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Teodoro

Teodoro Núñez Ureta fue un destacado artista e intelectual peruano nacido en 1912 en Arequipa. Tuvo una formación autodidacta y se dedicó a la pintura, acuarela, caricatura y muralismo. Realizó una extensa obra pictórica y literaria en la que plasmó su amor por el Perú y su sensibilidad ante las injusticias sociales. Fue reconocido por su humanismo y por elevar la cultura peruana a nivel universal sin copiar tendencias extranjeras.
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Teodoro

Teodoro Núñez Ureta fue un destacado artista e intelectual peruano nacido en 1912 en Arequipa. Tuvo una formación autodidacta y se dedicó a la pintura, acuarela, caricatura y muralismo. Realizó una extensa obra pictórica y literaria en la que plasmó su amor por el Perú y su sensibilidad ante las injusticias sociales. Fue reconocido por su humanismo y por elevar la cultura peruana a nivel universal sin copiar tendencias extranjeras.
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Teodoro Núñez Ureta nació en Arequipa el 1 de abril de 1912.

Su formación fue
autodidacta según él mismo refirió y por testimonios de sus amigos generacionales y
hermanos menores, entre ellos la poetisa Carmela Núñez Ureta. En su infancia gustaba
salir al campo a pintar solo o con la compañía de su familia y del maestro Enrique Masías
quien lo alentó a que se dedicara a las artes plásticas al ver su habilidad sobresaliente
para el retrato y el paisaje, en su adolescencia practicaba la acuarela en el campo con su
hermano Alejandro Núñez Ureta, siendo este hermano menor, años después, compañero,
amigo y maestro de campo del pintor Luis Palao Berastain.
Sus estudios autodidactas los pudo realizar gracias a que su padre, don Pedro Núñez
Ponce, trabajó en la antigua librería Emmel de Arequipa, por lo que obtuvo tempranamente
libros referentes al arte europeo. Luego, realizó en su adolescencia estudios autodidactas
sobre Francisco de Goya, Rembrandt Van Rijn y Diego Velázquez, dibujos que
actualmente están bajo la custodia de la Asociación Cultural Perú Arte Valor.
Al terminar su secundaria en el Colegio de la Independencia Americana, estudió para optar
los grados de Doctor en Filosofía y Letras en la Facultad de Letras de la Universidad
Nacional de San Agustín. Logró su objetivo con una tesis sobre "El Compañero Juárez" y
"Lo Grotesco y lo Cómico en el Arte". Luego, incorporado a la docencia, regentó las
Cátedras de Historia del Arte y Estética (1936–1950).
Con el artículo costumbrista "La Abuela", se hizo merecedor del Premio Nacional de
Periodismo de 1943. Con el auspicio de la Fundación Guggenheim, viajó a Estados Unidos
(1943–1944). Escribió el libro "Academismo y Arte Moderno" (1945). Establecido en Lima,
desde 1950, en 1959 mereció el Premio Nacional de Cultura Ignacio Merino gracias
al mural que realizó en el Ministerio de Economía, Finanzas y Comercio en el año de 1954,
denominado "Construyendo el Perú" en la técnica de pintura al fresco (6.00m x 16.00m), el
cual es considerado una de las obras cumbres del pintor en su trabajo como muralista.
Fue director de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima (1973–1976) y presidente de
la Asociación Nacional de Escritores y Artistas (1978-1980). Exhibió su obra en Lima,
Arequipa, Chile, Venezuela, Panamá, México, Canadá, Estados Unidos, Rusia, Suecia y
Bulgaria.
Publicó "David Alfaro Siqueiros" (1976); "pintura Contemporánea Peruana", dos
volúmenes, (1975–1976). Escribió "La Waytacha" (1980), cuento traducido al ruso, inglés y
búlgaro, que a través de un poético simbolismo, presenta las frustraciones del campesino
de la urbe e induce al amor por la tierra; y "La Vida de la Gente" (1982), que reproduce 68
acuarelas y 35 dibujos, enderezados a criticar o narrar tipos sociales y costumbres. Asistió
a Bulgaria en 1980 invitado por la Unesco y el Gobierno de Sofía, siendo condecorado por
el Círculo de Escritores y el de Artistas Plásticos de ese país.
Su tierra natal lo ha declarado "Hijo Predilecto" y le otorgó el "Texao de Oro" además de la
Medalla de Oro de la ciudad de Arequipa. Asimismo, en la capital se le concedió la Medalla
Cívica de la ciudad de Lima (1985). Su brillante trayectoria ha merecido el reconocimiento
del Estado peruano en el segundo gobierno de Fernando Belaúnde Terry y fue
condecorado con los más altos galardones: Orden "El Sol del Perú" en el Grado de Gran
Cruz (1982); Medalla del Congreso en Grado de Comendador (1982); y las Palmas
Magisteriales en el grado de Amauta (1988)en el primer mandato de Alan García.
Recientemente el Fondo Editorial del Congreso de la República del Perú ha publicado una
compilación de Lucy Núñez Rebaza de la obra literaria de Teodoro Núñez Ureta.

Obra mural
La Educación en el Perú - detalle

 Don Quijote y Sancho Panza, Club Arequipa 1.61 m.x 2.50 m. (1944)
 La campiña arequipeña, Hotel Libertador-Arequipa 1.70 m. x 7.00 m. (1948)
 La ciudad de Arequipa, Hotel Libertador-Arequipa 1.70 m. x 7.00 m. (1948)
 La Patria, Colegio Militar Coronel Francisco Bolognesi 3.10 m. x 8.00 m. (1953)
 La Educación en el Perú, Ministerio de Educación. Lima 3.10 m x 35.00 m. (1955-
1963)
 La construcción del Perú, Ministerio de Economía, Finanzas y Comercio. 6.00 m. x
16.00 m. (1954)
 Miraflores I y Miraflores II, Municipalidad de Miraflores. Lima. 1.98 m. x 6.00 m (c/u).
(1960)
 La Independencia del Perú, Lima. 4.00 m. x 6.00 m. (1971)
 Murales del Banco Continental, Mercado aldeano y Mercado popular. Lima 1963.
 Murales de Tarma, Mercado Aldeano, Paisaje aldeano I, Paisaje aldeano II. (1954)
Fue un notable artista e intelectual de la historia reciente del Perú (Arequipa, 1912 –Lima,
1988), su obra pictórica es extensa y variada, en un juventud su obra se caracterizó por un
trabajo académico en el trato de los volúmenes y colores, esto con la intención del desarrollo
técnico, de esta primera etapa se pueden ver sus logros en los dos grandes cuadros del
Municipio de Arequipa con los temas de “La fundación Inca” y “La fundación Española”.

Despues su arte fue en la búsqueda del color tratando con la vibración cromática y las
sucesiones armónicas, estas sucesiones son de un virtuosismo espectacular en su trabajo de
acuarelista.

En el contenido, logro recrear la esencia del Perú con un arte humanista de gran dinamismo y
sentido psíquico. Su línea de dibujo era expresiva y vibrante. Para él las líneas en el plano
constituían una danza de lenguaje propio. Es por esto que su obra también es valida así se le
suprima su interpretación descriptiva.

Su merito como pintor peruano es que elevo la vida de su pueblo a un nivel de arte universal
sin recurrir al calco de las tendencias contemporáneas venidas de Europa y Norte América.

Es por esta concepción de arte humanista que nunca participó en concursos, liberando a su
creación de la crítica y las tendencias. En su madurez, el artista escuchaba el discurso del arte
esencial o espiritual, de la negación del objeto, del suprematismo, el arte por el arte, del modo
conceptual y de la desmaterialización como el nuevo pan que había que tragar so pena de
muerte. No pudo alcanzar los últimos postulados de la crítica que trataban de la
transvanguardia y de la importancia de mirar al pasado convirtiendo lo viejo en nuevo, este
mensaje del crítico italiano Bonito Achile Oliva llego a América despues de la muerte de Don
Teodoro.

Para entender su concepción en el arte citaré la siguiente frase de su autoría: “No he creído
jamás en un arte aislado de la realidad que le rodea y determina, ni en una pintura que
pretenda ignorar al ser humano, que ha sido siempre, en todas las épocas y en todos los
lugares, el impulso, el medio y el fin de todo arte universal…”

Además de su trabajo en caballete, realizó una importante obra mural en Lima, Arequipa y
Tarma, resumiendo las inquietudes que inquietaron su pincel: La vida de la gente, sus
costumbres y oficios, su paisaje, su historia, el drama y sus héroes.

Obtuvo el grado de Bachiller en ciencias y Doctor en Filosofía y Letras, con una tesis sobre “El
Compañero Juárez” y “Lo grotesco y lo Cómico en el Arte”. Incorporado a la docencia regentó
las cátedras de Historia del Arte y Estética (1936-1950), en la Facultad de Letras. Con el artículo
costumbrista “La Abuela”, se hizo merecedor del Premio Nacional de Periodismo (1943). Con
los auspicios de la Fundación Guggenheim viajó a Estados Unidos (1943-1944). Escribió el libro
“Academismo y Arte Moderno” (1945).

Establecido en Lima, desde 1950, en 1959 mereció el Premio Nacional de Cultura Ignacio
Merino, fue director de la Escuela Nacional de Bellas Artes (1973-1976); y Presidente de la
Asociación Nacional de Escritores y Artistas (1978-1980). Ha exhibido su obra en Lima,
Arequipa, Chile, Venezuela, Panamá, México, Canadá, Estados Unidos, Unión Soviética, Suecia
y Bulgaria.

Ha publicado “Siqueiros” (1976); Pintura Contemporánea Peruana (1975-1976). Escribió “La


Waytacha” (1980), cuento traducido al ruso, ingles y búlgaro; La Vida de la Gente (1982).

Asistió a Bulgaria en 1980 invitado por la UNESCO y el Gobierno de Sofía, siendo condecorado
por el Circulo de Escritores y el de Artistas Plásticos de ese País.

Su tierra natal lo ha declarado “Hijo Predilecto”, otorgándole el “texao de Oro” y la Medalla de


Oro de la Ciudad de Arequipa. Así mismo, en la capital se le concedió la Medalla Cívica de la
Ciudad de Lima (1985). Su brillante trayectoria ha merecido el reconocimiento del Estado
Peruano que lo ha condecorado con los más altos galardones: Orden “El Sol del Perú” en el
Grado de Gran Cruz (1982); Medalla del Congreso en Grado de Comendador (1988); y las
Palmas Magisteriales en el Grado de Amauta (1988).
El 1 de abril se cumplieron 100 años del nacimiento del renombrado escritor, pintor,
acuarelista, caricaturista y muralista arequipeño Teodoro Núñez Ureta (1912 –
1988), reconocido como uno de los mejores exponentes del arte en el Perú del siglo
XX. Un hombre sencillo, múltiple y de espíritu revolucionario.
Núñez Ureta, durante una entrevista con la prensa, se definió así: “…En verdad, soy un
pintor peruano de lo peruano, buscando lo universal y permanente a través de lo
característico y lo perecedero. Y lleno de amor, de violencia, de indignación y de
esperanza por el país en el que vivo”. La inagotable sensibilidad y disconformidad que lo
caracterizó está plasmada en su amplia producción artística y literaria.
Su formación pictórica fue autodidacta. Salía al campo a pintar solo o acompañado de su
familia y del maestro Enrique Masías Portugal –conocido como “el padre de la pintura
puneña”- quien alentó su dedicación por las artes plásticas al advertir su habilidad
sobresaliente para el retrato y el paisaje. En su adolescencia practicaba la acuarela con su
hermano, el artista arequipeño Alejandro Núñez Ureta.
Sus estudios los desarrolló gracias a que su padre, Pedro Núñez Ponce, trabajó en la
antigua librería Emmel (Arequipa). Así accedió a libros sobre arte europeo. Hizo dibujos
acerca de Francisco de Goya, Rembrandt Van Rijn y Diego Velázquez que, actualmente,
están conservados por la Asociación Cultural Perú Arte Valor.
Con el artículo costumbrista "La abuela" obtuvo el Premio Nacional de Periodismo
(1943). Ese mismo año, gracias al auspicio de la Fundación Guggenheim, viajó a Estados
Unidos. Se estableció en Lima desde 1950 y ganó el Premio Nacional de Cultura “Ignacio
Merino” (1959) por el mural labrado en el Ministerio de Economía (1954) denominado
"Construyendo el Perú" -en la técnica de pintura al fresco- considerada por los
especialistas como una de sus obras cumbres.
En nuestra metrópoli sus murales se lucen en el edificio del Ministerio Público (ex
Ministerio de Educación). Se trata de un extenso fresco titulado “Historia de la
educación” (trabajado a mediados de 1950) que incluye la presencia del literato
indigenista José María Arguedas. De igual forma, en el Panteón de los Próceres se aprecia
un maravilloso mural que muestra un grupo de combatientes enarbolando la bandera
nacional. En la sede del Banco Continental en San Isidro podemos ver los murales “Mesa
callejera” y “Mercado popular”. Por último, el Palacio Municipal de Miraflores exhibe
dos murales recreativos de los distintos escenarios de esa comuna elaborados en 1960. En
1993, todos sus murales fueron declarados Patrimonio Cultural de la Nación por el
Instituto Nacional de Cultura (INC).
Antonio Muñoz Monge, en su artículo “El Perú como mural”, precisa: “…Abordó con
igual sensibilidad, lucidez e inteligencia, la pintura, la creación literaria, el periodismo, el
ensayo. Fue doctor en letras y filosofía. A través del arte, Teodoro Núñez Ureta ha
expresado su realidad, su rica personalidad, su humanismo, su vida intensa, generosa y
creativa”.
Se desempeñó con brillo en importantes cargos públicos y privados. Fue director de la
Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima (1973–1976) y presidente de la Asociación
Nacional de Escritores y Artistas (1978-1980). Su producción estética se ha presentado
en Chile, Venezuela, Panamá, México, Canadá, Estados Unidos, Rusia, Suecia y
Bulgaria.
Autor de los libros "Academismo y arte moderno" (1945); "David Alfaro Siqueiros"
(1976); "Pintura contemporánea peruana", dos volúmenes, (1975–1976); "La vida de la
gente" (1982), en donde reproduce 68 acuarelas y 35 dibujos, encaminados a narrar tipos
sociales y tradiciones. Su cuento "La waytacha" (1980), que él me obsequió, ésta
traducido al ruso, inglés y búlgaro. Allí presenta –a través de un poético simbolismo- las
frustraciones del campesino de la urbe e induce al amor por la tierra.
No fueron ajenos los merecidos reconocimientos oficiales del estado peruano. Durante el
segundo gobierno del presidente Fernando Belaúnde Terry (1980 – 1985) es condecorado
con la Orden "El Sol del Perú" en el grado de Gran Cruz y con la Medalla del Congreso
de la República en el grado de Comendador. En el atardecer de su existencia recibió las
Palmas Magisteriales en el grado de Amauta (1988).
Un artista rebelde, contestatario e iconoclasta. Omar Zevallos Velarde, refiere en su nota
“La poderosa caricatura de Teodoro” un episodio expresivo de su actitud contestaría:
“…Allí está esa notable caricatura que hizo en 1981, sobre la invasión inglesa a las Islas
Malvinas publicada en el diario ‘El Observador’, en la que se ve a Margareth Thatcher
como un jinete del apocalipsis. Esa fue la última caricatura que publicó”.
Fue inolvidable mi encuentro en su acogedora casa de Miraflores una tarde de verano de
1984. En amena conversación traté a este creador multifacético de personalidad cálida,
modesta y hablar sereno. Siempre advirtió una visible sensibilidad y emoción social con
el acontecer del país. Conoció de cerca la pobreza, la arbitrariedad y la postergación de
las comunidades alejadas de la capital.
Tuvo la gentileza de regalarme un boceto a carboncillo que me llevaría –muchos años
más tarde y con ocasión de escribir estas líneas- a tratar a su protagonista, el pintor de
estilo realista Bruno Portuguez Nolasco (Chorrillos, 1956), quien forjó cercana
vinculación con Francisco (Pancho) Izquierdo López. Teodoro sacó un dibujo, colocó la
fecha y firmó, así llegó a mis manos un esbozo -hecho en 1960- de un chico de nombre
Bruno. Me detalló de su hábito de hacer pasar a su taller, para hacerlos posar, a los niños
que tocaban su puerta y luego les daba una propina o compraba sus productos.
Dicho dibujo tiene una historia singular y, probablemente, única en la relación entre dos
artistas. Portuguez comenta: “Yo estaba en una guardería para niños hijos de pescadores.
La directora era una sueca, no recuerdo su nombre, que invitó al gran pintor Teodoro
Núñez Ureta a que fuera a la guardería a dibujar niños porque a éste le gustaba. Y
cuando yo tenía cuatro años me dibujó”.
En reciente visita a la casa de Bruno me contó que una amiga, al acudir a su taller, aseguró
que el pequeño retratado era él. Así surge su interés por conocer a Teodoro, quien le
obsequió uno de los originales con esta dedicatoria: “Este es un reencuentro emocionante.
Este niño es ahora un pintor de verdad. Y estoy seguro de su camino ascendente y de su
triunfo artístico. Pero hay que mantener en el alma el niño que fuiste” (abril, 1987).
Era un momento conmovedor y ambos artistas se abrazaron. Antes de concluir la
cita, Portuguez le pidió un favor: “Esos treinta minutos que le di hace 26 años, quisiera
que me los devuelva”. Núñez aceptó y el joven Bruno hizo el último retrato en vida del
maestro que le entregó con esta anotación: “A don Teodoro Núñez Ureta por su vida y
obra con cariño” (12 de noviembre de 1987).
Este afable y original pintor chorrillano tiene gratificantes recuerdos de Teodoro:
“Sabía ser alegre, pero era la ternura lo que primaba en él; se sentía cuando conversaba,
cuando miraba, en sus cuadros, en la luz de su gran taller. También había dado testimonio
de su ira, de su rebeldía ante la injusticia contra los débiles, contra la explotación del
hombre, de su pueblo. Todo eso lo plasmó sabiamente en sus dibujos, en sus pinturas y
en sus murales”.
La obra de Teodoro Núñez Ureta amerita entenderse y valorarse, entre otras
consideraciones, por la dimensión de su rebeldía. Su legado -sublevante y crítico-
presenta una mirada singular, aguda y sátira de la diversidad cultural del Perú y, además,
contribuye a forjar ese sentimiento de identidad necesario para lograr nuestro
acercamiento, aceptación e integración colectiva. Mi homenaje a tan insuperable peruano.
Por: Wilfredo Pérez Ruiz (*)
El 1 de abril se cumplieron 100 años del nacimiento del renombrado escritor, pintor, acuarelista,
caricaturista y muralista arequipeño Teodoro Núñez Ureta (1912 – 1988), reconocido como uno
de los mejores exponentes del arte en el Perú del siglo XX. Un hombre sencillo, múltiple y de
espíritu revolucionario.

Núñez Ureta, durante una entrevista con la prensa, se definió así: “…En verdad, soy un pintor
peruano de lo peruano, buscando lo universal y permanente a través de lo característico y lo
perecedero. Y lleno de amor, de violencia, de indignación y de esperanza por el país en el que
vivo”. La inagotable sensibilidad y disconformidad que lo caracterizó está plasmada en su amplia
producción artística y literaria.
Su formación pictórica fue autodidacta. Salía al campo a pintar solo o acompañado de su familia
y del maestro Enrique Masías Portugal –conocido como “el padre de la pintura puneña”- quien
alentó su dedicación por las artes plásticas al advertir su habilidad sobresaliente para el retrato
y el paisaje. En su adolescencia practicaba la acuarela con su hermano, el artista arequipeño
Alejandro Núñez Ureta.

Sus estudios los desarrolló gracias a que su padre, Pedro Núñez Ponce, trabajó en la antigua
librería Emmel (Arequipa). Así accedió a libros sobre arte europeo. Hizo dibujos acerca de
Francisco de Goya, Rembrandt Van Rijn y Diego Velázquez que, actualmente, están
conservados por la Asociación Cultural Perú Arte Valor.
Con el artículo costumbrista "La abuela" obtuvo el Premio Nacional de Periodismo (1943). Ese
mismo año, gracias al auspicio de la Fundación Guggenheim, viajó a Estados Unidos. Se
estableció en Lima desde 1950 y ganó el Premio Nacional de Cultura “Ignacio Merino” (1959) por
el mural labrado en el Ministerio de Economía (1954) denominado "Construyendo el Perú" -en la
técnica de pintura al fresco- considerada por los especialistas como una de sus obras cumbres.
En nuestra metrópoli sus murales se lucen en el edificio del Ministerio Público (ex Ministerio de
Educación). Se trata de un extenso fresco titulado “Historia de la educación” (trabajado a
mediados de 1950) que incluye la presencia del literato indigenista José María Arguedas. De
igual forma, en el Panteón de los Próceres se aprecia un maravilloso mural que muestra un grupo
de combatientes enarbolando la bandera nacional. En la sede del Banco Continental en San
Isidro podemos ver los murales “Mesa callejera” y “Mercado popular”. Por último, el Palacio
Municipal de Miraflores exhibe dos murales recreativos de los distintos escenarios de esa
comuna elaborados en 1960. En 1993, todos sus murales fueron declarados Patrimonio Cultural
de la Nación por el Instituto Nacional de Cultura (INC).
Antonio Muñoz Monge, en su artículo “El Perú como mural”, precisa: “…Abordó con igual
sensibilidad, lucidez e inteligencia, la pintura, la creación literaria, el periodismo, el ensayo. Fue
doctor en letras y filosofía. A través del arte, Teodoro Núñez Ureta ha expresado su realidad, su
rica personalidad, su humanismo, su vida intensa, generosa y creativa”.
Se desempeñó con brillo en importantes cargos públicos y privados. Fue director de la Escuela
Nacional de Bellas Artes de Lima (1973–1976) y presidente de la Asociación Nacional de
Escritores y Artistas (1978-1980). Su producción estética se ha presentado en Chile, Venezuela,
Panamá, México, Canadá, Estados Unidos, Rusia, Suecia y Bulgaria.
Autor de los libros "Academismo y arte moderno" (1945); "David Alfaro Siqueiros" (1976); "Pintura
contemporánea peruana", dos volúmenes, (1975–1976); "La vida de la gente" (1982), en donde
reproduce 68 acuarelas y 35 dibujos, encaminados a narrar tipos sociales y tradiciones. Su
cuento "La waytacha" (1980), que él me obsequió, ésta traducido al ruso, inglés y búlgaro. Allí
presenta –a través de un poético simbolismo- las frustraciones del campesino de la urbe e induce
al amor por la tierra.
No fueron ajenos los merecidos reconocimientos oficiales del estado peruano. Durante el
segundo gobierno del presidente Fernando Belaúnde Terry (1980 – 1985) es condecorado con
la Orden "El Sol del Perú" en el grado de Gran Cruz y con la Medalla del Congreso de la República
en el grado de Comendador. En el atardecer de su existencia recibió las Palmas Magisteriales
en el grado de Amauta (1988).
Un artista rebelde, contestatario e iconoclasta. Omar Zevallos Velarde, refiere en su nota “La
poderosa caricatura de Teodoro” un episodio expresivo de su actitud contestaría: “…Allí está esa
notable caricatura que hizo en 1981, sobre la invasión inglesa a las Islas Malvinas publicada en
el diario ‘El Observador’, en la que se ve a Margareth Thatcher como un jinete del apocalipsis.
Esa fue la última caricatura que publicó”.
Fue inolvidable mi encuentro en su acogedora casa de Miraflores una tarde de verano de 1984.
En amena conversación traté a este creador multifacético de personalidad cálida, modesta y
hablar sereno. Siempre advirtió una visible sensibilidad y emoción social con el acontecer del
país. Conoció de cerca la pobreza, la arbitrariedad y la postergación de las comunidades alejadas
de la capital.
Tuvo la gentileza de regalarme un boceto a carboncillo que me llevaría –muchos años más tarde
y con ocasión de escribir estas líneas- a tratar a su protagonista, el pintor de estilo realista Bruno
Portuguez Nolasco (Chorrillos, 1956), quien forjó cercana vinculación con Francisco (Pancho)
Izquierdo López. Teodoro sacó un dibujo, colocó la fecha y firmó, así llegó a mis manos un
esbozo -hecho en 1960- de un chico de nombre Bruno. Me detalló de su hábito de hacer pasar
a su taller, para hacerlos posar, a los niños que tocaban su puerta y luego les daba una propina
o compraba sus productos.
Dicho dibujo tiene una historia singular y, probablemente, única en la relación entre dos artistas.
Portuguez comenta: “Yo estaba en una guardería para niños hijos de pescadores. La directora
era una sueca, no recuerdo su nombre, que invitó al gran pintor Teodoro Núñez Ureta a que
fuera a la guardería a dibujar niños porque a éste le gustaba. Y cuando yo tenía cuatro años me
dibujó”.
En reciente visita a la casa de Bruno me contó que una amiga, al acudir a su taller, aseguró que
el pequeño retratado era él. Así surge su interés por conocer a Teodoro, quien le obsequió uno
de los originales con esta dedicatoria: “Este es un reencuentro emocionante. Este niño es ahora
un pintor de verdad. Y estoy seguro de su camino ascendente y de su triunfo artístico. Pero hay
que mantener en el alma el niño que fuiste” (abril, 1987).
Era un momento conmovedor y ambos artistas se abrazaron. Antes de concluir la cita, Portuguez
le pidió un favor: “Esos treinta minutos que le di hace 26 años, quisiera que me los devuelva”.
Núñez aceptó y el joven Bruno hizo el último retrato en vida del maestro que le entregó con esta
anotación: “A don Teodoro Núñez Ureta por su vida y obra con cariño” (12 de noviembre de
1987).
Este afable y original pintor chorrillano tiene gratificantes recuerdos de Teodoro: “Sabía ser
alegre, pero era la ternura lo que primaba en él; se sentía cuando conversaba, cuando miraba,
en sus cuadros, en la luz de su gran taller. También había dado testimonio de su ira, de su
rebeldía ante la injusticia contra los débiles, contra la explotación del hombre, de su pueblo. Todo
eso lo plasmó sabiamente en sus dibujos, en sus pinturas y en sus murales”.
La obra de Teodoro Núñez Ureta amerita entenderse y valorarse, entre otras consideraciones,
por la dimensión de su rebeldía. Su legado -sublevante y crítico- presenta una mirada singular,
aguda y sátira de la diversidad cultural del Perú y, además, contribuye a forjar ese sentimiento
de identidad necesario para lograr nuestro acercamiento, aceptación e integración colectiva. Mi
homenaje a tan insuperable peruano.
(*) Docente, conservacionista, consultor en temas ambientales, miembro del Instituto Vida y ex
presidente del Patronato del Parque de Las Leyendas – Felipe Benavides
Barreda. http://wperezruiz.blogspot.com/

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