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El Pert tiene, desde el 2006, una meta nacional de lectura: un libro por mes para alumno y maestro. El propésito: superar la cifra de 8 de cada 10 nifios que no comprenden lo que leen. Cada escuela peruana es responsable de organizarlo y lograr la meta. Los nifios, adolescentes y adultos deben tener practicas lectoras placenteras, interesantes, gozosas y en funcién de sus intereses. Uno de los temas mas atractivos para los nifios, adolescentes y adultos, suelen ser los relatos sobrenaturales. Una experiencia lectora placentera produce el deseo de leer mas. Las practicas lectoras continuas fortalecen el habito lector. El habito lector desarrolla la creatividad, la imaginacion, el juicio critico, incrementa el vocabulario y las habilidades comunicativas. Los libros son para jugar a leer, y luego para comentarlos, discutirlos, cambiarles el final, recomendarlos, cuestionarlos, elegir a los personajes favoritos, dibujarlos tal como uno los ha imaginado. ReCreo es una organizacion que busca lograr que los nifios peruanos ejerzan su derecho a leer en libertad, con pasion y con placer LA CASA MAS OSCURA Santiago Roncagliolo QGir.x: “La casa mas oscura” © Empresa Periodistica Nacional S.A Pre-prensa: CECOSAMI Pre-prensa € impresion digital S.A. © QG Editores SAC Ay. Los Frutales #344 Ate ~ Lima 03 ~ Perd Primera edicion Lima, Noviembre del 2011 ©Santiago Roncagliolo Direcci6n editorial Javier Arévalo Disefio de caratula: Bruno Cafferata Hustracién: Luis Falen Retrato de contratapa: Marco Antonio Schwarz, Diagramacidn: ReCreo Sac. Registro de proyecto editorial N°: 31501031 101716 Hecho en Depésito Legal en la Biblioteca Nacional del Peri N°: 2011-1 148 ISBN “La casa mas oscura” N°: 978-612-301-404-9 Tiraje: 26,000 Impreso en: QUAD/GRAPHICS PERU 8.A. Av. Los Frutales #344 Ate — Lima 03 ~ Perit Noviembre 2011 Nadie parece escuchar los ruidos de una fiesta que, por las noches, brotan de una casona abando- nada. Nadie, salvo un piiber que empieza a preocupar a su herma- no menor y a su madre. Todos saben que en esa casa no hay nadie, suelen decir que algo horrible pas6 en ella, que una mujer asesino a muchas personas, una mujer como aquella que ha ras interceptado al nifio para invitarlo a pasar. En mi barrio habia una casa embrujada. Estaba sola y deshabitada en medio del parque del Olivar. Pero atin asi, cuando pasabamos de noche junto a ella, cretamos escuchar conversaciones, ruidos de cubiertos, e incluso, alguna: vez, los acordes de una orquesta tocando mambos y viejas canciones criollas. La casa también era tan vieja como esas canciones, tanto que las tejas del te- cho se caian, y algunas de sus ventanas estaban rotas. En apariencia, nadie podia vivir ahi. Y sin embargo, desde mi ven- 3 | [Link] ESTA ABANDONADA, éDE QUIEN ES LA MUSICA QUE SE OYE POR LAS NOCHES? tana en un cuarto piso, a veces veiamos luces encendidas en su interior, como si alguien la ocupase, alguien que nunca se dejaba ver en el exterior. Mama decia que eso era una tonteria. Y explicaba: ~Muchas casas del parque estan va- cias porque estan en venta. Mientras es- peran que alguien las compre, las vigila un huachiman por las noches. No tiene nada de raro que tenga la luz encendida. ~~¢Y los ruidos de gente? —-pregun- taba yo— ¢Y las fiestas? —Seguro que ese huachiman aprove- cha para invitar a sus amigotes. Pero eso no significa que los invitados estén muer- tos. Al contrario: son muy vivos. —¢Y por qué nunca vemos a nadie entrar ni salir? ~~Ya te lo dije. Porque son muy vivos. No quieren llamar la atencién de los ve- cinos. O quiza se quedan a dormir en la casa y se van temprano, cuando ti estas en el colegio. SL i MUIR A TWEENS “og reas Sean —O quiza son vampiros, y duermen de dia para salir de noche a chupar la sangre de los vecinos —intervenia mi hermano Martin, y eso me daba mucho miedo. Mi hermano era, por decirlo suave- mente, un imbécil. ‘Tenia cuatro afos mas que yo, y desde pequefios, disfrutaba torturandome con todo tipo de embustes y bromas pesadas. Una vez, se invent que yo era adoptado. Que alguien me habia dejado en la puerta metido en una canasta del supermercado. Para demos- trar su afirmacion, me abrio los albumes de fotos de la familia y dijo: ——iVes? No te pareces a nadie de no- sotros. Era mentira, siempre fui igualito a mi papa. Pero no era fAcil distinguirlo en las fotos, y papa llevaba afios sin aparecer por casa. Esa tarde acabé llorando, y mama paso horas convenciéndome de que si era su hijo. Luego castigd a Martin. En otra ocasion, durante un almuerzo = familiar, mi hermano salié con que yo es- taba enamorado de la vecina del 5-A, que por cierto, era mas fea que una enferme- dad al rifién. Para demostrarlo, Martin sacé una supuesta carta de amor firma- da por la vecina, con un beso de carmin estampado en el sobre. El mismo habia escrito la carta y estampado el beso, por- que se trabajaba mucho sus fantasias. Y mama le crey6. Lo obligé a dejarme en paz, pero desde entonces, traté con mu- cho carifio a la vecina, y la invité varias veces a casa, pensando que yo de verdad estaba enamorado de ella. Con la casa embrujada ocurrié algo similar. En realidad, yo nunca habia pen- sado en esa casa, ni nadie habia hablado de ella. Simplemente era una casa vieja y abandonada, como muchas otras del Olivar. Hasta que Martin hizo una esce- na, una gran escena, y todo cambio. Eso ocurriéd una noche, cuando vol- viamos de jugar en casa de unos vecinos, al otro lado del parque. Martin, que era un redomado picén, estaba muy enfada- do porque yo le habia ganado en el Pac- Man, un juego de computadora de esa época. Dijo que yo habia hecho trampa, lo cual era imposible. Dijo que él me ha- bia dejado ganar porque era buena gente, lo cual era mas imposible ain. Yo no si- quiera me tomé la molestia de responder- le. Me daba igual. Y asi, con él diciendo disparates y yo ignorandolo, anduvimos quinientos metros a través del parque Fi- nalmente, a pocos metros de casa, cuan- do pasabamos al lado de la enorme casa » abandonada, Martin dijo de repente: -¢Has escuchado? ~¢Que? -~Esos ruidos. — Qué ruidos? Hay alguien en la casa abandona- da. De repente, se habia quedado muy quieto. Tragaba saliva y parecia asus- tado. Yo miré la casa. En la oscuridad, parecia mas grande que nunca, como un st < S s a Zz a o Qk oF a 2 x gigantesco agujero negro que se hubiese tragado las estrellas. La casa mas oscura del universo. —Ja, ja. Qué gracioso —dije yo, aun- que no me parecia nada gracioso. De todos modos, él no se estaba rien- do. —Son gritos —-continué—. {No los oyes? Como si estuvieran atacando a al- \ guien. Ya conozco tus trucos, Martin. Y no voy a asustarme. Vamonos a casa. A nuestra casa. Martin no se movid. Permanecié mi- rando la vieja casona, con los ojos muy abiertos y el rostro palido. Ahi estan de nuevo —dijo—. jE cucha! Yo no escuché nada. ‘Tan solo veia los bichos acumulandose alrededor de la luz del tnico poste en esa parte del parque. —-Martin, ti haz lo que quieras. Yo me voy. —-Ahora suenan mas fuerte —dijo Martin. Era como si estuviese un trance, como si no me escuchase. Pero yo sabia que si me escuchaba, y que éste era uno mas de sus engafios. eq iattine. Ya los escucho con més claridad. Una mujer esta persiguiendo a un hom- bre. Ella lo insulta. El grita “auxilio”, “socorro”... Ella se rie. Le advierte a su victima que no podra escapar. FJ abre puertas corriendo. Ella no tiene prisa. Camina tras él a paso lento pero seguro. Ahora, él sale al jardin ;Viene para aca! —jMartin! ~—Se esta abalanzando sobre la puer- ta jSobre esta puerta! La esta golpean- do, con desesperacién, pero no consigue abrirla... La puerta que sefialaba Martin era un porton de madera que no se movia, ni te- nia aspecto de haberse movido en siglos. Me parecié verla vibray, pero sin duda era una ilusién Optica causada por los insectos alrededor del foco. Martin ahora gritaba: —jQuiere salir! Pero no puede. Ella esta cada vez mas cerca jCuidado! jYa casi llega! {Ella esta levantando el brazo! jijNooooo!!! Martin grité mas fuerte que nunca. Mas fuerte de lo que yo habia oido gri- tar a nadie. En mi edificio se encendie- ron muchas luces, y numerosos vecinos, incluso la fea del 5-A, se asomaron a sus ventanas. Mi madre también sali, y grité el nombre de mi hermano. Pero Martin ni siquiera respondid. Continuo su largo grito de terror, y al terminar, cayo desma- yado en mis brazos. 14 i iN Ze ‘\ WX Low . , XS a G = ~, — oy a Q a wy = > COMENZO A DECIR COSAS EXTRANAS. A partir de esa noche, la casa embrujada se convirtié en un tema re- currente. Martin hablaba de ella todo el tiempo. Queria entrar, aunque hiciese falta romper los cerrojos. Fue entonces cuando mama comenz6 a decir lo del huachiman, y a dar explicaciones racio- nales sobre los supuestos espiritus de la casa. Pero a mi no me hacian falta esas explicaciones. Yo seguia pensando que todo era una gran impostura a cargo de ese gran actor que era mi hermano. Yo tenia la desgracia de dormir junto a Martin, en un cuarto con vista al parque. Y a veces, a medianoche, me despertaba y lo encontraba de pie junto al marco de la ventana, mirando hacia el exterior. Por lo general, me daba vuelta y me volvia a dormir. Pero una noche, al abrir los ojos, descubri que estaba temblando. —jEstas bien, Martin? El no respondié. Yo me levanté y fui hacia él. La luna llena estaba tan clara que bafiaba de luz la casa abandonada. Y en una de sus ventanas se percibia el brillo tembloroso de un ne6én medio estropeado, como los de las cocinas antiguas. —2éVes que hay alguien? —murmur6 mi hermano. ——¢Y qué? Que haya alguien no la convierte en una casa embrujada. ——4Y qué me dices del ruido? Agucé el oido. Con muchos esfuerzos, legué a escuchar el eco de una misica le- jana. Pero nada me garantizaba que pro- viniese de esa casa. De noche los sonidos se amplifican, y es facil confundir cual- quier fiesta del barrio con un grufiido de ultratumba. ~——No sé, Martin. En general, no te creo. Y ademas, ahi no tiene por qué ocurrir nada malo. Eres como todos los demas —-me dijo, pero no sonaba enojado, apenas constataba un hecho—. Si papa estuviera aqui, él me creeria, y entraria a esa casa a ver qué ocurre. El no era un cobarde como ti. Hoy puedo decir que papa si era un cobarde, no porque le dieran miedo las casas hechizadas, sino porque le daba- mos miedo nosotros, su familia. Porque se largé sin decir a dénde, y se convir- ui en un fantasma que aparecia sélo en fotos polvorientas y conversaciones inte- rrumpidas. Hoy creo que son los fantas- mas como él los que tienen miedo. Pero entonces no podia saber todo eso, y deseé creerle a Martin, y deseé ser como el pa- dre que echabamos de menos, ese hom- bre valiente que desafiaba peligros para protegernos, y que resulté ser menos real que una bruja o un hombre lobo. A partir de esa noche, cada vez que veia a Martin en la ventana, me levanta- ba a acompafarlo. Y en efecto, los ruidos se fueron haciendo cada vez mas reales e intensos. Pasado un par de semanas, era imposible dudar que ahi se celebra- _18 ban fiestas, unas fiestas sordas animadas con musica antigua. Lo increible era que nadie mas las escuchase en el barrio. Pa- recia mentira que la vecina del 2-B, que siempre se estaba quejando por todo, no llamase al serenazgo para que detuviese el barullo de esas noches. Cuando le hablabamos a mi madre al respecto, ella nos repetia su teoria sobre el vigilante fiestero. Pero cada vez mas, la preocupaba nuestra insistencia con el tema. Nos prohibié las peliculas de terror y acostarnos demasiado tarde. Nos impidid comer demasiado por las noches. Nada de eso evit6 que viésemos y oyésemos las mis- mas cosas cada vez que nos despertabamos. Al fin, una noche de invierno, Martin volvié del colegio muy agitado. Se habia quedado hasta tarde entrenando con el equipo de basquetbol y habia regresado a casa con la mama de un amigo suyo poco después de la caida del sol. Mama habia ido a comprar mientras yo hacia las tareas en mi cuarto, asi que ahi estaba 19 yo, solo en el escritorio, cuando un Mar- tin palido y Horoso irrumpié cerrando la puerta tras él. —Sé lo que pasé —-dijo, o mas bien gritd. — Con qué? —Me lo ha dicho ella misma jHa sido horrible! ~-aSe puede saber de qué hablas? ~jFue un crimen! jElla lo mat6! -——Martin, por favor, calmate. No te entiendo nada. Martin me miréd como si yo mismo fuese un espectro. Parecia verdadera- mente aterrado. Si alguien me pregun- tase c6mo se ve el miedo, le mostraria una foto de la cara de mi hermano en ese momento. Antes de responderme, cerré la ventana y las persianas. Recuerdo que era un dia muy frio y gris de agosto, y que al cerrarlo todo, adentro siguid haciendo el mismo firio que afuera. Se trepé en su cama y tardé un rato antes de recuperar la tranquilidad y poder hablar: —-Hace cuarenta afios, en la casa de enfrente, vivia con su esposa un hombre muy rico. Era duefio de un banco 0 algo asi. No he entendido bien. Pero nadaban en plata. Viajaban a Europa todos los afios, y tenian dos carros, que en esa €po- ca era algo de millonarios. No les faltaba nada. O mas bien si. Les faltaba amor. -Parece una telenovela —dije, pero Martin no se rid. Ni siquiera parecid es- cuchar lo que yo habia dicho. —Fl la engafiaba. Le ponia los cuer- nos. Al principio lo disimulaba. Se en- contraba con sus amantes en hoteles 0 en su oficina. Pero, con el tiempo, le fue per- diendo el respeto a su esposa. Se encon- traba con otras mujeres en su propia casa. Y a veces, hasta organizaba fiestas para ellas. A esas fiestas asistian muchos de sus amigos, pero su esposa, por supuesto, tenia prohibido acercarse. Se pasaba las noches encerrada en su habitacién, escu- chando a la orquesta y a los invitados. A veces, algunas parejas gemian y jadeaban debajo de su propia ventana. 21 ee — ‘Por qué no dejaba a su esposo? —En esa época no era tan facil. Ade- mas, ella era francesa. No tenia familia cerca, ni dinero para cruzar el océano. Estaba condenada a aguantar... 0 a to- mar medidas mas duras. Como cuales? Martin trag6 saliva. Lo que iba a de- cir le estaba costando mucho trabajo: Una noche, la fiesta de desbocé mas que de costumbre. Los borrachos grita- ban por las ventanas del salon. Las mu- jeres correteaban por el interior. ‘Todos estaban desnudos. La sefiora de la casa hizo un esfuerzo por ignorarlo todo, se encerr6 en su habitacién, metid la cabe- za bajo la almohada, se tapé los oidos... candalo atrave- saba las paredes. Y ella no podia sopor- tar mas. Pens6 que la carcel o la muerte pero era demasiado. El es serian mejores que esa vida. Y tomé una decision. No me digas que... El salon de fiestas era muy largo, y 22 sdlo tenia una puerta y dos ventanas, to- das en la misma pared. La sefiora de la casa bajé, quit el freno de su carro y lo empujé hasta esa pared. Si alguien la hu- biera visto entonces, a lo mejor habrian podido detenerla. Pero todos estaban tan ebrios que no la descubricron 0 no le dieron importancia. Y ella fue rapida y tampoco hizo ruido. Llevaba un trapo seco de la cocina, lo empap6 en el com- bustible del auto y metié una parte en el depésito. Luego le prendié fuego. ~——Un incendio. ~~Una explosi6n. Y luego un incen- dio. El salén de fiestas era de madera, y prendié a gran velocidad. Las pesadas cortinas se convirtieron en muros de fue- go. Algunos de los invitados murieron de inmediato. Otros estaban tan bebidos que no se dieron cuenta de lo que ocu- rria. Pero la mayoria traté de escapar y se arrojé a las llamas, o se quedé viendo el fuego consumir el lugar hasta alcanzar- los. El esposo logré escapar con el cuer- ne et (ae ] _ — tine ees ! ke UNA FIESTA EN PLE-E= NOINFIERNO. f= sent po medio calcinado. Se arrastré hacia la salida y quiso abandonar la casa y pedir ayuda. Pero su esposa habia cerrado las puertas a cal y canto. Ni siquiera tuvo que correr para alcanzarlo. Llevaba en la mano un cuchillo de cocina, y le atrave- s6 los pulmones tantas veces que, cuando amanecié, atin estaba montada sobre él. Después de decir esto, Martin guardé un largo silencio, que yo no rompi. No sabia qué decir. Incluso para sus estan- dares de mentira, toda esta historia era demasiado sofisticada. Martin nunca ha- bia sido un buen estudiante, y no tenia pinta de saber si habia carros cuarenta afios antes, o si la madera prendia mejor que el cemento, por ejemplo. Pero si no se habia inventado esa historia, entonces a mi me quedaba un par de preguntas por hacer: —¢Qué pasé con ella? —lLa encerraron en un manicomio. Y ahi estuvo todos estos afios. Recién salié hace dos meses, convertida en una ancia- na y sin conocer a nadie aqui afuera. Lo unico que tiene en el mundo es esta casa abandonada, y cuando entra en ella, sdlo vive en ese momento del pasado, que se repite y se repite. éY cémo sabes ti eso? Y ahora, al responder, las lagrimas se escapaban de los ojos de Martin, y su mandibula se sacudia por el miedo, o quiza por el frio, porque la temperatura de la habitacién descendia y descendia, hasta congelarnos: Porque me lo ha contado ella mis- ma. Esta afuera. Y quiere que vayamos a visitarla. ¢Qué ves aca? Al psicdlogo sacé una tarjeta con unas manchas negras simétricas, como una mariposa oscura estampada en el papel. ~Una puesta de Sol —-respondi, por responder algo. En realidad, no veia nada. Sélo unas manchas. cY aca? ~~saco otra tarjeta el mé- dico. Llevaba lentes. Y una espesa barba. -Un leon atacando. Martin y yo llevabamos varias semanas asistiendo al mismo psicélogo. Nos habia mostrado dibujitos y tarjetas con man- chas. Nos habia hecho preguntas a los dos juntos y por separado. Nos habia hecho pintar escenas familiar con y sin mi pa- dre. Pero al parecer, nada habia funciona- do: Martin insistia en que habia visto a la anciana asesina. Segtin él, la mujer queria que fuésemos a su casa abandonada, y le habia prometido que solo entonces deja- ria de atormentarlo con las imagenes de sus fiestas y su pasado. En mi opinién, los recuerdos no son como las enfermedades. No se pueden curar o borrar. Y eso dije, una y otra vez. Pero a mi nadie me hacia ningin caso. Al fin y al cabo, yo era el hermano menor. ——iTienes suefios? —~pregunté el psi- célogo después de ensefiarme las tarjetas. Llevaba como siempre una libreta de no- tas, pero no me dejaba ver lo que anotaba. — Antes tenia, pero ahora no duermo mucho. Me levanto por las noches a ver la casa embrujada. éPG también has visto a la sefiora? —No, pero ahi hay alguien. Alguien que hace ruidos. A diferencia de mama, el psicdlogo no discutia lo que yo decia. Me dejaba ha- blar y tomaba notas, como si yo fuera un profesor dando una clase. Ese dia, el dia de las tarjetas con man- chas, entré al consultorio solo. Mama se quedé6 esperando afuera. A veces nos deja- 28. bay volvia a recogernos una hora después. Pero en esta ocasiOn parecia nerviosa, y se pas6 toda la hora en la sala de espera le- yendo una revista tan vieja que hasta yo sabia que sus noticias ya habian caducado. Cuando termin6 mi sesion y sali a verla, la ansiedad le hacia vibrar la voz: Voy a hablar con el doctor —-me dijo. Por favor, espérame aqui. No tar- daré. Le dije que la esperaria, pero tenia un plan mejor: alguna vez, durante las sesio- nes conjuntas con mi hermano, habia te- nido que ir al bafio, y habia descubierto que las conversaciones del consultorio se filtraban por un ventanuco. Hasta ese mo- mento, el hecho no habia tenido la menor importancia. Las conversaciones entre mi hermano y el psicdlogo se limitaban a las tarjetas y los dibujos, y no me interesaba escucharlas. Pero una reunion entre el doctor y mi madre prometia novedades. En cuanto cerraron la puerta, me meti en el bafio y pegué el oido a la pa- be red del ventanuco. La primera en hablar fue mama: —4Y bien, doctor? ;Qué me puede decir? La situacién es muy desconcertan- te, y no veo ningin progreso en los nifios. El doctor hizo una pausa. Imaginé que estaba revisando todas esas notas que tomaba cuando hablabamos. Quiza yo era el profesor que daba la clase, pero al parecer, la que tomaba el examen era mama. -—Yo encuentro dos niveles diferentes de sugesti6n ——dijo el psicdlogo, y se me qued6 grabada esa palabra que no co- nocia: “sugestién”—-. Martin realmente “ve” escenas y desarrolla alucinaciones, por llamarlas asi. Pero su hijo menor es mas escéptico. Quiere creer lo que su hermano dice, pero no tiene alucinacio- nes. Tan sdlo acomoda los hechos, y los exagera un poco. Lo Gnico que quiere es evitar considerar a su hermano un men- tiroso 0 un loco. — Esta usted diciendo que Martin 30_ r j 7 , SABIAN QUE PODLA ESCUCHAR es un mentiroso o un loco? —preguntd mama. Eso era exactamente lo que yo queria saber. El psicdlogo hizo una nueva pausa, 0 quiza yo tenia tantas ganas de escuchar su respuesta que el tiempo se me hizo mas largo. Pero finalmente, sentencid: —A la edad de Martin, la ausencia del padre se hace mas notoria. A diferen- cia de su hermano, él si tiene recuerdos de su papa. Lo echa de menos, y ademas, empieza a hacerse adulto él mismo. Echa en falta el tipo de atencion que sélo pue- de darle una figura paterna. Y quiere re- cuperar esa atenciOn. Como siempre ha sido un chico con la imaginacién despier- ta, ha creado una historia, un mundo, que le garantiza que los demas lo escucharan. Nada de eso es una locura, ni una menti- ra en el mal sentido de la palabra. Es solo una manera de compensar sus carencias. ~~Pero entonces —replicé mama— ¢Esta manipulando a su hermano? ~~Es que su hermano quiere ser ma- | 4 nipulado —anuncié el doctor, y ese fue el momento que mas me dolié de su con- versacién—. Martin se ha convertido en su figura paterna, una figura que invita a su hermano a entrar en un mundo espe- cial y privado. El quiere creer esa fanta- sia. Se esfuerza por hacerlo, aunque en el fondo tiene consciencia de que todo es muy irreal. Treinta afios después, reproduzco esta conversacion de manera aproxima- da. Lo cierto es que sélo la escuché por fragmentos, y ni atin cuando escuchaba bien, alcanzaba a comprender todo lo que decian. Pero recuerdo bien la impre- sion que me causé. Y también recuerdo lo que hice a continuacién. Volvi con mama a casa. Cenamos con Martin en silencio. Nos fuimos a dormir sin apenas cruzar palabra. Y cuando ya llevabamos horas acostados cada uno en su cama, y yo llevaba horas pensando, no pude con- tenerme mas y hableé: —Martin... 33 Que? —Todo esto de la casa embrujada y la anciana y el crimen... -iNo serd una mentira, no? —¢Como dices? No te lo habrds inventado jverdad? No te estards burlando de mi... O me es- taras manilupando. Siguié a mi pregunta un largo silen- cio, durante el cual, el coraz6n se me queria salir de la boca. Que mi hermano mintiese me parecia mas aterrador que una historia de ultratumba. En verdad, queria que fuese cierto, porque el mundo habria sido mas insoportable si todo era inventado. Pero mi hermano no abrio la boca. Por toda respuesta, se levanto de la cama y se acercé a la ventana. No tuvo que llamarme para que yo me levantase también. Hasta ese instante, el cielo estaba os- curo y nublado, pero cuando Ilegué a la ventana, la Luna Ilena caia sobre el par- 34 i | que dandole un aire espectral a los ar- boles. Y sin embargo, eso no fue lo mas aterrador. De hecho, apenas tuve tiempo de fijarme en ellos. Lo que capturé mi atencién definitivamente fue la imagen de una anciana que se recortaba contra el viejo porton de la casa de enfrente. —4Es ella! —susurré, casi sin aire en los pulmones. La anciana Hevaba en la mano un enorme llavero que su débil pulso hacia tintinear en el silencio de la noche. Con gran esfuerzo, consiguié introducir una de las Haves en la herrumbrosa cerradu- ra del portén. Y con mas esfuerzo atin, usando todo el peso de su cuerpo, logré empujar la puerta y desaparecer tras el muro de la vieja casa. ——jEra verdad! —dije de nuevo, sobre todo porque queria que mi hermano di- jese algo. Y lo dijo, aunque no de inme- diato, y tampoco en tono de explicacién. Simplemente, esperd a que se encendiese la luz intermitente de nedn en el interior de la casa, y con voz grave, resolvio: 5 SN SAYS SN Roche \\ \’ yy \) Nadie nos creera hasta que Ileve- mos una prueba. Y esa vieja no me deja- ra en paz hasta que acepte su invitacion. En cualquiera de los dos casos, creo que ha llegado la hora de entrar. Mientras bajabamos las «s- caleras del edificio, senti que el pulso se me aceleraba. Jamas habia salido de casa a escondidas, y menos con una misién como la que teniamos entre manos. De hecho, yo no estaba nada seguro de seguir a Martin. Pero él estaba tan decidido que su conviccién me remolcaba hacia ade- lante, y ni siquiera tuve el valor de dudar en voz alta. Cruzamos el estacionamiento de nuestro edificio y abrimos la reja. De , la casa de enfrente me parecid Yen repente. mas grande y mds negra que nunc 37 cierto modo, me dio la impresién de estar viva. Pero lo atribui al viento entre las ra- mas de los Arboles, y a los bichos siempre zumbantes de las farolas. | | | | i | { | Me sorprendié descubrir que Martin tenia todo un plan de accion. Habia de- tectado una parte del muro descascarada por el tiempo y cubierta de enredadera seca. Entre los desniveles de la construc- cién y las ramas, una persona pequefa como nosotros podia trepar y luego des- colgarse por el otro lado. Al caer en el suelo, senti que mi tobi- llo se torcia, y un fuerte dolor se extendid por la articulacién de mi pie. Pero lo ol- vidé pronto. Porque al elevar la vista vis- | lumbré, en el segundo piso de la casa, el parpadeo de la luz, que visto desde ahi, resultaba mas siniestro que nunca. | — Estas seguro de lo que hacemos? pregunte. — Sssshhhtt —dijo mi hermano. Empez6 a caminar por el jardin, y yo avancé tras sus pasos. Por suerte, la 7 ill ‘ | horas, el enorme jardin amurallado era como un pozo de oscuridad. Llegamos a una puerta acristalada y traté de abrirla, pero no cedio. ‘—No podremos entrar —dije. No obstante, mi hermano no se deten- dria ante ningtin inconveniente. Sin vaci- lar, como si hubiera entrenado, me aparté de un empujén, metié el pufio en la man- ga de su pyjama y golped uno de los crista- les de la puerta. Luego, metié la mano por el agujero y abrié desde adentro. El interior estaba tan oscuro que ni si- quiera era facil distinguir los limites de las paredes. Avanzamos tocando los muros. Cada cinco 0 seis pasos, mis pies topa- ban con algtin objeto, quizé un raton, y un escalofrio me recorria la espalda. Pero tenfa tanto miedo que ni siquiera era ca- paz de gritar. Y cuando atravesamos la primera puerta, empezamos a escuchar la musica. Era un vals. Y luego una polka. 39 eo Se trataba de viejas canciones, de esas que habiamos escuchado en algiin docu- mental de la tele, 0 quizd en el tocadiscos del abuelo. Y venian acompafiadas por un rumor de voces cada vez mas fuerte, y por el sonido de copas chocando. —Creo que es por ahi —dijo mi her- mano, adelantandose. Y aunque yo no queria seguirlo, comprendi que no me quedaba opcién. Cada vez que pasdbamos frente a una ventana, la luz de la luna me permitia ver pedazos de un decorado antiguo: un ja- rrén que casi tumbo al pasar. Un sillén envuelto en mantas blancas. Un espejo que me dio un susto de muerte hasta que comprendi que ahi sélo se veia mi pro- pio reflejo. Al final del pasillo, el murmu- Ho de la fiesta se hizo cada vez mas alto. Pero en cambio, los pasos de mi hermano sonaron cada vez mas bajito, hasta vol- verse inaudibles. ~~¢Martin? —pregunté— jEstas ahi? Nadie me respondié. éMI HERMANO? bo eS —éMartin? Solo me rodeaba un silencio sepulcral. Senti de nuevo el dolor en el tobillo. Y la incertidumbre de no tener a dénde ir. Decidi volver sobre mis pasos y abando- nar la casa. Que Martin se las arreglase solo. Yo estaba demasiado asustado. Pero tampoco sabia dénde estaba el camino de regreso. Empecé a llorar de miedo y a susurrar: ~Martin, por favor... sal de donde estés. Dime algo. A mis espaldas, una luz se encendio. tra una luz temblorosa, como la del neon, pero no tan fria. Presenti con alivio que era Martin con una linterna. Pero al voltear, descubri que se trataba de fuego. Una de las cortinas se estaba queman- do, y las Hamas avanzaban rapidamente hacia la madera del techo. Pero lo mas espeluznante era que ahi, en el marco de una ventana, mi hermano Martin me observaba fijamente con un cuchillo en la mano. Has sido un mal esposo —dijo, inexplicablemente—. Ahora ti y tus ami- guitas van a morir. ~—jMartin! éPero era exactamente Martin? Su voz sonaba cascada y gutural, como la de un viejo, o mas bien, una vieja. En la inestable luz del fuego, su aspecto parecia cambiar rapidamente, y en algunos mo- mentos, el juego de sombras le daba el aspecto de una anciana. Ademas, la mi- rada de sus ojos, de eso si estoy seguro, no era suya. —Ya no vas a torturarme mas, cana- lla —afiadi6—. Ahora aprenderas a res- petarme. ~—{Martin, no! Lo siguiente lo recuerdo entre bru- mas, de manera fragmentaria, como se recuerdan las pesadillas o las peliculas muy Viejas. Me veo corriendo entre os- curos pasillos, cada vez mas iluminados por el fuego. Veo a mi hermano, a esa mujer, o a lo que fuese, detras de mi, con el pufial en la mano, gritando amenazas. Pero mezclado con todo eso tengo el so- nido de una orquesta que nunca deja de tocar canciones antiguas, y el barullo de una concurrida fiesta que sigue y sigue mientras las vigas de la casa caen, y la madera de los alféizares se consume en el incendio. En ese frenético batiburrillo de imé genes, me veo recorriendo pasillos sin salida, y bajando escaleras que no llevan a ninguna parte, hasta por fin encontrar el jardin, ahora iluminado en tonos rojos, y el muro con la enredadera por donde escalo y salgo hacia el exterior. En el hospital, dias mas tarde, lei en la prensa que las llamas habian co- menzado en el antiguo salén de fiestas de la casa y habian crecido rapidamente alimentadas por la madera y las plantas secas del jardin. Los bomberos habian necesitado dos horas para apagarlas, y solo después de una ardua lucha, ya des- LASS puntando el amanecer, habian encontra- do el cuerpo carbonizado de mi herma- no. Los periédicos mas sensacionalistas consignaban el detalle de que levaba un extrafio vestido de mujer, y un cuchillo en la mano. Desde entonces, he vuelto muchas ve- ces, diria que miles de veces, al psicdlo- go. Y otras tantas, he deseado que toda esta historia haya sido una fantasia de la delirante imaginacion de Martin. La ma- yoria de los doctores piensan que mi her- mano me culpaba por la desaparicion de mi padre y trato de matarme. Pero aun- que tengan razon, y aunque quiero que la tengan, no puedo evitar recordar a la anciana con el llavero que entré esa alti- ma noche en la antigua casa abandona- da. Por mucho que los psicélogos tratan de curarlo, de eliminarlo, o al menos de explicarlo, ese recuerdo permanece en mi, imborrable. 46 | | } { i i } i ‘ ‘ SANTIAGO RONCAGLIOLO Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), ha publicado tres novelas: “Pudor”, llevada al cine. “Abril Rojo”, gana- dora del premio Alfaguara y cl Independent Prize for Foreign Fiction inglés. Y “Tan Cerca de la Vida”. ‘También ha escrito historias reales sobre diversos per- sonajes de América Latina, como “La Cuarta Espa- da’, siempre por encargo y siempre polémicas. iete lenguas. El Hay 4 traducido a dieci Su trabajo es Festival internacional y la revista norteamericana. Granta lo han seleccionado entre los mejores escrito- res de su generacion en lengua espanola. 47 i¥ en el préximo titulo de Sobrenatural! LA SANGRIENTA NOCHE DEL cUERVO de Gabriel Rimachi Sialer Un hombre camina hacia una biblio- teca perseguido por un cuervo. De pronto, se desmaya. Cuando despierta, su tribu, los huambisa, ha sido atacada por los feroces jibaros, reducidores de cabezas. Cuando abandona la biblioteca, sufre otro desmayo y entonces es testigo de cémo sus compaiieros y su esposa son decapitados. El horror Jo devora, {cual es el suefio, cudl es la realidad, pode- mos morir en una pesadilla? Escribe tus comentarios a: [Link] 48

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