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A Kate Daniels Novel

Magic Rises

Ilona Andrews
2

Kate Daniels #6
Índice
Sinopsis Capítulo 11

Dedicatoria Capítulo 12

Agradecimientos Capítulo 13

Capítulo 1 Capítulo 14

Capítulo 2 Capítulo 15

Capítulo 3 Capítulo 16 3
Capítulo 4 Capítulo 17

Capítulo 5 Capítulo 18

Capítulo 6 Epílogo

Capítulo 7 Nota de los Autores

Capítulo 8 Escena Eliminada

Capítulo 9 Sobre los Autores

Capítulo 10 Próximo Libro

Kate Daniels #6
Sinopsis
A
tlanta es una ciudad plagada de problemas mágicos. Kate Daniels
luchará por resolverlos —sin importar el costo.

La mercenaria Kate Daniels y su compañero Curran, El Señor de


Las Bestias, se esfuerzan por resolver una dolorosa crisis: incapaces de controlar
sus bestias, muchos de los niños cambiantes de la Manada no pueden sobrevivir al
paso a la edad adulta.

Si bien hay una medicina que puede ayudar, el secreto de su preparación está
fuertemente custodiado por las Manadas Europeas y hay muy poco disponible en 4
Atlanta.

Kate no puede soportar ver a inocentes sufrir, pero la solución que ella y
Curran han encontrado amenaza con ser incluso más dolorosa. Los cambiaformas
europeos que una vez se la jugaron al Señor de Las Bestias, le piden que actúe
como árbitro en una disputa a cambio de la medicina.

Con el futuro de los niños de la Manada en juego, Kate y Curran saben que
deben aceptar la oferta, pero no tienen dudas de que se dirigen directo hacia una
trampa…

Kate Daniels #6
Para nuestros padres, donde quiera que estén. 5

Kate Daniels #6
Agradecimientos
A
ntes de profundizar en los agradecimientos, por favor ten en cuenta
que hemos incluido una historia corta extra del rescate de Saiman.
Está al final del libro, pero es posible que desees leerla primero.

***
Nos gustaría darle las gracias a Anne Sowards, nuestra editora, por creer en
nosotros y por siempre trabajar para que el libro sea mejor. También nos gustaría
darle las gracias a nuestra agente, Nancy Yost, por toda su ayuda y su amistad.
6
Muchas otras personas han trabajado en la creación de estos libros. Michelle
Kasper, la editora de producción, y Jamie Snider, el editor asistente de producción,
supervisaron el proceso de convertir un manuscrito en un libro terminado. Judith
Lagerman, el director de arte; Juliana Kolesva, el artista, y Jason Gill, el diseñador
de la portada, crearon una impactante portada. Amy Schneider tuvo la difícil tarea
de corregir nuestro desorden. Rebecca Brewer, asistente editorial de Anne, y Sarah
E. Joven, de Nancy Yost Agencia Literaria, valientemente trataron de hacer frente a
nuestras peticiones. Estamos profundamente agradecidos con todos ustedes.

Un agradecimiento especial a los lectores beta que ayudaron a mejorar este


libro: Ericka Brooks, Ying Areerat, Hasna Saadani, Laura Hobbs, Michelle
Kubecka, Wendy Baceski, Joyce Casement, William Stonier, y otros.

Y, por último, gracias a ustedes, queridos lectores, por creer en Kate Daniels y
en su retorcido mundo.

Kate Daniels #6
Capítulo 1
G
iré la lanza.

—Un argumento más y te castigaré.

Julie rodó sus ojos con todo el desprecio que con catorce años de
edad podía reunir y se apartó el pelo rubio de la cara.

—Kate, ¿cuándo voy a usar esto alguna vez en la vida real?

—Lo usarás en los próximos cinco segundos para evitar que te atraviese.

En mis veintiséis años de vida, he tenido muchos empleos. La enseñanza no


7
era uno de ellos. Sobre todo mataba a gente de formas sangrientas y creativas. Pero
Julie era mi pupila y mi responsabilidad, y practicar con una lanza era bueno para
ella. Desarrollaba músculo, reflejos y equilibrio, y necesitaría los tres cuando nos
pasáramos a la espada.

Hace varias décadas la magia regresó a nuestro mundo, aplastando nuestra


civilización tecnológica y cualquier ilusión de seguridad que teníamos con ella.
Magia y tecnología aún peleaban por nosotros, jugando con el planeta como dos
niños lanzándose una pelota el uno al otro. Cuando una funciona, la otra no.

Los policías lo hacían lo mejor que podían, pero la mitad del tiempo los
teléfonos no funcionaban y todos los funcionarios disponibles respondían a las
emergencias importantes, como salvar a unos escolares de una manada de arpías
rapaces. Mientras tanto, con escasos recursos y una vida barata, la gente hacia un
buen trabajo aprovechándose de los demás. Los ciudadanos inteligentes no salían
por la noche. Si los maleantes no te alcanzaban, las aberraciones mágicas con
dientes gigantes lo harían.

Cada persona era responsable de su propia seguridad, y confiábamos en la


magia, las armas y las espadas. La magia de Julie era rara, y altamente apreciada,
pero inútil en el combate. Ver los colores de la magia no la ayudaría a matar a un

Kate Daniels #6
vampiro. Mi mejor amiga, Andrea, le estaba enseñando a manejar las armas. Yo no
podía golpear a un elefante con una pistola a tres metros, aunque probablemente
podía aporrearlo hasta la muerte. Las armas de cuerpo a cuerpo es lo que podía
enseñar.

Me llamó la atención la barriga de Julie, moviéndose lentamente como la


melaza. Ella giró su lanza como un remo y golpeó la mía, derribándola.

—¿Y?

Me dio una mirada completamente en blanco. La mayoría de las veces Julie se


tomaba la práctica en serio, pero en días como este algún interruptor funcionaba
mal en su cabeza, desconectando su cerebro de su cuerpo. Probablemente había
alguna manera de recuperarse rápido de esto, algunas palabras correctas de
"mamá" que podría decir, pero había encontrado a Julie hacía aproximadamente
un año en la calle y todo el asunto materno era todavía nuevo para mí. Mi madre
murió antes de que pudiera formar algún recuerdo de ella, así que no tengo
ninguna experiencia en el asunto. 8
Para empeorar las cosas, había utilizado la magia para salvar la vida de Julie.
Ella no podía rechazar una orden directa de mí, aunque ella no lo sabía y yo estaba
decidida a que siguiera siendo así. Había metido la pata unas cuantas veces y
aprendí que la entonación tenía mucho que ver con eso. Siempre y cuando le diera
instrucciones en lugar de ladrarle órdenes, no tenía ningún problema
ignorándome.

A nuestro alrededor el bosque de la Manada rebosaba de vida. El sol de la


tarde brillaba. Las hojas crujían con la brisa. Las ardillas se precipitaban de un lado
a otro de las ramas, completamente impávidas por los varios cientos de cambiantes
carnívoros viviendo en la puerta de al lado. A lo lejos, el leve sonido de las
motosierras retumbaba; el camino angosto que se dirigía hacia la Fortaleza estaba
en peligro de volverse intransitable y un equipo de cambia formas había sido
enviado esta mañana a derribar algunos árboles.

Una mariposa amarilla flotaba. Julie la miró.

Saqué mi lanza, la giré, y le apuñalé el hombro izquierdo con la culata.

—¡Ay!

Suspiré.

Kate Daniels #6
—Presta atención, por favor.

Julie hizo una mueca.

—Me duele el brazo.

—Entonces será mejor que me bloquees, y así no te haré más daño.

—Esto es abuso infantil.

—Estás lloriqueando. Estamos haciendo prácticas de bloqueo.

Giré la punta de la lanza hacia adelante y la apuñalé de nuevo, a cámara


lenta. Julie sujetó mi lanza con la de ella y se quedó allí.

—No te quedes ahí sentada con tu lanza. Tienes una abertura, tal vez quieras
hacer algo al respecto.

Alzó su lanza e hizo un intento poco entusiasta de apuñalarme en el pecho.


Le di un segundo para recuperarse, pero no se movió. Eso fue todo. Ya la tenía. 9
Di la vuelta a la lanza y deslicé las piernas debajo de ella. Cayó de espaldas y
guié la lanza hasta el suelo un par de centímetros de su cuello. Ella parpadeó, con
su tenue cabello rubio abierto en forma de abanico en su cabeza.

—¿Cuál es tu problema hoy?

—Kevin le pidió a Maddie ir a la Danza de la Luna.

Maddie, una cambia formas oso, era la mejor amiga de Julie. La Danza de la
Luna era la manera que tenía la Manada de dejar a los adolescentes desahogarse,
cada viernes por la noche, siempre que la magia se veía reducida, los cambia
formas arrastraban los altavoces fuera y la música de baile a todo volumen en las
murallas de la Fortaleza. Ser invitado a la Danza de la Luna por un chico era
comprensiblemente algo genial. Eso aún no explicaba el porqué dos meses de
lecciones y prácticas con la lanza se habían desvanecido de la cabeza de mi pupila.

—¿Y?

—Se supone que debo ayudar a escoger el traje para mañana —dijo Julie,
tirada como una babosa.

—¿Y eso es más importante que la práctica?

Kate Daniels #6
—¡Sí!

Saqué mi lanza.

—Está bien. Ve y haz tus cosas. Me deberás una hora el sábado.

No había fuerza en el planeta que pudiera hacerla concentrarse cuando se


ponía así, por lo que de todos modos hacerla practicar era una pérdida de tiempo.

La chica babosa se convirtió en una ágil gacela y se puso en pie.

—¡Gracias!

—Sí, sí.

Salimos del bosque. El mundo parpadeó durante un segundo y una ola de


magia nos salpicó, ahogando el bosque. Las motosierras carraspearon y murieron,
seguidas por maldiciones en voz alta.

El nombre oficial de este fenómeno era resonancia post-cambio, pero todo el 10


mundo lo conocía como oleadas mágicas. Habían venido de la nada y rodaban por
el mundo, apagando la electricidad, matando los motores a combustión interna,
estrangulando las armas, y escupiendo monstruos. Luego la magia se
desvanecería, las luces eléctricas se encenderían, y las armas de fuego, una vez
más, se volverían mortales. Nadie podía predecir cómo de fuerte sería una ola o
cuánto tiempo duraría. Era una vida caótica, pero perseverábamos.

Los árboles se abrieron, revelando un gran campo de hierba. En el medio de


eso, la Fortaleza se elevaba como una montaña artificial gris, un ejemplo de lo que
ocurría, cuando cientos de personas profundamente paranoicas y
sobrehumanamente fuertes se reunían y decidían que necesitaban un lugar seguro
donde dormir. Desde un ángulo, la Fortaleza se parecía a una fortaleza moderna,
desde otro, a un castillo medieval. Nos acercábamos desde el norte, donde
teníamos una vista de la torre principal, y desde aquí el lugar parecía un
rascacielos triste y macabro, con un ático, donde Curran y yo teníamos nuestra
guarida.

No siempre fue así. No habíamos empezado mirándonos el uno al otro y al


instante siguiente decidiéramos que éramos almas gemelas. Cuando nos
conocimos, él pensó que yo era un mercenario temerario que desafiaba la
autoridad porque me apetecía, y yo pensé que era un bastardo arrogante que tenía

Kate Daniels #6
problemas suficientes como para llenar la Fortaleza de arriba abajo. Pero ahora
estábamos juntos. Él era el Señor de las Bestias y yo era su Consorte, lo que me
ponía en una posición de autoridad sobre mil quinientos cambia formas, la
Manada más grande en el Sur. No quería la responsabilidad, y si tuviera otra
opción, me iría tan lejos como pudiera, pero era el precio que tenía que pagar para
quedarme con Curran. Yo le quería y él valía la pena. Él lo valía todo.

Rodeamos la Fortaleza y pasamos por las puertas anchas y abiertas hacia el


patio interior. Un grupo de cambia formas trabajaba en uno de los vehículos de la
Manada, un jeep modificado, su capó hinchado y deforme por la necesidad de
contener dos motores, uno de gasolina y otro para agua encantada. Nos saludaron
cuando entramos. Les devolvimos el saludo. Los cambia formas me aceptaban, en
parte porque luché por mi posición y no les di otra opción, y en parte porque
mientras Curran fuera justo, él también tenía una tolerancia muy baja para la
mierda. No siempre estábamos de acuerdo en las cosas, pero si el llamamiento lo
hacía directamente conmigo, no haría caso omiso, y a la Manada le gustaba tener
una segunda opinión. 11
La puerta de acero reforzado estaba abierta. A finales de mayo en Georgia
hacía calor y el verano era más caluroso. Tratar de poner aire acondicionado en la
Fortaleza era un caso perdido, por lo que todas las puertas y ventanas estaban
abiertas, en un esfuerzo para crear una brisa. Pasamos por un estrecho pasillo y
empezamos a subir la enorme escalera que era la pesadilla de mi existencia.
Empecé a odiarla la primera vez que tuve que subirla con una lesión en la rodilla;
mi odio sólo se hizo más fuerte.

Segundo piso.

Tercer piso. Estúpidas escaleras.

—¡Consorte!

La urgencia en la voz me hizo girarme. Una mujer mayor corría hacia mí por
el pasillo del tercer piso, con los ojos muy abiertos y con su boca abierta. Meredith
Cole. La madre de Maddie.

—¡Las están matando! —Ella se agarró a mí—. ¡Van a matar a mis hijas!

Todos los cambia formas en el pasillo se quedaron helados. Poner las manos
en un alfa sin permiso contaba como asalto.

Kate Daniels #6
Tony, uno de los ayudantes de Doolittle, dio la vuelta a la esquina, corriendo
por el pasillo hacia nosotros.

—¡Meredith! ¡Espera!

Doolittle era el medimago1 de la Manada. El terror se apoderó de mí. Sólo


había una razón para que el médico de la Manada matara alguna vez a un niño.

—¿Kate? ¿Qué está pasando? ¿Dónde está Maddie? —La voz de Julie se
disparó en un grito.

—¡Ayúdame! —Meredith apretó mi brazo. Mis huesos crujieron—. No dejes


que maten a mis hijas.

Tony se detuvo, sin saber qué hacer a continuación.

Mantuve mi voz tranquila.

—Muéstramelo.
12
—Por aquí. Doolittle las tiene. —Meredith me soltó y señaló hacia el pasillo.

—¿Qué está pasando? —chilló Julie.

Caminé por el pasillo.

—Lo descubriremos en un minuto.

Tony lo comprendió en seguida y cayó detrás de nosotros cuando le pasamos.


El pasillo nos llevó a la sala médica.

—Está en la parte de atrás —dijo Tony—. Te lo mostraré.

Él tomó la iniciativa y lo seguimos a través del ala del hospital hacia una
habitación redonda. Seis largos pasillos estrechos, guiaban desde la habitación a
túneles de hormigón grises. Tony tomó el que seguía recto. Una puerta de acero
con un brillo plateado revelador esperaba al final. Caminamos hacia ella, el sonido
de nuestros pasos rebotando contra las paredes. Tres barras, cada una tan gruesa
como mi muñeca, guardaban la puerta, por ahora desbloqueada. Mi corazón se
hundió. No quería ver lo que había detrás de ella.

1
Medimago: Un doctor que puede usar la magia para tratar y curar de lesiones.

Kate Daniels #6
Tony agarró el soporte de metal grueso que hacía las veces del manillar de la
puerta, se coló dentro, y la abrió, revelando una sala envuelta en la penumbra. Di
un paso dentro. A mi derecha, Doolittle estaba junto a unas sillas, un hombre
negro de unos cincuenta años, de piel oscura y pelo canoso. Se dio la vuelta para
mirarme y sus ojos, generalmente amables, me dijeron todo lo que necesitaba
saber: mi mayor temor era cierto y no había esperanza.

A mi izquierda había dos celdas de plexiglás una al lado de la otra, bañadas


por la luz azul de un farolillo de luz mágica. Los barrotes de acero y plata
rodeaban cada celda. No podía ver ninguna puerta. El único acceso a las celdas era
a través de una máquina tipo expendedora que se dejaba caer en la parte frontal.

Dentro de las celdas dos monstruos esperaban. Deformes y grotescos, sus


cuerpos se retorcían en una horrible pesadilla de piezas semihumanas, enormes
garras, y parches de piel densa, se encogían de miedo en la esquina, separadas por
el plexiglás y los barrotes, pero aun así acurrucadas juntas. Sus rostros, con
enormes mandíbulas y dientes extrañamente distorsionados, no sólo te dejarían
huella, te darían toda una vida de recuerdos.
13
El monstruo de la izquierda levantó la cabeza. Dos ojos azules humanos nos
miraban, rebosando de terror y dolor.

—¡Maddie! —Julie cayó cerca de los barrotes—. ¡Maddie!

El otro monstruo se agitó. Reconocí la mata de pelo marrón. Maddie y Margo.


La mejor amiga de Julie y su hermana gemela estaban cambiando a lupo.

Todos los cambia formas tenían que enfrentarse a una elección: para
mantener su humanidad imponiendo orden y disciplina estricta y practicando el
control constante o rendirse a los deseos violentos generados por la presencia del
Lyc-V, el virus cambia formas, y convertirse en un lupo loco. Los lupos asesinaban,
torturaban y se deleitaban con el dolor de los demás. Ya no podían mantenerse en
un humano puro o en forma de animal. Una vez que un cambia formas pasaba a
lupo, no había vuelta atrás. La Manada le menospreciaba.

En tiempos de estrés extremo, el Lyc-V explotaba en un enorme número


dentro del cuerpo del cambia formas. La adolescencia, con sus fluctuaciones
hormonales y sus montañas rusas emocionales, era el momento más estresante que
un cambia formas enfrentaba. Una cuarta parte de los niños no sobrevivían a ella.

Kate Daniels #6
—Díselo —declaró Meredith—. Dile que no mate a mis hijas.

Doolittle me miró.

La Manada tenía una manera complicada de hacerse una idea de la


probabilidad de lupismo basada en la cantidad de virus en sangre.

—¿Cuál es el número de Lycos?

—Dos mil seiscientos para Maddie y dos mil cuatrocientos para Margo —
dijo.

Más de mil era casi una garantía de lupismo.

—¿Cuánto tiempo han estado así? —pregunté.

—Desde las dos de la mañana —dijo Doolittle.

Se había acabado. Eran más de catorce horas. Estábamos intentando posponer


lo inevitable. Maldición. 14
Julie se aferró a los barrotes. Mi corazón se contrajo en un ovillo de fuerte
dolor. Hacía unos meses, ella se había visto así, un revoltijo humano y animal, con
su cuerpo devastado por el virus. Todavía tenía pesadillas donde yo estaba sobre
ella mientras me gruñía, atada a una cama de hospital, y cuando me despertaba,
tenía que caminar hasta su habitación en medio de la noche para asegurarme de
que estaba viva y bien.

—Por favor, Consorte. Por favor —susurró Meredith—. Hiciste que Julie
mejorara.

No tenía ni idea de lo que estaba pidiendo. El precio era demasiado alto.


Incluso si estuviera de acuerdo, que no lo estaba, purgar el virus de Julie requirió
la magia de un aquelarre al completo, el poder de varios sacerdotes paganos, y a
mí cerca de la muerte. Fue cosa de una vez, y no se podía repetir.

—A Julie la recuperó su magia —mentí, manteniendo mi voz suave.

—¡Por favor!

—Lo siento mucho.

Kate Daniels #6
Las palabras sabían como el vidrio molido en mi boca. No había nada que
pudiera hacer.

—¡No puedes! —Julie se giró hacia mí—. No puedes matarlas. No lo sabes.


Todavía pueden salir de eso.

No, no lo harían. Lo sabía, pero miré a Doolittle de todos modos. Negó con la
cabeza. Si las niñas tenían alguna posibilidad de una recuperación, ya habrían
mostrado signos.

—Lo único que necesitan es más tiempo. —Meredith se aferró a las palabras
de Julie como un náufrago agarrándose a un clavo ardiendo—. Sólo más tiempo.

—Esperaremos —dije.

—Sólo lo estaríamos prolongando —dijo Doolittle en voz baja.

—Vamos a esperar —repetí. Era lo menos que podía hacer por ellas—.
Siéntate conmigo, Meredith. 15
Nos sentamos en las sillas cercanas.

—¿Hasta cuándo? —preguntó Doolittle tranquilamente.

Eché un vistazo a Meredith. Ella estaba mirando a sus hijas. Las lágrimas
corrían por su rostro.

—Tanto como sea necesario.

***
Comprobé el reloj de la pared. Habíamos estado en la habitación durante más
de seis horas. Las chicas no mostraron ningún cambio. De vez en cuando una,
luego la otra, con rabia, golpeaban el plexiglás, gruñendo con una furia sin sentido,
y luego se dejaban caer al suelo, exhaustas. Viéndose heridas.

Doolittle se había ido hacía un par de horas, pero ahora estaba de vuelta,
sentado a solas cerca de la otra pared, con el rostro ceniciento. No había dicho ni
una palabra.

Kate Daniels #6
Hacía unos minutos Jennifer Hinton, la Alfa del clan Lobo, había entrado en
la habitación. Se quedó de pie, apoyada contra la pared, acunando su estómago y
al bebé en su interior con las manos. Su rostro tenía una expresión atormentada, y
la ansiedad en sus ojos rayaba el pánico. Aproximadamente el diez por ciento de
los hombres lobo se iban al lupo al nacer.

Meredith se deslizó de su silla. Se sentó en el suelo, junto a las celdas de


plexiglás y se puso a cantar. Le temblaba la voz.

—Calla, bebita, no digas una palabra...

Oh, Dios.

Jennifer se tapó la boca con la mano y salió de la habitación.

—Mamá te comprará un ruiseñor...

Margo se agitó y se arrastró hasta su madre, arrastrando una pierna torcida


detrás de ella. Maddie la siguió. Se acurrucaron juntas, las tres, presionadas contra 16
el plexiglás. Meredith siguió cantando, desesperada. Su canción de cuna se tejía a
partir de años de amor y esperanza, y todo lo que ahora se estaba muriendo. Mis
ojos se llenaron de lágrimas.

Julie se levantó y salió de la habitación.

Escuché a Meredith cantar y deseé tener más magia. Una magia diferente. Me
hubiera gustado que fuera más. Desde el momento en que podía recordar, mi
padre adoptivo, Voron, me había pulido como un arma. Mi primer recuerdo era
comer helado sosteniendo mi espada en mi regazo. Había aprendido docenas de
estilos de artes marciales, había luchado en arenas y canteras de arenas; podía
caminar por el desierto y emerger meses más tarde, no peor por el desgaste. Podía
controlar a los muertos vivientes, lo cual lo escondía de todos. Podía moldear mi
sangre como algo sólido y utilizarlo como arma. Había aprendido varias palabras
de poder, las palabras eran un lenguaje tan primitivo, tan potente, que ordenaban a
la propia magia pura. Uno no podía simplemente conocerlas, había que hacerlas
tuyas o morir. Había luchado contra ellas y las hice mías. En lo alto de un tsunami
de magia, las había usado para forzar a un ejército demoníaco a arrodillarse
delante de mí.

Y nada de esto me podía ayudar ahora. Todo mi poder y yo no podíamos


ayudar a dos niñas asustadas y a su madre llorando a lágrima viva. Sólo podía

Kate Daniels #6
destruir, y matar, y aplastar. Deseé hacer que esto desapareciera, agitar
simplemente mis brazos, pagar el precio que tuviese que pagar, y hacer que todo
estuviera bien. Quería desesperadamente hacer que todo estuviera bien.

Meredith se había quedado en silencio.

Julie regresó con una barra de Snickers. La desenvolvió con dedos


temblorosos, rompió el caramelo a la mitad, y dejó caer cada pieza a través de los
barrotes.

Maddie se acercó. Su mano con cuatro protuberancias cortas por dedos y una
sola garra de diez centímetros se clavaron en el dulce. Tiró de él hacia ella. Sus
mandíbulas se desencajaron y tomó un pequeño mordisco de chocolate con sus
dientes torcidos. Mi corazón se estaba rompiendo.

Margo se abalanzó sobre el cristal, gruñendo y gritando. El plexiglás de


quince centímetros de espesor ni siquiera tembló. Se lanzó contra ella una y otra
vez, gimiendo. Cada vez que su cuerpo chocaba contra la pared, los hombros de 17
Meredith se sacudían.

La puerta se abrió. Vi un cuerpo musculoso y familiar; el pelo corto y rubio.


Curran.

Debía haber estado fuera de la Fortaleza, porque en lugar de sus habituales


pantalones, llevaba pantalones vaqueros. Cuando lo mirabas, tenías una
abrumadora impresión de fuerza. Sus hombros anchos y su poderoso pecho
tiraban de su camiseta. Bíceps esculpidos tallados en sus brazos. Su estómago era
plano y duro. Todo en él hablaba de fuerza física pura, contenida, pero lista para
ser puesta en libertad. Se movía como un gato al acecho, elegante, flexible y en
completo silencio, acechando los pasillos de la Fortaleza, un león en su guarida de
piedra. Si no lo conociera y lo viera entrar en un callejón oscuro, me gustaría pasar
desapercibida.

Su presencia física era alarmante, pero su verdadero poder estaba en sus ojos.
En el momento en que mirabas a sus iris de color gris, sabías que no iba a tolerar
ningún desafío a su autoridad, y si sus ojos se volvían dorados, sabías que ibas a
morir. En un arranque de ironía cósmica, se había enamorado de mí. Yo retaba su
autoridad regularmente.

Kate Daniels #6
Curran no me miró. Por lo general, cuando entraba en la habitación, nuestras
miradas se cruzaban en ese momento de silenciosa conexión, una revisión rápida
de Hola, ¿estás bien? No estaba mirándome y su rostro estaba sombrío. Algo andaba
mal. Algo además de Maddie.

Curran pasó por delante de mí hacia Doolittle y le entregó una pequeña bolsa
de plástico llena de pasta color oliva.

Doolittle abrió la bolsa y olfateó el contenido. Sus ojos se abrieron.

—¿Dónde…?

Curran negó con la cabeza.

—¿Eso es panacea? —Meredith se volvió hacia él, con los ojos repentinamente
vueltos a la vida.

La panacea era producida por los cambia formas europeos, que la guardaban
como oro. La Manada había estado tratando de invertirla durante años y no había 18
llegado a ninguna parte. La mezcla herbal reducía las posibilidades de lupismo al
nacer hasta el setenta y cinco por ciento y daba marcha atrás a la transformación en
un tercio de los adolescentes. Solía haber un hombre en Atlanta que conseguía
pasar por contrabando pequeñas cantidades, que vendía a la Manada a precios
exorbitantes, pero hace unas semanas los cambiaformas lo habían encontrado
flotando en un estanque con su garganta cortada. El equipo de seguridad de Jim
siguió a los asesinos hasta la costa. Habían navegado fuera de nuestra jurisdicción.
Ahora Curran traía una bolsa ¿Qué has estado haciendo, su Peluda Majestad?

—Aquí sólo hay suficiente para una simple dosis —dijo Doolittle.

Demonios.

—¿Puedes conseguir más?

Curran negó con su cabeza.

—Debes elegir —dijo Doolittle.

—No puedo. —Meredith se contrajo de nuevo.

—No me hagas elegir. —¿Cómo demonios puedes elegir a un hijo sobre otro?

—Divídela —dijo Curran.

Kate Daniels #6
Doolittle negó con la cabeza.

—Mi señor, tenemos una oportunidad de salvar a una de ellas...

—Te dije que la dividas —gruñó Curran. Sus ojos brillaban como el oro. Yo
tenía razón. Algo malo había pasado, y no era sólo Maddie y Margo.

Doolittle cerró la boca de golpe.

Curran retrocedió y se apoyó contra la pared, con los brazos cruzados.

La pasta se dividió en dos porciones iguales, Tony mezcló cada una en una
libra de carne de res molida y la dejó caer en las celdas. Las niñas se abalanzaron
sobre la carne, lamiéndola del suelo. Los segundos se arrastraban remolcando a los
minutos a su paso.

Margo se sacudió. La piel de su cuerpo se derritió. Sus huesos se doblaron


sobre sí mismos, se contrajeron, se reajustaron… Ella gritó, y una chica humana,
desnuda y ensangrentada, cayó al suelo. 19
Gracias. Gracias, quienquiera que sea que esté arriba.

—¡Margo!—gritó Meredith—. Margo, querida, respóndeme. Respóndeme,


cariño.

—¿Mamá? —susurró Margo.

—¡Mi bebé!

El cuerpo de Maddie se estremeció. Sus extremidades se torcieron. La


distorsión de su cuerpo se contrajo, pero los signos de animal se mantuvieron. Mi
corazón se hundió. No funcionó.

—Se verá reducida a dos —dijo Doolittle.

El coeficiente de cambio, la medida de cuánto un cuerpo cambiaba de una


forma a otra.

—¿Qué significa eso?

—Es el progreso —dijo—. Si hubiéramos tenido más panacea, habría sido


optimista.

Kate Daniels #6
Pero no la teníamos. Tony no sólo había vaciado la bolsa, la había cortado y
frotado el interior del plástico en la carne y luego raspado hasta limpiar la parte
posterior de la cuchilla. Maddie estaba todavía pasando a lupo. Teníamos que
conseguir más panacea. Teníamos que salvarla.

—¡No puedes matarla! —La voz de Julie se disparó en un grito—. ¡No


puedes!

—¿Cuánto tiempo puedes mantener a la niña inconsciente? —preguntó


Curran.

—¿Cuánto tiempo es necesario? —preguntó Doolittle.

—Tres meses —dijo Curran.

Doolittle frunció el ceño.

—¿Me estás pidiendo que induzca un coma?

—¿Puedes hacerlo?
20
—Sí —dijo Doolittle—. La alternativa es abortarlo.

La voz de Curran fue cortante.

—Con efecto inmediato, son suspendidos todos los asesinatos relacionados


con el lupismo de niños. Sédalos en su lugar. —Se dio la vuelta y se marchó.

Hice una pausa de medio segundo para decirle a Julie que estaría bien y lo
perseguí.

El pasillo estaba vacío. El Señor de las Bestias se había ido.

Capítulo 2

Kate Daniels #6
S
ubí las malditas escaleras hasta la planta superior. Había querido
perseguir a Curran abajo, pero Julie seguía descontrolada y Meredith
estaba haciendo un silbido extraño al tener que disputarse entre abrazar
a una hija y estar a punto de llorar por la otra. Ella no quería que indujeran el
estado de coma. Quería más panacea y no podía entender que esa era toda la que
teníamos. Nos tomó a los tres: Doolittle, Julie y yo, más de dos horas convencerla
de que Maddie tenía que ser sedada. Cuando finalmente salí de la sala médica,
Curran se había ido. Los guardias en la entrada, lo vieron pasar, pero nadie sabía a
dónde iba.

Llegué a la estación de guardia de la entrada de nuestra planta. Vivir en la


Fortaleza era como tratar de encontrar intimidad en un recipiente de vidrio, y las
dos plantas superiores de la torre principal era mi refugio. Nadie entraba aquí a no
ser que la guardia personal del Señor de las Bestias lo permitiese, y no era dada a
aprobar visitantes.

Sentarme en una habitación oscura viendo a una niña sufrir mientras el alma
de su madre moría poco a poco era más de lo que podía manejar. Tenía que hacer
21
algo. Tenía que descargarme o iba a explotar.

Asentí con la cabeza a los guardias y me fui por el pasillo hasta una larga
pared de cristal que separaba nuestro gimnasio privado. Me quité los zapatos y me
metí dentro. Las pesas me esperaban, algunas solas, otras unidas a máquinas.
Varios sacos de boxeo pesados colgaban de cadenas en la esquina, junto a un saco
fijo. Espadas, hachas y lanzas descansaban en los ganchos de la pared.

Mi padre adoptivo, Voron, murió cuando yo tenía quince años, y después mi


tutor, Greg Feldman, se hizo cargo de mí. Greg había pasado años acumulando
una colección de armas y artefactos, que me dejó. Todo se ha ido. Mi tía nos visitó
y dejó un trozo de Atlanta convertido en una ruina humeante, incluyendo el
apartamento que había heredado de Greg. Pero estaba reconstruyéndolo
lentamente. No tenía ninguna de las armas más preciadas de mi colección, a
excepción de Asesina, mi espada, pero todas mis armas eran funcionales y bien
hechas.

Me encogí de hombros para sacarme la funda, con Asesina a mi espalda, bajé


al suelo e hice flexiones durante un par de minutos para calentar, pero el peso no
era suficiente, así que cambié a la bolsa, tirando golpes y dando patadas. La

Kate Daniels #6
presión, que se construía en mí desde hacía varias horas, me alimentaba. La bolsa
se estremecía por el impacto.

No era justo que los niños fueran a lupo. No era justo que no hubiese señales
de advertencia. No era justo que no pudiese hacer absolutamente nada al respecto.
No era justo que Curran y yo nunca tuviésemos hijos, me gustaría estar como
Jennifer, acariciando mi estómago y aterrorizada por el futuro. Y si mis hijos fueran
a lupo, tendría que matarlos. El pensamiento me estimuló, entré en un frenesí de
golpes. No sería capaz de hacerlo. Si Curran y yo tuviésemos un bebé, no podría
matarlo o matarla. No tenía eso en mí. Incluso pensarlo era como el choque al
saltar en un estanque helado.

Trabajé la bolsa durante la mayor parte de una hora, cambié a pesas, luego fui
a la bolsa de nuevo, tratando de llevarme a mí misma hasta el agotamiento. Si me
cansaba lo suficiente, podría dejar de pensar.

El agotamiento resultaba difícil de alcanzar. Había pasado las últimas


semanas recuperándome, entrenando, comiendo bien, y haciendo el amor cada vez 22
que me daba la gana. Tenía más resistencia que el conejito de batería de los viejos
anuncios. Con el tiempo me perdí en el simple esfuerzo físico. Cuando por fin
llegué a tomar aire, el sudor peinaba mi cuerpo y mis músculos dolían.

Tomé un sable Cherkassy de la pared y tomé a Asesina. El sable que me había


costado un ojo de la cara hacía muchos años, cuando todavía trabajaba para el
Gremio de Mercenarios. Lo había guardado en mi antigua casa, y había
sobrevivido al reinado de terror de mi tía.

Levanté las dos espadas; el sable Cherkassy era más pesado y con más
curvas, mientras que Asesina era más ligera y más recta, y comencé a cortar,
aflojando los músculos. Una espada dio un amplio círculo brillante frente a mí, uno
detrás de mí, retroceso, aumentando la velocidad hasta que un torbellino de acero
afilado me rodeó. Asesina cantaba, silbaba al cortar el aire, la hoja pálida y opaca
como un rayo de un sol de puro acero. Invertí la dirección, cambié a la defensa, y
trabajé durante cinco minutos más o menos, al parar, me di la vuelta y vi a Barabas
de pie junto al cristal.

Un hombre mangosta, Barabas fue criado en el clan bouda. Ellos lo amaban,


pero pronto se hizo evidente que él no encajaba en la jerarquía de las hienas, por
eso Tía B, la alfa del clan Bouda, me había ofrecido sus servicios. Él y Jezabel, la

Kate Daniels #6
otra inadaptada de Tía B, actuaban como mis niñeras. Jezabel cuidaba mi espalda,
y Barabas tenía la tarea poco envidiable de dirigirme a través de la política y las
leyes de la Manada.

Delgado y pálido, Barabas nació con una astilla en su hombro, y él hizo de


eso toda una declaración, incluyendo el pelo. Lo tenía parado en la cabeza,
formando picos puntiagudos de color naranja brillante y fingiendo que estaba en
llamas. Hoy en día, el cabello era particularmente agresivo. Se veía electrocutado.

—¿Sí?

Barabas abrió la puerta de cristal y entró en el gimnasio, con los ojos seguía el
movimiento de mis espadas.

—No te lo tomes a mal, pero a veces me asustas, Kate.

—Barabas, te crecen garras de cinco centímetros y puedes aplastar a un poni


Shetland. ¿Y te doy miedo?
23
Él asintió con la cabeza.

—Y yo trabajo con gente muy aterrorizante. Eso debería decirte algo. ¿Cómo
no te cortas?

—Práctica.

Había estado practicando desde que era lo suficientemente alta como para
evitar que mis espadas se engancharan en el suelo.

—Se ve impresionante.

—Ese es el punto. Este es el tipo de estilo de espada que se utiliza cuando se


te ha derribado de tu caballo y estás rodeado de enemigos. Está diseñado para que
puedas tallar tu manera de salir de la multitud lo más rápido posible. La mayoría
de la gente verá que estás haciendo esto y decidirán que deben estar en otro lugar.

—No lo dudo. ¿Y si es un chico súper espadachín el que salta delante de ti? —


preguntó Barabas.

Levanté a Asesina y dibujé un ocho horizontal con la espada, girando la


muñeca.

—Símbolo del infinito.

Kate Daniels #6
—Mariposa. —Aceleré hacia arriba y añadí la segunda espada a continuación.

—Una mariposa alta, una mariposa baja, cambio de brazos, repetir si es


necesario. Garganta, estómago, garganta, estómago. Ahora él no está seguro de
que hacer para protegerse, así que o lo matas o sales de su camino, y sigues
caminando hasta que estés fuera de la multitud. ¿Quieres algo?

—Curran está aquí.

Me detuve.

—Llegó hace una hora, estuvo aquí un rato, mirando, y se fue arriba. Creo
que oí la puerta de la azotea. Pensé que tal vez habría bajado, pero ya ha pasado un
tiempo, así que pensé que tal vez querías saberlo.

Dejé el sable, agarré a Asesina y su vaina, y me fui por el pasillo a una


escalera corta. El primer descansillo conducía a nuestras habitaciones privadas, el
segundo a la azotea. La azotea era nuestro santuario, un lugar al que íbamos
cuando queríamos fingir que estábamos solos.
24
Empujé la pesada puerta metálica y salí. El techo se extendía ante mí, un gran
rectángulo de piedra, rodeado por un muro de un metro. A lo lejos, en el
horizonte, el esqueleto de Atlanta se levantaba contra el telón de fondo de la luz de
la luna. Cubría los edificios en ruinas, convirtiéndolos en azul pálido, casi
transparente, y la cáscara de la una vez vibrante ciudad parecía poco más que un
espejismo. La noche casi había terminado. No me había dado cuenta de cuánto
tiempo había pasado.

Curran estaba agachado en el centro del techo, encima de unos cartones.


Todavía llevaba la misma camiseta gris y los pantalones vaqueros. Frente a él, un
artefacto de metal negro yacía de costado. Se parecía a la mitad de un barril con
pedacitos de metal largos que sobresalían hacia el lado. Los largos trozos eran
probablemente las patas. La otra mitad del cañón esperaba boca abajo a la
izquierda. Un surtido de tornillos en pequeñas bolsas de plástico estaban
esparcidos alrededor, con un manual de instrucciones cerca, sus páginas
cambiaban con la brisa.

Curran me miró. Sus ojos eran del color de la lluvia, solemne y sombría.
Tenía el aspecto de un hombre que estaba resignado a su destino, pero realmente
no le gustaba. Lo que fuera que estuviera pensando, no era algo bueno.

Kate Daniels #6
—Hola, patea culos.

—Esa es mi línea —dijo.

Hice que mi voz sonara casual.

—¿Qué estás construyendo?

—Un ahumador.

El hecho de que ya teníamos una parrilla y un parrillero de fuego


perfectamente bien a unos tres metros detrás de él debía de haber escapado a su
atención.

—¿De dónde sacaste eso?

—El equipo de recuperación de Rafael sacó un montón de ellos de entre los


escombros de una tienda de mejoras para el hogar. Él me lo envió como un regalo.

A juzgar por el número de piezas, este ahumador era más complicado que un 25
reactor nuclear.

—¿Has leído las instrucciones?

Negó con la cabeza.

—¿Tienes miedo de que te quite tu tarjeta de hombre?

—¿Vas a ayudarme o simplemente a burlarte de mí?

—¿No puedo hacer las dos cosas?

Tomé las instrucciones, pasé la página de la derecha, y le pasé las arandelas y


tuercas para sus tornillos. Él los enroscaba sobre los pernos y los apretaba con los
dedos. Los tornillos se quejaron un poco. Si alguna vez quería usar este aparato,
necesitaría una gran llave para hacerlo. Y, posiblemente, un martillo para golpear
la llave cuando no se moviera.

Curran alineó las bisagras con la parte superior del ahumador. No se veía
bien.

—Creo que estas bisagras van hacia atrás.

Negó con la cabeza.

Kate Daniels #6
—Encajarán.

Empujó los tornillos a través de los orificios de la bisagra, los apretó, y trató
de unir la parte superior a la parte inferior. Le vi darle la vuelta alrededor de seis
veces. Enhebró los pernos, unidos a ellos, y se quedó mirando el ahumador
mutilado. La tapa estaba boca abajo y hacia atrás.

Curran miró con disgusto.

—Al diablo con esto.

—¿Qué te molesta?

Se apoyó contra la pared.

—¿Te he contado lo de aquella vez que fui a Europa?

—No.

Me puse junto a él. 26


—Cuando tenía veintidós años, Mike Wilson, el alfa de la Furia de Hielo, vino
a mí con una invitación a la Cumbre Ibérica.

Mike Wilson tenía una Manada en Alaska. Era la única Manada en los
Estados Unidos que rivalizaba con la nuestra en tamaño.

—La esposa de Wilson era europea, belga, creo, por lo que cruzaba el
Atlántico cada dos años para visitar a su familia. Ella es su ex esposa ahora.
Tuvieron una pelea, así que se llevó a su hija y se fue a casa de sus padres.

Teniendo en cuenta que la casa estaba al otro lado del Océano Atlántico,
debía haber querido estar realmente lejos de Wilson.

—¿Mike no luchó por su hija?

—No, pero hace diez años todavía estaban juntos. Se detuvieron en Atlanta
en su camino a la cumbre, y Wilson me invitó a ir con ellos a España. Él lo hizo
sonar como que un acuerdo por la panacea estaba sobre la mesa, así que fui.

—¿Cómo te fue?

—Esperaba que fuese mal. Resulta que era demasiado optimista.

Kate Daniels #6
Curran cruzó los brazos sobre su pecho, haciendo que su bíceps se abultaran.

—Las cosas en Europa son diferentes. La densidad de población es mayor, las


tradiciones mágicas son extensas, más amplias, y muchas estructuras tienen la
edad suficiente para soportar las olas mágicas. Los cambia formas son más
numerosos, y comenzaron a crear manadas y reclamar territorios desde el
principio. Había nueve manadas diferentes en la cumbre, nueve pares de alfas,
todos valientes, todos listos para rasgar la garganta en cualquier momento, y
ninguno de ellos honesto. Todo era una gran sonrisa en mi cara y garras en mi
espalda en el momento en que me daba la vuelta.

—Suena divertido. ¿Mataste a alguien?

—No, pero realmente quería hacerlo. Un hombre chacal de una de las


manadas se acercó a mí para hacer un trato para venderme panacea, y al día
siguiente se encontró su cadáver fuera con una roca del tamaño de un neumático
de automóvil en donde solía tener su cabeza.
27
—Suena divertido.

—Sí. Llevé diez personas conmigo, algunos de los mejores luchadores en la


Manada. Pensé que todos ellos eran fuertes y leales. Volví a casa con cuatro. Dos
murieron en “accidentes desafortunados,” tres fueron atraídos por más dinero, y
uno se casó. La Manada era todavía joven. La pérdida de todos y cada uno de ellos
nos hirió, y no había nada que pudiera haber hecho al respecto. Tomó meses para
que el vacío de poder se curarse a sí mismo.

La vieja frustración ataba su voz. Debía haber pasado semanas pensándolo


bien, diseccionando cada momento en busca de lo que podría haber hecho de otra
manera. Me hubiera gustado llegar a través del tiempo y el espacio y golpear a
algunas personas.

—Nos encontrábamos en inferioridad numérica y de armamento, y volvimos


a casa con las manos vacías. Me dije nunca más.

Esperé. Tenía que haber algo más.

—Uno de los alfas que conocí era Jarek Kral. Un duro hijo de puta vicioso. Es
dueño de una parte de las montañas de los Cárpatos del Este y se ha expandido de
manera constante. El hombre está obsesionado con su legado. Se cree que es una

Kate Daniels #6
especie de rey. La mayoría de sus hijos murieron, ya sea por ir a lupo o por ser sus
hijos. Sólo una hija sobrevivió hasta la edad adulta, y trató de entregármela.

—¿El qué?

Curran me miró.

—Cuando regresé a nuestro barco, había una chica de diecisiete años llamada
Desandra esperándome con una nota. El plan era que iba a casarme con ella, y él
me pagaría cada año, siempre y cuando estuviese de acuerdo en enviarle a uno de
mis hijos. Jarek prefería dos, como un seguro por si uno de ellos moría, pero se
conformaría con uno.

Encantador. Quince minutos en una habitación con Curran le diría a


cualquier persona con dos dedos de frente que no podía ser comprado y nunca
vendería a sus hijos.

—¿No tomaste su generosa oferta supongo?


28
Curran negó con la cabeza.

—Ni siquiera hablé con ella. La enviamos devuelta por donde vino. Jarek la
casó con otra manada, los Volkodavi de Ucrania.

Lobos Asesinos, eh. Nombre interesante para una manada de cambia formas.

—Desandra vivió con los Volkodavi durante unos meses, y luego Jarek
cambió de opinión, por lo que tuvo que divorciarse. Más tarde Jarek la vendió en
otro matrimonio, esta vez con una manada de Italia, los Belve Ravennati.

—Es una persona amable y un amoroso padre.

Me subí en el parapeto. Podría escribir un libro sobre los malos padres, pero
Desandra probablemente saldría corriendo con mi dinero.

Una esquina de la boca de Curran se levantó en rebeldía.

—Él no es su padre. Es su chulo. Se metió en algún tipo de conflicto con los


Belve Ravennati durante la última Cumbre Ibérica y se enfadó, por lo que le
ordenó a Desandra volver a casa de nuevo. Desandra tuvo un ataque. Su actual
esposo y su ex marido estaban en la cumbre, así que se acostaba con los dos. Ahora

Kate Daniels #6
está embarazada de gemelos, y las pruebas amnióticas muestran ADN de los
hombres.

—¿Cómo es eso, exactamente?

—Eso es lo que yo dije. —Hizo una mueca—. Tuve que preguntarle a


Doolittle. Hay un término para eso, espera...

Sacó un trozo de papel del bolsillo de sus pantalones y lo leyó.

—Superfecundación Heteropaternal. Al parecer, quiere decir mellizos de


diferentes padres. Nunca he oído hablar de eso, pero Doolittle dice que es una cosa
real y sucede con cambia formas más frecuentemente que con seres humanos
normales. Por lo que dice, están los gemelos idénticos y luego están los mellizos.
Los mellizos se producen cuando dos óvulos dentro de una madre son fertilizados
a la vez. Lo super lo que sea, pasa cuando son fertilizados por diferentes padres.

—Todavía no entiendo cómo este desastre épico es nuestro problema.


29
Curran hizo una mueca.

—Jarek controla una gran parte de los Cárpatos. Estaba intentando que
casarse con Desandra sea más atractivo, por lo que hizo al primogénito de
Desandra heredero de un paso de montaña rentable. Al parecer, durante la lucha
en la cumbre, Jarek le dijo al actual marido de Desandra que si quedaba
embarazada, prefería matarla y no tener nietos antes que dejar a los Belve
Ravennati poner sus manos el paso.

Matar a una mujer asesinando al niño en su vientre. Ahora eso sonaba


extrañamente familiar.

—¿Lo haría?

Curran gruñó por lo bajo.

—Es complicado. Jarek siempre ha tenido una gran boca, hizo matar a uno de
sus hijos durante un reto. Pero el Jarek que recuerdo estaba también empeñado en
hacer él mismo una dinastía. Ahora, supuestamente hace amenazas públicas y
considera matar a su hija, la cual es su única oportunidad de conseguir esa
dinastía. No tiene hijos para ocupar el lugar de Desandra. Algo más debe estar
pasando. Pero de todos modos, Desandra debe habérselo creído, porque cuando se

Kate Daniels #6
dio cuenta de que estaba embarazada, se asustó como el infierno. Ocultó su
embarazo de las tres manadas que estaban juntas otra vez y luego lo soltó en
público. Jarek intentó atacar allí mismo y casi inició una guerra, porque las otras
dos manadas se unieron para detenerlo.

—Por supuesto. Ellos quieren el paso. —Desandra muerta no podía dar a luz.

—Exactamente. Al final, encontraron una especie de tipo neutral quien invitó


a Desandra a un lugar lejos de todo el mundo. Se quedó allí durante la mayor parte
de su embarazo, pero sale de cuentas en dos meses y las tres manadas están
llegando allí para presenciar el nacimiento. Dependiendo de qué niño nazca
primero, será el que determine qué manada podrá reclamar la herencia. Las
montañas de los Cárpatos están entre los territorios de los Volkodavi y de los Belve
Ravennati, por lo que ambos lo quieren desesperadamente. Ninguno de los dos
padres confía en el otro, y confían en Jarek incluso menos. Quieren a alguien fuerte
para protegerla a ella y a sus hijos, y que sirva como testigo imparcial en el parto
hasta que se resuelva la herencia. Las manadas me invitaron a ser ese alguien.
30
Las piezas hicieron clic en mi cabeza.

—Te pagarán con la panacea.

De ahí era de dónde la había sacado.

Curran asintió.

—Diez barriles. Nos duraría de diez meses a un año.

Podríamos salvar a Maddie. Podríamos salvar al bebé no nacido de Jennifer.


Si me quedaba embarazada del hijo de Curran. . . Empujé ese pensamiento con
firmeza fuera de mi mente. No podía traer ningún bebé a este mundo. No mientras
mi padre estuviese todavía en él. Pero si no lo estuviera...

—Nos tenemos que ir.

Curran parecía que había mordido una manzana podrida.

—Sí, tenemos.

Un año sin niños yendo a lupo. La cara horrible medio animal de Maddie
pasó por delante de mí. La forma en que Meredith la miraba, sus ojos
atormentados, con la cara retirada de dolor, me dio toda la motivación que

Kate Daniels #6
necesitaba. Hacía pocos meses que había estado exactamente en el mismo lugar en
que estaba ella, encerrada en la bruma de terror donde lo único que quería hacer
era despertar y ver que su hija estaba bien. Lo quieres tanto, tan desesperadamente
que harías cualquier cosa, cualquier cosa por una cura mágica por la más mínima
posibilidad. Quieres poner fin a la pesadilla, pero nunca termina. ¿Cómo se pone
un precio para evitar eso?

Curran estudió las piezas del ahumador.

—El asunto es que como estoy lejos, seré justo y neutral. Ninguno de sus
vecinos se han ofrecido voluntariamente para el trabajo.

—Ellos ya tienen su lugar neutral —pensé en voz alta—. No tiene sentido que
no puedan encontrar a alguien lo suficientemente fuerte como para mantener a las
tres manadas en su lugar. Esto es como ir a Los Ángeles para contratar a un
guardaespaldas para un trabajo en Atlanta.

—Mmm. Su historia no acaba de encajar. Desandra sigue viva, lo que 31


significa una de dos cosas: Jarek en realidad no quiere matarla, lo que significa que
no me necesita, o que la tienen en una fortaleza en la que está completamente
segura y no pueden llegar a ella, en cuyo caso, una vez más, no me necesitan.

—¿Le preguntaste acerca de ello?

—Ellos afirman que ya que las tres manadas estarán en el lugar, al mismo
tiempo, sólo yo soy lo suficientemente fuerte como para evitar que el lugar se
vuelva un matadero.

Esto me gustaba cada vez menos. Sólo nos podrían dar una razón débil, pero
querían a Curran específicamente y colgaban panacea frente a nuestras narices.
Sabían que no la rechazaríamos.

—Es una trampa.

—Oh, ya sé que es una trampa. —Curran enseñó los dientes—. Me tientan


con algo que saben que no puedo rechazar y dejan que la Manada lo sepa. Conocí a
los enviados ayer, sólo Jim y yo. Cuando volví de la reunión, las ratas y los
chacales ya habían dejado mensajes preguntando si me podían ayudar de alguna
manera.

—Astuto.

Kate Daniels #6
Los cambia formas eran unos chismosos peores que las viejas en un picnic de
la iglesia. En este momento los rumores acerca de los diez barriles de panacea se
extendían a través de la Manada como la pólvora. Si Curran se resistía a ir, todos
los padres con hijos menores de veintiuno asaltarían la Fortaleza en un motín.

La Manada tenía muy poco contacto con los cambia formas europeos. Hubo
algunos acuerdos comerciales provisionales, pero lo único que a Curran realmente
le interesaba era la panacea, y los manadas europeas no estaban dispuestas a
vender o a compartir.

Nos miramos el uno al otro.

—¿Has hecho algo para atraer su atención? —le pregunté—. ¿Por qué
nosotros? ¿Por qué ahora?

Negó con la cabeza, con la voz teñida de un gruñido.

—No he hecho nada y no lo sé.


32
—¿Qué podrían querer de nosotros?

—No lo sé. Voy a averiguarlo de una manera u otra.

—¿Qué dijo Jim?

—Él no lo sabe tampoco. Está buscando.

Jim Shrapshire era tan tortuoso como se podía ser. Como jefe de seguridad de
la Manada, atesoraba la información como el oro. Si él no sabía lo que estaba
pasando, era porque no importaba o era realmente malo. Mi dinero estaba en
“muy malo.”

—¿Cuándo tenemos que estar ahí?

—Tan pronto como nos sea posible. Se aloja en un pequeño pueblo en la costa
del Mar Negro. Si tomamos un barco desde Savannah a través del Atlántico,
vamos a demorar alrededor de tres semanas o más de viaje, siempre y cuando no
pase nada.

Tendríamos que salir rápido. El mayor obstáculo sería encontrar un barco.


Los viajes a través del Atlántico no siempre salían bien. El Mar Negro no era fácil
de cruzar tampoco. Los antiguos griegos lo llamaban Pontos Axenos, el mar hostil.

Kate Daniels #6
En nuestra época, los mitos griegos eran de lectura obligatoria para salvar vidas, y
yo había leído lo suficiente de ellos para saber que el Mar Negro no era un lugar
divertido.

—¿Dónde en el Mar Negro?

—Georgia.

Genial. Lindo detalle ser guardaespaldas en el país del Vellocino de Oro,


dragones y brujas, donde los argonautas habían navegado y casi muerto.

—Debemos obtener los términos por escrito.

—Kate, ¿crees que salgo de esa reunión sin contrato?

Cogió un montón de papeles clavados en el techo de la caja y me los pasó.


Los miré. Los tres clanes colectivamente nos contrataban para proteger a Desandra
de todas las amenazas y actuar en su mejor interés, hasta el nacimiento de sus hijos
y por los siguientes tres días. 33
—Eso de actuando en su mejor interés, es una cláusula muy amplia—pensé
en voz alta.

—Mmm. Me he preguntado eso. Alguien debe haber insistido en poner esa


cláusula.

—Casi suena como si ella no estuviese en su sano juicio y que están


preocupados de que vaya hacerse daño a sí misma.

Me di cuenta de que Curran me miraba.

—¿Sí?

—La invitación es para el Señor de las Bestias y su Consorte. Lo entenderé si


decides no ir.

Le miré. ¿En serio? Él era todo para mí. Si tuviera que morir para que él
pudiera vivir, me gustaría poner mi vida en peligro, en un instante, y él haría lo
mismo por mí.

—¿Lo siento, me repites eso por favor?

Kate Daniels #6
—Vamos a tener que cruzar el océano en medio de la temporada de
huracanes, ir a un país extranjero lleno de cambia formas hostiles, y cuidar a una
mujer embarazada, mientras que todos en el territorio esperan una oportunidad
para apuñalarnos por la espalda.

Me encogí de hombros.

—Bueno, suena mal si lo pones de esa manera…

—Kate —gruñó.

—¿Sí?

—Estoy intentando decirte que no tienes que ir. Yo tengo que hacerlo, pero
puedes quedarte si quieres.

Ja, ja.

—Pensé que éramos un equipo.


34
—Así es.

—Estás enviando algunas señales confusas.

Curran gruñó profundamente en su garganta.

—Eso es impresionante pero no muy informativo, Su Pilosidad.

—Esto va a apestar —dijo Curran—. Va a apestar mucho menos si vienes


conmigo. Me quieres a nivel, aquí está: te necesito. Te necesito porque te amo. Tres
meses sin ti serían un infierno. Pero incluso si no estuviésemos juntos, todavía te
necesitaría. Eres una buena luchadora, has trabajado como guardaespaldas, y sabes
magia. Podemos no tener tantos usuarios de magia, pero no sabemos si esas
manadas los tienen, y si nos golpean con magia, no tenemos forma de
contrarrestarla. —Abrió los brazos—. Pero te amo y no quiero que te hagan daño.
No voy a pedirte que vengas conmigo. Eso sería como ponerme delante de un tren
en movimiento y decir: Hey, cariño, ven a pararte junto a mí.

Salté de la pared y me puse a su lado.

—En cualquier momento.

Él sólo me miró.

Kate Daniels #6
—Nunca he matado a un tren antes. Puede ser divertido probar.

—¿Estás segura?

—Una vez me estaba muriendo en una jaula dentro de un palacio que estaba
volando sobre una selva mágica. Y algún idiota entró allí, persiguió al palacio, se
abrió paso a través de cientos de rakshasas, y me rescató.

—Lo recuerdo —dijo.

—Fue entonces cuando me di cuenta de que me amabas —le dije—. Yo estaba


en la jaula y te oí rugir.

Él se rió entre dientes. La tensión en sus hombros se alivió. Lo abracé y lo


besé. Él sabía a Curran, a varón sano y mío, y conocería su gusto en cualquier
lugar.

—Voy contigo, Su Necedad. No puedes deshacerte de mí.

—Gracias.
35
Además, sería bueno salir de Atlanta. Y alejarme de Hugh d'Ambray, el Señor
de la Guerra de mi padre.

Mi entorno familiar era complicado. Si mi verdadero padre descubría que


aún respiraba, movería cielo y tierra para sofocar la vida de mi cuerpo. Durante
veintiséis años había logrado esconderme a plena vista. Pero entonces mi camino
se había cruzado con Hugh d'Ambray, y hacía un par de meses había descubierto
lo que probablemente era. No pensaba que estuviese cien por cien seguro, pero
tenía que tener fuertes sospechas. Más pronto o más tarde, Hugh d'Ambray
vendría a llamar a mi puerta, y no estaba preparada. Mi cuerpo se había curado y
estaba aprendiendo a moldear mi sangre en armas y armaduras, que era uno de los
mayores poderes de mi padre, pero necesitaba más práctica.

El viaje me compraba algo de tiempo, y cada día me haría más fuerte. Buena
suerte buscándome a través del océano, Hugh.

Curran se acercó más. Me apoyé en él. Debajo de nosotros el bosque se


extendía a lo lejos, y más allá a la derecha, las ruinas retorcidas de Atlanta
oscurecían el horizonte.

Kate Daniels #6
La ansiedad creció en mí hasta una cresta. Las palabras salieron por su
cuenta.

—Si tenemos hijos, ¿qué probabilidad hay de que vayan a lupo?

—Es menos probable que en la mayoría —dijo Curran—. Soy un Primero, y


no nos volvemos locos con tanta frecuencia.

Los Primeros eran una raza diferente de otros cambia formas. Eran más
fuertes y más rápidos y tenían un mayor control de su cambio de forma. Pero
todavía estaban sujetos al Lyc-V y el horror del lupismo.

—¿Es posible?

—Sí.

Podía sentir la ansiedad dentro de mí, como si fuera un juguete de cuerda


pronto para arrancar.

—¿Cuáles son las posibilidades?


36
Suspiró.

—No lo sé, Kate. Nadie en mi familia fue a lupo hasta donde yo sé, pero era
demasiado joven para preguntar acerca de cosas como esa. Sólo sé que es menos
probable. Tendremos la panacea, nena. Te prometo que la conseguiremos.

—Lo sé.

—¿Quieres tener hijos?

Traté de envolver mi mente alrededor de la idea de tener hijos con Curran. Ni


siquiera era un pensamiento: era una idea nebulosa distante, y mirándola muy de
cerca parecía demasiado complicado en estos momentos. Traté de imaginarme
embarazada y no pude. ¿Y si mi padre me encontraba y mataba a mis hijos? ¿Y si
se iban lupo?

Curran tenía una mirada extraña en su rostro. Me di cuenta de que me estaba


abrazando a mí misma.

Hey, nena, ¿quieres tener a mis hijos? Ven, déjame convertirme en un ovillo fetal
como respuesta. Ugh. Era una idiota.

Kate Daniels #6
—Puede ser. Con el tiempo. Cuando las cosas se calmen. ¿Quieres tener hijos?

Él puso su brazo alrededor de mí.

—Por supuesto. Más tarde. No tengo prisa.

El viento nos bañaba, fresco y llevaba la promesa de un nuevo día. Mientras


estábamos juntos, la cresta del sol del bosque, era una estrecha franja de oro tan
brillante, que era doloroso de ver.

Estaríamos juntos y puede que consiguiéramos la panacea para Maddie. Eso


era todo lo que importaba por el momento.

37

Kate Daniels #6
Capítulo 3
C
uando Curran y yo bajamos de la azotea en busca del desayuno,
Barabas nos emboscó con pilas de papeles.

—¿Qué es esto? —consideré la pila de cinco centímetros.

—Esto es todo lo que tienes que hacer antes de partir hacia el Mar Negro. —
Él señaló a la sala de conferencias más cercana. El desayuno había sido dispuesto.
Platos con huevos revueltos, montones de tocino, pilas de salchichas, y montañas
de carne frita compartían espacio con jarras de café y torres de tortitas. El olor se
arremolinó a mi alrededor. De repente estaba hambrienta. 38
—¿Toda la Fortaleza sabe que nos vamos? —preguntó Curran.

—Estoy seguro de que algunas personas todavía están dormidas, pero todo el
mundo lo sabe, sí. —Barabas colocó una pila en la mesa y sostuvo la silla para mí—
. Para ti.

—Tengo hambre y no tengo tiempo para esto.

Los ojos de Barabas se sostuvieron sin piedad.

—Haz tiempo, Alfa. Tienes dos manos. Puedes comer y firmar al mismo
tiempo.

Curran sonrió.

—¿Disfrutando de mi sufrimiento? —pregunté.

—Encuentro divertidísimo que te enfrentaras a un tiroteo con nada más que


tu espada, pero el papeleo te hace sentir pánico.

Barabas puso una pila más gruesa delante de él.

—Esto es tuyo, mi señor.

Kate Daniels #6
Curran maldijo.

Los cambia formas disfrutaban de un metabolismo alto, lo que les ayudaba a


consumir nutrientes y ahorrar energía para el cambio de forma. Pero ese mismo
metabolismo les hacía atiborrarse. Ver a Curran ir hacia la comida era una
experiencia aterradora. Él no se apresuraba o devoraba su comida con las manos.
Él solo comía una gran cantidad de ella. Pensé que me acostumbraría a ello con el
tiempo, pero cuando se apuntó a su tercer plato colmado, parpadeé. Debía haberse
saltado la cena de anoche.

La puerta de la sala de conferencias se abrió, Jim entró, como una tormenta


inminente. Metro ochenta de alto, con piel oscura y lisa y una mirada que te hacia
querer retroceder y buscar la salida más cercana, Jim servía como jefe de seguridad
de la Manada. Él y yo nos conocíamos desde hacía mucho tiempo, cuando ambos
trabajábamos para el Gremio de Mercenarios y de vez en cuando formábamos
equipo. Yo necesitaba el dinero y Jim no podía soportar trabajar con alguien más.

Jim se inclinó sobre la mesa. 39


—Voy a ir.

—No —dijo Curran—. Te necesito aquí. Tienes que controlar a la Manada


mientras estamos fuera.

—Haz que lo haga Mahon.

Mahon Delany, un alfa del Clan Heavy, servía como verdugo de la manada.
Había criado a Curran después de que la familia de Curran fuera asesinada, y él
probablemente era el más respetado entre los catorce alfas de la manada. Sin
embargo, no era universalmente querido.

—Los chacales se amotinarían y lo sabes —dijo Curran—. Tú puedes


mantener a los clanes juntos. Mahon no puede. Es anticuado y torpe, y si le pusiera
a cargo, podríamos volver a una guerra civil.

—¿Y quién va a vigilar tu culo mientras estás allí? No es sólo acerca de lo que
ellos están haciendo, has pensado en lo que ellos podrían hacer y cómo podrían
hacerlo. ¿Quién hará eso por ti?

—Tú no —dijo Curran—. Te necesito aquí.

Kate Daniels #6
Jim se volvió hacia mí.

—¿Kate?

Si él pensaba que me estaba metiendo en medio de eso, estaba loco.

—Oh, mira todo este papeleo que tengo. No puedo hablar ahora, muy
ocupada.

Jim cayó en la silla, pareciendo como si quisiera estrangular a alguien.

Barabas puso otro trozo de papel delante de mí. Ouch.

—Deberías dejar a Kate manejarlo —dijo Jim—. Nunca has hecho un detalle
de guardaespaldas a gran escala. Ella tiene más experiencia y es aceptable en eso.

Señalé un trozo de tocino hacia él.

—Yo no soy solo aceptable. Soy condenadamente buena y lo sabes.


40
—Hemos hablado sobre ello —dijo Curran—. Ella protege a Desandra, yo
gruño y controlo la interferencia con las manadas, y cuando ella me diga que
presione, presiono. Tenemos esto, Jim.

—O al menos creen que lo hacen. —Barabas cogió el papel que yo había


firmado y sopló sobre la tinta.

—Lleva a Barabas —dijo Jim de pronto—. Si tú no me llevas a mí, coge a


Barabas. Es retorcido, paranoico y obsesivo. Será perfecto.

Curran me miró. Yo miré a Barabas. Él incluso descubrió los dientes afilados.

—Bueno, después de esa recomendación, ¿cómo puedo decir que no?

—¿A quién quieres para apoyo? —pregunté.

—A George —dijo Barabas.

El verdadero nombre de George era Georgetta y ella amenazó con asesinar a


las personas que se atrevieran a utilizarlo realmente. Era la hija de Mahon y servía
como secretaria del tribunal de la Manada.

—Conoce las leyes —dijo Barabas—. Y es exactamente lo opuesto a muy


nervioso.

Kate Daniels #6
—Si tomas a George, Mahon querrá ir —dijo Jim.

—Eso no es algo malo —dijo Curran—. Mahon es un gran luchador, y eso


conseguirá quitártelo de encima. Además, él es un oso. Los Cárpatos respetarán
eso.

—Ya que voy —dijo Barabas—. Jezabel también querrá ir.

—No. —Jezabel, mi otra niñera bouda, tenía un gran temperamento.

—¿Debería preguntar por qué?

—¿Has tenido una bronca el miércoles con Ethan?

Barabas irguió la espalda. Ethan era su chico y su relación había empezado


muy bien, pero ahora se estaba saliendo de los carriles rápidamente.

—No fue una bronca. Fue una acalorada discusión.

—¿Sabes cómo me enteré de eso? 41


—Estoy seguro que me lo dirás.

—Vi a Jezabel marchándose con una mirada determinada en su rostro, y tuve


que pasar la siguiente media hora explicándole que romper las piernas de Ethan no
ayudaría a tu relación. Ella reacciona con una fuerza abrumadora a cualquier
insulto. Vamos a un lugar donde vamos a estar en inferioridad numérica,
insultados, y constantemente provocados. Un mal puñetazo suyo y estaremos
terminados.

—Buen punto —dijo Barabas—. Voy a romper con ella suavemente.

—¿Qué hay de Keira? —dijo Jim.

Curran enarcó las cejas.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Quién es Keira? —pregunté.

—Mi hermana —dijo Jim.

Kate Daniels #6
—¿Tienes una hermana? —Sabía que Jim tenía familia. Nunca había conocido
o visto alguno de ellos.

—Tiene tres —dijo Curran.

—¿Cómo es que nunca la conocí?

—Lo has hecho —dijo Jim—. Simplemente no te acuerdas porque no te dije


quién era.

—Oh, así que tu familia es sólo una forma de necesidad-de-conocerla, ¿eh?

Él me dio una mirada fija.

—Eso es correcto.

Cuando una broma vuela más allá de un cambia formas jaguar enfurruñado,
¿eso tiene sentido?

—¿Estás seguro que deseas enviar a tu hermana a cruzar el océano con 42


nosotros? Ya que yo ni siquiera califico lo suficientemente alto como para
conocerla y todo eso.

—Keira es una veterana del ejército —dijo Jim—. Es buena y no se volverá


contra ti.

Traté de imaginar una versión femenina de Jim y en su lugar obtuve a Jim en


un vestido. La imagen fue inquietante.

—¿Al menos le preguntaste? —preguntó Curran.

—Sé que irá.

—Bueno, entonces está dentro a menos que diga que no.

Había firmado seis cosas y mi pila no se hacía un poco más pequeña. Era
como si el papeleo se reprodujera mientras trabajaba.

—¿Dónde vas a conseguir un barco? —preguntó Jim.

—Podemos utilizar un carguero comercial y dar un paseo —dijo Curran.

—No funcionará —dijo Jim—. Cruzar el Atlántico es una putada. Pueden


estar allí en tres semanas más o menos, pero pueden tener que salir apresurados

Kate Daniels #6
con diez barriles de panacea, y no hay ninguna garantía de que el carguero vaya a
volver para otro viaje a tiempo. Necesitarás contratar un barco y a la tripulación, y
ellos tendrán que sentarse en el puerto durante un mes esperándolos.

—Entonces ve a contratar uno—dijo Curran—. O comprar uno. No me


importa.

—No sé si podemos. No es sólo cuestión de dinero. Es conseguir un capitán y


una tripulación experimentados a corto plazo. —Jim tamborileó sus dedos en la
mesa y se levantó—. Necesito conseguir eso.

Un joven se acercó y se detuvo en el umbral. Se movía en completo silencio,


como un fantasma. Aún delgado, pero en el camino de engordar, tenía el pelo
castaño y corto y el tipo de rostro que te hacía parar en seco. No hacía mucho
tiempo, las personas se detenían y miraban porque era hermoso. Ahora se detenían
porque no estaban seguros de lo que un hombre con una cara así haría después.

Antes, cuando era guapo, Jim lo había utilizado para un trabajo encubierto. 43
La gente había menospreciado a Derek Gaunt como a un chico juguete, pero él se
perdía nada. No tuvo exactamente una infancia feliz. Eso le hizo despiadado, duro
y disciplinado, y se dedicó a la tarea por completo.

Entonces sucedieron cosas malas y la cara de Derek pagó el precio. Su buena


estructura ósea todavía estaba allí, pero el trauma había engrosado sus líneas
limpias y despojado cualquier resto de suavidad de sus rasgos. Sus ojos cafés se
habían vuelto duros y distantes, y cuando decidía ser desagradable, eran
completamente planos. Yo había visto ese tipo de mirada en los combatientes
veteranos del pozo. Eso decía que no eras un ser humano. Eras un objeto para ser
eliminado.

La mirada me preocupó. Derek era un amigo. Incluso si toda la Manada se


volvía contra mí, él se quedaría en mi esquina. Pero el humor, la chispa que solía
hacer a Derek quién era, estaba creciendo más y más oscura. Si eso desaparecía,
Derek estaría en un mal lugar. Yo había estado allí y era difícil escarbar tu camino
fuera de ese agujero.

Curran fingió no verle. Derek no dijo nada. Simplemente permaneció de pie.

—Sí—dijo Curran sin volverse.

Kate Daniels #6
Derek asintió y se alejó sin decir palabra. Ahora teníamos cinco: Barabas,
George, Mahon, Derek, y tentativamente Keira. El contrato había especificado que
los Cárpatos esperaban que lleváramos no más de quince personas. Curran y yo
decidimos diez, excluyéndonos nosotros mismos. Era un número bonito y
demostraba que no teníamos miedo.

Jim estaba sentado allí con la mirada un poco más acristalada en sus ojos que
por lo general significaba que tres cuartas partes de su cerebro estaban ocupadas
en otro lugar.

—¿Estás bien? —le pregunté.

Él me miró.

—¿Dónde diablos voy a encontrar un barco...

Un guardia se acercó a la puerta.

—¿Sí? —pregunté. 44
—Tía B está aquí para hablar con la Consorte.

Reunirse con la alfa del Clan Bouda era como meter tu mano en un triturador
de basura. El interruptor podía ser encendió en cualquier momento.

Curran se levantó.

—Me tengo que ir.

—Cobarde —le dije.

Él me sonrió abiertamente.

—Más tarde, nena. Vamos, Jim, también tienes que irte.

Ellos salieron por el pasillo.

Miré a Barabas.

—Sólo hay una salida. ¿Cómo se las arreglan para pasar por ella?

—Se ocultarán en la sala de los guardias hasta que ella venga a través de ella.
¿Debo mostrarle el camino a Tía B?—preguntó Barabas.

Kate Daniels #6
—No hay escapatoria, ¿verdad?

—No.

Suspiré.

—Está bien. Terminemos con esto.

***
El alfa del Clan Bouda llevaba un vestido blanco alegre con un patrón de
superposición de grandes amapolas rojas. Su pelo estaba enrollado en un moño
suelto, sin preocupaciones. Un par de gafas de sol posadas por encima de su frente.
Si agregabas un sombrero de paja y una cesta de picnic, estaría toda lista.

Tía B estaba en sus cincuenta años, pero la clase de cincuenta a los que aspira
la mayoría de las mujeres. Su piel era lisa y su maquillaje discreto pero experto, su
figura generosa pero atlética. Sus labios sonreían a menudo, y su voz era toda 45
dulzura y galletas, pero cuando realmente te miraba, el pelo en la parte posterior
de tu cuello se erizaba, porque comprendías que era inteligente, despiadada, y
peligrosa como el infierno. Gobernaba el clan Bouda, y cualquiera capaz de
contener a más de tres docenas de hombres hiena bajo control nunca debería ser
tomado a la ligera. Yo la había visto en acción. No muchas cosas me ponían los
pelos de punta, pero ella se las arregló. Por ahora Tía B estaba de mi lado, pero no
tenía falsas ilusiones. La nuestra era una especie de condición de amistad: si dejaba
de ser útil para ella y los suyos, olvidaría mi nombre.

Detrás de ella, Andrea Nash, mi mejor amiga y la actual beta femenina del
Clan Bouda, entró en la habitación. Baja, rubia y letal, Andrea estaba
comprometida con el hijo de Tía B, Rafael. A la gente realmente le gustaba Andrea.
Parecía agradable y accesible. También podía disparar a las piezas del dominó a
grandes distancias y se convertía en un monstruo con garras del tamaño de mis
meñiques.

Sonreí a Tía B y señalé hacia la mesa.

—Por favor, únete a mí.

Para los cambia formas, una ofrenda de comida sostiene cierto significado.
Podría ser una declaración de interés romántico, o podría ser una confirmación del

Kate Daniels #6
estado de alfa. Los que ofrecían comida se declaraban responsables de los que la
tomaban. A pesar de que Tía B me había dado una pista en la costumbre antes de
convertirme en la Consorte, ella había intentado darme de comer. Desde que me
elevé más alto que Tía B en la cadena alimentaria, las gráficas se habían cambiado.

—No importa si lo hago. —Tía B se sentó a mi derecha. Andrea tomó posición


detrás de ella, como beta.

La miré.

—¿En serio?

Andrea suspiró.

—Oh, bien, solo no se lo digas a nadie. —Se dejó caer en la silla junto a mí. Le
pasé un plato.

—¿Qué te hace subir todas estas escaleras?

—Estoy preocupada por su bienestar. —Tía B deslizó un trozo de tocino en


46
una tortita, lo dobló, y mordió un pequeño trozo—. Y sobre el futuro de mi clan,
naturalmente.

Naturalmente.

—¿Es sobre el viaje al Mar Negro?

—Por supuesto. ¿Curran mencionó el incidente de Desandra?

Aquí vamos.

—Sí.

—¿También llegó a mencionar que era yo quien había escoltado a esa pobre
niña de vuelta a su padre?

Vaya.

—No.

—Qué olvidadizo por su parte. —Tía B tomó otro trozo de la tortita—. Los
dos, mi difunto esposo y yo habíamos ido a ese viaje. Su familia era de la Península
Ibérica. La mitad de nuestro clan proviene de África y la otra mitad de Iberia, pero

Kate Daniels #6
estoy divagando. En pocas palabras, yo estaba allí. Conocí a Jarek Kral, el padre de
Desandra. Es un troglodita.

Me atraganté con mi café.

—Es un vándalo despiadado y violento sin ninguna pizca de conciencia.

Guau.

—Vino de la nada, así que está obsesionado con la construcción de su 'linaje


real'. Está muy obsesionado en la transmisión de sus propios genes exiguos, eso
está volviéndolo loco, y para empezar no estaba jugando con una baraja completa.
Todos y cada uno de sus hijos, excepto Desandra, han ido al lupismo o han
conseguido ser asesinados, por lo que vende y negocia con ella como si fuera una
vaquilla preciada, y ella estuviera de acuerdo con eso. Desandra es una esclava.

Bueno. Evidentemente este era el día de las revelaciones sinceras del clan
Bouda.
47
Añadí más café a mi taza. Curran tenía razón. Si Jarek era todo sobre su
dinastía, no debería haber estado ansioso por matar a su única hija para conservar
algún paso de montaña. Los cambia formas Cárpatos estaban jugando a un juego
complicado, y tenía la sensación de que planeaban marcar goles pateando nuestras
cabezas cortadas.

Tía B miró su taza. Barabas la llenó con café.

—Gracias, querido. Kate, debes comprender la forma en que serás percibida.


Curran es el Señor de las Bestias, una rareza entre los alfas. La mayoría de los alfas
dirigen manadas que consisten en una especie, con un ocasional cambia formas
dispar o dos, y la mayoría de ellos tienen que defenderse de los desafíos de rivales
de dentro y fuera de su territorio. Curran gobierna una gran manada próspera y su
competencia aquí en Estados Unidos es mínima. Su territorio es seguro.

—Eso es porque aquí nadie es tan tonto como para enfrentarlo —dijo Andrea.

—Precisamente. Pero los alfas Cárpatos no entienden completamente de lo


que es capaz, y Curran les presenta una oportunidad. Ellos quieren tanto matarle
por los derechos de fanfarronear, una propuesta peligrosa, y la mayoría de ellos no
son suicidas, o beneficiarse de una alianza con él. El punto es que para ellos él tiene
valor. Tú, en cambio, no tienes valor alguno. No te conocen y no ganan nada por

Kate Daniels #6
hacer amistad contigo. Para ellos eres el entretenimiento pasajero de Curran que se
ha convertido en una obsesión. Un obstáculo que debe ser eliminado, porque el
camino más fácil hacia Curran es a través de una mujer.

—O la panacea. —Aún no estaba segura de a dónde iba con esto.

—Tengo mis dudas sobre su disposición a deshacerse realmente de la


panacea. —Tía B hizo otra envoltura de tortitas—. Pero estoy segura de que en el
momento en que bajes del barco, serás un objetivo. ¿Estamos de acuerdo en eso?

—Si quieren bailar, estaré feliz de hacerlo.

Tía B suspiró.

—No tengo ninguna duda en tus habilidades marciales, querida. Creo que
todos los que estamos aquí sabemos que puedes defenderte. Me preocupa
encontrarte en el fondo de algún barranco de la montaña con el cráneo roto por
tropezar fuera del camino en un accidente 'lamentable'. O el techo de una de esas
encantadoras casitas de campo europeas derrumbándose sobre ti, por pura
48
casualidad. O alguien accidentalmente te dispara en la espalda a media milla de
distancia. Sería terrible. Todo el mundo expresaría sus condolencias, y después
enviarían a una joven compasiva y hermosa envuelta en una cinta bonita con un
lazo a la habitación de Curran para consolarlo.

Me incliné hacia delante.

—¿De verdad crees que tomaría ese premio de consolación?

Se inclinó hacia mí.

—No lo quiero saber. También sé que Mahon está pensando en ir, y cuando el
viejo oso quiere algo, por lo general se sale con la suya.

¿Cómo diablos se enteró?

—¿Tienes espías en el Clan Heavy?

—Tengo espías por todas partes.

Miré a Andrea, quien estaba acumulando tocino en su plato.

—Tomó el té con la esposa de Mahon —dijo Andrea.

Kate Daniels #6
Tía B la miró.

—Tú y yo tenemos que trabajar en tu aire de misterio.

Andrea se encogió de hombros.

—Ella es mi mejor amiga. No voy a mentirle.

Levanté el puño y lo chocó con el suyo.

Tía B suspiró.

—Mahon dejó pasar el último viaje. Se culpa a sí mismo por nuestro fracaso
absoluto. Él consiguió quedarse en casa y controlar a la manada y casi rompió todo
en lo que Curran trabajó tan duro en construir. Recuérdamelo alguna vez, y te
hablaré de lo que le hizo a los chacales. Mahon no es tu amigo. Él te apoya, porque
Curran te escogió, pero en sus ojos la cambia formas más humilde es más aceptable
como compañera de Curran que tú. No es personal. Mahon tenía mucha tragedia
en su vida, y eso lo hizo de mente cerrada cuando se trata de los no cambiaformas. 49
Él nunca se rebajaría a hacerte daño, pero si algo desafortunado te pasara,
infundiría un suspiro de alivio y esperanza para que Curran encuentre una buena
chica cambia formas.

Mahon y yo habíamos llegado a un entendimiento. No éramos los mejores


amigos, pero dudaba que me apuñalara por la espalda. Simplemente no era quien
él era.

—¿Hay una galleta al final de esta conferencia?

—Necesitas un amigo en ese equipo —dijo Tía B.

—Es por eso que voy contigo. —Andrea atiborró un poco de tocino en su
boca y masticó.

—¿Que hay sobre ti siendo una medio bestia? —El padre de Andrea comenzó
su vida como un animal que había ganado la habilidad de transformarse en un
humano. Eso la hacía una medio bestia, y algunos cambia formas creían que las
personas como ella debían matarse nada más verlas.

—No les importa —dijo Tía B—. En algunos aspectos los Europeos son más
reaccionarios, y en otros no lo son. Hay un montón de cambia formas en los
Cárpatos, y los medio bestia son raros pero no una rareza. Andrea estará bien.

Kate Daniels #6
—Y Rafael se unirá a nosotros —dijo Andrea—. Así que tienes el doble de
respaldo. Nadie te matará en nuestra vigilancia.

Así que eso era de lo que se trataba todo esto. Tenía una galleta después de
todo.

—Guau. No tenía ni idea de que te importaba. Estoy emocionada.

—Deberías estarlo. —Andrea mordió otra tira de tocino—. Estoy dispuesta a


abandonar el tierno abrazo de mi futura suegra por tu bien.

—Acerca de eso —dijo tía B—. Yo también voy.

Querido Dios, la galleta estaba envenenada.

La boca de Andrea colgaba abierta y yo conseguí una vista de tocino a medio


comer que deseé poder no verlo.

—¿Supongo que esta es la primera vez que has oído hablar sobre eso? —le
pregunté.
50
Ella asintió.

—¡Eso no es lo que acordamos! Estuvimos de acuerdo en que Rafael y yo


iríamos con ella.

Tía B se encogió de hombros.

—Esa es la prerrogativa de los alfa. Podemos cambiar de opinión.

Andrea la miró boquiabierta.

—¿Y el clan?

—Leigh y Tybalt pueden controlarlo en nuestra ausencia. Ellos sobrevivirán


por sí mismos durante tres meses.

—Curran no se atreverá a hacerlo —le dije. No estaba segura de que yo me


atreviera a hacerlo.

—Lo hará, si le preguntas, querida. Lo que digo aquí no debe salir de este
cuarto. —Tía B puso el tenedor en el plato—. Cualquier Consorte que es aceptable
para Mahon es mala para nosotros. Si el oso se sale con la suya, tú, Kate, nunca
llevarás al hijo de Curran. Y tú —se volvió hacia Andrea—, nunca te sentarás en el

Kate Daniels #6
Consejo de la Manada. Eres una medio bestia. No te matarán, pero puedes apostar
que harán todo lo que esté en su poder para echarte. Tus hijos, mis nietos, crecerán
sabiendo lo que se siente estar a un paso más bajo que todos.

En un instante, la divertida rubia desapareció, y una asesina fría miró al


infinito sentada en el lugar de Andrea.

—Que lo intenten.

—¡No! —Un rojo brillante como rubíes a contraluz, se desató en los ojos de
Tía B—. No esperamos que lo intenten. No hay suficientes de nosotros para ser
reactivos. Pensamos un paso por delante de nuestros oponentes. Les forzamos a
responder. Tú vigilarás su espalda, Rafael vigilará a Curran, y yo cuidaré de
nuestros intereses colectivos. Necesitarás la panacea, querida. Confía en mí. Me
aseguraré de que la consigamos.

Andrea levantó el dedo y abrió la boca.

—Eso es definitivo, Andrea.


51
Andrea cerró la boca.

—Habla con Curran sobre ello. Hablen entre ustedes. Estaré haciendo las
maletas. Gracias por un desayuno agradable.

Tía B se levantó y salió.

Esperamos hasta que las puertas del pasillo se cerraron detrás de ella.

—Esa mujer me vuelve loca —gruñó Andrea.

—¿Está hablando en serio?

—Últimamente ha estado un poco obsesionada —dijo Andrea—. Desde que


me convertí en una beta y luego Rafael se propuso, todo sobre lo que ha estado
hablando es cómo se retirará y pasará sus años abrazando nietos. Estos son nietos
teóricos. Rafael y yo no tenemos prisa. Ella dice que está cansada.

—¿Te parece cansada?

—Me sobrevivirá. Seré una anciana, y ella estará todavía prometiendo


retirarse. Conozco esa mirada. Vendrá en este viaje, nos guste o no.

Kate Daniels #6
Suspiré.

Andrea negó con la cabeza.

—El Mar Negro, ¿no? ¿Ese es el lugar donde estaba el Golden Fleece y Jasón
adiestró a un ejército de dientes de dragón?

—Ese es.

—¿Qué pasó después con Jasón?

—Se casó con Medea, una princesa-bruja que era de Colchis.

—¿Vivieron felices para siempre?

—Él la dejó por otra mujer, por lo que ella mató a sus hijos, les cortó para el
estofado, y se lo dio.

Andrea puso una salchicha a medio comer en el plato y lo apartó.


52
—Bueno, al menos yo estaré allí para vigila tu espalda.

Y eso ya me hizo respirar mejor.

—Gracias.

Andrea hizo una mueca.

—No hay de qué. Tengo que ir a decirle a Rafael que su querida madre viene.
Le encantará este nuevo acontecimiento.

***
Fui a buscar a Curran. Conociéndolo, probablemente estaba escondido en
algún lugar con Jim tratando de ultimar la lista de cambia formas que estaríamos
llevando con nosotros. Apuesto a que "en algún lugar", era la guarida no tan
secreta de Jim a dos plantas por debajo del nivel superior de la Fortaleza.

Jim realmente amaba su trabajo, y de alguna manera siempre encontraba


gente que lo amaba tanto como él. Se llevaron todo el asunto del espionaje al
siguiente nivel. De alguna manera simplemente caminando por el pasillo hacia la

Kate Daniels #6
sala de descanso no parecía suficiente. Debería haber conseguido una capa negra y
escabullirme dramáticamente, mostrando mis cuchillos.

Estaba a unos cinco metros de la sala de descanso, cuando oí la voz de Mahon


y me detuve.

—…no cuestiono su habilidad. Ella es orgullosa, indisciplinada, y no toma


nada de nadie. Entraremos en una tormenta de mierda. Atacarán su apariencia, tu
relación y su condición humana, y me pregunto qué tan bien se mantendrá ella
bajo el estrés.

Mahon y yo nunca nos veíamos cara a cara. Para no hacer el cuento largo. Yo
había decidido que no quería o necesitaba su aprobación, por lo que dejé de
intentarlo.

—Kate estará bien —dijo Curran.

—Es una mala idea.


53
—Te oí la primera vez —dijo Curran—. Kate viene con nosotros. Te
preocupas demasiado.

Entré en la habitación. Curran, Jim, y Mahon estaban alrededor de una


pequeña mesa de cocina. Jim y Curran, ambos, tenían tazas, que probablemente
contenían café patentado por Jim: negro como el alquitrán y así como viscoso. Un
trozo de papel estaba sobre la mesa —la lista de los diez nombres. Curran y Jim
habían discutido a fondo la lista de quiénes iban a venir, y yo estaba a punto de
cambiarlo.

—Ya me iba —murmuró descontento Mahon y salió de la habitación.

—¿Café? —preguntó Jim.

—No, gracias. —Sabía exactamente como sabía el café—. A Tía B, Rafael y


Andrea les gustaría ser incluidos.

Curran enarcó las cejas.

—¿Por qué?

—Tía B dice que está preocupada por mi bienestar.

Kate Daniels #6
—Ella está sobre todo preocupada por conseguir sus garras en la panacea —
dijo Jim.

—Sí, lo mencionó —miré a Curran—. El modo en que lo veo, estamos


tomando diez personas. Tú consigues cinco y yo consigo cinco. Si yo tomo a Tía B,
Rafael, Andrea, Barabas y Derek, eso completa mi parte.

—Me parece justo —dijo Curran—. Puedo contar a Derek como uno de los
míos. Esto le dará un punto extra.

—No, está bien. Tú debes tomar el punto extra.

—Francamente, no me importa —dijo Curran.

—No me importa tampoco. Me estás dando a Tía B. Probablemente te debo


un lugar por eso.

—Maldita sea —dijo Jim con su rostro disgustado—. Son como un viejo
matrimonio que encontró veinte dólares en un estacionamiento. “Tómalo tú. No, 54
tómalo tú.” No puedo soportarlo. —Puso el café sobre la mesa y sacudió la cabeza.

—Bien —dijo Curran—. Si quieres a Derek, es tuyo. Eso llena la lista.

—Eso significa que estamos retirando a Paola de la lista. Las ratas estarán
cabreadas —dijo Jim.

—Yo me encargo de las ratas —dijo Curran.

Kate Daniels #6
Capítulo 4
E
staba de pie en la colina cubierta de hierba. Delante de mí un estridente
anochecer ardía con violenta intensidad, las nubes escarlata y el carmesí
flotaban como vendajes en la herida abierta del cielo sanguíneo. Contra el
anochecer, en el plano de más abajo, la gente estaba construyendo una torre. La magia se
agitaba y giraba a su alrededor cuando los bloques de piedras duramente tallados se alzaban
en el aire, alzado por poder y voluntad humana. Lejos, en la distancia, otra torre se estiraba
hacia el cielo.

Quería detenerlo. Cada instinto que tenía gritaba que esto estaba mal. Era peligroso e
injusto y todos nosotros sufriríamos al final. Algo terrible ocurriría si era completado. 55
Quería bajar allí y dispersar las piedras.

No podía moverme.

El sudor frío me empapaba. No podía apartar la mirada. Solo observé cuando la torre
se alzaba bloque a bloque, un monumento al aumento de poder de mi padre y a su ambición.
Seguía avanzando, imparable, como una antigua legión, como un tanque aplastando todo lo
que estaba de pie ante eso.

Alguien se movió a mi derecha. Me retorcí, intentando arrancarme de la escena,


girarme, y vi a Julie. El viento revolvía su pelo rubio. Ella me devolvió la mirada, sus ojos
aterrados. Las lágrimas descendiendo por sus mejillas.

—¡Julie!

Me senté en mi cama. La oscuridad reinaba, disuelta pero no conquistada por


la luz de la luna que llegaba a través de la ventana abierta. Mi cara se sentía
mojada. Me froté con los dedos el nacimiento del pelo. Alejaron la humedad.
Sudor. Genial. Solía tener pesadillas sobre Roland y ser encontrada, pero paraban
cuando Curran comenzaba a sujetarme por la noche. Nunca eran tan vívidas.

Quizás Roland estaba intentando encontrarme. Tuve una visión de él sentado


a varios estados de distancia, comunicándose con sueños de mierda como una

Kate Daniels #6
torre de TV. Necesitaba hacer que examinaran mi cabeza, excepto que todos los
que actualmente lo intentaran huirían gritando.

Las mantas cerca de mí estaban arrugadas. Curran debía haberse deslizado


fuera de nuestra cama en medio de la noche. Bueno, eso lo explicaría. Él se había
ido, y observar a Maddie pasar a lobo me había agitado. Eventualmente mi
querido padre me encontraría, pero hoy no.

Tenía que comprobar a Julie. No sería capaz de dormir si no lo hacía. Me


deslicé fuera de la cama, me puse unos pantalones de chándal, y salí, bajando las
escaleras. La puerta de Julie estaba ligeramente entreabierta. Extraño. Golpeé con
mis nudillos en una señal con cráneo-y-huesos-cruzados de NO ENTRAR que
ocupaba la mayoría de la puerta. Sin respuesta.

Janice, una cambiante en sus treinta y tantos, sacó su cabeza rubia de la sala
de guardia a mi derecha.

—Tomó su manta y su almohada y bajó las escaleras. 56


—¿Cuándo?

—Hará dos horas.

Eso habría sido a la una de la mañana. Solo había un lugar al que Julie podría
haber ido.

Cinco minutos después caminaba en la tenue sala, moviéndome


tranquilamente de puntillas. La única iluminación venía de la urna de cristal
delante de mí. En ella, sumergida en el líquido verde de la solución curativa de
Doolittle, flotaba Maddie. Varios tubos intravenosos corrían desde sus brazos al
pie de metal con bolsas de fluidos. Julie estaba sentada cerca de ella en el suelo,
tumbada sobre su manta, sus codos tirados sobre sus rodillas, su cara escondida en
sus manos.

Oh, Julie. Crucé la sala y me senté a su lado. Ella no dio indicaciones de que
me había oído.

Los huesos de Maddie sobresalían en extraños ángulos, la carne se estiraba


sobre el esqueleto distorsionado como goma medio derretida. Aquí y allí los
parches de pelo la moteaban, derretida de vuelta en piel humana. El lado izquierdo
de su mandíbula sobresalía, los labios demasiado cortos para esconder el hueso, y

Kate Daniels #6
a través del hueco podía ver sus dientes humanos. Su brazo derecho, casi
completamente humano, parecía demasiado delgado, demasiado frágil, poco más
que hueso enfundado en piel.

Cuando me senté allí y la observé, mi corazón se apretó en una dura y


dolorosa roca. No era solo Maddie. Era la poseída desesperación en su madre y
hermana. Era el pánico en la cara de Jennifer. Era el miedo enmascarado en
Andrea, quién había venido a ver a Maddie la pasada noche. Había observado a mi
mejor amiga cuando cruzó sus brazos sobre su pecho intentando convencerse de
que esto no era su futuro. Ella amaba a Rafael. Quería hijos y una familia, y los
hermanos de Rafael pasaron a lupo en la pubertad y tuvieron que ser asesinados.
Cuando Tía B dijo que necesitaban una panacea, se refería a eso.

Fue el irritante hielo del miedo dentro de mí lo que dijo: Este podría ser tu hijo.

Maddie, la mona niña divertida, a quién todos conocíamos y dábamos por


hecho. Teníamos que salvarla. Tenía que salvarla. Si hubiera algo que pudiera
conseguir, sería devolverla la vida. 57
Julie se estiró. Sus ojos estaban rojos, la piel a su alrededor hinchada. Deseé
poder hacer algo.

—Ella no está herida.

—Lo sé —sorbió por la nariz Julie.

—Leo para ella. Su madre también lo hace, y las enfermeras de Doolittle. No


está sola.

—No es eso.

—¿Entonces qué es?

—Estoy intentando comprender por qué. —Su voz se rompió—. ¿Por qué? —
Se giró y me miró, las lágrimas llenaban sus ojos y rebosaban con dolor—. Ella era
mi mejor amiga. Solo tengo una. ¿Por qué tuvo que ser ella?

La pregunta del millón.

—¿Preferirías que hubiera sido Margo?

Kate Daniels #6
—No. —Julie sacudió su cabeza—. No. Ella se siente horrible porque está bien
y Maddie no. La abracé y la dije que me alegraba que así fuera.

—Estoy orgullosa de ti.

—No es culpa de Margo que la medicina no funcionara. Solo que no quiero


que fuera Maddie. Quiero que esté bien. Es como si esto fuera el coste.

—¿El coste de qué?

—De la magia. De ser un cambiante. Como son fuertes y rápidos y alguien


tiene que pagar el precio por eso. ¿Pero por qué ella?

Deseaba saberlo. Me había hecho exactamente la misma pregunta cuando


encontré a Voron muerto, cuando vi la ruina del cuerpo de Greg Feldman, y
cuando Julie estaba tumbada en la cama del hospital, tan sedada que su corazón
apenas latía. Quería tanto evitarle eso a Julie. Me mataba no poder hacerlo. No
sabía por qué algunas personas tenían tragedia tras tragedia tiradas hacia ellas,
como si la vida les pusiera a prueba, y otros vivían felizmente, intocables por la
58
pena.

La dije la verdad.

—No lo sé. Creo que es porque un niño es lo más preciado que tenemos. Hay
un precio por todo, y nunca es algo que puedas afrontar rindiéndote. Siempre es
alguien a quién amas.

Julie me miró.

—¿Por qué?

—No lo sé. Es la manera en la que siempre ha sido.

Julie volvió a retroceder.

—No lo quiero. Si esa es la manera que tiene que ser, no quiero tener ningún
bebé.

La vida finalmente había marcado a Julie bastante profundo. Ahora mi niña


había decidido no tener hijos, no porque no quisiera ser madre, sino porque estaba
demasiado asustada del mundo en el cual traería a sus hijos. Eso era una mierda.
Quería apuñalar algo.

Kate Daniels #6
Julie me estaba mirando, esperando por algo.

—Tener hijos o no tenerlos es tu elección, Julie. Si lo haces o no, Curran y yo


te amaremos de todas formas. Nunca tendrás que preocuparte de que dejemos de
hacerlo.

—Bien, porque no quiero hijos.

Nos quedamos en silencio.

—Te vas —dijo ella.

—Sí. ¿Tienes miedo?

Julie se encogió de hombros.

—Eres el alfa y tienes que ir.

—Eso es cierto.
59
—Y si alguien consigue la medicina, eres tú. Lo comprendo. —Su voz era
diminuta—. No mueras. Sólo no mueras, ¿vale?

—No tengo planes de morir. Volveré con la panacea y conseguiremos sacar a


Maddie fuera del tanque de curación.

—Oí a Jim hablando —dijo Julie tranquilamente.

Oh chico.

—Dijo que era una trampa y que podrías no volver.

Gracias, Mr. Pedazo de Positivismo, apreciamos tu voto de confianza.

—¿El maestro espía sabe que le estabas espiando?

—No. Soy muy cuidadosa y él no levanta la mirada muy a menudo.

Eventualmente tendría que averiguar qué significaba eso.

—Es una trampa. La gente quienes se la pasan tumbados creen que somos
débiles y estúpidos. Te prometo que si intentan herirnos cuando lleguemos allí, se
arrepentirán profundamente. Navegaremos lejos con la panacea, y aún tendrán

Kate Daniels #6
que averiguar por qué están sentados en un charco de su propia sangre intentando
sujetar sus intestinos. Me has visto hacer cosas peligrosas antes.

—Saliste herida, Kate. Mucho.

—Pero sobreviví y ellos no. —La abracé con un brazo—. No te preocupes. Lo


haremos.

—Vale —dijo ella—. Yo solo...

Ella apretó sus manos juntas, mirando directamente hacia delante.

—¿Sí?

—Tengo malos sueños.

Y yo.

—¿De qué tratan tus sueños?

Ella se giró hacia mí, sus ojos poseídos.


60
—Torres. Las veo siendo construidas en la hierba. Son torres terribles. Las
miro y lloro. Y te veo, y tú me estás mirando, y me estás llamando...

Oh no. Unas garras frías se clavaron en mi columna.

¿Por qué teníamos el mismo sueño? Tenía que ser magia. Si mi sueño era el
resultado de mi magia o el resultado de la búsqueda de Roland, no debería afectar
a Julie. Posiblemente él no podía saber de Julie.

El ritual. Esa era la explicación más probable. Cuando curé a Julie, había
mezclado mi sangre con la suya. Algo de mi magia la había corrompido. Ahora
compartíamos sueños. Si teníamos suerte, entonces Roland estaba intentando
encontrarme por emisión de visiones en mi cabeza, y Julie estaba recogiendo la
señal.

Maldición.

Se debió mostrar en mi cara, porque Julie se centró en mí.

—Eso significa algo, ¿verdad? ¿Qué significa, Kate? Te vi. Estabas en mi


sueño. ¿Me viste, también?

Kate Daniels #6
No quería tener esta conversación. No aquí ni ahora. De hecho, no quería
tenerla después de todo.

—¡Dímelo, por favor! Tengo que saberlo.

No estaba planeando ir a mi funeral, pero uno nunca planea morir. Si algo me


ocurría, Julie sería dejada sin respuestas. Tenía que saber algo al menos. En su
lugar, yo querría saberlo.

—Kate, por favor...

—Silencio, por favor.

La necesidad de esconderme había sido golpeada en mí desde que podía


comprender las palabras. El número de personas que conocían mi secreto había
aumentado de uno a cinco en los pasados años, y pensar en ello me disparó
enseguida a golpear el camino a un lugar irracional dónde meditaba matar a esos
que lo sabían. No podía matarlos —eran mis amigos y mi familia elegida— pero
romper una vida de condicionamiento era una putada.
61
Si no se lo contaba y moría, ella cometería errores. Roland la encontraría y la
usaría. No se daba cuenta aún, pero era un arma. Como yo. Yo la había creado, y
tenía una responsabilidad para mantenerla a salvo y mantener a los otros a salvo
de ella.

—Lo que te voy a contar no puede ser repetido. Ni escrito en tu diario, ni se


lo puedes contar a tu mejor amiga, ni reaccionar si oyes decir algo. ¿Lo
comprendes?

—Sí.

—Hay personas que te matarían si supieran de ti. Lo digo muy en serio, Julie.
Esta es una conversación de vida-o-muerte.

—Lo comprendo —dijo Julie.

—¿Has aprendido en la escuela la teoría del Primer Cambio?

—Claro —asintió Julie—. Hace miles de años la magia y la tecnología


existieron en un equilibro. Entonces la gente comenzó a trabajar la magia,
haciéndola más y más fuerte, hasta que el desequilibrio se hizo demasiado grande
y la tecnología fluyó en el mundo en ondas, lo cual era el Primer Cambio. Las

Kate Daniels #6
civilizaciones mágicas cayeron. Ahora está ocurriendo lo mismo, pero
conseguimos olas de magia en lugar de las de tecnología. Algunas personas creen
que es un círculo y que sigue ocurriendo una y otra vez.

Bien. Ella sabía lo básico, así que esto sería más fácil.

—Me has oído hablar sobre Voron.

—Tu padre —dijo Julie.

—Voron no era mi padre biológico. Mi padre, mi verdadero padre, caminó


por el planeta hace miles de años, cuando la magia fluía llena de fuerza. En aquella
época él era un rey, un conquistador, y un mago. Era muy poderoso y tenía
algunas ideas radicales sobre cómo una sociedad debería estar estructurada, así
que él y algunos de sus hermanos construyeron un enorme ejército y devastaron
una y otra vez a través de los que ahora se conocen como Arabia Saudí, Turquía,
Irán, y Egipto oriental. El mundo era un lugar diferente entonces geológicamente,
y mi padre, el rey-mago, tenía una larga área fértil en la cual construyeron su reino. 62
Su magia le mantuvo vivo durante cientos de años, y tuvo éxito en aumentar un
imperio tan avanzado como nuestra civilización. Y a dónde iba, construía torres.

Julie parpadeó.

—Pero...

—Espera hasta que termine, por favor. —Las palabras golpearon en mi


garganta y tuve que esforzarme por expulsarlas—. Cuando el Primer Cambio
llegó, la tecnología comenzó a arrinconar a la magia. Las ciudades mágicas se
desmoronaron. Mi padre vio los escritos en la pared y decidió que era el momento
para una larga siesta. Se selló lejos, cómo o dónde nadie lo sabe, y cayó dormido.
Un diminuto goteo de magia aún permaneció en el mundo, y fue suficiente para
mantenerle vivo. Durmió hasta el Cambio, nuestro Apocalipsis, le despertó. Se
levantó, los ojos brillantes y cola peluda, e inmediatamente comenzó a reconstruir
su imperio. No puede parar, Julie. Eso es lo que da un significado a su existencia.
Esta vez él comenzó con los no muertos.

—La Nación —dijo Julie, la comprensión en sus ojos.

—Exactamente. Mi padre eligió llamarse Roland y comenzó a reunir


individuales con la habilidad para dirigir a los vampiros. Les organizó en la
Nación.

Kate Daniels #6
La Nación era un cruce entre una corporación y un instituto de búsqueda.
Profesional y brutalmente eficiente, mantenían bastante estables a los vampiros y
tenían una división en cada gran ciudad.

—Nadie nunca habla sobre Roland —la dije—. Mucha gente no sabe que él
existe. Y casi nadie, ni siquiera los navegantes, sabe que pronto después de
despertar, Roland se enamoró. Su nombre era Kalina y también tenía una magia
poderosa. Ella podía hacer que todos la amaran. Kalina quería un bebé, así que
Roland decidió darle uno. Yo fui ese bebé.

Julie abrió su boca. Yo levanté mi mano. Si me interrumpía, no podría pasar a


través de esto.

—Mi padre siempre tuvo problemas con sus hijos. Se volvían poderosos e
inteligentes, y tan pronto como maduraban, intentaban destruirle. Roland cambió
de opinión y decidió que sería mejor deshacerse del no nacido. Mi madre supo que
para salvarme tendría que huir. Necesitaba un protector, y el mago de Roland,
Voron, parecía la mejor elección. Voron estaba vinculado a Roland por un ritual de 63
sangre, y mi madre tuvo que usar cada trozo de su poder para hacer que Voron la
amara, así que ella hizo que Voron ligeramente enloqueciera.

—Así que básicamente le usó —dijo Julie.

—Lo comprendiste. Huyeron juntos. Mi madre me dio a luz, pero Roland se


acercaba. Ella sabía que Voron era el más adecuado para mantener al bebé vivo y
Roland nunca dejaría de perseguirla, así que ella se quedó atrás para comprar
tiempo a Voron. Roland la alcanzó y la mató. Voron corrió conmigo y luego pasó
cada momento de su vida entrenándome para que un día pudiera matar a mi
propio padre.

Julie se puso pálida.

Esperé a que ella digiriera todo eso.

—¿Quieres matarle?

Era una pregunta complicada.

—Lo haré si tengo que hacerlo, pero no saldré a buscarle. Los tengo a Curran
y a ti. Todo lo que quiero hacer ahora mismo es manteneros a ambos a salvo. Pero

Kate Daniels #6
si Roland me encuentra, se enfrentará a mí, Julie, y no estoy segura de que
sobreviva. ¿Recuerdas la imagen de un hombre que te mostré? ¿Hugh d’Ambray?

Se la había mostrado hacía unas pocas semanas y la dije que él era el


enemigo. En ese momento no estaba lista para largas explicaciones.

—Sí.

—Hugh es el reemplazo de Voron. Es el nuevo mago de Roland. No mucha


gente sabe lo del bebé perdido, pero él sí. Tropezó conmigo y ahora está muy
interesado.

Ahora venía la parte dura.

—Cuando te convertiste en lobo, no pude curarte. Nadie podía curarte. Así


que yo... —te robé tu libre albedrío—...limpié tu sangre con la mía para quemar el
Lyc-V. Era la única manera. Sin eso, tendría que haberte matado.

Julie me miró. 64
—Estamos vinculadas ahora. Algo de mi magia es tuya. Mi sangre te
contamina. Soñé esta noche. Vi un valle, un anochecer, y torres. Y te vi y te llamé.

—¿Qué significa eso? —susurró Julie—. ¿Eso significa que Roland está en
nuestra cabeza?

—No lo sé. No sé si estamos viendo el pasado juntas o el futuro o si es mi


padre enviando mensajes a nuestras cabezas desde varios estados de distancia. Lo
que demonios sea, no es bueno. Tienes que tomar precauciones. No dejes tu sangre
dónde pueda ser encontrada. Si sangras, quema los vendajes. Si sangras mucho,
deja la escena en llamas o vierte lejía sobre ella. Esconde tu magia tanto como
puedas. No estoy planeando morir. Volveré y te ayudaré a salir de esto. Pero si
algo nos ocurre, Jim lo sabe. Puedes confiar en él.

Una puerta se abrió detrás de nosotros. Doolittle entró en la sala.

—Doolittle lo sabe, también —le dije—. Hay algunos libros en mi habitación.


Te haré una lista de lo que necesitas leer...

Maddie se revolvió. Un bulto giró a través de su pecho, como una pelota de


tenis deslizándose justo debajo de su piel.

Kate Daniels #6
—Movimientos involuntarios —dijo Doolittle—. Nada por lo que
preocuparse.

Me di cuenta que mi mano estaba sujetando la empuñadura de Asesina y la


solté. Si Maddie se volvía lupo y envestida fuera del tanque a Julie, la cortaría sin
dudarlo. Ese pensamiento hizo que mis interiores se revolvieran.

Los ojos de Julie estaban enormes en su cara.

—Estará bien —la dije.

—No sé si lo estará —dijo Julie—. Nada está bien. Nada estará bien.

Se puso de pies.

—Julie...

La observé irse. La puerta se cerró con un sonido metálico. Esto no iba de la


manera que ella había querido. Yo quería una oportunidad, pero en la vida
raramente lo consigues.
65
Doolittle me estaba mirando.

—Es bueno que se lo dijeras.

No se sentía bien. Se sentía completamente desagradable.

—Necesito un favor.

—Si está en mi poder —dijo él.

—Curran y yo hemos escrito nuestras voluntades. Si no vuelvo, Meredith se


encargará de Julie. Ya he hablado con ella. Pero si no vuelvo, en algún momento,
Julie podría venir a ti por respuestas. Me gustaría que tuvieras mi sangre.
Estudiarla podría ayudar. —Él ya había hecho algunos análisis una vez. Él sería la
mejor persona para estudiar más.

Doolittle frotó su cara, dudando —como si decidiera— y finalmente dijo:

—Este viaje es un esfuerzo estúpido.

—Hay una oportunidad en la que tendremos éxito.

Kate Daniels #6
—Una oportunidad muy pequeña. No podemos confiar en esas personas.
Ellos no intentan honrar sus promesas.

—Les forzaré a honrarlas, si tengo que hacerlo. No puedo sentarme aquí y ver
como Maddie muere un poco cada día. Eso no está en mí, Doc.

—Tampoco está en mí —dijo él—. Tengo miedo de que no lo consigamos.


Retrasar lo inevitable solo guía a más sufrimiento. Ese es el porqué la muerte debe
ser rápida y sin dolor.

—Una vez me dijiste que no tenemos elección en lo que somos. Tenemos una
elección en quién somos. Yo soy la persona que debe tirar de ese barco o no seré
capaz de ni siquiera mirar a la madre de Maddie a los ojos. ¿Sacarás mi sangre por
favor?

Doolittle suspiró.

—Por supuesto que lo haré.


66
***
—¿Kate?

La voz de Curran se deslizó a través de mi sueño. Mmm... Sonreí y abrí mis


ojos, aún medio dormida. Curran se inclinó sobre mí. Mi apuesto psicópata.
Cuando volví de hablar con Julie, gateé a la cama. Me desperté un par de horas
después cuando él se deslizó en la cama a mi lado. Me puso cerca, su cuerpo muy
caliente contra el mío. Hicimos el amor y me quedé dormida en su pecho.

—¿Kate? —repitió Curran—. ¿Cariño?

Levanté la mano y toqué su mejilla solo para asegurarme que él estaba allí de
verdad.

—Deberías quedarte en la cama conmigo.

—Me encantaría —dijo él—. Pero acabo de hablar con Barabas.

—Mm-hmm. —Realmente era ridículamente apuesto en una manera hosca de


matar-todo-lo-que-se-mueva. Exactamente como me gustaba—. ¿Qué dijo?

Kate Daniels #6
—Saiman nos está esperando en una sala de reuniones. Dice que te debe un
favor y Barabas le llamó para invitarle a la Guarida en tu nombre. —El dorado
llameó en los ojos de Curran—. ¿Te importaría explicar esto, porque soy todo
oídos?

Diez minutos después Curran y yo marchábamos por el pasillo hacia la sala


de reuniones. Cuando vives en un edificio con excelente población acústica de
gente con oído sobrenatural, aprendes a discutir bajo tu respiración, lo cual
precisamente era lo que habíamos estado haciendo.

Hacía un mes había conseguido una llamada tardía del Gremio de


Mercenarios informándome de que Saiman había sido secuestrado. Un corredor de
información y un experto mágico, Saiman era un arpía hombre de negocios que
tenía dedos en todo tipo de tartas, desde combates de gladiadores ilegales a un
turbio negocio de importación/exportación. Cargaba precios exorbitantes para sus
servicios, pero porque le divertía, me había ofrecido un descuento en el pasado. Le
había consultado unas pocas veces, pero él seguí intentando atraerme a su cama
para probar un punto filosófico. Yo lo había tolerado hasta que él tuvo la estupidez
67
de exhibir nuestra conexión delante de Curran. El Señor de las Bestias y yo
habíamos estado en un punto difícil en nuestra relación, y Curran no se tomó esa
exhibición bien, lo cual expresó volviendo un almacén lleno de coches de lujo que
Saiman había pasado por la aduana en latas de Coke machacadas. Desde entonces,
Saiman, quien tenía miedo del dolor físico sobre todo lo demás, vivía con un miedo
mortal hacia Curran.

Saiman pertenecía a una cuenta VIP del Gremio de Mercenarios durante


momentos cuando necesitaba usar la fuerza bruta, así que cuando algunos matones
decidieron que sería una buena idea secuestrarle para un rescate, su contable pasó
la llamada al Gremio, el cual me la pasó a mí. Yo había tratado con los
secuestradores y el rescate de Saiman. De vuelta él me debía un favor. Ayer le
había llamado y le había dicho que me gustaría cobrármelo2.

Exitosamente me las había arreglado para esconder el incidente de Curran


precisamente porque sabía que él se volvería un basilisco. Explicar todo esto ahora
demostraba una pequeña complicación.

2 N/T: Lo que está contando Kate hace referencia a la historia corta que se encuentra al final de este
libro.

Kate Daniels #6
—El empleado llamó y dijo que Saiman fue secuestrado. ¿Qué demonios se
suponía que debía hacer, dejarle allí?

—Déjame pensar... ¡Sí!

—Bueno, no lo hice.

—Él no se preocupa por ti. Si hubieras muerto salvándole, él no habría


conseguido una mierda. Nadie sabía a dónde fuiste.

—Jim sabía a dónde fui. —Y… no debería haber dicho eso.

Curran paró y me miró.

—Llevé apoyo —le dije.

—¿Cómo quién?

—Grendel y Derek.
68
Las cejas de Curran se juntaron. Se dio cuenta que Derek lo sabía y no se
chivó. No debería haber dicho eso tampoco.

La mejor defensa es una vigorosa ofensa.

—Estás sobre reaccionando.

—Te fuiste en medio de la noche para rescatar a un hombre sin una pizca de
conciencia al preocuparse algo por tu seguridad, quién urdió y manipuló para
seducirte, y cuando encontró que no podía, actuó como un cobarde y te puso en
peligro. ¿Cómo se supone que debo reaccionar?

—La última vez que lo comprobé, era una chica grande, toda crecida y capaz
de ponerme los zapatos y balancear mi espada por mí misma. No tiene que
gustarte.

—¡Kate!

—Nos debe un favor. Un gran favor.

—No necesito ningún favor de él —dijo bruscamente Curran.

—Sí, lo haces. ¿Recuerdas el almacén de coches de lujo que demoliste?

Kate Daniels #6
Curran solo me miró.

—¿Cómo esos caros coches extranjeros consiguieron pasar al país?

La comprensión golpeó a Curran como una tonelada de ladrillos. Su frunce


desapareció.

—Él los envió dentro. —Avanzó por el pasillo, acelerando.

—Exactamente —le alcancé.

—Y evitó las aduanas porque vinieron en su barco. Es dueño de una flota.

—Bingo.

Giramos en la esquina. Un cambia formas se dirigía en nuestra dirección y al


ver nuestras caras intentó abruptamente dar marcha atrás en su curso. Curran la
señaló.

—Tráeme a Jim, por favor. 69


Ella rompió a correr.

—Ni siquiera sabemos si sus barcos van al Mediterráneo —dijo Curran.

—Sí, lo hacen. Durante los Juegos de la Medianoche él trajo a un minotauro


de Grecia.

Alcanzamos la puerta y la abrí.

Una maravillosa mujer asiática nos esperaba en la Sala de Reuniones Norte.


Estaba en la cúspide de los treinta, altura media y perfecta constitución, con una
delgada y delicadamente curvada cintura y piernas largas. Una sudadera verde
oscuro, completo con una capucha con gasa y faja, abrazando su cintura,
exhibiendo su maravilloso pelo negro.

Un macho cambia formas la estaba observando de la manera que uno


observaría a un perro rabioso acorralado en un callejón.

Curran no se alteró ni un poco.

—Saiman, te ves adorable. Gracias por arreglarte.

La mujer levantó la mirada y vi el aire familiar de desdén en sus ojos.

Kate Daniels #6
—¿Viniste como una mujer para que Curran no te golpeé?

La mujer hizo una mueca. Extraños bultos se deslizaron sobre su cara y


brazos, como si alguien hubiera metido bolas de billar debajo de su piel con una
entrada y girasen, girasen en todas direcciones. Deseaba que mi estómago se
mantuviera quieto.

—No —dijo la mujer, cuando su carne crujió, estirándose, retorciéndose, y se


remodeló en un desorden asqueroso—. Simplemente tuve una cita anterior.

Su pelo suelto, sus pechos disueltos en un pecho plano masculino, sus


caderas estrechas, todo moviéndose simultáneamente en un proceso grotescamente
coordinado. El ácido ardió en mi lengua. El cambia formas cambia en una
explosión, un rápido ardor de movimiento en un par de segundos. El cambio de
Saiman era un ajuste controlado metódicamente, y al observarlo nunca fallaba que
mi estómago se aterrara e intentara vaciarse de cualquier comida necesaria. Cerré
mis ojos durante un largo momento, los abrí, y vi a un hombre calvo y delgado
cruzado en sus nuevos brazos. En una forma neutral, Saiman era un lienzo en 70
blanco: ni feo ni apuesto, altura media, gestos medios, color de piel media,
constitución escasa. La sudadera le hacía parecer completamente ridículo. Tuve la
repentina urgencia de reír y tomar medidas drásticas.

—He traído algunos cambios. —Saiman señaló a la maleta cerca de él—. Creo
que la entrada estándar del Gremio para rescatar a una víctima de secuestro es el
diez por ciento del rescate. Siéntete libre de contarlo.

Por supuesto. El dinero era la respuesta estándar de Saiman. Pagarnos sería la


manera más fácil de librarse de su deuda.

Curran le ofreció una silla con un barrido de su mano.

—No estamos interesados en el dinero. ¿Quieres algo de beber?

—¿Está envenenado?

—Es sábado —dije—. Solo servimos venenos durante la semana.

—Sí, no somos unos completos salvajes. —Curran se sentó—. Shawn,


¿podrías por favor traernos algo de agua para mí y Kate, y un whisky para nuestro
invitado?

Kate Daniels #6
El macho cambia formas asintió y se fue.

—¿Te sientes mejor?

Saiman no me miró.

—Lo siento, me encantaría responder a eso, pero ya ves, si intento una


conversación, tu peludo amante me golpeará en trozos.

Oh, niño malcriado.

—No del todo —dijo Curran—. No tengo planes de golpear a nadie esta
mañana.

Shawn entró en la habitación, llevando una fuente con una jarra de agua, un
decantador lleno con whisky de color ámbar, y tres vasos. Curran lo tomó de sus
manos y lo dejó en la mesa.

—Gracias.
71
Shawn se fue, y Curran vertió el agua en dos de los vasos y el whisky en el
tercero.

—No ha razón para que no podamos ser civilizados.

Su tono era ligero, su cara relajada y amistosa. El señor de las Bestias estaba
en una rara forma. Realmente necesitábamos el barco.

Saiman sorbió el líquido ámbar y lo dejó en su boca durante un largo


momento.

—Así que. Rechazas mi dinero, me sirves un whisky Highland Park de treinta


años, y hemos estado aproximadamente cinco minutos en la misma sala, aún
ninguno de mis huesos está roto. Esto me guía a creer que tu espalda está contra la
pared y me necesitas desesperadamente para algo. Me estoy muriendo por saber
qué es.

En su lugar yo tendría cuidado con mi elección de palabras.

—Tengo una proposición de negocios para ti—dijo Curran—. Me gustaría


contratar uno de tus barcos para transportarnos a nosotros dos y a diez de mi
gente. Te pagaremos un razonable precio.

Kate Daniels #6
—¿Mi razonable o el tuyo? —Saiman estudió su bebida.

—Nuestro. De vuelta, ya no estarás en deuda con la Manada y haremos tu


vida menos inadecuada. Por ejemplo, dejaremos de bloquear tu estado real de
compras.

—¿Estás bloqueando sus compras? —Miré a Curran.

—Yo no personalmente.

—La Manada y sus representantes. —Saiman drenó su vaso y se vertió más—


. Si elijo mover un proyecto, la Manada inevitablemente ofertará contra mí,
subiendo el precio, y luego abandonará la oferta, dejándome la cartera golpeada.
Esos son muchos inconvenientes.

Apostaba por ello.

—Siempre me has golpeado como a un hombre que disfruta de atención—


dijo Curran. 72
—Eso es completamente injusto. —Saiman señaló su dedo índice hacia él
mientras aún sujetaba el vaso—. Corta la caza. Sé que una delegación de cambia
formas desembarcó en Charleston, sé que Desandra Kral, anteriormente de la
manada Obluda, está teniendo gemelos, y sé que has sido invitado a actuar como
su guardaespaldas y mediador de la disputa de la herencia y que pagarán con la
panacea para hacerlo.

Resumió Saiman. No tenía ni idea de cómo sabía todo eso, pero lo hacía.

—Necesitas un barco. Este navío tendrá que valer para el océano, necesitará
una tripulación experimentada, y requerirá camarotes con espacio para al menos
quince personas. ¿Cuál es el destino?

—Gagra en la costa norte de la República de Georgia.

Saiman parpadeó.

—¿Quieres decir el Mar Negro? ¿Realmente quieres ir al Mar Negro?

—Sí —dijo Curran.

Asentí.

Kate Daniels #6
—Queremos.

Decir cosas como Creemos que esto es una trampa y Preferiríamos cortarnos
nuestro pie izquierdo antes de ir, arriesgaría nuestro barco adquirido y nuestra jodida
imagen.

Saiman se vertió más whisky.

—No puedo evitar señalar que las tres manadas involucradas podrían haber
encontrado a alguien en la vecindad inmediata para actuar como una cuarta fiesta
neutral.

—Tu opinión es anotada —dijo Curran.

—¿Si quiera has intentando invertir la técnica de la panacea? —pregunté.

—Sí, por cierto, lo he hecho —dijo Saiman—. Puedo darte la lista exacta de
ingredientes y cualidades. El secreto no está en la composición química; está en el
proceso de preparación, el cual soy incapaz de replicar. Poniéndolo claramente, 73
ellos lo cocinan con magia y no sé las especificaciones. También estoy
razonablemente seguro que la panacea está manufacturada por una sola entidad o
una organización y luego la distribuyen a través de Europa.

—¿Por qué? —pregunté.

—Es un secreto bien conocido que hace cinco años tu compañero ofreció
trescientos mil dólares y la protección de la Manada a todos los que estuvieran de
acuerdo en vender la receta y la demostración de su preparación. Si la panacea
fuera manufacturada por cada manada individualmente, alguien estaría bastante
desesperado para tomar su oferta.

Curran hizo una mueca.

—Son quinientos mil ahora.

—¿Aún no hay nadie? —Saiman arqueó sus cejas.

—No.

Saiman giró el whisky en su vaso.

—Supongamos que preparo un navío. Cruzar el Atlántico es una aventura


peligrosa. Entre los huracanes, los piratas, y el mar de monstruos, hay una

Kate Daniels #6
verdadera posibilidad de que tu barco se hunda y no todo en un sentido
metafórico. He estado navegando durante una década y aún pierdo dos de cuatro
barcos por año. Si fueras a encontrar su prematura defunción, tus matones me
culparían.

—Muy probable —dijo Curran.

—Si mueres, aunque no sea culpa mía, por supuesto, la probabilidad de mi


supervivencia gotea más drásticamente. Esperaba arriesgar mi barco, mi
tripulación, y mis finanzas para alguna tediosa promesa de posible benevolencia.
Estoy buscando un forro de plata y no encuentro ninguno.

—Arriesgas tu barco, tripulación, y dinero, mientras que nosotros


arriesgaremos nuestras vidas —dijo Curran—. Y desde que estamos en el tema,
garantizo que si otro navío de tu flota sale a continuación para terminar con
nuestro navío en medio de la noche y su tripulación intenta asesinarnos y escapan
de nuestro navío para esconder la prueba, no sobrevivirás.
74
Saiman se apoyó en el respaldo y rió.

—¿Qué quieres? —le pregunté.

—Estado de amigo de la Manada —dijo Saiman—. Previa concesión para


partir.

Amigo de la Manada le haría un aliado. Eso garantizaba que los cambia


formas se quedarían fuera de sus negocios y le protegerían si uno de ellos
observaba a Saiman en un peligro inminente. También le garantizaría la habilidad
de visitar las oficinas de los cambiantes sin ser inmediatamente detenido.

—No —dijo Curran—. No te daré tanto acceso.

—No solo eso, sino que si te conviertes en Amigo de la Manada y luego


hundes tu barco con nosotros a bordo, los cambiantes no pueden ir detrás de ti —
dije.

—¿Realmente crees que te ahogaría, Kate?

—En un latido —le dije—. Aún me lo debes, Saiman.

—Y estoy intentando trabajar contigo, pero debes encontrarme a medio


camino.

Kate Daniels #6
—No —dije—. No serás puesto en el estado de Amigo de la Manada hasta
que volvamos.

Saiman sonrió.

—Entonces estamos en un punto muerto.

Nos miramos mutuamente.

—¿Y si voy con ustedes?

—¿Qué? —Debía oír mal.

—Me uniré a ustedes en vuestra maravillosa aventura, Kate. De esa manera,


si nuestro navío se hunde, no puedo ser culpado, porque estaré a bordo.

—¿Por qué harías eso? —preguntó Curran.

—Estoy atrasado para un viaje al Mediterráneo. Tengo negocios interesantes


allí. 75
—No —dije.

Los dos hombres me miraron.

—No es una mala idea —dijo Curran.

—¿Los dos se han vuelto locos? Esta es una idea horrible. Primero, los dos se
odian mutuamente.

—Yo no le odio. —Saiman se encogió de hombros—. Es una palabra


demasiado fuerte.

—Si le odiara, estaría muerto —dijo Curran.

Eran idiotas.

—¿Cuánto tiempo lleva cruzar el Atlántico?

Saiman frunció el ceño.

—Depende de las olas mágicas, pero generalmente entre doce y dieciocho


días.

Me giré hacia Curran.

Kate Daniels #6
—Estaremos juntos en un pequeño barco durante al menos dos semanas.
¿Qué ocurrirá cuando un día se aburran los dos?

—Estará bien —dijo Curran—. Podemos manejarlo. Si se zafa de las manos, le


ataremos al mástil.

Saiman le dio una mirada burlona.

—Tomaremos The Rush. Corre sobre agua encantada, vapor, y combustible.


No tiene mástil lo bastante fuerte para sujetarme.

Curran exhaló.

—Entones le encerraremos en una celda.

—Mazmorra —corrigió Saiman.

—Lo que sea. —Curran lo descartó con una ola de su mano.

—Redacten el contrato formal—dije. Saiman era egoísta y algunas veces 76


cobarde, pero tenía un ridículamente fuerte trabajo épico. Si podíamos encerrarle
con un contrato, él no lo rompería.

—Oh, lo haremos—me aseguró Curran—. Hablemos de números.

Quince minutos después un satisfecho Saiman se fue, escoltado por Shawn.


Llevaba su maleta y la nuestra. Estaba feliz, el Señor de las Bestias estaba feliz, así
que ¿por qué yo estaba tan incómoda?

—Te arrepentirás de esto—le dije a Curran.

—Lo sé. No tenemos elección. Tenemos que conseguir la panacea. —Él se


inclinó y me besó—. Te quiero. Gracias por el barco. Gracias por hacer esto
conmigo.

Una pequeña excitación corrió a través de mí.

—Yo también te quiero.

Conseguir la panacea significaba que cada bebé nacido en la Manada tendría


un cuarenta por ciento de oportunidad para sobrevivir. Eso significaba que
Maddie podría ser ella misma otra vez. Para hacer que eso ocurriera, Curran se
tragaría su orgullo. Haría un trato con Saiman, regatearía con Carpatianos que le

Kate Daniels #6
habían humillado, cruzaría el Atlántico y medio continente. Y yo le apoyaría en
cada paso del camino. Curran era responsable del bienestar de la Manada, y
también yo.

—Tenemos que conseguir la panacea —estuve de acuerdo. Eso era todo.

77

Kate Daniels #6
Capítulo 5
a caravana de vehículos de la Manada rugió y resonó camino abajo. La

L magia estaba en pleno vigor y los motores de agua encantada


eructaban mucho ruido, todas las ventanas estaban cerradas. Curran
conducía. En el asiento trasero Barabas y Derek estaban sentados uno
junto a otro.

Dejamos a Julie en la Torre del Homenaje. Quería venir y luego no


quería. Nos dijimos adiós. Ella me abrazó y lloró, tan desesperada y triste que casi
lloré con ella. Me senté con ella durante veinte minutos, hasta que al final no
pudimos retrasarnos por más tiempo. Ella seguía llorando cuando salí. Tenía la 78
esperanza de que este no fuera mi último recuerdo suyo.

De alguna manera siempre me las arreglaba para estropear las cosas con Julie.

La carretera serpenteaba su camino a través de un pantano liso de sal. Las


cañas y las hierbas se mecían suavemente, dándonos una vista de barro húmedo
expuesto como una marea baja que aspiraba el agua del pantano. Un cartel
encendido como un diamante amarillo con una tortuga en él, seguido
inmediatamente por otro cartel, un triángulo bordeado en rojo. Una tortuga en el
centro del triángulo tenía un cono oscuro tocando su boca.

—¿Qué significa eso? —preguntó Barabas desde el asiento trasero.

—Tortuga mágica cruzando.

—Comprendo eso, pero ¿qué pasa con el segundo?

—Cuidado con las tortugas mágicas.

—¿Por qué?

—Porque escupen fuego.

Curran se rió para sus adentros.

Kate Daniels #6
El camino giró. Rodamos sobre un puente de madera, los tableros emitieron
un pequeño ruido sordo bajo la presión de los neumáticos. Otra media milla y
atravesaríamos las puertas de hierro macizas del puerto.

—¿Qué muelle dijo Saiman? —preguntó Curran.

Miré el papel.

—Amarradero dos. Justo debajo del puente.

Las ruinas del puente Eugene Talmadge Memorial oscilaban a la vista como
si fueran una señal, sus soportes de hormigón como una burla asomando
tristemente fuera del agua, los cables de acero colgando sobre ellos, como una
telaraña rota. Pasamos junto a los restos del puente y Curran se detuvo ante un
muelle. Un gran buque esperaba en el agua, sus dos mástiles negros elevándose
por encima de la cubierta tenían que medir cerca de cuatrocientos metros de largo.
No sabía casi nada sobre barcos, pero incluso yo podría decir que esto no era un
carguero mercante. Se parecía más a un buque de la armada, y la enorme arma 79
montada en la cubierta, por delante del puente sólo hacía que fuera más evidente.

Curran estudió la nave.

—Eso es un Guarda costas guillotina de alta resistencia.

—¿Cómo lo sabes?

—Compramos un arma de un buque fuera de servicio. Eso es lo que está


montado delante de la torre junto a las puertas.

—¿Crees que Saiman compró un guardacostas? ¿Cuánto dinero...?

—Millones —dijo Barabas, con voz seca.

Contemplamos la guillotina.

Un hombre caminaba por la pasarela. Grande, ancho de hombros, que vestía


un suéter y unos sencillos pantalones vaqueros. Una corta barba de color castaño
trazaba su mandíbula. Su imagen era la de alguien que ha tenido que trabajar para
ganarse la vida.

Salimos afuera.

Kate Daniels #6
El hombre se acercó a nosotros. Le miré a los ojos y vi esa superioridad
familiar. Él era consciente de que su mundo estaba poblado de gente con poca
inteligencia, y sus ojos me dijeron que estaba lamentablemente resignado a los
barrios bajos. Saiman.

—¿Puedo presentarles a The Rush? —dijo Saiman—. Una vez USCGC Rush,
ahora solamente The Rush. Trescientos setenta y ocho pies de largo, cuarenta y tres
metros de altura, un desplazamiento de tres mil doscientas cincuenta toneladas.
Dos turbinas de gas, cuatro generadores de agua encantada, velocidad máxima en
magia veinte nudos, en tecnología veintinueve nudos. Otobreda 3 setenta y seis
milímetros arma super-rápida de artillería, tres ballestas, y un buen número de
otras campanas y silbatos, que la convierten en la mejor embarcación de mi flota.
Mi insignia.

—¿No reparaste en gastos? —dije.

Saiman sonrió, mostrando incluso, sus dientes blancos.


80
—Prefiero viajar con seguridad o no hacerlo.

***
Me puse de pie en la cubierta de The Rush, oliendo el aire salado del océano
saturado, y observé nuestros suministros que estaban siendo cargados. Los
marineros en el barco en el muelle de al lado miraban también.

Tenían una grúa. Teníamos a Eduardo Ortego, que recogió los contenedores
de quinientas libras y casualmente los arrojó a la cubierta, donde Mahon y Curran
los agarraron y los bajaron a la bodega de carga.

Los marineros humanos parecían estar un poco enfermos. Me alegré de que


Eduardo viniera con nosotros. Mahon había elegido el enorme hombre búfalo
como reserva y nadie se opuso.

Los miembros de la familia y varios cambia formas pululaban sobre The Rush.
Jim merodeaba alrededor, murmurando cosas en voz baja. George estaba
mostrándole los camarotes a su madre. El viento tiró de la aureola rebelde de sus

3 Otobreda: Cañón naval.

Kate Daniels #6
rizos largos y oscuros, que había intentando dominar sin éxito con una banda
elástica. La esposa de Mahon, una mujer afro americana africana, gorda y feliz,
siguió a su hija con una sonrisa orgullosa en su rostro. George estaba constituida
como su padre, más alta, más robusta, más ancha de hombros que su madre, pero
su sonrisa era la misma: brillante y contagiosa. Yo no era de las que sonríen, pero
cuando uno de ellos te sonreía, era difícil no sonreír de vuelta.

La cubierta se movía bajo mis pies. En el momento en que incliné mi cuerpo


para equilibrarme, el barco trató de romperlo. La última vez que había tomado un
barco, hacía casi tres años. Sin duda, esto no era para nada como montar en
bicicleta.

Andrea, por otra parte, parecía no llevarlo peor. Se apoyó en la barandilla a


mi derecha, sonriendo. Rafael estaba a su lado. Mientras que Andrea era baja y
rubia, Rafael era alto, delgado y moreno, con una ola de pelo casi negro cayendo
sobre sus hombros. Estaba buenísimo. Algunos hombres tenían esa cualidad
indescriptible, una especie de aire sensual masculino. Te miran y tú sabes que tener
sexo con ellos sería una experiencia memorable. Rafael no sólo tenía ese aire, sino
81
que él mismo era un tornado seductor. También era uno de los combatientes a
cuchillo más letales que me había conocido. Rafael amaba a Andrea más que el
pescado ama el mar. Ella lo quería del mismo modo y mostraba sus armas cuando
las mujeres solteras se acercaban demasiado.

Barabas estaba a mi otro lado, parecía como si se fuera a vomitar en cualquier


momento.

—¿Siempre se mueve esto tanto?

—Se puede poner peor —le dijo Rafael.

—Ya te acostumbrarás a ello —prometió Andrea.

Una mujer vino por el muelle, en dirección al barco. Caminaba con una
tranquilidad, y perezosa gracia que rayaba la perfecta fuerza y el equilibrio, a
pesar de los tacones peligrosamente altos de las botas de cuero negro. La cambia
formas caminaba. Siempre como una perdona vidas.

Unos vaqueros negros abrazaban sus caderas, y una blusa de color rojo óxido
con una chaqueta vaquera encima mostraban sus curvas. Su cabello, peinado en
una melena de apretados rizos oscuros, se movía al caminar, lo que subrayaba su

Kate Daniels #6
paso suave. Se dio la vuelta y vi su cara. Era sorprendente: una cara en forma de
corazón, la piel de color café, con ojos oscuros inteligentes y una boca
completamente sensual.

Eduardo cogió el siguiente contenedor y vio a la mujer. Su rostro se


ensombreció.

—Hola, Keira.

¡Ja! Así que así era como se veía la hermana de Jim.

Keira hizo un guiño a Eduardo.

—Hola, precioso.

Toda la sangre abandonó el rostro de Eduardo. El contenedor silbó en el aire,


saltando por encima de la cubierta, y se hundió en el agua al otro lado.

Keira soltó una risita baja de contralto, y siguió su camino.


82
—Ups —gritó Eduardo.

—¿Qué demonios? —gruñó Curran.

—Lo siento, ese era más ligero.

—Tú lo lanzaste, tú lo pescas.

Si ese contenedor era el que tenía mis suministros a base de hierbas y armas,
estaría realmente fuera.

Keira caminó sobre el tablón.

—Hey, Barabas. —Ella me ofreció su mano—. Keira. La hermana de Jim.

—Kate. Amiga de Jim. —Estreché su mano. Buen agarre.

—Hola, Rafael. Y tú debes ser Andrea. De la Orden, ¿verdad? —preguntó


Keira.

—Sí —dijo Andrea.

—Encantada de conocerte.

—¿Qué pasa contigo y Eduardo? —preguntó Barabas.

Kate Daniels #6
Keira sonrió.

—Es una historia divertida. Cuando Eduardo llegó por primera vez a la
ciudad, decidió que nuestras leyes no se aplicaban a él y no pudo venir y decir
hola. Jim me envió a buscarlo. Yo lo cacé un poco. Por diversión.

—¿Cazado? —preguntó Barabas.

—Mm-hmm. —Ella sonrió, separando con perezosa lentitud sus labios—.


También podría haber dado a entender que me parece un búfalo delicioso.

Un Jeep de la Manada se detuvo en el muelle. Las puertas se abrieron y del


Jeep desembuchó a Doolittle y a dos de sus ayudantes. El médico de la Manada
inspeccionó el barco, asintió con la cabeza, sacó una bolsa de la parte trasera del
Jeep y se dirigió a la pasarela. Los asistentes lo siguieron, llevando bolsas y
maletas.

Ummm.
83
—¿Qué está pasando?

—No tengo idea. —Barabas examinó a Doolittle—. Sea lo que sea, no es mi


culpa.

—Hola. —Doolittle subió a bordo—. Por favor, oriéntenme hacia los


camarotes.

—¿Por qué necesitan los camarotes? ¿Vienen con nosotros?

Se irguió en toda su estatura.

—Sí. Sí, así es.

—¿Cuando se decidió eso? —Curran no me había dicho nada al respecto.


Tampoco Doolittle lo había mencionado cuando vine a verlo.

—Se decidió esta mañana. ¿Los camarotes, señora?

Hmmm. Quizás Curran con su típico buen tono no me lo dijo. Señalé las
escaleras.

—Hacia abajo.

—Por aquí. —Doolittle bajó las escaleras. Los asistentes lo siguieron.

Kate Daniels #6
Barabas se inclinó sobre la borda y vomitó en el viento.

—¿Te das cuenta de que ni siquiera estamos en el mar? —le preguntó Saiman
detrás de nosotros.

Barabas se giró sin mirar.

Saiman negó con la cabeza.

Algo se me ocurrió.

—¿Saiman, como de fuertes son los generadores de magia? —Viajar en un


vehículo propulsado por agua encantada llamaba toda mi atención. Un generador
era probablemente mucho más grande.

—La sala de máquinas es significativamente mayor que el espacio bajo el


capó de coche normal —dijo Saiman—. Los generadores de la nave se suspenden
en agua en lugar de encerrarlos, como hacen con los motores de los automóviles, y
la sala de máquinas en sí está insonorizada. Puedes escuchar un zumbido 84
agradable, nada más. De lo contrario, los marineros andarían locos por el ruido
constante.

Él continuó.

Media hora más tarde, la última caja fue cargada y asegurada. Los ayudantes
de Doolittle se marcharon. La tripulación de la nave se movía en una especie de
danza compleja, a punto de zarpar. Andrea y Rafael se marcharon. Los últimos
familiares dejaron el barco.

Barabas inspeccionó a la multitud reunida en el muelle. Su labio superior


temblaba con el comienzo de una sonrisa burlona.

—¡A la mierda!

Se dio la vuelta, apenas evitando chocar con Curran, y bajó las escaleras.

Se apoyó en la barandilla junto a mí.

—¿Qué le pasa?

Le hablé en voz baja.

Kate Daniels #6
—Ethan no ha venido a despedirse. Hace unos días, Ethan le dijo a Barabas
que no estaba seguro de que tuvieran un futuro juntos. Es por eso que tuve que
hablar con Jezabel sobre romperle las piernas a Ethan.

Curran negó con la cabeza.

—Supongo que él está seguro ahora.

—Sí.

Los marineros arrojaron las amarras.

—Él dijo que cuatro generadores de agua encantadas, ¿no? —pregunté.

—Sí.

—La norma es que cuanto más grande es el motor de la magia, más tarda.
¿Cuatro generadores gigantes, y la tripulación formada por dos docenas de
personas? Me pregunto cuánto tiempo llevará para que podamos arrancar.
85
—Podríamos estar sentados en el puerto durante una hora más.

—¿Por qué huelo a Doolittle? —preguntó Curran.

—Pasó por aquí de camino a su camarote.

—Ah. Espera, ¿qué?

—Me dijo que vendría con nosotros. Yo creía que era idea tuya.

—¿Qué?

—Él dijo que estaba decidido.

—Lo está. —Doolittle subió la escalera—. Yo lo decidí.

La cubierta a nuestro alrededor de pronto quedó en silencio. Todos miraron a


Curran. Me decidí a mirarle también, así no me sentiría excluida.

—¿Por qué? —preguntó Curran en voz baja.

—¿Sabes lo que hay en la panacea?

—La conozco cuando la huelo —dijo Curran.

Kate Daniels #6
—Pero no sabes si es potente. No sabes si hará realmente lo que dicen que
hará. No sabes cómo probarla.

—¿Qué pasa con la Manada?

—Por favor. Estoy dejando a la Manada al cuidado de cinco médicos mágicos


en un centro base de tecnología de vanguardia. Sólo me tendrás a mí. —Doolittle
nos contempló—. He sanado a la mitad de la gente de aquí cuando estaban al
borde de la muerte. Deja tus dispositivos, pierdes el poco sentido común que tienes
y haces cosas como correr a través del fuego, rompiendo tus huesos, y
enfrentándote a criaturas de tamaño mucho mayor. Si persistes en esta locura,
debería estar allí para estar seguro de que al menos algunos de ustedes lleguen a
casa con vida.

Doolittle no paraba de desnudar sus dientes, pero si tuviera piel, hubiera


estado al límite.

Curran sonrió. 86
—Apreciamos tenerte a bordo, doctor.

Doolittle parpadeó. Había esperado una gran pelea, y ahora Curran lo había
aceptado sin discusión.

—Está bien. —Por fin lo había conseguido, se dio la vuelta y se marchó.

Saiman se dirigió a la cubierta y se detuvo cerca del morro de la nave.

—¡Atención, por favor!

Todo el mundo lo miró.

—Estamos a punto de zarpar. Les pido que por favor permanezcan en


silencio para que la tripulación pueda comenzar.

Todo el mundo se calló.

Saiman se echó hacia atrás. Un cambio sutil se apoderó de él. Parecía


pertenecer a la cubierta del barco. Abrió la boca y cantó con una voz áspera pero
clara.

—¡El viejo Storm Along ha muerto y se ha marchado!

Kate Daniels #6
La tripulación entonó la melodía y contó a coro.

—¡Ay, ay, ay, Sr. Storm Along!

—¡El viejo Storm Along ha muerto y se ha marchado! —gritó Saiman más


fuerte.

—¡Ay, ay, ay, Sr. Storm Along!

Algo se movió debajo de la nave como un gigante dormido que despierta


lentamente de un sueño profundo.

—Es una canción de marineros —me susurró Curran.

La magia fue transmitiéndose desde Saiman y la tripulación, fundiéndose,


filtrándose en los huesos de acero de la nave, como si juntos fueran a la vez
despertándola y haciéndola suya en el proceso.

Cuando Storm murió, yo cavé su tumba,


87
¡Ay, ay, ay, Sr. Storm Along!

Busqué su tumba con una pala de plata,

¡Ay, ay, ay, Sr. Storm Along!

Algo ronroneó profundamente dentro de la nave. La magia despertó en sus


profundidades. Se erizó el pelo de mi nuca. La canción y la magia se trenzaron
juntas y tiraron de mí. Yo quería participar, a pesar de que no sabía la letra y mi
canto podría asustar a los peces del océano. La tripulación completa cantaba ahora,
mezclándose la voz de Saiman con las otras, formando parte del potente coro, su
ritmo era como el latido de un corazón.

Yo lo levanté con una grúa de hierro,

¡Ay, ay, ay, Sr. Storm Along!

Y lo bajé con una cadena de oro,

¡Ay, ay, ay, Sr. Storm Along!

Los generadores de agua encantada se encendieron, expulsando magia en


una cascada emocionante. The Rush se estremeció y se alejó del muelle.

Kate Daniels #6
El viento nos bañaba, removiendo mi pelo. Otro temblor sacudió el barco. The
Rush se movió hacia delante, hacia el océano. La tripulación aplaudió. Saiman hizo
una reverencia, sonriendo. No tenía ni idea que había en él.

—Nos vamos—dijo Curran.

—Sí, es cierto. —Nosotros iríamos allí, pelearíamos, y volveríamos.

***
Alcanzamos nuestra primera tormenta un día después. El mar se agitaba y
hervía, sus aguas eran gris plomizo y lanzaban espuma. Enormes olas ondeaban,
cada una tan grande como una casa, y nuestra gran corte se balanceaba arriba y
abajo, zarandeados como en un barco de papel. El agua golpeaba en el casco, y el
buque se inclinaba hasta que pensaba que iba a volcar y que muchos de nosotros
nos ahogaríamos, y entonces volvía a girar hacia el otro lado.
88
Saiman se había atado a sí mismo fuera. Cuando le pregunté a la tripulación
para ver cómo estaba, me aseguraron que el barco necesita alguien afuera en el
puesto de observación y que este era su pasatiempo favorito. Me metí en el puente
y pude ver el exterior. El mundo parecía una pesadilla, con el viento y el agua
enfrentados en un combate furioso y primal. Saiman miraba hacia el viento con
una gran sonrisa en su rostro salpicado de lluvia, mientras que el océano parecía
que era una cadena de montañas en movimiento. Las olas se encrespaban y
empapaban la cubierta, y desaparecerían de la vista detrás de una cortina de agua.

Mientras Saiman estaba llevando a cabo su locura en el exterior, el resto de


nosotros se acurrucaba bajo cubierta. Uno a uno, todos nos reunimos en el
comedor. Era o seguridad entre la multitud o la ansiedad en agradable compañía,
o lo que uno hiciera. Eduardo y Barabas parecían estar teniendo el peor momento
de todos. Eduardo estaba pálido y rezaba en silencio, mientras Barabas se
abrazaba a su cubo, y estaba verde. Finalmente Barabas nos informó que era
probable que muriera allí después de ser un vertedero y que sentía que tuviéramos
que compartirlo. Eduardo le dijo que se callara y se ofreció a lanzarlo en un bote
salvavidas, y luego Barabas demostró que los hombres mangosta pasaban de cero
a cien en menos de un segundo y se ofreció para entretenerse jugando con las
agallas de Eduardo. Tuvieron que decirles que se sentaran en las esquinas

Kate Daniels #6
separadas del comedor. Me acurruqué junto a Curran y me dormí. Si la nave
decidía hundirse, no había mucho que pudiera hacer al respecto.

La magia de la tecnología se ahogó poco después de la medianoche. Por la


mañana el mar se había suavizado y el barco había dejado de tratar de hacerse
pasar por un marinero borracho al final de su primera noche de libertad.

Nos dieron el desayuno y me escapé del comedor y subí a la cubierta. El mar


estaba en perfecta calma, como un cristal translúcido e infinito, pulido con la
suavidad del satén. Los motores de magia no hacían casi nada de ruido y el barco
se deslizaba sobre las azules profundidades insondables. El océano y el cielo
parecían interminables.

Observé el mar durante unos largos minutos y después me fui a explorar la


cubierta. En la parte de atrás me encontré con un gran espacio libre marcado por la
H. Un helipuerto. No había helicóptero a la vista. Salí a la pista de aterrizaje. Un
agradable espacio libre. Me sentía un poco apagada después de dormir en el suelo.
Un poco de ejercicio me haría bien. Me estiré, me giré y di una patada al aire. Y 89
luego lo hice otra vez. Lancé una combinación rápida, salté y estrellé el pie en la
barbilla de un oponente invisible.

—Un golpe de gracia —dijo Curran detrás de mí.

Di un salto en el aire sobre un pie y logré aterrizar con cierta apariencia de


dignidad. Se las había arreglado para sorprenderme otra vez. Era hora de salvar la
cara.

—No. Eso no fue un golpe de gracia. Sólo le tambaleé un poco.

—No estaba hablando de la patada, nena.

Oh.

—Tranquilo, Su Pilosidad.

Yo retrocedí y él extendió los brazos.

—¿Quieres jugar?

Se quitó los zapatos.

Kate Daniels #6
Cinco minutos más tarde, estábamos rodando por la pista de aterrizaje,
mientras intentaba sacar sus músculos de mi llave maestra, después golpeándome
en el helipuerto.

—Finalmente me doy cuenta de por qué es su mutua atracción —dijo Saiman,


con su voz seca.

Levanté la mirada. Estaba de pie a unos metros de distancia.

—Ilumínanos. —Curran trató de retorcerse para romper la llave. Oh, no, no lo


harás.

—Ambos piensan que la violencia es un juego preliminar.

Me eché a reír.

Derek se acercó, moviéndose con ese paso de lobo lánguido, se quitó las botas
y los calcetines, y se dejó caer sosteniéndose en un solo brazo. Seguía haciéndolo
quince minutos después, cuando Barabas y Keira aparecieron en el helipuerto y 90
comenzaron a combatir. Barabas fue sorprendentemente rápido, pero Keira y Jim
compartían claramente una reserva genética, porque ella seguía alcanzándolo.

Andrea y Rafael fueron los siguientes, y luego Eduardo, Jorge y Mahon


también encontraron el helipuerto. Ver a Eduardo y a Mahon entrenarse era como
ver a dos rinocerontes tratando de luchar. Chocaban uno contra el otro y luego
permanecían hinchados y tensos durante diez minutos sin moverse un centímetro.
Por último, con la cara roja, se separaron y se sacudieron.

—Gracias —dijo Eduardo.

—Buen partido —dijo Mahon.

Rafael se despojó de su camisa. Llevaba una camiseta sin mangas negra


debajo que dejaba sus hombros al aire. Andrea levantó las cejas, apreciando
claramente la vista. Rafael salió a la pista de aterrizaje con un cuchillo normal de
seis pulgadas en la mano. Era la única arma permitida durante los desafíos de la
Manada, y durante el maratón de ataques con cambia formas me gané mi lugar en
la Manada como "Señora Bestia", había conseguido una buena demostración de mí
misma. Barabas se unió a Rafael. Se enfrentaron, a la velocidad del rayo, y bailaron
en la pista de aterrizaje. La diferencia principal entre un espadachín y un
combatiente a cuchillo no era la velocidad o la fuerza. Cuando un maestro de

Kate Daniels #6
esgrima sacaba su espada, el desenlace no siempre era seguro. Ello podría suponer
herir a tu oponente o desarmarlo. Pero cuando un combatiente a cuchillo sacaba un
cuchillo, tenía la intención de matar.

Tía B salió a la pista de aterrizaje con pantalones de yoga sueltos.

—Estoy aquí para estirarme. Kate, ¿quieres ayudarme?

—Por supuesto.

Treinta segundos más tarde, cuando estaba volando por el aire, decidí que no
había sido la mejor idea.

—Ten cuidado —dijo Doolittle. Se sentó en el borde, con un libro.

—¿Vas a unirte a nosotros, Doc? —preguntó Rafael.

—Estoy tomando el sol —dijo Doolittle—. Y disfrutando de mi libro. No me


molestes con tus tonterías.
91
Barabas levantó una carpeta.

—Mientras estamos aquí, tengo que informarles sobre nuestra situación.

—¿Por qué no más tarde? —dijo Keira—. Tengo planes.

—¿Qué planes? —Barabas la miró.

—Iba a ir a tener pensamientos profundos, al sol en alguna parte.

—¿Con los ojos cerrados? —preguntó George.

—Es posible.

—Que alguien se siente sobre ella antes de que se escape.

Barabas levantó la carpeta.

—Es mi trabajo asegurarme de que no vayamos a ciegas a esta aventura. Es lo


más importante, por lo que tendrán que pasar por esto les guste o no.

—Pero... —comenzó a decir Keira.

Curran la miró.

Kate Daniels #6
—Oh, está bien. —Se estiró en la cubierta—. Estoy escuchando.

—Todos han oído hablar de Desandra y los gemelos para ahora. —Comenzó
Barabas—. Sin embargo, esta lucha no es realmente acerca de los bebés. Se trata de
territorio. Los Cárpatos forman una cadena montañosa en forma de C que se
extiende hacia atrás a través de muchos países diferentes, entre ellos Polonia,
Eslovaquia, Hungría, Rumania, Ucrania y Serbia. Estas montañas constituyen el
área boscosa más grande de Europa y contienen más de un tercio de todas las
especies de plantas europeas.

Keira bostezó.

Barabas rodó sus ojos.

—Aquí está el frente. Es un paraíso de cambia formas. Kilómetros y


kilómetros de montañas boscosas, lagos, ríos, y un buen suministro de agua
potable y caza. El terreno es escabroso y la población humana es escasa. Podrían
deshacerse de un batallón de Rangers del ejército en los Cárpatos, y andarían 92
vagando durante años, disparando contra las sombras.

—Suena bien —tronó Mahon.

—Lo es. El país de origen. Entonces este tipo, Jarek Kral, se ha figurado esto
desde el principio. Se abrió camino hacia la cima de una pequeña manada de lobos
y pasó los siguientes veinte años asesinando, negociando, y maquinando para
obtener más tierras. Ahora controla una gran parte en el noreste. Es un poderoso
hijo de puta, y tiene graves problemas para controlar su ira. Guarda rencor y nunca
olvida un insulto. Había un hombre oso quien dijo algo que a Jarek no le gustó.
Tres años más tarde Jarek lo vio en una cena, se acercó, lo apuñaló con un cuchillo,
le arrancó el corazón, lo tiró al suelo y lo pisó hasta hacerlo papilla. Y luego regresó
a terminar su comida. Es famoso por ello.

—Parece un hombre encantador —dijo George.

—Aquí tengo una foto. —Barabas pasó una fotografía a Eduardo a su


izquierda—. Jarek es un hombre poderoso, pero tiene un problema. En treinta años
tuvo once hijos. Siete fueron lobos, dos fueron asesionados con su madre cuando
una manada rival les tendió una emboscada, uno desafió a Jarek y perdió, y eso le
deja con Desandra. Jarek es como nuestro Mahon. Para él todo lo que importa son
dinastías y alianzas. Lo está matando el no tener un hijo.

Kate Daniels #6
Mahon suspiró.

—Esperen hasta que vivan el tiempo que yo. Y tengo un hijo. Yo no fui su
primer padre, eso es todo.

Curran sonrió.

La fotografía de Jarek finalmente llegó hasta mí. Un hombre a su lado de


unos cincuenta años tenía una expresión de burla e incredulidad en su rostro,
como si hubiera pisado un gusano y estuviera asombrado de que la criatura se las
hubiera arreglado para pegarse a la suela del zapato. Su cabello castaño ondulado
caía alrededor de su cara, le llegaba hasta sus anchos hombros, pero no suavizaba
el efecto de su cara. Las facciones de Jarek estaban compuestas por grandes rasgos:
grandes ojos bajo cejas espesas e inclinadas, nariz grande, boca grande, mentón
firme y una mandíbula cuadrada. Era un rostro poderoso, masculino y fuerte, pero
le faltaba refinamiento. No se veía como un matón, sino más bien como un hombre
sin conciencia, que mataba porque le convenía.
93
No era el tipo de hombre con el que me gustaría cruzarme.

Curran miró por encima del hombro.

—Sí. Es él.

Me apoyé en él y pasé la foto a Rafael.

—Así que volvemos a Desandra —dijo Barabas.

—Nadie quería aliarse con Jarek, porque no es precisamente un hombre de


palabra. Así que negoció con su hija. Por ella misma, Desandra es pobre. Sin
embargo, su primer hijo heredará el Paso de Prislop. Es un paso en el norte de
Rumania, en el límite de su territorio, y tiene una línea de ley que lo atraviesa. Si
vas a Rusia, Ucrania o Moldavia a Hungría y Rumania, tienes que ir por ese paso.
Lo que nos lleva a las otras dos manadas.

Levantó una foto. Mostraba una familia sentada alrededor de la mesa. Tres
hombres jóvenes, una mujer de edad avanzada, y tres mujeres.

—Volkodavi. Una manada mixta, parte polaca, parte de Ucrania, parte


cualquiera. Están puliéndose los Cárpatos del este, en Ucrania, y el control de los
cerros orientales. Aquí está Radomil, el primer marido de Desandra.

Kate Daniels #6
Barabas entregó la fotografía a Eduardo, quien la pasó a George. George
parpadeó y se enderezó.

—Guau.

—Lo sé, ¿verdad? —sonrió Barabas.

Andrea se inclinó.

—Déjame ver. No es mi tipo. —Ella se inclinó para mostrársela a Tía B. B


enarcó las cejas.

La imagen pasó de mano en mano hasta que finalmente la vi. Radomil era
guapo. No había otra palabra para describirlo. Su pelo, de un rico rubio dorado,
era ondulado, enmarcando un rostro perfectamente simétrico. Una generosa boca
se estiraba en una sonrisa feliz mostrando los dientes blancos, un poco de barba en
el mentón, los pómulos altos, y ojos verde botella, enmarcados en densas pestañas
rubias oscuras.
94
Curran miró por encima del hombro y lo estudió con una expresión
perfectamente neutral.

—El hermano mayor de Radomil y su bonita hermana cierran la manada—


dijo Barabas—. No sabemos mucho sobre ellos. Miren aquí.

Levantó otra foto. Dos padres y dos hijos mayores, ambos guapos, de pelo
oscuro, ojos color avellana, con caras estrechas y pelo corto y mandíbulas
cuadradas y afeitados.

—Gerardo e Ignazio Lovari, hijos de Isabel y Cosimo Lovari. Estamos


interesados en Gerardo.

—No, querido —dijo Tía B—. Estamos interesados en Isabella. La conocí


antes. Esa mujer gobierna Belve Ravennati. Todas las bestias salvajes de Ravenna
responden ante ella incluidos sus dos hijos. Son una manada muy disciplinada.
Mayormente lobunos y muy accesibles de mente.

—Tratad de recordar sus rostros. Todas estas personas estarán allí —dijo
Barabas—. Y eso nos lleva a nuestro amado destino. Actualmente estamos yendo a
Abjasia. Es un disputado territorio en la frontera entre Rusia y Georgia, y todos los

Kate Daniels #6
involucrados tienen que llegar a él directamente a través del Mar Negro. Una vez
cada cincuenta o sesenta años, Rusia y Georgia tienen una guerra por él y cambia
de manos. La manada local es una manada de hombres chacales, no es grande,
pero son suficientes para masacrar a muchos de nosotros. No sabemos nada sobre
ellos. Pero sí sabemos varias cosas. —Barabas levantó un dedo—. Uno de ellos, la
pareja alfa será el objetivo más probable.

Todo el mundo miró en nuestra dirección. Curran sonrió.

—Así es como yo lo haría —dijo Mahon—. Dividir a los alfas es dividir la


manada. Si lo haces bien, la manada se volverá sobre sí misma.

Ser un objetivo no me emociona, pero no sería la primera vez.

Barabas levantó dos dedos.

—Dos, tratarán de reducirnos.

—Sistema de compañeros —dijo Curran—. Nadie va a ningún lado sin que 95


alguien vaya con ellos. Elige tu compañero y sigue con ellos.

—Tres. —Barabas levantó tres dedos—. No confíes en nadie. No sé a dónde


nos van a poner, pero no tendremos ninguna privacidad. Incluso si sus
habitaciones están vacías, pueden estar seguros de que alguien estará
escuchándolos respirar. No hablen de nada importante a menos que estén al aire
libre y puedan ver una milla alrededor.

—Y cuatro —dijo Curran—. Seremos provocados en todos los sentidos. En


conjunto las tres manadas nos quieren allí. Individualmente, no. La única razón
por la que quieren un arbitraje es que ninguno de las manadas es lo
suficientemente fuerte para vencer a las otras dos. Si dos clanes combaten, el
tercero destruirá al vencedor.

—Así que incluso si ganas, pierdes —dijo Andrea.

Curran asintió.

—Para ellos, somos daños colaterales. Las manadas han hecho planes, y
algunos de ellos dependerán de provocarnos para que respondamos con violencia.
No importa lo que digan de ustedes, no dejen que los inciten a lanzar el primer
golpe. Nuestra conducta debe ser irreprochable.

Kate Daniels #6
—Esto será muy divertido —murmuró George con una voz generalmente
reservada para lamentarse del trabajo extra apilado en su escritorio a última hora
del viernes.

—Tú lo has dicho. —Rafael sonrió—. Estas van a ser las mejores vacaciones
que hayamos tenido jamás.

—Boudas. —George frunció la nariz.

***
Mientras que las grandes turbinas tecnológicas impulsaban a The Rush hacia
adelante, el mar permanecía sin vida, pero tan pronto como el ruido desapareció,
la vida se reunió alrededor de la nave. Los delfines se estrellaban en el agua,
lanzándose en el aire. A menudo, grandes peces irisados se unían a ellos, girando
sobre el agua a medida que saltaban. Una vez una sombra enorme, en forma de
pez, tan larga como el barco, se deslizó en silencio bajo nosotros y siguió su 96
camino. Brillantes bancos de peces cremallera iban y volvían al lado de la
embarcación.

A una semana de viaje vimos una serpiente de mar que nos iba a dar uso
fuera de la pista de aterrizaje. El mar estaba liso como un espejo y de pronto una
cabeza de dragón del tamaño de un coche se elevó por encima del agua sobre un
elegante cuello. Las escamas plateadas brillaron al sol. La serpiente nos miró con
ojos de color turquesa, tan grandes como neumáticos, y se sumergió bajo el agua.
Saiman dijo que era sólo un bebé, o las cosas hubieran sido considerablemente
mucho más difíciles.

En la mañana del día diecisiete, pasamos a través del Estrecho de Gibraltar.


Era menos impresionante de lo esperado. La costa verde se extendió a un lado por
un tiempo y luego se desvaneció en la nada. La falta de dramatismo fue totalmente
decepcionante.

Presionamos. Tres días más tarde, me subí a cubierta en un hermoso día. El


agua azul cristalina se extendía tan lejos como el ojo podía ver. Aquí y allá se
distinguían los débiles contornos de los acantilados, indicios de islas lejanas,
interrumpían el azul. Un diáfano velo de nubes emplumadas cruzaba el cielo como

Kate Daniels #6
lanzas delgadas de hielo a través de una ventana de invierno. La magia había
terminado, y The Rush se deslizaba por el agua, como un ágil pájaro de acero.

Me senté con mi café. El viento agitó mi pelo. Saiman vino y se paró a mi


lado.

—Nunca te imaginé siendo un marinero —dije.

—Nunca lo hice bien. Tenía diecisiete años cuando se me ocurrió subir a un


barco de pesca de cangrejo por motivos completamente ajenos a la pesca. Olí la sal
húmeda en el viento, sentí que la cubierta se movía, y no lo dejé durante tres años.
Era realmente feliz allí. Prefiero los mares fríos. Me gusta el hielo. Es la llamada de
la sangre, supongo. Aesir o Jotun, tú eliges.

—¿Por qué te fuiste?

Saiman negó con la cabeza.

—No es algo de lo que me guste hablar. Basta con decir que hay momentos 97
en los que pienso que debería haberme quedado.

Se inclinó hacia delante, oteando el horizonte, y por primera vez desde que
salimos del puerto, su rostro era sombrío.

—¿Problemas?

Saiman asintió con la cabeza hacia el agua sin fin.

—Hemos cruzado el Egeo.

—¿Te preocupa que la tercera edad comience a bucear en los acantilados


porque nuestro buque enarbola las velas equivocadas?

Barabas deambuló por la terraza y se paró a nuestro lado.

—Nunca entendí la leyenda de Teseo —dijo Saiman—. O mejor dicho,


entiendo su motivación para matar al minotauro en un esfuerzo por establecerse
como líder. Pero no puedo entender la lógica de tirarse al mar Egeo después.

—Él pensó que su hijo no había podido matar al minotauro y que había
muerto —dije.

Kate Daniels #6
—¿Así que decidió desestabilizar el país y rendir tributo a una potencia
extranjera aún más matándose a sí mismo y destruyendo la dinastía real
establecida? —Saiman negó con la cabeza—. Creo que está claro lo que realmente
ocurrió. Teseo dirigió la invasión de Creta, destruyó su súper arma en forma de
minotauro, regresó a su casa, e hizo su apuesta por el poder, empujando a su viejo
y querido padre por un precipicio. Todo el mundo supuso que fue un suicidio, y
Teseo llegó a fundar Atenas y Attica unificándolas bajo su bandera.

Barabas soltó una breve carcajada.

—Él probablemente tiene razón.

—Prefiero la otra versión —dije.

Saiman se encogió de hombros.

—El romanticismo será tu perdición, Kate. Y respondiendo a tu pregunta, no


estoy preocupado por los griegos suicidas, sino por sus compatriotas más
violentos. El mar Egeo es un refugio para los piratas.
98
El romanticismo será tu perdición, bla, bla.

—¿No es por eso por lo que tienes el arma montada en la parte delantera? ¿O
es por otras razones? Porque pensaba que un hombre con tus poderes estaría más
allá de la necesidad de compensar.

Barabas sonrió.

—Me había olvidado de que hablar contigo es como tratar de acariciar a un


cactus —dijo Saiman secamente—. Gracias por recordármelo.

—Me alegro de hacerlo.

—No estoy compensando nada. Los piratas son de dos tipos. La mayoría de
ellos son oportunistas, circunstancialmente homicidas, y conducidos por el lucro.
Matan como medio para un fin. Evalúan un barco de este tamaño y se dan cuenta
de que una batalla naval sería demasiado costosa y sus posibilidades de ganar,
escasas. Desafortunadamente, hay un segundo tipo: los temerarios, los estúpidos y
los locos. The Rush no les resultaría un impedimento, por el contrario, lo verían
como un gran premio. Capturarlo sería a la vez obtener un buque insignia con una

Kate Daniels #6
decente capacidad armamentística y permitirles hacerse con una reputación. No se
puede razonar con…

Un pequeño barco de vela giró alrededor del borde occidental de la isla más
cercana. Saiman miró. Otro barco se unió al primero, y luego un tercero, un
cuarto...

Saiman dio un largo suspiro.

—Bien. Por favor, ve y encuentra a tu bestia, Kate. Estamos a punto de ser


abordados.

—Yo iré. —Barabas salió corriendo.

Más de una docena de botes se acercaban a toda velocidad hacia nosotros.


Con la magia agotada, el arma gigante era inútil.

Una campana sonó: tres llamadas, pausa, tres llamadas, pausa. Una mujer
gritó, con voz profunda, 99
—¡Alarma general! ¡Todos a sus puestos de combate! ¡Alarma general!

—¿No deberías estar en el puente? —pregunté.

—El barco debe tener un solo capitán —dijo Saiman—. Russell es


suficientemente competente para atender cualquier emergencia, y no quiero
desacreditarlo con mi presencia.

Los cambia formas se extendieron sobre la cubierta, Curran a la delantera.


Andrea blandió una ballesta. Rafael se acercó a su lado, llevando cuchillos. Los
barcos se dirigían directamente hacia nosotros. El Señor de las Bestias frenó a mi
lado.

—¿Estás pensando en aplastarlos?

—Eso sería inútil. Sus barcos son más maniobrables. Sencillamente se


dispersarían.

Una persona del barco principal se zambulló en el océano. Eso debía ser una
señal, porque los piratas comenzaron a caer por la borda al tiempo que sus barcos
comenzaban a arder.

—¿Qué demonios? —murmuró Eduardo.

Kate Daniels #6
—Como he dicho, estamos a punto de ser abordados —dijo Saiman con
afligida paciencia.

Por encima de nosotros en la parte superior del bergantín, dos marineros


tripulaban un polybolos, una máquina de asedio que se parecía a una ballesta con
esteroides. Un arma antipersonal, un polybolos disparaba grandes saetas con
precisión mortal, simplemente por diversión, y se auto-cargaba y repetía, como
una ametralladora.

Figuras elegantes se desvanecieron en el agua hacia nosotros.

—¿Han entrenado a los delfines? —preguntó George.

—No exactamente. —Saiman retrocedió hacia el centro de la cubierta.

Los delfines se dispararon hacia The Rush prácticamente volando bajo las olas.

Desenvainé a Asesina.

—Formen un perímetro —gritó Curran—. Dejémosles llegar a la cubierta,


100
donde se está bien y seco. No dejen que los tiren al agua.

Hicimos un círculo en el centro de la cubierta.

—Esto es ridículo —dijo Tía B.

Keira se extendió.

—Diversión, diversión, diversión...

Algo se estrelló contra el costado del casco. Una mano gris y deforme agarró
el borde superior de la cubierta y una criatura saltó por encima de la barandilla y
cayó, chorreando agua. Desnuda excepto por un arnés de cuero, se puso de pie
sobre unas patas musculosas y cortas, encorvado, pero en posición vertical, el sol
brillaba en su gruesa piel brillante. Su cuerpo era todo pecho liso, con un amplio
tronco hasta la cintura. Sus anchos hombros sostenían dos enormes brazos con
unas manos sorprendentemente pequeñas. Su cuello desproporcionadamente
grueso, con una joroba en la espalda, sujetaba una cabeza armada con largas y
estrechas mandíbulas de delfín llenas de dientes afilados. Dos ojos humanos nos
miraban desde la gruesa cara materializada. Un gran hijo de puta. De al menos 400
libras.

Kate Daniels #6
Un hombre delfín. Que me pellizque alguien.

Las leyendas griegas hablaban de unos piratas que habían capturado al dios
Dioniso. Habían planeado violarlo y venderlo como esclavo. Furioso, él los
transformó en delfines. Al parecer, sus descendientes estaban vivos y bien y
todavía en el negocio familiar.

El pirata nos fulminó con la mirada. Infierno de cuello. Atacar a la garganta


estaba descartado.

Otros piratas saltaron por la borda. Uno, dos... siete... trece. Una docena de
Baker. Esperen, quince. Dieciocho... Veintiuno. Las probabilidades no estaban a
nuestro favor.

—Tal vez sólo vinieron a pedir prestada una taza de azúcar —dije.

Andrea soltó una breve carcajada. Curran puso su mano en mi hombro.

—Esa es una gran cantidad de azúcar. Debe ser un gran pastel. 101
El que dirigía a los hombres delfín abrió sus mandíbulas, mostrando unos
dientes diseñados para perforar a su presa durante la lucha y no dejarla ir.
Comenzó a hablar en inglés, a media voz, destrozando el acento.

—Dennos la nave y la carga se puede ir.

—Miente —dijo Saiman—. Perdí dos buques gracias a ellos en los últimos seis
meses. Hicieron una carnicería con nosotros como si fuésemos ganado por el bien
de la carga.

—¿Hablas griego? —preguntó Curran.

Saiman se encogió de hombros.

—Por supuesto.

—Pregúntale si él pensaba en eso.

Un lenguaje melodioso salió de Saiman.

El hombres delfín miró a Saiman como si le hubiera crecido una segunda


cabeza.

Kate Daniels #6
—Deja el barco —dijo Curran, profundizando su voz. Estaba a punto de
explotar—. Y sobrevivirás. Esta es la única advertencia.

Saiman tradujo.

El delfín se echó hacia atrás y señaló a Curran.

—Primero, te mataré. Y entonces violaré a tu mujer.

El oro ahogó los ojos de Curran. He visto a la gente que mete la pata por
bocazas. Esa fue la primera vez que lo vi con una aleta.

El cuerpo de Curran explotó. El cambio fue tan rápido, que fue casi
instantáneo. Un instante antes había un hombre a mi lado, y al siguiente un
monstruo mucho más alto que yo, de siete pies y medio de altura. La piel gris
cubría los miembros musculosos, oscuras rayas fantasmagóricas se entrecruzaban
como si fueran las marcas de un látigo. La boca de león colosal se abrió, mostrando
los colmillos cimitarra, y un gran rugido brotó, peligroso, brutal, áspero, primal en
su furia y poder absoluto, como un desafío de batalla liberado por un tornado.
102
Algo que te golpeaba de lleno en el estómago, sin pasar por la lógica y el
pensamiento, en el conjunto de nervios que hacían que te congelaras. Lo había
escuchado decenas de veces y todavía me impactaba.

Los hombres delfín nunca lo habían oído antes, y por eso hicieron
exactamente lo que la mayoría de la gente hace cuando se enfrenta a un león
enfurecido. Se encogieron, paralizados.

Me lancé hacia adelante, aprovechando la impresión. El jefe pirata me vio y


levantó el brazo para evitar el golpe. Asesina, cortó a través de la carne y el hueso
de la estrecha muñeca como un cuchillo en mantequilla caliente. La mano cayó
sobre la cubierta. El pirata agarró el muñón de su brazo y gritó, un agudo chillido
estridente. Enterré mi espada en su estómago y le destripé desgarrándolo.

Los piratas me rodearon. Detrás de mí, los cambia formas gruñían, en un coro
aterrador: el profundo rugido de los Kodiaks padre e hija se mezclaba con los
aullidos de los lobos y el gruñido cabreado de un jaguar, mezclado con la psicótica
carcajada de las hienas.

Trinché el pecho del atacante más cercano, a continuación, le acuchillé el lado


al segundo y le reduje con un corte en el cuello. El olor de la sangre llenaba el aire.
Detrás de mí, Derek se movió, rompiendo el cuello y las extremidades de los

Kate Daniels #6
piratas que estaban sangrando antes de que tuvieran la oportunidad de
recuperarse.

Rebané una boca abierta a través de la ingle de un hombres delfín. Se dejó


caer, chasqueando los dientes hacia mí, y a través de la brecha en los cuerpos, vi a
Curran recoger a uno de los piratas en la cubierta y romperle la espalda sobre su
rodilla. Arrojó el cuerpo inerte a un lado. La boca de león gigante se abrió.
Seguidamente mordió el hombro de alguien. Los huesos crujieron, seguidos de un
grito desesperado que helaba la sangre.

A la izquierda un gran hombre delfín cargó hacia adelante, empujando a los


cambia formas fuera de su camino. La ballesta se quejó, cortando el aire, y brotó en
sus ojos. El hombre delfín se giró y la pesadilla de rayas de dos metros de alto que
era Tía B se abalanzó sobre él, cortando el vientre abierto. Hundió la mano
profundamente en la herida y arrancó un puñado de agallas pálidas. Seguí
moviéndome, rebanando mi camino a través de los cuerpos brillantes de color gris.

Unos dientes mordieron mi brazo, rasgando el músculo. Invertí mi espada y 103


clavé a Asesina profundamente en el cuello del hombre delfín. Él balbuceó. La
sangre manó entre sus dientes, quemando mi herida como la magia en mi sangre
reaccionó al Lyc-V en la suya. Giré la hoja, rasgando a través de su garganta. El
pirata se hundió. A mi izquierda, dos hombres delfín chocaron con Eduardo a toda
velocidad y cayeron fuera de la cubierta.

Mierda. En el agua tenían ventaja. Cambié de dirección, intentando hacerme


camino a un lado.

Otro pirata me cerró el camino. Lancé una estocada. Se giró cuando lancé mi
golpe, y la hoja atravesó la gruesa protuberancia del cuello. El delfín gritó y se
estrelló contra mí. El impacto me hizo caer. Volé un poco y golpeé la cabina de
espaldas con un ruido seco. ¡Auh!

El delfín se lanzó a por mí, demasiado rápido para evitarlo, demasiado


pesado para empalarlo. Levanté la pierna izquierda. El cuerpo me golpeó, el peso
entero aterrizó sobre mi pierna. Los dientes curvados del delfín rompieron mi cara.
Hijo de puta pesado. Gruñí, doblando la rodilla más, y lo deslicé a la derecha sobre
la punta de mi espada. Agradable y fácil.

Se sacudió, agitándose en la hoja, como si hubiese impactado con un cable de


alta tensión, su peso inmovilizaba mis piernas. Saqué mi cuchillo de lanzar con la

Kate Daniels #6
mano izquierda y se lo clavé en el costado, convirtiendo sus entrañas en papilla. El
delfín se convulsionó. Sus dientes rasgaron mi ropa, arañando mi costado. Le
apuñalé una y otra vez. La sangre mojó mi mano, rociándome en la cara como una
niebla caliente. El pirata gritó, un grito desesperado de tono alto que se convirtió
en un murmullo, y se dejó caer encima de mí. Cuatrocientos y tantos kilos
inmovilizándome. Forcejeé. El cuerpo no se movió. Maldición.

De repente, el peso desapareció. El delfín flotaba a un metro por encima de


mí y fue lanzado sin miramientos a un lado. Un monstruo gris manchado de
sangre se agachó a mi lado.

Curran.

—¿Estás tomando una siesta? Vamos, Kate, te necesito para esta pelea. Deja
de fingir.

Tú, hijo de puta. Me di la vuelta sobre mis pies y cogí mi espada.

—Te crees muy gracioso. 104


A hombre delfín se lanzó a por nosotros desde la derecha. Curran le puso la
zancadilla y le agarró por el hombro, tirando de él hacia atrás, cortó la garganta del
pirata y le perforó el corazón con dos rápidos golpes.

—Simplemente digo, que tienes que aguantar tu propio peso. Un cuerpo


ardiente y coquetear sólo te llevará más lejos.

Cuerpo ardiente y coquetear, eh. Cuando estoy matando gente...

—Todo lo que hago, lo aprendí de ti, chico juguete.

Otro pirata se lanzó sobre nosotros. Me dejé caer, cortando los tendones de detrás de
su rodilla, mientras que Curran le dio un cabezazo y le arrancó la garganta. El pirata cayó.

—¿Chico juguete? —preguntó Curran.

—¿Preferirías hombre caramelo?

La cubierta estaba repentinamente vacía. La sangre untaba el barco.


Cadáveres grises yacían aquí y allá, desgarrados y atacados salvajemente por las
garras y los dientes. Un gran oso peludo Kodiak merodeaba por la cubierta, su
boca chorreaba sangre. El último pirata seguía en pie y corría hacia Andrea y

Kate Daniels #6
Rafael, cerca de la proa. Andrea levantó la ballesta. Todavía estaba en forma
humana. Rafael estaba junto a ella, ligeramente sobre sus pies, sus cuchillos
goteaban rojo. Un rastro de cadáveres llegaba hasta ellos, erizados de flechas de
ballesta. El pirata se lanzó sobre ella. Le hundió dos piezas en la garganta. Él
balbuceó, su impulso lo llevó hacia delante. Rafael le agarró a tres metros y lo mató
en una furia de golpes precisos.

Junto a ellos una pantera negra del tamaño de un pony golpeó a un hombre
delfín con una enorme pata. Dividió el cráneo del cambia formas, aplastándolo
como un huevo bajo un martillo.

A la izquierda, una criatura humanoide se arrastraba sobre la cubierta,


delgado, peludo, con una cabeza redonda y orejas redondas cortas.
Desproporcionadamente largo, garras afiladas marrones sobresalían de sus dedos
de gran tamaño. Se estiró y se arrastró otra vez, el cuerpo mucho más grande sobre
la cubierta. Aterrizó en un poco de agua y un enmarañado montón de piel marrón,
se dio la vuelta, y vomitó agua salada de un medio humano medio bisonte.
Eduardo.
105
La bestia rojiza se arrodilló a su lado, dejando al descubierto los dientes
blancos y afilados. Sus ojos de color rojo brillante, el color de una fresa madura,
tenían una pupila horizontal, como la de una cabra. Estos le daban un aspecto
demoníaco. Solo conocía un cambia formas con ojos así —Barabas.

—¿Por qué no sabes nadar? —Su dicción era casi perfecta.

Eduardo descargó más agua en la cubierta.

—Nunca lo necesité.

—Estamos cruzando un océano. ¿No se te ocurrió aprender?

—Mira, lo he intentado. Entro en una piscina, muevo mucho las piernas, y


luego me hundo.

Por el frente la flotilla de barcos huyó detrás de la isla. Cuerpos cubrían la


cubierta. Conté. Catorce. Ninguno de ellos nuestro. Estábamos sangrando, heridos,
pero vivos. Los piratas no.

¡Qué desperdicio de vida!

Kate Daniels #6
Y me encantó. Me encantó cada segundo: la sangre, la prisa, la satisfacción
embriagadora de golpear y ver el corte o la estocada encontrar su objetivo... Voron
había tenido éxito. Fui criada y entrenada para ser una asesina, y nada, ni siquiera
las felices semanas pacíficas en la Torre del Homenaje, con el hombre que amaba,
podría cambiar eso. Había aceptado lo que era hacía mucho tiempo, pero a veces,
como en aquel momento, mirando por encima de la cubierta sembrada de
cadáveres, sentía una pena en silencio por la persona que podría haber sido.

Curran, desnudo y cubierto de sangre, envolvió su brazo ahora —humano a


mi alrededor.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

Asentí con la cabeza.

—¿Y tú?

Él sonrió y me apretó contra él. Mis huesos crujieron.


106
—Felicidades. —Me aparté—. He sobrevivido a la pelea, pero tu abrazo me
está matando.

Él sonrió y me soltó. Ambos lo hicimos.

—Tenemos uno vivo —gritó Rafael.

Cruzamos la cubierta hasta donde estaba en cuclillas. Había un joven, tal vez
de veinte años, con una masa de rizos oscuros, que caían por su espalda, su pierna
derecha retorcida en un ángulo extraño, con el rostro contraído por el dolor. Rafael
tenía la punta de su cuchillo sobre el hígado del hombre.

La mirada del hombre estaba fija en Saiman. Él levantó la mano y le dijo algo,
sus palabras salieron a borbotones rápidamente.

Saiman le preguntó algo. El hombre le contestó.

Saiman se volvió hacia Curran.

—Tiene información que podría ser de especial interés para ti. Él te dirá que
si le pones en libertad, etcétera, etcétera…

—Bien —dijo Curran.

Kate Daniels #6
Saiman asintió con la cabeza al hombre. El pirata le dijo algo vacilante y me
miró. Saiman me miró también.

—¿Qué?

Saiman se volvió hacia Curran.

—Parece que esto es sólo para tus oídos. Creo que sería mejor para ti tener
esta conversación en privado.

—Dennos un poco de espacio —dijo Curran.

La gente se movió hacia atrás.

—¿Quieres que me quede? —pregunté.

Él extendió la mano y apretó la mía.

—No.
107
Me marché con los demás. Saiman se inclinó y le susurró algo a Curran.
Hablaban en voz baja. Saiman preguntó al hombre algo. El hombre contestó.
Saiman lo retransmitió de nuevo.

Curran se volvió, su cara estaba oscura. Todo rastro de humor huyó de su


expresión. Se encontró con mi mirada y no dijo nada. Eso no era bueno.

—¿Cómo puedes soportarlo? —murmuró Andrea a mi lado.

—No me molesta.

—No le conté lo del rescate de Saiman —murmuré de nuevo—. Si él tiene que


mantener algo en privado, lo acepto. Cuando esté listo, me lo dirá.

—Encierren a este hombre —gritó Saiman.

Dos marineros llegaron, recogieron al pirata, y se lo llevaron.

—Vamos a limpiar este lugar —gritó Curran.

La gente se extendió. Se acercó a mí.

—¿Malas noticias? —pregunté.

—Nada que no podamos afrontar.

Kate Daniels #6
Asentí con la cabeza hacia él y nos fuimos a ayudar a fregar la sangre
derramada de la cubierta.

108

Kate Daniels #6
Capítulo 6
L
legamos al puerto de Gagra al atardecer. Primero vimos las montañas,
picos bajos triangulares enfundados en vibrantes colores verde
esmeralda, como si fuese un manto de musgo denso. La puesta de sol
detrás de nosotros se desplazaba a la derecha para cuando el barco llegó a un
puerto protegido. Las aguas profundas, casi púrpuras, del Mar Negro se aligeraron
hasta un tono azul.

Doce de nosotros estábamos allí, en la cubierta. Los cambiaformas parecían


inquietos. Incluso George, que por lo general siempre tenía una sonrisa, parecía
sombría. Se paró junto a su padre, abrazándose a sí misma, mientras el viento 109
agitaba las espirales oscuras de su cabello.

—¿Estás bien, galletita? —dijo Mahon.

—Tengo un mal presentimiento sobre esto—murmuró—. Eso es todo.

—¿Debo izar la bandera?—preguntó Saiman.

—Sí—dijo Curran.

La bandera de rayas grises y negras de la manada con una pata de león negra
se levantó en el mástil.

La orilla se acercaba. Las montañas entraban y salían del mar en suaves


curvas, tomando sus raíces en el agua. La playa era una estrecha franja de tierra
pedregosa. Pilares de piedra se extendía hacia las olas, como si nos hiciesen señas,
y detrás de ellos, los edificios de piedra blanca se asentaban en la ladera de las
montañas; sus columnatas frente al mar. Me parecían griegas, pero la mayoría de
lo que sabía de Grecia venía de los libros.

El agua se volvió de color turquesa. The Rush desaceleró, luego se detuvo.

—¿Qué estamos esperando?—pregunté.

Kate Daniels #6
—Una señal desde el puerto —dijo Saiman—. Yo sugeriría reunir sus
pertenencias.

Ya las llevábamos. Todo lo que tenía intención de llevar conmigo estaba en


una mochila que Barabas había confiscado inmediatamente. Al parecer, como alfa,
no se me permitía llevar mi propio equipaje.

Veinte minutos más tarde, una llamarada azul se disparó desde el muelle.

—Tenemos paso a tierra —dijo Saiman—. Una vez que desembarquen, me


marcharé. Tengo negocios en Tuapse, Odessa y Estambul. Volveré dentro de una
semana o algo así.

Eso me venía muy bien. A Saiman le encantaba divertirse, y ya tendríamos


las manos llenas sin tratar de contenerlo.

Quince minutos más tarde, la tripulación estaba atando las amarras en el


muelle. Me paré en la cubierta llena de gente, Curran a mi lado. La ansiedad de
George me afectó. Quería salir del barco. Quería ver a Desandra y ponerme a
110
trabajar. Desafortunadamente, si empezaba a dar vueltas como un tigre enjaulado,
tendría inmediatamente a nueve personas diciéndome que no era adecuado.

—Un comité de bienvenida —anunció Rafael.

Me volví. Catorce personas corrían hacia nosotros a lo largo del muelle. Seis
pares de hombres con abrigos oscuros, ceñidos a la cintura. La mayoría eran de
pelo oscuro, castaño y fino. Unos pocos tenían barbas cortas. Cada uno llevaba un
fusil al hombro y una daga en su cinturón. Se veían como una bandada de cuervos
negros volando en dos líneas.

Dos mujeres caminaban delante de ellos. La primera llevaba una blusa de


color azul oscuro y pantalones vaqueros. Era de mi edad, de pelo oscuro, su piel de
un bronce claro, su pelo recogido en una trenza. Su rostro era interesante, con
rasgos audaces: ojos grandes, boca grande, nariz fuertemente afilada. La chica a su
lado parecía estar en la cúspide de sus veinte años. Más baja, más pálida, con una
cintura delgada; llevaba un vestido blanco. El viento movía la cascada de su pelo
marrón chocolate y su ropa, la tela diáfana, ondeaba, haciéndola parecer etérea y
ligera. Casi flotaba sobre el duro hormigón.

La muchacha hizo un gesto.

Kate Daniels #6
—¡Curran!

Ella le conocía.

Curran maldijo entre dientes.

—Maldición. La arrastraron a esto.

Al parecer, él la conocía también.

—Curran. —Ella saludó de nuevo, parada de puntillas sobre sus pies, y se


apresuró hacia nosotros.

—¿Lorelei? —llamó Curran.

La chica sonrió. Guau. La noche acababa de volverse un poco más brillante.

Los marineros bajaron la pasarela y Curran empezó a bajar en el momento en


que chocó contra el muelle. Al parecer, no podía esperar para reunirse con ella.
111
—¿Quién es Lorelei? —pregunté tranquilamente.

—Lorelei Wilson —dijo Mahon—. La hija del alfa de Furia de Hielo.

El padre de Lorelei encabezaba la manada de Alaska, la manada de


cambiaformas más grande de los Estados Unidos. Ella era la que se había ido con
su madre cuando Wilson y su esposa europea se divorciaron. Bueno, ¿no era eso
estupendo?

—¿Cómo tentarías al Señor de las bestias? —murmuró Barabas—. Sencillo.


Ofrécele una princesa cambiaformas.

Tía B se acercó suavemente a su espalda.

—Ya la odio —me dijo Andrea—. George la odia también ¿verdad, George?

—Creo que es adorable. —George se puso a mi lado—. Hay que darle leche y
galletas, y si promete estar tranquila, se puede sentar en la mesa con los mayores.

—Muestra un poco de respeto —dijo Mahon—. Es la heredera de Furia de


Hielo.

George arqueó las cejas hacia él.

Kate Daniels #6
—¿De verdad, papá?

En el muelle, Curran alcanzó la procesión. La mujer de azul se inclinó. Lorelei


dio un paso adelante con los brazos levantados para un abrazo, luego se detuvo
bruscamente, como si se detuviera a sí misma, y también se inclinó. Curran dijo
algo. Ella sonrió de nuevo.

Toqué la empuñadura de Asesina sólo para asegurarme de que estaba allí.

—Diplomática, Kate —sugirió Barabas en voz baja—. Diplomática.

Me acerqué a él.

—Averigua quién la invitó, quienes son sus adeptos, y quién tira de sus
cuerdas.

Él asintió con la cabeza.

Fui por la pasarela. El hormigón bruto estaba seco bajo mis pies. Logré una
lenta marcha deliberadamente y el muelle pareció durar una eternidad.
112
¿Necesitaban hacerla tan larga? ¿Iban a estacionar un vehículo en ella?

Finalmente llegué dentro del rango de audición.

—Has crecido —estaba diciendo Curran.

—Ya han pasado diez años. —La voz de Lorelei tenía un pequeño acento. No
era francés, ni italiano—. Acabo de cumplir los veintiún años.

Me acerqué a ellos. Lorelei tenía unos ojos azules impresionantes, grandes y


pálidos, enmarcados con pestañas densas. Pómulos altos, suavizados por una piel
suave, y un toque de redondez que venía de ser joven; una estrecha y pequeña
nariz, una boca rosa llena. Su cabello, de un color marrón rico, caía sobre sus
hombros en ondas relajadas. Irradiaba juventud, belleza y salud. Se veía... fresca.
Yo era sólo cinco años mayor que ella, pero de pie a su lado, de repente me sentí
vieja.

Curran la estaba mirando. No de la misma forma en que me miraba a mí,


pero estaba observando. Una extraña sensación se encendió en mí, caliente y
enfadada, picando en mi garganta; sentí dentro unas afiladas agujas calientes y me
di cuenta de que era envidia. Supongo que hay una primera vez para todo.

Kate Daniels #6
—¿Has visto a mi padre? —preguntó Lorelei—. ¿Cómo está?

—Le vi el año pasado —dijo Curran—. Es el mismo de siempre: duro e


intratable.

Llegué a estar junto a él.

Lorelei enarcó las cejas. Sus ojos se abrieron, y un brillo de color verde pálido
rodeó sus iris.

—Tú debes ser la consorte humana.

Sí, soy yo, la enferma humana.

—Mi nombre es Kate.

—Kate —repitió, como si saboreara la palabra—. Es un honor conocerte.

Curran le sonreía, la sonrisa caliente y guapa que solía hacer mejor mi día.
Empujar a Lorelei al océano no sería diplomático, aunque tenía muchas ganas de 113
hacerlo.

—Lo mismo digo.

—He oído hablar mucho de ti. Pero, ¿dónde están mis modales? Deben estar
hambrientos y cansados.

La mujer de azul dio un paso adelante, moviéndose con la gracia de un


cambiaformas. Sus ojos brillaron verdes, reflejando la luz del barco. Así que estos
eran los cambiaformas chacales locales mencionados por Barabas. Sus ojos me
dijeron que había estado allí y había hecho eso, y no daba una sangrienta camiseta
por los problemas.

La mujer de azul se inclinó.

—Mi nombre es Hibla. Estoy aquí para ser su guía. —Señaló a los hombres a
su lado—. Somos los Djigits de Gagra.

Había leído sobre Abjasia. "Djigit" quería decir jinete experto o feroz guerrero.
Los djigits se volvieron hacia mí, la luz del sol de la tarde capturado en sus ojos. Sí,
todo el mundo era un cambiaformas excepto yo.

Kate Daniels #6
—Nosotros les acompañaremos a sus aposentos cuando estén listos —dijo
Hibla.

Curran hizo una seña hacia el barco. Nuestra pequeña manada comenzó su
descenso hasta el muelle. Unos momentos y estaban detrás de nosotros.

Lorelei se inclinó ante Mahon.

—Saludos al Kodiak de Atlanta.

Mahon sonrió a través de su barba.

—¿Qué pasó? La última vez que te vi, estabas así de grande. —Extendió el
brazo al nivel de su cintura.

Lorelei sonrió.

—No era tan baja.

Mahon rió. 114


La Tía B estaba a su lado, sonriendo tan brillantemente que necesitaba
cortinas. Su voz era lo suficientemente dulce como para untar tostadas.

—Así que tú eres la hija de Mike Wilson. Debe estar muy orgulloso. Qué
hermosa eres.

—Gracias. —Lorelei casi brillaba.

Oh, ingenua. Cuando un bouda te sonríe, no es una buena señal. Sobre todo esa
bouda en particular.

—En nombre de Gagra, estoy aquí para ampliar la hospitalidad de mi


hermosa ciudad para ustedes —dijo Hibla—. Gagra les da la bienvenida con todo
su calor, sus lagos y cascadas, sus playas y huertas. Pero ser prevenidos, si vienen
aquí con intenciones violentas, dejaremos sus cadáveres para los cuervos. No
tenemos ningún problema en asesinarlos a todos y a cada uno de ustedes.

—Un discurso impresionante —le dijo Keira. La hermana de Jim estaba


sonriendo, y no se veía agradable.

—Gracias. He trabajado duro en él. Por favor, síganme.

Kate Daniels #6
Bajamos por el muelle hacia la carretera pavimentada con piedra. Hibla
mantenía un ritmo acelerado, recitando con voz gutural y un ligero acento.

—Bienvenidos a Abjasia. La ciudad de Gagra es el lugar más caliente en el


Mar Negro. Tenemos un microclima maravilloso con inviernos templados y
veranos agradables. Encontrarán los más exquisitos monumentos aquí.

Era como si estuviera leyendo una guía de viajes invisible.

Curran estaba mirando a Lorelei mientras caminábamos.

—Cultivamos una variedad de frutas: melocotones, nísperos, albaricoques,


granadas, mandarinas, limones y uvas. Nuestra región es famosa por sus vinos.

Eso está bien. Tal vez podría encontrar una botella de vino lo suficientemente
grande como para golpear a Curran en la cabeza y meter algo de sentido en él.

—¿A qué manada sirves? —preguntó Barabas.

—Los Djigits de Gagra no están afiliados con ninguno de nuestros huéspedes.


115
Nuestra lealtad es para la manada local y para el señor del castillo.

Era como si hubiera entrado en un mundo diferente. Al otro lado del océano
había rascacielos derruidos. Aquí había castillos y señores. Bueno, técnicamente La
Fortaleza era una especie de castillo, y el pueblo llamaba señor a Curran, pero los
cambiaformas de casa dirían que era simple eficiencia la forma en que ellos decían
señor. Aquí se decía con una reverencia solemne.

—¿Es el señor del castillo un cambiaformas? —preguntó Curran.

—No, es un ser humano —dijo Lorelei.

—El Señor Megobari es un amigo —dijo Hibla—. Nuestra economía siempre


fue impulsada por el turismo. Después del Cambio, la región se derrumbó.
Habíamos sido maltratados por los desastres naturales y la guerra. Nuestra ciudad
y nuestras vidas estaban en ruinas. La familia Megobari nos ayudó. Construyeron
hospitales, restauraron las carreteras, y trajeron negocios para nosotros. No piden
nada a cambio, excepto nuestra protección, que es dada libremente y con mucho
gusto.

Vale. La familia Megobari eran claramente santos, y la manada de los


chacales locales moriría por mantenerlos respirando. Teniendo en cuenta cómo los

Kate Daniels #6
hombres nos miraban, teníamos que asegurarnos de no ofender al anfitrión, ya que
estos cambiaformas Djigit se tomaban sus funciones mortales en serio.

Todos seguimos a Hibla a través de la ciudad. Las lámparas feéricas en Gagra


brillaban de color lavanda pálido, convirtiendo la sólida piedra de los edificios en
un débil espejismo. La magia fluía por las carreteras estrechas y curvadas.
Pequeñas calles aseadas, algunas empedradas, algunas pavimentadas con ruinas
todavía fértiles, corrían por la montaña, todo a lo largo de la pendiente, bordeadas
por casas de todas las formas y tamaños. Arquitectura persa, griega y moderna
chocaban, como estelas de tres naves diferentes.

Pasamos junto a una mansión señorial que podría haber sido construida para
un príncipe árabe. Se levantaba, flanqueada por palmeras, tres pisos de estrechas
ventanas con arcos, parapetos con relieve, y la pared tenía esculturas de piedra que
parecían tan ligeras y delicadas como el encaje. En un momento debió haber sido
de un blanco que brillaba intensamente, pero ahora se había despojado de su
pintura, y las paredes verdes se veían a través. Un edificio griego de columnas
dóricas del color de la arena seguía, e inmediatamente después, las ruinas de un
116
moderno edificio de apartamentos se hallaban esparcidas por la ladera de la
montaña. El resto del mundo parecía a un millar de kilómetros de distancia. Si
alguna vez nos cansábamos de la manada o de vivir a la espera de ser descubiertos
por Roland, podríamos encontrar algo así, un tranquilo rincón aislado del mundo.
Nadie jamás nos encontraría aquí.
Bueno, nadie excepto Lorelei.

—¿Cuando viste a mi padre, no me mencionó?

—No —le dijo Curran—. No fue una reunión social. Estoy seguro de que
piensa en ti a menudo.

Otro edificio —una vez bello y ahora eviscerado. Conté los pisos. Siete.
Demasiado alto. La Magia odiaba los altos edificios modernos y los atacaba con
prejuicio extremo. Este edificio estaba definitivamente abandonado, los agujeros
negros de sus ventanas vacías mostraban un interior carbonizado. Cuando las
ondas mágicas tiraban una estructura, mordían el polvo primero. Éste no mostraba
signos de daño post-cambio.

—¿Qué pasó aquí? —pregunté.

—La guerra —dijo Hibla.

Kate Daniels #6
—¿Con quién se peleaban? —preguntó George.

—Nosotros mismos. Abjasia está en la frontera entre Rusia y Georgia. Hace


cincuenta años, lucharon. Los vecinos se volvieron contra sus vecinos. Familias
divididas. Rusia ganó. La ciudad quedó limpia. —Escupió la palabra como si
estuviera salpicada de cristales rotos—. Todo el que era georgiano fue asesinado o
exiliado. —Ella asintió hacia otro edificio con ventanas tapiadas—. La ciudad fue
marcada para siempre. La magia ha destruido los otros edificios, pero las ruinas de
la guerra permanecen.

—Es una vergüenza —dijo la tía B—. Tu ciudad era hermosa.

—Será hermosa otra vez —dijo Hibla.

Seguimos subiendo, cada vez más alto. La carretera de la ciudad se reducía.


Árboles densos en ambos lados bloqueaban la vista, sus ramas trenzadas con
lianas. Diminutas luciérnagas flotaban en la brisa. De repente, los árboles
terminaron y salimos a una plaza. A la izquierda, muy por debajo, el mar infinito 117
lamía la estrecha franja de la costa. Hacia adelante, las montañas curvadas
suavemente las olas.

—El castillo. —Hibla señaló a la derecha, detrás de nosotros. Me volví. Un


enorme castillo de piedra coronaba la cima de la montaña, sus paredes de piedra
subían como la extensión natural de la roca viva. Torres rectangulares anchas se
disparaban bajo techos de color azul pálido. Banderas largas y estrechas volaban
en las agujas finas del enorme edificio de la torre principal seguían atrapando los
últimos rayos del sol poniente y brillaban como si fueran de fuego.

—¿Qué edad tiene el castillo? —preguntó Mahon.

—Hemos celebrado su vigésimo aniversario el pasado otoño.

Guau. Post-cambio. La cantidad de trabajo que esta estructura debió haber


tomado era asombroso. ¿Cómo diablos consiguieron incluso subir grandes piedras
por la montaña?

—Por favor. —Hibla nos invitó con un gesto de la mano—. Por este camino.

Subimos la montaña a un ritmo acelerado. Más rápido y habría tenido que


empezar a correr. El camino era empinado y la luz estaba muriendo rápidamente.

Kate Daniels #6
Diez minutos después, rompí a sudar. Los cambiaformas a mi alrededor parecían
frescos como una lechuga.

—Debe ser muy agotador para la Consorte —dijo Lorelei junto a mí.

Eso fue un poco inesperado. ¿Estaba realmente preocupada?

—El camino es empinado y ella no tiene el beneficio de la visión nocturna.

Ella estaba mirando a Curran. No, no estaba comprobando si estaba bien.


Estaba hablando de mí como si yo no estuviera allí. Lo hacía de la forma en que se
podría decir: ¿está su perrito sediento? ¿Necesita un recipiente con agua?

—¿Tal vez podría ser llevada...? —sugirió Lorelei.

Por el rabillo de mi ojo vi a Barabas y a George congelarse. Sí, ya sé que he sido


insultada. Cálmense.

—Gracias por tu preocupación. Puedo manejarlo.


118
—Por favor, no es ningún problema en absoluto. Podrías hacerte daño. Sé que
incluso algo menor, como un tobillo torcido, presentaría un gran problema para un
ser humano...

No golpear a la princesa de la manada, no golpear a la princesa de la manada...

—No queremos que luches por mantener el ritmo.

Bueno, fue demasiado lejos. Le di una grande y bonita sonrisa.

El rostro de Curran se encajó en una expresión neutral.

—Acabamos de llegar, nena. Es demasiado pronto para empezar a matar


gente.

Los ojos de Lorelei se agrandaron.

—No quise hacer ninguna ofensa.

Sí, quisiste.

—Lo siento mucho. Sólo estaba preocupada. Por favor, perdóname.

Kate Daniels #6
Y ahora, lo que dijera con cualquier atisbo de hostilidad me haría quedar
como el culo. Tendría que ser más hábil. Bien. Siempre habría una próxima vez.

—No te preocupes.

Doblamos la esquina. El castillo se alzaba delante de nosotros,


sorprendentemente enorme. Podrías meter al menos dos Fortalezas entre sus
paredes. Las paredes eran gruesas, también. Debían que tener un poco más de un
par de metros de profundidad.

Hibla levantó la cabeza y aulló, un aullido de chacal fantasmal, agudo. El


sonido rodó por delante de nosotros, fluyendo hacia el cielo. Otros respondieron
con aullidos. El metal sonó y las enormes puertas se abrieron.

Hibla se inclinó.

—Mi señor y mi señora. Bienvenidos al Castillo de Megobari.

Tomé una respiración profunda y caminé junto a Curran dentro del castillo. 119
***
Yo tenía razón. Las paredes eran de dos metros de espesor. Conté seis
catapultas y cuatro cañones antipersonas de alto calibre en las paredes, y eso era
sólo lo que pude ver. Este castillo había sido construido para resistir un asalto de
atacantes sobrenaturales. La familia Megobari tenía algo de efectivo serio que
repartir, y lo había usado para armarse hasta los dientes.

Le di un codazo a Curran.

—Su castillo es grande.

Me guiñó un ojo.

—El mío es más alto. No es el tamaño del castillo. Es lo que haces con él.

No había guardias obvios vigilando la puerta, pero al pasar por debajo de la


reja, me sentí observada. Estaba un cien por cien segura de que si hacía un
movimiento brusco, alguien me tiraría un flechazo. La pregunta era, ¿se
molestarían con un disparo de advertencia? No quería tener que probar esa teoría.

Kate Daniels #6
Cruzamos el patio interior y seguimos a Hibla hacia el edificio principal.
Después de la ciudad, había esperado medias tallas y molduras, pero el interior del
castillo era tan carente de ornamentación como el exterior. Piedra marrón, pasillos
rectos como una flecha, ventanas en arco. No había puertas, pero sí algunos nichos,
colocados de tal manera que si el castillo era violado, un par de luchadores con el
poder del fuego a distancia podrían mantener a raya a una inundación de
atacantes. Todo era funcional, sólido, y meticulosamente limpio.

Pasamos a un par de hombres cambiaformas en el pasillo, ambos rubios. Nos


miraban con hostilidad evidente. Les devolví la mirada. Mirar es gratuito. Tocar les
costaría un brazo o una pierna. Su elección.

—Sus habitaciones están en el tercer piso —dijo Hibla—. La cena se servirá a


las diez.

—Tarde para un ser humano —dije. En la Fortaleza normalmente cenábamos


alrededor de las nueve. Los cambiaformas no eran madrugadores, ya que tendían a
quedarse levantados hasta la mitad de la noche. 120
—La familia Megobari respeta las costumbres de sus huéspedes —dijo Hibla.

—Les veré a todos en la cena —dijo Lorelei, mirando directamente a Curran.

—Trasmitido sin miramientos —dijo Curran.

Sentí el impulso de apuñalar algo y luego aplastarlo. Lorelei se retiró por el


pasillo.

—¿Dónde está Desandra? —preguntó Curran.

—Está en su habitación, en el tercer piso también —dijo Hibla.

Curran se envaró.

—Hibla, necesitamos ver Desandra. Ahora.

Andrea le pasó la bolsa a Rafael y se paró a mi lado. Derek se paró la lado de


Curran.

—Muy bien. —Hibla dijo algo en un idioma cantarín.

Nosotros doce nos dividimos: ocho se fueron con el resto del grupo, liderado
por un hombre mayor, y cuatro vinieron con nosotros. Subimos por las mismas

Kate Daniels #6
escaleras, y luego Hibla giró a la derecha, mientras que el resto de los
cambiaformas giraban a la izquierda. La seguimos a una puerta de metal,
custodiada por un hombre y una mujer con las mismas capas oscuras de los Djigit.
Se movieron a un lado cuando Hibla abrió la puerta.

El hedor a cítricos podridos se apoderó de mí. No era bueno.

Entramos en una habitación enorme. Era del tamaño de todo mi primer


apartamento si eliminábamos todas las paredes. El basto rosetón íntegro tendría
unos diez metros de altura, y la oscuridad ocultaba las enormes vigas de madera
corriendo por encima. Ropa yacía esparcida por el suelo, alguna rota, un poco
manchada, salpicada de papeles arrugados, platos manchados de comida, y
fragmentos de vidrio roto. Una gran cama de madera con una pila de almohadas y
mantas enredadas estaba contra la pared. Una mujer embarazada estaba sentada
en ella, su largo pelo enredado y colgando sobre su vestido púrpura. Ella levantó
la vista. Sus iris brillaban con fluorescencia cambiaformas naranja.

Miré a Andrea. Ella me miró. Vi exactamente el mismo pensamiento en su 121


cara: este trabajo va a apestar.

—Hola, Desandra —dijo Curran.

—Vete a la mierda.

—Eso está bien —dijo Curran—. Huele a comida podrida aquí.

Desandra se encogió de hombros.

—¿Por qué estás aquí?

No había rastro de acento. Hablaba como si hubiera nacido en los Estados


Unidos.

—Estamos aquí para cuidar de ti.

—Eso es mentira y lo sabes. —Ella le enseñó los dientes—. Harías un trato


con cualquier clan que te pague más y venderías a estos pequeños parásitos en mi
barriga. Así que vete, haz tus ofertas. Nada cambiará para mí. Nada nunca cambia
para mí.

—¿Ya terminaste? —preguntó Curran.

Kate Daniels #6
—Podrías haberme alejado de todo esto —espetó ella.

—No durarías una semana en Atlanta —dijo.

Ella clavó su dedo en mi dirección.

—¿Y ella es mejor? Después de toda tu grandilocuencia, y oh, soy el Señor de


las Bestias y nadie es lo suficientemente bueno para mí, ¿te emparejaste con un ser
humano? ¿Un humano? Eres igual que ellos. —Ella agitó su brazo hacia Hibla y los
djigits—. No te importa una mierda lo que le pase a tu esposa humana si es retada.
¿Por qué no te vas?

Los músculos se contrajeron en la mandíbula de Curran.

—Piensa lo que quieras, pero me quedaré aquí y te protegeré.

—¿De verdad crees que te van a dar panacea por esto? Vamos, ni siquiera tú
eres tan estúpido.

El dorado brilló en los iris de Curran. Tenía que pisar fuerte y rápido antes de
122
que perdiera el control.

Le puse la mano en el hombro a Curran.

—Creo que lo mejor sería que nos dieras un poco de espacio.

Él me miró.

—Y si no te importa, te agradecería que enviaras a Doolittle aquí.

Curran negó con la cabeza y miró a Derek.

—Cerca de la habitación. Nadie entra a menos que Kate lo diga.

—Sí, mi señor —dijo Derek.

Curran salió de la habitación.

—¡Eso es! —gritó Desandra—. ¡Aléjate!

Derek se estacionó a sí mismo en la puerta.

Analicé el dormitorio. Había visto este tipo de desastre antes en la habitación


de Julie, cuando pasó por una etapa de "no quiero ir a la escuela".

Kate Daniels #6
—Hibla, ¿por qué la habitación está tan sucia?

—La señora no permite limpiar —dijo Hibla—. Su padre ordenó limpiar una
vez, y lo hicimos. La mujer la devolvió a su estado anterior en una semana.

Como había pensado. Me volví hacia Desandra.

—¿Puedo acercarme más?

Ella me miró fijamente.

Esperé.

—Claro. —Se encogió de hombros.

Crucé la habitación, pisando la ropa —no había otra opción. Algo crujió bajo
mis pies. Me senté a su lado en la cama.

—Entiendo lo que estás haciendo. Sientes que no tienes el control de tu vida,


pero esta habitación es tu espacio y puedes hacer lo que quieras aquí. Aquí tienes 123
el control. Por desgracia, tener comida en el suelo no es saludable. Se pudre. El
moho crece en él y entra en tus pulmones. —Y el desastre hacía mucho más difícil
protegerla.

Ella se burló de mí.

—Soy una cambiaformas.

—Los cambiaformas son resistentes a las enfermedades, pero no inmunes. La


comida descompuesta también da un mal lugar para criar, y huele mal. Los
cristales rotos no son seguros para cualquiera que pueda caminar. Las personas
que te traen la comida no siempre son cambiaformas. Podrían herirse y sólo están
haciendo su trabajo.

—No me importa.

—El tener una habitación sucia no ayuda a recuperar el control sobre tu vida.
Esa pelea está ahí fuera. —Señalé la puerta abierta—. El desastre sólo te hace
parecer una loca, lo cual le indica a la gente que está bien que te traten como si no
fueras una persona.

Desandra clavó las manos en su pelo enmarañado.

Kate Daniels #6
—¿Qué quieres de mí?

—¿Puedo tener tu permiso para limpiar esta habitación?

—¿Por qué te importa?

—Porque me enorgullezco de mi trabajo. Ahora mi trabajo es cuidar de ti y


mantenerte a salvo. Esta habitación es segura para ti y tus hijos en el futuro. El
desastre también hace que sea difícil protegerte.

Desandra me miró fijamente.

—¿Y si te arranco la garganta?

Busqué en mi memoria mis peleas con Julie.

—¿Por qué harías eso? No te he hecho nada.

—¿Qué pasa si digo que no?


124
Andrea se encogió de hombros.

—Si dices que no, entonces no limpiaremos la habitación. Pero tengo que
decir que la habitación huele mal, y ese olor se ha instalado en tu ropa y tu pelo.

Por lo menos en los Estados Unidos, decirle a una cambiaformas que olía mal
era el peor insulto. Si eso no la motivaba, nada lo haría.

Desandra gruñó en mi cara.

—Yo estoy de tu lado —le dije—. Si quieres demostrar que estás en control de
ti misma, es posible que desees tomarlo en consideración.

—No quiero que limpies nada.

—Muy bien. —Me levanté.

Di diez pasos hacia la puerta antes de que ella dijera:

—Está bien. Limpien.

—Gracias. —Me volví hacia Hibla—. Por favor, trae contenedores de basura,
productos de limpieza, y cestos.

Desandra gruñó.

Kate Daniels #6
—¿Siempre eres como un felpudo?

—Sí.

—¿Así que siempre pides permiso para todo?

—Ella es la alfa de la manada de Atlanta —dijo Derek sin volverse—. Mató a


veintidós cambiaformas en once días para ser una, y tiene el mismo poder que el
Señor de las Bestias. No tiene que pedirle permiso a nadie para hacer nada.

Eso no era exactamente útil.

—Estoy aquí con un solo propósito: mantenerte a salvo. Actúo en tu mejor


interés. No me importa cuál nace primero y no aceptaré ningún soborno. Haré
todo lo posible para complacerte, pero cuando tu seguridad esté en peligro, haré lo
que tenga que hacer para mantenerte a salvo. Si eso significa que tengo que
agarrarte y meterte en una bañera, lo haré, sin preocuparme por tus sentimientos.

Desandra suspiró. 125


Hibla reapareció con bolsas y un carro lleno de productos de limpieza,
incluidos guantes de jardinería. Me los puse y empecé a recoger la basura. Andrea
se unió a mí. Desandra nos observó durante unos cinco minutos, tratando de
ignorar el hecho de que estábamos allí, luego se levantó de la cama y comenzó a
pisar fuerte y a recoger su ropa.

Así fue como nos encontró Doolittle, sobre nuestras manos y rodillas,
recogiendo basura.

—¿Qué está pasando?

Me enderecé.

—Este es el Dr. Doolittle. Es el medimago de la manada.

—¿Doolittle? —Desandra lo miró—. ¿En serio?

—Es como elegí llamarme a mí mismo. —Doolittle la miró, luego miró


alrededor de la habitación—. Oh, dios mío. Ahora bien, señorita, ¿por qué estás
sucia?

Desandra se sentó en el suelo y lo miró con una expresión indefensa en su


rostro.

Kate Daniels #6
—Porque me gusta.

—Me doy cuenta de que esto es un castillo —dijo Doolittle en esa voz suave y
paciente que hacía imposible decirle que no—. Sin embargo, he utilizado el baño y
me pareció que la fontanería moderna se ha instalado correctamente.

—No puedes obligarme a limpiarme a mí misma —declaró Desandra.

—Mi señora, no tiene dos años. De hecho, parece haber alcanzado la


madurez, y estoy bastante seguro de que nadie puede obligarla a hacer algo que no
quiera hacer. Vamos a la cama, por favor.

Yo contuve la respiración. Desandra suspiró de nuevo, se levantó del suelo y


se sentó en la cama. Exhalé en silencio. Doolittle hundió sus dedos en su muñeca,
tomando su pulso.

—Entrante —dijo Derek.

—¿Quién es? 126


—Jarek Kral.

Me reuní con él en la puerta. Andrea se movió al centro de la sala, entre


nosotros y Desandra, y comprobó su ballesta.

El hombre al que había visto en la fotografía durante la sesión informativa de


Barabas caminaba por el pasillo hacia nosotros. Parecía más grande en persona,
más alto, más ancho, con el tipo de fuerza bruta que generalmente significaba una
lucha desagradable.

Me volví hacia Desandra.

—¿Quieres ver a tu padre?

—¿Importa? —preguntó ella, la derrota alisó su cara.

—A mí me importa.

—Entonces no. No quiero volver a verlo.

Jarek Kral llegó a la puerta. Esto mostró que la fotografía realmente le hacía
justicia: el mismo pelo castaño ondulado, misma cara grande y tosca. Sus
características podrían haber sido más refinadas si no las tiñera la crueldad.

Kate Daniels #6
Conocía a los de ese tipo. Era el tipo de hombre que podía explotar por las cosas
más pequeñas y la explosión sería violenta.

La mueca también era más grande en persona.

Llegué a la puerta.

—Muévete —dijo, su voz con acento.

—Su hija no quiere visitas ahora —dije.

Me miró con ojos oscuros bajo los pesados párpados, como si ahora se diera
cuenta de que estaba bloqueando su camino.

—¿Quién es usted?

—Puede llamarme Kate. Soy la consorte del Señor de las Bestias.

—Hazte a un lado. —Sus ojos brillaron verdes.


127
—No.

Detrás de mí, alguien se quedó sin aliento.

Su voz retumbó.

—¿Quién te ha dicho que puedes hacer eso?

Y aquí vamos, directamente en el escenario sin tener nuestra ropa primero.

—Tú lo hiciste. —Saqué el contrato de mi bolsillo—. Este documento dice que


debo servir a los mejores intereses de tu hija. Ella determinó que es su mejor interés
no hablar contigo ahora. Esta es tu firma. Me da toda la autoridad que necesito.

Me arrebató el papel de la mano y lo rompió.

—Tengo otra copia —le dije.

—¡Voy a arrancarte el cuello! —gruñó.

De tal palo, tal astilla.

—Si lo intentas, no vivirás para ver a tus nietos y mi trabajo no se llevará a


cabo. Me iré a casa antes. Así que por favor inténtalo. Ya echo de menos mi casa.

Kate Daniels #6
Sus cejas se juntaron. Su labio superior temblaba.

—Un asalto a la consorte será tratado como un acto de guerra —dijo Derek.

Un rasgado gruñido gutural salió de Jarek. Claramente, no se había


molestado en buscar en el diccionario "privación de la libertad".

Llegué detrás de mí y puse la mano en la empuñadura de Asesina.

—Esta es la última advertencia. No trates de entrar.

—¿Qué está pasando? —Un hombre subió corriendo las escaleras. Era rubio,
alto y musculoso, características que hacían del primer marido de Desandra un
ángel orgulloso. Radomil, de la manada Volkodavi. Una mujer lo seguía, un poco
mayor que yo, delgada, con una gran cantidad de pelo dorado trenzado fuera de
su rostro.

—¡No te metas en esto! —gruñó Jarek—. Ya has hecho bastante.

Radomil replicó algo en un idioma que no entendí. Un torrente de palabras se


128
derramó de Jarek.

—¡Eres un cerdo! —gruñó Radomil en inglés—. Un cerdo asqueroso. ¡Deja a


Desandra en paz!

—¡Fuera de mi camino! —rugió Jarek.

—Si Kral no cumple con el acuerdo, ¿por qué tenemos que hacerlo nosotros?
—dijo la rubia.

Dejé que se gritaran el uno al otro. No me afectaba a menos que uno de ellos
intentara entrar en la sala.

Un hombre alto, de cabello oscuro, se acercaba a nosotros. Si la cara de


Radomil tenía un resplandor saludable, bronceado, este hombre irradiaba
inteligencia y una conciencia cansada. Vio a Jarek y Radomil. Sus oscuras cejas se
juntaron. Sus labios se estrecharon en una línea dura. Luz amarilla rodó en sus iris.
Uh-oh.

El hombre aceleró. Tenía que ser uno de los hermanos Belve Ravennati, pero
no podía decir cuál.

Kate Daniels #6
Sin disminuir la velocidad, el italiano levantó el puño y le dio a Jarek. El gran
hombre se movió a un lado y el italiano golpeó a Radomil en su lugar. Radomil
gruñó como un animal y se abalanzó sobre el italiano.

Más personas inundaron el pasillo de la izquierda, una mujer de pelo oscuro


a la cabeza.

Jarek escupió algo. Radomil y el italiano peleaban, gruñendo.

—Si cambian de forma, cierra la puerta —murmuré.

Derek asintió.

Radomil empujó a su oponente hacia adelante, disparando al italiano. El


hombre de pelo oscuro cayó al suelo con un gruñido lupino. En cualquier
momento sería peludo, y entonces las cosas serían infinitamente peores.

Una misteriosa carcajada de hiena rodó por el pasillo, un tono alto, una risa
loca que me hizo temblar. 129
De repente todo el mundo se detuvo. Tía B estaba en el pasillo.

—Así que a esto es lo que nuestros hermanos y hermanas de Europa se han


reducido —dijo ella, su voz llegaba a través del castillo—. Peleas en los pasillos,
como escolares malcriados. No es de extrañar que necesiten nuestra ayuda.

¡Vamos, tía B!

La alfa del clan Bouda miró a la mujer de cabello oscuro.

—Hola, Isabella. Ha pasado mucho tiempo.

—Hola, Beatriz —dijo la mujer de cabello oscuro entre sus dientes apretados.

—¿Es tu hijo el que está en el suelo?

Isabella dio una breve orden. El hombre de pelo oscuro se puso en pie y se
acercó a ella. Isabella le dio una bofetada. El sonido resonó en el pasillo. Los
italianos se volvieron y se fueron sin decir una palabra.

Miré a Jarek Kral. Me señaló con el dedo, abrió la boca, la cerró, se volvió y se
alejó.

La rubia le dijo algo a Radomil. Se apartó de ella y se marchó.

Kate Daniels #6
—Tienes que perdonar a mi hermano —dijo la rubia—. Es un hombre muy
amable. No entiende la política. —Sus cejas se juntaron. Señaló por encima de mi
hombro—. ¿Quién es ese hombre?

—Es médico —respondió Andrea.

—¿Un médico? ¿Hay algún problema?

—No —dije—. Simplemente va a realizar un examen físico de rutina.

Ella realmente parecía preocupada.

—¿Va a sacar sangre? Desandra, puedo tomar tu mano, si me necesitas.

—Está bien —dijo Desandra.

Saqué mi voz oficial de la caja de mental donde la había mantenido escondida


durante meses, desde que dejé la Orden de los Caballeros de la Ayuda
Misericordiosa.
130
—Lo siento, tengo que pedirle que se vaya.

—Bien, bien. Sólo... no la torturen. Ha pasado por mucho.

La mujer se volvió y corrió por las escaleras detrás de Radomil. Miré por
encima de mi hombro. Doolittle tenía una gran jeringa llena de líquido rosáceo.
Desandra acarició su estómago.

—¿Para qué es eso? —pregunté.

—Miocentesis —dijo Doolittle—. Es una pantalla habitual de líquido


amniótico. Queremos asegurarnos de que todo está procediendo como se supone
que debe.

Tía B se acercó a nosotros.

—Bueno, eso salió bien.

—Le dijiste a mi padre que no —me dijo Desandra.

—Por supuesto.

—Él te matará por eso —dijo Desandra.

Kate Daniels #6
—La puede encontrar mucho más dura de lo que parece, querida —le dijo tía
B—. La cena está casi lista. Kate, es posible que desees cambiarte. Hueles como el
mar. Vayan ustedes. Derek y yo cuidaremos a Desandra mientras te cambias.

Me volví hacia Derek.

—Enviaré a Eduardo. Cuando Desandra esté lista para ir, los dos la seguirán.
Nadie entra en la habitación si ella no quiere verlos.

—Lo tengo —dijo Derek.

—Las habitaciones están al final del pasillo —dijo tía B—. He aquí, caminaré
hasta la mitad con ustedes, entonces volveré.

Caminamos a grandes zancadas por el pasillo.

—Te lo dije —dijo tía B en voz baja.

—¿Me dijiste qué?


131
—Por favor, Kate. ¿La cosa fresca y joven en el muelle? Incluso se vestía de
blanco.

—¿Y?

—Nada en absoluto, querida. Sólo lo que refleja el color. Cómo virginal y


nupcial.

Sí. Me di cuenta. Si estaban tratando de influir en Curran empujando a


Lorelei debajo de su nariz, no era muy sutil.

—La tuya es la primera puerta a la derecha. Andrea, tú y Rafael están frente a


ellos. El resto de nosotros estamos al final del pasillo —dijo tía B—. El sonido
realmente viaja por aquí. Puedes escuchar casi todo, así que si nos llamas
vendremos corriendo.

Lo tengo. Nada de lo dicho en las habitaciones sería privado, y nuestros


anfitriones estaban probablemente escuchando muy duramente.

—Es bueno saberlo.

—Lo he comprobado y la cena es un asunto formal. Ponte un vestido, Kate.

Maté un gruñido, y Andrea y yo fuimos por el pasillo.

Kate Daniels #6
—Hemos tenido peores trabajos —dijo Andrea.

—Mmm. Este lugar no se siente bien para mí.

—Estoy contigo —dijo.

Llegamos a las puertas. Esperé hasta que Andrea abrió la suya a través del
pasillo y entró en su cuarto, luego entré en mi habitación y cerré la puerta detrás
de mí.

Una habitación de buen tamaño, tenía dormitorios con tapices y alfombras en


las paredes de piedra. Una puerta abierta ofrecía acceso al cuarto de baño a la
izquierda. Una gran cama con dosel de madera esperaba en el centro, completada
con cojines de seda y cortinas de gasa color púrpura. Se veía como algo de los
romances históricos que a Andrea le gusta leer.

Curran salió del cuarto de baño.

Asentí hacia la cama. 132


—Alguien la robó de un antiguo vídeo musical.

—Lo sé. Cruje como una hija de puta, también.

—Muy bien. Si decidimos hacer el amor, puede ser que también llegue al
pasillo. La mitad del castillo lo sabrá de todos modos.

Curran acortó la distancia entre nosotros. Su voz era un susurro tranquilo en


mi oído.

—No hay mirillas que pueda ver, pero alguien nos está escuchando. Le oí
respirar a través de la pared.

Así que estábamos atrapados en esta jaula de piedra, con una manada de
cambiaformas inestables, tratando de proteger a una mujer con necesidad de
ayuda psicológica urgente y espías escuchando hasta nuestro aliento.

Puse mis brazos alrededor de Curran y apoyé mi cabeza en su hombro.

—¿Alguna vez te he dicho lo mucho que me gusta la Fortaleza?

—No.

—Me encanta.

Kate Daniels #6
Sonrió.

—¿Incluso las escaleras?

—Sobre todo las escaleras.

Las escaleras separaban el piso superior de todo los demás, y las paredes
estaban insonorizadas.

Él me besó. Sus labios sellaron mi boca y el mundo se detuvo durante un


largo momento. Cuando nos detuvimos a tomar aire, no me importaba si alguien
nos escuchaba. Unas chispas doradas bailaban en los ojos de Curran. No le
importaba tampoco.

—¿Tenemos tiempo? —preguntó.

Miré el reloj. Veinte antes de las diez.

—No, llegaremos tarde.


133
—Esta noche, entonces.

Le sonreí.

—Es una cita.

Proteger a Desandra, obtener la panacea, irse a casa. Un plan simple. Todo lo


que teníamos que hacer era sobrevivir a través de él.

***
La cena tuvo lugar en una sala colosal, y entré en ella con la mano en el brazo
de Curran. El Señor de las Bestias llevaba un traje negro y una camisa gris. Curran
siempre me detenía en seco, ya que siempre llevaba unos vaqueros y una camiseta,
pantalones de chándal, o nada en absoluto, pero esto era nuevo. De corte
tradicional, el traje le favorecía al tiempo que le permitía libertad de movimientos,
y si tuviera que cambiar de forma, las costuras débiles aseguraban que el traje se
rompería con el mínimo esfuerzo.

En todo nuestro tiempo juntos, lo había visto en un traje formal exactamente


dos veces, contando hoy. Curran se podía describir de muchas maneras: peligroso,

Kate Daniels #6
poderoso... insufrible. "Elegante" por lo general no era uno de los adjetivos, y
mientras caminaba a mi lado, me hubiera gustado tener una cámara para poder
perpetuar el momento. Y luego chantajearlo con ella.

Él se encogió de hombros.

—Sigue haciendo eso y el traje se vendrá abajo.

—Debería haber traído los vaqueros desgastados.

—Entonces me vería ridícula a tu lado. —Debería haber llevado pantalones


vaqueros, también.

—Nena, tú nunca te ves ridícula.

—Hombre inteligente. —La Tía B apareció detrás de nosotros.

Yo llevaba un vestido negro. Al igual que el traje de Curran, había sido hecho
a mi medida por los sastres de la manada, específicamente para el viaje. El tejido
elástico me abrazaba como un guante, dando una impresión engañosa de que
134
estaba limitada. La falda cubierta ingeniosamente caía en línea recta, ocultando el
hecho de que se abría lo suficiente para dejarme patear a un atacante más alto que
yo en la cabeza, y la correa diagonal por encima de mi hombro derecho aseguraba
que el vestido no se caería si tuviera que actuar con rapidez. El vestido también
tenía que estar haciendo maravillas con mi culo, porque Curran había logrado
pasar la mano por mi espalda dos veces desde que salimos de nuestra habitación.

Pero incluso el mejor vestido no ofrecía ninguna manera de ocultar a Asesina,


así que no me molesté. El vestido venía con una funda de tela incorporada, forrada
en cuero, y mi espada descansaba firmemente contra mi espalda. Me dejé el pelo
trenzado. Los zapatos negros lisos con un tacón bajo en mis pies como zapatillas.
Me habría sentido mejor en mis botas, pero las botas no iban con el vestido. Incluso
yo tenía normas.

Había tenido que entregar mis cuchillos, pero llevaba un brazalete en cada
muñeca y un collar largo, todo trenzado de plata. Parecían tiras de cota de malla y
no pesaban tanto. Curran insistió en mi nueva joyería de fantasía. Teniendo en
cuenta que estábamos atrapados en un castillo lleno de cambiaformas hostiles, no
discutí con él.

Kate Daniels #6
Detrás de nosotros, Desandra entró, intercalada entre Barabas y Derek. Tía B,
Mahon y George los seguían; a continuación, Andrea y Rafael. Rafael era una
imagen de urbana elegancia en negro, mientras que Andrea lucía un profundo
color rojo óxido. Parecía sangre y ella había dado el golpe de gracia.

Doolittle se había negado a ir a cenar y se había quedado en su habitación, así


que le pedí a Eduardo y a Keira que se quedaran con él. Este lugar me estaba
poniendo paranoica. Ellos cerraron a cal y canto la puerta antes de que nos
fuéramos. Esperaba que Keira no decidiera explorar sus fantasías de carne de
búfalo.

Amplio, con paredes altas, el gran salón parecía cavernoso. Cuatro grandes
mesas, cada una lo suficientemente grande como para acomodar al menos a veinte
personas, estaban en dos líneas largas, dejando un gran espacio entre ellas. Hacia
el extremo opuesto de la sala, una mesa principal, con forma de herradura
rectangular, esperaba en una plataforma elevada.

Recorrí la habitación, en busca de problemas. Tres salidas: por la que 135


acabábamos de venir, la de la izquierda y la de la derecha, cada una vigilada por
un par de djigits. No importaba donde estuviera sentada, a menos que fuera en la
mesa principal, mi espalda daría a una de las puertas. Ugh.

A la izquierda, una escalera discreta llevaba a una galería de trovadores, un


balcón interior que se extendía por toda la longitud de la pared izquierda. Las
sombras envolvían la galería. No vi ningún movimiento, pero si quisiera matar a
alguien, pondría un francotirador allí.

Nada de esto me hacía sentir cálida y difusa.

Unas cincuentena personas se arremolinaban en la sala, algunos hablando en


pequeños grupos, otros solos. Los hombres vestían trajes y esmóquines. Las
mujeres llevaban vestidos. La mayoría de los ojos brillaban con resplandor
cambiaformas. La gente se volvía y nos miraban, miraban a Curran, miraban la
empuñadura de mi espada que sobresalía por encima de mi hombro. Unos pocos
hombres miraron mi pecho. Eran cambiaformas y notoriamente difíciles de matar,
mientras que yo era un ser humano. El hecho de que llevaba una tira afilada de
metal en la espalda no les preocupaba nada. Yo era una rareza, la pareja humana.
Ellos me apreciaban como a un caballo en un mercado de ganado, y mis pechos
estaban haciendo claramente una impresión más grande que mi espada.

Kate Daniels #6
Curran apretó los dientes.

—Acabamos de llegar —susurré—. Es demasiado pronto para empezar a


matar gente.

—Nunca es demasiado pronto para mí —dijo.

—¿Diferentes criterios?

Hibla nos recibió al otro lado del pasillo y nos llevó a nuestros asientos.
Curran y yo nos sentamos en la mesa principal en el lado derecho de una silla de
madera de gran tamaño que tenía muchas ganas de ser un trono y tenía que
pertenecer a la cabecera de la mesa. Lugar de honor. Guau, guau. Por lo menos mi
espalda daba a una pared sólida.

Curran se sentó, yo me senté junto a él, Desandra se sentó a mi lado, y


Andrea se estacionó a sí misma al otro lado de Desandra y miró al balcón. Rafael se
sentó junto a ella, y Mahon y tía B se sentaron junto a él. George estaba detrás de
su padre. Barabas estaba detrás de mí.
136
—Estás cerniéndote —le dije.

—Se supone que debo cernirme.

Me acomodé en el sillón. La galería del trovador se alzaba por encima de


nosotros hacia la derecha. Me molestaba. No podía ver hacia ella. Si alguien nos
disparaba, no lo sabría hasta que fuera demasiado tarde. Podía ser también que
fijaran un objetivo en la cabeza de Desandra.

—¿Hibla?

Nuestro guía se inclinó hacia mí.

—¿Sí señora?

—¿Podrías decirme quién eligió nuestras sillas?

—El Señor Megobari.

Genial. Cambiar de asientos probablemente lo ofendería de muerte y,


además, todos los asientos en esta mesa ofrecían un gran objetivo a la galería.

Curran se inclinó hacia mí.

Kate Daniels #6
—¿Qué te pasa?

—No me gusta la galería. No es segura.

La gente se volvió hacia la entrada directamente a través de nosotros.

—Alguien viene —murmuró Barabas.

Curran inhaló.

—Kral.

Jarek Kral entró en la habitación. Vestía un traje negro y se veía como si todo
el mundo en la sala le debiera lealtad. Unas cuantas personas miraron hacia atrás,
mientras que otros trataron de desvanecerse en la nada. Cuatro hombres
caminaban detrás de él, moviéndose al unísono, una unidad bien afinada. La forma
en que escaneaban la habitación en busca de amenazas telegrafiaba experiencia.
No era de extrañar. Jarek no me parecía del tipo que hacía amigos.

Jarek caminó en línea recta hacia la mesa y se sentó al otro lado del trono. Dos
137
de sus hombres se sentaron a su lado, los otros dos se pusieron detrás de él.
Barabas nos había dado un resumen básico sobre la gente de Kral. Este era su
círculo íntimo: dos hermanos con el apellido Guba, un hombre calvo de mediana
edad que parecía que podía correr a través de paredes sólidas y Renok, segundo al
mando de Kral, un cambiaformas alto en sus treinta y tantos años con la quijada de
un boxeador contorneada por una barba corta y oscura.

Jarek miró Curran.

—Veo que creciste, muchacho.

¿Acaba de llamar muchacho a Curran? Sí, lo hizo.

—Veo que has envejecido —dijo Curran—. Te ves más pequeño de lo que
recuerdo.

—Todavía soy lo suficientemente grande para ti.

—Nunca lo fuiste, y ahora nunca lo serás. Te estás poniendo viejo, Jarek.

—La última vez te quería matar, pero tenías a Wilson contigo. Ahora estás
solo. Te mataré esta vez. —Jarek sonrió, dejando al descubierto un poco de sus
dientes.

Kate Daniels #6
Curran le devolvió la sonrisa.

—Me gustaría que juntaras suficientes pelotas para probar. Ya estoy aburrido.

Si Jarek lograba provocar a Curran a la violencia física, la culpa sería de


Curran. Aunque Curran ganara, tendríamos que volver a casa con las manos
vacías y Desandra probablemente no viviría lo suficiente para dar a luz.

Los Belve Ravennati entraron en la habitación y tomaron asiento en el lado


izquierdo de la herradura. Tía B saludó a Isabella. Isabella estudiadamente la
ignoró. Sus dos hijos se sentaron a su lado. Los hermanos italianos eran muy
similares: ambos de cabello oscuro, ambos con los ojos afilados, inteligentes y con
una pizca de cuidada barba en sus mandíbulas. El más delgado y más alto tenía
ojos llamativos, color avellana claro y enmarcados con pestañas oscuras. Se
quedaban en claro contraste con su pelo casi negro. El otro era más bajo, más
compacto, con ojos oscuros. Uno de ellos era Gerardo y el otro Ignazio, pero no
podía recordar cuál era cuál. No podía recordar con cuál se había casado Desandra,
pero estaba segura de que el menor de los hermanos era el que había conseguido 138
una bofetada.

Me incliné hacia Desandra.

—¿Cuál es el padre?

—El guapo —dijo, con la voz llena de luto.

Gracias, eso ayuda mucho.

—¿Ojos avellana o marrones?

—Avellana. Gerardo.

Así que en cuanto al más bajo, el de la bofetada, era Ignazio.

Un momento después, Volkodavi llegó a través de la salida de la derecha y


tomó su asiento en el lado derecho de la herradura. Buena idea. Minimizaba las
posibilidades de que se lanzaran encima de la mesa hacia los Belve Ravennati y
trataran de asesinar a los demás con sus tenedores.

La gente estaba tomando sus asientos. La cena estaba a punto de comenzar.

—No estás en condiciones de sentarte en esta mesa —dijo Jarek.

Kate Daniels #6
Segundo asalto.

—Muéveme —dijo Curran.

—No eres nada. Siempre serás nada —dijo Jarek—. Débil como tu padre.

Hijo de puta. Estiré la mano debajo de la mesa y le toqué la mano a Curran. Me


apretó los dedos.

—Mi padre tuvo un hijo que gobierna la manada más grande en el sureste de
los Estados Unidos —dijo Curran—. ¿Qué tan grande es el territorio de Budek? Oh,
espera. Tu hijo no tiene territorio, porque lo asesinaste.

Una serie de sirvientes entraron, rodando enormes barriles.

—¿Hay cerveza en los barriles?

—Se llaman barricas, Kate —dijo Barabas en voz baja detrás de mí—. Y creo
que están llenas de vino.
139
El Lyc-V, el virus cambiaformas, trataba al alcohol como a veneno y trataba
de deshacerse de él en el momento en que entraba al torrente sanguíneo. Pero si un
cambiaformas bebía lo suficientemente rápido y en grandes cantidades, se la
arreglaba para emborracharse. Además, había varias personas en la sala. Este lugar
ya era una olla a presión: una palabra mala y explotaría. ¿Por qué demonios
alguien querría añadir alcohol a esta mezcla?

—La única razón por la que gobiernas es porque tu país está lleno de perros
cobardes —dijo Jarek—. Aquí no estás en forma ni para raspar la mierda de mis
botas. Ven aquí y te enseñaré lo que es un alfa de verdad.

Él no podía malditamente callarse.

—Has estado tramando y planeando desde hace treinta años, y tu territorio


cabe en el mío diez veces —dijo Curran, su tono ligeramente aburrido—. Podría
darte tu misma cantidad de espacio y aún así no perdería.

Gerardo a la izquierda estaba mirando a Radomil por encima de la mesa. Los


barriles de vino seguían llegando lentamente. ¿Podría ser peor?

—Tuviste la oportunidad de unirte a mí —dijo Jarek—. Escupiste sobre ella.


¿Y crees que puedes venir aquí y decirme qué hacer con mi hija?

Kate Daniels #6
—Abran paso al señor del castillo —gritó un hombre. Los djigits en la entrada
de enfrente nos llamaron la atención.

—Tu hija es una mujer adulta —dijo Curran—. Puede hablar por sí misma.

—Hasta que pertenezca a otro hombre, es mía para hacer lo que me dé la


gana —dijo Jarek.

Eso fue suficiente. Me incliné hacia delante.

—Hey, tú. Puedes poner tus garras en tu boca o cerrarla. Nadie quiere
escuchar tu cháchara.

Los ojos de Jarek se agrandaron. El verde se encendió en las profundidades


de sus iris, una llama loca y caliente. Abrió la boca, pero no salió nada.

—Sí, así de fácil —le dije—. Menos hablar, más tranquilidad.

Me di cuenta de que Curran estaba sentado completamente inmóvil, mirando


al frente con una intensidad concentrada.
140
—Señor Megobari —anunció un hombre.

Me volví. A la entrada de sala, entre dos djigits, Hugh d'Ambray entraba en


la sala.

Kate Daniels #6
Capítulo 7
E
sto no estaba sucediendo. Esto era una alucinación, causada por el
estrés. Hugh d'Ambray, el señor de la guerra de Roland, no estaba
aquí. Estaba en los Estados Unidos sirviendo a mi padre biológico.
Este era su gemelo perdido hacía mucho tiempo con la misma altura, constitución
y pelo, y no sabía nada de mí.

Hugh me miró y sonrió. Era la sonrisa de un pescador que acababa de sacar


una preciada captura fuera del agua en su barco.

No, era él. Durante todo este tiempo, había estado rompiéndome el cerebro 141
tratando de averiguar lo que Curran o la Manada habían hecho para ser blanco de
esta trampa. No eran Curran o la Manada. Era yo.

—Por favor, pónganse de pie para el señor del castillo —gritó el mismo
hombre.

La gente a mi alrededor se puso de pie. Apreté mis dientes y me obligué a


moverme. Curran me apretaba la mano con tanta fuerza que me dolía.

Maldito sea el infierno. ¿No podría tomar un descanso una vez en mi vida?

Hugh saludó. Su voz llegó a través de la sala, una especie de voz que podía
ser tranquila y familiar, o cortar a través del fragor de una batalla.

—Siéntense, por favor. No hay necesidad de formalidades, todos somos


amigos aquí.

Era real. Él estaba aquí. La adrenalina corría a través de mí, enviando agujas
eléctricas a través de mis dedos. Si él pensaba que me daría la vuelta y abandonaría
sin luchar, estaría profundamente decepcionado.

Todo el mundo en nuestro lado de la mesa se quedó muy quieto. Todos


estaban mirándonos a Curran y a mí, y se dieron cuenta de que algo andaba muy

Kate Daniels #6
mal. La cara de Andrea se volvió blanca como la tiza. Reconoció a d'Ambray.
Antes de salir de la Orden de la Ayuda Misericordiosa, había subido lo bastante
alto en sus filas como para recibir informes acerca de Roland, que era considerado
el mayor peligro que la Orden eventualmente tendría que enfrentar. Ella observaba
a Hugh de la forma en que uno observa a un perro rabioso. Rafael se inclinó más
cerca de ella, con los ojos fijos en Hugh también. Lo sabía, también. Ella debió
habérselo dicho.

Hugh cruzó el vestíbulo y vino hacia nosotros. Alto, por lo menos un metro
noventa, era musculoso como un gladiador romano y su traje no podía ocultarlo.
Se movía con perfecto equilibrio, deslizándose como si sus articulaciones fueran
líquidas. Antes de que mi madre y Voron huyeran, Hugh había sido el protegido
de Voron. Mi padre adoptivo lo entrenó, lo perfeccionó para ser el general ideal
para dirigir los ejércitos de Roland. Luchar con Hugh sería como luchar contra mi
padre. Sería la segunda pelea más dura de mi vida. La primera sería mi verdadero
padre.

Miré las puertas. Ningún soldado. Hugh no había llamado a los refuerzos.
142
¿Pensaba que podría tomarnos a Curran y a mí por sí mismo?

Hugh estaba cada vez más cerca. Oscuro, el pelo casi negro le caía sobre los
hombros, como la última vez que lo vi. Una pequeña cicatriz marcaba su mejilla
izquierda —también un recuerdo reciente. Sus ojos eran de un intenso color azul
oscuro y se reían de mí mientras se acercaba.

Yo le devolví la mirada. Sí, el concierto había terminado. ¿Y ahora qué?

Hugh rodeó la mesa. Tendría que sentarse al lado de Curran. Dios mío.

El rostro de Curran se convirtió en una máscara inexpresiva. Me apretó la


mano y se inclinó un poco hacia adelante, colocándose entre yo y Hugh.

No le ataques, Curran. No lo hagas. No hagas. Nada.

Un Djigit sacó la silla de Hugh para él. Hugh sonrió, un lobo feliz confiado en
su guarida, y cogió un vaso. Un sirviente apareció como por arte de magia y vertió
vino tinto en él. Hugh levantó el vaso.

—Hemos sido realmente afortunados por ser la sede de la poderosa Obluda


de los Cárpatos...

Kate Daniels #6
Se volvió hacia Jarek Kral, que levantó el puño con una sonrisa indulgente.
Detrás de él, los cuatro cambiaformas aullaban, y otros se hicieron eco de sus gritos
en las mesas.

—...el famoso Volkodavi de Ucrania...

Radomil y su familia asintieron. Los miembros del Volkodavi abuchearon y


golpeaban sus mesas.

—... y los Intrépidos Belve Ravennati.

Los hermanos italianos asintieron. Sus miembros de la manada aullaban y


golpeaban la mesa.

—Hoy damos la bienvenida a los invitados de honor a nuestra humilde


morada. —Hugh se volvió hacia nosotros—. El Señor de las Bestias y su consorte
se unen a nosotros para añadir su sabiduría y experiencia a la ocasión feliz de dar
la bienvenida a una nueva vida a este mundo. Ustedes nos honran con su
presencia.
143
El silencio era ensordecedor. Ni siquiera roto por el entrechocar de las cosas.

Curran abrió su mandíbula.

—El honor es todo nuestro.

Hugh volvió a la reunión.

—Vamos a comer, beber y celebrar.

Se sentó, dejó el vaso y se volvió hacia Curran.

—Odio los discursos.

—Me lo imagino —dijo Curran, la misma expresión tranquila en su rostro.

Hugh le dedicó una rápida sonrisa.

—Pensé que podrías hacerlo. Tú y yo, somos hombres de acción. Al menos


una vez que el discurso termina, nos traen la comida.

Una cita de La princesa Prometida. Era mi libro favorito. ¿Lo sabía él o era una
coincidencia? Si lo hacía, ¿cómo diablos lo supo?

Kate Daniels #6
Una cadena de sirvientes entró en la sala, seguidos por un carro empujado
por otros cuatro. En el carrito había un enorme jabalí asado, yacía en una enorme
bandeja forrada con hojas de parra.

—Ahh. Excelente. —Hugh cogió su tenedor—. Me muero de hambre.

El corazón me latía en el pecho, como si acabara de correr un maratón. La voz


fantasmal de Voron me susurró:

—Corre. Aún no estás lista.

Si corría, Hugh mataría a nuestra gente una por una hasta que volviera. No
sólo me había atrapado, sino que había atrapado a un puñado de rehenes conmigo
también. No habría escapatoria.

Los sirvientes comenzaron a distribuir platos de gran tamaño repletos de


carne y pan. Los cambiaformas hincaron el diente. Un plato estaba en frente de mí:
un corte grueso de carne, cocinada justo lo suficiente para no estar cruda, pan, y
una granada abierta, las semillas rojas brillantes como el color de la sangre.
144
Barabas se inclinó entre Curran y yo y cortó un pequeño trozo de mi carne.

Vale.

Se lo comió, cortó un pedazo de pan, cogió un par de semillas de la granada,


se los comió y se quedó en silencio, masticando lentamente. Finalmente se inclinó
hacia mí y me dijo en voz baja.

—No está envenenado.

—Un hombre mangosta —dijo Hugh—. Muy prudente por su parte.

—No queremos ofender —dijo Barabas.

Hugh hizo una seña con la mano.

—Por supuesto. Hubiera hecho lo mismo en su lugar. Nunca se puede ser


demasiado cuidadoso.

Al parecer, había adquirido un catador de venenos personal. Hice una nota


para hablar con Barabas una vez que la cena hubiera terminado.

Desandra dijo:

Kate Daniels #6
—Tengo que ir al baño.

Andrea y yo nos pusimos de pie. Mis piernas eran de madera. Desandra rodó
los ojos y rodeó la mesa hasta la puerta de la izquierda. La seguimos. Detrás de mí,
Hugh dijo:

—Así que, Lennart, ¿cómo fue el viaje? El Atlántico puede ser peligroso en
esta época del año.

Cruzamos la sala y entramos en el pasillo. Aceleré y tomé la delantera. Nos


habíamos llevado el detalle básico de dos personas. En problemas, uno de nosotros
aseguraba al cliente, el otro enfrentaba a las amenazas. La magia estaba arriba y
eso me hacía estar mejor preparada para las contramedidas. Durante la tecnología,
cambiábamos.

—A la derecha —dijo Desandra—. ¿Las dos me verán orinar también?

—¿Por qué tu inglés suena americano? —preguntó Andrea, con su voz como
madera.
145
—Mi madre se fue dos años después de mi nacimiento —dijo Desandra—.
Una buena mujer americana me cuidó. Mi padre la contrató para que aprendiera el
idioma. Dijo que sería útil. No dejaría que me llevara a Angela conmigo cuando me
casara. Él la echó de la manada. No la he visto desde entonces.

No me gustaba Desandra. No la conocía y sería difícil de proteger, pero me


sentí mal por ella.

Delante de mí había una intersección esperando.

—¿Hacia dónde?

—Izquierda.

Giramos la esquina. Otro largo pasillo desierto iluminado con lámparas


feéricas amarillas. No había peligro. No había guardias tampoco. Mmm.

—Al fin —respiró Desandra—. Estúpido embarazo. Estúpidos bebés. No


puedo sentarme por más de dos minutos sin tener que correr al baño. Juro que si
ese pequeño bastardo, el que sea, me pega en la vejiga una vez más, le daré un
puñetazo.

Kate Daniels #6
Y mi solidaridad se evaporó.

—Si tratas de golpear a tus hijos por nacer, te detendremos.

—Relaja tus tetas —dijo Desandra—. No me golpearé a mí misma. Sólo


quiero que estos niños súper revoltosos salgan de mí ya. Aquí. Esta puerta.

Gracias, Universo.

Abrí la puerta. Un cuarto de baño típico: tres puestos, un tocador de piedra


largo, con dos lavabos. Suelo sólido, techo sólido, una pequeña ventana de
ventilación cerca del techo, seis pies de largo, seis pulgadas de ancho. Barras de
acero protegían la ventana.

Revisé los puestos uno a uno. Vacío. Salí al pasillo.

—Despejado.

bien.
—Oh, bueno. ¿Puedo hacer pis ahora? En algún momento de este siglo estaría
146
Metal contra el metal resonó detrás de nosotros. Me di la vuelta. Una sección
del suelo a nuestra derecha se deslizó a un lado, y una rejilla de metal cayó del
techo y se hundió en el suelo, sellando el pasillo y a nosotras en él.

—Eso nunca ha pasado antes —dijo Desandra.

En el lado izquierdo, algo gruñó, un sonido feo rasgado desde la izquierda,


como la grava siendo aplastada.

El pelo en la parte de atrás de mi cuello se levantó.

Una criatura dobló la esquina, enorme, de color ámbar brillante. El estruendo


volvió a sonar, pulsante, amenazando.

Saqué a Asesina de la funda y entré en el centro del pasillo.

Andrea golpeó la puerta del baño abierta, agarró a Desandra, la empujó hacia
el baño, corrió tras ella y cerró la puerta. Trabajar con Andrea era hacerlo sin
esfuerzo. Ni siquiera teníamos que hablar. En primer lugar, tendría que pasar a
través de mí, luego a través de la puerta, luego a través de Andrea. Desandra
estaría al final de ese largo viaje.

Kate Daniels #6
La bestia dio un paso hacia mí. Hola, alimaña. ¿De qué mitología saltaste?

En el cuarto de baño, el metal se quejó seguido de un ruido sordo. Andrea


estaba arrancando las puertas de los puestos y haciendo barricadas en la puerta.

La bestia ocupaba la mayor parte de la anchura del pasillo, de pie, al menos


cuatro pies de alto hasta el hombro. Piernas poderosas, casi felinas y con cuerdas
duras de músculo como cables, apoyaban un cuerpo elegante con un pecho ancho
que desembocaba en un cuello grueso, largo, pero móvil. Su cabeza era felina
también, todo alrededor, armado con mandíbulas como de jaguar, pero
extrañamente amplias. Dos pliegues subían detrás de sus hombros. No pude
conseguir una buena mirada de ellos porque me miraba de frente.

Desde este punto de vista, parecían alas. Deformes, pero alas aún así.

¿Qué diablos era eso? No era una mantícora. Había visto mantícoras antes y
eran más pequeñas, además el contorno del cuerpo era completamente diferente.
Las mantícoras estaban constituidas como perros bóxer robustos y gigantes, 147
cuadrados, con cada músculo definido en cuero marrón suave. Esta criatura era
más como un gato, constituido con agilidad y destreza de mente.
Como si hubiera oído mis palabras, la bestia dio un paso más y me sonrió,
mostrando unos dientes de ocho pulgadas.

Vaya, vaya. Terrorífico.

Me centré en la forma en que levantaba sus patas. Vivir con cambiaformas me


había dado algunos consejos. En la caza, la principal diferencia entre los gatos y los
perros se reducía a la longitud y la forma de los huesos de sus brazos. Los gatos
podían volver sus patas hacia arriba, mientras que las patas del perro estaban fijas
de manera permanente hacia abajo, un hecho que los instructores cambiaformas
machacaban en sus estudiantes cuando se entrenaban para la forma de guerrero.
La rotación de la pata de los gatos daba mayor capacidad para someter a su presa
después de que la apresaran. Era la diferencia entre un depredador de emboscada
y un cazador que necesitaba a su manada para emboscar. Esta bestia era un
depredador de emboscada. Tenía garras, golpe fuerte, y los dientes y las
mandíbulas significaban que podía pinchar a través de mi cabeza. Tenía que
tratarlo como a un jaguar.

Por suerte había practicado lucha con jaguares.

Kate Daniels #6
El monstruo dio un paso más. Cuando su pata tocó el suelo, la piel naranja se
volvió de repente irregular. ¿Y ahora qué?

Un paso más.

No era piel. La criatura estaba cubierta con escamas de color naranja fuerte y
sólo se le habían movido, como un perro con los pelos de punta. Parecían
demasiado gruesos, como conchas de mejillón. Por lo tanto: era grande, tenía alas,
era un gato, y estaba blindado. Mi lista de objetivos probables no hacía más que
encogerse. Con mi suerte, escupiría fuego.

¿Era un dragón? ¿Una especie de dragón? De alguna manera parecía


demasiado felino para eso. No es que me hubiera encontrado con muchos
dragones. El único que había visto era un no-muerto y estaba podrido, pero era del
tamaño de una gran T. Rex y su cabeza tenía las líneas reptiles marcadas. Este era
un mamífero.

No habría palabras de poder. No habría magia pesada. No con Hugh a menos 148
de doscientos metros de distancia. Él sabía que podía usar una espada, pero la
extensión de mi magia era un misterio para él y tenía que seguir siendo así el
mayor tiempo posible. Podría llegar un momento en que la sorpresa de mi magia
podría significar la diferencia entre vivir y morir.

Los brillantes ojos azules de la criatura se fijaron en mí. Un incendio se


quemaba constante y frío dentro de sus iris. La bestia parecía hambrienta. No
hambriento de comida, sino hambriento de violencia. Esta cosa no era carroñera.
Cazaba para vivir y disfrutaba un infierno haciéndolo.

Vamos a ver lo listo que eres.

—¿Podemos acelerar esto? Tengo que volver a una cena.

La bestia metió sus alas deformadas en su cuerpo y cargó.

Me entendía. Eso nunca era una buena señal.

La criatura se acercó a mí, ganando velocidad, con colmillos, sus ojos


brillando, tragándose la distancia a pasos cortos.

Cada instinto animal en mi cuerpo gritaba: ¡corre! Me mantuve firme. Era un


gato. Saltaría al final.

Kate Daniels #6
Salta, salta, salta.

Saltó.

Fue un salto glorioso, impulsado por los músculos duros como el acero de las
patas de la bestia. Se abalanzó sobre mí, garras, patas, criado para la matanza.

Me zambullí hacia adelante, girando mientras caía, y me deslicé debajo de


ella. La mayor parte del cuerpo de la bestia cayó sobre mí y hundí a Asesina
profundamente en su ingle. Sangre caliente roció mi cara y mi boca. La bestia gritó.

Sujeté su pierna izquierda contra mí, intentando evitar que me destripara, me


aferré a él y arranqué a Asesina través de sus entrañas. La criatura aulló y pasó a
mi lado con su pata trasera derecha, tratando de arañarme. Las garras hicieron
trizas mi vestido. El dolor azotó mi costado. Argh. Me dolía como una hija de puta.
La próxima vez que me dijeran que usara un vestido en lugar de cuero, se los
metería por el culo.

Apuñalé de nuevo, metiendo a Asesina más profundamente. Más sangre se


149
derramó en una inundación caliente y pegajosa. La bestia debería haber caído. No
lo hizo. Golpeó y yo revolví su interior una y otra vez. Muere ya.

La magia quemaba mi costado, como si alguien hubiera agarrado un puñado


de hielo y lo hubiera metido directamente en el corte. Mi sangre reaccionaba a un
invasor, lo purgaba de mí. Lyc-V. Esta maldita cosa era un cambiaformas.

Su regeneración significaba que no se iba a desangrar. No estaba causando el


daño suficiente. Tenía que llegar a sus órganos vitales.

Corté el ligamento de su pierna izquierda.

La bestia se lanzó al ataque, arrastrándome con ella. Corté de nuevo


intentando paralizarla, me dejó ir, y me puse de pies. Durante medio segundo
estuvo de espaldas a mí y me lancé sobre él, justo entre las alas, agarré su cuello, y
corté su garganta. El filo de Asesina se balanceó, apenas sacando sangre. Mierda.
Eso tendría que haberlo hecho. La bestia se frenó. Arranqué el collar de mi cuello,
lo até sobre su garganta y deslicé a Asesina entre los lazos.

La bestia se encabritó cuando la plata presionó su corte. Toma eso, ¿por qué no?

Kate Daniels #6
Envolví a Asesina, girando el collar como un garrote improvisado. Mi
costado se sentía como si alguien estuviera tratando de cocinarme viva.

La bestia se estremeció, gorgoteo con el collar metido más en la herida. Me


agarré con todo lo que tenía. Si caía, moriría. Se giró a la izquierda. Tiré mi pierna
una fracción de segundo antes de que se estrellara contra la pared. Envolví a
Asesina otra media vuelta, rezando para que mis dedos ensangrentados no
resbalaran.

La criatura se sacudió de nuevo. Mis brazos temblaban por el esfuerzo.

Se cayó. No había nada que pudiera haber hecho. El peso de la bestia me


inmovilizó en mi lugar. Había una aplastante presión en mi pecho. Estaba sobre
mí. Mis huesos se quejaban y gritaban.

Una vuelta más al garrote. Sólo un cuarto de vuelta.

No te desmayes. No te desmayes.
150
Sólo un cuarto de vuelta.

Me aferré. Mi respiración era entrecortada, torturada y poco profunda. La


bestia se convulsionó encima de mí.

No podía sentir mis dedos.

El gran cuerpo se puso rígido encima de mí. Una respiración sibilante y larga
se le escapó, y se quedó inerte.

Levántate, levántate, levántate. Esto por sí solo no lo haría. No estaba muerto.


Simplemente se había desmayado. Podría quedarme aquí todo el día asfixiándolo,
y el Lyc-V lo mantendría vivo.

Me arrastré, empujando el peso de mis piernas, y rodé sobre mis rodillas. El


collar había mordido profundamente la garganta de la bestia. Probablemente había
aplastado su tráquea. Tiré de Asesina. Atascada. Gruñí, levantando la cabeza de la
bestia, y giré a Asesina hacía la izquierda. Un poco más. Un poco más...

La cadena del collar comenzó a aflojarse.

Un poco más...

Kate Daniels #6
Los ojos de la bestia se abrieron de golpe, un fuego enfurecido azul. Tiré a
Asesina libre y apuñalé hacia abajo, directamente en la herida. Los huesos
crujieron bajo el acero mágico. La cabeza rodó libre del muñón del cuello.

Me deslicé contra la pared, tratando de recuperar el aliento. Descansaría aquí,


durante un segundo. Me dolía el pecho con cada respiración. Ouch.

La bestia se quedó inmóvil.

Escupí sangre de mi boca.

—¡Despejado!

Unos golpes provinieron del cuarto de baño. La puerta se abrió de golpe y


Andrea salió al pasillo.

—Mierda.

Traté de limpiar la sangre de mi cara, pero ya que mis manos estaban


ensangrentadas, unté un poco más de la sangre derramada sobre mí misma. Gran
151
idea ahí.

Desandra miró por encima del hombro de Andrea. Sus ojos se abrieron.

—¿Qué demonios es eso?

—¿Has visto uno antes? —pregunté.

—No.

Sonaba sincera conmigo. Había visto todo tipo de cosas extrañas, pero nunca
había visto uno de estos tampoco.

El cuerpo se estremeció. Andrea apuntó con la ballesta. Me puse de pie.

Las escamas de oro cocido, viscosas como el metal fundido, se contrajeron.


Un torso decapitado tirado en el pasillo. Le di una patada a la cabeza ahora
humana para poder ver la cara. Un hombre de unos cuarenta años. Pelo castaño,
barba castaña. Nunca lo había visto antes.

Andrea maldijo.

Me incliné, tratando de no hacer una mueca cuando mi pecho protestó, cogí


la cabeza por el pelo, y le mostré la cara a Desandra.

Kate Daniels #6
Ella negó con la cabeza.

—Tal vez alguien en la sala lo conoce. ¿Por qué no vamos y preguntamos?

Andrea asintió hacia el suelo.

—¿Algo de esa sangre es tuya?

—No importa ahora, ¿verdad? —Hugh me había visto aquí en el castillo. Él


había pasado por un infierno de problemas para tenerme aquí. No lo habría hecho
si no estuviera seguro de lo único que mi sangre le diría: que yo era la hija de su
jefe.

—Supongo que no —dijo Andrea.

Fuimos por el pasillo, lejos de la rejilla.

—¿Qué vamos a hacer con Hugh? —preguntó Andrea.

—Nada, hasta que sepamos cuál es su plan. 152


—¿Quién es Hugh? —preguntó Desandra.

—Alguien que ambas conocemos —dijo Andrea. Dimos la vuelta a la esquina,


cruzamos otro pasillo. El ruido de la sala se estaba acercando.

De repente Desandra se detuvo. Se cubrió el vientre con las manos. Su


expresión se aflojó.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Alguien acaba de intentar matar a mis hijos. —Desandra parpadeó y


vomitó en el suelo.

Kate Daniels #6
Capítulo 8
E
ntré en la gran sala llevando la espada en una mano y una cabeza cortada
en la otra. Todos a la vez dejaron de hacer lo que estaban haciendo y se
volvieron para mirarme. Fosas nasales se dilataron, percibiendo el hedor
de la sangre. La conversación murió.

Hugh me vio y se quedó inmóvil. O era un estupendo actor o no tenía ni idea


de lo que había sucedido.

Curran se levantó a medias de su asiento. Sabía exactamente lo que estaba


viendo. Hacían veinte minutos que había ido el baño. Ahora jirones arrancados de 153
mi vestido colgaban a mi alrededor, empapados de rojo. La sangre manchaba mi
cara y mis manos. Detrás de mí, Andrea sostenía a Desandra, que estaba pálida
como una hoja.

Levanté la cabeza.

—¿A quién pertenece esto?

Se podía oír caer un alfiler.

—¿Quién es este hombre?

No hubo respuesta.

—Se convertía en una criatura felina con alas. Alguien tiene que conocerlo.

Un sonido lento de moderados aplausos rompió el silencio. Jarek Kral me


sonrió.

—Bonita broma. Muy divertida.

Mataría a ese hombre antes de que esto se acabara.

—¿Conoces a este hombre?

Kate Daniels #6
Jarek abrió los brazos.

—Nadie conoce a ese hombre. Puedes traernos esto y contarnos esa historia
salvaje y, ¿qué se supone que debamos hacer?

—Era un monstruo —dijo Andrea.

—Todos somos monstruos aquí. ¿O lo has olvidado? —Jarek rió. Sus


cambiaformas rieron.

Desandra gritó algo en un idioma que no entendí. Jarek soltó una respuesta
burlona.

—Esa podría ser la cabeza de un sirviente por lo que sabemos. —Jarek se


inclinó y miró a Curran—. Tal vez deberías decirle a tu mascota humana que deje
de cortarle la cabeza al personal del castillo o no quedará ninguno vivo.

La gente se rió.

Pelaje gris corrió bajo los brazos de Curran y se fundió.


154
—¿Qué? —se burló Jarek—. ¿Qué, muchacho? ¿Vas a hacer algo?

Curran cerró sus manos sobre la mesa. Era una enorme mesa. Tenía que pesar
una tonelada.

La mesa crujió y dejó el suelo.

Las risas murieron. La gente miraba, sus caras sin ninguna expresión.

Curran sostuvo la mesa a un pie del suelo durante un largo segundo. Su


rostro no se veía tenso.

Alguien hizo un sonido de asfixia.

Curran dejó caer la mesa, empujándola hacia un lado, hacia donde estaba
Jarek.

—Gracias por su hospitalidad —dijo—. Creo que hemos terminado de comer


por hoy.

Dio un salto. Nuestro pueblo se levantó. Los condujo por el pasillo, luego
envolvió su brazo a mi alrededor, y nos fuimos pitando de allí.

Kate Daniels #6
***
—¿Cómo se veía? —preguntó Mahon.

Habíamos dejado a Desandra en su habitación. Tía B y George decidieron


pasar la noche allí. El resto de nosotros nos reunimos en nuestra habitación. En el
momento en que Doolittle me vio, tuve que dejar que examinara mi costado.
Entonces fui empujada, mis heridas fueron lavadas, y después les cantó para la
curación mágica.

—Alrededor de dos metros hasta el hombro, sin duda felino, cubierto de


escamas de color ámbar. Las escamas eran realmente espesas y translúcidas, con
bordes afilados. Tenía alas. —Negué con la cabeza—. No tengo ni idea de lo que es.
De lo que era.

Mahon miró a Andrea.


155
—¿Tú lo viste?

—¿Estás llamando a Kate mentirosa? —preguntó Barabas, con voz seca.

—Sí, lo vi —dijo Andrea—. Ella cortó su cuello con una cadena de plata. No
fue una alucinación.

Doolittle terminó de cantar. Me sentí agradecida, un frescor calmante se


extendió por mi costado.

—Como nueva.

—Gracias, doctor.

Los bordes de las heridas se habían pegado. Sin Doolittle, hubiera necesitado
puntos de sutura.

—¿Alas? —preguntó Doolittle.

—Alas.

—¿Con plumas?

—Más o menos —le dijo Andrea—. Las plumas no estaban completamente


formadas. Cada una era como un simple filamento, con un poco de pelusa en él.

Kate Daniels #6
Doolittle frunció el ceño.

—Las escamas que viste le añadirían peso...

—No tiene sentido—le dije—. Lo sé. Pero eso es lo que maté.

—El hecho de que tenga alas no significa que pueda volar —dijo Mahon—.
Pueden ser vestigiales.

—Definitivamente no se veían bien —dije.

Doolittle asintió.

—Voy a hacerle pruebas a la cabeza.

Mahon miró a Curran.

—Hablé con los Volkodavi y los Belve Ravennati en la cena. Ambos están
convencidos de que Jarek quiere matar a su hija. Cuando originalmente prometió
el paso, era uno de los cuatro caminos a través de las montañas. Han tenido 156
algunos desastres naturales desde entonces. Ahora es uno de dos. Hará lo que sea
para aferrarse a él.

—Demasiado obvio para Jarek —respondió Barabas—. Lo estudié y le gusta


echar la culpa a alguien más. Él habría usado un lince o un lobo, de ese modo
señalaría a una de las otras manadas. Dos pájaros de un tiro. En su lugar, utilizaron
algo que nadie había visto antes.

—La pregunta es, ¿por qué? —dijo Keira—. Jarek sigue siendo el único con
un motivo obvio. Si Desandra muere, él no tiene que renunciar al paso.

—Si ella muere, puede decir adiós a su oportunidad de besar a sus nietos —
dijo Barabas.

—Las otras dos manadas lo odian —dijo Mahon—. Si Desandra da a luz, no


se le permitirá tener a los niños. Él podría valorar más mantener el paso.

—Basta ya —dijo Curran.

Se quedaron en silencio.

Kate Daniels #6
—Estamos en alerta máxima —dijo—. Muévanse en grupos. Cierren las
puertas. Nadie se va o se queda en ninguna parte solo. Si tienen que usar el baño a
media noche, despiertan a todo el mundo y van todos de la mano.

—Tenemos que tener una reunión por la mañana —les dije—. Tenemos que
establecer los turnos de guardia y elaborar un calendario. Nos vemos en el cuarto
de Doolittle a las ocho.

—A las nueve —dijo Curran—. Ahora ella necesita descansar.

Los demás salieron de la habitación. Él la atrancó y se agachó a mi lado.

—¿Una ducha?

—Por favor.

Desapareció en el cuarto de baño. El sonido del agua era como un susurro de


los cielos. De repente me sentí muy cansada. Arrastré mis pies hasta el cuarto de
baño. Una ducha me esperaba, una casilla de azulejos, medio oculta por una 157
cortina púrpura colgando de una barra curvada. Vapor se levantaba de los
azulejos. Tiré de la cremallera de mi vestido. Estaba atascada.

Curran se acercó. Sus cuidadosas manos tocaron mis hombros. Se escuchó el


sonido de la tela rasgándose y los jirones del vestido cayeron ondeando.

—Gracias.

Me deshice de mi ropa interior en ruinas, desabroché mi sostén, que cayó al


suelo, y entré en la ducha. La lluvia caliente de la ducha cayó sobre mí. El agua roja
se arremolinaba a mis pies. Cerré los ojos y me puse bajo el agua. Inhalé, exhalé. La
lucha había terminado. Todo el mundo había sobrevivido. La guerra acababa de
empezar.

Revisé mi costado. Doolittle era un hacedor de milagros. Las heridas


superficiales ya estaban cerrando y rayas de piel más pálida cruzaban mi
bronceado. Cogí el champú y lo froté en mi pelo hasta sacar espuma. Olía a jazmín.
Tomé una manopla y comencé a frotar: cuello, pecho, estómago, hombros...

Curran se extendió por encima de mi hombro. Me di cuenta de que estaba


desnudo, de pie en la ducha conmigo.

Kate Daniels #6
Tomó la manopla de mis dedos y frotó mi espalda. El agua salpicaba sobre
nosotros. Cerró sus brazos a mi alrededor y sentí su cuerpo musculoso deslizarse
contra mi espalda. En todo el mundo, no había mejor lugar que estar envuelta en
él.

Sus brazos estaban tensos. La tensión vibraba en sus músculos, como una
corriente eléctrica bajo su piel.

Me giré aún dentro de sus brazos. Apoyó la frente en la mía. Cerré los ojos.
Ser atacada por bestias extrañas podía manejarlo. Estar en la misma habitación con
Hugh...

—Una palabra —susurró, con la voz tensa por la ira reprimida—. Di una sola
palabra y lo destrozaré. No verá salir el sol.

Lo miré a los ojos y supe que lo haría. Saldría de la ducha, cambiaría de


forma, y lucharía con Hugh hasta que uno de ellos dejase de respirar. Si yo estaba a
su lado, él lucharía con Hugh para que pudiera ser libre, y si salía corriendo, 158
pelearía con él para que pudiera escapar. Nadie en mi vida me había amado tanto.

Y por mí y Hugh, y por Jarek, ahora Curran estaba atrapado conmigo en este
castillo. La furia hervía en mi interior.

—No —me obligué a decir—. Todavía necesitamos la panacea.

Curran apretó sus dientes.

Quería ir a casa. Quería volver a la Fortaleza. Me cortaría el brazo para


teletransportarnos a todos de nuevo allí y olvidar que alguna vez llegamos aquí. La
frustración creció en mi interior, alimentada por el miedo y la ira. No había
absolutamente nada que pudiera hacer al respecto ahora. Correr y luchar con
Hugh se sentiría genial, pero condenaría a todos los que vinieron con nosotros y a
todos los que se quedaron en casa.

Puse mi cabeza en su hombro. Mis manos se apretaron en puños por su


cuenta.

Me abrazó.

—Lo sé —dijo—. Lo sé.

Kate Daniels #6
Nos quedamos así durante mucho tiempo, el agua de la ducha cayendo sobre
nosotros. Poco a poco, me di cuenta de que mis pechos se apretaban contra él, que
él estaba duro y que los dos estábamos desnudos.

Me incliné y besé a Curran, le lamí en el punto sensible bajo su mandíbula. Mi


lengua saboreó su barba rasposa. Mi cuerpo se puso alerta, de pronto siendo
consciente y regocijándose en el hecho de que estaba viva. Acaricié su rostro,
deslizándome contra la marea negra, en la dura pared de su pecho.

Un bajo sonido masculino salió de él, frustración y necesidad, todo en uno.

—¿Te duele el costado? —susurró.

Lo quería muy desesperadamente. Necesitaba estar en ese lugar donde sólo


los dos podíamos estar y nada excepto el amor existía. Sentía que si no podía
tenerlo, iba a estallar. Negué con la cabeza, le besé en la boca con los ojos abiertos,
y vi el preciso momento en que dejó de contenerse. Sus labios se cerraron sobre los
míos. Su lengua se deslizó en mi boca. Su sabor, el sabor ahumado, varonil, era 159
embriagador. Mi cuerpo se disparó a toda marcha. Cada célula se centró en él,
gritando: ¡más, más, más! Sentí sus manos acariciando mi espalda, saboreé su boca,
sentí cada duro centímetro suyo presionado contra mí. Deslicé mi mano hacia
abajo y acaricié su caliente longitud.

Él hizo un ruido áspero, un gruñido nacido del placer.

Dios mío, tengo que tenerlo en este momento o me pondré a llorar.

—Te deseo tanto —susurró.

Abrí mis brazos.

Nuestra furia, nuestra preocupación, nuestra frustración y nuestra necesidad


chocaron. Él me alzó y me colocó en sus caderas, sus manos debajo de mi culo. Me
sentí muy viva. Cerré mis piernas alrededor suyo. Los músculos de sus hombros se
hincharon bajo mis dedos, fuertes como cables de acero. Él me miraba, sus ojos
grises luminiscentes con chispas de oro y llenos de pura dicha. Realmente
necesitaba eso y me sentí mareada.

Me besó en la garganta, avivando el fuego dentro de mí. Me eché hacia atrás


y dejé que me besara más. Lamió mis pechos, chupando mis pezones. La sacudida
de deseo latía dentro de mí, líquida y eléctrica, y cuando él se clavó dentro de mí,

Kate Daniels #6
caliente y duro, ya no me importó nada más que él. No quería pensar. Sólo quería
sentir su toque.

Mi espalda apoyada contra los fríos azulejos. Se deslizó dentro de mí una y


otra vez, bombeando a un ritmo suave dentro del calor líquido. Un anhelo fue
creciendo dentro de mí, cada embestida enviando un pulso de placer resbaladizo a
través de mí, que me impulsaba más y más alto. Mis pezones estaban tan
apretados que me dolían. Mis piernas temblaban. Mis articulaciones se volvieron
líquidas. La anticipación crecía dentro de mí, como una marea que amenazaba con
llegar a la cresta. Él empujó otra vez. La dicha explotó dentro de mí. La ola llegó a
la cresta y me ahogó en placer, cada contracción de mi orgasmo un éxtasis en sí
mismo. Grité. Un momento después, gruñó y se vació él mismo dentro de mí.

—Me vuelves loco —me dijo.

—Mira quién habla.

*** 160
Cinco minutos más tarde, de nuevo lavados y cansados, salimos de la ducha.
Curran se tumbó en la cama. Yo me obligué a mí misma a vestirme —ya que
podríamos terminar saltando de la cama directamente a una pelea— y después me
desplomé a su lado. Sobre nosotros, el absurdo dosel púrpura se movía
suavemente por la brisa de la noche. El viento frío se sentía bien en mi piel.

Se volvió sobre su costado, me abrazó y me susurró al oído, en voz tan baja


que pensé que lo había imaginado.

—Lo dije en serio. Una palabra y nunca volverás a ver su cara otra vez. Por la
mañana, este castillo será una hoguera y nosotros navegaremos a casa.

Tenía que hablar con cuidado. La gente nos escuchaba. Le susurré:

—Si navegamos por la costa suroeste, pasaremos por las ruinas de Troya.
¿Recuerdas la historia de Paris y Helena?

—Sí —dijo.

Paris, hijo predilecto de Troya y rudo arquero, había navegado a Esparta.


Llegó bajo una bandera de tregua. El rey espartano lo trató como a un invitado de

Kate Daniels #6
honor, y luego Paris robó la esposa del rey, Helena, y vació su tesoro. En realidad,
nadie sabía si había secuestrado a Helena o si ella se había ido con él. Su marido
podría haberla amado o golpeado todos los días. Pero Grecia entera se unió contra
Paris. Al final, Troya era una ruina humeante.

Besé su mandíbula.

—El arco y la flecha nunca fueron lo tuyo.

Apretó los dientes, haciendo que los músculos de su mandíbula se abultaran.

Habíamos prometido ser imparciales. Vinimos en son de paz. Si rompíamos


esa paz y comenzábamos un baño de sangre, conseguiríamos un baño de sangre a
cambio. Nadie lo vería como el acto de un hombre intentando salvar a la mujer que
amaba del señor de la guerra de su padre. Las manadas Europeas lo convertirían
en un acto de traición de un hombre que no podía soportar ser insultado.

Atacar a Hugh sería un acto de guerra. Por no hablar de que no estaba al cien
por cien segura de que incluso si los dos le combatíamos, pudiéramos sobrevivir a
161
la pelea. Cualquiera que fuera el resultado, Roland tendría una excusa para
quemar la Fortaleza hasta los cimientos. Él ya veía a la manada de Atlanta como
una amenaza, y eso sería la sabrosa guinda-masacre del pastel. En el momento en
que llegáramos a casa, nos preocuparía que las personas que conocíamos
estuvieran muertas.

—Lo siento —le susurré—. Lo siento mucho.

—¿Por qué?

—Porque esto es mi culpa. —Yo era la razón de que todos estuviéramos


atrapados allí. No lo había causado, pero era la razón.

Me atrajo hacia él y me apretó.

—Tú eres digna de la lucha —dijo en mi oído.

No tenía ni idea de lo mucho que lo amaba.

—Todos nos ofrecimos como voluntarios —susurró—. Y sin ti, no tendríamos


ninguna oportunidad por la panacea. La necesitamos desesperadamente.

Kate Daniels #6
Nos quedamos en silencio. Durante un largo momento, simplemente disfruté
de estar a su lado. Si sólo esto pudiera durar...

—Él no me ha atacado a la vista —le susurré—. Eso significa que querrá


hablar conmigo.

—No —dijo Curran—. No a solas.

—Tarde o temprano esa conversación tiene que suceder. Si él planeara


matarme, ¿por qué pasar por todo este problema? Sabía dónde estaba. Podría tan
solo haber puesto un francotirador en el tejado en la calle de enfrente y meterme
una bala en la cabeza mientras abría la oficina.

Curran exhaló su frustración.

—Haré todo lo posible para mantenerte a salvo.

—Lo sé —le susurré—. Y yo haré lo mismo por ti.

No deberíamos haber venido aquí. Cerré los ojos. Tenía que dormir. Mañana
162
sería otro día, otra pelea. Mañana, Hugh se acercaría a mí y tenía que ser fuerte.
Una vez que me diera cuenta de cuál era su punto de vista, las cosas serían mucho
más simples.

Kate Daniels #6
Capítulo 9
A
brí los ojos. La magia estaba abajo y Curran se había ido. El reloj
marcaba las siete y diez. Un montón de tiempo para vestirse y llegar
al cuarto de Doolittle a tiempo para la reunión.

Un plato me esperaba en la mesa, cubierto con un trozo de papel. La nota


decía en los garabatos ásperos de Curran: Voy a hablar con Mahon. Las manadas
quieren reunirse para “discutir cuestiones”. No olvides comer.

Bajo el papel, el plato contenía dos huevos y un pedazo tamaño león de


jamón. Me comí un tercio de este, me lavé los dientes, me puse mis pantalones, y 163
sujeté mi espada. Nuevo día, nueva batalla.

Nuestras bolsas habían sido traídas de la nave. Busqué en ellas y saqué mi


ejemplar destartalado del Almanaque de Criaturas Mitológicas. Lo había leído de
principio a fin tantas veces que había memorizado páginas enteras, pero a veces
mirarlo me ayudaba a conectar los puntos.

Nunca había oído hablar de cambiaformas que se convirtieran en gatos


alados, pero como el Lyc-V estaba presente en su sangre, lo más probable era que
el mecanismo de transformación fuese el mismo: que el virus infectara a una
criatura y luego esta infectara a un humano. El primer paso consistía en averiguar
qué criatura era.

Los gatos con alas no eran el motivo más común en la mitología, pero sí
habían existido. Freja, una diosa nórdica, tenía un carro que recorría el cielo tirado
por dos gatos gigantes, Brygun y Trejgun, los que probablemente tenían alas. Eran
azules y no naranjas, y no cambiaban de forma. La esfinge era un felino con alas y
con cola de serpiente, y también tenía rostro de mujer. Tenía el poder de la palabra,
y de nuevo, sin escamas. Los grifos tenían cabezas de águila, por lo que podría
descartarlos. Había visto un mantícora, y no era una.

Kate Daniels #6
Revolví dentro de las bolsas, en busca de más libros. El Bestiario Heráldico me
informó que un león alado era el símbolo de San Marcos en Venecia. Eso no
ayudaba precisamente, a menos que Lorelei hubiera ido a Venecia y hubiera traído
una pandilla de gatos alados depredadores para matarnos a todos y secuestrar a
Curran.

Hombre, ella realmente se las había arreglado para llegar bajo mi piel.

No, lo más probable era que el león de San Marcos fuera una referencia a los
cuatro profetas de Ezequiel. Mateo era retratado como un ser humano, Marcos
como un león, Lucas como un toro, y Juan como un águila. Comprobé el
Apocalipsis; siempre era bueno para todo tipo de bestias extrañas.

Algo me fastidiaba. Me concentré en ello. Apocalipsis. Para entender


realmente el Apocalipsis, uno tenía que leer el libro de Daniel. En algún momento
debí haber encontrado algo en el libro de Daniel que era relevante para esto,
porque mi cerebro me decía que lo mirase.
164
Vamos a ver: Corán, Mitología de los Pueblos del Cáucaso... Tenía que haber
empaquetado una Biblia. Sé que sí.

Le di la vuelta a la bolsa. Los libros se esparcieron por el suelo. Una pequeña


y verde edición de la Biblia se dejó caer. Te tengo.

Me senté en el suelo y pasé las páginas. Estaba tan concentrada que cuando
finalmente lo encontré, me quedé mirándolo durante unos segundos para
asegurarme de que realmente estaba ahí. Estaba en el capítulo siete, donde Daniel
describía algunas bestias mágicas en uno de sus sueños proféticos.

La primera era como un león y tenía alas de águila: Yo estaba mirando hasta que sus
alas fueron arrancadas, y fue levantada del suelo y puesta enhiesta sobre sus pies a manera
de hombre, y le fue dado el corazón de un hombre.

Se me erizó el pelo del cuello.

Un cambiaformas. Un cambiaformas felino con alas, que tenía la capacidad


de transformarse en un hombre.

Me devané los sesos tratando de recordar lo que sabía acerca de Daniel. Era
un noble judío que, junto con otras tres personas, había sido llevado a Babilonia
alrededor del año 600 antes de Cristo para servir como consejeros en la corte del

Kate Daniels #6
rey babilónico Nabucodonosor II, cuyo principal reclamo en la fama histórica era la
construcción de los Jardines Colgantes. Daniel tenía muchos sueños proféticos y
apocalípticos y por todas las cuentas vivió hasta una edad muy avanzada,
logrando sobrevivir a la tóxica política de Babilonia.

¿Qué podría posiblemente haber encontrado Daniel en Babilonia para tener


esta visión? Las criaturas sólo remotamente similares eran los asirios Lamassu4,
pero no había registros de que fueran cambiaformas. El Imperio Asirio estaba en
una región que conocía bien. La antigua Asiria, Babilonia y Nínive estaban ahí
mucho antes de la historia. Eran las flores que crecían en el cementerio donde
estaba el cadáver del otro poderoso imperio de mi padre.

El reloj indicaba que casi era la hora de la reunión. Tendría que volver a ello
más tarde. Apilé mis libros en un rincón de la habitación, tomé la Biblia y el
Almanaque, me fui directa hacia la habitación de Doolittle, y golpeé los nudillos en
la puerta.

—¡Entra! —gritó Eduardo. 165


Abrí la puerta. Una gran sala se extendía ante mí, prácticamente tan grande
como la suite de Desandra. Dos puertas estaban abiertas, una a la izquierda que
conducía a un dormitorio y la de la derecha daba a un cuarto de baño. Las dos
mesas de la izquierda se habían fijado en forma de L, con viales de vidrio y vasos
de precipitados. Doolittle estaba sentado en la esquina de la L mirando a través de
un microscopio. A la derecha, dos sillones de felpa de gran tamaño flanqueaban
una mesa de café. Derek se sentaba en el más cercano, sosteniendo unas cartas en
la mano. Las había juntado en un solo montón. Frente a él, Eduardo vagueaba,
ocupando todo el sofá. Tenía las cartas en un amplio abanico.

—¿Qué quieres decir con entra? Ni siquiera sabían quién era.

—Por supuesto que sabemos quién eres —dijo Derek.

—Te olió venir —dijo Eduardo.

La vida con hombres lobo. ¿Por qué yo?

Me dejé caer en una silla junto a la mesa de Doolittle.

4 Asirios Lamassu: Divinidad protectora, consistente en un híbrido legendario, principalmente de


la mitología asiria, que poseía cuerpo de todo o león, alas de águila y cabeza de hombre.

Kate Daniels #6
Él me miró. Un par de gafas descansaban en su nariz.

—¿Por qué llevas gafas? ¿El Lyc-V no te da una visión veinte-diez? —


pregunté.

Doolittle tocó sus gafas.

—Sí, pero estas me dan 22.

Su voz con sus matices de las costas de Georgia me dio tanta nostalgia que
casi lo abracé.

—¿Cómo está la cabeza?

—Fragante. —Doolittle abrió un refrigerador que estaba situado a su lado.


Dentro descansaba la cabeza cortada, envuelta en plástico y medio sumergida en
hielo.

—¿Algo?
166
Doolittle se echó hacia atrás.

—Es un cambiaformas. La sangre reacciona a la plata y muestra la presencia


de Lyc-V.

—¡Ajá! Así que no estoy loca.

—Definitivamente estás loca —dijo Derek—. Pero de una manera


desquiciadamente entrañable.

Eduardo resopló.

—No me hagas ir hasta allí. —Miré a Doolittle.

—Están traviesos esta mañana —me dijo—. Desafortunadamente, mis


recursos aquí son limitados. No tengo acceso a ninguno de los métodos de
secuenciación genética que tengo en casa.

Había más que eso, podía sentirlo.

—¿Pero?

—Pero tengo la prueba Bravinski-Dhoni.

Kate Daniels #6
—Nunca he oído hablar de eso.

Doolittle asintió con una pequeña sonrisa.

—Eso es porque no es muy útil en circunstancias normales. No es precisa. No


obstante, es muy fiable.

Empujó un bastidor de madera con tubos de ensayo hacia mí. Cada uno
estaba medio lleno de sangre. Una pequeña etiqueta identificaba cada tubo de
ensayo: oso, lobo, visón, hiena, mangosta, chacal, lince, tejón, león y rata.

La mayoría de ellas probablemente venían de nuestro equipo.

—¿De dónde sacaste el chacal, el lince y la rata?

—Los locales —dijo Eduardo.

—Hibla se molestó —explicó Derek—. Cuando luchaste, alguien desplegó


una puerta que cerraba el pasillo. El mecanismo de la puerta estaba siendo
custodiado.
167
—Déjame adivinar, el guardia local fue asesinado de una manera horrible.

—Probablemente —dijo Derek—. El cuerpo no se encontró, pero había una


gran cantidad de sangre. Hibla quiere saber lo que está pasando.

Doolittle cogió una pipeta y la sumergió en el tubo de ensayo lobo.

—La esencia de la prueba se basa en las propiedades de asimilación del Lyc-


V. Cuando nos enfrentamos a un nuevo ADN, busca incorporarse.

Destapó el tubo de ensayo oso y dejó caer dentro dos gotas de la pipeta. La
sangre se volvió negra, se arremolinó y se disolvió.

—Asimilada —supuse. El Lyc-V había destruido el ADN extraño.

—Precisamente. —Doolittle cogió un tubo de ensayo marcado como Oso II—.


La sangre en el tubo de ensayo es de Georgetta, pero la sangre delante de ti es de
su padre.

Aspiró un par de gotas del tubo de ensayo de George y los dejó caer en la
sangre de Mahon. No ocurrió nada.

—La misma especie.

Kate Daniels #6
—Pero, ¿no le afectaría la diferencia en el ADN humano?

—Lo hace, pero no verás una reacción dramática. —Doolittle se inclinó hacia
delante—. Hemos probado la sangre del hombre que mataste con todos estos.
Todos y cada uno dieron una reacción.

—¿Incluso el lince y el león?

Doolittle asintió.

—Sea lo que sea, puede parecer felino, pero no lo es. Si lo es, su ADN es
significativamente diferente al del lince o al león.

—Entonces, ¿hacia dónde vamos desde aquí?

—Tratamos de conseguir más muestras —dijo Doolittle.

Eso sería problemático, por decir algo. Traté de imaginarme caminando hacia
los Volkodavi o los Belve Ravennati y decirles:
168
—Hola, sospechamos que uno de los suyos podría ser un monstruo terrible, ¿podemos
tomar un poco de su sangre?

Sí. Ellos simplemente se arrodillarían para donar una muestra.

—Podría pelear —dijo Derek—. Obtener un poco de sangre de esa manera.

—Sin peleas. No empezamos nada. Sólo reaccionamos.

—Eso es exactamente lo que dije. —Doolittle posó su mirada fija en Derek—.


Además, Kate, si encuentras otra muestra, trata de mantenerle vivo a él o a ella
hasta que yo llegue.

Ja, ja.

—Lo haré, doctor. Me toca a mí. —Abrí la Biblia y le mostré el versículo de


Daniel.

Doolittle leyó, levantó las gafas sobre su frente, y leyó de nuevo.

—He leído la Biblia cientos de veces. No recuerdo haber leído esto.

—No lo estabas buscando.

Kate Daniels #6
Derek se acercó y leyó el versículo.

Les conté brevemente la historia de Daniel.

—Las bestias en el sueño de Daniel solían interpretarse en el sentido de


reinos, en este caso Babilonia, que con el tiempo caería de su gloria. Pero si se
tomaba literalmente, podría significar un cambiaformas.

—¿Hubo gatos alados en Babilonia? —preguntó Doolittle.

—Los únicos que estaban cerca eran los Lamassu —les dije—. Los Lamassu
servían como guardianes en la antigua Asiria. Asiria abarcaba cuatro países
modernos: el sur de Turquía, Irán occidental y el norte de Irak y Siria. A los Asirios
les gustaba guerrear, y pelearon contra Babilonia, Egipto, y casi todos los que
podrían conquistar razonablemente en la antigua Mesopotamia alrededor de dos
mil años. Cerca del seiscientos A.C, los babilonios, sumerios y escitas, todas las
naciones que alguna vez habían pagado tributo a Asiria, finalmente se juntaron y
la saquearon. No tenemos muchos registros de los asirios. Dejaron algunas 169
ciudades en ruinas y relieves de piedra que representan cosas divertidas como
empalamientos de pueblos enteros subyugados y paseos en carruajes para cazar
leones.

—Gente divertida, los antiguos asirios —dijo Derek—. Cazaban, cantaban,


bailaban y empalaban personas.

Un chiste. Al fin.

—Más o menos. También construyeron a los Lamassu, estatuas de piedra


maciza que custodiaban la puerta de la ciudad y las entradas a los palacios asirios.

Abrí el Almanaque y les mostré la foto de las estatuas colosales.

—Cara barbuda humana, cuerpo de león o toro, y con alas.

—¿Por qué cinco patas? —preguntó Doolittle.

—Es conceptual: desde la parte frontal el Lamassu parece estar parado, pero
desde el lado parece caminar. Aquí hay una cosa interesante: Asiria no estaba tan
lejos de aquí, alrededor de mil seiscientos kilómetros al suroeste en línea recta. Son
más de mil kilómetros de montañas y caminos terribles, pero en términos
nacionales, la antigua Asiria y la antigua Cólquida eran prácticamente vecinas.

Kate Daniels #6
Derek frunció el ceño ante la imagen.

—Pero tienen rostros humanos —dijo Eduardo—. Y sin escamas.

Asentí con la cabeza.

—Y ese es el problema. También hay docenas de teorías en cuanto a quién o


qué representaban los Lamassu, pero ninguna de ellas dice que eran malas o que se
comían a las personas. Eran vistos como guardianes benevolentes. La gente ha
encontrado amuletos de Lamassu con hechizos protectores sobre ellos, y los asirios
modernos todavía tienen sus imágenes en sus casas.

Doolittle estudió la imagen.

—Mostrar a una criatura con cinco patas demuestra comprensión en lugar de


observación.

—¿Qué quieres decir con comprensión?

—No sólo siguieron el modelo natural e ilustraron exactamente lo que


170
observaban —dijo Doolittle—. Ellos entendieron la diferencia entre la percepción y
la realidad, y retrataron un concepto en lugar de copiar exactamente lo que veían.

Doolittle tomó un pedazo de papel y un lápiz y comenzó a dibujar.

—Cuando nacemos, comenzamos con el pensamiento concreto. Percibimos


sólo lo que vemos y oímos. —Nos mostró el pedazo de papel. En él, una paloma se
elevaba por encima de una jaula rota.

—¿Qué ves?

—Un pájaro que vuela lejos de una jaula rota —dijo Derek.

—¿Qué simboliza?

—La libertad —dije.

—¿Qué más?

—Escapar —dijo Eduardo.

Doolittle se volvió hacia Derek.

Kate Daniels #6
—Dejar lo seguro para poder ser más —dijo Derek—. La jaula es lo que
conoce el pájaro, el cielo es todo lo que quiere conocer, incluso si es un riesgo.

—¡Ah! —Doolittle levantó el dedo índice—. Todos esos son ejemplos de


pensamiento abstracto. Toda nuestra cultura está basada en la idea de que un
mismo concepto puede tener muchas interpretaciones diferentes. Animamos
activamente el desarrollo de esta habilidad, ya que nos ayuda a resolver nuestros
problemas de nuevas maneras. Así lo hicieron los antiguos asirios, al parecer. Al
mirar el Lamassu, tenemos que considerar no sólo lo que es, sino todo lo que
puede representar. No podemos llevarlo a su valor nominal.

La pregunta del millón de dólares era, ¿qué representa un toro con escamas,
rostro humano y alas?

Un golpe sonó y Andrea y Rafael entraron en la habitación. Keira acechaba


detrás de ellos y le hizo un guiño a Eduardo.

—Deja de hacer eso —le dijo Eduardo. 171


Me incliné hacia Doolittle.

—¿Qué crees que representa?

—Déjame pensar en ello —dijo.

Barabas fue el último en llegar. Nos faltaban Curran y Mahon, y tía B y


George, que custodiaban a Desandra. Tendría que ser suficiente.

—A Desandra no le va bien con los hombres —dije—. Tenemos que tener una
mujer con ella en todo momento. Estoy pensando en tres turnos, dos personas por
turno. De medianoche a ocho, de ocho a cuatro, y de cuatro a medianoche.
¿Voluntarios?

Rafael levantó la mano.

—Tomamos de ocho a cuatro.

—Puedo tomar de cuatro a medianoche —dije—. Necesito un compañero.

Derek levantó la mano. Perfecto.

—Tomaré el de medianoche hasta las ocho —dijo Keira—. No me importa


dormir en la habitación y hablé con George anoche. Trabajaremos bien juntas.

Kate Daniels #6
—¿Y yo qué? —preguntó Eduardo.

—Tú y nuestro buen doctor están unidos por la cadera durante el resto de
nuestra estancia aquí —dije—. Tengo la sensación de que Curran estará ocupado.

—Lo estará —confirmó Barabas—. Tengo varias solicitudes de reuniones con


él. Es un árbitro, por lo que las manadas probablemente lo quieran allí a la hora de
decidirse a hablar.

—Eso nos deja contigo, Mahon, y tía B —dije—. Hablaré con los dos y veré si
les importaría actuar como refuerzo en caso de que necesitemos ayuda adicional,
doce horas de guardia con doce horas de descanso. Instrucciones, las mismas que
anoche hasta nuevo aviso: que no vayan a ninguna parte solos, no tomamos
riesgos, y sobre todo, no nos permitimos ser provocados. Una última cosa: la
persona más peligrosa en este castillo no es Jarek Kral o cualquiera de los otros
alfas. Es Megobari.

Keira enarcó las cejas. 172


—Me has visto luchar —dije—. No puedo explicar por qué ahora, es
complicado y estamos siendo escuchados, pero digo esto con cada onza de
credibilidad que tengo: es extremadamente peligroso. Tiene los medios y la
capacidad de matar a todas las personas en esta sala y lo hará sin ninguna duda.
No lo subestimen.

Si las criaturas con las que luchábamos eran de hecho Lamassu, Roland sabía
de ellos. Incluso podría haberlos utilizado, lo que significaba que Hugh podría
usarlos también. No tenía ni idea de con qué fin. Pero me gustaría saberlo.

***
Cuando la reunión terminó, Rafael, Andrea y yo fuimos a la habitación de
Desandra. Ellos empezaban su turno y yo quería comprobar a Desandra.

—Estaba pensando —dijo Andrea.

—Ese es un hábito peligroso.

—Sigo diciéndole eso —dijo Rafael.

Kate Daniels #6
—Ay, ustedes dos. De todos modos, estaba pensando que deberíamos
presionar a Desandra. Ella conoce a ambos clanes. Tiene que tener una idea de lo
que está pasando.

—¿Crees que pueda manejarlo? —Desandra me parecía casi tan estable como
las islas hawaianas; se veía bonita, pero si la buscabas lo suficiente, encontrarías un
volcán. Lo último que quería era que se autodestruyese en mi turno.

—Por supuesto. Ya la viste. No tiene a nadie con quien hablar. Mientras


vayamos poco a poco y usemos guantes de seda, estará encantada de charlar.
Vamos a tener una charla de chicas con ella.

Charla de chicas, correcto.

—Me quedaré en el pasillo —nos dijo Rafael.

Un minuto después, Andrea y yo entramos en la habitación de Desandra.


George estaba sentada en la cama con Desandra, que parecía tan sombría como era
posible sin cruzar los brazos y sacar el labio inferior hasta el tope. Tía B nos sonrió 173
de una manera benigna, mientras George cuidadosamente trenzaba el cabello de
Desandra.

Jirones de papel de regalo brillante plateado y pedazos de cartón llenaban la


alfombra. A su lado yacía un inodoro roto con una escobilla en su cuenco, con un
lazo y una tarjeta colgando.

Largos mechones de pelo rubio yacían en la alfombra, sobre el papel de


regalo. Sus extremos estaban ensangrentados.

Señalé el cepillo.

—¿Qué es esto?

—Su padre le envió un regalo —dijo George, con los dientes apretados—. La
tarjeta dice: Así tendrás algo con que defenderte la próxima vez.

Ese maldito bastardo.

Asentí hacia el cabello.

—¿Y eso?

Kate Daniels #6
—Después de recibir el regalo, nos pusimos un poco emocionales y nos
arrancamos un poco de pelo —dijo tía B—. Pero entonces decidimos que nuestro
cabello es bonito y que no debemos desfigurarnos, sobre todo porque eso no le
hará daño a nuestro querido padre. Ni siquiera un poco.

—Crecerá de nuevo —dijo Desandra.

—No te preocupes —le dijo George—. He escondido todos los puntos calvos.

—¿Por qué no te largaste hace tiempo? —dijo Andrea—. Sólo salir y seguir
caminando hasta terminar en algún lugar donde nadie haya oído hablar de Jarek
Kral.

Desandra se encogió de hombros.

—¿Y qué? ¿Ser qué? Soy alguien aquí. Esto es todo lo que conozco. Además,
¿dónde podría ir para que él o uno de esos idiotas que casó conmigo no me
encontraran?
174
George terminó con el pelo y se levantó de la cama.

—Es toda suya, señoras —dijo tía B—. Vamos a refrescarnos.

Andrea se estacionó en la puerta. Llevaba dos SIG-Sauers en su funda de


cadera, una escopeta de asalto militar en la espalda, y probablemente algunas
armas más en lugares en los que no podía verlas.

—¿Cómo te sientes hoy? —pregunté. Kate Daniels, maestra en conversación


de chicas.

—Como la mierda. ¿Alguna vez has estado embarazada?

—No.

—Voy a resumírtelo: te duelen los pies, te duele la espalda, las caderas


también duelen. Nada de tu ropa te queda bien, debido a que tu maternica5 se
extendió desde el tamaño de una manzana al de una pelota de baloncesto. Las
pequeñas criaturas dentro de ti permanecen pateando y girando. No puedes comer
cosas que normalmente comes; te hacen enfermar. En su lugar, comes cosas
extrañas como pepinos marinados y no puedes parar hasta que también te caen

5 Maternica: Útero en idioma eslavo.

Kate Daniels #6
mal. Lo peor de todo es que ya no eres una persona. Eres un contenedor. Todo el
mundo te mira esperando que estalles sacando al bebé.

Me mordí la lengua antes de decir algo que pudiera deprimirla.

—Olvida mi pregunta.

Desandra se encogió de hombros.

—¿Y los chicos? —dijo Andrea—. ¿Alguno de ellos viene a verte?

—Radomil vino dos veces. Gerardo también lo hizo, pero él es... —Desandra
movió sus manos alrededor como si fuera un perro infantil.

—¿Torpe? —supuse.

—Sí. A Radomil no le importa. A él sólo le gustan los bebés. Pero me ofrecí


para que Gerardo sintiera sus patadas y me dijo que no sabía si era su hijo o el de
Radomil dando patadas. —Desandra suspiró—. Él cree que soy una puta porque
me acosté con Radomil.
175
Andrea agrandó los ojos y asintió. Sigue adelante.

Bueno, seguir. Podía hacer esto.

—¿Por qué te acostaste con Radomil?

Andrea se puso la mano sobre la cara. Me frunció el ceño. Sabes qué, pez gordo,
hazlo tú y yo me pongo de pie junto a la puerta.

Desandra se enderezó.

—No soy una puta, si es eso lo que estás preguntando.

—Yo no he dicho que lo fueras. Sólo estoy tratando de darle sentido a las
cosas. Creo que es evidente que alguien está tratando de matarte. Cuanto más
sepa, mejor podré anticiparme a las nuevas amenazas.

Desandra suspiró de nuevo.

Kate Daniels #6
—Está bien. Cuando tenía diecisiete años, ese hajzel6, mi padre, me casó con
Radomil. Radomil estaba en sus veinte años. Pensé que mi vida había terminado,
pero luego me di cuenta de que no podía ser peor que lo que tenía en casa.

—¿Cómo fue? —preguntó Andrea.

—No estaba mal, en realidad. Viven en este lugar en la colina en Ucrania.


Había huertos y bosques por todas partes. Villas. Nos gustaba ir a la ciudad todos
los sábados y pasábamos por el mercado. Radomil siempre me compraba algo. Es
un buen tipo. —Desandra se inclinó hacia delante—. Muy bueno en la cama. Me
refiero a realmente, realmente bueno. Yo no salía mucho. Estábamos ocupados. Ya
sabes.

Sí, sí, lo tenemos. Tenías un montón de jodienda.

—¿Y su familia?

—Ellos están bien. Su hermana, Ivanna, es agradable, y ella y su hermano son


más o menos los cerebros. Radomil... no es estúpido. Él sólo... piensa en formas 176
simples. No se preocupa por la política. Ya casi sabía después de un mes que él
nunca estaría a cargo.

—¿Cuál es su bestia? —pregunté.

—Es un lince. Toda su familia lo es.

—¿Qué pasó con sus padres? —preguntó Andrea.

—Murieron. —Desandra se encogió de hombros—. Los asesinaron hace unos


años, cuando luchaban por su territorio. Son Radomil, dos hermanos y dos
hermanas. Ah, y su abuelo. Es muy viejo. Camina con un bastón y la mitad del
tiempo no sabe dónde está. Me gustaba vivir allí. Realmente no me implicaban
mucho, pero era demasiado joven, así que no me importaba.

—Entonces, ¿por qué rompieron? —pregunté.

—Mi padre canceló mi matrimonio. Sólo viví con Radomil durante cinco
meses. Kral fue y me llevó con él.

6 Hajzel: Hijo de puta en eslovaco.

Kate Daniels #6
—¿Radomil no peleó por ti? —preguntó Andrea. Lo pude ver en su rostro. Si
alguien trataba de llevarse a Rafael lejos de ella, mataría a todo el que se
interpusiera en su camino para mantenerlo consigo.

Desandra negó con la cabeza.

—Él no quería que me fuera, pero su hermano lo convenció de lo contrario.


Tres años después me casé con Gerardo. Estuve con él durante dos años.

—¿Te gustaba?

Desandra se miraba las manos, con el rostro cansado.

—Sí. Me gustaba. Pero eso no importa ahora.

—Sé que es una mierda, pero si me lo dices, podría ayudarme a entender


mejor lo que está pasando.

Otro suspiro.
177
—Isabella y su esposo gobiernan el Belve Ravennati. Gerardo e Ignazio tienen
algún poder, pero en realidad no lo suficiente como para hacer algo importante sin
que sus padres estén de acuerdo. Isabella nunca me gustó. Con la familia de
Radomil era tranquilo, pero con la Belve Ravennati siempre era todo muy grave.
Todo es importante y todo es sobre el deber y el cuidado de los intereses de la
familia.

Desandra se metió un dedo en la boca e imitó las arcadas. Encantador.

—Yo era la compañera del beta. Se suponía que debía tener


responsabilidades. Ellos no me dejaban hacer nada. Estaba intentando aprender un
poco de italiano y entré a una reunión una vez, y su madre le dijo a Gerardo que
era sólo un arreglo temporal. Así que Isabella, Gerardo y yo fuimos a la cumbre
comercial en Budapest. Tuvieron su gran reunión. Yo podría haber estado, pero me
senté afuera con los betas.

—¿Por qué? —preguntó Andrea.

—Porque no saben cómo mantener la boca cerrada —dijo Desandra—. Se


aburren y hablan. Si escuchas atentamente, puedes descubrir cosas.

Bien. No era tan tonta como pretendía ser.

Kate Daniels #6
—Después de la reunión, mi padre me fue a buscar y me dijo que hiciera las
maletas. Le dije que no las haría. Me fui a buscar a Gerardo. Estaba loco de la
cabeza. ¿Estos cuatro chicos que siguen a mi padre aquí? Son asesinos. Dos lobos,
una rata, y un oso. Hacen lo que él les dice. No tienen... concensa.

—¿Quieres decir consciencia? —supuse.

—Sí. Eso. Habían estado cerca y le dijeron que me llevarían. Gerardo dijo que
la única manera en que podíamos ganar sería luchar con mi padre. —Desandra me
miró—. No tienes ni idea de lo malo que es mi padre. Lo que he visto... —Se
mordió el labio—. He visto gente morir en formas que ni siquiera puedes imaginar.

Sus fosas nasales se dilataron. Se encorvó ligeramente, abrazándose a sí


misma. El verde rodó en sus iris, esmeralda contra el negro de sus pupilas
dilatadas. Pareció encogerse, inconscientemente alejándose de mí, dejando más
espacio a su alrededor. Había visto esa emoción lo suficiente como para
reconocerla. Desandra estaba asustada. Estaba recordando algo y ese recuerdo la
petrificaba. 178
—A mí me gustaba ese chico guapo informático. Tenía gafas. Trabajaba para
la manada. Él hizo algo, ni siquiera sé qué, y mi padre metió su cabeza en una pica.
Lo pude ver desde la ventana de mi dormitorio. Tuve que mover la cama para que
la cabeza muerta del chico guapo que me había besado no estuviese mirándome
dormir.

Si tuviera la oportunidad de matar a Jarek Kral, lo haría. Ni siquiera


necesitaba pruebas para saber que estaba diciendo la verdad. Se podía fingir
temor, pero no las respuestas involuntarias del cuerpo.

—Le dije a Gerardo que era un suicidio. Él no era lo suficientemente bueno


para ganarle a mi padre conmigo o sin mí. Dijo que yo era débil y que si no estaba
dispuesta a pelear con él, debería volver. Y luego cogió mi ropa y la tiró al pasillo.

Todos los que conocían a esta mujer la trataba como basura. Ella no hacía
ningún esfuerzo para luchar o para irse. Simplemente lo aceptaba y se torturaba a
sí misma y a los demás, en venganza.

Desandra se encogió de hombros.

—No lo podía creer. Acabábamos de tener sexo por la mañana. Pensé que me
quería, pero me echó. Tenía que salir de allí. Nos alojábamos en ese hotel enorme,

Kate Daniels #6
así que me escondí en un balcón. Sólo quería llorar. Radomil me encontró. Me
sentía muy sola y él fue muy agradable conmigo. Me abrazó y me dijo que todo
saldría bien. Quería golpear a Gerardo, también, así que lo hicimos allí mismo, en
ese balcón. Ahí lo tienen. Toda la fea historia.

Rafael entró por la puerta.

Desandra se enderezó y cruzó sus piernas.

—Hola, guapo.

Cada vez que conseguía reunir una pizca de simpatía por ella, hacía algo
como para prenderle fuego.

Rafael la miró.

—No estoy interesado.

—Es la barriga ¿verdad?


179
—No —dijo Andrea—. Soy yo. ¿Qué pasa, cariño?

—Vamos de caza.

—¿Qué? —pregunté.

—Una caza —dijo—. Con caballos.

¿Qué demonios...?

—¿Qué vamos a hacer luego? ¿Tal vez organizar nuestras mesas en un


círculo?

Rafael se encogió de hombros.

—Si lo hacemos, no llevaré armas. Todos estamos invitados a la caza y estoy


seguro de que es obligatorio.

—¡Genial! —Desandra saltó de la cama—. Cualquier cosa con tal de salir de


aquí.

La señalé con mi dedo.

—Silencio. ¿El castillo entero va?

Kate Daniels #6
Rafael asintió.

—Todo el mundo va.

Si nos quedábamos atrás, podríamos ser emboscados, y con el castillo vacío,


nadie lo sabría ni le importaría. Hugh estaba tramando algo.

—¿Saben que está embarazada de ocho meses?

—Eso parece. Dicen que hay un premio si ganas.

¿Ir de caza en medio de las montañas o quedarme en un castillo abandonado


con una Desandra histérica y que no ayudaría en caso de un ataque inminente?
Opciones, opciones.

—Vamos de caza entonces.

*** 180
El camino se curvaba en frente de mí, siguiendo la orilla de un mar con
espuma verde a la izquierda. El agua yacía plácida, lamiendo suavemente la parte
inferior de la montaña que sobresalía. Los altos cipreses del Mediterráneo se
alineaban a lo largo del camino, cada uno perfectamente recto, como una vela
cónica, y entre ellos había árboles de laurel, tendiendo sus ramas. A la derecha, las
vides se alineaban en la ladera de la montaña, en filas largas suavemente curvadas.

Mi caballo era una yegua baya, robusta y de gran cuerpo, con hombros cortos
y una cabeza limpia. Trotaba con segura calma, abriéndose paso hasta la antigua
carretera pavimentada, despreocupada por los olores de cambiaformas en todos
lados. Tenía la sensación de que podía montarla directamente hacia el lago y a ella
no le temblaría ni una oreja.

Los cambiaformas caminaban y montaban a mi alrededor. Desandra tenía su


propio caballo. Al principio quería caminar, por lo que discutí en contra y luego
me opuse a que cabalgara, pero ella clavó los talones ante cualquier sugerencia de
un carro. No iba a ir montada en un carro; era la hija de un alfa y si no se salía con
la suya, arrancaría algunas gargantas. Terminé revisando todos los caballos
disponibles para nosotros y elegí la criatura más vieja y más dócil que pude
encontrar. Ahora tenía a una mujer embarazada en un caballo al que no le
funcionaba la nariz. Era evidente que la yegua tenía serias sospechas de que su

Kate Daniels #6
conductora humana era realmente un lobo y estaba considerando tirarla por su
vida. Los vientres de los hombres lobo tenían que ser de acero, porque no sólo
Desandra no mostraba signos de sufrimiento, sino que parecía fresca como una
rosa.

Andrea había elegido montar a caballo también. El estar en una silla nos daba
una buena visión, y en caso de apuro podríamos utilizar los caballos para bloquear
una amenaza entrante. Derek había decidido caminar y algunos otros también,
como Curran, quien estaba convencido de que todos los caballos conspiraban en su
contra en secreto. Dado que Andrea y yo teníamos a Desandra entre nosotras, él
terminó caminando a mi izquierda y un poco más adelante; Lorelei eligió caminar
a su lado.

Todavía no podía entender cómo estaba involucrada en todo este asunto. Por
lo que pude ver, ella no parecía tener vínculos con las tres manadas involucradas.

Lorelei llevaba una blusa de color azul claro y pantalones vaqueros que se
abrazaban a su culo. Su cabello estaba suelto, y el viento lo soplaba. Si 181
estuviéramos de vuelta en casa, alguien me estaría empujando a estas alturas, ya
que para los estándares de la Manada caminaban demasiado cerca y yo habría
requerido un gruñido; pero no estábamos en casa, y Barabas, a lomos de un caballo
blanco justo detrás de mí, se quedó en silencio.

Lorelei conversaba sobre algo acerca de aplastar uvas y hacer vino dulce.
Curran asentía. Alcancé a ver su rostro. Estaba sonriendo. Él parecía estar
disfrutando. Caminaban juntos y yo estaba atrapada aquí. En mi caballo.

Debería de haber tomado más que una bonita veinteañera para


desestabilizarme. Esto era nuevo y desagradable. Tenía que ser este lugar. Todo el
mundo estaba esperando apuñalarme por la espalda, así que probablemente me
estaba afectando demasiado esto. Lorelei era una niña. Legalmente podría tener
veintiún años, pero cuando él la había conocido, él tenía veintidós y ella tenía doce.
Eso por sí solo debería haber garantizado que no pasaría nada.

Ella era la hija de un hombre que Curran conocía, traída aquí probablemente
contra su voluntad, y estaba siendo amable con ella, ya que pocas personas lo eran.
Él y yo habíamos pasado por mucha mierda juntos. Él me amaba, yo lo amaba, y
tenía que dejar de medir la distancia entre ellos y prestar atención a mi entorno.
Tenía trabajo que hacer.

Kate Daniels #6
Nadie me pidió que me pusiera un vestido para la caza, por lo que me puse
mis pantalones vaqueros, una camiseta y una camisa de hombre verde, que llevaba
desabrochada y con las mangas enrolladas. Había puesto en mi cinturón una gran
variedad de hierbas en bolsas pequeñas, mis muñequeras de cuero estaban llenas
de agujas de plata, y había tomado tanto a Asesina, que estaba en mi espalda,
como a mi segundo sable, que llevaba en mi cadera. Cualquier persona que tuviera
un problema con mi equipo extra era bienvenido a alegrarme el día.

Hugh se dejó caer a través de la procesión. Iba montado en un monstruoso


caballo, un semental enorme, un bayo oscuro como la mía, con una mancha blanca
en la frente y con las patas blancas, que lo hacía parecer como si llevase medias.
Había vestigios de caballo Shire allí, y de Clydesdale, pero las líneas estaban
limpias y el pecho era más desarrollado. Era el tipo de caballo que un caballero
montaría en una guerra.

Hugh se puso a la par con nosotros. Llevaba un largo abrigo negro, igual que
los hombres chacales de Hibla. Ceñido y estrecho en los lados, con cartucheras
llenas de balas en el pecho, el abrigo hacía que sus hombros se viesen más anchos,
182
su cintura más delgada y su cuerpo más alto. Parecía perfilarse en lugar de
pasearse. Como se hacía pasar por el señor del castillo, probablemente decidió
vestirse para la ocasión. Sin embargo, no llevaba daga. En cambio, tenía una
espada larga en una funda. Sólo podía ver la empuñadura de cuero simple y
funcional con una cruz de guarda.

Andrea se hizo a un lado para dejarle ir junto a Desandra.

Hugh se inclinó hacia adelante, con el rostro preocupado.

—¿Cómo te sientes hoy?

Desandra se enderezó. Era como si no pudiera evitarlo. Todo hombre al


instante le llamaba la atención. Y Hugh era guapo, de una manera masculina y
agresiva: ojos azules, cabello oscuro y una mandíbula cuadrada, afeitada y tan
sólida que pensar en golpearla me sacaba una mueca de dolor. Él estaba rodeado
de personas que se convertían en el mejor equivalente de asesinos juerguitas
inteligentes que la naturaleza podría dar, pero estaba completamente impertérrito
a ello, como si supiera con certeza al cien por cien que si todos nosotros nos
aliásemos contra él, podría manejarlo.

Kate Daniels #6
Curran tenía un tono salvaje. Se sentía instintivamente que no estaba
demasiado lejos de la violencia. Se cocinaba a fuego lento bajo la piel, y cuando
quería intimidar, te miraba como si fueras la presa. Pero Hugh estaba firme como
una roca. Se reiría, de una manera sencilla y agradable, y te cortaría la cabeza.

—Estoy bien —dijo Desandra—. Gracias por preguntar.

—Quiero saber si el viaje se te hace demasiado difícil. Una palabra y detendré


este desfile. —Él le guiñó un ojo.

Desandra rió.

¿Qué planeas, Hugh? ¿Cuál es el trato?

—Siento mucho lo de ayer —dijo Hugh—. Mi pueblo está investigando el


asunto. Encontraremos a quien envió a ese hijo de puta.

—Estoy segura de que lo hará. —Desandra sonrío.

Estoy segura de que no lo hará.


183
—Haremos todo lo posible para garantizar tu seguridad.

Creo que lancé un poco por mi boca.

—De acuerdo con el contrato de la manada, somos nosotros los que


garantizamos su seguridad. Tú estás… —Arrastrándola—, animándola a estar en
esta cacería.

—Me encanta la caza —dijo Desandra con los dientes apretados, y me dio
una mirada mordaz.

—Hay muy poco riesgo —dijo Hugh—. Nadie intentaría nada con todos
nosotros aquí.

—Ella está embarazada de ocho meses. —¿Cuál diablos era la razón de


sacarla del castillo de todos modos?

Hugh me sonrió, mostrando incluso, sus dientes blancos.

—Tienes que dejar de medir a los cambiaformas según los estándares


humanos.

—Estoy perfectamente bien —dijo Desandra.

Kate Daniels #6
Oh, idiota.

—Si la yegua te tira...

—Es por eso que has traído a un medimago —dijo Hugh, asintiendo hacia la
parte de atrás, donde Doolittle montaba en una yegua castaña—. Parece muy
capaz.

Curran se volvió y nos miró con esa expresión en su cara de muro de piedra
de Señor de las Bestias.

—Bueno, voy a dejarla en las hábiles manos de sus guardias —dijo Hugh—.
Alguien tiene que dirigir esta expedición, o puede que termine en algún desierto y
que roben las ovejas para la cena.

Desandra rió de nuevo.

Hugh chasqueó la lengua y el caballo sin problemas lo llevó al frente de


nuestro desfile. 184
—¿Cuál es tu problema? —Desandra me miró fijamente.

Me incliné hacia ella y mantuve mi voz tranquila.

—Ese hombre es peligroso. —Y si alguien me hubiera preguntado hacía seis


meses lo que sucedería si nosotros dos nos reuniéramos, hubiera dicho que Hugh
me atacaría nada más verme. En cambio ahora estábamos montando en una
cacería, intercambiando bromas, haciéndonos pullas.

—Es un ser humano —se burló Desandra—. Puedo arrancarle la garganta de


un bocado.

Y estábamos de nuevo con lo de rasgar gargantas. Pensé en decirle que yo era


un ser humano y que en un concurso de rasgamientos de gargantas, ella habría
llegado en último lugar, pero la gente nos estaba escuchando. Además, amenazar
el cuerpo que custodiaba nunca era una buena idea. Ella se resentiría, y sin su
cooperación mantenerla respirando sería mucho más difícil.

—No todos los seres humanos son iguales —dijo Andrea.

Si Desandra pensaba que podía luchar contra el preceptor de los perros de


hierro, tendría un duro despertar. Hugh terminaría con ella con un corte, después

Kate Daniels #6
de labrarse su camino a través de todos sus familiares y esposos, y luego lo
celebraría con una buena botella de vino local.

***
El camino subía más y más hasta que finalmente llegaba a un claro bordeado
de grandes bloques de piedra gris. Ubicado frente al acantilado de una montaña,
limpiamente se desplegaba en una forma trapezoidal en bruto, con el lado estrecho
hacia la montaña. Un corral construido con maderas duras se encontraba justo
frente a la montaña. Debajo de nosotros se extendían los bosques, verdes y
exuberantes, subiendo y bajando las curvas de la montaña por lo que podíamos
ver.

Tres tronos de piedra se situaban en el borde del claro, esculpidos en roca con
trazos gruesos suavizados por siglos de lluvias. El trono central se alzaba, enorme,
como si fuera de un gigante, y los otros dos eran más pequeños. Se sentían
antiguos, al igual que las losas de piedra debajo de nuestros pies. Este era un lugar
185
antiguo, impregnado con la edad. Alguna especie de rey debió sentarse hacía
siglos aquí, en el trono de piedra, contemplando las montañas.

Los djigits de Hibla desmontaron y entraron nuestros caballos. Se los llevaron


al recinto por la montaña y ataron sus patas.

Hugh se sentó en el trono. Oh, alguien golpéeme...

—Damas y caballeros. Los bosques que ven ante ustedes son ricos en juegos.
Están repletos de ciervos rojos, cabras (el rey antílope de la montaña), gacelas,
muflones, ovejas salvajes y cabras salvajes.

Tenía, claramente, experiencia hablando en público. Su voz resonaba a través


del discurso, lo suficientemente alta como para ser escuchada por todos, pero
todavía amable y perfectamente comprensible. Seguramente daba discursos a sus
tropas—: Esta noche violamos, matamos y saqueamos…

—En estas montañas tenemos una buena tradición de caza de verano. Las
reglas son simples: los equipos de cazadores salen por la mañana y regresan al
final del día. Su presa es examinada y juzgada. Sólo los animales adultos se pueden
cazar. Los que matan jóvenes o hembras con crías serán ellos mismos y su equipo

Kate Daniels #6
descalificados. El equipo que gane la caza gana el premio de manos del señor del
castillo.

Oh chico, oh chico.

Dos djigits trajeron un marco rectangular cubierto con tela índigo.

—Nos encontramos dentro de los límites de la antigua Cólquida —continuó


Hugh—. Esta es la cuna de la propia Georgia. Mucho antes de la era común, un
reino de guerreros y poetas floreció aquí. Mientras que los habitantes de Europa
todavía luchaban con implementos de bronce crudo, los herreros hechiceros de la
Cólquida dominaron el hierro y el oro. Hoy rendimos homenaje a su gloria pasada.

Hibla se acercó a la tela y la quitó con un movimiento de su mano.

Oro brillaba, reflejando la luz brillante del sol. La gente a mi alrededor


contuvo el aliento. La piel de un carnero se estiraba en el bastidor. Cada pelo de
seis centímetros de largo de lana densa brillaba con oro amarillo radiante. Guau.
186
—¡Les doy el vellocino de oro! —proclamó Hugh.

Los aplausos recorrieron el claro. Alguien gritó, entusiasmado.

—Como los argonautas de Jasón, que vinieron aquí en busca de las riquezas
de la Cólquida, todos ustedes vinieron hasta aquí. Pero las riquezas que solicitan
son de un tipo diferente, las riquezas de la sabiduría y de la amistad. Este es
nuestro regalo para ustedes. Son las 12:00 ahora. Tienen tres horas. Demuestren
que son los cazadores superiores. Pongan a prueba su valentía y su habilidad.
Cacen y la manada que traiga la mejor presa para nuestra fiesta de esta noche,
ganará el derecho de fanfarronear y el vellocino de oro.

El claro se sacudió cuando un centenar de personas aplaudieron al unísono.


La emoción se sentía en el aire. Estaban a un pelo de volverse peludos. La
perspectiva de una cacería después de estar encerrados en el castillo empujaba a
los cambiaformas a toda marcha.

—Hay un segundo premio, más humilde, pero tal vez más útil.

Hibla levantó un recipiente de vidrio. Tenía una bolsa de plástico con un


cuarto de pasta de color marrón. Panacea.

—Será adjudicado al cambiaformas que haga la mejor matanza.

Kate Daniels #6
Los ojos de Andrea se iluminaron. Ella le dio un codazo a Rafael.

—¡Antes de que me olvide! —gritó Hugh—. Miren a su izquierda. Ven el


paso estrecho entre las dos montañas. Manténgase alejados del paso. Las criaturas
que viven allí no dan la bienvenida a los intrusos. Mi gente irá con ustedes como
observadores para garantizar que obedecen las reglas de la caza. ¡Buena suerte a
todos!

—¡El vellocino de oro pertenecerá a Obluda! —rugió Jarek Kral.

Desandra se arrancó el vestido por la cabeza.

—¡No! —grité.

—Voy a cazar —dijo Desandra.

—¿Qué pasará con los niños cuando cambies de forma?

—Cambiarán de forma también —me dijo Lorelei con una pequeña sonrisa—.
Es muy común que las mujeres cambiaformas cambien de forma durante el
187
embarazo. Alivia la presión sobre la columna vertebral. Me sorprende que no lo
sepas.

Me volví en busca de Doolittle.

—¿Es eso cierto?

Doolittle asintió.

—Mientras que no se quede en la forma animal más de un par de horas y no


intente una forma intermedia, no debería tener problemas.

No había manera en el infierno de que pudiera seguir el ritmo de un lobo. Me


volví hacia Curran.

—Estará bien —dijo—. Nosotros nos ocuparemos de ella.

¿Qué?

—Pensé que me respaldarías en esto.

—Lo hago.

Kate Daniels #6
—La humana tiene demasiado miedo de quedarse sola. —Renok, segundo al
mando de Jarek Kral, me sonrió—. ¿Quieres un poco de compañía?

Curran se volvió y lo miró. Tenía que darle crédito a Renok. Él ni se inmutó.


Muy valiente o muy estúpido. Posiblemente ambos.

—Sin duda, el Señor de las Bestias no se quedará atrás —dijo Hugh—. Los
alfas de todas las demás manadas van a participar.

Y ahora, si se quedaba atrás, sería un insulto gigante. Las piezas


entrechocaron en mi cabeza. Hugh estaba dispuesto a charlar, y realmente quería
tener una charla conmigo a solas. No me podía separar del castillo, por lo que nos
había sacado a todos de él.

Curran se volvió hacia mí.

—Sé que estás preocupada por Desandra. Es por eso que iremos todos y nos
asegurarnos de que nada le pase. —Se detuvo, haciendo que nuestras miradas
conectaran. Sus ojos grises estaban claros y tranquilos—. Estaremos de vuelta antes
188
de que te des cuenta.

Yo seguía mirando a los ojos de Curran mientras el rostro a su alrededor


crecía y cambiaba. El pelaje gris apareció. Un enorme león gris estaba en su lugar.

Las personas se congelaron. Algunos miraban, boquiabiertos. Algunos


parpadearon. Curran en forma de león era impactante.

—Consorte —dijo, las palabras humanas salieron a la perfección de sus fauces


de león.

Tenía que decir algo.

—Buena suerte.

Levantó la cabeza y rugió, el sonido de su voz se dispersó a través de la


montaña. Los cambiaformas se encogieron.

Hugh sacudió la cabeza, metió el dedo en la oreja y lo movió.

Lorelei se quitó su vestido y dio un paso adelante, completamente desnuda,


con los hombros hacia atrás, la cabeza en alto. La desnudez duró sólo un momento

Kate Daniels #6
antes de que su cuerpo duro y magro se convirtiera en un lobo gris sobre sus
cuatro patas, pero un momento fue suficiente. Curran la había visto.

Ella iba a cazar con él mientras yo estaba atrapada aquí. Maldito sea el
infierno.

Nuestro grupo rodeó a Desandra. Su cuerpo se arremolinaba, estirándose,


transformándose tan rápido que fue casi instantáneo, y se convirtió en un enorme
lobo negro.

A mi alrededor la gente cambió. Mahon, una montaña oscura descomunal de


Kodiak, gruñó junto a George, que no era mucho más pequeña. Keira rugió, un
jaguar oscuro y ágil. Lobos, linces, y chacales llenaron el claro. ¿Era yo la única no
cambiante aquí?

Curran entró por la pendiente. Nuestra gente y Desandra lo siguieron.


Barabas se detuvo, aún siendo humano.

—Ve —le dije. Tenerlo conmigo no haría mucha diferencia y Hugh


189
encontraría algún pretexto para despedirlo.

El cuerpo de Barabas se sacudió. Una mangosta del tamaño de un Rottweiler


corrió por la pendiente tras ellos.

Curran estaba fuera cazando con Lorelei. La idea me picó, se negaba a


desaparecer. No debería haberme molestado, pero lo hacía. No quería que se fuera.

Una manada de lobos grises corrieron por la izquierda. Los Belve Ravennati
se iban. La tripulación de Jarek —lobos, osos, y un par de ratas— encabezaba hacia
el sureste, mientras que los Volkodavi, linces de color arena, enfilaron a la derecha.
En una respiración, el claro estuvo vacío. Las ropas desechadas cubrían las
antiguas piedras. Los caballos resoplaban en su recinto. Todo el mundo se había
ido.

—Entonces —dijo Hugh—. Nunca me lo dijiste. ¿Te gustaron las flores que te
envié?

Kate Daniels #6
Capítulo 10
M
e volví y miré a Hugh. Estaba sentado en su trono, con el brazo
izquierdo doblado, el codo apoyado en el reposabrazos, la cabeza
apoyada en los dedos curvados de su mano. Cómodo, ¿verdad?

Había estado esperando este momento durante la mayor parte de mi vida.


Ahora que estaba aquí, no sabía qué hacer. La ansiedad me inundó en un diluvio
de hielo. Siempre me había imaginado que esta reunión implicaría espadas
ensangrentadas y punzantes. La falta de apuñalamientos era profundamente
desconcertante.
190
—Dime, ¿qué haces si no hay un trono a mano? ¿Llevas un modelo portátil
contigo, o sólo requisas lo que sea útil, como sillas y taburetes de bar?

—Tu padre me dijo una vez que un perro sentado en un trono sigue siendo
un perro, mientras que un rey en una mecedora en ruinas sigue siendo un rey.

Una buena elección de palabras, teniendo en cuenta que su título oficial era
Preceptor de los Perros de Hierro.

—¿Mi padre?

Hugh suspiró.

—Vamos. Vi la espada, caminé por lo que quedó después de la destrucción


de Erra, y me encontré con tus flores donde tú y los cambiaformas pelearon con los
Fomorianos hace un año. Sentí la magia que venía de ellas. No insultes mi
inteligencia.

Así estábamos, entonces.

—Está bien. ¿Qué quieres?

Hugh abrió los brazos.

Kate Daniels #6
—¿Qué quieres, esa es la pregunta? Tú viniste aquí, a mi castillo.

—Ese comentario de insultar la inteligencia va en ambos sentidos. Me pusiste


una trampa, me atrajiste a través del océano, y ahora estoy aquí. Si querías charlar,
podríamos haberlo hecho en Atlanta

Hugh sonrió. Tus dientes son demasiado perfectos, Hugh. Puedo ayudarte
totalmente con eso.

Fingí estudiar el vellocino de oro. Esas fintas estaban recién abiertas. Pronto
él se lo tomaría en serio e iría a matar, de un modo u otro. El vellón parecía
demasiado grande para tener siglos de antigüedad.

—¿De verdad mataste a un carnero con lana de oro?

—Dioses, no. Es sintética —dijo.

—¿Cómo?

—Tomamos la piel de un carnero, la revestimos de magia para evitar que se


191
quemara, y la mojamos en oro. El verdadero truco está en conseguir la proporción
correcta de oro y plata. Quería mantener la flexibilidad del oro, pero es tan pesado
que los pelos se rompían, y demasiada plata lo hace rígido. Al final, lo
conseguimos con una aleación de oro y cobre.

—¿Por qué tomarse tanta molestia?

—Porque los reinos se basan en leyendas —dijo Hugh—. Cuando los


cazadores sean viejos y grises, todavía se hablará de la forma en que fueron a
Cólquida y cazaron el vellocino de oro.

—¿Así que quieres tu propio reino? —Apuntando alto.

Encogió sus enormes hombros.

—Tal vez.

—¿Está mi padre al tanto de tus planes? La historia dice que no le gusta


compartir.

—No tengo interés en el manto púrpura —dijo Hugh—. Sólo en la corona de


laurel.

Kate Daniels #6
Los emperadores romanos habían asumido el manto púrpura como signo de
su cargo, mientras que los generales romanos victoriosos paseaban su triunfo por
Roma con coronas de laurel sobre sus cabezas. Hugh no quería ser emperador.
Quería ser el general del emperador.

—¿Cuáles son tus planes, Kate? ¿Qué es lo que quieres?

—Estar sola. —Por ahora.

—Tú y yo sabemos que eso no va a suceder.

Toqué el vellocino de oro. Los pequeños pelos metálicos se sentían suaves


bajo mis dedos.

—Maté a Voron —dijo Hugh en voz baja.

El frío se apoderó de mí. Mi mente se llenó con un recuerdo: el hombre al que


llamaba padre en una cama, con el estómago desgarrado. Un olor fantasmal,
pútrido, espeso y amargo, llenando mis fosas nasales. Me había perseguido 192
durante años en mis sueños.

Me giré.

El hombre que estaba sentado en el trono ya no estaba relajado. La arrogancia


y el naturalmente alegre buen carácter se habían desvanecido. La sombra de un
remordimiento sombrío permaneció, mezclada con una resignación nacida del
viejo dolor.

—¿Quieres una medalla?

—No tenía intención de hacerlo —dijo Hugh—. Esperaba que con el tiempo
ocurriese, ya que Roland lo quería muerto, pero ese día no había ido a luchar.
Quería hablar. Quería saber por qué me había dejado. Era como un padre para mí.
Había ido a hacer un encargo durante unos meses, y cuando volví, se había ido y
Roland me dijo que lo matara. Nunca entendí por qué.

Yo sabía por qué.

—Te costó tiempo encontrarlo.

—Dieciséis años. Vivió en esa pequeña casa en Georgia. Me acerqué a ella. Me


recibió en el porche, espada en mano. —La vieja ira no resuelta agudizó su voz—.

Kate Daniels #6
Me dijo: Vamos a ver lo que has aprendido. Esas fueron las últimas palabras que me
dijo. Él me crió desde que tenía siete años, y se fue sin decir una palabra. Ninguna
explicación. Nada. Lo busqué durante dieciséis años. Era como un padre para mí, y
eso es lo que conseguí. Vamos a ver lo que has aprendido.

Debería haber estado furiosa, pero por alguna razón no lo estaba. Tal vez
porque sabía que estaba diciendo la verdad. Tal vez porque Voron también me
había dejado así como así, sin las explicaciones que tanto necesitaba. Tal vez
porque las cosas que había aprendido de él desde su muerte me habían hecho
dudar de todo lo que me había dicho. En cualquier caso, sentía solamente un vacío,
una aplastante tristeza.

Como un toque. Comprendía al asesino de mi padre adoptivo. Tal vez


después de que esto hubiera terminado, la cabeza de Hugh y yo podríamos cantar
"Kumbaya", junto al fuego.

Él estaba esperando. Era una gran cantidad de información para compartir.


Voron siempre me había advertido que Hugh era inteligente. Planeaba estrategias 193
por diversión. Esta conversación era parte de algún tipo de plan. Tenía que tener
un ángulo, pero ¿cuál? ¿Estaba tratando de ver lo fácil que podría ser provocada?
Oírle hablar de Voron era como rasgar una vieja herida abierta con un clavo
oxidado, pero Voron me diría que tenía que superarlo. Hugh quería hablar. Bien.
Usaría eso contra él.

—¿Cómo lo mataste? —Calma, me dije. Agradable y neutral.

Hugh se encogió de hombros.

—Él era más lento de lo que recordaba.

—Demasiados años lejos de Roland.

Sin la exposición frecuente a la magia de mi padre, el rejuvenecimiento de


Voron se había ralentizado.

—Probablemente. Lo alcancé con una diagonal en el estómago. Fue una fea


herida. Debería haber muerto en el acto, pero aguantó.

—Voron era duro. —Vamos. Muéstrame tus cartas, Hugh. ¿Qué es lo peor que
puede pasar?

Kate Daniels #6
—Lo llevé a la casa y lo tumbé sobre la cama, y luego me senté a su lado y
traté de curarlo. Pero no sucedió. Sin embargo, pensé que lograría sanarlo y
volveríamos a estar juntos. Entonces él sacó una espada corta de debajo de la
almohada y se apuñaló en el estómago.

Eso era Voron para ti. Incluso muriendo, se las arregló para llevarse la victoria
de Hugh.

—Murió en media hora. Esperé en la casa durante dos días y finalmente me


fui.

—¿Por qué no lo enterraste?

—No lo sé —dijo Hugh—. Debería haberlo hecho, pero no estaba seguro de


si tenía a alguien, y si lo tenía, se merecían saber cómo murió. No debería haber
sido así. No quise que terminara así.

Ninguno de nosotros lo quiso. Hugh se sintió traicionado. Debió haber


imaginado que iba a encontrar al hombre que lo había criado y obtener respuestas
194
a sus preguntas. Debió haber pensado cuando lucharon, que sería una lucha a vida
o muerte entre iguales. En su lugar se encontró con un viejo testarudo que se
negaba a hablar con él. Era un vacío, una amarga victoria y eso lo había carcomido
durante más de una década. Se merecía cada segundo de ello.

Voron era el dios de mi infancia. Él me protegió, me enseñó, hizo de


cualquier casa un hogar. No importaba en qué infierno nos encontráramos, nunca
me preocupaba porque él siempre estaba conmigo. Si algún problema surgía en
nuestro camino, Voron nos sacaría de él. Era mi padre y mi madre. Más tarde me
enteré de que no me había amado con el amor incondicional que todos los niños
necesitan, pero decidí que no me importaba.

Me quedé allí, mirando el vellocino de oro, y sentí aquel inolvidable, áspero


olor de la muerte que había olido hacía más de una década. Recordé el momento
en que entré por la puerta de nuestra casa y lo supe, supe de inmediato que Voron
estaba muerto. Me quedé en esa puerta, sucia y hambrienta, con mi cuchillo en la
mano, mientras los fragmentos de mi mundo destrozado caían a mi alrededor, y
por primera vez en mi vida estuve realmente asustada. Estaba sola, asustada e
indefensa, demasiado aterrada para moverme, demasiado aterrorizada para
respirar porque cada vez que inhalaba, olía la muerte de Voron. Fue entonces

Kate Daniels #6
cuando finalmente lo entendí: la muerte es para siempre. El hombre que me había
enseñado esa lección se sentaba a menos de veinte metros de distancia.

Aparté cuidadosamente ese pensamiento antes de que me hiciera sacar mi


espada.

—¿Dónde estabas? —preguntó Hugh.

Puse mis recuerdos en palabras.

—En el bosque. Él me había dejado en el desierto tres días antes.

—¿Cantimplora y cuchillo? —preguntó Hugh.

—Mm-hmm. —Cantimplora y cuchillo. Voron me llevó hacia el bosque, me


dio una cantimplora y un cuchillo, y esperó a que encontrara el camino de vuelta a
casa. A veces me tomaba días. A veces semanas, pero siempre sobrevivía.

—Me dejó en el desierto de Nevada una vez —dijo Hugh—. Estuve


racionando el agua como si fuera oro, y luego hubo una inundación durante la
195
noche. El agua me arrastró por un lateral de la colina y hacia un barranco. Casi me
ahogué. La cantimplora me salvó, había suficiente aire en ella para mantenerme
cuando iba bajo el agua. Entonces me arrastré fuera del desierto, medio muerto, y
él me miró y me dijo: Sígueme. Y luego el cabrón subió a su camioneta y se marchó.
Tuve que correr siete millas hasta la ciudad. Si hubiera podido levantar los brazos,
lo hubiera estrangulado.

Conocía ese sentimiento. Había tramado la muerte de Voron antes, pero


también lo amaba. Mientras estaba vivo, el mundo tenía un eje y no estaría fuera
de control, y luego murió y lo hizo. Me pregunté si Hugh lo había amado a su
manera. Él debería haberlo hecho. Sólo el amor puede convertirse en mucho más
que frustración. Aún así eso no me explicaba por qué él estaba de humor para
compartir cosas.

—Encontré su cuerpo.

—Lo siento —dijo Hugh. O era un actor espectacular o se trataba de


verdadero arrepentimiento. Probablemente ambas cosas.

A la mierda.

—Deberías hacerlo. Tú acabaste con mi niñez.

Kate Daniels #6
—¿Fue una buena infancia?

—¿Tiene importancia? Fue la única que tuve, y él fue el único padre que he
conocido.

Hugh se frotó la cara. Voron también era el único padre que él conocía, y lo
había dejado para rescatarnos a mi madre y a mí. Supongo que de una forma
extraña, eso nos hacía iguales.

—¿Alguna vez te dijo por qué? —preguntó Hugh.

—¿Por qué?

—El hombre que yo conocía tenía un corazón de acero. Él nunca habría


traicionado al hombre que había jurado proteger. El Voron que yo conocía no
robaría a la mujer de su señor y a sus hijos y huiría lejos con ellos. Él no era un
traidor.

—¿De verdad no lo sabes? 196


—No.

Tenía que ser una mentira. Roland se lo habría dicho.

—¿Por qué no se lo preguntas?

—Porque eso hiere a Roland.

Vamos, empujemos un avispero con un palo y a ver qué sale.

—¿Tienes miedo de que tu comandante y jefe vaya a acabar contigo?

Hugh se inclinó hacia delante.

—No. No quiero causarle más dolor.

¿Era sincero o estaba jugando conmigo? Bien. Juguemos, Hugh.

Me acerqué y me senté de lado en el trono más pequeño, con la espalda


apoyada en el reposabrazos.

—¿Cuánto sabes acerca de la magia de mi madre?

Kate Daniels #6
—No mucho —dijo Hugh—. Roland era impredecible cuando se trataba de
Kalina. Todos nosotros manteníamos cierta distancia.

Era curioso cómo seguía llamando a mi padre Roland. Él conocía su


verdadero nombre, pero no estaba seguro de si yo lo sabía, así que estaba teniendo
cuidado.

—Ella era una muy poderosa hechicera en el sentido clásico de la palabra.


Poder del amor y de la sugestión. Si quería que la amaras, lo hacías. Harías
cualquier cosa para hacerla feliz. Creo que Roland era inmune, lo que
probablemente le hizo muy especial para ella.

Hugh frunció el ceño.

—¿Me estás diciendo...?

—Hablé con algunas personas que los conocían a los dos. La descripción era,
y cito: ella lo frió. Tenía tiempo para hacerlo, y lo cocinó con tanta fuerza, que él dejó a
Roland por ella. 197
Hugh me miró fijamente. En ese momento, probablemente estaba
preguntándose si tenía el poder de mi madre y si podría freírlo de la misma forma
en que ella había frito a Voron. Ahora los dos estábamos descolocados. Ahí lo tienes.
Dos pueden jugar ese juego.

—¿Lo crees?

—No lo sé. Desearía que Voron estuviera aquí para que pudiera dar su
opinión al respecto, pero un idiota se presentó en mi casa y lo mató.

Un largo y prolongado aullido vino del barranco. La canción de tono alto de


un lobo a la caza rodó sobre las copas de los árboles. Me puse de pie en el trono.
No podía ver una mierda. Sólo los árboles.

—Déjales hacer —dijo Hugh—. Son animales, es lo que hacen. Persiguen,


cazan y matan.

Y justo así, el señor del castillo estaba de vuelta.

—¿Por qué demonios hiciste que nos metiéramos en esta cacería?

Kate Daniels #6
—Porque quería hablar contigo y ellos se ciernen a tu alrededor como abejas
en un manto de flores. ¿Qué ves en Lennart? ¿Es el poder? ¿O es la seguridad del
número? ¿Tratas de reunir suficientes cuerpos para protegerte?

—Él me ama.

Hugh se inclinó hacia atrás y soltó una carcajada.

Me pregunté si era lo suficientemente rápida como para apuñalarlo.


Probablemente. Pero la puñalada me situaría muy cerca de él, y se tomaría la
revancha.

—Él es un animal —dijo Hugh—. Más fuerte, más rápido, más capaz que la
mayoría de su especie, pero en el fondo sigue siendo un animal. Trabajo con ellos.
Los conozco muy bien. Son herramientas para ser usadas. Tienen emociones,
seguro, pero sus instintos siempre se imponen a sus raquíticos sentimientos. ¿Por
qué crees que hacen todas esas reglas complejas para sí mismos? Acércate a ellos,
pero no a menos de seis pulgadas o acabarás con tu garganta desgarrada. Come 198
después de que el alfa empiece a comer, pero no te levantes cuando entra en la
habitación. Nosotros no tenemos esas reglas de mierda. No las necesitamos. ¿Sabes
lo que tenemos? Tenemos cortesía. Los cambiaformas imitan el comportamiento
humano al igual que los estudiantes imitan a un gran artista, pero confunden
complicado con civilizado.

Bla, bla, bla. Por favor, dime más sobre los cambiaformas, abuelo Hugh, porque no
tengo ni idea de lo que piensan. Como si no viviera con quinientos de ellos y terminara
ordenando sus problemas personales todos los miércoles en las audiencias de la corte de la
Manada.

—Por un momento pensé que podrías ser un verdadero ser humano, pero me
demostraste que estaba equivocada. Gracias. Eso hará que me sea mucho más fácil
matarte.

Hugh se inclinó hacia delante. Una extraña luz bailaba en sus ojos.

—¿Quieres una oportunidad?

En cualquier momento.

—¿Por qué? ¿Quieres mostrarme lo que has aprendido?

Kate Daniels #6
—Ooo. —Hugh aspiró aire, entrecerrando los ojos—. Supongo. Supongo que
me gustaría.

Un extraño rugido sonó como una cascada a través de las montañas,


muriendo en un tono extraño, casi como el balido de una cabra y de depredadores
del tamaño de un tigre.

—Maldita sea. —Hugh se puso de pie en su trono—. Les dije que se quedaran
en el condenado barranco.

Me puse de pie. A la izquierda, los árboles temblaban. Algo galopaba desde


la ladera de la montaña directamente hacia nosotros.

—¿Qué es?

—Ochokochi. Grandes y feroces, carnívoros, de largas garras. A ellos les


gusta empalar a la gente en el pecho.

—¿Qué ellos qué? 199


—Ellos te agarran y te empalan del pecho. Los cambiaformas asustaron a la
manada. Estúpidos hijos de puta. Les pedí una cosa, una maldita cosa... y no
podían hacerla bien. La manada se dirige hacia nosotros. Normalmente, me aparto
de su camino.

—Pero tenemos a los caballos. —Entonces me acordé de que el camino hacia


el lugar de reunión era estrecho y empinado. Teníamos siete caballos y lograr
llegar hasta ellos y alcanzar el camino a tiempo de escapar era imposible.

—Exactamente. Cuando los ochokochi se vuelven locos como ahora,


masacran cualquier cosa con vida.

Un ruido sordo vino de abajo, el sonido de muchos pies pisando fuerte al


unísono. ¿Cuántos de ellos estaban allí?

Hugh saltó del trono al suelo.

—Vienen derecho hacia nosotros.

Me moví a la izquierda, poniéndome entre el bosque y el corral de los


caballos. El ruido sordo de sus pisadas creció, como el rugido de una cascada

Kate Daniels #6
lejana. Los caballos relinchaban y se paseaban en el cercado, tirando de sus
amarres.

Los árboles se estremecieron.

—No dejes que te agarren. —Hugh me sonrió—. ¿Preparada?

—No hay momento mejor. —Me desabroché el sable de repuesto de mi


cintura, desenvainándolo, y dejé caer la funda en la hierba.

Las zarzas en el borde del claro se rompieron y el bosque escupió una bestia
dentro del claro. Tenía unos cinco metros de alto, medio erguido como un gorila o
un canguro, apoyando todo el peso de su cuerpo sobre dos patas traseras enormes.
Un largo pelaje rojizo semejante al de la gamuza caía de sus flancos. Sus
extremidades anteriores, musculosas y parecidas a las de un simio, llevaban largas
uñas negras. Su cabeza era de caprino, con una frente ancha y ojos pequeños, pero
en vez de hocico estrecho, su rostro terminaba en poderosas mandíbulas
depredadoras diseñadas para cortar en lugar de moler. 200
¿Qué demonios era eso?

La bestia nos vio y se echó hacia atrás, abriendo sus piernas como si fuera a
dar un abrazo. Un fuerte canto como un hacha de hueso sobresalía de su pecho.
Trozos de porquería seca se aferraban a él, y parecían sospechosamente jirones
sangrientos de la carne de alguien.

Ir hasta el Mar Negro, conocer gente nueva, ver lugares hermosos, que te
mate un mutante carnívoro canguro-cabra. Uno de los puntos de mi lista de
deseos.

Saqué a Asesina de la funda de atrás. Hugh levantó las cejas hacia las dos
espadas, pero no dijo nada. Eso está bien. Mantén tus comentarios y preguntas para el
final.

La criatura abrió la boca, mostrando los dientes afilados, y aulló. El terrible


sonido se extendió a través del claro, ni rugido, ni gruñido, pero sí un profundo
grito de una criatura sin la facultad del habla impulsado por el miedo y la sed de
sangre.

Levanté mis sables, calentando mis muñecas. Hugh desenvainó su espada.


Era una espada europea plana y larga, con una hoja de treinta y cinco pulgadas y

Kate Daniels #6
media, una sencilla cruz de guardia y un mango forrado en piel. La empuñadura
era lo suficientemente larga para su uso con una sola mano o con las dos manos. La
cuchilla biselada brillaba con un acabado satinado.

Los arbustos se rompieron. Más ochokochi salieron a la luz. El líder gritó de


nuevo.

Hugh rió.

Los monstruos cayeron a cuatro patas y cargaron.

Nosotros dimos un paso adelante y nos inclinamos a la vez. Me moví a la


izquierda, esquivando la carga, y rebanando el hombro de la bestia. La criatura
gritó y lanzó hacia mí sus garras. Me eché hacia atrás lo suficiente para evitarlo e
hice girar las espadas en un patrón experto de mariposa. La cuchilla inferior
alcanzó el costado de la bestia, la parte superior rebanó un lado de su cabeza. La
sangre salpicó. El ochokochi se alzó y cayó al suelo con sus piernas sacudiéndose
en espasmos violentos. 201
Giré mis hojas, rodeándome a mí misma con un muro de acero. Una
mariposa en la parte superior, y una en la parte inferior. Si podían sangrar, debían
sentir dolor. Esperaba que tuvieran la suficiente capacidad mental para mantenerse
alejados de las cosas que podían herirlos.

Una segunda bestia se lanzó sobre mí. Corté. Gritó de agonía, retorciéndose
hacia un lado, rebanado y herido, y salió corriendo hacia el bosque. ¡Banzai! No
tenía que matar. Tenía que hacerles suficiente daño para hacerlos huir.

Ellos se unieron para lanzarse contra mí, y yo tejí a través de los siguientes
cuerpos de color óxido, cortando y recortando. Ellos bramaban y rugían. Aspiré la
agresividad que exhalaban y me perdí cortando a través de músculos y ligamentos.
Había hecho esto cientos de veces en la práctica y en las luchas reales, pero ni el
recuerdo ni la práctica podría compararse con el puro regocijo de saber que tu vida
estaba en juego. Un movimiento en falso, un paso en falso, y me pisotearían.
Moriría empalada o desgarrada hasta morir. El miedo arraigó en mí, una certeza
constante en el fondo de mi mente, pero no me paralicé, eso hacía todo más nítido.
Vi el ochokochi con una claridad cristalina, cada hebra de cabello y observé todo el
pánico y la rabia enloquecida.

Kate Daniels #6
Hugh luchaba a mi lado. Se movía con una tranquilidad, con una ligera
ciencia, de esas que no se puede aprender en un dojo o en un simulacro de lucha.
Hugh oscilaba con una anticipación instintiva, un sexto sentido de saber dónde
debía aterrizar su golpe y la forma de inclinar su hoja para conseguir el máximo
impacto, y cuando su espada tocaba carne, la arrancaba. Él rompía cuerpos como si
fueran de mantequilla, sin desperdiciar esfuerzo, moviéndose sin pausa, como si
bailara un ritmo que sólo él oía. Era como ver a mi padre. Ellos lo llamaban Voron
porque la muerte seguía su estela, el camino que seguían los cuervos en las viejas
leyendas. Si Voron era el cuervo de la muerte, Hugh era su guadaña.

Nos movíamos al unísono. Él me lanzó un cuerpo, yo lo corté, lo impulsé a él,


y él acabó con un brutal corte preciso.

Más ochokochi salpicaron contra nosotros como una ola peluda.

Dos bestias cayeron sobre mí, golpeando el suelo a la vez, apenas dos pies de
espacio entre ellos. No tenía a donde ir y no podía detener a ambos. Invertí las
cuchillas y me levanté. 202
Vinieron hacia mí, gritando. Doce metros.

—¡Kate! —gritó Hugh.

Diez. En un instante demasiado cercano, ellos me aplastarían. Un momento


más tarde y mi vida habría terminado.

Siete.

Cinco.

El aliento de sus bocas se derramó sobre mí.

Ahora. Caí de rodillas y corté sus patas delanteras con las dos espadas en un
solo corte.

Antes de que se desplomaran hacia adelante, los músculos y los tendones


cortados flaqueando bajo su peso, tiré de las espadas hacia mí y me puse de pie.
Las dos bestias me pasaron por ambos lados y se estrellaron a mis espaldas,
tullidos.

—¡Maldita sea, eso fue magnífico! —gritó Hugh, sacando su espada de un


cuerpo peludo.

Kate Daniels #6
Un ochokochi se abalanzó sobre él, demasiado rápido para el golpe de
espada. Hugh movió su brazo izquierdo. La parte de atrás de su puño golpeó el
cráneo de la criatura. El ochokochi se tambaleó y cayó.

Tuve que evitar ser golpeada por él al deslizarse.

No había animales dentro del intervalo de ataque. La ola de ochokochi había


roto contra nosotros.

Los ochokochi restantes se desplegaron, tratando de flanquearme. Retrocedí


hasta que mi columna vertebral tocó la de Hugh. No tenía ni idea de cómo, pero
sabía con seguridad al cien por cien que su espalda estaría allí para apoyarme.

—¿Cansada? —preguntó Hugh.

—Puedo hacer esto todo el día.

El líder ochokochi bramó. Si se lanzaban sobre nosotros todos de una vez,


pasaríamos un rato de infierno protegiendo a los caballos. 203
Sonó otro rugido. Los ochokochi se dieron la vuelta como uno solo y fluyeron
en una corriente de color rojizo hacia la derecha, a través de los arbustos y árboles,
en sentido opuesto a nosotros.

Yo exhalé.

—Parece que esquivamos una bala. —Hugh sonrió.

Inspeccioné el claro y los montones de piel marrón que lo salpicaban.

—¿Cuentan los ochokochi para la cacería?

—No.

—Maldita sea. Ahí va mi oportunidad para la gloria.

—No tienes suerte —dijo.

Me dejé caer hacia delante, recuperando el aliento, me enderecé y saqué un


pañuelo de mi bolsillo. Tenía que limpiar mi espada.

***

Kate Daniels #6
Después de la pelea, Hugh no hizo ningún esfuerzo para hablar. Al parecer,
la hora de compartir había pasado y nos concentramos en llegar a la parte posterior
del claro.

A las tres en punto, Hugh sacó un cuerno de su alforja y emitió un sonido que
hizo que los muertos se sentaran en sus tumbas. Quince minutos más tarde, los
equipos de cazadores cambiaformas comenzaron a llegar. Curran y compañía
fueron los segundos en escena después de los Volkodavi. La maleza crujió y el
colosal león gris apareció a través de ella. Los labios leoninos se estiraban en una
sonrisa claramente humana. Si los leones podían parecer con aire de satisfacción,
Curran lo hacía.

Levanté las cejas. Los cadáveres de los ciervos muertos, tures y cabras estaban
apilados a espaldas de Curran. Se sacudió, tirándolos al suelo, la melena gris
volando en el viento, y me miró. Y luego a la pila de cuerpos peludos y rojos detrás
de mí. Hugh y yo los habíamos arrastrado a todos a un gran montón en el borde
del claro para hacer espacio y evitar que los caballos enloquecieran.
204
El león se contrajo y un hombre se irguió en su lugar.

—¿Qué demonios es esto?

—Hola, cariño. —Le saludé desde mi posición en una roca y seguí puliendo a
Asesina con un pequeño trapo.

Curran se giró hacia Hugh. Su voz era un gruñido.

—¿Has hecho esto?

—Sólo puedo reclamar la responsabilidad de la mitad de las muertes. El resto


pertenece a tu esposa... ¿prometida? —Hugh se volvió hacia mí—. No están
casados, ¿verdad? ¿Cuál es el término?

Oh, hijo de puta.

—Consorte. —Barabas surgió detrás de Curran—. El término es 'Consorte'.

—Qué extraño. —Hugh hizo un guiño a Curran—. Sin matrimonio, sin


separación de bienes, y sin ningún compromiso. Bien jugado, Lennart. Bien jugado.

Los ojos de Curran se volvieron dorados.

Kate Daniels #6
—No te metas en mis asuntos.

Hugh sonrió.

—Dios no lo quiera. Aunque deberías saber que si la caza tuviera un premio a


la más elegante asesina, ella habría ganado. —Se dio la vuelta y se alejó.

Curran me miró. Nunca me había pedido que me casara con él. No surgió.
Este hecho no me había molestado hasta que Hugh nos lo echó en cara. Ahora que
pensaba en ello, todavía no me molestaba.

Deslicé a Asesina en la funda de mi espalda.

—¿Cómo te fue en la cacería?

—Bien —dijo.

—¿Alguien herido?

—No. 205
Un delgado lobo gris encorvado se detuvo junto a Curran. Su cuerpo era
alargado y retorcido, y entonces Lorelei se plantó junto a Curran. Desnuda de
nuevo. Imagínense eso.

—Fue una cacería gloriosa —dijo—. Curran es increíble. Nunca he visto tal
poder. Fue...

—Estoy segura de que lo fue. —Esperé a que él le dijera que se moviera. No


lo hizo. Ella estaba de pie tan cerca que sus manos casi se rozaban. Ninguno de
ellos llevaba ropa y él no le dijo que se moviera. Él no dio un paso para alejarse.
Una fría y firme rabia surgió dentro de mí y se negó a disiparse. La desnudez no
era un gran problema para los cambiaformas, pero si un hombre desnudo se
plantaba cerca de mí, Curran le arrancaba la cabeza de un mordisco.

Esperé a que reaccionara. No. Nada.

—Me hubiera gustado que pudieras haberte unido a nosotros —dijo Lorelei.

Le sonreí.

Lorelei parpadeó y dio un paso atrás con cuidado.

Kate Daniels #6
—Tuve mi propia diversión aquí. —Me levanté y me interpuse entre ellos.
Lorelei se hizo a un lado, dejándome pasar. Curran no hizo ningún movimiento
hacia mí. Repasé su rostro. Sin expresión. Estaba cerrado. Me sentía como si una
puerta se hubiera cerrado de golpe en mi cara.

Di algo. Di que me quieres. Haz algo, Curran.

Nada. Argh.

Detrás de Curran, Desandra, ahora humana, puso su mano en la parte baja de


su espalda, empujando su estómago hacia fuera, y se estremeció. Radomil estaba
junto a ella, diciendo algo en un idioma que no pude entender. Debió haber sido
algo divertido, porque ella se echó a reír. Y entonces ella miró sutilmente a su
izquierda, donde los italianos estaban arreglando su ropa. Eché un vistazo,
también. Gerardo no la estaba mirando. Su rostro se ensombreció.

Mi voz sonó fría.

—Tu ropa está en esa roca, Su Majestad. La doblé para ti. 206
—Gracias —dijo, con voz distraída.

—¿Hay algún problema? —le pregunté en voz baja.

—No. —Una chispa de frustración brilló en sus ojos y se fundió. No era mi


león cabreado. Él estaba tramando algo. De alguna manera, eso no me hacía sentir
mejor.

***
Los djigits ordenaron la caza y etiquetaron los cascos con diferentes tipos de
tintes. Esperamos a los rezagados, mientras los cambiaformas se ponían sus ropas.
La cantidad de caza que habían matado era asombrosa. Decenas de animales
habían perdido la vida. Tenía la esperanza de que tuvieran la capacidad de
congelar la carne, ya que pensar en toda esa caza echándose a perder me hacía
sentir mal.

El ganador del equipo tendría que ser declarado después de que el personal
del castillo tuviera la oportunidad de pesar y clasificar los animales, pero la
captura que sería premiada era dolorosamente obvia: una hermosa tur madura, de

Kate Daniels #6
por lo menos doscientas treinta libras, con sus cuernos como dos lunas curvadas.
Hugh la sacó fuera de nuestra pila y los djigits montaron un gran espectáculo
llevándola.

—¿Se alzará el cazador de pie y reclamará su premio? —tronó Hugh.

Tía B dio un paso adelante. Hugh se inclinó y le entregó la jarra de vidrio que
contenía una bolsa de plástico con la panacea. Todo el mundo aplaudió.

Tía B sonrió y pasó la panacea a Andrea.

—Mi regalo para mis nietos.

El alivio brilló en el rostro de Andrea. Solo duró un abrir y cerrar de ojos,


pero lo vi. Estrechó la jarra durante el segundo más pequeño antes de entregársela
a Rafael.

Se pusieron de nuevo la ropa, los caballos fueron liberados, y comenzamos


nuestro descenso hacia el castillo. La gente a mi alrededor parecía más feliz, más 207
tranquila, saciada.

Curran caminaba delante de mi caballo. Lorelei debía haber percibido que no


era un buen momento para poner a prueba mi paciencia, y se había ido a hablar
con George detrás de nosotros. Curran siguió caminando y yo seguí a caballo. O
algo había sucedido en esa cacería o él había tramado algún tipo de plan demente
y ahora estaba siguiéndolo.

No volvimos a hablar.

A mi derecha, Desandra conversaba con Andrea sobre la caza.

Por primera vez en meses, me sentí completamente sola. Era una sensación
familiar, pero casi olvidada. No me había sentido tan aislada desde que Greg
murió. Él había cuidado de mí durante casi diez años después de la muerte de
Voron. Consideraba su compañía como algo garantizado, y cuando fue asesinado,
me sentí como si alguien hubiera quebrado mi vida con el golpe de un martillo.
Los cambiaformas nunca me trataron como a un extraño, pero en ese momento
sabía exactamente cómo se sentía alguien fuera de lugar. Todos estaban todavía
drogados con la emoción de la caza. Eso les unía, y allí estaba yo, el único humano
a caballo, y Curran no me hablaba.

Kate Daniels #6
Era una sensación desagradable y no me gustaba. Me hubiera gustado
tratarlo. No sabía cuál era el problema de Curran, pero me hubiera gustado
saberlo. Curran nunca hacía nada sin una razón y era muy controlado, incluso sus
aventuras de una noche habían sido premeditadas.

Curran no perdería la cabeza por Lorelei, no importaba cuán bonita y fresca


pareciera. Él había preparado algún tipo de trampa y ahora estaba poniéndola en
práctica en su forma Curran-metódico. El hecho de que no me dijera nada acerca
de su plan significaba que realmente no me gustaría. Y eso era exactamente lo que
me preocupaba.

El camino se curvó. Sentí el peso de la mirada de alguien sobre mí y miré


hacia arriba. Hugh. Mirándome cuando doblábamos el recodo. Frente a él se alzaba
el castillo en la cima de la montaña. Había llegado el momento de poner mi cara de
tipo duro.

Veinte minutos más tarde, nos apeamos en el patio. Un Djigit tomó mi


caballo. Curran, Mahon, y Eduardo estaban hablando. Caminé en línea recta hacia 208
su grupo. Tomé un poco de aire, quería despejarme.

Por el rabillo de mi ojo, vi a Hibla corriendo por el patio. No quería hablar


con ella. Mi turno con Desandra estaba a punto de comenzar y quería hablar con
Curran antes de hacerlo. No vengas a mí, no vengas a mí...

—¡Consorte!

Mierda pinchada en un palo.

—¿Sí?

—¿Puedo hablar con usted?

No.

—Por supuesto.

Caminamos hacia el muro, fuera del camino.

—La criatura que mataste. ¿Tenía alas?

—¿Tuviste un ataque?

Kate Daniels #6
—Eso parece. —Hibla bajó la voz—. No quiero crear pánico o una cacería
dentro de los muros. ¿Quiere verlo conmigo?

No sola, no lo haré. Miré entre la multitud, buscando a Andrea, y la vi a ella y a


Rafael en las puertas haciendo entrar a Desandra en el interior. Simplemente así.

—¡Derek! —llamé. Un momento después, salió de la multitud como un


fantasma—. Ven conmigo, por favor.

209

Kate Daniels #6
Capítulo 11
E
l castillo parecía durar para siempre. Atravesamos un pasillo, giramos,
cruzamos otro, subimos escaleras...

—Es un laberinto —dijo Derek.

—Se supone que debe serlo —le dije—. Al igual que la sala debajo del Casino
en casa. Salvo que esa se ha diseñado para evitar que los vampiros se escapen, y
ésta se hizo para evitar que los atacantes lleguen a los puntos vulnerables.

Subimos ocho tramos de escaleras, hasta que finalmente Hibla abrió una
pesada puerta. Salimos a las almenas y nos dirigimos a lo largo de la parte superior
210
de la pared hacia una torre albarrana.

—Curran nunca hace nada sin una razón —me dijo Derek en voz baja.

Bueno, bueno, la repentina falta de modales del Señor de las Bestias cuando
estaba con Lorelei no había pasado desapercibida. Derek fue entrenado por Jim
para ser observador, y ahora el chico estaba preocupado por mí. Me conmovió que
estuviera preocupado, pero la irritación era como púas dentro de mí. Navegar por
mi vida amorosa era bastante difícil en estos momentos sin la asistencia
injustificada de hombres lobos adolescentes.

—¿Sabes algo que yo no sepa?

Negó con la cabeza.

Llegamos a una entrada. Una pesada puerta yacía de costado a su lado.


Seguimos a Hibla por la entrada, subimos otra escalera y salimos a la parte
superior de la torre albarrana. Perfectamente redonda, la torre había sido diseñada
para permitir bombardeos a la zona norte. No era como si cualquier cosa pudiera
venir de ese lado, el suelo terminaba tan de repente que tenía que tener sólo un par
de grados menos que un acantilado totalmente vertical.

Kate Daniels #6
Una ametralladora antipersonas se asentaba en un soporte giratorio,
orientado hacia el sur. De alta velocidad, escorpiones medianos estaban detrás de
la ametralladora en soportes giratorios. Con la forma de una gran ballesta, el
escorpión era el equivalente romano a una ametralladora. Disparaba flechas con
velocidad suficiente como para perforar una armadura y, a juzgar por las bielas,
ésta era de una serie de fuego, una máquina de asedio de carga automática. Harían
falta dos personas para manejarla, pero una vez que girabas la manivela hacia
arriba, el escorpión escupía suficientes flechas para cortar a un pequeño ejército.
Tanto la pistola como el escorpión se posaban sobre una plataforma giratoria, e
intercambiarlas en caso de una onda mágica tomaría unos pocos segundos.
Inteligente, Hugh. Muy inteligente. Tendríamos que robar esta configuración para la
Fortaleza. Suponiendo que volviéramos a La Fortaleza.

Dos djigits esperaban junto a las máquinas de asedio. Ambos parecían


pálidos.

Hibla asintió con la cabeza y se hicieron a un lado, dejando al descubierto una


larga mancha de sangre en la piedra. Un brazo roto yacía contra la pared. Dedos
211
largos y delgados. Podría ser una mujer. Me agaché. Los arañazos marcaban la
piedra. A la derecha había trozos de piel de chacal pegada a los bloques unidos con
sangre seca. A su lado yacía una escama de color naranja. El chacal de Hibla había
perdido la lucha.

Saqué una pequeña bolsa de plástico y cogí la escama para llevársela a


Doolittle. No era más que una de esas cosas que hay que hacer.

Derek inhaló, se agachó, y olfateó las piedras.

—Hay cuatro puestos de observación en la torre —dijo Hibla—. El cambio es


cada doce horas, a las seis de la mañana y a las seis de la tarde. Esta mañana,
Tamara relevó a la guardia de la noche. Esto es todo lo que queda de ella.

—¿Quién tiene acceso a la torre? —pregunté.

—Nadie. Una vez que los vigías entran en la torre, impiden el paso por la
puerta detrás de ellos. La puerta estaba todavía cerrada cuando Karim llegó a
relevarla. Tuvimos que sacarla de sus goznes.

—¿Los otros vigilantes escucharon algo?

—No.

Kate Daniels #6
Miré a Derek.

—¿Alguna cosa?

—Aroma similar al del pasillo —dijo.

Puerta cerrada, armamento pesado. El único acceso era desde el aire. Así que
las alas eran funcionales después de todo. Sin embargo, el que yo había matado no
tenía una envergadura lo suficientemente amplia como para volar. Era un bastardo
pesado, demasiado. Me giré. El edificio principal del castillo se levantaba delante
de mí. Alto, en bloques, con un techo azul.

—Se desliza —dije—. Es probable que despegara desde el torreón principal,


se abalanzara y pisoteara a Tamara. —La lucha debió haber sido brutal y rápida, ya
que la cambiaformas chacal no tuvo la oportunidad de pedir ayuda.

—¿Por qué se llevó el cuerpo? —preguntó Hibla.

—No lo sé. —Algo había tomado al otro guardia también, el que había estado 212
de pie sobre el mecanismo de vigilancia en la puerta del pasillo—. ¿Alguna vez has
oído hablar de algo así?

Hibla negó con la cabeza.

—No es local. Conozco todas las criaturas locales.

—Debe haber miles de montañas aquí. —Y alguna de ellas debía de haber


dado lugar a cabras-canguro mutantes con cuernos de hueso en el pecho—. ¿Estás
segura de que estos cambiaformas no han salido arrastrándose de algún barranco
oscuro?

Se cruzó de brazos.

—Te dije que conozco a todas las criaturas locales.

Luché para no rechinar los dientes. Ella era quien me había invitado a entrar
en esto y ahora había decidido estar a la defensiva.

—¿Rumores de algo similar? ¿Cualquier cosa?

—No. Necesito información útil. Usted no está siendo útil.

Kate Daniels #6
Pensé en decirle que se agachara para poder quitarle la barra de hierro que se
le había atascado en el culo, pero entrar en una pelea con la jefa de seguridad de
Hugh no estaba en nuestros mejores intereses. Era necesario mantener una relación
de trabajo, ya que tendría que confiar en Hibla más tarde.

Derek estaba inclinado sobre la pared.

—¿Kate?

Fui. La pared sur se elevaba por encima de un gran patio interior cuadrado.
Maniquíes de práctica se asentaban a lo largo de las paredes. Junto a ellos, una
jaula grande de metal colgaba de unas cadenas a una distancia de cinco o seis
metros del suelo. Un montón de trapos yacían en su interior.

La pila se movió. Un trapo se echó hacia atrás y luego una cara mugrienta me
miró.

—¿Quién es?
213
—El prisionero —dijo Hibla.

—¿Por qué está en una jaula?

—Pertenece al Señor Megobari. Es un criminal. Este es su castigo.

Hugh ponía a la gente en jaulas. Precioso.

—¿Cuál es su crimen?

—El robo.

—Quiero hablar con él.