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Cultura y Aislamiento del Paraguay

Este documento resume las características culturales del pueblo paraguayo. Explica que es una cultura mestiza que conserva la lengua indígena guaraní. El país estuvo aislado geográficamente por pantanos y bosques, y económicamente por falta de recursos naturales valiosos. Este aislamiento moldeó el carácter nacional paraguayo y su fuerte sentido de comunidad basado en lazos familiares y de amistad. La ley tiene poca importancia; prima la discrecionalidad de los líderes de cada

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Cultura y Aislamiento del Paraguay

Este documento resume las características culturales del pueblo paraguayo. Explica que es una cultura mestiza que conserva la lengua indígena guaraní. El país estuvo aislado geográficamente por pantanos y bosques, y económicamente por falta de recursos naturales valiosos. Este aislamiento moldeó el carácter nacional paraguayo y su fuerte sentido de comunidad basado en lazos familiares y de amistad. La ley tiene poca importancia; prima la discrecionalidad de los líderes de cada

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EL HOMO PARAGUAYENSIS

(Extraído de EL PAÍS DE LA SOPA DURA, TRATADO DE PARAGUAYOLOGÍA II, HELIO VERA, Ed


Servilibro, 2010)

He aquí al taciturno e inescrutable homo paraguayensis, va-riedad insular del homo sapiens.
Presentémoslo. No se trata de una raza, si por raza entendemos un módico catálogo de rasgos
físicos externos, aunque predomina en su población el tipo mestizo, de in-sistentes rasgos
asiáticos, no pocas veces confirmado por una man-cha violácea que el nacimiento estampa,
durante pocos días, en la nalga de los niños. Hablemos mejor de una cultura, ese resultado de
la "acomodación del hombre a una coyuntura histórica y al enfrenta-miento con la solución de
los problemas técnico-económicos y téc-nico ecológicos", de que habla el antropólogo
norteamericano Mar-vin Harris.

¿De qué clase de cultura hablamos? De una cultura mestiza, una cuenca donde confluyen una
fuente indígena y una hispánica, suponiendo que se pueda hablar de esta última en una época
en que España estaba siendo unificada mediante el uso generoso del garrote vil y de las
pedagógicas hogueras de la Inquisición.

De su pasado indígena conserva la lengua, hablada por la ma-yoría de la población, incluso por
los inmigrantes europeos, levanti-nos y orientales que llegaron en oleadas sucesivas. Es el
único pue-blo mestizo de América Latina que conserva, como lengua propia, la que hablaban
sus antepasados indígenas. En otros países de la región se mantienen vivas las lenguas nativas,
pero solo dentro del perí-metro de los pueblos que las hablaban originalmente. En cuanto al
español, este posee peculiaridades en las que es fácil hallar vestigios del que hablaban en el
Renacimiento los rudos soldados y marineros de la armada de Pedro Mendoza que llegaron
hasta lo que hoy es el Paraguay.

No es la lengua lo único que conserva la cultura paraguaya. También fue vaciada en ella una
serie de hábitos, conocimientos y mitos, e incluso creencias, a veces disimuladas bajo una capa
de santurronería. De los españoles adoptó la religión católica, poblada de santos que ofician de
"abogados" a quienes uno debe pedir ayuda cuando se ve en apuros, incluso cuando es
perseguido por la Policía. Acogió también el derecho, invento romano hundido bajo el peso de
las formalidades que seducen a los rábulas y estrangulan la justicia. De allí también vino la
regla de oro del orden jurídico imperial: "se acata pero no se cumple", que mantiene su intacta
vigencia.

II

El Paraguay, aunque pomposamente fue definido alguna vez como "la Provincia Gigante de las
Indias", no era otra cosa que el territorio sobre el cual el fuerte de Asunción ejercía una
influencia real; es decir, un radio poco más de 50 kilómetros, al Sur y al Este, y algo menos
hacia el Norte, hasta allí se podía encontrar la mayoría de los pueblos mestizos.

La población mestiza tuvo que vivir en un territorio encerrado entre pantanos traicioneros,
desiertos polvorientos y bosques inter-minables que sólo se detenían ante las playas marinas.
"Turquesa fluvial, rosa enterrada", escribe Pablo Neruda en su "Canto Gene-ral", para
proponer, en una estupenda metáfora, lo que era el Para-guay. Ignorado por el resto del
mundo, hasta bien entrado el siglo XIX era conocido como " la China sudamericana", expresión
que pretendía definir su distancia del resto del mundo.

El país ha sido definido a veces como una "isla rodeada de tie-rra" o "la isla sin mar", como
prefería Roa Bastos. Hay razones para ello. El aislamiento marcó a fuego su destino como
nación y el ca-rácter de sus habitantes, mestizos, frutos del contacto entre europeos y karijós,
una etnia del tronco lingüístico tupí-guaraní.

Para explicarlo, nada mejor que un poco de historia. Los sol-dados y marineros de la armada
de Pedro de Mendoza que llegaron aquí en el siglo XVI nunca pensaron quedarse en el actual
emplaza-miento de Asunción. Vieron en este lugar solo una posta en el viaje al Alto Perú, que
pensaban despojar de sus riquezas. Siguieron las huellas del primer europeo en llegar a esa
región: el portugués Alejo García, quien organizó una expedición de saqueo al frente de un
ejército indígena.

Los europeos quedaron, pues, en Asunción, abandonados a su suerte, donde tuvieron que
dedicarse a ver crecer a sus hijos mesti-zos. Cuando en la metrópoli quedó bien claro dónde
estaban el oro y la plata americanos, ya nadie vino al Paraguay hasta el siglo XIX; salvo algún
que otro burócrata de menor importancia, enviado por la Corona, o los pocos misioneros que
se sintieron llamados a evan-gelizar aborígenes.

Pero vamos, hablábamos del aislamiento geográfico. Al Nores-te comenzaba el desierto


chaqueño, un enigma geográfico y cultural que se prolongó como tal hasta la guerra contra
Bolivia. Al Suroeste, los esteros del Ñeembucú trazaban una franja letal que pocos osados se
atrevían a cruzar, o el territorio de la Compañía de Jesús, que estaba vedado a los paraguayos.
Al Este, más allá de los últimos po-blados, comenzaba un monte cerrado que llegaba hasta el
Atlántico.

III

El aislamiento también fue económico. Alejado de las grandes vías del comercio mundial,
vacías sus entrañas de metales preciosos, carente de recursos naturales apetecidos por el
mercado mundial, de esos cuya posesión ha sido la causa de guerras sangrientas, el Paraguay
permaneció desapercibido en su rincón. No había la plata de Potosí, el oro del Perú ni las
esmeraldas de Colombia; ni el caucho brasileño ni la cochinilla mexicana, ni el estaño chileno
ni el trigo argentino. No hubo pues, una base material que permitiese la acu-mulación
suficiente sobre la cual crecen las elites, en activo inter-cambio de bienes y cultura con los
demás pueblos del mundo.

La pobreza, pues, fue un signo omnipresente durante los siglos de dominación colonial. La
cultura fue una de las víctimas más vi-sibles: cuando fue fundada la Universidad Nacional de
Asunción, a fines del siglo XIX, la de Córdoba, la de Lima y otras de América ya tenían siglos de
existencia. Las corrientes intelectuales llegaron siempre con treinta años de atraso. Se hizo
poesía modernista cuan-do el modernismo había pasado al olvido. La pintura moderna llegó en
la década de 1950, mucho tiempo después de que dejase de ser una novedad en el resto del
mundo.
La producción agropecuaria, orientada hacia un reducido mer-cado interno, concentró la
población en las regiones rurales. Y este hecho geográfico y económico también marca la
manera de ver el mundo y de organizar la relación con los demás, la cual suele exigir el
agrupamiento en clanes, donde la familia nuclear se amplía con una serie de anillos
concéntricos de cuñados, compadres y arrima-dos. Así se explica el fuerte gregarismo del
paraguayo, que proyecta su influencia a todos los escenarios de la vida nacional. Por algo un
antropólogo inglés decía que en el Paraguay sólo funcionan tres instituciones: el parentesco, la
amistad y el compadrazgo. Y note-mos que el compadrazgo no es sino una manera de
robustecer los lazos familiares y de amistad. Sobre el grupo y la confianza que se establece
entre sus miembros se sostiene todo el edificio institucio-nal. Por eso, todo el sistema
normativo no es sino un conjunto de abstracciones pintorescas que no conmueven a nadie.
Quien tiene el mando no está obligado a cumplir la ley ni a hacerla cumplir. Él es la ley. Por
eso, cuando se explica que alguien tiene el mando en una organización o en un lugar se dice:
"Fulano es el estatuto".

El ejercicio del poder supone, pues, la más completa discrecio-nalidad para quienes forman
parte de los anillos cercanos al núcleo.

La ley es una regla que solo se aplica a los extranjeros, los distraídos y los enemigos. Una
abstracción. Para quienes se encuentran en el núcleo y sus anillos cercanos, rige la más
completa discrecionalidad. Para que esta sea completa, debe ser premiada con la impunidad,
de manera tal que todo el sistema punitivo funcione como una especie de blindaje de los
poderosos.

Toda la estructura social y política expresa la vigencia de ese empecinado gregarismo, en el


cual también encontraremos vestigios de la organización social tupí-guaraní, propia del
Neolítico. Detrás de casi toda organización social, cultural o política se encuentra aga-zapado
un grupo unido por lazos familiares o de amistad, el cual concentra los verdaderos resortes del
poder. Se supone que allí se encuentra una lealtad a toda prueba, requisito fundamental para
ac-ceder a los escalones cercanos al núcleo del poder. La confianza prevalece sobre el
conocimiento, la destreza, la experiencia, las ap-titudes o cualquiera de los demás requisitos
que suelen exigirse en las organizaciones modernas.

IV

No es casual que la concepción del mundo exprese también todos estos valores arcaicos. El
paraguayo cree en el destino, y en que los acontecimientos que lo esperan están prefijados
desde el momento mismo de su nacimiento. Cuando alguien muere, se dirá: hi ára guahe (le
llegó su tiempo), porque nañamanói la visperape (no se muere en la víspera), y porque, en una
frase frecuentada por León Cadogan, un eminente paraguayo oimé iplanétape (está en su
planeta), por alusión a que la vida y la muerte están regidas por el movimiento de los astros y
las constelaciones.

El progreso y el bienestar se alcanzarán mediante métodos se-guros: arrimarse a la sombra del


poderoso, esperar un golpe de suer-te o trasquilar al Estado, el cual es visto como un cazadero
donde se puede practicar, sin consecuencias, el arte cinegético. El Estado, por ser de todos, no
es de nadie, y puede ser saqueado sin remilgos éticos. Una vez en el poder, el patrimonio del
Estado se confundirá con el del estatuto, lo cual no extrañará ni molestará a nadie. Se lo verá
como algo natural. Ese fenómeno, que suele conocerse como patrimonialismo y que Weber
conocía como sultanismo tiene, en el Paraguay, matices exacerbados.

Consagra varias horas del día a la ingestión del tereré, cuya función manifiesta es la de reponer
el agua que se evapora con el su-dor. Pero, además, hay una función latente, mucho más
importante. La bebida, aderezada con yuyos diversos, es también un instrumento de la
socialización y del establecimiento de un clima de confianza; o, en su caso, para marcar
distancias y niveles sociales, cuando el acto de servir ("cebar") es confiado a una mujer, al de
menor edad o al de menor jerarquía.

Al contrario del europeo, para el cual la cocina puede ser una exquisitez del varón, el
paraguayo cree que la cocina es una función exclusivamente femenina, salvo para el asado,
actividad privativa de aquel. Tiene un código moral para el varón y otro para la mu-jer; flexible
en el primero cuando se trata de cuestiones sexuales, y rígido para la segunda. La infidelidad es
una picardía que debe ser perdonada, porque Karia’y rembiapo (cosas de hombres) y, por
tan-to, conducta propia del arriero pórte (la manera del ser del arriero, es decir, del hombre),
sujeta a una amplia tolerancia. En cambio, es pecado imperdonable para la mujer, la cual será
estigmatizada con todos los peores epítetos imaginables.

Hay comidas propias de fechas determinadas. En un casamien-to, será de rigor la "sopa"


paraguaya, una especie de tarta de maíz que admite varias recetas. El 1 de octubre, debe
ingerirse una abun-dante sopa de porotos y locro, que sirve para ahuyentar las amenazas de la
carestía. El 1 de agosto, el menú se desplaza al alcohol, que debe reunir la ruda, el limón y la
caña en un brebaje que, se supone, estimula la renovación de la sangre, que se realiza en ese
exacto día.

El saludo entre mujeres e incluso entre un hombre y una mujer exige dos besos, uno en cada
mejilla. Quien besa una sola mejilla, se delata inmediatamente como argentino. El beso entre
hombre, a la rusa o a la francesa, sería estigmatizado como una pública confesión de
homosexualidad, así como un apretón de manos lánguido y demorado. Y la homosexualidad es
un rasgo rechazado en público, aunque su práctica privada sea estadísticamente la misma que
en cualquier otra parte del mundo. Aunque cabe agregar que, si nos atenemos al pasado
indígena, debería tener aún más fuerza.

No dejo de anotar otro rasgo pintoresco: el paraguayo tiene una extraña guerra contra las
puertas. Es muy difícil conseguir que las cierre al salir y es más bien dable esperar que deje un
tendal de puertas abiertas a su paso. Será inútil pregonar problemas de segu-ridad, de
educación o de respeto. La puerta quedará siempre abierta aunque por allí escapen los perros
y entren los ladrones.
VI

Sujeto huraño y enigmático, oculta sus sentimientos y mezqui-na las palabras como si fuesen
monedas de oro, limitándola a mono-sílabos o a simples carraspeos; salvo, claro, cuando el
alcohol des-ata la lengua hasta la irreverencia. Aparte de eso, su registro vocal carece
normalmente de estridencias y su tono es casi confidencial. Su habla es compleja, ya que
navega entre dos idiomas: el español, que prefiere para las formalidades, y el guaraní, que
reserva para el coloquio, para la "talla" (la broma) y para el insulto.

Sus expresiones son ambiguas, y nunca compromete una opi-nión. Cuando pasa frente a un
amigo y lo invita a acompañarlo (jahápy), en realidad no le dice nada, ni mucho menos lo está
invi-tando a nada. El otro responderá que así lo hará, y tampoco con ello dirá nada, y no está
dispuesto a seguirlo a ninguna parte. Cuando dice que se va para volver (aháta aju), podrá
hacerlo en media hora, el año que viene o nunca. Sus palabras de consentimiento deben ser
tomadas con cautela, porque no expresan ninguna decisión. Sus -sí- no deben ser tomados en
serio, asi como ninguna de las expresiones que indican consentimiento. Tan sólo cuando dice
"no" se lo debe tomar en serio, porque esa negativa le ha salido del fondo del alma.

Hombre de cautelas y prevenciones, el paraguayo rechaza el apuro y la precipitación. Todo


vendrá a su tiempo, sin prisas, sin impaciencias, como consecuencia de la natural acomodación
de las cosas a misteriosas leyes cósmicas. Total, ojapuravaekue omanom-báma Boquerónpe
(los que se apuraron, murieron todos en Boque-rón) o ndaipóri apúro he'i kure mboguataha
(no hay apuro, dice quien hace pasear a los cerdos). Por tanto, el libre albedrío no existe, el
ahorro es innecesario, el conocimiento es una carga inútil, el es-fuerzo personal no sirve de
mucho y quien trabaja demasiado será denostado como un "judío Paraguay". Todo ocurrirá
porque deba ocurrir. Tal vez se puede intervenir en algunos sucesos mediante el dominio de
fuerzas sobrenaturales (el payé). Ya estoy creyendo que allí está la verdad.

La prudencia es su diosa tutelar. Rehusará meterse donde no lo llaman, porque iñekuáva


osevai ara katuete (el metido siempre sale mal). Y no cometerá ningún acto temerario, que
implique asumir riesgos innecesarios. La versión criolla de los consejos del viejo Viz-caya está
llena de advertencias y prevenciones. Advierte claramente que ndajapyvoíri ara kavaraityre (no
patees un nido de avispas), redajapyvoiri ara jaguaretejurúpe (no patees la boca de un jaguar),
o ndajapyvoíri ara jaguarete ruguáire (o no pises la cola del jaguar). Y hasta en el refranero del
truco se indica, de manera terminante, que falta envido ha comisiónpe, nda enteroi ojeplanta
(nadie se planta a la comisión ni a la falta envido). Mejor es asumir una posición de
observador, ecuánime y equilibrada, mbytetépe poncho juruícha (en el exacto medio, como la
boca de un poncho).

Eso no debe interpretarse como una actitud cristiana de perdón y bondad. Se trata
simplemente de esperar la oportunidad del des-quite, la anhelada hora de la venganza. Agante
ojereta uyvytu (en algún momento cambiará el viento). Mientras tanto, para no olvidar el
agravio, añapytíta che kamisa ruguái (ataré los extremos de mi camisa). Después llegará el
momento. Aga jajotopata tape po'ipe (ya nos encontraremos en el sendero angosto), donde el
otro no tendrá ventaja alguna. Ese será el momento de la verdad.

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