Didáctica en Ciencias Sociales
Didáctica en Ciencias Sociales
Por ello, detenernos brevemente en los conceptos de conquista y colonización nos permite
resignificar y acercarnos a dichos procesos desde otras perspectivas. Una de ellas, es el
pensamiento decolonial. Varios/as autores/as que se inscriben en esta línea- como Aníbal
Quijano, Walter Mignolo, Yuderkys Espinosa Miñoso y Enrique Dussel- plantean la revisión de
la historia de América desde una mirada latinoamericana crítica que evidencie la construcción
eurocentrista del conocimiento y que deje expuesta la geopolítica desde la que se enuncian
los diferentes discursos históricos.
1
En este sentido, el filósofo argentino Enrique Dussel (1992), plantea que los conceptos de
conquista y colonización elucidan1 la relación de América con Europa. Describe la conquista
como un proceso político y militar de dominación y control de los cuerpos, las personas y de
los pueblos. Como habíamos señalado en la clase anterior, el concepto de razón europea,
ilustrada y moderna, se autofunda como sujeto universal y portadora del proceso de
civilización. Siguiendo la primera verdad de la filosofía cartesiana, Dussel afirma que el ego
cogito realiza su avanzada sobre América imponiendo el ego conquistador, es decir, la
otredad americana queda reducida y definida a partir de lo europeo. La conquista, así
entendida, es el proceso mediante el cual Europa reafirma su identidad anulando la identidad
y diversidad de los pueblos originarios.
Por su parte, esta razón europea ilustrada moderna, sigue rigiendo hasta el presente en
muchas de nuestras prácticas sociales, en nuestra manera de entender el conocimiento, en
nuestra relación con los Otros y es el punto de enunciación de muchos de los discursos
cotidianos.
Como muestra, podemos ver a continuación una publicación del Portal Educando,
dependiente del Ministerio de Educación de la República Dominicana, que cuenta con
información y actividades para directivos de escuela, docentes, estudiantes y sus familias. Si
bien la publicación es de 2005 aún está en línea. En el siguiente recorte del texto podemos
ver cómo se perpetúan las dimensiones de la concepción del Otro y de los procesos de
colonización que aquí estamos analizando. Es decir, se representa y legitima un relato
histórico de la conquista desde una mirada eurocéntrica, con ojos imperiales.
1
Elucidar, en términos de Cornelius Castoriadis, implica “pensar lo que se hace y saber lo que se piensa”. Para
llevar adelante este trabajo de elucidación se puede recurrir a diversos procedimientos de indagación, entre
ellos: desnaturalizar los sentidos comunes disciplinarios, deconstruir las lógicas con las que se comprende y
aborda “la diferencia” desde un campo de saberes y prácticas y genealogizar la construcción de nociones
pertenecientes a un cuerpo teórico (Fernández, 2008).
2
El encuentro de dos culturas. Su Origen
La terminología del discurso histórico que habla del “descubrimiento” como una experiencia
estética, contemplativa, una aventura del “viejo mundo” o la expresión “encuentro” de dos
mundos, encubre relaciones de explotación, represión y muerte. Según el sociólogo Walter
Mignolo:
3
“América nunca fue un continente que hubiese que descubrir, sino una invención
forjada durante el proceso de la historia colonial europea y la consolidación y
expansión de las ideas e instituciones occidentales” (2007: 28).
Todo esto nos muestra que la colonización no es simplemente una categoría del pasado y
que es propositivo preguntarnos ¿de qué manera se producen los nuevos procesos de
colonización en el mundo y, más específicamente, en América Latina? Desde la perspectiva
decolonial, vamos a detenernos en el concepto “colonialidad del poder” que ilustra, de manera
crítica, dichos procesos.
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Analizar la realidad desde la perspectiva de la colonialidad del poder nos permite entender
procesos sociales y, dentro de ellos, la construcción de subjetividades. Articulando con lo que
vimos en la primera clase, el poder colonial se entrama en nuestra forma de ver y de andar
por el mundo y visibilizar esto nos permite: por un lado, evidenciar que la construcción de
subjetividades no es un proceso individual, esencial, ahistórico. Por el otro, que entender la
conformación de las identidades ancladas a procesos sociales nos permite desnaturalizar las
inequidades y visibilizar las formas de resistencia a un orden social injusto. Entonces, si
miramos con ojos imperiales ¿Qué podemos ver? ¿Qué queda oculto? Evidenciar la
colonialidad del poder ¿qué nos permite visibilizar, enunciar, denunciar, transformar?
Avanzando en esta línea y tal como lo plantea Mignolo (2007), la colonialidad del poder es
inherente a la colonialidad económica. A partir de mediados del siglo XVI, la producción y
comercialización de metales preciosos fue uno de los elementos centrales que vinculó las
economías de América española con el sistema del mercado mundial.
Felipe Guaman Poma de Ayala, El primer nueva crónica y buen gobierno (1615-1616) (Copenhague,
Det Kongelige Bibliotek, GKS 2232 4°), Dibujo 147.
5
En la imagen se satiriza la avidez de los españoles por los metales preciosos. Allí puede
leerse el siguiente diálogo entre el soberano inca y un conquistador. El Inca pregunta: “¿Es
éste el oro que comes?”. El español responde: “Este oro comemos.” La llegada de este
metálico al continente europeo generará transformaciones en el mundo occidental que
derivarán en la consolidación del sistema capitalista mundial.
El efecto más dramático y que mejor ilustra esta desestructuración es la enorme pérdida de
vidas humanas. Según distintas estimaciones demográficas, la población del continente
americano hacia 1500 era de unos 80 millones de habitantes, mientras que unos 50 años
después era sólo de 10 millones.
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La construcción del Estado Nacional y la enunciación de un “nosotros”
excluyente: la utopía de la homogeneización
En el siglo XIX, caído el dominio español sobre América, los Estados nacionales afirmaron o
consolidaron procesos de colonización cultural sobre la población originaria. Partiendo de la
definición y características del Estado moderno que fueron trabajadas en la clase anterior,
aquí veremos ciertos aspectos de la configuración del Estado nacional argentino, producida
durante la segunda mitad del siglo XIX.
En primer lugar conviene tener en cuenta que ese proceso de configuración del Estado
Nación argentino -como también sucedió en el resto de América Latina- no puede separarse
de la herencia que dejaron la conquista y la colonización europeas. El eurocentrismo y el
racialismo2 serán dos elementos propios de los Estados nacionales. Nuestro interés apunta a
resaltar cómo la constitución del Estado nacional se forja en parte sobre la apropiación
material y simbólica de los pueblos indígenas, intentando fundar una identidad cultural común,
hegemónica y homogeneizante. Huellas de este intento se pueden rastrear en la literatura y el
ensayo argentinos.
La generación del „37, como conocerán, que abrazó los principios románticos, es la
encargada de elaborar la idea de Nación. Esta idea está íntimamente relacionada con la
religión de la Patria, la necesidad de una misión laica, que implica justamente la existencia de
mártires laicos (Echeverría, 1846). Apuesta a la reivindicación de la Revolución de Mayo,
donde se encuentran los primeros mártires y desprecia la supuesta anomalía del Estado, que
estaba representada por el gobierno de Rosas.
¿Cuáles son los criterios de inclusión y exclusión del Estado-nación? es un interrogante que
tiene respuestas diversas. Haremos hincapié en las más controversiales y, quizás, conocidas.
Alberdi, en su famoso libro Bases y puntos de partida (1852), sigue las nociones del
liberalismo anglosajón, y postula que los ciudadanos del Estado-nación sólo podrían ser
aquellos que tenían la condición de ser propietarios. Y, por ende, los únicos con derecho a
intervenir en la cosa pública. Realiza una clasificación entre el habitante y el ciudadano. Parte
del pueblo es habitante y parte, ciudadano. El que tiene derechos políticos es el ciudadano.
Este tipo de discursos por tanto deja por fuera a cualquier sujeto que no sea ciudadano
propietario. La posibilidad de incluir a los pueblos indígenas, va de suyo, está por fuera de
cualquier proyecto de Estado-Nación.
2
Se conoce como racialismo a las teorías “científicas” o biologizantes de la desigualdad entre las
personas, que a las anteriores creencias de jerarquías entre las “razas” les agregaron una justificación
pretendidamente científica (Todorov, 2007: 115ss).
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Con una perspectiva más eurocéntrica, Sarmiento es más taxativo respecto de la inclusión o
exclusión de los pueblos originarios en el proyecto de Estado-nación. En su consagrado libro
Facundo (1845) aparece el concepto de desierto, dando cuenta de un espacio geográfico
vacío, no porque no haya gente que lo habite sino porque sus habitantes no son
representantes de la “civilización” y por ende no alimentan la identidad nacional.
En la cita aparece una palabra clave: raza. La construcción arbitraria de la idea de raza como
justificación para la colonización europea, vuelve a aparecer para instituir un “nosotros”
excluyente dentro del Estado-nación. Sarmiento la toma del pensador francés Gobineau
(1816-1882), quien en la primera mitad del siglo XIX había planteado una distinción entre
razas superiores y razas inferiores, afirmando que la raza más pura es la raza aria. En
consecuencia, los “indios”, o sea los pueblos originarios, serán interpretados como una raza
mentalmente inferior.
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Les proponemos escuchar el tema “Civilización o Barbarie” del grupo
Los científicos del Palo, quienes desde un posicionamiento crítico a la
historia oficial, llevan esta dicotomía a la música:
https://www.youtube.com/watch?v=S2wxNf2qlCY
¿Cuál era la utopía homogeneizadora de ese Estado nación? Para abordar este interrogante
es fundamental tener en cuenta el rol de la educación en el proyecto nacional. La identidad
nacional se intenta reforzar a partir de elementos culturales como las lenguas nacionales, las
literaturas nacionales, las banderas y los himnos.
Para Alberdi (1852) la educación ciudadana ocupaba un lugar relegado frente a la necesidad
de mantener el orden y la estabilidad política, y de formar la fuerza laboral que garantizara el
progreso del país, la producción y las exportaciones. Ante esos problemas a resolver, Alberdi
confiaba más en la capacidad del trabajo y la inmigración -como fuerzas para reformar los
hábitos y costumbres- que en las instituciones educativas.
Sarmiento, en cambio, apostaba al poder eficaz de la escuela primaria obligatoria. Creía que
ésta influiría en forma decisiva en la transformación de la Argentina, contribuyendo a moldear
a la sociedad de argentinos/as e inmigrantes que garantizaba el progreso nacional y que
conformaría una ciudadanía capaz de garantizar el sistema democrático. Finalmente, la Ley
de Educación Común (1884) significó un reforzamiento a las aspiraciones de igualdad,
mientras se conservaban las prácticas políticas restrictivas de la participación ciudadana.
Entonces, la política educativa convocaba a la infancia -en tanto futura ciudadanía- mientras
que se afianzaba un orden político conservador, fundado en la exclusión de la política de los
sectores medios y populares.
De una u otra forma la educación tenía una función, como señala Tedesco (2003) pragmática
y utilitaria. Bajo el lema orden y progreso, tomado de la corriente positivista, se pensaba un
Estado que excluyera todos aquellos elementos que pudieran obstaculizar el progreso y el
avance de la civilización. Así, por ejemplo, el Himno de la Provincia de Río Negro arengaba,
hasta hace unos años, en sus estrofas: “Ha dejado atrás al tiempo, ahora marcha rumbo al
sol. Sobre el alma del tehuelche puso el sello el español. Por eso vamos alegres, confiados, a
la conquista de un gran porvenir. Todos unidos cual nobles hermanos en arduas bregas, vivir
y morir”. Así fue cantado durante décadas por los alumnos en las escuelas, hasta que en
2013 fue modificada esa alusión al pueblo tehuelche. Es en este sentido que los pueblos
originarios representaban, según la mirada eurocentrista, atraso y barbarie.
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Construcción de poder económico, clase y régimen político
A mediados del siglo XIX -mientras se iba definiendo a nivel conceptual la construcción del
“nosotros” nacional homogeneizante y excluyente- se iba desarrollando el Estado nacional
como institución centralizada y se daba también un proceso de crecimiento económico que le
permitiría expandirse. En las dos secciones que siguen exploraremos estos dos procesos -
político y económico- que constituyeron el contexto inmediato en el cual el Estado argentino
llevó a cabo sus políticas de expansión con “ojos imperiales” sobre los pueblos indígenas de
Pampa y Patagonia.
A partir de la década de 1860 van llegando a su fin los principales conflictos en torno a la
organización nacional que habían generado la permanente fragmentación política y la
frecuente confrontación armada en las décadas anteriores: unitarios y federales,
Confederación Argentina y Estado de Buenos Aires y las confrontaciones que continuaron
hasta la Guerra de la Triple Alianza.
La batalla de Pavón en 1861 significó el triunfo de uno de los proyectos políticos que había
estado en pugna durante la década anterior, el proyecto de conformación de un Estado
Central de Mitre. Con el triunfo de Mitre comenzaría el proceso de construcción de una
autoridad nacional centralizada en Buenos Aires, que excluyó la existencia de cualquier poder
alternativo. En efecto, todas las provincias habían aceptado, luego de complejas luchas y
negociaciones, la conformación de este poder, lo cual habían manifestado explícitamente al
firmar la Constitución de 1853, al sumarse Buenos Aires a este marco constitucional en 1859-
60, y al aceptar el liderazgo de Mitre y su grupo. Pero en términos concretos, este poder
central, como explica Oscar Oszlak (1982), tenía una existencia sólo teórica: no poseía los
instrumentos ni la capacidad material para imponerse en el territorio ni para doblegar a
aquellos actores sociales que se le opusieran.
La construcción de ese poder material es en gran parte el desarrollo que se da entre 1862 y
1880. Durante las presidencias de Mitre, Sarmiento y Avellaneda, las autoridades centrales
irían construyendo su capacidad real de dominación (creación de un Ejército centralizado y de
un sistema de recaudación impositiva, conformación de una burocracia federal, de un sistema
financiero y monetario unificado y de una justicia federal de última instancia, entre otras
cosas).
La consolidación y presencia del Estado también implicaría una nueva relación entre poder
político y territorio: parte de las atribuciones del Estado moderno, como vimos, es una
definición de soberanía que implica la dominación “total” sobre un territorio, la imposibilidad de
que ninguna otra entidad política se arrogue derechos sobre el mismo. Este requerimiento
soberano puso en crisis las relaciones, como veremos, entre Estado nacional y poder
indígena a lo largo de la década de 1870. No desarrollaremos aquí las diferentes resistencias
10
y alternativas a este proceso: las hubo de muy variada índole, ya que diversos actores
políticos y sociales perjudicados resistían, inclusive por las armas. Las diferentes
sublevaciones de caudillos federales como Felipe Varela, el Chacho Peñaloza y López
Jordán, serían ejemplos de esto. Lo que nos interesa aquí es entender qué sectores
sociales y políticos, por el contrario, estaban detrás de este proyecto, interesados en
su construcción.
Como ya mencionamos, el proyecto político iniciado en 1862 tenía como sus principales
conductores a la facción “nacionalista” de la Provincia de Buenos Aires, liderada por
Bartolomé Mitre. Esta facción, a diferencia de los “autonomistas” de Alsina, planteaba la
necesidad para Buenos Aires de sumarse y hegemonizar el conjunto político que conformaba
la Confederación Argentina. Así, luego del triunfo militar en Pavón, siguieron años en los que
la clase política de Buenos Aires tendría un rol dominante en la política nacional.
Gradualmente, sin embargo, el lugar prioritario de la élite política bonaerense se iría
reduciendo, a medida que esta élite encontraba intereses en común con las diferentes
aristocracias provinciales. Justamente, los años que van de 1860 a 1880 son los de la
constitución de una alianza tácita entre todas estas aristocracias, que conformarían una
verdadera clase política nacional. Esta clase política es la que, en 1880, luego de eliminar la
última facción resistente se convirtió en la clase dominante exclusiva del sistema político
nacional hasta la década de 1910.
Batalla de Puente Alsina (sobre el Riachuelo), uno de los combates que enfrentaron en 1880 al
gobierno nacional con el gobierno bonaerense, en el último de los conflictos en torno a la
organización nacional.
¿En qué se basaba esta “alianza” de oligarquías provinciales? ¿Qué intereses en común
encontraron a partir de la década de 1860, que antes no habían encontrado, y qué les
permitió confluir en un proceso de unificación política a escala nacional?
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Es aquí que debemos prestar atención al patrón de desarrollo económico que se estaba
instalando por ese mismo período. Para la década de 1860, era cada vez más claro que la
economía nacional era fuertemente dispar: mientras las regiones más alejadas del Atlántico
se encontraban en una situación de relativo estancamiento, el Litoral y Buenos Aires, que por
el contrario estaban conectadas con las economías europeas, estaban atravesando un fuerte
proceso de crecimiento. En ese contexto, las diferentes elites políticas provinciales perciben la
conveniencia, o aún la necesidad, de establecer algún tipo de vínculo político y económico
con las regiones que estaban mejor integradas al mercado internacional. En palabras de
Oscar Oszlak, para muchas elites regionales:
“la posibilidad latente de negociar desde una posición de al menos formal paridad,
la constitución de un Estado nacional sobre bases más permanentes que las
ofrecidas por los diversos pactos federativos, resultaba siempre más atractiva y
conveniente que el horizonte de miseria y atraso que la gran mayoría de las
provincias podía avizorar de persistir el arreglo institucional vigente.” (Oszlak,
1979: 4)
¿En qué consistió el modelo agroexportador detrás del que se encolumnaron las provincias
argentinas de manera creciente en este período? Su principal rasgo, como su nombre lo
indica, fue el desarrollo de la economía primaria con destino a la exportación hacia los
países industrializados. En un contexto global marcado por la Segunda Revolución Industrial,
la Argentina se incorporó al mercado mundial como proveedor de materias primas y
alimentos.
12
Fuente: Hora, 2010: 86; 201.
Este cambio nos señala un segundo aspecto importante del modelo agroexportador, que es
que a medida que se desarrollaba, profundizaba la desigualdad regional que ya
mencionamos. El grueso del crecimiento de la producción y de las inversiones en
infraestructura se dio, como lo muestra el trazado de los ferrocarriles del segundo mapa, en la
zona pampeana y litoral. Las demás regiones, en cambio, se integraron de diferentes
maneras y con variable magnitud dentro de este esquema económico.
El hecho de que el mercado estuviera más integrado nacionalmente hizo que algunas
regiones, como Mendoza y Tucumán, encuentren nuevos destinos a su producción. Junto con
estos casos de adaptación “exitosa” al nuevo esquema existieron también casos de regiones,
como el del NOA, y rubros de actividad económica que sufrieron fuertemente su impacto.
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Inmigrantes en la cosecha de uva. Imagen recuperada de:
elportaldemendoza.com/blog/historia-de-la-vitivinicultura-en-mendoza/
Como pueden imaginarse, el desarrollo del auge exportador implicó una gran presión sobre
la tierra, que era su recurso principal. A medida que crecía el volumen exportado y las
expectativas de ganancia, el valor de la tierra subía (entre 1880 y 1913 se multiplicó por 10) y
los sectores terratenientes procuraban aumentar su renta y adquirir nuevas tierras donde
continuar su actividad.
En la década de 1870 vemos un momento crítico en el que los procesos económico y político
que narramos hasta aquí se unen en lo que los contemporáneos -blancos- denominaron el
“problema de la frontera”. Como vimos más arriba, el desarrollo del Estado implicaba la
absorción y la imposición de un poder total sobre el territorio. Como vemos ahora, el
desarrollo agroexportador implicaba igualmente la apropiación del territorio y la instalación de
unidades de explotación agrícola-ganaderas (estancias). La existencia de territorios
dominados por actores sociales y políticos “no integrados” al Estado-nación ni a la economía
agroexportadora constituía un obstáculo a estos desarrollos.
El avance del Estado Nación hacia la frontera Sur. Las discusiones en torno al
genocidio y/o desestructuración de los pueblos originarios de Pampa y
Patagonia
El contexto en el que ocurre el avance territorial del Estado argentino sobre Pampa y
Patagonia a fines del siglo XIX es, como hemos explicado en el apartado anterior, el de la
consolidación política de una nueva clase social: la aristocracia o, mejor dicho, la alianza entre
las aristocracias provinciales y el desarrollo del modelo agroexportador dentro del sistema
capitalista mundial. Entendemos que la necesidad de lograr un orden determinado en lo
económico precisó de antemano el establecimiento de un orden sociopolítico que le fuera
funcional.
14
La preocupación por la “frontera sur” llevó al incipiente Estado nacional a avanzar mediante
una serie de campañas militares que fueron presagio de la denominada “Conquista del
Desierto” iniciada en 1878. Entre esas campañas encontramos la de Rauch, entre 1826 y
1827 cuando avanza contra los ranqueles; la de Rosas “al Desierto” en 1833 y 1834, y la de
Avellaneda entre 1875 y 1877 que incluye la construcción de la “zanja de Alsina”.
Walter Delrio (2010) plantea que el “nuevo orden” político y económico se impuso a la
población originaria del territorio mediante “el par indisoluble del sometimiento y la
expropiación”, es decir, utilizando la violencia. La “Conquista del Desierto” puso en marcha los
mecanismos estatales de agencia disciplinadora y se produjo en condiciones y tuvo
consecuencias que, siguiendo la definición establecida a mediados del siglo XX en el marco
de la “Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio” de la
Organización de Naciones Unidas, pueden determinarse como acciones constitutivas de un
genocidio.
Los cinco elementos se encuentran, tal como lo sostiene y fundamenta un gran número de
cientistas sociales -entre ellos, Diana Lenton, Walter Delrio, Alexis Papazian y Mariano Nagy-,
entre los padecimientos sufridos por los pueblos indígenas preexistentes al Estado argentino.
Incluso del análisis de documentos de la época -diarios de sesiones legislativas y noticias
periodísticas, entre otros- surge que por aquel entonces la denominada Campaña del Desierto
era vista por muchos como una política de enajenación, eliminación y muerte considerada de
lesa humanidad (Lenton, 2010). Pero la imposición de la “versión estatal” de los hechos hizo
que la historia escrita y oficial no mostrara nunca la diversidad de miradas sobre la violencia
impartida y lograra establecer “su” verdad como la única transferible. La escuela “de
Sarmiento”, como vimos antes, cumplió un rol preponderante en ese sentido.
15
Para un repaso sobre los principales aspectos de la idea de que nuestro
Estado-nación se construyó sobre un genocidio, puede leerse la siguiente
entrevista a la antropóloga Diana Lenton, publicada en Página12:
https://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-178560-2011-10-10.html
Un ejemplo del dinamismo que tuvieron esos vínculos lo encontramos en la figura de Valentín
Saygüeque3, el gran jefe mapuche-tehuelche de la Gobernación de Los Manzanos, quien
había sido uno de los principales aliados de las autoridades argentinas, aunque terminó
liderando las últimas resistencias de los pueblos originarios de Norpatagonia.
3
Julio Vezub, investigador adjunto del CONICET en el Centro Nacional Patagónico (CENPAT), recopiló y estudió
las cartas de la “Secretaría de Valentín Saygüeque”. La recuperación de la correspondencia del cacique permitió
reconstruir la historia de la jefatura política que encabezó en Neuquén durante el siglo XIX y resistió la llamada
Campaña del Desierto.
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La experiencia de Valentín Saygüeque y su “Gobernación Indígena de los Manzanos"
proporciona alternativas para reinventar tradiciones sobre nuevos fundamentos, que
reconozcan la capacidad histórica de incluir la diversidad.
Como dijimos, la Campaña del Desierto marca un hito de ruptura con el modo de vincularse
que el Estado venía teniendo con los jefes territoriales y sus linajes de Pampa y
Norpatagonia. Su principal objetivo fue lograr el “vaciamiento” del territorio ubicado al sur
del río Negro para poder apropiárselo, dividirlo y repartirlo. Por otra parte esta “Campaña”
tuvo como objeto el disciplinamiento de esos indios, convertirlos en mano de obra barata.
A continuación, pueden observar en el mapa los avances sobre los territorios de las
comunidades originarias en las campañas militares en La Pampa y Patagonia.
A medida que se producía el avance militar, muchos indígenas eran tomados prisioneros y
luego destinados a los campos de concentración ubicados en la isla Martín García y en
lugares a lo largo del río Negro. El gobierno analizaba la “utilidad” que podrían tener y definía
su traslado y relocalización, generalmente en áreas alejadas de sus lugares de origen y del
resto de los miembros de sus linajes. En el mismo sentido, el gobierno buscó evitar la
reproducción biológica y sociocultural de las familias indígenas separando a varones de
mujeres, apropiándose de sus hijos e incorporándolos a familias criollas “adoptivas”. También
les estaba prohibido hablar su lengua materna en las escuelas y se les impuso el bautismo y
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el uso de nuevos nombres propios. En la foto siguiente, se muestra la ceremonia de bautismo
de la “tribu” del cacique mapuche Reuque-Cura (hermano de Calfucurá) en 1884.
Ceremonia de bautismo de la “tribu” del cacique Reuque-Cura, 1884. Fuente: García (2017)
Todo ello comprende, según vimos en la definición de la ONU, un genocidio. Sin embargo,
debemos decir que asumir que hubo un genocidio no implica afirmar que la población
menoscabada haya desaparecido. En un principio los esfuerzos de la nación estuvieron
puestos en construir la idea de que los indígenas constituían un “otro interno”. Luego la idea
forjada fue la de su extinción. La identidad nacional y homogénea tanto en lo territorial como
en lo cultural (Mases, 2002) conllevó la eliminación del componente indígena del imaginario
colectivo. No obstante, y tal como ilustra la siguiente fotografía, en la realidad la población
originaria no desapareció.
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Sí debemos decir que esta población sufrió un proceso de “demarcación étnica” producto de
la imposición de identificaciones estigmatizantes y de traspaso a la subalternidad (Delrio,
2010). Solamente podían ser integrados a la nación mediante la “civilización” -vinculada a la
evangelización- o mediante la solicitud de tierras para establecer colonias o reservas.
“En esta historia, las huellas de sucesivas expropiaciones han impuesto los
condicionamientos y los límites dentro de los cuales los subalternos articulan sus
identificaciones y sus acciones.” (Delrio, 2010:14-15).
Si bien, de acuerdo a todo lo expuesto en este apartado, sabemos que la población originaria
fue diezmada, perseguida, desarticulada, muerta y desaparecida a manos del naciente
Estado-nación, también debemos resaltar que hoy, ciento treinta años después, asistimos a
un proceso de autoreivindicación de la identidad étnica apoyada en la demanda del
cumplimiento de los derechos que la asisten.
Reflexiones finales
De esta forma llegamos al final de la clase, esperamos que en lugar de una actitud de cierre
la clase sea una herramienta de apertura para profundizar en teorizaciones y
problematizaciones relativas a la conquista y colonización de América desde una mirada
menos imperial y más latinoamericana. También esperamos haber abierto la posibilidad de
reflexionar sobre las implicancias de la conformación del Estado-nación argentino en el marco
de la expansión del sistema capitalista.
Los núcleos problemáticos que decidimos desarrollar -que no anulan otros- nos fueron
mostrando el por qué y el cómo de la necesidad de disciplinar y construir una sociedad
argentina aparentemente homogénea. Como sabemos, la discusión sobre estos temas no
está saldada. El genocidio de los pueblos originarios, por ejemplo, es un tema que despierta
afirmaciones y rechazos. Desde varios discursos negacionistas, entre los que cuentan el de
algunos periodistas y escritores, se plantea que el genocidio es una invención contrafáctica ya
que no existía dicha categoría en el contexto de aquella época y por eso no sería correcto
utilizarla para denominar la Campaña del Desierto. Diego Escolar responde particularmente a
quienes adscriben a esta posición publicando notas periodísticas en torno al 12 de octubre.
Resalta que justamente parte del ejercicio del historiador es el de acercarse al “espíritu de
época” mediante la proyección de modelos y conceptos de la historiografía que explican y/o
interpretan hechos históricos. Sobre esos discursos de negación, Escolar escribe:
19
de intervenciones periodísticas contrarias a las demandas indígenas (Hanglin,
Grondona, Caparrós) que repiten argumentos calcados de la épica militar argentina,
impermeables a la crítica historiográfica seria.” (Escolar, 2011: 2)
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