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Memoria de La Noche

Este libro es una colección de poemas que recuerdan momentos familiares del autor, incluyendo recuerdos de su padre y hermana. Los poemas exploran temas como el miedo, la pérdida y la soledad.

Cargado por

Miranda Guerrero
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Memoria de La Noche

Este libro es una colección de poemas que recuerdan momentos familiares del autor, incluyendo recuerdos de su padre y hermana. Los poemas exploran temas como el miedo, la pérdida y la soledad.

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MEMORIA DE LA NOCHE

EDUARDO SARAVIA
Este libro fue escrito con el apoyo de la Fundación Para Las Letras Mexicanas durante los

periodos 2005-2006 y 2006-2007, y obtuvo el premio Bartolomé Delgado de León en el

2008.

2
Para Ezra y Zury.

3
De alguna manera, sólo he vivido para
tener a qué sobrevivir. Al confiar al
papel estos fútiles recuerdos, tengo
conciencia de realizar el acto más
importante de mi vida. Yo estaba
predestinado al recuerdo.

Oskar W. de L. Milosz

4
RECUERDOS DE FAMILIA

5
RECUERDOS DE FAMILIA

También en mi casa hubo una higuera,

también descansé bajo su sombra

y bajo la clara sombra de mis padres;

también desperdicié las horas,

hice descubrimientos dolorosos

y soñaba

con tener un robot de dos metros

y un padre amoroso y amable.

También en mi casa se lavó la ropa sucia.

También nos decíamos de todo

y volaban las botellas, los floreros,

los insultos

volaban como un boomerang

sobre la mesa.

Éramos disfuncionales.

No por gusto:

por tradición,

por solidaridad con nuestros semejantes.

6
MI PADRE

Como de costumbre

se levanta

alrededor de las doce.

Pesadamente camina

hasta el comedor

y se escucha

el correr de la silla,

el golpe en la mesa.

Recorre la casa silencioso

para asegurarse de que todo está bien,

de que la noche es perfecta.

A veces me pregunto:

¿no seré yo quien se levanta

en la penumbra?,

¿no será mi hermano

que inconscientemente

imita sus mañas y gestos y palabras?

7
Nada nunca evitará

los lentos recorridos

de mi padre.

Él no sabe que nosotros

ya no podemos verlo.

Él ignora que su trabajo

es estar muerto.

8
HOMENAJE

A pesar de los demonios que la habitan

es y será siempre un ángel.

Recuerdo su gracia para bajar estrellas,

su habilidad con el taladro,

su constancia en mis estudios.

Solía tomarme entre sus brazos

para protegerme de la noche,

la ruina y el relámpago

que también era mi padre.

Oigo aún su terco andar por el pasillo

y las habitaciones antes de dormir,

porque a pesar de los demonios que la habitan,

siempre está para todos

y nadie para ella.

9
ACUARELA

Lucífera y lucífuga

mi hermana está llegando de la escuela.

Me saluda, se quita el uniforme

y dedica media tarde al llanto.

Vive en pleito con los espejos de la casa,

evade su sombra cuando puede.

Pronto tomará el pincel y la paleta,

mientras tanto, dibuja al carboncillo.

Por las noches, en mi imaginación

está pintando:

“Aquí las lágrimas de un sauce,

aquí un dolor difuminado,

aquí una nube de amapolas.”

Mi hermana estudia con vehemencia

los misterios de la pintura,

la teoría del color, el arte del consuelo.

10
FLORES DE BACH

¿Qué son cien años

para este santo cuyos yerros no pasan de

pequeños desequilibrios?

GONZALO ROJAS

Aquella noche, horas después del parto,

él ya me esperaba con los puños cerrados.

Pocas cosas han cambiado desde entonces.

El mismo ególatra de impulsos antagónicos;

no obstante

llenósele la fantasía

de todo aquello que leía

en los libros:

Freud, Jung, Goleman, Stevens.

De ahí nació la hipocondría psicosomática,

los baños de luna y

las flores de Bach y

la aromaterapia y

la meditación y

los masajes en las uñas y

11
los paseos nocturnos parado de manos.

Sofrológicamente fallido el muy sofómano;

no conforme con la heterolalia que lo caracteriza,

quiere psicoanalizar el cabello de los calvos

y los puntos y comas de mis libros de poesía.

Ojalá pronto se cure de su mal delirio,

porque a este paso mi hermano

comenzará, como yo, a ver poesía

en todas partes.

12
FLASHBACK

Estoy en el panteón

a dos años luz

y oscuridad de la desgracia.

Bajo tierra

hay un cadáver

que por segunda vez

empieza a corromperse.

— En la memoria,

el dolor es una llaga que perdura,

una nube que se disipa y regresa —.

Otra vez el inicio de la historia,

otra vez converso conmigo:

“trata de calmarte,

no tiembles,

he dicho que no tiembles,

estoy contigo

en las resurrecciones,

13
te acompaño

en lo irreparable.”

14
LO PERDIDO

15
EL MIEDO

Cada noche te aferras

a la luz pequeña

de la lámpara

como un náufrago

esperanzado al salvavidas.

Una simple rosa

es la sombra del martillo

con el que serás golpeado

por tus sueños.

La noche es la revelación

de una realidad distinta:

aquí la culpa tiene forma de mujer,

y te observa a un lado de la cama.

En punto de las doce

el tiempo se congela.

Entonces surge dentro de ti

el espanto,

16
la certeza de que la noche

durará por siempre,

el convencimiento de que tus fantasmas

te terminarán asesinando.

Al amanecer

ya pasó lo más duro.

17
LO PERDIDO

El tiempo,

el tiempo que es redondo y vano y duro,

se me escapa de las manos.

No puedo levantarlo.

Yace a la deriva.

Avanza,

retrocede,

comienza a marchitarse.

Es inevitable.

Ya la mujer que aún no conozco me abandona.

Ya vuelve la memoria alucinante

(veo su sombra recorrer mi cuerpo,

doblegar los muros).

Ya el instante en el que escribo esto

quedará perdido en el pasado

para siempre.

18
ACTO DE FE

Aunque a veces se equivoca

y abraza y festeja a sus amigos,

ofrece el asiento en los camiones,

se enamora impertinente

del aletear de unas pestañas,

es leal, canta, y se emociona

con el ordinario nacimiento de una rosa,

nunca morirá mi fe

en la maldad del hombre.

No podría

porque, a final de cuentas,

con humanas fauces

nos brinca por la espalda.

19
EL DIABLO

El diablo se encuentra

en los impuestos que pagamos.

Está en el suelo

chupando a los caídos,

en los parques y en los cines,

entre las uñas de manos cariñosas.

Se esconde en callejones y veredas,

en el asiento trasero de los carros,

y hay quien asegura

haber visto su rostro

en la humedad de las paredes.

Cuando alguien siente escalofríos,

lo agarró el diablo.

Su estirpe,

se prolonga entre aquelarres.

Todos tenemos algo de diabólico,

lo revela el espejo.

Tú, por ejemplo, tienes sus ojos.

20
FIESTA

Fernando no es Fernando:

es una ardilla gigante.

Los niños se divierten

haciendo malabares por un dulce.

Ellos ignoran que la vida es dura,

que silenciosas penas los aguardan,

que la vejez acecha.

Y por un momento,

mientras ellos corren

para ganar la silla

y reclamar el premio,

a mí, que me preocupan estas cosas,

afortunadamente

se me olvidan.

21
DIÁLOGO

Era mi juventud herida abierta:

se desangraba ante la luz del día;

¿era, en tal caso, juventud la mía?,

era una lóbrega prisión sin puerta.

Alguien sembró una flor en tierra yerta,

una sonrisa en la prisión baldía,

que mitigó las penas que sufría

y dio verdor a su extensión desierta.

Vino la confusión, el raro día

en que lo bueno se tornó posible

y entre la luz la oscuridad lucía.

Era mi juventud herida abierta,

prisión que abarrotaba lo terrible,

amor que al sonreír forjó la puerta.

22
2

Te hablo a ti, soledad, amiga mía,

la compañera de mis noches plenas,

que con gracia doliente siempre llenas

la fragua de la ardiente poesía.

Dime, tú que presencias mi agonía

y que corre tu sangre por mis venas;

dime si cuando alegre escribo penas

es tu mano secreta quien me guía.

Abstraído recorro iguales calles

acompañado de tu voz profunda,

y sólo voy atento a los detalles

de tu enigmática caligrafía.

Tu eres la sombra entre la luz fecunda.

Yo soy más tuyo de lo que eres mía.

23
DESTELLO

Con un minuto de silencio

me instalo en el creciente

laberinto del pasado.

Pero esta noche,

en medio del tráfico,

fue distinto.

El rojo parpadeo de las luces

me llevó sin darme cuenta

a ese lugar, a esa frase.

Fui otra vez quien canta y juega.

Soñé tener en brazos

a mi hijo,

el hijo que no tengo

y que ya no importa.

24
PÁJARO

Un pájaro llegó hasta mi ventana.

Me miró.

Voló en círculos dentro de los cuartos,

sin estrellarse,

como si conociera cada muro,

cada puerta.

¿Quién conoce la duración del hombre?

Un pájaro me visitó en la casa,

de noche,

un día después de que murió mi padre.

25
LA DURMIENTE

26
CATARRO

También cuando la muerte se me anuncia

con infecciones y dolor de huesos,

y el delirante abrazo de la fiebre

me lleva por el mar de la memoria

como por un atroz presentimiento,

te recuerdo; y a pesar de la tos

para mí no hay más ojos que tus ojos,

ni riñones, ni glándulas mamarias,

ni tráquea más hermosa que la tuya.

Hay en tu boca un muro de marfil:

blanco desfile de esmaltadas nubes

capaz de triturar y hacer caricias.

Como verás, en medio del dolor

espiritual que viene con la gripa,

sólo pienso en tu amable dentadura.

27
LA ESPERA

Pasaste de largo, sin mirarme,

sin reconocer mi rostro endurecido

por la espera. Contrario a mis deseos

tampoco me acerqué,

traté de ser prudente, de aguardar

a que me recordaras.

A lo largo de la galería

nos miramos muchas veces

y hasta nos encontramos de frente

en medio de las escaleras.

No has cambiado nada.

El mismo rostro luminoso,

los mismos labios delicados,

el mismo nombre impronunciable.

No has cambiado.

A leguas se nota la perfección,

la claridad de tu cuerpo.

Ya no recuerdas que salimos juntos

ni que me llamabas por las noches,

28
¿será que la vida nos jugó una broma?,

¿será que nos reunió por fin,

pero en espacio y tiempo diferidos,

a ti en el antes de ser

y a mí en el después de haber sido?

Tal vez ni siquiera te conozco.

Tal vez el resplandor de tu belleza

y mi fortuna al contemplarla

hicieron de la imaginación

memoria.

29
FANTASMA

Entre mi amor y yo duerme un fantasma.

Pensé que mi imaginación

creaba la existencia de otro hombre

despeñándose sobre mi esposa;

creí que ella, al cerrar los ojos,

evocaba un cuerpo diferente al mío.

Estaba equivocado. Él existe.

Cuando a oscuras nos amamos

despierta y me arrebata sus pezones.

Ella sabe que entre sombras

dos almas se baten por su cuerpo,

que la cama es el frente de batalla

en el que mis ojos verdes

se van tornando negros,

se van tornando abismo.

Cuando el fantasma me derrota

no puedo conciliar el sueño.

Me siento al fondo,

en alguna parte de mí mismo,

a esperar a que se duerma.

30
LA DURMIENTE

(A partir de un poema de Eugenio Montejo)

Soy el sueño de la mujer que amo:

despierto cuando duerme.

Cierra los ojos y me encuentra,

tendido en una cama, a su costado;

nos levantamos a pasear por donde no hay caminos,

no existen palabras que alcancen al silencio.

La mujer que amo

es una sombra blanca entre mis manos,

la noche desnuda me la entrega.

Sabe que al despertar

morirán las cosas que tocamos juntos,

se perderá lo andado.

No despierta,

pero ya siente que la luz del día

comienza a interponerse entre nosotros,

ya siente que me alejo.

31
EL VESTIDO

Un vestido triste

yace blanco en el armario.

Lo encontré en un cajón,

entre varias prendas viejas.

Ahora está colgado con mi ropa.

A veces, cuando llega la noche,

me parece que su interior

es ocupado por un cuerpo,

sin embargo está vacío, desnudo,

sin mujer para abrigarlo.

No me imagino sin su compañía.

Cuando la fiebre del pasado acecha,

cuando me da por arrancarme el rostro,

le hablo como al mejor de mis amigos:

le cuento mis fracasos,

le confieso mis culpas,

le suplico me perdone.

32
LA LLUVIA

Sobre las láminas de asbesto

cae dolorosamente la lluvia.

No puedo verla ni escucharla

porque eso está ocurriendo en otro sitio,

en otro tiempo.

En ese lugar, la lluvia está mojando

el bolso de mi acompañante.

No veo su rostro,

pero ya sobre la mesa

ella posa sus manos húmedas sobre las mías.

De vez en cuando intuyo ese momento

que sin duda sucede en el futuro.

Lo trae a mí la soledad, esa otra lluvia

cargada de deseo.

33
NAUFRAGIOS

34
(1)

Cede la tarde ante la opacidad del cielo.

Una mujer enciende veladoras

frente a un marco dorado

con la fotografía de su hijo.

La casa es una ruina, un desastre,

le dicen sus amigas cuando la visitan;

a ella no le importa.

Sólo se sienta a recordar

aquella sonrisa adolescente

llegando de la escuela.

Sucedió hace un año.

Nadie responde a sus preguntas.

Tras encender las veladoras

coloca frente a la fotografía

la bufanda,

esa soga blanca tejida con sus manos

que le regaló en invierno,

en el último de sus cumpleaños.

35
**

Seguido por las sombras de la madrugada,

Gilberto se dirige a su trabajo.

Lleva puesto un suéter verde,

la morena sonrisa de su hija

y un aviso adelantado del casero.

Aún no termina octubre.

La luna enorme lo acompaña.

En una esquina espera su transporte

(la misma donde conoció a su esposa),

mira su reloj, se sienta en la banqueta.

Como una ráfaga de viento tibio

le llega el recuerdo de su soltería.

La mejor imagen del pasado

no suple el gozo de saberse padre,

pero se deja colmar agradecido.

Su soledad, casada hace tres años,

no disminuye con el uniforme puesto.

36
Controlar la calidad de los productos

durante doce horas

requiere de concentración:

una tonelada de arena a mil doscientos grados

es un millón de envases que viajan para Europa,

y la gerencia no acepta distracciones.

La noche arrecia cuando sale del trabajo.

Camino a casa imagina la escena que lo espera:

una mujer que lava platos, ordena los juguetes

y finge no notar que él ha llegado;

una niña de luz inagotable

que a gritos exige más refresco.

Después las discusiones, el beso riguroso,

la salada sopa fría.

A un paso de la puerta se detiene:

abrirla es entrar en otro mundo,

un lugar amado y elegido

pero del que a veces vive ausente.

Da vuelta a la calle.

Ajeno de sí mismo

casi puede ver su andar desnudo

37
sobre la banqueta.

Apura el paso.

De la angustia nacen ramas, nacen sogas

que se enredan en su cuello.

A pesar de todo intenta ser feliz,

camina hasta perderse

y lo repite hasta el convencimiento.

Piensa que mañana será todo distinto.

Piensa,

y se pierde entre la noche.

38
***

Qué bonita se ve Ana

Bajando

por

el cerro en su ataúd blanco

Qué bonita

la gente llorando

volando

como cuervos disfrazados

de palomas

detrás de la carroza

cantando alabanzas y oraciones

como aquella tarde

inolvidable

tu pierna en mi mano

mi boca en tu seno

a la luz de las velas

en la sacristía

39
(2)

Ya visto por dentro,

abierto de par en par,

el poema no era malo.

Inflamación de imágenes,

retórica infectada,

fractura en tres versos

de la segunda estrofa

y el humo de los adjetivos,

acabaron con su vida,

pero la autopsia revela

la espina vertebral del texto:

una palabra,

un sentimiento negándose a morir.

La pluma bisturí tiembla en mi mano.

40
**

El artista, tal vez barbado,

con afilados ojos verdes

y cabello hasta los hombros,

tomó la paleta maliciosa.

Diez minutos antes

una paloma cruzaba el horizonte,

cuatro peras colgaban de una rama,

un hombre meditaba sobre el arte.

Pintar una paloma

es soñar con la posibilidad del vuelo.

Seis horas después,

el cuadro estaba concluido.

En el claro reposo de la tela

quedó apresada la blancura,

unas alas

en constante movimiento.

41
***

Para Antonio Deltoro

Con la mirada fija en la ventana

el maestro se sienta entre nosotros.

Sus ojos,

en contraste con su andar pausado,

son ágiles y apresan lo que miran.

Nos habla del poema.

Sus palabras son el puente

hacia la otra orilla,

una escafandra

para mares más profundos.

Una vez allá, nos suelta.

A nuestro regreso, el maestro sigue ausente:

acaso está en un parque de Sevilla

tomando el sol en una banca;

tal vez en Buenos Aires,

veinte años atrás,

y sólo nos acompaña en el recinto

42
su sombra pensativa.

Las plumas, los cigarros,

las hojas centelleantes en la mesa,

los planetarios compañeros:

todo este pasado

está presente en mi memoria:

el taller no se termina,

se abandona.

43
****

A Salvador Elizondo,

In memoriam.

¿Recuerdas?

Rodaron tus lágrimas discípulas

frente al espejo.

Insistías en mirar cada caricia,

cada movimiento

para multiplicar el goce.

Tu desnudez ceremoniosa,

en más de una ocasión,

petrificó mis manos.

Ni supliciado ni supliciante:

el acto del amor es entregar el cuerpo,

es nuestra unión de secreciones rojas.

Cuánto amé tu sonrisa oscura

tras cortar tu lengua

con el escalpelo.

Estarías asombrada

con la resistencia de la carne

si estuvieras viva.

44
COUP DE DÉS

Estuve esperando meses

enteros a que llegara,

que en sus brazos me cargara

como tantas otras veces,

o que lanzara sus peces

como se lanzan los dados;

de relámpagos pescados

está hecha la poesía,

no esta décima vacía

que si es un tiro de dados,

dados, sí, pero cargados.

45
NOCHE PLURAL

46
Inventa la noche en mi ventana

otra noche,

otro espacio.

Octavio Paz

47
1

EL SUEÑO

La noche nos impone su tarea mágica.

J. L. BORGES

48
BITÁCORA DE VUELO

Las ciudades, como los sueños, están

construidas de deseos y de temores.

Italo Calvino

Antes no había pájaros,

había murmullos, sueños emplumados

pero pájaros no.

Había una oscuridad muy parecida al cielo,

sutiles masas de vapor incandescente,

petrificados cuerpos verdes, amarillos,

diminutos hasta la lejanía;

había también un fuego cristalino,

una blancura, amarga como espejo

y un aire semejante al aire.

Allá, las palabras brotaban de la tierra

formando interminables ríos,

los incendios eran provocados

por agudísimas palabras

y antes de erigir un edificio en las ciudades

se esparcían palabras por cimientos.

Había personas que se internaban en la selva

para cazar palabras en manada;

49
jamás volvían, eran engullidos

por el enmudecimiento de la noche.

El tiempo se medía por tumbas, por sollozos,

por heridas causadas con armas invisibles.

Una tarde el sol cerró su párpado

y nos dejó en tinieblas por minutos,

ese día el tiempo enloqueció,

nos hizo repetir los mismos actos

durante semanas.

Desde entonces

la diferencia entre el día y la noche

es un leve parpadeo.

El sueño era el estado ideal de la vigilia.

Nadé en sus aguas con los párpados abiertos,

fumé los metales de la realidad humana,

construí laberintos, grutas,

murallas que derribaba de un soplido,

porque siempre supe

que vigilia y sueño son la misma cosa:

caras iguales de una moneda imaginaria.

50
Recuerdo que a las personas

les crecían enormes alas,

brotaban en la niñez, como capullos,

pero siempre las cortaban

porque la gracia de volar

es privilegio de las piedras.

Jamás temimos a los tigres

porque nunca nadie vio uno,

lo que vimos fueron rastros:

los animales mortíferos existían

a medida que hallábamos sus huellas.

En el lugar de donde vengo

se nace bajo el signo del relámpago.

La inocencia, el aprendizaje,

el sufrimiento y la resignación

que nunca llega; todo,

todo eso en un instante eléctrico

y apenas memorable,

un estruendo que desgarra el cielo oscuro,

un destello

que termina bajo tierra.

51
EL RELOJ

Estoy en un callejón muy largo. En las paredes veo retratos míos; no aquellos instantes

célebres sino los otros: esos que se escapan tras el parpadeo. Cansado de tanto caminar me

encuentro frente a un muro; quiero brincarlo, pero en el sueño han pasado ya sesenta y

cinco años, entonces me despierto.

¿Es un presagio? Pienso que al detener mis pasos (es decir la sucesión, es decir el tiempo),

forzosamente debo despertar y llenar mis ojos de vida.

Miro el reloj. Es de madrugada.

Me pregunto en qué año, qué día, cuál de sus veinticuatro horas presenciará mi muerte.

52
EL RECUERDO

En el apagado silencio de la noche, oscuro como es, vaga un recuerdo. Es la imagen de un

hombre que, con ropa de playa, escribe cuanto la oscuridad le dicta sobre el mar, en un

viejo escritorio. En el recuerdo no hay ventanas, ni flores, tampoco una mujer que ilumine

el rostro del que escribe; hay soledad, y una dicha tan pequeña que entristece.

La gente lo mira compasiva: ¿quién desearía un recuerdo así? Tal vez su propietario, un

evocador excéntrico, se aburrió de él y decidió echarlo de su mente; tal vez está extraviado

y alguien siente su inefable ausencia.

Lo cierto es que los años se le han venido encima, ya no tiene la precisión de antes.

Algunas veces olvida mostrar la silla, la lámpara. Otras aparece el hombre sentado frente al

mar, sobre la arena, con el escritorio a un lado.

En ocasiones, siendo la soledad esa línea que demarca el horizonte, de la nada surge, entre

las páginas escritas por aquel hombre, descalza, radiante, una mujer. Sus pies no se hunden

en la arena.

53
VIEJA ESTAMPA

Detrás de los párpados

está esperando este paisaje.

¿Le abriré?

GILBERTO OWEN

Permítanme hablarles de Johana.

Muchas veces recorrí ese valle. Caminé por su llanura respirando el aire denso de sus

grietas. A pie del cerro asomaba una casa deshabitada, con las ventanas rotas, las tejas

rotas, con las paredes blancas negándose al derrumbe. Hacia el norte, a pocos metros

comenzaba el bosque. Un camino zigzagueante conducía al arroyo y continuaba hasta la

peña. Yo lo andaba sin advertir la presencia de serpientes, arañas, codornices apartadas de

su nido.

Internado en el bosque no podía enterarme si llovía o hacía viento, hasta que llegaba al

risco. Una vez ahí, olvidados el camino y la tristeza cotidiana, me entregaba a la

tranquilidad de aquel paisaje, al tímido blanco de sus nubes.

Todo esto descansaba en sus pupilas, pero yo no supe verlo.

54
LA RISA

La ambición hizo de cuatro mujeres hienas pardas. Con risa histérica, tras la luz agonizante

acosaron a su presa. Yo estaba ahí. Arrancaban su piel a lentas dentelladas. El miedo

paralizó a la joven cebra que, sin posibilidad de escape, se defendía con patas torpes y

dientes menudos. Al mediar la noche, las cuatro trituraban el último hueso.

Ahora son dueñas de la llanura. Nadie se atreve a pasar por sus dominios. Sin alimento, la

más débil será la siguiente presa.

Si hubiera en ellas algún acuerdo humano, si quedara un rasgo femenino, que se coman

entre sí, me asombraría. Pero se volvieron hienas. Desde aquí escucho su risa.

55
LA PESADILLA

Caminaba por el campo cuando encontré un grupo personas tirando de un elefante. El

animal, enormemente gris, se encargaba de quitar las rocas del camino mientras los

hombres lo molían a latigazos. De pronto, el animal se reveló y comenzó a lanzar las

piedras en contra de la gente. Yo, que estaba aterrado, pensaba en rifles, en dardos

tranquilizantes. Bajaron de las montañas varios hombres armados con trinches y picaron al

animal en todo el cuerpo. No vi sangre entonces, vi cómo le arrancaban la trompa a

trincherazos. El elefante, que aún no caía, ahora tenía a uno de los hombre sobre su cabeza;

éste le arrancaba, con furiosas manos, un pedazo de piel que todavía le colgaba.

Me desperté temblando. En el sueño, yo era ese hombre.

56
EL CULTO

En un país que los geógrafos consideran alegórico, hombres y mujeres tienen la cultura de

la competencia. Se rivaliza desde muy temprano y hasta bien entrada la tarde, pero los más

jóvenes tienen la habilidad de competir incluso contra sí mismos, entre sueños.

Como en todas las culturas, en ésta se crearon los mitos que acompañan a sus dioses.

Cuentan también que un segundo antes del tiempo, entre ellos floreció una deidad oscura

que después se hizo hombre.

Según la historia, desde niño aborreció la competencia. Algunos decían que desperdiciaba

el tiempo en contemplarlo todo. Otros aseguraban que temía al fracaso. Una tarde,

motivado por el repudio de su pueblo, decidió abandonar aquellas tierras cargando sobre

sus hombros la fama de cobarde. Años después, se dice, fue encontrado muerto.

Todos los ciudadanos en aquel país conocen este mito. Se le representa como un ser

deforme, aplastado por el peso del mundo. Siempre ha sido un dios muy inferior, pero

necesario. Es el dios de la derrota.

57
LA ROCA

Sucedió en el tiempo que la luz y la oscuridad conceden al que sueña. El primero tallaba

con manos metódicas; su ritmo era lento, seguro, y se detenía con frecuencia en la

contemplación de su trabajo; consideraba las posibilidades de la piedra. El segundo tallaba

con manos instintivas. Impulsado por un afán desconocido, su cincelada era certera, rápida,

y evidenciaba su sorpresa ante la forma que el mineral iba tomando.

Ambos artistas amaban la roca hasta el agotamiento. Desde su soberbia, dos mujeres

desnudas los miraban, dos mujeres de piedra, dos esculturas idénticas, como el agua en el

agua, como el agua.

58
LA OSCURIDAD

Alguien entró al cuarto donde yo estaba y, sin encender la luz, dijo:

—Me da miedo la oscuridad. Entre sus redes siento que se precipita sobre mí un oleaje de

palabras. Primero es la negrura, luego el vértigo, y justo en medio, las palabras.

Le dije que si ladraba el perro, era porque dos sujetos habían entrado al jardín y caminaban

sigilosos entre los arbustos; que las pisadas que se oían en la azotea no eran provocadas por

gatos corriendo de un lado a otro: eran niños muertos jugando a las escondidas; que dentro

del armario había algo esperando a que él durmiera; que las personas del pasado están

presentes, y aprovechan la noche para atormentarlo.

Luego, tras una leve sacudida, presionó el interruptor y dijo:

—Pero al encender la luz, se desvanecen.

Entonces permanecí en silencio.

59
2

EL INSOMNIO
(Cinco textos a partir de la obra de Remedios Varo)

De fierro, de encorvados tirantes de enorme fierro,

tiene que ser la noche.

J. L. BORGES

60
PRÓLOGO

Antes de comenzar fumo mandrágoras, esparzo en círculos ceremoniosos las cenizas de mi

padre, engullo tres o cuatro libros, preparo la caña y el anzuelo, firmo actas, peritajes,

manifiestos idealistas, y me abandono a la voluntad del inconsciente.

Libero el cuerpo de toda tensión posible. Espero la señal: pájaros sin cabeza cruzando el

horizonte o víboras subiendo por mi pecho. Permanezco sentado frente a la página, su

blancura se asemeja a un lienzo listo para el primer trazo. La mano juega nerviosamente

con el lápiz. Nada es lo que parece. Así como al reverso de la noche hay otra noche más

sutil, más vasta, del otro lado de la realidad hay otra: la del pensamiento. En ella me

sumerjo: estoy del otro lado.

61
INSOMNIO

La sombra de mi padre rondando por la estancia, el hierro de la prisión inmerecida, la

propensión al fracaso, el repentino endecasílabo que escribo a ciegas en mi palma

izquierda, el esperado día de la muerte inesperada, el zumbido de la mosca.

Ésta es la noche de ojos llamaradas, ojos de cristal cortado y párpados hundidos. Debo

levantarme, abandonar la piedra, olvidar que el sueño existe o arrancarme la cabeza un rato.

Alguien toca a la puerta: es la sombra, el hierro, el frío de diciembre que siempre se

adelanta. He aquí el endecasílabo: la noche grilla, callan los ortópteros. Después de todo,

qué es la noche sino el barranco donde cae la mente, desbordado océano de peces

luminosos, párpado del mundo, jardín de la memoria y espectral espejo. Ahora debo

levantarme, poblar la casa de ojos, acudir al llamado de la vigilia. Momento: alguien toca a

la puerta.

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SEA USTED BREVE

“Al fondo de todo esto —una mujer que en cada paso que da se cae del cielo— hay un

caballo”

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MUJER O EL ESPÍRITU DE LA NOCHE

Ella es el aire. Digo esto muy despacio, casi ahogándome. Y he de repetirlo hasta que el

aliento me abandone: ella es el aire. Esta descripción no basta para quien vive la tristeza.

Falta más. Falta por decir la savia de su cuerpo, su pecho habitado por gorriones, su andar

ligero sobre el agua. Es cierto que la desatendía, pero ¿quién piensa en el aire al aire libre?

Una noche como todas pero que será por siempre aquélla, su verde mirar se volvió distante.

Dejó de ser la luz de la luz para ser su sombra: comenzó a vagar por las paredes, a dormir

en fríos rincones, a instalarse detrás de los objetos. No he vuelto a verla desde entonces.

Pero al caer la tarde, cuando termino las labores cotidianas y un velo de oscuridad me cubre

el rostro, escucho a mi lado su voz querida, ráfaga de silencio.

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ENCUENTRO

Después de zozobrar en las llanuras de la fiebre, de cuatro mil doscientas horas de extravío,

de mirar las rosas, el mar, las piedras y los relámpagos con afilados ojos delirantes, por fin

adviertes su presencia. Es uno de tantos rostros o furtivas máscaras que usaste no hace

mucho, un recuerdo dominado por mandíbulas felinas, un huracán encéfalo, un hervor de

sangre. Nunca antes tus ojos se encontraron con tus ojos; nunca la realidad se presentó tan

sueño.

Rostros o estrellas sepultadas en lo más hondo del hemisferio norte del armario comienzan

a salir por cada poro del espejo, del espanto. Éste es uno de los fantasmas que te habitan,

enfréntalo, mírale tus manos, reconoce en sus ojos tu desprecio, húndete en su ser, en tu

haber sido que sigue siendo y que no terminará esta noche. Después vendrán los otros a

pararse frente a ti para mostrarte que eres ellos y no tendrás oportunidad de huir y atravesar

violentamente el pacífico o el corredor para encontrarte con una mujer que va a llorar

cuando le digas que este mundo no es el tuyo y que Dios no está y que quieres regresar por

donde viniste porque tú, no quieres ser los otros.

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RUPTURA

Me dirigía al trabajo. Un hombre, una mujer y un niño me observaban desde las ventanas

de mi casa. Me siguieron. Mi sombra se asustó y se ahorcó en la sombra de un árbol. Me

quedé solo, sólo con ellos, que adivinaban mis pasos o los decidían. Al doblar la esquina

corrí hasta el parque. Pisé algunas tumbas. Caí al fango. Eran un hombre, una mujer y un

niño que me perseguían. Hablo de tres cuervos anidando en mi cabeza.

Había fiesta en la casa de unos primos. La casa no tenía techo, tenía enredaderas que hacían

de techo. Caminé entre las mesas saludando a la familia. Entonces allí estaba, sentado

frente a mí, aquel hombre. Llevaba puesta su chamarra blanca y su rostro nuevo. Se levantó

como si nada, nos saludamos, y sin soltar mi mano miró hacia el cielo y dijo: “Estoy

muerto”. – No, respondí, luego besé su mejilla vuelta polvo.

Vino la noche, música el viento y pan la hierba fresca. Comí y bebí durante horas, no sé

cuántas porque el tiempo se había ido. Sólo estábamos el sueño y yo, de pie sobre la nada.

Ahí llegaron un relámpago y la mujer de la ventana, convertida en mariposa. Ella me gustó.

Saqué mi red de mariposas pero estaba rota, así que le mostré una historia: “Un niño en

pleno sueño va a la cocina y toma una rosa. Se conduce al baño. En su mente está su madre

y en sus muñecas la rosa...” No pude terminar la imagen, los dos llorábamos. Y como la vi

con intenciones de volar, la tumbé en la cama y la hice mía. Pero fui torpe, rompí sus alas

sin notarlo. Quise correr, ocultarme. Como no pude le dije que se fuera, que yo ya estaba

muerto. Se fue. Apareció el espectro de su olvido y besó mi mejilla, vuelta polvo. Entonces

el relámpago; el relámpago, la luz del cuarto, mi almohada, el despertar inquieto.

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MEMORIA DE LA NOCHE

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Para Jesús y Susana.

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Ahora, despojado de las vendas,

puedo ver en el agua mi reflejo.

No soy lo que parece,

soy otra cosa, otro ser

inmerso en la apariencia:

aunque mi rostro sea el rostro del pasado,

el tiempo ha logrado en mí sus erosiones.

No soy lo que parece,

pero ¿qué soy entonces?,

¿un haber sido inagotable?,

¿acaso el río que pasa pero no olvida?,

¿un Proteo extraviado entre sus formas?

Odio el torrente que incansable

me golpea las sienes, la luz del sol,

la oscuridad que me sorprende a tientas;

claramente, ahora puedo verlo:

alguna vez amé las cosas que odio.

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Una mañana desperté rodeado

de inhumana belleza,

sonreían los duraznos y las rosas

pero un recuerdo oscuro me asediaba.

No caí, seguí adelante

con firmes pasos y mirada firme.

La realidad giraba en torno a mí

como una mariposa.

Agradecía cada instante,

daba sentido al llanto, a la ofensa

y a todo lo que no tiene sentido.

Recuerdo que alguien me esperaba en casa.

Era yo una paloma

comiendo de su mano,

comiendo de su vientre.

Labré su rostro en mi memoria,

entre mis labios floreció su nombre,

pero un recuerdo infame me asediaba

y, lentamente, la realidad

me fue dejando.

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Detrás de una ventana

mi padre vio la imagen de la muerte.

Fue en el tiempo en que nosotros

nos apuñalábamos la espalda

y un caballo negro recorría la casa.

Deambulé las horas,

me arranqué las visiones de los ojos,

cambié mi amor por resentidas llamas,

y así, envuelto en tanta lumbre,

resistí el peso de los años muertos.

Estaba devastado, agonizante;

conoció la soledad

mi ceguera acompañada,

conoció las ataduras,

el error y la vileza. Pero ahora,

sin otra turbiedad que mi memoria

puedo ver en el agua mi reflejo,

con el ansia de quien busca entre cenizas

su verdadero rostro, el oculto,

el que presenció su ausencia.

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