y do duda, solo do alma buena, sencilla y sublime.
, euergia corría
* tomar junto á su Se levantó, se abrazó á su hermano; asi estuvo al-
am go aquel pobro cuerpo enfermizo, emanaba seme-
gún tiempo, y con la cabeza en su hombro, lo dijo
STríh. f n t d ° p a z y d e c e r tidumbre. Siempre suavemente al oído, despacio :
obraba el encanto, un flujo de valor le inundaba/ya —|Gracias! Me has curado; me sacrificaré.
no sentía más que la impaciencia de volver á la lucha. En tanto, Lucas, agitado con nuevo afán de acción;
—1 uní—gritó,—tiene usted razón, soy un cobarde^ había vuelto á la ventana, mirando el gran cielo azul
tengo vergüenza de haber desesperado. La dicha hu- brillar sobre los tejados de la Crécherie. Y al reti-
mana no esta más que en la glorificación del trabajo rarse, repetía una vez más:
nn.lLre0r?nJZaC1rím deI *al™dor. El fundará —ISi es que no aman! ¡El día que amen, todo se
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habrá que arriesgar todavía! Sœurette, que se le había acercado cariñosa, dijo
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con poco nos basta: leche, huevos y fruta. Con tal que con la única alegría de entregarse, cayó en medio de
m ^ marchará bien 3 5 t 0 S W * * d
* un gran silencio en que temblaba algo. No hablaron
más; los tres, unidos en fraternidad estrecha, contem-
emocíón p r o f u n l ^ ^ ^ ^ * * * * * * C0 plaron á lo lejos, entre verdores, la ciudad naciente
- I A m i g o mío, amigo míol... Pero, ¿y su herma- de justicia y de felicidad que iba á extenderse poco á
na, vamos á arruinarla también? poco á lo infinito, ahora quo estaba sembrado mucho
amor-
iettef8 Verdad_dl
J 0 J o r d á n , - n o s olvidamos de Sceu-
Sceurette
J Z t T ^ i > S l l e n c i o s a , lloraba. Seguía
dos ta CZ á
*} meSlta
' apoyados ella
losgci ío
dos, la barba en las manos. Grandes lágrimas roda-
to^ u m d o T m ^ ' 1 d e s a h ° g a - e su pobre corazón Desde entonces, Lucas, el constructor, el fundador
^ f ^ r a b a , con aquella ola de ternura. de pueblos, volvió en sí, quiso, obró, y los hombres y
También á ella, aqab*ba de oir la había t r a n j
las piedras se levantaron á su voz. Se vió al apóstol
efi Sti »misión, en su fuerza, en sü alegría; estaba muy
contento, dingía la lucha de la Crécherie contra el confundirse, fraternizando con total olvido d e los ren-
Abismo con triunfante animación, conquistando poco cores y de las luchas de clase.
á poco las almas y las cosa?, gracias al anhelo de amor Las voces agudas, puras, cristalinas, subían como
y de dicha que esparcía en torno de si. Su ciudad cantos de alondra.
fundada tenía que devolverle á Josina. Con Josina —¿Eres tú, Nisa? Buenos días, Nisa.
serían salvados los miserables de toda la tierra. En 1
—Buenos días, Nanet. ¿Estás solo, Nanet?
ello había puesto su fe y trabajaba por y para el 1 Cá! No, tengo aquí á Luciano y Antonieta; 3 v
tu, ¿estás sola, Nisa? '
amor,- seguro de vencer.
Un día claro do cielo azul sorprendió una escena —¡Oh! No; con Luisa y. Pablo. Buenws días, Na-
que le llenó de alegría, ternura y esperanza. Paseando net, buenos días.
alrededor de las dependencias de la fábrica, deseoso —Buenos días, Nisa.
de vigilarlo todo, oyó de pronto voces ligeras., frescas Y á cada saludo repetido, risas sin fin y más risas;
carcajadas que venían de un rincón del dominio, al porque les parecía muy gracioso hablar así sin verse»
pie de la vertiente de los Montes Bleuses,- en el sitia como si las voces cayeran del cielo.
en que un muro separaba los terrenos de la Crécheria —Di, Nisa, ¿estás ahí todavía?,
de los del Abismo. Y habiéndose acercado con cau- —Sí, Nanet, todavía estoy aquí,
tela, queriendo ver sin ser visto, dió oon el espec- i—Nisa, Nisa, oye, ¿no vienes? ,
táculo delicioso de una bandada de niños que juga- "-jAy, Nanet, Nanet 1 ¿Cómo quieres que vaya si
ban libremente bajo el sol, devueltps á toda la ino- han tapiado la puerta?,
cencia fraternal do la tierra. —Salta, salta, Nisa.
De la parto de acá de la pared estaba Nanet, qliei Salta tú, Nanet, salta túl
todos los días venía á buscar á sus camaradas, con . Yu I® , 8 °, l p 0 ^ e I , delirio: Los seis repetían: l Salta!
Luciano y Antonio ta Bopnaire, á quien debía de haber 1 salta! bailando delante de la pared, como si brin-
sacado de sus casillas, llevándoselos á una tembló cando cada vez con más fuerza hubieran do acabar
caza de lagartijas. Los tres, mirando al cielo, reían; por saltar tanto, que pudieran verse y juntarse. Da-
gritaban, mientras que del otro lado del muro otros ban vueltas, hadaban agarrados, hacían reverencias al
impasible muro y jugaban á hacerse muecas á través
niños que no se veían,; reían y gritaban también. No las
Podras con la fuerza da imaginación infantil
era difícil comprender que había habido en casa de .que suprime los obstáculos. -- ,
Nisa Delaveau un almuerzo de amiguitos que, libres
por el jardín, habían acudido á las voces de la otra Y volvió el cantar aflautado.
pandilla, anhelando verse, acercarse para jugar jun- •^Oye, Nisa, ¿sabes una cosa ti
tos. Lo peor era que habían tapiado la puerta, can- —No, Nanet, no sé.
sados de reñirles inútilmente sin lograr impedir que! ^ " í 1 1 6 3 b u ? n 0 ' v °y á subirme sobre la pared y &
se acercaban unos á otros. Los Delaveau castigaban | c °8 e rte por los hombros para pasarte acá.
con 6eria prohibición hasta el llegar al extremo del —|Uh! Eso, eso, Nanet; sube, Nanetín mío.
jardín. En la Crécherie se procuraba hacerles comy r J S UD m o m e n t o N a « e t estuvo sobre la pared, tre-
prender que iban á ser causa de algún disgusto serioy pando con p.es y manos con agilidad de gato. Y, ya
de Una queja, tal vez de un pleito. Pero ellos no hacían ^ o' á , C a b a 1 1 0 ' e r a d e v e r oon su cabeza redonda^
caso, Cándidos galopines que cedían á las fuerzas des- OJ S a z u l e s
° > eerl a P^o nibio alborotado. Ya
conocidas del porvenir, y so empeñaban en mezclarse^ I aQ0S
' P ^ í ^ o , de sólidos riñó-
les, de aire sonriente y resuelto.
^ Trabajo—% cuno 11—3
—] Luciano I | Antonieta! Vosotros, ojo alerta. salvaje,- ctiyo corazón rebosaba, hubiera podido ger-
Inclinándose sobre el jardín de los Delaveau, muy minar de su plácido egoísmo. No esperó siquiera á
tocho porque dominaba la situación y veía los dos (que Nanet la ayudase á bajar; saltó ella misma, cayó
lados á la vez, gritó: en brazos de Luciano, el camarada que adoraba, el
—Sube, Nisa, yo te cogeré. mayor de todos, alto y fornido á los quince años co-
—¡Ay no, la primera yo, no, Nanetl Yo seré la| mo un hombre, y que muy ingenioso, lleno de inven-
¡c[ue esté alerta por este lado. tiva, lo hacia juguetes extraordinarios.
—¿Entonces, quién, Nisa? - Y a van dos, Nisa; sólo faltas tú. Sube pronto,
—Espera, Nanet, ten cuidado. Pablo subirá.'. iouavia se mueve algo junto al pozo.
—Hay un enrejado. Va á probar á ver si se fbitípS Crugió la madera; todo un trozo del espaldar debió
Hubo un silencio. Sólo se oía el crugir de l a d e r a de venir abajo.
vieja, mezclado con risas sofocadas. Se preguntaba —[Ayl jayl Nanet, no puedo. Es que Luisa ha dada
Lucas si no debía presentarse para restablecer el or- patadas y todo lo ha echado á tierra.
den, espantando á las dos bandadas como á gorriones ^ - E s p e r a , no importa, dame las manos; Nisa,- yo fe
sorprendidos en una granja, i Cuántas veces él mismo
había reñido á aquellos niños temiendo que sus juw
gos obstinados fuesen causas de disgustos I jPero era tan - N o , no; no puedo; bien lo ves, Nanet; por más
que me estiro; soy 'muy pequeña
graciosa esta alegría infantil, este valor para juntarse - C u a n d o te digo Nisa, que yo te alzaré... Más,-
á pesar de los obstáculos I Un momento más y sq más. Yo me bajo, álzate tú, |aupal Ya ves cómo te
decidiría á corregirlos.
Un grito de triunfo estalló; la cabeza de Pablo aso- Se había puesto de bruces sobre Ja pared; sólo so
mó tras la pared y se vió que Nanet lo aupaba, des- sostenía por un prodigio do equilibrio; y con un vi-
pués lo pasaba al otro lado para dejarle caer en bra- goroso esfuerzo de ríñones levantó á Nisa y la puso
zos de Luciano y Antonieta. Pablo, aunque también á horcajadas delante de sí. Tenía ella el pelo más
pasaba de los catorce, pesaba poco, delgado y delica- a f r e t a d o que de costumbre; una cabeza rubia de;
do, hermoso niño rubio muy bueno, muy amable, con cordero rizoso boca de rosa, siempre risueña, bonitos
ojos de inteligencia En cuanto cayó en brazos de ojos azules color de cielo. Buena pareja d í a y su
Antonieta, la besó, pues la conocía bien y le gustaba ^ i g o Nanet, los dos del mismo oro suave, con i g ¿
encontrarse con ella, porque estaba alta y guapa pan les guedejas, que sacudían los cuatro vientos
sus doce años y tenía mucha gracia. , f t U " m o . r a e 1 n t o siguieron á horcajadas, frente á fren-:
—lYa está aquí, Nisa, ya ha pasado unol te, triunfantes, entusiasmados, viéndose en el aire
Nisa, inquieta y procurando apagar la voz, dijo!
—Chito, chito, Nanet. Se mueve no sé qué, junto fir r'„y ^ í u-H ?« é * « « » tiene! ¡Parece meri--
tira, y me ha subido!
fil gallinero. [Echate sobre la pared, pronto, prontol
Después, pasado el peligro: <5°® h a s , c r e c i d o m l l c h o » Nisa-- J o tengo
b ca-
—Atención, Nanet, ahora va Luisa. Voy á auparla ya torce anos,o nya lo sabes.
f . Nanet... ¡Pero, mira, eh! Parece qu*
' Y esta vez, en efecto, fué la 'cabeza de Luisa la ~ á caballo en un caballo muy alto de piedra!
Iqfue apareció; cabeza de cabra, do ojos negros, un - O y e , Nisa, ¿quieres que me ponga de pie?
poco oblicuos, nariz menuda, barba aguda, de viva-
cidad y alegría graciosas. A los once años era ya una Nanetl ^ ,Y
° tamWéa voy á
Ponerme,
mujercita voluntariosa y libre que trastornaba á s ro otra vez
padres, los buenos Mazelle, estupefactos de que v 51 ,
W
. ^ movió algo en el jardín. Ahora
^ cocina; y, asustados se agarraron une 4 e í £
y Be dejaros caer, estrechándose con todas Sus fuer- se veía más que á él en las ancha» calles llenas de
ras. Pudieron matarse. Pero reían como locos, y al sol de la Ciudad naciente, en medio de niños y muje-
verse en tierra, siguieron allí jugando, riendo con más res, ganoso de jugar y reír, como padre joven de este
fuerza, sin el menor daño, encantados con la voltere- pequeño pueblo que era suyo. A un ademán de Lucas,
ta. Ya Pablo y Antonieta jugaban locos, corriendo en- todo nacía, crecía, se organizaba, gracias á su genio,
tre la escalera y las rocas desprendidas que formaban á su fecundidad de creador, de cuyas manos abiertas
allí, al pie de los Montes Bleuses, deliciosos escon- caían semillas por donde quiera que pasaba.
dites. Y el mayor milagro fué la conquista de sus obre-
Lucas, viendo que era ya muy tarde para interve- ros, entre los cuales la discordia y la rebelión habían
nir, se fué suavemente sin hacer ruido. Como no le alentado un momento. Aunque Bonnaire seguía no pen-
habían visto, no se sabría que había hecho la vista sando como él, había conquistado el afecto de este
gorda. hombre tan bravo, tan bueno, hasta el punto de encon-
¡Niños amados, que en buen hora obedeciesen al trar en él el lugarteniente más fiel, más abnegado,-
fuego de su juvpnfud,: ¡untándose as ; al a>rf> l ; bre á sin el cual la empresa no hubiera podido cumplirse.
pesar de las prohibiciones! Eran el florecer de la vi- Así mismo su fuerza de amor había obrado sobre to-
da que ya saina. para qué -i aturas c o t i l a s iluiccia dos los trabajadores, todos se habían agrupado poco
así en ellos. Tal vez traerán la reconciliación de las á poco, estrechándose en torno de su persona al verle!
clases, el mañana de justicia y de paz. Lo que los pa- tan cariñoso, tan fraternal, no viviendo más que pa-
dres no podían hacer, ellos lo harían, y sus hijos me- ra la dicha ajena, seguro de encontrar en ella la pro-
jor todavía, gracias al continuo cambiar de la evolu- pia. El personal de la Crécherie iba siendo una gran
ción que latía en sus venas. Y Lucas, ocultándose familia unida por lazo cada vez más estrecho; cada
para alejarse sin alarmarlos, reía solo, alegre, al oir- cual había acabado por comprender qué era trabajar
los reir, sin pensar en la dificultad que tendrían pron- por su propio contento, trabajar por el de todos. Ex»
to para volver á saltar el muro. Jamás había tenido seis meses ni un obrero dejó la casa, y si los que
tanta esperanza en el porvenir entrevisto, tan bueno; habían marchado aún no volvían, los que quedaban;
jamás había sentido en sí tanto valor para la lucha se sacrificaban hasta el punto de no recoger la tota-
y la victoria. lidad de sus beneficios, para permitir á la Casa consti-
Vino entonces la lucha encarnizada, sin cuartel, de tuir un fondo de reserva considerable y sólido.
largos meses, entre la Crécherie y el Abismo. Lucas, En esta obra crítica, esta solidaridad de todos los'
que había creído un momento vacilante la primera, miembros asociados, luchando por la obra común, fué,-
cerca de desvanecerse en la ruina, puso todo su es- sin duda la que salvó á la Crécherie, impidiéndole*
¡ fuerzo en mantenerla en pie. hundirse bajo la maldición del egoismo y la envidia
No esperaba ganar terreno en mucho tiempo; quería del antiguo Beauclair. El fondo de reserva con tal
no perderlo; ya fué un buen éxito quedar estacio- prudencia acumulado, aumentado, fué un auxilio de-
nario, viviendo, á pesar de todo, bajo los golpes que cisivo. Permitió hacer frente á los días difíciles, evi-
le si)ruinaban por todas partes; pero, ¡qué formidable tó recurrir durante las crisis á mortales empréstitos.
faena, quí' alegre bizarría en el trabajo! Era sin ce- Gracias á él se pudo por dos veces comprar máqui-
¡ sar el apóstol de una idea, en su prodigio. Estaba en nas nuevas, necesarias para los cambios en la fabri-
todas ¡»artes á la vez. entusiasmando á los obreros en cación, y que bajaron mucho los precios de fábrica.
los tatieres de la fábrica, estrechando los lazos frater- Después ayudó la buena suerte; hubo por aquel tiem-
nal«» de grandes y pequeños en la Casa Comunal, aten- po grandes trabajos de puentes, construcciones metá-
to á la buena administración en los almacenes. No licas, ferrocarriles, que exigieron cantidades coftside-
rabies de ralis, vigas y armaduras. La larga paz en jqúe esta competencia y los azares de las luchas in-
que vivía Europa, desarrollaba singularmente la indus- dustriales, le preocupaba el no verse apoyado por un,
tria del hierro en lo que puede producir de pacifico y fondo de reserva que le permitiera hacer frente á las
civilizador. Nunca hasta entonces había el hierro en- necesidades en catástrofes imprevistas. Si se declaraba
trado por tanto en la habitación humana. Había au- Una crisis, Un paro, una huelga, simplemente un mal
mentado, pues, la fabricación en la Crécherie, sin gran- año, ya sería Un desastre, pues la fábrica no tendría
des ganancias, pues Lucas quería producir á buena con qué vivir esperando la vuelta de los negocios.
cuenta pensando en el porvenir. Fortalecía la fábri- Ya en un caso de apuro, para adquirir nuevas máquinas,
ca con Una administración muy juiciosa, continuas eco- había habido que tomar prestados trescientos mil fran-
nomías y toda aquella reserva de dinero en caja, pu- cos cuyos intereses eran gravosos ahora en el balance
diendo entrar en línea de combate á la primera ame- anual. ¿Y qué sería si había que seguir pidiendo pres-
naza. La devoción de todos á la causa común, la ab- tado ahora y siempre hasta el salto final en la sima
negación solidaria de los trabajadores, de los asociados, de la deuda?
dejando su parte, hacían lo demás, permitiendo espe- Por este tiempo procuró Delaveau llamar á la ra-
rar el día del triunfo, sin sufrir demasiado. zón á Boisgelín. Cuando había decidido á éste á con-
En el Abismo, la situación seguía más floreciente, fiarle los restos de su fortuna, le había prometido, si
la cantidad de negocios no había bajado, y seguía la compraba el Abismo, ganarle grandes intereses que 10
buena fama del éxito por la fabricación Cara de gra- permitirían continuar su vida lujosa. Pero ante las di-
nadas y cañones. Pero ya no había en ello más que ficultades, deseaba verle bastante razonable para re-
Una apariencia, y Delaveau comenzaba á sentir á ve- ducir su tren durante algún tiempo, con la seguridad de
ces serias inquietudes, que no confesaba. Tenía con- volver á él y aun aumentarlo en cuanto la fortuna
sigo á todo Beauclair, á toda la sociedad burguesa volviera á ser propicia. Si Boisgelin hubiera consen-
y capitalista amenazada. Seguía además convencido de tido en no sacar más! que la mitad de los beneficios,-
que él era la verdad, la autoridad, la fuerza, y la vic- se hubiera podido constituir el famoso fondo de re-
toria final segura. serva, atravesando el Abismo, victorioso, los añqs ma-
Pero así y todo, ya le corroía Sma duda secreta; lo los. Pero el primo era intratable, lo exigía todo, no
dura que tenía la vida la Crécherie, cuya ruina pro- quería suprimir nada de sus recepciones, de sus ca-
fetizaba cada tres meses, le turbaba. No podía luchar cerías, de la vida que llevaba, cada vez más dispen-
en el hierro y acero del comercio con los railes, vigas diosa. Reñían á veces. Si el capital amenazaba no su-
y armaduras que la fábrica vecina producía baratos dar más los intereses esperados, si la carne de trabajo,
y en excelentes condiciones. los obreros, no bastaban ya para mantener al ocioso
Sólo le quedaban los aceros finos, los productos cui- en su lujo, el capitalista acusaba al director industrial
dados á tres y cuatro francos el kilo, que dos casas de no cumplir 6us promesas queriendo mermarle la
muy importantes fabricaban también en un departa- renta. Y Delaveau, irritado, desesperado por la imbe-
mento vecino. Se hacían una terrible competencia; veía cilidad de esta ansia de goces, no sospechaba nada de
que sobraba una de las tres y la cuestión era saber su mujer, Fernanda; no la veía detrás del fátuo buen
cuáles serían las que se comerían á la otra. Debili- tnozo; no veía á la corrupta, la que lo devoraba todo
tado por la Crécherie, ¿iría á ser el Abismo la casa en caprichos y locuras. Ardía en fiestas la Guerdache;
condenada á desaparecer? Esta duda le roía siempre, Fernanda gozaba allí desquites tan deliciosos, se em-
y aunque redoblaba su actividad, guardando una ac- briagaba con tales triunfos, que detenerse en su ale-
titud de serena confianza en la buena causa, esta re- gría la hubiera parecido perderse. Ella misma irritaba á
ligión, del salario, de que era el defensor. Pero más gpisgelin diciéndole que su marido decaía, que no sa-
caba de la fábrica todo lo que se podría, y según la reducir su tren. Y es una necedad ese continuo holgo-
única manera de aguijonearle, era acosarle pidiéndola rio, su vanidad estúpida de que se lo coma todo el
dinero. La actitud de Delaveau, hombre autoritario, que mundo.
jamás hacía de las mujeres confidentes, ni aun de la De un salto se había ella incorporado, algo pálida,
suya, aunque la adoraba, había acabado por conven- mientras que él agravaba aún su confidencia añadien-
cerle de que estaba en lo cierto y de que si quería do con su ruda candidez de marido ciego:
más tarde realizar su sueño, volver á París con los —Sólo hay una persona razonable en la Guerdache,
millones conquistados, había que pinchar sin descanso la pobre Susana, la única que no se divierte. Dá lásti-
á su marido, y devorarlo todo para centuplicarlo todo. ma verla tan triste; y al rogarla hoy que interviniera
Sin embargo, una noche Delaveau se clareó sin que- con su marido, me ha contestado, ahogando las lágri-
rer Mielan te de Fernanda. Volvían de tina cacería, dei mas, que no quería mezclarse absolutamente en nada.
la Guerdache, durante La cual Fernanda, cuyo mayor ?.; Esta torpe alusión á la mujer legítima, á la sacrifi-
placer era galopar á caballo, había desaparecido con ^ cada, tan digna y tan alta en su renunciamiento, aca-
Boisgelin. Había habido luego una gran comida y era bó de exasperar á Fernanda. Pero, sobre todo, la
más de media noche cuando el matrimonio volvió al idea de que la fábrica pudiera estar en peligro, la
Abismo en carruaje. La joven, que parecía muerta da misma fuente de sus placeres, la inmutaba. Volvió al
cansancio, como ahita de los ardientes placeres queí asunto.
eran su vida, se apresuró á desnudarse, deliciosa enf —¿Que vamos á tronar? ¿Por qué dices eso? Ye
eu fatigada desnudez; luego se estiró bajo el abrigo? creía que los negocios iban muy bien.
de su lecho, mientras su marido, sin prisa, se desnu-¿ Había puesto tal pasión inquieta en la pregunta, qu«
daba metódicamente dando vueltas por el cuarto, co-¡. Delaveau, desconfiando, temiendo verla amplificar los
lérico y preocupado. temores que se ocultaba á si mismo, no dijo la verdad
—Dime tú—preguntó al fin,—¿no te ha dicho nada - total, cuya confesión iba 1a cólera á arrancarle.
Boisgelin cuando desaparecisteis juntos? —Claro que los negocios van muy bien. Pero irían
Sorprendida Fernanda, abrió los ojos, que ya se 1« mejor todavía si Boisgelin no vaciase la caja, para la
«erraban. vida de idiota que lleva. |Te digo que es estúpido, con
—No—respondió;—nada importante á lo menos. ¿ Qué su pobre mollera de guapo mozol
iifuieres que me dijera? Tranquilizada, volvió Fernanda á tenderse con un
—[Ahí—prosiguió Delaveau,—es que antes habíamos * gracioso movimiento de su cuerpo adorable, tan fino
tenido una discusión. Ha vuelto á pedirme diez mil y esbelto. Su marido no era más que un espíntu gro-
francos para fin de mes. Y esta vez me he negado en; sero, brutal, avaro, que soñaba con soltar lo menos
¿redondo; es imposible; una locura. posible de las sumas considerables que tenía la fábri-
.Levantó ella la cabeza, brillantes los ojos. ca en caja; y las bromas pesadas, las palabrotas con
•—¿Por <¡rué una locura? ¿Por qué no le das esos diez i que perseguía á Boisgelin, eran otros tantos ataques
mil francos? indirectos que la herían personalmente.
Era ella precisamente quien había apuntado á Bois- —Querido—concluyó con sequedad,—no todo el mun-
gelin esta nueva petición, para la compra de un auto- do está hecho para embrutecerse en el trabajo todo
móvil eléctrico en el cual tenía el ardiente capricho el día, y los que tienen dinero hacen bien disfrután-
de hacerse pasear con loca velocidad. dolo como quieren y gozando las distracciones de una
—Pues—gritó Delaveau, confesando sin querer,—por- existencia superior.
fcpio ese imbécil acabará por arruinar la fábrica con En el primer ímpetu quiso Delaveau responder; pe- ^
sus continuos gastos. Saltaremos si no se decide í ro consiguió contenerse con gran esfuerzo. ¿.A qué in.^vQ -
tentar convencer á su mujer? La trataba como á niño —Pues entonces buenas noches, Fernanda.
mimado, dejándola obrar á su antojo, sin que en ella Después de apagar la luz, se tendió de espaldas.
le enojasen nunca errores de conducta que en otros Pero él no podía dormir, y siguió con los ojos abiertos
reprobaba con calor. Ni aun advertía su vida loca, en la obscuridad. Febril, insomne junto á aquella mu-
pues ella misma era su locura, la joya que había que- jer tibia y bien oliente, volvió á sus temores, á la an-
rido en sus groseras manos de gran trabajador. Nun- siedad que le causaba la crisis de la fábrica. En este
ca la había amado, deseado nada más; cuando de estado doloroso de vigilia se agravaban las dificulta-
noche la encontraba en el lecho llena de exquisito en- des; nunca había visto el porvenir con semejante lu-
canto, de Un perfume embriagador, después de las ás- cidez, desde puntos de vista tan sombríos. Clara se
peras jornadas que pasaba él en medio del humo acre le ofrecía la causa de la ruina, la locura de gozar,
de los trabajos negros que aturdían, del Abismo. Se- la enfermiza impaciencia de gastar el dinero apenas
guía siendo ella su admiración, su adoración, el ídolo ganado. De seguro en alguna parte había ima sima que
que se pone aparte en una abdicación supersticiosa se tragaba la fortuna, una llaga abominable por la
de la dignidad y el buen sentido, y del cual no cabe cual se escapaban toda la salud y toda la ganancia
dudar ni sospechar. Guardaron silencio, y Delaveau, del trabajo. Muy franco consigo mismo, hacía examen
por fin, se acostó también, sin apagar todavía la lám- de conciencia y nada encontraba que reprocharse. En
para eléctrica puesta sobre la mesita de noche. Per- pie muy temprano, era el último en dejar los talleres
maneció e n momento inmóvil, con los ojos muy abier- de noche, siempre Vigilante, conduciendo su numero-
tos. Sentía cerca de sí el tibio calor, el olor penetran- so personal como si fuera un regimiento. Y además.
te de aquel cuerpo de mujer cuyo seno y brazos des- Un esfuerzo sostenido de todas sus notables faculta-
nudos, entre encajes, tenían la suavidad de la seda. des, mucha rectitud en su rudeza, una rara potencia
Ya Fernanda se dormía, había cerrado los ojos y su de método y de lógica, una lealtad de combatiente
hermoso rostro, pálido por el cansancio, aparecía más que ha prometido vencer, que quiere vencer ó sucum-
apetecible en medio de las ondas del cabello desatado. bir. Y padecía mucho sintiéndose resbalar hacia el
Se volvió el marido y besó un mechón suelto cerca desastre, á pesar de su heroísmo, por una destrucción
de la oreja. Como ella no se meneaba, la creyó enfa- lenta de todo lo que creaba, por un estrago cotidiano
dada y quiso agradarla mostrando que comprendía las que venía no sabía de dónde y que su energía no podía
flaquezas del lujo. contener. Sin duda los continuos gastos, lo que él
—i Sea todo por DiosI Yo le daré esos diez mil fran- llamaba la vida de imbécil de Boisgelin, el ansia glo-
cos, ya que tanta gana tiene de un automóvil. Lo tona del placer, era el cáncer que devoraba la fábrica.
que ¿ g o es por prudencia. Hermosa cacería la de hoy. ¿Pero quién le embrutecía así? ¿Quién alentaba la
Seguía ella sin responder. De su boquita roja, algo demencia del pobre hombre, que él no acertaba á com-
entreabierta, que dejaba ver los dientes fuertes y bri- prender, como juicioso trabajador, sobrio, continente,
llantes. salía un aliento caliente, regular, mientras el que odiaba la ociosidad y los goces que destruían jtoda
seno levantaba sus puntas de rosa en una leve palpi- la salud creadora?
tación, como oprimido por larga fatiga de amor. Dor- No sospechaba Delaveau que quien demolía, enve-
mía, rendida, medio desnuda; había sacudido una punta nenaba, vivía á su lado el día entero, era su Fer-
del cobertor y fermentaba la embriaguez de los placeres nanda adorada, tan bonita, delicada y esbelta, dormi-
de aquel día. da á su lado y cuyo tibio perfume le embriagaba de
—Fernanda, Fernanda—dijo suavemente Delaveau, to- amor. Mientras él se afanaba entre el humo y el calor
cándola otra vez con los labios. de los hornos haciendo sudar el dinero con dolor á sus
Convencido de .que dormía, se resignó, renunció. ¡vá obreros, ella^ lucía sus claros trajes bajo las umbrías
de la Guerdache, lanzaba el oro ¿ los cuatro vientos, •
y con sus dientes blancos mascaba como pastillas cien-! ella tuviese una vida de pereza, fresca y feliz; en
tos de miles de francos que mil jornaleros le forjaban! aquel bajo oficio los veía como animales domésticos
entre el estrépito de los grandes martillos. Y aquecl que la sustentaban, que le evitaban toda fatiga. Ja-
lia misma noche, mientras él se atormentaba pensando! más manchaba 6Us pies menudos en el fangal de los
en cómo buscar recursos para los próximos pagos, dor-I cobertizos; nada le importaba el rebaño humano que
mía ella á su lado, carne con carné, abrumada porí; desfilaba ante su puerta, agobiado por el trabajo mal-
1a voluptuosidad, cansada de haber gozado. A veces! fciitio. Pero el rebaño era suyo, la fábrica suya, la
su deseo varonil volvíase hacia la compañera que era idea de que la agotaran su fortuna arruinando la fá-
suya, y cuyo espíritu desconocía absolutamente. Sen-! brica, la sublevaba, la lanzaba á la guerra como un
tiala á su lado en completo abandono, pudiendo p o - ! atentado contra su persona. Quien dañaba al Abismo
seerla sin que ella lo notara tal vez. Luego volvía! era su enemigo, un malhechor peligroso de quien ha-
bía de librarse por cualquier medio. Por eso había
á ¡as angustias de su batalla industrial. Y no e r a ! ido corriendo su odio á Lucas desde que lo había
ella más que una niña inconsciente cuyo sueño res- £ visto por vez primera en aquel almuerzo de la Guer-
petaba como toleraba sus caprichos, no llegando ja- i dache, adivinando en él con sutil olfato de mujer, al
más al fondo de aquel cuerpo divino, ídolo de su culto. I hombre que se le atravesaba en el camino. Siempre
Se durmió al fin y soñó que bajo el Abismo habia f era el obstáculo. Y ahora amenazaba destruir el Abis-
fuerzas perversas y diabólicas que iban comiendo el í[ mo y lanzarla á ella á las molestias de la mediocri-
suelo para quo la fábrica entera se hundiese en u n a ! dad. Si le dejaba hacer, adiós felicidad, la robaba lo
noche fulgurante de tempestad. que amaba más en la vida. Furiosa, bajo tanta gra-
En los días siguientes Fernanda se acordó de los I cia, ya sólo pensó catástrofes para aniquilarle.
temores que su marido le había manifestado. Aun dan- |
do lo suyo á lo que ella creía su amor al dinero a m o n - ! Pronto haría ocho meses, en una noche postrera de
tonado, su odio al lujo, todavía tembló pensando e n l ternura, Josina había dicho adiós á Lucas, aplazan-
la ruina posible. Arruinado Boisgelin, ¿qué sería d o ! do la dicha que la vida les debía, cuando estalló un
ella? No era sólo el fin de esta vida alegre, el d e s - | drama que había de dar á Fernanda ocasión para la
quite de su miseria antigua cuando mostraba botina» fe catástrofe soñada, esperada. Josina había salido fecun-
descarcañaladas, bajo la explotación brutal de los h o m - | dada de los brazos de Lucas en aquella noche tan
bres. Era además la vuelta á París, vencidos por la I triste y deliciosa. Estaba en cinta, y en cinco meses
suerte, una vivienda de mil francos en el fondo d e ! Ragú no lo notó siquiera; pero un día, borracho, qui-
algún barno excéntrico; un empleillo en que Delaveaa I so maltratarla y lo comprendió todo por el ademán
vegetaría, mientras que ella volvería á caer en la gro-I de terror que hizo ella defendiendo el vientre. Prime-
seria, en la bajeza de un ajuar de trabajadores. | N o , I ro, de estupor, quedó inmóvil.
no ! No consentía, no se dejaría arrancar la presa do-1 [Estás preñada, preñada, cerdaI... Por eso anda-
rada; con todas sus carnes se agarraba al triunfo, I bas con tapujos y no te mudabas de camisa delante de
con todas las fuerzas ávidas de su sér. En aquel cuer-1 mí. [Tan bruto soy yo, que no vi nada, como tú tram-
po tan fino y delicado, bajo la gracia ligera, había I posa I
una fiereza de loba do funosos instintos carniceros.! Como un relámpago atravesó su mente la seguridad
Estaba resuelta á saciar sus apetitos hasta el fin sin f de que aquel hijo no podía ser suyo. Nunca tocaba
perder ni comprometer nada. Despreciaba la fábrica! en ella, como él decía, más que para el placer, muy
fangosa y negra en que oía dia y noche forjarle s u ! seguro de sus radicales precauciones. Nada de hijos,
placer á los obreros que tostaban la piel para q u e ! que eran grilletes. Divertirse juntos, y á vivir, tropa;
fuera estorbos. ¿De dónde venía entonces aquel hijo?.
¿Quién lo había hecho? Y; otra vez apretó los pu- día (fue no era suya; que nunca lo había sido. Otro sé
ños rugiendo de cólera. la había cogido antes que la hubiera hecho suya; ahora
—Eh, puerca, ¿No se habrá hecho él solo? 1N0 ta ya nunca lo sería. Esto era lo que confusamente le
atreverás á decir que es cosa mía| Bien sabes que exaltaba con celos feroces, cuya tortura no conocía
nunca he querido hijos. ¿De quién es? Responde, res- ni hubiera creído que podría conocer. Desde enton-
ponde, responde pronto, i indecente I ó te aplasto. ces, esta mujer que antes quería echar á la calle,!
Josina, muy blanca, con los suaves ojos valientes,- «que abandonaba por inmundas perdidas, la encerró,
fijos en el borracho, no respondía. Había algo do asom- la vigiló, con accesos de furor ¡siempre que la veía
bro en su temor al verle enfurecerse asi, pues pa- hablar con un hombre. La cólera de lo irreparable le
recía que ya nada le importaba ella, y todos los días arrastraba á continuas violencias, y lastimaba aquella
la amenazaba repitiendo que se vería Ubre si otro la carne cuya posesión se le escapaba por su culpa. Y
recogía en el arroyo. El había vuelto á la mala vida, siempre volvía, en su orgullo herido de macho que no
seducía á las infelices obreras que querían oírle; 6e había sabido crear la vida, á su rencor contra el otro,
contentaba con las vagabundas andrajosas esparcidas
de noche por las calles pestíferas del viejo Beaclair. el desconocido que había hecho de esta carne una de-
Entonces, ya que la insultaba no queriendo nada de pendencia de su propia carne.
ella, ¿por qué se enfurecía de tal modo al saber su ' —Dime el nombre, dime el nombre, y te juro que
estado? te dejo en paz.
Pero ella no accedía. Soportaba las injurias y los
—No es mío, no osarás decir que es mío. golpes, respondiendo con suave sinceridad:
Respondió ella al fin sin quitarle ios ojos, en voz —No necesitas saber el nombre; no te importa.
baja y profunda: Ragú no podía sospechar de Lucas, ni se le pasó
—No, no es tuyo. por las mientes, pues nadie, fuera de Sœurette, había
De Un puñetazo quiso derribarla. Pero retrocedió y sorprendido las visitas de Josina. Buscaba entre los
¡sólo le rozó el hombro. Bramaba. compañeros, creyendo en un abandono de un momento.
—lY te atreves á decirme eso, cochino pendón!...- Un día de pago, cuando el vino calienta la sangre.
lY el nombre de ese hombre, dime el nombre para ii; Todo en vano; espió, interrogó, sólo llegó á exaspe-
á contarle un cuento! rarse más.
Tranquila respondió ella: En tanto, Josina se ocultaba de todos, temiendo que
—El nombre no te lo diré; no tienes derecho fl Lucas pudiese tener un disgusto por su preñez, si el
saberlo, pues me has dicho veinte veces que estabas secreto se descubría. Cuando tuvo la certeza de estar
harto de mí y que podía arreglármelas por otra parte, en cinta de él, se sintió primero llena de una alegría
Y añadió: inmensa; hubiera querido correr á anunciarle la gran
—No has querido Un hijo mió; vo tengo uno da noticia, la buena nueva, segura do hacerle también
otro, y ese es mi marido ahora, y nada te importa. dichoso. Después pensó inquieta que debía esperar pa-
La hubiera matado. Tuvo que huir para evitar las ra no precipitar alguna catástrofe en los días difíciles
patadas con que procuraba el malvado, con atroz idea,- para la Crécherie. Una casualidad hizo saber á Lu-
herirla en mitad del vientre. Lo que así le enfurecía cas la venida del hijo bien amado del que era padre.
era lo quo acababa de decir de que otro la habla Un día, acompañando á Boimaire, llegó á su casa char-
hedió madre, y que en adelante nada de lo de ella lando y oyó á la Pelos contar á un corro de comadres
le importaba, ni de su cuerpo ni de su vida. El, que que su cuñada estaba embarazada, noticia que acom-
no había ^querido hijos, se sentía mordido ppr un do- ¡pañaba de venenosos comentarios, dando á entender
lor sordo, á la idea de no ser él el padre. Compren-
cosas abominables. Quedó sobrecogido, el corazón le
latía con ftíétzcL A veces Josina! veínía á la Créche- {arle dUalqúier contratiempo ? Ni qtería verle, temien-
rie á buscar á Nanet, que pasaba allí días enteros; do una sorpresa, y tuvo que espiarla y sorprenderla!
y aquel día justamente so presentó en el momento para hablar algunas palabras.
en que se trataba de su preñez y tuvo que respon- Fué una noche muy obscura; Lucas, oculto en un
der á las preguntas. Sí, iba á cumplir los meses y¡ ángulo muy sombrío de la miserable calle de las Tres
ya se notaba mucho. Pero había visto á Lucas, y¡ Lunas, pudo detener á Josina un instante al pasar.
adivinándole tembloroso, aturdido en su silencio, la —I Ah, Lucas, eres tú! i Qué imprudencia, amigo mío 1
atormentaba el no poder hablar, no saber cómo gri- |Te lo suplico, bésame y huye luego I
tarle lo que la hacía tan feliz. Adivinaba desespe- Pero él, tembloroso, la cogía por el talle, le hablaba
rada la duda terrible y sabía que con una sola pala- al oído con voz ardiente:
bra le hubiera calmado, encantado. La frase subía de —¡No, no! Josina, quiero decirte... Sufres demasia-
su corazón, la ahogaba: «|Es tuyo!» De un modo de- do; es en mí criminal dejarte así, á ti, tan querida,-
licioso pudo decírselo en un momento en que las co- tan preciosa... Oye, Josina: he venido á buscarte, vas
madres, dejando de mirarla, volvieron á su charla; & seguirme para entrar en mi casa, en la tuya, como
primero se llevó las manos al vientre, después á los jttujer amada, venerada, feliz.
labios y le mandó en un beso la certeza de su paterni- Ya ella se abandonaba al abrazo de suavidad con-
dad. Comprendió él y le invadió inmensa alegría. soladora. Pero de pronto se separó.
Aquel día no pudieron hablar, no hubo más que —¿Qué dices, Lucas, no tienes juicio? Seguirte..^.
la seña, el beso que acababa de unirlos. Pero Lucas |Dios mío! cuando tal confesión podría ser para ti tan
6e enteró; pronto supo los celosos furores de Ragú,- peligrosa. Yo sería la criminal. |Vete pronto I Aun-
eus violencias, la estrecha vigilancia en que encerra- ¡que me maten, no diré tu nombre.
ba á su mujer. Si aún pudiera dudar, estos celos hu- Procuró convencerla de la inutilidad de tal sacrifi-
bieran bastado para probarle que él era el padre. En' cio á la hipocresía del mundo.
adelante, Josina era su mujer. Era suya, de él solo,- —rú eres mi mujer, pues yo soy el padre de tu hijo,-
puesto que el hijo era 6uyo. El esposo era el padre; y á mí es á quien debes seguir. Mañana, levantada
el placer que se robaba á una mujer, no dejaba nada, nuestra ciudad de justicia, no habrá más ley que la
no se contaba. Sólo un lazo ataba á la pareja, sólido,- del amor, la libre unión será respetada por todos. ¿Qué
eterno: el hijo, la vida propagada, un sér nuevo na- nos importa la gente á quien hoy escandalizaremos,
cido de la indisoluble unión de dos seres. Por eso él todavía?
no tenía celos de Ragú, mientras éste rabiaba celoso; Después, como ella se obstinaba en su sacrificio di-
Ragú no existía; era el ladrón que pasa y que se ol- ciendo que para ella lo importante era el hoy, pues
vida. Para siempre Josina pertenecía á Lucas; ya vol- le quería Ubre de todo obstáculo, gritó él angustiado:
vería á él; el hijo era la viva flor de ambos. , —Es decir que jamás volverás á mi lado, que ese
Pero desde entonces Lucas padeció mucho sabien- hijo no será nunca mío, ante todos, á la luz del día.
do que Josina, injuriada, maltratada, estaba en con* Volvió ella á abrazarle y murmuró suavemente, los
tinuo peligro de un golpe desgraciado. No podía so- labios en los labios:
portar que siguiera entre las manos brutales é infa- —Volveré cuando me necesites, cuando no sea un
mes de Ragú la mujer adorada para la que quería estorbo, sino una ayuda, con el hijo querido que serü
un paraíso de ternura, rodeándola del culto devoto para los dos una fuerza nueva.
debido á la madre que el hijo santifica. ¿Pero qué Y el negro Beauclair, el viejo lugar apestado de
hacer, cómo llamarla á sí cuando ella se obstinaba,- trabajo maldito, agonizaba en las tinieblas en torno
discreta, en seguir callando en la sombra para evi- Trabajo—Tomo II-—4 J
do ellos, bajo el peso de los siglos inicuos, mientras se f Una mañana de invierno; ausente Delaveau desde
comunicaban esta esperanza de paz y de ventura. la víspera en París, donde tenía que pasar tres días,
—Tú eres mi marido; en mi existencia no hubo Fernanda, al desayunarse, hizo algunas preguntas á
más que tú; y si vieras qué delicia es para mí callar su doncella, que le servía el té con tostadas. Estaba
tu nombre, aun amenazada... i guardarlo como una flor allí Nisa tomando su taza de leche y mirando golosa
secreta y como una armadura I (Ah, no me compadez- el té de su madre, golosina prohibida.
cas, soy muy fuerte y muy dichosa 1 —¿Es verdad, Felicia, que han vuelto á reñir los
—Tú eres mi mujer; te amé desde la primera tarde Ragú? La lavandera me ha dicho que Ragú esta vez
que te encontré tan miserable, tan divina; y si callas | por poco mata á su mujer.
mi nombre, callaré el tuyo; será mi culto, será mi —No sé, señora; pero puede que hayan exagera-
fuerza hasta la hora que tú misma proclames nuestro do, pues acabo de ver á Josina pasar lo mismo que
amor. otras veces.
—¡Oh, Lucas, qué razonable, qué buemo eres y qué Tras de una pausa, añadió la doncella, marchán-
felicidad nos espera I dose:
—Eres tú, Josina, quien me ha hecho bueno y jui- —Eso no quita que la mate el día menos pensado,-
cioso, y porque te amparó una noche, seremos felices pues lo dice á todo el mundo.
más tarde en la dicha de todos. Volvió el silencio. Fernanda comía lentamente, sin
Sin hablar más, quedaron abrazados un instante. La decir una palabra, perdida en sus negros pensamien-
sentía temblar toda, con su vientre sagrado de mujer to^" cuando Nisa, en medio de aquel pesado recogi-
fecunda, cuyas sacudidas le prometían la vida futu- miento de invierno, pensó en voz alta, canturreando:
ra que había sembrado en ella; y ella se apretaba —El verdadero marido de Josina no es Ragú, es
contra él, como para entrar, desaparecer en el esposo; el dueño de la Crécherie, | el señor Lucas, el señor
y luego volvió invencible y gloriosa á su martirio,- Lucas, el señor Lucas I
mientras él se perdía en las tinieblas, alentado, tor- Estupefacta su madre, levantó los ojos y la miró
nando á su batalla y su victoria. fijamente.
Algunas semanas después, el azar puso en manos da —¿Qué estás diciendo ahí? ¿Por qué dices eso?
Fernanda el secreto de Josina. Fernanda conocía á¡ Nisa, asustada por haber cantado sin querer, metía
Ragú, cuya vuelta al Abismo había hecho ruido, y la nariz en la taza haciéndose la inocente.
al cual, desde entonces, Delaveau afectaba estimar, em- —¿Yo? Por nada. No sé.
pujar hacia arriba, habiéndole nombrado maestro pu- —|Cómo que no sabes, emhusterilla! No se te há
delador, dándole gratificaciones, á pesar de su abo- ocurrido eso porque si; alguien ta lo ha dicho, para
minable conducta. Estaba Fernanda enterada del dra- que lo repitas.
ma de los Ragú. Sin aprensión, el marido lanzaba,- j Cada vez más aturdida, viendo las malas consecuen-
en voz alta, inmundas injurias contra su mujer, lla- cias del negocio, Nisa, terca y contra la evidencia,
mándola perdida públicamente. Corría esto por los ta- quiso insistir con la mayor frescura.
lleres: ¿De qué compañero sería el hijo de Josina?, —Te lo aseguro, mamá; á veoes canta una sin sa-
Delaveau había hablado delante de "Fernanda de lo ber lo que dice, lo primero que se le ocurre.
qUe le molestaba todo esto, pues Ragú tomaba muy Fernanda, iluminada de repente:
mal la cosa, rabioso de celos, trabajando como un —¿Ha sido Nanet—dijo,—quien te ha dicho todo eso?
loco, ya sin tocar un útil en tres días, ya matándose bi, Nanet había sido. Pero ella, por miedo do que
con la faena, braceando el metal en fusión con furia,; la nneran si se descubrían sus nuevas escapatorias
c mo quien necesita golpear y matar. volvió á mentir, ^ *
—1 Qué Nanet, Nanet! [Si no le veo desde qtie rfíe y era una v i c t o r i a seguramente suprimir á Lucas, qut¡
lo prohibiste 1 comprometía su .ida de lujo y de placer. Muerto el
La madre, febril por el anhelo de saber, se suavizó enemigo, muerta la competencia; la derrota imposible.
de pronto. No pensó en castigar las escapadas de Nisa,- Con un celoso como Ragú, borracho, furioso, los su-
ante el hecho importante de que quería estar segura. cesos podían precipitarse. Bastaría con hacerle sacar-
—Oye, mona mía, es muy feo no decir la verdad. la navaja del bolsillo. Pero todo era soñar; ¿como
La otra vez te castigué porque mentiste. Ahora si di- realizar aquello? Avisar á Ragú, nombrarle al hom-
oes la verdad, te prometo no castigarte. Vamos, sé bre que buscaba hacía tres meses, era el plan indica-
franca, ¿fué Nanet? do: pero, ¿cómo avisarle? Pensó en un anónimo; cor-
Nisa, buena niña en el fondo, respondió al punto: taría palabras de un periódico, las pegaría en un papel
—Sí, mamá, Nanet. y esperaría la noche para llevar la carta al correo.
—¿Y te ha dicho que el verdadero marido de Josina Hasta empezó á cortar las palabras. De pronto le pa-
era el señor Lucas? reció el medie ooco seguro, de eficacia escasa, porque
—Sí, mamá. un anónimo es" frío, puede despreciarse. Si á Ragú
—jY él qué sabe! ¿Por qué dice eso? no se le hería en lo vivo, de repente, irritándole hasta
Nisa, aturdida, tuvo que meter otra vez la nariz la demencia, no daría el golpe. Había que meterle la
en la taza, por su inocencia de chiquilla. verdad en el cuerpo, arrojársela al rostro en tales cir-
— | 0 h ! por ciertas cosas, por ciertas cosas... En fin,- cunstancias, que se volviera loco. ¿A quién mandar?
porque él bien lo sabe. ¿Dónde buscar el delator, envenenador? Desanimada,-
A pesar de los deseos de enterarse, se avergonzó no encontró á nadie, y la sorprendió la noche bus-
Fernanda de las preguntas que hacía á su hija, y no cando en vano, febril, ya enferma, por aquella tra-
insistió más, esforzándose en deshacer el efecto de gedia con cuyo desenlace no daba.
la curiosidad brutal que había demostrado. Al-acostarse, temprano, á eso de las diez, ya había
—Nanet no sabe nada; dice necedades, y tú eres tomado una resolución. Al día siguiente haría llamar,
Una tonta repitiéndolas. Vas á hacerme el favor de á Ragú con el pretexto de preguntarle si dejaba á su
no cantar jamás semejantes disparates, si quieres co- mujer venir á coser á casa algunos días; y cuando es-
mer postre. tuvieran solos, tal vez ella encontraría modo de de-
Acabaron de desayunarse silenciosas, preocupada la círselo todo. Pero tampoco esto la satisfacía; temía
madre, contenta la hija de haber salido bien á tan poca las consecuencias de esta revelación hecha abajo, en
costa. el gabinete de su marido ausente. Gozaba con la au-
Fernanda pasó el día en su cuarto reflexionando,- sencia, todo e l lecho era suyo y estiraba los miem-
discutiendo consigo misma. Primero se preguntó si lo bros, fatigada por la fiebre. Se. durmió al fin cansada,
que Nanet decía era la pura verdad. Pero, ¿cómo du- llena de dudas, y no dió cuenta de si hasta las cinco;
dar? Quería mucho á su hermana para mentir; era al dar el reloj esta hora, despertó de repente; boca
que sabía, que había visto, oído. Y además, todos arriba, los ojos muy abiertos en las tinieblas; volvió
los pormenores reunidos, hacían la historia verosímil, á sus reflexiones en el punto en que quedaban, y re-
evidente. Después, Fernanda pensó cómo podía utili- solvió el problema al punto con audacia y claridad
zar semejante arma que la casualidad ponía en sus extraordinaria. Era muy sencillo, tenía que ir ella mis-
manos. Confusamente todavía, ideaba ya envenenarla, ma á la fábrica, con el pretexto ya inventado, para
hacerla mortal. Nunca había odiado más á Lucas; De- dejar caer la frase irreparable en el curso de la con-
laveau sólo había ido á París á ver si negociaba un versación. Justamente se había enterado; sabía que
nuevo empréstito; el Abismo peligraba más cada día; Ragú trabajaba aquella noche; de suerte que al st:
de día, hacia las siete, podría bajar y le sorprenderla; Abajo, las criadas dormían todavía, aprovechando la
en el momento en que los relevos de día reemplazaban ausencia del amo y contando con que la señora no
á los de la noche. Con la fiebre ya no disentía, tenía madrugaría. Fernanda, con precisión de movimientos
la absoluta seguridad de poseer la solución mejor; y extraordinarios, atravesó el d e s p a j o de su mando,-
lo que la empujaba era menos la razón que la sensa- abrió la puerta de la corta y estrecha galería, por ta
ción de mujer seductora, comedora de hombres, con- que comunicaba el despacho con las oficinas del Abis-
tando con la complicidad de los seres vivos y de las mo. Los empleados no venían hasta las ocho, y el
cosas en circunstancias que no hubiera podido decir, jnozo encargado de barrer se paseaba fuera en la ca-
pero que de seguro vendrían. (Qué ansiedad de cinco rretera con el guarda, que fumaba tranquilo su pipa.
á siete, anhelando el día tan lento en llegar 1 No vol- Nadie la vió: atajó por medio del patio y entró en el
vió á dormir; daba vueltas en el lecho, abrasada con taller de los hornos de pudelar, sin notarlo alma na-
el aáán de correr á la cita que ella se daba; y jamás cida. Como ella creía con certeza, las circunstancias»
cita de ¡amor, anhelo de voluptuosidad nueva, desco- la ayudaban, tas cuadrillas poeturrias acababan de mar-
nocido, delirante, la había irritado con aquellos mil char y las de día aún no habían venido. Para col-
aguijones de fuego. No encontraba sitios frescos para mo de ouena suerte, Ragú, <jue se había retardado
sus miembros; atravesada, ocupaba el lecho entero con con la furia del trabajo, quedaba solo, mudando de
sus nudos graciosos de culebra esbelta, la camisa se; ropa Fernanda, aunque conocía el camino, jamás se
le había subido con la continua agitación, y el espeso hahía aventurado así en este negro imperio del hierro
cabello suelto le tapaba el rostro ardoroso. No cejaba y del carbón; te daba mucho asco tanta suciedad unida
en su resolución: ni quería reflexionar, ni prever lo á tanta bajeza. Vaciló turbada cuando tuvo que en-
que pasaría. Nada de plan: Jodo iría bien, estaba trar con su peinador blanco y ios blancos pantuflos
segura. Lo parecía que el destino la arrastraba á su- en el inmenso agujero obscuro del taller de pudelaje.
cesos necesarios que habían de ser obra suya, sin que La luz naciente apenas entraba allí; sólo dos hornos
pudiera negarse. Sólo sufría esperando, no sabiendo encendidos rasgaban el humo con dos rayos de astro.
en qué matar los minutos, acabando por acariciarse No sabía dónde pisar entre los cenagosos charcos, so-
á si misma para aplacar un poco el fuego que le bre el suelo ennegrecido del polvo de carbón obstrui-
¡quemaba la j>iel. Sus manos pequeñas, largas, sua- do por lingotes de hierro. Un acre olor compuesto
ves, subían lentamente por los muslos, se detenían en el del gas de los hornos y de emanaciones humanas le
vientre, volvían á bajar, se deslizaban por todas par- apretaba la garganta. Entró, sin embargo, y de pronto
tes con somero halago, volvían á subir, corrían á lo vió á Ragú que se dirigía á la barraca de tablas don-
Largo de las caderas, hasta el seno duro, donde se irri- de los obreros colgaban la ropa Toda la noche había
taban de pronto empuñando la carne, apretándola, con braceado el acero con furia, buscando olvido, aniqui-
la exasperación aguda de no poder calmarse. Al fin,- larse, meneando el espetón como ¡un arma con que hu-
á las siete menos cuarto, la hora exacta que se había biera acuchillado al mundo. Aún estaba empapado en
fijado, saltó del lecho. El frío de la alcoba la heló,- sudor, y no traía sobre si en aquel momento más que
y quedó muy tranquila, dueña absoluta de sí. Aunque tona camisa y un simple mandil, y antes de ponerse
apenas se veía, no encendió luz, m siquiera abrió las su traje de calle se bebió su cuarto litro, excedién-
persianas. Simplemente, se recogió el pelo y lo sujetó dose de su habitúa 1 ración de la noche, empinando la
en la nuca; y sin corsé, se puso un holgado peinador botella ébrio de vino, de fuego y de ira mal fermen-
de franela blanca que la envolvía toda, y calzó pantu- tada. De pronto vió á Fernanda, una mujer toda blan-
flas de terciopelo también blanco. Y bajó como los ca, en la negrura horrible del taller; quedó tan asom-
días que tenía que dar alguna orden temprano.. brado con tal aparición, que avanzó para darse cueñt-
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Fernaiida; reconociéndole, empinada la botella; vacián- 'san! ¿Y quiere Usted, señora, que perdone y que críe
dola, se había detenido aún más tranquila. Estaba me- al bastardo que me trae en la panza, como una inde-
dio desnudo, la camisa abierta por el pecho, muy blan- cente perra que es?
co; los brazos dejaban ver su piel hasta: los hombros,- Entonces Fernanda fingió mucho asombro, lo soltó
la piel fina y brillante de los rojos que contrastaba todo con aire de perfecta inocencia.
con fuerza con el tono de la cara, congestionada, ya —Pero, entonces, ¿qué es lo que me han dicho?
cocida por el fuego. Se había dicho ella que para acer- Yo creía la cuestión del niño arreglada. ¿No se quedó
cársele esperaría á que se hubiese vestido. Pero no en que el padre cargara con él?
pudo evitarle, pues él venía á ella y tuvo que tratar el ; —¿ Cómo cargar ?
asunto inmediatamente. —|Pues claro, el dueño de la Crécherie, ese señor
—Soy yo, Ragú; tengo que preguntarle Una cosa, y; Lúeas, en fin, el padre.
como sabía que estaba usted aquí... —¿Cómo el padre?
Seguía él pasmado al verla molestarse de aqUel mo- Ragú, estúpido, sin comprender, se había acercado
do viniendo á buscarle, y continuó mirándola con la y adelantaba la cara sudorosa, ardiente, hasta tocar
boca abierta. casi el rostro delicado de Fernanda, aquella boca fres-
Ella misma, pero sólo entonces, comprendió lo ab- ca de donde salían cosas tan extrañas.
surdo de aquel paso; pero sin pensar en ello ni tratar —¿De modo que no es verdad? ¿No sabe usted
de excusarse, fué derecha al asunto. nada? i Dios mío, cuánto siento haber hablado! Me
—Venia á preguntarle si consentirá Usted que su habían dicho que estaba usted de acuerdo con el se-
fi^ujer venga unos días á casa. Necesito á alguien y ñor Lucas, que su mujer se quedaba con usted á con-
he pensado en ella. dición de que él se llevara el niño, ya que era suyo.
Olvidó Ragú de pronto lo extraño de la visita. En Un temblor agitaba á Ragú, sus ojos iban siendo
Jiña ola de ciega cólera, toda su sangre zumbó en su los de un loco, y seguía adelantando la mandíbula
cráneo. convulsa. Y furioso, rugió, perdiendo todo respeto, pues
—iMi mUjerI ¿quiere usted á mi mujer? ] Rayo de ya no había allí más que una hembra y un macho.
Diosl Llévela y quédese con ella; jasl se muera 1 —¿Qué es eso que me cuentas? ¿por qué has veni-
Este era el furor que Fernanda esperaba. Fingió sor- do á contarme eso? Querías plantármelo en las nari-
presa, compasión, mucha pena. ces; lo del señor Lucas que ha dormido con mi mujer;
—¿ Pero, siguen ustedes reñidos ? Yo creí que la ha- y es muy posible, de seguro, es cierto, porque ahora
bía usted perdonado, que se arreglaba todo, esperando veo claro y todo se explica. No tengas miedo, al se-
al pobreciüo que va á nacer. ñor Lucas ya le contaré un cuento; de ese me encar-
—í Perdonar quél—gritó Ragú bajo este nuevo la- go yo... Pero, ¿y tú? di. ¿J\)r qué has venido, por
tigazo con que azotaba la herida de sus celos.—Perdo- qué has hecho eso?
nar el hijo que le han hecho á esa zorra. | Conque Y le echaba en la cara un aliento tan terrible, que
él gusto para ella, mientras yo dejo aquí las asaduras! se asustó ella comprendiendo que se hacia dueño de
—Claro que su mujer ha sido ligera; pero es tan la situación, que toda su destreza de mujer seductora
jovep, tan bonita, y es tan natural á su edad querer no podría nada con esta fiera en libertad Quiso ba-
divertirse y dejarse vencer por los señoritos buenos tirse en retirada.
mozos que la engatusan! —Pierde usted la razón, Ragú; ya volverá usted,
Cerró él los ojos ante la ardiente visión que le ya hablaremos, si quiere, cuando esté más tranquilo.
evocaban, loco, rugiendo: De un brinco la estorbó el paso.
=-jYo le daré á ella los señoritos que la gngafe- —[No, no! Oye, tengo que decirte...;
"ALFümO H, Y
Con el miedo, descuidaba eúa el peinador mal ce- apoderado de ella. Se defendía también como una fie-
ñido y vela él un poco de su seno, suave como seda ra, en salen ció; le arrancaba el pelo, le mordía el pe-
Sobre todo, la adivinaba desnuda, sin corsé, sin ena- cho y procuraba mutlarle, mientras él seguía rugiendo:
guas, envuelta apenas en el vestido flotante que po- —1 Zorras, zorras 1 | Todas zorras I
dría desgarrar de un solo movimiento de sus manos De pronto dejó ella de defenderse. Una onda de
rudas; y oíía bien, como si trajera consigo todavía et abominable voluptuosidad, ola de espantosa embriaguez,
ambiente del lecho, húmeda, perfumada. Acababa de llegaba á su carne en un escalofrío y aturdimiento
volverle loco lo extraño de su visita; la carne blan- ¡que sumergían su voluntad y la entregaban jadeante,
ca, la mujer de blanco toda que caía en su negro in- delirante. Y esta voluptuosidad afrentosa l a producía
fierno de rojas llamas. la misma abyección en que caía; el lecho innoble,
—Atiende: tú lo has dicho. Los señoritos guapos aquel retiro obscuro, apestado, el olor salvaje de aquel
cortejan á nuestras mujeres y les hacen hijos... enton- animal rabiado de piel sudorosa, de sangre quemada
ces, ¿qué te parece? justo es que les paguemos en por el horno; en fin, el horror sombrío del Abismo,
igual moneda y que á veces les toque la china á sus del monstruo que tragaba existencias, cuyas tinieblas
mujeres. atravesadas por llamas le producían un vértigo infer-
Había ella comprendido; la empujaba hacia la ba- nal. La'vil curiosa, la perversa que había en ella, tan
rraca de tablones, inmundo ropero, agujero de tinie- poco halagada por su marido y por su amante insípido,
blas que tenía en u n rincón harapos amontonados. tocaba allí el fondo de la sensación. Ya consentía
También ella .perdió la cabeza, se defendió, rebelde,- Devolvió el abrazo de la bestia, ebria en su espas-
aterrada, al acercarse el monstruoso abrazo. mo, jamás sentido, que la hizo gritar de placer loco,-
—j Déjame, ó grito I como la hembra á quien revienta el macho en el fon-
—iQue has de gritar; de fije no llamarás gente; tú do de la selva.
perderías más que nadie 1 Ragú, al punto, se había puesto en pie. Como el
Y seguía empujándola brutalmente, haciendo avan-: jabalí en su cubil, daba vueltas, rugía vistiéndose de1
zar la mandíbula, las duras manos ya sobre ella. Un prisa. La chaqueta había caído debajo de Fernanda
vaho de fiera brotaba de él, de su piel blanca que y la erqpujó con el pie como un estorbo. Dos veces
ella veía tras la entreabierta camisa. Su rabioso tra- más, para buscar algo, la zarandeó con el pie, pen-
bajo de noche, el sudor de que le había inundado, le sando sólo en lo que había perdido, y á cada patada,
empapaba, febril todavía, la sangre, como cocida por gruñía:
el horno con calor de brasa acumulado en sus venas. —i Puerca, puerca! i PuercaI
Fernanda se sentía desfallecer en aquella hoguera abo-i Apenas vestido, encontró lo qUe buscaba Era SU
íninable, arrebatada, subyugada, sin valor ya para pe- íiavaja, que se fe había caído del bolsillo, y estaba
dir socorro. debajo de Fernanda. En cuanto cogió la prenda, se
—Le juro á usted que grito, si no me suelta. fué á escape, lanzando el último' rugido.
Pero él no hablaba, apretaba los dientes, en un fre- —¡Ahora, al .otrol ¡Voy á ajusfarle las cuentas!
nesí en qUe la necesidad de sangre vertida acababa Fernanda, entre la ropa vieja, seguía en un espas-
en este celo, en ese afán de violación, pl último em- mo, inerte, aniquilada por la violencia de la sensación,-
pujón la hizo caer sobre los andrajos amontonados; los brazos convulsos cruzados sobre la cara. Sola ya,
en el rincón infecto, lecho de ignominia. Con ambas después de un ralo, se levantó con trabajo, recogió
manos había arrancado el peinador, rasgado la cami- el pelo, se envolvió como pudo en los pedazos de sií
sa; la tenía desnuda, la aplastaba, la quería inmóvil peinador, y tuvo la extraordinaria suerte de volver-
para evitar ¡Los arañazos. Un furor sombrío se había l e gomo había venido, sin encontrar á nadie, desli j
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zándose por las salas desiertas. Por fin, en Su a l e o go aliento salía del lecho; la vida aídietofó decuplada,-
ba, se creyó salvada. ¿Pero que nacer de la ropa des- oculta allí bajo la sofocación acre de las sábanas.
garrada, manchada, inmunda? Los pantuflos de ter- —Pues es el caso que un obrero del Abismo, el tal
ciopelo blanco estaban negros del todo, el peinador Ragú, ya sabe usted, acaba de matar de una cuchillada
de franela blanca, tenía manchas de aceite, de carbón; El señor Lucas, el dueño de la Crécherie.
la camisa, desgarrada, señales innobles. Se decidió,' Fernanda, como movida por un resorte, quedó sen-
hizo un lío con aquella ropa que nadie había de ver,- tada en el blanco lecho, despeinada, desnudo el seno
y la ocultó bajo u n mueble para quemarla después,- entre la ropa descompuesta.
como el asesino que vuelve con el vestido cubierto de —¡ Ah I -^-dijo simplemente.
sangre. Luego, después de ponerse una camisa lim- —Sí, señora, le ha metido la navaja por detrás,-
pia, se acostó otra vez. Quiso olvidarlo todo, inca- entre los hombros. Dicen que fué por causa de su
paz de tenerse de pie, con anhelo de dormir, huyendo mujer. ¡Vaya una desgracia!
del minuto inaudito que acababa de pasar. Pero en Fijos los ojos, distraídos, como si viesen lo invisi-
vano mudó de cjamisa, el olor de bestia humana lo ble, el seno palpitante, toda la carne en tensión del
tenía en la piel, entre el cabello guardaba el soplo de espasmo, que seguía, Fernanda permanecía inmóvil, c a á
embriaguez que la había embargado. l u v o que vol- á obscuras.
ver á vivir el minuto; rumió y rumió la voluptuosidad —Está bien—dijo al fin;—déjame dormir.
terrible entre el vaho que le impregnaba la carne, Y después que la doncella volvió á cerrar suave-
que tenía hasta en las uñas. No venía el sueño; es- mente la puerta, el a m a so dejó caer otra vez en el
taba boca arriba inmóvil, sepultada bajo la ropa, cor* desordenado lecho, se volvió hacia la pared, otra vez
los ojos cerrados, apretadas las manos, presa de fu- inmóvil. Ahora un sabor atroz de sangre se mezclaba
rioso recuerdo que la sacudía, que la quemaba con el al olor de fiera que l a envolvía, y una excitación
continuo volver de aquel placer ignorado, atroz, con monstruosa del crimen entró en su placer. Creyó mo-
qUe no podía saciarse. Pasaban las horas y no se rir. por la violencia de la sensación, aguda, semejante
movía; era la caída inexorable y deliciosa de u n vér- á un hierro cuya punta removiera los pliegues se-
tigo sin fin. cretos más delicados de la voluptuosidad. Era lo in-
olvidable, la dicha, el espanto, el triunfo, toda la cria-
A. eso de las diez, Felicia, la doncella, entró en et tura nerviosa envuelta en un paroxismo de excitación,-
¡Cuarto, asombrada d e que la señora no hubiese lla- que no había conocido jamás, que no volvería á co-
mado todavía; y más impaciente porque acababa de sa- nocer, y horas y horas pasó olvidada de todo en el fondo
ber una gran noticia que traía revuelto el barrio. de las tinieblas del lecho ardiente, la cara contra la pa-
—¿Está mala la señora? red, como si no quisiera volver á la vulgar vida co-
Como no le respondieron, esperó Un instante, y des- tidiana, para rumiar á lo infinito aquel placer exer
pués se dirigió hacia la ventana para abnr las persia- crable.
nas, según costumbre, pero u n murmullo que venia
de la obscuridad del lecho la detuvo. Eran cerca de las nueve, en la escasa claridad pá-
—¿Es que quiere la señora seguir descansando? lida de la mañana de invierno, cuando Lucas fué he*
Tampoco hubo respuesta. Y Felicia, que ardía en rido. Acababa de hacer, según costumbre, su visita
deseos de dar la gran noticia, se decidió a pesar de matinal á las escuelas, y Ragú, que estaba en acecho
todo. detrás de un macizo de boneteros, se lanzó sobre él y
le clavó la navaja entre los hombros, cuando llegaba
—¿No sabe la señora? al umbral sonriendo á unas niñas que le salían al
Un gran silencio Ugnaba I a obseura alcoba. Un va- encuentro. Lanzó un grito y cayo, mientras el asesi-
— G2 - a - 63
no huía y llegaba á la falda de los Montes Bleuses,• Viva Usted y eso míe basta. Su dicha no na? dá pena.
desapareciendo entre las peñas y la maleza. No esta- Viva usted viva usted, Lucas j yo seré s i criada
ba allí Sceurette, ocupada en la lechería al otro lado En este momento trágico, ante la muerte que él
del parque Las niñas, aterradas, escaparon también creía cercana, tal descubrimiento, este amor tan mudo¿
pidiendo socorro, gritando que Ragú acababa de ma- tan absoluto, envolviéndole, acompañándole como án-
tar al señor Lucas. Pasaron algunos minutos antes gel custodio,- era de una inmensa, suavidad penetrante
de que algunos obreros de la fábrica las oyeran y¡ y dolorosa.
pudieran levantar la víctima, desmayada por la fuer- Pobre, pobre SœUrette.
za del golpe. Un charco de sangre manchaba ya las —¡Oh 1 Mi divina y triste amiga—murmuró otra vez
escaleras, rojas, como bautizadas, del ala derecha de con voz desfallecida.
la Casa Comunal, donde se encontraban las escuelas. Se abrió la puerta y entró el doctor Novarre muy
Ni se pensó en perseguir á Ragú, que coma, ya muy; inmutado. Al punto quisó examinar la herida, ayu-
lejos. dado por Sceurette, cuyas cualidades de enfermera co-
Lucas, á quien los obreros iban á dejar en Una sala nocía. Hubo un gran silencio, un momento de an-
próxima, saliendo de su desmayo, les suplicó con voz gustia indecible. Después un consuelo inesperado, un
débil: enternecimiento de esperanza. La navaja había encon-
—No, no; á mi casa, amigos. trado el omóplato y se había desviado, no alcanzando
Se le obedeció, y le transportaron en una camilla S ningún órgano importante, no desgarrando más que
su pabellón. Gran trabajo costó colocarle en su lecho; la carne. Pero la herida era horrible, el hueso debía
y con la fuerza del dolor volvió á perder el sentido. de haberse roto, lo cual podía traer complicaciones.
Llegó Sceurette, avisada por una niña, mientras un Si bien no había ningún peligro inmediato, la conva-
obrero corría á Beauclair para traer al doctor Nova- lecencia sería muy Larga de fijo; pero así y todo,
rre. La joven, al ver á Lucas, tendido, pálido, cu- ¡qué alegría ver la muerte alejada! Lucas tenía co-
bierto de sangre, le creyó muerto; se dejó caer ante gida la mano de Sœurette y su dicha le hacía sonreír
el lecho, junto á sus rodillas, presa de un dolor tan débilmente.
vivo, que el secreto de su amor se le escapaba. Le Y preguntó: ' '* • ' ' ' '
i
había cogido una de las manos inerte y la besaba; y; —¿Y mi querido Jordán, lo sabe? ' ' ' <
entre sollozos, balbuciente, decía su pasión combati- —-No, nada todavía; se ha encerrado hace tres di asi
da, sepultada en el fondo de su sér. Le llamaba su en su laboratorio. Pero voy á traerle. |Ay! amigo
único cariño, su solo bien.- Perdiéndole, perdía su pro- mío, qué feliz me hace la seguridad que nos dá el
pio corazón; no amaría más, no viviría más. Deses- doctor.
perada, no echaba de ver que Lucas, empapado en; Embelesada, dejaba sU mano en la del herido cuan-
sus lágrimas, había vuelto en sí y la oía con infinito do la puerta se abrió otra vez. Entró Josina. Corría
afecto y tristeza infinita. i . ; á la primer noticia del crimen, trastornada, loca. Sei
Y murmuró con voz ligera como un hálito: cumplía lo que ella temía. Algún miserable había en-
—Me ama usted, jOhI |pobre, pobre Sceurette! tregado su querido secreto, y Ragú acababa de ma-
Pero á ella, sólo atenta á la placentera sorpresa d« tar á Lucas, el esposo, el padre. Acabada estaba su
verle vivo todavía, no le pesó de su confesión, satis- vida, ya nada tenía que ocultar; allí moriría, en su
fecha más bien de no mentirle más, segura como es- casa.
taba de amarle lo bastante para que su amor jamás Al reconocerla, Lucas lanzó un ligero grito. Había
le hiciera sufrir. sollado con prisa la mano de Sœurette y tendía am-
—Sí, le amo, Lucas; pero en mí no hay que pensar, bos brazos.
—] Ah! t Josina,- eres tú, vuelves S mil s—IAhí Sœurette—repitió él con voz apenas percep-
Y, como tambaleándose, pesada, por caUsa de sU tible;—|ahí |divina y triste amiga!
maternidad muy avanzada, se desplomaba ella sobre Viéndole tan fatigado el doctor Novarre, intervino, y
el borde del lecho, comprendió su angustia mortal y le prohibió en absoluto hablar.
la - tranquilizó. Sonreía discretamente el amable doctor al enterar-
—Vuelve á mí, con el hijo querido, Josina, y no se de todo aquello. Le parecía muy bien que su heri-
te atormentes; viviré, el doctor lo asegura, viviré para do tuviese una hermana y una mujer para cuidarle;
los dos. pero había que ser razonable; no llamar la fiebre con
La vida volvió á ella e n Un gran suspiro. ¡Dios tanta emoción. Lucas prometió ser muy juicioso, no
míol ¿Se cumplía, pues, el invencible anhelo, lo que hablando más, contentándose con mirar cariñoso á Jo-
ella esperaba de la vida que parece tan dura y que cum- sina y Sœurette, sus dos ángeles, uno á la derecha
ple lo necesario? i Viviría él, y aquella espantosa pu- y otro á la izquierda de su lecho.
ñalada los había reunido para siempre I Hubo un silencio prolongado. La sangre del apóstol
—Sí, sí, vuelvo á ti, Lucas; volveremos á ti, y esto había corrido; aquel era el calvario, la pasión de don-
se ha acabado; ya nunca nos separaremos, puesto que, de iba á salir el triunfo. Vió acercarse á las dos mu-
ya nada tenemos que ocultar. Acuérdate que te había jeres en torno suyo, y el herido volvió á abrir los ojoa
prometido volver cuando me necesitaras, cuando no para sonreirías. Luego, al dormirse, murmuraba:
íuese 'estorbo, sino ayuda; con este hijo querido, lazo ¡—Por fin el amor ha venido; ahora venceremos.
que nos dará una fuerza nueva. Todos los demás la*
zos están rotos; yo soy tu mujer ante todos, mi sitioi
está aquí, á t u cabecera. ¡
La alegría hizo llorar á Lucas.
—¡Ayl i querida Josina, ©1 amor v la ventura entran
contigo 1 S
Pero de pronto, se acordó de Sœurette. Levantó los
ojos y la vió al otro lado del lecho, en pie, un poco
pálida, pero sonriendo. Con ademán cariñoso, volvió Hubo complicaciones que pusieron á Lucas en gran
á tomarle la mano. peligro. Durante dos dias se le creyó muerto. Josina
—Mi buena Sœurette, era Un secreto que tuve que y Sceurette no se apartaban de su cabecera. Jordán se
ocultar á usted. pasaba las horas sentado junto al lecho del dolor,
—Iras u n ligero temblor, dijo ella con sencillez: abandonando su laboratorio, lo cual no había hecho
—|Ohl Yo lo sabía i había visto á Josina una pían desde la enfermedad de su madre. Desesperados aque-
ñaña salir de casa de usted. i llos tres corazones cariñosos, á cada momento temían
—¡Cómol ¡Lo sabía ustedI __ ; recibir el último suspiro del sér querido.
Lo adivinó todo y sintió una lástima, una admira- La puñalada con que Ragú había herido á Lucaa
ción, Una ternura infinita. Aquel amor que renuncia- había conmovido á la Crécberie. En los talleres, á
ba, mostrando u n afecto sin fin, en el don d© la vida pesar del duelo, continuaba el trabajo; pero á cada ins-
entera, lie conmovía, le exaltaba como acto del más tante se pedían noticias; todos los obreros se sentían
elevado, del más puro heroísmo. Quedo, casi al oído, solidarios, unidos á la víctima por el mismo afecto.
añadió ella: El crimen absurdo, la sangre que había corrido, estre-
—No tema usted, Lucas; lo sabía, nunca seré más chaba el lazo fraternal mas que vanos años de expe-
que la más fiel y fraternal amiga JraOajo—Tumo II—5 ^
—] Ah! t Josina,- eres tú, vuelves S ïnil s—IAhí Sœurette—repitió él con voz apenas percep-
Y, como tambaleándose, pesada, por catísá de sU tible;—|áh! |divina y triste amiga!
maternidad muy avanzada, se desplomaba ella sobre Viéndole tan fatigado el doctor Novarre, intervino, y
el borde del lecho, comprendió su angustia mortal y; le prohibió en absoluto hablar.
la - tranquilizó. Sonreía discretamente el amable doctor al enterar-
—Vuelve á mí, con el hijo querido, Josina, y no se de todo aquello. Le parecía muy bien que su heri-
te atormentes; viviré, el doctor lo asegura, viviré para do tuviese una hermana y una mujer para cuidarle;
los dos. pero había que ser razonable; no llamar la fiebre con
La vida volvió á ella e n Un gran suspiro. jDios tanta emoción. Lucas prometió ser muy juicioso, no
mío! ¿Se cumplía, pues, el invencible anhelo, lo que hablando más, contentándose con mirar cariñoso á Jo-
ella esperaba de la vida que parece tan dura y que cum- sina y Sœurette, sus dos ángeles, uno á la derecha
ple lo necesario? i Viviría él, y aquella espantosa pu- y otro á la izquierda de su lecho.
ñalada los había reunido para siempre! Hubo un silencio prolongado. La sangre del apóstol
—Sí, sí, vuelvo á ti, Lucas; volveremos á ti, y esto había corrido; aquel era el calvario, la pasión de don-
se ha acabado; ya nunca nos separaremos, puesto que, de iba á salir el triunfo. Vió acercarse á las dos mu-
ya nada tenemos que ocultar. Acuérdate que te había jeres en torno suyo, y el herido volvió á abrir los ojoa
prometido volver cuando me necesitaras, cuando no para sonreirías. Luego, al dormirse, murmuraba:
íuese 'estorbo, sino ayuda; con este hijo querido, lazo ¡—Por fin el amor ha venido; ahora venceremos.
que nos dará una fuerza nueva. Todos los demás la*
zos están rotos; yo soy tu mujer ante todos, mi sitioi
está aquí, á t u cabecera. ¡
La alegría hizo llorar á Lucas.
—¡Ayl i querida Josina, ©1 amor v la ventura entran;
contigo 1 S
Pero de pronto, se acordó de Sœurette. Levantó los
ojos y la vió al otro lado del lecho, en pie, un poco
pálida, pero sonriendo. Con ademán cariñoso, volvió Hubo complicaciones que pusieron á Lucas en gran
á tomarle la mano. peligro. Durante dos días se le creyó muerto. Josina
—Mi buena Sœurette, era Un secreto que tuve que y Sceurette no se apartaban de su cabecera. Jordán se
ocultar á usted. pasaba las horas sentado junto al lecho del dolor,
—Iras u n ligero temblor, dijo ella con sencillez: abandonando su laboratorio, lo cual no había hecho
—j Oh ! Yo lo sabía i había visto á Josina una ma- desde la enfermedad de su madre. Desesperados aque-
ñana salir de casa de usted. i llos tres corazones cariñosos, á cada momento temían
—¡Cómo! ¡Lo sabía usted! __ ; recibir el último suspiro del sér querido.
Lo adivinó todo y sintió una lástima, una admira- La puñalada con que Ragú había herido á Lucas
ción, Una ternura infinita. Aquel amor que renuncia- había conmovido á la Crécberie. En los talleres, á
ba, mostrando u n afecto sin fin, en el don d© la vida pesar del duelo, continuaba el trabajo; pero á cada ins-
entera, lie conmovía, le exaltaba como acto del más tante se pedían noticias; todos los obreros se sentían
elevado, del más puro heroísmo. Quedo, casi al oído, solidarios, unidos á la víctima por el mismo afecto.
añadió ella: El crimen absurdo, la sangre que había corrido, estre-
—No tema usted, Lucas; lo sabía, nunca seré más chaba el lazo fraternal mas que vanos años de expe-
que la más fiel y fraternal amiga. Trabajo—Tumo II—5 ^
rienda humanitaria. Y hasta en Beauclair se había Comprendió él; sintió una viva alegría, mezclada de
hecho sentir la simpatía; muchos'so reconciliaban con inquietud al verla • palidecer y vacilar.
aquel mozo tan joven todavía, tan guapo, tan activo,- —| Josina, Josina, á ti te toca ahora sufrir, mas para
cuyo único crimen, aparte de su empresa de justicia,- Un resultado tan seguro, para una dicha tan grande!
era haber amado á una mujer adorada à quien su ma-
rido abrumaba con injurias y golpes. En suma, nadie Sœurette acudió desde el saloncillo próximo; y en
seguida habló de hacer llevar á Josina á otra parte,
Be escandalizaba de ver á Josina, muy adelantada en porque allí no había do.ide acostarse. Péro Lucas su-
BU embarazo, instalarse junto á Lucas agonizante. Par plicaba diciendo i
recia esto muy natural. ¿No era él el padre de aquel
hijo? ¿No habían comprado los dos à costa de sus lá- —No, amiga mía, no me lleve usted á Josina. Voy á
grimas el derecho de vivir juntos? Además, los gen- estar con una terrible ansiedad. A ver cómo nos arre-
darmes que perseguían á Ragú no habían encontrado glamos, puede ponerse una cama en el salón.
ningún rastro; todas las pesquisas de quince días ha- Tendida en una butaca, Josina, sacudida por gran-
bían sido vanas; y el drama parecía desenlazado con des dolores, había hablado también de marcharse. Pe-
el hallazgo del cadáver de un hombre, en el fondo de ro sonrió dando la razón á Lucas. ¿Cómo dejarla aho-
Un barranco de los Montes Bfeuses, medio comido por ra? ¿No iba el hijo querido á remachar su unión in-
los lobos. En él se creía reconocer los restos horribles disoluble? Ya consentía Sœurette, cuando entró el doctor
de Ragú. No pudo declararse oficialmente la defun- Novarre que venía á hacer su visita ordinaria.
ción, pero arraigó la leyenda de que Ragú había muerto,- —Vamos llego á tiempo—dijo alegre.—Ahora ten-
ó por un accidente, ó por un suicidio, en la locura fu- go dos enfermos. Pero si el papá ya no me inquieta,
riosa do su crimen. Y si Josina estaba viuda, ¿por la mamá tampoco. Van ustedes á verlo.
qué no había de vivir con Lucas, y por qué los Jordán En algunos minutos todo quedó organizado. Había'
no habían de aceptarlos en su casa? Y su unión era en el salón un gran diván que se arrastró hasta el medio
tan natural, tan fuerte, tan indisoluble, en adelante,- do la habitación. Se trajo un colchón y se' hizo una
quo ni aun más tarde pensó nadie en recordar que cama. Tiempo era; el parto vino eh seguida con ra-
no estaban casados legalmente. pidez y felicidad extraordinarias. El doctor seguía rien-
do, bromeando, y sentía no haberse quedado en ca-
Al fin, en Tina hermosa mañana de Febrero, de claro sa pues la cosa iba tan bien. Por exigirlo Lucas, se
sol, el doctor Novar re creyó poder responder de Lucas; había dejado de par en par la puerta que separaba la
y en efecto, pocos días después estaba en plena conva- alcoba del salón; y clavado todavía en su lecho, sen-
lecencia. Jordán, muy contento, había vuelto á su tado, escuchaba ansioso, anhelando oir, comprender
laboratorio. Sólo quedaban alli Sœurette y Josina, muy preguntaba á cada minuto, ardía en deseos de saber
cansadas por las malas noches anteriores; pero muy aigo. I ^ s menores lamentos de la mujer querida que
felices. Josina sobre todo, que no había querido cui- padecía tan cerca sin que él pudiera verla, le oprimían
darse, á pesar de su estado, sufría mucho sin querer el corazón. Deseaba que respondiera ella misma; una
decirlo. Y también fué una mañana de sol de prima- sola palabra para estar seguro; y tenia ella valor pa-
v e r a cuando los dolores, cuyas crisis disimulaba des- ra decir palabras entrecortadas, débiles, procurando pa-
de que se había levantado, le arrancaron un débil grito,- recer alegre, ocultar el temblor de la voz.
mientras presenciaba el primer almuerzo de Lucas, el • ~ l I , ? m I j r e ' e s t é u s t e d tranquilo y déjenos en paz—di-
primer huevo permitido por el doctor. ]0 el doctor.—| Cuando se le dice que es una maravilla,
—¿Qué tienes, Josina mía? y que jamás un hombrecito se ha presentado tan bienl
Continuaba ella luchando, pero tuvo que rendirse;, Iforque ya lo sabe usted; será hombre de seguroJ
1
i. Lucas, creo que ha, llegado el momento.
P - 68 =* 69 ^
De pronto sonó un grito ligero, el grito de la rida, f la madre. Era el niño, sobre todo, quien ahora hacía
toa voz nueva que ascendía entre la luz. florecer su existencia con más fuerza y esperanza. Re-
Lucas, inclinado, todo su sér tendido hacia el acon- petía Lucas en sus continuos proyectos para el por-
tecimiento que se realizaba, oyó el grito y sintió el co- venir, mientras esperaba poder volver á su empresa,
razón latir con alegría. que en adelante estaba tranquilo, seguro de fundar la
—¿Un hijo, un hijo?—preguntó aturdido. Ciudad de justicia y do paz, pues tenía el amor, el
—| Espere usted I—respondió Novarre nendo.—No ten- j amor fecundo, Josina y su Hilario. Nada se funda sin
ga tanta prisa. Hay que verlo. el hijo que ensancha y propaga la vida, y continúa el
Casi al punto, añadió: ¡ hoy con el mañana. La pareja que engendra es la que
—|Pues sí, señor, cierto; es un niño, un hombreó- i trabaja en la dicha humana, la que salvará á los po-
lio, lo que yo había dicho I bres hombres de la iniquidad y de la miseria.
Lucas, entonces, rebosando alegría, batió palmas co- I La primera vez que Josina, ya en pie, pudo co-
mo un niño y gritó cuanto pudo: menzar su nueva existencia junto á Lucas, éste la es-
—iGracias, gracias, Josinal ¡gracias por el regalol I trechó en sus brazos, exclamando:
¡Gracias te digol ¡y cuánto te quiero. JosinaI —¡Ah, tú no eres más que mía, nunca has sido
No pudo ella responder en seguida, porque el dolor ¡ más que mía, pues tu hijo es mío! ¡Henos aquí com-
y el cansancio la tenían sin voz. Inquieto ya, repitió él; pletos, ya no tememos nada de la suerte!
—Te amo, Josina, y te doy gracias. En cuanto Lucas pudo encargarse otra vez de la
Tendido el oído hacia la puerta, pudo oír una voz Î dirección de la fábrica, la simpatía que llegaba de
muy débil, como un soplo, pero feliz y deliciosa: todas partes, aumentó maravillosamente; pero no sólo
—¡Yo sí que te doy las gracias, Lucas; yo sí que el bautismo de sangre determinó el buen éxito de la
te quiero I Crécberie; hubo además un feliz hallazgo; volvió á
Algunos minutos después, Sœurette llevó el niño al ser la mina fuente de enorme riqueza, pues se volvió
padre para que lo besara. Era su amor Un puro, que ¡ k dar con los filones considerables de excelente mine-
ella también estaba radiante por toda aquella dicha, ral que daban la razón á Morfain. Se produjo desde
gozando una alegría sublime con la ventura de Lu- entonces hierro y acero tan baratos y tan buenos,
cas. Después de besar al niño, la dijo cariñoso y ale- ! que el Abismo se vió amenazado hasta en su fabrica-
gre: ción de objetos finos y caros. Toda competencia se
—¡Sœurette, amiga mía, tengo que besarla á usted hacía imposible. Además, el gran empuje democráti-
también; bien lo merece, ¡y estoy yo tan contentoI co multiplicaba doquiera las vías de comunicación, la
Y en el mismo tono respondió ella: extensión sin fin de los ferrocarriles, la construcción
—¡Corriente, querido Lucas, béseme usted, todos so- decuplada de puentes, edificios, ciudades enteras en
mos muy felices I que el hierro y el acero se empleaban en proporción
Durante las semanas siguientes, se gozó el placer de ! prodigiosa, creciente, sin cesar. Desde los primeros vul-
la doble convalecencia. En cuanto el doctor permitió canos que habían fundido el hierro en un agujero pa-
á Lucas levantarse, quiso éste pasar una hora en una ra forjar armas y defenderse y conquistar el dominio
butaca junto á Josina, todavía acostada. Una primavera ! de hombres y cosas, el empleo del hierro no había
precoz llenaba la estancia de sol; siempre había so- ! hecho más que aumentar; el hierro acabaría por ser
bre la mesa un manojo de rosas admirables que el mañana la fuente de la justicia y de la paz, cuando la
doctor traía todos los días de su jardín, como receta, ciencia lo hubiera conquistado definitivamente produ-
decía, de juventud salud y belleza. Entre los conva- ciendo casi de balde, plegándolo á todos los usos.
lecientes estaha 1s cuna de Hilario, el hijo, que criñba Pero sobre todo, lo que determinó & prosperidad,
el triunfo de la Crécherie, fueron las razones nat* ros se presentaban en masa, nuevas construcciones bro-
rales, una administración mejor, más verdad, más equi- taban doquiera. En tres años dobló la población de
dad más solidaridad. Llevaba en sí misma su buen la Créchene; la población se aceleraba. Era la ciu-
éxito desde el día en que había sido creada por el dad soñada, la ciudad del trabajo reorganizado, otra
sistema transitorio de una prudente asociación entre vez noble; la ciudad futura de la dicha conquistada,
el capital, el trabajo y la inteligencia; y los días di- camino de ser metrópoli. Los talleres, todas las cons-
fíciles que acababa de atravesar, los obstáculos de to- tracciones, creerán, cubrían hectáreas; y las casitas cia-
das clases las cnsis que se había creído mortales,- ras y alegres entre verdes jardines se iriulliplicanan.
eran simplemente los vaivenes inevitables del cami- Esta ola avanzaba hacia el Abismo, amenazaba su-
no en los primeros días de marcha en que se trata de mergirle. Tiempo atrás, habia ancho espacio entre am-
no sucumbir, si se quiere llegar al fin. Y ahora se bas fábricas, los terrenos incultos que Jordán poseía
veía que la Crécherie siempre había tenido fuorza, sa- en la falda do los Montes Bleuses. Ahora las últimas
via para las recolecciones futuras. casas do la Crécherie llegaban á doscientos metPOS del
Era una lección de las cosas que iba á convencerse Abismo. La ola que iba a batir contra él, ¿.no le
poco á poco á todos. No cabía negar la.fuerza de tal cubriría, no le arrastraría, reemplazándole oon su triun-
asoaacion al ver los beneficios crecer, y que los obre- fal alegna y salud floreciente? También el viejo 15eau-
ros de la Créchene. ganaban ya el doble que los de clair estaba amenazado. Un extremo de la ciudad na-
otras fabricas. Había que reconocer que el trabajo de ciente marchaba hacia él, iba á barrer el négro y pes-
ocho horas, de seis, de tres, el trabajo agradable por tífero lugarón obrero, nido de dolor "en que agonizaba
la diversidad de tareas, en talleres claros y alpgres- el saiano. A veces Lucas, el fundador de la ciudad,-
con maquinas que podían guiar niños, era fundamen' la miraba crecer haciendo salir del suelo él Beauclair
to de la sociedad futura. Los míseros asalariados de de mañana la mansión feliz. Todo Beauclair se con-
ayer, se volvían sanos, inteligentes, alegres, amables. quistaría de monto á monte; las gargantas de Ikias se
La. cooperación, necesaria, suprimía los intermediarios llenarían de casas alegres, entre verdores, llegando a
parásitos, el comercio en que se perdían tanta fuerza los campos inmensos, fértiles do la Kumaña. ¿alta-
y riqueza; y así, los Almacenes generales funciona, ban añosy pero él ya veía la ciudad futura.
ban sin choques, decuplando el bienestar de los han*
bnentos de ayer, colmándoles de los goces reservados Una tarde, Bonnaire le trajo á Babette, la mujer
antes á los neos. Había que creer en los prodigios de Bourron, que le dijo, siempre alegro:
de la solidandad, que debe hacer de la vida una fiesta —Pues, señor Lucas, el caso es que mi marido qui-
continua para todos, al ver las reuniones de la Casa siera volver á la Crécherie. Pero como se marchó de
Comunal, futuro palacio real del pueblo, con sus bi- tan mala manera, no so atreve á venir... y vengo yo.
bliotecas, museos, salas de espectáculos, jardines, jue- Bonnaire añadió:
gos y diversiones. ¿Cómo, en fin, no renovar la ins- —Hay que perdonar á Bourron, á quien el desgra-
trucción y la educación, no fundándolos en la pereza,- ciado Ragú dominaba. No es malo, es débil, y po-
sino en el afán de saber, haciendo el estudio agrada- dremos salvarlo.
ble, dejando á cada cual su energía y .reuniendo los —i Venga Bourron 1—gritó Lucas alegre.—No quiero
sexos si las escuelas prosperaban tanto, sin exceso la muerte del pecador, al contrario. Muchos se aban-
de libros, mezclando lecciones y recreos al aprendi- donan pervertidos por los compañeros. Bourron servirá
zaje profesional? £1 ejemplo de la Crécherie se ha- de ejemplo.
cia contagioso. No eran teorías, eran hechos; se iban Nuuca se había sentido más feliz; la vuelta de Bou-
ganando híptofeg y t m m ^ Ú ^ contorno; nuevos obre- non le pareció decisiva, aunque el obrero ya valía
poco. Pero rescatarle, salvarle, era una victoria sobro
o l a ^ o t l ^ e t r í á í ' 0 t m , c a s a P a r a « pueblo; una I mfe» Convencido de k> que decía; muy contento vien-
oía tras otras olas, haciendo subir la marea míe había do á los camaradas sufrir menos, gustar de todo, mo-
de llevarse el mundo viejo.
Otra tarde vino Bonnaire pidiéndole que admitiera rar en sanas viviendas, rodeadas de flores. Ya no mo-
riría sin ver cumplido el anhelo do toda su vida, que
hubiese menos miseria y más equidad.
—Sí, sí—dijo Lucas riendo,—la sociedad colectivis-
ta la realizaremos, y algo mejor; y si no somos nosotros,
^ ^ o M S ^ ^ S ¡ serán nuestros hijos, los hijos queridos que criamos
para eso. Confianza, Bonnaire; el porvenir es nuestro,
T
pues nuestra ciudad crece, crece sin cesar.
na™ d T a . <™> 1™> no pódame, Y con un ademán mostraba, entre los árboles nuevos,
ios techos de las casas con azulejos de colores que alo
3 SnS prim<!r03 d t a s
- s T J T ^ Beauclair. graba el sol poniente. Y siempre volvía á las tales
casas, como vidas que su aliento parecía sacar de la
tierra y que veía realmente en marcha, cual un ejér-
cito pacífico que iba á sembrar el porvenir sobre las
ruinas del viejo Beauclair y del Abismo.
o ma<imüal 40108
felices! « 2 y tiempo ,in. Pero había más, no hubiera bastado este triunfo;
lo decisivo era que también el pueblo aldeano, en
Combettes, triunfaba á su vez con el esfuerzo común,
Y añadió alegre: el lazo entre la aldea y la fábrica. Allí también se
0,13,1 más
estaba empezando, pero, [qué promesa de prodigiosa
r e ^ S . j ' T ^ - Bomaim, jlo fortuna 1 Desde el día en que el alcalde Lenfant y el
adjunto Ivonnot, reconciliados, habían hecho á todos
juntar sus tierras en un dominio de centenares de
hectáreas, había aparecido una fertilidad extraordina-
ria. Hasta entonces, sobre todo en los últimos años,
la tierra parecía declarada on quiebra, como en toda
la inmensa llanura de la Rumaña, antes tan fecunda,
ahora triste, cubierta de espigas ruines y escasas. Era
esto efecto de la ignorancia testaruda de los hombres,
de la pereza; los métodos anticuados, la falta de abo-
nos, do máquinas y de concordia. ¡Qué lección la que
sspvíi r ^ v s a í S S daba CombettesI Compraban á crédito los abonos, se
procuraban útiles y máquinas en la Crécherie, á cam-
bio de pan, vino y legumbres. Estaba su fuerza en no
pefoíeSr?« ' S T o
aislarse, en el lazo solidario ya indestructible entre la
aldea y la fábrica; era la reconciliación, antes impo-
sible, del aldeano y el obrero. Combettes y la Créche-
rie se necesitaban mútuamente. Milagroso espectácu-
tan honrado, J« £ J g J lo el de esta llanura renaciente, antes casi abandona-
da, cubierta fthoxa do ricas njieses. Entre las demás
berras, parecía Combettes un mar pequeño de verdn- explotadores, sin sacar más que miseria y lágrimas.
ra que toda la comarca miraba estupefacta y al fin
con envidia Otras aldeas querían ya seguir el ejemr J a estaba harto; no quería más engaño; no más fe-
pio. Los alcaldes de Fleauranges, de Lignerolles y de cundar la tierra para que el propietario se lo llevara todo.
oonneheux hacían proyectos de sociedades, recogían Tras de una pausa, añadió con ardor concentrado,
firmas. Pronto crecería aquel mar verde, hasta que en voz más baja:
toda la Rumana no fuera más que un solo dominio,- —SI. sí; la tierra de todos, para volver á amarla
un solo océano pacífico de trigo que bastara á susten- y á cultivarla Yo espero.
tar a todo un pueblo feliz. Lucas le miraba, asombrado; en su actitud reser-
Con frecuencia, Lucas, por gusto, daba largos pa- vada adivinaba viva inteligencia. Tras el aldeano rudo
seos a pie a través de aquellos campos fértiles* y á y socarrón, distinguía un agudo diplomático; un pre-
veces encontraba á Feuillat, el colono de Boisgelin,- cursor el cual veía claro el porvenir que llevaba el
paseando también, con las manos en los bolsillos, mi- ensayo de Combettes 4 un fin remoto, que conocía
rando con aire silencioso y enigmático brota* aquella él solo.
riqueza del campo bien cultivado. Sabía Lucas que. —De modo que si deja usted las tierras en ese esta-
de él era la iniciativa de todo aquello y quien todavía do, es para que las comparen con las próximas y se
aconsejaba; y le sorprendía mucho ver la miseria en comprenda la lección... ¿Pero no es. eso un sueño?
que dejaba las tierras que había arrendado, el domi- Combettes nunca invadirá ni so tragará á la Guer-
nio de la Guerdache, cuyos campos pobres eran una dache.
plancha, un desierto inculto junto 4 la fertilidad de Feuillat volvió á reír callado. Después dijo:
Combettes Un día le dijo: —Puede ser. De aquí allá, tendrían que pasar mn^
chas cosas... En fin, quién sabe, yo espero.
—¿No se avergüenza usted un poco de cultivar tan
mal sus tierras, viendo las del otro lado del camino Dió algunos pasos y añadió, abarcando con un ade-
tan bien cuidadas? Por su propio interés debiera us- mán el horizonte:
ted trabajar con la actividad è inteligencia de que sé —Eso no quita que esto adelante. ¿Recuerda usled
jjue es muy capaz. cómo estaba todo? Y vea usted, vea usted ahora, con
el cultivo en común, máquinas y ciencia, rebosan las
E) colono, primero sonrió, callado. Después d:io
1
sin cosechas; todo el país se conquista poco á poco. ¡Da
miedo i
gozo ver todo estol
—Ay señor Lucas, la vergüenza es un sentimiento El entusiasmo del aldeano se comunicaba $ Lucas.
demasiado ñno para nosotros, pobres rústicos. Y en Si se sentía fuerte en la Crécherie, era porque conta-
cuanto á mi interés, se reduce á sacar lo justo para ba con aquel granero abundante Y no veía coa más
vivir de estas tierras que no son mías Les saco el pan placer el progreso de su ciudad de obreros que estos
y basta; sería un tonto haciéndolas excelentes para campos fértiles de Combettes que llevaban la onda
enriquecer no más que al amo, al señor Boisgelin, que de sus mieses, en océano sin límite, de un confia ñ
puedo cada vez que acaba un arrendamiento echarme otro de la Rumana. Era el mismo esfuerzo, la misma
íue.-a. Para hacer de un campo un buen campo tie- civilización próxima, la humanidad que iba á la ver-
ne que ser de uno mismo, ó, mejor todavía, de todos, dad, á la justicia, á la paz, á la dicha.
bocarron, se burlaba de los que dicen á los aldea- El efecto más inmediato del buen éxito de la Cré-
nos: «¡Amad la tierra, amad la tierral» Sí, eso que- cherie fué hacer comprender á las fábricas menores
n a él; pero también quería ser amado, es decir, no del país la ventaja do asociarse á ella. La Chodorgue,
quería amarla en beneficio de otros. Su padre, su abue- fábrica de clavos que compraba las materias prime*
lo, rn bisabuelo, & bebían &mado hajo el palo de los ras á su, poderosa horn^ia, se decidió primero y se
dejó absorber por interés común. Después la casa Haas-
ser, que teuia la especialidad de las guadañas y po, fiaux jara aprobar lo que sucedía en la Crécherie, y
dadoras, después de haber forjado sobre todo sables estaba dispuesta á asociarse, aunque su panadería se-
también se asoció. Tardó más la casa Miranda y Com- guía' floreciente, gracias á su bondad y belleza, que
pañía, que construía máquinas agrícolas, y uno de cu- la hacían popular. Sólo el carnicero Dacbeux se em-
yos propietarios, reaccionario, luchaba contra toda no- perraba con el furor sombrío de la ruina de todas sus
vedad; pero ante una crisis grave, se retiró, y el otro
salvo la fábrica apresurándose á fundirla con la Cré- ideas; prefería morir en medio de los últimos cuar-
chene. tos de res, el día en que ya no encontrase un burgués
para comprarle la carne á su precio; y el caso llega-
Todas estas casas, asf arrastradas en el movimien- ría; la parroquia le dejaba poco á poco, y tanto ra-
to de asociación, emitían acciones, aceptaban los mis- biaba, que la apoplegía amenazábale como un rayo.
mos estatutos, el reparto de los beneficios basado en Un día, Lacheux fué á casa de Laboque, para don-
la alianza del trabajo, del capital y de la inteligen- de citó á la señora Mitaine, Se trataba, decía, de los
cia. Llegaban á constituir una sola familia en cien intereses morales y comensales do todo el barrio. Se
grupos diversos, dispuesta siempre á recibir nuevas decía que los Laboque, para evitar la quiebra, se pa-
adhesiones, pudiendo así extenderse á lo infinito saban á Lucas, y se hacían simplemente depositarios
En Beauclair, asombrado, desconcertado, llegó al col- de la Crécherie. Desde que ésta cambiaba directamen-
mo la alarma. Entonces qué, ¿la Crécherie iba á cre- te sus productos por el pan de Combettes y de otras
cer sin cesar, el pueblo mismo, después de las fá- aldeas sindicadas, los Laboque habían pordido los me-
bncas, y después de la inmensa llanura iban á ser no jores parroquianos, los aldeanos de los contornos, sin
más las dependencias, el dominio, la carne misma de contar los consumidores de Beauclair, quo economi-
Ja Crechene? Turbados estaban los corazones, los ce- zaban mucho comprando en los almacenes de la fábri-
rebros empezaban á preguntar dónde estaba el interés ca, abiertos y a todos. Era la muerte del comercio,
de cada cual, la fortuna posible. En el circulo de tal como se había entendido hasta entonces, como in-
los comerciantes, entre los almacenistas, sobre todo termediario entre el productor y el consumidor enca-
amnentaba la perplejidad, viendo bajar la venta; t * reciendo la vida, parásito de las necesidades ajenas.
mían tener bien pronto que cerrar la tienda. La lo- Rueda inútil que comía fuerza y riqueza, y cuya des-
cura fué general cuando se supo que Caffiaux el es- aparición era segura ante un ejemplo que probaba con
peciero tabernero acababa de entenderse con la Cré- qué facilidad se le suprime, en bien de todos. Esto
cherie para que su casa fuera un simple depósito- lamentaban los Laboque, en medio de su bazar de-
una especie de sucursal de los Almacenes Generales! sierto.
Mucho tiempo había pasado por agente del Abismo, Cuando Dacheux se presentó, la señora Laboque, ne-
a^go espía de la dirección, envenenando al obrero con gra y flaca, estaba en el mostrador desocupada, sin
alcohol, vendiéndose en seguida á sus jefes, pues la ánimo ni para hacer media; mientras el marido, con
taberna es el más firme pilar del salario. En todo ojos y nariz de hurón, iba y venía como alma en pena
caso no era trigo limpio; acechaba la victoria del entre las cajas de mercancías, cubiertas de polvo.
más fuerte, siempre dispuesto á la traición, enemigo —¿Sabe usted lo que me han dicho?—gntó el car-
de quedar debajo. Aumentó la inquietud viéndole na, nicero congestionado.—iQue es usted un traidor, que
sarse tan fác.lmente á la Crécherie. El movimiento está á punto de entregarse I | Usted que perdió su plei-
de adhesión se aceleraba con la fuerza decuplada de to con el bandido que juró su muerte aunque dejara
la velocidad adquirida. La guapetona señora Mitaine, la piel en la demanda 1 |Y ahora se nos pasa, nos
Ja panadera, no había esperado la conversión de Ca¿ dejal
Laboque se enfadó.
Í T U * ^ ^ 6 1 d e i a m » ©a paz; bastantes diegte —¡Qué miseria, qué miseria!—añadió la señora La-
tos tengo yo! Al pleito estúpido, ustedes todos rae boque, quejumbrosa.—Esto es el mundo al revés, el
lanzaron. Ahora de fijo no me trae usted dinero para fin del mundo.
pagar ñus vencimientos de fin de mes ¡Pues enton- Oyó esto la señora Mitaine, que entraba.
ces, no me venga usted con canciones, ni con que si —¡Cómo el fin del mundo!—dijo alegre.—Ahora mis-
prometí ó no prometí dejar la piell mo acaban de parir dos vecinas un par de cachorros.
Y señalando las mercancías, añadió: Y ios chicos Augusto y Eulalia, ¿cómo están? ¿No
—La piel ahí la tengo; y a no me las arreglo los andan por aquí?
alguaciles estarán aquí el ¿ércoles... Sí, s e ñ c ^ e s ' v S No, ni ahora ni nunca andaban por allí Augusto,
£«1 ya que usted quiere saberlo; estoy en tratos con ya cerca de los veintidós años, era un apasionado de
la Crecliene y firmaré esta tarde, ¡Dudaba todavía,- las artes mecánicas, y aborrecía el comercio; Eulalia,
pero ya me aburren demasiado I ^ muy juiciosa á los quince, ya una mujercita de su
Se dejó caer en una silla, mientras Dacheux, sofo- casa, vivía casi siempre con un tío colono, de Ligno
cado, furioso, sólo podía balbucir juramentos. Y tras rolles, cerca de Combettes.
el mostrador, sonó entonces la queja de la abrumada —¡Oh, los hijos, si hubiera que contar con ellos!—
señora Laboque, en voz baja y monótona: dijo la señora Laboque en nuevo lamento.
—¡Haber trabajado tanto, Dios mío! ¡Tanto sufrir —¡Todos ingratos!—declaró Dacheux, que no se re-
f i P™ 1 «P'o llevando la quincallería de pueblo en pue- conocía en su hija Juliana, robusta y hermosa señorita
blo y luego los esfuerzos que costó! Abrir esta fien- cariñosa, que á pesar de sus catorce cumplidos juga-
v ? n J r í ? a n n í C r e c 7d e- Y t10 d o i abraa b i e n > , a recompensa ba todavía con los pilluelos en medio de la calle de
^ T f T™ ™ P c u r a r s e con s u f ren- Brías.—i Cuando se cuenta con los hijos, lo seguro es
tas, y ahora todo se hunde, el pueblo se vuelve loco. morir de miseria y á disgustos!
l * o no se todavía por qué, santo Dios! —¡Pues yo cuento con mi Evaristo, vaya!—repli-
—¿Por qué? ¿Por q u é ? - g r u ñ ó Dacheux.-Porque es- có la panadera.—Ya á cumplir veinte años, y aunque
re aa Ón
mm L I° , y 1 0 3 burgueses unos cobardes no ha querido aprender el oficio de su padre, no reñi-
que no osan defenderse. ¡Pero yo, el mejor día, si rae remos por eso. Los chicos salen con ideas diferentes
133 CUChÜla3 1 ya vef¿13 de las nuestras, porque nacen para tiempos que no
TLTenol¡ ' 1» alcanzaremos. Yo, á mi Evaristo, sólo le pido que me
Laboque so encogió de hombros. ¡quiera mucho, y eso es lo que hace.
- ¡ B o n i t o negocio 1... Eso está bien cuando se cuenta En seguida expuso su caso con calma á Dacheux.
con la gente; pero en vísperas de quedarse solo, lo Si había venido, llamada por él, era para que cons-
mejor es seguir 4 regañadientes á los demás. Caffiaux tase que cada comerciante de Beauclair debía conser-
lo ha entendido. var su libertad de acción. Ella no había entrado to-
~ 1 Valiente sinvergüenza 1-rugió el carnicero.-¡ Un davía en la asociación de la Crécherie, pero pensaba
traidor un vendido! Ya sabréis que ese bandido el entrar cuando bien le pareciese, el día en que convi-
narnos ' a e n
ígneos por abaAdo- niera á los demás ó á ella misma
—Evidentemente—concluyó Laboque,—yo no puedo
Cien miI hacer otra cosa; firmaré esta tarde.
, ~' francosl-repitió el quincallero echan-
do chispas por los ojos, haciendo ver una ironía es- Volvió á quedarse la señora Laboque, pronostican-
ceptica; quisiera que me los ofreciese á mí, que pron- do el fin del mundo.
to se- los tomaba. Es necedad obstinarse. Lo prudente —Eso no, eso no—exclamó de nuevo la arrogante
siempre estar con los más fuertes. panadera;—¿cómo ha de acabarse el mundo si núes-
iros hijos pronto podrán casarse y tendrán hijos qtfe obscurecía cada vez más, descuidado y tranquilo, s o
se casarán á su vez para tener otros hijos? Unos em- gún Beauclair, se transformaba. En efecto, almorzan-
pujan á otros, el mundo se renueva, ¡eso sí!... es el do en casa del alcalde, sin más testigos que Leonor,
nn del mundo si usted quiere. aún hermosa, Chátelard había dicho:
La frase fué de un efecto tan claro y decisivo, que —Amigo mío, estamos perdidos. En París todo va
Dacbeux, exasperado, se fué, dando un gran portazo, Jnal, la revolución se acerca, todo eso se cae. Aquí,
Llenos de sangre los ojos, amenazado de apoplegía. nuestro Boisgelin es un pobre hombre vanidoso á quien
Era el fin de un mundo, el fin del comercio inicuo y la Uelaveau dejará sin un cuarto. Todos, menos el ma-
corruptor, que hace la fortuna de unos pocos con la rido, sabemos á dónde van las ganancias del Abismo
miseria de los más. en §u lucha heróica contra ía quiebra, y ya verá us-
El último golpe iba á trastornar á Deauclair. Has- ted pronto qué desastre. Así, que fuera necedad no
ta allí la Crécherie había triunfado atrayendo las in- pensar en sí mismo si no se quiere ser arrastrado
dustrias similares y el comercio menudo; pero ¡qué en la ruina.
admiración el día en que se supo q»je el alcalde Gourier Leonor se alarmó.
se pasaba á las nueva* ¡deas I No so asociaba, pues se —¿Está usted amenazado, amigo mío? .. .
bastaba é sí mismo, Como decía con vanidad, pero —¡Yo, no I ¿ Quién piensa en iní ? Ningún gobier-
creaba junto á la dtra una asociación semejante; si| no se tomará el trabajo de atender á mi humilde per-
gran zapatería de la calle de Bríaa se organizaba por Bona, pues tengo el talento de administrar lo menos
acciones sobre la base ya experimentada del capital, posible, diciendo siempre amén á mis jefes, de suerte
el trabajo y la inteligencia, que dividían en tres par- que paso por criatura de todos los ministros. Yo mo-
tes e l beneficio. Era un nuevo grupo, el del vestua- riré aquí olvidado, feliz, hundiéndome con el último
n o al lado del grupo del acero y el hierro. La seme- tojnisterio. En quien pienso es en ustedes, amigos míos.
janza fué mayor cuando Gourier logró sindicar á sas- Y explicó su idea, enumerando las ventajas de ade-
tres, sombrereros, gorreros, la lencería y la mercería. lantarse á la revolución, haciendo de la zapatería Gou-
Se habló de un grupo más que un gran contratista rier otra Crécherie. Comprendía la vida nueva; en
de albañilería se ocupaba en crear asociando á loa este pacífico funcionario tan escéptico, había brotado
albaniles, á todos los obreros de construcciones, l a fcn verdadero anarquista, disimulado con aparente re-
brantes, carpinteros, cerrajeros, plomeros, pizarreros y serva diplomática.
pintores, vasto grupo que englobaría también á los — Por supuesto, yo tendré que desaprobar pública-
arquitectos, los artistas, sin contar á los obreros del mente la conducta de usted. Le llamaré traidor, loco.
mobiliario, ebanistas, tapiceros, broncistas y hasta los Pero aquí en casa, le abrazaré, porque les habrá usted
relojeros y joyeros. No era más que una vegetación jugado una buena pasada, muy reproductiva. ¡Verá us-
lógica ejemplo de la Crécherie, que había sembrado ted qué cara ponen!
esta idea de las agrupaciones naturales que brotaban
por imitación. Se notaba, además, que un lazo ger Gourier, asustado, se resistió. Todo su pasado pro-
neral se establecía por encima de los grupos, lazo testaba; su largo reinado de patrón le hacía rechazar
común que, dejándolos distintos, los reuniría algún día la idea de no ser más que un asociado de centenares
en una amplia reorganización social del trabajo úni- de trabajadores, de quien había sido hasta entonces
co código en la ciudad futura. dueño absoluto. Mas á pesar de las trazas, para el
negocio era listo. Comprendió las ventajas del cam-
Pero la idea de librarse de la Crécherie, imitán- biazo y además se sintió contagiado por la fiebre de'
dola, pareció superior al talento de Gourier. Se atri- reformas que en las épocas revolucionarias enloquo
buyó al consejo de Chátelard, e¿ subprefecto, que se 1 rabajo—Tomo II—ü ^
ce precisamente & las clases vencidas. Llegó á creer saber sU opinión sobre los asuntos públicos, fentfc&do
que la idea era suya, como se lo repetía Leonor día que les trajeran algún desastre rpersonal.
y noche, por consejo de su amigo Chátelard. —Y vamos á ver, señor presidente, ¿ qué dice usted
Fué un escándalo en toda la burguesía de Beau- de lo que pasa?
clair. Se dieron pasos, se procuró que interviniera el Levantó la cabeza, miró un instante á lo lejos y
presidente Gaume, habiéndose negado el subprefecto, dijo como hablando consigo mismo:
que declaraba á voces el caso escandaloso, y que no —Digo que tarda mucho en- venir el huracán de
quería mezclar en él á la administración. Tampoco verdad y de justicia, que acabará por llevarse este
aceptó el presidente, que vivía muy retirado, sin ver mundo abominable.
á nadie desde el día en que su hija Lucila, sorpren- Los Mazelle, asustados, murmuraron:
dida en flagrante delito con Un pasante de notario —¡Cómo, cómo... nos mete usted miedo porque sa-
I muy joven, había tenido que refugiarse en su casa. be que no somos muy valientes 1 Sí, sí, la broma de
Se emplearon los grandes medios. Jollivet, el capitán,- siempre.
yerno de Gaume, después de separado de su mujer,- Gaume, vuelto en sí, reconoció á los Mazelle, pá-
se había lanzado en la reacción con furia loca. Man- lidos, asustados, temblando por su dinero y su pereza.
daba tales artículos al «Diario de Béauclair», que Le- Sonrió con ironía desdeñosa, y dijo:)
bleu, el impresor, alarmado con el giro que tomaba —¿Qué tienen ustedes? El mundo durará todavía
aquello, y comprendiendo la necesidad de estar con veinte años, y si ustedes viven, se consolarán de los
el más fuerte, le había cerrado á lo mejor la puerta, disgustos de la revolución asistiendo á cosas intere-
deseando cambiar de partido. Desarmado, ocioso, el santes. A su hija es á quien debiera preocuparte el
capitán paseaba su cólera impotente, cuando se le in- porvenir.
vitó á que influyera con el presidente, con el cual —Justamente—dijo la señora Mazelle en son de que-
no había roto por completo. Fué á verle, y cuando sa- ja,—Luisa no se preocupa. ¡Oh! absolutamente nada.
lió, á las dos horas, no había sacado de su suegro más •Tiene trece años apenas y encuentra muy gracioso lo
respuestas evasivas, pero él se había reconciliado con que sucede, oyéndonos hablar de ello, naturalmente,
su mujer. Al día siguiente volvía ella al domicilio con- .día y noche. Se ríe mientras nosotros rabiamos. Cuan-
yugal; el capitán perdonaba esta vez con la formal pro- do le digo: «¡Pero, infeliz, no tendrás un cuarto!», me
mesa de no volver ella á las andadas. Beauclair vió responde ¡saltando como una cabra: «¡Pues me tiene
estupefacto tal desenlace, y acabó aquello en una gran sin cuidado; para que veas, así estaró más contenta!»
carcajada. Así y todo, es muy salada, aunque nos d a pocas satis-
Fueron los Mazelle los que consiguieron que confe- facciones.
sara el presidente Gaume, por azar y sin tal misión. —Sí—dijo Gaume;—es una niña que anhela vivir
Solía pasear por las mañanas por el boulevard de por sí misma. Hay de eso.
Magnolles, largo y desierto, con la cabeza baja, las Mazelle, perplejo, aún-temía que se burlaban de ellos.
manos á la espalda, meditando sombrío. Se le iban en- La idea de que la fortuna hecha en diez años y la
corvando los hombros, como bajo el hundimiento final; deliciosa holganza soñada desde la juventud, podían
parecía aniquilado tras una existencia fallida, por el desaparecer, teniendo acaso que trabajar como todos,-
mal que había hecho y el bien que no podía hacer. le angustiaba de modo que venía á ser un primer castigo.
Cuando levantaba un instante ios ojos, mirando á lo —Pero la renta, señor presidente, ¿ qué será de ella
lejos, parecía esperar de lo desconocido, del mañana, según usted, si < todos estos anarquistas llegan á tras-
algo que no llegaba, que él no vería. Los Mazelle lo tornar el mundo? Usted recordará á ese señor Lucas
encontraron yendo á la iglesia y se le acercaron para que tan mal papel representa y nos daba broma coft
la Supresión tíe la renta. ¡Para eso, (pie ñas degüellen gañarse á sf mismo; los días estaban contados, y si
en medio do un monte 1 Dios no le llamaba á sí, pronto tal vez asistiría á la
—Duerman en paz—repitió Gaume con tranquila iro- terrible catástrofe: el campanario desplomándose, hun-
nía;—la sociedad nueva los alimentará si no quieren diéndose el techo de la nave, aplastando el altar.
trabajar. Con tal pesadilla se paseaba horas y horas, pero
Los Mazelle se fueron á la iglesia, donde hacían la ocultaba, fingía valor, altivo, desdeñando los su-
arder varios cirios por la curación de la señora Ma- cesos de un día con el pretexto de que la Iglesia era
zelle, desde un día que el doctor Novarre había dicho dueña de la eternidad. Pero cuando se encontraba con
sin rodeos que no estaba enferma. ¡Que nol Y su el profesor Hermeline, airado siempre ante el buen
enfermedad la cuidaba ella amorosa hacía tantos años, éxito de los métodos de la Crécherie, muy cerca de
y de ella vivía, pues era su ocupación, su recreo, su ra- pasarse á la reacción en nombre de la salvación de
zón de ser. El médico la creía incurable, pues la aban- la república, ya no discutía con la acritud que antes,
donaba, y ella, aterrada, se volvía á la religión, en- y se encomendaba á Dios; pues Dios permitía, de se-
contrando un gran consuelo. guro, aquellas naturalezas anárquicas para lanzar el ra-
Por el desierto boulevard de Magnolles paseaba tam- yo sobre los enemigos y hacer en seguida brillar su
bién Marle, el cura, leyendo su breviario. Pero con triunfo. El doctor Novarre decía en broma que el cura
frecuencia dejaba caer la mano que sostenía el libro, abandonaba á Sodoma en la víspera de la lluvia d©
y seguía andando con lentitud, también perdido en fuego. Sodoma era BeaucJair, burgués y egoísta, con-
el fondo de negros pensamientos. Todas aquellas no- denado á la destrucción para dejar el puesto á la
vedades habían dejado todavía más sola su iglesia; ciudad de salud y de alegría, de paz y de justicia.
quedaban las tres viejas de pueblo, estúpidas, testa- Todo anunciaba' el último estallido; el salario en la
rudas, mezcladas con algunos burgueses que sostenían agonía; la burguesía, loca, se hacía revolucionaria; el
la religión como última muralla de la buena sociedad sálvese el que pueda de los intereses llevaba á los
<jeu se hundía. Desiertas las iglesias católicas, otra vencedores las fuerzas vivas del país, y lo demás lo
civilización comenzaría; por ©so tal público no con- barrería el viento. Esta visión era la que llenaba de
solaba á Marle, que sentía el vacío, más cada vez, amargura al pobre Marle, cuando paseaba meditabun-
en torno de su Dios. En vano Leonor, la alcaldesa,- do bajo los árboles del boulevard de Magnolles.
adornaba con su presencia las ceremonias del domingo
y en vano abría la bolsa para los gastos del culto; co- A veces se encontraban Gaume y el cura. Primero
nocía el cura su indignidad, su pecado crónico de adul- no se veían; caminaban paralelos, baja la cabeza, abs-
terio que el pueblo entero aceptaba y que él mismo traídos. Cada cual daba vueltas á su pena; la religión
había tenido que cubrir con el manto de su ministerio agotada no quería morir; la justicia se desesperaba
sagrado, pero que reprobaba, como una condenación por lo que tardaba en nacer. Pero al fin, levantaban
de que sería responsable. Aún menos le bastaban los la cabeza, se reconocían y había que decir algo.
Mazelle, pueriles, de bajo egoísmo, que acudían á él —Mal tiempo tenemos, señor presidente; tendremos
pidiendo al cielo la dicha personal, colocando sus ora- fegua.
ciones como habían colocado su dinero, para sacarle —Mucho lo temo, señor cura. Este mes de Junio es
los réditos. Y todos así, en esta sociedad que llegaba tnuy frío.
á su fin sin la verdadera fe que en los primeros si- —iAhl qué quiere usted; ahora todas las estaciones
glos había fundado el poder de Cristo, sin la abnega- están trastornadas. En nada hay equilibrio.
ción y la obediencia total, necesaria hoy, sobre todo; —Es verdad; y con todo, la vida continúa; el sol
para la omnipotencia de la Iglesia. No trataba de en- benéfico lo pondrá acaso todo en su sitio.
Después, cada cual volvía á su paseo solitario, m,©'
ditando, paseando así la eterna lucha del porvenir y. atravesar la crisis que creía pasajera. ¿Cómo luchar
del pasado. sin dinero? La deuda creada era ya una carga terri-
Donde más efecto hizo la evolnción de Beauclair, ble. Luchaba como un héroe, poniendo toda la vida
fné en el Abismo. A cada nuevo éxito bueno de la en el empeño de salvar el pasado, la autoridad, el
Grécherie, Delaveau tenía que desplegar más actividad, salario, la sociedad burguesa y capitalista; y quería
inteligencia y valor; naturalmente, lo que hacía pros- además sacar el capital puesto en sus manos, las ga-
perar á la fábrica rival, para él era un desastre. El nancias prometidas.
descubrimiento de excelentes filones en la mina aban- En el fondo, el no poder cumplir á Boisgelin esta
donada, fué un golpe terrible, por la baja del precio- promesa, era su mayor pena; y su fracaso se mate-
de la primera materia. Ya no podía luchar con el hierro rializaba cruelmente los días en que tenía que ne-
y el acero del comercio, y hasta padecía la fabrica- garle dinero. .Aunque el último inventario había sido
ción de cañones y granadas. Habían bajado las sa- desastroso, Boisgelin no quería disminuir en nada el
lidas desde que el dinero de Francia se dirigía sobre tren de la Guerdache, excitado por la misma Fernan-
todo á las construcciones de paz y solidaridad so- da, que trataba á su mando como bestia de carga, á
cial, ferrocarriles, puentes, toda clase de edificios en quien hay que sacar sangre para hacerla trabajar cuan-
que el hierro y el acero triunfaban. Lo peor era que to pueda. Desde el atentado afrentoso de Ragú, que
los pedidos que se repartían entre algunas casas, ya Fernanda guardaba y escondía en lo más hondo de
no bastaban para su ganancia, aunque habían reali- su carne, buscaba loca el placer, insaciable. Parecía
zado el proyecto de matar una de las fábricas para más joven, más hermosa, con cierto desvarío en la
mejorar el mercado; y ahora, siendo el Abismo la me- mirada, por un deseo imposible nunca saciado. Alar-
nos sólida, era la que sus rivales se decidían á re- maba á los amigos de la casa: Chátelard decía al al-
matar sin compasión. Las dificultades eran mayores calde en confianza que aquella mujer iba á cometer
porque los obreros ya no eran fieles. La puñalada alguna gran atrocidad que daría qué sentir á todos.
de Ragú había hecho gran efecto. Después, Bourron, Hasta entonces se había contentado con hacer de su
convertido, llevándose á Fauchard, había determinado casa un infierno, echando á Boisgelin sobre su ma-
ion móvimiento en favor de la Crécherie. La experien- rido para pedirle sin cesar dinero, lo cual desesperaba
cia no dejaba lugar á dudas; en la Grécherie gana- 4 Delaveau. La malvada todavía le azuzaba revolvien-
ban el doble los obreros, trabajando echo horas, sin do el hierro de la herida Y él seguía adorándola, la
contar las demás ventajas: las casitas agradables, las creía inocente, sin mácula posible.
escuelas siempre alegres, la Casa Comunal siempre en Llegó Noviembre, adelantándose los grandes fríos. En
fiestas, los Almacenes Generales reduciendo en una leste mes los vencimientos eran tales que Delaveau
tercera parte los precios de consumo, en fin, tanta sa- sintió temblar la tierra. No tenía en caja el dinero
lud y tanto bienestar. Nada prevalece' contra los nú- necesario. La víspera de los pagos, se encerró en su
meros; los obreros del Abismo reclamaron aumento despacho para reflexionar y escribir cartas, mientras
de tarifas, queriendo ganar tanto como los de la Cré- Fernanda se iba á comer á la Guerdache. Sin saberlo
cherie; Como era imposible satisfacerlos, muchos se ella, había él tenido aquella mañana una conversación
marcharon- y se fueron, naturalmente á donde encon- decisiva con Boisgelin; después de exponerle con bru-
traron aquellas ventajas. Lo que paralizaba á Dela- tal franqueza la terrible situación, le había decidido
veau era la falta de un fondo de reserva; pues, no á reducir sus gastos.
queriendo darse por vencido, pensaba que hubiera re- Hasta le había aconsejado vender la Guerdache.
sistido largo tiempo y al fin triunfado, si hubiese te- Y ahora, solo en su despacho, se paseaba lentamen-
EÍdQ en caja algunos cientos de ffiileg de francos para te, activando, como por máquina, do vez en cuando,
la gran hoguera de cok que ardía en una pequeña es- cordaba sUs palabras proféticas, cuando la huelga; y
tufa de palastro colocada delante de la chimenea. No desde el día siguiente, Bonnaire habia ayudado á fun-
había mas solución que obtener tiempo, escribir á los dar la Crécherie. Después, el Abismo no había hecho
acreedores, que no podían querer que se cerrase la más que declinar; Ragú lo había manchado con un
fabrica. Pero no se apresuraba; escribiría las cartas asesinato; Bourron, Fauchard y los demás lo dejaban
después de comer; y seguía meditando, yendo de una ahora como lugar de ruina y de maldición. A lo le-
ventana á otra, volviendo siempre á pararse delante jos, la ciudad nueva brillaba deslumbradora á los ra-
de aquella por la cual veía los inmensos terrenos de yos del sol. Un arranque de cólera le devolvió su ener-
la trechene, hasta el parque lejano, hasta el pabellón gía, las creencias de toda su vida. ¡No, no! había te-
que Lucas habitaba. El sol poniente, en un ciele de nido razón, la verdad estaba en el pasado, no se sa-
una pureza de cristal, alumbraba á la ciudad naciente caba nada de los hombres más que doblegándolos bajo
con una claridad de oro pálido sobre un fondo de la autoridad del dogma; el salario seguía siendo la
purpura, con delicadeza infinita. Jamás la había visto ley del trabajo, fuera de la cual habia la demencia y
asi, tan pura, tan vibrante, tan distinta; podría con- las catástrofes. Corrió las grandes cortinas de creto-
tar las ramas de los árboles, distinguía los menores na; ni quiso ver más; encendió la lámpara eléctrica
detalles de las casas, los vivos colores de los azulejos y se volvió á meditar en su despacho, bien cerrado,
For un momento, á los rayos oblicuos del sol todas que la hoguera de la chimenea tenia muy caliente.
las ventanas se inflamaron semejando centenares de
fuegos de artificio. Fué una apoteosis, la gloria. Y, Después de comer, Delaveau se puso á escribir las
él lo miraba, separando las cortinas de cretona; pe- cartas de que esperaba la salvación. Era la media no-
gado el rostro á la vidriera, presenciaba aquel triunfo. che y aún estaba terminando esta correspondencia tan
tomo Lucas, que muchas veces desde el otro lado mi- pesada, tan molesta.. Pero ya dudaba, temía otra vez:
raba el progreso de su ciudad, que amenazaba inva- ¿se salvaría con aquello, aun admitiendo que le diesen
dir el Abismo, Delaveau, de esta parte, solía también prórroga? Muerto de fatiga, había dejado caer la frente
contemplarla en su amenaza de conquista. [Cuántas entre las manos, sumido en su angustia inmensa. En
veces, ante aquella ventana, había visto la marea de aquel momento se oyó el ruido de un coche, luego vo-
casas subir hacia el Abismo 1 Venía de muy lejos, del ces; era Fernanda que volvía de la Guerdache y que
fondo de os terrenos incultos y desiertos; primero mandaba á los criados acostarse. Entró en el despa-
•una casa, luego otra; las olas se habían multiplicado cho con fiero ademán; la voz nerviosa de una mujer
sin fin y ya estaban á pocos pasos. Era la invasión airada que contuvo y rumió su cólera muchas horas.
terrible de la manana, todo el pasado barrido, el Abis- —¡Dios mío! iqué calor hace aquí! ¿Se puede aguan-
mo, y hasta Beauclair, reemplazado por la nueva ciu- tar un fuego semejante?
dad triunfante Delaveau calculaba aquel progreso pre- Se dejó caer en una butaca y desabrochó y arrojó
. viendo el día del peligro mortal. Lo. habia creído ¿on- de sí el magnifico abrigo de pieles que le cubría los
I jurado en la época en que la Crécherie atravesaba hombros. Apareció entonces adorable, de belleza ma-
Una gran crisis Pero de nuevo la ciudad se había ravillosa, toda de seda y encajes blancos, muy esco-
puesto en marcha con tal empuje, que hacía tem- tada, seno y brazos desnudos. Era un lujo que no
blar las viejas paredes del Abismo. Pero él no quería asombraba al marido, que ni veía siquiera, pues sólo
ceder, luchaba con la evidencia, buscaba en su ener- amaba de ella la deliciosa criatura ante la cual el
gía la muralla necesaria. temblor del deseo siempre le había dominado, obe-
diente sin descernimiento ni fuerza. Jamás mayor em-
r h n e r r L i a q U e ¡ l a U ? e te,mía' v a c i l a b a - ¿No había he- briaguez voluptuosa había emanado de ella.
cno mal, antaño, dejando marcharse á Bonnaire? Pero cuando, con zumbidos en la cabeza todavía^
sentado á sU bufete, la miró un momento, se alarmó»
—¿Qué tienes, querida mía? feSado Boisgelin que acaso tendrían que vender? Y
Su excitación era visible. Sus grandes ojos azules adiós también la vuelta á París-con millones. Todo lo
de morena que acariciaban casi siempie, brillaban abo- que había creído al fin suyo, la fortuna, el lujo, el
ra con ardor sombrío. La boca pequeña de falsas son- placer saboreado, agotado en su continuo refinamien-
risas amables, entreabierta, enseñaba los dientes. Todo to de la sensación, se hundía Sólo veía en torno rui-
su rostro, de óvalo delicioso, bajo la negra cabellera,- nas; y aquel Boisgelin acababa de exasperarla por su
se binchaba anhelando violencia. blandura, doblando cobarde la cabeza ante el desastre.
—Nunca me dices nada de nuestros negocios—aña-
—¿Qué tengo yo?—dijo por fin temblando—No ten- dió con acritud.—Parezco una bestia; me ha caído esto
go nada. encima de la cabeza como si se hundiera el techo. Y
Volvió el silencio, y en la gran paz muerta del in- entonces, ¿qué es lo que vamos á hacer, dilo?
vierno, se oyó el fragor del Abismo en su faena quq
sacudía la casa con temblor continuo. Por lo común,- —Vamos á trabajar, no hay otra salvación posible.
ni siquiera lo notaban. Pero aquella noche, aunque Pero ella ya no le o í a
los pedidos habían disminuido mucho, se acababa de —¿Has podido creer un instante que voy á con-
poner en actividad el martillo-pilón do veinticinco to- sentir en no tener nada que echarme encima, en lle-
neladas, para forjar de prisa el tubo de un gran ca- var tacones torcidos y volver á la miseria cuyo re-
ñón; y el suelo temblaba; las vibraciones de cada gol- cuerdo es una pesadilla? |Ah, no, yo no soy como
pe parecían retumbar en el despacho mismo, comu- vosotros, yo no quiero 1 Es preciso que os arregléis,
nicándose por la galería de madera que lo unía á Boisgelin y tú; yo no quiero volver á ser pobre.
la fábrica. Y siguió; dejó salir todo lo que tenía dentro. La
miserable juventud, cuando á los veinte años, man-
—Vamos, tú tienes algo—añadió Delaveau—¿Por qué tenida por su gran belleza, seducida, luego abando-
no me dices lo que tienes? nada, toda aquella aventura odiosa sepultada en lo
Dejó ella escapar .un gesto de furiosa impaciencia más secreto de ella misma Su matrimonio de cálculo
y respondió: y de razón; Delaveau aceptado á pesar de su fealdad
—Subamos á acostarnos; será lo mejor. y condición ínfima, porque necesitaba un apoyo, u n
Pero no se meneaba; sus manos retorcían febriles marido que utilizaría. La racha de fortuna del Abis-
el abanico y una rápida respiración la movía el seno mo, el buen resultado de su cálculo, el marido conver-
desnudo. Al fin dijo lo que estaba sofocando. tido en ocasión y garantía de su victoria, Boisgelin
—¿De modo que has ido 4 la Guerdache esta ma- conquistado, la Guerdache suya. Y durante doce años
ñana?
todo lo que su perversa voluptuosidad, con un fondo
—Sí, he ido. de crueldad innata, había saboreado allí, raro, exqui-
—¿Y es verdad lo que Boisgelin acaba de contarme? sito; saciando apetitos locos, aplacando el rencor amon-
I que la fábrica está en peligro de quiebra, que esta- tonado desde la infancia, feliz con la mentira, el per-
mos en vísperas de ruina, hasta el punto que va á jurio, la traición, el desorden y la ruina que traía,-
haber que comer pan solo y llevar vestidos de lanal feliz sobre todo por las lágrimas que hacía verter á
—Sí, he tenido que decirle la verdad. Susana. |Y aquello no duraría siempre; volvería ven-
Temblaba ella, se contenía para no dejar estallar cida á la antigua pobrezaI
en seguida las quejas y las injurias. Era un hecho,-
sus goces estaban amenazados, perdidos. La Guerda- —pArregláos I jarregláosl Yo no quiero andar des-
che no daría más fiestas, ni banquetes, ni bailes, ni nuda. Yo no cambiaré absolutamente nada'de mi modo
cacerías. Se cerrarías las w f e . ¿No le había goji- de vivir.
Delaveau, ya impaciente, encogió los hombros for-
nidos. Había apoyado sobre los ptiños sn cabeza n a - Boisgelin. Si hubieras comenzado por estrangular S ese
ciza de perro dogo, de mandíbulas prominentes; y la miserable Lucas Froment, no estaríamos en vísperas
mirada con aquellos ojos negros, tan grandes, con- de ruina; pero tú nunca has sabido dirigir tus negocios.
gestionado el rostro por causa del mucho fuego, me- Delaveau se levantó de un salto, conteniendo toda-
dio escondido en el collar de barba negra. vía el arrebato que le amenazaba.
—Amiga mía; razón tenías antes; no hablemos de _—Vamos á acostarnos. Acabarías por hacerme de-
estas cosas, porque esta noche no estás muy razona- cir lo que luego me pesaría.
ble. Bien sabes que te quiero mucho; estoy dispuesto No se movió ella; y continuó tan amarga, tan agre-
á cualquier sacrificio porque tú no padezcas. Mas es- siva, acusándole de haber causado su desgracia, que
pero que te resignarás como yo, que voy á batirme acabó él por exclamar, brutal á su vez:
hasta el último aliento. Si hace falta, me levantaré á —Pero, hija; al-fin y al cabo, cuando nos casamos
las cinco, viviré con una corteza de pan y consagraré no tenías un cuarto; tuve yo que comprarte camisas,
á nuestro negocio el día entero con rudo trabajo, y ibas á verte en la calle, y\ á estas horas, ¿dónde es-
de noche me acostaré muy contento. ¡Qué importará,! tarías?
Dios mío, que lleves vestidos modestos y que te pa¿ Insultante, haciendo avanzar el pecho, con ojos ase-
sees á piel La otra noche me decías que estabas can- Einos, respondió ella:
sada de todos esos placeres, siempre iguales. —Pero, oye, di, ¿piensas que, hermosa como era,
Era verdad, sus ojos azules, tan suaves, se turba- hija de un príncipe, hubiera aceptado un hombre co-
ron, parecían casi negros. Hacía algún tiempo que sen- mo tú, feo, vulgar, sin posición, si hubiera tenido pan
tía dentro de sí un estrago, destruida poco á poco siquiera? ¡Mírate, mírate, amigo míol Te he querido
por el deseo loco, que no sabía cómo saciar. La espan- porque te comprometiste á conquistar para mí la for-
tosa voluptuosidad gozada con el brutal Ragú la ase- tuna, una situación regia. Y si te digo todo esto, es
diaba con el aguijón de una curiosidad perversa, que justamente porque no has cumplido ninguno de tus
pedía exasperada sensaciones nuevas. Jamás había sen- compromisos.
tido espasmo tan agudo ni en brazos del trabajador Se había plantado él delante de ella; la dejaba decir
Delaveau, siempre con prisa, preocupado, ni en los apretando los puños, haciendo esfuerzos para conservar
del ocioso Boisgelin, tan correcto, casi indiferente. La su sangre fría.
inspiraban éstos un sordo rencor, por lo poco que la —¿Oyes?—repitió ella con Una obstinación furiosa;
divertían, y pensaba furiosa que jamás gozaría ya con —ninguno de tus compromisos, ninguno. Ni conmigo,
nadie. Por esto acababa - de acoger con desprecio in- ni con Boisgelin, pues tú eres quien ha arruinado á
sultante las lamentaciones de Boisgelin cuando le ha- ese pobre hombre. Tú le has decidido á entregarte
bía explicado la necesidad de reducir los gastos. Por su dinero, le has prometido rentas fabulosas, y aho-
eso volvía tan furiosa, con tanto odio, hinchada por ra tampoco va á tener con qué comprarse unos za-
el ansia de morder y destruir. patos. Amigo mío, cuando no se es capaz de dirigir
—Sí, sí—murmuró;—estos placeres siempre iguales. Un gran negocio, se sigue siendo un empleadillo, se
¡Oh, no eres tú quien me ha de dar otros nuevosI vive en su agujero con una mujer bastante fea y bas-
Temblaba el suelo con los golpes del martillo-pilón. tante bestia para sacudir el polvo á los niños y re-
Y volvió á ver á Ragú medio desnudo, arrojándola pasar calcetines. Esto es la bancarrota, y la culpa
sobre el montón de harapos inmundos, poseyéndola es tuya, sí, ya lo oyes, tuya, ¡sólo tuyal
entre las llamaradas de los hornos. ¡Y nunca másl No pudo él contenerse más. Lo que ella le decía
Y sintió redoblar el odio salvaje á su mando. tan bárbaramente, le retorcía el puñal en el corazón
¡—Culpa tuya es lo que sucede. Se lo he dicho g í en la conciencia. ¡El, qu^e la había amado tanto,-
oiría hablar de ¿a matrimonio eorae de un vil mer- era la puñalada que le apagaría la 'risa. ¡Qué áesaho-
cado en que de parte de ella sólo había habido nece- go, qué consuelo, cómo iba á sahortear terrible y
sidad y cálculo! |{EJ, que pronto haría quince años feroz voluptuosidad en el desastre de su vida que
que trabajaba leal, heróico, para cumplir la promesa crugía bajo ella! Una vez más pasó la visión de Ragú;
hecha á su primo, ser acusado por ella de mal admi- lanzó un grito de gozo abominable y se arrojó ella
nistrador! La cogió con ambas manos por los brazos misma al abismo.
desnudos y la sacudió, diciendo en voz baja, como si —Para que veas que n o disparato, hás de saber que
temiese que el estrépito de sus palabras le enloque* fluermo con tu Boisgelin hace doce años.
eiera á él mismo: Delaveau, al principio, no comprendió. De un vo-
—¡Desgraciada! ¡Cállate, no me vuelvas loco! leo, le había azotado el rostro la, injuria atroz que
Pero ella se había levantado también, se había sol- ¡le aturdía.
tado, balbuciente de cólera y de dolor, sintiendo loa —¿Qué es lo que dices?
tornillos con que la había oprimido, viendo sus bráfc —Digo, que duermo con tu Boisgelin hace doce años;
zos, tan delicados, tan blancos, con círculos rojos. y puesto que ya no hay nada, pues que todo se hun-
—¡Y ahora me pegas, granuja, bruto 1 ¡Ah, me pegas, de, pues bien, ¡sí, señor, hemos concluido 1
me pegas! Apretados los dientes, balbuciente, dfelirando á su
Y adelantaba el rostro hermoso demudado por la vez, se había lanzado sobre ella, la había vuelto á
rabia y escupía su desprecio, muy de cerca, en la coger por los brazos, sacudiéndola, arrojándola sobre
cara de aquel hombre que hubiera querido desgarrar. Una butaca. La desnudez provocativa del seno y de
Jamás le había aborrecido tanto, ni le había irritadoi los hombros que lucía entre encajes, hubiera querido
más su figura fornida de perro dogo. El rencor añe- él pulverizarla á puñetazos, aniquilarla,' para que no
jo le subía á la boca con el anhelo de algún insulto le insultase ni le torturase más. Se desgarraba por
irreparable, para concluir. Y su crueldad buscaba la fin el velo de tan larga credulidad; veía, adivinaba.
herida emponzoñada, la que más le hiciera gritar y Jamás le había amado, su existencia junto á él nunca
padecer. había sido más que hipocresía, engaño, mentira y trai-
—¡No eres mS&s que un animal, no eres capaz de ción. De esta mujer tan hermosa, delicada, exquisi-
dirigir un taller de diez hombres I ta, que adoraba, que deseaba con corazón idólatra,
El singular insulto le produjo una risa convulsiva; salía de pronto la loba, con furor sombrío, con la bru-
tan estúpido y pueril era aquello; esta risa acabó do talidad de los instintos. Veía nacer en ella lo que
arrojarla á una'exasperación tal, que llegó á delirar. había ignorado tanto tiempo; la corruptora; la enve-
¿Qué decirle para que el golpe fuera mortal y ca- nenadora que lentamente todo lo había corrompido en
sara de reir? tomo de él; carne de traición y de crueldad, cuyo
—Si soy yo quien te ha heého; sin m j &o hubieras placer se hacía de las lágrimas y la sangre de los
sido ni un año director del Abismo. demás.
Reía él con más fuerza. En el estupor con que luchaba, aún fué ella quien
—Estás loca, hija mía; dices tales disparates, qUd le injurió.
ya ni me hieren. _ —¿Conque á puñetazos? ¡brutoI ¡Bien, bien, á pu-
—¡Ah! ¿conque digo disparates? ¡Ahí ¿conque no ñetazos, como tus obreros cuando están borrachos!
has conservado tu plaza, gracias á mí? Entonces, en medio del terrible silencio, Delaveau
La confesión le había subido á la garganta de pron- oyó los golpes acompasados del martillo-pilón, aquel
to. ¡Decirle en la cara de perro, á gritos, que no 10 latido del trabajo que sin descanso mecía sus días y
había querido jamás, que era querida de otrel JEsía sus noches. Venía de muy lejos, corno una voz cono-
dda ftúyo claro lenguaje acababa de contarle la es-
pantosa aventura. Toda la riqueza que aquel marti- qtte ardía tal hoguera de cok, que ya la estancia pa-
llo había forjado, ¿no era Fernanda quien la había recía como incendiada. Una locura repentina se lo hizo
devorado con sus dientes menudos de esmalte inal- olvidar todo, hasta su hija, su Nisa adorada, que dor-
terable? Esta idea de fuego le dominaba; era ella la mía en paz, arriba en su cuartito, en el segundo piso.
causa del desastre de los millones malgastados, de la ¡Oh, acabar él también, aniquilarse en el fondo de
quiebra inevitable y próxima. Mientras él se sacrifi- este horror, de este furor que le arrebataba! ¡Oh, lle-
caba, trabajando dieciocho horas al día para salvar var á está mujer execrable á la muerte y sucumbir con
el mundo viejo, ruinoso, ella roía el edificio. Y vi- ella, no vivir más.
vía allí, á su lado, tan tranquila, amable y sonriente; Seguía ella azotándole con su risa y su desprecio.
y era el veneno, la destrucción; se lo minaba todo —¡Mátame, anda, mátame! ¡Eres muy cobarde para
paralizando su esfuerzo. Sí, allí estaba la ruina, siem- matarme!
pre á su lado, en la mesa, en ej lecho, y él no la veía; Sí, si, quemarlo todo, destruirlo todo, un incendio
y todo lo habían pulverizado aquellos dientes blan- inmenso en que desaparecieran la casa y la fábrica;
cos. Recordó las noches en que volvía ella de la Guer- la ruina total, la que habían querido esta mujer y
dache, ebria de caricias del amante, de vino, de baile,- su amante imbécil. ¡Gigantesca hoguera en que él mis-
de dinero arrojado á manos llenas, cuando fermenta- mo caería hecho ceniza con la perjura voraz y enve-
ba su embriaguez sobre la almohada conyugal, mien- nenadora, entre los escombros humeantes de la vieja
tras él, inocente, imbécil, tendido junto á ella, los sociedad muerta, que él, necio, había defendido!
ojos abiertos en lo obscuro, se torturaba el cerebro Dió un terrible puntapié, volcó la estufa, la arrojó
para salvar el Abismo, sin rozarla con un beso por en medio de la estancia, repitiendo:
no turbar su sueño. Esto horror supremo, el furor —¡Vas á morir! ¡Vas á morir!
Joco, le hizo gritar: Las brasas se esparcieron por la alfombra en una
—¡Vas á morirI capa roja. Algunas habían rodado hasta una ventana.
Las cortinas de cretona ardieron primero, también la
Se irguió ella en la butaca, apoyándose en los co- alfombra. Después los muebles, las paredes se infla-
dos, desnudo el pecho, adelantando el divino rostro, maron con la rapidez del rayo. La casa, de construcción
bajo el casco negro de su admirable cabellera. ligera, ardía chisporroteando y humeando como cha-
—¡Sí, eso, lo quiero; estoy harta de ti, de los de- marasca.
más, de mí misma, y de la vidal Para vivir pobre,
prefiero morir. Fué aquello ertonces espantoso. Fernanda, horrori-
zada, se había levantado recogiendo las faldas de seda
El, cada vez más loco, repitió rugiendo i y encaje, buscando la salida por donde las llamas
—¡Vas á morirI ¡Vas á morir 1 no la alcanzaran todavía. Se precipitó hacia la puer-
Buscaba; daba vueltas por el apost_to; no tenía ta que daba al vestíbulo, segura de que tendría tiempo
armas. Ni un cuchillo, no más las manos para estran- de escapar llegando de un brinco al jardín. Pero ante
gularla. Y luego él, ¿qué haría? ¿Resignarse á vivir? la puerta encontró á Delaveau, cuyos puños le cerra-
Un cuchillo hubiera servido para los dos. Vió ella su ban el paso. Le vió tan terrible, que se lanzó hacia
vacilación de un segundo, y se creyó triunfante, pen- la otra puerta, la que daba á la galería de madera
sando que no tendría valor para matarla. Se echó éí que conducía á la fábrica. Ya no era tiempo de huir
xeir á su vez, con risa de ironía insultante. por esto lado; la galería ardía con un tiro de chime-
—¡Vamos, vamos! ¿Pero no me matas? Mátame, pues; nea que amenazaba las oficinas. Volvió al medio de
mátame si te atreves. la estancia, ciega, sofocada, tropezando, loca de rabia
De pronto se fijó en la chimenea de palastro, gp
Trabajo—Tomo II—7
saber cómo,- ayudándose con pies y manos. Se encon-
al sentir qUe SU vestido y el cabelto suelto ardían tró en el jardín, solo todavía, pues no so había dado
ya sobre los hombros desnudos, acribillados de que- la voz de alarma. Sí, si, era la casa que ardía, y lo
maduras; y con aliento de agonía, con voz de es- espantoso era que iba el incendio desde el piso bajo
panto, gritaba: . al tejado como enorme hoguera, sin que dentro se
—jNo quiero morir,- no quiero morir! |Déjamo pa- moviera nadie. Las ventanas seguían cerradas, no se
sar, asesino, asesino! abría la puerta, que ya ardía, sin permitir salir ni en-
Otra vez so había lanzado hacia la puerta del vestí- trar. Nanet creyó oir sólo grandes gritos, una lucha
bulo, y quiso forzar el paso arrojándose sobre su ma- de terrible agonía. Por fin las persianas de una de las
rido, siempre allí en pie, inmóvil en su voluntad fe¡ ventanas del segundo piso so abrieron con violencia,
roz. Ya no hablaba, sólo repitió sin violencia: y apareció Nisa entre el humo, blanca toda, sin más
—|Te digo que vas á morir 1 que la camisa y unas enaguas. Pedía socorro y gq
Le clavaba ella las uñas y tuvo que cogerla lle- inclinaba hacia fuera aterrada.
vándola otra vez al medio de la estancia convertida en —|No tenga3 miedo 1 |No tengas miedo!—gritó Na-
hoguera. Hubo una lucha atroz, se defendía ella con net como loco.—|Ya subo!
una fuerza declupada por el miedo de la muerte; bus- Había visto una gran escalera tendida á lo largo de
caba las puertas, las ventanas, con ansia instintiva Un cobertizo. Pero al cogerla, notó que la sujetaba una
de animal herido; mientras él la mantenía entro las cadena. Fué un minuto de angustia, terrible. Cogió
llamas en que quería morir con ella para que nada Una piedra grande, y con todas sus fuerzas, golpeaba
quedase de su abominable existencia. Apenas bastaban los eslabones para romperlos. Bramaba el fuego; todo
sus brazos sólidos; las paredes se abrían y por diez el primer piso ardía, con tantas chispas y humo, que
veces más la separó de las salidas. Por fin la sujetó; á ratos, Nisa desaparecía. Oía sus gritos, cada vez
la aplastó en un último abrazo, él que la había ado- jnás locos, y él golpeaba, golpeaba, gritando también?
rado, que tantas veces la había cogido y poseído así. —I Espera, espera; allá voyl
Juntos cayeron entre las brasas del suelo; las colgar Se rompió la cadena y pudo coger la escala. Nunca;
duras acababan de consumirse como teas, de las ma- pudo comprender, más tarde, cómo había logrado po-
deras llovían tizones ardiendo. Aunque le mordió, no nerla derecha. Fué un prodigio; la arrimó á la pared,-
la soltó, la llevaba consigo á la nada, abrasados uno bajo la ventana. Vió entonces que era corta, y su deses-
y otro por el mismo fuego vengador. Y todo acabó; peración fué tal, quo él mismo, un instante, vaciló en
el techo se hundió sobre ellos al desplomarse las yU su bravura de héroe de dieciséis años, resuelto á sal-
eas encendidas. var á aquella niña de trece, su amiga. Perdía la ca-
beza; ya no sabía qué hacer. ,
—|Espera, espera! No importa. ¡Allá voyl
En la Crécherie, aquella noche,- Nanet, QUE hacia En aquel momento, una ae las doncellas salía pof
BU aprendizaje de ingeniero electricista, salía del Cuar- la ventana de su buhardilla, que daba al tejado, y se
to de las máquinas cuando notó hacia el Abismo una agarraba al borde del canalón; y loca de espanto, cre-
tran claridad roja. Creyó primero que eran llamaradas yendo .que las llamas ya la cogían, se lanzó al airei
e los hornos de cementar. Pero la claridad aumen- y vino á aplastarse cerca de la escalinata, abierto el
taba; y de repente comprendió: era la casa del direc- cráneo, muerta del golpe. Nanet, trastornado con los
tor, que ardía En brusca sacudida, le hirió la idea gritos de Nisa, cada vez más terribles, creyó que iba
de Nisa; echó á correr como un loco; chocó con la á saltar también. La vié sagjgienta á sus pies, y lanzó
pared que ambos en otro tiempo saltaban con tanto un grito formidable i
brío para encontrarse, y también ahora la saltó, ¿ n
inmensa que sólo dominaban las altas chimeneas j¡
•—j No saltes, allá voy I la torre de templar los cañones.
Y á pesar de todo, subió por la escala, y al llegar Al amanecer, después de aquella noche desastrosa,-
al primer piso, envuelto en llamas, entró por una de había grupos todavía delante de los focos mal apaga-
las ventanas, cuyos vidrios habían estallado por la dos, bajo el cielo lívido y helado de Noviembre.
fuerza del calor. Ya llegaba socorro, mucha gente es- Las autoridades, Chátelard, Gourier, no se habían
taba ya en la carretera y en el jardín. Hubo entre separado del lugar del siniestro. Y con ellos estaba
la multitud algunos minutos de horrible ansiedad, es- Gaume, y su yerno el capitán Jollivet. Marle, el cura,
perando aquel salvamento de una niña por un niño tan avisado muy tarde, no vino hasta el ser de día, se-
locamente bravo. El fuego crecía, crujían las paredes, guido pronto de una ola de curiosos, burgueses, ten-
la misma escala parecía arder, vacía, apoyada en la deros, los Mazelle, los Laboque, los Caffiaux y el mis-
fachada, donde no reaparecían ni el muchacho ni la mo Dacheux. Un viento de terror pasaba, todos char-
niña. Por íin, volvió él; la traía al hombro, como un laban en voz baja. Había el ansia de saber de qué
cordero. Había podido, en aquel gran homo, subir un modo había podido producirse lal catástrofe. Sólo que-
piso, cogerla y bajar; pero sus cabellos se arrugaban daba un testigo, la criada que había podido huir, y
chamuscados, la ropa ardía, y cuando se dejó resba- contaba que la señora había vuelto de la Guerdache
lar, más bien que descender, hasta el pie de la es- Un poco antes de media noche: en seguida había habido
cala, con su carga querida, ambos estaban cubiertos mucho ruido de voces, después habían aparecido las
de quemaduras, desvanecidos el uno en brazos del otro, llamas. Se escuchaba, se repetía la historia á media
unidos con abrazo tan estrecho, que hubo que llevar- voz, y los íntimos adivinaban el espantoso drama. De
los juntos á la Créeherie, donde Sœurette, avisada al seguro, como lo decía la criada, el señor y la señora
punto,- vino á servirles de enfermera. habían muerto en aquel horno. Creció el horror al
Media hora más tarde, la casa se hundía, no queda- ver llegar á Bqisgehn, á 'quien hubo que ayudar á
ba piedra sobre piedra. Y era lo peor que el incendioy bajar del coche, desfallecido y pálido. Le dió un sín-
después de haberse comunicado por la galería á las ofi- cope; el doctor Novarre tuvo que cuidarle ante aquel
cinas de la administración, ya alcanzaba á los cober- campo lleno de ruina, donde humeaban los restos de
tizos próximos, y devoraba el gran taller de los hor- su fortuna, y donde los huesos de Delaveau y de
nos de pudelar y de los laminadores. La fábrica en- Fernanda acababan de caer hechos ceniza. ^
tera estaba amenazada, el fuego hacía estragos en aque- Lucas, en tanto, dirigía las últimas maniobras do
llos edificios viejos, casi todos de madera, tan estro- ¡sus hombres, para apagar el taller del martillo-pilón,-
peados y calcinados. Se decía que la otra criada de que seguía ardiendo. Jordán, envuelto en una manta,
los Delaveau, habiendo podido escapar por la cocina, se obstinaba en seguir allí á pesar del mucho frío.
había avisado á las cuadrillas de noche, que habían Bonnaire, que había acudido de los primeros, se ha-
acudido desde el Abismo. Pero los obreros no tenían bía señalado por su! valor, salvando lo que había po-
bombas. Y hubo que esperar á que los de la Créeherie, dido de máquinas y útiles, dejando su parte al fuego,-
conducidos por Lucas mismo, viniesen fraternalmen- Bourron, Fauchard, todos los antiguos obreros del Abis-
te en socorro de la fábrica rival, con la bomba y el mo, pasados á la Créeherie, le ayudaron con abnegación
servicio de bomberos, una de las creaciones de la en aquel terreno tan conocido de ellos, donde habían
Casa Comunal. Los bomberos de Beauclair, muy mal padecido tantos año?. Pero era como un destino fu-
organizados, llegaron después. Era demasiado tarde; el rioso que bramaba cual huracán; todo era arrastrado,-
Abismo ardía de un extremo á otro de sus construc- barrido, aniquilado, á pesar de sus esfuerzos. El fue-
ciones sórdidas; en varias hectáreas era una hoguera go vengador, purifij.ador, había caído como ej, jajo¿
(arrasaba el campo entero y lo limpiaba de escombros
con que lo había obstruido la caída del mundo viejo.
Ahora la labor estaba hecha; el horizonte libre, á lo
infinito, y la ciudad naciente podía empujar la ola
vencedora de sus casas hasta el extremo de las vastas
llanuras.
'En un grupo se oyó á Lange, el alfarero, el anar-
quista, que decía con voz ruda y alegre: &\§Pur'T ocvfS"
—No, no; no he tenido el honor de ser yo quien : u s m TERCEBa
?rendió fuego; pero no importa, es una hermosa tarea
tiene gracia que los patronos nos ayuden, tostán-
dose ellos mismos.
Hablaba del fuego, y el e&panto del fuego era tan I
profundo, que nadie le hizo callar. La multitud
volvía á las fuerzas victoriosas; las autoridades de
Beauclair felicitaban á Lucas por su abnegación; los En la Chterdache, el golpe fué terrible. De la noche
comerciantes y la baja burguesía rodeaban á los obre- ¡á la mañana, aquella mansión de lujo y de plaoer
ros de la Crécherie y se ponían abiertamente de su que resonaba con fiestas continuas, caía en la ruina.
parte. Lange tenía razón; hay horas trágicas en que Hubo que suspender una partida de caza, antes que
las sociedades caducas, enloquecidas, se arrojan á la renunciar á las grandes comidas de los martes. El
hoguera. Y bajo el cielo gris do aquella fábrica del numeroso personal iba á ser despedido en masa, se
Abismo, tan negra ,tan triste, donde el salario había hablaba ya de la venta de los coches, de los caballos,-
respirado agonizante, en las últimas horas del trabajo de la jauría. En los jardines, en el parque, había cesado
deshonrado y maldito, no quedaban más que algunas la vida bulliciosa, la afluencia sin fin de visitantes.
paredes ruinosas sosteniendo los esqueletos de los te- La vasta mansión misma, los salones, el comedor, el
jados, por encima de los cuales sólo se levantaban, billar, el fumadero, no eran más que desiertos donde
inútiles y lamentables, las altas chimeneas y la torre vibraba el viento del desastre. Morada en que había
de templar los cañones. caído el rayo, que agonizaba en la súbita soledad de.
Aquella mañana, hacia las once, Cuando el sol se Ja desgracia. . .
había decidido á presentarse, límpido, pasó el señor Y á través de esta infinita tristeza, Boisgelin pa-
Jerónimo en su cochecillo, que empujaba un criado, teaba su sombra lastimosa. Perdido el juicio, descom-
Daba su paseo habitual; acababa de seguir el camino puesto, aniquilado, pasaba días espantosos, no sabien-
de Combettes, á lo largo de la fábrica y del pueblo do qué hacer de su cuerpo, vagando como alma en
creciente de la Crécherie, tan animados, tan alegres, pena, entre las ruinas de sus placeres. No era en el
en aquel tiempo seco y de buen sol. Y ahora contem- fondo más que un pobre diablo, hombre de caballo y
plaba el campo de la derrota, el Abismo asolado, des- de círculo, mediocre, amable, de hermosa estampa, co-
truido bajo la violencia justiciera de las llamas. Ma- rrecta altanería, el monóculo en un ojo; pero todo
cho tiempo estuvo mirando, con sus ojos vacíos, cla- ello tenía que venir á tierra al primer soplo trágico
ros, de una transparencia de agua de manantial. Ni de la verdad y de la justicia. Hasta entonces, sólida-
una palabra, ni un gesto; ipiró simplemente y siguió, mente instalado en el placer, convencido de que se le
y nada decía si había visto y comprendido. d . sin haber hecho jamás nada con sus diez dedos,
(arrasaba el campo entero y lo limpiaba de escombros
con que lo había obstruido la caída, del mundo viejo.
Ahora la labor estaba hecha; el horizonte libre, á lo
infinito, y la ciudad naciente podía empujar la ola
vencedora de sus casas hasta el extremo de las vastas
llanuras.
'En un grupo se oyó á Lange, el alfarero, el anar-
quista, que decía con voz ruda y alegre: &\§Pur'T ocvfS"
—No, no; no he tenido el honor de ser yo quien : u s m TERCEBa
?rendió fuego; pero no importa, es una hermosa tarea
tiene gracia que los patronos nos ayuden, tostán-
dose ellos mismos.
Hablaba del fuego, y el espanto del fuego era tan I
profundo, que nadie le hizo callar. La multitud
volvía á las fuerzas victoriosas; las autoridades de
Beauclair felicitaban á Lucas por su abnegación; los En la Guerdache, el golpe fué terrible. De la noche
comerciantes y la baja burguesía rodeaban á los obre- á la mañana, aquella mansión de lujo y de plaoer
ros de la Crécherie y se ponían abiertamente de su que resonaba con fiestas continuas, caía en la ruma.
parte. Lange tenía razón; hay horas trágicas en que Hubo que suspender una partida de caza, antes que
las sociedades caducas, enloquecidas, se arrojan á la renunciar á las grandes comidas de los martes. El
hoguera. Y bajo el cielo gris do aquella fábrica del numeroso personal iba á ser despedido en masa, se
Abismo, tan negra ,tan triste, donde el salario había hablaba ya de la venta de los coches, de los caballos,-
respirado agonizante, en las últimas horas del trabajo de la jauría. En los jardines, en el parque, había cesado
deshonrado y maldito, no quedaban más que algunas la vida bulliciosa, la afluencia sin fin de visitantes.
paredes ruinosas sosteniendo los esqueletos de los te- La vasta mansión misma, los salones, el comedor, el
jados, por encima de los cuales sólo se levantaban, billar, el fumadero, no eran más que desiertos donde
inútiles y lamentables, las altas chimeneas y la torte vibraba el viento del desastre. Morada en que había
de templar los cañones. caído el rayo, que agonizaba en la súbita soledad de.
Aquella mañana, hacia las once, Cuando el sol se la desgracia. . .
había decidido á presentarse, límpido, pasó el señor Y á través de esta infinita tristeza, Boisgelin pa-
Jerónimo en su cochecillo, que empujaba un criado, teaba su sombra lastimosa. Perdido el juicio, descom-
Daba su paseo habitual; acababa de seguir el camino puesto, aniquilado, pasaba días espantosos, no sabien-
de Combettes, á lo largo de la fábrica y del pueblo do qué hacer de su cuerpo, vagando como alma en
creciente de la Crécherie, tan animados, tan alegres, pena, entre las ruinas de sus placeres. No era en el
en aquel tiempo seco y de buen sol. Y ahora contem- fondo más que un pobre diablo, hombre de caballo y
plaba el campo de la derrota, el Abismo asolado, des- de circulo, mediocre, amable, de hermosa estampa, co-
truido bajo la violencia justiciera de las llamas. Mu- rrecta altanería, el monóculo en un ojo; pero todo
cho tiempo estuvo mirando, con sus ojos vacíos, cla- ello tenía que venir á tierra al primer soplo trágico
ros, de una transparencia de agua de manantial. Ni de la verdad y de la justicia. Hasta entonces, sólida-
una palabra, ni un gesto; ipiró simplemente y siguió, mente instalado en el placer, convencido de que se le
nada decía si había visto y comprendido. d . sin haber hecho jamás nada con sus diez dedos,
y creyéndose xm sér aparte, elegido, privilegiado, n a la Guerdaehe, gravado con enormes gastos ,de sosteni-
cido para que el trabajo de los demás le sustentase y miento tan costoso, y donde, desde fin de mes, acaso
divirtiera, ¿cómo había de comprender la lógica ca- no habría pan que comer.
tástrofe que le aplastaba? La religión de su egoísmo Una sola criatura tuvo entonces compasión de este
recibía un golpe demasiado fuerte, y estaba aturdido hombre miserable, que no hacía más que temblar, aban-
ante el .porvenir, cuyas inquietudes ignoraba. En el ' donado, vagando por su morada vacía como un niño
fondo de su atolondramiento, lo principal era el te- perdido; y fué Susana, su esposa, la mujer de he-
rror del ocioso, del parásito, á quien trastorna la in- roica dulzura, á quien tanto había ultrajado. Al prin-
capacidad de ganarse la vida. Pues Delaveau ya no cipio, cuando él la imponía sus relaciones con Fer-
existía, ¿de quién iba á e.tigir los beneficios prome- nanda, veinte veces se había levantado ella por la
tidos el día que su primo le había decidido á colocar mañana, resuelta á protestar para arrojar de la casa
su capital en el buen negocio del Abismo? Había ar- á la querida, á la intrusa; pero siempre había aca-
dido la fabrica, el capital se había hundido bajo los bado por seguir en su ceguera voluntaria, segura de
escombros, ¿dónde encontraría con qué vivir mañana? que, si echaba á Fernanda, su marido la seguiría, ob-
Y andaba como un loco, por los jardines desiertos cecado, obseso. Después, la situación anormal se ha-
por la casa lúgubre, sin encontrar la respuesta. bía fijado. Tenía ella su cuarto aparte, y sólo ante el
Primero, á raiz del drama, lo que asediaba á Bois- mundo seguía siendo la mujer legítima, cubriendo así
gehn era el- pensamiento del horroroso fin de Dela- las apariencias, y consagrándose por completo á la
veau y de Fernanda. El no podía tener duda, pues educación de su hijo Pablo, que quería salvar del de-
se acordaba de lo furiosa que ella se había separado sastre. Sin este hermoso niño, rubio como ella, como
de el, amenazando á su marido. De seguro, después ella amable, nunca se hubiera resignado. Era él la
/de alguna escena atroz, Delaveau mismo había pues- causa profunda de su renunciamiento, de su sacrificio.
to fuego á la casa, para desaparecer con la culpable. Se lo había quitado al padre indigno, como una in-
Y en esto había, para un hombre como Boisgelin, siem- teligencia, un corazón para ella sola, donde cultiva-
pre esclavo del placer, una ferocidad negra, una vio- ría la razón y la bondad para su consuelo. Y* los
lencia de monstruosas pasiones cuyo espanto persis- años habían corrido de esta suerte, en la austera ale-
tía, le amargaba la vida. Después acabó de angus- gría de verle crecer, más juicioso y amable cada día;
tiarle el comprender que él no tenía la cabeza firme, y había asistido Susana, sin tomar parte en él, de lejos,
y la energía necesarias para poner un poco de orden por decirlo así, al drama que se desenvolvía en la
en un negocio tan complicado y tan comprometido. lenta ruina del Abismo, enfrente de la prosperidad pro-
D.a y noche daba vueíta á sus proyectos sin saber á gresiva de la Crécherie, al contagio de la vida de
que atenerse. ¿Debía procurar volver á levantar la placeres, cuya locura, en torno de ella, arrastraba su
fábrica, buscar dinero, una sociedad, un ingeniero, con gente á la sima. Én fin, la última demencia acababa
la esperanza de continuar la explotación? Parecía es- de aniquilarlo todo en una suprema llamarada de in-
to casi imposible de lograr, pues las pérdidas eran cendio; y también ella atribuía á Delaveau, adverti-
importantes. ¿Valdría más esperar un comprador que do, la colosal hoguera en la que había querido ar-
se contentara con los terrenos, con la maquinaria y der con la culpable, la corruptora, la devoradora. Tam-
el material salvados por su cuenta y riesgo? Pero bién ella temblaba, preguntándose si no era en parte
dudaba que el tal comprador se presentara, sobre todo cómplice, por su debilidad, por su resignación, que
no creía obtener de él un precio suficiente para li- había tolerado tanto tiempo la traición, la vergüen-
quidar la situación. Y el problema de la existencia za de su hogar. Si ella se hpbiera rebelado desde el
seguía siempre sin resolver, en este gran dominio de primer día, acaso el crimen no hubiera llegado hasta
el fín. Y esta lucha de su conciencia acabó de alte-
rarla haciéndola compadecer á aquel desgraciado que, qúe ella sentía por no haber Cumplido bien, acaso,
desde la catástrofe, veía pasear como loco en su te- con todo su deber, no deteniéndole en su caída. Y
rrible confusión, por el jardín desierto y la casa vacia. Ja reconciliación, que la compasión había comenzado,
Una mañana, al atravesar Susana el gran salón don- la completó aquel sentimiento de fraternal indulgen-
de había dado él tantas fiestas, le vió desplomado so- cia. Los más puros, los más heroicos, ¿no tienen mu-
bre Una butaca, llorando como un niño, con grandes chas veces algo de culpa, cuando los malos y los dé-
sollozos. Sintió ella infinita lástima. Y se acercó, des- biles sucumben junto á ellos?
pués de tantos años dé no dirigirse la palabra en cuanto —Sí—dijo Susana;—hubiera debido luchar más; he
quedaban solos. atendido demasiado á mi orgullo, á mi tranquilidad.
—Si te desesperas—le dijo,—no encontrarás la fuer- Los dos necesitamos olvido; todo ese pasado debe mo-
za que necesitas. rir.
Inmutado al verla, al oir que la hablaba, la mira- Pasaba Pablo por el jardín y le llamó. Era un mo-
ba confusamente, entre lágrimas. cetón de dieciocho años, inteligente, fino, hecho por
—Sí, en vano será ese andar errante de todo el día; ella á su imagen, muy cariñoso, de mucho juicio, li'
el valor debe estar en ti, no lo encontrarás en ptra bre, sobre todo, de todos los prejuicios de casta, dis-
parte. puesto á vivir con el trabajo de sus manos, si las
Con Un ademán de angustia, respondió en voz muy circunstancias lo exigían. Su pasión era la tierra; pa-
baja: saba días enteros en la granja, atento á las cuestio-
—IEstoy tan solo! nes del Cultivo» al germinar de los sembrados, al cre-
No era malo; era necio y débil; 'uno de esos cora- cer de las mieses. Al llamarle su madre, justamente,
zones cobardes de que hace verdugos el placer egois- iba á ver Un modelo nuevo de arado en casa de Feui-
ta. Y se había quejado de la soledad en que ella le' llat.
dejaba, en su desgracia, con aire tan abatido, que la —Ven, hijo mío; ttí padre tiene un disgusto y de-
hizo conmoverse. seo que le abraces.
—Querrás decir qUe has querido estar Bolo. ¿Por Hijo y padre habían roto sUs relaciones, com'o el
qué, después de aquellas cosas terribles, no has ve- marido y la mujer. Todo él para su madre, el hijo se
nido á mi? había criado con un frío respeto al hombre que com-
—lDios míoL—murmuró él,—¿es el perdón? prendía que la atormentaba. Asi que Pablo, compa-
Y le cogió las manos, que ella le abandonó; y con- decido, con gran emoción, miró algunos segundos á
fesó su culpa, anonadado, aturdido, lleno de arrepen- sus padres, á quien veía tan conmovidos también. Com-
timiento. Nada confesaba que n o supiese ella; su pro- prendió, abrazó muy afectuosamente á su padre, y
longada traición, la querida metida en el hogar domés- se arrojó al cuello de su madre para abrazarla y be-
tico, la mujer que le había vuelto loco, hasta la ruina; sarla con toda el alma. La familia volvía á aparecer.
pero tal arrebato de franqueza había en su acusación, Hubo un minuto feliz en qhie se pudo creer qué la
que Susana, compadecida, vió en ella como una con- buena inteligencia sería en adelante perfecta.
fesión nueva, cuya humillación hubiera podido evitar- Al abrazarle también Susana, Boisgelin tuvo q°ue con-
se. Acabó diciendo: tener una buena crisis de lágrimas.
—Es verdad, te he ultrajado mucho tiempo; he si- —¡Bien, bien! Ya estamos unidos. |Ah, hijos míos,
do abominable. ¿Por qué me habías abandonado, por esto me da valor! [Estamos en una situación tan te-
qué no hiciste nada para volverme á ti? Tocaba al rrible! Necesitaremos entendernos, tomar una resolu-
doloroso caso de conciencia, al sordo remordimiento ción.
Siguieron hablando; necesitaba el padre comunicar
con su mujer, con su hijo, decírselo todo, después de
haber padecido solo tanto con la angustia de su de- y todo el país se podría de acuerdo contra nosotros
bilidad. Recordó á Susana que habían comprado el para gozarse y especular.
Abismo en un millón y la Guerdaohe en quinientos Después se valió de un argumento más directo.
mil francos, con los dos millones que les quedaban: —Además, querida, la Guerdache es tuya. Como se
el de la dote de ella y el salvado en la ruina de ha hecho constar, quinientos mil francos de la com-
la fortuna de él: Los quinientos mil francos que que- pra se han tomado del millón de tu dote, y los otros
daban de los dos millones püeátos en manos de Déla- quinientos mil han entrado por la mitad en el mi-
veau, habían servido para la circulación de fondos llón que nos ha costado el Abismo. Si somos co-
de la fábrica. Tódo su dinero, pues', estaba colocado propietarios de la fábrica, la Guerdache es sólo tuya,
allí; y lo peor era que, por los últimos apuros, había y mi deseo es simplemente conservártela mientras se
habido que tomar prestados seiscientos mil francos, pueda.
deuda que era un gran peso para la explotación. Por No queriendo insistir, Susana dió á entender con
muerta se podía dar la fábrica, que estaba quemada, Un ademán que hacía mucho tiempo que estaba resig-
y antes que poderla hacer renacer de sus cenizas, ha I nada á todos los sacrificios. Su marido la miraba,
bría que pagar los seiscientos mil francos. y de pronto le hirió un recuerdo.
—¿Cuál va á ser tu resolución entonces?—preguntó —¡Ab! dirae, quería preguntarte. ¿Has vuelto á ver
Susana. & tu antiguo amigo Lucas Froment?
Dudaba entre dos resoluciones, ambas difíciles. 0 Un instante permaneció ella preocupada Después de
desembarazarse de todo, vender lo que quedaba del la fundación de la Crécherie y de la acentuada ri-
Abismo á cualquier precio, que de fijo apenas bas- validad entre ambas fábricas, no había entrado por
taría para pagar la deuda, ó buscar nuevos fondos, poco en sus penas la necesaria ruptura con Lucas.
continuar una. sociedad á la que él llevaría los terre- Perdía en él un corazón fraternal, cariñoso, que la
nos y el material salvado, combinación que, por lo hubiera consolado, auxiliado, sostenido. Pero había sa-
demás, juzgaba quimérica. Y la solución era cada día bido resignarse una vez más; sólo de tarde en tarde,
más urgente, pues la ruina se declaraba total y cierta por casualidad, en sus raras salidas le había encon-
Susana hizo una observación. trado, sin dirigirle jam£s la palabra. Imitaba él sq
—Tenemos todavía la Guerdache; podemos venderla discreción, su apartaniiento; parecía que su dulce in-
—1 Oh! |vender la Guerdache 1—respondió él, como timidad antigua había muerto para siempre. No im-
desolado.—| Vender la-posesión que es nuestro recreo, pedía esto que la joven siguiese con gran interés, sin
á que estainós habituados! jY para ir á escondernos Lablar de ello á nadie, la empresa de Lucas. En se-
en algún rincón miserable! jSería caer tan bajo, otrq creto, seguía con él, con su esfuerzo generoso para
dolor tan terrible I traer un poco de amor y justicia á la tierra. Con él
Quedóse ella seria, otra vez, viendo que aquel hom- había sufrido, con él triunfado, y cuando se le creyó
bre no se acostumbraba á la idea de i¿na existencia muerto, se encerró durante dos días sin ver á nadie.
mediocre y juiciosa. Y en el fondo de su dolqr descubría una angustia
—Amigo mío, siempre vendremos á dar en eso. No intolerable, las relaciones con Josina, que fueron para
podremos conservar en casa un tren tan costoso. ella cruel herida. ¿Había amado á Lucas sin saberlo?
—Claro, claro, so venderá la Guerdache, pero más ¿Había soñado con la alegría, el orgullo de tener un
tarde, Cuando se presente una ocasión. Si la pusié- esposo como él, que tan bien hubiera usado de la
ramos en venta ahora, no nos darían la mitad de lo fortuna? ¡Cómo le hubiera ayudado; qué prodigios de
g£e vale, sería coní#sió,n dg nuestra rui.n^ paz y de bondad hubieran realizado jun,tos 1 Pero ha-
soñado; era ahora el marido de Josina, y había
ella otra vez sentido hundirse todo en su abnegación
de esposa sacrificada, de madre que vivía sólo para bre todo; ntoica tenía más que un fin: no hacer na-
su hija. Lucas había dejado de existir para ella, y da, seguir siendo el ocioso, el parásito, el capitalista;
la pregunta que la hacían evocaba tales recuerdos,- de siempre. En su lucha desesperada, después de la
que no ocultó su gran sorpresa antes de responder. catástrofe, no había más que el terror, el odio al tra-
—¿Cómo quieres que haya vuelto á ver al señor bajo, la obsesión de preguntarse cómo podría seguir
Froment? Bien sabes que hace cerca de diez año^ viviendo sin hacer nada. Ya no había lágrimas, y de
que hemos roto nuestras relaciones. repente volvía á aparecer el hombre que sólo sabía
Boisgelin, tranquilamente, se encogió de hombros. gozar.
—jBah! Eso no quita que hubieras podido encon- Quiso ella saberlo todo.
trarle y hablarle. ¡Os entendíais tan bien antiguamen- —¿Pero qué tengo yo que ver oon eso? ¿Por qué
te I ¿De itíodo que no has conservado ninguna relación me preguntabas si había seguido tratando á Froment?;
con él? —jToma! Porque eso me hubiera facilitado las pro-
—No—dijo ella con claridad.—Si siguiera viéndole posiciones que pienso hacerle. Ya comprendes que des-
lo sabrías. pués de varios años de estar reñidos, no es fácil acercar-
Crecía su asombro, y la hería aquella insistencia; se á un caballero para empezar á tratar una cuestión
algjo ofendida por tales preguntas. ¿A dónde iría áj de intereses; y la cosa era mucho más sencilla, si
parar? ¿A qué venía aquel deseo de que hubiera con- hubiera seguido siendo tu amigo. Tú misma, acaso,-
servado relaciones con Lucas?. También ella sintió cu- hubieras podido verle, hablarle...
riosidad. Le detuvo ella con un brusco ademán.
—¿Por qué me preguntas eso? —Jamás hubiera hablado á Froment en tales cofi-
—Por nada; es una idea que acaba de ocurrírsentó'. diciones. Olvidas que le quería como hermano.
Y volvió á ella y acabó por declararse. 1 Aquel desgraciado llegaía á la bajeza de especu-
—Verás... te decía que teníamos dos caminos: ó ven- lar con el cariño que Lucas podía haber conservado,-
der el Abismo, ó crear una sociedad y pertenecer yo y quería valerse de ella para atraerle y_ vencerle pie-
á ella, i Pues bueno! Hay un tercer medio, la com- jor!
binación de los otros dos, y sería hacer que nos com- Debió de comprender qUe la hería al verla en se-
prara el Abismo la Crécherie, reservándonos la mg< guida más pálida y más fría, como volviendo á sepa-
jor parte de los beneficios. ¿Comprendes? rarse de él. Quiso borrar la mala impresión.
—No; no del todo. • —/Tienes razón; los negocios no son para las mu-
—Pues e3 muy sencillo. Ese Lucas debe de tener jeres; tal comisión no es para ti. Pero, así y todo,-
mucha gana de adquirir nuestros terrenos. Pero nos me gusta mi idea, y cuanto más la maduro, más veo
ha hecho mucho daño, ¿no es eso? y es muy justo en ella nuestra salvación. Voy á pensar mi plan de
que le saquemos una crecida suma. Y nuestra salva- ataque; luego ya veré medio de relacionarme con el
ción estaría seguramente en ego, sobre todo si tenía- director de la Crécherie. Aunque tal vez sería más
mos, ^demás, intereses en la casa, lo cual nos permi- acertado dejarle á él dar el primer paso.
tiría conservar la Gtíerdache, sin disminuir nuestros Se había reanimado con esta esperanza de engañar
gastos. á otro y sacar de él sus goces, como siempre había
Susana le oía con mucha tristeza. jAy, sí! Era el hecho. La vida todavía era buena, si sabía pasarla con
mismo de siempre; la terrible lección no le había co- las manos blancas y ociosas. Se levantó, suspiró con
rregido. Sólo soñaba con explotar á los demás, sacar desabogo, miró por una de las ventanas el gran Par-
provecho de la situación en que nudieran verse. Sí* que, que parecía más grande en aquel día claro de
invierno, y en el cual esperaba reanudar gas fiestas níarla. El señor Jerónimo, el abttelo, que acababa de
en llegando la primavera, y exclamó: llegar á la avanzada edad de ochenta y ocho años,-
—Tontos seríamos desesperándonos. | La gente como á pesar de la parálisis, seguía viviendo aparte^ mudoy
nosotras, jamás llega á la miseria I sin más relaciones con el mundp que sus continuos
Susana, que seguía sentada, sintió crecer su horri- paseos en el cochecillo. Sólo Susana entraba en su |
ble tristeza. Por un instante había esperado, candida, cuarto del piso bajo, que daba al Parque. Treinta años
corregir á tal hombre, y ya advertía que todas las hacía que le cuidaba. También conocía ya los ojos
tempestades y revoluciones podían pasar sobre él, sin claros del viejo, sin fondo, como llenos de agua del
que se enmendara, sin que comprendiese siquiera los manantial, que podja leer en ellos las menores som-
nuevos tiempos. Tenía en la sangre la antigua explo- bras fugitivas. Y se habían turbado después de los
tación del hombre por el hombre; no podía vivir y últimos sucesos. Parecía que los había llenado de are-
gozar más que á costa de los demás. Siempre seria na el viento. Muchos años monótonos se habían in-
un niño grande y malo con que tendría míe cargar dinado sobre ellos, sin ver allí nada, dudando que
más adelante. ¡Si llegaba á haber justicial Ya no tuvo detrás hubiera un pensamiento. ¿Era que volvían las.
para él m&s que grande y amarga compasión. ideas? Si se turbaban, aquella fiebre que renacía, ¿in-
Mientras hablaban, Pablo no se había movido, oyen- dicaba un despertar posible en todo su sér? Acaso
do á sus padres con aire inteligente, suave y cariñoso. nunca le habían faltado la conciencia, el discurso; tal
Por sus grandes ojos pensativos se veían pasar las vez, por un milagro, se desataba el duro lazo físico
mismas emociones de su madre. En constante comu- de la parálisis, librándole, en parte, al llegar el últi-
nicación con ella, también sufría, viendo al esposo mo momento, del silencio y de la inmovilidad. Seguía
Ír al padre indigno. Notando su turbación dolorosa, Susana con ansia y sorpresa aquel lento despertar.
e preguntó ellas Una tarde, el criado que conducía el 'coche del se-
—¿A dónde ibas, hijo mío? ñor Jerónimo, se atrevió á detener á Susana cuando ésta
—Iba á la granja. Feuillat debe de haber recibido salía de la habitación del anciano, impresionada por
el nuevo arado para las labores de invierno. la mirada viva Con que la había acompañado hasta
Boisgelin se echó á reir. la puerta.
—¿Y eso te interesa? —Señora, mé he prometido decir á usted... Me pa-
—Ya lo creo, padre. En ComhetteS tienen arados rece que el señor no es el mismo. Hoy ha hablado.
de vapor que hacen surcos de muchos kilómetros, en —¿Cómo que ha hablado?
sus campos, puestos en común, convertidos en un cam- —Sí; ayer mismo había creído oirle murmurar pa-
po inmenso. Y es una cosa soberbia ver la tierra le- labras á media voz, al detenernos un momento frente
vantada y fecundada hasta las entrañas. al Abismo. Pero hoy, al pasar delante de la Crécherie,-
Se entusiasmaba con ardor juvenil. Su madre son- ha hablado, estoy seguro.
reía conmovida. —¿Y qué ha dicho?
—Anda» anda, hijo mío; ve á ver el arado nuevo,- —No lo he comprendido bien; creo que eran pala-
y trabaja; así estarás más sano. bras sin enlace; no tenían sentido.
Notó Susana los días siguientes que su marido no Aumentó desde entonces la vigilancia de Susana. El
se apresuraba á poner por obra su proyecto. Parecía criado tenía orden de contar todo lo que hubiese ob-
bastarle haber encontrado la solución que, según él,- servado durante el día. Así, pudo ella seguir la fie-
debía salvarlos á todos, y volvía á su indolencia, in- bre creciente que parecía apoderarse del señor Jeró-
capaz de voluntad. Tenía ella, además, en la Guer- nimo. Tenía afán de ver, de oir; exigía que se pro-
darjie, otro njño grande, cuya conducta eingozó á. alar-'
T raba jo—Tomo II—8
lóngasen los paseos, ávido de los espectáculos q*ue se bras era la narración sin fin de sus sensaciones, á«
le iban presentando. Todos los días se hacia llevar ya sos recuerdos, almacenados desde su entrada en e |
al Abismo, ya á la Crécherie, sin cansarse de mirar,- Asilo.
durante horas enteras, las ruinas sombrías del uno, Susana temblaba, procuraba ocultar la emoción ta«
la alegre prosperidad de la otra. Ordenaba una marcha rrible que le causaba el ejemplo.
lenta, volvía muchas veces á los mismos sitios, y las —¿Y qué fué de ese desgraciado?,
palabras sueltas que murmuraba eran cada vez más Novarre vaciló un momento.* , - _
distintas, aunque sin sentido. Susana hizo venir al doc- —Murió á los tres días. Debo confesárselo á usted;
tor Novarre. Después de explicarle el caso, le dijoj señora; tales crisis son casi siempre síntoma de un
—Me causa esto terror, como si asistiera á una re- fin próximo. La eterna imagen de la lámpara que arro-
surrección. Veo en esto una señal prodigiosa que anun- ja el último resplandor antes de apagarse.
cia extraordinarios sucesos. Callaron largo rato. Se había puesto ella muy páli-
Novarre sonrió. Cosas de mujer nerviosa. Pero qoi-> da; pasaba el frío de la muerte. Mas no se trataba
6o enterarse por sí mismo. Mal enfermo hacía el se- del fin próximo del triste abuelo; había otro temor,
ñor Jerónimo; había cerrado la puerta á los médicos otra pena. ¿ Lo había visto, oído, comprendido todo
c o n » á üodo el mundo, y no reclamaba su estado ningún el abuelo, como el viejo de Sain-Cron? Y se atrevió
tratamiento; el doctor no entraba á verle hacía años. á hacer una pregunta:
Le esperó en el Parque, lo saludó y le siguió por la —Doctor, ¿cree usted que nuestro inválido querido
carretera. Hasta se acercó á él, vió que sus ojos se ha perdido la inteligencia? Según usted, ¿comprende,
animaban y oyó el balbucir confuso de sus labios. piensa ?
También se impresionó. Se vió en Novarre el gesto vago del sabio que fue-
—Tiene usted razón, señora—dijo á Susana;—el ca- ra de la certeza experimental no cree poder asegurar
so es muy singular. Es seguro que se trata de una nada.
Crisis general que debe de venir da un profundo sa- —¡Ah, señora 1 Me pregunta Usted mucho. Todo es
cudimiento interior. posible en este misterio del cerebro, donde todavía
¡ Ansiosa, preguntó ella': penetramos tan difícilmente. La inteligencia puede se-
—¿Pero, qué prevé usted, dodtor,- j qué podemos guii intacta después de perderse la palabra, porque
hacer? la causa de que no se piense no consiste en que no
—I Oh 1 no podemos • hacer nada, por desgracia Y se hable. Sin embargo, hubiera diagnosticado que todas
tampoco me atreveré á decir lo que tal estado puede laa facultades mentales del señor Jerónimo se habían
traer detrás bien pronto. Sí diré que aunque tales co- debilitado. Le he creído en una infancia senil.
sas son raras, hay ejemplos. Me acuerdo de haber —Pero dice usted que es posible que haya conser-
examinado en el Asilo de Sain-Cron un anciano en- vado sus facultades intactas.
cerrado allí hacía cuarenta años sin que ios guardia- —Muy posible, y aun comienzo á sospecharlo; la
nes se acordasen de haberle oído nunca pronunciar prueba es el despertar de todo su sér, la palabra que
Una palabra. De repente pareció despertar, habló con- parece volver poco á poco.
fusamente primero, después muy claro, en un flujo Después de esta conversación, quedó en Susana una
interminable de horas enteras de charla no interrum- suerte de doloroso horror. No podía permanecer jun-
pida. Pero lo extraordinario era que él anciano teni- to á su abuelo en su cuarto, asistir á su resurrección,
do por idiota, lo había visto, oído y comprendido todo 8in un secreto espanto. Si lo había visto, compren-
durante los cuarenta años de aparente sueño, y lo dido todo, ¡qué drama tan terrible en aquel silencio 1
guo contaba de aquel modo en aquella ola de pala- Treinta años de ser como testigo impasible del deoai-
con miradas largas, con ojos que iluminaba la^ inte-
miento de sU raza; sus ojos claros habían visto la ligencia. Allí estaba el último y débil ramo de la
derrota de los suyos, la caída que el vértigo de la encina de tronco poderoso que él había en otro tiem-
posesión aceleraba. Dos generaciones habían pasado po esperado ver crecer y bifurcarse en ramas pode-
¡para abrasar en el fuego devorador del goce la for- rosas. El árbol familiar, ¿no traía la savia nueva, la
tuna fundada por su padre y por él que creía tan só- salud y el vigor tomados á los rudos ascendientes
lida. Había visto á su hijo Miguel arruinarse por las trabajadores? Su descendencia no iba á extenderse,
mujeres, matarse de un tiro; á Laura, su hija, loca dilatarse, conquistando todos los bienes y alegrías da
de misticismo en un convento, y al otro hijo, Felipe; la tierra? Y la savia ya estaba agotada en los nietos,
l casado con una ramera, muerto en duelo. Había visto la vida de riqueza, mal vivida, había consumido tanto
*á su nieto Gustavo lanzar á su padre al suicidio, ro- vigor en menos de un siglo. iQué amargura la del
bándole una querida y el dinero de sus vencimien- pobre abuelo, testigo supremo de tantas ruinas, al no
tos, mientras Andrés, el hijo de Felipe, iba á dar en- ver ante sí más que á Pablo, suave, delicado últi-
tre locos. Había visto á Boisgelin, el marido de su mo regalo de la vida que parecía había querido de-
nieta Susana, confiar el Abismo á Delaveau, que des- jar á los Qurignon este precioso retoño para volver
pués de una breve prosperidad acababa de reducirlo á brotar y florecer en la nueva tierral \Y qué penosa
á ceniza en aquella horrible tragedia de la traición ironía que quedara él solo en la enorme Guerdache,
de Fernanda. Había visto el Abismo, su creación ama;- mansión regia, comprada un día por el señor Jeró-
da, la humilde fábrica de su padre tan engrandeci- nimo á tan alto precio con el anhelo y el orgullo
da por los suyos, y que esperaba que fuese todo un de llegar á poblarla con sus numerosos descendientes!
pueblo para su raza, el imperio del hierro y del ace- Veía los vastos departamentos ocupados por diez ma-
ro, declinar tan rápidamente, que á la segunda gene- trimonios, oía las risas del tropel de niños y niñas
ración no quedaba piedra sobre piedra. Había visto que crecía sin cesar; era el dominio familiar, feliz,
á su raza, en fin, en la que tan lentamente, en una lujoso, donde reinaría la dinastía cada vez más fe-
larga ascendencia de miserables obreros se había acumu- cunda de loa Qurignón. Después, hé aquí todo lo con-
lado la fuerza creadora que había estallado en su pa- trario: el palacio cada vez más vacío; la embriaguez,-
dre y en él, estropeada en seguida, degenerada, des- la locura, la muerte habían pasado y destruido. La
truida por el abuso de la riqueza. ¡Qué espantosa his- última corruptora había consumado la ruina de la ca-
toria acumulada en el cráneo de aquel anciano dé sa; después de la última catástrofe, se cerraban las
ochenta y ocho años,- aquella serie de hechos terribles dos terceras partes de los departamentos; todo el se-
que resumían todo un siglo de esfuerzos iluminando gundo piso quedaba abandonado al polvo; hasta los
el pasado, el presente, el porvenir de una familia! salones de recibir se abrían sólo los sabados para
]Y qué terrible cosa que aquel cráneo en que parecía el sol. La raza iba á acabar si Pablo no la levantaba.
dormir tal historia, despertara lentamente, y que la Pasó una semana; el criado ya pudo distinguir pala-
ola de la verdad rebosara si los labios, ya balbucien- bras en el confuso balbucear del señor Jerónimo. Des-
tes, empezando á gritar palabras claras I pués se formó una frase clara y rao á repetirla á
I3» S6ñorE>
Este despertar terrible era lo que esperaba Susana
con ansiedad creciente. Ella y su hijo eran los últi- —iOh! Trabajo me ha costado, señora; pero puedo
mos de la raza. Pablo el único varón. La tía Laura aca- asegurarle que el señor ha repetido esta mañana: «Hay;
baba de morir en el convento de Carmelitas, donde que devolver, hay que devolver». . ... _
había vivido cuarenta años; el primo Andrés había Susana no lo creía. Aquello, no significaba^ nada.;
muerto loco. Así, cuando Pablo acompañaba á su ma- ¿Hay que devf' ver q u é l
dre junto al señor Jerónimo, éste le miraba mucho,-
— 118 - i
—Escuche usted mejor, procure coger mejor las pa- Cada vez lo decía más claro, con más energía, fijos
labras. en ella los ardientes ojos.
Al día siguiente, el criado dijo: —¿Y por qué me habla usted del señor Lucas? ¿Es
—Aseguro á la señora que el señor dice, bien claro: que le conoce, tiene usted algo que decirme de él?
«Hay que devolver, hay que devolver», y esto veinte, Entonces vaciló él, sin duda porque no encontraba
treinta veces, en voz baja, continua, como si pusiera las palabras; después volvió á repetir el nombre de
en ello Joda la fuerza que le queda, Lucas con impaciencia infantil.
Susana resolvió velar ella misma al abuelo, para —En otro tiempo—prosiguió ella,—era muy amigo
enterarse. Al día siguiente no pudo levantarse el an- mío; pero hace muchos años que no viene.
ciano. Mientras el cerebro se despejaba, las piernas, Movió él la cabeza vivamente y como si su lengu*
poco después todo el tronco, fueron invadidos como se soltara poco á poco, encontró palabras.
L ndos ya de muerte. Asustada ella, hia-o venir otra
vez á Novarre, quien, impotente, la anunció con ro-
—Lo sé, lo sé... Quiero que venga,
—¿Quiere usted que el señor Lucas venga á verle?
deos el fin próximo. Desde entonces ya no dejó Su- ¿Desea usted hablarle, abuelo?
sana el cuarto. Era grande, con alfombra muy espesa —Sí, sí. eso es. Que venga en seguida, le hablaré,
y colgaduras muy pesadas. Rojo todo, de un lujo só- Aumentaba la sorpresa y el temor de Susana. ¿Qué
lido y algo sombrío, con muebles de palisandro es- podía querer decir á Lucas? Tantas hipótesis peno-
culpido, un gran lecho de columnas, un espejo muy aas veía en aquello, que por un instante quiso eludir
alto en que todo el Parque se reflejaba. Cuando las aquel deseo, viendo en él sólo una delirante fantasía.
ventanas estaban abiertas, se distinguía mas allá de Pero estaba él en su cabal razón; la suplicaba con
las praderas, entre las cimas de los árboles seculares, ansia fervorosa, irresistible, agotando las ídtimas fuer-
Un inmenso horizonte, el montón de los tejados de zas. Muy turbada, viendo allí un caso de conciencia,-
Beauclair primero, más allá de los Montes Bieuses, la se preguntaba si no sería culpable negando á un mo-
Créchene con su homo alto y el Abismo, cuyas gigan- ribundo una entrevista de que podían salir las cosa*
tescas chimeneas seguían en pie. amenazadoras y obscuras que la hacían temblar.
Una mañana, Susana se había sentado junto al le- —¿No puede usted hablarme á mí, abuelo?
cho, después de haber levantado las cortinas para que —No, no, aj señor Lucas. | Quiero hablarle al tno*
el sol de invierno entrase, cuando tuvo la emoción Ciento, al momento 1
de oir hablar al señor Jerónimo. Hacía un momento —Está bien, abuelo; voy á escribirle y espero que
que, vuelto el rostro hacia una ventana, miraba al vendrá.
lejano horizonte con sus grandes ojos claros. No di- Pero al escribirle aquella carta á Lucas, su mano
jo primero más que esto: tembló. Sólo fueron dos líneas: «Amigo mío: Le ne-
—El señor Lucas, cesito, venga en seguida...» Por dos veces tuvo que
Susana, que había oído distintamente, quedó un mo- detenerse, le faltaba fuerza para llegar al fin de aque-
hiento sorprendida. ¿Por qué el señor Lucas? Nun- Has pocas palabras; de tal modo despertaban en ella
ca el señor Jerónimo había tenido trato con él, hasta los recuerdos, toda su vida perdida, la felicidad á cu-
debía ignorar su existencia, á no ser que hubiera, yo lado Había pasado y que ya no conocería jamás.
en efecto, tenido conciencia de todo, y esto Susana, Eran apenas las diez de la mañana; un muchacho
hasta entonces, no hacía más que sospecharlo y te- llevó la carta á la Crécherie.
merlo.^ Pero aquella frase era una prueba. Estaba Lucas delante de la Casa Comunal, termfc
—¿Es «el señor Lucas» lo que usted dice, abuelo? nando su inspección de la mañana, cuando le entrega»
—gí, sí, ©1 señor Lucas. ron la carta, x sin tardar siguió al criado, jP^rQ
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emoción la suya también, qué enternecimiento de todo
su corazón ante aquellas simples palabras: «Amigo Híte- to, enterrado en este amor que ignoraban todos y que
l a necesito venga en seguida!» Doce años hacía que ella no había querido saber si había existido. Y el
los acontecimientos los habían separado, y le escri- ver á su dios ante ella removía todas estes cosas
nía ella como si se hubiesen visto la víspera, segura secretas y profundas, y loca de ternura lloraba y le
í t VArlf , r e 3 P o n d e r á s u llamada. Ni un instante ha- temblaban las manos.
bía dudado de su amigo, y á él le arrancaba iágri- —¡Oh! ¡Amigo mío; ha venido usted, bastó que le
mas verla siempre la misma, fraternal como antaño. llamara!
Los más terribles dramas habían podido estallar en Lucas, temblando, con igual simpatía, recordaba tam-
torno de ellos, todas las pasiones se habían desen- bién todo el pasado. Sabia con cuánta dignidad y he-
cadenado, barriendo hombres y cosas, y se volvían roísmo había luchado contra todos los ultrajes. Per-
á encontrar naturalmente, la mano en la mano, después maneciendo en su hogar, defendiendo el honor del nom-
de tantos anos de separación. Cuando eon paso rápi- bre, con la cabeza levantada, por su hijo, por ella
misma.
le° l ! S a m a S C a b a ¿ ** G u e r d a c l l e ' 8 6 por qué Siempre, á pesar de la separación, la había tenido
No ignoraba el deseo de Boisgelin de vender el Abis- en el alma; había anhelado ir en su socorro. Deseaba
mo lo mas caro posible; pero él estaba resuelto á no probarle que era el de siempre, y por eso venía. Cuan-
comprarlo. La ónica solución aceptable era que el Abis- do la emoción le dejó, respondió por fin:
mo se asociara á la Crécherie, como las demás fábri- —¡Sí, su amigo, su amigo, que no ha dejado de serlo,
cas de menor importancia habían hecho. Se le ocu- que esperaba ser llamado para acudir 1
rnó un instante que Boisgelin debía de haber empu- Seguían siendo hermanos; lo sintieron tan profun-
jado á su mujer á dar aquel paso; pero la conocía damente, que se abrazaron. Se besaron en las meji-
era incapaz de prestarse á tal papel. Y se la figuraba llas y como compañeros, como amigos que nada temen
llena de zozobra, necesitándole en alguna circunstancia de las locuras humanas, seguros de que jamás el uno
trágica. No buscó más, ella le diría lo que q u S padecería por causa del otro; de que sólo se infundi-
rían calma y valor. Cuanto la amistad entre un hom-
Susana esperaba á Lucas en un saloncülo, y cuan- bre y una mujer puede tener de fuerte y cariñoso,
do entró, creyó desfallecer; tal era su turbacíói. Tam- florecía en su sonrisa.
men él estaba conmovido, saltándole el corazón Al —¡Si usted supiera, amiga mía, lo que sentí al com-
prender que por mi causa el Abismo iba á hundirse I
en^ilencií! 0 p u d i e r o a d ® cLr ^ P^abra. Se miraban ¡Qué fe habrá sido la mía para no detenerme ante
—IOh! amigo, amigo mío—murmuró ella al fin tal pensamiento! A veces me afligía la idea de que
Poma en estas sencillas palabras la emoción de to- usted debía de maldecirme, de que no me perdonaría
do lo que había pasado en doce años: su separación y jamás ser la causa de sus penas.
—¡Maldecirle yo, amigo míol Pues si era de los
w J íSf 7 ^ m u d o s e n ^ n t r o s , la vida cruel en su suyos; mis votos eran para usted; sus victorias han
hogar ultrajado y manchado, sobre todo la obra que sido mi única alegría 1 ¡Era tan grato, en medio de
L S ^ Í ™ / ^ 0 - d u r a " t 0 e s t e tiemP° y * * ella ha- esta gente que es la mía y que le denigraba, guardar
bía seguido de lejos con alma entusiasmada. Era un tni afecto secreto, comprenderle á usted y quererle en
héroe, le rendía culto; hubiera querido arrodillarse,- Un santuario íntimo ignorado de los demás!
curar sus hondas ser la compañera que consuela y —De todos modos, por mí está usted arruinada. ¿Qué
0íra haWa Venid0
K l ' P° r Josina h a b í a s i ra á ser de usted, acostumbrada desde la infancia
rodo tente, que ya su corazón de amante estaba m m - á este vida de lujo?
—;Ohl arruinada; otros han sido los trae me han
arruinado, no usted. Y ya verá lo valiente que sov —Abuelo, ¿no conocía usted al señor Froment? ¿Aca-
aunque me crea tan delicada. so había reparado en él en sus paseos ?
—Pero, ¿y Pablo, sn hijo? No daba señales de oir; tampoco respondió á su
—I Pablo I No podía sucederle cosa mejor. Trabaja- nieta. Pero después de un rato, volvió otra vez la
r&. Vea usted lo que el dinero ha hecho de los míos. cabeza, buscó con los ojos por el cuarto. Y no en-
t/Xplico Susana á Lucas por qué ie había llamado contrándolo, acabó por pronunciar una sola palabra,
y ie contó las novedades que ñabia respecto ai señor un nombre:
L UCa
, f^- 431111)1611 asombrado por aquella re- —Boisgelin.
surrección, le dijo que harta cuanto ella quisiere. Nuevo asombro de Susana, mezclado de inquietud y
- 6 b a b e sru mando de usted algo del deseo del disgusto.
ñor Jerommo y de mi visita? —¿Pregunta usted por mi marido, abuelo, desea que
Le miró ella y se encogió de hombros. esté aquí?
—No, no he pensado en ello; es inútil. Hace mtt- —Sí, sí, Boisgelin.
cho tiempo que creo que el abuelo no sabe ni <rua —Pero es que no ha vuelto, creo. Pero en tanto,
ma mando existe. No le habla, no le ve. Además, está debiera usted decir al señor Froment por qué ha que-
de caza desde muy temprano y no ha vuelto todavía. rido verle.
Oespués anadió: —No, no... Boisgelin.
—Si quiere usted seguirme«. Era evidente que sólo podía hablar delante de Bois-
Cuando entraron en la habitación del señor Jeró- gelin. Fué Susana en busca de su marido. Quedó Lu-
nimo, éste incorporado en el vasto lecho de palisan- cas cara á cara con el señor Jerónimo, sintiendo sin
dro, apoyada Ja espalda en almohadas, aún tenia la cesar sobre sí sus miradas, de claridad infinita. Tam-
JeDtana> cocinas s e g u i d bién él entonces le examinó; vi ó en él una belleza
descorndas. No debía de haber apartado los ojos del extraordinaria en la extrema vejez, en su rostro blan-
soberbio Parque, del extenso horizonte, con el Abis- co, en sus facciones regulares á las cuales la muerte
^ : ¡ * Crechene en la falda de los Montes Bieu- próxima, ennoblecida por un gran acto, daba una ma-
R u» J
?1 ? ? r 6 Q C i m a los tejados de Beauclair. jestad soberana. Mucho esperaron, pero no hubo en-
^ F f f ™ 1 0 continua evocación del pasado, del tre ellos ni una palabra; los ojos sondaban los ojos.
presente y del porvenir durante los largos años que En torno, la estancia de espesas colgaduras, sólídoá mue-
mudo, tenía este horizonte ante sí. * ' bles, parecía dormir, sofocada por su pesado lujo. Ni
un ruido, ni un soplo, sólo el frío temblor ^que venía
A¿fS¡fQ~dÍju SuUS^Tie al señor Froment á través de las paredes de los grandes salones cerrados
Aquí esta, nos ha hecho el honor de venir en seguida.
Lentamente volvió el anciano la cabeza,-fijó en Lu- y vacíos, de los pisos enteros abandonados al polvo.
cas sus grandes o,os, que parecían más grandes toda- Nada más trágico y solemne que aquella espera-
vía, de una clan dad profunda, infinita, y no dijo na- Volvió Susana al fin con Boisgelin, que acababa de
da. M una palabra de gracias y de bienvenida/Duró entrar. No se había quitado todavía guantes ni po-
lainas, ni la chaqueta de caza, pues no le había deja-
r a d l ' ^ " Z S K 0 * m U T S > Sin apartara la mi- do ella tiempo de ponerse una americana de casa.
rada de aquel desconocido, el fundador de la Créche-
S
] quisie ra
, conocerle bien, meterle los ojos Entró inquieto, anhelando saber, pasmado de verse en
J tal aventura. Su mujer se lo había contado todo, y
de monbundo en lo más hondo del alma,
insana, algo cortada, añadió; tan graves sucesos imprevistos le trastornaban, y se
veía en una extrema turbación, 8in haber podido re-
flexionar algunos minutos.
^ I A !tp
0m>
J g a - d J p Susana.—Abuelo, aquí está mi marido.
Hable usted si tiene algo que decirnos. Ya le escu-
chamos. rían decir, se volvió á Pablo y dijo con más fuerza:
Pero otra vez volvió el anciano á buscar algo por —Hay que devolver, hijo mío, hay que devolver.
el cuarto, y no encontrándolo, preguntó: Susana, sobrecogida, hábía cambiado una mirada con
—Pablo, ¿dónde está Pablo? Lucas, que también temblaba. Mientras Boisgelin con
—¿También quiere usted que Pablo esté aquí? angustia y miedo, fingía creer que se trataba de al- (
—1 Sí, sí, quiero I guna divagación del anciano, Susana preguntó:
—Es que Pablo debe de estar en la Granja. Si se 1© —¿Qué quiere uáted decir, abuelo, y .qué es lo que
llama, tardará en venir más de un cuarto de hora. tenemos que devolver?
—Es preciso; ¡lo quiero, lo quieroI La voz del señor Jerónimo se hacía más clara y fá-
Se cedió; salió corriendo un criado. Y la espera
fué ahora todavía más solemne y más trágica. Lucas —Todo, hija mía. Allá abajo hay que devolver el
y Boisgelin se habían saludado sin hablarse, después Abismo. Aquí hay que devolver la Guerdache. En la
de tantos años. Nadie movió los labios; sólo se oía Granja hay que devolver las tierras. Hay que devol-
la respiración algo fuerte del señor Jerónimo. Mira- verlo todo, porque nada debe ser nuestro, porque todo
ba otra vez á Ta ventana, al horizonte que mostraba debe ser de todos.
el pasado vencido, el porvenir naciendo. Pasaban los —Pero, abuelo, expliqúese usted, ¿á qmén hay que
minutos lentos, regulares, con el ansia de lo que iba devolver? „ „ , , ,
a venir, el acto de grandeza soberana que se sentía —Ya lo he dicho, hija mía. A todos. Nada de lo
cercano. que hemos creído nuestro, lo es. Si estos bienes nos
Hubo un ruido ligero de pasos; Pablo entró, sano han envenenado, nos han destruido, es que eran de
y sonrosado el rostro, azotado por el aire libre. otros. Por nuestro bien, por el de todos, hay que de-
—Hijo mío—dijo Susana,—es tu abuelo que nos re- volver, hay que devolver.
une y no quiere hablar sino delante de ti. Y hubo una escena de soberana belleza, de gran-
En los labios, tanto tiempo rígidos del señor Jeró- deza incomparable.
nimo, apareció una sonrisa de una infinita ternura. No siempre encontraba las palabras, pero el gesto
Llamo á Pablo por señas, le hizo sentarse lo más acababa el pensamiento. Lentamente, en medio del si-
cerca posible, al borde del lecho. Para él sobre todo lencio sagrado de todos, consiguió que le entendie-
quería hablar, para el último de los Qurignon, cuya ran. Todo lo había visto, oído y comprendido; y co-
raza podía reflorecer y dar todavía frutos excelentes. mo Susana había esperado con ansia temblorosa, todo
Viéndole muy conmovido por aquel último adiós, qui- el pasado volvía, toda la verdad del pasado terrible,
so tranquilizarle con sus ojos de abuelo enternecido que salía en ola inmensa de aquel testigo tanto tiem-
para .quien la muerte era dulce, pues iba á legar á su po mudo, impasible, emparedado en su prisión de car- >
biznieto la herencia de su larga vida, un acto de bon- ne. Parecía no haber sobrevivido á tantos desastres I
dad, de paz y de justicia. y á tanta gente más que para, sacar de todo un gran ¡
Después, por fin, habló entre el silencio religioso ejemplo. El día del despertar, antes de entrar en l a .
de todos. Volviendo la cabeza hacia Boisgelin, repi- muerte, desenvolvía su largo suplicio de hombre que |
tió primero las únicas palabras que el criado le había después de haber creído en su raza ,dueña del impe-
oído claramente. rio fundado por (él, había durado bastante para ver
—Hay que devolver, hay que devolver. la raza y el imperio arrebatados por el viento del
X viendo que dudaban, sin comprenda lo qu§ que- porvenir. Y decía el por qué: juzgaba y reparaba.
Fué primero el primer Qurignon, el obrero tirador
que creó el Abismo con algunos camaradas, tan pobre
— 128 ==
127 -=
6 S Per0 8
Sff°r Í!° l1 ' f p o s t r o y económico sin duda. de vida por el porvenir que traía consigo. Sabia todo
K i l 'n, S e g U n d o O ^ g n o n , que ganó la fortuna, esto porque lo habían visto sus ojos claros, en sus
de la v o l n n t , r ^ í 0 n a d 0 S - e n o b s ü n a d a ^ c h a , henS continuos paseos, en horas de muda contemplación de-
C
re L L t S >?' ° " S t a n t e e s f u e r z 0 inteligente; pe- lante del Abismo, al sentir los trabajadores, delante
Seadoí^i % l Prodigios de actividad y de genio de la Crécherie, cuyos antiguos obreros, desertores de
S í m e n t e ^ g a n a d o el P* r comprender ad- su casa, le saludaban; delante del Abismo, otra vez.
las ones
£ Sítf H de la producción y «le en la mañana en que de esta casa tan querida sóle
era b a b í a lle ado quedaban humeantes escombros.
tierna4 ^ S 4
& , , n h ° r a d e r e 5 ° g 6 í e ) f r u t 0 Preparado por —Hay que devolver, hay que devolver, hay que d e
d ? n t J o ^ Í f f a M Ü e S d e ^ a b a j a d o r e s que obraban volver.
y
to , r d m o s P ' a b a r j s u ^ r z a y su triun- Esta exclamación que sin cesar lanzaba en él flujo
f a ' ? u á Q t o s i d é a n o s sudando sobre la gleba, cuán- de lentas palabras, cada vez con más energía, era la
¿ZJSSÍ Ü # S la
herramienta b a b r S n T d o consecuencia de los hechos desastrosos que tanto le
I f e ^ a llegar á estos dose primeros Qurignon habían hecho sufrir. Si todo se había hundido, era
\ 6 1 0 d, e l u c b a r^ d e" o s «e había juní
3 f 0rtunal
porque la fortuna, hecha con el trabajo ajeno, se en-
S r i ^ ? e S ^C afl a s o c i a l , 1 3 ' enriquecerse/de venena á si propia y á todos. El placer que procura
ÍSLKL ] > emancipación lenta del es fermento destructor, envilece la raza, desorganiza
r Í fi? i w S ° " ' a d ° n Pu On r o8 0n ^ en
' a servidumbre la familia trae dramas abominables. La culpa de los
rír m - o f ? P
del
bastante fuerte para ven- Qurignon trabajadores había estado en creer que po-
» W ^ a b o z o , adquirir la n j i e z a tan dían, por su propio bien, apoderarse de la riqueza
desuda y ser neo, un señor á su vez I Y en s e s u i d l creada por los brazos de los compañeros. La riqueza
en dos generaciones, la descendencia pelig^ab? v o t al fin, era el castigo. Nada más inmoral que poner
Í J ^ g » tachas dolorosas, debüitada ya por ejemplo al obrero enriquecido convertido en pa-
los goces, devorada por ellos como por una llama l trono, dueño soberano de miles de hombres encorva
volver ** deVolver
> hay ^ e d* dos por el trabajo, sudando el dinero con que él dis-
fruta. Cuando se dice: «con orden y con inteligencia
Venia luego la historia de su hijo Miguel el ma ya veis que un simple herrero puede llegar á todo»,
Felipe, muerto en d S ; l a u r a no se hace más que empujar á la iniquidad, agravar
t r ^ ^ s - m e !t 3 - ! f d^ rxé ms T i e r t a e n e l i n v e n t o De
1 el desequilibrio social. La dicha del elegido está he-
C PÍ . n \ ! i ^ raquítico, medio loco, muer- cha con la desdicha de los demás. Un camarada que
t J . hospital; Gustavo aplastado en Italia ro- trabe y se hace amo, cierra el camino á millares de
bando antes á sr padre el suicida, la querida y % camaradas, vive en adelante de su miseria Y mucha?
dinero. Y en fin, venían su meta Susana la ¿ n ñ o s a veces su misma fortuna desproporcionada presurosa
Í£ fe^ e r a e l , ^A bdj scm o Boisgebn. consumab, Fa r ¿ le mata. La única verdad era volver al trabajo salva-
KL „ aun caliente vengador de dor, al trabajo de todo, ganando cada cual ia vida,
S J mancillas. La Guerdacbe, donde e s p S ve? no debiendo la alegría más que á su inteligencia y
t ? ^ ® m 1 d e s i e r t 0 ^ torno corf ¡ Z i sus brazos.
Salones vacíos, su tnste Parque á través del cual só —Hay que devolver, hay que devolver, hay que de-
el d0 f a n t a s m a d e l a
k ffS P envenenadora, de volver
k enrruptora, de Fen.anda. Y en tanto que los su
yos acababan así, había visto levantarse enfrente ¿ a Hay que devolver, porque se muere de robar. Hay
obra nueva, la Crécherie, ahora tan f l o r e c S , C a que devolver, porque es la Unica manera de sanar.
£or justicia, por interés personal, porque el bien de
cada Cual está en el bien de todos. Hay que devolver importancia doble & nuestra naciente dudad. Y si por
para sentirse bien, para tener una vida sana y feliz devolver entiende usted esta vuelta á mayor justicia,
en medio de la paz universal. Hay que devolver, pues, camino de la justicia total, yo puedo ayudarle, y lo
si todos los conquistadores injustos detentadores de haré con todo mi corazón.
la fortuna pública devolviesen mañana lo que derro- —Lo sé—respondió lentamente el señor Jerónimo,—!
chan para sus placeres egoístas, los grandes señoríos, y no pido más.
las grandes explotaciones, las fábricas, los caminos, Pero Boisgelin, no pudiendo contenerse más tiemv
las ciudades, vendría la paz en seguida con el amor po, protestó.
y la abundancia, sin que quedara un solo miserable. —|Ah! no, no es eáo lo que yo quiero. Aunque con
Hay que devolver, hay que dar ejemplo para que apren- gran pena, estoy dispuesto á ceder el Abismo á la
dan los ricos. Hay que devolver cuando es tiempo to- Crécherie. Se discutirá el precio; aparte de la suma
davía, cuando hay cierta grandeza en volver con los fijada, pediré cierta participación en el negocio, que
compañeros confesándose engañado, tornando á su pues- se discutirá también. Necesito dinero, quiero vender.
to para el esfuerzo común, esperando la hora de la Era el plan que maduraba hacía varios días, cre-
justicia. Hay que devolver, y así se muere con la yendo que Lucas deseaba vivamente los terrenos del
conciencia limpia, alegre el corazón, dejando una ense- Abismo, y que sacaría de él una suma considerable
ñanza reparadora al último retoño de la raza para inmediatamente, á más de reservarse rentas para el
que vuelva á levantarla, la salve del error y la haga porvenir. Pero el plan vino á tierra, cuando Lucas
durar, en la fuerza, en la alegría, en la belleza. declaró con voz clara que anunciaba una voluntad irre-
—Hay que devolver, hay que devolver, hay que de- vocable:
volver. —Nos es imposible comprar. Eso es contrario al
Lloraba Susana viendo á su hijo exaltado con las espíritu que nos dirige. No somos más que una aso-
palabras del abuelo, mientras Boisgelin mostraba sor- ciación, una familia abierta á todos los hermanos que
da irritación con movimientos de impaciencia. quieran unírsenos.
—Pero abuelo—preguntó la nieta,—¿á quién y có- El señor Jerónimo, que miraba á Boisgelin con fijé-
mo quiere usted que se restituya? za, dijo con tranquilidad soberana:
El anciano volvió á Lucas sus ojos llenos de luz. —Soy yo quien quiere y quien ordena. Mi nietai
—Si he querido que el fundador de la Grécheriel Susana, aquí presente, copropietaria del Abismo, se
estuviese aquí, fué para que me oyese y os ayudase; negará formalmente á todo arreglo que contraríe mi
hijos míos. Ya h a trabajado mucho en la obra de voluntad. Y estoy seguro que sólo sentirá, como yo,
reparación, y él sólo puede intervenir en esto y de- no poder devolverlo todo y seguir cobrando los inte-
volver lo que queda de nuestra fortuna á los compa- reses de su capital, de que dispondrá como decida su
ñeros, á los hijos, á los nietos de los compañeros de corazón.
antaño. Boisgelin callaba,- se sometía por la debilidad que
Lucas, también ahogado de emoción, estaba, sin em- le causaba la ruina. El anciano continuó:
bargo, perplejo, comprendiendo la hostilidad de Bois- —No es eso todo; quedan la Guerdache y la Granja.
gelin. Hay que devolver, hay que devolver.
—Yo no puedo—dijo,—hacer más que una cosa. Es- Entonces, agotadas las fuerzas, con palabra ya di-
ta, sencillamente: si los propietarios del Abismo quie- fícil, acabó por decir su voluntad. Como el Abismo
ren, admitirlos en nuestra asociación de la Crécherie. iba á fundirse con la Crécherie, quería que la Gran-
Como han venido ya otras fábricas, pueue el Abismo ja entrase en la asociación de Combettes. De una vez
a,umentar nuestra familia de obreros, dai.do de pronto Trabajo—Tomo II—9
130 = 131 - T
áqúel dominio iría á ensanchar los vastos campos co- habitación del señor Jerónimo, se encontraron solos
munes de Lenfant, de Yvonnot y los demás aldeanos Un instante en el saloncillo. Estaban tan fuera de sí,-
reconciliados. Sólo habría una tierra, una madre árd- trastornados por la emoción, que toda el alma les sa-
ea, amada, cultivada por todos, sustentándolos á to- lió á los labios.
dos. La llanura entera de la Rumaña llegaría á ser el —Cuente usted conmigo—dijo él;—yo le juro qtuj
granero abundante de Beauclair regenerado. En cuanto he de velar porque se cumpla la voluntad suprema de
á la Guerdache, pues era en totalidad de Susana, se' que es usted depositaría .Desde ahora mismo voy à
encargaría ésta do entregarla á los pobres, á los que ocuparme de ello.
padecían, para no conservar nada de los bienes em- Le había cogido ella las manoa.
ponzoñados que tenían á los Qurignon agonizando. 1' —jOh! amigo mío, en usted pongo mi fe. 5é qué
volviéndose á Pablo, que seguía sentado junto á él, milagros de bondad ha realizado usted ya, y espero
mirándole con ojos que ya empezaban á apagarse, co el prodigio de que nos reconcilie á todos. No hay-
giéndole las manos, dijo aún con voz más baja: más que el amor. ¡Ah, si yo hubiera sido amada co-'
—Hay que devolver, hay que devolver. No guarda- mo yo amaba!
rás nada; darás este Parque á los antiguos compañe- La veía temblar, entregándole el secreto tanto tieití-
ros, para que sea su recreo en los días de fiesta, y po ignorado de ella mism^ y que se, lo escapaba en
para que sus mujeres y sus hijos se paseen y gocen aquel instante solemne.
horas de alegría y de salud bajo los árboles hermosos. —¡Amigo mío, amigo mío, qúé fuerzas hubiera te-
Darás también la casa, esta morada inmensa, que no nido para el bien »cuánto hubiera podido ayudar, yen-
hemos sabido llenar, á pesar de nuestro dinero, y quie do del brazo de un justo, de Hn héroe, del que hu-
ro que sea para las mujeres, para los hijos de los biera hecho mi dios! Pero, irrevocablemente, es muy
obreros pobres. Se les acogerá, se les cuidará cuando tarde; de todas suertes, ¿quiere usted tenerme por ami-
estén enfermos ó simplemente cansados. No guardes ga, por hermana, que podría servirle de algo?
nada, dalo todo, dalo todo, hijo mío, si te quieres li- Comprendió él; era el caso tan dulce, tan triste de
brar del veneno. Y trabaja, vive sólo de tu trabajo, Sœurette, que se repetía. Le había amado sin decirlo,
busca la hija de mi antiguo compañero que trabaje hasta sin confesárselo á sí misma, cual mujer honra-
todavía, hazle tu esposa, ten de ella hijos hermosos da, ávida de ternura, poniendo en él su sueño de amor
que trabajarán, que serán justos y felices, que ten- dichoso, el consuelo de las crueldades de su matri-
drán otros hijos hermosos, para el eterno trabajo fu- monio] El mismo, ¿no la había amado en los lejanos
turo. No guardes nada, hijo mío, devuélvelo todo, es días en que la encontraba en casa de los pobres, don-
la única salvación, la paz y la alegría. de se habían conocido? Era todo deliciosamente dis-
Todos lloraban; jamás sobre almas humanas habí» creto, un amor de ensueño, con que hubiera temido
pasado un soplo más bello, más grande, más heroico. ofenderla, y que guardaba en su corazón, como las
Por él la estancia tenía ahora algo de augusta. Y los flores de un recuerdo encontradas entre dos páginas.
ojos del anciano, que la había llenado de claridad, se- Y ahora que Josina era la elegida, ahora que estas
guían apagándose poco á poco, mientras también su cosas estaban muertas, sin resurrección posible, se da-
voz se hacía más opaca, volvía al eterno silencio. Ha» ba ella como Sœurette, compañera fraternal, simple
bía cumplido su obra sublime de reparación, de ver- amiga abnegada, deseosa de participar de su misión,;
dad y de justicia, ayudando á la felicidad, que es el de su empresa.
derecho primordial de los hombres. Y murió por la —íSí, la necesito !—exclamó él con lágrimas;—|ah¿
tarda. sí, nunca hay bastante oariño, bastante buena volun-
Quaudo Susana acompañó á Lucas, al salir de la tad, tier&a y activa! [La tares es tan graadêl Ê8
ella podrá usted gastar todo el corazón que quiera. niños, salud de las madres, palacio de placer del pue-
Venga usted oon nosotros, amiga mía, ya nunca me blo con que la Naturaleza convidaba á todos.
dejará, será parte de mi pensamiento y de mi amor. Pasaron años, Lucas había cedido á los Boisgelin
una de las casitas de la Crécherie, á poça distancia
Arrebatada, loca, se arrojó ella en sus brazos, se del pabellón« que él seguía ocupando. Los primeros
besaron. Se ataba un lazo indisoluble, un matrimo- tiempos de esta existencia mediocre fueron muy du-
nio de sentimiento, de una pureza exquisita, en que ros para Boisgelin, que no se resignó sin violentas
sólo quedaba la común pasión por los pobres y afligi- rebeldías. Un momento, quiso volverse á París, vivir
dos, el deseo inextinguible de exterminar la miseria del allí á su antojo, al azar. Pero su ociosidad nativa, el
mundo. Tenía una esposa adorada, fecunda, que le daba no poder ganarse la vida, le hacían débil como ,un
los hijos de su carne, é iba á tener dos amigas, dos niño y le entregaban en manos de cualquiera. Des-
compañeras con delicadas manos de mujer que le ayu- pués de los desastres, Susana, tan juiciosa, tan suave,
darían en las obras de su espíritu. pero tan firme, teñía sobre él una autoridad absolu-
Pasaron meses; la liquidación de los asuntos em- ta. Llegó la pereza á pesarle de tal modo, en aquel
brollados del Abismo fué muy laboriosa. Había la deu- mundo activo, que quiso una ocupación. Se cansaba
da de seiscientos mil francos de que había que li- dé no hacer nada, aburrido, avergonzado, no pudien-
b r a r ^ ante todo: Hubo arreglos; los acreedores acep- do ya emplearse en malgastar una fortuna. Aún, en
taron ser reembolsados por anualidades con los bene- invierno, cazaba; pero el buen tiempo, fuera de algu-
ficios que realizaran las acciones del Abismo, cuando nos paseos á caballo,, era el tedio abrumador. Aceptó,-
entrase en lá asociación de la Crecherie. Hubo que pues, una inspección en los Almacenes Generales que
evaluar la suma que representaba el material y la le ofreció Lucas, por indicación de Susana. Eran tres
maquinaria salvada del incendio. Esto, con más, ex- horas de ocupación al día. Recobró un tanto la salud
tensos terrenos á lo largo del Mionna, hasta el viejo perdida, pero seguía inquieto, aburrido, desorientado^
Beauclair, fué lo que aportaron los Boisgelín; y se como si hubiera caído en otro planeta.
les aseguró una renta modista que se sacaría de los
beneficios antes de repartirlos entre los acreedores. El Y pasaron más años. Susana ya era la amiga, la
deseo de Jerónimo Qurignon sólo se cumplía así á hermana de Josina y de Sœurette, compañera de sus
medias, en este período de transición en que el ca- faenas. Las tres rodeaban á Lucas, le sostenían, le
pital aún contribuía con el mismo título que el tra- completaban, eran como su bondad ,su ternura, su ama-
bajo y la inteligencia, hasta que desapareciese, ante bilidad. Las llamaba, sonriendo, sus tres virtudes. Tra-
la victoria del trabajo' único y soberano. Pero á lo bajaban junto á las cunas de los asilos, en las escue¡-
menos, la Guerdache y la Granja pudieron volver por las, en las enfermerías, en las casas de convalecencia;
completo á la comunidad, fueron devueltas totalmen- iban doquiera bahía que aliviar algún dolor ó hacer
te á los herederos de los trabajadores que las habían' nacer alguna alegría. Sœurette y Susana, sobre todo,;
pagado algún día con su sudor. Incorporadas las tie- aceptaban, ambicionaban los más ingratos trabajos, los
rras de la Granja á la asociación de Combettes, rea- ¡que exigen abnegación personal, completo renunciamien-
lizando así la idea secreta de Feuillat, prosperaron,- to; Josina era de sus hijos, do su hogar, y algo me-
dieron grandes ganancias, y todo este dinero se em- nos de los otros. Mas era la enamorada ,1a flor de¡
pleó en hacer de la Guerdache una casa de convale- belleza y de deseo, mientras Sœurette y Susana no
cencia para los niños débiles y las recién paridas. Se eran más que las amigas, el consuelo, el consejo. Gran-
fundaron camas, hubo pensiones gratuitas, y el Par- des amarguras pasó Lucas todavía, á veces; y al de-
que, siempre florido, pertenecía ajiora á los humildes jar los brazos de la esposa, solía buscar á las amigas,-
de este mundo; jardín inmenso, paraíso, recreo de los á quien oía, 4 aW.©ñ çnqargaba dg çugg. henjfe
1* grandes árboles l Todo el lujo era süyo; dentroi
poí la firtijet, 9 para la mujer, la nUeva ciudad había de las claras alcobas, los salones agradables, las abun-
de ser fundada. totes cocinas; fuera, las calles de árboles ^ombrías,
Habían pasado ocho años ya, cuando Pablo Bois- las fuentes cristalinas, los encañados de flores em-
gelin, que cumplía veintisiete, se casó con la hija ma: balsamadas y de césped. Y daba gloria ver á niños,-
yor del obrero Bonnaire, la cual tenía veinticuatro. jóvenes y madres, llamados de pronto á este £ e g g *
Pablo, desde que so habían juntado las tierras de la 1 este lujo de ser dichosos después de haber sufrido
Guerdache con las de Combettes, se había apasiona- siglos V siglos encerrados en cubiles sm sol, entre
do, no por la ganancia, sino por la fertilidad de los inmunda miseria, sin poder más que mirar de lejos
campos. Había conocido á Antonieta en casa de Susa- toda aquella ventura. Al llegar á una charca, la ¡»-
na, su madre, vecina de los Bonnaire. Estrecha amis- reja, S g u i d a de los padres, al final de una fila de
tad enlazó á la humilde familia de obreros con la sauoes, Lucas rió suavemente. _ f
antigua heredera de los Qurignon, y aunque la señora —lOh, amigos míos, si viérais qué recuerdoI ¿Lo
Bonnaire, la terrible Pelos, seguía siendo poco trata- dudáis? A orillas de estas aguas tan tranquilas^ se
ble, bastó la sencilla nobleza del marido, el héroe hicieron novios Pablo y Antonieta hace veinte anos,
del trabajo, para hacer las relaciones íntimas. Anto- 'Recordó la escena deliciosa que allí había visto cuan-
nieta parecía á su padre, fuerte y gallarda morena, do su primera visite á la Guerdache: la invasión po-
con mucha gracia, había asistido á las escuelas de pular de los tres pobres pilluelos, Nanet guiando
Sceurette y la ayudaba ahora en la gran lechería ins- Luciano y Antonieta Bonnaire, atravesando un seto,-
talada al extremo del Parque, en la falda de los Montes para j u g ¿ junto á la charca; la invenaón mgenic«a
Bleuses. Decía ella que no era más que una vaque- de Luciano, el barco que navegaba solo y la llegada
ra hábil para hacer quesos y manteca. Cuando la bo- de los tres niños burgueses, Pablo Boisgelin,. N » a De-
da, hubo gran fiesta, se celebraron estas nupcias sim- laveau, Luisa Mazelle. Pronto habían fraternizado for-
bólicas porque representaban la reconciliación del ca- mando parejas, ya novios, Pablo y Antonieta, Nisa y
pital arrepentido y del trabajo triunfante. Nanet, Luis! y Luciano, y la Naturaleza cómplice.
Al año siguiente, cuando Antonieta dió á luz, los ' —¿No o s acordáis? , . • . __
Boisgelin, acompañados de Lucas, estaban cierta tarde El matrimonio, que reía con él, confesó que ©1 re-
tibia de Junio reunidos en la Guerdache. Cerca de Cnerdo era un poco lejano. . - __
diez años hacía que había muerto el señor Jerónimo - S i yo tenía cuatro años—dijo Antonieta,—m m *
y que, según su volntaud, el dominio había vuelto moria no debía de ser muy firme.
al pueblo. Antonieta, cuyo parto había sido difícil, es- Pero Pablo hacía un esfuerzo muy atento al pa-
taba hacía dos meses de pensionista en la casa de con-
valecencia, instalada en el antiguo palacio de los Quri- ^ - Y o tenía siete, i Esperad 1 Me parece que vuelvo
gnon. Pudo pasear por las umbrías del Parque, del á ver sombras vagas, el barco que recogíamos con
brazo de su marido, mientras Susana, como buena una vara larga; una niña que por poco cae al agua; y,
abuela, llevaba el recién nacido. Detrás, á algunos pa- luego los pilletes que echan á correr al ver g ^ t e .
sos, iban Lucas y Boisgelin. |Y qué recuerdos bro- - l E s o es! ¡Eso e s l - e x c l a m ó Lucas.—i Si, se aguar-
taban de aquella regia mansión transformada en casa da usted! Y yo recuerdo que aquel día tuve el esca-
de fraternidad, de aquellos prados y arboledas donde lofrío de la esperanza en el porvenir, pues había allí
ya no resonaban el ruido de las fiestas dispendiosas, algo de la reconciliación futura. La divina infancra
el galope de los caballos, los ladridos de los perros, ya trabajaba por la paz y la justicia. Y aquí tenéis;
pero donde los humildes de este mundo gozaban al fin
de la galud al a,ire libre de la apacible sombra de
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lo qtte vosotros vals á hacer por la nueva dicha, estej
caballerito está encargado de ampliarlo 'todavía.
Y señalaba al recién nacido, á Ludovico, en brazos
de Susana, tan contenta con ser abuela, y dijo éstas ff
—Por lo pronto, ya es muy juicioso, porque duerme.
Más adelante, querido Lucas, le casaremos con una
nieta de usted, y así será la reconciliación completa; Mientras la evolución llevaba á Beauclair á su nue-
todos los combatientes de ayer unidos y aplacados en vo destino, el amor intervenía con fuerza irresistible,
&u descendencia; ¿quiere usted? Desde hoy quedan joven, alegre, victorioso; por todas partes matrimonios
celebrados los esponsales. que acercaban las clases y traían más pronto la har-
—j Vaya si quiero 1 Nuestros biznietos activarán nues- monía, la paz final. El amor destruía los obstáculos,
tra obra cogidos, de la mano. apasionado de la vida, alegre á la luz del sol en la
Pablo y Antonieta, conmovidos, se habían abraza- dicha de ser, de engendrar más cada día.
do, mientras Boisgelin, que ño atendía, contemplaba Lucas* y Josina habían dado el ejemplo. En seis años
el Parque, su antiguo señorío, con aire triste en que tres hijas y dos hijos., El mayor, Hilario, nacido an-
ni amargura había; tanto mundo nuevo le trastorna- tes de la ruina del Abismo, ya tenía once -años. Cada
ba, le hacía imbécil Y continuó por las umbrías el venían los demás: Carlos, de nueve, Teresa, de
plácido paseo. siete; Paulina, de cinco; Julio, de tres. Jugaban, reían
Pero el porvenir se iba realizando un poco más y esperaban el porvenir en el antiguo pabellón que se
cada día. Al volver á la Guerdache se detuvieron un había ensanchado. Como Lucas decía á Josina, su ca-
momento, ante la fachada, á la izquierda de la esca- riño constante lo mantenía aquella fecundidad, que era
linata, bajo las ventanas de la estancia en qne el se- un triunfo: á cada hijo, era más suya. La antigua
ñor Jerónimo había muerto. Desde allí, entre las co- amante por qnien había luchado, héroe conquistador,
pas de los grandes árboles se distinguían á lo lejos hacía lugar hoy á la iüadre ,rodeada de sus hijos en
los tejados de Beauclair^ después la Crécherie y el aquel hógar porque combatía ahora Lucas, dominador
Abismo, reconstruido por el modelo de la Crécherie; pacífico. Pero aun asi, el amor no envejeció, seguían
formando con ella una misma ciudad de trabajo re- sendo amantes, vivía la llama eterna, alimento del
organizado, ennoblecido, que era ya orgullo, salud, ale mundo. Ningún hogar tan alegre, lleno de niños y
gría. Cada mañana nacían más amor y justicia. Y la | flores. Si Josina recordaba el triste pasado, la caída
ola de las casitas risueñas entre el verdor, aquella que la amenazó, era para arrojarse al cuello de Lucas
ola que Delaveau, alarmado, había visto avanzar siem- con- gratitud inagotable, mientras él, conmovido, la que-
pre, acababa de invadir los antiguos terrenos negros,' ría más, por haberla salvado. Se amaban, pero tam-
ensanchando sin cesar la ciudad futura. Ahora llena- bién decían:
ban todo el espacio, desde la falda de los Montes Bleu- —Hay que amar á los demás como nos amamos,
ses hasta el Mionna; pronto iban á saltar la estrecha la misma llama junto á todos los séres; nuestra dicha
corriente, para barrer al viejo Beauclair, el montón de amantes y de esposos, no podría durar más que en
sórdido de casn>:has de servidumbre y agonía. Y se- la dicha de todos. Divino amor, pues nada puede vi-
guirían avanzando más y más, construyendo piedrá vir sin ti, ayúdanos á acabar nuestra obra, inflama
á piedra, bajo el sol fraternal, hasta los campos fér- los corazones, haz que todas las parejas de la ciudad
tiles dé la Rumana, la ciudad al fin libre, justa j¡ amen y engendren, en la universal dilección que debe
feliz. Unirnos á todos.
Esta era la que llamaban, riendo, la oración de la
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lo qtte vosotros vals á hacer por la nueva dicha, estej
caballerito está encargado de ampliarlo 'todavía.
Y señalaba al recién nacido, á Ludovico, en brazos
de Susana, tan contenta con ser abuela, y dijo éstas ff
—Por lo pronto, ya es muy juicioso, porque duerme.
Más adelante, querido Lucas, le casaremos con una
nieta de usted, y así será la reconciliación completa; Mientras la evolución llevaba á Beauclair á su nue-
todos los combatientes de ayer unidos y aplacados en vo destino, el amor intervenía con fuerza irresistible,
&u descendencia; ¿quiere usted? Desde hoy quedan joven, alegre, victorioso; por todas partes matrimonios
celebrados los esponsales. que acercaban las clases y traían más pronto la har-
—j Vaya si quiero 1 Nuestros biznietos activarán nues- monía, la paz final. El amor destruía los obstáculos,
tra obra cogidos, de la mano. apasionado de la vida, alegre á la luz del sol en la
Pablo y Antonieta, conmovidos, se habían abraza- dicha de ser, de engendrar más cada día.
do, mientras Boisgelin, que ño atendía, contemplaba Lucas* y Josina habían dado el ejemplo. En seis años
el Parque, su antiguo señorío, con aire triste en que tres hijas y dos hijos., El mayor, Hilario, nacido an-
ni amargura había; tanto mundo nuevo le trastorna- tes de la ruina del Abismo, ya tenía once -años. Cada
ba, le hacía imbécil Y continuó por las umbrías el venían los demás: Carlos, de nueve, Teresa, de
plácido paseo. siete; Paulina, de cinco; Julio, de tres. Jugaban, reían
Pero el porvenir se iba realizando un poco más y esperaban el porvenir en el antiguo pabellón que se
cada día. Al volver á la Guerdache se detuvieron un había ensanchado. Como Lucas decía á Josina, su ca-
momento, ante la fachada, á la izquierda de la esca- riño constante lo mantenía aquella fecundidad, que era
linata, bajo las ventanas de la estancia en qne el se- un triunfo: á cada hijo, era más suya. La antigua
ñor Jerónimo había muerto. Desde allí, entre las co- amante por qnien había luchado, héroe conquistador,
pas de los grandes árboles se distinguían á lo lejos hacía lugar hoy á la iüadre ,rodeada de sus hijos en
los tejados de Beauclair, después la Crécherie y el aquel hógar porque combatía ahora Lucas, dominador
Abismo, reconstruido por el modelo de la Crécherie; pacífico. Pero aun asi, el amor no envejeció, seguían
formando con ella una misma ciudad de trabajo re- sendo amantes, vivía la llama eterna, alimento del
organizado, ennoblecido, que era ya orgullo, salud, ale mundo. Ningún hogar tan alegre, lleno de niños y
gría. Cada mañana nacían más amor y justicia. Y la | flores. Si Josina recordaba el triste pasado, la caída
ola de las casitas risueñas entre el verdor, aquella que la amenazó, era para arrojarse al cuello de Lucas
ola que Delaveau, alarmado, había visto avanzar siem- con- gratitud inagotable, mientras él, conmovido, la que-
pre, acababa de invadir los antiguos terrenos negros; ría más, por haberla salvado. Se amaban, pero tam-
ensanchando sin cesar la ciudad futura. Ahora llena- bién decían:
ban todo el espacio, desde la falda de los Montes Bleu- —Hay que amar á los demás como nos amamos,
ses hasta el Mionna; pronto iban á saltar la estrecha la misma llama junto á todos los séres; nuestra dicha
corriente, para barrer al viejo Beauclair, el montón de amantes y de esposos, no podría durar más que en
sórdido de casn>:has de servidumbre y agonía. Y se- la dicha de todos. Divino amor, pues nada puede vi-
guirían avanzando más y más, construyendo piedrá vir sin ti, ayúdanos á acabar nuestra obra, inflama
á piedra, bajo el sol fraternal, hasta los campos fér- los corazones, haz que todas las parejas de la ciudad
tiles dé la Rumana, la ciudad al fin libre, justa j¡ amen y engendren, en la universal dilección que debe
feliz. Unirnos á todos.
Esta era la que llamaban, riendo, la oración de la
hueva religión de la humanidad. En en hogar perfu-
mado de cariño, la flor de amor ya había florecido, en íoqUeta, le gustaban los vestidos hermosos y las fies-
los años que siguieron al incendio del Abismo. Nanet, tas en que los lucía. Ser hermosa no estaba prohibido,
que se hacía hombre, vivía con ellos. De viva fuerza, al contrario, había que ser siempre lo más hermoso
emprendedor, tenía encantado á Lucas, que hacía de que se pudiera ; lo malo era echar á perder la belleza
él su discípulo predilecto. En tanto, en casa de los despreciando á la gentecilla. Nisa, en quien revivía
Jordán, que vivían cerca, crecía Nisa, amada por Sœu- aJgo de su voluptuosa madre y del padre déspotaco,
rette, que la había recogido después de la catástro- se enfadaba primero, y creía probar que era la per-
fe, contenta con aquella hija adoptiva. Viéndose los fección misma. Pero luego se rendía, se humillaba por
jóvenes todos los días, llegaron á vivir el uno por agradar á Nanet, á quien adoraba. Y si no lo con-
el otro. Sus esponsales, en rigor ,se habían celebrado seguía del todo, que solía suceder, decía riendo que
en la infancia, en los días lejanos en que el amor su hija, si la tenía, sería mucho mejor, porque hay
niño los hacía jugar juntos, desafiar castigos y saltar que dejar á la sangre de los príncipes de este mundo
mUros para verse. Eran entonces rubios, rizados como tiempo para hacerse democrática en una descenden-
corderos, reían con la misma risa argentina y se abra- cia cada vez más fraternal.
zaban sin saber que mundos enteros los separaban, Por fin, al llegar Nisa á los veinte años y Nanet á
á ella la burguesa hija del patrono, á él, pilluelo de los veintitrés, fué la boda, deseada, prevista, espera^
la calle, el hijo pobre del miserable trabajo manual. da. Y como este matrimonio, la hija de los Delaveau
Vino después el incendio, que les fundió en una mis- casándose con el hermano de Josina, ya mujer de
ma carne, salvada Nisa en brazos de Nanet, arabos Lucas, apagaba todos los odios, consumaba el pacto
cubiertos de quemaduras, en peligro de muerte. Y hoy de alianza, se le quiso glorificar con una fiesta que
todavía eran rubios, rizosos, reían como siempre, em- i fuese el perdón del pasado, la entrada radiante en el
parejados ; mas ella era ya una mujer, él un hombre, porvenir. Habría cánticos y bailes sobre el mismo te-
y ee adoraban. rreno del antiguo Abismo, en uno de los talleres de
la nueva fábrica reconstruida, como prolongación de
El idilio duró aún cerca de siete años, mientras Lu- la Crécherie. La ciudad industrial, que ahora ocupa-
cas hacía de Nanet un hombre de provecho, y Sœuret- ba hectáreas y más hectáreas y seguía creciendo.
te ayudaba á Nisa á hacerse más hermosa y más
buena. Tenía ella trece años cuando ocurrió la espantosa Lucas y Sœurette lo dirigieron y organizaron todo
tragedia de su padre y de su madre, cuyas cenizas y fueron testigos de la boda; él de Nanet, ella de
no parecieron ni bajo los escombros. Mucho tiempo Nisa. Querían un triunfo brillante, la victoria de la
duró en ella el terror de la desgracia. Todavía stí ciudad, de la paz y el trabajo. Conviene que los pue-
esperó, para decidir el matrimonio, á que tuviese vein- blos tengan sus grandes regocijos; la vida pública ne-
t e , años y su elección fuera del todo libre. Además, cesita muchos días de belleza, alegría y exaltación.
tampoco "Nanet le llevaba apenas tres años, y aún Se escogió el taller inmenso de la gran fundición con
era aprendiz. Alegres, juguetones, no tenían prisa. Les sus martillos monstruosos, sus gigantescos puentes, sus
bastaba çsta alegría común. Se veían todas las tardes grúas móviles. Las nuevas construcciones, ligeras, de
y se contaban su vida, sucesos ordinarios, pura nada, acero y de ladrillos, eran limpias y sanas, claras y
siempre lo mismo. Se cogían las manos, así estaban alegres con sus grandes vidrieras que esparcían olas
horas, este era el gran placer, y después un beso fuerte de.aire y de luz. Todo se dejó en su sitio, pues no
al separarse. No faltaban sus nubecillas; Nanet en- había decorado mejor para la fiesta del trabajo triun-
contraba á veces á Nisa muy orgullosa y autoritaria; fante que estas máquinas gigantescas con su perfil
hapia la princesa, como él decía. Era, además, muy de líneas poderosas, de una belleza soberana, todov
lógica, seguridad y fuerza. Pero se las adornó con
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follaje, s© las coronó de flores, en homenaje, como los Para ya aquello era demasiado solemne para Ña-
antiguos altares. Era el florecer del esfuerzo humano, net y para Nisa, que se habían querido jugando, des-
el secular esfuerzo por. la dicha, que al fin daba la de la infancia. En vano habían crecido los dos cor-
flor y embalsamaba la faena del obrero antes injus- deriilos rizosos; seguían siendo dos juguetes con sus
ta, dura, ya libre, atractiva. vestidos de fiesta, ambos de blanco. No se contenta-
Salieron ambos séquitos, uno de casa del novio, otro ron con el ceremonioso apretón de manos que les
de casa de là novia. Lucas conducía al héroe, Ñanet, hicieron darse. Se echaron uno al cuello del otro.
seguido de Josina y de sus hijos. Sœurette llevaba á —]Ay, Nisa mía, qué dicha tenerte, después de es-
Ñisa, hija adoptiva suya y de su hermano. Jordán perarte años y añosl
aquel día había dejado el laboratorio, donde pasaba —|Ay, mi Nanet, qué feliz soy siendo tuya, pues la
años como horas. Todo el pueblo de la nueva ciu- verdad pura es que bien me bas ganado 1
dad, que descansaba en señal de alegría, esperaba én —Nisa, ¿te acuerdas cuando tirándote por los bra-
ía carrera para aclamar à la pareja. Brillaba el sol, zos te ayudaba á saltar las paredes y cuando te lleva-
las casas, alegres; lucían vivos colores; árboles y pra- ba á cuestas, á horcajadas, haciendo el caballo que se
dos estaban llenos de flores y de aves. Detrás de la encabrita?
comitiva seguía la multitud de los trabajadores, un —¿Y te acuerdas, Nanet, cuando jugábamos al es-
pUeblo contento que invadió poco á poco los vastos condite, que acababas por encontrarme entre los ro-
talleres, anchos y altos como naves de antiguas cate- sales tan bien escondida que era morirse de risa?
drales. Llegaron al taller de la gran fundición, y fué —jAy, Nisa, Nisa! Vamos á querernos como hemos
estrecho á pesar de ser inmenso. Aparte de Lucas, los jugado: mucho, mucho; con toda la fuerza de nuestra
suyos y los Jordán, estaban allí los Boisgelin, Pablo, salud y de nuestra alegría.
primo segundo de la novia, que había de casarse con —jAy, Nanet, Nanet, tanto heñios jugado, tanto nos
Antónieta cuatro años después. Estaban los Bonnai- •queremos, que nos amaremos hasta en nuestros hi-
re, los Bourron, hasta, los Fauchard, todos los obreros jos, y jugáremos todavía con los hijos de nuestros
cuyos brazos habían ayudado á esta victoria del tra- hijos 1
bajo. Habían pululado estos hombres de fe y de bue- Y se besaban y reían y jugaban en el colmo de la
na voluntad, estos obreros del primer día: la muche- dicha. Entusiasmada por tal espectáculo, arrastrada por
dumbre de los camaradas presentes, ¿no era su fami- una ola de alegría sonora, la multitud batió palmas,
lia agrandada, hermanos que eran más cada día? Eran aclamó el amor todopoderoso que hace sin cesar más
cinco mil ; serían diez mil, cien mil, un millón, la vida y más ventura. El amor fundabá la ciudad y
humanidad entera. Y la ceremonia, en medio de las sembraba la mies de hombres mejores para las pró-
máquinas poderosas floridas y orladas de guirnaldas,- ximas recolecciones de paz y de justicia. De pronto
fué do una sencillez, conmovedora y soberana. empezaron los cánticos, coros en <fue unas voces res-
Sonrientes, Lucas y Susana, pusieron la mano pondían á otras; los ancianos cantaban su reposo bien
Ñanet en la de Nisa. ganado, los hombres que aún trabajaban, su esfuerzo
—Amaos con todo el corazón,- con toda la carne, te- vencedor; las mujeres el dulce amparo de su ternura,
ned hijos hermosos qu,e se amarán como vosotros 03 los niños la confiada alegría de su esperanza. Luego
hayáis amado. hubo bailes, todo un pueblo saltando, y al final, co-
La multitud aclamó el amor, el amor rey, el quei gidos todos de la mano en rueda sin fin, dieron vuel-
puede fecundar el trabajo haciendo la raza siempre tas horas y horas al son de músicas alegres por los
más numerosa, inflamándola con el deseo, eterno foco talleres de la inmensa fábrica. Pasarpn por el taller
4c la vi_da_, de los hornos de pudelar y de los laminadores; p o r
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©1 de los hornos de crisol; atravesó la rueda el de 'qUe hatíe diez años que vivo em'peñado én la solución
los tornos, volvió por el taller del vaciado del acero, del problema. jCon cuántos obstáculos he chocado, qué
llenando con la turbulencia de su ritmo y la alegría de descalabros cuando ya me creía vencedor! No im-
de sus estribillos las altas naves, donde no resonaba portaba, sobre las ruinas de mis fracasos volvía al
de ordinario más que el aliento heroico del trabajo. día siguiente á la carga; siempre ge llega cuando se
En otro tiempo, jse había sufrido tanto en el negro trabaja.
presidio sucio y malsano que se levantaba allí y que
habían arrebatado á las llamas! Ahora el sol, el aire, ! Lucas reía también, lleno de su valor y de su fe.
la vida entraban libremente, y la ronda de la boda —Bien lo sé; usted es el vivo ejemplo; no conozco
iba y venía alrededor de las grandes máquinas, los mejor maestro de energía que usted. Yo me crié en su
formidables martillos-pilones, las gigantescas garlopas escuela. He aquí la noche vencida, en fuga las tinie-
ue parecían sonreír bajo sus adornos de follaje y blas; ya podremos con esta ola de electricidad ba-
e flores, mientras los dos muchachos que se casa- rata, encender por encima de la Crécherie, al llegar
ban, guiaban la danza como si fueran el alma de el crepúsculo, un astro que reemplace al sol. Y ha
estas cosas, el mañana más fraternal y equitativo, ase- ahorrado usted también gran parte del esfuerzo hu-
gurado por la victoria de sus largos amores. mano; basta ya un hombre donde se necesitaban dos,
gracias á esta prodigalidad de la fuerza mecánica que
Lucas preparaba una sorpresa á Jordán, queriendo suprimirá poco á poco el dolor. Le festejamos como
festejarle también, pues sus trabajos de sabio iban ai señor de la luz, del calor y de la fuerza.
& hacer más en bien de la ciudad que cien años de Jordán, á quien Soeuretie había envuelto en una man-
»olítica. Cuando obscureció del todo, se iluminó toda
{a fábrica, millares de lámparas la inundaron con una
ta por miedo al freaoo d© la noche, seguía mirando
á la fábrica inmensa que brillaba como un palacio
alegre claridad de medio día. Era que las investiga- encantado. Pequeño y débil, pálido, con su aspecto
ciones de Jordán habían dado su fruto; acababa de enfermizo de desahuciado, se paseaba por aquel es-
encontrar, después de muchos fracasos, el modo de plendor de apoteosis. En diez años apenas había sa-
transportar la fuerza eléctrica sin pérdida ninguna, gra- lido de su laboratorio, absorto en su trabajo. Sin sa-
cias á nuevos aparatos ingeniosos. En adelante se eco- ber casi nada de lo que pasaba fuera, confiando á
nomizaba el transporte del carbón, se le quemaba al BU bermlana y su amigo la dirección de su vasto
salir del pozo y las máquinas que transformaban la dominio, ahora se maravillaba de los resultados ob-
energía calorífica en energía eléctrica, la enviaban ea tenidos; como si cayera de otro planeta, le asombraba
seguida á la Crécherie por cables especiales sin que el gran éxito de esta obra, de la cual era también
se perdiera nada, con lo que de repente bajó en vina autor, oi más ignorado y más activo.
mitad el precio de fábrica Era, pues, 'una primera
gran victoria; la Crécherie iluminada con profusión, —Sí, sí—murmuró,—esto va bien; se ha ganado no
la fuerza repartida en abundancia con las grandes y poco terreno. Adelantamos; el porvenir soñado se acer-
pequeñas máquinas, el bienestar aumentado, el traba- ca. Y le pido perdón, querido Lucas, por no haber
jo facilitado, agrandada la fortuna. Era un paso más creído en su misión. ¡Cuánto trabajo nos cuesta par-
hacia la dicha ticipar d© la fe de los demás, cuando trabajan en
otro terreno que nosotros! En fin, me ha convertido
Cuando Jordán, ante aquella iluminación, compren- usted; pero aún le queda mufcho que hacer, como £
dió el cariñoso intento de Lucas, se echó á reir como mí mismo, que ¡ay! no he hecho nada, comparado
Un niño. con lo qu© quisiera hacer todavía.
—Amigo mío, á mí también me da usted un rami- Se había quedado serio y pensativo.
llete; y ea verdad un poco ai lo merezco; recuerda —iEJ precio do fábrica que hamos áitminuído BQ
la mitad casi, aún es muy elevado; y luego, esas ins-
talaciones complicadas y costosas junto á la boca de transformarán la metalurgia. Y bien, conozco el único
los pozos, las máquinas de vapor, las calderas, sin ¡camino y he vuelto al trabajo.
contar los kilómetros de cables, que sale tan carc con- La fiesta nocturna fué maravillosa. Volvieron los bai-
servar, todo eso es bárbaro y se traga tiempo y dine- les y los cánticos en los talleres iluminados, donde;
ro. Hace falta otra cosa; algo más práctico, simple todo el pueblo celebraba la boda. Lo que brillaba en
y directo. ¡Ahí yo bien sé en qué sentido debo bus- la alegría de todos era el trabajo emancipado, hon-
car; pero tal investigación parece una locura, no me roso, sano, alegre; la miseria vencida J a fortuna pú-
atrevo á decir á nadie la obra que be emprendido,! blica que iba siendo de todos y la esperanza de un
pues ni yo mismo puedo explicarla con la debida cla- porvenir que realizará el sueño fraternal de una so-
ridad. | Sí, habría que suprimir la máquina de vapor,- ciedad solidaria y libre. El amor haría el milagro; y
la caldera, que es el intermediario molesto entre la al amor se aclamaba al conducir á Nanet y á Nisa £
tulla extraída y la electricidad producida. Habría, en su casa nupcial.
una palabra, qqe transformar directamente la energía Por este tiempo, el amor causó también Una revo-
calorífica del carbón en energía eléctrica, sin pasar lución en la burguesía de Beauclair; y sopló la tem-
por la energía mecánica. ¿Cómo? No lo sé todavía. pestad en el hogar de los pacíficos Mazelle los rentis-
Si lo supiera, el nuevo problema estaba resuelto. Pero tas, los honrados perezosos. Su hija Luisa siempre
en él trabajo y espero vencer. Entonces ya vería us- los había sorprendido y trastornado con su carácter
ted, ya vería usted, la electricidad n o costaría casi tan diferente del suyo, activa, emprendedora, siempre
nada, podríamos darla á todos, esparcirla, hacer de atareada. Sus padres, que ponían la felicidad en no
ella el victorioso agente del bienestar universal. hacer nada, no se explicaban aquella agitación inútiL
Se entusiasmaba, se crecía, con ademanes apasio- Era hija única, iba á tener una gran fortuna en sóli-
nados, él, tan mudo, tan reflexivo generalmente. das rentas del Estado, ¿no era locura el no encerrarse
en su rincón de paz al abrigo de los disgustos de
—Llegará el día en que la electricidad será de todo la vida? Ellos se contentaban con su dicha egoísta,-
el mundo, conio el agua del río, el viento del cielo. sui ventanas á la desgracia ajena, muy honrados, muy
Habrá que darla, prodigarla. Circulará en los pueblos afectuosos, muy compasivos para consigo mismos sino
como sangre de la vida social. En cada casa bastará' para con los demás, adorándose, cuidándose, mimán-
dar Una vuelta á simples llaves para que haya con dose como tiernos y fieles esposos. ¿Por qué á sn
profusión fuerza, calor, luz, como ahora hay agua. Y hija le interesaba el mendigo que pasaba, las ideas
de noche se encenderá otro sol que apague las es- que cambiaban el mundo, los sucesos que turbaban
trellas. Suprimirá el invierno, hará naoer el eterno la calle? Todo la importaba; apasionada, temblorosa,
estío ^recalentando el viejo mundo, subiendo hasta las daba un poco de su existencia á todos. Por el mismo
mismas nube? á derretir la nieve. Por eso no estoy contraste la adoraban más sus padres, estupefactos.
muy orgulloso con lo hecho, que es muy poco, com- a
parado con lo que falta. ?ab ó de trastornarlos con un arranque de pasión
Y concluyó con aire de tranquilo desdén: que ellos, descuidados, creyeron simples amoríos, pero
—Ni aun puedo poner por obra prácticamente mis Jue se agravó hasta el punto de hacerles temer el fin
hornos eléctricos para la fundición del hierro. Siguen del mundo. Luisa Mazelle, que seguía siendo muy ami-
siendo homos de laboratorio, de experimento. La elec- ga de Nisa Delaveau, la veía á menudo en casa de
tricidad aún es muy cara para que pueda emplearse Jos Boisgelin desde que éstos estaban instalados en la
con provecho; no ha de costar más que el agua y tréchene. Allí había encontrado otra vez á Luciano
el aire. Cuando pueda darle sin medida, rpj.8 hornos uonnaare, su antiguo cantarada cuando ella se esca-
Tjala jo—Tomo 11—10
biera querido lucir sombreros, darse tono en pasee,
paba á jugar con los pilletes de la dallé. Ambos eran gozando de la riqueza. Al oir á Luciano declarar que,
de la partida cuando la famosa aventura del barco si se casaba con Luisa no entraría en su casa ni un
de Luciano, que navegaba solo, y también cuando se cuarto de los Mazelle, acabó de perder la cabeza y
trataba de saltar las paredes. Pero ahora Luciano era se declaró contra un enlace que no le daba provecho.'
un guapo mozo de veintitrés años, y ella tenía veinte. ¿Para qué casarse con aquella joven tan menuda, na-
Si él no hacía barquichuelos que navegaban solos, da bonita, tan particular, si no era por su dinero?,
había llegado á ser, guiado por Lucas, un obrero me- Sería el colmo de tantas cosas raras y molestas como
cánico muy inteligente, de mucha inventiva, destina- estaba viendo hacía tanto tiempo.
do á prestar grandes servicios á la Crécherie, donde
ya se ocupaba en montar máquinas. No era un seño- Una tarde hubo una explicación borrascosa entre la
rito; tenía cierto orgullo en continuar siendo obrero, Pelos, Bonnaire y su hijo Luciano, en presencia del
como su padre, á quien veneraba tío Lunot, que aún vivía, con más de setenta años.
En la pasión que inspiraba á Luisa, entraba por Fué después de comer, en el reducido comedor, lim-
algo el espíritu que la conducía á contrariar las ideas pio y alegre, cuya ventana daba al verdor del jardín,
burguesas, á no hacer lo que solían los de su clase. Había flores en la mesa, siempre abundantes. El tío
La antigua amistad pronto fué pasión, irritada con los Lunot, que ahora tenía tabaco á discreción, acababa
obstáculos. El, impresionado por el cariño, también la de encender la pipa, cuando, á los postres, torció el
quería ya profundamente. Pero era más prudente, no gesto la Pelos, se enfadó por cualquier cosa ,por el
quería chocar con nadie; y pensando que era dema- gusto de reñir, según costumbre.
siado fina, demasiado rica para él. Sólo decía que, —¿De modo—dijo á Luciano,—que es cosa hecha;
de perderla, jamás se casaría. Pero ella enloquecía te has de cagar con esa señorita? Hoy te he visto con
sin más que suponer que no les dejaran casarse, y ella, delante de la casa de Boisgelin. Si me quisieras
hablaba de dejar fortuna y todo para irse con él. algo, ya la habrías dejado, pues sabes que ni á tu
Seis meses duró la lucha. En casa de Luciano, este padre ni á mí nos gusta el tal matrimonio.
matrimonio, que debía halagarles, se veía con sorda Luciano, buen hijo, evitaba las discusiones, que ade-
desconfianza. Bonn aire hubiera preferido para Lucia- más, eran inútiles. Se volvió hacia Bonnaire.
no la bija de Un compañero. Los tiempos habían cam- —Pero—respondió sencillamente,—creo que mi padre
biado, ya no era motivo de vanidad ver á su hijo está dispuesto á consentir.
ascender en la escala social, del brazo de una joven Fué esto para la Pelos como un latigazo, que le
de la burguesía agonizante. Pronto el provecho seria hizo descargar la furia sobre su marido.
para el burgués, si adquiría sangre roja, salud y fuer- —¿Cómo es eso ? ¿ Con que das tu consentimiento
za en alianzas con el pueblo. Había riñas en casa de sin avisarme? ¿No hace quince días que te parecía mal
Bonnaire con este motivo, pues su mujer, la terrible esa boda? ¿Das vueltas como una veleta?
Pelos, por orgullo hubiera consentido, pero á condición . Tranquilamente, le respondió Bonnaire:
de hacerse ella también señora, con hermosos vestí- —Hubiera preferido que el muchacho hubiese esco-
1
dos y alhajas. Nada de la evolución que se realiza- gido otra. Pero tiene cerca de veinticuatro años, y
ba en torno de ella había podido cambiar su afán de no quiero, en asuntos del corazón, imponerle mi vo-
dominar y aparentar; seguía con su carácter detesta- luntad. Sabe cómo pienso; hará lo que mejor le estés.
ble, á pesar de la holgura asegurada con que ahora —¡Muy bien!—gritó la Pelos.—Pronto te conformas,'
vivían, y culpaba á su marido porque no había hecho te crees libre .y acabas siempre por decir amén de
fortuna, como el señor Mazelle, por ejemplo, mozo todo. Va á hacer veinte años que estás aquí con el
listo quo no trabajaba hacía mucho tiempo. Ella hu- señor Lucas, repites que no piensa como tú, que s§
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mujer; tiene Setenta años, debes creer en sú buen
hubiera debido empezar apoderándose de los instru- juicio.
mentos de trabajo, sin aceptar el dinero de los bur- Y volviéndose al tío Lunot, que chupaba el tubo dej
gueses; pero esto no quita' que sigas al señor Lucas, SU pipa con beatitud infantil, dijo:
y á estas horas puede que te parezca bien lo que —¿No es verdad, padre, que son idiotas con todas
habéis hecho juntos. sus artimañas para prescindir de los patronos, y que,
Y continuó procurando herirle en lo vivo. Muchas ellos son los que han de salir perdiendo?
veces le había irritado, tratando de ponerle en contra- El anciano, pasmado, la miró, antes de responder:
dicción consigo mismo. Pero ahora se contentó con con voz opaca:
encogerse de hombros. —Claro que sí. Los Ragú y los Qurignon,- ¡ah, eran
—Ciertamente; lo que hemos hecho juntos está bien. camaradas en otro tiempo! Hubo el señor Miguel, que
Puedo sentir todavía que no haya seguido mis ideas; me llevaba cinco años. Yo entró en la fábrica en tiern-í
pero tú eres la última que debes quejarte, pues no po del señor Jerónimo, su padre. Pero antes de esos
sabemos lo que es la miseria; somos dichosos; nin- dqs, había habido un señor Blas, con el cual traba-
gún hacendado de esos con que sueñas está comp jaron mi padre Juan Ragú y mi abuelo Pedro Ragú.:
nosotros. Pedro Ragú y Blas Qurignon eran dos compañeros^
No cedió ella. dos obreros tiradores que golpeaban en el mismo yun-
—Te agradecería que me explicaras todo lo que pa- que. Y ahí tenéis: los Qurignon son patronos archi-
sa aquí; nunca he comprendido palabra. Si tú eres millonarios y los Ragú siguen siendo Unos pobres ma-
feliz, mejor para ti; yo no lo soy. La felicidad consis- ricas. Siempre se vuelve á lo mismo, las cosas no
te en tener mucho dinero, retirarse y no hacer nada. pueden cambiar, y hay que creer que están bien así<
Con todos esos líos de reparto de beneficios, almace- Divagaba un poco en su somnolencia de res coja¿
nes con rebaja, bonos y cajas, nunca tendré cien mil inUy vieja y olvidada, que escapó por milagro del ma-
francos míos, en mi bolsillo, para gastarlos á mi an- tadero común. Muchas veces no se acordaba de los,
tojo, en cosas que me agraden, i Soy desgraciada, soy sucesos de la víspera.
desgraciada I —Pero, tío Lunot—dijo Bonnaire,—justamente las co-
Exageraba, por molestarle; pero era cierto que no sas están cambiando mucho. El señor Jerónimo ha;
se había aclimatado á la Crécherie; sufría con un muerto y ha devuelto todo lo que le quedaba de su
atavismo de mujer coqueta y castiza cuyos instintos fortuna.
contrariaba la solidaridad comunista. Buena ama de —¿Cómo que ha devuelto?
su casa, limpia y activa, tenía un carácter detestable, —Si, ha devuelto 4 los compañeros la riqueza que»
testaruda, limitada, y su casa seguía siendo un infíeriio. debía á su esfuerzo, á su largo sufrimiento. Acuér-
Bonnaire, sin contenerse, dijo: dese usted, ya hace mucho tiempo.
—¡Estás loca; te haces y nos haces desgraciados! El anciano escarbaba en su memoria.
Sollozó ella; su hijo, á quien tanto disgustaban ta- —¡Ah, bueno, bueno, ya me acuerdo; aquella histo-:
les reyertas, tuvo que besarla, asegurándole que la ria tan extraña! ¡Pues bueno! ¡si ha devuelto es un
quería, que la respetaba; pero ella, encarnizada, pro- imbécil!
siguió, vuelta á su marido: _ Dijo esto con claro desprecio, pues nunca había so-
—¡Anda, pregunta á mi padre lo que piensa de vues- bado más que con hacer fortuna, como los Qurignon,-
tra fábrica por acciones y de esa famosa justicia y y ser aino, señor ocioso, y divertirse. No había pasado
ventura que van á salvar el mundo! Es un antiguo de ahí, como toda la generación de viejos esclavos
obrero, no le acusarás de decir tonterías como una explotados y despeados que s§ resignaban con sus ca?
señora. Y esta dicha ajena era lo que ella nunca acej*
denas, qhe sólo sentían no haber nacido explotado» taría.
res. —Josina—dijo con tono brutal,—en vez de ocupar-
La Pelos soltó tina carcajada insidiante. se en matrimonios que no la importan, haría mejor
—j Ya lo ves, mi padre no es tan bestia como vos- en procurar que se olvidara el suyo, que so celebró
otros, no pide peras al olmo! El dinero es el dinero, Ja semana de los tres jueves. Y además, ya me fas-
y cuando se tiene dinero se es el amo, y no hay tidian todos, conque dejadme en paz.
más. Salió, dando un gran portazo, dejándolos en silen-
Bonnaire volvió á encogerse de hombros, mientras cio embarazoso. Babette so echó á reir acostumbra-
Luciano, silencioso, miraba por la ventana los rosa- da á los modales de su amiga, á quien disculpaba.
les floridos del jardín. ¿Para qué discutir? Era ello A Luciano se le saltaron las lágrimas, pues era su
el pasado testarudo. Moriría en el paraíso comunis- vida lo que se discutía entre tanto mal humor. Pero
ta, en el seno de la ventura fraternal, negándolo, echan- $u padre le apretó la mano como prometiéndole arre-
do de menos el tiempo de negra miseria en que espe- glar las cosas. Mas á él también le entristecía ver
raba á economizar diez cuartos para correr á com- que la felicidad, aun entre la paz y la justicia, esta-
prarse una cinta. ba á merced de las querellas del hogar.
Babette Bourron entró en aquel instante alegre co- Si Luciano esperaba que al fin sus padres consen-
mo siempre, encantada sin cesar en la nueva situa- tirían, Luisa encontraba en los suyos mayor resisten-
ción. Gracias á su optimismo sonriente, había ayuda- cia. Por lo mismo que la adoraban, no cedían, luchan-
do 4 salvar á su marido, Bourron el simple, de la do sin ásperas disputas, con la inercia bonachona, á
sima en que había caído Ragú. Siempre había con- ver si la cansaban. En vano ella hacía en casa mucho
fiado en el porvenir ,segura en que todo se arreglaría; raído y mil extravagancias. Ellos, sonrientes, fingían
si faltaba pan, se lo figuraba caído del cielo. Aquella DO comprender, y la hartaban de golosinas y rega.
Crécherie era un paraíso que se realizaba. Su cara do los. Amenazó con ponerse mala Vino Novarre, dijo
muñeca, fresca aún, bajo un trapo atado como quiera, que de tales enfermedades no entendía él, que allí no
brillaba con la alegría de haber curado á su marido había más medicina qus casar á la chica. Los Ma-
de la bebida, y de tener dos hijos hermosos que pronto zelle resolvieron consultar con sus amigos. Les pare-
casaría, en una casa propia, hermosa y alegre como cía lo que Luisa quería hacer, una abdicación de la
la de los ricos. clase, y era natural que intervinieran los personajes,
—¿Conque está decidido? ¿Se casa Luciano con Lui- las autoridades. Una tarde invitaron á Chatelard, á
sa Mazelle? Gourier, á Gaume y á Marle á que vinieran á tomar
• —¿Quién le ha dicho á usted eso?—preguntó 1» toa taza de té en su jardín, templo de la pereza, en-
Pelo3 de mal talante. tre rosas.
—Pues Josina. La señora Froment, á quien encon- —Haremos lo que nos digan—dijo Mazelle.—Saben
tré esta mañana. Jnós que nosotros y nadie podrá criticarnos. Yo ya
La Pelos se puso blanca de cólera contenida. En estoy como tonto.
sU irritación contra la Crécherie, lo principal era su —Y yo^-dijo su señora.HEsto no es vivir; y figú-
odio á Josina; nunca había perdonado á «aquella per- ralo para mi enfermedad.
dida», su unión con Lucas, la suerte de ser la mujer Llegaron primero á la cita el subprefecto y el al-
del héroe. [Y decir que algún día aquella miserable calde. Seguían siendo inseparables; parecía haberlos
criatura se moría de hambre arrojada á la calle por toido más la muerte de la hermosa Leonor. Durante
Ragú, por su hermano! Ahora se creía humillada por «neo años la hablan cuidado inválida, clavada en s&S
ella4 cuando la encontraba con sombrero, como jiña
— 152 — 153
íbtitaca por Una parálisis en las piernas; el afirigoi tandó poder y forfuna. No hay á quién defender; ellos
fiel, cuando el esposo faltaba, le suplía velándola, le- mismos, por un vértigo, ayudan á la revolución. No
yendo lo que ella quería. Leonor murió en brazos de resista usted; entregúese.
Chatelard, de repente, una tarde que la ayudaba $ Le gustaban estas bromas, que aterraban á los últi-
tomar una taza de tila mientras Gourier fumaba fue- mos burgueses en Beauclair. Pero decía la verdad, bur-
ra. Cuando éste entró, lloraron juntos. Ahora apenas la burlando. En París se realizaban muy graves aconte-
se separaban, en los ocios que la administración de cimientos; el viejo edificio caía piedra á piedra, y
la ciudad les dejaba. Gourier había seguido el ejemplo dejaba el sitio á una constitución transitoria que anun-
de Chatelard; sólo administraba teóricamente. La evo- ciaba la ciudad futura de justicia y de paz. Contento,
lución nadie la detendría. El alcalde ,sin embargo, ad- viéndose olvidado en un rincón de provincia, allí pen-
mitía con trabajo tan amable filosofía. Se había recon- saba morir tranquilo con su régimen, con aire son-
ciliado con su hijo Aquiles, que había tenido de Azu- riente de filósofo y hombre de mundo.
lina una niña deliciosa, Leonia, de ojos azules como Los Mazelle palidecieron. Ella, arrellanada en su bu-
su madre, ojos de infinito cáelo azul; y ahora, casa- taca, miraba á los pasteles; el marido exclamó:
dera ya, cerca de los veinte años, había seducido al —¿Cree usted verdaderamente que tan amenazados
abuelo, que se había resignado á abrir la puerta al estamos? Sé que so habla d© reducir la renta.
matrimonio irregular. Era duro, decía, para un alcal- —La renta se suprimirá antes de veinte años, ó se
de, magistrado civil del matrimonio, aceptar en su casa irá reduciendo progresivamente hasta desposeer á los
á la pareja revolucionaria casada á la luz de las es- rentistas. El proyecto está en estudio.
trellas, una noche caliente en que olía bien la tierra. La señora Mazelle suspiró, como si entregara el alma.
Gourier, influido por Chatelard y reconciliado con los —¡Oh! nosotros ya habremos muerto, no veremos
suyos, ya no miraba con tan malos ojos á la Crécherie. esas infamias. Pero cogerán á nuestra pobre hija, ra-
lEl magistrado y el cura se hicieron esperar, y los Ma- zón de más para obligarla á casarse bien.
zelle, impacientes, empezaron á explicarse con los Chatelard, implacable, añadió:
otros; ¿debían resignarse ante el capricho irracional —Pero si ya no habrá matrimonios ventajosos, pues
de su hija? que la herencia va á desaparecer. Es cosa resuelta casi.
—Ya comprende usted, señor subprefecto—dijo Ma- Cada familia, en adelante, tendrá que labrarse su propia
zelle inquieto, pero dándose tono,—aparte de nuestro dicha. Que so case Luisa con un burgués ó con un
disgusto persona!, hay que contar con el deplorable obrero, su capital será el mismo; el amor, si tienen
efecto social, con la responsabilidad. Vamos al abismo. la suerte de amarse; la aotividad en el trabajo, si
Estaban á la sombra, templada, perfumada por ro- saben no ser perezosos.
sas trepadoras ante una mesa con alegre mantel da Callaron; se oyó el ruido de las alas de una curuca
colores, cargada de pastelillos; y Chatelard ,siempre que revoloteaba entre los rosales.
correcto y de buen aspecto á pesar de la edad, sonrió —Entonces—preguntó Mazelle anonadado,—¿es ese el
con ironía discreta. consejo que usted nos da? ¿Según usted, podemos acep-
—{En el abismo ya estamos, señor Mazedle. No se tar por yerno á ese Luciano Bonnaire?
inquiete usted por el Gobierno ni por la Administración, —Dios mío, ya lo creo. La tierra no dejará de se-
ni por la buena sociedad; todo eso sólo existe ya en guir dando vueltas en paz por eso. Y si los chicos se
apariencia. Gourier sigue siendo alcalde, yo subpre- adoran, están ustedes seguros de hacer á dos seres
fecto; pero como detrás no hay verdadero Estado, so- felices á lo menos.,
mos fantasmas: Este paso llevan los ricos y poderosos, Gourier nada había dicho todavía. No estaba á gus-
pues la nueva organización del trabajo les va qui-
- 155 - i
lo zanjando tal cuestión, que le recordaba lo que ha-
bía pasado en su casa. Pero se le escapó decir; Andrés, de dieciséis años, delicado y afectuoso, tris-
—Es verdad, más vale casarlos. Cuando los padres te herencia de la trágica pareja, que el pobre abuelo
no los casan, se escapan y se casan solos, i Oh I [en qué cuidaba con inquieta ternura. Ya bastaba; el destino
tiempos vivimos 1 vengador que castigaba algún antiguo crimen ignora-
Alzaba los brazos al cielo; sólo el ascendiente de do, no debía encarnizarse más. Y se preguntaba á qué
Chatelard le impedia caer en negra melancolía. Su an- porvenir de verdadera justicia y de amor fiel consa-
tigua afición á las obreras jovencitas le producía aho- graría á aquel joven para que su raza renovada fuese
ra una vejez atontada; se dormía á cada instante. dichosa al fin.
En todas partes, en la mesa, en medio de una conver- Enterado de la consulta, exclamó en seguida:
sación, en paseo. Y concluyó con aire resignado de —Cásenlos ustedes, cásenlos ustedes; si tanto se quie-
antiguo patrono terrible, vencido por los hechos: ren, quo se atreven á luchar con sus familias y á
—3Sn fin, ¿qué quieren ustedes? Después de nos- saltar sobre todos los obstáculos. Sólo el amor de-
otros, el diluvio, como dicen muchos de los nuestros. cide de la dicha.
Ya no somos nadie. Sintió aquella confesión que le arrancaba la amar-
Llegó en esto Gaume, muy retrasado. Se le habían gura de su vi¿a entera, pues ya se estaba muriendo,
hinchado las piernas; andaba con trabajo, con ayuda y mentían su rígida actitud, su rostro austero. Aña-
de un bastón. Iba á cumplir setenta años, y esperaba dió:
su retiro con la repugnancia secreta de aquella justi- —No esperen ustedes al señor cura; acabo de en-
cia humana que habia aplicado durante tantos años contrarle y me ha dicho que le disculpara. Corría á la
ateniéndose á la letra de la ley estricta, como un sa- iglesia á buscar los Santos óleos para poner la ex-
cerdote que ya no cree, pero se atiene al texto. Pero tremaunción á la señora Jollivet, una anciana, tía de
en su hogar, el drama de amor y de traición había mi yerno, la cual acaba de entrar en la agonía. El po-
continuado terco, implacable. Después de la muerte de bre Marle pierde con ella una de sus últimas peniten-
BU mujer, que se había suicidado á su vista confe- tes, y le caían las lágrimas.
sando su culpa, había consumado el desastre su hija —lB¿hl lo único de bueno que hay en todo esto es
Lucila, casada con el capitán Jollivet, á quien hizo el barrer á los puras—dijo Gourier, que seguía sien-
que matara un amante antes de huir con él. Era una do clerófobo.—La república sería todavía nuestra si
aventura terrible; Ja hija coqueta y sensual reprodu- ellos no nos la hubiesen querido quitar. Empujaron al
ciendo la traición de la madre, acorralando á su ma- pueblo á derribarlo todo y hacerse el amo.
rido en un duelo especie de asesinato. El capitán, lla- —Pebre cura—repitió con lástima Chatelard;—me da
mado por una carta anónima, habia sorprendido en lena en su iglesia vacía; y hace usted bien, señora,
flagrante delito á su mujer medio desnuda en brazos en mandarle ramos de flores para la Virgen.
de un mocetón, que le había arrojado un cuchillo para Callaron otra vez; pasó la sombra trágica del sa-
reñir sobre el terreno. Según otros, el capitán habia cerdote entre el olor de rosas y el claro sol. Con
buscado la muerte, no se había defendido, por horror Leonor había perdido la feligresa más fiel, más que-
de la vida, llena para él de amarguras y vergüenzas. rida La señora Mazelle no creía, en el fondo: pedía
Ilacla tiempo quo se le veía como aniquilado. Ya no á la religión un certificado de buenas ideas burguesas.
discutía, no luchaba, dejaba triunfar á la paz y al Sabía el cura su destino, le encontrarían muerto anto
trabajo, comprendiendo sin duda que ya no servia la el altar, bajo los oscombros de la bóveda de su igle-
espada. Gaume se encontró solo en esta horrible tor- sia que amenazaba ruina y que no podía reparar por
menta; su hija había huido; sólo le quedaba su nieto falta de dinero. Ni en la alcaldía, ni en la subpreíeo
tura había fondo para tal cosa. De los fíeles había
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obtenido, con trabajo lina sjima irrisoria. Ahora; re-
signado, esperaba la caída, celebrando el culto como {una <](ue fú debías heredar, ya está' comprometida,
si no pensara en la amenaza que tenía sobre la cabeza. y un día te verás sin dinero.
Su iglesia se quedaba sola, su Dios parecía morir un —Comprende la situación—insistió la madre.—Con
poco cada día, y moriría con él cuando la vieja casa nuestro dinero, aún comprometido, podrás hacer to-
divina se abriera por todas partes y le pulverizara davía un matrimonio razonable.
bajo el peso del gran crucifijo pegado á la pared. Luisa entonces con vehemencia alegre y soberbia,
Tendría ía misma tumba en la tierra, á donde vuelve gritó:
todo. —IVuestro dinero me importa un pito! Podéis guar-
La señora Mazelle estaba mUy trastornada por sus darlo. Si me lo diérais, Luciano ya no me querría
disgustos personales, para pensar en lo que sería del Dinero; ¿pero para qué? ¿para qué sirve el dinero?
cura. Si no se resolvía aquéllo, temía caer mala dé ¿Para .quererse? No. ¿Para ser feliz? Luciano me ga- |
veras, ella que había gozado con delicia de su enfer- nará el pan; y yo misma si hace falta. Será un gusto.
medad sin nombre que embellecía su existencia. Se Hablaba con tal fuerza de juventud y de esperanza,
levantó para servir el té que humeaba en la clara que los Mazelle, temiendo por su razón, quisieron cal-
porcelana, mientras un rayo de sol doraba los paste?- marla cediendo. Además, no podían resistir más; que-
lillos sobre los platos de cristal. Y movía ella la ca- rían sobre todo estar tranquilos. Los convidados, be-
beza, como convencida. biendo el té, sonreían, comprendiendo que el libre amor
de aquélla rapazuela los barría como briznas de paja.
—Digan lo que quieran ustedes, amigos míos, ese Había que otorgar lo que no se podía impedir.
matrimonio es el fin del mundo y no puedo deci-
dirme. Y concluyó Chatelard, amable y apenas burlón:
—Esperaremos más—dijo Mazelle,—agotaremos la pa- —Gourier tiene razón; nosotros hemos acabado; los
ciencia de Luisa. hijos dan la ley.
Marido y mujer quedaron pasmados al ver & Luisa El matrimonio de Luciano Bonnaire y de Luisa Ma-
en pie delante de ellos á la entrada del cenador, entre zelle se efectuó un mes más tarde. Chatelard, para
las rosas llenas de sol. La creían en su cuarto, en su divertirse él, decidió á Gourier á dar un baile en la
silla larga padeciendo del mal sin nombre que sólo alcaldía en honor de los Mazelle. Le pareció divertido
el marido amado podía curar, según Novarre. Debiq hacer bailar á la burguesía de Beauclair en esta boda
de creer que se estaba decidiendo su suerte, y ponién- que era un símbolo del advenimiento del pueblo. Se
dose un peinador de florecillas rojas, atándose el pelo bailaría sobre las ruinas de la autoridad, pues ya el
como quiera, se presentó. Estaba encantadora, vibran- alcalde no era más que un lazo paternal entre los
te de pasión, con su cara menuda en que brillaban diversos grupos sociales en la casa de todos. Hubo
los ojos un poco oblicuos, llenos de alegre luz, aun lujo al adornar la sala, músicas y cánticos, como en
con la pena. Había oído las últimas palabras de sus la boda de Nanet y Nisa. Y hubo también aclama-
padres. ciones al presentarse los novios, Luciano, tan sólido!
y fuerte, con sus cantaradas de la Crécherie; Luisa j
—1 Pero, mamá! jPero, papá! ¿Qué estáis diciendo? tan apasionada y distinguida, seguida de la sociedad
¿Creéis que se trata de un capricho de chiquilla?... Ya cuya presencia habían deseado los padres como pro-
os lo he dicho, quiero que Luciano sea mi marido, y testa suprema, Pero el gran mundo fué sumergido por
lo será. la ola popular, conquistado poco á poco por la ale-
Mazelle, medio vencido por la brusca aparición, lu- gría que rebosaba, y también de allí resultaron mu-
chó todavía. chos matrimonios entre las dos clases diferentes. De
—Pero, hija desgraciada, piénsalo bien; nuestra for- nu,evo triunfaba el amor, el amor omnipotente que in-
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flama al universo vivo y lo lleva á su destino feliz, un templo gigantesco, los altos haces, color de oro
Y florecía doquiera la juventud; más y más alian- bajo el claro sol. Al infinito, hasta el lejano horizon-
zas, parejas que parecían separadas por mundos, mar- te, se prolongaba la columnata de haces y más haces
chaban hacia la ciudad futura unidas por el eternq mostrando la fecundidad inagotable de la tierra. Allí
deseo. A su vez, el antiguo comercio de Beauclair, se cantó, se bailó, entre el buen olor del trigo madu-
próximo á desaparecer, di ó sus hijos y sus hijas á ro, en medio de la inmensa llanura fértil que ya daba
los obreros de la Crécherie y á los aldeanos de Com- pan para todos, reconciliados.
bettes. Augusto Laboque se casó con Marta Bourron Los Laboque trajeron á todo el antiguo comercio
y Eulalia Laboque con Arsenio Lenfant Hacía algu- de Beauclair, los Bourron, á toda la Crécherie. Los
nos años que los Laboque ya no luchaban. Consin- Lenfant, estaban en su easa. Si los Laboque no estaban
tieron primero que su tienda fuese simple depósito de contentos, los demás sí, y la alegría la trajo Babette
la Crécherie. Y después la cerraron, y Lucas les ase- Bourron que triunfaba con su eterno buen humor, anun-
guró una especie de retiro con un empleo de vigilan- ciando la dicha.
cia. Viejos ya, vivían aislados, amargados, mirando con Al aparecer los novios, hubo también aclamaciones;
miedo aquel mundo, que no tenía su pasión de lucro todo el pueblo se alegraba porque representaban aque-
sino otras alegrías. Sus hijos se casaron á su gusto, lla hermandad, aquella abundancia en cuyo seno iba
sin más que el escondido disgusto de sus padres. Las á pulular un pueblo libre, unido, sin odio y isin hambre.
bodas fueron el mismo día, en Combettes, que era Aquel día se arreglaron otros matrimonios, como en
ya un gran arrabal de Beauclair, alegre y rico. La las bodas de Luciano Bonnaire y de Luisa Mazelle.
ceremonia se celebró cuando la recolección, el último La señora Mitaine, guapa todavía con sus sesenta y
día, cuando los haces enormes se levantaban en la cinco, besó á Olimpia Lenfant diciendo que deseaba
inmensa llanura dorada. llamarla su hija, pues su Evaristo le había confesado
Ya Feuillat había casado á su hijo León con Eu- que la adoraba. Diez años hacía que se le había muer-
genia, hija de Yvonnot Ahora, muy anciano, era como to su marido y había dejado la panadería fundida con
el patriarca de esta Sociedad agrícola que él había la Crécherie como casi todo el comercio ai pormenor.
soñado. Este simple colono primero, duro y rapaz co- Vivía con su Evaristo, muy orgullosa de que Lucas
mo todos los de su clase, llegó á amar de veras la tierra les hubiese confiado la dirección de las bregadoras
donde habían sido explotados sus ascendientes. Y vio eléctricas, de donde salía ahora en abundancia un pan
al fin realizada su ambición, las tierras reunidas, fe- ligero y blanco para todo el pueblo. Mientras Evaristo
cundas, abundantes, camino de la conquista total de besaba también á Olimpia, roja de placer, por vía de
la llanura inmensa de la Rumaña. Con Lenfant é Yvon- esponsales, la Mitaine reconoció en una viejecita flaca
not formaba una especie de consejo de los ancianos,- y negra sentada junto á n a haz, á su antigua vecina
consultado para todo. la señora Gacheux, la carnicera. Se sentó junto á ella
También para celebrar estas bodas hubo una gran —¿No es así?—le dijo alegre,—todo esto debe aca-
fiesta, la fiesta de Combettes pacífico, rico, triunfan- bar en bodas, pues toda esta gente menuda en otro
te. Se iba á beber por la fraternidad del aldeano j) tiempo jugaban juntos.
del obrero industrial, antes puesto uno frente á otro. Pero la Dacheux seguía muda y sombría. Ella tam-
Se brindaría también por la desaparición del bárbaro bién había perdido á su marido, muerto á consecuen-
comercio; y qué mejor ocasión que la del día en que cia de un golpe torpe de la cuchilla que le habia cor-
las casta3 enemigas se unían en felices matrimonios. tado la mano derecha. Según ciertas gentes, no habla
Fué al aire libre, cerca del lugar, en un ancho campo ádo torpeza, sino que el carnicero se había cortado
donde se extendían en columnas simétricas, como de la mano á propósito en un acceso de furiosa cólera
« 160 =» «fe 161 e s
antes qUe firmar la cesión de su tienda & \!a CrécKeriél afios apenas, y cayo trabajo da bruto, maquinal, uni-
Los últimos sucesos, la idea de que la santa carne, la forme, desde los quince años en el Abismo, había he-
carne de los ricos, iba á ponerse ai alcance de todos, cho de él un viejo antes de tiempo, medio sordo y.
en la mesa de los más pobres, fueron parte sin duda ciego. Por todo lo cual, á pesar del bienestar presente,'
á trastornar el concepto del orden social del hornbra- seguía ella quejándose por causa de aquellos dos des-
chón tiránico, violento y reaccionario, hasta el punto graciados, ejemplo y lección de las vergüenzas y d o
de volverle loco. Y había muerto de una gangrena lores del salario, legado á las generaciones nuevas.
mal cuidada, dejando á su viuda aterrada, con los —¿No ha visto usted & mi gente?—preguntó á la
últimos juramentos con que la abrumó en la agonía. Mitaine.—Los he perdido entre el barullo... ¡Ahí aquí
—¿Y su Juliana de usted ?—^preguntó la Mi taino.—í están.
La "he encontrado el otro día; está magnífica. Se vió pasar, cogidos del brazo, con paso temblo-
Tuvo la otra que responder: roso, & los dos cuñados, Fauchard hecho una ruina,
—Allí está bailando, la vigilo. como un aparecido del trabajo deshonrado y dolorosos-
Juliana, en efecto, bailaba en brazos de un buen Fortunato, aniquilado también, imbécil. Y pasaban en-
mozo, guapo, Luis Fauchard, hijo del obrero arran- tre la multitud vigorosa, que rebosaba vida nueva, es-
cador. Fuerte, blanca, radiante de salud, se esponja- peranza, por medio de lost baoe3 bien olientes en que
ba feliz en el abrazo apasionado del mocetón vigoroso, ese amontonaba el trigo de todo un pueblo; iban en
de rostro suave, uno de los mejores herreros de la paz paaieando su decrepitud, sin comprender, sin res-
Crécherie. ponder á los¡ saludos.
—¿Conque otro matrimonio? —{Déjelos tomar el sol, eso les conviene—añadió la
—lOh, no, no 1—exclamó la Dacheux t e m b l a n d o ' Mitane.—¿Y e?u hijo de usted? ¿Es fuerte, alegre?
¿cómo dice usted eso? Bien conocía usted las ideas de —lOhl ya lo creo; Luis está muy sano. Ahora lo®
mi marido; saldría de la sepultura si yo casara á su hijos no se parecen á los padres. jMire Usted cómo
hija con ese obrero, hijo de esos pobres diablos, de baila! Nunca conocerá el frío y el hambre.
esa Melania que so pasaba la vida pidiendo al fiado La panadera, alma buena, procuró y consiguió arre-
carne para un puchero, y á quien él arrojó tantas ve- glar allí mismo el otro matrimonio, haciendo enten-
ces de la fienda porque no pagaba. derse á las dos madres. La pobre señora Dacheux
Siguió contando sus tormentos y en voz baja y temí- dijo al fin:
blorosa. Su marido se le aparecía de noche; hasta —iDios mío! bueno, consiento; á condición de que
muerto la imponía su autoridad despótica, la reñía y no me dejen sola. Yo nunca he dicho no á nadie; todo
zarandeaba con diabólicas amenazas. Ni viuda encon- ¡era él. Pero si todos andan en ello, prometan defen-
traba un poco de paz la pasmada viejecita. derme y hagan lo que quieran.
—Si casara á Juliana contra su gusto, vendría to- Al saber aquello Duis y Juliana, abrazaron á las
das las noches á injuriarme y á pegarme. búenas mujeres entre risas y lágrimas. Y entre tanta
Lloraba, y la Mitaine le díó ánimos, asegurándola alegría, fué una alegría nueva. La Mitaine recordó los
que para curarse de pesadillas, lo mejor era hacer tiempos en que Evaristo ofrecía tortas en la pana-
feliz á la gente. Por azar, Melania la quejumbrosa dería á Olim'pia Lenfant Recordó también á Luis Fau-
se había acercado con paso indeciso. Ya no paaecía chard jugando con Juliana cuando niños. Y habló de
la atroz miseria de antaño. Ocupaba una de las ca- los Laboque, los Baurron, los Lenfant, los Yvonnot
sitas claras de la Crécherie con Fauchard, que aca- que ahora se casaban, y ya jugaban juntos de peque-
baba de dejar todo trabajo, inválido, atontado. Vivía fiu-elos m i e n t r a jpg padres se desgarraban luchando.
con ellos su hermano Fortunato, de cuarenta y cinco Trabajo—lomo 11—11
L - m — 163
Se habló de máa bodas, dé que eran ya prometidos Petit-Da, apasionado, había prescindido de BU padre.
Sebastián Bourron y Agata Fauchard, Nicolás Yvonno{ Una terrible reyerta había seguido á la complete rup-
y Zoa Bonnaire. tura de ambos. Y desde entonces, el maestro funda-
,. El amor soberano extendía sin cesar la reconcilia« dor, emparedado en su roca, sólo vivía solo hablaba
ción, acababa de fundir todas las clases. El había fe- para dirigir su horno alto, como fiero espectro inmó-
cundado la llanura, él hacía estallar los árboles coa vil de las edades muertes.
los frutos, había cubierto los surcos coa tal abundan- Años y años pasaron sin que el viejo Morfain pa-
cia de trigo, que loa haces extendían basta el horizon- reciese siquiera envejecer. Era siempre el vencedor del
te «1 templo de la paz. Iban sus ala£ en el potente fuego, el coloso de la enorme cabeza tostada, de na-
olor de esta fertilidad, presidía á las nupcias felices riz aguileña, ojos con llamas, entre mejillas que pa-
que harían pulular generaciones más libres y más jus- recían arrasadas por la lava; la boca en tortura, que
tas. Y ha«ta la noche, á la luz de las estrellas, duré ya no se abría; conservaba el rojo leonado de que-
l a fiesta* triunfando el amor; juntando los corazones, madura. Nada de lo humano parecía que había de
entre los bailes y los cánticos de aquel pueblo gozoso impresionarle ya, en el fondo de la sociedad impla*
q^e iba á la unidad y á la harmonía futuras. cable en que se había encerrado, cuando llegó á sa-
Pero en esta fraternidad invasora, había un hom- ber que su hija y su hijo pactaban con los otros, los»
bre, un ascendiente, el maestro fundidor Morfain, qua de mañana. Azulina había tenido de Aquilas una niña
quedaba en pie, aparte, mudo y salvaje, sin poder,- deliciosa, Leonia, que crecía graciosa y amable. Pe-
sin querer comprender. Seguía siendo como uno de loa üt-Da había llegado á tener con Honorina un muchacho
Vulcanos prehistóricos, en su agujero de rocas, junto fuerte y encantador, Raimundo, inteligente hombreen
al horno alto que tenía que vigilar; y ahora vivía lio que pronto podría casarse también; pero el abue-
solo como solitario, deseoso de separarse del tiempo, lo no se dejaba ablandar, rechazaba á los niños. Eran
^ota toda relación con las generaciones nacientes. Ya cosas, para él, que pasaban en otro mundo; no le con-
caiando su hija Azulina había partido para ir á vivic movían. En cambio, hundidas sus afecciones humanas,-
el sueño de amor con Aquilea Gourier, el príncipe en- la especie de pasión paternal que siempre había sen*
cantado de sus noches azules, había él sentido qug tido por el horno alto, parecía crecer.
los tiempos nuevos le quitaban lo mejor de sí mismo. Veía en el un hijo gigante, el monstruo rugiente
Después, otra aventura sentimental le había llevado de un perpetuo incsendio cuyas digestiones de llamas
á su hijo el mooetón, el buen gigante vigoroso, Petra cuidaba él noche y día, hora por hora. Los menores
Da, que de repente se había enamorado de la hija desarreglos, cuándo las sangrías brillaban, menos, 1«¡
de Caffiaux el tabernero, Honorina, una morenilla biz- llenaban jdie (angustia; jasaba noches en claro vigi-
ca y lista. Primero se había negado con violencia á lando las toberas; se sacrificaba como un enamorado
consentir en tal matrimonio, porque despreciaba á aque- en medio de las brasas que su piel ya no temía. Lucas
lla gente de ^conducta sospechosa, familia de envene- pensó en darle el retiro por su mucha edad, pero n o
nadores, los «cuales le devolvieron su desdén mostran- se atrevió, al verle rebelarse temblando; y el héroe
do vanidosa repugnancia de casar á su hija con un del trabajo penoso que tenía el orgullo de haber gas-
obrero. Pero Caffiaux cedió primero, hábil y flexible tado y quemado los músculos en su faena obscura do
©orno siempre. Tenía un buen empleo como jefe de conquistador del fuego, no sufrió entonces aquel dolor
vigilancia de los Almacenes Generales de la Crécherie,. sin consuelo. Pero la hora del retiro iba á sonar por
dejaba ya la taberna, y se olvidaba lo pasado y fin- sí misma, por la inevitable evolución del progreso, 35
gía gran devoción á las ideas nuevas. Temía perju- Lucas, compasivo, por bondad, esperó.
áis&rge segándose testarudo a¿ matrimonio. E&toaoss Xa Morfaja g* b&feía yi§ts> a s a s e m i f t sáfela < m
» 164 na 165 s a
Jordán buscaba inventos para reemplazar el horno alio, 4e fia soledad, con los pocos hombre« «a cuadrilla,
tan lento y pesado, con baterías ligeras y rápidas de silenciosos como él, se contentaba con mirar desde lo
hornos eléctricos. Le trastornaba la idea de que po- alto el cobertizo bajo el cual funcionaban los hor-
dían apagar y derribar el coloso que ardía durante nos eléctricos, feliz todavía cuando de noche incen-
siete y ocho años. Tuvo noticia, alarmado, del pri- diaba el horizonte con sus grandes coladas brillantes.
mer progreso de Jordán al quemar el carbón al salir Pero llegó el día que Lucas condenó el horno alto,
de la mina, y supo también que llevaba la electricidad va oneroso. Se resolvió dejarle apagarse para derri-
4 la Crécherie por cables, sin perder nada. Pero como barlo después de la última sangría. Prevenido Morfain^
el precio de fábrica seguía siendo muy alto, no te- no respondió nada, impasible, con su faz de bronco
mió esta inútil victoria. Durante otros diez años los que nada decía de las borrascas de su alma. Se temió
nuevos fracasos de Jordán le habían alegrado, con ocul- aquella hermosa calma. Azulina subió á ver á su pa^
ta ironía, convencido de que el fuego se defendería,' dre con su hija Leonia, y Peüt-Da acudió con Rai-
no se dejaría jamás vencer por aquella potencia, true- mundo. Un instante, como antaño, la familia se vid
no misterioso cuyo relámpago nV* veía siquiera. De- reunida en su cueva de rocas; el padre gigante entre
seaba la derrota del amo y de sus aparatos; masj la hija toda azul, por los azules ojos, y el hijo, el
de repente, la amenaza se hace grave, se dice que buen coloso, ya ganado por los alientos del mañana,
Jordán ha encontrado el medio de transformar la ener- y ahora había además la nieta de suave hermosura^
gía calorífica del carbón en energía eléctrica sin pa- el nieto de inteligencia viva en quien se encarnaba la
sar por la mecánica, es decir, suprimiendo la máqui- generación nueva, obrera activa de ventura. El abue-
na de vapor, cara y molesta. El problema estaba re- lo se dejó besar, acariciar; no rechazó á los niños
suelto, el precio de fábrica de la electricidad iba & como solía. Aunque se había jurado no verlos nunca,
bajar la mitad, y se podría emplear útilínente en la 6e dejó ahora vencer, acariciar. Pero no devolvía las
fundición del mineral de hierro. Ya funcionaban apa- caricias, con aire de estar ya fuera del tiempo, cual
ratos de producción, se instalaba la primera batería héroe de las épocas desaparecidas en el cual toda b¡>
de hornos eléctricos, y Morfain, desesperado, rondaba manidad estaba muerta. Era un día de otoño obscu-
alrededor de su horno alto, con aire fiero y obstina- ro y frío, en el breve crepúsculo cuyo velo de cres-
do, como si quisiera defenderlo. pón caía del cielo descolorido envolviendo la negra
Sin embargo, Lucas no dió inmediatamente orden tierra. Se levantó; n o rompió su eterno silencio más
de apagar el horno alto, queriendo hacer antes? expe< que para decir:
rimentos concluyentes con la batería. Por seis meses —1 Vamos! M© esperan; todavía hay una sangría.
lambas fundiciones funcionaron á la par; días muy Era la última; todos le siguieron al horno alto. Log
ínalos para Morfain, que ya veía condenado al queri- hombres de la cuadrilla allí estaban sumidos en la
do monstruo que guardaba. Todos le abandonaban, ya sombra, esperando, y vino la -faena habitual; el es-
nadie subía á verlo; toda la curiosidad era para loa petón hundido en el tapón de tierra refractaria; la;
hornos eléctricos, que ocupaban tan poco sitio y que piquera ensanchada; luego la ola tumultuosa del metal
trabajaban tan bien, se decía, y tan pronto. El, lleno en fusión, arroyo de fuego corriendo á lo largo dej
de ira, no había querido bajar á ver aquellos inventos,' las regueras llenando los moldes de charcas encendió
que llamaba con desdén juguetes buenos para niños. das. Otra vez todavía, de aquel surco, de aquel cam¡<
¿Cabía destronar el antiguo método, el fuego libre f po de fuego brotaron chispas como mieses, chispas
claro que había dado al hombre el imperio del mundo? azules de ligereza delicada, cohetes de oro de graciosa
A él se volvería, á los hornos gigantes cuya hoguera sutileza, todo un florecer de azulejos entre espigad
había ardido durante siglos, sin apagarse jamás. Y des- de oio. Una claridad desLurabradoia, m ti triste $g&
j&S&cUló,- v M S 3é gol el horno alto,- las constrticcieaes Lütíafe. algo alariíiádo, le observó, pueS había hecho
cercanas, los tejados de Beauclair á lo lejos, el ho- que le vigilaran, porque supo que se le había sor-
rizonte inmenso. Después todo se apagó, reinó la no- prendido inclinado sobre el tragante del horno alto;
che profunda; era el fin; eJ homo alto había muerto. aún Heno de brasas, como dispuesto á arrojarse á aquel
Morfain, que había estado mirando sin decir una horrible infierno. Un obrero de su cuadrilla le había
palabra, no se movió; qUedó en la sombra como una de salvado de esta rriuerte, último don de su carne vieja
aquellas rocas que otra vez envolvía la noche. al monstruo; todo lo que quedaba de su esqueleto co-
—Padre—dijo cariñosa Azulina,—ahora ..que aquí ya cido y recocido cien veces, como si su gloria hubiera
no hay que hacer, hay que bajar con nosotros. Hace Bido acabar por el fuego, tan amado y servido fiel-
mucho tiempo tu cuarto está dispuesto. .,,.> mente durante medio siglo.
¥ Petit-Da dijo á su vez: —Bien parece, bravo Morfain, el ser Curioso á su
• —-Padre, ahora te toca descansar, y también en mi edad—dijo Lucas sin separar la vista de él.—Mire Us-
teasa tienes tu habitación. Te repartirás, te darás |un ted esos juguetes.
poco á cada Uno de tus hijos. La batería de los diez hornos estaba en fila; diez
Pero el viejo maestro fundidor no respondía. Un cubos de ladrillo rojo, de dos metros de altura por Un
Suspiro, al fin, le levantó el pecho con un ruido dolo- metro cincuenta de ancho. Y sólo se veía por encima
roso, y dijo: . la armadura de los potentes electrodos de espesos ci-
, —Está bien; yo bajaré; iré á ver, marcháos. lindros de carbón, á la cual venían á juntarse los
1
Pasaron quince días ¡y no Se pudo conseguir que cables conductores de la electricidad. La operación era
Morfain dejara el horno alto. Se iba enfriando lenta- muy sencilla. Un tornillo sin fin que obedecía á Un
mente, y asistía él á su agonía. Quedó allí el último. botón hacía el servicio de los diez hornos, conducía
Palpaba el horno todas 1?« noches, por si no estaba el mineral y lo echaba en cada uno de ellos. Un se-
muerto del todo. Mientras sintió un poco de calor, le gundo botón establecía la corriente, el arco, cuya ex-
veló obstinado como á un amigo, cuyos restos sólo se traordinaria temperatura de dos mil grados podía fun-
«abandonaron á la nada. Pero llegaron los que iban á dir doscientos kilogramos de metal en cinco minutos,-
demolerlo. Y Una mañana se vió á Morfain en supre- y bastaba dar vuelta á un tercer botón para que la
ma separación desgarradora, dejar su agujero de ro- puerta de platino que cerraba cada horno se levan-
cas y bajar á la Crécherie para ir directamente, con tase, y para que una especie de andón ó plaza móvil,
paso firme de gran anciano vencido, al vasto cober- cubierto de fina arena, se pusiera en marcha, reci-
tizo de vidrieras bajo el cual funcionaba la batería de biendo los diez lingotes de doscientos kilogramos que
hornos eléctricos. sacaba en seguida al aire para enfriarlos.
Allí estaban Julián y Lucas con Petit-Da, encarga- —¿Qué tal, bravo Morfain?—'preguntó Jordán, ale-
dos por ellos de dirigir la fundición, con ayuda de gre como Un niño.—¿Qué dice usted de esto?
BU hijo Raimundo-Da, buen obrero electricista. Y le explicó el trabajo producido. Aquellos jugue-
Jordán siempre estaba presente para dirigir la mar- tes, á doscientos kilos de fundición cada uno, cada cin-
fcha, deseando perfeccionar el nuevo método que tan- co minutos, llegaban todos juntos á un total de dos-
tos años le había costado. cientas cuarenta toneladas por día, haciéndolos traba-
—I Ah, mi querido Morfain—exclamó c o n t e n t o a l jar sólo «hez horas. Era un rendimiento prodigioso,
fin es usted razonable I sobre todo si se pensaba que el antiguo horno alto
Impasible, la cara de color de fundición vieja, JB! ardiendo día y noche, no llegaba á la tercera parte.
héroe se contentó con decir: Así que los hornos eléctricos funcionaban rara vez
rr-gí, señor Jordán; he querido ver su máquina. más de tres ó cuatro horas, y en eso estaba la como-
168 as *» 169 «
di dad, « i poder apagarlos y encenderlos según se ne- explicaciones. Sefi&ló el cable grueso que, bajando d«
cesitase, para obtener al instante la cantidad deseada las armaduras, traía la corriente.
de materia primera. (Y qué facilidad, qué limpieza, —Mira, padre; la electricidad llega por ahí, y tiene
qué sencillez 1 Casi no había polvo; los electrodos da- tal fuerza, que si se rompieran los hilos todo saltaría
ban ellos mismos el carbono necesario para la carbura- como si cayera un rayo.
ción del mineral. Sólo se escapaban gases, y las esco- Lucas, que ya no temía, viendo á Morfain tan tran-
rias eran tan poco abundantes, que desaparecían sin quilo, se echó á reir.
trabajo limpiando todos los días. No más coloso bár- —No diga usted eso, va usted á asustar á la gente.
baro cuya buena digestión causaba tantas inquietudes ¡ No saltaría nada; el peligro sería sólo para el Impru-
no más órganos múltiples, molestos, de que habia ha- dente que tocara los hilos. Y además, si cable es só-
bido que rodearlo, máquina sopladora, continua corrien- lido.
te de aire y tantas otras cosas. Ya no había vientre —1 Ahí eso sí—añadió Petit-Da;—buenos puños ha-
amenazado de atascarse ó de enfriarse. Ya no se ha* rían falta para romperlo.
biaba de demolerlo todo por una tobera que funcionas« Morfain, que seguía impasible, se había acercado;
mal. Y luego, todo un ejército en pequeño. Los car- no tenía más que levantar las manos para alcanzar
gadores atentos junto al tragante, los fundidores gol- el cable. Allí estuvo inmóvil algunos segundos toda-
peando el tapón quemado por las llamas de las sangrías; vía, enjuto el rostro en que nada s© leía. Pero súbi-
ya no estaban todos ellos siempre alerta, sucediendo tamente, brillaron sus ojos de tal manera, que Lucas
el relevo de día al relevo de noche. En quince metros volvió á alarmarse, temiendo una catástrofe.
de largo por cinco de ancho, La batería de los hornos —¿Eso crees? ¿Buenos puños?—dijo Morfain, ha-
eléctricos, con su acera móvil, cabía holgadamente en blando al fin—i Vamos á verlo, hijo mío!
el gran cobertizo, alegre y brillante. Y tres niños hu- Y antes que hubiera tiempo para impedírselo, co-
bieran bastado para ponerlo todo en marcha; uno en gió el cable entre sus manos endurecidas por el fue-
el botón del tornillo sin fin, otro en el botón de k>s go, semejantes á tenazas de hierro. Y lo retorció, lo
electrodos, otro en el de la plaza ó acera móvil. rompió con un esfuerzo sobrehumano, como un gi-
—¿Qué dice usted de esto, querido Morfain? ¿Qué gante irritado rompería el bramante de un juguete.
dice usted de esto?—repetía Jordán triunfante. iY vino el rayo; los hilos se habían tocado, Una chis-
El anciano, sin una palabra, inmóvil, seguía miran- pa formidable había saltado deslumbradora. Todo el
do. Caía la noche, la obscuridad invadía el cobertizo y; cobertizo quedó en tinieblas, sólo se oyó en la obscu-
la batería funcionaba con regularidad mecánica y sua- ridad la caída de Un cuerpo grande; el corpulento
ve. Fríos, obscuros, los diez hornos parecían dormir anciano se desploma!» de un golpe, como una encina
mientras las carretillas de mineral, movidas por el derribada; hubo que correr á buscar linternas. Jor-
tornillo sin fin, se desocupaban una á una. Cada cinco dán y Lucas, trastornados, sólo pudieron comprobar
minutos las puertas de platino se abrían, el blanco bri- la muerte, mientras Petit-Da gritaba y lloraba. Tendido
llo de las diez coladas iluminaba el espacio, las diez de espaldas, el viejo maestro fundidor no parecía ha-
barras de fundición en que florecían los azulejos, en- ber sufrido, coloso intacto de la antigua fundición á
tre espigas de oro, caminaban llevadas por la especié quien ya no mortificaría más el fuego. Ardía la ropa
de acera móvil, con lenta marcha continua. A la larga y hubo que apagarla. No había querido sobrevivir al
resultaba extraordinario el espectáculo de estas ilumi- monstruo amado, aquel homo alto, antiguo, del que
naciones repentinas, como rítmicas, regulares. ya era el último devoto.
Petit-Da, callado hasta entonces, quiso dar algunas Con él acababa la lucha primera, el hombre doma-
4or del fuego, conquistando los Retales, gnsorvads te-
jo k voluñtad 3« la .penosa faena, haciendo olgnlkwo invadir y borrar él viejo Beaucüaár. El antiguo Ka»
una nobleza del largo trabajo abrumador de la hu- rrio leproso, de casüchas inmundas, quedaba arrasa-
manidad en marcha para la felicidad futura. No había do; en su lugar anchas vías con árboles y fachadas
querido saber nada siquiera del bien que traían los risueñas. Estaba amenazado hasta el barrio burgués;
nuevos tiempos. Caía como héroe fiero y tenaz de la ge abrían calles nuevas, se ensanchaban y cambiaban
antigua servidumbre. Vulcano encadenado en su fra- de destino los antiguos edificios, la Subprefectura, Li
gua, enemigo ciego de todo lo que le libertaba, po- Audiencia, la Cárcel. Sólo la vetustísima iglesia agrie-
niendo su gloria en su sujeción, creyendo que era de- tada, cuarteada, seguía en medio de una plázoleta de-
generación disminuir algún día el sufrimiento y el es- sierta, que parecía campo de 1 zarzas y ortigas. Los an-
fuerzo, La fuerza de la edad, nueva, el rayo que él ha- tiguos caserones solariegos, las casas pegadas unas á
bía venido á negar, á consultar, le había aniquilado; otras, dejaban el puesto á viviendas de más herman-
y dormía* . .. dad, más sanas, esparcidas por el inmenso jardín que
* . fíif&T • t r i }*• . venía á ser todo el pueblo. Aguas corrientes y viva luz
daban alegría á todas ellas.
Algunos años después hubo aún tres matrimonios, l a ciudad estaba fundada; grande y mtay gloriosa
para acabar de mezclar las clases, de estrechar los ciudad, cuyas avenidas llenas de sol seguían prolon-
lazos en aquel reducido pueblo fraternal y pacífico. gándose y ya rebosaban sobre los campos vecinas de
El hijo mayor de Lucas y Josina, Hilario Froment, la fértil Rumaña.
tan robusto mozo de veintiséis años ya, se casó con
Colette, graciosa rubia, menuda, de dieciocho, hija de
Nanet y de Nisa. La sangre de los Delaveau quedó 18 >
como aplacada en la sangre de los Froment y de la
pobre Josina, un día recogida en el umbral del Abis- m
mo, muerta de hambre. Después Teresa Froment, ter-
cer vástago, alta, hermosa, alegre, á los diecisiete años,
se casó con Raimundo, que le llevaba dos años, el hijo
de Petit-Da y de Honorina. La sangre de Froment se Pasaron diez años más, y el amor había tañido á
unía á la de Morfain, los obreros épicos, y á la del las parejas; el amor vencedor y fecundo hizo nacer
vencido Caffiaux. Y Leonia, hija de Aquiles Gourier y crecer en cada hogar nueve® hijos, que traían el
y de Azulina, de veinte años, se casó con un hijo porvenir. Con cada generación nueva se difundiría y
de Bonnaire, Severino, de su edad, el hermano menor reinaría en el mundo un poco más de verdad, de jus-
de Luciano. La agonizante burguesía se unía al pue- ticia y de paz.
blo, á los rudos trabajadores resignados de las edades Lucas, de sesenta y cinco años ya, á medida que se
muertas, y también á los obreros revolucionarios, ca- hacía viejo, sentíase dominado por la pasión creciente
mino de emanciparse. de los niños. Ahora que el edificador de ciudades, el
creador de un pueblo, que en él había, veía cons-
También hubo grandes fiestas. La descendencia feliz truirse la ciudad soñada, preocupábase sobre todo con
de Lucas y de Josina iba á fructificar, pulular, ayu- las generaciones en germen, iba hacia los niños, les
dando á poblar la ciudad nueva. dedicaba sus horas todas, pensando que eran el por-
Vencía el amor; alegre, joven, conducía á todos, venir. Eran ellos, eran los hijos de sus hijos, y eran
parejas, familias, pueblo entero, á la final harmonía. »nejor aún, los hijos de éstos, los que debían ser un
Cada nuevo matrimonio era una casita nueva entre día un pueblo inteligente y sabio, en el cual se reali-
árboles y praderas; la ola de casas que acababa de zaría toda la equidad y bondad que él había querido.
jo k voluntad 3« la penosa faena, haciendo olgnlkwo invadir y borrar él viejo Beaucüair. El antiguo Ka*
una nobleza del largo trabajo abrumador de la hu- rrio leproso, de casUchas inmundas, quedaba arrasa-
manidad en marcha para la felicidad futura. No había do; en su lugar anchas vías con árboles y fachadas
querido saber nada siquiera del bien que traían los risueñas. Estaba amenazado hasta el barrio burgués;
nuevos tiempos. Caía como héroe fiero y tenaz de la ge abrían calles nuevas, se ensanchaban y cambiaban
antigua servidumbre. Vulcano encadenado en su fra- de destino los antiguos edificios, la Subprefectura, Li
gua, enemigo ciego de todo lo que le libertaba, po- Audiencia, la Cárcel. Sólo la vetustísima iglesia agrie-
niendo su gloria en su sujeción, creyendo que era de- tada, cuarteada, seguía en medio de una plázoleta de-
generación disminuir algún día el sufrimiento y el es- sierta, que parecía campo de 1 zarzas y orligas. Los an-
fuerzo, La fuerza de la edad, nueva, el rayo que él ha- tiguos caserones solariegos, las casas pegadas unas á
bía venido á negar, á consultar, le había aniquilado; otras, dejaban el puesto á viviendas de más herman-
y dormía* , .. dad, más sanas, esparcidas por el inmenso jardín que
* . fíif&T • t r i }*• . venía á ser todo el pueblo. Aguas corrientes y viva luz
daban alegría á todas ellas.
Algunos años después hubo aún tres matrimonios, La ciudad estaba fundada; grande y mUy gloriosa
para acabar de mezclar las clases, de estrechar los ciudad, cuyas avenidas llenas de sol seguían prolon-
lazos en aquel reducido pueblo fraternal y pacífico. gándose y ya rebosaban sobre los campos vecinas de
El hijo mayor de Lucas y Josina, Hilario Froment, la fértil Rumaña.
tan robusto mozo de veintiséis años ya, se casó con
Colette, graciosa rubia, menuda, de dieciocho, hija de
Nanet y de Nisa. La sangre de los Delaveau quedó 18 >
como aplacada en la sangre de los Froment y de la
pobre Josina, un día recogida en el umbral del Abis- m
mo, muerta de hambre. Después Teresa Froment, ter-
cer vástago, alta, hermosa, alegre, á los diecisiete años,
se casó con Raimundo, que le llevaba dos años, el hijo
de Petit-Da y de Honorina. La sangre de Froment se Pasaron diez años más, y el amor había tañido á
unía á la de Morfain, los obreros épicos, y á la del las parejas; el amor vencedor y fecundo hizo nacer
vencido Caffiaux. Y Leonia, hija de Aquiles Gourier y crecer en cada hogar nueve® hijos, que traían el
y de Azulina, de veinte años, se casó con un hijo porvenir. Con cada generación nueva se difundiría y
de Bonnaire, Severino, de su edad, el hermano menor reinaría en el mundo un poco más de verdad, de jus-
de Luciano. La agonizante burguesía se unía al pue- ticia y de paz.
blo, á los rudos trabajadores resignados de las edades Lucas, de sesenta y cinco años ya, á medida que se
muertas, y también á los obreros revolucionarios, ca- hacía viejo, sentíase dominado por la pasión creciente
mino de emanciparse. de los niños. Ahora que el edificador de ciudades, el
creador de un pueblo, que en él había, veía cons-
También hubo grandes fiestas. La descendencia feliz truirse la ciudad soñada, preocupábase sobre todo con
de Lucas y de Josina iba á fructificar, pulular, ayu- las generaciones en germen, iba hacia los niños, les
dando á poblar la ciudad nueva. dedicaba sus horas todas, pensando que eran el por-
Vencía el amor; alegre, joven, conducía á todos, venir. Eran ellos, eran los hijos de sus hijos, y eran
parejas, familias, pueblo entero, á la final harmonía. »nejor aún, los hijos de éstos, los que debían ser un
Cada nuevo matrimonio era una casita nueva entre día un pueblo inteligente y sabio, en el cual se reali-
árboles y praderas; la ola de casas que acababa de zaría toda la equidad y bondad que él había querido.
s - 172 «a fe-* 173
No M posible fehaefcr los hombres maduros, cuando tarea de vigilancia de los Almacenes Generales. Pero
han vivido oon las creencias y los hábitos con que el el hombre, que jamás había hecho nada con sus ma-
atavismo los encadena. Pero puede obrarse sobre los nos, el ocioso de nacimiento, no disponía de su volun-
niños, librándolos de las falsas ideas, ayudándoles á tad, no podía acomodarse á una regla, á un método.
creoer y á progresar, según 1a evolución natural que Pronto Boisgelin pudo advertir que era incapaz de te-
en sí propios llevan. Y él lo veía claro, cada genera- ner una ocupación seguida. Su cerebro huía, sus miem-
ción debe ser así, un paso adelante, cada una de ellas bros no obedecían, la somnolencia y el abatimiento
crea más certidumbre, más paz y mayor felicidad. So- le dominaban. Sufría con exceso á causa de esta ho-
lía decir, sonriendo, que los niños eran los conquista- rrible impotencia, y poco á poco recaía en el vacío
dores más fuertes y los más victoriosos de su pueblo de su* existencia antigua, con sus días ociosos pasa-
en marcha. dos todos en la misma inutilidad. Pero como no tenía
En las largas visitas matutinas que Lucas continua* ya el aturdimiento del placer y del lujo, sintióse in-
ba haciendo á su obra, dos veces por semana, consa- vadido por un aburrimiento sombrío, inmenso, sin ca-
graba lo mejor de su alma y de su tiempo á las escue- sar creciente, del cual nada podía sacarle. Y al fin
las, y también á los asilos maternales, en donde es- acababa por envejecer así en el estupor, en el aturdi-
taban recogidos los más pequeños. Ordinariamente co- miento de las cosas imprevistas, extraordinarias qujeí
menzaba por ellos antes de ir á los talleres y á los á su alrededor pasaban, fiomo si hubiera caído en otro
almacenes, gozando al contemplar toda aquella infan- planeta.
cia rien te y sana, desde que el sol salía. Como cada se- —¿Ti«ne acaso crisis violentas ?—pregtmtó Lucas B¡
mana cambiaba los días de su inspección animadora, Susana.
no se le esperaba, presentábase de improviso entre —lOh! no—respondió ésta.—Está sencillamente mtty
aquella gentecilla bulliciosa ,donde todos le adoraban sombrío, muy preocupado, y estoy inquieta porque la
como á un abuelo muy alegre y muy bueno. locura vuelve á apoderarse de él.
Un martes, Lucas, resuelto á visitar á sus queridos En efecto, la razón de Boisgelin parecía haberse obs-
hijos, como él los llamaba á todos, se dirigía hacia curecido á consecuencia do la vida que llevaba á tra-
las escuelas á las ocho de una mañana deliciosa de vés de esta ciudad activa y trabajadora, De la mañana
primavera El sol caía como lluvia de oro por entre fe la noche se le tropezaba, cual si fuera el fantasma
los nuevos verdores, y él caminaba á paso breve por de la pereza, pálido, despavorido, errante por las ca-
delante de la casa de los Boisgelin. lles animadas, por las escuelas con sus murmullos,-
Susana, que le había visto cruzar, se adelantaba por los talleres ruidosos, obligado á apartarse á cada
hasta la puerta del jardín. paso, con la amenaza de verse sumergido y arrastrado.
— | 0 h ! amigo mío; hágame usted el favor de en- No se había aclimatado, se había como deshecho en
trar un momento. Este pobre hombre ha tenido un medio de aquel mundo nuevo, y su locura le llevó
nuevo acceso, y estoy muy inquieta» poco 6l poco, viéndose él mismo que n o trabajaba,
Se referia á Boisgelin, su marido. Durante algún tiem- á creer que era el amo, el rey, y que aquel pueblo
po había intentado trabajar, nada á gusto con su ocio- era un pueblo de esclavos, ocupados sólo en trabajar
sidad, en medio de aquella colmena activa y ruidosa según él quería, y en amontonar incalculables rique-
con el trabajo de todos. La pereza acababa por serle zas, de las que disponía á voluntad para su propio
demasiado pesada; la caza y el caballo no eran sufi- placer. Al derrumbarse la antigua sociedad, la idea
cientes para llenar sus días. Así Lucas, á ruegos de del capital, en él, había resistido firme á pesar de
Susana, á fin de contribuir á la transformación espe- todo, y él seguía siendo el capitalista loco, el capita-
rada, i© había cpftfi&de ana especie <¿o inspección, »na lista dios, que po§cedor de todos los capitales de la
— 1?4 <d te 1?5 =*a
tierra, había reducido á todos los hombres á ser sus sentíase, sin embargo, conmovido hasta el fondo del
esclavos solo, los miserables obreros de su¡ felicidad corazón.
egoísta. —¡VamosI Bien puede usted descansar un día—re-
Lucas encontró á Boisgelin en el umbral de la ca- puso.—Opino como su mujer; en lugar de usted, yo no
sa, vestido ya con la corrección de siempre. A pesar saldría, me entretendría en adrar cómo florecen las
de sus sesenta, seguía siendo el hombre de aire vani- rosas de mi jardín.
doso, el rostro afeitado, y con su monóculo. Unica- Boisgelin le examinó de nuevo con desconfianza. Lue-
mente su mirada vacilante, sus labios flojos, lacios, go, como si cediese á la necesidad de hacer una confi-
revelaban su decaimiento interior. Bastón en mano, dencia á un íntimo, al cual se atrevía á confiarse:
y un sombrero luciente ligeramente inclinado sobre la —No, no, es indispensable que yo salga. Lo quej
oreja, se disponía á salir. me molesta más aún que la inspección de mis obre-
—iCómol |En pie ya, y de paseo 1—exclamó Lu- ros y la buena administración de mi fortuna, es no sa-
cas, afectando el mejor humor. ber dónde colocarla. [Imagináos miles y miles de mi-
—Es indispensable, amigo mío^-respondió Boisgelin llones 1 Acaban por estorbar, no hay salas para ellos
después de un rato, examinándole con desconfianza, bastante grandes. Por eso se me ha ocurrido la idea
—Todos me engañan; ¿cómo quiere usted que duerma de ir á ver si encuentro un agujero bastante profundo»
tranquilo con los millones que á diario me product Pero no digáis nada á nadie, nadie debe sospecharlo.
«ai dinero, y que me gana ese mundo de obreros í! Y mientras Lucas, frío, aterrado, miraba á Susana
No tengo más remedio qu© enterarme, que ver cómo completamente pálida, que contenía las lágrimas, Bois-
marchan las cosas, á fin de evitar la filtración de gelin, aprovechándose de su inmovilidad, pudo pasar
miles de francos por hora. entre ellos y huir. Con paso rápido, alcanzó la ave-
Susana hizo 4 Lucas Una seña de desesperación* nida llena de sol y desapareció. Lufias quería correr
Luego intervino: has él y traerlo á la fuerza. i
—Yo le aconsejaba que no saliese hoy. ¿A qué tontas —Le aseguro á usted; amiga mía, que hace mal
molestias? , en dejarle correr así, á su antojo, libre. No puedo tro-
Pero su marido le impuso silencio. pezarle en todas partes, rodando de un lado para otro,
—No me preocupa tan sólo el dinero de hoy, sino alrededor de las escuelas, por los talleres y los al-
también todo ese pinero amontonado, esos miles de macenes, sin temor de que ocurra alguna desgracia,
millones que los millones cotidianos aumentan todas alguna ¿olorosa catástrofe.
las noches. Acabo por no darme cuenta de mí mismo,- Tiempo hacía que tenía esta preocupación, pero só-
por no saber cómo vivir en medio de esta fortuna co- lo la ocasión le había dado el valor necesario para
losal. Es necesario que yo la coloque, ¿no es ver- declarárselo á Susana. Nada le producía mayor pena
dad? que la dirija, que la vigile, para impedir que que el espectáculo de a q u $ anciano loco, vuelto á la
se me robe demasiado. jOhl es este Un trabajo de> infancia, que paseaba su locura de pereza y de lujo
que no tenéis la menor idea, y que me hace desgrar por entre su pequeño pueblo en marcha. Cuando lo
ciado, jsil desgraciado, más desgraciado qu,e los po- tropezaba, como una última protesta del pasado, 1«?
bres sin hogar y sin pan. seguía con la vista y experimentaba cierta inquietud,
Su voz comenzó á temblar d© dolor; un dolor in- por causa de aquel desequilibrado, fantasma errante
decible: gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, ins- de la sociedad muerta.
piraba lástima, y Lucas, que sufría á causa de él, por Pero Susana se esforzaba por tranquilizarle.
considerarle una anomalía «a la oiudad trabajadora. —Es inofensivo, se lo juro. Yo tiemblo por él, por-
gue hay mm^ok gfi que ig Un ¡wu&no, Wi
«m 176 « 177 ==
miserable, oon todo ese dinero qtie le abruma, que
temiendo estoy que sienta la necesidad de acabar. Pe- ¡costura y de economía doméstica, haciendo de todas
ro, ¿cómo tener valor para encerrarle? Sólo es feliz las niñas que pasaban por las escuelas, buenas es-
fuera; sería una crueldad inútil, toda vez que jamás posas, buenas madres, capaces de dirigir una casa.
dirige la palabra à nadie. Salvaje y tímido, como un Además, entre las tres, formaban una especie de conse-
niño que no quiere ir á la escuela y hace novillos. jo, encargado de discutir las cuestiones graves rela-
tivas á la mujer, en l a ciudad nueva.
Las lágrimas, que 4 duras penas contenia, comen-
earon & caer. Lucas y Susana habían seguido la avenida y en-
traron en l a amplia plaza, donde estaba la Casa Co-
—I Ah! desgraciado, he sufrido mucho por SU cau. munal rodeada de praderas, muy verdes, adornadas con
Sa, pero jamás me había producido el dolor que ahora. arbustos y macizos llenos de flores. Ya no era aquel
Luego, al saber que Lucas se dirigía hacia las es- el modestísimo edificio de los primeros años; se ha-
Cuelas, quiso acompañarle. También los años habían bía construido un verdadero palacio, con amplia fa-
pasado para ella; |tenía sesenta y ocho! Pero se con- chada policroma, cuyos lienzos, decorados y azulejos
servaba sana, ágil, sintiendo siempre la necesidad de de colores, se harmonizaban con el hierro visible pa-
interesarse por los demás, y de dedicarse á las buenas ra* el recreo de la vista. Grandes salas de reunión,
obras. Desde que vivía en el Asilo, desde que su hijo de juegos y de espectáculos, permitían al pueblo estar
Pablo, casado ya, padre de varios hijos, n o la necee allí como en su propia casa, fraternizando en frecuen-
sitaba, se había creado una familia, amplificada, ha» tes fiestas con los placeres de las que se interrum-
ciéndose institutriz, maestra de solfeo y de canto en pían' los días de trabajo. Convenía que, fuera de la
la clase primera, la de los pequeñuelos. Ayudábale vida de familia, llevada por cada cual á su manera,-
esto á vivir feliz, y era su encanto despertar la música se acentúase, lo más posible, la existencia pública co-
en aquellas almas puras, en que cantaba la infancia, mún, en la que todos vivían de todos, realizando así
Era |una buena música, y por otra parte, no ambicio- poco á poco la harmonía soñada. Y he ahí por qué
naba enseñarles demasiado; sólo quería inspirarles el á las casitas eran modestas, la Casa Comunal brilla-
canto como algo natural, como en los pájaros de los ba por su lujo, con toda la amplitud y toda la "belleza
bosques, como en las criaturas todas que viven libres de la morada soberana del pueblo rey. Tendía á con-
y alegres. Y había obtenido resultados maravillosos; ventirse en una ciudad dentro de la ciudad, de tal
en su clase reinaba la alegría sonora de la pajarera,- manera aumentaba, según las necesidades crecientes.
y la juventud que brotaba de sus manos llenaba to- Detrás, añadíanse edificios de Bibliotecas, Laboratorios,
das las otras clases, los talleres, la ciudad entera, de Salas de cursos y de conferencias, que procuraban &
u n júbilo constante y de gorjeos. todos la instrucción libre, las investigaciones, los ex-
—Pero boy no le toca á usted su curso—la hizo ¡rímenlos, la difusión de las verdades conquistadas.
notar Lucas.
—Lo sé; sólo quiero aprovechar el recreo para ha-
Sahía también patios y cobertizos para los ejercicios
cer que mis angelitos repitan un coro. Después tene- físicos, sin contar una admirable instalación de ba-
mos que tomar algunas resoluciones, con Sœurette y, ños gratuitos, pilas, piscinas, llenas de agua fresca
Josina. y pura, del agua corriente tomada en las vertientes
Las tres se habían hecho grandes amigas, insepa- de los Montes Bleuses, agua que por su abundancia'
rables. Sœurette conservaba la dirección del Asilo cen- inagotable, mantenía la limpieza, la salud y la con-
tral, en el cual cuidaba de toda aquella gente me- tinua alegría de la gran ciudad naciente. Las Escue-
nuda, los niñes de pecho y los que apenas comenza- las, sobre todo, se habían convertido en un mundo
ban & andar. E¡n enante á Josina, dirigía el taller de tfspecial, que entonces ocupaba varias construcciones
Trabajo—Tomo 11—12
- 178 •te m s*
esparcidas al lado de la Casa Comunal, á causa^ de I Cuando entró Lucas en compañía de Susana; Josf*
los mülaros de niños que seguían sus cursos. l a r a l na sostenía sobre sus rodillas un pequeñuelo de dos
evita» el hacinamiento perjudicial siempre, se habían I años apenas, al que Sœurette examinaba la mano de-
creado numerosas divisiones* cada una de las cua-| recha.
les tenían su pabellón, cuyos lados miraban á los J a r ! —¿Qué tiene mi Oliverio?—preguntó con inquietud.
diñes. Era aquello como una ciudad de la infancia yl —¿Se ha lastimado?
de la juventud, desde los pequeñuelos en sus cunas,! Oliverio Froment era su último nieto, hijo de su
hasta los mozalbetes, y las muchachas que seguían I hijo mayor Hilario Froment y de Colette, hija de Na-
el aprendizaje, después de haber pasado por las cin-l net y de Nisa. Todos los matrimonios que se habían
co clases en las cuales se les daba siempre una instruc-l celebrado, daban entonces sus frutos, inundando los
ción y una educación Integrales. I Asilos maternales y las Escuelas con una ola sin ce-
—¡Oh 1—dijo Lucas sonriendo,—yo comienzo por el I sar creciente de cabezas rubias y morenas, que for-
principio, paso siempre, en primer lugar, por entre! maba la gente pequeña en disposición siempre de if
mis amigos que aún maman. bacía adelante.
—Está bien—respondió Susana alegrándose á su vez.1 —(Ehl—dijo Sœurette,—un simple rasguño produci-
—Entraré con usted. do sin duda por una tabla do la silla Vamos, jya es&i
En aquel pabellón, el primero á la derecha, en m$l Curado I
dio de las rosas del jardín,. Sceurette se destacaba en-l El niño había dado un ligero grito y después se
tre Un centenar de cunas y entre otras tantas pequel había echado á reír. Entonces una niña de cuatro años,-
ñas sillas de ruedas. Vigilaba además los pabellones! á quien habían dejado más allá libre, se acercó con
próximos, pero siempre volyía á éste, en el cual es-I los brazos abiertos para cogerle y llevársele.
taban las tres nietas y un nieto de Lucas, á quien I —¡Quieres estarte quieta, MarietaI—gritó Josina con
adoraba. Convencidos Lucas y Josina de cuán benefi-l temor.—¡No s e convierte asi en muñeca á un hej?
ciosa era esta educación para la ciudad, daban el ejem-j panitol
pío, haciendo que los hijos de sus hijos fuesen edu-l Marieta protestaba diciendo qué ella era formal. X¡
cados, desde SUs primaros pasos, con los hijos de losl Josina, como buena abuela, tranquilizada, miraba áj
demás. , . a I Lucas, y los dos sonreían felices al ver á su gente-
Precisamente Josina estaba allí, cerca de Sceurettel cilla tan feliz,- merced á su cariño. Susana, luego, les
Ni una ni otea eran ya jóvenes, la primera tenía cm-l acercaba otras dos rubias, Elena y Berta, dos gemelas
cuenta y otího años, la segunda sesenta y cinco. Perol de cuatro años, nietas suyas también. Eran de la se-
Josina conservaba su gracia dulce, su finura, reama- gunda hija Paulina, que se había casado con Andrés
da por sus cabellos admirables, cuyo tinte dorado fino Jollivet, á quien el abuelo, el presidente Gaume, ha-
sólo había palidecido; mientras SceUrette, como ocn-j bía recogido, después de la desaparición de Lucila
rre á las jóvenes poco agradadas, flacas, morenas,I de la trágica muerte del capitán. Lucas y Josina, ha-
n o parecía envejecer; con la edad adquirió un encan- bían casado tres de sus cinco hijos: Hilario; Teresa
to de juventud persistente, de bondad activa Susana era y Paulina; los otros dos, Carlos y Julio, aún no se
siempre la mayor de todas, con sus sesenta y ocho habían casado.
años, hermoseada también por la edad, sin más be —Y estos pimpollos, ¿no so acuerda usted de ellos?
lleza que su dulzura afectuosa, su severa razón sua- —dijo alegremente Susana.
vizada por la indulgencia. Las tres rodearon á Lucas Las dos gemelas, Elena y Berta, se habían lanza-
como tres almas fieles, una do ellas la esposa amis do al cuello de Lucas, á quien adoraban; Marieta tam-
te, la3 otras dos, las amigas devotas y apasionadas1} feüi g§ l a z a b a tesis él i n e p t o gog Jas e i e m a ^ a i s ^
tras que el mismo Oliverio, el chiquitín, extendía sus —¡Cómo!—dijo, deteniéndose ante una cuna,—¿hay
maneotas curadas, gritando frenético porque el abuelato ahí dos gemelos? ¡Qué niños más hermosos, y qué
le pusiera sobre las espaldas. Lucas, sofocado por las parecidos en su belleza tan atractiva!
caricias, bromeaba. —¡No, señor, no!—exclamaba Sceurette.—El uno es
—Está bien, amiga mía; no faltaba más que fuese Una niña á quien el pequeñuelo de la cuna vecina ha
Usted á buscar á Mauricio, su ruiseñor, como usted venido á visitar. En cuanto pueden juntarse, encon-
dice. Así serían cinco á comerme. [Dios mío! ¡qué va tramos á veees tres ó cuatro unos en brazos de otros.
á ser de mí cuando sean á docenas 1 Y todos se alegraban ante aquella hermosa cosecha
Y colocando en tierra á la gemela y á Marieta, la de afecto y de amor en gewnen. Susana, que en un.
niña de carne de rosas, de ojos puros, cogió un instan- principio había revelado los más serios temores, has-
te á Oliverio y lo tiró al alto, lo que hizo á éste ta la repugnancia más viva hacia la educación y la
lanzar gritos de júbilo. Después, colocándole de nuevo instrucción en común de los dos sexos, sentíase aho-
en su silla, dijo: ra íharavillada por los admirables resultados obteni-
—{Vamos, es preciso ser formales, no es posible es- dos. Aquellos niños y aquellas niñas á quienes an-
tar siempre jugando, es necesario que piense en otros. tes se consentía estar juntos hasta la edad de siete ú'
ocho años, pero á quienes más tarde se separaba y
Guiado por Sceurette, seguido de Josina y de Susa- aislaba, levantando entre ellos Rn muro infranquea-
na, dió una vuelta por las salas. Era un encanto es- ble, crecían luego ignorándose los unos á los otros, yt
quisito de ver aquella casa de la primer infancia, con llegaban á ser extraños, enemigos brutales cuando ve-
sus paredes blancas, sus cunas blancas, su gentecilla nía la noche de bodas, cuando la mujer se echaba en
de blanco; toda esta blancura tan alegre en pleno sol, bazos del hombre. Los cerebros dejaban de ser d»
cuyos rayos penetraban por las altas ventanas. Tam- {a miaña raza, el misterio exasperaba el deseo sexual,
bién allí corría el agua, sentíase l a frescura cristali- el piacho hacía la rueda, ante la hipócrita reserva de
na, se oía su murmullo, como si arroyos claros con- la hembra, dándose así la batalla de dos criaturas
servasen por todas partes la limpieza exagerada que j hostiles, de ideas diferentes, de intereses opuestos. Y
se advertía en los más modestos utensilios. Sentaba íbera, allí en las parejas jóvenes, Susana podía com-
esto muy bien con el candor y la salud. Si á vece? probar la paz feliz conquistada, una fusión más ínti-
salían de la cuna gritos, la mayoría de ellas sólo s« ma de inteligencia y de sentimiento, la razón, el buen
oía la chá.ehara agradable, las risas argentinas de loa acuerdo, la fraternidad en el amor. Pero lo que sobre
niños que corrían, llenando las salas con sus conti- todo le sorprendía en las Escuelas mismas, eran los
nuos revoloteos. Los juguetes, otro mundo pequeño buenos efectos de la mezcla de los sexos, que desper-
mudo, vivían en todas partes, su vida natural y có- taba una especie de emulación nueva, suscitando en
mica; había muñecos, muñecas, caballos de madera, los muchachos la dulzura, en las niñas la decisión,-
coches. Eran propiedad de todos, de los niños como ¡¡reparándolos por tina penetración más íntima, por un
de las niñas. Unas y otros vivían confundidos en una conocimiento libre y pleno, para una fusión completa,
sola familia, pensando juntos desde que empezaban hasta no ser más que un solo espíritu, un sér solo
¿ hablar, como hermanas y hermanos, como mandos en til bogar doméstico. La experiencia estaba hecha,-
y mujeres, que debían tener hasta la muerte una exis- no se registraba ni un caso de la excitación sexual
tencia común. * tan temida; en cambio el nivel moral se levantaba,
Á menudo, Lucas se detenía y exclamaba: siendo maravilloso ver aquellos muchachos y aquellas
—¡Oh! ¡qué hermosa niña! ¡Qué nino más precioso! ciñas, inclinarse por sí solos hacia los estudios que
Y se equivocaba y se reía al ver que el muchachito ¿'Man serle« más -tiles gracia? á la gran liberta^
era «na niña, 6 bien al contrario,,
«» 182 =» te 133 —
í^Se S &&& eSoohX se concedía p&rá trabajar £ fea se manifiesten. Las cinco clases se habían así conven
gusto'en vista de las necesidades del porvenir. tido en terreno de experimentación, en donde losi ni-
Susana decía graciosamente: ños, de una manera graduada, recorrían el campo d©
—Los desposorios se hacen desde la cuna, y así (se los conociinientos humanos, no para tragárselos con
teUprime el divorcio, porque se conocen unos á otros gula sin digerir nada, sino para despertar en cada
demasiado para proceder de ligero. Vamos, amigo Lu- Uno, al contacto con los mismos, su propia energía
cas, comienza el recreo, y quiero que usted oiga cantar intelectual, para asimilárselos según su personal com-
á mis discípulos. prensión, sobre todo- para decidir la especiaJjjdad más
Sceurette se quedaba con su gentecita, porque ya determinada hacia la cual se sentía atraído. Jamás la
era la hora del baño, mientras que Josina tenía que frase de que allí se estaba para aprender á aprender
volverse hacia su taller de costura ,donde las niñas había sido tan exacta. Era algo así como desenredar
preferían pasar el recreo embelesadas en aprender á cerebros tiernos, la elección de cada niño en la inmen-
hacer vestidos para sus muñecas. Sólo Lucas seguía á sidad del saber, la manera más lógica de utilizar más
Susana á lo largo de la galería abierta, con la cual tarde todo su esfuerzo, toda la inteligencia y energía,
comunicaban las cinco clases. i' ello gracias al atractivo del estudio, á la libertad
sana y fecunda, á las continuas distracciones recrea-
Aquellas clases habían llegado S ser Un mundo apar- tivas de goce y de fuerza con que se interrumpían
te. Fué necesario subdi vi dirías, construir locales más las. horas de trabajo.
amplios, aumentar además las dependencias, los gim-
nasios, los talleres de aprendizaje, los jardines, á los Tcdavía tuvieron, Lucas y Susana, que esperar un
cuales los niños salían libremente cada dos horas. Des- instante á que las clases terminasen. Desde la galería
pués de algunos tanteos, se había logrado fijar el procedi- cubierta, que recorrían lentamente, podían dirigir una
miento de educación y de instrucción, y aquella en-': ojeada á los salones, en los cuales cada niño tenía
señanza libre, que hacía atractivo el estudio, respe su mcsita y su silla Se hablan suprimido las mesas
tando la personalidad del discípulo, pidiéndole sólo el y los bancos seguidos, dándoles así la impresión d©
esfuerzo de que es capaz para las lecciones preferidas, ser cada uno dueño de los suyos, j Y qué espectáculo .
elegidas sin presión coactiva, daba resultados excelen- más agradable el de aquellas niñas y aquellos mu-
tes, aumentaba de año en año la ciudad con una genera- chachos, mezclados sin orden en sus puestos 1 |.Qué
ción nueva, cada vez mejor dispuesta para la verdad atención más apasionada prestaban á ía palabra del
y para-la justicia. Tal era el único modo bueno de profesor, en pie entre ellos ¿jasando de un lado á
acelerar el porvenir, de hacer brotar los hombres en- otro, conversando acerca de su lección, suscitando á-
cargados de realizar el mañana, libres de los dogmas veces contradicciones! Como no había ni castigos ni
engañosos, formados en las realidades necesarias, con* premios, todos daban por satisfecha su necesidad na-
quistados por los hechos científicos demostrados, el ciente de gloria en aquella lucha sobre quién demos-
conjunto de los cuales constituye la certidumbre in-, traría haber comprendido mejor. El profesor cedía con
quebrantable. Ahora nada parecía menos lógico ni me- frecuencia la palabra á aquellos que parecían más en-
nos provechoso, que someter toda una clase á la fé- terados del asunto, y de esta manera los Cursos re-
rula de un maestro, esforzándose por imponer su fe vestían un interés que la discusión constantemente re-
personal á unos cincuenta escolares, con cerebros y novaba. Con el auxilio de los medios más diversos, ¡el
sensibilidades diferentes. Parecía perfectamente natural fin único que se perseguía era el de los estudios ani-
limitarse á despertar en esos escolares el deseo de mados, arrancándoles de la letra muerta de los libros
aprender, y luego dirigirlos en sus investigaciones y para darles la vida de las cosas, la pasión de las
favorecer las facultades, individuales qu© en cada cual X nacía el placer, §1 p l a ^ de do
saber, y las cinco clases desarrollaban el conjunto de hermosa niña morena y sonriente, en la cual se junta-
los conocimientos humanos, como el drama movido y ban y harmonizaban la sangre fraternal, tanto tiempo
real del vasto mundo, que todos debemos conocer, si en lucha, del obrero, del aldeano y del comerciante en
queremos obrar en él y ser en él felices. pequeño. Lucas divertíase en desenredar la complica-
Un alegre clamoreo se produjo; el recreo al fin lle- da madeja de estas alianzas, de estos cruzamientos
gaba. Cada dos horas veíanse los jardines invadidos; continuos, y se reconocía con facilidad en medio de
y era de ver el animado tumulto, de la salida de las aquellas cabezas infantiles, sintiéndose como transpor-
clases, aquella ola de muchachos y de niñas que en- tado, en aquella vegetación sin límites, fecunda en ma-
tre sí fraternizaban como buenos amigos 1 Por todas trimonios que poblaban su ciudad.
partes se les veía formando grupos; los juegos se or- —Va usted á oirlos—dijo Susana.—-Es un himno al
ganizaban sin distinción de sexo; algunos preferían; sol naciente, (un saludo de la infancia al astro que
conversar alegremente, otros se trasladaban á los gim- va á madurar las mieses.
nasios ó á los talleres de aprendizaje. Oíanse risas Sobre el césped, en medio de los grandes castaños,
muy francas, muy puras. Sólo un juego había caído 6e habían reunido Unos cincuenta mños. Y el canto
en desuso, no se jugaba ya al marido y mujer, porque 6e elevaba, maiy fresco, muy pairo y muy alegre. Todo
todos ellos eran simplemente compañeros. Había tiem- 60 reducía, sin gran conciencia musical, á una simple
po para eso en la vida, ya que no se separaban en ade- serie de cantos alternados, ejecutados por una niña
lante y seguían juntos para conocerse mejor y quererse y un niño, á los que el coro acompañaba. Pero era tan
más. viva la alegría, ten lleno el sentimiento de una fe
Un muchacho de nueve años, muy hermoso, muy sencilla en el astro de bondad y de luz, que sus voces
fuerte, se acercó á Lucas y. se arrojó en sus brazos, delgaditas, un poco agrias, llegaban á tener encanto
gritando: y ternura. El tíiño Mauricio Morfain, que contestaba
—¡Buenos días, abuelo! á la niña Germana Yvonnot, tenía, en efecto, como
[Era Mauricio, e l hijo de Teresa Froment, qufc se Susana decía, una voz te ángel, de un timbre crista-
había casado con un Morfain, Raimundo, hijo de Pe- lino, que se elevaba al tono agudo, con sonidos deli-
tit-Da, el gigante, y de Honorina Caffiaux. ciosos de flauta. Después venía el revoloteo del coro,
—¡Ahí—dijo Susana con júbilo,—este es mi ruise- como el rumor de pájaros ocultos y piando entre las
ñor... ¡vaya! ¿Estáis dispuestos? Hijos míos, vamos á ramas. Nada más divertido que oirles.
repetir nuestro coro, tan bonito, aquí sobre el césped, Lucas reía, como abuelo contento y bondadoso, y
entre estos grandes , castaños. Mauricio, radiante, corría á echarse en sus brazos.
Toda una banda la rodeaba. Con otros veinte, esta- —Y es verdad, muchacho, ¡cantas como un ruise-
ban allí dos muchachas y una niña á quien Lucas ñor de los bosques! Y he ahí una cosa excelente, por-
besó. J^uis Boisgelin, de once años, era hijo de Pablo que ya verás, en tu vida, podrás cantar en las horas
Boisgelin y de Antonieta Bonnaire, el matrimonio de de descanso, y esto te servirá para animarte. No se
amor triunfante, primer anuncio de la próxima fusión ha de llorar nunca, es preciso cantar siempre.
de las clases. Feliciano Bonnaire, de catorce años, era —¡He iahí lo que constantemente les digo—exclamó
hijo de Severino Bonnaire y de Leonia, la hija de Aqui- Susana con su intrepidez afectuosa.—Es necesario que
les Gourier y de Azulina, la pareja cariñosa y libre todos canten; yo les enseño á cantar para que canten
que había floreado entre las rocas salvajes y balsámi- aquí, en la escuela, y más adelante en los talleres,
cas de los Montes Bleuses. Germana Yvonnot, de die- y luego toda su vida. Un pueblo que canta, es un
ciséis años, era la nieta de Augusto Laboque y de pueblo sano y contento.
Marta Bourron, la hija de su hijo Adolfo y Zoa Bonnaire, r.Ua' le animaba; no ponía aspereza alguna ni va-
nidad 'de ningún género en su enseñanza, dando de &fezado é Boisgelin para conducirle á su caSa,- exrfe"
aquella manera sus lecciones en los jardines, con la mó ella de nuevo:
ambición única do provocar en aquellas tiernas almas —No hubiera ido con usted. Habría sido preciso £r •
el buen humor del canto fraternal y abrirlas á. la be- char, un escándalo. Le repito que mi único temor
lleza, sin nubes, de la harmonía. Según decía ella, la que lo encontremos cualquier día destrozado en el ton
ciudad feliz, el día de la justicia y de la paz, cantará do de algún hoyo.
toda bajo el sol. "Volvieron á guardar silencio y llegaron á los ta-
—Vam!os, queridos míos, otra vez y con cuidado, lleres de aprendizaje. Muchos alumnos venían alti á
no os apresuréis, tenemos tiempo. pasar Una |>arte del tiempo de recreo, cepillando ma-
Y el canto se elevó de nuevo. Pero hacia el final dera, limando hierro, cosiendo ó bordando, mientras
del trozo se produjo una interrupción. Detrás de los otros, dueños de un terreno próximo, se ocupaban- en
castaños, en Un macizo de arbustos, apareció un hom- cavar, en sembrar ó escardar. Encontraron á Josina
bre que volvía la espalda j quería ocultarse. Pero en Un salón, en el cual funcionaban unas al lado de
Lucas le había reconocido: era Boisgelin, y experi- otras, las máquinas de coser, los telares de hacer pun-
mentó gran sorpresa cuando le vió inclinarse, escru- to y tejidos, dirigidos por niños y niñas; porque tan»
tar con sus ojos por entre las :hierbas, como si buscase bién al dejar la Escuela los sexos seguían juntos, la
algún escondrijo, un agujero ignorado. Luego creyó com- vida común continuaba, participando de igualés tra-
prender: el pobre hombre debía, en su locura, de an- bajos, y los placeres, deberes y derechos, igual que
dar en busca , del rincón oculto, donde poder amonto- habían participado de iguales estudios. Oíanse allí cán-
nar sus riquezas incalculables, para que no se las ticos, una emulación alegre animaba aquel taller de
robasen. Con frecuencia sel le encontraba así, temblan- aprendizaje.
do de miedo, sin saber en el fondo- de qué abismo
enterrar la fortuna excesiva, el peso de la cual le -¿-¿Oye usted? cantan—dijo Susana dominada de nue-
aplastaba. Lucas sintió entonces un estremecimiento de vo por la alegría.—Y cantarán siempre, son pájaros
lástima, Sobre todo cuando vió á los niños temerosos, canoros.
ante la poco tranquilizadora aparición, como un ban- Josina enseñaba á Una muchacha alta de dieciséis
do de alegres pinzones á quienes el vuelo agitado de Bños, Clementina Bourrón, cómo era preciso manejar
un ave nocturna dispersa una máquina de coser para conseguir un punto de
bordado. Y otra muchacha más pequeña^ de nueve años,
Susana, un tanto pálida, repitió en alta voz: Alina Boisgelin, esperaba que la enseñase de qué ma-
—1 Con cuidado 1 jcon cuidado! | queridos míos! En- nera se asentaba á mano una Costura. Clementina, que
tonad la frase final con todo vuestro corazón. era la hija de Sebastián BoUrron y de Agueda Fau-
Boisgelin, desconfiado, huraño, había desapareado co- ehard, tenía por abuelo materno á Fauchard el sa-
mo Una sombra negra entre los arbustos floridos. Des- cado r y por abuelo paterno á Bourron el pudelador.
pués que los niños, tranquilos, saludaron al sol so- Alina, la hermana menor de Luis, hija de Pablo Bois-
berano con un último grito de alegría, Lucas y Su- gelin y de Antonieta Bonnairé, se rió • cariñosa, cuan-
I sana les felicitaron, les hicieron volver á sus juegos. t o vió á su abuela Susana, que la adoraba.
¡ Una vez solos, los dos se dirigieron hacia los talle- —]Ahí sabes, abuelita, todavía no soy capaz de asen-
res d e aprendizaje, al otro lado del jardín. tar estas costuras, pero ya las bago muy derechas.
—¿Le ha visto usted?—dijo ella muy bajo; después ¿No es verdad, amiga Josina?
de un rato.—iAh! jdesgraciadoI ¡qué inquieta me tiene! Susana la besó, después miró cómo Josina asentaba
Y como Lucas manifestase pesar por no haber al- tm remate de costura á guisa de modeló. El propio
Lucas se interesaba con aquellos trabajos menudos.
convencido d é qUe nada hay qitó sea indiferente, qtwj mortíferas que hace tanto tiempo se empeñan en ma-
ia vida feliz es obra del empleo feliz de las horas, del tar al hombre en el hombre, queriendo llevarlo ha-
6er utilizado por entero, mediante el empleo todag cia un dios de la crueldad y de la mentira, cuyo reino
sus energías físicas é intelectuales, en vivir lógica y, no se asentará sino sobre polvo humano.
normalmente toda la vida. Y habiéndose Unido á ellos En la escuela, en los talleres de aprendizaje, y des-
Sœurette cuando dejaba á Josina y á Susana para de los primeros pasos ya, desde los pueriles juegos
dirigirse á la fábrica, encontróse Un instante en e} de los Asilos maternales, se utilizan las pasiones pa-
Jardín florido con las tres mujeres, las tres almas apa- cientes de la niñez, en vez de suprimirlas. Si los pe-
sionadas y devotas que tan poderosamente 1« ayuda- rezosos eran cuidados comlo enfermos en quienes se
ban à realizar su sueño de bondad y de justicia. trataba de despertar la emulación y la voluntad, ha-
Conversaron aún, á la sombra, distribuyéndose 1« ciéndoles dedicarse á los estudios por ellos libremente
tase&, examinando las situaciones que debían tomar- elegidos, comprendidos y queridos, se empleaba la fuer-
se. Si su pequeño mUndo avanzaba con tanta galkí- za de los violentos en los trabajos más duros; se ob-
día, sin demasiados tropiezos, dando Una cosecha tan tenía de los avaros el provecho de la lógica y del mé-
hermosa de buenos resultados, era gracias al princi- todo, y de los envidiosos, de le« orgullosos, benefi-
pio de los educadores, de los maestros, según el cual, cios admirables de vasta inteligencia, triunfantes en
n o hay pasiones míalas en el sér humano. Sólo hay las tareas menos cómodas. Lo que una moral de res-
energías, porque las pasiones son todas fuerzas ad- tricción hipócrita ha llamado los más bajos instintos
mirables, y únicamente so trataba de utilizarlas para del hombre, convertirse así en el foco ardiente de
la felicidad de los. individuos y de la comunidad. Eg donde la vida tomaba su llama inextinguible. Todas
que el deseo, condenado por las religiones, el deseo,- las fuerzas vivas en sus puestos, toda la creación se
que reglas de ascetismo se han esforzado por destruir, regulaba según su orden soberano, y llevaba, rebosan-
como Una mala bestia, el deseo batido, aplastado, en do, la corriente de los seres, y conducía á l a humanidad
el hombre y en la mujer, victorioso, á pesar de todo, hacia la ciudad feliz. En lugar de la imbécil representa-
ea la llama viv«a del mundo, la palanjca que impulsa ción del pecado original, del hombre malo á quien
los astros, la vida en marcha cuya desaparición ex- Un Dios ilógico castiga y debe salvar á cada paso, en-
tinguía el sol, invadiendo de nuevo la tierra con fas tre la amenaza de un infierno infantil, y la promesa
heladas tinieblas de la nada. No hay concupiscentes, de un paraíso engañoso, sólo habrá la evolución na-
no hay sino corazones de fuego que sueñan con lo in- tural de una especie de seres superiores, sencillamente
finito, en el placer del am,or. No hay hombre colérico, en lucha contra las fuerzas de la naturaleza, á las
hombre avaro, hombre mentiroso, glotón, perezoso, en- que vencerán, á las que someterán para su felicidad,
vidioso, orgulloso, sólo hay hombres en quienes n o el día en que habiendo dado fin á su guerra fratricida,
se ha sabido dirigir sus fuerzas interiores, las ener- vivan como hermanos omnipotentes, después de haber
gías desarregladas, las necesidades de acción, de lu- conquistado la verdad, la justicia y la paz.
cha, de victoria. Con un avaro, se hace u n sér pru- —Está muy bien—dijo Lucas, luego que hubo re-
dente, económico. Con un exaltado, un envidioso, un partido el trabajo del día con Josina, Sœurette y Su-
orgulloso, se hace un héroe, que se dará todo él por sana.—Váyanse, amigas mías, que su buena voluntad
Un poco de gloria. Mutilar en el hombre una pasión, haga el resto.
es como si le cortase un miembro; no está ya com- Las tres le rodeaban, como la emancipación misma
pleto, se ha hecho de él Un enfermo, se le ha quitado de la afectuosa solidaridad de amor universal que el
algo de Su sangre, de su potencia. Maravilla es que genio difundió entre los hombres. Se habían cogido
' h u m a n i d a d haya podido vivir bajo esas re' de las manos y sonreían, ellas, viejas ya, con sus ca
— 190. ¿a
bellos blancos, muy amables, muy bellas aún, con una Lucas,, al pasar poí el taller de los hornos de pu-
belleza extraordinaria de infinita bondad. Y cuando él delar, se detuvo un momento para hablar con un ro-
las dejaba, para dirigirse á la fábrica, ellas le siguie- busto joven de unos veintej años, que tenía á Su ex-
ron largo tiempo con ojos cariñosos. clusivo cargo la dirección de. uno de los hornos.
En la fábriea, los talleres se habían ampliado más¿ —Muy bien, Adolfo, esto marcha; ¿está usted sa-
en medio de la sana alegría del sol, del aire libre que tisfecho?
los inundaban. Por todas partes las aguas frescas, co- —Sin duda, señor Lucas. Termino mi tarea de dos
rrientes, lavaban las losas de cemento, arrastrando has- horas, y la bola está en sazón para ser retirada del
ta el polvo; de suerte que, la casa del trabajo, antes tan horno.
negra, tan fangosa, tan mal oliente, relucía ahora lim- Adolfo era el hijo &e Augusto. LaboqUe y ,de Marte
pia por todas partes. Bajo los enormes techos de cris- BoUrron. Pero, no tenía como en obro tiempo su abuelo
tales, cabía creerse dentro de una ciudad de orden, de materno, el pudelador Bourron, hoy retirado ,que ha-
placer y de riqueza. Las máquinas venían á hacer cer la terrible operación del braceajes, con la bola de
ya casi toda la labor. Movidas por la electricidad, s o metal en fusión, hedía ascuas, auxiliado por el espe-
berbias, alineadas, como un ejército de obreros dó- tón, ante las. llamas. Tal operación se bacía mecá-
ciles, infatigables, estaban sin cesar dispuestas á rea- nicamente, y hasta por un sistema ingenios» salía la
lizar su esfuerzo. Si al fin sus brazos de metal aca- bola brillante, se cargaba en el carrillo que la condu-
baban por gastarse, se les reemplazaba sencillamente; cía bajo el martillo cinglador, sin necesidad de la in-
é ignoraban el dolor que, en parte, además habían tervención del obrero.
suprimido en el hombre. Era, en suma, aquella la Adolfo añadió con satisfacción:
máquina amiga, no la de los comienzos, competen- —Va usted á ver; la calidad es superior, y este tra-
cia que agravaba el hambre del obrero haciendo ba- bajo, |es tan sencillo!
jar el salario, sino la máquina libertadora, convertida Había bajado una palanca, se desenganchó algo, se
en el útil universal que trabaja por el hombre, miem abrió una puerta que dejó deslizarse hasta el carri-
tras éste descansa. No había allí, alrededor de aque- llo la bola, semejante á un astro que alumbrara el
llas sólidas trabajadoras, más que conductores, vigi- horizonte con un reguero luminoso. Y él siempre son-
lantes, cuya única tarea consistía en manejar la palan- riente, la frente fresca, sin una gota de sudor, le©
ca con que se la pone en marcha, y en cuidar de músculos flexibles y finos, como, hombre á quien la
que funcionaran bien los mecanismos. La jornada na fatiga excesiva no ha deformado. El carrillo había ido
pasaba de cuatro horas, y jamás ningún obrero eje- ya á descargar su peso bajo el martillo cinglador de
cutaba una tarea" durante más de dos, pues le suba modelo reciente, movido por la electricidad,-y que tam-
ütuía u n compañero, y él pasaba! á otro trabajo, aw bién ejecutaba toda la tarea sin que el herrero en-
te industrial, cultura ó función pública. Como el enw cargado de conducirla tuviera que romperse los bra-
pleo general de la fuerza eléctrica suprime casi el zos volviendo y revolviendo el mazo en. todos senti-
antiguo estrépito que llenaba los talleres, se animaban dos. El movimiento era tan .fácil, tan sencillo, que
estos con el cántico üe los trabajadores, el canto ale- venía á ser como una música que acompañaba al buen
gre que traían de las escuelas, como una florescencia humor de los obreros.
harmoniosa que embellecía su vida entera. Y aquellos —Me marcho—añadió Adolfo, después de haberse la-
hombres que cantaban alrededor de aquellas máquinas vado las manos.—^Necesito terminar un modelo de me-
tan suaves y tan fuertes e(n su silencio, en el briliq sa que me interesa mucho, y me voy dos horas á
de sus aceros y de sus cobres, expresaban e± pla- los talleres de carpintería.
cer del trabajo jusío? glorioso y salvador. En «fecto, era carpintero 6 la vez que pudelador,
la operación quedaba perfectamente despachada, y el
piles había aprendido varios oficios, como todos loa horno en disposición de recibir una nueva carga.
jóvenes de su edad, á fin de no embrutecerse en una —¡Y eso es todo!—decía Laura riendo con su gra-
especialidad exclusiva. El trabajo, con la variedad y ciosa risa.—Cuando pienso en las terribles historias
la renovación constante, se convertía en una distrac- con que mi pobre abuelo Faucliard ha mecido mi in-
ción, en un placer. fancia.... Jamás terna la cabeza firme, y contaba cosas
—|Qué usted se divierta 1—le dijo sencillamente Lu- que hacían temblar, acerca su antiguo oficio de arran-
cas, alegre en su gozo. cador; no parecía sino que había pasado toda su vida
'Pero donde Lucas pasaba varios minutos felices en en el fuego, con el vientre y los miembros comidos
las mañanas de visita, era en el departamento de hor- por las 11 atoas. Todos los viejos nos consideran ahora
nos de crisoles. Cuán lejos se encontraba del anti- muy felices.
guo infierno, do ¿os hornos de crisoles del Abismo, —Es cierto. Los abuelos han sufrido mucho. Y. $
con sus pozos ar ientes gruñendo como volcanes, de eso se debe que los nietos tengan una vida mejor.
donde los misera? .es obreros, en medio de una re- Es preciso que trabajéis y que os améis los unos á
verberación «orno k e incendio, debían retirar con sus los otros; la vida aún será mejor para vuestros hijos
brazos cien libras <«©
í metal en fusión 1 En lugar de la y vuestras hijas.
sala negra, llena de polvo, inmunda, extendíase am- Y Lucas continuó su visita, y á donde quiera que
plia galería por cuyas grandes vidrieras penetraba el se dirigía, en los diferentes tálleres, en el del mode-
sol, pavimentada con anchas losas, entre las cuales se lado de acero, én el de la gran forja, en el de los
abrieron las baterías de hornos simétricos. El empleo grandes y pequeños hornos, encontraba la misma lim-
de la electricidad, los mantenía fríos, silenciosos, cla- pieza saludable, la misma alegría encantadora, el mis-
ros .limpios. Y allí también las máquinas hacían toda mo trabajo fácil y divertido, gracias á la diversidad
la tarea, bajaban los crisoles, los elevaban, en brasas, de las tareas y al auxilio soberano de las máquinas.
los volcaban en los moldes, bajo la simple vigilancia El obrero, que ya no era bestia de carga aplastada,
de los obreros conductores. También mujeres estaban despreciada, se convertía ,en reflexivo é inteligente, pa-
allí dedicadas á la distribución de fuerza eléctrica, por- ra siempre libre y glorioso. Cuando Lucas terminó su
que se había advertido en ellas mayor cuidado y exac- paseo matutino, por el taller de los laminadores, al
titud para el manejo de los aparatos de precisión. lado de los hornos de pudelar, detúvose de nuevo
—¿Qué tal, Laura—preguntó Lucas,—no está uste4 para hablar amigablemente con un muchacho de unos
oansada? veintiséis años, Alejandro Feujllat, que á la sazón lle-
—IOh, no, señor Lucas, esto me divierteI ¿Cómo gaba.
quiere que me canse por dar vueltas á este volante —Sí, señor Lucas, vengo de Combettes, donde ayu-
tan pequeño? do á mi padre. Teníamos que acabar de sembrar una
El obrero Hipólito Mataine, de veintitrés años no tierra y he estado allí dos horas. Ahora voy á tra-
cumplidos, se había aproximado. Era hijo de Evaris- bajar aquí otras dos horas, porque hay un pedido de
to Mataine y de Olimpia Lenfant, y se decía que era railes urgente.
novio de Laura Fauchard. Era el hijo de León Feuillat y de Eugenia Yvon-
—Señor Lucas—dijo,—si usted quiere ver fundir lin- not. Muchacho de imaginación viva, se entretenía des-
gotes, estamos preparados. pués de sus cuatro horas reglamentarias de trabajo,
Puesta en marcha, la máquina, con su facilidad tran- en hacer dibujos d© adorno para los talleres del alfa-
quila, p*xaba los crisoles incandescentes y los vertía rero Lange.
en las íingoteras, que un mecanismo acercaba por tur- Trabajo—T ion jt- 3
no. £ e cinco minutos, mientras los obreros miraban,-
^ 184 — M 185
Se había puesto ya á la obra, vigilando un gran sol. Cada cinco minutos el mecanismo cargaba los
fuego de laminadores que construía los railes. Lucas, hornos, después que la acera móvil se llevaba los diez
benévolo, feliz, miraba. Desde que se empleaba la fuer- lingotes, cuyas llamas palidecían bajo la clara luz del
za eléctrica, el estrépito terrible de los laminadores astro. Había allí también dos muchachas vigilando los
había desapareado, funcionaban con una suavidad pas- aparatos eléctricos, de veinte años cada una. Una de
ellas rubia, de un rubio delicioso, era Claudina, hija
tosa, produciendo tan sólo el ruido argentino del rail de Luciano Bonnaire y de Luisa Mazelle, y la .otra,
que saltaba, al juntarse á los otros railes que se es- de hermosos cabellos negros, era Celina, hija de Ar-
taban enfriando. Era aquello la hermosa producción senio Lenfant y de Eulalia Laboque. Atentas á esta-
incesante de las épocas de paz, railes y más railes, blecer é interrumpir la corriente, sólo pudieron sonreír
para que todas las frontjeras se franqueasen, y para á Lucas. Pero vino un descanso y se adelantaron, al
que los pueblos, cada vez más juntos, formaran un solo ver todo un grupo de niños que se detenía con mani-
pueblo, sobre la tierra cruzada de caminos; grandes fiesta curiosidad á la entrada del cobertizo.
navios de adero, no los abominables buques de gue-
rra, que llevan la devastación y la muerte, sino los —I Buenos días, Mauricio 1 ¡ Buenos días, Luisito 1 j Bue-
buques de la solidaridad, de la fraternidad, cambian- nos días, querida Alina 1 ¿Han terminado las clases,
do los productos de los continentes, multiplicando la que venís á vernos?
riqueza de la familia humana para conseguir la abun- Consentían, en efecto, á los escolares, á manera de^
dancia. Los puentes que facilitan también las comuni- recreo, recorrer libremente la fábrica, con ía idea de
caciones, las vigas y las armaduras metálicas para I03 que se familiarizasen con el trabajo, y de paso adqui-
innumerables monumentos que los ciudadanos recon- riesen las primeras nociones de las cosas.
ciliados necesitaban para la vida pública, las Casas Lucas, á quien alegró ver á su nieto Mauricio, hizo1
Comunales, las Bibliotecas, los Museos, los Asilos de que todo el grupo entrase. Y respondió á todas las-
protección y de refugio, los Almacenes generales in- preguntas; explicó el mecanismo de los hornos, y has-
mensos, los depósitos y los graneros capaces de con- ta hizo que funcionaran los aparatos para que vieran
tener la vida y el alimento de las naciones federadas. los niños cómo bastaba que Claudina ó Celina mo-
Y por fin, las innumerables maquinas, que en todas vieran una palanca para fundir el metal y hacerlo
partes y para toda clase de trabajos reemplazaban á salir en chorro deslumbrador.
los brazos del hombre, las que trabajaba^ en los talle- —|OhI yo ya sabía eso, ya lo había visto—dijo
res, las que sin cesar rodaban por las calles, por las Mauricio, dándose aire de hombrecillo, á quien sus
olas y por los aires. Y Lucas sentíase satisfecho, ale- nueve años habían enseñado muchas cosas.—Mi abue-
gre, ante todo aquel hierro, hecho pacífico, aquel me. lo Morfain, una vez, me lo enseñó todo. Pero abuelo
tal de conquista, del cual la humanidad durante tanto Froment, dime, ¿es verdad que antes había hornos al-
tiempo no había sacado más que espadas, para sus lu- tos como montañas, y que era preciso estar quemán-
chas sangrientas, con el cual más tarde había hecho dose el cuerpo día y noche para sacar de ellos algo?
cañones y granadas, en las épocas de sus últimas car- Todos se echaron á reir, y Claudina respondió:
nicerías, y con el que construía su casa de fraternidad —Es muy cierto. El abuelo Bonnaire me lo ha con-
de justicia, de felicidad, después que la paz había sido tado muchas veces, y tú, mi querido Mauricio, debe-
conquistada. rías conocer la historia, pues tu bisabuelo, el gran
Antes de volverse, Lucas quiso dar una última ojea» Morfain, como todavía se le llama, ha sido el último
da á la batería de los hornos eléctricos, que había subs- héroe que ha luchado con el fuego. Vivía allá arriba,
tituido al horno alto de Morfain. La batería funcionaba- en un agujero entre las rocas; jamás bajaba al pue-
bajo el techo de vidrio, inundada por los rayos del blo; tenia que cuidar todo el año de su horno gigan*
í=* 196
te, el monstruo; las ruinas del cual se ven aún, en la
ladera de la montaña, como una torre que recuerda aire reflexivo, rumiaba en sus adentros aquellas cosas
tiempos antiguos. increíbles que le contaban. Por fin, dijo:
Mauricio, con los ojos abiertos, admirado, escucha- —De todos modos, bien fuerte debió de haber sido
ba son el interés apasionado de un niño á quien se le el padre del abuelo, y si hoy anda mejor la cosa, con-
relata algún prodigioso cuento de hadas. siste, tal vez, en los muchos trabajos que habrán pa-
sado en otros tiempos.
—¡Oh! Lo sé, lo sé. Mi abuelo Morfain nos ha
dicho todo eso de su padre y del horno alto como una A Lucas, que hasta aquel instante se había con-
montaña. Pero yo creía que inventaba todo eso para tentado con escuchar y sonreir, le encantó tan buen
entretenemos, porque inventa otras cosas cuando quie- pensamiento, y cogiendo á Mauricio lo levantó en alto
re hacernos reir. ¿Es que son verdad? y besándole en ambos carrillos, dijo:
—Claro, son verdad—continuó Claudina.—Había en —ITienes razón, pillastre! Es lo mismo que si tú
lo alto obreros que cargaban el horno, vertiendo en él ahora trabajas con toda tu alma; tus tataranietos se-
carretadas de mineral y de carbón, y abajo, otros obre- rán todavía más felices por ti. Y lo estás-viendo; ya
ros que cuidaban constantemente de que el monstruo ' no nos asamos como si fuéramos patos.
no tuviera una indigestión, lo cual impediría que la Dió una orden, y la batería de los hornos eléctricos
operación saliese bien. funcionó de nuevo. Claudina y Celina, con un simple
—Y—añadió á su vez Celina, la otra joven,—eso du- ademán, producían é interrumpían la corriente. Los
raba siete ú ocho años. Durante esos siete ú ocho años hornos quedaban cargados, la fusión se verificaba, y
el monstruo ardía, entre llamas ,siempre como un crá- la plaza móvil recibía é iba llevándose las diez barras
ter, sin que se pudiera dejarle enfriar ni un momento, de candente metal. Los niños quisieron, ellos solos,
pues sería esto una pérdida muy grande; sería preciso poner la maquinaria en movimiento, y i qué alegría!
abrirle el vientre, limpiarlo, reconstruirlo casi de nuevo. aquel trabajo tan fácil, después del cuento, legendario
ya, de los trabajos de Morfain, que parecían ser los
—Ahoüa — añadió todavía Claudina,—querido Mauri- de algún dolorido gigante penando en un mundo des-
cio, ya comprenderás por qué el gran Marfain, tu bisa- aparecido.
buelo, tenía necesidad de no dejar ese fuego de siete
ó de ocho años; era su tarea, esto sin contar con que, Pero surgió una aparición, y los escolares que esta-
cada cinco horas, era preciso abrir á golpes con el es- ban de paseo huyeron asustados. Lucas vió otra vez
petón la piquera para vaciar el crisol de metal fundido, á Boisgelin en pie, junto á una puerta del cobertizo,
un verdadero arroyo' de llamas, el calor del cual os fiscalizando y vigilando el trabajo con la mirada sus-
tostaba como un pato en el asador. picaz y airada del amo, siempre intranquilo y teme-
De pronto, los tres niños, estupefactos hasta enton- roso de que sus hombres le roben. En esta misma for-
ces, se echaron á reir á carcajadas. | 0 h ! el pato asado; ma se le solía encontrar á menu,do en cualquier parte
|el gran Morfain que se tostaba como un patol de la fábrica, desesperado por no podler inspeccionar
—jPues menuda broma seria trabajar en aquel tiem- á un tiempo toda aquella inmensidad; cada vez más
po! |Y cuántas fatigas costaría!—dijo Ludovico Bois- loco con la idea de los millones quie perdía diaria-
gelin. mente, y sin conseguir jamás aquilatar por sí mismo
la tarea de aquel pueblo, que le ganaba miles de mi-
—No cabe duda—contestó su hermana Alina;—yo pre- llones.
fiero haber nacido más tarde; ¡os tan divertido tra-
bajar hoy! Aquello era demasiada gente; él ño podía verlos áí
¿"ero Mauricio so había vuelto á poner serio, y coo todos, y sentía que sucumbía en esta buena adminis-
tración de su desmentida fortuna, cuyo peso le ago-
biaba como si el cielo se le desplomase sobre la car
153 (sg — 189
beza, Tan descompuesto estaba, tan exhausto por ha- ayúdeme. Ha llegado el fin (tel mundo, con esos ni-
ber recorrido inútilmente los talleres de los trabajadores, ños en qfue se cultivan las pasiones que nosotros,
él, que jamás había hecho cosa alguna con sus ma- los educadores, teníame© por misión aplastar en otros
ne«, que Lucas, movido por gran compasión, quiso tiempos. ¿Cómo quieren que el Estado tenga ciuda-
esta vez alcanzarle para procurar sosegarle y llevarla danos disciplinados, educados, para servirle, cuando en
tranquilamente á casa. Pero Boisgelin estaba sobre avi- ellos se da rienda suelta á la individualidad anárqui-
so; di ó un salto atrás y á la carrera, desapareció ea ca? Si nosotros, que somos hombres de método y ra-
dirección á los grandes almacenes. zón, no salvamos á la República, se perdió para siem-
Lucas, terminado el paseo de la mañana, volvió à pre.
su casa. Desde que su ciudad se iba ensanchando sin Empeñado en salvar á la República, de los que él
término, no podía visitarla toda, y paseaba por sus llamaba socialistas y anarquistas, se había pasado al
numerosos barrios tan sólo á manera de creador en campo reaccionario, y unido con el sacerdote, en su
reposo y feliz al ver su creación multiplicarse por sí odio hacia todo lo que se emancipaba sin su ayuda
sola é invadir paso á paso toda aquella llanura. Por y fuera de su estrecha fórmula de testarudo jacobino.
la tarde, y no sin haber vuelto á echar un vistazo á Y prosiguió con maye, vehemencia:
los Almacenes Generales, entró, al obscurecer, en casa —Ya se lo digo, cura; van á arrasar la iglesia, si
de los Jordán á pasar una hora. En el salón pequeño, ustedes no la defienden. E¡s cierto que su religión ja-
con salida al Parque, encontró á Sœurette con Her- más ha sido la mía, pero he reconocido siempre que
melline y Marié, en tanto que Jordán, tendido sobra una religión era necesaria para el pueblo, y que el ca-
Un canapé y envuelto en una manta, soñaba, según tolicismo era una admirable máquina de gobernar. Obrad,
costumbre, contemplando en el horizonte la puesta del pues; henos aquí con vosotros, y después ya nos en-
sol. Hacía poco que el amable doctor Novarte había tenderemos, cuando juntos hayamos vuelto á conquis-
sido arrebatado en horas por la muerte, en medio tar las almas y los cuerpos.
de las rosas de su jardín y con el solo sentimiento de El abate Marle, al principio, no hizo más que mo-
no vivir lo bastante para presenciar la realización de ver la cabeza; ya ni contestaba ni se incomodaba, y
tantas cosas hermosas, de las que en un principio no por último, dijo con su lenta voz:
estaba del todo convencido. Sœurette, por lo tanto, no —Yo cumplo con mi deber; cada mañana estoy al
recibía más que al maestro y al cura, y eso de tarde pie del altar, aunque vea vacía mi iglesia, é imploro
en tarde, cuando ambos, arrancados por antiquísima un milagro de la bondad de Dios. El lo hará, segu-
costumbre, venían á reunirse á su casa. Hermelline, ramente, si es que lo juzga necesario.
con sus setenta años y jubilado, concluía la vida en Esto acabó de exasperar al maestro.
estado de horrible amargura y creciente encono con- —Déjese de cuentos; tienen ustedes que ayudar $
tra todo lo que á su vista corría. Hasta había llegado nuestro Dios, y obrar de otro modo es una cobardía.
à encontrar tibio en sus ideas al cura, que le llevaba Sœurette, sonriente y llena de indulgencia para con
cinco años y que se encerraba en una tristeza digna esos, que serían los vencidos de mañana, creyó que
y en Un silencio cada vez más altivo, mientras más debía intervenir.
veía que se vaciaba su iglesia y que se moría su Dios. —Si todavía estuviese con nosotros el buen doctor,
Precisamente, al sentirse Lucas junto á la amable, os suplicaría que hicieseis porque vuestro acuerdo no
callada y paciente Sœurette, el maestro acababa da llegase hasta tal punto, ya que, entendiéndoos, se em-
volver á sus antiguas acusaciones de republicano sec- peoran vuestras disensiones. Me afligen ustedes, ami-
tario y autoritario, y la tomaba con el sacerdote. gos míos, y hubiese sido muy feliz si hubiese podi-
»^jEa, ®a, cural Xa que digo lo mismo que usted, do, ya que no convertiros á nuestras ideas, oiros al
te 200 201 «
menos reconocer ante la experiencia algo del inmenso jAhl Qué dicha para Lucas... ¡Ya no hay pobres 1
bien que han producido en este país. Ya no más pobres, ya no más hambrientos en ese
Los dos habían conservado gran deferencia para con Beauclair, que él había conocido tan obscuro, tan mi-
esa mujer, tan dulce, tan santa, y su presencia en serable, con su maldecida población de trabajadores,
aqüel pequeño salón, en el foco de la nueva ciudad, que se morían de necesidad. ¿Iban, pues, á sanarse
evidenciaba el amistoso ascendiente que Sœurette ejer- todas aquellas horribles llagas, hijas del salariado; iban
cían sobre ellos. Habían llegado hasta tolerar en aquel al fin á desaparecer con la miseria, el crimen y la
sitio la proximidad de Lucas, el adversario victorioso ignominia? ¿Había bastado con que el trabajo fuese
que, por otra parte y con toda discreción, evitaba mos- organizado según los principios de la justicia para que
trarse triunfante ante aquella violenta y dolorosa ago- ya se notase más acertada repartición de la riqueza?
nía del viejo mundo. Tampoco intervino esta vez, al Y cuando el trabajo fuese honra, salud y alegría, una
oir á Hermelline negar con furor todo lo que él había nueva humanidad hecha de paz y fraternidad, al fin,
creado, porque todo le había salido bien. Aquello era ¿poblaría la ciudad dichosa?
la postrer sublevación del principio de autoridad con- Jordán, sobre el canapé, envuelto en su manta, no
tra la liberación natural y social del hombre; era la había hecho un movimiento, y seguía errando por los
tiranía bajo su otra forma, el Estado omnipotente junto espacios infinitos en que vagaba, y se perdían sus mi-
á la omnipotente Iglesia, que ambos se habían dis- radas. Cuando Marle y Hermeline hubieron marcha-
putado los pueblos, reservándose, por supuesto, coali- do, se despertó al fin. Y sin perder con la vista la
garse y unirse para volverlos á conquistar el día en puesta del astro, cuya paulatina desaparición parecía
que los viesen á punto de eximirse de la servidumbre, observar con apasionado interés, dijo como en un sueño:
tanto civil como religiosa. —Cada vez que veo ponerse el sol, me siento sobre-
—¡Ah!—exclamó de nuevo Hermelline.—Si usted se cogido por infinita tristeza y cruel inquietud. Si aca-
da por vencido, es que ya llegó el fin, y, como usted, so ya no vuelve, si de nuevo no amanece para la negra
no tendré más que callar y morir en mi rincón. y helada tierra, ¡qué terrible muerte para todo lo que
Otra vez el sacerdote movió la cabeza, sin salir de es vida! El es el padre, él es el fecundante, el en-
su doloroso silencio. Sin embargo, una última vez, gendrador, sin el cual se secarían ó se pudrirían los
declaró : glrmenes. En él también debemos colocar nuestra es-
—Dios no puede ser vencido-,- y Dios es quien debe peranza de alivio y venidera dicha; pues si él no
obrar. nos ayuda, la vida concluiría por agotarse.
Lentamente la noche se extendía sobre el Parque; Lucas se sonreía, y sabía que Jordán, á pesar de su
el pequeño salón iba quedando sumido en creciente edad avanzada, de unos setenta y cinco, que pronto
sombra; nadie habló más, y en aquella habitación se cumpliría, se dedicaba, desde hacía varios años, á es-
sintió como un gran escalofrío, salido, sin duda, del tudiar el árduo problema de apresar el calor solar y
melancólico pasado. El preceptor se levantó para des- almacenarlo en amplios depósitos, desde los cuales los
pedirse, y como también se levantase el sacerdote, Sœu- iría distribuyendo luego como 1a única, la grande, la
rette quiso ponerles directamente en la mano la can- eterna y viviente fuerza. El tiempo había de llegar
tidad que á cada uno de sus visitantes daba para los en que faltaría el carbón en el fondo de las minas,
pobres. Pero él rechazó esta limosna, que venía acep- y entonces,. ¿ de dónde se sacaría la energía neóesar
tando desde hacía más de cuarenta años, y con voz ria, el torrente de electricidad, imprescindible ya pa-
lenta y b a j a dijo: ra la existencia? Debido á sus primeros descubrimien-
—No, gracias, señorita; guarde ese dinero, yo no tos, había conseguido dar la fuerza eléctrica casi de
sabría qué hacer de él, pues ya no hay pobres. balde. Pero, ¡qué triunfo si lograba convertir el sol
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en motor universal ; si sacaba de él directamente aque- «i Un Sueño, se percibía alguna claridad que tenue-
lla potencia calorífica, que yace lenta y dormida en mente rasaba los macizos y los cuadros de hierba,
el carbón, y si llegaba á emplear el astro como único en tanto que en azulada lontananza, los grandes ár-
fecundador, como padre mismo de la inmortal vidai boles se desvanecían cual visiones temblorosas y li-
Ya no le quedaba más que este último descubrimiento
por realizar, y después su obra habría terminado y geras.
él ya podría morirse. Era la hora de los enamorados, y el Parque de la
Crécherie les ofrecía entrada franca; así es que, tan
—No se apure usted—-dijo Lucas alegremente;—el pronto como acudía la tarde, acudían ellos después del
sol saldrá mañana, y acabará usted de arrebatarle el trabajo y de los cotidianos quehaceres. Nadie se pre-
fuego, sagrado, la divina llama trabajadora, incansa- ocupaba de las errantes parejas, de las sombras entre-
ble y eterna creadora. lazadas, que poco á poco se fundían y desaparecían
Sœurette, intranquila por causa del vieintecillo de la por el denso follaje. Quedaban entregados á la guar-
tarde, cuyo fresco entraba por la ventana, preguntó dia y amistosa vigilancia de los viejos robles, con la
á su hermano : seguridad de que el libre amor les haría ser buenos
—¿No sientes frío? ¿Quieres que cierre? y castos, como futuros esposos que eran, cuyas cari-
Pero él dijo que no con el gesto, y sólo dejó que se cias habían de ser indisolubles, si es que mutuamente
le levantara la manta hasta la barba. Parecía no vi- habían sido deseados y queridos. Para siempre amar,
vir más que de milagro, únicamente porque quería vi- no hay cosa mejor que conocer cómo y por qué se
vir y había aplazado la muerte para la noche de su ama. Los que se han escogido á sabiendas y con con-
último día de trabajo, noche triunfal, en que, conclui- sentimiento, ya no se 'separan. Y en tanto, por la
da la labor y en pie la obra, podría dormir, al fin, sombría hierba y las obscuras avenidas, las parejas va-
con el buen sueño del ¡obrero leal y satisfecho. Su gaban, y cual lentas apariciones, poblaban el creciente
hermana redoblaba con él las precauciones; prolongan- misterio de las tinieblas y se extendían sobre la tie-
do con cuidados exquisitos aquella existencia, y p r o rra maternal, y como palpitante en medio de los fres-
porcionándole todavía diariamente las dos horas de ener- cos aromas de la primavera.
gía física é intelectual, de las que él, á fuerza de mé- Llegaron más parejas. Lucas reconoció á algunas mu-
todo, utilizaba más cada minuto de una manera ma- chachas y muchachos que había visto por la mañana
ravillosa Y aquel sér enclenque, mUy viejo, y medio en los talleres. ¿No eran Adolfo Laboque y Germana
muerto, á quien la menor corriente de aire podía des- Yvonnot, aquellas dos sombras errantes, tan estrecha-
truir, terminaba su tarea de conquistar y gobernar el mente unidas, que iban como en un vuelo sobre las
mundo, simplemente, como un obrero testarudo que puntas de las hierbas? Aquellos otros dos, que apo-
no se aviene con soltar el trabajo. yaban la cabeza en la cabeza, mezclando las cabelle-
—Vivirá usted cien años—dijo Lucas con su afec- ras, ¿no eran Alejandro Feuillat y Clementina Bou-
tuosa risa. rron, cogidos por el talle como en eterno lazo? Y
A su vez, Jordán, se alegró. Lucas sintió una emoción más dulce cuando creyó re-
—No cabe duda, si es que cien años me son ne- conocer á dos de los suyos, á su Carlos, que estre-
cesarios. chaba contra su pecho á la morena Celina Lenfant,
De nuevo reinó u n profundo silencio en aquel pe- y á su hijo Julio, cuyo Guello enlazaba la rubia Clau-
queño salón, tan tiernamente íntimo. Ese lento y tem- dia a Bonnaire. Eran los mensajeros de la nueva pri-
plado crepúsculo que se iba extendiendo por el Par- mavera. Las últimas parejas nacidas al amor, la an-
que, cuyos caminos desaparecían envueltos en crecien- torcha de la vida que las generaciones se pasaban de
te sombra, todo aquello e j a delicioso. Todavía, como g a n o en mano. Estaban todavía en el casto temblor
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de las primeras palabras, que balbuceaban entre ca- donde ya aparecían estrellas, había reconocido á Bois-
ricias inocentes. Sus corazones, ignorantes, se busca- gelin.
1
ban, acercándose; un beso furtivo era dulzura que bas- — |Ah, desgraciado, pobre viejo chocho ¡—murmuró,
taba para abrirles el cielo. Pero pronto la llama so- como Susana conmovido, desesperado ante aquel dra-
berana, la necesidad del hijo, los uniría, los confun- ma atroz, que tanta pena iba á causar á su amiga.
diría, para que otros obreros de amor naciesen de Al punto, ayudado por sus dos hombres, descolgó
ellos. Y seguían llegando parejas y parejas; el Par- al ahorcado y lo tendió en el Suelo. Pero el cuerpo ya
que se poblaba de todos los enamorados de la ciudad fe- estaba frío.
liz; era la deliciosa velada de un buen día de traba- El suicidio debía haber ocurrido en las primeras ho-
jo; sobre el césped, por la espesura, como soñados, ras de la tarde, muy poco después de la carrera loca
llenos de misterio y perfume, sólo se oía el leve ruido del desgraciado á través de la fábrica. Notó al pie
de las risas y los besos. del árbol un gran agujero y comprendió que Boisgelin
En aquel momento, delante del salón se detuvo Una había debido de empeñarse primero en cavar con las
sombra. Era Susana, alarmada, que buscaba á Lucas manos, con las uñas, para ocultar y enterrar allí la
para decirle sus temores. Boisgelin no había vuelto, prodigiosa fortuna que le ganaba su pueblo de traba-
y esta tardanza le atormentaba. Nunca había tarda- jadores, toda la ciudad afanada, y que no podía ad-
do tanto; ya era noche cerrada. ministrar por sí mismo ni "aun colocar en ningún sitio.
—Tenía usted razón; hice mal en abandonarle á En seguida, sin duda, sin esperanza de hacer el agu-
su locura. |Desgraciado viejo infantil! jero bastante grande, temiendo no poder ocultar el co-
Lucas, temiendo también, la hizo volver á casa. losal montón de su tesoro, había resuelto morir allí,
—Puede volver de un momento á otro, y lo mejor bajo el monstruoso conflicto de un capital tan gran-
es que esté usted allí. Yo voy á hacer registrar los de que su masa le aplastaba. Su locura llegaba á esta
alrededores, y ya le llevaré noticias. muerte trágica, no pudiendo vivir en la ciudad nueva
En seguida atravesó el Parque con otros dos hom- de justo trabajo. En la tibia noche nupcial, el Parque
bres, para empezar á buscar por la parte de ios talle se llenaba de un ligero contacto de caricias, del cuchi-
res. Pero apenas había andado trescientos pasos, se cheo de voces amorosas.
encontró junto al pequeño lago, bajo los sauces, en Para no espantar á las parejas, cuyas sombras lige-
un rincón de paraíso, cuando un ligero grito de terror ras se deslizaban entre los árboles en torno de él,
que salió de próximo follaje, le detuvo bruscamente Lucas envió á sus dos hombres á buscar unas pari-
Y vió salir de la espesura una pareja asustada de ena- huelas á la Crécherie, encargándoles no decir nada .
morados, en la que creyó reconocer á su hijo Julio y á nadie. Cuando volvieron y fué acostado el cuerpo |
á la rubia Claudina Bonnaire. bajo las cortinillas de tela gris, el triste séquito se '
—¿Qué pasa? ¿Qué tenéis?—les gritó. puso en marcha, por los senderos más obscuros para
No respondieron; huían ligeros como llevados por no ser vistos. La horrible muerte pasó muda, sumida
un viento de terror, cual aves en celo cuyas caricias en tinieblas, á través del delicioso despertar prima-
turba algún mal encuentro. Después, para ver qué pa- veral que temblaba con la nueva vida. Doquiera pa-
saba, penetró Lucas en el soto por el estrecho sen- recían nacer enamorados, surgían á la vuelta de cada
dero que lo atravesaba, y él también lanzó un grito, calle de árboles, en cada mata, en el pulular de los
pero de espanto. Había chocado casi contra Un cuer- gérmenes que levantaban la tierra, en un espasmo.
po, colgado de una rama que interceptaba el sendero Un perfume de flor embalsamaba el aire, las manos
con su negra masa. A la mortecina claridad del cielo, se buscaban, los labios se unían con el imperceptible
• ruido del botón que se abre. Y era el torrente de los
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« a® «
seres ensanchados con una ola nueva, la muerte ven-
Ji j l n c e s a r ' e l m a ñ a j i a botando siempre, para mág gió entonces en la letra estricta del dogma, para no
verdad, más justicia, más ventura. Susana esperaba conceder nada á las verdades de la ciencia, que iban
delante de la puerta de la casa, llena de angustia, al supremo asalto vencedor del secular edificio cató-
queriendo atravesar eon los ojos las tinieblas. Al ver lico. La ciencia había abierto brecha, desaparecía el
la panhuela comprendió y dejó «©capar un sordo que dogma, el reino de Dios volvía á la tierra en nombre
pdo. Lucas la enteró en pocas palabras de todo. Y de la justicia triunfante. Una religión nueva, lá. del
ella al evocar toda aquella existencia del hombre hombre consciente al fin, libre y dueño de su destino,
inútil, vacía, envenenada y envenenadora, que tanto barría las antiguas mitologías, los simbolismos en que
la había hecho sufrir, repitió una vez más: se habían extraviado las ansiedades de su larga
—lAh, desgraciado, pobre viejo infantil! lucha contra la Naturaleza. Después de los templos
Hubo otras catástrofes en la ruina fatal de la viHa de las antiguas idolatrías, la iglesia católica desapa-
sociedad podrida, condenada á desaparecer, pero la de recía á su vez, hoy que un pueblo de hermanos ponía
más resonancia fué, al mes siguiente, el hundimiento su dicha cierta en la única fuerza viva, su solidari-
de la techumbre de la antigua iglesia de San Vicente, dad, sin necesitar de todo un sistema político de pe-
en una clara mañana de sol, cuando el cura Marle nas y recompensas. El confesionario y la santa mesa
estaba en el altar diciendo misa para los gorriones estaban desiertos, la nave sin fieles, y el sacerdote,
revoloteaban á través de la nave desierta.
Mucho tiempo hacía que el cura no ignoraba que al decir misa cada día, veía crecer las grietas de las
el día menos pensado la iglesia se le vendría encima paredes y oía más estallidos en la techumbre. El tem-
t r a del siglo diez y seis, muy estropeada, sutil, ele- plo se desmigajaba sin cesar en un trabajo oculto de
gante agrietada por todas partes. Pero los tejados, destrucción, efe ruina próxima, y Marle notaba los me-
armaduras medio comidas ya, cedían; y nada se había nores ruidos precursores. Ya que no había podido traer
hecho por falta de fondos. El Estado, agobiado por albañiles, ni para las reparaciones urgentes, dejaba al
la deuda, abandonaba esta iglesia de un rincón olvi- trabajo de la muerte seguir su curso, llegar al fin na-
dado. Beauclair se negaba á contribuir, pues el alcal- tural de todo, y seguía diciendo misa, esperando, hé-
e
no quería nada con los curas. De modo que Marle, roe de la fe, solo, con su Dios abandonado, bajo el
reducido á sus propios recursos, se puso en campaña techo que crugía sobre el altar.
personalmente. Pero fué en vano; los fíeles ya eran Una mañana notó una inmensa grieta nueva, pro-
muy pocos, el celo religioso se enfriaba Mientras vi- ducida aquella noche en la bóveda de la nave. Y se-
vió Leonor menos mal; pero la señora Mazeile, último guro del hundimiento esperado hacía meses, vino sin
recurso, era poco generosa y su fervor declinaba Per- embargo á celebrar la última misa con sus más ricas
dió más tarde esta última feligresa, y sólo quedaban vestiduras sacerdotales. Muy alto, muy fuerte, con su
algunas mujeres del pueblo, muy pobres, cuya miseria nariz aguileña, aún se mantenía tieso y firme á pe-
se empeñaba en esperar una vida mejor. Y cuando ya sar de sus muchos años. Nadie le ayudaba á misa.
no hubo pobres no quedó nadie en la iglesia, y el Iba, venía, decía las palabras sacramentales, hacía los
cura vivía en la soledad, en el abandono definitivo en ademanes consagrados, como si una apretada mul-
que los hombres dejaban á su Dios de error v de mi- titud le viese dócil á su voz. Sobre las losas yacían
sena. las sillas rotas, solitarias, semejantes á esas sillas de
jardín negras de moho, olvidadas por el invierno bajo
Marle sintió entonces que un mundo moría en tor- la lluvia. Brotaban hierbas al pie de las columnas
no de él. Sus complacencias no habían podido salvar que se cubrían de musgo. Todos los vientos soplaban
a la falaz burguesía, roída por la iniquidad. Se refu- por los vidrios rotos, mientras la puerta principal, me-
dio desquiciada también, d e j a b a libre la e n t r a d a á
ios animales de la vecindad. Pero quien entraba
triunfante aquel día era el sol, era la vida, que toma- tón enorme de escombros, en el cual no se encontró
ba posesión de estas ruinas trágicas donde revolotea- siquiera el cuerpo de Marte, como si el polvo del altar
ban los pájaros, y las balluecas germinaban hasta en aplastado se hubiera comido su carne y bebido su
los mantos de las antiguas imágenes. Dominando el sangre. Y tampoco se encontró nada del gran Cristo
altar, un gran Cristo de madera pintada y dorada reK de madera pintado y dorado, hecho polvo también.
naba todavía, estiraba el cuerpo débil y dolorido de Una religión más había muerto; el último sacerdote
ajusticiado, salpicado de sangre negra cuyas gotas res- diciendo la última misa en la última iglesia.
balaban como lágrimas. Durante algunos días se vió al viejo Hermeline, el
antiguo profesor, que vagaba alrededor de los es-
Durante el Evangelio oyó un estallido más fuerte, combros, hablando en voz alta como hacen los muy
polvo y pedazos de yeso cayeron sobre el altar. Des- viejos cuando una idea fija les acosa. No se distin-
pués, al Ofertorio, el ruido volvióse desgarrador, si- guían bien sus palabras; parecía seguir discutiendo, echan-
niestramente seco; pareció que el edificio oscilaba al- do en cara al pobre cura el no haber obtenido de
gunos segundos antes de aplastarse. Entonces el sa- sa Dios el milagro necesario. Después, una mañana,
cerdote, reuniendo las últimas fuerzas de su fe, al se le encontró muerto en su lecho.
alzar, puso toda el alma en suplicar á Dios que hicie- Más tarde, limpio aquello de escombros, se formó
ra el milagro, cuyo resplandor glorioso y salvador él allí un jardín de hermosos árboles, calles sombrías á
esperaba hacía tanto tiempo. Si Dios quería el tem- través de embalsamadas paredes. También allí vinie-
plo iba á volver á su juventud vigorosa; los fuertes ron amadores como iban en las noches placenteras al
lares sostendrían la nave indestructible. Los albañi- Parque de la Crécherie. La Ciudad feliz seguía en-
les no hacían falta, bastaba la Omnipotencia divina; sanchándose, los niños crecían, formaban nuevas pa-
renacería un magnífico santuario, con capillas de oro, rejas de amantes, cuyos besos en la sombra sembraban
vidrieras de púrpura, maderas maravillosas, mármo- otros niños para las continuas cosechas futuras. Des-
les brillantes, mientras un pueblo de fieles arrodi- pués del día alegre' de trabajo, de cada mata subían
llados cantaría el cántico de la resurrección, entre rosas abiertas, y en este jardín religioso, donde dor-
millares de cirios, al resonar de las campanas echadas mía el polvo de una religión de miseria y de muerte,
al vuelo. | 0 h Dios de soberanía y de eternidad, re- crecía ahora la alegría humana, la, vida floreciente re-
constituid con un ademán vuestra casa augusta, sólo bosando.
vos podéis volver á levantarla, llenarla de vuestros
adorados reconquistados, si no queréis ser aniquila-
do Vos mismo bajo sus escombros! Y en el momento
en que el sacerdote levantaba el cáliz, no fué el mila-
gro pedido lo que se produjo; fué el aniquilamiento. m
En pie estaba, ambos brazos levantados en soberbio
ademán de creencia heróica, provocando á su sobe-
rano Señor á morir con él; se había llegado al fin del Diez años todavía necesitó la ciudad para quedar
culto. Se abrió la bóveda como al golpe del rayo, se fundada y organizarse dentro de la justicia v la paz.
hundió el techado en un torbellino de cascote, con el Y al fin de esos años, un 20 de Junio, víspera de una
rugido espantoso de un trueno. Sacudido, osciló el de las fiestas mayores del Trabajo, que se celebraban
campanario, se desmoronó á su vez, acabando de cada trimestre, en las cuatro estaciones, Bonnaire tu-
aplastar la nave y arrastrando el resto de las paredes. vo un encuentro.
Y no quedó nada bajo el claro sol más que un mon-
Trabajo—Tomo 11—14
ios animales de la vecindad. Pero quien entraba
triunfante aquel día era el sol, era la vida, que toma- tón enorme de escombros, en el cual no se encontró
ba posesión de estas ruinas trágicas donde revolotea- siquiera el cuerpo de Marte, como si el polvo del altar
ban los pájaros, y las balluecas germinaban hasta en aplastado se hubiera comido su carne y bebido su
los mantos de las antiguas imágenes. Dominando el sangre. Y tampoco se encontró nada del gran Cristo
altar, un gran Cristo de madera pintada y dorada reK de madera pintado y dorado, hecho polvo también.
naba todavía, estiraba el cuerpo débil y dolorido de Una religión más había muerto; el último sacerdote
ajusticiado, salpicado de sangre negra cuyas gotas res- diciendo la última misa en la última iglesia.
balaban como lágrimas. Durante algunos días se vió al viejo Hermeline, el
antiguo profesor, que vagaba alrededor de los es-
Durante el Evangelio oyó un estallido más fuerte, combros, hablando en voz alta como hacen los muy
polvo y pedazos de yeso cayeron sobre el altar. Des- viejos cuando una idea fija les acosa. No se distin-
pués, al Ofertorio, el ruido volvióse desgarrador, si- guían bien sus palabras; parecía seguir discutiendo, echan-
niestramente seco; pareció que el edificio oscilaba al- do en cara al pobre cura el no haber obtenido de
gunos segundos antes de aplastarse. Entonces el sa- sa Dios el milagro necesario. Después, una mañana,
cerdote, reuniendo las últimas fuerzas de su fe, al se le encontró muerto en su lecho.
alzar, puso toda el alma en suplicar á Dios que hicie- Más tarde, limpio aquello de escombros, se formó
ra el milagro, cuyo resplandor glorioso y salvador él allí un jardín de hermosos árboles, calles sombrías á
esperaba hacía tanto tiempo. Si Dios quería el tem- través de embalsamadas paredes. También allí vinie-
plo iba á volver á su juventud vigorosa; los fuertes ron amadores como iban en las noches placenteras al
lares sostendrían la nave indestructible. Los albañi- Parque de la Crécherie. La Ciudad feliz seguía en-
les no hacían falta, bastaba la Omnipotencia divina; sanchándose, los niños crecían, formaban nuevas pa-
renacería un magnífico santuario, con capillas de oro, rejas de amantes, cuyos besos en la sombra sembraban
vidrieras de púrpura, maderas maravillosas, mármo- otros niños para las continuas cosechas futuras. Des-
les brillantes, mientras un pueblo de fieles arrodi- pués del día alegre' de trabajo, de cada mata subían
llados cantaría el cántico de la resurrección, entre rosas abiertas, y en este jardín religioso, donde dor-
millares de cirios, al resonar de las campanas echadas mía el polvo de una religión de miseria y de muerte,
al vuelo. | 0 h Dios de soberanía y de eternidad, re- crecía ahora la alegría humana, la, vida floreciente re-
constituid con un ademán vuestra casa augusta, sólo bosando.
vos podéis volver á levantarla, llenarla de vuestros
adorados reconquistados, si no queréis ser aniquila-
do Vos mismo bajo sus escombros! Y en el momento
en que el sacerdote levantaba el cáliz, no fué el mila-
gro pedido lo que se produjo; fué el aniquilamiento. m
En pie estaba, ambos brazos levantados en soberbio
ademán de creencia heróica, provocando á su sobe-
rano Señor á morir con él; se había llegado al fin del Diez años todavía necesitó la ciudad para quedar
culto. Se abrió la bóveda como al golpe del rayo, se fundada y organizarse dentro de la justicia v la paz.
hundió el techado en un torbellino de cascote, con el Y al fin de esos años, un 20 de Junio, víspera de una
rugido espantoso de un trueno. Sacudido, osciló el de las fiestas mayores del Trabajo, que se celebraban
campanario, se desmoronó á su vez, acabando de cada trimestre, en las cuatro estaciones, Bonnaire tu-
aplastar la nave y arrastrando el resto de las paredes. vo un encuentro.
Y no quedó nada bajo el claro sol más que un mon-
Trabajo—Tomo 11—14
a e 210 Sl f s*»
Próximo & los 85 años, Bonnaire era el patriaícá, —¡Ün pobre!—exclamó en ve« alta, lleno de asom-
el héroe del trabajo. Conservábase erguido, alto y fuer- bro.
te,- y con su cabeza firme de espesos cabellos blan- Era, en efecto, un pobre, y haeía ya muchos año«
cos, muy despierto, sano y alegre. El revolucionario que Bonnaire no encontraba ninguno. Aquel, á la ver-
de otros tiempos, el colectivista teórico á quien había dad, no era del país á todas luces. Con los zapatos y
aplacado la dicha cumplida de sus camaradas, vivía los vestidos blancos de polvo, debió haber caído allí,
ahora en la recompensa de un gran esfuerzo, la con- agotado por la fatiga, á la entrada de la ciudad, des-
quista de la armonía solidaria, en medio de la cual, pués de caminar días y días. A sus pies veíanse el
veía crecer felizmente á sus nietos y biznietos. Repre- palo y el zurrón vacío, que sus manos cansadas no
sentaba uno de los últimos obreros sobrevivientes de habían podido sostener por más tiempo. Con aire fati-
la gran lucha, uno de los combatientes de aquella gado y la vista errante, miraba á su alrededor como
reorganización del trabajo, que había traído consigo hombre perdido que no sabe dónde se halla.
un justo reparto de la riqueza, al propio tiempo que Profundamente apiadado, Bonnaire dió un paso ade-
devolvía al trabajador su nobleza, su personalidad li- lante.
bre de hombre y de ciudadano. Y cubierto de años y —Buen amigo, ¿puedo servirle en algo?... Está us-
de gloria, mostrábase orgulloso de haber ayudado, mer- ted sin fuerzas y, al parecer, en un grave apuro.
ced á su numerosa descendencia, á la fusión de las Y como el pobre no respondiese, la mirada espan-
clases enemigas; de ser todavía útil, por su belleza y tada errante de un lado al otro del horizonte:
su bondad de jefe de familia, en el crepúsculo de su —¿Tiene usted hambre? ¿Necesita usted una bue-
existencia. na cama? Le guiaré á usted y aquí encontrará ayuda
La citada tarde, al declinar el día, Bonaire paseá- y socorro.
base en la entrada de las gargantas de Brias. Sin Por fin, el anciano miserable, destrozad©, se deci-
más apoyo que un bastón, acostumbraba á dar largos dió, balbuceando en voz baja, como quien habla con-
paseos á pie, por el gusto de contemplar nuevamente sigo mismo:
el paisaje, evocando antiguos recuerdos. Había llega- —Beauclair, Beauclair, ¿es esto Beauclair efectiva-
do precisamente al punto del camino en que antes mente?
se hallaba la puerta del Abismo, desaparecido tiempo —Sin duda, Beauclair; está usted en Beauclair, de
ha. También existía entonces, sobre el Mienna, un puen- fijo—declaró sonriendo el antiguo maestro pudelador.
te de madera, del cual no existía ni rastro, por haber Mas al ver que el pobre daba señales cada vez mar
sido cubierto el torrente en una extensión de cien yores de una inquieta sorpresa, llena de dudas, com-
metros para que pasase un ámplio «boulevard». i Cuán- prendió al fin lo que ocurría.
tos cambios habían ocurrido! ¿Quién seria capaz de —Conoció usted el Beauclair de otros tiempos y quizá
reconocer la antigua entrada fangosa y negra de la hace mucho que no viene usted por aquí.
fábrica maldita, en aquel sitio, en el recodo de aque- —Sí, más de cincuenta años—respondió el descono-
lla avenida tan tranquila y serena, flanqueada de ale- cido con voz sorda.
gres casas? Y á punto que se detenía un momento, Bonnaire lanzó una carcajada.
luciendo su gran estatura, su gran belleza de anciano —Entonces no me maravilla qüe le cueste á usted
dichoso, tuvo la viva sorpresa de ver, caído sobre na reconocer el sitio. Ha cambiado algo. .. Mire usted.
banco, á otro viejo que parecía minado por la mise- De aquí mismo ha desaparecido la fábrica del Abis-
ria, con el vestido andrajoso, ajada la cara, el pelo mo, y allá abajo, todo el Beauclair viejo, el caserío
en desorden, flaco el cuerpo y estremecido por toda? miserable, se ha derrabado; y ya ve usted, ha nacido
U§ fiebres devoradoras. «na ciudad nueva, continuando el Parque de la Cré-
212 =9' » 219 «8
cherie, QUE ha invadid» con BUS vefdores la villa an- gía del sepuloro después de tantas cosas como habían
tigua, convirtiéndose en un jardín inmenso en que las ocurrido, traía consigo la sorda angustia de lo que su-
casitas blancas sonríen entre los árboles.... Natural- cediera en otro tiempo y de lo que sucedería en el por-
mente, hace falta reflexionar un poco antes de orien- venir!
tarse. —iRagú, Ragú! ¿eres tú en efecto?
El pobre había seguido estas explicaciones volvien- Otra vez tenía el bastón en la mano, el zurrón á la
do los ojos á los sitios que el anciano, movido de dul- espalda; pero ya que lo había reconocido ¿á qué con-
ce alegría, l e designaba con la mano. Pero nueva- ducía el seguir adelante? No cabía que hubiese equi-
mente movió la cabeza, resistiéndose á creer en la vocado «1 camino.
verdad de lo que se le decía. —Soy yo sin duda,-amigo Bonnaire; y puesto que
-~No, no me convenzo, esto no es Beauclair... Ahí todavía vives, aunque me llevas diez años, también
están, efectivamente los dos promontorios de los mon- puedo vivir yo, verdad es que muy estropeado, casi
tes Bleuses, entre los cuales se abre la garganta de incompleto.
Brías, y también yeo, á lo lejos, el llano de la Ruma- Y luego, con su tono burlón de siempre:
ña. Pero no queda más. Estos jardines y estas casas —Pero, ¿me dás tu palabra de que esto es efectiva-
son de otro país, de un país rico y encantador, que me mente Beauclair, todo ese jardín magnífico, coa sus
es desconocido.... Habré de reanudar la marcba, pues preciosas casas? He llegado, pues, al término de mi
seguramente he equivocado el canino. viaje y no me queda más que buscar una posada en
Hizo un esfuerzo para levantarse del banco, reco- que me dejen dormir en un rincón de cuadra
giendo el palo y el zurrón, y al propio tiempo, sus ¿Por qué volvería? ¿Qué proyectos se agitaban en
miradas se fijaron por primera vez en el amable y aquel cráneo.... tras aquella cara torturada por mu-
afectuoso anciano. Hasta entonces había permanecido chos años de vida vagabunda y relajada? Cada vez
como replegado, mirando vagamente, hablándose á me- más inquieto, invadido por el temor, Bonnaire se lo
dia voz. Y de pronto, á la primera ojeada que eché figuraba ya turbando la fiesta del día siguiente con
sobre Bonnaire, enmudeció, pareció estremecerse, con algún escándalo. No se atrevió á preguntarle, por de
gran prisa para alejarse. ¿Tal vez había reconocido pronto. Pero quiso tenerle bajo su mira, lleno tam-
la persona, ya que no reconocía el lugar? Y Bonnaire bién de piedad, tocado en el corazón al verle en tal
se sintió tan impresionado con la llamarada súbita miseria.
que vino á iluminar, aquella eara desfigurada, cubierta —Aquí no hay posadas... pero vendrás á mi casa.
de pelo, que la examinó con mayor atención. ¿Dónde Comerás á tu gusto y dormirás en una cama limpia.
había visto él aquellos ojos elaros incendiados por sal- Luego, hablaremos, me dirás lo que deseas y, si es
vaje violencia en ciertos momentos? Bruscamente el posible, te ayudaré para que quedes satisfecho.
recuerdo se le despertó y tembló á su vez, mientras Ragú siguió bromeando.
que el pasado entero revivía en el grito que salió d© —]Lo que yo deseo! Nada, no es cosa que importe
sus labios: la voluntad de un viejo mendigo, medio valetudina-
—i Bagú! rio. Quiero volveros á ver, echar de paso una ojeada
Creíasele muerto cincuenta años ha. ¿No fué acaso al lugar donde nací. Me atormentaba esa idea y n o
el suyo aquel cuerpo tan mutilado, hecho añicos que hubiese muerto tranquilo de no volver á pasearme un
se halló en el fondo del abismo de los montes Bleuses poco por estos sitios.... ¿No te parece? Eso, á todo el
al día siguiente de la fuga, después de cometido el mundo le está permitido, ¿No siguen giendo libres log
crimen. (Y vivía, vivía aún, Dios santo! jReaparecía, eaminos?
j egta resurrección extraordinaria, este muerte que sur- —Sin dudsfe
211 «s «a 215
—Me puse, pues, en marcha. | 0 h , hace un puñado acaban de marchar para dejar en Pormeries, en casa
de años! Cuando no se tienen buenas piernas y se ca- de una tía, á su chiquilla Alicia, una rapaza de ocho
rece de dinero, se viaja despacio. Pero, así y todo, se años, y no estarán de regreso hasta mañana por la
llega, puesto que estoy aquí... Y no hay más; va- noche.
mos á tu casa, puesto que me ofreces hospitalidad co- Luego, alegremente, concluyó así:
mo buen compañero. —Hace pocos meses que los chicos me han tomado
á su cargo, para mimarme... La casa es nuestra; co-
Caía la noche, y los dos ancianos pudieron atrave- me y bebe, y después te conduciré á tu alcoba. Ma-
sar lentamente el nuevo Beauclair sin que nadie les ñana, cuando sea de día, ya veremos.
viese. Ragú seguía asombrado, lanzando miradas á de- Ragú le había escuchado como aturdido. Aquellos
recha ó izquierda, desconociendo todos los sitios por nombres, aquellos matrimonios, las tres generaciones
donde pasaban. En fin, cuando Bonnaire se detuvo desfilando rápidamente, le llenaban de confusión. No
ante una de las casas más bonitas, bajo un bosquete había manera de comprender, de orientarse en medio
de hermosos árboles, exhaló un grito, en que reapare- de aquellos sucesos desconocidos, de aquellos matrimo-
ció su alma de antes: nios y nacimientos. Sin hablar palabra, comió ávida-
—i Has hecho fortuna, te has convertido en burgués! mente carne, fiambre y frutas, sentado á la mesa... y
El antiguo maestro pudelador se echó á reir. abundante, en la sala luminosa que una lámpara eléc-
—Nada de eso; ni he sido ni soy más que un obre- trica inundaba con viva claridad. La sensación de bien-
ro. Lo que hay de cierto es que todos hemos hecho for- estar, de comodidad de que se sentía rodeado, debía
tuna, que todos somos burgueses. pesar gravemente sobre sus espaldas de viejo vagabundo,-
Ragú sonrió irónicamente, como si se tranquilizara pues parecía más aviejado, más acabado aún, mientras
su temor lleno de envidia. que, la cara pegada casi al plato, devoraba mirando á
—Un obrero no puede ser burgués, y mientras uno través toda aquella dicha que no le pertenecía. Los
trabaja es que no ha hecho fortuna. profundos odios acumulados, la fiebre de venganza impo-
—Bueno, bueno.... ya hablaremos y te explicaré eso.., tente, el sueño, ya irrealizable, de triunfar al fin sobre
Ahora entra. el desastre de los demás, exhalábanse de su mismo si-
A la sazón, Bonnaire estaba solo en aquella casa, lencio, del aplanamiento que le producían las entre-
que era la de su nieta Claudia, casada con Carlos Fro- vistas riquezas. Y mientras comía de aquel modo, Bon-
ment. Mucho tiempo antes había muerto el viejo Lu- naire, nuevamente ir.quieto de verle tan sombrío, tan
not, y sil hija, la hermana de Ragú, la terrible Pelos, sospechoso, se preguntaba merced á qué desconocidas
había fallecido también el año anterior, tras un riña aventuras había podido ir rodando durante medio siglo,
terrible en que, como ella decía, se le había revuelto asombrado también de que hubiese podido sobrevivid
la sangre. Cuando Ragú supo esta doble pérdida, que k tanta miseria.
en su casa faltaban para siempre su hermana y so
padre, tan sólo hizo un gesto, dando á entender que —¿De dónde vienes ahora?—acabó por preguntarle.
lo esperaba así, á causa de la avanzada edad de aqué- —I Oh! de todas partes—respondió Ragú con un gesto
llos. Tras medio siglo de ausencia, no hay motivo para que abrazaba todo el horizonte.
asombrarse de no encontrar á las gentes. —¿Habrás visto, pues, muchos países, gentes y co-
—Aquí estamos en casa de mi nieta Claudia, hija Bas?
de mi primogénito Luciano que se casó con Luisa —¡Oh, sí! En Francia, Alemania, Inglaterra y Amé-
Mazelle, la hija de los rentistas de quienes debes acor- rica, he paseado mi' cuerpo de un extremo á otro del
darte. A su vez, Claudia se ha casado con Carlos Fro- inundo.
ment, hijo del dueño de la Crócherie. Precisamente Y antes de irse á dormir, encendida la pipa, contó
gg 216 >— ^ 217 —
S grandes rasgos su existencia, de obrero nómada, su- de los pueblos vecinos empezaban á borrar las fron-
blevado contra el trabajo, perezoso y viciado. Conti- teras. Era como un deshielo de primavera, cuando las
nuaba siendo el fruto dañado del salariado, ©1 jorna- nieves se funden y desaparecen, poniendo al descubier-
lero que sueña con la destrucción del patrono tan sólo to la tierra fecundada en que brotan las semillas y
por ocupar el sitio de éste y aplastar, á su vez, á sus florecen en poco tiempo, al amor del sol triunfante. La
camaradas. No veía más felicidad que la de obtener humanidad entera hallábase, en efecto, en plena evolu-
una gran fortuna y comérsela con la alegría de haber dón, ocupada, al fin, en fundar la ciudad dichosa.
sabido explotar l a miseria de los pobres. Y violento Pero él, mal obrero, -vicioso, eterno descontento, tan
en las palabras, aunque cobarde siempre ante el ame, sólo había recogido sufrimientos de tales catástrofes,
trabajador inmoral, borracho incapaz de un trabajo se- en las que s© quejaba de recibir golpes sin haber logra-
guido, había ido rodando de taller en taller, de comar- do ocasión de saquear, siquiera las bodegas de un rico,
ca en comarca, expulsado de todas partes, marchán- para beber una vez en su vida todo cuanto le viniera
dose él mismo cuando le daba la ventolera imbécil. en gana. Ahora, viejo vagabundo, viejo mendigo, se le
Nunca había podido ahorrar un céntimo; en todas par- importaba un ardite la ciudad de justicia y de paz, que
tes fué su huésped la miseria; cada año que pasaba no le devolvería su juventud, ni le daría un palacio
le traía un desengaño más. Y cuando llegó la vejez, fué con esclavos en que pudiera acabar su vida entre pla-
milagroso, efectivamente, que no muriese de hambre ceres, como los monarcas de que hablan las historias.
y de abandono, al pie de un hito. Hasta cerca de los Y burlábase amargamente del estúpido género humano
sesenta años trabajó, obteniendo menudas labores. Lue- que se tomaba tales fatigas para preparar, á los biznie-
go se refugió, cayó en un hospital, de donde tuvo al tos del siglo venidero, una casa algo más limpia que
fin que salir para dar en otro. Hacía quince años que se los hombres de hoy sólo en sueños disfrutan.
empeñaba en vivir así, sin saber bien cómo, á merced —Durante mucho tiempo ha bastado ese sueño para
de las circunstancias. Ahora, mendigaba, hallando por ser felices—dijo Bonnaire tranquilamente —Pero lo que
los caminos el pedazo de pan y el montón de paja que tú dices no es cierto; l a casa está ya casi reconstruida,
le eran necesarios. Nada había cambiado en él, ni la hermosa, sana, alegre. Mañana te la enseñaré y verás
rabia sorda, ni el feroz apetito de convertirse en patrono si no causa ya gozo el habitarla.
y de gozar. Le indicó entonces que, al día siguiente, podría esis-
—Pero—replicó Bonnaire conteniendo el cúmulo de hr á una de las cuatro fiestas del trabajo, que hacían
preguntas que pugnaban por salirle á los labios,-—todos desbordar la alegría en Beauclair á la entrada de cada
esos países que haá atravesado deben estar en plena e&tación. Cada una de ellas distinguíase por festejos
revolución. Ya sé yo que aquí hemos ido de prisa, que particulares, basados en las condiciones de la estación
les hemos tomado la delantera; pero por todas parte» misma. La del día siguiente, fiesta de verano, adorná-
se progresa, ¿no es verdad? base con todas las flores y frutos de la tierra, desbor-
—Sí, sí—respondió Ragú con su tono burlón,—se dando en una prodigiosa abundancia de riquezas gana-
lucha, se procura rehacer la suciedad, lo cual no me ha das, en un esplendor soberano de horizontes y de cielo
impedido morirme de hambre. en que llameaba el poderoso sol de Julio.
En Alemania, en Inglaterra, en América sobre to- Ragú había vuelto á caer en su sombría inquietud
do, había presenciado huelgas y sublevaciones terri- en el sordo temor de hallar al fin realizado en Beau-
bles. En todos los países que había recorrido á la ven- clair, el antiguo sueño de la felicidad social. ¿Sería
tura de sus odios y de su pereza, vió desarrollarse SU- realmente cierto que, tras haber viajado por tantos
DOSOS trágicos. Derrumbábanse los últimos imperios ocu- países que, en medio de luchas dolorosas preparábase
pando su lugar nuevas repúblicas, y las federaciones a dar á luz la sociedad futura, iba á encontrada,
218 —i te 2ÍS te
casi establecida ya en aquel pueblo, el suyo, del qué casa á otra- y sentíase cómo el alma popular de la
tuvo que huir una noche de locura homicida? Aquella ciudad nueva se llenaba de alegría, mientras la diana
dicha tan furiosamente buscada en todas partes, se de las trompetas seguía sonando, haciendo que surgie-
había creado allí, durante su ausencia, y su regreso sen, de jardín en jardín, los gritos de los niños y las
servíale tan sólo para comprobar la felicidad de los risas de las parejas de enamorados.
demás, en el mismo momento en que él ya no podía Bonnaire, que se vistió deprisa, halló ya á Ragú en
contar con goce alguno. Y cuando Bonnaire se levan- pie, bien lavado en el baño próximo y vestido con un
tó para conducirlo á la alcoba, una alcoba blanca con traje limpio que la noche anterior había quedado á
gran lecho blanco que olía bien, le siguió con paso su alcance sobre una silla. Una vez reposado, Ragú
tardo, sufriendo con aquella hospitalidad tan amplia, había vuelto á ser sarcàstico, resueltamente decidido
tan fraternal, en medio de su feliz desahogo. á burlarse de todo, á no conceder ni el más mínimo
—Que duermas bien... hasta mañana. progreso. Al ver entrar á su huésped, soltó la risita
—Sí, hasta mañana, si durante la noche no se no? maligna, su risa insultante j despreciativa.
cae encima este maldito mundo. —i Di tú que arman poco estruendo esos brutos con
Sin embargo, á Bonnaire, que se acostó igualmente, sus trompetas 1 |Bien fastidiarán á los vecinos que no
le costó algo dormirse. También él atormentábase que- gusten despertar sobresaltados! ¿Acaso tenéis todos los
riendo averiguar cuáles podrían ser las intenciones de días esta música en vuestro cuartel?
Ragú. Varias veces había resistido al deseo de pre- El viejo maestro pudelador prefería verlo así, y son-
guntarle francamente, por temor de provocar una ex- rió dulcemente.
plicación peligrosa. ¿No era preferible reservarse y pro- —No, no. Es tan sólo la diana alegre de los días de
ceder luego según aconsejaran las circunstancias? Te fiesta. Los demás días se puede dormir la mañanada
mía una escena atroz, que aquel miserable bagabun- en un delicioso silencio. Pero cuando la vida es buena,
do, loco por la miseria y el desastre, venido expresa- todo el mundo se levanta temprano, y sólo los enfer-
mente para armar escándalo, insultase á Lucas, insul- mos sufren el disgusto de permanecer en la cama.
tase á Josina, repitiendo quizá su crimen. Así que se Luego, con bondadosa solicitud :
prometía no abandonarle ni un solo instante al día si- —¿Has dormido bien? ¿Has encontrado todo lo que
guiente, paseándole por doquiera para estar seguro de te hacia falta?
que no iba solo á parte alguna. Por otra parte, en esa Todavía trató Ragú de molestar:
idea de enseñarle todas las cosas iba envuelta una dis- . — i Oh ! yo duermo bien en cualquier parte.
creta táctica, la esperanza de sobrecogerlo con el es- Hace años que me vengo acostando en los pajares,
pectáculo dé tanta riqueza, de tanto poder adquride, que valen tanto como la mejor cama del mundo
hasta hacerle sentir la inutilidad de la rabia y de la Es como todos esos inventos, esas pilas de baños, esos
sublevación de uno sólo. Así que conociera bien lo exis- grifos de agua fría y caliente, esos calentadores eléc-
tente, no se atrevería, y su derrota sería definitiva. Y tricos que funcionan con sólo oprimir un botón, cosas
al cabo, Bonnaire, se durmió, resuelto á entablar aquella todas de gran servicio sin duda, cuando hay prisa;
última lucha, por la armonía, la paz y el amor de todos iero en otro caso, preferible es lavarse en el río y ca-
A las seis de la mañana siguiente, sonó ya el pasa- Í entarse en una buena estufa de las antiguas.
calle de la banda de trompetas, anunciador de la fies- Y viendo que su huésped no contestaba, concluyó:
ta del trabajo de Beauclair. El sol estaba ya alto, as- —Tenéis demasiada agua en las casas, deben de ser
tro de alegría y de fuerza en un cielo de Junio admi- húmedas.
rable, de un azul intenso. Comenzaron á abrirse las [Qué blasfemia! |Decir aquello de las aguas corrien-
ventanas, á cruzarse saludos entre los árboles de una tes, bienhechoras, tan puras, tan frescas, que constituían
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otra fábrica, el Abismo, la forma bárbara del salaria-
la salud, la fuerza, la alegría de Beauclair, cuyas callea do, á la cual venció al fin, reemplazándola, conquis-
y jardines bañaban con eterna juventud! tando poco á poco el viejo Beauclair miserable con la
—El agua es nuestra amiga, el hada buena de nues- oleada victoriosa de las casitas blancas, tan alegres y
tro destino feliz—dijo simplemente Bonnaire.—La verás dichosas. Luego contó cómo, por imitación, por nece-
brotar de todas partes y fecundar la ciudad... Vaya, va- sidad, las demás fábricas de las cercanías habían ve-
moa ante todo á desayunarnos, luego saldremos poí nido á fundirse en la asociación primera; cómo se
ahí. habían creado fatalmente otros grupos, el grupo del
Aquel primer desayuno fué delicioso, en el comedor vestido, el de las habitaciones, sindicándose poco á
brandado de luz, Invadido por el sol de Levanto. So- poco todos los oficios del mismo género, acercándose
bre el mantel blanquísimo, había leche, huevos, fru- unas á otras todas las especies, todas las familias,
tas, con un pan hermoso, tan dorado, tan bien oliente, uniéndose indefinidamente. Entonces, la doble coope-
que se adivinaba haber sido amasado y cocido por má- ración de la producción y del consumo habían decidido
quinas perfectas, por un pueblo feliz. Y el anciano la victoria, y al reorganizarse el trabajo con este plan
huésped prodigaba á su miserable convidado las aten- vastísimo, esta aplicación práctica de la solidaridad hu-
ciones más delicadas, una especie de tierna hospitali- mana, había hecho surgir la sociedad nueva. Traba-
dad, heroica y simple, que parecía esparcir en el aire jábase sólo cuatro horas, en trabajos libremente es-
tranquilo una dulzura, una bondad infinitas. cogidos, que podían variar siempre para que no per-
Mientras comían, siguieron hablando. Como- el día diesen su atractivo, pueá cada obrero poseía varios
anterior, Bonnaire no creyó prudente hacer preguntas oficios, que le permitían pasar de un grupo á otró. Es-
directas. Sin embargo, dábase cuenta exacta de que tos oficios estaban lógicamente encadenados, como la
Ragú, como todos los criminales, volvía al sitio donde estructura misma del nuevo orden social, el trabajo
había cometido el crimen, devorado por la invencible regulador, única ley de la vida. Las máquinas, antes
necesidad de ver, de saber. ¿Vivía aún Josina? ¿Qué enemigas, habíanse convertido en dóciles esclavas, en-
hacía? ¿Y Lucas, salvado de la muerte, la había reco- cargadas de los grandes esfuerzos. A los cuarenta años
gido á su lado? ¿Qué había sido, en fin, de uno y se consideraba que el individuo había pagado su deuda
otro? Seguramente, todas estas curiosidades ardorosas de trabajo á la ciudad, y trabajaba en adelante por
brillaban en el llamear de los ojos del viejo vagabundo. puro placer. Y mientras que la cooperativa de produc-
Pero como no hacía alusión á ellas, guardando su se- ción hacía nacer de esta suerte la sociedad de justicia
creto, Bonnaire hubo de contentarse eon poner en eje- y de paz, basada en el trabajo consentido por todos,
cución el plan convenido la víspera, la exaltación de la la cooperativa de consumo había hecho desaparecer el
ciudad nueva, y la glorificación de su prosperidad y comercio, rueda inútil, consumidora de energía y de
de su poder. Y sin nombrar siquiera á Lucas, se puso alegría. El labrador daba al obrero su trigo, y recibía
g explicar la grandeza de su obra. el hierro y las herramientas. Varios Almacenes gene-
—Para que te hagas cargo, amigo mío, es preciso rales centralizaban los productos y los distribuían di-
que te diga dónde nos hallamos, antes que te pasé«! rectamente, según las necesidades.
por Beauclair. Ahora tocamos el triunfo, la eflores- Ahorrábanse de este modo millones y millones, pues-
concia completa del movimiento que á penas si se ini- to que ni el agio ni el robo distraían nada en el cam-
ciaba cuando marchaste. bio. Simplificaba la existencia toda, tendíase á la com-
Y tomó la evolución en su comienzo, la fábrica de pleta desaparición del numerario, el cierre de los Tri-
la Crécherie fundada sobre la asociación del sapital, bunales y de las prisiones, puesto que, por el interés
el trabajo y la inteligencia, dividida en acciones, con privado, no se originaban ya cuestiones lanzando á
reparto de beneficios. Descubrió su lucha contra tó
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unos hombres eontra otros con la locura del fraude, mos sencillamente de manera que los hijos de nuestros
del robo y de la muerte violenta. ¿Qué razón había nietos realicen esa ciudad de la justicia y la libertad
de tener ya el crimen, dado que no existían pobres, plenas.
ni desheredados, y la paz fraternal afirmábase cada Terminó, entonces, explicando los métodos de ins-
día más entre los ciudadanos, convencidos al fm de trucción y educación, las casas cunas, las escuelas,
que la felicidad de cada cual se componía de la feli- los talleres de aprendizaje, el despertar del hombre
cidad de todos? Inmensa paz remaba; la contribución en el niño, aceptando y cultivando todas las energías
de sangre había desaparecido como todas las contribu- pasionales, desarrollándose juntos los niños y las ni-
ciones. No más consumos, no más tributos de ningún ñas, anudando más estrechamente el lado de la pare-
género, no más prohibiciones: libertad completa de la ja amorosa, de que debería depender la fuerza de la
producción y de los cambios. Y, sobre todo, después ciudad. En eso estaba el porvenir cada vez más liber-
que quedaron suprimidos los parásitos, los empleados tador, en esas parejas del mañana, que crecían para
innumerables, funcionarios, magistrados, gentes de cuar- él, con la voluntad y la inteligencia de las faenas de-
tel ó de iglesia, que antes chupaban la vida del cuerpo cisivas. Cada generación, más libre, más capaz de equi-
social, habíase producido una enorme riqueza, un amon- dad y de bondad, traía su piedra á la obra final.
tonamiento tan prodigioso de bienes que, de año en Y mientras tanto la riqueza incalculable de la ciu-
año, los graneros, ya insuficientes, crugían bajo el peso dad iría aumentando sin cesar, ya que la supresión de
siempre mayor de la fortuna pública. _ ^ la herencia, conseguida casi por completo, no permi-
—Está muy bien todo eso—interrumpió Ragú.—Pero tía que se formasen grandes fortunas individuales, es-
no importa El verdadero placer está en no hacer nada, candalosas y desmoralizadoras, logrando así, poco á
y si seguís trabajando, no sois señores. No hay quien poco, que el prodigioso fruto del trabaje de todos, per-
me saque de aquí... Además, de un modo ó de otro, teneciese desde luego á todos. Las rentas, los grandes
siempre resulta que os pagan; es siempre el salariado; libros caíanse también á pedazos; y los rentistas, los
y héte aquí convertid®, tú que pedías la entera desapar ociosos que vivían del trabajo ajeno ó del propio re-
rición del capital. unido, atesorado egoístamente, formaban una especie
Bonnaire soltó su risa francamente alegre. próxima á desaparecer. Todos los ciudadanos eran
—Verdad es, han acabado por convertirme. Creía en igualmente ricos, puesto que la ciudad, repleta de tra-
la necesidad de una revolución brusca, de un golpe bajo común, libre de trabas, preservada del derroche
de mano que nos hubiese hecho dueños del poder, con y del robo, amontonaba riquezas sin cuento, cuya pro-
la posesión del suelo y de todos los instrumentos del ducción seguramente habría que moderar al fin. Los
trabajo. Pero no hay manera de resistir á la fuerza de goces que en otro tiempo estaban reservados á una
la experiencia. Hace ya muchos años que veo aquí la minoría privilegiada, los manjares exquisitos, las flo-
conquista segura de esa justicia social, de esta dicha res, los atavíos brillantes y encantadores que embe-
fraternal cuyo sueño me atormentaba. Ahora, he ad- llecen la vida, eran ahora lujos asequibles á todos. Si
quirido paciencia; he tenido la debilidad de conten- en el hogar doméstico reinaba una gran sencillez, con-
tarme con la conquista de hoy, en la certeza que ten- tentándose cada cual con la dicha de su casa, los edi-
go de la victoria de mañana... Te concedo, sí, que aún ficios públicos desbordaban de suntuosidad extraordi-
queda mucho por hacer; que nuestra libertad y nues- naria, capaces para albergar muchedumbres numero-
tra justicia no son totales; que el capital y el salaria- sas, tan cómodos y atractivos que eran, en verdad, co-
do deben desaparecer por completo; que el pacto so- mo los palacios del pueblo, los lugares de delectación
cial se librará de toda forma de autoridad y el indi- en que apetecía vivir. Eran Museos, Bibliotecas, Tea-
viduo será libre en la humanidad libre. Nosotros obrar tros, Baños, Juegos, diversiones, simples pórticos quf
alimenta nuestras máquinas; y no sólo funciona en
daban acceso á salas de reunión, de enseñanza múfraa los talleres comunes, sino que va á domicilio y mue-
de conferencias, que la ciudad entera frecuentaba en ve los artefactos privados; es la trabajadora domesti-
las boras de descanso. Y los establecimientos bené- cada de que todo el mundo usa para las más ínfimas
ficos abundaban también: Hospitales aislados para ca- labores, con sólo dar vuelta ú oprimir un botón. Se
da enfermedad; Hospicios en que los impedidos y los da vuelta á una llave y nos ilumina; se da á otra y nos
ancianos entraban libremente; refugios especialmente calienta. En todas partes, en el campo, en la ciudad,
para las madres y los niños donde ingresaban las mu- tanto en la calle como en el fondo de las habitaciones
jeres en cinta desde los meses mayores del embarazo más modestas, está presente, trabaja en silencio en
y permanecían después de dar á luz, ellas y los recién vez nuestra, es la naturaleza domada, el rayo hecho
nacidos hasta su completo restablecimiento. Asi se re- siervo, del que depende nuestra felicidad. Ha sido pre-
petía y afirmaba en la ciudad nueva el culto del runo ciso fabricarla en cantidades incalculables, disponer de
y de la madre; la madre, fuente de la eterna vida; el ella como del aire, gratuitamente, por el placer de
niño, mensajero victorioso del porvenir. respirarlo, sin temor al derroche, sea cual fuere el
—Ahora—terminó gozosamente Bonnaire,—puesto que gasto loco que de él hagamos. Y á lo que parece, to-
has concluido de almorzar, vamos á ver las cosas bo- davía no hay bastante; el antiguo dueño de la Créche-
nitas, nuestro Beauclair reedificado y glorificado, en todo rie dice que todavía trata de darnos más, á fin de que
el esplendor de la fiesta. No te perdonaré m uno solo podamos encender durante la noche, sobre Beauclair,
de los sitios interesantes. un astro que reemplace el sol y haga brillar entre nos-
Ragú, decidido á no dejarse vencer encogíase de an- otros los resplandores de un día eterno.
temano de hombros, repitiendo las palabras que creía Reíase de todo corazón, con la esperanza do barrer
decisivas. . para siempre las tinieblas, mientras el carruajito se
—Como quieras; pero conste que no sois señores, deslizaba por las amplias avenidas, con marcha rápi-
que seguís siendo unos pobres diablos si continuáis da y dulce. Su proyecto era de ir hasta Combettes an-
trabajando. El trabajo es vuestro amo y no habéis pa- tes de recorrer la ciudad, mostrando en primer tér-
sado de la categoría de un pueblo de esclavos mino á su camarada la magnífica posesión que había
A la puerta esperaba un pequeño carruaje eléctri- cambiado la Bumaña en un paraíso de fertilidad y de
co de dos asientos. Los había, semejantes á aquél, á la delicias. Aquella -mañana de fiesta lo animaba todo;
disposición de todo el mundo. El antiguo maestro pu- los caminos tenían una bulliciosa alegría bajo el sol
delador que, no obstante su avanzada edad, había hermoso y triunfador. Otros carruajitos, en infinito nú-
conservado la vista firme y el pulso seguro, hizo subir mero, los recorrían y de ellos salían cantos y risas.
á gu compañero y se instalé él para guiar. También pasaban muchas gentes á pie, de las aldeas
—¿No irás á estropearme más de lo que estoy, coa próximas, la mayor parte en grupos, chicos y chicas
esta máquina, eh? , . , endomingados que, al pasar, saludaban gozosamente
--No, no tengas miedo. La electricidad me conoce* al anciano, al ascendiente cabeza de familia. [Y qué
Hace años que nos llevamos en bueaa compañía. cultivos tan admirables se extendían á ambos lados
Decía esto con tono devoto y enternecido, como £3 del camino, extensos campos de trigo cuyo término
hablase de una divinidad nueva, de un poder bienhechor no se veía, mares de trigo de un verde intenso, pode-
de quien la ciudad derivase lo mejor de su prosperi- roso! En vez de las antiguas partijas de tierra, divi-
dad y de su alegría. didas avariciosamente en trozos pequeños, de una in-
—La encontrarás en todas partes, grande y soné- tensidad ética de suelo mal nutndo y mal cultivado,
rana energía, sin la que no hubieran podido cumplirse Trabajo—Tomo 11—15
muchos progresos rápidos. Es ya la única fuerza que
él llano entero formaba un solo é inmenso campo, peso de su carga, verde aún. Era una prodigalidad extra-
abandonado, labrado, por manos asociadas y ricas y ordinaria, con la que había para dar postre á todo un
en el que la solidaridad de los hombres, ya reconcilia- pueblo hasta la próxima primavera.
dos, habían provocado una fecundidad formidable, co- —El pan para todos no es mucha comida—dijo Ragú
sechas gigantescas para un pueblo equitativo y fra- irónicamente.
ternal. Cuando la tierra no era buena, se la rehacía, —I Oh 1—replicó Bonnaire bromeando igualmente, »ña-
dándole, por procedimientos químicos, las cualidades dimos algo de postres. Ya ves, no será por falta de fruta.
que le faltaban. La calentaban, la abrigaban y me- Llegaron á las Combettes. La aldea miserable había
diante cultivos intensos, recogíanse dos cosechas, le- desaparecido y entre la vegetación elevábanse blan-
gumbres y frutas en todas las estaciones. Gracias á cas casitas, á lo largo del Grand-Jean, el arroyuelo in-
las máquinas, ahorrábase el esfuerzo humano y leguas fecto de antes, ahora canalizado, portador de agua pu-
de terreno laborable llenábanse como por encanto de ra, una de las causas de la fertilidad que por todas
mieses. Pensábase incluso, en mandar á las nubes, di- partes rodeaba. Ya no era el antiguo campo abando-
rigirlas á la voluntad, merced á extensas corrientes nado, sucio y miserable, en que los aldeanos vegetaban
eléctricas, de manera que, desde luego, se obtuviesen siglos ha, con la terca limitación de la rutina y el
los días de lluvia ó de sol conforme á las necesidades odio. El espíritu de verdad y de libertad había pasa-
de la agricultura. Después de haber conquistado la do por allí, habíase cumplido una evolución hacia la
tierra, el hombre iba á conquistar el cielo, sometien- ciencia y la armonía, iluminando las inteligencias, re-
do á los astros. En los días de fiesta solemne, limpia- conciliando los corazones, trayendo consigo la salud,
ría el cielo azul, dándole un azul más ámplio é inten-
so, y brillaría libre el sol, como una lámpara suspen- la riqueza, la alegría. Desde que todos habían convenido
dida en el techo de un saión inmenso. Y desde luego,- en asociarse, habíase fundado la dicha de cada cual.
ya aquel día, para aquella fiesta del Trabajo, á la en- Y nunca se había cumplido más victoriosamente una ex-
trada del estío, el sol llameaba con esplendidez des- periencia más decisiva; la lección de las cosas reía en
lumbrante á lo largo de los caminos cuya alegre blan- Combettes, con sus casas aisladas, de las que salía un
cura serpenteaba entre las sábanas ondulantes de los perfume de familias felices, de risas y de canciones.
altos trigos verdes que se perdían en el horizonte. —¿Te acuerdas de la antigua Combettes?—preguntó
de nuevo Bonnaire,—las casuchas ruinosas entre el fan-
—Ya ves, amigo mío—añadió Bonnáire, con un gesto go y el estiércol, los labradores de mirada fiera, que
que abrazaba todo el ámbito de la llanura—si tenemos se quejaban de morirse de hambre? Mira lo que han
pan. Es el pan para todos, el pan á que se adquiere conseguido. .
derecho con solo nacer. Pero en su envidia salvaje, Ragú no quena dejarse
—¿Dáis también de comer á los que no trabajan?— convencer, esperando descubrir á pesar de todo, ea
preguntó Ragú. algUna parte la desgracia, aquella maldición de tra-
—Claro que sí.... Pero sólo los enfermos y los impeí- bajo que, por largo atavismo de esclavo, perduraba en
didos no trabajan. Teniendo salud, se aburre uno de' su sangre de perezoso, de asalariado remachado en su
estar parado. » cadena.
Atravesaba entonces el carruajito por entre' los huer- —Si trabajan, no pueden ser felices—repitió obsti-
tos; y era una delicia contemplar aquellas filas inter- nadamente.—Su felicidad es engañosa; el bien supre-
minables de cerezos, llenos de frutos rojos. Hubiérase mo consiste en no hacer nada.
dicho que eran árboles encantados, cuyos racimos juga- Y él, que hablaba mal de los curas antaño, añadió:
ban y reían al sol. Lss albarieoques aun no estaban ma- —¿No dice el catecismo que el trabajo es un cas-
duros; los manzanos y perales «se doblaban bajo el
tigo, la degradación del hombre? Los que van al paraíso,
dejan de trabajar. todas, por muy diferentes que fuesen su orientación
A la vuelta, pasaron por delante de la Guerdache, y su distribución, cierta fisonomía común, un aire acen-
uno de los jardines públicos de la ciudad nueva, lleno tuado de limpieza y de alegría. Especialmente, adorná-
siempre de madres jóvenes y de una nube de chiqui- banse todas con cuarzos y azulejos de colores vivos,
llos juguetones. El amplio edificio, aun. mayor que an- tejas esmaltadas, caballetes, marcos, entrepaños, frisos,
tes, seguía sirviendo de lugar de descanso á las recién cornisas, en que el azul de la correhuela, el amarillo
paridas, que allí aguardaban á.su restablecimiento com- de los dientes de león, el rojo de las amapolas, seme-
pleto, entre las flores y los grandes árboles. Era una jaban grandes ramilletes floridos entre los macizos ver-
posesión magnífica, uno de aquellos antiguos palacios des do los árboles. Na$a más alegremente encantador;
que di pueblo había heredado legítimamente, donde al sentíase allí la renaciente florescencia de la estética po-
fin se encontraba como en casa propia, en natural so- pular, algo de esa belleza á que el pueblo tiene derecho
beranía. Animábanse las praderas con macizos llenos y que su genio iría desenvolviendo, en cosecha de obras
de perfumes, y las alamedas profundas perdíanse bajo maestras. Luego, en las plazas, en las encrucijadas, ele-
la elevada bóveda de ramas, deliciosamente sombrías y vábanse los monumentos públicos, inmensas construc-
silenciosas. Y en aquellas majestuosas calles de árboles, ciones en que el hierro y el acero triunfaban en arma-
por donde en otro tiempo corrían las partidas de caza, duras atrevidas. La magnificencia componíase de senci-
las madres, vestidas con trajes claros, hacían rodar sua- llez, de lógica adaptación á los usos de las cosas, de
vemente cochecitos de niño, ó reían con los pequeñuelos. inteligente grandeza en la elección de los materiales y de
—¿Qué me importa—dijo todavía Ragú,—un lujo y la decoración. El pueblo entero debía encontrarse allí
un placer de que se aprovecha todo el mundo? Desde como en su casa propia; los Museos, las Bibliotecas,
el momento que no es para mí solo, ya no me parece los Teatros, los Baños, los Laboratorios, las Salas de re-
tan bueno. unión y ide diversiones, no eran más que casas comunes,
Pero el carruajito seguía marchando, y volviendo á abiertas á todos los ciudadanos y en las que se vive
entrar en el nuevo Beauclair. El aspecto general de libre, fraternalmente, la vida social. Comenzaban, en
la ciudad reconstruida era propiamente el de un in- bosquejo, ensayos de pórticos, trozos de avenida cu-
menso jardín, en que las casas se habían esparcido, biertos de cristales que se pensaba calentar en invier-
naturalmente, entre la vegetación, como necesitadas de no, para hacer posible la circulación cómoda en los días
aire y vida libres. En vez de estrecharse unas con de grandes lluvias ó fríos.
otras, eomo en las épocas de tiranía y de terror, las Ahora Ragú daba ya, á pesar suyo, muestras de
casas parecían haberse dispersado buscando mayor sorpresa; y Bonnaire, viéndole absolutamente desorien-
paz, más salud venturosa. Los solares, puestos en co- tado, se echó á reir.
mún, nada costaban, extendiéndose de un promonto- —|Ah! No es cosa fácil reconocer los antiguos si-
rio al otro de los Montes Bleuses. ¿A qué conducía el tios... Nos hallamos en la antigua plaza de la Alcaldía,-
amontonamiento, si el llano daba mucho de sí? ¿Aca- ya.te acordarás, aquella plaza cuadrada de la que par-
so es mucho para una familia disfrutar unos miles tían las cuatro grandes calles de Brías, de Formeries,
de metros cuando hay tantos territorios deshabitados de Saint-Cron y de Magnolles. Sólo que como el edi-
en el mundo? Cada uno había escogido su lote, y lúe ficio de la alcaldía se venía abajo de puro viejo, lo
go edificado á su gusto. Nada de alineación; amplias hemos demolido, así como la escuela primitiva en que
avenidas que cortaban los jardines para facilitar las tantos chiquillos se embrutecieron bajo el poder de
comunicaciones y en medio de los árboles, las casas, la palmeta. Y aquí tienes, en vez de aquello, una se^
4 capricho de cada familia. Unicamente advertíase en rie de grandes pabellones, los Laboratorios de quími-
ca y de física, en que tienen, entrada libre todos-lol
aa 231 *="
bre y la prostitución; las amas de casas pobres réco-
sables para estudiar, para hacer experimentos cuan- rrían allí tienda por tienda, afanosas, en demanda ü0
do creen haber inventado algo ú'id á la comunidad. mezquina venta al fiado. AHÍ reinaban los Laboque,
Las cuatro calles se han transformado demoliendo ca- cobrando su diezmo de los compradores; allí Laííiaux
luchas, plantando árboles; y sólo han quedado las an- envenenaba á los obreros con su alcohol industrial y
tiguas casas burguesas en que lee enlaces de familia el carnicero Dacheux vigilaba su carne, la carne sa-
han venido á instalar nuestros descendientes, á los grada, alimento de los ricos, mientras que la hermosa
hijos de aquellos pobres maricas de antes. panadera, la buena señora Mataine, era la única que
Con esto, Ragú acabó de orientarse en aquel viejo cerraba los ojos si desaparecían de su escaparate un
y hermoso barrio de Beauclair, el menos transforma- pan ó dos los días en que á los pilluelos de la calle les
do, naturalmente. Fué preciso, sin embargo, que Bon- apretaba el hambre. Pero ahora el suelo estaba lim-
naire siguiese señalándole al pasar las transformacio- pio de tanta suciedad y de tanto sufrimiento; un so-
nes decisivas, debidas á la victoria de la sociedad nue- plo libertador había arrebatado las tiendals, en .que la
va. Habíase conservado la sub-prefectura, añadiéndole pobreza de todos se agravaba con las ganancias del
dos alas para instalar una biblioteca. Igualmente, el comercio, rueda inútil, devorador de riqueza y de fuer-
Juzgado se había convertido en Museo, la Cárcel nueva, za. Desfilaba ante ellos la avenida, ensanchada, sa-
con sus celdas, se pudo convertir, sin grandes gastos, neada, inundada por el sol,, sólo con casas de traba-
en una casa de baños, en que abundaba el agua que jadores felices, mientras que la muchedumbre^ reía y
surgía de las fuentes. El jardín, plantado en los terre- cantaba en aquella esplendente mañana do fiesta trsun-:
nos de la iglesia que so derrumbó, tenía ya hermosos fal.
sitios sombríos alrededor del pequeño lago abierto en
el sitio mismo de la antigua cripta subterránea. A me —Pero entonces—exclamó Ragú,—si por aquí da*
dida que tendían á desaparecer las diversas autoridades, curre el Clouque bajo esos taludes llenos de hierba,-
administrativas y represivas, los edificios volvían al el antiguo Beauclair estaría allá abajo, en el sitio do
pueblo, quien disponía de ellos para su bienestar y ese parque nuevo, en que se ven medio ocultes por ia¡
alegría. arboleda blancas fachadas?
Estaba al fin sorprendido. Era en efecto el antiguo
Pero al desandar lo andado el cochecillo, subiendo Beauclair, el montón sórdido de casuchas levantadas
una avenida amplia y hermosa, Ragú se desorientó en medio de un pantano nauseabundo, con las calles
nuevamente. sin sol, sin ventilación, apestadas por un arroyo cen-
—¿Dónde estamos ahora? tral En aquellos nidos de miseria y de enfermedades
—En la antigua calle de Bríasr—respondió Bonnaire. amontonábase el desdichado pueblo trabajador. agoni-
—Su aspecto ha cambiado mucho, en efecto. Como el zando desde muchos siglos atrás, bajo la terrible ini-
comercio al por menor ha desaparecido completamente, quidad social. Acordábase especialmente de la calle de
las tiendas se han cerrado una por una y las casas viejas las Tres Lunas, la más obscura, la más estrecha, la más
han acabado por ser demolidas, dejando su sitio á las inmunda de todas. Y hó aquí que una bocanada de
construcciones nuevas, tan risueñas entre las espineras justicia y de venganza había purificado la cloaca, arras-
y las lilas. Y allí, á la derecha, hemos tapado el Clouque, trando consigo aquellos abominables escombros, sem-
alcantarilla venenosa sobre la que ahora pasa la ala- brando en su lugar árboles, arbustos, habitaciones en
meda de esta avenida que la salud y la alegría habían germinado. Nada que-
Siguió evocando la estrecha y negra calle de Brfas daba de la antigua ignominia, de aquel presidio que
con su piso siempre enfangado, su continuo pataleo desfilaba su veneno á cielo abierto, como una úlcera
de rebañe.. Arrastraba allí su fatiga el trabajo lívido que traía aparejada la muerte de la h q m ^ d a d . & » la
l giaJhiynorado; vagaban por la noche el bm--
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justicia, había ruelto á la vida; y también eran risas manos más estrechamente enlazadas á medida que trans-
y cantos lo que salía de las casas, llenando las amplias currían los años.
vías nuevas, henchidas de una juventud bulliciosa. —¿Dónde van ahora todos esos?—preguntó Ragú.
Divertíase Bonnaire con el asombro de "Ragú, pa- —Se visitan mútuamente=—respondió Bonnaire,—invi-
seándolo lentamente por las calles nuevas de aquella tándose para la gran comida de esta noche, á la cual
dichosa ciudad del trabajo, todavía más bella en aquel asistirán. Muchos no van á ningún lado, a den á tomar
día de descanso y de fiesta en que todas las casas ha- el sol, viven al aire libre las horas de descanso porque
llabanse empavesadas, haciendo restallar á impulsos del están alegres y se e n c e n t r a n como en su propia casa
hgero viento matutino, banderolas de vivos colores, en estas fraternales calles hermosas. Además, hoy, hay
a la vez que adornaban las puertas y las ventanas telas por doquiera diversiones y juegos, naturalmente gra-
llamativas. Los umbrales estaban cubiertos de rosas, tuitos, porque la entrada en todos los establecimientos
nacidas en los extensos campos próximos, que la ciu- públicos es libre. Esas turbas de niños que ves, van á
dad entera se podía adornar con ellas como una mujer los circos, mientras que otros grupos de gente acude á
el día de su boda. Por todas partes resonaban músi- las reuniones, los espectáculos teatrales ó á los con-
cas; coros de muchachas y muchachos que se espar- ciertos... Los teatros se destinan á formar parte de la
cían en grandes ondas sonoras; voces puras de ni- instrucción y la educación sociales.
ñas subían muy alto, perdiéndose en el sol, y el lím- Pero bruscamente, á tiempo que pasaba ante una
pido, el alegre sol también se unía á la fiesta, tendien- casa cuyos habitantes iban á salir, detuvo el coche-
do inmensas bandas de oro de amplitud infinita bajo cillo.
la bóveda suntuosa del cielo transparente, de una apa-
riencia sedosa hermosamente azul. La población ente —¿Quieres ver una de nuestras casas nuevas?... Pre-
ra comenzaba á echarse á la calle, vestida de colores cisamente estamos en la de mi nieto Feliciano, y puesto
claros, adornada con telas preciosas, que antes eran que aún está ahí él, nos recibirá.
? P u r o lujo y ahora estaban á disposición de todos. Feliciano era hijo de Sevedno Bonnaire, casado con
Modas nuevas, muy sencillas y magníficas á la vez, Luisa, hija de Azulina y de Aquiles Gourier. A su
prestaban singular encanto á las mujeres. Desde qué vez, Feliciano habíase casado quince días antes con
la moneda había ido desapareciendo lentamente, re- Elena Jollivet, hija de Andrés Jollivet y de Paulina
servábase el oro para las alhajas; y todas las niñas Froment. Pero cuando Bonnaire quiso explicar á Ra-
recibían al nacer collares, brazaletes y sortijas, como gú esta geneología, hizo ésto un gesto como de quien
los chiquillos de antaño recibían juguetes. Ya no te- pierde la cabeza con una complicación tal de enlaces.
nían valor esas joyas, convertido el oro sencillamente El nuevo matrimonio era encantador, ella muy joven,
en belleza; de igual modo que bien pronto, los hornos de una adorable belleza rubia, él, igualmente rubio,
eléctricos producirían diamantes y piedras preciosas en alto y fuerte. Su casa, en que no podía haber todavía
cantidad incalculable: sacos de rubíes, de esmeraldas, niños, respiraba amor, con sus habitaciones claras, ale-
de zafiros, con los que habría bastante para cubrir gres, su mueblaje nuevo de una elegancia sencilla. Aquel
á todas las mujeres. Las novias que pasaban cogidas día, además, hallábase cubierta, como las calles, de
del brazo de sus. novios, mostraban el cabello cuajado rosas; porque parecía que sobre Beauclair habían llo-
de estrellas vivientes. Y sin cesar pasaban parejas, pro- vido rosas, que se veían por todas partes, hasta en
metidos del amor libre, esposos de veinte años que los tejados. Visitaron la casa entera alegremente y
se habían escogido mùtuamente y que jamás so sepa- volvieron á la habitación que servía de taller, una
rarían, matrimonios envejecidos en el afecto, con las gran sala cuadrada en que había un motor eléctrico.
Feliciano, que era por vocación tornero de metales,
aparte los tres ó cuatro oficios que ejercía á la vez,
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prefería trabajar es su casa; y lo mismo les ocurría Ahora volvamos á casa para almorzar; y luego entre-
á muchos camaradas de su edad, señalándose en aque- tendremos la tarde visitando los talleres y los alma-
lla generación nueva un movimiento en el sentido del cenes.
trabajo á domicilio, libre, amo de fabricación, con in- Terminado el almuerzo, continuaron, en efecto, su
dependencia de los grandes talleres sociales, bases ne- excursión, á pie, como quien da un paseo. Atravesa-
cesarias, hasta entonces, de la ciudad. Para esos obre- ron la fábrica entera, con sus talleres bañados por el
ros individuales, l a fuerza eléctrica servía á maravilla. sol en los que el acero y los cobres de las nuevas má-
La tenían en su casa como el agua de las fuentes. Sig- quinas relucían como joyas. Y a,quel día habían ve-
nificaba esto el trabajo cómodo, que se puede realizar nido los trabajadores, en bandos de chicos y mucha-
en el hogar propio, con limpieza y sin fatiga; y cada chas, á adornar Jas máquinas con guirnaldas de ra-
casa trocábase en un taller de familia, en un lazomás maje y rosas. ¿No eran también ellas de la fiesta?
que agrupaba las energías en el hogar: el trabajado? Puesto que ésta se celebraba en honor del trabajo,
enteramente libre en la ciudad libre. había que festejar también á aquellas poderosas obre-
—Hasta la noche, hijos míos—dijo Bonnaire despi- ras, tan suaves, tan dóciles, que aliviaban la tarea de
diéndose.—¿Venís á comer con nosotros? los hombres y de los animales. Aquellas rosas con
—No, abuelo, imposible por hoy. Vamos á casa de que adornaban las prensas, los martillos enormes, las
la abuela Morfain. Pero á los postres asomaremos por garlopas gigantescas, los grandes tornos, los grandes
allí. laminadores, decían cuán activo se había hecho el tra-
Ragú subió de nuevo al carruajito sin desplegar I03 bajo, cómo había ¡llegado á convertirse en bienestar
labios. Había visitado l a casa sin hablar nada, déte del cuerpo y goce del espíritu. Sonaban canciones, se
niéndose un instante frente al motor eléctrico. Y todavía formaban rondas, y en medio de risas se organiza-
logró sobreponerse á la emoción que acababa de so- ba una danza que poco á poco se corría de taller en
brecogerle, ante el espectáculo de tanta comodidad y taller y acababa de transformar toda la fábrica en
tanta dicha manifiesta. un inmenso lugar de regocijo.
—Convengamos en que esas casas donde en la me--
jor habitación hay una máquina, no son casas de bur j Impasible todavía, Ragú se paseaba levantando la
gueses ricos y felices... Concedo que vuestros obreros vista hacia las altas vidrieras inundadas de sol; con-
están mejor alojados, tienen más agradable vida des- templaba el pavimento y, las paredes, de claridad bri-
de que ha desaparecido la miseria. Pero no dejan de llante, y se interesaba por las máquinas, muchas de
ser obreros mercenarios condenados al trabajo. En otros las cuales le eran desconocidas, colosos formados por
tiempos, había, á lo menos, algunas gentes felices, los complicados sistemas de ruedas, capaces de desempe-
privilegiados que holgaban siempre, y todo vuestro pro- ñar las antiguas faenas humanas, las más rudas como
greso consiste en que ©1 pueblo entero se embrutezca las más delicadas. Las había dotadas de piernas, bra-
en la esclavitud común. zos, pies y manos, para andar, para abrazar, para es-
trechar y manosear el metal, con dedos flexibles, ági-
Bonnaire se encogió de hombros ante aquel grito les y fuertes. Le llamaron, sobre todo, la atención
desolado de un devoto de te. pereza, cuyo culto se de- los nuevos hornos de pudelar, aquellos hornos donde
rrumbaba. el braceo se hacía mecánicamente. ¿Era posible que
—Entendámonos, amigo mío, ¿qué es lo que tú lla- saliera así «la bola», completamente preparada para ir
mas esclavitud? Si respirar, comer, dormir, vivir, en al martillo cinglador? ¡Y la electricidad, que hacía ro-
fin, es esclavitud, la hay en el trabajo. Puesto que vi- dar los puentes, que sacudía los monstruosos pilones,
ves, preciso es que trabajes, porque no podrías vivir que movía los laminadores capaces de cubrir de fieles
una hora sin trabajar... Pero ya hablaremos de eso. t da la tierra! En todas partes se notaba la pres neia
em 287 tm
directo Se productor á productor, que venia sobre todo
do aquella electricidad soberana; había acabado por de los pequeños talleres de familia, de las máquinas á
ser la misma Sangre de la fábrica, circulando de un ex- domicilio. Los grandes talleres, los grandes almacenes
tremo á otro de los talleres, dando vida á todas las sociales, acabarían quizá por desaparecer un día y su
cosas, convertida en la única fuente de movimiento, desaparición constituiría un nuevo paso hacia la liber-
de calor y de luz. tad, hacia el individuo soberanamente libre en la hu-
—Sin duda—debió conceder Ragú,—esto está muy manidad libre.
bien; es muy limpio y muy grande; vale mucho más Ragú le escuchaba trastornado poco á poco por aque-
que nuestros sucios agujeros de otros tiempos, en los lla felicidad conquistada, que hubiera querido negar
cuales estábamos como cerdos en dornajo. Cierto que todavía. Y no sabiendo cómo ocultar el trastorno de
se han realizado progresos; la lástima es que no se su inteligencia, exclamó:
haya podido encontrar todavía la manera de dar cien —¡De modo que tú á estas horas eres anarquista!
mil francos de renta á cada ciudadano. Esta vez Bonnaire demostró ruidosamente su ale-
—Los tenemos, tenemos esos cien mil francos de gría.
renta—contestó alegremente Bonnaire.—Ven á verlo. —¡Oh, mi buen amigo! Era colectivista y me has
Y lo llevó á los almacenes generales. Eran inmensas reprochado el que no lo fuera ya. Ahora me haces
granjas, inmensos graneros, inmensas salas de reser- anarquista... La verdad es que ya no somos nada des-
va, donde se aglomeraba toda la producción, toda la de el día en que se ha realizado el ensueño común
riqueza de la ciadad. Do año en año había habido n o de felicidad, de verdad y de justicia... Y ahora que
cesidad de agrandarlos; ya no se sabía dónde colocar me acuerdo, ven á ver algo más para acabar nuestra
las cosechas; hasta se había aminorado la producción visita.
de objetos fabricados para que no se produjera una Le llevó tras Sos almacenes generales, justamente
aglomeración excesiva. En ninguna parto se compren- al pie de la rampa de los Montes Bleuses, al sitio
día mejor la incalculable fortuna de que era capaz donde Lange había instalado antaño sus hornos ru-
un pueblo, cuando desaparecían los intermediarios, los dimentarios de alfarero, en un cercado de piedras se-
ladrones y los ociosos. La nación entera trabajando,- cas, una especie de barraca de artesano libertario, que
ccn su jornada de cuatro horas diarias, amontonaba vivía fuera de las costumbres y de las leyes. Hoy se
una riqueza; tan prodigiosa, que á todos los habitantes elevaba allí todo un vasto edificio, una fábrica con-
les sobraban toda clase de bienes, satisfacían todos los siderable de cerámica, de la cual salían los ladrillos
deseos y desconocían desde entonces la envidia, el y las tejas esmaltadas, las mil decoraciones de colores
odio y el crimen. vivos que adornaban la ciudad entera. Lange se ha-
—Hé aquí nuestras rentas—-replicó Bonnaire.—Cada bía decidido á formar discípulos, cediendo á las ins-
uno de nosotros puede sacar de aquí sin llevar cuenta. tancias amistosas de Lucas, tan pronto como vió rena-
¿Crees que esto no representa para cada uno cien mfl cer un poco de equidad y de consuelo para la atroz
francos de vida feliz? Cierto que todos somos igualmen- miseria. Al fin, puesto que en el pueblo florecía nue-
te ricos, y eso, tú lo has dicho, á ti te aminoraría el vamente la alegría, también iba él á poder realizar su
placer, porque no aprecias la fortuna más que cuando sueño, dejar brotar de su mano las «térra cottas» bri-
la sazona la miseria de los demás. Pero nuestro sistema llantes, las espigas dé oro, los azulejos, y la3 amapo-
ofrece en cambio, una ventaja, y es que no se corre el las, con que hacía tanto tiempo trataba de alegrar las
riesgo de que le roben á uno ó le asesinen cualquier fachadas entre la verdura de los jardines. Parecía como
noche en la esquina de una calle. si le edificasen exprofeso una ciudad, la ciudad feliz
Indicó también que empezaba á notarse un movi- de los trabajadores libertados y ennoblecido*. Y de
miento fuera de l o s almacenes generales: el cambio
te 23S — e=? 238 te
sus gruesos dedos de obrero genial, había salido, dila-
tándose, la belleza, un arte admirable que venia del b"rá para todos... Toma, rubita mía, para ti esta nena
pueblo y volvía al pueblo; toda la fuerza j toda la que se está poniendo las medias.... Toma tú, grandu-
gracia primitivas. No había renunciado á los objetos llón, para ti este galopín que vuelve de la escuela....
más humildes, la simple arcilla, la vajilla de cocina Toma tú, morenillo, para ti este herrero, eon su mar-
y de mesa, las marmitas, las tarteras, los cántaros, los tillo. "
platos, de forma y de colores excelentes, mezclando Y gritaba y reía contentísimo en medio de ios ni-
á las necesidades ínfimas de la vulgar vida cotidiana ños felices que se disputaban sus hombrecillos y mu-
el encanto glorioso del arte. Pero d§ año en año, había jercitas, como llamaba á sus excelentes figuras.
ampliando su producción; dotando de frisos soberbios —]Ah, tened cuidado I No hay que romperlos.... Co-
á los edificios públicos, poblando de estatuas preciosas locadlos.en vuestro cuarto; así tendréis delante de
los paseos, levantando en las plazas fuentes como gran- les ojos líneas agradables y lindos colores. Luego, cuan-
des ramos de flores de donde fluía el agua de los ma- do seáis grandes, os gustará lo bello y lo bueno, y
nantiales con frescura de eterna juventud. Y las pléya- vosotros mismos seréis muy hermosos y muy buenos.
des de artistas que había hecho á su imagen entre las Era su teoría. El pueblo necesitaba belleza para ser
nuevas generaciones producían ahora con extraordinaria sano y fraternal. Un pueblo satisfecho no podía ser
abundancia, ponían arte y belleza hasta en los vasos de más que un pueblo inteligente y armonioso, Todo en
que las amas de casa se servían para guardar el dulce él y en su derredor debía recordarle la belleza sobre
y las conservas. todo los objetos de uso comente, los utensilios, _ los
Precisamente Lange estaba allí, en el umbral de la muebles, la casa entera. Y la creencia en la superiori-
fábrica, en lo más alto de la escalinata. Aunque tenía dad del arte aristocrático era una imbecilidad; el arte
cerca de setenta y cinco años, se conservaba robusto más vasto, más conmovedor, ¿no estaba en la vida
su cuerpo de chaparro macizo bajo aquella cabeza cua- misma? Cuando la obra fuera ejecutada por todos se
drada y rústica, envuelta por enmarañados cabellos y impregnaría de una emocií n, de una grandeza incom-
barba, hoy de un blanco de nieve. Pero de sus ojos parables de la inmensidad de los seres y de las cosas.
vivos salía ahora en claras sonrisas la infinita bondad, Por otra parte, aún ahora venía de todos, salía de las
oculta bajo la ruda corteza. Una bandada de niños ju- entrañas de la humanidad, pues la obra inmortal, la
guetones le rodeaba, compuestas de chicos y niñas que que desafiaba á los siglos, nacía de la multitud y resu-
se empujaban unos á otros con las manos tendidas hacia mía una época y una civilización. Y siempre el arte
adelante, mientras que él procedía á una distribución florecía en el pueblo, para embellecerlo, darle el per-
de menudos regalos, según acostumbraba á hacerlo todos fume y el brillo tan necesarios á su existencia, como
les días de fiesta. Les repartía así, á manera de jugue- el pan de cada día.
tes, muñecas de arcilla, modelados con sólo unos cuan- —Aun quedan este labrador recogiendo su cosecha,
tos movimientos del dedo pulgar, pintados y cocidos de esta mujer lavando la ropa... ¡Toma! Para ti, gran-
cualquier manera, pero de una gracia deliciosa y algu- dullona. ¡Ven! para ti, chiquitín.... Y se acabó; ahora
nos cómicamente encantadores. Representaban los asun- sed buenos, besos en mi nombre á vuestros papás y á
tes más sencillos del mundo, las ocupaciones d® todos los vuestras mamas. ¡Andad, andad, corderitos míos, po-
días, los actos menudos y los goces fugitivos de cada llitos míos; la vida es bella, la vida es buenaI
hora; niños llorando ó riendo, niñas arreglando la casa, Ragú, inmóvil, había escuchado en silencio, cada vez
obreros trabajando; la vida, en fin, en continua y más sorprendido. Acabó por dar rienda suelta á gu te-
maravillosa floración. rrible mofa. •
—Hola anarquista, ¿ya n o hablas de hacer paitar
—Vamos, vamos, hijos míos, no os precipitéis, ha-
toda la tienda?
"MíOHSO ^
Lange se volvió con un movimiento brusco y le
miró sin reconocerle. No se enfadó, se echó á reir de la algún día... Ya lo oís, mis pollitos y mis corderi-
nuevo. tos, amáos mucho los unos á los otros.
— | A h ! rae conoces tú, cuyo nombre a o recuerdo Se reproducían los gritos y las risas, cuando bru-
ya... Es cierto, he querido hacer saltar la tienda. Lo talmente intervino de nuevo Ragú.
gritaba así por todas partes, á todos los vientos, lan- —ff tu Descalza, di, anarquista frustrado, ¿la haá
zando la maldición á la ciudad maldita, anunciándolo hecho tu mujer?
la destrucción próxima por el hierro y el fuego. Has- Se llenaron de súbitas lágrimas los ojos de Lange.
ta había resuelto ser yo mismo el justiciero, queman- Hacía ya cerca de veinte años que la buena moza, re-
do á Beauclair como con un rayo... Pero, ¿qué quie- cogida por bondad en u n camino, y que la adoraba
res? Las cosas han ido por otro camino. Se ha hecho como una esiclava, había muerto en sus brazos, víc-
ya bastante justicia para desarmarme. La ciudad se tima de un espantoso accidente, que había quedado
ha purificado, se ha reedificado, y no puedo destruirla muy obscuro. El lo atribuía á la explosión de sus hor-
ahora que se realiza en ella todo lo que he querido, nos; hablaba de la puerta de hierro lanzada con vio-
todo lo que he soñado.... ¿No es cierto, Bonnaire? La lencia y que había abierto á la Descalza un agujero
paz está hecha. en mitad del pecho. Pero la verdad era ciertamente
Y el anarquista de otros tiempos, tendió la mano al otra. Ella le ayudaba en sus experimentos de explosi-
antiguo colectivista, con el cual había tenido tan fu- vos y debía de haber sido herida y muerta instantá-
riosas cuestiones. neamente, durante los ensayos hechos para cargar las
—Nos hubiéramos comido, ¿no es cierto, Bonnai- •famosas pequeñas marmitas, de que él hablaba tan
re?... Estábamos de acuerdo acerca de la ciudad de complaciente y que debía depositar en la Alcaldía, en
libertad, de equidad y de concordia, á donde deseába- la Sub-Prefectura, en el Tribunal, donde quiera que
mos llegar. Sólo que diferíamos en cuanto al camino había una autoridad para destruir. Durante meses en-
que debíamos seguir, y los que creían que debían ti- teros, durante años, su corazón había sangrado, por
rar por la derecha hubieran destrozado á los que pre- esta pérdida trágica, y todavía hoy, en medio de tanta
tendían pasar por la izquierda... Ahora que hemos lle- dicha lograda, lloraba á aquella amante tan cariño-
gado, seríamos demasiado brutos si disputáramos to- sa, que por la limosna de un pedazo de pan, le había
davía, ¿ n o es cierto, Bonnaire?... la paz está hecha... hecho para siempre el regio presente de su belleza.
Bonnaire, que había retenido Mitre las suyas la ma- Lange avanzó rudamente hacia Ragú.
no del alfarero, la estrechaba, la sacudía afectuosa- -'Eres un malvado. ¿Por qué me revuelves el co-
mente. razón?... ¿Quién eres? ¿De dónde vuelves? ¿No sabes
—Sí,- sí, Lange, hacíamos mal en no entendernos; que mi mujer ha muerto y que todas las noches toda-
probablemente eso era lo que nos impedía avanzar. vía le pido perdón, acusándome de haberla matado?
0 más bien, todos teníamos razón, puesto que ahora Si no me h e convertido en un mal hombre lo debo á
estamos estrechándonos las manos, reconociendo que TO tierno recuerdo, pues siempre la tengo presente y
en el fondo todos queríamos lo mismo. es mi buena consejera Pero tú eres un malvado;
—Y—replicó Lange,—si las cosas no marchan toda- no quiero reconocerte, no quiero saber tu nombre. |Véte,
vía como lo exigiría la justicia absoluta, si aun tie- véte de entre nosotros I
nen que venir la plenitud de la libertad y la ple- Estaba soberbio de violencia dolorosa. Bajo la cor-
nitud del amor, hay que confiar en estos galopines y teza mal desbastada, el poeta que en otros tiempos
en estas chiquillas para eonliauar la obra y termiaar- estallaba en fantasías vengadoras de negra grandeza.
Trabajo—Tomo II- U
te 242 =»!
se había enternecido, con el corazón lleno de una boa- ella. El abuelo, Bonnaire veía allí á su hijo Luciano
dad temblorosa, inmensa ahora. y su nuera Luisa Mazelle, ambos con más de cincuen-
—¿De modo que le has conocido?-~preguntó Bon- ta años; veía á su nieta Claudina y á su marido Car-
naire, inquieto.—¿Quién es? dímelo. los Froment, en la madurez, y veía á su biznieta Ali-
—No quiero conocerle—repitió Lange con más fuerza cia, una chiquilla deliciosa de ocho años. Seguía toda
—No diré nada; que se vaya, que se vaya en seguida... una parentela complicada. Y advirtió que se hubiera
No sirve para vivir entre nosotros. necesitado una mesa gigantesca si los tres hijos res-
Y Bonnaire, persuadido de que el alfarero había re- tantes, Antonieta, Zoé y Severiano, no hubieran ido
conocido á su hombre, se lo llevó suavemente, desean- á comer á otras mesas vecinas, en casa de sus hijos
evitar una explicación penosa. Ragú, sin insistir en respectivos. Bromeaba acerca de este tema; decía que
la disputa, le seguía en silencio. Todo lo que veía, lo á los postres se acercarían de modo que todos estuvie-
que oía, le hería el corazón, le llenaba de un pesar ran juntos.
amargo, de una envidia infinita. Y comenzaba á titu- Ragú miraba sobre todo á Luisa Mazelle, linda y
bear, ante aquella felicidad conquistada, de la cual no viva todavía, con su fina cabeza de cabra caprichosa.
participaba ni participaría jamás. Debía sorprenderle la actitud de esta hija de burgue-
Pero lo que acabó de trastornarle fué el espectáculo ses siempre tan cariñosa con su marido Luciano, hijo
do Beauclair, de fiesta, por la noche. En aquel primer de obreros. Se inclinó hacia Bonnaire y le preguntó
día del verano había prevalecido el uso de poner cada en voz baja:
familia su mesa delante de la casa, comiendo fuera, —¿De modo que los Mazelle han muerto?
en la calle, á la vista de los transeúntes. Era como una —Sí, de espanto al perder sus rentas. La enorme
comunión fraternal de la ciudad entera; se cortaba el baja de los valores, las conversiones que trastorna-
pan y se bebía el vino públicamente; las mesas acaba- ron el Gran Libro de la Deuda, anunciando su pró-
ban por aproximarse, no hacían más que una mesa sola xima destrucción, cayeron sobre ellos como otros tan
y convertían! á la ciudad en inmensa sala de festín, donde tos rayos. El marido se fué el primero, muerto, en su
el pueblo venía á ser una sola y misma familia. amor á la divina pereza por la idea de que tendría
Desde las siete, cuando aún resplandecía el sol, se que volver á ponerse á trabajar. La mujer se ha arras-
dispusieron las mesas, adornadas de rosas, de la llu- trado algún tiempo, no curando siquiera su enferme-
via de rosas que embalsamaban á Beauclair desde por dad imaginaria no atreviéndose ya á salir de casa, en
la mañana. Los manteles blancos, las vajillas pintadas, la obstinada certidumbre de que se asesinaba á la
la cristalería y la plata se encendían con la púrpura de gente á la vuelta de cada esquina desde el día que
poniente. Tendiendo á desaparecer la plata acuñada, habían tocado á la renta. Y por más que su hija hizo
cada cual tenía su vaso de plata, como antes se tema para llevársela consigo, nunca quiso ser alimentada
un vaso de estaño. Y Bonnaire quiso, absolutamente, por otro y se la encontró por fin un día con ia cara
que Ragú se sentara á su mesa, á la mesa de su nieta negra, herida por la apoplegía, con la naiiz metida en
Claudina, que se había casado con un hijo de Lucas, un paquete de valores ya inútiles.... ¡Pobres gentesI
Carlos Froment. Se han ido sin comprender, asustados, anonadados, acu-
—Os traigo un convidado—dijo sencillamente sin nom- sando al mundo de haberse vuelto del revés.
brarlo.—Es un forastero, un amigo. Ragú movió la cabeza. No sentía compasión por aque-
Y todos contestaron: llos burgueses, pero le parecía también á él que un
—Sea bien venido. mundo del cual se había desterrado la pereza deja-
Bonnaire colocó á Ragú á su lado. Pero la mesa era ba de ser habitable. Y de nuevo se puso á mirar, en-
larga; cuatro generaciones se codeaban alrededor de tristecido por la alegría creciente de los comensales,
244 245 ^ ,
por la abundancia y el lujo de la mesa, que parecían ge levantó de pronto dirigiéndose á Bonnaire: '
cosa natural y no ostentación de la vanidad. Todas —Me ahogo—dijo,—necesito moverme... Y, además,
las mujeres llevaban los mismos vestidos de día de quiero ver aún, quiero verlo todo, todas las mesas,
fiesta, las mismas sedas claras y encantadoras y en todos los comensales.
todas las cabelleras lucían las mismas piedras pre- Bonnaire comprendió perfectamente. ¿No eran Lu-
Él ciosas, los rubíes, los záfiros, las esmeraldas. Las flo- cas y Josina los que quería ver, hacia quien le llevaba
res, las rosas soberbias eran aún más estimadas, más su ardiente curiosidad desde su regreso ? E insistiea-
preciosas, más vivas. Desde la mitad de la comida, do en evitar una explicación decisiva, respondió sen-
compuesta de manjares muy sencillos, muy delicados, cillamente :
sobre todo legumbres y frutas, servidos en vajilla de —Eso es; voy á enseñártelo todo, vamos á dar una
plata, resonaban ya canciones alegres, saludando la vuelta á las mesas.
puesta del sol, despidiéndole basta la vista, en ta cer- La primera mesa que encontraron, ante la casa vé-;
tidumbre de la feliz aurora próxima. Y entonces se ciña, era la de los Morfain. La presidía í^tit-Da cotf
.• <
produjo un incidente delicioso. Todos los pájaros de su mujer Honoria Caffiaux, los dos con el pelo blan-
•t la vecindad, currucas, verderones, pinzones, simples go- co; y allí estaban su hijo Raimundo, su mujer Teresa
rriones, bajaron á la mesa antes de ir á acostarse en- Froment, así como su hijo menor, Mauricio Morfain,
tre la verdura sombría. Llegaban de todas partes, vo- un gran muchachote de diez y nueve años y a Des-
m lando atrevidamente, posándose en los hombros de los
\ñ i pués, en frente, se hallaba la descendencia de Azuli-
II comensales, bajándose á picotear las migajas del man-
tel, aceptando golosinas de mano de los niños y de las
na, viuda de Aquilea Gourier y cuyos grandes ojos de
cielo conservaban su azul infinito ya cerca de los se-
mujeres. Desde que Beauclair se había convertido en tenta años. Pronto iba á ser bisabuela, por su hija
una ciudad de concordia y de paz—no lo ignoraban ellos, Leonia, casada con Severino Bonnaire, y por su nieto
—no tenían ya nada que temer de los buenos habitan- Feliciano, nacido de este matrimonio, que acababa de
11 tes; ni lazos, ni tiros; y se habían familiarizado, for- casarse con Helena, hija de Paulina Froment y de Andrés
mando ahora parte de las familias. Así cada jardín tenía Jollivet. Todos estaban presentes, iScluso estos dos úl-
sus huéspedes que á la hora de las comidas venían á timos que habían venido con su hija. Se daba broma S
tomar su parte de alimentación común. Helena; se proyectaba llamar Gregorio á su primer
—jAh! |Hé aquí á nuestros amiguitos ¡—exclamó Bon- hijo; mientras que su hermana Berta, de diez y ocho
naire.—|Cómo picotean 1 ¡Bien conocen que es día de años no cumplidos, se reían ya con las ternezas que
fiesta!... Alicia, mígales pan. le decía Raimundo, su primo, prometiendo así esta
' ? Y Ragú, con la frente sombría, los ojos tristes, con- pareja otro matrimonio de amor para más tarde.
tinuaba mirando á los pájaros que bajaban de todas La llegada de Bonnaire, que encontraba allí & su
partes, formando un torbellino de plomas ligeras, do- primogénito Severino, fué saludada con aclamaciones
radas por los últimos rayos de sol. Bajaban sin cesar ruidosas. Y Ragú, perdiéndose cada vez más en el la-
de las ramas de los árboles; algunos se marchaban berinto de aquellas alianzas enmarañadas, se hizo pre-
volando y volvían. Los postres se vieron animados por sentar particularmente á las dos Froment, sentadas á'
el sinnúmero de patitas que saltaban ágilmente entre esta mesa, Teresa y Paulina, en camino ya de los cua-
las cerezas y entre las rosas. Nada todavía desde por renta, siempre adorables, de alegre y sana hermosura.
la mañana, en medio de la felicidad y de los esplen- Después, Azulina le recordó al antiguo alcalde Gourier,
dores visitados, le había dicho á Ragú, de manera tan al antiguo sub-prefecto Chatelard; y quiso saber qué
encantadora y tan clara, cuán gpgegado y, dichogo era había sido de ellos. Habían acabado por extinguirse
^qyel pueblo naciente,.. con pocos días de diferencia, ea la iatjjrajdíid ^
flt
pérdida común de la bella Leonor había venido á es- Jos crímenes del Código, los errores y mentiras de la¡
trechar aún más. Gonrier, que murió antes, se acomoda- ley, todas esas armas de opresión y de odio sociales,
ba mal al nuevo estado de cosas; elevaba algunas veces todos esos terrenos corrompidos donde renacían las
los brazos al cielo como patrono asombrado de no epidemias de robos y asesinatos.
serlo ya, hablando del pasado con melancolía de hom- —De modo—replicó Ragú,—que ese matrimonio que
bre antiguo, hasta el punto de echar de menos las ce- se halla sentado á esta mesa, ese Feliciano y esa He-
remonias del culto católico, la primera comunión y las lena en cuya casa nos hemos detenido un instante
procesiones, el incienso y las campanas, él que tanta esta mañana son á la vez nietos de los Froment, de
carne de sacerdote había comido en otros tiempos. Cha- los Morfain, de los Jollivet y de los Gaume... Y todas
telard, al Contrario, se había dormido galantemente en esas sangres enemigas ¿no so envenenan unas á otras
la piel del anarquista, que había brotado poco á poco en las venas por donde corren ahora?
bajo su diplomática reserva, realizando su destino tal co- —No señor—respondió tranquilamente Bonnaire.—Se
i» +
de toda su existencia de juez. Un hombre que juzga
á los hombres, que se tiene por la verdad infalible,
por la justicia absoluta, á pesar de las posibles enfer-
obstinadamente azul, se habían convertido en realidad,
sin que ella se dignara siquiera extrañarlo. ¿Acaso n o
era natural? Eran felices porque se acababa siempre
m
medades de la inteligencia y del corazón, era cosa que por ser feliz. Y á su alrededor la vida prolífica no tenía
le hacía temblar, le producía escrúpulos excesivos, ya límites. Primero, Marta, su primogénita, se había
remordimientos espantosos, y le asaltaba el temor de casado con Augusto Laboque, de quien había tenido
I
Uli
haber sido mal juez. En fin, la justicia que esperaba,
la que temía no ver, había venido; no la justicia de
un orden social inicuo, que reina por la espada con
á Adolfo, el cual se había casado con Germana, hija
de Zoa Bonnaire y de Nicolás Yvonnot. En seguida,
Sebastián, su hijo mayor, se había casado con Agata
que defiende á unos cuantos espoliadores y hiere á la Fauchard, y de este matrimonio había nacido Clemen-
multitud inmensa de i os miserables esclavos, sino la fina, casada á su vez con Alejandro Feui'Jat, hijo de
justicia de hombre libre á hombre libre, que da á León Feuillat y de Eugenia Yvonnot. Ya dos niñas na-
cada cual su lote de felicidad legítima, aportando la cidas de estas dos ramUs representaban la cuarta gene-
verdad, la fraternidad y la paz. La mañana de su ración: Simona Laboque y Amelia Feuillat, una. y otra
muerte hizo llamar á un antiguo cazador furtivo, con- de cinco años. Y también estaba allí, gracias á las alian-
denado por él hacía tiempo á una dura pena por ha- zas, Luis Fauchard, casado con Juliana Dacheux, de la
ber matado á un gendarme que le había pegado un cual había tenido á Laura, y Evaristo Mataine, casado
sablazo; y se arrepintió públicamente, confesó en alta con Olimpia Lenfant, de quien había tenido á Hipólito,
voz las dudas que habían emponzoñado su carrera, y, en fin, Hipólito Mataine, casado con Laura Fau-
dijo á gritos lo que hasta entonces había ocultado, chard, de quien había tenido á Francisco, un galo-
— 248 —
— 245 m
pin que haría ocho años, la cuarta generación tañí- deshojadas y las hizo llover sobre la blanca cabeza del
hJén por este lado, dispuesta á crecer gallardamente bisabuelo, que sonreía de contento.
En el Beauclair gozoso no se hubiera encontrado me- —|Toma, abuelo Bourrón. ahí te van, ahí te van
sa más grande que ésta, alrededor de la cual se halla- más! Es para coronarte... i'Toma! ¡Toma! Las tienes
han todas las descendencias mezcladas de los Bourrón en el pelo, en las orejas, en la nariz, por todas par-
os Laboque los Bonnaire, los Yvonnot, los Fauchard! tes!... |Felicidades, felicidades, abuelo Bourrón!
los Feuillat, los Dacheux, los Lenfant y los Mataine Toda la mesa reía, aplaudía, aclamaba al antepa*-
Bonnaire, que aun allí encontraba á una de las su- sado. Ragú huyó, arrastrando á Bonnaire. Temblaba,
yas Zoa, daba detalles á Ragú sobre los que la muer- desfallecía. Después, cuando se hubieron separado un
Í T ? arrebatado. Fauchard y su mujer Natalia, él poco, exclamó bruscamente con voz sorda:
embotado ella siempre enferma, había desaparecido de —Escucha, ¿ 4 qué callarlo más tiempo? No he ve-
este mundo sm comprender, ocultando el pan que tenían nido más que para verlos... ¿Dónde están? |Enséña-
4 discreción por temor á que se lo robaran. Feuillat melos!
antes de m o n r había tenido la satisfacción de presen- Hablaba de Lucas y Josina. Pero como Bonnaire,
ciar el triunfo del vasto dominio de Combettes, su obra que había comprendido, tardase en contestar, conti-
Lenfant é lvonnot acababan de seguirle á esa tierra nuó :
de hoy más amada inteligentemente, virilmente fecun- —Desde esta mañana me paseo, aparento interesar-
dada. Después, los Dacheux, los Caffiaux y los Laboque, me por todo, y, sin embargo, no pienso más que en
todo el antiguo comercio ahora suprimido. La bella ellos; ellos solos me preocupan, pues sólo ellos me han
panadera, la buena señora Mataine, había acabado tam- traído otra vez aquí, á través de tantas fatigas y tan-
beHeza° r S U C U J n b i r 5 ^ g a d a de años, de bondad y de tos sufrimientos.... He sabido allá lejos que no le había
matado. Viven los dos ¿no es eso? Tienen muchos
de R lí B o y u a rr?n° ^ ^ ^ ^ ^ Ia
-sta hijos, son felices, se hallan en pleno triunfo, ¿ no es eso ?
. p Cuidado que se mantiene joven ! - m u r m u r ó , - | y Bonnaire reflexionaba. Temiendo un escándalo ha-
su Babette no abandona un momento su placentera bía retrasado hasta entonces el inevitable encuentro.
nsa i ¿No le había resultado bien su táctica? ¿No había
llegado 4 infundir en Ragú una espede de terror sa-
.nS.e-aCrdaba ?e anti uas
8 aventuras, cuando el grado ante la grandeza de la obra realizada? Le veía
compinche se eternizaba con él en casa de los Caf. ahora pasmado, tembloroso, con las manos demasiado
fiaux, declamando contra los patronos y volviendo 4 blandas para un nuevo crimen. Y, con aire de serena
casa borracho perdido. Recordaba su propia larga honradez, respondió al fin:
vida de misena los cincuenta años perdidos rodando —Puesto que quieres verlos, amigo mío, te les voy
t ¿ t Q T Ti ^ ^ P°r ,el vast0 H
<>y la expe- 4 enseñar. Y, la verdad, verás gente feliz.
riencia. estaba hecha, el trabajo reorganizado, regene- La mesa de Lucas se encontraba al lado d© la de los
m t ° n t r n h í b í a S a V a d , ° . á SU perdido ya, Bourrón. Ocupaba ól el centro, teniendo 4 su derecha
mientras que el volvía exterminado por el knüguo tra- á Jcsina y á su izquierda 4 Sœurette y Jordán. Allí
bajo de miseria y de sufrimiento, el salario inicuo estaba también Susana en frente de Lucas, Nanet y
envenenador y destructor. Y en aquel momento c o S Nisa, que bien pronto iban 4 ser abuelos, se habían
templo un espectáculo encantador que acabó de lle- sentado cerca de ella, con le® ojos sonrientes bajo sus
"arLemíe.fgUSt-^ J S S í n i hija de Adolfo y mechones rubios algo pálidos, como en los días ya le-
Bourrón, cogió de la mesa con sus manecitas rosas janos en que no eran más que juguetes, corderitos ri-
zados. Después estaba toda la descendencia, rodeando
la mesa. Hilario, el primogénito de los Froment, se
había casado con Colette, la hija de Nanet y de Elisa, rocas de los Montes Bleuses y merced á la cual pare-
de la cual había tenido á Marieta, de cerca de quince cía haber nacido Ja ciudad entera, con los jardines,
años; mientras que de Pablo Boisgelín y de Antonie- las avenidas y los surtidores de las fuentes. Cogió el
ta Bonnaire nacía Ludovico, que pronto iba á bacer vaso, lo elevo hacia el sol de púrpura, diciendo:
veinte. Mediaba promesa de unión entre Ludovico y —Josina, hay que beber, hay que beber á la salud
Marieta; comían al lado uno de otro, cuchicheando, de nuestra feliz ciudad.
divirtiéndose tiernamente con sus secretillos. En se- Y cuando Josina, que continuaba siendo enamorada
guida reñía Julio, el último de los Froment, que se y tierna bajo sus cabellos blancos, mojó riendo los la-
había casado con Celina, la hija de Arsenjo Lenfant bios, bebió él también, añadiendo:
y de Eulalia Laboque, y el matrimonio tenía un pi- —IA la salud de nuestra ciudad cuya fiesta oele-
llastre de seis años, Ricardo, hermoso como un arcán- bramos hoy!.... |Y que se ensanche siempre, que crez-
gel, era la pasión de su abuelo Lucas. Y toda la pa- ca en libertad, en prosperidad y en belleza, y que
rentela seguía, mesa adelante: era la mesa donde se conquiste toda la tierra á la obra de universal ar-
fundían más estrechamente las sangres enemigas, los monía !
Froment, los Boisgelín, los Delaveau, mezclados á la A la luz del sol que le eeñía como de un nimbo de
sangre de los Bonnaire, los Laboque y los Lenfant, el gloria estaba soberbio de juventud, de fe, de gozo
trabajo manual, el comercio y la tierra, toda la co- triunfal Sin orgullo ni énfasis proclamaba sencillamen-
munión social de donde había salido la ciudad nueva, te su felicidad al ver al fin su obra viva y sólida.
el Beauclaar de justicia y de paz. Era el Fundador, el Creador, el Padre, y todo aquel
pueblo lleno de alegría, todos aquellos convidados á
En el momento en que Ragú se aproximaba, el úl- todas las mesas, donde se festejaba, con el trabajo las
timo rayo del sol poniente iluminaba gloriosamente la fecundidades del verano, eran su pueblo, sus amigos,
mesa, y los ramos de rosas, las sedas ligeras y las sus parientes, su familia, prolongada sin cesar y cada
cabelleras llenas de diamantes de las mujeres brilla- vez más fraternal y próspera. Y una aclamación aco-
ban en medio de aquel esplendor. Pero lo que sobre gió el voto de ardiente ternura que elevaba á su ciu-
todo hacía adorable esta despedida del astro era el dad, ascendió en el aire de la tarde, rodó de mesa en
apresuramiento de los pájaros de las cercanías en ba- mesa, hasta las lejanas avenidas. Todos se habían pues-
jar otra vez entre los convidados antes de irse á dor- to en pie y levantando á su vez el vaso bebían á
mir á las ramas. Hubo tal revoloteo, con tal batir de la salud de Lucas y Josina, la pareja de héroes, los
alas, que la mesa se cubrió de avecillas, nube gigan- patriarcas del trabajo, ella, rescatada, purificada co-
tesca de palomas pequeñas, tibias. Manos amigas las mo esposa; él, redentor, que para salvarla había sal-
cogían, las acariciaban y las volvían á soltar. Y esta vado de la iniquidad y del sufrimiento al miserable
confianza de los pardillos y de los pinzones era cosa mundo de los asalariados. Fué aquel un minuto de
infinitamente fiema, celebrada en el aire tranquilo de exaltación y de magnificencia en que brillaron la gra-
la tarde la alianza desde entonces pactada entre los titud apasionada de la inmensa multitud, la recom-
seres, la paz universal que reinaba entre los hombres, pensa de tanta fe activa, el ingreso definitivo en la
los animales y las cosas. gloria y el amor.
— |Oh! abuelo Lucas;—exclamó Ricardo,—mira, abue- Entonces Ragú sintió temblar todos sus miembros,
la Josina tiene una curruca bebiendo en su vasol anonadado y lívido bajo el viento de apoteosis que
Era cierto, y Lucas, el fundador de la ciudad, se pasaba. No pudo soportar el brillo de belleza y de
divirtió y emocionó con ello. El agua era de aquella bondad que irradiaba de Lucas y Josina. Retrocedió,
tan fresca y tan pura que él había recogido entre las y vacilaba hasta el punto de disponerse á huir euand»
fcss 253 «»»
Lucas, que se había fijado en él, se volvió hacia Bon- frir aún después de haber arrastrado tanto tiempo su
naire. destino de pereza y de corrupción? Le miraron con
—jAhf amigo mió, faltaba usted á mi alegría, pues ojos de feliz bondad, por los cuales pasaba una gran
ha sido usted otro yo, el más valiente, el más fuerte tristeza compasiva. Y Lucas concluyó sencillamente:
obrero de la obra, y no deben festejarme sin festejarle —Váyase usted, pues, como quiera, puesto que no
á usted también... y dígame, ¿quién es ese anciano puede ser de nuestra familia á la hora en que se
que e3tá con usted? acortan las distancias y se estrechan todas las manos.
—Es un extranjero. Vea usted, vea usted cómo se confunden todos; las
—|Un extranjero! ¡Que se acerque, que parta eon mesas van á unirse á las mesas y antes de muchos
nosotros el pan de nuestra cosecha y que beba el agua minutos no habrá más que una sola para toda una
de nuestras fuentes! Nuestra ciudad es una población ciudad de hermanos.
de cordial acogida y de paz para todos los hombres. Era cierto. Los convidados comenzaban á aproximar-
Josina, haz sitio, y usted, amigo nuestro á quien no se ; cada mesa parecía ponerse en marcha hacia la mesa
conocemos, acérquese, siéntese entre mi mujer y yo, próxima; poco á poco se soldaban unas á otras, como
pues queremos honrar en usted á todos nuestros her- sucedía siempre al terminar la comida común, cele-
manos desconocidos de las otras ciudades del mundo. brando la fiesta del Verano en una bella tarde de Junio,
Ragú, como sobrecogido por u n espanto sagrado, re- jSe había hecho esto tan natural! Los niños servían
trocedió otra vez. primero de mensajejos, yendo de postre en postre; des-
—¡No! |No! |No puedo! pués los miembros de una familia dispersos al azar
—¿Por qué?—-preguntó Lucas con dulzura.—Si vie- de las alianzas, tendían á reunirse, á encontrarse cerca
ne usted de lejos, si está usted cansado, encontrará' unos de otros. ¿Cómo impedir que Severino Bonnaire,
aquí manos consoladoras y dispuestas para el socorro. en la mesa d e los Morfain, Zoa Bonnaire, en la de los
No preguntamos su nombre ni su pasado. Entre nos- Bourrón, y Antonieta Bonnaire, en la de Lucas, se sin-
otros todo está perdonado; sólo reina la fraternidad tieran arrastrados hacia la mesa paterna donde se ha-
para la dicha de cada uno puesta en la dicha de to- llaba su hermano mayor, Luciano? Y los Froment, dise-
dos.. i Y dile tú también, querida mujer, estas cosas, minados como el trigo en los surcos, Carlos en casa de
que serán más suaves, más convincentes en tus labios, los Bonnaire, Teresa y Paulina en casa de los Morfain,
puesto que yo no consigo al parecer más que asus- cómo no había de ponerse en movimiento, llevando con-
tarle. sigo á los otros en el deseo de estar con el padre, el
Entonces habló Josina. fundador y el creador? Entonces se vió prodigioso espec-
— ¡Ea, amigo mío! Hé aquí vuestro vaso; ¿por qué táculo; 1 « mesas andando, reuniéndose, soldándose,
no ha de beber usted á nuestra salud y á la suya? acabando por no formar más que una misma mesa á
Viene de lejos y es usted nuestro hermano; nos com- través de la ciudad regocijada. A lo largo de las ave-
placerá ensanchar aún nuestra familia. Es costumbre nidas, ante las puertas de las casas llenas de alegría,
ahora en Beauclair los días de fiesta darse el ósculo la comida común no sufría ya interrupción, la Pascua
de paz que tolo lo borra... Tome usted y beba, ¡por de aquel pueblo fraternal iba á terminar bajo las estre-
el amor ae todos! llas, en una inmensa comunión, tocándose codo con codo
Pero Ragú retrocedió de nuevo, más pálido y más sobre el mismo mantel, entre las mismas rosas desho-
tembloroso, herido por el terror del sacrilegio. jadas. Toda la ciudad se convertía en una banquete
—¡No! ¡No! ¡No puedol gigante, las familias se mezclaban, se confundían en
En aquel momento Lucas y Josina ¿sospecharon la una familia única, y el mismo soplo animaba todos
•tardad, reconocieron al miserable que volvía para su- los pechos y el mismo amor hacía latir los corazones.
Del gran cielo puro descendía una paz deliciosa, so- —iDormir además en tu casa! ¡Oh, no, no! Me voy,
berana, la armonía de los mundos y de los hombres. me voy en seguida.
Bonnaire no había intervenido para no perder da —No puedes marcharte á estas horas; estás dema-
vista á Ragú, viendo realizarse en él la transforma- siado cansado, demasiado débil.... ¿Por qué no te que-
ción que esperaba después de aquel día cuyas sorpre- das con nosotros? Tú te sosegarás, conocerás nuestra
sas le habían estremecido, una á una, hasta este res- dicha.
plandeciente final que le aterrorizaba y le arrebata- —1 Oh! i No ,nel | Necesito marcharme en seguida,
ba. Y lo sintió tan conmovido, tan vacilante, que le en seguida! El alfarero lo ha dicho muy bien: no es-
dió la mano.
toy hecho para vivir con vosotros.
—Ven, andemos un poco, es tan suave el aire de la Y con el acento de mi condenado puesto en tortura,
tarde... Dime: ¿ e r e « ahora en nuestra felicidad? Ya con rabia sorda, exclamó:
lo ves; se puede trabajar y ser feliz, pues la alegría, —Vuestra dicha.... No puedo verla: sufriría dema-
la salud, la vida perfecta están en el trabajo. Traba- siado.
jar es vivir, sencillamente. Se ha necesitado toda una Desde este momento no insistió ya Bonnaire, que
religión de sufrimiento y de muerte para hacer del comenzaba á sentir una incomodidad, un horror se-
trabajo una maldición y para colocar la felicidad de creto. Se llevó en silencio á su casa á Ragú, quien
un paraíso en la eterna pereza... El trabajo no es cogió de nuevo su zurrón y su palo, sin querer esperar
nuestro amo; es el soplo de nuestro pecho, la sangre el fin de la comida. No 3e cambió ni una sola palabra,
de nuestras venas, nuestra única razón de amar, de ni un ademán para el último adiós. Y Bonnaire miró
procrear, de ser humanidad inmortal. á aquel hombre, al viejo miserable y aniquilado que
Pero Ragú, derrotado, ya no discutía; se hallaba se marchaba con paso vacilante, y que desapareció á
como deshecho por la fatiga, cansado hasta la muerte. lo lejos en la obscuridad de la noche que poco á poco
—¡Ohl |Déjame, déjame!.... No soy más que un co- había ido cayendo.
barde; un niño hubiera tenido más valor. Me desprecio Pero Ragú no pudo abandonar tan deprisa á Beau-
á mí mismo. clair en fiesta. Subió lentamente por la garganta de
Y después, en voz baja: Brias, ascendió paso á paso, trabajosamente, entre las
—Había venido para matarles á los dos.... |Ah! ¡Qué rocas de los Montes Bleuses. Ahora dominaba la ciu-
interminable viaje! Caminos y más caminos, años en- dad, y al volverse, la vió toda entera de una sola mi-
teros de caminata sin dirección fija, á través de países rada. En el cielo, de azul sombrío, de faunensa pureza,
desconocidos, con esta rabia única en el corazón, ;on centelleaban las estrellas. Y bajo aquella suavidad de
este único deseo: volver á Beauclair, encontrar í ;se la hermosa noche de junio, la ciudad se extendía, se-
hombre y á esa mujer para hundirles en la carne »1 mejante á otro cielo, hormigueando también en ella
cuchillo de que tan mal me había servido!... Y tú me innumerables astros pequeños. Eran los millares de mi-
has distraído, he temblado ante ellos, he retrocedido llares de lámparas eléctricas que acababan de encen-
como un cobarde al verlos tan hermosos, tan grandes, derse á lo largo de las mesas del festín, en medio del
tan radiantes! verde de los árboles. Volvía á ver aquellas mesas, volvía
Bonnaire había temblado ante esta confesión. La vís- á encontrarlas, como dibujadas con trazos de fuego,
pera dudaba del crimen, sintiendo el sombrío temblor victoriosos de las tinieblas. Se prolongaban; acababan
que pasaba; ahora, ante el desconcierto del miserable, por llenar el horizonte. Y oía subir las risas y los cán-
se apoderaba de él la piedad. ticos; continuaba asistiendo á la fiesta gigantesca de
—Ven, ven, pobre sér, vea á ífti ca^a á dormir esto todo un pueblo sentado 4 la m,esai e» una sola y fra-
coche. Mañana, veremos. ternal familia.
5B0 — 257 - i
Ante este espectáculo quiso huir más lejos; suhió ochenta años cumplidos, una alegría inalterable, in-
arriba y volvió á ver la ciudad que resplandecía más
aún, cuando se volvió de nuevo. Subió más arriba, su- tejigente, siempre firme; si no fuera por las malditas
bió sin cesar. Pero á medida que subía y se volvía, la piernas que iban siendo de plomo, parecía un joven,
ciudad parecía agrandarse tomando toda la llanura, con- como él decía en broma. Tampoco Sœurette dejaba á
fundiéndose con el mismo cielo. Cada vez oía más distin- su hermano Jordán, siempre clavado en su laborato-
tamente las risas y los cánticos. La gran familia humana rio donde ahora dormía, de donde no salía ya. Lleva-
celebraba la alegría del trabajo, en la tierra fecunda. ba á Lucas diez años; sus noventa habían conservado
Y por última vez, se puso en marcha y anduvo mu- la actividad lenta y metódica á que debía su obra in-
cho tiempo, mucho tiempo, hasta que se perdió en las mensa; sin cesar se veía á punto de morir y no moría,
tinieblas. y era de tal lógica, de tal voluntad razonada en el
trabajo, que trabajaba todavía, cuando hacía ya mu-
cho tiempo los obreros de su generación dormían bajo
tierra
Con frecuencia había repetido su débil vocecilla:
—Los que mueren es porque quieren; no se muere
H uno mientras tiene algo que hacer. Yo siempre estoy
nmy mal, pero así y todo, llegaré á ser muy viejo y no
Y pasaran más años todavía; y la muerte necesa- moriré hasta el día que mi obra esté concluida... | Ya
ria, la buena obrera de la eterna vida, hizo su traba veréis, ya veréis 1 Veré venir la hora y os lo advertiré,
jo, se llevó uno á uno á los hombres que habían cum- queridos míos, diciendo: Buenas noches, acabé mi jor-
plido su tarea. Partió Bourrón primero, después su nada, voy á morir.
mujer Babette, de buen humor hasta el último alien- Trabajaba pues, Jordán, siempre, porque según él
to. Detrás Petit-Da, Azulina, de ojos azules de infi- no había acabado su obra Vivía envuelto en mantas,
nito, de eterno cáelo azul. Murió Lange concluyendo todo lo bebía templado para no constiparse; descan-
con el dedo pulgar el último monigote, una joven gra- saba mucho, medio acostado en un canapé, entre l à
ciosa de pies desnudo», á semejanza de la Descalza escasas horas que podía dedicarse á sus investigacio-
Nanet y Nisa murieron jóvenes, dándose un beso. En nes. Pero dos ó tres horas conquistadas así, le bas-
fin, sucumbió Bonnaire, á 1 0 héroe, en pie, como ente- taban para una gran tarea, gracias al método. Sœu-
rrado en el tragín del trabajo, un día que había ido á rette, muy cuidadosa, intervenía con abnegación ab-
los talleres á ver funcionar un martillo gigante, cada soluta, como un otro yo; á la vez enfermera, secreta-
golpe del cual forjaba una pieza ria, ayudante de laboratorio, sin permitir á nadie acer-
Y de toda su generación, de todos los fundadores y carse á su hermano. Los días que él tenía las manos
creadores en el Beauclair triunfal, sólo quedaban Lu- demasiado débiles, impotentes para la acción, ella eje-
cas y Jordán, amados, rodeados del cuidado afectuoso cutaba su pensamiento, y acababa por ser la prolon-
de Josina, de Sceurette y de Susana, las tres de una gación de su vida.
salud y un ánimo milagroso, para su mucha edad; En la idea de Jordán, s» obra sólo estaría termina-
parecía que vivían sólo para ayudarles á ellos, soste- da el día en que pudiera dar á la ciudad nueva 1a
nerles hora por hora. Susana, desde que Lucas anda- electricidad bienhechora, sin medirla, á discreción, co-
ba difícilmente inutilizadas las piernas poco á poco, mo el agua del río, como el aire libre. En sesenta
casi clavado en una butaca, vivía con él, partiendo años había hecho mucho para llegar á esta solución.
rrv
' " o s l n a I a dulce gloria de servirle. Lucas tenía Primero habiâ suprimido los gastos de acarreo, por
trakaio-^-Jssm U—i!t
f = 258 te 257 te
Ante este espectáculo quiso huir más lejos; suhió ochenta años cumplidos, una alegría inalterable, in-
arriba y volvió á ver la ciudad que resplandecía más
aún, cuando se volvió de nuevo. Subió más arriba, su- teligente, siempre firme; si no fuera por las malditas
bió sin cesar. Pero á medida que subía y se volvía, la piernas que iban siendo de plomo, parecía un joven,
ciudad parecía agrandarse tomando toda la llanura, con- como él decía en broma. Tampoco Sceurette dejaba á
fundiéndose con el mismo cielo. Cada vez oía más distin- su hermano Jordán, siempre clavado en su laborato-
tamente las risas y los cánticos. La gran familia humana rio donde ahora dormía, de donde no salía ya. Lleva-
celebraba la alegría del trabajo, en la tierra fecunda. ba á Lucas diez años; sus noventa habían conservado
Y por última vez, se puso en marcha y anduvo mu- la actividad lenta y metódica á que debía su obra in-
cho tiempo, mucho tiempo, hasta que se perdió en las mensa; sin cesar se veía á punto de morir y no moría
tinieblas. y era de tal lógica, de tal voluntad razonada en el
trabajo, que trabajaba todavía, cuando hacía ya mu-
cho tiempo los obreros de su generación dormían bajo
tierra
Con frecuencia había repetido su débil vocecilla:
—Los que mueren es porque quieren; no se muere
H uno mientras tiene algo que hacer. Yo siempre estoy
muy mal, pero así y todo, llegaré á ser muy viejo y no
Y pasaran más afios todavía; y la muerte necesa- moriré hasta el día que mi obra esté concluida... | Ya
ria, la buena obrera de la eterna vida, hizo su traba veréis, ya veréis 1 Veré venir la hora y os lo advertiré,
jo, se llevó uno á uno á los hombres que habían cum- queridos míos, diciendo: Buenas noches, acabé mi jor-
plido su tarea. Partió Bourrón primero, después su nada, voy á morir.
mujer Babette, de buen humor hasta el último alien- Trabajaba pues, Jordán, siempre, porque según él
to. Detrás Petit-Da, Azulina, de ojos azules de infi- no había acabado su obra Vivía envuelto en mantas,
nito, de eterno cáelo azul. Murió Lange concluyendo todo lo bebía templado para no constiparse; descan-
con el dedo pulgar el último monigote, una joven gra- saba mucho, medio acostado en un canapé, entre l à
ciosa de pies desnudos, á semejanza de la Descalza escasas horas que podía dedicarse á sus investigacio-
Nanet y Nisa murieron jóveaes, dándose un beso. En nes. Pero dos ó tres horas conquistadas así, le bas-
fin, sucumbió Bonnaire, á lo héroe, en pie, como ente- taban para una gran tarea, gracias al método. Sœu-
rrado en el tragín del trabajo, un día que había ido á rette, muy cuidadosa, intervenía con abnegación ab-
los talleres á ver funcionar un martillo gigante, cada soluta, como un otro yo; á la vez enfermera, secreta-
golpe del cual forjaba una pieza ria, ayudante de laboratorio, sin permitir á nadie acer-
Y de toda su generación, de todos los fundadores y carse á su hermano. Los días que él tenía las manos
creadores en el Beauclair tiiunfal, sólo quedaban Lu- demasiado débiles, impotentes para la acción, ella eje-
cas y Jordán, amados, rodeados del cuidado afectuoso cutaba su pensamiento, y acababa por ser la prolon-
de Josina, de Sceurette y de Susana las tres de una gación de su vida.
salud y un ánimo milagroso, para su mucha edad; En la idea de Jordán, su obra sólo estaría termina-
parecía que vivían sólo para ayudarles á ellos, soste- da el día en que pudiera dar á la ciudad nueva 1a
nerles hora por hora. Susana, desde que Lucas anda- electricidad bienhechora, sin medirla, á discreción, co-
ba difícilmente inutilizadas las piernas poco á poco, mo el agua del río, como el aire libre. En sesenta
casi clavado en una butaca, vivía con él, partiendo años había hecho mucho para llegar á esta solución.
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«er m m HW 258
Iñedio de cables. Después había inventado el aparato humanidad I Tenía el culto del divino sol, padre dé
que transformaba la energía calorífica del carbón, en nuestro mundo, creador y regulador que después de
energía eléctrica, y una vez cargados I03 dinamos di- haber sacado los seres del limo, les ha dado calor, les
rectamente, había hecho funcionar sus hornos eléctr& ha hecho desarrollarse y extenderse, les ha alimenta-
eos, transformando la metalurgia y dando á la ciu- do con los frutos de la tierra en una serie incalcula-
dad en abundancia electricidad para todos los usos ble de siglos. Era la eterna fuente de vida, porque lo
sociales y domésticos. Pero aún costaba cara y la que- era de luz, de calor y movimiento. Reinaba glorioso,
ría de balde. Temía después, como posible, como cier- bueno y justo, poderoso rey, dios necesario, sin el
to, que se agotaran las minas de carbón. Acaso antes cual todo moriría. ¿ Por qué no había de aumentar
de un siglo el carbón faltaría, y esto sería la muerte; ese sol sus beneficios? Durante miles de años había
del mundo actual, de nuestra industria, de nuestros acumulado su calor benéfico en los vegetales de que
medios' de locomoción; seria la humanidad, como un venía la hulla. Oculta mucho tiempo en el seno de la
gran cuerpo cuya sangre ya no circulara Veía inquie- tierra, había guardado para nosotros ese calor acumu-
to cada tonelada que ardía. Y débil, febril, tosiendo, lado. Al sol había que recurrir de nuevo. Si todas las
con un pie en la sepultura, le torturaba la catástrofe tardes desaparecía, si había el triste invierno, había
que amenazaba á las generaciones futuras. Se juraba que pedirle una gran parte de su fuego para poder es-
no morir sin regalarles las oleada de fuerza, la vida perar su vuelta de cada mañana y pasar sin sufrir las
prodigada sin fin, que sería su civilización y su felici- estaciones frías. Así, el problema era sencillo y for-
dad. Y se había puesto otra vez al trabajo, diez años midable. Había que dirigirse al sol, tomarle el calor
hacía. y transformarle con aparatos especiales convertido en
Naturalmente, pensó primero en los saltos de agua. electricidad, de la que habría que conservar provisio-
Era la fuerza necesaria primitiva, se empleaba con nes enormes en depósitos impermeables. Durante el
buen éxito en los países montañosos. Por desgracia, estío, la recolección de los rayos de sol en trojes, en
loe escasos arroyos de los Montes Bleuses no tenían la graneros de abundancia sin fin. En las noches largas,-
energía necesaria. Además n o era aquella una fuerza en el invierno obscuro y helado, allí habría luz, calor
regular, constante, ni de la abundancia que él nece- y movimiento para bien de la humanidad.
sitaba. También se acordó de las mareas y de que El sueño de Jordán había ocupado otro3 cerebros;
otros sabios se habían ocupado en esto. Aprovechó sus se había transformado el calor solar en electricidad,
estudios y hasta imaginó aparatos. Lo lejos que esta- pero en cantidades ínfimas. Jordán quería todo aque-
ba Beauclair del mar, no era hoy un obstáculo, pues llo en grande, útil, práctico. Durante años se le vió
la energía eléctrica se trasmitía ya, sin pérdidas, á hacer construir, en el ¡antiguo Parque de la Crécherie,
grandes distancias. Pero otra idea le acosaba, se apo- aparatos extraños á manera de torres, cuyo uso no se
deraba de él poco á poco, le lanzaba á un ensueño podía adivinar. El nada decía, á nadie confiaba su
prodigioso, pensando hacer feliz al mundo si la reali- secreto. Si hacía buen tiempo, en los ratos en que se
zaba. sentía fuerte, llegaba con su pasito de anciano débil
Siempre Jordán, tan flaco y friolento, había tenido y se encerraba con sus hombres en la nueva fábrica,
la pasión del sol. Le seguía en su curso, le miraba po- y tenaz á pesar de los fracasos, luchaba, acababa por
nerse, con el miedo, con el temblor de las tinieblas in- conquistar el astro soberano, él, hormiga laboriosa á
vasoras. Y por la mañana se levantaba, á veces, tem- quien un rayo de sol un poco fuerte hubiera matado.
prano, por el gusto de verle renacer. Nunca hubo mayor heroísmo, mayor victoria sobre las
Si se hubiera sumido en el mar sin aparecer jamás,- fuerzas naturales, ayer mortíferos rayos, hoy simples
iqué neche sin fin. helada y mortal para la mísera energías conquistadas al servicio del hombre. Y resol-
—Ea—dijo sonriendo,—esto se ha acabado, y está
rió el problema; el sol se dejó coger un poco de fue- muy bien; ahora ya puedo irme... Volvamos á casa,
go. Se construyó una fábrica definitiva que daba á hermana mía.
Beauclair electncidad para todo un año, á discreción • Estaba muy contento, radiante por haber visto su
de los habitantes, como las fuentes daban agua. Pero obra completa y en pie, cual buen trabajador que al
había un defecto; los inmensos depósitos perdían mu- fin va á poder descansar. Pero su hermaSa, para pa-
cha fuerza. Y había que conservar para el invierno bas- searle un poco, había hecho que se diera un rodeo,
tantes rayos del sol almacenados para encender sobre y Jordán se encontró de repente, al salir de una calle
el pueblo otro sol durante las largas noches de Di- de árboles, delante del pabellón de Lucas, inmovili-
ciembre. De nuevo Jordán volvió al trabajo. Buscaba, zado también, no pudiendo ya salir por causa de las
Juchaba, resuelto á vivir hasta vencer. Sus fuerzas de- piernas. Hacía algunos meses que no habían podido
clinaban; ya no podía salir, y tenía que mandar las verse los dos amigos. Sabían uno de otro por sus que-
órdenes á la fábrica. Así pasaron meses. Encerrado ridas guardianas, que iban y venían como ángeles men-
en su laboratorio, allí acababa su labor, allí quería sajeros. Todavía un deseo, el último de su corazón,
extinguirse el día en que esta labor estuviese terminada. animó al moribundo entre el suave sueño que empezaba
Y ese día llegó; había encontrado el medio de evitar toda á invadirle.
pérdida, de hacer los depósitos impermeables capaces —¡ Oh, te lo ruego, hermana mía, dótenme aquí, bajo
de conservar mucho tiempo las provisiones de fuerza este árbol, junto á esta hierba alta!.... Tú sube en
eléctrica. Y ya no tuvo más que un deseo; decir adiós seguida, avisa á Lucas, dile que paso y que estoy ante
á su obra, abrazar á los suyos, y luego volver á entrar su puerta esperándole.
en la vida universal. Sceurette, sorprendida y algo temerosa de fuerte emo-
Era Octubre; el sol doraba todavía las hojas con ción de la entrevista, vaciló un instante.
un oro templado, claro, suave. Jordán consiguió de —Pero, amigo mío, Lucas está como tú, no se me-
Sceurette que se le llevaría por última vez en una nea, ¿cómo ha de bajar?
butaca á la fábrica donde se acababan de instalar los Jordán sonrió, alegre, como solía, reanimados los
nuevos depósitos. Deseaba comprobar su victoria, aquel ojos.
sol acumulado y conservado para que Beauclair pudie- —Le bajarán, hermana mía; pues yo voy hacia él
ra esperar á la primavera próxima. Y en las primeras en mi butaca, bien puede él venir hacia mí en la
horas de una tarde deliciosa, le llevaron allá y pasó suva.
dos horas visitándolo todo y regulando la marcha de Y añadió enternecido :
los aparatos. Estaba la fábrica en la falda de los Montes —i Se está aquí tan bienl Conversaremos por últi-
Bleuses, en la parte del antiguo parque expuesta al me- ma vez, nos diremos adiós... ¿Cómo habíamos de
diodía, y que ya antes era, gracias al sol, un paraíso pararnos para siempre sin habernos abrazado ?
de frutas y de flores. Algunas torres dominaban los Sœurette ya no pudo negarse; subió á casa de Lu-
amplios edificios, techumbres inmensas de acero y de cas. Tranquilo, acariciado por el sol poniente, Jordán
vidrio los unían, y nada más se veía por fuera, pues esperó. Pronto volvió su hermana anunciándole la lle-
los cables pasaban bajo tierra. Jordán acabó su visita gada de su amigo. Profunda emoción se produjo cuan-
haciéndose parar un instante todavía en el patio central, do Lucas apareció á su vez conducido también por dos
desde el cual paseó una suprema y larga mirada en tomo hombres en su butaca. Avanzó lentamente entre el ver-
suyo sobre aquel mundo nuevo, eterna fuente de vida, dor, seguido de Josina y de Susana, que nunca le de-
creación suya, pasión de su existencia entera. Se volvió jaban. Le colocaron oerca de Jordán, las butacas se to-
hacia Sceurette, que había seguido paso á paso detrás
de la butaca en que le conduciaa "dos hombres.
«aban, y los dos amigo» pudieron eogerse y apretar» cien años á la miseria, al dolor humano; y esta ciudad
las manos. nueva, este Beauclair regenerado, donde florecen más
—I Ah, mi buen Jordán, cuánto e» lo agradezco; cuán justicia y más ventura, cuenta las excelencias de su
de usted es esta idea de volver á vernos todavía y misión, la gloria benéfica de su obra... Ya lo ve usted,
decirnos adiós 1 con toda mi razón y todo el corazón estoy con usted,
i—Usted hubiera ido á mi casa, mi querido Lucas. y no hubiera querido que nos separáramos sin repetirle
Pues yo era quien pasaba y estaba usted ahí, era tan que me ha ganado para su causa y con qué cariño cre-
sencillo reunimos por última vez sobre esta hierba, ciente le he seguido en todo lo que acaba de realizar,
bajo uno de estos árboles queridos cuya sombra tanto tan humano, tan grande.... Muchas veces ha sido usted
hemos amado. mí ejemplo.
El árbol era un gran tilo plateado, un gigante so- Pero entonces fué Lucas quien exclamó:
berbio, ya medio despojado de sus hojas. Pero el sol —-¡Oh, amigo mío, no hablemos de ejemplo! Usted
le doraba todavía y un polvo de astro caía de sus ra- es quien me lo ha dado continuamente, el más alto,
mas en una lluvia templada. La tarde era deliciosa, el más magnífico... Acuérdese de mi cansancio, á ve¿
de una paz inmensa, de un encanto infinitamente sua- ces, de mis desfallecimientos, y á usted siempre le he
ve. Un gran rayo de sol bañaba á los dos anciano», encontrado en pie, con más valor, con más fe en sm
mientras las tres mujeres, en pie detrás de ellos, pa- obra los días en que todo lo creía perdido.... Su fuer*
recían cobijarlos con su solicitud. za invencible ha sido no creer más que en el trabajo;
—i Fíjese usted, amigo mío—añadió Jordán,—hace tan- ver en él la salud, la única razón de obrar y do vivir.
tos años que mezclamos nuestras vidas en faenas pa- Y así su obra ha llegado á ser su corazón y su cerebro,-
ralelas! Hemos acabado por estar hechos e! uno del la sangre de sus venas, el pensamiento siempre en
otro. Me hubiera marchado con un remordimiento si vela... |Qué monumento imperecedero, qué dón de es-
no hubiera vuelto á disculparme por haber creído tan plendor y de dicha va á dejar á los hombres 1 La obra
poco en su obra de usted, al principio, cuando usted mía, el constructor de la ciudad, el pastor do pueblos,
vino á mí pidiéndome ayuda para construir la futura sin la suya, no hubiera podido realizarse y no sería
ciudad de justicia. Estaba convencido de que sería un nada todavía.
fracaso. Callaron ; pasó un pájaro volando ; el sol de otoño
Lucas se echó á reir. caía como una lluvia de las ramas desnudas, con ma-
—Sí, si, amigo mío; las luchas políticas, económi- yor suavidad según iba muriendo la tarde. Natural-
cas y sociales, no eran su fuerte.... Sin duda, |ha ha- mente, Soeurette, inquieta, cubrió bien con la manta
bido entre los hombres tantas agitaciones vanas! Pero las rodillas de Jordán, mientras Josina y Susana se
qué, ¿había de abstenerse de influir en los hechos, inclinaban sobre Lucas, temiendo que se fatigara. Pero
dejar á la evolución cumplirse por sí misma, desdeñar Lucas prosiguió:
el deseo de apresurar la hora de la emancipación? To- —La ciencia sigue siendo la gran, revolucionaria;
das las intrigas, á veces necesarias, todos I03 bajos usted me lo decía al principio, y cada paso adelante
recursos de los conductores de hombres han podido de nuestra eixstencia ha venido á probarme que tenía
disculparse por las dobles etapas que á veces han he- usted razón. Este Beauclair feliz, no-hubiera sido po-
cho adelantar. sible sin la energía eléctrica de que usted le dotó.
Jordán le interrumpió con viveza: Sólo la ciencia, la verdad, emancipará al hombre, más
—Tenía usted razón, amigo mío, y me lo ha pro- cada día, le hará dueño de su destino, soberano del
bado magníficamente. Su lucha aquí ha adelantado, mundo, vencedor de las fuerzas naturales.
ha creado todo un mundo, tal vez le ha ganado usted —Si—respondió Jordán,—la ciencia libertará al hqy|v
Ere, pues la verdad es en el fondo fraternidad y jus- la tierra sin hilos ni cables. La palabra humana, cual-
ticia.... y yo me voy contento; acabo dé visitar por úl- quier movimiento humano, darán la vuelta al mundo
tima vez nuestra fábrica; ahora funcionará como yo con la rapidez del relámpago... Siempre será la ciencia,
quería, para descanso y bien de todos. amigo mío, la revolucionaria invencible que emancipe
Continuó, dió explicaciones, instrucciones respecto do á los pueblos con más paz y más verdad. Hace ya
los nuevos aparatos y su empleo futuro, como si dic- tiempo que habéis como borrado las fronteras con vues-
tara á su amigo su última voluntad. Aquel era su tes- tros ferrocarriles que se prolongan ski cesar, cruzan
tamento. La electricidad ya era como él la hubiera que- los ríos, horadan las montañas, juntando todas las
rido. naciones con las mallas cada vez más espesas y fra-
En todas partes se distribuía sin medirlos, la luz, ternales de esta inmensa red. ¿Qué será cuando se
el calor, el movimiento. Con dar vueltas á unos boto- hable de capital á capital, cuando el mismo pensamiento,
nes se iluminaba Ja casa, se calentaba, cocinaba, y en el mismo minuto, ocupe en los mismos intereses
las varias máquinas del oficio ó del uso doméstico se á los distintos continentes, cuando las barquillas de los
ponían en marcha. Mecanismos ingeniosos sin fin apa- globos viajen por el libre espacio, patria común, sin
recían todos los días para alivio del trabajo manual. tropezar con aduanas. El aire que respiramos todos, el
La inteligencia se emancipaba, subía el nivel moral é espacio que es de todos, será el campo de armonía ili-
intelectual; en vez de la oeiosa pereza el trabajo cons- mitada, donde la humanidad de mañana se reconcilie—
ciente y libre; el hombre, su rey, dedicado á sus tareas Por eso me ha visto usted siempre tranquilo, seguro
favoritas, después de algunas horas de faena común de la emancipación final. En vano los hombres se devo-
dedicadas á la Comunidad social. Y hasta las pobres raban estúpidamente, en sus luchas ciegas, y las reli-
bestias de carga se veían libres de carros y pesos abru- giones se obstinaban en acumular errores, para seguir
madores, volviendo á sus prados y á sus bosques. dominando; la ciencia seguía avanzando. Traía más
Las aplicaciones eran innumerables. Jordán había in- luz, más fraternidad, más ventura cada día Y por la
ventado lámparas de tal fuerza, que dos ó tres basta- fuerza irresistible de la verdad barrerá el pasado de
ban para iluminar una avenida. El sueño de encender tinieblas y de odios, acabará por libertar las inteligen-
de noche otro sól en Beauclair, iba á realizarse de cias, por juntar los corazones bajo el gran sol bené-
seguro. Se habían encontrado también admirables estu- fico, padre de todos.
fas, inmensas, donde, gracias á su sistema perfeccio- Se fatigaba; su voz iba siendo muy débil. Pero aun
nado de calefacción, crecían en todo tiempo flores, le- concluyó, animándose:
gumbres, frutas. La ciudad estaba ahita de ellas, se !
—Ya lo ve usted, amigo mío, era ye tan revolucio-
distribuían á manos llenas; ya no había invierno ni nario como usted.
noche. Los transportes, la locomoción, la simple circu- —Lo sé, querido amigo—respondió Lucas conmovi-
lación por las calles concurridas eran mucho más fáciles do.—Ha sido usted mi maestro en todo; nunca le agra-
gracias á esta fuerza gratuita aplicada á una infinidad de deceré bastante sus admirables lecciones de energía,
vehículos, bicicletas, cochecillos, carretas, trenes de va- de magnífica fe en el trabajo y en el propósito.
rios vagones. Bajadla el sol; como-un ligero escalofrío acababa de
—-Me voy contento—repitió Jordán con serena ale- pasar entre las ramas del gran tilo, del cual caía
gría.—He acabado mi tarea y veo la labor bastante más pálido el polvo de oro del astro. La noche se acer-
avanzada para dormirme en paz. Mañana se descu- caba, un suave reposo invadía lentamente la hierba,
brirá la navegación aérea; el hombre habrá conquis- alta. Y las tres mujeres, en pie, mudas y atentas, ya
tado el espacio como había conquistado los océanos. se inquietaban, aunque les inspiraba respeto aquella
Mañana podrá comunicar de un extremo á otro de suprema entrevista, que las tenía inmóviles por la emo-
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ción. Intervinieron, suaves, cariñosas, con ademanes la gran calma en que los buenos obreros se quedabas
maternales, no con palabras. Josina y Sceurette lapa- dormidos. Fué el abrazo cariñoso, muy lógico; cuan-
ron también á Lucas, que dijo: to aliento les quedaba lo pusieron en aquel beso.
—No tengo frío, iestá tan hermosa la tarde 1 —-Adiós, mi buen Jordán.
Sceurette se había vuelto para mirar al sol que se —Adiós, mi buen Lucas.
ponía; Jordán siguió su mirada. Después, no hablaron más. El silencio se hizo pro-
—Sí, la noche llega—añadió;—el sol puede poner- fundo y sagrado. El sol desapareció del cielo inmenso,
se; nos deja en nuestros depósitos su fuerza toienhe- detrás de la línea lejana é indecisa del horizonte. So-
chora... Y esta vez, si se pone, quiere decir que he bre el gran tilo, un pájaro calló; las ramas se sumer-
andado toda mi jornada. Voy à domar... Adiós, ami- gieron en una sombra sutil mientras la hierba, y todo
go mío. el parque con sus altos troncos, sus calles, sus prade-
—Adiós, amigo mío—repitió Lucas.—Pronto dormi- ras entraban en la paz deliciosa de la noche.
ré yo también. Entonces, á una seña de Sceurette, los dos hombres
Era el último adiós, de conmovedora ternura, de levantaron la butaca de Jordán, le llevaron con mar-
grandeza sencilla, extraordinaria. Uno y otro sabían cha suave y lenta. Lucas, inmóvil, había pedido con
que no se verían más; la última mirada, las últimas un ademán que se le dejara un, instante más bajo el
palabras. Y después de sesenta años de vivir la misma árbol. Y miraba á su amigo que se alejaba, allá abajo,
obra común, se separaban para no reunirse más que por el fondo de la gran calle de árboles, recta. Era
en la corriente de las generaciones, los hombres de larga, y la butaca poco á poco iba disminuyendo. Hu-
mañana cuya felicidad habían adelantado. bo un momento, en que volviéndose Jordán, cambia-
—Adiós, amigo mío—dijo otra vez Jordán.—Nada de ron la última mirada, una sonrisa medio borrada por
tristeza; la muerte es buena y necesaria. Se revive la distancia. Aquello había acabado; Lucas vió la bu-
en los demás, de ese modo se es inmortal. A ellos ao3 taca perderse, desaparecer, mientras el parque entero
habíamos consagrado ya, para ellos hemos trabajado se dormía en las tinieblas. Al volver á su laboratorio,
sólo, y en ellos renaceremos gozando asi de nuestra •Jordán se acostó, tan débil, tan menudo en su edad
obra... Adiós, amigo mío. • avanzada que parecía reducido á la estatura de un
Y Lucas, una vez más repitió: niño; y tal como había dicho, acabada su obra, se en-
—Adiós, amigo mío, todo lo que quede de nosotros tregó por fin á la muerte. Murió al día siguiente con
dirá cuánto hemos amado y cuánto hemos esperado. mucha paz, sonriendo, entre los brazos de Sceurette.
Cada cual nace para su tarea, la vida no tiene' otra Lucas vivió cinco años más, siempre en su butaca,
razón, la Naturaleza echa al mundo un ser más cada junto á la ventana de su cuarto, desde donde veía el
vez que necesita un obrero más. Y cuando ha cumplido progreso de su ciudad. Una semana después de la
su trabajo puede el obrero descansar. La tierra le re- muerte de Jordán, Sceurette se vino con ellos, y ya
coge para emplearle en otras cosas... Adiós, amigo mío. fueron tres á cuidar de Lucas. Entonces recogió la
Se inclinó, queriendo abrazarle. Pero no pudo; las Boberbia cosecha de amor, que había sembrado en tor-
tres cariñosas mujeres tuvieron que ayudarles, soste- no suyo á manos llenas.
nerles paja que se estrecharan por última vez. Les En largas horas de feliz contemplación ante su prós-
hizo esto reir como niños; admiraba su alegría, su se- pera ciudad, Lucas veía el pasado redivivo. Veía el
renidad, en esta hora de la separación; ni recuerdos punto de partida, la lejana lectura de un menudo libro,
de días mejores, ni remordimientos; habían cumplido resumen de la doctrina de Fourier. Recordaba la noche
su deber, toda BU labor humana. Aún menos temían; de insomnio, de duda y de fiebre. Los arranques ge-
giraban sin terror más ^llá de la muerte, seguros de niales de Fouüer le habían inspirado; las pasiones
humanas rehabilitadas, como fuerza de la vida; ei tra-
bajo sacado de presidio, ennoblecido, agradable; nuevo envolvimiento de los cinco sentidos, y del sentido del
código social; la libertad y la justicia conquistadas amor, pues el hombre debía gozar, satisfacer sus de-
por la paz, juntando el capital, el trabajo, la inteli- seos sin hipocresía, á la luz del sol. Todo esto era la
gencia. A Fourier debía su ensayo de la Crécherie, la religión de la vida, libre de dogmas.
salud y la alegría de un nuevo pueblo. La religión de Asistía Lucas, sobre todo, al triunfo del trabajo sal-
la humanidad, como el catolicismo, acaso tardaría si- vador, creador y regulador del mundo. Desde el pri-
glos en consolidarse; ¡pero qué práctico, evolucionis- mer día había querido la muerte del salario único, de
ta, llegaba el colectivismo, y hasta el sueño libertario un nuevo reparto más justo. Pero ¡ qué de etapas an-
de los anarquistas. En la asociación el capital paso tes de llegar al sueño realizado 1 También, en esto, se
á paso dejaba el puesto al trabajo y á la inteligencia. partía de Fourier; la unión, el trabajo variado, corto,
Desaparecía «1 comercio; poco á poco el dinero. Avan- agradable, las series de grupos. La comunidad liber-
zando así, á partir de Fourier, la ciudad nueva conquis- taria estaba en germen en Fourier, pues si había re-
taba á las sectas enemigas, colectivistas y hasta anar- chazado la revolución social, su esperanza, era destruir
quistas, para unirlos á todos en un pueblo hermano, la sociedad presente. En la Crécherie, el salario, por
trayendo el reino del cielo á la tierra. grados había ido agonizando; había llegado á satis-
Era admirable el espectáculo de victoria que Lucas facer á los colectivistas con la circulación reglamenta-
tenía siempre ante los ojos; la ciudad feliz cuyos te- da de los bonos de trabajo. Sin embargo, el salario
jados de colores vivos, entre los árboles, se dilataban seguía siendo, atenuado, disfrazado, negándose á mo-
ante su ventana. Después del primer paso doloroso rir. Sólo la comunidad libertaria lo había destruido en
de la generación primera, imbuida por los antiguos la última etapa, con la antigua quimera de libertad
errores, las generaciones nuevas, educadas por escue- y justicia totales, de unidad y armonía, ya vivientes.
las talleres, seguían la marcha de modo fácil, gracio- No había autoridad; el nuevo pacto social se fundaba
so, alcanzando los horizontes que se tuvieran por qui- en el trabajo necesario, la ley y el culto. Nadie impe-
méricos. Gracias al continuo mudar, los hijos y los dia la expansión de cada cual; el ciudadano progresa-
hijos de los hijos parecían tener otro corazón otro ba á su modo en su deber de trabajador; formaba
cerebro; era fácil la fraternidad, porque el bien prác- parte de los grupos que quería, pasaba del campo á la
tico de cada cual, estaba en el de todos. No había co- fábrica según sus facultades y su deseo. No había
mercio, que era robo; dinero criminal, avaricia; no lucha de clases, pues sólo había una; todos eran igual-
había herencia, nadie nacía con el privilegio del ocio; mente ricos, con la misma instrucción y educación,
no había degollinas en torno á los testamentos. ¿Para sin diferencia alguna en traje, habitación y costum-
qué aborrecerse, envidiarse, codiciar lo ajeno con fuer- bres. Era el trabajo rey, el sólo dios, de una nobleza
za ó dolo, si la fortuna pública era de todos, y cada soberana, que había rescatado á la humanidad, y le
cual nacía, vivía y moría tan rico como el vecino? El daba el vigor, el amor y la belleza.
crimen ya no tenía razón de ser, era estúpido, todo el Sonreía gozoso Lucas, cuando un soplo de brisa ma-
salvaje aparato de represión y castigo se había hundi- tinal le traía las carcajadas y los cánticos, cuya sonora
do por inútil; gendarmes, tribunales, cárceles. Había alegría le mandaba la ciudad á todas horas. Era el
que vivir en medio de este pueblo, que ignoraba la trabajo fácil, delicioso. Pocas horas al día, casi todo
guerra, y amaba ©1 trabajo solidario, para ver que las era vigilar, porque las máquinas nuevas habían llegado
pretendidas utopias de dicha universal se hacían posi- á tener pies y manos, como los esclavos antiguos. Le-
bles. Las pasiones no sofocadas, cultivadas, se hacían vantaban montañas, cogían los objetos más delicados y
virtudes, energías. La dicha legítima estaba en el des- los modelaban - con esmero infinito. Andaban, obede-
cían, como animales sin dolor, gastándose sin fatiga,
m 270 « e» 271 »«i
Por ellas, el hombre acababa por reconquistar la Na-
turaleza. des que allí se resumían Los escultores poblaban de
bronces, de mármoles vivientes los jardines y los mu-
Era un lujo, abundancia prodigiosa de manufactu- seos; los pintores adornaban las escenas de la vida
ras de las flores y frutos de la tierra. Cada ciudadano ordinaria, los edificios públicos, las estaciones, los ta-
vivía como un príncipe con algunas horas de trabajo. lleres. las bibliotecas, las salas de espectáculos, de es-
¡Ya no había la servidumbre de las diez horas! Esta tudio y de recreo; y sobre todo había escritores que
reducción del trabajo material había hecho florecer los daban á este pueblo innumerable que los leía, obras
estudios de los sabios, las obras de los artistas, abriendo robustas, poderosas, de aliento, nacidas del mismo pue-
el campo de la inteligencia á todos. En los laborato- blo y escritas para él. El genio, en que se acumula la
rios, descubrimientos maravillosos cada semana. El pen- energía intelectual de las generaciones, se agrandaba
samiento humano se hacía superior, porque el pueblo en aquella humanidad más instruida y Ubre. Jamás
entero estudiaba la verdad por métodos experimenta- había tenido tal esplendor No era la flor de estufa de
les; las grandes inteligencias ya no eran excepciones; una literatura limitada, aristocrática; brillaba en plena
el genio era legión. humanidad, con poemas en que rebosaba la vida de
Ya la químitía transformaba la alimentación; aun- tcdos, que todos habían ayudado
que la tierra no hubiera producido más trigo, ni oli-
vos, ni viñas, de los laboratorios habría salido bas- Y Lucas lleno de serenidad, sin temor en el porve
tante pan, aceite y vino para abastecer la ciudad en- nir. veía su ciudad seguir creciendo como persona fuer-
tera. En física, en materia de electricidad sobre todo, te y hermosa de juventud eterna.
los inventos seguían ensanchando los límites de lo po- Había bajado de las gargantas de Brías, entre los
sible; daban á los hombres la omnipotencia de los dop promontorios de los Montes Bleuses, y ahora in
dioses, sabiéndolo, viéndolo, pudiéndolo todo. Después vadían las pradería? de la Rumaña Las fachadas blan-
el vuelo de los artistas, la belleza más ámplia, flora- cas. en el buen tiempo, reían entre prados, sin que
ción inmensa, universal, con que todos podían perfu- eJ humo manchase la pureza del aire; no había chi-
marse y adornarse. No había artefacto, por humilde que meneas, la electricidad reemplazaba la madera y el
fuera, en que no interviniese el arte en la forma, en carbón El gran cielo azul tendía su tapiz de seda li-
eJ color, en la expresión. Lange, con sus ladrillos es- gera inmaculada Por doquiera surgían casas, calles, fuen-
maltados, su alfarería polícroma, había sido el prime- tes innumerables, el rumor de muchas aguas perpétua
ro en embellecer la vida cotidiana del pueblo; y ahora alegría Un pueblo libre, feliz fraternal es foco de
venían legiones de artistas; lo era cada obrero; iba atracción. Los pueblecilloa de los alrededores, Saint-
aneja á o a d a oficio la belleza innata, grande, simple de Cron, Formeries, Magnolles. hablan seguido el ejem-
obra vivida, buscada, adaptada á su servicio propio. plo de Beauclair Era eJ contagio irresistible de la
Todas las artes florecían con la inspiración popular dicha; y no haría obstáculo para la fuerza de la feli-
en las almas; por las pasiones libres, por el amor cidad realizada cuando los hombres tuvieran la visión
compartido. En esta dirección universal la música era neta y decisiva de ella. Nunca ha habido más que una
la voz del pueblo feliz; y músicos, hijos suyos, en- lucha humana, la lucha por la felicidad, y está en el
contraban para él cantos sublimes cuya continua ar- fondo de toda religión y de todo gobierno. El egoísmo,
monía era como un baño ideal en teatros, talleres, es el esfuerzo indimdual buscando para sí ia dicha
casas y calles. Edificaban arquitectos, para el pueblo, posible; ¿ y por qué cada ciudadano no ha de poner
palacios inmensos y soberbios, con la amplitud y la su egoísmo en tratar á los demás como hermanos, el
majestad una y variada de la muchedumbre; con la día que se convenza de que la felicidad de cada cual
adorable variedad fañtás'i a de miles de individualida- está en la de todos ? Sí los intereses lachaban era por-
gue el pacto antiguo los oponía unos á otros. Pero p
te 272 te 273 i«»
se prueba que el interés está en la unidad, en la ar- bfan maquinaciones de las familias paf& echar tífia
monía la paz está hecha. Si el hombre hubiera puesto hembra á la parada, pensando en la ganancia
en conquistar al mundo las fuerzas naturales, todo Era el pleno amor depurado, saneado, hecho per-
afán de siglos- y siglos gastado en sangre y lágrimas, fume, llama, el foco de la vida. Extendido, general,-
sería él rey de lo creado. No es cierto que un pueblo universal, naciendo de la pareja para pasar à la ma-
que no lucha degenere. El ideal no tiene limites; siem- dre, al padre, á los hijos, á los parientes, á los vecinos,
pre tendrá mucho que conquistar lo desconocido. A. á loe conciudadanos, á la humanidad entera, en ondas
cada necesidad satisfecha, sucederá otra, despertando cada vez más grandes en un mar de amor, acababa por
héroes de la ciencia y de la belleza. Como el sueño, bañar al mundo. La dilección era como el aire puro
el dfeseo es infinito. Como se combatió por robar la que alimentaba todos los pechos. La humanidad equi-
dicha ajena, se luchará por aumentar la de todos. librada al fin como los astros, por la atracción, la ley
Y no habrá más que héroes; y todo niño, al nacer, re- de justicia, de solidaridad y de amor viajaría su ade*
cibirá un regalo de bienvenida: la tierra entera, el lante dichosa á través del eterno infinito.
cielo sin límites, el sol paternal, fuente de la inmortal —Mirad, mirad—decía Lucas á veces contento, cuan-
vida. do por la mañana Josina, Sœurette y Susana rodeaban
Lucas contento frente á su, ciudad triunfante, atri- su butaca ante la ventana abierta de par en par,—
buía al amor todos aquellos prodigios. El amor que jmirad! desde anoche, más árboles han florecido; besos
había sembrado y que ahora recogía en frutos ina- y más besos parece que echan á volar desde los aleros
gotables de bondad, de fraternidad. La mujer salva- como pájaros cantores... Allá abajo, á derecha é iz-
da, Josina, devuelta á su puesto, lo había hecho todo. quierda, el amor bate las alas, al sol naciente.
También la instrucción, la educación, nuevas, juntan- Las tres reían- también y bromeaban amables, por
do los dos sexos y dándoles los mismos conocimien- complacerle.
tos, los había llevado á entenderse con un fin ya úni- —Sí, sí—decía Josina,—por este lado, encima de aque-
co, amar mucho para ser muy amado. Lo que juntaba lla casa de tejas azules sembradas de estrellas blan-
en la escuela, se afirmaba en el taller, con el amor cas, parece que tiembla el sol (anunciando mucha ale-
florecía^ Los amigos de la niñez amantes en la ju- gría dentro. Dos enamorados deben de haber celebrado
ventud, formaban las parejas siempre fieles y juntos esta noche sus bodas.
se llegaba á la vejez. Sin embargo, la libertad subsis- —Y mirad enfrente—decía Sœurette,—en la facha-
tía; era lícito separarse, sino sabían entenderse, y los da brillante de eea otra casa, de azulejos adornados
hijos quedaban con uno ó con otro, según su gusto: ó con rosas, como echan lumbre los cristales como un
bien los acogía la comunidad si surgían dificultades. astro que amanece. De seguro, allí acaba de nacer un niño.
El duelo aquel entre el hombre y la mujer tanto tiem- —Y doquiera, sobre todas las moradas, sobre el pue-
po origen de amarguras, se resolvía dejando á la mu- blo entero—decía Susana,—lucen rayos de sol, como
jer libre, igual del hombre, su compañera por ley del espigas de oro se levantan en un campo fraternal de
albedrío. Podía no casarse, vivir como un hombre, fertilidad prodigiosa. ¿No es la paz de todos, el amor
¿pero, á qué mutilarse, negar el deseo, aislarse? Hace de todos que cada día brota y se recoge?
falta toda la vida. El orden natural, se restablecía Lucas las oía encantado. Adorable recompensa le
pronto, la paz reconciliaba los sexos. Cuando dos ena- daba el amor, rodeándole en Su ancianidad extrema
morados, la carne en flor, se prometían en un beso, de aquel florecimiento del cariño entero, de aquellas
en la templada noche, seguros estaban de ceder sólo tres mujeres cuya presencia embalsamaba y hacía res-
á la pasión. Nadie podía venderse por la dote y no ca- plandecer sus últimos días. El mayor fruto del amor,
Trabajo—Tomo II—18
Ésa»- 274 Sé 275 <=à
é l a ï s exquisito, ©ra para él. Tres mujere« le adora- Antaño, en la terrible crisis de su amor & Lucas,
ban, 1© envolvían sin cesar en un culto de aíección hermano Jordán la había dicho que se resignaría,-
devota, de solicitud y pequeños cuidados. Eran infi- que sacrificaría su pasión al bien ajeno. Y se había
nitamente buenas, cariñosas, de ojos serenos que ins- resignado, más cada día, su renunciamiento había lle-
piraban en él el continu» apego á la vida. Sus manos gad» á ser una pura alegría, una fuerza de divino con-
suaves le sostenían basta el borde de la tumba. Y eran tento. _ Seguía amando á Lucas, en sus hijos y en
muy viejas, blancas del todo, ligeras como almas, ya sus nietos, ayudando á Josina á cuidarlos. Le amaba
augustas, como puras llamas, activas y alegres, ar- con amor más profundo, libre de todo egoísmo, casta
diendo con la eterna y juvenil pasión por el gran an- llama de fraternidad y de afecto maternal. Como ha-
ciano. Seguía él viviendo y ellas también; eran su bía cuidado á su hermano, con igual delicadeza cui-
fuerza, su acción, su inteligencia, siempre allí; sanas daba ahora á Lucas. Y en esto estaba ahora su dicha*
y firmes, á pesar de todo; yendo y viniendo, cuando él y en sentir cuánto la amaba él también y cumplir un
ya no se movía; guardianas y amas de su casa, com- siglo en esta amistad apasionada, tan dulce como el
pañeras que habían alargado la existencia del ancia- (unor.
no más allá de los regulares límites. Susana, de ochenta y ocho años, era la mayor, la
Josina, & los setenta y ocho años, aun era la ena- seria y la venerable. Pequeña, derecha todavía, con
morada, la Eva salvada un día de la culpa y del do- aquel rostro amable cuye encanto habían sido en otro
lor. Muy menuda, como flor seca y pálida, pero aun tiempo la bondad, la razón firme é indulgente. Pero
coa perfume, conservaba su gracia sutil, su delicado ya no andaba apenas; sólo sus ojos piadosos hablaban
encanto. Al sol claro, sus cabellos blancos, aún tenía ae un anhelo de afanarse siempre por los demás. Por
reflejos de oro, el oro soberano de la juventud. Y co- lo común ahora permanecía sentada al lado de Lu-
mo siempre, Lucas la adoraba, como en el día lejano cas, acompañándole, mientras las otras dos, activas,
en que la había socorrido amando en ella al pueblo corrían de un lado á otro sin ruido. ¡Ella también le
del dolor, á la mujer atormentada, habiéndola esco- había amado tanto en las horas tristes de su juventud
gido por más miserable, por más dolorida, para sal- un amor que la consolaba, largo tiempo ignorado por
var con ella, si la salvaba á todos los desheredados de ella misma I Sin saberlo, á él se había entregado en-
este mundo, sofocados por la vergüenza y el hambre. tera, soñando con el héroe á quien hubiera querido
Hoy todavía besaba con devoción su mano mutilada, alentar, ayudar con su cariño; y el día en que su co-
la herida del inicuo trabajo. Por ella había emanci- razón había hablado, estaba ya en brazos de otra mu-
pado à los trabajadores; y con su amor fecundado, jer amante; en su lugar sólo había ya sitio para una
había eternizado sU obra. Y ella también le adoraba amiga. Y era ella, largos años, con dulzura infinita,
como siempre, como el primer día, con ardor de cari- serenidad absoluta, en paz perfecta, en la comunión
ñosa gratitud, delicioso don de todo un sér, pasión y do cariño y de pensamiento en que vivía con el hom-
deseo de lo infinito en el amor cuya llama inextingui- bre que era ya su hermano. Y esta amistad, sin duda,
ble la edad no había debilitado. como la de Sceurette, era tan deliciosa porque había
Sœurette, de la edad de Lucas, próxima á los ochen- nacido del amor, del fuego eterno..
ta y cinco, era la más activa siempre raí pie, ocupada Lucas, de tal suerte, muy viejo, muy grande, de
el día entero. Hacía mucho tiempo que parecía no en- suprema belleza acababa la vida en el amor de tres
vejecer; menudísima, disminuyendo todavía, pero em- mujeres, muy viejas, muy grandes, de suprema be-
bellecida por la amable vejez. Antes de color tan obs- lleza. El, con su gran estatura, sin que sus ochenta y
curo, tan delgada, nada agraciada, ahora era una gra- cinco le hubiesen encorvado, continuaba sano, fuerte,
ciosa viejecilla, un ratón blanco con ojos de luz, i firme como un roble. Sólo las piernas se la habían en-
te 276 te te 277 te
torpecido coïrio para clavarle allí, delante de sa ven- eran como otros ramilletes, mañana en flor, la fuerza
tana, feliz espectador, ahora que su ciudad estaba fun- y la belleza de les años futuros. Y cuando estaba allí
dada. Sobre su frente, de forma de torre, sus espe- toda aquella gente menuda, jugando entre carcajadas
sos cabellos de los cuales no faltaba uno se habían alrededor de su butaca, Lucas les sonreía con ter-
vuelto blancos, y eran una melena abundante, mele- nura, seguía sus juegos muy entretenido; encantado de
na blanca de un león viejo descansando. Alumbraba, alejarse así, en medio de una alegría tan pura y de tan
perfumaba, sus últimos días esta adoración de que le viva esperanza.
rodeaban Josina, Sœurette y Susana. Amándolas á to- De modo que, el día en que debía venir la muerte,
das oon el río inmenso de su amor en que todos los muy justa, muy buena, al caer el crepúsculo, las tres
cora-zones podían beber; á unas y á otras amante y mujeres que la veían acercarse en los ojos de claridad
amigas las estrechaba en el mismo abrazo para crear profunda del anciano, invitaron á venir á los biznie¡
más vida, más felicidad. tes, los más pequeños, aquellos cuya vista traería por-
Mas, aparecieron señales. Como Jordán, sin duda, venir. Y este« trajeron consigo á otros camaradas ma-
cumplida su obra, Lucas iba á morir. Le invadía cier- yores, los descendientes de los trabajadores cuyo es-
to sueño, un reposo bien ganado, cuya llegada espe- fuerzo solidario había fundado un día la Crécherie.
raba con plácida serenidad. Vió venir la muerte con- Fué admirable espectáculo aquella estancia llena de
tento; sabía que era necesaria y suave, sin necesitar sol, de niños y de rosas, mientras el héroe, el viejo
la mentida promesa del cielo para aceptarla con vale- león de la melena blanca, todavía atendía á sus jue-
roso corazón. El cielo, en adelante, estaba en la tie- gos con tierna alegría. Bien le reconocían todos, le
rra donde toda la verdad y la justicia posibles reali- llamaban por su nombre, le preguntaban cosas. Un
zaban el ideal, toda la dicha humana. garrido mancebo de dieciocho años, Francisco, hijo de¡
Cada sér era inmortal en las generaciones de él Hipólito Mataine y de Laura Fauchárd le miraba á tra-
nacidas, el torrente de amor se aumentaba con todo vés de dos lágrimas que procuraba contener. Lucas le
amor y rodaba por lo infinito asegurando la eternidad llamó:
á todos los que habían vivido, amado, procreado. Y, —Anda, ven á darme la mano, buen mozo, mi que-
Lucas sabía que podía morir, pero que renacería con- rido Francisco. Nada de tristeza; ya ves como nos-
tinuamente en los hombres cuya existencia mejor y otros estamos contentos.... Has de ser un valiente; y
más dichosa había deseado. Esta era la única certeza has crecido más; serás un soberbio galán enamorado.
de más allá; le daba una paz admirable; tanto había Después se acercaron dos muchachos de quince años,-
amado á los otros, tanto había hecho por aliviar sus Amelia, hija de Alejandro Feuiliat y de Clementina
penas, que era recompensa beatífica adormecerse en Bourrón; y Simona, hija de Adolfo Laboque y de Ger-*
ellos, aprovecharse él mismo de su obra en el seno de mana Yvonnot.
las generaciones cada vez más felices. —lAhJ vosotras estáis alegres, hermosas mías, y te-
Josina, Sœurette y Susana, alarmadas, viéndole ale- néis mucha razón Venid, dejadme besar vuestras
targarse, no quisieron, sin embargo, estar tristes To- mejillas de primavera y tened siempre alegría y her-
das las mañanas siguieron abriendo las ventanas para mosura, esa es la dicha.
que el sol bondadoso entrase libremente ; adornaban Luego ya no reconoció más que á los suyos, cuyo
y perfumaban el cuarto con flores, con grandes rami- número se multiplicaba sin cesar. Estaban allí dos de
lletes de un brillo y de un aroma que parecían la in- sus nietos, una nieta de dieciocho años, Alicia, hija
fancia. Y como la infaneia la quería tanto Lucas, le de Carlos Froment y de Celina Lenfant. Sólo había
rodeaban & cada momento de alegres bandadas de chi- traído á los solteros, pues los nietos casados, con sua
quillos y chiquillas de cabeza rabia ó morena, que mujeres y toda lg familia,, hu&egya hufi&ds fe habj*
te 278 te te 27B =4
fación. Sonreía Lucas con más ternura llamando jun- ja mayor de Nanet y de Nisa. Los Delevaeu, los BoS&
to, á sí á Ricardo» y á Alicia. gelín, los Bonnaire mezclados con los Froment rena-
—Alicia, mi rubia, ya ores una moza casadera; es- cían bajo aquellas frentes puras de ligeros cabellos en'
coge un muchacho alegre y sano como tú. | A h ! ¿ya bucles.
lo has hecho? Queréos mucho, tened hijos sanos y ale- —Venid, venid, Ciernentfn, Lucina, amores míos, Sí
gres como vosotros... Y tú, arrogante Ricardo, sé que supierais todo lo que vuelvo á encontrar, todo lo que
vas á entrar de aprendiz en un taller de calzado, y leo en el fondo de vuestro ojos claros... Clementín, tú
que además tu pasión es la música. Trabaja y canta. eres ya muy bueno y muy ruarte, | o h ! ya lo sé, me
Ten genio. lo ha dicho el abuelito Hilario, que está muy contento
Pero en esto momento la oleada de los más peque- oyéndote siempre reir... Y tú, Lucina, tan pequeña que
ñuelos se echó sobre él. Efan cuatro, tres niños y una apenas hablas, ya sé que eres así y todo una mujercita
niña, todos biznietos que querían subírsele á las ro- valiente, porque nunca lloras y tiendes alegres tus mani-
dillas. Empezó cogiendo al mayor, de siete años, hijo tas al sol.... Tenéis que besarme también los do3, ado-
de Mauricio Morfain y de Berta Jollivet; primo y pri- rados y hermosos hijos, lo mejor que voy á dejar de
ma, él hijo de Raimundo Morfain y de Teresa Froment, mí, ¡toda mi fuerza y toda mi esperanza!
y ella hija de Andrés Jollivet y de Paulina Froment. Se habían acercado los demás; hubiera querido te-
—¡Ahí |mi chiquitín, mi Jorge, el nieto querido de ner brazos bastante largos para cogerlos y abrazarlos
mis de« hijas, d e Teresa, mi morena, y de mi rubia á todos contra su corazón. A ellos confiaba el porvenir
Paulina!.... Tus ojos eran los de mi Paulina, y ahora á elle» legaba su obra, como á fuerzas nuevas que la
van siendo los de mi Teresa! Y tu boca tan fresca y vivirían otra vez extendiéndola sin fin. Siempre ha-
sonriente ¿es de mi Teresa ó es de mi Paulina?... Bésa- bía pensado en los niños, en las generaciones futuras
me con mucha fuerza, mi chiquitín, mi Jorge, para acor- para terminar la empresa de la dicha. Y á aquellos
darte de mí, mucho tiempo. niños queridos, nacidos de él que le rodeaban amoro-
Le tocó el turno á Gregorio Bonnaire; más pequeño sos en la paz serena de su última hora, ¡qué testa-
de cinco años apenas. Era hijo de Feliciano Bonnaire mento de justicia, de verdad y de bondad les dejaba;
y de Elena Jollivet, el primero hijo de Severino Bon- con qué pasión hacía de ellos los ejecutores de su
naire y de Leonia Gourier, la segunda de Andrés Jo- sueño, la humanidad cada día más libre y más feliz 1
llivet y de Paulina Froment. —¡Andad, andad, mis queridos hijos! ¡sed muy jus-
—IUn hombrecillo más de mí Paulina!.... ¿Es ver- tos y muy buenos! ¡Acordáos de haberme besado hoy
dad, Gregorio mío, que abuelita Paulina ©s muy buena todos, y amadme siempre mucho y amaos siempre mu-
siempre tiene entre las manos cosas ricas-.... Y á mí, cho los unos á los otros! Un día sabréis lo que hici-
el abuelo viejo, ¿me quieres? ¿Has de ser siempre buen mos, y haréis lo que hemos hecho, y vuestros hijos á'
niño y tan guapo, verdad, cuando te acuerdes de m i - su vez deberán hacer lo que hagáis! ¡mucho trabajo,
Bésame, bésame con mucha fuerza. mucha vida, mucho amorl.... ¡Y en tanto, mis queridos
Y para aeabar GOgió los dos últimos, Clemente y hijos, andad á jugar, tened mucha salud y mucha ale-
Luz, hermano y hermana, á él sobre la rodilla dere- gría!
cha, á ella sobre la izquierda. Clemente tenía cinco Josina, Sceurette y Susana quisieron entonces des-
años, Luz dos. Eran hijos de Ludovico Boisgelín y de pedir á la bandada bulliciosa por temor del estrépi-
Marieta Froment. Pero aquí los recuerdos se levanta- to, viendo á Lucas debilitarse poco á poco. Pero él,-
ban, en tropel pensando en Ludovico, hijo de Pablo no lo consintió, deseaba tenerlos cerca de §í, para
Boisgelín y de Antonieta Bonnaire; y en Marieta, hi-
ja d© Hilario Froment y de Colette la deliciosa, la tti-
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alejarse suavemente entre el ruido alegre de sus car- conquistada al fin de la federación humana. Y Lucas
cajadas. Y se resolvió que los niños bajaran á jugar añadió como soñando, con voz más débil:
al jardín bajo su Ventana. Les oía, les veía; estaba —1 Ah! [Sí! quisiera saber, antes de abandonar mi
contento. ©bra, hasta dónde ha llegado ya la gran tarea... dor-
Ya el sol bajaba al horizonte, el gran sol del estío miría mejor, llevaría aún más certidumbre y esperanza.
con que resplandecía la ciudad entera. Llenaba de oro Nuevo silencio. Como él, Josina, Sceurette y Susana,
toda la estancia como de una gloria, y Lucas en este muy viejas, muy buenas, de gran hermosura, seguían
esplendor, en su butaca, calló mucho tiempo mirando soñando, mirando á lo lejos.
el inmenso horizonte. Josina comenzó:
Una paz profunda llegaba; Josina y Sœurette, ca- —He sabido muchas cosas, un viajero me las ha
lladas como él, habían venido á apoyarse á su derecha contado.... En una gran república, los colectivistas se
y á su izquierda, mientras Susana, sentada, parecía hicieron dueños del poder. Durante años, dieron bata-
seguir el mismo sueño; y habló por fin Lucas con voz llas políticas encarnizadas para apoderarse de- las cá-
pausada que parecía hacerse poco á poco lejana. maras y del gobierno. No consiguiéndolo legalmente,
—Sí; allí está nuestra ciudad, Beauclair regenera- dieron un golpe de Estado, cuando tuvieron fuerza,
do, resplandece en el aire puro, y sé que los pueblos seguros del apoyo del pueblo. Desde el día siguiente
vecinos, Brías, Magnolles, Formeries, Saint-Cron, han aplicaron todos su programa á fuerza de leyes y de-
tenido que seguirnos, atraídos por el ejemplo Pero cretos. Comenzó la expropiación en masa; toda la ri-
más allá de ese ancho horizonte, del otro lado de los queza privada fué de la nación, todos los instrumen-
Montes Bleuses, y allá abajo, detrás de la Rumaña, tos del trabajo volvieron á los trabajadores. No hubo
¿qué se hace en el ancho mundo, á dónde han lle- propietarios ni capitalistas ni patronos; sólo reinaba
gado las provincias y las naciones, en la larga lucha, el Estado, señor de todo, á la vez propietario, capita-
en la árdua y sangrienta marcha hacia la ciudad feliz. lista y patrono, distribuyendo y regalando la vida so-
De nuevo calló lleno de mil ideas. No ignoraba que cial... Pero esta sacudida inmensa, estas modificacio-
la evolución se cumplía doquiera, propagándose á to- nes bruscas y radicales, naturalmente, no pudieron pro-
das horas con velocidad acelerada. El movimiento des- ducirse ski terribles perturbaciones. Las clases no se
de los pueblos había ido conquistando las provincias, dejan desposeer así ni aun de los bienes robados; es-
después la nación entera, después las naciones veci- pantosos motines estallaron por todas partes. Hubo pro-
nas; y ya no había fronteras ni montañas ni océanos pietarios que prefirieron hacerse matar en el umbral
que no se pudieran salvar; la emancipación volaba de su dominio. Otros destruyeron sus bienes, inun-
do un continente á -otro, barriendo los gobiernos y daron las minas, destrozaron los ferrocarriles, destru-
las religiones, uniendo las razas. Pero en esta recons- yeron las fábricas y las manufacturas, y entre tanto,
trucción de la humanidad los procedimientos variaban los capitalistas quemaban sus valores y arrojaban el
mucho. Mientras Beauclair cambiaba por evolución, gra- oro al mar. Hubo que sitiar ciertas casas; ciudades
cias al experimento de la asociación, en otras partes enteras, tuvieron que ser tomadas por asalto. Durante
la revolución estallaba, la sangre corría entre meen- años, reinó la horrible guerra civil; se ensangrentaron
dios y matanzas. No había dos Estados vecinos que las calles, arrastraban cadáveres los ríos..: Además,
hubiesen seguido el mismo camino ; y por los más di- el Estado soberano, encontraba toda suerte de dificul-
ferentes y aun contrarios, iban todos los pueblos á en- tades para que el orden nuevo marchase sin tropiezo.
contrarse en la misma fraternal ciudad, la metrópoli La hora de trabajo era la unidad de valor, y los cam-
bios se hacían por medio de bonos. Primero se había
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creado tina comisión de estadística que inspeccionaba tidiano. Se habían amontonado, pues, todas las rique-
la producción y repartía los productos, á prorrata, del zas, se habían repartido, y no se puso á nadie á ración
trabajo de cada cual. Luego, ae había hecho sentir la hasta el día en que ya no hubo lo mismo para todos.
necesidad de otras oficinas de intervención, y una or- La humanidad entera trabajando, la naturaleza explo-
ganización complicada parecía renacer poco ¿ poco, em- tada con ciencia y método, habían de dar productos in-
barazando la marcha administrativa de la sociedad na- calculables, una fortuna inmensa bastante para colmar
ciente. Se volvía á regimentarlo todo como en los los apetitos de los pueblos decuplados.
cuarteles. Nunca en más rígido encasillado se había Desaparecida la sociedad ladrona y parasitaria y con
encerrado á los hombres... Sin embargo, la evolución ella el dinero, fuente de todos los crímenes, y las
se cumplía, aún aquello era un paso hacia la justicia; leyes salvajes de restricción y represión, fuentes de
honraba el trabajo, se repartía la riqueza cada día con todas las iniquidades, la paz reinaría por la comuni-
más equidad. Al final estaba, fatalmente, la desaparición dad libertaria, donde la dicha de cada cual consisti-
del salario y del capital, la supresión del dinero y del ría en la dicha de todos. Y no más autoridad de nin-
comercio. Y me contaba que hoy ese Estado colecti- guna clase, ni leyes, ni gobierno. Si los anarquistas
vista, trastornado con tantas catástrofes, regado con habían aceptado luchar á sangre y fuego, la sangrien-
tanta sangre, entra en la paz y llega á la fraternal so- ta necesidad del primer exterminio, era porque esta-
lidaridad de los pueblos libres y trabajadores. ban seguros de no poder destruir de raíz los antiguos
Calló Josina y volvió á contemplar el horizonte. Lu- atavismos monárquicos y religiosos, aplastar para siem-
cas dijo: pre á la autoridad en sus últimos gérmenes, sino con
—Sí, ese es uno de los caminos sangrientos, uno de el brutal cauterio de la llaga secular. Había que cortar
los que yo no he querido. Pero, ahora ya, qué impor- de un golpe todo lo que ataba con fuerza al pasado de
ta, si conducía á la misma unidad, á la misma ar- error y despotismo. Toda política era mala, un veneno,
monía. mercado, trampa, engaño para los desheradados. Des-
Entonces fué Scearette quien habló, con los ojos* pués había surgido el ensayo del ideal, el hombre libre
muy abiertos, como mirando al ancho mundo á través en la sociedad libre, y la anarquía se había fundido en
de los promontorios de los Montes Bleuses. la evolución comunista, pues sólo era una negación
—Yo también he sabido una historia. Testigos me política y el método de derribar para reconstituir. Acep-
han contado cosas espantosas.... En un vasto imperio tada la asociación, los grupos libres que vivían del
vecino, los anarquistas acabaron por hacer saltar la cambio, siempre en circulación, como la sangre; y en
vieja armazón social á fuerza de bombas y de metra- fin, el gran imperio en que la anarquía había triunfado,
lla. El pueblo había sufrido tanto, que se puso de su se juntó á los demás pueblos en la federación universal.
parte y acabó la destrucción barriendo hasta las úl- Dejó de hablar Sceurette, inmóvil, ensimismada, apo-
timas migajas del mundo podrido; ardieron los pue- yado el codo en el respaldo de la butaca. í Lucas dijo
blos en la noche largo tiempo como teas, en medio de eon lentitud, con lengua torpe:
los rugidos de los antiguos verdugos degollados, que
no querían morir. Era el diluvio de sangre cuya ne- —Sí, el último día, en el umbral de la tierra pro-
cesidad fecunda habían anunciado los profetas de ia metida, los anarquistas, después de los colectivistas,
anarquía. Después comenzaron los tiempos nuevos. Ya tenían que juntarse con ios discípulos de Fourier. Si
no se decía «A cada uno según sus obras», sino- tá los caminos eran diferentes, el fin seguía siendo uno.
cada uno según sus necesidades» El hombre tenía de- Se quedó pensativo y después dijo todavía:
recho á la vida, á la habitación, al vestido, al pan co- —q Cuántas lágrimas, cuánta sangre, qué de guerras
abominables para conquistar la paz fraternal que que-
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rían todos! Tantos siglos d e degüello fratricida, cuando bos lanzaban bombas é incendiaban los pueblas al
sólo se trataba de saber si debía irse por la derecha ó pasar. La ciencia había inventado explosivos, máquinas
por la izquierda para llegar primero! de muerte capaces de llevarla á distancias prodigiosas,
Silenciosa hasta entonces Susana, sentada, mirando de tragar bruscamente todo un pueblo, como en un
también más allá del horizonte, habló por fin con temblor de tierra.. Y qué monstruosa carnicería en
un frío temblor de compasión. la última tarde de esta batalla gigantesca. Jamás to-
—|Ah, la última guerra, la última batalla! fueron davía tamaño sacrificio había humeado bajo el cielo.
tan terribles que los hombres para siempre rompieron Más de un millón de hombres yacían allí, por los an-
sus espadas y sus cánones.... Era al principio de las chos campos desvastados, á lo largo de los ríos, á través
grandes crisis sociales que acababan de renovar el mun- de las praderas. Se caminaba horas y horas, y siem-
d o ; y me han contado cosas espantosas, hombres que pre se eneontraban más y más cadáveres, con los ojos
por poco se vuelven locos en medio d e aquel choque abiertos, vociferando la locura humana, con las bo-
supremo entre las naciones. En la crisis furiosa de los cas también abiertas.... Y fué la última batalla, por-
pueblos, preñada la sociedad futura, media Europa se que el espanto heló los corazones al despertar de esta
había arrojado sobre la otra media, y todos los conte- embriaguez horrible, y fué universal la certidumbre
nentes habían ido detrás; chocaban las escuadras en los de que la guerra ya no era posible con la ciencia om-
océanos para dominar el agua y la tierra. Ni una nación nipotente, soberana creadora de vida y no de muerte.
quedaba fuera de la lucha, unas á otras se habían arras- Volvió á callar Susana temblorosa, los claros ojos
trado, ejércitos inmensos entraban en línea de batalla, radiantes, iluminados por la paz futura. Y Lucas con-
ardiendo de furor hereditario, resueltos á aplastarse cluyó con voz que ya no era más que un soplo débil:
como si por los campos vacíos y estériles hubiese, —Sí, la guerra ha muerto; es la etapa suprema, el
por cada dos hombres uno de sobra.... Los dos ejércitos beso entre hermanos al término del largo viaje, tan
inmensos de hermanos enemigos, se encontraban en el arduo, tan doloroso... He llegado al final de mi jor-
centro de Europa, sobre vastas llanuras, donde millo- nada; ya puedo dormir.
nes de seres podían degollarse. Ocupando leguas y leguas, No habló más; el último momento fué suave, au-
desplegaron- la&¿ tropas seguidas de otras de refuerzo, gusto. Josina, Sœurette y Susana no f e movían; es-
en tal torrente de hombres, que la batalla duró u n peraban sin tristeza, con tierno fervor, en la estan-
mes. Cada nuevo día había más carne humana para el cia tan tranquila y alegre llena de flores y de sol. Bajo
fuego de cañones y fusiles. No se levantaban los muer- la ventana, la alegre bandada de niños seguía jugan-
tos, los montones formaban murallas detrás de las do, y se oían los gritos de los pequeños y las risas de
cuales los nuevos regimientos, inagotables, venían á ha- los mayores, el regocijo del porvenir que avanza, bus-
cerse matar. La noche no suspendía el combate; se cando más y más alegrías. En el inmenso cielo azul, el
mataba en la sombra. El sol á cada aurora alumbraba sol amigo brillaba en el horizonte, fecundador y padre
grandes charcas de sangre. Un campo de matanza cuyas cuya fuerza creadora el hombre dominaba; y bajo el
mieses horribles, los cadáveres, se amontonaban en resplandor de sus rayos de gloria, Beauclair triunfan-
haces cada vez más altos. Por todas partes el rayo, te se afanaba en su colmena, donde el trabajo regene-
de un golpe, hacía desaparecer cuerpos de ejércitos ente- rado ya, era dicha de todos por el justo reparto de los
r o s Los combatientes no necesitaban siquiera acercarse bienes de este mundo. Y más allá de la Rumana, al
ni verse; los cañones lanzaban á muchos kilómetros otro lado de los Montes Bleuses, la federación próxima
granadas cuya explosión arrasaba hectáreas de terreno 1
de los pueblos, el pueblo único fraternal, la humanidad
y asfixiaba, envenenaba. Desde el oielo mismo, los glo-
OBRAS DE CAROLINA IHVERNIZIO
cumpliendo al fin su destino do verdad, de paz y do de venta en-esta Casa Editorial
justicia.
Lucas, con la última mirada, abarcó la ciudad, el
horizonte, la tierra entera, donde la evolución, comen- LOS MISTERIOS DE FLORENCIA
zada por él, se propagaba y concluía. La obra estaba (Cuatro tomo»)
hecha, la ciudad estaba fundada. Y Lucas expiró, en-
tró en el torrente de universal amor, de eterna veda. 1.* LA HUÉRFANA DE LA JU- a* X L E S P B C T B O D E L PA"
DERIA. 8A DO
I * PASIONES Y DELITOS. LOS AMORES DE MASCELO.
CADENA ETERNA
(Cuatro tomoe)
L* LA BODA TRÀGICA. | 8." HIJA SIB PABBB8.
t.° LA H I J A D E L C E M E N T E - A* E L TRIUNFO DB LA H O C »
BIO CÍA.