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Teoría Pura del Poder Político

Este documento presenta un análisis del concepto de poder político a través de cuatro partes. En la primera parte, el autor explora hacia una teorización del poder, incluyendo sus principios, elementos e instrumentos. La segunda parte examina factores que facilitan una teoría del poder como legalidad y legitimidad. La tercera parte analiza factores que dificultan una teoría del poder como conflictos de ideas y valores. Finalmente, la cuarta parte reflexiona sobre un posible "estado perfecto de poder".

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Teoría Pura del Poder Político

Este documento presenta un análisis del concepto de poder político a través de cuatro partes. En la primera parte, el autor explora hacia una teorización del poder, incluyendo sus principios, elementos e instrumentos. La segunda parte examina factores que facilitan una teoría del poder como legalidad y legitimidad. La tercera parte analiza factores que dificultan una teoría del poder como conflictos de ideas y valores. Finalmente, la cuarta parte reflexiona sobre un posible "estado perfecto de poder".

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EN BUSCA DE UNA TEORÍA PURA DEL PODER

José Elías Romero Apis


2

“La política es la persecución


del poder. La historia es el
relato de esa persecución”

Dick Morris, en
Juegos de Poder
3

CONTENIDO

Pag.
1. Una reflexión personal, a manera de prólogo. 5

PRIMERA PARTE

HACIA UNA TEORIZACIÓN DEL PODER. 14

2. El poder como ciencia y como ejercicio. 14


3. El poder como medio y como fin. 16
4. Los referentes del poder. 22
5. Hacia una teoría pura del poder. 36
6. Los principios del poder. 43
7. Las fórmulas del poder. 57
8. Los elementos del poder. 61
9. Los instrumentos del poder. 88
[Link] naturaleza, las estructuras y los medios del poder. 103
[Link] factores del poder. 106

SEGUNDA PARTE

LOS FACTORES QUE FACILITAN UNA


TEORÍA DEL PODER. 108

[Link] polímero del poder político. 109


[Link] y legalidad. 111
[Link] y potestad. 114
[Link] y seguridad. 118
[Link] y legitimidad. 121
[Link] y efectividad. 121
[Link] y gobernabilidad. 127
4

TERCERA PARTE

LOS FACTORES QUE DIFICULTAN UNA


TEORÍA DEL PODER. 136

[Link] hombres y el poder. 136


[Link] de ideas y conflictos de poder. 138
[Link] de valores y conflictos de poder. 140
[Link] de verdades y conflictos de poder. 144
[Link] de virtudes y conflictos de poder. 146
[Link] de pecados y conflictos de poder. 148
[Link] de apariencias y conflictos de poder. 153
[Link] de psique y conflictos de poder. 155
[Link] de intereses y conflictos de poder. 160

CUARTA PARTE

ESTADO DE CRATICIDAD O ESTADO


PERFECTO DE PODER. 162

[Link] resultante de la suma de factores como factotum. 163


[Link] reflexión personal, a manera de epílogo. 165

Índice onomástico 178


5

1. Una reflexión personal, a manera de prólogo.

A diferencia de lo que ha sucedido con otras ramas del saber, el


conocimiento de las ciencias políticas es muy reciente en lo que tiene de
descubrimiento y en lo que contiene de invención.

Junto a los muchos siglos que tenemos conociendo el movimiento de los


astros o el de las mareas, la república moderna se fundó hasta 1787, hace 222
años y el término conceptual de “gobernabilidad” tiene, apenas, treinta años
de estar acuñado.

Es por eso que la sistematización del conocimiento político tiene, aún,


grandes zonas ignotas pero, también por eso, todos los días se tiene la
oportunidad de descubrir algo que no se sabía o de inventar algo que no se
tenía.

Sólo, por eso, conceptos como el del “poder” se han modificado en el


transcurso de un breve lapso de tiempo.

Un rápido repaso mental nos indica, por ejemplo, que el poder político
antiguo sólo podía explicarse por algo parecido a la magia o, cuando mucho,
como resultado de un “derecho divino”. Hoy, el poder político moderno se
considera como la capacidad para que los otros hagan lo que nosotros
queremos pero creyendo que hacen lo que ellos desean.

Seguir avanzando en el conocimiento de lo político es como podremos


mejorar en lo comunitario, progresar en lo colectivo y perfeccionarnos en lo
social.

* * *

Escribo estas notas preliminares durante mi estancia en el bello barrio


virginiano de Shirlington Village. Me encuentro en la sala de la casa que mis
hijos utilizaron mientras realizaban sus estudios de maestría en la, muy
querida para mí, Universidad de Georgetown.
6

Estar en esta zona obliga, ineludiblemente, a pensar en el poder. Cuando


estoy en Washington acostumbro reflexionar sobre algunas cuestiones del
poder. Para ello, creo que no existe ningún lugar más adecuado que este. Así
como en Florencia se “siente” el arte, en París la belleza, en Roma la historia y
en Nueva York la riqueza, en Washington se siente el poder.

Ayer mismo visité la casa de George Washington, en Mount Vernon,


después de no haberlo hecho desde mi niñez, hace cincuenta años. Como es
lógico, en aquel entonces la visita me resultó irrelevante e inmemorable. Pero
ayer, después de una vida dedicada a la observación, a la investigación y a la
operación del poder, salí de la famosa mansión muy complacido y muy
impresionado.

Me gusta mucho el poder. Nunca he sido su dueño pero siempre he


convivido en su cercanía. Lo he presenciado desde en la casa paterna hasta en
la oficina presidencial. Lo he estudiado en el aula y en la vida. Lo he escrito y
publicado en diarios y en libros. Lo he enseñado, en la universidad, a
profesionistas y políticos. Es mi diversión predilecta y mi charla favorita.

Por eso la importancia que me brindó la visita. Me hizo pensar en el


poder en su mas pura naturaleza. Porque esa es la casa de un granjero de clase
media. Washington no era un terrateniente acaudalado ni comandaba una
poderosa armada ni regía un majestuoso imperio. Es por eso que su residencia
no tenía las dimensiones ni los lujos ni las ostentaciones de los palacios reales
europeos.

Más aún, es una vivienda que podría poseer, para disfrutar sus fines de
semana, cualquier empresario mexicano de medio pelo. Sus muebles son tan
comunes como los de un profesionista no estelar. El sillón desde el que ejerció
la presidencia de su país es más modesto que el que yo utilizo en mi bufete
jurídico.

Pero eso nos habla del poder en su mas pura esencia y depositado en un
individuo en plena unicidad. Porque ese hombre sin ejércitos, sin dineros y sin
cetros era el único ser humano que podía, en un momento preciso de la
historia, fundar la nación más dotada de poder que ha conocido la humanidad.

Es más, sin tener siquiera la ilustración de sus colegas era el único que
podía liderar a esas dos docenas de hombres que no fueron especialmente
luminosos pero que en ese instante de sus vidas fueron verdaderos iluminados
7

que descubrieron las fórmulas geniales que, una vez ensambladas, se llamarían
los Estados Unidos de América. Ese era el único hombre sobre la faz de la
Tierra al que respetaban y obedecían Franklin, Jefferson, Adams, Hamilton,
Madison y todos aquellos que hoy conocemos como los “padres fundadores”.

Para todos nosotros es una verdad indiscutida que, sin Washington, los
convencionistas de Filadelfia se hubieran desentendido, se hubieran
desavenido y se hubieran desesperado. Habrían discutido y peleado hasta con
las manos. La edificación de la república norteamericana se hubiera demorado
cien años o se hubiera cancelado en definitiva. Inglaterra hubiera ido por la
revancha y Francia hubiera pescado a río revuelto.

Esa es una representación sencilla pero exacta del poder político. Más
aun, hasta ahora más parece como una serie de prodigios que de realidades.

Tratemos de ubicarnos en los años norteamericanos de finales del siglo


XVIII. Las trece colonias acaban de liberarse del yugo inglés. No alcanzan a
entender lo que significa unificarse en una sola nación. Entre ellas se hacen la
guerra comercial y aduanera. Su división se convierte en tierra de jauja para
los comerciantes europeos y para toda clase de bandoleros. William Pitt
humilla, en Londres, a John Adams y le dice, casi con razón, que los
norteamericanos son una subclase humana, a la luz de lo político.

Pero crear la nueva nación equivale, a la luz de aquellos hombres de


mediana claridad, a uncirse otra esclavitud, después de la depuesta. Han
librado una guerra de independencia y la han ganado. Pero, ahora, el destino
político les sugiere que deben crear otra corona y otro soberano, para
someterse a ellos. Eso es lo que les significa, en esos momentos, la creación
de una nueva nación.

El diseño es, aún, más complicado y más inaceptable que el discurso.


Tan solo mencionaré algunos temas que, hoy en día, muchos no hubiéramos
aceptado.

El nuevo gobierno se llamaría “federal” y estaría por encima del


gobierno de las colonias. Pero, segundo temor, las colonias de desharían de
sus milicias y sólo habría un solo ejército, comandado por la Federación. Pero,
tercer problema, para financiarse este gobierno federal podría establecer
ilimitadamente toda clase de impuestos. Pero, cuarta cuestión, este gobierno
sería el único representante de todos ante las demás naciones. Pero, quinto
8

miedo, una vez establecido nadie podría separarse jamás de ese pacto de
unión, pasara lo que pasara.

Lo he pensado muchas veces y, hasta la fecha, no estoy plenamente


seguro de que, en 1787, yo lo hubiera aceptado, de haber sido diputado por
Nueva York, por Virginia o por Connetticut. Para bien de todos, ¡qué bueno
que no lo fui!

Pero lo importante es que esa asamblea constituyente requería de


muchos factores que, hoy, nos parecen mágicos. El esfuerzo de Alexander
Hamilton, la ayuda informativa de Thomas Jefferson, la inconformidad
prudente de Benjamin Franklin y, sobre todo, el liderazgo incomparable de
George Washington.

Esos hombres, digo que mas iluminados que luminosos, que no habrían
escrito ningún tratado ni hubieran disertado una conferencia, pudieron hacer el
milagro de redactar la primera constitución republicana, democrática y federal
de los tiempos modernos. Esos convencionistas con calidades humanas más
cercanas a lo ordinario que a lo excepcional lograron lo que el propio
Franklin, al principio renuente, calificara como una obra que “no es perfecta,
pero no se aleja mucho de serlo”.

Esos son episodios mágicos del poder político. Porque, sólo en la


medida que aceptemos que el poder tiene circunstancias inexplicables,
podremos colocarnos en el camino de entenderlo y de explicarlo.

* * *

En muchas ocasiones, a lo largo de la vida, me he preguntado si lo más


importante de lo que hizo Cristóbal Colón fue haber llegado o haber partido.
En ciertos momentos he creído lo primero pero en muchos otros me he
convencido de lo contrario.

Porque se nos presenta con mucha frecuencia y nos resulta muy fácil
que la vara del éxito se convierta, por sí sola, en nuestro sistema métrico
universal. Que, de allí, apliquemos nuestra medición sobre lo humano y, quizá
peor, sobre los humanos, tan solo por lo que hemos logrado ser, hacer o tener.
9

Peor aún, que nos valuemos y fijemos el valor de los demás tan solo por su
posición o por su posesión.

Esta simpleza es la que nos ha hecho pensar que el 12 de octubre es el


mayor día colombino. Desde luego que el grito de Rodrigo de Triana sigue
resonando a más de cinco siglos y resonará por todos los venideros, como un
triunfo innegable de la voluntad y de la valentía.

Por eso, la alegría del desembarco en la Isla Salvador, la creencia de


haber llegado a la punta oriental de Asia y todos aquellos prodigios históricos
que hoy conocemos como El Descubrimiento, suelen borrar toda la magia y la
ventura que se combinaron en la madrugada del 3 de agosto en el puerto
murciano de Palos olvidando que, sin éste, aquello ni se hubiera realizado ni
de manera alguna tendría registro.

Las mediciones del éxito tienen como aliado a la facilidad, pero tienen
como enemigo a la inexactitud. Son mas sencillas porque están mas en la
superficie. Mientras que las mediciones del esfuerzo tienen lo contrario.
Hacen alianza con la exactitud pero se enemistan con la sencillez. Requieren
penetrar en los túneles de lo que se invirtió, de lo que se sufrió y de lo que se
sacrificó para comprender cabalmente el valor de lo que se intenta y no
solamente el mérito de lo que se logra.

Quizá esta valoración de fondo sea un producto de la madurez. Quizá


sólo con ella podamos comprender cada valor. Creo que así pasa con los
hombres y así sucede con los pueblos. Las naciones muy maduras y muy
espirituales tienen como fiestas principales las de sus intentos y no las de sus
logros.

Por eso la valoración histórica que nos hemos dado los mexicanos.
Quizá ello hizo que el 16 de septiembre y el 20 de noviembre, celebraciones
del intento, sean mucho más importantes que el 25 de mayo o el 27 de
septiembre, conmemoraciones de la victoria. Así, pese a sus asimetrías, el
grito de Hidalgo es, para nosotros, mucho más glorioso que el desfile de
Iturbide, no obstante que este evento nos cumplía el regalo de un país mientras
que aquel tan solo nos lo prometía.

Quizá por eso los franceses, los norteamericanos y otros pueblos


también consagran su calendario patrio a los días del esfuerzo y del intento,
10

que no tan solo a los del éxito y la victoria. El 4 y el 14 de julio son un


testimonio anual de ello.

La madrugada del embarque en el Mediterráneo, el almirante general


llevaba muy poca compañía, muy poco equipamiento y muy poco
abastecimiento. Pero llevaba la confianza de Isabel y, sobre todo, la creencia
en un teorema. El del arco de la curvatura terráquea y, por lo tanto, el del
tamaño de la esfericidad del planeta.

Digo que se trataba de un teorema y no de un axioma porque, hasta ese


entonces, nada lo había comprobado. Se nos ha dicho que un teorema es una
proposición lógica que exige una demostración. En palabras más cercanas
diríamos que se trata de una suposición razonable. No más que suposición
pero no menos que razonable.

Porque ni las expediciones vikingas llegadas hasta Terranova ni la


curvatura visible del horizonte eran una prueba suficiente. Eric el Rojo cuando
mucho se había convencido de que “la mar océano” no terminaba en un
precipicio. Pero no que la tierra de allende al Atlántico tendría un puente de
conexión con el oriente asiático. Y las meditaciones porteñas de Colón acaso
instalaban la existencia de una concavidad terráquea pero no necesariamente
de una esfericidad. Cuando mucho, que el planeta era algo así como una loma,
pero no necesariamente todo un globo.

Por eso muchos historiadores han considerado que, para Colón, el


descubrimiento no fue un triunfo sino un fracaso. Que América no fue un
objetivo sino un accidente. El descubridor habría de morir sin demostrar su
teorema. Esto lo haría Fernando de Magallanes y, más concretamente, Juan
Sebastián Elcano. Más aún, el genovés muere cuando todavía se considera que
el continente descubierto no es un venturoso paso sino una infausta muralla
que impide llegar hasta las indias orientales. El propio Magallanes habría de
descubrir que esa barrera tenía una pequeña puerta austral y, sus sucesores,
que la Tierra era redonda y de un tamaño cuatro veces mayor que lo calculado
hasta antes del descubrimiento.

Pero, repito, todo ello no reduce en nada el mérito del intento. Quizá, al
contrario, ello lo engrandece y lo fortalece.

Creo, también, que no sólo los famosos sino que casi todos los seres
humanos somos o hemos sido, en algún momento, exploradores, navegantes y
11

descubridores. Que casi todos hemos tenido que invertir nuestro esfuerzo, que
aportar nuestro sufrimiento y que vencer nuestro miedo para embarcarnos
hacia una tierra desconocida y, quizá, hasta inexistente. Que casi todos hemos
tenido que viajar en nuestra muy particular “Santa María”.

Hacerlo es una buena ventura que nos brinda la vida. Si en nuestro éxito
hemos llegado hasta nuestra propia Asia, bien por ello. Pero si la fortuna nos
la regateó, quizá hayamos descubierto nuestra personal América y esa es una
victoria plena.

Mala ventura para aquellos que no lo hayan intentado, que no hayan


creído en su teorema, que no hayan podido vencer el temor del abismo y que
no hayan descubierto, aunque sea por casualidad, un mundo mejor que aquel
en el que han vivido. Ellos no habrán ni ganado ni perdido. Ellos tan solo
confirman el viejo refrán infantil de que es mejor perder que no jugar.

Sí, claro que si. También los hombres más comunes podemos navegar,
explorar y descubrir. Más aún, quizá los más débiles tenemos más dudas, más
miedos y más razones que aquellos que han sido más beneficiados por el
poder, por la riqueza o por el talento. Quizá nosotros tengamos más teoremas
que demostrar. Pero, quizá también, nosotros estamos obligados a tener mejor
dispuestas las carabelas, los pilotos, las brújulas, las veletas y los sextantes
para propiciar, hacia el futuro, un recambio en los mapas, en los sistemas y en
la ideas.

Por eso he dispuesto de mi propia audacia y me he aventurado a


compartir mis teoremas. Aclaro, en primer lugar, que los llamo míos por un
elemental sentido de responsabilidad y no de propiedad. Nunca sabremos si
nuestras suposiciones, aún no demostradas, se nos ocurrieron a nosotros de
manera primigenia o si muchos otros las concibieron con anterioridad sin que
nosotros lo supiéramos. Pero en todo lo que provoquen antítesis o
escepticismos, asumo su generación exclusiva.

* * *

Aclaro, en segundo término, que lo que aquí se plantea no es una teoría


sino algunos razonamientos en la búsqueda de una teoría. No es un tratado ni
un libro de texto. Es una combinación de ambos porque está dirigido tanto a
12

quienes ejercen como expertos la profesión política como a quienes la


estudian en el aula de enseñanza o en el laboratorio de investigación.

Este trabajo consta de tres secciones sustantivas. En la primera de ellas


se pretende acercarnos, aunque sea de manera introductoria, hacia una
teorización del poder. Las otras dos están destinadas a una brevísima reseña de
aquellos factores que pueden facilitarnos el entendimiento y la construcción de
una teoría del poder así como de aquellos que, por el contrario, nos imponen
dificultades para su comprensión y su instalación.

La parte que nos induce a la teorización cratológica se inicia con una


reflexión sobre el poder como ciencia y como ejercicio, así como los esfuerzos
universitarios para instalarla como cátedra y como materia de investigación.
Prosigue con una reflexión imprescindible sobre el poder como medio y como
fin.

Enseguida se habrá de instalar en los referentes básicos del poder,


como son la soberanía, la democracia, la libertad y la justicia para, desde allí,
entrar al intento de una teoría pura del poder.

En esto se abordarán, para comenzar, los principios del poder:


perpetuidad, plenitud, ubicuidad, cronohermeticidad, indefinitividad,
magnitividad y jerarquividad. Se continúa con un intento por reducir a fórmula
las normas primarias del poder. De allí, a la descripción de los elementos del
poder: subjetivo activo, subjetivo pasivo, subjetivo asociado, pragmático,
teleológico, temporal, local y circunstancial. Termina esta parte con un
referencia a los instrumentos del poder: la jerarquía, el talento, la fuerza, la
información, el dinero, el engaño y el temor.

La siguiente parte nos reseña los factores de una teoría del poder. Se
expone un diagrama polimeral de los seis factores del poder y, acto seguido, se
reseña cada uno de ellos: legalidad, potestad, seguridad, legitimidad,
efectividad y gobernabilidad. Así mismo se instala la visión de la resultante de
esos factores que se ha denominado estado de craticidad o estado puro de
poder.

Pero, así como hay facilitadores de esta teoría, hay dificultadores que
deben tomarse en cuenta porque el poder no es tan solo una materia del
pensamiento abstracto o de la pureza del laboratorio sino, por el contrario, es
un insumo o un producto sujeto a constantes contaminaciones. Ellos son los
13

conflictos en los que entra el poder puro cuando se confronta con ideas, con
valores, con verdades, con virtudes, con pecados, con apariencias, con
intereses y con la psique.

Por último, deseo aclarar que mucho de esto proviene de aquel


fenómeno que suele suceder a quienes nos dedicamos a aquellas profesiones
que tienen que ver con la exploración y el descubrimiento.

Una de ellas es la política. Aunque muchas veces se ha denostado a la


ciencia del poder y del gobierno como una ciencia inmóvil, arcaica y
rudimentaria, nada está más alejado de la realidad. La ciencia política es uno
de los pocos nichos del conocimiento científico donde sus libros
fundamentales, los periódicos, tienen que presentarse en ediciones diarias.
Más aún, con la tecnología electrónica actual, las ediciones impresas son muy
perentorias por obsolescencia cotidiana. Por eso se dice que no hay nada más
viejo que el periódico de ayer.

Pero, además de ello, existen especialidades políticas mas cercanas


todavía a lo incógnito que a lo descubierto y explorado. Una de ellas, aunque
no la única, es la Cratología o estudio del poder.

Por eso los políticos y los politólogos requerimos de un temperamento


mas cercano al del explorador que lo que pudieran requerir otros científicos.
Existen especialidades que, a través de muchos siglos, han evolucionado, han
progresado y se han perfeccionado. Pero las ciencias políticas todavía se
encuentran en estado científico inicial. Todavía son al saber, lo que a la
Medicina son el cáncer, el sida, el Alzheimer y muchas otras patologías donde
el conocimiento se está esforzando por avanzar.

Es por ello que me he aventurado en esta odisea. No porque me sienta el


llamado ni el escogido para ello. Tan solo porque creo que alguien lo tiene que
hacer, por lo menos en un impulso inicial. Ya serán otros los que prosigan,
corrijan o suscriban lo que nosotros estamos intentado y proponiendo.

Arlington, Virginia, primavera del 2009.


14

PRIMERA PARTE

HACIA UNA TEORIZACIÓN DEL PODER

2. El poder como ciencia y como ejercicio.

Este trabajo tiene como antecedente el curso universitario que imparto


sobre la naturaleza del poder. Ha sido en la exposición de la cátedra pero,
sobre todo, en la provechosa retroalimentación de mis inteligentes alumnos
donde se impone la consigna de sistematizar, por escrito, algunas de las ideas
sobre las que trabajamos en esas clases universitarias.

Después de dos años de trabajo de conceptualización, diseño,


estructuración, documentación y elaboración, ha quedado instalado desde
principios del año 2008, como asignatura de postgrado en la más prestigiada
universidad privada de mi estado natal y una de las más respetadas del país, el
curso destinado, exclusivamente, al estudio de la teoría del poder.

El espíritu vanguardista que inspira a la Universidad Anáhuac, hizo que


sus directivos Ricardo Sodi Cuéllar, Eduardo Enrique Gómez y Rafael del
Castillo, me encargaran esta tarea, con la cual la educación superior de
México avanza un paso en la enseñanza de temas tan complejos del Derecho,
de la Política y de la Administración Pública.

Mucho platiqué sobre el poder con mi padre así como mucho platico
sobre el poder con mis hijos. Con la fina percepción política de todos ellos he
podido ver transformaciones cratológicas generacionales.

He platicado mucho sobre el poder con varios de mis amigos que tienen
una de las más nítidas visiones del poder que se puedan encontrar en el
México contemporáneo. Ello ha sido, para mí, un referente más que
provechoso en un país donde el poder, su uso y su equilibrio han tendido,
frecuentemente, a salirse de su eje.
15

Pero volviendo al asunto académico, este ha sido un valioso avance


porque, desgraciadamente, hasta antes de esta primicia, esta ciencia no se
estudiaba, con este enfoque integral, en ninguna escuela mexicana. Los
políticos hemos tenido que aprenderla en la vivencia diaria y equivocándonos
en muchas ocasiones.

Las dificultades del proyecto fueron las que obligaron a la inversión de


un tiempo tan amplio en la preparación. Como en toda ciencia en proceso de
consolidación, hubo que definir y acotar su campo. Después, colectar el
universo disponible de su conocimiento. A continuación, se procedió a su
sistematización científica. Por último, hubo hasta que encontrarle un nombre
propio y exclusivo. Porque “teoría del poder” resultaba adecuado al inicio del
proyecto pero terminó siendo insuficiente. Nos encontramos con que el poder
es más que un teorema. Es un amplio conjunto de hipótesis, axiomas, tesis,
postulados y teoremas. Es toda una ciencia y, como tal, merecía contar con su
propia marca.

El dilema inicial para escoger entre la raíz latina, potest, y la raíz


helénica, cratos, quedó resuelto a favor de la última, con rápida facilidad.
Aristóteles sigue siendo el dueño de las franquicias mundiales en materia de
denominaciones del poder. Así resolvimos que la “ciencia del poder” debería
llamarse Cratología. No somos sus inventores pero es una denominación que
hemos rescatado.

El fichero temático resultó suculento. Soberanía, república, libertad,


globalización, democracia, participación, representación, partidocracia,
nicecracia, campañas políticas, poderes constituidos, poderes alternativos,
partidos políticos, gobernabilidad, espacios del poder, encriptamientos,
funcionamiento del poder y hasta deontología del mismo. Todo ello muy
aterrizado a la actualidad y a su utilización práctica y cotidiana. Por ello se
incluyen temas como liderazgo, cabildeo y proceso legislativo, así como
entrenamiento para el análisis, diagnóstico y pronóstico del poder.

No suponemos haber descubierto el hilo negro. Muchos de los temas de


esta ciencia casi nacieron con la historia del hombre. Por ejemplo, la
gobernabilidad y la ingobernabilidad son tan antiguas como el Alzheimer.
Pero, al igual que tal enfermedad, sólo hasta muy recientemente se les ha
identificado, se les ha bautizado y se les ha empezado a sistematizar para su
estudio. Sin embargo, la ingobernabilidad es una enfermedad muy común en
el cuerpo político, muy fácil de contraer y muy difícil de remitir.
16

Estoy convencido que el conocimiento de la Política no sólo es útil para


quienes deciden hacer de ella su profesión, su vocación o su afición. Así como
la salud moderna hoy apuesta más a lo que, sobre ella, podamos saber todos
aquellos que no somos médicos que a lo que los profesionales puedan
aprender tan solo para resolver lo que nosotros no supimos cuidar. La primera
trinchera en la guerra contra la enfermedad somos los propios pacientes. Los
médicos constituyen la segunda y última defensa.

Así, también, estoy convencido de que en política, las naciones deben


su estabilidad, su progreso, su mejoramiento y su perfeccionamiento, mas a
sus ciudadanos que a sus políticos. No existe la majestad política allí donde
una docena de grandes líderes tienen que cohabitar con varios millones de
salvajes. Las sociedades más perfectas se forman de un alto nivel generalizado
de civilización política. Por eso estas asignaturas son útiles, también, para
quienes han decidido dedicar su vida a la profesión, a la empresa o al arte y no
solamente para quienes han abrazado el camino de la política.

Pero, para estos tiene una doble utilidad. Podríamos decir que todo
aspirante a político debe tener en cuenta que está obligado a convertirse en un
experto cratólogo.

La Cratología es a la Política lo que la Patología es a la Medicina. El


médico que no es patólogo no podrá diagnosticar, no podrá pronosticar y no
podrá curar. El conocimiento del poder es para el político lo que el
conocimiento de las enfermedades es para el médico. Si este no sabe de lo
que está enfermo su paciente jamás podrá sanarlo, salvo por azar o por
milagro.

Así, el político siempre debe estar en condiciones de reconocer su poder


y el de otros. Al igual que el médico si el político no sabe dónde y cómo se
encuentra el poder sólo podrá hacer política por azar o por milagro.

3. El poder como medio y como fin.

Durante muchos siglos ha quedado relegada la posibilidad de abordar el


concepto de poder como un objeto de estudio autónomo, sistematizado y
17

regido por principios de validez universal. Es decir, se ha rehuido considerar al


poder como una materia científica.

Ello se ha debido a un posicionamiento que han adoptado los


practicantes y los profesionales de la política. Ellos no han querido reconocer,
a lo largo de los tiempos, la dura verdad de que el poder es un fin en sí mismo
y no tan solo un medio para alcanzar otros propósitos.

En un mal entendimiento del pudor cívico se ha caído en un cinismo


histórico. Porque una cosa es colocarse a favor o en contra de un determinado
uso del poder político y otra muy diferente es fingir que el poder sea tan solo
el medio para llevar a una sociedad a cierto estadio de bienestar, de progreso o
de perfeccionamiento, si de altos valores se trata, o simplemente de riqueza,
de conquista o de privilegio, si se trata de valores menores.

Este pendiente ha sido un error histórico de la política y de los políticos.


Porque otras ciencias y sus científicos han asumido, en ocasiones con dolor, la
responsabilidad de distinguir los fines de los medios.

Es por ello que el abogado no rehuye considerar a la justicia como un


fin en sí mismo, independientemente del bando al que le corresponda recibirla
y gozarla. Así como el economista está bien consciente que, para su ciencia, la
riqueza es un fin y no tan solo un medio. Ya serán otros factores ideológicos, a
veces contaminantes, los que le induzcan a generar esa riqueza para el bien del
individuo o para el bienestar de la sociedad. Ya esos factores lo etiquetarán
como un economista “capitalista” o “socialista”. Pero queda en claro que los
economistas de ambos mundos consideran a la generación de la riqueza como
el fin primordial de su ciencia.

De esa misma manera, el médico está consciente de que la salud es un


fin en si mismo, independientemente de que se le esté preservando o
restaurando a un héroe, a un sabio, a un santo, a un traidor, a un bruto o a un
demonio. El verdadero médico se aplica a la salud y no a lo que su paciente
haga con su salud.

Y, ¿qué no decir del filósofo? Su ciencia tiene como fin primordial el


saber y la verdad. Pero, ¿para qué ese saber y esa verdad? Tan solo por ellos
en sí mismos y no para algo en función de ellos.
18

Por eso resulta incomprensible que la ciencia política haya demorado en


la aceptación de que su propósito esencial, como ciencia, es el conocimiento
del poder y como práctica tiene como propósito la conquista del poder.

Ya, desde hace más de sesenta años, Ramiro de Maetzu profetizaba que
algún día tendría que escribirse una Cratología, o doctrina del poder humano,
en distinción con la Energética, o doctrina del poder en general. De lo
contrario, el conocimiento del poder se confundiría con los problemas de la
moral, del Derecho o de la Política.

En su obra “La Crisis del Humanismo” señala diversos conceptos que


intento resumir, así como los de otros autores.

Dice que los tratadistas de la Ética, del Derecho y de la Política no se


han aplicado a la escritura de una teoría del poder porque, dentro de sus
especialidades, el poder es solamente un medio para la aplicación de las ideas
morales o políticas y de las reglas jurídicas. Bajo el punto de vista de esas
ciencias la Cratología no podría ser más que una doctrina secundaria, porque
es una doctrina de los medios y no de los fines.

Pero el poder es el único medio de hacer leyes, sean buenas o malas, así
como de ejecutar actos, sean estos buenos o malos, legales o ilegales. Pero si
en el Derecho, la Política y la moral el poder no es más que un medio, esto se
confronta con la vida real donde un gran número de acciones humanas no se
ejecutan para la realización de fines políticos, jurídicos o morales, sino que el
poder es en ellas no sólo el medio sino el fin.

Agrega que el poder es un bien en sí mismo, de la misma forma que lo


son la verdad, la justicia y el amor. Esto lo lleva a dos consideraciones, dentro
de ese otero filosófico. “Si el poder es un bien en sí mismo no es tan solo un
bien para mí, sino también para mi prójimo. Aumentar mi poder a expensas de
mi prójimo no es realizar el ideal de poder sino hacer un mal.”.

La segunda es más complicada. Se plantea que si bien es cierto que el


ideal de poder no es satisfactorio cuando se persigue aisladamente y
prescindiendo de los demás bienes supremos, lo mismo ocurre con estos otros
cuando se ansían separada y exclusivamente.
19

Y aquí, Maetzu llega y nos lleva a un alto en el camino. Porque en este


punto considera que “el verdadero bien es la unidad del poder, la verdad, la
justicia y el amor”. Remata diciendo que “esa unidad es Dios”.

Buena conclusión para el creyente religioso. Identificar al poder


supremo con un estado de pureza. Su dios no sólo es omnipotente sino, por
añadidura, es amoroso, justo y verdadero. Pero el no creyente o, incluso, aquel
que siéndolo no quiere comprometer a su dios con la mundanidad del poder
político, ¿cómo puede explicarse científicamente los vericuetos del poder
social?

Tan solo a través de una teoría pura del poder que comenzara por
distinguir el poder humano en aquel que es personal y aquel que es social.
Aquel pudiera llamarse “poder natural” porque se recibe de la naturaleza y no
de la sociedad. La sociedad dota de diversos poderes o instrumentos de poder:
riqueza, posición, educación u otros términos de poder. Pero el talento, la
voluntad o la salud tan solo provienen de la naturaleza y no de la sociedad ni
del Estado.

Es innegable, agrega, que el santo necesita de poder personal para su


santidad, el artista para su arte y el ladrón para sus robos. Aquí el poder es un
instrumento y todos desearíamos poseer una cantidad de poder libre e
independiente mayor que la necesitada para la realización de nuestra obra para
usarla a pura voluntad y placer.

Pero “no es con el poder libre sino con el poder encadenado como se
han hecho las mejores obras”. Una parte de la tragedia humana consiste en el
conflicto entre libertad del poder y encadenamiento del mismo.

Pero lo más importante de una teoría del poder no reside en el poder


personal sino en aquel que la sociedad ha puesto en manos de algunos
hombres. Casi todos los hombres ocupan una posición de poder social distinta
de la de su poder personal y no es fácil distinguirlos. El gran problema
científico consiste en resolver si es mejor dotar a los hombres de amplios
poderes libres o concederlos limitados y acotados. Con aquello gana la
gobernabilidad y la ejecutividad. Con lo segundo gana la libertad y la
seguridad.
20

Lo que nos subleva contra la dictadura y la tiranía no es la maldad del


autócrata sino el hecho de que sus poderes no estén ligados a funciones, a
obras o a propósitos determinados.

El poder social no es natural sino que surge de la privación que cada


quien hace de su propio poder en beneficio de aquel que va a ejercer el poder
social. “Cada uno de los poderes sociales es el resultado de una renuncia de
los demás hombres”.

Esto puede llevar a un círculo vicioso y confuso. Los conceptos de


libertad y tiranía definen lo mismo en diferentes posiciones. “Libertad es
nuestra propia tiranía. Tiranía es la libertad de los demás”.

Es cierto, por otra parte, que una cosa es el poder y otra podría ser el
ideal de poder o la representación ideal del poder. De esto se derivan
consecuencias prácticas esenciales en la historia de los pueblos y las naciones.

Existen algunas naciones, como Inglaterra e Italia, que guardan su ideal


nacional en lo que fueron. Se regocijan más con su pasado que con su presente
o con su futuro. De manera ineludible casi siempre piensan en el Imperio
Romano y en el Victoriano. No pueden olvidar que le dieron al mundo
occidental desde su lengua hasta su visión de la vida.

Hay otras que, por el contrario, tienen un mayor disfrute con un ideal
del porvenir que con lo que son o lo que han sido. La plenitud la encuentran
en algo que todavía no llega pero que se representa como una, también,
ineludible e infalible grandeza nacional. Entre estas naciones, me refiero a
Francia y a Alemania.

Por último, hay algunas cuyo ideal se encuentra en lo que son en el


presente, más allá de lo que sueñen para el porvenir o de lo que recuerden de
su devenir. Aquí anoto a España y a los Estados Unidos.

Debo aclarar que no siempre una misma nación mantiene instalado su


ideal en el mismo nicho del tiempo. España es un buen ejemplo de ello. Hubo
ciertas épocas en que su ideal y su orgullo se fincaron en lo que había sido. El
gran imperio que no sólo descubrió y conquistó a la América sino que,
además, la cristianizó, la moldeó y le supo fundar, a diferencia de sus vecinos
europeos, una de las razas básicas del mundo actual.
21

Pero, mas tarde, España se olvidó de su pasado y se ensoñó con un


futuro imaginario y, quizá, hasta irrealizable. Llegaron los tiempos en que los
españoles ya no querían ser españoles sino franceses o ingleses. Que su mente
y su espíritu estaban en París o en Londres. Que todo lo de Francia o de
Inglaterra era lo bueno y lo deseable, no lo de España.

Sin embargo, en los tiempos actuales España me brinda la impresión de


ser una nación muy complacida con lo que es y no tan solo con lo que
recuerda ni con lo que sueña. No estoy diciendo, desde luego, que no tenga
orgullos históricos y aspiraciones de mejoría, de progreso y de
perfeccionamiento. Claro que todo ello lo tiene y con suficiencia. Lo que digo
es que hoy posee una identificación placentera con su realidad y que ahora sus
modelos de ideal ya residen en Madrid, en Barcelona, en Vigo, en Santander,
en Bilbao, en Oviedo y en Sevilla.

En esto se asemeja a los Estados Unidos, país este con una característica
excepcional que, hace casi un siglo, fue anunciada por Ramiro de Maetzu.
Dijo el pensador español que se trata del único país donde un gran ideal se
realiza antes de que se haya concebido. Creo que tiene toda la razón. Para los
norteamericanos el supremo ideal consiste en lo que ya son y no en lo que
fueron ni en lo que serán. Por eso “el gran sueño americano” es un sueño para
los extranjeros que inmigran pero, para los estadounidenses, el gran sueño es
lo que están viviendo, no lo que recuerdan ni lo que esperan.

Por otra parte, creo que entre los latinoamericanos se presenta un mapa
de ideales muy similar al que he reseñado de los europeos y norteamericanos.
Se me ocurre que México es, en este sentido, como Francia y Alemania. Sueña
más con un ideal futuro que con el pasado o con el presente. Me parece que
Argentina sigue ensoñada con un pasado que ya se fue y que, quizá, nunca
retornará. Un poco así les sucede a Inglaterra y a Italia. Por último, pienso que
Brasil encuentra un enorme placer en su presente más que en otras
coordenadas temporales. En esto se asemeja a los estadounidenses y a los
españoles.

Esa forma de concebir la vida ideal ¿tendrá algo que decir en nuestro
futuro nacional o será una mera disertación sin efectos prácticos reales?
22

4. Los referentes del poder.

La Sociología, el Derecho y la propia Política, entre otras muchas


ciencias, han acercado algunos referentes básicos del poder. De entre ellos,
cuatro son ineludibles.

Soberanía, democracia, libertad y justicia. Ellas son las consecuencias


fundamentales de la igualdad. La soberanía, que es su consecuencia
cratológica. La democracia, que es su consecuencia política. La libertad, que
es su consecuencia ética. Y la justicia, que es su consecuencia jurídica. La una
sin las otras siempre es ilusoria y siempre tiende a ser perentoria.

Es en la igualdad donde se finca la organización que garantiza la


soberanía, la democracia, la libertad y la justicia. No a la inversa.

Es la igualdad y ninguna otra oferta la que nos lleva a la instalación de


la soberanía, al ejercicio de la democracia, al logro de la justicia y a la victoria
de la libertad.

La consecuencia cratológica de la igualdad es la soberanía. Cuando las


naciones se consideran iguales entre sí, organizan sus sistemas de poder con
independencia de los otros y con supremacía interna. La consecuencia política
de la igualdad es la democracia. Cuando un pueblo cree que todos los
individuos son iguales sólo puede gobernarse democráticamente. La
consecuencia jurídica de la igualdad es la justicia. Cuando se cree,
verdaderamente, que el derecho propio es igual que el ajeno, no cabe
proponerse ni la lesión de éste ni permitir el atropello de aquél. La
consecuencia ética de la igualdad es la libertad. La existencia de opresores y
de oprimidos es la entronización de la desigualdad y la negación de la
igualdad.

La conjunción de esas cuatro consecuencias de la igualdad representa


un reto de grandes proporciones para las sociedades y, muy particularmente,
para aquellas que se encuentran en proceso de transformación, como la
nuestra. Desde luego que no se excluyen, pero es necesario reconocer que el
advenimiento de la soberanía, el de la democracia, el de la libertad o el de la
justicia no implica, necesariamente, el de las otras.
23

De manera sintética pueden tenerse en cuenta los siguientes conceptos


distintivos respecto del poder.

Soberanía = fórmula del depósito original del poder.

Democracia = fórmula del depósito derivado del poder.

Libertad = fórmula del límite del poder.

Justicia = fórmula del respeto del poder.

* * *

La soberanía es una fórmula del depósito originario del poder. En la


corona, si se trata de una monarquía y en el pueblo, si se trata de una
república. Es el formato dispuesto, en el caso de México, en el artículo 39
constitucional cuando señala que “la soberanía reside originaria y
esencialmente en el pueblo”. Que todo poder público dimana de él y que
“tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de
su gobierno”.

Dice Nicola Matteucci que “en un sentido amplio el concepto jurídico-


político de soberanía sirve para indicar el poder de mando, en última instancia,
en una sociedad política”. Por lo tanto, tal concepto está estrechamente
vinculado al de poder político.

Para Jean Bodin la soberanía reside en el “poder de hacer y abolir las


leyes”. Thomas Hobbes prefiere privilegiar la ejecutividad o poder coactivo
“como único medio adecuado para hacerse obedecer”.

Juan Jacobo Rousseau identifica a la soberanía con el poder legislativo.


John Locke afirma que el poder legislativo es el poder supremo y, por eso, lo
llama “poder soberano”.

Más constante que lo anterior es no el lugar o instancia de depósito de


la soberanía sino su concepción intrínseca. Bodin lo resume al decir que es
absoluta, indivisible, inalienable, imprescriptible y perpetua. La indivisibilidad
también la sostiene Cardin Le Bret.
24

El carácter absoluto e indivisible de la soberanía fueron muy


remarcados por Jean Bodin, Charles Loyseau y Cardin Le Bret. Sin embargo,
Thomas Hobbes y Juan Jacobo Rousseau la conciben de distinta manera. Para
Hobbes el poder soberano no conoce límite pero para Rousseau la soberanía
expresa una “racionalidad sustantiva” o moralidad.

Por eso decimos que es en estas confrontaciones donde aparece la


inminente necesidad de establecer métodos más puros de análisis del poder y
de sus referentes.

Para Jeremy Bentham y John Austin la soberanía es ilimitada. Para


Rousseau esta ilimitación conlleva, necesariamente, a una “dictadura de
mayoría”. Benjamin Constant y Alexis de Tocqueville llaman a eso un acto
arbitrario cometido en nombre del pueblo.

De nueva cuenta las disputas, ahora sobre el sujeto activo del poder
soberano. Para Karl Marx el poder es, de hecho, detentado por la clase
económicamente dominante. Para Wrigth Mills, por la élite del poder. Para
Gaetano Mosca, por la clase política. Y para Carl Schmitt, por una poliarquía.

Ya en el terreno de lo jurídico, Hans Kelsen y el propio Carl Schmitt


habrían de diferir sobre los aspectos subjetivos activos del poder soberano.

El asunto, desde luego, viene de muy lejos en el tiempo. Ya desde fines


del siglo XVIII y principios del XIX están los trabajos de Joseph de Maistre y
Louis de Bonald, en Francia, y de Friedrich Julius Sthal, en Alemania.

Más tarde lo hicieron Benjamin Constant, Francois Guizot y Alexis de


Tocqueville, en Francia; Emannuel Kant y Johann Fichte, en Alemania; y
Jeremy Bentham, James Mill, John Stuart Mill y John Austin, en Inglaterra.

Ya en los principios del siglo XX aparecerá un proceso revisionista


encabezado por León Duguit, seguido por Harold Laski. A esta secuencia se
sumarían los teóricos del totalitarismo fascista italiano y alemán, Carl Schmitt,
Pietro Chimienti, Alfredo Rocco e Ignacio Tambaro.

Pero, más allá de todo ello, debe quedar en claro que la soberanía se
compone de dos elementos indispensables e inseparables. La supremacía y
la independencia. Aquella concierne a lo interior de la sociedad o nación y
25

la segunda se refiere a lo exterior, en relación con las demás sociedades o


naciones.

Existe la soberanía, en lo interior, cuando ninguna norma jurídica o


política puede imponerse a la regla de ejercicio originario de poder. Podría
considerarse a ésta como un elemento “supuesto”, utilizando la terminología
de Hans Kelsen, a diferencia del resto de las normas jurídicas cuya validez
depende no de una suposición sino de una posición. Pero la validez y alcance
de la norma constitucional no dependen de su formalidad sino de su
esencialidad. No es importante cómo se genera sino que existe como acto de
creencia colectiva convertida en realidad de ejercicio político. Es éste el factor
de supremacía en la formación de la soberanía.

A su vez existe la soberanía, en lo exterior, cuando ningún otro orden


jurídico o político puede imponerse a la regla de ejercicio originario de poder.
Este elemento se genera a partir de que el propio sistema jurídico y político
nacional no dependa del de otra sociedad o nación para gestarse y para
operarse. No llega a ser un elemento de formalidad jurídica pero, en mucho,
se le parece. Este es el factor de independencia en la formación de la
soberanía.

Así queda en claro que toda organización que carezca de alguno de


estos dos elementos, carece de soberanía. Si no hay supremacía o si no existe
independencia, no se está en presencia de un orden jurídico o político
soberano.

Son estos los tiempos en los que resulta poco clara la soberanía dentro
de un mundo cada vez más globalizado. Ha ido perdiendo nitidez la
concepción y la práctica de lo soberano. Pero un ejemplo puede servir
siempre para decodificar lo encriptado. Quizá, en materia de migración es
donde más fácilmente se puede sentir la soberanía como fenómeno real y no
solamente como teoría.

Tómense dos casos que pueden familiarizar con el asunto. Uno de ellos
refleja a la autoridad del Estado soberano. El otro, al ciudadano quien es el
depositario original de la soberanía nacional.

En el primer caso, supongamos que llego a Nueva York. Arribo al


aeropuerto Kennedy y, antes de recoger mis bultos, tengo que entrar a los
Estados Unidos a través de una puerta que se llama oficina migratoria. Allí
26

me recibe un agente detrás de una ventanilla. Toma mi pasaporte, lo examina,


me voltea a ver, teclea una computadora, me vuelve a mirar, me pregunta algo
que ya sabe, revisa la pantalla. Y a una velocidad de rayo se arranca
estampando sellos, cortando talones y engrapando matrices. Me entrega mis
papeles y, con el más seco de los tonos, me dice un gracias en inglés apenas
audible. Con eso, ni más ni menos, me está abriendo la puerta de su país.

Pero, sabiendo todo lo que él representa toma aire y mirando al que me


sigue en la fila le grita imperativamente: “Next”. El aludido obedece con la
mayor docilidad. Y así como yo lo hice minutos antes, él toma su equipaje de
mano, sus papeles consulares, su timidez, su obediencia y hasta su miedo.
Con ellos camina aprisa para no incomodar al agente con un segundo más de
espera. Y es que allá, él es el soberano y yo soy el sometido.

Esa es la mejor representación de la soberanía en tan solo dos metros


cuadrados. Ese modestísimo burócrata estadounidense trae, en su sello y en su
bolígrafo, una mayor dosis de soberanía norteamericana que cualquier senador
de los Estados Unidos de América. Si él dice que yo no paso, no pasaré. Ya
podría yo ser el mejor abogado, el más inteligente político o el más opulento
magnate que no entraré si no me lo autoriza. El puede hacer lo que no podrían
ni el gobernador Paterson, ni la senadora Clinton, ni el presidente Barack
Obama. El tiene las llaves del reino, que se llama soberanía.

Días más tarde regreso a México. Aterrizo en el aeropuerto Benito


Juárez. Al igual que allá, antes que nada pasó por la oficina migratoria que es,
también, la puerta de México. Tomo la ventanilla destinada para mexicanos.
Me recibe el agente migratorio y las cosas son bien distintas. Me acerco sin
temor ni timidez. Me impaciento si él se tarda. Lo miro de arriba hacia abajo.
Y es que aquí yo soy el soberano y él es el servidor. Yo soy un ciudadano del
pueblo dueño del país al que estoy llegando y él tan solo está para abrirme la
puerta.

Ya podría yo ser el más buscado criminal, el más humilde pordiosero o


el más débil de los individuos que ni él ni el Regente de la Ciudad de México
ni el Presidente de la República podrían impedirme que entre a mi país. Si el
agente me pregunta algo, podría yo contestarle lo que quiera y si tengo ganas
de hacerlo. De todos modos entraré a México. Podría injuriarlo, si ese fuera
mi estilo. Aún así, entraré a México. Acaso me multarían, pero entro. Quizá
me consignaran, pero dentro de mi país. Esta es mi casa y nada ni nadie
27

podrían impedirme el ingreso. Yo tengo las llaves de este reino y se llama


nacionalidad.

Aquí entro y salgo cuando yo quiera por la sola virtud de ser mexicano.
Nadie más tiene esa plena libertad. Ni Nicolás Sarkozy ni Dimitri Medvedev
ni Juan Carlos I ni Benedicto XVI. Sólo yo y mis paisanos. Pero allá no
puedo entrar ni salir cuando a mí se me antoje. Me pueden cerrar su puerta o
me pueden echar de su casa. Todo ello por la sencilla deficiencia de ser
extranjero.

* * *

La democracia, por diferencia, es una fórmula del depósito derivado del


poder. El pueblo al que se refiere el citado artículo 39 constitucional es un
concepto sociológico y no jurídico. Es una entidad declarativa pero no
organizada. Es muy diferente a los conceptos de nacionalidad o de ciudadanía,
claramente definidos o determinados en el texto legal supremo. Más aún, no
existe una definición legal de “pueblo” ni falta que ha hecho.

Es por ello que para convertir a esa entidad plena de indeterminación en


un corpus definido o determinable se tiene que recurrir a una creación jurídica
consignada en el artículo 40 constitucional, donde se alude a la “voluntad del
pueblo mexicano” para instalar su sistema de organización política básica, en
la forma de una “república representativa, democrática y federal”.

Es allí donde queda depositado, de manera real aunque derivada, el


“poder originario del pueblo”. Esa fórmula de conversión o transferencia de
poder se llama democracia.

La expresión jurídica fundamental de la democracia se encuentra en el


artículo 41 constitucional. Esta norma señala las reglas de operación del
sistema político de representación democrática para la gestación de los
poderes públicos y para la designación y renovación de los funcionarios que
los ejercerán.

La concepción de la democracia es tan antigua como el pensamiento


político. Está descrita desde Platón y Aristóteles, tanto en la “República”
como en el “Político” y en las “Leyes”.
28

El camino ha sido largo. Marsilio de Padua, Santo Tomás de Aquino,


Nicolás Maquiavelo, Jean Bodin, Thomas Hobbes, John Locke, Juan Jacobo
Rousseau, Emannuel Kant y Georg Wilhelm Hegel.

Más antiguamente, Johannes Althusius. Más tarde, Charles de


Montesquieu. En nuestro tiempo, Robert Dahl y Francis Fukuyama. En
diversos siglos, Franco Venturi, John Toland, Benjamin Constant, Alexis de
Tocqueville, John Stuart Mill, Karl Marx, Antonio Gramsci, Rosa
Luxemburgo, Max Adler, Karl Korsch, Anton Pannekoek, Ludwig
Gumplowicz, Gaetano Mosca, Vilfredo Pareto y Joseph Shumpeter.

Hoy, la democracia mexicana, como la de muchos otros estados, se


basa en dos principios de operación: la paridad y la mayoría.

Por virtud del primero queda establecida la regla de que todo voto vale
exactamente lo que los demás. Ningún voto es privilegiado ni corporativo ni
calificado. Más aún, en una conjunción con el concepto de ciudadanía, la
unidad de cuenta electoral es, precisamente, el ciudadano. De esa manera,
cada ciudadano vale un voto y nadie vale más que los otros ciudadanos.

El segundo principio implica que las decisiones de voluntad colectiva


serán determinadas por aquella propuesta que cuente con el mayor número de
votos. Este principio de mayoría rige tanto en los ejercicios participativos de
la democracia, por ejemplo la elección, como en los ejercicios representativos
de ella, por ejemplo la legislación.

La paridad es un principio de igualdad mientras que la mayoría es un


principio de cantidad.

Sin embargo, después de haber consolidado la importante reforma


política concebida, impulsada y concretada por Jesús Reyes Heroles,
pensábamos que todo estaba hecho y que ese buen modelo colmaba nuestros
requerimientos políticos por todos los años hasta donde alcanzábamos a ver.

Esta reforma se había diseñado para varias etapas o generaciones. La


primera se centraba en dos grandes vertientes de cambio. Por una parte,
derivado del propósito de hacer atractiva y equitativa la contienda contra
un partido dominante, este sistema contuvo como característica esencial
el privilegiar la vida partidista por encima de todo.
29

Serían los partidos políticos el centro de la vida política nacional. Ellos


se encargarían del reclutamiento, del proselitismo, de la postulación, del
desarrollo político, de la capitalización ideológica, del acopio financiero, de la
organización militante, de la representación ciudadana y, en fin, de toda la
participación política organizada de los mexicanos.

La segunda vertiente consistiría en la “desincorporación”


de los órganos de autoridad electoral. Por una parte las llamadas
comisiones electorales, integradas básicamente por funcionarios
gubernamentales, serían sustituídas por “institutos electorales”
dizque ciudadanizados, aunque realmente integrados por
funcionarios designados por el Congreso a propuesta y consenso
de los partidos políticos. Es decir, integrados por políticos y por
burócratas.

Por otra parte, los llamados colegios electorales, integrados por


funcionarios recién electos para autocalificarse, serían sustituidos por
“tribunales electorales” dizque profesionalizados aunque realmente integrados
por funcionarios designados igual que los de los institutos.

Con ello se ha pretendido construir un grave sofisma. Que a estos


órganos se debe la calidad actual de las elecciones mexicanas.

Nada más falso ni más perverso. Si las elecciones mexicanas son


ordenadas, pacíficas y honestas se debe, esencialmente, a los ciudadanos
mexicanos. A los millones de ellos que integran la verdadera maquinaria
electoral en miles de casillas y en los millones de electores que acuden a ellas
con limpieza y con republicanismo. Que unos y otros son designados casi
siempre contra su voluntad, que no reciben nada por su esfuerzo y que casi
siempre tienen que sacrificar algo para cumplir con su deber.

La democracia mexicana de hoy es casi de excelencia,


sufragísticamente hablando. Pero muy poco de ello lo deben los mexicanos a
sus autoridades y a sus partidos. Y lo que le falta para ser de excelencia es por
una culpa imputable a sus autoridades y a sus partidos.

Porque los órganos de autoridad electoral han dejado mucho que desear.
Nada mas baste recordar las mas tristes y pobres resoluciones de los institutos
electorales, comenzando por el federal. Injustificadas e ilegales multas
30

supermillonarias a casi todos los partidos políticos. Impedimentos indebidos


para contendientes ciudadanos. Inducción parcial del voto ciudadano. Y mil
cosas mas que llenarían varios volúmenes de vergüenza nacional.

Qué no decir, también, de las mas notables sentencias de los tribunales


electorales. Con tan solo recordar aquellas que han anulado elecciones
estatales y que son para la clínica procesal que muchas veces presentamos a
los alumnos de abogacía como ejemplo y paradigma de lo que no se debe
hacer.

Ahora bien, si los partidos han sido referencia para incluir o para
excluir, hoy, sin embargo pareciera que el péndulo del pensamiento nos orilla
hacia otros espacios, debido a seis causas fundamentales.

La primera de ellas es que se está gestando un deseo ciudadano


creciente de participación política sin participación partidista. O por lo
menos, sin la tradicional participación partidista. Sin las ataduras dogmáticas
de sus declaraciones de principios, sin los imperativos de sus programas de
acción, sin los candados de sus estatutos y sin el autoritarismo de sus cúpulas
dirigenciales. Por eso, cada vez en mayor medida los mexicanos desean
participar en política sin participar en las estructuras de partido y cada vez
crece más la transmigración partidista.

En segundo lugar, cada vez resultan menos atractivos para el ciudadano


común las ofertas electorales de los partidos tradicionales. Ya en las últimas
dos elecciones se consideró que sólo una tercera parte de los electores tenía
una predilección electoral preestablecida. El restante decidió su voto en el
transcurso de la contienda y, de ellos, muchos lo hicieron en la última semana.

Un tercer aspecto, resultante de los dos anteriores, es que las próximas


elecciones para presidente, gobernadores y congresistas no las ganarán
partidos sino candidatos. No debe sorprender que en la próxima elección
presidencial pueda ganar un candidato atrayente postulado por un partido
modesto.

Un cuarto factor, es que la real contienda política mexicana ya no es


tanto una contienda de partidos sino una contienda de poderes. La medición
de fuerzas entre Presidencia de la República, Congreso de la Unión, Suprema
Corte de Justicia de la Nación, gobernadores de los estados federados, por no
31

hablar de los poderes metaconstitucionales supera, hoy y mañana, a la


tradicional contienda de partidos.
Por ello, hoy resulta frecuente que estén mejor posicionados en la
detentación política los líderes camarales y los gobernadores que los altos
dirigentes partidistas.

En quinto lugar la realidad ha ido sobrevalorando a los minipartidos y


los ha colocado en condiciones más cómodas que a los grandes partidos
tradicionales.

Un sexto aspecto reside en que la base de la cohesión partidista es la


disciplina o el liderazgo y los tiempos actuales no parecen los más favorables
para la disciplina, muy contrapuesta con la democracia, ni para el liderazgo,
normalmente contrapuesto con el revisionismo crítico.

Por todo eso el horizonte mexicano de los partidos políticos es muy


poco prometedor. Aunque es muy duro decirlo, estamos viviendo tiempos en
los que las principales organizaciones políticas mexicanas se encuentran en
crisis de identidad, de confiabilidad y hasta de respetabilidad.

Son muchos y cada vez más los ciudadanos que piensan que los
partidos son organizaciones desleales, mentirosas, ambiciosas, onerosas,
deshonestas, tramposas, convenencieras, indolentes e innecesarias. Que ellos
son los culpables de la perturbación del quehacer público y de la
contaminación del ejercicio político.

No son los actuales tiempos mexicanos los más felices para los partidos
políticos.

Pero lo más importante de todo esto es tener en cuenta que las vertientes
de cambio fueron tan solo una primera generación de reformas. Por desgracia
pareciera que nos hemos olvidado de las siguientes etapas y el feto ha dejado
de evolucionar o ha suspendido su conformación plena.

Porque la siguiente etapa consistiría en “despartidizar” la vida electoral


para volverla mas “ciudadanizada”. Fue acertado que, en la primera, los
partidos fueran muy privilegiados. Ellos requerían el incentivo de todos los
mimos y caricias para que se involucraran en la contienda. Además, para que
ellos asumieran el desarrollo y la participación ciudadana, en una sociedad que
había sido indiferente a la evolución política.
32

Congelar esa reforma y sustituirla con un inmovilismo histórico


provocaría una creciente del abstencionismo como consecuencia de la
indiferencia, de la desilusión y de la decepción. Los partidos tenderán, quizá
irreflexivamente, hacia la conservación del status quo. Sin embargo podría
establecerse un proceso reformatorio por etapas.

En fin, es un disparate pensar que la reforma política mexicana está


consumada y concluida. Es otro disparate pensar y decir que la democracia ya
ha llegado a su quintaesencia y que hasta allí nos restamos.

La verdad es que apenas estamos comenzando. Vamos en la primera de


muchas etapas de evolución hacia lo que pudiera ser una razonable
democracia. Hasta hoy tan solo hemos logrado expropiarle algo de poder al
gobierno en beneficio de los partidos pero al precio carísimo de expropiar todo
a los ciudadanos en rédito de los propios partidos y de las autoridades
electorales.

* * *

La libertad es otro referente básico del poder. Quizá desde mis primeras
lecturas adolescentes sobre la obra de José Ortega y Gasset, a su vez
complementadas por las magistrales disertaciones de Jesús Reyes Heroles en
el curso recibido en la escuela de abogacía, he vivido con la preocupación
sobre la coexistencia de la democracia y la libertad.

Tanto el padre de raciovitalismo filosófico como el padre de la reforma


política mexicana nos advirtieron sobre los riesgos de la confusión entre la
idea de democracia y el concepto de libertad. Porque en el discurso político
vulgar se nos indica, a diario, que son casi sinónimos o, por lo menos, que uno
es consecuencia del otro y viceversa. Que democracia y libertad corren al
parejo y son inseparables.

Nada más equivocado. La democracia, como ya se dijo, es una fórmula


del depósito del ejercicio del poder. La libertad es una fórmula del límite del
poder. La democracia nos resuelve quienes son los ciudadanos que han de
ejercer el poder del Estado. La libertad nos indica hasta donde puede actuar
33

ese poder sobre los ciudadanos. No tienen ni deben tener confusión ni


extravío.

Una sociedad puede ser altamente democratizada y, sin embargo, ser


ferozmente agresiva y opresora contra los individuos. Eso se llama dictadura
de mayoría y suele ser el producto primario de los regímenes emergentes y
desordenados. Dictadura, por su calidad tiránica. De mayoría, por su perfil
democrático. Tiránica, pero democrática. O, a la inversa, democrática, pero
tiránica. Al final de cuentas, democracia sin libertad.

Por el contrario, también la figura inversa es viable en la realidad


política. Una sociedad puede estar regida por un monarca o cualquier otro
autócrata y, sin embargo, tener un profundo respeto por los derechos
fundamentales del individuo, in capite la libertad. El ejemplo mas
contundente que nos brinda la historia sobre la libertad sin democracia es la
monarquía constitucional. El poder depositado en la figura unipersonal de la
corona, pero limitada por el sistema constitucional de respeto a la libertad.

Desde el ángulo de su relación con el exterior la soberanía implica un


status de independencia y esto, a su vez, tiene implicaciones en cuanto a un
estado de libertad. Por lo menos en cuanto a lo que la independencia pueda ser
identificada con la libertad, en un mundo cada vez más interrelacionado por la
juridicidad global. Hasta aquí, con cierto esfuerzo de concesión, no hay mayor
dificultad para aceptar la conexidad entre soberanía y libertad.

Sin embargo, una complicación mayor aparece visto el problema desde


el ángulo de su relación hacia el interior, toda vez que la calidad de
supremacía que caracteriza al estado de soberanía implica, necesariamente, un
status de sometimiento del individuo ante el soberano. Esto es que los
individuos que, en su conjunto, integran el “pueblo soberano” quedan
sometidos a él mismo, ya para entonces convertido en la fórmula de “ley
suprema”.

Esto lleva, inevitablemente, a la aceptación de un concepto de libertad


originaria que se relaciona con el poder originario de la soberanía, pero
funcionando de manera inversa. Si bien en la teoría del laboratorio político el
poder originario es una entelequia y el pueblo es un concepto indeterminado,
asimismo la libertad originaria no es más que un concepto teórico negativo. Es
decir, existe idealmente el poder originario pero, en la realidad, sólo funciona
el poder derivado, que se verá líneas abajo.
34

En efecto, sólo en la teoría existe la falta de libertad originaria mientras


que en la realidad queda plasmada una libertad derivada que proviene del
espacio de libertad individual establecida por el orden constitucional que, a su
vez, proviene del proceso legislativo emanado el poder derivado pero
sustentado en el poder originario.

En términos más concretos, en lo interior a mayor soberanía menor


libertad y viceversa.

* * *

La relación entre soberanía y justicia tiene implicaciones más


relacionadas con una teoría pura del Derecho que con una teoría pura del
Poder. Sobre esto ha abundado el ya citado Hans Kelsen en su obra clásica y
tan solo lo referiría en lo que tiene que ver con la supremacía del orden
constitucional, factor esencial de la soberanía y la vigencia del orden jurídico
general, lo cual tiene implicaciones ineludibles con la justicia.

La relación entre democracia y justicia tiene, también, sus


complicaciones. Es evidente que puede existir y ha existido el estado de
Derecho sin el estado de democracia. Puede tratarse de una dictadura o de una
tiranía o, bien, hasta de una sana monarquía en donde se encuentre
entronizado el imperio de la ley pero donde la voluntad popular no haya
participado ni en su génesis ni en su aplicación.

Por el contrario, podríamos encontrar el escenario opuesto. Democracia


sin ley y sin justicia. El linchamiento. El enjuiciamiento popular. La pura
voluntad de las mayorías sin encauzamiento de normas ni respeto de
principios. El mitin, el plantón, la marcha, las pintas o los monigotes como
instrumento de demanda o de resolución.

Pero esto propone una clara consigna para nuestra voluntad. Porque el
logro de la fusión entre justicia y democracia se resuelve en muy amplias
potencialidades para el bienestar social. La reunión del estado de Derecho con
el estado de democracia equivale, en política, a lo que en física o en química
es el uranio enriquecido. Una aleación difícil, pero rica y poderosa.
35

Porque si bien, decíamos, democracia y justicia no se excluyen lo cierto


es que provienen y devienen en una esencia y una fenomenología disímbola.
La democracia sirve para lograr lo que queremos. La justicia sirve para lograr
lo que debemos. La democracia se finca en la voluntad. La justicia se finca
en el deber. La democracia es una fórmula del depósito del ejercicio del poder.
La justicia es una fórmula del uso del poder. La democracia triunfa cuando el
pueblo ha sido complacido. La justicia triunfa cuando el pueblo ha sido
respetado.

La relación entre libertad y justicia ha sido ambivalente en cada región


y en cada época. Esto ha sido particularmente claro en las sociedades como las
nuestras porque, como decía Luis Marín, los pueblos latinoamericanos, a
diferencia de los sajones, hemos enfrentado una gran dificultad histórica y
temperamental para hacer coincidir el orden con la libertad y, por ello, nos
hemos movido, a través del tiempo, en espacios de mucho orden y poca
libertad o en espacios de mucha libertad y poco orden.

De allí la importancia de que el mal entendimiento de la libertad nos


pueda llevar a la derrota de la justicia. De allí, también, la importancia del
desarrollo productivo para rescatar al hombre de las fauces de la miseria. Pero,
junto a ello, se requiere reconstituir nuestros sistemas de justicia porque,
salvo unos cuantos mexicanos que, por su jerarquía, por su influencia o por su
dinero, el resto vivimos en el riesgo de la injusticia.

Esto quiere decir no sólo que una gran parte de los mexicanos son muy
pobres, sino que casi todos somos, inaceptablemente, muy débiles frente a
muy pocos mexicanos que no sólo son muy ricos sino que, además, son
indebidamente muy poderosos.

Esto implica que, hoy en día, la justicia y el desarrollo también se


asocien, indisolublemente, con la democracia. Ya no sólo como un asunto del
tener sino como una cuestión del poder. Ya no sólo como un programa de
repartición sino como un proyecto de participación.
36

5. Hacia una teoría pura del poder.

Las diversas teorías y definiciones que se han elaborado sobre el


concepto del poder guardan diferencias entre sí, aunque no necesariamente
irreconciliables.

Para Jean-William Lapierre, el poder político “es una función social que
consiste en tomar decisiones soberanas para el conjunto de la sociedad global
y para asegurar su ejercicio por medio de la autoridad legítima y la supremacía
de la fuerza pública”.

De acuerdo con la llamada teoría elitista, el poder está concentrado en


pocas manos políticas, sociales o económicas. Sostienen esto, entre otros,
Gaetano Mosca, Robert Michels y Wrigth Mills.

Por su parte, la teoría pluralista considera que el poder está repartido


entre grupos de la sociedad y que las decisiones son un agregado de los
intereses de la propia sociedad. Su principal exponente es Robert Dahl.

Una corriente relativamente nueva, que se ha denominado


neocorporatista, propone que el poder está repartido en tres unidades
constitutivas que son el gobierno, los patrones y los sindicatos y que ellos
negocian y adoptan las grandes decisiones.

Friedrich Nietzche es considerado como la base de la mayoría de los


análisis del poder del siglo XX. El defiende la idea de la “voluntad de poder”
como la “dominación de otros seres humanos, así como el control sobre el
propio entorno del grupo o persona que ejerce el poder”.

No omitamos la llamada “teoría de juegos” que considera al poder como


el “conjunto de relaciones de posibles acciones con la finalidad de intentar y
conseguir los resultados deseados”.

Dentro de las doctrinas marxistas, Antonio Gramsci dice que “el poder
es algo ejercido de un modo directo y público para mantener a la burguesía y
al proletariado en su situación socio-económica”.
37

Michel Foucault ha desarrollado uno de los análisis más amplios. Entre


otras conclusiones plantea que “el poder no es represivo puesto que excita,
suscita y produce”. Dice, además, que el poder se ejerce más que se posee,
dado que no posee una forma definida. “El poder no es algo que se adquiera,
arranque o comparta, algo que se conserve o se deje escapar. El poder se
ejerce a partir de innumerables puntos y en el juego de la relaciones móviles y
no igualitarias”.

Es por eso que las definiciones tradicionales pueden resultar


insuficientes. Max Weber define al poder como “cada oportunidad o
posibilidad existente entre una relación social que permite a un individuo
cumplir su propia voluntad”.

Quizá lo esencial es que el poder es una capacidad para actuar sobre los
demás a efecto de producir resultados que coincidan con un deseo social.

Si el poder tan solo sirve para actuar sobre el sujeto activo podría ser
una conducta autónoma, una fuerte disciplina o, en el mejor de los casos, una
voluntad propia que no trasciende. Si un individuo posee la más recia
capacidad para ejercitarse cinco horas diarias en el gimnasio, desde luego que
tiene “capacidad”, pero esa será una capacidad que nada tiene que ver con el
poder. Es tan solo una aptitud personal para regirse a sí mismo. Valiosa y
admirable, pero algo distinto del poder político.

Es por eso que una adecuada concepción del poder tiene que referirse a
la capacidad para incidir sobre los otros y no solamente sobre el autor o
emisor del acto de poder.

Ahora bien, esa actuación o incidencia sobre los otros tiene que ser
correspondiente con una finalidad política. Si el autor del acto pretende algo
distinto, su actuar carece de sentido político y, por lo tanto, no puede
considerarse como un acto de poder, aunque produzca efectos geniales por
todas las generaciones venideras.

Ludwig van Beethoven cambió todo en la música. Todo fue distinto


antes y después de Beethoven. Después de él, nadie volvió a componer ni a
ejecutar y, ni siquiera, a escuchar la música como sucedía antes de él. Por lo
tanto, es innegable que actuó e incidió sobre los demás. Lo subrayo, sobre
todos los demás. Pero su incidencia no tuvo fines políticos. Beethoven no
38

produjo un solo efecto político y, por eso, pese a la enorme influencia de su


obra, ésta no puede ser considerada como un acto de poder.

Por último, esos resultados producidos tienen que ser coincidentes con
un propósito de la sociedad. Un solo hombre puede ser capaz de alterar el
destino político de una o de varias naciones. El que asesinó a Kennedy, el que
derrumbó las Torres Gemelas y muchos otros obnubilados o extraviados han
trastornado el devenir social. Pero el resultado de su acción no coincide con el
deseo de las sociedades. Fueron actos que no se consideran de poder sino de
brutalidad o de embrutecimiento.

Es por eso que, por el momento, me quedaría con una definición muy
modesta. El poder es el resultado de un acto de influencia sobre los demás, en
dirección de un propósito social y con la producción de los efectos previstos.

Para su explicación estamos obligados al rigor científico. El análisis de


toda ciencia encuentra mayor facilidad y obtiene mayor alcance en la medida
que se realice libre de la contaminación que tienden a instalarle otras ramas
del conocimiento.

Podrá discutirse que la aplicación del conocimiento científico en la


realidad cotidiana está, por fuerza, coligado con información y hasta con
reglas imperativas intercientíficas. Estoy de acuerdo con ello en cuanto se
refiere a la realidad.

Para esto podría usarse un ejemplo. Todos los días la ingeniería


mecánica, ayudada por el diseño físico y por la química orgánica, se esfuerza
por empujar automóviles a más de 200 kilómetros por hora. Sin embargo,
todos los días la ciencia jurídica se ha impuesto para que, al circular, no
rebasen el límite de 100.

Y, entonces, nos preguntamos ¿quién está bien y quién está mal? ¿Los
que buscan la velocidad o los que se empeñan en la seguridad? Podría decirse
que los dos están en lo correcto, en tanto y en cuanto cada uno de ellos respete
los principios de su respectiva ciencia. Para el mecánico, la velocidad ayuda.
Para el jurista, la velocidad mata. El avance de ambos se logra sólo a base de
tolerancia y cesión. El ingeniero, al aceptar que una porción de la virtuosa
capacidad de su creatura está prohibida. El legislador, aceptando que, aún
dentro de sus límites legales, hay quienes se mueren en el automóvil
circulando a baja velocidad.
39

Lo inconsciente sería que el abogado prohibiera los motores de alto


rendimiento, castigara a los inventores y proscribiera a los fabricantes. O, del
otro lado, que los ingenieros presionaran al legislador o indujeran al
incumplimiento de la norma de seguridad.

Pero a lo que me estoy refiriendo cuando hablo de una teoría pura es,
precisamente, a eso. A lo que, en cada laboratorio científico, tenemos que
buscar, que descubrir, que encontrar o que inventar, libre de toda referencia
extraña, para que el conocimiento sea comprensible y transmisible.

Porque si ya vimos, en el burdo ejemplo utilizado, la interacción que


existe entre el automóvil y la ley, también es clara la contaminación que se
produce si los mezclamos en un batidillo irremediable. En la calle, el vehículo
y la norma tienen que coexistir. Pero en el laboratorio y en el aula no
podríamos explicar el motor de combustión interna con el reglamento de
tránsito, ni podríamos explicar las penas para el infractor con el plano de
diseño automotriz.

Es por eso mi preocupación, desde hace mucho tiempo, por ver,


analizar, interpretar y explicar lo político bajo la óptica de la mayor pureza que
sea posible.

Como observador y estudioso de la política estoy convencido de las


bondades de un método científico lo más cercano a la pureza total. Como
practicante y profesional de la política, también estoy persuadido de que, en la
realidad cotidiana esta no puede aislarse, por regla general, del Derecho, la
Economía, la Sociología, la Historia, la Administración, las Finanzas, la Ética
y hasta la Psicología.

Quizá por eso, hemos presentado una mayor resistencia a su visión


aislada. También, por ello, los fenómenos de poder puro deben ser rescatados
como ejemplo de que el poder es una materia existente en la realidad, aún
desligada de todo lo que he mencionado mas arriba.

* * *

Recurro a dos ejemplos para ilustrar lo que estoy diciendo y


proponiendo.
40

El primero es lo que podríamos considerar como un ejercicio de teoría


del poder en la anexión de Texas y California. ¿Bajo qué principios científicos
podríamos explicarnos que, desde la mitad del siglo XIX, esas dos regiones
más Arizona, Nuevo México, Nevada y Colorado ya no pertenezcan a México
y sí a los Estados Unidos? ¿Por qué dejaron de ser nuestros y se convirtieron
en ajenos?

Tan solo por un fenómeno de poder y nada más. Fue a través de uno de
los siete instrumentos básicos del poder, mismos que referiremos páginas
adelante. En este caso, la fuerza. Los perdimos por la fuerza y los ganaron a
pura fuerza. Es decir, a puro poder puro.

Si ese capítulo de nuestra historia quisiéramos que lo explicara un


economista caeríamos en un fracaso. En ese traspaso territorial no
intervinieron los principios de la ciencia económica ni sus instrumentos. Salvo
una pequeña área conocida como La Mesilla, no hubo compraventa,
transmisión de acciones o partes sociales, fideicomiso, pago en especie,
operación a crédito o algo por el estilo. Tampoco se afectó el presupuesto, la
paridad, la balanza de pagos, la inflación o la tasa de crecimiento.

El economista no sabría explicarlo porque él es el especialista de la


riqueza no del poder y los Estados Unidos no se hicieron de nuestros
territorios por ser más ricos sino por ser más poderosos que nosotros.

Ahora bien, si sobre ese mismo episodio histórico le requiriéramos su


explicación al abogado, saldríamos con otro fracaso. Porque, así mismo, en
esa entrega inmobiliaria no participaron los fundamentos de la ciencia jurídica
ni sus instrumentales. Salvo una simulación contractual conocida como
Guadalupe-Ocampo, no hubo ley, reglamento, contrato, sentencia o algo por
el estilo que justificara la traslación del dominio. Tampoco se afectó convenio,
obligación o pacto en sentido contrario, ni se trabó embargo o adjudicación
alguna.

El abogado tampoco sabría revelarlo porque él es el especialista del


derecho no del poder y los Estados Unidos no se quedaron con nuestros
territorios porque tuvieran un mejor título legal sino por ser más poderosos
que nosotros.
41

No estoy desconociendo, desde luego, que la ley o el dinero pueden ser


una fuente de poder. Tan solo estoy diciendo que en este caso no lo fueron. La
única fuente fue la fuerza.

No faltaría quien dijera que estoy recurriendo a especialistas ajenos a la


materia y que vayamos con uno más cercano. Entonces interroguemos al
historiador y seguiremos igual que con los otros. Nos referirá, con facilidad, lo
que sucedía pero no, con la misma sencillez, la causa de lo que sucedió.

Nos hablará de los colonos, de Moses y Steve Austin, de la inestabilidad


mexicana, de la indolencia de Santa Anna, de la República Fredoria y de la
funesta participación de Samuel Houston. Pero toda esa historia no es más que
la explicación pedagógica del asunto. Con todo ello, por muy importante que
fue, tan solo editaríamos el volumen de “la guerra del 47 para principiantes”.

Pero, en el fondo de todo esto, está una cuestión exclusivamente de


poder. No fueron los deseos federalistas de los colonos estadounidenses ni fue
la obsesión centralista de los reaccionarios mexicanos lo que la provocó. La
invasión de México la decidió el Presidente James Polk no el granjero Sam
Houston. Para aquel, Texas era un pretexto invaluable que acarreaba una carga
inevitable. Lo que le importaba era California. Su oro, sus valles y su costa en
el Pacífico. El desierto de en medio, Texas-Nuevo México-Arizona, era tan
solo la “guarnición del plato fuerte”.

Este ejercicio de ejemplo trata de mostrar, que no de demostrar, un


fenómeno de poder puro, desligado de cualquier otro referente que, lejos de
ayudar a su comprensión, lo contamina y lo perturba.

* * *

Paso, ahora, a un segundo ejemplo.

La Suprema Corte de los Estados Unidos de América, con un itinerario


muy similar a la mexicana, no nació con la majestuosa función que hoy tiene
encomendada. Los fundadores de la nación norteamericana lograron,
exitosamente, constituir la primera república de la era moderna.
42

Pero una de las muy pocas omisiones que contuvo originalmente la


carta de Filadelfia fue la referente al control constitucional. Benjamín
Franklin dijo, en su discurso de clausura de la asamblea constitucional, que no
habían logrado hacer una constitución perfecta, pero que lo que habían
logrado no se alejaba mucho de serlo.

Trataré de explicarme. La Constitución Federal dividió la competencia


de los estados y de la Federación y creó, para cada fuero, un gobierno con tres
poderes: ejecutivo, legislativo y judicial.

El Poder Judicial de la Federación se depositó en una Suprema Corte de


Justicia cuya encomienda original era, exclusivamente, la de resolver los
litigios del orden federal. Por lo tanto, los poderes judiciales de los estados
resolverían los litigios del orden común. Pero a ningún tribunal se le dio la
encomienda de vigilar el respeto a la Constitución.

En el año de 1803 habría de ser sometido a la consideración de la


Suprema Corte un importantísimo caso que vendría a revolucionar la
concepción y el alcance del Poder Judicial Federal y con el cual se habría de
resolver la lucha por abrirse paso hacia el poder y la dignidad. Ese fue el
célebre caso Marbury vs. Madison.

No viene al caso detallar lo que litigaban el juez William Marbury


contra el secretario de Estado, James Madison. Lo trascendente fue que la
Suprema Corte resolvió que correspondía a ella anular cualquier acto contrario
a la Constitución, proviniera éste de cualquier autoridad: ejecutiva, legislativa
o judicial y sin importar si era de naturaleza federal, estatal o municipal.

Esto implicó un acto de poder puro. La ley suprema no le confería esa


facultad a la corte suprema. Pues, aún sin ello, resolvió autoconferírsela.
Todos, desde luego, lo hemos aplaudido. La omisión de prever un órgano
vigilante y custodio del respeto constitucional era un despropósito que
instalaba un instante virtual de vacío de poder que había de ser colmado, como
siempre sucede.

Es decir, la Suprema Corte se convirtió en defensora del ciudadano


contra toda autoridad, cualquiera que ésta fuera, si su actuación contraviniera
a la Constitución. La Suprema Corte era presidida, en ese entonces, por un
ministro honorable, valiente y visionario: John Marshall. Muchos de sus
sucesores, aunque no todos, habrían de poseer las mismas cualidades.
43

En México, el itinerario fue muy similar y, en ocasiones, con un mayor


alcance. También nuestra Suprema Corte nació limitada pero habría de
evolucionar no sólo con casos notables como el de Manuel Vega que es el
equivalente mexicano al caso Marbury vs. Madison sino, también, con un
sistema integral de protección constitucional al que los mexicanos le hemos
dado el majestuoso nombre de Amparo.

* * *

Los dos ejemplos a los que he recurrido nos dejan en claro que se trató
de fenómenos puros de poder. En el primero, un país se hace de la mitad del
territorio de su vecino porque tenía el poder para ello. Su fuente de poder, la
fuerza. En el segundo caso, una oficina del gobierno se hace de una facultad
que nadie le había conferido. Su fuente de poder, la jerarquía.

Estas dos fuentes, la fuerza y la jerarquía, junto con la información, el


talento, el engaño, el dinero y el temor, son las siete fuentes primordiales del
poder, pero no son el poder. A ellas habremos de referirnos más adelante.

Pero lo importante de esto es que el científico idóneo para analizarlos,


diagnosticarlos, entenderlos y explicarlos es el político y ningún otro. Ello,
porque su naturaleza es eminentemente política y sólo circunstancial o
accidentalmente tienen algún ingrediente distinto.

De allí la importancia de una teoría pura del poder.

6. Los principios del poder.

El poder se ajusta a diversos principios que, en un propósito de


sistematización, podríamos agrupar en siete primordiales aunque, de ninguna
manera, debiera considerarse como una relación limitativa sino, tan solo,
enunciativa.

Ellos son
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1. Principio de perpetuidad.

2. Principio de plenitud.

3. Principio de ubicuidad.

4. Principio de cronohermeticidad.

5. Principio de infinitividad.

6. Principio de magnitividad.

7. Principio de jerarquividad.

Estos principios en mucho son recurrentes entre sí y varios de ellos, por


no decir que todos, se explican y se justifican por los demás.

* * *

El primero de estos es el principio de perpetuidad. Por virtud de él,


aunque no tanto como axioma sino tan solo como teorema, puede decirse que
el poder no se genera ni se extingue, solamente se transfiere. Sucede con él
algo parecido a lo que acontece con la energía la cual, se nos ha dicho,
tampoco se crea ni se destruye sino, tan solo, se transforma

El poder podrá cambiar de sujeto activo o pasivo, de ubicación, de


temporalidad, de propósito y hasta de circunstancia pero todo eso será tan solo
una transferencia y no una generación ni una extinción del poder político.

Este principio de perpetuidad es lo que permite explicarnos, a título de


mero ejemplo, las consecuencias, tanto teóricas como prácticas, de la
45

abstención electoral. Para ello, comenzaría con una breve similitud, a efecto
de poner en claro que la abstención nunca es neutral sino que tiene signo y que
siempre cuenta a favor de alguno de los bandos en contienda.

Para comenzar, pensemos en una iniciativa legislativa en el Senado de


la República. Para ser aprobada, esta requeriría, como mínimo, del voto de 65
senadores o el correspondiente al tamaño del quórum de esa sesión. Pues bien,
cada abstención estaría alejando a la iniciativa de la posibilidad de reunir el
número mágico de 65 votos aprobatorios. Y si se abstuvieran 64 senadores la
iniciativa estaría automáticamente rechazada, aunque no se hubiera emitido un
solo voto en contra. En este caso, las abstenciones han funcionado como votos
en contra y no como neutrales.

A partir de esto pensemos en un proceso electoral y pongámonos otro


supuesto, tan solo como ejercicio.

En este, si el 90% de los electores decidieran abstenerse de sufragar, su


poder electoral no se perdería sino que se transferiría íntegramente hacia el
10% de los ciudadanos que decidieron votar. Por el solo hecho de su
abstención le habrían transferido a una pequeña minoría todo el poder
electoral de la ciudadanía. Ellos decidirían al ganador. La elección sería
legalmente válida. Y los abstencionistas habrían desertado de su privilegio
electoral para regalárselo a aquellos que decidieron ejercerlo.

Así, hasta el infinito hipotético, donde uno solo de los ciudadanos


decidiera concurrir a las urnas, en ausencia de 100 millones de sus co-
electores. Ese único rebelde o despistado habría acaparado, en sus manos
únicas, todo el poder electoral de su nación, con mayor eficacia y con mayor
legalidad que cualquier tirano. El poder político de todo un pueblo no se
habría perdido por la abstención. Tan solo habría cambiado de dueño.

Es así como funciona, en los hechos, ese fenómeno a la luz del principio
de craticidad perpetua.

Es evidente, por ello, que a los estudiosos de una teoría pura del poder,
la abstención nos resulte inexplicable hasta el absurdo. Nos cuesta trabajo
explicarnos todo aquel fenómeno político que pretenda una disminución y no
un incremento de poder. Una cesión y no una adquisición de poder.
46

No es este el único sino que hay muchísimos principios, axiomas y


teoremas que son comunes a la Física y a la Política. Así, el poder es
susceptible de adquirir nuevo lugar, nuevo aspecto, nuevo status o nuevo
depositario, pero permanece a perpetuidad.

* * *

El segundo de ellos es el que podríamos llamar principio de plenitud.


Por virtud de él se puede explicar que nunca existe el vacío de poder. Podrá no
ser el individuo autorizado para ello o el identificado como dueño del poder.
Sea de manera formal o informal, sea pública o clandestinamente, pero
siempre alguien manda.

El mando que no ejerce quien lo ostenta formalmente lo usan otros, bien


sea desde el escenario o desde el anonimato. La sociedad no deriva de manera
espontánea sino que siempre es conducida, a veces con riendas invisibles pero
existentes.

Pero, por eso mismo, es indispensable identificar los niveles de mando


no sólo en los otros sino en uno mismo cuando tiene que ejercer el poder y es
necesario saber el alcance del poder que se tiene y de sus modalidades para
usarlo. Evoco un suceso real.

Hace muchos años, quizá en diciembre de 1943 o sería enero de 1944,


el general Dwigth Eisenhower, entonces Comandante en Jefe del Ejército
Aliado, se encontraba en la Casa Blanca, acordando con el Presidente de los
Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt. Allí, le informaba de la situación de la
guerra, le surtía de resultados y le anticipaba los planes del futuro.

Al concluir, el militar se puso de pié y preguntó a su comandante


supremo si necesitaba algo más o si le permitiría retirarse. El presidente le
contestó que sólo se le ofrecía una cosa: “Gane la guerra”. Eisenhower golpeó
sus talones, en señal de atención, se llevó la mano a la sien derecha con los
dedos extendidos, en señal de respeto, dio media vuelta y se retiró, en señal de
presuroso cumplimiento de la orden recibida.

Eisenhower no volvió a preguntar nada sobre dicha orden. Tan solo la


compartió con su jefe inmediato y fraterno amigo, el legendario militar e
47

inteligente político, George Marshall. Seis meses más tarde Eisenhower


invadió Europa y diez meses, después de esto, ya había destruido, totalmente,
a las potencias enemigas de los Estados Unidos de América.

Nunca antes ni después se sentaron a platicar sobre los detalles de la


más importante guerra que ha conocido la humanidad. Nada que no fuera del
nivel de mando de estos dos protagonistas. Los dos estaban más que
preparados para asumir su papel y para no enredarse en ningún otro.
Eisenhower, desde sus años de estudio en West Point, se había capacitado para
dirigir ejércitos y para ganar guerras. Roosevelt, por su parte, ya para entonces
llevaba diez años ejerciendo la presidencia de su país. Ambos eran, como
suele decirse, “viejos lobos de mar”.

Pero, ¿por qué digo que ambos sabían lo que ellos eran y lo que se
esperaba de ellos?

Franklin Roosevelt asumió la presidencia de los Estados Unidos en


medio de una de las mayores crisis de economía, de política, de entusiasmo y
de esperanza que haya conocido esa nación. Pero todavía faltaban retos
adicionales. A los diez días de iniciado su mandato, Adolfo Hitler asumió el
mando político y gubernamental de Alemania. El americano no tuvo la menor
duda: habría guerra en Europa. Lo que en ese momento aún no adivinaban los
gobernantes ingleses y rusos, ya era un hecho ineludible e inevitable para la
mente de Roosevelt.

Desde ese instante el presidente se aplicó a resolverse dos interrogantes


básicas para el destino de su país y que sólo a él y a nadie más le correspondía
contestarlas.

La primera de esas dos preguntas básicas era si los Estados Unidos


deberían intervenir en esa guerra o tan solo verla como una guerra ajena. La
segunda interrogante sería consecuencia de la primera respuesta. Si decidieran
comprometerse bélicamente, ¿cuándo sería el momento oportuno para
inmiscuirse en la conflagración?

Para la primera tuvo una respuesta indubitable. Desde luego que sí les
convendría participar en esa guerra de la que, gracias a ella, saldrían como los
dueños del mundo. El destino de gloria tocaba a las puertas de los Estados
Unidos y su presidente no sería el atarantado, miedoso o humanista que le
negara el paso o le rechazara sus ofrendas.
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Si la primera era una respuesta de genialidad política, la segunda era


una respuesta de inteligencia política. ¿Cuándo entrar a la guerra? No tan
pronto. En ocho o diez años. Tan lento como para que los europeos sumen 40
millones de muertos. Tan lento como para que, en ese entonces, ya no tengan
comida ni armas ni medicinas ni jóvenes ni esperanzas. Tan lento como para
que, en su desesperación, los amigos le rogaran su ayuda y los enemigos le
ofrecieran la paz. Desde luego que el auxilio a unos y la clemencia a otros
tendrían un precio exorbitante.

Sólo para entonces desembarcaría en Europa el primer norteamericano.


A este nunca le faltó el arma, el parque, el combustible, la medicina, el
alimento y, ni siquiera, el cigarro o las golosinas. Además, su país podría
sostener su participación en la guerra por 20 años más sin sacrificar, en casa,
una sola de sus hamburguesas, de sus cervezas o de sus comodidades. Más
aún, gozando de empleo pleno, de más amplias libertades y de muy benéficas
transformaciones sociales.

Yo no sé si Roosevelt hubiera sabido dirigir un ejército en plena batalla


así como si Eisenhower hubiera sabido gobernar una nación en plena crisis.
Me inclino a creer que no. Para comenzar, Eisenhower como buen militar, veía
a la guerra con mayor respeto que como la vemos los políticos. Para él hubiera
sido muy difícil hacerse invitar como a su presidente le resultó muy fácil. Pero
ya en el campo de batalla, Eisenhower supo tomar las decisiones militares que
no hubiera tomado ningún gran político y que ni siquiera se atrevieron a tomar
los cincuenta más altos militares que lo secundaban.

No sólo son dos tipos de valentías sino, sobre todo, son dos conciencias
de identidad que le permitieron, a cada uno, saber para lo que habían nacido
solamente ellos y lo que no podrían transferir o delegar, por amargo o
doloroso que fuera.

* * *

El tercero sería el principio de ubicuidad. Este postula que, en política,


no existe la tierra de nadie. Siempre alguien ocupa la que está vacante y con
ello se adueña de ella. Por eso, la tierra de nadie es una fantasía creada por los
ingenuos. La tierra que no es ocupada por el orden establecido la ocupan
otros pero no queda vacante.
49

Ya Michel Foucault decía que “el poder se encuentra en todos los sitios
porque no proviene de ningún sitio”.

El ejemplo de la Suprema Corte norteamericana en cuanto a la potestad


de custodia constitucional es una muestra inequívoca de este principio. En ese
caso, frente a un vacío de potestad hubo quien ocupara el espacio disponible.
Con su resolución en el caso Marbury versus Madison, el ministro presidente
John Marshall no desplazó a nadie. Tan solo se dispuso a la ocupación de la
vacancia.

Visto este suceso a la luz de la juridicidad pura, estaríamos en presencia


de algo parecido a un fenómeno de usurpación mediante el cual una autoridad,
o cualquier persona, se hace de una facultad pública y, por añadidura, de
suprema importancia sin contar con el dispositivo competencial que se la
otorgue.

Desde la óptica del jurista esto sería un atropello, aunque tan solo inicial
porque convertido en precedente jurisdiccional supremo adquiere toda la
inmaculación jurídica. De allí surge el aforismo de que “la Constitución no
dice lo que dice sino que la Constitución dice lo que la Suprema Corte dice
que dice”.

Frente a este principio de ubicuidad se coloca lo que, sarcásticamente,


se le denominado como síndrome de Atlántida. Esto es lo que significa la idea
poco realista de que los asuntos del poder suceden en otro lugar, en otro
tiempo o en otra dimensión. Como en la leyenda, una zona incógnita donde no
se distingue, cabalmente, la realidad de la fantasía.

* * *

El cuarto sería el principio de cronohermeticidad. Este significa que,


en política, no existe el tiempo perdido. El tiempo nunca es neutral. Siempre
corre a favor o en contra. El que unos pierden, lo ganan otros. Pero no se
reduce a una inservibilidad absoluta. Esa imposibilidad de fuga deviene de una
hermeticidad total.

El tiempo que unos pierden otros lo aprovechan pero no queda en el


dispendio absoluto.
50

El reloj político, como todo reloj, avanza sin retroceso. El tiempo


nunca se detiene ni se altera. No requiere impulso y no obedece freno.
Prescinde de combustible y genera su propia energía. Funciona siempre y de la
manera prevista. No puede descomponerse ni perecer. Es independiente y
autónomo a plenitud. El tiempo es, por excelencia, el sistema perfecto.

El manejo del tiempo es uno de los más importantes y complicados de


la vida de poder. Es también, el más engañoso. Tomo un ejemplo. John
Kennedy contendió en la elección del 60 no tanto para ganar la presidencia
sino para obtener renombre rumbo a la elección del 64, a la que consideraba
su tiempo y el de consolidar su proyecto nacional y hasta su dinastía familiar.
El propio Arthur Schlesinger le dijo que ganar la postulación no sería
problema, puesto que no habría un solo demócrata que quisiera competir y
perder contra el vicepresidente Richard Nixon, a quien se consideraba
imbatible. Lyndon Johnson pudo haber sido candidato, pero no se consideraba
rival para Nixon.

Sin embargo, algo todavía inexplicable se salió de lógica y Kennedy


ganó la Presidencia a destiempo. Tuvo que gobernar de improviso, sin equipo
propio, sin comodidad y sin acomodo. Fue, estrictamente, prematuro. Le
faltó tiempo o le sobró éxito.

Otro caso, fue cuando a Napoleón Bonaparte, en Waterloo, le faltaron


tan sólo dos horas de las casi 24 que duró la batalla para revertir el resultado y,
con ello, el destino de cien o doscientos años europeos. También a él, le faltó
tiempo. O, simplemente, le falló. Un viejo refrán libanés desea, en materia de
tiempo y de otros valores menesteres, “que nunca te falte y que nunca te
sobre”.

* * *

El quinto es el principio de indefinitividad y se refiere a que, en


política, no existe ningún asunto concluido en definitiva. Así como en la
guerra no existe un espacio ganado para siempre sino que todos los días tiene
que ganarse para seguirse ocupando, en materia de Estado los asuntos
requieren una inversión permanente de esfuerzo. Puede ser que algunas
cuestiones se remitan o se cancelen, pero no se concluyen. Tomemos un caso
real.
51

Los arquitectos del sistema mexicano, encabezados inicialmente por


Plutarco Elías Calles, diseñaron y construyeron un sólido sistema que
resistiera los embates del tiempo, de las pugnas de intereses y de las
tentaciones de acopio.

El esquema callista se resume en la premisa de apoyar la vida nacional


en cinco basamentos de un pentágono sobre el cual se asentaría una
edificación segura y sólida como una pirámide. Estos laterales serían la
seguridad política, la seguridad económica, la seguridad jurídica, la seguridad
nacional y la transformación social. Cada una de ellas estaría encomendada a
instituciones creadas, reorientadas o reestructuradas para ello.

La seguridad económica se encargó al binomio formado por la


Secretaría de Hacienda y el Banco de México. Calles fundó el Banco siendo
todavía Presidente y asumió la titularidad de Hacienda después de serlo, para
consolidarla frente a los embates del poder.

Los funcionarios que lo sucedieron fueron muy poderosos en su tiempo.


Los secretarios de Hacienda duraban en su encargo dos sexenios y los
directores del Banco de México duraban dos décadas, sin que ningún estatuto
así lo indicara. Los presidentes fueron siempre muy comedidos de las
opiniones y recomendaciones de estas instituciones.

Así, la economía se convirtió en algo muy sólido. El proyecto se trazaba


a largo plazo. Durante periodos de más de una década el país creció al 8%
anual sin inflación. En todo el mundo nos veían con curiosidad y asombro.
Lo llamaban “El Milagro Mexicano”.

Sin embargo, nada es para siempre. Un día alguien dijo “las finanzas
públicas se manejan desde Los Pinos”. No fue una frase de “dientes para
afuera”. Con ello, la Secretaría de Hacienda y el Banco de México se
fragilizaron, se minaron y la seguridad económica lo pagó. Hacienda y el
Banco entraron al foco de los debates políticos, de la confrontación con la
opinión pública, del ataque electoral y al borde del escándalo.

La seguridad política se encargó, desde luego, a la Presidencia de la


República auxiliada de dos brazos fundamentales: la Secretaría de
Gobernación, fortalecida para ser el operador político fundamental y el PRI,
creado por Calles para contener el debate interno, así como la cohesión
ideológica y grupal del gobierno de la Revolución.
52

Gobernación funcionó como operador político de excelencia. En


Bucareli se concentraba, prácticamente, toda la política nacional. Durante tres
décadas, cuatro de sus titulares, casi seguidos, lograron la sucesión
presidencial, prácticamente sin esfuerzo. Fue tal su capacidad de operación
que tan solo con hacer su trabajo, heredaron el de su jefe.

Pero un día se decidió que no toda la política se hiciera allí y Bucareli


se trasladó a otros lugares. En ocasiones, a la oficina adjunta del Presidente.
En otras, a su secretaría particular. Hubo ocasiones en que la operación
política del país se realizó, durante años, en el escritorio de la Regencia. Y la
Secretaría de Gobernación se fragilizó, se minó y la seguridad política lo pagó.

La seguridad jurídica se encargó a la dependencia del Ejecutivo con


más alto rango constitucional y con mayor majestad de formato: la
Procuraduría General de la República.

Creada en su diseño actual por el Constituyente de 1917, producto


indiscutible de la Revolución Mexicana y fortalecida en su orientación al
asumirla Emilio Portes Gil, inmediatamente después de dejar la Presidencia de
la República fue, durante décadas, la responsable de la elaboración de
proyectos fundamentales de ley, del diseño y la operación de la política
nacional de justicia, de la abogacía de la nación, del consejo jurídico al
gobierno y de la contención frente a excesos del poder.

Pero un día alguien dijo que también se encargara del narcotráfico


aunque, hasta la fecha, no lo ha dicho la ley. La institución se desvió, se
desvirtuó, se volvió policial, se apartó de proyectar leyes, se excluyó de la
política de justicia y, muchas veces, por desgracia, se olvidó de las leyes. Con
ello, la Procuraduría se fragilizó, se minó y la seguridad jurídica lo pagó.

La seguridad nacional se encargó, fundamentalmente, a las fuerzas


armadas, instaladas en la Secretaría de la Defensa Nacional y en la Secretaría
de Marina.

Durante el callismo el ejército mexicano fue reestructurado y


reorganizado por Joaquín Amaro para convertirlo en la ejemplar institución
que hoy nos enorgullece por su origen popular, por su profesionalismo, por su
valentía y por su lealtad a México. Ha sido una de las instituciones que mejor
ha resistido los embates que han lastimado a las otras que hemos mencionado.
53

Pero son preocupantes las encomiendas policiales que le han sido


atribuidas en el presente. Si las fuerzas armadas se fragilizan y se minan, la
seguridad nacional lo va a pagar.

Sin embargo, el proyecto mexicano de nación no solamente le apostó a


la seguridad sino, también, al cambio sustantivo. La Revolución Mexicana no
sólo cambió a los dueños del poder. Para eso no se requiere una revolución.
Basta una elección, una rebelión, un golpe de Estado, una dimisión o, en el
más bajo y repugnante de los escenarios, un magnicidio.

Pero esta revolución cambió a los hombres, sus estilos, sus perfiles, la
economía, la política, la visión del Estado, la visión de la vida, la cultura, las
artes, la literatura, la pintura, la música, el folklore, el periodismo, el
esparcimiento, la sociedad y, por encima de todo, para que todo fuera posible,
cambió la educación y fue la Universidad Nacional el quinto elemento
fundamental del proyecto mexicano de nación para el siglo XX y los
subseceuntes.

Previo al estallido revolucionario, México era prácticamente un país


feudal cuya composición social era biclasista. Por una parte, una pequeña
clase gobernante y detentadora de la riqueza nacional, básicamente
terrateniente y, por la otra, una gran masa campesina muy empobrecida y muy
reducida a la servidumbre.

Es cierto que había algún segmento poblacional, compuesto por


pequeños propietarios, pequeños comerciantes y burócratas medianos que no
eran ni ricos ni pobres, pero que tampoco formaban una clase social porque no
eran distintos a unos o a otros. No eran, pues, una clase media. Recuérdese
que la clase media no es una clase promedio, sino una clase diferente. No es
un segmento tibio, sino un segmento distinto.

La formación de esa clase media, a base de la educación para el trabajo


y con cultura universal, fue concebida como una responsabilidad atribuida al
sistema educativo nacional y a la Universidad Nacional de México, hoy
Autónoma.

En la UNAM se formaron las generaciones de profesionales mexicanos


que se harían cargo del destino nacional durante todo el siglo XX, a efecto de
que los mandos superiores de la nación no estuvieran en las manos exclusivas
del capital ni del proletariado ni de la milicia ni del clero, sino de las clases
54

medias civiles, formadas dentro del país y a cargo del país. Esa fue la
garantía de llegar a nuestro destino.

Pero hoy, muchas voces, incluyendo algunas gubernamentales, han


llegado a considerar, equivocadamente, que la UNAM y toda la universidad
pública son un error. Que las valiosas son las escuelas privadas. Que aquellas
son un gasto inútil y una cueva de vagos. Que hay que iniciar su
desmantelamiento comenzando por el presupuestario. Creo que si los
mexicanos no salvan a su universidad, la transformación social se fragilizará,
se minará y el país lo pagará.

Quizá nunca nos pondríamos de acuerdo para resolver si estos procesos


de desgaste de nuestras instituciones fundamentales han sido un fenómeno
espontáneo o un proyecto de alto diseño. Si ha sido producto de la mera
inconsciencia o el resultado de un actuar perfectamente deliberado. Si su
origen es del interior o del exterior. Si es reversible o progresivo.

Lo importante es tratar de que el siglo mexicano actual tenga muchas de


las luces que nos acompañaron en el anterior y ninguna de las penumbras de
nuestro siglo XIX, donde todo fue inseguro. Donde todo estuvo en riesgo,
como la sobrevivencia nacional o en franca pérdida, como el territorio. Donde
lo iniciamos dominados por una potencia y lo concluimos subyugados por un
tirano. Donde tuvimos muy pocos episodios luminosos, como la Reforma,
hoy todavía rescatable.

Es así como queda en claro que no existe un espacio ganado para


siempre.

* * *

El sexto sería el principio de magnitividad y se refiere al hecho de que,


en materia de poder, no existe asunto ni persona de importancia menor.

La trascendencia de cualquier hecho o de cualquier sujeto no es


inmutable sino que son los tiempos y las circunstancias, muchas veces
imprevisibles, las que determinan el acontecer y el crecimiento de la
importancia de algo o de alguien por encima de las apariencias de los tiempos
pretéritos.
55

Quizá uno de los atributos mas apreciables del buen profesional del
poder sea la aptitud para distinguir, en todo momento, hasta dónde puede
llegar la acción de sus subalternos y desde dónde comienza la suya exclusiva y
excluyente.

Sobre este particular hay infinidad de anécdotas en todo el orbe. La


memoria me trae, en especial, alguna de las que reflejan, con la más sencilla
fidelidad, aquello a lo que nos estamos refiriendo.

Corrían los primeros meses del sexenio presidido por Adolfo López
Mateos. Llevaban tiempo haciendo crisis algunos problemas sociales en forma
de huelga. Una de ellas, la ferrocarrilera, había tomado visos de gravedad. En
aquel entonces la vía férrea era el principal instrumento de transporte y el
desabasto ya amenazaba a la capital.

Cierta tarde, como en ocasiones anteriores, el Presidente de la


República se reunió con sus colaboradores relacionados con el asunto para
revisar los avances. Asistieron los secretarios de Gobernación, de Hacienda,
de Comunicaciones y del Trabajo. Todos dieron cuenta de que las soluciones
no estaban a su alcance. Había talento de sobra en aquella mesa. Pero la
probada inteligencia de Gustavo Díaz Ordaz, de Antonio Ortiz Mena, de
Walter Buchanan y de Salomón González Blanco resultaba insuficiente para
un asunto que rebasaba su nivel ministerial y que se alojaba en las exclusivas
manos presidenciales.

López Mateos comprendió que había que ingresar al doloroso terreno en


el que, para funcionar, la política tiene que apartarse un poco de la ley o de los
valores. Pero también sabía que ello no se lo podían proponer sus
subordinados. Cuando hay verdadero oficio político, ese tipo de propuestas
tienen que germinar en el presidente y, cuando mas, sólo se le puede acercar si
se acatan tres imperativos.

El primero, que no se utilicen palabras precisas y concretas sino


aquellas meras insinuaciones que permitan al jefe tener el mayor espacio de
maniobra. El segundo, que se haga en la más absoluta privacidad, discreción y
secrecía. El tercero, que se incline la cabeza y se baje la mirada para subrayar
el respeto, para desterrar la insolencia y para no espiar hacia el interior de las
reacciones del jefe del Estado mexicano. Vamos, que quede en ambos la
certificación de que no son un par de cínicos y que lo que van a hacer, por
obligación, lo sufren y no lo gozan.
56

Por eso el Presidente comprendió que sus eficientes ministros ya habían


llegado al límite de sus posibilidades. Se habían agotado las vías del diálogo,
del pago y del arreglo. Les dio las mas sinceras gracias por su esfuerzo
infructuoso pero muy inteligente y muy leal, les deseo un buen descanso
nocturno y les explicó su posición. Les dijo que sólo habría dos soluciones.
“Que los matemos o que los metamos. Y como no tengo la menor intención de
que los matemos sólo queda que los metamos”. Ambas eran y siguen siendo
del exclusivo nivel presidencial.

Dicho esto se levantó para despedirlos y, alzando la mano derecha, se


dirigió a su secretario particular, chasqueó tres veces los dedos para confirmar
su premura y decisión y, con su voz amable pero sonora y firme, dijo: “Que
venga el Procurador General de la República”.

El resto es historia ya bien conocida. El vallejazo, la conjuración de la


huelga ferrocarrilera y la solución de un problema a través de resoluciones y
de instrucciones que sólo podía emitir el Señor-Presidente-de-la-República, y
nadie más.

* * *

El séptimo y último es el principio de jerarquividad. Este se enuncia


bajo el postulado de que, en materia de poder, no hay enemigo pequeño.
Foucault planteaba que el poder “pasa por los dominados tanto como por los
dominantes y pasa por todas la fuerzas en relación”.

Muchos de los que han desconocido esta previsión, instalándose en la


excesiva confianza, que muchas veces es producto de nuestra propia soberbia
y de la sobrevaloración de nuestras fuerzas y posibilidades, los ha llevado
hasta la perdición.

La historia es rica en ejemplos de lo anterior pero uno de los más


ilustrativos es la prepotencia vanidosa de Maximiliano Robespierre que no
pudo dimensionar que, con su pequeñez, José Fouche lo habría de empujar
hasta la guillotina.
57

7. Las fórmulas del poder.

El esfuerzo para expresar en fórmulas concretas los enunciados


científicos, siempre vale. No se trata, desde luego, de sustituir todo aquello
que la expresión conceptual nos brinda para la explicación plena de los
fundamentos, las reglas y los accidentes de cada región científica. Pero es
indiscutible que todo aquello que sea susceptible de reducción al formulario
servirá para la comprensión, la discusión y hasta la trasmisión del
conocimiento científico.

Para intentar la expresión de las fórmulas básicas del poder, antes que
nada puede servir su comparación con otras ciencias, a efecto de aclarar la
estructura con la que se integra cada tipo especial de fórmula.

En las ciencias o disciplinas imperativas la fórmula básica sólo puede


ser la expresión categórica de un deber ser. Entre esas ciencias o disciplinas
están el Derecho, la Ética y todas las ciencias normativas. Tómese la ciencia
jurídica, donde Hans Kelsen ha establecido lo que él ha denominado como las
normas jurídicas primaria y secundaria.

Para Kelsen, la norma jurídica primaria parte de un supuesto que va


seguido de una consecuencia obligatoria. Su expresión es

Si es “A”, debe ser “B”.

En el mundo de la juridicidad pueden tomarse como ejemplos, los


siguientes. “Si alguien está obligado, debe cumplir”. “Si alguien tiene un hijo,
debe mantenerlo”. “Si alguien mata, debe ser castigado”. Hasta allí no existe
ningún problema en la estructuración teórico-lógica de la norma jurídica
fundamental.
Acaso el problema comienza cuando la juridicidad sale del laboratorio
de lo ideal para introducirse en el lodazal de lo real. Cuando el obligado no
cumple o cuando el padre no mantiene. La explicación kelseniana a este
despropósito se encuentra en la norma jurídica secundaria la cual parte de un
supuesto negativo seguido de una consecuencia alternativa. Su expresión es
58

Si no es “B”, debe ser “C”.

En esta norma jurídica accidental o alternativa la juridicidad pasa de lo


sustantivo a lo adjetivo. Es decir, de la obligación incumplida al
procedimiento para hacerla cumplir. Siguiendo con los ejemplos, “si el que
debe no paga, debe embargársele”. “Si el padre no mantiene a su hijo, debe
perder su potestad paterna”. Es casi siempre una consecuencia adjetiva o
procedimental porque, en el mundo de la civilización jurídica, nadie puede
hacer su propia justicia sino que un juez será quien trabe el embargo de los
bienes o quien cancele la patria potestad del insoluto.

Estas fórmulas imperativas no son exclusivas de algunas ciencias


sociales, ya que vimos las del Derecho, sino que también son básicas en
algunas ciencias exactas. “Si se combinan dos átomos de hidrógeno con uno
de oxígeno, debe producirse una molécula de agua”. “Si se tiene un litro de
agua pura, debe pesar mil gramos”.

La diferencia entre una y otras ciencias no está en la fórmula primordial


sino en la alternativa que, en las ciencias exactas, se convierte en fórmula
negativa. “Si no se produjo agua con la mezcla descrita es que alguno de los
átomos no es hidrógeno u oxígeno”. “Si ese litro no pesa un kilo exacto, es
que no es agua o no es pura”.

Ahora bien, en un segundo nicho de ciencias tenemos las fórmulas


construidas bajo la lógica de una hipótesis. Entre estas, llamadas ciencias
hipotéticas, están la Medicina, la Economía y todas las ciencias organicistas o
fisiologistas. La Medicina es un buen ejemplo de estas fórmulas. Su
expresión es

Si es “A”, puede ser “B”.

En esta estructura formularia el supuesto cierto y conocido no lleva, de


manera inevitable, a una consecuencia directa y absoluta. “Si el enfermo tiene
fiebre es que puede tener infección”. Pero esta hipótesis admite otras
posibilidades. Quizá la fiebre tenga un origen alérgico, traumático, oncológico
o de muchas otras índoles. Ya serán los estudios y pruebas clínicas las que
59

confirmen o desechen la primera suposición del facultativo.

O bien, en materia económica, “si aumenta la demanda puede haber


inflación”. Pero esta hipótesis, a su vez, admite otras tantas posibilidades.
Quizá la oferta aumente por encima de la demanda y no habría tal inflación.

Las estructuras hipotéticas instalan una cadena de alternativas que


puede llegar a no tener final. Este laberinto silogístico tendría la siguiente
expresión

Si no es “B”, puede ser “C”.

Si no es “C”, puede ser “D”.

Si no es “D”, puede ser & = infinitum.

Ahora bien, el tema que nos ocupa, la Cratología o Teoría del Poder,
pertenece al nicho de las ciencias categóricas o axiomáticas donde su fórmula
primordial se construye con un supuesto categórico del cual emana una
consecuencia igualmente categórica. Su expresión es

Si es “A”, es “B”.

Esta estructura formularia no admite alternatva. “Si hay estado de poder


es que hay estado de gobernabilidad”. “Si no hay quien obedezca es que no
hay poder”.

Sin embargo, al igual que en la ciencia jurídica, el problema del poder


comienza cuando la craticidad sale del laboratorio de lo ideal para introducirse
en el lodazal de lo real. Cuando el apoderado no manda o cuando el
subordinado no obedece. La explicación a este fenómeno de alteración política
no se resuelve con la mente kelseniana. En el despropósito político, a
diferencia del despropósito jurídico, no se encuentra una norma secundaria la
cual parta de un supuesto negativo seguido de una consecuencia alternativa.

Pero sí existe una norma política secundaria que no es alternativa sino


60

sustitutiva o subsidiaria. Podríamos decir que la norma política primaria no se


subdivide en primaria y secundaria, como la jurídica sino en absoluta y
relativa.

Por eso, la expresión negativa de la fórmula primordial sería, a


contrario sensu, de la siguiente forma

Si no es “A”, no es “B”.

Hasta aquí pudiera parecer que se está en presencia de una fórmula


diseñada por el doctor Perogrullo. Pero lo que quiere poner en claro es que el
estado puro de craticidad es un estado científico ideal que no está a nuestro
alcance obtenerlo ni demostrarlo. Equivaldría, en política, a lo que sería el
oxígeno sólido en química o a los agujeros negros en astronomía.

Pero, en la realidad dura y maciza del poder, tenemos que conformarnos


con el “estado de poder” que tengamos al alcance y este, también, tiene su
fórmula relativa de expresión.

En otras palabras, cuando no existe el “estado puro de craticidad” o


“estado perfecto de poder” el cual, en la realidad, nunca ha existido, tenemos
que convivir, conocer, analizar, estudiar, entender, explicar y operar el “estado
relativo de poder” o “estado de craticidad relativa”.

Expresar esta fórmula relativa sólo es posible a través de la conjunción


de los elementos que conformarían el estado absoluto de craticidad, mismos
que conforman el polímero de poder del que se habla más adelante y que,
dicho sea de paso, nos permite analizar una realidad que, sabemos, puede
asemejarse mas/menos al prototipo ideal de poder. Su expresión es

Si hay +/- [a+b+c+d+e+f¨] = +/- [ y ]

Los valores de la anterior ecuación son (a = legalidad), (b =


legitimidad), (c = seguridad), (d = potestad), (e = efectividad), (f =
gobernabilidad) y (y = craticidad).

Esto significa que, a mayor/menor presencia de los factores de poder se


61

puede mas/menos constituir el factotum que hemos denominado estado de


craticidad.

7. Los elementos del poder.

El poder, tanto en su concepción teórica como en su aplicación práctica,


tiene varios elementos o condiciones. Identificarlos y reconocerlos es de suma
utilidad para la diagnosis y prognosis del poder.

De estos elementos podrían considerarse ocho primordiales.

1. Elemento subjetivo activo o quien manda.

2. Elemento subjetivo pasivo o sobre quien manda o, dicho de otra


manera, quien obedece.

3. Elemento subjetivo asociado o ante quien se manda.

4. Elemento pragmático o con qué se manda.

5. Elemento teleológico o para qué se manda.

6. Elemento temporal o cuándo se manda.

7. Elemento local o dónde se manda.

8. Elemento circunstancial o cómo se manda.

Este no pretende ser un manual para el ejercicio del poder sino, tan solo,
una sistematización de lo que incide primordialmente en el concepto del
62

poder. Pretende ser una reflexión para el observador del poder. Por mucho que
mandemos o que obedezcamos, los humanos estamos más sometidos al
ejercicio de observar el poder que al de ejercerlo o al de soportarlo. Por eso
creo que vale una aplicación al acondicionamiento de su análisis.

Todo acto de poder que nos interesa debiera enviarse, inmediatamente, a


la práctica de un análisis en el laboratorio mental de cada quien. Allí ser
sometido, por lo menos, a ocho rigurosas pruebas y exámenes. Como en los
laboratorios clínicos, de allí obtener una serie de datos e inferencias que
permitan establecer un diagnóstico más acertado que el que permitirían los
primeros impulsos reactivos y un pronóstico más confiable que el que surtirían
las puras corazonadas.

Ante todo quisiera aclarar que esto forma parte de una ecuación
analítica que podríamos considerar como un teorema del poder. Subrayo que
es tan solo un instrumento de análisis. No tiene nada que ver con la calidad ni
con la técnica del acto de poder analizado. No se trata de resolver si fue
bueno, malo, interesante, inteligente o pésimo. De lo que se trata es de
resolver sus intenciones, si es que las tiene. Sus alcances, si es que los posee.
Y sus efectos, si es que los produce.

Esto se instala en lo que podríamos llamar una teoría valorativa de los


actos políticos, que se enunciaría a partir de que los actos políticos no tienen
una valoración absoluta y solamente pueden ser valorados e interpretados en
relación con sus respectivos protagonistas y con sus específicas modalidades.

* * *

En primer lugar se encuentra el elemento subjetivo activo o quién


manda. Esto es la autoría del acto de poder. O dicho de otra manera, la
identificación y personalización de quien está mandando.

La misma orden puede tener distintos significados en función de


quienes la giraron o la emitieron.

Como mero ejemplo, pensemos en las palabras o en los conceptos que


utiliza cada hombre de poder y lo que estos o aquellas significan para ellos.
63

Nos queda perfectamente en claro que el concepto patria no significa lo


mismo en Adolfo López Mateos que en Ernesto Zedillo o en Vicente Fox. No
me estoy refiriendo a que uno sea más patriota que el otro. Me refiero a que
cada uno de ellos ha tenido una forma distinta de concebir a su patria, no
obstante que ésta sea la misma. De allí que un acto de poder respecto de la
“patria” tendría distintos significados en cada uno de ellos. Lo mismo si
estuvieran ordenando “cumplir con la patria” que “perseguir a los traidores a
ella”.

Tengo la impresión bien fundada de que el concepto de patria para


López Mateos se asociaba con el de numen, el de Zedillo con el de historia y
el de Fox con el de tradición.

Esto lo digo porque la patria para López Mateos era algo de naturaleza
fundamentalmente mística. Algo ubicado por encima de lo terrenal y casi en
los linderos de lo divino. La consideraba como una especie de deidad que nos
cobija y nos ampara, así como a la que hay que tributarle hasta la vida misma.
Luego entonces, su idea sobre el heroísmo es la de un deber y no tan solo la de
un mérito.

Baste recordar que, en las ceremonias donde se refería a ella, don


Adolfo exaltaba a la patria sin bajar la mirada hacia la plaza o hacia el pueblo
sino colocándola en el horizonte y en el cielo. Le hablaba a México con la
misma actitud con la que el creyente le reza a su dios. México no era para él
un lugar geográfico ni una sociedad nacional. Mucho menos una estadística o
una encuesta. México era el centro supremo de una religión cívica. Algo
superior, indestructible y eterno.

Lo anterior deja en claro la diferencia a la que aludíamos. Para Ernesto


Zedillo su patria era algo ubicado en nuestra historia. Desde luego pleno de
una alta valoración y orgullo. Los insurgentes, Hidalgo, Morelos, la Reforma,
Juárez, el movimiento revolucionario, la transformación social, la
independencia, el federalismo, la soberanía, el constitucionalismo, las
libertades y todo aquello que nos dignifica porque nos costó esfuerzo, sangre,
sufrimiento, inteligencia y decisión.

Para Zedillo, los mexicanos valemos por lo que hemos hecho, y tiene
razón. Para López Mateos, los mexicanos valemos por lo que somos, y
también tiene razón.
64

Por su parte, para Vicente Fox su patria está representada por un tesoro
tradicional. Nuestra familia y nuestros amigos. Nuestra región y nuestra
comida. Nuestra casa y nuestra música. Nuestras costumbres y nuestra
cultura. A diferencia de los que he mencionado, para él los mexicanos no
valemos por lo que somos ni por lo que hemos hecho sino por lo que tenemos,
y también tiene razón. No por lo que poseemos en dinero ni en poder sino en
una riqueza común e indivisible aunque, al fin de cuentas, en un haber o tener
más que en un hacer o en un ser.

Todo esto no es solamente un asunto filosófico que pudiera considerarse


irrelevante e inútil como ejercicio sino que ello ha determinado muchos de los
referentes de su actuación presidencial, de su relación con el pueblo que los
tres han gobernado y de las consecuencias que ello habría de tener para los
mexicanos.

Por ejemplo, si no hubiéramos hecho la Independencia y siguiéramos


como vasallos de la corona española, López Mateos y Fox nos seguirían
valorando casi igual pero para Zedillo seríamos una ralea inferior. Por el
contrario, si no nos inmoláramos en el altar de la patria cuando esta lo
requiriera, Zedillo casi ni se inmutaría pero López Mateos nos maldeciría por
todos los siglos, como bastardos o como renegados, sin ninguno de los
derechos de los hijos patrios.

Esa es la distinta conformación que palabras idénticas adquieren como


distinción conceptual en función de la boca que las pronuncia.

Pero, también, la autoría del acto de poder se vuelve determinante en


función de los encargos. Todos los cargos públicos tienen su muy particular
código de entendimiento. Como sucede con los encriptamientos de los
diplomáticos o de los espías, cada palabra tiene un significado distinto
dependiendo del funcionario que la emite.

Así, siguiendo con los ejemplos, tomemos una orden de las que, con
frecuencia, escuchamos provenir de nuestros funcionarios: “Ya no toleremos
ninguna vulneración a nuestro estado de Derecho”.

Cuando esta orden la ha pronunciado algún Secretario de Gobernación,


cualquiera que haya sido éste, desciframos acertadamente que se está
dirigiendo a algún partido político, a algún sindicato pendenciero, a algún
65

gobernador desobediente o a alguna bancada indómita para llamarlos a la


obediencia, a la conciliación o, incluso, al sometimiento.

Cuando la misma frase ha sido pronunciada por algún Procurador


General de la República, cualquiera que haya sido éste, la entendemos como
una orden recurrente y cotidiana que podrá ser grata pero que es irrelevante.
Salvo que la información mediática de ese día sea verdaderamente “floja” no
pasará a ningún noticiero nocturno.

Pero sí esa misma orden la emitiera un Secretario de la Defensa


Nacional, habríamos de tomar urgentemente las precauciones necesarias.
Dependiendo de quién fuera el destinatario nos estaría anunciando un
inminente golpe de Estado o una inmediata represión ciudadana. Los
mercados financieros temblarían. Nuestra moneda sufriría mucho esa misma
mañana. Y en muchas capitales extranjeras se informaría, inmediatamente, al
respectivo jefe de gobierno sobre esa orden militar mexicana.

Desde luego que el político y el analista experimentado tienen que saber


descifrar, también, la posibilidad de coautores anónimos o de autores
intelectuales incógnitos. En muchas ocasiones el hombre de poder es un mero
vocero o ejecutivo de su jefe o de su grupo. En otras, es un locuaz
desorientado que no representa a nadie. En fin, al analizar la autoría, el
analista debe proceder como los abogados penalistas descifran todas las
posibles autorías que prevé la ley penal: el autor directo, el autor intelectual, el
coautor, el autor mediato, el cómplice y el encubridor.

* * *

El segundo es el elemento subjetivo pasivo o quién obedece. De la


misma manera que como sucede con la autoría, el receptor del acto de poder
determina una parte importante del mismo. Tampoco este es un factor
absoluto sino que la mayor parte del propósito de la orden se encuentra
determinado en códigos relativos para cada destinatario en particular.

También, como sucede con la autoría, existen destinatarios anónimos o


incógnitos que el analista debe esforzarse, primero, para descubrir si los hay y,
segundo, para descifrar quienes son. Esto podría resumirse en el viejo
aforismo de “te lo digo Juan para que lo entiendas, Pedro”. Quien se aplique a
66

resolver las entrañas del acto de poder no puede contentarse en reconocer a


Juan sino, también, en resolver si hay Pedro y, en su caso, cual es su nombre.

Volvamos a utilizar, como ejemplo, el mismo al que recurrimos cuando


hablamos del análisis de la autoría. “Ya no toleremos ninguna vulneración a
nuestro estado de Derecho”.

En aquella ocasión pusimos esta misma orden en la boca de distintos


hombres de poder para tratar de demostrar que sonaba distinta en cada uno de
ellos. Ahora, pongámosla en el mismo mandante pero ante distinto
destinatario. Nuestro ejemplo será el Presidente de la República.

Si su orden la emite ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación es


probable que no pase a mayores. Se tomará como una frase ceremonial puesto
que se dirige a quienes, precisamente, tienen la encomienda de cuidar que no
se vulnere el estado de Derecho. Se interpretará, simplemente, como que el
jefe simpatiza con la función de sus escuchas, que se asocia con sus propósitos
y que les desea buena suerte.

Si lo dice ante una generación universitaria que está clausurando sus


cursos no habrá duda. Estos jóvenes son Juan y el analista tendrá que ponerse
a buscar a Pedro.

Si la pronuncia ante la Asamblea General de la ONU podría estar


refiriéndose a fenómenos internacionales propios o ajenos. Cacería de
indocumentados, procesos amañados contra nuestros paisanos, terrorismo,
desobediencia nuclear, transgresiones comerciales, episodios golpistas,
depredación de especies y todo lo que produzca nuestra imaginación, pero
bajo el denominador común de ser un exhorto meramente discursivo ante una
asamblea ineficiente e indolente.

Si la misma orden la suelta en una sobremesa con sus amigos es


indudable que está “alucinando” agravios al estado de Derecho en su persona,
en su investidura o en sus intereses. Mítines, motines, vientos de
inconformidad manifiesta, presagios de insubordinación.

Si se lo dice, durante su acuerdo, al Procurador General de la República,


entonces nada de mero discurso. Es un clarín de órdenes para ponerse a la
ofensiva contra todo transgresor. Es una llamada para “meterle con ganas” en
algo que siente lento o ineficaz.
67

Pero si lo dice ante una asamblea de su partido político la cosa ya


cambia mucho. La mayoría de los analistas la interpretarán como una
invitación o como una consigna para que sus diputados voten un desafuero
como él quiere. Repito que es un mero ejemplo.

Y es que la prueba del destinatario es una de las que permiten, con


mayor fidelidad, percibir los motivos y las intenciones de cada orden o acto de
poder.

Pero aquí aprovecho para plantear algo necesario. Esta prueba y la


anterior no sólo sirven para el heteroanálisis sino, también, para el
autoanálisis. No solamente para que los demás analicen la orden sino,
además, para que la pueda valorar el propio autor.

* * *

El tercero es el elemento subjetivo asociado o ante quién se manda.


Al igual que con la autoría y con el destinatario, el espectador o testigo del
acto de poder es un factor relativo y su desciframiento dependerá de cada
análisis en particular. Porque los seres humanos en general, pero muy en
especial los políticos y todos los hombres públicos, encuentran el espacio de
maniobra de sus palabras habitualmente delimitado por la audiencia de las
mismas.

Esto es muy fácil de apreciar hasta en la vida privada de una persona


alejada de los reflectores de la conspicuidad o de la fama. Supongamos que
un ama de casa le informa a su marido que el plomero consultado le propone
un presupuesto excesivamente elevado y él le ordena que deseche a ese
posible contratista. Si esto se lo plantea en privado, queda en claro que la está
instruyendo para rechazarlo, para buscar otra opción o para postergar la obra.
Pero si se lo dice ante la presencia del mencionado especialista en drenes, es
muy probable que la dama esté recibiendo de su cónyuge tan solo un ejercicio
de regateo, donde ella deberá clavar el primer rejón.

Si esto sucede en la paz de la intimidad familiar, con sobrada razón


influye en el código esencial de las palabras del hombre de Estado. Es
frecuente que un jefe se dirija a sus subalternos cuando está en presencia de
los ciudadanos solicitantes, con requerimientos que invitan a procurarles una
68

atención especial, aunque el patrón y el colaborador sepan perfectamente


cuando es de verdad, cuando es un “más o menos”, así como cuando deba
surtírsele al solicitante precisamente lo contrario de lo que está pidiendo.

El ilustre Antonio Carrillo Flores me contaba muchas anécdotas de su


jefe Ruiz Cortines. Era frecuente que el Señor-Presidente se comunicara con
el Secretario de Hacienda cuando se encontraba recibiendo a algún gobernador
o funcionario del gabinete que aprovechaba el acuerdo para acusar la
renuencia de Carrillo a proporcionales ilimitados recursos presupuestarios. El
primer mandatario montaba en impaciencia y urgía al edecán sin mayor
miramiento: “Comuníquenme con el Secretario de Hacienda”.

Ya puesto el ministro en la línea, alegaba don Adolfo: “Señor secretario,


se encuentra conmigo el gobernador del estado de Molkas. Se conduele de
nuestra escasa cooperación. Teme malestares sociales. Eso me tiene muy
preocupado. Le ruego que lo reciba inmediatamente. Bueno…, no tan de
inmediato, porque antes quiero explicarle a usted las razones históricas,
sociales y políticas por las que los molkenses son una prioridad suprema de mi
gobierno. Lo llamaré a un acuerdo en el que el único punto a tratar será
Molkas y su ilustre gobernador. Que tenga muy buen día, señor secretario”.

Era lógico que, después de esto, no pasaba nada. Ruiz Cortines se había
librado de un pedimento. Su colaborador no preparaba nada sobre Molkas ni
se realizaría el tal acuerdo.

También imaginemos que el planteamiento no se hace en la oficina


presidencial de Los Pinos sino en una gira oficial en la capital del estado de
Molkas. Ante cien mil molkenses, debidamente acarreados para que el jefe de
las instituciones nacionales no crea que el gobernador es tan solo aquel menso
que entra con miedo al palacio ajeno. Con los más poderosos hombres de la
entidad caminando atrás de él, para que el Señor-de-la-Banda no sienta que es
el único hombre que manda en este país. Con discursos en los que, con
comedimentos muy a la mexicana y con el consabido de “disculpando usted la
franqueza”, se acusa a secretarios de estado, a delegados federales y a
comisionados intersecretariales.

Allí, la ecuación del poder presidencial cobra una factura diferente. Si


el presidente y su gobierno son “de palabra”, es decir, de cumplimiento de sus
promesas, entonces la orden se convierte en una escritura. Si el presidente
dice “en estos momentos doy instrucciones para que se atienda el problema
69

presupuestario de Molkas” y los cien mil molkenses responden con un


aplauso, el encargado del tesoro nacional ya puede ir viendo de donde saca
billetes para respaldar el discurso de su jefesote. Si se refiere concretamente a
la realización de la carretera X, de la escuela Y o del hospital Z, los secretarios
de esos ramos tendrán que suprimir el puente X, la biblioteca Y o la campaña
sanitaria Z porque sus dineros se los acaba de gastar de “a deveras” el orador
en turno.

Sin embargo, debemos ser precavidos. Si algo la moderna tecnología


ha convertido en difícil de descifrar es precisamente al testigo del acto de
poder. Los medios actuales de comunicación masiva han convertido al foro
político en una audiencia abierta a totalidad. Cualquier orden es hoy
escuchada, vista y leída por millones de personas. La orden en corto ha
pasado al desván de las reliquias. Luego, entonces, viene el problema real de
este asunto.

Si el mandante sabe que todos están atestiguando sus órdenes es


necesario resolver si está teniendo presentes a todos o nada más a algunos y,
en ese caso, determinar quienes son esos algunos.

Imaginemos lo que era, antaño, el primero de septiembre de cada año.


Sesión de apertura de sesiones del Congreso de la Unión. Presentación del
informe de gobierno. Discurso presidencial. Auditorio potencial: 628
legisladores, dos mil invitados, 105 millones de mexicanos y los observadores
extranjeros. Pero, en cada párrafo, el presidente-orador está conceptualizando
a testigos diferentes.

Cuando hablaba de política exterior consideraba que su audiencia eran


los intelectuales políticos y las naciones extranjeras. Cuando hablaba de
hacienda, concebía a su audiencia como a los financieros nacionales e
internacionales, a los dueños del capital y a ciertos analistas económicos.
Cuando hablaba de política interior, pensaba que lo estaban escuchando los
partidos políticos, la clase política y los periodistas especializados. Cuando
hablaba de que él era el más grande presidente que había tenido el país,
entonces pensaba en que su audiencia era toda la nación e, incluso, las
generaciones venideras.

Es así como resulta indispensable conocer con quién se dijo la orden


para estar en aptitud de desentrañar su verdadero significado y su específico
alcance. De este ejercicio depende, en mucho, la acertada interpretación del
70

acto de poder. Pero debemos tener muy en cuenta que esta es una de las
pruebas más difíciles de realizar de entre las ocho que estamos recomendando.

Porque hay actos de poder en los que el testigo es no sólo críptico o


enigmático sino, también, imaginario. El autor y el destinatario suelen tener
una materialidad corpórea, salvo que el orador sea un vocero con autor secreto
o el destinatario aparente sea un Juan al que le hablan para que lo entienda un
Pedro. Pero el testigo del acto de poder no siempre está en la audiencia.

* * *

El cuarto es el elemento pragmático o con qué se manda. Este es el


instrumental del hombre de poder y tiene que ver con dos espacios de
instrumentación del acto de poder.

El primero podría llamarse espacio material de poder, compuesto por las


“fuentes de poder”. Estas representan el origen del poder. Su manantial y su
matriz. Estas se detallarán más cuidadosamente en líneas posteriores. Pero
baste mencionar que ellas son siete fuentes de las que emana cualquier poder
político: la jerarquía, el talento, la fuerza, la información, el dinero, el engaño
y el temor.

El segundo podría ser denominado como el espacio personal de poder y


está compuesto por los “grupos de poder”. Ellos son aquellos que como
seguidores, como subordinados, como asociados, como cómplices, como
condueños o como aliados apoyan y auxilian al hombre de poder y a la
concreción de sus actos de poder.

Esto requiere de una mínima explicación puesto que en la asociación


personal es donde el aplicado analista, el simple observador o hasta el
experimentado político pueden caer en imprecisiones de apreciación sobre el
ejercicio del poder.

Es muy claro que el ejercicio del poder requiere de algunos factores


que no siempre están a la vista. Pareciera muy común pensar que para
“ejercer” el poder se requiere de un cargo público. Por eso se piensa que
quien tiene un empleo de gobierno es un hombre de poder o un político. Que
quien lo pierde salió de la política. Y a quienes no lo tienen suele
71

preguntárseles “si van a regresar a la política”. Nada más falso ni más


engañoso. La política es un ejercicio de los humanos y no exclusivamente de
los burócratas.

Para hacer política y ejercer el poder se requieren tres cosas


fundamentales: tener grupo, tener voz y tener tema. Cuando se tiene todo ello
se puede practicar la política y se puede ser político. Pero cuando se carece de
alguna de ellas sobreviene el remedo o la mala imitación de un hombre de
poder.

Primero veamos al que tiene dos de esos atributos pero carece de alguno
de ellos. El que tiene grupo y voz pero no tiene tema es un “grillo” pero no un
político. No está comprometido con ningún asunto nacional y no quiere
estarlo. Es aquel que acepta cualquier cargo o comisión, que tiene una mente
dispersa y que tiene un discurso guango y bofo.

El que tiene grupo y tema pero no tiene voz es un asesor pero no un


político. Puede ser consejero de los políticos pero no el realizador de sus
propias ideas.

El que tiene voz y tema pero no tiene grupo político es un analista o un


comunicador que cuenta con información y con espacios pero que nadie lo
seguiría a ningún lado. No sería un verdadero político.

Ahora veamos al que tiene sólo uno de esos atributos pero carece de dos
de ellos. El que tiene grupo pero no tiene ni voz ni tema es un “cuate” pero no
un político. Y si tiene muchos “cuates” y ellos son importantes, entonces
puede llamarse hasta “publirelacionista”, pero no político. El que tiene tema
pero no tiene ni grupo ni voz, es un catedrático. Y el que tiene voz pero no
tiene ni tema ni grupo no es un político sino tan solo es un imbécil.

También, para caso peor, han existido muchos desorientados que han
querido ser políticos careciendo de los tres atributos y entonces, sin grupo ni
voz ni tema, han tenido que ir a rescatar sus fracasos a los abismos de la
frustración.

Por otra parte, el hombre de poder casi siempre tiene asociados. Pero no
siempre le sirven y, en ocasiones, hasta le estorban. Bien sea por
incompatibilidad, bien por desentendimiento o, bien, por circunstancias de
coyuntura. De esto, también, hay ejemplos cercanos que ilustran la cuestión.
72

Hubo, hace algunos años quienes, quizá irreflexivamente, compararon


al matrimonio Fox-Sahagún con el matrimonio Perón-Duarte. Yo creo que
entre ambos había diferencias muy sustanciales que tienen que ver con la
realidad política. Pero no estoy seguro si ellos lo sabían o si sus comentaristas
lo entendían.

En primer lugar, está el punto de arranque en su relación. Marta


Sahagún conoció a Vicente Fox cuando éste no era nadie. Eva Duarte conoció
a Perón cuando éste ya era uno de los tres hombres más fuertes de la
Argentina. Perón ya se había encumbrado en la milicia y en la política cuando
conoció a Eva en un evento de solidaridad para damnificados de una pequeña
localidad. Ella era una modesta aspirante a vedette que lo atrajo no sólo con
su juventud sino, también, con su simpatía.

En segundo lugar, están las transferencias. Perón formó y configuró a


Eva. Sahagún es la que formó y configuró a Fox. En efecto, Perón ya era un
hombre culto cuando su esposa apenas abandonaba el analfabetismo. La
escolaridad, el ambiente vital y lo que algunos llaman la cuna los hacía muy
asimétricos y fue Perón quien se dedicó a que Eva conociera desde el uso del
alfabeto hasta el funcionamiento de la política.

Por el contrario, se dice que Marta Sahagún fue ilustrando y moldeando


el pensamiento y la ilustración de su marido. Que de ella recibió sus primeras
lecciones sobre política, sobre democracia y sobre gobernabilidad.

La tercera, tiene que ver con alianzas. A Eva Duarte la aborrecían los
ricos y la idolatraban los pobres. A Marta Sahagún la estimaban los ricos y no
les representaba nada a los pobres.

La cuarta, es de aptitudes. Marta Sahagún era una buena operadora


política. Eva Duarte era una lideresa natural. Esto es muy importante. Para
comenzar, Perón era un líder nacional. Lo sigue siendo a treinta y cinco años
de muerto. Fox no fue líder ni en su partido. Fue tan solo un gobernante,
bueno o malo, al criterio de cada quien. Eva recibía y generaba una parte del
capital político de su marido. Lo incrementaba y, en muchas ocasiones,
parecía que lo enfrentaba.

Después del sindicalismo mexicano Eva liderea la mayor fuerza social


corporativa de la América Latina. Se le idolatra y se le canoniza en vida. Se
73

le rinden oraciones. Se le atribuyen milagros. Se legendariza su vida, su


muerte y hasta su cadáver.

La quinta, es de identidades. Perón y Duarte pertenecían a clases


extremas y distintas. Fox y Sahagún pertenecen a la misma clase. Juan
Domingo Perón era un aristócrata transgeneracional. Pertenecía a la élite
militar y económica más rancia de la Argentina. Su familia tenía cien años de
ser rica. Era campeón de polo. La pobreza la conocía sólo en los discursos.
Eva era pobre de origen. Provinciana. Hija natural. Emigrante a las ciudades.
Mendigó oportunidades. Vivió donde pudo. Comió cuando pudo. Por eso,
como pareja, se enriquecieron aunque fuera por mera curiosidad. Cuando se
encontraron descubrieron como vivían, pensaban y sentían los otros.

Vicente Fox y su esposa, por lo contrario, pertenecen al mismo tipo de


vida. Lo que se hayan enriquecido recíprocamente sería en lo sentimental o en
lo espiritual pero no en lo vivencial.

La sexta es de interrelación. Juan Domingo y Eva se complementaban.


Vicente y Marta se competían. Esto me parece determinante. Eva hacía lo
que Juan Domingo no sabía o no quería hacer. Para comenzar, tratar a los
pobres. Tengo la íntima impresión de que a Perón los pobres le producían
asco. Eva, en cambio, podía besar con franqueza o con fingimiento, a los
pordioseros, a los roñosos, a los mugrosos, a los apestosos, a los pedigüeños, a
los viciosos, a los decadentes o a los insufribles. Sin embargo, le daban grima
las estiradas, los presumidos, los ritualistas, los altaneros y “los popoff”, con
quienes Juan Domingo se sentía a gusto.

Fox y su esposa contendían entre sí. Se aplicaban a la misma gente y a


los mismos gustos. Les agradaban los mismos políticos, los mismos ricos, los
mismos intelectuales y los mismos vagos. Apostaría a que sus agendas, sus
santorales y sus directorios eran casi una fotocopia la una de la otra.

La séptima, si la hay, es enigmática. Perón nunca alentó las


aspiraciones presidenciales de Eva y, sin embargo, sí las contuvo. Todavía no
sabemos si Fox alentó las de Marta. Perón evitó, con éxito, que Eva se
desbordara hacía las alturas gubernativas. Desde luego, su grupo político no
lo hubiera autorizado pero, además, lo ayudaron las circunstancias.
74

En la tarde de un mitin multitudinario se le ofreció a Perón la


candidatura reeleccional y a Eva la vicepresidencia. En el propio balcón Juan
Domingo obligó a su esposa a declinar.

Vale mencionar lo sucedido después del mitin. Esa noche fue dramática
en la alcoba de ella. Ya en bata de noche le reclamó a su marido, hasta con
altanería. Que si sentía celos políticos. Que si no le tenía confianza. Que si
mil cosas. Para contenerla Perón tuvo que soltarle una verdad, desde hacía
mucho tiempo guardada. “No te dejé ser vicepresidente porque tenés cáncer,
Chinita. Porque ya te estás muriendo”.

Dicho esto, Juan Domingo Perón se retiró a sus habitaciones. Cuentan


los sirvientes presidenciales más íntimos que, en un explicable arranque de
furia, Eva gritó, lloró, maldijo y destrozó cristales, espejos y todo lo posible.

Esto no es una crónica de alcoba sino de poder, de previsión del poder y


de administración del poder. Porque unos meses más tarde, a los treinta y tres
años de edad, Eva Duarte de Perón moriría y se convertiría en leyenda.

Pero lo importante para el tema del poder es que si no hubiera muerto,


creo que nunca hubiera sido presidenta. Era veinte o treinta años más joven
que Perón pero mientras este viviera ella no lo hubiera desplazado porque era
mucho más poderoso que ella. Y si Juan Domingo hubiere muerto, ni la
derecha ni el ejército ni el clero le hubiesen permitido colocarse la banda
presidencial blanquiazul. Muerto Perón la hubieran despedazado.

En fin, como político y como analista creo mucho en el valor de la


historia porque creo mucho en la naturaleza de los humanos. Creo que estos
no evolucionan con la rapidez que los celulares ni que las notebooks ni que
otras maravillas de la tecnología.

* * *

El quinto es el elemento teleológico o para qué se manda. Es este uno


de los factores más sencillos para el entendimiento del acto de poder pero más
complejos para el diseño, la emisión y la ejecución del acto de poder. De esto
hablaba Michel Foucault cuando decía que “el poder es ejercido con
determinada intención”. A ello lo denominó intersubjetividad.
75

Esto implica una exacta correspondencia entre lo que desea lograr el


hombre de poder y las acciones u actos-orden que está generando o
provocando. Es no sólo un ejercicio de congruencia entre un atinado
diagnóstico y un acertado pronóstico sino, también, implica la coherencia de
una buena dosis de observación para ver lo que sucede, de visión para ver lo
que va a suceder y hasta de videncia, para ver lo que los demás no pueden ver.

De esto hay ejemplos, nacionales y extranjeros, que ilustran con pocas


palabras y sin farragosas explicaciones.

Tomemos como ejemplo a Plutarco Elías Calles. Ya se detalla, en estas


páginas, su previsión constructora de la pirámide institucional mexicana que
ha regido el destino nacional durante ochenta años. Pero lo importante de
Calles, para efecto de lo que se está tratando, es que logró ver cien años
mexicanos, por lo menos. Muchos de nuestros políticos más famosos y
encumbrados no han alcanzado a ver siquiera veinte años y, algunos, ni
siquiera veinte días.

La vida política mexicana es la que Calles concibió. Las instituciones


mexicanas básicas son las que Calles diseñó. Es una paradoja pero hasta los
detractores de Calles siguen la política de Calles e imitan a Calles, muchas
veces sin saberlo.

En otras latitudes se puede mencionar, entre otros, a Franklin Delano


Roosevelt. Su obra presidencial puede apreciarse desde varios oteros. Pero son
fundamentales dos de ellos. El salvamento económico que hizo para sacar a su
nación de la Gran Depresión en la que se había sumergido desde 1929 y, por
otra parte, el salvamento político durante la Segunda Guerra Mundial.

Todo ello fue construido con fuertes dosis de inteligencia, de


imaginación, de esfuerzo, de voluntad y de suerte. Pero también, de manera
insustituible, con fuertes dosis de liderazgo. Por eso Roosevelt representa y
significa en la historia política uno de los paradigmas del liderazgo.

Los días inaugurales del Presidente Roosevelt fueron tiempos


germinales, luminosos, esenciales. Por lo hecho en esos días, su nación
recuperó su propia fe. Por esos primeros días supieron lo que eran, lo que
representaban o, por lo menos, lo que creían ser, que suele ser más importante
que lo que se es.
76

Roosevelt era cálido, personal, concreto e impulsivo. Se dice que


Roosevelt podía decir mi viejo amigo en once idiomas. No le interesaba
mucho la gente en abstracto, pero tenía un agudo conocimiento instintivo del
sentimiento popular. Roosevelt a menudo fue capaz de sugerir una línea de
conducta clara y enérgica cuando de hecho no tenía ninguna. Esos son los
síndromes infalibles del liderazgo.

Ninguna personalidad como la de Franklin Delano Roosevelt ha


expresado el pensamiento popular norteamericano en forma tan clara y
exclusiva.

Otro ejemplo es Charles De Gaulle. En palabras muy esquemáticas, el


líder nos mueve a que deseemos algo. El caudillo nos mueve a que hagamos
algo. El líder nos invita. El caudillo nos lleva. El líder nos muestra y nos
descubre nuestras facultades y nuestras posibilidades. El caudillo nos presta y
nos instala las que no tenemos.

El buen gobernante tiene vista. Con ella puede ver todo lo que pasa. El
buen líder tiene visión. Con ella puede ver lo que va a pasar. El buen caudillo
tiene videncia. Con ella puede ver lo que los demás no pueden ver.

Por eso, el caudillo puede llevarnos hasta donde nosotros no llegaríamos


solos.

Contaba Richard Nixon que Charles De Gaulle veía a Francia de la


misma manera que los antiguos chinos veían a su propio país: como un lugar
centro-del-universo, a partir del cual todo lo demás, o todos los demás, eran
algo periférico y meramente marginal.

En este sentido, agregaba, que De Gaulle no sentía, realmente, ninguna


inclinación afectiva por los seres humanos que no fueran franceses y que sus
simpatías o desafectos para con los extranjeros dependían, esencialmente, del
beneficio o perjuicio que hicieran para Francia. No era, pues, un humanista
sino, ante todo, era un estadista.

Tenía, también, una fuerte capacidad de diálogo político. Era capaz de


sentar una tesis completa en unas cuantas palabras sin que, por ello, fuera
críptico ni difuso ni confuso. El propio Nixon narraba, con plausible
humildad, un momento que prueba lo que digo.
77

Realizaba el presidente norteamericano su primera visita de Estado a


Francia. La ronda privada de conversaciones no se realizó en el Eliseo. De
Gaulle dispuso, ni más ni menos, que fuera en Versalles. Allí, en el Gran
Trianón, Nixon abrió con lo que él calificó de una frase hueca y ligera,
refiriéndose a la belleza del magnifico palacio. De Gaulle medio sonrío y, sin
más, le contestó que, desde ese salón, Luis XIV gobernó a Europa.

Entre grandes políticos no hay desperdicio de palabras ni de tiempo. En


menos de los primeros treinta segundos de plática estaba ya planteado, en la
mesa, que todo lo que la nación norteamericana quisiera con Europa tendría
que pasar, también, por París. Que todas sus palabras hacia Europa tendrían
que ser acompañadas de una versión en francés. Nixon, de inmediato,
entendió el mensaje y lo registró puntualmente.

Ello muestra, también, que el líder y el caudillo se forman de un


binomio inseparable entre el hombre que lo desea ser y los hombres que
desean que lo sea. Nadie puede ser líder ni caudillo si no tiene ganas de serlo
ni tampoco si los demás no quieren que lo sea. El ejercicio de poder de De
Gaulle no fue una ocurrencia, ni una fantasía ni una fanfarronería. Se trató de
una realidad política concretizada en la creencia generalizada de los franceses
de que su gobernante no era tan solo un mandatario sino, además de ello y al
mismo tiempo, era Francia encarnada.

* * *

El sexto es el elemento temporal o cuándo se manda. El buen analista


debe considerar el tiempo en el que la orden fue o emitida a efecto de estar en
condiciones de realizar una acertada consideración y evaluación de la misma.
El tiempo tiene una valencia especial que no siempre es idéntica a las demás
pero que influirán en el alcance y en los efectos de cada acto de poder.

Pensemos, por un momento, en lo que cada época determina en la


interpretación y hasta en la decodificación del acto de poder. Para ello,
recurro a un ejemplo.

Cuando Francisco I. Madero convoca, en otoño de 1910, a derrocar al


gobierno bajo la consigna de “muera la dictadura”, resulta obvio que ya le
habían hecho “tablas” su elección, que ya estaba tomando el camino de la
78

insurrección y que se encontraba convocando al derrocamiento de Porfirio


Díaz.

Pero luego imaginemos, por unos momentos, cómo hubieran sonado las
mismas palabras en la voz del Presidente López Mateos, allá por 1960.
Quedaría en claro que no se refería, como Madero, a ningún dictador
mexicano. Ya, para entonces, todos habían sido remitidos por el torbellino
revolucionario. En este ejemplo podríamos advertir que estaría invitando a
que nuestro país tomara una posición de alineamiento en el escenario de la
guerra fría, dentro de la cual cada bando calificaba de dictadura al adversario.

Tan solo nos restaría por descifrar quien era “la dictadura” para el
presidente mexicano. ¿Rusia o los Estados Unidos? Pero cualquiera que fuera
el dictador, con esa orden de alineamiento estaría colocando a México a favor
de uno y en contra del otro.

Ahora, acerquemos la misma convocatoria hacia el año 2001 y


pongámosla en los labios del entonces Presidente Fox. Para este hombre de
poder, si se hubiera referido a “la dictadura”, el nombre de la misma no sería
otro que el del PRI. Porque resulta que, para esas fechas de mi ejemplo, ya el
tricolor había sido vencido electoralmente y nuestro ejemplificante ya
despachaba en la oficina principal de Los Pinos. Luego entonces, no se
referiría a una convocatoria electoral sino que, al convocar a que muriera su
acérrimo opositor, estaría anunciando vientos de represión. Consignaciones,
desafueros, encarcelamientos, torturas o asesinatos de priístas quedarían en la
premonición política mexicana.

Ese es el verdadero sentido que cada tiempo le imprime a cada acto de


poder y, también, la real posibilidad de comprenderlo en su exacta dimensión
con el menor riesgo de equívocos. Porque de esa precisión depende no sólo el
destinatario sino, también, la oportunidad o el importunio de cada orden.

La historia es rica en ejemplos de actos de poder que han sido oportunos


pero, también, en los de aquellos que pudiendo haber sido extraordinarios se
perdieron o se esterilizaron en el adelanto o en el retraso temporal. Es decir,
algunos se gestaron de manera prematura y otros nacieron rezagados. Veamos
tan solo algunos, en homenaje a la síntesis.

Uno de los episodios mas tristemente célebres del Presidente López


Portillo fue la llamada “Defensa del Perro”, pronunciada a principios de 1982.
79

Ese pudo haber sido y recordado como un extraordinario acto de poder si


hubiere sido gestado cuando el asunto al que se refería todavía hubiere estado
en condiciones de solución. Con esa oportunidad, de haber resultado eficaz la
acción presidencial, hoy se le recordaría como un suceso lleno de valentía, de
decisión y de responsabilidad para con el encargo encomendado. Más aún, si
las acciones del Presidente no hubieren dado el resultado esperado, tan solo se
hubieran olvidado sus palabras, por intrascendentes.

Pero, por su inoportuno rezago, es decir, por haberse emitido cuando ya


no había remedio, pasó a gestar la inspiración de chistes y guasas, a diseñar
ironías y leperadas, así como a marcar a su autor hasta con un alias o
sobrenombre. Quizá el Presidente lo concibió meses o semanas antes, pero lo
alumbró hasta cuando ya resultaba una obsolescencia así como una actuación
tardía y perniciosa.

Ahora recordemos algún caso que se caracterice por lo contrario. Es


decir, por su inoportuno adelanto. Me referiré a la consigna “Primero el
Programa y Después el Hombre”, emitida por Jesús Reyes Heroles en
septiembre de 1975.

Al igual que el anterior, este acto de poder estaba cargado de méritos.


Contenía inteligencia, innovación, sensatez y una fuerte dosis de lógica
política. Pero carecía de oportunidad. Con ese acto su autor se adelantaba al
Presidente de la República, en aquel entonces el único que podría haberlo
ordenado como primicia. A los demás sólo les correspondía obedecerlo. El
adelanto provocó la defenestración de Reyes Heroles y la resolución
presidencial a favor de una ecuación política que contradecía su propuesta. Es
decir, el presidente Luis Echeverría hizo triunfar la idea de que primero debe
ser el hombre y, después, debe elaborarse el programa.

Ahora traigamos dos ejemplos de actos de poder verdaderamente


oportunos.

Comenzaría con el fabricado por Luis Echeverría en octubre de 1969.


Fue emitido a los dos o tres días de haber sido “destapado” como candidato
presidencial y se le conoce como el “Discurso de las Inconformidades”. Más
aún, por eso al patio donde fue pronunciado en la Secretaría de Gobernación
se le conoce como el “patio de las inconformidades”.
80

Fue una orden de realineamiento político de unos siete minutos


pronunciada ante jóvenes universitarios y politécnicos. Su contenido fue una
crítica al sistema político mexicano, en lo que tenía de criticable a los ojos de
las nuevas generaciones. Su estructura estuvo compuesta por una decena de
párrafos donde cada uno comenzaba con la expresión “estoy inconforme”,
seguida de la mención de los vicios en los que había ido cayendo no sólo el
gobierno de México sino, también, la propia sociedad mexicana: la represión,
la corrupción, la simulación, la intolerancia, la hipocresía, el egoísmo, la
ambición y muchos otros vicios.

Este acto de poder fue muy bien emitido, aunque no serviría para ganar
ningún concurso de oratoria. Pero lo verdaderamente trascendente es que tuvo
el enorme e insustituible mérito de la oportunidad. En ello hubo talento y
visión.

La juventud mexicana de entonces se encontraba a un año de Tlatelolco.


Las heridas todavía sangraban. Ese realineamiento significaba una mano
amiga que tendía, ni más ni menos, el candidato presidencial del PRI. El
candidato del sistema considerado por los jóvenes como cruel y perverso. En
pocas palabras, el candidato de Díaz Ordaz. Sin embargo, los jóvenes
encontraron y tomaron esa mano abierta, se entusiasmaron y se emocionaron
y, con ello, las generaciones mexicanas se reconciliaron o, por lo menos, se
serenaron.

He allí el valor de la oportunidad. Si ese acto se anuncia seis meses


antes, Echeverría hubiera encolerizado a Díaz Ordaz y hubiera perdido la
candidatura y si se pronuncia seis meses después, ya no hubiera entusiasmado
a los jóvenes, ya no le hubiera servido para la campaña ni para las elecciones
y, posiblemente, la reconciliación se hubiere demorado dos o tres décadas, con
la consecuente, costosísima y gravísima esterilización de esperanzas
transgeneracionales.

Esta precisión casi quirúrgica de los tiempos me recuerda a aquel


corredor de automóviles que se refería a su arte y a su destreza ejemplificando
una curva que debía tomarse a 140 kilómetros por hora. Ni más ni menos. Si
se toma a 139, se pierde la carrera. Si se toma a 141, se pierde la vida.

La exactitud en la precisión de las oportunidades nos brinda otro


monumental ejemplo de acierto en el discurso pronunciado por Plutarco Elías
Calles durante su último informe ante el Congreso, en el año de 1928.
81

Ese discurso es conocido como “De los Caudillos a las Instituciones”.


En él, Plutarco delinea todo el siglo XX mexicano. Advierte que ha concluido
el caudillismo revolucionario y que el país entrará, ineludiblemente, en un
escenario de instituciones, más permanentes y menos personalizadas. Anuncia
la fundación del PRI e instala un nuevo sistema político mexicano, hasta ahora
el más prolongado, el más estable y el más fructífero de toda la historia de
México.

Pero si esa acción tan certera y tan realista se hubiere dado seis meses
antes, cuando Álvaro Obregón no había sido asesinado, este lo hubiera
considerado como una “declaración de guerra”, se hubieran comprometido en
un “duelo a muerte” y se hubiera arriesgado la permanencia y el futuro del
sistema revolucionario. Y si se hubiera pronunciado seis meses después,
cuando el PRI ya estuviera fundado y funcionando, hubiera parecido como
una torpe justificación de la creación de un partido político para fines de
ambición y beneficio personal, no como lo que fue: tan solo una parte de todo
un diseño integral de funcionamiento político nacional.

En fin, ese es el valor de analizar el acto de poder en función de sus


tiempos y, a través de ellos, en función de su oportunidad.

* * *

El séptimo es el elemento local o dónde se manda. Son innumerables


las ocasiones en que hemos sabido de algún acto de poder que parece lleno de
incomodidades y de inconexidades. Sin embargo, ello no proviene de su
contenido. Este podría ser lógico e, incluso, brillante. La deficiencia puede
provenir del lugar en el que fue gestado. En el caso concreto de la orden
política, el lugar es un indicador fundamental.

Para efectos del acto de poder son tres los principales lugares desde
donde hoy se gesta la mayoría. Desde luego que hay muchos más pero nos
referiremos a esta triada fundamental integrada por la tribuna, la sala de
prensa y la oficina de intimidad. Cada uno de esos lugares tiene su sentido y
su cometido. Conocerlo y saber utilizarlo es obligatorio para el mandante o
para el simple obediente. Pero, también, es útil conocerlos y saber
interpretarlos para el analista o el simple espectador de la política.
82

Comencemos por la tribuna. Ese suele ser el mejor espacio de la orden


política. Es el lugar de los grandes mandatos. El de los pronunciamientos
fundamentales. El de los mejores lucimientos. Equivale a lo que en las fiestas
son las galas. Donde la gente porta su mejor vestuario, donde se instala el
mejor afeite y donde se conduce con el mejor comportamiento.

Pero ¡cuidado! No a todos les conviene ni les reditúa. Así como no a


todos les queda bien el frac o el smokin, no a todos les es provechosa la
tribuna. El mal disertador, el que no se prepara, el que no arma sus palabras o
por lo menos las revisa, el que no sabe hablar, el que no sabe pronunciar o el
que no sabe moverse estará en la tribuna como un “charro con jaquet”. Lucirá
fuera de lugar y, por lo tanto, ridículo.

Desde luego que hay ocasiones en que la tribuna es inevitable porque


su uso constituye una obligación y no una elección. Así como hay fiestas de
gala a las que uno tiene que acudir vestido de etiqueta aunque se vea ridículo.
Trata uno de cumplir y punto. Nada de andarse paseando y luciendo por todo
el salón. Nada de organizar los bailables ni de proponer el brindis oficial.
Nada de echarse una “cantadita” espontánea con los mariachis. Tan solo la
mayor discreción y sobriedad.

Esto debe dilucidarlo el autor y el analista. Entonces aquel abordará la


tribuna con la sencilla majestad de quien tiene que asumir un sacrificio
ineludible. Lo hará de trámite y nada más. El crítico entenderá que aquel se
encuentra allí para cumplir una guardia inevitable. Como decían las abuelas,
si te ves mal trata de que no te vean.

La sala de prensa debemos entenderla, al contrario de la oficina de


intimidad, donde el emisor del acto de poder lo da a conocer y lo hace público.
Este concepto debe entenderse en el sentido más lato y no sólo como aquel
salón destinado a brindar una conferencia ante los medios de información y
difusión.

El hombre de poder se dirige al público lo mismo en una entrevista


“banquetera” que en una ceremonia formal, muchas veces dispuesta tan solo
con el propósito de pronunciar un discurso. La selección del espacio
dependerá, ante todo, de aquellos con los que quiere verse rodeado. En
segundo lugar, de la extensión del mensaje. La declaración larga puede ser
más explícita pero menos procesable, tanto por informadores como por
informados.
83

Con el advenimiento de los instrumentos mediáticos, hoy se ha vuelto


más recurrente el llamado “mensaje especial” que casi siempre despierta más
expectativas de las que, en realidad, cumple.

De la oficina de trabajo nos ocuparemos al hablar de elemento


circunstancial.

* * *

El octavo es el elemento circunstancial o cómo se manda. Pero así


como es importante el análisis del autor, del destinatario, del acompañante, del
tiempo y del lugar del acto de poder, resulta fundamental el análisis del modo
en el que el acto fue gestado. Con más frecuencia de lo que pudiera pensarse
solemos verter la pregunta de cómo dijo alguien algo, para colocarnos en una
posición más cómoda de observación y de apreciación de la orden o de la
simple declaración.

Desde luego que no me estoy refiriendo a la calidad de la expresión.


Para efectos del análisis casi nunca tiene importancia si lo dicho fue bien o
mal dicho. Las calidades oratorias del emisor del acto tienen importancia
para otros efectos pero casi nunca para el análisis intrínseco de la orden.

Es un referente analítico muy importante que un extraordinario


expositor aparezca con deficiencias, con inseguridades, con tartamudeos, con
dislexia o con cualquier otro de los vicios de la mala oratoria. De inmediato
supondríamos que estaba preso del malestar, de la inseguridad, del temor, de la
perturbación o de la improvisación. Cuando menos pensaríamos que no supo
ni lo que le escribieron y que, por lo tanto, sus declaraciones deberán ser
tratadas con la distancia y con la asepsia con la que los biólogos tratan a un
germen desconocido, incalculable e impredecible.

Por el contrario, un expositor que habitualmente es mediocre y


deficiente nos puede llevar a desconcierto cuando se nos aparece dotado de
estilo, de elocuencia, de coherencia, de inteligencia y de elegancia. También,
en este caso como en el anterior, las expresiones tienen que manejarse con
cuidado y al autor tenemos que confinarlo en una cuarentena para esperar lo
que suceda en los días siguientes con su repentina superación.
84

Estos momentos de comportamiento atípico pueden provenir de factores


tan diversos y casi siempre tan desconocidos que, en muchas ocasiones, no
sabemos si el hombre al que estamos observando es el habitual y el de la
excepción es un histrión o si el real es el de excepción y su habitualidad son
sus permanentes antifaz y máscara.

Pensemos, como ejemplo, en algo tan simple como una copa de más.
Desde luego que el hombre de poder verdaderamente serio y profesional
nunca mezclará su aparición con una sola copa. Pero lo utilizo tan solo como
una representación meramente gráfica. Muchos mexicanos de enorme talento,
cuyos nombres reservo por afecto y respeto, han destruido sus prometedoras
carreras políticas al confundir la tribuna con la cantina. Nunca la tribuna con
copas porque el auditorio se burla y nunca la cantina con discursos porque los
parroquianos se enojan.

Tratando de ser objetivo y sin satanizar ni canonizar al licor, todos los


seres humanos con experiencia sabemos que, en ocasiones, un trago estimula,
relaja, serena, alegra y despeja. Pero en otras, ese mismo trago aturde, tensa,
excita, enoja y confunde. Ese trago de mi ejemplo no es el ron ni el whisky ni
el vodka. Ese trago que invade y contamina nuestras emociones tiene varios
nombres y marcas. En ocasiones se llama cansancio. En otras se llama
fastidio, indiferencia, indolencia, fatiga, ignorancia, premura o distracción.

Por último, algo importante de analizar es la circunstancia en la que se


genera y se expresa el acto de poder. Este es uno de los factores más
complicados para su análisis pero podríamos sintetizarlo diciendo que se
refiere a que el autor tenga en cuenta su posicionamiento en la vida. No estoy
aludiendo a lo que ya comenté en el análisis de la autoría. No me estoy
refiriendo a lo que es el orador sino a lo que él mismo cree que es. En otras
palabras, a que sepa quien es él mismo. Utilizaré algunos ejemplos.

Yo soy de los que tienen la íntima impresión de que el presidente


Vicente Fox menospreciaba a la política, al lenguaje y al discurso. No los
cuidaba. No los trataba con respeto y con comedimento. Por eso tropezó en
la tribuna recurrentemente.

Vicente Fox no entendió que en él coexistían dos personas. Que eran


dos individuos los que vivían dentro de su mismo traje y los que vivían bajo la
misma piel. Uno de ellos era Vicente Fox Quesada, el dueño del rancho San
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Cristóbal, el exempleado de la refresquera, el militante panista, el esposo de


Marta Sahagún.

El otro era el Presidente Fox, el Presidente Constitucional de los


Estados Unidos Mexicanos, el Presidente de México, uno de los doce países
más grandes, más poblados, más complicados y más respetados del planeta.
Ambos seres no podían transfigurarse en cada momento a pura voluntad y a
puro capricho. No podía el Presidente de México tomar la tribuna y hablar
como lo haría Vicente Fox ni viceversa.

Todo mandatario sensato ha convivido con esa dicotomía que, en


ocasiones, es incómoda y molesta. Adolfo Ruiz Cortines gustaba de hablar
con palabras altisonantes. En ocasiones, durante sus reuniones privadas,
requería de aquellas para perfeccionar su expresión. Entonces, sin mayor
protocolo se ponía de pie, simulaba el ademán de quitarse la banda
presidencial, pedía disculpas a su alta investidura y, una vez despojado de ella,
decía una palabra altisonante o soez. Acto seguido, con el ademán inverso,
simulaba la reinstalación de su banda y proseguía su reunión o su charla
indicando, con ello, que ya se había retirado Ruiz Cortines y que ya había
regresado El – Señor – Presidente – de – la – República.

Lo que he narrado no era un juego ni una guasa. Por el contrario, era


una clara demostración de autoconocimiento, de identidad y de intenciones.
Adolfo Ruiz Cortines, el ciudadano, podría referirse a sus connacionales como
lo dictara su personalísimo criterio y opinión. Pero el Presidente de México,
el mandatario, no podría referirse a ninguno de sus mandantes sino con todo
respeto, aunque no lo sintiera. Las mismas palabras dichas por el señor Ruiz
eran inocuas pero pronunciadas por el Presidente podrían interpretarse por sus
colaboradores hasta como una llamada para destruir la tranquilidad, el
patrimonio, el prestigio, el honor, la libertad o la vida de aquel a quien se
refirió con tan escaso aprecio.

Otro ejemplo en el mismo sentido lo brinda De Gaulle, quien sabía de


esta doble vivencia de los altos gobernantes. Más aún, solía hablar de él
mismo en tercera persona. Así, en ocasiones, De Gaulle el ciudadano y
general se refería al Presidente De Gaulle. No era raro que mencionara que
algo le gustaría a Charles De Gaulle pero que jamás sería aceptado por el
Presidente de Francia.
86

Para tratar de ilustrar el desdoblamiento personal-oficial del gobernante


pensemos, por un momento, en la oficina prototipo de un funcionario de casi
cualquier país, no necesariamente el más alto. Pensemos, tan solo, en un
subsecretario o un subprocurador. El amplio despacho se compone de tres
secciones básicas.

La primera de ellas es la zona del escritorio. Está diseñada para que


funcione la autoridad. Allí recibe y atiende el gobernante. Allí lo acompañan
solamente su poder y su deber. Allí no hay concesiones ni sentimientos. La
ley y la obligación de cada quien. La del ciudadano y la del funcionario. Al
hombre de Estado que recibe en el escritorio no puede pedírsele nada que la
ley no conceda. No se le puede ofrecer nada que la ley no permita.

Más aún, a su lado y hacia el frente de su interlocutor, siempre está


deliberadamente colocada una bandera nacional y a sus espaldas el retrato de
su superior o de algún héroe. En esa zona de la oficina no hay retratos de su
familia ni de sus amigos. Ningún recuerdo personal ni diploma alguno.
Cuando mucho, su nombramiento o algún emblema de su jerarquía.

Una segunda zona es el área de juntas. La mesa donde se desarrollan


las sesiones de trabajo, principalmente con los colaboradores. Allí el
funcionario medio se humaniza en algo. Allí afloran sus dudas, sus
ignorancias, sus precauciones. Allí se puede preguntar lo que no se sabe. Allí
se puede opinar lo que se cree. Allí se puede disentir y hasta discutir. Sin
embargo, allí hay límites. Cuando el que debe decidir decide que ya decidió o
cuando decide que no va a decidir la ecuación de los equilibrios cambia de
súbito. En ese instante la mesa se convierte en escritorio y el conductor en
jefe.
Una tercera zona es la que algunos llaman el área de cortesía, otros la
conocen como el recibidor y nuestros padres o abuelos le llamaban el terno.
Esa es la pequeña salita en la que el anfitrión nos recibe como si fuera nuestro
amigo o porque de verdad es nuestro amigo. Allí reina la distensión. Los
retratos son personales. Los adornos casi siempre son propios. Allí se trata de
simular el ambiente hogareño. Como si el anfitrión nos recibiera en su casa.
Eso no significa que allí se va a sincerar con nosotros. Simplemente que allí
podemos sincerarnos si queremos. Ya él sabrá que hacer con nuestra
sinceridad.

En fin, con esto podemos reconocer que en el breve espacio de sesenta u


ochenta metros están dispuestas tres pistas para la actuación y la operación
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cotidiana de tres personas distintas que tienen el mismo nombre y la misma


huella digital. Más aún, que cada media hora cambia de lugar y, por lo tanto,
de personalidad. Que vive con esa incomodidad y con esa molestia
ineludibles. Que, en ocasiones, tiene que esforzarse por reconocer quien de
los tres era él mismo cuando inició su gestión. Como dice Marguerite
Yourcenar, con el tiempo la máscara se vuelve rostro.

Porque el hombre, como persona, puede alojar y sufrir todos los vicios
y pecados que anidan en el ser humano. El hombre tendrá momentos de
cansancio, de pereza, de furia, de envidia, de rencor, de miedo, de fastidio, de
cinismo, de vanidad, de soberbia, de ambición, de inconciencia, de
irresponsabilidad y de mil cosas más.

Pero el gobernante no puede permitirse esos lujos. El verdadero


hombre de Estado no se cansa, no se enoja, no se tarda, no se envanece, no se
ensoberbece, no se engría, no se asusta, no se aburre, no se enferma, no se
aturde, no se distrae y no se vende.

Por eso digo que es importante diseccionar quien es el que habla y


manda en cada ocasión. Si es la persona o es el funcionario. Y si es el
gobernante aclarar si está hablando como autoridad, como político o como
líder.

9. Los instrumentos del poder.

Como se dijo en líneas anteriores, el elemento pragmático consiste en el


instrumento que utiliza el hombre de poder para ejecutar el acto de poder. Este
instrumental puede ser de naturaleza múltiple. Tan amplia como nos lo
permita la imaginación.

Entre muchos otros, dos psicólogos sociales, John French y Bertram


Raven han señalado algunos instrumentos o herramientas del poder. Entre
ellos menciono a lo que ellos llamaron el poder de referencia, constituido por
la persuasión y las habilidades del autor del acto de poder. Al denominado
88

poder experto, identificado con la pericia. Al poder de recompensa y al poder


de coacción.

Pero, en aras de la síntesis, me conformaré con mencionar tan solo siete


de ellos. Ellos son

1. La jerarquía.

2. El talento.

3. La fuerza.

4. La información.

5. El dinero.

6. El engaño y

7. El temor.

* * *

El primer instrumento o fuente de poder, así como el más evidente, es la


jerarquía. Esta puede ser de diversa naturaleza. Una de ellas es la jerarquía
jurídica o legal y está representada por la ley. Es esta una fuente de mando,
normalmente ineludible, bajo las consecuencias que entraña su desacato.

Otra de ellas es la jerarquía orgánica o institucional y está representada


por el jefe. Esta fuente de mando personal es mucho menos rígida que la de la
ley pero, usualmente, es de mayor efectividad real.
89

Mucha de la eficiencia del poder jerárquico depende del talento de


quien lo ejerce así como de la disposición de a quienes va dirigido.

Por otra parte, suele identificarse al poder como el encargo que se


desempeña. Esto no es del todo disparatado pero, tampoco, es del todo un
dogma. Como ejemplo tomemos tanto a la designación como a la remoción,
aunque aquella casi nunca da lugar a tanta especulación como sucede con ésta.

La remoción suele dar para el vuelo de la imaginación, de la suposición


y hasta de la especulación.

Cada ocasión en que se da una remoción, de inmediato, los iluminatti


empiezan a pontificar sobre las razones generatrices del suceso. Que si la falta
de mando, que si el fracaso de los programas, que si la mala interlocución con
los otros funcionarios o grupos sociales. Vamos, hasta sus asuntos íntimos o
los que alguna vez fueron íntimos y más tarde son públicos.

Pero a lo que voy es que lo más importante para saber las razones de un
despido es conocer las motivaciones de la designación. Los motivos que
impulsaron a quien hizo el nombramiento. Las circunstancias en las que ésta
se dio. Si ello fue el resultado de una concienzuda evaluación de méritos, si
fue el pago de una deuda laboral o política, si fue una calculada alianza de
grupos, si fue el depósito de una confianza personal, si fue un favoritismo
amiguista, si fue porque el primer elegido no aceptó o si fue porque no había
de otra.

Para el observador o el analista, sólo en la medida en que tenga una idea


clara de la designación podrá analizar con claridad la remoción.
En la medida en que el designado conozca la razón de su nominación
sabrá, también, lo que se espera de él, lo que tiene que cumplir y, en muchas
ocasiones, llegará hasta adivinar, con precisión cronométrica, cuando
terminará su guardia.

Esto le permitirá, adicionalmente, aplicarse sin esfuerzo y sin


desperdicio. No se afanará en todo aquello que no le reditúa puesto que no lo
requieren de él sino de otros y, por ende, podrá concentrarse de manera plena
en sus requerimientos ineludibles e insustituibles.

Ahora bien, veamos las diez razones más frecuentes por las que se
genera un despido en el mundo de la política. Estas no son exclusivas sino que
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hay otras, aunque menos frecuentes. Tampoco son excluyentes sino que
pueden acumularse varias de ellas para actuar contra el defenestrado.

La primera causa de lanzamiento es la falta de afinidad o de amistad.


Que el destituido no sea amigo del jefe o de su séquito. Que haya ingresado o
se le haya ratificado por cualquier razón pero que nunca se integró en el
afecto, en la confianza o en la complicidad. Vale agregar que, cuando se da
esta primera causa, es muy fácil que se acumulen las otras, mismas que no se
presentan cuando se trata de un querido amigo.

La segunda fuente de destitución es que el cesante haya fracasado en la


solución del problema encomendado. Que no lo haya entendido, que no lo
haya valorado o que no lo haya manejado. Vamos, que el fracaso sea por su
mera culpa. Por su ignorancia, por su indolencia o por su impotencia.

La tercera, más grave que la anterior, es porque el lanzado haya creado


el problema y no simplemente que no lo haya resuelto. En otras palabras, que
él haya sido el problema. Porque es un apotegma que se vale no resolver todos
los problemas pero no se vale crear ni un solo problema.

El cuarto origen, no siempre muy obvio, es porque haya concluido el


motivo de la designación. Se devaluaron los méritos, se pagó la deuda, se
rompió la alianza, se defraudó la confianza, se lesionó la amistad, se encontró
a otro mejor o resultó que sí había de otra.

El quinto motivo es que el desahuciado haya caído en un escándalo,


bien sea que este sea del orden político, corruptivo, sexual, conyugal o de
cualquier otra índole.

La sexta cuestión es el enojo del jefe, llámese cólera, decepción,


desilusión, despecho, sorpresa, amargura o chasco.

El contrario de la anterior es el salvamento del jefe. Para que el


colaborador sea sacrificado cuando sea necesario, por las culpas del propio
jefe. Se dice que la cuerda se rompe por lo más delgado. Eso, en política, es
una verdad absoluta.

Luego aparecerían dos muy complicadas. Una de ellas la podríamos


llamar notoria inferioridad. Ella es la que pone al jefe en la clara conciencia de
que su colaborador es pequeño y no crecerá.
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La otra es, por el contrario, la notoria superioridad. La que enoja,


indigna y enfurece a un jefe que se reconoce como inferior ante un
colaborador más inteligente, más valiente o mas apreciado. Esta novena causa
es de las que más encoleriza a un jefe que no sabe aceptar que le quiten los
méritos, los reflectores, los aplausos, las esperanzas o las oportunidades.

La última y décima fuente es la renuncia. Me dirán que esta no es un


“despido” sino una voluntad propia. Ello es cierto en lo formal pero en lo
sustantivo toda renuncia es un adelanto del despido.

* * *

El segundo instrumento o fuente de poder, así como el más valioso, es


el talento. Aquella facultad de la psique que permite asumir el mando en su
forma más admirable, bien sea en forma de líder o hasta de caudillo.

Expliquémonos en algo del talento de poder. En el famoso libro de


Antoine de Saint-Exupery se cuenta de un rey sabio que había logrado obtener
mando sobre los astros. De esa manera le ordenaba al Sol que saliera o se
ocultara y éste le obedecía con la mayor docilidad. El secreto de su poder tan
solo consistía en aprovechar la oportunidad. La orden de salida la daba al
amanecer y la de ocultamiento, al atardecer. Con ese astuto método, sus
mandatos eran acatados sin excepción.

Este cuento en una de las reglas más importantes de la vida común y, de


manera particular, de la vida política. Ordenar a los hijos lo que pueden hacer.
Ordenar a los colaboradores lo que saben hacer. Ordenar a un proveedor que
nos traiga lo que nos quiere vender. Eso representa por lo menos la mitad del
éxito en el cumplimiento de nuestros requerimientos. Lo contrario, casi
siempre asegura nuestro fracaso.

Así, también, sucede en la vida política. Cada vez que el más poderoso
de los gobernantes de la tierra le ordene al más humilde, miserable y débil de
los habitantes del planeta que se convierta en sapo, éste lo desobedecerá sin
que aquel tenga más remedio que tragarse el desacato de tan infeliz
especimen.
92

Por eso es de políticos inteligentes prometer lo que va a suceder. Eso los


viste de adelantados, vanguardistas y hasta visionarios. Llevar al pueblo hacia
donde quiere ir. Eso los pinta de guías, líderes y hasta caudillos. Demandar lo
que, de cualquier manera, se nos va a surtir. Criticar lo que, de todos modos,
se va a suprimir. Anticipar lo que, de toda suerte, va a llegar. Pero nunca ir a
contracorriente con la lógica más elemental de la vida individual y colectiva.

Francisco Madero convoca a la Revolución Mexicana cuando ésta es ya


inevitable. Miguel Hidalgo hace lo propio con la Guerra de Independencia.
Los Reformadores son un caso similar. En otras latitudes pasó lo mismo. Julio
César no inventó el Imperio Romano. En realidad éste ya existía. Lo que
César hizo fue identificarlo y reconocerlo. Tuvo el mérito de ser el primero en
darse cuenta. Los equivocados creyeron que tan solo con matarlo se evitaría el
futuro. Pero, con César o sin César, Roma sería imperio.

Luis XIV no inventó el Estado moderno. Este ya era una consecuencia


de la evolución histórica. Los decretos abolicionistas de Lincoln fueron
propiciados, paradójicamente, por los secesionistas. Si hubiera abolido la
esclavitud antes de la Guerra de Secesión, lo habrían derribado sus propios
seguidores. Y para Adolfo Hitler llevar a la guerra a la Alemania nazi fue mas
fácil que la tabla del uno.

Ese es el valor de la oportunidad, para el bien o para el mal. Por eso se


ha dicho, equivocadamente, que la política es un oficio de individuos
oportunistas. En realidad es una profesión de hombres oportunos. Pero, como
diría Pedro Manero, aprovechar la oportunidad es muy fácil. Lo difícil es
saber cuál es la oportunidad.

* * *

El tercer instrumento o fuente de poder es la fuerza. Esta puede ser


ejercida dentro o fuera de la ley y puede ser ejercida por el propio gobernante
o en contra del gobernante.

Cuando es ejercida por el gobernante y con apego al sistema legal caben


dos posibilidades. La primera es que se haga con ciertas dosis de tolerancia, en
cuyo caso se llama “estado de orden” o, por el contrario, que se haga de
93

manera legal pero con dosis de intolerancia, caso denominado “estado de


represión”.

Cuando es ejercida por el gobernante pero fuera de los preceptos de la


ley caben, a su vez, dos posibilidades. Una de ellas es que el exceso tenga un
maquillaje compuesto por una finalidad de alteza y, entonces, se estará en
presencia de una “dictadura” o bien que ni siquiera de haya tomado la
molestia de inventarle un alto propósito ni justificación o pretexto alguno,
dando lugar a una “tiranía”.

Hace algunas décadas, desde muchos lugares del planeta se veía a la


América Latina como un conjunto de naciones inmersas en una mascarada
democrática, con elecciones simuladas, con vulneraciones constitucionales,
con gobiernos de facto, con fracturas del estado de Derecho, con
sometimientos de la soberanía, con desinterés por la pobreza y con
postergación del desarrollo.

A esos regímenes se les conocía en el mundo como gorilatos y su


característica esencial consistía en ser el gobierno de un solo hombre sin el
estorbo del Congreso. Fueron legendarios Miguel Ydígoras, Luis y Anastasio
Somoza, Fulgencio Batista, Leónidas Trujillo, Francois y Jean Claude
Duvalier, Marcos Pérez Jiménez, Alfredo Stroessner, Rafael Videla, Augusto
Pinochet, Rafael Rojas Pinilla y una larguísima galería de tiranos, siempre
caricaturizados como primates enormes y negros.

No conozco, en zoología, cuales son las características de los gorilas


pero en política son el sinónimo de la autocracia y el antónimo de la
democracia.

No debiéramos olvidarnos de ellos. Muchas veces cuando los pueblos


creen estar mas cerca de la democracia y de la libertad es cuando están, sin
siquiera advertirlo, más cerca de la dictadura o de la tiranía.

Por eso debemos todos ser precavidos, no por ello temerosos, ante
gobernantes que, al verse cada día más aislados, más desangelados y más
apremiados, puedan tornarse en disparatados contra un Congreso que no los
obsequie, contra una Suprema Corte que no los complazca, contra unos
estados federados que no los admitan, contra unos partidos políticos que no
los apoyen, contra unos medios de comunicación que no los alaben, contra una
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clase política que no los entienda y, al final de cuentas lo que es peor, contra
un pueblo que no los quiera.

Ahora bien, cuando la fuerza se ejerce como instrumento de poder en


contra del gobernante puede instalarse en varios escenarios.

Si la fuerza se ejerce por aquellos que están fuera del gobierno pero que
tenían pactos o lealtades para con el gobernante se estará en presencia de una
“rebelión”. Pero si se ejerce por aquellos que siempre estuvieron en contra del
gobernante se estará en presencia de una “revolución”. El rebelde un día fue
amigo del gobierno y, más tarde, se volvió su enemigo. El revolucionario
nunca fue amigo ni enemigo. Siempre fue opositor y, más tarde, se volvió
adversario.

Es importante, sin embargo, no contaminar estas marcas con la riqueza


ideológica o política que pudieran poseer o carecer. En México, la
Independencia y la Reforma son rebeliones muy ricas y muy honrosas. No
tienen que ver con una perfidia o una traición sino, tan solo, con un cambio de
posicionamiento frente a cuestiones básicas de la nación.

Así que no todas las rebeliones son pobres ni todas las revoluciones son
ricas. Nosotros hemos sido afortunados porque, además de esas rebeliones,
nuestra Revolución tuvo un caudal riquísimo de ideología y de política.

Ahora bien, cuando la fuerza se ejerce contra el gobernante pero desde


adentro de la estructura de poder se está en presencia de un “golpe de Estado”.
Esta figura requiere un poco de análisis.

En primer lugar es bien sabido que este concepto ha cambiado a lo largo


de casi cuatro siglos. Existen muchas razones que determinaron esa evolución
pero tan solo consideremos que, en ese entonces, el Estado no existía en la
misma concepción que hoy tenemos de él y, para algunos, ni siquiera existía
como tal.

Por eso el término de “golpe de Estado” inventado o acuñado por


Gabriel Naudé en la primera mitad del siglo XVII se refiere a otros factores
distintos de los que ya consideró Curzio Malaparte en la primera mitad del
siglo XX. En aquel entonces más se parecía a lo que hoy conocemos como
abuso de poder. Una acción arbitraria o desviada que desborda los límites de
la autoridad para ampliar los espacios del gobernante. Un golpe al gobernado
95

que, por originarse en la más alta cúpula de autoridad, recibió la denominación


de golpe de Estado.

Pero con el paso del tiempo y el advenimiento, relativamente reciente,


del estado de Derecho el término adquirió matices distintivos con los que hoy
se le identifica de manera inequívoca. Esas características peculiares son
cinco: la ubicación, la dirección, el propósito, el beneficio y el método.

Pasemos a la primera. El golpe de Estado siempre se ubica en los


propios órganos del Estado. En su interior como espacio y como
protagonistas. Es decir, es un fenómeno exclusivamente político. Lo que
suceda en un sindicato, en un club, en una asociación, en un condominio, en
una congregación, en un partido, en una familia, en una pandilla, en un cartel
o donde sea, será un pleito, una revuelta, una defenestración o una deposición
pero no un golpe de Estado.

La segunda característica es la dirección. El golpe de Estado siempre se


dirige hacia arriba. Es decir, de un órgano o funcionario inferior contra uno
superior. Cuando mucho aceptaría, pero sin conceder, que puede darse entre
pares, tal como el “camarazo” o la desaparición de poderes. Pero nunca de un
superior hacia un inferior
.
El tercer factor distintivo es el propósito. El golpe de Estado siempre
tiene como propósito fundamental, si no es que como intención única, la
deposición del o de los funcionarios a quienes va dirigido. Si no existe esta
intención estaremos en presencia de otra figura política. Si, por ejemplo, la
intención fuera obligar al gobernante a hacer algo, estaríamos en presencia de
un motín pero no de un golpe de Estado. Si la intención fuera impedirle hacer
algo, estaríamos en presencia de un acto contra el ejercicio de autoridad pero
no de un golpe de Estado. Si la acción no lleva la intención de quitarle su
trono, su corona, su cetro o su banda pectoral, entonces no se trata de un golpe
de Estado.

El cuarto factor distintivo que caracteriza el golpe de Estado, tiene que


ver con el beneficiario de la acción golpista. Puede decirse que siempre debe
existir una relación de identidad entre el actor y el beneficiario. El golpista no
sólo quiere remover al gobernante golpeado sino, además, quedarse con su
investidura y con sus atribuciones bien sea de manera personal, si éstas son
individuales, o bien de manera testaférrica si éstas son colegiadas. Si el
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golpista tan solo desea remover pero no ejercer podrá ser otra figura pero no
un golpe de Estado.

Como ejemplo de lo anterior mencionaré el magnicidio. En este caso el


asesino del gobernante tan solo pretende eliminarlo pero no ocupar su lugar ni
sustituirlo en sus funciones. Desde luego que el golpista puede ser, además,
magnicida. Pero en este caso el asesinato es el medio comisivo de la
deposición. Victoriano Huerta y Augusto Pinochet fueron magnicidas además
de golpistas. Ambos asesinaron al presidente en funciones para ocupar su
lugar.

Pero Lee Harvey Oswald nunca quiso sustituir a John F. Kennedy sino,
tan solo, matarlo. Por eso Oswald no puede ser considerado como autor de un
golpe de Estado. Más aun, queda en claro para todos que lo sucedido en Dallas
no fue un golpe de Estado pero lo que sucedió en La Moneda chilena y en La
Penitenciaria mexicana si lo fueron.

Por último, un quinto factor exclusivo es el método. El medio comisivo


ineludible del golpe de Estado es el privilegio de la fuerza contra la ley. En el
golpe de Estado no se finge una legalidad. La soberbia del golpista lo induce
a demostrar que lo que está haciendo es porque tiene la fuerza o el poder de
hecho suficientes para colocarse por encima de la ley.

El golpista considera que se rebaja si se iguala a los demás ciudadanos


al utilizar las vías ordinarias del Derecho para remover al gobernante. Por el
contrario, considera que está por encima del gobernante, del pueblo todo y de
la propia ley porque él es bueno y todos los demás son malos. Considera que
ese privilegio de su bondad lo coloca por encima de la imperfección de los
demás y que ello le da la suficiente legitimación para hacerse del mando en
sustitución del gobernante malo, sin la voluntad del pueblo malo y en contra
de lo dispuesto por la ley mala.

Se dirá que todas estas consideraciones son mera teoría política que no
tienen que ver con nuestra realidad cotidiana. Quizá ese sea el drama político
de nuestros días. Que podemos llegar a pensar que el acto de poder se puede
dar con el desconocimiento del funcionamiento de la política. No tengo
todavía el registro histórico de ningún gran estadista, de ningún gran líder y de
ningún gran caudillo que haya sido un ignorante de la política. Cuando mucho
podrán no haber sabido lo que escribió Rousseau, lo que dijo Voltaire o lo que
97

pensó Montesquieu. Pero no ignoraban lo que son y la manera cómo


funcionan los estados, las naciones, los pueblos y los hombres.

* * *

El cuarto instrumento o fuente de poder es la información.

Desde hace muchos siglos ha quedado acuñada la idea de que poseer


información es poseer poder, sobre todo en lo político. Es proverbial y famosa
la figura de José Fouché a quien todos sus biógrafos atribuyen las enormes
dosis de poder que acumuló a sus depósitos incalculables de información.

El Estado moderno se ha aplicado, de muchas maneras, al acopio


institucional de información, como instrumento de poder y de seguridad.
Algunos gobiernos, sobre todo los totalitarios, han sido eficientes en ese
cometido. Otros, de perfil constitucional, también lo han sido pero gracias a
un esfuerzo grande de voluntad, de seriedad y de inversión pecuniaria.

En México, el asunto sigue siendo paupérrimo. Es muy claro que los


mexicanos tendremos que aplicarnos en los próximos tiempos a prever
nuestros escenarios de la seguridad nacional. En primer lugar, desde luego, a
concebir donde comienza el espacio de la seguridad nacional y donde termina
el límite de la intimidad y de la libertad individual.

Para comenzar se requiere de una ley idónea. Valiente descubrimiento,


dirían algunos. Pero la cuestión no es tan obvia ni tan infantil como parece.
Por lo menos, hasta ahora, ese ha sido el origen de nuestros problemas en esta
cuestión.

Por no pasar como Estado represor o policial, los mexicanos hemos


renunciado a un derecho que se otorgan todos los pueblos civilizados de la
actualidad: el de preservar su seguridad nacional. Sin embargo, no ha sido una
renuncia ni sincera ni honesta. Nada de eso. Tan solo ha sido de “dientes para
afuera”. Porque en “lo oscurito” y a través del clandestinaje legal han
operado, desde siempre, las policías políticas, la investigación de Estado, los
“orejas”, los “pájaros en el alambre”, los “correveydile” y toda esa amplia
fauna que se ha agrupado bajo diversas siglas sexenales y transexenales.
98

El resultado de dicha irregularidad normativa, combinada con un


cinismo de Estado, ha sido el de un sistema de seguridad nacional clandestino,
incontrolable, inexpugnable, impredecible, incuestionable y, lo peor de todo,
invaluable. Es decir, un sistema de seguridad nacional construido sobre los
cimientos del espionaje y que, dada su irregularidad y su ilicitud, concluye en
un tejido de complicidades entre los espías y los altos gobernantes de la
República.

Por eso digo que no es tan obvio ni tan infantil que lo primero que se
requiere es una ley idónea para que, con el adecuado basamento de la
legalidad, pueda construirse un sistema de seguridad nacional civilizado,
institucional, controlable, verificable y, sobre todo, subordinado, pero nunca
asociado ni casado con el poder político.

Porque el asunto de la seguridad nacional va más allá del terreno


policial por muy civilizado y sofisticado que éste sea. La realidad es que la
seguridad nacional tiene que ver con todos los centros estratégicos que
permiten que el Estado y la nación funcionen de la manera prevista. Es decir,
con independencia, con soberanía, con paz, con estabilidad, con
institucionalidad, con libertad y con justicia.

Por ello la seguridad nacional está depositada en muchos polos a veces


muy difusos. No sólo tiene que ver con el control de guerrillas o con la
intervención de teléfonos. Tiene que ver con una cultura de previsión y con
un sistema de información y reacción.

Lo importante es tener presente que la seguridad nacional es algo más


complejo y más serio que un asunto de espionaje o de fisgonería y que debe
asumirse hoy y no más tarde. Y, para estos efectos, no podríamos estar
seguros si mañana es tarde o ya lo es hoy.

Por eso bien dijo Lord George G. Byron que un Estado se construye en
siglos pero puede destruirse en horas.

* * *

El quinto instrumento es el dinero. La riqueza y la pobreza es un tema


esencial de la política y es un tema eminente del poder. Considerarlo tan solo
99

como un tema de la economía sin conexión con la política ni con el poder es


condenarlo a ser un tema del mercado y no a ser un tema del Estado. Lo
anterior sería y ha sido particularmente grave entre nosotros porque si en
algún lugar la riqueza y la pobreza están indisolublemente ligadas con la
política y el poder es en México.

En México, más que en otros países de occidente, ser muy pobre es,
además, ser muy débil. Así como ser muy rico acarrea, casi invariablemente,
ser muy poderoso. Para los mexicanos pobres es difícil hasta acceder a los
privilegios mínimos de la ley mientras que los mexicanos ricos están
asociados hasta con el proyecto nacional de destino. Para nadie familiarizado
con nuestro sistema político escapa la realidad de que el presidente mexicano
habla con los diez hombres más ricos del país más veces y más tiempo al mes,
que con lo diez subsecretarios y con los diez gobernadores más relevantes e
influyentes.

De esto se desprende una consecuencia gravísima y no suficientemente


acometida. El proyecto mexicano de repartos es muy complicado porque
repartir la riqueza en México no solamente implica repartir dinero sino,
también, repartir poder. No es un tema de repartición económica sino,
también, de participación política. No sólo implica distribuir privilegios sino,
también, compartir decisiones.

Por eso la democracia mexicana al estilo neoliberal es un mero


embuste. Porque la redistribución del poder requiere hacerse desde o hacia los
centros neurálgicos del poder y eso solamente lo logran las revoluciones.

* * *

El sexto instrumento o fuente de poder es el engaño. Una sociedad que


está entrampada en el artificio de una mejoría puede quedar sometida a las
órdenes del aranero, bien sea que la haya seducido con el embuste de la
mejoría económica, de la seguridad pública, de la educación y la salud o hasta
de la conquista territorial.

Podrían recordarse muchos casos. Uno de ellos fue la artimaña


representada por el Tercer Reich que prometía al pueblo alemán una
hegemonía imperial mundial de, por lo menos, mil años.
100

En México, los adversarios del PRI prometieron, durante varias


décadas, la remisión de la deshonestidad, de la ineficiencia, de la pobreza, de
la inseguridad y hasta del nepotismo. Les creyeron, les entregaron el poder y,
sólo hasta entonces, descubrieron la treta.

Sobre esto se habrá de abundar en líneas posteriores.

* * *

El séptimo instrumento o fuente de poder es el temor.

De esto se tienen muy conocidos ejemplos. El miedo producido por la


amenaza de una epidemia, de una quiebra generalizada o de una agresión
militar o delincuencial puede conferir el poder político a un individuo o a un
grupo a los que se considere como los defensores o salvadores frente a la
enfermedad, la pobreza o el enemigo.

Un ejemplo importante se tiene a partir de la Gran Depresión del 29. La


pobreza generalizada, la pérdida masiva de empleos, la destrucción repentina
de fortunas y muchas otras calamidades económicas y financieras
pulverizaron la seguridad acostumbrada de los estadounidenses. El miedo se
apoderó de ellos. Tan solo el dato de que seis millones de ellos solicitaron visa
de residencia en la Unión Soviética es la representación más exacta de la
catástrofe.

El nuevo presidente, Franklin D. Roosevelt lo entendió y lo capitalizó.


Su discurso inaugural tuvo como tema central al miedo. La historia lo conoce
con el título de “El miedo del miedo”. Pero lo importante es que, con ese
temor, se hizo de un poder político insólito en su nación. El paquete de
reformas económicas que, de inmediato, envió al Congreso de los Estados
Unidos constaba de casi veinte nuevas leyes o modificaciones. Los
legisladores de ambas cámaras las aprobaron en un solo día sin discusión y
con dispensa de todos los trámites.

Ese episodio histórico, que se conoce como el Stamp Congress,


aludiendo a que en el Capitolio tan solo se pusieron los sellos y el membrete,
101

es la representación de un poder político extraordinario conferido a un solo


individuo en virtud de un miedo pánico.

Otro caso de ejemplo fueron los actos terroristas en Nueva York y en


Washington que no sólo destruyeron vidas y bienes sino que, además, vinieron
a darle “a través” a una buena parte del sistema de libertades que, a lo largo de
más de dos siglos, había venido construyendo la nación norteamericana.

Más aún, hay quienes sugieren, con cierta razón, que la vulnerabilidad
que aprovecharon los agresores devino de los espacios de libertad. Que, por
ejemplo, un avión extranjero y proveniente del extranjero no hubiere podido
penetrar, sin permisos, los espacios aéreos estadounidenses. Pero aviones
domésticos en territorio local si lo pudieron hacer, desviarse y concluir
fatalmente sin que se encendiera ninguna alarma indicadora.

De allí se pasa a la etapa que prosigue. El reclamo y la solicitud de


mayores espacios para la autoridad, en detrimento de los espacios del
individuo. Por eso es oportuno repetir, una vez más, la preocupación de que
frente a un problema tan grave los humanos podamos actuar orillados por el
temor, que es mal consejero; por la irreflexión, que es mala promotora; por el
protagonismo, que es mal socio; por la imitación, que es mala amiga; o por el
interés, que es mal amo.

Es el terrorismo la más bárbara, la más injusta y la más cobarde de


todas las agresiones a las que puede someterse a una sociedad. Digo esto
porque es una forma de agresión que deja maniatada e inerme a la propia
sociedad para su combate y para su castigo. Más aún, casi siempre para poder
asumir con éxito su combate y su castigo las propias sociedades victimizadas
tienen que sacrificar su propia dignidad. Su combate, casi siempre, tiene que
hacerse con los mismos vicios de lo que se pretende combatir. Casi siempre
tiene que hacerse en el clandestinaje, en el espionaje, en lo oscuro, en lo ilegal
y, a veces, en lo inmoral. La sociedad y sus gobernantes tienen que pagar el
precio de regalar a sus espías una buena parte de su poder político y, en
ocasiones, una buena parte de su poder constitucional.

Como presagio de los tiempos por venir, presenciamos el surgimiento


de una actividad que, aunque investida del discurso político y del afán del
cambio, corresponde a diversos tipos de terrorismo, de sedición o de motín.
Hablamos del surgimiento de los grupos armados urbanos de orientación
política, con entrenamiento en el uso de armas y de tácticas de lucha que, entre
102

sus acciones, destacaban especialmente las que tenían una finalidad de


financiamiento y las de carácter propagandístico.

Ante la experiencia de diversos países, se ha propuesto la solución que


consiste en responder, de inmediato y en forma drástica, frente el fenómeno
que se calificó como terrorismo. Se plantea que el principal valor a
salvaguardar es la estabilidad del país en todos sus aspectos, especialmente
considerando que se abrirá una nueva era en la política caracterizada por una
mayor participación de la autoridad, por lo que el costo del combate contra los
grupos armados se ha asumido como el mal menor.

Para atacar de raíz la actividad de esos grupos, se concederá especial


importancia a la actividad encubierta de las corporaciones. Esto, por supuesto,
también se aplica en el combate de la delincuencia “común”. Sin embargo, a
pesar de que los resultados visibles en la lucha contra los grupos armados sea
de éxito en un tiempo relativamente corto, se encuentra que también habrá la
manifestación de efectos colaterales: la desviación de las actividades de los
elementos de las corporaciones.

Para ningún sistema social es desconocido el fenómeno consistente en


que quienes deben salvaguardar el orden se conviertan en sus violadores.
Tampoco es extraño que, alrededor de esos elementos, giren individuos que,
de alguna manera, comparten el poder real con que los inviste su papel de
defensores del orden, generándose, así, un submundo propicio para el
desarrollo de actividades delictivas, en las que se confunden las identidades.

10. La naturaleza, las estructuras y los medios del poder.

No todo el poder político se encuentra estructurado de la misma manera


ni con las mismas características. A su vez, no todas las estructuras de poder
poseen la misma naturaleza y, por último, no todas utilizan los mismos medios
para la concretización de su poder.
103

Desde el punto de vista de su flexibilidad o de su rigidez, las estructuras


de poder pueden ser formales, informales o eclécticas.

Son estructuras formales de poder aquellas que están instituidas y


organizadas como centros visibles e identificables, sobre todo en lo que
concierne a sus polos de mando.

En ellas el poder suele tener una naturaleza de tipo jerárquico. Hay


poder porque hay quien tiene el privilegio de mandar y quien tiene la
obligación de obedecer. Esto último agrega una característica esencial, en
cuanto al medio de mando que se utiliza en ellas, el cual siempre de manifiesta
en decretos-orden o, dicho de otra manera, en un contenido compuesto por
órdenes, envasado en el continente de decretos.

Las más significativas de las estructuras formales de poder son

1. La ley,

2. El gobierno y

3. La empresa.

La ley es, por excelencia, el supremo paradigma del mando. Nadie tiene
más poder que la ley. A ella nadie se antepone ni se sobrepone. Su misma
naturaleza imperativa la hace, por si misma, un decreto. Ella no emite el
decreto sino que lo es intrínsecamente.

Cuando mucho, hay en ella jerarquía de mando, conocida como


“jerarquía normativa”. Constitución, ley reglamentaria, ley ordinaria,
reglamento, acuerdo general o acto individual son tan solo un tramo de la muy
amplia diferenciación jerárquica que existe entre la normas. Pero todas ellas
contienen un poder de mando formal y jerárquico.

En segundo lugar, mencionábamos al gobierno. Es éste una


encarnación de la ley. Es la ley o, por lo menos, una parte de ella,
personificada y nominada. En todos sus ramos y en todos sus niveles, el poder
gubernamental es una estructura formal de poder que, así como la ley, utiliza
sus órdenes-decreto como medio de poder. Esto último, aunque ellos no vayan
104

dirigidos a constreñir la libertad ni los espacios propios del gobernado sino,


tan solo, a incidir sobre otros agentes del gobierno, sean estos paritarios o
subordinados.

La empresa sería un tercer ejemplo de estructura formal de poder. Al


igual que la ley y el gobierno, la naturaleza de su poder es jerárquico. En la
empresa manda “el jefe”. Su poder deviene de su superior jerarquía. Al igual
que en el gobierno y que con la ley, su medio de poder es el decreto-orden.

Son estructuras informales de poder todas aquellas que se encuentran


integradas por una pluralidad de individuos que, entre ellos, no existe ningún
concierto o pacto de asociación pero que forman una comunidad, dados sus
intereses o sus posicionamientos comunes.

En estas comunidades informales de poder la naturaleza del mando es


selectiva y el medio de poder está constituido por las preferencias. Tres
ejemplos serían esenciales de este tipo de estructuras. Ellas son los electores,
los consumidores y los ahorradores.

Se advierte que, en ellas, no hay ningún contrato de asociación. Los


varios millones de electores que votan por un mismo candidato ni concertaron
ni se conocen. Más aún, las leyes electorales podrían hasta sancionarlos por
actuar en contrario. Pero lo que ellos decidan vale como cualquier resolución
de cuerpo colegiado. Es una estructura informal, desde el ángulo de su
funcionamiento. No tiene poder jerárquico porque, entre sus integrantes no
hay jerarquía sino paridad. Su poder es de naturaleza selectiva puesto que es
su opción la que determinará triunfadores y vencidos. Hasta eufemísticamente,
se le conoce como “mandato popular”. Y su medio de poder es la preferencia.

En el mismo caso, para no abundar en repeticiones, se encuentran los


consumidores y los ahorradores. Sin acuerdo previo ellos eligen el producto
preferido o el instrumento seleccionado.

Por último, existen algunas estructuras de poder que podrían


denominarse eclécticas porque tienen una naturaleza mixta. No son un
comunidad inconexa entre sus integrantes aunque, tampoco, poseen la
estructura rígida y formal de las instituciones depositarias de poder.
105

En estas estructuras informales existe un basamento formal que les da


contacto y cohesión pero no tienen jefes formales y viven en una paritarismo
aparente, aunque en un liderazgo real.

Existen muy buenos ejemplos de ellos. Los primeros que mencionaría


serían los gremios. Se integran en algo no más sólido que una asociación, bien
sea ésta constituida o fáctica. Los más notables son las profesiones, la milicia
y el clero.

En una organización de profesionistas todos son iguales. Todos portan el


mismo grado académico y nadie es jefe de otros. Pero, como gremio, unos son
dirigentes y otros son dirigidos. Lo mismo sucede con las organizaciones
gremiales de militares, muchas de ellas ni siquiera constituidas con formalidad
pero existentes en la realidad. Si se integra con dos docenas de divisionarios
en funciones, la apariencia diría que todos ellos son iguales pero, en el fondo,
no lo son. Tres o cuatro de ellos son los jefes del clan. Y lo mismo pasa con
los clérigos. México tiene algo así como 120 obispos de jerarquía “igual”.
Pero, realmente, no todos son tan iguales. Hay, entre ellos, jefes y jefaturados.

Todo ellos porque tienen una estructura mixta que se atiene a un poder
de naturaleza directiva y con el uso de un medio que es el liderazgo.

Otros buenos ejemplos son los sindicatos. Todos los trabajadores que
los integran son iguales y paritarios entre sí. Los dirigentes sindicales no son
jefes de los trabajadores. Pero, en la realidad, los dirigen como si fuera una
institución gubernamental, empresarial o militar. Lo mismo pasa con las
cúpulas, desde empresariales hasta intelectuales.

¿Qué no decir de los congresos y parlamentos? En ellos la paridad es


norma jurídica y discurso político. Pero los liderazgos son fuertes y evidentes.
Son éstos, también, estructuras eclécticas de poder.
Podría intentarse un resumen de esto.

Estructuras formales.

Poder = Jerárquico.
Medio = Decretos-orden.
Ejemplo = Ley / gobierno / empresa.
106

Estructuras informales.

Poder = Selectivo.
Medio = Preferencias.
Ejemplo = Electores / consumidores /ahorradores.

Estructuras eclécticas.

Poder = Directivo.
Medio = Lideral.
Ejemplo = Gremios de profesionistas / militares /
sacerdotes / sindicatos / cúpulas / parlamentos.

11. Los factores del poder.

Por otra parte deben considerarse lo que podrían ser denominados como
los factores del poder. Es decir sus insumos integrantes los cuales,
debidamente dosificados, ensamblados e integrados dan por resultado lo que
podría llamarse el “estado de craticidad” o “estado puro de poder”.

Esto factores son seis. El primero de ellos es el estado de legalidad que


no es otra cosa sino el respeto que la autoridad gobernante le brinda a los
espacios y derechos de los ciudadanos gobernados.

El segundo es el estado de potestad, el cual puede ser considerado


como la capacidad jurídica de que dispone la autoridad gobernante para el
ejercicio del poder.

El tercero es el estado de seguridad, entendido como el respeto que los


ciudadanos gobernados se brindan, entre sí mismos, respecto de los espacios y
derechos de cada uno de ellos.
107

El cuarto es el estado de legitimidad, considerado como el respeto que


los ciudadanos gobernados le brindan a las potestades y competencias de la
autoridad gobernante.

El quinto es el estado de efectividad, entendido como la capacidad


ejecutiva de que dispone la autoridad gobernante para concretar el ejercicio
del poder.

Por último, el sexto es el estado de gobernabilidad, que no es otra cosa


sino el liderazgo efectivo que la autoridad gobernante puede ejercer para la
aplicación real de su poder político.

El análisis de estos seis factores, objeto de los siguientes capítulos, es el


facilitador de una teoría pura del poder.
108

SEGUNDA PARTE

LOS FACTORES QUE FACILITAN UNA TEORÍA DEL PODER

12. El polímero del poder político.

ESTADO DE CONSTITUCIONALIDAD O DE DERECHO

Estado de
Potestad
(b)

Estado de Estado de
Legalidad Seguridad
(a) (c)
Estado de
Craticidad
o
Estado Perfecto
de Poder
(y)
Estado de Estado de
Legitimidad Gobernabilid
(d) ad
(f)
Estado de
Efectividad
(e)

ESTADO DE ACTIVIDAD O DE FUNCION

ELEMENTOS JURÍDICOS O DE EXCLUSIVIDAD


La imagen anterior representa la integración de los seis factores del
poder y la
ELEMENTOS resultante
POLÍTICOS de esa integración. Me he permitido llamarlo polímero,
O DE CORRELATIVIDAD
109

tomando el nombre de la simbolización esquemática que la química orgánica


utiliza para representar a la molécula.

Esos seis factores son los estados ya mencionados en líneas anteriores:


legalidad, potestad, seguridad, legitimidad, ejecutividad y gobernabilidad.

Tres de ellos son factores jurídicos o de exclusividad. Lo primero


significa que su existencia está determinada por la normatividad jurídica. La
ley es su referente esencial e ineludible. Ellos son la legalidad, la potestad y la
seguridad. La fórmula más sintética de cada uno de ellos es la siguiente.

Legalidad = respeto al gobernado = límites de ley.

Potestad = zona de autoridad = espacio de ley.

Seguridad = respeto a los otros gobernados = límites de ley.

Con lo anterior queda en claro que esos espacios y esos límites sólo los
establece la ley y, por eso, se puede confirmar que son factores jurídicos.

Pero, además, son factores de exclusividad porque su existencia


depende de una voluntad y de una ejecución unilateral. El respeto de la
autoridad hacia el gobernado proviene de la voluntad cumplidora y legalista
del gobernante, sin que el gobernado tenga que hacer algo para que esto
suceda. La potestad es la capacidad atributiva del gobernante, quiera o no el
gobernado. La seguridad es, a su vez, el resultado de una voluntad y de una
conducta respetuosa de cada gobernado sin necesidad del concurso de los
demás gobernados.

Queda con esto, también confirmado, que estos tres primeros factores
son exclusivos.

Por el contrario, los otros tres factores son políticos o de correlatividad.


Lo primero significa que su existencia está determinada por la realidad
política. Esta es su referente esencial e ineludible. Ellos son la legitimidad, la
efectividad y la gobernabilidad. La fórmula más sintética de cada uno de ellos
es la siguiente.
110

Legitimidad = respeto a la autoridad = creencia política.

Efectividad = idoneidad ejecutiva = calidad política.

Gobernabilidad = consenso generalizado = liderazgo político.

Con lo anterior, queda en claro que esas ideas y conductas sólo los
establece la política y, por eso, se puede confirmar que son factores políticos.

Pero, además, son factores de correlatividad porque su existencia


depende de una voluntad y de una ejecución bilateral. La legitimidad o el
respeto del gobernado hacia la autoridad proviene de la creencia de que su
gobierno es el que debe ser y es el mejor. Para ello el gobernante, a su vez,
debe tener muy buena credencial de designación o muy buena actuación de
gobierno. La efectividad es la capacidad realizadora del gobernante, sumada al
beneplácito del gobernado. La gobernabilidad es, a su vez, el resultado de una
anuencia multilateral en cuanto a ideas, instrumentos, métodos y propósitos.

Queda con esto, también confirmado, que estos tres factores son
correlativos.

Ahora bien, ya anteriormente quedaron establecidas las fórmulas


básicas de representación del poder, mismas que ahora pueden ser vistas de
acuerdo con el polímero en cuestión. Tómese la fórmula primordial que quedó
expresada como

Si es “A”, es “B”.

Por eso, la expresión negativa de la fórmula primordial sería, a


contrario sensu, de la siguiente forma

Si no es “A”, no es “B”.
Pero se dijo y siempre debe tomarse en cuenta que la realidad se
impone, por dura y maciza que pueda ser. Y, por lo tanto, no pueden el
científico, el estudioso, el profesional o el mero observador de la política
111

atenerse con la existencia exclusiva de un poder puro que no sale del


laboratorio.

Es por ello que tienen que conformarse con el “estado de poder” que
tengan al alcance y que, también, tiene su fórmula relativa de expresión.

En otras palabras, cuando no existe el “estado puro de craticidad” o


“estado perfecto de poder” el cual, en la realidad, nunca ha existido, tenemos
que convivir, conocer, analizar, estudiar, entender, explicar y operar el “estado
relativo de poder” o “estado de craticidad relativa”.

Expresar esta fórmula relativa sólo es posible a través de la conjunción


de los elementos que conformarían el estado absoluto de craticidad, mismos
que conforman el polímero de poder ya descrito, lo cual permite analizar una
realidad que, sabemos, puede asemejarse mas o menos al prototipo ideal de
poder. Su expresión es

Si hay +/- [a+b+c+d+e+f¨] = +/- [ y ]

Los valores de la anterior ecuación son (a = legalidad), (b =


legitimidad), (c = seguridad), (d = potestad), (e = efectividad), (f =
gobernabilidad) y (y = craticidad).

Esto significa que, a mayor/menor presencia de los factores de poder se


puede mas/menos constituir el factotum que hemos denominado estado de
craticidad.

13. Poder y legalidad.

Ya se dijo que el estado de legalidad consiste el respeto de la autoridad


gobernante hacia los espacios y derechos del ciudadano gobernado. Es un
factor de poder jurídico y exclusivo. Se instala, fundamentalmente, en las
garantías constitucionales, las cuales marcan los límites inmutables e
112

irrenunciables de actuación del poder público sobre el individuo o sobre la


sociedad.

En la vida científica el poder y la ley parecieran estar dispuestos para un


ensamble fácil y automático. En la realidad cotidiana, este ensamble es difícil
y complicado. Más aún, hay tiempos particularmente difíciles en este aspecto,
para cada nación o sociedad.

En el caso de México, Aristóteles y Platón no me acosaban tanto desde


los tiempos universitarios. Debo confesar que, sólo ocasionalmente, los he
evocado a lo largo de tres décadas, sobre todo cuando he visto enfrentarse al
poder contra la justicia.

En todo ese tiempo, casi siempre he visto a Cratos vencer a Themis. En


las sentencias que se dictan por consigna, en las acusaciones que se formulan
por mandato, en los desafueros que se procesan por ordenanza. Todos los días,
durante esos años, he visto al poder derrotando a la justicia.

Pero también he visto lo contrario, aunque no estoy seguro si eso fue un


resultado real o virtual. Porque he contemplado a ombudsmen, a activistas o a
simples argüenderos acorralar, atacar y destrozar a procuradores, a secretarios
y a gobernadores. Sin embargo, no siempre me ha quedado la certeza de si los
vencieron porque les asistía la justicia o si los destruyeron porque los
apadrinaba el poder.

No obstante esas dudas, lo que he observado en esos 15 mil días me ha


instalado nuevas percepciones que creí superadas sobre el pensamiento
aristotélico que nos surtieron los maestros escolares y que, mas tarde, ellos
mismos nos habrían de completar con los teoremas de Tomás de Aquino para
rematar con las tesis de Hans Kelsen y de Gustavo Radbruch.

Así, lo que supuse que se trataba de filosofía pura, con todas sus delicias
pero con todas sus inocencias, hoy me vuelve a atormentar al ver, todos los
días, que mi país se encuentra como nunca lo imaginé. Sumergido en una
crisis de poder, manifestada en el formato de la impotencia y la
ingobernabilidad, así como embarrado en una crisis de justicia, expresada en
la forma de inseguridad y de irresolución.

En el aula de la escuela, muchas veces Eduardo García Máynez, Luis


Recaséns Siches, Manuel Ruiz Daza, Agustín Pérez Carrillo y Juan Sánchez
113

Navarro, me hablaron del conflicto producido por el enfrentamiento entre


justicia y poder o, dicho con mas crudeza, entre la ley y la política. Después,
en el aula de la lectura, Nicolás Maquiavelo, Julio Mazarino y Charles de
Montesquieu me explicaron lo aprendido.

Pero más tarde, en el aula de la vida, muchas veces platiqué con Jesús
Reyes Heroles, con Sergio García Ramírez o con Antonio Martínez Báez,
sobre la correlación y ya no la contrarrelación que existe entre esos dos
factores de nuestra vida colectiva.

Esta relación entre poder y justicia la sintetizo en lo siguiente. Hay


quienes dicen que el gobernante ejerce un poder que proviene de las
atribuciones que le confiere la ley. Es decir, que el poder político proviene de
la potestad jurídica. Que Cratos, ineludiblemente, es hijo de Themis.

Por el contrario, hay quienes afirman que la fuerza efectiva de una ley
proviene de la voluntad aplicativa que le imprime el gobernante. Es decir, que
la vigencia jurídica proviene de la regencia política. Que Themis es,
inevitablemente, hija de Cratos.

Pero yo agrego que nada impide la posibilidad de que la relación entre


ambos personajes mitológicos no sea filial o paternal sino fraternal o
conyugal. Que ninguno haya gestado ni generado al otro sino que sean pares y
co-laboradores. Que el poder requiere de la ley para ser aceptado y la ley
requiere del poder para ser aplicada.

Si esto es cierto, hoy los mexicanos estamos como el gato que perseguía
a su cola. Porque lo menos que puede exigírsele a un Estado, hoy en día, es
que tenga un mínimo de gobernabilidad política como para lograr el
cumplimiento de la ley.

Quizá no se pueda exigir ni culpar a un Estado por no remitir la pobreza


que él no instaló, por no ganar la guerra que él no provocó, o por no superar el
atraso que él no indujo. Pero es innegable que, de perdida, está obligado a
aplicar la ley que el propio Estado expidió por considerarla la idónea, la ideal
o, por lo menos, la posible.

Es muy duro decirlo pero el gobernante que no puede ni siquiera poner


en vigencia sus propias leyes ya está perdido y se encamina hacia el estado
perfecto de impotencia política.
114

14. Poder y potestad.

El estado de potestad consiste en la capacidad competencial del


gobernante. Es el espacio de actuación que la ley confiere a la autoridad. Es un
factor de poder jurídico y exclusivo. Se instala, fundamentalmente, en las
leyes orgánicas y competenciales las cuales marcan los espacios de actuación
del poder público sobre el individuo o sobre la sociedad.

En el México de hoy, este factor se ha encontrado sujeto a una revisión,


más ilusorio que realista, a través de lo que, pomposamente, se ha llamado “la
Reforma del Estado”.

No puede pasarse por alto que, aunque no se le identifique claramente


más que por los especialistas, la Reforma del Estado se requiere como
solución a diversos malestares. Así, casi sin darnos cuenta empieza a instalarse
la sensación, cada vez más generalizada, de que el gobierno en todas sus
potestades y en todos sus poderes se ha debilitado, se ha fragilizado y
constituye una instancia de mando muy distinta a la de los gobiernos fuertes y
estables a los que estuvimos acostumbrados durante las décadas pasadas.

Empieza a sentirse que la Presidencia de la República ha perdido su


tradicional fortaleza. Que el Congreso de la Unión no ha asumido la plenitud
de su potestad constitucional. Que la Suprema Corte es un poder muy
marginal. No se diga de la situación en la que se encuentran y se han
encontrado tradicionalmente los gobiernos estatales y municipales.

Pero surge una duda esencial porque el vacío de poder es una creación
fantástica de los ingenuos puesto que el poder que no ejercen unos lo ejercen
otros, pero no queda vacío. Si el gobierno mexicano no manda, entonces
¿quién manda? ¿Vivimos un gobierno ejercido por otros? En este caso,
¿quiénes son los otros?

Porque existen otros centros o polos de poder que alternan y disputan el


mando de la nación al tradicional estanco que el Estado tenía de ello. Por lo
menos en diez nichos de tres categorías se instala ese depósito alterno.
115

Un primer nivel que es el de mayor peso está representado por tres


centros de poder. El gobierno, en sus diversas divisiones y repartos que, aún
en su debilidad, es el centro primordial. El capital económico, en sus diversas
manifestaciones. Y los medios de comunicación, poder que ha demostrado
una emergencia vertiginosa asociada con la democratización de la política y
con la mediatización de la democracia.

Un segundo nivel estaría formado por cuatro centros de menor alcance


actual pero con enormes potencialidades bien sean futuras o bien sean
eventuales. Estos son los partidos políticos, las potencias extranjeras, las
fuerzas armadas y la delincuencia organizada.

Por último, en un tercer nivel, se encuentran instalados tres centros hoy


fragilizados pero dignos de figurar en esta cratología mayor. La academia, los
sindicatos y las iglesias.

Aunque no es el único, el mayor centro de acopio de poder político


sigue siendo el gobierno. Sin embargo ese poder se ha ido difuminando.

La Presidencia de la República fue, con mucho, la mayor depositaria del


poder político mexicano. Esto se debió a dos factores esenciales que hoy se
han perdido. Su poder no sólo provino de las facultades constitucionales que
son inherentes al sistema presidencialista representadas básicamente por la
jefatura de Estado, la jefatura de gobierno, la jefatura de fuerzas armadas y la
jefatura de política exterior. Todas esas las han tenido y las conserva aún.

Pero, además, el presidente mexicano de los últimos ochenta años


ejerció muy diversas facultades, no escritas, de las cuales mencionaremos tan
solo tres que parecen esenciales: la jefatura de partido, el liderazgo de
congreso y el comando de justicia.

El Congreso tiene, a su vez, sus fragilidades de origen. El Congreso


mexicano esta diseñado para ser débil. Muchas de sus instituciones y de sus
procedimientos tradicionales llevan ese propósito: la no reelección de
congresistas, la renovación integral de las cámaras en la misma elección, la
fortaleza de los partidos en el debate y en la organización cupular de las
cámaras, los periodos congresionales pequeños y los larguísimos periodos de
receso, el trabajo en comisiones desprovisto de recursos de toda índole y, por
116

último, las imposibilidades sustanciales de acceso a la información para


enriquecer el debate y la toma de decisiones.

El Congreso es el producto deliberado de una estrategia política de


diseño tendiente a debilitar al Poder Legislativo en aras de transferir esas
potestades informales hacia la Presidencia de la República.

La Suprema Corte de Justicia también sufre un fenómeno similar.


También está diseñada para ser débil. La existencia de la fórmula Otero que
relativiza la más importante de sus sentencias que es la resolución de amparo,
es tendiente a hacerlo un poder débil frente a los demás poderes. La falta de
un presupuesto autónomo, las limitaciones de la facultad de iniciativa en la
generación legislativa y otros factores hacen que el Poder Judicial sea un
órgano muy marginado de las decisiones políticas nacionales.

En cuanto a los gobiernos de los estados y de los municipios están,


también, diseñados a través de un acopio de facultades políticas y financieras
para no tener ningún peso político frente a las decisiones centrales de la
Federación.

Ante este esquema y dadas las circunstancias en las que nos


encontramos, hoy en día vale la pena reflexionar en las conveniencias de
persistir en un gobierno débil o de tratar de reinstalarnos en un gobierno
fuerte.

Las diferencias de la conceptualización política consisten, básicamente,


en aquellas posturas que conciben al Estado como un sistema de órganos del
gobierno o bien aquellas que lo conciben como un sistema de centros de
poder. Y el hecho de que algunos piensen en una concepción orgánica
mientras que otros piensan en una concepción cratológica dificulta el
entendimiento en los grupos que tienen que participar en el ejercicio político.

Pero, además, a ello hay que agregar que la realidad y la sensatez


obligan a instalarse en una posición que, siendo organicista, tenga los
suficientes alcances craticistas que le permitan no sobajarse al mero nivel de
un sistema de burócratas.

Si tan solo se tratara de actuar sobre el equilibrio entre gobierno y


gobernados el asunto tiene que verse, de inicio, en la relación de poder
117

público. Tenemos que preguntarnos si deseamos un poder presidencialista, un


régimen parlamentario o una especie parlamentaroide.

Tomemos un ejemplo extranjero a partir de Italia. Es esta república


parlamentaria uno de los países europeos donde el gobierno es más inocuo.
Los italianos, deliberadamente, han construido un régimen político muy
distinto, en funcionamiento aunque no en estructura, al de sus vecinos
continentales. Así como los ingleses, los alemanes, los españoles y, a su
modo, los franceses se preocupan y en ocasiones se angustian cuando su
gobierno no es verdaderamente fuerte, los italianos se incomodan cuando su
gobierno ha querido emular a aquéllos.

De esa suerte, el gobierno italiano es tenue aunque no débil. Por eso, a


los ojos de un inglés, de un alemán, de un español o de un francés, no se diga
de nosotros lo americanos, impuestos al presidencialismo, el gobierno italiano
resulta casi inexistente.

En primer lugar, el Ejecutivo carece de presencia fuerte, como en todos


los sistemas parlamentaristas. Pero, ¡vaya paradoja! El parlamento ha sido
frágil y volátil. El parlamento italiano y, por ende, el gobierno ha tenido una
vigencia promedio de siete meses, durante los últimos cincuenta años. Es
decir, un italiano ve cambiar su gobierno muchas veces, aunque los personajes
retornan, mientras que el gobierno español dura ocho años, el inglés y el
alemán suelen durar diez años y los presidentes franceses acostumbran
desempeñar un modesto mandato de catorce años.

Sin embargo, lo trascendente es que el pueblo italiano marcha tan bien


como sus vecinos. Es el diseño que se han dado y les ha funcionado. El país
produce, es próspero y vive en un orden no menor que el de cualquier otro.

Pero, ¿por qué en Italia el gobierno tenue no trasciende en anarquía?


No hay una respuesta exacta y las conjeturas son hipotéticas. Me atrevo a
creer que esto sucede así porque funcionan, como pilares alternos, dos
instituciones italianas de recio prestigio y de alta eficiencia: su sistema de
empresa y su sistema de justicia.

La empresa italiana es de primera. Desde su industria textil que exporta


anualmente quince ó veinte mil millones de dólares de moda, entiéndase
corbatas y camisas, hasta su industria automotriz, que vende su altísima
tecnología a la mitad del orbe, pasando por su producción de maquinaria y de
118

diseño. Es una empresa que produce, que vende, que gana y que contribuye a
la estabilidad y el progreso de la nación.

El otro elemento de este sistema binario es el sistema de justicia. La


abogacía italiana no sólo esta preparada con una de las mejores tecnologías
jurídicas del mundo sino, también, esta acondicionada con ética, con
responsabilidad social, con adecuada conducta y con una valerosa
reciedumbre. Ser magistrado italiano es divisa de orgullo y de honor en toda
Europa y en todo el mundo. Lo mismo se puede decir del litigante italiano,
del fiscal italiano y del catedrático italiano.

Estas dos bien formadas instituciones suplen, para el orden y el


progreso, a un gobierno diseñado para actuar de manera sui géneris. Una de
ellas herencia de Roma y la otra heredada de Venecia, lo cierto es que, sin
ellas Italia no sería lo mismo. Pero, ¡cuidado! El modelo italiano no es
recomendable para los pueblos que no cuentan con instituciones alternas de
excelente factura.

Por eso cada pueblo tiene que reconocer y aprovechar sus propios
activos y no menospreciar sus aptitudes por obsesionarse en las de los demás.
En 1835, Alexis de Tocqueville profetizaba que Rusia y los Estados Unidos
estaban destinados a dirigir, cada uno, a la mitad del mundo, siempre y cuando
los Estados Unidos no se convirtieran en una dictadura y Rusia no se
convirtiera en una democracia. Después de más de cien años se demostró que
Tocqueville tenía razón. Y la Perestroika vino a demostrar que la sigue
teniendo.

15. Poder y seguridad.

El estado de seguridad consiste en el respeto que cada ciudadano


gobernado le brinda a los espacios y derechos de los demás ciudadanos
gobernados. Es un factor de poder jurídico y exclusivo. Se instala,
fundamentalmente, en las leyes prohibitivas y punitivas las cuales marcan los
espacios de actuación de cada individuo respecto a los demás individuos.
Los graves sucesos de los tiempos recientes me han hecho recordar que,
hace 26 años, cuando llegué a trabajar en la PGR, escuché a varios
119

especialistas decir que el crimen tenía generaciones evolutivas. Ante ello, mi


primera reacción fue de incredulidad y desconfianza. Pensé que esos sabios
estaban seducidos por la novela y las películas de “El Padrino” y que nos
querían vender el cuento de que Marlon Brando se convertiría en Al Pacino.

Estaba yo como aquel sordo de mi pueblo que caminaba sobre las vías
del tren mientras otros le gritaban que allá venía “la máquina” y él proseguía
su marcha con el ferrocarril a sus espaldas. Pero, para mi bien, pronto me
convencí y hoy lo confirmo, que el sistema criminal tiene diversas
generaciones que mutan con mayor velocidad que los rotavirus y que se
inmunizan casi con automaticidad. El entenderlo me permitió servir a la
procuración durante casi tres sexenios con referentes de realidad y de
actualidad.

En palabras muy sintéticas la primera generación delincuencial es la


tradicional de pillería. La segunda, la etapa corruptiva. La tercera, la
delincuencia organizada. La cuarta es la transnacionalización. La quinta, la
deshumanización. La sexta, el terrorismo. La séptima, la subversión. La
octava es la politización del sistema criminal. Y la novena generación es la
regencia criminal.

En aquel entonces del que hablo estábamos al fin de la segunda e inicios


de la tercera. Hoy estamos comenzando la sexta. Hemos recorrido cuatro
generaciones evolutivas del crimen en tan solo 25 años.

En un itinerario histórico, la delincuencia tradicional y primitiva actuó a


escondidas de la autoridad. Es en la penumbra donde ejerció con la pretensión
de no ser perseguida ni castigada, por la simple razón de la ignorancia oficial.
El manual delincuencial contenía más de cien artegios de embustes. El bluff,
el petate, el ayate, la tiradita, la punga, el paro de punga, la filtración, el cáliz,
la hebra, el mecate, la zanahoria y muchísimas más.

Pero conforme la trama delincuencial se volvió mas sofisticada, el


crimen a escondidas resultó ineficiente y anacrónico. En esta segunda etapa, la
delincuencia actuó con el conocimiento pero, también, con el consentimiento
de las autoridades. Es decir, en una estructura de corrupción sistemática.

Mas tarde el delito se volvió un fenómeno cuya materia es más cercana


a la sociología que a la psicología. Más relacionado con lo social que con lo
individual. Y más vinculado al comportamiento de grandes grupos integrados
120

por cientos de miles de hombres y no solamente al perfil de bandidos aislados,


legendarizados y hasta idealizados.

Esta forma corporativa implica una estructura directiva, cuadros


operativos, acervo tecnológico, ciclos de financiamiento, relación con otras
corporaciones criminales, programas de expansión, jefaturas de proyecto,
entrenamiento y desarrollo de personal, actividades de reclutamiento y control
interno. En fin, todo aquello que podría tener cualquier gran corporación
lícita.

Se advierte, claramente, la diferencia que existe entre la organización


criminal y otras formas rudimentarias de asociación delictuosa, como la
pandilla. Los distingos no sólo tienen que ver con su alcance sino con su
permanencia, con su complejidad estructural y su nefasto profesionalismo.

Una sola década fue suficiente para modificar el panorama del


narcotráfico y la farmacodependencia en términos objetivamente alarmantes.
Hacia 1982 el tráfico internacional de algunos narcóticos, como la cocaína, se
contaba por gramos, se desplazaba en vehículos comerciales y oculto en la
más variada sofisticación de artículos y prendas de uso común. Ya para 1992
ese microtráfico era historia olvidada y leyenda lejana, ante el embate de un
tráfico internacional que, en los tiempos actuales, se cuantifica todos los días
en toneladas, que se desplaza en turboaviones propios y con la conspicuidad
que da la tecnología asociada con la corrosión moral.

Después se transnacionalizó y la ley se enfrentó a un fenómeno


delincuencial con capacidad organizativa para operar, simultáneamente, en
todo un continente o en más de uno. Con recursos que, en ocasiones, superan
las posibilidades financieras de los países en los que actúa. Y con una
penetración, en las esferas del poder y del dinero, hasta ahora incomparable.

Luego, se deshumanizó. Crímenes atroces. Miles de ejecutados.


Mutilaciones y decapitaciones. Matanzas cotidianas. Hoy, estamos llegando al
terrorismo, sexta generación evolutiva criminal.

De proseguir así vendrá la etapa subversiva, para desacreditar y debilitar


al Estado. Mas tarde la politización en la cual la organización criminal ya no
pretende comprar ni vencer a la autoridad sino sustituirla. Y, por último, la
regencia. Ocupar su lugar y atribuciones. Sentar a alguien de su grey en el
sillón de la autoridad. Regir la vida nacional.
121

16. Poder y legitimidad.

El estado de legitimidad consiste en la aceptación que el gobernado le


brinda a su gobierno. Surge de la creencia de que su elección o su designación
es el reflejo de la voluntad de su nación. Que, además, lo eligieron o lo
designaron porque es el mejor. Y que, todo ello, merece su apoyo y su respeto.
Es un factor político y de correlatividad.

Sin embargo, la democracia es, sin más rodeos, una nicecracia.


Gobiernan los que ganan. No es el gobierno de las mayorías. Es el gobierno de
los victoriosos.

Los actuales tiempos mexicanos obligan a reflexionar sobre ciertas


fórmulas políticas que, hasta hace algunos años, hubiéramos pensado que tan
solo se alojarían en el escenario de lo científico y de lo académico, pero no en
la realidad cotidiana de nuestro acontecer.

Es por ello que me he permitido proponer alguna sencilla tesis sobre lo


que he denominado como nicecracia. En principio dudé si utilizar la raíz
griega niké o la latina victoriae para formar la palabra que se refiriera al poder
o al gobierno de los victoriosos. Opté por el formato aristotélico, hoy
convertido en costumbre, de referirnos a las fórmulas del depósito del poder
con la etimología helénica.

Traigo esto a cuenta porque he quedado convencido que nuestra


democracia, como la de casi todas las naciones, no instala un gobierno de las
mayorías sino tan solo un gobierno de los vencedores. La fórmula de la
democracia representativa agota el poder del ciudadano en la mera jornada
electoral. Su poder político tan solo sirve para elegir pero no sirve para
gobernar.

Habrá quien me repele arguyendo que el elegido queda convertido en


nuestro mandatario y que tendrá que sujetarse a nuestra voluntad para el
ejercicio de su encargo. Pero creo que esta es una fantasía que no resistiría el
122

menor análisis de realismo. Porque es precisamente nuestra democracia, mas


que la de otros regímenes, la que mas se aleja de tal ensoñación.

En primer lugar porque todas nuestras fórmulas de gobierno están


desvinculadas de la voluntad o del deseo popular. Hasta la no reelección de
legisladores, alcaldes, gobernadores o presidentes, está diseñada para que
estos actúen sin preocupación ni atención por el gusto ciudadano.

En segundo lugar, porque la realidad mexicana actual ha configurado un


tripartidismo muy equilibrado que produce victorias electorales sin contar con
la mayoría absoluta de los electores. Casi todos los alcaldes, los diputados, los
senadores, los gobernadores y los dos últimos presidentes han sido electos sin
contar con el 51% de los votos. Es una paradoja de la democracia mexicana el
que instale gobiernos de minoría y no de mayoría.

Por otra parte, las posibilidades de una democracia participativa que


viniera a completar a la representativa se encuentra cada día más lejana.
Primero, porque los sistemas tradicionales de plebiscito, referéndum o
revocación de mandato, son muy limitados y muy alejados de la incorporación
ciudadana. Además, porque la democracia participativa ha demostrado su
eficacia para pequeñas comunidades pero no para países tan grandes con más
de cien millones de habitantes.

17. Poder y efectividad.

El estado de efectividad consiste en la capacidad de ejecución del


gobierno. Esto es su habilidad para realizar lo idóneo pero, además, para que
esa realización cuente con el beneplácito y la complacencia de los gobernados.
Es este, como se ha dicho, un factor político y correlativo.

Cada pueblo y cada generación tienen que descubrir y descifrar su


propio destino. El destino de cada generación contiene códigos cuyo
desciframiento no siempre es de fácil explicación.
Existen retos ineludibles para cada generación. El tránsito generacional
se ha complicado. Los mexicanos de nuestra generación hemos vivido bajo
123

sistemas políticos, económicos, sociales y culturales diseñados por nuestros


padres y por nuestros abuelos. Es decir, por los mexicanos que ya no viven.

Decía José Ortega y Gasset que hay generaciones a las que les toca ser
precursoras, diseñar su escenario, imaginar su entorno, fundar el futuro. A
otras, les toca ser herederas. Capitalizar el logro fundacional. Engrandecerlo
y ennoblecerlo. En síntesis, consolidarlo.

Pero nuestros sistemas requieren hoy, desde luego, reconversión,


revisión e ineludible transformación. Ese es el desafío generacional
mexicano. Los que, de nuestra generación, vivan en el 2020 ya no estaremos
al mando. Serán nuestros hijos los responsables de la conducción y
administración de nuestro poder, de nuestro tener y, quizá, de nuestro saber.

La generación de mexicanos que hoy tienen entre cuarenta y sesenta


años de edad se encuentra al mando de la nación. Salvo algunos cuantos un
poco mayores o un poco menores esta generación tripula los centros
neurálgicos del poder de la nación. Maneja la presidencia, el congreso, las
gubernaturas, los partidos políticos, los poderes estatales, los medios de
comunicación, la banca, la empresa, la educación, la iglesia, las fuerzas
armadas, la diplomacia, la procuración, la justicia, la ciencia, la tecnología y
podría decirse que hasta la mafia.

Pero esta no es una generación transformadora. Las razones son


múltiples pero me conformo con la siguiente. Son mexicanos que han vivido
la mayor parte de su vida en medio de las crisis.

Tratemos de fijar la cronometría de las crisis mexicanas. Yo diría que


en lo político comenzaron en 1968 y en lo económico se iniciaron en 1971.
En ese entonces los mexicanos más viejos de mi generación tenían 25 años de
edad y los más jóvenes estaban cumpliendo sus primeros cinco años. Esos
mexicanos tuvieron que esforzarse por preservar lo que habían edificado sus
antecesores y lo han sorteado bien. Pero no es fácil exigirles a los mismos
individuos la versatilidad necesaria para ser grandes preservadores y, al mismo
tiempo, grandes transformadores.

Esa generación logró que el país no se nos deshiciera en treinta y cinco


años consecutivos de crisis políticas, económicas y sociales que hubieren
detonado en mil pedazos a muchos países o, incluso, a muchas potencias. Ese
es un mérito generacional mayor.
124

Pero tenemos que estar conscientes que nuestra generación no hubiera


fundado un Seguro Social ni un ISSSTE. No hubiera expropiado el petróleo.
No hubiera construido la Ciudad Universitaria ni Tlaltelolco ni el gran sistema
hidroeléctrico. No hubiera fundado los grandes partidos políticos nacionales.
Por eso es ingenuo pensar que los cambios estructurales que no se hicieron en
este sexenio se harán en el siguiente.

Una generación con gran capacidad consolidadora, que no ha inventado


nada pero que ha protegido todo, será sucedida por una generación que,
ineludiblemente, estará obligada a ser refundadora.

La Reforma del Estado, la energética, la fiscal, la educativa, la


agropecuaria, la industrial, la asistencial y quizá hasta la laboral tendrán que
esperar hasta la próxima generación. No necesariamente en lo formal. La
modificación legal puede se repentina. Pero en lo esencial los tiempos
políticos no se miden por sexenios ni por períodos congresionales sino por
generaciones y, en ocasiones, por eras.

Cada nación tiene que aplicar el esfuerzo obligatorio para descifrar su


destino, para encontrar el propio y para respetar el de los demás. Pensemos en
China como un tema de mero ejemplo.

Pensemos en el destino chino a partir de su sistema constitucional.


Comparemos el catálogo mexicano de garantías individuales con el chino. El
contraste no podría ser mayor, por lo menos con la estructura constitucional
china de hasta hace algunos años.

Desde luego, la ausencia de la garantía de propiedad, característica de


los países con economía de Estado. Prosigamos con la ausencia de las
garantías de libertad de educación, de libertad de trabajo, de libertad de
tránsito y de libertad de planificación familiar. La rigidez en las garantías de
libertad de expresión, de libertad de asociación y de libertad de manifestación.
No abundaría ya en la libertad de credo religioso o político.

Quiero ratificar, una vez más, mi absoluto respeto por los sistemas
jurídicos y políticos que cada país se ha dado por haber considerado que son
los mejores para el encuentro de su destino. Incluso diría que en el caso chino
no sólo me merece respeto sino el reconocimiento de un acierto histórico hoy
indubitable e incuestionable. Jamás pensaría que el modelo chino es el idóneo
125

para México y daría todo por evitar que lo adoptara pero estoy convencido de
que, sin él, los chinos se hubieran desbarrancado en un precipicio sin fondo.

Por eso conjugaré en pretérito imperfecto. Consideremos que si China


no se hubiera convertido en la República Popular China, si no hubiera optado
por el comunismo, si no hubiera establecido su sistema de planificación
central, si no hubiera instalado su economía de Estado y si no hubiera
adoptado un modelo constitucional restrictivo, se hubiera producido una de las
calamidades más grandes de la historia de la humanidad y, desde luego, la
mayor catástrofe política del siglo XX.

Ese enorme conglomerado humano se hubiere embarcado en una


miseria irreversible, se hubiere fracturado políticamente y hubiera detonado
socialmente. Sin ningún control demográfico hoy serian dos mil quinientos o
tres mil millones de chinos, a pesar de los quinientos que hubieren muerto en
medio siglo de hambrunas y de guerras civiles. Las consecuencias
hemisféricas hubieran sido brutales. Doscientos o trescientos millones se
hubieran refugiado en la India y otro tanto en la Indochina y en el Japón.
Descuento en esto a Europa y a América. Hoy, en cambio, esa nación está
llamada a ser una de la principales potencias económicas y, quizá algún día, el
mayor depósito dinerario del planeta.

Pero las consecuencias globales también hubieren sido cataclísmicas.


Por hacerse de las enormes riquezas naturales chinas, que no hubieran tenido
ni dueño ni mecanismos de defensa, las ambiciones rusas y norteamericanas le
hubieran dado en la médula a todo el planeta. Si por Vietnam y por Cuba
estuvieron a punto de hacerlo, no creo que alguien pueda contradecirme lo que
hubieran hecho por China.

Es así como la historia nos devela sus ocultos significados y como en el


cumplimiento del destino de cada nación se puede encontrar comprometido el
destino global de la especie.

Esto tiene mucho que ver con la búsqueda del destino mexicano en el
que estamos enfrascados en los tiempos actuales bajo la denominación
genérica de Reforma del Estado y cuyo propósito fundamental está conectado
con el de la gobernabilidad.

Para resolver su destino las sociedades, sobre todo las convulsas, tienen
el deber de instalar sus instrumentos de medición. Como si se tratare de un
126

avión, gran parte de la seguridad del vuelo depende del tablero de indicadores.
De la brújula, del altímetro, del velocímetro, del barómetro, del termómetro,
del amperímetro, del tacómetro y, desde luego, del radar. Son dos los
elementos esenciales de la cabina: los indicadores y los mandos. Su nombre
los explica con toda claridad. De los mandos de una sociedad nos estamos
ocupando en todos estos apuntes. Sólo me restan los indicadores.

En la actual sociedad mexicana son muchos los posibles indicadores.


No todos son fieles y no todos son eficaces. Pero cada quien decide por su
preferido para, a través de él o ellos, resolver lo que acontece y obtener sus
propias ecuaciones y resultantes.

Algunos, con buen tino, piensan que el Congreso es un buen indicador.


Otros, ingenuos, creerán que lo es el discurso político. Hay quienes,
experimentados, buscan indicación en el fondo de los medios de
comunicación. Los que especulan, acuden a la orientación de las cotizaciones
de mercado. Los tímidos, buscan un indicador en sus gurús. Los modernistas,
en las encuestas. Los obedientes, en sus jefes. Los tránsfugas, en el
extranjero. Los místicos, en la adivinación. Los románticos, en la historia.
Los babosos, en el rumor. Los creyentes, en su dios. Los ricos, en su
contador. Los pobres, en su quincena. Y los muy pobres, buscan comida no
indicadores.

Quienes han logrado encontrar sus indicadores idóneos sabrán, sin


margen de error, lo que va a pasar, cuando va a pasar y cómo va a pasar. Esa
es la cualidad esencial de los grandes estadistas, quienes tienen tres ojos o una
triada de ópticas. La vista, para ver lo que pasa. La visión, para ver lo que va
a pasar. Y la videncia, para ver lo que los demás no podemos ver y que
conocemos con el simple y enigmático nombre de destino.

Pero entonces, ¿qué sigue? Pareciera que nuestros conflictos


anunciaran efectos colaterales y reacciones secundarias que pudieran entrar en
un proceso de difusión o de metástasis hacia otros escenarios del acontecer
colectivo. Las marchas, los conflictos, las partidizaciones, las polémicas y las
divergencias nos alertan que estamos frente a confrontaciones donde se quiere
poner a prueba la posibilidad de cambio o la capacidad de resistencia
sistémica. Pareciera que ya no están en juego solamente los temas de política.
La detentación del poder no es el conflicto. Es tan solo el indicador.
Hay un indicador en los aviones modernos que, sonoramente, advierte a
los pilotos la palabra latina minimum. Con esto les indica que ha llegado el
127

último momento para proseguir o para rectificar. Después de este instante ya


no habrá otra posibilidad de cambio ni de remedio. Los gobernantes, también,
están obligados a saber cuando han llegado a esa última línea divisoria entre lo
que, para ellos, será el éxito o el fracaso y, para sus pueblos, entre lo que será
el éxtasis o el desastre.

18. Poder y gobernabilidad.

El estado de gobernabilidad es la capacidad de liderazgo para lograr los


consensos que se necesitan en la nación o en la sociedad para el logro de sus
propósitos. Es un factor político y correlativo.

La gobernabilidad y la ingobernabilidad son tan antiguas como el


síndrome de Alzheimer. Pero al igual que tal patología, sólo hasta muy
recientemente se les ha identificado, se les ha bautizado y se les ha empezado
a sistematizar para su estudio. Sin embargo es una enfermedad muy común en
el cuerpo político, muy fácil de contraer y muy difícil de remitir.

El asunto de la gobernabilidad es la cuestión a la que más talento y


voluntad tendremos que invertir los mexicanos en los tiempos inmediatos.

Pero, asimismo, es importante y conveniente dejar en claro que cuando


los mexicanos hablamos de gobernabilidad, puesto que en estos días
hablamos mucho de ella, estemos hablando de lo mismo. La gobernabilidad
no es un concepto absoluto. Entre los estudiosos y académicos no todos
tienen una idéntica concepción. Desde luego, es de suponer que entre los
políticos sucede lo mismo.

La cuestión tiene matices que, también, difieren en cada latitud y en


cada época. No se entiende de manera igual por los franceses que por los
norteamericanos. La concepción de los españoles difiere de la de los ingleses
y la de los alemanes tiene distingos con la de los japoneses. En la Cuarta
República Francesa, hace 50 años, se entendía de manera distinta que en la
actual Quinta República.
En los tiempos recientes podemos observar las diferencias conceptuales
que hay, por ejemplo, entre la transición española o la sudamericana. Entre la
128

transición que implicó el paso de la Unión Soviética a la Confederación Rusa,


o entre la Cuarta y la Quinta Repúblicas Francesas. Sería innecesario otear lo
que significará, en el porvenir, la unificación europea. No se diga, viendo un
poco más atrás, lo que significó, en la posguerra, el desmantelamiento del
colonialismo, la reconstrucción de Europa, la occidentalización del Japón y,
¡vaya que si no!, la Revolución de Mayo.

Los mexicanos podríamos dictar conferencias sobre lo que es una


verdadera transición de fondo tan solo con repasar, de memoria, nuestra
revolución, la cual no sólo sustituyó a los gobernantes, ni tan sólo modificó
los organigramas, ni se contentó con cambiar los nombres o las siglas de las
dependencias. Por el contrario, la Revolución Mexicana modificó las
estructuras mismas de la vida nacional, remitió el sistema feudal biclasista del
Porfiriato, fundó las clases medias, estableció las subclases profesionistas,
transformó la educación, renovó la cultura y las artes, modificó la economía y
transformó la geopolítica.

Así podemos apreciar que la consolidación del concepto de


gobernabilidad y de sus términos se encuentra en proceso de evolución.

No existe, tampoco, una definición universal de gobernabilidad. La


palabra fue utilizada, quizá precursoramente, por Samuel Huntington de la
Universidad de Harvard en un documento de trabajo presentado en 1974. En
el ámbito iberoamericano, el líder político uruguayo Wilson Ferreira Aldunate
la utilizó en un curso en 1983. Más adelante, en 1985, Soedjakmoto, de la
Universidad de las Naciones Unidas, escribió una ponencia sobre
gobernabilidad dirigida al Club de Roma.

Puede decirse que se entiende por gobernabilidad la razonable


capacidad de mando, de conducción política y de disciplina democrática que
puede alcanzar una sociedad.

También podemos decir que gobernabilidad es la capacidad que tiene


una sociedad para concretizar sus decisiones y llevarlas de lo potencial e ideal
a lo actual y a lo real.

Antonio Camou define a la gobernabilidad como un estado de equilibrio


dinámico que se da entre las demandas sociales y la capacidad de respuesta
gubernamental. Michael Coppedge afirma que la gobernabilidad descansa en
la armónica relación entre los “actores estratégicos” de una comunidad, o sea
129

entre aquellos que tienen suficiente poder para alterar el orden público,
impulsar o detener el desarrollo económico o, en general, afectar la marcha de
la sociedad, ya sea porque poseen determinantes bienes de producción, o
mueven organizaciones de masas, o tienen influencia sobre la maquinaria
administrativa del Estado, o manejan las armas, o poseen la capacidad de
diseminar con fuerza ideas e informaciones sobre la sociedad.

Quizá, por esas dificultades definitorias, actualmente se usa con más


frecuencia el término opuesto de “ingobernabilidad” y los estudiosos se han
dedicado más al estudio de la ingobernabilidad que al de la gobernabilidad.

La gobernabilidad y la ingobernabilidad no son pues fenómenos


acabados, sino procesos en curso y relaciones complejas entre los
componentes de un sistema político.

Por eso dicen Rodrigo Borja y Gianfranco Pasquino que el concepto


entraña varios elementos de diversa naturaleza que concurren a afianzar las
tareas de gobierno: imperio de la ley, confiabilidad de los tribunales llamados
a aplicarla, seguridad jurídica, consistencia de las instituciones públicas,
prestigio de la autoridad, unidad y credibilidad del gobierno, estabilidad
política, cohesión social, conducta positiva de los medios de comunicación,
comportamiento sensato de las fuerzas de oposición y otros factores.

El colombiano Pedro Medellín ha formulado un original cuadro de


medición de la gobernabilidad, con apoyo en diversos parámetros de
valoración de la vida pública: estabilidad estatal, conducción política, control
del gobierno sobre la agenda social, legitimidad, cohesión gubernamental,
nivel de corrupción, grado de represión política, operación de los partidos,
funcionamiento de la administración de justicia, apoyo popular y de las elites
al gobierno, relevancia de la oposición política.

Lo importante es que los hombres de Estado se apliquen a todo ello sin


suprimir la libertad, sin abandonar los consensos democráticos, en medio del
debate abierto de las ideas, con la vigencia de los derechos humanos, en
convivencia con las discrepancias democráticas y con las limitaciones
jurídicas y morales del poder, compartiendo el mando con los otros órganos
del Estado, sin caer en la tentación del abuso de autoridad y tratando de
mantener el difícil equilibrio entre el poder y la libertad.
Aseveran Borja y Pasquino que, paradójicamente, la cuestión de la
gobernabilidad, o sea la posibilidad de conducir un Estado en medio de tantos
130

obstáculos, sólo se plantea en los regímenes democráticos. En las dictaduras


no existe este problema. Cuando se suprimen los consensos y se estrangulan
las libertades, el predominio de una voluntad omnímoda elimina las
dificultades.

Hasta hoy se han planteado muchas hipótesis sobre la ingobernabilidad.


Ellas podríamos agruparlas en tres grandes grupos no exclusivos.

El primero de ellos sostiene que la ingobernabilidad es el producto de


una sobrecarga de demandas a las que el Estado responde con la expansión de
sus servicios y de su intervención, pero que provoca inevitablemente una crisis
fiscal. En este caso la ingobernabilidad se considera como un equivalente a la
crisis fiscal del Estado. Su principal promotor es John O’Connor.

En segundo término hay quienes dicen que la ingobernabilidad es un


problema de naturaleza política: el de la autonomía, complejidad, cohesión y
legitimidad de las instituciones. La gobernabilidad de una democracia
depende de la relación entre la autoridad de las instituciones de gobierno y la
fuerza de las instituciones de oposición. Su principal exponente es Samuel
Huntington.

Por último están quienes dicen que la ingobernabilidad es el producto


conjunto de una crisis de gestión administrativa del sistema y de una crisis de
apoyo político de los ciudadanos a las autoridades y a los gobiernos. En su
formulación más compleja, la ingobernabilidad es la suma de una crisis de
entrada y de una crisis de salida. Las crisis de salida tienen forma de crisis de
racionalidad: el sistema administrativo no logra hacer compatibles o manejar
los mecanismos de control que le exige el sistema. Las crisis de entrada
tienen forma de crisis de legitimidad: el sistema legitimatorio no logra
mantener el nivel necesario de lealtad de las masas al actuar los mecanismos
de control que le exige el sistema. Su principal exponente es John Habermas.

Tengo que confesar que me gustaría ver a la ingobernabilidad con los


ojos un tanto simplistas de O’Connor. Creer que es un asunto de recursos y
soñar con que tan solo con una reforma fiscal se instala la gobernabilidad.
Más impuestos, más gasto público y todo arreglado. Pero no me convenzo de
que así sea.

También me gustaría tener la conceptualización sencilla de Huntington.


Que la ingobernabilidad se presenta cuando no nos gustan nuestros
131

gobernantes. Esto nos hace creer en una solución igualmente sencilla y hasta
automática. Esperemos hasta las próximas elecciones y, con la renovación de
poderes, confiemos en la instalación de la gobernabilidad.

Pero, en la sólida realidad, tengo que desechar a Huntington y a


O’Connor y debo quedarme con Habermas. Aceptar que es un asunto
complejo y, eventualmente, transgeneracional.

Dice Michael Sendel que a menudo la filosofía política parece residir a


cierta distancia del mundo. Los principios son una cosa, la política otra, e
incluso nuestros mayores esfuerzos para “vivir de acuerdo” con nuestros
ideales parecen desplomarse en el abismo entre la teoría y la práctica. Pero si
la filosofía política es, en un sentido, irrealizable, en otro sentido es inevitable.
Éste es el sentido en el que la filosofía ha habitado el mundo desde el
comienzo. Nuestras prácticas e instituciones son la encarnación de la teoría.

Para Marcos Roitman, por ejemplo, la cuestión de la gobernabilidad es


muy clara si se le contrasta con la democracia. Nos dice, que en el ejercicio
democrático, el peso factorial de cada individuo es idéntico al de los demás.
Cada ciudadano vale un voto. Nadie más y nadie menos. El resultado
democrático es, pues, una sumatoria. La mayor cantidad es la que decide.

En el ejercicio de gobernabilidad, por el contrario, no todos los


individuos tienen el mismo peso factorial. Un ciudadano común no tiene el
mismo que un individuo exponencial o lideral en el campo de las ideologías,
de los partidos, de las profesiones, de los dineros, de la comunicación, de los
sindicatos o de los congresos. La gobernabilidad es el ensamble adecuado, no
la suma, de esos factores.

Para esquematizarlo se puede pensar en aquellos juguetes infantiles que


consisten en un equipo de las diversas figuras geométricas, con diferentes
colores y que sirven para armar distintas representaciones. Si a este juguete se
le ve con el concepto de la democracia lo evaluaremos aritméticamente.
Contaremos piezas verdes, azules, rojas y amarillas. O bien las circulares, las
triangulares y las cuadradas. Dominarían las de mayor número cuantitativo.

Pero si el juego infantil de las figuras geométricas lo vemos con el


concepto de la gobernabilidad no nos servirá la mayoría sino la idoneidad. Si
el niño dueño del juego quiere configurar un pájaro usaría como pico la figura
triangular que termina en punta y ninguna otra. De nada le servirán los
132

rectángulos aunque fueran mayoría. Y si quiere configurar un perro, la cola no


podrá ser ninguna de las piezas redondas aunque superen numéricamente a
todas las demás juntas.

Esquemáticamente podría decirse que la democracia es aritmética


mientras que la gobernabilidad es geometría.

Por ese fenómeno pensemos, a titulo de ejemplo, que si queremos que


en México se triplique la inversión privada de nada nos servirían los deseos y
los votos de todos nuestros congresistas sino la voluntad de los cien individuos
dueños del capital nacional. Pero, por el contrario, si estos ricos quisieran
comprar Pemex ya se quedarían con las ganas mientras no cuenten con los
votos congresionales necesarios.

Por virtud de esa idoneidad ineludible todo el poder de la soberanía


nacional no puede, por sí solo, aumentarle un solo peso a la inversión
financiera pero, a la inversa, todos los multimillonarios juntos no podrían
cambiarle una sola coma a la más modesta ley mientras no lo quisieran los
representantes populares convertidos en legisladores.

Estos temas adquieren, repentinamente, un perfil político e institucional.


En primer lugar, se inicia una reflexión sobre las formas actuales de la
democracia representativa y, en particular, sobre las formas de gobierno.
¿Cuáles pueden contribuir mejor a la gobernabilidad y aportar las mejores
prestaciones en términos de estabilidad y dinamismo? ¿Qué papel tendrán
partidos y sistemas electorales, relaciones entre mayorías y minorías? ¿Qué
nuevas disposiciones hay en la relación entre centro y periferia, dentro y fuera
del Estado-nación?

Hay otro gran tema referido a la calidad de las clases dirigentes que
deberían garantizar la gobernabilidad democrática. Los procesos actuales de
formación y selección de tales grupos decisorios ¿son adecuados? ¿Se pueden
inventar otros? ¿Sería posible controlar el ejercicio de su poder?

Por otra parte, llama la atención de muchos un arriesgado desajuste: el


que existe entre los plazos de la democracia y los plazos de los problemas que
se han de afrontar. Muchas situaciones críticas exigen una intervención
preventiva y a largo plazo. Pero, por lo general, en política la toma de una
decisión es larga, tortuosa y de resultado incierto. Y todavía más difícil resulta
133

mantener una cierta coherencia estratégica durante un período suficiente para


el tratamiento de los problemas.

Se perfila aquí el deber de la democracia, único régimen capaz de


garantizar un nivel de convivencia inteligente con ese tanto de
ingobernabilidad que resulta inevitable en las transformaciones de nuestro
tiempo.

Es entonces donde surge una de las dudas que inciden en el pensamiento


político del presente. Se refiere a la necesidad de establecer las condiciones
de gobernabilidad de nuestros días, independientemente de las del mañana.

De los múltiples factores que habrán de operar y de influir en el proceso


de la gobernabilidad mexicana existen tres que, por su importancia, vale la
pena destacar por encima de los demás. Ellos son los factores motivacionales
o aspiracionales, los factores motrices y los factores conduccionales.

Ante todo, y al igual que como sucede con el concepto de


gobernabilidad, la reforma de la misma no es un concepto absoluto y
universal. Cada quien lo entiende con su propia óptica y, de allí, surgen sus
riesgos principales. Uno de ellos, que se cancele por imposibilidad en los
acuerdos de conducción o de alcance. Otro, que encarrile a los protagonistas
en una ruta de colisión, producto del enfrentamiento irreductible entre
aspiraciones colectivas incompatibles.

El primero de los resultados negativos, la cancelación de la reforma,


conlleva a la conservación del status quo en todo lo que tiene de malo para las
mayorías. El segundo de dichos efectos, la colisión de la reforma, conlleva a
la ruptura del orden nacional, a efecto de hacer prevalecer a algunas de las
posiciones enfrentadas, bien por la vía de la dictadura o, bien, por el camino
de la revolución.

Así pues, el porvenir de la reforma mexicana dependerá de la


coincidencia que pueda haber entre los tres factores que hemos mencionado
más arriba. Las aspiraciones, que no son otra cosa más que la concreción de
la reforma. Los factores motrices que le habrán de dar impulso y
legitimación. Es decir, la generación de la reforma. Y los individuos que
habrán de orientarla, operarla y dirigirla. Es decir, la conducción de reforma.
Por todo eso, ante un panorama político referido a los entornos y
posibilidades a que hemos aludido, surgen los escenarios de la oferta, tanto en
134

lo individual como en lo institucional. Desde luego que no debemos


referirnos tan solo a la oferta de gran horizonte o de amplio espectro como
pudieran ser los importantísimos asuntos de la democracia, de la
macroeconomía, de la globalización, de la libertad, de la paz y de la soberanía.
Temas, todos ellos, trascendentes a no dudar e ineludibles en la atención y en
la proyección de quienes, como partido o como individuos, pretendan
gobernar.

Pero es innegable que estos temas son patrimonio casi exclusivo, si se


me permite expresarlo así, del entendimiento y del planteamiento de un
reducido número de mexicanos dotados de ilustración y de inteligencia para
abordarlos y debatirlos. Tan reducido que, por ello, al igual que como sucede
con los muy ricos, ni pintan ni cuentan en el campo de las elecciones ni en el
de las legitimaciones políticas.

Por eso, lo más importante para los efectos de la reforma no son los
ochenta o cien temas que componen la agenda nacional, sino aquellos que
afectan a diario al ciudadano y que, de lo que le digan o le callen los
gobernantes y candidatos, dependerá su futuro y, de paso, el de todos.

De allí que los impulsores de la reforma, su fuerza motriz, se encuentra


emparejada con los temas que más preocupan al sector más amplio de la
ciudadanía —mujeres, jóvenes y pobres— y que son la seguridad, la
justicia, la vivienda, el empleo, el ingreso, la salud, la educación y la
esperanza.

El primero de ellos, la seguridad, es desde luego un problema que


afecta a todos pero que es muy angustiante en la mujer, no sólo como tal sino
como esposa, como hermana y como madre.

A su vez, en la mujer, factor de conservación familiar, está, también, el


anhelo del pequeño patrimonio familiar, representado en nuestro medio por
una, aunque sea, modesta casa.

El deseo de los jóvenes no sólo es el de un lenguaje más claro y directo,


sino la posibilidad de despejar sus principales dudas existenciales sobre el
futuro, representadas por un espacio de trabajo estable y remunerativo.

Y los pobres, aquellos para los que la seguridad y la vivienda ya se


antoja como un lujo inaccesible, se conformarían con la garantía del empleo.
135

Para todos, la esperanza más anhelada y esperada: justicia, en los hechos y no


tan solo en el discurso.

Por último, los conductores de la reforma son aquellos factores cuya


posición en el escenario colectivo les concede el privilegio de comandarla. No
nos referimos, desde luego, al comando formal que encarnan los gobernantes,
sino a aquellos polos a los que, consciente o inconscientemente, se ligan sus
ideas y sus voluntades.

¿Dónde residirá, en el porvenir, la mayor concentración de poder o de


influencia sobre la colectividad? ¿En los partidos políticos o en los medios de
comunicación? ¿En las iglesias o en las universidades? ¿En las empresas o en
los sindicatos? ¿En los intelectuales, en los técnicos o en los científicos? ¿En
el acopio de recursos informáticos o en el de recursos naturales? ¿En los
órganos de justicia o en los órganos de inteligencia?

Si tan sólo habláramos de instituciones de educación superior,


imaginemos, ¿quién ha influido más en el diseño económico norteamericano?
¿El Partido Republicano o la Universidad de Chicago? ¿Y en el diseño de
justicia? ¿El Partido Demócrata o la Universidad de Harvard?

En la conformación de la sociedad mexicana contemporánea, ¿la


UNAM o el Banco de México? Y en el futuro, ¿la UNAM o el ITAM o la
Anáhuac?
136

TERCERA PARTE

LOS FACTORES QUE DIFICULTAN UNA TEORÍA DEL PODER

19. Los hombres y el poder.

Es de vital importancia, en la real política, conciliar el alcance de las


ideas con la potestad de los hombres. Es cierto que se gobierna con los
hombres y ello obliga, o debiera obligar, a todos los partidos a realizar los
mayores esfuerzos para lograr una seria selección de sus mejores militantes,
para postularlos a las mayores responsabilidades de gobierno.

Pero también es cierto que no se gobierna sólo con hombres sino,


esencialmente, con ideas. Y que la complejidad de las grandes sociedades
modernas obliga a gobernar con miles de hombres, enclavados en los diversos
poderes de las diferentes esferas de gobierno, cuyas ideas individuales, aún
siendo valiosas, constituirían una debacle si no se contara con la idea de
partido, más tarde validada por el voto electoral como ideario de gobierno y,
en la eventualidad del consenso nacional, hasta en razón de Estado.

Algún día le pregunté al director y fundador de la orquesta sinfónica de


mi estado natal, Enrique Bátiz, y él me confirmó que, efectivamente, los
directores de orquesta no señalan, con su batuta, las notas que se están
ejecutando sino las que se van a ejecutar en lo inmediato. Ello es de la mayor
importancia para la coordinación y la armonía del conjunto. Pero, además,
como toda obra artística, la ejecución musical requiere del toque personal de
la inspiración, la pasión, el sentimiento, el estilo y todo aquello que imprime el
sello individual que cada artista confiere al arte.

Porque esto no sería fácil y ni quizá posible cuando se trata de una obra
colectiva y perentoria como lo es la interpretación musical. Cada uno de los
ochenta músicos aportando su personal concepción de la misma obra
convertirían aquello en un aquelarre incongruente y espantoso. La más
perfecta y bella de las composiciones musicales se volvería un esperpento
inaudible. Pero, además, la perentoriedad haría que, en cada ocasión que se
137

interpretara, se hiciera de manera distinta. Así, a todo ello, se le agregaría la


inconsistencia.

Por eso la interpretación orquestal tiene que ser la obra de su director.


Un solo carácter que, al ser acatado por todos, permita identificar cada estilo y
cada mensaje de una misma composición y hasta de una misma orquesta,
según sea que la esté dirigiendo en esos momentos Von Karajan, Haitink,
Baremboim, Osawa, Bernstein, Beecham o Bátiz.

Así es, también, la obra política y su dirección, muy especialmente la


presidencial. El jefe de un gobierno es el único que puede anticiparse a lo que
vendrá y, de esa manera, prevenir a sus ejecutores para que acierten en el
tiempo, la cadencia, el modo, el tono y el ensamble de la actuación de los
integrantes de un equipo político. Pero, además de la previsión, la ejecución
política requiere, como la musical, del toque personal de la inspiración, la
pasión, el sentimiento, el estilo y todo aquello que imprime el sello individual
que cada estadista le confiere a su política, bien sea que se trate de Roosevelt,
De Gaulle, Nixon, Churchill, Mao Tse Tung, Nasser o Calles.

Porque, al igual que con el equipo musical, la orquesta política


descoordinada y desprevenida puede convertir el mejor de los proyectos
políticos en un monumento de lo estúpido y de lo inútil. La más inteligente de
las proclamas políticas se volvería insoportable si cada ejecutante actuara a su
manera, a su antojo, a su gusto, a su conveniencia o a su criterio. En eso reside
la mayor virtud de los verdaderos directores de equipo.

Por ello es importante considerar que, en la real política, los factores


humanos complican y contaminan las relaciones de poder. Los más
determinantes de esos factores humanos son

1. Las ideas,

2. Los valores,

3. Las verdades,

4. Las virtudes,
138

5. Los pecados,

6. Las apariencias,

7. La psique y

8. Los intereses.

20. Conflictos de ideas y conflictos de poder.

Desde hace muchos siglos ha quedado planteada la tesis de que los


conflictos entre los humanos no provienen del deseo de imponer las ideas de
los unos sobre las de los otros sino de la pretensión de someter la conducta de
los ajenos a la voluntad de los propios.

A partir de la aceptación de que yo no podría lograr que el otro piense


como yo apetezco me tengo que conformar con que haga lo que yo deseo. Eso
va desde los conflictos internacionales hasta los bretes intrafamiliares.

Por eso se dice que todas las guerras han sido, sin más, un mero
conflicto de poder. Por más que la poesía homérica nos trate de deleitar con
una gran guerra provocada por el honor, la celosía, el amor, el berrinche o el
despecho de un cornudo real, lo cierto es que fue la hegemonía política y
económica del Mediterráneo oriental la causa verdadera de la “Guerra de
Troya”.

Lo que tenemos que reconocer, con suficiente madurez, es que esos


motivos se han disimulado y hasta ocultado para justificar con algún pretexto
lo que, de otra manera, quedaría encuerado como una impudicia a los ojos de
muchos, que no de nosotros los políticos. Que el poder puede ser un fin en sí
139

mismo y no tan solo un medio para el logro de la libertad, de la democracia o


de la justicia.

De allí que las disputas entre Isabel I y Felipe II surgieron mas por
resolver a quien pertenecerían las praderas de Massachusetts y a quien las
minas de Guanajuato que no tanto porque ambos le rezaran al mismo dios,
aunque uno en la parroquia católica y otra en el templo anglicano. Y en la
guerra fría, ¿qué sería lo verdaderamente importante para los rusos y los
americanos? ¿El comunismo y el capitalismo? ¿O quien se quedaría con
Checoslovaquia, con China, con Vietnam, con África y con Cuba?

Más cerca de nosotros, si vemos las proclamas de los partidos


advertiríamos que, en el fondo, son muy similares. Casi todos proclaman la
democracia. Casi todos postulan la justicia. Casi todos proponen el progreso.
Si es así, ¿por qué, entonces, pelean voto por voto todas las alcaldías, las
curules, los escaños, la gubernaturas y la banda presidencial? O de otra
manera, ¿qué tiene que ver la filosofía política de la Revolución Mexicana
versus la doctrina filosófica del bien común cuando el PRI y el PAN
contienden por la presidencia municipal de Naucalpan?

Creo que las respuestas nos llevan al convencimiento de que lo que se


están disputando son espacios de poder. No estoy denostando la nobleza de la
profesión política, en la que yo creo y que mi familia ha profesado ya por tres
generaciones. Lo que estoy tratando de poner en claro es que existe una
concepción pura del poder que podríamos distorsionar cada vez que la
contaminamos con otros conceptos con los que convive muy de cerca. Pero
que tenemos la obligación de alinear nuestro pensamiento en dirección de la
realidad y no de la mera fantasía.

Traigamos, como ejercicio sencillo de memoria, la última elección


presidencial, aunque podríamos referirnos a cualquiera. ¿De verdad creemos
que Calderón, Madrazo y López Obrador contendieron para entronizar en este
país la muy particular doctrina filosófico-política en la que cada uno cree? Si
así fue, ¿por qué, en los miles de anuncios que cada uno pagó no nos dijeron,
jamás, las especificidades de su doctrina? ¿Por qué nunca trataron de
convencernos de ella? ¿Por qué, incluso hasta ahora, no se las sabemos con
precisión? Sencillamente porque no buscaban adoctrinarnos y hacer vencer
sus ideas sino conquistar un nicho de poder.
140

Vamos más atrás. En la contienda de 1994 existía una mayor distancia


entre el pensamiento político de Luis Donaldo Colosio y el de Ernesto Zedillo,
ambos candidatos del mismo partido, que el que existía entre Ernesto Zedillo
y Diego Fernández de Cevallos, contendientes por distinto partido. Es mas,
¿por qué Zedillo se hizo coordinador de la campaña de Luis Donaldo en lugar
de haber coordinado la de Diego? Sencillamente porque no estaban en pleito
sus ideas sino su poder.

Ahora vamos mas adelante para obtener la prueba definitiva. ¿De


verdad Vicente Fox triunfó por sus ideas? En caso afirmativo, ¿cuáles son sus
ideas? ¿Las conocen los 15 millones de mexicanos que votaron por él?
¿Cómo considera que se articulan funcionalmente, entre sí, la democracia, la
libertad y la justicia? ¿Está plenamente conciente de las diferencias que
existen entre la legitimidad y la legalidad?

Tomar en serio el poder político significa hacer cuentas con la


complejidad contemporánea y renunciar a cualquier simplificación peligrosa e
indebida. Esto no es una ocurrencia mía. Tan solo la he tomado de Platón, de
Friedrich Nietzche, de Carl Schmitt, de Max Weber y, ni mas ni menos, de
Juan Jacobo Rousseau, entre muchísimos otros mas.

21. Conflictos de valores y conflictos de poder.

Los valores tienen mucho que ver con el poder y, por lo tanto, su
análisis es obligatorio.

Uno de los mayores enigmas que han enfrentado las generaciones


recientes, no sólo en México sino en muy diversas latitudes, es el que tiene
que ver con la naturaleza y el alcance de la relación que existe o debiera
existir entre la política y la moral. Dicho en otras palabras, en lo que debe
consistir el ejercicio ético del poder.

El mundo ha vivido en medio de un doble desafío en materia de moral


política. Por una parte, se trata de probar si el sistema político es capaz de
servir al individuo y a la sociedad, de manera real y no sólo declarativa. El
otro reside en probar la capacidad del individuo para fortalecer al sistema
141

político de manera real y no sólo declarativa. Es decir, si el ejercicio político


de nuestro tiempo tiene sustancia real o reside en los espacios de la demagogia

Esta consideración entre los fines y los medios ha sido la polémica más
recurrente en la historia política de la humanidad. Por alcanzar un status de
bienestar, de hegemonía o de desarrollo, muchos pueblos han pretendido
justificar la conquista, la guerra, la dominación, el imperio, la tiranía, la
esclavitud y hasta el exterminio.

Por eso es urgente, en los actuales tiempos, reflexionar una vez más en
lo que debe ser el ejercicio moral de la política. No sólo de la moral política
del gobernante sino, también, de la moral política del ciudadano.

Esto no significa que se deba confundir y hasta contaminar la idea y el


ejercicio del poder con la idea y el ejercicio de la moral. En una concepción
pura del poder, para fines científicos, la ética del poderoso es un factor ajeno.
No pretendo menospreciarlo pero si me parece útil separarlo para estar en
condiciones de distinguirlo y de diferenciarlo.

Sin embargo, no debieran pasar inadvertidos muchos de los


acontecimientos que se nos han vuelto consideraciones de mero rigor jurídico.
Enfrentamientos ciudadanos con saldos mortuorios, latrocinios espectaculares,
persecuciones políticas, escándalos desenfrenados, apropiación de los dineros
y de las potestades y “privatización” de la ley no pueden pasar ante nuestros
ojos como meros incidentes penales o como simple noticia roja.

Tampoco debemos verlos bajo un “síndrome de Atlántida”. Es decir,


creer que son sucesos de otro lugar, de otro tiempo o de otra dimensión. La
verdad, y eso urge ponerlo en claro, es que están sucediendo cerca de
nosotros.

Una de las tragedias colectivas de nuestros tiempos reside en que


muchos de nuestros contemporáneos consideran que existe una relación
indisoluble entre el quehacer político y muchos de los vicios y perversiones
que concurren en el alma y en el temperamento de los seres humanos, tales
como la mentira, la cobardía, la deslealtad, la ingratitud, la simulación, el
egoísmo, la codicia, la vanidad, la soberbia, la deshonestidad y hasta la
crueldad. Nada más falso ni más peligroso que aceptarlo o resignarse ante un
planteamiento en esta dirección.
142

Falso, porque parte de la equivocada idea de que, en la actividad


política, no hay distingos individuales y que es un solo rasero con el que se ha
de medir a todo individuo, sin diferencia alguna.

Peligroso, porque si se considera que la política es una actividad


siempre presente en las sociedades humanas y que su ejercicio afecta el
devenir individual y colectivo de todos los hombres, no puede menos que
considerarse como una profunda irresponsabilidad la aceptación de que el
ejercicio político se deposite, con nuestro consentimiento o con nuestra mera
indiferencia, en cualquier clase de individuos y se practique con cualquier
signo de conveniencia.

En el juego de los tiempos se han propuesto los precios de un mal


presente a cambio de un bien futuro. Existe un itinerario conocido, pero
equivocado. Muchos pueblos lo han recorrido. Nosotros mismos lo hemos
caminado en oscuros momentos de nuestra historia, por fortuna transitorios.
La fórmula es seductora, pero engañosa. Con la promesa de un futuro
esplendoroso se pretende legitimar un presente de penumbras. A eso se han
reducido, siempre, los argumentos y la filosofía política de todas las
dictaduras.

En el escenario de las jerarquías valorativas, se ha propuesto aceptar los


males menores para evitar los males mayores. Esta pareciera la fórmula
infalible de una contabilidad moral de la declinación política. Aceptar ser lo
que no se quiere ser es, en sí misma, una forma de empezar a dejar de ser. Es
el síndrome infalible de que la decadencia se ha iniciado.

Si eso es así en el campo de los sistemas políticos, en el escenario de los


individuos dedicados a la política funciona algo similar.

José Ortega y Gasset se refiere a la existencia de una moral que es


común a todos los hombres ordinarios y otra moral que es propia de los
individuos que están destinados a la dirección y a la jefatura de la sociedad. Al
reconocer y distinguir que hay espíritus grandes y espíritus chicos, no por
valoración, sino por la diferencia real de dos estructuras psicológicas distintas
y de dos modos antagónicos de funcionamiento de la psique, se concluye que
hay virtudes y vicios de gran dimensión y otros que son comunes a la
dimensión de los hombres de talla común y ordinaria.
143

Desde luego que no se trata de una disputa para menospreciar el título


de virtudes como la honradez, la veracidad o la templanza sexual. Pero es
urgente que nuestro tiempo reconozca que hay otro nivel de virtudes
superiores que sólo pueden exigirse en el grande hombre de poder.

A título de ejemplo, puede decirse que la infidelidad marital de un


gobernante no es, desde luego, un asunto plausible, como no lo es la de ningún
individuo. Pero tampoco puede dejar de considerarse, aunque queramos
estirarlo, que es un asunto que sólo afecta a su esposa y, por lo tanto, sólo a
ella puede interesarle y a nadie más. Que distinto es esto a, por ejemplo, una
infidelidad a la nación, la perfidia de una alianza internacional inconveniente o
la infidencia a los principios esenciales de un pueblo.

Para ilustrar lo anterior podríamos recordar que en el caso de John


Profumo, el gran escándalo sexopolítico de los sesenta, se dieron dos
consecuencias para el Ministro de Guerra británico: su esposa le demandó el
divorcio y el Parlamento lo defenestró.

Pero es importante tener en claro que los británicos no se sintieron


afectados por su romance con la prostituta Christine Keeller, lo que sólo fue
resentido por la señora Profumo, sino porque en el lecho le confiaba los
secretos militares del Reino Unido, mismos que la Keeller transmitía a su
amante caribeño y éste los vendía a la Unión Soviética.

Sólo por eso el servicio de inteligencia británico puso en conocimiento


del Primer Ministro, no un chisme de alcoba, sino un gravísimo riesgo para la
nación. Así, con clara separación de intereses, Profumo fue botado de su casa,
no por estúpido sino por infiel y fue botado del gobierno, no por mancornador
sino por su imbecilidad política.

He allí la importancia de distinguir ambas naturalezas de hombres, a


efecto de estar en condiciones de precisar la inmoralidad política en contraste
con la inmoralidad privada, a partir de quien resulta dañado. Ello es lo que
permite diferenciar la estructura ética del hombre común de la del hombre
político. Distinguir entre la inmoralidad de un desliz sexual y lo pecaminoso
de una guerra equivocada. Entre la imprudencia de una farra amiguera y la
impudicia de una designación errónea. O entre lo censurable de una prodiguez
irreflexiva y la obscenidad de una ley perversa.
144

Porque, además de la inmoral predilección del bien sobre el mal, hay


inmoralidad al preferir un bien inferior sobre uno superior. Hay perversión
donde hay subversión de lo que vale menos en contra de lo que vale más. En
esa preferencia invertida reside una moral falsa y, por lo mismo, repugnante.

No se diga poner en claro, con urgencia, el concepto de fidelidad


política. ¿A quién se debe ser fiel en cada acto del ejercicio político? ¿A la
nación o al partido? ´¿A los electores o a los jefes? ¿A la ideología o a la
conciencia? En fin, son cuestiones que tienen mucho que dar en la concepción
política mexicana de hoy y de mañana.

El ineludible desarrollo político futuro del pueblo mexicano inducirá,


necesariamente, a que virtudes mayores como el patriotismo, la lealtad y la
dignidad triunfen, por mayor aceptación, sobre virtudes menores como la
habilidad, la astucia, la persistencia y la fama.

22. Conflictos de verdades y conflictos de poder.

La concepción de la verdad está en relación constante con la concepción


del poder.

Decía Leonardo da Vinci que lo importante no es que algo sea cierto


sino que esté bien inventado. Y es que existen siete razones fundamentales
por las que el hombre de Estado se impulsa para mentir. Ellas son el cinismo,
la codicia, el temor, la vergüenza, la ignorancia, la irresponsabilidad o la
inconciencia.

Descontando los aspectos filosóficos, morales o religiosos de la verdad


y de la mentira, este es un asunto que ha seducido la atención de la política.
Desde luego que mucho más en los aspectos de la literatura y del análisis que
de la concreción operativa o fáctica.

Desde tiempos lejanos encontramos lecciones de política donde se trata


sobre la mentira como arma ofensiva o como instrumento defensivo. Lucio
Anneo Seneca, Nicolás Maquiavelo y Julio Mazarino dictaron para todas las
generaciones y nadie podría aventurar que sus pupilos directos no se
145

capacitaron con amplísima suficiencia. Ruego tomar recuerdo que los Tiberio,
los Calígula, los Medici y los Luis XIV bien se ganaron su mención
honorífica.

Los temas de la verdad y de la mentira, como todos los temas de la


ética, encuentran mayores preocupaciones en el ánimo de los jóvenes que en
el de quienes ya no lo somos. El hombre maduro es más experto pero menos
sensible en los recovecos de la moral. Por eso el hombre joven es el mejor
equipado para hacerse de los beneficios de los valores. Muchas imágenes de
mi juventud han quedado indelebles en mi ánimo frente a esto. Algunas en lo
teórico y otras en el campo de lo real y cotidiano.

En edades muy tempranas leí el Mirabeau, de José Ortega y Gasset. En


aquel entonces embrionario y juvenil aspirante a político, el asunto de la
verdad política y de la mentira política llegó a perturbarme. Tuve que mirar y
buscar en el fondo de mí mismo para encontrar mi centro y configurar mi
criterio. Más tarde supe que eso se llamaba autoanálisis. Creo que fue útil y
oportuno. Diez años después leí la obra de Jeanne Kirkpatrick, La Estrategia
del Engaño. Hoy me doy cuenta de que fui afortunado de haberlas leído en
ese orden y con esa distancia.

Por muchas experiencias propias y por muchas más observadas en los


otros, creo en las bondades y en las conveniencias de que algunas virtudes
como la sinceridad estén siempre asociadas al ejercicio de lo político. Desde
luego que cuando pienso en la sinceridad y en la verdad no estoy pensando en
esa forma estúpida de extroversión mediante la cual algunos humanos
justifican pasarse todo el día y todos los días escupiendo, vomitando y
defecando secretos, chismes, sentimientos íntimos, ideas personalísimas,
reproches, rencores, inconformidades y toda aquella gusanera que los
humanos solemos traer adentro y que, al arrojárselas a los demás, nada tiene
que ver ni con la sinceridad ni con la verdad.

En el ámbito de lo político el asunto de la mentira y de la verdad tiene


concreciones reales de enorme dimensión. El político experimentado conoce
toda la diversidad de métodos. No porque necesariamente practique la
mentira sino porque está obligado a precaverse de ella. A detectarla, a
identificarla, a eludirla y a contrarrestarla.

Sólo la minuciosa reflexión de cada quien nos podría poner en claro si


estos tiempos son de grandeza, de minusvalía o de similares. El escepticismo
146

patológico de Poncio Pilatos puede volver a preguntar ¿Quid est véritas?


¿Cuál es la verdad?

23. Conflictos de virtudes y conflictos de poder.

La concepción de la virtud, también, tiene que ver con la concepción del


poder.

Pareciera que los individuos y las sociedades cada vez pensamos menos
en las virtudes y en los pecados. No pretendo convocar a una cruzada
moralista pero resulta innegable que la vida individual y, sobre todo, la
colectiva están determinadas por la percepción que se tenga de los perfiles de
su estructura moral.

Repito que una concepción científica del poder me induce a verlo en su


naturaleza pura y rechazar cualquier mezcolanza que pretenda, incluso, su
mixtura con los valores.

Por eso debiera quedar en claro que hay virtudes públicas y privadas,
así como hay pecados públicos y privados y que no puede requerirse ni
censurarse en el hombre de Estado lo mismo que se haría en el hombre
común. Veamos algunos ejemplos.

Las virtudes privadas podríamos dividirlas en dos grandes grupos: las


relativas y las absolutas. Son relativas aquellas virtudes que no tienen una
valencia propia sino que ésta dependerá de la conexidad que tengan con otras
virtudes.

No puede negarse que la inteligencia, la valentía y la bondad forman un


triángulo virtuoso ejemplar. El hombre que es inteligente, valiente y bueno
posee una alteza prácticamente insuperable. Pero pensemos en quien posee
estas virtudes de manera aislada y advertiremos que, en esas circunstancias,
pueden constituirse en verdaderos y gravísimos defectos.

Un hombre de poder inteligente pero perverso y cobarde resultaría un


genio del mal. Un gobernante valiente en tonto y en malo resultaría un
147

temerario en absurdo, altanero, bravucón y cruel. Un mandatario bueno pero


embrutecido y acobardado puede llevar a la esterilidad toda su bondad. Por
eso son virtudes relativas. Requieren de otras para ser valiosas.

Por el contrario hay virtudes que valen intrínsecamente y que tienen una
valencia propia. La lealtad, la honestidad y la humildad valen aunque no se
tenga ninguna otra virtud. Cuando el hombre de poder, así como todo ser
humano es leal, cuando es honesto y cuando es humilde trae consigo una valía
que no está relacionada ni con las causas a las que profesa su lealtad, ni con
las consecuencias que le reporta su honestidad, ni con los sujetos a los que les
tributa su humildad.

Pero, como decíamos más arriba, en el hombre público adquieren


preminencia ciertas virtudes que no son menores en el hombre común pero
que en el gobernante resultan imprescindibles e ineludibles para el juicio
histórico final.

Veamos algunas de ellas. En primer lugar mencionaría el patriotismo.


Esta es la quintaesencia de las virtudes que debe tener el hombre de Estado.
Parafraseando al Decálogo de Moisés, los mandamientos del gobernante
tienen que comenzar, forzosamente, por un amarás a tu patria sobre todas las
cosas.

Si el gobernante no es patriota todo lo que haga carecerá de valor. Sus


logros, aún siendo benéficos para la nación, obedecerán a motivos distintos de
los del amor patrio. En ocasiones, a la vanidad personal. En otras más, a la
ambición de reconocimiento histórico. Pudiera concederse que, en algunos
casos, el motivo fue el sano propósito de cumplir con el deber oficial. Todo
ello pudiera servir para justificar y hasta para reconocer el mérito del
gobernante burócrata pero nunca para enaltecer el del gobernante patriota.

Porque, además, sin ese amor a la patria el gobernante no puede


soportar, con entusiasmo y sin fatiga, los requerimientos del encargo, los
desvelos, los esfuerzos, las incomprensiones, las dificultades, los fracasos, los
peligros, las soledades, las ingratitudes, los sacrificios y hasta las renuncias
personales.

Una segunda virtud del hombre de Estado es la grandeza. Aquella a la


que José Ortega y Gasset llamaba magnanimidad y que tiene su clara
explicación en su origen etimológico. Magna ánima, alma grande. Lo que
148

diferencía al verdadero hombre de Estado y que lo distingue de los demás


mortales. Su capacidad para pensar en grande sobre el destino de su pueblo.
Para percibir todo con dimensiones totales.

Una tercera virtud pública es la justicia. Si el gobernante no es justo


correrá, a diario, el riesgo de extraviarse. Si es demócrata pero no justo,
terminará entregándose a las mayorías y atropellando a las minorías. Si es
progresista pero no justo, tenderá a proteger a los transformadores y
menospreciará a los preservadores. Si es liberal pero no justo concluirá por
menospreciar creencias, costumbres y tradiciones. El gobernante justo es el
gobernante total, no grupero ni faccioso.

24. Conflictos de pecados y conflictos de poder.

La concepción de los pecados tiene que ver con la concepción del


poder.

Al igual que con las luminosidades del alma, en los terrenos de lo


escabroso también pueden y deben distinguirse los pecados del hombre común
de aquellos que cobran importancia cuando anidan en el hombre de Estado.

No creo que haya degradación, en el hombre común y en el hombre de


poder, que pueda representar mayor deformación anímica que la ingratitud.
Que pueda reflejar mayor perversión del alma que la envidia. Y que pueda
revelar mayor perturbación de la conciencia que el rencor. Quienes los
padecen son individuos tan infelices que, en muchas ocasiones, nos mueven
más a la lástima que al desprecio.

En lo que concierne a los pecados públicos creo que no hay gobernante


más deplorable que el que vive en la inconciencia, que el que se instala en la
irresponsabilidad y que el que se comporta con cinismo. El gobernante cínico,
el mandatario irresponsable y el político inconsciente, como dice Mateo en el
26-24, más le valdría no haber nacido.

Vamos primero a lo privado. Ya decíamos que la ingratitud, la envidia y


el rencor son el Himalaya de la perturbación y de la degradación anímica.
149

También que quienes los padecen son más dignos de conmiseración que de
encono. Más de desprecio que de reproche.

La ingratitud suele confundirse con ciertos tipos de egoísmos, pero


debemos distinguirlos. El ingrato olvida las mercedes recibidas mientras que
el egoísta no las olvida pero cree que las recibió por merecimiento. Ninguno
de los dos las agradece pero éste las tiene en cuenta y aquel las borra del
escenario de su vida.

También hay que prevenirse de ciertas gratitudes motivadas por el


interés de favores futuros o por la situación de privilegio en que se encuentra
el favorecedor. En cambio la verdadera gratitud se da cuando el antiguo
favorecedor ha decaído y el entonces favorecido se ha encumbrado y le brinda
su favor.

Pero hay otra característica en la verdadera gratitud que consiste en su


inagotabilidad. No es verdadera gratitud aquella de “ya estamos a mano” sino
la que considera que ni con diez ni con cien retribuciones se liquida la merced
recibida. La que estima que lo recibido genera una deuda perpetua e
inagotable.

Sobre la envidia se ha dicho que es la ambición invertida. El ambicioso


se esmera en tener. El envidioso se recrea en que los demás no tengan. El
ambicioso sufre con los fracasos propios. El envidioso se tortura con los
éxitos ajenos.

La historia nos brinda en cuatro ilustres músicos diversas posturas


frente a la envidia en dos anécdotas legendarias.

Wolfgang Amadeus Mozart y Antonio Salieri vivieron en la misma


época y convivieron en la corte vienesa. El destino los dotó de cualidades
asimétricas. Salieri fue, simplemente, un talentoso compositor. Mozart, en
cambio, ha sido el más grande genio musical de la humanidad. Para su mayor
desgracia, Salieri fue dotado del suficiente talento para entender la genialidad
de Mozart. Es el primer humano que lo percibe, lo reconoce y lo entiende.

Pero nunca habría de resignarse a aceptarlo. Comienza por odiarlo.


Más tarde, reniega de Dios. Lo trata de imitar y fracasa. Lo trata de plagiar y
fracasa. Transmuta su espíritu y ya no sólo le duele la obra genial de Mozart
sino que le atormenta que Mozart sea Mozart y no él. Se instala en la locura y
150

pasa sus últimos veinte o treinta años en el manicomio. En algunos momentos


juraba que había asesinado a Mozart, porque así lo creía en su perturbada
mente. En otros momentos sentía que él era Mozart y así lo gritaba. En otros,
más dramáticos aún, cobraba clara conciencia de su tragedia que consistía en
que saber que era Antonio Salieri y no Amadeus Mozart. En uno de esos
momentos de lucidez se rebanó el cuello y concluyó la larguísima agonía de su
vida.

En sentido inverso existe otra anécdota con protagonistas musicales. Se


dice que cuando Federico Chopin llegó a París, se dirigió a un importante
editor de música haciendo valer la recomendación de un maestro polaco. Fue
recibido con cierta displicencia y ni siquiera se le prestó atención a las
partituras que llevaba.

En eso llegó un hombre bondadoso, que en esos momentos era la


estrella del firmamento musical parisino. Se llamaba Franz Liszt y era
húngaro de nacimiento. Al verlo llegar, el editor apremió a Chopin para
concluir la audiencia. Liszt, por el contrario, le rogaría que lo siguiera
atendiendo mientras él se ocuparía de otras cosas.

Es el caso que Liszt, notable compositor y extraordinario pianista,


empezó a curiosear los apuntes de Chopin. Tomó una partitura que le llamó la
atención y empezó a tocarla. Era una mazurca. Hay quienes dicen que era la
7-1 y otros que fue la 33-2. Lo importante es que todos dejaron lo que estaban
haciendo y rodearon al pianista.

Cuando terminó recibió la efusividad de los presentes, especialmente


del editor quien creía que se trataba de una obra propia, a lo que Liszt contestó
que el autor muy pronto sería una de las figuras más importantes y que allí
estaba presente enfrente de ellos. Además, desde ese momento, Liszt habría
de introducir a Federico Chopin en los más exclusivos círculos musicales,
intelectuales y sociales de Francia.

Este desprendimiento tan carente de envidia es producto de la


autocomplacencia. Del agrado que cada quien siente por lo que es y por lo
que tiene. Dejar de querer ser uno mismo para querer ser otro es en sí misma
una forma de dejar de ser. Es el síndrome infalible y formidable de que la
decadencia se ha iniciado.
151

Una de las expresiones más preclaras de la envidia se encuentra en un


viejo cuento oriental. Había un comerciante a quien se le aparece su dios y
como había sido un buen esposo, un buen padre y un buen amo le ofrece, a
título de premio, concederle las riquezas, los poderes y todos los bienes que
deseara, con la única condición de que a su principal competidor le concedería
el doble de lo que él obtuviera. Lo pensó unos minutos y, sin titubear, le rogó
a su dios que lo convirtiera en tuerto.

Por último, el rencor no es otra cosa que la atrofia absoluta de la


capacidad de perdón. Es una discapacidad respecto de un don, muchas veces
menospreciado por común, que permite que a través del olvido, del tiempo y
de la cicatrización, ya si no de la clemencia, podamos perdonar a aquellos que
nos han agraviado.

Es muy importante distinguir las actitudes de los hombres privados para


contrastarlas con las de los hombres públicos y estar en condiciones de valorar
los efectos que se producen cuando las virtudes y los vicios anidan en cada
tipo de hombres.

Entre los pecados del hombre de Estado los mayores y más graves son
el cinismo, la irresponsabilidad y la inconciencia.

El cinismo es una actitud sui generis frente a la mentira y frente a la


verdad. El cínico es ambivalente. En ocasiones miente y en otras se sincera.
Pero no es un mentiroso común ni es un hombre franco, aunque suele
confundirse con ellos. Tampoco se trata de alguien mentiroso por momentos y
franco en otros. Nada de eso. Es un tercer género y bien distinto. La
diferencia estriba en que sus características motivacionales fundamentales son
una combinación de falta de interés por los demás y falta de pudor por sí
mismo. Esto es lo que lo hace muy peligroso y muy repugnante cuando anida
en un hombre de Estado. Tratemos de explicarnos.

El mentiroso común actúa movido por una de dos razones. O porque


hay algo en nosotros que le interesa o porque hay algo en él que le
avergüenza. El mentiroso ordinario tiene un principio de interés en nosotros,
aunque sea malsano y pequeño, y tiene un principio de pudor en él, aunque sea
malentendido e insignificante.

Para el cínico, en cambio, no hay nada en nosotros que le seduzca ni


nada en él que le repugne. Cuando el mentiroso nos miente es porque nos
152

considera interesantes en algo. Cuando el cínico nos miente es porque nos


considera estúpidos en todo. El mentiroso actúa porque tenemos algo que a él
le gustaría tener. Nuestro dinero, nuestra amistad, nuestra admiración o
nuestros favores. El cínico nos engaña porque considera que no merecemos ni
su verdad.

Pero, en su ambivalismo, el cinismo puede confundirse con la


franqueza. Es más, el cínico muchas veces se proclama franco. La diferencia
estriba, también, en las motivaciones. El hombre sincero actúa anteponiendo
la verdad a sus intereses aunque con ello estos lo paguen o porque a sus
pecados no quiere agregar uno más. El franco tiene una moral. El cínico es
un amoral. Actúa con descaro porque no considera que sus pecados sean
malos. El cinismo es una de las consecuencias más estridentes de la soberbia.
El cínico no actúa para defenderse o para disculparse sino por lo contrario. El
cínico actúa porque se siente bueno y superior.

En lo que concierne a la irresponsabilidad, esta no es más que la falta de


previsión de nuestra propia conducta. Es grave, desde luego, en tratándose del
hombre común, lo mismo se concretice en una colisión descuidada, en una
descortesía irreflexiva o en una insolvencia evitable. Pero puede resultar
catastrófica en el hombre de Estado. Es la irresponsabilidad política la que
derrumba economías, la que condena a varias generaciones, la que fractura el
régimen de gobierno, la que altera el orden de convivencia, la que socava los
cimientos sociales. Por ello es tan pecaminosa cuando se instala en el hombre
público.

Parecida a la irresponsabilidad es la inconciencia. Sólo que aquella es


una perturbación de la voluntad y esta es una perturbación del conocimiento.
Aquella es una afectación del querer. Esta lo es del saber. El irresponsable no
quiere cumplir sus obligaciones. El inconsciente no sabe cuales son sus
obligaciones. En el hombre de Estado estas desviaciones suelen presentarse
como desalineaciones ideológicas.

Pongamos un ejemplo. Para un gobernante neoliberal la pobreza es un


asunto no preponderante en su agenda de aplicaciones. No es que no le
interese o que no le preocupe o que no quisiera que se superara. Pero no
considera que sea su responsabilidad fundamental. Por ello, en un país sin
pobres o con muy poca cantidad de ellos ser neoliberal es, simplemente, una
posición ideológica. Pero en un país como México, con un 54% de pobres,
ser neoliberal es una inconsciencia brutal.
153

25. Conflictos de apariencias y conflictos de poder.

Las apariencias o los símiles, en ocasiones dificultan el análisis del


poder.

Existen algunas virtudes que, aún siéndolo, son menores que otras con
las que suele confundírseles y que obligan a un ejercicio de distinción no para
menospreciarlas sino para justipreciar a ambas. A éstas podríamos llamarlas
los símiles de la virtud.

Porque las virtudes tienen, también, sus apariencias espurias. Por eso,
como mero ejemplo, sabemos que la fuerza muchas veces quiere disfrazarse
de fortaleza. Que el temor a veces se hace pasar por prudencia. Y que la mera
y pobre abstención muchas veces quiere aparentar que es templanza
verdadera. Eso nos lleva al riesgo de confundir al fuerte con el forzudo, al
prudente con el miedoso y al hombre templado con el simple abstemio.

Por último, decíamos que existen virtudes que se parecen y suelen


confundirse con otras de gran envergadura. Casi todas las grandes virtudes
tienen símiles de menor escala, no por ello despreciables siempre y cuando no
nos lleven a la equivocación de confundirlas y, con ello, a creer que un
hombre de proporciones normales es de grandeza mayor.

Mencionábamos a la inteligencia. Su símil, no cabe duda, es la astucia.


Si usáramos un ejemplo de la física diríamos que la astucia equivale a la
agilidad y a la velocidad mientras que la inteligencia representa al peso y a la
potencia. Si usamos un parangón mecánico diríamos que la astucia es una
bicicleta mientras que la inteligencia es un tractor bulldozer. Con la bicicleta
se rodea o se remonta un cerro. Con el bulldozer se le remueve totalmente. El
astuto sortea los problemas y transita entre ellos. El inteligente los vence y los
remite.

La valentía encuentra su símil en la audacia. La diferencia estriba en


que el audaz toma cálculo muy medido de sus riesgos y sólo asume aquellos
donde la adversidad es equilibrada con la expectativa de triunfo, mientras que
el valiente es capaz de comprometerse, si ello es necesario, aunque sus
momios sean muy desfavorables.
154

La benevolencia es el símil de la bondad. Aquella es una calidad del


comportamiento. Esta es una calidad del sentimiento. El benevolente es
atento, comedido, cariñoso, diligente y hasta dadivoso. Pero no
necesariamente se complace en servir ni en dar. Puede ser que en su fuero
interno hasta reniegue del tiempo, del esfuerzo o del patrimonio que tuvo que
invertir para atender, mientras que el hombre bueno se regocija por lo que le
implicó o con lo que le costó hacer el bien.

La lealtad encuentra su símil en el cumplimiento. El hombre cumplido


responde a aquello a lo que se ha comprometido pero, al igual que en lo
anterior, como un fenómeno conductual y no necesariamente anímico. A
diferencia del leal el hombre simplemente cumplido puede ser que cumpla
arrepentido del día en que se comprometió y dispuesto a no volver a hacerlo.
El verdaderamente leal siempre se felicita de su compromiso y está
convencido de que lo volvería a contraer.

La honestidad encuentra su símil en el respeto. El respetuoso tiene un


concepto claro de lo ajeno mientras que el honesto tiene un concepto claro de
lo propio. Una mujer respetuosa de lo ajeno podría recoger y devolver la
billetera encontrada en la mañana en la sala de belleza por respeto a lo que no
es suyo y, sin embargo, aceptar en la noche el obsequio multimillonario de un
pretendiente al que recién ha conocido y del que no sabe aún sus intenciones.
Todo ello tan solo porque no sería un robo. De ahí, también, la cínica y
legendaria frase de algunos altos burócratas en el sentido de que no hay que
robar sino tan solo hacer negocios.

El símil de la humildad es la sencillez. Más, sin embargo, un hombre


puede ser sencillo y, al mismo tiempo, ser un gran soberbio. El humilde
considera que los demás son sus iguales. El sencillo tan solo los trata como
iguales pero sin considerarlos así. Es amable, es simpático y es amistoso con
los más desvalidos pero puede ser que siempre teniendo en cuenta sus
diferencias y asimetrías.

Entre las virtudes públicas el patriotismo encuentra su símil en la


tradición. El tradicionalista prefiere su comida a la extranjera y nunca
cambiaría de residencia. Pero el patriotismo es amor y la tradición es
costumbre.

La grandeza tiene un símil muy complicado que es la magnificencia. El


magnificente se recrea con las cifras no con las esencias. Le gusta lo grande
155

no lo grandioso. Por eso al gobernante magnificente le entusiasma ser la


tercera potencia o la quinta economía o la octava maravilla. Por el contrario,
el gobernante con grandeza sabe que dos países con el mismo número de
hospitales, de escuelas y de policías pueden ser muy asimétricos en salud, en
cultura y en seguridad. Sin embargo le interesa saber que la gente está
contenta. No con el gobierno, que eso es materia de una simple encuesta, sino
contenta con su forma de vida. Con lo que tiene, con lo que gana, con lo que
pasea, con lo que come y con lo que ahorra.

Por último, la justicia tiene un símil que se llama imparcialidad. La


diferencia estriba en que el imparcial no se mete ni se compromete. Alega que
el asunto no es suyo y que los interesados se arreglen por si solos. Por el
contrario, el justo si se compromete para ponerse del lado de quien tiene la
razón y para asociarse en la lucha por su causa. El imparcial es neutro. El
justo si sabe tomar partido.

26. Conflictos de psique y conflictos de poder.

Decía Richard Nixon que ser político no siempre resulta divertido.


Sobre todo si se trata de alguien que tiene depositadas responsabilidades
enormes. El lujo del encargo solamente deslumbra a quienes no lo ejercen y,
por añadidura, a quienes no lo entienden. Los honores, el ceremonial, el
aplauso y todo lo exterior pueden resultar atractivos para el hombre común,
pero no necesariamente para el hombre de poder.

Porque además, como dijo Ortega y Gasset, el hombre de Estado no


dedicó su vida para ponerse una banda al pecho sino para dirigir al Estado así
como César y Napoleón no quisieron aplausos ni lambiscones sino tan solo
conducir el destino de sus pueblos.

Se dice que el presidente Vicente Fox nunca entendió lo que era ni


entiende lo que fue. A diferencia de los antecesores y de su sucesor, no supo
de la exclusividad y de la unicidad del poder presidencial. Porque
precisamente con esos elementos es con lo que el buen presidente llega a
reconocer su identidad. Es decir, a saber para lo que lo pusieron dentro de esa
banda de tela tricolor.
156

Quizá uno de los atributos mas apreciables del buen oficio presidencial
sea la aptitud del mandatario para distinguir, en todo momento, hasta dónde
puede llegar la acción de sus subalternos y desde dónde comienza la suya
exclusiva y excluyente.

Esa aptitud es un reflejo de identidad. Es el síndrome de que el


gobernante está consciente de lo que sólo puede hacer él y de que los demás
han llegado a los límites de un coto inaccesible para ellos.

Pero, además, hay algo en lo que tenemos que ser muy sinceros o
correremos el riesgo de equivocaríamos frente a los equipamientos de la
política.

En cada oficio, profesión, especialidad o actividad los individuos


somos calificados “en curva”. Es decir, en forma relativa bajo una escala
donde la calificación suprema la alcanza el mejor y de allí para abajo. Eso
determina la evaluación global.

Así, por ejemplo, una persona que corre 100 metros en once segundos
estoy seguro que sería la estrella máxima de su club deportivo pero sería un
material de desecho para los juegos olímpicos. El hombre más rico de mi
pueblo, que cuando quiere sienta a su mesa al alcalde y que le da órdenes al
jefe de la policía, ni influye sobre Wall Street ni lo conoce el Presidente de la
República. Eso es una parametría en curva. Por ello decimos en forma
coloquial que cada quien juega en su liga.

Ahora bien, en materia de capacidad mental se me ha dicho que un


individuo es normal cuando tiene un coeficiente mental entre 90 y 110. Más
arriba de esto comienza la genialidad y más abajo empieza la imbecilidad. El
hombre normal sirve para los ejercicios normales pero no para algunos que
requieren aptitudes privilegiadas.

El deporte de la política es uno de ellos. Una persona que posea un


coeficiente intelectual de 110 podría ser la estrella de su club deportivo y,
quizá, hasta presidente de su mesa directiva. Pero para el ejercicio de la
política nacional casi sería material de desecho. Esto es porque en la curva de
la política la normalidad comienza en la inteligencia privilegiada y los
normales comunes resultan los imbéciles en el campo de lo político.
157

Es por eso que hombres que en lo corto nos parecen hasta listos resultan
tontos ante el desafío de la complejidad política de alto impacto. Por eso en la
política, como en el deporte, se necesitan individuos de alto rendimiento y no
cualquier amateur que se dedica a ello para distraerse o para divertirse.

Por eso aquí cabe una distinción entre lo político y lo jurídico. Para la
ley el tonto no es culpable pero para la política si lo es. Fundamentalmente por
la entidad del daño producido o del riesgo creado. El tontito del barrio lo más
que puede hacer es que nos toque el timbre y se esconda o que juegue su
pelota contra nuestra portezuela. Pero el tontito del gobierno puede postergar
generaciones, puede derrumbar economías, puede destruir sistemas. El tontito
del barrio mata lagartijas pero el tontito del gobierno mata manifestantes. No
toca timbres de casas sino que puede echar a andar todas las alarmas
nacionales. No juega con pelotas sino con destinos.

Pero no sólo debemos atender a la madurez y a la inteligencia del


hombre de Estado sino, también, a sus deformaciones. En materia de
gobernantes, caras vemos y de corazones no sabemos. Su cripticidades, sus
aislamientos y sus soledades son frecuentes y, casi, ineludibles.

Como ejemplo, cuentan varios testigos que, conforme avanzaban sus


periodos presidenciales, Richard Nixon se fue haciendo más desconfiado, más
susceptible y más solitario. Incluso, sus diálogos con el alcohol los practicaba
en el mayor aislamiento.

Tuvo, sin embargo, la ocurrente costumbre de platicar por las noches,


con un vaso en mano, con los retratos de expresidentes que adornan los muros
de la mansión presidencial. De entre ellos, sus predilectos fueron Lincoln, los
dos Roosevelt, su jefe Eisenhower y su eterno rival, en más de un sentido,
John Kennedy.

Con este, por cierto, los diálogos solían ser ásperos y dicen que
altisonantes. En una de esas noches fue cuando, refiriéndose a los
norteamericanos, que Nixon le espetó a Kennedy la famosa frase: “Cuando te
ven a ti piensan en lo que quieren ser. Cuando me ven a mí piensan en lo que
en realidad son”.

El caso es que, allá como acá, el ejercicio de la Presidencia puede llegar


a perturbar la conciencia, por lo menos en tres sentidos. En el del aislamiento,
158

con la consecuente soledad. En el de la desconfianza, con la inevitable


temerosidad. Y en el de la incomprensión, con la natural irritabilidad.

Todo ello proviene de un poder excesivamente dosificado por las


circunstancias. Ello produce, en primer lugar, que el Presidente se considere
único y la verdad es que no se puede negar que lo es. A partir de allí es fácil
que considere que no piensa ni habla ni siente ni actúa como los demás y, por
lo tanto, que no es fácil ni comunicarse ni interrelacionarse ni asociarse con
los demás. De su unicidad se pasa, automáticamente, a la soledad.

El aislamiento de Nixon también ha sucedido en Los Pinos. Hubo


algún presidente que terminó cenando y bebiendo con el oficial de guardia:
“Sírvame una, capitán, y sírvase una aunque no se la tome”.

Ese poder, además, está mal repartido según su imaginación. Ello lo


conlleva a pensar que los desposeídos quieren hacerse de una parte, aunque
fuera mínima, de su poder. En ese proceso se instala la desconfianza y aún el
miedo que nos producen todos aquellos que quieren quitarnos nuestras
canicas.

Por último, la unicidad sumada a la propiedad produce una sensación


ilimitada de potestad. No sólo se es único sino, además, omniteniente y
omnipotente. Es el estadio más cercano a la deidad. Por eso López Mateos le
dijo a Díaz Ordaz: “En México el presidente tiene todas las dichas, salvo dos
desgracias. Una de ellas es que todos te dicen que eres un dios. La otra es que
terminan convenciéndote”.

Así las cosas, todos aquellos que no piensan ni dicen ni hacen lo que
quiere el presidente se le aparecen como unos enemigos que le quieren
estropear lo que es tan solo de él. La divergencia de los congresistas, de los
periodistas, de los empresarios, de los sindicatos, de los intelectuales, de los
partidos o de los ciudadanos ordinarios les irrita o les molesta o hasta les
enfurece porque se cae en la fácil tentación de considerar que son unos
intrusos que se entrometen en los asuntos del país como si este fuera de ellos.

Por ese enorme depósito de poder ha dicho Giuseppe Amara que la


presidencia no está diseñada para la salud mental. Sin embargo, alguna deidad
nos ha visto con misericordia porque hasta ahora nos damos cabal cuenta que,
si bien algunos de nuestros presidentes tuvieron sus excentricidades o sus
locuacidades, ninguno le imprimió al ejercicio de su descomunal poder ni las
159

retorceduras de la locura ni las penumbras de la maldad ni los tintes de la


crueldad.

Con que uno solo de ellos se hubiere extraviado era suficiente para que
el país entero se hubiere tiranizado, ensangrentado o fracturado.

Puede decirse, incluso que muchos conservaron o recuperaron su


condición de normales y de mortales para el resto de su vida. Me referiré tan
solo a algunos de los ya ausentes.

Miguel Alemán concluyó su gestión presidencial siendo todavía muy


joven, recién cumplidos sus cincuenta años de edad. Sobrevivió treinta años
como ex mandatario. Pero no terminó solo. Conservó a muchos de sus amigos
de siempre y los incrementó todos los días.

Y es que Miguel Alemán tenía la rara virtud de poder colocarse a la


altura de las circunstancias. Lo mismo podía platicar, durante horas, con el
presidente del país más poderoso del planeta que con una modesta ama de
casa, con la seguridad de que a ambos les iba a prestar la misma atención por
la sencilla razón de que todo le resultaba interesante. Era un humanista
universal que no se limitaba ni en fronteras ni en niveles ni en reductos.

El otro fue, indiscutiblemente, Adolfo López Mateos. Él tan solo


sobrevivió poco más de cuatro años a su encargo, la mitad de ellos en estado
de inconsciencia. López Mateos nunca “perdió el piso” porque se esforzó en
ello con una férrea voluntad.

Entre otras decisiones, nunca vivió en Los Pinos para conservar, aunque
sea aferrándose a la materialidad de la casa familiar, la consciencia y la certeza
de su personalísima individualidad. En su casa propia de San Jerónimo sería
Adolfo hasta que muriera y después de ello, también. En Los Pinos, al cabo
casa ajena, sería otra cosa, desde luego transitoria y también impersonal.

Por eso comía casi a diario en el restaurante. Por eso manejaba dos
veces al día su automóvil propio. Por eso le gustaba regalar sus cosas y no las
del erario: sus mancuernillas, sus plumas, sus relojes, sus pitilleras y sus
encendedores, que se convertían en prendas invaluables para el obsequiado
aunque llevaran las iniciales de quien las regalaba.
160

Por último menciono la creatividad como cualidad esencial del gran


político o verdadero hombre de Estado. En ocasiones los políticos creativos
dan la impresión de ser niños jugando a que gobiernan. A ver, vamos a hacer
una ciudad universitaria y la hacen. A ver, ahora vamos a fundar un Seguro
Social. Y lo fundan. A ver, que tal si ahora nacionalizamos la industria
eléctrica. Y lo llevan a cabo.

Tenía razón Ortega y Gasset. El verdadero político no se contenta con


pensar y con hablar. Tiene el frenesí de la creación. Hace y hace. Construye y
construye. Realiza y realiza. Es ejecutor sin descanso. Como el pintor, el
músico o el escritor que no duerme, no come y no se cansa. No bien termina
una obra cuando ya está iniciando la otra. Son muy positivos para sus pueblos
y para sus naciones. Son sus verdaderos artífices y son los que determinan su
verdadero destino.

Pero, además de su creatividad, es notable la aparente facilidad con la


que hacen sus realizaciones. Se creería que nada les cuesta trabajo. Saben para
lo que es el poder y cómo debe llevarse. Y lo llevan muy bien. Se mueven con
él como si fuera un traje a la medida o, mas aún, como se lleva la piel. Hacia
donde se mueven, el poder va con ellos. Estos hombres pueden ser
comparados con aquellos patinadores, bailarines o acróbatas que realizan sus
rutinas como si fuera muy sencillo. Provocan el deseo de imitarlos suponiendo
que cualquiera podrá hacerlo igual.

En algunas ocasiones esos artistas de magistral destreza hacen necesario


que el público ingenuo quede advertido de no intentar ninguna emulación
porque podría resultar en una fatalidad. Quizá la política debiera disponer de
cautelas similares. Explicar a todos los cretinos que quieren meterse a
gobernar, suponiendo que ello es muy fácil, que en el intento pueden llegar al
desastre o pueden llevar a sus pueblos a los terrenos de la catástrofe.

27. Conflictos de intereses y conflictos de poder.

La concepción de los intereses tiene que ver con la concepción del


poder.
161

Es una importante cuestión el posicionamiento que cada hombre de


poder tiene que asumir frente a cada uno de los temas específicos a los que
debe someter su aplicación. Esto deviene de las diversas coordenadas políticas
en las que se mueven los políticos y que los obliga al desarrollo de un plan de
vuelo no sólo complicado sino, además, con un muy estrecho espacio de
maniobra.

Trataré de explicarme. Cada político tiene, desde luego, filiaciones y


fidelidades al poder al que está integrado, bien sea el ejecutivo, el legislativo o
el judicial. Pero esto se complica porque también tiene filiaciones partidistas
que no siempre corresponden a las del poder. Pero también tiene compromisos
con su estado y con su distrito. Pero también suele tener filiaciones de sector,
de gremio o de profesión. Pero también, aunque algunos piensan que no, tiene
compromisos de ideología política. Pero también, aunque hay quienes dicen
que no es cierto, tienen consciencia nacionalista. Pero también, muy legítimo
en todo ser humano, tienen aspiraciones políticas personales. Pero también,
como todo hombre de fidelidad política, tiene líderes y jefes. Pero también,
¡vaya que si no!, tienen sus ideas propias.

Hacer coincidir o ensamblar a todos esos factores con lealtad y con


limpieza es un acto formidable.
162

CUARTA PARTE

ESTADO DE CRATICIDAD O ESTADO PERFECTO DE PODER

28. La resultante de la suma de factores como factotum.

Ya se dijo que, en los sistemas políticos contemporáneos, la estabilidad


y hasta la permanencia de un gobierno, proviene de los seis factores de poder
indispensables, ineludibles e insustituibles. Legalidad, potestad, seguridad,
legitimidad, efectividad y gobernabilidad. Esa sumatoria de insumos produce,
en su mejor combinación, el estado de craticidad o estado puro de poder,

Hasta allí todo es perfecto. Cuando existen los seis factores el gobierno
es, técnicamente, irremovible. Un gobierno que respeta las leyes, que tiene
atribuciones suficientes, que sus gobernados se respetan entre ellos, que tiene
el apoyo popular, que es altamente eficiente y que demuestra un liderazgo
fuerte es indestructible. En una democracia se vuelve ultrapoderoso.
Virtualmente se adueña de la nación.

La problemática comienza cuando faltan alguno o algunos de estos


factores. Veámoslo con mayor acercamiento.

Tomemos la legitimación política. Esta, de acuerdo con Seymour


Martin Lipset, solamente puede provenir del resultado electoral o de la
convalidación de la gestión. Es decir, que el gobierno haya emanado de una
elección indiscutible o que, en su defecto, tenga una dosis de efectividad
convincente para la mayoría.

Pero si el gobierno fue electo por mayoría relativa y no absoluta o, bien,


si fue electo por mayoría dudosa y no contundente tan solo le queda el
remedio de legitimarse en la gestión. Esto es, de manera muy rápida,
demostrar que ese gobierno era la mejor opción. Que si no votaron por él fue
163

porque los electores se equivocaron pero que repondrán su error electoral con
su apoyo gestional.

Tenemos ejemplos mexicanos muy a la mano. La elección presidencial


de 1988 dejó, quizá injustificadamente, un sabor de trampa en el electorado
mexicano. Yo no soy de los que creyó que Cuauhtémoc Cárdenas o Manuel
Clouthier vencieron a Carlos Salinas, pero muchos mexicanos no comparten
mi creencia.

Pero lo importante fue que Salinas de Gortari inició de inmediato una


revalidación de su mandato por la vía de la aceptación de su gestión. Al
cumplir lo primeros 40 días de su gestión dio un histórico “golpe de mano” al
encarcelar al sempiterno líder petrolero Joaquín “La Quina” Hernández
Galicia. Para ese entonces, la sociedad mexicana estaba harta de lo que
consideraba como un abuso de latrocinio sobre la industria petrolera, la “joya
de la corona nacional”. Ya corría, desde tiempo atrás, la consigna de que
México necesitaba un nuevo Lázaro Cárdenas que le expropiara a Pemex el
petróleo mexicano.

A partir de entonces, la imagen del régimen salinista fue en aumento


constante durante varios años. El pueblo le entregó su simpatía y su apoyo.
Las elecciones de 1991 y de 1994 le resultaron todo un éxito.

Ese es un fenómeno de poder producido a partir de una gestión


gubernamental que revirtió la duda de una elección tan cuestionada.

Ahora supóngase que falta el factor efectividad, el cual depende de los


resultados positivos de una gestión y del cumplimiento de los compromisos
contraídos o de las promesas empeñadas.

Allí se nos brinda el ejemplo de Vicente Fox. Por el contrario de la


elección de Salinas, la de Fox no fue cuestionada por nadie. Es cierto que
hubo rumores sobre la actuación del gobierno zedillista. Se habló de arreglos
con el gobierno norteamericano. Circuló la especie de que fue una condición
de la ayuda financiera recibida de los Estados Unidos.

Pero, más allá de eso, el reconocimiento fue unánime e inmediato.


Desde la noche de la elección, Francisco Labastida pronunció su concesional
speech. Más aún, Ernesto Zedillo se adelantó a los candidatos. Esto no fue
pulcro pero fue contundente. Sin embargo, la gestión de Vicente Fox estuvo
164

siempre impregnada de la inutilidad y de la inefectividad. Todo lo que


prometió fue incumplido. Se dice que prometió cambiar de país y no pudo
cambiar ni de aeropuerto. El resultado no se hizo esperar. La elección del 2006
estuvieron a punto de perderla. Hay quienes dicen que la perdieron. Pero,
aunado a otros factores, la debacle panista del 2009 es una comprobación del
repudio generalizado que se han granjeado.

Esto nos indica que la ausencia del factor efectividad puede cancelar los
efectos de legitimidad que una sana elección pudo haber acarreado.

Por último, supóngase que falta el factor legalidad y que el gobierno


demuestra muy poco apego a la ley. O dicho de otra manera, ¿qué pasa cuando
a un gobierno le falta alguno o algunos de esos factores?

Todo depende de cuál y cómo. Si a un gobierno le faltan dosis


suficientes de legitimidad pero tiene las necesarias de efectividad y de
legalidad, fácilmente superará o suplirá tal carencia. Un gobierno que produce
muchos resultados y que es muy respetuoso de los derechos, si no gana en
simpatía si gana en respeto. Y el respeto político bien ganado no es una base
de sustentación política menor sino una mayor y muy firme.

Si carece de efectividad pero tiene legitimidad y legalidad, puede


transitar. Será un gobierno simpático y no dañino, con una inutilidad
perdonable, sobre todo si su tiempo remanente ya es breve y perentorio.

Por último si se salta las trancas de la ley pero tiene mucho apoyo
popular y produce muchos resultados pues cada sociedad determinará el
precio y el pago de los beneficios. Sólo ellos sopesarán la carga y
determinarán el flete.

Las cosas se complican más cuando la carencia es doble. Entonces


tendrían que suceder muchas cosas eventuales pera preservar la estabilidad.
Desde una crisis bélica hasta la mera conclusión del mandato si está cercano.

Que no decir cuando las carencias pueden ser triples o mayores Ese es
ya un escenario de alto riesgo.
165

29. Una reflexión personal, a manera de epílogo.

No quiero dejar la falsa impresión de que mi percepción del poder es tan


solo la científica. Por las razones que he expuesto en estas notas considero que
es importante que el tratamiento científico del poder pueda estar expresado en
términos y en formularios de ciencia y no tan solo de práctica.

Pero, de la misma manera, creo que el poder no es tan solo fórmula


científica sino ejercicio práctico. Es una actividad de los humanos y, por lo
tanto, sus fórmulas tienen un significado distinto que el que pudieran tener una
fórmula algebraica o un teorema trigonométrico.

Existe, en las cuestiones del poder, así como en toda la política una
forma de expresión que se plantea de manera sencilla pero que encierra o
puede contener todo un sistema de conocimientos científicos. Ellos son los
símbolos del poder. Pensemos en cualquiera de ellos.

Cada ocasión que vemos a un individuo portando en el pecho una


banda tricolor de inmediato surge, en nuestra mente, toda una serie de
complejísimos conceptos de teoría del Estado, de teoría del Derecho, de teoría
política y de teoría del poder. Pensamos que existe un jefe de Estado. Luego
entonces, existe un Estado. Ambos son conceptos jurídicos. Pero, además, que
este hombre representa la unidad y la pluralidad de los mexicanos. Estos son
conceptos políticos. La unidad nos dice que somos una república federal. La
pluralidad nos dice que ella es democrática.

Ese pequeño lienzo no es una prenda de vestir ni un adorno


indumentario. No es camisa ni estola. Es toda una fórmula visual de cientos de
conceptos agrupados en un solo símbolo.

Ahora pensemos en la bandera nacional de México. Rectángulo


horizontal de proporciones 4x7, dividido en tres sectores verticales de idéntico
tamaño. El verde, junto al asta; el blanco en el medio, con el águila del escudo
nacional orientada hacia el verde; y el rojo en el extremo alejado del asta. Esa
es tan solo la definición legal de nuestra bandera. Pero ella es un símbolo
jurídico de nuestra organización estatal, un símbolo sociológico de nuestra
166

nacionalidad, un símbolo histórico de nuestro acontecer y un símbolo político


de nuestro porvenir.

Por eso quiero terminar refiriéndome al valor de los símbolos. Ya no de


aquellos formales sino de los que cada uno de nosotros entiende y descifra
como símbolo de algo. Los que tienen formalidad, el himno, la bandera, la
banda, el escudo, los emblemas de jerarquía o de honor, las condecoraciones y
muchos otros son, desde luego, un mensaje general y objetivo. Pero existen
otros símbolos que no le dicen lo mismo a todos los individuos. Es allí donde
el político profesional o el científico de la política gozan de la más amplia
libertad para traducirse a sí mismos cada símbolo de poder, como fórmula
política y cratológica.

Tendría, de estos, muchos ejemplos de símbolos subjetivos a la mano.


Pero me quedo con uno muy obvio. Inicié estas notas refiriéndome a la ciudad
de Washington y con ello mismo concluyo, para lo que puede servir al amable
lector el compartir estas reflexiones. Son muy personales pero no son
individuales ni subjetivas.

* * *

La vida me ha llevado muchas veces a la capital estadounidense. Han


sido tantas que ya he perdido la cuenta y algunas de ellas se prolongaron por
períodos razonablemente largos. Fue, después de Nueva York, la segunda
ciudad que habría de conocer en ese país. Ello sucedió cuando yo todavía era
un niño de muy pocos años. Pero, además de cuando fui niño, la visité con
frecuencia cuando fui joven y lo he hecho con asiduidad ya de adulto. Fuera
de las de mi residencia a ninguna ciudad he ido tantas veces como a esta. He
visitado Washington más veces que Acapulco.

He ido como turista y como estudioso. He pasado allí muchas fiestas


navideñas y he acudido a apoyar a nuestra Selección Nacional de Futbol en
campeonatos mundiales. Es una ciudad a la que prefiero sobre aquellas que
son famosas por sus playas, por sus ferias o por sus casinos. Pero, sobre todo,
he ido muchísimas veces a Washington en servicio de los intereses de México.
Siempre fui con orgullo y siempre regresé con dignidad. Quizá es por eso que
siempre he visto al vecino con honor, con respeto y hasta con simpatía.
167

Allí he visto, he sentido y, en ocasiones, hasta he sufrido el enorme


poder político de esa nación. Pero allí también lo he enfrentado, lo he frenado
y, en ocasiones, hasta lo he asociado en beneficio de los mejores intereses
comunes de México y de los Estados Unidos, principalmente en lo que tiene
que ver con la ley, con la seguridad y con la justicia. He logrado formarme una
idea muy clara de su poder y disfruto observándolo, sobre todo porque lo hago
sin apetitos, sin envidias y sin rencores.

Me gusta mucho el poder y por eso me gusta Washington y me gustan


sus símbolos de poder. Disfruto al caminarlo y, en ocasiones, me detengo
frente a los más importantes edificios públicos. No en la puerta como si fuera
un desorientado que se ha perdido y que no sabe donde se encuentra. Nada de
eso sino que me coloco a una distancia bien escogida donde pueda observarlos
en todo su conjunto escénico. Apreciar su arquitectura, saborear su diseño y
colmarme con su mensaje. Allí, durante 15 ó 20 minutos trato de imaginar lo
que podría estar sucediendo en su interior.

Lo hago en la avenida Independencia, frente al Departamento de


Agricultura del país que produce la mitad de los alimentos del planeta. Los
granos de sus grandes planicies centrales. El ganado de sus llanuras. La pesca
de sus costas. Ese enorme poder alimentario es un verdadero poder político.

De allí puedo caminar hacia el norte y en la calle 14 puedo hacerlo


frente al Departamento de Comercio de la principal potencia industrial y
comercial. Allí pienso en sus fábricas, en sus exportaciones y en sus
importaciones. Pero, más que todo eso, pienso en su comercio interior. Lo que
producen, venden y compran los 300 millones de habitantes del pueblo más
rico que ha conocido la historia de la humanidad. Ese enorme poder
económico es un verdadero poder político.

Si sigo caminando hacia el este, llego a la avenida Pennsylvania y me


detengo frente al Departamento de Justicia. Es este el “dueño” del FBI, de la
DEA, del INS y de otras diez agencias que han inspirado libros, películas y
hasta leyendas, tanto de las buenas como de las malas. Pero me queda en claro
que ese enorme poder de orden es un verdadero poder político.

Ese ejercicio también lo hago frente al Departamento de Energía y


pienso en el petróleo, en la electricidad y en la energía atómica. Lo hago frente
al Departamento de Comunicaciones y pienso en los satélites, en los teléfonos
y en las televisoras. Lo hago frente al Departamento de Transportes y pienso
168

en los aviones, en los ferrocarriles y en las autopistas.

Luego me canso de tanto poder y de tanto caminar. Hay que abordar el


automóvil o alquilar un taxi que me lleve al otro lado del río Potomac. Paso
frente al conjunto Watergate y mi memoria regresa 35 años, me instala en mi
juventud y me inunda con el recuerdo de la peor crisis política que ha
enfrentado esta nación. Las denuncias, las grabaciones y las renuncias.

Pero todas las crisis son pasajeras y eso es, también, una buena
enseñanza de la historia y de la política. Junto a la vergüenza de Watergate, los
washingtonianos tienen el orgullo del Kennedy Center y, entonces, uno piensa
en el arte, en la música, en el teatro, en la sinfónica y en el ballet. Todo ello en
el nivel de calidad que reclama y que se le surte a lo que, coloquialmente, se le
conoce como “la capital del imperio”.

Así, llego al Pentágono y me paro frente al Departamento de Defensa.


Allí pienso en sus armas y en sus ejércitos. Pienso en portaviones y en silos
atómicos. Pienso en su historia militar. La buena y la mala. Pienso en Pearl
Harbor y en Normandía. En Hiroshima y en Vietnam. Pienso en México.
Siempre pienso en México. Lamento la secesión de Texas. Me duele la
pérdida de California. Me lastima la derrota en Chapultepec. Pero, como dijo
Vicky Baum, si tienes alteza perdona y si no la tienes, olvida.

Vuelvo a abordar un vehículo porque no se trata de romper records de


caminata y regreso al “centro” de una ciudad que no tiene un centro ni
geográfico ni histórico. Sus únicos centros son cráticos. Son centros de poder.

Me detengo un momento frente al Departamento de Estado y pienso en


la CIA, en la NSA y en el equilibrio mundial. Pienso en la ONU. Pienso en
nuestra relación bilateral. En una frontera alambrada que, como le dijo
Ricardo López Méndez a la Patria, son “las espinas que hay en tu corona”.

Después, paso frente a la Embajada de México. Me gusta ver su digno


edificio y saludar a mi bandera en la principal avenida de la capital nacional.
Por cierto, sólo dos países gozan del permiso para tener sus representaciones
en la avenida Pennsylvania. Ellos son sus dos únicos vecinos continentales.
México, en un extremo y Canadá en el otro, con la Casa Blanca de por medio.
Ningún otro país goza de esta deferencia y casi todos encuentran sus
embajadas en la calle 16 y en el Embassy Row de la avenida Massachusetts.
169

Así llego al Old Executive Building, donde muchas décadas estuvo


alojado el propio Departamento de Estado. Hoy, es la sede del equipo directo
del Presidente de los Estados Unidos. Es la casa del staff presidencial. Es la
“West Wing” que hemos visto en la famosa serie televisiva, donde despachan
los mas leales amigos, colaboradores o cómplices del imaginario presidente
Josiah “Jed” Bartlett.

Prosigo y me coloco frente al Departamento del Tesoro, después de


haberlo hecho frente al Banco de la Reserva Federal. Allí pienso en sus
enormes presupuestos, en sus imponentes créditos y en sus incontables
dólares. Pienso en su moneda que, cuando goza nos asusta y, cuando sufre,
nos aterra.

Pero no me detengo tan solo en los edificios de la burocracia


norteamericana. También lo hago frente a los edificios internacionales o
culturales. El de la OEA, en la avenida Constitución, junto a la Casa Blanca.
El Banco Mundial, el FMI y el BID, en la zona de la avenida Pennsylvania. En
la avenida Massachussets y en la calle 16, donde se encuentra el mas
numeroso conjunto de embajadas acreditadas en país alguno. Ningún país
tiene una embajada más importante que la que tiene ante los Estados Unidos.

Me gusta ir a la Universidad de Georgetown, fundada el mismo año que


en Francia se iniciaba la Revolución. No es tan antigua como la mía sino que
tiene la mitad de sus 456 años pero es esta la universidad católica más antigua
en un país no católico. Me unen con ella afectos paternales y admiraciones
profesionales.

Me gusta mucho ir al “Mall”, ese enorme y bello prado rectangular que


comienza en el monumento a Lincoln y termina en el Capitolio. Allí, Martin
Luther King pronunció su histórico discurso, hoy conocido con el título de
“Tuve un sueño”. Allí, también, está el mayor sistema museográfico, el de la
Smithsonian Institution. Ese enorme poder de la cultura es un verdadero poder
político. Al final, una joya de la sabiduría humana: la Biblioteca del
Congreso. Es esta la más rica e importante colección bibliográfica del mundo.
Ese enorme poder del conocimiento es un verdadero poder político.

Para rematar, me coloco frente a la Suprema Corte de Justicia. Allí


pienso en sus luminarias y en sus tinieblas. Pienso en los ministros que han
sido sus presidentes. En los enormes, como lo fue John Marshall. En los
incomprendidos, como lo sufrió Earl Warren. Y en los menores, como se
170

quedó William Renquist.

Para rematar, una vez más, también me coloco frente a la Casa Blanca.
Allí pienso en Harry Truman y en Dwigth Eisenhower. En Lyndon Johnson y
en Ronald Reagan. En William Clinton y en George Bush. Pero, por fortuna,
también pienso en George Washington y en Thomas Jefferson. En John Adams
y en James Madison.

Para rematar, ahora si de a de veras, me coloco frente al Capitolio de los


Estados Unidos. Allí pienso mucho en Alexander Hamilton pero también
pienso mucho en Gerald Ford. Los dos supieron salvar a su país en sus horas
más oscuras.

Ese tour del poder puede y creo que debe concluir con una cena, mejor
si es ligera, en cualquiera de los restaurantes donde, como sucede en México y
en toda capital nacional, concurren a merendar los miembros del Congreso,
los ministros de la Corte o los integrantes del gabinete presidencial.

Me gusta Washington y me gusta el poder político. Quizá eso se debe a


que, también, me gusta soñar y me gusta despertar. Disfruto mucho de mis
ensoñaciones y de mis realismos. Me gustan tanto esos dos ejercicios que,
con frecuencia, los mezclo y los combino. En la más dulce de mis
ensoñaciones siempre está presente el más crudo de mis realismos. De la
misma manera, en las más dolorosas de mis realidades siempre me han
acompañado mis más placenteros sueños.

Y entonces me sucede que, muchas veces, sueño despierto. Gracias a


ello he logrado enriquecer mi vida y, de paso, he podido mejorar las de
muchos otros seres humanos.

Por ese soñar despierto, cuando voy al hotel Willard pienso que en una
mesa o en un pasillo podría reaparecer Abraham Lincoln, quien vivió allí dos
años, ya siendo presidente, debido a un incendio que destruyó la Casa Blanca.
Allí, en el vestíbulo convertido en antesala presidencial, se acuñó la palabra
“lobbyng”, para referirse al cabildeo de alto nivel.

Por ese soñar despierto, cuando miro el jardín sur de la Casa Blanca que
colinda con la avenida Constitución pienso en el 10 de agosto de 1974 e
imagino que allí veré a Richard Nixon nuevamente abordando su helicóptero
el día de su renuncia, sonriendo de la manera mas efusiva, saludando con los
171

brazos en alto en señal de victoria y venciendo a sus compatriotas, justo


mientras estos suponían que lo habían vencido.

Por ese soñar despierto, cuando llego a la colina del Capitolio siempre
pienso en Franklin Roosevelt pronunciando allí los dos más importantes
discursos políticos que se han dicho en esta ciudad que ha sido la sede de
tantos discursos importantes. Lo oigo, el 20 de enero de 1933, prestando el
juramento presidencial y advirtiendo a su pueblo que a lo único que deberían
tenerle miedo es al propio miedo. Lo oigo, también, el 8 de diciembre de
1941, declarando la guerra a las potencias del “Eje” y profetizando que el
ataque recibido por su nación el día anterior sería considerado por los
norteamericanos, durante todos los siglos, como la más grande de las infamias.

Por ese soñar despierto, cuando salgo de la Catedral de San Mateo veo
el féretro de John F. Kennedy envuelto en la bandera y a su hijo niño
saludándolo militarmente. Miro el cortejo fúnebre en la Avenida Constitución.
Percibo el silencio sepulcral en la ciudad. Escucho el redoble de tambores.
Distingo al caballo sin jinete. Advierto el entierro en Arlington. Conduelo al
pueblo norteamericano sumido en el dolor y comprendo al mundo entero en la
consternación.

Pero, sobre todo, al estar en Washington me gusta sentir ese deseo


irrefrenable por ya regresar a México. Es una especie de urgencia y ansia.
Pienso en todo lo que tenemos que hacer y en todos nuestros pendientes por
resolver. Se que ello es algo que le corresponde, fundamentalmente, a otros
mexicanos y no necesariamente a mí. Pero sí me gusta saber que, en lo que
concierne a mi país, no vivo en la analgesia ni en la anestesia ni en la
indolencia. Que México es como mi piel. Que todo lo que le pasa a México,
me duele a mí.

* * *

Por consideraciones de esa naturaleza, que no son románticas sino


realistas, estoy convencido de que vale considerar una primera proposición en
el sentido de lograr un equilibrio de poderes públicos por la vía del
fortalecimiento de aquellas potestades hoy debilitadas y no por el
debilitamiento de las hoy fortalecidas. Esta expansión de poderes podríamos
172

llamarla una propuesta de supracraticidad, por contraste con las propuestas


infracraticistas que postulan la declinación global.

Hoy en día han surgido muchas voces que proponen un camino


equivocado para la nivelación de los poderes mexicanos. Podríamos llamarlo
un estilo minimalista que consiste en reducir fuerza a la Presidencia para
igualarla a la debilidad de los otros dos poderes.

El cálculo futurista podría llevarnos a profetizar propuestas desde dos


ángulos metodológicos: el de la limitación de potestades y el de la adopción
de innovaciones.

Desde el primero, las tendencias que pueden resultar más conspicuas


son tres: las que limiten las potestades del Presidente; las que diluyan
monopolios de la Federación; y las que reduzcan los espacios de los partidos.
Desde el segundo ángulo, diez serían los perfiles de una reforma: la corrección
de malfunciones; la revitalización de potestades relegadas; la restauración de
sistemas transgredidos; la asunción de fórmulas imaginativas; la renivelación
de poderes; la redefinición de principios; la reorientación de esquemas; la
ratificación de dogmas; la visualización de lo porvenir; y la articulación de
México con los demás soberanos.

Fueron tres las grandes aportaciones que América dio al mundo para la
conformación de la organización política moderna: el republicanismo, el
federalismo y el presidencialismo. Desde su consagración en la Constitución
norteamericana de 1787 y sus consecuentes a lo largo del continente, esos tres
modelos políticos han sido incorporados en la vida de casi todas las naciones
americanas y varios de ellos han fincado carta de residencia en los otros
continentes.

Así, hoy en día, todos los países de la América continental, con la


excepción de Canadá, son repúblicas. Todos, con la misma excepción, son
presidencialistas. Y una buena parte, son federalistas. En Europa, el
panorama manifiesta una tendencia en este mismo sentido. La mayoría de los
países europeos hoy en día son repúblicas y los que no lo son formalmente, lo
son de facto. Si bien en los países que aún son reino la soberanía está
depositada en el monarca, su ejercicio práctico lo detenta el pueblo. Esto se le
puede preguntar a cualquier inglés, a cualquier español y, en América, a
cualquier canadiense y sus respuestas no divergirán mucho de nuestra
aseveración.
173

En Europa, hasta hoy todos son parlamentarios con la sola excepción de


Francia. Pero es muy claro que el destino futuro hará que más países europeos
ingresen al presidencialismo y que ningún país americano transite hacia el
parlamentarismo.

La mayoría de los casi doscientos países que hoy conforman el orbe


fueron fundados en el siglo XX y, por lo tanto, son países jóvenes. Pues bien,
la mayoría de ellos son repúblicas presidencialistas y no parlamentarias, no
obstante que su herencia histórica proviene de los imperios europeos
parlamentarios. Con esto quiero decir que el presidencialismo es la apuesta
política del futuro.

Son éstas las innovaciones que nos enorgullecen continentalmente.


Aquí surgieron en su modalidad moderna, aquí maduraron y de aquí salieron
para inspirar el pensamiento y el ejercicio político de cada vez más naciones
en todo el orbe.

Ha habido quienes, sin embargo, hoy proponen en México y en otros


países del continente retroceder hacia el régimen parlamentario donde no hay
división real de poderes, puesto que los integrantes del parlamento lo son
también del gabinete, ni se constituye el liderazgo político por tiempo definido
y terminal como con la existencia del periodo de encargo y el depósito
acumulado de la jefatura de Estado y la de gobierno.

Creo que esto es equivocado. Estoy convencido de que el camino más


conveniente para México es fortalecer a los otros poderes y no debilitar a
todos.

El segundo factor, la efectividad, depende de los resultados positivos de


una gestión y del cumplimiento de los compromisos contraídos o de las
promesas empeñadas. Sin embargo este es el aspecto más crítico cuando los
gobiernos no logran lo que prometieron ni de lo que de ellos se esperaba. Es
en materia de eficacia y de resultados en donde se concretan los mayores
hoyos negros del sistema democrático.

Por último está la cuestión de la legalidad donde es muy grave que los
gobiernos demuestren un muy relativo apego a la ley que puede ir desde
violaciones leves hasta vulneraciones graves al orden constitucional.
174

En este particular aspecto vale decir que la gobernabilidad y la


democracia funcionan en paralelo. También la democracia se basa en ese
triangulo virtuoso de legitimidad, eficacia y legalidad.

El factor de la legitimidad funciona en el mismo sentido en


gobernabilidad y en democracia. No es una apuesta segura para el inmediato
futuro mexicano. No depende de nosotros y ni siquiera podemos suponer que
nuestros futuros gobernantes logren los números electorales que les disponga
un cimiento fuerte de legitimidad.

En el proceso de la democracia la eficiencia se refiere a la capacidad de


los electores para seleccionar, sin equivocación, la mejor opción. Esta
atingencia es, desde luego, deseable pero nadie asegura que, ineludiblemente,
se nos dará. Las masas electorales no poseen, en ningún lugar ni época, un
certificado de infalibilidad. Muchas veces se han equivocado y pueden
repetirlo en el futuro. Al igual que con la legitimidad de la democracia, la
eficacia de la democracia no es una apuesta segura.

Pero, por el contrario, el asunto de la legalidad democrática si está en


nuestras manos. Es un factor menos aleatorio y, por lo tanto, más seguro.
Respetar la ley. Fomentar su acatamiento. Adoptarla como factor de
convivencia es la mejor salvaguarda tanto de nuestro sistema democrático
como de nuestro aparato de gobernabilidad.

Además de las propuestas de supracraticidad y de legalidad resultaría


conveniente una propuesta de funcionalidad que permita la operación de la
gobernabilidad a partir del conocimiento perfecto del funcionamiento del
sistema político mexicano. Sin embargo, este sólo se logra a través del
ejercicio profesional de la política toda vez que las reglas mexicanas, como las
de muchos otros países, son complejas, consuetudinarias y sumamente
crípticas. Ello obliga al diseño de los mejores sistemas que permitan la
incorporación de políticos de recambio sin la remisión integral de los ya
tecnificados.

Porque, hasta donde se sabe, no existe ningún libro donde se encuentren


editadas las reglas del sistema político mexicano. Por ello, sólo
experimentando el ejercicio de la política puede despejar cada quien las dos o
tres mil respuestas de su funcionamiento.
175

De otra manera sería difícil para cualquiera resolver este cuestionario de


mero ejemplo. ¿Cuáles son las facultades no escritas del Secretario de
Hacienda? ¿Cuáles son las secretarías en las que no puede meterse el
Secretario de la Contraloría? ¿Con cuáles miembros del gabinete le conviene
al Presidente que tenga amistad el Secretario de Gobernación? ¿Con cuáles no
le conviene que la tenga? ¿Por qué el regente capitalino no podía ser
candidato a la Presidencia de la República? ¿Por qué los congresistas del PRI
usan distinto método en la Cámara de Diputados o en la de Senadores?
¿Quién debe decidir y bajo que criterio la cámara de origen de cada iniciativa
presidencial? ¿Cómo se integra el gabinete alterno? ¿Cómo se designa un
gobernador adjunto? ¿Qué grupos tienen derecho a colocar por lo menos un
miembro del gabinete?

Estas diez preguntas y miles más tienen que ver con el gobierno, el
Congreso, los estados, los partidos, la empresa, las fuerzas armadas, la banca,
las universidades, los tribunales, los sindicatos, los gremios, la prensa, la
televisión, la radio, la diplomacia, el campo, la fábrica, las iglesias, las
potencias, los financieros, los profesionistas y los carteles.

De allí la conveniencia de tomarse en serio el asunto del estado de


craticidad o estado puro de poder.

Porque, en palabras simples, los motivos y propósitos del uso del poder
no son estéticos ni éticos sino cinéticos. Es decir, no sirven para que el poder
se vea mejor ni para que sea mejor sino para que funcione mejor.

* * *

Termino con una alegoría de la hípica y de la política que mucho tiene


que ver con el poder.

Fue mi padre un abogado de profesión, un político de vocación y un


caballista de afición. Muchas veces combinaba razones de las tres aplicaciones
para darme consejos y enseñanzas, muchos de los cuales desestimé en la
juventud, como suele suceder con los jóvenes. Fue la madurez la que me
advirtió que fue un hombre sabio. No lo digo yo sino, de manera unánime,
todos los que lo trataron. Fue un abogado muy talentoso, un político muy
refinado y un caballista muy victorioso.
176

Muchos acontecimientos recientes me han hecho recordar tres consejos


que hoy comparto. Su expresión metafórica es de la hípica pero su aplicación
práctica es para lo profesional, lo marital, lo político y lo vivencial, en general.

El primero, decía, que se vale perder el fuete. No es ello un mérito ni


merece un aplauso pero, tampoco, es una vergüenza. Le sucede al más
experimentado jinete. Sobre todo porque suele cambiarse de mano en ciertos
momentos complicados de la carrera.

El problema es el siguiente. El fuete es un instrumento de mando, de


estímulo y hasta de control. Al perderse se pierde velocidad, se pierde el paso
y, casi siempre, se pierde la carrera.

Perder el fuete en la política es muy grave para los candidatos porque


llegan en segundo lugar. Es muy grave para los gobernantes porque los
rebasan los demás.

El segundo consejo decía que, en ocasiones, también se vale perder los


estribos. Esto ya no es tan inocuo como lo anterior. No llega a ser una
deshonra pero sí es un desdoro. Salvo por la ruptura de un arción, la soltura de
una cincha o un “extraño” del caballo, quedar con los pies al aire es un
ridículo.

Al perder los estribos lo primero que pierde el jinete es la comodidad.


Expliquémonos. El hombre de a caballo va sentado en un tubo durísimo que es
la columna vertebral del equino. Pero, además, es un tubo que se flexiona y
estira a una velocidad de vértigo. El caballo corriendo hace lo mismo que el
humano cuando hace abdominales. Junta y separa las extremidades
alternativamente. Ello produce un golpeteo que el jinete amaina un poco con
la silla acojinada pero, sobre todo, con sus piernas que son, para él, lo que el
muelle y el amortiguador para el automóvil.

Además de la comodidad, al perder los estribos se puede perder el


equilibrio. Esto ya es más peligroso. Pero, lo más grave es que, sin lugar a
dudas, se perderá la carrera. Al soltar el fuete tan solo se pierde velocidad pero
al zafar los estribos es obligado frenar al caballo lo más pronto posible. Con
ello no se llega detrás sino que ni siquiera se completa la carrera.

Esto, en política, es fatal. Significa la cancelación del proyecto y no tan


solo la eventualidad de sus resultas. El gobernante que se queda sin estribo
177

aborta sus planes, anula sus esperanzas y revoca sus promesas. Al perder la
comodidad puede quedar golpeado. Al perder el equilibrio puede desplomarse.
Al frenar puede fracasar sin remedio.

Pero, con todo lo grave de ello, se vale perder el fuete o perder el


estribo. Lo que no se vale perder es la rienda.

Esta pérdida es el evento más vergonzoso del hipismo. Pero, además de


ello, es el más peligroso. Al perder la rienda se pierde el control, el mando, la
dirección, el rumbo, el destino, la seguridad, la carrera y, quizá, hasta la vida.
El jinete sin rienda es un pasajero al garete. Si la brida queda atrás de la
cabeza el caballo se desbocará. Pero si cuelga por delante el animal puede
maniatarse con ella misma.

Así, en la política, en el amor, en la profesión, en la amistad y en todo


momento, el hombre debe conservar la rienda. A su vez, el caballo tiene
instinto y, en ocasiones, hace movimientos para arrancársela a su jinete. En
esos momentos, este tiene que responder con energía severa. La rienda termina
en un instrumento de castigo que se llama freno. Un tirón es suficiente. La
mano termina en otro instrumento de castigo que se llama fuete. Freno y fuete
bastan para volver al orden y para que se sepa quién manda y quien obedece.

La hípica tiene muchos instrumentos que son útiles, metafóricamente,


también para la política. El sillín, el arción, el cincho, la careta, el tapaojos, la
brida, el freno, el amarralenguas, el fuete, la cuarta, la espuela, el acicate, el
bozal o la falsa rienda, por mencionar algunos cuantos. El jinete y el
gobernante deben utilizarlos con destreza y sin improvisación.

Pero el cuerpo también es instrumento. Para el jinete, las piernas firmes


son imprescindibles. Las manos fuertes son insustituibles. La complexión
adecuada es inevitable. Para el político no hay sustituto de la inteligencia fina,
del temperamento firme y de la imagen fuerte.

He dejado para el final lo que es la pérdida más fatal, tanto en lo hípico


como en lo político: perder la silla. Salir arrojado o caer a plomo es el fracaso
supremo. El rey sólo debe caer cuando cae el trono, el político sólo debe caer
cuando cae el régimen y el jinete sólo debe caer cuando cae su caballo.
178

Índice onomástico

Págs.

Adams, John 7, 170


Adler, Max 28
Aleman, Miguel 159
Althusius, Johannes 28
Amara, Giuseppe 158
Aquino, Santo Tomás de 28, 112
Aristóteles 15, 27, 112
Austin, John 24
Austin, Moses 41
Austin, Steve 41
Baremboim, Daniel 137
Batista, Fulgencio 93
Bátiz, Enrique 136, 137
Baum, Vicky 168
Beecham, Sir Thomas 137
Beethoven, Ludwig van 37
Benedicto XVI 27
Bentham, Jeremy 24
Bernstein, Leonard 137
Bodin, Jean 23, 24, 28
Bonald, Louis de 24
Bonaparte, Napoleón 50, 154
Borja, Rodrigo 129, 130
Brando, Marlon 120
Buchanan, Walter 55
Bush, George 170
Byron, Lord George G. 99
Calderón, Felipe 139
Calles, Plutarco Elías 51, 52, 75, 81, 137
Camou, Antonio 128
Cárdenas, Cuauhtémoc 163
Cárdenas, Lázaro 163
Carrillo Flores, Antonio 68
Castillo, Rafael del 14
179

Chimienti, Pietro 24
Chopin, Federico 150
Churchill, Winston 137
Clinton, Hillary 26
Clinton, William 170
Clouthier, Manuel 163
Colón, Cristóbal 8, 10
Colosio, Luis Donaldo 139
Constant, Benjamín 24, 28
Coppedge, Michael 129
Cratos 15, 112, 113
Da Vinci, Leonardo 144
Dahl, Robert 28, 36
Díaz Ordaz, Gustavo 55, 80, 158
Duarte, Eva 72, 73, 74
Duguit, León 24
Duvalier, Francois 94
Duvalier, Jean Claude 94
Echeverría, Luis 79, 80
Eisenhower, Dwight 46, 47, 48, 157, 170
Elcano, Juan Sebastián 10
Eric “El Rojo” 10
Felipe II 138
Fernández de Cevallos, Diego 139
Ferreira Aldunate, Wilson 128
Fichte, Johann 24
Ford, Gerald 170
Foucault, Michel 37, 49, 56, 75
Fouche, José 56
Fox, Vicente 62, 63, 64, 72, 73, 74,
78, 85, 140, 155, 163
Franklin, Benjamin 7, 8, 42
French, John 87
Fukuyama, Francis 28
García Máynez, Eduardo 113
García Ramírez, Sergio 113
Gaulle, Charles de 76, 77, 86, 137
Gómez, Eduardo Enrique 14
González Blanco, Salomón 55
Gramsci, Antonio 28, 36
180

Guizot, Francois 24
Gumplowicz, Ludwig 28
Habermas, John 130, 131
Haitink, Bernard 137
Hamilton, Alexander 7, 8, 170
Hegel, Georg Wilhelm 28
Hernández Galicia, Joaquín 163
Hidalgo, Miguel 93
Hitler, Adolfo 47, 93
Hobbes, Thomas 23, 24, 28
Houston, Samuel 41
Huerta, Victoriano 96
Huntington, Samuel 128, 130, 131
Isabel de Castilla 10
Isabel I 138
Iturbide, Agustín de 9
Jefferson, Thomas 7, 8, 170
Johnson, Lyndon 50, 169
Juan Carlos I 27
Julio César 92, 155
Kant, Emannuel 24, 28
Karajan, Herbert von 137
Keeller, Christine 143
Kelsen, Hans 24, 25, 34, 57, 112
Kennedy, John 38, 50, 96, 157, 171
Kirkpatrick, Jeanne 145
Korsch, Karl 28
Lapierre, Jean – William 36
Laski, Harold 24
Le Bret, Cardin 23, 24
Lincoln, Abraham 93, 157, 170
Lipset, Seymour 162
Liszt, Franz 150
Locke, John 23, 28
López Mateos, Adolfo 55, 62, 63, 64, 78,
158, 159
López Obrador, Andrés Manuel 139
López Portillo, José 78
Loyseau, Charles 24
Luis XIV 77, 93, 144
181

Luxemburgo, Rosa 28
Madero, Francisco I. 77, 78, 93
Madison, James 7, 42, 43, 48, 170
Madrazo, Roberto 139
Maetzu, Ramiro de 18, 19, 21
Magallanes, Fernando de 10
Maistre, Joseph de 24
Malaparte, Curzio 94
Maquiavelo, Nicolás 28, 113, 144
Marbury, William 42, 43, 48
Marx, Karl 24, 28
Marín, Luis 35
Marshall, George 46
Marshall, John 42, 49, 168
Martínez Báez, Antonio 113
Matteucci, Nicola 23
Mazarino, Julio 113, 144
Medellín, Pedro 129
Medvedev, Dimitri 27
Michels, Robert 36
Mill, James 24
Mill, John Stuart 24, 28
Mills, Wright 24, 36
Montesquieu, Charles de 28, 97, 113
Morelos, José María 63
Mosca, Gaetano 24, 28, 36
Mozart, Wolfgang Amadeus 149, 150
Nasser, Gammal Abdel 137
Nietzche, Friedrich 36, 140
Nixon, Richard 50, 76, 77, 137, 155,
157, 158, 170
O’Connor, John 130, 131
Obama, Barack 26
Obregón, Álvaro 81
Ortega y Gasset, José 32, 123, 142, 145,
147, 155, 160
Ortiz Mena, Antonio 55
Osawa, Seiji 137
Oswald, Lee Harvey 97
Pacino, Al 119
182

Padua, Marsilio de 28
Pannekoek, Anton 28
Pareto, Vilfredo 28
Pasquino, Gianfranco 129, 130
Paterson, David 26
Pérez Carrillo, Agustín 113
Pérez Jiménez, Marcos 3
Perón, Juan Domingo 72, 73, 74
Pilatos, Poncio 145
Pinochet, Augusto 94, 96
Platón 27, 112, 140
Polk, James 41
Portes Gil, Emilio 52
Profumo, John 143
Profumo, Madame 143
Radbruch, Gustavo 112
Raven, Bertram 88
Reagan, Ronald 170
Recaséns Siches, Luis 113
Renquist, William 170
Reyes Heroles, Jesús 28, 32, 79, 113
Robespierre, Maximiliano 56
Rocco, Alfredo 24
Roitman, Marcos 131
Rojas Pinilla, Rafael 94
Roosevelt, Franklin 46, 47, 48, 75, 76,
101, 137, 157, 171
Rousseau, Juan Jacobo 23, 24, 28, 97, 140
Ruiz Cortines, Adolfo 68, 85
Ruiz Daza, Manuel 113
Sahagún, Marta 72, 73, 85
Salieri, Antonio 149, 150
Salinas de Gortari, Carlos 163
San Mateo 148
Sánchez Navarro, Juan 113
Santa Anna, Antonio López de 41
Sarkozy, Nicolás 27
Schlesinger, Arthur 50
Schmitt, Carl 24, 140
Sendel, Michael 131
183

Seneca, Lucio Anneo 144


Shumpeter, Joseph 28
Sodi Cuellar, Ricardo 14
Soedjakmoto, Seiji 128
Somoza, Anastasio 93
Somoza, Luis 93
Sthal, Fiedrich Julios 24
Stroessner, Alfredo 93
Tambaro, Ignacio 24
Themis 112, 113
Tocqueville, Alexis de 24, 28, 118
Toland, John 28
Triana, Rodrigo de 9
Trujillo, Rafael Leónidas 93
Tse Tung, Mao 137
Vega, Manuel 43
Venturi, Franco 28
Videla, Rafael 93
Voltaire 97
Warren, Earl 169
Washington, George 6, 7, 8, 170
Weber, Max 37, 140
Ydígoras, Miguel 93
Zedillo, Ernesto 62, 63, 64, 139, 163

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