Si tienes un papá mago...
SI TIENES UN PAPÁ MAGO…
AUTORA: GABRIELA KESELMAN ED. EL BARCO DE
VAPOR
Había una vez un niño que, cada mañana, dejaba un sueño a
medias.
Primero saltaba sobre la cama, y luego, fuera de la cama. Se
vestía tan deprisa que se equivocaba al ponerse un calcetín. A
punto estaba de lavarse las manos…, pero decidía que la
izquierda no estaba sucia.
Luego, salía patinando por el pasillo. En fin, Chiqui hacía, ni
más ni menos, lo de todos los días.
Y es que, cuando papá esperaba en la puerta, no había que
retrasarse. Sobre todo, si se trataba de un papá mago. Como
el suyo. Era un mago muy especial que, siempre, le despedía
con un regalo maravilloso. Le daba unas palabras. Pero no
unas palabras de ésas del montón. Eran palabras, mágicas.
Chiqui le guiñaba un ojo y las guardaba en su bolsillo secreto.
Así cada mañana, emprendía el camino al colegio.
Primero pasaba por la casa de Mijito. La mamá de Mijito
también le acompañaba hasta la puerta. Pero como no era
maga, sino dentista, no le daba palabras mágicas. Le daba
palabras dentales.
¡Mijito, lávate los dientes antes y después de comer!
¡Y mientras masticas también!
¡Y ni se te ocurra mordisquear el lápiz! –le decía.
Luego, le daba un cepillito azul, uno morado y uno amarillo. Y,
además, una pegatina en la que ponía:
LOS CHICLES SON UN ASCO
Y una gorra, que tenía escrito con grandes letras bordadas:
SUPERFLÚOR AL ATAQUE
Chiqui miraba a su amigo con gesto divertido.
Pero su amigo le miraba con cara de dolor de muelas.
Entonces, Chiqui se ponía la mano en el pecho, donde tenía el
bolsillo de las palabras mágicas. Y sonreía a Mijito con tantas
ganas, que lo malo ya no parecía tan malo. Al fin, se iban los
dos juntos hacia el colegio.
Doblaban la esquina y hacían la segunda parada. Era la casa
de Nenita linda Su papá la acompañaba a la puerta, igual que
el suyo. Pero como no era mago, sino guardia de tráfico, no le
daba palabras mágicas.
Le daba palabras guardianas
¡Nenita linda, antes de cruzar la calle, mira a la izquierda y a la
derecha!
¡Y arriba y abajo! ¡Y adelante y atrás! – le decía.
Luego, le daba una mochila con bocina incorporada, luces rojas
que se encendían y apagaban y espejito retrovisor. Además, le
daba un silbato, que al soplar anunciaba:
ESTOY CRUZANDO, ESTOY CRUZANDO…
Chiqui miraba dentro de su bolsillo secreto, cerca del corazón,
allí donde guardaba las palabras de su papá mago.
Luego, atravesaba la calzada con paso seguro y tranquilo.
Nenita linda le miraba con cara de semáforo averiado.
Pero el cogía a su amiga de la mano y lo malo ya no le parecía
tan malo. Al fin, los tres amigos seguían camino al colegio.
Una manzana más arriba vivía Campeón. El papá de Campeón
también salía a despedirle, como los demás. Pero como no era
mago, sino corredor olímpico, no le daba palabras mágicas. Le
daba palabras rápidas. - ¡Campeón! ¡Date prisa! ¡No pierdas
tiempo! ¡Llega primero!¡Adiós, adiós! Además, le daba veinte
cronómetros, unas botas con motor en los talones y una
medalla en la que estaba escrito:
SOY EL MEJOR… DESPUÉS DE MI PAPÁ
Chiqui se reía despacito. Pero a Campeón se le ponía cara de
carrera perdida.
Entonces, Chiqui recordaba las palabras mágicas que llevaba
en el bolsillo. Daba un abrazo a su amigo y lo malo ya no
parecía tan malo. Al fin, ya eran cuatro amigos camino al
colegio.
Hasta que llegaban a una casa enorme con enanitos en el
jardín. La mamá y el papá de Tesorito abrían la puerta y
despedían a su hija. Pero como no eran magos, sino ricos, no
le daban las palabras mágicas. La verdad, no le daban ninguna
palabra porque pensaban que Tesorito ya tenía de todo. Chiqui
miraba a su amiga con cara muy seria.
Tesorito miraba a Chiqui con cara de banco asaltado.
Chiqui volvía a asegurarse de que sus palabras mágicas
seguían allí. Le daba la otra mano a su amiga y lo malo ya no
parecía tan malo.
Al fin, la pobre se unía al grupo y se iban todos al colegio. Un
buen día a la salida de la clase, todos rodearon a Chiqui.
Formaban un curioso círculo:
una cara de dolor de muelas,
una cara de semáforo averiado,
una cara de carrera perdida y
una cara de banco asaltado.
Y en el medio una cara serena y alegre. Los niños no
aguantaban más. Querían saber el secreto de Chiqui. A ver:
¿Por qué Chiqui nunca ponía cara de conejo hechizado?
¿Eh? ¿Qué palabras mágicas eran esas que le daba su papá
mago? ¿Eh?
- ¿Te dice Magi Chiqui, magi toma estas magichachi
magipalabras y te irá de magimaravilla? - ¿O abra la cabra que
labra macabra a la sombra de la pata? - ¿Y, luego, te echa
zumo puédelo todo en la cabeza?
- ¿O una pócima de carcajadas de rana, alegría de león y fuerza
de búfalo? - A lo mejor, te da en la nariz con una varita y te deja
turulato y te crees que él es un mago, pero no lo es…- Es un
cuento chino. -Eso, tu papá es japonés. -No, seguro que es
oficinista. - Entonces, le dará palabras oficinistas. - ¿Y ésas
cómo son? Y bobada va, bobada viene, pasaron una tarde
bobísima. Como tanta bobería cansa bastante, Chiqui se
marchó a casa. Los otros niños se quedaron murmurando.
Hasta que se les ocurrió un plan. -Mañana vamos nosotros a
buscar a Chiqui. -Y le espiamos. - Y descubrimos las palabras
mágicas. -Y les decimos a nuestros padres que las aprendan. -
O que las compren. -O que las cocinen.
Por la mañana, Mijito, Nenita linda, Campeón y Tesorito
saltaron de la cama más temprano que nunca. Se vistieron en
silencio y se escabulleron sin despedirse de nadie. Tal como
habían acordado, se encontraron frente al portal de Chiqui.
Agachados detrás del seto esperaron. Enseguida, aparecieron
los dos: Chiqui y su papá mago. Y Chiqui le pidió, ni más ni
menos, lo de todos los días: -Papá, no te olvides de darme las
palabras mágicas. Entonces, su papá le dio una vuelta por el
aire y un montón de besos. Y, además, le dijo:
¡CHIQUI, QUE TENGAS UN DÍA FELIZ!
Los niños vieron una ráfaga de estrellitas de colores volando
alrededor de Chiqui. Una a una, se metieron en su bolsillo
secreto. Ese que queda muy cerca del corazón.