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Heroínas Incómodas

El documento analiza la visibilidad de las mujeres en la historia de la independencia argentina. Durante el proceso de independencia, las mujeres más visibles eran de la elite urbana criolla y se les permitió roles como hacer uniformes o donar joyas para el ejército. Sin embargo, muchas otras mujeres también jugaron roles menos reconocidos como espionaje o lucha directa. Recientemente, la historiografía ha incluido a más mujeres en la narrativa, pero todavía queda trabajo por hacer para visibilizar a aquellas de las que solo se conocen apodos

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Heroínas Incómodas

El documento analiza la visibilidad de las mujeres en la historia de la independencia argentina. Durante el proceso de independencia, las mujeres más visibles eran de la elite urbana criolla y se les permitió roles como hacer uniformes o donar joyas para el ejército. Sin embargo, muchas otras mujeres también jugaron roles menos reconocidos como espionaje o lucha directa. Recientemente, la historiografía ha incluido a más mujeres en la narrativa, pero todavía queda trabajo por hacer para visibilizar a aquellas de las que solo se conocen apodos

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HEROÍNAS INCÓMODAS

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Mujeres visibles e invisibles en la historia de la Independencia

Amor Perdía

Profesora de Historia

Cuando se habla de “visibilidad” en Historia se hace referencia, en general, a la revalorización de


un objeto de estudio poco analizado hasta entonces. La mujer ha salido de este espacio oculto
desde mediados del siglo XX, pero su visibilidad no supuso un cuestionamiento al paradigma
androcéntrico tradicional1. La historia de las mujeres incorporó biografías femeninas al relato
masculino sobre el pasado. Lo cual no significa que haya sido fácil e improductivo dicho trabajo.
Ardua ha resultado la tarea de hallar datos sobre las mujeres y valioso es, por ende, el fruto de
tamaño esfuerzo. Pero aun así, la historia de las mujeres, las incorpora en su relación al mundo
masculino, (hija, madre, esposa), las halaga por sus características masculinas (guerreras y
valientes como hombres) y las juzga como mujeres atemporales, definidas, únicamente, por las
particularidades de su sexo.

La idea de “género”, en cambio, remite a una historiografía que busca ver cuáles son los atributos
culturalmente asignados a cada sexo, en un momento determinado. De esta manera el concepto
de “poder” cruza por las definiciones de un hombre o una mujer; cruza por las relaciones que
entre ellos se establecen, por sus posibilidades y límites. Una mujer se define, entonces, en un
lugar, en un momento, y dentro de una relación de poder determinada. Es así que la historia de
géneros se relaciona con el conflicto (enfrentamiento y necesidad mutua) que también puede
caracterizar a una historia de clases sociales, o de razas, o de grupos etarios2.

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Analizar a las mujeres con una mirada política implica, en consecuencia, verlas en su clase, en su
raza y en su grupo etario. Esto permite romper, además, con una falsa solidaridad de género
presente en muchos artículos historiográficos, donde se reivindica a mujeres disímiles por el
(¿simple?) hecho de ser mujeres. Olvidando, así, las posibilidades económicas, sociales, culturales
y políticas en donde se movieron las acciones realizadas por estas mujeres. Muchas veces la
historia nacional, con el afán (sincero) de revalorizar el hacer femenino ha puesto en la misma
tarima esfuerzos dispares. Colocando a aquellas que dieron algunas de sus joyas como aporte
económico a la causa de la independencia, junto a quienes perdieron hijos, marido y
absolutamente todas las posesiones en la misma causa. El análisis de la visibilidad progresiva y
diferente que este texto utiliza, tiene el objetivo político de romper con esta injusticia.

La historia más visible La historia más visible engendra a las mujeres más vistas. El largo proceso
que va desde la ruptura del Estado Colonial hasta la formación del Estado Nacional Moderno tiene
grandes líneas de análisis que es preciso ver por sobre los sinuosos hechos coyunturales. La
Revolución municipal del 25 de mayo de 1810 cruza los límites de la ciudad porteña de Buenos
Aires hacia el resto de los territorios del Virreinato del Río de la Plata. Aquella Revolución política
implica, Cabildo Abierto mediante, un cambio de autoridad: el fin del poder virreinal, el comienzo
de una Junta de gobierno definida localmente. Esta Junta está dirigida por una elite urbano criolla3
que sienta las bases del proceso que acaba de abrirse. Cuando esta Revolución anticolonial se
“exporta” al resto

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del Virreinato comienza a transformarse en guerra. Si la cabeza de este proceso es la elite urbana
criolla, el cuerpo ha de ser la gran masa poblacional (urbana y rural) que puebla las principales
zonas de conflicto: El Alto Perú, Salta, Jujuy, la Banda Oriental y las provincias mesopotámicas. Con
la expansión de la guerra se da una militarización de la sociedad. La guerra define el día a día para
muchas personas, y esto será así, en los primeros veinte años, tras la revolución de 1810.
Significará, además, el quiebre definitivo de la estructura económico-extractiva colonial y, con ello,
la crisis de la elite urbana que capitanea la guerra4.

Se da, también, una militarización de la política, la que está guiada por dos grandes ejes: la lucha
contra el Estado español y la forma que debería adoptar el nuevo Estado local. El primer tema
hallará más consenso que el segundo. Ya antes de la firma formal de la independencia, el 9 de julio
de 1816, la lucha contra la organización colonial es evidente y podemos decir que está casi
concluida para 1825. No así la definición sobre cómo debe ser la nueva organización política. Estos
debates internos recrudecerán a partir de ese año y no será hasta 1880 cuando se pueda hablar de
una unidad lograda.

Esta unidad cerrará la transición del dominio de una elite colonial a una elite nacional. Implicará la
extirpación de proyectos alternativos, la eliminación de los caudillos provinciales y la alianza de
diversos sectores económicamente dominantes. La unidad política finalmente lograda en 1880,
dará frutos a un Estado Nacional Moderno profundamente oligárquico.

Las mujeres que se ven y las que no se ven

Durante el proceso de independencia los discursos liberales pueblan los textos y las
argumentaciones públicas. Pero estas nuevas ideas burguesas no van a significar mayores
derechos

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para las mujeres, sino, más bien, lo contrario. La autonomía que ganó el ciudadano, el hombre
libre, era una prerrogativa exclusivamente masculina. Las mujeres, en cambio, se vieron atadas a
preceptos más acartonados y rígidos. En este sentido, dice Dora Barrancos: “Severamente
amonestadas para que pudieran conservar virtudes de la pureza sexual, las jóvenes de las capas
medias que constituían la burguesía en las sociedades avanzadas —sin duda, un conjunto muy
heterogéneo- vivieron mayores restricciones, lo que significó una pérdida sensible de las
determinaciones propias que, al menos en el siglo XVIII, pudieron gozar las integrantes de la
aristocracia de las naciones europeas”5

En esta etapa las mujeres que tuvieron mayor visibilidad son las pertenecientes a la elite urbano
criolla. El rol que se les permitió asumir, principalmente, fue el de la mujer hacedora de uniformes,
banderas o generosa donante de joyas para el empobrecido ejército patrio. Estos fueron los
espacios estimulados en ese momento, celebrados públicamente y premiados. Hubo, es cierto,
otras acciones elogiadas y hasta condecoradas, pero fueron la excepción y no la regla: elogios a un
valor y a un conocimiento “poco comunes á personas de su sexo”6.

Estos diferentes roles femeninos fueron incorporándose al reconocimiento histórico con el paso
de los años, como el de espionaje o la lucha directa. Aquí ingresaron muchas mujeres que si bien
pertenecían a familias acomodadas en aquellas zonas de guerra, pusieron su patrimonio y su vida
en riesgo por el logro de la independencia. Es importante dar nota que la visibilidad no les llegó en
vida y por eso muchas de estas mujeres murieron en la extrema pobreza y el anonimato, apenas
localizables en interminables juicios en los que reclamaban al nuevo Estado alguna devolución por
los esfuerzos hechos.

La visibilidad más reciente (y por ello la más oscura) in

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cluye, también, a las mujeres que formaron parte constante de la lucha. Ya sea como compañeras
de los soldados o como guerreras. De muchas de ellas no se tiene más que un mote o un apodo.
Anécdotas mezcladas e imprecisas que dificultan la llegada de la luz, pero que dan cuenta de un
olvido general que aún sigue prolongándose.

Las más visibles: Revolucionarias argentinas

Las revolucionarias argentinas eran porteñas. Para 1810 la expresión “argentino/a” se utilizaba
para nombrar solo a los rioplatenses, y era empleado, principalmente, por visitantes extranjeros.
Que un gentilicio tan local y externo terminara siendo la denominación del conjunto del país no es
un dato menor. Eso da cuenta, en realidad, desde dónde se fue organizando la unidad al Estado
Nacional argentino, así como el trazo que dio forma a la historia oficial.

El Virreinato del Río de la Plata era una unidad administrativa, no una patria. Un nativo en ese
territorio compartía su Nación, -y Estado, pues eran considerados como sinónimos-, con un
español. Pero su “patria” se asociaba al lugar de nacimiento. La “patria chica” podía ser Córdoba, o
Tucumán, o Buenos Aires. No había un gentilicio que identificara como unidad a los nacidos en
territorios del Virreinato, porque tal unidad, como sentido de pertenencia, no existía

De hecho, una de las pocas mujeres de la que se tienen datos en los inicios de la historia nacional
aparece en las invasiones inglesas de 1806, bajo el mote de su “patria chica”. Es así que
permanece inscripta en el parte de Liniers:

No debe omitirse el nombre de la mujer de un cabo de Asamblea, llamada Manuela la Tucumanesa


(por la tierra de su nacimiento), que combatiendo al lado de su marido con sublime entereza mató
a un soldado inglés del que me presentó el fusil7.

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Manuela Hurtado de Pedraza, criolla del Tucumán, participa junto a su marido en la Reconquista
de la ciudad de Buenos Aires. Ante la invasión inglesa y la huida del virrey Sobremonte, Santiago
de Liniers, francés, al servicio de la corona española, encabeza la expulsión de los ingleses.
Comandando tropas montevideanas y milicias organizadas para la ocasión, este militar galo dirige
la Reconquista en una batalla desarrollada en agosto de 1806. Allí, Manuela ve morir a su marido a
manos de un soldado inglés, toma, entonces, el arma del caído y mata al enemigo. Cuando
termina la lucha, se presenta ante Liniers a entregarle el fusil británico. Por esto es distinguida con
el grado de Alferéz y, tras el reconocimiento real, pasa a cobrar el sueldo de Subteniente de
Infantería8

Desde mediados del siglo XX, la historia nacional comienza a analizar el proceso de independencia
no solo desde la reconocida fecha del 25 de mayo de 1810, sino desde las invasiones inglesas de
1806 y 1807. Estos tres o cuatro años incorporados tienen un valor real en el proceso, aunque no
dejan de ser un arbitrio como toda definición histórico-temporal. Tras estos eventos de lucha y
recuperación, se genera una militarización de la sociedad porteña en pos de la defensa, que se
traduce, además, en una fuerte politización. La militarización acarrea cambios en los frágiles
equilibrios sociales, permitiendo el ascenso de oficiales milicianos criollos a espacios de poder y
reconocimiento hasta entonces vedados. Un imperio que se tambalea en Europa, ante la fuerza de
Napoleón, se resquebraja en América por el espacio de poder que comienzan a adquirir los
criollos. Esta capacidad de mando creciente va de la mano de cierta autosuficiencia económica
para la organización de la defensa de la ciudad (y es sabido que aquel que aporta a la guerra
quiere, luego, opinar sobre la paz).

La politización que se da en la sociedad porteña desde las

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invasiones inglesas deambula por el espacio privado de los hogares donde la mujer tiene mayor
peso. Las tertulias, según entiende Dora Barrancos, son el eje de la vida social desde los últimos
tiempos virreinales, y allí, las mujeres, criollas o españolas, cuentan con un poder que difícilmente
puede reproducirse en otro espacio. “Las matronas dueñas de casa tenían decisiva participación
en la organización y mantenimiento de las tertulias, solían ser el alma de esas repetidas reuniones
que, por lo general, acontecían tres veces en la semana y no podían ir más allá de las diez de la
noche”9

La intervención de las damas en la vida política se remite a estos espacios privados que alcanzan
trascendencia pública. Las tertulias, como explica Jorge Myers: “constituían el ámbito por
excelencia de las mujeres, el único espacio en el que ellas podían participar abiertamente, (...) Más
aún, allí también podían ejercer aquellas damas su influencia no siempre demasiado sutil sobre los
protagonistas de aquel espacio público del que estaban formalmente excluidas, el de la política.
Para las mujeres de elite, las reuniones privadas ofrecían una oportunidad y medio por el cual
hacerse oír —respecto del destino de los hijos y maridos en primera instancia, pero también
respecto de la marcha de los asuntos generales del estado-”10.

Es por todo esto que las revolucionarias argentinas de 1810 tienen un ámbito de acción por
excelencia: las tertulias porteñas. Una de estas mujeres logra, en su tiempo y a través de la
Historia, el grado más alto de visibilidad: Mariquita Sánchez de Thompson.

María de Todos los Santos Sánchez de Velazco y Trillo nace en la ciudad de Buenos Aires el 1 de
noviembre de 1786. Ya en 1804, su nombre se hace célebre, pues dirige una misiva al virrey
Sobremonte alegando la figura del “disenso” con respecto a la orden paterna de casarse con Diego
del Arco, un es
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pañol rico y bastante mayor a ella. Un año después de iniciado el juicio, y tras el apoyo de varios
vecinos importantes de la ciudad, el virrey acepta el casamiento de Mariquita Sánchez (como se la
conocía), con su primo Martín Thompson11

Cuando una fragata inglesa llega a Montevideo con la noticia de la disolución de la Junta de Sevilla
la precaria autoridad del virrey Cisneros se quiebra12. Es el 25 de mayo de 1810 y, como fruto de
un Cabildo Abierto, pasa a gobernar, en reemplazo del virrey, una Junta de gobierno de nueve
miembros, (siete criollos, seis de los cuales eran porteños, y dos españoles). Esta Junta envía,
inmediatamente, expediciones militares al resto del territorio virreinal para reclutar adhesiones.

Los diez primeros años de conflicto armado desestructuran el orden económico colonial, y eso es
un duro golpe para los sueños porteños que imaginan ser cabeza de decisión de los mismos
recursos con que antes contaba el Virreinato. La pérdida de zonas como el Alto Perú y la Banda
Oriental elimina engranajes claves en el sistema económico rioplatense. Con el Alto Perú se
desvanece la principal fuente de metálico y gran parte de los impuestos. Así como el destino
comercial que permitía el crecimiento de las zonas del Noroeste y Córdoba.

La Revolución echa mano, entonces, a las expropiaciones directas, acompañadas,


simultáneamente, por solicitudes de aportes y la donación voluntaria. Allí aparecen visibles
mujeres, pues la tarea se adecúa a su rol.

Mariquita Sánchez (ahora) de Thompson participa, en 1812, del conocido “complot de los fusiles”,
que poco tiene de complot pues es una colecta abierta y anunciada con el fin de juntar el dinero
necesario para la compra de armamentos. No se lo muestra como un hecho secreto, sino, por el
contrario, se lo publica en el órgano oficial de gobierno: “La Gazeta de Buenos Aires”. Agradece así
Monteagudo, en representación del gobierno, la acción de estas damas:

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Destinadas por la naturaleza y por las leyes a llevar una vida retirada y sedentaria, no pueden
desplegar su patriotismo con el esplendor de los héroes en el campo de batalla” (...) “Saben
apreciar bien el honor de su sexo a quien confía la sociedad el alimento y la educación de sus jefes
y magistrados; pero tan dulces y sublimes encargos las consuelan entre los defensores de la
patria”. Este evento será recordado, además, con una pequeña placa colocada en cada fusil con el
nombre de la dama donante. Es por eso que: “Cuando el alborozo público lleve hasta el seno de
sus familias la nueva de una victoria, podrán decir en la exaltación de su entusiasmo: “Yo armé el
brazo de ese valiente que aseguró su gloria y nuestra libertad13.

Además de la conocida Mariquita, firman aquella exposición pública de su accionar otras damas
revolucionarias. Allí están, por ejemplo, Remedios de Escalada, futura esposa del Libertador San
Martín. Su firma está precedida por la de su madre, quien fuera la anfitriona en las reuniones que
originaron este “complot”. Otras dos mujeres más de su familia pueblan la lista. También está la
española Carmen Quintanilla de Alvear, esposa de Carlos María de Alvear, militar porteño recién
llegado a la ciudad, junto a San Martín.
Las tertulias de Ana Estefanía Dominga Riglos, Melchora Sarratea, o Casilda Igarzábal de Rodríguez
Peña son, también, conocidos espacios de acción política14. La importancia asignada a la opinión
de estas mujeres se ven en algunos hechos concretos como el ocurrido el 18 de mayo de 1810,
cuando Casilda, junto a Ana Riglos y otras damas, se dirigen a conversar con el jefe del Regimiento
de Patricios, Cornelio Saavedra, para convencerlo de prestar ayuda a la inminente Revolución15.

Las elaboradas opiniones políticas de estas mujeres letradas y visibles pueden hallarse también, en
los escritos que han llegado hasta nosotros. Caso paradigmático es el de María Guadalupe Cuenca,
esposa de Mariano Moreno16, quien redactara misivas a su amado ya muerto en alta mar. “En
ellas, a modo

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de “agente política”, Guadalupe intenta mantener a su marido al tanto de todo cuanto se dice en
el mundillo porteño”17.

En el centro de las decisiones políticas, los hombres de la Revolución discuten y proyectan, solo un
puñado de mujeres logra introducir allí sus opiniones. Desde el dominio del espacio privado,
centradas en el rol de madres y esposas que les está asignado, logran hacerse visibles y audibles.
Aunque el relato masculino las presente como un toque de color y delicadeza femenina en la lucha
por la independencia, sus juicios políticos forman parte de los debates de la Revolución. JLas
revoluáonarias argentinas, en consecuencia, son algo más que una voz delicada animando
canciones patrias.

Visibilidad tardía: Las Guerreras

En el marco de la celebración del Centenario de la Revolución de mayo de 1810, la Presidenta de la


Sociedad “Patricias Argentinas” le solicita al historiador Adolfo Carranza permiso para reeditar su
libro de igual nombre publicado inicialmente en 1901. El texto reivindica a una serie de mujeres
por considerarlas importantes en la conformación de la Patria. Sobre esta selección de damas se
realiza, además, una serie de medallas conmemorativas

Han pasado, entonces, cien años de la Revolución y el Estado Nacional Moderno se halla
conformado bajo un sistema oligárquico de gobierno. Su elite se basa en la concentración del
poder político y se apoya en una economía primaria exportadora. La alianza de las clases
dominantes de Buenos Aires y el interior ha sido realizada, y los caudillos, como expresión de
organizaciones provinciales autónomas, han sido completamente eliminados.

El problema, para el Estado que se está consolidando, radica, ahora, en la elevada afluencia de
inmigrantes. Esta diver

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sidad cultural es entendida como disolvente de un “ser nacional” en formación. La “educación


patriótica” y, con ello, el fortalecimiento de los héroes nacionales busca ser respuesta a este
problema, creando la identidad argentina. La revalorización de la Revolución de mayo y el proceso
de independencia tiene, entonces una funcionalidad política muy clara. Para la historiografía
argentina significa la creación del mito fundacional en la Revolución de 1810.
Uno de los nombres claves en este proceso es el historiador Adolfo Carranza.18 Con su libro
Patricias Argentinas cubre la cuota femenina en la historia nacional, reivindicando a las visibles
revolucionarias de siempre y a algunas nuevas mujeres recuperadas para la luz.

Con una introducción que comienza alabando el recuerdo de Isabel la Católica dándole sus joyas a
Colón, es la donación el eje del esfuerzo femenino. Se reproducen los listados de las mujeres
donantes, así como las cantidades ofrecidas. Labores netamente femeninas glorifican a estas
patricias argentinas (que ya no son solo porteñas). Dice Carranza:

...ya que no pueden desempeñar las funciones duras y ásperas de la guerra se contentan con
presentarse a coser las camisas de los soldados, que han de defender la libertad de sus hijos,
padres, esposos y hermanos (...) esas graciosas argentinas, que robando las horas a sus
ocupaciones precisas, se dedican a coser el tosco lienzo para los campeones de la patria19.

Es entonces que, a las ya conocidas mujeres del “complot de los fusiles”, se suman altas damas del
interior. Gregoria Pérez Denis, por ejemplo, quien fue una criolla santafesina, descendiente de
Hernandarias y Juan de Garay, ofrece su estancia de Entre Ríos al Ejército del Norte. Allí el General
Belgrano organiza los soldados que le quedan del regimiento de Blanden

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gues, para dirigirse, luego, al Paraguay. Se nombra, también, a la cordobesa Tiburcia Haedo de Paz
que “no solo concurrió con su óbolo de dos onzas de oro, sino que accedió gustosa, como se verá
en el honroso documentos que publicamos al final, á que sus hijos, José María y Julián, ingresaran
en los ejércitos de la revolución”20. Se refiere a la madre del “manco” Paz, guerrero en las luchas
por la independencia y luego jefe de las fuerzas unitarias en tiempos de enfrentamiento civil.
Sobresalen, también, la chilena Dolores Prats de Huysi, quien confecciona, junto a otras damas
mendocinas, la Bandera de los Andes que San Martín utilizara en el cruce a Chile. Esta dama, había
emigrado a la gobernación de Cuyo en 1814 ante la reconquista española de suelo chileno. Se
celebran, esencialmente, las donaciones, la confección de banderas o uniformes y detalles
pintorescos como la creación de un enrejado capaz de aclamar una victoria militar. Tal fue el caso
de Jerónima San Martín, “cuando llegó la noticia de la victoria de Chacabuco y dio un baile,
colocando en la ventana exterior una reja con la inscripción “Viva la Patria, 1817”, adornándola de
rosas y laureles”21.

Las patricias del interior parecen, entonces, no haber realizado una labor diferente a las
revolucionarias porteñas, pero las delicadas palabras de Carranza, esconden, en más de una
ocasión, acciones directas de mujeres concretas. En aquellas zonas donde la intervención militar
es permanente, la respuesta de los criollos (y las criollas) no puede limitarse a la entrega de bienes
o los discursos de tertulias. En Salta y Jujuy, específicamente, las mujeres cumplen un importante
rol. Estas ciudades son invadidas por los españoles en repetidas oportunidades y recuperadas por
los ejércitos patrios en otras tantas. Representan el escenario de una “guerra gaucha” fundada en
el desgaste permanente al ejército realista, para lo cual es preciso un amplio apoyo de la
población.

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La salteña Martina Silva de Gurruchaga es reconocida, en el libro de las “Patricias Argentinas”, por
su “entusiasmo” para armar a ciudadanos que contribuyeron al triunfo de la batalla de Salta, así
como por obsequiar una bandera al ejército de Belgrano. Pero las escasas frases que el autor
destina a esa mujer no explican cabalmente la acción desarrollada por ella. Y hasta resulta
aparentemente excesivo el agradecimiento que personalmente le destina el General Belgrano:
“Señora, si en todos los corazones americanos existe la misma decisión que en el vuestro, el
triunfo de la causa porque luchamos será fácil”22

Martina, señora de la alta sociedad salteña, casada con un rico comerciante, se encuentra, en los
comienzos de 1813, en una ciudad ocupadas por tropas realista. Esta criolla, compenetrada con la
idea de la independencia, decide formar un grupo de soldados. En su casa de Cerrillos, a quince
kilómetros de la ciudad, prepara, junto a otras mujeres de la zona, una fuerza capaz de respaldar
la inminente llegada de Belgrano. Se sabe que el general, triunfador en la batalla de Tucumán de
septiembre de 1812, alista allí sus fuerzas para avanzar sobre Salta. Cuando eso ocurra, Martina
tendrá gente armada y lista para apoyar en el frente. En la batalla de Salta, del 20 de febrero de
1813, las damas, portando uniformes de hombres, encabezan la compañía de refuerzo preparada
en Cerrillos. Esa presencia numerosa que surge tras las lomas, en plena batalla, aparece
amenazadora ante los ojos españoles. Muchos realistas huyen al sentirse acorralados, mientras el
grueso del ejército se repliega en la Plaza Mayor de la ciudad, hasta rendirse.23 Viendo así los
hechos, el reconocimiento de Belgrano (que la nombró Capitana del ejército) parece cobrar mayor
sentido

A fines de mayo de 1814, el comandante español Pezuela ocupa la ciudad de Salta nuevamente.
Una de sus primeras acciones recae sobre las “bomberas”24, pues sabe que en las som

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bras debilitan su organización. Expresión de ello son sus palabras al virrey del Perú:

.. .nos hacen casi con impunidad una guerra lenta pero fatigosa y perjudicial. El arbitrio para
reprimir y castigar estos insultos seria el oponer gauchos a gauchos con refuerzo de buena tropa de
fusil [...]. A todas estas ventajas que nos hacen los enemigos se agrega otra no menos perjudicial
que la de ser avisados por horas de nuestros movimientos y proyectos por medio de los habitantes
de estas estancias y principalmente de las mujeres relacionadas con los vecinos de aquí y Salta que
se hallan con ellos, siendo cada una de estas un espía vigilante y puntual para trasmitir las
ocurrencias más diminutas a este ejército25.

Juana Moro de López, joven viuda perteneciente a una de las familias más tradicionales de la zona,
se viste humildemente para pasar desapercibida y llevar, así, información sobre los recursos y los
movimientos realistas. Con la llegada de Pezuela, Juana es detenida y condenada por espionaje a
morir tapiada en su propio hogar, aunque será rescatada por sus vecinos.

Doña Gertrudis Medeiros de Cornejo resiste el avance de los soldados españoles atrincherándose
en su casa con los peones, pero resulta vencida del mismo modo que un año antes lo había sido a
manos de Pío Tristán. Vuelve, entonces, a la cárcel y es trasladada a Jujuy, a pie, cargada de
cadenas, mientras los realistas se apropian de sus bienes. Nada de esto detiene su acción, pues
continúa su labor como espía en la “guerra gaucha”. Es nuevamente detenida y sentenciada a
muerte, logrando huir en el último momento. En la siguiente invasión española pierde otra
propiedad que tenía en Tucumán y muere en la pobreza reclamando al Estado una pensión por su
labor.

María Loreto Sánchez de Peón, una dama de la alta sociedad salteña, disimulada como vendedora
callejera logra introducirse en los cuarteles realistas. Escucha los presentes y ausentes en las
tropas mientras pasa granos de maíz a bolsitas

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que cuelgan de su cintura a diestra y siniestra. Para el final de la jornada, tiene el número exacto
(aún sin saber contar) de los soldados realistas. Información que pasa solapadamente a quien
dirige aquella “guerra gaucha”: Martín Miguel de Güemes.

Hay otras dos mujeres que no pueden dejar de nombrarse en esta lucha. Ambas ganaron
visibilidad muchos años después de ocurridos los hechos, pero fueron, en su momento,
imprescindibles en la guerra de la independencia. Magdalena Güemes de Tejada, “Macacha”, es la
mejor colaboradora con la que cuenta su hermano. Aguerrida, pero diplomática, sabe acompañar
la labor del primer gobernador salteño elegido por aclamación popular. Ella estimula y organiza las
acciones de espionaje realizada por diferentes mujeres de la región, además de colocarse, en más
de una oportunidad, al frente de los gauchos armados. También se distingue por su rol de
intermediaria diplomática en los desacuerdos de su hermano con los representantes de Buenos
Aires.

Juana Azurduy es otra mujer imprescindible para la “guerra gaucha”. En un territorio de avance y
retroceso permanente, las “Republiquetas” se convierten en pequeños espacios autónomos a
cargo de jefes locales, con una fuerza militar propia. Su esposo Manuel Ascencio Padilla comanda
una de estas “Republiquetas” en el norte del Departamento de Chuquisaca, centrada en el pueblo
de La Laguna. Juana, acompañada siempre de un amplio grupo de mujeres, dirige las tropas en los
enfrentamientos militares con los realistas. En medio de luchas y huidas por montes inhabitables,
esta guerrera pierde sus cuatro hijos a causa de la malaria y la disentería. Juana y su marido
alimentan con su acción la guerra de desgaste que permite al caudillo Güemes mantener a raya a
los invasores. Por su participación, al frente de un grupo de criollos e indios, en la batalla de “El
Villar”, en mayo de 1816, fue reconocida con el

242

grado de Teniente Coronel. En relación a su accionar en este enfrentamiento, Belgrano escribe:


“me consta que ella misma arrancó de las manos del abanderado, ese signo de la tiranía, á fuerza
de su valor y de sus conocimientos en la milicia, poco comunes á las personas de su sexo”26

Cuando la celebración del Centenario devuelve a la luz a estas mujeres, lo hace resaltándolas
como damas, más que guerreras. La razón de esto no se apoya en una reivindicación que busca
acentuar una delicadeza “propia” de la femineidad, sino un homenaje que “limpia” a las espías y
guerrilleras de sus reivindicaciones sociales. Aún en los casos en que las mujeres son retratadas
como heroínas de acción, lo hacen situándolas en la soledad de un carácter excepcional y, sobre
todo, irrepetible. La visibilidad tardía de muchas de estas mujeres se da tras la derrota de los
proyectos y sueños por los que lucharon. Ellas, ya sea por su origen de clase, o por el grupo social
que las secunda en sus acciones directas, representan a un sector aliado pero peligroso para la
elite urbana criolla. Aliados en las pretensiones políticas anticoloniales, pero peligrosos en cuanto
expresión de quiebre de la estructura social heredada de la colonia.

Halperin Dongui marca las diferentes actitudes de este sector urbano revolucionario en cuanto a
las intenciones reales de ampliar las bases sociales de su propuesta. Los muestra más abiertos y
predispuestos allí donde (creen que) no representa un peligro directo a la jerarquía social que
pretenden encabezar. “En el Alto Perú, con la emancipación de los indios y en Salta, con el
movimiento plebeyo de Gúemes, los revolucionarios de Buenos Aires han mostrado que son
capaces de buscar apoyos en sectores que la sociedad colonial (en la que esos mismos
revolucionarios tenían lugar elevado) colocaba muy abajo. Acaso esta audacia era más fácil porque
el Alto Perú y Salta estaban muy lejos, y esa política no debía tener consecuencias en cuanto

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a la hegemonía local de los sectores que en Buenos Aires habían comenzado la revolución. Por el
contrario, en teatros más cercanos la clase dirigente revolucionaria de Buenos Aires iba a
mostrarse mucho más circunspecta”27. Esto úlümo refiere a la figura del caudillo Artigas y su
organización de las provincias mediterráneas. Su base social más amplia y sus reivindicaciones
igualitarias eran un peligro para las divisiones sociales heredadas. “El movimiento artiguista
encontró la decidida resistencia del gobierno revolucionario de Buenos Aires, que veía en él no
solo un peligro para la cohesión del movimiento revolucionario, sino también una expresión de
protesta social que requería ser inmediatamente sofocada”28

Para la conformación de un nuevo Estado resulta necesaria la estructuración de una nueva


sociedad civil, capaz de aceptar ese Estado. Este disciplinamiento social es un proceso que va
cobrando mayor presencia cuando las luchas por la independencia van llegando a su fin. Myers
plantea que, tras la Revolución, “la nueva elite surgida de su triunfo se hallaría obligada a asumir
una doble tarea: la de su propia constitución, y la de legitimar esa constitución en un ámbito que
no le era necesariamente propicio”29. En este desarrollo paralelo se tornan invisibles aquellos
proyectos políticos alternativos al porteño, pues significan una facción real, concreta y opuesta a
sus intereses30.

Las constantes desavenencias entre Buenos Aires y el resto del territorio antiguamente
perteneciente al Virreinato, muestran la endeble alianza interna frente al peso del centralismo
porteño. La obstinación en este propósito significa, en más de un caso, el fracaso militar ante los
españoles y, con ello, la pérdida de territorio. De esto se lamenta Manuel Ascencio Padilla en
1815, cuando recibe la orden de salvar el terreno perdido por el Ejército del Norte. José Rondeau,
a cargo de esta Fuerza,

244

le solicita reorganice las tropas que quedaron dispersas tras la derrota de Sipe-Sipe y detenga el
avance realista. Es el mismo Rondeau que ha declarado a Güemes traidor y ha impedido la
participación en el ejército de voluntarios indios por considerarlos inferiores. El compañero de
Juana Azurduy responde entonces:
El gobierno de Buenos Aires manifestando una desconfianza rastrera ofendió la honra de estos
habitantes, las máximas de una dominación opresiva, como la de España, han sido adoptadas con
aumento de un desprecio insufrible; la prueba es impedir todo esfuerzo activo a los peruanos, que
el ejército de Buenos Aires con el nombre de auxiliador para la patria se posesiona de todos estos
lugares a costa de la sangre de sus hijos, y hace desaparecer sus riquezas, niega sus obsequios y
generosidades.. . Y ahora que el enemigo ventajoso inclina su espada sobre los que corren
despavoridos y saqueando, ¿debemos salir nosotros sin armas a cubrir sus excesos y cobardía?
Pero nosotros somos hermanos en el calvario y olvidados sean nuestros agravios abundaremos en
virtudes...31

Aquellos que “abundan en virtudes” no logran imponer su proyecto federal. Son relegados de los
espacios de poder políticos y condenados a permanecer afuera. Muchas de estas mujeres de
acción pasan a engrosar, entonces, las filas los “pajueranos” de la historia nacional32. La elite
criolla urbana es, por otro lado, quien mejor se adapta a la nueva estructura económica que
establece la hegemonía internacional de Gran Bretaña. Su puerto es la garantía de una relación
comercial dependiente entre esta nueva metrópoli y su más reciente colonia. Los ingleses,
perdedores en el cuerpo a cuerpo durante las invasiones de 1806 y 1807, terminan triunfando
ideológicamente de la mano de estos sectores locales. Waldo Ansaldi entiende que “en el plano
interno, la destrucción del poder colonial, a partir de 1810, debe más al efecto corrosivo de los
comerciantes ingleses y de las relaciones con las economías ca

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pitalistas centrales (inglesas, particularmente), que al poder superador de las fuerzas sociales
locales”33.

Cuando de las guerreras del norte solo quedan los míticos recuerdos (y los largos legajos
reclamando sus pensiones), pueden volver a ser iluminadas. Pero la reivindicación que el
Centenario hace es en el marco de acciones individuales (y no proyectos colectivos), y en labores
netamente femeninas, donde raras excepciones hablan de manifestaciones fuertes y heroicas,
como rasgos masculinos en mujeres, quizás, excesivamente patrióticas. El discurso liberal
moderno ha triunfado34

En noviembre de 1816, Juana Azurduy pierde a su marido, Manuel Asencio Padilla, quien se
arriesgara ante el ejército español por rescatarla. Continúa al mando de su batallón, cada vez más
escueto, acompañando la labor de Güemes. A la muerte de éste, en 1821, las guerreras vuelven a
sus historias privadas mientras ven evaporarse sus sueños políticos. Hasta 1825 Juana vive en
Salta, regresando, entonces, a su tierra natal: Chuquisaca. Desde allí le escribe a la compañera de
Bolívar, Manuela Sáenz, decepcionada por los tiempos que le tocan vivir:

Llegar a esta edad con las privaciones que me siguen como sombra, no ha sido fácil, y no puedo
ocultarle mi tristeza cuando compruebo que chapetones contra los guerrilleros en la revolución,
hoy forman parte de la compañía de nuestro padre Bolívar. López de Quiroga a quien mi Ascencio
le sacó un ojo en combate, Sánchez de Velasco, que fue nuestro prisionero en Tomina; Tardío
contra quien, yo misma, lanza en mano, combatí en Mesa Verde y La Ricoleta, cuando tomamos la
ciudad junto al general ciudadano Juan Antonio Alvarez de Arenales. Y por ahí estaban Velasco y
Blanco, patriota de última hora. Le mentiría si no le dijera que me siento triste cuando pregunto y
no los veo, por Camargo, Polanco, Guallparrimachi, Serna, Cumbay, Cueto, Zárate y todas las
mujeres que a caballo, hacíamos respetar nuestra conciencia de libertad35.

246

Tiene entonces cuarenta y cinco años, ha perdido a su marido y a cuatro de sus cinco hijos,
además de todas sus posesiones, en la guerra de la independencia. Aún le resta vivir treinta y siete
años más en la nebulosa del olvido, para morir completamente arruinada y ser enterrada en una
fosa común. En 1910 Carranza da a luz a una nueva y gallarda Juana Azurduy, una heroína
romántica que puede incluirse en los homenajes patrios. Es así que la amazona de Chuquisaca
comienza a ganar visibilidad, desde un retrato militar, áspero y con rasgos casi masculinos, pero
profundamente solitaria. No es la cabeza de un batallón de mujeres, sino una excepción, una
guerrillera que puede acceder a ese nombre por ser esposa de un guerrillero36

En el marco de las celebraciones del Centenario nace la iconografía oficial sobre la historia patria.
Carranza es el encargado de concebirla, organizaría y difundirla, el pintor chileno Pedro
Subercaseaux hará el resto. Luego, los manuales escolares y las revistas infantiles repetirán (y
repiten) hasta el hartazgo las imágenes de Subercaseaux, tornando difusos los límites entre el
hecho histórico y la representación artística. En esas célebres pinturas una sola mujer está
retratada con nombre y apellido, con elegancia y patriotismo. Mariquita Sánchez de Thompson,
joven y bella, entona, por primera vez y para toda la posteridad, las estrofas del himno nacional37.

La invisibles: pobres, negras y mujeres

Tras la Revolución porteña de mayo de 1810 resulta necesario convencer a los representantes
políticos del resto del Virreinato del Río de la Plata. Asegurando, así, el territorio imprescindible
para la subsistencia de la nueva organización autónoma. Se envían, por ello, diferentes
expediciones militares: una al Paraguay, otra al Alto Perú y una tercera a la Banda Oriental. Que
todos estos territorios hoy no formen parte de

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la República Argentina ofrece un dato sobre el resultado final de dichos intentos.

En la organización de estas fuerzas armadas se intensifica una costumbre de reclutamiento ya


estrenada en las urgencias de las invasiones inglesas. La Junta de gobierno establecida en 1810
decreta que el ejército debe constituirse sobre la base de todos “los vagos y hombres sin
ocupación conocida, desde la edad de los dieciocho hasta la de cuarenta años”. Pero el término de
“vagos” se flexibiliza ante las necesidades militares, incorporando a las Fuerzas a peones
conchabados o embargando a esclavos. No faltarán, desde entonces, compañías de pardos y
negros en todas las batallas de la guerra por la independencia38.

La negra María Remedios del Valle parte de la ciudad de Buenos Aires el 6 de julio de 1810
acompañando al ejército auxiliar destinado a las provincias del norte. Lo hace junto a su marido y a
sus dos hijos. Actúa como enfermera, espía y, en más de una ocasión, como soldado en las
batallas, logrando el grado de capitana. Es tomada prisionera en Ayohuma y azotada
públicamente. Escapa y ayuda a huir a otros prisioneros, volviendo, entonces, al campo de la
acción militar. Pierde allí a sus hijos y a su marido, permaneciendo en el norte para integrar las
fuerzas del caudillo Güemes.

No es extraño ver negros en los ejércitos, como tampoco lo es ver mujeres. En su rol de
acompañantes, enfermeras o cocineras (pero siempre anónimas), ocupan espacios importantes en
las fuerzas armadas. Algunas también están en los frentes de batalla. Pocos nombres se
conservan, pero dos o tres han quedado como ejemplo de una realidad bastante habitual. Juana
María y Juana Agustina González son descubiertas por Belgrano entre sus hombres y enviadas
inmediatamente a Córdoba. El General no aprueba la presencia femenina en las Fuerzas y solicita
al gobernador que las devuelva a “su país” (sic), pues

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fueron halladas, vistiendo ropas de hombre en el Regimiento de Dragones de la Nación39. La


mendocina Pascuala Meneses también es sorprendida vestida de hombre en el ejército de San
Martín. Este falso “voluntario” queda descubierto cuando la columna de Las Heras marcha por el
camino de Uspallata, y es obligada a regresar al campamento del Plumerillo40. La Pancha, en
cambio, ha conseguido autorización. Es una puntana que viste uniforme militar y porta sable y
pistolas, pues es la esposa del sargento Dionisio Hernández. A todos lados acompaña a su marido,
al igual que otras tres mujeres que han conseguido la autorización de San Martín41. Con permiso o
sin él, muchas mujeres acompañan a sus hombres en la batalla, compartiendo con ellos la suerte.
Pero, como explica Dora Barranos, las diferencias se notan a la hora de los aplausos. “Aunque la
leyenda ocupe el lugar de la verosimilitud, seguramente muchas de esas amancebadas corrieron
los mismos riesgos que sus amantes. También lo más probable fue que, a la hora del
reconocimiento, resultaran desechadas”42

De la esclava Josefa Tenorio se sabe que le solicita al general Gregorio Las Heras que la deje
combatir. Éste acepta su presencia en el frente, y Josefa participa en la campaña como agregada al
cuerpo del comandante de guerrillas Toribio Dávalos. Aspira, además, a obtener la libertad
personal. No se sabe si lo consiguió, aunque el general San Martín la recomienda para "el primer
sorteo que se haga por la libertad de los esclavos". Vera Pichel, en el texto “Mi país y sus mujeres”
cita la carta que Josefa le escribiera a San Martín:

Habiendo corrido el rum or de que el enemigo intentaba volver para esclavizar otra vez la patria,
me vestí de hombre y corrí presurosa al cuartel para recibir órdenes y tomar un fusil. El general Las
Heras me confió una bandera para que lleve y defienda con honor. Agregada al cuerpo del
Comandante General de guerrillas, don Toribio Dávalos, sufrí

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todo rigor de la campaña. Mi sexo no ha sido impedido para ser útil a la patria, y si en un varón es
toda recomendación de valor, en una mujer es extraordinario tenerlo. Suplico a VE. que examine lo
que presento y juro. Y se sirva declarar mi libertad, que es lo único que apetezco. Firma Josefa
Tenorio, esclava de doña Gregoria Aguilar43

La esclava Juana Robles, por su parte, divulga por la ciudad de Salta, en 1814, la noticia de la
rendición de los españoles en Montevideo. Con el objeto de socavar el ánimo realista vocifera los
detalles de la victoria criolla hasta que es atrapada y condenada a muerte. Argumentando que se
encuentra embarazada logra salvarse de la pena mayor, pero no de las torturas y humillaciones de
los soldados españoles44

De otras mujeres, en cambio, no se conservan los nombres. Como las “Niñas de Ayohuma”, una
mujer negra, que junto a sus dos hijas auxilian a los soldados heridos en plena batalla45. Tampoco
de las “Heroínas de la Coronilla” se tiene datos completos, pues un pueblo casi entero de mujeres
se organiza, en Cochabamba, para impedir el ingreso de las tropas realistas. Es mayo de 1812 y
Goyeneche avanza sobre la ciudad, buscando al coronel criollo Estaban Arze. El Gobernador
Mariano Antezana ya se ha expresado a favor de la rendición, entonces las mujeres se hacen cargo
de la defensa. Habiendo obtenido las llaves del depósito militar, toman algunas armas que suman
a los palos y machetes con los que cuentan. Se reúnen en la Catedral y se dirigen hacia la colina de
la Coronilla, con el fin de frustrar la llegada del general español. Éste avanza sobre la ciudad, sitia
la colina y logra tomarla luego de horas de combate. En recuerdo a las mujeres cochambinas,
Bolivia rememora el Día de la Madre cada 27 de mayo

Los negros en general, las mujeres negras en particular, son totalmente invisibilizados en la
historia patria. Cuando las

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celebraciones del Centenario arrojan luz sobre algunos aspectos y algunos personajes en el
proceso de independencia, ocultan la importancia numérica de las compañías de morenos y
pardos. Se limitan a celebrar como el fin de la esclavitud la declaración de la libertad de vientres,
ocurrida durante la Asamblea del año XIII. Sin aclarar que aquello fue un proceso que recién
entonces daba inicio.

La Libertad de vientres de 1813 solo logra propagar la figura del “patronato”, que implica para los
libertos (aquellos nacidos a partir de 1814), la obligación de servir a los amos de su madre hasta
los 16 o 20 años, de acuerdo a su sexo. El “patronato” puede ser vendido una y otra vez hasta que
el liberto cumpla la edad correspondiente, lo cual convierte a esta figura en una esclavitud
encubierta. Lo mismo les ocurre a los que ingresan al ejército, se ven atrapados en plazos que se
extienden indefinidamente, prolongando su estado de sujeción. Recién en 1860, con la aceptación
por parte de Buenos Aires de la Constitución elaborada en 1853, se pone en vigencia la abolición
de la esclavitud en la totalidad del territorio nacional46

La historiografía nacional aún está en deuda con la población negra que dejó su sangre en las
guerras de la independencia. Sigue reproduciendo nombres de aquellos cuya “colaboración”
principal con la causa de los americanos fue la donación de esclavos. Aún resta sacar a los negros
de los listados de bienes para incorporarlos como americanos y americanas en los frentes de
batalla47.

De María Remedios del Valle se vuelve a tener datos en 1826. Allí se inicia un expediente que da
cuenta del proceso llevado adelante por ella, frente al Estado, en reclamo de la suma de seis mil
pesos por los servicios a la patria. En ese expediente, María Remedios cuenta, a través de su
representante letrado, los pormenores de su accionar en el frente:

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...fue sentenciada por los caudillos enemigos Pezuela, Ramirez y Tacón, a ser azotada
públicamente por nueve días (...) ha recibido seis heridas de bala, (...) ha perdido en campaña
disputando la salvación de su Patria su hijo propio, otro adoptivo y su esposo!!!!: con quien
mientras fue útil logró verse enrolada en el Estado Mayor del Ejército Auxiliar del Perú como
capitana; con sueldo, según se daba a los demás asistentes y demás consideraciones de su vida a
su empleo. Ya no es útil y ha quedado abandonada sin subsistencia, sin salud, sin amparo y
mendigando. La que representa ha hecho toda la campaña del Alto Perú, ella tiene un derecho a la
gratitud argentina, y es ahora que lo reclama por su infelicidad. De todo lo expuesto podrán
informar los señores generales Díaz Velez, Viamonte, Pueyrredón y Rodríguez; a más de la notoria
publicidad. Por tanto A V.S. suplica que prévio derechos e informes, sea ajustada y satisfecha y se
le otorgue la recompensa que se crea justa a su mérito, si su color no le hace indigna al derecho
que le otorga al mérito y a las virtudes. A ruego de la parte. Buenos Ayers - octubre 23 de 1 826

María Remedios del Valle vive de la mendicidad, deambulando por la Plaza de la Victoria, en la
ciudad de Buenos Aires, o suplicando ayuda en las puertas de las principales iglesias. Se hace
llamar “la Capitana” y jura haber participado en el ejército del Norte ante la incredulidad de los
transeúntes. El general Juan José Viamonte la reconoce en la calle, la recuerda junto a los
soldados, durante las campañas de la independencia. Decide apoyar su solicitud de pensión y
suma esta referencia al expediente:

Sr. Inspector General: La que representa es singular mujer en su patriotismo. Ella ha seguido al
Ejército del Perú en todo el tiempo que tuve el mando en él: salió de ésta con las tropas que
abrieron los cimientos a la independencia del país: fue natural conocerla, como debe serlo, por
cuantos hayan servido en el Perú: la dejé en Jujuy después del contraste del Ejército sobre el
Desagüadero. Infiero las calamidades que ha sufrido, pues manifiesta las heridas que ha recibido;
no puede negársele un respeto patriótico. Es

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lo menos que puedo decir sobre la desgraciada María de los Remedios, que mendiga su
subsistencia. Buenos Aires — Diciembre 20 de 182649

El expediente crece desde 1826 a 1829 cuando, finalmente, Contaduría General lo toma. Con la
llegada de Juan Manuel de Rosas al gobierno, María Remedios del Valle recibe un ascenso a
sargenta mayor de caballería, y en enero de 1830 se la incluye en la Plana Mayor del Cuerpo de
Inválidos con el sueldo íntegro de su clase. El gobierno del Restaurador ampara a la población
negra, permite sus reuniones y celebraciones, aunque no elimina la esclavitud vigente. Hasta el
carnaval, tantas veces prohibido por el Cabildo, es realizado cada año bajo la mirada paternalista
de Rosas50. Su relación con los negros le fue útil en más de un escollo político con sus adversarios,
así como alimentó la imagen de “bárbaro” con que los opositores le denigraban. En la lista de
pensiones de noviembre de 1836 María Remedios del Valle figura con el nombre de Remedios
Rosas. Este cambio, por otro lado bastante común en la época, mezcla de agradecimiento y
sentido de pertenencia, la acompañará el resto de su vida.

En los listados del cobro de la pensión, el último recibo de María de los Remedios tiene fecha del
28 de octubre de 1847. En la lista del 8 de noviembre del mismo año, solo figura una aclaración
sobre el fallecimiento de doña Remedios Rosas. En alguna fecha intermedia, entre octubre y
noviembre, una de las más invisibles mujeres de nuestra historia nacional dejó de existir. Había
unido su nombre al de un gobierno que sería prontamente derrocado, a una historia de bárbaros e
incivilizados que oscurecería, aún más, su leyenda

En otro punto del mapa, de la escala social y de la vida política, la más visible de las mujeres de la
historia patria celebraría la caída de Rosas, en 1852. Así le escribía, Mariquita Sán

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chez de Thompson y de MendeviUe, desde su exilio en Montevideo, a su hijo:

Montevideo, 4 de Febrero de 1852. Juan, qué sorpresa te voy a dar! ¡Rosas ha caído! ¿Lo creerás?
Yo tengo el pulso que me late como el corazón, y no sé lo que te puedo escribir. Cómo te contaré
tantas cosas que aquí se oyen como en tumulto, que todos corren por la calle, repiques y cuetes,
agitación y nada de detalle aún. (...) Repiques y cuetes que se viene abajo todo, yo no puedo
escribirte y lloro y lloro de ver esto, ¡tan patriota soy!51

A mediados del siglo XIX el proceso de independencia está completamente concluido. Crudos
enfrentamientos internos entre unitarios y federales, civilizados y bárbaros, marcan la
organización del nuevo Estado Nacional. La luz de la historia oficial se apoyará, entonces, sobre la
patricia Mariquita, mientras la oscuridad disuelve los pocos datos de una negra que había optado
por llamarse Remedios de Rosas.

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