Tener entrañas de papel
Dulce dolor que nace en el bajo vientre; hoy no engendraré nada en mis entrañas, sólo sangre
que no se desvanece.
La sangre que menstrúo grita que dejaré de ser una niña: Me ha vetado ya la entrada a los
parques. Ha abierto -sólo para mí- un mundo lleno de pechos hinchados, de soles que no
calientan cuando la patria sin nombre se estremece mensualmente, ha abierto un campo de ríos
de amapolas, ha actuado a su antojo.
La sangre que menstrúo se queda pegada en mis huesos. Ahora soy mayor- mis pies descansan
en zapatillas de mujer-. Siento dolor de ser, dolor por amar, por tener que engendrar alguna
criatura en mis entrañas y por no hacerlo la patria sin nombre hace que me retuerza en un nido.
Mis piernas cuelgan fuera, ya no soy, ya no existo. La patria sin nombre me atormenta, me asfixia
y me duelo. Soportar tanto dolor es sinónimo de esterilidad, de ausencia. Nadie querrá recibirme
sin entrañas. La patria sin nombre ondea su bandera en mi cuerpo. Ha ganado, ahora sólo polvo.
La gente habla: No dice nada, pero tiene labios. Los libros hablan. Su lomo, sus hojas, sus letras
cantan. Las letras de los libros descansan sobre regazos cansados en unos ojos cansados, sobre
un gato cansado, en un mundo al revés. En sus páginas duermo, sueño, descanso, me cepillo
los dientes cada mañana. En sus páginas soy. Soy la niña de pies descalzos y mirada somnolienta,
soy la niña que ahoga peces en el mar. He dejado que los libros me acaricien las pupilas, el
estómago. He dejado que los libros me fabriquen -hagan sentirme- como en casa: Libros como
sinónimo de casa como sinónimo de hogar, como sinónimo de amigos, de concupiscencia, de
Mar Negro, de tímpanos dispersos Como sinónimo de estar cansado y no saber volver, de ser
primavera dentro -en el papel que habito, que soy, siento; en el papel que si quemas me
retuerzo.
He llegado aquí por un nescio quid. Tal vez está bien utilizado pero la lengua me acaricia, me
acaricia el latín -el griego tiene patas de caballo, nunca ha sabido hacerlo. Si pienso en el griego
pienso en desierto: Sófocles, en angustia: Homero. Creo que ellos tampoco sabían hacerlo tenían
patas de caballo boca de pez ojos tiresíacos.
Mis profesores no tienen patas de caballo, tienen cara de libros, de casa -casa: hogar-, de última
pieza de un puzle puñetero.
Estudiar clásicas es un pájaro con plumas de colores, de cansancio, de pensar, de no ver -pero
de sentir, sentir mucho-, un pájaro de ojos rapaces, de una dicotomía que habita en restos
cansados de los para qué sirve eso.