0 calificaciones0% encontró este documento útil (0 votos) 2K vistas50 páginasCasa Oscura PDF
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El Pert tiene, desde el 2006, una meta nacional de lectura: un libro
por mes para alumno y maestro. El propésito: superar la cifra de 8
de cada 10 nifios que no comprenden lo que leen. Cada escuela
peruana es responsable de organizarlo y lograr la meta.
Los nifios, adolescentes y adultos deben tener practicas lectoras
placenteras, interesantes, gozosas y en funcién de sus intereses.
Uno de los temas mas atractivos para los nifios, adolescentes y
adultos, suelen ser los relatos sobrenaturales.
Una experiencia lectora placentera produce el deseo de leer mas.
Las practicas lectoras continuas fortalecen el habito lector. El habito
lector desarrolla la creatividad, la imaginacion, el juicio critico,
incrementa el vocabulario y las habilidades comunicativas.
Los libros son para jugar a leer, y luego para comentarlos, discutirlos,
cambiarles el final, recomendarlos, cuestionarlos, elegir a los
personajes favoritos, dibujarlos tal como uno los ha imaginado.
ReCreo es una organizacion que busca lograr que los nifios peruanos
ejerzan su derecho a leer en libertad, con pasion y con placerLA CASA MAS
OSCURA
Santiago Roncagliolo
QGir.x:“La casa mas oscura”
© Empresa Periodistica Nacional S.A
Pre-prensa: CECOSAMI Pre-prensa € impresion digital S.A.
© QG Editores SAC
Ay. Los Frutales #344 Ate ~ Lima 03 ~ Perd
Primera edicion Lima, Noviembre del 2011
©Santiago Roncagliolo
Direcci6n editorial Javier Arévalo
Disefio de caratula: Bruno Cafferata
Hustracién: Luis Falen
Retrato de contratapa: Marco Antonio Schwarz,
Diagramacidn: ReCreo Sac.
Registro de proyecto editorial N°: 31501031 101716
Hecho en Depésito Legal en la Biblioteca Nacional del Peri N°: 2011-1 148
ISBN “La casa mas oscura” N°: 978-612-301-404-9
Tiraje: 26,000
Impreso en: QUAD/GRAPHICS PERU 8.A.
Av. Los Frutales #344 Ate — Lima 03 ~ Perit
Noviembre 2011Nadie parece escuchar los ruidos
de una fiesta que, por las noches,
brotan de una casona abando-
nada. Nadie, salvo un piiber que
empieza a preocupar a su herma-
no menor y a su madre.
Todos saben que en esa casa no
hay nadie, suelen decir que algo
horrible pas6 en ella, que una
mujer asesino a muchas personas,
una mujer como aquella que ha
ras interceptado al nifio para invitarlo
a pasar.En mi barrio habia una casa
embrujada. Estaba sola y deshabitada en
medio del parque del Olivar. Pero atin
asi, cuando pasabamos de noche junto a
ella, cretamos escuchar conversaciones,
ruidos de cubiertos, e incluso, alguna:
vez, los acordes de una orquesta tocando
mambos y viejas canciones criollas.
La casa también era tan vieja como
esas canciones, tanto que las tejas del te-
cho se caian, y algunas de sus ventanas
estaban rotas. En apariencia, nadie podia
vivir ahi. Y sin embargo, desde mi ven-
3| [Link] ESTA ABANDONADA,
éDE QUIEN ES LA MUSICA QUE
SE OYE POR LAS NOCHES?tana en un cuarto piso, a veces veiamos
luces encendidas en su interior, como si
alguien la ocupase, alguien que nunca se
dejaba ver en el exterior.
Mama decia que eso era una tonteria.
Y explicaba:
~Muchas casas del parque estan va-
cias porque estan en venta. Mientras es-
peran que alguien las compre, las vigila
un huachiman por las noches. No tiene
nada de raro que tenga la luz encendida.
~~¢Y los ruidos de gente? —-pregun-
taba yo— ¢Y las fiestas?
—Seguro que ese huachiman aprove-
cha para invitar a sus amigotes. Pero eso
no significa que los invitados estén muer-
tos. Al contrario: son muy vivos.
—¢Y por qué nunca vemos a nadie
entrar ni salir?
~~Ya te lo dije. Porque son muy vivos.
No quieren llamar la atencién de los ve-
cinos. O quiza se quedan a dormir en la
casa y se van temprano, cuando ti estas
en el colegio.SL i MUIR A TWEENS “og reas Sean
—O quiza son vampiros, y duermen
de dia para salir de noche a chupar la
sangre de los vecinos —intervenia mi
hermano Martin, y eso me daba mucho
miedo.
Mi hermano era, por decirlo suave-
mente, un imbécil. ‘Tenia cuatro afos
mas que yo, y desde pequefios, disfrutaba
torturandome con todo tipo de embustes
y bromas pesadas. Una vez, se invent
que yo era adoptado. Que alguien me
habia dejado en la puerta metido en una
canasta del supermercado. Para demos-
trar su afirmacion, me abrio los albumes
de fotos de la familia y dijo:
——iVes? No te pareces a nadie de no-
sotros.
Era mentira, siempre fui igualito a mi
papa. Pero no era fAcil distinguirlo en las
fotos, y papa llevaba afios sin aparecer por
casa. Esa tarde acabé llorando, y mama
paso horas convenciéndome de que si era
su hijo. Luego castigd a Martin.
En otra ocasion, durante un almuerzo
=familiar, mi hermano salié con que yo es-
taba enamorado de la vecina del 5-A, que
por cierto, era mas fea que una enferme-
dad al rifién. Para demostrarlo, Martin
sacé una supuesta carta de amor firma-
da por la vecina, con un beso de carmin
estampado en el sobre. El mismo habia
escrito la carta y estampado el beso, por-
que se trabajaba mucho sus fantasias. Y
mama le crey6. Lo obligé a dejarme en
paz, pero desde entonces, traté con mu-
cho carifio a la vecina, y la invité varias
veces a casa, pensando que yo de verdad
estaba enamorado de ella.
Con la casa embrujada ocurrié algo
similar. En realidad, yo nunca habia pen-
sado en esa casa, ni nadie habia hablado
de ella. Simplemente era una casa vieja
y abandonada, como muchas otras del
Olivar. Hasta que Martin hizo una esce-
na, una gran escena, y todo cambio.
Eso ocurriéd una noche, cuando vol-
viamos de jugar en casa de unos vecinos,
al otro lado del parque. Martin, que eraun redomado picén, estaba muy enfada-
do porque yo le habia ganado en el Pac-
Man, un juego de computadora de esa
época. Dijo que yo habia hecho trampa,
lo cual era imposible. Dijo que él me ha-
bia dejado ganar porque era buena gente,
lo cual era mas imposible ain. Yo no si-
quiera me tomé la molestia de responder-
le. Me daba igual. Y asi, con él diciendo
disparates y yo ignorandolo, anduvimos
quinientos metros a través del parque Fi-
nalmente, a pocos metros de casa, cuan-
do pasabamos al lado de la enorme casa
» abandonada, Martin dijo de repente:
-¢Has escuchado?
~¢Que?
-~Esos ruidos.
— Qué ruidos?
Hay alguien en la casa abandona-
da.
De repente, se habia quedado muy
quieto. Tragaba saliva y parecia asus-
tado. Yo miré la casa. En la oscuridad,
parecia mas grande que nunca, como un
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a
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a
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xgigantesco agujero negro que se hubiese
tragado las estrellas. La casa mas oscura
del universo.
—Ja, ja. Qué gracioso —dije yo, aun-
que no me parecia nada gracioso.
De todos modos, él no se estaba rien-
do.
—Son gritos —-continué—. {No los
oyes? Como si estuvieran atacando a al- \
guien.
Ya conozco tus trucos, Martin. Y
no voy a asustarme. Vamonos a casa. A
nuestra casa.
Martin no se movid. Permanecié mi-
rando la vieja casona, con los ojos muy
abiertos y el rostro palido.
Ahi estan de nuevo —dijo—. jE
cucha!
Yo no escuché nada. ‘Tan solo veia los
bichos acumulandose alrededor de la luz
del tnico poste en esa parte del parque.
—-Martin, ti haz lo que quieras. Yo
me voy.—-Ahora suenan mas fuerte —dijo
Martin. Era como si estuviese un trance,
como si no me escuchase. Pero yo sabia
que si me escuchaba, y que éste era uno
mas de sus engafios.
eq iattine.
Ya los escucho con més claridad.
Una mujer esta persiguiendo a un hom-
bre. Ella lo insulta. El grita “auxilio”,
“socorro”... Ella se rie. Le advierte a su
victima que no podra escapar. FJ abre
puertas corriendo. Ella no tiene prisa.
Camina tras él a paso lento pero seguro.
Ahora, él sale al jardin ;Viene para aca!
—jMartin!
~—Se esta abalanzando sobre la puer-
ta jSobre esta puerta! La esta golpean-
do, con desesperacién, pero no consigue
abrirla...
La puerta que sefialaba Martin era un
porton de madera que no se movia, ni te-
nia aspecto de haberse movido en siglos.
Me parecié verla vibray, pero sin duda era
una ilusién Optica causada por los insectosalrededor del foco. Martin ahora gritaba:
—jQuiere salir! Pero no puede. Ella
esta cada vez mas cerca jCuidado! jYa
casi llega! {Ella esta levantando el brazo!
jijNooooo!!!
Martin grité mas fuerte que nunca.
Mas fuerte de lo que yo habia oido gri-
tar a nadie. En mi edificio se encendie-
ron muchas luces, y numerosos vecinos,
incluso la fea del 5-A, se asomaron a sus
ventanas. Mi madre también sali, y grité
el nombre de mi hermano. Pero Martin
ni siquiera respondid. Continuo su largo
grito de terror, y al terminar, cayo desma-
yado en mis brazos.
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COMENZO A DECIR
COSAS EXTRANAS.A partir de esa noche, la casa
embrujada se convirtié en un tema re-
currente. Martin hablaba de ella todo el
tiempo. Queria entrar, aunque hiciese
falta romper los cerrojos. Fue entonces
cuando mama comenz6 a decir lo del
huachiman, y a dar explicaciones racio-
nales sobre los supuestos espiritus de la
casa. Pero a mi no me hacian falta esas
explicaciones. Yo seguia pensando que
todo era una gran impostura a cargo de
ese gran actor que era mi hermano.
Yo tenia la desgracia de dormir junto a
Martin, en un cuarto con vista al parque.
Y a veces, a medianoche, me despertaba
y lo encontraba de pie junto al marco de
la ventana, mirando hacia el exterior. Por
lo general, me daba vuelta y me volvia a
dormir. Pero una noche, al abrir los ojos,
descubri que estaba temblando.
—jEstas bien, Martin?El no respondié. Yo me levanté y fui
hacia él. La luna llena estaba tan clara que
bafiaba de luz la casa abandonada. Y en
una de sus ventanas se percibia el brillo
tembloroso de un ne6én medio estropeado,
como los de las cocinas antiguas.
—2éVes que hay alguien? —murmur6
mi hermano.
——¢Y qué? Que haya alguien no la
convierte en una casa embrujada.
——4Y qué me dices del ruido?
Agucé el oido. Con muchos esfuerzos,
legué a escuchar el eco de una misica le-
jana. Pero nada me garantizaba que pro-
viniese de esa casa. De noche los sonidos
se amplifican, y es facil confundir cual-
quier fiesta del barrio con un grufiido de
ultratumba.
~——No sé, Martin. En general, no te
creo. Y ademas, ahi no tiene por qué
ocurrir nada malo.
Eres como todos los demas —-me
dijo, pero no sonaba enojado, apenas
constataba un hecho—. Si papa estuvieraaqui, él me creeria, y entraria a esa casa
a ver qué ocurre. El no era un cobarde
como ti.
Hoy puedo decir que papa si era un
cobarde, no porque le dieran miedo las
casas hechizadas, sino porque le daba-
mos miedo nosotros, su familia. Porque
se largé sin decir a dénde, y se convir-
ui en un fantasma que aparecia sélo en
fotos polvorientas y conversaciones inte-
rrumpidas. Hoy creo que son los fantas-
mas como él los que tienen miedo. Pero
entonces no podia saber todo eso, y deseé
creerle a Martin, y deseé ser como el pa-
dre que echabamos de menos, ese hom-
bre valiente que desafiaba peligros para
protegernos, y que resulté ser menos real
que una bruja o un hombre lobo.
A partir de esa noche, cada vez que
veia a Martin en la ventana, me levanta-
ba a acompafarlo. Y en efecto, los ruidos
se fueron haciendo cada vez mas reales
e intensos. Pasado un par de semanas,
era imposible dudar que ahi se celebra-
_18ban fiestas, unas fiestas sordas animadas
con musica antigua. Lo increible era que
nadie mas las escuchase en el barrio. Pa-
recia mentira que la vecina del 2-B, que
siempre se estaba quejando por todo, no
llamase al serenazgo para que detuviese
el barullo de esas noches.
Cuando le hablabamos a mi madre al
respecto, ella nos repetia su teoria sobre
el vigilante fiestero. Pero cada vez mas,
la preocupaba nuestra insistencia con el
tema. Nos prohibié las peliculas de terror
y acostarnos demasiado tarde. Nos impidid
comer demasiado por las noches. Nada de
eso evit6 que viésemos y oyésemos las mis-
mas cosas cada vez que nos despertabamos.
Al fin, una noche de invierno, Martin
volvié del colegio muy agitado. Se habia
quedado hasta tarde entrenando con el
equipo de basquetbol y habia regresado
a casa con la mama de un amigo suyo
poco después de la caida del sol. Mama
habia ido a comprar mientras yo hacia
las tareas en mi cuarto, asi que ahi estaba
19yo, solo en el escritorio, cuando un Mar-
tin palido y Horoso irrumpié cerrando la
puerta tras él.
—Sé lo que pasé —-dijo, o mas bien
gritd.
— Con qué?
—Me lo ha dicho ella misma jHa sido
horrible!
~-aSe puede saber de qué hablas?
~jFue un crimen! jElla lo mat6!
-——Martin, por favor, calmate. No te
entiendo nada.
Martin me miréd como si yo mismo
fuese un espectro. Parecia verdadera-
mente aterrado. Si alguien me pregun-
tase c6mo se ve el miedo, le mostraria
una foto de la cara de mi hermano en ese
momento. Antes de responderme, cerré
la ventana y las persianas. Recuerdo que
era un dia muy frio y gris de agosto, y que
al cerrarlo todo, adentro siguid haciendo
el mismo firio que afuera. Se trepé en su
cama y tardé un rato antes de recuperar
la tranquilidad y poder hablar:—-Hace cuarenta afios, en la casa de
enfrente, vivia con su esposa un hombre
muy rico. Era duefio de un banco 0 algo
asi. No he entendido bien. Pero nadaban
en plata. Viajaban a Europa todos los
afios, y tenian dos carros, que en esa €po-
ca era algo de millonarios. No les faltaba
nada. O mas bien si. Les faltaba amor.
-Parece una telenovela —dije, pero
Martin no se rid. Ni siquiera parecid es-
cuchar lo que yo habia dicho.
—Fl la engafiaba. Le ponia los cuer-
nos. Al principio lo disimulaba. Se en-
contraba con sus amantes en hoteles 0 en
su oficina. Pero, con el tiempo, le fue per-
diendo el respeto a su esposa. Se encon-
traba con otras mujeres en su propia casa.
Y a veces, hasta organizaba fiestas para
ellas. A esas fiestas asistian muchos de
sus amigos, pero su esposa, por supuesto,
tenia prohibido acercarse. Se pasaba las
noches encerrada en su habitacién, escu-
chando a la orquesta y a los invitados. A
veces, algunas parejas gemian y jadeaban
debajo de su propia ventana.
21
ee— ‘Por qué no dejaba a su esposo?
—En esa época no era tan facil. Ade-
mas, ella era francesa. No tenia familia
cerca, ni dinero para cruzar el océano.
Estaba condenada a aguantar... 0 a to-
mar medidas mas duras.
Como cuales?
Martin trag6 saliva. Lo que iba a de-
cir le estaba costando mucho trabajo:
Una noche, la fiesta de desbocé mas
que de costumbre. Los borrachos grita-
ban por las ventanas del salon. Las mu-
jeres correteaban por el interior. ‘Todos
estaban desnudos. La sefiora de la casa
hizo un esfuerzo por ignorarlo todo, se
encerr6 en su habitacién, metid la cabe-
za bajo la almohada, se tapé los oidos...
candalo atrave-
saba las paredes. Y ella no podia sopor-
tar mas. Pens6 que la carcel o la muerte
pero era demasiado. El es
serian mejores que esa vida. Y tomé una
decision.
No me digas que...
El salon de fiestas era muy largo, y
22sdlo tenia una puerta y dos ventanas, to-
das en la misma pared. La sefiora de la
casa bajé, quit el freno de su carro y lo
empujé hasta esa pared. Si alguien la hu-
biera visto entonces, a lo mejor habrian
podido detenerla. Pero todos estaban
tan ebrios que no la descubricron 0 no
le dieron importancia. Y ella fue rapida
y tampoco hizo ruido. Llevaba un trapo
seco de la cocina, lo empap6 en el com-
bustible del auto y metié una parte en el
depésito. Luego le prendié fuego.
~——Un incendio.
~~Una explosi6n. Y luego un incen-
dio. El salén de fiestas era de madera, y
prendié a gran velocidad. Las pesadas
cortinas se convirtieron en muros de fue-
go. Algunos de los invitados murieron
de inmediato. Otros estaban tan bebidos
que no se dieron cuenta de lo que ocu-
rria. Pero la mayoria traté de escapar y se
arrojé a las llamas, o se quedé viendo el
fuego consumir el lugar hasta alcanzar-
los. El esposo logré escapar con el cuer-ne et (ae ]
_ —
tine ees !
ke
UNA FIESTA EN PLE-E=
NOINFIERNO. f=sent
po medio calcinado. Se arrastré hacia la
salida y quiso abandonar la casa y pedir
ayuda. Pero su esposa habia cerrado las
puertas a cal y canto. Ni siquiera tuvo
que correr para alcanzarlo. Llevaba en la
mano un cuchillo de cocina, y le atrave-
s6 los pulmones tantas veces que, cuando
amanecié, atin estaba montada sobre él.
Después de decir esto, Martin guardé
un largo silencio, que yo no rompi. No
sabia qué decir. Incluso para sus estan-
dares de mentira, toda esta historia era
demasiado sofisticada. Martin nunca ha-
bia sido un buen estudiante, y no tenia
pinta de saber si habia carros cuarenta
afios antes, o si la madera prendia mejor
que el cemento, por ejemplo. Pero si no
se habia inventado esa historia, entonces
a mi me quedaba un par de preguntas
por hacer:
—¢Qué pasé con ella?
—lLa encerraron en un manicomio. Y
ahi estuvo todos estos afios. Recién salié
hace dos meses, convertida en una ancia-na y sin conocer a nadie aqui afuera. Lo
unico que tiene en el mundo es esta casa
abandonada, y cuando entra en ella, sdlo
vive en ese momento del pasado, que se
repite y se repite.
éY cémo sabes ti eso?
Y ahora, al responder, las lagrimas
se escapaban de los ojos de Martin, y
su mandibula se sacudia por el miedo, o
quiza por el frio, porque la temperatura
de la habitacién descendia y descendia,
hasta congelarnos:
Porque me lo ha contado ella mis-
ma. Esta afuera. Y quiere que vayamos a
visitarla.¢Qué ves aca?
Al psicdlogo sacé una tarjeta con unas
manchas negras simétricas, como una
mariposa oscura estampada en el papel.
~Una puesta de Sol —-respondi,
por responder algo. En realidad, no veia
nada. Sélo unas manchas.
cY aca? ~~saco otra tarjeta el mé-
dico. Llevaba lentes. Y una espesa barba.
-Un leon atacando.
Martin y yo llevabamos varias semanas
asistiendo al mismo psicélogo. Nos habia
mostrado dibujitos y tarjetas con man-
chas. Nos habia hecho preguntas a los dos
juntos y por separado. Nos habia hecho
pintar escenas familiar
con y sin mi pa-
dre. Pero al parecer, nada habia funciona-
do: Martin insistia en que habia visto a la
anciana asesina. Segtin él, la mujer queria
que fuésemos a su casa abandonada, y le
habia prometido que solo entonces deja-ria de atormentarlo con las imagenes de
sus fiestas y su pasado.
En mi opinién, los recuerdos no son
como las enfermedades. No se pueden
curar o borrar. Y eso dije, una y otra vez.
Pero a mi nadie me hacia ningin caso. Al
fin y al cabo, yo era el hermano menor.
——iTienes suefios? —~pregunté el psi-
célogo después de ensefiarme las tarjetas.
Llevaba como siempre una libreta de no-
tas, pero no me dejaba ver lo que anotaba.
— Antes tenia, pero ahora no duermo
mucho. Me levanto por las noches a ver
la casa embrujada.
éPG también has visto a la sefiora?
—No, pero ahi hay alguien. Alguien
que hace ruidos.
A diferencia de mama, el psicdlogo no
discutia lo que yo decia. Me dejaba ha-
blar y tomaba notas, como si yo fuera un
profesor dando una clase.
Ese dia, el dia de las tarjetas con man-
chas, entré al consultorio solo. Mama se
quedé6 esperando afuera. A veces nos deja-
28.bay volvia a recogernos una hora después.
Pero en esta ocasiOn parecia nerviosa, y se
pas6 toda la hora en la sala de espera le-
yendo una revista tan vieja que hasta yo
sabia que sus noticias ya habian caducado.
Cuando termin6 mi sesion y sali a verla, la
ansiedad le hacia vibrar la voz:
Voy a hablar con el doctor —-me
dijo. Por favor, espérame aqui. No tar-
daré.
Le dije que la esperaria, pero tenia un
plan mejor: alguna vez, durante las sesio-
nes conjuntas con mi hermano, habia te-
nido que ir al bafio, y habia descubierto
que las conversaciones del consultorio se
filtraban por un ventanuco. Hasta ese mo-
mento, el hecho no habia tenido la menor
importancia. Las conversaciones entre mi
hermano y el psicdlogo se limitaban a las
tarjetas y los dibujos, y no me interesaba
escucharlas. Pero una reunion entre el
doctor y mi madre prometia novedades.
En cuanto cerraron la puerta, me
meti en el bafio y pegué el oido a la pa-
bered del ventanuco. La primera en hablar
fue mama:
—4Y bien, doctor? ;Qué me puede
decir? La situacién es muy desconcertan-
te, y no veo ningin progreso en los nifios.
El doctor hizo una pausa. Imaginé
que estaba revisando todas esas notas
que tomaba cuando hablabamos. Quiza
yo era el profesor que daba la clase, pero
al parecer, la que tomaba el examen era
mama.
-—Yo encuentro dos niveles diferentes
de sugesti6n ——dijo el psicdlogo, y se me
qued6 grabada esa palabra que no co-
nocia: “sugestién”—-. Martin realmente
“ve” escenas y desarrolla alucinaciones,
por llamarlas asi. Pero su hijo menor es
mas escéptico. Quiere creer lo que su
hermano dice, pero no tiene alucinacio-
nes. Tan sdlo acomoda los hechos, y los
exagera un poco. Lo Gnico que quiere es
evitar considerar a su hermano un men-
tiroso 0 un loco.
— Esta usted diciendo que Martin
30_
r
j
7
,SABIAN QUE
PODLA ESCUCHARes un mentiroso o un loco? —preguntd
mama.
Eso era exactamente lo que yo queria
saber. El psicdlogo hizo una nueva pausa,
0 quiza yo tenia tantas ganas de escuchar
su respuesta que el tiempo se me hizo
mas largo. Pero finalmente, sentencid:
—A la edad de Martin, la ausencia
del padre se hace mas notoria. A diferen-
cia de su hermano, él si tiene recuerdos
de su papa. Lo echa de menos, y ademas,
empieza a hacerse adulto él mismo. Echa
en falta el tipo de atencion que sélo pue-
de darle una figura paterna. Y quiere re-
cuperar esa atenciOn. Como siempre ha
sido un chico con la imaginacién despier-
ta, ha creado una historia, un mundo, que
le garantiza que los demas lo escucharan.
Nada de eso es una locura, ni una menti-
ra en el mal sentido de la palabra. Es solo
una manera de compensar sus carencias.
~~Pero entonces —replicé mama—
¢Esta manipulando a su hermano?
~~Es que su hermano quiere ser ma-
|
4nipulado —anuncié el doctor, y ese fue
el momento que mas me dolié de su con-
versacién—. Martin se ha convertido en
su figura paterna, una figura que invita a
su hermano a entrar en un mundo espe-
cial y privado. El quiere creer esa fanta-
sia. Se esfuerza por hacerlo, aunque en
el fondo tiene consciencia de que todo es
muy irreal.
Treinta afios después, reproduzco
esta conversacion de manera aproxima-
da. Lo cierto es que sélo la escuché por
fragmentos, y ni atin cuando escuchaba
bien, alcanzaba a comprender todo lo
que decian. Pero recuerdo bien la impre-
sion que me causé. Y también recuerdo
lo que hice a continuacién. Volvi con
mama a casa. Cenamos con Martin en
silencio. Nos fuimos a dormir sin apenas
cruzar palabra. Y cuando ya llevabamos
horas acostados cada uno en su cama, y
yo llevaba horas pensando, no pude con-
tenerme mas y hableé:
—Martin...
33Que?
—Todo esto de la casa embrujada y la
anciana y el crimen...
-iNo serd una mentira, no?
—¢Como dices?
No te lo habrds inventado jverdad?
No te estards burlando de mi... O me es-
taras manilupando.
Siguié a mi pregunta un largo silen-
cio, durante el cual, el coraz6n se me
queria salir de la boca. Que mi hermano
mintiese me parecia mas aterrador que
una historia de ultratumba. En verdad,
queria que fuese cierto, porque el mundo
habria sido mas insoportable si todo era
inventado. Pero mi hermano no abrio la
boca. Por toda respuesta, se levanto de la
cama y se acercé a la ventana. No tuvo
que llamarme para que yo me levantase
también.
Hasta ese instante, el cielo estaba os-
curo y nublado, pero cuando Ilegué a la
ventana, la Luna Ilena caia sobre el par-
34i
|
que dandole un aire espectral a los ar-
boles. Y sin embargo, eso no fue lo mas
aterrador. De hecho, apenas tuve tiempo
de fijarme en ellos. Lo que capturé mi
atencién definitivamente fue la imagen
de una anciana que se recortaba contra
el viejo porton de la casa de enfrente.
—4Es ella! —susurré, casi sin aire en
los pulmones.
La anciana Hevaba en la mano un
enorme llavero que su débil pulso hacia
tintinear en el silencio de la noche. Con
gran esfuerzo, consiguié introducir una
de las Haves en la herrumbrosa cerradu-
ra del portén. Y con mas esfuerzo atin,
usando todo el peso de su cuerpo, logré
empujar la puerta y desaparecer tras el
muro de la vieja casa.
——jEra verdad! —dije de nuevo, sobre
todo porque queria que mi hermano di-
jese algo. Y lo dijo, aunque no de inme-
diato, y tampoco en tono de explicacién.
Simplemente, esperd a que se encendiese
la luz intermitente de nedn en el interior
de la casa, y con voz grave, resolvio:
5SN SAYS
SN
Roche
\\
\’
yy
\)Nadie nos creera hasta que Ileve-
mos una prueba. Y esa vieja no me deja-
ra en paz hasta que acepte su invitacion.
En cualquiera de los dos casos, creo que
ha llegado la hora de entrar.
Mientras bajabamos las «s-
caleras del edificio, senti que el pulso se
me aceleraba. Jamas habia salido de casa
a escondidas, y menos con una misién
como la que teniamos entre manos. De
hecho, yo no estaba nada seguro de seguir
a Martin. Pero él estaba tan decidido que
su conviccién me remolcaba hacia ade-
lante, y ni siquiera tuve el valor de dudar
en voz alta.
Cruzamos el estacionamiento de
nuestro edificio y abrimos la reja. De
, la casa de enfrente me parecid
Yen
repente.
mas grande y mds negra que nunc
37cierto modo, me dio la impresién de estar
viva. Pero lo atribui al viento entre las ra-
mas de los Arboles, y a los bichos siempre
zumbantes de las farolas.
|
|
|
|
i
|
{
|
Me sorprendié descubrir que Martin
tenia todo un plan de accion. Habia de-
tectado una parte del muro descascarada
por el tiempo y cubierta de enredadera
seca. Entre los desniveles de la construc-
cién y las ramas, una persona pequefa
como nosotros podia trepar y luego des-
colgarse por el otro lado.
Al caer en el suelo, senti que mi tobi-
llo se torcia, y un fuerte dolor se extendid
por la articulacién de mi pie. Pero lo ol-
vidé pronto. Porque al elevar la vista vis- |
lumbré, en el segundo piso de la casa, el
parpadeo de la luz, que visto desde ahi,
resultaba mas siniestro que nunca. |
— Estas seguro de lo que hacemos?
pregunte.
— Sssshhhtt —dijo mi hermano.
Empez6 a caminar por el jardin, y
yo avancé tras sus pasos. Por suerte, la
7 ill ‘|
horas, el enorme jardin amurallado era
como un pozo de oscuridad. Llegamos a
una puerta acristalada y traté de abrirla,
pero no cedio.
‘—No podremos entrar —dije.
No obstante, mi hermano no se deten-
dria ante ningtin inconveniente. Sin vaci-
lar, como si hubiera entrenado, me aparté
de un empujén, metié el pufio en la man-
ga de su pyjama y golped uno de los crista-
les de la puerta. Luego, metié la mano por
el agujero y abrié desde adentro.
El interior estaba tan oscuro que ni si-
quiera era facil distinguir los limites de las
paredes. Avanzamos tocando los muros.
Cada cinco 0 seis pasos, mis pies topa-
ban con algtin objeto, quizé un raton, y
un escalofrio me recorria la espalda. Pero
tenfa tanto miedo que ni siquiera era ca-
paz de gritar. Y cuando atravesamos la
primera puerta, empezamos a escuchar
la musica.
Era un vals.
Y luego una polka.
39
eoSe trataba de viejas canciones, de esas
que habiamos escuchado en algiin docu-
mental de la tele, 0 quizd en el tocadiscos
del abuelo. Y venian acompafiadas por
un rumor de voces cada vez mas fuerte, y
por el sonido de copas chocando.
—Creo que es por ahi —dijo mi her-
mano, adelantandose. Y aunque yo no
queria seguirlo, comprendi que no me
quedaba opcién.
Cada vez que pasdbamos frente a una
ventana, la luz de la luna me permitia ver
pedazos de un decorado antiguo: un ja-
rrén que casi tumbo al pasar. Un sillén
envuelto en mantas blancas. Un espejo
que me dio un susto de muerte hasta que
comprendi que ahi sélo se veia mi pro-
pio reflejo. Al final del pasillo, el murmu-
Ho de la fiesta se hizo cada vez mas alto.
Pero en cambio, los pasos de mi hermano
sonaron cada vez mas bajito, hasta vol-
verse inaudibles.
~~¢Martin? —pregunté— jEstas ahi?
Nadie me respondié.éMI HERMANO?
bo
eS—éMartin?
Solo me rodeaba un silencio sepulcral.
Senti de nuevo el dolor en el tobillo. Y
la incertidumbre de no tener a dénde ir.
Decidi volver sobre mis pasos y abando-
nar la casa. Que Martin se las arreglase
solo. Yo estaba demasiado asustado. Pero
tampoco sabia dénde estaba el camino
de regreso. Empecé a llorar de miedo y
a susurrar:
~Martin, por favor... sal de donde
estés. Dime algo.
A mis espaldas, una luz se encendio.
tra una luz temblorosa, como la del
neon, pero no tan fria. Presenti con alivio
que era Martin con una linterna. Pero al
voltear, descubri que se trataba de fuego.
Una de las cortinas se estaba queman-
do, y las Hamas avanzaban rapidamente
hacia la madera del techo. Pero lo mas
espeluznante era que ahi, en el marco
de una ventana, mi hermano Martin me
observaba fijamente con un cuchillo en
la mano.Has sido un mal esposo —dijo,
inexplicablemente—. Ahora ti y tus ami-
guitas van a morir.
~—jMartin!
éPero era exactamente Martin? Su
voz sonaba cascada y gutural, como la
de un viejo, o mas bien, una vieja. En la
inestable luz del fuego, su aspecto parecia
cambiar rapidamente, y en algunos mo-
mentos, el juego de sombras le daba el
aspecto de una anciana. Ademas, la mi-
rada de sus ojos, de eso si estoy seguro, no
era suya.
—Ya no vas a torturarme mas, cana-
lla —afiadi6—. Ahora aprenderas a res-
petarme.
~—{Martin, no!
Lo siguiente lo recuerdo entre bru-
mas, de manera fragmentaria, como se
recuerdan las pesadillas o las peliculas
muy Viejas. Me veo corriendo entre os-
curos pasillos, cada vez mas iluminados
por el fuego. Veo a mi hermano, a esa
mujer, o a lo que fuese, detras de mi, conel pufial en la mano, gritando amenazas.
Pero mezclado con todo eso tengo el so-
nido de una orquesta que nunca deja de
tocar canciones antiguas, y el barullo de
una concurrida fiesta que sigue y sigue
mientras las vigas de la casa caen, y la
madera de los alféizares se consume en el
incendio. En ese frenético batiburrillo de
imé
genes, me veo recorriendo pasillos sin
salida, y bajando escaleras que no llevan
a ninguna parte, hasta por fin encontrar
el jardin, ahora iluminado en tonos rojos,
y el muro con la enredadera por donde
escalo y salgo hacia el exterior.
En el hospital, dias mas tarde,
lei en la prensa que las llamas habian co-
menzado en el antiguo salén de fiestas
de la casa y habian crecido rapidamente
alimentadas por la madera y las plantas
secas del jardin. Los bomberos habian
necesitado dos horas para apagarlas, y
solo después de una ardua lucha, ya des-LASSpuntando el amanecer, habian encontra-
do el cuerpo carbonizado de mi herma-
no. Los periédicos mas sensacionalistas
consignaban el detalle de que levaba un
extrafio vestido de mujer, y un cuchillo
en la mano.
Desde entonces, he vuelto muchas ve-
ces, diria que miles de veces, al psicdlo-
go. Y otras tantas, he deseado que toda
esta historia haya sido una fantasia de la
delirante imaginacion de Martin. La ma-
yoria de los doctores piensan que mi her-
mano me culpaba por la desaparicion de
mi padre y trato de matarme. Pero aun-
que tengan razon, y aunque quiero que
la tengan, no puedo evitar recordar a la
anciana con el llavero que entré esa alti-
ma noche en la antigua casa abandona-
da. Por mucho que los psicélogos tratan
de curarlo, de eliminarlo, o al menos de
explicarlo, ese recuerdo permanece en
mi, imborrable.
46 |
|
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‘
SANTIAGO RONCAGLIOLO
Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), ha publicado tres
novelas: “Pudor”, llevada al cine. “Abril Rojo”, gana-
dora del premio Alfaguara y cl Independent Prize for
Foreign Fiction inglés. Y “Tan Cerca de la Vida”.
‘También ha escrito historias reales sobre diversos per-
sonajes de América Latina, como “La Cuarta Espa-
da’, siempre por encargo y siempre polémicas.
iete lenguas. El Hay
4 traducido a dieci
Su trabajo es
Festival internacional y la revista norteamericana.
Granta lo han seleccionado entre los mejores escrito-
res de su generacion en lengua espanola.
47i¥ en el préximo titulo de
Sobrenatural!
LA SANGRIENTA NOCHE DEL cUERVO
de Gabriel Rimachi Sialer
Un hombre camina hacia una biblio-
teca perseguido por un cuervo. De
pronto, se desmaya. Cuando despierta,
su tribu, los huambisa, ha sido atacada
por los feroces jibaros, reducidores de
cabezas.
Cuando abandona la biblioteca, sufre
otro desmayo y entonces es testigo de
cémo sus compaiieros y su esposa son
decapitados. El horror Jo devora, {cual
es el suefio, cudl es la realidad, pode-
mos morir en una pesadilla?
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