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Excomunión y Cisma en la Iglesia Católica

Este documento analiza la excomunión de Mons. Lefebvre y la situación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X diez años después de las consagraciones episcopales en Ecône. Argumenta que la excomunión fue inválida debido a que Mons. Lefebvre actuó por estado de necesidad al consagrar a los obispos para asegurar la continuidad de la Fraternidad. También argumenta que no hubo cisma, sino una legítima desobediencia, y que la Fraternidad mantiene la doctrina católica ortodo

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Excomunión y Cisma en la Iglesia Católica

Este documento analiza la excomunión de Mons. Lefebvre y la situación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X diez años después de las consagraciones episcopales en Ecône. Argumenta que la excomunión fue inválida debido a que Mons. Lefebvre actuó por estado de necesidad al consagrar a los obispos para asegurar la continuidad de la Fraternidad. También argumenta que no hubo cisma, sino una legítima desobediencia, y que la Fraternidad mantiene la doctrina católica ortodo

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UNA EXCOMUNIÓN INVÁLIDA,

UN CISMA INEXISTENTE
Reflexiones diez años después de las consagraciones de Ecône

ESTUDIO CANÓNICO1

SUMARIO:
1. INTRODUCCIÓN
1.1 El dogma se defiende por la conservación de la santa Misa de siempre
1.2 La ilusión de “Ecclesia Dei”.

2. UNA EXCOMUNIÓN DISCUTIDA


2.1 Algunos hechos y puntos bien establecidos
2.2 los precedentes.

3. LOS TÉRMINOS JURÍDICOS DE LA CUESTIÓN


3.1. La excomunión
3.2. La excomunión injusta
3.3. Excomunión “latæ y ferendæ sententiæ”
3.4. Imputabilidad y penas “latæ sententiæ”
3.5. Las circunstancias atenuantes y exceptuantes
3.6. El estado de necesidad: sentido objetivo y subjetivo
3.7. Cisma y consagración sin mandato
3.8. El mandato de Ecône
3.9. Cisma en sentido formal, virtual, desobediencia legítima
3.10. Cisma imaginario
3.11. Las precisiones de la tesis Murray
3.12. el derecho autorizado por el estado de necesidad.

1. INTRODUCCIÓN

El dogma se defiende conservando la Santa Misa de siempre


 Monseñor Lefebvre y los “lefebvristas”

Hace diez años, su Excelencia Monseñor Lefebvre, en su octogésimo tercer año de vida, sin-
tiendo aproximarse la hora de su muerte, consagró cuatro obispos sin esperar el mandato pontificio
(prometido en el curso de las extenuantes tratativas, pero siempre diferido o sometido a condiciones)
con el fin de permitir la supervivencia de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Congregación de gran
mérito fundada por él en noviembre de 1970 a pedido de un grupo de seminaristas franceses para la
conservación de la sana doctrina católica, de los seminarios que se inspiraban en esta última y de la
Santa Misa de rito tridentino. A consecuencia de ese acto, Monseñor, considerado ya como “rebelde”
por haber rehusado cerrar la Fraternidad como le había impuesto arbitrariamente el Ordinario local

1
Trabajo original publicado en italiano en la Revista italiana “SI SI NO NO”, en los números 3-9 de Febrero/ Mayo de 1999 (y traducción hecha desde
el texto de su versión francesa publicada en “Courrier de Rome” n. 214 y ss).
1
(Monseñor Mamie), y suspendido “a divinis” por haber igualmente ordenado sacerdotes a los semina-
ristas que había acogido, fue inmediatamente declarado excomulgado ipso facto bajo la doble acusa-
ción de ser desobediente al Papa y cismático2.
Con esta excomunión, la Santa Sede puso definitivamente en el destierro a Monseñor Lefebvre
y a la Fraternidad que había fundado. Y se hizo el vacío alrededor de los pretendidos “lefebvristas”,
clérigos y laicos. Y decimos “pretendidos lefebvristas” porque no existe ni ha existido jamás un “le-
febvrismo”. En efecto, no existe una “doctrina” de Monseñor Lefebvre. Se ha intentado y se intenta
hacerlo pasar por “cismático” o resueltamente “hereje”, como a todo “excomulgado” que se respete,
pero todas estas acusaciones, destinadas a impresionar la imaginación colectiva, son totalmente falsas,
como bien lo saben aquellos que han estudiado los hechos.
Monseñor Lefebvre no ha sido jamás el jefe de una secta, nunca ha querido constituir una, no ha
sido jamás considerado como el jefe de los “tradicionalistas” en general. Su pensamiento religioso, tal
como resulta de sus predicaciones o de sus diversos escritos exegéticos, es absolutamente ortodoxo. Y
pleno de un celo ardiente por la verdad católica. Ha sido excluido y perseguido porque quiso mantener-
se fiel en la fe y en las obras a la doctrina constante de la Iglesia, sin tener miedo a nadie. Los “le-
febvristas” no son otra cosa que católicos fieles al dogma, a lo que la Iglesia ha enseñado casi durante
veinte siglos hasta el Concilio Vaticano II excluido. No son tradicionalistas sino fieles a la Tradición,
porque la Tradición en el Catolicismo, es justamente la fidelidad al dogma consagrado por el Magiste-
rio de la Iglesia.

 Un rito litúrgico corrompido

El que quiera ser fiel al dogma, en obediencia al principio de salvación enunciado por nuestro
Señor Resucitado: “Se fiel hasta la muerte y Yo te daré la corona de la vida” (Apoc. 2, 10), no puede
aceptar las novedades destructoras surgidas de Vaticano II y debe, al contrario, dudar de la validez de
éste último.
Cimientos ambiguos sobre los cuales pesa una fuerte sospecha de invalidez porque han sido or-
denados con una intención ilegítima (el “agiornamiento” = la puesta al día o la modernización, y la
apertura al mundo), intención que no ha sido jamás la de la Santa Iglesia; porque esa asamblea se auto-
declaró solamente pastoral (y no también dogmática, lo que, al contrario, la hace obligatoria) y por
consiguiente titular de un magisterio bastardo; porque, salpicada de graves ambigüedades y errores en
la doctrina, comenzando por la definición “ecuménica” de la Iglesia católica (que se rehusa hacer coin-
cidir con la única Iglesia de Cristo) para terminar con la “colegialidad”, de tipo democrático o semi-
conciliar y en la libertad de conciencia de tipo liberal-jacobino3, es en el “espíritu” de este último Con-
cilio que fue a continuación concebido y realizado el Novus Ordo Missæ, la “Misa de Pablo VI”, pen-
sada sobre el papel para ser teológicamente aceptada por los protestantes herejes, y tan cierto es, que
seis de ellos participaron de hecho en su elaboración. Se trata de un rito teológicamente incierto, nece-
sariamente ambiguo, ya que no debía desagradar a los herejes.

 El pueblo “celebrante”

No obstante las correcciones aportadas a la primera edición escandalosa de 1969, luego de las
críticas indignadas y documentadas de teólogos y especialistas, confirmadas por los Cardenales Bacci
y Ottaviani, se nota igualmente en el texto definitivo de 1970, la presencia de conceptos protestantes (y
por lo tanto heréticos).

2
Volveremos sobre este punto más adelante.
3
Sobre la posibilidad de la invalidez del Vaticano II, remitimos a “¿Concilio o Conciliábulo? Reflexiones sobre una posible invalidez del Vaticano II”,
artículo escrito por Canonicus en “Courrier de Rome” nº 190 (mayo 1997) y 191 (junio 1997); ver su traducción en “SISI NONO” edición española.
2
Ante todo, la tendencia a equiparar el sacerdocio de los eclesiásticos y el de los fieles, introdu-
ciendo a estos últimos en la celebración del Santo Sacrificio de tal forma que, de hecho, se procede a
realizar esta “concelebración” del sacerdote y del “pueblo” condenada en su tiempo muy claramente
por Pío XII en la Encíclica Mediator Dei4. En consecuencia, el ministro de la Eucaristía no es más ex-
clusivamente el sacerdote (como ha sido enseñado y definido por el Magisterio a lo largo de los siglos);
el ministro, al contrario, pasa a ser todo el “Pueblo de Dios”, el cual “hace subir a Dios las plegarias
de toda la familia humana”, como si ejerciera una especie de mediación sacerdotal respecto de la hu-
manidad toda entera (por lo tanto, inclusive los no católicos, incrédulos, ateos)5.
Es así pues, que la Santa Misa, plegaria “sacerdotal” del “pueblo de Dios”, adquiere una signifi-
cado ecuménico en el sentido del Vaticano II que es heterodoxa: el “Pueblo de Dios” tiende a identifi-
carse con la humanidad, realizando así la unidad del género humano, ya que la Santa Misa pasaría a ser
¡un momento culminante!6
En ese rito se tiene, por consiguiente, una depreciación del ministerio del sacerdote y una con-
cepción errónea del sacerdocio común de los fieles, porque el sacrificio expiatorio celebrado por el
oficiante es concebido como celebrado por el pueblo, “único que (...) goza de un verdadero poder sa-
cerdotal, mientras que el clérigo obra únicamente por delegación que le es otorgada por la comuni-
dad”, según la tesis herética condenada por Pío XII en “Mediator Dei”7. El texto en el que esto aparece
más claramente es el famoso art. 7 de la Institutio del Novus Ordo 1970, en el cual se ha osado escribir:
“In Missa seu Cena dominica populus Dei in unum convocatur, sacerdote præside personamque Chris-
ti gerente, ad memoriale Domini seu sacrificium eucharisticum celebrandum”, es decir, “En la Misa o
Cena del Señor, el pueblo de Dios está reunido en común, bajo la presidencia del sacerdote, que actúa
en el lugar de Cristo, para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico”.
Entonces: 1) el oficiante, representando la persona de Cristo, es sólo presidente de la Asamblea,
como si fuera un ministro protestante, ya que 2) es la Asamblea la reunida para “celebrar” el memorial
del Señor (contra toda la Tradición de la Iglesia). Por otra parte: 3) el memorial del Señor es llamado
“sacrificio eucarístico”, pero no “propiciatorio” (lo que habría desagradado a los protestantes). En con-
secuencia no se está completamente seguro de que el texto pretende expresar la idea de “sacrificio ex-
piatorio”, como ésta es demandada de manera perentoria por el dogma de la fe.

 Una “presencia real” ambigua

Y esto no termina, pues el resto del párrafo hubiera debido recordar el dogma de la transubstan-
ciación, que – al contrario – no es mencionado jamás (los protestantes lo niegan), y es substituido por
una ambigua “presencia real”. El texto continúa, de hecho, como sigue: “es para esta asamblea local
de la Santa Iglesia que es eminentemente válida la promesa de Cristo: «donde dos o tres están reuni-
dos en Mi Nombre, Yo estoy en medio de ellos” (Mt. 18,20). De hecho en la celebración de la Misa,
durante la cual se perpetúa el sacrificio de la Cruz (n.b. “se perpetúa”; ¿pero se renueva también? N.
de T.), Cristo está realmente presente en la asamblea misma, reunida en su nombre, en la persona del
ministro, en sus palabras y además de manera sustancial y permanente bajo las especies eucarísti-
cas”8. Y aquí se ve que la “presencia real” ya no está reservada a la sola presencia que resulta de la

4
Cf. A. A. S 1947, p. 553, cit en Arnaldo Xavier de Silveira “La Nueva Misa de Pablo VI: ¿Qué pensar de ello?”. Esta obra que desarrolla una análisis
fundamental del Novus Ordo Missæ 1969 y 1979, contiene en una versión mejorada tres estudios aparecidos en 1970 y 1971. el análisis del Novus Ordo de
1979 está en las páginas 100-124. nos hemos inspirado ampliamente en este estudio así como en el libro fundamental de R. Amerio Iota Unum. Estudio de
las variaciones de la Iglesia católica en el siglo XX. N. E. L. 1987, cap. XXXVII y XXXVIII (N. T.: hay traducción castellana de ambos libros).
5
La Nueva Misa de Pablo VI, cit. páginas 103-105. el texto del Novus Ordo en cuestión está en el art. 5 del Prólogo de esta obra.
6
Sobre la idea falsa de unidad del género humano como fin atribuido de forma errónea a la Santa Iglesia por el Vaticano II, confrontar P. Pasqualucci.
7
Dz. 2300.
8
“In Missæ enim celebrationem, in qua sacrificium Crucis perpetuatur, Christus realiter præsens adest in ipso cœtu in suo nomine congregato, in perso-
na ministri, in verbo suo, et quidem substantialiter et continenter sub speciebus eucharisticis”. El texto latino del art. 7 está citado en “La Nueva Misa de
Pablo VI...”, en n. 46, página 117, y comentado en las páginas 117-120.
3
transubstanciación, sino ampliada a la “presencia” no sacramental de Cristo en la “asamblea”, en la
“persona del ministro”, en “sus palabras”, y que la presencia misma “de manera substancial y perma-
nente” bajo las especies eucarísticas depende, si nos atenemos al texto, no de la transubstanciación (de
la que no se habla), sino del hecho de que la asamblea se reúne “en el nombre” de Cristo9.
Todo esto, ¿no recuerda la consubstanciación de los herejes luteranos que niegan, como sabe-
mos, que la Santa Misa renueva realmente el sacrificio expiatorio de N. Señor en el Calvario? La au-
sencia de referencia a la transubstanciación permite entonces comprender por qué han sido sacados
todos los signos tradicionales de la fe en la presencia real10 de Cristo en la hostia consagrada: desde el
dorado interior de los vasos sagrados hasta la recepción de rodillas de la Santa comunión, etc...11

 Un nuevo tipo de “fe”.

En las invocaciones y plegarias de la Santa Misa, la Santísima Trinidad ha desaparecido (los


protestantes liberales no la quieren; los judíos y musulmanes la detestan), a excepción obligada del
Credo; la Santísima Trinidad es reemplazada por un anónimo ¡“Dios del Universo” que puede ser el
Dios de cualquier religión inclusive “laica”! La inserción, en la llamada “liturgia de la Palabra”, de un
pasaje del Antiguo Testamento al lado de las Epístolas y el Evangelio, aparece como una disposición
antojadiza. Se sabe, en efecto, que casi nunca el oficiante logra dominar en su homilía una materia tan
vasta, y que, por lo demás, ésta es saltada a pie juntillas, teniendo relativo a la justicia o a la política.
Este tipo de homilía, en adelante bien establecido, hace figura de estereotipo al punto de hacer envidiar
a los católicos la plegaria del viernes de los musulmanes (para los cuales la religión y la política son la
misma cosa).
Como lo ha subrayado en numerosas ocasiones Monseñor Lefebvre, el nuevo rito es una “co-
rrupción de la verdadera Santa Misa católica. ¿Cómo un rito de este tipo que, precisamente a causa de
su carácter contaminado y “corrompido” no desagrada a los protestantes herejes ni a los no cristianos,
podría pues, convenir más a los católicos? ¿A cuáles católicos podría gustar? Una Misa que práctica-
mente es también a menudo inválida y engaña a los fieles porque muchos de los sacerdotes que la dicen
profesan en lo sucesivo la fe que les ha sido enseñada en los seminarios actuales o que han absorbido
en su ambiente podrido de liberalismo y modernismo; una fe que no es más con certeza la fe católica,
sino un nuevo tipo de fe, ecuménico, que conservando vestigios de la fe católica, es en realidad una fe
sincretista y veteada de herejía. Fe que se reduce a los cultos de la Humanidad y del diálogo con el
Error, cultos que dejan de lado el debido a la Santísima Trinidad cuando no lo han resueltamente reem-
plazado.
Un rito litúrgico corrompido hace correr graves peligros a las almas de aquellos que lo frecuen-
tan, y por consiguiente, esta “misa” ha sido ciertamente uno de los frutos más amargos del Vaticano II.
Pero toda la Catolicidad oficial, que sobrevive bajo el signo de la ambigüedad y de repetidas infideli-
dades (aún si no son unánimes) muestra los signos de un cuerpo gravemente enfermo y en todas partes
las sociedades y naciones, no hace mucho cristianas, afligidas por una fuerte desnaturalización, por un
espíritu rebelde, por todos los vicios y corrupciones, seducidas por las falsas religiones y las sectas más
diversas, son desde ahora, invadidas sin tregua por los musulmanes.

 El mérito de Monseñor Lefebvre

9
La Nueva Misa de Pablo VI..., cit. íbid. Y cap. V: El nuevo ordinario de la Misa y la comida protestante.
10
N. T.: el texto original italiano dice: “... della fede nell’effettiva presenza di Cristo...”
11
Para una lista detallada confrontar Breve examen crítico del Novus Ordo Missæ, de los cardenales Otavviani y Bacci, mayo de 1969, pág. 20-21 (N. T.:
hay edición en castellano, editorial ICTION, Bs. Aires).
4
Creando el vacío alrededor de Monseñor Lefebvre con una excomunión totalmente arbitraria,
porque el antiguo prelado había obrado en evidente estado de necesidad y sin ninguna intención cismá-
tica, las autoridades del Vaticano pensaban tal vez haber logrado disolver el bastión de fidelidad al
dogma presentado por la Fraternidad San Pío X. Si este pensamiento ha existido, ha sido desmentido
por los hechos. No obstante las dificultades materiales de todo género, la Fraternidad cuenta hoy con
alrededor de 350 sacerdotes, de los cuales 100 son franceses 12. Está viva y floreciente, y mantiene sus
cinco seminarios diseminados por el mundo. Agradecemos vivamente al Señor.
Hace muchos años, en una entrevista, el Cardenal Ratzinger manifestó asombro por la solidez y
la perseverancia de la Fraternidad. Él estará tal vez todavía más sorprendido de saber que hace tres
años, un eminente científico – aprobado por los profesores de la Universidad Gregoriana – consideraba
como jurídicamente inválidas tanto la excomunión declarada a Monseñor Lefebvre como la imputación
de cisma que se le hace. El tiempo, como se dice, es honesto...
Los católicos fieles al dogma saben que pueden tener en las iglesias y capillas de la Fraternidad,
la verdadera Misa católica (la “Misa de siempre”, porque su rito se remonta a los primeros siglos del
Cristianismo), con – en consecuencia – un grande e inestimable beneficio para sus almas, sin estar
obligados a reconocer, contra su conciencia “la legitimidad y la corrección doctrinal” del misal pro-
mulgado por Pablo VI13, lo que al contrario les pasa a los que frecuentan la Misa Tridentina concedida
por el indulto de Juan Pablo II, indulto en el cual se encuentra precisamente formulada esta condición
de reconocimiento. El cual, siendo implícito, es peligroso para la salvación de las almas puesto que la
“corrección doctrinal” de la misa de Pablo VI es, como se ha visto, extremadamente dudosa.
No sabemos si la falta de corrección doctrinal es tal que permite considerar como a priori invá-
lido el nuevo rito. No tenemos la autoridad para pronunciar un juicio definitivo y dirimente en la mate-
ria. Sabemos, sin embargo, que si nos atenemos a la salvación de nuestra alma debemos evitar el nuevo
rito a cualquier costo. Y sabemos que debemos el beneficio inestimable de poder frecuentar la Santa
Misa verdaderamente católica, a la lucha muy meritoria y tenaz por la defensa del dogma de la fe, em-
prendida en su momento por Monseñor Lefebvre y Monseñor de Castro Mayer (los dos únicos obispos
que lo han defendido abiertamente) y por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X fundada por Monseñor
Lefebvre. Agradecemos por esto a Dios Todopoderoso y esperamos con una fe inalterable en la obra de
Dios, el día en que la Santa Sede, vuelta a la sana doctrina de siempre, pondrá en claro la injusticia de
las condenas infligidas en la hora de las tinieblas.
Mientras tanto agradecemos también al Señor por habernos salvado de las seducciones intenta-
das por la autoridad formalmente legítima para recuperar al “rebaño” que se obstina en preferir la ver-
dadera Misa católica a la de Pablo VI. Nos referimos al Motu Proprio Ecclesia Dei adflicta, promulga-
do por el actual Papa con ocasión de la excomunión inválidamente declarada contra Monseñor Le-
febvre.
El décimo aniversario de este documento ha sido también objeto de declaraciones triunfalistas
por parte de algunos, con declaraciones casi triunfalistas. Según estos, el éxito de las “comunidades
Ecclesia Dei”, constituidas de acuerdo con las directivas y promesas contenidas en el motu Proprio del
Papa, resultaría del hecho de haber quitado a la Fraternidad San Pío X, diez sacerdotes y veinte semina-
ristas en 1988 y, (dicen ellos) “quince sacerdotes y seminaristas” hace algún tiempo14. En suma: alrede-
dor de una quincena de sacerdotes y una treintena de seminaristas en un período de diez años. Enorgu-
llecerse de estas cifras es no tener sentido del ridículo. Por lo demás, el cardenal Gagnon, después de

12
Datos provistos por el Padre Pierre Marie Laurençon, Superior del Distrito de Francia de la F.S.S.P.X., en “Encuesta sobre la Misa tradicional 1988-
1998. Décimo aniversario del “Motu Proprio Ecclesia Dei”, nº especial de La Nef 1998, por Ch. Geoffroy y Ph. Maxence, pág. 284.
13
Indulto Quattuor abhinc annos, del 3.10.1984, párrafo a. (Texto en Apéndice a Encuesta..., cit, página 375).
14
Declaraciones del padre Joseph Bissig, primer Superior general de la Fraternidad San Pedro, que se mencionan en Encuesta ... cit., páginas 95 y 97.
5
haber visitado la Fraternidad en 1987 y encontrar todo en orden, ¿no había previsto que “el 80 % de los
fieles dejarían la Fraternidad de Monseñor Lefebvre en el caso de consagraciones ilícitas”?15.
Por el contrario, la Fraternidad ha resistido con perdidas mínimas. Se mantiene bien desde hace
diez años, gracias a Dios, y pese a la competencia de las “comunidades Ecclesia Dei”.

1. 2. La ilusión de “Ecclesia Dei”


 El motu proprio “Ecclesia Dei adflicta”

Pero, ¿por qué decimos que ese “motu proprio” ha dado vida a una ilusión? Consideremos aten-
tamente los hechos. Promulgado el 2 de julio de 1988, como comentario de la excomunión de Monse-
ñor Lefebvre que acababa de ser declarada, el documento advertía a todos aquellos que hasta ese mo-
mento “se habían apegado, del modo que fuese, al movimiento creado por Monseñor Lefebvre”, que se
dieran cuenta de su deber de no sostener en manera alguna dicho “movimiento”16. Al mismo tiempo,
les tendía la mano; ¿cómo?
En el párrafo 5 del documento, el Papa manifestaba su voluntad – a la cual pedía asociarse a los
Obispos y todos aquellos que estaban investidos de ministerio pastoral en la Iglesia – según la cual fue-
ra facilitada la “comunión eclesial”, gracias a medidas capaces de garantizar el respeto de sus “justas
aspiraciones”17, a los fieles “que se sienten ligados a formas litúrgicas y disciplinarias anteriores den-
tro de la tradición latina”. El Papa establecía, en el párrafo 6, la creación de una Comisión presidida
por un Cardenal (Comisión “Eclessia Dei”) y compuesta por miembros de la Curia, encargada de cola-
borar con los órganos competentes y los medios interesados para facilitar la “plena comunión eclesial”
de los sacerdotes, seminaristas, comunidades religiosas e individuos hasta entonces ligados a la Frater-
nidad Sacerdotal San Pío X, que desearan quedar unidos al Sucesor de Pedro, “conservando su tradi-
ción espiritual y litúrgica, a la luz del protocolo firmado el 5 de mayo de 1988 por el Cardenal Ratzin-
ger y Monseñor Lefebvre”18.
Este famoso protocolo de acuerdo del 5 de mayo de 1988, que luego no entró en vigencia, cons-
tituía por consiguiente, la base jurídica para organizar lo que se llamaría las “Comunidades Ecclesia
Dei”, es decir, las “comunidades” (en general sociedades de vida apostólica) compuestas inicialmente
por desertores de la Fraternidad San Pío X, a los cuales era reconocido el privilegio de celebrar la Misa
llamada de San Pío V y de mantener las “formas litúrgicas y disciplinarias precedentes”. Entre las pri-
meras y más conocidas “comunidades”, está la Abadía benedictina de Santa Magdalena de Barroux y la
“Fraternidad San Pedro”. Según fuentes de la Fraternidad San Pío X, la autonomía reconocida a esas
instituciones es, de todas maneras, más bien limitada19 en diversos aspectos. Recordamos aquí un punto
importante: en el protocolo de acuerdo del 5 de mayo, la Santa Sede reconocía la “utilidad” del nom-
bramiento de un Obispo “miembro de la Fraternidad San Pío X”20. Esto significaba que en principio era
aceptada la consagración de un Obispo fiel a la Tradición. Habiendo mantenido el protocolo de acuerdo
como base para el reconocimiento de las “Comunidades Ecclesia Dei”, esta promesa oficial, hecha en
aquel entonces pesa todavía sobre la Santa Sede: la consagración mencionada más arriba, debería haber
tenido lugar para esas Comunidades, pero hasta hoy no se le ha visto ni la sombra: la promesa no ha
sido mantenida21.
15
Encuesta cit., página 321.
16
La cita está tomada del texto publicado en Encuesta.., Apéndice, pág. 373-374.
17
Íbid., pág. 374.
18
Íbid.
19
F. S. S. P. X, Boletín Oficial del Distrito de Francia, nº 29 del 29.9.1988: por ciertos detalles del acuerdo entre Dom Gérard y Roma, con ocasión del
reconocimiento de la abadía por Roma.
20
Nos referimos al texto que se menciona en el Apéndice de Encuesta, cit. pág. 379.
21
El hecho ha sido observado por el Sr. Jaeghere en la intervención referida por la Encuensta..., pág. 374.
6
 Un indulto gravemente condicionado, y sin razón de ser.

Volvamos ahora al texto del “Motu proprio”. Concluyendo sus instrucciones, el Papa afirmaba
que era necesario respetar el “deseo espiritual” de los fieles “que se sienten ligados a la liturgia latina,
aplicando de manera amplia y generosa las directivas adoptadas en su tiempo por la Sede Apostólica
para el uso del misal romano según la edición típica de 1962”22.¿A qué se refería el Papa? Al famoso
indulto Quattor abhinc annos promulgado el 3/10/1984 por la Congregación para el Culto Divino y que
ya hemos citado, el cual establecía para los sacerdotes y fieles que lo hubieran pedido a su Obispo, la
posibilidad de recibir el privilegio de celebrar la Misa tridentina y asistir a ella. Naturalmente, la conce-
sión del privilegio estaba subordinada a condiciones, entre ellas: que los peticionantes acepten “la legi-
timidad y la rectitud doctrinal del misal romano promulgado en 1970 por el Pontífice Romano Pablo
VI”, que esta celebración tenga lugar “solamente para la utilidad de quien la reclamaba”, y en los lu-
gares de culto y condiciones establecidas por el Obispo. Las iglesias parroquiales estaban excluidas de
la concesión del privilegio, excepto en casos extraordinarios23.
El ejercicio de ese privilegio estaba pues sometido a notables limitaciones, e inmediatamente los
Obispos se mostraron más bien sordos a las peticiones de los fieles 24. Hay que agregar que los fieles
unidos a la Tradición continuaban frecuentando en gran número las Misas celebradas por la Fraternidad
San Pío X. Entonces el Papa forma una comisión de ocho cardenales de Curia, encargada de examinar
la situación y preparar las “normas” que establecieran una nueva reglamentación del Indulto, válida
para toda la Iglesia. Sin embargo, esas normas jamás fueron promulgadas25.
El concepto más importante expresado en esta circunstancia por esa comisión cardenalicia pue-
de ser, como se sabe, la cuestión de la supresión o no, por parte de Pablo VI, de la Misa tridentina; se-
gún dichos cardenales, Pablo VI no la suprimió formalmente nunca, y por consiguiente, “ningún Obis-
po tiene el derecho de impedir a un sacerdote católico celebrar la Misa tridentina”26.
Esta opinión, que parece canónicamente inatacable, vacía de significación, sin quererlo, el pro-
pio Indulto. De hecho, si la Misa tridentina no fue nunca formalmente suprimida, y por lo tanto conti-
núa existiendo como liturgia perfectamente válida de la Santa Iglesia, celebrarla y asistir a ella es un
derecho, no un privilegio, y el indulto de Juan Pablo II que la concede como privilegio, es canónica-
mente superfluo.

 La resistencia pasiva de los Obispos y la interpretación de la Santa Sede.

Sea como fuere, la invitación dirigida a los Obispos por el Papa, de ser “generosos” para acor-
dar el permiso de la Misa tridentina, no ha sido escuchada. He aquí un dato de hecho inatacable, que
resulta, entre otros, con extrema claridad del voluminoso libro de la Encuesta citada, nota 9, los Obis-
pos hacen oídos sordos. Al mismo tiempo, la demanda de esta Misa [tridentina] parece aumentar, tal
vez porque los fieles tienen bastante de la “anarquía litúrgica” que, a causa de la Misa de Pablo VI,
reina en casi todas las parroquias, especialmente en Francia27, y no sólo en Francia (la anarquía es cada
vez más universal pero con grados e intensidad variable).

22
Texto en apéndice de Encuesta... cit., pág. 374.
23
Texto en Encuesta... cit., pág. 375.
24
Introducción a Encuesta...: ¿Ecclesia Dei? Llamamiento histórico, pág. 12-55 y 38.
25
En el Apéndice de Encuesta..., se hace cita una recapitulación de esas “normas” hecha por el Dr. Eric de Saventhem, exdirector de Una Voce.
26
La opinión de los Cardenales fue unánime: Encuesta..., pág. 38. la fuente de información es el Cardenal Alfonso Stickler en La Nef (1995) n. 53, pág.
8-11 (ver nota n. 54, pág. 53 de Encuesta...). la revista retoma una entrevista del Cardenal a The Latin Mass, de 1995.
27
Encuesta..., pág. 264, págs. 103, 261, 274.
7
No obstante, la actitud de los Obispos contradice sólo en apariencia a la de la Santa Sede. De
hecho, ésta ha hecho promesas que luego no ha mantenido (por ejemplo, en el caso del nombramiento
de un Obispo “tradicionalista”). Ella ha instituido la Comisión cardenalicia antes mencionada pero sus
normas, válidas para toda la Iglesia y que contienen una nueva reglamentación, nunca fueron promul-
gadas28. Y esto no es todo. Monseñor Giovanni Battista Re (sustituto de la primera sección de asuntos
generales de la Secretaría de Estado) respondía el 17. 01. 1994 al Presidente de Una Voce – que el
13.10.1993 pedía al Papa quisiera autorizar libremente en toda la Iglesia la Misa y los sacramentos se-
gún el antiguo rito, para soslayar así la resistencia pasiva de los Obispos –, que Ecclesia Dei había
permitido la utilización del Misal Romano “en ciertas condiciones. Las diversas disposiciones tomadas
después de 1984 tendían a facilitar la vida eclesial de algún número de fieles sin perpetuar por ellos
las formas litúrgicas anteriores. La ley universal es la de usar el rito renovado luego del Concilio, por
lo que la utilización del rito anterior debe ser entendido como un privilegio que tiene un carácter ex-
cepcional”29.
El objetivo de Ecclesia Dei era pues, solamente “facilitar la vida eclesial” a los fieles unidos a
la Tradición pero no se deseaba “hacer eterno” el antiguo rito. ¿Qué significa esta expresión? Que el
antiguo rito era tolerado provisoriamente para no ofender la sensibilidad de algunos fieles pero que no
se podía considerar como un rito destinado a durar. La conclusión de la carta30 era extremadamente
clara sobre este punto: después de haber rendido un homenaje formal a la “salvaguarda de valores que
constituyen un patrimonio precioso para la tradición litúrgica de la Iglesia”, el sustituto continuaba
afirmando con gran claridad que “el primer deber de todos los fieles es acoger y profundizar las rique-
zas de los valores que se encuentran en la liturgia en vigencia, y hacerlo en espíritu de fe y de obe-
diencia al Magisterio, evitando toda tensión perjudicial para la comunión eclesial. El Santo Padre
desea que vuestra Asociación contribuya a este objetivo”31.

 Un “paréntesis de tolerancia”.

El texto de Monseñor Re puede ser entendido sin duda alguna como una interpretación auténtica
del Motu proprio Ecclesia Dei. Éste no ha entendido de ninguna manera restablecer el antiguo rito, y
aún menos en un plano de paridad con el nuevo. Se ha tratado sólo de un gesto “pastoral” del Papa,
como una consideración hacia la “sensibilidad” de algunos fieles anclados en el pasado. Un “paréntesis
de tolerancia”32 que no apunta absolutamente a “hacer perenne” el rito tradicional en la liturgia oficial
de la santa Iglesia. Los fieles deben, al contrario, saber que su deber es seguir el nuevo rito ya que es y
permanece la voluntad del Papa.

28
Damos aquí las tres primeras normas de las seis del resumen citado: 1. En los oficios del rito romano se debe otorgar a la lengua latina el honor que le
corresponde. Los Obispos deben hacer de suerte que los domingos y festividades sea celebrada por lo menos una Misa en latín en cada localidad impor-
tante de su diócesis. Sin embargo, las lecturas de la Misa podrán ser hechas en lengua vulgar. 2. Todos los sacerdotes pueden decir en cualquier momento
sus Misas privadas en latín. 3. Para cada Misa dicha en latín – con o sin presencia de fieles – el celebrante puede libremente elegir entre el Misal de
Pablo VI (1970) y el de Juan XXIII (1962) [que es considerado como la última edición típica del Missale Romanum codificado por San Pío V] Encuesta,
pág. 391. La norma n. 3 parece dar universalmente la libre posibilidad de la celebración de la Misa llamada de San Pío V, pasando por encima de las
limitaciones impuestas por el Indulto. Se comprende por qué una tal norma nunca ha sido promulgada: hubiera demostrado abiertamente el descrédito de la
reforma litúrgica poniendo oficialmente en crisis “el espíritu del Concilio”.
29
Texto en Apéndice de Encuesta..., pág 385. el Dr. Saventhem respondió con otras dos cartas que quedaron sin respuesta. En la primera, escribió entre
otras cosas, lo siguiente: “Eso a lo que los fieles asisten no es otra cosa que innumerables formas diferentes de celebraciones eucarísticas que proliferan
en la Iglesia desde hace 25 años, reivindicándoselas con una legitimidad más o menos fundada en las diversas Ediciones nacionales del Misal romano de
Pablo VI y las múltiples opciones que él prevé... En la mayoría de las parroquias esas celebraciones han sido simplemente impuestas, razón por la cual
los fieles, desalentados, no tuvieron otra manera de «rechazarlas» que el éxodo silencioso... Por fin, todos los sondeos de los últimos 25 años han demos-
trado que se debe tomar nota de una erosión progresiva de la fe, aún en aquellos que todavía frecuentan las iglesias. Ya que la lex credendi sigue a la lex
orandi, ¿no es necesario concluir entonces que la fe no está más nutrida por la liturgia reformada o que rotundamente ésta última ha acelerado esa perdi-
da de la fe?” (Encuesta..., pág. 387.
30
De Monseñor Giovanni Battista Re, al Presidente de Una Voce...
31
Encuesta..., pág. 385.
32
La expresión es del P. Claude Barth, Encuesta..., pág. 249.
8
La importancia de esa carta, de esa interpretación oficial del Motu proprio, está confirmada por
el hecho de que los Obispos la citan con frecuencia, rehusando otorgar la Misa con Indulto 33. Desde el
punto de vista de la jerarquía actual, la misa tridentina con indulto no sería, pues, otra cosa que un pa-
réntesis destinado a ser cerrado algún día. Es por ello que decimos que Ecclesia Dei es una ilusión en la
que han caído todos aquellos que esperaban que el Papa actual quisiera efectivamente restablecer el rito
tradicional de la Santa Misa en el mismo nivel de dignidad que el nuevo.
Pero el día de un brusco despertar se acerca. Para demostrarlo, según nosotros, basta ver las
demandas que ha hecho llegar a las “Comunidades Ecclesia Dei”, Monseñor Perl, secretario de la Co-
misión Ecclesia Dei, en un documento que date del verano de 1998, tal vez para celebrar el décimo
aniversario de esta Comisión. Monseñor Perl pide que, en las Misas tridentinas celebradas con Indulto,
el oficiante en lo sucesivo esté sentado durante la lectura de la Epístola; que el Prólogo del Evangelio
de San Juan sea suprimido; que se empiecen a recitar durante la Misa las “plegarias universales”34.
He aquí una tentativa impresionante de mutilar el rito tridentino y de contaminarlo con el de
Pablo VI. De hecho, ¿por qué el sacerdote debería estar sentado mientras se lee la Epístola? ¿Cuándo se
ha visto este tipo de cosas? ¡Es el sacerdote – presidente de la misa protestante del “Novus Ordo” quien
se queda sentado mientras que laicos de variado tipo (matronas, jovencitas, boy-scouts, padres de fa-
milia, etc.) leen los extractos del Antiguo y Nuevo Testamento insertados en la “liturgia de la palabra”
y casi siempre de una manera capaz de indignar hasta los mismos muros de la Iglesia! Pidiendo al ofi-
ciante de la Misa tridentina quedarse él también sentado durante esas lecturas mientras ellas son hechas
por laicos de pie, es evidente que se pide, sin decirlo, la presencia de algún otro, diferente del oficiante,
para hacerlas. ¿Un laico? ¿Una mujer? ¿Una religiosa?
¿Y por qué se quiere hacer esto a la lectura del Prólogo del Evangelio de San Juan? Se trata de
un texto para nada ecuménico. En efecto: 1) reafirma la naturaleza divina de Cristo; 2) recuerda que el
mundo y los de “su casa” – es decir, los judíos – “no le recibieron”; recuerda que el mundo es enemigo
de Cristo (razón por la cual debe ser convertido), y también recuerda el pecado de los judíos contra el
Espíritu Santo, cosa que los judíos no desean recordar; 3) proclama a los cristianos superiores a los
hijos de Abraham porque son elegidos “hijos de Dios”, gracias a la fe en Cristo.
La supuesta “plegaria universal”, en fin, es una oración concebida según diversas fórmulas, por
medio de las cuales se introduce explícitamente en la Misa el espíritu “ecuménico” como lo entiende la
“Iglesia conciliar” surgida del Vaticano II35.
La Circular de Monseñor Perl demuestra que la Santa Sede ha decidido acortar los tiempos: el
recreo terminó. Se anuncian tiempos duros para las “Comunidades Ecclesia Dei” (salvo compromisos
ulteriores). Sus superiores intentarán resistir y defender la Misa de siempre de recortes y contaminacio-
nes. Pero ¿lo lograrán? Y ¿hasta cuándo? Hubieran hecho mejor en no dejarse seducir hace diez años y
escuchar a aquellos que, código canónico en mano, objetaban desde el principio la manifiesta invalidez
de esas contaminaciones, cuya hipótesis hace ahora la propia Universidad Gregoriana (ver el §2 de este
estudio y el 3.11).
Esperamos que el trabajo aporte una contribución a la verdad, de manera de colaborar, con la
ayuda de Dios, a esclarecer la nube de embustes y malas interpretaciones que rodea aún la figura y la
obra de Monseñor Lefebvre.

2. UNA EXCOMUNIÓN DISCUTIDA

33
El testimonio es del P. Jean Paul Argovarch, Superior de una de las “Comunidades Ecclesia Dei”: el Instituto de Derecho Pontificio “Santa Cruz” de
Piamonte; Encuesta..., pág. 90-91.
34
Todo esto resulta del Boletín Inter Multiplices Una Vox, de junio de 1998.
35
Ver, por ejemplo, el Missale festivo dei fideli, Anno A-B-C, texto oficial de la C. E. I., por G. Boffa, presentación de Monseñor Mariano Magrassi,
Coletti, ed. Roma, 1984, pág. 869.
9
2. 1. Algunos hechos y puntos bien determinados.

 Los hechos
En una “tesis complementaria de licenciatura” en derecho canónico, debatida y aprobada con el
máximo de votos en julio de 1995 en la Universidad Pontificia Gregoriana, el sacerdote norteamericano
(no “lefebvrista”) Gerald Murray, sostuvo que la excomunión latæ sentetiæ infligida en su tiempo a
Monseñor Lefebvre, a Monseñor de Castro Mayer y a los cuatro Obispos consagrados por Monseñor
Lefebvre sin mandato pontificio, desde el estricto punto de vista canónico no es válida, al igual que la
acusación conexa de cisma en sentido formal. Esta “tesis de licenciatura” no ha sido publicada. No
obstante, un resumen bastante claro de ella está disponible, con una amplia cita de extractos. Dicho
resumen apareció en la revista norteamericana “The Latin Mass” (nº de otoño de 1995), acompañado
con una entrevista al P. Murray. Otras entrevistas a este sacerdote y sumarios de ese resumen aparecie-
ron luego en otras publicaciones36.
Entretanto, sin embargo, se verificaron dos hechos: 1) la retractación parcial que el P. Murray
hizo de su tesis (en el verano de 1996); 2) el mantenimiento de los motivos de la excomunión en un
texto presentado alrededor de un año más tarde como opinión de la Comisión Pontificia para la inter-
pretación de textos legislativos.
En el dictamen que este último Organismo habría emitido (decimos “habría” porque en realidad
el texto difundido es anónimo) – Organismo que no es fuente de derecho pero que se califica como
verdadero órgano técnico delegado para interpretar leyes de la Iglesia –, la “tesis Murray” no es tenida
en cuenta por el siguiente motivo: “Es imposible evaluar la «tesis Murray» porque no ha sido publica-
da, mientras que los dos artículos aparecidos sobre ella37 son confusos”38. La publicación de las tesis
de los candidatos al doctorado en derecho canónico, ¿sería contraria a los usos de la Universidad Gre-
goriana? Se está obligado entonces a discutir sobre cuestiones científicas basándose únicamente en lo
que aparece sobre ellas en artículos de revistas aún si de ninguna manera parecen “confusos”, como al
contrario lo afirma el organismo pontificio antes citado, lo cual, de todas formas, demuestra que él co-
noce la “tesis Murray” desde el momento que rechaza desdeñosamente, como veremos, hasta la simple
hipótesis de la invalidez de la excomunión pronunciada por el Papa. La satisfacción de una exigencia
científica correcta hubiera necesitado, sin duda alguna, la publicación de la “pequeña tesis” del P. Mu-
rray. No haberlo hecho, hace tal vez más fácil el rechazo del punto de vista sostenido en ella, como si
nunca hubiera existido.
Por otra parte, es necesario notar que el P. Murray publicó su retractación un año antes de la
aparición del dictamen atribuido a la Comisión Pontifica. ¿Por qué entonces esta última hubiera debido
tomar en consideración argumentos ya formalmente retractados, aunque parcialmente por su autor?
Una retractación pronunciada ante un público más amplio todavía, hubiera podido apropiársela con
todo conocimiento de causa.

 Los puntos bien determinados.

36
Nos referimos a “¿Gaps in the New Code?” (= ¿Lagunas en el Nuevo Código?), entrevista al P. Murray seguida de una exposición muy detallada de su
tesis: Cisma, Excomunión y la Sociedad San Pío X, por S. Terenzio (cf. págs. 50-61 de The Latin Mass, otoño 1995). Cf. también 30 Giorni nº 4, abril de
1996, págs. 17-18. En lo que concierne a la Misa en latín, ver Compte rendu (=Informe), publicado en el Boletín Parroquial de Nuestra Señora de Pointet,
1996.
37
N. T.: los indicado en la nota anterior.
38
Precisiones de la Comisión Pontifica para la interpretación de textos legislativos en Documentación Católica, 79 (1997), 2163 del 6 de julio de 1997,
págs. 621-623. la retractación del P. Murray se encuentra en The Latin Mass, verano de 1996, págs. 54-55. A propósito de lo primero, se recuerda que la
Carta a los amigos y benefactores nº 53 de la F. S. S. P. X del 23.9.97 observa que las “Precisiones...” es un documento contemporáneo de la Congrega-
ción para la doctrina de la Fe sobre la situación de los “lefebvristas” presentado por Monseñor Brunner, Obispo de Sión, como “expresiones de Magiste-
rio”, y que en realidad son documentos no firmados (anónimos pues), sin fecha ni número de protocolo. Está permitido entonces considerarlos como
documentos atribuidos al Magisterio actual, aún cuando, bien mirados, hasta se le podría atribuir un valor oficioso. Nosotros los consideramos sobre todo
como documentos reveladores de la persistente hostilidad de los episcopados francés y suizo hacia la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.
10
Aún así, todo esto no impide establecer algunos puntos bien establecidos.
1) Cualesquiera fuesen los cambios de opinión del P. Murray sobre su trabajo y cualesquiera los
motivos por los que su publicación no ha sido ni prometida ni alentada, subsiste siempre el hecho de
que su trabajo fue aprobado con el máximo de votos por profesores de la Universidad Gregoriana,
aprobación confirmada por una autoridad científica totalmente respetable y que ninguna autoridad o
cambio de opinión sobreviniente (post-factum) pueden invalidar. Se debe pues, otorgar a esa autoriza-
ción la consideración que se le debe39.
2) El extracto de la “tesis Murray” aparecido en The Latin Mass es suficiente para hacerse una
idea, es decir para comprender que el sacerdote norteamericano, código de derecho canónico en mano,
niega, o, si se prefiere, pone en duda la validez de la excomunión ipso iure aplicada a Monseñor Le-
febvre porque obró en estado de necesidad (aún si se trata, según el P. Murray, de necesidad putativa) y
sin hacerse culpable de ningún cisma. Según el P. Murray, hay que reconocer que, de acuerdo con el
derecho canónico en vigencia, la excomunión de Monseñor Lefebvre es sustancialmente inválida y que
el cisma no existe. Una tesis indudablemente valiente y, sobre todo, fundada en el derecho, aunque no
estamos de acuerdo con la hipótesis del P. Murray, de que Monseñor Lefebvre pudo haberse equivoca-
do de buena fe sobre la existencia del estado de necesidad que lo autorizaba a proceder a las consagra-
ciones. En todo caso, la retractación post-factum del P. Murray se refiere sólo al hecho de admitir el
estado de necesidad y no a la existencia de un cisma en sentido formal.

2. 2. Los precedentes.

El P. Murray no ha sido el primero en sostener la invalidez de la excomunión injustamente de-


clarada respecto a Monseñor Lefebvre y la inexistencia del pretendido “cisma” que se le imputaba. Hay
que recordar en primer lugar el breve pero compacto ensayo – un verdadero enfoque jurídico – del ca-
nonista alemán, profesor Rudolf Kaschewski, aparecido en Una Voce – Korrespondenz 18/2 de mar-
zo/abril de 1988, sobre el tema de la consagración episcopal sin mandato pontificio 40. Este estudio, pu-
blicado poco antes de las consagraciones y por un autor totalmente independiente de los círculos pre-
tendidos “lefebvristas”, demuestra categóricamente que, en base al Código de Derecho Canónico en
vigencia desde 1983, la consagración episcopal sin mandato pontificio no puede ser penada con la ex-
comunión. El autor escribe, en efecto, en la conclusión de su estudio: “La afirmación a menudo escu-
chada de que la ordenación de uno o varios Obispos sin mandato pontificio comportaría automática-
mente la excomunión y conduciría al cisma, es falsa. Si se consideran los propios términos de la ley,
en el caso en cuestión, la excomunión no puede ser aplicada ipso facto, ni por sentencia judicial”41.
Recordaremos a continuación el vasto artículo aparecido en “Courrier de Rome” bajo el título
“Ni cismáticos ni excomulgados”, en el cual al lado de apreciaciones teológicas inatacables, se demues-
tra cómo, en el caso de las consagraciones de Ecône, fueron cumplidas todas y cada una de las cinco
condiciones requeridas para gozar del derecho correspondiente al estado de necesidad. A saber: 1) la
existencia del estado de necesidad; 2) haber recurrido a las vías pertinentes para remediarlo por los me-
dios ordinarios; 3) la acción “extraordinaria” emprendida no es intrínsecamente mala ni perjudicial para
el prójimo; 4) haber quedado en los límites de las exigencias efectivamente impuestas por el estado de

39
Este aspecto ha sido destacado pro el Padre Michel Beaumont en el artículo “El Padre Gerald Murray se hace pegar en los dedos”, aparecido en Fide-
liter (1997, págs. 41-46), muy crítico sobre la “retractación” de dicho eclesiástico norteamericano: “Pero es la aprobación explícita dada por la más alta
instancia universitaria católica, la Universidad Gregoriana de Roma, lo que confiere a un trabajo un valor excepcional”. Este valor evidentemente no
puede desaparecer como acción seguida a una retractación (entre otras cosas, sólo parcial), de otro modo, se debería decir – cosa totalmente absurda – que
los profesores de la Gregoriana, que han diplomado al P. Murray, se habrían equivocado y que deberían ellos también retractar su aprobación científica
(sobre la tesis del P. Murray). Cf. in fine: Fr. Albert O.P. La tesis del Padre Murray en La Sal de la Tierra, nº 24, primavera de 1998, págs. 50-67.
40
SISI NONO, agosto de 1988 (XIV,14), que reporta íntegramente esta tesis y que da al mismo tiempo la definición de estado de necesidad, extraída de
un estudio muy conocido del eminente canonista alemán George May, titulado: “... Legítima defensa, resistencia y estado de necesidad. Aclaración de
conceptos”. Viena, Mediatrix Verlag, 1984, pág. 29.
41
SISI NONO de agosto de 1988, pág. 6.
11
necesidad; 5) no haber cuestionado nunca el poder de la autoridad competente de la cual se hubiera
podido presumir, en toda legitimidad, la aprobación en circunstancias normales42.
En lo que concierne a la existencia real de un estado de necesidad en la Iglesia actual (que el
Vaticano ha negado y niega en los documentos oficiales), basta con acordarse del muy negro cuadro de
condiciones de la Iglesia esbozado por el mismo Cardenal Ratzinger en su discurso a la Conferencia
Episcopal Chilena el 13 de julio de 1988 sobre los últimos desarrollos del “caso Lefebvre”. El discurso,
aparecido en el Semanario Il Sabato del 30 de julio de 1988, fue reproducido por el “Courriere de Ro-
me” nº 97 (287) de noviembre de 1988, bajo el título: “El Cardenal Ratzinger demuestra el «estado de
necesidad» en la Iglesia”, y he aquí un extracto del mismo: “El mismo Cardenal Ratzinger atestigua en
su discurso que Roma no asegura más su función necesaria e indispensable y los Obispos tampoco, o
bien se encuentran en la imposibilidad de utilizar el poder de derecho divino que poseen en la Iglesia
para la salvación de las almas. Entonces el propio Cardenal Ratzinger prueba así ese estado de nece-
sidad, y el derecho que de él se desprende, derecho al que se refirió S. E. Monseñor Lefebvre cuando el
30 de junio usó una competencia jurídica más allá de lo ordinario”43.
El pasaje del discurso del Cardenal al que se hace referencia es el siguiente: “No se tolera la crí-
tica de las opciones de la época post-conciliar: sin embargo, ahí donde están en juego las reglas tradi-
cionales o las grandes verdades de la fe – por ejemplo, la virginidad corporal de María, la divinidad
de Jesús, la inmortalidad del alma, etc. – no se reacciona para nada o se lo hace con una extrema mo-
deración. Yo mismo pude ver, cuando era profesor, cómo el mismo Obispo que antes del Concilio ha-
bía expulsado a causa de su manera de hablar un poco rústica a un profesor irreprochable, no fue
capaz después del Concilio, de alejar a un profesor que negaba abiertamente algunas de las verdades
fundamentales de la fe. Todo ello impulsa a muchas personas a preguntarse si la Iglesia de hoy es
realmente la de ayer, o si se la ha cambiado por otra sin avisarles...”44
El artículo “Ni cismáticos ni excomulgados”, el del profesor Kaschewski con el extracto del
profesor May, el discurso del Cardenal Ratzinger, al mismo tiempo que un artículo sobre el concepto
de Tradición y tres apéndices, fueron luego reunidos en un volumen titulado “La Tradición Excomul-
gada”, editado por Courrier de Rome en 198445. Tampoco se puede olvidar el precioso estudio del Pa-
dre Gérard Mura, “Las Consagraciones episcopales de 1988. Estudio teológico”, citado en la amplia
síntesis publicada en francés por la revista Le Sel de la Terre, en cuatro números aparecidos en 1993 y
199446. La destacada contribución de este estudio – que se sitúa a menudo en el plano teológico – está
en la tesis de que “la prohibición pontificia a la celebración de las consagraciones debe ser considera-
da como nula y no existente”, porque “contraría el bien común de la Iglesia, antecedente para la de-
fensa de la fe”; defensa de la fe que, dado el estado de necesidad en el cual la Iglesia se encuentra, exi-
gía las consagraciones hechas por Monseñor Lefebvre.
Por fin, hay que recordar el libro del jurista católico norteamericano Charles P. Nemeth, The ca-
se of Archbishop Marcel Lefebvre. Trial by Canon Law, Angelus Press, Kansas City, 1994. Se trata de
un análisis estrictamente jurídico que niega la validez de la excomunión y de la acusación de cisma, y
llega a las mismas conclusiones que el profesor Kaschewski47.
42
“Courriere de Rome”, “Ni schismatique, ni excommuniés”, Septiembre de 1988.
43
“Courrier de Rome”, noviembre de 1988: “El Cardenal Ratzinger demuestra el estado de necesidad en la Iglesia”.
44
Op. cit., pág. 1.
45
“La Tradición excomulgada” de Publicaciones de Courrier de Rome, Versailles, 1989, 127 páginas. Hay una traducción parcial castellana con el mismo
título, editada en Bs. Aires, por la F. S. S. P. X.
46
Le Sel de la Terre, Inteligencia de la fe (1993), nº 4, págs. 27-45; nº 5, págs. 44-87; nº 7, págs. 25-57; nº 8, págs. 28-44. El original en alemán tiene por
título: “Las consagraciones episcopales del Arzobispo Lefebvre. Examen teológico de su legitimidad”.
47
Este libro es interesante también por las numerosas comparaciones que hace entre el C.I.C. (Código de Derecho Canónico) de 1917 y el actual, en
vigencia desde 1983. El Código de 1917 es también llamado “Código piano-benedittino” porque fue redactado por inciativa de San Pío X y promulgado
bajo Benedicto XV [por tanto Código de Pío y de Benedicto] por el Motu proprio del 15.9.1917. El Código es una obra notoriamente insigne por la clari-
dad de sus conceptos y visión sistemática. Se recuerda también la entrevista otorgada al 1er. Programa de la Radio Bávara el 30 de junio de 1988 por K.
Th. Geringer, profesor de Derecho Canónico en la Universidad de Munich, en la cual se advertía que para que haya cisma es necesaria una voluntad explí-
cita en ese sentido: “Pregunta: ¿sobre la base de qué criterios se podría afirmar que ha sido fundada ahora una nueva Iglesia [por las consagraciones epis-
12
***

Hemos querido recordar estos precedentes también para llamar la atención sobre el hecho de
que el P. Murray no llega en sustancia a conclusiones diferentes a las del profesor Kaschewski. Al con-
trario, se puede decir que él las aplica al caso concreto. Y ¿qué demuestra? En nuestra opinión, que el
tenor de las normas del C. I. C. es muy claro, al punto de haber permitido de hecho la constitución de
una verdadera opinio prudentium (de “jurisconsultos” independientes entre sí, aún de diferentes niveles
científicos), opinión que concuerda en la misma dirección: en el caso en cuestión, según el derecho
estricto, no se podía declarar la excomunión, y no se podía tampoco considerar el acto censurado como
cismático.

3. LOS TÉRMINOS JURÍDICOS DE LA CUESTIÓN.


3. 1. La excomunión.

Consideremos ahora los términos estrictamente jurídicos de la cuestión, con el fin de que los
lectores (la mayoría no especialistas), puedan tener ante sus ojos un cuadro lo más claro posible.
Monseñor Lefebvre fue condenado por haber consagrado cuatro obispos sin mandato del Papa.
Sigamos la exposición del profesor Kaschewski:
“1. La consagración episcopal ocupa el lugar más elevado en la jerarquía de consagraciones:
para cardenal o para Papa, de hecho, no se da consagración. El Obispo goza de dos poderes: 1) el
poder de orden [por el cual puede consagrar Obispos [y ordenar] sacerdotes; 2) el poder de jurisdic-
ción, que no puede ejercer si no está en posesión de una diócesis. El poder episcopal es un poder de
derecho divino que confiere al obispo una autoridad propia y le asegura una autonomía jurídico-
constitucional que el mismo Papa no puede suprimir o modificar”48.
Esta autonomía de la cual goza el Obispo, depende de la naturaleza de su poder que emana di-
rectamente de Nuestro Señor, porque los obispos son los sucesores de los apóstoles, y por consiguiente
gozan de ese poder que ha sido conferido a ellos por Cristo en persona y no por uno entre los demás.
Aquel que, entre los Doce, ya ha sido investido por Nuestro Señor con la autoridad indiscutida de jefe
(San Pedro), no fue, de hecho, la fuente del poder de los otros apóstoles, poder idéntico al de Pedro:
poder de enseñar la recta doctrina, de absolver los pecados, de celebrar la Santa Misa, de consagrar
obispos y [ordenar] sacerdotes.
La autonomía del poder episcopal no significa, sin embargo, independencia. La sumisión de los
obispos a la autoridad del Papa era afirmada de forma muy clara en el C. I. C. de 1917 en el canon 321
§1: “Los obispos son los sucesores de los apóstoles y, por institución divina, están a la cabeza de las
iglesias locales, a las que gobiernan con poder ordinario bajo la autoridad del Pontífice romano”49.
En el nuevo C. D. C., a consecuencia de las instancias democráticas que el Vaticano II ha queri-
do afirmar impropiamente en la Iglesia, el principio de la sumisión al Papa, aún estando presente, es
declarado en forma menos clara, por no decir ambigua (por ejemplo en el canon 375 §2). Sin embargo,
manteniendo la práctica (a partir de Gregorio VII), el C. D. C. de 1983 afirma así mismo que está

copales de Monseñor Lefebvre]? Respuesta: Ella [la Fraternidad] debería declararlo. Debería separarse expresamente de Roma [a saber: por una declara-
ción en la cual ella no reconociera más la autoridad del Papa y la comunión con el Papa en tanto que institución]” (Cfr. Fraternidad San Pío X, Boletín
oficial del Distrito de Francia, 29.8.1998, nº 29, pág. 11). Como se sabe, Monseñor Lefebvre nunca ha manifestado intenciones de ese género y mucho
menos durante las consagraciones de Ecône. El mismo concepto ha sido repetido por el profesor canonista Neri Capponi, en una entrevista a The Latin
Mass, verano/1993. Ver también, para necesarias precisiones, el artículo del Padre Michel Simoulin, titulado “1988. “El cisma imposible de hallar”, Sion,
1998, pág. 43.
48
Kaschewski, op. cit en “La Tradición excomulgada”, págs. 51-57, public. “Courriere de Rome”.
49
“Episcopi sunt apostolorum successores atque ex divina institutione peculiaribus ecclesiis præficiuntur quas cum potestate ordinaria regunt sub aucto-
ritate Romani Pontificis”.
13
prohibido consagrar un obispo sin mandato previo del Papa. Y, en efecto, el texto del profesor
Kaschewski prosigue así: “2. No está permitido a nadie consagrar a un obispo sin mandato pontificio
(cn. 1013 C. D. C. de 1917). Aquél que contravenga este canon incurre en excomunión «latæ senten-
tiæ» «ipso facto», es decir, en el momento mismo del delito y no es necesario que la pena sea aplicada
por decreto. Para la consagración ilegal de obispos, el antiguo código amenazaba únicamente con
suspensión («ipso iure suspensi sunt, donec Sedes Apostolica eos dispensaverit», cn. 2370, C. I. C. de
1917). Es sólo después de los trágicos eventos vividos por la Iglesia en la República comunista china
[obispos de la «iglesia patriótica» china nombrados por los gobiernos comunistas], que por decreto
del Santo Oficio del 9 de agosto de 1951, fue introducida la pena de excomunión (ipso facto) reservada
a la Santa Sede «de manera especialísima»”50.
El nuevo código no nos da la definición de excomunión, la cual debe ser sacada del C. I. C. de
Pío X - Benedicto XVI (canon 2257 y sgtes). Consiste en la “exclusión” (exterior) de la “comunión de
los fieles”. Pertenece al tipo de penas llamadas “censuras” (censuræ) que son: la excomunión, el entre-
dicho y la suspensión (canon 2255 §1 del C. I. C. de 1917). Las censuras son penas “medicinales” por-
que deben constituir como un remedio para el desobediente con el fin de que se convenza de su error y
haga una enmienda honorable. En el momento en que el culpable o “contumaz” enmienda su desobe-
diencia, la pena debe serle levantada51. Las penas medicinales se distinguen de las “vindicativas” (“ex-
piatorias” en el nuevo C. D. C.) ya que éstas, al contrario, tienen como objetivo esencial, no la correc-
ción del culpable, sino el restablecimiento del orden jurídico violado 52. La excomunión, aunque es gra-
ve en sus efectos (entre otros, la prohibición tanto de administrar como de recibir sacramentos), es una
sanción de tipo administrativo que puede ser perdonada por la misma autoridad que la aplicó. Así mis-
mo, “la excomunión de la que se es excluido no es la comunión interna, inherente al alma y que abarca
los bienes de la vida teologal – tales como la gracia y las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, de
naturaleza invisible –, sino la de los bienes externos, visibles, confiados a la Iglesia y ordenados a pro-
ducir bienes espirituales internos u otros externos que están inseparablemente unidos a los bienes inter-
nos (sacramentos, sacrificio, poder eclesiástico, etc.). La comunión radical u ontológica que nos hace
miembros [por el bautismo] del Cuerpo Místico de Cristo no es cuestionada por la excomunión”53.

3. 2. La excomunión injusta.

Entre los judíos existía una especie de excomunión (y existe siempre54), y San Juan nos dice que
los jefes judíos que eran favorables a Jesús no se atrevían a declarar que Él era el Mesías prometido,
por temor de ser expulsados de la sinagoga, es decir, formalmente excluidos – por decreto de la autori-
dad – de la comunidad de los creyentes55.
Existe, pues, la posibilidad de que la excomunión sea infligida injustamente. Las “excomunio-
nes” que los fariseos incrédulos y perseguidores amenazaban imponer a los discípulos de Nuestro Se-
ñor (o se aprestaban a hacerlo), son un ejemplo de excomunión injusta: “Se os echará de las sinagogas.
Y viene la hora en que aquellos que os maten pensarán rendir homenaje a Dios. Y os traicionarán así,
porque no han conocido ni al Padre ni a Mí” (Jn. XVI, 2).
Otro ejemplo famoso es la excomunión impuesta a Savonarola por Alejandro VI56.

50
Kaschewski, op. cit, pág. 4, en “Tradición excomulgada”, pág. 51-52.
51
Ver el “Comentario al Código de Derecho Canónico” ( = “Comento”) de Mons. Pío Vito Pinto, Urbaniana University Press, Roma, 1985, págs. 771/2;
ver Del Giudicce “Instituciones del Derecho Canónico”, 12ª edición, en colaboración con G. Catalano, Milán, 1970, págs. 488 y ss.
52
“Comento”, pág. 777; Del Giudicce, l. c.
53
“Comento”, p. 772.
54
Cfr. “El derecho penal y el procedimiento mosaico-rabínico”, del rabino-jefe Hirsch B. Fassel, Gros-Kamischa, 1870.
55
Jn. XII, 42-43; encontramos una referencia en el A. T., Prov. XXII, 10: “Expulsa al burlador y la querella tendrá fin; la disputa y el ultraje cesarán”.
56
Cfr. la biografía clásica de R. Ridolfi, “Vida de San Jerónimo Savonarola”, Florencia, año 1974, 5ª ed. págs. 283 y ss.
14
3. 3. Excomunión “latæ sententiæ y ferendæ sententiæ”.

La pena puede ser latæ sententiæ o ferendæ sententiæ. Son dos categorías muy generales del de-
recho penal de la Iglesia, que se aplican también en caso de excomunión. Una pena canónica se dice
“latæ sententiæ” cuando “se incurre en esta pena por el hecho mismo de haber cometido un delito”57.
Lo que significa que la pena es inherente – por así decir – al hecho delictivo, sin que se deba esperar a
que un juez o un superior la imponga por sentencia o decreto. Es por ello que se acostumbra decir que
la excomunión “latæ sententiæ” se aplica automáticamente. La aplicación de la pena tiene por lo tanto
un valor solamente declarativo, porque el decreto o la sentencia que la contienen se limitan a declarar
su existencia. Tan cierto es esto, que los efectos jurídicos de esta declaración se producen ex tunc, es
decir, a partir del momento en que el hecho delictivo fue cometido (C. I. c. de 1917, can. 2232 2), y no
a partir de la sentencia o decreto.
La pena ferendæ sententiæ es, por el contrario, la que “debe ser impuesta por el juez o el supe-
rior”58. Y esto ocurre normalmente después de un juicio. En este caso, la sentencia o el decreto son
constitutivos de la pena: no se limitan a declarar la existencia de una pena que ya es inherente a un cier-
to comportamiento, sino que se da existencia a esa pena, la constituyen al final de un juicio que podría,
de hecho, concluir también con una absolución. Por lo tanto, los efectos jurídicos de la pena ferendæ
sententiæ se producen ex nunc, es decir, a partir del momento de la sentencia o del decreto, y no desde
la comisión del hecho culpable imputado. No hay ninguna retroactividad. Contrariamente al caso de la
pena latæ sententiæ, en la ferendæ sententiæ no puede haber pena sin juicio y sin la sentencia o el de-
creto consiguientes. La diferencia no es sutil. Y tan cierto es, que el Código Pío-Benedictino especifica
que “la pena debe siempre entenderse ferendæ sententiæ” a menos que se afirme expresamente que ella
debe entenderse latæ sententiæ, o también ipso facto o ipso iure u otras expresiones similares o equiva-
lentes59.

3. 4. Imputabilidad y penas “latæ sententiæ”.

Todo derecho penal evolucionado toma en consideración el elemento subjetivo del culpable y,
de hecho, una condición determinante de la imputabilidad del sujeto agente. Para que este último pueda
ser considerado punible, no basta que haya cometido el acto criminal, sino que es necesario que le sea
imputable, es decir, que el acto ejecutado contra la ley pueda serle atribuido como acto de un sujeto
capaz de comprender y querer, y por ende, sostenido por una voluntad orientada libremente hacia un fin
determinado. Para que haya plena imputabilidad penal es necesario que el sujeto haya obrado con
“animus lædendi”, o también, como decían los juristas romanos, dolo malo. El canon 1231 §2, precisa,
en efecto: “Está obligado a la pena establecida por ley o precepto aquel que deliberadamente ha vio-
lado esa ley o precepto...”
Una forma atenuada de imputabilidad es, en cambio, la que concierne no al dolo sino a la cul-
pa, entendida no en sentido moral sino técnico-jurídico, como disposición del sujeto (llamada “impru-

57
Can. 2217 §1, 2º, C. I. C. 1917: “Pœna dicitur... Latæ sententiæ, si pœna determinata ita sit addita legi vel præcepto uy incurratur, ipso facto commissi
delicti: ferendæ sententiæ, si a iudice vel superiore infligi debeat”. Las penas latæ y ferendæ sententiæ están contempladas también en el C. D. C. 1983,
pero para su definición hay que referirse al Código Pío-Benedictino. La pena “determinada” es la establecida explícitamente por una norma dirigida a todos
(lex) o a individuos especificados individualmente (præceptum): “Pœna dicitur determinata si in ipsa lege vel præcepto taxative statua sit” (C. I. C., can.
2217 1, 1º).
58
C. I. C. de 1917, can. 2217 2, 2º.
59
Can 2217 §2: “Pœna intelligitur semper ferendæ sentetiæ, nisi expresse dicatur eam esse latæ sententiæ vel ipso facto seu ipso iure contrahi, vel nisi alia
similia verba adhibeantur”. El concepto es reafirmado en el C. d. C. de 1983 que, en el canon 1314 resume así la más amplia exposición del Código Pío-
Benedictino: “Poena plerumque est ferendae sententiae, ita ut reum non teneat, nisi postquam irrogata sit; est autem latae sententiae, ita ut in eam incurratur
ipso facto commissi delicti, si lex vel praeceptum id expresse statuat” (La pena es generalmente ferendae sententiae, de manera que no obliga al reo sino
después de haber sido impuesta; en cambio, es latae sententiae, o sea que en ella incurre por el mismo hecho de haber cometido el delito, si la ley o el
precepto lo establecen así expresamente). Sobre la significación tanto declarativa como constitutiva del acto de condena, confrontar Del Giudicce, o. c.
pág. 489.
15
dencia”) que no muestra animus lædendi pero sí una simple “omisión de la diligencia debida” (canon
1321 y 1322 del C. d. C. de 1983). En el caso de violación “culpable” de normas, el carácter punible
puede faltar (can. cit.)60.
En el Derecho de la Santa Iglesia, el elemento subjetivo (la voluntad, la intención del sujeto
agente) ha gozado siempre de una peculiar importancia en el derecho de la Santa Iglesia. Esto depende
del carácter propio de la concepción religiosa y moral que la Iglesia ha realizado, defendido y desarro-
llado por medio de su sistema jurídico.
Para que el sujeto sea punible debe, por consiguiente, ser responsable. El canon 1321 §1 de-
termina: “Nadie es castigado, a menos que la violación externa de una ley o precepto, por él cometida,
le sea gravemente imputable por dolo o por culpa”61.
La plena imputabilidad del delito [y por tanto, de la imponibilidad de la pena] vale, pues, para
el que ha violado la ley deliberadamente con plena consciencia e intención. Por este motivo, el C. I. C.
exige que, en el caso de penas latæ sententiæ, tratándose de penas que – como hemos visto – se aplican
sin juicio, haya siempre: 1) dolo, y 2) plena imputabilidad.
La primera condición es requerida por el canon 1318 del C. D. C. de 1983, el cual determina:
“El legislador no conminará con penas latae sententiae, salvo eventualmente para algunos delitos do-
losos especiales que, o bien puedan causar un escándalo más grave, o bien no puedan castigarse efi-
cazmente con penas ferendae sententiae; en cambio, no establecerá censuras, especialmente la exco-
munión, si no es con máxima moderación y sólo para los delitos más graves”62. La invitación del Códi-
go a la prudencia y a la circunspección en tan delicada materia, se concreta en el enunciado de tres
condiciones necesarias para la imputación [aplicación] de penas latæ sententiæ: a) el delito debe ser
doloso, es decir, que debe haber en él claramente el dolo de parte de su autor: los delitos culposo son,
en consecuencia, excluidos a priori de ese tipo de pena; b) el delito debe ser tal que provoque grave
escándalo entre los fieles; c) el delito no debe ser punible mediante penas ferendæ sententiæ63.
En el marco de nuestra exposición, lo que nos interesa es que el C. I. C. hay querido poner el
acento sobre la presencia del dolo como condición requerida ineludible para la imputación de una pena
latæ sententiæ. Pero se puede demostrar el dolo solamente si el sujeto es plenamente imputable, porque
es únicamente a un sujeto plenamente imputable que se le puede atribuir la falta moral de haber querido
violar deliberadamente la ley. Entonces, si la plena imputabilidad no aparece, la pena latæ sententiæ –
incluida la excomunión – no puede ser aplicada.
La necesidad de la plena imputabilidad del culpable vale naturalmente para todo tipo de delito
doloso, y se puede considerar como un verdadero principio general de toda organización penal evolu-
cionada. Es tanto más válido para las penas latæ sententiæ, dado su carácter excepcional. Y, en efecto,
el canon 1324, que establece diez casos de circunstancias atenuantes de la imputabilidad, precisa en el
punto 3 que en todos esos casos “el culpable no está sometido a la pena latæ sententiæ”64.
60
Transcribimos a continuación todo el canon 1321 del C. d. C. de 1983: “1321 §1. Nemo punitur, nisi externa legis vel praecepti violatio, ab eo commis-
sa, sit graviter imputabilis ex dolo vel ex culpa. § 2. Poena lege vel praecepto statuta is tenetur, qui legem vel praeceptum deliberate violavit; qui vero id
egit ex omissione debitae diligentiae, non punitur, nisi lex vel praeceptum aliter caveat. § 3. Posita externa violatione, imputabilitas praesumitur, nisi aliud
appareat” (1321 § 1. Nadie es castigado, a menos que la violación externa de una ley o precepto, por él cometida, le sea gravemente imputable por dolo o
por culpa. § 2. Queda obligado a la pena establecida por una ley o precepto, quien violó deliberadamente la ley o precepto; quien lo hizo por omisión de la
debida diligencia, no debe ser castigado, a menos que la ley o precepto dispongan otra cosa. § 3. Cometida la violación externa, se presume la imputabili-
dad, a menos que conste lo contrario). Sobre este canon y sobre su relación con el Código Pío- Benedictino, ver Commento, págs. 758/9. Las definiciones
de éste último son también más claras. Cfr. C. i. c. 1917, cánones 2199 y 2200.
61
El canon ya ha sido informado con carácter exhaustivo en el nº 29 de este estudio.
62
Este canon recuerda al canon 2241 del C. I. C. Pío- Benedictino: “Censuræ præsertim latæ sententiæ, maxime excommunicatio, ne infligantur, nisi
sobrie et magna circumspectione”.
63
Ver el Commento, pág. 756.
64
“§ 3. In circumstantiis, de quibus in § 1. (que da la lista de los diez casos de circunstancias atenuantes), reus poena latae sententiae non tenetur. (§ 3. En
las circunstancias de que se trata en el § 1, el reo no queda obligado por la pena latae sententiae). El Commento dice: “El §3 también enuncia un principio
general, es decir toda disminución de imputabilidad libera de las penas latæ sententiæ, que requieren plena imputabilidad (Cfr. canon 2218 §2 del C. I. C.
de 1917). Es evidente que, tratándose de penas latæ sententiæ, el criterio sobre la existencia de una de las causas antes mencionadas, se refiere al mismo
delincuente, a diferencia de lo que pasa para las penas ferendæ sententiæ, en las cuales será el juez quien deberá establecer si la causa existe o no” (Com-
16
3. 5. Las circunstancias atenuantes y exceptuantes.

Las circunstancias atenuantes no eliminan la imputabilidad pero la reducen, impidiendo que


pueda ser considerada como plena. A consecuencia de lo cual se tiene una mitigación de la pena ya
establecida o su substitución por otras sanciones, por ejemplo penitencias (que no son técnicamente
penas, pero las substituyen o las aumentan: cánones 1312 y 1313). El canon 1324 §1 determina: “El
infractor no queda eximido de la pena, pero se debe atenuar la pena establecida en la ley o en el pre-
cepto, o en su lugar emplear una penitencia, cuando el delito ha sido cometido: 1.° por quien tenía
solamente uso imperfecto de razón...”[sigue la lista de las otras nueve circunstancias atenuantes]65.
Entre esas circunstancias, nos interesan particularmente dos: la nº 5 y la nº 8. En la primera se
considera el caso de alguien que fue obligado “por miedo grave, aunque lo fuera sólo relativamente, o
por necesidad o por evitar un grave perjuicio, si el delito es intrínsecamente malo o redunda en daño
de las almas”66. ¿Cuál es el sentido de esta norma? Que aquel que cometió una “acción intrínsecamente
mala” o que “redunda en daño de las almas”, no de manera deliberada sino únicamente obligado, o
por un grave temor o por una dificultad grave, tiene el derecho que esas circunstancias, atenuantes de
su responsabilidad, sean tomadas en consideración. Y esto conduce a que la pena no pueda ser prescrita
en su plenitud o, directamente, que sea reemplazada por otro tipo de sanción, como por ejemplo la pe-
nitencia.
Pero ¿por qué las circunstancias atenuantes del nº 5 del canon cuya cuestión examinamos no
hacen desaparecer totalmente la responsabilidad? Porque la acción a la cual uno se sintió coaccionado
era “intrínsecamente mala” o bien era “perjudicial para las almas”. Dada esta naturaleza del acto, es
necesario que se mantenga una forma de sanción en vista al bien común. Sin embargo, entre las penas
que no pueden ser mantenidas, está la excomunión.
En el nº 8 del canon sobre las circunstancias atenuantes, se considera en cambio el caso del que
“por error, pero por su culpa, juzgó que existía alguna de las circunstancias de las que se trata en el
can. 1323, nn. 4 ó 5”67. Este último canon establece las siete circunstancias que, dispensando al agente
de toda imputabilidad, hacen imposible la aplicación de la pena. Las circunstancias dispensantes men-
cionadas son aquellas en las cuales se ha violado la ley por temor grave, incluso relativo, necesidad o
grave obstáculo “mientras que el acto ejecutado no sea intrínsecamente malo o perjudicial para las
almas”, o hubiera sido realizado en estado de legítima defensa68. Por lo tanto, en lo que concierne al
estado de necesidad (categoría cuya análisis más nos interesa), cuando la violación de la norma sobre-
viene del hecho de una acción intrínsecamente mala o perjudicial para la salvación de las almas, se tie-
ne una circunstancia sólo atenuante, sin embargo suficiente para excluir la aplicación de la excomu-
nión, que debe ser reemplazada por otra pena o por una penitencia. Si en cambio, la violación ocurrió
por un acto no intrínsecamente malo ni dañoso para las almas, entonces directamente la imputabilidad
no subsiste y no se puede infligir pena ni otra forma de sanción. No obstante, si el sujeto – por error
culpable (per errorem, ex sua tamen culpa) – ha estimado encontrarse en las condiciones contempladas

mento, págs. 765-766. el subrayado es nuestro). Si el §3 del canon 1324 enuncia un principio general, éste debería ser válido para todos los casos en los
cuales está prevista una pena latæ sententiæ, y entonces, también para la apostasía, la herejía y el cisma, castigados así por el legislador (cn. 1364 §1).
Faltando la plena imputabilidad, no podrían nunca ser castigados con una excomunión latæ sententiæ.
65
“Violationis auctor non eximitur a poena, sed poena lege vel praecepto statuta temperari debet vel in eius locum paenitentia adhiberi,si delictum patra-
tum sit: 1.° ab eo, qui rationis usum imperfectum tantum habuerit...”(subrayado nuestro). Ver también Commento, págs. 763 y ss.
66
“ab eo, qui metu gravi, quamvis relative tantum, coactus est, aut ex necessitate vel gravi incommodo, si delictum sit intrinsece malum vel in animarum
damnum vergat...”. Ver Commento pág. 762: “El principio general mencionado en el cn. 1325 §2 sacionaque un acto hecho por temor grave e injusto (se
trata de la violencia moral a la que está sometido el que sufre el temor), es válido si el derecho no estable otra cosa; sin embargo en materia penal, el temor
– ya sea absoluto o relativo, es decir, teniendo en cuenta el sujeto que hace la amenaza y el que la sufre – libera de toda pena”.
67
Cn. 1324 §1...: “8.° ab eo, qui per errorem, ex sua tamen culpa, putavit aliquam adesse ex circumstantiis, de quibus in can. 1323, nn. 4 vel 5”.
68
Cn. 1323 Nulli poenae est obnoxius qui, cum legem vel praeceptum violavit: ...4.° metu gravi, quamvis relative tantum, coactus egit, aut ex necessitate
vel gravi incommodo, nisi tamen actus sit intrinsece malus aut vergat in animarum damnum”.
17
en los nº 4 y 5 del canon 1323 citado, es decir, estar obligado a obrar en estado de necesidad (o por
temor u obstáculo grave, o legítima defensa), sin que su acto haya constituido algo malo en sí o dañoso
para la salvación de las almas, entonces en ese caso se tiene derecho a las circunstancias atenuantes. Lo
que significa que, incluso en los casos en que se merece la excomunión, ésta no puede ser declarada
porque debe ser reemplazada por otra pena o por una penitencia. Acto seguido hay que recordar que
cuando el error de evaluación del que acabamos de hablar tiene lugar sin culpa por parte del sujeto
agente, entonces, en lugar de circunstancias atenuantes, el sujeto referido tiene derecho a las circuns-
tancias exceptuantes (canon 1323 nº 7).

3. 6. Estado de necesidad: sentido objetivo y subjetivo.

De todo cuanto hemos visto resulta indudable que para el C. d. C. en vigor, las circunstancias
atenuantes y eximentes tienen un valor no sólo objetivo sino también subjetivo. ¿Qué significa esto?
Que se les debe hacer valer aún cuando la situación de fuerza mayor (estado de necesidad, temor grave,
etc...) exista únicamente en el espíritu del sujeto agente; aunque sea el fruto de un error de evaluación
de su parte – error que puede ser aún por su falta –, es decir, debido a una ignorancia culpable que im-
pulsa al sujeto a un “juicio falso con relación a un motivo”69.
Retomemos el texto del profesor Kaschewski: “Aún cuando se quiera poner en duda la situa-
ción de peligro [«estado de necesidad»] tal como se describe [su definición jurídica y el análisis de la
espantosa situación de la Iglesia actual (n.d.l.r.)] conviene comprobar lo siguiente: «Nadie puede negar
que un obispo que, en las circunstancias señaladas más arriba, consagra a otro, esté al menos subjeti-
vamente convencido de que se trata de un estado de necesidad ruinoso para las almas. De ello se des-
prende que no se puede hablar de una violación premeditada de la ley. En efecto, el que contrariando
la ley cree, aún con error, en el bien en que se funda su acción, no obra de forma premeditada contra
la ley [el nuevo C. D. C. es muy claro sobre este punto, como se ha visto]. Además, el que quiera supo-
ner que el estado de necesidad no existe más que en el capricho y en la imaginación del obispo consa-
grante, ¡difícilmente pueda objetarle que esa concepción, supuestamente errónea, sea punible!.
Pero aún si alguien quisiera decirle que él había interpretado en realidad inexactamente el
estado de necesidad, de una forma punible, se concluiría que: 1) la excomunión no podría ser impuesta
como prevista en el canon 1382 [para la consagración sin mandato (n.d.l.r.)]; 2) una pena eventualmen-
te infligida por un juez debería en todo caso ser más clemente que la prevista por la ley, de manera
que tampoco aquí es admisible la excomunión”70.
Así que ¿cómo se puede negar que en el caso de consagraciones impuestas por la necesidad, “un
obispo esté convencido, al menos subjetivamente, de que se trata de un estado de necesidad ruinoso
para las almas”?. El nuevo C. D. C. protege esta convicción a tal punto que establece una verdadera
presunción de buena fe, dado que la protege aún cuando sea errónea, es decir, también cuando fuera
consecuencia de un error de evaluación atribuible al sujeto agente y no a las circunstancias. Es evidente
que las normas en vigencia hacen prácticamente imposible la aplicación de la excomunión “latæ sen-
tentiæ” a la consagración sin mandato, y que, por lo tanto, una excomunión declarada con menosprecio
de esas normas (cánones 1323 y 1324) debe ser considerada totalmente inválida, y, en consecuencia,
con la nulidad intrínseca de todos los efectos que el Derecho canónico les atribuye.

69
Es la definición del error dada por la doctrina, expuesta por el Commento, pág. 761: “el error, que está en relación con la ignorancia como su efecto, es
un juicio falso con referencia a una cosa”. En cuanto a la ignorancia, es “la falta de ciencia debida, es decir, un estado habitual”. Esta puede ser culpable
(“leve, grave, grosera, pasiva, afectada, o plenamente dolosa”). La ignorancia que "hace desaparecer toda imputabilidad penal es solamente aquella que no
es culpable” (o. c., l. c.).
70
SíSí NoNo, agosto de 1988, págs. 5-6; trad. al francés en “La Tradición excomulgada”, pág. 5-6 (Publicaciones del “Courrier de Rome”).
18
¿Cómo la santa Sede pudo cometer un error de este género en el caso de Monseñor Lefebvre?
¿Hizo tal vez, violando el principio de internis non iudicat Ecclesiæ, un proceso de intenciones a Mon-
señor Lefebvre, que sólo Dios puede hacer?
En realidad, en el famoso Comunicado aparecido en L’Osservatore Romano del 30.6.1988 –
1.7.1988, “con relación a los rumores que circulan en los ambientes de Monseñor Lefebvre, referidos a
la excomunión latæ sententiæ prevista en el canon 1382”, o sea, en relación a la opinión – muy arrai-
gada en ese medio – de que una excomunión debería ser considerada totalmente inválida, parece que
hubiera, en ese comunicado anónimo, tal proceso de intención, porque en él se acusa a Monseñor Le-
febvre, y no de manera velada, de mala fe. Allí se dice, en efecto, que en la circunstancia “no se puede
aplicar el canon 1323” que considera, como se sabe, el estado de “necesidad” como condición eximen-
te de imputabilidad de cisma, por la simple razón de que “también la pretendida «necesidad» ha sido
creada adrede por Monseñor Lefebvre para conservar una actitud de división en la iglesia católica”71.
¿Se puede ser más claro? Y ése que “crea adrede” una situación de estado de necesidad para mantener-
se en una “actitud de división para con la Iglesia católica”, ¿cómo hay que decir que ha obrado: de
buena o mala fe?
Es como si se dijera: ¡Monseñor Lefebvre = nuevo Focio! ¡La mala fe supuesta de Monseñor
Lefebvre, impidiendo la aplicación del canon 1323, justificaría por consiguiente la excomunión! Segui-
damente hay que notar que el Comunicado en cuestión no menciona para nada el canon 1324, que esta-
blece las famosas circunstancias atenuantes aún en presencia de error imputable al sujeto agente. Lo
que hemos llamado importancia subjetiva del estado de necesidad, concebido por el nuevo C. D. C.
para excluir todo proceso de intenciones, se pasa aquí completamente en silencio.
Ciertamente, no podemos creer que las autoridades vaticanas no conozcan el Derecho Canónico.
El silencio sobre el canon 1324 tiene, según nosotros, una razón determinada. En efecto, ¿cómo se pue-
de demostrar la mala fe supuesta de un obispo que creería por error encontrarse en estado de necesidad
y obrara en consecuencia? Es una demostración – lo repetimos – que puede resultar únicamente de un
proceso de intenciones. Y sin embargo, la alusión a la mala fe (“pretendida necesidad creada adrede”)
es completamente clara en el Comunicado. Se sigue de ello que se intentará hacer aparecer la mala fe a
partir de la voluntad cismática atribuida (injustamente) a Monseñor Lefebvre. Las consagraciones de
Ecône – continúa el Comunicado – “realizadas expresamente contra la voluntad del Papa” se pueden
considerar directamente como “un acto formalmente cismático según el canon 751, habiendo [Monse-
ñor Lefebvre] rehusado abiertamente su sumisión al soberano Pontífice y la comunión con los miem-
bros de la Iglesia a él sometidos”72. La voluntad cismática de Monseñor Lefebvre sería entonces la
prueba de la mala fe para invocar el estado de necesidad. Esta tesis contiene en sustancia el dispositivo
de la declaración de condena emitida contra el obispo francés. El punto central del fundamento de la
acusación está dado, pues, por el concepto de cisma.

 Una descripción deformada de las normas vigentes.

Antes de analizar el cisma desde el punto de vista jurídico (lo que será nuestro próximo peldaño
en la exposición de los términos jurídicos de la cuestión), queremos entre tanto, destacar cómo la au-
sencia de mención del canon 1324 citado más arriba, ya transformada en una verdadera constante, llegó
al punto de haber provocado hasta una descripción deformada de una institución del nuevo Derecho
canónico, que equivale a la exclusión de toda circunstancia atenuante posible por parte de la jurispru-
dencia de la Iglesia “conciliar” en su voluntad de perseguir a Monseñor Lefebvre y a aquellos que con

71
“L’Osservatore Romano” cit.
72
Ídem nota anterior.
19
su luminoso ejemplo y el de Monseñor de Castro Mayer, se han mantenido y se mantienen fieles al
dogma.
Nos referimos al dictamen que contiene la ya citada Determinación del Consejo Pontificio para
la interpretación de los textos legislativos, con relación a la validez de la excomunión declarada en su
momento (ver la nota 37 del presente estudio). En esta declaración se expresa, contra la “tesis Mu-
rray”: “De todos modos no se puede razonablemente dudar de la validez de la excomunión de los obis-
pos declarada por el Motu proprio y por el decreto. En particular, la posibilidad de encontrar circuns-
tancias atenuantes o dirimentes sobre la imputabilidad del delito (cánones 1323-1324) no parece ad-
misible. En lo que se refiere al estado de necesidad en que se encontraría Monseñor Lefebvre, es nece-
sario recordar que tal estado debe existir objetivamente [sic] y que la necesidad de consagrar obispos
contra la voluntad del Romano Pontífice, jefe del colegio de obispos, nunca ocurre”73.
Esta declaración proporciona claramente una imagen inexacta de lo que está establecido en el
C. D. C. En efecto, ella afirma que para ese Código, el estado de necesidad “debe existir objetivamen-
te”, mientras que, según el nuevo Código el estado de necesidad, como se ha visto, puede existir tam-
bién subjetivamente. Se da así, una descripción deformada de las normas en vigencia, como si el nuevo
Código considerara el estado de necesidad solamente en su valor objetivo (como para el Código Pío-
Benedictino). Se omiten así esas circunstancias atenuantes, gracias a cuyo legítimo recurso – si la Santa
Sede lo hubiese querido – se habría podido impedir la aplicación de una excomunión no sólo injusta,
sino aún inválida.

3. 7. Cisma o consagración sin mandato.

Todo lo escrito por el prof. Kaschewski, de lo que informamos en los ptos. 3. 1 y 3. 6 – y se


trata de doctrina clara, consolidada e inatacable con relación a la norma vigente – hace ver cómo la
consagración sin mandato pontificio y el cisma son dos figuras delictivas completamente independien-
tes que, en cuanto tales, no se implican una a la otra. Están reguladas en dos diferentes cánones del Có-
digo (canon 1382 para la consagración ilegítima, y canon 1364, inciso 1, para el cisma), aunque la pena
prevista es la misma: la excomunión “latæ sententiæ” (antes de 1951 la ordenación sin mandato era
penada con la sola suspensión “a divinis”: canon 2370 C.I.C. de 1917).
Sin embargo, los documentos que ilustran o declaran la condena de Monseñor Lefebvre contie-
nen todos la acusación de cisma, y de cisma en sentido formal, comenzando con el ya citado comuni-
cado anónimo de “L’Osservatore Romano” del 30.06.1988/ 01.07.1988, publicado dos días antes que
los documentos oficiales de la Santa Sede. En éste se afirma, como se ha visto, que, puesto que a nin-
gún Obispo está permitido consagrar a otro Obispo “si antes no consta el mandato Pontificio” (ex ca-
non 1013), las consagraciones episcopales bien analizadas, ocurridas “no obstante la amonestación del
17 de junio, han sido cumplidas expresamente contra el deseo del Papa con un acto formalmente cis-
mático acerca de la norma del canon 751, habiendo él (Monseñor Lefebvre) abirtamente refutado la
sumisión al Sumo Pontífice y la comunión con los miembros de la Iglesia a él sujetos”. En consecuen-
cia de los cual – se dice – “no se puede ni siquiera aplicar el canon 1323, no habiéndose verificado en
el caso ninguna acción prevista en éste, desde el momento que también la pretendida «necesidad» ha
sido creada a propósito por Monseñor Lefebvre para mantener una postura de división en la Iglesia
católica, no obstante los ofrecimientos de comunidad y las concesiones hechas por el Santo Padre
Juan Pablo II”74.
La declaración oficial de la excomunión por parte del Card. Gantin (1º de julio de 1988) afirma
igualmente que Monseñor Lefebvre “ha realizado por su naturaleza un acto cismático mediante la

73
Puesta a punto del Consejo Pontificio, pág. 529.
74
“L’Osservatore Romano” del 03.07.1988, cit.
20
consagración episcopal de cuatro sacerdotes sin mandato pontificio y contra la voluntad del Sumo
Pontífice”75. También el motu proprio del Papa, Ecclesia Dei Adflicta, del 2 de julio siguiente, condena
las consagraciones de Ecône como “acto cismático”, proveyendo posteriores explicaciones, o sea, las
motivaciones de la medida desde el punto de vista teológico además del canónico, sobre la pauta de lo
que se afirmaba en el Comunicado: “En sí mismo este acto ha sido una desobediencia en confrontación
con el Sumo Pontífice Romano en una materia muy grave y de importancia capital para la unidad de la
Iglesia, dado que se trata de la ordenación de Obispos, mediante la cual se realiza sacramentalmente
la sucesión apostólica. Por ello, dicha desobediencia, constituyendo en sí misma un verdadero rechazo
del Primado Romano (vera repudiatio Primatus Romani), constituye un acto cismático (siguen citas en
nota al can. 751 C.I.C. que define el cisma). Al poner por hecho tal acto a pesar de la amonestación
formal que les hizo el Cardenal prefecto de la Congregación de Obispos el 17 de junio anterior a las
consagraciones, Monseñor Lefebvre y lo sacerdotes [omissis] incurren en la muy grave pena de la ex-
comunión prevista en la disciplina eclesiástica [sigue en nota la cita al canon 1382 que, como sabemos,
prevé la excomunión lataæ sententiæ para las consagraciones sin mandato]76.
Únicamente el comunicado anónimo de L’Osservatore Romano habla expresamente de acto
“formalmente” cismático (no se trata entonces de cisma “virtual”). Como ya se ha dicho, este comuni-
cado suministra la motivación canónica de la condena que aparecería en el mismo periódico dos días
después, el 30 de julio, con la publicación simultánea del Decreto y del Motu Proprio citados. Esto es
entonces de extrema importancia. Hace notorio el motivo por el cual la autoridad vaticana no se ha de-
tenido en aplicar las precisiones previstas en el canon 1323 del C. D. C.: porque Monseñor Lefebvre
había dado vida a un verdadero y propio cisma, en sentido formal. Y cuando nos encontramos frente a
un cisma en sentido formal, es decir, que se manifiesta con la voluntad declarada de él, creando una
“Iglesia” paralela, evidentemente no es posible invocar alguna circunstancia dirimente de la imputabi-
lidad.
Este modo de ver las cosas, abiertamente declarado por la S. Sede, esta imputación de cisma en
sentido formal no ha sido enteramente renegada por el decreto y por el “motu propio”, no obstante que
estos usan el adjetivo “cismático” sin el adverbio “formalmente”.
Además de desobediencia, Monseñor Lefebvre ha sido por consiguiente imputado de cisma en
sentido formal. La una como el otro hacen incurrir al sujeto agente en la excomunión ipso iure. ¿De-
bemos en tal caso pensar que él estuviera incurso en dos excomuniones a la vez? Los “delitos” impu-
tados son dos. ¿Han sido dos actos, uno concerniente a la desobediencia y el otro al cisma?
“No basta la consagración de un obispo para crear el cisma – afirma el decano de la Facultad
de Derecho Canónico del Instituto Católico de París – aún si se trata de una violación grave de la dis-
ciplina de la Iglesia: lo que hace nacer el cisma es el sucesivo conferimiento a ese obispo de una mi-
sión apostólica. De hecho, esta usurpación de los poderes del Sumo Pontífice prueba que se desea
constituir una Iglesia paralela”77. En el mismo tono, el canonista prof. Neri Capponi, de la Facultad de
Jurisprudencia de la Universidad de Florencia, dice que: para consumar un cisma, Monseñor Lefebvre
“habría debido constituir su propia jerarquía”78. La doctrina teológica y canonista es concordante en
pensar que los requisitos esenciales para un cisma en sentido propio o formal consisten: 1. en la nega-

75
“L’Osservatore Romano” del 03.07.1988 cit: “actionem peregit suapte natura schismaticam, quattor presbíteros consecravit episcopos sine Mandato
Pontificio atque contra Sumí Pontificis voluntatem...”. Como ocurre a menudo en la Iglesia actual, el texto en lengua vulgar suministra el auténtico: ...
“habiendo cumplido un acto de naturaleza cismática mediante la consagración episcopal...” (el subrayado es nuestro). El acto cismático es la consagración
episcopal. El P. Murria ha bóxervado que en la amonestación con la cual lo intimaba a no proceder a las consagraciones, el Card. Gantin – que la firmaba –
acusaba a Monseñor Lefebvre de disponerse a violar el (único) canon 1382 (prohibición de la consagración sin mandato); ¡del supuesto significado “cismá-
tico” de su acto, ningún indicio! (The Latin Mass, cit., p. 56).
76
“L’Osservatore Romano” cit.
77
Valeurs Actuelles, del 4.7.1988, pág. 18.
78
Entrevista a The Latin Mass, Verano de 1993, cit.
21
ción expresa del primado pontificio; 2. en la negación de la comunión de los miembros de la Iglesia
sometidos al Papa; 3. en el conferimiento del poder de jurisdicción79.
Los dos primeros requisitos no deben necesariamente concurrir, uno sólo basta. Y si no están
explícitamente confirmados solos o conjuntamente, es suficiente para crear el cisma el acto de conferir
el poder de jurisdicción. Este acto, implicando el establecimiento de una jurisdicción eclesiástica sobre
un territorio determinado, hace nacer una jerarquía propia, creada con aquel acto y por lo tanto distinta
a la de la S. Iglesia y paralela a Ella. Aquí se tiene rompimiento formal de la unidad. Con este acto se
confiere al Obispo elegido la llamada “misión apostólica” o “canónica”. Este es el acto típico del cis-
ma: él manifiesta por sí mismo la negación del primado pontificio y el rechazo de comunión. El solo
acto de desobediencia (una consagración sin mandato) no crea por sí mismo el cisma: no toda desobe-
diencia es cismática, sino sólo aquella que manifieste una voluntad en tal sentido.
En el caso de las consagraciones de Ecône, como todos lo saben, no ha habido sin embargo,
ningún acto de éste género: al acto (por la fuerza de las cosas) desobediente de la consagración no ha
seguido ningún acto con el cual haya sido conferida cualquier “misión apostólica”.
El acto imputado a Monseñor Lefebvre ha sido en términos de ley, uno sólo: las ordenaciones
de Ecône. La excomunión es, por lo tanto, una sola. Pero el hecho de que un único acto haya recibido
dos imputaciones delictivas, diversas entre sí (desobediencia y cisma formal) demuestra que la Primera
Sede ha querido establecer una relación intrínseca entre la consagración sin mandato y el cisma. Para
ser válida desde el punto de vista del derecho canónico esta conexión de las dos diversas imputaciones
(desobediencia y cisma) debe, por lo mismo, encontrar su fundamento en el único acto cumplido por
Monseñor Lefebvre. Dicho de otra manera: en el mandato leído en la ceremonia del 30 de junio de
1988 se debe poder descubrir alguna declaración que justifique la acusación vaticana de haber sido ese
un acto de “naturaleza cismática”. Del texto mismo del mandato leído en Ecône debería resultar
aquel”abierto rechazo” y aquella “vera repudiatio” de la sumisión al Papa y de la comunión con los
miembros de la Iglesia imputados a Monseñor Lefebvre en el ya citado comunicado anónimo de
L’Osservatore Romano y en el motu proprio papal.

3. 8. El mandato de Ecône

Consideremos ahora con la máxima atención este documento. La consagración de Ecône tuvo
lugar sin el mandatum (autorización) del Papa previsto en el C. D. C. Y con todo, un mandato fue leído
durante la ceremonia. ¿Con qué derecho? Con el derecho que surge del estado de necesidad, correcta-
mente entendido:
“¿Tenéis mandato apostólico? – Lo tenemos. – Que sea leído. – Lo tenemos de la Iglesia Ro-
mana, la cual, en su fidelidad a las santas tradiciones recibidas de los Apóstoles, nos ordena transmi-
tirlas fielmente, o sea, transmitir el depósito de la fe a todos los hombres, para la salvación de las al-
mas”80.
Si las autoridades oficiales de la Iglesia actual rehúsan su autorización a una consagración epis-
copal requerida por el estado de necesidad en el cual caen las almas, a las cuales el clero, herido por los
errores del modernismo, no transmiten más el depósito de la fe, es totalmente legítimo pensar que la
“Iglesia Romana”, que se ha constituido y mantenido en diecinueve siglos hasta el Vaticano II exclui-
do, “ordene” a aquellos que se han mantenido fieles al dogma “transmitir fielmente el depósito de la
fe”. ¿Quién ha autorizado, entonces, a Monseñor Lefebvre a consagrar a los Obispos? La Iglesia católi-
ca de siempre, con su Cabeza de siempre, que es Cristo y no el Papa, que no es sino su Vicario pro
tempore. Si el Vicario, si el gerente terrenal se rehúsa a autorizar un acto requerido por la pública y

79
Voz Cisma, redactada por el P. Congar en Dictionnaire de Teología Catholique, t. XIV, col. 1286-1312; col. 1299 ss.
80
Cfr. Fideliter n. 65, sept-oct. 1988, pág. 11. Para el texto latino: Fraternité S. Pie X, Boletín Oficial del Distrito de Francia, del 13.8.1988, n. 10, p. 2.
22
general necesidad totalmente consonante con las intenciones de la Iglesia de siempre, como el repre-
sentado en las consagraciones de cuatro Obispos fieles al dogma, plenamente sometidos a la institución
pontificia y que desean estar en comunión con el Papa, es lícito pensar que Ecclesia supplet iurisdictio-
nem.
Un mandato así concebido parece totalmente legítimo, no sólo desde el punto de vista teológico,
sino también del canónico, justificándose con el estado de necesidad causado a las almas por la falta de
enseñanza del “depósito de la fe”, sustituido por los bien vistos “aggiornamientos” y “sincretismos”
emanados del Vaticano II.
Después de haber declarado la Autoridad que confiere el mandato, el texto de Ecône prosigue
del siguiente modo:
“Puesto que desde el Concilio Vaticano II hasta hoy, las autoridades de la Iglesia Romana es-
tán colmadas de un espíritu modernista, obrando contra la Santa Tradición – «Puesto que les llegará
un tiempo en el que no soportarán la sana doctrina... sino que retirarán el oído de la verdad para vol-
ver a las fábulas» (2 Tim. IV, 3;5), como dice San Pablo a Timoteo en su segunda carta –, creemos que
todas las penas y las censuras infligidas por estas autoridades no tienen ningún valor”81.
Lo que se afirma aquí no es un rechazo al Papa ni un rechazo de comunión con los miembros de
la Iglesia. Y tampoco la negación de la autoridad de la jerarquía actual, en cuanto jerarquía católica
legítima. Más simplemente, se niega validez a las “penas y censuras” infligidas o declaradas por una
autoridad afligida en este momento por el espíritu modernista, y por tanto, profesante de errores y am-
bigüedades graves, tales como para inducir a las almas al error.
En efecto, la autoridad de quien está investido con el poder de gobierno en la Iglesia no debe
entenderse en sentido puramente formal, como autoridad que opere válidamente cualquiera sea la cosa
que haga y diga por el sólo hecho de su investidura, formalmente legítima. No es ésta la concepción
católica de la autoridad, para la cual vale en cambio el principio corruptio legis no est lex. Por lo mis-
mo, no basta que la autoridad sea legítima, es necesario también que sus órdenes sean legítimas y no
contradigan la razón de ser de la autoridad misma: el mantenimiento y la defensa del dogma de la fe.
Si la autoridad se muestra claramente colmada de un “espíritu modernista”, que es espíritu de
herejía, penetrado en la Iglesia, por ejemplo, a través del párrafo 8 de la Constitución Conciliar Lumen
Gentium, que da una definición de la Iglesia contradictoria con lo que la misma Iglesia ha enseñado de
sí por diecinueve siglos, poniendo así a la Iglesia en contradicción consigo misma; si la autoridad legí-
tima demuestra de hecho, en varios actos y declaraciones suyas, haber perdido el sensus fidei, es legí-
timo preguntarse qué valor debe atribuirse a sus decisiones y si éstas deben ser reconocidas como legí-
timas y obedecidas como voluntad de la Iglesia Católica.
La respuesta a la no fácil cuestión nos parece, a pesar de todo, no difícil: deberán tenerse como
“privadas de peso”, y por lo tanto inválidas, todas aquellas providencias que sean tomadas en espíritu
de modernismo, que se muestren por consiguiente, manifiestamente en contradicción con las intencio-
nes de la Iglesia; entiéndase: las intenciones consagradas por el dogma y por la tradición casi bimilena-
ria. Cuando el Papa actual machaca, conforme a la Tradición, la prohibición para las mujeres de ser
ordenadas sacerdotes (L’Osservatore Romano, 30.05.1994), debemos decir que esta providencia es
totalmente válida porque corresponde a la doctrina y a las intenciones de la S. Iglesia de siempre: vali-
dez en el sentido sustancial y no meramente formal. En cambio, cuando el mismo Pontífice declara
estar incurso en la excomunión ipso iure un Obispo fidelísimo al primado romano, cuyo deseo, a causa
del avance de la edad, fue el de consagrar Obispos para mantener viva una Fraternidad Sacerdotal irre-
prensible en cuanto al dogma y a la disciplina eclesiástica, dedicada a la formación de sacerdotes con el
fin de socorrer a las almas en estado de grave necesidad general, entonces hablamos de providencia
inválida en el plano sustancial, prescindiendo de lo formal, que aquí no es examinado (constituido de

81
Fideliter cit. y Boletín cit: “æstimamus omnes pœnas, censuras ab his auctoritatibus prolatas nihil momenti esse”.
23
conformidad a cuanto se establece en los cánones del C. D. C., que excluían de todos modos la posibi-
lidad de una excomunión ipso ire). Inválida, y por consiguiente sin peso, porque tomada según un espí-
ritu modernista, dado que quiere excluir de la Iglesia católica a los defensores de la Tradición, con
imputaciones completamente infundadas, no sólo teológicamente, sino también en cuestión de estricto
derecho, y los quiere excluir por culpables de no aceptar el concepto de Tradición “viviente” (o sea,
modernamente entendido) profesado por Juan Pablo II y otros miembros de la jerarquía actual.
Negar validez a las “penas y censuras” irrogadas con “espíritu modernista” por la autoridad va-
ticana no significa por ello negar la legitimidad de esta autoridad en cuanto tal, y por lo tanto, con esta
negación no se comete cisma alguno. Significa solamente declarar inaceptable e inválido cada acto de
la autoridad que se muestre (y hoy lamentablemente ocurre) contrario a la conservación del dogma de
la fe. Y entre estos actos están seguramente incluidas las “penas y censuras” infligidas a Monseñor Le-
febvre a partir de la supresión del Seminario de Ecône, ilegal desde el punto de vista formal, al extremo
de deber considerarse nula, causada nada menos que por la aversión en la confrontación de la Tradición
y la sana doctrina. Por no hablar de la sucesiva suspensión a divinis, invalida porque no se quiere tener
en cuenta el estado de necesidad en que se hallaba Monseñor Lefebvre como consecuencia de la ilegí-
tima suspensión de Ecône.
La historia por tanto, se repetía, y en el mandato de Ecône no se podía no remarcar la verdad en
forma de un principio general (inválidas las penas y censuras infligidas o declaradas por la autoridad
cuando lo son según la intención de los herejes o sea los neomodernistas, paladines de un concepto
falso de la Tradición), principio que implica en el caso concreto, la invalidez a priori de las “penas y
censuras” ya infligidas o a infligirse o declararse según esa misma intención en confrontación con
Monseñor Lefebvre o los obispos consagrados por él.
Esta intención afectada de modernismo resalta de manera explícita en el motu proprio Ecclesia
Dei Adflicta del 2 de julio, donde se acusa a Monseñor Lefebvre de haber arribado a un acto que podía
considerarse cismático, por no haber comprendido suficientemente “el carácter viviente de la Tradi-
ción”: “quandoquidem non satis respicit indolem vivam eiusdem traditionis”82. Como sabemos, en el
lenguaje del neomodernismo, la tradición “viva” o “viviente”, es la tradición entendida como en la
“Nueva Teología” o neomodernismo, no la tradición tal cual la ha constituido y entendido el Magisterio
de la Iglesia en diecinueve siglos. La “tradición viviente” deriva de un concepto dinámico, en verdad
evolutivo, (deducido del pensamiento moderno, no de la Iglesia), que se aplica al dogma, cuyo conteni-
do ya no es más inmutable sino actualizado a los tiempos. Así, en la Lumen Gentium, en el ya citado
párrafo 8, se ha adaptado el concepto de Iglesia a las exigencias del ecumenismo, negando lo que la
misma Iglesia siempre ha sostenido sobre Ella por diecinueve siglos, y esto es, que la Iglesia católica,
con el vicario de Cristo a la cabeza, es la Iglesia de Cristo y sólo Ella lo es, en tanto que las denomina-
ciones cristianas que, a causa de cisma o herejía se han paulatinamente separado de Ella, no lo son. Un
trastorno similar se quiere hacer creer que esté en armonía con la tradición, haciendo pasar por verda-
dera tradición católica una nueva idea de tradición, “viva”, “viviente” o como se quiera decir, o bien
comprensiva de adaptaciones del dogma a las falsas verdades de los herejes y los cismáticos.
El mandato de Ecône concluye con la motivación explícita, oficial, de la consagración:
“«En cuanto a mí, ya estoy ofrecido en libación, y el tiempo de mi disolución es inminente» (2
Tim., IV, 6). Siento a las almas suplicarme que le sea dado su Pan de Vida, que es Cristo. Por este mo-
tivo, movido a compasión por esta multitud, tengo el deber muy grave de transmitir mi gracia episco-
pal a estos queridísimos sacerdotes, para que puedan también ellos conferir la gracia sacerdotal a
numerosos y santos clérigos, formados según las santas tradiciones de la Iglesia católica. Según este
mandato de la Santa Iglesia Romana siempre fiel, nosotros escogimos a los cuatro sacerdotes aquí

82
L’Osservatore Romano del 03.07.1988, cit.
24
presentes como obispos de la Santa Iglesia Romana para que sean auxiliares de la Fraternidad Sacer-
dotal San Pío X [siguen los nombres de los electos]”83.
Se trata de un texto clarísimo. A causa del estado de necesidad en el que había llegado a encon-
trarse [la Iglesia]84, Monseñor Lefebvre debe “transmitir su gracia episcopal” sin más demora a otros
sacerdote, satisfaciendo las legítimas expectativas de lo seminaristas y de los fieles, para la salvación
de sus almas. A los obispos nombrados por él les ha dado por lo tanto sólo el orden con sus poderes
para que puedan ser “auxiliares” de la Fraternidad.
Monseñor Lefebvre se mostró así coherente con la postura asumida y mantenida por él desde
largo tiempo. En la carta dirigida a los futuros obispos, ya preparada el 28 de agosto de 1987, en la cual
los invitaba a asumir esta grave responsabilidad, se decía de manera explícita que les transmitía sólo la
potestad de orden: “el objeto principal de esta transmisión [de mi gracia episcopal N. D. R] es el de
conferir la gracia del orden sacerdotal para la continuación del verdadero sacrificio de la Santa Misa
y para conferir la gracia del sacramento del crisma a los niños y a los fieles que se lo requieran”85. Por
consiguiente, ninguna jerarquía paralela ninguna potestad de jurisdicción territorial, una jurisdicción
únicamente supplita ad actum, según requerimiento de las ánimas en estado de necesidad.
Todavía más importante, para demostrar la coherencia y buena fe de Monseñor Lefebvre, es
todo lo escrito por él en la carta al Papa del 20 de febrero de 1988, durante las negociaciones para el
acuerdo después no realizado:
“2. La consagración de Obispos para sucederme en mi apostolado parece indispensable [Omis-
sis].
Este punto n. 2 es el más urgente [del borrador del acuerdo N. D. R.] dada mi edad y mi can-
sancio. Hace ya dos años que no he ido a hacer las ordenaciones del Seminario de los Estado Unidos.
Los seminaristas aspiran ardientemente a ser ordenados, pero mi salud no me permite más atravesar
los océanos.
Por ello suplico a Su Santidad resolver esta cuestión antes del 30 de junio de este año.
En las relaciones de Roma y de su sociedad [la Fraternidad S. Pío X, N. d: R.] estos obispos se
encontrarían en la misma situación en la cual se encontraban los obispos misioneros en las respectivas
relaciones de la Propaganda [Fide, N. D. R.] y de su sociedad [Congregación, N. D. R.]. En lugar de
una jurisdicción territorial, tendrían una jurisdicción sobre las personas”86.
De este texto resulta claramente el estado de necesidad (aún personal) en que se encontraba
Monseñor Lefebvre: resulta de hechos precisos, de los impedimentos que la edad y la salud representa-
ban de ahí en adelante para el cumplimiento de sus deberes de apostolado. Pero lo que más nos interesa
es la definición que él da de la jurisdicción de los futuros obispos. Se trata de un concepto nítido, que
no muestra ninguna voluntad de cisma, ni siquiera disimulada. Él se inspira en la figura, admitida en la
costumbre de la Iglesia, del “obispo misionero”: un prelado privado de jurisdicción territorial, con una
jurisdicción sólo sobre las personas, y éstas no serían predeterminadas por la pertenencia al territorio de
una diócesis; pero serían sólo aquellas que de vez en cuando se calificarían frente al obispo como nece-
sitadas de un acto de su poder de orden.
Al proponer esta figura de Obispo al santo Padre, Monseñor Lefebvre se mostraba completa-
mente respetuoso de las competencias y de las exigencias, desde el momento en que no pedía para sus
obispos una competencia que excediera la exigencia a la cual ellos debían corresponder.

83
Fideliter cit, Boletín cit.
84
Aclaración entre [ ] del traductor.
85
Fideliter, número especial del 29-30 de junio de 1988, ciy. El texto de la carta rosigue del siguiente modo: “Los conjuro a permanecer apegados a la
Sede de Pedro, a la Iglesia Romana, Madre y Maestra de todas las Iglesias, en la fe católica e integral, expresada en los símbolos de la fe, en el catecismo
del Concilio de Trento, conforme a lo que habéis sido enseñados en vuestro seminario. Manténganse fieles en la transmisión de esta fe para que el Reino de
Nuestro Señor venga” (subrayado nuestro).
86
La Carta fue publicada en Cor Unum 1988, n. 30, páginas 26, 27, 28.
25
En el mandato de Ecône, Monseñor Lefebvre, ¿se mantuvo fiel a esta posición? Al ciento por
ciento, habiendo conferido a los obispos consagrados por él sólo el poder de orden. Es verdad que los
obispos consagrados en Ecône no pueden considerarse idénticos a los obispos “misioneros”. Por dos
motivos: porque estos últimos reciben su jurisdicción del Papa, y porque ella no se ejercita en estado de
necesidad. Pero bajo el perfil sustancial se puede decir que los obispos “auxiliares” de la Fraternidad
son perfectamente misioneros, porque han recibido (únicamente) una potestad de orden a ejercerse con
una jurisdicción suplida in actu, acto por acto, sobre las personas87.

3.9 Cisma en sentido formal, virtual, desobediencia legítima

Del análisis del mandato leído en Ecône con ocasión de las consagraciones no resulta, por con-
siguiente, ninguna voluntad cismática: la voluntad de instituir una jerarquía paralela no se transparenta
de manera alguna ni de las palabras ni de las acciones de Monseñor Lefebvre, y se sabe que, a conti-
nuación de las ordenaciones, él no ha conferido jamás alguna “misión canónica” (y se sabe igualmente
que los cuatro obispos que consagró nunca se han comportado, en estos diez años, como si fueran titu-
lares de Diócesis).
La acusación de cisma en sentido formal contenida en los documentos del Vaticano, se basa,
por fuerza, solamente en el texto del mandato de Ecône, y sobre el acto que representa. Lo que significa
que el acto de la consagración, cumplido (por necesidad) contra la voluntad expresa del Papa, ese acto
de desobediencia, ha sido considerado cismático en cuanto tal, en contra de los principios aceptados,
según los cuales, como se ha visto, hay que distinguir siempre entre la desobediencia y el cisma. Esto
resulta claramente del decreto del Cardenal Gantin, quien habla de acto por su naturaleza cismático, y
del motu proprio Ecclesia Dei, ya citados. Para este último, la consagración sin mandato es en sí misma
un acto de desobediencia (“in semetipso talis actus fuit inobedientia adversus R. Pontificem”); con to-
do, esta desobediencia, refiriéndose a una materia muy grave, que atañe a la unidad de la Iglesia en la
sucesión apostólica, comporta (infert) un verdadero rechazo (vera repudiatio) del Primado Romano, y
por este motivo se debe considerar un acto cismático: “Quam ob rem talis inobœdentia actum schisma-
ticum efficit”: “por este motivo (porque niega la unidad de la Iglesia: n.d.l.r.) esta desobediencia se tra-
duce en un acto cismático”.
El sentido del texto parece muy claro: esta desobediencia implica – a causa de su gravedad –
una negación del primado de Pedro, pone en discusión la unidad de la Iglesia, debe ser considerada
cismática. Es, en suma, la cualidad atribuida a la desobediencia lo que la hace considerar como cismá-
tica. Nos encontraremos entonces frente a un acto cismático en sentido objetivo, que se revelaría tal por
la sola cualidad supuesta del acto (que en sí mismo no es cismático), aún en ausencia de declaraciones
de voluntad y de actos ulteriores, necesarios para la existencia del cisma en sentido formal.
Parece casi superfluo señalar que ese concepto de cisma es totalmente desconocido por el dere-
cho canónico como por la teología. La Santa Sede habría, por consiguiente, innovado con relación al
derecho vigente, aplicando contra Monseñor Lefebvre una noción de cisma en sentido formal que no es
la admitida por la doctrina ni por el Código. Y esta nueva noción de cisma es inaceptable porque no
hace distinción entre desobediencia y cisma – y por lo tanto, entre desobediencia legítima e ilegítima –
interpretando, como de hecho lo hace, un acto de desobediencia como un acto en sí mismo cismático.

87
Los obispos consagrados como “auxiliares” de la Fraternidad no entran tampoco en la categoría del obispo “auxiliar”, sin derecho de sucesión (canon
403 §1 del C. D. C. vigente). Estos últimos gozan de la potestad de jurisdicción sobre el territorio de la diócesis, estando colocados “a latere” del obispo
diocesano cuando “no puede personalmente cumplir todos los oficios episcopales, como exigiría el bien de las almas” (Commento cit. pág. 241). Se recuer-
da también que jurisdictio in actu supplita no es idéntica a la in actu expedita, según el n. 2 de la nota previa intencionada, en la Lumen Gentium, resultan-
do esta última siempre de una misión canónica. Lo que justifica la jurisdiccio supplita in actu es especialmente el estado de necesidad, en particular en el
caso de errores graves y herejías que sean difundidas públicamente, y también y sobre todo a causa de la renuncia de la autoridad de la Iglesia oficial. En
una situación similar, la necesidad grave de muchos (porque corren grave peligro – y esto es suficiente – de ser seducidos por el error) está equiparada por
la doctrina unánime a la necesidad extrema de cada uno (la cual se puede dar en peligro de muerte).
26
Pero, ¿puede existir un cisma en sentido puramente objetivo?, es decir, ¿puede haber un cisma
en ausencia de una voluntad declarada en ese sentido y faltando la intención de una jerarquía paralela,
mediante una “missio canónica “ilegítima”? Ningún canonista y ningún teólogo admitirían la existencia
de un cisma así concebido. Es cierto que el Código de Derecho Canónico, no define el acto cismático
específico sino únicamente el concepto de cisma, refiriéndose en sustancia a Santo Tomás, pero esto no
significa que la Santa Sede pueda literalmente inventar una nueva categoría de acto cismático que ade-
más es opuesto a lo que la doctrina ha sostenido siempre.
Naturalmente, el Papa, legislador supremo y primer doctor de la Iglesia, tiene el poder de inno-
var en lo que respecta al Código. Sin embargo, él debe decirlo, es decir, que debe establecer una nueva
forma de delito (el cisma objetivo o la desobediencia sólo objetivamente cismática, si se puede así de-
cir) con los procedimientos oportunos; no se puede introducir “de contrabando”88 como si se tratara de
la mera aplicación del derecho vigente. El hecho de que el Código no defina el acto cismático no signi-
fica que la autoridad suprema pueda establecer, de hoy para mañana, y sin crear nuevas normas ( y por
consiguiente sin asumir las responsabilidades legislativas de ello), que un acto determinado deba consi-
derarse cismático “por su naturaleza”; significa, al contrario, que el Código remite, para la determina-
ción del acto cismático, a la doctrina consolidada – canónica y teológica – y a la práctica de la Iglesia
en el curso de los siglos. Y la autoridad suprema no puede ignorar esa remisión sin caer en la acción
arbitraria.
¿Cuál es entonces la noción “consolidada” de cisma en sentido formal? El Código de Derecho
Canónico en el canon 751 tantas veces citado, define el cisma como “la sustracción a la sumisión al
Soberano Pontífice o a la comunión con los miembros de la Iglesia que les están sometidos”89.
El cisma consiste, pues, en sustraerse a la sujeción al Papa o a la comunión con los miembros de
la Iglesia que le están sometidos. Esta sustracción da vida a una separación del cuerpo de la Iglesia y
representa una ruptura a su unidad. Conviene señalar que, en el plano conceptual, se puede tener tam-
bién un cisma sustrayéndose sólo a la comunión con los miembros de la Iglesia que están sometidos al
Papa sin sustraerse al mismo tiempo a la sujeción al Papa o viceversa. El pecado de cisma es contra la
caridad, porque “directe et per se opponitur unitati”, dado que no de forma accidental sino por su natu-
raleza “intendit se ab unitate separare quam caritas facit” (trata de separarse de la unidad que la cari-
dad produce). Los cismáticos son aquellos que, violando el mandamiento de la caridad, se separan de la
Iglesia “propria sponte et intentione” (por propia voluntad e intencionadamente). Y la unidad de la
Iglesia debe entenderse de dos maneras unidas entre sí: “en la conexión recíproca de los miembros de
la Iglesia” y “en el hecho de que Cristo “es la cabeza del cuerpo de la Iglesia” (Col. II, 18). El Jefe “es
el mismo Cristo, cuyo vicario es el Soberano Pontífice”. Es por ello que “son llamados cismáticos los
que rehúsan estar sometidos al Soberano Pontífice y también estar en comunión con los miembros de
la Iglesia a él sometidos”90 dice Santo Tomás. Él nos da, pues, el concepto de cisma tal como lo encon-
tramos todavía hoy en el Código de Derecho Canónico.
El cisma es un tipo particular de pecado (peccatum speciale), que exige requisitos propios. No
puede ser reducido a la desobediencia como tal, como querrían algunos, estando ésta última en la base
de todo pecado: “en todo pecado el hombre desobedece los preceptos de la Iglesia, dado que el pecado,
como dice San Ambrosio, es «desobediencia hacia los mandamientos del Cielo». Entonces todo pecado
es cisma”91. En su refutación a tal objeción, Santo Tomás nos lleva hacia el razonamiento siguiente
inobjetable: en la desobediencia que da vida al cisma debe haber “rebelio quædeam”, debe manifestar-
se una rebelión, la cual debe resultar del hecho de “despreciar obstinadamente las enseñanzas de la
Iglesia y rehusar someterse a su juicio. En todo pecado no hay esta actitud. Por lo tanto no todo peca-
88
N. T.: el texto original italiano dice “non può contrabbandarla”.
89
Comentario cit., p. 473.
90
Suma Teológica II-II, q. 39, a. 1.
91
Ídem nota anterior, segunda objeción.
27
do es cisma”92. Por consiguiente, el cisma es pecado “especial” o particular o específico – como se
quiera – que no puede ser asimilado a otro pecado, de acuerdo con el principio que afirma que en todo
pecado hay una desobediencia. Para Santo Tomás, el cisma debe ser caracterizado por la “rebelión”.
Expresándose en una “rebelión”, se trata de desobediencia ilegítima (si la desobediencia es legítima,
entonces ya no hay rebelión). El pensamiento teológico medieval (y más allá) es concorde con este
punto: “Los teólogos de la Edad Media, por lo menos los de los siglos XIV; XV y XVI, adhieren a po-
ner de relieve que el cisma es una separación ilegítima de la unidad de la Iglesia; de hecho, afirman
que podría haber una separación legítima, como en el caso de aquél que rehuse obedecer al Papa si
éste le ordena una cosa mala o injusta (Turrecremata)”93. En este caso, como en la excomunión injusta
“habría una separación de la unidad puramente exterior y putativa”94.
La doctrina ha elaborado, pues, el concepto de cisma como rechazo ilegítimo de sumisión y de
comunión. Ese rechazo se caracteriza por un acto (o actos) en el cual (o los cuales) se manifiesta cate-
góricamente una desobediencia ilegítima (rebelión) hacia la autoridad, se manifiesta claramente la in-
tención del sujeto agente de negar concientemente la sumisión y la comunión sobre las cuales se funda
la unidad de la Iglesia. En otro caso, el cisma es virtual, es decir, está presente en la intención pero no
todavía realizado en la acción, no concretado en una separación efectiva. Y puede ya constituir un pe-
cado, aun si no recae en el cuadro de las normas del Código de Derecho Canónico.
Con la noción de cisma virtual no sólo se entiende la actitud o la intención del cismático en po-
tencia, sino también un comportamiento que revela objetivamente una no-participación en la comunión
con los miembros de la Iglesia aún en ausencia de cisma efectivo en sentido formal. Este comporta-
miento, que muestra una separación de hecho, revelaría una situación de cisma virtual. Según el P. Mu-
rray, en la citada entrevista a The Latin Mass, esa sería la situación de los sacerdotes de la Fraternidad y
de los católicos que frecuentan la Misa tridentina en las iglesias y capillas de la Fraternidad. Ellos no
pueden definirse como cismáticos en sentido formal (el P. Murray niega – lo hemos dicho – que Mon-
señor Lefebvre pueda ser considerado cismático en sentido formal), pero sin embargo, deberían ser
considerados como separados de la Iglesia oficial y por consiguiente, cismáticos en sentido virtual,
canónicamente no condenables pero teológicamente reprensibles95.
Como veremos, esta apreciación es para nosotros totalmente errónea. Es necesario recordar, por
el contrario, que el concepto de cisma virtual se emplea también en otro sentido, en conexión con la
herejía. Ésta es pecado contra la fe, mientras que el cisma es pecado contra la caridad, y no obstante se
implican uno al otro96. Así, se podrá profesar un error doctrinal grave que en sí mismo implica una se-
paración virtual de la Iglesia. Esa es, en sustancia, la acusación dirigida por Monseñor Lefebvre a la
jerarquía que lo excomulgaba como cismático: afectada por herejías neo-modernistas, la jerarquía ac-
tual debe considerarse como virtualmente excomulgada porque los modernistas han sido formalmente
excomulgados por San Pío X97. Aplicando este concepto, debemos decir que, en tanto afectada por un
grave error en lo que respecta a la exacta noción de Iglesia (nos referimos de nuevo al párrafo 8 de Lu-

92
Ídem n. a. Cfr. “Diccionario de Teología Católica”, palabra “Cisma”, col. 1304.
93
“Diccionario..”, cit., voz “Cisma”, col. 1302, Ver también publicaciones del “Courrier de Rome”, “Ni cismáticos ni excomulgados”, pp. 20-21.
94
“Diccionario de Teología Católica”, voz “Cisma”, ídem.
95
“¿Son cismáticos en espíritu? Para mí algunos lo son, según lo que he leído” (“The Latin Mass”, cit. p. 4; “...[la Fraternidad, n.d.r.] puede ser de hecho
un movimiento cismático, aunque no punible en los términos del derecho canónico...” (ídem, p. 5). La acusación de cisma virtual parece evidente.
96
Suma Teológica, II-II, q. 39, a. 1 cit.
97
“No somos nosotros sino los modernistas quienes salen de la Iglesia. En cuanto a decir «salir de la Iglesia VISIBLE», es equivocarse asimilando Iglesia
oficial e Iglesia visible... Nosotros bien reconocemos al Papa su autoridad, pero cuando él se sirve de ella para hacer lo contrario de aquello para lo cual le
fue dada, es evidente que no se lo puede seguir... ¿Salir, pues, de la Iglesia oficial? En cierta medida, sí, evidentemente. Todo el libro de Jean Madiran La
Herejía del siglo XX es la historia de la herejía de los obispos. Es necesario entonces salir de ese ambiente de obispos, si uno no quiere perder su alma”.
(Fraternidad San Pío X Boletín Oficial del Distrito de Francia n. 29 del 29.9.88, pág. 7; Monseñor Lefebvre, “La visibilidad de la Iglesia en la situación
actual”, págs. 7-9). Y además: “somos condenados por personas que están condenadas y que deberían ser condenadas públicamente... Declaración de
cisma: ¿con quién, con el Papa sucesor de Pedro? No, ¿cisma con quién? Con el Papa modernista, sí, cisma con las ideas que el Papa defiende por doquier,
las ideas de la Revolución, ideas modernas, sí. Estamos en cisma con eso. No lo aceptamos ciertamente” (Fideliter, número especial del 29-30/junio/1988,
cit, pág. 18).
28
men Gentium), error que rompe de por sí la unidad con la doctrina enseñada durante casi veinte siglos
por la Iglesia sobre la Iglesia, la jerarquía actual se ubica fuera de la Iglesia de siempre, se ponen en
una posición de cisma virtual.
Dejemos de lado ahora el cisma en sentido virtual y volvamos al punto decisivo para el concep-
to de cisma en sentido formal: la noción de acto cismático. Resumiendo a Santo Tomás, Congar lo es-
boza como sigue: “El acto cismático es entonces ese mal acto que tiene directa, precisa y esencialmen-
te como objeto específico una cosa contraria a la comunión eclesiástica, es decir, a la unidad que, en-
tre los fieles, es el afecto particular de la caridad. Un acto, en efecto, se caracteriza por el objeto hacia
el cual tiende en sí, por el hecho mismo de lo que él [el acto, n.d.r.] es. Un acto mostrará entonces la
cualidad de acto cismático cuando, por su misma naturaleza, tienda a la separación para con la uni-
dad espiritual fruto de la caridad”98.
El acto cismático es, por consiguiente, y no puede no serlo, el que tiene como propósito “direc-
ta, propia y esencialmente” (no se habla, pues, de una aproximación indirecta) la ruptura de la unidad
eclesiástica. Y para que se pueda decir que un acto tiene ese propósito, es necesario un signo seguro,
dado no por la desobediencia como tal, sino por la “voluntad de constituir por su cuenta una Iglesia
particular” según la límpida fórmula de Santo Tomás: “dicuntur enim schismatici qui concordiam non
servant in Ecclesiæ observantiis, volentes per se Ecclesiam constituere singularem”99. No basta “no
conservar la concordia”, la sola desobediencia tampoco es suficiente, es necesaria la voluntad manifies-
ta de constituirse como Iglesia separada. El acto cismático por excelencia no será entonces aquel que se
limita a la simple desobediencia (como una consagración sin mandato); será, por el contrario, aquél que
instituya la jerarquía de una Iglesia paralela con la missio canonica. Este acto apunta seguramente a la
“separación de la unidad espiritual fruto de la caridad”. He aquí un signo certísimo. Con este acto se
tiene el cisma en sentido formal porque con él uno se sustrae formalmente a la sumisión al Papa negan-
do su autoridad como soberano Pontífice, es decir, como jefe de la Iglesia universal: “ut summus pon-
tifex”100. Como lo hizo el desdichado Enrique VIII de Inglaterra, quien se puso libremente como jefe de
una iglesia nacional pretendida “católica”, con su propia jerarquía nombrada por él, después de haber
rebajado (¡!) la autoridad del Papa a la de simple obispo de Roma (sesión del Parlamento inglés del 3
de noviembre de 1534).
Sin el acto cismático, sin la “missio canonica”, no puede haber cisma en sentido formal. ¿Y
cuándo puede haber cisma en sentido virtual? Seguramente no cuando se tiene una separación exterior
impuesta por la necesidad: es necesario que haya una efectiva voluntad de cisma todavía no realizada.
Y este no ha sido ciertamente el caso de Monseñor Lefebvre, de sus sacerdotes y de los fieles que fre-
cuentan la “Santa Misa de siempre” en los lugares de culto de la Fraternidad. Contra la opinión del P.
Murray, sostenemos que es totalmente inexacto hablar respecto de ellos, de cisma en sentido virtual.
Faltan de su parte los signos de cualquier voluntad de cisma: la separación no expresa una voluntad de
ese tipo sino que es impuesta por el estado de necesidad. No es deseada, pero es sufrida. Es el precio a
pagar para poder celebrar una Misa no ambigua (como por el contrario lo es la misa de Pablo VI), segu-
ramente católica, que conserva el rito romano que se remonta a los primeros siglos del Cristianismo, y
para poder administrar los sacramentos, como por ejemplo la confirmación, con un rito ciertamente
católico. Es el precio que se debe pagar para asistir a esta Misa y poder recibir esos sacramentos. Es el
precio a pagar por ser fieles a la Iglesia de siempre.
Es una separación de hecho de la Iglesia oficial, provocada por esta última, porque ella impide a
los que lo desean el poder celebrar y frecuentar la santa Misa Tridentina sin deber previamente recono-
cer, contra su conciencia, la “rectitud doctrinal” del rito protestantizado de Pablo VI y porque el am-

98
Diccionario de Teología Católica, voz “Cisma”, cit. col. 1299-1300.
99
Citado en el Diccionario.., voz “Cisma”, col. 1301 [el texto está tomado del Comentario al libro IV de las Sentencias, Dis. 13, q. 2, a. 1, a.2; n d. t.].
100
Ídem nota anterior, col. 1304.
29
biente de la sociedad eclesiástica oficial y de los mismos fieles está gravemente corrompido por el mo-
dernismo en todas sus diversas formas – teológicas, morales, políticas – al punto de poner en grave
peligro la fe del católico que fuera obligado a frecuentarlo (ver §1 del presente trabajo; o “Courrier de
Rome”, julio/agosto de 1999). Un católico que considere la salvación de su alma como la cosa más im-
portante para él, y que no puede en consecuencia, tener nada que hacer con los sacerdotes de la jerar-
quía actual, ni con los laicos que gravitan a su alrededor, siendo su fe corrompida o, en el mejor de los
casos, incierta, a ese católico, coaccionado por un estado de necesidad monstruoso que le hace vivir en
un régimen tal de separación, ¿deberemos definirlo como un cismático virtual?
Si él es cismático virtual, entonces también eran cismáticos virtuales aquellos que se mantuvie-
ron separados de los arrianos cuando éstos estaban en posición dominante en la Iglesia oficial de la
época. Se deberá también considerar a San Atanasio como un cismático virtual. Y que esta separación
existió, aún en ausencia de un nuevo rito de la Misa, lo prueba la famosa frase que está allí para reve-
lárnosla, y que es también un grito de batalla: “Ellos (los arrianos) tienen las iglesias, nosotros tenemos
la fe”.
Ningún cisma virtual, pues, para los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X y para sus fieles que
escuchan sus enseñanzas en sus sermones, los ejercicios espirituales, los catecismos, y que se benefi-
cian con su ministerio. Su posición es simplemente la de quien, a causa del estado de necesidad, está
constreñido a una momentánea desobediencia legítima.
Es, de hecho, una desobediencia legítima desobedecer la orden implícita y explícita de conside-
rar doctrinalmente correcto el Concilio Vaticano II, comportándose en consecuencia; y también des-
obedecer la orden de frecuentar la misa de Pablo VI, protestantizante, y por consiguiente, no desagra-
dable a los herejes ni aún a los no cristianos. La desobediencia legítima siempre ha sido admitida por
los teólogos cuando la autoridad católica legítima ordena hacer cosas contrarias a la fe, o que, de toda
forma, ponen en peligro la salvación del alma. Hemos recordado el muy alto punto de vista de Turre-
cremata. Y que la “separación motivada en las orientaciones de la jerarquía pro tempore”, que están en
contradicción con el magisterio de siempre no equivale de ninguna manera “a la separación con la Igle-
sia” (sino sólo a la separación del error desgraciadamente profesado por la jerarquía pro tempore), ha
sido ampliamente repetido e ilustrado en nuestro ya citado artículo “Ni cismáticos ni excomulgados” al
cual remitimos101.
Esta desobediencia es seguidamente concebida por los que están obligados a practicarla, como
una desobediencia temporaria, porque es impuesta por el estado de necesidad, que durará tanto como
dure la crisis de la Iglesia. Y un día (es de fe: “portæ inferi non prevalebunt”) la crisis terminará, la
jerarquía volverá a la sana doctrina, y el estado de necesidad desaparecerá con su deber de desobedecer
las órdenes ilegítimas de la autoridad formalmente legítima.

3.10. El cisma imaginario

El cisma declarado contra Monseñor Lefebvre no entra pues en ninguna categoría conocida y
reconocida de cisma. Este no es cisma en sentido formal; no puede existir en el sentido virtual. El juicio
de condenación de la Santa Sede está construido sobre una seudo-categoría tanto en el plano teológico
como en el jurídico. Nos encontramos frente a un auténtico monstruo.
Pero no tiene buen arbitrio quien no busca darse una apariencia de buen derecho por medio de
algún razonamiento que parezca tener un fundamento. En nuestro caso ¿cuál puede haber sido el razo-
namiento? Pueden haber sido dos:
1) Primer razonamiento. Puesto que en la base del nuevo concepto de colegialidad aprobado por
el Concilio Vaticano II se debe considerar que los obispos, en el acto de su consagración reciben tam-

101
Art. cit., págs. 99 y ss., 16 y ss., 22 y ss.
30
bién, simultáneamente, el poder de jurisdicción (cn. 375 §2 del Código de Derecho Canónico vigente),
se sigue que una consagración sin mandato sería ipso facto cismática. De hecho, en las consagraciones
sin mandato, el sujeto agente les conferiría ipso facto, sin mandato también, el poder de jurisdicción102.
Pero si se da también el poder de jurisdicción, entonces hay cisma. La ausencia de atribuciones del po-
der de jurisdicción por parte de Monseñor Lefebvre no habría logrado entonces evitar objetivamente el
cisma, a causa de lo prescripto en el canon 375 §2 citado.
Este argumento es totalmente inaceptable. ¿Cuál es, de hecho, la lógica del canon 375 §2? Con-
tiene dos proposiciones, una principal y una relativa, que depende de la principal. La principal declara:
“Los obispos reciben en la misma consagración, con el oficio de santificar, igualmente los oficios de
enseñar y gobernar”103.
La disputa plurisecular de saber si en el acto de su consagración el obispo recibe también ipso
facto el poder de jurisdicción, parece haber sido resuelto por el presente Código de Derecho Canónico
en sentido favorable a las tesis que sostienen el ipso facto. En esto, el Código ha aplicado expresamente
las directivas del Concilio Vaticano II, tales como resultan de Lumen Gentium §21 y del Decreto Chris-
tus Dominus §23104. El texto del §21 de la Lumen Gentium es repetido textualmente por el Código. No
obstante, el canon prosigue con la siguiente proposición relativa que está también en los textos del
Concilio: “los cuales (oficios, n.d.r.) sin embargo, por su naturaleza, no pueden ser ejercidos sino en
comunión jerárquica con el jefe y con los miembros del Colegio”105. El texto distingue entonces, entre
los poderes recibidos con la consagración, y su ejercicio. Aquí hay una diferenciación tradicional, la
que existe entre la “titularidad” de un derecho (= poder) y su ejercicio106. ¿Y cómo debe realizarse este
ejercicio? ¿Sería dejado a la libre determinación del obispo consagrado, de modo que no haya necesi-
dad de algún acto que lo autorice? No. El ejercicio de los “munera” episcopales debe llegar “en comu-
nión jerárquica con el jefe y con los miembros del Colegio”, es decir, en comunión con el Papa y los
miembros del Colegio de Obispos. Esto significa prácticamente, como se recuerda en la nota previa a
la Lumen Gentium, que esos poderes pueden ejercerse solamente “iuxta normas a suprema auctoritate
adprobatas”. Lo que significa que la comunión es “jerárquica”, y requiere para su realización el respeto
de las competencias garantizadas por la missio canonica, reclamada expresamente en el §24 de la Lu-
men Gentium.107.
No discutiremos aquí el mérito de la concepción semiconciliarista (y por tanto errónea) de la
colegialidad que el Concilio Vaticano II ha intentado introducir 108. Lo que nos interesa ahora, es poner
de relieve el siguiente punto: el poder de jurisdicción del obispo también tiene siempre necesidad de la
missio canonica para ser ejercido – missio que no ha sido para nada abolida por el nuevo Código – lo
que significa que la missio es siempre indispensable para la institución de una jerarquía. Y dado que el
cisma en sentido formal consiste, como lo hemos visto, en separarse para instituir la jerarquía de una
Iglesia paralela, para que haya cisma es necesaria siempre una “missio canonica” ilegítima. Con el ré-
gimen establecido por el Concilio Vaticano II la calificación de “missio canonica” está cambiada: de
acto que confiere un poder (de jurisdicción) se ha convertido en acto que confiere el ejercicio de un

102
La tesis es recordada en A Rome and Ecône Hand Book, Holy Cross Seminary, 1997.
103
Commento, cit., pág. 226.
104
El punto es recordado en Commento, cit., pág. 226-227. Ver también la cuestión en la nota previa a la Lumen Gentium, n.2. Sobre la disputa plurisecu-
lar, cfr. Diccionario de Derecho Canónico, voz “Obispos”, col. 569 y ss, col. 571-574. Para una defensa de la posición adoptada por el Concilio Vaticano II
y el nuevo Código de Derecho Canónico, ver: W. Bertrans, El poder pastoral del Papa y los Obispos. Premisas y conclusiones teológicas-jurídicas. Her-
der, 1967, p. 8, 19, 25.
105
Comentario, cit., pág. 226.
106
“Aún admitiendo la comunicación inmediata por Cristo, se reconoce que la jurisdicción episcopal depende, en su ejercicio, del poder supremo del
Papa, quien puede determinar su alcance, suspenderla y limitarla” (Diccionario de Derecho Canónico cit., col. 572).
107
Nota previa a la Lumen Gentium, n. 2, en “Documentos del Concilio Vaticano II”, texto latino-italiano, Padua, 1966, pág. 278.
108
Remitimos para esto a “La Tradición contra el Concilio. La apertura a la izquierda del Vaticano II”, de F. Spadafora (Roma, año 1989, págs. 177 y
ss).
31
poder, el cual estaría ya intrínsecamente presente en el obispo “ex consagratione” (por el hecho de la
consagración). Pero en lo que corresponde al concepto de cisma nada cambia por que la “missio” sigue
siendo siempre el acto cismático por excelencia, confiriendo ella sola el ejercicio de ese poder de juris-
dicción gracias a la cual toma forma una jerarquía paralela. Entonces, en ausencia de este acto, como en
el caso de las consagraciones efectuadas por Monseñor Lefebvre, aún desde el punto de vista del orde-
namiento en vigencia no hay cisma.
Y llegamos al segundo razonamiento posible. 2) Las condenas declaradas contra Monseñor po-
nen de relieve cómo, más allá de haber obrado sin mandato, él habría procedido contra la voluntad
expresa del Papa, quien el 29 de junio de 1988 le había pedido “paternal y firmemente” aplazar las
consagraciones. Una ordenación sin mandato no es necesariamente contra la voluntad del Papa. Si hay
un estado de necesidad a causa del cual no es posible obtener el mandato, se puede proceder a la consa-
gración confiando en el hecho de que el Papa aprobará post factum. Esto es lo que ha pasado con los
obispos ordenados en la clandestinidad bajo los regímenes comunistas.
En el caso de las consagraciones de Ecône se produjo el hecho, más que raro, de una invitación
(en realidad una advertencia) del Papa para no hacerlas, advertencia comunicada la víspera de la fecha
ya fijada para la ceremonia. Es por ello que, respecto de Monseñor, pesa la doble acusación de haber
actuado no sólo sin autorización, sino también contra la voluntad formal del Papa. Esta manera de ac-
tuar también contra la voluntad formal del Papa, ¿influye en la determinación de la naturaleza delictuo-
sa del hecho reprochado a Monseñor? Parece que no precisamente. En lo que corresponde a la desobe-
diencia tampoco parece que para el Código de Derecho Canónico esto constituya una circunstancia
agravante. Y de hecho, con relación a la “desobediencia” de Monseñor, nada ha sido invocado además
del canon 1382 (muchas veces citado, y que pena la consagración sin mandato). Uno se pregunta pues,
si el hecho de haber obrado contra la voluntad del Papa puede haber hecho que la acción en sí misma
haga un tal cambio brusco de cualidad, que le confiera la naturaleza de acto cismático. Este podría ha-
ber sido el “razonamiento”. Se habría creado así una nueva forma de cisma (¡mediando la declaración
de una censura ipso iure!) que se revelaría así formada, o, mejor dicho, armada 109: 1. por la consagra-
ción sin mandato + 2. contra la voluntad expresa del Papa. Y es precisamente semejante monstruosidad
jurídica y teológica la que ha sido insinuada en el espíritu de los fieles sencillos: “¡él ha desobedecido
la voluntad expresa del Papa; luego es cismático!”.
El hecho de que, además de la ausencia de mandato, haya habido también una voluntad negativa
expresada por la autoridad competente, no cambia la cualidad del acto delictivo, que sigue siendo
siempre un acto de desobediencia, por su naturaleza, no cismático. No es por nada que el Código – esto
no debe ser olvidado jamás – lo contiene en un canon muy diferente del que establece la pena por el
cisma, y que la unión entre las dos formas no es posible sobre la base de otros cánones, según el princi-
pio de la interpretación sistemática110. Lo que hace convertirse en cismática a la consagración no es,
como debería en adelante ser claro, la ausencia de un mandato sino su conjunción con una “missio ca-
nonica” ilegítima. Y no lo es una declaración de la autoridad competente, quien, al lado de la ausencia
del mandato, manifiesta también que la voluntad de aquél que debía acordarla es contraria. La presen-
cia de esta declaración de voluntad puede constituir como máximo, una circunstancia agravante para el
sujeto desobediente, pero sólo en el fuero interno, desde el punto de vista moral, desde el momento en
que el Código de Derecho Canónico no la considera entre las circunstancias agravantes posibles (en
todo caso, ello podría considerarse una circunstancia agravante si se tratase de infligir penitencias).
Luego, en el caso de Monseñor Lefebvre, no creemos que se pueda admitir la existencia de una
circunstancia agravante de éste género, desde el momento que se obraba en estado de necesidad. El

109
N.T: el original italiano dice textualmente “...che resulterebbe cosi composta o per meglio dire composita...”, cuya traducción resulta difícil en caste-
llano, siendo el primer sentido que está formada por elementos homogéneos (composér, en francés) y el segundo, formada por elementos heterogéneos
(compositer, en francés).
110
El hecho ha sido recordado con vigor por el Padre Simoulin, en Valores actuales, cit. (ver nota 78 del presente trabajo).
32
estado de necesidad hace justicia a toda circunstancia agravante de este tipo, porque la falta de voluntad
de la autoridad legítima (lo que el profesor Amerio llama desistencia sistemática) para cumplir deter-
minados actos necesarios para la conservación de la sana doctrina y la salvación de las almas, es en un
determinado sentido, precisamente, la causa mayor de la necesidad en la cual el prelado fiel al dogma
llega a encontrarse (fiel al dogma y con responsabilidades puntuales respecto de las almas de los semi-
naristas, los sacerdotes y los fieles). Que esa falta de voluntad en la autoridad sea implícita o manifies-
ta, o bien que se exprese bajo forma de prohibiciones, es irrelevante en lo que respecta a la acusación
imputada a Monseñor. Se trata siempre de simple desobediencia, realizada, sin embargo, por causa de
fuerza mayor y, por consiguiente, no imputable.
En todo caso, el hecho de que sea manifestada bajo la forma de prohibición de un acto en sí
legítimo y necesario para la salvación de las almas, no puede haber dado lugar en manera alguna a una
nueva figura de cisma en sentido formal.
De la circunstancia excepcional en la que Monseñor Lefebvre ha debido actuar aún contra la
voluntad expresada por el Papa, se han querido extraer a todo precio consecuencias indebidas. De he-
cho, se ha querido sostener que su acto, precisamente por esta circunstancia excepcional, no se limitó a
violar sólo la “ley eclesiástica” sino que ha representado una “ruptura de la tradición”. Razón por la
cual debería ser considerado como “intrínsecamente malo”, y, por lo tanto, totalmente “injustificable”.
Monseñor Lefebvre se habría hecho culpable “del acto intrínsecamente malo de una consagración epis-
copal contra la voluntad del Papa”111. Si estas afirmaciones correspondieran a la verdad, estaríamos en
presencia de un nuevo tipo de delito, derivado de una interpretación completamente nueva de la catego-
ría de los “actos intrínsecamente malos”. Pero se trata de una interpretación insostenible. En realidad, la
teología moral nos enseña que el acto intrínsecamente malo es aquél que está prohibido porque es malo
y no malo porque está prohibido. Se trata de un acto que es un mal en sí mismo según la “ley natural
negativa” que prohíbe hacer, aún con peligro de su vida “quod in se et intrinsecus malus est”, lo que en
sí e intrínsecamente está mal. Por ejemplo: blasfemar, perjurar, mentir, matar a un inocente112. Una
desobediencia a una orden de un superior, por grave que ella sea, no puede ciertamente compararse a
un acto de esa clase, malo en sí mismo, por su naturaleza, independientemente de la ley que lo castiga.
La consagración de un obispo, hecha para la salvación de las almas, según las intenciones de la Iglesia,
no es por cierto un acto intrínsecamente malo. Si en la circunstancia particular ella es previamente
prohibida, esto significa que a consecuencia de esta prohibición, llega eventualmente a pertenecer a la
categoría de actos que son (o llegan a ser) malos porque están prohibidos y no a la de actos malos en sí
(aún sin norma que lo castigue) y, entonces, “intrínsecamente malo”.
La tesis criticada aquí presenta a continuación otro aspecto, rotundamente aberrante: el de ubi-
car la prohibición expresada por el Papa de realizar la consagración, ¡incluso en el plano del derecho
natural! En realidad, si se dice que desobedecer una advertencia pontificia expresamente dirigida a la
persona que desobedece es un “acto intrínsecamente malo”, se da a esta advertencia el mismo valor que
a la ley natural negativa mencionada más arriba, ya que sólo sus prohibiciones se aplican al acto que es
de por sí malo. La amonestación de un Papa es sólo una de las formas en las que se expresa la suma
potestad de jurisdicción que él tiene en la Iglesia universal; poder que, aunque fundado en la institución
divina de la Iglesia, ciertamente está subordinado a la ley natural creada por Dios, ocupando, en la je-
rarquía de las fuentes, una posición netamente inferior.
Además, es insignificante la consideración – que se querría hacernos tomar como de gran im-
portancia – según la cual “ningún teólogo o Concilio” ha sostenido jamás la legitimidad de una consa-
gración episcopal contra la voluntad expresa del Papa113. Esta comprobación es evidente: ¿qué teólogo

111
“Información...” cit., págs. 47-49.
112
Noldin, “De Principiis Theologiæ Moralis”, 1911, págs. 202-203; Roberti- Palazzini, “Diccionario de Teología Moral”, Roma, 1954, vox “”Causa
excusante” (de la observancia de la ley), pág. 207; G.B. Guzzetti, “Moral General”, Marietti, 1955, t. I, pág. 152.
113
“Investigación...” cit., pág 47.
33
o Concilio habría podido, sostenerla como principio?114. Considerando las cosas en forma abstracta, la
cuestión no se planteaba igual. Pero el caso es que no se planteó jamás, porque no hubo jamás una si-
tuación como la de hoy. Nadie hubiera podido prever una crisis como ésta que causa manifiestamente
estragos en la Iglesia desde el Concilio Vaticano II, y que es, tal vez, más grave que la crisis arriana.
Las tomas de posición de los teólogos y los Concilios, apuntan a resolver problemas del mo-
mento, naturalmente a la luz del dogma. El problema en cuestión nunca se había planteado. La expe-
riencia que estamos viviendo ha demostrado, al contrario, que puede presentarse porque esta experien-
cia ha demostrado que las cúpulas de la Iglesia actual prefieren novedades que contradicen a la Tradi-
ción, antes que defender la Tradición contra las novedades y los novadores. En tal situación de novedad
absoluta y negativa, no tiene sentido escandalizarse (por lo que jamás había pasado y que no se pensaba
que podría llegar a pasar) por la novedad de una consagración que ha debido hacerse contra la voluntad
expresa del Papa cuando la voluntad manifiesta del Papa reinante ha sido sistemáticamente volcada
hacia la defensa de la novedad del nuevo rito, del nuevo concepto de Iglesia, del nuevo concepto (lai-
cista) de libertad del hombre, en resumen, hacia las múltiples novedades de la Iglesia “conciliar” contra
la Tradición.
Pero los críticos de Monseñor Lefebvre están obligados a sostener tesis “retorcidas” y hasta
aberrantes porque quieren hacer decir a los hechos algo que los hechos no demuestran de manera algu-
na, a saber, que la (supuesta) “maldad intrínseca” de las consagraciones episcopales de Ecône sería tal
que haría de ellas “un acto cismático por naturaleza”, según la insostenible tesis de la Santa Sede.

3. 11. Las precisiones de la tesis Murray

Tanto rencor con respecto a Monseñor, a diez años de los hechos y todo un conjunto de acusa-
ciones sin ningún fundamento en relación con la Fraternidad: “Ha continuado entre tanto su camino,
comportándose como una iglesia paralela, con sus obispos – hubo otra consagración después de la de
1988 – sus sacerdotes, su tribunal eclesiástico para anular matrimonios”115.
La Fraternidad no es canónicamente una “Iglesia paralela”, ella no se considera como tal, no se
comporta como tal, no dispone de ningún “tribunal eclesiástico para anular matrimonios”. La consagra-
ción de un obispo el 20. 07. 1991 en Campos, Brasil, Su Excelencia Licinio Rangel, se hizo necesaria
para la vasta comunidad brasileña fiel a la Tradición y que había quedado sin pastor después de la
muerte de Su Excelencia Monseñor de Castro Mayer. Fue hecha según la misma lógica que las consa-
graciones de Ecône, utilizando el estado de necesidad y confiriendo sólo el poder de orden116.
Esas acusaciones no nos deben sorprender. Sería ilusorio esperar algo diferente en el clima ac-
tual de decadencia de la Iglesia y de las sociedades otrora católicas. Se ha tenido, no obstante, una ex-
cepción con la “tesis Murray” aprobada por la Universidad Pontificia Gregoriana que, con rigor, hace
justicia ante las interpretaciones deformadas y aberrantes mencionadas más arriba. Trataremos de ana-
lizar su núcleo esencial, tal como apareció en el resumen de The Latin Mass.
“Una consagración sin mandato de un obispo no puede ser entendida como un acto intrínseca-
mente malo, ni aún como un acto que implique un perjuicio para las almas, a menos que hayan habido
circunstancias particulares que hagan aparecer de manera más específica la naturaleza del acto. En
nuestro caso, haber violado directamente la voluntad expresa del Santo Padre, que no deseaba que
tuvieran lugar las consagraciones de Ecône, confiere a este acto un carácter objetivo particular, abs-

114
N. T.: el texto original italiano dice: “...potuto in linea di principio sostenerla?
115
“Encuesta....”, págs. 48-49.
116
La Comisión canónica de la Fraternidad que emite, por pedido, dictámenes sobre la validez o no de matrimonios, responde a la misma lógica de
jurisdicción de suplencia en caso de necesidad para el bien de las almas. Se ejerce pues ad actum, es decir, caso por caso; no es en ningún modo la manifes-
tación de voluntad de un órgano permanente. Ver sobre este punto Respuesta a algunas preguntas en ROMA- ÆTERNA, Revista de la Tradición Católica,
n. 119-120, agosto de 1991, págs. 11-14.
34
tracción hecha aquí de los motivos alegados por el arzobispo Lefebvre, los cuales condicionan también
ellos la naturaleza del acto en cuestión, como lo veremos. El carácter objetivo de ese acto es el de una
desobediencia de naturaleza cismática, según el juicio de la Autoridad suprema de la Iglesia. Un acto
verdaderamente cismático tiene siempre el carácter de un acto perjudicial para las almas. Por consi-
guiente el arzobispo Lefebvre no puede limitarse a afirmar prima facie que el nº 4 del canon 1323 [que
exime de la pena en caso de necesidad] lo libera de toda sanción. Primero es necesario responder a
esta pregunta: ¿puede legítimamente sostenerse que existía efectivamente un estado de necesidad? ¿El
Derecho lo permite?”117.
Entonces: no estamos en presencia de un acto “intrínsecamente malo”, ni tampoco “perjudicial
para las almas”, salvo que se demuestre que ese acto, en tanto que es cumplido contra la voluntad ex-
presa del Papa, presente un “carácter objetivo particular”, o sea, una “naturaleza cismática”. Pero el P.
Murray recuerda que para una evaluación jurídica correcta del acto, la “naturaleza del acto en cues-
tión”, no resulta solamente del juicio que le ha dado la Santa Sede: resulta también de la evaluación que
le ha dado el autor, Monseñor Lefebvre, quien siempre ha invocado la existencia de un grave estado de
necesidad para justificarlo. El punto de vista expresado aquí por el P. Murray parece absolutamente
correcto desde el punto de vista del derecho, porque, como lo veremos, para el Código en vigencia, la
importancia jurídica del acto en cuestión depende esencialmente de la evaluación de le ha hecho el su-
jeto agente, mucho más que de la evaluación de la autoridad víctima de la desobediencia. Lo que signi-
fica que sería incorrecto partir del juicio de la Santa Sede como canon interpretativo prevalente en lo
que concierne a la significación jurídica exacta del acto, como está determinado por el Código de Dere-
cho Canónico, para el cual se debe – al contrario – considerar como predominante el punto de vista del
sujeto que declara actuar en estado de necesidad.
Pero ¿cuándo se tiene un estado de necesidad? Se tiene un estado de necesidad, recuerda el P.
Murray, cada vez que hay “un conflicto entre el derecho subjetivo y una norma del derecho canónico”.
Pero ese “conflicto” no debe ser visto solamente en el caso de necesidad “ordinaria” o “común”, es
decir, cuando hay peligro de “perder un bien no indispensable para la existencia”. Es también estado
de necesidad aquel en el cual se está constreñido “a actuar contra lo que se ordena para evitar el peli-
gro de un mal que se seguiría de la obediencia a esa orden”118. Por lo tanto: hay estado de necesidad
no sólo cuando obedeciendo la norma se arriesga perder un bien, sino también cuando se arriesga incu-
rrir en un mal. En todo caso, se dice que el estado de necesidad implica siempre la desobediencia a una
norma, y por consiguiente, a la voluntad del legislador, que puede ser la que está ya encarnada en la
norma del Código o que se manifiesta bajo la forma de un precepto individual en relación con el que se
siente constreñido a transgredirla.
Determinado esto, conviene examinar el criterio que se adopta para establecer la existencia
efectiva del estado de necesidad. Sobre la base del protocolo de acuerdo del 5 de mayo de 1988, parecía
– continúa diciendo el P. Murray – que la Fraternidad podría tener un obispo sin mayores problemas.
“Aún así..., se puede siempre discutir el invocar el estado de necesidad. Esto depende de la necesidad
específica que se invoca y si ella puede ser descripta como tal para el bien de la Iglesia o de una per-
sona privada o de un grupo de sacerdotes y de laicos que seguían espiritualmente al arzobispo Le-
febvre”119. La “tesis Murray” no considera la concesión acordada de un obispo para la Fraternidad co-

117
The Latin Mass, cit. pág. 59. el título literal de la tesis de doctorado del P. Murray es: “El estado canónico de los fieles asociados con ardor al arzo-
bispo Lefebvre y a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X: ¿están excomulgados por cismáticos?”. La respuesta es negativa. Los fieles que frecuentan las
misas celebradas por los sacerdotes de la Fraternidad no cumplen ningún acto cismático, no participan en ningún cisma (también porque como se verá, para
el P. Murray, no se puede hablar de cisma formal, mientras que se debe considerar inválida la excomunión “latæ sententiæ”). La tesis Murray consagra un
análisis detallado a rechazar la hipótesis de cisma para los fieles y los sacerdotes: cf. The Latin Mass, cit. págs. 55-58. Este resumen de la tesis, con amplios
extractos del texto, es de Steven Terencio: op. cit., págs. 55-61, a tres columnas. Está precedido de una larga entrevista al P. Murray. Nosotros nos limita-
mos aquí a tomar en consideración lo que nos parece ser el núcleo esencial de la tesis.
118
Op. Cit, ibid.
119
Íbidem.
35
mo argumento suficiente para demostrar la inexistencia del estado de necesidad invocado por Monse-
ñor Lefebvre. Lo que hay que hacer, desde el punto de vista jurídico, es, al contrario, analizar atenta-
mente la relación que hay entre la necesidad invocada por Monseñor Lefebvre y el canon 1323 nº 7,
que, como se ha visto, dice que no está sometido a ninguna pena aquel que ha violado la ley o la orden
considerando que se han dado sin falta de su parte, algunas circunstancias de las previstas en los puntos
4º y 5º del mismo canon o, además, los casos de fuerza mayor (entre los cuales, la necesidad) y la legí-
tima defensa (cfr. apartado 3. 5 del presente trabajo).
Como sabemos, el parágrafo 7º de este canon contempla en la práctica la posibilidad de un error
de parte del sujeto que invoca la necesidad pero se trata de un error sin falta, de un error inculpable. En
este caso también, el sujeto no debe ser considerado culpable y estar exento de pena. Pero ¿por qué el
P. Murray estima necesaria examinar la posición de monseñor Lefebvre a la luz del canon 1323 nº 7?
Porque la existencia del estado de necesidad es discutida por la Santa Sede, que habla rotundamente de
necesidad creada artificialmente y de acto cismático. Entonces es necesario ver si ese estado ha sido
invocado como consecuencia de un juicio aplicado por Monseñor (canon 1323 nº 7) o bien según un
juicio negligente (canon 1324 § 1, 8º) basándonos en un análisis totalmente conforme con las normas
expresadas y con los principios del derecho canónico. El encadenamiento lógico seguido por el P. Mu-
rray nos parece pues, el siguiente: 1) Monseñor Lefebvre invocó el canon 1323 nº 4 que concede la
exención (de la pena) a quien ha actuado bajo la coacción de un gran temor, tanto si es sólo relativo
como por necesidad, etc., con tal que el acto no sea intrínsecamente mal (mentir, perjurar, etc.) o perju-
dicial para las almas (vergat in animarum damnum120); 2) la Autoridad suprema, por el contrario, ha
conferido a ese acto un “carácter objetivo particular”, el de “una desobediencia de naturaleza cismáti-
ca”; 3) un acto cismático es siempre “perjudicial para las almas”; 4) si el acto es “perjudicial para las
almas”, entonces no se aplica el nº 4 del canon 1323 (invocado por Monseñor Lefebvre) porque en este
caso no se está totalmente exento de pena, teniendo completamente derecho a las circunstancias ate-
nuantes121.
Por consiguiente, la apreciación del comportamiento de Monseñor debe ser doble, porque se
trata de ver si, en substancia, su actuación entre en el caso de la especie del canon 1323 nº 7, según el
cual – nos repetimos – se admite como causa exceptuante de la pena un error sin falta (“sine culpa pu-
tavit”) en la evaluación de las circunstancias, o en el caso del nº 8 del canon [del §1], el cual, para el
error culpable (“per errorem, ex sua tamen culpa”) en la evaluación de las circunstancias del estado de
necesidad invocado, concede simplemente circunstancias atenuantes (sin embargo suficientes para ex-
cluir, como sabemos, la excomunión latæ sententiæ).
Visto esto, es necesario ante todo, recordar el concepto de “culpa”, es decir de que modo debe
ser entendida. Como sabemos, no se trata de una culpa moral ni tampoco de dolo, sino de una actitud
culposa derivada de una falta de diligencia. Según la doctrina citada en nota por el P. Murray, es sufi-
ciente que esta culpa no sea “grave”122.
Dicho esto, “¿se debe atribuir al arzobispo Lefebvre una actitud gravemente culpable (una
negligencia grave) por haber pensado que había un estado de necesidad tal que lo autorizó a consa-
grar a los obispos? Si la no premeditación es «la omisión de la diligencia debida» (canon 1321 §2) [de
la dilegencia debida con relación a las circunstancias – ndr] sería difícil sostener que el Arzobispo haya
obrado sin cierto grado de debita diligentia para arribar a la decisión de efectuar las consagraciones,
decisión basada sobre lo que él afirmaba ser, en su opinión, necesario para el bien de la Iglesia. La
Santa Sede ha declarado que la decisión del Arzobispo fue incorrecta. Pero esto ¿significa tal vez que
se le deba imputar un comportamiento gravemente culpable – culpable porque habría formulado su

120
N.T.: “Que redunda en daño de las almas”.
121
“Comentario al Nuevo Código de Derecho Canónico”, cit. pág. 762.
122
The Latin Mass, cit., pág. 61, nota nº 10.
36
juicio de manera negligente – por haber seguido manteniendo su propia apreciación de los hechos?
Parecería que no”123.
Y ¿por qué “parecería que no”? Porque según lo que ya ha destacado el P. Murray, el derecho
vigente impone aquí considerar la situación también (y sobre todo) desde el punto de vista del sujeto
agente: “Lo que cuenta no es tanto la forma según la cual la Santa Sede veía la situación, sino mucho
más la evaluación subjetiva de la persona que ha violado la norma. Si él ha dado prueba de la diligen-
cia debida, al punto de llegar a pensar que efectivamente hubo un estado de necesidad que implique el
bien de la Iglesia, [Monseñor Lefebvre] parecería exento de sanciones por las consagraciones episco-
pales sobre la base del nº 7 del canon 1323”124. En realidad, prosigue el P. Murray, “¿quién es capaz
de juzgar si el Arzobispo Lefebvre ha ejercido o no la diligencia debida para considerar la situación y
formar su convicción? Ya que un juicio de ese tipo concierne al fuero interno, es decir, a los pensa-
mientos, entonces debemos dejarlo frente a su conciencia, tal como se manifestó en sus declaracio-
nes”. En conclusión pues, “la presentación de pruebas creíbles de que él ha probado la diligencia de-
bida... excluiría también la presunción de culpabilidad que – lo que cuenta más – la culpabilidad mis-
ma”125.
La “tesis Murray” sostiene entonces que en el caso de las consagraciones de Econê se puede
aplicar el canon 1323 nº 7, que excluye de toda sanción a quien ha solamente creído deber actuar en
estado de necesidad siempre que no haya habido falta grave de diligencia de su parte. Pero las declara-
ciones de Monseñor Lefebvre ciertamente no dejan entrever una falta de este tipo. Y no solamente sus
declaraciones – agregamos – sino también su comportamiento, ya que ha consultado en numerosas oca-
siones a diversas personas sobre el problema en cuestión. La “prueba creíble” de la diligencia debida
mencionada por el P^. Murray, parece haber sido dada en todas formas por Monseñor Lefebvre. Por lo
demás, el P. Murray no dice que no haya existido esta prueba.
Con una consideración de carácter general, en el punto en que estamos, nos podríamos pregun-
tar: ¿si el sujeto ha dado prueba de la diligencia debida, dónde está el error de apreciación? Esta dili-
gencia ¿no lo excluye? En verdad, el canon 1323 nº 7 no menciona explícitamente el error, aunque lo
contenga como posibilidad en la fórmula: “sine culpa putavit”. “Putavit”: creyó, estimó. Es un juicio
totalmente subjetivo que puede o no corresponder con los hechos. Creemos que el legislador ha querido
distinguir entre un estado de necesidad objetivamente determinado y un estado de necesidad subjetiva-
mente entendido, defendiendo de todos modos la pura convicción de su existencia (cfr. parte 3.6 de este
trabajo).
Un estado de necesidad absolutamente cierto es éste que hoy se reconoce presente en la Iglesia
en la época de la crisis arriana, cuando la herejía había corrompido la fe de una parte importante de la
jerarquía. Este es un hecho históricamente verdadero. Tanto como era verdadero el estado de necesidad
de la Iglesia en tiempos de su persecución pública, por ejemplo en la Inglaterra protestante o en la
Francia revolucionaria. Hecho muy verdadero igualmente en el caso de jurisdicción supletoria para la
salvación del alma de un moribundo. Un estado de necesidad comprometido por la crisis de la fe y por
consiguiente de la Iglesia será, no obstante negado por aquellos cuya fe no es buena porque han sido
seducidos por la herejía. Y así, hoy todo el mundo admite la crisis de la fe y de la Iglesia pero casi na-
die osa sacar las consecuencias de esta crisis: es decir, que las almas se encuentran en estado de necesi-
dad. Lo que significa que aquellos que, como Monseñor Lefebvre y monseñor de Castro Mayer, han
proclamado el estado de necesidad, forman parte de una minoría insignificante y que su juicio aparece
como sólo el suyo, aún si está objetivamente fundado en la efectiva situación de hecho. Pero ese juicio,
aún considerado por la mayoría como erróneo (comprendiendo en ella a la autoridad formalmente legí-

123
Ídem.
124
Ídem.
125
Ídem.
37
tima) está protegido, de todos modos, por el código en vigencia, mientras que se haya tratado de un
juicio diligente. Esto último no es, en tanto tal, necesariamente exacto, porque la aplicación demuestra
la buena fe del sujeto y no la verdad de la convicción. Naturalmente, el juicio cuidadoso puede ser ver-
dadero, aún si se presenta con la apariencia de error, cuando es el juicio de un solo individuo o de una
minoría contra la gran mayoría. El juicio diligente recibe del Código actual la más completa protección,
con la exención de la pena; el juicio negligente, es decir, invalidado por un error debido a la falta del
sujeto, recibe una protección más débil, gracias a la concesión de las circunstancias atenuantes (que, sin
embargo, impiden la excomunión “latæ sententiæ”).
Esta última ventaja es la contemplada en el canon 1324 § 1, 8º, muchas veces ya citado, sobre el
cual la “tesis Murray” se apoya naturalmente. Después de haber concluido que no se podía infligir nin-
guna sanción a Monseñor Lefebvre y a los cuatro obispos que él había consagrado, a causa del canon
1323 nº 7, nuestro autor prosigue: “Ese canon [el 1324, §1, 7º] ofrece al Arzobispo Lefebvre y a los
cuatro obispos por él consagrados, tal vez, el argumento más válido para sostener que no han sido
excomulgados... De la misma manera que en el nº 7 del canon 1323, se refiere a los pensamientos de la
persona que ha violado la norma. El valor legal conferido por el Código de Derecho Canónico a la
evaluación subjetiva de la existencia del estado de necesidad hace imposible – según toda probabili-
dad – la declaración de una pena latæ sententiæ en el caso en que el sujeto que ha violado la norma o
la orden – haya ocurrido por su falta o no, pero sin dolo de su parte – estuviera convencido de que el
estado de necesidad exigía o simplemente permitía esta violación”126.
Aquí está pues, la conclusión de carácter general perfectamente fundada en el derecho positivo vigente
en la Iglesia. Naturalmente es necesario que el sujeto haya obrado sin malicia o algún tipo de dolo. El
juicio negligente del cual trata el canon 1324 § 1, 8º, justamente es debido prácticamente siempre a la
negligencia y no al dolo.
Sin embargo, como sabemos, la Santa Sede ha acusado a Monseñor Lefebvre de mala fe, y por
lo tanto de actitud dolosa. ¿Qué dice el P. Murray sobre este punto? Veámoslo en detalle:
“Si la norma A permite violar la norma B en ciertas circunstancias, concediendo la impunidad,
la violación de la norma B, en esas circunstancias, ¿debe ser considerada efectivamente como una
violación? Parecería que no, desde el momento que un acto no puede ser autorizado, y por lo tanto no
punible, y al mismo tiempo estar prohibido. Y si no hay prohibición no puede haber violación. Enton-
ces la norma B cae, la norma A prevalece, y el acto realizado según la norma B ya no está más sujeto
a prohibición y a sanción. Por consiguiente su ejecución no implica violación deliberada y excluye el
dolo”127.
El primer argumento del P. Murray a favor de la imposibilidad de acusar de dolo a monseñor
Lefebvre se basa en el hecho de que las circunstancias exceptuantes (y atenuantes) hacen desaparecer el
concepto mismo de violación deliberada de la ley, la imposibilidad – en consecuencia – de imputar el
dolo, cualquiera sea, al sujeto agente. Por lo demás – agregamos nosotros – se recuerda que aquel que
viola la ley a causa del estado de necesidad, está convencido de hacerlo para salvaguardar un bien supe-
rior: la finalidad de su acción no es la de violar la ley (lo que hace contra su gusto) sino la de proteger
ese bien, y un objetivo tal muestra la ausencia de lo que se entiende comúnmente por dolo.

 Un verdadero error de derecho

El segundo argumento del P. Murray es el siguiente: “Además, si el juicio sobre la posibilidad


de aplicar la norma A no está reservado por la ley al Superior eclesiástico, sino que, al contrario, está
dejado a la apreciación individual de la persona que viola la norma B, entonces la invocación de ésta

126
Ídem.
127
Ídem.
38
a la norma A [que exime de la pena – ndr] es legítima y no puede ser simplemente negada por el Supe-
rior. El Código ha dado a la persona en cuestión la capacidad, si no rotundamente el derecho, de juz-
gar las circunstancias y, como consecuencia de ello, atenúa para ella la sanción prevista para la vio-
lación de la norma B o bien la dispensa de ésta. Y esto, seguido a la calificación jurídica conferida por
la ley a su invocación personal de una circunstancia de fuerza mayor, como por ejemplo la necesidad.
Si esta hipótesis es exacta, entonces el Arzobispo Lefebvre no puede ser acusado de haber obrado con
una intención fraudulenta. Se puede entonces sostener de manera completamente plausible que su ob-
jetivo no era violar la ley, sino más bien obrar – quedando dentro del marco del derecho – de una for-
ma que, en su opinión, habría asegurado el bien de la Iglesia gracias a una inevitable trasgresión de
la norma 1382 [que ya hemos citado, y que prevé la excomunión «latæ sententiæ» para la consagración
sin mandato – ndr] estando dadas las circunstancias extraordinarias que él afirmaba existir en la vida
de la Iglesia. Esta intención de llevar a cabo el bien de la Iglesia, desobedeciendo al Soberano Pontífi-
ce en esta circunstancia particular, pero sin rechazar la autoridad del Santo Padre y la sumisión que
le es debida [en tanto que Santo Padre –ndr] excluiría de su parte toda intención específica de perpe-
trar un acto cismático.
Si el Arzobispo Lefebvre ha creído, aún por imprudencia, su deber actuar a consecuencia del
estado de necesidad de la Iglesia, él no es – sea como sea – sujeto de una excomunión latæ sententiæ,
por el canon 1324 § 3 [ya citado, que excluye las penas latæ sententiæ si las circunstancia exceptuante
y atenuantes están presentes – ndr]. Y el Código de derecho Canónico no presume el dolo sino más
bien la imputabilidad (can. 1321 § 3). Esta presunción cae «si aparece otra» (nisi aliud appareat).
Una aparición de este género, que implique por lo menos una posible falta de imputabilidad, puede ser
sostenida razonablemente en este asunto”128.
Este punto de la “tesis Murray” nos parece muy importante. Pone de relieve cómo el Código de
Derecho Canónico (en el canon 1321) cuando impone una sanción, presume “la imputabilidad grave
por dolo o culpa”. La violación externa de la ley u orden debe ser relacionada con un sujeto responsa-
ble de ella. Una vez que la violación ha tenido lugar, “se presume la imputabilidad, si no aparece otra
cosa”129. Y en el caso que nos interesa, esta “otra cosa” que hace desaparecer la imputabilidad, apare-
ció, con una probabilidad razonable según el Padre Murray. Pero, ¿por qué esta señal es tan importan-
te? Porque nos recuerda que para el Derecho Canónico lo que debe ser presumido, en el caso de viola-
ción de la ley, es la imputabilidad, no el dolo: el dolo debe ser demostrado. Por el contrario, en la con-
dena infligida a Monseñor Lefebvre, la autoridad suprema ha presumido el dolo, sin asegurarse pre-
viamente de la existencia efectiva de la imputabilidad. Pero esta última estaba excluida o atenuada so-
bre la base de los cánones 1323 nº 7 y 1324 § 1, 8º y, por consiguiente, ¡no se podía presumir el dolo!
Es decir, que la Santa Sede ha caído en un verdadero error de derecho, un error tal que permite
considerar inválido el pronunciamiento de excomunión contra Monseñor Lefebvre. En efecto, el P.
Murray continúa así: “La autoridad competente habría debido sentir la necesidad de establecer prime-
ro la imputabilidad del Arzobispo Lefebvre, y a continuación su intención dolosa al efectuar las con-
sagraciones episcopales; es decir, que se hubiera debido hacer, antes de declarar que la ley había sido
violada de tal forma que haga incurrir en una pena latæ sententiæ. Y desde el momento que estos dos
hechos [la imputabilidad y el dolo – ndr] no han sido establecidos con la claridad requerida por el
derecho, entonces hay motivo muy fundado y razonable para discutir la validez de la declaración de
excomunión latæ sententiæ contra el Arzobispo Lefebvre y los otros obispos implicados... La sentencia
administrativa de la Santa Sede parece no haber tenido en cuenta, como hubiera debido, la ley penal
revisada por el nuevo Código de Derecho Canónico, especialmente en lo que concierne a las circuns-
tancias exceptuantes y atenuantes, en relación con las penas latæ sententiæ. Se ha presumido el dolo

128
Ídem.
129
Ídem.
39
de parte de Monseñor Lefebvre y de los obispos que consagró. Las convicciones personales sobre el
estado de necesidad proclamado por ellos han sido simplemente rechazadas con un comunicado anó-
nimo, en tanto que el Código de Derecho Canónico afirma que plantear un acto con esta convicción,
aún cuando es erróneo, impide incurrir en una pena latæ sententiæ”130.
Por lo tanto, según el Padre Murray, ha habido también una posible violación del canon 220 del
Código de Derecho Canónico, que protege la “buena fama”, la “buena reputación” de la cual se goza,
porque se ha etiquetado a una persona como “cismática” cuando, al contrario, hay motivo fundado para
considerar que esta persona no ha incurrido en la sanción. Tal arbitraria atribución “representaría pues,
una violación del derecho fundamental de esa persona a la buena reputación, derecho protegido por el
Código”131.

Una “concesión” inexistente y sin influencia


Tal es pues, en sus puntos esenciales, la “tesis Murray”, tesis absolutamente correcta desde el
punto de vista del derecho, y que tiene el mérito de poner el punto sobre muchas “i”, dejando en claro
la ilegalidad del procedimiento seguido. La retractación parcial que hizo el autor, nos parece, en conse-
cuencia, francamente incomprensible.
Importa subrayar, sin embargo, un último punto con relación al nombramiento de un obispo
aparentemente acordado por la Santa Sede a la Fraternidad, concesión que, en la tesis Murray, está re-
dimensionada a su justo valor, porque en realidad no tiene influencia en cuanto al estado de necesidad y
a la perpetuación de ese estado: nos importa destacar (lo que pocos observadores han señalado) que se
trataba en realidad de una concesión sometida a pesadas condiciones. ¿Qué escribía, de hecho, el Car-
denal Ratzinger en su carta del 30.05.1988, en la cual lo anunciaba? Que el Papa se declaraba “dispues-
to” a nombrar un obispo propuesto por la Fraternidad, pero con condiciones muy precisas: 1) Pedía una
ampliación del grupo de candidatos propuestos, con el fin de no estar condicionado en su libertad de
elección132. Había quí una exigencia completamente nueva que se hacía valer y que, conduciendo en
realidad a un alargamiento de los tiempos, daba la impresión de retirar con una mano lo que se daba
con la otra (fecha 15 de agosto); 2) Exigía una carta de pedido de perdón o de sumisión133, exigencia
que había sido adelantada previamente pero que se enriquecía con nuevos contenidos: Monseñor Le-
febvre habría debido ahora tomar públicamente el compromiso de no hacer la consagración anunciada
de tres obispos y de remitirse a toda decisión del santo Padre a ese respecto. Este último pedido parecía
indicar una falta de confianza respecto a Monseñor.
Aquellos que afirman que la Santa Sede había acordado “sic et simpliciter” la fecha del 15 de
agosto, están en un gran error. El Papa no había acordado nada de nada: él se decía dispuesto a acordar,
pero solamente en ciertas condiciones – una auténtica soga al cuello de Monseñor -, condiciones que
contenían también consecuencias humillantes para Monseñor Lefebvre: sin nuevos expedientes y sin
carta, nada de consagración el 15 de agosto. Condiciones de este tipo dejan claramente entender lo que
Roma entendía por “reconciliación”: una recuperación tal vez progresiva, pero que al mismo tiempo se
parecía en forma impresionante a una rendición sin condiciones. Una “concesión” de ese tipo no era
ciertamente como para convencer a Monseñor Lefebvre del final de estado de necesidad en la Iglesia y
para la Fraternidad. De manera completamente coherente, con una evaluación, según nosotros, total-
mente exacta de las circunstancias, él afirmó en su famosa carta al Papa del 02.06.1988, que el “mo-
mento de una colaboración franca y eficaz” con Roma “no había llegado todavía”. Debía pues, seguir
su camino: la perpetuación del estado de necesidad de las almas se lo imponía134.
130
Op. cit. pág. 61.
131
Ídem.
132
“Cor Unum”, 1988, nº 30.
133
Ídem.
134
Op. Cit., págs. 41-42.
40
3.12. El derecho autorizado por el estado de necesidad

 Estado de necesidad en la Iglesia después del Concilio

En conclusión, es oportuno detenerse sobre el principio del derecho que nace del estado de ne-
cesidad; principio cuyo sentido podría, a primera vista, no ser del todo claro. El estado de necesidad
nos exime de la imputabilidad pero, ¿cómo hace nacer para nosotros un verdadero derecho?
Volvamos al estudio del profesor May “Legítima defensa – Resistencia – Necesidad”, invocado
en el apartado 2.2 de este trabajo. El profesor hace notar que el Código de Derecho Canónico “no dice
lo que él comprende” bajo el término “estado de necesidad”; y es porque él “deja a la jurisprudencia y
a los juristas el cuidado de precisar su significación”. Del “contexto” de las normas, es decir, de su
tenor y contenido, resulta de todos modos que “la necesidad es un estado en el cual los bienes necesa-
rios para la vida están puestos en peligro de tal forma que, para salir de él, es inevitable la violación
de las leyes”135. La “violación de las leyes” no es gratuita en el estado de necesidad, como en el caso de
un malhechor, el cual puede siempre elegir no robar, engañar, mentir, desobedecer, etc.; al contrario,
ella es “inevitable” porque es impuesta por la necesidad.
La obediencia, la observancia de las leyes, es claramente un bien: es una cosa buena y un bien
en sí misma. Los católicos en particular, saben que deben “servare mandata” (Mt. XI, 30) no sólo en lo
que concierne al dogma de la fe y la moral sino también para las normas de derecho positivo de la Igle-
sia y de la autoridad civil. Asimismo, hay bienes superiores a la propia observancia : y éstos son “los
bienes necesarios para la vida”, bienes cuyo valor es primordial y esencial. Si hay “peligro” de que
esos bienes sean vulnerados y que su goce vital sea impedido, entonces está permitido hasta violar la
norma establecida – por ejemplo mediante la desobediencia – para impedir que esto suceda.
Una situación en la cual son puestos en peligro “los bienes necesarios para la vida” es clara-
mente una situación excepcional, de necesidad o emergencia. La importancia jurídica de una situación
de este género es admitida por todos los sistemas jurídicos evolucionados, sin hablar de su importancia
desde el punto de vista moral136. Con relación a la Iglesia ¿qué forma puede tomar? “Una situación tal
existe en la Iglesia cuando la persistencia, el orden o la actividad de la Iglesia son amenazados o vul-
nerados en forma considerable. Esta amenaza puede concernir principalmente a la doctrina, la litur-
gia y la disciplina eclesiástica”137.
La “persistencia, el orden o la actividad de la Iglesia” representan en sí mismos bienes funda-
mentales porque son “necesarios para la vida” sobrenatural de los fieles, porque sin la Iglesia no hay
salvación. El bien de las almas exige entonces, como primera instancia, que la Iglesia se mantenga se-
gún su naturaleza y según la intención de su Fundador. La señal totalmente principal de ese manteni-
miento de la Iglesia será su fidelidad al depósito de la Fe. La Iglesia es, por consiguiente, el bien que
los fieles no pueden perder por ninguna razón. Pero este bien está amenazado en sus tres formas de
existencia (“persistencia, orden, actividad”), cuando “la doctrina, la liturgia y la disciplina eclesiásti-
ca” son atacadas u obstaculizadas, todas juntas o separadamente.

135
Rev. Sí Sí No No, año 1988 (XIV) 14 cit.; ídem en “La Tradición excomulgada”, cit. ed. francesa, pág. 49-50.
136
Rudolf V. Hiering, Lo scopo nel diritto (el fin del derecho), año 1877. Traducción italiana de G. Losano, Turín, 1972, p. 185, con una importante
introducción.
137
G. May, op. cit. en Sí Sí No No, n. cit.; y también “La Tradición excomulgada”, cit. pág. 15 – 21. Un cuadro impresionante, documentado con la
mayor precisión, del estado de necesidad dominante en la Iglesia Católica actual, a causa del entibiamiento de la fe de muchos obispos y en consecuencia
de sus complicidades activas y pasivas con los ultramodernistas que desean destruirla ( = a la Iglesia), es expresado por el mismo profesor May en La
Crisis de la Iglesia es una Crisis del Episcopado (Card. Seper), 119 páginas, Una Voce Correspondans, 1987. Se trata de la versión completa de una
conferencia pronunciada el 18.10.86 en Dusseldorf. La situación no había ciertamente mejorado en 1988, cuando Monseñor Lefebvre debió proceder a las
consagraciones contra la voluntad del Papa. Y ciertamente no ha mejorado hoy, en 1999, ya que la Iglesia es siempre más devastada por el ecumenismo
galopante que aflige cada vez más adelante en todos los niveles.
41
A causa del Vaticano II, las tres formas de existencia de la Iglesia (cada una en sí misma es ins-
trumental para el bien representado por la salvación del alma de cada creyente) han entrado en una cri-
sis muy aguda porque la doctrina es lo atacado, a causa de las novedades conciliares heterodoxas; es la
liturgia lo que ha sido revolucionado en un sentimiento ecuménico y protestante; es la disciplina lo que
ha sido relajado y convulsionado con la introducción de formas democráticas en la jerarquía (la nueva
colegialidad, los poderes dados a las conferencias episcopales) y en las relaciones entre jerarquía y fie-
les.
Lo extremadamente grave es que esta situación no ha sido causada por intervenciones exterio-
res; ella se produjo, al contrario, desde el interior de la Iglesia, y persiste hasta hoy gracias a miembros
de la jerarquía oficial de la Iglesia. La puesta en peligro de los bienes de la fe y de la salvación se pro-
duce, por lo tanto, sea por lo que la jerarquía hace y quiere que se haga, sea por lo que la jerarquía no
hace y no quiere que se haga. En el primer caso tenemos un uso substancialmente ilícito de la autoridad
porque se ordena a los fieles observar cosas contrarias a la fe y a la salvación de las almas, empezando
por el ecumenismo y por la libertad de conciencia de tipo laicista, con todo su cotejo de errores y de
infamias. En el segundo caso (desistimiento de la autoridad) tenemos una omisión culpable ( y por con-
siguiente moralmente ilícita) de la autoridad, que no vela sobre el depósito de la Fe, sino que deja a las
degeneraciones y a los errores hacer pie en la doctrina, la liturgia y la disciplina. Las intervenciones
correctivas del magisterio apuntan en general a limitar los excesos más visibles, y esto de modo sustan-
cialmente suave; jamás dan la impresión de que se busque un efectivo cambio de modo de pensar. La
única excepción ha estado representada por la reafirmación de la prohibición del sacerdocio para las
mujeres: una toma de posición finalmente clara y firme en defensa del depósito de la Fe. Pero, como se
dice, una golondrina no hace verano. El desistimiento de la autoridad perdura porque ella no quiere
combatir la revolución introducida por el Vaticano II, sino únicamente limitar sus excesos, tal como
querían hacerlo los Girondinos frente a los Jacobinos, no siendo menos revolucionarios que estos últi-
mos.

 Del estado de necesidad nace el derecho de necesidad

El estado de necesidad persiste pues para los sacerdotes y los fieles que todavía se toman a pe-
cho mantener la Fe y proveer a la salvación de las almas. Ellos deben sufrir órdenes ilícitas y la acepta-
ción de la degeneración de la Iglesia, encontrándose en el deber de oponer la Fe a la desobediencia o,
más aún, la obediencia al Magisterio de siempre a la obediencia exigida por el magisterio actual, co-
rrompido en la fe, aún cuando es formalmente legítimo138.
Una situación de este tipo podría parecer desesperada desde el punto de vista de una acción
concreta capaz de salvaguardar los bienes puestos en peligro. Pero no es así, porque el estado de nece-
sidad, que existe objetivamente, lleva en sí su propio derecho, el derecho de actuar para proteger el bien
vital amenazado, aún si con ese fin se debe violar algunas normas del derecho positivo en vigencia. La
acción cumplida en estado de necesidad es pues la de aquél que tiene el derecho de obrar de esta forma,
derecho instituido por la necesidad misma. Y a aquél que actúa ejerciendo un derecho no se le puede,
evidentemente, imponer sanción.
De ahí las palabras del profesor May: “el estado de necesidad justifica el derecho de necesi-
dad”. Producido por el estado de necesidad y fundado en él, existe en la Iglesia “un derecho de necesi-
dad”. El profesor May lo definió de la siguiente manera: “el derecho de necesidad en la iglesia es la
suma de las reglas jurídicas que están en vigencia cuando la continuidad y la actividad de la Iglesia
son amenazadas”139. Hay, por consiguiente, “reglas” en vigencia no porque han sido puestas expresa-

138
Ni cismáticos ni excomulgados, cit. en “La Tradición excomulgada”, cit. págs. 15-21.
139
G. May, op. cit. en Sí Sí No No, cit., etc...
42
mente por la autoridad positiva, sino porque son impuestas por la naturaleza de la cosa. Y la cosa es
aquí la situación creada y que amenaza “la continuidad o la actividad de la Iglesia”.
¿Qué se debe entender por “continuidad” de la Iglesia? Verdaderamente la continuidad de la
doctrina y de la enseñanza, que no pueden interrumpirse: la continuidad no material sino espiritual o
del contenido, la continuidad cualitativa. La continuidad material, al contrario, es la de la actividad de
la Iglesia que puede ser materialmente interrumpida, total o parcialmente, por la persecución que gol-
pee a la Iglesia oficial, como ocurrió, por ejemplo, en la Inglaterra protestante, en la Francia jacobina,
en los países comunistas. La continuidad espiritual es la de la fidelidad al dogma, garantizada por la
tradición constante del Magisterio de la Iglesia.
Cuando en la doctrina misma, y por consiguiente, en la enseñanza, se insinúan errores, entonces
la “continuidad de la Iglesia” está en peligro, y rotundamente puede peligrar con interrumpirse, aún si
el error no constituye el contenido específico de todo acto del magisterio oficial. Por eso es muy impor-
tante que siempre haya habido una impugnación al Vaticano II, en nombre de la fidelidad al dogma. No
importa que esta impugnación haya sido y sea numéricamente exigua: lo que cuenta es que por su pre-
sencia, ella haya mantenido la continuidad de la doctrina católica, porque aparece como una verdad
incontestable que los signos de la doctrina auténticamente católica se encuentran íntegramente en los
Seminarios de la Fraternidad de Monseñor Lefebvre, y sólo parcialmente, de suerte que en la práctica
son ineficaces, en los de la Iglesia oficial140. Es por eso que la autoridad vaticana actual ha buscado
siempre, de todas las maneras, eliminar a Ecône: porque sabe que ahí arde y se guarda – por la gracia
de Dios – esta llama (la FE de siempre) capaz de destruir todas las herejías, llama que un día – no muy
lejano – volverá a arder en cada corazón católico. Y para la Iglesia “conciliar”·, ese será el principio del
fin.

 Aplicación del estado de necesidad al caso concreto

Luego, es evidente que la amenaza con respecto a la continuidad de la doctrina representada por
una enseñanza oficial plena de errores, permite la aplicación de las “reglas” del derecho de necesidad.
En otros términos, esta amenaza justifica perfectamente al católico que, desobedeciendo las órdenes de
la autoridad infectada por el error, frecuenta los seminarios, las organizaciones, los catecismos mante-
nidos por una institución, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que tiene por objetivo propio proveer en
la necesidad muy grave que se ha creado en la Iglesia.
La sucesión lógica, que justifica la existencia y el ejercicio del derecho de necesidad, puede ser
representado como sigue:
1) el rito de Pablo VI y del “Novus Ordo” creado enteramente por una comisión de expertos con
la colaboración de hecho de herejes protestantes, es ambiguo y teológicamente dudoso, habiéndose
acogido a instancias de los herejes sus tesis y tal vez aún francamente de no cristianos;
2) ese rito representa, en consecuencia, un grave peligro para la fe de cada uno;
3) el católico está obligado (como si el Papa lo ordenara a cada uno) a frecuentar ese rito (aun-
que el rito tridentino jamás ha sido formalmente derogado), lo mismo que está obligado a aceptar las

140
“Nosotros no seguimos a Monseñor de Castro Mayer o a Monseñor Lefebvre como a caudillos [“capofila” en el texto original italiano – ndt]. Segui-
mos a la Iglesia Católica. Pero estos dos confesores de la fe han sido los únicos obispos que se han levantado contra la autodemolición de la Iglesia. No
nos podemos disociar de ellos. Así como en el siglo IV, en la época del arrianismo, era un signo de ortodoxia estar “en comunión con Atanasio” (y no con
el Papa Liberio), de la misma forma estar unidos a Monseñor Lefebvre y a Monseñor de Castro Mayer es un signo de fidelidad a la Iglesia de siempre”
(Declaración del Padre Tomás de Aquino, Prior del Monasterio de la Santa Cruz de Nova Friburgo, Brasil, en 1988, luego de las consagraciones de Ecône,
publicada en el Boletín Oficial del Distrito de Francia de la Fraternidad San Pío X, 29.09.1988, nº 29, pág. 10). Y Asimismo: “Todos esto demuestra que
somos nosotros los que tenemos los signos característicos de la iglesia visible. Si todavía hoy hay una visibilidad de la Iglesia, es gracias a ustedes [a los
sacerdotes de la Fraternidad San Pío - ndr]. Estos signos no se encuentran en los otros: no tienen ya la unidad de la fe. Y la fe es la base de la visibilidad
de la Iglesia” (Conferencia de Monseñor Lefebvre sobre la Visibilidad de la Iglesia y la situación actual, pronunciada en Ecône el 9.09. 1998, en Boletín
Oficial..., pág. 29). La Iglesia visible es la que muestra los signos (de ahí la visibilidad) de la doctrina ortodoxa. Si la Iglesia oficial no los muestra, total-
mente o en parte, ella no coincide entonces más con la Iglesia visible y puede ser consideradas como virtualmente cismática.
43
“resoluciones” del Vaticano II y a adaptarse a su espíritu, que está en el origen de la misa del “Novus
Ordo”;
4) pero las órdenes que obligan a hacer algo que pone en peligro la fe se deben considerar en
sustancia como moralmente ilícitas y jurídicamente inválidas (aunque sean formalmente válidas porque
emanan de la autoridad formalmente legítima);
5) por consiguiente, el fiel se encuentra en estado de necesidad grave porque los bienes primor-
diales de la fe y de la salvación del alma están considerablemente amenazados por la orden de frecuen-
tar un rito que es, en sí mismo, peligroso para la fe;
6) el fiel tiene el deber moral de defender la fe, la suya y la de los otros, según sus capacidades;
deber que nos pide Nuestro Señor en persona en el sacramento de la Confirmación;
7) al lado de ese deber, la recta razón corroborada por la usanza de la Iglesia, reconoce un ver-
dadero derecho de actuar para defender la fe (derecho natural reconocido en el Codex Iuris Canonici),
producido por la misma necesidad en la que llega a encontrarse el fiel;
8) la necesidad de proteger los bienes primordiales de la fe y la salvación, puestos en peligro por
los mismos pastores, autoriza por lo tanto al fiel a desobedecer la orden de la autoridad oficial de fre-
cuentar la misa del Novus Ordo o la “tridentina” con indulto;
9) en consecuencia, la desobediencia es legítima porque es necesaria, porque es el ejercicio de
ese derecho que emana de la necesidad;
10) en tanto que es legítima, la desobediencia no es imputable y por consiguiente no es punible;
11) en tanto que es legítima, la desobediencia no es, de ninguna manera, cismática.

 Un compromiso repugnante

¿Por qué es necesario desobedecer también la orden de frecuentar la misa tridentina acordada
con indulto, ejerciendo aquí también el derecho que la necesidad nos otorga? Porque con el indulto de
Juan Pablo II se acuerda el permiso de celebrar y frecuentar la Santa Misa de siempre a condición de
que se reconozca “la legitimidad y la corrección doctrinal del misal romano promulgado en 1970 por
el Papa Pablo VI”141, misal con el cual se materializó de forma oficial el espíritu de apertura “ecuméni-
ca” del Vaticano II (ver el § 1 de este estudio).
Se trata de un compromiso repugnante tanto para los sacerdotes como para los fieles (asimismo
si muchos parecen no darse cuenta). Rehusar a ir a esta Misa no significa desconocer la autoridad del
Papa ut summus pontifex142; significa desobedecer legítimamente una de sus órdenes (“si desean seguir
la Misa tridentina, deben frecuentar únicamente la que yo he acordado con el indulto”), porque nos
impone participar en una función en la cual el peligro de perder la fe está presente en el reconocimiento
demandado, aunque sea sólo en forma implícita, de la “legitimidad y la corrección doctrinal” del misal
de Pablo VI.

 Competencia extraordinaria del Clero en estado de necesidad

Naturalmente, en lo que concierne a los sacerdotes, “la suma de las normas jurídicas” que cons-
tituyen el derecho de necesidad contiene la autorización o la suma de autorizaciones requeridas para
cumplir toda una serie de actos capaces por su naturaleza de defender y mantener los bienes gravemen-
te lesionados por la interrupción parcial de la continuidad de la fe y de la doctrina por la jerarquía ac-
tual. La enseñanza del catecismo, la enseñanza en los Seminarios, la ordenación de sacerdotes, la con-
sagración de obispos, expresamente admitida – como lo hemos visto – en la usanza de la Iglesia para

141
Indulto “Quattuor Abhin annos”, ya citado, según Encuesta..., pág.
142
“Porque estamos con el Pontífice” (ndt).
44
las situaciones de necesidad o de peligro grave: todos estos actos son manifestaciones de esta “compe-
tencia jurídica” que, al lado de su “responsabilidad” moral, el estado de necesidad atribuye a los sacer-
dotes. Por esos actos se llena el vacío creado por la autoridad oficial: “Si un órgano no ejerce sus fun-
ciones necesarias o indispensables, los otros órganos tienen el derecho y el deber de utilizar el poder
que poseen en la Iglesia, con el fin de que la Iglesia esté garantizada y que su finalidad sea alcanzada.
Si las autoridades de la Iglesia se rehúsan a ello, la responsabilidad de los otros miembros de la Igle-
sia aumenta, pero su competencia jurídica aumenta igualmente”143.
Se trata de una competencia extraordinaria, gracias a la cual un obispo está autorizado para pro-
ceder a las ordenaciones contra la voluntad del Papa, y el fiel a frecuentar la Santa misa de rito triden-
tino contra la voluntad del Papa, es decir, sin indulto. El carácter extraordinario significa aquí que se
puede actuar no solamente en ausencia de una voluntad declarada de parte de la autoridad legítima,
sino también en presencia de una voluntad de su parte que prohíbe cumplir el acto autorizado por el
estado de necesidad, y esto porque se trata de acto “necesario e indispensable” para la salvación de las
almas, como por ejemplo, la celebración y frecuentación de una Misa seguramente católica. Una com-
petencia tal constituye pues el dominio característico y particular del derecho de necesidad, con sus
actos específicos requeridos por las circunstancias.
Si todo derecho relacionado al sujeto resulta de una autorización para ejercer ciertos poderes
mediante actos determinados, esta autorización no proviene aquí de una norma del derecho positivo,
sino inmediatamente de la realidad (ex facto ius oritur = el derecho nace del hecho), y mediatamente de
una instancia superior a la del derecho eclesiástico positivo, la instancia representada por la voluntad de
Nuestro Señor y que debemos calificar de normativa. Este derecho tiene entonces su fundamento últi-
mo en la propia constitución divina de la Iglesia. Más allá de la constitución eclesiástica hay no sólo la
situación de hecho: hay también, y sobre todo, la constitución divina de la Iglesia, y es esta última la
que en definitiva ha autorizado el mandato de Ecône y la que permite la desobediencia legítima respec-
to de los pastores total o parcialmente corrompidos en su fe.
El derecho de necesidad debe seguidamente respetar el “principio de proporcionalidad”. No se
lo puede reivindicar más que “cuando se han agotado todas las posibilidades de restablecer una situa-
ción normal apoyándose en el derecho positivo”, y se deben utilizar sólo las medidas “necesarias para
restaurar las funciones de la Iglesia”144. Evidentemente, sus límites no son predeterminados por las
normas pero deben resultar categóricamente de la naturaleza de las cosas, es decir, de la necesidad de la
situación, sin sobrepasarla. El respeto del “principio de proporcionalidad” por parte de Monseñor Le-
febvre, su escrúpulo de atenerse siempre a las exigencias y competencias del derecho de necesidad, han
sido ampliamente demostrados, entre otros, en el artículo Ni cismáticos ni excomulgados, al cual remi-
timos145. Cuando se dice que necesitas non subditur legi (= que la necesidad no conoce la ley) no se
quiere decir por eso que ella justifique una acción cualquiera, sino solamente que no puede tener en
cuenta el derecho positivo vigente que está obligada a violar. Y puede hacerlo por el hecho de que está
autorizada por un derecho que es el propio de la necesidad, de esta necesidad específica y, en conse-
cuencia, proporcionalmente a las exigencias que ella manifiesta.
El rechazo del pretendido “sedevacantismo” por parte de Monseñor Lefebvre encuentra su más
amplia justificación jurídica en una correcta interpretación del estado de necesidad: la competencia que
deriva de ella, en tanto que es proporcionada a la necesidad efectiva, no es tal que permita a quien la
goza, declarar vacante el Trono Pontificio. En efecto, la competencia instituida por el estado de necesi-
dad, porque concierne a la protección de bienes específicos y determinados, se limita a conferir al suje-
to el derecho de hacer conocer esos errores profesados y consumados por la jerarquía, errores que po-

143
Georg. May, op. cit.
144
Ídem.
145
Citado en el apartado 2. 1 del presente trabajo. Si hubiera creado una Iglesia cismática, monseñor Lefebvre hubiera ido más allá de las necesidades de
la situación, y hubiera abusado de la competencia que le había sido conferida por el estado de necesidad.
45
nen en peligro esos bienes y, lo que más importa, de desobedecer legítimamente las órdenes explícitas
o implícitas igualmente peligrosas para esos bienes.
CAUSIDICUS.

46

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