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ATUCSC 11.2 (2009): 183-240 ISSN 0717-4152
CARIDAD PASTORAL Y ALEGRÍA APOSTÓLICA
DESDE TRENTO HASTA EL VATICANO II
PASTORAL CHARITY AND APOSTOLIC JOY FROM
TRENT TO II VATICAN
José Alberto Sutil*
Seminario San Atilano de Zamora
Resumen
La “caridad pastoral” y la “alegría apostólica” como uno de sus frutos fueron conceptos
claves en el Decreto conciliar Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y la vida de
los presbíteros, promulgado por el papa Pablo VI el 7 de diciembre de 1965. En el
marco del presente Año Sacerdotal, hemos querido contribuir a la teología católica del
sacerdocio con la investigación histórica sobre ambos conceptos en los antecedentes
cercanos y lejanos del Vaticano II, concretamente los cuatro siglos anteriores (1550-
1950). Desde el concilio de Trento hemos recorrido diversas figuras y diferentes es-
cuelas de espiritualidad hasta llegar a la primera mitad del siglo XX, en la que gracias
a teólogos, maestros de espiritualidad y obispos, cristaliza el dato de la “caridad pasto-
ral” como propio y específico de la espiritualidad del presbítero diocesano secular.
Como en tantas otras dimensiones de la vida cristiana, lo anterior al Concilio posibili-
tó las afirmaciones del mismo, afirmaciones que siguen siendo el marco de referencia
para nosotros hoy, sacerdotes del tercer milenio.
Palabras clave: Caridad pastoral, alegría apostólica, teología del sacerdocio, espiri-
tualidad sacerdotal.
Abstract
“Pastoral charity” and “apostolic joy” as one of its results were key concepts in the
Conciliar Decree Presbyterorum Ordinis, about the ministry and life of priests, passed
by Pope Paul VI on December 7, 1965. Within the framework of the current Year of the
Priest, this essay attempts to contribute to the Catholic theology of priesthood through
historical research on these two concepts in the II Vatican Council’s recent and distant
* Licenciado y candidato a Doctor en Teología. Profesor en el Seminario San Atilano de
la Diócesis de Zamora (España). E-mail: jostakiko@[Link]
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past, more precisely the four previous centuries (1550-1950). From the Council of Trent,
it traces different figures and schools of spirituality up to the first half of the twentieth
century, when theologians, spirituality masters, and bishops found the fact of “pasto-
ral charity” to be typical and specific to the spirituality of the diocesan secular priest.
As in other aspects of Christian life, what came before the Vatican II became the state-
ments of the Council, statements that continue to be the frame of reference for us
today, as priests of the third millennium.
Key words: Pastoral charity, apostolic joy, theology of priesthood, priestly spirituality.
1. Introducción
La convocatoria del presente Año sacerdotal ha de servir, ha dicho el Santo
Padre, “para favorecer la tensión de los sacerdotes hacia la perfección espi-
ritual, de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio”1. Con este
artículo queremos contribuir modestamente a ello2. En el fondo, se trata de
esa pregunta tan antigua y al tiempo siempre tan nueva, la pregunta por la
santidad, la espiritualidad y la fecundidad sacerdotales, pregunta que el
concilio Vaticano II respondió al unir ministerio y vida de los presbíteros en
la caridad pastoral3, poniendo de relieve uno de sus frutos: la alegría apos-
tólica4. Así lo expresó el Concilio:
1 BENEDICTO XVI, Discurso a la Congregación del Clero del 16 de marzo de 2009,
[Link]/holy_father/benedict_xvi/speeches/2009/march/documents/hf_ben-
xvi_spe_20090316_plenaria-clero_sp.html, citado 19 de septiembre de 2009.
2 El contexto de nuestro trabajo es la teología católica del ministerio ordenado, pero
más concretamente el presbítero diocesano secular. Utilizaremos indistintamente los tér-
minos usuales, que suelen agruparse en dos familias distintas: presbítero, presbiterado,
presbiterio, presbiteral por un lado, y sacerdote, sacerdocio, sacerdotal, ministerio sacerdo-
tal, sacerdocio ministerial por otro. Evidentemente, pastoral, pastor, ministerio pastoral,
etc., tendrán también un puesto importante en nuestro discurso debido a la centralidad que
en él mismo tiene la caridad pastoral. No queremos que se sospeche aquí pretensión de
exclusividad, sino voluntad de precisión terminológica. Analizar y explicitar las relaciones
entre los distintos vocablos utilizados para designar al presbítero desbordaría los límites de
este trabajo.
3 “El amor que Dios infunde en el corazón con el don del Espíritu (cf. Rom 5,5) adquie-
re, en la vida y ministerio de los presbíteros, la forma de la caridad pastoral”. A. BRAVO, “La
caridad pastoral”, en: La espiritualidad del sacerdote hoy, CPL, Barcelona 2005, 57.
4 “La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia”, Catecismo de la Iglesia
Católica, n.1829, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1992. Hay una cita paulina
que expresa de alguna forma dicha relación entre caridad pastoral y alegría apostólica: “Mi
gozo es de todos vosotros” (2 Cor 2,3). En efecto, la alegría propia del apóstol aparece aquí
en la dinámica propia de la caridad pastoral, que no es otra sino la proexistencia, que supo-
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Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
Realizando la misión del Buen Pastor, [los presbíteros] encontrarán en
el ejercicio mismo de la caridad pastoral el vínculo de perfección sacer-
dotal que una su vida con su acción. Esta caridad pastoral brota, sobre
todo, del sacrificio eucarístico, que, por eso, es el centro y raíz de toda la
vida del presbítero [...] No se puede separar la fidelidad a Cristo de la
fidelidad a su Iglesia. La caridad pastoral exige, por tanto, que los presbí-
teros trabajen siempre en comunión con sus obispos y con los demás
hermanos en el sacerdocio para no correr en vano (cf. Gál 2,2). Actuando
así, los presbíteros encontrarán la unidad de su propia vida en la unidad
misma de la misión de la Iglesia. Así se unirán con su Señor y, por medio
de Él, con el Padre en el Espíritu Santo, para que puedan estar llenos de
ánimo y rebosar alegría5.
Estos dos conceptos, “caridad pastoral” y “alegría apostólica”6, son los
que vamos a rastrear en un período largo de la historia de la Iglesia, aproxi-
madamente cinco siglos, de concilio a concilio, desde Trento hasta el Vati-
cano II7.
2. El Vaticano II
Comencemos exponiendo brevemente la comprensión del Vaticano II so-
bre la caridad pastoral y la alegría apostólica. Para ello hemos de acudir al
Decreto conciliar Presbyterorum Ordinis (= PO), sobre el ministerio y la
vida de los presbíteros, promulgado por Pablo VI el 7 de diciembre de 19658.
ne el don de sí y que transforma el posesivo de primera persona de singular en segunda de
plural. Más aún, sólo gracias a esa impronta, que la totalidad del ministerio y de la vida del
presbítero recibe por la caridad pastoral, es que puede exclamar a pesar de las dificultades:
“¡Mi alegría es de todos vosotros!”, o también, “¡Vosotros sois la alegría que Dios me ha dado!”.
5 CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA (ed.), Concilio Ecuménico Vaticano II. Constitu-
ciones. Decretos. Declaraciones, BAC, Madrid 1993, 621.623.
6 Cf. Bibliografía sobre ambos conceptos en J. A. SUTIL LORENZO, “Caridad pastoral y
alegría apostólica en PO 14”, en: A. GALINDO GARCÍA – J. ROMÁN FLECHA ANDRÉS – M. A.
PENA GONZÁLEZ, Gozo y esperanza. Memorial Prof. Dr. Julio A. Ramos Guerreira, UPSA,
Salamanca 2006, 648-649.
7 El origen de estas páginas está en la tesina de licenciatura de teología dogmática “Mi
gozo es de todos vosotros. Caridad pastoral y alegría apostólica en Presbyterorum Ordinis”,
Salamanca 2004, trabajo realizado bajo la dirección del prof. Dr. D. Santiago del Cura Elena.
8 CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA (ed.), Concilio Ecuménico Vaticano II. Constitu-
ciones. Decretos. Declaraciones, o.c., 566-647, texto en pp. 572-647.
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En dicho documento, la caridad pastoral aparece como la caridad específica
del pastor, a imagen del buen Pastor, por la que el presbítero puede unirse a
Cristo y, en él, a la Trinidad, encontrando consolación, gozo y unidad de
vida (cf. PO 14b-c); esta caridad del buen Pastor es proexistente (cf. PO 13d)
y tiene una forma radicalmente comunitaria, pues está vinculada a la comu-
nión jerárquica y a la misión de la Iglesia (cf. PO 14c), así como a la comu-
nión del presbiterio (cf. PO 8). Así mismo, se relaciona especialmente con
algunas exigencias espirituales propias del presbítero, a saber: la humildad
y la obediencia, a las que la caridad pastoral urge (cf. PO 15); la continencia
perfecta por el Reino de los cielos, de la que la caridad pastoral es signo y
estímulo (cf. PO 16a); un estilo de pobreza con una cierta comunidad de
bienes, que prepara muy bien el terreno a esta caridad pastoral (cf. PO 17d).
Pero, además, tiene implicaciones ministeriales, en cuanto que hace del
ministerio un auténtico servicio pastoral (cf. PO 6) y especifica este pasto-
reo en un amor hasta la muerte, en una labor mistagógica y en un ministe-
rio de esperanza y consuelo, cuidando siempre la ascesis propia del pastor
de almas (cf. PO 13d). Igualmente, el ministerio de la palabra será partici-
pación del mismo plan de salvación de la caridad de Dios Padre (cf. PO
13b), mientras que el ministerio de la santificación se realizará en esta mis-
ma caridad pastoral de Cristo (cf. PO 13c), que brota principalmente de la
eucaristía (cf. PO 14b). La caridad pastoral, en fin, es don de Dios, por lo
que él mismo será quien la aumente en los presbíteros (cf. PO 22c).
En cuanto a la alegría apostólica, el Concilio se ha referido con realismo
a la existencia presbiteral, señalando siempre, junto a los gozos, las cargas
del ministerio (cf. PO 11b) y las dificultades de la vida presbiteral (cf. PO
22a). Por eso, la alegría propia del presbítero será el gozo pascual como
fuente de nuevas vocaciones sacerdotales (cf. PO 11a), una alegría que tiene
mucho que ver también con la gratuidad: gratuidad gozosa de la palabra de
Dios (cf. PO 4a), gratuidad gozosa de la sucesión apostólica (cf. PO 7b), gra-
tuidad gozosa de la vida en el Espíritu (cf. PO 18a). Con esta misma alegría
el presbítero intenta vivir el espíritu evangélico de la pobreza (cf. PO 21b),
intenta reconocer los carismas de los laicos en la corresponsabilidad de una
Iglesia toda ella ministerial (cf. PO 9b), intenta disfrutar de la común convi-
vencia con los demás hermanos del presbiterio (cf. PO 8c). Los presbíteros,
en fin, son el gozo y la corona del ministerio apostólico (cf. PO 13c). Su espí-
ritu misionero, al igual que el de los laicos y los religiosos, alegra al concilio,
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Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
porque de este modo la semilla del evangelio sigue dando abundantes fru-
tos a lo largo y ancho del mundo (cf. PO 22c). Los Padres habían escuchado
la voz del Espíritu que les recordaba una vez más que sus frutos, los del
Espíritu, son la caridad (pastoral), la alegría, la paz... (cf. Ga 5,22).
Al término de la concelebración eucarística con los cardenales, el recién
elegido Benedicto XVI citó unas palabras de su antecesor sobre el Vaticano
II para recordar a “ese concilio como “brújula” para orientarse en el vasto
océano del tercer milenio”9. Precisamente por eso, para poder comprender
mejor el Decreto conciliar sobre los presbíteros, hemos querido acercarnos
en este artículo a los antecedentes, más o menos cercanos, lo que nos hace
remontarnos hasta el concilio de Trento. Pueden servirnos aquellas pala-
bras del profeta que dicen: “No va a faltarle la ley al sacerdote, el consejo al
sabio, ni al profeta la palabra” (Jr 18,18) Realmente, durante todo el perío-
do de tiempo que recorremos en este estudio, nunca le ha faltado a la Iglesia
ni la ley del sacerdote (es decir, la doctrina autorizada del magisterio conci-
liar y papal), ni el consejo del sabio (es decir, la experiencia ofrecida por los
“grandes” de la espiritualidad cristiana y sacerdotal), ni la palabra del pro-
feta (es decir, hombres y comunidades, especialmente órdenes y congrega-
ciones religiosas, que han vivido un ministerio a contracorriente, pero fiel a
las exigencias de la encarnación para cada momento histórico).
Juan Pablo II, en su primera carta a los sacerdotes con ocasión del Jue-
ves santo, se refería a todos estos santos sacerdotes como “maestros” de la
pastoral, que siguen hablando hoy a cada uno de los pastores de la Iglesia10.
Nos siguen hablando también a nosotros para mostrarnos el camino de una
caridad pastoral vivida con alegría. Escuchémosles.
3. Un largo período (1550-1950)
Desde el concilio de Trento hasta el Vaticano II se han experimentado en la
teología y la espiritualidad del ministerio los siguientes procesos reductivos
9 BENEDICTO XVI, Mensaje al final de la concelebración eucarística con los cardenales
electores en la Capilla Sixtina del 20 de abril de 2005. Cf. JUAN PABLO II, Novo Millennio
Ineunte nn.57-58, Libreria Editrice Vaticana, Roma 2001.
10 JUAN PABLO II, Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves santo n.6, Lib. Editrice
Vaticana, Ciudad del Vaticano 1979. Cita a S. Vicente de Paúl, S. Juan de Ávila, S. Juan Mª
Vianney, S. Juan Bosco y al B. Maximiliano Kolbe.
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con mayor o menor fuerza11. Esto ha condicionado la posibilidad de una
vivencia feliz y realizada de la caridad pastoral:
1. De lo integral a lo ontológico. Es decir, desde una vivencia del ministerio
desde la caridad pastoral (experiencia existencial aunada con el conjunto
de funciones ejercidas por él en la Iglesia) a la consideración del sacerdocio
como estado de vida particular en la Iglesia, de tal forma que, al final, sólo
es propio y exclusivo de los ministros ordenados el poder de consagrar la
eucaristía que les es conferido en la ordenación. El ministerio se reduce a su
dimensión cultural: sólo es importante lo que el sacerdote es –lo que le ca-
pacita hacer lo que hace, esto es, consagrar–, no lo que el sacerdote hace. La
traducción eclesiológicamente inaceptable de esta comprensión es una
jerarcología y una perversión del auténtico significado de la caridad pasto-
ral12. La felicidad presbiteral se busca entonces única y exclusivamente en
una conciencia de la enorme dignidad y sublimidad de la propia vocación.
2. De lo sacramental a lo sacerdotal. Es decir, no como signo de ese campo
vastísimo de significaciones salvíficas que se extiende a todos los ámbitos
de la vida, concentrándose en algunos ritos específicos (sacramentos), y que
George Weigel ha denominado acertadamente como “imaginación sacra-
mental”13, sino como exponente de una sola función específica, la sacrificial,
auténtico mediador en el acto de sacrificio entre Dios y el pueblo. La figura
presbiteral ya no será icono del buen Pastor, sino icono parcial de dicha
imagen, icono sacrificial-cultual14. La exaltación de la eucaristía y la susti-
11 Aplicamos a nuestros dos objetos de estudio –caridad pastoral y alegría apostólica–
el planteamiento de S. DIANICH, Teología del ministerio ordenado. Una interpretación
eclesiológica, Paulinas, Madrid 1988, 42-57.
12 “Estaba detrás –resonando–la imagen del buen pastor, que Jesús se aplicó a sí mis-
mo y que después, por un mecanismo de identificación y a la vez de exclusivismo, pasó a
definir la imagen del sacerdote o, más cercano aún, del párroco, que era el buen pastor de la
comunidad. Era, por tanto, el ejemplo redivivo de Jesús y el único ejemplo que existía en la
parroquia. Si Jesús era buen pastor, también el sacerdote lo era, y sólo él; pero el resto de los
cristianos no tenían nada de pastores y eran asimilados a las ovejas del rebaño. Aparecía
claro el papel pasivo, de mera sumisión y carente de responsabilidad”. L. RESINES LLORENTE,
Sacerdotes para el pueblo de Dios, Editorial Verbo Divino, Estella 2002, 8-9.
13 Cf. G. WEIGEL, Cartas a un joven católico, Ediciones Cristiandad, Madrid 2006, 106.
14 De la imaginación sacramental católica se deduce la realidad del sacerdote como ico-
no de Cristo y no como funcionario o mero liturgo. Cf. G. WEIGEL, The Truth of Catholicism,
Harper-Collins Publishers, Nueva York 2002, 65-69.
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Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
tución de la espiritualidad por la jurisdicción y la moral serán sus conse-
cuencias. Al ser suficiente el ofrecimiento del sacrificio eucarístico y los res-
tantes ritos prescritos, se propicia la creación de una “reserva privatizadora”
o “reserva de propiedad” en la que el ministro complemente su realización y
felicidad15.
3. De lo pastoral a lo jurisdiccional. De los dos pasos anteriores se sigue
que la tarea pastoral del ministerio sea teológicamente irrelevante. Su ser
sacerdote y su tarea sacrificial le distinguen y separan de la comunidad,
segregándolo de ella y colocándolo por encima de ella. El vacío de una expo-
sición teológica del ministerio pastoral se ve colmado por exuberantes re-
flexiones sobre la autoridad (índole jurídica del episcopado y primado de
jurisdicción del papado) en el seno de una Iglesia entendida como sociedad
perfecta. Es claro que este discurso no refleja bien las múltiples tareas que
el ministerio desempeña en la Iglesia, tanto ad intra como ad extra16. La
tentación de la reserva privatizadora y el regodearse en la alteza del propio
estado confluyen aquí peligrosamente.
4. De la predicación al magisterio. La obsesión por la autoridad se traduce
en que el ministerio de la palabra quede reducido a su expresión autoriza-
da, que compete al magisterio eclesiástico. Pasa a un segundo plano aquella
tarea misionera de fundación de las Iglesias a través de la predicación del
evangelio que constituye uno de los temas fundamentales del NT. La misión
de la Iglesia queda en entredicho, y también uno de los aspectos más impor-
tantes de la caridad pastoral: “Tengo también otras ovejas que no son de
15 Ambas expresiones, tanto “reserva privatizadora” como “reserva de propiedad”, son
de L. TRUJILLO, “Secularidad: espiritualidad, estilo y estado”, en: COMISIÓN EPISCOPAL DEL
CLERO – COMISIÓN EPISCOPAL DE SEMINARIOS Y UNIVERSIDADES, Presbiterado y Secularidad.
Simposio, Edice, Madrid 1999, 153.
16 La primera teología pastoral muestra perfectamente este reduccionismo, de tal for-
ma que se entendía por pastoral única y exclusivamente la acción de los pastores. Sólo en un
segundo momento, gracias a la renovación eclesiológica del siglo XIX (J. A. Möhler y otros)
y su recepción por los movimientos de renovación preconciliares y por el propio Vaticano II,
el término pastoral dejará de referirse sólo al ministerio ordenado para denominar la tota-
lidad de la acción de la Iglesia. Cf. J. RAMOS GUERREIRA, “Historia de la teología pastoral”,
en: Teología pastoral, BAC, Madrid 21999, 33-54.
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ATUCSC 11.2 (2009)
este redil” (Jn 10,16). De esta forma, el presbítero es privado de la alegría
que supone el anuncio del evangelio como buena nueva17.
5. El proceso reductivo de la teología protestante. En ciertos aspectos, di-
cho proceso se centra en una contraposición manifiesta a la teología católi-
ca, lo cual supone de suyo una reducción. El nudo del problema es la inter-
pretación del objetivo y de la consistencia ontológica del propio ministerio,
que cae frente a la consideración del sacerdocio de los fieles. El rechazo del
sacrifico eucarístico oculta en realidad el del aspecto mistérico y sacramen-
tal de toda la Iglesia. El ministerio de la palabra experimenta una profesio-
nalización en detrimento de su calidad profética. Y la incapacidad de auto-
ridad en la comunidad eclesial propicia la caída de las iglesias bajo el poder
del Estado. Se acentúa por tanto más el adjetivo “pastoral” que el sustantivo
“caridad” (entendiéndose ésta como realidad trascendente), inmanentizán-
dose en exceso la alegría presbiteral. De forma más sutil, estas perversiones
también se han producido –y se siguen produciendo– en el seno de la Igle-
sia católica18.
17 “Conservemos, pues, el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora ale-
gría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo –como
Juan el Bautista, como Pedro y Pablo, como los otros Apóstoles, como esa multitud de ad-
mirables evangelizadores que se han sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia– con un
ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir. Sea ésta la mayor alegría de nues-
tras vidas entregadas. Y ojalá que el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces
con esperanza– pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y
desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida
irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo, y
aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el reino de Dios y de implantar la Iglesia en
el mundo”. PABLO VI, Evangelii nuntiandi n. 80, San Pablo, Madrid 21995, p. 99.
18 Valgan estas tres referencias colocadas cronológicamente: 1) “En varios planos se
especifica esta tarea preferente de la evangelización del presbítero, que es abrir el corazón
de nuestros contemporáneos a la experiencia religiosa de Dios”. COMISIÓN EPISCOPAL DEL
CLERO, Sacerdotes para evangelizar n.123, Edice, Madrid, p. 77. 2). “El momento cultural
que nos toca vivir no puede llevarnos a privilegiar de tal modo el Reino de Dios, de modo
que éste no se centre radicalmente en el Dios del Reino”. MIKEL GARCIANDÍA GOÑI, “La rea-
lidad de la situación vocacional en nuestras diócesis”, en: COMISIÓN DE SEMINARIOS Y UNI-
VERSIDADES, Decid con la vida: “Aquí estoy”. Jornadas Nacionales sobre pastoral vocacio-
nal, Edicep, Valencia 2008, 40. 3) “En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la
tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la
prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los
hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios
cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo
crucificado y resucitado. El auténtico problema en este momento actual de la historia es que
Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de
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Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
6. El proceso reductivo de la teología ortodoxa. La gran tradición contem-
plativa del oriente y su marcada mentalidad platónica, con el Pseudo-Dionisio
como máximo exponente de esta tendencia, llevaron siempre a considerar
la Iglesia como un gran icono vivo de la Jerusalén celestial, siendo la litur-
gia –y en especial la eucaristía– el marco natural de esta representación. Su
traducción eclesiológica será el predominio de la contemplación y el en-
sombrecimiento de la conciencia de misión y de la historicidad de la misma
Iglesia. Este inmovilismo doxológico propicia también una dejación de fun-
ciones en una doble realización: por un lado, la delegación de todos los as-
pectos más propiamente laicales en manos de la autoridad estatal (impe-
rial) con la consiguiente formación de iglesias nacionales autocéfalas y, por
otro, la configuración de una iglesia “popular”. Al contrario que en el caso
anterior, se acentúa más la dimensión contemplativa de la “caridad”, elimi-
nando lo más “pastoral” o concreto. La alegría será aquí cercana al éxtasis
místico, pero incapaz de ser compartida con los hombres. Tampoco ningu-
no de estos peligrosos reductivismos ha estado ausente en la configuración
católica del ministerio a lo largo de los últimos cinco siglos.
Si a esto añadimos las distintas “figuras” ministeriales19, que se han ido
fraguando a lo largo de los siglos ya desde la patrística20, podremos enten-
Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se
ponen cada vez más de manifiesto”. BENEDICTO XVI, Carta a los obispos de la Iglesia cató-
lica sobre la remisión de la excomunión de los cuatro obispos consagrados por el arzobis-
po Lefebvre, [Link]/holy_father/benedict_xvi/letters/2009/documents/hf_ben-
xvi_let_20090310_remissione-scomunica_sp.html, citado 19 de septiembre de 2009.
19 B. Sesboüé opone “figura” a “estructura” en el siguiente sentido: “La estructura se
refiere a los puntos sobre los que la Iglesia no tiene ninguna autoridad, porque se le impo-
nen en nombre de su misma fundación por Cristo; la figura se refiere a la concreción prácti-
ca de esa estructura en función de las situaciones históricas y culturales en que se encuentre
la Iglesia en momentos determinados”. Cf. B. SESBOÜÉ, ¡No tengáis miedo! Los ministerios
en la Iglesia hoy, Sal Terrae, Santander 1998, 83 nota 1. El autor había ofrecido ya la misma
distinción en J. DELORME (ed.), El ministerio y los ministerios en el NT, Cristiandad, Ma-
drid 1975, 375-376.
20 E. CASTELLUCCI, por ejemplo, en su reciente y magnífico manual sobre Il ministero
ordinato, Queriniana, Brescia 2002, espiga en los escritos de los padres de la Edad de oro
tres modelos ministeriales: el modelo sacral, en el que el sacerdote aparece como ser quasi
celeste y mediador de la gracia (San Gregorio Nacianceno, San Juan Crisóstomo y el Pseudo-
Dionisio); el modelo cultual, obispo y presbítero en igualdad (San Jerónimo), y el modelo
ministerial en el que el obispo aparece como siervo del pueblo sacerdotal (San Agustín prin-
cipalmente). Habría que añadir el intento de síntesis de San Gregorio Magno, quien propo-
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ATUCSC 11.2 (2009)
der algo del complicado proceso de evolución que la caridad pastoral y la
alegría –al igual que todas las realidades cristianas– han ido experimentan-
do en este período histórico que nos ocupa. Cuando en 1932, un autor como
A. Michel escribía que del concilio de Trento en adelante la teología del or-
den no era polémica, que las correspondientes posiciones dogmáticas ha-
bían sido netamente establecidas y que un eventual progreso consistiría
únicamente en una mayor precisión y profundización de las pruebas
escriturísticas y patrísticas21, no podía imaginar que treinta años después –
con el Concilio y, más aún, con el postconcilio– el status quaestionis sería
precisamente el contrario. Simplificando mucho, dividiremos este largo
período de cinco siglos en dos épocas: 1) Desde Trento hasta finales del si-
glo XIX; y 2) la primera mitad del siglo XX.
Recorramos, pues, la historia de la vivencia alegre de la caridad pastoral
desde Trento hasta vísperas del Vaticano II. No sólo reseñaremos la expre-
sión “caridad pastoral”, sino también aquellas que se le acercan, como cari-
dad apostólica o el binomio fervor - celo apostólico22.
3.1. Desde Trento hasta finales del siglo XIX
3.1.1. El concilio de Trento (1545-1563)
Hasta el Vaticano II la doctrina tridentina sobre el sacramento del orden se
alzaba como un muro infranqueable para todo aquel que quisiera acercarse
a esta disciplina. Más aún, se contraponían –y se siguen contraponiendo–
ambos concilios. Por suerte, los abundantes estudios históricos sobre el
ne al obispo como pastor en medio del pueblo sacerdotal. Cf. Ibid., 118-133. Aunque sea un
anacronismo, habría que mencionar también aquí el futuro modelo propuesto por Lutero,
en el que el ministro es delegado por la comunidad para predicar la palabra.
21 Cf. A. MICHEL, “Ordre. Ordination”, en: A. VACANT, E. MANGENOT (dir.), Dictionnaire
de théologie Catholique, XI/2, París 1932, 1378.
22 “Celo y fervor son definidos como un ‘ardor’, pero el fervor es más bien interior, del
corazón, como un sentimiento, mientras que el celo habita y anima la inteligencia activa,
expresándose en preocupación, cuidado, servicio, fidelidad”. A. DERVILLE, “Zèle”, en: M.
VILLER ET ALII (éds), Dictionnaire de Spiritualité, Ascètique et Mystique. Doctrine et histoire,
XVI, París1994, 1614 (en adelante abreviaremos esta obra como DSp). “Esencialmente el
celo es la tristeza suscitada en el alma del amante por lo que se opone al amor”. Cf. S. GATTO,
“Zelo”, en: E. ANCILLI (ed.), Dizionario di Spiritualità III, Città nuova, Roma 1990, 2699.
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Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
Tridentino23, especialmente a raíz del Vaticano II, han posibilitado ajustar
este juicio de contraposición y “la legitimidad de una apelación al concilio
de Trento”24. En definitiva, el punto de partida de ambos concilios es total-
mente distinto25. Y, por eso, constatamos dos hechos: 1) la letra del concilio
de Trento está muy lejos de reflejar todas las preocupaciones y discusiones
que tuvieron lugar en el curso de los debates (recordemos la complementa-
riedad entre los Decretos dogmáticos y los Decretos de reforma), y 2) Trento
fue la referencia inquebrantable y el Concilio más próximo durante muchos
siglos, por lo que las escuelas de espiritualidad, los documentos magisteriales
y las múltiples obras de apostolado sacerdotal miraban a él: sin todo ello, el
Vaticano II no habría estado en condiciones de hacer lo que hizo26.
En efecto, el concilio de Trento estaba absolutamente condicionado por
la negación protestante de algunas realidades cristianas fundamentales,
entre ellas la del propio sacramento del orden –que se traducía en un recha-
zo de la institución en la última cena–, la negación del signo sacramental y
la incorrecta intención de los obispos al ordenar27. Todo esto, claro está, en
el contexto de la consideración de Lutero sobre el sacerdocio universal28 .
23 Citamos sólo los más importantes: H. DENIS, “Teología del presbiterado desde Trento
hasta el Vaticano II”, en: J. FRISQUE – Y. CONGAR (dirs.), Los sacerdotes, Taurus, Madrid
1969, 217-168; K. J. BECKER, Der priesterliche Dienst. II: Wesen und Vollmachten des
Priestertums nach dem Lehramt, Herder, Friburgo – Basilea – Viena, 1970; ÍD., “La
differenza tra vescovo e sacerdote nel decreto sul sacaramento dell’Ordine del concilio di
Trento e nella Constituzione sulla Chiesa del concilio Vaticano II”, en: [Link]., Infalibile?,
Paoline, Roma 1971, 291-350; S. DIANICH, “La teologia del presbiterato al Concilio di Trento”,
La Scuola Cattolica 99 (1971) 331-358; E. ROYÓN, Sacerdocio: ¿culto o ministerio? Una
reinterpretación del concilio de Trento, UPCO, Madrid 1976; J. FREITAG, Sacramentum
ordinis auf dem Konzil von Trient. Ausgeblendeter Dissens und erreichter Konsens,
Innsbruck 1991.
24 Cf. B. SESBOÜÉ, ¡No tengáis miedo!..., 93-97.
25 El punto de partida del Tridentino es la celebración de la eucaristía, mientras que
para el Vaticano II será la misión de la Iglesia. Respecto a la institución del presbiterado,
Trento la encuentra en la última cena y el Vaticano II en el conjunto de la institución apos-
tólica. Para uno lo propio del presbiterado radica en el “poder” sobre el cuerpo eucarístico,
para el otro en la acción en nombre de Cristo Cabeza y Pastor. El contenido del sacerdocio
ministerial es propiamente cultual (Trento) o enraizado en el ministerio apostólico (Vatica-
no II). Finalmente, el teocentrismo cultual de Trento se corresponde en el Vaticano II con
un teocentrismo existencial y ministerial complementado por un doble movimiento:
cristológico y eclesiológico. Cf. H. DENIS, o.c., 233-254.
26 Cf. H. DENIS, o.c., 221-222.
27 Cf. R. ARNAU, Orden y ministerios, BAC, Madrid 1995, 136-147, esp. 142-146.
28 Cf. P. J. CORDES, Inviati a servire: Presbyterorum ordinis; storia, esegesi, temi,
sistematica, Piemme, Casale Monferrato 1990, 53-62.
193
ATUCSC 11.2 (2009)
Se entiende entonces que el título de “pastor” o “pastores” contara con to-
dos los parabienes de los reformadores: en él leían el mentís que el evange-
lio opone a los abusos de un poder autoritario29.
Conozcamos a continuación la respuesta de Trento según la interpreta-
ción que la Conferencia episcopal alemana nos ofrece en su carta sobre El
ministerio sacerdotal. Dicho concilio “ha elevado a la categoría de dogmas
ciertas normas doctrinales que la Iglesia católica considera como elementos
esenciales e incontrovertibles de su ministerio. La respuesta del concilio
puede resumirse en los siguientes puntos:
1) En el NT existe un sacerdocio visible y dotado de especiales poderes es-
pirituales en orden a la consagración que tiene lugar en la celebración de
la eucaristía y en orden también al perdón de los pecados en el sacra-
mento de la penitencia.
2) Este sacerdocio es comunicado en el sacramento del orden; un efecto del
sacramento es el ‘signo indeleble’ (carácter).
3) Con el sacramento del orden está esencialmente vinculada la estructura
“jerárquica” del ministerio eclesial, fundada en el mandato y envío de
Cristo (y que, por tanto, no puede proceder ‘de abajo’)”30.
Sacramentalidad, definitividad y apostolicidad, por tanto. Pero, junto a
estos decretos dogmáticos31, ya hemos señalado que están también los de-
cretos de reforma. Unos y otros se refieren mutuamente y se complemen-
tan: ‘el dogma, generador de piedad, debía inspirar al clero parroquial el
respeto de su dignidad sacerdotal y reanimar su celo pastoral’32.
Es precisamente en estos decretos reformadores por donde el ideal sa-
cerdotal del buen pastor dedicado a la predicación y a la guía de la comuni-
29 Cf. G. MARTELET, Deux mille ans d’église en question. III: Du schisme d’Occident à
Vatican II, Du Cerf, París 1990, 328.
30 CONFERENCIA EPISCOPAL ALEMANA, El ministerio sacerdotal. Estudio bíblico-dog-
mático, Sígueme, Salamanca 1971, 75-76.
31 Cf. Doctrina de sacramento ordinis (DS 1763-1778). También son referente para
nuestro tema el Decretum de ss. Eucharistia (DS 1635-1661) y la Doctrina de ss. Missae
sacrificio (DS 1738-1760).
32 G. G. MEERSSEMAN, “Il tipo ideale di parroco secondo la riforma tridentina nelle sue
fonti letterarie”, en: H. JEDIN ET ALII, Il Concilio di Trento e la Riforma Tridentina I, Herder,
Roma 1965, 29.
194
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
dad entra en el concilio de Trento33. El Decreto sobre la residencia de los
obispos encuentra en esta espiritualidad su mejor baza para salir adelan-
te34. Además, este oficio pastoral está referido no sólo a los obispos, sino a
todos aquellos a quienes se les ha encomendado el cuidado de una iglesia,
también por tanto para los presbíteros35. En efecto, el tipo ideal de obispo
según la reforma católica36, implicaba también un tipo ideal de párroco37.
Desde las exigencias de esa caridad pastoral se entiende también que el
Concilio piense en las necesarias estructuras que proporcionen una forma-
ción adecuada al clero católico (seminarios y demás iniciativas) en este sen-
tido.
33 E. Castellucci hace notar que el conocimiento –principalmente por las ediciones de
Erasmo y de sus colaboradores– de la actividad y de los escritos de los grandes Padres obis-
pos (especialmente Cipriano, Ambrosio, Agustín, Crisóstomo y Gregorio Magno) permitió a
los obispos y teólogos católicos llegar a Trento con un ideal sacerdotal que, a pesar de la
diversidad de las tradiciones locales, converge en la figura del buen pastor. Cf. Il ministero
ordinato, 173. Un ejemplo es el dominico español Pedro de Soto, más práctico y abierto a las
necesidades del momento que su homónimo Domingo. Escribe Tractatus de institutione
sacerdotum qui sub episcopis animarum curam gerunt, Dillingen 1558; 21560, con un apén-
dice en seis lecciones titulado De vita sacerdotum; en él desarrolla los deberes del párroco
como pastor de almas. Así, la última lección se desarrolla en tres puntos: 1) debe conocer a
fondo a su rebaño, las necesidades comunes y las personales de cada individuo; 2) debe
custodiar y proteger al rebaño de los peligros que lo amenazan; 3) debe alimentarlo con
todo aquello que le sea necesario para la salvación de sus almas. Cf. Textos en G. G.
MEERSSEMAN, a.c., 39-40.
34 Así comienza dicho Decreto: “Como el precepto divino (cf. Jn 1,16; 21,15-17; 1 y 2
Tim; Tit y otros) obliga a todos los que tienen encomendada cura de almas, éstos han de
conocer a sus ovejas, ofrecer por ellos el sacrificio junto con la predicación de la palabra
divina, apacentarles con la administración de los sacramentos y el ejemplo de toda buena
obra, cuidar paternalmente de los pobres y necesitados, así como atender cualquier tarea
pastoral, pues todo puede hacerse a favor de ellos, a no ser quien no vigila ni asiste a su
rebaño, sino que toma el lugar de los mercenarios (cf. Jn 10,12-13): este sacrosanto sínodo
les exige y exhorta a que recordando el divino precepto y siendo ejemplo para la grey (cf. 1
Ped 5,2-4), apacienten y gobiernen con juicio y en verdad”. Concilium Tridentinum,
Diariorum, Actorum, Epistularum, Ttractatuum nova collectio, IX, Ed. Societas
Goerresiana, Friburgi Brisgoviae 1924, 623.24. Cf. E. ROYÓN, “El Decreto sobre la Residen-
cia: complemento de la doctrina sobre los ministerios”, en: o.c., 277-349 (esp. 301-306 y
315-327).
35 Cf. Concilium Tridentinum... VIII,418.18; 421.42; 423.5; 433.22.
36 Cf. H. JEDIN, Il tipo ideale di vescovo secondo la riforma católica, Brescia 1950.
Citamos la traducción italiana y no el original alemán (Breslau 1942), pues el autor amplió
la obra para dicha traducción.
37 Cf. G. G. MEERSSEMAN, “Il tipo ideale di parroco secondo la riforma tridentina nelle
sue fonti letterarie”, en: H. JEDIN ET ALII, Il Concilio di Trento e la Riforma Tridentina I,
Herder, Roma 1965, 27-44.
195
ATUCSC 11.2 (2009)
Tras el magno esfuerzo realizado por los padres de Trento, nos encon-
tramos a continuación con una recepción lenta pero segura de la doctrina
conciliar, que encontró un apoyo firme en el Catecismo Tridentino, pro-
mulgado por Pío V en 1566; dicho documento retomaba la doctrina de Trento
pero leída sobre todo a la luz de los principios dogmáticos, con lo que con-
templa sobre todo los rasgos sacrales del sacerdocio ordenado y la concep-
ción cultual del mismo, si bien es cierto que también muestra la importan-
cia concedida al ministerio de la palabra.
En la misma línea se sitúa el Misal tridentino, pero en él podemos en-
contrar detalles interesantes para nuestro estudio. El primero se refiere a la
alegría, pues el salmo del Introito rezaba precisamente: “Introibo ad altare
Dei, ad Deum, qui laetificat iuventutem meam” = “Entraré al altar de Dios,
al Dios que alegra mi juventud” (Sal 42,4, Vg, LXX). Podemos sospechar
que con esta misma alegría celebrada en la eucaristía se viviría el ministerio
y toda la existencia presbiteral. Así, en una liturgia entendida como “juego”,
el presbítero podía “regocijarse de su juventud” ante el Señor, algo que, como
ha notado R. Guardini, es indudablemente sobrenatural pero que, por esto
mismo, responde a lo más íntimo de nuestra naturaleza38.
Señalamos también otra circunstancia que, aunque no estaba escrita en
las rúbricas de este Misal, tiene que ver con la liturgia. En efecto, durante
algún tiempo, el risus paschalis, la risa pascual, era parte integrante de la
liturgia barroca: la homilía pascual debía contener una historia que suscita-
se la risa, de tal modo que la Iglesia llegase a retumbar de las carcajadas39.
Ésta podía ser una forma un poco superficial y exterior de alegría cristiana,
pero, al fin y al cabo, significaba todo un “ministerio de la alegría” para el
sacerdote, expresión sin duda de una vivencia alegre de la caridad pastoral.
Un último detalle dice relación a la caridad pastoral. La antífona del In-
troito de la antigua misa del común para uno o varios Sumos Pontífices
alude precisamente a Jn 21,15-17 y comienza así: “Si diligis me, Simon Petre,
pasce [...]” = “Si me amas, Simón Pedro, apacienta [...]”40. Es decir, pone
38 Cf. R. GUARDINI, “La liturgia como juego”, en: El Espíritu de la liturgia, Phase, Bar-
celona 1999, 59-72, cita en 69.
39 Cf. J. RATZINGER, Immagini di speranza: Percorsi attraverso i tempi e i luoghi del
Giubileo, Ancora, Milano 1999, 32.
40 También la alocución que PÍO XII dirigió a los cardenales con ocasión de la canoniza-
ción de Pío X (28-05-1954) comenzó con estas palabras. Cf. AAS 46 (1954) 313-317.
196
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
entre paréntesis todo el diálogo entre Pedro y el Señor para vincular direc-
tamente caridad y pastoreo. Tenemos aquí el antecedente litúrgico de lo
que en el siglo XX sancionará el Magisterio del Concilio y de los Papas al
asumir en PO 14 y especialmente en Pastores dabo vobis (=PDV) 23-24 el
antiguo principio agustiniano: “Sit amoris officium pascere dominicum
gregem” = “Ha de ser una tarea de amor el apacentar el rebaño del Señor”41 .
3.1.2. Diferentes “escuelas” de espiritualidad sacerdotal
(ss. XVII-XVIII)
Las polémicas postridentinas llegaron a unilateralizar la cuestión, olvidan-
do los aspectos pastorales y el equilibrio de ministerios a los que Trento
había llegado si consideramos el conjunto de los documentos promulgados.
Los teólogos se referirán al presbítero no sólo con el título de sacerdote,
sino también con los de mediador, jefe, pastor, profeta, etc., pero sin pro-
fundizar apenas en los temas y en las implicaciones pastorales. Tal situa-
ción se debió, en gran parte, al hecho de tener que defender el sacerdocio en
relación a la eucaristía y a la penitencia, frente a la práctica reducción que
los reformadores hacían al ministerio de la predicación: los luteranos admi-
tían un ministerio sacerdotal, pero no un sacerdocio ministerial. La misma
polémica hizo olvidar o infravalorar a veces el sacerdocio de los fieles42 .
Para no extendernos innecesariamente, adoptaremos como guía la divi-
sión en las diferentes escuelas sacerdotales que florecieron en el postconcilio
y que coinciden con diversas áreas geográficas, lo que nos permite también
una panorámica general de la comprensión del ministerio en estos siglos43.
De hecho, la tradición eclesial sobre el presbiterado, transmitida por Trento
y por estas escuelas de espiritualidad, ofrece sus frutos más maduros en
grandes figuras sacerdotales y en instituciones apostólicas, misioneras y
41S. AGUSTÍN, Tract. in Io., 123, 5 (PL 35,1967).
42Cf. J. ESQUERDA, Historia de la espiritualidad sacerdotal, Aldecoa, Burgos 1985,
129-130.
43 Cf. una buena selección de textos en G. G. MEERSSEMAN, a.c.; J. I. TELLECHEA IDÍGORAS,
“La espiritualidad sacerdotal en la época moderna”, en: COMISIÓN EPISCOPAL DEL CLERO,
Espiritualidad del presbítero diocesano secular. Simposio, Edice, Madrid 1987, 409-425.
197
ATUCSC 11.2 (2009)
caritativas44. Recorreremos brevemente las escuelas española, francesa, ita-
liana y centroeuropea45 .
[Link]. La escuela española
Comenzamos con la escuela española, que nunca ha sido propiamente tal.
Más que unas señas de identidad características, tendríamos que hablar de
figuras señeras. Por otra parte, este grupo tiene su punto culminante ya en
el siglo XVI y desde antes de Trento, con los autores espirituales del siglo
XVI ya mencionados y que favorecieron la renovación espiritual sacerdotal.
Ésta se produjo incluso antes de la celebración de Trento46. Prueba de ello
es que pastores como Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, y sobre todo,
Pedro Guerrero, arzobispo de Granada47, tuvieron un papel activo en Trento
y especialmente en los Decretos De Reformatione ya mencionados48. Se da
la feliz circunstancia que pudieron embeberse de la teología que por aquel
entonces hacían los grandes de la escuela de Salamanca (Vitoria, Cano, Soto)
y que después continuarán Medina, Valencia, Suárez y los Salmanticenses.
Valga el siguiente texto del Maestro Vitoria, referido al obispo, como prefi-
guración de lo que el Vaticano II llamará caridad pastoral (cf. LG 41b; PO
44Cf. J. ESQUERDA, “Presbytérat”, DSp XII, 2095.
45Dicha división por escuelas “geográficas” convive con diversas escuelas ligadas a las
distintas órdenes religiosas. Podemos hablar así de la escuela benedictina (García de Cisneros
y su Exercitatorio de la Vida spiritual [1500]); la dominicana (Fray Luis de Granada y su
De officio et moribus episcoporum [1565]; Bartolomé de los Mártires, arzobispo de Braga,
que publicó en Roma en 1564 su Stimulus pastorum, ofrecida como homenaje a todo el
episcopado del Vaticano II por el episcopado portugués); la franciscana (cardenal Cisneros);
la agustiniana (Tomás de Villanueva, Alfonso de Orozco y Luis de León); la ignaciana, que
difunde la práctica de los Ejercicios de su fundador e instituye colegios y universidades
donde se forman numerosos sacerdotes e irradian sabiduría espiritual para los sacerdotes
diocesanos (Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Francisco Borja, Pedro Canisio); la del
Carmelo reformado, cuya tradición mística ofrece una innegable ayuda a la santidad sacer-
dotal (Teresa de Ávila, Juan de la Cruz). Más tardía es la escuela francesa (eudistas,
sulpicianos, lazaristas, etc.) o la salesiana (Juan Bosco).
46 Cf. L. SALA BALUST, “Corrientes espirituales españolas en la época del concilio de
Trento”, en: H. JEDIN ET ALII, Il Concilio di Trento e la Riforma tridentina II, Herder 1965,
Roma 441-469, con bibliografía en pp. 465-469.
47 Cf. R. G. VILLOSLADA, “Pedro Guerrero representante de la reforma española”, en: H.
JEDIN ET ALII, Il Concilio di Trento e la Riforma tridentina I, Herder, Roma 1965, 115-155.
48 Cf. J. I. TELLECHEA, El obispo ideal en el siglo de la reforma, Instituto Español de
Estudios Eclesiásticos, Roma 1963.
198
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
14; 15-17), entendiéndola como la unidad de vida propia del ministro orde-
nado que reúne en sí los dos polos de amor a Dios y amor al hermano:
Se presupone que quien sea obispo, y desempeñe por tanto su misión, ha
de ser perfecto y ha de tener mayor amor a Dios y al prójimo que los
demás, de modo que se haga patente lo que Cristo dijo a Pedro antes de
encomendarle sus ovejas: ‘¿Me amas más que éstos?’ (Jn 21,15)49.
No podemos dejar de mencionar aquí al arzobispo de Toledo, Bartolomé
Carranza, que escribió su propio Speculum Pastorum50, ni a José de
Calasanz. La conciencia sacerdotal en la época moderna estaba, por tanto,
bien alimentada51.
La época en torno a Trento se fecunda en libros y opúsculos sobre la
santidad sacerdotal. Era la expresión de la realidad de muchos grupos
(oratorios, etc.), que buscaban la verdadera vida apostólica. No faltaron tam-
poco directorios de pastoral, escritos por obispos o santos sacerdotes52.
En medio de esta efervescencia espiritual nos encontramos con la más
auténtica mística castellana. Tanto Juan de la Cruz como Teresa de Ávila
nos ofrecen valiosos datos. Así, el primero, en su Cántico espiritual, utili-
zando el lenguaje pastoral aunque en otro contexto, se refiere a un pastoreo
que sea oficio de amor53:
49 In II-II q.184 a.7 n.1. Francisco de Vitoria pronunció sus lecciones sobre ST II-II
entre 1534 y 1537.
50 Cf. BARTOLOMÉ CARRANZA DE MIRANDA, Speculum pastorum: hierarchia ecclesiastica
in qua describuntur officia ministrorum Ecclesiae militantis. Edición crítica preparada por
J. I. TELLECHEA, Estudio Teológico de San Ildefonso, Toledo 1992.
51 Cf. J. I. TELLECHEA, “La espiritualidad sacerdotal en la época moderna”, en COMISIÓN
EPISCOPAL DEL CLERO, Espiritualidad del presbítero diocesano secular. Simposio, Edice,
Madrid 1989, 409-425, donde reseña una treintena de obras en este sentido.
52 Cf. J. ESQUERDA, Historia de la espiritualidad sacerdotal, 125.
53 Juan de la Cruz aplica más bien la metáfora pastoril a las relaciones del alma con el
Amado, pero esto no excluye que nosotros podamos leer esta canción desde la perspectiva
de la caridad pastoral. En efecto, la unión con el Dios amor implica no sólo una forma de
relacionarse con él, sino también con la creación y con los hombres: “Por eso, ya no anda [el
alma] buscando su propia ganancia, ni se anda tras sus gustos, ni tampoco se ocupa en otras
cosas y tratos extraños y ajenos de Dios. Y que, aun con el mismo Dios, ya no tienen otro
estilo ni manera de trato sino ejercicio de amor, por cuanto ha ya trocado y mudado todo su
primer trato” (Anotación, 2): Por eso, ya no guarda ganado, es decir, no va tras sus gustos y
sus cosas (cf. Ibid., 6), pues el amor la ha renovado por completo: “que toda la habilidad de
mi alma y cuerpo se mueve por amor, haciendo todo lo que hago por amor, y padeciendo
por amor todo lo que padezco” (Ibid., 8A). C. DE JESÚS ET ALII, Vida y obras de San Juan de
199
ATUCSC 11.2 (2009)
Mi alma se ha empleado
y todo mi caudal en su servicio.
Ya no guardo ganado
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio54.
Por lo que a Teresa de Ávila se refiere, su mística apostólica de Dios en la
acción55 supone un planteamiento muy cercano a la unidad de vida desde la
que PO 14 se referirá a la caridad pastoral. Dicha unidad de vida no es nada
extraña para Teresa: “Creedme, que Marta y María han de andar juntas para
hospedar al Señor y tenerle siempre consigo, y no hacerle mal hospedaje,
no dándole de comer”56. Pero es que además la cima de la contemplación
será también la cima del apostolado. Por eso advierte a sus monjas: “Para
esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de
que nazcan siempre obras, obras”. La vida espiritual, por tanto, es siempre
un crecimiento continuo en la caridad en y por la acción.
No podemos olvidar tampoco a San Ignacio de Loyola y su escuela, que
tantas veces han tomado a su cargo la formación de los sacerdotes diocesanos
en los seminarios conciliares. Aquello de buscar a Dios en todas las cosas,
para en todo amar y servir a su divina majestad57, desembocará en la clásica
fórmula jesuítica de ser “contemplativos en la acción”, que resume perfec-
tamente ese doble movimiento de amor a Dios y amor al prójimo propio de
la caridad pastoral. La caridad eminentemente apostólica de los jesuitas se
encuadra en las dos advertencias que San Ignacio coloca al comienzo de la
“Contemplación para alcanzar amor”: 1) “El amor se debe poner más en las
obras que en las palabras”; 2) “El amor consiste en comunicación de las dos
partes, es a saber en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene, o de
la Cruz, BAC, Madrid 1955, 1052-1056. Nótese la cercanía de estas afirmaciones con la cari-
dad pastoral entendida como un olvidarse de sí mismo en PDV 23: “la caridad pastoral es
aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su
servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos”.
54 Canción 28 (A 19). Ibid., 1052.
55 Cf .F. R. WILHÉLEM, Dios en la acción. La mística apostólica según Santa Teresa de
Jesús, BAC, Madrid 2002.
56 Libro de las Moradas VII, 4,7, en: E. DE LA MADRE DE DIOS (ed.), Santa Teresa de
Jesús. Obras completas BAC, Madrid 1962, 430.
57 Cf. SAN IGNACIO DE LOYOLA, Ejercicios Espirituales n.233, Sal Terrae, Santander 31990,
134.
200
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante”58. Como
muy bien ha notado un gran estudioso no sólo de la figura de San Ignacio,
sino de toda su época, el fundador de la Compañía de Jesús fue un hombre
de profunda contemplación y de vertiginosa acción, de palabra, voluntad y
oración, aunadas en esa máxima que ya se ha hecho famosa: “Confiar en
Dios como si todo dependiera de él. Trabajar y poner medios humanos como
si todo dependiera de nosotros”59. Así mismo, la afirmación de PO 11 sobre
la alegría pascual como fuente de nuevas vocaciones sacerdotales encuen-
tra también su antecedente en la comunión con la alegría pascual del Cristo
Resucitado que San Ignacio propone a quien haga sus ejercicios espiritua-
les: “demandar lo que quiero; y será aquí pedir gracia para me alegrar y
gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor”60.
[Link].1. San Juan de Ávila
Una figura brilla con luz propia entre todos estos grandes hombres y muje-
res en la estela española de la reforma tridentina. Se trata de San Juan de
Ávila, patrono del clero diocesano secular español y cuya doctrina no pudo
ser recuperada hasta el siglo pasado. Sus pláticas a sacerdotes, sus memo-
riales a Trento, etc., no conocieron la difusión por la imprenta, por lo que
sólo pudieron influir en los privilegiados poseedores de su texto manuscri-
to61. Y será ya en el siglo XX cuando se deje sentir con fuerza su influencia
sobre la espiritualidad sacerdotal española62.
En el pensamiento del Apóstol de Andalucía, tanto la caridad pastoral63,
como la alegría, están presentes. Enmarcada en la experiencia del amor de
58Cf. Ibid., n.230-231, p. 134.
59Cf. J. I. TELLECHEA, Ignacio de Loyola, solo y a pie, Sígueme, Salamanca 1992.
60 SAN IGNACIO DE LOYOLA, Ejercicios Espirituales n.221, p. 131.
61 Cf. J. I. TELLECHEA, “La espiritualidad sacerdotal en la época moderna”, 423.
62 Cf. J. L. MORENO, “Influjo de San Juan de Ávila en la espiritualidad sacerdotal espa-
ñola del siglo XX”, Surge 61 (2003) 275-314.
63 Cf. J. ESQUERDA, “La salvación integral y el celo de las almas”, en: ID., Introducción a
la doctrina de San Juan de Ávila, BAC, Madrid 2000, 258-262; “Cristo Sacerdote y Buen
Pastor”, en: Ibid., 464-468; “Caridad pastoral y virtudes del Buen Pastor”, en: Ibid., 491-
493. Cf. bibliografía sobre espiritualidad sacerdotal avilista, en: Ibid., 545; CEE, El maestro
Avila. Actas del Congreso Internacional, Edice, Madrid 2002; J. DEL RÍO, “Espiritualidad
sacerdotal en los escritos de San Juan de Ávila”, en: CEC, Espiritualidad del presbítero
diocesano secular. Simposio, 535-582.
201
ATUCSC 11.2 (2009)
Dios como plenitud del hombre64, su llamada a la santidad sacerdotal pre-
senta notas peculiares a partir de la caridad del buen Pastor, y está formula-
da de forma muy parecida a como aparece en los documentos del Vaticano
II y en la teología posterior a este concilio65. El punto de partida de la doc-
trina sacerdotal de Juan de Ávila no es otro que el misterio de Cristo Sacer-
dote y Buen Pastor:
No tenía este grande Sacerdote qué ofrecer por los pecados del mundo,
sino a sí mismo [...] Porque de aquel miramiento de los ojos de Dios a la
faz de Cristo [...] salió el fuego del Espíritu Santo, que abrasó los dones
que este gran Pastor y Pontífice ofreció a su Padre [...] Somos por este
Pastor traídos en sus hombros; y por traernos él, míranos el Señor, ha-
ciendo que lo miremos a él66.
El sacerdote ministro representa precisamente la persona de este Cristo
Sacerdote y Pastor. Baste el siguiente texto como muestra de un cristocen-
trismo del buen Pastor aventado por el fuego de la caridad pastoral:
La intención del Señor fue [...]: que el sacerdote [...], que representa al
Señor en su pasión y en su muerte, le represente también en la manse-
dumbre con que padeció, en la obediencia, aún hasta la muerte de cruz,
en la limpieza de la castidad, en la profundidad de la humildad, en el
fuego de la caridad que haga al sacerdote rogar por todos con entraña-
bles gemidos, y ofrecerse a sí mismo a pasión y muerte por el remedio de
ellos, si el Señor le quisiere aceptar. Y, en fin, ha de ser la representación
tan verdadera, que el sacerdote se transforme en Cristo67.
El tema de la caridad pastoral equivale, en términos avilistas, al celo
apostólico del sacerdote68. Dicha caridad pastoral o celo apostólico se inspi-
64 Cf. F. J. DÍAZ, Experiencia del amor de Dios y plenitud del hombre en San Juan de
Ávila, Madrid 2007.
65 Cf. J. ESQUERDA, Introducción a la doctrina de San Juan de Ávila, … 531.
66 Audi Filia de 1574, cap. 87. L. SALA BALUST – F. MARTÍN HERNÁNDEZ (eds.), Obras
completas de San Juan de Ávila I, BAC, Madrid 2000, 728. Citamos siempre según esta
edición en 4 vols., BAC, Madrid 2000-2003.
67 Tratado sobre el sacerdocio n.26, BAC I, 931.
68 Con este mismo lenguaje se expresa la oración colecta de la festividad de este santo:
“Oh Dios, que hiciste de san Juan de Ávila un maestro ejemplar para tu pueblo por la santi-
202
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
ra en la figura del Buen Pastor. El Maestro Ávila glosa Jn 1069 y Lc 1570, pero
también tiene en cuenta el trasfondo veterotestamentario de Dios Pastor y
del Mesías anunciado por los profetas como futuro Pastor71. Desde Cristo
Buen Pastor, el santo invita a la renovación sacerdotal: “¡Oh eclesiásticos, si
os mirásedes en el fuego de vuestro amor principal, Cristo, en aquellos que
os precedieron, apóstoles y discípulos, obispos y mártires y pontífices san-
tos!”72. La imagen evangélica del buen Pastor se completa con el paulinismo
de S. Juan de Ávila. Era un auténtico trasunto de la figura apostólica de
Pablo, de tal forma que su biógrafo L. Muñoz recoge el testimonio de un
padre dominico que afirmaba tras escucharle: “Vengo de escuchar a San
Pablo interpretar a San Pablo”73. Su misma experiencia le hace afirmar que
el apóstol debe “tener verdadero amor a nuestro Señor Jesucristo, el cual le
cause un tan ferviente celo, que le coma el corazón”74 . Por esto, todo após-
tol ha de tener corazón de “verdadero padre y verdadera madre”75 . Los sa-
cerdotes han sido elegidos “para pastores y criadores del ganado, que los
apacienten en los pastos de ciencia y doctrina [...] y aunque sea con derra-
mar sangre y dar la vida, como hizo Cristo, y dijo que este tal es el Buen
Pastor”76. El celo por las almas, que “es hijo del amor”77, es la concreción
más visible de la caridad pastoral: “Si de veras nos quemase las entrañas el
celo de la casa de Dios [...] ver las esposas de Cristo enajenadas de él y ata-
das con nudo de amor tan falso”78. Esta caridad se concreta en el amor a
Dios y al prójimo: “ha de arder en el corazón del eclesiástico un fuego de
amor de Dios y celo de almas”, a imitación del Buen Pastor que da la vida
dad de su vida y por su celo apostólico; haz que también en nuestros días crezca la Iglesia en
santidad por el celo ejemplar de tus ministros”.
69 Cf. Sermón 15, BAC III, 207-219.
70 Cf. Sermón 19, BAC III, 242-251.
71 Cf. Sermón 79, BAC III, 1063-1072, donde se refiere a las profecías de Is y Ez.
72 Plática 7ª, 6, BAC I, 857.
73 Vida y virtudes del venerable varón el P. Mto. Juan de Ávila, predicador apostólico;
con algunos elogios de las virtudes y vidas de algunos de sus más principales discípulos I.
1º, c.9 f.17v., Imprenta Real, Madrid 1635.
74 Tratado sobre el sacerdocio n.39, BAC I, 941.
75 Ibid.
76 Advertencias I, 6, BAC II, 650; cf. Sermón 81, BAC III, 1082-1088.
77 Plática 3ª, 20, BAC I, 825.
78 Carta 208, 11ss, BAC IV, 675.
203
ATUCSC 11.2 (2009)
por sus ovejas79. Más aún, pone en relación el oficio de pastor con el manda-
miento nuevo del amor y la preocupación por los más pequeños:
Y como oye de la boca de Dios: ‘si me amas, apacienta mis ovejas’ (Jn
21,17); y: ‘Quien a un chiquito de éstos recibe, a mí me recibe’ (Mc 9,37);
y: ‘quien hace obras de misericordia a uno de éstos, a mí me las hace’ (Mt
25,40), tiene por señalada merced que tenga tan cerca de sí tan buen
aparejo en mostrar y ejercitar el amor que él tiene a Jesucristo; ‘pare-
ciéndole’ el trabajo, que por el prójimo pasa, pequeño, y ‘los años breves,
por la grandeza del amor’ (cf. Gn 29,20) que a Cristo tiene por sí, y a ellos
por él y en él. Y trae a la contina en su corazón lo que el Señor amoroso
tan estrechamente mandó, cuando dijo: “mi mandamiento es aqueste:
que os améis unos a otros como yo os amé (Jn 15,12)80.
Pero el Maestro Ávila se queja de la escasez de esta virtud: “Que si hu-
biese en la Iglesia corazones de madre en los sacerdotes que amargamente
llorasen de ver muertos a sus espirituales hijos, el Señor, que es misericor-
dioso, les diría lo que a la viuda de Naím: No quieras llorar. Y les daría
resucitadas las ánimas de los pecadores”81. Y no sólo están faltos los pasto-
res de este celo apostólico, sino también de ese olvidarse a sí mismo para
dar la vida por las ovejas que es propio de la caridad pastoral. Les falta la
dimensión de la cruz:
¡Oh dichosos pastores que participaren algo de aquesta hambre y sed de
salvación de ánimas que tuvo el Señor! [...] En cruz murió el Señor por
las ánimas; hacienda, honra, fama y a su propia Madre dejó por cumplir
con ellas; y así quien no mortificare sus intereses, honra, regalo, afecto
de parientes, y no tomare la mortificación de la cruz, aunque tenga bue-
nos deseos concebidos en su corazón, bien podrán llegar los hijos al par-
to, más no habrá fuerzas para los parir82.
También María será modelo de este celo apostólico, una afirmación que
el Vaticano II hará en LG 65. Tal es así que hasta se le puede dar el título de
pastora:
79 Plática 7ª, 5, BAC I, 856.
80 Audi, filia de 1574, cap. 95, BAC I, 743.
81 Plática 2ª, 16, BAC I, 808.
82 Sermón 81, 5, BAC III, 1084.
204
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
Porque lo que su esposo e Hijo Jesucristo había ganado en el monte Cal-
vario derramando su sangre, ella lo guardaba y cuidaba y procuraba acre-
centar como hacienda de sus entrañas [...] Pastora, no jornalera que bus-
case su propio interés, pues que amaba tanto a las ovejas que, después de
haber dado por la vida de ellas la vida de su amantísimo Hijo, diera de
muy buena gana su vida propia, si necesidad de ella tuvieran. ¡Oh qué
ejemplo para los que tienen cargo de ánimas!83.
Por último, diremos que el Apóstol de Andalucía se preocupó mucho por
la formación de los futuros presbíteros. Deseaba que tal formación fuese
eminentemente pastoral, orientada por tanto hacia el ejercicio del ministe-
rio pastoral e inspirada en el ejemplo del buen Pastor84.
En cuanto al tema de la alegría, el Maestro Ávila la vincula a la esperanza
y a la fe85, hasta el punto de afirmar que Dios es alegre y denominarle como
“el alegría”86. Y pone especial cuidado en considerar la alegría de Cristo en
la cruz87. De hecho, para San Juan de Ávila, el viernes santo es el día de la
83 Sermón 70,3 8, BAC III, 961. Ver también el afecto especial de María respecto a los
sacerdotes, en el Sermón 67 “sobre la soledad de la Virgen”.
84 Cf. J. ESQUERDA, “Jean d’Avila”, DSp VIII, 1974, 279.
85 Glosando los textos del segundo domingo después de Epifanía, afirma: “Hoy se canta
en la epístola spe gaudentes. Habéisos de gozar con la verdadera esperanza. Es tanto el
gozo, el que esta esperanza tiene, que cualquiera prosperidad desprecia y cualquier trabajo
pasa primero que ofender a Dios [...] No andes desmayado y triste, sino esforzado y alegre,
esperando tan grandes bienes como están guardados. Es esto gran joya, siempre viva, en
cualquier tiempo esperar en Dios: tu amor en Dios y lo que amares en amor de Dios”, Ser-
món 6,8-9, BAC III, 98-99. El hecho de estar bautizado es una llamada a vivir con el gozo de
la esperanza, cf. Sermón 62, BAC III, 822-842. Se trata en definitiva de la alegría de la fe,
que es un tema frecuente en los sermones y en las cartas: “¿Quién no estará alegre y conten-
to acordándose de Jesucristo?”, Sermón 49,16, BAC III, 642. “¿Y quién puede oír que la
Sacratísima Virgen tiene en sus brazos a Jesucristo, que no se regocije? Fue hecho gozo no
solamente para la Virgen, sino para todos los que lo oyeren”, Sermón 4,2, BAC III, 66-67. La
verdadera alegría supone una renuncia previa, “pues de este llorar, de la tristeza, del des-
consuelo, de este desechar placeres, de este confiar en Dios, nace la risa y el gozo, elijo que
pertenece al linaje de Cristo [en referencia a Isaac (cf. Gn 21,6)]”, Sermón 62,21, BAC III,
832. Cristo llena de gozo al que se refugia en sus llagas, cf. Carta 139, BAC IV, 486-487. La
alegría es fruto del Espíritu Santo, cf. Carta 26,50ss, BAC IV, 160. Los amigos de Dios “en
grande libertad viven, y grande razón tienen para estar contentos”, Lecc. sobre la ep. a los
Gál. 51, BAC II, 94-95. Cf. J. ESQUERDA, o.c., 348; 440.
86 “Mas el Alegría da fuerzas, da perseverancia, y hace entristecer a nuestros enemigos,
y alegra al espíritu de Dios que en los suyos mora, porque él es alegre”. Carta 39, 160-162,
BAC IV, 208.
87 Cf. F. J. DÍAZ LORITE, “Gozo en la viva fe en Cristo crucificado”, en: Experiencia del
amor de Dios..., o.c., 455-478.
205
ATUCSC 11.2 (2009)
alegría del corazón de Cristo, alegría que se fundamenta en el amor: “aun-
que los tormentos te daban tristeza y dolor muy de verdad, tu amor se holgaba
del bien que allí nos venía. Y por eso se llama día de alegría de tu corazón”88.
El Maestro Ávila tampoco podía dejar de considerar la relación entre el gozo
y la mayor de las virtudes. Así, especifica la alegría como fruto de ese doble
movimiento que supone la caridad cristiana (amor a Dios - amor al prójimo).
Escribe lo siguientes a una señora que le preguntó qué cosa era caridad:
Y ansí como os dije que el amor de Dios consistía en querer que el Señor
Dios fuese quien es y que el gozo en esto era don particular del Señor, así
también el amor del prójimo consiste en un querer de la voluntad con
que queráis el bien del prójimo; el gozaros del bien del prójimo y sentir
gran dolor con el pecado que comete, eso es una dádiva del Señor más
especial, que la da Él a quien es servido. De manera que, si bien habéis
mirado en ello, habréis visto que el blanco adonde tira el amor de Dios y
del prójimo es que sea Dios glorificado y honrado89.
Juan de Ávila también ha conocido la alegría presbiteral, la alegría de
una existencia plena y feliz, tanto en él como en otros. Y también la ha reco-
mendado, incluso como remedio contra los momentos más bajos. Así, es-
cribe a un sacerdote, enseñándole lo mucho que debe ser agradecido a Dios
por haberle hecho sacerdote:
Pues que, por la gracia de Jesucristo, es vuestra merced sacerdote, asaz
tiene en qué entender para dar buena cuenta de oficio tan alto y tremen-
do aun para hombros de ángeles. Estime mucho este misterio, agradezca
esta merced, y esta consideración le sea bastante a recogerle cuando
estuviere distraído y a ponerle espuelas cuando se viere flojo, y ansí se
enseñoree de su corazón esta merced, que por ella se tenga por muy obli-
gado a servir con gran diligencia al Señor; y le ponga gran cuidado para
así ejercitar oficio tan soberano, que agrada a los ojos del que se lo dio90.
Pero también considera oportunas para los sacerdotes algunas reflexio-
nes cristianas sobre el tema de la alegría. Así, a un sacerdote enfermo le
88 Audi, filia I, 2ª, 62, BAC I, 470.
89 Carta 26, 217-226, BAC IV, 164-165.
90 Carta 8, 1-9; BAC IV, 49.
206
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
recuerda la exhortación cristiana a la esperanza y la alegría en la prueba,
obedeciendo a Dios y confiando en su voluntad amorosa, pues “no hay cosa
que más nos levante a esperar que el ser amados de Dios; y no hay señal tan
clara de este amor, cuanto es de su parte, como el haber dado por nosotros
su vida. Pues este “Dios de esperanza”, dice San Pablo, “os hincha de paz y
gozo” (cf. Rm 15,13), no en escudriñar lo que hace, mas en “creer” con sim-
plicidad que él es la verdadera sabiduría de los que en este destierro vivi-
mos”91. La alegría sacerdotal es, en definitiva, motivo de agradecimiento y
también tiene la perspectiva de formación permanente. Por eso, Juan de
Ávila escribe lo siguiente a un sacerdote que estaba alegre por las mercedes
que el Señor le hacía: “Y pues nuestro Señor ha comenzado a abrir los ojos a
vuestra merced, tiene por qué gozarse por la nueva merced; más tiene por
que temer si no la sabe conocer y acrecentar”92.
[Link]. La escuela francesa
Pasamos a la escuela francesa de los siglos XVI-XVII, la escuela sacerdotal
por excelencia93. Sus focos de irradiación serán múltiples –por ejemplo, los
seminarios confiados a sulpicianos, eudistas y lazaristas–, llegando a domi-
nar en la formación de los sacerdotes hasta comienzos de la Segunda Gue-
rra Mundial. Su fundador será el cardenal Pierre de Bérulle, seguido por
Charles de Condren, Jean Eudes, Jean Jacques Olier y Vicent de Paul. Más
tarde influirá en Francisco de Sales y en Luis María Grignion de Montfort.
Por último, “esta gran ‘escuela francesa’ de santidad tuvo también entre sus
frutos a san Juan María Vianney”94. Fundan los primeros seminarios en
91 Carta 117, BAC IV, 444-445.
92 Carta 10, 98-100, BAC IV, 56.
93 “La expresión “escuela francesa” parece que fue introducida en el ámbito de la espiri-
tualidad hacia 1913 por el sulpiciano G. Létorneau. Y quedó definitivamente acreditada por
obra de H. Bremond, que la usó como título del tomo II de su Histoire littéraire du sentiment
religieux, París 1921. L. COGNET, “Escuela francesa”, en: K. RAHNER, - J. ALFARO ET ALII
(dirs.), Sacramentum Mundi. Enciclopedia teológica II, Herder, Barcelona 1975, 779. Cf. P.
POURRAT, El Sacerdocio. Doctrina de la Escuela francesa, Publicaciones Surge, Vitoria 1950;
R. DEVILLE, L’école française de spiritualité, Desclée, París 1987; G. MARTELET, Théologie
du sacerdoce. Deux mille ans d’Église en question III, Du Cerf, París 1990, 158-173.
94 Benedicto XVI, Catequesis en la audiencia general del 19 de agosto de 2009, p://
[Link]/holy_father/benedict_xvi/audiences/2009/documents/hf_ben-
xvi_aud_20090819_sp.html” [Link]/holy_father/benedict_xvi/audiences/2009/
documents/hf_ben-xvi_aud_20090819_sp.html, citado 19 de septiembre de 2009.
207
ATUCSC 11.2 (2009)
Francia y realizan los primeros ensayos de formación permanente desde
164295. Se basan principalmente en la Escritura y en los espirituales clási-
cos96, convencidos como están de que una profundización en la teología del
ministerio conducirá a la renovación de la vida sacerdotal. La idea central
es el misterio de la encarnación, por el que Cristo es hecho sacerdote. Los
sacerdotes imitarán la vida íntima de Cristo en sus tres “miradas”: 1) hacia
el Padre, para conocer sus designios salvíficos; 2) hacia sí mismos, para
hacerse víctimas con Cristo; 3) hacia los hombres, para santificarlos. Preci-
samente en esta tercera mirada se sitúa el celo sacerdotal y apostólico, au-
téntico precursor de la caridad pastoral97. Es “un celo fervoroso de servir a
Dios en el prójimo [...], con hambre y sed ardiente de la salvación y santifi-
cación de las almas”98, de forma que la unión de vida contemplativa y acti-
va, de vida interior y exterior, será la verdadera fórmula del celo sacerdotal.
Así define Vicente de Paúl este celo sacerdotal, que el catalizó especialmen-
te hacia los más desfavorecidos:
El celo [...] consiste en un puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil
al prójimo. Celo para extender el imperio de Dios, celo para procurar la
salvación del prójimo. ¿Existe algo más perfecto en el mundo? Si el amor
de Dios es fuego, el celo es la llama; si el amor sol, el celo es el rayo. El
celo es lo que hay de más puro en el amor de Dios99.
Cristo es el gran modelo de celo apostólico, virtud que se perpetúa en
sus sacerdotes: “Sois sus ojos, dice Juan Eudes, porque por vosotros ese
buen Pastor vela continuamente sobre su rebaño”100. Para este mismo au-
95 Benedicto XVI desarrolló precisamente en su catequesis el tema “San Juan Eudes y
la formación del clero”. Cf. nota anterior.
96 En 1676 se tradujo al francés la Instrucción de sacerdotes de Antonio Molina y en
1658 y 1673 las obras de S. Juan de Ávila al mismo idioma, mientras que las de S. Teresa ya
estaban traducidas desde 1610. “España tanto o quizás más que Italia ha prestado su contri-
bución a la Escuela francesa en esta reforma [de su clero]”. P. POURRAT, El Sacerdocio.
Doctrina de la Escuela francesa, 19.
97 Cf. P. POURRAT, “El sacerdote tiene ‘una mirada hacia las almas para santificarlas’. El
celo sacerdotal”, en: El Sacerdocio. Doctrina de la Escuela francesa, 134-145.
98 J. J. OLIER, Lettres II, París 1935, 204, cit. por P. POURRAT, o.c., 140.
99 Lettres et entretiens. Éd. du Coste, XII p.307.308, cf. también XI p. 193ss, cit. por P.
POURRAT, o.c., 137.
100 Mémorial de la vie ecclésiastique, en: Oeuvres completes du B. Jean Eudes III,
Vannes 1900, capítulo preliminar, citado por P. POURRAT, 104.
208
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
tor, el sacerdote es sobre todo un pastor, que no existe “más que para la
Iglesia”101 y que encuentra la forma concreta de su caridad en la misma del
soberano Pastor102; incluso el retiro anual será un acto de pastor103.
Esta caridad pastoral, afirma Bérulle, tiene un carácter sapiencial y un
fundamento cristológico104, e implica una grave responsabilidad, como ad-
vierte Juan Eudes:
Debemos [...] velar continuamente sobre las necesidades de nuestro re-
baño, para proveerlas en cuanto nos sea posible, acordándonos de que la
mera negligencia en negocio de tanta gravedad nos hace criminales a los
ojos de Dios, que nos pedirá una cuenta muy rigurosa de todas las almas
que nos ha confiado105.
El verdadero celo está acompañado de disponibilidad, indiferencia, dis-
creción, prudencia. Esta relacionado con la alegría, en cuanto es optimista y
no se deja abatir por el fracaso; no conoce obstáculos106. Una de sus mani-
festaciones es también la comunión jerárquica con el Papa y con el Obispo.
Junto a este celo, son características las virtudes de la religión (entendi-
da sobre todo como sacerdocio cultual), la oración y la santidad comprendi-
da como sacrifico e inmolación. El carácter sacramental conferido por la
ordenación es comparado a la unión hipostática y posibilita que el sacerdo-
te pueda comulgar en los mismos sentimientos y estados de Cristo Jesús. El
gran logro de toda esta escuela ha sido el de mantener viva la llama de la
101 Mémorial..., cap. 5, 18, citado por P. MILCENT, “Jean Eudes”, DSp VIII, 1974, 497.
102 Cf. P. MILCENT, a.c., 497.
103 “A ejemplo de los santos apóstoles y discípulos, que se retiraron y se encerraron diez
días para dedicarse por entero a la oración y para prepararse para la venida del Espíritu
Santo, quien les fortalecería para anunciar el evangelio y para trabajar por la salvación de
las almas”. Mémorial…, cap. II, 3, cit., por P. MILCENT, a.c., 497-498. Cf. ID., “Pasteur dans
le Christ Pasteur; le prêtre selon saint Jean Eudes”, Vocation 240 (1967) 501-514.
104 “Este arte de guiar a los demás es una ciencia no de memoria, sino de espíritu, no de
estudio sino de oración, no de discursos sino de práctica, no de disputa sino de humildad,
no de especulación sino de amor, y de amor a Jesús que se ha entregado, olvidado de sí
mismo y aniquilado por la salvación de las almas”. Mémorial de Direction pour les superieurs,
XI, cit. por P. POURRAT, o.c., 139.
105 Mémorial... parte II, n.13, cit. por ibid.
106 Cf. S. VINCENT DE PAUL, Lettres et entretiens, XI p.204, 442, citado por P. POURRAT,
o.c., 141.
209
ATUCSC 11.2 (2009)
exigencia sacerdotal de santidad107. Su espiritualidad cristocéntrica prepa-
ró muy bien el terreno a la caridad pastoral.
Si bien se le achacaba a sus propagadores el tener caracteres recios, aus-
teros, serios, de forma que parecía que la caridad era incompatible con la
alegría, un epígono de esta escuela, Francisco de Sales, maestro de espiri-
tualidad, pastor y reformador del clero, demostrará todo lo contrario. Su
comprensión de la caridad se acerca mucho a lo que será la doctrina conci-
liar de la caridad pastoral. Para él, una espiritualidad centrada en el amor se
expresa concretamente por la búsqueda de la voluntad de Dios, y por la
conformidad inspirada por un amor ininterrumpido y cada vez más puro a
esta voluntad, por la “muerte” de la propia voluntad en santa indiferencia y
abandono108. Éste es el estado en el que es posible conocer la alegría de la
contemplación109. Alimentado de esta alegría, el creyente no puede sino ser-
107 Por eso, nos parecen excesivamente duras las siguientes palabras de A. FAVALE: “A
partir del siglo XVII, bajo el impulso de Pierre de Bérulle y de su escuela, la espiritualidad
presbiteral se caracterizó por estos dos elementos: la preocupación por recalcar la “separa-
ción del mundo” como valor sacerdotal, aduciendo como justificación que el que se preocu-
pa por las cosas del cielo debe apartarse de las cosas de la tierra; y el acento de la dimensión
religioso-cultual del sacerdote con detrimento de la pastoral-misionera, y, por último, la
tendencia a contraponer las exigencias de la vida interior a las del apostolado”, El ministe-
rio presbiteral. Aspectos doctrinales, pastorales y espirituales, Atenas, Madrid 1989, 215.
Preferimos las siguientes de J. RIGAL: “Esta doctrina ha alimentado la vida espiritual de
numerosas generaciones de sacerdotes. Tiene también sus limitaciones: supervaloración
del clero, separación sociológica, focalización en la persona del ministro, visión espiritual
más que propiamente teológica... ¡Es toda una apelación, en la forma, a la retórica del Siglo
de Oro! Contribuirá de todos modos a formar un clero más digno, mas instruido, más celo-
so. ¡Lo cual tiene su mérito!”. Descubrir los ministerios, Secretariado Trinitario, Salamanca
2002, 113.
108 Cf. P. SEROUET, “François de Sales”, DSp V, 1083.
109 Francisco de Sales explica el proceso hasta llegar a esta alegría. Él rechazó siempre
separar la vida espiritual y la afectividad humana, por lo que unirá alegría y espíritu de
devoción. Nuestra vocación a la filiación adoptiva está inscrita en lo más profundo de nues-
tro ser: ya que estamos espoleados por un deseo de perfección, salimos de nosotros mismos.
Sin embargo, podemos excedernos, degradándonos en una sensualidad desenfrenada. Fran-
cisco se emplea a fondo en corregir esta desviación del corazón y muestra la falsedad de las
alegrías del pecado, cf. Tratado del amor de Dios 1,10, desarmando las tretas del tentador,
que nos presenta un Dios hostil a nuestra alegría, cf. Sermón para el miércoles de ceniza de
1612. Poco a poco el fiel va uniéndose con Dios en una verdadera amistad, cf. Tratado del
amor de Dios 2,22, apareciendo al mismo tiempo la claridad de la belleza y combatiendo la
tristeza según el mundo de la que habla el IV evangelio. Las desgracias pueden asaltarnos,
pero no afectan ya más que a la superficie de la persona, la alegría interior seguirá intacta.
Éste es el estado en el que es posible conocer la alegría de la contemplación. Alimentado de
esta alegría, el creyente no puede sino servir a su Dios. Cf. F. BUSSINI, “Joie”, DSp VIII,
1249-1251.
210
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
vir a su Dios. El éxtasis del entendimiento y de la afectividad conducirá al
éxtasis de la acción, que autentifica la vida mística. El núcleo propulsor de
la espiritualidad de Francisco de Sales, por tanto, es la interrelación circu-
lar de causalidad entre vida activa y contemplativa, el “éxtasis perpetuo de
acción y obra”110, que supone el estado más perfecto, la contemplación ope-
rante, por la cual el hombre se consagra hasta el fin por la salvación de las
almas111. Francisco de Sales ha vinculado caridad pastoral (don de sí, bús-
queda de la voluntad de Dios, etc.) y alegría en una unidad de vida que vin-
cula absolutamente el éxtasis contemplativo con el éxtasis de la acción.
[Link]. La escuela italiana
En cuanto a la escuela italiana, fueron los oratorios y los clérigos regulares
los propulsores de la renovación sacerdotal. Fueron muchas las grandes
personalidades112, pero destaca entre todas ellas el arzobispo de Milán, S.
Carlos Borromeo113: “Su celo apostólico, su preocupación por la formación
del clero, su caridad son una manifestación espléndida del despertar espiri-
tual y pastoral que caracteriza a la Reforma católica”114. Aplica cuidadosa-
mente los decretos de reforma del concilio de Trento, especialmente en lo
tocante a la erección de Seminarios (Institutiones ad universum Seminarii
regimen pertinentes) y a la reforma del clero (Monitiones ad clerum). De-
seaba que su clero tuviera una formación adecuada y una disponibilidad
110 F. DE SALES, Tratado del amor de Dios VII, 7, en: F. DE LA HOZ, Obras Selectas de S.
Francisco de Sales II, BAC, Madrid 1954, 285-288, cita en 287.
111 Cf. V. GAMBINO, La carità pastorale. Prospettive per un cammino educativo verso il
ministero presbiterale, LAS, Roma 1996, 122.
112 G. de Thiène, A. M. Zaccaria, Felipe Neri, J. Miani, A. M. de Ligorio y P. de la Cruz.
Junto a estos fundadores de congregaciones religiosas destacan también grandes pastores
como J. M. Giberti (obispo de Verona y activo participante en Trento) y G. Barbarigo (pre-
lado de Bérgamo y después de Padua).
113 La Facultad de Teología de Milán, en torno a G. MOIOLI, Scritti sul prete, Glossa,
Milano 1990, y otros autores, ha propulsado desde el posconcilio la recuperación de su figu-
ra, con el celo apostólico como una de sus claves. Así mismo, Carlo Maria Martini propuso
unificar en todo proyecto pastoral la contemplación y la acción pastoral con ocasión del IV
centenario de la muerte de S. Carlos Borromeo, infatigable apóstol de la caridad. Cf. C. M.
M ARTINI , Farsi prossimo. Piano pastorale 1985-1986, Centro Ambrosiano di
Documentazione e Studi, Milán 1985; D. TETTAMANZI, Farsi prossimo in San Carlo, Nouve
Edizioni Duomo, Milán 1985.
114 J. RIGAL, Descubrir los ministerios, 102.
211
ATUCSC 11.2 (2009)
incondicional para el trabajo pastoral; de ahí la fundación de los sacerdotes
“oblatos” diocesanos (1576), que el santo cardenal consideró siempre como
seculares115. Pero todas estas obras apostólicas no se explican sin su propia
historia personal, un hombre profundamente contemplativo que encontra-
ba en el Crucificado la fuente de la misión, hasta el punto de predicar: “Ésta
es la ley de la perfección pastoral, que el pastor gaste su vida, si es necesario,
para la salvación de su rebaño”116. Y esta misma profundidad espiritual quería
para sus sacerdotes117. Más que ningún otro, el santo arzobispo de Milán ha
encarnado el ideal “pastoral” esbozado por Trento. Su propia concepción
del episcopado “era una exaltación de la pastoralidad como superación de
la fragmentación entre obispo-santo, obispo-político, obispo-diplomático,
obispo-teólogo, obispo-señor. Una pastoralidad que era síntesis y unifica-
ción concreta de virtud y ministerio, de seguimiento evangélico y de res-
puesta al tiempo”118.
[Link]. La escuela centroeuropea
Finalmente, la escuela de Europa central, nombre bajo el que encuadramos al
movimiento asociativo inaugurado por B. Holzhauser (1613-1658), Institutum
clericorum saecularium in commune viventium, y que se extendería por
Alemania, Suiza, Austria, Hungría, Polonia y otros países europeos. Fue apro-
115 Cf. J. ESQUERDA, Historia de la espiritualidad sacerdotal, 148.
116 Homilía del 7 de diciembre de 1567, en: SASSI, Sancti Caroli Borromei Homiliae I,
Milán 1747-1748, 10-20. Citado por V. GAMBINO, o.c., 108.
117 “‘¿Ejerces la cura de almas?’, preguntaba san Carlos Borromeo. Y respondía así en el
discurso dirigido a los sacerdotes: “No olvides por eso el cuidado de ti mismo, y no te entre-
gues a los demás hasta el punto de que no quede nada tuyo para ti mismo. Debes tener
ciertamente presente a las almas, de las que eres pastor, pero sin olvidarte de ti mismo.
Comprended, hermanos, que nada es tan necesario a los eclesiásticos como la meditación
que precede, acompaña y sigue todas nuestras acciones: Cantaré, dice el profeta, y meditaré
(cf. Sal 100, 1). Si administras los sacramentos, hermano, medita lo que haces. Si celebras la
Misa, medita lo que ofreces. Si recitas los salmos en el coro, medita a quién y de qué cosa
hablas. Si guías a las almas, medita con qué sangre han sido lavadas; y todo se haga entre
vosotros en la caridad (1 Cor 16,14). Así podremos superar las dificultades que encontramos
cada día, que son innumerables. Por lo demás, esto lo exige la misión que se os ha confiado.
Si así lo hacemos, tendremos la fuerza para engendrar a Cristo en nosotros y en los demás”.
Acta Ecclesiae Mediolanensis, Milán 1559, p. 1178, citado por PDV 72.
118 H. JEDIN - G. ALBERIGO, Il tipo ideale di vescovi secondo la riforma católica,
Morcelliana, Brescia 1985, 135.
212
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
bado por Inocencio X en 1680 y 1684. La vida del Instituto tiene cuatro notas:
convivencia fraterna, comunión de bienes, separación de las mujeres y auto-
ridad del superior. En sus seminarios (Instituti iuventutis) se proporcionaba
una formación pastoral bajo un lema muy cercano a la síntesis entre acción
y contemplación que supone la caridad pastoral: “camino de perfección ha-
cia la vida activa en el mundo y la edificación de la Iglesia”119.
Precisamente a partir de esta experiencia, el sulpiciano francés V.
Lebeurier funda en 1862 la fraternidad sacerdotal de la Union apostolique,
que también conocerá una amplia difusión.
Y si bien no pertenece directamente a esta escuela sacerdotal, centrada
en la vida común, debemos reseñar aquí también, por afinidades geográfi-
cas, el surgimiento de la teología pastoral. En efecto, las asignaturas del
curriculum teológico englobadas en ella tienen como finalidad hacer del
sacerdote un pastor bonus. En él se centra toda la actividad de la Iglesia y
sus deberes se agrupan en torno a las tareas de enseñar, santificar y regir a
su grey120. En esta centralidad de la imagen del buen pastor, desde la que se
articula el triplex munus, podemos ver una anticipación de la articulación
teológica del ministerio desde la caridad pastoral.
Estas distintas escuelas, nacidas en los siglos XVI-XVII, llegan hasta bien
entrado el siglo XX. Su influencia positiva la encontramos realizada en la
gran cantidad de iniciativas y personas que jalonan el siglo XVIII y especial-
mente el siglo XIX. Señera es la figura de Juan María Vianney, el cura de
Ars121, a quien los pontífices del siglo pasado dedicaron sendas cartas con-
memorativas122, y cuyo dies natalis en su 150 aniversario ha propiciado la
119 Cf. M. ARNETH, “Holzhauser”, DSp VII/I, 1969, 590-597.
120 Cf. J. RAMOS GUERREIRA, Teología pastoral, 34-36.
121 Cf. las dos obras clásicas y la biografía que tanto impresionó a Juan Pablo II: R.
FOURREY, El auténtico cura de Ars, La hormiga de oro, Madrid 1999; B. NODET, Juan María
Vianney, cura de Ars: su pensamiento, su corazón, La hormiga de oro, Madrid 1997; F.
TROCHU, El cura de Ars: el atractivo de un alma pura, Palabra, Madrid 32008.
122 Cf. JUAN XXIII, Carta encíclica Sacerdoti nostri primordia, en el I centenario de la
muerte del cura de Ars, AAS 51 (1959) 545-579 (el tercer capítulo está dedicado por comple-
to a ”el celo pastoral” del santo cura); JUAN PABLO II, Carta a los sacerdotes del Jueves
Santo, en el 200 aniversario del nacimiento del cura de Ars, Librería Editrice Vaticana
Ciudad del Vaticano 1986; BENEDICTO XVI, Carta para la convocación de un Año sacerdo-
tal con ocasión del 150 aniversario del dies natalis del Santo cura de Ars , del 16 de junio de
2009, [Link]/holy_father/benedict_xvi/letters/2009/documents/hf_ben-
xvi_let_20090616_anno-sacerdotale_sp.html, citado 19 de septiembre de 2009.
213
ATUCSC 11.2 (2009)
convocatoria del presente Año sacerdotal. Formado en la tradición de la
escuela francesa de espiritualidad, no es difícil descubrir en San Juan María
Vianney una fisonomía de buen pastor, como ha señalado con acierto re-
cientemente Benedicto XVI:
En el servicio pastoral, tan sencillo como extraordinariamente fecundo,
este anónimo párroco de una aldea perdida del sur de Francia logró iden-
tificarse tanto con su ministerio que se convirtió, también de un modo
visible y reconocible universalmente, en alter Christus, imagen del buen
Pastor que, a diferencia del mercenario, da la vida por sus ovejas (cf. Jn
10,11). A ejemplo del buen Pastor, dio su vida en los decenios de su servi-
cio sacerdotal. Su existencia fue una catequesis viviente, que cobraba una
eficacia muy particular cuando la gente lo veía celebrar la misa, detener-
se en adoración ante el sagrario o pasar muchas horas en el confesiona-
rio123.
El cura de Ars define el sacerdocio como “el amor del Corazón de Je-
sús”124. De hecho, “estaba convencido de que para hacer bien a los hombres
es necesario amarles”125. Sin darse cuenta, trazaba su propio elogio al predi-
car en uno de sus sermones: “Un buen pastor, un pastor según el corazón de
Dios: ved el mayor tesoro que la bondad de Dios puede conceder a una pa-
rroquia”126. Y su corazón sacerdotal sabe también de ese doble movimiento
de la caridad pastoral que es amor a Dios y amor al prójimo: “Si supiéra-
mos, como los pastores, alimentar el fuego del amor de Dios en nuestro
corazón por la oración y las buenas obras, no se apagaría nunca”. “El sacer-
dote no es sacerdote para él. Él no se da la absolución, no se administra los
sacramentos. No lo es para él, lo es para vosotros”127. Tampoco el tema de la
alegría le era ajeno. Desde su proexistencia se alegraba con el pensamiento
de ser el más pobre de la parroquia128. Finalmente, para el cura de Ars la
123 Catequesis sobre “San Juan María Vianney, cura de Ars”, en la Audiencia general del
5 de agosto de 2009, [Link]/holy_father/benedict_xvi/audiences/2009/
documents/hf_ben-xvi_aud_20090805_sp.html, citado 19 de septiembre de 2009.
124 B. NODET, Juan María Vianney, o.c., 100.
125 Archivo secreto Vaticano, C. SS. Rit., Processus beat., t.227, p. 1002.
126 Sermoins du B. Jean B-M. Vianney II, 1909, 86.
127 B. NODET, Juan María Vianney, o.c., 72.102.
128 Cf. Archivo secreto Vaticano, C. SS. Rit., Processus beat., t.227, p. 91.
214
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
vida espiritual es la alegría del hombre: “La oración, ésa es la felicidad del
hombre sobre la tierra”129.
[Link]. Siglo XIX: la vivencia comunitaria de una caridad
pastoral gozosa
Otros fundaron diversas congregaciones u organizaciones apostólicas, o
dejaron sus escritos sobre teología o espiritualidad sacerdotal, o vieron ambas
cosas. Es el caso de San Juan Bosco. Siguiendo los pasos del santo obispo de
Ginebra, Francisco de Sales, don Bosco funda una congregación dedicada a
la promoción de la juventud desfavorecida, congregación en la que la ale-
gría y la caridad pastoral ocupan un puesto central. Sin duda, es el apóstol
de la alegría. La frase de Qo 3,12 (“Y comprendí que no hay nada mejor para
el hombre que alegrarse y hacer el bien en su vida”) le gustó tanto que la
señaló en su breviario. Convencido de que el hombre está hecho para la
felicidad, nunca quiso reservarse esto para sí mismo, por lo que resume su
programa de vida cristiana con las palabras del salmo: “Servid al Señor con
alegría” (Sal 100(99),2). Por influencia ignaciana le venía el conocimiento
de que Dios nos ha creado para servirle, y de la escuela francesa el que todo
debe estar ordenado “a la mayor gloria de Dios”. La oración y la caridad
activa son los medios generales más aptos para contribuir a dicha gloria.
Esta caridad activa era a un tiempo espiritual y material. Su divisa “Da mihi
animas, coetera tolle” = “Dame almas y déjame el resto”, expresa bien el
fuerte sentido apostólico de su caridad (pastoral) y de la entrega proexistente
del buen Pastor130. De hecho, la sociedad de vida apostólica por él fundada
es sin duda la que más ha asimilado la doctrina del Vaticano II sobre la
caridad pastoral131.
129 Ibid., 45.
130 Cf. F. DESRAMAUT, “Jean Bosco”, DSp VIII, 291-303.
131 Ofrecemos tres datos que corroboran esta afirmación: 1) la mención explícita de
dicho concepto en las constituciones de muchos de los movimientos de la familia salesiana;
2) ha sido un salesiano, mons. A. Rivera Damas, sucesor de Óscar Romero en el arzobispado
de San Salvador entre 1983 y 1994, quien fundó en 1991 los “Misioneros de la caridad pasto-
ral” en respuesta a la necesidad de la Iglesia de sacerdotes misioneros y con un carisma
centrado en la espiritualidad del buen Pastor (cf. [Link] citado 19 de sep-
tiembre de 2009); y 3) ha sido un salesiano también, quien ha publicado tras el Sínodo 90’
la única monografía sobre la caridad pastoral: V. GAMBINO, La carità pastorale. Prospettive
215
ATUCSC 11.2 (2009)
El francés A. Chevrier, por su parte, en la estela de la escuela francesa,
funda la sociedad sacerdotal del Prado en 1860. Quiere formar pastores “se-
gún el evangelio”, resumiendo su programa en la Tabla de las santas fuen-
tes132. En ella, desde la espiritualidad del alter Christus, el otro Cristo, espe-
cifica tres: el pesebre, el calvario y el tabernáculo. La virtud de este último
es la caridad: el sacerdote ha de dar su cuerpo, su espíritu, su tiempo, sus
bienes, su salud, su vida; ha de dar su vida mediante su fe, su doctrina, sus
palabras, sus oraciones, sus iniciativas, su ejemplo. Hay que convertirse en
buen pan: “el sacerdote es un hombre comido”. Otra de sus trilogías, “cono-
cer, amar, actuar” es toda una lección de caridad pastoral.
Tenemos que mencionar también aquí el fenómeno de los manuales de
pastoral, en los que la referencia bíblica del buen pastor es aplicada directa-
mente a los pastores de la Iglesia y su oficio. Éste se articula desde los tria
munera y es definido en términos de cura animarum133.
Es preciso tener en cuenta, por último, el magisterio pontificio, en el que
destaca León XIII y su énfasis en la expresión alter Christus, que para este
papa es expresión sintética de la visión del sacerdote según la Tradición134.
Los papas sucesivos –así como la teología y espiritualidad sacerdotal poste-
riores de la primera mitad del siglo XX– retomarán una y otra vez esta fór-
mula desde un punto de vista doctrinal y parenético: el sacerdote es alter
per un cammino educativo verso il ministero presbiterale, LAS, Roma 1996. La razón prin-
cipal de esta ejemplar recepción es que la caridad pastoral se asemeja mucho al concepto de
“gracia de unidad”, central en la espiritualidad salesiana. Valgan como ejemplo las siguien-
tes palabras del entonces Rector Mayor, E. Viganò: “Ante todo, me complace subrayar como
elemento fundamental la fuerza de síntesis unitiva que surge de la caridad pastoral. Ésta es
fruto de la fuerza del Espíritu Santo que asegura la inseparabilidad vital entre unión con
Dios y dedicación al prójimo, entre interioridad evangélica y acción apostólica, entre el co-
razón que ora y las manos que obran. Dos grandes santos, Francisco de Sales y Juan Bosco,
han testimoniado y hecho fructificar en la Iglesia esta espléndida ‘gracia de unidad’. La
riqueza secreta que ésta lleva en sí misma es la confirmación explícita, comprobada en la
vida de dos santos, de que la unión con Dios es la verdadera fuente de un amor preocupado
por el prójimo”. Atti del Consiglio generale della Società salesiana di San Giovanni Bosco
342 (1992) 28, citado por F. BERGAMELLI, “Configurazione a Cristo Sacerdote e Pastore.
Lineamenti d’identità sacerdotale”, Salesianum 55 (1993) 387.
132 Cf. Le véritable disciple de Nôtre-Seigneur Jesús-Christ, Lyon 1889.
133 Cf. J. RAMOS, Teología pastoral, 39-40.
134 Cf. Carta encíclica Fin dal principio, esp. el n.4. Todo el documento en ASS 35 (1902-
1903) 257-265.
216
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
Christus a base del poder sacramental que se le otorga y, por tanto, debe
intentar también llegar a serlo, imitando a Cristo135.
3.2. El resurgir sacerdotal de la primera mitad del siglo XX
(1900-1950)
Llegados por fin al siglo XX, podemos hablar en su primera mitad de un
verdadero “resurgir sacerdotal antes del concilio Vaticano II” en el que in-
tervienen tanto el magisterio como los teólogos136. Nos centraremos ahora
en los primeros para pasar a continuación a los segundos.
3.2.1. El magisterio pontificio
Todos los papas del siglo XX, ya sea antes o después del Vaticano II, han
intervenido más que todos sus predecesores juntos con oportunas Exhorta-
ciones o Encíclicas para sostener a los sacerdotes en su ministerio, para
exhortarlos a la santidad y para iluminar diversos aspectos de su vida sacer-
dotal137. Reseñamos aquí brevemente los pontífices anteriores al Concilio y
sus aportaciones más importantes para nuestro tema.
135 Hemos de referirnos también aquí a la doctrina del primado papal elaborada por el
Vaticano I y contenida en la Constitución dogmática Pastor Aeternus, sobre la Iglesia de
Cristo (cf. DS 3050-3075). Este concilio, buscando la vía media entre ultramontanos y libe-
rales, presentó la infalibilidad del Papa no como un privilegio personal, sino como ejercicio
de una prerrogativa que Cristo mismo ha concedido a la Iglesia. Su recepción posterior, sin
embargo, llevó a una visión eclesiológica eminentemente centralista y tendiente a reducir la
realidad de la Iglesia al papado, del que los obispos diocesanos son simples lugartenientes.
Este asunto parece a primera vista carecer de importancia respecto a nuestro tema, pero tal
situación propició indirectamente el hallazgo del Vaticano II acerca de la sacramentalidad y
la colegialidad episcopales, así como de la caridad pastoral que les es propia. Estos logros en
teología del episcopado (LG) posibilitarían en un segundo momento la teología del
presbiterado de PO.
136 Cf. una panorámica general sobre esta cuestión en J. ESQUERDA, “Resurgir sacerdo-
tal antes del concilio Vaticano II”, en: Teología del sacerdocio XIX, Aldecoa, Burgos 1973,
155-181.
137 Cf. M. CAPRIOLI, Il sacerdozio. Teologia e spiritualità, Teresianum, Roma 31992, 10.
217
ATUCSC 11.2 (2009)
[Link]. San Pío X (1903-1914)
A él se debe el principal impulso de esa corriente que ha querido dar a los
sacerdotes un mayor conocimiento de la grandeza y santidad de su propia
vocación. Con su programa de restauración cristiana de la sociedad, intuyó
y fijó el primado de responsabilidad que en este asunto tenía el clero, inci-
tándolo con todas sus fuerzas a una vida digna de su vocación. Especial-
mente interesante para nosotros es la encíclica Iucunda sane, con ocasión
del decimotercero centenario de la muerte de San Gregorio Magno (12 de
marzo de 1904), sobre la misión, el celo y la caridad del sacerdote138. To-
mando como modelo a este gran pastor, se refiere a la caridad como motor
del ministerio, una caridad proexistente y martirial, como exhorta el mismo
Cristo a los pastores de su Iglesia:
Estas obligaciones del sagrado ministerio deberán estar empapadas en
la caridad de Cristo [...] Debemos vivir tan plenamente esta caridad, que
ante ella desaparezcan nuestros problemas personales, olvidando nues-
tro propio interés y nuestra comodidad, de modo que hechos todo para
todos (cf. 1 Co 9,22), busquemos la salvación de todos, incluso a costa de
nuestra vida, imitando el ejemplo de Jesucristo, que decía a los pastores
de la Iglesia: ‘el buen Pastor da su vida por sus ovejas’ (Jn 10,11).
Por este amor, el sacerdote se acerca a cada hombre y “sufre con los
padecimientos ajenos y goza con las alegrías de los otros como con los su-
yos”.
Pero, sin duda, el documento más importante de este pontífice sobre el
ministerio es la exhortación Haerent animo al clero católico sobre santidad
la sacerdotal (4 de agosto de 1908)139. Se trata del primer documento del
magisterio propiamente hablando en el que se expone sistemáticamente el
138 Cf. ASS 36 (1904) 513-529.
139 Cf. Ibid., 41 (1908) 555-557. Otros documentos: Alocución por el cincuentenario del
Seminario francés de Roma (24 de septiembre de 1903), sobre bondad, disciplina y ciencia
(ASS 36 [1904] 268-271); carta Experiendo al card. Vicario de Roma (27 de diciembre de
1904), sobre los Ejercicios espirituales del clero, ibid. 37 (1905) 421-425; encíclica Acerbo
nimis, sobre la enseñanza de la doctrina cristiana, 15 de abril de 1905, y centrada sobre la
predicación y el catecismo, ibid., 613-625; Motu proprio Sacrorum Antistitum, 1 de sep-
tiembre de 1910, sobre la formación sacerdotal y la predicación, AAS 2 (1910) 655-680.
218
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
tema del sacerdocio. Tiene, al mismo tiempo, un tono autobiográfico, pues
el Papa deja entrever sus experiencias personales como párroco, obispo,
Papa. Gira en torno a la oración sacerdotal de Jesús (“santifícalos en la ver-
dad”), a la luz del rito de la ordenación (“imitad lo que tratáis”) y de la tradi-
ción eclesial (el sacerdote como alter Christus). Su tono optimista se mani-
fiesta en el hecho de que la mera existencia del sacerdocio es motivo de
alegría (cf. n.18). El Papa desea que el perfume de la vida de los sacerdotes
sea la alegría de la Iglesia de Dios (cf. n.6). Y, para ello, les exhorta a un co-
ministerio centrado en la caridad:
Triunfe en todos aquella caridad que no buscan lo propio, a fin de que,
ahogados los estímulos de la lucha envidiosa y la ambición insaciable
que atormentan al corazón humano, todos vuestros esfuerzos, con una
fraternal imitación, tiendan al aumento de la gloria divina [...] Grande es
la multitud, harto infeliz, de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos que es-
pera los frutos de vuestra caridad [...] Por este esplendor de la caridad es
por lo que principalmente se alegra la Iglesia católica y se gloría en su
clero, que evangeliza la paz cristiana [...] Y si con el odio, la afrenta y la
calumnia, queridos hijos, se correspondiera, como sucede con frecuen-
cia, a los oficios de vuestra difusiva caridad, no por ello queráis sucumbir
a la tristeza, no desfallezcáis hacer el bien (cf. 1 Ts 3,13) (n.19).
[Link]. Benedicto XV (1914-1922)
A pesar de los tiempos difíciles que le tocaron vivir, en medio de la Gran
Guerra, también podemos espigar en su magisterio algunos pensamientos
sobre el sacerdocio140. Durante su pontificado fue promulgado también el
Código de Derecho Canónico (27 de mayo de 1917), que se refería a las obli-
gaciones de los clérigos (c.124-143) y a las cualidades del pastor de almas
140 Encíclica Humani Generis, 15 de junio de 1917, en la que se refiere, entre otros te-
mas, a la naturaleza, fin y ejercicio de la predicación, cf. AAS 9 (1917) 305-317; Discurso a
los párrocos de Roma, 11 de febrero de 1918, en el que les exhortaba a anunciar todo y sólo
el evangelio, cf. ibid. 10 (1918) 92-97; Discurso a los párrocos de Roma, 3 de marzo de 1919,
centrado en el predicador como hombre de Dios, cf. ibid. 11 (1919) 111-118); encíclica Spiritus
Paraclitus, con ocasión del decimoquinto centenario de la muerte de San Jerónimo, 15 de
septiembre de 1920, en la que diserta entre otros temas sobre la relación entre el sacerdote
y la biblia, cf. ibid. 12 (1920) 385-422.
219
ATUCSC 11.2 (2009)
(c.453-468). Entre sus cánones encontramos el lenguaje de la metáfora del
buen Pastor. Así, entre las virtudes que deben adornar al párroco ha de es-
tar el celo de las almas, animarum zelo (cf. c.453 §1). Esta cura de almas,
animarum cura, es su obligación principal (cf. c.460 §2; 461). Ha de cono-
cer a sus ovejas y acoger con paternal caridad (paterna caritate) a los po-
bres y desvalidos (cf. c.467 §1). Esta misma caridad pastoral se traducirá en
diligente cuidado y ardiente caridad (sedula cura et efusa caritate) para
con los enfermos de la parroquia (468 §1).
[Link]. Pío XI (1922-1939)
Su calidad de Papa de la Acción Católica se transluce también en sus inter-
venciones sobre el sacerdocio141. Pero el documento más importante es la
encíclica Ad catholici sacerdotii fastigium (20 de diciembre de 1935), en la
que encontramos además una formulación cercana a esa simultaneidad entre
interioridad y misión que supone la caridad pastoral. El Papa dedica los
n.41-43 al celo apostólico, describiéndolo como “un fuego celestial que bro-
ta de lo íntimo del Corazón de Jesucristo, y no aspira sino a comunicarse a
corazones apostólicos, para abrasar toda la tierra (cf. Lc 12,49), esto es, con
el fuego del celo” (n.41). Ese brotar de la intimidad del corazón de Cristo y
ese corazón y amor apostólicos a los que se refiere Pío XI son dos formula-
ciones cercanas a la caridad pastoral142. Pero incluso aparece ya aquí la di-
mensión misionera de la caridad pastoral según la espiritualidad del buen
Pastor, que tanta importancia tendrá en el Vaticano II:
¿Cómo podrá un sacerdote meditar el Evangelio y oír aquel lamento del
buen Pastor: ‘Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, las cuales
también debo yo recoger’ (cf. Jn 10,16), y ver ‘los campos con las mieses
141 Sus principales documentos son los siguientes: carta apostólica Officiorum omnium,
1 de agosto de 1922, sobre las vocaciones y formación sacerdotales, cf. AAS 14 (1922) 449-
458; carta apostólica Unigenitus Dei Filius, 19 de marzo de 1924, sobre la vida espiritual e
intelectual del sacerdote, cf. ibid. 16 (1924) 133-148; encíclica Rerum Ecclesiae, sobre las
misiones, 28 de febrero de 1926, sobre el espíritu y deber misionero del sacerdote, cf. ibid.
18 (1926) 65-83; carta al episcopado filipino, 18 de enero de 1939, sobre el sacerdote y la
acción católica, cf. ibid. 34 (1942) 252-264.
142 Cf. V. GAMBINO, o.c., 117 nota 46.
220
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
ya blancas y a punto de segarse’ (cf. Jn 4,35), sin sentir encenderse en su
corazón el ansia de conducir estas almas al corazón del Buen Pastor, de
ofrecerse al Señor de la mies como obrero infatigable? (n.42).
Por último, denuncia el falso celo, que consiste en descuidar la santifica-
ción propia por ocuparse en las acciones exteriores del ministerio sacerdo-
tal, por muy buenas que éstas sean (cf. n.29). Esta afirmación es un ejemplo
claro de una espiritualidad presbiteral más cercana a la fuga mundi de los
monjes que a la de un auténtico pastor.
[Link]. Pío XII (1939-1958)
Sin duda, ha sido el Pontífice preconciliar que más ha seguido la estela de
Pío X en su preocupación por el sacerdocio. El papa Pacelli ha expresado
muchas veces durante su largo pontificado su pensamiento sobre el mismo,
tanto el aspecto dogmático como ascético y pastoral. Son notables los dis-
cursos que cada año, al comienzo de la cuaresma, dirigía a los párrocos y
cuaresmeros de Roma; dichos discursos constituyen una buena mina para
la vida pastoral y espiritual del sacerdote. Además, entre otros muchos do-
cumentos143, queremos resaltar dos. En primer lugar, la exhortación apos-
tólica Menti nostrae (23 de septiembre de 1950), dedicada a la santidad
sacerdotal y el documento más importante en este sentido144. En segundo
lugar, la alocución Annus sacer al I Congreso internacional de religiosos en
diciembre de 1950145; en este discurso el Papa se refiere a la relación entre
perfección religiosa y sacerdotal, teniendo sus reflexiones amplia repercu-
sión en el mundo católico como veremos.
143 Cf. Discurso a los seminaristas de los Colegios romanos, 24 de junio de 1939, en el
que se refiere al sacerdote como luz de verdad y de caridad, cf. AAS 31 (1939) 245-251;
Carta para el III Centenario de la Compañía de S. Sulspicio, 28 de febrero de 1942, sobre la
importancia de los seminarios, cf. ibid. 34 (1942) 94-96; encíclica Mediator Dei, sobre la
liturgia, 20 noviembre de 1947, trata también sobre el papel del sacerdote en la liturgia y de
la relación entre sacerdocio común y jerárquico, cf. ibid. 39 (1947) 521-595; Alocución a los
representantes del Sacro Colegio y del episcopado, 31 de mayo y 2 de noviembre de 1954,
sobre el papel del magisterio en la Iglesia, y sobre el papel del sacerdote, cf. ibid. 46 (1954)
313-317; 666-677; encíclica Fidei donum, 17 de abril de 1957, sobre el espíritu misionero de
la Iglesia, cf. ibid. 49 (1957) 225-248.
144 Cf. AAS 42 (1950) 657-702.
145 Cf. ibid. 43 (1951) 26-36.
221
ATUCSC 11.2 (2009)
Respecto a la Menti nostrae, constituye una auténtica exposición sobre
la vida espiritual sacerdotal, si bien todavía no podía substraerse a una con-
cepción demasiado “monacal” del presbítero. Nos interesa especialmente
un texto recogido en el n.6. El Papa se refiere a la santidad de vida de todo
cristiano, centrándola en el amor, con una formulación muy cercana a lo
que será después la comprensión conciliar de la caridad pastoral como amor
a Dios y al prójimo. Y concluye afirmando que esta perfección de la vida
cristiana en el amor presenta unas peculiaridades propias en el sacerdote:
la caridad pastoral es la forma sacerdotal propia de vivir la vocación a la
santidad en el amor. Pío XII se acercaba al centro de la cuestión de la uni-
dad de vida y abría paso al concepto de caridad pastoral tal y como ésta
aparecerá después en PO 14b146:
Según las enseñanzas del Divino maestro, la perfección de la vida cristia-
na tiene su fundamento en el amor a Dios y al prójimo (cf. Mt 22,37-39);
pero este amor ha de ser férvido, diligente, activo. Y, si así estuviere con-
formado, en cierto modo encierra ya en sí todas las virtudes (cf. 1 Co
13,4-7); y por ello, con toda razón, puede llamarse vínculo de perfección
(cf. Col 3,14). Cualesquiera sean las circunstancias en que se encuentre el
hombre, necesario es que dirija sus intenciones y sus actos hacia tal ideal.
A ello, pues, viene obligado de modo particular el sacerdote.
Con el discurso Annus sacer, Pío XII quería salir al paso sobre algunas
cuestiones de vida y espiritualidad sacerdotales que principalmente el libro
del cardenal Mercier había provocado147. El debate, que ya había suscitado
encendidas pasiones en la primera mitad del siglo XX en las personas de A.
Vermeersch, É. Génicot y J. Salmans, se centraba en torno a la noción de
estado de perfección y su legítima aplicación no sólo a los religiosos sino
también a los clérigos seculares, en la línea de la doctrina tomista, que dis-
tingue entre perfección adquirida en el caso de los religiosos y perfección
que han de ejercer en el caso de los obispos (aunque no de los sacerdotes),
teniendo más valor la de éstos últimos al estar al servicio de los demás148.
146 Cf. V. GAMBINO, o.c., 117 nota 47.
147 Cf. La vie intérieure, appel aux âmes sacerdotales. Retraite prêchée à ses prêtres, 1919.
148 Cf. ST II-II q.183-189. Cf. C. DUMONT, “Spiritualités de religieux et de prêtres séculiers.
Pour une relecture de saint Thomas d’Aquin à propos des états de perfection”, en: Vie
consacrée 64 (1992) 344-358.
222
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
En el Congreso sobre los estados de perfección celebrado en Roma en
diciembre de 1950 se afirmó sin empaches que “el estado de perfección es
constituido fundamentalmente no por el sacerdote, sino por los tres conse-
jos evangélicos”149. La conclusión no podía ser más clara, pero es que inclu-
so aparecía en labios de Pío XII en su controvertido discurso: el estado cle-
rical “no puede ser llamado un estado de perfección”. Tres puntos en parti-
cular reclamaban la atención del pontífice: 1) el puesto del clero regular en
relación con el clero secular en la constitución de la Iglesia, siendo uno y
otro de derecho divino; 2) la relación del clérigo y del religioso con el estado
de perfección en cuanto estado de consejos evangélicos: el clérigo no está
obligado a los consejos evangélicos, particularmente no está obligado en el
modo que supone la emisión pública de los mismos, mientras que el clérigo
regular, en cuanto religioso y no en cuanto clérigo, profesa la condición y el
estado de la perfección evangélica; 3) por último, en cuanto al examen de
los motivos objetivos para abrazar el estado religioso, el Papa señala que
tanto para entrar en religión como para abrazar el estado sacerdotal, el
motivo fundamental debe ser fruto de firme conciencia y de un vivo deseo
de inmolación150.
A raíz de esta intervención, el obispo de Namur, A. M. Charue, que que-
ría poner fin a estas propagandas abusivas que exaltaban la vida religiosa
en detrimento de la espiritualidad de los sacerdotes diocesanos, pidió expli-
caciones a la Santa Sede. El 13 de julio de 1952 la Sagrada Congregación
para los asuntos eclesiásticos extraordinarios transmitía al obispo belga, en
nombre de Pío XII, una Nota ilustrativa del pensamiento del Papa. En ella
se juzgaba injusta la minusvaloración de la llamada a la perfección implica-
da en el sacerdocio diocesano frente a la profesión religiosa. La vocación del
individuo a la santidad o a la perfección personal no puede ser confundida,
asegura el Pontífice, con la cuestión del “estado de perfección” en el sentido
jurídico de término. En cualquier caso, el pensamiento del Santo Padre ha-
bía puesto sobre la mesa una cuestión tan importante y delicada como la
santidad sacerdotal, y era necesario darle una respuesta. Dicha respuesta
llegaría con Presbyterorum ordinis y se centraría en la caridad pastoral como
centro unificador de la vida y ministerio del sacerdote.
149 Citado por ibid., 345.
150 Cf. AAS 43 (1951) 28-29.
223
ATUCSC 11.2 (2009)
[Link]. Juan XXIII (1958-1963)
Aparte de su excelente sentido del humor, signo de una caridad pastoral vivi-
da con alegría, también podemos encontrar en el “Papa bueno” algunos apun-
tes sobre nuestros dos conceptos. Por ejemplo, en sus encuentros anuales con
el clero romano al comienzo de la cuaresma, expresaba su pensamiento sobre
el sacerdocio. Así mismo, hay que hacer mención de la encíclica Sacerdoti
nostri primordia (1 de agosto de 1959), con ocasión del I centenario de la
muerte del cura de Ars151. En ella indica que el sacerdote ha de ser “un testigo
del Dios invisible, un hombre de fe, olvidado de sí mismo y lleno de caridad”
(n.33), y expresa la dimensión misionera de la caridad pastoral afirmando:
“La caridad universal es lo que siempre tendrá que respirar” (n.2). Por últi-
mo, los diferentes discursos dirigidos al clero de Roma con ocasión del sínodo
diocesano (24-30 de enero de 1960) y que versaban sobre la persona y forma-
ción del sacerdote152. Pero, sin duda, el gran documento de Juan XXIII sobre
el sacerdocio será la constitución apostólica Humane salutis, por la que con-
vocaba el concilio Vaticano II (21 de diciembre de 1961), concilio que fructi-
ficó en la elaboración de PO: “El primer anuncio del Concilio fue como la
menuda semilla que echamos en tierra con ánimo y mano trémula”153.
3.2.2. Pastores, teólogos y espirituales
En el recorrido que hemos hecho por los pontífices de este siglo ya han ido
apareciendo algunos autores y opiniones que contribuyeron a la autentici-
dad de la espiritualidad sacerdotal. De entre estos, reseñamos ahora los más
importantes:
[Link]. Cardenal D. G. Mercier
De él ha dicho un estudioso que “nadie en el siglo XX ha tenido una in-
fluencia comparable a la suya en la promoción espiritual del clero católi-
151 Cf. AAS 51 (1959) 545-579.
152 Cf. Ibid 52 (1960) 179-312.
153 CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA (ed.), Concilio Ecuménico Vaticano II. Constitu-
ciones. Decretos. Declaraciones, BAC, Madrid 1993, p. XVI.
224
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
co”154. En diversas obras, pero sobre todo en La vida interior155, que recoge
los retiros mensuales predicados al clero de su diócesis de Malinas, nuestro
autor retoma una y otra vez con fuerza el tema de la santidad y de la espiri-
tualidad sacerdotales. El cardenal reconoce que en la Iglesia sólo hay dos
estados de perfección (el adquirido de los religiosos y el ejercido por los
obispos) y que los sacerdotes diocesanos no pertenecen ni a uno ni a otro,
pero ello no quiere decir que no hayan de tender a la santidad interna. Su
vocación es auténtica y presenta una obligación de por vida a dedicarse a las
almas por la recepción del sacramento del orden. Por otra parte, el sacerdo-
te diocesano no tiene que buscar ningún medio externo para alcanzar la
santidad: le basta el desarrollo de su ministerio (cf. PO 13).
Por tanto, para el cardenal Mercier, el medio característico y específico
de la santificación sacerdotal no consiste en algo exterior al sacerdocio, sino
en la caridad pastoral156, es decir, en el ejercicio mismo del ministerio, no
arbitrariamente, sino en unión con el obispo y, por su medio, a Cristo157.
Compárese lo cercano de estas afirmaciones con PO 14.
Gracias a Mercier, en definitiva, los rasgos típicamente tridentinos y
pseudodionisianos son orientados hacia un esquema agustiniano en el que
las exigencias de la vida espiritual, si bien son presentadas con característi-
cas netamente monásticas, dependen ya de las exigencias pastorales, y no
de una superioridad de la vida contemplativa o de los votos religiosos158.
[Link]. E. Masure
Director espiritual del Seminario Mayor de Lille (Francia) y autor de nume-
154 F. VAN STEENBERGHEN, “El sacerdocio según el cardenal Mercier”, en: J. COPPENS
(dir.), Sacerdocio y celibato, BAC, Madrid 1971, 104.
155 La vie intérieure. Appels aux âmes sacerdotale, Bruselas 1918; Lovaina 21927; últi-
ma edición en 1950).
156 “Aquella caridad pastoral que requiere sacrificar la libertad, el tiempo, la fuerza, la
vida al servicio de los hermanos”. La vie intérieure..., Bruselas 1918, 204.
157 “Colaboradores de vuestro obispo, unidos en espíritu y voluntad a su apostolado; en
posesión, también vosotros, de aquella forma de caridad pastoral que os empuja, si ocurrie-
se, a dar vuestra vida por vuestro rebaño, caridad en la que la tradición católica ve resplan-
decer la superioridad del episcopado sobre cualquier otro estado de vida; vosotros también
tenéis el derecho de consideraros delante de Dios como asociados al estado de perfección
más elevado que existe en el mundo”. Ibid.
158 Cf. E. CASTELLUCCI, Il ministero ordinato, 197.
225
ATUCSC 11.2 (2009)
rosas publicaciones. En 1938 veía la luz su obra “Sobre la eminente digni-
dad del sacerdote diocesano”159, dedicado por entero a la cuestión de la san-
tidad del clero diocesano, especialmente en el capítulo titulado “Sobre el
estado de perfección del obispo y del sacerdote”. La línea fundamental que
orienta el pensamiento de este autor es la profundización en la toma de
conciencia de la sacramentalidad del orden sacerdotal, en un contexto eclesial
y con las debidas consecuencias ascéticas.
En efecto, tras haber afirmado con toda la tradición cristiana que la per-
fección consiste y encuentra su culmen en la caridad, Masure se pregunta si
existe un estado de vida que pueda definirse por el deber y el ejercicio de la
caridad, siendo por tanto estado de perfección. La respuesta es más que
afirmativa. Probablemente, no exista más que un solo estado de vida con es-
tas características, el estado episcopal, por el que se practica, sin interrup-
ción ni medida, la más alta caridad, la espiritual, que consiste en la salva-
ción de las almas160. En cuanto al sacerdote diocesano, se avecina al estado
de perfección “en la medida en que participa de la caridad episcopal”161,
ejerciendo el sacerdocio, el apostolado, el pastoreo:
En esta carrera de los medios de perfección se corre siempre el peligro de
confundir dos estados de vida cuyos principios son tan diferentes, y olvi-
dar que la verdadera ley del sacerdote diocesano es la caridad apostólica,
que ésta es, en principio, santificadora por sí misma, que se confunde
con la perfección y que en el ejercicio y aun en el aprendizaje de las virtu-
des estrictamente sacerdotales, de las virtudes apostólicas y pastorales
señaladamente, hay una semilla de santidad que ninguna ascesis susti-
tuirá jamás completamente162.
Esta caridad pastoral es ante todo apostólica, es decir, tiene como punto
de referencia fundamental el rebaño confiado al sacerdote: “Los otros ante
todo: tal es la divisa de este siervo de la caridad, siervo de todas las miserias
espirituales sin excepción, padre de todas las almas de su parroquia”163. El
159 De l’éminente dignité du sacerdoce diocésain, París 1938. Reeditado en 1948 con el
título Prêtres diocésains.
160 Cf. De l’éminente dignité..., 129.
161 Ibid., 131.
162 Ibid., 158-159.
163 Ibid., 133.
226
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
sacerdote diocesano posee un sentido profundo de su propio estado, que es
el de sus relaciones con el obispo, y actúa en consecuencia: “se ejercita pe-
rennemente en la caridad, en la santidad por tanto”164. Los sacerdotes “son
los encargados, en virtud de una dependencia íntima respecto del obispo,
de extender con él y bajo su dirección la redención (incluso la eucaristía) a
través del mundo por el ejercicio de la caridad apostólica”165.
[Link]. Francia 1945: debate sobre la espiritualidad
del clero diocesano
Por estas fechas tiene lugar en Francia un vivo debate sobre la espirituali-
dad del clero diocesano. La cuestión radicaba en si se podía hablar o no de
la existencia y del contenido específico de una espiritualidad sacerdotal166.
Inicia el debate el dominico H. M. Féret, quien se manifiesta escéptico al
respecto. Que existan diversas espiritualidades es un hecho, lo demuestra la
historia y la ciencia de la espiritualidad. Pero esto no quiere decir que haya
derecho a tal pluralidad. De alguna forma, la creación de diferentes espiri-
tualidades puede poner en entredicho la unidad de la Iglesia. Es mejor, por
tanto, no establecer a priori ninguna espiritualidad del clero.
La respuesta viene de parte de A. G. Martimort, quien precisa el concep-
to de espiritualidad y propone sustituirlo por el de teología para evitar equí-
vocos. Se puede y se debe hablar entonces de una teología del episcopado o
del presbiterado, en la medida en que toda teología organiza la vida, obliga
a la santidad y ofrece los medios para unir ambas.
Una intervención de particular relieve fue la de Mons. E. Guerry, obispo
auxiliar de Cambrai (Francia), defensor tenaz de la espiritualidad sacerdo-
tal no establecida a priori, sino tal y como se desprende de la particular
vocación del sacerdote en la Iglesia. Muchas de sus afirmaciones anticipan
expresiones del Vaticano II. Mnsr. Guerry ofrecía tres trazos característicos
de la espiritualidad sacerdotal: 1) la vinculación con el obispo, quien “tiene
la misión y la gracia para dirigir todo el ejercicio de la caridad pastoral de su
164 Ibid., 137.
165 Ibid., 106-107.
166 Cf. las diferentes intervenciones en La Maison-Dieu 3 (1945) 71-90.
227
ATUCSC 11.2 (2009)
clero”167; 2) la comunidad de la diócesis; y 3) la misión pastoral, de forma
que “es en el ejercicio y con el ejercicio de esta paternidad espiritual como
puede y debe alcanzar la verdadera santidad [...] El ascetismo de su espiri-
tualidad es el de la vida pastoral, de su misión y de su paternidad”168.
La polémica continuaría. Así, otro dominico, J. A. Robillard, en un artí-
culo de pocas páginas pero fuertemente polémico, se mostraba contrario a
la concesión de una espiritualidad sacerdotal específica169. Tal espirituali-
dad parecía presentarse como una “especialidad” en el seno de la gran Igle-
sia. Y afirma: “A esta cuestión permítaseme responder con decisión, incluso
con brutalidad, no, no existe una espiritualidad del clero”170.
Todavía reseñamos un largo artículo más, el del jesuita R. Carpentier,
que con otro estilo sostiene la opinión contraria171. Y a título informativo,
señalaremos también la encuesta organizada por la revista La vie spirituelle
con la pregunta: “¿os santificáis por vuestro apostolado?”172. Vemos plan-
teados ya aquí todos los problemas referentes a la unidad de vida, que el
Concilio responderá con el concepto de caridad pastoral.
[Link].G. Thils
Nos encontramos en este autor con una comprensión del apostolado sacer-
dotal desde la caridad pastoral. Su libro supuso una importante contribu-
ción al tema de la espiritualidad sacerdotal, pues en él los temas en discu-
sión son retomados y analizados con profundidad173. De las cuatro partes
en que se divide la obra, la que más nos interesa es la última, “Espirituali-
dad del clero diocesano”. En ella el autor se propone precisamente “esbozar
167 Ibid., 83.
168 Ibid., 86.
169 Cf. “Spiritualité du clergé ou spiritualité sacerdotale?”, La vie spirituelle 74 (1946)
183-193.
170 Ibid., 187.
171 Cf. “La spiritualité du clergé diocésain”, Nouvelle Revue Théologique 68 (1946) 192-217.
172 Cf. La Vie Spirituelle 78 (1948) 449-450 y las respuestas en el vol.79 (1949) 339-369.
173 Cf. Nature et spiritualité du clergé diocésian, Brujas 1949. En 1943 el autor había
publicado la primera edición del libro con el título Le clergé diocésain, Brujas 1943. Noso-
tros utilizamos la nueva edición castellana, hecha sobre la segunda edición belga y amplia-
mente adaptada a nuestra lengua por el autor, Naturaleza y espiritualidad del clero
diocesano, Sígueme, Salamanca 1961.
228
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
algunos rasgos fundamentales de lo que pudiéramos llamar la espirituali-
dad del sacerdote diocesano”174.
El elemento genérico de tal espiritualidad es para Thils “el ideal de la
vita apostolica”175: el sacerdote es un contemplativo en la acción176. Sin em-
bargo, esto no puede considerarse exclusivo del clero diocesano, por lo que
habrá que afinar más. Por eso, nuestro autor dará a la espiritualidad del clero
diocesano una “preferencia dogmática”177, especialmente desde dos afirma-
ciones cristológicas: 1) en general, el dogma de la instrumentalidad media-
dora y redentora que el sacerdote asume como prolongación de la media-
ción y redención del Señor; 2) en particular, el dogma del Verbo encarnado
en su vida pública (ministerio visible)178. Éste último, además, hace refe-
rencia directa a la caridad pastoral179, que se encuentra entre los valores
morales del sacerdote y confiere un aspecto pastoral a todas las virtudes180.
“La virtud que ha de predominar en el sacerdote apóstol, hemos de bus-
carla en la lógica de sus orígenes y de su preferencia doctrinal. Es la caridad
pastoral: ‘Pascere ecclesiam Domini’”. Y tras rastrear brevemente liturgia y
escritura y afirmar al sacerdote como auxiliar del obispo y de su misma ca-
ridad pastoral, termina: “Así, pues, el sacerdote enseñará por caridad más
que, si cabe decirlo, por la verdad como tal; por caridad pastoral celebrará
el sacrificio redentor y los actos del culto cristiano, más que para ejecutar
un acto de religión perfecta como tal. Por caridad pastoral dirigirá a hom-
bres y obras, y no por el gusto de administrar bien y gobernar con pruden-
cia. Por caridad pastoral les ayudará a santificarse, levantando a unos y bus-
cando a otros. De este modo, todas las virtudes toman, en el alma del sacer-
dote, fisonomía peculiar”.
De hecho, un sacerdote que no tuviera el deseo profundo de ser el buen
174 Ibid., 199.
175 Cf. ibid., 201-220.
176 Cf. ibid., 214-220.
177 Cf. ibid., 229-236.
178 Cf. ibid., 235.
179 “Lo mismo el sacerdote, en medio de sus actividades terrestres, tendrá, como el Ver-
bo encarnado, en la tierra el corazón y el espíritu íntimamente unidos con Dios. Entonces y
sólo entonces ejercerá perfectamente la caridad pastoral, de que Cristo nos ha dado ejemplo
señero: Maiorem hac dilectionem nemo habet, ut animam suam ponat quis pro amicis
suis”. Ibid., 235-236.
180 Ibid., 236-237.
229
ATUCSC 11.2 (2009)
pastor no sería perfecto ni podría alcanzar la santidad181, que sólo puede
buscar y hallar en el apostolado182. Y, entrando directamente en la polémica
de los estados de perfección y de la vida religiosa, afirma claramente que lo
primero es la caridad pastoral y después los consejos evangélicos, si los
hubiere:
Para él [el sacerdote], el medio mejor y primero de perfección es la parti-
cipación entera y total en la caridad pastoral del obispo, de quien recibe
una parte del ministerio. Todo está subordinado a esta caridad, incluso
la práctica o no de los consejos, cualesquiera que ellos sean. No puede,
consiguientemente, echársele en cara al sacerdote que no acepte los con-
sejos en una forma que pudiera quizá perjudicar la expansión normal de
la caridad pastoral. Eso sería perjudicar la expansión183.
Y por si quedaba alguna duda sobre la dimensión comunitaria de esta
caridad pastoral, afirma: “La unidad del clero está fundamentalmente arrai-
gada en el espíritu común de la caridad pastoral”184.
Esta caridad pastoral es, en definitiva, la caridad teologal185. Y esta cari-
dad pastoral es, al igual que toda caridad, redentora186.
Tampoco el tema de la alegría es ajeno para Thils. Así, la respuesta amo-
rosa, personal y total del sacerdote estará preñada de misteriosos acrecen-
tamientos de la gracia divina: “se expande hacia fuera por sorprendentes
hallazgos en un celo sin límites y se interioriza en el corazón por los profun-
dizamientos de una donación cada vez más consciente, cada vez más gozo-
samente aceptada”187. El primer paso del seguimiento es “plena y gozosa-
mente apostólico”188. El buen pastor, el pastor bonus189, es además “agra-
dablemente optimista”190. “El sacerdote es puesto entre sus ovejas para ser
181 Cf. ibid., 269.
182 Cf. ibid., 275-277.
183 Ibid., 280.
184 Ibid., 277.
185 Cf. ibid., 244.
186 Cf. ibid., 190-191.
187 Ibid., 45.
188 Ibid., 47.
189 Cf. ibid., 117-119.
190 Ibid., 116.
230
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
un buen pastor advertido, instruido y prudente, pero ante todo un pastor”191.
Y, uniendo caridad pastoral y alegría, resalta la dimensión misionera de la
primera al comentar la parábola de la oveja perdida: “se trata sin duda de
una parábola; pero, aun así, de ella puede concluirse que nuestro Señor de-
sea de los suyos un celo muy universal”192.
Evidentemente, una toma de postura tan clara como esta implicó parti-
darios y detractores. En todo caso, este autor nos sorprende a mitad de siglo
con una reflexión tan centrada y con una concepción de la caridad pastoral
tan cercana al pensamiento conciliar.
[Link]. Cardenal E. Suhard (1874-1949)
Su carta pastoral El sacerdote en la ciudad aborda el problema del clero y la
ciudad secularizada, en la línea de la teología pastoral de la primera mitad
del siglo XX193. Ésta se había servido de los estudios sociológicos para to-
mar conciencia de que el presbítero estaba inmerso, como nunca antes lo
había estado, en una ciudad secularizada. El cardenal Suhard denuncia la
larga y espesa muralla que separa en dos campos cerrados la Iglesia y la
ciudad de los hombres: el sacerdote se da cuenta de ello y se pregunta qué
debe hacer194. Cuando analiza su tarea de pastor se da cuenta de que la pro-
porción es la inversa: gran parte de su jornada la dedica a las ovejas que se
quedan en el redil, pero no a las descarriadas195. Se iba afianzando el dato
conciliar del carácter misionero del ministerio ordenado.
Para Suhard la disyuntiva “¿ministro o apóstol?” no tiene sentido: “La
vida de Cristo, la doctrina y práctica de los apóstoles, muestran que estas
dos funciones no se excluyen, se complementan”196. Todo brota de la místi-
ca de la consagración y de pertenencia a Cristo, que “no es solamente el
Adorador del Padre, el ‘Religioso de Dios’197: es también el Predicador del
191 Ibid., 177-178.
192 Ibid., 266.
193 Le Prêtre dans la Cité , Lahure, París 1949.
194 Cf. “El sacerdote en el mundo”, 305-306.
195 Cf. ibid., 308-309.
196 Ibid., 318-319.
197 Este apelativo es de J. J. OLIER. Cf. p.e. Traité de Saints Ordres III, 6.
231
ATUCSC 11.2 (2009)
evangelio y el buen Pastor”198. Y en el contexto de la obediencia, se referirá
a la caridad pastoral del obispo como norma del apostolado de la Iglesia:
Los sacerdotes, uniéndose a esta plenitud del sacerdocio y participando
de la ‘caridad pastoral’ de su jefe, emprenderán la evangelización en su
estructura valedera; indivisa y comunitaria199.
Afirma la corresponsabilidad de todo el pueblo de Dios en la pastoral
vocacional sacerdotal200, e incluso proporciona el siguiente criterio: “a los
jóvenes, en el momento de la elección, hay que presentarles una imagen tan
entusiasta del sacerdocio como la que se les muestra del matrimonio”201.
Tampoco olvida el tema de la alegría sacerdotal, modelada por la ascesis
propia. En efecto, el sacerdote ha de morir al mundo en una renuncia vo-
luntaria “que será, hasta la muerte, su calvario y su alegría (“laetus obtuli
universa” [I Par. 29,17])”202, una muerte que se simboliza en el gesto de
postración de la ordenación y “que, según las circunstancias, entristece o
alegra a los hombres: ¡El sacerdote está muerto! ¡vivamos sin él! ¡No tene-
mos necesidad del sacerdocio! ¡El mundo se basta a sí mismo!”203.
En conexión con este morir, vincula pobreza y alegría: el sacerdote, como
el Pobrecillo de Asís, en su contacto diario con su “hermana” la Pobreza,
encontrará, más para el mundo que para él, la “alegría perfecta” del Cántico
de las Criaturas204. Pero hay otra clase de alegría presbiteral, que es la gra-
titud por la propia vocación:
La primera condición para ser sacerdote es estar convencido de ello, es
decir, tener conciencia cada vez mayor del sacerdocio del que se está in-
vestido. No existe meditación más provechosa, ni actividad generosa que
pueda reemplazarla. La eficacia sacerdotal es, ante todo, cuestión de es-
piritualidad. Y esta espiritualidad no se encuentra en medios externos,
198 Ibid., 384.
199 Ibid., 393.
200 Cf. ibid., 403-404.
201 Ibid, 405.
202 Ibid., 283.
203 Ibid., 413.
204 Cf. ibid., 388.
232
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
ni en devociones superficiales […] El sacerdote no tiene por qué buscar
esta mística sacerdotal fuera de sí: sólo tiene que deducirla205.
Esto mismo hará el Concilio, deducirla en la caridad pastoral. Por eso,
Suhard termina su carta con la palabra amor:
Vamos a terminar con una última palabra, que es la primera al mismo
tiempo.
El sacerdocio ha sido inventado por el Amor, es el Amor mismo, el
último recurso del Señor. Con el Amor, todo se aclara en el sacerdote [...]
El sacerdote lo ha dejado todo, lo ha dado todo. Renuncia a todo bien, se
renuncia a sí mismo. Sólo pide, en cambio, una cosa que por nada cede-
ría, un bien que ama como suyo y con firme voluntad: ha escogido en la
sociedad humana el amor. Lo ha preferido a todo lo demás. Lo quiere
para sus hermanos, convertidos en su único bien.
Y este don sin igual, este supremo valor que resuelve los contrastes
del sacerdote, es el secreto de su función en el mundo. En el desempeño
de sus funciones sagradas todo se funda y todo se funde en el Amor. Él es
quien realiza la unidad del sacerdote, él quien le da su fuerza. Con esta
palanca levantará el mundo.
¡Que esta convicción sature el alma de nuestros sacerdotes e irradie
de ellos, como por contagio! [...]
¡Y que Cristo, a quien sólo compete en justicia el título y la realidad
del sacerdocio, se digne confirmar en sus sacerdotes de la tierra e inspi-
rar a los que les van a suceder, el honor, la gracia y la alegría de salvar el
mundo, convirtiéndose en los Ministros del Amor!206.
[Link]. Mons. A. M. Charue
El 25 de enero de 1959, Juan XXIII anunció que pensaba convocar un concilio
ecuménico. En 1960 veía la luz un libro de Mnsr. A. M. Charue, obispo de
Namur titulado El clero diocesano tal y como un obispo lo ve y lo desea207.
205Ibid., 375-376.
206Ibid, 419-420. El Cardenal termina su Pastoral con un fragmento de la oración sa-
cerdotal, en concreto Jn 17,1-23: “[...] y que el amor con que me amaste esté en ellos” (v.23).
207 Le clergé diocésain tel qu’un évêque le voit el le souhaite, Tournai 1960.
233
ATUCSC 11.2 (2009)
De esta obra afirmaba el cardenal J. F. Van Roey, arzobispo de Malinas, que
suponía un enriquecimiento espiritual incontestable para el estudio del
sacerdocio, por su rica documentación histórica y por la información teoló-
gica, canónica y espiritual. El autor se sitúa claramente en la línea de Mercier
y de Thils. Del primero afirma que es el impulsor de un vasto movimiento
teológico sobre los problemas de la espiritualidad del clero y que tiene nu-
merosos seguidores entre los teólogos. La cuarta parte de su libro se titula
precisamente igual que aquella que hemos comentado anteriormente de
Thils: “Espiritualidad del clero diocesano”. Dos capítulos en ella merecen
especial atención: “Espiritualidad sacerdotal en general” y “Espiritualidad
sacerdotal y clero diocesano”. Nuestro autor da a la espiritualidad sacerdo-
tal un carácter eminentemente sacramental, de forma que las órdenes sa-
gradas suponen una transformación ontológica del cristiano. Más aún, des-
de este punto de vista ontológico (consagración por el sacramento del or-
den) pasamos a la consideración moral (santidad de vida reclamada por la
grandeza del mismo sacramento). La mística cristológica y la particular re-
lación que el sacerdote tiene con el obispo en la Iglesia completan las apor-
taciones de Charue. Su profundización en la doctrina del sacramento del
Orden y de la Iglesia constituyeron una preparación excepcional a lo que el
Concilio y el posconcilio han tratado de aclarar208.
Toda esta serie de pensamientos y reflexiones, algunos de ellos centra-
dos ya en la caridad pastoral, posibilitarán que el Concilio pueda hacer suyo
dicho concepto en LG 41 primero y en PO después. Contribuirán también
en este sentido los diferentes movimientos de renovación tales como la
nouvelle théologie, el movimiento litúrgico, el movimiento bíblico-patrístico,
etc.209.
208 Cf. M. CAPRIOLI, Il sacerdozio..., 36.
209 En este sentido, no quisiéramos dejar de citar a dos grandes teólogos, que además
formaron parte de la Comisión redactora del futuro PO desde los comienzos. Se trata de Y.
Congar y de J. Lécuyer. El primero es especialmente importante para la teología del laicado,
tema que el fenómeno de la secularización urgió en su desarrollo. El presbítero permaneció
encerrado en los confines intraeclesiales, consolidándose el binomio “presbítero-en-la-Igle-
sia” – “laico-en-el-mundo”. La obra pionera de Y. M. J. CONGAR, Jalons pour une théologie
du laïcat, Du Cerf, París 1953, tendría un gran influjo en los textos conciliares sobre el laicado
y abrió el camino a la recuperación del valor del bautismo y del sacerdocio común. Indirec-
tamente, la teología del laicado haría un innegable favor a la teología del ministerio ordena-
do situándolo en el seno de la Iglesia como misterio de comunión y misión. Además, este
mismo autor formaría parte desde el comienzo de los trabajos conciliares de la subcomisión
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Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
[Link] La situación española
No queremos terminar este aparatado sin hacer una breve referencia a la
situación española preconciliar210. Las vicisitudes del clero español eran más
o menos similares a las de los hermanos sacerdotes de otros países euro-
peos: implantación de la Unión Apostólica en España a partir de 1905211;
crisis mundial de entreguerras y presentación por parte de los Papas de Cristo
como la solución a dicha crisis; exhortación vehemente a la responsabilidad
de los sacerdotes en este proceso de formar a Cristo en todos y en todo, etc.
Por desgracia, este acompasamiento quedó truncado por la Guerra Civil,
produciéndose un aislamiento teológico y espiritual –correlativo al aisla-
miento nacional– y el consiguiente empobrecimiento.
A pesar de que los años cuarenta fueron años de grandes carencias en
todos los sentidos, fue también un período de gran fecundidad sacerdotal.
Baste comprobar las iniciativas que en pocos años se pusieron en marcha,
así como las instituciones eclesiásticas y apostólicas que echaron entonces
sus cimientos. Serían innumerables los nombres que habría que citar, pero
nos conformamos con algunos: el cardenal Herrera Oria, el cardenal Plá y
Deniel, Eijo y Garay, Lamberto de Echeverría, José María García Lahiguera,
Joaquín Goicoecheaundía, J. Maximino Romero de Lema, Baldomero Jiménez
Duque, José Ignacio Tellechea, etc. Junto a ellos, revistas como Surge, Ce-
náculo, Incunable y Apostolado sacerdotal, así como libros clásicos sobre
el apostolado, como la obra de Dom. J. B. Chautard, El Alma de todo apos-
tolado, ya conocida en nuestro país antes de la Guerra civil, pero siempre
novedosa, o los escritos del obispo de Málaga, Manuel González. Todos es-
tos elementos posibilitaron que el clero español fuera poco a poco asimilan-
do y viviendo el apostolado sacerdotal como expresión de la vida interior y
redactora de PO. En cuanto a J. Lécuyer presenta la síntesis teológica mejor lograda sobre el
sacerdocio ministerial antes del Vaticano II. Además de una síntesis bíblica y patrística,
ofrece las líneas teológicas claves del sacerdocio de Cristo, del sacerdocio de los fieles, del
sacerdocio de los apóstoles y de sus sucesores (obispos con sus colaboradores los presbíte-
ros). Sin minusvalorar al resto de miembros de la Comisión, la presencia de estos dos auto-
res aseguró tanto el rigor teológico como la fidelidad a la tradición o la sensibilidad pastoral.
210 Cf. el magnífico estudio de L. M. TORRÁ, Espiritualidad sacerdotal en España (1939-
1952). Búsqueda de una espiritualidad del clero diocesano, UPSA, Salamanca 2000.
211 Cf. S. CASAS, “La unión apostólica del clero en España hasta el concilio Vaticano II”,
Salmanticensis 50 (2003) 451-471.
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ATUCSC 11.2 (2009)
consecuencia lógica de la misma, es decir, la pastoral como expresión y con-
secuencia de la caridad (pastoral). J. Soto Chuliá, director espiritual del se-
minario malagueño desde 1920 a 1949, advierte los peligros de una consi-
deración distinta en carta a un sacerdote que se dirigía con él. Utilizando el
clásico lenguaje del celo apostólico le escribe lo siguiente:
Por amor de Dios y de tu gran celo apostólico te suplico no dejes la ora-
ción y recogimiento exterior e interior y que consagres al estudio con
gran atención e interés todo el tiempo que tengas señalado [...] Pero si
descuidas el cultivo de la vida interior, todo pudiera llegar a ser verdad
incluso la pérdida de la fe. A cuántos ha perdido un celo mal entendido.
Cuida con gran celo tu vida y así podrás cuidar de los demás con gran
provecho para ellos y para ti. La caridad comunicada crece, pero no es
caridad cuidarte de los demás con perjuicio y descuido de ti mismo212.
Desde las necesidades pastorales y desde la dura realidad de la España
de la posguerra, se van poniendo en cuestión los planteamientos tradicio-
nales y se descubren profundas convicciones: la santidad del sacerdote resi-
de en su propio estado o vocación, la santidad y la piedad solas son insufi-
cientes para el apostolado, es necesaria la encarnación, etc. Desde distintos
ángulos, la reflexión cristaliza en dos afirmaciones fundamentales: 1) La
búsqueda de la identidad del sacerdote diocesano en su relación con el obis-
po, padre de la diócesis, participando el sacerdote de su misma caridad pas-
toral; y 2) unidad de vida entre acción y contemplación. Ambas, en fin, tie-
nen la misma tesis al fondo, a saber: el apostolado (ministerio) como fuente
de santificación sacerdotal (vida). A comienzos del 1950, la revista Surge
renueva sus propósitos de servir a los sacerdotes en este sentido:
Nuestra tarea es bien definida: contribuir con nuestras fuerzas a asegu-
rar la oración asidua y ferviente del sacerdote, a señalar sus ministerios
litúrgico-pastorales como fuente de espiritualidad sacerdotal, a facilitar-
les la dirección espiritual, a proporcionarles instrumentos de trabajo para
que su acervo cultural no desmerezca con el tiempo, a abrir cauces am-
plios a su celo apostólico y unificar su espíritu y su acción213.
212 Fechada en Casatejada (10-09-1950) y citada por L. M. TORRÁ, o.c., 330.
213 Editorial titulado “Nuevos propósitos”, Surge 10 (1950) 3.
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Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
En el mismo número de dicha revista aparece un artículo de G. Thils en
el que presenta una síntesis del pensamiento de los capítulos tercero y cuarto
de la obra que ya reseñamos arriba214. Así mismo, en la sección “Expositores
de teología sacerdotal”, y de la mano de su director, J. I. Tellechea, irán
apareciendo figuras como el Cardenal Mercier, Chevrier, Masure, etc.
Otro hecho de importancia en esta década fue la difusión en nuestro
país de la doctrina sacerdotal de la escuela francesa, que ya se había intro-
ducido en nuestro país a través de la Unión apostólica y del Seminario de
Vitoria (Juan Thalamás, Rufino Aldabalde), pero que alcanzaría su máxima
difusión gracias a la traducción por aquel entonces en Vitoria del libro de P.
Pourrat, El sacerdocio. Doctrina de la escuela francesa215.
Todo esto hizo que los temas fueran saliendo a la luz y, si bien tardaron
en asimilarse, incluso empezaron a tomar carta de ciudadanía en un foro
nacional. Así, en el Congreso sobre la perfección cristiana (1952), J. Goi-
coecheaundía, en una ponencia sobre la perfección del clero diocesano, asu-
me y expone los planteamientos de Thils, refiriéndose a la “fisonomía par-
ticular” del clero diocesano y a que “la caridad pastoral incluye esencialmente
un elemento contemplativo”216. Este mismo autor, en el congreso Nacional
de perfección y Apostolado (1956), estructurará su aportación sobre la espi-
ritualidad sacerdotal desde la caridad pastoral en el ejercicio del ministerio217.
En definitiva, entre los elementos para una espiritualidad sacerdotal, se
iba abriendo también paso entre el clero español la caridad pastoral218, tam-
214 G. THILS, “La espiritualidad del clero diocesano”, Surge 10 (1950) 5-12; 51-56. Fue
publicado un folleto con el mismo título, Ed. Surge, Vitoria 1950.
215 Eset, Vitoria 1950; 21961, en el que su autor, sacerdote sulpiciano, ofrecía una selec-
ción de textos agrupados orgánicamente y la consiguiente síntesis de doctrina sacerdotal.
En la página final el editor (Publicaciones de la revista Surge) hacía esta invitación: “La
doctrina sacerdotal de la escuela francesa es eminentemente útil para los que estudian La
espiritualidad del clero diocesano. Ella enseña cómo el sacerdote encuentra en su sacerdocio
poderosos medios de santificación y de celo apostólico. Y a ella se deben las maravillas de
celo que admiramos en S. Vicente de Paúl, en S. Juan Eudes, en M. Olier, en S. Luis María
Grignon de Montfort”.
216 “Perfección del clero diocesano”, en: CENTRO DE ESTUDIOS DE ESPIRITUALIDAD, Sobre
la perfección cristiana. Ponencias de la I Semana de Espiritualidad organizadas por el C. de
la Pontificia Universidad Eclesiástica de Salamanca (21-16 de abril de 1952), Juan Flors Ed.,
Barcelona - Madrid - Valencia - Lisboa 1954, 303-356.
217 “La perfección sacerdotal”, en: Actas del Congreso Nacional de Perfección y Apos-
tolado, II, 9-42.
218 Cf. “En la caridad pastoral”, en: L. M. TORRÁ, o.c., 328-335.
237
ATUCSC 11.2 (2009)
bién vivida con alegría219. Valga un pequeño detalle como muestra de ello.
En el Apéndice III del estudio de L. M. Torrá titulado Espiritualidad sacer-
dotal en España (1939-1952). Búsqueda de una espiritualidad del clero
diocesano, el autor recoge la transcripción de un total de 220 ejemplares
entre estampas de invitación, recordatorios de ordenación y primeras misas.
La n.17 une precisamente los dos temas objeto de nuestro estudio. En el an-
verso se lee sobre la caridad pastoral: “Amas me? Pasce oves meas (Jn. 21,17)”.
Y en el reverso encontramos la alegría sacerdotal: “’Introibo ad altare Dei [ad
Deum, qui laetificat iuventutem meam]’. Recuerdo ordenación y primera misa.
La Baña (León), 11 y 16-7-1937. El nuevo sacerdote Miguel Vega Vega”.
4. Conclusión: la vía (alegre) del amor
“Cada momento histórico del caminar eclesial desvela algún aspecto de la
figura de Cristo Sacerdote y Buen Pastor, que se ha manifestado a través de
los signos de la Iglesia”220. Hemos podido comprobar que así ha sido tam-
bién en ese periodo de cinco siglos que va desde el concilio de Trento hasta
el Vaticano II. La espiritualidad pastoral que Trento propuso en sus Decre-
tos de Reforma, y que no era extraña en modo alguno para la tradición de la
Iglesia (referencias bíblicas y patrísticas, doctrina tomista del estado de per-
fección episcopal, diversos escritos de espiritualidad sacerdotal, etc.), fue
conociendo diversas configuraciones, siempre a la búsqueda de esa síntesis
que supone la caridad pastoral entre acción y contemplación: el infatigable
celo apostólico de Juan de Ávila, la mística de la acción de Teresa de Jesús,
el oficio de amor de Juan de la Cruz la contemplación en la acción de Igna-
cio de Loyola, el cristocentrismo sacerdotal de la escuela francesa, los diver-
sos intentos de una vivencia comunitaria de la caridad pastoral, la concep-
ción y realización de un ministerio episcopal eminentemente pastoral en
San Carlos Borromeo, la unión del éxtasis de la acción con la alegría en San
Francisco de Sales, el “milagro” de San Juan María Vianney, la considera-
ción de esta misma alegría como dinámica de la caridad en San Juan Bosco
y un largo etcétera. Y en la mayor parte de ellos encontramos también como
219 Cf. L. M. TORRÁ, “Apéndice III”, en: o.c., 549-567, cita en p.550.
220 Cf. J. ESQUERDA BIFET, Historia de la espiritualidad sacerdotal, 15.
238
Caridad pastoral y alegría apostólica desde Trento hasta el Vaticano II /J. A. SUTIL
tema específico la consideración de la alegría y dignidad de la propia voca-
ción sacerdotal.
Toda esta pléyade de testigos cristalizaría en la búsqueda intensa de una
espiritualidad propia del presbítero diocesano en la primera mitad del siglo
XX, con la caridad pastoral, expresión de la vinculación al ministerio apos-
tólico, como concepto clave. Los diferentes documentos del magisterio pon-
tificio hablan con frecuencia de esta modalidad propia que la caridad cris-
tiana presenta en el sacerdote. Otros autores se encargarán de popularizar
el término “caridad pastoral”, a la espera de que sea también recibido por el
mismo magisterio, hecho que ocurrirá en el concilio Vaticano II. En defini-
tiva, el estudio realizado sobre caridad pastoral y alegría apostólica desde
Trento hasta el Vaticano II se puede comparar de alguna forma a aquel es-
criba que va sacando cosas viejas y nuevas del tesoro de la tradición de la
Iglesia (cf. Mt 13,51). Y de este río de aguas vivas seguimos bebiendo tam-
bién hoy nosotros. Desde que el día de Navidad de 2005 el Papa Ratzinger
nos sorprendiera con su preciosa encíclica “Dios es amor”, cualquier pala-
bra sobre la caridad pastoral ha de tener en cuenta sus afirmaciones para
seguir adelante en la vía del amor221. Con sus palabras concluimos:
Si en mi vida falta completamente el contacto con Dios, podré ver siem-
pre en el prójimo solamente al otro, sin conseguir reconocer en él la ima-
gen divina. Por el contrario, si en mi vida omito del todo la atención al
otro, queriendo ser sólo ‘piadoso’ y cumplir con mis ‘deberes religiosos’,
se marchita también la relación con Dios. Será únicamente una relación
correcta, pero sin amor. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo,
para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el ser-
vicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que
me ama. Los Santos –pensemos por ejemplo en la beata Teresa de
Calcuta– han adquirido su capacidad de amar al prójimo de manera siem-
pre renovada gracias a su encuentro con el Señor eucarístico y, vicever-
sa, este encuentro ha adquirido realismo y profundidad precisamente en
su servicio a los demás. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables,
son un único mandamiento222.
221 Cf. L. MELINA – C. A. ANDERSON (eds.), La vía del Amor. Reflexiones sobre la Encí-
clica Deus caritas est de Benedicto XVI, Monte Carmelo, Burgos 2006; Communio. Núme-
ro monográfico sobre Deus Caritas est 2 (2006).
222 BENEDICTO XVI, Carta encíclica Deus caritas est sobre el amor cristiano, San Pablo,
Madrid 2006, 40.
239
ATUCSC 11.2 (2009)
Para nosotros, sacerdotes del tercer milenio, este único mandamiento
no es otro que una gozosa caridad pastoral, pues “no se trata ya de un ¡man-
damiento’ externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de
amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser
ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor”223.
Artículo recibido: 22 de septiembre de 2009.
Artículo aceptado: 11 de octubre de 2009.
223 Ibid., 41.
240