Julio Cortázar Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se
(1914-1984) separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba
al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr
con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos,
CONTINUIDAD DE LOS PARQUES hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a
(Final del juego, 1956) la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no
estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró.
Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer:
HABÍA EMPEZADO A leer la novela unos días antes. La abandonó por primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo
negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La
dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el
Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el
mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad sillón leyendo una novela.
del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su
sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una
irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara
una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su
memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los
protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del
placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y
sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del
alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá
de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a
palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir
hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue
testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la
mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo
de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero
él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de
una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos
furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad
agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de
serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas
caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y
disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era
necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles
errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente
atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una
mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
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Julio Cortázar cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi
(1914-1984) avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras
silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé
mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para
AXOLOTL estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las
(Final del juego, 1956) estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de
quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza
HUBO UN TIEMPO en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le
al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me
observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos
axolotl. dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su
El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro
abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por
de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un
me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los
había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente
bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total
tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba
hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su
y salí incapaz de otra cosa. tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la
En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar
los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia
batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince
mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A
acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con
tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario
llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la
mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se
usa más) como el de hígado de bacalao. siente menos si nos estamos quietos.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que
Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta,
tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe
apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las
mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple
momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor
perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me
detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me
corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los
(sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida
acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el
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guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para
esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.
Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada
advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor.
terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado,
daba vértigo. esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl.
axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la
antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de
distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que
axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad
no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos.
tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada
de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio
y sabía. Eso reclamaba. No eran animales. de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de un
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara
axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del
humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo
condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada comprendí.
ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme
lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo
sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía
esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo
rosadas de las branquias de enderezaban. En ese instante yo sentía como era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión
un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un
impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un
había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo
como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a
frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado
Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó
esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un
¿qué imagen esperaba su hora? lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía,
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él,
visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión,
«Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del
suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los hombre pegada al acuario.
que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin
del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció
distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre.
la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre
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que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca Julio Cortázar
unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre (1914-1984)
él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de
hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -
ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. LA NOCHE BOCA ARRIBA
Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo (Final del juego, 1956)
porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos; le
rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los llamaban la guerra florida.
primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él
ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros,
creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl. A MITAD DEL largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde, y se
apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de
al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las
nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba
entre los altos edificios del centro, y él —porque para sí mismo, para ir
pensando, no tenía nombre— montó en la máquina saboreando el paseo.
La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los
pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios
con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más
agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de
árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines
hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído,
pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la
tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su
involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que
la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces
verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la
mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el
choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo
estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía
una rodilla, y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión
en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras
suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único
alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la
esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le
ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia
próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en
las piernas. «Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina
de costado...» Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va
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bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil,
la penumbra de una pequeña farmacia de barrio. temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo.
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy
camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo
sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no
policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que
ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios escapaba como él del olor de la guerra. Se enderezó despacio, venteando.
para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón
quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando
estropeada. «Natural», dijo él. «Como que me la ligué encima...» Los dos las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más
rieron, y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero
suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el
de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de rumbo. Entonces sintió una bocanada horrible del olor que más temía, y
pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo saltó desesperado hacia adelante.
tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, —Se va a caer de la cama —dijo el enfermo de al lado—. No brinque
quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían tanto, amigazo.
cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la
todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi
habría sentido muy bien, casi contento. físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado
todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para
de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y
mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaron la cabeza, sintió que hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse
lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros
sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar
e hizo una seña a alguien parado atrás. un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le
frotó con alcohol la cara anterior del muslo y le clavó una gruesa aguja
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino.
soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo
calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando
nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de
como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes;
natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la
única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, calle es peor; y quedarse.
cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a
conocían. perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja,
aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida.
hasta entonces no había participado del juego. «Huele a guerra», pensó, Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro,
tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de pensó que no le iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas,
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pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente.
del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía
por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la
corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar
árboles era menos negro que el resto. «La calzada», pensó. «Me salí de la el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un
calzada.» Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento
dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba
piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada,
silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en
primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias
encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas
como el escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el maneras, al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los
amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la
que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al
bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez
hundiendo despacio en el barro, y a la espera en la oscuridad del chaparral al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio
desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la
la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las
profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando
ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en los muchos poco a poco.
prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía
tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de
señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los
tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores. ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta.
Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba
cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las estaqueado en el suelo, en un piso de lajas helado y húmedo. El frío le
ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente
enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba
pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces, los gritos alegres. Alcanzó a cortar el perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como
aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás. filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo
—Es la fiebre —dijo el de la cama de al lado—. A mí me pasaba igual habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de
cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien. su turno.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito,
pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque
fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir,
diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin ese acoso, sin... Pero no del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras
quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de
entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas
cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente,
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con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas
un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se columnas de humo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de
le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado que arrastraban
dolor se hizo intolerable y tuvo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última
olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un
taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron segundo creyó que lo lograría, porque otra vez estaba inmóvil en la cama, a
mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía la muerte, y cuando abrió los ojos
el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el
manos calientes, duras como bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados,
tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el
portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un
de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad
cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un
del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira
antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara frente infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien
él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a
acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.
estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja,
tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían
arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la
sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus
vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo
de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los
ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas
imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los
ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero
gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo
protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se
tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos
abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la
mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus
dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía
interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca
arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía,
abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la
altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían
verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado,
descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se
abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con
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