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Romancero Oriental de Assunção

Este poema narra la historia de Isabel Velázquez, una mujer de Santo Domingo Soriano que se enamoró de José Artigas. Ella estaba casada pero su marido fue encarcelado, dejándola sola con sus hijos. Artigas llegó y la consoló, convirtiéndose en su amante. Isabel quedó embarazada de Artigas y dio a luz a su hijo primogénito. Ahora espera ansiosa el regreso de Artigas después de tres meses de ausencia.

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Romancero Oriental de Assunção

Este poema narra la historia de Isabel Velázquez, una mujer de Santo Domingo Soriano que se enamoró de José Artigas. Ella estaba casada pero su marido fue encarcelado, dejándola sola con sus hijos. Artigas llegó y la consoló, convirtiéndose en su amante. Isabel quedó embarazada de Artigas y dio a luz a su hijo primogénito. Ahora espera ansiosa el regreso de Artigas después de tres meses de ausencia.

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ACADEMIA DE ESTUDIOS

TRADICIONALISTAS
“MALBAJAR”
en cumplimiento de lo proscripto en
sus Estatutos: “propender a la difu­
sión de los principios filosóficos del
Tradicionalismo, en todos los órdenes
del espíritu y nuestra Cultura Nacio­
nal a través de todas sus manifestacio­
nes: pensamiento, letras y artes, con
un acabado conocimiento de sus va­
lores y condigno reconocimiento de
las personalidades que han contri­
buido a definirla y honrarla”, inicia,
con la publicación del presente “Ro­
mancero Oriental”, de la autoría de
uno de sus Miembros de Número y
fundadores, el Prof. Fernando O.
Assungao e ilustrada por el también
Miembro de Número y fundador, Sr.
Federico Reilly, una serie, que aspira
sea larga y fecunda, bajo el título de
Ediciones PATRIA NUESTRA.

________ ___
FERNANDO O. ASSUNQAO /

\ K . »a

r o m a n c e r o o r i e n t a l

CANTOS DE LA PATRIA

A los cantores anónimos


de la Patria naciente.

A León Benarós,
maestro del género.


Cubierta y dibujos de
Federico Reilly

(C) by Fernando O. Assurujao


Cedidos los derechos de la presente edición a la
AcademiajJe Estudios Tradicionalistas "Malbajar”
PROLOGO

Femando Assun?ao no es un escritor que sirve a una pluma


alimentándola con la sangre de su vida con tal de que de ahí flu­
yan best sellers. No. Es un hombre que se vale de la pluma como
se vale de la piedra, el pincel o el caballo para expresar un ideal,
para transformar en realidad palpable todo aquello que surge en
sí mismo como posibilidad creadora. Es un hacedor, en la más
amplia acepción del antiguo vocablo, un ser empeñado en cam­
biar al mundo según su propia medida interior, que es grande.
Oriental y patriota, dentro de ese confuso conglomerado de
gentes que integran nuestras jóvenes repúblicas crecidas sobre de­
siertos, con poca raíz en la dura tierra, él percibe una patria. La
percibe a través de ciertos ritmos, ciertos vocablos, ciertos usos
del poncho, del mate o de la doma. Los practica, los estudia, los
describe y los deja plasmados. Ciertas formas de pórticos, rejas,
solados le hablan de repente, como al oído y él se detiene y escu­
cha . . .
¡Cuántos de estos mensajes se habrán acumulado en él a lo
largo de los años hasta empujarlo a la proeza de la recuperación
de la Colonia del Santísimo Sacramento, de cuya comisión hono­
raria fue instigador y presidente durante doce años obedeciendo
el preclaro mandato de don Federico García Capurro! Pues
¿quién ignora la fe y la fuerza que se necesitan para arrancar a la
mediocridad tenaz de las nuevas ciudades su esencia original se­
pultada?
Tampoco se trata de aludir públicamente a las propias virtu­
des exaltando, por ejemplo, la de meritorios ancestros portugue­
ses o castellanos. También un viejo mercado inglés, tan típica­
mente uruguayo del comercio del siglo X IX , le inspira ese ilumi
nado entusiasmo que se manifiesta en el Museo del Hombre y la
Tecnología en el puerto del Salto, donde las viejas mesas de már­
mol, para el expendio, sirven ahora de base a las vitrinas que van
contando la historia del pueblo, desde el amanecer de la especie,
a través de objetos amorosamente rescatados.

Asesor aquí, investigador, arquitecto en Colonia, colec­


cionista en Montevideo, jinete en Florida o en Maldonado, jefe
de “gauchos” orientales ante charros mejicanos o cowboys nor­
teamericanos y, siempre, infatigablemente escritor, Fernando
Assun^ao asume científicamente, uno tras otros, todos los gran­
des temas de su patria: el mate, el gaucho, los héroes de su gesta,
la platería, el tango, el caballo, en tanto, como valiéndose de una
segunda existencia, organiza su familia, vigila su bienestar, ense­
ña, arma casas, recorre pagos, se ocupa de industrias .. .

En la presente obra, compuesta impulsivamente en pocas


semanas, el criollista asume deliberadamente una tarea esencial,
la de “payar” los hechos heroicos de su país, esas complicadas
historias, grandes y pequeñas, que dieron su forma a la Banda
Oriental del Uruguay como república independiente. Una saga
oriental destinada a fijar con precisión hechos que suelen citarse
distraída y superficialmente ya que por su misma naturaleza le­
gendaria han pasado a identificarse con plazas, calles, ciudades,
terminales, detrás de cuyos usos habituales se han esfumado los
héroes y las batallas a los que con ellos se intentaba inmortalizar.

La tarea no es fácil. Apenas si dos o tres hombres la han


emprendido en el Plata. León Benarós, Draghi Lucero, aunque
este último más inclinado a lo mágico que a lo épico. No es fácil,
porque es preciso combinar las tareas del historiador con las del
poeta y del letrista, armando versos de tal manera que puedan ir
"a caballo de cifras y milongas". Pero es una tarea esencial para
devolver a las proezas nacionales su carácter de asombrosa aven­
tura rescatándolas tanto del tedio oficial como del panfletismo
político que suele dominar el campo del “ folklore" reduciendo
todo aúna fábúla de buenos y malos, opresores y oprimidos, que
poca relación/tiene con el complejo ir y venir de los espíritus hu­
manos. Tampoco es fácil el lenguaje pues este fluye y cambia y el
poeta, q u r no es filósofo ni historiador, suele apelar a fáciles
remedos, perpetrando así caricaturas en lugar de retratos.
“El lenguaje del romancero, reflexiona el propio Assun$ao,
no debe ser imitativo ni convencional, como el gauchesco, sino
simple, llano, ligeramente castizo, con algún arcaísmo y algún gi­
ro local para hacerlo más veraz. Una sencilla forma de relato rít­
mico, lo más musical posible”.
Esta intención no queda en mero propósito. La gesta nacio­
nal, tan llana y certeramente narrada en este Romancero Oriental
resulta veraz y conmovedora, aun para nosotros los de la otra
Banda del río Uruguay. ¿Qué lector no lloraría a ese gran Apari­
cio Saravia cuando Assun?ao -colorado él, como “sangre de
toro”-, anuncia:
Cayó aquel hombre querido,
ha muerto el águila blanca,
malherido en Masoller
hoy ha plegado sus alas.
y por fin:
Cuando el tiro lo alcanzó
a Aparicio por la espalda,
de negro las banderolas
se tiñeron en las lanzas.
Ha muerto el gran Aparicio
y dicen que galopaba
en potro blanco de nubes
de poncho blanco su alma.
Pienso que este Romancero no quedará sólo en el libro.
Como todas las obras sinceras y necesarias, sus personajes, a par­
tir de él, recobiarán vida propia lanzándose a devenir nuevos can­
tos, imágenes, teatros y vaya a saber qué cosas más, todas incon­
fundiblemente uruguayas. Esta, sin duda, es la secreta intención
del autor, un hombre incansable en el oficio de hacer patria.

V IR G IN IA C A R R E Ñ O
Buenos Aires, Abril de 1984
I
IS A B E L V E L A Z Q U E Z
ERA UNA C LA R A M A Ñ A N A
B A T A L L A D E L A S P IE D R A S
L O S M O R O S D E A R T IG A S
s
A Virginia Carreño.

Santo Domingo Soriano


pueblo viejo de esta Banda,
es la hora de la siesta,
todo es sueño, todo es calma.
También dorm ía Isabel
y un algo la recordó,
que como un puñal artero,
le lastimó el corazón.
Y a no era la moza alegre
que fuera años atrás,
la vida con sus azares
la castigó por demás.
Aun seguía siendo bella,
mujer guapa y atractiva,
tenía negros los cabellos
y la mirada muy viva.
Casó, siendo casi niña,
con un Arrúa mentado,
hombre de coraje y rudo,
lo que dicen todo un gaucho.
Tres hijos tuvo con él,
esa es la ley de la vida,
cuando lo llevaron preso
ella se sintió perdida.
Fue una pendencia que tuvo,
de tarde, en la pulpería,
el otro quedó tendido
y a él lo apresó la partida.

Qué fin tendrían sus hijitos,


fue al pronto lo que pensó,
su mundo, chico y sencillo,
entonces se derrumbó.

En un momento tan triste


fue que llegó aquel Artigas,
el sol entró por su puerta,
ya su pena se mitiga.

Es joven, apuesto y fino,


con luces en la mirada;
le habló con palabra suave i
y dio consuelo a su alma.

Ella se entregó al amor


de aquel varón soberano,
que tenía algo distinto,
como un valor sobrehumano.

Lo supo al punto, sin dudas,


pues se lo dijo su instinto, I
que aquel hombre sería un día
de todos gu ía y destino.
i
A sí vivió agradecida,
como antes resignada,
a su hado, que la hizo
de José Artigas, la amada.
Palpó su vientre redondo
y sintió que allí en su entraña,
latía una vida nueva,
la del hijo de su alma.

No hacía un año todavía


que aquel Artigas, sereno,
había llegado hasta ella
y se quedó, como dueño.

Dueño de todo su ser,


ella ahora era su esclava,
vivía sólo para él,
por su boca respiraba.

Y ahora sentía culminar


el amor en su interior:
— Primogénito de Artigas,
tu tienes que ser varón.

Para que sepan ahora


lo que ocurriera después,
les adelanto la historia,
de ese hijo de Isabel.

Quiso Dios que varón fuera


y Artigas lo distinguió
como a su hijo primero,
fruto de su gran amor.

Regreso ahora al momento


y punto en que la dejé,
durmiendo Santo Domingo
y recordada Isabel.
En el día hace tres meses,
que él de viaje se salió
y esa es la cuestión que a ella,
del sueño la recordó.

Por eso es que aguarda y vela


el regreso de su amado,
quisiera tenerlo cerca,
que ya estuviera a su lado.

Del otro extremo del pueblo


oye un rumor que la anima,
se lo dice el corazón,
Artigas ya se aproxima.

V a no se angustia Isabel
que está sentada y serena,
sabe que él vuelve a su encuentro
y ya se acabó su pena.

Por la calle polvorienta


viene un jinete, trotando,
ese es su Artigas que llega,
de piel blanca y ojos claros.

Debajo de su pajilla
refucila su mirada:
es jefe de gaucherías,
el coco de la campaña.

Gasta chaleco de seda,


usa camisa de hilo
y le brilla en la cintura,
la plata de su cuchillo.
Llega de largos caminos,
de arrear muías y ganados,
viene escarceándole el alma,
cual su caballo gateado.

Es que viene a verla a ella,


dueña de su corazón,
la que le encendió en su ser,
las brasas de la pasión.

Una pasión verdadera


y la m ayor de su vida
será, por más de diez años,
su mujer, la bienquerida.

Sólo otro amor se compara,


de los que Artigas tuviera:
es el amor por la patria,
la patria que él concibiera.

Para que ese amor triunfe,


será Isabel relegada;
así es la historia, señores,
él héroe y ella olvidada.

Olvidada está en los libros,


olvidada por la historia,
pero no en el alma pura
del cantor y en su memoria.

Por eso quise contarles


de esa Isabel el relato,
moza alegre, mujer triste,
según les hice el retrato.
A quí terminan mis versos,
aquí se acaba este cuento
de Isabel, de José Artigas
dueña de los sentimientos.
E R A UNA C L A R A M AÑANA
(Marzo de 17 9 7 )

A la Dra. Florencia Fajardo Teran

Era una clara mañana,


el sol estaba brillando,
sobre arenales y montes,
sobre lagunas y campos.
Dos jinetes se recortan
de la cuchilla en lo alto,
la Sierra de la Ballena,
en tierras de Maldonado.
Es José Artigas que llega
al pueblo de San Fernando,
lo acompaña el negro Ansina,
fiel amigo, que no esclavo.
Desde la altura divisan
las casitas del poblado
y entre todas, del cuartel
los bien prolijos tejados.
Esa es su meta al venir
a tierras de Maldonado,
en el cuerpo de Blandengues
alistarse de soldado.
Artigas no vino solo,
ya es un caudillo mentado
en campaña y se ha traído
con él a cincuenta gauchos.
Son mozos que le acompañan,
o mejor, que alucinados
siguen fielmente a su jefe,
que es su guía y su baqueano.

Va bajaron hasta el valle,


ya por las rúas se entraron,
van hacia el cuartel señero,
muros de piedra y en cuadro.

Rafael Pérez del Puerto,


Ministro y hombre aplomado,
protector de la región,
dicen que lo está esperando.

Porque este Artigas es hijo


de otro Martín, renombrado,
capitán y cabildante,
hombre probo, hombre probado.

Y nieto del que fundara


a San Felipe y Santiago,
cuando con Zavalavino
a expulsar los lusitanos.

Y ahora, a José y su prestigio,


ya lo están necesitando,
para que ayude a poner,
nuevo orden en los campos.

Por eso viene este Artigas


a enrolarse de soldado,
pero en verdad para ser
oficial y ya con mando.
Han atravesado el pórtico
de aquel cuartel soberano,
salta ágilmente del moro
en el centro del gran patio.

El caballo, del cabestro,


deja del negro al cuidado,
tercia el poncho y las espuelas
enseguida se ha quitado.

Bajo el ala del sombrero


le brillan los ojos zarcos,
con paso seguro va,
a la entrada de un despacho.

En el vano de la puerta,
Artigas está parado
y el Ministro de Real Hacienda
sentado en silla de brazos.

Ahora de pie y frente a frente,


ambos se están observando,
mientras las manos se estrechan
en gesto viril y franco.

Quedó sellada entre dios,


así, una amistad de años,
los dos son hombres de acción
y de pensamiento claro.

Y bien se puede decir


que en tierras de San Fernando,
cambió el rumbo de la vida
de aquel criollo iluminado.
A quí comenzó aquel hombre
hoy su vida de soldado.
Empezó a forjarse un héroe,
sólo lo saben sus hados.
josé Artigas, el destino
ya lo tiene señalado:
el va a fundar una patria
y va a morir olvidado.

Era una clara mañana,


el sol ya estaba en lo alto,
aqui termino, señores,
este sencillo relato.
A la memoria dei Gral. Omar Porciúncuta.

Hace dos días que llueve


a torrentes, pareciera
que quiere el tiempo impedir
de los dos bandos en guerra,
el encuentro, o dilatarlo
tal vez y de esa manera
dar más relieve a la hazaña
de quien la victoria obtenga.
De San Felipe ha salido
lucida hueste guerrera,
al mando de un tal Posadas,
español de pura cepa.
Todas tropas veteranas
de la contienda europea
y su general, un jefe
de pundonor y experiencia.
Avanzan con dificultad
sobre la empapada tierra,
salieron rumbo al noreste,
a la zona de Las Piedras.
Se proponen atajarlos
a los criollos, de manera
de impedirles que a la plaza
sitien, según es su ¡dea.
Un oficial de prestigio
comanda la patria fuerza,
que, al iniciar su campaña,
dos sucesos consiguiera.
Es José Artigas, un criollo,
que su servicio ofreciera
sólo dos meses atrás
a la Gran Junta, porteña.
Prometiéndoles echar
a los godos de su tierra
y obtener la libertad
de ésta, la Banda frontera.

Aquellas jornadas fueron


en San José la primera
y en Paso del Rey la otra,
donde un Artigas cayera.
Primera sangre patriota
que aquellos campos riega,
por libertar el terruño
del yugo que lo sujeta.
Artigas se vino, entonces,
a los campos de Las Piedras,
a la espera de una ayuda
que del Este le viniera.
Trescientos cincuenta gauchos,
que por toda arma de guerra,
traen cuchillos enastados
en astiles de madera,
sus lazos y boleadoras,
que ellos muy prestos manejan,
/ su condición de jinetes
y su hábil ligereza.
Su hermano, Manuel Francisco,
es él quien debe traerla
a aquella gente animosa
de sus pagos de las sierras.
Pero esa lluvia inclemente,
que cae con persistencia,
les ha impedido llegar
al lugar donde él espera.

Es de mayo el diecisiete
y por fin la lluvia cesa,
chumbados con tanta agua
los ponchos patrios chorrean,
pero ya llegan los gauchos
y la alegría se expresa,
de parte a parte en las filas
de aquella gente dispuesta.

Amanece el dieciocho,
los dos bandos ya se enfrentan.
El español, sigiloso,
en la madrugada quieta,
ha obtenido posiciones
que le dan ventaja cierta.
Mas Artigas no es un hombre
que no sepa hacer la guerra,
con astucia ordena un cambio,
contra el arroyo los lleva.
Fue bien larga la función
y tremenda la reyerta,
iniciada en la mañana,
al caer la tarde se cierra.
Los gauchos, embravecidos,
al enemigo lancean,
al galope lo persiguen
y alcanzado, lo degüellan.
Y es entonces que Artigas,
que estuvo siempre en alerta:
— Piedad para los vencidos,
grita y la matanza cesa.

Posadas, según es costumbre,


rendir debe, cual presea,
su espada al vencedor,
de aquella dura pelea.
Artigas no quiere eso,
pues Posadas antes fuera
su jefe y no desea herirlo,
por ello entonces ordena
que sea su capellán
(por ser un hombre de Iglesia),
quien reciba aquella espada
que el adversario le entrega.
Esos dos gestos quedaron,
en la historia verdadera
de aquella jornada heroica,
como ejemplo de grandeza,
de ese Artigas, que aquel día
luchó cual sólo pelean
quienes han harto valor
y lo hacen por una idea.
Plugo al cielo que al héroe
las balas no lo abatieran,
cuando de un tiro mataron
a su caballo de guerra.
De un salto estuvo montado
en otro que le ofrecieran,
dar prueba de tal coraje,
sólo un gaucho pudiera
y él su juventud pasó
entre gentes de la tierra,
aunque hijo de un regidor
y nieto de otro fuera.
A sí se logró, aquel día,
la victoria de Las Piedras,
la primera que las armas
de la patria obtuvieran.
La primera en el Plata
de las huestes de América,
después que en la otra banda,
sólo derrotas sufrieran.
Por eso el Himno argentino
así lo canta en su letra
y en el mármol, la pirámide
de Mayo, nos la recuerda.
Por eso los orientales,
que a su Fundador veneran,
el Dieciocho de Mayo,
fecha grande consideran;
en ella todos concurren,
con amor y reverencia,
a recordar la batalla
en los campos de Las Piedras.
LOS MOROS DE ARTIGAS
A la memoria de Justo P. Sáenz (h.).

- I-

Artigas, en su apogeo,
tuvo un moro de su marca,
buen caballo para un jefe,
andar vivo y buena alzada.
Orejas chicas y móviles,
un gran fuego en la mirada,
casco duro y mano fina,
toda la fuerza en las patas.
Ancho el pecho, garrón recio,
riñón alto, cola larga
como las crines, por todo,
muestra estirpe y buena casta.
Apenas le bolean la pierna
y el moro las manos alza,
sale como sobre flores,
de cabeza levantada.
Suave de boca y muy firme,
flete de toda confianza,
era, lo que bien se dice,
un caballo de baraja.
A este montado de Artigas
se los pinté con palabras,
así el criollo reconoce
al buen pingo, por su estampa.
Cuando le toca encontrarse
en medio de una batalla,
el moro nunca se achica,
aunque suenen las descargas.
No le preocupan los tiros
del cañón, ni la metralla
y se mueve como un gato
en los asaltos a lanza.
En dos botes él se corta
el primero en una carga
y cuando se entra a sablear,
parece que le gustara.
El fue el montado más fiel
del Fundador de la Patria,
el tiempo se lo llevó
después de muchas hazañas.
Y debe andar al galope,
en las pampas legendarias
donde Babieca y Bucéfalo
disfrutan de larga fama.
A llf donde van los pingos
que tantas glorias ganaran,
dándole lustre a sus dueños:
la mítica Trapalanda.

- II -
Otro moro tuvo el procer,
en el final de su vida,
un caballito pasuco,
buen andar y buena brida.
Un criollito de confiarle
si necesario la vida,
pero no en un entrevero,
más bien en larga partida.

Diz que el presidente López,


que en su propiedad había
alojado a aquel patriarca,
donado se lo tenía.

En la quinta de Ibiray,
reside el anciano Artigas
y el buen negro, siempre fiel,
en cuidados se prodiga.

Es un anciano, también,
aquel buen Joaquín Lenzina,
que le está cebando mate,
bajo la gran sombra amiga.

De aquel ibirapitá
que la historia nombraría,
en la fronda de su copa,
cantan pájaros y anidan.

Bien cerquita, en el palenque,


pronto para una salida,
el morito, con paciencia,
espera la orden de Artigas.

Pobres vecinos del pago


lo ven pasar y se animan
a dirigir unas frases
a aquella leyenda viva.
En su moro, sigue al tranco,
por aquellas rojas vfas,
que parecen costurones
abiertos en carne viva.

Polvaderales en seca,
barriales cuando llovfa,
esos caminos recorre
con la mirada perdida.

Piensa en cosas de otros tiempos,


piensa en la patria querida
y soñando recordado,
vive su existencia ¡da.

Y a cayó enfermo el anciano,


ya la muerte lo atosiga,
hierve de fiebre su frente
y sus manos están frías.

Después de haber comulgado,


según su fe le pedía,
pareció que en un letargo,
el alma ya se le iba.

Entonces se irguió de pronto,


con la mirada encendida:
— ¡Que me traigan a mi m oro!—
gritó y ya no respira.

En gran pampa del cielo


es seguro que está Artigas
e iluminando a su patria
en lo alto su estrella brilla.
Seguro, para aquel galope
es que al moro lo quería,
que andará, pidiendo rienda,
en Trapalanda infinita.

Fueron los moros un símbolo


de su valor y porfía,
uno lo fue en los combates
y otro cuando se extingu ía,
su ser mortal y la fama
a eternidad le convida
Pingos de pelo famoso
y de existencias unidas
a aquella del gran caudillo,
ejemplo, mentor y guía,
el fundador de la Patria,
nuestro general, Artigas.
R O M A N C E D E J U A N A N T O N IO LA V A L L E JA
A Q U ELLA AN A M O N TERRO SO
R O M A N C E D E F R U T O S R IV E R A
A M I A M A D A B E R N A R D IN A
A la memoria de Eduafdo de Salteraln y Herrera.

Fue en el año ochenta y cuatro


mes de junio, ya era invierno,
que nació aquel Lavalleja,
Juan Antonio le pusieron.
Era hijo de un Manuel,
estanciero acomodado,
con varias suertes de campo
y abundantes ganados.
Buenos pastos, tierras gordas
de la antigua vaquería,
fue allí que tuvo su origen
la llamada gauchería.
Hombres libres, que vagueaban
de a caballo, a la faena
de los toros, por los cueros,
que era su sola cosecha.
Cueros y sebo, que apenas
para algún comercio daban,
el resto por la frontera/
del Brasil se lo llevaban.
Era la m ayor función,
aquella del contrabando,
aunque quiso reprimirla
la autoridad con sus bandos.
El Virrey sabía muy bien
que todos de eso vivían,
haciendo la vista gorda,
bastante lo permitían.

Los gauchos son hombres rudos,


bizarramente vestidos,
socarrones y valientes,
grandes jinetes y altivos.

Juan Antonio se formó


entre esa gente famosa,
nunca le puso reparos
a tareas peligrosas.

Como era bolear un potro


echarle encima los cueros,
enhorquetarse enseguida
y amansarlo sin remedio.

O enlazar un toro bravo,


cimarrón, de largas guampas,
capaz de enfrentar a un tigre
y abrirlo en dos por la panza.

V degollar ese toro,


después de haberlo enlazado,
con habilidad imprudente,
de a pie y de un solo tajo.

Curtido en esos trabajos,


a nadie pudo extrañar,
qúe al sonar el año once
el clarín de libertad,
Juan Antonio Lavalleja,
entre el criollaje, el primero,
se enrolara con Artigas,
ansiando los entreveros.

Quedó bautizado en fuego


en los campos de Las Piedras,
cuando las armas patriotas
victoria final tuvieran.

En el sitio a San Felipe


participó con denuedo;
cuando la traición porteña,
marchó al A yu í, con el puebl

Todos siguieron a Artigas,


sin que nadie lo ordenara,
para dar, lejos del pago,
nacimiento a nuestra patria.

V uelto a la lucha, peleó


contra porteños y godos;
le gustaba en los fogones
charlar hasta por los codos.

Era sencillo ese hombre,


patriota de gran afán,
en el catorce le dieron
patente de capitán.

Al venirse los portugos,


siguió mostrando su ardor,
lo tomaron prisionero,
por causa de su valor.
Con un custodia de vista
y con los pies engrillados,
lo metieron en un barco
y al Janeiro lo mandaron.

El monarca portugués,
Su Majestad, Don Juan Quinto,
en la Isla de las Cobras,
le tuvo por su cautivo.

Pero, para su consuelo,


para alivio de su alma,
le siguió hasta aquel lugar
su heroica mujer, su Ana.

En el año veintiuno
lo dejaron regresar
y aquí', por la independencia,
él se puso a trabajar.

Fue cuando los brasileros


su libertad consiguieron,
después de haber consagrado
emperador a Don Pedro.

Quedó Lecor vencedor


y aqu í las cosas cambiaron,
pues él persiguió con saña
a aquellos que lo enfrentaron.

' !S

ael otro lado del rio


se tuvo que refugiar.
Con amigos que él tenía
en esa tierra argentina,
muy pronto empezó a hacer planes
para armar una partida.

Una partida de criollos,


gente valiente y capaz
de sacar al enemigo
de esa su patria oriental.

A sí llega el veinticinco,
año que habrá de ser clave,
los orientales esperan
que Lavalleja los salve.

Un diecinueve de abril
y en la playa La Agraciada,
desembarcan Treinta y Tres,
para libertar la patria.

Eso juran, o la muerte,


después de besar la tierra,
nadie imagina el valor
que aquel juramento encierra.

Lavalleja era su jefe,


ya está en la patria, a caballo,
vencerán al enemigo
por su valor sin desmayo.

La campaña se encendió
al grito de libertad
y su compadre, Rivera,
lo ha venido a acompañar.
En las puntas del Monzón
se metieron en un rancho,
hablaron más de dos horas
y salieron abrazados.

Se acabaron las cuestiones,


se acabó la desconfianza,
la patria los necesita,
por ella todo se transa.

A San José y Guadalupe


ya los patriotas rindieron
y a Oribe lo han mandado
a sitiar Montevideo.

Un gobierno era preciso


que aquellos pueblos se dieran,
y Lavalleja dispone
que elijan una asamblea.

Y a nombraron diputados
y a él de Gobernador,
de comandante de armas
a Rivera designó.

Y el veinticinco de agosto,
aquellos representantes,
la independencia declaran,
de todos los orientales.

Fu? en la Florida, en un rancho,


qqb la decisión tomaran,
fio pudo haber mejor cuna,
para parir a la patria.
Pero faltaba, señores,
y ya se dió la ocasión,
que las armas confirmaran
aquella declaración.

En campos de Sarandí
y de Am érica en el día,
de Lavalleja los bravos
esta orden recibían:

— A los portugos debemos


arrollar en una carga,
todos con el sable en mano,
la carabina a la espalda! —

Aunque a muchos pareciera


que aquello era ilusión,
a tropas tan preparadas
el gauchaje derrotó.

El triunfo fue total


y el vencedor Lavalleja,
aunque le dio buena ayuda
allí don Frutos Rivera.

A Lavalleja faltaba,
todavía otra gloria
y en campos de Ituzaingó
obtuvo esa gran victoria.

Las fuerzas republicanas,


a las del Imperio enfrentan
y los errores de Alvear,
casi una derrota cuestan.
Fue entonces que Lavalleja,
Oribe y sus orientales,
cambian el rumbo a la historia,
venciendo a los imperiales.

Llegó el año veintiocho,


de la paz, la Convención;
Lavalleja es, para siempre,
del país libertador.

Es ingrata la memoria
e inconstante el ser humano
y así quedó el general,
mucho tiempo relegado.

Han de correr muchos años


que el héroe olvidado está
y momentos muy aciagos
pasa la tierra oriental.

Entonces a Lavalleja
hacen reivindicación,
integrando un Triunvirato,
para salvar la nación.

Con su compadre Rivera


y con Flores, ha de estar,
llena su alma de alegría,
ya se puso a gobernar.

Era, tanta su grandeza,


tan noble su corazón,
<júe a sus años, ese esfuerzo,
la muerte le provocó.
A sí murió Lavalleja,
en su despacho del Fuerte,
después de tanto esperar
no m erecía esa suerte.

Pero es así el destino,


de los puros y los grandes,
el de ser reconocidos,
cuando y a parece tarde.

Mas con el tiempo, el país


sus méritos recordó,
allá, en sus tierras de Minas,
una estatua le erigió.

El general Lavalleja,
afirmado en los estribos
y con el sable en la mano,
allí está como nacido.
Todos así lo veneran,
en su actitud soberana,
las gentes lo reverencian:
Libertador de la Patria!
Fue aquella A na Monterroso
una mujer admirable,
de Lavalleja la esposa
fue el alma de su sable.
V ino al mundo aquella niña
y el mes de setiembre era,
del año noventa y uno,
llegaba la primavera.
Nacida en Montevideo,
era su padre don Marcos,
su madre Juana Bermüdez
y tuvo un famoso hermano.
Este, de nombre José,
con vocación de servicio,
quiso ser siervo de Dios
y profesó en San Francisco.
Once años mayor era,
que aquella su hermana, Ana,
con el tiempo era natural
que en su vida la guiara.
Fray José era hombre letrado,
preparado, inteligente
y adhirió a la revolución
de Artigas, con su gente.
Por esa causa, en el once
fue que Elfo lo expulsó
y a juntarse con los gauchos
sus amigos, le mandó.

Era un hombre apasionado


y de encendida palabra
y de la causa insurgente
fue una figura admirada.

Artigas, Jefe Oriental,


le nombró su secretario
y en ese puesto, con él,
Monterroso estuvo años.

Su estilo pulido y claro


de escribir, él le agregó
a aquellas grandes ideas
que el general le dictó.

Vuelvo a Ana, pues el canto


a otros rumbos me ha llevado,
fue moza llena de prendas,
aunque sin muchos encantos.

Juan Antonio Lavalleja


era oficial, con Artigas,
seguro fue Fray José,
que a Ana le presentaría.

Se/Combinó el casamiento
d é aquella gente animosa
y un veintiuno de octubre,
en Florida, fue la boda.
Lavalleja está en campaña
en importante misión,
Rivera, que era su jefe,
le ayuda en esa ocasión.

Eran amigos y entonces


le tuvo que prometer,
que con A na Monterroso
se casaría por poder.

Por eso, cuando la boda


en esa linda capilla,
ella, marchando muy tiesa,
del padrino desconfía.

Desconfía de la fama
que a Rivera precedió,
de empedernido galán
que a tantas mozas rindió.

Siendo ella muy beata


y de Fray José la hermana,
las aventuras de Frutos
nunca gustaron a Ana.

Muy pocos días después


se reunió a su Juan Antonio,
pero siempre, a su compadre,
lo trató como a u n demonio.

Ella era una mujer


de carácter y principios,
supo estar siempre muy cerca,
apoyando a su marido.
Y cuando los portugueses
a Laval leja apresaron,
no cejó el valor de Ana
y decidió acompañarlo.

A sí, en R ío de Janeiro,
casi dos años pasó
y cuando él volvió a la patria,
ella con él regresó.

También cuando Lavalleja


fue a Argentina, desterrado,
Ana, como siempre, estuvo
cual la espada a su costado.

Y en las reuniones aquellas


donde planes se trazaban,
para libertar la patria,
también opinaba Ana.

En cuanto el río cruzaron


Lavalleja y sus valientes,
su esposa volvió al terruño,
para alentar a las gentes.

Y así en aquella cruzada


ella tuvo su papel,
él libertaba a su pueblo
y ella lo apoyaba a él.

Designado Gobernador,
Aña fue gobernadora:
— Date tono, Juan Antonio —,
le decía la señora.
Paz, oficial distinguido,
a quien llamaban “ el Manco” ,
estuvo en el veintiséis
en San Pedro del Durazno.

Opinó de doña Ana,


siendo hombre muy sutil,
que era mujer muy vehemente,
aunque de trato gentil.

En los años que siguieron


ella entera se mostró
y fue cuando Lavalleja
muchos reveses sufrió.

La ingratitud de los hombres


a él lo condena al olvido,
ella sigue, siempre digna,
al lado de su marido.

Con el correr de otros años,


tuvo la satisfacción,
de que él se hallara, otra vez,
en su antigua posición.

Fue cuando lo nombraron


del Triunvirato integrante,
Lavalleja volvió a ser
de su patria gobernante.

Poco tiempo, sin embargo,


duró a A na esa alegría,
apenas un mes después,
Juan Antonio se moría.
Ella supo reponerse
de aquel dolor repentino,
con su espíritu cristiano
supo aceptar su destino.
Cinco años, todavía,
habría de vivir Ana,
residiendo en Buenos Aires,
siendo ahora la olvidada.
Sin embargo, esos olvidos
y esa falta de memoria,
son cosas que van cambiando,
con los tiempos, en la historia.
Por eso conté la vida,
de aquella Ana Monterroso,
mujer con temple de espada,
alma y vida de su esposo.
A la memoria de Simón S. Lucuix

Nació en el ochenta y pico,


fue por los campos del V í,
de Fructuoso Rivera,
la historia les cuento aquí.

Era mozo, fuerte y guapo


aquel Fructuoso Rivera,
cuando “ la alarma” de Artigas
él empezó su carrera.

Una carrera sin fin


al servicio de la patria,
peleando, siempre a caballo,
siempre andando la campaña.

Se consagró allá en Guayabos,


derrotando a los porteños,
que es cosa bien de orientales
el no querer ningún dueño.

Siguió luchando después,


hasta el veinte, con Artigas,
y sólo rindió su espada
por una traición o intriga.

Cuando Lavalleja, osado,


desembarcó en La Agraciada
con Treinta y Tres Orientales
para libertar la patria.
Rivera salió a su encuentro,
más no fue para pelearlo,
fue a verse con su compadre
y tomarse unos amargos.

En las puntas del Monzón


hay un rancho y una manga,
de allí'salen abrazados
diciendo: ¡Viva la patria!

Y a se acabó aquel prollem a,


que los tuvo separados
y eso, a los brasileros,
los tiene desesperados.

Y ya en el mes de setiembre
se dió su oportunidad,
fue por el Rincón de Haedo
y no por casualidad.

Hasta allí había ido Rivera


a sacar las caballadas,
que los astutos bayanos
tenían ahí guardadas.

Después de burlar la guardia


y cumplida su misión,
le llegaron unas voces
que venía un escuadrón.

Era un tal Mena Bar reto


qúe al Rincón iba ya a entrar,
Venía desprevenido,
sin siquiera sospechar.
Don Frutos me lo esperó
bien dispuesto y de tal suerte
después de un duro combate,
les hizo pitar del fuerte.

Le había dicho a sus muchachos,


ahora son las ocasiones,
de mostrar los orientales
que luchan como leones.

Y en aquel doce de octubre,


en campos de Sarandí,
cuando el alma de la patria
nos mostrara su confin,

Frutos Rivera, el primero,


con su arreadorcito alzado,
a aquel tal Bentos Gon^alves
lo persiguió, derrotado.

Después, mostrando su estampa


de verdadero caudillo,
la Misiones conquistó,
sin tirar ni un solo tiro.

Se vino la independencia,
la libertad se logró
y en San Pedro del Durazno
juró él la Constitución.

La Asamblea lo eligió
como primer presidente,
era el alma de su pueblo,
el querido de la gente.
Andaba por la campaña,
visitando los ranchitos,
lo benJecfan los viejos,
lo besaban los chiquitos.

Tuvo otra vez sus problemas,


con Lavalleja y sus gentes,
cosa que daba tristeza
esa lucha entre valientes!

Al Oribe, presidente,
otra vez se le enfrentó,
porque dicen sus paisanos
que aquel se le sublevó.

Con la derrota de Echagüe,


en los campos de Cagancha,
a las mazorcas de Rosas
supo hacerles pata ancha.

Se vino la Guerra Grande


y fue grande la adicción,
Rivera, también entonces,
a muchos dio su lección.

Por esas cosas que t;ene,


la vida en su rumbo incierto,
al heroico general
lo mandaron al destierro.
/

Son muy grandes los calores


que suelen hacer en Río,
pero a don Frutos, sus males,
le hacen tiritar de frío.
Mas no todos son ingratos
ni tan faltos de memoria
y hay ahora un nuevo cambio
en los rumbos de la historia.

Para arreglar las cuestiones


de todos los orientales,
nombraron un Triunvirato
capaz, para gobernarles.

Con Lavalleja y con Flores,


e'l iba a ser presidente,
era la alegría de todos,
la esperanza de la gente.

Se viene Frutos Rivera,


ya a su patria regresa,
con un puñado de gauchos
atraviesa la frontera.

En el arroyo Conventos
la enfermedad lo detiene,
es que al general Rivera
ya lo consume la fiebre.

Es una historia muy triste,


la que ahora voy a contar,
hay que tener dura el alma,
para no echarse a llorar.

Ah í va doña Bernardina,
corriendo por los caminos,
va con prisa, desalada,
en busca de su marido.
Ella es la esposa tan buena
y de gran fidelidad,
lleva una duda en el pecho,
la consume la ansiedad.

Tantos años esperando


para ver su redención
y ahora, aquella noticia
que le angustia el corazón.

En el rancho de un tal Silva


le dijeron que está grave,
a
que vaya verlo enseguida,
para ayudar a curarle.

Por el medio del camino


viene un cortejo enlutado,
en el pecho a Bernardina
el corazón le da un salto.

Las lanzas negros crespones


muestran, a la funerala,
todos lo vienen rodeando
y la que llora es la patria!

Fue un día trece de enero,


día triste si los hay,
que la muerte lo llevó
a aquel guapo general.

urió el general Rivera,


ita aquel grupo de bravos,
murió el jefe de Cagancha
y el vencedor de Guayabos!
Después, en Montevideo,
le hacen un gran funeral,
cerca de su buen compadre,
para siempre yacerá.
A sí terminó la historia
de aquel general Rivera,
la canté con mi guitarra
para que todos la sepan!
A mi amada Bernardina,
comienzan todas las cartas,
que aquel don Frutos Rivera
le mandó desde campaña.

Aquel general Rivera,


un oriental liso y llano,
como él solía decir,
mostrando su buen ánimo.

Bernardina era nacida


en una casa señera,
el apellido Fragoso
de su padre recibiera.

Vino al mundo en San Felipe,


allí transcurrió su infancia,
aunque aveces la han llevado,
en verano, a alguna estancia.

A sí se crió esta niña,


con recato y con pudor,
com o era costumbre entonces,
entre rezos y labor.

Pasada su adolescencia
y siendo ya moza hecha,
de alguna familia amiga
comenzó a ir a las fiestas.
Eran saraos sencillos,
de mate, guitarra y canto
y la joven Bernardina,
alIT lucfa su encanto.

Era donosa y alegre


y sin ser una belleza,
tenía muy lindos ojos
y una patricia cabeza.

Quien la andaba pretendiendo


era su primo, Servando,
más en su alma de niña,
otro sueño está anidando.

No lo sabe con certeza,


pero hay algo que la alerta,
que el hombre de su vida,
no llegó aun a su puerta.

Cuando Artigas empezó


aquella “ adm able alarma” ,
el sentir de Bernardina
fue para la nueva patria.

Poco sabía, sin embarg >,


ella de guerra y horror,
su alm ap u r de niña,
está esperan I amor.

Mas como a todos aquellos


que patriotas se mostraron,
cuando se produjo el sitio,
nuevas sombras se le alzaron.
Y tuvieron que salir
afuera de la ciudad,
a vivir en la campaña
con mucha dificultad.

El buen Dios las causas justas


nunca deja de su mano,
después de tantas penurias
los patriotas han triunfado.

Artigas el gran conductor,


es el oriental caudillo;
ha caído Montevideo
y los porteños se han ido.

Las patrias fuerzas desfilan


ya por la plaza mayor
y han izado, entre mil lanzas
el pabellón tricolor.

Por cuestiones que, al momento,


yo les voy a reiatar,
a un joven lugarteniente
Artigas debe enviar.

El es Fructuoso Rivera,
oficial de su confianza,
viene a sofocar problemas
que Otorgués tuvo en la plaza.

Hay quejas de los vecinos


por excesos del gauchaje,
Rivera viene a aplacarlos,
con astucia y con coraje.
Es mozo de linda estampa,
de grandes ojos, moreno,
respetado entre sus hombres,
a las niñas quita el sueño.

Gasta un uniforme azul,


bien ceñida la guerrera,
faja de seda punzó,
negras botas granaderas.

Se presenta en los salones


con sonrisa luminosa
y con gentiles maneras,
suelta flores a las mozas.

Bernardina le vió así, .


en uno de esos saraos,
fue en casa de unos parientes,
en un salón con estrado.

Cuando él entró, tan galán,


ella sintió con espanto,
que a su alegre corazón
le dió como un sobresalto.

Cuando él la miró, en sus ojos,


leyó un mensaje de amor,
y supo que no le mentía,
entonces su corazón.

A sí je llegó a la boda,
así^legó aquel gran día,
en que casó Fructuoso
con su amada Bernardina.
Desde entonces Bernardina,
fue su muy feliz esposa,
para completar su dicha,
sólo le falta una cosa.

Un hijo con aquel hombre,


un hijo de ella nacido,
el único que tuvieron
se murió siendo muy niño.

Su vida junto a Fructuoso,


fue una zozobra constante,
pues en verdad, a su lado,
sólo estuvo por instantes.

Estaba siempre a caballo,


andaba siempre en campaña,
voces a ella le llegan,
de que con otras la engaña.

Ella parece creerlo


y le escribe con reproche,
él le responde enseguida,
negando aquellos amores.

Eres, le dice, mi esposa


y mi amada Bernardina,
que puedas creer esas cosas,
me parece cosa indigna.

Sabes, agrega, que el hombre,


está lleno de defectos,
pero a mi dueña y señora
nunca faltaré el respeto.
A sí vivió Bernardina,
mucho tiempo separada,
de aquel de quien siempre fue
la más fiel enamorada.

Cuando estuvo desterrado


y ya se encontraba enfermo,
ella, para su retorno,
trabajaba con denuedo.

Hasta Río de /aneiro


le escribía con emoción,
que ya estaban por hacerle
total reivindicación.

Por entonces se produjo


la caída del gobierno
y otra vez los orientales
vieron su futuro incierto.

Aquel Pacheco, que fue


un momento su adversario,
propuso el plan de formar
de gobierno un triunvirato.

Que estuviera por encima


de colores y banderías,
para que a todos les diese
tranquilidad y garantías.

Por ^so los elegidos


eran, don Frutos Rivera,
el joven coronel Flores
y el general Lavalleja.
Bernardina ya no puede
sino mostrar su alegría,
por fin a su amado esposo
por completo reivindican.

Pero no quiso el destino


que bien se diera aquel caso,
cuando Rivera volvía,
dió la muerte su zarpazo.

Bernardina iba al encuentro


de su Frutos, tan querido,
sólo encontró su cortejo
en el medio del camino;

Desmayó, de tanta pena,


aquella grande mujer,
haber padecido tanto
y volver a padecer.

Mas es enorme el valor


de aquella mujer, viuda,
vivió a los necesitados,
dando limosna y avuda.

En su vieja casa-quinta
pasó sus últimos años,
repasando en la memoria
alegrías y desengaños.

Era entonces una anciana,


ya por muchos olvidada,
pero, en su alma, Bernardina,
de Rivera bienamada.
Esto repite la historia
y dicen los documentos,
porque lo cante en mis versos
que no les parezca cuento.
A mi amada Bernardina,
dec ía Rivera en sus cartas
y así quedó, para siempre,
en la memoria grabada.
R O M A N C E S D E V ID A Y M U E R T E

F U E A Q U E L FA U S T O A G U IL A R
E L H E R O IC O L E A N D R O G O M E Z
A L V A L IE N T E L E O N D E P A L L E J A
E S E A N A C L E T O M E D IN A
A T E N C IO N PIDO , S E Ñ O R E S
(vida y muerte del coronel M áxim o Pérez)
H A M U E R T O E L G R A N A P A R IC IO
(muerte del genera! Aparicio Saravia)
!
FUE AQUEL FAUSTO AGUILAR

Fue aquel Fausto Aguilar,


lancero de muchas mentas,
según repiten los viejos,
según los relatos cuentan.

Nacido era en Paysandú


y eso sólo le bastara,
para ser guapo de ley,
de vender la vida cara.

Y fue en el año del ocho


que nació en aquellos pagos,
y al cumplir los veinticuatro
él se enroló de soldado.

A la gente de Rivera,
poco después se reunió,
cuando la invasión de Echagüe,
en Caganchase lució.

Lució su estirpe criolla,


con su lanza y de a caballo,
a los “ rosines” los hizo
pasar por un trance amargo.

Y a en plena Guerra Grande


y desterrado don Frutos,
fue ese Fausto prisionero
y su vida cam bió el rumbo.
Lo llevaron a Entre Ríos
y como a otros ocurrió,
entre las tropas de Urquiza
él bien pronto se encontró.

En el potrero de Vences,
la ocasión ya se le alcanza,
de demostrar su valor
y habilidad con la lanza.

De los bravos correntinos


vencieron la resistencia
y pudo Fausto asentar
su coraje y su guapeza.

Allí el propio general,


don Justo José de Urquiza,
pudo aquilatar de cerca,
su pulso y su sangre fría.

Y no era poco aquel juez


para apreciar su valer,
pues a él, que era un gran lancero,
nada le podía esconder.

Y aquel caudillo, este fallo,


por ser justo, pronunció:
— Como ese Fausto mentado,
es seguro que no hay dos.

a mejor lanza —, agregó —


:sta grande América;
pienso que no haya quien
este concepto desmienta.
Con motivo de esos juicios,
que salieron publicados,
Fausto, con muy buen humor,
hizo este comentario:

- Estos unitarios siempre,


entre ellos se alcahuetean —,
y a don Justo, esa salida,
lo hizo reír de veras.

Cuando Flores se sublevó


contra el gobierno oriental,
Fausto Aguilar, ya en su tierra,
la “ Cruzada” fue a apoyar.

En el famoso Coquim bo,


él mucho tuvo que ver,
para que Flores lograra
al adversario vencer.

Fue en esa grande ocasión,


si no falla mi memoria,
que él pronunciara una frase,
que recogería la historia.

Hacía un frío tremendo,


en aquella madrugada
y a las rojas banderolas
teñ ía de blanco la escarcha.

Fausto Aguilar es el jefe


de la gente de a caballo,
acu quinados están
aquellos duros soldados.
V a se para en los estribos,
blande su famosa lanza,
sofocado de coraje,
él les hace esta proclama:
— A sacarse los ponchos —,
les dice en un desafío,
— porque en el otro mundo,
muchachos, no hace frío.
Fue así aquel Fausto Aguilar,
lancero de gran valor,
me lo contó un criollo viejo,
una noche, en un fogón.
EL HEROICO LEANDRO GOMEZ

Gente muy valiente ha dado,


la linda tierra oriental,
ninguno com o ese Leandro
Gómez, de fam a inmortal.

Com o un anuncio, él nació


en Montevideo, en el once,
año en que los orientales,
libertarse se proponen.

Y su muerte, en Paysandú,
como un sím bolo ha quedado,
de la eterna voluntad
de nunca ser subyugados.

Fue su hermano aquel Andrés,


que luchó con Lavalleja,
para libertar la patria
de la invasión extranjera.

Leandro estuvo en Buenos Aires


hasta el año cuarenta y tres,
volvió con Manuel Oribe,
ftie su ayudante muy fiel.

Demostró, en la Guerra Grande,


su valor apasionado,
el mismo que con el tiempo,
le dió un perfil romántico.
Terminada sin vencidos
ni vencedores, la guerra,
volvió aquel Leandro Gómez,
a sus antiguas tareas.

Cuando ese general Flores,


contra el gobierno se alzó,
Leandro Gómez al servicio
de las armas regresó.

Le mandan a Paysandú,
al comando militar,
y poco tiempo después,
Flores lo vino a sitiar.

Con arresto natural,


preparando el porvenir,
ordena aguantar el sitio,
defenderse y resistir.

En esa ocasión la plaza,


soportó a sus atacantes
y debió el general Flores,
a otro punto retirarse.

El gobierno reconoce,
la importancia de esa acción,
a Leandro y a sus hombres,
con honore., los premió.

A Ijós que allf resistieron,


le? entregó una medalla,
que con orgullo, en su pecho,
todos ellos colocaran.
Asi' llegó el mes de octubre,
de nuevo el sitio empezó
y esta vez mucho más dura,
se presenta la función.

Las fuerzas de aquel Venancio


ahora mucho se acrecientan,
con tropa expedicionaria
y varios barcos de guerra.

Son las gentes de Don Pedro,


que asi' oficiaba de aliado,
un aliado que tenía,
intereses muy marcados.

Paysandú era por entonces,


el centro de las miradas,
el futuro del país,
piensan que allí se jugaba.

La salud del coronel


Gómez, en esta ocasión,
mucho había desmejorado,
por una vieja afección.

Leandro Gómez, aun enfermo,


manda otra vez resistir,
en defensa de aquel sitio,
hay que vencer o morir.

El no abandona la acción,
por más que silben las balas,
a sus hombres da coraje,
con encendidas palabras.
Envuelto en un fino poncho,
con expresión afligida,
se soba la larga pera,
mas no deja la partida.

Parece casi un profeta,


de esa causa o religión,
que es el amor de la patria,
la defensa de su honor.

Uno a uno caen sus jefes,


ya es su tumba la ciudad,
para aquella gente heroica,
que sigue sin aflojar.

Piriz, Raña y Azambuya,


abatidos ya cayeron
y también murió baleado,
el comandante Rivero.

Casi tres meses, el sitio,


en la realidad duró,
el cañoneo y metralla
hicieron gran destrucción.

Media ciudad en escombros,


ha quedado, sin remedio,
pero no deja, aquel Gómez,
de resistir el asedio.

Por/la fuerza del asalto


ca^n los últimos baluartes,
^pííede decirse que entonces,
es ya total el desastre.
En la cálida mañana,
de aquel día dos de enero,
al coronel Leandro Gómez,
ya lo toman prisionero.

Muestra el jefe su carácter,


en medio de la derrota,
él quiere ser prisionero,
sólo de sus compatriotas.

De este modo, ese patriota,


exhibe su decisión
y pide a los brasileros,
que cambien su condición.

Lo entregan los imperiales


al comandante Belén,
un crimen sin atenuantes,
se va ahora a cometer.

A la quinta de Rivero,
él va, con Braga y Fernández,
un piquete de soldados,
ya les ponen por delante.

Allí no hubo juicio alguno,


sólo una orden brutal,
sin mas cuestión, a esos jefes,
acaban de fusilar.

A sí murió aquel Leandro


Gómez, patriota oriental,
Defensor de Paysandú,
héroe de nombre inmortal.
Y a se ha cumplido el destino,
que hasta ai IT lo llevara
y por él están sonando
los clarines de la fama.
Desde entonces, Paysandú
y sus héroes, siempre han sido,
de los cantores del pueblo,
con emoción preferidos.
Y tomada como ejemplo,
de patriótica virtud,
conocida para siempre,
como heroica, Paysandú!
Era de estirpe española,
ese León de Palleja
y como aquel gran Rodrigo,
nacido para la guerra.
Fue en el Boquerón del Sauce,
sobre las propias trincheras,
de la gente paraguaya,
que las balas lo abatieran.
Había nacido en Sevilla,
andaluz de pura cepa
y su nombre verdadero
era José Pons y Ojeda.
Lo llamaron a las armas,
cuando un jovencito era,
al llamado Carlos “ Q uinto” ,
con mucho valor sirviera.
Por cóm o se comportara,
con coraje y entereza,
hasta el grado de mayor
sus jefes ya le ascendieran.
Cuando la paz de Vergara,
él se amparó a la licencia
temporal y, desde Francia,
se embarco para Am érica.
Por no tener al momento
sus documentos en regla,
fue que él adoptó aquel nombre
León Sánchez de Pal leja.

En Montevideo vivió
hasta la invasión aquella
que aparejó el Sitio Grande,
y él participa en la guerra.

Llegado el pacto de Octubre,


para él la paz no reza,
con el Ejército Aliado
va el comandante Palleja.

A sí en Caseros peleó
y fue una jornada, esa,
en que la gente oriental
se lució por su guapeza.

Otras cosas le pasaron


a aquel León de Palleja,
hasta que al general Flores,
su destino ya lo acerca.

Fue cuando la revolución


que don Venancio comienza,
y que él llama “ la cruzada” ,
por llevar la cruz de emblema.

Ce^ca deí Y í, en el Durazno,


en el campo y sus faenas,
& halla León, retirado,
lejos de toda contienda.
Sin embargo lo detienen
entonces, bajo sospecha,
de quererse incorporar
a las invasoras fuerzas.

Recobró su libertad
casi al final de la guerra
y junto al general Flores
entonces él ya se queda.

Al momento se desata,
lejos de nuestras fronteras,
otra guerra y nuestra gente,
se ve involucrada en ella.

Precio que los imperiales


a don Venancio exigieran,
por haberlo ayudado antes
y que el gobierno asumiera.

Es una mancha terrible


que ese general vertiera
sobre la historia oriental,
que no se la mereciera.

Participar sin motivo,


sin agravio ni querella,
en el alevoso ataque
a la paraguaya tierra.

Esa guerra sin piedad,


esa terrible contienda,
en que el pueblo paraguayo
el más grande ejemplo diera.
De amor hasta el sacrificio
de la vida en su defensa,
hasta quedarse sin hombres,
casi sobre el fin de ella.
En ese horrible holocausto
los orientales se encuentran
y la situación, entonces,
sólo plantea un dilema.

El de matar o ser muertos,


esa es la ley de la guerra,
y vender cara la vida,
los orientales esperan.

Manda el batallón “ Florida” ,


de azul y verde guerrera,
ese Palleja nombrado,
que entonces coronel era.

Y aquel valiente español,


quería que nuestra bandera,
delante de las aliadas,
por su valor estuviera.

A sí marchaba al combate,
como si en ello le fuera,
defender más que su honra:
defender a esa bandera.

L^í enseña azul y blanca,


qiie él como propia quisiera,
"como soldado jurara
él honrarla y defenderla.
Y en ese ocho de julio,
como nunca combatiera,
con arrojo y fe indomable,
con española fiereza.

Fue en el Boquerón del Sauce,


que las balas lo abatieran,
de los bravos paraguayos,
casi sobre las trincheras.

Dos ejemplares tenientes,


un Sandoval y un Villegas,
salvan su cuerpo y lo traen,
otra vez junto a sus fuerzas.

Y allí, en medio del com bate,


fue que el capitán Pereda,
manda alto al fuego y que honores,
al jefe le hagan y ofrenda.

Presentan armas los hombres,


mientras las balas no cesan
de caer com o una lluvia,
que el adversario no ceja.

El tambor a funerala
toca y aquella bandera,
que él honrara con sus actos,
com o mortaja le encierra.

Murió así, com o un ejemplo,


aquel León de Palleja,
en la tierra más valiente
de esta parte de América.
Hace honor a aquella estirpe,
de ese Cid de la leyenda,
como hacen los paraguayos
a esa su guaraní cepa.
Pareció cual si la historia
al tiempo retrocediera,
que indios, y conauistadores
se enfrentaban con braveza.
De un lado, quienes ' efienden
su patria con enterez^
y leí otro, ese español,
L e 'n Sánchez de Pal leja
Que como oriental peleó,
si ido otra su querencia,
en aquella guerra absurda
y allí' acabó su existencia.
Honor a aquellos valientes!
Honor a León de Pal leja!
Ese Anacleto Medina,
según las historias cuentan,
fue nuestro mayor soldado
y no hay quien lo desmienta.
Un santiagueño, Medina,
fue su padre, conocido
por el nombre de Bernardo
entre todos sus vecinos.
Y fue su madre una criolla,
llamada Petrona Viera
y Las V íboras el pago,
donde ella lo pariera.
Sus servicios se remontan
a tiempos de José Artigas,
que al entrerriano Ramírez,
com o instructor se lo envía.
Quiso entonces la leyenda,
que el pueblo repetiría,
que él la salvara enancada,
a la querida Delfina.
Fue el día que el enemigo
les causara gran derrota
y cuando a Pancho Ramírez,
le sonó la última hora.
Marchó después para Chile,
con tropas de San Martín,
y seguramente el “ Indio” ,
mostró su valor allí.

Ese apelativo, “ Indio” ,


tuvo Anacleto Medina,
por la forma de sus ojos,
su pelo y su piel cetrina.

En el año veintiséis
volvió a la Banda Oriental,
vino en filas del ejército
de Carlos María de Alvear.

Los famosos “ Coraceros”


estaban bajo su mando,
con ellos muchos triunfos,
Medina, fue conquistando.

El dieciséis de febrero,
en el Ombú, él venció;
participó en la victoria
en campos de Ituzaingó.

Fue él quien tomó Bagé,


antes de hacerse la paz,
después volvió a Buenos Aires,
con Lavalle,el general.

De/Navarro en el combate,
resultó herido de bala,
y en el de Las Vizcacheras,
otra vez él se destaca.
Tremenda carga final,
en Puente de Márquez dió,
que a su facción, el triunfo,
de este modo aseguró.

El arreglo de Lavalie
con Rosas, no le dio agrado
y entonces, él resolvió
volverse para este lado.

Con las tropas de Rivera,


vino a esta banda a lucirse,
peleando con Lavalleja,
hasta obligarlo a rendirse.

Siguió siempre con Rivera,


cuando éste a Oribe enfrentó,
y fue de los emisarios
que la paz con él firmó.

Cuando la invasión de Echagüe,


mostró su valor sin tacha,
él fue el héroe en la jornada
memorable de Cagancha.

Nadie como él, ese día,


mostró astucia y gran coraje,
contribuyendo en gran form a
al triunfo de los “ salvajes” .

Dicen que del “ Manco” Paz,


aprendió trucos y mañas,
que en las guerras le valieron,
muchas victorias y hazañas.
El peleó como un león,
en los campos de India Muerta,
cuando el desastre, siguió
al Brasil, por la frontera.

Es imposible contarles,
los detalles de su vida,
más él estuvo en Caseros,
peleando al lado de Urquiza,

Ligado a Flores, más tarde,


él fue de los que adhirió,
al acuerdo con Oribe,
llamado “ Pacto de la Unión” .

Cuando a aquel Gabriel Pereira,


lo eligieron presidente,
contó al general Medina,
como al mejor de sus jefes.

La lealtad así debida,


al amigo y magistrado,
le costaría a Medina,
un error nunca aclarado.

Un error que fue terrible,


cuando, después de Ouinteros,
cumpliendo órdenes de aquel,
matan a los prisioneros.

Tjémbla señores, mi voz,


■ Á recordar estos hechos
' y él corazón del más crudo,
vacila dentro del pecho.
No m erecía aquel hombre
que la historia le señale,
culpable de aquella acción,
que Dios le juzgue y le ampare.

Cuando la invasión de Flores,


volvió Medina a mostrar
su gran condición de jefe,
mas no puede continuar.

Las intrigas convencieren


a Berro que lo alejara,
el triunfo fue colorado,
mucho sintieron su falta.

Le faltaba, todavía,
otra campaña a ese “ Indio” ,
y fue aquella de “ las Lan/as” ;
con Tim oteo Aparicio.

Medina ya era un anciano,


con ochenta y dos inviernos,
parecía cosa imposible
y más que él estaba enfermo.

Sin embargo, como siempre,


a caballo y con valor,
en campos de Manantiales,
otra vez se entreveró.

Ln medio de la derrota,
le bolean el caballo,
casi ciego y ya de a pie,
le acabaron de un lanzazo.
Murió como había vivido,
peleando, ese gran guerrero,
seguro que para él,
esa muerte fue un consuelo.
A pesar de aquel error,
es un ejemplo su vida,
de cómo sirve un soldado:
hasta el fin de la partida.
Ese Anacleto Medina,
según lo dice la historia,
como nadie tuvo heridas,
como nadie más victorias.

• *


ATEN CIO N PIDO, SE Ñ O R E S
(Vida y muerte del coronel Máximo Pérez)

Atención pido, señores,


voy a cantar vida y muerte,
del caudillo de Soriano,
coronel Máximo Pérez.
Com o una premonición,
ese hombre nació en Coquimbo
y com o si eso fuera poco,
fue en el año veinticinco.
Año de los orientales,
año de la libertad,
quien en tal año naciera
tendrá gran temeridad.
Gaucheando pasó los años
de su primer juventud,
era criollo, de a caballo,
guapo y de gran inquietud.
Durante la “ Guerra Grande”
peleó con los colorados,
pasó de soldado a clase,
por su coraje probado.
Hecha aquella Paz de Octubre,
que no dejó vencedores,
él volvió a su Soriano,
altanero y con galones.
Por ese carácter suyo,
pronto tuvo que emigrar
y a las tierras de Entre Ríos,
aquel hombre fue a parar.

A llí aí coronel Venancio


Flores, se relacionó,
por esa amistad, orgullo
toda la vida sintió.

Tornó otra vez ese Pérez,


a su Soriano natal,
al límite con San José
él se vino a refugiar.

A llí un amigo tenía


— y es cosa que daba espanto —,
era aquel Cipriano Carnes,
que era all í caudillo blanco.

El a Carnes respetaba,
aunque fuera su adversario
y el otro le tenía afecto
a ese criollo, don Máximo.

Cuando en esas circunstancias,


Pérez allí se encontraba,
protegido por su amigo,
Flores lanzó su proclama.

A sí empezó la que él llama


Cruzada Libertadora,
, contra el gobierno de Berro,
la guerra declara ahora.
Desatado ese alzamiento
y aquella revolución,
Máximo Pérez estaba,
en difícil situación.

Ese comandante Carnes,


debe salir a campaña,
por deber, Máximo Pérez,
calladito lo acompaña.

A aquel amigo, Carnes,


él no quería agraviarlo,
pero a reunirse con Flores
debe ir como colorado.

A sí lo entiende ese Carnes,


después de andar varias leguas,
— Andá a juntarte a los tuyos —,
dice y las manos se estrechan.

Qué cosa linda, yo digo,


esos gestos de varones,
tan crudos y sin embargo,
tan blandos de corazones.

Hizo Pérez la campaña


del año sesenta y cinco
y el diecinueve de mayo
llegó a coronel de Cívicos.

Con ese grado flamante,


al Paraguay lo mandaron
y allí las cosas no fueron,
com o él lo había pensado.
De un bolazo le partieron
la cabeza en el Yatay,
herido, a Montevideo,
se tuvo que regresar.

Le hacen Jefe Político


de sus tierras de Soriano,
con decisión él ejerce,
el poder, bajo su mano.

No obstante, siendo tan duro,


muchas veces se reía,
con motivo de una frase
que decía con malicia.

— Flores en la capital,
manda y yo aqu í en Soriano,
al que esta verdad no entienda,
habrá que sacarle el guano.

Muchas obras puso en marcha


Pérez, cuando su gobierno,
también se le reconoce
su espíritu de progreso.

Son estos los contraluces


de aquel paisano carácter,
déspota en algunos casos
y en otros, buen gobernante.

Cupido a aquel general Flores


brutalmente asesinaron,
z ese tal Máximo Pérez
un mensaje le mandaron.
Véngase, dice el papel
y él, vénguese, interpretó,
;on error intolerable
varios blancos liquidó.

Un crimen grave que entonces,


ese hombre ha cometido,
y muchas veces, después,
se ha de haber arrepentido.

Porque siendo hombre tan duro,


no carecía de conciencia;
tantas veces en su vida
tuvo crueles experiencias.

Volvíase sí, cada vez,


más rebelde y cimarrón,
casi todos los gobiernos
tuvieron su oposición.

Esa actitud retobada,


ya no era de esos tiempos,
más que un sím bolo, aquel hombre
parecía un mal recuerdo.

En el año ochenta y dos


otra vez volvió a su pago,
quiere hacer un alzamiento
contra el gobierno de Santos.

El cree tener mil lanzas


que le siguen sin dudar,
ha lanzado una proclama
y se ha puesto a cabalgar.
Llama inmoral al gobierno,
por eso lo desconoce,
y él, en el nombre del pueblo,
al presidente depone.

Para acabar ese asunto,


el gobierno ha designado,
ai buen coronel Galarza,
que antes sirviera a su lado.

Galarza le tiene ley,


aunque lo viene a apresar,
va retardando su marcha,
para dejarlo escapar.

Máximo Pérez no es hombre


de aceptar que lo aprisionen,
huyendo hacia la frontera,
va licenciando a sus hombres.

Sin embargo estaba escrito


y ese era su destino,
que él habría de ser muerto
al final de ese camino.

Fue en el Paso de Hospital,


vecino ya del Brasil,
un policía fronterizo
le dio un tiro de fusil.

Muere en su ley el caudillo,


con su lanza y de a caballo,
rodeado de aquellos criollos,
que le siguen sin desmayo.
Le siguen sin saber porqué,
adonde vienen o van,
le siguen sólo por ser él,
por él se dejan matar.

Esa era la ley antigua,


que en estas tierras campeaba,
cuando por nuestras cuchillas
la gauchería cruzaba.
Aqu í termino, señores,
ya conté la vida y muerte,
del caudillo de Soriano,
coronel Máximo Pérez.
Ha muerto el gran Aparicio,
murió el general Saravia,
no hay banderolas celestes,
hay crespones en las lanzas.
C ayó aquel hombre querido,
ha muerto el águila blanca,
mal herido en Masoller,
hoy ha plegado sus alas.
Aquellas alas de poncho
blanco, con que desfilaba,
dirigía las acciones
o a los suyos arengaba.
Qué cosa triste que ha sido,
ver su figura rodeada
por el dolor de los criollos,
yaciendo en aquella cama.
Han pasado algunos días,
de aquella dura batalla,
dé Masoller, que a su cuerpo ■
lo atravesara una bala.
A sí lo quiso el destino,
que en la cumbre de su fama,
cayera herido aquel hombre
que podía ser balanza.
Balanza puesta en el fiel,
para que quien gobernaba,
tuviera en cuenta, también,
lo que los blancos pensaban.

Se habían hecho unos pactos,


eran cosas mal atadas,
que no arreglan las cuestiones,
ni podían arreglarlas.

Y entonces, el caudillo,
cuya paciencia se acaba,
se lanzó, una nueva vez,
a los campos de batalla.

Cosa de malentendidos
fue esa guerra, cosa mala,
como siempre lo es la guerra,
ninguno pudo evitarla.

No había ningún caudillo


del prestigio de Saravia,
a él lo segu ían los paisanos,
por ser él, sin pedir nada.

No obstante, en Montevideo,
doctores hay, que dudaban,
no podían acostumbrarse
a su llaneza tan clara.

'A/su llamado se reúnen,


otra vez, miles de lanzas,
/ cuando empiezan las acciones,
miles son que le acompañan.
[Link] de Tupambaé,
él se enfrentó con Galarza,
después de dos días de lucha
fue pareja la batalla.

Es que hubo de verse, entonces,


qué leones se topaban,
haciendo frente a Aparicio,
un colorado de fama.

Nadie podría decir,


quien hizo más pata ancha,
S'.ravia c e poncho blanco,
de colorado, Galarza.

Mil hombres de cada bando,


en el campo se desangran,
esa fue siempre la Irstoria
de las luchas de esta patria.

Que si hay valientes de un lado,


del otro no van en zaga,
coraje en los de don Pablo,
coraje en las filas blancas.

A sí llegó Masoller,
parecía esa mañana,
que su poncho era una nube,
cuando el viento lo agitaba.

Mas que una nube, sabemos,


era bandera sagrada
para los que le seguían
y que su causa abrazaban.
Con su valor habitual,
él se movía sin pausa,
en lo mayor del combate,
en medio de las descargas.
Parecía que con su orgullo
de gaucho, él a la parca,
aun encuentro personal,
sin temores, desafiaba.
La mala aceptó el envite,
y ella tenía las cartas
del triunfo en esa partida,
que tenía suerte marcada.
Cuando el tiro lo alcanzó
a Aparicio por la espalda,
de negro las banderolas,
se tiñeron en las lanzas.
Ha muerto el gran Aparicio
y dicen que galopaba,
en potro blanco de nubes,
de poncho blanco su alma.
C O L O N IA D E L S A C R A M E N T O
R O M A N C E D E “LA G U A Y R E Ñ A "
(V id a y muerte de María Cayetana Leguizamón)
P A S O D E L P A C H E E S E L S IT IO
(Duelo a lanza entre Pampillón y Gil Aguirre)
A! Dr. Federico García Capurro.

Naciste de un desafío,
con desplante de hembra brava
y fuiste desde tu origen
un símbolo de batalla.
Te fundan los lusitanos,
los españoles te atacan,
querida por hombres fuertes,
por ellos fuiste vejada.
Manzana de la discordia
en el R ío de la Plata,
con tanta sangre de héroes
fue tu tierra fecundada.
Retrechera y engañosa,
como una moza guapa,
a dos pueblos tan heroicos
envolviste con tu capa.
Hispanos y portugueses
por tus amores se matan,
ni por honrar a una reina
tantos bravos se ofrendaran.
El lusitano, poeta,
te conquista con palabras;
embrujo de frases dichas
y de leyendas calladas.
El castellano, altivo,
en sus ardores te abrasa,
te conquista con su vida
y se muere por su dama.
Las tejas de tus tejados
son de sangre de dos razas,
y de sus armas las rejas
con que adornas tus ventanas.
En los sueños de tu cuna,
dieron de dote las hadas,
los rubíes de Castilla
y esmeraldas de Braganza.

Corrió el agua de los ríos


y lavó la arena blanca
y en las vueltas de la Tierra
Efebo y la casta Diana . . .
Hoy reclinada en la costa,
como una abuelita hidalga,
cuentas a tus nietecitos
de otros tiempos las hazañas.
Se las cuentas en tu cielo
y en tus calles empedradas,
en el musgo de tus muros
y en la sombra de tus casas.
Plata antigua de heroísmos
y rejas de filigrana,
la pátina de los tiempos
te ha dado sabor de Patria.

31 de agosto de 1953.
41 Prot. Pedro Montero López.

Mil setecientos setenta


fue el año que ella nació,
siendo com o era, hija
de don Blas Leguizamón.
Aunque algunos se confundan
ella era montevideana,
bautizada en la Catedral,
como María Cayetana.
Siendo cosa natural
de cristianos de verdad,
con cinco años apenas,
la llevan a confirmar.
En la chacra que los Viana
tienen en pagos de Pando,
muchos chicos de la zona
van allí a ser confirmados.
Entre ellos está un niño
de una familia vecina,
es el nieto preferido
de don Juan Antonio Artigas.
Son las cosas, los misterios
que el destino va tejiendo,
Pepe Artigas y María
fue allí que se conocieron.
Cada cual tomó su rumbo,
cada cual hizo su vida,
pero siempre hubo unión
entre María y Artigas.

Con quince años, apenas,


moza de prendas, donosa,
de un tai Vicente Báez,
ella pasó a ser la esposa.

Entre ríos Y í y Negro


levantaron su morada,
unos modestos ranchitos
en suerte y media de estancia.

Diez hijos tuvo con Báez


María Leguizamón,
diez hijos fueron los frutos
que ella a la patria le dió.

Cinco de ellos varores,


mozos fuertes, bien criados,
con el tiempo ellos sirvieron
al país como soldados.

Eran hijos de una criolla


con arrestos de leona
y supieron ser leones
cuando lo mandó la historia.

Era Báez paraguayo


y nativo del Guayrá,
de apelativo “ el Guayreño” ,
ella “ Guayreña” será.
Las otras, cinco mujeres,
como ella buenas mozas,
una le dió un gran disgusto
por ser falsa y veleidosa.

Cuando el éxodo, en el once,


todos fueron con Artigas,
no importan a LaG uayreñ a,
ni trabajos, ni fatigas.

Vivieron en el A y u í
un año que se hizo largo,
después de eso regresaron
al que era su antiguo pago.

A llí, por los buenos servicios


que prestaron a la patria,
Artigas, el Protector,
les dio otra suerte de estancia.

Fue en ese año del quince


que dictó su Reglamento
y a gentes pobres, sin suerte,
les dió suertes al momento.

Doña María siguió


de esas tierras siendo dueña,
y los trabajos del campo
de a caballo desempeña.

Ah criolla!, dice el gauchaje;


los viajeros y vecinos
cuentan con todo respeto
de LaG u ayreñ a el destino.
Su casa es siempre segura
a gentes de todas layas,
que piden para hacer noche
entre dos largas jornadas.

Viuda desde algún tiempo


de ese nombrado Vicente,
se casó con un tal Cuadra,
que fue con Rivera jefe.

El grado de coronel,
Cuadra se ganó en campaña,
con valor, al enemigo
supo hacerle pata ancha.

Volvió a quedarse viuda,


siendo ya mujer de años,
vino a vivir a una chacra,
que tenía en el Durazno.

Fue Rivera presidente,


quien le diósu propiedad,
reconociendo a María
sus méritos y lealtad.

Aquella hija mentada


entonces se desgració,
combinada con su amante,
a su marido mató.

El juez, dictando justicia,


dió a La Guayreña sus nietos,
por ser mujer de buen nombre,
conocida y de respeto.
Los años siguen pasando,
La Guayreña es ya una anciana,
mas sigue con mano firme
siendo entre los suyos ama.
A sí la alcanzó la muerte,
ya pasados los ochenta
de María Leguizamón,
que en su testamento ordena:

Con hábito de Los Dolores


sea su cuerpo amortajado
y en ceremonia muy simple
que sea en el suelo velado.
Se dé limosna a los pobres
y sus bienes a sus hijos
y alrededor de su tumba
pongan un cerco sencillo.
A sí terminó, señores,
la vida de La Guayreña,
que fuera amiga de Artigas,
de Lavalleja y Rivera.
A q u í se acaba la historia
de María Leguizamón,
mujer de carácter noble,
criolla de gran corazón.
De la paisana oriental
ella es figura y modelo,
y su casa conocida
por todos los de San Pedro.
Paso del Pache es el sitio
de aquella tremenda hazaña,
cuando el “ T uerto” y Pampillón,
en un duelo se trabaran.
Una cosa de otros tiempos,
una cosa extraordinaria,
como de aquellos torneos,
que en la Edad M ediase daban.
Debía ser, era preciso,
se diese aquella jornada,
cuando esa revolución,
que llamaron “ de las lanzas .
Fue Tim oteo Aparicio,
que, alzado, la comenzara
contra aquel Lorenzo Batlle,
que entonces nos gobernaba.
De un lado blancas divisas,
y del otro, colorabas,
fue aunque muy breve, muy dura
y sangrienta esa campaña.
Cuando estaba en sus principios
y antes de que se enfrentaran,
los gruesos de aquellas fuerzas,
van al frente sus vanguardias.
Por eso anda Pampillón,
del Santa Lucfa a las bandas,
tierras de él bien conocidas,
porque por allí se criara.

Es, pues, caudillo del pago,


viene a caballo y con lanza
(que es su arma predilecta),
y luce divisa blanca.

Y del bando gubernista,


que son tiendas coloradas,
viene aquel Gil Aguirre,
a quien el “ Tuerto” llamaban.

Porque ha tiempo, en un combate,


esa vista le quitara,
sin remedio y para siempre,
una esquirla de metralla.

Viene a caballo ese guapo


y es su divisa una llama
y como aquel Pampillón,
viene de chuza enastada.

El campo reconociendo,
ambos piquetes avanzan
y justo en Paso del Pache,
quiso Dios que se encontraran.

A cada lado del Paso


se despliegan en batalla,
j o s gauchos acortan riendas,
sujetan fuerte las lanzas.
Pero los jefes, de lejos,
han cruzado sus miradas,
como en un acuerdo previo,
a sus gentes se adelantan.

Es muy claro el desafío,


entre esa hueste tan brava,
aquello ha de ser un duelo,
entre esos dos y a lanza.

En el medio de aquel paso,


se hacen la primer topada,
como los dos eran diestros,
ni uno ni otro se hizo nada.

Y a reculan y de nuevo
uno al otro se abalanzan,
esta vez fue rudo el choque,
por muy poco y no se matan.

A Gil Aguirre un costado


del cuello ya le traspasa
con su chuza Pampillón
y el “ T uerto” ya se desangra.

De “ m ed iares” , Gil Aguirre,


al otro clavó su lanza,
lo ha pinchado en un pulm ón,
la respiración le falla.

Han quedado descalabrados


los dos y rotas las lanzas,
mas se cruzan, otra vez,
con altivez las miradas.
De nuevo se comprendieron,
sin decirse una palabra,
echan pie a tierra los dos,
o mejor, echan pie al agua.

A cada lado del vado,


las gentes ni un paso avanzan,
siguen absortos el duelo
de sus jefes y se callan.

Frente a frente están los guapos,


esgrimiendo sus espadas,
varias veces se acometen,
hasta que ambos se desmayan.

Se han herido brutalmente


uno al otro y con tal rabia,
que se han teñido de rojo
del rio las claras aguas.

Entonces, sin atacarse,


cada bando su jefe alza,
se van por donde vinieron,
luego de cosa tamaña.

Ese duelo entre caudillos


hoy es cosa legendaria,
pero nos muestra el valor
de los criollos de esta Banda.

Y muchos años más tarde,


Pañipillón lo relataba,
y a su adversario, aquel “ Tuerto” ,
su elogio no mezquinaba.
Eran así aquellos hombres,
que tan fieros se mostraban
en el combate y después,
modestos y sin bravatas.
Criollos, hijos de la tierra,
que sin dudar se ofrendaban
por su divisa y amigos
y por su ideal de patria.
I

. IM P R E S O R A C O R D O N
Magallanes 2023
Montevideo - Uruguay
Mayo-de 1984
Amp. Art. 79 - Ley 13.349
Depósito Legal 192.725/84
FERNANDO O. ASSUN£AO,
montevideano, nacido en 1931, histo­
riógrafo, museólogo, antropólogo y
tradicionalista activo de larga y vasta
actuación, ha merecido ser designado
como Miembro de Número y Corres­
pondiente, de entidades académicas
del país y el extranjero, respectiva­
mente: Instituto Histórico y Geográ­
fico del Uruguay; Academia de Estu­
dios tradicionalistas, “Malbajar” ; Co­
mité Uruguayo de ICOM (Internatio­
nal Council ofMuseum); Sociedad de
Amigos de la Arqueología, y Real
Academia de la Historia, de España;
Academia Nacional de la Historia, Ar­
gentina; Academia Paraguaya de la
Historia; Academia Colombiana de la
Historia; Instituto Histórico e Geo­
gráfico de Río Grande do Sul, Brasil;
Instituto de Historia e Geografía Mi­
litar de Brasil; Junta de Estudios His­
tóricos de Santiago del Estero y Jun­
ta de Estudios Históricos de Santa
Fe, Argentina; Asociación Española
de Etnología y Folklore; Sociedade
Portuguesa de Antropología e Etno­
grafía, etc. ....
Tiene una extensa bibliografía edita
(más de una treintena de títulos), que
ha merecido numerosos primeros pre­
mios en los concursos del Ministerio
de Educación y Cultura, Universidad
de la República e Intendencia Muni­
cipal de Montevideo, tales “El Gau­
cho, estudio socio-cultural” (2 vols.);
“Pilchas Criollas” ; “Orígenes de los
Bailes Tradicionales en el Uruguay”,
etc.
Hoy pone a la consideración publica
este “Romancero Oriental”, Cantos
de la Patria, de carácter Histórico,
nueva y diferente faceta de su perso­
nalidad de escritor-investigador, pro­
logado por la prestigiosa escritora
argentina de fecunda y extensa tra­
yectoria en el tratamiento y desarro­
llo de temas referentes a la cultura
hispanoamericana y rioplatense, Vir­
ginia Carreño, lo que refleja honor y
agrega un nuevo mérito e interés a la
presente publicación.
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