Carta al padre
La Uvita – 28 de enero del 2001
Ahora, en este momento, mientras recuerdo los momentos más lóbregos de mi vida, lo que más se
agudiza en mi cabeza es tu existencia. Al parecer mi vida es hermosa, suntuosa y un claro ejemplo
para tener en cuenta; sin embargo, mis memorias reflejan otra historia recóndita. Allí se dibujan
las siluetas de una infancia deprimente. En este instante tu mente puede estar buscando una
respuesta a la causa de tan triste prólogo y te digo sin temor a equivocarme que tú, solamente tú,
tienes la culpa.
Tengo muy claro de que nadie es perfecto y siempre cargamos con nuestros calvarios, pero, eso
no significa que haya una justificación para no mejorar como persona. En general, cuando alguien
se equivoca trata de remendar su daño, si bien, tú no realizaste ningún esfuerzo para ser mejor
padre.
Puedo comenzar con tu ego, dónde yo creo que germina el problema. Lo poco que conozco de tu
juventud me hace pensar que ese defecto influyó mucho en ti a la hora de ver el mundo. Esa
egolatría te cegó de las posibles soluciones para frenar esa avalancha de pensares tóxicos, lo cual,
te guío por el peor camino que podrías haber tomado en tu vida. Hace poco aprendí el significado
de éxito, al que se refería como la acción de que una persona respire mejor gracias a tu existencia;
y como ya lo debes de haber notado, tu vida no tiene éxito al parecer; gracias a ti muchas personas
toman aire sin serenidad.
Desde que tengo conciencia observé ese narcisismo en ti, no sabía cómo explicarlo, era solo un
niño. Las acciones que desencadenaste por tu ego hicieron gran daño en mi infancia. Una niñez
llena de ruidos agonizantes. Donde yo no podía estar tranquilo ni siquiera una noche porque
pensaba que llegarías embriagado a maltratarme psicológicamente. Sembraste miedo en
conciencia, y un gran odio hacia ti. Además, yo no fui el único afectado, mi hermano mayor y mi
madre también están involucrados.
El maltrato interior que ocasionaste a mi hermano fue supremamente resaltante y duro de olvidar,
gracias a ti vivió esas épocas llenas de promiscuidad y alcoholismo, él solo era un joven
adolescente que no sabía cómo dar rumbo a su vida y lo único que hizo fue seguir tu miserable
ejemplo. Pasan por mi cabeza las imágenes de ese hermano maltratado y deprimente, que afectado
por su vida hedonista quería morir; nunca intentó agredirse a sí mismo, no obstante, en sus espejos
se notaba un profundo deseo de terminar con su historia.
También, como lo mencioné anteriormente, maltrataste al ser que más amo en esta vida doliente;
mi madre. Cuando evoco esos momentos se me viene a la cabeza ese machismo predominante que
acusaba a mi madre todo el tiempo, ese mismo que desprestigiaba a cualquier mujer. Esa forma de
pensar tuya tan misógina le hizo un daño grande. Hasta el punto de que tú, a golpes, la maltratabas
todo el tiempo; lo cual la llevaría a buscar soluciones en otros hombres, y allí fue donde comenzó
a deteriorase la relación. Siempre trataste de inculcarme ese pensamiento, pero fui fuerte y no me
dejé llevar. Sin embargo, a pesar de que evité muchas cosas a toda costa para no contagiarme de
esas actitudes tan dañinas terminé siendo tu “alter ego”. La verdad no sé que vio mi mamá en ti,
no lo entiendo. Pero, por cualquier razón que fuese, estabas siendo desagradecido con lo que te
había otorgado la vida, no le dabas el valor correspondiente a lo que poseías.
Fuiste un padre ausente, cuando tratabas de dar amor eras tosco y frío; siempre supe que era falso,
nunca sentí una conexión o algún sentimiento de admiración. Nunca estuviste ahí para escuchar
las vagas historias de un niño lleno de preguntas que querían saciar una curiosidad inocente.
Viví una infancia insegura, te personificaba como el terror de mis pesadillas. Cuando te veía no
sentía respeto, sino, un temor al daño que podías ocasionarme. En los momentos que me
aconsejabas lo hacías de una forma tan incorrecta que aborrecía escucharte porque tus palabras no
tenían ningún valor para mí, eran totalmente vacías. Tu autoritarismo hizo mucho daño en la
familia.
Mi madre te amaba, con todas sus fuerzas. Sin embargo, tú la hartaste con tus actos. Tus frecuentes
borracheras e infidelidades fueron acabando ese lindo sentimiento. He escuchado decir de ti que
la culpa del divorcio fue ella, lo cual es tan irracional que todavía no alcanzo a imaginar las agallas
que tienes para decir semejante disparate lleno de pedantería. Pero, sabes muy bien, que tu persona
y tus actos hicieron carcomer ese amor.
Afortunadamente, desapareciste momentáneamente de nuestras vidas y todo fue más tranquilo;
llegó una persona mucho mejor que tú a la vida de mi madre, y ella ahora siente felicidad, sensación
que pocas veces fuiste capaz de ocasionarle. Este hombre no llenó del todo el vacío de tener un
papá ausente, pero fue un gran apoyo, él si me escuchaba y daba consejos bastantes racionales.
Sé que todavía paso momentos contigo, pero nunca se me olvida lo que hiciste, sé que trataste de
solucionarlo, pero ya el daño está hecho. Dices que cambiaste, tal vez sí, pero muy poco. Tu
egocentrismo todavía emana de ti, ocasionando que después del divorcio te convirtieras en una
persona demasiada despreocupada, donde piensas que diste mucho por mí, pero es mentira. Dices
que quieres remendar el problema y lo único que haces es ocasionar más problemas; esa es tu
esencia, crear caos.
Por dentro todavía te abomino, digo que te perdono, pero realmente no es así. Mi corazón todavía
posee demasiada animadversión y creo que todavía tiene que pasar mucho tiempo para que eso
sane. Porque hasta que tú no acabes con tu ego jamás cubrirás mis expectativas para poder llegar
al punto de perdonarte. Fue por tu culpa que me convertí en un abyecto como tú.
Mi sentimiento putrefacto por ti estará vigente. Mientras tanto recoge la cosecha más ignominiosa
que podrás conseguir en tu vida. Y jamás vuelvas llamarme hijo, porque ese hijo ya no existe, ese
hijo ya murió.
Juan Andrés Medina Gallo – Humanidades I - X