Fabulas mayas
El Maya y el Azteca
Erase una vez, en una época muy
remota, solo dos habitantes sobre una
parte específica del suelo mexicano, se
trataba de un indio maya y otro azteca.
A pesar de tener que convivir juntos
porque no habían muchos lugares a
donde recurrir, no se llevaban bien,
puesto que tenían diferentes formas de
pensar tras venir de distintas tribus.
Pasaba el tiempo y los hombres nunca
lograron ponerse de acuerdo sobre sus
decisiones y formas de convivir, hasta
que un día debían tomar una elección
de la cual dependería su permanencia en la tierra. El hombre Maya estaba más
acertado en su decisión, y había hecho un plan excelente que les permitiría
continuar viviendo.
Pero la terquedad del Azteca fue mucho más poderosa, negándose a hacer todo
aquello que le dijera el Maya solo por ser diferente y por tener orígenes distintos a
los suyos. Prefirió la muerte, en lugar de doblegarse y darle la razón que tenía el
hombre Maya.
Moraleja: no porque alguien sea diferente a nosotros y tenga orígenes distintos,
como por ejemplo de nacionalidad, género o color de piel, debemos rechazar
cualquier idea que provenga de ellos, pues esto no determinará el hecho de que
quieran hacerte daño con sus decisiones o pensamientos. Hay que darles la
oportunidad.
Fabula el conejo y la luna
El aburrimiento le llevó al dios maya a
pensar: ¿y si viajo por el mundo
transformado en hombre? Y eso hizo: el dios
Quetzalcóatl se convirtió en hombre y bajó a
la Tierra.
Y andando y andando por el mundo,
comenzó a tener hambre. De hecho, llevaba
todo el día andando y no había probado
bocado. El sol se puso, la luna y las estrellas iluminaron el cielo.
El dios se sentó a descansar y de pronto vio a un conejito grisáceo que entraba en
su madriguera a comer.
– Eh, conejito, ¿qué comes?- le preguntó el dios.
– Un poco de zacate (hierba de pasto) que encontré- contestó él- Si quieres, puedo
compartirlo contigo.
– Oh, gracias, conejito, pero yo no como zacate.
El conejo vio que estaba realmente hambriento y muy cansado…
– ¿Y entonces, qué comerás?
– Nada- contestó Quetzalcóatl.
– Pero… ¡morirás de sed y hambre!
– Así será…
– No, eso no puede ser- dijo de pronto el conejito-. Si quieres, puedes comerme.
Yo solo soy un conejo, y tú eres un hombre. Si tienes hambre, debes comerme.
Entonces, el dios Quetzalcóatl, impresionado por la bondad y humildad del conejo,
le tomó entre sus brazos, le acarició y le alzó muy alto. La luna lucía muy redonda
y blanca. El dios bondadoso miró la luna y luego al conejito y dijo:
– Tú solo serás un conejo, pero tienes un corazón más bondadoso que el de muchos
humanos. A partir de ahora, serás ejemplo para todos. Tu imagen quedará grabada
en la luna y así, cada vez que los humanos la miren, recordarán tu enorme gesto.
De forma casi inmediata, la imagen del conejito quedó grabada en la luna. El dios
Quetzalcóatl dejó al conejo en su madriguera y decidió volver a su mundo,
satisfecho al comprobar que hasta los animales más insignificantes tenían un gran
corazón.