100% encontró este documento útil (1 voto)
784 vistas245 páginas

El Viaje Interrumpido - John G. Fuller

Este documento resume un libro que narra en detalle el famoso caso de abducción del matrimonio Hill en 1961. El libro se divide en tres partes: la narración del suceso hasta la pérdida de conciencia de los protagonistas, las sesiones de hipnosis donde describen su supuesta experiencia a bordo de un ovni, y una última parte donde se estudian las posibles explicaciones del suceso y se exponen las conclusiones.

Cargado por

Carlos Rodriguez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (1 voto)
784 vistas245 páginas

El Viaje Interrumpido - John G. Fuller

Este documento resume un libro que narra en detalle el famoso caso de abducción del matrimonio Hill en 1961. El libro se divide en tres partes: la narración del suceso hasta la pérdida de conciencia de los protagonistas, las sesiones de hipnosis donde describen su supuesta experiencia a bordo de un ovni, y una última parte donde se estudian las posibles explicaciones del suceso y se exponen las conclusiones.

Cargado por

Carlos Rodriguez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Espléndido

libro que narra todos los entresijos del más famoso caso de
abducción: el caso del matrimonio Hill, ocurrido en 1961. La obra se terminó
de escribir tan sólo cinco años después del suceso, por lo que casi todo lo
que aparece en ella está tomado de primera mano por el autor.
En el estudio se pueden diferenciar tres partes: una primera, donde se narra
el suceso tal como ocurrió hasta la pérdida de conciencia de los
protagonistas; la segunda, donde se exponen las sesiones de hipnosis a las
que fueron sometidos por el doctor Benjamin Simon, en las cuales narran sus
supuestas experiencias en el interior del OVNI y con los ocupantes del
mismo; y una última en la cual se estudian las posibles explicaciones del
suceso y se recapitulan las conclusiones del mismo.
Si bien el autor no arroja una conclusión definitiva, sí termina exponiendo dos
hipótesis como las únicas posibles para explicar los hechos narrados por el
matrimonio: que todo fuera una experiencia real; o que los Hill hubieran
creado ciertos sueños que interiorizaron como algo real a partir de sus
vivencias emocionales, posiblemente provocadas por la visión de un objeto
volante extraño.
Sin duda, lo más destacable del libro son las sesiones de hipnosis, que
aparecen expuestas tal como ocurrieron, pues están transcritas a partir de
las grabaciones originales. Además, el autor se esfuerza en transmitir los
sentimientos de Barney y Betty Hill plasmándolos con sus propias palabras.
Es de ensalzar también el estudio objetivo y el lenguaje carente de adornos
de los que el autor hace gala. Sin embargo, con el tiempo se supo que
algunas de las informaciones ofrecidas por Fuller, como las correspondientes
a las pruebas médicas relatadas por Barney, aparecieron modificadas en el
libro para evitar ciertas vergüenzas al testigo. Igualmente, investigaciones
posteriores descubrieron otras modificaciones y errores menores en cuanto a
fechas y datos (por ejemplo no se dijo que Barney transportaba realmente
una pistola en el coche), lo cual no empaña el contenido general de la obra.
El viaje interrumpido representa en su totalidad un magnífico y voluminoso
estudio acerca de uno de los primeros casos de abducción conocidos. Su
contenido, aún vigente en la actualidad, tiene un valor incalculable tanto para
el ufólogo como para el simple curioso.

www.lectulandia.com - Página 2
John G. Fuller

El viaje interrumpido
Dos horas olvidadas a bordo de un platillo volante
Otros Mundos: 3

ePub r1.0
Rob_Cole 23.04.2017

www.lectulandia.com - Página 3
Título original: The Interrupted Journey: Two Lost Hours Aboard a "Flying Saucer"
John G. Fuller, 1968
Traducción: Jesús Pardo
Retoque de cubierta: Rob_Cole

Editor digital: Rob_Cole


ePub base r1.2

www.lectulandia.com - Página 4
www.lectulandia.com - Página 5
«Hay otros mundos,
pero están en éste».

ELUARD

www.lectulandia.com - Página 6
INTRODUCCIÓN

El 14 de diciembre de 1963, el señor Barney Hill se presentó en mi consulta, como


habíamos convenido de antemano. Era un día como otro cualquiera. Mr. Hill me
había sido enviado por otro psiquiatra. Yo aún ignoraba cuáles eran los problemas de
Mr. Hill, pero cuando me presentó a su mujer, que es blanca, me pregunté vagamente
si sus dificultades tendrían algo que ver con el carácter racialmente mixto de su
matrimonio. A petición suya, vi a los dos juntos y no tardé en advertir que
necesitaban ayuda.
Un mes después de su experiencia espacial, el matrimonio Hill había sido
interrogado por Walter Webb, conferenciante del Planetarium de Hayden, Boston, y
asesor científico del Comité Nacional de Investigación de Fenómenos Aéreos. Con
ayuda de un ejemplar del informe enviado por el señor Webb al Comité, los señores
Hill me contaron la historia que el lector encontrará en el libro de John Fuller.
A la sazón, no existía indicio alguno de que el carácter mixto de su matrimonio o
la experiencia sufrida en el objeto volante no identificado fueran otra cosa que
elementos secundarios del problema básico que me expusieron los señores Hill:
angustia agobiante, que, en el caso de Barney Hill, se exteriorizaba abiertamente,
pero que, en el de su mujer, adoptaba la forma de constantes pesadillas. Aparte de su
valor como noticia de actualidad, la experiencia sufrida en el objeto volante no
identificado tenía importancia porque constituía el núcleo mismo de la angustia que,
al parecer, había hecho que fracasase el tratamiento psiquiátrico a que se había estado
sometiendo Barney Hill desde hacía algún tiempo. Este núcleo parecía ser un espacio
de tiempo en algún punto del viaje que hicieron los Hill desde Canadá a Portsmouth
en septiembre de 1961. Se sentían constantemente acosados por una angustia
implacable en tomo a aquel período de unas pocas horas, tenían la sensación de que
les había, ocurrido algo. Pero, ¿qué?
Propuse a los Hill un sistema de tratamiento y se decidió que lo que más urgía era
abrir la puerta que conducía al cuarto oscuro (la amnesia) y que para este tipo de
desarreglo lo mejor era la hipnosis. Decidimos comenzar el tratamiento después de
las Navidades siguientes; y para celebrar la primera sesión se señaló el día 4 de enero
de 1964.
A pesar del elemento fantástico que introducía en el tratamiento la experiencia del
objeto volante no identificado, las cosas fueron todo lo bien que cabía esperar con dos
pacientes angustiados, pero dispuestos a cooperar con el médico, y no hubo nada de
particular hasta que les di de alta, a fines de junio de 1964. Durante este período de
tiempo, no vislumbramos nada del drama inminente, que comenzó el 14 de diciembre
de 1963, iba a retrotraernos dos años en el tiempo y a llevarnos tiempo adelante.
Hasta este mismo momento, es decir, hasta dos años y medio después, cuando estoy
escribiendo esta introducción a un libro que va a dar nueva vida a una serie de

www.lectulandia.com - Página 7
sucesos dramáticos que ni siquiera sospeché durante el tratamiento. Fue un drama que
culminó en el libro del Señor Fuller y en esta introducción, que, en cierto modo, es
única, pues es la explicación de mi presencia, algo forzada, en escena, como miembro
reacio de él. El tratamiento normal terminó el 27 de junio de 1964 y, desde entonces,
hasta fines del verano de 1965, los Hill y yo seguimos en contacto, pues ellos me
tenían al corriente de su estado mental con visitas y llamadas telefónicas. No tuve el
menor atisbo de la tormenta inminente hasta fines del verano de 1965, cuando recibí
una llamada telefónica de un periodista, que parecía saber la historia de los Hill, el
tratamiento a que habían sido sometidos y la parte que yo había tenido en él; hasta
sabía que habíamos empleado la hipnosis. Me pidió una entrevista, que yo rehusé
concederle, y le comuniqué que no estaba dispuesto a hablar del caso de los Hill sin
contar con el permiso de ellos por escrito; y que, aun con ese permiso, lo que dijese
tendría que depender de mi opinión sobre el efecto que mis palabras pudiesen tener
en su salud mental. Un mes o dos después, Mr. Hill, muy angustiado y lleno de
zozobra, vino a decirme que el reportero había ido a pedirle una entrevista y que él y
su mujer habían rehusado concedérsela. El reportero aseguraba estar en posesión de
datos sobre el caso y amenazaba con publicarlos si no se le concedía la entrevista que
deseaba. Les dije que, dadas las circunstancias, yo no podía hacer nada, y que el
problema de concederle la entrevista o rehusársela tendrían que resolverlo ellos solos,
consultando, como máximo, a algún abogado.
Durante la última semana de octubre de 1965, mientras yo estaba en Washington
asistiendo a unas reuniones profesionales, me telefonearon de mi despacho para
decirme que se había armado un escándalo mayúsculo. Se estaban recibiendo muchas
llamadas para Barney Hill, bastantes de ellas de gente completamente desconocida.
Todo esto parecía guardar relación con la publicación de una serie de artículos en un
periódico de Boston. Estos artículos habían sido escritos por el mismo reportero a
quien yo había negado la entrevista y, al parecer, sin permiso de los señores Hill. Mis
socios y nuestros empleados hicieron lo que pudieron por atender a las llamadas hasta
mi regreso. Cuando volví, Barney me telefoneó y me dijo que aquella serie de
artículos le habían producido considerable angustia, aunque aún no los había leído.
Decía que habían tergiversado los hechos, y consideraba que eran una violación de su
vida privada; quería que le aconsejase y yo sugerí que lo mejor sería consultar a un
abogado. Betty Hill me dijo que mi nombre salía en los artículos y esto explicaba que
se hubieran recibido tantas llamadas telefónicas en mi oficina.
El carácter de estas llamadas me dio una idea bastante clara de la interpretación
que el público en general estaba dando a los artículos. Las llamadas telefónicas
podrían dividirse a grosso modo, en cuatro grupos principales:

El primero: los desesperados. Gente, al parecer, emocional o mentalmente


enferma, que veía en la hipnosis, como la describía el reportero, la solución
mágica a sus problemas.

www.lectulandia.com - Página 8
El segundo: los místicos. Gente interesada en la clarividencia, la percepción
extrasensorial, la astrología y los fenómenos relacionados con estas ciencias.
Muchos de los pertenecientes a este grupo creían que la experiencia de los Hill y
el empleo de la hipnosis confirmaban sus ideas y creencias.
El tercero: los correligionarios. Los espontáneos y los metomentodo, que
conocían las respuestas a los misterios de la vida y veían en la experiencia de los
Hill y en la hipnosis la confirmación de sus creencias. Lo que movía a la
mayoría de éstos era el deseo de que yo les considerase colegas o
correligionarios míos, quizá con esperanza de lucro.
El cuarto: los simpatizantes. Bastantes telefonearon para comunicarme que
lamentaban la persecución de que me había hecho objeto el reportero, el cual
aludía a mí en todos los artículos, menos en uno, llamándome un psiquiatra de
Boston o por mi nombre. Citaba mi nombre con bastante sutilidad, y nunca
dejaba de decir con elogio que había rehusado faltar a mis deberes para con mis
pacientes revelando los detalles del caso. Sin embargo, y esto era lo sutil, la
impresión general que dejaban los artículos en la mente del lector era que
algunas de las fantásticas revelaciones habían sido hechas en estado hipnótico y
emanaban, en cierto modo, de mí; de ahí las llamadas telefónicas y las cartas que
recibí de todas partes.

Después de consultar a sus amigos y abogados, los Hill llegaron a la conclusión


de que la mejor manera de contraatacar, tanto a estos artículos como a cualquier otra
ofensiva que pudiera avecinárseles, era publicar la verdad. Por aquel entonces Fuller
había estado investigando apariciones de objetos votantes no identificados en el
territorio de New Hampshire y preparaba un libro sobre incidentes acaecidos en la
zona de Exeter. Los Hill y yo discutimos el asunto, y ellos me pidieron que pusiera a
disposición del señor Fuller todos los documentos del caso; particularmente las cintas
magnetofónicas del tratamiento hipnótico, a fin de que pudiera presentar al público la
versión autentica de la historia tal y como ellos la habían experimentado. El interés
del público, lejos de amainar, había ido aumentando, y existía el peligro de que se
publicasen otras versiones que sólo sirvieran para aumentar su angustia.
Por razones terapéuticas, todas las sesiones del tratamiento hipnótico habían sido
grabadas en cinta magnetofónica. Me dije que, indudablemente, Fuller querría
disponer de todo este material, reproducción literal e irrefutable, y que la actitud de
los Hill era perfectamente comprensible. Los documentos del médico son de su
exclusiva propiedad, pero el contenido de los mismos debe ser puesto a disposición
de otros cuando el interés del paciente lo requiera. En este sentido, también son
propiedad de los pacientes. Después de pensarlo, llegué a la conclusión el que el
objetivo principal, o sea la salud emocional y mental de los señores Hill, requería que
yo accediese a sus deseos, cerciorándome antes de que iban a ser usados debidamente

www.lectulandia.com - Página 9
y no de manera que pudiese ser perjudicial para ellos. Resultó, luego, que tanto el
señor Fuller como yo habíamos tenido la misma idea y que ambos habíamos
consultado nuestras respectivas biografías en «¿Quién es Quién?», quedando
perfectamente contentos el uno del otro. A continuación, tuvieron lugar varias
reuniones entre los Hill, el señor Fuller y yo, y convinimos en que yo tendría derecho
a censurar todos los datos médicos del libro, con el fin de impedir que se produjeran
impresiones y conclusiones falsas. También se decidió que el libro no revelaría
ningún dato de tipo personal o íntimo que no guardara relación con la experiencia de
los Hill durante el período de tiempo afectado por la amnesia.
Fuller dijo que esperaba recrear las experiencias y reacciones emocionales tan
bien evocadas por las cintas magnetofónicas; tarea difícil, ciertamente.
La decisión de entregar las cintas y demás documentos me creaba un problema
personal: el del anonimato profesional, que es uno de los cánones de nuestra
profesión. En esta cuestión, yo ya había sido víctima de los artículos periodísticos, en
los que se mencionaba mi nombre sin permiso mío. Además, el caso Hill no era un
mero incidente local, limitado a la ciudad de Boston, pues yo seguía recibiendo cartas
y llamadas de otras ciudades; por eso, cuando recibí una solicitud de información de
una ciudad tan lejana como Wisconsin, llegué a la conclusión de que ya no me
quedaba anonimato que proteger y de que la revelación periodística de mi
participación en el caso podría identificarme con ciertas afirmaciones y conclusiones
del reportero con las cuales estoy en completo desacuerdo. La mística de la hipnosis y
mi papel de «maestro místico», inventado por el reportero, parecía dar a los errores y
tergiversaciones una autenticidad que no tenía nada que ver con la realidad de los
hechos.
Aunque mi participación en este libro se ha limitado a supervisar el uso de frases
y explicaciones médicas, creo que debo aclarar la cuestión de la hipnosis para acabar
con ciertas ideas erróneas de la gente, que frecuentemente rodea a la hipnosis como
de un halo arcano y endosa al hipnotizador los ropones del mago Merlín.
La hipnosis es un procedimiento útil, usado en psiquiatría con objeto de
concentrar toda la atención en algún punto particular en el transcurso de un
tratamiento terapéutico. En casos como el de los Hill, puede dar la llave del cuarto
oscuro, del período amnésico. En estado hipnótico, salen, a veces, a la superficie
experiencias hundidas en la amnesia con mayor rapidez que en el transcurso de un
proceso psicoterapéutico normal. A pesar de todo, poca cosa puede obtenerse con la
hipnosis que no pueda obtenerse también, sin ella. La mística de la hipnosis ha
tendido a fomentar la creencia de que la hipnosis es el camino mágico y real hacia la
verdad. En cierto modo, es cierto, pero hay que tener en cuenta que la hipnosis es una
senda que conduce a la verdad tal y como la entiende el paciente. Esta verdad es lo
que él cree que es la verdad, y esto puede guardar o no guardar relación con la verdad
final e impersonal. Lo más frecuente es que la guarde. Haciendo uso de mis poderes
de censor sobre el libro de John Fuller, me he limitado, de la manera más estricta

www.lectulandia.com - Página 10
posible, a vigilar el lenguaje médico, teniendo presentes siempre mis observaciones y
mis datos. He tratado de eliminar especulaciones peregrinas basadas en mis datos,
pero sin inhibir la libertad de expresión e interpretación de Fuller siempre que mis
datos no resultaran tergiversados. A mi modo de ver, esta historia es la
documentación parcial de una experiencia humana interesantísima, en un ambiente
inusitado y en relación con lo que popularmente se llama «objetos volantes no
identificados». Que los objetos volantes no identificados existan o no es de menor
importancia para mí que esta experiencia sufrida por dos seres humanos que revela la
influencia de experiencias y fantasías anteriores a sus experiencias y reacciones
actuales. Para Fuller aquélla es, naturalmente, de más interés que éstas, de lo cual se
deduce que sus razonamientos y elucubraciones son suyas y sólo suyas, basadas en su
interpretación de mis datos, las declaraciones de los Hill, sus experiencias anteriores
y sus convicciones actuales.
Estoy seguro de que he causado noches de insomnio y muchos momentos de
desesperación al señor Fuller. También lo estoy de que, en muchas ocasiones, le he
hecho sentir que estaba asesinando a un hijo suyo, pero siempre ha aceptado mis
críticas con buena voluntad y ha sabido borrar lo erróneo y restaurar lo erróneamente
suprimido, de manera que yo pudiese dar el visto bueno al texto. Lo ha sabido hacer
tan bien, que hasta yo, que he vivido buena parte de lo que ustedes van a leer, lo
encuentro sumamente interesante a mi vez.

BENJAMIN SIMON, Doctor en Medicina.


14 de junio de 1966.

www.lectulandia.com - Página 11
PRÓLOGO

Di con la historia de Barney y Betty (ésta casi nunca se sirve de su verdadero nombre,
que es Eunice) Hill por pura casualidad, o, mejor dicho, como consecuencia de una
serie de incidentes.
Yo sabía muy poco, o nada, sobre la cuestión de los objetos volantes no
identificados, hasta que me decidí a investigar cierto caso sorprendente en el que
intervino la policía de Exeter, en el Estado de New Hampshire. A consecuencia de
ésto, escribí un artículo corto en la sección llamada «Trade Winds» («Vientos del
Comercio») de la Saturday Review. Después, escribí otro artículo más extenso que se
publicó en Look y de ahí salió, más tarde, el libro titulado Incidente en Exeter.
Mientras llevaba a cabo mis investigaciones en la parte sur de New Hampshire,
conocí a Conrad Quimby, director y editor del periódico de Derry (New Hampshire)
News, quien me dijo que un matrimonio muy inteligente y fidedigno que él conocía
había tenido un encuentro con un objeto volante no identificado en White Mountains,
en 1961. Este incidente les había ocasionado una considerable tensión emocional.
Quimby me dijo también que el matrimonio siempre se había mostrado reacio a
hablar de su caso, excepto con algunos amigos íntimos, porque no querían pasar por
chiflados y, además, el tema era tan candente y discutido que temían que dificultase
su colaboración con el Movimiento de Derechos Civiles.
Cuando Mr. Quimby me dijo esto, yo estaba dedicado únicamente a investigar la
proliferación de apariciones de platillos volantes que tuvo lugar en 1965, que aún, en
el momento de escribir estas líneas, continúa. Como ya había localizado en la zona a
más de sesenta personas que habían visto aquel año objetos volantes no identificados
tocando casi las copas de los árboles, y como algunos de ellos decían haber sentido
esos objetos caerles casi encima del coche, a ocho o diez metros de altura como
máximo, comencé a pensar que no sería muy difícil documentar todos los casos que
se me presentaban. Tomé nota apresuradamente del de Barney y Betty Hill,
diciéndome que lo más probable era que no necesitara hablar con ellos. Si no querían
hablar de su caso en público no me correspondía a mí persuadirles contra su propia
voluntad y en una cuestión tan personal como aquélla.
Mis investigaciones en la zona de Exeter duraron varias semanas. Al principio,
había pensado que la historia de los objetos volantes no identificados podría ser
explicada limitando las investigaciones a una sola zona, y llevándolas a cabo con
cuidado, diligencia y minuciosidad; de esto podría resultar una explicación racional.
Lo cierto, sin embargo, es que no resultó. A medida que aumentaban las pruebas, iba
disminuyendo mi escepticismo. Policías, pilotos militares, técnicos del radar, marinos
de la Flota, vigilantes de la costa,… todos confirmaban los increíbles informes que
docenas de ciudadanos de Exeter, gente honrada y competente, me proporcionaba
durante largos y penosos interrogatorios.

www.lectulandia.com - Página 12
Me serví de la Comisaría de Policía de Exeter como base de operaciones para
llevar a cabo mis investigaciones, ya que todos los nuevos incidentes que surgían en
torno a esos objetos volantes no identificados iban a parar naturalmente allí. Hacia el
fin de mis investigaciones, llegó a la Comisaría un aviso de que los Hill me
agradecerían que fuese a visitarles a su casa de Portsmouth, que está cerca. Como
Barney trabajaba en obras de beneficencia y sociales en el Estado de New
Hampshire, iba con frecuencia a la Comisaría a comprobar casos de auxilio social de
los que la policía pudiera tener datos. Los Hill habían dicho al policía que habló con
ellos que podrían darme información útil sobre la cuestión de los objetos volantes no
identificados.
Aquel mismo día, horas más tarde, hablé con Mrs. Hill, quien me expresó su
convicción de que la cuestión estaba adquiriendo importancia y era necesario
examinarla con responsabilidad y competencia. Me dio los nombres de algunas
personas del lugar que habían ido a comunicarle apariciones de objetos volantes;
gente, me aseguró, de conducta impecable y, en opinión suya, observadores
fidedignos.
Pero no me dijo absolutamente nada sobre su propio caso. Era evidente que no
quería hablar de él y, como Conrad Quimby ya me lo había advertido, no insistí.
Varias semanas más tarde, apareció una serie de artículos en un periódico de
Boston. En ellos se narraba, sin dar el telón de fondo ni preparar al lector con datos
preliminares, la historia de Barney y Betty Hill, y se decía que, estando sometidos a
hipnosis por un psiquiatra de Boston, habían contado que habían sido raptados,
llevados a bordo de un objeto volante no identificado, sometidos a un reconocimiento
físico y puestos en libertad con promesa de que no sufrirían a consecuencia de todo
aquello. Los Hill aseguraron que los artículos habían sido escritos sin su
consentimiento y que ellos no habían facilitado datos al reportero; ambos estaban
llenos de angustia e inquietud. Cuando hablé por teléfono con Betty Hill, ni ella ni su
marido tenían la menor idea de que aquellos artículos iban a ser publicados.
Los artículos destruyeron toda posibilidad de secreto, y los Hill llegaron a la
conclusión de que, una vez publicada la historia, lo fundamental era que los datos
fueran presentados al público de manera verídica. Los Hill llevaban cinco años
guardando el secreto de su caso; así, pues, no se les puede acusar de buscar
publicidad.
Me preguntaron si me interesaba la idea de preparar el libro con su colaboración y
les respondí que era un caso de máximo interés público. Lo cierto es que, a fin de
cuentas, en vez de un solo libro he terminado por escribir dos.
Lo que piensan sobre esto los Hill puede verse leyendo la carta que Betty escribió
a su madre a propósito de la publicación de este libro:

Querida madre:
Barney y yo te escribimos para decirte que, por fin, hemos llegado a

www.lectulandia.com - Página 13
una decisión por lo que se refiere a nuestra experiencia con el objeto
volante no identificado. Como ya sabes, desde el principio de nuestra
experiencia hemos estado tratando de dilucidar nuestra posición en
este asunto y la responsabilidad que nos atañe.
Al principio, pensábamos que era una experiencia personal, nuestra, y
creíamos que no tenía ningún interés público. Algunos que hubieran
visto objetos volantes no identificados podrían sentir interés por
nuestro caso, pero pensábamos que, en general, la reacción pública
sería de aburrimiento, incredulidad y apatía. Personalmente, sentíamos
interés por informarnos sobre el tema, pues queríamos dar con la
respuesta a muchas preguntas y aun seguirnos tratando de encontrarla.
Durante estas últimas semanas, hemos puesto en duda que en esta
cuestión, tengamos derecho a seguir manteniendo el secreto.
Sinceramente, pienso que esta actitud nuestra comenzó a experimentar
un cambio como resultado de la publicación del artículo que leíste en el
periódico y que trata de nosotros. Cuando el reportero vino a pedirnos
una entrevista, antes de publicar su artículo, nos negamos a verle o a
hablar con él siquiera de nuestra experiencia. Le rogamos que no
publicase la historia. Teníamos miedo, porque creíamos que nos
veríamos rodeados de desprecio, ridículo e incredulidad. El reportero
nos dijo que no teníamos derecho a impedir la publicación del artículo,
porque en su opinión, nuestra experiencia era de gran interés público.
Mucho nos asombró comprobar que la reacción del público no fue, ni
mucho menos, la que nosotros temíamos. Menos mal que en esta zona
han tenido lugar muchas apariciones de esos objetos, están bien
documentados y han recibido mucha publicidad. El artículo, por tanto,
caía en buen terreno. La reacción del público fue instantánea y todos
querían saber más sobre nuestra experiencia. Recibimos llamadas
telefónicas de Europa y Canadá y de todas partes de los Estados
Unidos. Se pusieron en contacto con nosotros emisoras de Televisión y
Radio, nos visitaron periodistas y recibimos cartas de gente de toda
clase, desde las escritas con la letra de molde de los niños hasta las de
retorcida letra de viejo.
Muchos estudiantes nos escribieron solicitando más detalles,
pidiéndonos consejo o libros sobre el mismo tema, pensando, sin duda,
en viajes extra planetarios y en la vida que pudiera haber en otros
planetas. Un muchacho nos escribió dándonos las gracias, diciendo
que ya había leído los libros cuyos títulos le habíamos mandado y que
con la información así obtenida había intervenido en una competición y
ganado un premio.

www.lectulandia.com - Página 14
Cuando vamos a visitar una escuela, como solemos hacer de cuando en
cuando por causa de nuestras actividades sociales, los maestros nos
piden siempre que hablemos de ello a los chicos. Los profesores de las
escuelas secundarias siempre nos invitan cuando reúnen a sus
discípulos para hablar del tema de los objetos volantes no
identificados.
Mucha gente viene a hablarnos de sus experiencias en relación con
esos objetos. Una mujer vino a vernos y nos dijo que uno estaba
volando sobre su huerta y su marido quería subirse a él. ¿Creíamos
nosotros, nos preguntó, que era prudente hacerlo?
Luego, comenzaron los rumores. Fantasías que la gente deseaba
desesperadamente creer. ¿Cómo nos fue el viaje? ¿Subimos hasta Venus
y Marte? ¿Trataron de darnos curas milagrosas para el cáncer, o las
enfermedades del corazón? Y muchas más preguntas por el estilo. ¿Nos
salvarían de nosotros mismos y nos ayudarían a resolver nuestros
problemas insolubles? ¿Creíamos que ésto anunciaba la segunda
llegada de Cristo? Y tampoco faltó quien nos hizo esta pregunta:
¿Estaban ustedes borrachos? Creímos que lo principal es poner en
claro lo que ocurrió de verdad, de modo que no haya lugar a
malentendidos. Ésto, naturalmente, supone publicar la información que
obtuvo el doctor Simon durante el tratamiento. Nos hemos puesto de
acuerdo con el escritor John G. Fuller para que escriba el libro por
nosotros. Como el señor Fuller creía que la información existente en
cinta magnetofónica era necesaria para presentar el caso de la manera
debida, pedimos al doctor Simon que se la facilitase.
Esperamos que la publicación de este libro permitirá al lector juzgar
por sí mismo y decidir si fue una ilusión, una alucinación, un sueño o
una realidad.
Con un fuerte abrazo,

BETTY Y BARNEY

Lo único que puedo añadir es que trabajar con los Hill y con el doctor Simon ha
sido una experiencia beneficiosa e instructiva. A los tres les apasiona la exactitud y
tienen un profundo respeto por la documentación estricta, prefiriendo quedarse cortos
a exagerar. Si todo esto se nota en este libro, habré conseguido mi objetivo. Una nota
final: casi todo el diálogo que tuvo lugar entre los Hill durante el incidente ha sido
tomado directamente de las cintas magnetofónicas donde ellos mismos lo grabaron
durante las sesiones hipnóticas a que les sometió el doctor Simon.

www.lectulandia.com - Página 15
JOHN G. FULLER
Julio, 1966.
Westport, Connecticut.

www.lectulandia.com - Página 16
CAPÍTULO I

Septiembre es el más duro de los meses en White Mountains. Los hoteles hoscos,
vestigios de la tradición victoriana, están cerrados o a punto de cerrar; los moteles y
los chalets de paso sólo tienen encendidos unas horas sus avisos de neón que
anuncian habitaciones libres, pues sus dueños acababan cansándose y apagándolo
para irse a dormir temprano. Las laderas de New Hampshire, tan populares entre los
esquiadores, están ahora libres de nieve y de esquiadores, y las pistas de esquiar
parecen grandes hendiduras de color pardusco junto a los funiculares inmóviles. El
éxodo del «Día del Trabajo» ha liberado de tráfico casi todas las carreteras; pocos son
los remolques y los automóviles con el techo cargado de equipaje que pasan por allí
camino de Boston o de Nueva York. El invierno está ya echándose encima de las
laderas frías y hostiles del monte Washington, en cuya cima hay un observatorio
meteorológico que registra los vientos más veloces a que ha sido expuesta jamás
montaña alguna en el mundo entero. Por allí andan a su placer los osos y los zorros.
Dentro de algunas semanas, los cazadores, con sus guerreras escarlata o naranja
brillante, llegarán en busca de venados o guacos, o de cualquier cosa que se les ponga
a tiro y sea legalmente cazable. Los esquiadores vendrán más tarde, sedientos de
nieve y ron caliente, y con ellos volverá la alegría del verano. Y, entonces, White
Mountains cobrará nueva vida.
Era un triste día de mediados de septiembre del año 1961, el 19 de septiembre,
para ser exactos. Aquel día, Barney Hill y su mujer, Betty, comenzaron el largo viaje
desde la frontera canadiense por la carretera US 3, cruzando White Mountains,
camino de Portsmouth, donde viven. La radio del coche, un «Chevrolet» Bel Air,
modelo 1957, no descapotable, había advertido con toda claridad que un huracán que
llegaba de la costa podría pasar por New Hampshire, suceso que en años anteriores
había descuajado árboles y cubierto las carreteras de cables eléctricos de alta tensión.
No habían llevado suficiente dinero para pagar los extras de su viaje de recreo, y lo
poco que les quedaba había ido mermando peligrosamente durante el viaje que
hicieron, sin prisas, a las cataratas del Niágara, volviendo luego por Montreal, ya
camino de casa. Pasaron por la aduana canadiense-norteamericana sobre las nueve de
aquella noche, zigzagueando, luego, por la solitaria carretera que cruza las altas
montañas del noroeste del Estado de Vermont, territorio del que se dice que ha
amenazado separarse no sólo del Estado de Vermont, sino también de los Estados
Unidos. El tráfico rodado era escaso; los Hill vieron muy pocos coches hasta que
llegaron a las deseadas luces de Colebrook, media hora después; Colebrook: es una
antigua colonia de New Hampshire, fundada en 1770, que yace a la sombra del monte
Monadnock, justo al otro lado del río, según se sale de Vermont. Las luces del pueblo,
aunque fueron un alivio para ellos, después de las interminables vueltas y revueltas
de la carretera, eran pocas. Una, solitaria, anunciaba la existencia de un solo

www.lectulandia.com - Página 17
restaurante, y ellos, pensando que quizá fuera aquélla la última oportunidad que se les
presentaba de tomar algo caliente, decidieron dar la vuelta, porque ya lo habían
pasado de largo.
El restaurante casi estaba vacío. Algunos chicos jóvenes se agrupaban en un
rincón. Sólo una mujer, la camarera, pareció advertir que, en el restaurante silencioso,
había entrado una pareja racialmente mixta: Barney, apuesto descendiente de un
etíope libre, cuya abuela, nacida durante los años de la esclavitud, había sido educada
en la casa del dueño de la plantación, de quien era hija Betty, cuya familia había
comprado tres solares en York, Estado de Maine, en 1638, con la consecuencia de
que uno de los compradores fue despedazado por los indios. A ambos les tenía sin
cuidado la curiosidad que sus respectivos colores despertaban en los lugares públicos
y ya ni siquiera la notaban, ni se sentían cohibidos por ella. El principal lazo que les
unía desde que se conocieron era una serie de intereses intelectuales mutuos; juntos
recorrían el Estado de New Hampshire defendiendo la causa de los derechos civiles.
Barney había sido presidente de acción política de la Asociación Nacional para el
Progreso de las Personas de Color (NAACP) y, ahora era jefe del departamento de
agravios legales, de la NAACP en Portsmouth; también era miembro del comité
asesor de la Comisión de Derechos Civiles del Estado de New Hampshire y del
comité directivo del Programa de Auxilio Social del Condado de Rockingham. Tanto
él como su mujer muestran con orgullo el diploma que recibieron, por sus obras
sociales, de manos de un dignatario estatal. Betty, ocupada en trabajos sociales en el
Estado de New Hampshire, se dedica, después de las horas de trabajo, a sus cargos de
subsecretaria y coordinadora de actividades comunales de la NAACP, y enlace entre
las Naciones Unidas y la Iglesia Unitaria-Universalista a que pertenecen ambos en
Portsmouth.
Pero lo que iba a ocurrirles a ambos en la noche del 19 de septiembre de 1961 no
tenía nada que ver con su bien avenida vida matrimonial, ni con su entusiasmo por el
progreso social. Sentados en la barra del restaurante de Colebrook mientras Barney
comía una hamburguesa y Betty un pastel de chocolate, ninguno de los dos tenía la
menor idea de lo que les esperaba. Estuvieron poco tiempo, el necesario para fumar
un cigarrillo y tomar una taza de café negro; luego, continuaron por la carretera US 3,
de regreso al hogar.
La distancia de Colebrook a Portsmouth es de doscientos setenta y cuatro
kilómetros, y la carretera US 3 es extraordinariamente suave y fácil, teniendo en
cuenta lo profundo de las gargantas que tiene que sortear. Más al Sur, cerca de
Plymouth, hay unos cuarenta y ocho kilómetros de autopista, capaz, entonces, para
cuatro vehículos y, actualmente, para más, donde se puede aumentar la velocidad sin
riesgo hasta unos cien kilómetros por hora. En las otras carreteras, Barney Hill solía
llegar hasta ochenta y noventa kilómetros por hora, aunque, hay que reconocerlo, esta
última velocidad era algo excesiva.
El reloj que se levanta sobre el restaurante de Colebrook marcaba las diez y cinco

www.lectulandia.com - Página 18
minutos cuando salieron.
—Por lo que veo —había dicho Barney a Betty al subir ambos al coche—,
llegaremos a casa a las dos y media de la madrugada. Lo más tarde, a las tres.
Betty asintió. Tenía confianza en la manera de conducir de Barney, aunque, a
veces, le reñía por ir a excesiva velocidad. Era una noche clara y brillante, con Luna
casi llena. Las estrellas relucían, como ocurre siempre en las montañas de New
Hampshire cuando el cielo está libre de nubes, cuando la luz de las estrellas parece
iluminar las cimas de las montañas con una extraña incandescencia. El coche corría
suavemente hendiendo el aire nocturno; la carretera serpenteaba por el terreno llano
de la parte superior del valle del río Connecticut, vieja tierra de pieles rojas y
madereros, llena de historia y leyendas. Los cincuenta kilómetros al sur de
Northumberland, donde los seguidores de Rogers se reunieron después del saqueo de
Saint Francis, pasaron en seguida. Betty, entusiasta observadora del paisaje, gozaba
del fulgor de la luna, que se reflejaba en el valle y las montañas lejanas, tanto al este
de New Hampshire como al otro lado del río, en Vermont, al oeste. Delsey, la ruidosa
perrita de los Hill, estaba silenciosa en el suelo del coche, junto a los pies de Betty.
Cruzaron Lancaster, una aldea con una amplia calle mayor y bellas casas anteriores a
la revolución, oscuras todas en aquella noche de septiembre. La US 3 continúa hacia
el Sur, mientras el río Connecticut tuerce hacia el Oeste, ampliando el territorio del
Estado de New Hampshire y reduciendo el de Vermont. Aquí, el valle amplio y suave
ofrece un camino más incierto a través de las montañas de picos como filos del Pilot
Range, descrita elocuentemente por un escritor, que la llama «gran muralla
serpenteante que hace fantásticos juegos de luz y sombra con ayuda del sol, y que, al
anochecer, adquiere los tonos más tiernos del color amatista oscuro».
Pero ahora, no había ni sol ni color amatista; sólo había la Luna luminosa, muy
brillante y muy grande, y una carretera negra que parecía completamente desierta. A
la izquierda de la luna, un poco debajo de ella, se veía una estrella muy brillante,
«quizás un planeta», pensó Betty, a juzgar por su brillo constante. Justo al sur de
Lancaster, aunque no consigue recordar la hora exacta, Betty vio con cierta alarma
que encima de aquel planeta había aparecido otra estrella o planeta más grande.
Estaba segura de que cuando miró la vez anterior no la había visto allí. Pero lo más
curioso es que el nuevo visitante celestial parecía cada vez más grande y más
brillante. Lo observó durante unos momentos, sin decir nada a su marido, que seguía
sorteando curvas a través de las montañas. Por fin, en vista de que la extraña luz
persistía, dio un suave codazo a Barney, quien aminoró un poco la velocidad y se
asomó por la ventana derecha para verla.
—Cuando miré por primera vez —dijo más tarde Barney Hill— no me pareció
que fuera nada de particular. Sólo se me ocurrió pensar que tenía cierto interés haber
visto un satélite. Evidentemente, había cambiado de trayectoria y, ahora, parecía ir
siguiendo la curva de la Tierra. Estaba bastante lejos, quiero decir que parecía una
estrella en movimiento.

www.lectulandia.com - Página 19
Siguieron su camino, mirando con frecuencia aquel objeto brillante, encontrando
difícil decidir si se movía o si era el movimiento del coche lo que daba la impresión
de que estaba moviéndose. El objeto desaparecía detrás de árboles o de la cima de
una montaña para reaparecer de nuevo en cuanto pasaba la obstrucción. Delsey
empezaba a mostrarse ligeramente inquieta y Betty dijo que quizá fuera mejor parar y
dejarla bajarse del coche, aprovechando la oportunidad para observar mejor aquel
objeto. Barney, entusiasta observador de aeroplanos, que, a veces, llevaba a sus dos
hijos (habidos de un matrimonio anterior) a ver amerizar y despegar hidroaviones de
pruebas en el lago Winnipesaukee, accedió y frenó el coche, aparcándolo a un lado de
la carretera, donde gozarían de una visibilidad razonablemente libre de interferencias.
Había un bosque cerca, y Barney, persona algo inquieta y nerviosa, dijo que había
que tener cuidado con los osos, siempre posibles en aquel territorio. Betty, que raras
veces se preocupa o se rompe la cabeza por nada, se echó a reír y la cosa acabó así;
puso el collar a Delsey y la llevó por el borde de la carretera. En aquel momento,
pudo comprobar que la estrella o luz, o lo que fuese, se movía; no cabía la menor
posibilidad de duda. Cuando Barney se reunió con ella, en la carretera, Betty le dio la
correa de Delsey y volvió al coche. Cogió del asiento delantero unos binóculos marca
«Crescent», de 7×50, que había llevado para ver mejor el paisaje, y, sobre todo, las
cataratas del Niágara, que Betty Hill nunca había visto hasta entonces. Barney, viendo
que aquella luz estaba moviéndose, llegó a la conclusión de que se trataba de un
satélite errante.
Betty se llevó los binóculos a los ojos y los enfocó cuidadosamente. Lo que
ambos estaban a punto de ver iba a cambiar para siempre el curso de sus vidas. Y,
según ciertos observadores, iba a cambiar también el curso de la Historia del mundo.
La idea de irse de viaje había sido espontánea, y se le había ocurrido primero a
Barney. Desde hacía algún tiempo, le había estado tocando el turno nocturno de la
oficina de Correos de Boston, donde trabajaba como ayudante del expedidor. Le
gustaba aquel trabajo, aunque no las horas ni el largo viaje nocturno desde
Portsmouth a Boston: unos cien kilómetros de ida y otros cien de vuelta todas las
noches. Ésto era particularmente fatigoso, pues no había trenes ni autobuses a la hora
en que él tenía que empezar el trabajo. La fatiga de estos doscientos kilómetros
diarios de viaje, pensaba Barney, habían enconado su úlcera, que estaba siendo
sometida a tratamiento médico.
Una noche, el 14 de septiembre de 1961, mientras se dirigía al trabajo, comenzó a
pensar en hacer un viaje de descanso. Betty iba a tener una semana de vacaciones, y
bien la necesitaba, pues era encargada de Auxilio Social en el Estado y tenía que
bregar con ciento veinte casos distintos al mismo tiempo. Con un poco de suerte,
Barney podría conseguir que le diesen parte de sus vacaciones en la misma fecha y
descansar así, mientras le facilitaban los primeros resultados del examen a Rayos X
que el médico había hecho de su úlcera. Durante aquella noche, mientras trabajaba, la
idea fue cobrando forma en su mente. Le fue gustando más y más, mientras seguía

www.lectulandia.com - Página 20
con su rutina de siempre, en pie delante de los cuarenta encargados de seleccionar las
cartas, gritando los números de las ciudades o sectores urbanos de que se compone
Boston. Los empleados, mientras, iban echando las cartas a los buzones
correspondientes, de donde caían a un clasificador móvil, del que otros empleados las
pasarían a cestos para llevarlas a los montacargas, camino del mundo exterior.
Barney, cuyo índice de inteligencia es muy alto, podía hacer cosas mucho más
difíciles, pero, como les ocurre a muchos funcionarios administrativos, encontraba
que la monotonía de este trabajo resultaba más que compensada por las ventajas que
da trabajar para el Estado. Además, era un empleo seguro, que le dejaba tiempo
sobrado para sus obras sociales, mucho más satisfactorias y difíciles. Salió de la
oficina de Correos de Boston a las siete y treinta minutos, y fue en coche a
Portsmouth, pensando sorprender a Betty con su idea. La idea por sí sola le hacía
sentirse mejor. Aunque las duras realidades del invierno de New Hampshire eran cada
vez más inminentes, las carreteras aún se encontraban libres de nieve y fáciles, y el
tráfico sería escaso, ideal para ir de viaje sin prisas.
Planearon el viaje aquella misma mañana, mientras tomaban café caliente. Betty
aceptó la idea sin discusiones. Pero en su presupuesto no había dinero para el viaje.
Lo que más pesaba a Barney era que sus dos hijos no pudieran ir con ellos, porque
ambos se habían unido fácilmente a su segundo hogar, con afecto mutuo y
espontáneo entre ellos y Betty, cosa que Barney atribuía, con cierto humor avieso, a
lo buena cocinera que era Betty.
La armonía total de aquel matrimonio racialmente mixto había sido conseguida
con notable falta de esfuerzo. Betty estaba tan orgullosa de su liberalismo como de su
viejo linaje de Nueva Inglaterra. «En mi familia» escribió en cierta ocasión, en una
tesis «parece existir la creencia de que el objeto de nuestra vida es salvar el abismo
entre el pasado y el futuro; por encima de este puente fluye todo el pasado, bueno o
malo, para influir en el futuro, y el futuro del mundo depende de la individualidad y
resistencia de ese puente».
A través de toda la historia de su familia, como indica la misma Betty, sus
miembros han luchado por causas impopulares. Los de la rama apellidada Dow eran
cuáqueros en 1672; fueron agredidos, golpeados y expulsados de Salisbury, Estado de
Massachusetts, les robaron cuanto poseían y les incendiaron las casas. Antes de la
guerra civil, eran entusiastas abolicionistas y se pusieron del lado de John Greenleaf
Whittier cuando el pueblo de Amesbury, en el mismo Estado, le quemó la imprenta.
—El día más feliz de mi vida —dijo Betty en cierta ocasión— fue el día en que
aprendí a leer. A partir de entonces, dejé de aburrirme.
Fue estudiante muy aplicada en la escuela (un edificio de una sola habitación) a
que asistió en Kingston, New Hampshire. Con un solo maestro para los seis grados,
Betty pudo ir progresando a su propio ritmo. Aún se acuerda de cuando enseñaba a
dividir a los alumnos de cuarto grado estando ella todavía en el tercero, y también de
que ganaba todas las competiciones, concursos de ortografía, papeles dramáticos y

www.lectulandia.com - Página 21
premios. Era una niña muy enérgica, a veces traviesa, siempre llena de proyectos para
ganar dinero; recogía prímulas, fresas silvestres, frambuesas y arándanos que luego
vendía con mucha ganancia. Era tan ávida lectora que su madre tuvo que prohibirle
leer más de un libro diario. Cuando Betty cumplió los once años, en plena depresión
económica, su madre echó a un lado las tradiciones familiares y fue a trabajar a una
fábrica. Al principio, esto iba a ser provisional y sólo unas horas al día. El padre de
Betty, el que ganaba el dinero, había caído enfermo, los ahorros habían ido
gastándose y la herencia de su madre desapareció en un desfalco. Pero los
organizadores sindicales que llegaban por aquel entonces a las ciudades industriales
de Nueva Inglaterra acabaron dominando a la madre de Betty, dama llena de
prejuicios raciales. Se unió a ellos y les ayudó a organizar y dirigir huelgas, acabando
por formar parte del comité ejecutivo de un sindicato. Betty se sentía orgulloso de su
madre, la veía a la cabeza de los grupos de huelguistas y temía que fuera víctima de
alguna agresión o detenida por la policía. Durante este tiempo, la mesa familiar
gemía, no bajo el peso de la comida, sino bajo las discusiones entre un tío que estaba
ayudando a organizar un sindicato en Lynn, un amigo de la familia que estaba
haciendo lo mismo en Lawrence, y la madre de Betty, que era fanática y exclusiva
seguidora de la Federación Norteamericana del Trabajo. Aquellas escenas, con tanta
huelga, tanta elección y tanto festejo, emocionaban a la pequeña Betty. Su padre, que
ahora trabajaba en una fábrica de zapatos propiedad de otro tío, se mantenía
estoicamente neutral.
Betty tuvo muy poco contacto por entonces con gente de color. En New
Hampshire no había muchos negros, pero de pequeña vivió precisamente enfrente de
un matrimonio mixto y oyó las frases venenosas con que sus condiscípulos zaherían,
a sus espaldas, a la mujer negra. Más tarde, se sintió impresionada por algo que oyó
decir a su madre: que hay gente a quien no son simpáticos los negros, pero es un error
porque los negros son personas como los demás; si Betty oía a alguien insultar a los
negros, su deber era defenderles sin la menor vacilación.
Y eso fue lo que hizo. Mientras ella estudiaba segundo curso en la Universidad de
New Hampshire, donde cursaban sus estudios desde 1937, ingresó una chica negra de
Wilmington, Estado de Delaware, ante la consternación de profesores y estudiantes.
En los años treinta, la integración racial era un problema incluso en las Universidades
de los Estados del Norte. Betty solía encontrar a Ann siempre sola en el pasillo o en
el cuarto de fumar, despreciada por las demás estudiantes; no dijo nada al principio,
pero se sentía indignada. Cuando Ann salía del cuarto de fumar, las otras chicas
solían comentar en voz alta que lo mejor sería que se fuese a su casa de una vez y,
entonces, Betty se sentía hervir de indignación. Por fin, en una de estas ocasiones, se
levantó, fue hacia Ann y la invitó a ver su alcoba.
Así comenzó la integración de Ann, pero el proceso fue largo y duro. A veces,
Betty tenía que impedirle casi por la fuerza que se fuese de la Universidad. Tenía que
forcejear con Ann para que dejase de hacer las maletas. Ann acabó con muy buenas

www.lectulandia.com - Página 22
notas. Fue a la Universidad de Harvard y, ahora, es profesora en una Universidad del
Sur.
Aunque las raíces del matrimonio de Betty y Barney yacen quizás en la actitud
mental que refleja este incidente, los problemas raciales de su vida cotidiana son
mínimos. Barney, a veces, parece temer que no le dejen entrar en sitios públicos,
como hoteles, restaurantes o mítines. Pero la gente les tiene simpatía, todos les
aceptan y su vida social privada es casi demasiado activa. «Para mí» dijo Betty, en
cierta ocasión, a una amiga «esto tiene la misma importancia que si fulano tiene los
ojos azules o negros. Todo el mundo quiere conocernos, todos quieren invitarnos a
sitios. Tenemos incluso que limitar nuestra vida social, porque, si no, no haríamos
otra cosa que ir de un sitio a otro sin cesar».
El viaje que iba a dejar tan profunda huella en sus vidas fue planeado con rapidez
y tranquilidad. La falta de dinero contante fue compensada en parte por Betty, que
tuvo la idea de pedir prestada a un amigo una nevera de automóvil; de esta manera,
reducían el gasto de tener que comer en restaurantes durante el viaje. Barney,
olvidando por el momento el régimen a que le tenía sujeto su úlcera, bebió un vaso de
zumo de naranja, comió seis tajadas de tocino y dos huevos pasados por agua
mientras estudiaba los mapas de las carreteras por donde tendrían que ir. Irían sin
prisa, evitando los atajos, visitarían las cataratas del Niágara, pero sin dedicarles
demasiado tiempo; luego, irían por Montreal y, de allí, regresarían a Portsmouth.
Mientras Betty salía a comprar provisiones, Barney fue a echar la siesta para
recuperar fuerzas después de realizar su trabajo nocturno en la oficina de Correos de
Boston.
Por la tarde, terminaron de hacer casi todo el equipaje, llenaron la nevera del
automóvil de comida y la pusieron a congelar; a las ocho de aquella noche, estaban
ya en la cama. La aguja del despertador señalaba las cuatro de la madrugada.
Barney, madrugador empedernido, fue el primero en levantarse, pero, pocos
momentos después, Betty ya tenía el café hirviendo y sólo les faltaba terminar de
hacer el equipaje. Llenando el baúl del coche, Barney cogió un saquito de abono de
huesos molidos y lo apartó, sin sacarlo de allí; Betty había comprado el abono para
usarlo en el jardín, durante las vacaciones y casi daba igual dejarlo donde estaba
porque ocupaba poco espacio. Más tarde, comprobarían que este artículo tan corriente
en toda casa con jardín iba a ser causa de insólita especulación y examen.
Era una mañana clara y estimulante, característica de New Hampshire, se
pusieron en marcha, anotando los kilómetros en el velocímetro para perder, luego, la
tira de papel, cosa que siempre le ocurría a Barney. Tomaron la carretera 4, hacia
Concord, llenos de optimismo. Barney, al volante, rompió a cantar roncamente ¡Oh,
what a beautiful morning! Betty, a quien gustaba oír cantar a Barney, sonrió. Barney,
que quería complacer a Betty, devolvió la sonrisa. No había el menor indicio de lo
que iba a ocurrir; y también es cierto que no podía haberlo. Ningún incidente de esta
índole iba a quedar tan bien documentado.

www.lectulandia.com - Página 23
El objeto que vieron en el cielo, cerca de la carretera 3, cuatro noches más tarde,
al sur de Lancaster, New Hampshire, continuó su errática trayectoria, mientras ellos
pasaban por Whitfield y por la aldea de Twin Mountain. Se detuvieron brevemente
varias veces y para entonces ya Barney estaba francamente perplejo. Su única teoría,
aparte de que se tratase de un satélite, era que fuese una estrella, pero fue
inmediatamente descartada porque habían comprobado que se movía, cambiando de
trayectoria de la manera más extraña. En una de las paradas, pocos kilómetros al
norte de Cannon Mountain, Betty había dicho:
—Barney, si crees de verdad que eso es un satélite o una estrella es que has
perdido el juicio.
A simple vista, Barney comprendía que Betty tenía razón. Era evidente ahora que
no se trataba de un objeto celestial; de eso, estaba seguro.
—Nos hemos equivocado, Betty —dijo—. Es un avión comercial.
Probablemente, va a Canadá.
Volvió a subirse al coche y continuaron el viaje. Betty, que estaba sentada atrás,
siguió observando el objeto, mientras Barney conducía hacia la carretera 3. Ella
pensaba que cada vez se volvía más brillante y mayor, y su perplejidad y curiosidad
iban aumentando. Barney lo veía, a veces, por el parabrisas, pero lo que más le
preocupaba ahora era que algún coche se le echase encima por una de las curvas, muy
frecuentes en aquel trayecto del camino.
La idea de que aquello era un avión comercial camino de Canadá le tranquilizó;
por un momento, había temido que se tratase de algún fenómeno inexplicable. La
carretera estaba completamente desierta; llevaban kilómetros sin ver un solo coche o
camión; estaban completamente solos en aquellas profundidades a altas horas de la
noche. Hay gente en el norte de New Hampshire capaz de dejarse matar antes que
arriesgarse de noche por esas carreteras; este temor o, más bien, superstición, es
antiguo. En invierno, hay un grupo espontáneo, llamado «Los Ángeles Azules» que
patrulla las carreteras en busca de automóviles congelados o averiados. Es lo más
fácil del mundo morirse de frío en esos parajes solitarios, y la policía del Estado no
puede, materialmente, vigilar todo el territorio, dada su extensión, con la frecuencia y
asiduidad que haría falta. Barney, cada vez más preocupado y perplejo a pesar de sus
consoladoras teorías, esperaba ver de un momento a otro algún policía motorizado o,
por lo menos, otro automóvil, para detenerse un momento y cambiar impresiones con
el conductor.
Hacia las once, se acercaban ya a la enorme y sombría silueta de Cannon
Mountain, que se levantaba al Oeste, a su derecha. Barney aminoró la velocidad junto
a un apartadero, desde donde se veía un vasto paisaje hacía el Oeste, y se puso a
observar la extraña luz móvil. Con gran asombro, advirtió que había dado una vuelta
brusca, del Norte, su dirección hasta entonces, al Oeste, completando luego el giro y
dirigiéndose directamente hacia ellos.
Barney frenó bruscamente el coche, y lo llevó hacia el apartadero.

www.lectulandia.com - Página 24
—Sea lo que sea, Barney —dijo Betty— lo importante es que sigue allí arriba y
que continúa siguiéndonos y que, además, se nos está echando encima.
—Por fuerza tiene que ser un avión —dijo Barney. Estaban los dos en el
apartadero, mirando la luz, que cada vez era más intensa—. Un avión de pasajeros.
—¿Daría vueltas de esa manera un avión de pasajeros? —preguntó Betty.
—Pues, entonces, será una avioneta. Eso es, una avioneta con cazadores que se ha
perdido.
—No es la temporada de caza —dijo Betty, mientras Barney le quitaba los
binóculos de la mano.
—Y, además, no se oye absolutamente nada.
Tampoco Barney oía nada, aunque sentía desesperados deseos de oír algo.
—Puede ser un helicóptero —dijo, enfocando los binóculos. Estaba seguro de que
no lo era, pero buscaba mentalmente cualquier explicación que tuviera sentido—. El
viento estará llevando el ruido en dirección contraria.
—No hace viento, Barney. Esta noche no hace viento, de sobra lo sabes.
Con ayuda de los binóculos, Barney distinguía ahora una sombra parecida al
fuselaje de un avión, aunque no veía las alas. También creyó ver una serie de luces
parpadeando a lo largo del fuselaje, si es que era un fuselaje, alternativamente.
Cuando Betty le cogió los binóculos, el objeto pasó por delante de la luna, de perfil.
Parecía estar emitiendo unos finos dardos de luz de colores diversos que giraban en
tomo a un objeto cuya forma, a aquella distancia, recordaba la de un cigarro puro.
Justo un momento antes, había cambiado de velocidad, de lenta a rápida y, ahora, la
aminoraba de nuevo, pasando por delante de la luna. Las luces seguían parpadeando
persistentemente: rojo, ámbar, verde, azul. Betty se volvió hacia Barney, diciéndole
que volviera a mirar.
—Por fuerza tiene que ser un avión —dijo Barney—. Quizás un avión militar. Un
avión de reconocimiento. A lo mejor, es un avión que se ha perdido.
Estaba empezando a sentirse irritado o, mejor dicho, a desahogar su irritación en
Betty, que rehusaba aceptar una explicación racional. En cierta ocasión, varios años
antes, en 1957, la hermana y los padres de Betty le habían dicho que habían visto con
toda claridad un objeto volante no identificado en Kingston, New Hampshire, donde
vivían. Betty, que tenía plena confianza en la buena fe de su hermana y en su
capacidad de observación, le creía. Barney ni lo creía ni dejaba de creerlo; aquel tema
le dejaba indiferente, no le interesaba ni poco ni mucho. En cierto modo, después de
oír aquella historia, se sentía más escéptico sobre la existencia de esos objetos
volantes. Se dijo que Betty, por primera vez en cinco años, se disponía a mencionar
de nuevo la visión de su hermana; pero no fue así.
Junto a ellos, la perrita gemía y daba muestras de miedo. Betty dio los binóculos a
Barney, cogió a Delsey, la llevó al coche, y la encerró en él. Barney volvió a enfocar
los binóculos, lamentando no poder cambiar impresiones con algún otro conductor.
Sobre todo, lo que él quería era oír algún ruido. El zumbido de una hélice o el silbido

www.lectulandia.com - Página 25
de un avión de propulsión a chorro. Pero no se oía nada. Por primera vez, sintió que
estaba siendo observado, que el objeto se estaba acercando de verdad a él y tratando
de rodearle. «Si fuese un avión militar —pensaba— no haría esto». Y su mente
retrocedió en el tiempo, a unos años antes, cuando un avión de propulsión a chorro le
pasó zumbando muy cerca, rompió la barrera del sonido y rasgó el aire con una
explosión.
Volviendo al coche, Barney le dijo a Betty que le parecía que aquel avión les
había visto y estaba jugando a asustarles. Hizo cuanto pudo para que Betty no
advirtiese que tenía miedo, pues esto, ni a sí mismo le gustaba confesárselo.
Continuaron conduciendo hacia Cannon Mountain a una velocidad de sólo ocho
kilómetros por hora, mientras el objeto se movía de manera desconcertante en el
cielo. La única luz que veían desde hacía mucho tiempo en la cima de la montaña
relucía en la punta del funicular silencioso y cerrado, o quizás no fuera un funicular,
sino un restaurante. Se detuvieron de nuevo al pie de la montaña, momentáneamente,
mientras el objeto daba una vuelta brusca y desaparecía. En el mismo instante, se
apagó inexplicablemente la luz de la cima de la montaña. Betty miró el reloj de
pulsera al mismo tiempo, preguntándose si habrían cerrado el restaurante. No veía
bien la esfera del reloj a la luz de los mandos del coche, de modo que no pudo
averiguar la hora exacta. Se dijo que, si había gente allí arriba, tenía que estar viendo
muy claramente aquel objeto.
Cuando el coche arrancó de nuevo, pasando junto a la silueta oscura de «El Viejo
de la Montaña», el objeto volvió a aparecer, deslizándose silencioso y lento, paralelo
al coche, al Oeste, del lado de Vermont. Allí había más árboles y era más difícil
observar ininterrumpidamente el objeto, que seguía deslizándose por encima de las
copas. Allí estaba, moviéndose al mismo ritmo que ellos. Cerca del apartadero, desde
donde se ve un torrente que es atracción turística, se detuvieron de nuevo y entonces,
casi pudieron verlo con toda claridad; pero en seguida volvieron a interponerse los
árboles.
Un poco más allá del torrente, pasaron junto a un pequeño motel, el primer signo
de vida que veían desde hacía muchos kilómetros. Aquel edificio acogedor les
reanimó algo, aunque Barney, con los ojos fijos ya en las curvas de la carretera ya en
el objeto que surcaba el cielo, apenas se fijó en él. Betty vio un signo luminoso de la
Asociación Automovilística Estadounidense y la luz de una ventana solitaria. Un
hombre bebía en la puerta de una de las cabañas, y Betty pensó que sería facilísimo
resolver aquel problema allí mismo parando y yendo a pasar la noche al motel. Estaba
pensando esto, pero no se lo dijo a Barney. Su curiosidad por aquel objeto se había
vuelto irreprimible y estaba decidida a averiguar lo que era. Ya Barney estaba
empezando a irritarla, tratando de negar incluso su existencia. Barney concentraba su
atención en las curvas, por si algún otro coche venía en dirección opuesta, tratando, al
mismo tiempo, de no perder de vista el objeto, que, ahora, había dado otra vuelta y
estaba casi enfrente de ellos, sobre la carretera.

www.lectulandia.com - Página 26
Para entonces, ya se veía que estaba sólo a unos cientos de metros de altura y era
enorme. Desde más lejos, le había parecido a Betty que giraba sobre sí mismo; ahora,
estaba inmóvil y el juego de luces había cambiado: ahora, en vez de una serie de
luces parpadeantes y multicolores se veía un brillo blanco y continúo. A pesar de las
vibraciones del coche, Betty se llevó los binóculos a los ojos y volvió a mirar.
Contuvo el aliento súbita e involuntariamente, porque vio, con toda claridad, una
doble hilera de ventanas. Sin los binóculos, parecía más bien una franja continua de
luz, pero ahora no cabía la menor duda de que se trataba de un vehículo volante de
enormes proporciones, aunque era imposible calcular su tamaño por no saber ni la
altitud ni la distancia exacta que mediaba entre ellos. Luego, lentamente, una luz roja
se encendió en el lado izquierdo del objeto, seguida de otra parecida en el derecho.
—Barney —dijo Betty— la verdad es que no sé por qué tratas de no mirarlo. Para
el coche y míralo.
—Cuando frene, ya habrá desaparecido —dijo Barney.
Pero no había la menor convicción en sus palabras.
—Barney, tienes que parar. No volverás a ver una cosa como ésta en toda tu vida.
Barney miró por el parabrisas y pudo verlo ahora con toda claridad: estaba a unos
sesenta metros de altura, pensó, y seguía acercándose. Una curva que hacía la
carretera a la izquierda situó al objeto a su derecha del coche, pero la distancia siguió
siendo la misma. A la derecha, no lejos del sur del lugar llamado Indian Head, donde
otro histórico rostro de piedra contempla las montañas y los valles, Barney vio dos
tipis comerciales de imitación en un sitio donde había un centro turístico, ahora
cerrado, llamado Natureland. Allí, durante el verano, cientos de chicos correteaban al
sol con sus padres. En aquel momento, sin embargo, estaba silencioso como una
tumba.
Barney paró el coche casi en el centro de la carretera, sin pensar, debido a su
incertidumbre y perplejidad, que pudiera echársele encima algún otro automóvil.
—Bueno, dame los binóculos —dijo. A Betty le irritó el tono de su voz. Parecía
como si estuviera llevándole la corriente.
Barney bajó del coche, con el motor aún en marcha, y apoyó el brazo en la
portezuela. El objeto había dado otra vuelta, esta vez en dirección a ellos, y se cernía
silencioso en el aire a la distancia de una manzana de casas y a la altura de dos
árboles puestos uno encima del otro. Estaba inclinado y, por primera vez, pudieron
ver su verdadera forma: era como una torta luminosa. Pero las vibraciones del motor
le impedían estarse quieto, y la visión se desdibujaba.
Se apartó un poco del coche para ver mejor.
—¿Lo ves? ¿Lo ves? —preguntó Betty.
Por primera vez en todo aquel tiempo su voz parecía llena de excitación. Barney
confesó luego con toda franqueza que sintió miedo, quizá porque Betty se excitaba
muy raras veces y quizá, también, por la proximidad de aquel objeto extraño y
completamente silencioso, que desafiaba casi todas las leyes de la aerodinámica.

www.lectulandia.com - Página 27
—Es un aeroplano o algo por el estilo —cortó Barney.
—De acuerdo —dijo Betty— es un avión. Pero, ¿cuándo has visto tú un avión
con dos luces rojas? Yo siempre creí que los aviones tenían una luz roja y otra verde.
—Es que no pude verlo bien —dijo él—, el coche vibraba y hacía temblar los
binóculos.
Se apartó unos pasos más y volvió a enfocarlo. Mientras lo hacía, el enorme
objeto —su diámetro tenía la misma anchura que la distancia entre dos de los postes
del teléfono a lo largo de la carretera, como dijo más tarde Barney— dio
silenciosamente una vuelta completa sobre la carretera, quedando a sólo unos treinta
metros de distancia de ellos. La doble hilera de ventanas era ahora perfectamente
visible.
Barney estaba muy asustado, pero, sin saber por qué, cruzó la carretera, se
adentró luego por el campo, y avanzó directamente hacia el objeto. Ahora, el enorme
disco estaba inclinado en ángulo hacia Barney; dos proyecciones, semejantes a atetas
de pez, salían por ambos lados, y tenían luces rojas en los extremos. Las ventanas
parecían convexas, en torno al vehículo, en torno al perímetro del disco grueso y en
forma de torta. Seguía sin oírse el menor ruido. Lleno de agitación, pero poseído aún
de un irresistible impulso de acercarse más y más al vehículo, Barney continuó
avanzando por el campo, llegando a sólo quince metros de distancia de él, que había
descendido hasta la altura de las copas de los árboles.
Barney no calculó su tamaño, pero se dijo que era tan grande como un avión de
pasajeros de propulsión a chorro, o mayor quizá.
De nuevo en el coche, Betty no advirtió al principio que Barney se alejaba de ella.
Estaba pensando que no era prudente estacionar el coche allí, en mitad de la carretera,
aunque no hubiese curvas cerca. El coche no estaba ni a la izquierda ni a la derecha,
estaba precisamente sobre la línea blanca que marcaba el centro de la carretera. Pensó
que lo mejor sería estar alerta, por si aparecían faros delante o detrás del coche,
mientras lo llevaba a un lado. Es lo que estaba haciendo cuando, de pronto, se dio
cuenta de que Barney había desaparecido campo adentro. Instintivamente, llamó:
—¡Barney! —gritó—. ¡Barney, idiota, vuelve aquí! —Si no volvía en seguida, se
dijo, ella misma iría a buscarle—. ¡Barney! ¿Qué te pasa? ¿Es que no me oyes?
No recibió respuesta y empezó a bajarse del coche; la portezuela del lado del
volante estaba abierta.
En pleno campo, cerca de un puesto de verduras cerrado, junto a un manzano
nudoso, estaba Barney con los binóculos en el rostro; luego, se quedó muy quieto.
Detrás de las ventanas, Barney veía figuras, por lo menos, media docena de seres
vivos. Parecían estar apoyados contra las ventanas transparentes, mientras el objeto
descendía hacia él. Estaban agrupados, mirándole. Advirtió vagamente que iban de
uniforme. Betty, a casi sesenta metros de distancia de su marido, le gritaba desde el
coche, pero Barney no recuerda haberla oído. Se diría que los binóculos se le habían
pegado a los ojos. Luego, como obedeciendo a alguna señal inaudible e invisible,

www.lectulandia.com - Página 28
todos los tripulantes del disco se apartaron de la ventana, y se colocaron frente a un
gran tablero situado a unos pasos de distancia de la hilera de ventanas.
Sólo quedó uno, mirando a Barney: era, sin duda, uno de los jefes. Con ayuda de
los binóculos, Barney vio cómo los otros se movían en torno a lo que parecía un
centro de mandos, en el fondo. Lentamente, el vehículo fue descendiendo, unos
centímetros cada vez. Las aletas con las luces rojas en la punta aún salieron más a
ambos lados; y de la parte inferior también salió algo que quizá fuera una escala, pero
Barney no estaba seguro de ello. Barney reajustó los binóculos, enfocándolos sobre el
único rostro que seguía pegarlo a la ventana. En este instante, su memoria pareció
debilitarse y recuerda muy vagamente los acontecimientos. Aunque ignoraba el
motivo de esa idea, estaba seguro de que iba a ser capturado. Trató de apartarse los
binóculos del rostro, pero no lo consiguió. A medida que su visión iba haciéndose
más clara, los ojos del único miembro de la tripulación que seguía mirándole
fijamente se le clavaban en el cerebro. Barney nunca había visto unos ojos como
aquéllos. Haciendo uso de toda su energía, se arrancó, por fin, los binóculos del
rostro y fue corriendo y gritando hacia donde estaban Betty y el coche. Arrojó los
binóculos al asiento, dando casi con ellos a Betty, que se había quedado sentada al
verle correr por la dura superficie de la carretera, aunque ya iba a bajarse del coche.
Barney estaba al borde de la histeria. Puso el coche en marcha y arrancó a toda
velocidad, gritando que estaba seguro de que iban a ser capturados. Ordenó a Betty
que mirase por la ventanilla para ver dónde estaba aquel objeto. Betty miró y no vio
nada. El objeto había desaparecido. Alargando el cuello, miró encima del coche, pero
tampoco vio absolutamente nada. El extraño vehículo se había desvanecido. Pero
también habían desaparecido las estrellas, que, unos segundos antes, brillaban tanto.
Barney seguía chillando que estaba seguro de que el disco estaba precisamente
encima de ellos.
Betty volvió a mirar, pero lo único que veía era la más completa oscuridad. Se
asomó a la ventanilla trasera, pero tampoco vio nada, excepto las estrellas, que eran
perfectamente visibles por aquella ventanilla. En aquel momento, oyeron un «bip-
bip» extraño, como producido electrónicamente. Todo el coche parecía vibrar con él.
Era un ritmo irregular: «Bip… bip… bip, bip, bip», que parecía salir de detrás del
coche, de la parte trasera del cuerpo del vehículo.
Barney preguntó:
—¿Qué ruido es ése?
Betty respondió:
—No lo sé.
Ambos comenzaron a sumirse en una extraña y cosquilleante somnolencia. A
partir de aquel momento, quedaron como cubiertos por una especie de neblina.
Algo más tarde, aunque no supieron decir exactamente cuándo, el «bip-bip»
volvió a sonar. Sólo advertían que eran dos sonidos paralelos, separados entre sí por
un espacio de tiempo de cuya longitud no tenían la menor idea, cómo tampoco la

www.lectulandia.com - Página 29
tenían de lo que había sucedido, ni del tiempo que había tardado en suceder.
A medida que el segundo «bip» se iba haciendo más sonoro, los Hill fueron
recuperando lentamente la conciencia. Aún estaban en el coche, y el coche estaba en
movimiento, con Barney al volante. Ambos estaban silenciosos, entumecidos, y como
sonámbulos. Al principio, siguieron el viaje en silencio, mirando a la carretera para
ver dónde estaban. Un letrero les indicó que estaban cerca de Ashland, a unos
cincuenta y seis kilómetros al sur de Indian Head, donde había sonado por primera
vez el inexplicable «bip». En aquellos primeros instantes de consciencia, Betty
recuerda vagamente haberle dicho a su marido:
—¿Qué? ¿Crees, ahora, en los platillos volantes?
Y Barney recuerda haber respondido:
—¡No digas tonterías! Naturalmente que no.
Pero ninguno de los dos consigue recordar más detalles que éste, hasta que
llegaron a la autopista nueva: US 93. Poco después de entrar en ella, Betty despertó
súbitamente de su somnolencia y señaló un letrero que decía:
CONCORD - 17 MILLAS

—Aquí es donde estamos, Barney —dijo—. Ahora, ya lo sabes. También Barney


recuerda que su mente se aclaró en aquel momento. Ni siquiera recuerda haberse
sentido inquieto o turbado durante los cincuenta y seis kilómetros que median entre
Indian Head y Ashland, de cuyo trayecto no parecía recordar nada.
Siguieron hacia Concord, sin decirse apenas palabra. Sin embargo, decidieron que
la experiencia sufrida en Indian Head era tan extraña, tan increíble, que lo mejor era
no hablar de ella con nadie.
—Además, nadie lo creería —dijo Barney—. Apenas consigo creerlo yo mismo.
Betty asintió. Cerca de Concord, buscaron un sitio donde tomar una taza de café,
pero no había nada abierto. Aún confusos y sin hablar, continuaron conduciendo.
Volvían ahora hacia el Este, por la carretera 4, cruzando el Estado, hacia el océano y,
por lo tanto, hacia Portsmouth. Justo en las afueras de Portsmouth, vieron que la
aurora rayaba de blanco el cielo hacia el Este. Condujeron por entre las calles de la
ciudad dormida, en la que aún no se movía nadie. Pero los pájaros gorjeaban ya y era
casi de día cuando llegaron a casa. Barney miró el reloj, pero éste se había parado, y,
poco después, Betty vio que también se había parado el suyo. Dentro de la casa, el
reloj de la cocina marcaba las cinco y unos minutos de la madrugada.
—Parece que hemos llegado a casa un poco más tarde de lo que habíamos
previsto —dijo Barney.
Betty llevó a Delsey para que diese su paseo matutino mientras Barney
descargaba el coche. Los pájaros cantaban ahora en coro, formando un sonoro telón
de fondo para los pensamientos de Betty, obsesionada aún por lo ocurrido aquella
noche. Barney también estaba pensativo. Hablaron poco. Por alguna razón que ella
misma no se supo explicar, Betty pidió a su marido que llevase el equipaje al

www.lectulandia.com - Página 30
cobertizo de atrás, en lugar de entrarlo en la casa. Barney lo hizo así y, luego, fue a
ver si se había dejado algo en el coche. Al recoger los binóculos, notó por primera
vez una cosa inusitada: la correa que la noche anterior había rodeado su cuello estaba
ahora rota por la mitad; la ruptura era limpia y reciente.
Desde Concord hasta allí, durante el silencioso viaje, Betty y Barney habían
mirado al cielo a intervalos regulares, preguntándose si aquel extraño objeto
reaparecería. Incluso después de entrar en su casa, un edificio de esquinas rojas,
rodeado de un pequeño jardín, situado en el centro de Portsmouth, iban los dos, sin
darse cuenta, a la ventana de cuando en cuando, para mirar el cielo matutino.
Ambos notaban una sensación extraña, viscosa. Se sentaron en la cocina, ante una
taza de café, pero, antes, Barney había ido al baño para examinarse el bajo vientre,
que, sin que él supiese por qué, le picaba. Dos años después, seguía sin explicarse qué
le movió a hacer esto.
Cuando salió del baño, pasaron revista de nuevo a lo sucedido y volvieron a
prometerse no hablar de ello con nadie. La segunda parte del viaje les resultaba
extrañamente vaga: no conseguían recordar casi nada del trayecto entre Indian Head
y Ashland. Recordaban fragmentariamente haber cruzado Plymouth, justo antes de la
segunda serie de «bips». A Barney le inquietaba y confundía que el extraño vehículo
no hiciese ruido. Trataba de clasificarlo mentalmente como un aeroplano, a pesar de
su aspecto inusitado y de la sensación extraterrestre de que les había llenado a los
dos.
Recordaban distintamente dos series de «bips», pero el intervalo entre ambas les
tenía perplejos. Betty, reconfortada por una taza de café bien cargado, recordó muy
vagamente algunas de las cosas que habían ocurrido después de pasar Indian Head.
Recordaba haber visto en la carretera un letrero que dividía a las ciudades de Lincoln
y North Woodstock, pero era una impresión momentánea y fragmentaria. Recordaba,
también, haber pasado junto a una tienda en la ciudad de North Woodstock, pero era
una impresión aislada. Los dos recordaban muy vagamente una forma lunar grande y
luminosa que parecía tocar la carretera, como posada bajo los pinos. Betty, haciendo
esfuerzos por recordar, creía que Barney había dado una vuelta brusca, saliendo de la
carretera 3, pero no conseguía localizar el sitio. Cuando los dos vieron el objeto en
forma de luna, Barney recordaba vagamente haber dicho a Betty:
—¡Otra vez, santo Dios!
Betty recuerda la reacción que experimentó cuando Barney negó que aquello
pudiera ser un objeto volante no identificado. Pensó: «Barney es así, cuando le asusta
alguna cosa u ocurre algo que no le gusta, se encoge de hombros y se dice que no ha
ocurrido nada». Hasta cierto punto, el mismo Barney reconoce que esto es verdad.
Ambos están de acuerdo en que volvieron a la plena posesión de sus sentidos en
la carretera US 93, junto a un letrero donde ponía que faltaban unas veintisiete millas
para llegar a Concord. Antes de esto, sólo recuerdan una cosa: la imagen fragmentaria
de las calles oscuras de Plymouth, unos diez kilómetros al norte de Ashland, donde

www.lectulandia.com - Página 31
tuvo lugar la segunda serie de «bips».
—Cuando llegamos a nuestra casa —dijo Barney más adelante— y Betty salió a
pasear al perro por el patio, me bajé del coche y empecé a sacar lo que había en él.
Betty me dijo que tirase al cubo de la basura la comida que quedaba en la nevera y
que pusiera las demás cosas fuera de la casa. Yo tenía mucha prisa por terminar de
ponerlo todo en el cobertizo de atrás para poder ir a tomar un baño; en cuanto me vi
en el baño, cogí un espejo y me puse a examinarme el cuerpo. Y no sé por qué la
verdad, ni lo sabía tampoco entonces, pero me sentía como sucio. Era una suciedad
diferente de la que suele acumulársele a uno en el cuerpo a consecuencia de un viaje,
algo viscoso. Betty y yo fuimos a la ventana y, entonces, abrí la puerta trasera y
ambos miramos al cielo. Fui, luego, a la alcoba y miré a mi alrededor. No sé cómo
describirlo, era como si alguien flotase en la atmósfera. No quiero decir que ese
alguien estuviese allí, con nosotros, era más bien la sensación de que había ocurrido
algo muy extraño.
Inmediatamente después de un desayuno ligero, se metieron en la cama, y
durmieron de un tirón. Tenían la esperanza de que el incidente se desvaneciese
rápidamente de su memoria y pasase a ser tan sólo una de esas interesantes anécdotas
que algún día le gusta a uno contar a la gente. No sabían que, por el contrario, iba a
afectar profundamente sus vidas durante muchos años.

www.lectulandia.com - Página 32
CAPÍTULO II

Cuando se despertaron, eran ya casi las tres de la tarde. Durmieron, pero no soñaron;
se sentían muy aliviados de verse de nuevo en su casa, bañados y descansados.
Barney, echado en la cama, con los ojos abiertos, volvió a recordar la extraña
experiencia de la noche anterior. Lo que más le desconcertaba y confundía era la falta
completa de ruido de aquel objeto volante mientras duró el incidente; también le
dejaba perplejo el hecho de que no tuviera ninguna característica que le permitiese
relacionarlo con un avión normal. Lamentaba profundamente que no hubiese pasado
por allí ningún policía estatal o algún camión, porque entonces, habría podido
compartir su experiencia con alguien. Aún tenía la sensación de que en algún sitio, no
sabía a punto fijo donde, había alguien, una presencia vaga e indefinida. Muy
vagamente, le parecía haber encontrado un obstáculo que le impedía el paso en la
carretera, la noche anterior. Pero era una impresión desdibujada e indistinta. La vuelta
a la consciencia, después de oír el extraño sonido electrónico, fue muy lenta
Antes de que su mente se viera de nuevo completamente despejada, Barney tuvo
un nuevo instante de percepción: se vio como en un relámpago saliendo de la
carretera 3 y entrando en la 104, para tomar el atajo de Concord. Pero el letrero que
decía: «CONCORD - 17 MILLAS» seguía siendo, tanto para él como para Betty, el símbolo
de su vuelta a la normalidad. Aquella tarde, mientras yacía en la cama, despierto,
sentía que la razón de que él y Betty hubieran hablado tan poco durante la parte final
del viaje fue que ambos, o él por lo menos, experimentaba un suave entumecimiento
mental. Apartó rápidamente de su mente las figuras vivas que había visto a bordo del
extraño objeto volante; no quería pensar en ellas.
Al despertarse, Betty se puso a pensar, antes que en ninguna otra cosa, en lo
ocurrido la noche anterior. No conseguía apartar de su mente el viaje de regreso ni la
experiencia sufrida. Pasaría el resto del día moviendo incrédulamente la cabeza. Una
de las primeras cosas que hizo aquella tarde al levantarse de la cama (aunque nunca
ha conseguido explicarse por qué) fue coger el vestido y los zapatos que había
llevado puestos la noche anterior y guardarlos en el rincón más apartado de su
armario. Desde entonces, no se los ha vuelto a poner.
Barney, al levantarse, pasó revista a la ropa que había llevado puesta la noche
anterior y quedó algo sorprendido al comprobar que sus mejores zapatos estaban muy
gastados en la parte superior de las puntas relucientes. También le sorprendió ver que
los bordes de las perneras de sus pantalones y también sus calcetines estaban
cubiertos de agujas de pino; pero, de pronto, se acordó, como en una inundación de
recuerdos, de haberse adentrado solo en el campo, en Indian Head. Barney, a quien
gusta mucho ir bien vestido, no consiguió comprender, sin embargo, que lo que se le
hubiese desgastado fuera la parte superior de los zapatos. Acabó por decirse que,
yendo por el campo, habría rozado sin duda alguna roca con los zapatos, aunque no

www.lectulandia.com - Página 33
sabía cómo pudo haber ocurrido tal cosa, y se encogió de hombros. Más adelante, iba
a descubrir la posible causa.
El súbito recuerdo del incidente del campo, junto a Indian Head, le indujo a ir a la
puerta trasera de la casa y mirar de nuevo al cielo. Estaba esperando algo, pero no
sabía qué. Hizo un gran esfuerzo por recordar lo ocurrido después de llevarse los
binóculos al rostro y echar a correr, de vuelta al coche, pero sin éxito. Le era
completamente imposible pasar de allí.
Cuando se sentaron a desayunar, por segunda vez en el mismo día, habló de esto
con Betty, quien le preguntó repetidas veces por qué había vuelto corriendo al coche
y por qué había temido ser capturado. ¿Y cómo no había oído sus gritos, pidiéndole
que volviera al coche? Más tarde, en el transcurso de uno de los numerosos viajes que
hicieron a aquel lugar, descubrieron que era difícil oír gritos a la distancia que, según
el cálculo de Barney, tenía que haber habido entre los dos cuando él se adentró, solo,
por el campo. Además de todo esto, Barney se notaba un escozor inexplicable en la
parte posterior del cuello.
Su decisión de no hablar absolutamente con nadie de su experiencia comenzó a
debilitarse aquel mismo día, durante la comida de la tarde. Barney trataba de
resistirse, pero Betty, recordando la experiencia de su hermana con un objeto volante
no identificado varios años atrás, quería contarle la suya. Barney accedió a
regañadientes, aunque estaba convencido de que lo mejor sería tratar de olvidar por
completo el incidente.
Betty fue al teléfono y llamó a su hermana, sintiendo cierto alivio ante la
posibilidad de desahogarse, contando lo sucedido a un interlocutor amigo. Su
hermana, Janet Miller, vivía muy cerca, en Kingston, con su marido y sus hijos; el
marido era jefe de los exploradores de la localidad y aficionado a la astronomía.
Tratando de no ponerse nerviosa, Betty se puso a contar lo ocurrido la noche anterior.
Janet, que creía firmemente en los objetos volantes no identificados por haber visto
ella misma uno, se excitó mucho y confirmó la sospecha de Betty de que el coche o la
ropa pudieran habérseles contaminado con radiactividad si el objeto volante se había
cernido justo sobre ellos. Hasta aquel momento, la sospecha latente que sentía Betty
de haber sido víctima de alguna especie de contaminación había sido puramente
instintiva; pero ahora, comenzaba a preguntarse si no existirían motivos concretos
para creer en tal posibilidad. Janet recordó a Betty que un vecino suyo, en Kingston,
era médico y dijo que iba a preguntarle qué huella podría haber dejado aquel objeto
volante si se hubiese acercado mucho al coche. Unos momentos más tarde, Janet
volvió al teléfono y dijo a Betty que, según el médico, cualquier brújula acusaría la
existencia de radiactividad si la aguja se agitaba como loca, sin parar en ningún punto
de la esfera, al entrar en contacto con el exterior del coche.
Al oír parte de la conversación de Betty con su hermana, el escepticismo de
Barney aumentó; mientras ella iba por la casa, buscando la brújula barata que solían
usar cuando iban de viaje, Barney parecía dispuesto a hacerse el remolón.

www.lectulandia.com - Página 34
—Pero, ¿dónde está? —preguntó Betty, llena de impaciencia por encontrarla y
salir a tocar con ella el coche.
—La puse en el cajón —respondió él.
—¿En qué cajón? —volvió a preguntar Betty.
Aquello sólo servía para impedir que Barney consiguiese desechar el incidente de
su mente para siempre.
—No sé, búscala tú —dijo.
Betty se sentía cada vez más irritada.
—Gracias, hombre —dijo—. La verdad es que es una suerte contar con tu ayuda.
—Pero, ¿para qué quieres la brújula? —pregunto él—. No te hace falta para nada.
—Ésa es tu opinión —replicó Betty—. Guárdatela y dame la brújula.
Barney acabó cediendo y encontró la brújula. Betty salió corriendo y vio que
llovía. Pasó la brújula por la superficie húmeda del automóvil y la aguja no pareció
reaccionar de manera notable, pero cuando la pasó por la parte posterior notó una
cosa extraña: por la superficie metálica había una docena o más de manchas
brillantes, cada una de ellas perfectamente circular y del tamaño aproximado de un
dólar de plata. Estaban muy bien dibujadas y pulidas, en contraste con la superficie
mate del coche, como si la pintura hubiese sido cuidadosamente esparcida con un
patrón circular. En aquel momento, Betty recordó los extraños «bip-bip», oídos la
noche anterior, y procedentes de la parte trasera del coche; en el estado de
nerviosismo en que se encontraba a consecuencia de haber hablado con su hermana,
se sintió extrañamente emocionada al ver aquellos círculos brillantes justo en aquel
sitio.
Pasó la brújula cuidadosamente sobre uno de los círculos. La aguja se agitó
inmediatamente. Betty casi se dejó dominar por el pánico, pero consiguió
sobreponerse y siguió pasando la brújula por uno de los lados del coche, donde no
había ningún círculo. La aguja reaccionaba allí de un modo normal, señalando una
dirección. Rápidamente, Betty llevó la brújula de nuevo a los círculos relucientes, y
de nuevo volvió a perder el control. Entró corriendo en la casa.
—Barney —dijo— tienes que salir y ver lo que ocurre. La parte posterior del
coche está llena de círculos brillantes, y en cuanto les aplico la brújula, la aguja se
vuelve loca.
Barney repitió que eran imaginaciones suyas y rehusó salir a mojarse.
Entretanto, una pareja a quien los Hill tenían alquilado uno de los pisos de su casa
bajó al vestíbulo; al ver que Betty parecía disgustada por algo, preguntaron qué
pasaba, y ella, muy excitada, les contó toda la historia del objeto volante, añadiendo
que estaba tratando de convencer a Barney de que saliera a ver los círculos brillantes
y la reacción de la brújula en cuanto la acercaba a ellos. Entonces, Barney, aunque a
desgana, salió con la pareja, mientras Betty telefoneaba a su hermana para contárselo.
Janet, en tanto, había hablado con el antiguo jefe de la policía de Newton, New
Hampshire, que estaba de visita en su casa aquel día, el cual aconsejó que los Hill

www.lectulandia.com - Página 35
pusieran su caso en conocimiento de la Base Aérea de Pease, en Portsmouth, un
centro del Alto Mando Aéreo Estratégico que, durante aquellos últimos meses, había
estado recibiendo continuamente informes sobre apariciones de objetos volantes no
identificados. El jefe de la policía había recibido instrucciones en este sentido en
cuanto las apariciones de objetos volantes comenzaron a proliferar en el Estado de
New Hampshire. Barney volvió al cuarto de estar pocos minutos después, antes de
que Betty terminara de hablar por segunda vez con su hermana.
—¿Qué hizo la brújula? —preguntó Betty.
—Nada de particular, lo que todas las brújulas —respondió él—. Se agitó un poco
al acercarse a la llanta de recambio, pero nada de particular.
Betty le miró fríamente.
—Bueno, vamos a ver, ¿por qué crees que se agitó al acercarla a la parte
posterior?
—No sé —respondió Barney.
—Me explico que se agitase al tocar el acumulador. Pero, ¿por qué al acercarse a
la llanta de recambio? La verdad, Barney…
—No sé —dijo Barney— a lo mejor es por el metal. A mí no me pareció que
reaccionase de manera extraña.
—¿Y qué me dices de los círculos brillantes? —preguntó Betty—. ¿Los viste?
—Sí —dijo Barney.
—Bueno, ¿qué me dices de ellos?
—Nada, algo que chocaría con el metal.
Betty quedó convencida de que Barney estaba tratando de negarse a sí mismo que
hubieran tenido aquella experiencia nocturna y no se explicaba tal actitud. (Más
adelante, Barney reconoció que la experiencia había sido para él una pesadilla tan
abrumadora, tan increíble, que sentía desesperados deseos de apartarla enteramente
de su mente y olvidarla. En aquel momento, le irritaba que Betty persistiera en sus
investigaciones).
Una vez más, Barney rehusó ceder cuando ella le pidió que la acompañara al
coche para comprobar de nuevo la reacción de la brújula en contacto con los círculos
brillantes. Lo que hizo fue insistir en que lo mejor era no seguir el consejo de Janet de
comunicar lo sucedido a la Base Aérea de Pease.
—Bueno, ya que te empeñas —dijo, por fin—. Pero si llamas a la Base Aérea,
haz el favor de no complicarme en el asunto.
A Betty le obsesionaba la idea de que pudieran haberse contaminado de
radiactividad, pero, al mismo tiempo, comprendió que esto podría parecerles ridículo
a los oficiales de la Base Aérea. A pesar de todo, telefoneó a la policía de la Base y,
después de haber sido puesta con varios departamentos por la centralita, consiguió
dar con un oficial que pidió detalles, Betty le explicó la historia de manera general,
porque la reacción del oficial era de incredulidad. Evitó demostrar timidez o
confusión, y omitió detalles, como el de las dos filas de ventanas que había visto,

www.lectulandia.com - Página 36
pensando que con mencionarlos sólo conseguiría aumentar el escepticismo de su
interlocutor. Dijo, sin embargo, que el objeto tenía como unas aletas que parecían
salir de ambos lados, con luces rojas en la punta. Entonces, el oficial pareció más
interesado; y cuando Betty le dijo que su marido había tenido oportunidad de
examinar con más detalle que ella aquella parte del misterioso vehículo, pidió hablar
con él.
Barney no mostró entusiasmo alguno por ponerse al teléfono pero ya parecía más
tranquilo y acabó por hacerlo. Cooperó con el oficial cuanto pudo, dando todos los
detalles que recordaba, pero, pusilánime, rehusó mencionar a los seres vivos que
había visto con toda claridad en el interior. En el transcurso de la conversación, el
oficial le dijo que le había puesto en contacto con otra línea de la base, y que lo que
decía estaba siendo interceptado. Ni Betty ni Barney tenían ningún deseo de verse
envueltos en situaciones desagradables. Betty decía que los oficiales sólo habían
mostrado indiferencia, pero Barney, por el contrario, sostenía que estaban sumamente
interesados, que no habían dado muestras de impaciencia y que lo que les intrigaba
eran las aletas con luces rojas. Para los oficiales de la Base Aérea era este detalle
nuevo, a pesar de los muchos informes que habían recibido e investigado sobre
objetos volantes no identificados.
La conversación telefónica produjo cierto cambio en la actitud de Barney. De su
conversación con el oficial, Barney sacó en limpio que había habido otros informes,
algunos de los cuales eran semejantes al suyo, de modo que no había motivos para
temer que le acusaran de loco si contaba algo que a él le parecía inexplicable. Sin
embargo, ambos decidieron no hablar a nadie de los círculos brillantes, y Barney, por
su parte, siguió resuelto a callarse lo de los seres vivos que había visto a bordo del
objeto volante, detrás de la ventana convexa. Ésto, a su modo de ver, podía ser causa
de que la gente recelase de la veracidad del incidente y ya tenía él bastantes dudas
sobre este detalle. Lo que más le asustaba era pasar por tonto.
Al día siguiente, su preocupación a este respecto disminuyó algo porque la Base
Aérea de Pease les telefoneó pidiendo más información. Esto dio a Barney más
seguridad en sí mismo y en su experiencia nocturna, pero aun así rehusó dar aquellos
detalles. Quien les telefoneo fue el comandante Paul W. Henderson, de la escuadrilla
de bombarderos número 100, estacionada en la Base de Pease; el comandante dijo a
los Hill que se había pasado la noche en vela preparando el informe y que quería
completarlo con algunos detalles más. Les dijo, también, que quizá tuviera que
volverles a llamar más tarde, aunque después de esta segunda conversación los Hill
no volvieron a saber de él. Su informe oficial al «Libro del Proyecto Azul» («Project
Blue Book»), que es el nombre del departamento del centro aéreo de Wright-
Patterson, Estado de Ohio, donde se clasifican y cotejan los miles de informes sobre
apariciones de objetos volantes no identificados que llegan de todo el país, indica que
los Hill no tenían razón alguna para temer quedar en ridículo cuando, con tanta
aprensión, comunicaron telefónicamente su experiencia a la Base Aérea de Pease.

www.lectulandia.com - Página 37
INFORME NUMERO 100-1-61
En la noche del 19 al 20 de septiembre, entre las 20/001 horas y las 20/0100 horas, los señores Hill,
viajando por la zona sur de la carretera 3 cerca de Lincoln, New Hampshire, observaron por el parabrisas
del coche un objeto extraño en el cielo. Les llamó la atención por su forma y la intensidad de su
luminosidad, que destacaba entre las estrellas. El cielo estaba claro y la noche era serena a aquella hora.

A. Descripción del objeto


1. Franja continua de luces, forma de cigarro puro inalterable, a pesar de los cambios de
dirección. (Ni el señor ni la señora Hill recuerdan haber mencionado la forma de disco del
vehículo a poca distancia).
2. Tamaño: Cuando lo vieron por primera vez, parecía ser del tamaño de una moneda de cinco
centavos a un brazo de distancia. Más larde, cuando parecía estar a unos treinta y cinco metros
de altura sobre el coche, les pareció del tamaño de un plato sopero a un brazo de distancia.
3. Color: El único color que pudieron distinguir fue el de la franja de luces, comparable en
intensidad y color a un filamento de lámpara incandescente. (Véase lo referente a las «luces de
la punta de las alas»). (Barney, que, en aquel momento, parecía deseoso de quitar importancia
al incidente, se mostró reacio a dar su impresión exacta sobre el tamaño del objeto volante).
4. Número de objetos volantes no identificados: Uno.
5. Formación: Ninguna.
6. Detalles o cosas de interés: Véase apartado número uno. Durante el período de observación,
las alas parecieron emerger del cuerpo del objeto; al parecer, tenían forma de V y luces rojas
en los extremos. Más tarde, esas alas aún parecieron alargarse más.
7. Cota, estela o escape: No vieron ninguno.
8. Sonido: Ninguno, aparte del mencionado en el apartado D.
B. Descripción de la trayectoria del objeto.
1. Fue visto por primera vez a través del parabrisas del coche. El tamaño y la luminosidad del
objeto les llamó la atención por ser superior a los de las estrellas visibles en aquel momento.
2. Ángulo de elevación al ser visto por primera vez: unos cuarenta y cinco grados.
3. Ángulo da elevación al desaparecer: No fue observado, por serles imposible a los señores
Hill precisar el momento de su desaparición.
4. Línea de vuelo y maniobras: Véase apartado D.
5. Cómo desapareció el objeto volante: Véase apartado D.
6. Duración de la observación: Aproximadamente, treinta minutos.
C. Como fue observado.
1. Desde el suelo, visualmente.
2. Con binóculos, en algunos momentos.
3. La primera observación tuvo lugar desde el interior del coche, tanto en marcha como
parado. El objeto fue observado tanto desde dentro como desde fuera del coche.
D. Situación y detalles.
(Aquí, el informe relata los detalles generales de la observación. Entre ellos el extraño sonido «bip-
bip», que, como los Hill explicaron al que les interrogó, «parecía como si alguien hubiese dejado
caer un diapasón». Por las dificultades normales que se producen en una conversación telefónica,
hubo que omitir muchos detalles, entre otros, el de las luces multicolores observadas por Betty, y
también, normalmente, el de las figuras vivas que vio Barney, de las que éste no quería hablar a
nadie).
El informe concluye: «En el transcurso de una conversación posterior, el señor Hill me dijo que, al
principio, no había querido hablar a nadie del incidente, pero ya que él y su mujer lo habían visto
juntos, pensaba que, en realidad, lo mejor era informarnos de él. Dice que, ahora, le parece increíble
y se siente algo estúpido, pues no acaba de creer que tal cosa pudiera ocurrirle. Afirma, por otra
parte, que ambos vieron realmente lo que dicen, y este hecho, a su modo de ver, da cierta
verosimilitud al incidente. La información aquí contenida fue obtenida por medio de una
conversación telefónica entre los que observaron el objeto volante y el firmante. Es imposible
precisar hasta qué punto son fidedignos los observadores, y aunque su veracidad y seriedad parecen
suficientes, no podemos garantizarlas por ahora».

www.lectulandia.com - Página 38
Esforzándose por dar con un término medio satisfactorio entre la fantasía y la
realidad, Barney sugirió a Betty que los dos, por separado, diseñasen su impresión
particular del objeto volante. Betty accedió. Encerrados cada uno en un cuarto
distinto, hicieron sus diseños, que luego compararon, comprobando que eran
notablemente parecidos.
Aunque Barney vio que su confianza en sí mismo era mayor a consecuencia de su
conversación con el comandante de aviación, seguía sin acabar de convencerse de la
existencia de los objetos volantes no identificados. Le preocupaba verse incapaz de
justificar lo que había visto con sus propios ojos ante su convicción de que tales cosas
no podían existir. Betty, por su parte, también se mostraba cauta, a pesar de que creía
lo que su hermana decía haber visto, como también creía en el objeto que durante
tanto tiempo había estado ante sus ojos en la carretera 3. Barney dijo a su amigo que
su reacción era semejante a la del que ha visto una cosa que prefiere no recordar. Con
el tiempo, esta ambivalencia iba a molestarle mucho, repercutiendo en su úlcera, que
comenzó a empeorar, a pesar de que hasta entonces había ido mejorando
considerablemente.
Mientras que Barney trataba de apartar de si el incidente, la curiosidad de Betty
no hacía sino agudizarse. Dos días después, fue a la Biblioteca Municipal para buscar
cuanta información hubiera allí sobre los objetos volantes no identificados, que,
según había podido comprobar, eran tomados bastante a la ligera por la prensa. Como
la mayoría de las personas inteligentes, Betty no había llegado aún a una conclusión
precisa sobre la cuestión.
Antes del incidente nocturno, ella ya había pensado que tenía que haber algo de
verdad en aquel fenómeno, pero carecía por completo de datos. En la biblioteca,
descubrió que existían pocos datos sistematizados, aunque vio un libro titulado The
Flying Saucer Conspiracy (El complot contra los platillos volantes), por el
comandante Donald Keyhoe, que encontró interesante. Se lo llevó a casa y lo leyó de
un tirón. Barney, aunque su punto de vista era ahora menos firme que antes de haber
hablado con los oficiales de la Base Aérea, rehusó leerlo, atribuyendo este resto de
resistencia al deseo, aún vivo, de evitar una renovación del dolor y de la confusión
que le había causado el incidente. Insiste en que no lo hizo por tozudez o
arbitrariedad.
Según descubrió Betty, la tesis del comandante Keyhoe era que la aviación
norteamericana estaba haciendo todo lo posible por desacreditar los objetos volantes
no identificados, en lugar de examinar el problema de una manera científica y abierta.
El comandante Keyhoe, que estudió en la Universidad de Annapolis y fue
comandante de Marina, había contribuido a fundar en Washington un organismo
conocido por el nombre de Comité Nacional de Investigación de Fenómenos Aéreos,
con objeto de cotejar y analizar todos los informes de apariciones de objetos volantes
no identificados; de esta manera, pretendía dar con una solución al misterio y
preparar a la opinión pública, si hiciese falta, para aceptar la existencia de vehículos

www.lectulandia.com - Página 39
aéreos extraterrestres de origen desconocido. El Comité Nacional de Investigación de
Fenómenos Aéreos (conocido por NICAP) del comandante Keyhoe había llegado a la
conclusión de que sólo existían dos explicaciones básicas posibles de las apariciones
de objetos volantes no identificados que llegaban continuamente, año tras año, de
todos los puntos del Globo:

la primera, ilusiones ópticas tan numerosas y extendidas que resultaban


inexplicables y constituían por sí solas un objeto de estudio científico urgente;
la segunda, que la gente, en efecto, veía en la atmósfera objetos volantes
pilotables.

Los miembros del Comité, muchos de los cuales son hombres de ciencia
conocidos, profesores, técnicos, pilotos y ex oficiales militares de alta graduación,
arguyen que la segunda hipótesis es la más razonable y está basada en observaciones
empíricas. En su estudio, cuidadosamente documentado, The UFO Evidence
(Pruebas a favor de los objetos volantes no identificados), el Comité analiza
quinientos setenta y cinco informes, algunos de técnicos y los demás completamente
fidedignos, procedentes de Norteamérica, Puerto Rico, México, Canadá y otros
países. Los investigadores del Comité, que son todos voluntarios, tienen instrucciones
de documentar cada caso de la manera más detallada y concienzuda, y de poner en
duda, siempre que sea humanamente posible, cualquier informe irresponsable,
procedente de los fanáticos que siempre surgen en estos casos y que, por ese camino,
suelen buscar fama o provecho. Entre los que dirigen el Comité están las siguientes
personalidades: el doctor Charles P. Olivier, profesor de Astronomía de la
Universidad de Pennsylvania y presidente de la «Sociedad Norteamericana de
Meteoros» («American Meteor Society»); J. B. Hartranft, hijo, presidente de la
«Asociación de Propietarios y Pilotos de Aviones» («Aircraft Owners and Pilot
Association») y ex teniente coronel del Cuerpo Aéreo del Ejército; Dewey Fournet,
ex comandante de la aviación norteamericana, encargado de la investigación oficial
de los objetos volantes no identificados (lo que se llama «Project Blue Book»); el
profesor Charles A, Maney, jefe del departamento de Física del Defiance College,
Estado de Ohio, y otros.
Después de haber leído el libro del comandante Keyhoe, Betty se sintió más
segura de sí misma y de su experiencia. Sin perder tiempo, se sentó y escribió la
siguiente carta al comandante:

Portsmouth, New Hampshire


26 de septiembre de 1961
Comandante D. Keyhoe.

Muy señor mío:

www.lectulandia.com - Página 40
Le escribimos esta carta por dos motivos. Queremos preguntarle si ha
escrito Usted más libros sobre los objetos volantes no identificados,
además del titulado The Flying Saucer Conspiracy. Si lo ha hecho, le
agradeceríamos nos envíe el nombre de la editorial, ya que no hemos
conseguido encontrar información alguna sobre este tema, posterior al
mencionado libro. Le incluimos un sobre con dirección y franqueo para
que le resulte más cómodo.
Mi marido y yo estamos ahora sumamente interesados en este tema
porque acabamos de sufrir una terrible experiencia que no parece
diferir de otras de las que nos hemos enterado. Hacia medianoche, el
20 de septiembre (el hecho de que fuese medianoche puede cambiar la
fecha al 19; Betty Hill prefiere el 20), íbamos en coche por una parte de
la Zona Forestal Nacional, en White Mountains, New Hampshire. Es un
territorio desierto y sombrío. Al principio, vimos un objeto brillante en
el cielo, que parecía moverse rápidamente. Paramos el coche y nos
bajamos para observarlo más de cerca con binóculos. De pronto, giró
del Norte al Sudoeste y pareció seguir una trayectoria bastante
desconcertante. Seguimos conduciendo y, luego, nos paramos de nuevo
para volver a mirarlo, observando la siguiente línea de vuelo: el objeto
giraba y sólo parecía iluminado por un lado, lo que producía la
impresión de que estuviese parpadeando.
A medida que iba acercándose a nuestro coche, vimos que tenía forma
de torta, rodeada de ventanas en la parte delantera, a través de las
cuales se veían luces azul-blancas. De pronto, aparecieron luces rojas a
ambos lados. En aquel momento, mi marido estaba en plena carretera,
observándolo cuidadosamente. Vio alas que sallan de cada lado y las
luces rojas estaban en los extremos de las mismas.
Según el objeto volante iba acercándose, mi marido comenzó a ver su
interior, aunque no con demasiada claridad. Vio varias figuras que
corrían de un lado a otro, como haciendo preparativos apresurados.
Una figura nos observaba desde atrás de una ventana. Desde donde
estábamos, las figuras parecían del tamaño de un lápiz, más o menos, a
la distancia de un brazo humano, y daban la impresión de llevar una
especie de uniforme negro y reluciente. En este momento, mi marido se
sintió poseído de pánico y volvió al coche, histérico, riendo y repitiendo
que iban a capturamos. Puso en marcha el coche, cuyo motor no había
parado, y en cuanto nos pusimos en movimiento oímos unos sonidos
como zumbidos algo así como «bip-bip», que parecían proyectados
contra la parte trasera del coche.
No vimos levantarse el objeto, pero tampoco volvimos a verlo, aunque

www.lectulandia.com - Página 41
a unos cincuenta kilómetros más al Sur fuimos bombardeados de nuevo
por aquellos sonidos.
Al día siguiente, informamos a un oficial de las Fuerzas Aéreas, quien
pareció muy interesado por los detalles de las alas y las luces rojas. No
le comunicamos lo que mi marido había visto en el inferior del objeto,
por parecemos demasiado fantástico.
Ahora, estamos buscando cualquier pista que ayude a mi marido a
recordar qué fue lo que vio que le causó tanto pánico. Sobre esto, él no
recuerda nada en absoluto. Todos los esfuerzos que hace por recordar
lo dejan muy asustado. Este objeto volante era, por lo menos, tan
grande como un cuatrimotor, volaba en completo silencio y las luces
del interior no se reflejaban en la tierra. No parece que los sonidos
«bip-bip» hayan causado desperfecto alguno en nuestro coche.
Esta experiencia nos ha asustado mucho a los dos, pero al mismo
tiempo nos ha fascinado. Sentimos grandes deseos de volver al lugar
donde ocurrió, por si así podemos establecer contacto de nuevo con el
objeto. Comprendemos que la posibilidad es pequeña y que mejor sería
informarnos de cuanto se haya sabido sobre este tema en los últimos
seis años. Por cualquier libro que usted nos recomiende le quedaremos
muy agradecidos. Su libro nos ha sido muy útil y nos ha dado la
seguridad de que no somos los únicos que han sufrido tan interesante y
aleccionadora experiencia.
Suya afectísima.

Firmado: BETTY HILL

A medida que iba creciendo la seguridad íntima de Betty Hill, gracias al estudio
de las publicaciones del Comité del comandante Keyhoe, crecía también su deseo de
revelar más detalles. Por primera vez, se atrevió, en esta carta que reproducimos, a
mencionar lo que le había dicho Barney sobre las figuras vivas del interior del objeto
volante, aunque éste se lo permitió muy a regañadientes. La tendencia de Betty a
desahogarse revelando cuanto pensaba sobre el incidente les fue muy útil, porque
Barney acabó por comprender que tratar de suprimir los hechos podría ser incluso
perjudicial para su equilibrio mental.
Unos diez días después del incidente, Betty comenzó a tener una serie de sueños
muy vívidos. Continuaron durante cinco noches consecutivas. Era la primera vez su
vida que recordaba sueños con tanto detalle e intensidad. Dominaron toda su vida
diurna durante aquella semana y continuaron obsesionándola después, aunque al cabo
de cinco días cesaron bruscamente para nunca más volver. Eran tan terribles y de tal
magnitud que no se atrevía a contárselos ni siquiera a Barney, que había tenido que

www.lectulandia.com - Página 42
trabajar durante aquellas cinco noches, no estando, por tanto, con ella cuando los
sueños tuvieron lugar. Betty acabó por hablarle de sus pesadillas; Barney se mostró
solícito, pero no dio demasiada importancia al asunto, de modo que no se volvió a
hablar de él y Betty tampoco volvió a mencionarlo.
Algunas semanas más tarde, tuvo lugar otro incidente desconcertante que ni
Barney ni Betty consiguieron explicarse. Iban en coche por los alrededores de
Portsmouth, por una carretera que cruzaba una zona muy poco poblada. Frente a
ellos, vieron un automóvil inmóvil que obstruía el paso. Un grupo de gente estaba
junto al coche y Barney comenzó a aminorar la velocidad, para evitar un accidente.
De pronto, Betty se sintió dominada por el miedo. No consiguió explicar el
motivo, ni siquiera a sí misma.
—¡Barney! —dijo—. Barney, no pares, por favor, no vayas más despacio, ¡sigue,
sigue!
Y ella misma, como sin darse cuenta, se puso a abrir la portezuela del lado donde
estaba sentada, dominada por un impulso casi incontrolable de bajarse de un salto y
echar a correr.
Barney pareció sobresaltado y quiso saber qué le pasaba. Betty estaba al borde del
pánico. Sin hacer más preguntas, Barney aceleró cuanto le fue posible, aunque la
carretera estaba llena de gente, y Betty no tardó en recobrar el equilibrio mental. Lo
que le preocupó en este caso fue que ella no era temperamental en circunstancias
normales; hasta entonces, nunca había experimentado aquella sensación. El impacto
de este inexplicable incidente persistió en ambos durante muchos días, como también
persistió en Betty el efecto de sus pesadillas.
Advirtiendo que Barney estaba tratando de apartar definitivamente de su mente el
incidente del objeto volante no identificado, Betty se abstuvo de hablar con el de sus
pesadillas. Pero comenzó a contárselas a algunos amigos íntimos, uno de los cuales,
que se dedicaba, como ella, a obras sociales, le dijo que debía escribir aquellos
sueños. Pensando que quizás así se aliviasen algo sus preocupaciones, Betty siguió
este consejo.
Lo sueños eran inusitados, tanto en cuanto al tema como en cuanto a los detalles.
Revelaban que Betty había encontrado un extraño obstáculo en una solitaria carretera
de New Hampshire y que un grupo de hombres se había acercado al coche. Los
hombres todos iban vestidos igual. Cuando llegaron al coche, Betty había caído en un
estado de inconsciencia. Cuando se despertó, vio que Barney y ella eran llevados a
bordo de un vehículo completamente insólito, dentro del cual Betty tuvo que
someterse a un concienzudo reconocimiento físico llevado a cabo por seres
humanoides inteligentes. A Barney se lo llevaron por un pasillo que rodeaba todo el
vehículo, indudablemente para someterle a un reconocimiento parecido. En el sueño
se aseguraba a ambos que no sufrirían daño alguno y que volverían a ser puestos en
libertad sin que en sus memorias quedase recuerdo consciente de tan extraño suceso.
Betty escribió sus sueños con todo detalle, con una minuciosa descripción del

www.lectulandia.com - Página 43
vehículo y de los seres humanoides.
Este escrito iba a tener importancia en lo que sucedió dos años después,
importancia que ella ahora no podía prever a causa de la perplejidad que le había
producido el incidente que había sufrido en compañía de su marido.

www.lectulandia.com - Página 44
CAPÍTULO III

El 19 de octubre de 1961, Walter Webb, profesor del «Planetarium» de Hayden,


Boston, echó una ojeada al correo de la mañana y vio una carta de Richard Hall,
secretario entonces y actualmente subdirector del Comité Nacional de Investigación
de Fenómenos Aéreos, en Washington. Como asesor científico del Comité, Walter
Webb investigaba a veces los informes más serios y fidedignos de apariciones de
objetos volantes no identificados que llegaban de Nueva Inglaterra, y preparaba
documentos detallados para que los estudiasen en Washington, si el caso lo merecía.
Con la carta de Hall, llegaba copia de la que Betty Hill había escrito al comandante
Keyhoe; Hall indicaba a Webb la conveniencia de recorrer en coche los cientos
treinta kilómetros que hay del norte de Boston a Portsmouth, para investigar aquel
caso sobre el terreno.
Webb, que había entrado a formar parte del Observatorio Smithsoniano
Astrofísico, en Cambridge, Estado de Massachusetts, poco después de haber salido de
la Universidad, en 1956, había estado interesándose por la cuestión de los objetos
volantes no identificados desde 1951, cuando, siendo asesor en un campamento de
muchachos en el Estado de Michigan, había visto uno mientras estaba adiestrando a
unos muchachos en el empleo del telescopio. Aunque, por causa de su trabajo en el
programa de localización de satélites del Observatorio Smithsoniano, había tenido
que pasarse meses enteros fotografiando satélites contra un telón de fondo de estrellas
desde una montaña volcánica en Hawái durante el Año Geofísico Internacional, él
personalmente, no había tenido hasta entonces la oportunidad de observar ningún otro
objeto volante no identificado desde aquel que vio con el telescopio en el
campamento de muchachos; aunque había quedado totalmente convencido de que
tales objetos existían, el intenso interés que sentía ahora por ellos databa del verano
de 1952, cuando tuvo lugar en Washington una serie de apariciones que luego se hizo
famosa y que fue registrada por varias centrales de radar y confirmada por
observadores competentes, tanto en el aire como desde tierra. La aviación
norteamericana ocultó en seguida muchos detalles de este suceso, haciendo también
imposible cualquier investigación seria del fenómeno. La aparición observada por
Webb en compañía de sus muchachos coincidía en sus principales detalles con
muchas otras comunicadas al Comité. Era una serena noche de verano, y los tres
miembros del grupo vieron un objeto anaranjado que iba de Este a Oeste, sobre las
colinas situadas al Sur, más allá del Big Silver Lake, en Michigan. Al principio,
sospecharon que quizá se tratase de un avión corriente, pero sus movimientos
rompían todas las leyes de la aerodinámica: el objeto se movía de una manera
extraña, ondulante, siguiendo una trayectoria semejante a la de la ola marina sobre las
lejanas colinas, con altibajos suaves, como dibujando el contorno de una campana a
lo largo de las cimas.

www.lectulandia.com - Página 45
La primera reacción de Webb ante la carta de Richard Hall fue de recelo. En aquel
caso, se mencionaba a seres vivos que se movían en el interior del vehículo, y Webb
se mostraba escéptico sobre este tipo de informes. Anteriormente, había habido una
serie de historias de este tipo, todas ellas procedentes de gente completamente
irresponsable, incapaz de aducir documentación racional alguna y que insistía en
hablar de tales incidentes de la manera más exagerada. Webb había decidido no
participar en ninguna de aquellas farsas.
Fue, sin embargo, a Portsmouth el 21 de octubre de 1961, aunque seguía
mostrándose escéptico. Sopesaba el carácter sensacional de la historia de los Hill y la
posibilidad de que buscasen publicidad, estuviesen de broma o sufriesen
aberraciones. Por otra parte, pensaba que la carta de Betty Hill parecía de persona
culta y tenía todo el aire de ser la narración sincera y directa de una experiencia
aterradora, que les había sucedido a dos personas. Se abstendría de juzgar hasta
después de la entrevista, que, según Webb decidió, sería concienzuda e implacable,
poniendo especial cuidado en cogerles en contradicciones y faltas de lógica. Como
estaba seguro de que conseguiría ponerles en evidencia si habían inventado la
historia, no vacilaría en hacerlo si veía la menor posibilidad de ello.
Llegó a la casa de los Hill hacia el mediodía. Barney experimentó cierto alivio al
ver que el visitante era un hombre inteligente que no trataría de ponerles en ridículo y
que mostraba verdadero interés por conocer los detalles del incidente. Barney había
llegado a una tesitura en que le repugnaba oír la expresión «platillo volante», aunque
las referencias de Webb a «objetos volantes no identificados» le resultaban tolerables.
Más aún, esperaba aprender de Webb más detalles sobre ese tema, conseguir, quizás
así, alguna respuesta, por vaga que fuese, al misterio que todavía le inquietaba. A
Betty, Webb le pareció un profesional ducho y experimentado en el arte de interrogar
a la gente.
La entrevista comenzó poco después del mediodía y continuó, apenas sin
interrupciones, hasta las ocho de la noche.
—Quedé tan asombrado e impresionado por Barney y Betty Hill y por lo que me
contaron —dijo más tarde Walter Webb—, que nos olvidarnos del almuerzo y
seguimos trabajando sin parar durante toda la tarde y el comienzo de la noche. Les
interrogué primero juntos, luego, por separado, y, después, juntos otra vez; volví a
repetir los interrogatorios una y otra vez, traté de hacerles tropezar en algún detalle,
pero me fue imposible, sencillamente imposible. Su historia no tenía fallos. Me
parecieron una pareja sincera y veraz, que volvía a casa de un pequeño viaje de
placer, muy tarde, por una carretera desierta, cuando, de pronto, descendió sobre ellos
algo completamente desconocido e inidentificable. Algo completamente ajeno y
extraño a sus vidas.
Los Hill dieron a Webb diseños que, aunque habían sido hechos separadamente
por ambos, eran idénticos. A medida que iba terminando la entrevista, Barney sintió,
casi sin advertirlo, que estaba reviviendo el incidente. Se veía en pie en plena

www.lectulandia.com - Página 46
carretera, frente al enorme objeto.

—Fue un duro interrogatorio —dice Barney, cuando describe su entrevista con


Webb—. Comenzó haciéndonos preguntas y pasando revista con todo detalle a
nuestra experiencia. Primero, tuvimos que contarle la historia propiamente dicha.
Luego, quiso volver sobre ella y ampliar determinados puntos, de modo que salieran
a relucir los detalles. Entonces, tropezamos con esa cortina que me oculta lo que
ocurrió después de llevarme los binóculos a los ojos; es allí donde me atasco. Esta
vez, como todas las anteriores que he tratado de reconstruir el incidente, me fue
imposible seguir adelante; me invadió una sensación helada, como mágica, como
cuando uno está solo en el cine: viendo una sesión nocturna. Sentí los escalofríos que
se experimentarían al ver un fantasma errando por la casa encantada. Siempre
experimentaba un estremecimiento al llegar a ese momento, igual durante la
entrevista con Webb que cuando lo reconstruía a solas. Me estremecía y me ponía a
mirar a mi alrededor, en la estancia, aunque estaba seguro y cómodo en mi propia
casa.
Walter Webb llevaba consigo un mapa y lo utilizó cuidadosamente para
reconstruir el horario del viaje de los Hill. Por la razón que fuese, los Hill, aunque
hablaron a Webb con todo detalle sobre los círculos relucientes que habían
encontrado en su automóvil, se olvidaron de enseñárselos, y a Webb también se le
olvidó recordarles que quería verlos. Ninguno de los tres se explica este descuido,
aunque Webb dijo:
—He tratado de recordar si llegué a ver esos círculos plateados que los Hill dicen
haber visto en su coche inmediatamente después del incidente, pero no me acuerdo.
Estoy seguro de que no salí a echar una ojeada al coche. Sabía lo de los círculos, de
modo que es un fallo profesional por parte mía. Quizá pensé que carecía de
importancia. De hecho, en mi primer informe sobre el caso di muy poca importancia
tanto a los círculos como a los ruidos. Los mencioné rápidamente, como si dijera:
pasa esto, pero no hagan ustedes caso. Y pasé, sin más, al detalle siguiente. No
recuerdo haber salido a comprobar su existencia.

—Si no recuerdo mal —dijo Barney, luego— lo que ocurrió es que nos metimos
en tal cantidad de detalles, como, por ejemplo, la posición de la Luna cuando nos
fijamos en ella, la localización de las estrellas y el tiempo que hacía y otras cosas por
el estilo, que se nos olvidó por completo recordar a Webb que saliera a ver los
círculos.
Al final de la sesión, Webb dijo a los Hill que lo mejor sería rehacer el viaje para
localizar el lugar exacto en que había ocurrido el suceso, las paradas que hicieron
entre Lancaster e Indian Head y el sitio exacto, cerca del torrente y de Indian Head,
donde tuvo lugar el encuentro más próximo. Los Hill accedieron, Barney perdió todo
su recelo y se mostró dispuesto a revisar el incidente sobre el terreno. Éste fue el

www.lectulandia.com - Página 47
resultado del intenso interrogatorio a que le sometió Walter Webb.
Mientras regresaba en el coche a Boston, Webb fue examinando mentalmente el
caso. Se sentía muy impresionado por lo que había oído. Sus temores de que se
tratase de una broma o de aberración se habían desvanecido, así como sus recelos
sobre la sinceridad de los Hill. «Ya había leído casos como aquél —dijo Webb más
tarde— pero aquélla fue la primera vez que veía las caras de gente fidedigna que
aseguraba haber visto a los tripulantes de un objeto volante no identificado.
Naturalmente, en estos casos hay que andarse con mucho cuidado; con muchísimo
cuidado. Lo que más me impresionó fue que los Hill trataban de quitar importancia a
los aspectos más sensacionales del incidente. No era publicidad lo que buscaban.
Querían que yo les guardase el secreto de todo esto, que sólo se lo comunicara al
Comité. Y la actitud incrédula de Barney ante la posibilidad de que existieran objetos
volantes era muy convincente. Aquí hay dos personalidades distintas: Barney,
persona sumamente cuidadosa, científica y veraz, y Betty, que es quien lleva la voz
cantante. Pero tampoco ella trató de exagerar».
Cinco días después, Webb preparó un informe para el Comité, en Washington,
revisando el incidente con el más minucioso detalle, citando las direcciones de la
brújula, la posición de la Luna y los planetas, y el tiempo que hacía y describiendo
cuidadosamente el objeto volante; junto con el informe, envió los esbozos que le
habían dado los Hill.

El informe, que era largo, terminaba así:

Mi opinión después de interrogar a esta pareja durante más de seis


horas y de estudiar sus reacciones y caracteres, es que contaban la
verdad y que el incidente ocurrió exactamente como ellos me lo
contaron, excepto ciertos puntos dudosos de poca importancia y
algunos detalles técnicos en los que es imposible ser exacto siempre
(por ejemplo, la hora exacta, la visibilidad, el tamaño aparente del
objeto y sus tripulantes, distancia y altura del objeto, etcétera). Aunque
sus respectivas profesiones no les han preparado para observar las
cosas científicamente, quedé impresionado por su inteligencia,
aparente sinceridad y evidente deseo de dar los datos con exactitud y
de quitar importancia a los detalles más sensacionales de su
experiencia. Por lo que se refiere a los objetos volantes no
identificados, Barney Hill había sido un completo escéptico hasta que
apareció el que nos ocupa. De hecho, esta experiencia ha
desconcertado de tal manera su razón y su sensibilidad, que su mente,
indudablemente, está ahora tratando en vano de reajustarse. En la
conversación que sostuvo conmigo (y en las que ha tenido con su mujer
desde el incidente) sufría como una amnesia siempre que mencionaba

www.lectulandia.com - Página 48
al «jefe» que le miraba desde detrás de la ventana. Asegura que no
estaba lo bastante cerca para ver los rasgos faciales de aquellos seres,
aunque dijo que uno de ellos había vuelto la cabeza por encima del
hombro, sonriéndole, y que «el rostro del jefe era inexpresivo». A pesar
de todo, mi opinión es que esta amnesia de Barney no tiene mucha
importancia (más adelante, esto fue puesto seriamente en duda). Creo
que la experiencia, en su conjunto, fue tan fantástica e increíble para el
mismo que la sufrió, y a esto hay que añadir el miedo muy real y
tangible a ser capturado, que, sumándose a otros miedos imaginarios,
ha forzado a su mente a negarse a creer lo que vieron sus ojos, de
donde ha resultado una especie de amnesia. Cómo es de suponer, ni
Barney ni su esposa dudan ya de la existencia de los objetos votantes
no identificados. Ambos se muestran ahora sumamente interesados por
este tema y quiero saber más sobre él; leen cuanto pueden. Hacia el
final de nuestra entrevista, me hicieron muchas preguntas sobre la
posible naturaleza y origen de esos objetos…
Conviene tener en cuenta que no se produjeron desarreglos
electromagnéticos, como, por ejemplo, fallos del motor o de los faros
(como suele ocurrir en ciertos informes de observación próxima de
objetos votantes no identificados). Sin embargo, los sonidos «bip-bip»,
que parecen una especie de clave, y su impacto contra la parte trasera
del coche (un modelo no descapotable de 1957, con dos puertas) son un
detalle inexplicado de este caso. Los testigos tampoco notaron ningún
efecto fisiológico, como calor, quemaduras, parálisis o conmociones
mentales o nerviosas. El perro no pareció alarmarse en ningún
momento durante el incidente (a los Hill, en este punto, se les había
olvidado mencionar a Webb la extraña conducta de Delsey en varios
instantes). No había ningún otro objeto volante en el cielo. Añadiré,
aunque no guarda relación con el caso que nos ocupa, que el incidente
tuvo lugar un día antes de que las lluvias y vientos del huracán llamado
«Ester» cayesen sobre Nueva Inglaterra. En New Hampshire ha habido
bastantes informes sobre objetos volantes no identificados en estos
últimos años. Por ejemplo, en 1960, nuestro Comité registró siete
apariciones, seis de las cuales tuvieron lugar en la zona, de White
Mountains, sobré todo, en torno a Plymouth. Es particularmente
interesante recordar los objetos en forma de cigarro puro vistos en
abril, dos veces desde Plymouth (el 15 y el 25) y, una vez, desde West
Thornton (el 28). Consulten el Boletín Especial del Comité Nacional de
Investigación de Fenómenos Aéreos de mayo de 1960, página cuatro.
Otro «cigarro puro» fue visto en la misma zona, cerca de Rumney, el 24
de agosto. Véase el documento del caso en los archivos del Comité

www.lectulandia.com - Página 49
[…].
Hará unos ocho años, la hermana de Betty Hill, Janet, iba en coche de
Kingston, New Hampshire, a Haverhill, Massachusetts, por la carretera
125, cuando vio, cerca de Plaistow, New Hampshire, un objeto grande
y reluciente en el cielo, y otros menores que volaban en torno a él.
Corrió a una casa cercana e hizo ver a otras personas aquella extraña
aparición. Todos ellos vieron cómo los objetos menores entraban en el
más grande, que, entonces, ganó altura y desapareció.

N. W. N. WEBB, 26 de octubre de 1961

En su calidad de asesor científico del comité, Webb conocía bien los archivos de
esta organización y, naturalmente, tenía acceso a ellos. Bajo la dirección del
comandante Keyhoe, que ha estudiado en la Academia Naval Norteamericana y ha
sido piloto del Cuerpo de Marina, la organización insiste continuamente en declarar
que nunca acepta informes absurdos sobre objetos volantes no identificados y que
tiene dadas órdenes a sus representantes regionales de que procuren desacreditar
sistemáticamente todos los casos que les son presentados. Siempre que es posible, el
Comité sólo concentra su atención en informes procedentes pilotos, técnicos de radar,
policías, maquinistas, técnicos de todas clases y ciudadanos competentes y
responsables. La lucha del comandante Keyhoe contra el obstruccionismo de la
aviación dura ya más de una década. En el curso de sus investigaciones. El comité
recibe más de cuarenta mil cartas al año, muchas de las cuales son informes sobre
nuevas apariciones que tienen lugar continuamente por todo el país y en el mundo
entero.
Comenzando en la primavera de 1965, cuatro años después del incidente de los
Hill, estos informes de vuelos bajos y semiaterrizajes de objetos volantes no
identificados aumentaron de tal manera que la organización se vio abrumada por la
documentación que recibió sobre estos fenómenos. En las apariciones ocurridas en
Oklahoma, Texas y Nuevo México durante el mes de agosto de 1965 estuvieron
mezclados casi cuarenta miembros de la Patrulla de Autopistas Estatales, cuyos
teletipos, durante tres noches seguidas, no hicieron otra cosa que cursar mensajes
sobre objetos volantes no identificados, enviados por oficiales de la Patrulla y por
ciudadanos fidedignos; estos informes fueron corroborados por las centrales de radar
de las Bases Aéreas de Carswell y Tinker. En Exeter, New Hampshire, dos policías
veteranos encontraran un enorme objeto volante no identificado que volaba a poca
altura, tan bajo, que uno de los agentes se bajó de la motocicleta y sacó, la pistola.
Durante el otoño y el invierno de 1965 a 1966, cientos de personas de esa zona
comunicaron experiencias parecidas, que fueron documentadas con interrogatorios
registrados en cinta magnetofónica; de todo ello resultaron pruebas abrumadoras de la
existencia de esos objetos.

www.lectulandia.com - Página 50
Las apariciones que tuvieron lugar en el Estado de Michigan, en marzo de 1966,
en las que estuvieron complicados policías y cientos de testigos veraces, pusieron este
problema sobre el tapete de la actualidad más candente, llegando el senador
republicano Gerald Ford a pedir una investigación a fondo del Congreso
norteamericano. Las declaraciones del doctor J. Allen Hynek, presidente del
departamento de Astronomía de la Universidad del Noroeste y director del
Observatorio de Dearborn, fueron tergiversadas por la prensa; los periódicos dijeron
que el doctor Hynek creía que, según sus investigaciones, estas apariciones de objetos
volantes podrían ser resultado de combustiones espontáneas de gas metano, pero lo
que él había dicho en realidad era que dos de las apariciones podían ser atribuidas a
este fenómeno, pero que estos dos casos concretos no explicaron, ni mucho menos,
los cientos de apariciones notificadas por gente digna de toda confianza, que
continuaban produciéndose en el mundo entero. En sus declaraciones, el doctor
Hynek dijo que convenía formar cuanto antes un comité de hombres de ciencia que
estudiase a fondo esta cuestión, mas esto fue omitido por casi todos los periódicos.
Pero cuando Walter Webb, en 1961, estaba tratando de completar el rompecabezas
que era para él el caso Hill, ninguna de estas pruebas recientes y sorprendentes había
salido aún a la luz pública, aunque había miles de otros casos en los archivos, no tan
bien conocidos del público en general porque la prensa se mostraba reacia a
publicarlos y porque la reacción contra el secreto de que las Fuerzas Aéreas
norteamericanas quería rodearlos aun no era tan fuerte.
Webb conocía también las investigaciones del Comité Nacional de Investigación
de Fenómenos Aéreos, con sede en Tucson, Estado de Arizona, otro grupo no
comercial, con tendencia a tomar más en serio la posibilidad de que seres inteligentes
tripulasen objetos volantes no identificados que se cernían a poca altura o incluso
aterrizaban. APRO, como se llama, en forma abreviada, esta organización, está
dirigida por L. J. Lorenzen, ingeniero del Observatorio Nacional de Kitt Peak,
Tucson. Entre sus asesores están el doctor Frank Salisbury, profesor de Fisiología
Vegetal de la Universidad estatal de Colorado; el doctor R. Leo Sprinkle, profesor
adjunto de Psicología de la Universidad de Wyoming; H. C. Dudley, presidente y
profesor de Física de la Universidad del Mississippi Sur; el doctor James A. Harder,
profesor asociado del Colegio de Ingeniería de la Universidad de California, en
Berkeley, y otros.
El doctor Dudley dijo en cierta ocasión: «Mi opinión es que debemos sentir cierta
curiosidad científica para ver lo que haya de físico en los fenómenos que tanta gente
llama con el nombre de “objetos volantes no identificados”. Decir que todos estos
fenómenos son aberraciones psicológicas es una estupidez. Estamos ante una serie de
fenómenos físicos que necesitan explicación. Por lo tanto, lo mejor es profundizar en
el problema con buena fe y de manera científica. Que los datos de que disponemos
nos den la respuesta que buscamos».
El doctor Harder, de la Universidad de California, añadió:

www.lectulandia.com - Página 51
—Creo que las pruebas de que disponemos sobre la existencia de objetos volantes
no identificados son más que suficientes para disipar cualquier duda razonable, y que
el fenómeno merece la atención del mundo científico, a pesar de organizaciones de
lunáticos que tienden a desacreditarlo.

Entre los organismos con los que están asociados los miembros de la APRO
podemos citar los siguientes: la Sociedad Física Norteamericana, la Asociación
Psicológica Norteamericana, la Fundación Nacional de Ciencia, el Instituto de Salud
Pública y la NASA.
Entre los informes de la APRO (documentados en el libro de Coral Lorenzen,
titulado The Great Flying Saucer Hoax [La gran broma de los platillos votantes],
editorial William Frederick, 1962), Walter Webb halló una serie insólita de
fenómenos investigados por el doctor Olavo Fontes, en Brasil. El doctor Fontes,
representante de la APRO en ese país, es doctor en Medicina y primer vicepresidente
cíe la Sociedad Brasileña de Gastroenterología y Nutrición. Webb descubrió en los
informes enviados por el doctor Fontes que en Punta Porá, Brasil, habían tenido lugar
varias apariciones de objetos volantes no identificados durante un período de dos
meses y medio, de diciembre de 1957 a marzo de 1958. Estos fenómenos interesaron
a Webb en relación con el caso Hill, por la tendencia persistente de los objetos
volantes mencionados en ellos a seguir la pista a individuos y vehículos, más o menos
como el que había seguido al coche de los Hill, en New Hampshire. En su mayoría,
los objetos vistos en Brasil tenían forma parecida a la del planeta Saturno, cosa que
ocurra con frecuencia en casos de apariciones de objetos volantes no identificados,
aunque las formas de cigarro puro y platillo sean más frecuentes. Durante estos dos
meses y medio, los objetos que aparecieron en Brasil persiguieron con extraños
zumbidos a coches y a camiones, casi siempre por carreteras desiertas de los
alrededores de Punta Porá. La forma de conducirse de estos objetos indujo a pensar
que lo que querían sus tripulantes era descubrir la reacción de los seres humanos ante
su proximidad. El primer incidente registrado tuvo lugar cerca de Punta Porá, en la
frontera del sudoeste del Brasil, territorio que es una meseta cubierta de bosques y
conocida por el nombre de Mato Grosso. Ocurrió, aproximadamente, a las seis y
treinta minutos de la tarde del 21 de diciembre de 1957; una granjera, su criada y
conductora y sus tres hijos pequeños iban en un jeep a la ciudad. Dos objetos
relucientes, que volaban juntos, se les acercaron y se deslizaron a un lado de la
carretera; oscilaban de una manera extraña. Parecían esferas metálicas, de unos cinco
metros de diámetro, rodeadas de un anillo giratorio. La parte superior de estos objetos
era de un rojo llameante; la inferior, de un blanco plateado. Ambos relucían
cegadoramente, pero con intensidad variable. Durante dos horas, ambos objetos
siguieron al jeep, adelantándosele y rodeándole, luego, repetidas veces. Las dos veces
que el jeep se paró, uno de los objetos descendió hasta casi tocar el suelo, mientras
que el otro se cernía a cierta altura. Cuando el jeep llegó a la ciudad de Punta Porá,

www.lectulandia.com - Página 52
ambos objetos se elevaron a gran altura y desaparecieron.
El 19 de febrero, dos apariciones tuvieron lugar cerca de la ciudad; una de ellas, a
las cuatro de la madrugada, y la otra, a las diez y media de la noche. La de madrugada
tuvo por blanco a la misma familia, pero, esta vez, el objeto descendió hasta casi
tocar la carretera y se situó delante del jeep, mientras su reluciente color rojo
disminuía y se volvía de un color plateado. Los que estaban en el jeep se asustaron
igual que Barney Hill en el campo, cerca de Indian Head, ya que temían ser
capturados de un momento a otro. El jeep dio la vuelta y volvió a toda velocidad a
Punta Porá, donde el objeto ascendió de nuevo a gran altura y se cernió sobre la
ciudad durante media hora más. Otros seis testigos se subieron a dos jeeps y fueron al
trecho solitario de la carretera donde él objeto volante había sido visto por primera
vez. El objeto les siguió, pero manteniéndose a distancia, de nuevo a gran altura, A
las seis de la madrugada, se elevó a extraordinaria velocidad y desapareció en
seguida. Aquella noche, cuatro de los ciudadanos más respetables de la ciudad (un
profesor, un estudiante de derecho, un notario y un funcionario fiscal) fueron al punto
de la carretera donde el objeto volante se había cernido a tan poca altura. A las diez y
treinta minutos, el objeto brillante y rojizo descendió hacia ellos, oscilando de un lado
al otro. Pero apareció otro objeto semejante, como para unirse a él y entonces el
grupo se asustó y volvió rápidamente a la ciudad.
El 3 de marzo, ocurrió un incidente parecido: el objeto acabó por cernerse sólo a
unos metros de altura, en plena carretera y delante del jeep. Cuando el conductor trató
de atropellarle, el objeto se elevó de súbito y desapareció. (Es interesante mencionar
que más de una docena de incidentes sorprendentemente parecidos a éstos fueron
observados en Exeter, Estado de New Hampshire, y en muchos otros lugares de los
Estados Unidos, entre 1965 y 1966).

Lo que interesaba a Webb era que estas historias, y otras muchas como éstas,
sacadas de los archivos del Comité Nacional de Investigación de Fenómenos Aéreos
y la APRO, guardaban mucha semejanza con el caso Hill, aunque habían ocurrido en
diversas partes del mundo y a personas que no se conocían entre sí, ni se habían
comunicado sus experiencias.
El 2 de noviembre de 1961, Webb escribió a los Hill agradeciéndoles su
cooperación e indicando que había enviado un extenso informe al comité. Ninguno de
los tres sospechaba entonces que iba a, haber otro informe más extenso aún, obra
también de Webb y muy superior en interés e importancia.

Aproximadamente un mes antes de que Webb enviara su informe al comité,


Robert Hohman, escritor especializado en temas científicos y de ingeniería, empleado
en una de las empresas más importantes de la industria electrónica norteamericana, y
C. D. Jackson, ingeniero de la misma compañía, fueron a Washington con objeto de
asistir al duodécimo Congreso Astronómico Internacional. Ambos trabajaban en

www.lectulandia.com - Página 53
asuntos relacionados con el programa de exploración del espacio exterior y
preparaban un informe sobre tres investigadores: Nikola Tesla, David Todd y
Marconi, el padre de la Radio. En su informe, examinaban los datos experimentales
en que habían basado sus investigaciones estos hombres de ciencia y respondían a
esta pregunta, formulada por el director de Investigación de Defensa e Ingeniería:
«¿Qué investigaciones se llevan a cabo para seguir ampliando los adelantos
científicos del pasado… y para evitar innecesarias repeticiones?». El informe
demostraba con pruebas y razonamientos deductivos que Tesla, Todd y Marconi
habían observado en el laboratorio datos y fenómenos relacionados entre sí, que
parecían indicar que se habían recocido comunicaciones interplanetarias entre 1629 y
1924. Mostraban, también, que, durante este mismo período, el teórico ruso
Konstantin Tsiokovski dedujo la existencia de un tipo de inteligencia existente
independientemente de cualquier influencia terrestre. El informe examinaba la
posibilidad de señales de radio idénticas en nuestra época, procedentes de Tau Ceti,
un cuerpo celeste situado a unos 11,8 años luz de distancia de la Tierra.
Por ser técnicos y por estar ocupados en trabajos científicos muy avanzados, tanto
Hohman como Jackson sentían gran interés por los datos existentes sobre objetos
volantes no identificados acumulados en los archivos del comité; por ese motivo,
comieron un día con el comandante Keyhoe durante el Congreso Astronáutico. A
Hohman se le ocurrió decir al comandante que, últimamente, no había oído
mencionar muchos incidentes relacionados con esos objetos, y preguntó si el
fenómeno no estarla perdiendo frecuencia. Entonces, el comandante les habló de la
carta que el matrimonio Hill había enviado al comité, uno de los casos más
interesantes que se habían presentado desde hacía tiempo. Inmediatamente, Hohman
y Jackson mostraron interés, pero la historia parecía tan increíble que la aceptaron
con ciertas reservas. Por otra parte, si en aquella historia había algo de verdad, ellos
querían investigarla con absoluta buena fe.
Durante varias semanas, discutieron la idea y, por fin, se pusieron en contacto con
Walter Webb, que ya había terminado su informe. Les envió una copia, que ellos
estudiaron cuidadosamente. Conocedores de la fama de exacto y veraz que tenía
Webb, el informe les impresionó profundamente. Su estudio del carácter y de la
competencia del matrimonio Hill les indujo a poner en seguida en práctica su idea; el
3 de noviembre de 1961, escribieron la siguiente carta a los Hill:

Señores, Hill.
Muy señores nuestros:
Les escribo esta carta para presentar al señor. C. D. Jackson y para
presentarme, también, a mí mismo. El motivo que nos induce a ello es
el interés que tenemos en su reciente experiencia del 19 al 20 de
septiembre de 1961.

www.lectulandia.com - Página 54
El comandante Donald Keyhoe, con quien almorzamos durante el
Duodécimo Congreso Internacional Astronáutico, que tuvo lugar en
Washington del 4 al 5 de octubre de 1961, nos habló de la participación
de ustedes en este suceso. También la conocemos, de manera más
específica, por mediación de Señor Webb, representante del Comité
Nacional de Investigación de Fenómenos Aéreos, en la zona de Boston.
Aunque lo que principalmente nos interesa de esta cuestión es tratar de
aclarar el origen de esos objetos volantes de acuerdo con la teoría del
profesor alemán Hermann Oberth, intentamos también, como es
natural, comprender el significado del fenómeno en general. Su
reciente experiencia quizá podría sernos útil a este respecto.
El señor Jackson y yo querríamos visitarles a ustedes dónde y cuándo
les resulte más cómodo. Somos gente madura, especialistas de una
importante empresa electrónica y de ingeniería. Nuestras preguntas
serán objetivas. Por haber manejado toda clase de literatura militar no
secreta relacionada con este tema desde 1947, quizá podremos
responder satisfactoriamente a cuantas preguntas deseen hacernos, al
mismo tiempo que llevarnos a cabo nuestras investigaciones sobre su
caso.
En principio, podríamos visitarles en Portsmouth, New Hampshire,
durante la semana que comienza el 13 de noviembre de 1961; a ser
posible, preferiríamos que fuese el 18 y el 19 de esa semana.
Suyo afectísimo,

ROBERT H. HOHMAN

Hohman y Jackson vieron por fin a los Hill en la casa de éstos, en Portsmouth,
una semana después de la fecha sugerida por ellos. Llegaron el 25 de noviembre con
objeto de pasar revista a la extraña experiencia nocturna. También estaba allí de visita
el comandante James McDonald, oficial de las Fuerzas Aéreas norteamericanas, que
acababa de retirarse del servicio activo y era amigo íntimo del matrimonio. Más
adelante, en 1962, Barney y Betty Hill asistieron, en calidad de testigos, a la boda del
comandante con una de las mejores amigas de Betty, que se dedicaba, como ella, a
obras sociales. Cuando el comité decidió investigar de nuevo el carácter y la
honradez de los Hill, el comandante McDonald respondió por ellos sin reservas.
El grupo (Betty y Barney Hill, Robert Hohman, C. D. Jackson y el comandante
McDonald) celebró una larga sesión, que comenzó al mediodía y duró casi hasta
medianoche. Los Hill quedaron impresionados por la actitud eficiente y profesional
de Hohman y Jackson, y Barney pensó de nuevo, con sorpresa, en la importancia que
se daba a un tema sobre el que él aún tenía sus dudas, a pesar de su propia y

www.lectulandia.com - Página 55
traumática experiencia.

Hohman y Jackson les interrogaron sobre muchos detalles de su caso que dejaron
perplejo a Barney; le sorprendió, sobre todo, que le preguntaran si había nitrato o
algún derivado nítrico en el coche.
—Lo único que se me ocurrió que pudiera tener que ver con el nitrato —
explicaba Barney más tarde— era pólvora. En el coche tenía alrededor de una docena
de balas que me quedaban de un viaje que hice al Sur, donde estuve haciendo
ejercicios de tiro al blanco en la finca de mi tío. Pero aparte de esto, no se me ocurrió
nada. Me dijeron que el motivo de la pregunta obedecía a que varios casos de
apariciones próximas de objetos volantes no identificados habían tenido lugar en
zonas rurales, donde la gente estaba expuesta al contacto con nitratos o abonos
nítricos; entonces, recordamos que Betty había dejado el abono de huesos molidos en
el coche, antes de emprender el viaje y, luego no se preocupó de sacarlo. ¿Quién
sabe? Quizá tenga importancia, quizá no la tenga. Resultó gracioso que fueran ellos
quienes lo mencionasen, cuando a nosotros se nos había olvidado por completo. Nos
hicieron, también, una serie de preguntas que me dieron que pensar, como, por
ejemplo, si teníamos algo nuevo en el coche, algún objeto nuevo que hubiese
desaparecido. Por lo visto, se habían recibido informes de personas que entraron en
contacto próximo con objetos volantes y a quienes les habían desaparecido cosas
recién compradas; nos preguntaron si a nosotros nos había desaparecido algo, pero
nuestra experiencia había ocurrido hacía ya dos meses y, aunque teníamos muchas
cosas en el auto, ya no nos acordábamos.
»Otra de las preguntas que nos hicieron fue: «¿Por qué decidieron ir de viaje?».
Quizás esta pregunta no esté tan falta de base como puede parecer a primera vista.
Pensándolo un poco, no es tan absurda. Primero: no habíamos hecho preparativos
para el viaje; aquella noche, yo había ido a Boston, había hecho mi trabajo normal, y
había vuelto a Portsmouth el mismo día. Mientras trabajaba, tome la decisión de ir
con Betty a ver las cataratas del Niágara y volver, luego, por Montreal. Betty no
trabajaba aquella semana; así, pues, lo único que tuve que hacer fue pedir unos días
de vacaciones después del fin de semana. Luego, hicimos las maletas y salimos a la
mañana siguiente».

Los comentarios de Betty Hill son parecidos, a los de su marido: «Fue tan
espontáneo como les ha explicado mi esposo. No llevamos más dinero que el que
teníamos en el bolsillo. Los sábados, cierran los Bancos, de modo que ni siquiera
pudimos ir a cobrar un talón. Creo que entre los dos no tendríamos ni siquiera setenta
dólares. Así, pues, las preguntas que nos lucieron tenían interés, aunque sólo fuera
porque a nosotros ni siquiera se nos había ocurrido. Nos dieron mucho que pensar al
hablarnos de la remota posibilidad de que exista vida en Alpha Centauri o Tau Ceti,
cuerpos celestes de cuya existencia no tenía la menor idea. No creo haber oído

www.lectulandia.com - Página 56
mencionar sus nombres siquiera. Sus preguntas parecían tan alejadas del tema que
nos ocupaba que yo no veía qué relación podían guardar con nuestra experiencia. Y,
luego, nos hablaron del nitrato. En aquel momento, yo tenía muchas plantas en casa.
En el mismo cuarto de estar había un aguacate tan alto que ya tocaba el techo.
Examinaron el cuarto, miraron las plantas y me preguntaron qué tipo de abono usaba
y casas por el estilo, y mientras tanto, estaban reconstruyendo mentalmente nuestro
viaje. Uno de ellos preguntó: «¿Por qué tardaron tanto tiempo en regresar?». Dijeron:
«Fíjense, recorrieron esta distancia y tardaron tantas horas. ¿Dónde las pasaron?».
Bueno, pues cuando nos dijeron esto, creí que iba a desmayarme, me asusté y hasta
dejé caer la cabeza sobre la mesa. Empecé a recordar el viaje, recordando o tratando
de recordar aquel vago momento en que pareció que la Luna estuviese a flor de tierra.
Ellos trataron de reconstruir el horario y dijeron: «No pudieron ver la Luna a flor de
tierra, porque a esa hora…». Ambos sabían a qué hora, se había puesto la luma
aquella noche. «Se había puesto bastante pronto. Es decir, que no encajaba en nuestro
horario. Nos dijeron que comprobásemos en qué sitio se había puesto la Luna a esa
hora aquella noche, porque, al parecer, lo que vimos o creímos ver no era la luna.
Luego, se interesaron por el tiempo que faltaba. La verdad es que me quedé muy
preocupada por ello…».»
—De súbito, me sentí como petrificado —añadió Barney— cuando advertí por
primera vez, que, a la velocidad a que suelo conducir, hubiéramos debido llegar a
casa por lo menos dos horas antes. Normalmente, tardo menos de cuatro horas en
venir de Colebrook hasta aquí, y sabemos que aquella noche salimos a las diez y
cinco. Eso, aun contando con la parada que hicimos en la carretera y teniendo en
cuenta que nunca estuvimos parados más de cinco minutos. Me desconcertó pensar
que salimos de Colebrook a las diez y cinco de la noche y llegamos a casa al
amanecer, o sea, sobre las cinco de la madrugada. Es decir, que tardamos casi siete
horas en lugar de menos de cuatro. Aun suponiendo que parásemos más tiempo,
siguen sobrando dos horas.
Aquella tarde, a los ojos del grupo reunido en el cuarto de estar de los Hill, esas
dos horas se convirtieron en un misterio importante. Los Hill intentaron resolverlo,
pero lo cierto es que les fue imposible explicar que habían hecho durante ese tiempo;
tampoco recordaban lo ocurrido durante los cincuenta y seis kilómetros que hay entre
Indian Head y Ashland. Ahora, se sentían más perplejos y confusos que nunca. Por
primera vez, comprendían claramente que tenían que aceptar la existencia de un
período de amnesia simultánea, entre la primera serie de «bip-bip» contra la parte
trasera del coche y la segunda serie, que tuvo lugar cerca de Ashland, o sea cincuenta
y seis kilómetros más al Sur. Lo que preocupaba a todos era que si ya es bastante
improbable que una persona sea víctima súbitamente de un ataque de amnesia, lo es
mucho más que dos personas inteligentes la experimenten juntos y en tan fantásticas
circunstancias.
Como veterano del servicio de contraespionaje de la Aviación, el comandante

www.lectulandia.com - Página 57
James McDonald se estrujó el cerebro, buscando alguna respuesta racional. Los
objetos volantes no identificados son tema frecuente de conversación entre aviadores,
mucho más frecuente de lo que podría pensarse al leer las lacónicas declaraciones
oficiales que emanan del Pentágono. Oficialmente, la Aviación norteamericana exige
a sus oficiales que no comuniquen esos incidentes al público; cualquier información
relativa a ellos tiene que ser canalizada por el departamento tecnológico extranjero de
la Base Aérea de Wright-Patterson, Ohio; cualquier información oficial tiene que
emanar sola y exclusivamente del ministro de Aviación, en el Pentágono Pero, a pesar
de todo, muchos pilotos militares y técnicos de radar se van de la lengua, y los que
han estado en contacto directo con objetos volantes hablan de velocidades increíbles,
vueltas en ángulo recto y maniobras que ningún avión conocido podría imitar. Se
dice, incluso, que se han empleado las armas más modernas para derribar esos objetos
volantes, pero sin obtener el menor éxito.
El comandante McDonald no había tenido que ver directamente con la cuestión
de los objetos volantes no identificados durante los años en que desempeñó el cargo
de oficial de Aviación, pero los tomaba profundamente en serio. Opinaba que había
que examinar la cuestión con completa imparcialidad, juzgando cada caso según sus
circunstancias y teniendo sólo en cuenta los incidentes relatados por los mismos que
participaron en ellos. También opinaba que muchos de los informes sobre objetos
volantes no identificados eran sinceros errores del que decía haberlos observado: por
ejemplo, confundir el planeta Venus, visto a través del parabrisas, o el fuego de
Santelmo, o estrellas fugaces, con objetos volantes no identificados. Por otra parte,
comprendía también que, en muchos casos, los observadores eran técnicos de cuya
veracidad no podía dudarse, cuyos encuentros con esos objetos habían sido
claramente observados y eran inexplicables según las leyes aerodinámicas.
Comprendía la absoluta probabilidad de los fenómenos, y que los informes
fidedignos no eran ni faltos de realismo ni absurdos, como también que la existencia
de vida en otros planetas no sólo es posible, sino completamente probable. Los
programas de exploración espacial cuentan ya con la posibilidad de enviar proyectiles
a Venus y de aterrizar con éxito en la Luna, de modo que no existe motivo para que
otros no estén disponiéndose a llegar a la Tierra. Al comandante le interesó mucho el
interrogatorio de Hohman y Jackson y el cuidado que ponían en los detalles y en la
manera de formular sus preguntas. Pero lo más crítico de todo era el intervalo de dos
horas afectado por la doble amnesia: ¿Qué habría ocurrido? ¿Qué ocurrió?
Cuando la discusión se concentró en ese punto crítico, el problema se redujo a
encontrar el modo de descubrir lo que ocurrió durante el tiempo perdido, una manera
de penetrar en el tenaz telón que había comenzado a bajar cuando Barney Hill miró
con los binóculos, bajando del todo cuando sonó la primera serie de «bip-bip»
estando el coche en marcha. No sólo faltaban dos horas, sino también un trecho de
cincuenta y seis kilómetros de carretera, durante las cuales tampoco había sucedido
nada.

www.lectulandia.com - Página 58
Fue entonces, en aquella reunión, cuando el comandante McDonald sugirió la
posibilidad de recurrir a la hipnosis. Durante sus años de aviador, se había
familiarizado ligeramente con el arte de hipnotizar y consideraba que era muy útil en
manos de un médico competente. Sin embargo, no ignoraba lo peligroso que puede
ser en manos de hipnotizadores de teatro o gente poco experimentada. Sabía que la
hipnoterapia y el hipnoanálisis han sido usados en casos de amnesia, con resultados a
veces sorprendentemente eficaces, curando por completo a soldados que sufrían de
«neurosis bélica» (lo cual suele recibir también el nombre de «fatiga de batalla»). En
cierto modo, arguyó el comandante McDonald, los Hill habían sufrido un trauma
violento, muy semejante al del soldado que no puede hacer frente a la batalla,
circunstancia que suele producir amnesia temporal y que, muchas veces, ha sido
tratada con éxito mediante la hipnosis médica.

Cuando el comandante McDonald aconsejó recurrir a la hipnosis, los demás se


interesaron inmediatamente en ello. Hohman y Jackson ya no tenían la menor duda
sobre la honorabilidad y veracidad de los Hill, pero comprendían que tan extraño
caso requería más documentación. El comandante McDonald, que había hablado del
caso frecuentemente con los Hill, estaba seguro de su sinceridad y deseaba ayudarles
a vencer las dudas y temores que les atormentaban. En varias ocasiones, Barney había
dicho a McDonald:
—Jim, ¿cómo puedo estar seguro de que todo eso ha ocurrido en realidad?
¿Cómo sé que no ha sido una ilusión? Estoy en una situación terrible, porque sé que
todo es cierto y, sin embargo, yo mismo no acabo de creerlo. Este asunto me
preocupa de tal manera que mis úlceras están empeorando ahora que empezaban a
curárseme. Todos convinieron en que recurrir a la hipnosis médica era buena idea,
pero el problema que se planteaba ahora era dar con un médico adecuado que
también considerase que la hipnosis era el tratamiento adecuado.
Era evidente que había que ir al psiquiatra más competente, pero a nadie se le
ocurría ningún nombre. Hohman, Jackson y el comandante McDonald dijeron que
buscarían uno, y los Hill pensaron también que no era una mala idea.
—A mí me pareció una gran idea —dijo Betty más adelante— porque en cuanto
empezaron a hablar de hipnosis me acordé de mis sueños y fue ésta la primera vez
que se me ocurrió preguntarme si no serían algo más que meros sueños. La idea de
mis sueños me preocupó en aquel momento. Me dije: «Bueno, si me someto a la
hipnosis, me enteraré de una vez. ¡Santo Dios», pensé, «a lo mejor mis sueños son
algo que ha ocurrido de verdad!». Y también pensé en la extraña sensación que me
había invadido yendo con Barney en el coche, cuando él aminoró la velocidad porque
había otro coche en mitad de la carretera. El pánico se apoderó de mí en aquel
instante. Y cuando hablaron de la hipnosis, también me acordé de aquel incidente. Y
pensé para mis adentros: ¿Por qué habré reaccionado de esta manera tan rara? Jamás
me había ocurrido nada semejante.

www.lectulandia.com - Página 59
—Mi reacción —añadió Barney— fue, primero, preguntarme cuáles son los
efectos de la hipnosis, la experiencia en sí. ¿En qué consistirá sumirse en estado
hipnótico? Aunque no lo dije en voz alta, no me entusiasmó mucho la idea de
someterme a ese tratamiento, a menos que fuera a manos de alguien que mereciera
toda mi confianza. Pero lo que puso fin a mi aprensión fue que esto podría acabar de
una vez con la preocupación absurda que Betty experimentaba por sus sueños.
También me dije que, a lo mejor, la hipnosis conseguía penetrar en la amnesia que me
invadió en Indian Head y en todo el trecho de viaje que faltaba en mi memoria, los
cincuenta y seis kilómetros que hay entre Indian Head y Ashland. Así, pues, me dije
que quizá de este modo podría enterarme de lo que había olvidado y, de paso, acallar
la preocupación que Betty experimentaba por sus sueños. Poder decir: «Ya ves, Betty,
no son más que sueños. No tienen nada que ver con la aparición de aquel objeto
volante».
Betty seguía preguntándome qué habría pasado entre las dos series de «bip-bip».
Yo creía que lo más probable era que no hubiera pasado nada. Lo único que yo quería
era ir más allá del momento en que me quedó en pie en la carretera, mirando a
aquellos seres que había dentro del objeto, al que me miraba fijamente con aquellos
ojos. Me dio la impresión… una impresión ahora muy vaga en mi memoria, pero que,
a pesar de ser vaga, persiste… Me dio la impresión de que el que me miraba tenía que
ser una persona muy eficaz y que no se andaba con pamplinas. Éstos eran los
pensamientos que bullían en mi mente. Y quería descubrir el efecto que pudiera tener
aquella persona en mí; y ésta era, también, la razón que me hizo aceptar el consejo de
Jim McDonald.

Aún transcurriría algún tiempo antes de que los Hill pudieran poner el consejo en
práctica. Entretanto, experimentaron una mayor necesidad de volver al lugar del
incidente, como les había aconsejado Walter Webb que hicieran, para revivir la
experiencia nocturna y tratar de captar los fugaces retazos de sus recuerdos.

www.lectulandia.com - Página 60
CAPÍTULO IV

Hasta después de las vacaciones, los Hill no pudieron pensar siquiera en volver al
lugar del incidente. El inevitable caos navideño les ayudó a dejar a un lado sus
persistentes dudas e incertidumbres, aunque sólo fuese por el momento. Por fin, en
febrero de 1962, comenzaron una serie de peregrinaciones que durarían muchos
meses y en todas las estaciones del año. Al principio, iban dos o tres veces al mes;
luego, dejaron pasar varias semanas sin ir. Pero siempre que volvían se formulaban la
misma pregunta, para la que aún no encontraban respuesta: ¿Qué ocurrió durante el
inexplicable ataque de amnesia? ¿Dónde aparcó Barney el coche? Y, ¿qué ocurrió
cuando hubo aparcado?
La idea de la hipnosis fue desechada por el momento. Ni Hohman ni Jackson ni el
comandante McDonald habían conseguido encontrar un psiquiatra, y Betty, sobre
todo, tenía la esperanza de que sus viajes al lugar del incidente condujesen a una
concatenación de recuerdos que les diera la clave del enigma.
Barney volvía a mostrarse contradictorio acerca de los viajes. Betty conseguía
vencer su resistencia sugiriendo que cada vez fuesen a comer a un restaurante
distinto; sabía que aquélla era una de sus debilidades. Otras veces, llevaban la comida
en el coche para economizar y poder permitirse el lujo de una gran comida en el
próximo viaje.
A veces, salían de Portsmouth a las tres de la tarde, en sábado, iban por la
carretera 4 hacia Concord y, luego torcían hacia el Norte, por un atajo, para llegar de
anochecido a la carretera 3. Se decían que, cuando hubiese oscurecido, la zona estaría
igual que la noche del encuentro y el paisaje, entonces, quizá les estimulara los
sentidos si encontraban el trozo de carretera que recordaban vagamente haber cruzado
durante el período de amnesia. En cierta ocasión, durante el transcurso de aquel
invierno, Betty, con un relámpago de intuición, recorrió vagamente un restaurante
que le pareció era el que habían visto cerca de Ashland poco después de que la
segunda serie de «bip-bip» les volviera a sus sentidos. Se habían detenido junto a
aquel restaurante, pues era el primer lugar iluminado que veían en muchos
kilómetros. Pero resultó que la luz no era más que una medida de precaución y no
pudieron tomar la taza de café caliente que tanto deseaban. Recorrieron varias
ramificaciones que salían de la carretera principal a lo largo de la carretera 3, pero no
encontraron ningún restaurante; riñeron y discutieron sobre el camino seguido en
aquella ocasión y sobre qué derivación de la carretera 3 pudo haber sido aquélla, pero
la memoria no les ayudó.

Pararon varias veces en Cannon Mountain, Indian Head y Lancaster esperando


que la repetición les estimulase la memoria, pero ni siquiera consiguieron ponerse de
acuerdo sobre el lugar en que habían parado antes de que les afectara la amnesia,

www.lectulandia.com - Página 61
aunque, en términos generales, sabían por dónde habían ido. Llevaron consigo los
binóculos, pero la esperanza de volver a ver el objeto era muy leve. Lo más frecuente
era que planearan el viaje de manera sistemática, torciendo hacia el Norte por la
Carretera US 3, hasta llegar a un lugar, algo más allá de Cannon Mountain; entonces,
daban la vuelta y regresaban a Portsmouth, la misma noche. A veces, hacían
excursiones por varios sitios aledaños, con ánimo de encontrar la ruta perdida, pero
aun así seguía rebulléndoles inexplicable haber tardado tantísimo tiempo en llegar a
Portsmouth la noche del incidente.
En una ocasión, pararon junto a un pequeño restaurante, cerca de Woodstock,
donde varías personas les dijeron que se habían producido frecuentes apariciones de
objetos volantes por la carretera 3 y que, en algunas ocasiones, los objetos habían
permanecido en el aire durante más de una hora. Siempre se había informado a la
Aviación, pero ésta no pareció interesada en los casos.

Los Hill no experimentaban miedo en el transcurso de estos viajes; el atractivo


del misterio era mayor que el temor a una nueva experiencia. Aparcaban en algún
recodo alto, desde donde se veía el paisaje montañoso y los valles a la luz de la luna,
se sentaban y miraban a las estrellas, como si esperaran que ellas les proporcionaran
alguna pista que les permitiera recordar.
—Una noche de invierno —recuerda Barney— nos encontramos en una carretera
que parecía no conducir a ningún sitio, una carretera montañosa y solitaria, y me
llamé idiota a mí mismo por haberme metido por ella. A medida que íbamos
penetrando en el valle, la carretera estaba cada vez más cubierta de nieve. Hacia
medianoche, trató de dar la vuelta, esperando salir de allí y no exponerme a quedarme
inmovilizado en la nieve; estaba furioso con Betty, que me había obligado a ir por las
montañas. Pensé: «¿Por qué me meto en estos jaleos? ¿Por qué no olvidar todo el
asunto? O si no puedo olvidarlo, ¿por qué tengo que hacer todo este esfuerzo por
revivirlo, como si así pudiese recordar las dos horas olvidadas?». La verdad es que
ignoro cómo podíamos sentirnos tan libres de temores. Creo que esperaba vagamente
ver de nuevo el objeto volante. No estoy seguro de ello. Desde luego, lo deseaba. Lo
que encontré más interesante en todos estos viajes fue que Betty y yo nunca
parecíamos ponernos completamente de acuerdo. Disputábamos y hasta llegábamos a
reñir. Por ejemplo, Betty insistía en que tomase una curva a la derecha y yo me
empeñaba en tomarla a la izquierda. Pero lo que no me preocupa es esto: ¿Por qué
experimenté tanto miedo aquella noche, en Indian Head y, sin embargo, nunca sentí el
menor temor en volver a las montañas, aunque fuera de noche? No sé qué
responderme cuando me hago esta pregunta.
Los viajes de regreso resultaban estériles. El eterno telón de olvido persistía, y
borraba cualquier recuerdo de la mente de Barney a partir de Indian Head. El mismo
velo negro se extendía ante Betty a partir de la extraña serie de «bip-bip», cuando se
alejaban a toda velocidad de Indian Head, con Barney, al parecer dominado por una

www.lectulandia.com - Página 62
tremenda angustia, al volante. Siempre aquel obstáculo, aquel vacío entre Indian
Head y Ashland.

La idea de recurrir a la hipnosis no fue abandonada por mucho tiempo. Mientras


los Hill trataban de volver a adaptarse a una vida tranquila y rutinaria, mencionaban a
veces su experiencia cuando se reunían con sus amigos íntimos. Betty, seguía
obsesionada por sus sueños tan claros y desconcertantes. Y es que Betty encontraba
cierto alivio en desahogarse contándoselos a sus amigos íntimos. Barney seguía
intentando olvidar por completo el incidente, excepto cuando volvían en coche al
lugar donde había ocurrido, y aconsejaba a Betty que olvidase sus sueños.
Un día de marzo de 1962, Betty había almorzado con Gail Peazody, una amiga
suya que era Delegada de Libertad Vigilada de Menores de Edad y en quien ella tenía
completa confianza. Le habló de la hipnosis y Gail inmediatamente recomendó un
psiquiatra a quien ella conocía y que era director de un sanatorio privado de
Georgetown, Massachusetts, a unos dieciséis kilómetros de distancia de Portsmouth.
El 13 de marzo de 1962, Betty escribió a máquina la siguiente carta, dirigida al
médico:

Patrick J. Quirke, doctor en Medicina.


222, West Main Street.
Georgetown, Massachusetts.

Muy señor mío:


Estamos tratando de obtener los servicios de un psiquiatra que sepa
servirse del hipnotismo, y querríamos saber si podríamos ir a verle a
usted un sábado por la mañana. Mi marido y yo trabajamos, pero
nuestro horario de trabajo nos deja libres ése día. Si no pudiera vernos
un sábado, podríamos quedar para cualquier otro día que a usted le
convenga.
El motivo que nos induce a solicitar esta entrevista con usted es
insólito. Le incluimos un boletín del Comité Nacional de Investigación
de Fenómenos Aéreos, en el que podrá leer una breve reseña de lo que
nos ocurrió del 19 al 20 de septiembre del año pasado. Nos
interrogaron luego sobre ello C. D. Jackson y Robert Hohman
(permítanos que no citemos el nombre de la empresa donde trabajan
estos dos señores).
Existen muchos detalles desconcertantes que quizá la hipnosis
consiguiera aclarar. Hasta ahora, no hemos divulgado nuestra
experiencia, excepto a los representantes del comité y a algunos amigos
íntimos.

www.lectulandia.com - Página 63
Poseemos una copia completa del informe escrito por el señor Walter
Webb, del «Planetario» de Hayden, que tendríamos mucho gusto de
enviarle a usted. Si no dispone de tiempo para vernos personalmente, o
si nuestro caso no le interesase, le rogamos nos facilite el nombre de
otro psiquiatra que estuviera dispuesto a ayudarnos.

Suyos afectísimos,
EUNICE Y BARNEY HILL.

La entrevista tuvo lugar el 25 de marzo de 1962, a las once de la mañana. El


sanatorio de que era director el doctor Quirke es conocido por el nombre de Baldpate
y está en un edificio que solía ser una posada, la misma que inspiró la famosa obra
teatral titulada Seven Keys to Baldpate, se halla situado en la cima de un monte desde
donde se domina gran parte del paisaje de Massachusetts; es un retiro para pacientes
mentales que quieren curarse en un ambiente cómodo y casero. Los Hill quedaron
muy impresionados por los cuadros, la chimenea y la atmósfera grata del lugar, que
no era, ni mucho menos, lo que ellos habían temido.

—Me sentí completamente a gusto todo el tiempo —dijo Barney—. El médico se


sentó frente a nosotros, que estábamos en sillas comodísimas y sentíamos gran alivio
por poder cambiar impresiones con él sobre nuestra experiencia, sobre todo, porque
no nos dio la impresión de creer que estaba hablando con dos víctimas de una
evidente alucinación. Advertimos que nos observaba profesionalmente. Reconoció
desde el principio que nuestra experiencia era única, pero creía que quizá pudiéramos
ir recordando gradualmente algunos de los detalles olvidados, ya que lo más probable
era que nosotros mismos, inconscientemente, hubiéramos suprimido parte de nuestra
experiencia como medida de autoprotección. Opinó que aún no era tiempo de
explorar mi amnesia y estudiar las inquietantes reacciones de Betty, por lo menos de
una manera brusca.
La decisión final y mutua fue esperar aún cierto tiempo. Pero si el problema no se
resolvía por sí solo, habría que someterse a terapéutica psiquiátrica. Los Hill
quedaron muy aliviados al comprender que el doctor Quirke no les creía víctimas de
alucinación simultánea, posibilidad ésta que les había inquietado bastante a ambos.
El largo trayecto de Portsmouth a Boston, el trabajo nocturno, la separación de
sus hijos, que vivían ahora en Filadelfia con su ex esposa, la incertidumbre sobre la
experiencia de Indian Head y el problema de sus úlceras, todo esto comenzaba a
hacer mella en Barney. Su estado aún se complicó más por causa de la tensión
sanguínea, creando un círculo vicioso que impedía curarse la tensión si no resolvía
antes los demás problemas, y viceversa. Otro síntoma inquietante, aunque de menor
importancia, comenzó también a manifestarse, por entonces: empezaron a salirle una
serie de verrugas, en la zona de la ingle, que formaban un círculo casi perfecto

www.lectulandia.com - Página 64
geométricamente. Eran un problema secundario, pero que contribuía a aumentar sus
preocupaciones.
En él verano de 1962, la fatiga y el malestar general de Barney le indujeron a
ponerse en manos de un psiquiatra para que le hiciera un examen general, sin tener en
cuenta la experiencia traumática que Betty y él habían sufrido en White Mountains.
La verdad era que Barney no relacionaba esta necesidad que sentía de someterse a un
tratamiento, con el incidente del objeto volante no identificado; lo que le preocupaba
más, la verdadera base de su problema, a su modo de ver, era el conflicto que suponía
sus relaciones con sus hijos, pues la distancia entre Portsmouth y Filadelfia le
impedía atenderles como un buen padre.
El médico que le curaba la hipertensión y las úlceras le recomendó a un psiquiatra
conocido, que vivía en Exeter, New Hampshire, no lejos de Portsmouth; el doctor
Duncan Stephens comenzó, pues, a someter a Barney aun largo tratamiento, en el
verano de 1962.
Al principio, Barney omitió por completo el incidente de Indian Head. No le dio
importancia en sus conversaciones con el doctor Stephens, porque le parecía una
causa secundaria de la inquietud que le consumía; apenas un pequeño factor de su
estado de ánimo en general. Con el doctor Stephens sólo trató de sus problemas
emocionales y sociales.
El médico indicó a Barney que, en su caso, había muchas facetas insólitas e
interesantes, una de las cuales era su matrimonio mixto en una ciudad de Nueva
Inglaterra, detalle sociológico de gran interés; le explicó que tanto él como Betty
habían llegado a un equilibrio notable y que la aportación que ambos, a fuerza de
buena voluntad y honradez habían hecho a la vida de la comunidad era digna de
elogio.
Barney comprendió que el médico estaba tratando de investigar en su vida
anterior, de explotar sus experiencias juveniles, con objeto de ayudarle a comprender
la influencia de sus primeros años, que imprimieron carácter a los años siguientes.
Durante el tratamiento Barney fue advirtiendo cada vez con mayor claridad los
conflictos y problemas especiales que se derivan del hecho de pertenecer a un grupo
racial minoritario.
A través de su historia familiar corría una línea ininterrumpida de relaciones
interraciales. La abuela de su madre había nacido en la época de la esclavitud, y su
padre había sido el dueño blanco de la plantación; siendo de tez clara, había sido
educada en la casa de los señores y cuidada por sus hermanas, aunque legalmente, era
una esclava. Cuando se casó, el dueño de la plantación dio a su marido doscientos
cincuenta acres de tierra, que sus hijos heredarían.
Con el tiempo, la finca fue aumentando su rentabilidad, y la heredó el tío de
Barney, que cuidó de la educación de éste y de la de dos de sus hermanos, niño y
niña, durante una larga enfermedad de su madre, que vivía en Filadelfia. En este
tiempo, el joven Barney comenzó a considerar que sus tíos eran, en realidad, sus

www.lectulandia.com - Página 65
padres. Cuando su madre se restableció por fin, le costó un gran esfuerzo abandonar a
sus tíos y la bella finca de Virginia. Esta sensación fue recíproca, ya que los tíos no
tenían hijos y se ofrecieron a educar a Barney y a pagarle sus estudios universitarios.
A pesar de todo, Barney volvió a Filadelfia, a la casa de sus padres, a las
calurosas calles asfaltadas y a las casas en fila de la ciudad, cercadas de verjas y
vallas. Su padre era un pobre trabajador. También él provenía de una mezcla de razas,
pues su abuela paterna había sido de tez clara, hija de padre negro y madre blanca; su
abuelo era un etíope libre.
Durante los sombríos años de la depresión económica la familia de Barney Hill
nunca se vio privada de comida y techo, aunque a muchos de sus vecinos les faltaron
ambas cosas.
—Recuerdo clarísimamente unas Navidades —rememora Barney—. Mi padre
dijo que no creía que Papá Noel pudiera visitarnos aquel año, porque, según los
periódicos, una tormenta le había estropeado el trineo, en el Polo Norte. Mis
hermanos y yo escuchamos estas palabras con tristeza y yo fui a acostarme. Me
desperté sobre las cinco de la madrugada y vi que la puerta de mi alcoba, que daba al
recibidor, estaba cerrada con una cuerda. Fui al cuarto contiguo, donde dormían mis
hermanas, y vi que también allí la puerta estaba atada. Conseguí introducirme por la
abertura y desatar la cuerda, y los cuatro bajamos corriendo las escaleras. En el cuarto
de estar vimos todos los juguetes que habíamos pedido, en torno a un precioso árbol
de Navidad. Mis padres bajaron también, y fingieron gran sorpresa: «¡Qué extraño!
—comentó mi padre—. A pesar de todo, vino Papá Noel. Tiene que haber sido él
quien hizo tanto ruido por el tejado». A nuestros padres les encantaba darnos estas
sorpresas.
Aunque los padres de Barney crearon en su hogar un ambiente de amor y armonía
familiar, Barney conoció los inevitables conflictos y presiones a que está sometido
necesariamente el negro.
—En cierta ocasión, en el colegio —recuerda Barney—, cuando llegó el
momento de escoger el curso que queríamos seguir cada uno de nosotros, yo dije a mi
asesor que mi afán era llegar a ser ingeniero, pero él me advirtió que mejor sería
escoger otra carrera, porque en aquélla los negros tenían muy poco porvenir. Esto me
desanimó y comencé a tener malas notas. Pensé que quizás encontrase mejor porvenir
en el Ejército. Así, pues, cuando Norteamérica comenzó a reorganizar las fuerzas
armadas en tiempo de paz, decidí sentar plaza. Siempre pensé que es perfectamente
legítimo defenderse contra un agresor cuando haga falta; es una idea que me inculcó
mi tío.
Esta actitud le fue muy útil en las turbulentas calles de Filadelfia. En cierta
ocasión, Barney oyó decir a un amigo que unos muchachos habían amenazado con
pegarle una paliza en cuanto le vieran en su calle. En menos de una hora, Barney fue
en bicicleta a la casa de uno de estos chicos, en la que sabía que solía reunirse la
pandilla, entró en el patio y dijo:

www.lectulandia.com - Página 66
—Tengo entendido, muchachos, que me estáis buscando.
Uno de ellos se adelantó y respondió:
—Si, es verdad.
Se pegaron y Barney le administró una soberana paliza. Cuando terminó, se
volvió a los demás y les dijo:
—Estoy dispuesto a pegarme con todos vosotros juntos o uno a uno, porque
quiero que sepáis que pienso salir de mi calle todas las veces que me dé la gana.
Y, a partir de entonces, no hubo más incidentes en el barrio.
Barney estuvo tres años en el Ejército; tuvo un incidente parecido con un matón y
consiguió achantar a un soldado que pesaba treinta libras más que él en un reñido
combate de boxeo. Barney, su hijo de un matrimonio anterior, nació mientras él
estaba en el frente, durante la Segunda Guerra Mundial; el segundo, Darrel, después
de irse del Ejercito. Tanto durante el tratamiento médico como después de él, Barney
fue escudriñando éstas y otras escenas de su vida pasada con curiosidad cada vez
mayor. A medida que iba haciéndolo, sentía más deseo de averiguar por qué había
reaccionado con tanta violencia ante el objeto volante que se cernía sobre él en Indian
Head. Lo que intrigaba más a Barney de aquel incidente era que él no solía asustarse
con facilidad, y nunca temía enfrentarse con una crisis. Esta actitud se reflejó, por
ejemplo, en la serenidad con que cruzó la carretera y se adentró por el campo, con sus
binóculos, acercándose al enorme objeto volante en la noche del 19 de septiembre de
1961. Sólo cuando se llevó los binóculos a los ojos y los enfocó sobre el extraño
vehículo se sintió poseído del terror y echó a correr de nuevo hacia el coche. Este
pánico inexplicable, que era, como él sabía perfectamente, ajeno por completo a su
carácter, le tenía preocupado, aumentando la angustia que le producía aquel telón
impenetrable que descendía sobre su memoria a partir de aquel momento y durante
las dos horas siguientes. En el transcurso de un año, desde el verano de 1962 hasta el
verano de 1963, Barney continuó tratando de resolver su problema con ayuda del
doctor Stephens, pero sin dar importancia al incidente del objeto volante y sólo
pensando en él muy de cuando en cuando. Barney, al principio creía, y en esto el
doctor se mostraba de acuerdo con él, que aquel incidente no guardaba relación con
su caso y era, como máximo, secundario, un susto inesperado en un periodo reciente
de su vida, y no una causa profunda y persistente de sus síntomas. Además, Betty ya
no se sentía tan angustiada como antes, aunque la claridad con que recordaba sus
sueños seguía excitando su curiosidad. Siguiendo el consejo del doctor Quirke,
ambos decidieron descansar una temporada y por el momento, renunciar a la idea de
servirse de la hipnosis como medio de aclarar sus recuerdos.

Un día de septiembre de 1963, los Hill fueron invitados por los feligreses de su
parroquia a relatar (por primera vez ante un auditorio) la aventura que les había
ocurrido en White Mountains. Habían hablado del incidente con el pastor de la
iglesia, el cual, al igual que otros de la parroquia, sentía cada vez mayor curiosidad

www.lectulandia.com - Página 67
por el tema de los objetos volantes no identificados, cuyas apariciones crecían en
número en todo el territorio de Nueva Inglaterra y, sobre todo, en New Hampshire y
Vermont. Debido a éstas noticias, Barney y Betty se dijeron que quizás la gente
escuchase ahora su historia sin la incredulidad que les era habitual. La perspectiva les
inquietaba algo, aunque Betty ya casi estaba convencida de que su experiencia tenía
que ser divulgada. Si, después de todo, resultaba ser un hito importante en la historia
de aquel fenómeno, no tenían derecho a guardarla como un secreto.
En la reunión de la parroquia había sido invitada a hablar otra persona, el capitán
Ben Sweet, de la cercana Base Aérea de Pease, hombre conocido en el Estado por sus
estudios hipnóticos; esto, junto con la historia que iban a contar los Hill, contribuiría
a dar interés a la reunión parroquial.

—El capitán escuchó nuestra historia, o, mejor dicho, lo que pudimos contar de
ella, teniendo en cuenta la amnesia que se produjo en Indian Head, y, luego, mostró
interés por la súbita desaparición de dos horas, como si el tiempo hubiera sido
cortado en aquel momento de un tijeretazo —recuerda Barney—. Nosotros le dijimos
que Hohman, Jackson y el comandante McDonald habían recomendado la hipnosis, y
el capitán, como hombre ducho en la materia, convino en que podía dar buen
resultado, sobre todo, si nos poníamos en manos de un psiquiatra.
Como él no era profesional, no se atrevía a intentarlo. También nosotros
comprendíamos lo peligroso que es tomar la hipnosis a la ligera, pero las palabras del
capitán reavivaron nuestro interés por la idea, que habíamos olvidado durante algún
tiempo.
En la siguiente sesión que tuvo con el doctor Stephens, Barney le habló de esto.
El médico le dijo que aunque el incidente del objeto volante podía ser tan sólo un
detalle de poca importancia, era mejor explorarlo también, por si daba alguna pista
nueva. El doctor Stephens asimismo le dijo a Barney que la alucinación simultánea y,
por supuesto, la amnesia simultánea, son fenómenos sumamente improbables, aunque
existe un raro fenómeno psicológico conocida por el nombre de Folie à deux, en que
dos personas caen simultáneamente en un estado psicótico, victimas ambas de las
mismas fantasías. Esto parecía poco probable en su caso, porque Barney no acusaba
casi ningún síntoma de este fenómeno. Aparte de la mera posibilidad de esta sola
experiencia traumática, no se notaban en sus relaciones cotidianas como marido y
mujer durante todo el período de su vida matrimonial los síntomas que suelen
acompañar a los casos de alucinación simultánea.
El doctor Stephens aconsejó consultar al doctor Benjamin Simon, conocido
psiquiatra y neurólogo de Boston. El doctor Simon había estudiado en la Universidad
de Stanford, recibiendo, luego el doctorado en la escuela de Medicina de la
Universidad de Washington, en Saint Louis. Cuando estudiaba en la Universidad de
John Hopkins, el doctor Simon comenzó a interesarse por la hipnosis una vez que
sirvió de conejo de indias en unos experimentos realizados en el departamento de

www.lectulandia.com - Página 68
Psicología. En el transcurso de sus estudios psiquiátricos y neurológicos, adquirió
gran habilidad en la técnica y los procedimientos hipnóticos; en Europa, en 1937 y
1938, con una beca de la Fundación Rockefeller, perfeccionó estos conocimientos,
que iban a serle tan útiles unos años después.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el doctor Simon encontró que la hipnosis era
muy útil para el tratamiento de soldados que sufrían desórdenes psíquicos; primero,
cuando estuvo de asesor psiquiátrico en la clínica general de Nueva York, y más
tarde, y en mucha mayor medida, coma jefe de neuropsiquiatría y director del
Hospital General de Mason, que fue el principal centro psiquiátrico del Ejercito
durante esa guerra.
Como responsable del tratamiento de tres mil pacientes mensuales, el doctor
Simon consideró necesario utilizar todas las diversas técnicas y prendimientos, sobre
todo, las que permitían abreviarlo, y hacerla por grupos en vez de individualmente; la
hipnosis y los procedimientos terapéuticos que suelen acompañarla como la
narcosíntesis (también llamado «suero de la verdad») le dieron la solución ética y
rápida que buscaba, quedando firmemente establecidos como agentes terapéuticos.
Cuando John Huston produjo su notable película documental sobre el tratamiento
psiquiátrico titulada Let There Be Light (Hágase la luz) en el Hospital General de
Mason, el coronel Simon le sirvió de asesor y supervisó personalmente las escenas de
hipnosis y narcosíntesis. Por su trabajo como jefe de neuropsiquiatría y director del
Hospital General de Mason, el doctor Simon recibió la Legión del Mérito y la
Medalla del Mérito Militar. El Hospital General de Mason y su personal recibieron la
condecoración por méritos en el servicio. Cuando dejó las Fuerzas Armadas en 1946,
el doctor Simon no perdió su interés por esos procedimientos especiales, aunque en la
medicina psiquiátrica no militar su empleo es mucho más restringido.

El doctor Simon recibió en su despacho de Bay State Road, Boston, una llamada
telefónica de Barney Hill; fue a comienzos de diciembre de 1963. Como iba
recomendado por el doctor Stephens, el doctor Simon accedió a recibirte en consulta
el 14 de diciembre.
Bay State Road es conocida también por el nombre de «Calle de los Médicos».
Antiguamente, era calle residencial, con casas elegantes habitadas por la clase
dirigente de Boston; muchas de estas casas albergan ahora cómodas y gratas clínicas
y consultas médicas.
El 14 de diciembre, Barney y Betty salieron de Portsmouth mucho antes de las
siete de la madrugada; llegaron a Boston y aparcaron el coche cerca del despacho del
doctor Simon con tiempo sobrado, pues había quedado en recibirles a las ocho.
Fueron a verle con una mezcla de curiosidad, nerviosismo y recelo, aunque estos
sentimientos iban acompañados de una sensación de alivio, como suele ocurrir
cuando se llega a una decisión crucial que parece que va a resolver un problema
acuciante.

www.lectulandia.com - Página 69
La zozobra de Betty, como es natural, tenía por causa principal sus sueños;
cuando Hohman y Jackson le dijeron que existía en ellos una discrepancia de dos
horas, su zozobra no hizo sino aumentar, porque quizá, después de todo, resultaran
algo más que meros sueños; esta posibilidad la puso en una tesitura críticamente
angustiosa. Aunque menos emotiva que Barney en sus reacciones y más estoica, su
miedo a que aquellos sueños tuvieran una base real comenzaba a afectar no sólo su
trabajo, sino también su ecuanimidad. En cierta ocasión, poco después de la visita de
Hohman y Jackson, contó sus inquietudes a la supervisora del departamento de Obras
Sociales, con quien ella solía cenar frecuentemente cuando Barney trabajaba de
noche.
—Yo le había dado detalles de los sueños, que tenía escritos —recuerda Betty—
y, a veces, hablábamos de ellos. Por fin, una noche, me dijo: «¿Y cómo sabes que
esos sueños no son verdad?». Empezó a explicarme que todo parecía indicar que, en
efecto, eran realidad, y que la mejor sería que aceptase esa posibilidad. A partir de
entonces, comencé a tomarlo en serio. Acudiendo a la consulta del doctor Simon
aquel día, me dije con cierta esperanza que quizá consiguiera aclarar el misterio.
Acabar con aquella obsesión que estaba royéndome continuamente. Llegar a alguna
certidumbre, fuese la que fuese.
Betty, que nunca se había sometido a un tratamiento de aquel tipo, pensó que era
irónico que ella, en virtud de su trabajo, hubiera llevado a algunos de sus protegidos a
clínicas psiquiátricas sin pensar que llegaría un día en que las tornas se volverían y
sería ella la paciente, Barney, cuyo tratamiento había durado muchos meses, sentía
curiosidad ante la idea de ser hipnotizado; le intrigaba averiguar si sería posible
hipnotizarle a él, y de qué manera lo haría el médico.

Más adelante, Barney recordó sus impresiones de la primera visita que hicieron al
doctor Simon:
—Al entrar en el despacho donde el doctor Simon celebraba su consulta, lo
encontré impresionante. Tenía muy buenas alfombras verdes, y en la mesa de trabajo,
una carpeta, verde también; era confortable y silencioso. Me cautivó desde el primer
momento, hasta el punto que me dije que podía fiarme de aquel hombre. La simpatía
que sentí por él fue instantánea, y eso también alivio la angustia que experimentaba.
Naturalmente, Betty y yo tuvimos juntos la primera consulta.

A Betty también le gustó el despacho, y encontró impresionante al doctor Simon.


—Tenía plena confianza en él, incluso antes de conocerle, porque estando poco
antes en un clínica infantil busqué su nombre en la Guía de la Asociación Psiquiátrica
Norteamericana y lo que leí me convencía de su competencia y categoría profesional.
Para mí esto era importante, por lo inusitado de nuestro caso.

Al principio, al doctor Simon lo sorprendió algo ver entrar en su clínica a un


matrimonio mixto y comenzó a pasar revista general sobre sus problemas, dando

www.lectulandia.com - Página 70
particular importancia, naturalmente, al incidente que había tenido lugar dos años
antes en Indian Head.
El doctor Simon sabía que Barney estaba siendo sometido a tratamiento y
también que era cada vez más evidente que la experiencia del objeto volante era una
causa importante de su incapacidad de reaccionar positivamente. Conocía también las
pesadillas que angustiaban a Betty. En seguida, vio que tanto Betty como Barney
necesitaban ayuda médica y que el tratamiento tenía que girar en torno a la zozobra
producida en ellos por la amnesia que les ocultaba parte de lo sucedido en White
Mountains. Por otra parte, había ciertas cuestiones prácticas que les concernían a
ambos. El precio del tratamiento era una de ellas, Entre los dos ganaban lo suficiente
para vivir razonablemente bien, pero era evidente que la cuenta médica de ambos
sería demasiado elevada para su presupuesto. Y el tratamiento psiquiátrico necesita
tiempo para surtir efecto. Además de los honorarios de un psiquiatra competente,
había que tener en cuenta el costo, no despreciable, de ir en coche a Boston todas las
semanas; esto era una cuestión seria, no un detalle sin importancia, y ambos lo
comprendieron así desde el principio.
Al doctor Simon, el objeto volante propiamente dicho le parecía secundario
porque, a su modo de ver, lo fundamental y lo realmente difícil era hacerse una idea
clara del tipo de tratamiento que necesitaban sus pacientes y ayudar a éstos a dominar
sus problemas psíquicos. La experiencia con el objeto volante entraba dentro de los
límites de esta tarea y coincidía con lo poco que él había tenido la oportunidad de leer
sobre esos fenómenos; era un aspecto secundario del caso, aunque muy interesante, y
se dijo que haría falta un tratamiento Intensivo y prolongado que, probablemente,
resultaría único.
Uno de los objetivos principales era, naturalmente, penetrar en el período
amnésico, y como este síntoma suele responder muy bien al tratamiento hipnótico, el
doctor tomó la decisión de comenzar sometiéndoles a él.
En general, la actitud del doctor Simon sobre los objetos volantes no identificados
era neutral; pensaba, con evidente realismo, que tales objetos podían muy bien
existir: ser, por ejemplo, aviones experimentales o aviones extranjeros de
reconocimiento aún no conocidos del público, pero la cuestión no le interesaba de un
modo personal. No conocía la enorme controversia de que han sido objeto, incluso
entre los hombres de ciencia, ni estaba enterado de las actividades del Comité
Nacional de Investigación de Fenómenos Aéreos, cuyo informe sobre su caso le había
sido entregado por los Hill para que pudiera enterarse de los detalles estudiados y
expuestos por Walter Webb.
Aquella mañana, en la consulta, el doctor Simon estudió el caso y les dio una idea
del tratamiento a que pensaba someterles. Como la supuesta amnesia era un factor
básico de su zozobra, decidió comenzar con la hipnosis, para penetrar en la amnesia,
si es que resultaba ser amnesia, y guiarse, luego, por lo que aconsejaran las
circunstancias. El doctor Simon decidió también grabar las sesiones en cinta

www.lectulandia.com - Página 71
magnetofónica, no sólo con objeto de dejar constancia fidedigna, sino, también, para
utilizar este material como estímulo mnemotécnico en determinadas circunstancias.
Los incidentes recordados durante la hipnosis pueden borrarse de la memoria
cuando el paciente vuelve al estado consciente. Y, también, si lo ordena el médico, es
posible reavivar esos recuerdos en estado consciente. Si se desea reproducir con el
máximo realismo la experiencia hipnótica, el paciente puede oír su propia voz en la
cinta y analizar lo que oye, frase a frase, con el médico.
Betty pensaba que la realidad o falta de realidad de sus sueños era un detalle
importante. Ya hacía casi dos años que el deseo de hallar respuesta a este problema la
atormentaba. En opinión de Barney, por el contrario, lo importante, como él mismo
había dicho en más de una ocasión a Betty, era convencerla de una vez para siempre
de que todas aquellas fantasías de un rapto eran simplemente sueños, más intensos de
lo normal, pero sueños. La aparición de un objeto volante a tan poca distancia de la
carretera 3 era más que suficiente para Barney; prolongarlo con un rapto resultaba
excesivo; la mera idea le aterraba. En cuanto al médico, el carácter insólito de la
historia no era más que un telón de fondo sobre el que sería preciso trabajar.
Barney y Betty Hill, como la mayoría de la gente, apenas sabían qué es la
hipnosis. El doctor Simon les explicó que la hipnosis establece una relación íntima
entre el médico y el paciente, en el transcurso de la cual los Hill se sumirían en un
estado semejante al sueño. No sufrirían el menor daño y no tenían nada que temer. En
una conferencia pronunciaba unos años antes en la Academia de Medicina de Nueva
York y titulada; Hipnosis: Fantasía y realidad, el doctor Simon se extendió sobre este
lema explicando qué es la hipnosis y la función que ejerce en la Medicina y la
Psiquiatría, e indicando que hasta hace algunas décadas, la hipnosis no ha recibido la
atención que merece en la práctica de la Medicina.

¿Quién es capaz de hipnotizar? ¿Quién puedo ser hipnotizado? ¿Quién


no puede ser hipnotizado? (pregunta el doctor Simon en la conferencia
mencionada). Cualquier adulto inteligente, con un conocimiento
adecuado de la técnica, puede hipnotizar. Cualquier adulto inteligente
y la mayoría de los niños de más de siete años pueden ser hipnotizados;
de hecho es más fácil hipnotizar a los niños que a los adultos. Los
individuos muy psicóticos y los retrasados maníacos son muy
resistentes a la hipnosis; resulta, imposible hipnotizar a la mayoría de
ellos.
El noventa y cinco por ciento de la gente hipnotizable puede llegar a la
primera fase, pero sólo un veinte por ciento aproximadamente es capaz
de llegar a la tercera fase sonámbula.
La voluntad no interviene para nada en la hipnosis, y la idea de que la
facilidad de ser hipnotizado es una manifestación de poca voluntad es

www.lectulandia.com - Página 72
falsa. Los factores que influyen en la capacidad de ser hipnotizado son
la inteligencia del individuo, su cooperación consciente y el grado de
resistencia inconsciente o de sumisión con que reaccione; esto último
no se manifiesta siempre de un modo externo…
Contrariamente a los temores normales en la gente, el fin del estado
hipnótico no suele presentar problema alguno; lo normal es que, al oír
la orden de despertar, el paciente despierte. Basta con añadir a esa
orden una insinuación de bienestar y de ausencia de angustia. En los
raros casos en que el paciente no obedezca la orden, lo mejor es
dejarle solo y, entonces, se sumirá en un sueño normal del que acabará
por despertar al cabo de unas horas.
A veces, se utilizan drogas, como, por ejemplo, el sodio amital y el
pentotal, para facilitar la inducción del estado hipnótico en los casos
en que el paciente se muestra insólitamente resistente. Bajo estas
condiciones, el periodo que se tarda en despertar puede ser dilatado
por los efectos de la droga, pero las órdenes dadas durante el período
de inducción serán obedecidas a manera de sugerencias
posthipnóticas. Las dos drogas mencionadas más arriba tienen cierto
valor en casos de inducción difícil, y ayudan al paciente receloso a
tranquilizarse, aumentando su tendencia a obedecer las órdenes del
hipnotizador.
Normalmente, se establecen tres periodos de hipnosis: ligero, medio y
profundo. En el período ligero, la catalepsia de los párpados (es decir,
la incapacidad de estos de abrirse a voluntad) puede ser debida a
influencia del hipnotizador, produciéndose un cierto grado de sumisión
general a las órdenes de éste; las instrucciones posthipnóticas son
entonces posibles y puedo llevarse a cabo un tratamiento bastante
eficaz.
En el período medio, puede producirse la parálisis del control volitivo:
catalepsia completa. En este período, puede inducirse en el paciente un
estado de analgesia o insensibilidad al dolor.
En el tercer período, o período sonambúlico, puede producirse casi
cualquier fenómeno y el paciente estará amnésico, a menos que se lo
ordene explícitamente recordar lo dicho en estado hipnótico. (Esto tuvo
importancia en el tratamiento de los Hill). Se le pueden inducir
alucinaciones positivas o negativas; y darle órdenes posthipnóticas en
este estado sonámbulo, suele resultar muy eficaz. La actividad del
sistema nervioso autonómico se expresa mediante enrojecimiento de las
mejillas, puede producirse constricción de los vasos epidérmicos y
volverse más lento el ritmo del pulso. Las autoridades no están de

www.lectulandia.com - Página 73
acuerdo sobre este punto, pero existen casos en que la insinuación de
calor agobiante ha producido auténticas ampollas.

El doctor Simon concluyó su conferencia afirmando su convencimiento de que la


hipnosis sólo debe ser empleada en investigación, medicina y cirugía dental. También
añadió:

La hipnosis ha pasado por muchos períodos de gran popularidad y por


otros en que solía ser reclinada, como ha ocurrido también con algunas
de nuestras «tendencias modernas» en psiquiatría. No cabe la menor
duda de que estos síntomas (los síntomas curados por la hipnosis)
tienden a reaparecer o a ser remplazados por otros síntomas más
serios, a menos que los conflictos emocionales básicos (de los cuales
los síntomas en cuestión son meras manifestaciones externas) sean
curados también. A menos que el medico este convencido de que podrá
continuar tratando al paciente hasta liberarle de los síntomas, no es
aconsejable curárselos por medio de la hipnosis.
Muchos ponen en duda que sea deseable vencer violentamente la
resistencia del paciente, como ocurre cuando el medico recurre a la
hipnosis. En ciertos estados histéricos, psicosomáticos y demás, la
hipnosis puede servir para acelerar el período terapéutico, facilitando
la localizaron de conflictos inconscientes, como ya hemos dicho. La
hipnosis presenta peligros y, sin embargo, ella, en si, no es peligrosa,
Lo realmente peligroso es que sea utilizada por gente no ligada a un
código ético profesional y no experimentada en sus técnicas y
procedimientos.

Como iban a descubrir los Hill, el doctor Simon era hombre cauto y, desde el
punto de vista médico, moderado, dada su actitud básica hacia los objetos volantes no
identificados, neutral, sino escéptica, las creencias resultantes de su experiencia
nocturna en Indian Head iban a ser puestas a dura prueba. Betty, a pesar del creciente
interés que sentía por este fenómeno, estaba dispuesta a aceptar la verdad del asunto,
fuera cual fuese. Barney, que abrigaba la esperanza de dar con la causa de la angustia
que sentía, cuyos síntomas estaban desequilibrando peligrosamente su vida, también
había llegada a una tesitura en la que lo único que quería era dar con la verdad de su
caso, teniéndole sin cuidado cual fuera ésta.
Todos ellos ignoraban aún lo difícil y resbaladiza que era esa verdad, por mucho
que la deseasen y por muy modernos que fueran los medios con que iban a buscarla.

www.lectulandia.com - Página 74
CAPÍTULO V

Conocedor de la historia de los Hill y del informe de seis páginas de Walter Webb, el
interés del doctor Simon se despertó ante lo insólito del caso y los extraños datos de
que iba acompañado. La historia, a primera vista, parecía fidedigna y válida. Se dijo
que la opinión de Webb, expresada con tanto detalle, se basaba en una entrevista que
tuvo con los Hill poco después del incidente, y llegó a la conclusión de que, aunque
su verdadero objetivo era llegar al fondo de los síntomas de angustia de los Hill, la
presencia del objeto volante no identificado añadía una faceta que quizá confiriese
dimensiones insospechadas al caso. En cuanto a la existencia real del fenómeno no
propiamente dicho, el doctor Simon decidió mantenerse neutral.
Como la hipnosis es el método más apropiado para abrir brecha rápidamente en la
amnesia y quizá también, como el mismo doctor Simon dijo, sea la mejor llave para
abrir la puerta del cuarto cerrado, decidió utilizarla como parte de su tratamiento. La
aparición del objeto no identificado había llegado a adquirir extraordinaria
importancia para los Hill, y el estado de atención concentrada y alerta que produce la
hipnosis quizás arrojara nueva luz sobre su experiencia. A las ocho de la mañana del
sábado 4 de enero de 1964, los Hill llegaron a la consulta del doctor Simon, en Bay
State Road, donde iba a tener lugar su primera sesión después de la consulta
preliminar. Sería la primera de tres sesiones en que el doctor induciría
experimentalmente la hipnosis con objeto de acostumbrarles al tratamiento.
Durante estas sesiones, los Hill respondieron bien y el doctor quedó convencido
de que serían buenos pacientes, capaces de llegar al estado hipnótico de la
profundidad requerida. La repetición del proceso hipnótico durante un período de tres
semanas serviría para reforzar la inducción y establecer una clave de palabras
específicas posthipnóticas que, a su tiempo, sustituirían a la inducción hipnótica
propiamente dicha. De esta manera, las inducciones subsiguientes serían rápidas y
seguras. Explorando la amnesia, tanto el doctor como los pacientes irían como por un
callejón sin salida, y, reforzando el estado hipnótico, sería posible controlar
debidamente al paciente en caso de desórdenes emocionales, siempre posibles en el
transcurso de este tipo de exploración.
El nerviosismo de Barney aumentó algo al prepararse para someterse a la hipnosis
por primera vez. El doctor Simon se situó a su lado, junto a la gran mesa de trabajo
de su despacho, y le puso las manos en el costado, muy cerca de él, delante de la
mesa de trabajo y de un sillón cómodo.

—El doctor Simon empezó a hablarme —dijo, luego, Barney, explicando el


proceso hipnótico—, a decirme que estaba descansando, y me tenía bien cogido por
las manos, juntándomelas, diciéndome que me las apretaría mucho, mucho. Tanto que
no podría separarlas por mucho que lo intentara. Yo estaba junto a él, y me sentía

www.lectulandia.com - Página 75
muy ridículo, porque me decía que si la hipnosis consistía en eso había que convenir
en que era una solemnísima tontería, pero no lo dije en voz alta por no mortificarle.
Creo que, entonces, él dejó de hablar y me puso las manos en los ojos, para
cerrármelos. Me dije que no estaba realmente hipnotizado, y cuando le oí decirme
que no podría separar las manos, yo sabía que me bastaría con abrir los dedos en
abanico para demostrarle que se equivocaba. Pero lo que pasaba era que no tenía
ganas de abrir los dedos. Ni siquiera me sentía adormecido, pero advertí que estaba
despertándome y preguntándome cómo me encontraba. La verdad es que me
encontraba muy bien, muy tranquilo y a gusto, y ya no temía ser hipnotizado.
Como ocurre con frecuencia, el paciente tiene la impresión de que es él quien está
llevándole la corriente al hipnotizador, fingiendo hacer lo que le ordena, pero, al
mismo tiempo, y sin advertirlo, se va sumiendo en un profundo estado hipnótico y no
tiene ni conocimiento ni recuerdo alguno de lo ocurrido, a menos que el hipnotizador
le ordene que la recuerde.
Las dos sencillas palabras de la clave establecida por el hipnotizador producen
una rápida inducción y son repetidas varias veces durante las primeras sesiones, junto
con medidas de precaución diseñadas a comprobar la validez y profundidad del
estado hipnótico. Estas medidas son siempre las mismas: ordenar al brazo del
paciente que se vuelva rígido como una barra de acero (y se vuelve); comprobar la
insensibilidad al dolor a que se ha llegado en cada caso (cuando recibe órdenes en
este sentido, el paciente no reacciona al estímulo de que es víctima); ordenar al
paciente que el dedo del hipnotizador le quemará como un hierro caliente en cuanto
le toque (el paciente, entonces, apartará las manos, dolorido, aunque el dolor no
exista, y se deba tan sólo a la orden recibida); y otras.
Desde Mesmer, el empleo de la hipnosis en Medicina ha pasado por muchos
ciclos de popularidad; Breuer descubrió que sus pacientes eran capaces de recordar
sucesos traumáticos específicos con ayuda de la hipnosis. En parte porque comprobó
que no todo el mundo podía ser hipnotizado, Freud derivó hacia el método
psicoanalítico. La actitud actual de los médicos la refleja bien Lewis R. Wolberg,
doctor en Medicina, director médico del Centro Postuniversitario de Psicoterapia de
la ciudad de Nueva York y profesor clínico de psiquiatría del Colegio Médico de
Nueva York. Wolberg ha definido la hipnosis como un estado de suspensión,
semejante al del que estar en una hamaca, entre la consciencia y el sueño. Ha de ser
empleado según un plan preparado de antemano, sobre todo, cuando el paciente es
incapaz de expresarse con absoluta libertad o cuando descargas emocionales intensas
están comprimidas en su interior. «Cuando el paciente tiene recuerdos traumáticos
reprimidos —dijo Wolberg en una conferencia medica— puede ocurrir que esos
recuerdos estén tan herméticamente aislados que sea imposible llegar a ellos con
ayuda de las técnicas tradicionales. A veces, con ayuda de la hipnosis, es posible
penetrar en esas represiones lo bastante profundamente para llegar a los recuerdos
traumáticos».

www.lectulandia.com - Página 76
En el caso de Barney y Betty Hill, este aspecto del proceso hipnótico iba a tener
importancia. Penetrar en la amnesia requiere la posibilidad de retroceder en el
tiempo, de forma que la memoria del pariente se vuelva vívida y exacta, y cite
detalles olvidados desde hace tiempo en la mente consciente, que vuelven a emerger
de manera clara. No es insólito que una persona en estado hipnótico recuerde el
nombre y el color de los ojos de todos los que asistieron a su quinto cumpleaños, si el
hipnotizador se lo ordena, aunque entre aquel momento y el actual medien algunas
décadas. Existe, también, la tendencia a volver a vivir, recrear y reproducir el
fragmento de tiempo recordado, de modo que el paciente vuelve a sentir las mismas
emociones de la experiencia originaria; este proceso recibe el nombre de abreacción.
El doctor tiene que saber en todo momento que al sacar de nuevo a la superficie
recuerdos inconscientes y sensacionales puede ocurrir que al paciente le resulten
intolerables y den lugar a reacciones peligrosas. A veces, el paciente puede salir del
estado hipnótico si se siente amenazado de verdad, puede rehusar continuar en él o,
como en el caso de Barney Hill, puede incluso rogar que se le saque de él. Con
frecuencia, cuando llega la liberación emocional o abreacción, el paciente
experimenta un alivio inmenso. Es esencial que el elector controle por completo al
paciente durante la hipnosis; esto quedaría bien demostrado más tarde, en el
transcurso de las sesiones.

A pesar de sus recelos, Barney Hill se sintió intrigado por el proceso hipnótico.
—Después del primer ensayo de hipnosis —recuerda Barney Hill— ocurrió una
cosa muy curiosa. Estaba preparándome para la inducción hipnótica, cuando se me
ocurrió mirar el reloj de pulsera: serían entonces las ocho y cinco. El doctor me dijo
la palabra convenida y quedé hipnotizado. Por lo que se refiere al tiempo, sin
embargo, tuve la impresión de que me había despertado inmediatamente después,
pero miré el reloj y vi que eran más de las nueve. O sea, que tuve que haber
permanecido inconsciente durante una hora, aunque me pareció que el tiempo no
había transcurrido. Recordé, también, precisamente al comienzo de lo que tiene que
haber sido mi estado hipnótico, que me había tocado la mano algo que parecía un
brocha. Pregunté al doctor si podía tocarme otra vez de modo que yo lo viese;
entonces, él volvió a inducirme a la hipnosis y me mandó abrir los ojos en pleno
estado hipnótico y recordar después lo que iba a ver. Cogió un instrumento que
parecía una aguja y me tocó la mano con él; no sentí dolor, sólo la sensación de que
me rozaban la piel con una brocha. El doctor apretó y apretó, pero yo seguía sin sentir
dolor. Esto me asombró, porque, mirándome la mano y, luego, la aguja que me había
perforado la piel, no vi sangre. Así es cómo empecé a comprender que en aquel caso
podían ocurrir dos cosas; la primera, que se podía ser hipnotizado y recibir orden de
olvidarlo, de manera que, al despertar, no creía haberlo sido; la segunda, que se podía
ser hipnotizado y recibir orden de recordar, en cuyo caso se conserva el recuerdo de
cuanto ha tenido lugar durante el período hipnótico.

www.lectulandia.com - Página 77
A pesar de la excelente reacción de Barney a la inducción preliminar, el doctor
Simon persistió en su plan de celebrar otras dos sesiones preliminares o de ensayo,
durante las cuales Barney y Betty se afirmarían más aún en el proceso, de modo que
fuera posible luego llegar rápidamente a un estado hipnótico profundo; de esa forma,
la hipnosis podría continuar sin interrupción. Como Barney, Betty Hill resultó ser una
excelente paciente. El doctor Simon comprobó que se sumía fácilmente en profundo
estado hipnótico y que respondía a pedir de boca tanto a la hipnosis como a las
órdenes posthipnóticas, sin la menor vacilación.
En vista de que ambos pacientes respondían perfectamente a la inducción, el
doctor Simon comprendió que en sesiones futuras podría limitarse a pronunciar las
palabras convenidas, que provocarían el estado hipnótico; sin embargo, decidió
asegurarse bien de antemano con algunas inducciones hipnóticas profundas.
El doctor puso también a prueba a los Hill durante las tres sesiones preliminares
con varías sugerencias posthipnóticas, tales como que, tres minutos después de salir
del estado hipnótico, fumarían un cigarrillo cuyo sabor sería tan malo que no tendrían
más remedio que escupirlo; y que, luego, fumarían otro que sabría bien. Ellos
reaccionaron en cada caso de acuerdo con sus órdenes. Les mandó (por separado,
porque era así como pensaba hacerlo en sus sesiones posteriores) que no recordasen
nada de lo que habían revelado en estado hipnótico, a menos que él se lo permitiese.
Hasta que tuviese en su poder toda la historia y pudiese aquilatar sus posibles efectos
emocionales, decidió imponer de nuevo la amnesia a los Hill al final de cada sesión.
Esto tenía también por objeto impedir que los Hill hablasen entre sí de ello después
de las sesiones, evitando tergiversaciones que pudieran surgir de discusiones sobre el
material revelado en estado hipnótico. Más tarde, el recuerdo de lo que habían dicho
estando hipnotizados podría serles comunicado a los dos escuchando de nuevo las
cintas magnetofónicas o dándoles orden de que lo recordaran cuando fuera
terapéuticamente aconsejable.
El doctor decidió empezar con Barney, retrotraerle a la noche del 19 de
septiembre de 1961 y forzarle a revelar todos los detalles del viaje que hizo con su
mujer desde Canadá a Portsmouth. Como que en el trance Barney daría, sin duda,
detalles de notable claridad, existía una razonable probabilidad de que salvara el
vacío amnésico en estado hipnótico y, entonces, el apagón posthipnótico de su
memoria permitiría a Betty revelar su propia versión del incidente en sesiones
sucesivas, sin dejarse influir por Barney.
Con frecuencia, cuando el paciente se halla sumido en un profundo trance, no
puede recordar lo que le ha ocurrido durante la sesión al volver de nuevo a la realidad
por orden del hipnotizador. Lo recuerda, sin embargo, si el hipnotizador se lo ordena.

Los ensayos y el periodo inductivo terminaron con la tercera sesión; entonces, los
Hill comenzaron a esperar con impaciencia. El comienzo de las sesiones propiamente
dichas, pensando que, ahora, se aclararía para siempre el misterio de Indian Head.

www.lectulandia.com - Página 78
Ambos se sentían bien y tranquilos después de la hipnosis; casi se diría que estaban
gozando de sus efectos.
—Lo recuerdo —dice Barney— como si saliera de un baño caliente, lleno de
agua, con todo mi sistema nervioso a gusto y cosquilleándome agradablemente. Una
grata sensación de cosquilleo, como después del masaje.
Pero ambos sabían que lo serio estaba a punto de empezar, que les esperaba una
larga lucha por poner fin a las inquietudes que amargaban, sus vidas desde hacía
muchos meses. Los Hill, pues, llegaron al despacho del doctor Simon el 22 de febrero
de 1962, por la mañana. Betty sabía que ella sólo iba a reforzar su inducción,
mientras que Barney comenzaba su excursión hacia lo desconocido.
El sistema del doctor estuvo bien claro durante aquella sesión; lo que él quería,
después de reforzar la inducción de Betty (por el sencillo procedimiento de volverla a
hipnotizar, de modo que conservara su facilidad de sumirse en un trance profundo
para cuando le llegara el turno de someterse al tratamiento) era que Barney volviese
mentalmente a la noche del viaje y la reconstruyese con detalle. Una amnesia
psicológicamente inducida suele acarrear la perdida de la memoria en cuanto se
refiere a ideas o experiencias desagradables, apartándolas de la consciencia.
Concentrando la atención por medio de la hipnosis, se llega a lo contrario de la
amnesia; la hipermnesia o memoria superlativa. En esta sesión, el doctor esperaba
que no sólo volviera a la memoria de Barney el material olvidado, sino que, además,
volviese a experimentar las emociones de aquel momento. Recuperar los recuerdos
sin sus emociones correspondientes resultaría insuficiente desde el punto de vista
terapéutico.
Para grabar la sesión en cinta magnetofónica, el doctor Simon se sirvió de un
magnetófono tipo «Revere M-2», automático, a 1 7/8 revoluciones por segundo. Las
cintas eran de larga duración y se podían cargar de antemano en el aparato, a fin de
reducir al mínimo posible las interrupciones durante la sesión. Siempre que una
interrupción era inevitable, el doctor Simon se limitaba a dar un golpecito en la
cabeza a Barney, ordenarle no oír ruido alguno durante el intervalo y, luego, volver a
darle un golpecito para que siguiera la sesión interrumpida. El paciente hipnotizado
tiene tal exactitud de retentiva y memoria que, cuando se lo mandan, continúa
hablando en el mismo punto en que dejó interrumpida la frase. Su capacidad de
recuerdo y reconstrucción de cosas pasadas es casi tan exacta como la del
magnetófono, pero tiene la ventaja de que puede ser interrumpida y recomenzada con
sólo una orden del hipnotizador.
Más aún: el paciente acepta las órdenes y las preguntas del hipnotizador de
manera literal. Si se le pregunta: «¿Habló a este hombre?». El paciente responderá:
«No, no le hablé, le murmuré».
La precisión de la respuesta es de este calibre.

Barney se sentó ante la mesa de trabajo del doctor. Se disponía a coger un

www.lectulandia.com - Página 79
cigarrillo, pero el doctor Simon pronunció la palabra convenida y él bajó la cabeza.
Cruzó las manos sobre el regazo, con el aire de quien se ha quedado adormilado
mientras está leyendo el periódico, repantigado en su sillón favorito. Una vez
inducido el trance profundo, el doctor comenzó la sesión.

DOCTOR: (Está ultimando el tronce, reforzándolo). Está usted cada vez más
profundamente dormido. Ahora lo recordará usted todo y me lo contará.
BARNEY: Sí.
DOCTOR: Y quiero que me cuente todas sus experiencias detalladamente.
Todos sus pensamientos y todas sus sensaciones, comenzando por el
momento en que salieron del hotel. ¿Estaban ustedes en Montreal?
BARNEY: (Su voz, en la cinta magnetofónica, suena ahora
sorprendentemente monótona y como mecánica, a diferencia de sus
inflexiones llenas de animación cuando conversa normalmente.
Responde a las preguntas del doctor de manera brusca, sin inflexiones
apenas, con una curiosa monotonía y con precisión matemática). No
estábamos en Montreal, estábamos en un motel.
DOCTOR: Estaban en un motel. ¿Cómo se llamaba?
BARNEY: En otra ciudad.
DOCTOR: Sí, pero ¿dónde?
BARNEY: No consigo recordarlo.
DOCTOR: ¿Era cerca de Montreal?
BARNEY: Estaba a ciento ochenta kilómetros de Montreal, aproximadamente.
(Es interesante comprobar cómo se fija en los detalles, añadiendo la
palabra aproximadamente a un número tan exacto de kilómetros).
DOCTOR: ¿Por qué no consigue recordarlo? (Tiene que haber algún motivo.
En un trance tan profundo, el paciente suele recordar muchos detalles).
BARNEY: Llegamos al motel de noche, y no vi ningún nombre en la entrada.
(Como era de esperar, Barney encuentra el motivo).
DOCTOR: Ya. ¿Sabe usted qué ciudad era?
BARNEY: No era una ciudad. Era en el campo. Habíamos ido en coche desde
las cataratas del Niágara, por Canadá.
DOCTOR: Continúe. Cuénteme su llegada allí.
BARNEY: Llegamos a ese sitio, pero no vimos ningún indicio de ciudad
cercana y el coche hacía mucho ruido. Íbamos en el coche de Betty.
Conducía yo. (La precisión casi torpe de la frase es normal en el
paciente sumido en un profundo trance). Y yo paré junto a un garaje de
la carretera y me dijeron que el coche necesitaba ser engrasado. Así,
pues, lo engrasaron y eliminaron el ruido que hacía el coche. Entonces,
decidimos que lo mejor era no seguir hasta Montreal y buscar algún
sitio donde pasar la noche. Y fue entonces cuando vimos ese motel,

www.lectulandia.com - Página 80
pero no nos fijamos en el nombre. (Aquí, vuelve a explicar el motivo de
que no recuerde el nombre. También ha recibido orden de revelar todos
sus pensamientos, además de sus acciones). Lo que yo pensaba en
aquel momento era: ¿Me permitirán pasar la noche allí? Porque a lo
mejor nos decían que el motel estaba lleno, y yo me preguntaba si sería
por mis prejuicios…
DOCTOR: ¿Por los prejuicios de usted?
BARNEY: Por los prejuicios de ellos.
DOCTOR: ¿Por qué es usted negro?
BARNEY: Porque soy negro.
DOCTOR: Ya le han ocurrido incidentes por el estilo otras veces, ¿no?
BARNEY: Nunca me han negado la entrarte en un sitio público.
DOCTOR: ¿Quiere decir que, a pesar de todo, le preocupa esa posibilidad?
BARNEY: Sé que esas cosas ocurren y me preocupaba porque estaba cansado.
Y cuando fui a ese motel, me dejaron entrar sin dificultades. Nos
cobraron doce dólares por los dos y pasamos la noche allí.
DOCTOR: ¿Habló usted a su mujer de lo que le preocupaba? ¿Comparte ella
esa preocupación con usted?
BARNEY: Ella no comparte mi preocupación sobre esa cuestión.
DOCTOR: ¿Habló usted con ella de esto o se lo calló?
BARNEY: Suelo hablar de esto con ella.
DOCTOR: ¿Y habló en aquella ocasión?
BARNEY: No. Nunca le digo esas cosas cuando estamos buscando un sitio
donde dormir.
DOCTOR: Muy bien. Bueno, siga contando.
BARNEY: Llevábamos con nosotros una perra y nos dijeron que era muy
bonita, como un perrito pachón, y que no importaba que la lleváramos a
la alcoba. (Se refiere, naturalmente, a Delsey, y la describe
literalmente, tal como es). A la mañana siguiente, nos levantamos
temprano. Nos sentíamos muy bien y fuimos a un restaurante que había
al otro lado de la calle. Y decidimos desayunar allí. Yo tomé zumo de
naranja, como de costumbre, jamón, huevos, café. Luego, nos pusimos
en marcha por la amplia autopista, una carretera estupenda, capaz para
cuatro coches al mismo tiempo en algunas partes. (De nuevo, se adviene
su deseo de dar todos los detalles que recuerda, tengan o no
importancia). Estamos llegando a Montreal, y he de reconocer que la
idea de parar allí me hace muy poca gracia.
DOCTOR: ¿Por qué?
BARNEY: Es una gran ciudad, hay demasiado tráfico y confusión, y las calles
están llenas de camiones. Muchísimo tráfico. El tráfico cada vez es más
denso y no quiero quedarme en Montreal con tanto tráfico. Ya me

www.lectulandia.com - Página 81
resulta bastante difícil ir por la ruta que deseo. Trafico por todas partes,
y decido que lo mejor es encontrar un motel, si queremos pasar la
noche. Me entero con disgusto de que todos los moteles están a bastante
distancia o, por lo menos, a mí me parece que están lejos de la ciudad.
Y aquí me tienen, dando vueltas y más vueltas y veo a bastantes negros,
lo que me sorprende. No había pensado que hubiera negros en
Montreal. Y estoy a bastante distancia de la parte inferior de la ciudad y
todos los edificios tienen hierro, como las escaleras, en el exterior. Y
me detengo junto a un garaje y pregunto por dónde se va a donde quiero
ir y no me entienden y, entonces, advierto que no hablan inglés. (Barney
habla en el presente de indicativo, lo cual indica que está reviviendo
todos los acontecimientos de la manera más completa, que no se limita
a contar lo que le ocurrió). Le digo, pues, que me ponga dos dólares de
gasolina y me voy. Doy con un policía que está dirigiendo el tráfico…
DOCTOR: ¿Por qué sólo pidió dos dólares de gasolina, en vez de mandar
llenar el depósito?
BARNEY: Paré para preguntar la dirección, no para cargar gasolina.
DOCTOR: Es decir, que quiso recompensarles de alguna manera, ¿no es eso?
BARNEY: Pensé que tenía que corresponder. Y me paro junto al policía y le
preguntó: «¿Por dónde se va a la carretera 3?» y el policía habla inglés,
aunque bastante mal, con mucho acento, pero me da la dirección que le
pido. Paso junto a una escuela preciosa, una escuela católica. Veo al
sacerdote, a la puerta. Grande y bella pradera, está en una cuesta.
Preciosa escuela, en Montreal. Y vuelvo a equivocarme de dirección…
(Barney continúa describiendo con todo detalle el viaje que hizo por
Canadá y la parte superior de Vermont). ¡La una y cuarto! Oscurece, la
carretera no es buena, pero la distancia hasta New Hampshire es corta y
veo el aviso de Colebrook. Ya era hora… me siento muy bien. Tengo la
impresión de que terminó el viaje y de que ya estamos en la carretera 3,
veo la carretera 3, a la izquierda y a la derecha, justo enfrente de mí, y
me siento algo confuso, pues me doy cuenta de que lo que yo quiero es
ir derecho y no a la izquierda. Decido parar y consultar el mapa y doy la
vuelta y vuelvo a un restaurante, el mismo junto al que acabamos de
pasar, aparco el coche y entramos. Allí, veo a una mujer de tez oscura.
Pienso que es demasiado atezada para ser caucásica y me pregunto:
¿Será negra desteñida? ¿O india? ¿O blanca? La mujer empieza a
servirnos y advierto que no es muy amable. Y otros que están en el
restaurante se ponen a miramos a Betty y a mí y parecen vernos con
buenos ojos o alegrarse de que estemos allí, pero a la mujer de tez
oscura parece ocurrirle lo contrario y yo me pregunto si… si ella piensa
que me he dado cuenta de que es negra y quiere hacerse pasar por

www.lectulandia.com - Página 82
blanca. Como una hamburguesa y me siento impaciente con Betty
porque… porque no termina de tomar el café para que podamos seguir
nuestro camino de una vez y mi reloj de pulsera marca las diez y cinco
y me digo que no debiéramos llegar a Portsmouth más tarde de las dos
de la madrugada.
DOCTOR: ¿No dijo hace un minuto que ya era la una y diez o la una y
quince?
BARNEY: Dije carretera 114.
DOCTOR: Bueno, muy bien, continúe.
BARNEY: Lo veo todo oscuro, muy oscuro. No hay tráfico, y Betty me dice
que pare el coche para que salga Delsey… Es la perra.
DOCTOR: ¿Por qué se llama Delsey?
BARNEY: Creo que porque sus dueños anteriores la llamaban Dolce…
(pronuncia esta palabra imitando la pronunciación italiana: dolche)…
Dolce… Y Betty comenzó a llamarla Doise. Así es como empezó a
llamarse Delsey.
DOCTOR: Bueno, siga, dice que paró para que Delsey saliera del coche.
BARNEY: No lo puedo remediar, sigo pensando en Canadá. Pero en
Coaticook, Canadá.
DOCTOR: Sí…
BARNEY: No puedo parar junto al restaurante. Así, pues, paro en plena calle y
tenemos que ir a pie hasta el restaurante, y todos los que pasan por la
calle nos miran. Y entramos en el restaurante y todos se ponen a
mirarnos. Y veo a un hombre que a mí me parece el prototipo del
«matón profesional». Con el pelo largo. Inmediatamente, me pongo en
guardia, por si trata de armar jaleo. Y nadie me dice nada… y nos
sirven.
DOCTOR: ¿Estaba en Canadá el otro restaurante donde también pararon?
BARNEY: Ése estaba en Colebrook, New Hampshire.
DOCTOR: ¿Y por qué sus pensamientos vuelven siempre a Canadá? ¿Está
recordando algo?
BARNEY: Nada, es que volví allí. Volví porque cuando Betty estaba
diciéndome que parase el coche, al salir de Colebrook, New Hampshire,
yo estaba pensando que tenía que dominarme y no pensar que todos me
miraban con malos ojos, quiero decir, no sospechar que todo el mundo
me era hostil. Allí no había hostilidad ninguna. Era un restaurante muy
agradable. La gente era amable. Yo estaba preguntándome por qué me
preocuparía esto a mí, y por qué estaría siempre a la defensiva, y todo,
porque vi que uno de los chicos llevaba el pelo largo.
DOCTOR: Y así fue cómo volvió usted mentalmente al Canadá, ¿no?
BARNEY: Sí. Estaba pensando en esto cuando llegamos a New Hampshire, y

www.lectulandia.com - Página 83
Betty me dijo que parase para que la perra saliera a dar un paseo. Fue
entonces cuando volvieron mis pensamientos… (Aquí, poco antes de la
aparición del objeto volante, Barney vuelve a revelar sus recelos, su
incertidumbre ante el problema de ser aceptado por los demás como un
igual, su necesidad de apoyarse en los demás. Colebrook, lugar hostil,
quizá por una relación de tipo «clang» [término psiquiátrico que
significa una semejanza de sonidos que evoca cosas pasadas], le
recordó a Coaticook).

BARNEY: (Continúa describiendo el viaje por la carretera US 3. Cerca de


Lancaster, New Hampshire; según sus recuerdos, es donde ven el objeto
en el cielo por primera vez). Miro por el parabrisas del coche y veo una
estrella. Es curioso, pero dije: «Betty, mira, un satélite». Y, entonces,
paro el coche a un lado de la carretera y Betty se bajó de un salto, con
los binóculos. Y cogí la cadena y se la puse a la perra y dije: «Anda,
Delsey, sal de aquí». Y Delsey se baja de un salto… (Barney está
confundiendo el presente con el pretérito indefinido, debido
probablemente a la intensidad con que siente lo que está diciendo). Y
miro al cielo y, luego, miro a Delsey y la llevo a dar un paseo en torno
al coche y digo: «Date prisa, Betty, que yo también quiero mirar». Y
Betty me pasa los binóculos. Y lo que veo no es un satélite. Y se lo digo
a Betty y le devuelvo los binóculos. Y quedo contento.
DOCTOR: ¿Qué clase de avión era?
BARNEY: Miro… Está a la derecha. Y no va en la dirección que me había
parecido. No pasa sobre mí, a la derecha, sobre mi hombro derecho.
Pienso que pasará sobre mi hombro derecho, a mucha distancia, hacia el
Norte. Estoy de cara al Oeste y mi derecha está al Norte. Pero no va
hacia el Norte. (En su voz se percibe un ligero deje de asombro. Por
este deje se puede comprender que está reviviendo lo sucedido, no sólo
contándolo).
DOCTOR: ¿Tiene hélices?
BARNEY: Y eso sí que me parece extraño. No las veo. No oigo ruido de
motor. Así, pues, no puedo saber si tiene hélices.
DOCTOR: ¿Está en marcha el motor de su coche?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: ¿Y que pasó con el ruido que hacía antes de que hiciera engrasarlo?
BARNEY: Ya no hacía aquel ruido. Y yo no me acuerdo de que mi motor
estaba en marcha. Lo único que me preocupaba era que no se parase
mientras yo estaba allí, mirando, con los faros encendidos y el motor en
marcha. Me preocupaba tanto, que miré los tubos de escape y me dije
que aún salían gases…

www.lectulandia.com - Página 84
DOCTOR: De los tubos de escape de…
BARNEY: De mi coche. Así, pues, ya no me preocupé más del asunto. Y aquel
objeto, que era un avión… que no era un avión. Era… ¡Ay, qué gracia!
Avanzaba hacia nosotros. Levanté la vista y luego, miré la carretera. Y
pensé: «¡Qué oscuro está todo!». Y me sentí preocupado. ¿Y si ahora
sale un oso? Volví al coche y dije: «Betty, vámonos. Sólo es un avión. Y
viene en esta dirección. Lo que ocurre es que ha cambiado de dirección.
Será una avioneta».
DOCTOR: Las avionetas sólo tienen una ventana o dos, ¿no? ¿Vio usted
ventanas en aquélla?
BARNEY: Es lo que dije y es lo que vi cuando volví a mi coche. Una avioneta.
DOCTOR: ¿Dice que había visto una avioneta?
BARNEY: Y sigo conduciendo y Betty sigue mirando. Y dice: «Barney eso no
es un avión, nos está siguiendo». Y paro y levanto la vista y veo que
sigue allí. A bastante distancia. Busco, pues, un sitio donde aparcar. Y
veo una carretera secundaria que sale de la principal, allí puedo aparcar.
Si viene algún coche, no chocara con el mío. Y me bajo del coche y
pienso… ¡qué raro! (En su voz hay ahora un deje de extrañeza. Como si
augurase algo malo). Porque sigue allí arriba. Y Betty dice, creo que
dijo, estoy furioso con ella, me digo para mis adentros. Creo que Betty
está tratando de hacerme creer que es un platillo volante.
DOCTOR: (El magnetófono necesita un pequeño reajuste; hay que
interrumpir la sesión). Muy bien. Detengámonos aquí, por ahora. Hasta
que yo vuelva a hablarle, usted no oirá el menor ruido aquí. Estará usted
cómodo y a gusto. Descansará hasta que yo vuelva a dirigirle la palabra.
(El doctor ajusta el aparato. Luego). Muy bien. Puede seguir.
BARNEY: Y me pregunto por qué no se aleja. Y paro y vuelvo a mirar. Y veo
que ha seguido y está delante de nosotros, sobre Cannon Mountain. Y
pienso que cuando pase más allá de «El Viejo de la Montaña»… (Se
refiere a una formación natural de piedras que se ha convenido en el
símbolo de New Hampshire). Ése será un buen observatorio para ver de
una vez qué es ese objeto. Y pienso informar a las autoridades.
DOCTOR: Así, ¿cree usted que es una avioneta?
BARNEY: Lo que quisiera saber es cómo pueden ser pilotos militares los que
guían ese avión. No debieran comportarse así. No debieran comportarse
así. Por culpa de ellos, cualquiera puede sufrir un accidente. ¿A quién se
le ocurre volar de esa manera? ¿Y si se me echan encima? Los pilotos
militares debieran ser más conscientes.
DOCTOR: ¿Era un avión de un solo motor?
BARNEY: Lo ignoro.
DOCTOR: ¿Dice que no tenía hélice?

www.lectulandia.com - Página 85
BARNEY: (Con la misma voz átona y monótona de siempre). Yo no vi
ninguna.
DOCTOR: ¿Había suficiente luz para verlas? (Durante todo el interrogatorio,
el doctor está tanteando, volviendo a tantear, estimulando).
BARNEY: Era como una luz que se mueve por el cielo. Y no oí ningún ruido.
Y pensé: «Esto es ridículo». Y… (Está hablando como si Betty
estuviera con él). «¡Betty! Esto no es un platillo volante. ¿Por qué dices
esas cosas? Eres tú quien quiere creerla, no yo». (Su voz vuelve a ser
monótona y muerta). Y sigue allí arriba. Y yo querría que pasase algún
policía del Estado o cualquiera, porque esto es peligroso.
DOCTOR: ¿Qué peligro había?
BARNEY: Estoy pensando en bañarme en French Creek, con mis dos hijos. Y
este avión me pasa por encima y se nos echa encima y para a unos
centímetros de altura sobre el parque del Estado. (El movimiento del
objeto en el cielo recordó a Barney un incidente semejante, que le
había ocurrido hacía algún tiempo con un avión, que le produjo honda
impresión, es interesante comprobar cómo se relacionan las
reminiscencias y cómo conservan la claridad y la viveza, a pesar del
tiempo transcurrido).
DOCTOR: ¿En French Creek?
BARNEY: En Pennsylvania. French Creek, en Pennsylvania.
DOCTOR: ¿Era una avioneta?
BARNEY: No, un avión de propulsión a chorro. Y lo sentí casi rozarme el
pecho. La explosión cuando volvió a tomar altura. Y mis orejas querían
reventar. Y pensé en esto. Y me enfadé con este avión que vuela en
torno a mí. ¿Por qué lo hace? Y es que la explosión supersónica asusta.
(Se refiere a la explosión supersónica del avión de propulsión a chorro
que rompió la barrera del sonido en French Creek. Barney teme que
esto mismo vuelva a ocurrir allí, en White Mountain).
DOCTOR: ¿El avión de propulsión a chorro?
BARNEY: Sí. French Creek.
DOCTOR: Si ese avión que a usted le pareció una avioneta produjo algún
ruido, puede usted oírlo ahora. (El paciente puede «oír» de nuevo los
sonidos de sus experiencias pasadas).
BARNEY: No oigo absolutamente nada.
DOCTOR: ¿Absolutamente nada?
BARNEY: (Casi en tono de queja). Lo que quiero oír es un avión de
propulsión a chorro. ¡Ay! ¡Tengo unas ganas tremendas de oírlo! Quiero
oírlo. (Se refiere al ruido del motor, no al de la explosión supersónica.
Siente fuertes deseos de relacionar ese objeto misterioso con la
realidad).

www.lectulandia.com - Página 86
DOCTOR: ¿Por qué? ¿Por qué siente tantos deseos de oír un avión de
propulsión a chorro?
BARNEY: Porque Betty me está poniendo furioso. Me está poniendo furioso,
porque me dice: «¡Míralo, qué extraño! ¡No es un avión! ¡Míralo!». Y
yo sigo pensando: «Pues tiene que serlo». Y quiero oír el zumbido del
motor. Quiero oír el motor.
DOCTOR: ¿Estaba muy lejos?
BARNEY: Estaba… Pues… No, no lejos. A unos trescientos metros de altura,
creo yo.
DOCTOR: ¿Trescientos metros?
BARNEY: Trescientos metros.
DOCTOR: Si fuera una avioneta, ¿cree usted que volaría tan silenciosamente a
esa distancia?
BARNEY: (Que es veterano observador de aviones). No… Sé muy bien que
no era una avioneta.
DOCTOR: (Insistiendo, en busca de datos concretos y de contradicciones). ¿Y
cómo sabe usted tanto sobre avionetas?
BARNEY: Creí que sería una avioneta porque las había visto amarizando en el
lago Winnipesaukee. Y las he visto (con tren de aterrizaje anfibio)
aterrizar también en hielo. Y paré el coche, y Betty y yo dijimos: «Mira,
por ahí va otro». Y nos gustaba mirar esos aviones. Y yo sabía que
estábamos en una montaña, donde también había visto avionetas, y por
eso creí que aquello era una avioneta.
DOCTOR: De acuerdo.
BARNEY: Pero no lo era. Iba a demasiada velocidad. Se movía con demasiada
rapidez. Subía y bajaba. Daba vueltas con tanta rapidez… (En su voz se
nota cada vez más asombro, como si estuviera viendo de nuevo el
objeto de que habla). Podía lanzarse en una dirección… y dar marcha
atrás.
DOCTOR: ¿Avanzaba y daba marcha atrás o describía círculos?
BARNEY: Iba… iba al Oeste y luego sin dar la impresión de haber dado la
vuelta volvía en dirección contraria, iba como un… (Vacila, buscando
un símil adecuado). Me hace pensar en una pelota atada a una raqueta
con una goma larga. Uno golpea la pelota y la pelota sale despedida y
vuelve por donde se fue, sin describir ningún círculo. Y pienso que sólo
un avión de propulsión a chorro podría moverse con tanta rapidez. Y
me gustaría encontrar un buen lugar de observación para ver bien este
objeto, lo que sea. Y veo una tienda indígena y reconozco este lugar y
me siento seguro. Y me siento… rodeado por la hostilidad estéril de
este lugar boscoso… (Se refiere a la tienda indígena comercial, cerrado
ahora por haber terminado la temporada turística, pero donde en

www.lectulandia.com - Página 87
verano se vendían recuerdos de Indian Head).
DOCTOR: ¿En qué sitio se encuentra?
BARNEY: En Indian Head. Ya había estado allí en otras ocasiones. Y me
siento más tranquilo por estar en un lugar conocido. Y me digo que lo
mejor es fijarme bien en ese objeto, porque Betty estaba poniéndose
muy pesada. Estaba poniéndose pesada porque no hacía más que
decirme: «¡Mira!». Y yo no podía mirar, porque tenía que conducir el
coche.
DOCTOR: ¿Cree usted que lo decía en serio?
BARNEY: Sé positivamente que lo decía en serio.
DOCTOR: ¿Estaba excitada?
BARNEY: Y Betty se excita muy raras veces. No se siente… no se deja llevar
por las cosas como yo, ni se excita súbitamente. Y esto, esto me irritó,
porque advertí que estaba excitada. Y no podía estarlo por nada, tenía
que haber algo que la excitara.
DOCTOR: Dijo usted que le parecía que Betty estaba intentando convencerle
de que aquello era un platillo volante. ¿Habían hablado ustedes de
platillos volantes?
BARNEY: No. (No está seguro de lo que pregunta el doctor; así, pues, le pide
que se lo aclare). ¿Quiere decir que si no hemos hablado nunca de eso?
¿A cuándo se refiere usted?
DOCTOR: Me refiero a si han hablado de ello alguna vez, cuando sea.
BARNEY: Sí. Hemos hablado de platillos volantes. Y nunca he oído decir a
nadie nada definitivo, excepto afirmar que existen. Betty decía que
creía en ellos.
DOCTOR: ¿Creía en ellos, su mujer?
BARNEY: Yo pensaba… que no era importante. Yo no creía en ellos.
DOCTOR: Pero ella, sí. ¿No es eso?
BARNEY: Sí, Betty creía en platillos volantes.
DOCTOR: ¿Y tenía alguna razón para creer en ellos?
BARNEY: Su hermana. Estoy pensando en algunas visitas que hicimos a su
madre y su hermana, que viven en Kingston, New Hampshire. Viven en
una zona tranquila y agradable, donde sólo hay tres casas. Las de sus
dos hermanas y la de su madre. Y, de noche, se puede mirar al cielo y
ver millones de estrellas. Y uno piensa: «¡Qué bello es esto!». Y
estábamos hablando de satélites. Los rusos han lanzado el Sputnik. Y su
padre estaba hablando de eso y decía que desde allí se ven satélites, a
ciertas horas. Y empezamos a hablar de volar, y de vida en otros
planetas. Y, entonces, la hermana de Betty dijo que ella había visto un
objeto volando, largo, en forma de cigarro puro, y que otros objetos
menores se le acercaban y se apartaban de él. (En los archivos del

www.lectulandia.com - Página 88
Comité Nacional de Investigación de Fenómenos Aéreos hay docenas
de informes sobre apariciones de este tipo). Yo escuchaba, pero no
criticaba lo que oía. Pero no pensaba en ello, me limitaba o escuchar y
me sentía ajeno e indiferente a la conversación. Pero no he vuelto a
hablar de platillos volantes desde 1957, que fue cuando hablamos del
Sputnik. Y lo otro fue en 1961.
DOCTOR: Bueno; pues volvamos ahora a 1961. Y usted está buscando un
sitio desde donde poder observar este objeto. Y Betty no hace más que
irritarle con su insistencia.
BARNEY: (Brusca y ásperamente). ¡Quiero despertar! (Esto es indicio de que
el paciente está quizás al borde mismo de un recuerdo doloroso, un
recuerdo con el que no quiere enfrentarse ni siquiera en pleno trance.
El doctor Simon advierte en este momento que puede producirse una
violenta reacción emocional).
DOCTOR: (Con firmeza). No se despertará usted. Está usted profundamente
dormido. Está usted a gusto, descansado. Esto no va a causarle el menor
daño. Continúe. Ahora, puede recordarlo todo.
BARNEY: (Empieza a excitarse visiblemente). ¡Está precisamente encima de
mí, a mi derecha! ¡Santo Dios! ¿Qué es? (Su voz empieza a traicionar
un cierto temblor). Y yo estoy tratando de dominarme, para que Betty
no advierta que tengo miedo. ¡Dios santo, tengo miedo!
DOCTOR: (Su voz es tranquila, muy tranquila, y firme, frente a la emoción,
cada vez mayor, de Barney). Todo va bien. Continúe usted con su
experiencia, no le hará ningún daño, ahora. (Barney prorrumpe en
sollozos entrecortados; luego, empieza a gritar).
BARNEY: ¡Un arma! ¡Me hace falta un arma! (Grita de nuevo, sus sollozos se
vuelven incontenibles. El doctor tiene que enfrentarse ahora con una
decisión difícil: imponer amnesia al paciente y sacarle del trance, o
forzarle a seguir adelante con su experiencia, hacia una liberación de
sensaciones [abreacción]. Además, lo normal es que el período
amnésico aparezca en algún punto de esta zona mnemónica y aún no ha
sido penetrado).
DOCTOR: (Con mucha firmeza). Duérmase. Ahora, puede olvidar. Ya ha
olvidado. (Permite a Barney un alivio momentáneo). Ahora, ya está
usted tranquilo. Sumamente tranquilo. Ya no hay motivo para que grite.
(Ahora, le vuelve al incidente. La reacción violenta de Barney se
aquieta un poco, pero sigue respirando pesadamente). Pero, ahora,
puede recordar. Siga recordando. Piensa usted que necesita un arma.
BARNEY: Si.
DOCTOR: Tuvo la impresión de que ese objeto le haría daño.
BARNEY: (Habla muy excitado). Sí. Abrí la caja de herramientas del coche y

www.lectulandia.com - Página 89
saqué la llave de tuercas… parte del gato. Y me subí de nuevo al coche.
(Aumenta de nuevo su terror).
DOCTOR: Sí, muy bien, no pierda el dominio de sus nervios.
BARNEY: Y puse la llave de las tuercas junto a mí. Y, entonces, me bajé con
los binóculos. (Con un terror sordo). Y está aquí. Y miro. Y miro. Y
está precisamente en el campo. Y pienso, pienso… que no tengo miedo.
No tengo miedo… (Pero su voz traiciona terror). Voy a enfrentarme
con él. Y ando. Y voy andando y cruzo andando la carretera. ¡Ahí está!
¡Delante de mi! ¡Oh, Dios! (Prorrumpe de nuevo en gritos).
DOCTOR: Está aquí. Lo ve. Pero no le harán el menor daño.
BARNEY: (Profundamente excitado). Pero ¿por qué no se va de aquí?
¡Mírele! (Se oye un jadeo muy fuerte). ¡Hay un hombre ahí dentro!
Es… es… ¿Es el capitán? ¿Qué es? Me… me está mirando.
DOCTOR: Un momento. Volvamos un poco sobre nuestros pasos. Dijo usted
que el objeto estaba allí. ¿A trescientos metros de distancia? (El doctor
se refiere, ahora, a la última vez que Barney mencionó distancias. En el
espacio de tiempo que abarca el de Barney el objeto se ha situado
ahora a una altura ligeramente superior a la de los árboles y a unos
cientos de pasos de Barney, como este mismo recordó más tarde.
Barney estaba en el campo, solo).
BARNEY: No, no.
DOCTOR: ¿Serían novecientos metros?
BARNEY: No. No parece que está tan lejos. Es muy grande. ¡Y veo que está
inclinado hacia mí!
DOCTOR: Y, ahora, ¿qué aspecto tiene?
BARNEY: (Vacila mucho, como si estuviera observando cuidadosamente el
objeto que está sobre él, en el cielo, pero mucho más tranquilo, ahora,
y mucho más objetivo). Parece… una torta… grande. Con ventanas… e
hileras de ventanas y luces. No, luces, no. Sólo una luz enorme.
DOCTOR: ¿Hileras de ventanas? ¿Como las de un avión comercial?
BARNEY: Hileras de ventanas. No son como las de los aviones comerciales,
porque son curvas, a lo largo de un lado entero de esta… esta torta. Y
me digo; «¡Dios santo, no! Tengo que mover la cabeza, tengo…
tengo… Esto no puede ser verdad. Estoy viendo visiones». (Suspira
profundamente, casi gime). Oh, pero si sigue aquí… (En su voz se
percibe un tono de fatalismo y resignación). Y miro… miro carretera
arriba y carretera abajo. ¿Por qué no viene nadie? ¿Por qué no viene
nadie a decirme que estoy viendo visiones? No puede ser, pero…
DOCTOR: Está usted a salvo. Ahora, puede verlo todo con claridad.
BARNEY: (Completamente resignado). Está ahí.
DOCTOR: (Es posible que Barney esté soñándolo. El doctor insistirá en este

www.lectulandia.com - Página 90
punto). Aquella noche, no había dormido usted, ¿no es cierto?
BARNEY: Me pellizqué el brazo derecho… No, no fue el brazo derecho. Fue
el izquierdo. Estoy muy confuso.
DOCTOR: Ahora, lo ve todo claramente, tranquilícese.
BARNEY: (El tono de fatalismo que se percibe en su voz se acentúa). Sigue
allí. (Como si se le ocurriera de pronto una idea). Si dejo caer los
binóculos y dejo que me cuelguen del cuello… y empiezo otra vez, a lo
mejor resulta que cuando vuelva a mirar ya se ha ido de ahí.
(Resignado, parece dispuesto a hacer lo que dice, como si fuera un rito
mágico de defensa, como poner los dedos en cruz). Pero sigue ahí.
(Ahora, con incredulidad en la voz). ¿Por qué? ¿Qué quieren? Una
persona me mira con ojos amistosos. Tiene aspecto amistoso. Y me está
mirando… Vuelve la cabeza por encima del hombro derecho. Y
sonríe… Pero… pero…
DOCTOR: ¿Le veía usted con claridad?
BARNEY: Si desde luego.
DOCTOR: ¿Cómo era su rostro? ¿Qué le recordó a usted?
BARNEY: Era redondo. (Hace una pausa momentánea. Luego, sigue). Me
hizo pensar… me hizo pensar… en un irlandés pelirrojo. No sé por qué.
(Otra pausa. Luego, sigue). Sí, creo que sé por qué. Porque los
irlandeses suelen mostrarse hostiles a los negros. Y cuando veo un
irlandés que me parece amigo, reacciono pensando que también yo
tengo que ser afable con él. Y creo que éste que me mira por encima del
hombro es amigo.
DOCTOR: Dice que le mira por encima del hombro. ¿Estaba, entonces, de
espaldas a usted?
BARNEY: Sí. Estaba de cara a una pared.
DOCTOR: ¿Y Usted le vio por la ventana? Dijo que había una hilera de
ventanas.
BARNEY: (Procurando hablar con mucha precisión). Había una hilera de
ventanas. Una enorme hilera de ventanas. Sólo estaban divididas por
columnitas… o por estructuras, por esto no formaban una sola ventana
continua. Y el rostro maligno del… (Comienza a decir la palabra
«jefe»). Parece un nazi alemán. Es un nazi… (En su voz se nota un tono
interrogante).
DOCTOR: Es un nazi. ¿Llevaba uniforme?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: ¿Qué Clase de uniforme?
BARNEY: (Con cierta sorpresa). Pues tenía una bufanda negra arrollada al
cuello, que le caía sobre el hombro izquierdo. (En pleno trance, ilustra
sus palabras con ademanes).

www.lectulandia.com - Página 91
DOCTOR: Por sus ademanes, se diría que la lleva usted puesta.
BARNEY: (Casi como hablando consigo mismo). Pero no lo había notado
hasta ahora.
DOCTOR: ¿Dice usted que llevaba una bufanda negra en torno al cuello?
(Otro tanteo a fondo). ¿Cómo pudo ver esas figuras tan claramente, a
tanta distancia?
BARNEY: Es que les miraba con los binóculos.
DOCTOR: ¡Ah, ya! ¿Tenían rostros como los de la gente? Dijo usted que uno
parecía un irlandés pelirrojo.
BARNEY: (Describe la escena muy lenta y cuidadosamente). Los ojos eran
oblicuos. ¡Oh! Sus ojos eran oblicuos. Pero no como los de los chinos.
¡No, en absoluto! (Bruscamente). Tengo la impresión de que soy un
conejo. Exactamente, un conejo.
DOCTOR: ¿Qué quiere decir?
BARNEY: (Rememora una escena de su vida pasada, una escena que pasó
como un relámpago por su mente cuando estaba en el campo oscuro de
Indian Head. Este tipo de reminiscencia demuestra el impacto de las
primeras experiencias en las experiencias presentes, cuando ambas son
emocionalmente similares). Estaba cazando conejos en Virginia. Y este
conejito tan mono se metió en un arbusto no muy grande. Y mi prima
Marge estaba a un lado del arbusto y yo, al otro… con un sombrero. Y
el pobre conejito se creía seguro. Y me hizo gracia, porque estaba
precisamente detrás de un tallo fino, que, para él, era el equivalente de
la seguridad más completa… Hasta que yo caí sobre él y le cubrí con
mi sombrero, capturando al pobre conejito que se creía a salvo. (Hace
una breve pausa, meditando). Tiene gracia haber pensado en esto… y
precisamente en aquel campo. (Repite esta frase, como para sus
adentros). Me siento como si fuera un conejo.
DOCTOR: ¿Y qué estaba haciendo Betty, entretanto?
BARNEY: No la oigo. (Más adelante en uno de sus muchos viajes al lugar del
suceso, los Hill comprobaron esto: era difícil oír a la distancia
aproximada que mediaba entre Barney y el coche).
DOCTOR: ¿Gritó usted a Betty como me ha gritado a mí, ahora?
BARNEY: No… No me acuerdo… No sé. (Es un intento de eludir la respuesta
en estado hipnótico, pero tiene que acordarse, porque sigue hablando
como si se diera cuenta de ello). No, no grité.
DOCTOR: De lo contrario, se acordaría usted.
BARNEY: (Sus pensamientos parecen fijos en el objeto volante, no en lo que
está diciéndole el doctor). No, no grito. Este ser extraño me está
diciendo algo.
DOCTOR: ¿Diciéndole algo? ¿Cómo? ¿Cómo consigue comunicarse con

www.lectulandia.com - Página 92
usted?
BARNEY: Se lo noto en la cara. No, sus labios no se mueven.
DOCTOR: Continúe. Le está diciendo algo.
BARNEY: (Su voz comienza a alterarse de nuevo por la emoción; es una
emoción, intensa). Y me está mirando. Y sólo me dice esto: «No
temas». No soy un conejo, voy a estar… voy a estar a salvo de todo. No
me dijo que yo era aquel conejito.
DOCTOR: ¿Qué le dijo?
BARNEY: (Como repitiendo algo que le han dicho). «Sigue donde estás… Y
sigue mirando… Y sigue donde estás. Y sigue mirando, no hagas otra
cosa, limítate a seguir mirando».
DOCTOR: ¿Le oía usted decirle esto?
BARNEY: Me quité los binóculos de los ojos, porque, si no, tendría que seguir
allí, inmóvil.
DOCTOR: ¿Le oyó usted decirle esto?
BARNEY: No, no, no lo dijo. (El temblor de su voz aumenta).
DOCTOR: ¿Usted lo sintió en vez de oírlo?
BARNEY: (Con mucha firmeza). Lo sé.
DOCTOR: ¿Sabe usted que fue eso lo que le dijo?
BARNEY: Sí. «Sigue donde estás». Eso fue lo que me dijo. (Su voz traiciona
ahora un terror interno). ¡Me está golpeando en la cabeza! (Vuelve a
gritar). ¡Tengo que escapar, tengo que escapar de aquí!
DOCTOR: (Rápida y firmemente). Muy bien. Muy bien. Tranquilícese.
BARNEY: (Aún sin aliento). Tengo que escapar.
DOCTOR: Tranquilícese. ¿Y cómo está usted tan seguro de que fue eso lo que
le dijo?
BARNEY: (Habla con miedo, ahora). ¡Sus ojos! ¡Sus ojos! ¡Nunca vi ojos
como aquéllos!
DOCTOR: Dijo usted que eran amistosos.
BARNEY: No la mirada del jefe. Dije que era amistoso el que me miraba por
encima del hombro.
DOCTOR: ¿Y cómo advirtió que el otro era el jefe?
BARNEY: (De nuevo con su voz monótona y circunspecta). Porque todos se
movían de un sitio para otro, todos estaban en pie, mirándome. Pero
todos se movían de un sitio para otro. Los mandos del objeto estaban…
o iban a un tablero, o algo que parecía un tablero. Y éste de la chaqueta
negra y brillante y la bufanda era el único que seguía junto a la ventana.
DOCTOR: Tenía los ojos oblicuos. ¿Y qué le recordó este detalle?
BARNEY: No sé. Nunca he visto ojos oblicuos como aquéllos. (Hace
cuidadosos ademanes, tratando de describir los ojos). Al comienzo
eran redondos… Y, luego, se volvían así… y así. Y, luego, iban para

www.lectulandia.com - Página 93
arriba, así. ¿Quiere que se los dibuje?
DOCTOR: ¿Quiere dibujarlos?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: Voy a darle un lápiz y un bloc. (Se lo da). Ahora, puede abrir los
ojos y dibujar lo que quiera. Puede dibujarlo, ahora. Empiece.
(Profundamente hipnotizado, el paciente puede abrir los ojos sin que el
trance ceda en absoluto. Cuando despierte, no le quedará recuerdo
alguno de lo que ha hecho, a menos que el hipnotizador te ordene
recordarlo. Barney Hill no es buen dibujante, y el trance en el que está,
sumido tampoco le facilita la tarea. Hace un esbozo sencillo, pero
claro, y se lo entrega al doctor. Luego, continúa hablando).
BARNEY: Estoy conduciendo.
DOCTOR: ¿Está de nuevo en el coche?
BARNEY: Si.
DOCTOR: ¿Ya dejó los binóculos?
BARNEY: Los deje en el asiento.
DOCTOR: Sí. Y, acto seguido, subió al coche. ¿Habló con Betty?
BARNEY: Estoy tratando de dominarme. Me estoy diciendo a mí mismo: «No
lo olvides, tienes que mostrarte fuerte, sabes conducir». A Betty, le dije
que mirase… El objeto aún seguía dando vueltas en torno a nosotros.
Lo sentía, sentía su proximidad. Lo vi cuando pasamos junto a él.
Cuando baje del coche, estaba dando vueltas, de modo que seguía cerca
de nosotros. Estoy seguro de que seguía cerca de nosotros (Con
convencimiento en la voz). Sí… Ahí fuera, pero no sé dónde. (Con
auténtica sorpresa). Es curioso.
DOCTOR: Sí. Hable un poco más alto.
BARNEY: (Obedece. El asombro que se nota en su voz aumenta
considerablemente). Conozco la carretera 3. (Ahora, se produce otro
crescendo emocional). ¡Esos ojos, esos ojos! ¡Los tengo clavados en el
cerebro! (Quejumbrosamente). Por favor, ¿puedo despertar? (Con este
ruego, trata de liberarse de su angustia).
DOCTOR: (Tranquilizadoramente). Siga dormido un poco más. Acabaremos
en seguida.
BARNEY: (Su voz se vuelve ahora soñadora y pensativa). De acuerdo, de
acuerdo… Es curioso. ¿Verdad? ¡Tanto bosque…! La perra ésa. Sigue
en el coche. ¿Verdad que es curioso? ¡Sigue en el coche!
DOCTOR: ¿No ladra?
BARNEY: (Sorprendido por la pasividad de Delsey). No, sigue allí, como si
nada.
DOCTOR: ¿Y Betty?
BARNEY: (La tranquila sorpresa que expresa su voz va en aumento, pero sus

www.lectulandia.com - Página 94
temores han cedido algo). No sé.
DOCTOR: ¿No dice nada?
BARNEY: (Está reviviendo la escena con gran intensidad. No parece oír lo
que dice el doctor). No… no comprendo. ¿Están robándonos? No…
no… no… No sé.
DOCTOR: ¿Y por qué piensa que están robándoles?
BARNEY: (Hace una pausa significativa. Luego). Sé lo que estoy pensando,
pero no quiero decirlo.
DOCTOR: Pero a mí sí puede decírmelo. A mí puede decírmelo, ahora.
BARNEY: (Completamente dominado por el terror). ¡Son… son hombres!
Hombres con guerreras oscuras. Y yo no tengo dinero, no tengo nada.
(Con mucho asombro, ahora). No sé. (Vuelve el terror). ¿Es un
accidente lo que veo en la carretera? ¿Qué es esa luz roja? ¿Esa luz roja
brillante?
DOCTOR: ¿Roja brillante?
BARNEY: Si. Entre naranja y rojo.
DOCTOR: ¿Qué es? ¿Dónde está?
BARNEY: Ahí abajo, carretera abajo.
DOCTOR: ¿Carretera abajo?
BARNEY: (Reviviendo la escena, más que respondiendo al doctor). Y no
tengo motivo para sentir miedo, pero no quieren hablarme.
DOCTOR: ¿No quieren hablar con usted? ¿Quiénes?
BARNEY: Los hombres.
DOCTOR: ¿Están en el objeto volante?
BARNEY: No, en la carretera.
DOCTOR: ¿Hay hombres en la carretera?
BARNEY: Sí. No quieren hablar conmigo. Son sus ojos tan sólo los que
hablan conmigo. No… no… no… no… comprendo esto. Son ojos sin
cuerpo. Sólo ojos, nada más. (Ahora, habla como si estuviera pasando
a otro estado consiente distinto, casi catatónico. Como si sus ojos
estuvieran fijos concentrados por completo en otro par de ojos. Luego,
bruscamente, vuelve a hablar con extraordinario alivio en la voz). Lo
sé. Lo sé. (Como meditando). Sí, esto es lo que tiene que ocurrir. (Ríe
monótonamente, como tranquilizándose a sí mismo, y bajo). Ya sé lo
que es. Es un gato salvaje. Un gato salvaje subido a un árbol. (El alivio
que se nota en su voz es grande, como si buscara algo que explique un
fenómeno insólito. Luego, ya no se muestra tan seguro). No. No. Ya sé
lo que es. Es el gato de Cheshire que sale en Alicia en el País de las
Maravillas. ¡Pse! Eso no tiene por qué asustarme. También desapareció
y ya sólo quedan los ojos. Todo va bien, No tengo miedo.
DOCTOR: Usted no vio esto…

www.lectulandia.com - Página 95
BARNEY: Sí que lo vi.
DOCTOR: ¿Lo vio? ¿Y ve todavía a ese hombre?
BARNEY: (Parece sumido de nuevo en sus propios pensamientos). Los ojos
me están diciendo: «No tengas miedo».
DOCTOR: ¿Los ojos del jefe?
BARNEY: Al jefe, ni siquiera le veo.
DOCTOR: Son otros ojos, entonces.
BARNEY: (Con certidumbre). Sólo veo esos ojos.
DOCTOR: Los ojos, pues.
BARNEY: Ni siquiera me asusta que no estén unidos a un cuerpo. Están ahí,
solos. Están junto a mí, apretándose contra los míos. Tiene gracia, no
tengo miedo.
DOCTOR: Bueno, veamos, ¿qué le pasó al objeto volante?
BARNEY: No veo ningún objeto volante.
DOCTOR: ¿Desapareció?
BARNEY: Está ahí. No, no desapareció. Pero no lo veo. Estoy ahí, solo. (Esto,
naturalmente, sorprende al doctor, pero tiene que llevar la corriente al
paciente, vivir con sus pensamientos y sus revelaciones y tratar de
sonsacarle lo que ha visto y experimentado, sin darle demasiadas
instrucciones y permitiéndole expresarse a su gusto).
DOCTOR: ¿Y dónde estaba usted? ¿En el coche?
BARNEY: No. Como en el aire. Como flotando en el aire. (Su voz parece
ahora llena de alivio). ¡Qué raro…! Flotando… Eso, flotando. Quie…
quie… quiero volver al coche. ¡Flotando, como lo digo!
DOCTOR: Pero, ¿flotando de verdad o se lo parecía?
BARNEY: Me lo parecía.
DOCTOR: ¿Sigue usted fuera del coche?
BARNEY: No.
DOCTOR: ¿En el coche, entonces?
BARNEY: No, en el coche, no. Ni siquiera estoy cerca del coche. No estoy
entre los árboles, No estoy en la carretela.
DOCTOR: Pues, ¿dónde están esos hombres?
BARNEY: No sé…
DOCTOR: ¿En la carretera?
BARNEY: No sé… (Insiste, frívolamente). Estoy flotando, eso, flotando.
(Ahora, parece como suspendido en el aire. En este momento, se
expresa como si estuviera hablando directamente a Betty). «¡Jefe,
Betty! Es lo más divertido que te puedas imaginar, Betty. Nunca creí en
platillos volantes, pero, la verdad, no sé… Es lo más misterioso que
hay. Sí, bueno, creo que lo mejor es no hablar de esto con nadie, es
demasiado ridículo. ¿No te parece? ¿De dónde vendrá esa gente? ¡Jefe!

www.lectulandia.com - Página 96
Me gustaría tener el… Me gustaría haberme ido con ellos…».
DOCTOR: ¿Le gustaría haberse ido con ellos?
BARNEY: Sí. Fíjese, ¡qué experiencia tan interesante, ir a un planeta lejano!
(Una pausa. Reflexiona. Luego). Quizás esto pruebe la existencia de
Dios. (Otra pausa breve). ¿No es cierto que tiene gracia? Ir a buscar a
Dios a otro planeta… (Luego, como hablando directamente a Betty).
¿Estabas asustada? Yo, no. No, yo no estaba asustado. No estaba
asustado, de verdad. Es ridículo que tú y yo estemos aquí hablando de
esto, mano a mano. (Ahora, el tono de su voz cambia, como si hubiera
pasado mucho tiempo… Algo muy inquietante está siendo omitido…
Esto parece resultado del apagón producido por la amnesia). Bueno…,
se diría que estamos llegando a Portsmouth un poco más tarde de lo que
yo había previsto… (Su voz se pierde. El doctor aguarda un momento,
decide dejar la solución de esto hasta que le sea posible aquilatar el
efecto que la sesión ha producido en el paciente).
DOCTOR: Bueno. Aquí paramos. Ahora, puede usted sentirse tranquilo y a
gusto. Esta vez, olvidará todo lo que hemos hablado, hasta que yo le
diga que lo recuerde de nuevo. Lo olvidará todo, todo lo que hemos
hablado hasta que yo le ordene recordarlo. (La repetición es
intencionada, para dar más fuerza a la orden). Esto no le angustiará, no
le preocupará. No estará usted inquieto. Seguirá tranquilo y descansado
y no experimentará dolores ni angustias. Recordará lo que yo quiero
que recuerde, hará lo que yo quiero que haga. Olvidará lo que ha
recordado hasta ahora y sólo lo recordará cuando yo se lo diga. Ahora,
descanse. No experimente dolores ni angustia… Muy bien, Barney,
puede despertar ahora, se sentirá usted descansado y tranquilo. (Barney
abre los ojos, un poco confuso aún. Pero vuelve rápidamente al estado
consciente).
BARNEY: (Mirando su reloj de pulsera). ¡Dios mío! ¡Las nueve y nueve! ¿No
vinimos aquí a las ocho y diez?
DOCTOR: Sí.
BARNEY: ¿Dónde he estado?
DOCTOR: Aquí, conmigo.
BARNEY: ¿Dónde están mis ciga…? ¿No me disponía a coger un cigarrillo?
DOCTOR: Volvió usted la cabeza hacia allá. Coja uno, ahora, si quiere.
BARNEY: Creí que había entrado aquí y que usted me dijo que me sentara…
Usted me dijo que me sentara en esta silla… Entonces, iba yo a coger
un cigarrillo, pero no llegué a cogerlo.
DOCTOR: (Observa cuidadosamente las reacciones de Barney para
cerciorarse de que ha salido completamente del trance). ¿Cómo se
encuentra?

www.lectulandia.com - Página 97
BARNEY: Muy bien.
DOCTOR: Me alegro. ¿Sabe lo que ha ocurrido aquí?
BARNEY: Usted me hipnotizó. Ya sé para qué lo hizo, pero… (Se produce
una pausa).
DOCTOR: Vaya, todo va bien. Continuaremos la semana próxima. Dentro de
una semana…

Había tenido lugar la primera exploración de lo desconocido. Pero apenas había


sido posible penetrar el velo amnésico. Ninguno de los tres sospechaba siquiera qué
sucedería después de esto; por ahora, el único que sabía lo que había sido descubierto
ya era el doctor.
Durante el transcurso de esta sesión, Betty estuvo aguardando con cierta
inquietud en la salita de espera. Había fingido que hojeaba un ejemplar del New
Yorker y, luego, otro del McCall’s Magazine, pero no se fijaba en lo que leía. El
cuarto de espera del doctor Simon está junto a la entrada. Aunque el despacho está a
prueba de ruidos, Betty advertía que Barney sufría crisis emocionales de cuando en
cuando, al llegar a puntos cruciales de la experiencia. Comprendiendo que esto tenía
que ocurrir, el doctor había citado a los Hill a una hora en que no tenía clientes.
Como el edificio estaba completamente silencioso, las dos crisis principales de
Barney parecieron más ruidosas por causa del silencio reinante y por la intensa
atención que Betty prestaba a cuanto pudiera suceder.
—Lo sentí en mí misma de tal manera que me quedé allí sentada, llorando todo el
tiempo —recuerda Betty Hill— y seguí sentada allí, preguntándome cómo se
encontraría Barney cuando saliera de la consulta. Oí dos crisis grandes, la segunda
menor que la primera. El resto del tiempo me pareció relativamente tranquilo. Así,
pues, esperé, esperé a que saliera, y la verdad es que me quedé sorprendida cuando
salió, porque tanto él como el doctor estaban sonriendo, parecían completamente a
gusto y esto me sorprendió. Por ese motivo me dije que lo mejor sería no decirle a
Barney que le había oído llorar y gritar. Me hice la tonta y le pregunté qué había
ocurrido. Le pregunté si se encontraba mal y me dijo que no, que se encontraba muy
bien. «No hay motivo de inquietud», me dijo.
Barney no recordaba nada de lo ocurrido durante la sesión, excepto algunas
impresiones vagas e inciertas. Le parecía que sólo había estado hipnotizado algunos
minutos. No sentía la menor inquietud o molestia y la única prueba de que la sesión
había durado más de hora y medía la daba su reloj. En el acto, mostró curiosidad por
saber qué le había ocurrido durante la sesión, pero, naturalmente, no podía conocerlo
hasta que el doctor le diera la orden de recordarlo. No se notaba ninguna sensación
relacionada con el tiempo olvidado.
De vuelta a Portsmouth, pararon en el restaurante llamado «Internacional Pancake
House», local brillante situado en la carretera 1, que conduce a New Hampshire,
cerca de Saugus.

www.lectulandia.com - Página 98
Pidieron un abundante desayuno. Betty seguía preguntándole cómo se sentía, y
aunque ella también había sido hipnotizada durante las sesiones de prueba,
experimentaba gran curiosidad por conocer con todo detalle la reacción de Barney
después de una sesión en toda regla. Barney la tranquilizó, le dijo que no se
inquietara, y Betty no le dijo que había estado llorando durante casi todo el tiempo
que él había pasado en el despacho del doctor.
Barney se sintió completamente a gusto hasta que llegaron a su casa, en
Portsmouth. Entonces, empezó a experimentar un miedo espantoso a algo, a algo
completamente vago e indefinido, a algo que le producía una vaga sensación de
culpabilidad. Esta sensación le llenó de terror, porque era como si alguna cosa dura le
apretara la cabeza. No lo relacionó directamente con la hipnosis. Dice que era como
si tuviese algo enterrado en el subconsciente, que tratara de salir a la conciencia. Se
sintió tan inquieto que decidió llamar al médico para consultarle sobre ello; pero,
luego, cambió da idea y prefirió esperar. Persistía en su mente la idea de que era
mejor no seguir adelante con el programa o, por lo menos, pedir al doctor que
siguiese con Betty y le concediese cierto descanso a él. Pero sus temores fueron
desvaneciéndose y el deseo, urgencia más bien, de llegar a penetrar en el misterio,
volvió a dominarle.

www.lectulandia.com - Página 99
CAPÍTULO VI

Cuando, aquel sábado por la mañana, Barney Hill salió de la consulta después de su
primera sesión, el doctor Simon dictó lo siguiente en su magnetófono:

Durante las partes explosivas de las revelaciones del paciente, noté una
descarga emocional muy pronunciada. Las lágrimas le corrieron por
las mejillas, se asía la cabeza y el rostro y se agitaba de manera
angustiosa. Cuando me explicó cómo eran los ojos, hizo círculos en el
aire con las manos tratando de describir la forma de aquellos ojos, que
acabó por dibujar. De hecho, lo que dibujó es una curva que representa
la parte izquierda del rostro y trazó el ojo en ella, sin más detalles.
Cuando le pregunté qué ojo era, pareció algo confuso. Luego, dibujó el
resto de la cabeza y puso también el otro ojo y el gorro, con la visera.
Y, luego, como si se le hubiera ocurrido en aquel momento, añadió la
bufanda. Betty Hill ha sido inducida, por medio de sugerencia
posthipnótica, para que esté dispuesta cuando le llegue el momento de
ser interrogada. Estuvo en la sala de espera durante todo el tiempo que
duró la sesión.

Esta primera sesión puso en evidencia que Barney sólo había rozado parcialmente
el umbral del cuarto oscuro de su memoria consciente sobre lo sucedido aquella
noche en Indian Head. Todavía no disponían más que de una descripción vaga e
inconexa, como vista en sueños, del enorme objeto volante que se había echado sobre
ellos, una extraña sensación de estar como flotando, un accidente, aún sin detalles, en
la carretera, y figuras en mitad de la carretera sin que se supiera por qué estaban allí.
Durante todo el período consciente del incidente, la descripción de Barney era bien
clara y bien definida, atenta a los menores detalles. De pronto, en el momento en que
se vio de nuevo en Indian Head, su descripción se volvió vaga y fragmentaria, como
ajena a él. Parecía haber dos puntos de resistencia: uno, en el momento en que se
había llevado los binóculos a los ojos, precisamente después de que se pusiera en
marcha el coche y que el objeto volante se cerniese sobre él; el otro, en algún punto
aún incierto, carretera abajo, un obstáculo. El relato de Barney saltaba de aquí al
momento en que dijo que llegarían a Portsmouth más tarde de lo que había previsto.
Durante todo el relato en estado hipnótico, Barney había mostrado una firme
resistencia a creer en los objetos volantes no identificados. Como el mismo Barney
dijo más tarde, la posibilidad de que aquel objeto fuera una ilusión óptica o mental
parecía muy pequeña. Su resistencia a creer en la existencia de aquel fenómeno era
profunda, aunque su actitud ambivalente en relación con él no podía menos de

www.lectulandia.com - Página 100


sorprender al doctor.
El doctor Simon estaba orientando su tratamiento hacia el recuerdo de las
experiencias del paciente y los pensamientos a que éstas habían dado lugar; su
finalidad no era comprobar si tales objetos volantes no identificados eran reales o
irreales, que las experiencias fueran ciertas en el sentido absoluto del termino tenía
menos importancia a ojos del doctor que su existencia como parte del pasado o
presente mentas de su paciente. En el transcurso de la investigación, persistió en
poner a prueba la existencia del objeto volante, naturalmente, pero aún no se podía
llegar a una conclusión preliminar. Todavía le faltaban muchas pruebas y datos,
sobretodo, de Betty Hill, cuya versión del suceso aun no había oído.
El suceso en si apenas tenía precedente o, mejor dicho, no tenía ninguno. El
obstáculo que cortaba la carretera, las figuras que Barney recordaba haber visto en
ella y las extrañas reacciones de Barney durante la segunda mitad de la sesión
requerían nuevos tanteos, como también cualquier posible fantasía o deformación de
los hechos.
Los ruegos que hizo Barney al doctor, pidiéndole que le permitiese despertar,
tuvieron lugar precisamente en los momentos en que surgían emociones violentas y
en que los recuerdos eran, probablemente, dolorosos. Muchos casos semejantes
indican que la resistencia del paciente al hipnotizador son intentos de soslayar el
obstáculo que impide la salida a la memoria consciente. Sólo la tenacidad del
hipnotizador puede vencer esa resistencia.
La decisión del doctor de mantener a Barney en trance, a pesar de la intensa
abreacción o explosión emocional, se basó en su cálculo de la capacidad de
resistencia mental de su paciente.

El 29 de febrero de 1964, los Hill llegaron puntualmente a la cita. Betty fue


sometida a una inducción cuyo objeto era reforzar su preparación para cuando le
llegase el turno, y Barney comenzó su segunda sesión. Antes de ponerle en trance, el
doctor Simon le hizo algunas preguntas generales.

DOCTOR: Veamos, señor Hill, ¿cómo se ha encontrado estos días?


BARNEY: Por lo menos, físicamente, me he encontrado bien. Pero he sentido
inquietudes…
DOCTOR: Explíquemelas.
BARNEY: Le diré. La semana pasada, cuando me fui de su despacho,
comencé a sentir algo parecido a recuerdos vagos de lo ocurrido aquí, y
esto llegó a inquietarme mucho.
DOCTOR: ¿Y que recordó usted?
BARNEY: Pues recordé «ojo». Y pensé que esos «ojos» estaban diciéndome
algo. Y me alarmé, porque creí que mi cordura corría peligro. Pensé
llamarle a usted cuando llegué a casa, pero, luego, no lo hice. Y mi

www.lectulandia.com - Página 101


mujer y yo fuimos a casa de unos amigos, de visita, y esto me alivió
algo la tensión que sentía.
DOCTOR: ¿Es eso lo único que recuerda?
BARNEY: De importancia, lo único. Otra cosa interesante que pareció
ocurrirme es que comencé a recordar pequeños detalles sueltos del
viaje, lo cual me pareció interesante, porque, hasta entonces, nunca
había pensado en aquellas cosas. No había pensado en ellas en absoluto.
Por ejemplo: nos paramos en el Estado de Nueva York y compramos
una caja con seis latas de cerveza, y Betty y yo las llevamos al cuarto
del motel. Pensé también, que podríamos llevar la perrita al cuarto, y la
lleve al cuarto de baño y la até con una correa larga porque el cuarto de
baño tenía el suelo de azulejos. Así, si hacía sus necesidades, no
mancharía la alfombra. Y esos detalles parecieron volverme a la
mente…
DOCTOR: Al parecer, son cosas que usted no me contó, porque, naturalmente,
no las recordaría usted. Pero le dije que lo recordase todo y, a pesar de
mi orden, parece haberse olvidado usted de estas cosas.
BARNEY: Ya.
DOCTOR: Porque cuando el paciente está en trance recibe orden de recordarlo
todo, y esas cosas pueden parecer detalles sin importancia. Pero usted
no me las dijo, me refiero a las que ha mencionado ahora. Quizá se
debiera a que sintiera usted cierto remordimiento por no habérmelas
contado, aunque, probablemente, carecen de importancia. Y, a
propósito, ¿bebió usted mucho durante el viaje?
BARNEY: Sólo cerveza.
DOCTOR: ¿Las seis latas entre ustedes dos?
BARNEY: Sí. Bebimos una lata cada uno el domingo por la noche al
acostarnos. Y nos llevamos las cuatro latas que quedaron.
DOCTOR: Comprendo. O sea, que no bebieron mucho durante el viaje,
¿verdad?
BARNEY: No.
DOCTOR: ¿Y fue aliviándosele la inquietud de que me hablaba, a medida que
transcurría la semana?
BARNEY: Sí, más o menos… Sí, de fijo. Anoche, se me agudizó. La semana
pasada, el sábado por la mañana, al levantarme, sentí como nauseas,
como expectación, inquietud por venir aquí. Y, anoche, me ocurrió lo
mismo.
DOCTOR: Esta experiencia le tiene bastante preocupado. Pronto comenzara a
preocuparle cada vez menos. Quedará usted perfectamente bien. No
tendrá motivos de inquietud acerca de su cordura. (Estas frases
tranquilizadoras podrían tener fuerza hipnótica, ya que el contacto

www.lectulandia.com - Página 102


repetido entre el doctor y el paciente aumenta el poder de persuasión
de éste. Las palabras de Barney contenían también una advertencia de
que el material reprimido tendría que ser manipulado con gran
cuidado, pues amenazaba con aflorar a la consciencia prematuramente
en ausencia del doctor… En el futuro, éste tendría que adoptar ciertas
precauciones para reforzar la amnesia hasta que el caso estuviera más
claro). Pero, dígame: ¿qué piensa usted sobre el asunto de los «ojos»?
¿Qué le parece? ¿Lo relaciona usted con alguna otra cosa? ¿Le sugiere
algunas ideas?
BARNEY: No, nada de eso. O, mejor dicho, lo relaciono con cierta sensación
de aviso, de haber sido advertido. Ése es el único efecto que me
produce.
DOCTOR: ¿Tiene usted la sensación de haber recibido una advertencia?
BARNEY: Sí, eso.
DOCTOR: ¿Ha tenido usted esa misma sensación alguna otra vez?
BARNEY: No, nunca, es la primera vez que me ocurre una cosa semejante.
DOCTOR: ¿Y le parece que los ojos tienen algo que ver con la hipnosis?
BARNEY: No, no lo creo.
DOCTOR: Bueno, usted quiere que me dedique ahora a Betty y le deje reposar
un poco a usted, ¿no es eso? (El doctor se refiere a unas palabras de
Barney en este sentido al entrar en la consulta).
BARNEY: Sí, es lo que me gustaría que hiciera.
DOCTOR: ¿Recuerda los ojos como parte de la sesión anterior, o más bien
como algo que revoloteaba en torno a usted?
BARNEY: Los ojos parecían estar siempre delante de mí.
DOCTOR: Bueno, pues fue lo último de lo que hablamos la vez pasada. Fue el
sábado pasado y adelantamos bastante. Procuraré que no vuelva a sentir
usted angustia. Ahora, vamos a seguir. (Se dispone de nuevo a sumir a
Barney en un profundo trance hipnótico). Usted no recuerda ahora
dónde lo dejarnos la última vez. Repasemos parte del camino y es
probable que volvamos a mencionar algunas cosas. Empezaremos un
poco antes de cuando salieron a relucir esos ojos. (El doctor dice las
palabras convenidas. Los ojos da Barney se cierran inmediatamente y
deja caer la cabeza sobre el pecho). Está usted más dormido, cada vez
más profundamente dormido. Completamente tranquilo y más
profundamente dormido, más profundamente dormido, más
profundamente dormido cada vez. Está usted sumido en un profundo
sueño. No experimenta usted ningún temor, ninguna angustia. Y, ahora,
ningún recuerdo le causará la menor inquietud. Pero lo recordará usted
todo. Lo recordará usted todo. Todas sus sensaciones y todas sus
acciones. Ninguna de ellas le inquietará ahora, porque están todas aquí,

www.lectulandia.com - Página 103


con nosotros. No le inquietarán lo más mínimo y yo estoy aquí, con
usted. (La repetición tiene por objeto reforzar las órdenes. Puede ser
necesaria, y puede no serlo). Su sueño es más y más profundo, se
encuentra usted completamente a gusto. Más profundamente dormido
cada minuto que pasa… Ahora, recordará usted todo lo que hemos
dicho ya sobre su viaje desde Montreal, retrocederá usted un poco en
sus recuerdos, hasta antes de cuando vio aquellos ojos. Y puede
empezar contándome la experiencia que tuvo con el objeto volante.
Puede empezar desde un poco antes de que termináramos. Comience a
partir de cualquier recuerdo nuevo que venga a su memoria.
BARNEY: (Su voz es de nuevo monótona e incolora. Está completamente
hipnotizado). Estoy recordando ahora que me encontraba en el bosque,
el coche aparcado. Y tengo a Delsey. Y estoy dando un paseo con ella
en torno al coche. Y Betty me había dicho que parara para que Delsey
pudiese dar su paseo. Y Betty está en pie, junto a la parte izquierda del
coche, y mirando al objeto volante con los binóculos. Y yo estoy allí,
mirando en ambas direcciones de la carretera, porque quiero que
lleguen otros coches. Y doy a Betty la correa de la perra y le digo que
me deje los binóculos, que quiero mirar con ellos. Y sólo veo un avión
que vuela por el cielo. Y le digo que es un avión que regresa a
Montreal, de donde acabamos de salir nosotros. Y quiero darme prisa y
volver al coche y volver a Portsmouth. Y Betty sube al coche y dice:
«¿Verdad que es curioso?». Y yo empiezo a conducir, y ella dice: «Por
ahí va todavía». Y yo me digo que, en efecto, es extraño, y pienso que
tiene que tratarse de una avioneta. Y lo curioso es que no hace ruido. Y
quiero darme prisa y perderle de vista de una vez, porque es extraño,
este extraño objeto que no nos deja solos. Y estoy completamente
convencido de que nos ve. Y ya es noche cerrada y me siento indefenso.
DOCTOR: ¿En qué sentido se siente usted indefenso?
BARNEY: Pues advierto que es fácil localizar mi coche, los faros son muy
luminosos y la carretera está muy oscura. Y sé que este objeto está
dando vueltas por el cielo. Me recuerda a una mosca volando sin rumbo
por el cielo, sin trayectoria definida, como cuando se pone a revolotear
en torno al sitio donde ha decidido posarse. Y pienso que ese objeto
revolotea alrededor de nosotros de esa manera. Y Betty vuelve a
decirme que pare. Y paro. Y digo: «Betty, ¿qué vas a hacer? ¿Quieres
hacerme ver cosas que no existen?». Y me siento muy irritado, porque
estoy convencido de que es un avión, algo perfectamente explicable. Y
creo siento más bien, que está tratando de convencerme de que me
equivoco. Y eso me irrita, (En la conversación normal, Barney casi
nunca comienza sus frases con la conjunción «y». Aquí, sin embargó,

www.lectulandia.com - Página 104


parece hacerlo continuamente, casi en estilo bíblico).
DOCTOR: ¿Y qué le contestó ella?
BARNEY: Betty me respondió: «Pues, entonces, ¿por qué vuela de esa manera
tan rara? ¿Por qué no se aleja? ¿Qué está haciendo?».
DOCTOR: Bueno, esto no le causará a usted la menor inquietud. Va usted a
contarme lo que sintió en aquel momento, pero no le inquietará en
absoluto. Empiece.
BARNEY: Yo dije: «Betty, no puede ser…». Estaba pensando, aunque no se
no dije a Betty, mi cabeza estaba pensando: «No puede ser un avión».
(Nótese como le preocupa a Barney la verdad y la exactitud de lo que
dice, asegurándose siempre de que no dirá al doctor nada que sea
inexacto). Por eso me sentí molesto, porque Betty me estaba diciendo
que el objeto no hacía lo que hacen los aviones normales. Yo no sé
cómo, lo advertía y no quería que ella me lo dijera.
DOCTOR: ¿Le parecía a usted que no se conducía como un avión corriente?
BARNEY: Sí, exactamente.
DOCTOR: ¿De qué manera?
BARNEY: Volaba de una forma rarísima. No seguía una trayectoria definida.
De pronto, se lanzaba hacia arriba… (Este hecho sale a relucir
corrientemente en los informes sobre apariciones de objetos volantes
no identificados).
DOCTOR: ¿Se levantaba de pronto verticalmente?
BARNEY: Se levantaba, de pronto, de una manera vertical y, luego volaba un
poco horizontalmente. Y, entonces, descendía también en vertical. Y
cuando el objeto hacía esto, yo notaba que la hilera de luces parecía
inclinarse y volverse a enderezar según la posición en que yo imaginaba
que tenía que estar el objeto, según la posición en que tenía que estar.
DOCTOR: ¿Como si se inclinase al virar?
BARNEY: Sí, como si se inclinase. Pero la palabra «inclinarse» no cuadra
aquí, porque no expresa con exactitud lo que intento explicarle. Porque
si se tratase simplemente de que se inclinaba, yo podría creer que se
trataba de un avión. Los aviones también se inclinan. Lo que hacía era
cambiar de posición, no inclinarse durante un viraje, lo que hacía era
pasar del vuelo horizontal al vertical. (Otro detalle corriente en
informes sobre objetos volantes no identificados).
DOCTOR: ¿Y cómo describiría usted su forma?
BARNEY: No podría describirla.
DOCTOR: Más o menos, un avión corriente, aunque sea una avioneta, tiene
que parecerse, por la forma, a un cigarro puro. Hasta los helicópteros de
gran tamaño lo parecen.
BARNEY: Sí. La hilera de luces parecía seguir una línea semejante a la forma

www.lectulandia.com - Página 105


de un puro, pero era una línea derecha y apaisada. (Muchos informes
sobre objetos volantes no identificados que existen en los archivos del
Comité Nacional de Investigación de Fenómenos Aéreos y también en
los de las Fuerzas Aéreas hablan de objetos que tienen forma de
cigarro puro cuando están a gran distancia, pero que, a medida que
van acercándose, parecen discos grandes vistos lateralmente).
DOCTOR: ¿No pensó usted que el objeto era redondo, como los llamados
platillos volantes?
BARNEY: No, no me lo pareció.
DOCTOR: Entonces, tenía que guardar cierta semejanza con los aviones
corrientes, ¿no?
BARNEY: En el momento a que nos estamos refiriendo, sí.
DOCTOR: ¿Quiere usted decir que después cambió de forma?
BARNEY: Sí. Mientras descendíamos por la carretera me producía una vaga
impresión de que estaba girando.
DOCTOR: ¿Cómo una peonza?
BARNEY: Como una peonza.
DOCTOR: Bueno, veamos. Cuando habló usted de esto antes dijo que vio
unas luces en la carretera. Me pareció recordar que eran luces rojas. ¿Le
suena esto? Luces en la carretera, como si hubiera hombres trabajando
en la carretera.
BARNEY: Sí, pero eso ocurrió más tarde.
DOCTOR: Ya. Bueno, siga entonces como mejor le parezca.
BARNEY: Yo seguí mirando. Me paraba y, luego, seguía adelante. Y Betty me
decía que parase de nuevo. Paramos varias veces.
DOCTOR: ¿Y era sólo para mirar otra vez?
BARNEY: Sí, nos parábamos para mirar. Y cuando vi el funicular en la
montaña, ante nosotros, pero lejos, me di cuenta de dónde estaba y me
dije que, tarde o temprano, tendríamos que pasar junto a «El Viejo de la
Montaña». Y el objeto parecía haber aumentado la velocidad y dirigirse
a la derecha de «El Viejo de la Montaña». Y, entonces, yo ya iba por la
izquierda. Y cuando llegue a donde estaba la figura de «El Viejo de la
Montaña» me detuve de nuevo para fijarme bien en el objeto volante, y
vi que aún seguía allí. Y cuando nos parábamos, él se paraba también.
Esto me pareció muy extraño. (Su voz se va haciendo más intensa,
como si estuviera viviendo de verdad lo que describe). Y se movía,
bueno, yo no le veía moverse. Seguí conduciendo y Betty dijo: «Se
mueve otra vez por detrás de las montañas». Y yo me acercaba a un
claro donde vi dos tipis a mi derecha. Y advertí que estaba cerca de
Indian Head. Y al acercarme a este lugar vi el objeto volante lejos, pues
aminoré la velocidad y miré. Y, entonces, volví a mirar a la carretera

www.lectulandia.com - Página 106


para seguir conduciendo y Betty estaba excitadísima. Dijo: «Barney,
tienes que parar el coche. Mira lo que está haciendo». (El doctor le
anima a que repita esta historia, para comprobar si se contradice en
algún detalle). Y aminoré la velocidad del coche y miré por el
parabrisas… del lado de Betty, el objeto parecía como si fuera a echarse
literalmente contra el parabrisas. Me bastaba levantar un poco la vista
para verlo. Estoy seguro de que yo sólo iba a ocho kilómetros por hora,
porque tuve que aminorar la velocidad, y dije: «¡Qué raro es esto!».
Empecé a pasar revista a todo lo que había pensado desde que empecé a
ver este objeto: primero creí que sería una avioneta. Luego, un avión de
pasajeros. Después, un avión militar, cuyo piloto estaba divirtiéndose a
costa nuestra. Y paré en seco y busqué por el suelo del coche y cogí la
llave inglesa que estaba a mi izquierda, y la cogí con toda mí fuerza.
DOCTOR: Ya había sacado usted la llave inglesa de la caja de las
herramientas, ¿no?
BARNEY: Sí. Y la cogí y me la puse al cinturón. Y salí del coche llevando los
binóculos y estuve allí un momento, con la mano apoyada en la puerta y
el brazo derecho contra el techo del coche. Y miro. Y antes de poder
llevarme los binóculos a los ojos, en el mismo instante de llevármelos a
los ojos, noté que todo el coche vibraba debido a la actividad del motor.
Por eso me aparté. Y el objeto cambió de dirección, describiendo un
arco. Y pensé: «Notable, ha descrito un arco perfecto». Pero continuó
acercándose situándose frente a mí y balanceándose, sin cambiar de
postura ahora, balanceándose simplemente frente a mí. (También esto es
frecuente en informes sobre objetos votantes no identificados, vistos a
poca altura). Y se puso a mi izquierda. Y yo continué mirando y
comencé a cruzar la carretera, moviendo la cabeza y entornando los
ojos diciéndome que aquello era inexplicable, por lo menos, para mí
(Barney Ha llegado ahora al mismo momento de la primera sesión en
que sufrió su primera crisis emocional. Pero, ahora, está tranquilo, no
está agitado como entonces, en parte gracias a la orden que le dio el
doctor al inducirle el trance). Y yo pensaba que si miraba para otra
parte y luego volvía a mirarle, quizá ya no le vería, y seguí cruzando la
carretera hacia la parte delantera de mi coche, que estaba aparcado al
otro lado. Y seguí mirando con los binóculos cada vez que me paraba y
fijándome bien. Y pensé: «¡Qué interesante! ¡Ahí está el piloto militar,
y me está mirando!». Y, entonces, le miré y él me miró. Y había otros
que también me miraban a mí, y pensé que se trataba de un enorme
globo dirigible, y pensé en todos aquellos hombres que estaban
alineados a lo largo de la ventana de este enorme globo dirigible,
mirándome. Luego, se apartaron hacia el fondo y yo seguí mirando a

www.lectulandia.com - Página 107


aquel hombre, el único que seguía allí, y seguí mirándole y mirándole.
(En contraste entre esta descripción, seguida y fría, y la anterior, es
notable).
DOCTOR: ¿Es ése el hombre a quien usted llama el jefe?
BARNEY: Su vestido era distinto del de los otros. Y me acordé de la Flota y
de los submarinos, y pensé que los que se apartaron hacia el fondo iban
de azul, pero este otro llevaba una guerrera negra brillante y se tocaba
con un gorro.
DOCTOR: ¿Recuerda usted si los matones que vio durante el viaje llevaban
chaquetas negras y brillantes, como suelen?
BARNEY: No, no las llevaban. (El doctor está cerciorándose de que, en aquel
momento, en la mente de Barney no estaba influyendo ninguna
experiencia de Montreal. ¿Podría ser que un eco de los matones que
vio allí se reflejara en esta descripción? Ambos representaban para él
un posible peligro, y le atemorizaban, de modo que el miedo se
convertía en una especie de común denominador).
DOCTOR: ¿No había ningún parecido entre ellos y este jefe?
BARNEY: No. Aquellos canadienses de Montreal iban vestidos normalmente.
Sólo que llevaban melena, la llevan todos. Y creí que serían matones
por como llevaban el pelo.
DOCTOR: Siga hablándome del jefe.
BARNEY: Le miré y él me miró. Y pensé: «Éste no me hará daño». Y quería
volver a donde estaba Betty para hablar con ella de aquella cosa tan
curiosa que estábamos presenciando. Y seguí mirándole y, luego, volví
al coche. Y dije: «Betty, ¿estabas preocupada?». Y ella me dijo: «¿Por
qué no volviste? Estuve llamándote a gritos para que volvieras,
ignoraba que podías estar haciendo al otro lado de la carretera».
DOCTOR: ¿Y usted no la oyó gritar?
BARNEY: No, no la oí gritar. Y pensé que estarla sentada en el coche,
esperando. Pero me dijo que se había echado sobre el asiento, para
poder abrir la puerta y llamarme y hacerme volver al coche. (Las frases
tranquilizadoras del comienzo del trance parecen haber reducido el
terror que este recuerdo produce a Barney). Volví al coche y comencé a
conducir por la carretera. Y conduje varios kilómetros sin darme cuenta
de que ya no estábamos en la carretera 3… (Aquí por primera vez,
comienza a abrirse la puerta del cuarto oscuro. El telón caía siempre
cuando Barney llegaba al campo da Indian Head. A partir de entonces,
sólo se entrevé algo cuando comienzan a alejarse del objeto. Betty, por
su parte, nunca podía pasar de allí, excepto, pensaba ella, admitiendo
que sus sueños fueran realidad). Y no conseguía comprender esto,
porque la carretera era recta. Y miré y vi que me estaban haciendo señal

www.lectulandia.com - Página 108


de que me detuviera. Y pensé: «¿Había ocurrido un accidente? Por lo
menos, tengo la llave inglesa. La tendré al alcance de la mano».
DOCTOR: Permítame que le interrumpa: ¿Qué vio usted en la carretera?
BARNEY: Vi un grupo de hombres. Y estaban en pie, en plena carretera. Y el
trozo de carretera estaba muy iluminado, casi como si fuera de día, pero
no era como la luz del día. No era luz diurna, sino una iluminación
brillante… (Otro detalle que se lee en muchos informes de objetos
volantes no identificados vistos a poca altura; entre ellos, algunos de
policías y técnicos). Y comenzaron a acercárseme y entonces no se me
ocurrió pensar en emplear la llave. Y me asusté, pensando que si
utilizaba la llave a modo de arma me harían daño. Pero si no la
utilizaba, no me harían daño. Y vinieron y me ayudaron.
DOCTOR: ¿Quién le ayudó?
BARNEY: Esos hombres.
DOCTOR: ¿Le ayudaron a bajar del coche?
BARNEY: Es que me sentía muy débil. Me sentía muy débil, pero tenía
miedo. Y ni siquiera creo haberme sentido confuso en aquel momento.
No me siento desconcertado, ni siquiera se me ocurre preguntarme qué
me está ocurriendo. Y me están ayudando. Y estoy pensando en una
película que vi hace muchos años y a este hombre le llevan a la silla
eléctrica. Y pienso en esto y pienso en que yo estoy en la misma
situación que aquel hombre. Pero no me llevan a la silla eléctrica. Y
pienso en esto y pienso que estoy en la situación de este hombre. Pero
no lo estoy, pero arrastro los pies, y me acuerdo de esa película. Y no
tengo miedo. Tengo la impresión de estar soñando. (Esto es como una
negativa de haber tenido miedo. Más tarde, cuando Barney oyó las
cintas magnetofónicas de los interrogatorios, comparó este momento
con la sensación que había tenido al ser hipnotizado por el doctor. Su
mente había estado preocupada por las siguientes cuestiones: Si esto es
verdad, ¿le habían hipnotizado aquellos hombres? Y, de ser así,
¿podría ser ésta la causa de su amnesia?).
DOCTOR: ¿Está usted dormido en ese momento?
BARNEY: Tengo los ojos completamente cerrados y me parece que estoy…
disociado.
DOCTOR: ¿Disociado? ¿Dijo usted disociado?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: (Tratando de aclarar la definición de Barney). ¿Qué quiere decir?
BARNEY: Que estoy aquí y, al mismo tiempo, que no estoy aquí.
DOCTOR: ¿Y dónde está Betty, entretanto?
BARNEY: No lo sé. Estoy tratando de pensar: «¿Dónde está Betty?». Pero lo
ignoro.

www.lectulandia.com - Página 109


DOCTOR: ¿Forman parte de sus sueños, esos hombres?
BARNEY: (Firmemente y con convicción). Están allí y yo estoy aquí. Sé muy
bien que están allí. Pero todo se vuelve negro. Tengo los ojos
completamente cerrados. No consigo creer lo que veo.
DOCTOR: ¿Hay alguna otra cosa que crea usted no haberme dicho?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: Puede decírmela ahora.
BARNEY: Mis pensamientos son como cuadros mentales, porque tengo los
ojos cerrados. Y estoy pensando que voy por una cuesta algo empinada
y que mis pies han dejado de tropezar con las rocas. Es curioso.
Pensaba que mis pies tropezaban con rocas. Y no parecen pisar
suavemente. Pero temo abrir los ojos, porque estoy diciéndome a mí
mismo con toda energía que tengo que mantenerlos cerrados y no
abrirlos en ningún caso. Y no quiero que me operen.
DOCTOR: ¿No quiere usted que le operen? ¿Y por qué piensa ahora en
operaciones?
BARNEY: No lo sé.
DOCTOR: ¿Le han operado alguna vez?
BARNEY: Sólo una. De las amígdalas.
DOCTOR: ¿Y se siente ahora como entonces?
BARNEY: Creo que sí, pero tengo los ojos cerrados y sólo veo cuadros
mentales. Y no siento dolor. Y experimento una ligera sensación. Siento
frío en la ingle.
DOCTOR: ¿Es la misma sensación de cuando le operaron?
BARNEY: Ahora no me están operando. Estoy echado sobre algo y me parece
que el médico me está poniendo algo en una oreja. Siendo yo
muchacho, el médico me puso algo en la oreja y yo le miré y él me
explicó que se podía ver en el interior de mi oreja, iluminándolo con lo
que me había metido en ella. Y pienso en esto… Y me parece que el
médico no me hizo daño y tendré mucho cuidado y me estaré muy
quieto y haré todo lo que me manden y, entonces, no sufriré daño
alguno. (Hace una pausa).
DOCTOR: Continúe.
BARNEY: Es que no recuerdo más.
DOCTOR: ¿Estaba usted pensando en esto cuando iba en coche por la
carretera?
BARNEY: Pensaba en esto cuando estaba echado en esta mesa.
DOCTOR: ¿Dónde estaba usted echado?
BARNEY: Yo creía que en el interior de algo. Pero no me atrevía a abrir los
ojos. Me habían dicho que los tuviese bien cerrados.
DOCTOR: ¿Quién se lo dijo?

www.lectulandia.com - Página 110


BARNEY: El hombre.
DOCTOR: ¿Qué hombre?
BARNEY: El hombre que vi con los binóculos. (Habla con tono normal, y
está seguro de sí mismo, como si el medico tuviera que saber todo lo
que él está diciendo).
DOCTOR: ¿Era ese hombre uno de los que estaban en la carretera?
BARNEY: No.
DOCTOR: ¿Y qué hicieron, mientras, los hombres que estaban en la carretera?
BARNEY: Me cogieron y me llevaron por esa rampa.
DOCTOR: ¿Le llevaron en vilo por la rampa?
BARNEY: Estoy seguro de que subí por algo y de que me arrastraban los pies.
Y este hombre me dirigió la palabra y estoy seguro de que oí su voz y
de que me miraba cuando yo estaba en la carretera.
DOCTOR: ¿O sea que esto ocurrió después de estar en la carretera?
BARNEY: Esto ocurrió después de estar yo en la carretera, en Indian Head.
Me pareció que habíamos recorrido ya bastante distancia desde Indian
Head, pero me perdí y, de pronto, me encontré en el bosque.
DOCTOR: Se perdió usted después de Indian Head, ¿no?
BARNEY: No estaba en la carretera 3 y no acababa de explicarme por qué.
DOCTOR: ¿Indian Head se sitúa antes o después de que vieran el objeto
volante?
BARNEY: Vi el objeto volante en pleno cielo, en Indian Head. Y después de
Indian Head, conduje el coche durante varios kilómetros. Creo haber
conducido durante muchos kilómetros. Y la carretera no es la carretera
3. Es una que cruza una zona muy boscosa. Y es ahí donde me bajan.
DOCTOR: ¿Dónde le bajan?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: ¿Cuántos eran?
BARNEY: Creo que vi un grupo de seis hombres. Porque tres de ellos vinieron
hacia mí y otros tres, no.
DOCTOR: ¿Cómo iban vestidos?
BARNEY: Fue entonces cuando me dijeron que cerrase los ojos. Y cerré los
ojos.
DOCTOR: Pero, ¿no los vio antes de cerrar los ojos?
BARNEY: Iban vestidos de oscuro, y todos vestían igual.
DOCTOR: ¿Eran hombres blancos?
BARNEY: No sé de qué color eran. Pero sus rostros no parecían distintos de
los de los hombres blancos.
DOCTOR: ¿Llevaban uniforme?
BARNEY: Antes de cerrar los ojos, pensé en las guerreras de la Marina.
DOCTOR: ¿Le dijeron alguna otra cosa, además de mandarle cerrar los ojos?

www.lectulandia.com - Página 111


¿Le dijeron por qué le habían hecho parar?
BARNEY: No me dijeron nada. No me contaron nada.
DOCTOR: ¿Había algún vehículo cerca?
BARNEY: No vi ninguno.
DOCTOR: ¿No vio usted ningún vehículo?
BARNEY: Me dijeron que cerrase los ojos porque vi dos ojos acercarse a los
míos. (El fragmento da la primera sesión donde piensa en un gato
salvaje o en el gato de Cheshire, posiblemente). Y sentí como si esos
ojos se metieran por los míos.
DOCTOR: ¿Eran esos ojos los mismos del jefe que vio usted con los
binóculos?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: ¿Cree usted que se trataba de la misma persona?
BARNEY: Entonces, yo no pensaba en nada. No pensé en el hombre que vi en
el interior del objeto, cuando aún volaba. Como le digo, vi los ojos, y
no pensé en nada más. Me limité a cerrar los míos. (Su voz parece
atemorizada cada vez que menciona los ojos). Y me bajé del coche y
puse la pierna izquierda en tierra y dos de los hombres me ayudaron a
salir. Y yo no anduve. Tuve la impresión de que me llevaban a cuestas.
Y no fui muy lejos, o por lo menos, tuve la impresión de que en seguida
empezamos a subir por una rampa o algo parecido. Mis ojos seguían
herméticamente cerrados y temía abrirlos. (Otra pausa. Luego). No es
eso lo que yo quería decir.
DOCTOR: Intente decirlo otra vez.
BARNEY: No quería abrir los ojos. Era más cómodo tenerlos cerrados.
(Barney alude de esta manera a su deseo de liberarse de la
experiencia).
DOCTOR: ¿Le sujetaban esos hombres?
BARNEY: Estaban a mi lado y yo me sentía raro, porque sabía que me tenían
cogido, pero no lo notaba.
DOCTOR: ¿Es eso lo que quiso decir la otra vez, cuando dijo que le parecía
estar flotando?
BARNEY: Me parecía que flotaba, que estaba suspendido en el aire. Estoy
pensando en bajarme del coche y no se me había ocurrido que esos
hombres, cuando me ayudaron a bajar del coche…, que no iba a sentir
su contacto. Y sólo advertí que no los sentía cuando subimos por la
rampa. Y, entonces, me di cuenta de que no los notaba. Por la postura
de mis brazos, parecía que estaban cogidos por alguien. Pero mis pies
no andaban. Y quiero echar una ojeada. Quiero mirar. Quiero mirar.
(Ésta es la misma sensación de la primera sesión, aclarada ahora).
DOCTOR: Sí, continúe. Esto no le inquietará, ahora. Puede contármelo.

www.lectulandia.com - Página 112


BARNEY: Abrí los ojos.
DOCTOR: Abrió usted los ojos. ¿Y qué vio?
BARNEY: Vi que estaba en la sala de operaciones de un hospital. Todo era
azul pálido. Azul celeste. Y cerré los ojos.
DOCTOR: ¿Recuerda usted la sala de operaciones en que le cortaron las
amígdalas?
BARNEY: Recuerdo el hospital y estaba allí porque creí que tenía apendicitis.
Y estuve allí durante trece a catorce… No, fueron trece días. (Barney
vuelve a mostrarse preocupado por expresarse con absoluta exactitud,
aun en los detalles de poca importancia). Y yo solía pasearme por el
corredor y asomarme a la sala de operaciones. Y pensé en esto. No fue
la vez que me operé de las amígdalas.
DOCTOR: ¿Era azul la sala de operaciones del hospital?
BARNEY: No. Había luces brillantes.
DOCTOR: ¿Luces brillantes?
BARNEY: Luces brillantes. Como bombillas eléctricas. Pero este cuarto no era
como aquél. Era inmaculado. Me asombra de lo limpio que estaba todo.
Y cerré los ojos.
DOCTOR: ¿Tuvo la impresión de que iban a operarle?
BARNEY: No.
DOCTOR: ¿Creyó que estaban atacándole de alguna manera?
BARNEY: No.
DOCTOR: ¿Creyó que iban a atacarle de alguna manera?
BARNEY: No.
DOCTOR: Dijo que sentía frío en la ingle…
BARNEY: Estaba echado en una mesa y me pareció que alguien estaba
tocándome la ingle con una taza y, de pronto, paró. Y me dije: «¡Qué
cosa más rara!».
DOCTOR: Haga el favor de hablar un poco más alto.
BARNEY: Me dije: «¡Qué cosa más rara! Si me estoy callado y
completamente quieto, no me harán ningún daño». (De nuevo el rito
mágico). Y todo terminará. Y me estaré así, fingiendo que estoy en
cualquier sitio y pienso en Dios y pienso en Jesucristo. Y me bajo de la
mesa y estoy sonriendo de oreja a oreja y me siento aliviadísimo. Y
estoy andando y están guiándome. Y tengo los ojos cerrados y abro los
ojos y éste es el coche. Y las luces están apagadas y el motor en
silencio. Y Delsey está debajo del asiento. Y me inclino y la toco, y la
perra está hecha un ovillo debajo del asiento y yo me siento al volante y
me recuesto en el respaldo. Y veo a Betty que viene por la carretera y
entra en el coche y yo le sonrío y ella me corresponde con otra sonrisa.
Y los dos parecemos tan contentos y nos sentimos felices de verdad. Y

www.lectulandia.com - Página 113


yo me digo que, en el fondo, no nos ha ido tan mal ¡Qué raro! No tenía
motivo para sentir miedo. Y miramos y vemos la Luna reluciente. Y me
echo a reír y digo: «Bueno, adelante». Y me siento feliz.
DOCTOR: ¿Quiere decir que el objeto volante se había ido ya?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: ¿Se había ido?
BARNEY: Se estaba yendo.
DOCTOR: ¿Yéndose? ¿Le veía usted irse?
BARNEY: Era una pelota enorme, reluciente. Color naranja. Era una pelota
reluciente, preciosa. Y se iba. Se iba. Y nosotros estábamos en la
oscuridad. Y yo encendí las luces del coche y miré por la carretera. Y
me pareció que había una curva en la carretera. Y puse el coche en
marcha y vi una ligera pendiente y, entonces, seguí conduciendo hasta
Llegar a la carretera 3, porque íbamos por una carretera de cemento. Y
pensé: «¡Santo cielo! ¡Ojalá diéramos con un restaurante donde
pudiéramos tomar una taza de café!». Y Betty y yo nos sentíamos
alegres de verdad, yo me sentía alegre de verdad, como cuando uno se
siente bien y a gusto, aliviado.
DOCTOR: ¿De qué se notaba usted aliviado?
BARNEY: Me siento aliviado porque me parece que he estado en una
situación apurada y he salido de ella sin sufrir el menor daño o
inconveniente. Y me siento aliviado de verdad.
DOCTOR: ¿Y el objeto volante había desaparecido?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: ¿Para no volver?
BARNEY: Betty estaba riendo y dijo: «¿Crees ahora en los platillos
volantes?». Y yo dije: «Betty, hija, no digas tonterías; claro que creo en
ellos». Y oímos un ruido, como un «bip-bip». Y el coche rumbaba. Y
yo me callé.
DOCTOR: Oyó un «bip-bip».
BARNEY: Era un ruido como: «Biiip-biiip-biiip-biiip-biiip».
DOCTOR: ¿Tenía la radio del coche puesta?
BARNEY: No. La radio no estaba puesta. Era tan tarde que supuse que no
encontraría ninguna emisora. Por eso, al salir de Canadá la desconecté.
La puse en Quebec, porque pensé que tendría cierta gracia oír la radio
canadiense, que lo dice todo en francés. Y la música también parecía
distinta. Pero, cuando salimos de Montreal, lo que yo quería era volver
a casa de una vez. Y apagué la radio. No suelo poner la radio cuando
conduzco.
DOCTOR: Volviendo a los ruidos. Los oyó de nuevo. ¿Le sonaron como los
de la radio, cuando se oyen señales telegráficas? ¿A que sonaban?

www.lectulandia.com - Página 114


BARNEY: (Rápida e incisivamente). Hacían así: «Biiip-biiip-biiip». Sonaban
como sí hicieran «bip-bip».
DOCTOR: Bueno, ¿y qué hizo usted, entonces? ¿En qué pensó, entonces?
BARNEY: Pensé que aquel «bip-bip» era raro. Y al primer «bip» o al segundo,
toqué el volante con las puntas de los dedos, porque me pareció sentir
una vibración al oír el «bip». Y como continuaba oyéndolo, Betty
volvió la cabeza y yo aminoré la velocidad hasta parar el coche. Y dije
a Betty: «¿Se mueve algo en el coche?».
DOCTOR: ¿Dijo ella que también oía los «bip-bip»?
BARNEY: Dijo: «¿Qué ruido es ése?». Y los dos miramos hacia atrás y Delsey
se había subido al respaldo del asiento y tenía las orejas tensas y el
«bip-bip» seguía sonando. Y dijimos: «¿Crees que ese objeto todavía
está por aquí?». Le llamé «objeto», pero Betty lo llamaba «platillo
volante». Y como nadie nos respondió, los dos pensamos: «¡Qué cosa
más rara!». Y pensé: «¡Esto sí que es extraño!». ¿Podría hacer yo que el
coche haga este ruido? Para comprobarlo, aceleré y, luego, aminoré la
velocidad rápidamente. Y fui al lado derecho de la carretera y, después,
al izquierdo. Y frené en seco y aceleré, luego, de pronto. Pero no
conseguí que el coche hiciera aquel ruido. Y seguimos carretera
adelante. Y vi el aviso: «A Concord, 1 millas». Y fuimos a Concord y
bajamos por la carretera 4.
DOCTOR: ¿Y los «bip-bip» les siguieron hasta allí?
BARNEY: No. No volvimos a oírlos más.
DOCTOR: ¿Dejaron de oírlos cuando se metieron por la carretera de
Concord?
BARNEY: No. Dejamos de oírlos bastante antes de llegar a la carretera
principal. Porque la carretera 3 también es de cemento y fue allí donde
oímos el «bip-bip». Y lo oímos dos veces; al subirme corriendo al
coche, y cuando volví al coche y comencé a conducir de nuevo. Y
preguntó: «¿Qué será esto, Betty?». Y no volvimos a oírlo. (Sus
recuerdos vuelven ahora a Indian Head).
DOCTOR: ¿Lo oyó ella también?
BARNEY: Sí, también ella lo oyó. Y no volvimos a oírlo hasta que penetramos
en la zona boscosa y entramos de nuevo en la carretera 3. Y ella me
pregunto si yo creía ahora en platillos volantes y yo no quise decir lo
que realmente pensaba.
DOCTOR: ¿Y qué pensaba usted?
BARNEY: Pues pensaba que lo que habíamos visto era distinto de todo cuanto
había visto hasta entonces.
DOCTOR: Se refiere también a la sala de operaciones y a la gente que vio en
ella, ¿no?

www.lectulandia.com - Página 115


BARNEY: Si.
DOCTOR: ¿Le dio miedo pensar que le habían raptado?
BARNEY: No se me ocurrió esa palabra. Sólo la empleo teóricamente. No
tuve la impresión de que me hubieran raptado. Pero, cuando pienso en
raptos, los relaciono con violencia.
DOCTOR: ¿Y usted no sufrió, ninguna?
BARNEY: No.
DOCTOR: ¿Y no se le ocurrió ninguna explicación?
BARNEY: Lo que yo quería era llegar a casa y mirarme la ingle.
DOCTOR: Quería mirarse la ingle. ¿Temía, acaso, que le hubiesen hecho algo
malo en ella?
BARNEY: Quería mirármela. Pensé que era una prueba de que, en efecto, me
había sucedido algo. Y me sentía inseguro. Y vacilaba, y me decía que
no podía ser. Y, luego, me corregía a mí mismo: «Pues ocurrió, ya lo
creo que ocurrió». Y me ponía a pensar: «Cuando llegue a casa y me
mire la ingle, tocaré lo que me tocó y veré si queda huella». Eso es lo
que pensé. (Pero esta idea desapareció por completo cuando Barney
volvió a la posesión plena de sus facultades mentales. Cuando llegó a
casa, se miró la ingle, pero sin recordar el motivo que tenía para
hacerlo).
DOCTOR: Muy bien. Siga.
BARNEY: Llegamos y entré en casa. Y estaba demasiado fatigado para
descargar el equipaje. Y fue Betty quien lo sacó del coche. Y cogió a
Delsey y la dejó que fuera a hacer sus necesidades en la hierba y, luego,
la entró en casa también. Y yo fui al cuarto de baño y estaba
diciéndome que algo se cernía en tomo a mí. Me acerqué a la ventana y
me puse a mirar el cielo matinal y fui a la puerta trasera y la abrí y miré
al cielo. Y pensé: «Algo se agita en torno a mí, por aquí, en algún
sitio». Y Betty y yo nos acostamos, charlando. «¿No es cierto que es
extraño lo que ha pasado, sea lo que sea?». Y no conseguía recordar
nada de lo ocurrido, excepto que me encontraba en Indian Head cuando
comenzó a ocurrir. Y nos acostamos. Y, al despertar, decidimos no
contárselo a nadie y hablar de ello únicamente a solas, los dos. Y dije:
«Pero, Betty, ¿por qué no hacer un croquis de lo que has creído ver?
También yo haré uno». Y los dos hicimos dibujos y resultaron
idénticos. Y Betty llamó a su hermana y se lo contó.
DOCTOR: Dijo usted algo sobre unas manchas que vio en el coche.
BARNEY: Betty volvió de hablar por teléfono y dijo: «¿Dónde está la brújula?
¿Dónde está la brújula?». Y cuando Betty hace esas cosas me irrito en
el acto. Y dije: «No sé de qué estás hablando, Betty». Y ella dijo: «¡La
brújula! ¡La brújula! ¿Dónde está la brújula?». Y le respondí: «En el

www.lectulandia.com - Página 116


cajón, donde está siempre». Y, entonces, ella cogió la brújula y yo me
sentí irritado porque cuando Betty se excitó de esta manera no se le
ocurrió abrir el cajón y coger la condenada brújula. Y salió de casa y yo
me asomé a le ventana de la alcoba, que es la ventana frontera de la
casa, y pensé: «Todo esto está sentándole mal a Betty y es preferible
que lo olvidemos, cuanto antes mejor y dejemos de pensar en ello». Y
Betty entró en la casa haciendo mucho ruido y dijo: «¡Barney! ¡Ven,
ven, rápido!». Y yo salí y miré la brújula cuando ella la puso junto al
coche. Y dije: «Esto es ridículo, Betty. Después de todo, el coche está
hecho de metal y cualquier metal atrae a las brújulas y las hace
reaccionar de esta manera». Y ella dijo: «Pero mira lo que hace, y mira
las manchas que hay en el coche». Y miré y vi que eran manchas
grandes, manchas relucientes, en la parte trasera del coche. Y pienso:
«¿Qué puede haberlas causado?». Y me puse a limpiar una de las
manchas y Betty dijo: «No lo toques». Y yo dije: «¿Y cómo sabes tú si
esto tiene importancia?». Y entonces, puse la brújula junto a una
mancha, y la brújula se volvió loca y si la ponía a una cierta distancia
de cualquiera de las manchas o la ponía en una parte del coche donde
no hubiera manchas, la brújula se calmaba. Y esto me pareció
incomprensible. Y yo sabía que no sabía nada sobre brújulas. Y dije a
Betty: «Esto no es nada, esta brújula es mala, no hay ningún motivo de
alarma».
DOCTOR: ¿Y cómo se le ocurrió a ella ir a por la brújula?
BARNEY: Yo, entonces, lo ignoraba.
DOCTOR: ¿Y qué averiguó usted?
BARNEY: Betty me dijo luego que, hablando con su hermana, ésta le dijo que
fuera a por una brújula y comprobara si el coche estaba magnetizado, o
algo por el estilo. Y por eso ella…
DOCTOR: ¿Dice usted que esas manchas volvieron loca a la brújula?
BARNEY: Si poníamos la brújula donde no hubiera manchas, la aguja se
quedaba quieta.
DOCTOR: Dice usted que las manchas eran relucientes. ¿Qué quiere decir con
esto, concretamente? ¿Cambió el color del coche, o qué?
BARNEY: Quedó muy pulido.
DOCTOR: ¿Como si alguien le hubiera pulido cuidadosamente?
BARNEY: Sí, dónde había manchas.
DOCTOR: ¿Qué tamaño tenían?
BARNEY: Aproximadamente, como medios dólares, dólares de plata.
DOCTOR: ¿Trató usted de borrarlos? ¿O trató de lavar el resto del coche?
BARNEY: Dejé de pensar en las manchas.
DOCTOR: ¿Estaba polvoriento el resto del coche?

www.lectulandia.com - Página 117


BARNEY: Sí.
DOCTOR: ¿Y no trató usted de pulirlo o limpiarlo, para ver si se volvía tan
reluciente como las manchas?
BARNEY: Había llovido… (Llovió por la tarde y también la noche del día que
regresaron a Portsmouth). Y la lluvia quitó algo el polvo, pero las
manchas siguieron donde estaban, y no hice nada por borradas.
DOCTOR: ¿Cabría la posibilidad de que esas manchas fueran consecuencia de
la lluvia que limpió el polvo del coche?
BARNEY: No, las manchas eran brillantes y completamente redondas.
DOCTOR: Bueno, ¿y usted qué hizo? ¿Las dejó donde estaban?
BARNEY: Exacto.
DOCTOR: ¿No lavó o frotó el coche más tarde?
BARNEY: Era el coche de Betty y es ella quien lo lava. Supongo que lo habrá
lavado. No volví a pensar en el asunto.
DOCTOR: No lo sabe. Bueno. ¿Cuánto tiempo duraron esas manchas?
BARNEY: Dejé de pensar en ellas. No sé. Dejé de pensar en las manchas.
DOCTOR: ¿Ignora cuándo desaparecieron? ¿No sabe siquiera si
desaparecieron?
BARNEY: Sí, ya no están.
DOCTOR: Muy bien. Dejaremos de hablar de ellas, ahora, Usted ya no
pensará más en lo que hemos hablado hoy, hasta que yo le ordene
recordarlo. No le inquietará a usted en absoluto. Ni siquiera pensará en
ello. Los ojos no le inquietaran. Todo va a pedir de boca, todo está
tranquilo, todo está como debe estar. No hay ningún motivo de
inquietud ni de preocupación. ¿Entendido?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: Se encuentra usted bien, ¿de verdad?
BARNEY: Sí, bien.
DOCTOR: Y tranquilo. Y no siente la menor preocupación, ni la sentirá. Todo
ira a pedir de boca. Y usted y Betty volverán aquí dentro de una
semana, como vinieron hoy. ¿Se encuentra perfectamente, ahora? (El
doctor está asegurando a Barney por partida doble de que no volverá a
enfrentarse con los mismos problemas que la semana anterior).
BARNEY: Sí, muy bien.
DOCTOR: Se encuentra usted muy bien. No sentirá preocupación alguna.
Todo esto no afectará en absoluto a su mente. Es una experiencia de la
que volveremos a hablar, para esclarecerla por completo. De manera
que no sienta miedo ni inquietud. No pensará usted en esto, no volverá
a molestarle más. Todo cuanto hemos hablado en estas sesiones se
apartará por completo de su mente, no le causará ninguna inquietud, no
le atormentará. Se sentirá usted tranquilo y a gusto. Sin dolores, sin

www.lectulandia.com - Página 118


angustia. Todo irá a pedir de boca.
BARNEY: Sí.
DOCTOR: Ahora, puede irse. (Barney despierta inmediatamente, sintiéndose
tranquilo y bien. No guarda ningún recuerdo de lo ocurrido durante la
sesión).

Al comenzar la sesión del 29 de febrero, Barney no se sentía seguro de si el


doctor iba a acceder a su petición de que siguiese con Betty y le dejase a él descansar
un poco del esfuerzo mental que le había costado la primera sesión. Realmente, él
esperaba a medias, en el mismo instante de sumirse en el trance, que el doctor se
limitaría a hipnotizarle para reforzar su susceptibilidad hipnótica con vistas a futuras
sesiones. Cuando miró el reloj, al final de la segunda sesión, se sintió
sorprendidísimo al ver que ya eran casi las diez, o sea que habían pasado casi dos
horas. Se sintió sobresaltado porque, aunque ya habían llegado a una tesitura en la
que aceptaba la posibilidad de perder contacto con la realidad durante una hora
aproximadamente, estaba seguro de que tendría que haber intervalos de consciencia,
por breves que fueran, si el trance duraba tanto tiempo.
Se notó muy tranquilo y a gusto al salir del trance, y creyó recordar que había
contado todo lo ocurrido hasta el momento de llegar a Indian Head, aunque fuera en
estado hipnótico. Se daba cuenta vagamente del tono de voz del doctor, pero de esto
no conservaba un recuerdo claro.

—En realidad —dijo Barney más tarde—, no guardaba ningún recuerdo concreto
sobre lo ocurrido durante las sesiones propiamente dichas, en estado hipnótico. Pero
me pareció que mi memoria se fortalecía muchísimo a consecuencia de las sesiones
hipnóticas, como si, de pronto, pudiera decir: «Betty, ¿recuerdas el color de la
alfombra del motel en que paramos en Montreal? Pues era azul pálido». Cosas así. O
que había atado el perro al radiador del retrete. Recordaba cosas de este tipo. Y
también recordaba, en estado consciente, por supuesto, detalles como los números de
las carreteras por donde habíamos ido. Y después de la segunda sesión, recordé
también que habíamos parado en este restaurante tan raro, que parece una granja,
antes de llegar a Montreal. Y la escena que evocó mi memoria era tan vivida… Un
ambiente muy curioso y grato, precioso. Una gran chimenea, toda la pared era una
chimenea. Nos dieron un desayuno estupendo, el tipo de desayuno que se da a los
leñadores: tarugos de jamón y, encima, tres o cuatro huevos, si los pedías. El recuerdo
me vino a la memoria clarísimamente. Es decir, que la parte consciente del viaje me
volvió a la memoria con más claridad que nunca, aunque seguía sin tener idea de lo
ocurrido durante el período de tiempo bloqueado por la amnesia.
«Luego, después de esta segunda sesión, comencé a tener sueños. Tuve unos
sueños raros, comencé a soñar, por primera vez en mi vida, con objetos volantes no
identificados. Y leí un libro sobre un médico que había estado en un campo de

www.lectulandia.com - Página 119


concentración en Alemania y que estaba lleno de angustia y comencé a imaginármelo
como si fuera el doctor Simon, y este libro me llenó de angustia a mí también,
porque, en cierto modo, el doctor Simon se había convertido en una especie de amigo
íntimo. Se había convertido en algo más que un amigo íntimo, porque le apreciaba de
verdad y no quería que sufriese daño alguno».

www.lectulandia.com - Página 120


CAPÍTULO VII

Terminada la segunda sesión, el doctor Simon pasó revista al caso que ahora
comenzaba a ser iluminado por verdaderas revelaciones pertenecientes al período
amnésico. El caso estaba empezando a dividirse por sí solo en dos fases separadas: el
primer encuentro, que tal y como había sido contado, tuvo lugar en Indian Head; y el
segundo, que, según todos los indicios, ocurrió en un trecho boscoso de una ruta que
sale de la carretera 3; en este segundo encuentro también intervino un obstáculo que
cortaba el paso al coche, y la curiosa narración del rapto a bordo de la nave espacial
era parte de él.
Lo revelado en las dos sesiones en que participó Barney parecía indicar que éste
había sido sometido a un intenso choque emocional al enfrentarse con un objeto no
identificado, real o imaginado como real. La segunda experiencia, o sea el rapto,
carecía de precedente o confirmación en los informes considerados como fidedignos
sobre objetos volantes no identificados y, por lo tanto, tenía que ser clasificada como
mucho menos probable o incluso como irreal. Habría que disponer de muchos más
datos para que la balanza se inclinase convincentemente del lado de la probabilidad
por lo que se refería a esta segunda experiencia, que parecía más bien una especie de
reflejo de la primera.
Antes de seguir con Barney, el doctor Simon decidió comenzar con Betty y
bucear en su memoria. El doctor manejaba conjeturas lógicas y datos, con los que
trataba de comprobar y deducir nuevos datos que irían siendo aceptados o rechazados
sobre la marcha. El médico ha de ser escéptico, pero debe poseer hipótesis prácticas,
con las que pueda aquilatar la validez del material revelado por el paciente.
El doctor Simon no sentía interés alguno por la parte del caso relacionada con el
objeto volante no identificado en sí; sólo le interesaba como parte integrante de la
experiencia de los Hill. Su impresión, cuando comenzó a tratar a Betty Hill la semana
siguiente, era que el primer encuentro pudo muy bien haber tenido lugar, pero el
segundo era poco probable.

Mientras se dirigía a casa del doctor para someterse a la primera sesión, Betty Hill
notó, sorprendida, que sentía auténtica impaciencia por comenzar aquella nueva
experiencia. Había aguardado a Barney durante dos largas sesiones, sentada, sola e
inquieta; no se imaginaba a sí misma víctima de crisis como las que indicaban los
confusos ruidos que había entreoído durante la primera sesión y de las que todavía no
había hablado a su marido.
En la consulta del doctor Simon, el 7 de marzo de 1962, se invirtió el ceremonial.
Esta vez, fue Barney quien hubo de reforzar sus aptitudes hipnóticas y Betty quien se
quedó en el cuarto para someterse a la hipnosis propiamente dicha. Betty no estaba
segura de sí el doctor la hipnotizaría inmediatamente o de si la sometería antes a un

www.lectulandia.com - Página 121


interrogatorio en estado consciente.
Llevaba consigo, en su cuaderno de notas, una copia de la narración detallada de
sus sueños. Mientras Barney conducía, ella le preguntó si sería buena idea
enseñársela al doctor, pero Barney le aconsejó esperar a que el doctor mismo se la
pidiera. Barney se mostraba muy inquieto y confuso sobre los sueños de Betty, no le
gustaba pensar en ellos ni encontraba bien que la preocupasen tanto. En una palabra,
no creía que tuvieran la menor base real Aunque nunca se lo había dicho a Betty, él
no quería que el doctor Simon se dejara influir por aquellos sueños; por lo tanto, su
descripción detallada siguió guardada en el cuaderno de notas de Betty, mientras ésta
se preparaba para comenzar la sesión. Betty recuerda claramente haber oído las
palabras convenidas, que fueron pronunciadas por el doctor al comienzo de esta larga
sesión, el 7 de marzo.

—Siempre que el doctor las decía —recuerda Betty—, yo sentía la más completa
sorpresa. Era como si alguien, de pronto, me diese una bofetada. En cuanto el doctor
dice las palabras, todo lo demás, sea lo que sea, se inmoviliza de pronto. Estaba
apagando un cigarrillo y, durante un instante, aún me di cuenta de que era eso
precisamente y no otra cosa lo que yo quería hacer, pero inútilmente, no podía
hacerlo. La verdad es que cuando le van a hipnotizar a uno, el trance no llega
inmediatamente, es como cuando uno está durmiéndose, como flotando en el aire,
sumergiéndose gradualmente en el sueño, Es imposible detener este proceso, por
mucho que se intente.
Betty oyó las palabras claramente. Pero le pareció que en el acto llegaron también
a sus oídos estas otras palabras del doctor: «Puede despertarse, Betty». Entre estas
palabras y aquéllas transcurrió más de una hora, durante la cual Betty volvió a revivir
plenamente y con todo detalle el incidente ocurrido en Cannon Mountain. Lo que
reveló en este tiempo no le fue revelado a ella hasta algunas semanas después.

DOCTOR: (Los ojos de Betty se cierran. Asiente con la cabeza). Está usted
dormida, profundamente dormida, profundamente dormida. Completa y
profundamente dormida. Muy tranquila, descansando completamente,
dormida profundamente. Completamente dormida, profundamente
dormida. (Al repetir estas órdenes, el doctor refuerza la inducción
hipnótica que Betty ha ido recibiendo durante esas semanas. Esto basta
para ponerla en el estado hipnótico necesario). Ahora, volveremos al
momento de sus vacaciones, en septiembre de 1961, en que volvían
ustedes de las cataratas del Niágara, camino de Montreal Recordará
usted lo que hicieron y lo recordará todo, todos sus recuerdos y todas
sus experiencias, todas sus sensaciones, y me lo irá diciendo todo, con
todo detalle. Veamos: vuelven ustedes de las cataratas del Niágara y van
hacia Montreal. Vuelven de un viaje de vacaciones, de placer.

www.lectulandia.com - Página 122


Cuénteme todo cuanto vieron y experimentaron, tanto usted como su
marido.
BETTY: (Su voz es menos monótona, que la de Barney, que parecía sin vida,
pero el trance en que se halla es tan profundo como el de él). Vamos en
coche y las calles eran amplias y el sol brillaba. Había bastante gente en
las calles. Y yo miraba las casas y las tiendas y los escaparates… (Sin
embargo, habla haciendo pausas más largas como esperando a que la
escena que evocan sus palabras pase ante sus ojos según la va
describiendo). Nos detuvimos ante un garaje para preguntar la
dirección, y el empleado hablaba francés y no nos entendía. Entonces,
fuimos a otro garaje y allí nos dijeron por dónde teníamos que ir para
volver al centro de Montreal. Y vi en un escaparate un abrigo de visón
que costaba ochocientos noventa y cinco dólares. Entonces, decidimos
buscar un hotel, pero nos dijimos que quizá en el hotel no dejarían
entrar a Delsey. Así, pues, fuimos a buscar un motel por las afueras de
Montreal. Y pasamos junto a un restaurante donde anunciaban algo así
como «buñuelos de patatas», y la mujer que estaba a cargo de aquel
restaurante salió y empezó a hablarnos en francés. Y yo dije que no
entendía el francés, y ella me contestó que estaba segura de que yo era
francesa. Pero no lo soy. Y, entonces, me di cuenta de que no eran
buñuelos de patatas lo que allí servían, sino patatas fritas. Tomamos,
pues, café y patatas fritas, y no recuerdo si también un perrito o una
hamburguesa o si fue uno de cada… (Como es normal en este caso,
Betty se esfuerza por recordar detalles, aunque carezcan de
importancia. Si el doctor se lo ordenase, recordaría esto. Además, los
detalles del viaje que recuerda Betty son distintos que los que recuerda
su marido. Betty continúa describiendo el viaje en líneas generales, por
Canadá hasta Colebrook y, luego, de Colebrook a Lancaster. Su
historia sobre esta parte del viaje es semejante a la de Barney.
Después, dice:). Y seguimos conduciendo y mirando a nuestro
alrededor. La Luna brillaba, pero aún no era Luna llena, pero sí muy
luminosa y grande. Y vi una estrella debajo de la luna, en el lado
inferior y a la izquierda de la luna. Y luego, después de salir de
Lancaster, noté que había algo parecido a una estrella, una estrella más
grande encima de ésta, y noté, también, que antes no estaba allí. Y se la
enseñé a Barney, que la miró, y ambos estuvimos mirándola un buen
rato. Y yo estaba perpleja y, también, curiosa. Y mientras la observaba,
noté que Delsey parecía inquieta. Y, luego, pasamos por una montaña
que nos la ocultó. Y cuando volvimos a verla, me pareció que la estrella
se había movido… (De nuevo notamos que Betty Hill, cuando habla
normalmente, casi nunca empieza las frases con la conjunción «y». Y,

www.lectulandia.com - Página 123


sin embargo, como Barney, lo hace sin cesar en estado de trance). Pero
no estaba completamente segura, de modo que seguí observándola. Y
de nuevo me pareció que se movía y Delsey seguía inquieta. Por eso le
dije a Barney que debiéramos dejar que Delsey saliera del coche. Y
esto, de paso, nos permitiría mirar aquella estrella con los binóculos.
Seguimos conduciendo y llegamos a un lugar ligeramente apartado de
la carretera donde podríamos parar el coche; ese lugar había sido
dispuesto allí a propósito, creo, para que la gente se aparte del tráfico y
contemple el paisaje. El lugar estaba rodeado de bosques, y también
vimos un par de barriles llenos de basura. Y Barney dijo que tuviéramos
cuidado, no fuéramos a topar con un oso. Bajé del coche y pues…
veamos… sí, eso es, bajé del coche y puse la correa a Delsey y me alejé
un poco con ella. Y, entonces, vi que la estrella se movía, ya no me
cabía la menor duda. Volví, pues, al coche y cogí los binóculos. Y
Barney llevó a Delsey a pasear y yo me puse a mirar aquel objeto con
los binóculos. Y Barney decía que era un satélite, pero no lo era. Se
movía con rapidez, pasó por delante de la Luna y lo vi. Lo vi cruzar
toda la cara de la Luna y vi que tenía una forma rara. Y relucían en él
luces de diversos colores.
DOCTOR: ¿A qué distancia calcula usted que estaría?
BETTY: Entonces, aún no parecía cercano. Pero lo vi bien delineado contra la
Luna y vi como unos reflectores, cuya luz giraba en torno a él.
DOCTOR: ¿Cómo esas luces que se ven en los coches de la policía?
BETTY: No. ¿No sabe usted lo que es un reflector?
DOCTOR: Sí.
BETTY: Pues, así, como una línea a lápiz, pero de luz, que va girando. Así
eran esas luces.
DOCTOR: ¿Veía usted rayos largos de luz?
BETTY: Luz blanca… y de otros colores.
DOCTOR: ¿Eran colores como los que suelen verse o eran…?
BETTY: Sí, eran colores brillantes, vivos. Parecía luz color naranja brillante,
casi un rayo de luz roja. Y había otro que parecía azul, bueno, como una
luz de coche de la policía, como dijo usted. Ya me entiende, era algo
así, porque la luz del coche gira y centellea. Aunque dé la impresión de
pertenecer a un solo rayo, se dispersa. Todas esas distintas clases de luz
parecían pertenecer al mismo destello, destello, destello.
DOCTOR: ¿Había otros colores, además del rojo, el ámbar y el verde? (El
doctor alude aquí a las luces usadas normalmente en Norteamérica por
aviones, vehículos y semáforos).
BETTY: Como azul y emitía destellos. Destellos, destellos, destellos. En toda
mi vida no había visto nada parecido. Y se movía con mucha rapidez.

www.lectulandia.com - Página 124


Nunca he visto un satélite, pero siempre pensé que los satélites se
mueven como estrellas fugaces, aunque quizá no sean tan rápidos, pero
éste no iba con tanta rapidez. Bueno, cuando lo vi cruzar la cara de la
Luna me quedé impresionadísima y seguí mirándolo. Pero, luego, traté
de convencer a Barney de que lo mirara también. Quería que lo viese
antes de que terminara de cruzar el rostro de la luna. Pero él no hacía
más que decir: «Si sólo es un satélite».
DOCTOR: ¿Se refiere usted a satélites como «Telstar» o «Eco», o a otra clase?
BETTY: Sí, a ésos. Y Barney dijo que sólo era un satélite, y él estaba junto al
coche y cuando yo fui allí, el objeto había terminado de cruzar la cara
de la luna. Y, entonces, Barney lo miró durante unos segundos y me
devolvió los binóculos sin hacer ningún comentario.
DOCTOR: ¿Dijo usted que le pareció que tenía una forma rara?
BETTY: Sí.
DOCTOR: ¿Cómo describiría usted su forma? ¿Era redonda? ¿O parecía algún
objeto conocido? ¿A un avión?
BETTY: No. No era como un avión. Sólo se me ocurre compararla con un
cigarro puro.
DOCTOR: ¿Un cigarro puro?
BETTY: Sí, porque era largo y no tenía alas. Y se movía como ladeado. Sí,
eso, un cigarro puro. Iba de izquierda a derecha. Era igual que si
pusiéramos un cigarro puro contra la luz de la luna, con todas esas luces
relampagueando en torno a él. Entonces, Barney lo miró y yo cogí los
binóculos y miré de nuevo y se los devolví. Y fui a buscar a Delsey y la
llevé al coche y me subí también yo en el coche. Y, entonces, Barney
vino y se subió al coche y dijo: «Nos han visto y vienen hacia
nosotros». Y yo me eché a reír y le pregunté si había estado viendo
alguna película fantástica en la televisión. Y entonces él no dijo nada.
DOCTOR: ¿Por qué mencionó usted la televisión?
BETTY: Porque la idea de Barney era fantástica.
DOCTOR: ¿Ha visto usted cosas fantásticas en televisión, con frecuencia?
BETTY: No sé. Cuando pongo el televisor no es para ver esas cosas, pero la
gente habla de programas fantásticos y es ésa la impresión que tiene
una. Y por eso, cuando Barney me dijo que nos habían visto y que se
acercaban a nosotros, pensé que su imaginación se había desbocado.
DOCTOR: ¿Tenía él los binóculos en aquel momento?
BETTY: Le dejé de pie, al borde mismo de la zona de aparcamiento, mirando
aquel objeto mientras yo cogía a Delsey y la llevaba al coche. Y me
senté y esperé a que terminara de mirar. Y fue entonces cuando volvió y
me dijo que el objeto venía hacia nosotros.
DOCTOR: ¿Miró usted para comprobarlo?

www.lectulandia.com - Página 125


BETTY: No, en aquel momento, no. Pensé que aquello… pues eso, que me
daba igual. Bueno, pues Barney siguió diciendo que se estaba
acercando hacia nosotros, de modo que me dije: «Bueno, no sé por qué
se le habrá ocurrido esa idea». Pero la verdad es que también yo
empecé a sentir curiosidad por averiguar el motivo de lo que decía
Barney. Cogí, pues, los binóculos y, al principio, no daba con el objeto,
pero, luego, lo vi. Y vi que se nos estaba acercando, echándosenos
encima. Y aún estaba lejos, lejos. Y aunque se nos acercaba, seguía
pareciendo una estrella. Era como un objeto de luz sólida. Y, entonces,
cuando me quitaba los binóculos de los ojos y lo miraba, volvía a
parecerme como una estrella corriente que se está acercando. (Esto se
parece a muchos informes sobre objetos volantes no identificados que
hay en los archivos del Comité Nacional de Investigación de
Fenómenos Aéreos y en los de la Aviación). Pero cuando volvía a
mirarlo con los binóculos, me parecía, naturalmente, mucho más
grande, pero volaba de una forma muy rara. Y esto era lo que más me
intrigaba.
DOCTOR: ¿Cómo volaba?
BETTY: Ya sabe usted cómo vuelan los aviones, ¿no? En línea recta. Pues este
objeto no volaba así. Daba vueltas, giraba. Y se lanzaba un poco en
línea recta, muy poco, y, luego, se ladeaba y ascendía.
DOCTOR: Veamos. Dice usted que, por la forma, parecía un cigarro puro.
BETTY: Sí.
DOCTOR: ¿Volaba como volaría un cigarro puro? ¿Cómo una flecha?
BETTY: Eso parecía.
DOCTOR: ¿Qué hacía cuando se ladeaba? ¿Cómo se ladeaba?
BETTY: Pues así. Coja usted un puro y póngalo en la mesa, caído. Luego, lo
levanta por un extremo y vuelve a dejarlo caer. Así es como se ladeaba.
Y, mientras tanto, daba la impresión de estar girando sin cesar. (Otros
informes confirman que la forma de cigarra puro, como en el caso de
Barney, es la de un disco visto de perfil).
DOCTOR: ¿Como si girase en torno a un eje?
BETTY: Sí. Primero, se lanzaba en línea recta y, luego, de repente, ascendía,
también en línea recta. Y, luego, descendía perpendicularmente, se
dejaba caer como un plomo. Éste parecía el sistema de vuelo. No lo
hacía siempre de una manera precisa e igual. Era como si sufriese una
sacudida. Así, no de una manera suave. Y a medida que se acercaba,
parecía aumentar la frecuencia de esas sacudidas. Y nos siguió durante
bastante rato. Y era Barney quien condujo, mientras yo no hacía más
que mirar el objeto y ver cómo volaba. Y pensé: «A lo mejor son los
movimientos del coche lo que me hace creer que se mueve de esta

www.lectulandia.com - Página 126


forma».
DOCTOR: ¿Lo que le hace ver a usted las sacudidas de que habla?
BETTY: Sí. Pensé que a lo mejor ese efecto era debido a las vibraciones del
coche. Entonces, empecé a decirle a Barney que parara el coche, para
comprobar si de verdad volaba así. Y él no paraba y decía que no lo
veía volar de esa forma, pero yo sí. Y por eso me puse a compararlo con
otros objetos… con una estrella, para ver si daba la misma impresión,
pero no la daba. Empecé a tratar de resolver este acertijo. Me dije;
«Nada vuela de esa manera, de modo que soy yo, me estoy
convenciendo a mí misma de que vuela así». Todo lo que yo miraba
estaba como debla estar. Sólo este objeto no parecía normal. Seguimos
parando el coche y mirando el objeto y volviendo a arrancar. Y así
llegamos a Cannon Mountain, que es donde está el funicular…
DOCTOR: (Tiene que reajustar el magnetófono). Muy bien. Ahora, nos
detendremos. No volverá usted a oír absolutamente nada hasta que yo
vuelva a hablarle. Estará usted completamente tranquila y en reposo…
(Reajusta el magnetófono). Muy bien, Betty. Continúe ahora su relato
donde lo dejó. (Ella continúa exactamente donde lo dejó).
BETTY:… llegamos a donde está el funicular de Cannon Mountain y allí en la
cima, hay una zona iluminada… Creo que la luz debe ser de un
restaurante. Y, mientras yo miraba, las luces se apagaron. (Otros
informes confirman desarreglos eléctricos causados por objetos
volantes no identificados, como apagones de luces, de faros, de radios y
de televisores). No sé si se debería a que el objeto se adentró por el
valle, entre dos montañas, o si apagó las luces. Y esto me dejó perpleja,
porque seguía buscándolas con la vista. Y, entonces, pensé: «Bueno,
quizá se está alejando, quizá nosotros no le interesamos». Pero cuando
salimos junto a «El Viejo de la Montaña», volvimos a verlo. Pero
parecía como si fuera dando saltos por la cima de la montaña. Y
descendía un poco al otro lado y, entonces, le perdíamos de vista. Y yo
no hacía más que preguntarme por qué motivo nos estaría siguiendo. Y
también me preguntaba si ellos sentirían tanta curiosidad por nosotros,
como nosotros por ellos.
DOCTOR: ¿Dice usted «ellos»?
BETTY: Bueno, quiero decir que suponía que habría alguien en el interior del
objeto, alguien capaz de controlar su vuelo. Y por eso, quienquiera que
fuese el que estaba dentro, tenía que ser «ellos». Yo me sentía llena de
curiosidad y experimentaba la sensación de que alguien estaría allí
dentro, viéndonos. En cierto modo, el asunto era muy intrigante. Y yo
ignoraba lo que iba a ocurrir pero, sin embargo, no tenía miedo. Sólo
sentía curiosidad. Y tenía la sensación de que algo estaba a punto de

www.lectulandia.com - Página 127


suceder, pero no sabía lo que era. Y espero que no estaré demasiado
asustada cuando ocurra. Y así seguimos en el coche, carretera adelante,
y paramos en un lugar donde hay muchos árboles, y allí perdimos el
objeto de vista. Cuando llegamos al torrente, Barney aparcó el coche a
la derecha, en un vado de la carretera. Y bajamos y tratamos de
observarlo otra vez. Pero allí habla demasiados árboles, también. Y
seguimos esperando llegar a algún trecho de la carretera desde donde
pudiéramos verlo como es debido. Y entonces pasamos junto al
torrente, en un lugar situado entre el torrente de Indian Head, o quizás
un poco más allá del torrente, o un poco más allá de Indian Head, donde
había un motel. Era como una serie de casetas, unas casetas pequeñas y
de aspecto bonito, y el anuncio del motel estaba apagado, pero, en un
extremo, vimos un chalet con una luz encendida. Y había un hombre en
pie junto a la puerta. Y yo le vi y pensé: «Si quiero, puedo zafarme de
todo esto ahora mismo. Nos basta con entrar aquí, con coche y todo, y
ese objeto tendrá que irse sin nosotros. Y se acabará todo. Es decir, que,
si lo que queremos es escapar, aquí tenemos la vía de escape». Y estaba
pensando esto y no dije una palabra de ello a Barney. Sólo se me
ocurría pensar que ignorábamos lo que nos esperaba, pero yo estaba
lista para lo que fuera. Y Barney estaba irritándome, pero lo hacía a
propósito, porque estaba convencido de que yo quería hacerle ver
visiones. Me dio la impresión de que quería negar la existencia de lo
que estábamos viendo con nuestros propios ojos, que no quería confesar
que el objeto estaba allí, a pesar de que paraba el coche para verlo. No
acababa de comprender lo que sucedía. Ahora, el objeto estaba bastante
cerca, y me fijé en que ya no giraba, porque vi que tenía luces a un lado,
y esto daba la impresión de que estuviera pestañeando, parpadeando.
Pero, luego, de pronto, dejó de parpadear. Y comprendí que sólo tenía
luces a un lado. Y, luego, de pronto, el objeto avanzó en línea recta y
empezó a dar vueltas delante del coche. Bueno, yo estaba mirándolo
cuando empezó a hacer esto. Y estaba delante de mí, al otro lado del
parabrisas, precisamente enfrente de mí. Y yo le miraba con los
binóculos y vi una doble hilera de ventanas. Y, entonces, mientras le
miraba, me puse a pensar que si las ventanas estaban a este lado, el otro
estaría oscuro. Y éste es el motivo de que parpadee. Y mientras yo estoy
aquí sentada, me siento llena de asombro ante tales cosas. Y, de pronto,
a un lado, al lado izquierdo del objeto, comienza a brillar una luz roja.
Y, luego, al lado derecho, sale otra luz.
DOCTOR: ¿Dijo que al lado izquierdo y al derecho?
BETTY: Yo estaba enfrente del objeto.
DOCTOR: Mirando a través del parabrisas.

www.lectulandia.com - Página 128


BETTY: Yo estaba mirando a través del parabrisas, precisamente enfrente de
él.
DOCTOR: ¿Y a qué distancia calcula usted que estaría?
BETTY: Es imposible calcularlo. Sin los binóculos, no se veía con bastante
claridad. Sin ellos, sólo veía una franja de luz. Y cuando vi la segunda
luz roja, dije repetidas veces a Barney que parase. Y él no nacía más
que contestar; «Pero si no es nada, ya verás cómo desaparece». Y yo le
dije una y otra vez; «¡Barney! Te digo que pares, para el coche, Barney,
y míralo, es asombroso». Y él dijo, sólo por llevarme la corriente;
«Bueno, muy bien, dame los binóculos». Y lo miró y yo seguía
diciéndole: «¿Lo ves? ¿Lo ves?». Y él dijo: «Es un avión o algo
parecido». Y yo le respondía; «¿Un avión? Pero, ¿viste alguna vez un
avión con dos luces rojas?». Y Barney seguía mirándolo y, luego, me
devolvió los binóculos y yo me puse a mirarlo. Y, entonces, dijo que no
lo había podido ver bien. Abrió la portezuela del coche. No, lo que hizo
primero fue bajar el cristal de la ventana de la puerta del lado del
volante y trató de asomar la cabeza y mirar el objeto volante, por
encima del techo del coche. (La voz de Betty se ha animado mucho al
hablar, pero continúa siendo directa y seca). Pero el motor del coche
seguía vibrando, y Barney dijo: «Bueno». Y bajó. Abrió la portezuela
del coche y bajó. Puso un pie en la carretera y el otro seguía en el
interior del coche. Y estaba así, con la puerta del coche abierta, pero
apoyándose contra el coche. Y seguía mirando y, entonces, no dijo
nada. No hizo más que bajar. Y bajó de un salto y se alejó del coche. Y
yo me dije: «La verdad es que este sitio no es el más a propósito para
aparcar el coche, porque estamos en plena carretera. No estamos ni a la
derecha ni a la izquierda del tráfico, sino en el mismo centro. Y, a estas
horas, suele haber coches». Y me dije: «Bueno, pues mientras él se
acerca a ver esa cosa, yo miraré por si vienen coches en alguna
dirección, por si tengo que apartar el coche del centro de la calle».
Miré, pues, por la ventanilla trasera y por las delanteras y me dio la
impresión de que llevaba mucho tiempo allí sentada, esperando. Y
mirando. Y estaba oscuro. No había farolas ni nada. Al mirar, advertí
que Barney estaba a bastante distancia del coche y que aún seguía
alejándose más. (Ahora, por primera vez, empieza a notarse emoción
en la voz de Betty. Aunque parezca raro, ocurre casi en el mismo
instante y lugar en que ocurrió el incidente que provocó la violenta
crisis emocional de Barney). Me asomé, pues, desde el asiento
delantero, y empecé a gritar: «¡Barney, vuelve, vuelve!». (Su voz se
quiebra, llena de emoción. Empieza a sollozar mientras habla).
«¡Barney, idiota, vuelve, Barney, vuelve!». (Está reviviendo el

www.lectulandia.com - Página 129


incidente, llamando directamente a Barney, no contando lo que
ocurrió). Si ese idiota no vuelve tendré que ir a buscarle. «¡Barney!
Pero, ¿qué te pasa?». (Esta actitud es afectuosa, más que agresiva.
Siempre que ambos riñen, lo hacen afectuosamente). Y yo estoy
llamándole: «¡Barney, Barney, Barney, vuelve! ¿Qué te ocurre?».
(Vuelve a describir el incidente, pero sigue sin aliento). Empecé a salir
del coche… Me disponía a salir por el lado del volante, porque la puerta
ya estaba abierta. Comencé a bajarme del asiento, porque quería salir e
ir a buscarle. Y precisamente cuando comenzaba a bajarme, le vi
regresar. Corría calle abajo como un loco. («Calle» es la forma de decir
«carretera» en el Estado de New Hampshire). Y cuando le vi venir, me
incorporé en el asiento. Luego, me alegré de haberlo hecho, porque él
tiró los binóculos al interior del coche y cayeron donde había estado yo
un minuto antes. Barney estaba histérico. (Y ella casi también lo está en
este momento). Él… él… él… él… estaba histérico. No sé si estaba
riendo o llorando, pero decía que vendrían a capturarnos. Teníamos que
escapar de allí a toda prisa. Iban a capturarnos. Como el motor aún
estaba en marcha, apretó el acelerador y arrancamos rápidamente,
Barney no hacía más que decir: «¡Mira, mira, ahí están! ¡Desde aquí les
veo! ¡Están encima, están encima mismo del coche…!». Y yo quería
verles de nuevo y me sentía como asustada… aunque no tanto. Y ya
estábamos en marcha, a bastante velocidad en aquel momento. Y bajé el
cristal de la ventana y traté de asomarme y mirar. Y seguí mirando, y no
conseguía verles. No veía la luz. Ni siquiera veía el cielo, no veía nada.
Y se lo dije a Barney: «No creo que estén allí, no veo nada, todo está
oscuro, no les veo». Así, pues, volví a meter la cabeza en el coche y
pensé: «Bueno, pues a lo mejor están detrás». Y volví a subir el cristal.
Y miré por la ventanilla trasera y tampoco vi nada. Y, de pronto,
comenzamos a oír aquel «bip-bip-bip-bip-bip». Y Barney dijo: «¿Qué
es eso? ¿Qué es eso? ¿Qué es ese ruido?». Y yo respondí «No sé». Y lo
único que me recordaba aquel ruido era el que hacen las señales
eléctricas, ya sabe usted: Biip, biip, biip, biip-biip… (Ahora, su voz
vuelve a su sequedad anterior. Y Betty analiza de manera realista las
posibles causas del fenómeno). Me dije: «¡Al diablo! ¿Por qué no habré
aprendido el morse? Quizá esto sea un mensaje en morse y no lo
entiendo». Luego, me dije que quizá fuera algo eléctrico. Una corriente
eléctrica, quizá. Toqué con la mano el metal del coche y por mucho que
toqué no me dio ningún calambre, pero todo el coche vibraba. Ya me
comprende, una vibración ligera. Y me dije: «La verdad es que esto es
raro». Él… él no había… bueno, no sé. Se oía el «bip-bip», pero no
daba calambres. ¿Qué ocurrió después? (La minuciosidad del detalle

www.lectulandia.com - Página 130


desaparece en el caso de Betty en el mismo instante y lugar que en el de
Barney; Betty sigue hablando, pero llena de perplejidad, como si
estuviera tanteando, buscando algo olvidado). Vamos a toda
velocidad… Y yo seguía esperando a que Barney me dijera lo que había
visto en la carretera… (Deja de hablar, sus búsquedas son
infructuosas).
DOCTOR: (Después de esperar bastante tiempo). ¿Cuánto tiempo dice que
estuvo Barney fuera del coche cuando salió a la carretera? ¿Cuánto
tiempo, exactamente?
BETTY: A mí me pareció mucho tiempo.
DOCTOR: Sí, ya, pero, ¿cuánto?
BETTY: No sé. Yo diría… no sé por qué, pero yo diría que unos cuatro o cinco
minutos.
DOCTOR: Cuatro o cinco minutos.
BETTY: Sí. No recuerdo haber mirado el reloj de pulsera, y, además, todo
estaba oscuro. Y oí el «bip-bip».
DOCTOR: ¿Volvió usted a ver el objeto?
BETTY: Estoy tratando de verlo. De cuando en cuando, vuelvo a asomarme a
la ventana, pero tengo la cabera completamente vacía. (Otra pausa.
Está buscando de nuevo). Pero casi puedo recordar…
DOCTOR: Sí, claro que puede.
BETTY: (Es evidente que está haciendo enormes esfuerzos por recordar). En
este momento, no consigo llegar más allá del «bip-bip». (Tampoco
podía Barney, cuando llegaba a este momento).
DOCTOR: Sí puede. Todo va bien, ahora. Puede ir más allá. (Ahora, se
produce una pausa muy larga. Betty respira pesadamente, pero no
emite ningún otro ruido). Si, adelante, todo va bien. (Ahora, Betty
comienza a llorar. Sus sollozos son breves y rápidos, como sí tratara de
contenerlos). Muy bien. Todo va muy bien. No tiene necesidad de
angustiarse demasiado.
BETTY: (Otra larga pausa. Luego, suspira profundamente como si se hubiese
forzado a sí misma a tomar mentalmente una decisión. Habla con
mucha rapidez, sin pararse a respirar, como si no quisiese decir lo que
está diciendo). Seguimos por la carretera… No sé dónde estamos… No
sé ni siquiera cómo hemos llegado a donde estamos… Barney y yo,
conduciendo, no sé cuánto tiempo… No sé cuánto tiempo… (Las
palabras se oyen entre sollozos agudos y breves). Y ni siquiera hemos
hablado… Yo estaba sentada, en silencio… presintiendo que algo está a
punto de ocurrir… La verdad es que apenas tengo miedo… Excepto
ahora mismo, en este momento. Ahora, sí lo tengo… Pero, entonces, no
lo tenía… (Deja de hablar. Luego, rompe a llorar).

www.lectulandia.com - Página 131


DOCTOR: (Después de una larga pausa). ¿Por qué llora, si dice que no está
asustada?
BETTY: Estoy asustada ahora… Pero no lo estaba… No… No lo estaba…
Estaba asustada cuando vi a aquellos hombres en la carretera…
DOCTOR: ¿Hombres en la carretera?
BETTY: (Prorrumpe en un grito de angustia). ¡Jamás he sentido tanto miedo!
DOCTOR: (Con mucha calma). Veamos, hábleme de esos hombres que vio en
la carretera. Ahora, todo va bien.
BETTY: (Empieza a hablar, pero sus sollozos son tan fuertes que no consigue
decir nada).
DOCTOR: Aquí está usted segura, hábleme de esos hombres que vio en la
carretera.
BETTY: (Su voz tiembla, respira rápidamente). Íbamos por la carretera… era
una carretera de alquitrán… Y, de pronto…, sin ningún aviso ni razón
alguna… Barney hizo en… él siempre… los frenos chirriaron, paró tan
bruscamente… y torció, de pronto, a la izquierda, saliendo de la
carretera… Y nos adentramos por otra carretera secundaria, fuera de la
principal… Yo me preguntaba por qué haría aquello, meterse por allí…
Él no decía nada ni yo tampoco abrí la boca… Entonces, me dije:
«Quizá nos hemos perdido… pero, qué más da, ya saldremos del paso
de alguna manera…». (Aún parece hablar con dificultad). Y seguimos
adelante… Y llegamos a una curva brusca… Había árboles… Había
muchos árboles a mi lado de la carretera… ignoro si los habría también
del lado de Barney… (Nótese el deseo de decir las cosas con absoluta
exactitud). Pero… pero había aquellos hombres, en pie, en medio de la
carretera… Y yo no sentía demasiado miedo al verles… Estaban allí, en
pie, y me dije: «Después de todo, no son tan terribles…». Había… ¡Oh,
no sé lo que había! Y eran solo… No me sentí demasiado asustada
cuando les vi. Y eran sólo… no pude verles tan bien como hubiera
querido… (Reflexiona un momento. Luego, prosigue). Pero, entonces,
se me ocurrió pensar: «¿Tendrán coche? ¿Se les ha averiado el coche?
¿Qué están haciendo allí?». Y Barney, como es natural, tuvo que frenar.
Y, entonces, bajó del coche y aquellos hombres se acercaron al coche. A
mitad del camino, se separaron. Continuaron en dos grupos. Y cuando
les vi hacer esto me asusté de verdad. Y el motor del coche enmudeció.
El coche quedó completamente quieto. Y los hombres siguieron
acercándose. (Una breve pausa. Luego). Y cuando comenzaron a hacer
esto, me asusté de verdad, y el motor del coche dejó de vibrar. Y
cuando empezaron a acercarse, Barney trató de poner de nuevo el coche
en marcha. Ya sabe usted que, a veces, el motor de los coches se niega a
arrancar, por mucho que uno haga. Pues Barney no conseguía poner el

www.lectulandia.com - Página 132


coche en marcha… ¡No conseguía poner el coche en marcha! (Rompe a
llorar de nuevo. Sus últimas palabras apenas son Inteligibles).
DOCTOR: ¿Y qué hizo?
BETTY: Trata de poner el coche en marcha, pero no había manera. Y los
hombres se nos acercan más y más. Y yo pensé: «Si abro la puerta del
coche, puedo escapar, correr a los bosques, esconderme». Y estoy
pensando hacer esto y alargo la mano para abrir la portezuela, y los
hombres se adelantan y me abren la puerta. (Solloza mucho). Y abren la
puerta del coche… Y este… este hombre… dos hombres detrás de
nosotros… y… (Los sollozos dificultan la comprensión de sus
palabras).
DOCTOR: No oí las últimas palabras.
BETTY: (Tratando de dominarse). Los hombres, junto a la puerta del coche…
y aquí viene uno… dos… tres hombres… Y uno de ellos… Otros dos
detrás de él… Y uno de los hombres alarga la mano… (Deja de hablar
otra vez).
DOCTOR: Continúe.
BETTY: (Larga pausa, Respira profundamente). No… No sé lo que ocurre…
DOCTOR: Ahora, lo recuerda usted todo. ¿Qué aspecto tenían esos hombres?
¿Vio usted sus rostros?
BETTY: No.
DOCTOR: ¿Cómo iban vestidos?
BETTY: Todos igual, no sé cómo. (Vuelve a prorrumpir en gemidos, aunque
esta vez, se domina mejor).
DOCTOR: ¿Van de uniforme o visten ropa corriente?
BETTY: Parecía más bien un uniforme.
DOCTOR: Un uniforme. ¿Se parecía a algún uniforme que usted conozca?
BETTY: No lo sé. (Vuelve a sumirse en completo silencio).
DOCTOR: (Aguarda bastante rato. Luego, dice). Muy bien, su memoria es
muy buena. No tiene por qué estar asustada. Ahora, lo recuerda usted
todo. Dígame todo lo que ocurrió. (Otra larga pausa). ¿En qué piensa
usted, ahora?
BETTY: Pienso en que estoy dormida.
DOCTOR: ¿Dormida en el coche? (Éste es el momento en que Barney se
volvió vago y difuso… cuando sintió que estaba «como flotando…».
Cuando vio los «ojos»). Pienso que estoy dormida y que tengo que
despertarme. No quiero estar dormida. Trato de… Tengo que
despertarme… Trato… Y vuelvo a dormirme… Lo intento… Intento
despertarme. (Larga pausa. Luego). ¡Y, por fin me despierto! Y voy
andando por el bosque. Abro los ojos, sólo un momento, y los vuelvo a
cerrar en seguida… (Comienza a sollozar violentamente). Pero, aunque

www.lectulandia.com - Página 133


estoy dormida, ando. Y tengo este hombre a un lado y a un hombre, al
otro… Y delante de mí, hay dos hombres más. Y miro a mi alrededor…
veo un camino… Y veo árboles… (Dice más cosas, pero los sollozos
cubren por completo sus palabras). Y miro a esos hombres… Y me
vuelvo… Y Barney está detrás de mí… (Vuelve a guardar silencio).
DOCTOR: ¿Barney detrás de usted?
BETTY: Hay una pareja de hombres detrás de mí, luego, esta Barney. Hay un
hombre a cada lado de él. Y yo tengo los ojos abiertos… Pero Barney
sigue dormido. Anda y está dormido… (Continúa sollozando, Luego,
acaba por dominarse). ¡Y, entonces, empiezo a sentirme furiosa! Y me
digo; «¿Quién demonios es esta gente y qué quieren hacernos?». Y doy
media vuelta y digo: «¡Barney! ¡Despierta, Barney! ¿Por qué no
despiertas?». Y no me hace ningún caso. Sigue andando. Y cuando está
un poco más allá, me vuelvo otra vez y repito su nombre: «¡Barney,
despierta!». Pero él sigue sin hacerme caso. Y, entonces, el hombre que
va a mi lado me dice: «¡Ah! ¿De modo que se llama Barney?». Y fue
entonces cuando miré a aquel hombre y me dije que a él aquello no le
concernía, pero no le dirigí la palabra. Entonces, seguimos andando y
yo traté de despertar a Barney otra vez. Repito una y otra vez: «¡Barney,
Barney, despierta!». Pero él no se despierta. Y el mismo hombre me
dice otra vez: «¿Se llama Barney?». Y yo seguí sin responderle. Y él me
dijo: «No tenga miedo, no tiene usted motivo alguno para asustarse, no
les haremos el menor daño. Sólo queremos hacer ciertos experimentos.
Y cuando los experimentos terminen, les llevaremos a usted y a Barney
al coche y les dejaremos en él. En seguida estarán de vuelta en casa».
Comprendí que a su manera intentaba tranquilizarme, pero me parece
que no me fié de lo que decía. Y no estaba muy segura de lo que iba a
ocurrir. Y seguimos andando, andando, y Barney seguía dormido…
(Aunque ha conseguido dominar sus gemidos, aun se oyen de cuando
en cuando, puntuando sus palabras).
DOCTOR: ¿Y esos hombres hablaban bien el inglés?
BETTY: Solo hablaba uno, el que estaba a mi izquierda. Luego más o
menos… se le notaba un acento extranjero… pero era, ¿cómo decirlo?,
un hombre practico y directo. Así pues seguimos andando y llegamos a
un claro. Y allí estaba… ¡Lástima que hubiera tan poca luz, porque si
no lo habría visto mejor…! Había un rampa por la que se subía a la
puerta. El objeto estaba en tierra.
DOCTOR: ¿El objeto estaba en tierra?
BETTY: (De nuevo, seca y concisa). Creo que es el mismo que vimos en el
cielo. Y había árboles y un camino y también había un claro del bosque.
Y ellos me llevaron rampa arriba. No quiero entrar en el objeto…

www.lectulandia.com - Página 134


ignoro lo que ocurrirá si entro en él. No quiero entrar. Barney no puede
protegerme… él está completamente dormido. Y no quiero entrar en el
objeto.
DOCTOR: Barney está profundamente dormido. ¿Qué hace? ¿Anda por sí
solo, o le ayuda alguien?
BETTY: Sí. Hay un hombre a cada lado de él. Cada uno le tiene cogido por un
brazo y es como si… bueno como si… Tiene los ojos cerrados y yo
diría que no oye nada, pero se tiene en pie por sus propios medios. Sin
embargo, está como atontado y parece que ellos le guían, le ayudan a
seguir adelante. Y él es bastante más alto que los hombres.
DOCTOR: ¿Es más alto que ellos?
BETTY: Sí. Sí, mucho más alto. Y cuando llegamos al objeto, me niego a
entrar. Entonces, el hombre que estaba junto a mí me insta a que siga.
Está un poco enfadado conmigo. Dijo: «Ande, entre de una vez. Cuanto
más tarde en entrar, más tardaremos en terminar. Será mejor que entre
para que terminemos de una vez y puedan volver al coche. Tampoco
nosotros tenemos tiempo que perder». Y, entonces, él y otro hombre me
cogen cada uno por un brazo y me siento invadida por una sensación de
impotencia. En este momento, poco puedo hacer para, resistir. Lo único
que puedo hacer es seguirles. Subo por la rampa, entro, y veo un pasillo
a la izquierda. Avanzamos por el pasillo y me veo ante un cuarto. Y
ellos se paran, con objeto de hacerme entrar en él. (Ahora, está más
tranquila, mucho más tranquila). Estoy en pie en el hueco de la puerta
y me vuelvo y miro, esperando que también traigan a Barney. Pero no
lo hacen. Se lo llevan pasillo adelante, pasando ante la puerta donde
estoy yo. Entonces, dije: «¿Qué hacen ustedes con Barney? Tráiganle
aquí, conmigo». Y el hombre dijo: «No, sólo tenemos aparatos
suficientes para una persona al tiempo en cada cuarto, y si les ponemos
allí a los dos a la vez, tardaríamos demasiado. Barney no sufrirá daño
alguno y le llevaremos al cuarto contiguo. Y en cuanto hayamos
terminado con los dos, les llevaremos de nuevo al coche. No hay
motivo de inquietud». Y les vi llevarse a Barney al cuarto contiguo y yo
entré en éste. Y algunos de los hombres entran, en el cuarto conmigo.
Entre ellos, el hombre que habla inglés. Están un minuto allí, no sé
quiénes son, me imagino que formarán parte de la tripulación del
objeto. Pero sólo se quedan allí un minuto, y el hombre que habla inglés
está con ellos, y entra otro hombre. Al nuevo, es la primera vez que le
veo. Me parece que es un médico. Y cerraron por la puerta… (Como le
ocurre a Barney, Betty, hipnotizada, confunde los tiempos presente y
pretérito). Y en un rincón hay un taburete, blanco… ¿Es blanco? No sé
si es blanco o amarillo cromo, pero es un taburete y me sientan en él.

www.lectulandia.com - Página 135


Estoy sentada en un taburete. Y ellos… Llevo puesto un vestido, mi
vestido azul, y me remangan una de las mangas del vestido y me miran
el brazo. Ambos me miran el brazo y, luego, le dan vuelta y me miran
aquí… (Señala con el dedo una parte del brazo). Y ellos… me frotan,
tienen un aparato. Ignoro qué es. Traen el aparato adonde estoy yo y lo
ponen, no sé qué clase de aparato es… Algo parecido a un microscopio,
sólo que parece un microscopio provisto de grandes lentes. Y lo
ponen… no sé… lo ponen… Me parece que están sacando una
fotografía de mi piel. Y ambos me miran aquí y aquí a través de ese
aparato… (Betty señala dónde). Y, luego, empiezan a hablar entre sí.
Ignoro qué están diciendo. No consigo comprender lo que estaban
diciéndose. Y, luego, cogen algo parecido a un abrecartas… sólo que no
era un abrecartas…… y me rasparon el brazo aquí… (Vuelve a indicar
dónde). … Y saltaron como pequeños… ya sabe lo que quiero decir…
como cuando la piel se seca y se vuelve como escamosa,
desprendiéndose de ella pequeñas partículas de piel, ¿no? Y pusieron…
Había algo parecido a un pedazo de celofán o de plástico o de algo
parecido, y después de rasparme la piel, depositaron las partículas en
ese plástico. (Ha vuelto a dominarse por completo. Ahora, está
tranquila y lo cuenta todo como si no tuviera nada que ver con ella). Y,
entonces, él, el hombre que hablaba inglés, los dos se pusieron a hablar
inglés. El hombre que me hizo entrar en el objeto fue el que lo cogió, el
que cogió el plástico y lo enrollo y lo metió en el cajón superior. Y,
entonces, me pusieron la cabeza… Había como un dentista… No, no
como un dentista, quiero decir como el brazo de una silla de dentista.
Ya sabe, eso que le sujeta a uno la cabeza. No sé, me pareció que lo
sacaban de detrás del taburete, no sé cómo, y me pusieron la cabeza en
él. (El doctor tiene que hacer otro reajuste. La interrumpe un momento
y, luego, ella continúa hablando). Así, pues, estoy sentada en el
taburete, y ese brazo está allí y mi cabeza reposa en él. Y el que me
examina me hace abrir los ojos y me los mira con una luz, y me hace
abrir la boca y me mira la garganta y los dientes y me mira las orejas y,
luego, me hace volver la cabeza y me mira en esta oreja. Y, entonces,
coge una cosa que parece una hila o una de esas cosas que se usan para
limpiar a los niños pequeños y me lo pone en la oreja izquierda y,
luego, lo saca y lo guarda en otro pedazo de plástico. Y el jefe lo coge y
lo enrolla y también lo guarda en el cajón superior. (Deja de hablar un
momento, como para recordar mejor la escena). ¡Ah! Y, entonces, me
toca el pelo por la parte de la nuca y el resto de la cabeza y arranca un
par de cabellos y se los da al jefe, el cual los envuelve y los guarda,
como lo demás, en el cajón superior. Luego, coge algo, unas tijeras

www.lectulandia.com - Página 136


quizá, no sé a punto fijo lo que es, y con ellas corta, corta un pelo y se
lo da al otro. Y, entonces, me toca el cuello, empieza a tocarme detrás
de las orejas, bajo la barbilla y por el cuello y, luego, por los hombros y
por la clavícula y… (Vuelve a callarse, como para recordar mejor).
¡Ah! Y, luego, me quitan los zapatos y me miran los pies y me miran las
manos, me miran las manos con mucho cuidado. Y él coge… la luz es
tan viva que no puedo tener los ojos abiertos todo el tiempo. Además,
estoy algo asustada. No es que me interese mucho mirarles, de modo
que me cuesta poco esfuerzo tener los ojos cerrados. Pero, a pesar de
todo, los abro, no todo el tiempo, sólo lo necesario para tranquilizarme.
Cuando no les miro, cierro los ojos. Y coge algo y me lo pasa por entre
el dedo y la uña y, luego, no sé, probablemente son tijeras de manicura
o algo parecido, lo cierto es que me corta un poco de uña. Y me miran
los pies con mucho cuidado, guardan… no creo que me hicieran nada
en los pies, se limitan a tocarlos y los dedos también, uno por uno, y
todo. Y, entonces, el médico, que es el que me está examinando, dice
que quiere hacer unos experimentos quiere examinar mi sistema
nervioso. (Ahora, habla con energía). Y estoy pensando que no sé
cómo serán nuestros sistemas nerviosos, pero espero que no tendrán la
cara dura de ir por ahí, raptando a gente por las carreteras, como han
hecho esta vez. ¡Y me dice que me quite el vestido, me dice que me
quite el vestido! Y antes de que tenga tiempo siquiera de levantarme
para quitármelo, el médico… mi vestido tiene una cremallera en la
espalda. Bueno, pues el médico corre la cremallera y me quita el
vestido. Y estoy sin vestido y descalza. Y, allí, junto al taburete, en
medio del cuarto, más o menos, hay una especie de mesa. No es muy
alta, diría que de la misma altura que esta mesa de trabajo. Me echo,
pues, en la mesa, boca arriba, y, él, entonces, trae… no sé cómo
describirlo… Trae una especie de agujas, todo un montón de agujas, y
cada aguja tiene un alambre que sale de ella. Es algo como una pantalla
de televisión, ya sabe, cuando no funciona bien parece llenarse de
líneas, de hilos. Algo así. Y, entonces, hace que me eche en la mesa y
traen las agujas y no me pinchan con ellas, No, no es como cuando le
pinchan a uno con agujas, pero lo que hacen es tocarme con ellas. No
hace daño… (De cuando en cuando, hace una pausa, como esperando
a que terminen de tocarla con las agujas). Excepto… ¿Dónde, era…?
En algún sitio. No hace más que tocarme y yo siento como si la punta
de la aguja me tocase, nada más. No hace ningún daño. Pero, luego,
empieza a tocarme detrás de las orejas y allí, no sé por qué… (Señala
diversas partes de su cabeza).… y aquí, también… No sé… Luego, me
pone la aguja en la rodilla y, cuando lo hizo, mi pierna dio como un

www.lectulandia.com - Página 137


salto. Y, luego, también en el pie. Junto al tobillo, no sé cómo. Y,
después, me hicieron volverme de espaldas y me fueron tocando toda la
espalda. Me tocan con esas agujas, no sé cómo lo hacen. No sé qué me
están haciendo, pero a ellos parece alegrarles mucho, sea lo que sea lo
que están haciendo. Luego, me dicen que me vuelva de nuevo cara
arriba y el médico tiene una aguja larga en la mano. Y veo la aguja. Es
la aguja más larga que he visto en mi vida y le pregunto qué piensa
hacer con ella… (Está comenzando a inquietarse de nuevo). No me
hará daño. Y le pregunto qué es, y me dijo que quería pincharme en el
ombligo. No es más que un sencillo experimento. (Solloza
rápidamente). Y yo le digo que no, que me hará daño, que no lo haga,
que no lo haga. Y me echo a llorar y lo digo; «Me duele, me duele,
sáquela, sáquela». Y el jefe se me acerca y me tapa los ojos con la mano
y me dice que todo irá bien, que no sentiré nada. (Se tranquiliza algo).
Y el dolor desaparece. El dolor desaparece, aunque todavía me escuece
donde me pincharon con la aguja. No sé por qué me pincharon en el
ombligo con esa aguja. Les dije que no lo hicieran. (Otra pausa).
DOCTOR: ¿La agredieron sexualmente?
BETTY: No.
DOCTOR: ¿No?
BETTY: No. Le pregunté al jefe; «¿Por qué? ¿Por qué me metieron la aguja
por el ombligo?». Y él me dijo que era para comprobar si estaba
embarazada. Yo le dije: «No sé qué esperaban averiguar, pero, entre
nosotros, no es ésa la manera de averiguar si una está embarazada». Y
él, entonces, no dijo nada.
DOCTOR: Muy bien. Lo dejamos aquí. Quedará usted perfectamente
descansada, tranquila y a gusto. Perfectamente a gusto, cómoda y
descansada. Cuando yo la despierte, no recordará usted absolutamente
nada de lo que hemos dicho aquí. No recordará absolutamente nada de
todo cuanto hemos dicho hasta que yo le dé la orden de recordarlo.
(Repite esta última frase, para reforzar la orden). Pero nada de lo dicho
la inquietará, no sentirá usted la menor preocupación por ello. Se sentirá
a gusto, perfectamente tranquila. Sin dolores, ni angustias. No tendrá
miedo, ni angustias. Se sentirá a gusto y descansada… Ahora, puede
despertarse… (Betty abre lentamente los ojos).
BETTY: ¿Estoy completamente despierta?
DOCTOR: Está usted completamente despierta. ¿Qué pasó?
BETTY: ¿Despierta…? ¿Despierta…? Estoy completamente confusa. (Ríe
suavemente).
DOCTOR: ¿Se encuentra bien ahora?
BETTY: Sí.

www.lectulandia.com - Página 138


DOCTOR: Muy bien. Seguiremos la próxima vez. Dentro de una semana. A la
misma hora. (El doctor despide a Betty).

Betty despertó de la larga sesión medio adormilada, como si la hubiesen


despertado en medio de un sueño nocturno normal. Sin darse cuenta de lo que hacía,
empezó a mirar las cosas del despacho del doctor Simon, un poco sobresaltada y
vagamente consciente de haberse sentido algo mal.

—Tenía una vaga idea de haber llorado —recuerda—, como la gente que llora
dormida y se despierta y comprueba, semiconsciente, que mientras dormía lloró. Pues
ésa es la sensación que tenía yo. En realidad, no desperté hasta unos dos días después.
Me sentía como entontecida, perpleja, me resultaba difícil concentrar mis ideas. Me
parecía que con sólo cerrar los ojos volvería a dormir.
Ya en el coche, Barney preguntó a Betty cómo había reaccionado y ella le dijo
que se sentía bien, pero que no quería hablar de ello, Pasaron la noche del sábado con
unos amigos, cerca de Boston, pero Betty se sintió exhausta casi todo el tiempo y no
estuvo animada. A pesar de todo, mejoró al cabo de unos días y, como lo había dicho
el doctor, volvió a sentirse tranquila y bien. Ni ella ni Barney sabían aún que sus
recuerdos coincidían casi por completo con el largo informe que ella misma había
escrito sobre sus pesadillas.

www.lectulandia.com - Página 139


CAPÍTULO VIII

Después de la larga sesión que tuvo con Betty, el doctor Simon dictó lo siguiente:

Esta entrevista transcurrió bastante bien hasta que llegamos al borde


de la zona mental relacionada con la segunda parte del contacto con el
objeto volante; entonces, la paciente comenzó a dar muestra de
profunda inquietud. Sus mejillas se llenaron de lágrimas; se agitó en la
silla. Lo mismo ocurrió, con agitación muy pronunciada, al referirse al
trato de que fue objeto, al parecer, en el interior del extraño vehículo.
Hablando del reconocimiento médico que parece haber tenido lugar
allí, las mejillas de la señora Hill se llenaron de lágrimas, hasta
apareció mucosidad en la nariz. Aunque aceptó sin dificultad un
pañuelo de papel que le di, consideré que lo mejor era suspender la
sesión en aquel punto, aun cuando ella, mentalmente, todavía se
encontraba en la «sala de operaciones», debido al alto grado de
agitación que la había invadido, Ambos pacientes han quedado en
volver dentro de una semana.

Y así lo hicieron, el 14 de marzo de 1964. Antes de que los Hill entraran en su


despacho, donde Betty iba a someterse a la segunda sesión, el doctor Simon dictó
unas notas preliminares en el magnetófono:

Los Hill han quedado en llegar hoy, a las ocho y media de la mañana.
Y el examen de Betty Hill continuará a partir del momento en que fue
suspendido la semana pasada, cuando le sacaron, la aguja del ombligo
para comprobar si estaba embarazada.

Sin embargo, antes de ponerla en estado hipnótico, el doctor charló un momento


con ella.

BETTY: Creo que debo decirle, antes de que empecemos, que desde que le vi
la semana pasada he tenido dos pesadillas.
DOCTOR: ¿Diría usted que fueron sueños o pesadillas?
BETTY: Yo diría que pesadillas.
DOCTOR: ¿Y cuándo tuvo la primera?
BETTY: El martes por la noche.
DOCTOR: ¿El martes después de la sesión? ¿Y de qué trató?
BETTY: No recuerdo de qué trató. Recuerdo agua, un lago, creo, y una orilla.

www.lectulandia.com - Página 140


Pero no recuerdo nada más de este sueño.
DOCTOR: ¿Y le recordó algo? ¿Algún lago determinado?
BETTY: No.
DOCTOR: ¿Y de qué trató el otro sueño? ¿Se acuerda?
BETTY: El otro fue que… no recuerdo dónde era… que había una luz, y que
la luz iba dando saltos alrededor. Y yo veía la luz. Se acercaba dando
saltos y, luego, se alejaba de mí. Y yo tenía la sensación de que esa luz
representaba un peligro para mí y que iba a tocarme. Brillaría sobre mí,
y yo no quería que sucediese tal cosa. Y precisamente cuando iba a
tocarme, me desperté. Estaba intentando gritar. No sé si grité o no. Pero
el hecho es que me desperté.
DOCTOR: ¿Se enteró Barney de ello?
BETTY: Me asusté tanto que le desperté.
DOCTOR: ¿Duermen ustedes en camas separadas?
BETTY: No. En cama de matrimonio.
DOCTOR: ¿Le despertó usted a propósito?
BETTY: Sí.
DOCTOR: Entonces, gritaría usted.
BETTY: Yo creo que no grité.
DOCTOR: ¿Tuvo usted la impresión, ya recuerda cuando el objeto volante se
acercaba a ustedes, de que este sueño era parecido a esa experiencia o
de que era distinto?
BETTY: Era como una luz de linterna. Y, luego, empezó a dar saltos en torno a
mí. Era una luz pequeña.
DOCTOR: Pequeña. ¿No se parecía a la de un reflector móvil?
BETTY: Sí, podía ser como la de un reflector móvil.
DOCTOR: ¿Cómo la luz móvil de una sala de operaciones? ¿Algo así?
BETTY: Era más pequeña.
DOCTOR: ¿Cómo una de esas luces que algunos médicos llevan sujeta a la
cabeza con un pequeño espejo?
BETTY: Creo que mayor. Yo diría que tendría de trece a dieciocho
centímetros.
DOCTOR: Muy bien. Pero, aparte de esto, todo ha ido bien, ¿no? ¿No ha
sentido inquietudes o angustias a consecuencia de la sesión anterior? ¿O
acaso no recuerda nada de ella?
BETTY: Creo que sí recuerdo algo.
DOCTOR: ¿Qué cree usted recordar?
BETTY: Recuerdo que lloré, y creo recordar… no… Creo que recuerdo haber
estado sentada en el coche, mirando a Barney, que estaba en la
carretera. Y recuerdo haber visto hombres en plena carretera.
DOCTOR: ¿Vio usted hombres en la carretera? ¿Se los imagina usted, ahora?

www.lectulandia.com - Página 141


BETTY: Sí.
DOCTOR: ¿Qué aspecto tenían?
BETTY: No les vi con la suficiente claridad como para poder describirles.
DOCTOR: ¿Parecían norteamericanos corrientes?
BETTY: No. Eran distintos, tenían algo distinto.
DOCTOR: ¿En qué eran distintos?
BETTY: No sé.
DOCTOR: ¿Había algún vehículo en la carretera? ¿Un coche? ¿Una
motocicleta?
BETTY: No.
DOCTOR: ¿Sólo vio hombres en la carretera? ¿Llevaban algún vestido o traje
especial? ¿Un uniforme? ¿Algún tipo de vestidura con elementos
comunes?
BETTY: Creo que todos iban vestidos igual, pero no consigo imaginármelo,
no sé describir cómo iban vestidos.
DOCTOR: ¿Tiene usted alguna idea de por qué estaba llorando? Dice usted
que recuerda, que cree recordar haber llorado.
BETTY: ¿Que por qué lloraba? Pues porque tenía miedo.
DOCTOR: ¿Y de qué tenía usted miedo?
BETTY: Tenía miedo porque comprendía que estaba a punto de suceder algo e
ignoraba lo que era.
DOCTOR: Muy bien. Sigamos. (El doctor dice la palabra convenida. Los ojos
de Betty se cierran inmediatamente). Profunda, profunda,
profundamente dormida, hondamente dormida. Está usted
completamente tranquila, muy, muy, muy, muy profundamente
dormida. Cada vez, más y más profundamente dormida. Más y más
profundamente, muy, muy, muy profundamente dormida. Se siente
usted a gusto, descansada. Sin experimentar miedo ni angustia, muy,
muy profundamente dormida. Ahora, volveremos a donde estábamos
hace una semana, justo donde interrumpimos su experiencia. Justa y
exactamente donde nos detuvimos. ¿Dónde está usted, ahora?
BETTY: (Sumida en profundo trance). Estoy en la mesa, echada, y el jefe…
Me han hecho daño al meterme una aguja en el ombligo. Y el jefe me
había pasado la mano sobre los ojos y cuando hizo esto todo el dolor…
Ya no sentí más dolor. El dolor se fue. Y me sentí muy bien y le quede
agradecida porque me había quitado el dolor.
DOCTOR: ¿Tenía la aguja algo especial fijo a ella? ¿Algo parecido a un tubo
o a un alambre?
BETTY: Sí.
DOCTOR: ¿Qué era?
BETTY: Era una aguja larga. Yo diría que parecía una de esas agujas que se

www.lectulandia.com - Página 142


utilizan para dar inyecciones o para extraer sangre o para lo que sea, no
sé.
DOCTOR: ¿Tenía una jeringa?
BETTY: Tenía algo. Y tampoco sé por qué me hicieron eso. Era como un
experimento. Y yo no quería que lo hicieran. Dije que me haría daño, y
el jefe me aseguró que no. Cuando me pasó la mano por los ojos, cesó
el dolor.
DOCTOR: ¿Pincharon muy profundo?
BETTY: Era una aguja larga. No sé, yo pensé… No miro, pero diría que la
aguja tendría unos nueve centímetros de longitud, quizá más de un
decímetro.
DOCTOR: ¿Dijo usted que tenía algo fijo a ella? ¿Qué era? ¿Cómo un
alambre o un tubo?
BETTY: Como un tubo. Y no me pincharon durante mucho tiempo. Sólo un
segundo.
DOCTOR: ¿Y qué clase de dolor experimentó? ¿Como el que se siente cuando
le pinchan a uno en el brazo con una aguja? Me imagino que querrían
extraer sangre o algo parecido.
BETTY: No, no era así. Era un dolor tan agudo. Era… Me parece que me puse
a gemir y que no podía permanecer quieta.
DOCTOR: ¿Había una luz?
BETTY: El cuarto estaba muy bien iluminado.
DOCTOR: No, me refiero a una lucecita móvil.
BETTY: Sí. Había una luz detrás de mi hombro izquierdo. Como un proyector.
DOCTOR: ¿Muy grande?
BETTY: No, como una de esas luces de mesa de despacho. No sé. Tendría
cerca de trece centímetros.
DOCTOR: Muy bien, continúe.
BETTY: Pues me sentí agradecida al jefe por haberme quitado el dolor. Y él
parecía muy sorprendido. Y, entonces, me dijeron ya se habían acabado
los experimentos. Y el jefe me ayudó a incorporarme. Me cogió por el
brazo y yo di media vuelta para sentarme en la mesa.
DOCTOR: ¿Qué clase de mesa era? ¿Era una mesa de operaciones? ¿Cómo
las que se ven en las consultas de los médicos?
BETTY: Era como una de esas mesas en que se echa una para que el médico la
reconozca. No exactamente como las que tienen ciertos médicos, no sé
si todos los médicos tendrán el mismo tipo de mesa, pero era más bien
como… una mesa larga, pero no muy larga. Creo que era como una de
esas mesas para reconocer al paciente, pero sin nada de particular. Era
ligera. Bueno, no sé. Blanca o de metal. Era metal, estoy segura. No era
blanda, ni mucho menos. Así, eso era. Y el que me reconoció, me

www.lectulandia.com - Página 143


ayudó. Me ayudo a bajar de la mesa y yo di media vuelta. Y me dio mis
zapatos y yo me los puse y, entonces, me bajé del todo. Y allí estaba el
vestido y me lo puse. Iba a correr yo misma la cremallera, cuando él la
cogió y la corrió. Y yo, entonces, dije: «Ahora, puedo irme, puedo irme
al coche». Y él dijo; «Aún no han terminado con Barney». Y, entonces,
empecé a sentirme preocupada y le pregunté por qué tardaban tanto con
Barney. Y él me respondió que con él tenían que hacer algunos
experimentos más, pero que terminarían en un momento. Y, ¡ah, sí!, vi
un pequeño armario, y el médico, el que me había reconocido, se había
ido del cuarto. Estábamos solos, el jefe y yo.
DOCTOR: ¡Ah! ¿Dice usted que allí había un médico?
BETTY: El que me reconoció, el que hizo los experimentos conmigo. Pues se
había ido. Así, pues, el jefe y yo estábamos solos. Yo le estaba
agradecida porque me había quitado el dolor y porque él no me
producía ningún miedo. De modo que me puse a hablar con el jefe. Y le
dije que aquello había sido una experiencia para mí. Que nadie me
creería jamás si lo contaba. Era increíble. Y que la mayoría de la gente
no sabía que seres como él vivían de verdad. Y que lo que yo necesitaba
era una prueba de que todo aquello había ocurrido de verdad. Y él se
echó a reír y me preguntó qué clase de prueba quería. ¿Qué me gustaría
llevarme? Y dije: «Algo que pudiera llevarme y enseñar a la gente,
porque, entonces, me creerían» y me dijo que mirase y viera si
encontraba algo de mi gusto. Y miro… No había muchas cosas en aquel
cuarto… Pero vi un libro en el armario. Un libro bastante grueso.
Entonces, cogí el libro y le dije: «¿Puedo llevarme esto?». Y él me dijo
que hojease el libro, y yo lo hice, tenía páginas y estaban escritas. Pero
la escritura era completamente distinta de todas las que conozco.
Parecía casi como… No sé… No era un diccionario, quizá fuera un…
Tenía el… la escritura no cruzaba la página, iba de arriba abajo.
DOCTOR: ¿Se parecía a algún idioma conocido? ¿O era inglés?
BETTY: No, no era inglés. ¿Se parecía a…? ¿Qué idiomas conoce usted cuya
escritura vaya de arriba abajo?
DOCTOR: Conocer, no conozco ninguno, pero reconozco la escritura, aunque
no sé leerla: japonés. ¿Parecía japonés? Me refiero a aquella escritura.
BETTY: No.
DOCTOR: ¿Estaba escrito a mano o impreso?
BETTY: Era diferente. No sé, porque era… Quiero decir que no se veía lo que
era. Aunque he visto escritura japonesa, esta escritura era de líneas muy
claramente delineadas, y algunas eran muy finas, otras, regular, y otras,
muy gruesas. Tenía algunos puntos. Tenía líneas rectas y líneas curvas.
Y el jefe se echó a reír y me preguntó si me creía capaz de leer aquello.

www.lectulandia.com - Página 144


Y yo le dije que no. Él se echó a reír de nuevo y yo le dije que no me
importaba porque no quería llevármelo para leerlo, sino para que me
sirviera de prueba de lo que me había ocurrido. Y él, entonces, me dijo
que bueno, que me lo llevara, y yo lo cogí y quedé encantada. La
verdad, aquello era más de lo que yo había esperado. Y yo estaba allí,
diciéndole que nunca había visto nada parecido a aquel libro y que
estaba contentísima de que me lo hubiera dado. Y que, quizá, con el
tiempo, fuese capaz de leerlo. Y fue entonces cuando le pregunté de
dónde era él. Porque, le dije, era evidente que no era de la Tierra, y yo
quería saber de dónde había venido. Y él me preguntó si yo sabía algo
sobre el Universo. Y le dije que no. No sabía prácticamente nada. Y le
dije también que, en la Universidad, me habían enseñado que el Sol el
centro del Sistema Solar y que en él había nueve planetas. Y que, luego,
por supuesto, nuestro conocimiento había aumentado algo. Y le dije,
también, que había visto en persona, creo que en una ocasión le vi, a
Harlow Shapley, que había escrito un libro. Y que había visto
fotografías tomadas por él, en las que se veían millones y millones de
estrellas del Universo. Pero que eso era todo lo que sabía. Entonces, él
me dijo que era una lástima que yo no supiese más sobre este tema, y le
contesté que estaba de acuerdo con él. Y él fue al otro extremo del
cuarto, a la mesa, e hizo algo: abrió algo que no era un cajón, no era
como un cajón, hizo un movimiento y el metal de la pared se abrió. Y
sacó un mapa y me preguntó si había visto yo alguna vez un mapa
como aquél. Y yo crucé el cuarto y me incliné sobre la mesa. Y lo miré.
Y era un mapa, un mapa oblongo. No era cuadrado. Era mucho más
ancho que largo. Y había muchos puntos en él, estaban esparcidos por
toda su superficie. Algunos eran pequeños, como punzadas de alfiler. Y
otros eran del tamaño de una moneda pequeña. Y había líneas, había
líneas en algunos de los puntos. Eran líneas curvas que unían un punto
con otro. Y había un gran círculo y muchas líneas que salían de él.
Muchas líneas iban a otro círculo situado muy cerca, pero no tan
grande. Y estas líneas eran gruesas. Y yo le pregunté qué querían decir
y él me dijo que las líneas gruesas eran rutas comerciales y, luego, las
otras líneas, las otras líneas, las líneas de trazado continuo, eran rutas
hacia lugares a donde iban de cuando en cuando. Y me dijo también que
las líneas de puntos seguidos eran rutas de expediciones… Y, entonces,
le pregunté de dónde era él y me dijo: «¿Cuál es su lugar en el mapa?».
Miré y me eché a reír y le dije: «No sé». Entonces, él dijo: «Si no sabe
en qué lugar del mapa está, de poco le serviría que yo le dijese en cual
estoy yo». Y puso el mapa… el mapa enrollado… lo puso en el lugar de
la pared metálica de donde lo había sacado y cerró. Me sentí algo

www.lectulandia.com - Página 145


ridícula porque no había conseguido localizar la Tierra en aquel mapa.
Le pregunté si quería volver a desenrollar el mapa y decirme en qué
punto de él se hallaba la Tierra, y él se echó a reír de nuevo. Y yo
pensé: «Bueno, por lo menos, tengo el libro, es un libro grueso». Volví
al armario y puse el libro en él y volví a hojearlo. Y, de pronto, oímos
ruido fuera. Algunos hombres de la tripulación volvieron. Les
acompañaba el médico. Estaban muy excitados y yo le pregunté al jefe
qué pasaba. ¿Le había ocurrido algo a Barney? Desde luego, era algo
que tenía que ver con Barney. El médico me hizo abrir la boca y me
miró los dientes. Y empezaron a tirarme de ellos. Les pregunté qué
querían hacerme.
DOCTOR: ¿Qué hacían con sus dientes?
BETTY: Pues tiraban de ellos, tiraban. Y estaban todos muy excitados. (Se
echa a reír). El médico me dijo que no lo comprendían: los dientes de
Barney se desprendían y los míos, no. Entonces, me eché a reír con
todas mis fuerzas y les dije que Barney tenía dentadura postiza, y yo no,
que por eso los dientes suyos se desprendían. Y ellos me preguntaron:
«¿Qué son dentaduras postizas?». Y yo dije que la gente, a medida que
envejece, va perdiendo los dientes y, entonces, hay que ir al dentista a
que las extraiga y ponga otros postizos en su lugar. O, a veces,
alguien… Barney tuvo que ponerse dentadura postiza por causa de una
herida que tenía en la boca. Por eso tuvo que sacarse los dientes. Y el
jefe dijo: «¿Y eso le ocurre a mucha gente?». Parecía… se diría que no
creía lo que yo estaba diciendo. Y yo dije: «Pues le pasa a casi todo el
mundo cuando envejece». Y él dijo: «¿Envejece? ¿Qué es envejecer?».
Y yo dije: «Tener mucha edad». Y él preguntó: «¿Qué es mucha
edad?». Y yo respondí: «Depende, pero a medida que la gente envejece,
se van produciendo cambios en ellos, sobre todo, cambios físicos. La
edad comienza a dominarles». Y él preguntó: «¿Qué es edad? ¿Qué
quiere decir edad?». Y yo dije; «Edad es el tiempo que vive la gente».
Y él preguntó; «¿Cuánto tiempo?». Y yo respondí: «Creo que la vida
humana suele durar, como máximo unos cíen años, aunque la gente
puede morir… La mayoría muere… antes, por enfermedad, accidentes,
cosas así. Y creo que lo que puede llamarse la longitud normal de una
vida es unos sesenta y cinco o setenta». Y él, entonces, dijo: «¿Sesenta
y cinco o setenta qué? ¿Qué quiere decir?». Yo dije: «Años». Él
preguntó: «¿qué es un año?». Y yo respondí que no sabía cómo
explicárselo con claridad, pero que los años son conjuntos de días, y los
días, lo son de horas, y las horas, de minutos, y los minutos, de
segundos. Y añadí que yo pensaba que, al principio el tiempo tenía…
dependía de la rotación de la Tierra y de la posición de los planetas y de

www.lectulandia.com - Página 146


las estaciones y de todo. Y yo llevaba mi reloj de pulsera y le mostré
como funciona, de mediodía a medianoche, de medianoche a mediodía.
Pero no entendía lo que le estaba diciendo. Y yo no podía… no sé…
DOCTOR: ¿Acaso no entendía el inglés?
BETTY: Sí. Lo entendía. Por eso, cuando me preguntó qué comemos nosotros,
y yo le dije que comemos carne, patatas, hortalizas, leche, él me
preguntó: «¿Qué son hortalizas?». Y yo dije que hortaliza es palabra
muy amplia y comprende una serie de alimentos de cierta clase que
come la gente, pero que no podía explicarle con exactitud lo que son
porque hay muchas clases de cosas que se conocen genéricamente por
hortalizas. Y él dijo que tenía que haber alguna hortaliza concreta que
me gustase. Respondí que sí, que muchas, pero que la que más me
gustaba se llamaba calabaza. Y, entonces, él preguntó; «¿Cómo es la
calabaza?». Y yo respondí que suele ser de color amarillo. Y él dijo:
«¿Qué es amarillo?». Y yo dije: «Voy a enseñárselo». Y miré por el
cuarto, pero no vi nada amarillo. Y yo tampoco llevaba puesto nada
amarillo. Y era inútil hablar de legumbres porque no podía explicarle lo
que eran. Y dije: «No puedo, no sé cómo explicarlo, no sé ni dónde está
la Tierra en su mapa, no sé, ignoro todas esas cosas que me pregunta.
Soy una persona de muy pocas luces, por lo menos, cuando hablo con
usted. Pero, en este país, hay mucha gente que no son como yo y a
quienes encantaría hablar con usted y que contestarían con gusto a todas
sus preguntas y, quizá, si accediera a volver, todas sus preguntas
recibirían respuesta. Pero si volviera, no sabría cómo dar conmigo». Y
él, entonces, rió y dijo: «No se preocupe, si volver sabremos
perfectamente cómo dar con usted, siempre localizamos a quienes nos
interesan». Y yo dije: «¿Qué quiere decir?». Y él se limitó a reír. Y,
entonces, veo venir a Barney. Sacan a Barney del cuarto. Oigo a los
hombres que vienen por el pasillo y digo: «Ya viene Barney». Y él dice:
«Sí, ahora ya pueden volver al coche». Y cogí el libro y Barney se
acerca, ¡aún tiene los ojos cerrados! (Betty vuelve a reír). Se ha perdido
muchas cosas. Me pregunto si son ellos los que le obligan a tener
cerrados los ojos. Y ya es hora de volver al coche, y el jefe dijo:
«Venga, vamos a llevarles al coche, les acompañamos». Y yo dije:
«Bueno, pero me gustaría saber de verdad si tienen intención de
volver». Y él dijo: «Ya veremos». (Hace una breve pausa. Luego). Y
estamos de nuevo en el pasillo. Barney está detrás de mí y tiene los ojos
cerrados, y un hombre a cada lado. Y cuando yo ya empiezo a bajar la
rampa, varios de los otros hombres, no el jefe, sino algunos de los otros,
se ponen a hablar. No sé lo que están diciendo, pero parecen muy
excitados. Y, entonces, el jefe se me acerca y me quita el libro. Y yo

www.lectulandia.com - Página 147


exclamo: «¡Oh!». Y estoy furiosa. (Parece muy tensa, casi llora). Y yo
digo: «¡Me prometió que me daba ese libro!». Y él dijo; «Sí, ya sé, pero
los otros no quieren». Pero yo dije: «Es mi única prueba». Y él dijo:
«Precisamente por eso. No quieren que ustedes sepan lo que ha
ocurrido, quieren que se les olvide por completo». (Ahora, Betty habla
como si estuviese dirigiéndose al jefe mismo). «¡Pues yo no lo olvidaré!
Puede llevarse el libro, pero no podrá nunca, nunca, nunca obligarme a
olvidarlo. Lo recordaré todo, todo, cueste lo que cueste». Y él ríe y
dice: «Quizá lo recuerde, no sé, pero espero que no. Que lo olvide. Y,
aunque usted lo recuerde, dará igual, porque Barney no lo recordará.
Barney no recordará absolutamente nada de todo esto. Y, aunque usted
recuerde algo, él lo recordará de manera distinta, y lo único que
conseguirán ustedes dos es armarse tal lío que acabarán por no saber
qué hacer, Así, pues, aunque lo recuerden, casi sería mejor para ambos
que lo olvidasen». (De nuevo, a punto de llorar). Y yo dije: «¿Por qué?
¿Me vendrá con amenazas? Porque le aseguro que a mí no me asusta,
porque no lo olvidaré, porque me acordaré, sea como sea». Y el
entonces, dijo: «Venga, vamos volver al coche». Y yo estaba allí, al
lado de la rampa, no tan enfadada ya. Se habían llevado a Barney
mientras yo hablaba con el jefe. Y dije: «Me gustaría tener alguna
prueba de todo esto, porque es la cosa más increíble que ha ocurrido
desde que el mundo es mundo». Andábamos, y el camino… la distancia
no era grande… No parecía tan largo como al venir. Y él dijo: «Ahora,
vamos a dejarles. ¿Por qué no se quedan fuera del coche y ven como
nos vamos?». Y yo dije: «De acuerdo, me gustaría, si es que no
corremos peligro». Y él dijo: «No, están ustedes a bastante distancia».
Y dijo que sentía mucho haberme asustado tanto al principio. Y yo dije:
«Ha sido una experiencia nueva, y yo ignoraba lo que estaba
ocurriendo. Pero ahora no sentía el menor miedo. Ha sido una
experiencia sorprendente y, no sé, a lo mejor la olvido, pero abrigaba la
esperanza de poder volver a verle algún día». A lo mejor, se decidía a
volver y otra gente podría responder a sus preguntas. Y él dijo: «Lo
intentaré». Y, entonces, todos dieron la vuelta y empezaron a alejarse. Y
yo me acerco al coche y veo a Barney dentro. Abro la puerta y digo:
«Sal y mira cómo se van». Barney aún está adormilado, pero tiene los
ojos abiertos y, ahora, parece en estado normal. Delsey está sentada en
mi asiento y la acaricio y veo que todo su cuerpo está temblando. La
levanto del asiento y empiezo a acariciarla, diciendo: «No tengas
miedo, Delsey, no hay por qué estar asustada». Me apoyo contra el
coche y Barney se baja y se pone a mi lado. Y vamos a ver cómo se
van. Delsey no quiere mirar, sigue temblando. Y el objeto empieza a

www.lectulandia.com - Página 148


brillar, se vuelvo más y más brillante.
DOCTOR: ¿Qué es lo que se vuelve más brillante?
BETTY: El objeto.
DOCTOR: ¿El objeto que vio usted antes en el cielo?
BETTY: Sí. Sólo que ahora es como una gran pelota, una gran pelota
anaranjada, y reluce, reluce, y gira como una pelota. (Más tarde, Barney
y Betty recordarían esto como si lo que vieron hubiera sido una enorme
Luna que les dio la impresión de estar tocando el suelo). Ahora da
vueltas, y desciende y parece caer, ¡pum! Y se va alejando más y más.
Y yo le digo a Barney: «Bueno, Barney, ¿qué? Ahí les ves, se van y lo
que hemos visto no nos ha perjudicado. Volvamos al coche y sigamos
hacia Portsmouth». Y él sube al coche, y se pone al volante, porque es
él quien conduce. Yo entro por el otro lado, pongo a Delsey detrás, en el
suelo, y le acaricio la cabeza, diciéndole que sea una buena perrita. Y
Barney pone el coche en marcha y arrancamos. Y yo me siento muy
contenta y dije; «Bueno, Barney, no me dirás ahora que no crees en los
platillos volantes…». Y Barney dijo: «No seas tonta, Betty». Y creo que
está bromeando, pero, de pronto, volvemos a oír un «bip-bip» en la
parte trasera del coche.
DOCTOR: ¿Es la segunda vez que oyen ese ruido?
BETTY: Sí. Y dije: «Supongo que éste es su último adiós, se van, no sé a
dónde, pero se van. La verdad es que es fantástico. Imagina que ahora
se nos olvidase».
DOCTOR: ¿Y qué se dijeron ustedes dos, ahora?
BETTY: Pues cuando Barney dijo; «Betty, no seas tonta», ignoraba yo si
bromeaba o hablaba en serio. Así, pues, no contesté nada. Y él dice, y
por ello advierto que sabe lo que estoy pensando: «Asómate y mira si
les ves». Claro, ¿cómo va a asomarse él para ver una cosa cuya misma
existencia niega? Por eso me asomo yo. Miro y sigo mirando de cuando
en cuando, durante todo el viaje de regreso, a ver si vuelvo a divisarles.
Y no hago más que preguntarme: «¿Se habrán ido? ¿A dónde se habrán
ido?». Pero sigo teniendo la sensación de que están cerca y no hago más
que mirar a ver si les veo, no hago más que mirar con los binóculos.
(Otra larga pausa. Luego). Más allá de Concord, al norte de Concord…
no nos detuvimos, pero aminoramos la velocidad, fuimos muy
despacio, y yo miraba con los binóculos, pero no les volvía a ver. Pero
seguí buscándoles durante todo el viaje de vuelta. Seguimos carretera
adelante y yo dije: «No lo creeremos nosotros mismos, nadie lo creerá.
¡Al diablo! ¡Olvidémoslo! Es demasiado fantástico, la gente pensara
que estamos locos. Quiero decir que si empezamos a hablar de platillos
volantes la gente pensará… ya me entiendes… que estamos chiflados.

www.lectulandia.com - Página 149


Pero esto que hemos visto es algo más que un platillo volante que va
por el cielo». Yo creo que lo que quería era olvidarme de ello, casi era
mejor. ¿Qué sacaría con recordarlo? Pero me preguntaba si volverían.
Voy buscándoles por todas partes y hasta me asomo a la ventana de la
cocina cuando estoy en casa. (Betty repite los detalles del regreso, ya de
día. Cómo sacaron las maletas del coche, se bañaron y, exhaustos, se
echaron a dormir luego).
DOCTOR: Su memoria es buena ahora. ¿Contó usted alguna vez su
experiencia a Barney? Me refiero a lo que pasó con el objeto volante.
BETTY: No.
DOCTOR: ¿Tampoco le habló él a usted de lo que le ocurrió en el vehículo?
BETTY: No recuerdo que mencionase siquiera haber estado dentro de él.
DOCTOR: Muy bien, prosiga.
BETTY: Ahora, me parece muy raro que nunca habláramos de ello. (Meses
más tarde, después de terminado el tratamiento, los Hill resumieron sus
ideas sobre esta cuestión comparándolas con sus sesiones hipnóticas,
después de las cuales no recordaron absolutamente nada de lo que
habían dicho en ellas hasta que recibieron orden del doctor de
recordarlo). Porque lo normal hubiera sido cambiar impresiones. No lo
entiendo, la verdad. Lo único que dijimos fue. «¡Qué experiencia más
fantástica!». Y esto es cuanto nos dijimos.
DOCTOR: Dice usted que tuvieron dos experiencias. Una consistió en la
aparición del objeto y en el descubrimiento de que en su interior había
gente. La otra experiencia fue entrar en el objeto mismo. Fueron dos
experiencias distintas.
BETTY: Pero, a mi modo de ver, la primera fue de muy poca importancia. De
hecho, lo única que vi fue que el objeto volaba y se situaba sobre
nuestro, coche. Y la verdad es que apenas pudo verlo. La otra parte de
nuestra experiencia fue mucho más impresionante, sin punto de
comparación.
DOCTOR: ¿Y por qué decidió usted no hablar de ello?
BETTY: Porque quería complacer al jefe, porque me había dicho que lo
olvidara.
DOCTOR: Quería usted complacer al jefe.
BETTY: Me había dicho que lo olvidara, ésa fue la decisión que tomó.
DOCTOR: ¿Y por qué tenía usted tanto interés en complacerle?
BETTY: No lo sé.
DOCTOR: Luego, cabría preguntarse por qué Barney tampoco habló mucho
de ello. ¿Cree usted que también él quería complacer al jefe?
BETTY: Quizá. Porque estoy convencida de que estaba… eso, que tenía los
ojos cerrados. Pero creo que no había perdido completamente la

www.lectulandia.com - Página 150


conciencia de lo que estaba ocurriendo.
DOCTOR: ¿Qué le hicieron a él?
BETTY: Le hicieron algo que le forzó a tener los ojos cerrados. Y tenían que
sostenerle cuando nos llevaron al objeto. Y, antes de salir, también le
iban guiando, pero creo que, a pesar de todo, andaba con sus propios
pies. (Hace una nueva pausa).
DOCTOR: Siga.
BETTY: Quizá fuera también, en parte, el miedo a recordarlo. Algo raro que
noté en su manera de decirme que lo mejor era olvidarlo, producía esa
impresión. Era casi como una amenaza. Y también es posible que yo
quisiera olvidarme de ello. No sé. Iba a decir que yo quería olvidarlo
también, pero creo que esto es una racionalización, a posteriori de la
situación. La verdad es que no sé si quería olvidarlo de verdad. Más
bien era que no conseguía recordarlo. Me acordaba de cosas aisladas,
pero de otras, no. Era, sin duda, la parte comprendida entre los dos
«bip-bip». (De nuevo, después del tratamiento, hablando con el autor
de este libro, cuando sus mentes hubieron recibido permiso para pasar
revista a todo lo revelado durante las sesiones hipnóticas y grabado en
cinta, los Hill llegaron a la conclusión de que la primera serie de «bip-
bip» pareció ponerles en un estado semejante al hipnótico, que, luego,
se hizo más profundo cuando llegaron obstáculo que cortaba el paso en
la carretera. La segunda serie pareció volverles al estado consciente,
aunque recuerdan que siguieron como atontados durante casi todo el
trayecto de vuelta a Portsmouth).
BETTY: Es muy difícil de entender. Parece que lo peor es la parte que se
desarrolla entre Indian Head y el lugar donde nos detuvimos en la
carretera. Quiero decir que ésa es la parte que yo me creía en el deber
de olvidar.
DOCTOR: ¿Y por qué lo consideraba usted un deber?
BETTY: No lo sé. Pero, al principio, oímos el «bip-bip» y, luego, ya no
recordé nada, Recuerdo vagamente que Barney se salió de la carretera
principal, hasta que vimos a aquellos hombres en pie, en medio de la
carretera…
DOCTOR: ¿Cómo pudieron verles? ¿Tenían luces?
BETTY: Veía las formas. Veía… Verá, cuando uno conduce por… de noche, y
hay un grupo de gente o algo en la carretera, y uno lleva los faros
encendidos, entonces, se les ve. No podíamos pasar. Pero no recuerdo
nada a partir de ese instante. No sé hasta dónde fuimos. Algo tiene que
haber pasado en ese período. Aunque no hubiéramos hecho más que
mirar el paisaje.
DOCTOR: (Tanteando la posibilidad de que se tratara de un sueño). ¿Pararon

www.lectulandia.com - Página 151


ustedes para dormir?
BETTY: ¿Dormir? No, no creo. Quiero decir que lo sabría si hubiéramos
parado para dormir. No tengo idea de lo que ocurrió hasta que vimos a
los hombres en la carretera. Y, entonces, pasó todo esto. Y, sin embargo,
vimos a los hombres. Luego, volvimos a oír el «bip-bip». Sé muy bien
que yo quería olvidarlo.
DOCTOR: ¿Estaba usted preocupada cuando Barney sacó a Delsey del coche
antes de esto?
BETTY: No. Entonces, no estaba preocupada. Miraba si se acercaban otros
coches.
DOCTOR: ¿Cabría la posibilidad de que se durmiera usted en el coche
mientras Barney salía con la perra?
BETTY: No.
DOCTOR: ¿Y cuando Barney se fue solo y usted se quedó en el coche?
BETTY: Ah, eso fue cuando el objeto estaba volando sobre nosotros, cuando
Barney bajó del coche y fue hacia él…
DOCTOR: ¿No se quedaría usted dormida mientras él estuvo fuera?
BETTY: No.
DOCTOR: Muy bien. Veamos, a la mañana siguiente, usted sintió no haber
tenido un aparato que comprobara la radiactividad. ¿Qué había
ocurrido? (Betty repite detalladamente la larga historia de cómo
descubrió las manchas relucientes en el coche, telefoneó a la Base
Aérea de Pease, observó la reacción de la aguja de la brújula ante las
manchas relucientes y llamó a su hermana. Recuerda que, lavando el
coche, algo más tarde, las manchas no desaparecieron, sino que, al
contrario, se volvieron más relucientes. Cuenta que escribió al Comité
Nacional de Investigación de Fenómenos Aéreos, en Washington, y que
sintió deseos de averiguar cuanto fuera, posible sobre los objetos
volantes no identificados. Al terminar su relato, el doctor da por
terminada la sesión con ella y llama a Barney, con objeto de comparar
las experiencias de éste con parte de las reveladas por Betty).
DOCTOR: (Después de poner a Barney en trance; Betty, naturalmente, ha
salido del cuarto). Veamos, Barney. Quiero revisar con usted algunos
detalles de su experiencia: me refiero a cuando, según parece, le
llevaron al interior del objeto volante. Ahora, ha salido usted ya de él y
se encuentra perfectamente bien y tranquilo. Pero se encuentra de nuevo
en la carretera. Hábleme de esos hombres.
BARNEY: (Con la voz monótona con que habla en estos casos. Es importante
recordar que ni Barney ni Betty conocen su propia versión del incidente
ni la del otro). Vamos por la carretera y me hacen señales con la mano.
DOCTOR: ¿Señales?

www.lectulandia.com - Página 152


BARNEY: Sí. No levantaban la mano, la bajaban. Era un movimiento para
indicarme que me parase. (Luego, concretó que movían las manos a un
lado y las hacían girar).
DOCTOR: ¿Había algún vehículo allí?
BARNEY: No, no había ninguno.
DOCTOR: ¿Qué luces había? ¿Las de los faros del coche?
BARNEY: Sólo había una luz anaranjada.
DOCTOR: Una luz anaranjada.
BARNEY: Y yo veía la luz anaranjada. Y empecé a poner… a bajarme del
coche, y puse un pie en tierra. Y había dos hombres a mi lado,
ayudándome a bajar. Y me sentí muy bien, pero, al mismo tiempo, muy
asuntado.
DOCTOR: ¿Se identificaron ellos a sí mismos de alguna manera?
BARNEY: No, no dijeron nada.
DOCTOR: ¿Dijeron lo que querían?
BARNEY: No dijeron absolutamente nada. Y yo me daba cuenta de que estaba
andando, o moviéndome carretera adelante a partir de donde había
dejado el coche. Y veía una rampa. Y, entonces, cerré los ojos.
DOCTOR: ¿A dónde conducía la rampa?
BARNEY: A una puerta. Una puerta de forma rarísima. Como la puerta de un
extraño vehículo. Y entré. Y oí una voz, como la voz que había oído en
la carretera, en Indian Head. Ahora, me decía que no me harían ningún
daño. Y yo seguía con los ojos cerrados.
DOCTOR: ¿No lo oyó usted en aquel momento?
BARNEY: Eso es precisamente lo que no conseguía comprender.
DOCTOR: ¿Pensó usted que el jefe del objeto volante le estaba hablando a
usted?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: ¿Era ésa la voz que usted creía oír?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: ¿Pero, en realidad… no la oía usted?
BARNEY: Eso era lo que no acababa de comprender.
DOCTOR: ¿Cree usted que el jefe se lo estaba transmitiendo o algo por el
estilo?
BARNEY: Sí. Fui por aquel pasillo, tan sólo unos pasos, y vi otra puerta.
DOCTOR: ¿Le guiaban ellos?
BARNEY: Me tenían cogido por ambos lados. Y entré. Y me pareció que mis
pies tropezaban con un obstáculo que había en la base de la puerta.
DOCTOR: ¿Estaba Betty allí?
BARNEY: No, Betty no estaba conmigo. Y vi esta mesa y comprendí, que
tenía que ir allí. Me llevaron… me llevaron a la mesa. Y comprendí, no

www.lectulandia.com - Página 153


sé cómo, que tenía que echarme en la mesa.
DOCTOR: ¿Qué aspecto tenía la mesa? ¿Era una mesa de operaciones? ¿O
una mesa de reconocimiento?
BARNEY: Parecía una mesa de operaciones.
DOCTOR: Una mesa de operaciones. ¿Qué diferencia hay entre una mesa de
operaciones y una de reconocimiento?
BARNEY: O quizá fuese una mesa de reconocimiento. No lo sé, la verdad.
Sólo sabía que tenía fuerzas para sostenerme. Y era muy sencilla.
Ningún adorno. Única y exclusivamente para que uno se echara en ella.
Y, una vez echado, mis pies sobresalían por el otro extremo. Y noté que
me quitaban los zapatos. Y oía un ruido semejante a un zumbido que
parecían estar haciendo aquellos hombres. Y yo tenía mucho miedo de
abrir los ojos. Me habían dicho que los tuviera cerrados y que en
seguida terminarían conmigo. Y yo me daba cuenta de que estaban
examinándome con las manos. Me miraron la espalda y notaba que me
tocaban la piel de la espalda. Como si estuvieran contándome los
huesos de la columna vertebral. Y noté que me tocaban la base de la
columna vertebral, como si me la oprimieran con un dedo. Con un
dedo, tan sólo.
DOCTOR: ¿Le dijeron algo?
BARNEY: Lo único que yo oía era un sonido bajo, casi un zumbido. (Lo imita.
Algo como: mm-mm-mm-mm). Y, entonces, me hicieron dar la vuelta y
volvieron a mirarme. Y me abrieron la boca y me tantearon el interior
con dos dedos. Y, entonces, oí como si entrara más gente en el cuarto. Y
oía ruido de pies moviéndose por la parte izquierda de la mesa en que
yo yacía. Y alguien me arañó muy ligeramente, como con una astilla, en
el brazo izquierdo. Y, entonces, esa gente se fue. Y yo me quede allí,
creo que con tres hombres. Pero los dos que me habían traído allí y el
otro que parecía seguirles… Había más de una persona en el cuarto.
Pero parecía que sólo uno estuviera moviéndose continuamente en
torno a mi cuerpo. Entonces, me pusieron los zapatos y pude bajar de la
mesa. Y creo que me sentía muy bien porque comprendí que habían
terminado. Y me llevaron a la puerta y mis pies volvieron a tropezar
con lo que había en el umbral. Pero salté por encima de él y seguí,
camino de la rampa. Y bajé por la rampa y abrí los ojos y seguí
andando. Y, entonces, vi mi coche, que tenía los faros apagados. Y
estaba lejos, en la carretera, y todo estaba muy oscuro. Y no conseguía
explicarme lo ocurrido, porque yo no había apagado los faros. Y abrí la
puerta, miré si veía a Delsey y subí al coche. Y me senté encima de la
llave inglesa, la quito del asiento y la puse en el suelo del coche. Y
Betty venía por la carretera y se acercó y abrió la puerta del coche.

www.lectulandia.com - Página 154


DOCTOR: ¿Estaba sola?
BARNEY: Estaba sola. Y no dejaba de sonreír. Y yo pensé que,
probablemente, habría bajado un momento a dar una vuelta por el
bosque. Y ella subió al coche y dijo: «La verdad es que nadie nos va a
creer,» dijo algo parecido, porque yo contesté: «No, nadie, es ridículo,
nadie lo creerá». Y yo estaba pensando en lo que había ocurrido y en
que estábamos allí sentados, mirando la carretera, y vimos que esa cosa
se volvía cada vez más brillante y dijimos: «¡Santo Dios! ¿Empezará
todo otra vez?». Y desapareció. Y, entonces, encendimos los faros y el
coche arrancó y avanzamos en silencio, carretera adelante. Y yo me dije
que habríamos corrido unos treinta kilómetros cuando, por fin, llegamos
de nuevo a la carretera 3.
DOCTOR: ¿Y qué le dijo usted a Betty?
BARNEY: Betty me dijo: «¿Crees, ahora, en los platillos volantes?». Y yo
respondí: «Calla, Betty, haz el favor de no decir tornerías».
DOCTOR: ¿Le contó usted su experiencia del interior del vehículo?
BARNEY: Se me había olvidado ya. (Tanto Betty como Barney Hill
sostuvieron, a pesar de intensos interrogatorios, que sus recuerdos de
estas experiencias se les olvidaron después de salir del objeto volante…
hasta que la hipnosis les permitió recordarlos).
DOCTOR: Se le había olvidado.
BARNEY: Sí.
DOCTOR: ¿Y le habló ella de su experiencia?
BARNEY: No. No me dijo nada.
DOCTOR: Así Pues, ¿ninguno de ustedes contó al otro lo ocurrido en el
interior del objeto?
BARNEY: No.
DOCTOR: (Advierte que ambos han dicho, en estado consciente, que no
recordaban nada de su experiencia, pero, a pesar de todo continua
tanteando a Barney en estado hipnótico). ¿Y por qué no?
BARNEY: No lo recordaba.
DOCTOR: Comprendo. Este recuerdo se había desvanecido por completo de
su memoria, ¿no? ¿Cree usted que ella vio el objeto?
BARNEY: No lo sé.
DOCTOR: ¿Todavía no lo sabe?
BARNEY: No.
DOCTOR: Muy bien. Basta por hoy.

El doctor Simon sacó a Barney del trance y la sesión terminó por aquel día. En el
transcurso de ella habíia podido comprobar que lo que recordaba Betty en estado de
hipnosis era casi idéntico a sus sueños. El doctor Simon aun ignoraba que Barney

www.lectulandia.com - Página 155


porque le inquietaban los sueños de Betty y por no querer admitir tan sólo la
posibilidad de que tuviesen base real había convencido a su mujer de que no hablase
de ellos con el medico hasta que éste se lo pidiera explícitamente. Betty había
accedido a no mencionarlos hasta entonces con el fin da que no influyeran en la
actitud del médico. El doctor Simon exploraría esos suenos más adelante, en el
transcurso del tratamiento, junto con otros aspectos del extraño caso que requerían un
nuevo examen.
Primero, había que considerar el carácter mismo de la experiencia. ¿Era real?
¿Qué parte de ella no lo era? Barney, por ejemplo, podría sentirse inquieto y receloso
en un viaje como aquél, lejos de su casa, por causa del color de su piel. Ciertos
temores podían ser exagerados inconscientemente en tales condiciones, haciendo que
Barney se volviese sensitivo en exceso.
Las preguntas saltaban a la vista: ¿Cómo era posible que dos personas
describieran de manera tan parecía un fenómeno complejo, con tanto detalle, en
estado consciente y profundamente hipnotizados? ¿Cómo era posible que contaran
tan detallada y similarmente su captura por seres humanoides inteligentes, cosa sin
paralelo en toda la historia, a pesar de que ninguno de ambos sabía lo que el otro
había visto o revelado, en estado hipnótico, al doctor? ¿Sería real esto o no lo seria?
Los que tengan fe absoluta en la hipnosis y piensen que en ese estado la gente
sólo puede decir la verdad, y suponiendo que tanto Barney como Betty Hill
estuvieran completamente hipnotizados cuando hicieron esas revelaciones, no podrán
por menos de creer lo que éstos contaron. Las pruebas de que disponemos indican
que para el individuo hipnotizado la verdad es lo que él cree verdad. Por lo tanto, la
verdad de lo revelado por los Hill depende de la firmeza de su fe en ello. La
posibilidad de una mentira es pequeña, pero no así la de que el paciente hipnotizado
revele una fantasía, siempre que él la considere verdadera. La probabilidad de que
dos pacientes, por separado, revelen dos fantasías parecidas es, sin embargo, mínima.
¿Qué pensar, pues?
La cuestión, ahora, puede ser considerada desde dos puntos de vista opuestos: o
los Hill mentían, o decían la verdad. Una mentira en un extremo y la verdad en el
otro. Pero, ¿qué hay en medio? Una posibilidad: alucinaciones. Es posible que un
individuo sea víctima de una alucinación temporal cuando experimente mucho
miedo.
Reduciéndolo a lo esencial, las posibilidades, en, este momento, pueden ser
expuestas como sigue:

1. EL INCIDENTE FUE TODO MENTIRA. El doctor Simon no acepta esta posibilidad. Piensa que
los Hill son gente sincera y fidedigna, que le contaron lo que ellos consideraban verdad, tanto
conscientemente como en estado hipnótico.
2. EL INCIDENTE FUE UNA ALUCINACIÓN. El doctor considera que esto tampoco es probable.
No percibió ningún indicio de esto durante las sesiones hipnóticas.
3. EL INCIDENTE FUE UN SUEÑO O UNA ILUSIÓN. Esto sería tenido en cuenta y examinado
detalladamente, partiendo del supuesto de que una experiencia real había podido tener lugar sobre un

www.lectulandia.com - Página 156


terreno particularmente sensible y susceptible de modificarla y ampliarla. Es decir, un terreno en el
que se pudieron imprimir ilusiones o fantasías que, luego, serian experimentadas oníricamente de
nuevo.
4. EL INCIDENTE OCURRIÓ DE VERDAD. LA CAPTURA O RAPTO TUVO LUGAR. Este tipo de
experiencia nunca ha tenido lugar, que se sepa, de manera fidedigna. El doctor consideraba esto
demasiado improbable y mucho de lo revelado se parecía a otras revelaciones de tipo onírico. La
aparición del objeto volante no identificado ante dos personas en estado consciente es una posibilidad
perfectamente aceptable, si tenemos en cuenta los informes de hombres de ciencia, técnicos, personal
de las Fuerzas Aéreas, pilotos de avión y técnicos en radar; incluso podría ser considerada probable.
Además, la Sinceridad de los Hill parecía indudable. Sus revelaciones, tanto en estado consciente
como en estado hipnótico, se corroboraban mutuamente.

Eliminando casi por completo mentiras y alucinaciones, el doctor comenzó a


sopesar la posibilidad de una elaboración ilusoria, empleando como base los sueños.
Betty había tenido sueños, Sueños complicados. Sueños que fueron revelados con
detalle en estado hipnótico. Cuando hipnotizó a Barney, el doctor había explorado
también la posibilidad de que éste se hubiera quedado dormido en la carretera y
soñado que le capturaban. Barney estaba convencido de que no se había quedado
dormido durante el viaje, y el doctor estaba dispuesto a aceptar esto. Después de las
primeras sesiones con Barney, el doctor Simon comenzó a dar por supuesto que las
ilusiones y fantasías eran obra de éste y que Betty las había absorbido de él. Pero
durante las sesiones siguientes, Betty, en estado hipnótico, confirmó de manera
notable las experiencias de Barney. Esto pudiera haber sido complicidad consciente,
pero se trataba de dos personas ninguna de las cuales sabía lo que había dicho la otra,
a pesar de lo cual ambas contaban historias idénticas entre sí (que los Hill no
pudieron conocer hasta después de terminado el tratamiento). Si no era posible
aceptar como verdad esta historia coincidente, era preciso buscar una alternativa
racional que triunfase de todos los ataques. El doctor estaría al tanto de absurdos,
contradicciones o incongruencias para ver así la posibilidad de encontrar una
explicación favorable o desfavorable.
Al terminar la segunda sesión hipnótica con Betty, parecía que la verdad sería
precisamente lo contrario de lo que había pensado inicialmente el doctor Simon. Si la
totalidad de la experiencia no era cierta, quizá Barney hubiese absorbido un sueño
fantástico de Betty. Barney, al parecer, era el más susceptible de ser influido. El
doctor Simon notó que las experiencias de Barney a partir del rapto estaban todas en
la versión de Betty; pero, por otra parte, muy pocos de los detalles de en versión de
Betty estaban incluidos en la de Barney. Los recuerdos de Barney relativos a cuando
le llevaron por el bosque eran vagos en comparación con los de Betty. Los detalles
del examen médico a bordo del objeto eran mucho más vivos en la versión de Betty
que en la de Barney.
Si esta teoría era cierta, sería preciso examinar con todo cuidado la cuestión de
cómo los sueños de Betty pudieron haber sido absorbidos por Barney.
Para cuando comenzó la próxima sesión, el 21 de marzo de 1964, el sábado
siguiente, por la mañana, el doctor Simon había llegado a la conclusión de que lo

www.lectulandia.com - Página 157


mejor sería suponer que, fuese como fuese, Barney había absorbido los sueños de
Betty, dejándose influir por ellos, y que, al mismo tiempo, Betty había ido
desarrollando sus sueños hasta convertirlos en algo que a ella llegó a parecerle
realidad. Esta posibilidad le había sido sugerida al doctor Simon por un amigo suyo.
Como lo había hecho con Betty la vez anterior, el doctor charlo un rato con
Barney antes de ponerle en estado hipnótico. Al comienzo de la conversación, Barney
le dijo al doctor que, por primera vez en su vida, había soñado con objetos volantes
no identificados, tres noches de la semana anterior: las del domingo, el martes y el
miércoles. El sueño siempre era el mismo: Barney estaba en tierra, mirando el objeto
volante, en el cielo, mientras Betty gritaba. La conversación sobre esto duró varios
minutos, y Barney contó que, hablando con el doctor Stephens, había mencionado,
Sin darle demasiada importancia, el incidente del objeto volante, dando comienzo así
a una serie de circunstancias que terminaron en la consulta del doctor Simon.

DOCTOR: (Barney aún está en estado plenamente consciente; todavía no ha


sido hipnotizado). Además, Betty había estado preocupada por sueños y
pesadillas, ¿no?
BARNEY: Sí, eso es.
DOCTOR: Es como le digo, ¿no?
BARNEY: Sí, exactamente.
DOCTOR: (Se dispone a insistir cuanto sea posible en el aspecto onírico del
problema, tanto en estado consciente, como en la parte, hipnótica de la
sesión). Y ella le habló de esas cosas. ¿Se lo dijo ella en el transcurso de
sus conversaciones?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: ¿Fue usted alguna vez testigo de sus pesadillas?
BARNEY: No, nunca.
DOCTOR: ¿Siempre estaba usted dormido?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: Veamos, ¿duermen ustedes en cama de matrimonio?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: ¿Suele hablar Betty estando dormida?
BARNEY: No.
DOCTOR: Que usted sepa, no habla en sueños.
BARNEY: No, lo sé positivamente, no habla en sueños.
DOCTOR: No habla en sueños.
BARNEY: A veces, yo estoy despierto y ella, dormida, y nunca la he oído
hablar.
DOCTOR: Nunca la ha oído hablar en sueños.
BARNEY: Nunca.
DOCTOR: Bueno, Veamos, cuando ella le contó sus sueños a usted, ¿cuántos

www.lectulandia.com - Página 158


le contó? ¿Qué dijo que había soñado?
BARNEY: Por ejemplo, me dice que no está segura de sí en sus sueños habrá
alusiones o referencias al período de tiempo que no recordamos en
White Mountains.
DOCTOR: El tiempo que no recuerdan… ¿Fue el señor Hohman quien se lo
hizo ver?
BARNEY: Le pareció extraño que no recordásemos nada de un trayecto como
el que hay de Ashland a Indian Head, que no pasa de cincuenta y seis
kilómetros de distancia. Y la verdad es que yo no recordaba nada. Y
pensé que lo que probablemente había pasado es que no hice más que
conducir el coche.
DOCTOR: ¿No se le ocurrió a usted que el viaje de vuelta había durado
demasiado tiempo?
BARNEY: No.
DOCTOR: ¿Sólo se le ocurrió cuando el señor Hohman se lo indicó a usted?
BARNEY: Sí. A él le parecía que lo que le contamos sobre aquellos «bip-bip»
que oímos en Indian Head era interesante. Y, luego, seguimos la
conversación, diciendo: «Y, entonces, cuando llegamos a Ashland,
oímos de nuevo el “bip-bip”». Y, entonces, él dijo: «¿Qué paso en el
intervalo, o sea, durante esos cincuenta y seis kilómetros?». Y yo, por
mucho que me esforzara, no conseguía recordarlo. Entonces, me di
cuenta de que habíamos conducido bastante tiempo sin que
recordásemos que nos hubiera pasado nada o haber pasado siquiera por
ese trecho de la carretera 3.
DOCTOR: ¿Vieron algún coche? ¿Gente?
BARNEY: Ni uno ni otro.
DOCTOR: ¿Quedaron, pues, preocupados por ese tiempo olvidado?
BARNEY: No. Yo no.
DOCTOR: Ni Betty tampoco. Muy bien. (Entonces, el doctor sume a Barney
en el trance, con las instrucciones de siempre). Y, ahora, usted recuerda
por completo todas las experiencias de que hemos hablado en este
despacho. Todas… Y también todas sus sensaciones. Pero ya no le
inquietarán más. Recordará usted todas sus sensaciones y todas sus
experiencias. Quiero que vuelva sobre todo ello y hable de lo que le
ocurrió en la carretera, cuando le detuvieron unos hombres vestidos de
oscuro. Veamos: ¿Por quién se enteró usted de esta experiencia? No le
sucedió de verdad, ¿no es cierto?
BARNEY: (En profundo trance). Estaba hipnotizado.
DOCTOR: Estaba usted hipnotizado. ¿Y quién le hipnotizó?
BARNEY: El doctor Simon. (Barney separa al actual doctor Simon, en
relación hipnótica con él, del doctor Simon de una sesión anterior).

www.lectulandia.com - Página 159


DOCTOR: Sí, es verdad. (El doctor comienza ahora a sondear el alcance de
la influencia, de Betty sobre Barney. Tiene que ir con cuidado, pues se
expone a ejercer demasiada presión sobre el paciente, debido al estado
de alta adaptabilidad que la hipnosis crea en él). Pero alguna otra
persona le ha dicho algo sobre esto. ¿Quién es?
BARNEY: Betty.
DOCTOR: ¿Y qué le dijo?
BARNEY: Que había tenido un sueño en el que había sido llevada a bordo de
un objeto volante, y que yo estaba en su sueño y que también me
llevaban a bordo.
DOCTOR: ¿Cómo le contó eso?
BARNEY: Solía contarlo cuando había visitas en casa. Y, entonces, yo le
contestaba que era un sueño y nada más, que no había motivo alguno de
alarma. Betty me contó muchos detalles de sus sueños. Me dijo que
había subido a bordo del objeto volante y hablado con sus tripulantes, y
que éstos le habían dicho que lo olvidaría todo. Y ella había dicho a los
tripulantes del objeto volante que no lo olvidaría. Y yo siempre le dije
que todas esas cosas no son más que sueños y no hay que creer en ellas,
pero ella dice que no, que, de una manera que ella misma no
comprende, siente que existe una relación entre sus sueños y la realidad,
porque, hasta ahora, ella nunca había soñado con objetos volantes no
identificados. Y me decía que la habían pinchado en el ombligo con
algo y que esto no me lo decía sólo a mí, sino que ya vería yo cómo
también se lo contaba a Walter Webb, a quien habló de la aparición del
objeto volante durante el viaje de vuelta. Y, entonces, me enteraría,
además, de sus sueños. Nunca me contó directamente sus sueños.
(Barney está corrigiéndose a sí mismo, pues antes, había dique Betty le
contaba sus sueños directamente).
DOCTOR: Pero si le dijo algo sobre ellos, ¿no?
BARNEY: Sólo que habían entrado en el cuarto con mis dientes postizos que
estaban muy sorprendidos de que mis dientes pudieran sacarse de la
boca y los de ella no.
DOCTOR: ¿Y qué me dice de otras cosas que usted mismo me contó? Por
ejemplo, lo que le ocurrió cuando estaban reconociéndole. ¿Se lo contó
ella? (De nuevo se plantea, la cuestión: ¿recordará sólo Barney lo que
Betty le dijo?).
BARNEY: No, Eso no me lo dijo ella. Yo estaba echado en la mesa y noté que
me estaban examinando.
DOCTOR: ¿Forma esto parte del sueño de Betty?
BARNEY: (Con firmeza). Lo que estoy contándole es lo que sucedió de
verdad. Por entonces, Betty me hablaba de sus sueños. Yo estaba

www.lectulandia.com - Página 160


desconcertado, porque no tenía la menor idea de que eso hubiera
sucedido de verdad. Ahora, he comprobado que sí.
DOCTOR: (Insiste, casi retador). Bueno, todos estos sueños sobre su entrada
en el objeto volante y todos los detalles que me ha contado se los dijo
Betty a usted, ¿no?
BARNEY: No, Betty no me contó nunca esas cosas, sólo me habló de lo
relativo a mis dientes.
DOCTOR: Sólo le habló de los dientes. (Pausa). ¿Y cómo sabe que todo eso
ha ocurrido en realidad?
BARNEY: El doctor Simon me hipnotizó, Me ha hecho recordar lo ocurrido el
19 de septiembre de 1961, cuando salí de Montreal. Le conté lo que me
había ocurrido todas las veces que me lo preguntó. Y he hablado con
gente a quien nunca había visto hasta entonces. Y sabía muy bien que
había visto un objeto volante no identificado, y que había ido hasta
Indian Head, me había bajado del coche y comenzado a andar hacia
donde estaba el objeto volante, porque no acababa de convencerme de
que pudiera estar allí de verdad. Y, a pesar de todo, no podía hacer que
se fuera de allí. (Ahora, Barney vuelve a sentirse emocionalmente
inquieto). Y me sentía como forzado a acercarme a él… Y rogaba a
Dios que me hiciera… (Prorrumpe en sollozos).
DOCTOR: Esto no le angustiará, tranquilícese.
BARNEY: (Un poco más calmado). Y rogaba a Dios que me permitiera
alejarme de allí y volví corriendo al coche. Y eso fue lo que hice. Y los
ojos persistían en seguirme mientras volvía junto al coche. Y me sentía
muy acongojado, mucho… (El doctor le deja que siga contando
nuevamente el episodio de Indian Head. Esta vez, no revela ninguna
contradicción. Es la misma historia que ha relatado siempre. Luego,
Barney continúa adentrándose en el periodo amnésico). Y seguí
conduciendo y conduciendo. Y di una vuelta, sin explicarme nunca por
qué… y… Bueno, pues eso, di la vuelta. Y torcí a la izquierda y me di
cuenta de que estaba en una zona desconocida, en la que nunca había
estado hasta entonces. Y me sentía muy inquieto y, no sé cómo,
aquellos ojos me seguían, me decían que me tranquilizara, que no me
ocurriría nada, que me calmara. Y vi a esos hombres que se me
acercaban.
DOCTOR: Veamos, esos hombres en la carretera… ¿Está usted seguro de que
estaban allí?
BARNEY: (Con mucha firmeza). ¡Ya lo creo que estaban allí! Y yo no lo
sabía. No lo sabía. Porque estaba hipnotizado por el doctor Simon,
quien me ordeno contar eso y lo conté.
DOCTOR: (Bruscamente). ¿Soñó usted esto?

www.lectulandia.com - Página 161


BARNEY: No. No lo soñé.
DOCTOR: Entonces, ¿esos hombres le pararon a usted de verdad?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: muy bien. Sigamos adelante.
BARNEY: Me dispuse a bajar del coche y sentí que dos hombres me estaban
ayudando y que yo tenía los ojos cerrados…
DOCTOR: (Es evidente que Barney se dispone a confirmar lo que ya conto
antes). Un momento. ¿No le contó esto Betty mientras estaba usted
dormido? (A veces, es posible transferir una fuerte sugerencia
hipnótica a una persona que está en determinada fase de un sueño
normal).
BARNEY: No, Betty no me contó nunca semejante cosa.
DOCTOR: ¿No tuvo ella sueños de este tipo, y no habló de ello dormida?
BARNEY: Nunca me ha contado tales cosas. Nunca la he oído contármelas.
Betty dijo que había soñado que ella y yo estábamos dentro un objeto
volante. Pero no me contó cómo habíamos entrado en él.
DOCTOR: Sí. Pero, ¿no le contó que les habían llevado hasta él?
BARNEY: Sí, eso sí.
DOCTOR: ¿Y no le contó, también, todo lo que había visto dentro, y que
había sido detenida por esos hombres?
BARNEY: No. No me dijo que los hombres la hubieran detenido. Eso no
formaba parte de sus sueños. (En esto, Barney tiene razón). Eso sólo
fue cuando me hipnotizaron…
DOCTOR: Sólo cuando fue usted hipnotizado.
BARNEY: Sí, fue entonces cuando lo vi.
DOCTOR: ¿Cómo se explica esto? ¿Cómo se explica que sucediera esto?
¿Cree usted que sucedió en realidad?
BARNEY: Sí que sucedió. No sé qué decir. No quiero recordarlo. Me parece
que no lo recordaré.
DOCTOR: ¿Quién le ordenó a, usted que no lo recordara?
BARNEY: Se lo dijeron a mi mente, que olvidaría todo lo ocurrido. Fue como
si lo imprimieran en mi mente.
DOCTOR: ¿Imprimir en su mente? ¿Y quién se lo dijo?
BARNEY: Yo creía que había sido el hombre que me miró desde el interior del
objeto, y al que yo también estaba mirando. «Y yo creía que había
tenido que ser él». Y él me dijo que me tranquilizara, que no tuviera
miedo. Y que no me harían ningún daño. Y que me dejarían en paz y
podría seguir mi camino. Y que lo olvidaría todo, todo, que no volvería
a recordarlo nunca.
DOCTOR: ¿Cómo se explica que no supiera usted nada de la experiencia de
Betty, mientras ella parece conocer todos los detalles de la suya?

www.lectulandia.com - Página 162


BARNEY: Yo no estaba en el mismo cuarto que ella. No sé dónde está. Me
siento muy tranquilo y a gusto, no sé por qué. Yo creía que terminarían
en seguida con nosotros, y que no nos causarían ningún daño.
DOCTOR: Dijo usted, antes, que ignoraba lo que había sucedido, pero
también dijo que Betty le había contado muchos detalles de lo ocurrido
en sus sueños.
BARNEY: Me habló de sí misma. Ignoro lo que le ocurrió a Betty en le
carrocera, pero nunca tuve fe en sus sueños.
DOCTOR: ¿No cree usted en sus sueños? ¿Y por qué no cree usted en sus
sueños?
BARNEY: Nunca había soñado con objetos volantes hasta el domingo
pasado… Soñé con ellos la noche del domingo y la del martes y la del
miércoles. Y es la primera vez en toda mi vida que sueño con objetos
volantes.
DOCTOR: Me dijo usted, hace algún tiempo, que se sintió como disociado al
ver este objeto volante. ¿Qué quiso usted decir?
BARNEY: Sentí que nunca había tenido una sensación como aquélla. Y me
sentí disociado. Como si mi cuerpo se moviera por un lado y mi cabeza
pensara por el otro. Y jamás había tenido una sensación como aquélla.
Me sentía disociado. Y nunca volví a experimentar esta sensación hasta
que entré en el despacho de usted. Y usted mandó entrar a un perrito en
el cuarto. Y yo quedé hipnotizado y tuve la impresión de que el perrito
estaba allí de verdad. (Se está refiriendo a un experimento que hizo el
médico con Barney).
DOCTOR: Entonces, eso fue una alucinación, ¿no?
BARNEY: Sí, fue una alucinación.
DOCTOR: Entonces, ocupémonos del rapto. ¿No podría haber sido también
una alucinación? BARNEY: (El doctor no consigue hacerle
contradecirse). ¡Ojalá hubiera sido una alucinación! DOCTOR:
(Insistiendo). ¿Y por qué no podría haberlo sido?
BARNEY: No lo sé.
DOCTOR: ¿Y no podría ser que el señor Webb le hiciera creer que tenía que
haberle ocurrido a usted en ese intervalo de tiempo?
BARNEY: El señor Webb no me hizo creer tal cosa. El señor Webb no trató de
hacerme creer que tenía que haberme ocurrido algo. (Vemos de nuevo
que, en estado hipnótico, el paciente trata de ser escrupulosamente
exacto. Fue Hohman quien le hizo creer aquello).
DOCTOR: Bueno, le dijo que había un espacio de tiempo del que no
recordaba nada.
BARNEY: Había un espacio de tiempo, entre Indian Head y Ashland, y yo no
hacía más que pensar que recordaba haber salido a la carretera en

www.lectulandia.com - Página 163


Indian Head, No recordaba nada más, excepto que eché a correr hacia
mi coche, y que arranque a toda velocidad. Y no recordaba lo que había
hecho entre Indian Head y Ashland. Fue El señor Hohman quien me
dijo que tenía que haber hecho algo.
DOCTOR: ¿Se sintió usted «disociado» de esa parte de su experiencia?
BARNEY: No, no me sentí disociado. Era, sencillamente, que no quería pensar
en ello. Me limitaba a decirme a mí mismo que habría pasado ese
tiempo conduciendo, y nada más.
DOCTOR: ¿Y está seguro de que eso ocurrió de verdad?
BARNEY: Estoy seguro de ello.
DOCTOR: ¿Le hablaron a usted, esos hombres?
BARNEY: Sólo el que me pareció que era el jefe.
DOCTOR: ¿El que usted creyó que era el jefe del objeto volante?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: ¿Y de qué idioma se sirvió?
BARNEY: No me habló con palabras. Me dijo lo que tenía que hacer con
pensamientos que mis pensamientos comprendían. Y le oía. Y no
entendía cómo podía comprenderle. Y me dijo que no me harían ningún
daño.
DOCTOR: ¿Empleó algún sistema de telepatía mental?
BARNEY: No comprendo esta palabra.
DOCTOR: La telepatía mental consiste en poder comprender los pensamientos
de los demás o en que los demás comprendan los pensamientos de uno.
BARNEY: Yo comprendía sus pensamientos. Sus pensamientos me llegaban
adentro, como ahora siento los pensamientos de usted, es decir, como
los siento cuando usted me habla. Y sé que usted está aquí, conmigo, y,
sin embargo, tengo los ojos cerrados. Y usted me hace preguntas. Y yo
sé que está usted aquí, aunque no sé dónde exactamente. Y así es como
él me dijo que no me harían daño. Y que me dejarían en paz para que
fuera adonde yo quisiera en cuanto me hubieran examinado en este
cuarto. Y, entonces, no le veía, ni oía sus pensamientos decirme que no
recordaría nada de todo esto porque no me habían hecho ningún daño y
lo que yo quería era olvidar. Y él me ayudó a olvidar diciéndome que
era eso precisamente lo que yo quería. Y así me olvidé de todo.
DOCTOR: Me dijo usted que Betty intentó hipnotizarle en cierta ocasión.
BARNEY: Cuando estábamos en la carretera, en White Mountains, y nos
paramos por primera vez para ver mejor aquella luz que se movía por el
ciclo y se acercaba a nosotros. Yo lo veía claramente y dije: «Es un
avión». Y Betty dijo: «Fíjate cómo vuela…». (Barney sigue contando
con todo detalle su primera parada en la carretera 3, cuando Betty
trata de hacerle ver que aquello es algo extraño y no un avión. Y

www.lectulandia.com - Página 164


cuenta que también él lo encontraba extraño, porque volaba sin hacer
el menor ruido, pero indica que no quería dejarse influir excesivamente
por Betty. Su recuerdo sigue siendo idéntico a los anteriores. Cuando
menciona que tenía la esperanza de que pasara otro coche o algún
policía del Estado, el doctor lo interrumpe con una pregunta).
DOCTOR: Quería usted ver gente en la carretera, ¿no?
BARNEY: No quería ver a esos hombres.
DOCTOR: Cuando comprobó que no le hacían daño, ¿se sintió usted mejor?
BARNEY: Me sentí raro, y no conseguía recordar. Y, sin embargo, yo sabía
que había ocurrido algo. Y me sentía confuso al ver que me encontraba
fuera de la carretera 3. Estaba volviendo a la carretera 3 y no
comprendía por qué me había alejado de ella… Y, poco después, oímos
el «bip-bip». Y, a partir de entonces, no dije nada.
DOCTOR: ¿No le hipnotizó Betty?
BARNEY: No, Betty no me hipnotizó. Yo quería creer que ella se había
equivocado sobre el objeto volante, porque así me sentía más tranquilo.
Y es que seguía viendo ese objeto en el cielo… (Ahora, Barney repite
de nuevo, detalladamente, su parada en Indian Head, indicando que
había creído que el objeto tenía que ser un helicóptero, porque, si no,
resultaba inexplicable que pudiera permanecer inmóvil en el aire. Y, sin
embargo, no hacia el menor ruido y Barney tuvo que confesarse a sí
mismo que no podía ser un helicóptero, Barney llega al momento de su
narración en que se dispone a echar a correr hacia el coche). Y volví
al coche a todo correr. Y, sin embargo, yo sabía que no estaba allí…
DOCTOR: Sabía que no estaba allí…
BARNEY: Yo sabía que no podía ser verdad. Tener en la cabeza unos ojos
como aquéllos…
DOCTOR: ¿En la cabeza?
BARNEY: Sí. Aquellos ojos.
DOCTOR: O sea, ¿que todo ello era un producto de su imaginación?
BARNEY: No.
DOCTOR: ¿Y por qué no?
BARNEY: Lo recuerdo de la misma manera que recuerdo lo anterior, hasta
que bajé del coche en Indian Head. Recuento todo lo que hice. Luego,
conduje carretera abajo y fui por North Woodstock y, después, torcí a la
izquierda. Y Betty me miraba, como si estuviera perpleja. Y, a pesar de
todo, no me hizo ninguna pregunta sobre lo que hacía. Y adivinaba lo
que estaba pensando. Y dije: «Sé que lo que estoy haciendo está bien
hecho, sé que vamos por donde debemos ir».
DOCTOR: ¿Y qué cree usted que estaba ella pensando? Dice que adivinaba lo
que estaba pensando Betty. (Está tanteando de nuevo la posibilidad de

www.lectulandia.com - Página 165


que las ideas de Betty hubieran sido transmitidas a Barney).
BARNEY: Yo pensaba que ella estaba pensando que me había apartado de la
carretera principal y que…
DOCTOR: ¿Adivina usted con frecuencia lo que piensa Betty?
BARNEY: A veces, lo adivinamos los dos. A veces, tratarnos de ver si
podemos intuir lo que está pensando el otro. Pero no solemos tener
demasiado éxito.
DOCTOR: ¿Lo intentan ustedes de verdad? ¿Ver si consiguen adivinarse los
pensamientos? ¿Lo practican ustedes?
BARNEY: Verá, cuando yo estaba en Filadelfia, ella solía decirme que querría
que yo la telefonease. Y me dijo que, muchas veces, se echaba en su
cuarto y se ponía a decir: «Llámame, Barney». Y, entonces, yo la
llamaba. No es que yo hubiese adivinado en aquel momento que ella lo
deseaba, sino que había decidido telefonearla a aquella hora, en todo
caso. Pero ella decía; «Tienes que haberme leído el pensamiento,
porque yo estaba allí, echada, esperando tu llamada».
DOCTOR: ¿Podría ser que ella hubiera impreso todas estas ideas de objetos
volantes en la mente de usted? Me dijo que Betty quería hipnotizarle.
BARNEY: Sé perfectamente que Betty no me hipnotizo. Yo quería pensar que
me había hipnotizado, quería pensar que aquel objeto no estaba allí de
verdad. Y por eso dije: «¿Qué estás haciendo, Betty? ¿Tratando de
hipnotizarme?». Y desde entonces, dije constantemente que aquello
tenía que ser un avión. Quería que ella me dijese: «Tienes razón, es un
avión». Y, mientras, seguíamos carretera adelante, pero el objeto nos
perseguía y eso no acababa de hacerme gracia. Sabía que no es
corriente que un avión siga a un coche por la carretera, como nos seguía
aquél. Y esperaba que todo fuera una ilusión, no quería que aquella cosa
volante estuviera encima de nosotros. Esperaba que no estuviera allí. Y,
sin embargo, seguía allí, carretera adelante, siguiéndonos… (Barney
vuelve a contar detalladamente lo ocurrido en Indian Head, indicando
que no podía creer que fuese posible que aquel objeto volase sobre
ellos, pero así era, y tenía la impresión de que lo que quería era
capturarles).
DOCTOR: ¿Y cómo sabía usted que quería capturarles?
BARNEY: Me daba cuenta de que se acercaban muchísimo. Y yo también me
estaba acercando a ellos. Y vi como… no era una rampa… sino, más
bien, como un objeto que sobresalía de la parte inferior. Y yo veía esto
con mis binóculos… me recordaba una escalera, pero, en realidad, no
conseguía ver a ciencia cierta lo que era. Lo único que veía era que algo
salía de ello. Y las alas que salían a ambos extremos no eran como alas
de avión, como esas alas parecidas a las de Los murciélagos, de ciertos

www.lectulandia.com - Página 166


aviones militares. Salían del cuerpo del objeto como de una vaina.
DOCTOR: ¿Quiere decir que las vio salir del fuselaje?
BARNEY: Por la forma, no parecía un fuselaje. Y cuando las alas comenzaron
a salir, las luces rojas comenzaron a alejarse del cuerpo del objeto. Y vi
que estaban situadas en los extremos de las alas. Y conseguí romper la
atracción e ir corriendo hacia el coche.
DOCTOR: ¿Qué forma tenía? Si no tenía forma de fuselaje, ¿qué forma tenía?
BARNEY: Pues… así… Una forma más o menos oval.
DOCTOR: A Betty le pareció que tenía forma de puro.
BARNEY: Cuando subía cielo arriba parecía un cigarro puro, porque creí que
sería un avión de pasajeros a causa de su longitud. Pero es que,
entonces, estaba a distancia. Y sólo al acercarse vi que lo que me había
parecido una hilera recta de luces era, en realidad, una serie de luces en
curva.
DOCTOR: Muy bien. Si no tiene nada más que decirme, lo dejamos por hoy.
Nada de esto le causará inquietud. (Ahora, por primera vez, el doctor
permitirá a Barney recordar algunas de las cosas que ha contado en
estado hipnótico. Éste es un paso fundamental en el tratamiento
hipnótico). Y, ahora… ahora, recordará usted todas estas experiencias
hasta que empiecen a inquietarle. ¿Me comprende? Cuando le haya
despertado, podrá usted recordar cualquier cosa que no le inquiete.
Recordará que nada de esto va a inquietarle ni a causarle el menor daño.
Todo eso ha pasado ya, y gradual, muy gradualmente, según sigamos
adelante, irá usted recordando todas estas cosas… (Es importante que
las órdenes sean perfectamente claras, debido a la tendencia del
paciente a obedecerlas literalmente). Pero no le causarán pesadillas, ni
ninguna inquietud, y usted ira recordando cada vez más cosas conforme
sigamos con el tratamiento. ¿Está claro?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: No experimentará miedo ni angustia, se sentirá complejamente a
gusto y descansado. Y continuaremos hablando de estas cosas como
hasta ahora. Y lo mismo le digo por lo que se refiere a Betty. Recordará
usted estas cosas sólo mientras pueda recordarlas sin sentir inquietud ni
angustia. Le volveré a ver dentro de una semana. ¿De acuerdo?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: Muy bien. Ahora, puede despertarse. (Barney despierta al oír esta
orden).
BARNEY: Me encuentro muy bien. (Una pausa. Luego). Algo me tiene
perplejo. Recuerdo haber sido hipnotizado. De ordinario, cuando vengo
aquí, sé que he sido hipnotizado, pero no recuerdo nada más. Y,
entonces, miro el reloj y me doy cuenta de que han pasado un par de

www.lectulandia.com - Página 167


horas. Y, entonces, me digo que parece que hayan pasado, como
máximo, diez minutos. Y… y… eso… recuerdo cosas que… sobre esta
sesión, cosas que no recordaba nunca después de las otras sesiones.
DOCTOR: ¿Y qué recuerda, ahora?
BARNEY: Pues el objeto volante que se nos apareció, como le dije y… Eso…
Ciertas cosas me tenían perplejo porque no conseguía acabar de
comprenderlas. Solía hablar de ellas con Walter Webb cuando venía a
vemos, y hablábamos de la aparición de ese objeto, lo que yo vi y lo
que vio Betty. Y nos poníamos a hablar como siempre y llegábamos al
momento en que vi a los hombres dentro de él volverse para manipular
los mandos. Y nunca conseguí ir más adelante. Pero, ahora, casi veo al
hombre y recuerdo su aspecto y veo que me mira. Y no tengo miedo…
Es decir, no le encuentro… horrible… Lo aterrador era la precisión
militar de… Como si fuera una persona que sabe perfectamente lo que
tiene que hacer y sabe que puede hacerlo y está decidida a hacerlo. Y
cuando dije que iban a capturarme, solía recordar que… Pero nunca
recordé por qué creía que iban a capturarme.
DOCTOR: Bueno, ¿y por qué iban a capturarle?
BARNEY: No lo sé. ¿Por qué iban a capturarme?
DOCTOR: Pero, ¿por qué pensaba usted que iban a hacerlo?
BARNEY: Veamos. Era como si me forzaran a seguir allí. Y nunca conseguí
entender qué me indujo a ir andando hacía el objeto, cuando todos mis
sentidos… me… me decían que no lo hiciera. Y… es muy extraño. Casi
increíble.
DOCTOR: Bueno… veamos. De ahora en adelante, a medida que sigamos el
tratamiento, le ocurrirán a usted algunas cosas extrañas. Y se sentirá
usted más consciente que hasta ahora de lo que le ocurre cuando está en
estado hipnótico. No le inquietará eso y lo recordará cada vez con
mayor claridad, y se irá habituando a ello y no le cogerá ya
desprevenido ni le sobresaltará.
BARNEY: Sí, ya sé… Verá, Betty y yo solíamos ir a White Mountains después
de la aparición… Eso era en 1962, y algo menos, también, en 1963. Y
solíamos ir en coche por las diversas carreteras de la zona montañosa.
Nunca llegamos a comprender qué habíamos estado haciendo lejos de
la carretera principal. Y es que no podía explicarme por qué pensaba
que seguía en la carretera 3. Y, sin embargo, no estaba seguro de estar
en la carretera 3. Pero, ahora, sé perfectamente que lo que ocurría es
que me aparté de la carretera principal.
DOCTOR: Ahora recuerda, ¿no es verdad?, que usted y Betty solían hablar de
estas cosas, de los sueños de Betty.
BARNEY: Sí, sí… Betty solía mencionarlos.

www.lectulandia.com - Página 168


DOCTOR: Y que usted sabía de sus sueños más de lo que recordaba.
BARNEY: Bueno, no… Eso, no. Algunas de las cosas que me contó sobre sus
sueños, en los que intervenía yo, era, por ejemplo, lo de cuando me
quitaron la dentadura postiza. Y yo preguntaba: «¿Y qué hacía yo
entretanto?». Y ella respondía: «Tú no hacías nada». Y es que tampoco
ella sabía nada más.
DOCTOR: Durante el viaje no se detuvieron a descansar, ¿verdad? (Está
explorando la posibilidad de que Barney y Betty soñaran durante el
viaje, si se detuvieron para dormir un rato).
BARNEY: Sí. Nos detuvimos… Sí, era a… Yo diría que a treinta kilómetros,
más o menos, de Montreal.
DOCTOR: Sí, pero yo me refería a después de la aparición.
BARNEY: No, después no nos detuvimos.
DOCTOR: ¿No se detuvieron, para comer una chuleta o echar un sueño?
BARNEY: No. Fue un viaje continuo, sin paradas, y yo me sentía muy bien.
Me sentía estupendamente. Muy descansado después de la noche
anterior. Y pasamos un día delicioso, y como podía conducir sin parar
desde White Mountains hasta Portsmouth, ni siquiera pensé en parar.
No me sentía muy cansado. Pero eso es lo sorprendente, porque, de una
manera vaga, me parecía recordar un resplandor rojo en la carretera, y
siempre tenía en la mente la sensación de que alguien me ordenaba
parar.
DOCTOR: ¿Cómo? ¿Agitando una linterna?
BARNEY: No. Bueno… Si… Como si hubiera tenido una linterna en la mano.
DOCTOR: Esa señal habría producido la impresión de algo rojo que reluciera,
¿no?
BARNEY: No. El brillo no venía de un objeto que tuviera en la mano el que
me hacia la señal de parar.
DOCTOR: Ya. ¿Venía de otro sitio?
BARNEY: Brillaba con mucha fuerza… Yo pensé: «¡Oh, Dios, no puede ser la
aurora!».
DOCTOR: Aquella noche, la Luna era grande, ¿no?
BARNEY: Pensé que quizá fuera la Luna. Pero aquella cosa estaba allí mismo,
en la carretera. No conseguía explicármelo. Después, he buscado el sitio
una y otra vez, diciéndome: «¿Cómo puede ser que la Luna brille de
esta forma en la carretera?». Y nunca di con un sitio donde el terreno
coincidiera con mi recuerdo. La cosa estaba posada en el suelo y era
como… Y yo seguía recordando a aquel hombre que me hacía señal de
parar. Y, entonces, nada, no recordaba más. Y, ahora, recuerdo.
DOCTOR: Muy bien. Entonces, continuamos el sábado próximo. Ahora,
quiero hablar un rato con Betty.

www.lectulandia.com - Página 169


BARNEY: De acuerdo.

La parte de la sesión dedicada a Barney había terminado. Por primera vez, las
cosas olvidadas estaban empezando a volver a su memoria consciente. También a
Betty le sería permitido recordar las cosas que no la inquietasen después de la sesión
de aquel mismo día.
Pero las preguntas seguían sin respuesta, y la solución definitiva del acertijo aún
parecía muy lejana.

www.lectulandia.com - Página 170


CAPÍTULO IX

La sesión del 21 de marzo continuó después del interrogatorio de Barney, cuando


Betty entró de nuevo en la estancia. Betty se sumió en estado hipnótico con rapidez y
sin dificultad, como siempre; de nuevo recibió instrucciones de recordar no sólo los
detalles de lo ocurrido, sino también las impresiones y sensaciones que tuvo en
relación con esos detalles.

DOCTOR: (Betty está ahora completamente hipnotizada). Veamos. Quiero


hacerle preguntas sobre lo que experimentó usted al pensar que había
sido llevada a bordo de este objeto volante. Cuando ustedes vieron el
objeto en cuestión, Barney vio, también, a hombres, en su interior, al
mirar con los binóculos. ¿Vio usted a esos hombres?
BETTY: ¿O sea, cuando Barney bajó del coche y fue corriendo hacia el
objeto? (Se refiere a la parte de la experiencia nocturna que tuvo lugar
en Indian Head).
DOCTOR: Sí. ¿No vio usted hombres en el interior de este objeto?
BETTY: No. Ninguno.
DOCTOR: Fue él quien se los describió a usted, ¿verdad?
BETTY: Sí.
DOCTOR: ¿Y cómo se los describió?
BETTY: Dijo que llevaban uniforme. Le pareció que llevaban uniforme. Y
dijo que su jefe le miró de tal manera que le asustó. Y había otro
hombre, y parecía que estuvieran manipulando palancas en la pared del
objeto, detrás del jefe.
DOCTOR: Esto no se lo contó más tarde, ¿no? Se lo contó allí mismo,
¿verdad?
BETTY: No, no me lo contó allí mismo.
DOCTOR: ¿Fue después de regresar ustedes a casa?
BETTY: Sí, después de regresar a casa.
DOCTOR: Y allí sobre el terreno, ¿no le contó nada?
BETTY: No, nada.
DOCTOR: Bueno, siga usted.
BETTY: Lo que me dijo entonces… A mí me parecía que allí había gente, que
Barney tenía que haber visto a alguien, aunque no me lo dijera. Y es
que no hacía más que repetir: «Van a capturarnos».
DOCTOR: Comprendo.
BETTY: No dijo esa cosa va a capturarnos.
DOCTOR: ¿Estaba muy asustado, entonces?

www.lectulandia.com - Página 171


BETTY: Sí.
DOCTOR: ¿Y usted? ¿Estaba usted asustada?
BETTY: No, creo que no. Por lo menos, no entonces. Más bien sentía
curiosidad y estaba interesada. Y tenía la sensación de estar inerte,
impotente, de que algo estaba a punto de suceder y de que yo no podría
impedirlo. Pero no estaba lo que se dice asustada, creo que sentía
impaciencia porque sucediera lo que fuese.
DOCTOR: ¿Estaba usted impaciente porque sucediese algo?
BETTY: Eso es.
DOCTOR: ¿Y qué quería usted que sucediese?
BETTY: Ignoraba qué sucedería.
DOCTOR: ¿Una experiencia nueva?
BETTY: Sí, quizá…
DOCTOR: Bueno, vamos a ver, cuando usted estaba, según parece, a bordo, y,
como dice, él le introdujo la aguja en el ombligo…
BETTY: Sí, eso es.
DOCTOR: ¿Le hizo sangre?
BETTY: Que yo recuerde, no.
DOCTOR: ¿Vio usted algo, cuando volvió a casa, que le indicase que le
habían metido una aguja por el ombligo?
BETTY: No recuerdo haber mirado.
DOCTOR: ¿No se le ocurrió mirar?
BETTY: No.
DOCTOR: Y por eso no puede responder a mi pregunta. Y supongo que ahora
ya no quedan señales, ¿verdad?
BETTY: No, no creo.
DOCTOR: Dice usted que el jefe habló con usted en inglés, y, sin embargo, le
pareció que era de origen extranjero.
BETTY: Sí.
DOCTOR: Y que daba la impresión de ignorar muchas cosas.
BETTY: Hablaba con acento extranjero.
DOCTOR: Y hablaba con acento extranjero. ¿Recuerda qué acanto era?
¿Alemán? ¿Japonés? ¿De algún otro país?
BETTY: No, no puedo decirle qué clase de acento era. Había uno en
tripulación cuyo acento era más pronunciado que el del jefe.
BETTY: ¿Les preguntó usted cómo se llamaban?
BETTY: No.
DOCTOR: ¿Por qué no?
BETTY: No se me ocurrió hacerlo. Tampoco ellos me preguntaron cómo me
llamo, pero repetí continuamente el nombre de Barney de modo que
ése, por lo menos, sí que lo sabían.

www.lectulandia.com - Página 172


DOCTOR: ¿Y usted y Barney no hablaron de esta experiencia, después en
casa?
BETTY: ¿Quiere usted decir inmediatamente?
DOCTOR: No, cuando fuese. Creo recordar que usted me dijo que durante el
camino de regreso a casa no hablaron de ello.
BETTY: No, no hablamos.
DOCTOR: Pero, después, usted se lo contaría a Barney, ¿no?
BETTY: Bueno, cuando tuve aquellos sueños le dije que tenía pesadillas.
Bueno, no pesadillas precisamente, más bien sueños extraños. Pero no
le conté mis sueños. Y, entonces, cuando el señor Hohman y el señor
Jackson vinieron a nuestra casa y ambos estábamos tratando de
recordar… Creo que fue Hohman quien nos preguntó por qué tardamos
tanto tiempo en volver a casa. Y esto lo dijo él cuando yo le dije que
recordaba haber visto la Luna a flor de tierra.
DOCTOR: ¿Qué vio? ¿El objeto grande y amarillo, o luces?
BETTY: No lo sé. Era como una Luna grande. Y estaba en el suelo. Lo veía
como entre los árboles, delante de nosotros.
DOCTOR: Y Barney le oyó a usted describir todas esas cosas, ¿no?
BETTY: Bueno, cuando ellos dijeron: «¿Por qué tardaron ustedes tanto?», yo
respondí: «Ignoramos el motivo». Pero, entonces, me puse a pensar en
la Luna que había visto a flor de tierra. Y dije que la había visto. Y
Barney dijo: «Sí, yo también la vi». Entonces, pensamos que lo mejor
sería intentar comprobarlo, concretar a qué hora se puso la Luna aquella
noche, para ver si era, en efecto, la Luna, o si se trataba de otra cosa. Y,
de pronto, cuando estábamos hablando de esto, me sentí como mal, no
sé si se me notó o no. Y, entonces, me acordé de mis sueños, y pensé:
«Quizás esos sueños no carecen de base, después de todo. Quizá fue eso
lo que nos hizo tardar tanto».
DOCTOR: Veamos ahora sus sueños…
BETTY: ¿Qué?
DOCTOR: ¿Se referían esos sueños a cosas que ocurrieron durante la
experiencia que creyó usted haber tenido? Es decir: ¿Sueños en los que
la subían a usted a ese objeto volante?
BETTY: Los sueños eran así… Pero, no. Había muchas diferencias. (Betty
repite lo que contó a su supervisora, y dice que ésta sugirió la
posibilidad de que todo aquello hubiera ocurrido realmente y fuera, en
efecto, el reflejo de una experiencia auténtica).
DOCTOR: (Refiriéndose a la supervisora de Betty). ¿Es ella quien dijo que
esto podría haberle ocurrido de verdad a usted?
BETTY: Sí. Me dijo que tenía que haberme pasado en realidad, porque, si no
me hubiese pasado, yo no me comportaría como me comportaba. Es

www.lectulandia.com - Página 173


decir, no mostraría tanta preocupación por todo ello. Yo tenía ganas de
decir: «Es un sueño y lo mejor es olvidarlo». Y, entonces, empecé a
sentir como si me hubiese ocurrido algo, pero sin estar segura de qué
podría haber sido. Había algo más de lo que yo, sinceramente, en
realidad, en verdad, podía confesar que estaba recordando.
DOCTOR: ¿Y fue ella la única persona a quien usted conto sus sueños?
BETTY: No, también se los conté a mi hermana Janet.
DOCTOR: Y al vecino de arriba, ¿no?
BETTY: No.
DOCTOR: ¿Contó usted a alguien esos sueños en presencia de Barney?
BETTY: Tiene que haberme oído hablar de ellos.
DOCTOR: Por lo tanto, él tenía que conocer sus experiencias sobre esto, ¿no?
BETTY: Las conocía en parte. Creo que me habrá oído hablar de ello con
alguien.
DOCTOR: ¿No ocurrieron todas esas cosas que usted sentía? ¿No ocurrieron
en sueños? ¿No podría ser que todo eso le ocurriera a usted sólo en
sueños?
BETTY: No.
DOCTOR: ¿Por qué está usted tan segura de ello?
BETTY: Por las diferencias.
DOCTOR: Bueno, hábleme de esas diferencias en que se basa usted para tener
el convencimiento de que no pueden haber sido simples sueños.
Veamos. Sabemos que su supervisora le dijo a usted que tienen que
haber ocurrido. Hasta entonces, usted no compartía esa opinión. Pero
desde que la supervisora le dijo eso, usted creyó que todo había
ocurrido en realidad. ¿Cuáles eran esas diferencias? Usted no percibía
esas diferencias porque no conseguía recordar la experiencia nocturna.
O, por lo menos, eso es lo que me dijo usted misma.
BETTY: Yo sabía lo que había soñado, y también sabía que era diferente. Esto
era diferente.
DOCTOR: ¿Y en qué consistía la diferencia?
BETTY: ¡Hay tantas cosas más…! Y…
DOCTOR: Supongamos que esas «cosas más» fueran fragmentos de sueños
que usted no recordase. ¿Qué pasaría entonces? Uno no siempre
recuerda todo lo que sueña. ¿Lo considera usted posible?
BETTY: No sé.
DOCTOR: Dicho de otra manera: lo que usted recuerda del sueño no es todo
lo que usted pudo contarme. ¿Es eso lo que quiere decir?
BETTY: Exactamente.
DOCTOR: Pero si pudiera contarme usted todo su sueño, hasta la parte que
ahora no recuerda, ¿sería posible, entonces, lo que digo?

www.lectulandia.com - Página 174


BETTY: No, porque algunas cosas eran diferentes.
DOCTOR: Algunas cosas eran diferentes.
BETTY: Sí.
DOCTOR: Veamos. ¿Podría ser, entonces, que, cuando usted recordó el sueño,
algunas cosas fueran diferentes? Recordaba usted algunas cosas de otra
manera porque temía recordarlo todo.
BETTY: ¿Quiere decir que temería recordarlo en sueños?
DOCTOR: No. Quiero decir que cuando uno recuerda lo que ha soñado, a
veces, olvida parte del sueño. Y eso se debe al miedo. Eso tiene que
saberlo usted, aunque sólo sea por los estudios que ha hecho como
preparación para sus actividades sociales.
BETTY: Sí.
DOCTOR: O sea que puede haber partes de un sueño que uno recuerda de
manera distinta, y por la misma razón. ¿Considera eso posible?
BETTY: No sé, yo soñé que subía por unos peldaños. Pero, en realidad, no
subí por peldaños, sino por una rampa.
DOCTOR: ¿Y cree usted que esa diferencia tiene verdadera importancia?
BETTY: No lo sé.
DOCTOR: ¿La manera de subir?
BETTY: Pero es que el mapa… Yo casi podría… aquí mismo… (Al decir aquí
mismo, Betty se refiere a lo que recuerda estando hipnotizada) …aquí
mismo, casi podría dibujarlo. Si supiera dibujar, dibujaría el mapa.
DOCTOR: ¿Quiere hacer la prueba? ¿Quiere probar si sabe dibujar el mapa?
BETTY: Es inútil, no sé dibujar, no me sale la perspectiva.
DOCTOR: Si aún recuerda algo cuando se vaya de aquí, haga la prueba y
dibújelo. Intente dibujar el mapa, Si cree que va a serle causa de
preocupación o de angustia, no lo haga. Pero si lo dibuja, tráigamelo la
próxima vez. ¿De acuerdo?
BETTY: Lo intentaré.
DOCTOR: Pero no se crea obligada a ello. (A veces, las sugerencias
posthipnóticas resultan muy angustiosas. El doctor está obviando esto
por el procedimiento de dejar los hechos a voluntad de Betty).
BETTY: Vale.
DOCTOR: Veamos ahora las otras diferencias. Habló usted de peldaños y de
una rampa.
BETTY: Hay tantísimas más… aquí. («Aquí», repetimos, quiere decir «en
estado hipnótico»,)
DOCTOR: Hay muchísimo más en lo que me ha dicho que en el sueño. ¿Es
eso lo que quiere usted decir?
BETTY: Sí.
DOCTOR: ¿Podría ser que cuanto usted recuerda ahora fuese, precisamente, la

www.lectulandia.com - Página 175


parte del sueño que antes no conseguía recordar?
BETTY: No. No lo creo. (Como Barney, Betty se muestra sumamente firme).
DOCTOR: Vuelvo a repetir: ¿Y por qué no lo cree usted?
BETTY: Porque… porque se perfectamente que es posible soñar y olvidar lo
soñado, pero…
DOCTOR: ¿Cómo se explica, en este caso, la presencia de aquellos hombres
que parecían hablar nuestro idioma y, sin embargo, ignoraban
tantísimas cosas de él? Por ejemplo, no sabían lo que son dentaduras
postizas. Y otras cosas por el estilo. Y supongo que usted tuvo la
impresión de que procedían de otro planeta, ¿verdad?
BETTY: Hum… Sí.
DOCTOR: Pues, entonces, ¿cómo podían saber tanto sobre éste? ¿Cómo es
posible? ¿Ha intentado usted explicárselo a sí misma?
BETTY: ¿Quiere decir que cómo era posible que hablaran inglés?
DOCTOR: Sí. ¿Cómo puede ser posible? Me refiero a que supiesen
comunicarse con usted por ese medio, sobre todo, no perteneciendo a
nuestro mundo.
BETTY: Quizá hayan estado estudiándonos.
DOCTOR: Para eso tendrían que haber bajado a la Tierra y habernos
conocido, no sólo a nosotros, sino, también, nuestras cosas. ¿No?
BETTY: Supongo que sí. Quizás hayan estado escuchando nuestras emisoras
de Radio.
DOCTOR: Pero todo eso también podría ocurrir en sueños. Las cosas, en
sueños, no requieren explicación. ¿Se le ocurrió pensar que esos seres
podrían comunicarse con usted por otro procedimiento que no fueran
palabras? ¿Que fueran capaces de transmitir el pensamiento, por
ejemplo?
BETTY: Ignoro lo del pensamiento.
DOCTOR: ¿Cree usted que es posible transmitir el pensamiento?
BETTY: Sí. Hasta cierto punto.
DOCTOR: ¿Ha sido usted capaz de transmitir sus pensamientos a alguien, o
de recibir los pensamientos ajenos?
BETTY: Barney y yo estamos diciéndonos continuamente lo mismo el uno al
otro al mismo tiempo.
DOCTOR: ¿Y establecen contacto de alguna otra manera? ¿Podría usted haber
comunicado todo esto a Barney mediante la transmisión del
pensamiento?
BETTY: (Se echa a reír). No, no creo que fuera posible llegar a tanto. Por
ejemplo, yo tenía un profesor en la Universidad, y me sentaba en la
primera fila y, a veces, me aburría. Permanecía allí sentada, pensando
de cuando en cuando: «Ráscate la cara, ráscate la pierna». Y esperaba a

www.lectulandia.com - Página 176


ver cuánto tiempo tardaba en hacerlo. En fin, esas cosas que hace una
para distraerse.
DOCTOR: O sea que lo que usted quería era comprobar hasta dónde llegaba el
poder del pensamiento, ¿no?
BETTY: Sí, eso es.
DOCTOR: Pero, si no me equivoco, entre usted y esos seres extraños no se
estableció ninguna comunicación de ese tipo.
BETTY: (Hace una larga pausa, como si estuviera pensándolo). No sé si, en
efecto, les oí hablar en inglés. (¿Está tratando da complacer al doctor
Simon dándole la respuesta que cree que él querría oír? Ello ocurre
con frecuencia en la hipnosis).
DOCTOR: ¡Ah! Entonces, ¿no les oyó hablar inglés?
BETTY: No lo sé.
DOCTOR: Entonces, ¿en qué idioma cree que les oyó hablar?
BETTY: No hago más que decirme a mí misma que les oí hablar en inglés con
acento extranjero, pero la verdad es que no lo sé de cierto.
DOCTOR: Bueno, veamos, ¿les oyó hablar en algún otro idioma? ¿O se
entendieron con usted por transmisión de pensamiento?
BETTY: Yo entendía lo que me estaban diciendo.
DOCTOR: Entendía lo que estaban diciéndole…
BETTY: Y ellos, lo que les decía yo.
DOCTOR: (En vista de que Betty empiezo a dar muestras de tensión
emocional). Muy bien. No se preocupe por eso. Todo va bien. (Betty se
tranquiliza). Veamos, ¿cree usted que emplearon algún sistema de
transmisión del pensamiento?
BETTY: (Pensativa). Quizá. Pero si fue así, lo cierto es que yo entendía lo que
ellos pensaban.
DOCTOR: Usted entendía lo que ellos pensaban. ¿No es cierto que el jefe le
cayó simpático?
BETTY: Al principio, le tenía miedo.
DOCTOR: ¿Y después?
BETTY: Pues… bueno… ya me entiende, empecé a comprender que no tenían
intención de hacerme daño.
DOCTOR: Así, pues, no le causaron ningún daño y todo fue bien.
BETTY: Sí, exacto.
DOCTOR: Bueno, de acuerdo. Después de esto, no tendrá usted necesidad de
olvidar todo lo que ha ocurrido aquí. Sólo recordará usted lo que pueda
recordar sin sentirse angustiada y sin preocupaciones o inquietudes.
¿Me comprende? (Como en el caso de Barney, lo importante es
permitir que Betty vaya asimilando lentamente en su conciencia todo lo
que le ha sido revelado en estado hipnótico).

www.lectulandia.com - Página 177


BETTY: Sí.
DOCTOR: Y nada, lo que se dice nada, le causará a usted la menor inquietud.
Y podrá usted recordar sin dificultad las cosas que recuerde, sin
angustia ni miedo. Podrá hablar cada vez con más facilidad de esas
cosas. Pero, entretanto, no se sentirá usted angustiada por ninguna de
las cosas que recuerde. Y las cosas irán volviendo gradualmente a su
memoria, con claridad cada vez mayor. Y podrá usted hablar de ellas
cada vez con mayor facilidad. ¿Esta claro?
BETTY: Sí.
DOCTOR: No sentirá miedo ni angustia. Se sentirá tranquila y a gusto y
continuará recordando todas esas cosas y hablando de ellas con su
marido. Sin el menor miedo, sin la menor angustia. Dentro de una
semana, volveré a verla. Ahora, despiértese, Betty. Puede usted
despertarse. (Betty se despierta de la hipnosis). ¿Cómo se siente, ahora?
BETTY: Bien.
DOCTOR: ¿Sabe usted ahora más acerca de lo ocurrido?
BETTY: Sí. (El doctor la tranquiliza diciendo que todo irá bien, y se ponen de
acuerdo sobre el día en que tendrá lugar la sesión siguiente).

Después de irse los Hill, el doctor dictó el siguiente resumen:

Parece haber indicios de que Barney Hill absorbió gran parte de la


experiencia de Betty Hill, a pesar de la insistencia de éste en hacerme
creer que es exclusivamente experiencia suya lo que me contó. Y existen
claros indicios de que los sueños de ella han sido sugeridos, como si
fueran realidad, por su simpatizante. Las consecuencias que pueden
sacarse de esto son evidentes, y mi intención ahora es continuar estas
entrevistas a un nivel más consciente. Ambos parecen recordar mas
ahora, después de las sesiones hipnóticas.

www.lectulandia.com - Página 178


CAPÍTULO X

El 28 de marzo, que era el sábado siguiente, el recuerdo de lo que había tenido lugar
en las sesiones anteriores había ido aumentando progresivamente, tanto en la
memoria de Barney como en la de Betty. El doctor Simon exploró este aspecto
cuando comenzó la sesión siguiente. Habló con Betty antes de someterla a hipnosis.

DOCTOR: ¿Recuerda usted ahora mucho de su experiencia?


BETTY: Sí, creo que sí. También he vuelto a tener un par de pesadillas.
DOCTOR: ¿Ah, sí?
BETTY: Sí. Y Barney ha tenido pesadillas durante toda la semana. Parece
presa de una curiosa sensación, ahora. Estuvimos hablando de ello
anoche, tratando de llegar a una conclusión sobre esta cuestión:
¿Volverán esos seres? (El doctor pasa revista detallada a los sueños de
Betty, comparándolos con los recuerdos que tiene de lo que sintió
durante la experiencia propiamente dicha, tal y como ella misma lo
recordó durante el periodo hipnótico. La sesión continua. Betty está,
ahora, hipnotizada).
DOCTOR: En cierto modo, me dio usted la impresión de desear, a pesar de su
angustia, que volvieran esos seres y les llevasen a correr aventuras con
ellos. ¿Es eso lo que siente usted de verdad?
BETTY: Si quiere que le diga la verdad, no me sorprendería nada volver a
verles.
DOCTOR: ¿Le gustaría?
BETTY: En este preciso momento, no.
DOCTOR: ¿No en este preciso momento? ¿Cuándo, entonces?
BETTY: Cuando pueda sobreponerme a mi miedo. En este momento, creo que
me moriría de miedo si volviese a verles.
DOCTOR: Muy bien. Eso no le inquietará a usted. Como durante toda esta
semana podrá ir recordando más cosas a medida que su miedo se vaya
disipando, no recordará más que lo que le sea posible sobrellevar sin
experimentar angustia. Se sentirá usted completamente bien y a gusto, y
no tendrá inquietudes y su memoria será cada vez mejor en todos los
sentidos, a medida que vaya recordando las cosas sin inquietudes. Se
sentirá a gusto y bien, sin experimentar dolores ni angustia. Ahora,
puede despertarse. ¿Cómo se encuentra?
BETTY: Muy bien. Estupendamente.
DOCTOR: De acuerdo. Voy a ver a Barney y, luego, les veré a ustedes dos
juntos.

www.lectulandia.com - Página 179


BETTY: Muy bien.
DOCTOR: ¿Recuerda usted lo que ocurrió?
BETTY: Creo que sí, si me pongo a pensar en ello.
DOCTOR: ¿Y se siente usted con ánimos para pensar en este momento?
BETTY: (Riendo). Creo que podré empezar a pensar en ello dentro de unos
cinco minutos.

Tanto para Barney como para Betty, ahora que el doctor dejaba que sus
revelaciones hipnóticas fuesen filtrándoseles en la conciencia, la extraña experiencia
empezó a convertirse en una posibilidad definida, a pesar de la antigua repugnancia
de Barney a aceptar en su conjunto la existencia de los objetos volantes no
identificados, y a pesar, también, de los sueños de Betty.
Al doctor le quedaba todavía mucho que resolver, aunque los Hill habían resistido
sus intentos de penetración mental, tanto en estado hipnótico como fuera de él. Ahora
que trabajaba con ellos de manera concienzuda, recurriendo a la hipnosis sólo en
ciertos casos en que era necesario, esperaba aliviar su angustia, que, a pesar del
misterio de la realidad o de la falta de realidad de la historia del rapto, era lo que
principalmente deseaba conseguir con su tratamiento.
Fue después de esta sesión cuando Betty dio al doctor los sueños por escrito, para
que los leyese. Tuvo importancia el hecho de que estos sueños fueran también
idénticos en todos sus detalles tanto a los que ella acababa de contarle, como a los
que había estado recordando de su período amnésico, bajo los efectos de la hipnosis.
Lo que le dijo Barney aquella mañana del 28 de marzo era un reflejo de lo que
había estado agitándose en su mente durante la semana transcurrida desde que el
doctor Simon le dijo que ya podría recordar algo de lo que le había revelado en
estado hipnótico.

DOCTOR: Bueno, Barney, ¿cómo le ha ido?


BARNEY: Regular, doctor. ¡Pse! Ha sido muy interesante. ¡Esta semana, he
tenido que hablar de tantas cosas…! La verdad, yo mismo me sentía
asombrado. La semana pasada, sobre todo… Es interesante lo bien que
sé las cosas que tengo deseos de contar y también que, luego, cuando
vengo aquí, no me importa contarlas. Pero no acierto a expresarme
como quisiera. Lo que quiero decir es que no acabo de creerlo yo
mismo, vamos, que estoy lo que se dice asombrado. No sé si
comprende usted lo que quiero decirle.
DOCTOR: Pero, ¿asombrado de qué?
BARNEY: De comprobar cuántas cosas recuerdo relativas a nuestras sesiones
de la semana pasada.
DOCTOR: Comprendo.
BARNEY: Esto de haber visto un objeto volante no identificado y de haber

www.lectulandia.com - Página 180


establecido contacto personal con él parece que va a estirar la
imaginación de uno hasta el límite máximo, porque es realmente
increíble. El domingo pasado, Betty y yo estábamos tan preocupados
por esto que hicimos un viaje a Indian Head. Al llegar allí, dimos la
vuelta y regresamos despacio. Y yo dije que me limitaría a obedecer por
completo a mi instinto. No sé si la palabra instinto será la apropiada en
este caso… Bueno, pues iré por donde el instinto me diga. Y fuimos un
poco hacia el sur de North Woodstock, en donde di una vuelta brusca
para meterme por la carretera 175, como si lo hubiera hecho ya en otra
ocasión.
DOCTOR: ¿Ha dicho usted North Woodstock?
BARNEY: Sí. Y di la vuelta de la carretera 3 a la carretera 175. Bueno, aún era
de día, y todo parecía distinto a cuando es de noche, pero ambos
decíamos: «¡Vaya! Esto parece igual a algo que hemos visto antes».
Nos dábamos cuenta conscientemente de que no habíamos estado nunca
en esta parte de New Hampshire, y había una curva muy brusca a la
derecha que nos hubiera llevado, dando una vuelta muy larga, hacia una
ciudad que se llama Waterville. Lo que ocurrió era que, adentrándonos
un poco por esta zona, no más de unos cinco kilómetros, dimos, de
pronto, con una barricada, una barrera que, normalmente, indica que la
zona está cubierta de nieve. Y al dar marcha atrás, vimos a un sujeto
que vivía allí. Y yo le pregunté si se podía pasar, y él me respondió que
no se podía hasta el próximo mes, porque todo el terreno está cubierto
de nieve. Pero se puede ir a Waterville por otra carretera, una carretera
que da la vuelta a esta zona. Y hemos decidido explorar esa carretera en
cuanto la nieve se deshiele y sea practicable. Ahora, ya sabe usted
algunos de los pensamientos que me bailaban en la mente. También
pensé que a Betty se le ocurriera decirme: «No aceptas las cosas como
son, o no puedes aceptarlas, o no quieres». Y mi respuesta es que no se
trata, en realidad, de aceptarlas, sino que lo que pasa es que este asunto
me tiene tan perplejo que me resulta difícil aceptarlo. Le dije a Betty
que quería preguntarle una cosa a usted: ¿Cuáles son los elementos, las
probabilidades de que uno esté, digamos, así, alucinado? Quiero saber
la respuesta. Todas estas cosas que nos ocurrieron a Betty y a mí son tan
extrañas que nunca hablé de ellas como es debido hasta que vine aquí y
usted me hipnotizó.
DOCTOR: Por ejemplo, ¿qué cosas?
BARNEY: Una es la puerta de ese objeto en el que entramos: tenía la entrada
inclinada, como si condujera a un sótano. Ignoro si será ésta la manera
mejor de describirla. Quiero decir que parecía haber como un obstáculo,
en el que tropecé tanto al entrar como al salir. Cuando pienso en esa

www.lectulandia.com - Página 181


puerta, recuerdo la de los barcos, una de esas puertas que oscilan.
DOCTOR: ¿Estuvo usted en las Fuerzas Armadas?
BARNEY: En el Ejército, no en la Flota.
DOCTOR: ¿En la Segunda Guerra Mundial?
BARNEY: En la Segunda Guerra Mundial. Y Betty se dio cuenta de ello. Y
también hay otra cosa.
DOCTOR: ¿De qué se dio cuenta ella? ¿De que había como un obstáculo?
BARNEY: Sí. Y hay otra cosa que nos tiene inquietos a los dos. Una cosa que
me ha preocupado muchísimo. Muchas veces, me han entrado ganas de
venir a consultarle, pero ese mecanismo interno que me impele a
resolver mis problemas por mis propios medios me impidió molestarle,
porque sé lo ocupado que está usted. Pero es que Betty ahora dice que,
por mucho que lo piensa, no consigue creer que pude haber entrado en
comunicación con esos seres, si es que existieron, de palabra, y a mí
siempre me pareció que había en ellos algo raro, que no tenían boca. Y
no tuve el menor reparo en bajarme del coche e ir derecho hacia el
enorme objeto que se cernía sobre nosotros en el cielo y me miraba
fijamente. En mi mente consciente siempre supe que esto era lo que
había ocurrido de verdad. Pero también es cierto que me sentí confuso
cuando dije que el objeto me hablaría, o, mejor dicho, que me había
comunicado algo, y que ese algo me atemorizaba. Tanto, que eché a
correr. Y esto lo vi con mis binóculos, unos binóculos de 7×50. Así,
pues, la pregunta que me haría cualquiera que oyera esto, es: ¿Qué
aspecto tenían?
DOCTOR: ¿Lleva usted siempre binóculos cuando va de viaje?
BARNEY: Siempre los llevo en el coche. Siempre llevo binóculos, porque
Betty y yo somos muy aficionados a salir de viaje, los fines de semana.
DOCTOR: No es muy corriente que la gente que viaja lleve binóculos. Lo que
suelen llevar es máquinas fotográficas.
BARNEY: También nosotros tenemos una. Pero, entonces, aún no la habíamos
comprado.
DOCTOR: Siga, por favor.
BARNEY: Pues, como iba diciéndole, siempre tuve el convencimiento de que
había estado mirando algo que había en el cielo. Vi seres que me
miraban desde arriba y, a juzgar por nuestra manera humana de sonreír,
yo diría que me estaban sonriendo, con los labios abiertos. Más bien era
algo parecido a un parpadeo. O como cuando uno advierte que el
movimiento del ojo forma parte de la sonrisa. Lo que no acabo de
localizar es la boca.
DOCTOR: Comprendo.
BARNEY: Es inútil, no consigo recordar ni una sola boca. Y, de un modo algo

www.lectulandia.com - Página 182


confuso, recuerdo oír que esos seres hablaban entre sí, y me resulta muy
confuso, porque era más bien como si emitieran una serie de murmullos
cuando estaban… digo, cuando no se dirigían a mí directamente. Era
algo así como «mmmmm», ya me entiende. No «mummmm», sino más
bien «mmmmm». Y esto me tiene perplejo. Sobre todo, desde que, la
semana pasada, Betty me dijo que ella no había hablado con esos seres.
Hay otra cosa que quiero decirle antes de que se me olvide. Betty me
dijo que, cuando vimos el objeto volante, yo trabajaba de noche y, por
lo tanto, no dormíamos juntos. Sólo los fines de semana. O sea que yo
dormía de día y ella, de noche. Y cuando me contó esos sueños que ha
tenido, la escuché por pura cortesía. Bueno, es que, en realidad, no me
los estaba contando a mí, sino a otros. Y no le dije mi opinión, porque
tenía la mía particular sobre esos sueños. Mi opinión era muy sencilla:
que sólo eran sueños. Porque yo también sueño y los sueños no tienen
más importancia que la de poner de relieve algo que ha tenido relación
con uno en el pasado o en la vida de uno, o en el presente, y que sirve
de estímulo a la mente para soñarlo cuando uno está dormido. Y así es
como clasifiqué yo los sueños de Betty. No es que yo formara parte
física de sus sueños, sino tan sólo una parte de su sueño dentro de su
capacidad mental de soñar. Y por eso nunca concedí mucha importancia
a sus sueños. Que yo recuerde, yo mismo nunca he soñado con un
objeto volante no identificado, hasta hace poco. Y quería preguntarle:
¿Es posible que yo haya soñado con uno de esos objetos volantes sin
haber…? Veamos si me explico: He tenido sueños durante muchos
períodos de mi vida y, en muchos casos, no he conseguido recordar lo
que soñé. Pero siempre tuve una idea de ellos en líneas generales. Si
soñé, por ejemplo, que me encontraba en Filadelfia, al despertarme, se
me olvidaba el sueño, pero sabía que, fuera ello lo que fuese, mi sueño
guardaba relación con Filadelfia, de modo que el olvido no era total.
Pero, que yo recuerde, nunca, lo que se dice nunca, he soñado con un
objeto volante no identificado hasta hace poco.
DOCTOR: Cuando dice hace poco, ¿se refiere a la semana pasada?
BARNEY: Me refiero a hace dos semanas.
DOCTOR: Usted soñó eso antes de verme la vez pasada.
BARNEY: Sí.
DOCTOR: Pues no me lo dijo.
BARNEY: Sí, le dije que había soñado con un objeto volante no identificado.
DOCTOR: Ah, sí, me dijo que había soñado con uno de esos objetos, pero no
me dio ningún detalle.
BARNEY: Es que no había detalles.
DOCTOR: O sea que tenía usted la sensación de haber soñado con un objeto

www.lectulandia.com - Página 183


volante, pero no conseguía recordar el sueño. ¿No es eso?
BARNEY: ¿Se refiere a anteriormente?
DOCTOR: No, al momento de decírmelo, a la manera de decírmelo. Me
preguntó usted si es posible soñar, digamos, inconscientemente.
BARNEY: Lo que quise decir es esto: ¿Es posible que yo, después de 1961,
soñara con un objeto volante no identificado? ¿Y que el sueño me
vuelva, luego, a la mente, en estado hipnótico?
DOCTOR: Veamos, ¿qué cree que puede haber sido eso de que me habla
usted?
BARNEY: ¿Quiere repetir la pregunta?
DOCTOR: Dice usted que su sueño está volviéndole a la mente, en estado
hipnótico. ¿A qué parte de sus recuerdos se refiere, ahora?
BARNEY: Pues a la única parte que tiene sentido del sueño que tuve
recientemente, es decir, a la parte en que veo el objeto volante y voy
hacia él. Era un sueño vago y desfigurado, pero lo que podríamos
llamar estructura física del objeto coincidía con mi idea consciente del
aspecto que había de tener un objeto volante de este tipo. Y, anoche,
soñé de nuevo que estaba en el interior de un objeto volante, y esto
podría ser resultado del dibujo que hizo Betty, un dibujo que, según
ella, representaba un mapa en… en perspectiva, dice ella, pero yo creo
que hay que llamarlo un mapa en dimensión. Pero eso es lo que trató de
dibujar. Y esto es lo que, sin duda, me estimuló a soñar esas cosas. Pero
lo que soñé es que estaba a bordo del objeto volante y que interrogaba a
la gente que había dentro. De dónde venían y otras cosas por el estilo. Y
ellos me decían que venían de un planeta… (Barney continúa contando
su sueño, en el que se refleja su preocupación, cada vez mayor, debido
a la posibilidad de que, en el intervalo olvidado, hubiera ocurrido
realmente algo extraño y aterrador: hablar con seres humanoides
inteligentes, etcétera. Cuando Barney termina, el doctor habla).
DOCTOR: Veamos, usted y Betty han estado hablando de lo ocurrido. ¿Han
recordado ustedes cosas?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: Ya… Así, pues, ella le ha contado sus experiencias en relación con
el objeto volante.
BARNEY: Sí.
DOCTOR: Y usted, a ella, las suyas.
BARNEY: Si.
DOCTOR: Que estuvo a bordo, que le examinaron, etcétera, ¿no?
BARNEY: Ayer, mientras desayunábamos, nos pusimos a hablar de ello. Y me
dieron escalofríos. Aún me dan escalofríos. ¡Uf!
DOCTOR: ¿O sea que son cosas que usted no quiere recordar claramente, ni

www.lectulandia.com - Página 184


aun ahora?
BARNEY: Bueno, si recuerdo lo que estábamos hablando. Le estaba diciendo
a Betty que todavía lo veo con mucha claridad. De esto me doy perfecta
cuenta de que, en algún sitio, o sea, antes de venir a que usted me
hipnotizara, siempre me di cuenta de que, fuera como fuera, alguien
estaba cortándonos el paso. Pero nunca conseguí comprenderlo. Así,
pues, lo aparté de la mente.
DOCTOR: ¿Podía ser que alguien le hiciera parar? Alguien, cualquiera, que le
hiciera señal de parar.
BARNEY: Entonces, me habría… estoy completamente seguro de que, en ese
caso, me acordaría.
DOCTOR: Estaba usted muy asustado en aquel momento.
BARNEY: Pero me acordaría de que alguien me había hecho señal de parar.
Sobre todo, si se tratara de un grupo de hombres corrientes.
DOCTOR: Bueno, veamos ahora esta experiencia. ¿Qué le parece a usted?
Tenía usted muchas dudas sobre ella. Me pregunta usted mismo si
podría ser un sueño.
BARNEY: Sí, es lo que le pregunto.
DOCTOR: ¿Qué cree usted que pueda haber sido?
BARNEY: Si quiere que le diga la verdad, sin tratar de ocultar mis temores a
quedar en ridículo, yo diría que, realmente, sucedió algo. Pero yo…
yo… yo… tiendo a protegerme a mí mismo, por miedo a quedar en
ridículo.
DOCTOR: Usted y Betty parecen haber pasado por experiencias parecidas,
pero diferentes, al mismo tiempo. Tengo la impresión de que Betty
conocía todo lo que le sucedió a usted, pero que usted no sabía nada de
lo que le sucedió a ella.
BARNEY: Betty no sabía. Lo único que sabía sobre mí es que me llevaron a
otro cuarto y, luego, me sacaron de él. Y también que esos seres
salieron corriendo del cuarto en el que yo estaba.
DOCTOR: ¿Supo usted eso cuando Betty le contó sus sueños?
BARNEY: Sí, la he oído hablar de sus sueños.
DOCTOR: Y todos esos detalles estaban en sus sueños, ¿no es verdad? ¿Todas
esas cosas que le ocurrieron a ella?
BARNEY: ¿Que le ocurrieron a ella?
DOCTOR: Sí, las que ella dijo que habían pasado dentro del objeto volante.
BARNEY: Yo diría que hay cierto parecido.
DOCTOR: ¿Oyó usted todo eso?
BARNEY: Claro que lo oí. La diferencia está en que, aunque yo había oído a
Betty contar sus sueños, nunca hablé con ella de mi impresión de haber
sido mandado parar en la carretera, o creer haberlo sido. Yo sabía que vi

www.lectulandia.com - Página 185


un gran objeto. Eso sí lo sabía pero nada más.
DOCTOR: Usted estaba convencido de haber visto algo. Pero seguía teniendo
dudas sobre lo demás. Dudas sobre que fuese real o un sueño o
cualquier otra cosa.
BARNEY: Eso ocurre porque no estoy acostumbrado a la hipnosis e ignoro
qué resultados puede dar.
DOCTOR: No se preocupe por la hipnosis. ¿Qué cree? Ha tenido usted dudas
sobre ello, me ha preguntado si todo esto podría ser una alucinación o
un sueño.
BARNEY: Sí, he hablado con usted como se habla con un médico.
DOCTOR: Entonces, ¿por qué iban a tener usted y Betty experiencias tan
iguales? ¿Puede explicármelo usted?
BARNEY: ¡Pero si eso es precisamente lo que pregunto yo…! ¿Podría ser que
ella haya influido en mí?
DOCTOR: Usted temió siempre que Betty influyera en su vida, ¿no es cierto?
BARNEY: Es curioso, siempre supe que no trataría de influir en mí.
DOCTOR: Usted la acusó de que trataba de hipnotizarle para hacerle creer
cosas que usted no quería creer. De momento, prefiero no diagnosticar
este aspecto del caso. Quiero reunir más datos aun.
BARNEY: Bueno. Lo que quería decir en aquel momento es esto: que cuando
yo estaba allí, me sentía seguro de que Betty no estaba influyendo en
mí. Yo estaba pensando que prefería no hablar de ello. Vemos una cosa
rara, de acuerdo. Pues, ahora, volvamos al coche y sigamos nuestro
camino. Y lo que me irritaba era que Betty seguía diciendo: «Pero,
mira, si está precisamente encima de nosotros…». Y aminoré la
velocidad para verlo mejor y vi, en efecto, que el objeto estaba allí
arriba. Y esto me irritó mucho. Y, entonces, dije: «¿Que estás
intentando? ¿Quieres obligarme a ver cosas que no existen?». Pero yo
sabía que aquello sí existía, solo que no quería que existiese. Y creo que
éste es, en parte, el motivo de que me sintiera tan confuso.
DOCTOR: Veamos. Betty tuvo una pesadilla antes de venir a verme la vez
pasada. Me dice que le despertó y se lo contó a usted. ¿Se acuerda de
eso?
BARNEY: Sí, me despertó.
DOCTOR: Creía que habría gritado dormida. Pero si hubiera gritado, usted la
habría oído. Pero dice que, entonces, le despertó y se lo contó.
BARNEY: No la oí. Y, entonces, fue cuando me dijo que había tenido aquel
sueño.
DOCTOR: ¿Le dijo, también qué sueño había sido?
BARNEY: Es lo que estoy tratando de recordar. Si me dijo lo que había
soñado, o no. ¡Ah, sí! Era algo relacionado con entrar en el objeto

www.lectulandia.com - Página 186


volante. Había descubierto que no había hablado con esos hombres.
DOCTOR: ¿Y le dijo a usted que eso era un sueño?
BARNEY: Sí, me dijo que eso era lo que había soñado.
DOCTOR: Pues a mí no me dijo que el sueño había consistido en eso. Me dijo
que, en realidad, habían tenido dos sueños. Uno de ellos había sido
como una especie de rayo de Luna que cae sobre un lago, o sobre una
gran cantidad de agua.
BARNEY: Sí, eso también me lo dijo a mí.
DOCTOR: Y, luego, el otro era como un objeto amarillo, el gran objeto
iluminado que despegaba y que ustedes dicen haber visto.
BARNEY: Bueno, sí… Si fue éste el sueño que tuvo Betty, no es más que una
especie de continuación de algo que yo sé y he visto. Pero si quitamos
el agua de lo que yo estoy diciendo, entonces, queda ese objeto grande,
posado allí, que, luego, empieza a moverse y a alejarse muy
rápidamente. Esto también lo sabía yo antes de ser hipnotizado. Pero lo
que yo deseaba de verdad era olvidar gran parte de ello.
DOCTOR: Pero, ¿por qué tenía tantos deseos de olvidarlo? Esta semana, ha
estado usted preocupado, ¿verdad?
BARNEY: Pues ignoro si esto será una característica mía o si sólo será una de
esas actitudes típicamente masculinas. Al hombre le gusta que las cosas
sean claras y coherentes, ignoro si ése será el motivo de mi deseo de
olvidarlo.
DOCTOR: ¿Es algo que le atemoriza?
BARNEY: ¿Algo que me atemoriza?
DOCTOR: Sí.
BARNEY: Sí, también le agradezco que mencione esto. Porque, no sé cómo,
después de haber visto ese objeto volante, siempre he temido que ocurra
un desastre. Pero, ¿cómo explicar ese desastre? Como algo muy grave
que pudiera ocurrirle a Betty o a mí, si seguíamos recordando esto.
DOCTOR: Comprendo.
BARNEY: O investigándolo. Ya me entiende. Yo siempre tendí a ser cauto.
DOCTOR: ¿Qué clase de cosa y de dónde podría venir?
BARNEY: Pues vendría de una persona que lo sabría, si fuésemos demasiado
lejos o revelásemos algo.
DOCTOR: ¿Quiere decir que tienen ustedes un secreto ajeno y temen
revelarlo? ¿O siente usted que le han ordenado que…?
BARNEY: Que olvide.
DOCTOR: ¿Le ordenaron que olvide a esos hombres?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: Por lo menos, eso es lo que le parece a usted, aunque pueda ser un
sueño o una realidad.

www.lectulandia.com - Página 187


BARNEY: Sí.
DOCTOR: Y esto forma parte del sueño.
BARNEY: Sé perfectamente que no fue un sueño.
DOCTOR: ¿Le dieron, entonces, los hombres orden de olvidarlo?
BARNEY: Sí. Dijeron que de nada vale hablar de ello, y que lo mejor es
olvidarlo, que lo olvidara, y que sólo conseguiré perjudicarme
gravemente si me niego a olvidarlo.
DOCTOR: ¿Dice usted que le dijeron esto?
BARNEY: Sí. Que es el punto final del incidente. «Ahora que terminó, tendrás
que olvidarlo».
DOCTOR: Es decir, se trata más bien de una sensación relacionada con el
incidente.
BARNEY: Sí.
DOCTOR: Que no tiene usted que hablar de ello.
BARNEY: Sí.
DOCTOR: Que sería peligroso hablar de ello.
BARNEY: Sí.
DOCTOR: ¿Y cuál es concretamente, el peligro? ¿Tiene usted idea de ello?
BARNEY: Por ejemplo, siento instintivamente temor a salir de noche por las
montañas. Y también de día y no sólo por las montañas, sino por
cualquier paraje solitario. Era como si estuviese acercándome al objeto
volante, y ahora, me refiero a una época anterior a la hipnosis, al mismo
tipo de fuerza que me impelía hacia el objeto. Antes de romper la
atracción y echar a correr hacia el coche. Fue la misma fuerza que traté
de explicarle, una fuerza que me impelía hacia el objeto, aunque lo que
yo quería personalmente, era alejarme.
DOCTOR: ¿Cómo una fascinación, a pesar del miedo que experimentaba?
BARNEY: Bueno, sí, una fascinación. Yo estaba perplejo.
DOCTOR: Y todo ello era una sensación interior, ¿no es así?
BARNEY: ¿Se refiere a cuando salí por la carretera solo?
DOCTOR: No, a la sensación de fuerza y todo lo demás.
BARNEY: Sí, desde luego, claro que lo era, y mucho…
DOCTOR: Una sensación interior, ¿no? Como emanada de algo más fuerte
que usted.
BARNEY: Era producida por algo más fuerte que yo, situado fuera de mí, no
creada por mí.
DOCTOR: Ya, esa fuerza.

En el transcurso del interrogatorio, Barney mencionó el pequeño círculo de


verrugas que le había salido, en círculo casi geométricamente perfecto, en tomo a la
ingle, a los cuatro meses del incidente de Indian Head; dijo que después de comenzar

www.lectulandia.com - Página 188


el tratamiento del doctor Simon, se le habían inflamado las verrugas. A medida que el
recuerdo consciente de lo sucedido iba siéndole revelado en estado hipnótico, fue
comprendiendo que, cuando le reconocieron en el objeto volante, le habían colocado
un instrumento circular en el mismo sitio donde aparecieron luego las verrugas. Se
preguntó: ¿Habrían sido causadas las verrugas por aquel instrumento? Por otra parte,
Barney tenía suficiente inteligencia para hacer el razonamiento inverso: las verrugas
podrían ser un síntoma psicosomático relacionado con las sensaciones
experimentadas por él en estado hipnótico. Y, sin embargo, razonaba Barney, habían
aparecido en 1962, cuando aún no tenía ningún recuerdo consciente de lo ocurrido
con el objeto volante. Ahora, en 1964, durante las sesiones del doctor Simon, se le
habían inflamado.
Ni el doctor Simon ni el especialista en enfermedades de la piel consultado por
Barney parecieron dar importancia a las verrugas, que fueron eliminadas con
facilidad por electrólisis. Pero Barney seguía obsesionado con que podían servir de
prueba de que su increíble historia era, después de todo, cierta.

DOCTOR: Bueno, ¿qué más se le ocurre?


BARNEY: Aún no he recibido respuesta a una cosa.
DOCTOR: ¿A qué cosa?
BARNEY: Pues que estaba pensando… Cuando habló de la hipnosis y de sus
efectos y de la posibilidad de que sea un sueño… Y, sin embargo, sé
que no soñé esto. Estoy completamente seguro de ello. Creo que solo
quiero que me tranquilicen.
DOCTOR: ¿Qué le tranquilicen con respecto a qué?
BARNEY: Yo sé perfectamente que ocurrió. Hablo con gente, no con
demasiada gente, pero pienso en los que me han oído hablar de cato. Y
sólo me intimida la idea de tener que enfrentarme con todo esto. Por
desgracia, sé que los que me escuchan no pueden saber lo que yo sé.
Que estas cosas me sucedieron de verdad, sobre todo, teniendo en
cuenta que yo estaba allí, en la carretera, dirigiéndome hacia… ese
objeto que se cernía ante mí. Y también sé que algo muy extraño
ocurrió inmediatamente después. Y, sin embargo, cuando hablo de ello
con alguien, es casi como si me hubieran dado buenas notas en el
colegio y yo tuviera que decir a todo el mundo que miraran mi cuaderno
de notas y me aseguraran que era cierto, no una ilusión mía.
DOCTOR: ¿Cuándo tuvo usted por primera vez la sensación de que había
ocurrido algo más, además de ver el objeto y la gente que había dentro?
BARNEY: Por raro que parezca, fue cuando llegué a casa, en Portsmouth, el
mismo día. Tuve esa sensación rara, como de que iba a ocurrir algo.
Dije algo así como: «Betty, olvidemos todo esto, olvidemos incluso que
vimos ese objeto a partir de Lancaster, y desde allí hasta Indian Head.

www.lectulandia.com - Página 189


Porque no nos sucederá nada bueno si no lo olvidamos».
DOCTOR: Sí, pero, ¿cuándo experimentó usted por primera vez la sensación
de que había ocurrido algo más, quiero decir, aparte de esa sensación
como de aviso?
BARNEY: Ésa sí que la tuve. No sé, quizá fuera una parte íntima de lo que yo
sabía.
DOCTOR: ¿No fue cuando el señor Hohman se interesó por lo que había
podido ocurrir?
BARNEY: Pudo haber sido cuando Betty dijo que lo creía, cuando comenzó a
interesarse después del sueño que tuvo y de hablar con el señor
Hohman. Y lo que me hizo pensar en ello fue la conversación que tuve
con el señor Webb. Y había llegado a recordar hasta cuando salí solo a
la carretera. Y, luego, hasta el momento en que miré al objeto con los
binóculos y vi que me estaban mirando desde dentro. Entonces, tuve
como una revelación momentánea de que algo había ocurrido. Y, ahora,
no consigo ni recordar, y me quedé como ante un muro que me impedía
ir más allá.
DOCTOR: ¿Y le ocurrió eso cuando usted estaba hablando con el señor
Webb?
BARNEY: Sí, eso fue cuando estaba hablando con el señor Webb. Comprendí
que había algo muy extraño en todo aquello. Ahora bien, me es fácil
llegar hasta ese punto. Recuerdo que volví, corriendo, a donde estaba el
coche, pero sólo lo que hice, más no seguí adelante con Walter Webb,
porque sentí como una tremenda presión, una tremenda presión que me
forzaba a decir: «Betty, dejemos esto». Ahora que tiene usted los datos
que le interesaban, señor Webb, olvidémoslo. Eso es lo que yo sentía. A
solas, pensaba en ello de cuando en cuando. Que Betty estaba conmigo
en el coche, que estábamos juntos, cuando ella me pregunto: «¿Qué
viste? ¿Qué viste?». Y yo sólo dije: «Van a capturamos…».
DOCTOR: Temía usted que le capturaran.
BARNEY: Si, sabía que lo harían.
DOCTOR: Lo sabía. ¿Qué quiere decir? ¿Sabía usted que iban a capturarle?
BARNEY: Pues, si, si es que entiende lo que quiero decirte. Es como cuando
uno sabe que algo está a punto de ocurrir. Yo sabía que si me quedaba
más tiempo allí, en la carretera…
DOCTOR: Ah, ya, que si se quedaba usted más tiempo allí, le hubieran
capturado, ¿no?
BARNEY: Sí. Por eso llegué hasta allí y no seguí avanzando. Betty y yo no
hablamos, de ello, parecía demasiado fantástico, algo que estaba
sucediendo en aquel mismo instante, pero de lo que ni ella ni yo
hablábamos.

www.lectulandia.com - Página 190


DOCTOR: Pero Betty habló mucho de ello con mucha gente. Telefoneó a su
hermana, telefoneó…
BARNEY: Estaba pensando en aquella noche, desde que volví al coche, no
hablamos de ello. Betty se limitó a preguntar: «¿Qué viste?». Y yo no
contesté a eso. Sólo dije; «Van a capturarnos». Y, entonces, no le
contesté o, mejor dicho, no seguí la conversación. Y lo siguiente que
recuerdo es que aquel objeto se posaba en la carretera. Y, entonces, dije:
«¡Santo Dios, otra vez…!». Y Betty dijo: «Es la Luna». Y yo dije: «Si,
la luna». Y ambos pensamos que era muy raro que la Luna se alejase. Y,
entonces, no dijimos nada más y ella tampoco dijo nada más hasta que
tomamos el camino de Portsmouth.
DOCTOR: ¿Había habido algo a lo largo de la carretera, como colinas, valles
o sitios, donde pudiera parecer que la Luna estaba posada en tierra? A
veces tiene uno esa ilusión.
BARNEY: Sí, eso era lo que yo quería pensar. Pero la Luna se estaría quieta.
Lo sorprendente es que éramos nosotros quienes estábamos inmóviles.
DOCTOR: ¿Estaban ustedes inmóviles?
BARNEY: Sí.
DOCTOR: ¿Y por qué se habían parado?
BARNEY: Por nada. Lo que ocurrió es que, en aquel momento, no estábamos
en marcha. Luego, pensé que la razón de que estuviéramos inmóviles en
aquel momento era que yo había parado para decidir si me convenía
tomar un atajo, o algo así. Y esto me pareció satisfactorio. De modo que
arrancamos de nuevo, y Betty me dijo; «Bueno, ¿crees ahora en los
platillos volantes?». Y yo dije: «No digas tonterías, Betty».
DOCTOR: Bueno, ¿y cuál es la pregunta que dice usted que yo no he
contestado?
BARNEY: Ah, sí, sobre hipnosis y sueños… Y sobre si yo estoy alucinado o
contando un sueño que me parece parte de la realidad. Sin embargo,
aunque supiera usted contestar a esa pregunta, lo importante es que yo
sé perfectamente que eso ha sucedido, que ha sucedido. Y éste es el
motivo de que todo ello me parezca estúpido, incluso molestarme en
preguntarlo.
DOCTOR: Bueno, pues como dije antes, aún no quiero entrar en detalles sobre
esto. Todas esas cosas, digámoslo así, pueden suceder. La verdad es que
cualquier cosa puede suceder.
BARNEY: Sí.
DOCTOR: Pero puedo asegurarle qué no tiene nada que temer y que todo va a
pedir de boca. Pero, por ahora, no quiero buscar una respuesta más
concreta a eso.
BARNEY: Sí.

www.lectulandia.com - Página 191


DOCTOR: Lo dejaremos para cuando hayamos relacionado todo esto más
íntimamente con el plano consciente.
BARNEY: Sí.
DOCTOR: Y, ahora, voy a continuar trabajando con ustedes, con ustedes dos
cada vez más en el plano consciente. A medida que vayan recordando
cosas que hasta ahora sólo recordaban en estado hipnótico, ya no hará
tanta falla recurrir a la hipnosis. Y cuando llegue el momento, creo que
podremos penetrar más.
BARNEY: Yo creo que la única explicación de cómo podremos ir
descubriendo más detalles sobro todo esto es que, durante estos tres
años últimos, tanto a Betty como a mí nos ha tenido sumamente
perplejos esta discrepancia o decisión nuestra de no hablar de lo que
acababa de suceder en Indian Head y guardar silencio hasta que
llegamos a Ashland. Y creo que por esto hemos conservado tan vivido
el recuerdo de esos dos incidentes, o, mejor dicho, esos dos lugares.
Porque hemos tratado muchas veces de resolver este problema, el
problema de averiguar lo que hicimos en el intervalo, sin conseguir
llegar nunca a una explicación satisfactoria.
DOCTOR: Bueno, esperemos que todo eso se irá aclarando y que el apagón se
iluminará, porque llega un momento en que no vale la pena seguir
repitiendo una cosa en estado hipnótico si no la pasamos al plano
consciente. Sólo queremos que pase al plano consciente en la medida en
que al paciente le resulte tolerable, y no le cause angustia. Y a esto
llegaremos a su debido tiempo.

La sesión siguió; trataron de explicarse que Webb, Hohman y Jackson hubieran


podido influir en los Hill hasta el punto de animarles a aceptar la hipnosis como
modo adecuado de aliviar su creciente inquietud sobre el incidente. El doctor Simon
insistía en que ahora trabajaría principalmente con sus ideas y sensaciones
conscientes, pero estaba decidido, a pesar de esto, a seguir sirviéndose de la hipnosis
cuando pareciese necesaria.
Con objeto de reforzar la inducción hipnótica, puso de nuevo a los Hill en estado
de trance y les ordenó que continuasen recordando ciertos aspectos de su experiencia
que les resultasen tolerables y no les causasen inquietud.
Indicó, también, que muy pronto, si los Hill se avenían a ello, les permitiría oír las
cintas magnetofónicas ya grabadas, para que pudiesen revivir de nuevo toda la
experiencia en su conjunto, no sólo fragmentos de ella, en el plano consciente. Para
Betty y Barney, esta oportunidad de oír en cinta lo revelado en estado hipnótico fue
un momento crucial del tratamiento. Reaccionaron experimentando una intensa
curiosidad… mezclada con cierto recelo.

www.lectulandia.com - Página 192


CAPÍTULO XI

El 5 de abril de 1964, el día en que iba a tener lugar la sesión siguiente, los Hill
salieron de Portsmouth más temprano que de costumbre. Se sentían impacientes ante
la posibilidad que se les presentaba de oír algunas de las cintas magnetofónicas, cuyo
contenido, naturalmente, aún era un completo enigma para ellos.
Los Hill solían salir de casa a las seis cuarenta y cinco minutos, cuando iban a la
consulta del doctor Simon, pero, este sábado, salieron a las seis y cuarto. Llegaron a
Boston demasiado temprano; así, pues, fueron a un café situado a poca distancia de
Bay State Road. Allí, tomaron café y un bollo, y cambiaron impresiones sobre cuáles
serían las reacciones que experimentarían si el doctor les permitía oír las cintas,
Barney preguntó repetidas veces a Betty: «¿No sientes curiosidad? Yo, sí». Betty, por
su parte, trataba de quitar importancia a la cosa, diciendo que, después de todo,
quizás el doctor Simon no les permitiría oír las cintas; lo mejor sería, pues, no
entusiasmarse demasiado.
Dos años más tarde, al recordar este período de su tratamiento, Barney Hill no
sabe definir con exactitud sus sensaciones. Pero cree que los recuerdos fragmentarios
que comenzaban a penetrar en su conciencia estaban empezando a convencerle, a
pesar de su resistencia, de que, aquella noche, en White Mountains, había pasado por
una experiencia fuera de lo corriente y, también, de que era preciso aceptar la
posibilidad de que los sueños de Betty fueran algo más que sueños. Además, recuerda
que lo que tan vívidamente le venía a la mente, a medida que se iba enterando de lo
revelado en el transcurso de las sesiones hipnóticas, era la imagen de los hombres que
había visto en la carretera. Incluso llego a pensar que quizás esto no fuera una ilusión,
sino algo real.

—Cuando recuerdo aquel momento del tratamiento —dice— advierto que, a


pesar de mi anterior escepticismo y de lo mucho que yo me resistía a la idea, lo que
creí que era la Luna no era la Luna, sino el objeto volante.
A pesar de todo, dos años después del tratamiento, Barney recordaba que aún no
había pasado al plano consciente de su memoria ningún fragmento importante del
incidente olvidado. Solo recordaba detalles y como relámpagos de recuerdos. Betty
recuerda que sentía gran curiosidad por oír el contenido de las cintas, pero cree que
su reacción fue menos entusiasta y más realista que la de Barney. Recuerda que se
bebió todo el café y se comió el bollo entero. Barney, en cambio, no probó ninguna
de ambas cosas.
Cuando los Hill salieron del café y se dirigieron al despacho del doctor Simon,
éste estaba dictando su habitual prefacio a la sesión inminente:

Los señores Hill llegaran a las ocho en punto con objeto de continuar

www.lectulandia.com - Página 193


el tratamiento. La señora Hill reveló en la última entrevista que tuvo
conmigo, en estado consciente, no hipnótico, que había paseado por el
bosque y se había dormido. No traté de investigar más este detalle,
pero pienso hacerla ahora.

El doctor aún no estaba seguro de si sería conveniente dejarles oír las cintas,
reservándose la decisión sobre esto para el final de la sesión. El contenido de las
cintas era emocionalmente peligroso y tendría que serles revelado en pequeñas dosis,
observando cuidadosamente las reacciones de ambos.
El doctor Simon recibió primero a Betty en su despacho, y ambos conversaron un
rato.

DOCTOR: Veamos, Betty, ¿se han encontrado ustedes bien, estos días?
BETTY: Sí.
DOCTOR: Ante todo, quiero hacerle una pregunta. La vez pasada, cuando
hablamos y usted no estaba hipnotizada, le dije que me contara, en
líneas generales, lo que recordase de la experiencia. Y usted dijo que
recordaba haber visto descender al objeto volante. Y que, antes de oír el
«bip-bip», Barney le dijo a usted que se asomara a la ventanilla del
coche. Usted, entonces, se asomó. Refiriéndose a esto, me dijo algo así
como: «Lo miré y pensé que no lo veía, porque no había luces y yo
esperaba ver luces». Usted, entonces, añadió que vio la parte inferior
del objeto cerniéndose sobre el coche. Y por eso no veía ni luces ni
estrellas. Y comprendió usted que aquella masa grande y oscura se
cernía precisamente encima del coche.
BETTY: Sí, eso es.
DOCTOR: Y yo, entonces, pregunté si creyó que iba a alejarse, y usted me
contestó que no, que precisamente estaba cerniéndose sobre el coche.
BETTY: Sí.
DOCTOR: Entonces, yo le dije que me hablase del espacio de tiempo que
olvidaron los dos. ¿Lo recuerda, ahora? ¿Se lo hizo ver el señor
Hohman? Eso sí que lo recordaba usted. Entonces, pregunté qué había
ocurrido. Y usted dijo algo sobre que habían ido por una carretera
secundaria, torciendo en una curva. Y me habló de los hombres en la
carretera. ¿Se acuerda?
BETTY: Sí.
DOCTOR: Después de esto, dijo usted que recordaba haberse dormido. Y
haber andado por el bosque y entrado en un objeto volante. ¿Qué me
dice del sueño? Antes, no me había dicho que se hubiese dormido.
BETTY: Me parece recordar que cuando se acercaron los hombres que estaban
en la carretera y se situaron junto al coche, me quedé dormida.

www.lectulandia.com - Página 194


DOCTOR: ¿Se quedó usted dormida cuando se situaron junto al coche?
BETTY: Sí.
DOCTOR: Y, entonces, ¿qué paso?
BETTY: Pues, entonces, no sé lo que pasó. No recuerdo nada de este período
de tiempo, pero tengo la sensación de haberme quedado dormida y de
que tuve que obligarme a despertarme.
DOCTOR: Comprendo. Veamos, ¿es posible que se quedara dormida mientras
Barney estaba en la carretera?
BETTY: No, no… No lo creo.
DOCTOR: Bueno, pues, entonces, ¿en qué circunstancias se quedó dormida?
BETTY: Pues, pensándolo, yo diría que fueron ellos quienes, no sé como, me
hicieron perder la conciencia de lo que ocurría.
DOCTOR: Pero nunca me dijo usted hasta ahora, ni en estado consciente ni en
estado hipnótico, que se hubiese dormido. ¿No cree usted posible que,
mientras estaba en el coche, esperando a Barney, estuviera tan cansada
que se quedase dormida?
BETTY: No, no me dormí en el coche, no.
DOCTOR: Entonces, tiene la sensación de haberse quedado dormida, no la
certidumbre de ello, ¿verdad?
BETTY: Sí.
DOCTOR: O sea, que tuvo que quedarse dormida.
BETTY: Sí.
DOCTOR: ¿Y cómo puede ser eso? ¿Quiere decir que los hombres la
durmieron y la sometieron luego a todos esos reconocimientos?
BETTY: Pues así tiene que haber sido, porque mi primera reacción cuando les
vi venir hacia el coche fue abrir la puerta, bajar corriendo y esconderme
en el bosque, para evitar que me capturaran.
DOCTOR: Pero no lo hizo.
BETTY: No.
DOCTOR: ¿Y todo lo que sucedió a continuación, cree usted que ocurrió
después de quedarse dormida?
BETTY: Sí.
DOCTOR: ¿Lo que piensa de verdad? (Betty asiente con la cabeza).
¿Recuerda, ahora, alguna otra cosa? ¿Alguna cosa que quiera decirme
antes de que discuta esto en términos más generales con usted y con
Barney?
BETTY: Sí, una cosa que me tiene perpleja.
DOCTOR: ¿Qué es?
BETTY: Esto ocurrió después de que terminara todo, cuando regresábamos a
casa. Supongo que no tendrá nada que ver con el asunto que nos ocupa,
pero, después de todo, ocurrió. Íbamos camino de casa y estábamos

www.lectulandia.com - Página 195


buscando algún sitio que aún estuviera abierto, para ver gente y tomar
una taza de café. Y, yendo por la carretera, vimos un restaurante. Las
luces estaban encendidas dentro y creímos que estaría abierto. Así,
pues, nos acercamos y vimos que estaba cerrado. Y siempre me he
dicho que si consiguiera volver a localizar ese restaurante, quizá
tendríamos una pista de lo que ocurrió de verdad.
DOCTOR: Sí.
BETTY: Pero todavía no hemos conseguido dar con él.
DOCTOR: ¿Existe, entonces, la posibilidad de localizarlo en el futuro?
BETTY: Sí. Yo aún sigo buscándolo. (Se echa a reír).
DOCTOR: Muy bien. Hablaré ahora un minuto con Barney y, luego, creo que
les hablaré a los dos juntos en términos generales, sobre la situación y
sobre lo que tenemos que hacer.
BETTY: De acuerdo.

(El doctor hace salir a Betty y manda entrar a Barney en el despacho).

DOCTOR: (A Barney). ¿Hay algún punto concreto del que quiera hablar
conmigo?
BARNEY: (Da al doctor Simon un apunte de lo que él llama «la zona del
rapto»). Esto lo he dibujado yo. No sé si usted lo encontrará claro, pero
la zona era así. La flecha indica la esquina. Encima, he marcado la
dirección en que se alejó lo que parecía una Luna que hubiera
aterrizado.
DOCTOR: ¿Cuándo dibujó esto?
BARNEY: Al volver a casa, el sábado pasado.
DOCTOR: Me lo quedo. Ahora, veamos: Cuando hablé con Betty, la vez
pasada, me dijo que recordaba haber visto hombres en la carretera y
también haber dado un paseo por el bosque y que la llevaron a un
objeto volante. También recordaba haberse quedado dormida. ¿Tiene
usted la impresión de haberse dormido en aquel momento?
BARNEY: ¿De haberme dormido? No, no me dormí. ¿Dice usted en estado
hipnótico, o cómo?
DOCTOR: Da igual, como sea.
BARNEY: Bueno, antes de la hipnosis, yo no sabía absolutamente nada del
intervalo olvidado.
DOCTOR: No, yo quería decir durante el incidente… Si no recuerda usted
haberse dormido entonces, o haber sido obligado a dormirse, o algo
parecido.
BARNEY: No, no recuerdo nada de eso.
DOCTOR: Supongo que estaba usted como atontado. Bueno, creo que lo

www.lectulandia.com - Página 196


mejor será que ahora hable yo con ustedes dos un rato, y después
veremos lo que conviene hacer.
BARNEY: Muy bien.

(Llama a Betty, que entra. Ahora, están juntos los tres).

DOCTOR: (A Barney y a Betty). Creo que ya hemos progresado lo suficiente.


Aún no hemos aclarado todos los puntos oscuros y todos los detalles,
pero creo que haría falta para ello muchas y monótonas repeticiones.
Por ello, creo que podríamos sacar mucho partido de un plan que he
ideado y que vamos a poner en práctica. Quiero evitarles cualquier
angustia innecesaria, pero también quiero revisar con detalle todo lo
que ya hemos averiguado, Lo que pretendo es llevarlo al plano
consciente y discutirlo con ustedes con plena libertad. Pero hay que
considerar dos factores: ustedes dos comparten una misma experiencia
y, al mismo tiempo, han sufrido cada uno su experiencia propia. Puedo
examinarles por separado, primero, y, luego, juntos, o bien limitarme a
lo segundo. ¿Qué les parece?
BARNEY: Creo que mejor sería juntos. ¿No lo crees, así, Betty? (Betty se
muestra de acuerdo).
DOCTOR: Así, podrán compartir completamente la experiencia y verla desde
un punto de vista mutuo. Otra cosa: puedo hablarles antes de la
experiencia y preparar el terreno. O bien podemos arriesgarnos a oír las
cintas directamente, aunque esto les cause angustia.
BARNEY: Muy bien.
BETTY: ¿Oír las cintas?
DOCTOR: Sí.
BETTY: (Con firmeza). Bueno, pues oigámoslas.
DOCTOR: Son bastantes y tardaremos varias sesiones en oírlas todas. Pero
creo que es lo mejor y que no conviene que desmenucemos las
realidades y las fantasías de este asunto hasta que hayan oído ustedes
todo el contenido de las cintas, del que sólo están enterados
inconscientemente. Así, pues, están de acuerdo en esto, ¿no?
BETTY: Yo creo que es lo mejor.
DOCTOR: Y siempre que haga falta, podemos discutir ciertos detalles. O sea,
que ustedes dos están de acuerdo en que oigamos las cintas. (Barney y
Betty asienten). Muy bien. Pues vamos a ello. Si en algún momento les
resulta demasiado penoso, y es seguro que partes de ello les resultarán
penosas, quiero que me lo digan. Me lo dicen inmediatamente, para que
pueda echarles una mano y aliviarles.
BETTY: Muy bien.

www.lectulandia.com - Página 197


DOCTOR: Lo mejor es que escuchemos y que cada diez, o quince minutos,
con la frecuencia que decidamos, paremos un momento el
magnetófono. Si quieren aclarar algún extremo en cualquier otro
momento, siempre podemos parar la cinta y charlar el tiempo necesario.
¿De acuerdo? (Barney y Betty vuelven a asentir).

El doctor Simon apretó el botón del magnetófono y comenzó a oírse nuevamente


la primera sesión; era la cinta que contenía los recuerdos de Barney sobre el viaje por
Montreal y New Hampshire.
Al comenzar, ocurrió una cosa extraña. El doctor, de acuerdo con su sistema de
reforzar la inducción hipnótica, había tomado la precaución de que ninguna otra
persona, excepto él, pudiera ponerles en estado hipnótico mencionando las palabras
convenidas.
Lo primero que se oyó cuando comenzó la cinta de Barney fue el procedimiento
inicial de inducción hipnótica. Barney, al mirar a Betty, se sobresaltó al ver que ésta
se había retrepado en la silla. Como Barney había estado hablando con el doctor
Simon, no pudo oír el comienzo de la cinta; Betty, en cambio, sí lo oyó. Recuerda que
se sumió en el trance sin perder la capacidad de darse cuenta de lo que sucedía a su
alrededor. Trató de dar un pisotón fuerte para llamar la atención de Barney y del
doctor, haciéndoles ver lo que estaba sucediendo, pero no pudo mover el pie. Después
de despertar de nuevo a Betty, el doctor les reforzó a ambos, para que no cayeran de
nuevo en estado hipnótico al oír las palabras convenidas, a menos que fuera él,
personalmente, quien las pronunciase. Continuaron.

—Cuando comencé a oír por primera vez mi voz en estado hipnótico —recordaba
Barney más tarde— la sorpresa casi me hizo levantar de la silla. No conseguía
creerlo. Era, sin duda, mi voz, pero me resultaba difícil comprender que aquél era yo
y que estaba contando lo que había sucedido. Era como si estuviera dormido y
hablando en sueños. Sencillamente, no podía creerlo. El principio de la cinta me
preocupó menos: cuando bajábamos de Canadá y comentábamos a cruzar la parte
norte de New Hampshire. Recordaba todo aquello con todo detalle, conscientemente.
Pero, a medida que la cinta iba acercándose al momento en que llegamos a Indian
Head, comencé a ignorar qué sucedería. Sentí que me molestaba la úlcera, quiero
decir que se me agitaba el estómago, que mis músculos se ponían tensos. Ignoraba lo
que se avecinaba. Recuerdo que estaba sentado en el borde mismo de la silla,
cambiando continuamente de postura. El tono de mi voz me parecía interesante, no se
parecía al tono de mi voz normal, y, además, pronunciaba borrosamente las palabras.

La reacción de Betty fue parecida:


—Mi voz sonaba en la cinta como si hablara dormida. Pero, de pronto, comencé a
sentir miedo. Me dije; «¡Santo Dios…! ¡Querría irme a casa y dejar de oír esto!». Y,

www.lectulandia.com - Página 198


luego, empecé a sentirme perpleja. La cinta iba llegando al momento crítico en que
yo oí, desde el cuarto de espera, los gritos de Barney. Estaba esperando ese momento
y preguntándome cuál sería mi reacción.
Lentamente, la cinta se acercó al momento en que llegaron a Indian Head.
—Comprendí que estábamos llegando al punto en que cesaban mis recuerdos —
continúa diciendo Barney, al describir su reacción algún tiempo después—, me sentía
seguro, pues estaba en el despacho del doctor, en su compañía, y tenía plena
confianza en él. Sabía que si la experiencia me resultaba demasiado penosa, él podría
venir en mi ayuda y apartarme de aquello. De pronto, me sobresalté. Me parecía
imposible haber reaccionado de aquella manera cuando me lleve los binóculos a los
ojos. Y los ojos. Los ojos que parecían venir hacia mí. Luego, me oí decir que los
ojos parecían quemarme los sentidos como un sello indeleble. Y, allí, en el despacho
del doctor Simon, comenzaron a desdoblarse los pliegues. Estaba empezando a
recordar. Las piezas perdidas encajaban de pronto en sus sitios. Aun concentrando
toda mi atención en la cinta magnetofónica, podía advertirlo. De repente, comprendí
porque había roto la correa de mis binóculos. Y recordé que durante días, después del
incidente de Indian Head, había sentido un intenso escozor en la parte posterior del
cuello. Escuchando las cintas, recordé de manera casi punzante el movimiento brusco
y violento de brazos que me hizo romper la correa de los binóculos. Todo esto iba
desarrollándose ante mis ojos, no sólo en la cinta, sino en mi mente, en mi mente
consciente.
«No me sentí muy agitado en el despacho del doctor, quizá porque me había
reforzado con instrucciones posthipnóticas, ordenándome tolerar todo aquello sin
excesiva inquietud. Pero noté que el doctor Simon me observaba con gran atención
mientras sonaba la cinta. Indudablemente, advertía la presión que estaba
produciéndose en nosotros y paró la máquina varias veces, y nos habló para
tranquilizarnos».
«De cuando en cuando, yo miraba a Betty, y ella siempre supo aliviarme con su
mirada, Es una mirada que sólo ella tiene y que parece decir: “Estoy enamorada de ti,
Barney”. Y esto me llenaba de calma y me tranquilizaba».
«Creo que la mejor manera de expresar mis sensaciones es decir que me sentía
como entumecido mientras escuchaba aquello. Toda la información penetraba de
nuevo en mi mente, pero mis emociones estaban entumecidas. Seguía sintiendo que si
la situación se volvía demasiado angustiosa, el doctor sabría controlarla».
«Y, entonces, a medida que las cintas iban penetrando más y más profundamente
en mi olvido, me parecía como si me quitasen pesadas cadenas de los hombros.
Sentía que estaba dejando de sufrir la angustia de no saber lo que me había ocurrido.
Sentía, sobre todo, que estaba reviviendo aquella experiencia. Era una mañana clara y
luminosa y estábamos oyendo las cintas. El sol llenaba el cuarto donde estábamos,
pero, a medida que las cintas iban sucediéndose una a otra, era como si la oscuridad
descendiese sobre nosotros, volviéndonos a la carretera montañosa, en plena noche.

www.lectulandia.com - Página 199


Este ojo único y cada vez mayor me miraba, o, mejor dicho, no me miraba, sino que
empezaba a formar parte de mí. Yo parpadeaba y cerraba los ojos, como para
apartarlo de mi mente. Ahora, escuchando lo que decían las cintas, estaba
completamente seguro de que nunca hasta entonces lo había comprendido. De pronto,
ya era capaz de contar lo que me había sucedido a partir de Indian Head. Hay muchas
emociones y reacciones que son totalmente momentáneas, y, en aquel instante, yo
estaba experimentando toda una gama de esas emociones y reacciones. Y creo que
ése es el motivo de que en ningún momento me resultara demasiado angustioso
escuchar todo aquello. Apenas podía contener la impaciencia de estar a solas con
Betty para hablar de ello. Quería comunicarle mis pensamientos, mis sensaciones.
Decirle que esto era demasiado para poderlo digerir de una sola vez. Tenía que
estudiarlo y observarlo más. Me costaría tiempo acostumbrarme a ello, escuchar a
aquella persona que era yo, en la cinta. Me repetía constantemente: “Pero, ¿soy yo
quien dice todo esto?”. Y la palabra increíble me venía sin cesar a la mente. Era
completamente increíble, simplemente increíble que aquel sujeto fuese yo».
«Y creo que, sobre todo, me sentía indeciso. Quizás uno de los motivos de que
desease tanto hablar a Betty en el coche era que esté deseo enmascaraba mi verdadera
razón: escapar de allí, dejar de oír aquellas cintas, volver cuanto antes a mi mente
consciente, olvidar todo aquello».
«Al llegar al punto en que mi voz dice que estaba “como flotando en el aire”,
comprendí, en un instante, que no era realmente flotar en el aire. Me estaban
llevando, casi en volandas, al objeto volante. Me sentía suspendido de nuevo, o sea,
levantado por los brazos. Cuando hablo de esto, siento escalofríos, siento la presión
de los brazos de aquellos hombrecillos que me sujetaban y me llevaban. Y, entonces,
me acordé de mis zapatos; tenían toda la punta raspada, literalmente raspada, y lo
noté al día siguiente, en Indian Head. ¿De qué otra manera podía rasparse la parte
superior de la punta de los zapatos? Y así pude comprender que aquellos hombres me
habían hecho olvidar lo ocurrido. Ellos mismos me lo dijeron. Me dijeron que lo
olvidase, que quisiese olvidarlo. Y creo que por eso no me resulto demasiado difícil
tenerlo todo apartado de mi mente durante tanto tiempo. Yo sabía, lo sentía, estaba
casi completamente seguro, escuchando estas cintas, de que su contenido no era ni
una fantasía ni un sueño. De eso no me cabía la menor duda. Me parecía
completamente cierto que ese “hombre” sabía comunicar conmigo y lo había hecho.
Estaba convencido, también, de que, por mi parte, no sentía deseos de establecer
comunicación con él. Escuchando las cintas, le oía tranquilizarme, decirme que no
me harían ningún daño, pero yo no lo creía. Saqué, también, un lápiz y dibujé de
memoria al hombre. Aún no había visto el otro dibujo, el que hice en estado
hipnótico, pero ambos eran bastante parecidos».
«Y si no hubiera oído más cinta magnetofónica, todo esto habría permanecido en
mi mente. Ya mi memoria comenzaba a anticiparse a lo que iban a revelarme las
cintas de la segunda sesión. Todo ello hubiera quedado ya en mi mente. Me hubiera

www.lectulandia.com - Página 200


sentido bastante confuso, sin saber a punto fijo por qué recordaba aquellas cosas, pero
ya no habría podido olvidarlas».
Recordando sus otras reacciones cuando ambos estaban escuchando por primera
vez el contenido de las cintas magnetofónicas, Betty dijo:
—Cuando llegamos al punto en que Barney se encuentra solo en la carretera, me
sentí llena de compasión. Me parecía como si me estuviera destruyendo. Que… ¿por
qué nos habíamos tomado la molestia, ahora que habíamos llegado tan lejos? ¿Era
porque queríamos averiguar el incidente entero? Lo mejor serla convencernos de que
nunca habíamos sido hipnotizados, dejar las cosas como estaban, Mejor sería, quizá,
seguir en la incertidumbre. Y, de repente, me di cuenta de que, durante todo aquel
tiempo, yo no había hecho más que preguntarme cuáles habrían sido las experiencias
de Barney. Lo experimentado por él solo. Y escuchando la voz de Barney, yo también
comencé a revivir el incidente, Era como verme de nuevo allí, en la carretera.
Terminaron de oír la primera cinta, con frecuentes interrupciones. Tanto Barney
como Betty quedaron algo desconcertados.
En el ascensor, mientras bajaban a la calle, se vieron por primera vez solos y con
buena parte del incidente firmemente grabado en la memoria.
Lo primero que se le ocurrió decir a Betty en relación con el doctor Simon fue:
—Esperemos que el doctor Simon no sea un hombre de otro planeta.
Al decir esto, Betty se echó a reír.
Y Barney, con el mismo tono de voz, replicó:
—No digas tonterías.
Mientras volvían a New Hampshire, Barney noto que, sin darse cuenta, había
estado frotándose con frecuencia la parte posterior del cuello, el mismo sitio en que,
en 1961, la sensación quemante de la correa de los binóculos había aparecido y vuelto
a desaparecer inexplicablemente.
Él mismo resumió sucintamente la reacción que experimentó ante lo que había
oído:
—Me sentí anonadado y aliviado al mismo tiempo. Ahora, volvía a recordar una
parte de mi vida que había olvidado por completo. Partes desaparecidas de mi vida
volvían a encajar en su sitio.

www.lectulandia.com - Página 201


CAPÍTULO XII

Resumiendo la primera sesión de audición de las cintas magnetofónicas, el doctor


Simon dictó lo siguiente:

La primera entrevista que tuve con el señor Hill fue oída en cinta por
los señores Hill simultáneamente hasta el momento en que aparece el
objeto y el señor Hill sufre una violenta crisis de angustia. El señor Hill
mostró considerable inquietud al oír esto, pero pareció dominarse
bastante bien. Mientras seguía oyéndose la cinta sacó un papel y se
puso a dibujar. En este dibujo, se veía una cabeza con ojos muy
abiertos, en forma de almendra, pero no oblicuos. Al terminar, parecía
dueño de sí mismo y quería que le convenciese de que todo aquello era
una fantasía. Ambos quieren continuar como hasta ahora y hemos
quedado ya en volvernos a ver de hoy en una semana para continuar la
audición de las cintas grabadas durante las sesiones hipnóticas. Es
interesante mencionar que, cuando comenzamos a oír la primera, se
oyó la palabra convenida de inducción hipnótica y la señora Hill quedó
hipnotizada. Entonces, les hipnoticé a propósito a los dos, y ordené no
ceder hipnóticamente a la palabra convenida cuando la oyeran en
cinta, sino tan sólo cuando me la oyeran pronunciar a mí.

Durante la semana siguiente, Barney trató de analizar el incidente, partiendo del


supuesto de que probablemente se trataba de una fantasía, pero estaban recordando
tantos detalles, como consecuencia de lo que había oído en la cinta magnetofónica,
que no tardó en poner seriamente en duda tal teoría. Tanto él como Betty vacilaban
sin cesar, pensando, ahora, que todo ello era probablemente un sueño y sintiéndose
convencidos en el momento siguiente de su completa realidad.
Lo audición de las cintas estimuló la memoria de los Hill, llevando nuevos
detalles al plano consciente, algunos de los cuales no habían sido mencionados
durante las sesiones hipnóticas. Esta liberación de datos nuevos es resultado del
proceso llamado en psicoterapéutica «penetración», con o sin ayuda de la hipnosis.
Más tarde, en su casa de Portsmouth, Barney notó que recordaba haber abierto los
ojos un instante al entrar en el objeto volante.

—Recuerdo que entré por la puerta exterior y que, allí, mis pies tropezaron con
un obstáculo —recordó más tarde—. También recuerdo que eche una ojeada a los tres
hombres que había junto a la puerta del cuarto donde me reconocieron. Les vi en el
momento de entrar. Vi, también, el contorno curvo del corredor y me sentí algo

www.lectulandia.com - Página 202


inquieto, parque estaban hablando entre sí. Y, sin embargo, a mí me entendían y yo
estaba entendiendo a otro, que me seguía diciendo que no sufriría ningún daño.
«El interior del objeto volante estaba iluminado con una luz azulada… Quiero
decir, con una luz como fosforescente, que no arroja sombra. Los hombres tenían la
cabeza de forma rara, con el cráneo grande que se empequeñecía hacia la barbilla. Y
sus ojos se alargaban, llegando casi a las sienes, de modo que producía la impresión
de que su radio visual tenía varios grados más de extensión que el nuestro. Esto me
inquietaba. Y algo que recordé después de haber oído las cintas es su boca. Hasta
entonces, no había podido describir su boca, hasta el punto de que en el dibujo que
hice de ellos omití la boca. Pero era muy parecida a una línea horizontal con una
pequeña línea perpendicular en cada extremo. Esta línea horizontal era los labios, sin
los músculos que tenemos nosotros. Y cuando hablaban, haciendo ese sonido
“mmmmm”, los separaban ligeramente. La piel, tal y como la recuerdo por haber
abierto entonces los ojos, era grisácea, de aspecto casi metálico. No noté que tuvieran
pelo, ni nada en la cabeza. Tampoco noté ningún apéndice nasal, sólo dos ligeras
hendiduras que eran, sin duda, las ventanillas de la nariz».
«Betty y yo fuimos una vez a oír una conferencia del doctor Carleton S. Coon, del
departamento de Antropología de la Universidad de Harvard; el doctor Coon mostró
diapositivas de un grupo de seres humanos que vivían en el estrecho de Magallanes.
Ambos nos sobresaltamos porque aquel grupo de indios, que habitaban en una zona
extremadamente fría, en montañas altas donde hay poco oxígeno, se parecían
muchísimo a los seres que estoy tratando de describir. Y el profesor Coon nos contó
que este grupo humano, en el curso de muchas generaciones, había sufrido
considerables cambios fisiológicos para adaptarse al clima. Tenían ojos orientales,
pero la cuenca parecía ser mucho más grande de lo que era, porque la Naturaleza la
había provisto de una película adiposa en torno al ojo y también en torno a la boca.
Por eso producía la impresión de que la boca no se abría en absoluto y de que la nariz
era prácticamente inexistente. Se parecían mucho, en líneas generales, a los seres que
estoy tratando de describir».
«Mientras estaba en el pasillo del objeto volante, me sorprendió ver que el jefe no
entraba conmigo en el cuarto. Pero, a pesar de todo, sus ojos parecían seguirme. Era
como si el jefe estuviese en otro sitio, pero su influencia siguiera allí, junto a mí.
Desde dondequiera que estuviese, seguía siendo capaz de enviarme mensajes
tranquilizadores. Ya sé que esto que digo parece ridículo, pero es que no se me ocurre
otra manera de decirlo. Esto era lo que hacía. Había otra persona en el cuarto,
conmigo, además de los tres hombres que vi en la puerta. Y éste es el que me raspó
los brazos y me hizo el reconocimiento, y puso a prueba la consistencia de mi espina
dorsal y otras cosas por el estilo».
«Apenas pude ver el interior del cuarto, por la puerta abierta. Estaba casi vacío y
el único mueble que vi fue la mesa. Las paredes eran lisas y sin adornos, todas de un
color azul blancuzco. No había cuadros ni adornos de ninguna clase. El cuarto era de

www.lectulandia.com - Página 203


forma triangular, con una de las puntas del triángulo cortado. No vi ninguna ventana.
El techo, el suelo y las paredes parecían de la misma materia, pero no conseguí
averiguar lo que era. Tampoco pude ver de dónde procedía la luz».
«Lo principal, y lo que más me impresionó, fue la mesa en que me hicieron echar,
porque era mucho más pequeña de las que se emplean para seres humanos; así, pues,
cuando me eché en ella, mis pies no tenían apoyo y esto me pareció raro».
«Me llevaron, o, mejor dicho, me arrastraron, tanto para meterme en el objeto
volante como para sacarme de él. Se notaba una ligera diferencia de temperatura, de
modo que, por ella, colegí que me hallaba en el interior cuando me ayudaron a salvar
el obstáculo que había en el dintel. No note ningún olor. Dentro se respiraba
perfectamente. No hacía falta esforzarse para llenar de aire los pulmones. Y, cuando
me sacaron, tenían que cogerme por los bazos y note que el aire de la noche me
azotaba el rostro. Se percibía una ligera diferencia entre el interior del objeto y el
exterior».
«Al salir, tropecé también con el obstáculo y noté que mis pies rozaban la rampa.
Y de pronto, me vi andando por mis propios pies por el abrupto terreno y pensando
que los que me habían sacado aun estarían allí, a mi lado. Pero abrí los ojos y me vi
completamente solo. Y pensé: “¡Que interesante!” y, de repente, se me olvidó por
completo todo lo que acababa de ocurrir. Pensé: “Habré ido a dar un paseo por el
bosque para estirar las piernas; eso es lo que tiene que haber ocurrido. Ahora, tengo
que volver al coche”. Y vi el coche allí, junto a la carretera y me acerque a él. Me
llenó de curiosidad ver que el motor estaba parado y los faros apagados.
Normalmente, no suelo hacer esto cuando paro el coche para salir a dar un paseo. Y
me senté al volante, encima de la llave inglesa. Y pensé: “¡Esto sí que es curioso!
¿Qué hace aquí esta llave inglesa?” y me la quite de debajo y la puse entre la puerta
del coche y el asiento».
«Entonces, oí que Delsey estaba gimiendo. Pensé: “Delsey, pobrecita, estas
debajo del asiento, creí que Betty te habría sacado a dar un paseo”. Me sentía
confuso, mi mente no funcionaba con claridad. Pero cogí a Delsey y la saqué del
coche después de haber puesto en marcha el motor y encendido de nuevo los faros.
Entonces, vi a Betty que regresaba del bosque, y me dije: “Claro, eso es lo que estaba
haciendo yo aquí, esperando a que volviera Betty”».
«Venía en línea curva, como procedente del bosque que había al otro lado de la
carretera. Esto me hizo pensar que habíamos parado a petición de Betty. Y ella,
entonces, me dijo, como quien no da importancia a la cosa: “Anda, sal, vamos a verlo
despegar”».
«Entonces, pensé: “Esto es ridículo. ¿Qué es lo que quiere ver despegar?”. Pero
me dije que lo mejor sería llevarle la corriente y me baje del coche. Entonces, vi la
Luna, es decir, di por supuesto que tenía que ser la Luna. Y ambos nos quedamos
asombrados, porque la Luna estaba moviéndose. Yo estaba completamente seguro de
que era la Lima, que se ponía. Pero también me parecía raro, porque no era una Luna

www.lectulandia.com - Página 204


normal. Luego, de pronto, todo volvió a oscurecerse en torno a mí. Era como una
neblina, que me envolvió hasta que vimos el letrero que decía “CONCORD, DIECISIETE
MILLAS”. Recuerdo vagamente que me pregunté cómo era posible que aquel disco
enorme, de un color muy anaranjado, hubiera podido cambiar tan rápidamente a un
color plateado reluciente».

En el transcurso de la semana, Betty pensó con frecuencia en su reacción al oír la


descripción de Barney en la cinta magnetofónica.
—Se diría que estaba reviviendo todo aquello —recuerda ella—, cuando él estaba
allí, en la carretera, precisamente antes de oírse el «bip-bip». Recordé que me había
inclinado para asomarme a la ventanilla del coche y gritarle que volviera. Muchos
otros detalles se me agolparon en la memoria, sumamente vívidos.
A medida que tuvieron lugar las otras sesiones de audición de las cintas
magnetofónicas, los recuerdos de Betty continuaron creciendo, llenando vacíos con
gran detalle y juntando los diversos fragmentos a medio recordar. Ambos fueron
acostumbrándose a oír sus propias voces de sonámbulos, pero seguía costándoles
creer que fueran ellos mismos quienes contaban aquella historia.
Betty pensaba que en el momento en que los hombres llegaron a la puerta del
coche, cuando ella y Barney vieron que la carretera estaba cortada, había sido
hipnotizada de manera parecida a como lo era en las consultas del doctor Simon.
Sentía como si ella y Barney hubieran sido dominados de alguna manera por los
«bip-bip», cayendo así en un estado semihipnótico que se hizo más profundo en el
momento en que ella comenzó a abrir la puerta del coche para correr a esconderse en
el bosque. Cuando uno de los hombres que había en la carretera abrió la puerta para
ayudarla a bajarse, alargó la mano y Betty sintió que su consciencia se disolvía, lo
mismo que había experimentado durante las sesiones del doctor. Notó que, en las
sesiones hipnóticas, tanto ella como Barney tenían que hacer grandes esfuerzos por
recordar en ciertos momentos y que estos momentos eran siempre los mismos:
primero, en Indian Head, y, luego, en la carretera. Barney recordaba la sensación de
estar flotando en el aire; ella se sentía como envuelta en una neblina después de oír el
«bip-bip», y caía, a continuación, en un estado de trance de tipo hipnótico, del que se
forzó a sí misma a salir haciendo un supremo esfuerzo de voluntad.
—Oyéndome a mí misma en la cinta magnetofónica —recuerda Betty— me daba
cuenta del esfuerzo que estaba haciendo para despertar después de que aquellos
hombres me hipnotizaron. Recordé que había empezado a mover la cabeza y que me
sentía como si estuviera tratando de salir de un pozo. Recordé, también, que me había
dicho a mí misma: «Tengo que despertarme, tengo que despertarme», y que cada vez
que me decía esto me sentía algo más despierta que la anterior.
«Cuando me bajaron del coche, yo me resistí algo. Cuando llegamos a la rampa,
me parece que traté de negarme a seguir adelante. Entonces, recuerdo que aquella voz
o pensamiento, o lo que fuese, me dijo que no sufriría ningún daño. Vi el exterior del

www.lectulandia.com - Página 205


objeto volante mientras ellos me empujaban hacia él y tuve la impresión de que
estaba posado en una especie de depresión del terreno. Debajo de él había algo, una
hondonada o algo parecido, y no pude discernir si el objeto se apoyaba en alguna
cosa o si estaba directamente posado en tierra. Pero en torno al objeto había como un
reborde y, no sé por qué, me vino a la cabeza la idea de que fuera movedizo, de que
estuviera añadido en torno al perímetro del objeto. Como una especie de giroscopio.
No estoy segura de ello, sólo es la impresión que experimenté».
«Mientras subía por la rampa, vi de cerca el reborde y me parece que sólo había
un par de pasos desde el reborde hasta la puerta. En la parte por donde entramos
había un pasillo curvo que parecía dar toda la vuelta al objeto volante. No sé a dónde
conducía ni dónde terminaba. Las puertas por donde se entraba en los diversos
cuartos estaban al otro lado del pasillo. Yo no hacía más que mirar, buscando
ventanas, pero no veía ninguna. Tuve la impresión de que aquel objeto volante era
metálico, completamente metálico, y que había una luz que provenía de la puerta,
como esas luces que hay, a veces, encendidas en las puertas, de noche. Parecía
fluorescente».
«Querían llevarme a este cuarto, pero yo no quería ir. Me paré y les dije que
también trajeran a Barney, porque vi pasar a Barney junto a mí sin que los que le
llevaban se detuvieran al verme. Y fue entonces cuando me dijeron que no me
preocupase, que no le pasaría nada».
«Me pareció que el jefe y el medico eran distintos de los otros tripulantes. Pero es
difícil decir esto de fijo, porque la verdad es que yo no quería mirar a aquellos
hombres. Me pareció que estos dos eran más altos, pero quizá fuera que yo quería que
fuesen más altos. Los demás hombres de la tripulación me daban miedo y me parecía
que el jefe y el médico tenían que contenerles, que mantenerles alejados de nosotros.
Les veía en el fondo del pasillo y todos parecían ir continuamente del cuarto de
Barney al mío».
«En cierto modo, tenían aspecto de mongoloides. Yo estaba comparándoles
mentalmente con un caso en el que me había ocupado últimamente, un chico
mongoloide: ese tipo de cara redonda y frente ancha, algo basto. Su piel parecía de un
gris azulado, pero probablemente era algo más blanca. Sus ojos se movían y tenían
pupila. En cierto modo, me recordaban los ojos de los gatos. No recuerdo haberles
visto ni cremalleras ni botones, pero también es cierto que no quería acordarme de
ellos».
«El cuarto era triangular y la punta de uno de los ángulos era roma. La mesa
estaba, más o menos, en el centro, pero más bien bacía la parte roma. Había sitio
suficiente para que se pudiese andar alrededor de ella. Al otro lado, había un taburete
blanco y en la pared se veían instrumentos de todas clases. Me miraron el brazo,
descolgaron esa cosa de la pared y, luego, la volvieron a colgar. Después, en la parte
de la pared donde estaba la puerta, vi que había como armarios empotrados. Haciendo
memoria, me parece que todo aquello parecía hecho de metal o de plástico y que todo

www.lectulandia.com - Página 206


era de un color blancuzco. La superficie de la mesa era lisa y fría».
«Cuando hablaban entre sí, hacían un ruido que para mí carecía por completo de
sentido. Y me dio la impresión de que el jefe parecía distinto de los otros. Pero, como
dije, quizás en esto me engañe la memoria. Sus cuerpos parecían algo
desproporcionados, tenían el pecho cóncavo y más ancho. Ahora bien, si mi memoria
no me engaña, dije al principio que me hablaron en inglés, con acento extranjero.
Luego, el doctor Simon y yo pasamos bastante tiempo estudiando esto y he llegado a
la conclusión de que no me hablaban en inglés. Yo entendía lo que me decían como si
fuera inglés, pero si, en efecto, era inglés o no, si era una lengua verbal o no verbal,
no lo sé. Lo que sé es que yo entendía con toda claridad lo que querían decirme. Esto
sólo ocurría cuando se dirigían a mí; ya dije que cuando hablaban entre ellos, no
podía entenderles en absoluto».

Los Hill no pudieron ponerse de acuerdo sobre esto. El recuerdo de Barney


difiere:
—Era muy parecido a cuando uno ha sido hipnotizado por el doctor Simon. Yo
sabía que el jefe estaba allí y, sin embargo, percibía que sus palabras y su presencia
eran dos cosas totalmente distintas. Solo lo que estaba allí guardaba relación
conmigo. Yo no oía su voz. Pero, mentalmente, sabía lo que me estaba diciendo. No
era como si estuviese hablándome con los ojos abiertos y sentado en el mismo cuarto,
enfrente de mí. Era, más bien, como si las palabras formaran parte de mí y no
tuvieran relación alguna con su propia existencia.
Una razón que inducía a Betty a pensar que quizá la comunicación hubiese sido
verbal era que ella cree haber hablado verbalmente con ellos. Los Hill se daban
cuenta de que en sus recuerdos había ciertas contradicciones que persistían, a pesar
de sus esfuerzos y de la ayuda del doctor, por aclarar los detalles del incidente. Entre
éstas estaba, por ejemplo, la impresión de Betty de que aquellos humanoides no
parecían tener concepto alguno del tiempo. Barney dijo, y en esto Betty estaba de
acuerdo, que resultaba paradójico oír al jefe decir: «Aguarde un momento», cuando
no tenía idea del significado de la palabra «tiempo».
—Cuando salíamos del cuarto y yo tenía el libro en la mano —recuerda Betty—,
estoy segura de que el jefe dijo: «Aguarde un momento». Lo que no sé es si lo dijo en
voz alta o de otra manera. Habíamos estado discutiendo sobre la vejez de las
personas; yo trataba de explicarle lo que son cien años, cosas de este tipo. Y resultaba
dificilísimo explicárselo. Creo que nos enzarzamos en esta discusión cuando él me
preguntó lo que eran los dientes postizos de Barney. Les tenía perplejos que los
dientes de Barney se pudiesen quitar y los míos no. Entonces, yo dije que la gente,
cuando envejece, suele ponerse dentadura postiza. Y ellos me preguntaron: «¿Qué es
envejecer?». Y yo respondí: «Pues eso, hacerse viejo». Fue entonces cuando
empezamos a discutir sobre la alimentación de la gente. «¿Qué comen ustedes?». No
había manera de hacerles entender lo que yo quería decir, cosas como patatas, carne,

www.lectulandia.com - Página 207


verduras, etcétera. Cuando intenté explicarle lo que son las calabazas y le dije que
eran amarillas, él me preguntó: «¿Qué es amarillo?».
Barney piensa que Betty se equivocó en esto, tanto desde el punto de vista del
concepto del tiempo como en lo de la comunicación verbal.
—Yo sigo poniendo en duda que Betty hablase de verdad con esa gente —dice—.
Era una forma de comunicación, de acuerdo, pero no era verbal. Varias de las cosas
que ha dicho Betty me dan motivo para que dude de ello. Lo referente al tiempo, por
ejemplo. Luego, dice que no comprendían el tiempo como lo comprendemos
nosotros. Yo creo que Betty ha creado otras confusiones en su mente. Pensó que el
supuesto jefe y el médico eran distintos de los demás, cuando a mí me pareció que
eran fundamentalmente iguales.
Betty respondió así a esto:
—Al principio, cuando me llevaron a bordo del objeto volante, me di cuenta de
que querían decirme que si cooperábamos y no les hacíamos perder mucho tiempo
podríamos volver al coche y seguir nuestro camino en paz. Pero lo que no recuerdo es
si empleó o no la palabra «tiempo».

Todas estas y otras inconsistencias y paradojas fueron analizadas durante las


sesiones de cinta magnetofónica, que duraron varias semanas. Los aspectos extraños
e inusitados del caso continuaron resistiéndose al sentido común y causando
perplejidad.
En lo fundamental, estas sesiones fueron un examen largo y detallado del terreno
andado, y la información que contenían las cintas estimularon la memoria de los Hill,
sugiriéndoles comentarios. Otros aspectos del caso, tanto básicos como secundarios
desde el punto de vista del tratamiento, salieron a la superficie y fueron examinados.
Las úlceras de Barney salieron a relucir al principio, pero fueron perdiendo
importancia gradualmente. Con Walter Webb, los Hill rehicieron el camino de
regreso, recordando así nuevos detalles, y quedaron convencidos de haber dado con
el lugar exacto donde vieron la carretera cortarla por un obstáculo; era una carretera
secundaria, situada cuatro o cinco kilómetros al Este de la carretera 3.
Tanto Barney como Betty se sentían abrumados por tanto detalle como revelaron
las cintas magnetofónicas; buena parte de aquella información les era desconocida en
el plano consciente.
—Yo no tenía idea de que fueran a salir tantos datos de las cintas. No tenía la
menor idea de que fueran tantas las cosas que yo quería olvidar. Las cintas me
parecieron absolutamente increíbles —comentó Barney.
Barney seguía queriendo negar que hubiera ocurrida todo aquello en realidad:
—Estaba pensando que lo mejor era dejar de intentar recordar el incidente —dijo
Barney al doctor en una de las sesiones que tuvieron lugar después de haber oído ya
gran parte del material grabado en cinta— y Betty dijo que por qué. Y yo me dije que
porque no consigo explicarme cómo pude recordar todo aquello en estado hipnótico y

www.lectulandia.com - Página 208


me aterra pensar que, a lo mejor, estoy loco. La semana pasada, escuchando la cinta
de Betty, también note que me invadía el deseo de cerrar los ojos. Llegó a ser casi una
obsesión. Por eso me levanté y me puse a dar vueltas por el cuarto y, luego, a mirar
por la ventana.

Hacia el 30 de mayo, o sea casi dos meses después de haber empezado a oír las
cintas magnetofónicas, Barney comenzó a sentir que sus tensiones se aliviaban
notablemente.
—Esta semana, no me he sentido tan tenso como las anteriores —le dijo Barney
al doctor—. No he tenido necesidad de tomar ninguna medicina para la úlcera.

El 6 de junio, el doctor se sirvió de la hipnosis para explorar algo más la memoria


de Betty en el plano inconsciente.

DOCTOR: (Completa la inducción, sumiendo a Betty en un trance). Ahora,


está usted sumida en un sueño profundo, en un sueño profundo. Quiero
que recuerde lo que me dijo estando dormida. Vuelva a pensar en
esto… (Se está refiriendo al momento en que vieron el obstáculo en la
carretera). ¿Estaba usted dormida?
BETTY: No.
DOCTOR: ¿Y por qué creía que había estado dormida?
BETTY: (Como siempre, trata de responder literalmente a la primera
pregunta). Había estado dormida.
DOCTOR: ¿Dice usted que había estado dormida?
BETTY: Si, en el coche. Fueron los hombres quienes me durmieron.
DOCTOR: Los hombres la durmieron.
BETTY: Sí, no sé cómo.
DOCTOR: ¿Y cómo entró él en el coche?
BETTY: Yo abrí la puerta. Iba a salir corriendo.
DOCTOR: ¿Por qué?
BETTY: Porque tenía miedo.
DOCTOR: ¿Dónde estaba Barney?
BETTY: En el coche.
DOCTOR: ¿Estaban ustedes dos en el coche?
BETTY: Sí.
DOCTOR: ¿Y de dónde vinieron esos hombres?
BETTY: Del centro de la carretera.
DOCTOR: ¿Llevaban alguna linterna o alguna luz?
BETTY: No nada de eso.
DOCTOR: ¿Y cómo podía usted verlo?
BETTY: Los faros del coche estaban encendidos.

www.lectulandia.com - Página 209


DOCTOR: ¿Y él le dijo a usted que se durmiera?
BETTY: No, no dijo nada.
DOCTOR: ¿Y cómo sabía que tenía la intención de hacer que usted se
durmiera?
BETTY: Yo no sabía esto.
DOCTOR: Y, entonces, ¿por qué me dijo que creía haberse quedado dormida?
BETTY: Pues… porque me desperté.
DOCTOR: ¿Dónde se despertó usted?
BETTY: Me desperté mientras andaba.
DOCTOR: ¿Y cree usted que fueron ellos quienes la hicieron dormirse?
BETTY: Sí.
DOCTOR: ¿Cómo?
BETTY: Hicieron algo, ignoro qué a punto fijo. No lo recuerdo. El hombre
alargó ambas manos. Yo estaba sentada en el coche. Estaba
volviéndome y tenía la puerta abierta. Y, entonces, me volví del todo y
me disponía a echar a correr, porque estaba asustada. Entonces, cuando
abrí la puerta, el hombre me ayudó. Había tres hombres. Y el que estaba
más cerca de mí, más cerca de la puerta… Yo estaba a punto de
bajarme… y él alargó la mano. Y, entonces perdí la conciencia de lo
que me rodeaba. (Luego Betty comparó esta experiencia con la de
sumirse en estado hipnótico).
DOCTOR: ¿Hasta cuándo?
BETTY: Hasta que me desperté, andando.
DOCTOR: Veamos. Dice usted que examinaron su piel. ¿Fue con algo
semejante a un microscopio?
BETTY: Sí.
DOCTOR: ¿Por qué cree que lo que examinaban era su piel? ¿Quizá porque
les interesaba el color? (Es evidente que el doctor alude a diferencias
raciales).
BETTY: No lo creo. Creo que lo que les interesaba era la estructura de mi piel.
DOCTOR: ¿Porque qué la estructura?
BETTY: Es que estaban mirándola. Y lo deduzco por sus reacciones. Quiero
decir que los dos, el jefe y el médico, me miraban la piel, primero uno
y, luego, el otro y después, volvían a mirarla. La miraron hasta dos y
tres veces.
DOCTOR: ¿Y por qué tenían tanto interés en su piel? ¿Se le ocurre alguna
explicación?
BETTY: No, ninguna.
DOCTOR: ¿Cree usted que podría deberse al hecho de que su piel y la de
Barney son de colores distintos?
BETTY: No sé, pero yo diría que les interesaba porque mi piel y la de ellos

www.lectulandia.com - Página 210


eran distintas.
DOCTOR: ¿En qué se diferenciaban?
BETTY: En el color.
DOCTOR: ¿De qué color era la piel de ellos? ¿Eran distintos los hombres que
la examinaron a usted?
BETTY: El jefe y el medico eran más parecidos.
DOCTOR: ¿De qué manera?
BETTY: Daban la impresión de ser más altos que los demás hombres de la
tripulación.
DOCTOR: ¿Era ésa la única diferencia?
BETTY: Eran más altos y tenían la piel de distinto color.
DOCTOR: Veamos. ¿Qué colores eran? ¿De qué color era la piel de los de la
tripulación?
BETTY: Pues…
DOCTOR: ¿Por qué le cuesta tanto explicarme la diferencia?
BETTY: Porque no hago más que pensar que los de la tripulación eran
orientales, asiáticos. Solo que no eran tan… son bajos.
DOCTOR: Y el jefe, ¿no es bajo?
BETTY: Es más… el jefe y el medico son más altos. Son casi tan altos como
yo.
DOCTOR: ¿Quiere decir que los de la tripulación son muchos más bajos que
usted?
BETTY: Los de la tripulación son más bajos.
DOCTOR: ¿Mucho más bajos?
BETTY: Yo diría que son… pues… medirían metro y medio. Yo creo que el
jefe es aproximadamente tan alto como yo.
DOCTOR: ¿Les temía usted?
BETTY: Al jefe, no. Al principio sí pero luego ya no.

(A continuación, el doctor pregunta a Betty sobre su vida en general, su


niñez e influencias familiares y su experiencia marital interracial; en
estado hipnótico, Betty muestra haberse adaptado inusitadamente bien
a los problemas que suelen surgir en este tipo de matrimonios y
también al suyo personal de no poder tener hijos por causa de una
operación quirúrgica. El doctor trata de explicar, luego, las reacciones
básicas de Betty durante las noches del incidente).

DOCTOR: Usted no suele expresar sus temores con tanta facilidad, ¿verdad?
En el trascurso de esas experiencias relacionadas con el objeto volante
no sintió usted miedo al principio. ¿No es eso? Pero, luego, se dio
cuenta de lo asustada que había estado.

www.lectulandia.com - Página 211


BETTY: Bueno, creo que yo soy de esas personas que, cuando ocurre una
crisis, mientras todos se desmoralizan, siguen adelante hasta salir del
paso. Pero, luego, cuando la crisis ha pasado, sufro una reacción que
pudiéramos decir de efectos retardados. Yo soy así. Sin embargo, no
creo haber sentido mucho miedo cuando vi aquel objeto en el cielo.
DOCTOR: Cuando sufrió usted esas experiencias en sueños… ¿Porque soñó
todas esas cosas? Sus sueños fueron iguales que las experiencias que
cree usted haber tenido.
BETTY: Supongo que recordé en sueños lo que había ocurrido en la realidad.

Esta sesión final en la que se utilizó la hipnosis tuvo por objeto resumir el dilema
que había persistido durante los seis meses largos del tratamiento. ¿Fue la experiencia
sueño o realidad? ¿Dónde estaba la verdad? ¿Quién podía decir con seguridad lo que
era verdad y lo que no? ¿Cómo podrían resolver tantas sorprendentes
contradicciones, cualquiera que fuese la solución que se diera al problema?
En cierto modo entre los principales puntos de vista, había tres muy plausibles. El
doctor Simon pensaba que, de todos los datos disponibles, y basándose en el estado
actual de nuestros conocimientos sobre el funcionamiento de la mente humana, se
podía deducir la posibilidad, de que los Hill hubiesen sufrido una experiencia real
relacionada con algún fenómeno aéreo inusitado, alguna aparición que estimulase en
ellos dos cierta experiencia emocional. Aunque en términos estrictos todo es posible,
el doctor no creía probable lo del rapto. A Betty le parecía que la hipnosis había
demostrado de una manera notable que sus sueños eran un reflejo y un recuerdo de la
realidad. Barney vacilaba entre estos puntos de vista, aunque, en último término,
llegaba a la conclusión de que no se podía distinguir entre la realidad conocida y la
concatenación de sucesos que habían acabado por salir a la superficie en el trascurso
de las sesiones hipnóticas. Es decir, que una vez desvelada la amnesia, Barney no
veía razón para esclarecer diferencia alguna entre lo que él recordaba en estado
consiente y lo que recordaba en estado hipnótico. Todo el viaje había sido una
sucesión ininterrumpida de incidentes, entre los que era preciso incluir el del rapto.

En las tres últimas sesiones, que terminaron el 27 de junio de 1964, estos tres
puntos de vista salieron a relucir con frecuencia en las discusiones. Un buen indicio
era que tanto Betty como Barney se sentían menos inquietos después de oír las cintas
magnetofónicas.
—Cuando llegamos al final de las cintas —recordaba Barney, luego— lo que yo
experimente fue una gran sensación de alivio, una sensación de liberarme de un peso.
Betty y yo nos volvimos más afables que nunca, mi tención sanguínea mejoro y
también mis úlceras.
Betty confirmó ésto, aunque el misterio aun no había sido resuelto del todo, ni
mucho menos, su inquietud disminuyo porque había hecho todo lo posible por aclarar

www.lectulandia.com - Página 212


aquel suceso sin precedentes. Sus sueños se volvieron más apacibles.
En junio todos estaban ya convencidos de que no sería posible llegar a una
conclusión definitiva, tanto en lo relativo al aspecto terapéutico del incidente en su
conjunto como sobre el detalle crucial del rapto. El doctor y los Hill sentían no poder
seguir en tratamiento, profundizar más, porque para que ello resultase eficaz haría
falta mucho tiempo y no sería practico. Había llegado el verano y el viaje a Boston
resultaba cada vez más penoso. Era buen momento para detenerse, al menos por
ahora. Desde el punto de vista de los Hill era más importante darse cuenta de que se
sentían ya mucho mejor, menos inquietos, aunque el misterio aún no hubiese sido
resuelto del todo.
Como hombre de ciencia, el doctor examinó una serie variable de hipótesis que
iban cambiando y ampliándose, con objeto de ver si era posible averiguar que
fenómeno era más plausible y como podría ser encajado en el conjunto de la
experiencia. Cuando el tratamiento cesó, la situación podía quedar así sin apenas
correr peligro. A menos de aceptar toda la experiencia revelada como una realidad, lo
cual era imposible por causa de las contradicciones existentes en ella, la mejor
alternativa era aceptar la hipótesis de que hubiera sido un sueño. «Cualquier otra
cosa» —comentó, luego, el doctor—, «hubiera sido someter la credulidad propia y
ajena a una prueba excesiva». Pero yo no estoy completamente convencido. Lo que
ocurre es que era preciso llegar a una conclusión, si es que cabe llamarla conclusión,
porque, en realidad, nunca lo fue. Desde el punto de vista terapéutico, habíamos
llegado a un buen momento; dadas las condiciones prácticas y la evidente mejoría de
los Hill, era posible, a mi modo de ver, suspender el tratamiento sin dejar la cuestión
completamente resuelta. Sabía que los Hill y yo seguiríamos en contacto y que quizá,
con el tiempo, fuera posible obtener una respuesta más completa.

Considerando la teoría de que los sueños de Betty hubieran podido serle


transferidos a Barney hasta llegar a formar parte de la realidad de éste, Barney mismo
dijo al médico, en una de las últimas sesiones, lo siguiente:
—Doctor, si se me permite usar una analogía, digamos que ayer por la mañana fui
de Portsmouth a Boston en coche, a mi trabajo. Y si, luego, alguien me dijera que
esto no había ocurrido, ya comprenderá que yo me sentiría algo intrigado. Sobre todo,
si esto me lo dijeran varios meses más tarde. Yo respondería: «No estoy
completamente seguro de haber ido a Boston en coche ese día concreto». Pero,
inmediatamente, iría a comprobarlo mirando un calendario. Luego, si esa persona
siguiera insistiendo en que aquel día yo no había ido en coche a trabajar a Boston no
me quedaría otra alternativa que poner fin a la conversación y dejarlo así. Llegaría un
momento en que tendría que decirme: «No hay manera de convencer a este sujeto, y
él tampoco puede convencerme a mí. No hay nada que hacer. Dejémoslo».
Cuando estaban terminando las sesiones, la cuestión de si todo ello había sido
ilusión o realidad, llegó a ser el principal tema de conversación. El doctor indicaba

www.lectulandia.com - Página 213


que él no estaba dispuesto a llegar a una conclusión definitiva en un sentido o en otro;
él y los Hill tenían que tratar de averiguar la verdad, pero, en último término, aceptar
o negar la realidad de la experiencia era cosa que incumbía exclusivamente a los Hill.
Intentando analizar sus pensamientos, Barney dijo al doctor:
—Antes de venir a verle a usted, yo tenía, y aún la tengo, la convicción absoluta
de que habíamos ido en coche por Indian Head y que el objeto estaba allí, y que todas
esas cosas ocurrieron de verdad. También me doy perfecta cuanta de que, en Ashland,
oímos realmente una serie de «bip-bip». En todo esto no hay sueno ni fantasía.
También me doy cuenta de cuáles fueron mis reacciones después de volver a
Portsmouth, y, en términos generales, se pueden reducir a esto: que todo el incidente
había sido ridículo y que lo mejor era no contárselo a nadie. Y, sin embargo, han ido
pasando meses y, luego, años, dos o tres años, sin que este suceso dejara de
inquietamos. Luego, en estado hipnótico, la técnica, según parece, sabe retrotraernos
a aquella noche e iluminar un período de supuesta amnesia. Y no puedo por menos de
hacer esta pregunta: «¿Por qué motivo íbamos a sufrir un ataque de amnesia? ¿Por
qué se nos iba a olvidar el trayecto entre Indian Head y Ashland?».
En respuesta a esto, el doctor dijo:
—Realmente, es posible explicar, en parte, la amnesia. La amnesia psicológica
existe y tiene por objeto borrar o relegar a segundo término experiencias emocionales
imposibles de soportar.
—O sea que la experiencia emocionalmente insoportable —dijo, entonces,
Barney— fue la que sufrimos en Indian Head.
—He estado examinando esa posibilidad —dijo el doctor— y, en cierto modo, la
he dividido en dos experiencias distintas. Una es la aparición. Es imposible negar que
la hipnosis no me ha dado datos que me permitan eliminarla. Por lo tanto, estoy
dispuesto a aceptar la aparición del objeto. Pero el rapto, si aceptamos como una
experiencia aparte el hecho de haber sido llevados a bordo y examinados físicamente,
es otra cuestión. Ésa la considero de otra manera. Puede usted decir que el incidente,
en su conjunto, fue una experiencia aterradora. Por lo tanto, si es así, ¿por qué la
amnesia no lo borro del todo? Recuerde que, conscientemente, casi desde el
principio, estuvo usted tratando de provocar un período amnésico. Esto es, usted, se
dijo: «De esto no hablaremos a nadie». Intentaba provocar una amnesia de varias
formas. Y, entonces, se produjo un período amnésico en la parte relativa a la segunda
experiencia.

Ahora bien, la cuestión, en este caso, es: ¿Se trata de una amnesia que ha borrado
de la memoria una experiencia real, o de una amnesia que ha borrado una fantasía,
una fantasía intensamente penosa de recordar? El doctor indicó que tenía la esperanza
de descubrir algo más en las sesiones finales. Barney estaba intrigado porque su
reacción en ludían Head había sido muy distinta de otras suyas en momentos de
apuro o crisis. Contó al doctor un incidente que había tenido lugar, en compañía de

www.lectulandia.com - Página 214


Betty y dos amigos, en una carretera solitaria de New Hampshire: dos chicos habían
seguido el coche, molestándoles durante casi cincuenta kilómetros, hasta que un
guardia estatal les detuvo. Durante este molesto suceso, Barney se había mantenido
completamente dueño de sí mismo, y, si no hubiera aparecido el policía, habría
sacado el coche de la carretera y hecho frente a los chicos personalmente.
—Si menciono esto —dijo al doctor—, es sólo porque así entenderá mejor mi
manera de reaccionar ante una crisis—. El hecho de que usted reaccione ante este tipo
de situaciones con un plan definido y claro —dijo el doctor—, aunque su ejecución
pueda costarle la vida, es loable… Pero, ¿qué otra cosa podría hacer en un caso así?
O ponerse a gritar y perder por completo la serenidad o forjar un plan y ponerlo en
práctica. Y, en situaciones donde no hay otra alternativa, usted reacciona bien.
«Su angustia —prosiguió el doctor— aumentó en intensidad cuando usted se
sintió a salvo del objeto volante, y fue de una manera muy semejante a la de la
División naval que conquistó Guadalcanal. El número de soldados que sufrieron
crisis nerviosas aumentó de manera muy notable, no cuando estaban conquistando la
isla a los japoneses, sino cuando fueron relevados por el Ejército de Tierra. Es
después de la acción cuando puede uno permitirse el lujo de dejarse llevar por sus
emociones y sentirse enfermo. Cuando lo que hace falta es acción, la acción no deja
tiempo para otras cosas. Las reglas por las que se rige la mente consciente no tienen
validez para la mente inconsciente. En la mente inconsciente lo consciente carece de
sentido. Todo es presente. El pasado es presenté; el presente es presente; el futuro es
presente. Los extremos opuestos coexisten sin la menor dificultad. Las cosas lo son y
no lo son todo simultáneamente. Ésta, por supuesto, es también, en parte, la
estructura de los sueños. Yo diría que no tardaremos en ver que este caso se cristaliza
casi del todo. Lo que haré entonces será dejarlo a manos de ustedes, para que sean
ustedes quienes decidan por qué derroteros quieren llevar su examen. Creo que
tendrán que comprender que he sido yo quien ha aislado esta experiencia. No es
factible considerarla como una cosa aislada, aunque yo haya tratado de tenerla todo lo
aislada que me ha sido posible. Esta experiencia, como todo, es un eslabón de la
cadena de sus vidas, es un alto en el camino y contiene mucho material válido que
nunca nos será revelado. Toda la historia de ustedes… he aquí uno de los motivos por
los que yo quisiera terminar esta sesión con Betty; he tratado de penetrar un poco más
en su vida. Ahora bien, para que cualquier exploración del pasado de cualquiera de
ustedes dos pudiera sernos útil, tendría que llevarnos mucho tiempo y no sé si ustedes
están dispuestos a ello. Por eso he tratado de limitarme a iluminar la experiencia en
su conjunto de la mejor manera posible. De modo que me atrevo a decir que lo más
probable es que podamos terminar el tratamiento dentro de un espacio de tiempo
relativamente corto».
«A partir de ahora, ustedes mismos verán si vale o no la pena continuar,
basándose en la validez de las explicaciones. La hipnosis no nos dará respuestas
completamente definitivas, como ya verán ustedes. Está sujeta a las mismas reglas

www.lectulandia.com - Página 215


que el resto de la parte inconsciente del ser humano, pero yo creo que nos está dando
suficientes datos fidedignos, aunque esto siempre es relativo, pero que ustedes, con su
capacidad de raciocinio y examen, podrán poner a prueba y completar
suficientemente. Por lo que a mí respecta, con un par de sesiones más, basta. Ahora,
si ustedes insisten en someterse a una o dos sesiones más, yo estoy dispuesto a seguir.
Usted Barney, es hombre socialmente activo. Sus energías encuentran desahogo en
este campo de acción y tengo la impresión de que ahora han aumentado».
Barney asintió. Dijo que sus inquietudes y tensiones habían disminuido mucho y
que sus síntomas físicos habían mejorado también.
—Me siento muy cambiado y esto ha ocurrido en muy poco tiempo —dijo. Betty
se mostró de acuerdo.
Durante las sesiones finales, tanto Barney como Betty pudieron comprobar que
habían hecho cuanto estaba en sus manos por liberarse de su angustia e inquietudes;
esto les tranquilizó y pensaron que debiera quedar constancia permanente de su caso,
a fin de que, si algo sucedía en el futuro, les fuera posible confirmar lo que ambos
estaban dispuestos a considerar como perfectamente posible: la realidad de su
experiencia.
—Lo que ocurre —dijo Barney al doctor— es que yo he pensado siempre que
nuestro caso es completamente increíble y no sé cómo podría probarse su realidad.
No se puede hacer mediante técnica, no es como las matemáticas, en las que con una
ecuación puede uno demostrar o refutar lo que sea. Lo que yo me pregunto es: ¿Le
parece a usted que las cintas que hemos ido acumulando durante estos meses sean
guardadas en algún lugar seguro, para que, si usted o nosotros morimos, y si, por
ejemplo, de aquí a veinte o treinta años se demuestra que nuestra experiencia es cierta
y ocurrió en realidad, podamos disponer de las cintas para defendernos si se nos
acusa de excéntricos? Vea usted, dentro de veinte o treinta años, tendremos sesenta o
setenta, y es posible que haya gente que piense que, en efecto, no somos más que
unos excéntricos.
El doctor convino en que, en efecto, era conveniente conservar las cintas, y
Barney añadió, sonriendo:
—Pero, créame, no querría que las oyese cualquiera. Y tampoco puedo por menos
de pensar, ahora que ya casi hemos terminado el tratamiento, que podríamos habernos
dejado hipnotizar por cualquier indocumentado. Teniendo en cuenta la violencia con
que reaccionamos, el daño habría sido tremendo.

—Así y todo corrieron mucho peligro —dijo el doctor—. De sobra conocen


ustedes sus propias reacciones y lo que pueden ser las emociones humanas cuando se
liberan. Betty, a pesar de lo tranquila que es, reaccionó también con bastante
intensidad. Ésa es la parte inconsciente del ser humano. Y es una zona en la que el ser
humano se protege a sí mismo por medio de autorrepresiones. Y cuando se trata de
liberar autorrepresiones, el ser humano es sumamente cauteloso. La gente piensa que

www.lectulandia.com - Página 216


es malo reprimir las emociones. De hecho, sin embargo, la represión es parte esencial
de nuestra vida mental. Si no reprimiéramos un porcentaje muy alto de nuestros
sentimientos, seríamos seres humanos caóticos.

Seis largos meses de tratamiento habían terminado.


Los Hill, perplejos, pero aliviados, volvieron a Portsmouth. Experimentaban una
sensación confusa y como de vacío, como la que suele sentirse al terminar una tarea
larga y ardua. Era la sensación de que echarían de menos al doctor Simon, las
sesiones y la búsqueda de la solución de un misterio que aún seguía sin resolver.

Unas semanas después, el doctor Simon, en su consulta, abrió una carta dirigida a
él y vio que era de la organización en que los Hill estaban asegurados de enfermedad.
A petición de los Hill, el doctor Simon había enviado un breve resumen del
tratamiento a que habían tenido que someterse, indicando que la causa era la aguda
angustia que ellos habían sufrido a consecuencia de una experiencia relacionada con
un objeto volante no identificado. No es de extrañar que el director médico de la
organización escribiera una carta al doctor Simon diciéndole que encontraba muy
difícil aceptar una reclamación basada en un diagnóstico como aquél.
El doctor Simon respondió, en parte, como sigue:

No me extraña que se muestre usted reacio en su carta del 4 de agosto


en aceptar mi diagnóstico de que la inquietud emocional fue producida
por la aparición de un objeto volante no identificado, en relación con
la reclamación de los señores Hill. Yo no le envié esto como
diagnóstico, sino como explicación de las circunstancias en que estas
dos personas vinieron a mi consulta. Yo esperaba que usted
respondiera enviándome algún documento que me permitiese explicar
la situación desde el punto de vista médico. Siempre que ha habido
reclamaciones de seguros he recibido este tipo de documentos, pero la
señora Hill se limitó a decirme que escribiera al departamento de
usted, sin comunicarme los datos que tenía que enviarle.
Los señores Hill vinieron a verme en diciembre de 1963. En el
transcurso de un tratamiento médico sufrido por el señor Hill, se
descubrió que esto era consecuencia de una experiencia que tuvo lugar
en septiembre de 1963: los señores Hill vieron aparecer un objeto
volante, de noche, cuando volvían de un viaje de placer. Esta
experiencia les produjo una considerable impresión y gran angustia
durante bastante tiempo. El señor Hill comenzó a sufrir insomnio,
temores irracionales y angustia persistente; la señora Hill sufrió
pesadillas persistentes, temores y angustias. Más recientemente, el
señor Hill presentó síntomas de úlcera del duodeno. El señor Hill se

www.lectulandia.com - Página 217


sometió a tratamiento médico y sólo al cabo de algún tiempo fue
posible comprobar que la aparición del objeto volante era un factor
importante de su dolencia; de hecho, la historia de esa aparición fue
revelada durante el tratamiento a que hubo que someter al señor Hill.
Por fin, pudimos comprobar que tanto el señor Hill como su esposa
sufrían amnesia, y que la amnesia afectaba a los sucesos ocurridos en
aquella noche de septiembre de 1961. Los señores Hill, en último
término, me fueron enviados a mí, y yo llegué a la conclusión de que lo
más adecuado era utilizar la hipnosis para los dos. El tratamiento
requirió la inducción en ambos de un profundo estado hipnótico, para
lo cual fue necesario sumirles en un estado sonambúlico.
El tratamiento produjo en ambos pacientes violentas crisis
emocionales. Por esto fue preciso controlarlo cuidadosísimamente y no
permitir mas estado consciente que el que fuese, en cada momento
dado, emocionalmente soportable. Me serví de un magnetófono para
grabar las revelaciones obtenidas en estado inconsciente y poder así
asimilarlas, en su momento, al plano consciente. Durante el
tratamiento, el señor Hill tuvo graves síntomas de úlcera, que
mejoraron a medida que el tratamiento iba surtiendo efecto; la
angustia de los señores Hill se alivió también…
Cuando terminó el tratamiento, ambos se consideraron curados…
Espero que esta información sea adecuada y estoy a su disposición
para responder a cualquier otra pregunta de ustedes.

La reclamación fue atendida sin tardanza; fue, sin duda, la primera vez que una
casa de seguros tenía algo que ver con un objeto volante no identificado.
El tratamiento cesó cuando el doctor lo consideró seguro y conveniente, a pesar
de que aún quedaban muchas preguntas sin respuesta. El alivio de la angustia de
ambos pacientes fue importante y duradero. Seguir explorando su memoria hubiera
podido inquietarles más que abandonar el tratamiento en aquel momento. Además, el
doctor estimuló el deseo que ya sentían los Hill de mantener contacto con él mientras
siguieran «analizándose» por su cuenta, cosa que es normal una vez terminado el
tratamiento terapéutico.
El tratamiento había comenzado penetrando en una amnesia, una amnesia que
estaba creando muchos problemas.

—Comencé —dijo el doctor Simón al autor de este libro, dos años después de
terminadas las sesiones— sirviéndome de la hipnosis con objeto de aislar las
experiencias personales de ambos. La parte principal de la amnesia parecía afectar a
un incidente increíble en el que habían participado tanto el señor como la señora Hill;

www.lectulandia.com - Página 218


no es esto lo único que es significativo; también lo es que la experiencia fue
compartida por dos personas. Investigaciones persistentes crearon más problemas que
soluciones. Yo había comenzado suponiendo que Barney era algo más influenciable
que Betty, y que aquella historia derivaba de él. La historia, en sí, era completamente
improbable desde el punto de vista científico, pero, por otra parte, resultó evidente
desde el principio que los Hill no mentían, de eso no me cupo duda. Después de
obtener la versión de Betty y de comprobar que sus sueños eran idénticos a sus
recuerdos en estado hipnótico, se me ocurrió la idea de que mi teoría inicial quizá
fuese errónea y que gran parte de los recuerdos de Barney estaban contenidos en los
de Betty, aunque muy pocos de los de Betty estaban contenidos en la versión de
Barney. Entonces, mi teoría fue modificada en el sentido de que era Barney quien
había absorbido la historia soñada por Betty. Partiendo de esta base, procedí a
examinar más intensivamente esta posibilidad, concentrando mis esfuerzos en Barney
y en comprobar más aún lo ya revelado por Betty.
Por fin, quedé convencido de que la explicación más razonable de la serie de
sueños que había tenido el señor Hill, que fueran consecuencia de un choque con un
objeto volante no identificado, parecía una fantasía con cierta base inicial de realidad.
Pero el caso no podía ser resuelto de una manera absoluta; lo mejor era de dejarlo
allí. Sobre todo, teniendo en cuenta la mejoría de los pacientes. Seguiríamos en
contacto y, con el tiempo, quizá pudiésemos completarlo algo más.
En una breve sesión de resumen que tuvo lugar en la primavera de 1966, el doctor
pudo comprobar la intensa impresión que aun persistía en ellos, unos cinco años
después de la aparición del objeto, en Indian Head, y dos años después de terminado
el tratamiento. Barney quedó hipnotizado rápidamente, como de costumbre. El doctor
Simón le hizo primero ciertas preguntas preliminares y de conjunto, a las que Barney
respondió objetiva y exactamente. En la segunda parte de esta sesión, el doctor revisó
de nuevo y detalladamente las sensaciones de Barney.

DOCTOR: ¿Qué piensa usted, ahora, sobre la experiencia? ¿Cree que le


raptaron o no?
BARNEY: (Su voz, como siempre, es monótona y sin expresión). Tengo la
sensación de que me raptaron.
DOCTOR: Lo que le pregunto es si le raptaron o no, no si se lo parece. ¿Le
raptaron?
BARNEY: Sí. No quiero creer que me raptaron.
DOCTOR: Pero, ¿está convencido de ello?
BARNEY: Digo que «tengo la sensación» porque eso me facilita la tarea de
aceptar una cosa que no quiero aceptar, aunque haya ocurrido.
DOCTOR: ¿Y qué es lo que se lo facilita?
BARNEY: Decir que «tengo la sensación».
DOCTOR: ¿O sea que sería peor decir: «La verdad es que me raptaron»?

www.lectulandia.com - Página 219


BARNEY: No. Peor, no.
DOCTOR: ¿Se siente mejor de la otra manera?
BARNEY: Me siento mejor de la otra manera.
DOCTOR: ¿Y por qué se siente peor si no?
BARNEY: Pues porque es una historia tan extraña que si alguien me la contara
como si le hubiese ocurrido a él, yo no le creería. Y me repele, y
mucho, que me acusen de algo que no hice. Sobre todo, cuando sé
perfectamente que no lo hice. O que no crean algo que hice y que yo sé
que hice.
DOCTOR: Bueno, supongamos que usted se limitó a asimilar los sueños de
Betty.
BARNEY: Eso me gustaría.
DOCTOR: Eso le gustaría… ¿Y podría ser eso lo que ocurrió?
BARNEY: No.
DOCTOR: ¿Y por qué no?
BARNEY: Porque… (Repentinamente, se pone muy tenso y se emociona, casi
tanto como durante la primara sesión, cuando recordó haber sido
llevado en volandas hacia el objeto volante, en el campo de Indian
Head). ¡No… No quiero que me toquen! (Su respiración se vuelve
rápida y agitada).
DOCTOR: Muy bien. Tranquilícese. No tiene ningún motivo para inquietarse.
BARNEY: (Comienza a gemir violentamente). ¡No quiero que me toquen! ¡No
quiero que me toquen!
DOCTOR: Muy bien, muy bien… No le loca nadie, ahora. No le toca nadie.
Lo dejaremos. Tranquilícese. (El doctor comienza a hacerle salir del
trance, y le da instrucciones para que se tranquilice. Los gemidos de
Barney van cesando. La sesión de resumen, dos años después de
terminar las otras, ha concluido).

www.lectulandia.com - Página 220


CAPÍTULO XIII

Cuando terminó el tratamiento propiamente dicho, Barney y Betty Hill volvieron a su


vida de siempre; consiguieron que el incidente de Indian Head fuese relegado a
segundo término y concentraron sus energías en lo que más les interesaba: la vida de
la comunidad a que ellos pertenecían, las actividades de la Iglesia Universalista-
Unitaria, la campaña pro-derechos civiles… Las actividades sociales de Betty Hill en
el Estado de New Hampshire eran fatigosas, pero valían la pena; el trabajo de Barney
en Correos se volvió más fácil y mejor ahora que había sido transferido a Portsmouth
y no tenía que trabajar en el turno de noche. Sus ocupaciones como miembro del
comité ejecutivo de la Comisión de Derechos Civiles de los Estados Unidos, el
NAACP y el Programa de Lucha contra la Pobreza apenas le dejaba tiempo libre,
ocupando incluso sus horas de asueto. La enorme sensación de alivio, como de
haberse liberado de un peso, consecuencia del tratamiento del doctor Simon, le dio
nuevos ánimos para trabajar más y mejor.
La experiencia del objeto volante, y también la del tratamiento, aunque estuvieran
relegadas a segundo término, no habían sido olvidadas, ni mucho menos. Los Hill
siguieron comentando ambas con sus amigos más íntimos y con sus parientes,
esperando que, a medida que se fuera obteniendo más información sobre el extraño
tema de los objetos volantes no identificados, su caso personal iría aclarándose y
disminuyendo el riesgo de ser considerados como excéntricos o estrafalarios. De
cuando en cuando, se carteaban con Hohman y Jackson y, a veces, también iban a
visitar a Walter Webb al «Planetarium» de Hayden, en Boston, o era él quien iba a
verles a su casa de Portsmouth.
Evitaban cuidadosamente toda publicidad sobre su caso y no mencionándolo más
que a su círculo de amigos reducían el peligro. Les tranquilizó descubrir que ya
podían mencionarlo sin sentirse emocionalmente agitados y que cuando hablaban de
ello en privado, incluso les sentaba bien.
Ya casi se les había olvidado que, en septiembre de 1962, habían sido invitados a
contar su experiencia a un grupo de gente interesada en los objetos volantes no
identificados, en Quincy, Estado de Massachusetts, unos meses antes de que
comenzaran sus sesiones con el doctor Simon. No se percataron entonces de que
alguien había grabado aquella conferencia en cinta magnetofónica y que en ella se
describían detalladamente el incidente y los sueños que tuvo Betty como
consecuencia de la aparición del objeto. Tampoco sabían, por lo tanto, que su
conferencia había servido de base informativa al reportero que contó parte de la
historia en una serie de artículos, publicados en un periódico de Boston en el otoño de
1965; ni los Hill ni el doctor Simón habían comunicado al reportero información
alguna.
Los Hill se sintieron deprimidos e irritados cuando leyeron los artículos. Habían

www.lectulandia.com - Página 221


rehusado una solicitud de entrevista que les hizo el reportero, advirtiéndole que no
tenían la menor intención de dar publicidad a su experiencia; el doctor Simón,
naturalmente, había rehusado hablar del asunto con el reportero.
Cuando Barney Hill leyó los artículos, reaccionó como si estuviera leyendo algo
que le hubiera sucedido a otra persona; rehusó creerlo. Tanto él como Betty creían
que una historia fragmentaria como aquélla sólo serviría para dejarles en ridículo. La
historia auténtica era mucho más compleja y no podía ser relatada tan
superficialmente; había en ella demasiadas fuerzas, y contrafuerzas, demasiados
factores que era preciso tener en cuenta. Los Hill consultaron a un abogado, pero éste
les dijo que como la historia no había vuelto a ser publicada en otra parte y no era
difamatoria, ellos no tendrían defensa alguna, a menos que pasase de estos límites.
Cuando la Iglesia Universalista-Unitaria de Dover, New Hampshire, invitó a los
Hill a hablar ante sus feligreses, un domingo por la tarde, poco después de la
publicación de los artículos, los Hill decidieron que en su conferencia tratarían de
corregir el sensacionalismo del periódico y de convencer al público de que lo que
habían leído no era ni veraz ni deseable. Los Hill decidieron no mencionar el
tratamiento ni la hipótesis en su conferencia. Antes de ir a Dover, fueron a cenar un
día a casa del almirante Herbert Knowles, ahora retirado, uno de los ex oficiales de
las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos que estaban intentando investigar el
misterio de los objetos volantes no identificados, intrigados por los confusos informes
que emanaban del Pentágono. En esa cena, el nerviosismo que la conferencia
inminente producía a los Hill disminuyó algo.
Un aspecto interesante de la conferencia de Dover fue que en ella habló también
un oficial de información pública de la base Aérea de Pease. Aunque éste se refirió a
cosas de carácter general, no se mostró, ni mucho menos, receloso de la historia de
los Hill ni de los muchos casos de apariciones, de objetos volantes no identificados
que habían ido acumulándose en aquella zona durante 1965. La conferencia tuvo
lugar el 8 de noviembre de ese mismo año, y cientos de personas tuvieron que
volverse a casa por falta de sitio en la iglesia, llena a pesar del frío y la lluvia. Lo
concurrida que estuvo la conferencia y la reacción de la gente hicieron comprender a
los Hill que el tema de los objetos volantes no identificados era de considerable
interés público y, quizás, hasta de importancia histórica, en vista del creciente número
de informes fidedignos sobre apariciones de esos objetos que llegaban de todas las
partes del mundo. La importancia que había tenido su caso en sus propias vidas era
profunda y trascendente. Reflexionando detenidamente sobre esto, los Hill llegaron a
la conclusión de que su recuerdo de haber sido raptados por aquellos seres era
posiblemente real, pero, así y todo, se daban perfecta cuenta de que, por su carácter
increíble y fantástico, la gente no aceptaría fácilmente la historia, de la misma manera
que ellos mismos tampoco creyeron sin dificultad sus propias revelaciones cuando las
oyeron durante la segunda parte del tratamiento.

www.lectulandia.com - Página 222


Por fin, los Hill, después de pensarlo mucho, llegaron a la conclusión de que era
preciso escribir un libro sobre su caso, con todo detalle, y dejar que los lectores
decidieran por sí solos si era importante o no lo era, sin otra base que los datos de que
disponían.
—Filosóficamente, he ampliado mi perspectiva del Universo —dice Barney Hill
—. Después del incidente, Betty y yo hemos ido muchas veces al «Planetarium» de
Hayden y oído las conferencias que se dan allí. Cuanto más aprendemos sobre él,
tanto más nos fascina el Universo. Hemos comprado libros sobre las estrellas y los
planetas, y nuestra mente se ha ampliado mucho. Me he vuelto más tolerante y acepto
la posibilidad de que haya vida en otros planetas o en otros sistemas solares.
«He tratado de analizar nuestra experiencia, con objeto de ver si caben otras
posibilidades, es decir, si podría no tratarse, después de todo, de un vehículo volante
de origen extraterrestre. En cierta época, reflexione sobre la posibilidad de que aquel
objeto fuera un avión extranjero de reconocimiento, de modelo muy avanzado, pero
no pude tomar muy en serio esta suposición, no puedo creer que otros seres humanos
sintieran tanto interés por Betty y por mí, que nos hicieran un reconocimiento físico
como aquél, si hubieran sido humanos como nosotros. Podrían haber examinado a sus
propios congéneres, si experimentaban tanto interés».
«Aunque ni a Betty ni a mi nos seduce la idea de ser tomados por excéntricos,
tampoco tenemos por qué estar pendientes de las opiniones que tengan los demás de
nosotros. Si no fuese así, nuestras vidas habrían cambiado mucho más. Yo por
ejemplo, quizás estaría tratando de convencer a la gente, diciéndoles: “¡Miren lo que
me pasó! ¡Tienen que creerme, porque pasó de verdad!”. Pero no tengo excesivo
interés en convencer a nadie contra su voluntad y buen juicio. El asunto varía cuando
se trata de hablar a gente que está interesada en escucharme. Estoy dispuesto a ello y
no les exijo que me crean. Comprendo que nuestro caso, hasta que tengamos más
pruebas, seguirá siendo discutido, eso lo acepto. Ahora, estoy convencido, contra lo
que yo mismo pensaba antes, de que hemos pasado por una experiencia que será
sumamente difícil de probar. Lo único que puedo decir, por mi parte, es que tengo
una clarísima sensación de que el incidente pudo haber ocurrido. Ahora usted puede
opinar lo que quiera. Si quiere creerlo, créalo, si no, a mí me parece bien. Pero le
ruego que tenga en cuenta que he pensado mucho en esto, por resistirme yo mismo a
creerlo, y he llegado a la conclusión de que existe una gran probabilidad de que haya
ocurrido. Desde luego, yo preferiría estar completamente seguro de que todo ello ha
sido una ilusión, pero no puedo refugiarme en esto, por mucho que me gustase,
porque la verdad es que no puedo eliminar la posibilidad de que haya ocurrido,
posibilidad que me resultó evidente cuando oí mi propia voz en las cintas
magnetofónicas».
«El período anterior a la amnesia es una realidad innegable, tanto para Betty
como para mí. Pero precisamente antes de que nos diera la amnesia yo estaba ya

www.lectulandia.com - Página 223


convencido de haber visto personas en el interior del objeto volante. Betty, en
cambio, aún no. Yo tenía la impresión de haber experimentado la sensación de que
aquellos seres establecían comunicaciones conmigo. Betty, no. Esto hace que me
parezca algo difícil aceptar la explicación de que los sueños de Betty fueron
absorbidos por mí, aunque el verdadero problema de este asunto es que cualquier
explicación resulta tan difícil de creer como las otras».
«Cuando Betty se ponía a contar sus sueños a Walter Webb o a nuestros amigos,
yo lo encontraba mal, porque me parecían completamente absurdos. Pero, ahora,
después de haber oído las cintas magnetofónicas ya no estoy tan seguro. Cuando me
oí a mí mismo describir lo ocurrido, me pareció que no había diferencia alguna entre
lo que yo estaba contando y lo que pudo haber ocurrido en realidad. No sé si tendré
razón o no, pero la historia, en su conjunto, me parecía cierta, tanto la parte anterior a
la amnesia, como la posterior a ella».
«Hay una cosa de la que estoy seguro, y es de que ya no siento ese temor, miedo
más bien, que experimenté después de la experiencia de Indian Head. Era una vaga
sensación que nunca había tenido yo hasta entonces, y me alegro de que el
tratamiento del doctor Simon parezca haberme liberado por completo de ella, ahora.
Supongo que esto resume bastante bien lo que pienso de mi propia historia. Pero, en
todo caso, sólo son convicciones mías, con las que cualquiera es muy dueño de no
estar de acuerdo. Lo principal es que sepa que no he formado esas convicciones a la
ligera, sino después de largos y penosos análisis».

—Creo que lo más importante para mí es que se ha ampliado mi visión del mundo
—resume, a su vez, Betty Hill—. ¿A dónde iremos desde aquí? Y para contemplar el
futuro es preciso conocer el pasado. Ahora, me interesa mucho todo lo que se
relaciona con teorías o ideas sobre el pasado de la Humanidad. Pensábamos que el
hombre era relativamente reciente, pero ahora nos hemos enterado de que existe
desde hace muchos años, millones de años, quizá. No hago más que preguntarme cuál
habrá sido el motivo de que, súbitamente, hayamos progresado tanto. En estos
últimos cuarenta años parece ser que hemos vencido más obstáculos que en todo el
transcurso de nuestra Historia. Parece que, realmente, estamos en el umbral de un
nuevo concepto de la Ciencia y que seguiremos progresando a un ritmo cada vez más
rápido, si el hombre no se destruye antes a sí mismo.
«A mí, de pequeña, me enseñaron a creer en lo que supongo se llama el “método
científico”: no hay que creer en nada sin analizarlo y clasificarlo antes. Yo no creo en
los fantasmas. Antes de nuestra experiencia, creía que los que creen en cosas que no
comprenden y los que fantasean están mal de la cabeza. Ahora, he aprendido a ser
más tolerante con las ideas nuevas, aunque yo, personalmente, no las tome en serio».
«Cuando el doctor Simon me sugirió por primera vez la idea de que quizá fuera
posible que yo hubiera convertido mis propios sueños sobre el período amnésico en
una especie de falsa realidad pensé: “¡Qué curioso!”. Me sentía perfectamente

www.lectulandia.com - Página 224


dispuesta a aceptar esto. Más aún, quería creer que tal cosa fuese posible, porque mi
experiencia del objeto volante era muy molesta. Quiero decir que, en realidad, ejerció
una tremenda presión sobre mi personalidad. Y por eso, después de la sesión en que
el doctor Simon me expuso su teoría sobre los sueños, fui a casa y me dije:
“Olvidémoslo, sólo es un sueño”. Ya me entiende… Una se siente muy aliviada
porque es posible negar que esto o aquello haya ocurrido en realidad. Y yo pase por
un período en que hice esto. Cada vez que me ponía a pensar en ello, acababa
diciéndome: “Vaya, no es más que un sueño. Lo mejor es olvidarlo”. Así me liberaba
de todo el peso y ponía fin a la cuestión».
«Así, pues, todas las noches, cuando iba a acostarme, me decía: “No es más que
un sueño”. Cuando terminé el tratamiento, creo que seguí así durante dos semanas,
más o menos. Hasta que, una mañana, me levanté pensando; “¿Por qué trato de
engañarme a mí misma?”. Y me encontré de nuevo como antes. Desde entonces, no
he podido volver a persuadirme de que se trataba de un sueño».
Los Hill advierten que habrá gente que interpretará de diversas maneras parte del
contenido de sus sueños.
—Esto es de esperar —dice Barney Hill—. Yo no soy técnico en estas cuestiones.
En mi caso, no existen sueños relacionados con la experiencia del objeto volante
hasta después de comenzar las sesiones hipnóticas. Mis recuerdos del incidente no
guardan ninguna relación con sueños o con símbolos oníricos. Guardan relación con
la sensación clarísima de que lo que recordé en estado hipnótico tiene la posibilidad
de haber ocurrido. Esto que acepto ahora no pude aceptarlo durante varios años. Soy,
o creo ser, hombre realista y no lo sería si tratase de interpretar lo que ocurrió durante
el período amnésico como mero sueño o mero símbolo onírico.
En el transcurso de sus estudios sociológicos y psicológicos, Betty Hill pudo
examinar las diversas interpretaciones que se dan a los sueños, pero ella dice que
incluso los que teorizan sobre la estructura de los sueños están en desacuerdo entre sí.
—Lo que a mí me interesa es que los incidentes que he visto en sueños y los
incidentes de la historia que me revelé a mí misma en estado hipnótico son casi
idénticos. Y no creo que en este caso las interpretaciones de los símbolos oníricos
puedan decidir si nuestra experiencia fue o no fue real. Ésta es precisamente la parte
de la circunstancia que más nos importa ahora a nosotros… ahora que nuestras
angustias han sido aliviadas.

Aun cuando la experiencia de los Hill en Indian Head fuera un incidente


completamente aislado seguiría siendo importante y digna de estudio científico,
aunque sólo fuera con objeto de esclarecerla.
Pero no es, ni mucho menos, un incidente aislado. Desde comienzos de la
primavera de 1965 ha ido aumentando constantemente el número de informes,
procedentes de observadores competentes, sobre apariciones de objetos volantes no
identificados, muchos de los cuales parecen ser vehículos cuya estructura es muy

www.lectulandia.com - Página 225


parecida a la que describieron los Hill. Se trata, con frecuencia, de policías, oficiales
militares, técnicos y hombres de ciencia y, desde comienzos de 1966, ha podido
observarse que los nombres de ciencia han convertido su anterior escepticismo en
interés y curiosidad. Ya no está de moda ser escéptico. Algunos hombres de ciencia
dicen, incluso, que si el fenómeno es puramente psicológico, el problema se vuelve
aún más importante que si estos objetos fueran, en efecto, vehículos de origen
extraterrestre.
En una conferencia científica que tuvo lugar en junio de 1966, el doctor J. Allen
Hynek, presidente del departamento de astronomía de la Universidad del Noroeste, se
refirió con cierta cautela a una reunión regional de la Sociedad Óptica de
Norteamérica, en la que se discutió la cuestión de los objetos volantes no
identificados; Hynek dijo que había sido muy importante porque supone un cambio
en la actitud de la ciencia ante este fenómeno. Dicho esto, fue al grano: Los objetos
volantes no identificados merecen seria e inmediata atención por parte de la ciencia.
Digo esto al principio a fin de que no se dejen ustedes embaucar por los excéntricos,
los chiflados y los crédulos que han hecho que resulte muy difícil estudiar
racionalmente este fenómeno. Los objetos volantes no identificados son una
verdadera incógnita. El mito no ha sido descifrado y la ciencia tiene que tomar nota
de su existencia. Ya no podemos encogernos de hombros e ignorarlo.
Además de ser presidente del departamento de astronomía de esa Universidad, el
doctor Hynek dirige el programa de localización de satélites del observatorio
astrofísico Smithsoniano de Cambridge, estado de Massachusetts, y es director
científico del proyecto Stargazer de la Aviación militar norteamericana. Lleva
dieciocho años como asesor científico de la Aviación norteamericana sobre
cuestiones relacionadas con los objetos volantes no identificados y ha examinado más
de diez mil casos que constan en los archivos de las Fuerzas Aéreas, muchos de ellos,
personalmente.
En la conferencia que pronunció ante hombres de ciencia, ingenieros y técnicos
en la Sociedad Óptica, el doctor Hynek dijo:
—Yo creía que este fenómeno perdería interés, como la moda de comer peces de
colores o el problema de cuánta gente cabe en una cabina telefónica. Pero no,
continúa teniéndolo: cada vez hay más personas de importancia que afirman haber
visto objetos volantes no identificados de manera explícita y racional. A los que no
conocen esta cuestión con detalle (y no será en la prensa donde puedan informarse
fidedignamente sobre ella) mis conclusiones quizá les parezcan muy extrañas, pero
conste que he llegado a ellas después de pensarlo mucho.
El doctor Hynek reveló, también, que un importante hombre de ciencia de una
Universidad de primera fila había examinado algunos de sus datos sobre los objetos
volantes no identificados censurándole de forma severa por no afirmar pública y
valientemente que esos objetos tenían por fuerza que ser de origen extraterrestre.
—¿Cómo es posible que ustedes no acepten esto? —le preguntó el hombre de

www.lectulandia.com - Página 226


ciencia en cuestión.
El doctor Hynek recordó, entonces, a su colega que, en esto, él estaba aislado en
el mundo científico.
—Después de dieciocho años de escepticismo —dijo en su conferencia el doctor
Hynek— he tenido, por fin, que rendirme antelas pruebas, que son abrumadoras. Ya
en 1953 recomendé que esta cuestión fuese objeto de un estudio científico definido,
pero ésta es la primera vez que hago una proposición categórica. Lo que yo
recomiendo en mi programa es: primero, un estudio inmediato y profundo por
equipos universitarios; segundo, un análisis de tendencias con cerebros electrónicos
basado en cuantos datos haya disponibles; tercero, que se funde un centro de
investigación de objetos volantes no identificados con un personal de hombres
ciencia competentes. Cuando existe la posibilidad de investigar científicamente un
misterio, es propio de irresponsables no procurar hacerlo, explorando, por lo menos,
cada una de sus facetas. Tomarlo a broma ya no es solución adecuada.

En vista del creciente número de apariciones de objetos volantes no identificados,


la experiencia sufrida por Barney y Betty Hill es un indicio más de la necesidad de
explorar más a fondo este misterio, para ver la posibilidad de resolverlo.
Hay muchas preguntas que requieren respuesta, que son producto del «caso Hill»,
que han ido saliendo a la superficie en el transcurso de las sesiones hipnóticas y,
también, en el plano consiente. La historia revelada por los Hill fue publicada por
ellos muy en contra de su voluntad, cinco años después del suceso y tan sólo por
haber servido antes de tema a una serie de artículos aparecidos en un periódico de la
localidad. Los Hill no buscaban publicidad y consiguieron mantener secreta su
historia durante varios años, hasta que, a pesar de sus protestas, fue, por fin,
presentada al público. Sus opiniones, sobre la experiencia de Indian Head son
resultado de un largo y penoso período de inteligente estudio y reflexión, tanto
durante el tratamiento médico como después de él. Su actitud a este respecto es
racional y, al tiempo, cauta.
El misterio principal de su experiencia es que cualquier teoría basada en los datos
revelados por ellos es forzosamente difícil de concebir o comprender. Ser raptados
por seres humanoides inteligentes, procedentes de otro planeta, a bordo de un objeto
volante, es cosa que siempre fue considerada como de ciencia ficción. Inventar un
cuento de ciencia ficción de este calibre requeriría gran habilidad y capacidad de
colaboración. Los Hill encuentran tan difícil, como cualquier persona inteligente,
creer que el rapto sucedió en realidad; la actitud de los Hill es ésta: «Nosotros no
fuimos a buscar ningún objeto volante, ni esperábamos que se nos apareciera. Barney
se resistió y persistió en tratar de negar su existencia; no teníamos la menor idea de lo
sucedido durante las dos horas y cincuenta y seis kilómetros de distancia hasta que
oímos nuestras propias voces en las cintas magnetofónicas; lo que oímos entonces
nos resultó tan difícil de creer como le resultaría a cualquiera; lo único que sabemos

www.lectulandia.com - Página 227


es que, a partir de entonces, las piezas que le faltaban al rompecabezas comenzaron a
encajar en su sitio y que empezó a tomar forma en nosotros la idea de que esas
experiencias pudieron haber sucedido en realidad, ser tan reales como cualesquiera
otros recuerdos válidos y ciertos de nuestra memoria».
La suposición de que los sueños de Betty fueron absorbidos por Barney, creando
en la mente de éste un supuesto recuerdo de haber sido raptado, es también difícil de
concebir o comprender. Si el sueño de Betty fuera la única fuente de información
sobre los seres humanoides, cabría preguntar cómo es que Barney vislumbró seres
vivos a bordo del objeto volante, recordándolos en estado consciente, justo antes de
oír el «bip-bip». ¿Y qué decir de los detalles del supuesto rapto que Barney recordó y
Betty no? ¿Cómo podrían Betty y Barney inventar tanto detalle, notablemente
idéntico, y atenerse a lo inventado con tanta fidelidad?
De nuestra larga e intensa exploración de este caso destacan, sin embargo, ciertos
puntos que son casi irrefutables:

I. TUVO LUGAR UNA APARICIÓN.


Las dos principales alternativas en este caso quedan casi completamente refutadas:
1. Que se trate de una cuidadosa invención, cotejada con todo detalle, un mes después de la
aparición del objeto y, nuevamente más de dos años después; esto requeriría una precisión
inconcebible de planificación, memoria y previsión de un futuro bastante incierto. De muchas
fuentes, así como de dos psiquiatras tenemos prueba de que los Hill son gente honrada e
íntegra.
2. No existe prueba alguna de que los Hill, en ninguna época de sus vidas, hayan sufrido
alucinaciones psicóticas. Cualquier teoría (incluso la de que se trata de sueños) que excluya
estas dos alternativas tiene que aceptar que se les apareció cierto objeto o fenómeno.
II. EL OBJETO APARECIDO DEBIÓ HABER SIDO UN VEHÍCULO VOLANTE.
Lo que vieron los Hill fue un vehículo volante parecido a muchos otros descritos antes y después por
gente que ha visto objetos volantes no identificados.
III. LA APARICIÓN PRODUJO EN ELLOS UNA FUERTE IMPRESIÓN EMOCIONAL.
Buena parte de esta reacción emocional directa fue reprimida y suprimida, exteriorizándose tan sólo
en forma de angustias vagas, sueños y pesadillas y síntomas físicos, hasta que pudo ser liberada
durante el tratamiento hipnótico. Parte de las experiencias emocionales llegaron al plano consciente
sólo estando el paciente en estado hipnótico.
IV. LA ANGUSTIA Y EL TEMOR PRODUCIDOS EN BARNEY POR SU
SUSCEPTIBILIDAD RACIAL SIRVIERON PARA HACER MÁS VIOLENTA AUN SU
REACCIÓN.
Durante todo el viaje, desde Montreal hasta el lugar del incidente, Barney Hill estuvo poseído de un
temor y un recelo cada vez mayores, ante la posibilidad de reacciones hostiles al color de su piel,
aunque luego resultaron infundados. Esta sensación opresiva pudo haberle hecho más sensible a
cualquier experiencia extraña o inusitada intensificando, por lo tanto, la violencia de sus reacciones.
V. LOS HILL NO TENÍAN NINGÚN MOTIVO ULTERIOR PARA INVENTAR TAL
HISTORIA. DURANTE CUATRO AÑOS, SOLO LA CONTARON A UN GRUPO
REDUCIDO DE GENTE.
Los Hill sólo contaron su historia a algunos amigos íntimos y a investigadores, y gente científica
interesada en ella. El tratamiento médico fue solicitado por ellos, con objeto de aliviar sus
inquietudes emocionales, y sólo accedieron a dar publicidad al suceso cuando fue publicado, cinco
años después de ocurrido, sin permiso suyo.
VI. EL CASO FUE INVESTIGADO POR VARIAS PERSONAS, GENTE TÉCNICA Y
CIENTÍFICA, QUE CREE EN LA POSIBILIDAD DE QUE HAYA SUCEDIDO DE
VERDAD.

www.lectulandia.com - Página 228


Las investigaciones llevadas a cabo por Hohman, Jackson y Webb, basadas en su conocimiento de
otros casos semejantes, dan verosimilitud a que el caso de los Hill sea una experiencia válida,
merecedora de la atención de la ciencia.
VII. EXISTEN CIERTAS PRUEBAS CIRCUNSTANCIALES DIRECTAS QUE APOYAN LA
VALIDES DE LA EXPERIENCIA.
No ha sido posible explicar el origen del círculo brillante que apareció en la parte posterior del coche
y que hizo oscilar la aguja de la brújula; tampoco se ha explicado el motivo de que los relojes de
pulsera de los Hill cesaran de funcionar después del incidente. La correa rota de los binóculos de
Barney Hill y el cuello dolorido parecen indicar la extremada agitación de que había sido víctima.
VIII. EN ESTADO HIPNÓTICO, Y TRATADOS POR UN PSIQUIATRA CONOCIDO, LOS
HILL CONTARON HISTORIAS CASI IDÉNTICAS DE LO QUE HABÍA SUCEDIDO
DURANTE SU PERIODO AMNÉSICO.
Una psicosis doble idéntica (Folie à deux) no tiene cabida aquí, por faltar otras características de esta
rara psicosis; tampoco existe ninguna otra prueba de psicosis. Es muy difícil admitir que sea una
invención de los Hill. Las otras dos posibilidades parecen, pues, ser:
1. Que la experiencia sea real y totalmente verdadera.
2. Que la experiencia haya sido afectada por sus propias consecuencias emocionales, hasta el
punto de producir interpretaciones erróneas perceptivas e ilusorias, como sugiere la hipótesis
del sueño.

No hay una solución definitiva. Al principio del caso sólo había un problema,
pero ahora han surgido otros en su lugar. Pero si cabe pensar, aunque sea
provisionalmente, que el incidente es real, resulta evidente que sus consecuencias
pueden afectar a la Historia del mundo. Tal incidente justificaría una revisión a fondo
de nuestras ideas religiosas, políticas, científicas y hasta literarias. Es evidente que
urge un estudio y un informe científico y minucioso sobre esta cuestión. De hecho,
parece ser que las Naciones Unidas están estudiando la posibilidad de llevar a cabo
una investigación de alcance mundial sobre el fenómeno.
Ni Barney ni Betty Hill tenían la menor idea de que iban a verse envueltos en
tales sucesos, cuando salieron del pequeño restaurante de Colebrook, en el Estado de
New Hampshire, a las diez y cinco de la noche, el 19 de septiembre de 1961. No son
dos misioneros ni tratan de convertir a los incrédulos, aunque abrigan la esperanza de
que surjan pruebas o pistas que contribuyan al esclarecimiento de las extrañas
circunstancias de su experiencia. Ellos se contentan, por ahora, con comunicar
cuantos datos poseen sobre su caso, dejándoles que hablen por sí solos.
Pero, como dijo Tennyson:

Quizá los sueños más improbables no sean después de todo, más que
los preludios necesarios de la verdad.

www.lectulandia.com - Página 229


APÉNDICE

Lo que sigue es el resumen de los sueños de Betty, escrito por ella para su uso
personal después del incidente de Indian Head. Como se verá, son fundamentalmente
iguales a sus recuerdos de lo ocurrido durante el período afectado por la amnesia. No
es raro que los sueños que resultan de una experiencia violenta sean literales, es decir,
reproducción completa de lo que Sucedió de verdad. Por otra parte, estos sueños no
sirven de prueba a favor o en contra de que el suceso sea real.
Las notas detalladas de Betty Hill se incluyen aquí a modo de apéndice para los
lectores que deseen comparar el contenido de sus sueños con lo que ella recordó del
período amnésico, estando en estado hipnótico.
Las coincidencias son notables.

Sueños que tuve a consecuencia de haber visto un objeto volante no


identificado, en White Mountains, durante la noche del 19 al 20 de
septiembre de 1961.
Sucedieron dos cosas que tengo claramente fijas en la mente: ambas
intervienen también en mis sueños. El primer suceso fue que vimos un
enorme objeto que brillaba con una luz anaranjada y que parecía estar
posado en tierra. Delante de él vi la silueta de unos árboles. Nuestra
reacción fue decir: «¡Dios mío, otra vez!». Y, luego, nos tranquilizamos
diciéndonos que tenía que ser la luna. En este momento, en la
carretera, nuestro coche tuvo que torcer bruscamente a la izquierda. El
segundo suceso fue al final de todo esto. Pregunte a Barney si creía en
los platillos volantes ahora y el replico: «No digas tonterías, claro que
no». Trataré de describir mis sueños por orden cronológico aunque no
los tuve de esa manera. En realidad, el primer sueño mencionado aquí
fue el último que tuve. Experimente entonces mucho terror, más terror
del que hubiera creído posible sentir (Betty Hill recuerda que casi se
cayó de la cama mientras soñaba esto).
Íbamos a casa en coche, después de haber visto el objeto, cuando vimos
la forma volante anaranjada y reluciente; vimos que la carretera
describía una curva a la derecha. En ese momento vi a ocho u once
hombres en pie, en plena carretera. Barney aminoro la velocidad, para
darles tiempo a que se apartaran, pero el motor, entonces, se caló.
Mientras él trataba de ponerlo en marcha, los hombres rodearon el
coche. Barney y yo seguimos allí, inmóviles y mudos; yo estaba
aterrada. Entre tanto los otros abrieron las puestas del coche, uno a
cada lado, alargaron las manos y nos cogieron por el brazo.

www.lectulandia.com - Página 230


Éste es el primer sueño que tuve.
Estoy forcejeando tratando de despertarme; estoy en el fondo de un
pozo profundo y tengo que salir de él, todo está negro; me esfuerzo por
recobrar mis sentidos; lenta y gradualmente, comienzo a sentirme
dueña de ellos, me esfuerzo por abrir los ojos, un instante y, luego los
sierro de nuevo; sigo forcejeando, estoy como atontada y tengo una
extraña sensación de estar lejos. Por fin, gano la batalla: mis ojos se
abren, estoy asombrada. Voy andando por una vereda, en el bosque,
arboles altos a ambos lados, pero a cada lado mío, muy cerca de mí,
hay un hombre; delante de mí, hay dos hombres; detrás de mí, hay dos
hombres; luego, viene Barney con un hombre a cada lado; detrás de él,
hay otros hombres. Vuelvo a sentirme aterrorizada y me vuelvo a
Barney y digo su nombre, pero él está como sonámbulo, no me oye y no
parece advertir lo que está sucediendo. El hombre que va a mi
izquierda me habla y me pregunta si su nombre es Barney; rehusó
responderle. Él, entonces, trata de tranquilizarme: no tengo nada que
temer, Barney está perfectamente bien, no nos harán ningún daño. Solo
quieren hacer ciertos experimentos; cuando terminen, que será
enseguida, nos volverán al coche y podemos seguir con toda
tranquilidad nuestro camino. No tenemos nada que temer.
Durante este tiempo, me doy cuenta conscientemente de varias cosas.

Aquí, Betty se está refiriendo a su sueño, como en todo lo que sigue.


Primero: sólo uno de los hombres habla en inglés, con acento
extranjero, pero muy comprensible. Los otros no dicen nada. Observo
su apariencia física. Casi todos ellos tienen la misma altura que yo,
aunque no recuerdo exactamente si los tacones de mis zapatos son muy
altos. Ninguno de ellos es tan alto como Barney, de modo que medirían
de metro cincuenta a metro sesenta y cinco. Tienen el pecho más ancho
que nosotros; sus narices son más grandes (quiere decir más largas)
que las humanas normales, aunque he visto a gente con narices como
las de estos hombres, Jimmy Durante, por ejemplo.
Son de un color grisáceo; como la pintura gris mezclada con algo de
blanco; sus labios eran azulados. Tenían el pelo y los ojos oscuros;
probablemente, negros.
Los hombres todos iban vestidos igual; sin duda, llevaban uniforme;
era de un color azul marino claro, con un matiz gris. Llevaban
pantalones y chaquetas cortas que parecían de esas de sport con
cremallera, pero no recuerdo haberles visto cremalleras ni botones. Los
zapatos eran bajos, sin, cordones, parecidos a botas. No recuerdo que

www.lectulandia.com - Página 231


llevasen joyas ni insignias. Todos llevaban gorros que parecían de tipo
militar, como los de los aviadores, pero no tan anchos en la parte
superior.
Su aspecto era muy bueno, no terrorífico. Parecían muy tranquilos,
afables y precisos; no se apresuraban ni perdían el tiempo.
Después de tranquilizarme diciéndome que no tenía nada que temer, el
«jefe» dejó de hacerme caso y seguimos andando. Yo me volvía de
cuando en cuando a Barney, que seguía sin darse cuenta de lo que
estaba ocurriendo. Diré aquí que siguió en este estado hasta que todo
termino y volvimos al coche.
Llegamos a un pequeño claro. Delante de nosotros había un disco, casi
tan ancho como mi casa e igual de largo. No estaba iluminado, pero
parecía metálico. No vi ni luces ni ventanas y tuve la impresión de que
nos habíamos acercado a él por la parte posterior. Subimos un peldaño
o dos y nos vimos en una rampa, que conducía a una puerta. En este
momento, volví a sentirme asustada y me negué a seguir andando. El
jefe me habló, suavemente, pero con firmeza, tranquilizándome y
diciendo que no había motivo de miedo y que cuanta más demora les
ocasionase negándome a cooperar, tanto más tardaríamos en volver al
coche. Me encogí de hombros y accedí a entrar para acabar de una
vez; en aquella situación, no parecía haber otra alternativa.
Entramos en el disco. Me encontré en un pasillo curvo como el disco.
Nos disponíamos a entrar en el primer cuarto, con puerta al pasillo,
cuando vi que llevaban a Barney pasillo adentro. Proteste y les
pregunte por qué no nos examinaban a los dos en el mismo cuarto. Al
jefe pareció impacientarle mi pregunta y mis protestas, pero empezó a
explicarme, como quien habla con una criatura, que de esa forma,
tardarían el doble, porque en cada cuarto sólo tenían instrumentos
para examinar a una persona cada vez, y que él creía que yo quería
acabar lo antes posible. En vista de eso, accedí a entrar.
Cuatro o cinco de los hombres entraron con nosotros, pero, luego,
entró otro más y los otros se fueron. Este que entró era el médico y
también hablaba inglés. Era muy afable y tranquilizador. Me hizo
preguntas, algunas de las cuales comprendí con dificultad, porque su
inglés no era tan perfecto como el del jefe. Mis respuestas, a veces, le
sorprendían. Me preguntó mi edad y también la de Barney. Movía la
cabeza, como si pusiera en duda la veracidad de mis respuestas. Me
preguntó lo que comía y, cuando se lo dije, me hizo más preguntas:
«¿Qué aspecto tienen las hortalizas? ¿Cuál es la que más le gusta?».
La calabaza. «¿Qué aspecto tiene la calabaza? ¿Cómo se come?». Le

www.lectulandia.com - Página 232


dije que había que pelarla, cocinarla, hacerla puré, echar sal y
pimienta y mantequilla… Me miró perplejo. Traté de explicarle el color
de la calabaza y me puse a buscar en el cuarto algo que fuera amarillo,
pero no habla nada. Traté de explicarle lo que es la carne y la leche,
pero no comprendía el significado de las palabras de que yo me servía.
Entonces, el médico dijo que quería hacer ciertos experimentos, para
averiguar las diferencias básicas entre ellos y nosotros; que no me
haría el menor daño ni sentiría dolor alguno. Además, me aseguró que
me iría explicando sobre la marcha lo que me hiciera. Sólo unos
experimentos sencillos. El jefe volvió a entrar y estuvo con nosotros
todo el rato que pasé yo allí. Mientras efectuaban los experimentos, se
limitó a observar. Primero, me hicieron sentarme en un taburete y el
médico se situó frente a mí; una luz brillante me iluminaba desde
arriba. Examino cuidadosamente mi pelo y arranco, primero unos
pocos pelos y luego, me corto un mechón en la parte de la nuca, a la
izquierda. No vi con que me lo cortaba. Luego, me examino la boca, la
garganta, las orejas, y me saco un poco de cerumen o lo que fuese.
Después, me miraron las manos y las uñas, y me cortaron un pedazo de
uña. Me quitaron los zapatos y me miraron los pies. Se fijaron mucho
en mi piel, que pareció interesarles, y sacaron una especie de aparato
que pusieron junto a la parte superior de uno de mis brazos, por el lado
del costado. Parecieron ajustarlo; me pregunté si sería un microscopio
o una máquina fotográfica. El médico sacó, luego, un instrumento
largo y fino, parecido a un abrecartas…, y con él me raspó el brazo.
Las muestras que me arrancaba se las pasaba al jefe, quien las ponía
cuidadosamente en una cosa clara que parecía cristal o plástico, lo
cubría con otra cosa igual y, luego, lo envolvía en un pedazo de tela.
Lo mismo que hacen en los laboratorios.
Luego, acercó una máquina y me dijo que me echara en una mesa. La
máquina parecía los alambres de un electroencefalógrafo, con el que se
graban las ondas eléctricas del cerebro, pero no vi ningún aparato
registrador. Al final de cada alambre, había una aguja. Me explicó que
quería examinar mi sistema nervioso y me tranquilizó diciéndome que
no sentiría dolor alguno. Muy suavemente, fue aplicando las agujas, de
punta, a diversas partes de mi cuerpo. Empezó con la cabeza, las
sienes, el rostro, el cuello, detrás de las orejas, la parte posterior del
cuello, toda la espina dorsal, los sobacos, todo alrededor de las
caderas y, con más minuciosidad aún, las piernas y los pies. A veces,
me tocaba con una sola aguja; en otras ocasiones, con dos o con varias
al mismo tiempo. Unas pocas, al tocarme, me hicieron sobresaltarme o
produjeron movimientos reflejos en un brazo o una pierna, pero muy

www.lectulandia.com - Página 233


ligeros. Los dos hombres parecían muy interesados en este experimento
y yo creo que se sirvieron de alguna máquina capaz de registrar datos y
reacciones, aunque no vi ninguna. También, durante este
reconocimiento, me hicieron quitar el vestido, porque dificultaba su
tarea.
Me dijeron que el experimento siguiente consistiría en ver si estaba
embarazada. El médico cogió una aguja muy larga, de unos nueve a
trece centímetros de longitud. Le pregunté qué iba a hacer y me dijo
que era un experimento sumamente sencillo, nada doloroso, pero que a
ellos les sería muy útil. Le pregunté qué clase de experimento pensaba
hacer con la aguja. No me contestó, pero, con un movimiento brusco,
me hincó la aguja en el ombligo. De pronto, sentí un dolor muy intenso
y me puse a agitarme y a gemir. Ambos parecieron muy sorprendidos
por esto, y el jefe se inclinó sobre mí y me pasó la mano por delante de
los ojos, inmediatamente, el dolor cesó por completo y me sentí bien.
En aquel momento, me sentí llena de gratitud hacia el jefe, perdí todo
el miedo que me había inspirado y me dije que era un amigo. Le repetí
las gracias por haberme quitado el dolor y él me dijo que ignoraban
que aquel experimento iba a dolerme; de haberlo sabido, no lo habrían
hecho. Advertí que le preocupaba y comencé a confiar en él.
Decidieron terminar los experimentos. El médico salió del cuarto y el
jefe reunió las muestras y las guardó en un cajón mientras yo me ponía
el vestido y los zapatos. Le pregunté a dónde había ido el médico y me
contestó que tenía que terminar los experimentos con Barney, que
Barney les costaba más tiempo que yo, pero que pronto volveríamos al
coche.
Seguí esperando y charlando con el jefe, y dando vueltas por el
pequeño cuarto. En el cuarto no había colores y era de construcción
metálica, como acero inoxidable o aluminio. En el lado curvo había
una puerta y armarios; las otras dos paredes se juntaban en triángulo,
Había una luz, que salía del techo, como de color azul. En un rincón,
tenían los instrumentos que se habían empleado para los experimentos.
Cuando el jefe lo hubo guardado todo, nos pusimos a hablar junto al
lado derecho de la puerta. Yo dije que aquello había sido una
experiencia insólita, pues nunca me había ocurrido nada semejante. Él
sonrió y dijo que estaba de acuerdo, aunque, naturalmente, al principio
me había asustado mucho. Sintieron que me hubiera asustado y dijo
que habían hecho cuanto les fue posible por aliviar mi miedo. Confesé
que ya se me había pasado el miedo y que, ahora, estaba contenta por
la oportunidad que se me presentaba de hablar con él, pues tenía

www.lectulandia.com - Página 234


muchas preguntas que hacerle. Él me dijo que estaba dispuesto a
contestar a todas.
En este momento, entraron apresuradamente varios de los hombres.
Era evidente que estaban muy agitados y se pusieron a hablar con el
jefe, aunque yo no comprendí una palabra de lo que dijeron. No se
servían de palabras o tonos familiares. El jefe salió del cuarto con ellos
y me asuste, pensando que le hubiera ocurrido algo a Barney. EL jefe
se ausento poquísimo tiempo; me abrió la boca y me toco los dientes
tratando de moverlos. Después, muy perplejo, me dijo que estaban
sorprendidos porque los dientes de Barney se podían quitar y los míos
no. ¡Era un descubrimiento sorprendente! El medico volvió y me miró
los dientes. Yo me eche a reír con todas las ganas y les explique que
Barney tenía dentadura postiza. Les explique, también el motivo de que
la tuviera, añadiendo que, aunque yo aún no la necesitaba, me haría
falta cuando envejeciera. Esto les sorprendió mucho y no hacían más
que ir al cuarto de Barney y volver para mirarme otra vez los dientes y
comprobar las diferencias, no me creían, y movían la cabeza como si lo
dudasen.
Cuando se fueron los otros, el jefe me pregunto que es envejecer. Le dije
que la vida humana se calcula en unos cien años, pero que lo normal
era que la gente se muriera entre los sesenta y cinco y los setenta, por
enfermedades o desgaste; otros morían por accidentes o enfermedades
en cualquier edad. Trate de explicarle que es la vejez, las arrugas, el
pelo gris, etcétera. Me pregunto que es cien años y yo no sabía cómo
explicárselo: una forma de medir el tiempo.
Entonces, volví a decirle que aquella experiencia me parecía increíble
hasta a mí, que nadie me creería que había ocurrido en realidad, que
todos dirían que me había vuelto loca. Le dije que me hacía falta una
prueba que les convenciera, algo que pudiera llevarme de allí y
enseñar a la gente. Accedió a dármela y me pregunto qué quería
llevarme. Mire por el cuarto y vi un grueso libro. Le pregunte si me lo
podía llevar y me dijo que sí. Me sentí contentísima y le di las gracias.
Abrí el libro y vi que tenía símbolos escritos en columnas largas y
estrechas. Me pregunto en broma si sabía leerlo, pero le dije que no,
que era imposible, que nunca había visto nada parecido, pero que no
me lo llevaba para leerlo, sino como prueba irrefutable que de aquella
experiencia y que siempre me acordaría de él, por mucho que viviera.
Entonces le pregunte de donde era y él me contestó, preguntándome a
su vez si yo sabía algo del universo. Le respondí que no, pero que me
gustaría aprender. Fue a la pared y saco un mapa que me pareció muy

www.lectulandia.com - Página 235


extraño. Pensé que era un mapa del cielo. Era un mapa de los cielos,
con numerosas estrellas de diversos tamaños y planetas, algunos
grandes, otros meros puntos. Entre muchos de ellos había líneas, una
de puntos, otras continuas, unas más gruesas que otras. No eran
derechas, sino curvas. Algunas iban de un planeta a otro y de éste a
otro, formando series de líneas. Algunos planetas no estaban unidos
por líneas. El jefe me dijo que las líneas eran rutas de expediciones y
que señalase la tierra en el mapa, pero yo le conteste que no tenía la
menor idea de donde pudiese estar la tierra en aquel mapa. Él,
entonces, adopto un tono ligeramente sarcástico y me dijo que si no
sabía ni siquiera donde estaba la tierra, él no podía decirme de donde
era él; y guardo el mapa de nuevo en su sitio. Yo le respondí que no
había querido ofenderle y que ya le había dicho que no sabía nada de
aquellas cosas, pero que en el mundo había mucha gente que si sabía, y
yo estaba convencida de que a todos les encantaría hablar con él y
comprenderle.
Entonces, le sugerí la posibilidad de organizar una reunión entre él y
esa gente, y le dije que sería una reunión histórica, una reunión entre él
y los hombres de ciencia y la gente importante del mundo. Mientras le
decía todo esto, yo estaba preguntando si podía organizar una reunión
como aquélla, pero me dije que, de una forma o de otra, podría
hacerse. Él me pregunto qué porque, y yo le respondí que la mayoría de
los seres humanos no creían en la existencia de seres como él. Sonrió y
no dijo nada. Yo seguía tratando de convencerles, cuando aparecieron
varios hombres llevando a Barney, que aún estaba como dormido. Le
hable, pero no me contesto. Le pregunte al jefe cuando se despertaría, y
me dijo que en cuanto estuviera de nuevo en el coche. Nos dirigimos
hacia la puerta, y uno de los hombres dijo algo que no entendí. Todos
se pararon y empezaron a hablar con agitación. El jefe volvió y les
habló. Se había producido un desacuerdo y el jefe parecía estar en
minoría. Se me acerco y me quito el libro. Yo protesté, diciéndolo que el
libro era mi única prueba; él dijo que ya lo sabía y que precisamente
por eso me lo quitaba. Dijo que a él no le parecía mal dejarme el libro,
pero que se había tomado la decisión de que lo mejor era que nadie se
enterase de nuestra experiencia y que ni siquiera yo me acordaría de
ella. Me enfade al oír esto y le dije que como fuera, donde fuera, lo
recordaría y que nada podría forzarme a olvidarlo. Él rió y admitió que
quizá me fuese posible esto… recordarlo, pero que él haría cuanto
estuviese en su poder para impedírmelo, ya que ésa había sido la
decisión general. Añadió que, aunque yo consiguiera recordarlo, nadie
me creería; que Barney no guardaría el menor recuerdo de todo el

www.lectulandia.com - Página 236


incidente, y que, aun el caso, muy poco probable, de que se acordase se
acordaría de las cosas de manera distinta a la mía y eso crearía
confusión, duda, desacuerdo. De modo que, aunque yo me acordase, lo
mejor sería olvidarlo, porque de otra manera, solo conseguiría crearme
inquietudes.
Salimos del objeto y nos adentramos en el bosque. Esta vez, el paseo
me pareció corto. No deje de repetirme que me acordaría siempre y de
pedir que volviese: por favor, por favor, vuelvan.
El jefe dijo que no era él quien tenía que decidirlo, que no sabía si
podría volver; yo dije que me sentía muy contenta de haberle conocido
y que era un honor para mí y que le agradecía lo amable que había
sido. Nos acompañaban todos.
Llegamos al coche y el jefe nos dijo que esperáramos a verles despegar.
Dijimos que bueno. Barney pareció ir despertándose a mediada que
nos acercábamos al coche y no dio muestras de emoción alguna, como
si todo aquello fuera una de esas cosas que ocurren a diario.
Estábamos en el lado derecho del coche, Barney apoyado en el capo y
yo junto a la puerta. Mientras esperábamos, me acordé de Delsey. Abrí
la puerta del coche y vi que Delsey estaba debajo del asiento delantero.
Temblaba como una hoja y la acaricie un momento. Salió y la cogí en
brazos, teniéndola así y apoyándome, como antes contra la puerta del
coche.
De pronto, el objeto volante se convirtió en un disco reluciente y
pareció rodar como una pelota. Dando tres o cuatro vueltas; luego se
lanzó cielo arriba. Desapareció en un instante, como si hubiera
apagado sus luces. Me volví a Barney; me sentía llena de energía. Le
dije que aquélla era la experiencia más maravillosa e increíble de toda
mi vida; acaricie a Delsey y dije:
—Se van, y nosotros seguimos igual que antes.
Subimos al coche y Barney arranco. No dijo nada sobre lo sucedido.
Pero yo me dirigí a él y le pregunte:
—¿Qué? ¿Crees ahora en los platillos volantes, o no? Él replicó:
—No digas tonterías.
Entonces, oímos de nuevo el «bip-bip», que sonaba contra el coche y yo
pensé: «Buena suerte, adiós. Voy a olvidarme de vosotros. Si queréis
que os olvide, os olvidaré, y no hablaré a nadie de vosotros».

www.lectulandia.com - Página 237


APARTADO GRÁFICO

Barney y Betty Hill.

Barney y Betty Hill.

www.lectulandia.com - Página 238


Barney y Betty Hill, sosteniendo la primera edición del libro.

Portada original del libro The Interrupted Journey.

Dibujo del objeto como lo vio Betty Hill por primera vez.

www.lectulandia.com - Página 239


Barney enseñando un dibujo suyo del objeto volante.

Dibujo del objeto realizado por Barney Hill.

www.lectulandia.com - Página 240


Dibujo de Barney Hill sobre la escena del rapto.

www.lectulandia.com - Página 241


Boceto del objeto volante realizado por Betty Hill para la
redacción del libro.

Dibujo del jefe realizado por Barney en estado hipnótico.

www.lectulandia.com - Página 242


Dibujo de Barney realizado mientras escuchaba sus relatos en el
magnetófono.

Mapa dibujado por Betty Hill.

www.lectulandia.com - Página 243


Mapa del viaje de Barney y Betty Hill desde Canadá a
Portsmouth.

1. Salen del restaurante, en Colebrook, a las 10:05 de la


noche.
2. Ven el platillo volante por primera vez, cerca de
Lancaster (hora incierta).
3. El objeto se sitúa detrás de Cannon Mountain.
4. Barney baja del coche y se interna en el campo con
sus binóculos. Comienzan a oírse los «bip-bip».
Aparece la amnesia.
5. Momento probable de la vuelta.
6. Posible lugar del rapto.
7. Se oye de nuevo aquí el «bip-bip» (no es seguro que
se viera nada). Vuelve, en parte el estado consciente.
8. Se lee un aviso que dice «Concord - 17 millas» y
vuelven por completo al estado consciente.
9. Llegan a Portsmouth, al amanecer.

www.lectulandia.com - Página 244


JOHN GRANT FULLER, Jr. (Philadelphia, Pennsylvania, EE. UU., 30 de noviembre
de 1913 - Norwalk, Connecticut, EE. UU., 7 de noviembre de 1990). Autor
norteamericano de varios libros de no ficción y artículos de prensa, centrados
principalmente en el tema de los extraterrestres y lo sobrenatural.
Durante muchos años escribió una columna regular para la revista Saturday Review,
llamada Trade Winds.

www.lectulandia.com - Página 245

También podría gustarte