La Fermata
La Fermata
ebookelo.com - Página 2
Nicholson Baker
La Fermata
ePub r1.0
Titivillus 27.09.2019
ebookelo.com - Página 3
Título original: The Fermata
Nicholson Baker, 1995
Traducción: Mariano Antolín Rato
Diseño de la cubierta: Mario Eskenazi
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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Para mi padre
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VOY a llamar La Fermata a mi autobiografía, aunque «Fermata» solo sea uno de los
muchos nombres que le doy al Pliegue. «Pliegue», obviamente, es otro. Algunas
veces, habitualmente en el otoño (puede que porque, desde un punto de vista terrenal,
mis flujos hormonales sean entonces muy altos), me doy cuenta de que tengo el poder
de disparar el Pliegue. Un Pliegue es un periodo de tiempo de duración variable
durante el que estoy vivo y me muevo y pienso y miro, mientras el resto del mundo
está quieto, o en una pausa. Con el transcurso de los años he desarrollado diversas
técnicas para disparar la pausa, en algunas de las cuales he usado interruptores, cintas
de goma, agujas de coser, cortaúñas y otras herramientas; y en otras, no. El poder, en
el fondo, parece proceder de mi interior, por grandilocuente que suene eso, pero
cuando lo invoco tengo que creer que es algo externo para que funcione
adecuadamente. No investigo sus orígenes con demasiada frecuencia, temiendo que
un examen demasiado minucioso dañe los estados interiores, cualesquiera que sean
estos, que lo hacen surgir, pues es la aventura actual más importante de mi vida.
Ahora mismo estoy en el Pliegue, así de fácil. En primer lugar, quiero escribir a
máquina mi nombre: Arnold Strine. Prefiero Arno al Arnold completo. Poner mi
nombre en cierto modo es estimulante, me ayuda a seguir con esto. Tengo treinta y
cinco años. Estoy sentado en una silla de oficina cuyas cuatro negras ruedecillas
anchas se deslizan silenciosamente por encima de la moqueta, en el sexto piso del
edificio del MassBank, en el centro de Boston. Estoy mirando a una mujer que se
llama Joyce, cuya ropa he manipulado un poco, aunque de hecho no le he quitado
ninguna prenda. La estoy mirando directamente, pero ella no lo sabe. Mientras miro,
para dar cuenta de lo que veo y pienso, utilizo una máquina de escribir electrónica
portátil Casio CW-16 que funciona con cuatro pilas alcalinas. Antes de chasquear los
dedos para interrumpir el flujo del tiempo en el universo, Joyce avanzaba por la
moqueta con un vestido de punto gris azulado, y yo estaba sentado al otro lado de una
mesa a unos seis u ocho metros de distancia, transcribiendo una cinta magnetofónica.
Distinguía los huesos de sus caderas debajo del vestido, e inmediatamente comprendí
que era el momento de Chasquear. Todavía tiene el bolso colgado del hombro. Su
vello púbico es muy negro y agradable de ver; hay montones y montones de pelo. Si
no supiera cómo se llama, probablemente ahora le abriría el bolso y me enteraría de
su nombre, pues ayuda saber el nombre de una mujer a la que desnudo. Por otra parte,
hay algo muy excitante, casi conmovedor, en echar una ojeada al permiso de conducir
de una mujer sin que ella lo sepa; examinar atentamente la foto y preguntarse si a ella
le gustó o la hizo sentirse desgraciada cuando se lo dieron por primera vez en la
Jefatura de Tráfico.
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Pero sé el nombre de esta mujer. He pasado a máquina algunas de sus cintas
magnetofónicas. El modo en que habla cuando dicta es más suelto que el que usan los
demás empleados del departamento de créditos; ocasionalmente usa frases como
«maquillarlo» o «tragárselo» o «darle la parada», que uno muy raramente encuentra
en las actualizaciones crediticias de los bancos regionales grandes. Uno de sus
dictados más recientes terminaba con algo así como «Kyle Roller señaló que lleva
manteniendo relaciones comerciales con los susodichos desde 1989. El volumen
desde entonces ha sido de 80 000 dólares. Subrayó que sus servicios estaban por
debajo de la media. Indicó que mantendría en suspenso negocios posteriores con ellos
porque le habían mentido como demonios. Indicó que no quería que se volviera a
mencionar su nombre a los hermanos Pauley. Esta información le fue facilitada a
Joyce Collier el…»; y entonces decía la fecha. Como prosista, tal vez no sea
Penelope Fitzgerald, pero uno aprecia cierto hálito de vida en esos informes, y
admitiré que noto que me atraviesa una flecha cuando la oigo decir «mentido como
demonios».
Un día de la semana pasada, Joyce llevaba puesto este mismísimo vestido gris
azulado que le destaca las caderas. Dejó una cinta magnetofónica para que la pasara y
me dijo que le gustaban mis gafas, y desde entonces ando como loco detrás de ella.
Me sonrojé, le di las gracias y le dije que me gustaba su pañuelo de cuello, que de
hecho era un pañuelo muy bonito. Tenía todo tipo de dorados, negros y amarillos, y
unos caracteres cirílicos que parecían formar parte del diseño. Ella dijo:
—Muchas gracias, también a mí me gusta.
Y me sorprendió (nos sorprendió a los dos, probablemente) el que se lo quitara
del cuello y lo deslizara lentamente entre los dedos. Le pregunté si se trataba de
caracteres cirílicos lo que estaba viendo, y ella dijo que sí, que lo eran, encantada por
la atención que prestaba yo, pero dijo que le había preguntado a un amigo suyo que
sabía ruso que se los tradujera y que ese amigo le había dicho que no significaban
nada, que solo eran una mezcolanza de letras.
—Mejor —dije yo, un tanto estúpidamente, deseoso de demostrar que no me
importaba en absoluto que mencionara a un amigo del sexo masculino.
—El que lo diseñó eligió las letras por la belleza de su forma…, no intentó hacer
como que conocía el idioma utilizando una palabra de verdad.
El momento amenazó con adquirir un carácter de coqueteo más intenso del que
ninguno de los dos queríamos. Me apresuré a que lo superáramos preguntándole para
cuándo quería que le transcribiese la cinta. (A propósito, yo soy eventual).
—No hay mucha prisa —dijo Joyce. Se puso otra vez el pañuelo y nos volvimos a
sonreír cálidamente uno al otro antes de que ella se fuera. Me pasé todo ese día muy
contento porque me hubiera dicho que le gustaban mis gafas.
Es probable que Joyce no desempeñe un papel importante en este relato de mi
vida. Me he enamorado de muchas mujeres, muchas veces, puede que cien o ciento
cincuenta veces; también he desnudado a mujeres muchas veces: no hay nada
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especialmente anormal en esta circunstancia dentro de la cual estoy instalado en la
actualidad. Lo único que no es habitual es que esta vez estoy escribiendo sobre ella.
Sé que hay miles de mujeres en el mundo por las que potencialmente podría sentir
amor tal y como ahora lo siento hacia Joyce; lo que sucede es que ella trabaja en esta
oficina del departamento de créditos locales del MassBank en la que casualmente yo
trabajo como eventual durante unas cuantas semanas. Pero en eso reside lo extraño de
lo que se espera que uno haga en la vida; se supone que uno olvida que hay cientos de
ciudades, cada una de ellas llena de mujeres, y que es altamente improbable que haya
encontrado la que le resulta perfecta. Simplemente se supone que uno tiene que ligar
con la mejor de las que conoce y le pueden atraer, y de hecho lo hace encantado; uno
siente que el amor que dirige hacia esa mujer que ha elegido no se otorga
arbitrariamente.
Y fue valiente y amistoso por parte de Joyce el alabar de aquel modo mis gafas.
Siempre me derrito de modo instantáneo cuando me alaban objetos sobre los que en
privado tengo dudas. Me tuve que poner gafas por primera vez el verano después de
cuarto grado. (A propósito, el de cuarto grado fue también el año en que por primera
vez disparé el Pliegue; mis poderes temporales siempre han estado relacionados de un
modo que no pretendo entender con mi sentido de la vista). Las llevé
permanentemente hasta hace unos dos años, cuando decidí que debería probar con las
lentillas. Tal vez todo fuera diferente si me ponía lentillas. Conque me hice con unas,
y disfruté con el ritual de cuidar de ellas, de cuidar de una pareja de gemelas
exigentes a las que constantemente había que bañar y cambiar. Me gustaba rociarlas
con agua salada, y mantener una de ellas dentro de una gota de agua en la yema del
dedo y admirar su curvatura Saarinenesca, y cuando la doblaba por la mitad y frotaba
contra sí misma su superficie ligeramente viscosa para quitar los depósitos de
proteínas, recordaba con frecuencia las satisfacciones que proporciona el hacer
tortillas en las sartenes Teflon. Pero, aunque como pasatiempo resultaran
satisfactorias, aunque estuviera tan entusiasmado al abrir la limpiadora centrífuga que
encargué para ellas como lo hubiera estado de haber comprado un tostador
automático de pan o un nuevo tipo de utensilio sexual, interferían con mi apreciación
del mundo. Podía ver cosas a través de ellas, pero no me resultaba agradable mirar
las cosas. El campo de visión de mis procesadores ópticos estaba siendo inundado
con mensajes de «hay un intruso en tu pupila», de modo que una gran cantidad de las
informaciones visuales incidentales recibidas por mi retina era sencillamente incapaz
de penetrar. No disfrutaba viendo cosas de las que se supone que uno evidentemente
debe disfrutar, como pasear por un parque un día de viento observando cómo las
carteras de la gente se agitan entre sus brazos.
Al principio pensé que merecía la pena privarse de la belleza del mundo con
objeto de ofrecer un mejor aspecto ante el mundo: de hecho, resultaba más guapo sin
gafas; la elegante cicatriz de mi ceja izquierda, donde me corté con un trozo de
aluminio, resultaba más evidente. Una chica a la que conocía (y cuya ropa quité) solía
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cantar en voz baja en el instituto Il faut souffrir pour être belle, con una melodía de su
propia invención, y yo me tomé en serio aquel precepto oído por casualidad; deseaba
entenderlo no solo en el sentido estricto de cepillarse el pelo con dolor o (digamos)
depilarse las cejas o hacerse una liposucción, sino en el sentido más amplio de que el
sufrimiento convierte la belleza en arte, de que el artista tiene que sufrir penas y
privaciones con objeto de proporcionar belleza a su público. De modo que continué
llevando lentillas aunque cada parpadeo fuera un seco tormento. Pero entonces
advertí que mi escritura a máquina también se resentía; así que, dado que soy
eventual y que el escribir a máquina es mi modo de ganarme la vida, realmente tenía
que poner un límite. En especial, cuando escribía números a máquina, mi porcentaje
de errores iba en aumento. (Una vez pasé quince días sin hacer otra cosa que escribir
a máquina números de seis cifras). La gente empezó a devolver tablas contables que
había hecho yo con números mal mecanografiados rodeados de círculos en rojo y la
pregunta: «¿Te encuentras bien hoy, Arno?». Además, advertí que las lentillas hacían
que me sintiera, al igual que me suele ocurrir con el ruido fuerte y continuado de una
fábrica, a tres metros de distancia de quienes me rodeaban. Las lentillas me aislaban,
aumentando, en lugar de ayudarme a librarme de ella, mi… bueno, supongo que es
apropiado llamarla mi soledad. Echaba en falta las agudas esquinas de mis gafas, que
me habían ayudado a abrirme camino hacia la sociabilidad; habían formado parte de
lo que yo consideraba que era mi expresión característica.
Cuando hoy empecé, no tenía intención de ocuparme de todo esto sobre las gafas.
Pero guarda relación. Me encanta mirar a las mujeres. Me encanta poder verlas con
claridad. En especial me encanta estar en la situación en la que estoy en este preciso
momento, que no es el mirar a Joyce, sino más bien el pensar en el hecho asombroso
de que puedo alzar la vista de esta página en cualquier momento y mirar cualquier
parte de su cuerpo que me atraiga, durante todo el tiempo que quiera, sin molestarla o
inquietarla. Joyce no lleva gafas, pero mi exnovia Rhody sí las llevaba; y en un
determinado momento comprendí que si a mí me gustaban las mujeres con gafas, que
me gustan muchísimo, a lo mejor las mujeres soportarían mis gafas. Con las mujeres
desnudas, las gafas funcionan para mí del modo en que los zapatos de tacón o el
tatuaje de una serpiente o un brazalete en el tobillo o un lunar falso funcionan para
otros hombres; hacen que la desnudez se destaque; hacen que las mujeres parezcan
más desnudas de lo que habrían parecido si estuvieran completamente desnudas.
Además, quiero estar completamente seguro de que la mujer puede ver cada
centímetro de mi butifarra con completa claridad, y si lleva puestas unas gafas sé que,
si quiere, puede hacerlo.
El momento decisivo llegó de verdad cuando pasé la noche con una mujer, una
jefe de sección, que —en cualquier caso, creo— mantuvo relaciones sexuales
conmigo antes de lo que le apetecía, simplemente para evitar que me fijara en el
hecho de que sus lentillas la estaban molestando. Era muy tarde, pero creo que ella
quería hablar algo más, y sin embargo (esta es mi teoría) se apresuró a dedicarse al
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sexo porque la estrecha intimidad, según su modo de pensar, que suponía el aparecer
ante mí con las gafas puestas solo era posible después de la menos estrecha intimidad
de follar conmigo. En varias ocasiones, mientras hablábamos, estuve a punto de decir,
dado que sus ojos parecían de un infortunado color rosa:
—¿Te quieres quitar las lentillas? Yo me quitaré las mías.
Pero no lo hice, pues pensé que sería como una especie de condescendiente: «Lo
sé todo de ti, pequeña, tus ojos inyectados en sangre te delatan». Probablemente
hubiera debido decirlo. Unos días después de eso, sin embargo, volví a ir al trabajo
con gafas. Mi porcentaje de errores disminuyó inmediatamente. Me sentí más
contento de inmediato. En especial, reconocí la importancia crucial de las bisagras de
las gafas para mi placer en la vida. Cuando abro mis gafas por la mañana antes de
ducharme e ir al trabajo, soy algo así como un turista excitado que acaba de
levantarse de la cama de su hotel el primer día de vacaciones: acabo de abrir una
cristalera que da a una terraza soleada con vistas a lo que sea: embarcadero, bahía,
valle, aparcamiento. (¿Cómo pueden no gustarle a la gente las vistas sobre los
aparcamientos de los moteles a primera hora de la mañana? Los nuevos y más
delicados colores de los coches, los verdes azulados y los grises más cálidos, y la
sensación de que todos esos conductores están igualados por la democracia del sueño
y de que los cristales y los capós de ahí fuera están fríos e incluso cubiertos de rocío,
crean una de las visiones más sugerentes que puede ofrecer la vida a las nueve de la
mañana). O a lo mejor no son únicamente las bisagras de las cristaleras. A lo mejor
creo que las bisagras de mis gafas son las articulaciones de las caderas de una mujer:
sus largas y elegantes piernas abiertas y cabalgando sobre mi cabeza el día entero.
Una vez le pregunté a Rhody si le gustaba el cosquilleo de la montura de mis gafas en
el interior de sus muslos. Ella dijo:
—Normalmente entonces no llevas las gafas puestas, ¿o no?
Admití que era cierto. Rhody dijo que a ella no le gustaba cuando yo llevaba las
gafas puestas porque quería que mi visión de su vagina abierta fuera más Sisley que
Richard Estes.
—Pero a veces me gusta notar tus orejas en los muslos —concedió—. Y si te
sujeto con fuerza las orejas con los muslos, puedo hacer más ruido sin la sensación de
que me estoy pasando.
Rhody era una buena, buenísima persona, y probablemente no debería haber
intentado hacer alusión delante de ella, ni siquiera de modo indirecto, a mis
experiencias en el Pliegue, pues encontró repelente lo poco que le conté de la
Fermata; su conocimiento del asunto contribuyó a nuestra ruptura.
¡Bien! Creo que he establecido que hay una historia emocional con respecto a que
yo lleve gafas. De modo que al decir que a ella le gustaban, a la espigada Joyce —que
ahora, mientras estoy sentado escribiendo esto, se eleva sobre mí en un estado de
semidesnudez—, estaba sin duda alguna diciendo lo adecuado si es que a ella le
interesaba llegarme al corazón, lo que probablemente no pretendía. Hay que tener
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mucho cuidado al alabar a un eventual de treinta y cinco años que no ha conseguido
nada en la vida.
—¡Hola, soy el eventual!
Eso es lo que les digo normalmente a las recepcionistas el primer día de trabajo;
esa es la palabra que uso, porque es una palabra que usa todo el mundo, aunque pasó
mucho tiempo antes de que yo dejara de pensar que era espantosa. Llevo de eventual
más de diez años; desde que me gradué. El motivo por el que no he hecho nada con
mi vida es sencillamente que mi capacidad para entrar en el Pliegue (o «apretar el
embrague» o «encontrar la Grieta» o «tomar un día para mí» o «instar una
Desestimación») va y viene. Yo valoro la capacidad, que sospecho que no está muy
extendida, pero como no la tengo de modo consistente, porque se desvanece sin
previo aviso y no regresa hasta meses o años después, he quedado atrapado en una
especie de molesto ciclo de Kondratieff de auge y hundimiento. Cuando quedo sin el
poder, me limito a existir, hago lo mínimo que tengo que hacer para ganarme la vida,
porque sé que en cierto sentido todo lo que quiero conseguir (y soy una persona con
ambiciones) se puede posponer infinitamente.
Haciendo un cálculo aproximado, creo que probablemente solo he pasado un total
de dos años de tiempo personal en el Pliegue, si uno suma los minutos u horas
individuales, puede que incluso menos; pero han sido algunos de los momentos
mejores, de los más vivos, que he tenido. Mi vida me recuerda el problema de las
ganancias sobre el capital de los impuestos, según leí una vez en un artículo de
opinión de un periódico: si los legisladores siguen cambiando, o incluso prometiendo
cambiar, los porcentajes de las ganancias sobre el capital, derogando y restableciendo
los impuestos, el inversor racional empezará a fundamentar sus decisiones con
respecto a la inversión, no en las leyes tributarias existentes, sino en la seguridad del
cambio, lo que canaliza (argumentaba convincentemente la persona que escribió el
artículo) de un modo destructivo la circulación del capital. Lo mismo pasa conmigo
durante esos periodos en los que espero la recuperación de mi capacidad para detener
el tiempo; pienso: ¿Por qué leer a Ernest Renan o aprender álgebra de matrices ahora,
si, cuando sea capaz de hacer un Parón otra vez, podré pasar horas privadas, incluso
años, satisfaciendo cualquier curiosidad intelectual fugaz mientras el mundo entero
espera por mí? Siempre me puedo poner al día. Ese es el problema.
La gente en cierto modo queda desconcertada cuando aparezco por primera vez
en su despacho —¿Qué hace de eventual un tipo que ya no es joven, que tiene treinta
y cinco años? A lo mejor cuenta con un pasado de delincuente o a lo mejor ha perdido
una década drogándose, o: ¿no será Artista?—. Pero, al cabo de uno o dos días, se
adaptan, pues soy un mecanógrafo bastante eficiente y de buen carácter, familiarizado
con la mayor parte de los sistemas de software que se usan habitualmente (y también
con algunos de los olvidados, como el nroff, Lanier, y NBI, y los buenos y antiguos
sistemas DEC), y soy extraordinariamente competente en lo de leer una caligrafía
complicada y en lo de añadir la puntuación que los que dictan olvidan en su fiebre
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creativa. Muy de vez en cuando utilizo mis Pliegue-poderes con objeto de admirarlos
a todos con mi aparente velocidad para escribir a máquina, transcribiendo una cinta
de dos horas en solo una hora y ese tipo de cosas. Pero tengo cuidado en no
admirarlos demasiado a menudo y convertirme en un eventual legendario, pues se
trata de mi gran secreto y no quiero ponerlo en peligro; es lo que hace que mi vida
merezca ser vivida. Cuando alguna de las personas más inteligentes de una
determinada oficina hace preguntas educadas y penetrantes para tratar de sonsacarme,
a menudo miento y le digo que soy escritor. Casi resulta divertido ver cómo les alivia
contar con un modo de explicarse a sí mismos mi bajo estatuto laboral. Tampoco es
una mentira tan grande, porque, si no hubiera desperdiciado tanto mi vida a la espera
de la siguiente Fermata-fase, muy probablemente ya habría escrito algún tipo de
libro. Y he escrito unas cuantas cosas más breves.
Estoy escribiendo esto con una máquina de escribir electrónica portátil porque no
quiero arriesgarme a meter nada de esto en el banco de datos de LAN. Las redes
locales se comportan de modo irregular en el Pliegue. Cuando mi túnel carpiano
empeora, utilizo una máquina de escribir manual para mis escritos privados; parece
que ayuda. Pero no tengo que hacerlo necesariamente: las pilas y la electricidad
funcionan en el Pliegue; de hecho, todas las leyes de la física se siguen manteniendo,
que yo sepa, pero solo mientras las pueda reactivar. El modo mejor de describirlo es
que justo ahora, porque he chasqueado los dedos, todos los acontecimientos de todas
partes están en un estado de suspensión como un gel. Yo me puedo mover, y las
moléculas de aire se abren para dejarme pasar, pero lo hacen con cierta resistencia, a
disgusto, y cuanto más lejos de mí están esos objetos, están en pausa de modo más
completo. Si alguien conducía una moto cuesta abajo antes de que yo hubiera
detenido el tiempo hace «media hora», el conductor permanecerá inmóvil en su
vehículo a menos que yo me acerque a él y le dé un empujón; en cuyo caso se caerá,
pero de un modo más lento que si cayera en un universo que no se encontrara en
pausa. El conductor de la moto no emprenderá el descenso de la cuesta a la velocidad
a la que iba, se limitará a caer. Solía tener la tentación de hacer volar pequeños
aviones en el Pliegue, pero no soy tan estúpido. Volar, con todo, es categóricamente
posible, cuando la pausa del tiempo se produce en un avión en vuelo. El mundo se
mantiene detenido exactamente como está excepto donde yo intervengo en él, y
durante la mayor parte de las veces intento ser lo más discreto posible; tan discreto
como me deja ser mi lujuria. Esta máquina de escribir, por ejemplo, lleva lo que yo
escribo a la página porque el acto de apretar una letra hace que causa y efecto
funcionen de modo local. Se completa un circuito, un poco de electricidad sale de las
pilas, etcétera. Sinceramente no sé hasta dónde se extienden las distorsiones de la
intemporalidad temporal que yo creo. Sé con seguridad que durante una Fermata la
piel de una mujer tiene un tacto suave cuando es suave, caliente cuando está caliente;
su sudor tiene un tacto caliente cuando está caliente. Es una especie de poder como el
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del rey Midas a la inversa lo que tengo mientras estoy en el Pliegue; el mundo queda
inerte y como estatuario hasta que yo lo toco y hago que viva de modo normal.
Tuve esta idea de escribir la historia de mi vida dentro de una típica experiencia
cronanística justo ayer. Es casi increíble pensar que haya estado haciendo Parones
desde cuarto grado y sin embargo nunca haya hecho el esfuerzo de escribir sobre ello
precisamente cuando estaba pasando. Llevé un diario durante un tiempo mientras iba
al instituto y la universidad; fecha y hora del Parón, lo que hice, cuánto duró en
minutos u horas o días personales (pues, si lo sacudo, durante el Pliegue, un reloj
normalmente se vuelve a poner en marcha, de modo que puedo medir fácilmente
cuánto he estado ausente), si aprendí algo nuevo o no, y cosas así. Se diría que, si una
persona pudiera detener el mundo y apearse, como puedo yo, se le ocurriría con
bastante facilidad detener el mundo con objeto de dar cuenta con cierto cuidado de lo
que se siente al detener el mundo y apearse, en provecho de los curiosos. Pero ahora
veo, incluso a estas alturas de mi primera Fermata autobiográfica, por qué nunca lo
hice con anterioridad. Es triste decirlo, pero resulta igual de difícil escribir durante
una Fermata que en el tiempo real. Uno debe ordenar todas las cosas que tiene que
contar una por una, cuando lo que uno quiere, claro, es contarlas todas a la vez. Pero
voy a hacer un intento. Ya tengo treinta y cinco años, y he hecho muchas cosas, por lo
general malas, con ayuda del Pliegue (incluyendo, a propósito, el recitar «Poema en
su cumpleaños», de Dylan Thomas, aparentemente de memoria, en la sesión final de
un curso sobre poesía lírica moderna en la universidad: es un poema más bien largo,
y todas las veces en que el nerviosismo hacía que se me olvidara un verso, me
limitaba a detener el tiempo accionando el interruptor de mi Pervertidor Temporal —
que es como llamaba al mando a distancia para abrir la puerta del garaje modificado
que utilizaba en aquellos días— y refrescaba la memoria echando una ojeada a una
copia del texto que tenía en mi bloc de notas, y nadie se daba cuenta); y si ahora no
escribo algunas de esas aventuras privadas, sé que lo voy a lamentar.
Precisamente ahora he hecho girar mi asiento con objeto de volver a
sorprenderme con la visión del vello púbico de Joyce. Me asombra de verdad el que
pueda hacer esto, incluso después de todos estos años. Ella caminaba a unos nueve
metros de mi mesa de trabajo, más allá de una extensión de espacio vacía, con unos
papeles en la mano, camino del cubículo de alguien, y mi mirada se limitó a salir
disparada hacia ella, pasando limpiamente, sin ondulaciones, a través de las gafas que
ella había alabado, estimulada por tener que pasar a través de la intervención óptica
de algo en lo que ella se había fijado y le había gustado. Fue como si yo viajara a lo
largo del arco de mi visión y la alcanzara visualmente. (Sin la menor duda, en esto
hay algo de aquellas teorías medievales de la visión sobre que el ojo lanza rayos). Y
en el momento mismo en que mi ser visual la alcanzó, ella dejó de andar durante un
segundo, para comprobar algo de uno de los papeles que sujetaba, y cuando bajó la
vista quedé aturdido por el simple hecho de que hoy lleva el pelo trenzado.
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Se lo ha dispuesto en lo que creo que se llaman trenzas francesas. Cada uno de los
sólidos mechones de su pelo alimenta la solidez global de la trenza, y toda la
estructura queda trenzada como parte de su cabeza, igual que un conjunto de
brillantes vértebras externas. Estoy impresionado de que las mujeres sean capaces de
conseguir arreglarse el pelo de ese modo tan complicado, sin demasiados mechones
sueltos, sin ayuda, por la mañana, al tacto. Las mujeres están mucho más en contacto
con su propia espalda que los hombres: pueden llegar más arriba por su propia
espalda, y hacen diariamente eso para soltarse el sostén; pueden ponerse horquillas y
trenzarse el pelo; pueden mantener los faldones traseros de sus blusas metidos dentro
de sus faldas. Tienen idea de cómo se les transparentan por la parte de atrás los
bordes de las bragas por debajo de sus pantalones sin bolsillos. («Braguitas» es una
palabra que considero que hay que evitar). Pero las trenzas francesas, en las que tres
soguillas se hunden suavemente una sobre otra y salen a la superficie en un elegante
entrecruzamiento continuo, son la consecuencia más bella e impresionante de este
sentido del espacio dorsal. En cuanto vi las trenzas de Joyce, comprendí que era hora
de detener el tiempo. Necesitaba sentir la solidez de sus trenzas, y su cabeza debajo
de ellas, en la palma de mi mano.
Total, que en cuanto ella echó nuevamente a andar, chasqueé los dedos. Este es mi
método más reciente de entrar en el Pliegue, y uno de los más sencillos que he sido
capaz de inventar (mucho más elemental que mi técnica previa de fórmulas
matemáticas, o la de coser callos, por ejemplo, de las que me ocuparé después). Ella
no oyó el chasqueo, solo lo oí yo; el universo se detiene en un punto indeterminado
justo antes de que mi dedo medio golpee contra la base de mi pulgar. Aparté mi
máquina de escribir Casio y me dirigí rápidamente hacia ella en mi asiento. (No
avanzo de espaldas, avanzo hacia delante, lo que no es nada fácil de hacer sobre una
moqueta, porque es difícil conseguir la tracción adecuada. Quería mantener mis ojos
clavados en ella). Joyce estaba dando un paso. Me estiré hacia adelante y puse las
manos en los huesos de sus caderas. Se notaba como si hubiera cachemira o algo
agradable en la lana, y fue delicioso notar los huesos de sus caderas a través de la
suave tela, y ver a mis manos formar un ángulo para seguir la curva de su cintura, que
el vestido mantenía oculta hasta cierto punto. A veces, cuando toco por primera vez a
una mujer en el Pliegue, tenso los brazos hasta que estos vibren, de modo que
continúo recibiendo a través de los nervios la forma de lo que esté bajo las palmas de
las manos como una información nueva. Nunca sé exactamente lo que haré durante
un Parón. Para quitarme su vestido de delante, alcé delicadamente el suave borde de
abajo por encima de sus caderas y formé dos especies de alas, haciendo un gran nudo
con ellas. Había parecido como si Joyce tuviera una pequeña tripa con el vestido
bajado (esto puede ser un toque sexy, creo, en algunas mujeres), pero si la tenía,
desapareció o perdió definición en cuanto tiré para abajo de su panty y sus bragas lo
más que pude, que no fue tanto porque tenía las piernas separadas al andar. (Además,
antes de bajarle su panty, que es de un color azul humo, toqué un óvalo de su piel a
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través de una carrera que tenía en la parte más oscura de la parte de arriba del muslo).
Y entonces tuve esa visión que ahora tengo ante mí, la de su vello púbico.
Normalmente no soy un obseso del vello púbico; de hecho, no tengo fetiches
concretos, o no lo creo, porque cada mujer es diferente, y uno nunca sabe qué rasgo
particular o qué transición entre los rasgos va a atraerle y hacerle exclamar: «Mira
esto… ¡Nunca antes habías pensado exactamente sobre esto!». Cada mujer sugiere
sus propios fetiches. Y no es que Joyce tenga una lujuriosa fronda vaginal o una
explosiva mata chuminera; de hecho, su pelo no es más espeso que el de la mayoría.
Lo que pasa es que cubre una zona más extensa, quizá, y que su negrura brilla; su
borde curvado le llega un poco más arriba del estómago. ¿Un poco? ¿Qué estoy
diciendo? Es del tamaño de Sudamérica. Pensar que podría haberme muerto y no ver
esto; que podría haberme decidido por un empleo eventual distinto cuando Jenny, mi
coordinadora, me habló de los que podía elegir hace unas cuantas semanas. Lo que
resulta excitante de su extensión es posiblemente que, debido a que llega más arriba
que el vello púbico de otras mujeres, se hace más y menos sexual al mismo tiempo; la
jerga para eso, como «pelo del chumino» o «pelo del coño» (me resisto a esas dos
expresiones excepto cuando estoy a punto de correrme), no se aplica, porque no es,
hablando estrictamente, vello «púbico» en absoluto; sus límites alcanzan las
amorosas zonas abdominales, de modo que amor y sexo se mezclan. Yo quería tocar
esa elasticidad densa y lujuriosa de sisal, que hace que toda la parte de encima de las
caderas de su cuerpo resulte extraordinariamente llena de gracia. Es una especie de
vestido de cóctel negro debajo del que late su clítoris-corazón; tiene mucha dignidad.
Pero, en lugar de agarrárselo de inmediato, me privé de su visión durante unos
momentos y puse suavemente la mano en sus trenzas, que eran frías y espesas, suaves
y densas, una idea totalmente distinta de pelo, tan distinta que es extraño pensar que
los dos tipos de pelo compartan el mismo mundo, pero que sigue la curva de su
cabeza del mismo modo que su vello púbico sigue la curva de su montículo-hueso, y
cuando noté la sensación de las trenzas francesas hundiéndoseme en la palma de la
mano, que reclama formas y texturas sexuales, entonces continué y encogí los dedos
de mi otra mano en torno a los pelos de aquel alimento tan sazonado, conectando los
dos puñados de sabrosas proteínas cultivadas en casa con los brazos, y tuve la
sensación de que estaba haciéndole un puente a un coche; los carburadores gemelos
de mi corazón rugieron llenos de vida. Eso es todo lo que hice, luego me puse a
escribir esto a máquina antes de que se me olvidara la sensación. Tal vez sea todo lo
que haga. ¡Aquel vello púbico sexy, sexy! Ahora me doy cuenta de que sus contornos
son parecidos a los del sillín negro de una bicicleta: un sillín negro de cuero de una
bicicleta de carrera. ¿Será por eso por lo que los tristes olisqueadores de los relatos
cómicos olfatean los sillines de bicicleta de las chicas? No, para ellos no se trata de la
forma, se trata del hecho de que el sillín ha estado entre las piernas de una chica. Son
patéticos de verdad. Y yo no siento inclinación por compartir compulsiones distintas
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a las mías. Me gustaría, con todo, que la correspondencia entre el vello púbico y los
estrechos sillines de cuero negro de las bicicletas no les perteneciera solo a ellos.
De acuerdo, creo que por ahora ya es suficiente. He estado en el Pliegue durante,
vamos a ver, casi cuatro horas, he escrito ocho páginas a un solo espacio, y el
problema es que, si me quedo demasiado tiempo, mañana tendré jet-lag, pues de
acuerdo con mi reloj interno serán cuatro horas más tarde de lo que son.
Normalmente no paso tanto tiempo en un Parón. Voy a volver a ponerle la ropa a
Joyce en orden y a alisarle el vestido (nunca le habría hecho un nudo si llevara puesto
un vestido de algodón porque las arrugas se notarían demasiado y le sorprenderían), y
voy a regresar a mi mesa de trabajo y terminar la jornada. Lo bueno es que si ella me
trae una cinta para pasar esta tarde a última hora, estaré mucho más relajado y en
consecuencia más atractivo que si no la hubiera desnudado parcialmente sin su
conocimiento o consentimiento. Bromearé deliberada y seductoramente con ella.
Alabaré su pañuelo de cuello de hoy; que no es, sinceramente, en absoluto tan bonito
como el cirílico. (A lo mejor, cuando esta mañana se estaba vistiendo, se puso este
vestido de punto y entonces se acordó de que yo había alabado su pañuelo, y a lo
mejor pensó que ponérselo otra vez podría ser un sí demasiado directo por su parte;
pero también puede ser que el motivo por el que llevaba otra vez el mismo vestido
fuera que le había gustado mi alabanza a su pañuelo y quería aludir a esa alabanza
indirectamente llevando el mismo vestido con otro pañuelo). Este nuevo tiene un
diseño Liberty de grises y verdes, y sin duda merece una sonrisa e incluso un simple
gesto de que me he fijado en él. Pero no quiero caer en uno de esos espantosos
rituales en los que tengo que hacer mención de sus pañuelos de cuello cada vez que
lleva puesto uno.
La otra cosa que debería decir es que, en condiciones normales, probablemente
pensaría seriamente en «hacerme una pera» en este punto, pero como he escrito todo
esto, y como esto, creo yo, va a ser el comienzo de mi autobiografía, no puedo. ¡Qué
sorpresa, con todo, encontrar que esta máquina de escribir Casio hace de carabina! (A
lo mejor acabo haciéndomela, pero sin mencionarlo).
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Barclay y al resto del planeta, y me dormí. Todavía siento desagrado por haber
robado aquellas gambas; y no solo por el robo, sino porque el ayudante de cocina
puede que se haya sentido inquieto hasta hoy por aquella rareza tan sin importancia
de hace tantos años, cuando tenía una gamba en cada mano y de repente habían
desaparecido.
Pues bien; fue un típico Parón de los primeros. Sé que probablemente podría
hacer un uso de mi don mucho mejor del que hago. Para mí solo es una ayuda sexual.
Otros podrían hacer uso de él de modo más avaricioso o intelectual: secretos del
gobierno, espionaje tecnológico, etcétera. Seguramente unos cuantos individuos han
desarrollado esta habilidad a lo largo de los siglos, utilizándola para reforzar su poder
o liquidar a enemigos. J. S. Bach, por ejemplo, no habría podido terminar una cantata
en una semana sin alguna especie de trucos temporales: probablemente tenía setenta y
cinco años cuando murió, no sesenta y cinco, pero había tomado de prestado la última
década de su vida, agotándola poco a poco en Parones anteriores. No hace mucho,
estaba yo leyendo la autobiografía de Cardano, para ver cómo hay que escribir la
propia autobiografía (¡es más difícil de lo que creía!), y en un determinado momento
tuve la sospecha de que él había descubierto un modo de entrar en el Pliegue pero que
no iba a revelarnos ese hecho. Algo que decía sobre que prefería la soledad es lo que
me alertó. Decía: «Cuestiono el derecho a que se nos haga perder el tiempo. La
pérdida de tiempo es una abominación». En mi lugar, algunos dejarían fijo el tiempo
y harían trampa en sus exámenes orales de doctorado o simplemente cogerían dinero
de las cajas registradoras abiertas. Hacer trampas y robar, sin embargo, no me tientan.
O a lo mejor es que creo que está mal hacer trampas y robar, y por eso no hago
esas cosas. Cuando hace unos años necesitaba desesperadamente dinero y encontré
un modo de entrar en el Pliegue escribiendo una determinada fórmula matemática en
un trozo de papel, pensé seriamente en hacer un recorrido por la ciudad robando un
dólar de cada caja registradora abierta. Me habría llevado meses reunir unos miles de
dólares, de modo que en cierto sentido habría tenido que trabajar para reunirlos, y
habría estado robando una cantidad insignificante de cada tienda. Pero encontré que
había algo horrible en la sensación de sacar un billete de dólar que no era mío de
debajo de esa abrazadera con un muelle que lo mantenía sujeto con los de su misma
especie. En aquello había miseria, no emoción. Me encontraba detrás del mostrador
de guantes del Filene’s tratando de robar mi primer dólar y no lo podía hacer. En
lugar de eso, me quedé quieto detrás de la inmóvil vendedora de guantes, una mujer
de veinte años o así, muy cerca de ella, y la apreté con fuerza, de modo que imaginé
que podía notar los pequeños quistes de sus pechos además de las costillas de debajo
de su blusa. (Siempre encuentro que me sienta bien abrazar a una mujer así, porque
cuando noto sus costillas sé que es humana. Las costillas inspiran piedad y ternura y
la sensación de que todos estamos en el mismo barco a la deriva). Era italiana, creo, y
parecía como si hubiera seguido unos cuantos cursos en un instituto de estética y su
sentido estético natural hubiera salido dañado de la experiencia. Llevaba un gran
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anillo de compromiso con un diamante oblongo. Era una persona a la que nunca
atraería físicamente alguien como yo, lo mismo que yo nunca sería atraído
físicamente por una persona como ella. Esta incompatibilidad absoluta me hizo capaz
de sentir un impulso de simpatía momentánea hacia ella que fue casi como un
enamoramiento.
Empujé el anillo de su dedo adelante y atrás. (Tenía las uñas cortas, pero pintadas;
¿cortas porque le gustaba probarse los guantes que vendía?). Luego le quité el anillo
de compromiso y miré a través de él. En el interior decía que tenía 14 quilates. En un
impulso, me arrodillé, agarré su mano y le volví a poner suavemente el anillo.
—¿Sí? —dije.
Yo no había sido consciente antes de ese momento de lo claramente erógeno que
es un anillo: de pronto se me ocurrió que los lados de los dedos son sensibles de un
modo parecido a la parte alta de los muslos, y que la simple elección de ese cuarto
dedo tan tímido —que en caso contrario no recibe una atención especial en la vida y
hace muy poco por sí mismo, a no ser controlar el do del clarinete en el instituto o
teclear a máquina el número dos y la letra X— para que lo sujete y lo estimule
suavemente y en todo momento un costoso anillo de oro es de hecho algo
sorprendentemente sexual. La resistencia del delgado nudillo de la mujer de Filene’s,
donde la piel se le abultaba momentáneamente antes de dejar paso y permitir que el
anillo que sujetaba yo se deslizara hacia adentro, era de un modo inverso como el
momento de resistencia o torpeza antes de que entre suavemente la poco experta
butifarra del novio. Estar comprometida, pues, era una obscenidad.
—Si te follas con el dedo este anillo delante de mí ahora, cariño, te prometo que
te follaré regularmente durante el resto de nuestras vidas.
El acuerdo es básicamente así. ¿Por qué me lleva tanto entender cosas tan obvias,
cosas que todos los demás probablemente entienden de inmediato?
Más pertinente sería preguntarse: si yo considero que está mal robar un billete de
dólar de una caja registradora abierta, y si me siento culpable por robar dos gambas
frescas de la cocina de un hotel, ¿por qué no tengo reparos en abrazar a una
vendedora de guantes, que por otro lado está comprometida, en Filene’s? No me
conoce; ella no sabe que la estoy abrazando y haciéndole falsas proposiciones. ¿Creo
de verdad que tengo derecho a levantarle el vestido de lana a Joyce hasta las caderas
y dejarlo sujeto con un nudo? ¿Cómo puedo estar seguro de que ella querría que
hundiera los dedos en su vello púbico? La cuestión de que yo obre mal es pertinente,
pero no voy a ocuparme de ella por ahora y en lugar de eso haré referencia a unas
cuantas más de mis primeras experiencias con el Pliegue; y no porque expliquen
nada, sino porque, cuando trato de imaginarme defendiendo verbalmente algunos de
mis actos, encuentro que son indefendibles, y no quiero ser consciente de ello.
Sinceramente, no considero que haya hecho algo malo. Nunca he provocado
deliberadamente angustia a nadie. De hecho, con la ayuda del Pliegue les he evitado a
unas cuantas mujeres pequeñas molestias, al ajustar unas bragas ocasionalmente
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torcidas antes de una reunión de ventas importante o al poner un aro de la parte de
abajo del sostén en su sitio, ese tipo de cosas. Tengo buenas intenciones. Pero sé que
tener buenas intenciones no es ninguna clase de defensa satisfactoria.
Al principio detuve el tiempo porque me gustaba mi profesora de cuarto grado,
Miss Dobzhansky, y quería verla con menos ropa puesta. Ahora no me parecería
guapa, pero es indudable que entonces pensaba que lo era. Todos lo pensaban. Tenía
el pelo más corto de lo que era normal entre las profesoras de EGB en 1967 y era una
entusiasta del lápiz de labios rojo-señal-de-stop; debía de gastar una barra cada
quince días, por lo grandes que tenía los labios. También tenía una de esas lenguas
anchas y planas a las que de un modo natural les gusta descansar en la parte de fuera
del umbral de la boca, más allá de los dientes. (¡No es que le colgara!). Siempre
sonreía con la boca abierta. Se ponía chaquetas de punto azul marino, largas,
colgantes, con pinta de suaves, encima de vestidos sin mangas. La escuchaba con
gran atención cuando describía el sistema de esclusas de un canal del siglo XIX o la
técnica india para fabricar piraguas. En agudo contraste con Mrs. Blakey mi talentosa
y exigente profesora de tercer grado, cuya floja piel del brazo se balanceaba con un
ritmo caótico mientras escribía en la pizarra, el brazo con el que escribía en la pizarra
Miss Dobzhansky se revelaba delicado y firme, graciosamente ajustado al hombro
con un músculo en forma de llama, cuando por la tardes se quitaba la chaqueta y la
dejaba en el respaldo de su silla.
No sentía lujuria hacia ella, la verdad. De hecho, esa palabra, lujuria, es
demasiado abstracta, intransitiva y de predicador para aplicarla incluso ahora a mis
sentimientos hacia Miss Dobzhansky o cualquier otra mujer. Nunca «siento lujuria
hacia» o «por» una mujer. Quiero hacer cosas específicas: cenar con ella, hacerla
sonreír, cogerla de las caderas. Al comienzo ni siquiera imaginaba que quería ver a
Miss Dobzhansky en estado de desnudez. Lo que primero me hizo querer detener el
tiempo fue que, después de las vacaciones de Navidad, cambió nuestra disposición en
las mesas de la clase. Yo había estado en la primera fila y ahora estaba al fondo del
todo. Un chico que escribía las palabras al revés se sentaba en mi antiguo pupitre. Me
hacía cargo de los motivos de mi profesora, pero, con todo, me sentía un poco herido.
Y entonces me fijé en que ya no podía ver la pizarra tan bien como la veía antes.
No era cuestión de que fuera incapaz de leer las palabras o descifrar los números.
Simplemente era que ya no podía asegurar de una ojeada, como había podido desde
mi puesto anterior, si Miss Dobzhansky estaba usando un trozo de tiza recién partido,
con el borde afilado que a veces dejaba una segunda línea paralela, o si tenía en la
mano un trozo más redondeado que ya había usado antes. Quería saber lo que pasaba
exactamente en la superficie de la pizarra; notaba que me estaba perdiendo la realidad
física de su escritura, para centrarme solo en lo que esta quería decir. Cuando estaba
delante, había sido capaz de controlar el espectro de tiza de una palabra que ella había
borrado varias veces; ahora eso era casi siempre imposible. Dos niños más ya se
habían puesto gafas, y yo sabía que las gafas me ayudarían un poco, pero lo que de
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verdad quería hacer era detener a la clase entera, al colegio entero, al distrito del
colegio entero, durante unos cuantos minutos, siempre que necesitara acercarme a la
pizarra y examinar su superficie desde muy cerca.
Mi gran regalo de Navidad de aquel año fue un scalextric en forma de ocho y un
coche de carreras azul y otro marrón que hacía correr por la pista y que
ocasionalmente se salían. Jugué con él durante una semana o dos. El problema con el
scalextric era que no tenía elementos suficientes para hacer una pista de carreras
asimétrica, y yo prefería con mucho la asimetría en las pistas de carreras. El
scalextric pronto se llenó de polvo y los coches empezaron a detenerse de repente
cuando sus cojinetes perdían contacto. Lo metí debajo de la cama y me puse a pensar
en termómetros de carne y sapos que pueden invernar durante años en el barro seco
del desierto.
Pero después de que Miss Dobzhansky me hubiera cambiado al fondo de la clase,
me despertaba en plena noche y dejaba que el brazo me colgara hasta el suelo entre la
cama y la pared. Estaba adquiriendo la costumbre de hacer esto con bastante
frecuencia; lo hacía para demostrarme a mí mismo lo tranquilo que estaba, lo seguro
que estaba de que debajo de la cama no había crustáceos. Esta vez, sin embargo, mi
mano rozó con algo caliente. Era el transformador del scalextric. Todavía estaba
enchufado, todavía en marcha, todavía transformando. Me levanté de la cama y saqué
la pista tirando de ella. El transformador tenía una lucecita roja que brillaba
débilmente. También tenía un interruptor de cromo. Encendí la luz de la habitación
para poder ver mejor, y agarré el transformador. Pesaba mucho, tenía las esquinas
redondeadas, y un terminado que parecía que lo habían hecho sumergiéndolo en una
espesa pintura negra y luego secándolo con un chorro de aire caliente de modo que la
pintura adquiriera una textura de pequeñas arrugas. Tenía una etiqueta plateada de UL
en la parte de abajo. «Underwriters Laboratories»; un nombre llamativo, que sonaba
vagamente a ropa interior. El zumbido que hacía el transformador era casi inaudible.
Toqué el interruptor, luego lo apagué, y de repente comprendí que era el aparato que
necesitaba y que, la próxima vez que volviera a encender el transformador, se
detendría todo.
Lo introduje a escondidas en la clase, junto con un alargador, dentro de la bolsa
del almuerzo. Durante toda la mañana no hice nada con él. Mientras los demás
estudiantes se ponían en fila para el almuerzo, cuando Miss Dobzhansky estaba
parada cerca de la puerta, enchufé rápidamente el alargador en la toma de debajo de
la mesa pegada a la pared negra, que estaba a solo unos cuantos centímetros de mi
silla, y escondí el transformador en mi pupitre. Durante el almuerzo, aunque estaba
muy nervioso, no lo demostré. Discutí como quien no quiere la cosa con mi amigo
Tim, lo mismo que si fuera un día normal, cómo sería ser un agitador con bolas que
estaba metido en un bote de spray de pintura verde. Estuvimos de acuerdo en que
sería divertido hundirse en la pintura del fondo del bote de spray y luego subir
volando por entre la espuma a presión haciendo ruiditos; mejor seguramente que
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descender en un vehículo espacial esférico entre las tormentas químicas de Saturno.
Tim sostenía que a veces, en un solo bote de spray para pintar, había dos agitadores,
manteniendo yo que lo que pasa es que, cuando agitas el bote deprisa, suena como si
fueran dos.
No esperaba que nadie se fijase en el cable que iba hasta mi pupitre, pues yo
estaba en el rincón del fondo; y de hecho nadie se fijó. Dejé que pasara media hora,
contemplando a Miss Dobzhansky que explicaba que había una especie de gafas de
sol con aberturas que los esquimales tallaban con hueso para evitar que les dejara
ciegos la nieve. Empezó a escribir con tiza blanca esquimal en la pizarra. Yo tenía las
manos escondidas en la mesa; las yemas de mis dedos tocaban la pintura negra
terminada en arrugas y el suave interruptor. Cuando empezó a trazar la letra m, de
espaldas a la clase, accioné el interruptor. No terminó la m. Ella y la clase entera se
quedaron sin sonido ni movimiento.
Yo dije: «¡Hola!»… «¡Hola!», volví a decir. Nadie se volvió hacia mí. Lejos de
resultar extraño o molesto, el silencio era, encontré yo, muy agradable. Esta acústica
acogedora, que es un rasgo consistente del Pliegue, es el resultado, creo, de la relativa
inactividad de las moléculas de aire que me rodean. El sonido se difunde hacia
adelante solo unos centímetros, o eso me parece. A menudo recuerdo un verso de
Víspera de santa Inés, de Keats: «Y silencioso estaba el rebaño en el lanudo redil».
Mi Pliegue es lanudo.
Ahora (¡«ahora» es lo adecuado!) puse el interruptor en la posición de apagado,
desactivando el aparato. Al momento, todo y todos retomaron lo que habían dejado.
El mundo se expandió, sonando una vez más como si estuviera grabado en estéreo.
Miss Dobzhansky terminó de escribir Esquimal. No dio señas de que fuera consciente
de que acababa de pasar nada fuera de lo normal; y en lo que a ella se refería, claro,
no había pasado nada. Se volvió hacia nosotros y se puso a hablar de una delgada
franja de tierra que, según ella, en otro tiempo había unido Alaska y Asia, de las
tribus que habían pasado por ella, dando origen no solo a los esquimales, sino
también a los indios norteamericanos de los Estados de más abajo. Debía de estar
mirándola con una expresión de atención desacostumbrada, o puede que de arrobo,
porque su mirada se detuvo en mí y sonrió. Me di cuenta de que nos entendíamos de
un modo especial. También me di cuenta de que Miss Dobzhansky podía ser la
persona más hermosa que había conocido jamás. Me di cuenta de que ella se daba
cuenta de que a veces yo no alzaba la mano para contestar a las preguntas que hacía,
aunque supiera las respuestas, porque quería darle la posibilidad de que hiciera hablar
a los demás chicos, y de recurrir a mí solo cuando lo necesitara, como apoyo. Su
explicación de las oleadas de migraciones asiáticas a través del estrecho de Bering me
interesaba, de modo que la dejé terminar antes de detener el universo por segunda
vez. En cuanto se volvió nuevamente hacia la pizarra, para escribir Bering, activé el
transformador y me quité toda la ropa.
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El aire está bastante enrarecido durante el Pliegue y lleva un poco acostumbrarse
a eso, aunque siempre que agites los brazos con cierta frecuencia no hay riesgo
auténtico de asfixia. Yo era muy consciente de mi respiración cuando avancé por el
pasillo de pupitres y asientos, desnudo, y llegué junto a mi encantadora profesora.
—Miss Dobzhansky —dije, deteniéndome justo detrás de ella, aunque sabía que
no me podía oír.
Mi plan, tal y como lo había concebido en un fogonazo cuando ella me había
sonreído un momento antes, era quitarle toda la ropa y luego volver a sentarme en mi
pupitre y activar el tiempo de nuevo; esto es, desconectar el transformador de tiempo.
Cuando ella notara el aire más frío en la piel y se diera cuenta de que estaba
completamente desnuda, se volvería hacia nosotros, confusa y sorprendida, pero de
hecho nada nerviosa, pues nunca la he visto nerviosa —su serenidad y habilidad para
adaptarse a cualquier eventualidad que se produjera en la clase era una parte
importante de lo que me la hacía tan encantadora—, y encararía este desafío con su
habitual aplomo. Se volvería hacia nosotros con las manos protegiéndose los pechos
y miraría inquisitivamente nuestras caras, como si dijera:
—¿Cómo puede haber pasado esto?
Sus ojos buscarían los míos, porque sabía que podía confiar en mí para que la
ayudase en los momentos difíciles, y yo le devolvería la mirada con una expresión
ardiente, enamorada, seria. Me levantaría y haría callar a todo el que se atreviera a
soltar risitas ante el hecho de que los dos, Miss Dobzhansky y yo, estábamos
completamente desnudos, y volvería andando hacia ella y asentiría con la cabeza,
como diciendo:
—Todo se arreglará, Miss Dobzhansky —y recogería su chaqueta de punto y su
vestido, que yo habría dejado cuidadosamente doblados encima de su mesa.
Ella diría:
—Gracias, Arno —con una voz que indicaba lo agradecida que estaba de que yo
formara parte de su vida y fuera capaz de ayudarla en aquel momento.
Ella y yo nos retiraríamos al guardarropa durante unos minutos, donde yo le iría
dando sus prendas de ropa una por una según se vestía. Ella haría lo mismo conmigo.
Cuando volviéramos al aula, yo ocuparía mi asiento y ella continuaría con su lección
de sociales. La clase, apaciguada debido a la sorpresa, se habría mantenido en
silencio durante nuestra ausencia.
Mi plan era ese, pero pronto comprendí que lo debía modificar. Miss Dobzhansky
llevaba su holgada chaqueta de punto azul marino y una sencilla camisa blanca
cerrada por la parte de arriba con un imperdible azul de un Saturno esmaltado que le
tapaba el botón. La chaqueta ya estaba desabrochada, de modo que la dejé en paz.
Pero cuando llegué al imperdible de esmalte (o «broche», supongo que los llaman),
noté que no era algo que quisiera hacer en absoluto. ¿Qué pasaría si, una vez que la
tuviera completamente desnuda, me entraba el canguelo y no quería seguir? ¿Sería
capaz de sujetar el imperdible otra vez donde había estado exactamente? Me
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preocupó la posibilidad de romper la pequeña sujeción o colocarla torcida. Si no
quedaba colocada exactamente igual, ella notaría un súbito cambio en el cuello
cuando yo volviera a conectar la clase y sospecharía algo, y debido a mi reciente
mirada de arrobo podría relacionarme con su extraña sensación, y si me preguntaba
directamente, yo no creía que pudiera mentirle y decirle que no tenía nada que ver
con aquello.
Por entonces yo me encontraba entre ella y la pizarra, muy cerca de ella. Sus
pechos formaban la línea de mi horizonte. Decidí que por lo menos podría
desabrocharle con seguridad algunos de los botones centrales de su camisa para ver lo
que había debajo. En el algodonoso silencio del universo detenido, desabroché dos
botones. Me temblaban los dedos, claro. E incluso ahora, veinticinco años más tarde,
a veces me tiemblan los dedos cuando los veo desabrochando una hilera de botones
de la camisa de una mujer, en especial cuando su camisa es holgada, de modo que
una vez que se han terminado de desabrochar no se te revela más que cuando habías
empezado, y, como acto añadido, tienes que separar los lados de la camisa, que
continúan colgando, con el dorso de las manos como si fueran unas cortinas. Miré en
el mundo oval que acababa de crear. Lo que podía ver de su sostén era muy
interesante. Tenía pequeñas X cosidas a lo largo de los bordes de las dos piezas
laterales que estaban unidas a las partes redondas que sujetaban los pechos, y las
partes redondas que sujetaban los pechos tenían costuras perfectamente cosidas que
corrían en diagonal sobre sus curvas, como los ojos cerrados de un gato que echa una
siesta. Estiré la mano y empujé suavemente uno de sus pechos con la palma de la
mano. (Los llamaba «pechos» entonces, y en realidad no es una palabra demasiado
inadecuada para ellos). La forma era inesperadamente blanda y muy caliente.
Desabroché otro botón de más abajo, de modo que ahora podía rodear cómodamente
toda mi cabeza con su camisa. La piel le brillaba con una luz que la tela hacía difusa.
Me sentía como uno que hace un daguerrotipo, al agacharse y taparse la cabeza con la
tela de una cámara para ver de modo más completo a quien va a fotografiar. Vi su
estómago, que era mayor a corta distancia. En el centro de él estaba su ombligo.
No había contado con esto. Era el gran momento. En mi vida había visto nada tan
femenino, con aspecto tan de adulto, a tan corta distancia. El ombligo de Miss
Dobzhansky en absoluto se parecía a un ombligo infantil. Tenía una especie de
proscenio alargado de piel por encima, una curva, en cierto sentido semejante al
pliegue epicántrico de los ojos de los asiáticos (como los esquimales), mientras que la
perspectiva desde abajo llevaba al propio ojo a un pequeño relicario que contenía
elegantemente algo que parecía como un pequeño trozo de chicle mascado o la parte
del nudo de un globo. Lo que resultaba impresionante era sencillamente lo inteligente
y experimentado que parecía, lo profundamente oval que era. Pasé suavemente los
nudillos por encima de él, atemorizado. Luego emergí de su camisa durante unos
momentos para agarrar un trozo redondo de tiza azul que hice girar con suavidad
dentro de él, como si estuviera poniendo tiza a un taco de billar, salvo que este estaba
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hundido. Solo dejé una manchita de tiza lo más imperceptible posible, quitando lo
que sobraba. Considerando por entonces que ya tenía más que suficiente para una
tarde, le volví a abrochar la camisa. Al final se me ocurrió cambiar el trozo de tiza
blanca que tenía en la mano, con el que escribió la palabra Bering, por el trozo de tiza
azul que había usado yo con ella. Luego volví a mi asiento, me volví a poner la ropa,
adopté una postura tal que me quedé sentado exactamente igual a como había estado,
y desconecté el transformador temporal. Su interruptor de cromo casi me quemó al
tocarlo.
La clase volvió a la vida. La tiza azul se rompió; a lo mejor yo no la había puesto
en sus dedos como es debido. Miss Dobzhansky la miró unos momentos,
desconcertada, y luego cogió un trozo de tiza blanca y siguió escribiendo.
—Una vez que esas tribus llegaron a Alaska, tuvieron que decidir si instalarse allí
o continuar… —dijo, y continuó con la lección. Había un débil olor a quemado. Tiré
disimuladamente del cable del alargador hasta que su enchufe se desconectó de la
pared; y fui arrastrándolo poco a poco hasta mi pupitre. Advertí, al bajar la vista
despreocupadamente como si quisiera acercarme la silla, que el enchufe estaba
carbonizado.
Y eso fue lo que pasó exactamente el primer día. No pasó nada malo. Todo salió
bien. Dejé el transformador dentro del pupitre aquella noche, y volví a probar a la
mañana siguiente, con grandes planes, pero desgraciadamente en esta ocasión, nada
más activar el interruptor, las luces fluorescentes del techo parpadearon y se
apagaron. Incluso olía a quemado todavía más. Miss Dobzhansky mandó a por uno de
reparaciones. El tiempo fluyó sin interrupción. Después de clase, llevé el averiado
transformador a casa dentro de la bolsa del almuerzo. Me encontraba completamente
destrozado. La lucecita roja estaba parcialmente fundida, y había manchas blancuzcas
de calor por el borde de abajo del aparato. Solo para asegurarme, lo enchufé en mi
habitación una última vez antes de cenar y activé el interruptor, pero no obtuve
respuesta. El gato continuó lamiéndose entre las almohadillas de sus patas. Los
semáforos de la esquina colorearon segmentos del gran carámbano doble del exterior
de mi ventana, de rojo, luego de verde, luego de naranja. Se acabó. Solo había sido
capaz de detener el universo dos veces, durante un total de unos seis minutos.
Por otra parte, incluso seis minutos de falta de tiempo estaban bastante bien. Me
hice rápidamente a la idea de que había visto tanto de Miss Dobzhansky como lo que
probablemente iba a ver nunca más. Mi siguiente objetivo, al que dediqué los meses
de primavera y verano que siguieron, fue encontrar un modo nuevo, no eléctrico, de
entrar en el Pliegue. Probé con bastantes posibilidades experimentales, recurriendo a
lo no natural. Rocié con spray verde unas hojas nuevas de un arbusto para ver si se
volvían permanentemente falsas, pues yo siempre había encontrado misteriosa y
sugestiva la idea de unos patucos de recién nacido de bronce. Sujeté con grapas un
cardo de crecimiento muy rápido a nuestro magnolio, envolviendo las heridas
originadas con hilo muy resistente, pues teorizaba que la mezcla de dos hormonas del
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crecimiento incompatibles podría tener efectos cronoactivos. Calenté seis canicas en
un papel de estaño dentro de un horno a fuego lento y luego las metí una a una con
una cuchara en un vaso de agua fría que me acerqué al ojo. Dentro del vaso había
metido antes un crinoideo fósil y un trocito de uña que me recorté de un dedo. (Ahora
que lo pienso, el sonido que hacía mi exnovia Rhody al cortarse las uñas por la
mañana en el cuarto de baño, el brevísimo y agudo sonido de las sonrientes hojas del
cortaúñas al unirse después de que hubieran cortado la uña, que yo escuchaba en la
cama como alguien que escucha auténticos trinos de pájaros, es uno de los recuerdos
más agradables que poseo de esa relación). Yo esperaba que el tiempo se detuviera en
el momento en que el interior de cada siseante canica de repente se cuarteara con
decorativas grietas, pero no pasó nada. Recurrí al soplete de butano que había
comprado mi padre para un nuevo proyecto que consistía en calentar un cucharón de
servir de acero inoxidable estropeado hasta que se volviera de un color naranja
oscuro. Aunque parecía blando y ligeramente hinchado, y sus bordes se redondearon
como las esquinas de un trozo de mantequilla, no conseguí que el cucharón se
fundiera. Luego puse una piedrecita oval en ese mismo cucharón y pasé el soplete por
encima, esperando que se formara lava. La piedra explotó con un chasquido,
despidiendo un trozo puntiagudo contra mi camiseta. Todos estos experimentos, y
muchos otros que hice durante esa época, resultaron poco convincentes y,
francamente, decepcionantes. Hasta el verano de después de quinto grado no volví a
ser capaz de entrar en el Pliegue, con la ayuda de la lavadora del sótano y algo de
hilo.
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A muchos eventuales no les gusta pasar cintas; a mí, sí. Naturalmente, me gusta más
transcribir unas cintas que otras. A principios de los años ochenta trabajé en la oficina
del jefe de una importante empresa —bueno, ¿por qué voy a suprimir el nombre?—,
en la oficina de Andrew Fleury, el director de Noptica. Tenía un equipo de tres
personas que no hacían más que escribir a máquina la gigantesca cantidad de
correspondencia, discursos, entrevistas, sesiones de ruegos y preguntas en las
reuniones de accionistas, y cosas así. Creo que Fleury entonces incluso tenía
ambiciones políticas. Trabajé allí varias veces. Una larga cinta suya que pasé incluía
una carta pidiendo una caja de un tipo poco frecuente de Armagnac a un mayorista de
licores. (Era una carta personal, todo hay que decirlo). Yo no sabía lo que era el
Armagnac, y mecanografié Armaniac. Al enterarse de esto, Fleury montó en cólera.
Oí cómo le gritaba a una de las dos encargadas de la oficina:
—Paula, ¿dígame qué está mal en este párrafo?
Me devolvieron la carta con la siguiente anotación escrita al margen: «Una bebida
alcohólica, ¡no un armenio loco! No trate de adivinar, ¡verifíquelo!». Bueno, puede
que tuviera razón; debería haberlo verificado. Pero una vez que Fleury captó el error,
por lo menos podría haber señalado que la palabra tenía una g. Yo perdí cinco
minutos mirando un diccionario. La mayoría del tiempo, sin embargo, los fijos
esperan tan poco de los eventuales que cualquier leve corrección en una carta o un
memorándum les llena de alegría, y en consecuencia resulta muy fácil trabajar con
ellos.
Pero ¿por qué me gusta pasar cintas a máquina? He visto a tipos que trabajan con
procesadores de textos arrancarse los auriculares después de varias horas de
transcripción, gritando: «¡Odio hacer esto!». Sin embargo, a mí incluso me gustaba
mecanografiar las cintas de Fleury. Por una razón: disfruto de lo bueno que soy al
hacerlo; puedo, por ejemplo, seguir a menudo un proceso paralelo, mecanografiar la
frase que acabo de oír y archivar en la memoria la frase que estoy oyendo en ese
momento: me gusta ver hasta dónde puedo llegar sin recurrir al rewind con el pedal
de pie. Pero fundamentalmente prefiero pasar cintas que mecanografiar documentos
manuscritos, por la sencilla razón de que uno puede oír cómo piensa el que dicta. Uno
puede oírle inseguro buscando la fórmula convencional con la que despachar un caso
ligeramente poco habitual. Uno puede oír ocasionalmente los tonos sofocados de
irritación o afecto. Es un gran privilegio estar presente cuando una persona convierte
lentamente sus ideas en palabras, frase a frase, haciendo todo lo que puede. Y como
uno viaja junto a él cuando construye sus frases, haciendo que cada palabra que dice
aparezca en la pantalla en forma de un conjunto de letras, uno empieza a sentir como
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si estuviera pensando por sí mismo; uno ocupa un espacio en sombra en el interior de
su mente mientras él hace su trabajo.
No es difícil imaginar un aspecto erótico en todo esto. Sandi, una eventual con la
que discutí el asunto hace un año o así, me dijo que una vez había sentido algo
intenso hacia un hombre cuyas transcripciones hacía ella. El tipo estaba en el
departamento de personal, y su trabajo consistía en aconsejar a los empleados y a los
jubilados sobre el modo mejor de invertir sus pensiones. Hablaba muy despacio, dijo
Sandi, con una voz casi soñolienta pero fuerte y de bajo, con largas pausas. Dijo que
sonaba un poco como la voz de David Bowie en China Girl. Recurría muy raramente
a la tecla de pausa de su aparato; dejaba que la cinta continuara. Y hablaba mucho en
sus cartas de «usurpar la renta vitalicia». «Si su marido muere antes que usted, Mrs.
Plochman», decía en una carta, «y usted decide usurpar la renta vitalicia…». «Si, por
otro lado, los dos deciden usurpar ahora la renta vitalicia…». De tanto repetirla, esta
expresión concreta del ámbito de los seguros empezó a adquirir para ella un
significado especial. Cuando la escribía a máquina, era como si ella misma estuviera
llevando a cabo lo que decía él, aceptándolo, dejando que circulara entre sus dedos
como un pañuelo de cuello. «Por favor, hágalo», notaba que le estaba susurrando a él
al escribir exactamente lo que le decía por los auriculares, «por favor, usurpe mi renta
vitalicia». Con todo, nunca llegaron a nada sexual.
En mi caso, a menudo quedo completamente hipnotizado por las cintas que dictan
las mujeres. Las de las mujeres que litigan, de modo especial: cuando dicen cosas
como «Aunque no hay reglas», mi respiración se acelera. Y ya mencioné el extraño
estremecimiento que sentí cuando en una carta Joyce citó a alguien diciendo que otra
persona «mentía como el demonio». Gerard Manley Hopkins describe en alguna
parte cómo hipnotizaba a un pato trazando una raya de tiza delante de él.
Considéreseme un pato; la tiza, deslizándose suavemente sobre los pequeños
guijarros incrustados en el cemento del suelo de la empresa, es la voz que arrastra
hacia adelante, suave pero firmemente, Joyce en las casetes que me da. O, por
proporcionar otra imagen, dado que una difícilmente resulta suficiente en el caso de
Joyce, cuando me dejo introducir de verdad en su cinta, cuando dejo que me rodee, es
como si me sumergiese en el estanque de lo que está diciendo, como si yo fuera una
especie de anfibio paciente, al acecho, deslizándose por un agua negra,
completamente sumergido excepto los ojos, que parpadean con mucha frecuencia.
Cada palabra viene flotando hacia mí como una espesa y sana hoja de nenúfar y me
acaricia la cabeza al pasar. Y a veces, en especial si Joyce, amablemente, me deja
oírla vacilar (en lugar de detener su grabadora para ocultar su vacilación, quiero
decir), la extensión de inmóvil agua negra entre las verdes palabras que flotan
intermitentemente se expande momentáneamente hasta el infinito. Todas las hojas de
nenúfar se apartan de mí. Y en esas ocasiones quedo asombrado del poder que tengo:
el poder de apretar con el pie el pedal de la grabadora a voluntad e interrumpir la
frase justo allí durante el tiempo que quiera, con objeto de pensar en dónde estoy, y
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en lo que pueda significar el que esta criatura viva, con sentimientos, pase cinco días
a la semana diciendo esas cosas a la grabadora, y en cómo pone la boca cuando las
dice. Hago una pausa dentro de su pausa y floto en la laguna de privación sensorial de
su significado en suspenso. Lo que es especialmente agradable, en este estado de
«transcripción profunda», como yo lo llamo, es alzar la vista y distinguir a esa alegre
y nada misteriosa Joyce dirigiéndose enérgicamente hacia algún sitio, a lo mejor
hacia mi mesa de trabajo, moviendo un lápiz entre los dedos.
Hay, pues, sin duda, un intenso elemento cronanístico cuando transcribo cintas.
Incluso puede que, si yo no hubiera pasado una parte tan extensa de los últimos diez
años de mi vida transcribiendo palabras, empezando e interrumpiendo tantos miles y
miles de humildes frases humanas con el pedal, hace mucho tiempo que habría
perdido del todo la capacidad para entrar en el Pliegue. El régimen diario de
microcasetes me ha mantenido excepcionalmente sensible, tal vez, ante la posibilidad
de montaje del continuo temporal; ante el hecho de que una vocalización
aparentemente sin uniones puede realmente elidir, planear, ocultar toda una cavidad
autocontenida de actividad o distracción en su interior: estornudos, café derramado,
aventuras sexuales. «La mente es un grito lírico en mitad de los asuntos de la vida»,
dice Jorge de Santayana, cuya autobiografía (volumen uno) saqué ayer de la
biblioteca pública de Boston; y se me ocurre que este aforismo ilumina especialmente
lo insinuante de la microcasete y, en realidad, de todas las audiocasetes: estos objetos
materiales robustos, sólidos, con forma de párrafo, sujetos por minúsculos tornillos
con filete de Phillips en cada esquina (a propósito, los tornillos son más pequeños que
los tornillos de las patillas de mis gafas, tan pequeños que solo los robots SCARA
pueden haberlos atornillado en su sitio en tal cantidad), con su par de ruedas dentadas
centrales deliberadamente flojas para que puedan adaptarse a las distancias variables
de las distintas marcas de aparatos; esas sólidas piezas dentro de las cuales, sin
embargo, anda dando saltitos un duendecillo diminuto de Mylar sobre cualquier
pequeño saliente o trocito de fieltro situado en su camino, captando el brillo que deja
una personalidad con voz aunque cualquier diagonal barroca y curva de Bezier sea
capaz de retorcer la elasticidad de su prisión.
Dicho esto, lo sorprendente de verdad es la poca suerte que he tenido al usar el
pedal de mi aparato de transcripción de cintas para accionar un auténtico Parón.
Hasta ahora he sido incapaz de detener el universo al usarlo, o al usar los botones de
PAUSA de los mandos a distancia de los reproductores de vídeos o de CD, que
parecerían evidentes activadores. Tuve, como he mencionado, solo un breve éxito en
la universidad con un mando a distancia para abrir la puerta del garaje. Esto se puede
deber a que, para contactar efectivamente con el tiempo y detenerlo en frío, un
mecanismo tiene que tener cierta cualidad que únicamente se relaciona conmigo, con
mi propia vida emocional, y debido a eso, por ejemplo, el transformador de mi
scalextric solo funcionó como un cronoembrague después de que mi mano, al caer, se
tropezara con él, advirtiendo su calor, en plena noche. Esto también podría explicar
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por qué la tendencia general de mis activa-Pliegues, con unas cuantas excepciones
importantes, haya huido siempre de aparatos complicados, en favor de estímulos más
sencillos, puramente corporales, como un chasqueo de los dedos o el empujarme las
gafas hacia arriba de la nariz.
El instrumento más complicado dentro del equipo para activar la Fermata que he
utilizado nunca fue un instrumento hecho de encargo al que llamé Solonoide (con tres
oes). Me lo fabricó hace cuatro o cinco años una chica que aún no se había graduado
en el MIT. Todavía lo tengo, aunque dejó de funcionar al cabo de una semana de
Pliegue-horas. Era muy voluminoso y hacía un fuerte chuf-chuf cuando estaba en
punto muerto, aunque estoy seguro de que podría miniaturizarse y volver a diseñarse
para que fuera silencioso. Todo lo que hacía era estirar y soltar tres cintas de goma
orientadas en las direcciones x, y, z. Yo sintonizaba la frecuencia oscilatoria de cada
cinta de goma al apretar un reostato en un pequeño panel. Tuve que fabricarlo, así de
sencillo, porque una mañana me di cuenta, nada más despertar, después de muchos
meses secos de Pliegue-escasez, de que este sistema funcionaría. Mi tío me prestó mil
quinientos dólares (le dije que eran para dejar de trabajar como eventual unos cuantos
meses y ver si la tesis doctoral me volvía a interesar), y puse un anuncio en el
periódico de los estudiantes del MIT y tuve entrevistas con unos cuantos estudiantes.
Elegí a la única mujer que respondió, por supuesto.
Usó tres pequeños motores. Le dije que yo era doctor en filosofía y estaba
trabajando en una monografía sobre un metafísico norteamericano de finales de siglo
que se llamaba Matthias Batchelder, el cual afirmaba que tres cintas de goma, cuando
se estiraban y se aflojaban alternativamente a una determinada frecuencia en los tres
ejes cartesianos, serían capaces de crear espacios para la nada en el fluir del Devenir,
originando en el universo una pausa efectiva para todo excepto para el operador del
mecanismo. Aunque Batchelder había escrito a G. E. Moore, C. S. Pierce, y A. A.
Michelson hablándoles de sus ideas, dije yo (buscando credibilidad), nadie había
mostrado el menor interés, en parte porque carecía de cualificaciones académicas, y
en parte porque se comportaba de un modo desdeñoso e inquietante. (Debo insistir en
que no hay ningún metafísico que se llame Batchelder —la idea general sobre cómo
tenía que ser el aparato se me había ocurrido, así de sencillo, una mañana—, pero
para mantener el secreto necesitaba distanciarme a mí mismo del aparato. Le «mentí
como el demonio» a esta joven ingeniera mecánica; lo tuve que hacer, lo siento). Ella
—y me avergüenza decir que no recuerdo cómo se llamaba— construyó el aparato en
poco tiempo, y se tomó la molestia de explicarme sus aspectos más delicados, aunque
los he olvidado. Para que no subieran los costes, tuvo la delicadeza de utilizar
componentes «apañados» por medio del catálogo de Jerycho —esto es, motores
extraídos de aparatos antiguos, como fotocopiadoras y cosas así.
—Bien, ya he hecho lo que me dijiste que querías que hiciera —dijo ella, con su
aspecto serio, cuando nos encontramos en uno de los laboratorios de ingeniería
mecánica (resultó que la chica estaba haciendo méritos para la asignatura con este
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proyecto, aunque ella me ocultó el hecho)—, pero he realizado variaciones con las
frecuencias y no puedo conseguir que haga nada. Las cintas de goma parecen ir bien
cuando funcionan, sin embargo.
Me senté delante del aparato. Era absurdamente voluminoso, decididamente no
portátil.
—¿Quieres decir que no dejará en pausa al universo? —dije yo, riéndome entre
dientes con burlona incredulidad para indicar que sabía perfectamente bien que las
ideas de Batchelder eran un fraude, y que había llevado a cabo el experimento solo
por cuestión de delicadeza, simplemente para darle a este excéntrico olvidado una
tardía oportunidad—. Bien, supongo que de todos modos debería probarlo, en honor
del viejo —dije.
La chica señaló el interruptor, y yo lo accioné; tardé unos momentos en ajustar las
frecuencias de estiramiento. (Las cintas de goma las había elegido yo al azar de una
bolsa de cuarenta y nueve centavos de cintas de goma Alliance, FABRICADAS CON
ORGULLO EN EE UU.). En cuanto establecí las correlaciones (a oído), el
laboratorio, la chica, Cambridge y todo lo demás, exceptuados el traqueteante
Solonoide y yo, quedaron inmediatamente en suspensión. Me coloqué detrás de la
ingeniera y besé las formas en H tan hermosas de la parte de atrás de sus rodillas, que
a veces son el mejor rasgo de las universitarias (la chica llevaba una falda vaquera), y
luego volví a ocupar mi puesto en los controles y corté la energía del Solonoide.
—¿Ves? —dijo ella—. Nada.
Sacudimos tristemente la cabeza, sintiendo pena por el pobre iluso de Matthias
Batchelder, y le hice un cheque por valor de mil quinientos dólares y le di las gracias.
(Conservo el resguardo de los talones; tengo que acordarme de mirarlos y encontrar
el nombre de esta chica). Me preguntó si podría conseguir un ejemplar de alguno de
los escritos metafísicos de Batchelder, y le dije que por cuestiones de derechos yo no
tenía permiso para proporcionárselo, pero que sin duda le mandaría una separata de
mi monografía en cuanto apareciera. Aquello la satisfizo. Y durante unas cuantas
semanas después de eso, y hasta que mi provisión de aquella primera bolsa de cintas
de goma se agotó, realicé un número elevado de cosas plegosas guarras hasta decir
basta. La mejor cualidad no prevista de aquel aparato, ahora que pienso en él, era que
llevaba asociado un alto grado de riesgo, pues una cinta de goma se podía partir de
repente, sin aviso, haciendo que el tiempo se reiniciase y dejándome potencialmente
expuesto a situaciones muy embarazosas; es el riesgo que implican las relaciones
sexuales en lugares públicos. Pero me andaba con cuidado. Por fin le añadí cierta
redundancia al invento, estirando dos cintas de goma en cada dirección en lugar de
una sola, aunque eso significara que se me agotarían antes.
Este problema de recordar los nombres, que acaba de surgir en relación con la
chica del MIT, es especialmente grave para la carrera de un eventual. Puedo llegar a
trabajar en cuarenta trabajos diferentes en un determinado año; unos durante una
semana o dos, otros durante unos cuantos días. En cada trabajo normalmente hay de
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tres a cinco nombres que se deben aprender el primer día (y en ocasiones muchos
más); diez o más el segundo día. Dependiendo de lo intenso que sea el
funcionamiento del teléfono, el número de nombres que finalmente termino
dominando por trabajo puede llegar a más de cien. Al año, he estado expuesto a unos
tres mil nombres, de los cuales (volviendo a hacer cálculos aproximados) quizá unos
quinientos pertenecen a individuos a los que he conocido un poco, con los que he
hablado, con los que he trabajado bastante estrechamente. Al cabo de diez años, eso
suma cinco mil personalidades, con respecto a cada una de las cuales he tenido
necesariamente que sentir algunas cosas, considerar si me gustan o desagradan,
elaborar teorías de por qué sienten esto o lo otro hacia algún colega, tomar nota
mental sobre sus gustos en el vestir, recordar cómo les gusta que se hagan las cosas,
si son de la opinión de que los tratamientos deben ser escritos enteros o con una
abreviatura de dos letras, si les gusta que el nombre o el número del documento se
incluya en la carta o piensan que eso es una vulgaridad, si quieren que me entretenga
por mi cuenta cuando he terminado el trabajo encargado o prefieren que aparezca por
su despacho preguntando si hay algo más que hacer. En la universidad me
impresionaba lo al corriente que estaban de los detalles concretos de la vida de sus
alumnos los profesores preferidos por casi todos los estudiantes; pero el hecho es que
yo tengo que controlar a tanta humanidad en bruto cada año como el profesor más
famoso. Y la diferencia es que, en mi humilde caso, todas esas personas, o la mayoría
de ellas, continúan trabajando en el centro de la ciudad, exactamente como yo. No se
van a graduar y largarse.
Lo que significa esto, en términos prácticos, es que cada unos cuantos días me
tropiezo casi con toda seguridad con alguien con quien ya he trabajado codo a codo
en una empresa en determinado momento del pasado. ¡Y quisiera tanto recordar sus
nombres! Ellos habitualmente se acuerdan del mío, y en ciertos casos puedo detectar
en sus ojos que se sienten un poco dolidos cuando perciben, más allá de mis risas y
de mis atropelladas palabras, que no recuerdo los suyos, y eso que hemos trabajado
duro juntos y hemos conseguido cumplir plazos casi imposibles y nos gastábamos
bromas solo hace seis meses, o un año y medio antes, o cinco años antes. Y encima
ellos —ellos y yo los pensamos en secreto— desempeñaban un cargo más importante
que el mío, estaban a sueldo fijo, y yo era eventual, de modo que un deber que
acompaña a mi condición de subordinado es recordar cómo se llaman, mientras que
solo se trata de noblesse oblige el que ellos recuerden el mío.
Sin embargo, si se tomaran un momento para hacer números comparando mi vida
laboral con la suya, como hago yo, quizá lo entenderían y me disculparían, pues ellos
ven todos los días a las mismas personas, su universo de clientes y contactos y
colegas es relativamente limitado y estable, de modo que un nuevo eventual como yo
es una novedad en su oficina, un tema de conversación, una persona a la que ellos le
pueden «echar una mano», un extraño al que pueden confiar odios y antiguas heridas.
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No me voy de sus cabezas porque les gusta haber sido capaces de dejar a un lado las
diferencias de clase y tratarme como a un igual.
—¡Hola, Arno!
Y allí estoy yo, delante de Park Street Station, incapaz de corresponderles
adecuadamente, sintiéndome como un camarero al que se le pide que recuerde lo que
pidieron en una mesa a la que sirvió meses antes.
El problema de los nombres se agrava por el hecho de que aparentemente en mi
aspecto hay cierta vulnerabilidad que indica a las personas que andan perdidas que
deberían abordarme para preguntar la dirección. He terminado por atraer a quienes
andan perdidos cuando levantan la vista entre una multitud que potencialmente busca
ayuda junto a un semáforo en rojo: me distinguen y, aunque yo lleve una corbata
como los demás hombres, parecen oler que soy un eventual y en consecuencia que
debo de estar permanentemente solo y sentirme humilde, un caribú enfermo al que
elige el lobo; saben que se sentirán a gusto conmigo al admitir que son forasteros,
porque yo voy a aceptar de buena gana cualquier contacto humano, cualquier
indicación de que tengo raíces y no soy uno que pasaba por allí. Hay temporadas en
que alguien me pregunta una dirección hasta tres veces al día. Y estas personas que
andan perdidas tienen razón; me gusta que me aborden en la calle, especialmente
mujeres, pero también hombres. No soy bueno en lo de retener los nombres de las
calles, sin embargo, ni siquiera de las calles donde hay edificios en los que he
trabajado en el pasado. Durante un tiempo, por las tardes, estudiaba planos del barrio
financiero, contando los semáforos y memorizando los cruces de calles y las señales
que podían servir de ayuda, para así responder a las expectativas de que
proporcionaré las indicaciones solicitadas que mi cara y rasgos parecen originar.
(Encuentro que la respuesta es especialmente intensa cuando llevo algún objeto
voluminoso, como un ramo de flores o un disco de seguridad Wang VS.). En
consecuencia, nunca sé si la persona que viene hacia mí por la acera y busca que
crucemos la mirada es alguien con quien trabajé en Gillette o Kendall o
Ropes & Gray o Polaroid o MassBank o Arthur Young, o si solo necesita saber cómo
ir a la calle Milk.
Durante los periodos en los que tengo plenos poderes de Pliegue, sin embargo,
estas dificultades se resuelven fácilmente. En cuanto oigo un «¡Hola, Arno!», puedo
hacer un Parón y comprobar el carnet de identidad en la cartera o el bolso y luego
saludar adecuadamente a quien sea. Supone una diferencia tan grande. Ya no me
siento acobardado y puedo demorarme en el placer del encuentro: pues la verdad es
que me gusta la mayoría de las personas con las que he trabajado estos años; casi
todas ellas tienen algún rasgo encantador. Y si alguien me pregunta cómo ir a un sitio
al que yo debería saber perfectamente cómo ir y no lo sé, puedo congelar su
inquisitiva expresión y mirar un plano. (Llevo uno en mi cartera, además de mi viejo
frasco de solución para las lentillas, por si acaso alguien se encuentra con problemas
oculares). Claro, podría sacar el plano mientras el tipo mira, pero aborrezco ver esa
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expresión de desconfianza en sus ojos mientras piensa para sí mismo: «Este individuo
no lo sabe… Debería haberle preguntado a otro». Además, cuando saco el plano para
ayudar a un turista, especialmente si es un turista asiático, inevitablemente termino
dándoselo, porque los impulsos generosos me colocan; y estos planos son
absurdamente caros.
No estoy siendo totalmente justo conmigo, pues, cuando digo que el Pliegue solo
es una ayuda sexual. Lo es en primer lugar; mis Pliegue-energías parecen ser un
evidente producto secundario de mi gusto excesivo por la desnudez. Dudo que me
hubiera colado en el interior de la Fermata ni siquiera una vez si en primer lugar no
hubiera estado motivado por el deseo de quitarles la ropa a las mujeres. Pero no
quiero ignorar o minusvalorar la variedad de usos no sexuales que le he dado. Por
ejemplo, he contado con él para cosas como comprar los regalos de Navidad de
última hora; es agradable andar por las tiendas en silencio total. Cuando me siento
irritable en el trabajo, y sé que las personas que me rodean no se merecen mi
misantropía, puedo pararlas a todas hasta que de nuevo me encuentro bien con ellas.
Si alguien hace un comentario indiscreto de pasada, puedo tomarme un tiempo para
pensar en sus implicaciones profundas y verificar la expresión de los demás que han
oído el comentario, y todo mientras yo sigo allí mismo y lo tengo fresco en mi mente.
También uso el Pliegue cuando se me pide que entienda algo especialmente
inteligente o simpático y quiero estar seguro de que mi discreción está a tono; aunque
exista un serio riesgo en reflexionar sobre tu donaire durante poco más que quince o
veinte segundos, porque cuando uno carga la suerte en su respuesta y la embellece,
puede perder con facilidad la percepción del flujo emocional inmediato. Yo casi he
echado a perder una o dos importantes conversaciones de corazón a corazón por
hacer una pausa tan larga para afinar el tono, que, cuando por fin ya estaba listo para
reentrar en el tiempo, me daba cuenta de que iba a resultar susceptible, estúpido e
insincero, para evitar lo cual era exactamente para lo que había Parado, y pasé un rato
malo de verdad esforzándome por recuperar el estado de ánimo que había hecho que
la conversación me pareciera lo bastante importante como para haber querido
interrumpirla. Con todo, usado con moderación, el Pliegue puede fomentar de verdad
la compasión.
Además, es un escape evidente; aunque en esto también he aprendido a usarlo con
moderación. Tenía un empleo eventual en la oficina de los alumnos de un curso de
posgrado, donde se me pidió que enrollara unos carteles y los metiera en unos tubos
para mandarlos por correo. Hice esto durante cuatro días enteros. No me habría
importado si los carteles no hubieran sido tan feos. Al segundo día, encontré difícil de
soportar la idea de enrollar un cartel rojo y negro más —el desperdicio de papel
satinado, de energías en el correo, de dinero de la universidad, parecía demasiado
horrible—, de modo que pisé el embrague y me tomé dos no-horas para leer Las
transformaciones de la vanguardia, de Diana Crane. En aquel caso, ayudó mucho; el
libro era mejor, más licenciosamente sabroso, porque lo leía en Pliant. Pero han
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existido otras veces en las que, una vez que me he dejado ir con la intemporalidad del
instante detenido, la obligación concreta o la persona de la que temporalmente me
había librado se volvieron más y más horribles, poseídas por su inminencia retrasada,
y la idea de que tendría que volver a retomarlas en donde las había dejado se volvió
insoportable, y reemprendía la conducción del ganado del tiempo con una sensación
de derrota e infelicidad más aguda que antes de que la hubiera evitado o aplazado.
Creo, también, que el Parón es extremadamente peligroso cuando sientes una
especie de depresión ante lo malo que es el mundo. Entonces un Pliegue puede hundir
infinitamente; pues, en cierto modo, ahora controlas si todas las continuas atrocidades
y tragedias del mundo deberían volver a iniciarse o no. Te das cuenta de que, en
cuanto vuelvas a decirle al tiempo que en marcha, a los animales de compañía no les
darán suficiente agua, los sentimientos serán innecesariamente dolorosos, y los
asesinatos, accidentes, desmanes de la justicia, acoso burocrático, infidelidad,
decepciones artísticas y mala voluntad seguirán adelante y comenzarás a pensar que
en cierto sentido tú serás la causa, tú serás directamente responsable de todo eso, pues
puedes elegir si dejar que sucedan, al optar por volver a arrancar el tiempo, o no.
Cuando estoy en un Pliegue, sé con seguridad que ninguna mujer de ninguna parte
está llorando o sintiéndose traicionada, y como yo quiero, por encima de cualquier
otra cosa, que las mujeres no lloren, puedo empezar a creer, irracionalmente, que mi
deber es vivir toda la vida en esta soledad artificial, comiendo alimentos en lata.
«Murió de repente», dirían al encontrar mi cuerpo bruscamente envejecido. Pero,
cuando muera, toda la miseria en marcha que tan heroicamente he mantenido al
margen durante cuarenta años volverá. No tengo ninguna capacidad para alterar el
hecho de que el mal hará su trabajo, solo para cuándo «de pronto» lo hará. En
consecuencia, he decidido que mis Pliegues sean en general cortos, recreativos y
masturbatorios, en lugar de profundos y dolorosos.
Debería mencionar aquí, sin embargo, en la relación de los usos no sexuales de la
Fermata, uno de mis episodios menos atractivos. Tres chicos negros, de unos
dieciocho años o así, me detuvieron una tarde y me preguntaron cómo se iba al
Boston Common, y cuando puse mi cara habitual de «Sí, me encantará ayudaros a
encontrar el camino, y seré discreto, claro, en lo que se refiere a vuestro escaso
conocimiento de esta parte de la ciudad, y cuando os alejéis os sentiréis alegres ante
la idea de que hicisteis lo adecuado al preguntarme a mí por dónde se iba y no a otra
persona menos amable», uno de los chicos me puso una pistola debajo de la barbilla
(estábamos cerca del centro médico de la ciudad) y me pidió que le diera mi cartera y
mi reloj. Yo congelé el tiempo, apretando el botón que sacaba la punta de mi
portaminas (dentro de mi bolsillo trasero), y dejé la pistola fuera de juego. Estaba
temblando, ultrajado porque estos chicos se considerasen con derecho a mi cartera y
mi reloj y estuvieran dispuestos a amenazarme de muerte para conseguirlos. Se me
pasó por la cabeza el antiguo dicho jocoso para enseñar a rendirse: «Gafas, testículos,
cartera, reloj». De modo que me hice con algo de cable de la caja de un camión de la
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New England Telephone que estaba aparcado cerca y los até a los tres por las pelotas
a una señal de stop cercana. Es una experiencia en cierto modo desconcertante estar
atando tan tranquilamente con cable telefónico el escroto de una persona que acaba
de estar a punto de atracarte. Les sujeté arriba temporalmente con cinta aislante las
pollas para que no me molestaran colgando delante de mí mientras los ataba (dos
estaban sin circuncidar). Cuando los tres estuvieron perfectamente asegurados a la
señal de stop, y los tres cables les salían por las culeras de los pantalones a través de
unos agujeros que había hecho con unos alicates de cortar cables, di unos pasos hacia
atrás, volví a conectar el tiempo y, con un tono patético de bravucón, dije:
—¡Venid a por mí, mamones de mierda!
Muy sorprendidos, calibraron la situación durante un momento, luego se lanzaron
contra mí y cayeron de bruces a la vez, soltando maldiciones de dolor. Yo me di el
piro, sintiendo un creciente remordimiento, por no mencionar el alivio por no haber
cedido al primer impulso de venganza y haberles cortado los huevos sin más y
llevarlos arrastrando al servicio de urgencias; una opción, me avergüenza decirlo, que
había considerado brevemente. (¿Una castración puede hacer que uno muera
desangrado? Probablemente. Y era dudoso que tuvieran seguro médico). Después de
esa inquietante experiencia, pasé una «tarde» haciendo actos altruistas, mientras me
movía dentro del Pliegue por parajes con pinta de peligrosos quitándoles las pistolas
que tenían escondidas a todos los que parecían de menos de treinta años, pero los
registros resultaban aburridos y desagradables, y dejé de hacerlos cuando solo tenía
cuarenta y cuatro armas en el carrito de la compra requisado, y con la sensación de
que no había hecho nada que mereciera realmente la pena, y de que incluso había
desestabilizado momentáneamente un tranquilo ambiente callejero. (Todavía
protegido por la Fermata, eché las armas en el cemento blando recién descargado en
una obra).
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dicho: «Estás entrando en una nueva fase de belleza, Joyce», pero algunos de sus
colegas tienen que haberlo notado también.
Joyce había estado tomando algo —probablemente yogur— mientras dictaba.
Normalmente, no me gusta que se haga eso. Pero cuando dijo las palabras «sin
planear» y yo oí uno de esos extraños momentos palatales, a menudo asociados con el
yogur, en los que el tono de su voz cambiaba repentinamente, haciéndose nasal,
sencillamente no podía creer que estuviera tan cerca de ella. ¡Mi cabeza estaba
prácticamente dentro su boca! Tenía una gran cantidad de trabajo que hacer, sin
embargo, de modo que chasqueé el tiempo con objeto de tener unos cuantos minutos
de libertad para pensar en lo que podría hacer con Joyce si desconectaba el tiempo
durante un rato largo. (Hago a menudo esto: provoco un Parón solo para pasar revista
a todas las cosas que podría hacer si hiciera un Parón en ese mismo momento). Podría
estar en el Pliegue varios años, aprendiendo carpintería y otras técnicas de
construcción, y elevar toda una ciudad alternativa para ella, una ciudad con remates
irregulares y pasos elevados, adonde la transportaría, y luego, volviendo el tiempo
hacia atrás, esperaría en uno de los edificios desiertos que yo había construido hasta
que ella me encontrara, y yo manifestaría un desconcierto total porque hubiera
llegado hasta allí y porque nos hubieran dejado que nos las arregláramos nosotros
solos, y por fin ella se desesperaría y follaríamos al atardecer allí sentados
mirándonos a los ojos, en mitad de una calle empedrada con adoquines que yo había
instalado a mano, uno a uno.
O podría escribirle una breve carta pasándome, sin contenerme lo más mínimo,
diciéndole lo maravilloso que era pasar sus memorandos de crédito y lo poco que
había esperado conocer a alguien con su encanto en esta planta del edificio del
MassBank, y lo extremadamente contento que estaba de que le gustaran mis gafas, y
sujetaría con un clip la nota en el dorso de los papeles que le devolvería. O podría
tomar prestadas las llaves de su bolso e ir a ver cómo era su apartamento. (Los
domingos yo solía andar por los cafés de Cambridge leyendo diarios poéticos de
mujeres escritos a mano, mientras estaba en el Pliegue, pero lo sorprendente era lo
poco que uno aprendía sobre lo que de hecho les gustaba a las mujeres, cómo era su
forma de ser, al leer sus diarios poéticos; aunque su caligrafía te decía algo. Por fin
encontré que un modo más fiable de hacerse una idea de una mujer concreta sin tener
que hablar con ella era apretar PAUSA, averiguar su dirección, y coger prestadas sus
llaves para ver cómo vivía). O podría poner una de mis ediciones artesanales
especiales de un panfleto que se titula Relatos franceses de amor y pasión en una
papelera justo cuando Joyce estuviera tirando algo, de modo que lo encontrara y
quizá lo leyera. O podría invitarla a cenar. Eso parecía la cosa más razonable que
podía hacer.
Pero al final, es innecesario decirlo, tomé prestadas sus llaves e inspeccioné su
apartamento. Entré en el Pliegue hacia las cuatro y media. Afortunadamente para mí,
Joyce vivía en Garden Street, una de las calles que dan a Beacon Hill, un paseo de un
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cuarto de hora, y no en Brookline o un sitio así, aunque hubiera llegado andando
hasta Brookline, o por lo menos habría tomado prestada la bicicleta de un mensajero
para llegar hasta allí, algo que he hecho con bastante frecuencia cuando tengo
necesidad de moverme mientras el universo está desconectado. (La circulación
interrumpida hace que conducir un coche durante el Pliegue sea poco práctico). Joyce
vivía en el quinto piso, en un estudio de forma rara adjunto a un porche alargado
incongruentemente estrecho, donde aparentemente dormía. Había unos cuantos
zapatos planos de lona con estampado de flores de color turquesa delante del sofá,
que era plegable y tapizado de un azul descolorido y tenía pinta de segunda mano. El
suelo estaba pintado de gris. Un envoltorio de plástico de un tampón se aplastó bajo
mis pies en el suelo del cuarto de baño. Su maquillaje estaba metido al azar en una
caja metálica que en otro tiempo había contenido una especie de galletas francesas.
Había un póster de la Piazetta en una pared y una pequeña ilustración enmarcada,
sacada de un libro sobre perspectiva del siglo XVIII, en otra. Su despertador estaba
puesto a las ocho menos veinte. Estaba leyendo varios libros; los únicos que recuerdo
ahora eran Perversidad, de Mary Midgley, y Crecimiento y forma, de D’Arcy
Thompson. Había un frasco de sirope de arce y un ejemplar de un libro de Dover, 500
casas pequeñas de los años veinte, sobre la mesa de la cocina. Un gato, un
adolescente flexible cuyo sexo no me molesté en determinar, estaba desestimado en
mitad del salto de la encimera a una silla. Traté de hacerme una idea de lo que vestía
Joyce cuando no llevaba puesta la ropa de trabajo, pero, como de costumbre cuando
aprieto el embrague para curiosear, no pude: no es intuitivamente obvio qué prendas
van con otras. Pero su desorden estaba bien; me encantan las mujeres desordenadas.
(Por otra parte, me encantan las mujeres ordenadas).
Lo mejor de su apartamento, sin embargo, en mi opinión, era el canapé de su
cama. Era uno de esos terapéuticos, hecho con centenares de montecillos
redondeados de unos centímetros de alto o trozos de espuma, que la gente usa para
amortiguar los puntos de presión de un colchón demasiado duro. Nunca había
conocido personalmente a nadie que usara uno. Me proporcionó gran placer deslizar
la mano por debajo de la desordenada ropa de cama para notar lo que había debajo de
las sábanas. Parecía como si mis dedos estuvieran tocando el piano cuando pasaban
sobre su superficie que subía y bajaba. Tiré de una esquina de la sábana remetida. El
canapé de gomaespuma era de un color amarillo oscuro; cuando lo miré con atención,
el dibujo de sombras idénticas engañó a mis ojos con dimensiones falsas. Sentí como
si estuviera mirando una grosera aproximación, en gomaespuma, de la auténtica
geometría del tiempo. Todos los demás se mantenían al nivel de la sábana, y solo yo
podía meterme debajo.
Al tocar el canapé de Joyce, sentí ganas de besarla. No solo quería besarla, algo
que podría hacer fácilmente usando el truco del tiempo; quería que supiera que la
estaba besando y quería que ella quisiera que la besase, lo que era muchísimo más
difícil de conseguir. Abrí uno de los grifos de la cocina; salió un chorro de agua (la
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presión del agua nunca es buena en el Pliegue), y bebí un poco con uno de los vasos
de la cocina. Justo antes de salir de su apartamento y volver caminando al trabajo,
coloqué, debajo de una antigua botella de cristal del alféizar de su dormitorio del
porche, completamente fuera de vista, sin saber exactamente por qué estaba haciendo
eso, un papelito de una galleta de la suerte que había encontrado en un cuenco con
cosas olvidadas de encima de la nevera. Decía: «Sonríe cuando estés preparada».
Luego volví andando al trabajo. Cuando tuve puestos los auriculares y volví a adoptar
la expresión en cierto modo espiritual del transcriptor concentrado, hice un chasquido
para que todo volviera a la vida.
Pero había juzgado mal mi capacidad para encajar el sonido de la voz de negocios
bruscamente reactivada de Joyce tan poco tiempo después de hacerme una idea
general e ilícita de su apartamento. El hecho de que ella no tuviera ni idea de lo que
yo acababa de hacer, de que ella desconociera el profundo conocimiento que tenía yo
de su canapé, me apenó mucho más de lo que esperaba; no exactamente porque mi
ilegal entrada estuviera mal, sino porque notaba que mi sensación más plena de su
vida iba a hacerme más difícil pedirle que saliera conmigo, en lugar de más fácil.
Cuanto más sabía de ella, más me gustaba, con una especie de sincero afecto
amistoso, casi marital; pero también era más difícil imaginarme cenando con ella y
haciendo como si no supiera nada más que lo que ella quisiera contarme. Su vello
púbico, sus trenzas, esas cosas podía entenderlas bien: eran señales gráficas y texturas
cuyo recuerdo no se interpondría en un coqueteo posterior, más preliminar, pero
naturalezas muertas como el sirope de arce y el libro de Dover de la mesa de la
cocina hacían que me imaginara pasando la vida con ella, y ¿cómo iba a poder pasar
la vida con ella si tenía que mantener en secreto ante ella mis actividades en el
Pliegue? Esta especie de duda no era enteramente desconocida, pero en el pasado me
había limitado a decidir (y más recientemente después de que Rhody rompiera
conmigo por ese mismo motivo) que nunca me iba a casar y que estaba contento de
esa decisión. Esta vez, sin embargo, encontré deprimente pensar que acababa de estar
en su apartamento, en su vida, sentado en su cama, y que, sin embargo, si no ponía en
acción mi amor —o como pueda llamarse una emoción híbrida semejante cuando uno
descubre cosas importantes sobre una mujer, todas en el orden equivocado—
pidiéndole que saliera conmigo, no podría después, dentro de un año o así, si me
tropezara con ella en la calle, ni siquiera recordar su nombre: por lo tanto, tendría que
usar el Pliegue solo con objeto de ser atento con ella.
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ES evidente que estaba equivocado al predecir en las páginas precedentes que Joyce
desempeñaría un papel poco importante en mi autobiografía. Terminé de pasar su
cinta y me dirigí a su despacho para entregársela, con intención de pedirle que
saliéramos juntos. Pero estaba hablando con un ingenioso y encantador jefecillo al
que encontré intimidante y con el que no quise competir. En lugar de eso, me limité a
saludarles a los dos con la cabeza y a darle los papeles a ella. A las cinco me marché.
Llegué a mi casa sintiéndome sumamente triste, desesperanzado, casi a punto de
llorar. Encima de mi mesa de trabajo había tres dildos vibradores de diversos grados
de estilización, junto con una mariposa vibradora especial para mujeres y un
activador de pene Jeff Stryker. Todos eran «canela en rama», como dicen los
coleccionistas de esos juguetes. Me senté en la silla y los miré, dominado por
enormes oleadas de pena. Los había pedido a una empresa de San Francisco, pagando
un precio extra para que me los enviasen por mensajero de puerta a puerta, con la
idea de que en algún momento sería capaz de contemplar a Joyce usando uno o más
de esos aparatos consigo misma. La idea de comprar el activador de pene se me
ocurrió después, pues podría tenerlo de reserva como un instrumento con el que
negociar:
—Adelante, usa esos dildos vibradores para que yo te vea, y yo me menearé el
pene con ese activador para que me veas tú.
Pero no me sobraba el dinero con el que compré aquellos aparatos —casi
doscientos dólares en instrumentos sexuales— y me parecía patético e indigno
tenerlos almacenados si nunca iba a ser capaz de utilizarlos con alguien como Joyce.
Tomando vino, con la radio emitiendo jazz progresivo con los usuales bongos
pulcramente grabados y las flautas tribales sintéticas y los acordes tan conocidos de
Steely Dan, llené el impreso para devolverlos. Escribí: Nadie con quien usarlos,
desafortunadamente, junto al MOTIVO DE LA DEVOLUCIÓN, y uno por uno los
volví a guardar en la caja donde habían llegado (los habían empaquetado de modo
responsable con estireno reciclable), y mi autocompasión alcanzó alturas imposibles.
Yo quería… quería contarle a Joyce mi sueño de un sostén volador azul: estábamos
solos en un bote de remos en mitad de un lago de azufre, y el único modo de escapar
que teníamos era que ella se quitara la blusa, se desprendiera del sostén volador azul,
se arrodillara en sus copas y agarrara con fuerza los tirantes y tirara de ellos para
alzarse, usándolos como unas bridas. Yo me subiría a sus hombros, y ella, cabalgando
noblemente la licra con el pecho al aire, nos levantaría y nos llevaría zumbado hasta
el verdor tan seguro. También quería contarle el sueño que tenía muchas mañanas
justo antes de despertar, de que me había metido en la boca un enorme trozo mascado
de chicle Bazooka: eran ocho o nueve barras de chicle que empujaba una tras otra
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porque al principio el sabor era ácido, pero ahora se había vuelto peor aún —pegajoso
y opresivo, casi grumoso, casi sólido—, y yo trataba de sacarme la desagradable
masa de la boca con el dedo y no lo podía conseguir, aunque al despertar me daba
cuenta de que la masa de chicle en realidad solo era mi lengua, que en mi avance
hacia la conciencia había hecho presente su perezosa existencia al pegarse a los
nervios que revivían en el paladar de mi boca. Quería contarle a Joyce esos sueños.
Pero ella no era mi amante, y los amantes son las únicas personas que pueden
soportar oír los sueños de uno.
Yo no creo que la soledad sea necesariamente una situación mala o poco
constructiva. Mi propia habilidad para encasquillar el tiempo puede que dependa, en
realidad, de una mezcla inestable de emociones, entre ellas la curiosidad, el deseo
sexual y el amor, todas en suspensión en un medio soluble de soledad. Me gusta que
los héroes o las heroínas de los libros que leo vivan solos, y se sientan solos, porque
leer es en sí mismo un estado de soledad incrementada artificialmente. La soledad te
hace tomar en consideración la vida de otras personas, te hace más educado con los
que tratas de pasada, disminuye la ironía y el cinismo. El interior del Pliegue es,
claro, el lugar de la máxima soledad, y me gusta estar allí. Pero hay ocasiones en las
que el deseo de las voces de los demás, del regreso de la amistad, alcanza niveles
desagradables y se convierte en una especie de dolor paralizante. Eso es lo que sentía
cuando terminé de empaquetar los aparatos eróticos. Utilicé una «pistola de cinta
adhesiva» para volver a cerrar la caja, tal como lo haría un profesional de correos.
Una pistola de cinta adhesiva es un aparato sin gatillo con un mango que te permite
poner la cinta adhesiva en finas capas. Tiene un conjunto de dientes metálicos
afilados que cortan la cinta por donde se quiere, como el borde de una caja de plástico
que te puede herir el dedo si pasas deprisa la mano, pero la función de la pistola es la
opuesta: sellar, unir, en lugar de herir y hacer daño. La compré en una tienda de
material para oficina como premio después de una espantosa semana de trabajo en el
departamento de servicios sociales escribiendo a máquina números de la seguridad
social en cajas que no estaban hechas para que se pudiera escribir en ellas a máquina.
Entonces, en ese momento de desesperación, al cerrar con cinta adhesiva la caja de
los aparatos eróticos, levanté esta pistola para cinta adhesiva perfectamente
equilibrada y me la llevé a la sien, me pregunté si tenía ganas de morir y, al hacerlo,
me di cuenta de inmediato de cuán risiblemente lejos me encontraba del suicidio
efectivo, y de lo buena, feliz y llena de suerte que, en el fondo, era mi vida. La idea
de tratar de suicidarse encima de una caja de dildos vibradores con una pistola para
cinta adhesiva pegada a la sien me resultó casi cómica. Me ayudó a superar la carga
de soledad-Joyce. Decidí que lo que de verdad necesitaba hacer era ir a la biblioteca y
conseguir algunas autobiografías más y leerlas, de modo que pudiera hacerme una
idea mejor de cómo escribir adecuadamente esta. Antes de salir, abrí la caja que
acababa de cerrar con cinta adhesiva, saqué uno de los dildos vibradores (no el
Pleasure Pallas, uno japonés de tamaño medio hecho en forma de Athenea con una
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extraña antorcha de la sabiduría en la mano, antorcha que era en realidad un
estimulador del clítoris; pero lo prefería al Monasticon, que era un monje capuchino
alargado y retorcido que tenía en la mano un estimulador de clítoris en forma de
manuscrito) y lo metí en mi cartera de mano. Me lavé los dientes. Luego reconsideré
la cosa, y también metí la Mariposa vibradora color rosa vivo en la cartera de mano.
Sería un desperdicio de posibilidades vitales el devolverlos, pensé, solo porque quizá
no pudiera utilizarlos nunca con Joyce. Sería mucho más sensato repartirlos gratis en
la biblioteca.
Tuve más suerte que de costumbre, pues encontré los libros que quería: El teatro
de marionetas de la memoria —la autobiografía de Maurice Baring—, Personas y
lugares, de Jorge de Santayana, Las memorias de John Addington Symonds, y Veinte
años en Hull-House, de Jane Addams. Me senté en una mesa alargada y eché un
vistazo a los libros. Aquella mesa concreta de la biblioteca la había elegido a
propósito, claro: había otro ocupante, una mujer menuda de casi cuarenta años con
una rizada cabellera salpimienta, que llevaba una blusa de manga corta y pendientes
de cristal amarillo. Miraba varios montones de fotocopias de microfilmes,
clasificándolos y rodeando párrafos con círculos de vez en cuando. Hacía girar
suavemente la pluma, en silencio, sobre la mesa, mientras leía, como si fuera la
peonza de un niño. Sus ojos se movían con una rapidez impresionante sobre las
páginas con olor a producto químico de tamaño folio, pero parecía cansada por haber
pasado horas leyendo a la luz grisácea de uno de los espantosos lectores de
microfilmes de la biblioteca. Detuve el tiempo para enterarme de lo que había
microfilmado, que resultaron ser unos ejemplares de Harper’s Bazaar de finales de
los años cuarenta. No la toqué. Solo quería excitarla; o ni siquiera excitarla, sino
sencillamente formar parte de su vida de modo subliminal. Quería que se excitara
vagamente, sin que supiera que yo era la fuente de su excitación.
La mujer necesitaba, o eso me pareció a mí, ver, o sentir, mis Cuadrados Móviles
Psi. Dentro de la cartera de mano yo tenía tres sobres abiertos de un modo raro. Uno
contenía muchos cuadrados de dos centímetros y medio de papel de colores, unos
negros, otros color rosa. El segundo contenía cuadrados de dos centímetros y medio
que había recortado de revistas de modas y catálogos de Garnet Hill, solo caras:
hermosas, interesantes, exóticas o notables por otros conceptos, caras de hombres y
mujeres. El tercer sobre contenía cuadrados de un prospecto, que había encontrado
entre el correo, de una empresa llamada Elmwood Distributors, una especie de
distribuidora de películas porno de poca categoría, la mayoría de las cuales eran
recopilaciones, o «revues», que cantaban de modo sorprendente, con títulos como
Trabajo a dos manos, Morena lactante hermafrodita mamona, y Gran polla sin
censurar corriéndose en la cara. Cada película estaba ilustrada con un fotograma
único de dos centímetros y medio, algunos de los cuales los había recortado.
Entonces dispuse muchos de estos cuadrados al azar en un rectángulo alrededor de la
página del microfilme que estaba mirando la mujer, ocupé mi asiento, levanté el libro,
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chasqueé los dedos haciendo avanzar el tiempo durante una fracción de segundo y
luego lo volví a detener: chasqueo-chasqueo. Luego volví a donde estaba ella y
desplacé cada cuadrado en dirección contraria a las agujas del reloj, activé el tiempo
de nuevo con un chasqueo y lo volví a desactivar. Hice esto repetidamente, docenas y
docenas de veces, esperando ofrecerle a la mujer una proyección de imágenes en la
periferia de su visión mientras leía los ejemplares de los años cuarenta de Harper’s
Bazaar. Debo decirlo, la labor fue extremadamente tedios, siempre que utilizo mis
Cuadrados Móviles Psi, siento un respeto renovado por los fotogramas de los dibujos
animados más primitivos de Barrio Sésamo y admiración por Hanna-Barbera. (A
veces, cuando tengo menos energía, solo utilizo un cuadrado, un cuadrado con una
cara o un fotograma porno, algo que creo, a juzgar por el modo en que mira la mujer,
que le podría interesar, haciendo que aparezca durante un instante cada minuto o así
en una posición distinta en la página del libro que está leyendo). En el caso presente,
la mujer con los pendientes amarillos suspiró y bajó la cabeza durante unos
momentos. Detuve el tiempo y quité todos los cuadrados y los guardé, luego volví a
conectar el tiempo. La mujer bostezó, echando la cabeza atrás, con las manos
sujetándose la nuca; luego se apretó con el pulgar fuertemente entre las cejas. Creía
que había estado trabajando demasiado, que veía cosas; y de hecho había estado
viendo cosas: había estado viendo los cuadraditos sexuales que yo había proyectado
en su vida. Noté su mirada fija en mí durante unos momentos. No levanté la vista:
pasaba sin prisa, con aspecto preocupado, las páginas del relato de los años en Suecia
de Maurice Baring. La mujer volvió a bostezar y recogió sus cosas. Yo no tenía ni
idea de en lo que estaba pensando. Se dirigió a la papelera de junto a una de las otras
mesas. Justo antes de que tirara algunas de las páginas del Bazaar, detuve el tiempo y
puse mi vibrador Monasticon encima de la papelera, donde ella lo pudiera ver,
asomando de una bolsa de papel. Lo vio: alzó la bolsa y miró dentro, luego paseó la
vista a derecha e izquierda, verificó una vez más el contenido de la bolsa. ¿Qué
demonios, se estaba preguntando, hacía en la papelera de la biblioteca pública de
Boston un vibrador completamente nuevo que representaba a un capuchino con un
manuscrito para activar el clítoris? Se quedó allí quieta durante un segundo o dos,
considerando qué hacer, con el ceño fruncido, y luego el vibrador metido en el
paquete desapareció tranquilamente en su bolsa de libros de la Universidad de
Boston. Se dirigió hacia la salida. Le tiré un beso. Que tuviera buena suerte.
Aquello podría haber terminado con mis actos generosos de la tarde, pues la
biblioteca iba a cerrar, pero cuando estaba haciendo cola en el mostrador del registro
de libros, justo delante de mí apareció una mujer corpulenta y alta. Siempre me alegra
hacer cola detrás de una mujer, porque la puedo mirar libremente sin ponerla
incómoda. Esta llevaba el pelo muy espeso, suelto y teñido posiblemente con henna;
en cualquier caso, tenía un color rojo parduzco. Era de esas personas regordetas de
las que la gente dice que llevan bien su peso. Tenía muy buen aspecto. Llevaba
puesto un número indeterminado de capas de ropa muy sueltas, con grandes agujeros
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para sacar el cuello, que quedaban una sobre otra como las órbitas excéntricas de
varios cometas; uno de los agujeros para sacar el cuello casi se le había caído del
hombro, dejando a la vista una especie de cinta azul de un body que probablemente
representaba la capa de más abajo. Era un modo de vestir y un aspecto que hasta
entonces nunca había pensado que me gustara, pero que en ella noté que podía
gustarme mucho. El hombro que tenía parcialmente al descubierto contaba con
muchas pecas, que lo hacían desusadamente suave y palpable, como una especie de
piedra de río.
Pero hasta que no me fijé en el libro que iba a sacar, no quedé completamente
cautivado por ella: se dirigía a su casa para leer una cosa que se titulaba Desnuda
bajo mi ropa, un libro bastante reciente de una mujer que pretendía resultar cómica.
Yo ya lo conocía: a veces resultaba divertido —estupendo por ti, librito—, pero para
mí lo mejor de todo era su título. Durante años y años me he sentido asombrado por
esta verdad evidente, el que todos estamos desnudos debajo de nuestra ropa;
tropezarme en una biblioteca con una mujer que llevaba un libro que proclamaba el
hecho en su título me llevó a sentir que me derretía de un modo tan sexual que no es
sexual, como si las rodillas ya no fueran a hacer lo que tenían que hacer y las pelotas
fueran a colgarme blanduzcas, estirándose hacia abajo igual que caramelos blandos, y
llegar hasta los tobillos, ablandadas por el calor de mi deseo. Sabía que la mujer había
sacado este libro simplemente porque quería reírse y porque le habían dicho que era
divertido, pero tenía un título provocativo, y ahora ella se sentía, a pesar de lo suelta
que se mostraba con respecto al sexo, un tanto violenta al sacarlo de la biblioteca.
Su sensación de incomodidad, me parecía, se centraba en el hombre que se
ocupaba del aparato de las tarjetas de préstamo; un tipo larguirucho y feo, de modales
amables, que se afeitaba hasta demasiado abajo los lados de su barba. Pero la mujer
también sabía que tenía a alguien detrás, y podría ser consciente de que mis ojos se
clavaban en las pecas de sus hombros y se movían por su brazo para volver a leer el
título del libro: Desnuda bajo mi ropa; un hecho que, dado que ella tenía el libro en la
mano, estaba afirmando no tanto una verdad general como una verdad específica con
respecto a ella y solo a ella, con el elidido «Estoy». Me apetecía muchísimo verla
desnuda debajo de su ropa. Y, naturalmente, podía conseguirlo con bastante facilidad.
Sin embargo, dudé en activar el Pliegue para quitarle todas aquellas capas de ropa,
pues tendría problemas para recordar cómo colgaban con un descuido tan ingenioso
unas sobre otras cuando llegara el momento de volver a ponérselas. (¡No llevaba
puestos, gracias a Dios, esos leggins rematados con un poco de encaje!). Cada curva
y movimiento de su cuerpo exclamaba:
—De momento estoy completamente sola y esta noche me encuentro disponible
para tomar una copa o dos con un hombre agradable que me quiera escuchar y me
haga reír.
Yo sabía que ella estaba sintiendo que estos momentos en la cola para sacar libros
eran su última oportunidad de conocer a alguien, y sabía también que por lo menos
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yo constituía una presa mejor que el empleado de la biblioteca con la antiestética
barba.
Pero aunque estaba, estoy, completamente solo, y aunque había sufrido un serio
ataque de soledad en el que había intervenido una pistola de cinta adhesiva solo unas
horas antes, y probablemente emitía las mismas radiaciones de disponibilidad y deseo
generalizado que despedía ella, no entablé conversación con la mujer, porque por
entonces era lo suficientemente sagaz para saber que no debía derrochar con una
mujer como esta mi vacilante aunque ocasionalmente afortunada técnica para ligar,
pues si salíamos a cenar unas cuantas veces y pasábamos unas cuantas noches en la
cama, la cosa resultaría esencialmente triste, esencialmente errónea. Yo no era el tipo
de hombre al que ella deseaba de verdad, y tampoco ella lo era para mí —habría un
asombro y excitación temporal con respecto a aquellos agujeros para sacar el cuello,
y luego las diferencias entre nosotros nos llevarían al fracaso—, y ¿por qué hacer eso,
cuando lo único que de verdad me apetecía saber era cómo era exactamente desnuda
debajo de la ropa? Podía imaginar por adelantado algo de lo que no veía, pues en mi
vida he desnudado furtivamente a muchas mujeres; soy consciente de que hay ciertas
correlaciones de connaisseur entre el tipo de cara que tiene una mujer y el tipo de
espalda que tiene: de hecho, tenía la sensación de que poseía una impresión bien
definida del aspecto que tendría su espalda, de hasta qué altura le llegaba la oculta
cintura. Pero los pechos siempre eran impredecibles, y el culo (me refiero al culo del
mundo real, no al culo de las revistas porno) también era una cosa con mil millones
de variaciones posibles.
Yo quería, a falta de conocimiento de su desnudez, anunciarle sencillamente, con
una voz tranquila y seria:
—Yo también lo estoy —y cuando ella volviera la cara hacia mí con un afable
desconcierto, yo señalaría el libro que llevaba y diría, para aclararlo—: Me refiero a
que estoy desnudo, también, por debajo. De verdad, lo estoy.
A lo mejor ella se ponía a la defensiva ante este atrevimiento. Una de las
primerísimas veces que lo hice con una chica fue en un parque cuando tenía quince
años: nos tumbamos en una leve pendiente, entre muchas coníferas poco altas. Por
fin, la mano de ella me desabrochó los pantalones y se hundió en mis calzoncillos, y
expuso mi húmeda berenjena al mundo y la dejó allí. Ninguno de los dos bajamos la
vista durante bastante tiempo; yo me concentraba en conseguir que se corriera sin
quitarle los pantalones vaqueros, lo que no era tan fácil. Finalmente lo dejamos, pues
necesitábamos intimidad de verdad para hacer cualquier progreso, y entonces
bajamos la mirada, y hubo una visión de mi desnuda identidad que yo nunca antes
había tenido, o nunca le había prestado atención; una visión casi espantosamente
sorprendente: la piel ultrapálida de mis pelotas, que estaban en horizontal y muy
tirantes, estiradas hasta un estado de brillo mate como el de los huevos de gallina
(porque la cinturilla de mis calzoncillos, demasiado pequeños, estaba por debajo de
ellas, empujándolas hacia arriba), y por encima tenía inscripciones de muchos vasos
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delicados e infantiles, como en una foto de Lennart Nilsson de la cabeza de un feto en
desarrollo. Y —añadiendo algo más al efecto obsceno del conjunto— unos folículos
de pelo dispersos formaban como pequeñas protuberancias en la tirante piel. Aunque
resultaba sumamente desagradable —o al menos nada romántico— de mirar (mi
novia se echó hacia atrás, creo, al ver más de mí de lo que entonces estaba preparada
para ver), no pude evitar el fijarme con cierta satisfacción en lo sorprendentemente
espermáticos que parecían los propios pelos de los huevos, con sus largos y finos
extremos y sus cabezas de folículos ovoides: pelos de esperma rodeando los
testículos parecidos a huevos de gallina, tratando de fertilizarlos, como si mi cuerpo
estuviera ofreciéndole, a alguien que se tomara la molestia de mirar, una
representación aumentada, tridimensional, de la tarea que mis gónadas estaban
programando para que llevara a cabo.
La mujer que estaba delante de mí en la biblioteca, se me ocurrió, era mayor que
aquella novia de dieciséis años de hace tanto, y podría estar dispuesta a asumir el
extraño parecido entre los pelos de los huevos y los espermatozoides que la
apuntaban; pero también podría ocurrir que no. Dependía mucho, claro, de cómo se
presentara la información; un tono de sorpresa incontenible a menudo funciona bien.
Mi exnovia Rhody organizó una vez una barbacoa e invitó a seis o siete amigos. Mi
cometido era encender el carbón. Con los pies fijos en el suelo y muy separados,
inclinado sobre la pequeña parrilla semiesférica, abanicaba las brasas con la sección
de arte del Globe con tal energía y rapidez que los huevos se pusieron a agitarse hacia
delante y hacia atrás al ritmo exacto de mis brazos. Fue una experiencia única, el
poder notar a esas cebollitas de cóctel ir y venir con tanto gusto. Paré para tomar
aliento y, cuando las llamas aumentaron, alcé la vista hacia la mujer que estaba
parada cerca de mí con una copa en la mano (una de las amigas del trabajo de Rhody)
y le dije, con voz de asombro:
—La verdad es que se me están balanceando los huevos. Es una experiencia
nueva.
Ella ladeó la cabeza, sonriendo, y dio un sorbo a su copa; no pareció que le
importara que le dijera eso. Abaniqué las brasas algo más y luego hablamos
brevemente de los carbones especiales para encender barbacoas.
—Pero parece que te gusta que se balanceen —dijo la mujer—. No quisiera
privarte de ese placer.
Dios santo, cómo aprecio esos breves momentos de coqueteo.
La cola para sacar libros no era corta, de modo que tuve tiempo de sobra para
tener todos los pensamientos sexuales que quise mientras miraba la cinta azul del
hombro y la piel con pecas de Miss Henna, que seguía delante de mí. El título del
libro estaba añadiendo todavía más potencia de rayos X a mi mente; casi estaba
descontrolado. Desnuda, desnuda, desnuda, desnuda, desnuda. Me moría de ganas
por verle la espalda y las enormes y blandas nalgas. La imaginé tumbada boca abajo
en una mesa de masajes, con su suave pelo recogido para que no molestase, los ojos
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semicerrados, adormecida por el vapor de la habitación, con una toalla blanca sobre
las piernas. Yo entraría llevando un gran cuenco blanco con el borde verde, lleno de
aceite tropical semifrío y una docena o así de huevos de piedra de diversos colores
jaspeados. Depositaría el cuenco en una mesita con ruedas muy cerca de su cabeza y
empezaría a remover y dar vueltas lentamente con la mano a los huevos de piedra
dentro del aceite, como una saladier sedada, de modo que hicieran clic-clac unos
contra otros y contra los costados del cuenco, y luego dejaría mis manos cerradas en
torno a dos de ellos, uno rojizo y otro negro con vetas grises y violetas, y los apretaría
contra los músculos de su espalda, a cada lado de su columna vertebral, sujetándolos
con las palmas de las manos. Pasaría las manos alternativamente, como un gato que
ronronea se trabaja las patas, de modo que los huevos de piedra se deslizaran
lentamente por su espalda, empapados en aceite. Cuando amenazaran con quedar
secos, yo los volvería a meter en el cuenco, los volvería a embadurnar con mis
propios dedos, elegiría otros dos y los volvería a mantener pegados a ella,
manipulándolos con los músculos de las manos de modo que se deslizaran de un
extremo al otro de mis resbaladizas palmas. Ella intentaría adivinar, únicamente por
el tacto, de qué colores eran:
—Hmmm, creo que la izquierda es una piedra gris y blanca salpicada de rosa —
diría.
Para nada, era de cuarzo azul. La ayudaría a darse la vuelta, de modo que quedara
boca arriba, y deslizaría los escurridizos huevos por los músculos superiores de sus
muslos y a cada lado de su montículo, y luego le daría a elegir cuáles quería dentro.
Ella elegiría dos y yo introduciría los dos huevos de piedra, de modo que oiría el
sonido amortiguado del choque del uno contra el otro, y apartaría la mano; ella los
mantendría dentro sujetándolos con los músculos y yo vería dilatarse la piel de su
vagina cuando diera a luz a uno de ellos —igual que esas maravillosas escenas de
Nature, de tortugas marinas poniendo huevos a medianoche, donde uno puede ver
hincharse y dilatarse la vagina de la tortuga sobre el hoyo de arena cuando aparece
otro huevo—, que caería todo resbaladizo en mi mano.
Cuanto más gráfica y específica se hacía mi imaginería sexual, más relativamente
sencilla se volvía la idea de sujetarle con unas cintas la Mariposa vibradora, que, por
contraste, resultaba insípida y amable y nada invasora; lo último que podía hacer por
ella. Después de todo, los agujeros para el cuello, su espalda, tenían el exacto aspecto
de los de alguien que adorara los vibradores. Dejé que sacara el libro (ella y el
encargado de la biblioteca tuvieron un momento de contacto ocular, como me había
imaginado) y saliera a la calle, y entonces detuve el universo y saqué la Mariposa. Mi
plan era colocársela mientras ella se dirigía a casa, porque pensé que tal vez la notara
menos si estaba en movimiento que si estaba sentada. Pero tenía que asegurarme de
que no la sobresaltaría; no me interesaba inquietarla o hacer que sintiera que estaba
perdiendo la cordura. En consecuencia, tuve que probar el producto conmigo mismo:
me bajé los pantalones y los calzoncillos y, colocando un kleenex entre los
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activadores de placer del aparato y mi escroto, de modo que no llegara a exponer a
Miss Henna a ninguno de mis gérmenes cuando por fin se lo sujetase a ella, fijé las
correas y lo coloqué cómodamente en su sitio. Anduve de un lado a otro del vestíbulo
de la biblioteca con el aparato puesto, mirando las esquinas de arriba de la estancia y
concentrándome en lo que se sentía. Quedé sorprendido al descubrir que, aunque
levemente tirantes, las cintas negras de alrededor de mi culo y muslos no resultaban
perceptibles en absoluto mientras caminaba. Lo que sí se percibía,
desafortunadamente, era la anchura de la propia Mariposa entre los muslos. Puede
que, si el bulto de mis genitales no estuviera allí, el aparato se hubiera ajustado con
más comodidad, pero incluso entonces la mujer vería instantáneamente que allí había
algo. Recordé haber leído una información sobre una mujer gorda que robaba teles
portátiles alejándose con ellas entre las piernas; pero en ese caso no importaba que
tuvieran una forma que la mujer pudiera notar al andar. Sin embargo, no todo estaba
perdido; me di cuenta de que cuando estaba sentado, incluso con las piernas cruzadas,
era como si no existiera la forma elástica de la Mariposa. Mi cuerpo se adaptó
instantáneamente a su presencia. Puse las dos Sonic de sobra en la carcasa de plástico
rosa para las pilas y activé el contacto hasta que el vibrador se puso en marcha. Total,
que el ruido resultaba espantosamente fuerte. La mujer lo oiría. Incluso a su nivel
más bajo, que es como lo pondría cuando se lo instalase a ella (de modo que se
mantuviera por debajo del nivel de su conciencia; sería una vibración solo perceptible
como un cambio de estado de ánimo, no como una señal física efectiva), hacía un
ruido que no era tanto un zumbido como una especie de risa apagada. Ahora, mi
única esperanza, comprendí, era que ella no se dirigiera andando a su casa, sino que
cogiera el autobús o el metro, donde el estruendo del tráfico podría disimular su
ruido. En cuanto a la sensación de la Mariposa en mi propio paquete, no era
ciertamente desagradable, pero tampoco maravillosa (puede que el kleenex tuviera
que ver con el problema), lo que en definitiva me agradó, pues el que las mujeres se
corran tan intensamente con vibradores lo hacía todo más misterioso, femenino y
diferente que el placer masculino.
Me vestí, volví a la cola, activé el universo y saqué prestados mis libros, mirando
mi reloj para que el empleado de la biblioteca se diera prisa. Una vez fuera, distinguí
a la mujer en la esquina de Boylston con Dartmouth, donde esperaba para cruzar la
calle. Anduve muy despacio, deseando que dirigiera sus pasos hacia el metro, cosa
que, por suerte para mí, hizo. La observaba desde la sombra; no me podía ver nadie y
por tanto nadie se daría cuenta si desaparecía del sitio en donde estaba parado.
Detuve el tiempo y alcancé a la mujer. Se llamaba, me enteré echando una ojeada
rápida a su bolso, Andrea Apuleo, un nombre perfectamente razonable, aunque, al
igual que todos los nombres, un tanto sorprendente durante los primeros minutos si
uno ha tenido la oportunidad de hacerse previamente una idea de la persona. Vivía en
Chestnut Hill. Bajé los escalones delante de ella y tomé asiento en un banco del
andén, para que, cuando subiera al mismo metro que ella, no tuviese la menor
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sospecha de que la había seguido. (Estaba completamente seguro de que en la
biblioteca no me había mirado con atención). Cuando por fin apareció un metro, diez
minutos después, ocupó uno de los asientos que miraban hacia delante y yo ocupé
uno de los laterales. Me preocupaba el body que llevaba Andrea, pensando que
tendría que quitárselo o apartarlo, pero cuando empecé a instalarle la Mariposa
durante el Pliegue comprobé que podía hacerlo en su ropa más íntima. La podría
instalar muy baja y sin embargo notaría algo. Sacudí la carcasa de las pilas para que
funcionaran durante el Pliegue y activé el interruptor haciendo que su grado de
vibración fuera el más bajo; y entonces lo pensé mejor: la primera vez que activara el
tiempo en esta secuencia, ella tendría el aparato sujeto, sin vibrar, de modo que su
cuerpo se acostumbrase a su presencia. Al cabo de una serie de seis o siete
perversiones temporales, aumenté gradualmente el nivel de pulsaciones. Haciendo
como que leía, la observé. En un determinado punto, puso una expresión especial que
era claramente de placer y disimuladamente bajó la mano para tocarse entre las
piernas y descubrir qué estaba pasando (no había nadie sentado a su lado): justo antes
de que notara la forma de la extraña Mariposa con la mano, detuve el tiempo y se la
quité. Satisfecha de que allí no hubiera nada, Andrea volvió a repantigarse en el
asiento, y cuando volví a instalar el aparato y aceleré gradualmente las vibraciones
moviendo el mando con el pulgar de la mano, mientras el metro aceleraba entre
Copley y Kenmore, ella se abandonó a sus sensaciones de gusto, con las manos
descansando en el respaldo del asiento de delante de ella y la cabeza apoyada en el
oscuro cristal de la ventanilla. Quería hacer que pareciera como si estuviese
recordando algo un tanto triste y tranquilo de su lejano pasado, como si sus
pensamientos vinieran acompañados de una banda sonora de canto gregoriano, pero
yo podía leer a través de su apariencia de calma interior que la efervescencia sexual
estaba allí sin la menor duda. Muy pronto se le separaron los labios y abrió la boca, o
casi la abrió: los labios solo se unían en el centro, donde eran más anchos. Por
entonces yo había dejado a un lado mi libro, incapaz de evitar mirarla directamente.
El ritmo del metro sonaba a apetitoso, apetitoso, apetitoso, apetitoso. En un libro que
se titula Los ciclos del amor, sobre los ritmos hormonales, partes del cual he leído
con gran interés, Winnifred B. Cutler (doctor en filosofía) cita un estudio de Sullivan
y Brender de un ejemplar de 1986 de Psicofisiología en el cual aparecían mujeres
«sexualmente estimuladas por cintas de vídeo» mientras tenían la cara conectada a
sensores electromiográficos. Como consecuencia, sus músculos cigomáticos (uno de
los varios grupos de músculos de la sonrisa) se contraían sutilmente cuando veían las
cintas, un efecto que los investigadores consideraban una señal indirecta de
excitación, lo mismo que la dilatación de pupilas. Desde que lo leí en ese libro (y
debo señalar de pasada que el doctor Winnifred Cutler aparece fotografiado con una
sonrisa cigomática levemente monalisesca en la foto de la contracubierta, y que, de
acuerdo con el texto, la fecha de publicación del libro fue octubre, el mes, dice el
doctor Cutler, en que las hormonas masculinas alcanzan sus niveles más elevados), he
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andado a la búsqueda de esas cigosonrisas secretas, y no he encontrado muchas;
aunque creo que, entre Copley y Kenmore, Andrea Apuleo ofrecía al mundo un
asombroso ejemplo de una, allí mismo, en el metro.
En cuanto reactivé el tiempo, tras poner la Mariposa casi al máximo, notó que yo
la estaba mirando, y nuestros ojos se encontraron y quedaron fijos como láser; intenté
decirle con la mirada que me daba cuenta de lo bien que se sentía, aunque estuviera
haciendo un esfuerzo tremendo para evitarlo, y que yo era el único del metro que
podía ver lo que estaba pasando, y que me emocionaba mucho poder ser testigo de
ello y que no indicaría a nadie más lo que ella me estaba dejando ver. Asentí con la
cabeza, cerrando los ojos, y la volví a mirar: daba el sí a su próximo orgasmo. Ella
apartó la vista, alzándola hacia los anuncios de trabajos temporales de encima de las
ventanillas, y luego me volvió a mirar, y observé que apretaba los dientes, con los
ojos dilatándosele y volviéndosele más pardos y más intensos; y (estoy casi seguro)
se corrió. Luego respiró a fondo y se pasó por el pelo el dedo índice formando una O
y se lo soltó y volvió a intentar buscar entre las piernas; en consecuencia, tuve que
Fermar rápidamente y quitarle la Mariposa y limpiarla (utilizando varios kleenex),
volviendo a guardarla en la caja de modo que parecía que no se había usado. La metí
en un sobre marrón. El tiempo proseguía, le volví a sonreír, de un modo prometedor y
estúpido, y ella me devolvió la sonrisa insegura, sin saber muy bien cómo explicarse
a sí misma lo que estaba pasando. En la parada de Chestnut Hill se levantó y pasó al
lado de donde yo estaba sentado. Dije:
—¿Me perdona un momento? —y le entregué el vibrador Mariposa en su
envoltorio y luego me llevé los dedos a los labios. No me apeé en esa parada porque
no quería ponerla nerviosa o parecer amenazador; llegué a casa una hora después
sintiendo que, al regalar dos de mis juguetes sexuales, le había dado la vuelta al día.
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pringosa pepita. Aunque, como regla general, no sea partidario de las mezclas
comida-sexo (nada de nata batida, nada de mantequilla de cacahuete, nada de
champán), creo que la resbaladiza y blanda suavidad de la pulpa del aguacate se
parece tanto a la deformación y flujo de la materia labial, que es comprensible que
una mujer sujete la mitad de uno en la palma de la mano y la apriete contra sí misma
de modo que la gran pepita meta la nariz en su cosa. A Rhody parecía gustarle, y yo
también estaba entusiasmado; pero, mientras estaba haciendo pruebas con nuestra
nueva receta para el guacamole, se me pasó por la cabeza la idea de hacer un pequeño
agujero en la pulpa del aguacate e introducir el cepillo de dientes eléctrico de Rhody
formando un ángulo en la fresca carne de modo que la cabeza del cepillo quedara
enterrada cerca de la pepita. Y así es como ella se corrió toda encantada, realmente se
corrió a lo grande, sujetando el cepillo de dientes que zumbaba metido en la mitad del
aguacate entre sus piernas, mientras yo jugueteaba con los mechones de pelo de su
nuca. Doy cuenta de esto de pasada para que no parezca que, a pesar de todas mis
furtivas y disimuladas aberraciones dentro de la Grieta, estoy totalmente desprovisto
de la mayoría de los instintos sexuales típicos.
¿Y que pensaría la demás gente de la Fermata? ¿Qué harían si fueran yo? Aunque
ahora consigo mantener mis poderes en un estricto secreto, he pasado por periodos en
los que he sentido deseos de hacerme una idea de lo que harían otros en mi lugar. Soy
supersticioso, con todo, con respecto a describir lo que pasa de verdad —temiendo,
aunque lo señale hipotéticamente, que si conjuro la posibilidad con excesivos detalles
ante otro, ya nunca será un secreto mío y por tanto mi dominio del tiempo me
abandonará para siempre—, tan supersticioso de hecho que muchas veces, en lugar
de preguntar sobre las ideas que tienen los que me rodean sobre mi secreto, pregunto
sobre lo que haría una persona si tuviera una visión de rayos X. ¿Qué miraría si
tuviera una visión de rayos X? Mantuve una interesante conversación con un hombre
que se llama Bill Asplundh acerca de esto. Bill es uno de los pocos mecanógrafos
eventuales rápidos de verdad no gay con los que me he tropezado; escribe a máquina
mucho más deprisa que yo. Empezó a trabajar de eventual mientras hacía un máster
en algo, como yo, y ahora le gusta de verdad. Estábamos en un restaurante chino una
vez, cuando le pregunté qué miraría si tuviera una visión de rayos X. Él comía un
pollo amarillo al curry. Dijo que lo primero que haría sería atravesar con la vista la
pared mientras el cocinero le estaba preparando el curry, puesto que era un curry
extraordinariamente sabroso y quería poder volverlo a hacer él en casa. Luego
admitió que probablemente la usaría para mirar a las mujeres.
—Pero en lo que la gente no piensa cuando habla de visión de rayos X —dijo
entonces, repentinamente animado— es en dos cosas. Primera, que de lo que se habla
no es de una especie de visión de rayos X general, donde la vista atraviesa cualquier
sustancia, sino de una especie de visión de rayos X específica que solo atraviesa la
ropa. De lo que hablamos es de la visión de rayos X textil. Es casi lógico, aunque
quizá no tan lógico, pensar en lo que uno va a ver cuando ve a una mujer que va
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vestida pero no puede ver la ropa que lleva puesta. Tiene la idea de que la va a ver sin
ropa, que sus pechos van a estar allí con el aspecto que tendrían sin sostén, pero,
recuerda, ella tiene un sostén puesto, que uno no puede ver, de modo que va a ver las
marcas de donde estaban las costuras, y si le sube el sostén, sus pechos van a parecer
espachurrados, deformados, en absoluto del modo en que los imagina. Y piensa que si
lleva puestas unas bragas, y las lleva apretadas, va a ver todas las señales donde
hacían presión en el culo y cosas así. Va a ver las marcas de las bragas, unas líneas
rojas, pero sin que de hecho las bragas estén allí.
Admití que tenía cierta razón, pero repliqué que la visión de unos pechos con
sostén, sin que el sostén sea visible, podría ser algo maravilloso: si uno pudiera ver
los pechos moviéndose como se moverían con un sostén y sin embargo el sostén no
resultara visible, sería un movimiento de algo sujeto a medias de un tipo totalmente
nuevo; ni siquiera el tipo de movimiento que uno esperaría en un entorno de gravedad
cero, porque los lados de abajo de los pechos se mantendrían relativamente firmes,
dentro de los límites del ir y venir de aquel sostén concreto, pero por la punta se
agitarían un poco más por donde no estuvieran sujetos. A lo mejor la visión de unos
pechos con un sostén invisible resultaba increíble. Pero probablemente tenía razón él,
concedí, en que los pezones seguramente tendrían ese aspecto aplastado de las caras
apretadas contra un cristal; y lo que hace cómica la visión de unos niños que aprietan
su cara contra el cristal es lo que suprime su «rostridad» y la sustituye por una
especie de expresión monstruosa. Sería extraño ver la forma de un sostén marcada en
la piel de la espalda. Habría cierto interés, coincidimos, en ver unos pechos muy
caídos levantados por un sostén invisible, pues la idea de colgar resulta muy
estimulante, lo mismo que la noción de levantarse.
Pero, por mucho que me interesara, lo que había dicho Bill sobre la visión de
rayos X no tenía realmente relación con el Pliegue, de modo que seguí adelante y le
describí la posibilidad de detener el universo y mantenerse uno mismo móvil, como si
la idea se me acabara de ocurrir por primera vez. ¿Qué haría él si tuviera un aparato
que lo pudiese desconectar todo y se encontrara en aquel restaurante? Bill respondió
sin vacilar que lo primero que haría sería ir a la cocina y tratar de encontrar y de
copiar la receta del curry. Bajó la voz y dijo que incluso podría llevarse un poco de
curry, si es que había el suficiente, a casa, y parecía como asustado ante su propio
deseo de robar.
—Vale —le dije—, pero después de que tuvieras todo el curry y supieras qué
hacer con él, entonces ¿qué? ¿Qué le harías vis a vis a esa mujer de ahí? —señalé a
una rubia de negro a la que él había mirado con expresión de aprobación antes—. ¿Te
acercarías hasta allí y verías cómo eran sus tetas, o qué?
—Posiblemente —dijo. Me hizo unas cuantas preguntas más sobre con cuánta
rapidez podría conectar y desconectar el tiempo. Luego dijo—: No, lo que
probablemente haría es esconderme para poder mirar a las parejas que conozco.
Siento mucha curiosidad por ver eso.
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Su idea me sorprendió, pues yo casi no tengo interés alguno en ver la relaciones
sexuales de las parejas que conozco, ni en ver las de ninguna pareja. Las he visto,
claro, de vez en cuando, pero solo al perseguir otras visiones o experiencias. Después
de que Rhody rompiera conmigo, en parte debido a la propia cuestión de la
perversión temporal, empezó a salir con un tipo divorciado mayor, y yo me escondí
detrás de la butaca dorada con orejeras del dormitorio de ella y los vi mantener
relaciones sexuales una o dos veces (bueno, seis veces); y la última vez ciertamente
hice una cosa que estuvo mal, pero que muy mal. Rhody estaba de rodillas, con el
culo alzado, chupeteando y mordisqueando la funda de la almohada que tenía
agarrada, algo que fue nuestro modo favorito durante un tiempo, y me sentí
profanado y herido porque ella estuviera haciendo aquello ahora con él, con aquel
asesor jurídico divorciado que parecía el dibujo de «antes» de un anuncio de
NordicTrack, de modo que detuve el tiempo con mi cortaúñas (cada vez que me
cortaba una uña, el tiempo se frenaba) y aparté al tipo de Rhody y lo llevé al garaje,
donde lo até de modo seguro a un trozo de contrachapado; luego me situé
exactamente en la misma posición en la que había estado él, con mi polla dentro de
Rhody, y activé el tiempo, y me encantó oír su sorprendido cambio de tono:
—¡Así, sí, sí! ¡Uau! ¡Está muy bien! ¡Así, sigue! Saqué la polla y la dejé
descansar en su rabadilla y apreté en ella con la mano, que era algo que solíamos
hacer mucho y que a ella le gustaba, pues cuando yo me corría le gustaba sentir las
contracciones de la eyaculación subirle por la espalda. Noté su inmediata sorpresa
cuando hice aquello —¿Cómo podía ser?—, y justo antes de que ella se volviera a
mirar para ver si era yo de verdad, lo detuve todo y saqué al tipo divorciado del
garaje, lo volví a poner donde había estado y volví a meter lo que quedaba de su
erección.
—¿Qué pasa? —dijo Rhody, en cuanto conecté el tiempo.
—Nada —dijo el divorciado. Hizo como que estaba follando desenfadadamente,
pero ya estaba casi completamente blando.
—Pasa algo —dijo Rhody—. ¿Qué es lo que pasa?
—Tuve una alucinación de lo más extraña —dijo él—. Pensé que estaba atado a
una tabla, mirando los esquís del techo del garaje. Raro hasta decir basta. Lo siento,
pequeña.
Rhody le consoló. Tumbado en la cama, con las manos haciendo cosas
desagradables con su propio pelo del pecho, se puso a describir aquella experiencia
de estar fuera del cuerpo «increíblemente viva» que acababa de tener, de estar atado y
mirando los esquís. Finalmente, los dos fueron juntos de puntillas y riéndose al
lavadero en busca de la cuerda y de las botas de esquiar. Yo me marché
inmediatamente después.
Otra persona a la que le pregunté, un tipo que trabajaba en la Universidad de
Boston, dijo que, en posesión de los poderes para pervertir el tiempo, rebuscaría en
los cajones de las mujeres durante un tiempo; luego dijo, después de muchos
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carraspeos y toses, «probablemente querría ver a las personas que conozco». Esto
después de que yo le hubiera descrito una hipotética escena en la que alguien está
viendo una cinta alquilada de Metropolitan en su vídeo y la película le encanta de
verdad, pero tiene unas ganas tremendas de mear, y apunta con el mando a distancia
al aparato y aprieta PAUSA, pero descubre que, en lugar de que Metropolitan quede
en pausa, Metropolitan continúa y el resto de la habitación queda en un fotograma
congelado; entonces, el que tiene el control remoto, y mientras dura el metraje de la
película, corre afuera y fisgonea todo lo que le da la gana. Como mencioné más
arriba, yo nunca he tenido el menor éxito con los mandos a distancia, y precisamente
por eso utilicé un mando a distancia al que se aprieta PAUSA en la escena que le
planteé; consideraba que era algo que quedaba bastante alejado de las cosas que en
realidad hago. También les pregunté a una o dos mujeres, y una de ellas dijo que ella
se daría mucha prisa por ir a ver a sus amigos manteniendo relaciones sexuales.
—Probablemente sea muy ordinario, pero de todos modos me gustaría verlo.
Me sentí un poco triste por no tener aquella tentación en común con mis
interlocutores.
Otra mujer, una abogada de una empresa pequeña de un edificio con una estatua
de Edward Coke delante, dio una larga e interesante respuesta a mi pregunta una
tarde, cuando estábamos trabajando a última hora, reuniendo los documentos de un
contrato de bienes inmobiliarios muy importante. Se llamaba Arlette. Dábamos
vueltas y más vueltas en torno a una mesa de conferencias, apilando un ejemplar de
un acuerdo complementario encima de otro a un ritmo rapidísimo, y por fin le
pregunté lo que pensaba que haría con un mando de PAUSA que detuviera la vida en
lugar de los vídeos. Déjeseme intentar transcribir lo que dijo exactamente; tomé unas
notas sobre la marcha.
—Bueno —dijo ella—, creo que primero me quedaría sentada un rato pensando y
trataría de asumir el hecho de que yo era la única persona de por allí que era capaz de
moverme. Luego planearía unas cuantas venganzas que podría hacer. Me limitaría al
trabajo, sin la menor duda. Podría ponerle unos cuantos puntos de colores en la
malvada cara de Stephen Milrose, uno a uno. Mientras él está sentado ahí en la
reunión de los martes, haciendo sus asquerosos comentarios, rebajando a todo el
mundo, ridiculizando a la gente sin motivo, cogería una palabra, una palabra
inofensiva que él dice mucho, como por ejemplo «trasero». Cada vez que dijera que
un trato o un cliente iba a «volverse contra nosotros y mordernos el trasero», apretaría
el mando de PAUSA y le pegaría un punto amarillo en la cara. ¡Me encantaría hacer
eso! Me proporcionaría una satisfacción enorme ver que la cara se le llenaba de un
sarpullido de puntos. Nadie diría nada, pero él quedaría lleno. Le encanta decir:
«Tiempo muerto». Y yo me siento desamparada. Así que, cada vez que dijera
«tiempo muerto», haciendo esa T con las manos, yo haría tiempo muerto de verdad y
le pegaría un puntito verde en la cara. Sería tan tronchante ver su maligna cara
totalmente llena de puntos amarillos y verdes. De modo que ese tipo de cosas es el
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número uno; hacer pequeñas barrabasadas de ese tipo a dos o tres carapijos de verdad
de esta planta. Tengo que librar a mi organismo de eso. Pero luego tendría que pensar,
tendría que pensar…
Yo no dije nada, porque no quería predisponer su respuesta en ningún sentido.
—Bueno —dijo por fin, con cierta decisión—, pienso en ir a ver a Mark
Thalmeiser y mantener una charla con él sobre esto y lo otro, y mientras él me mira y
parpadea inocentemente, hago pausa en mitad de uno de sus parpadeos y me levanto
y me saco las tetas y me las esponjo delante de sus ojos o algo así. Primero agarro
una borla de polvos y me las empolvo totalmente, y luego le paso los pezones por
delante de los ojos. Sería divertido.
—¿Se clasificaría como un acto de venganza, o un acto resultante de la atracción
sexual? —le pregunté.
—Las dos cosas. Mark es un sexo sobre ruedas, en cierto sentido. Su mujer
también es un sexo sobre ruedas —me lanzó una mirada expresiva.
—¿Sí? —dije yo, alargando la palabra.
—Sí. De hecho Mark no me gusta, la que más me gusta es la mujer de Mark.
Bueno… me gustan los dos. Ella tiene una boca estupenda. Es un tipo de boca como
la de Leslie Caron. No… esto es lo que haría si tuviera un mando a distancia que
congelara el mundo. Estaría en una floristería, y Kari Thalmeiser entraría a comprar
unas flores. Viste muy bien, de un modo informal pero caro, pantalones amarillos y
ese tipo de cosas, pero resulta bien. Se inclinaría sobre el congelador donde están las
flores para oler un ramo, unas flores frías, y yo haría una pausa con ella sonriendo,
con los ojos cerrados, aspirando el aroma de unas flores de aspecto asqueroso. O no,
mejor todavía, un ramo de preciosas flores muy sencillas, como claveles. Sean las
flores que sean, me hago a un lado después de apretar el mando a distancia, porque
ahora me toca a mí, Kari Thalmeiser, y pongo el estante metálico del congelador de
modo que le quede debajo de la barbilla, y yo me subo a él de un salto, y me pongo
de cuclillas, y separo mis sólidos megamuslos y los dejo totalmente abiertos delante
de ella, de modo que esté a un centímetro o así de mi caja de flores empapada,
rezumante, jugosa, chorreante. Noto que estoy goteando sangre por encima de los
brotes que están en jarrones en el suelo del congelador. El metal resulta frío en mi
culo. Veo su boca, esa boca de Leslie Caron, sonriendo ante el aroma de las flores,
con los ojos cerrados, y eso hace que me ponga cachonda rápidamente de verdad.
Cuando estoy a punto de correrme y no me puedo contener, le agarro por la parte de
atrás de la cabeza y hundo su cara en mi caja de los jugos y aprieto el mando a
distancia para que el tiempo relampaguee a través de ella durante solo medio
segundo. Demasiado rápido para que se dé cuenta. Cuando empiezo a correrme,
tengo piedad y vuelvo a apretar la pausa y me corro y me corro y me corro pegada a
sus hermosos labios; y luego a su nariz, una nariz que se ajustaría muy bien a mi
clítoris. Sí, la agarro por las orejas y tiro de su cara hacia mí hasta que yo termino con
todas las contracciones del orgasmo, y luego salgo de un salto del refrigerador y lo
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vuelvo a poner todo donde estaba, todos los encantadores claveles y el olor a bebé y a
mierda, y limpio cuidadosamente su bonita cara con unos helechos, porque no
querríamos que la guapa Kari parezca como si hubiera estado comiendo una sandía.
Paso un par de minutos arreglándole la pintura de labios. Luego dejo que las cosas
vuelvan a seguir y digo:
—Caramba, Kari Thalmeiser, ¿qué tal estás?
—¡Interesante! —dije yo, disfrutando con las guarradas de Arlette—. ¿Podrías
despatarrarte para mí? Enséñame ese gordo y enorme Georgia O’Keeffe.
—Nunca —dijo Arlette. Nos reímos porque era una imposibilidad evidente.
Ninguno de nosotros deseaba al otro, pero quisimos estar cerca de lo que queríamos
hablando de ello. Me subí las gafas en mi nariz a lo Clark Kent, olvidando que me
encontraba en un periodo en el que subirme las gafas disparaba realmente un Parón.
Dominado por la curiosidad, dándome cuenta de que había disparado un Parón, metí
las manos debajo de la inmóvil falda de Arlette para ver si el hablar de Kari
Thalmeiser la había puesto húmeda de modo perceptible. No lo estaba. Para ella, su
idea, en aquel momento, no era más que una fioritura verbal, una pieza retórica; su
exuberante placer residía en estar sorprendentemente alegre mientras estaba notando
de hecho la carga sexual de su idilio en la floristería. Pero tuve la intensa sospecha de
que habría un efecto residual; de que, cuando ella volviera a casa del trabajo, pensaría
otra vez en Kari y en el congelador de flores y, sin ninguna distracción porque yo
estuviera delante como público, dejaría que aquello la dominara, y comprendí que
tenía muchísimas ganas de ver lo que pasaba.
Conque la seguí a su casa, empujándome las gafas hacia arriba cuando era
preciso, como cuando me deslicé a su lado en el momento en que estaba congelada en
el acto de abrir la puerta. Manteniéndome en silencio y fuera de la vista en rincones y
armarios, observé cómo se quitaba la ropa de ir a trabajar y se sentaba a la mesa de la
cocina en chándal, tomando un cuenco de arroz con salsa de soja mientras
contemplaba las noticias. Cuando terminó el arroz, empezó a retorcerse el vello
púbico. Introdujo ligeramente el dedo medio en la hendidura y lo olió. Y luego fue al
dormitorio. Por entonces ya casi era de noche. Tenía una especie de cuerpo de
jugadora de hockey sobre hierba sólidamente sexy. Ningún tatuaje en ninguna parte;
nada de partes del cuerpo agujereadas. Consiguió correrse dos veces, la primera con
los dedos, semitumbada en la cama con los pies en la pared, pasándose un dedo por la
raja del culo, y la segunda vez con su vibrador Hitachi; y esta segunda vez tenía los
ojos cerrados con expresión de felicidad, y el brazo izquierdo colgándole a un lado de
la cama, de modo que la mano, con la palma hacia arriba, se encontraba en el aire,
con aspecto de querer agarrar algo. Me empujé las gafas hacia arriba, interrumpiendo
los procesos en marcha, y emergí de la sombra del armario abierto y me arrodillé de
modo que mi gran polla silenciosa colgara como una gilipollas cerca de la palma de
su mano. Yo quería cerrar mis manos en torno a su mano, en torno a mi polla. Era
como si su descripción de aquello inadmisible que le haría a Kari Thalmeister me
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diera licencia para entregarle una parte de mí mismo que nadie pedía, aunque, claro,
sabía que de hecho yo no podía hacer aquello. No hay nada tan sexy como ver a una
bollera joven y sólida correrse con las piernas dobladas en forma de diamante, los
pies juntos, y una de esas linternas de camping Hitachi, esas Hitachi de ojos salientes
como de exóticos peces de las profundidades del mar, haciéndole incansable aquellas
cosas a su Fosa de las Marianas. Me arriesgué a que me viera, alentado por lo fuerte
que sonaba el vibrador, acompasando mis meneos masturbatorios a las sacudidas de
sus rodillas y al, en cierto modo, aliento zen de su respiración, y, cuando empezó a
correrse por segunda vez, detuve el tiempo durante un instante, dejé descansar mi
polla en la palma de su mano, cerré mi puño en torno al suyo y apreté con tal fuerza
que los nudillos se me pusieron blancos, subiendo y bajando en torno a la butifarra.
Cuando se inició la inexorabilidad de mi orgasmo, me empujé las gafas hacia abajo,
de modo que ella y yo vivíamos coterminalmente; y, cuando se corrió, solté unas
líneas de semen en su antebrazo y luego sacudí la última de las semidolorosas gotas
de mi orgasmo sobre sus entrelazados dedos. Solo dejé que advirtiera apenas el hecho
de que mi babosidad más fría se le deslizaba por el brazo después de que se hubiera
terminado de correr, antes de detener el tiempo y limpiársela con una toalla y
largarme. Al día siguiente ella me miró con extrañeza; dijo:
—¿Estuviste…? ¿Hiciste…? —y luego se interrumpió.
Yo dije:
—¿Hice el qué? —sonriendo inocentemente.
Ella no continuó.
Ahora que la he descrito aquí, me parece que la historia de la floristería de Arlette
y mi posterior conducta en su apartamento quizá señalen el final de una fase de mi
vida en el Pliegue y el comienzo de otra. Siempre, o casi siempre, hasta entonces, fui
cuidadoso, incluso me esforcé en tener sumo cuidado, durante mis aventuras sexuales
en el Pliegue, pero la temeridad de Arlette me liberó, por lo menos hasta cierto punto.
Todavía le tengo respeto a la palabra «esforzarse», como siempre se lo he tenido; la
pronuncio y pienso en ella como si fuera divisible en «es» y «forzar», porque el
«forzar» añade una especie de retorcida delicadeza a la connotación y en su
intencionalidad reside el motivo secreto del éxito en el mundo, aunque técnicamente
solo signifique esforzarse o hacer esfuerzos. Pero a veces, cuando estoy tomando
detalladas notas mentales mientras le quito la ropa a una mujer («tirante izquierdo del
sostén caído» o «braga metida en el raja del culo») para estar seguro de que voy a
volver a poner adecuadamente todas las prendas justo como estaban, siento algo de la
alegría de Arlette que me hace querer mandarlo todo al carajo, y me entran ganas de
desnudar a la ciudad de Boston entera y amontonar toda la ropa en mitad de
Washington Street y bailar encima de ella gritando:
—¡Todos estamos jodidamente desnudos del todo, estamos jodidamente desnudos
del todo!
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O, dejando eso a un lado (pues una súbita desnudez a escala general en una gran
ciudad podría llevar a violaciones y otras turbulencias imprevistas), me apetecería
desnudar a todos los habitantes de una pequeña ciudad idílica como Northampton y
ver cómo se lo tomaban. El actor ese de Misterios sin resolver podría hacer un
reportaje de veinte minutos sobre el asunto: la Tranquila Ciudad Pequeña con
Universidad que se Desnudó. Nadie lo relacionaría conmigo. Desde lo de Arlette, he
corrido muchos más riesgos; cada vez he tenido más ganas de darle al mundo algo
que digerir; algo grande, anárquico y guarro, pero no (espero) dañino, ni siquiera
particularmente desconcertante de un modo permanente para los individuos
implicados. Probablemente mi decisión de recoger por escrito cosas sobre mi vida se
deba en parte a este impulso.
Pero tengo límites y vacilaciones. Pocos días después de mi charla vespertina con
Arlette, estaba yo esperando en el portal del mismo edificio a que apareciera un taxi.
Era sobre las once de la noche. Había que llevar una bolsa de lona llena de
documentos en un taxi a la casa de un socio. (El socio estaba enfermo pero, buena
persona, planeaba trabajar toda la noche). El taxi se retrasaba. De cuando en cuando,
distinguía una rata que pasaba corriendo por el otro lado de la plaza a oscuras. El
guardia de seguridad tenía ganas de charlar. Le conocía superficialmente. Era
cuarentón, con ciertos problemas dentales importantes. Cierta vez que tuve que
detenerme a saludarle durante un momento, se había referido entusiasmado a una
obra musical que estaba oyendo por su radio —«Oye esto, ¡me encanta! Me gustaría
saber qué es»—, orgulloso de su súbito placer ante lo que consideraba que era de
Rachmaninoff, Bruckner o alguien así. Yo escuché una frase musical o dos y le
pregunté si no era el tema de Vacaciones en el mar. Su semblante pareció
experimentar una menopausia masculina cuando comprendió que yo tenía razón y
que su intento por demostrar su cultura le había traicionado al llevarle a tararear el
tema de una vieja serie de la tele. De modo que por lo general yo pensaba que le caía
bien. Mientras estaba esperando el taxi, decidí preguntarle lo que haría si tuviese un
mando a distancia que, en lugar de hacer una pausa en el vídeo, congelara el universo
entero. Inmediatamente se hizo cargo de las implicaciones sexuales de lo que le
preguntaba.
—¿Que qué haría? —dijo—. Buscaría a la tía más guapa, la más buena que
pudiera encontrar, le arrancaría la ropa y me la follaría allí mismo.
Me quedé estupefacto.
—Pero ella no se movería. ¿Te la podrías follar de verdad?
Dijo que naturalmente que podría.
—Buscaría a la tía más guapa, la más buena que pudiera encontrar, la llevaría a
un callejón, le arrancaría la ropa y empezaría a darle caña.
—Pero ella no iba a responder —protesté yo de nuevo.
—¿Y qué? Estoy hablando de una tía buena, de una tía buena de verdad. Si
estuviera tan buena, no me importaría que no se moviese. O, vale, si no se moviera,
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apretaría el mando a distancia durante un momento, y ella se resistiría un poco, y
entonces se movería, y luego yo desconectaría y se la metería mucho más.
—Pero se te estaba resistiendo —dije yo—. Eso es una violación.
—Bueno, sí, es una violación, al parecer —dijo—. Llámame enfermo, pero eso es
lo que haría. Mira, mi amigo Jerry es un mujeriego. Probablemente él no se la metiera
y se pusiera a darle caña. Probablemente se pondría a chupárselo, a morderle las tetas
y todo eso.
—Pero eso tampoco está bien —dije yo, sintiéndome cada vez más confuso y
desgraciado.
—Ya lo sé —dijo él—. O… a lo mejor él solo la miraba. No sé.
—Supongo que básicamente es lo mismo —dije, pensando en voz alta—. Es
decir, desabrochar un botón está igual de mal, pues se hace sin que ella esté de
acuerdo. Pero la verdad es que no creo eso, y por una razón. Creo que hay grados.
Personalmente, yo solo la desnudaría.
—¿Cómo, desnudarla y luego machacártela, tío? —gritó—. ¿Solo le
desabrocharías unos cuantos botones y verías un poco de teta y te marcharías? «Lo
siento, pero tengo que tocarte». ¿Y luego te limitarías a masturbarte, tío? ¡Valiente
desperdicio! Yo me la follaría allí mismo. Yo activaría el mando a distancia y me
pondría a trabajármela a fondo. ¿Qué diferencia hay? Que yo sepa, no hay diferencia
entre limitarte a quitarle la ropa y pasártela por la piedra.
—Supongo que no, en esencia —dije yo. Un taxi marrón y blanco se acercó
lentamente pero no se detuvo—. Con todo… ella se quedaría allí quieta, en una
postura concreta, sin moverse. ¡Y está toda seca! ¿Cómo es posible que te la quieras
follar?
—Muy fácil, le movería los brazos, le pondría las piernas en su sitio.
—Pero ¡te estoy diciendo que está seca! —trataba de darle todas las
oportunidades para que lo reconsiderase y se retractara.
—Muy bien. Veo a esa tía increíble saliendo de NAPA.
—¿De dónde? —pregunté.
—De NAPA. Accesorios para coches. La arrastraría al callejón, le arrancaría la
ropa y trataría de clavársela, y si ella está un poco seca, ¿qué? Entonces me fijaría en
que hay algo de grasa en la bolsa que lleva, ese tubo de grasa para ejes que compró
para su marido, ¿vale? Me echaría un poco de eso en la polla y me la follaría con
ayuda de esa grasa, y luego la dejaría allí, y ella despertaría y se largaría. ¿Qué coño?
O no, la volvería a vestir, y la pondría otra vez donde estaba, delante de la tienda, y
apretaría el mando a distancia, y allí está ella en la calle, y nota el escozor en el coño,
y va a limpiarse y la jodida grasa negra le mancha la mano y piensa: ¿Qué coño pasa
aquí?
—No entiendo por qué tienes que arrastrarla a un callejón —dije—. ¿Por qué no
allí mismo, delante de esa tienda?
Me miró como si yo no fuera capaz de entender algo evidente.
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—Nunca lo podría hacer en mitad de la calle. No lo podría hacer en público. Ni
siquiera con todos congelados y quietos. Con la suerte que tengo, todavía se estaría
moviendo el ojo de un tío, y me vería y me identificaría sin la menor duda. La
arrastraría a un sitio retirado y me la pasaría por la piedra hasta que la polla me
quedara escocida. Luego empezaría a pensar en unos cuantos bancos —miró a lo
lejos, imaginando todo eso—. Vaya, vaya, pero ¿qué pasaría si activo el mando a
distancia mientras me la estoy follando, para que se resista un poco, y me ve la cara?
¿Qué haría, eh? ¿Qué haría entonces?
—Te refieres a que la matarías, ¿no? —dije, con un tono de horror en la voz—.
¿Estás casado?
—Sí, estoy casado —como prueba, sacó una foto familiar de su mujer y un niño
rubio y un bebé y me la enseñó orgullosamente. Luego dijo—: No, no la mataría.
¿Sabes lo que haría más bien? Me volvería invisible, luego me echaría sobre la tía y
me la follaría mientras ella se estaba resistiendo todo el tiempo. No me importaría,
¿por qué me iba a importar?
—Eso es una violación —volví a decir.
—Exacto —dijo él.
—Muy bien, pero ¿y si fuera alguien a quien conocieras?
—¿Una tía a la que conociera?
—Exacto —dije yo—. Alguna que considerases que era guapa de verdad.
—¿Alguna a la que siempre me hubiera querido follar y que me hubiera
rechazado?
—Eso es, sí —dije.
—Probablemente la besaría antes de pasármela por la piedra. Aprieto el mando a
distancia y digo: «Tú me rechazaste, pero ahora te tengo en mis manos» —entonces
se le ocurrió algo más—. No, vale, digamos que ella es una buena chica, una chica
buena de verdad. Digamos que la sigo, pensando en que me la voy a follar, y
entonces me pongo a agarrarle una teta o algo, y me domina algo, y no puedo seguir,
aunque me muera de ganas, y me cae una lágrima enorme por la cara, y digo: «Podría
hacer contigo lo que quisiera, pero dejo que te vayas». ¿Vale? Eso sería ser un
gilipollas de verdad. Y yo paso de eso. Pero antes le escribiría mi número de teléfono
en la teta. ¿Vale? Eso es lo que haría en mi imaginación, pero te estoy diciendo lo que
de verdad haría, ¿vale? Persigo a alguien que siempre pensé que tenía una pinta
cojonuda, como esa tía que conozco del instituto, Christine; su madre folla
fantásticamente. Su madre es muy amable. Desde luego, a la de los Wheeler es
probablemente a la primera casa a la que iría; me paso por la piedra a la madre de
Christine, y luego me paso por la piedra a Christine.
Yo estaba bastante angustiado por esta conversación con el guardia de seguridad.
Notaba que él y yo éramos tipos de personas completamente distintos (darse cuenta
de eso puede ser desalentador en sí mismo, porque uno quiere que el resto de la
humanidad con que se tropieza al azar resulte comprensible), pero al mismo tiempo
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notaba que nuestra fundamental desemejanza podría suponer un punto de contacto, y
la verdad es que yo no quería ser como él. Moralmente, soy distinto de aquel guardia
de seguridad; no, no se mezclen las cosas: moralmente soy un poco mejor que él. Lo
soy. Pero admito que algunas de las cosas que he hecho son —déjeseme decir—
como actos parecidos a la violación que algunos observadores condenarían más
tajantemente que las fantasías del guardia de seguridad con el mando a distancia,
porque yo era más consciente, y porque, en mi propio caso, pasaron de verdad.
Pero menciono al guardia de seguridad, y a Arlette, la asesora jurídica, y a mi
amigo Bill Asplundh, no para sacar a relucir el molesto asunto de la teoría de la
violación. Solo quiero señalar que creo que se trata de mis propias rarezas: a
diferencia de a quienes pregunté, lo que yo quiero hacer, y lo que de hecho termino
haciendo en el Pliegue, es realizar mi perenne deseo de introducir alguna novedad en
las vidas de las mujeres. Arlette quería introducir su clítoris en la vida de una mujer;
el guardia de seguridad quería introducir su polla en las vidas de unas mujeres; pero
yo no quería ser tan directo. En lugar de eso, reemplazo la tiza blanca de la mano de
Miss Dobzhansky por una azul; pongo una galleta de la fortuna bajo una de las
botellas de Joyce; dejo el vibrador donde lo pueda encontrar la mujer de la biblioteca.
Todavía sigo imponiendo mi voluntad a sus vidas, claro; pero quiero disponer las
cosas de tal modo que descubran que lo hago, y quiero que eso, por calculado que
sea, tenga un elemento de casualidad simulada. Estoy obsesionado por la idea de
colocar algo en el camino de una mujer, de modo que ella pueda elegir mirarlo, leerlo
o, por otra parte, pasar sin prestarle atención. En la universidad compré cuatro
ejemplares nuevos de Kinflicks y los dejé uno a uno en una acera cerca de un árbol de
delante de una de las residencias de chicas, de modo que las mujeres, camino de
clase, los pudieran ver e inclinarse y recogerlos y llevárselos. (Una mujer de mi
propia residencia me había dicho que el libro era muy «orgásmico»; yo no lo había
leído, y todavía sigo sin leerlo).
Lo que me lleva a la última de mis propias fantasías, o «guarradas» eróticas,
hechas públicas. Hace un rato, mientras estaba tumbado al sol en mi jardín sobre una
toalla de playa, se me ocurrió la idea de usar el Pliegue para que mis propias palabras
tuvieran un encuentro con una mujer. Demasiado indisciplinado para escribir
simplemente por el placer de escribir, sin embargo me sentía capaz de escribir en
tanto en cuanto eso me sirviera para un objetivo sexual concreto. Al principio me
imaginé merodeando por una librería a unos pocos estantes de una mujer que me
atraía: cuando ella sacara un libro del estante y empezara a hojearlo (algo así como
Light, de Eva Figes), yo Fermaría y escribiría mensajes obscenos en los márgenes,
como «Necesito un gran clítoris saltarín ahora mismo pegado a mi lengua». Luego
observaría cómo la mujer leía mis anotaciones y sacudía la cabeza con disgusto y
volvía a colocar el libro en su sitio. Pero a lo mejor no volvía a colocar el libro; a lo
mejor compraba el libro a pesar de todo; a lo mejor de hecho había entrado en la
librería a buscar, no un ejemplar de Light de Eva Figes, sino una lengua activa que le
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pasara por su clítoris saltarín; a lo mejor consideraba mis anotaciones al margen
como un presagio de los momentos sexuales tan intensos del futuro.
Aunque parezca mentira, no puse en práctica esta idea tan vulgar hasta hace poco,
porque la idea de estropear un libro de bolsillo con inscripciones pornográficas me
entristecía: un profesor de historia de la universidad que iba en silla de ruedas me
soltó una vez un sermón impresionante por el lado paralizado de su boca sobre lo
malo que era escribir en los libros que no eran de uno, y me lo tomé muy en serio.
Hace unos meses, sin embargo, puse en práctica la idea una tarde en la librería
Waterstone de Exeter. Una mujer de delicada constitución, de unos treinta años, que
llevaba un jersey de algodón negro de cuello alto con las mangas grises, se detuvo en
la sección de narrativa y sacó del estante un ejemplar de algo que se titulaba Paradise
Postponed, de John Mortimer. Era un libro de bolsillo rojo. Yo no lo había leído,
aunque había oído hablar de John Mortimer. La mujer miró la contracubierta, luego
hojeó las primeras páginas, después saltó a un punto de la mitad, donde una escena
atrajo su atención. Leyó durante unos cuantos segundos, y luego hizo lo que yo
esperaba que hiciera: sujetó la esquina de la página con la punta del dedo de modo
que pudiera volver allí de inmediato cuando lo necesitara; indicándome así que sin
duda iba a mirar la página siguiente. Chasqueé los dedos para invocar el Embrague,
le quité delicadamente la novela de Mortimer de las manos y escribí en la página a la
que ella iba a dedicar su atención, con las cursivas más elegantes de que fui capaz:
¡¡Necesito que los huevos me salten encima de un par de pequeñas tetas sexy en este
mismo momento!! Dejé de pisar el embrague del tiempo y observé desde una
distancia prudencial cómo pasaba la página y leía lo que yo había escrito. Puso una
expresión de indecisión casi imperceptible, luego hojeó el libro para ver si había
escrito algo más a mano. Miró hacia mí, notando que estaba absorto en un ejemplar
de La princesa de Cleves, y, como (aunque de aspecto un tanto tosco) parecía
«intelectual» (las gafas), tuvo la seguridad de que quien hubiera escrito aquella
barbaridad en el libro que había cogido lo había hecho hacía un tiempo, puede que
meses atrás, y en cualquier caso ya no estaba en la tienda. Luego suspiró
concluyentemente, volvió a poner el libro en el estante y examinó algo de Muriel
Spark que se titulaba Callejeando a propósito. Los títulos son muy importantes para
los que andan hojeando libros sin compañía de nadie. También podría, claro, haber
escrito algo obsceno en aquel libro, pero resistí las ganas, no solo porque haría que
temiera que la estaba acosando una persona, sino también porque por algún motivo
yo no podía escribir cosas obscenas en un libro escrito por una mujer. Podía estropear
a John Mortimer sin remordimiento, pero no a Muriel Spark. Me quedé allí hasta que
la mujer del jersey negro de algodón se marchó por fin (con Desayuno en Tiffany’s), y
luego compré el libro de Mortimer, pues lo había echado a perder. Todavía lo tengo;
me propongo leerlo algún día.
Muchas, la mayoría de mis Pliegue-aventuras son así, sin terminar; pérdidas de
tiempo según ciertos criterios. Pero me gusta que mis planes no funcionen de verdad;
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considero que he creado un vínculo entre mí mismo y la mujer con la que he decidido
salir del tiempo. La mujer de negro finalmente olvidaría lo que yo le había escrito en
el margen superior de la página de Paradise Postponed, pues es difícil conservar el
recuerdo activo de accidentes sin importancia que a corto plazo son inexplicables y
aparentemente azarosos, y sin embargo, durante parte de aquella tarde, durante unas
cuantas horas, probablemente se habría entretenido especulando sobre qué tipo de
persona podría andar por Waterstone escribiendo anotaciones obscenas en las novelas
inglesas modernas. Podría sacarlo a relucir aquel fin de semana en una fiesta; a lo
mejor alguien hablaba de la historia del edificio de Waterstone y ella recordaría
aquello tan raro que le había pasado y se pondría a contar la historia y caería en la
cuenta de que le daba algo de vergüenza repetir delante de otros lo que había escrito
yo, y entonces alguien de su misma mesa, un malicioso gay, diría:
—Venga, vamos, Pauline, puedes seguir hasta el final, no nos vamos a asustar,
después de todo somos adultos.
Y ella lo repetiría a los de la cena, con voz seria, uniforme, sorprendiéndose a sí
misma recordar realmente el texto.
—Bien, creo que decía: «Necesito que los huevos me salten encima de un par de
pequeñas tetas sexy en este mismo momento». Entre signos de admiración.
Y habría grititos de alegría y sorpresa. Todo por mi culpa, todo debido a mí.
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hecho deberes del instituto que no se hubieran hecho, puede que se hayan pasado
unas páginas, puede que se hayan hecho llamadas telefónicas complicadas—, pero su
gran momento de eficacia ya se ha terminado, ya no nos sorprende animándonos a
hacer un esfuerzo repentino, y, sin embargo, la persona a la que se le ocurrió sigue
casi con toda seguridad con nosotros, viva, no el día 1, sino el día 1234, o el día
3677, del tristemente decepcionante resto de su vida; experimentando repetidamente,
como hacemos todos, esas breves lamentaciones debidas al calendario cuando ya no
es el inocente, el titubeante cinco o seis de un determinado mes, sino que ya ha
pasado el diez, estamos a mediados, y de pronto es el veintiséis y el mes se va para
siempre, el único octubre que se nos concederá ese año, y va a empezar el falso
optimismo de un nuevo mes, lo mismo que una división del capital que, sin que se
produzcan cambios en lo que se apoya, hace que el precio por acción sea
seductoramente barato una y otra vez: y luego el «3» de la nueva fecha del mes se
convierte otra vez en el «5», y el «5» se transforma en el «12», con cada una de las
treinta o treinta y una fechas numeradas llevando con ellas, sin importar lo que de
hecho suceda en aquel día, una mezcla rebelde de emociones que simplemente es el
resultado de su colocación en el andamiaje del calendario; una relación específica
entre la determinación residual a realizar cualquiera de las cosas difíciles o
desagradables que se hacen excepcionalmente en los días que quedan del mes y la
creciente desesperación ante las muchas cosas difíciles o desagradables que
simplemente no se pueden hacer en los días que quedan y deben dejarse para el mes
siguiente. El calendario era mi enemigo porque ya no tenía control sobre él, ni
posibilidad de posponer las cosas, ni mando para parar, y llevaba ocho meses
seguidos sin tener control de él.
Por otra parte, mi coordinadora, Jenny, aquel día no tenía trabajo para mí, de
modo que estaba libre. Me habían asignado un trabajo en un estudio de arquitectura
de Cambridge, pero luego llamaron y lo cancelaron y no surgió nada más. Me quedé
en la cama un rato, tomé una ducha, y salí al jardín trasero (el jardín de mi casero, de
hecho) con una toalla de playa enorme y pesada. No sé qué fecha era, pero sé que era
a principios de mes, cuando todavía me sentía lleno de esperanzas (o a lo mejor era
tan a finales de mes que notaba la inminente esperanza del mes siguiente con plena
fuerza), y era a finales de primavera. Era una de las primeras veces que había salido a
tumbarme al sol aquel año; era un día de entre semana, despejado, de un azul que
hacía crecer los brotes de una zona templada de Boston. Un centenar de nubes muy
pequeñas con forma de hipopótamo se movían por encima, y aunque me gustan y
respeto las mañanas rigurosamente libres de nubes lo mismo que cualquiera —
cuando los únicos posibles segundos de sombra que se pueden esperar fuera,
tumbado en una toalla, son esos extraños acontecimientos paranormales cuando un
ave que revolotea (una gaviota en su camino a los vertederos de tierra adentro) o un
avión casi inaudible se coloca momentáneamente entre tus párpados y el sol, sacando
tu conciencia de la geometría cónica del umbral de la coincidencia—, dado que había
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todas aquellas nubes salpicadas por el cielo, que proporcionaban un intervalo ideal de
frescor cada cinco minutos o así, durante el cual los árboles recuperaban su verde
fronda y yo tenía la oportunidad de apreciar el hasta entonces inadvertido sudor de mi
estómago, y dado que yo no era nada más que un eventual y carecía por entonces de
la única cosa que mantenía intacto mi orgullo, que era mi don para la Fermata, estaba
sin embargo completamente feliz con lo que el día tenía que ofrecer. En cualquier
caso, me siento invariablemente lúcido y contento con la vida después de una ducha
(hay una ilusión de agudeza mental que viene al tiempo que unos senos frontales
limpios por completo y rejuvenecidos y a la sensación de pelo mojado en la base de
la nuca), pero raramente más contento con la vida que cuando voy directamente de
los azulejos de la ducha a una toalla de playa limpia y caliente por el sol de encima de
la pradera. Me quité el reloj y las gafas y las puse en el borde de la toalla, junto a la
etiqueta de Fieldcrest; me quité la camiseta y la dejé cuidadosamente encima del
teléfono portátil, que descansaba en la hierba, para evitar que se calentara mucho. Me
tumbé boca abajo encima de la toalla (una toalla de rayas azules y blancas; las rayas
azules estaban deliciosamente más calientes que las blancas) y dejé que el peso de mi
caja torácica produjera un gemido de contento absoluto.
Ningún pensamiento de mujeres sin vestir disturbó mi conciencia; y no estaba tan
avanzada la estación cálida como para que las criaturas de peso ligero, tipo moscas,
me aterrizaran de modo molesto en las piernas; solo sentía la mucha suerte que tenía
porque después de unos cuantos movimientos, de unas cuantas pruebas y errores, la
parte pegada al suelo de mi cara fue capaz de encontrar, dentro del alcance inmediato
de la flexión del cuello, como al final siempre encuentra, una conjunción de varios
montones de césped o dólmenes a los que mi mejilla se adaptaba con bastante
comodidad a través del aislamiento de la toalla calentada por el sol. Lo mismo que
cuando me sentaba en los sillones de viejo estilo de los dentistas y descubría que todo
el peso de mi cabeza lo soportaban dos eslabones giratorios en el occipucio que
determinaban exactamente hasta dónde podía deslizar el culo, mi colocación en el
césped se convirtió, con esta instalación satisfactoria de la mejilla, en algo
súbitamente nada arbitrario: estaba en casa, con los ojos cerrados, respirando
tranquilamente gracias a la ducha reciente, todavía mojado aquí y allá, y no de sudor
sino de limpieza, y en disposición de oír, si me concentraba, apretando las orejas al
dibujo borroso de la felpa de la Fieldcrest, los esfuerzos solitarios de una abeja o una
larva en algún punto cerca de mi oreja, comiendo y llevando a cabo una misión inútil
en la hierba. ¿Estaba haciéndole más difícil la vida a una larva el peso de mi cabeza?
¿Habría una larva, o solo era el sonido de la hierba adaptándose bajo mi peso? No lo
podía saber, pero lamentaba el estar causando, si eso ocurría, daño a una cosa viva.
Arranqué unas briznas de hierba con los dedos; oí los apagados sonidos de la
extirpación transmitidos por inalcanzables rizomas. Me notaba en calma, relajado,
descansando; serenamente improductivo.
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En mi ociosidad tenía, por supuesto, la opción de dejar que en cualquier momento
mis pensamientos se perdieran en un conjunto de direcciones medianamente eróticas,
pero por el momento parecía importante resistir ese señuelo. Habría sido muy fácil
imaginar a tres mujeres con traje de baño blanco, tendidas en las tumbonas blancas de
cubierta de un crucero azul pálido, con la cabeza señalando en distintas direcciones,
cada una con una rodilla alzada y los ojos cerrados, cada una con un tarro de crema
solar olvidado que era del color de aquellos Tercels y Civics más antiguos cuyas
dueñas habían usado sus garajes para guardar otras cosas aparte de sus coches y cuya
pintura se había oxidado consiguientemente como ocurre con una pintura al fresco, de
una belleza sin saturar, como tabletas de chocolate chupadas durante un momento y
escupidas en la palma de la mano para examinarlas. Habría sido muy fácil pensar
intensamente en aquellos muslos que se hundían en las perneras de los trajes de baño
blancos; en una de las mujeres estirando una pierna y doblando la otra; en lo bien que
se sentían al sol. Pero yo quería mantenerme al margen de las perneras por lo menos
hasta las doce y media, preferentemente la una y media, a ser posible, porque era
delicioso estar al sol, y había, después de todo, una infinidad de ideas complicadas e
intelectualmente gratificantes en el mundo que, en mi mañana de otium liberale,
podría dedicarme a considerar, empujado hacia estados de atención erudita por la
intrínseca bondad del cielo azul, y si le daba a mi cerebro posterior la más mínima
oportunidad de crear una atractiva forma sexual, el alcance de mi meditación se
estrecharía inevitablemente, las ideas sexuales se duplicarían rápidamente,
empezarían a polimerizarse, formando breves y resbaladizas cadenas de narraciones
que se unirían a otras imágenes anteriormente inocentes y las harían voluptuosas,
contorsionándose a sí mismas como lipoproteínas en subrealidades autocontenidas
masturbatorias, y desde allí a los fragmentos masturbatorios completamente pensados
de mi invaginación, y encontraría que me había dado la vuelta poniéndome boca
arriba para dejar que se manifestara el sudor de mi pecho, y doblaría una rodilla y
acaso buscara decididamente en el interior de mi traje de baño para asegurarme de
que todo estaba en orden, y cinco minutos después estaría dentro de mi apartamento,
donde mis ojos no se adaptarían a la penumbra, y donde el ambiente se encontraba
desagradablemente frío y sin sol, y soltaría cuatro líneas grises de paternidad y de
productos secundarios de la paternidad en una toalla de papel con un dibujo de
árboles que se garantizaba que estaba hecha con más de un setenta y cinco por ciento
de desperdicios del posconsumo, cada raya más corta y más albuminosa que la
anterior. Y después de eso, el resto del día tendría en sí mismo el tono de un
desperdicio posconsumo, un tono de después del gran hecho, como cuando, los
sábados, repartían el correo excepcionalmente pronto y yo volvía en coche a casa de
hacer unas compras a última hora de la tarde, esperando equivocadamente que me iba
a encontrar con él, pensando: Bien, fue un día jodido, no hay duda, pero por lo menos
todavía tienen que traer el correo; hasta que me daba cuenta de que ya habían
repartido el correo; los habituales paquetes que decían «Solo puede abrirlo el
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destinatario» o «Producto relacionado con el sexo en el interior» o «¡Más de 70
nuevos productos! Atendemos su petición hoy mismo».
De modo que intenté trazar un óvalo mental impenetrable en torno a mí mismo
con una especie de espuma ahuyentafantasías, a fin de mantener todos los pixxxels
sexuales, todas las prechichiones, todas las chochosiones meneópticas, fuera de su
perímetro; de modo muy parecido a como una contrabajista encantadora que conocí
una vez en Santa Cruz estuvo ensayando toda una tarde en su apartamento con unos
pantalones vaqueros recortados puestos metida en el interior de un gran círculo
blanco de espuma antiinsectos echada con un pulverizador en la alfombra para que
las hormigas no pudieran subírsele por sus piernas morenas y desafiantemente sin
afeitar y llegar hasta el clavijero de su instrumento y hasta el trípode para las
partituras. Había sido muy amable, pero que muy amable; una persona a la que daba
gusto conocer, con un par de atractivos melones autónomos. Yo había pasado una
tarde tumbado en la playa junto a ella, tomando galletas de vainilla con ella, y en un
determinado momento coloqué impulsivamente una galleta redonda en cada una de
las copas intensamente turquesa de la parte de arriba de su biquini. Ella emitió un
sonido de tolerante advertencia, alzando la cabeza durante un momento, y comió las
dos galletas; luego le quité con cuidado una miga de un pecho, diciendo
sencillamente: «Una miga». Pero nunca mantuvimos relaciones sexuales, ella y yo. Y
cuando le quité la miga, se la quité dando un leve toque tímido a lo que yo solo
consideraba que era la costura inanimada de un biquini, y para nada al insurgente
peso coronado por un pezón de abajo. ¡Qué trágica pérdida de una oportunidad! (Esto
pasó cuando yo estudiaba el penúltimo curso en la universidad, para mí una época sin
Pliegue). Pero por eso la recordaba ahora con tanta añoranza, en lugar de recordar a
cualquiera de las mujeres con las que he mantenido relaciones sexuales o los
centenares a las que he desnudado subrepticiamente. De modo que debería sentir
agradecimiento por haber sido tan tímido al quitarle la miga, pues ahora tenía algo en
que pensar y echar en falta y desear; salvo que, me recordé a mí mismo, se suponía
que no iba a pensar en absoluto en cuestiones sexuales.
Traté de concentrarme en el tacto como de sesos de la toalla pegada a mi oreja y
mejilla, y en su olor a limpio, y en lo poco que necesitaba la desnudez femenina para
estar satisfecho con mi vida. Solo la idea de lo limpia que estaba aquella toalla de
playa, de lo rápido que había dado vueltas en la lavadora unos días antes para que
ahora me pudiera tumbar en ella, me resultaba más que suficiente. Recordé a John
Lennon anunciando al mundo que él se podía colocar con solo mirar una flor. Yo no
necesitaba grandes pechos, grandes recipientes de carne de teta, grandes y calientes
contenedores de carne temblando en negros bustiers levantatetas; no, me podría
colocar con solo tumbarme en una toalla. Las toallas, con todo, desgraciadamente
para mí, no eran un asunto completamente invariable: estaban asociadas íntimamente
con mi segunda fermación con éxito, un año después de haber utilizado el
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transformador temporal en la clase de Miss Dobzhansky; y puede que debiera
describir ese temprano episodio ahora mismo.
(Tengo que decir, cuando me dispongo a emprender ese camino, que no puedo
entender cómo lo hacen los que escriben autobiografías de verdad, como Maurice
Bering o Robert Graves. ¿Cómo son capaces de ir tan suavemente y con tanta
facilidad de a a b y a c? Me siento humillado ante la dificultad de presentar la propia
vida de verdad sin que parezca que soy un defensor de las ortodoxias no lineales
ultrafamiliares. No es que crea que mi desorden hasta el momento sea, en cierto
sentido, ostentoso o artístico; es que, cuando trato de ser un memorialista responsable
y disponer mis experiencias en el lugar que les corresponde cronológicamente, mi
interés por ellas muere y se niegan por completo a dejar que se cuenten. Encuentro
que tengo que dominar todas las tentaciones anecdóticas en cuanto surgen, sin
importar la prioridad temporal, con objeto de que, para mí, florezcan adecuadamente
en las palabras).
Total: cronofugación. El verano después de quinto grado yo solía bajar los
escalones salpicados de ropa que llevaban al sótano (la escalera del sótano era nuestra
cesta de la ropa sucia), y pasaba importantes partes de la tarde observando las
sábanas, las toallas y la ropa de mi familia dar vueltas y retorcerse. Había un
engranaje de seguridad, una palanca que giraba hacia dentro, que paraba el motor si
la tapa estaba levantada durante el centrifugado, pero era bastante sencillo
desactivarla: solo necesitaba hacer presión en ella con una pluma. Me quedaba
delante de la lavadora durante muchas horas, perfeccionando mi comprensión de la
fuerza centrífuga.
A su máxima velocidad, el tambor de una lavadora gira a unas seiscientas
revoluciones por minuto. Las toallas, que normalmente son el alma misma de la
absorbencia magnánima, a seiscientas r.p.m. quedan comprimidas en unos tarugos en
forma de cuña de textilidad en bruto, apoteosis del atascamiento, con sus pliegues tan
claramente superpuestos, y sus millares de nudos blandos tan desprovistos de
capacidad de reserva, que noto, después de que las últimas pintas de agua gris
azulada hayan salido por la manguera y de que la sonora pulsación del interior de la
lavadora indique que su transmisión ha desembragado definitivamente, y de que el
girar se haga más lento y se interrumpa, como si yo estuviera echando jamones
deshuesados o (en el caso de toallitas para lavarse la cara) pequeños filetes en una
secadora, en lugar de objetos potenciales en un suavizante de la ropa testimonial. A
menudo las prendas de hilo presentan un dibujo de puntos en relieve, allí donde la
tela ha tratado inútilmente de salir por los agujeros del tambor junto al agua que de
tan mala gana han soltado.
Al comienzo de aquel verano yo contemplaba el lavado con la tapa levantada solo
porque me gustaba; me gustaba imaginarme como un agitador, moviendo el agua a
uno y otro lado con mis aletas; pero por fin empecé a sospechar que los poderes
temporales sin explotar residían en el ciclo de centrifugado. Nada que fuera capaz de
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remover con seguridad prendas de ropa para que hicieran círculos tan rápidos podría
dejar de serme de ayuda en mi esfuerzo por descubrir un segundo modo, después del
transformador del scalextric, de quitarles la ropa a las chicas y a las mujeres sin su
conocimiento. Había palabras grabadas en la parte de arriba de los ejes de los
agitadores —el nuestro decía SURGILATOR— y un día dejé que los dedos se
apoyaran levemente en este rotor de significados cuando empezó su aceleración final.
La palabra, ligeramente resbaladiza debido al jabón residual, circulaba
progresivamente más deprisa bajo mis dedos hasta que, vibrando en lo ilegible, sus
letras se fundieron en un anillo de probabilidades giratorias, y noté que el secreto del
centrifugado se había comunicado desde la lavadora a mí.
Y tenía razón —el secreto del centrifugado estaba de hecho en las yemas de mis
dedos—, pero me llevó un tiempo averiguar cómo ponerlo en acción exactamente. Al
principio pensé que tenía que girar yo. Salí al crepúsculo del exterior y practiqué el
giro con los brazos estirados, sin sentirme excesivamente inquieto ante la posibilidad
de que pudiera parecer un imitador de Julie Andrews en Sonrisas y lágrimas,
intentando conseguir que mis glóbulos rojos salieran despedidos de mis antebrazos
con tanta fuerza que las yemas de los dedos reventaran y así tener una hemorragia
triunfal. Pero, claro está, las yemas de los dedos resistieron y el tiempo continuó con
su tictac. (Las yemas de los dedos son muy resistentes. Ni siquiera estallan cuando
uno las usa para calzar el tiempo; se limitan a estremecerse durante un segundo
mientras tu mano entumecida se ve obligada a soltar). Con todo, comprendí que me
encontraba en la línea de experimentación adecuada cuando, precisamente en aquella
época más o menos, me tropecé con un libro de bolsillo sobre los ovnis en un
expositor de una tienda de regalos de Mass Pike. Era un conjunto de cartas que la
gente había dirigido a las fuerzas aéreas describiendo observaciones de platillos
volantes y cosas así. Una de las cartas era de un hombre que creía que los ovnis
generaban las fuerzas antigravitatorios sobre las que se elevaban haciendo girar
grandes cantidades de polvo y cantos rodados en un anillo en forma de rosquilla
construido dentro del perímetro de la nave espacial. El autor de la carta
proporcionaba una tosca ilustración que mostraba aquella rotación y el elevamiento
resultante. Comprendí que la idea de aquel tipo era errónea y descabellada, pero
también comprendí que había considerado de modo adecuado, lo mismo que yo, la
evocadora peculiaridad de la centrifugación, su posible potencial místico. No era la
atracción de la gravedad lo que neutralizaba los giros, consideré; era la atracción del
tiempo.
Cuanto más estudiaba nuestra lavadora con la tapa abierta, mejor comprendía que
«para obtener mejores resultados» yo tendría que estar unido directamente a las
fuerzas antinaturales que estaba experimentando la ropa. Pero dudaba en saltar dentro
del tambor. Había oído cosas sobre dedos rotos y hombros dislocados. Consideré, sin
embargo, que si tenía un modo de sacar alguna prenda mía bruscamente de un estado
de extrema centrifugación y ponérmela mientras todavía estaba húmeda, el tiempo
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sufriría una sacudida, deteniéndose hasta que la prenda se secara. En cualquier caso,
merecía la pena intentarlo. Justo antes del final de un ciclo de aclarado, até lo más
fuerte que pude un trozo de bramante marrón a una camiseta rojo oscuro que goteaba
y la volví a lanzar dentro de la lavadora. Cuando empezó el centrifugado, me subí a
una silla y mantuve el extremo del bramante por encima del tambor de modo que
pudiera girar libremente. En el momento adecuado tiré con fuerza del bramante,
gritando: «¡Ahora!». Mi camiseta roja voló dando vueltas por la habitación igual que
un pato emprendiendo el vuelo. Me la puse y corrí afuera, lleno de esperanza. Pero
las hojas bicolor seguían agitándose en el tilo y pude oír el tráfico habitual, de modo
que comprendí que había fracasado. Con todo, me gustó que la camiseta se secase y
que su color se hiciera más claro mientras la tenía puesta.
Unos días más tarde, cuando había bastante ropa sucia para hacer otra colada,
martilleé un clavo en la mesa de junto a la lavadora y fijé un carrete de hilo muy
resistente a él. Enrollaría el extremo del hilo, en el sentido de las manecillas del reloj,
al eje de la lavadora al comienzo del centrifugado. El cambio se produjo con
creciente velocidad. El pequeño carrete tembló enloquecido mientras se soltaba de su
bobina de algodón. Agarré el carrete y lo sujeté con fuerza, de modo que el hilo que
se iba enrollando en la máquina tuviera que partirse; en aquel instante de rotura
esperaba que el tiempo fuera todo mío. Pero el tiempo tampoco fue mío entonces;
parecía que yo todavía no estaba lo bastante íntimamente unido al estado puro de
centrifugación.
Como sucede tan a menudo, el éxito al final llegó gracias a la convergencia de
varias líneas de investigación independientes. Había un gran columpio de cuerda en
nuestro jardín trasero. Yo había estado trepando por una de la cuerdas de este
columpio un poco más arriba cada día, con el presentimiento de que pasaría algo
anormal cuando fuera capaz de alcanzar el nudo de arriba del todo, que se encontraba
a unos nueve metros del suelo. La cuerda estaba lisa por donde normalmente la
sujetábamos para columpiarnos (sentados en un trozo enrollado de moqueta atado en
el lugar preciso y que permitía que nos lanzásemos desde el cajón de embalaje de una
nevera), pero cuanto más alto trepaba, más áspera se ponía la textura del cáñamo.
Cada día yo tenía más fuerza, tanto en los músculos del estómago como en los de los
brazos, y también conseguía aliviar el esfuerzo de mis brazos enroscando la cuerda en
torno a una pierna y sujetándola entre el empeine de un playero y la suela del otro.
Cada vez me quemaban más las manos. Abría y cerraba los puños cuando había
regresado a la seguridad del suelo para conseguir que el dolor desapareciera. Tras una
semana y media, por fin llegué al nudo de arriba y di una palmada a la rama con
pequeñas grietas que sujetaba el peso, asombrado y hasta un poco horrorizado de
haber sido capaz de alcanzar la parte de arriba. Esperaba, después de aquella palmada
por haberlo conseguido, volver a tierra con nuevos poderes, pero de hecho no tenía
nuevos poderes: solo tenía catorce o quince estupendos callos ovales en los dedos, de
los que estaba muy orgulloso. En privado me apretaba esos callos mientras pensaba.
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Un fin de semana de este periodo mi padre me llevó a una ferretería. Un hombre
al que llamábamos el Hombre de las Agujas estaba en el aparcamiento. El Hombre de
las Agujas era sordomudo; andaba por la ciudad vendiendo paquetes de agujas de
coser para ganarse la vida. Era un tipo bajo, desdentado, de unos sesenta años, que
siempre llevaba una gorra de béisbol; le pasaba algo a una de sus rodillas, pues
siempre se le doblaba a un lado cuando apoyaba su peso en ella. Se nos acercó e
inició sus silenciosas artimañas de vendedor: enseñó el paquete de agujas, se encogió
de hombros, miró hacia otro lado, se chupó el dedo pulgar y calculó la dirección del
viento, sonrió, enseñó las encías, se encogió de hombros, miró hacia otra parte, clavó
sus ojos en nosotros. Mi padre le dio un dólar por las agujas. El Hombre de las
Agujas asintió con la cabeza y se alejó. Nunca demostraba agradecimiento. Yo le
relacionaba con el Rumpelstiltskin y el Gollum de El hobbit. Ya teníamos cinco o seis
paquetes de agujas que le habíamos comprado, de modo que mi padre me entregó
uno.
—A lo mejor se te ocurre algo que hacer con ellas —dijo.
Y se me ocurrió algo, efectivamente. Cogí un nuevo carrete de hilo de la cesta de
costura. Abrí el paquete de agujas, que tenía una práctica pestaña en la parte de
delante como un sobre de cerillas. Las agujas estaban dispuestas por tamaños y
parecían los tubos de un órgano; estaban pinchadas con precisión en dos pliegues de
un papel azul doblado; una catedral que se podía guardar en el bolsillo. Elegí una de
tamaño mediano, la enhebré, y pasé la mayor parte de la tarde cosiendo de diversas
maneras los callos que me había hecho al trepar por la cuerda. Cuando la aguja había
atravesado a medias uno de los callos, yo daba golpecitos en la parte de arriba del
callo para notar la tensión en el interior de la piel; la sensación habitualmente era
indolora. Agité los dedos con dos agujas clavadas en ellos delante de un espejo,
haciendo como que me estaban torturando. Cuando había pasado por completo una
aguja, el hilo que la seguía casi me hacía cosquillas; los nervios tenían unas
sensaciones extrañas y no estaban seguros de lo que estaba dentro y lo que estaba
fuera. Era como si pudiera oír el hilo pasando por los agujeros de la piel en lugar de
notarlo. Cosí juntas ocho yemas de los dedos en dos series y anduve por la casa
quejándome, a la búsqueda de espectadores; luego toqué algo muy fácil de Bach en el
piano; la presencia adicional del hilo en el momento del contacto con cada tecla del
piano, y el limitado alcance que tenían mis dedos, hacía que la música pareciese
extrañamente intensa e inteligente y pura. Tocaba mejor, con un toque más pausado,
más a lo Glenn Gould, con las manos cosidas (aunque con muchas más notas
equivocadas); igual que hacen en las exposiciones de caballos (había leído en alguna
parte), donde los preparadores poco éticos les echan mostaza en los espolones para
que hagan corvetas. Yo era mi propia marioneta. Interrumpí la pieza de Bach en la
mitad y bajé la tapa del piano. Y al cerrar la tapa comprendí lo que tenía que hacer.
Corté con unas tijeras todo el hilo de las manos, junté la ropa sucia con la que
estaba en el suelo de mi habitación (con el añadido de varias toallas) y puse una
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lavadora en caliente con la tapa abierta y el mando apretado. Mientras la colada se
agitaba durante los preliminares, elegí una aguja nueva, la enhebré y la pasé por el
callo, no cosido hasta el momento, de la base del dedo medio de la mano izquierda.
Coloqué el carrete metido en el clavo y enrollé el extremo libre del hilo alrededor del
eje de la lavadora. Cuando empezó el ciclo de centrifugado, el hilo pasaba a través de
mi callo, a través de una parte mía, mientras se iba enroscando. El hilo pasaba por el
agujero de mi piel con una facilidad sorprendente, cada vez más y más deprisa. Mi
mano descansaba en el borde de la lavadora, boca arriba. El calor de la fricción
empezó a doler; cuando se hizo casi insoportable, y yo estaba a punto de cerrar el
puño y romper el hilo, se produjo el acontecimiento, o no acontecimiento. Se detuvo
todo. Miré el tambor de la lavadora y me estremecí al ser capaz de ver e incluso de
notar aquella ficción de las ciencias físicas, la fuerza centrífuga. Sin sentir dolor,
ahora podía meter la mano y agarrar la ropa que se encontraba en pleno centrifugado
a seiscientas r.p.m. Metí la mano en la lavadora. El agua azul que quedaba,
inmovilizada en su turbulencia y todavía mojada cuando la toqué, era especialmente
hermosa. El mundo de nuevo estaba en disposición de ser desnudado. Pero sabía que,
si el hilo que pasaba a través de mi callo se rompía, el tiempo continuaría. De modo
que, para mi desgracia, estaba atado a la lavadora.
Durante un periodo de diez minutos fui soltando trabajosamente el hilo a través
de mi callo, de modo que pude subir los escalones y salir al jardín. Había un pájaro
allí fuera, un petirrojo, detenido en el aire, como a un metro del césped; toqué sus alas
extendidas, aunque no con bastante fuerza como para desplazarlo de su posición
durante la pausa. Continué desenrollando el hilo de mi callo hasta que llegué a la
calle. Una mujer estaba en una furgoneta con el codo apoyado en la puerta. Le toqué
el hombro con la mano, luego rebusqué dentro de su blusa y llegué hasta debajo de su
sostén y noté el caliente y pesado huevo de avestruz de su pecho. Su pezón era
asombrosamente blando. El pelo, ahuecado por el viento, permanecía inmóvil; el
cuentakilómetros indicaba cincuenta kilómetros por hora. Aquel pezón suave que
tocaba (el primero después de la infancia, recuerdo) iba conduciendo por la calle a
cincuenta kilómetros por hora mientras yo, acariciándolo con tranquilidad, ¡me
mantenía quieto! Cuando ya supe bastante del peso y de la muy avanzada movilidad
de su melón con mi áspera y cosida mano, volví a la acera, pues no quería que me
atropellasen, y tiré del hilo hasta que se rompió. Lo saqué del agujero de mi callo. La
furgoneta se alejó inmediatamente; vi una ráfaga del perfil de la mujer, luego la parte
de atrás de su vehículo, su matrícula insignificantemente clara, luego el parpadeo de
un intermitente al girar; después dobló por la calle Southland y desapareció. En el
sótano, mi ropa continuaba dando vueltas como si yo todavía siguiera junto a la
lavadora mirando. En los coches que siguieron nadie pareció notar que yo había
aparecido de repente de la nada, junto al tupido ramaje de los chupones del tocón de
un olmo.
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Mi segunda fase de Parón terminó ahí, hacia agosto de 1969: lo mismo que el
experimento con el transformador temporal que me permitió entrar bajo la falda de
Miss Dobzhansky, aparentemente no se podía duplicar, pues dependía de aquellas
prendas de ropa y aquellas toallas concretas, de aquellos callos, y de aquel específico
paquete nuevo de agujas del Hombre de las Agujas. Atarse a uno mismo a una
lavadora, en cualquier caso, era un modo torpe de forzar la detención del tiempo;
aunque, al pensar en aquel periodo mientras estaba tumbado encima de la toalla de
playa en el jardín, no recordé nada de esa torpeza, solo los saltos de contento que di
durante el resto del día porque entonces sabía, después de mis fracasados intentos,
que había más de un modo de apretar el embrague universal.
Ahora, en el jardín de atrás, como estaba tan desesperado por detener el
calendario, pensé en volver a probar con algo como aquello: coserme los dedos y
lavar la toalla en la que estaba tumbado. Pero el hecho era que mi piel de adulto era
mucho más delgada. Escribir a máquina no provoca grandes callosidades. (Cuando
escribo, noto el relieve placentero de las teclas de la J y de la F del teclado típico,
moldeado allí para que uno sepa que sus dedos están adecuadamente situados en la
posición precisa, como algo próximo al desagrado, de lo suaves que tengo las yemas
de los dedos). A lo mejor había modo de disparar un Parón haciendo como que estaba
enfermo, yendo al ambulatorio y haciendo una relación de montones de dolores
misteriosos y de momentos de mareo en la ducha, de modo que el médico mandara
que me hiciera un conjunto de análisis de sangre, y cuando me sacasen la sangre y la
hicieran girar a seiscientas r.p.m. en una centrifugadora del laboratorio para separar el
plasma amarillo de los glóbulos rojos, la alta velocidad de la centrifugación recrearía
las condiciones de la lavadora primordial, y sería capaz, mientras los giros seguían,
de desabrochar el sostén de la hispana que me había sacado la sangre mientras estaba
inmóvil en la Fermata, dando golpecitos expertos en la vena de otra persona. Pero
rechacé la posibilidad, puesto que, aunque funcionara un hematocrito temporal, sería
demasiado impredecible e imposible de controlar; necesitaba un modo rápido y fácil
de conectar y desconectar el tiempo.
Pero esta idea de la autocentrifugación tenía y todavía tiene un poderoso
atractivo, y a veces tengo la clara sensación, mientras quedo suspendido en mitad de
una página de este relato, eligiendo lo que narraré a continuación de mis anteriores
Fermatas, de que para escribir adecuadamente mi vida necesito que el receptáculo de
toda mi consciencia dé vueltas, igual que el rotor de una ultracentrifugadora hace
girar los tubos de carga biológica, lo bastante deprisa como para conseguir la difusión
e imponer un orden artificial. Necesito quedar colgado de una cuerda de piano de un
décimo de centímetro de espesor en un riguroso vacío (lo mismo que el rotor de la
vieja centrifugadora Spinco modelo E, desarrollada en los años cincuenta por Edward
G. Pickels y sus colaboradores y que todavía se usa en gran número de programas de
investigación subvencionados sobre la química de las proteínas), mientras una luz de
xenón arroja una inolvidable longitud de onda sobre la muestra de mi memoria, que
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rota sesenta veces más rápido de lo que lo hacía la lavadora de mi sótano; quiero que
todas las imágenes recordadas a medias de mujeres semidesnudas, todos esos
fragmentos de mi historia de mirón, que todavía permanecen en una suspensión
coloidal, giren a la velocidad de la visión intuitiva hasta que sean obligados a
clasificarse de una vez por todas en los pulcros gradientes radiales de la uniformidad
macromolecular, como cócteles por capas o agradables creaciones multicolores de
gelatina. Pues sucede que sé, gracias a un trabajo de tres semanas en el departamento
de investigación de Kilmer Pharmaceuticals (para bien o para mal, un eventual
despierto puede enterarse de muchas cosas), que los bioquímicos utilizan de modo
rutinario la centrifugadora (en especial el modelo de sobremesa de Beckman que se
llama Microfuge) para conseguir separar, o «hacer bolas», extensiones de DNA con
objeto de purificarlas o limpiarlas. Y en la mente —ese logro final de la química de
las proteínas— todo está también en movimiento desamparado, flotante, difuso,
impuro, sin deseo de llegar a la precipitación: solo una fuerza meditativa inducida de
cientos de miles de gravedades puede separar una fracción inteligente de la auténtica
identidad pasada de uno, de la frustrante personalidad polidispersa de uno, en una
bola de letras.
Una tarde después del trabajo, muy recientemente, necesitando acelerarme para
continuar escribiendo una parte de este mismo documento, detuve el tiempo con un
chasquido y realicé una ronda por el edificio de investigación de Mass General,
buscando ultracentrifugadoras y a las mujeres —que quitan la respiración— que las
manejan. Volví a pensar vagamente en centrifugar algunas de mis propias células, en
esta ocasión por un impulso puro de ideas: podría dedicar toda una Pausa a poner
pequeñas muestras de mi sangre (o posiblemente de semen, aunque parecía una cosa
innecesariamente cruel hacerle eso a mi semen) en cada una de las
ultracentrifugadoras Sorvall, Cambridge y Beckman, y activarlas todas a la máxima
velocidad. Al final estaría anémico y decaído, pero no me importaría, porque sabría
que en ese segundo mis pequeñas y alegres células estarían siendo aplastadas dentro
de mundos alternativos de protoplasma por megagravedades exóticas en costosos
vacíos en cada programa NIH de investigación subvencionada de la zona, y que ese
artero conocimiento me empujaría hacia arriba en raptos de autoconocimiento y
autoabandono. Pero de hecho no hice eso, porque entonces tendría que haber
limpiado todas las probetas de análisis de sangre después de que sus giros se hubieran
completado, pues no quería dejar algo tan inquietante como un plasma amarillo de
procedencia desconocida por allí para que lo encontraran los investigadores. El miedo
es la emoción que menos prefiero; quiero ser responsable de crear el menor miedo
que sea posible. Le eché una ojeada a un elevado número de ultracentrifugadoras, sin
embargo, y lo que observé fue que los modelos grandes que se apoyaban en el suelo,
los construidos en Palo Alto por Beckman Instruments, se parecían de modo
sorprendente a las lavadoras. Eran un poco más anchas, y eran azules (como debería
ser el color habitual de las lavadoras pero asombrosamente no lo es), y una atenta
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mirada al panel de control reveló, además de las palabras habituales como
VELOCIDAD, TIEMPO y TEMPERATURA, los términos menos relevantes para el
lavado de VACÍO y ROTOR; pero seguían teniendo una apertura oval por arriba que
se cerraba con un sencillo pestillo después de cargarlas, y su motor de giro directo
(aprendí esto hojeando un manual de una de las bibliotecas del laboratorio)
funcionaba exactamente con la misma inducción principal que la de una Maytag. La
mayor diferencia entre estos productos no perecederos era que la Beckman podía
hacer girar un rotor, dotado de ocho e incluso doce pequeñas cubetas que contenían
un bioazar u otro, a sesenta mil r.p.m. En otras palabras, podía girar con seguridad,
sin salir por los aires, o sobrecalentarse, o hacer ruidos molestos (observé que era
menos ruidosa que una lavadora), a un promedio de más de un millar de revoluciones
por segundo.
Levanté uno de los rotores de un estante de uno de los laboratorios. No era un
objeto poco pesado. Estaba laminado con una especie de aleación de titanio
comprimido y tenía una terminación de un elegante negro anodizado. Se parecía a
una tarta de cumpleaños de chocolate que costara cuarenta y cinco dólares, con
agujeros para, digamos, ocho velitas inusualmente gordas; pero pesaba casi tanto
como una bola de jugar a los bolos, o una cabeza humana. Pocas veces me
impresiono tanto como cuando oigo que una entidad sin peso como un impulso
eléctrico puede penetrar precipitadamente en sus canales de irrigación de silicona un
millar de veces por segundo, o incluso un millón de veces por segundo, porque la
electricidad es inasible. Pero cuando una empresa de California fabricó un aparato
que podía conseguir que algo pesado, algo por lo que uno podía gruñir al levantarlo,
que era capaz de hacer un hoyo en el césped si lo dejabas caer, girara un millar de
veces por segundo, el logro pareció bastante cerca de ser concebible como
inconcebible. ¡Una cabeza, girando a un millar de veces por segundo! Quedé
impresionado cuando la niña de El exorcista hace girar la suya una vez. Cuando
agarré el rotor, sabiendo que yo era el único que no estaba inmóvil en el centro de un
universo temporalmente inmóvil, empecé a desear con mucha fuerza que mi propia
cabeza girara a velocidades de ultracentrifugadora; quería girar tan deprisa que las
orejas me salieran despedidas de la cabeza y se estrellaran contra las paredes de los
lados; quería que mi lengua, grotescamente alargada, imposible de recoger después
de abrir la boca para pronunciar el habitual «¡Socorro!» del inventor fáustico, formara
un anillo saturniano rosa o un cuello isabelino antes de que por fin me estallara el
cerebro. No solo la cabeza humana no podía sobrevivir a sesenta mil r.p.m., pensaba,
difícilmente podría sobrevivir el pensamiento a sesenta mil r.p.m. Y de hecho, cuando
ahora reflexiono sobre esto, me doy cuenta de que mis Pliegues, en muchos sentidos,
son equivalentes a la centrifugación, pues, cuando paso unas cuantas horas en el
Pliegue, en realidad me encuentro en la cámara de vacío de un milisegundo
sumamente paciente, haciendo potencialmente un millar de cosas, leyendo libros
enteros, andando por edificios llenos de instrumentos científicos, y así, desde la
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perspectiva de un espectador, me muevo en mi bucle cerrado a milagrosas
velocidades de Spinco.
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VUELVO a la toalla de playa de rayas azules y blancas del año pasado, en cualquier
caso. Intenté repetirme que era autosuficiente allí, tumbado al sol, y, en consecuencia,
que me era completamente innecesario cualquier tipo de perversión temporal,
cronocentrífuga o como fuera. Tenía todo un día de entre semana de verdad para
hacer lo que me apeteciese; podría, por ejemplo, y debería, leer un libro. Podría ir a
una librería, elegir un libro de bolsillo nuevo y atractivo, adquirirlo y hacer que mi
nariz oliese el delicado olor a vomitona que tienen a menudo los libros nuevos. Si
tuviera poderes para apretar el embrague, podría quedarme hojeando un libro hasta
que viese a una mujer que me gustara… y allá fui con la idea antes mencionada de
escribir un párrafo guarro sorprendente en el margen superior de un libro que
estuviera examinando una mujer. Gracias a mi fuerza de voluntad, borré ese
fantasma: había asuntos maravillosos nada gonadotrópicos en todas partes y me
apetecía mucho hacerles la cortesía de pensar en ellos; mi deber en cuanto criatura
consciente era pensar en ellos. Las artes plásticas, por ejemplo. Pensé al azar en sir
Lawrence Alma-Tadema, en lo hábil que era al pintar el agua clara y el tul mojado.
Sería agradable estar tumbado en una toalla en una playa mientras la analista hispana
mantenía aplastadas las páginas de una edición en gran formato de los cuadros de sir
Lawrence Alma-Tadema con sus rotundos pechos untados de aceite de coco, de modo
que la brisa del Caribe hiciera que me olvidase de donde estaba. Yo seguiría con los
ojos cerrados, la toalla todavía olería a limpio, todavía sentiría con lucidez, pero sabía
que ya casi estaba dispuesto a darme la vuelta y ponerme boca arriba, y sabía que si
me ponía boca arriba me quitaría el traje de baño un momento después (y qué me
importaba si me veía alguien —¡quería que me viese la gente!—, pero estaba casi
seguro de que, en cualquier caso, en el piso de abajo de la casa no había nadie,
porque no había coches en el camino de entrada) y, una vez quitado el traje de baño,
mi aparato se estiraría y alargaría pegado a mi muslo, donde se estiraría todavía más,
hasta que, alzándose, perdería su equilibrio y me volvería a caer contra la cadera,
donde se alargaría algo más. Como último recurso, para recordarme que la mayor
parte del mundo era asexuada la mayor parte del tiempo y bien merecía una mirada
atenta a pesar de ello, abrí un ojo, el que no estaba hundido en la felpa de la toalla, y
vi, con vívida miopía monocular, mi enorme reloj y mis gafas bajo el sol. A través de
uno de los cristales de las gafas distinguí la marca Fieldcrest, o más bien la cara
interior, que era más bonita de mirar que la cara exterior porque se podía ver todo el
derroche exuberante del suave hilo que había sido necesario para coser el conocido
logotipo y su sello de marca registrada; aunque la visión de esto hizo que se
reavivaran mis deseos del Pliegue, dado que el tiempo también era más exuberante
cuando le dabas la vuelta. Más allá del alcance de mi miopía, vi el macrófago de mi
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camiseta envolviendo el teléfono, que solo sonaría si Jenny, mi coordinadora, llamaba
con un encargo de última hora para mí, e imaginé el rápido arpegio de clics metálicos
producido por la antena telescópica de cromo cuando tirara bruscamente de ella para
responder a una llamada, cada uno de los segmentos llegando al límite de su
extensión y haciendo que saliera el siguiente, y los mismos clics en orden inverso
después de colgar. El tiempo se plegaba de modo similar; sería de más ayuda si
pudiera activar un Parón todas las veces que tirara de la antena de mi teléfono
portátil. Todas las cosas que me venían a la mente sugerían mecanismos de pausa; de
modo que empecé a notar que estaba a punto de recuperar mis poderes.
Cerré el ojo y lo volví a abrir, y esta vez solo miré mis gafas, y me pareció que lo
mejor que tenía el tomar baños de sol era que podías abrir los ojos en cualquier
momento y ver tus propias y amistosas gafas esperando por ti allí, tan cerca de la
cara, proyectando su definida sombra: podía ver en el suelo, con extrema claridad, el
opaco y espeso perímetro de los cristales sin montura, y las patillas dobladas como
rodillas en la parte de las orejas, y el pelo de la pestaña, cuya curva incrementaba mi
aprecio por la curvatura de las gafas graduadas, y el polvo que se acumulaba de modo
tan gradual que no lo había notado, y los apoyos de la nariz que estaban sucios pero
con una suciedad que era irrelevante porque nadie más la podría ver, y el reflejo por
pares de unas ramas en la superficie levemente arañada; toda aquella precisión
decimonónica que llevaba puesta todos los días, y que nunca había tenido la
oportunidad de estudiar porque lo único que hacía era quitarme las gafas por la
noche, plegarlas automáticamente, colocarlas junto a mi cama y volvérmelas a poner
por la mañana. No importaba la frecuencia con que cerrara los ojos, mis cristales
correctores estarían allí, al sol, cuando los volviera a abrir, a la espera de que los
apreciara y los viera, y los viera con más exactitud y claridad que si llevara puesto
otro par de gafas para mirar estas, porque mi miopía disminuía el alcance focal
mínimo, haciendo que cosas que estaban a cinco centímetros de distancia resultaran
plenamente visibles. Veía mis propias gafas mejor de lo que las podría ver cualquiera
que no necesitara gafas. La palabra claridad de repente me pareció muy hermosa. Mi
felicidad poseía claridad. Mi felicidad era óptica. Mi felicidad era la consecuencia
directa de mis gafas. ¿Debería hacer diez flexiones para celebrar la claridad inocente
de mi felicidad? ¿Debería hacer diez flexiones desnudo? Me quité el traje de baño e
hice diez flexiones desnudo, y cada vez que bajaba tembloroso a la tierra, y mi nervio
blando colgaba metiendo la nariz sin protestar en la toalla, volvía la cabeza para así
poder ver mis gafas esperándome allí para que las apreciase. Posiblemente me
parecían hermosas en parte porque eran híbridos, existentes a medio camino entre el
que sabe y lo sabido, entre lo que yo veía y cómo lo veía. Sentía como si estuviera
mirando mi propio sentido de la vista, incluso a mí mismo, cuando las miraba.
Empezó a desarrollarse en mí el convencimiento de que, en cuanto me volviera a
poner las gafas (las patillas y los apoyos de la nariz ahora estarían bastante calientes;
me gustaba quemarme de ese modo), volvería a tener control sobre el tiempo. Que
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cada vez que las empujara por la nariz hacia arriba con el dedo índice, el tiempo
quedaría en punto muerto de inmediato. Mi deseo de mirar más atentamente algo a
través de ellas sería el disparador suficiente. Estaba tan seguro de que mis gafas se
habían convertido, simplemente gracias a que por fin las había visto, en Pliegue-
activantes, que al principio ni siquiera hice la prueba: en lugar de eso, seguí tumbado,
recordando una vez que estaba en una playa con Rhody. Me dirigí a la rompiente con
las gafas puestas, de modo que por una vez pudiera ver el delicado trabajo de
Hokusai con las olas. Sabía que me arriesgaba a sufrir una pérdida importante
(todavía tenía mis lentillas, insoportablemente anticuadas, sin duda), pero pensé
estúpidamente que sabría cómo mantenerlas por encima de los cachones. Rhody dijo:
—¿Estás seguro de que las debes llevar puestas?
Yo dije que tendría mucho cuidado. Al cabo de veinte minutos, la segunda de dos
grandes olas inesperadas nos derribó. Cuando se retiró, ya no tenía las gafas en la
cara. Se encontraban en algún punto del océano. Estaba ciego, inmóvil en metro y
medio de fría agua salada muy picada. Rhody y yo buscamos a tientas en la turbia
agua arenosa, riéndonos desamparadamente. Empecé a aceptar el hecho de que había
sido muy estúpido y había perdido mis queridas vestiduras de los ojos. Pero segundos
después, asombrosamente, Rhody notó que pasaban rozándole la pierna, y las atrapó
y las agitó en el aire. Me las puse y la abracé levantándola del suelo, como en un
cartel de una agencia de viajes. Fue el mejor momento del viaje; reñimos en el avión
de vuelta a casa; fundamentalmente porque yo sentía, lo mismo que Tolstói cuando le
enseñó sus diarios libertinos a Sonia después de que se hubieran prometido, que tenía
que poner a prueba con Rhody la idea de la perversión temporal (presentándola solo
como una fantasía, claro). Se lo tomó muy a mal; y rompimos un mes más tarde.
Me levanté de la toalla, poniéndome de rodillas, y me puse las gafas y el reloj.
Bajé la vista hacia la sombra de mi semitiesa butifarra pegada a las rayas azules.
¿Qué más existía en el mundo, aparte de la masturbación? Nada. Empujé hacia arriba
el puente de mis gafas y verifiqué que el viento y las nubes se habían detenido. En el
Pliegue, cantando Cabalgando de nuevo, agarré mi máquina de escribir Casio, salí a
Storrow Drive, le quité la motocicleta a un tipo y conduje hasta el Cape, entre los
carriles de coches detenidos. Las playas en absoluto estaban abarrotadas, lo que
resultaba estupendo; anduve durante unos veinte minutos hasta que encontré a una
mujer, de un aspecto bastante agradable, tumbada sobre el estómago encima de una
toalla, con un traje de baño de dos piezas del color gris verdoso de esa planta que se
llama gordolobo. Estaba en el proceso de excavar a ciegas dos rampas en la arena a
cada lado de su toalla, que era lo que quería yo. Tenía suelta la parte de arriba, con los
tirantes caídos y graciosamente estirados con su superficie interior visible; no tenía la
espalda muy morena, y al aplicarse loción para el sol había olvidado un espacio
triangular cerca de uno de sus omóplatos, muy expresivos y bien hechos, lo que le
resultaría doloroso unas horas después a no ser que yo le aplicara un poco de loción
allí, cosa que hice.
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Me senté con las piernas cruzadas junto a ella y empecé a escribir el relato que
esperaba que le interesaría a un nivel más o menos degradado.
Naturalmente, yo no tenía ni idea de lo que le gustaba, si era una persona
especialmente sexual, pero resultó que era la persona de la playa que estaba
excavando distraídamente en la arena, y que eso era lo único que necesitaba de ella.
El resto era cosa mía. Escribí un relato sobre vibradores y dildos. Trabajé durante
siete horas (siete Strine-horas personales), puede que más. Todo el tiempo era la una
treinta y ocho. No me preocupó que me quemara el sol; uno no puede ponerse
moreno ni quemarse de verdad durante el Pliegue. Cada vez que pensaba que las
gafas se me estaban empezando a deslizar por el puente de la nariz abajo,
rápidamente me las volvía a poner en su sitio, no queriendo que mi sudor reiniciara el
tiempo por error. Solo descansé unas pocas veces; una, para apretarle suavemente los
pechos y asegurarme de que no tenía implantes (el saber que un par de pechos son
falsos, por desgracia, apaga mi deseo); y otra, para ir a darme un baño en las
inmóviles rompientes. Nadar durante el Pliegue era algo que nunca había hecho hasta
entonces: la viscosidad del agua variaba, zonas de turbulencia en pausa de una ola
que rompía se disolvían como grumos en la crema pastelera al nadar entre ellas.
Conchas y guijarros estaban suspendidos en la resaca como los matorrales de un
bosque. Pasé el dedo a lo largo de la aguda e inmóvil cresta de la ola y di un
golpecito a una gota de agua marina que colgaba de ella, convirtiéndola en vapor con
la uña del dedo. Era muy cansado abrirme paso a braza en el oleaje pectináceo rígido.
Pero encontré refrescante el «nadar» (esta vez también llevaba puestas las gafas, dado
que no existía peligro de que me las quitase ninguna ola), y me despejé la mente algo
más cuando alcancé la orilla tirando de la pechera del traje de baño de una mujer de
cincuenta años o así que estaba en dos centímetros de agua mirándose los pies; bajé la
mirada para ver lo caídos que tenía los blancos pechos a la luz que filtraba su traje de
baño.
Como un pornógrafo novicio, solo me proponía ponerme a escribir a toda prisa
algo que pudiera tener una oportunidad razonable de excitar a la que tomaba el sol
junto a mí cuando lo encontrara. (Al menos tenía constancia de que sabía leer; en su
bolsa de playa había una novela de James Clavell y un libro sobre cómo conseguir
trabajo). Pero cuando continué escribiendo (sobre una bibliotecaria, un vecino joven
de la casa de al lado y un mensajero, pues, como era principiante, creía que por lo
menos debería hacer un intento por seguir las convenciones), eligiendo el ambiente y
los rasgos físicos de mis pocos personajes bastante al azar, me interesó lo que yo
mismo estaba haciendo y me di cuenta de que me estaban entrando unas ganas
tremendas de meneármela. De hecho, durante los primeros veinte minutos o así, cada
vez que escribía a máquina la palabra «ella», me detenía para apretar las letras
correspondientes, dominado, en el acto de colocar un pronombre femenino en la
página, por una necesidad casi irresistible de menearme la cosa. Pero me negué; en
lugar de eso, me quité el traje de baño y me arrodillé, inclinándome delante de la
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máquina de escribir como si estuviera encima de una alfombra para la oración,
mostrando al océano el culo y mis juguetonas pelotas. Entonces no estaba
acostumbrado a tomar el sol desnudo, como he dicho, y descubrí que la sensación de
las dos mitades de mi culo levantado, al no tener contacto una con otra —la sensación
de un leve frescor de evaporación al aire libre en mi propio ojete y en la piel
habitualmente húmeda y tirante de los lados de mis pelotas—, era de lo más
interesante. No quería que me entrara nada en el ojete, nada de eso. Solo quería
mantenerlo al aire libre, por una vez al sol, haciendo alarde en dirección a las olas de
su claridad, expuesto de un modo que era tan lascivo como vulnerable. En esta
posición devota trabajé durante varias intensas horas, escribiendo.
No es que creyera que lo que estaba escribiendo fuera bueno según modelos
externos: sencillamente pasaba que yo estaba situado justo al lado de una mujer que
sería mi público, aunque ella no lo supiera entonces, y era su presencia inmediata lo
que creaba por sí misma un personaje alternativo, un «ella», que, al pensar
exactamente lo que yo quería que ella pensase sobre dildos y vibradores,
probablemente distraería a la auténtica «ella» de al lado mío. Básicamente estaba
sintiendo por primera vez ese par de embriagadoras satisfacciones conjuntadas que el
proseur sexual puede encontrar al comienzo de una nueva empresa, mientras su
ambición artística largamente descuidada, por muy indecisa que sea o por mucho que
se tome internamente en broma —el deseo de crear algo auténtico y válido y hasta
puede que incluso en cierto sentido bello—, se combina con el deseo básico de ese
ruido a chapoteo de un coño, con las dos emociones reforzándose entre sí y haciendo
que uno, o más bien yo, se sienta casi enloquecido con un elevado doble sentido de su
misión. En un punto determinado, al terminar un párrafo, grité: «¡Soy un escritor de
jodidos relatos eróticos!», al todavía inmóvil aire. Fue entonces, de hecho, cuando las
primeras punzadas de insatisfacción con la expresión relatos eróticos se afirmaron a
sí mismas. Abandoné la expresión para siempre, cambiándola por guarradas, y nunca
lo he lamentado. Sí, yo estaba en la playa en un escondite de guarro, con mi frío Arno
secándose expuesto al sol, mi polla tan dura como una botella vacía de Calistoga,
pero horas y horas sin tocar. Me estaba negando a mí mismo por mis guarradas.
Todas las veces que dudaba y necesitaba inspiración, me limitaba a descansar la
mano en el culo de la mujer que tomaba el sol a mi lado, a veces deslizando los dedos
bajo el agujero para la pierna de su traje de baño, a veces descansando la mano en la
tela; a veces apretando, a veces dando una leve palmada. Traté de ponerle la máquina
de escribir encima del culo, pero encontré que era demasiado inestable. Una vez, sin
embargo, le quité la parte de abajo del biquini y me senté justo encima de su
blandura, mirando, más allá de sus morenas piernas, el cuadro vivo de las olas, con el
culo pegado al de mi futura lectora. Era agradable contonearme y dar vueltas,
notando la carne floja de nuestros músculos del culo unida al moverse: casi era una
forma de comunicación. Y si me arrodillaba a su lado y le separaba las nalgas, dejaba
al aire su agujero del culo, e hice esto más de una vez, obteniendo un gran placer al
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notar mi propia Arnalidad a pleno aire, desnuda ante el cielo y agarrando y abriendo
la suya al mismo tiempo. Su ojete era un delicado punto marrón, como un menudo
cráter producido por el impacto de un asteroide, que merecía un atento estudio. Los
ojetes de las mujeres nunca me solían interesar, hasta que tuve veinte años y pico;
creo que son uno de los auténticos gustos adquiridos. Son específicos, singulares, con
un destino claro, centrados, en contraste con la abundante ginoconfusión de los
pliegues de la vagina.
Cuando hube terminado un relato medianamente legible, lo metí en una bolsa de
plástico para guardar alimentos y cerré la bolsa con un cierre hermético. Excavé en la
arena debajo de su mano derecha, donde ella había estado cavando, y enterré dentro
el relato metido en la bolsa, aplanando la arena con la mayor fuerza posible y
devolviendo al agujero que había hecho ella los suaves contornos que le había dado
su ociosidad. Tenía el brazo caliente. El pelo, por cierto, lo tenía recogido en la
coronilla, y era rubio con las raíces oscuras. Me situé detrás de una duna de arena
cercana y agarré las gafas y las hice bajar por la nariz, reiniciando el presente por
primera vez desde que había redescubierto mis poderes. Por los prismáticos, observé
su imperturbable excavar, como si no hubiera pasado nada. Siempre es muy excitante
ver a una mujer volver a la vida después de que he hecho una pausa durante bastante
tiempo: ella no tiene modo de saber que el instante de tiempo que acaba de pasar era
inmensamente más rico en contenido que cualquiera de los instantes que le precedían
inmediatamente. Un milisegundo inmenso como un crucero noruego azul pálido
había atracado y unos robustos turistas habían desembarcado, comprado sombreros
de paja y chucherías y vuelto a bordo, y el barco se alejaba con su tonelaje, con la
hélice agitando el agua; y la mujer aún cree que todos los milisegundos de su pasado
reciente son de una escala equivalente, pequeños esquifes y juncos flotando aquí y
allá en el puerto. Y yo, que había vivido conscientemente, e incluso pilotado, aquel
enorme milisegundo, había olvidado hasta cierto punto lo mucho mejor que es una
mujer cuando no está inmóvil, cuando sus omóplatos, por ejemplo, pueden verse
moviéndosele sutilmente en la espalda; su vida, además, para mí siempre tiene algo
de revelación.
Las yemas de los dedos con arena de esta mujer notaron el resbaladizo contacto
inesperado de la bolsa de plástico al cabo de un minuto o así. Alzó la cabeza para
mirar lo que había encontrado, tratando de no levantar la parte de arriba de su cuerpo
de la toalla y enseñar demasiada teta. Sacó de la arena mi relato metido en la bolsa,
que sacudió, y abrió el cierre hermético. Y entonces se puso a leerlo. No estoy
bromeando: de verdad que se puso a leer lo que había escrito yo. Cuando vi que
metía la primera de mis páginas mecanografiadas a dos espacios en el fondo del
montón, mientras seguía descansando boca abajo pero con los codos apoyados, la
barbilla en la mano, deslicé el puño dentro de mi traje de baño y tomé posesión de mi
látigo. (Me había vuelto a poner, claro está, el traje de baño, pues el mundo ya estaba
conmigo).
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Aquí sigue lo que había escrito para que desenterrase y leyera aquella mujer,
levemente corregido (como rezan las contraportadas) para que resulte más claro:
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MARIAN, una bibliotecaria que se dedicaba a los libros raros, estaba casada con
David, que daba clases de periodismo en la universidad de un Estado rural. Sus
propios días como periodista se habían terminado y se había vuelto un tanto patético.
Era adicto a cierta marca de descongestionante nasal, y se lo tenía que aplicar
ruidosamente cada pocas horas, lo que a Marian ciertamente no le importaba, salvo
cuando tenían invitados. Ella se levantaba temprano, mientras su marido se quedaba
en cama hasta las dos y media o las tres, leyendo revistas en las que alguna vez había
escrito artículos con gruñidos de desaprobación. No tenían demasiado dinero, porque
estaban pagando al hijo de un anterior matrimonio de David para que estudiara en la
Wesleyan. Un sábado tuvieron una gran discusión después de que David saliera a
comprar unas plantas y volviera con una segadora de dos mil dólares, manejable
como un coche, cargada en la camioneta. Cortar su césped era trabajo del chico de un
vecino, veinticinco dólares cada vez, algo razonable dada la gran extensión de
césped, de modo que no había necesidad en absoluto de tan elevado gasto. David dijo
que se había visto impulsado a comprarla porque era un modelo nuevo cuyo motor
incorporaba una innovación en la cabeza del cilindro sobre la que había leído algo en
Mecánica popular y porque su obligación era apoyar a las empresas que continuaban
invirtiendo en investigación y probando nuevas cosas. Marian estaba muy enfadada y
molesta. Era como la vez que él había comprado dos colmenas piramidales y un
equipo completo de apicultor por cuatrocientos dólares. Habían estado tragando ríos
de miel durante un año, y luego los dos enjambres habían desaparecido misteriosa y
deprimentemente. La miel también había resultado «algo salvaje», por usar el
eufemismo de David, lo que significaba que sabía claramente a vaca. Montado en la
nueva segadora, David segó desafiante la mitad del jardín trasero (tenían una hectárea
inútil), maniobrando alrededor de las dos colmenas envueltas en lona alquitranada, y
luego entró para preparar un té frío y descansar. Marian le dijo que quería separarse
de él durante un tiempo, de modo que David hizo un paquete con la capa superior de
papeles amontonados en su despacho y algo de ropa y se marchó.
Marian se sintió más contenta de inmediato. Durante los días siguientes se libró
de la televisión gigante, que siempre la había molestado, y quitó los dos retratos,
pintados por primitivos americanos, de los antepasados de Connecticut de David. Se
vistió con más cuidado, y cuando un hombre, en el banco, le entregó el recibo de un
ingreso que se le había caído, ella le sonrió como nunca había sonreído a nadie desde
hacía mucho tiempo. Se sentía disponible.
Tenía que devolver la nueva segadora, por supuesto. Pero como David ya la había
usado, oficialmente ya era una segadora nueva usada. El tipo de la tienda la valoró a
un precio irrisoriamente bajo y, toda desafiante, ella le dijo que lo dejara y se marchó.
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Por fortuna, cuando le dijo a su madre que por fin le había dado la patada a David, su
madre enseguida apareció con un cheque de tres mil dólares. Los problemas de
dinero cesaron de momento, y contrató al chico del vecino para que segara el resto
del césped utilizando la nueva segadora verde a la que uno se podía subir. El chico se
llamaba Kev. Marian lo observó desde distintas ventanas mientras él pasaba arriba y
abajo por el césped subido a la segadora. El chico había desgarrado a propósito las
perneras de sus vaqueros, por las que asomaban unas rodillas morenas, y llevaba
puestas unas botas de trabajo marrones. Se había quitado la camisa. Era fibroso;
poseía esa cualidad adolescente que le permitía doblar la cintura y no tener
michelines. Los pequeños músculos de los lados de sus antebrazos tenían una especie
de forma en S que la atraía. Eran los músculos que usaría si estuviera soportando su
propio peso encima de ella.
Marian le vio inclinarse al tomar la leve pendiente en dirección al neumático de
tractor del centro del jardín delantero. El dueño anterior lo había puesto allí, pintado
de blanco y plantado peonías dentro. David había insistido en dejarlo donde estaba,
pues era uno de esos no gay entusiastas de lo camp a los que les gusta de modo
automático cualquier cosa hortera, y ahora también a Marian le había llegado a
gustar. Nunca había esperado, viviendo como vivía en una casa como aquella, en una
carretera rural a dos kilómetros de una ciudad a la que aún sucedía otra antes de
llegar a la que contaba con universidad, sentirse excitada sexualmente al mirar a un
vecino de diecisiete años que conducía una segadora. Los músculos del pecho del
chico eran indiscutiblemente cuadrados y planos; el cable de los auriculares de su
walkman resultaba frágil y extraño sobre su piel. ¿Era capaz de oír algo de música
con la segadora en marcha? Marian pensó en quitarle delicadamente los auriculares y
los pantalones, y luego hacer una especie de guirnalda floral para su joven pene,
básicamente de albahaca (una especie que había plantado recientemente), como si
fuera una corona de laurel; puede que como toque final insertara un pequeño ramito
de perejil rizado en la abertura de su uretra, de modo que cuando ella acariciara y
toqueteara la suave piel recién nacida para el sexo del chico, murmurando que no se
preocupara, que aquello era algo natural, y por fin él soltara el gemido final, la ramita
de perejil saliera volando por los aires debido a la fuerza de su grumoso semen. Pero
espera, espera; ella en realidad no quería tener relaciones sexuales con un chico de
diecisiete años; por si fuera poco, a ella no le gustaba la madre del chico, que era una
quejica y una teórica de la conspiración no demasiado lista. De modo que Marian se
limitó a pagarle veinticinco dólares al chico, más dos dólares de propina.
—La próxima vez —le dijo, con cierta timidez—, me gustaría que me enseñases a
conducir esa cosa —se fijó en que el chico había tenido el cuidado de ponerse la
camisa antes de acercarse a la puerta para que le pagase; un toque de consideración.
Era un buen chico.
—Claro —dijo él.
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En cuanto se marchó, Marian hizo la cosa más guarra que se le ocurrió, que fue
conducir a toda a prisa hasta el supermercado, comprar un ejemplar de Cosmopolitan,
volver en coche a casa, bajar las persianas, y ponerse en cuclillas desnuda en el suelo
del cuarto de estar, directamente encima de la revista, abierta en una página que tenía
una foto de la cabeza de Patrick Swayze.
—Mira lo que te estoy enseñando, Patrick —dijo, pasándose la mano por la parte
interior de sus muslos abiertos y estirándose unos cuantos pelos del vello púbico para
añadir una sensación picante. Los ojos de Patrick la miraban desde abajo sin
pestañear, por entre sus piernas, medio oculto por su matorral—. Estupendo, fíjate en
lo que me estás obligando a hacerle a mi clítoris —añadió—. ¿Quieres ver cómo se
corre mi enorme coño tan gordo? ¿Quieres? —al punto sus ojos se clavaron en los de
Patrick y de repente se sentó encima de su nariz y boca semisonriente, haciendo que
la lisa superficie de la revista abierta por la mitad se combara. Todo resultaba tan
impropio de ella que al poco se sintió resplandeciente y como nueva.
La semana siguiente hubo un día y medio de lluvia, y el césped necesitaba una
siega urgente el sábado. Kev no podía venir hasta las tres y media debido a un partido
de fútbol. Marian pasó el día podando varias lilas demasiado crecidas y leyendo algo
más de la nueva biografía de Jean Stafford. Notaba, para cuando apareció Kevin, que
tenía perfectamente controlada su energía sexual y que no le haría ningún tipo de
avance al chico del que se pudiera arrepentir. Él le explicó cómo se conducía la
segadora, con muchas disculpas por el hecho de que supiera conducir mejor la
segadora de su propia familia, diciendo que básicamente uno hacía esto y lo otro y
tenía que estar atento a esto y lo otro. Marian le pagó quince dólares por la clase, que
al principio él no quería aceptar y luego aceptó con bastante gracia, y ella le despidió
con la mano y empezó a segar. Era estimulante circular dando saltos por la hierba, en
especial cuando condujo por la pequeña pendiente arriba, en dirección a la casa, y
oyó que el motor se forzaba un poco. Al principio segó haciendo una especie de
bustrófedon, yendo y viniendo, y luego cambió a una especie de espiral azteca, dando
vueltas alrededor del neumático blanco del tractor. Cuando adquirió más confianza al
dar virajes cerrados y usar el acelerador, empezó a entender por qué David había
querido comprar aquel aparato; la sensación de tenerlo controlado, de cortar con
aquella hoja tan grande, era tremenda de verdad.
Con el tiempo, sin embargo, advirtió que notaba una intensa sensación que se
debía a la simple presión de doce caballos de vapor y medio, que era la que la
vibración constante de la máquina ejercía sobre su clítoris; de hecho, abarcaba
también a todo el perineo. Empezó a pensar en dos hombres altos y ágiles tumbados
de espaldas, con la camiseta subida en pose de esclavos moribundos, encima del
neumático de tractor, mirando al cielo y con unos penes michelangelescos. Se
imaginó a sí misma desnuda tumbada en la fresca hierba con una enorme rueda de
madera suspendida encima, y a doce hombres desnudos atados con firmeza a los
radios de la rueda, con la cabeza apuntando hacia el centro, todos con la bolsa de los
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testículos colgando junto a sus pollas sin circuncidar, todos ellos masturbándose
lánguidamente con la mano que tenían libre. Cuando la rueda giraba por encima de
ella, notaba la mirada de doce pares de ojos admirando sus caderas y su vello púbico,
viendo cómo se apretaba los muslos, que estaban justo en el centro, y cuando la polla
de cada hombre le pasaba por encima de la cara, ella abría la boca, sacaba la lengua,
cerraba los ojos y notaba que los cálidos espasmos de semen le caían en los labios y
en el cuello.
Para entonces en realidad estaba dando vueltas y vueltas en torno al neumático
blanco de tractor, segando una hierba que ya había sido segada, a punto de correrse
pero sin ser capaz de hacerlo. Le alegraba que el joven Kev no estuviera presente en
aquel momento, pues no sería capaz de contenerse. Entró, se dio una ducha, y por fin
se corrió con más intensidad de la que recordaba hacía mucho, tumbada en el suelo
de su dormitorio con las piernas encima de la cama, con un dedo sacando brillo a su
petaca, la otra mano estirada y metiéndose violentamente el dedo en el culo. Prolongó
el posorgasmo apretando suavemente el clítoris como si fuera un pezón.
Pero cuando una hora más tarde pensó que la cosa había terminado, no estaba
totalmente satisfecha. El propio orgasmo, aunque sin duda había tenido un comienzo,
una parte central y un final, había carecido, a pesar de su intensidad, del exuberante
verdor y las carreteras batidas por el viento del deseo, y de los bazares calientes,
llenos de fruta, que durante la hora en que condujo la segadora había llegado a
esperar casi como un derecho propio. Puede que necesitara hacer algo para mejorar
su técnica masturbatoria; a lo mejor su clítoris simplemente se había cansado de sus
propios dedos después de todos aquellos años. La vibración de la segadora le había
producido una sensación inesperadamente agradable. Un año antes, el coche de David
tuvo problemas con el ajuste del volante, de modo que el volante temblaba
dramáticamente hacia los cien kilómetros por hora, y ahora recordaba que, antes de
que lo hubieran arreglado, se había visto obligada una o dos veces a arrimarse a la
cuneta y tener un orgasmo a un lado de la carretera para no ser un peligro para los
demás. Lo que pasaba era que necesitaba más vibración, una vibración más rápida, en
su vida; así de sencillo. La idea de aparatos para el sexo le había parecido absurda en
los años anteriores; y cuando dejó de parecerle absurda, empezó a parecerle
demasiado moderna; y no podía dejar de sospechar que la mayoría de los vibradores
todavía se regalaban en las fiestas de despedida de la oficina. Pero ¿por qué no iba a
probar por lo menos un aparato de algún tipo? Al haberse librado de David, iniciaba
la vida de nuevo. Volvió a su Cosmo, evitando a Patrick Swayze (que, en cualquier
caso, estaba un tanto desmejorado), y en las últimas páginas encontró un anuncio de
una empresa de San Francisco: «Poseídas y manipuladas». Percibiendo su ansiedad,
le mandaron urgentemente un catálogo; una semana y media después, el servicial
empleado de una empresa de mensajeros le pedía que firmara en la línea 34 que había
recibido una gran caja blanca que Marian esperaba que contuviese cuatro aparatos de
agarre manual y un envase de Astroglide. El mensajero, observó Marian con alivio,
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aunque guapo, no era perfecto; tenía una pequeña papada y una agradable sonrisa
asimétrica, y algo de la forma corporal incipientemente rechoncha de David.
Cuando abrió la caja, sin embargo, se dio cuenta de que solo había recibido tres
aparatos, no los cuatro que había pedido. Estaba el sorprendentemente realista,
pintado a mano y levemente curvado, Arno Van Dilden Pollagrande, con pelotas
móviles y base succionadora de fijación; estaba el Torque-Maja Desnuda, fabricado
en Suiza, con sus doce elementos ajustables «electromasturbadores»; estaba el
vibrador Oster, modelo enchufable, con su estuche de accesorios; pero faltaba el
Fusilero Real Gales de cuarenta dólares, uno veinte de largo y doble glande con
prepucios duales deslizables; se lo enviarían dentro de unos días. Al principio Marian
estaba enfurecida, pues esperaba tener los cuatro artefactos para probarlos uno tras
otro, pero luego decidió que con los que había recibido tenía más que suficiente para
pasar las veinticuatro horas siguientes. Le gustó de modo especial Oster poco pene,
que zumbaba a gran velocidad y resultaba refrescante. Utilizó el protector de
sobretensiones de su olvidado ordenador personal y lo acopló al enchufe de su
lavadora (ante todo, seguridad), ajustó el activaclítoris Oster y, al usarlo, se corrió con
mística intensidad sentada desnuda encima de la tapa fría de la lavadora con la puerta
del garaje abierta de par en par, mirando a su tembloroso felpudo, con el sostén y la
braga enrollados en la húmeda oscuridad de debajo de ella. Y cuando el radio-
despertador sonaba a las seis y media los días de entre semana, lo desconectaba de su
alargador y enchufaba el Oster en su lugar, disfrutando de la ilusión de que el tiempo
se detendría mientras ella empezaba el día con una vigorosa corrida electroinducida.
Se tomó libre el día en que debía llegar el vibrador que faltaba por mandarle.
Cuando, casi a la una, la furgoneta de reparto del servicio de mensajeros aún no había
aparecido, y Marian, que ya se había cambiado tres veces de bragas, se vio a sí misma
con un espejo de nácar en la mano puesto delante de uno de sus pezones, observando
cómo la aréola se arrugaba y encogía, e intentando luego que el pezón le asomara por
el ojal de su camisa de lino, decidió que era hora de hacer algo: de segar el césped,
que necesitaba un repaso. Se cambió y se puso una falda larga de gitana sin nada
debajo y un cubrecorsé ribeteado de negro sin sostén debajo y se subió a la segadora,
sacándola del garaje al jardín, con su Van Dilden con pilas nuevas en el regazo. Se
apeó de un salto en mitad del jardín delantero y, a la vista de todo el mundo (aunque
demasiado deprisa, para que nadie viese de verdad lo que estaba tramando), de
espaldas a la carretera, mojó con saliva los tres centímetros de la base succionadora
de fijación del vibrador, lo pegó firmemente al asiento de la segadora verde en punto
muerto y activó el interruptor. Contempló cómo temblaba allí, en el asiento, aquella
trémula trompa tan realista, encantadoramente obscena, agitada simultáneamente por
su minimotor interno y por el macro-motor de la segadora, y el chumino le dolió al
notar que estaba dispuesto a que lo penetraran. Le dio un golpecito; se lo sacó un
poco, pero sin despegarlo. Ahora quería segar; quería segar aquella jodida hierba
como nunca la había segado antes.
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Plantando los pies en el suelo de la segadora, agarrada al volante, cubrió
recatadamente el asiento con la falda, y luego, arqueando la espalda y cerrando los
ojos, se bajó hasta que notó la zumbante cabeza descerebrada del Van Dilden
vibrándole entre los muslos. Solo tuvo que reajustarse levemente, cosquilleantes
gotitas humedecieron los labios de su abierto chumino autoconsciente, y ya estaba
lista para que la follaran desde abajo; alzó la vista, sonriendo a los coches que
pasaban y apretando el acelerador, y con un largo gemido, que quedó disimulado por
la repentina puesta en marcha de la segadora, la escarpada coñidad se vio empujada
arriba y abajo sobre la gruesa envergadura del chorreante mango del Van Dilden.
Quedó sentada encima y segó y segó, y cuando segaba era como si el césped entero
se hubiera puesto de acuerdo para follársela: cada pequeño montículo, cada
ondulación del suelo, cada macizo duro de cardos, llegaba telegrafiado, vía la
segadora dotada de polla ajustada, directamente a su pasmado colodrillo, mientras los
doce pistones de los caballos de vapor se añadían a la fiesta con su combustión
interna. Recorrió el césped durante diez minutos o algo más, arriesgándose a
quedarse paralizada pero evitándolo felizmente, volviendo a sonreír al tráfico porque
los que pasaban en coche no podían saber del supremo folleteo con que se estaba
regalando mientras segaba. Estaba inclinando la cabeza hacia el volante, solo hasta el
punto de poder correrse cómodamente, cuando advirtió que la furgoneta del servicio
de mensajeros se detenía a un lado de la carretera. El conductor le hizo una seña con
la lista de envíos y se acercó con una caja rectangular, guardándose las gafas de sol
en el bolsillo de la camisa. Marian se estiró y trató de recuperarse. No había modo de
parar el Van Dilden sin levantarse la falda. Estaba cubierta de sudor. Por encima del
nivel de audición de los humanos, sus pezones estaban gritando que necesitaban una
boca que supiera lo que hacer. Firmó donde señaló el mensajero, la línea 27,
esperando que, al ver que el motor estaba en punto muerto, se diera prisa; el hombre
estuvo en un tris de entregarle la caja y luego dijo algo que Marian no pudo oír.
El mensajero señaló el porche delantero de modo interrogante con la caja; Marian
asintió con la cabeza. Vio que el hombre se dirigía al porche. Corría como un
entrenador. Ella no se había fijado antes en que tenía unos ojos atractivos; su amable
vacilación resultaba bastante sexy si la comparaba con la idea de la cosa que se la
estaba follando en aquel momento. Con todo, quería que se fuese para así poder
terminar de segar.
El hombre se encontraba a medio camino entre la ladera y su furgoneta cuando se
detuvo y regresó con expresión de «¿La puedo ayudar en algo?».
—¿Qué? —gritó ella.
Él dijo algo que Marian no pudo captar. Detuvo el motor de la segadora a
regañadientes.
—Lo siento… ¿Qué decía?
—Oh, no tiene que pararlo —dijo él—. Solo me estaba preguntando si podía
darme un manguerazo en la cabeza. Estoy que quemo. Debe de hacer más de cuarenta
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grados en la caja de la furgoneta —de repente frunció el ceño—. ¿Oye eso?
Era el vibrador. Le gustaba tanto. Marian sonrió y cerró los ojos.
—¿Qué es lo que oye exactamente?
—¿Todavía está el motor en marcha? —dijo él.
—No es nada —dijo Marian—. Vaya a mojarse la cabeza, no faltaba más. La
manguera está justo en el costado de la casa. Oh, maldita sea… tuve que cortar el
agua en el sótano porque había escapes.
—Entonces da lo mismo, está bien —el hombre se volvía a alejar. Parecía que
tenía mucho calor. A ella le gustó la idea de que se diera un manguerazo en la cabeza.
—No me llevará más de un segundo volver a abrir la llave de paso, deje que me
apee de esto —Marian tendió la mano y él la cogió con firmeza—. ¡Uf! —dijo ella.
Se levantó con cuidado del Van Dilden y se bajó de la segadora. La resplandeciente
cosa en forma de polla seguía zumbando confiadamente en el asiento resbaladizo y
lleno de espumarajos por algunas partes—. Perdone —dijo ella, señalando
despectivamente con la mano a lo que quedaba a la vista—. Solo estaba haciendo un
experimento.
—¿Eso es…? —dijo él, boquiabierto, señalándolo—. ¿Le traje yo eso el otro día?
—Lo trajo. Venga y haré que funcione esa manguera.
—Espere —el hombre se quitó la camisa y la echó encima del dildo.
—Gracias —dijo Marian.
Mientras el mensajero se doblaba por la cintura y resoplaba y bufaba bajo el frío
chorro, Marian abrió la caja nueva. El enjuto Fusilero Real Gales de doble glande
estaba dentro doblado por la mitad.
—¿Es lo que usted quería? —preguntó el mensajero, secándose el agua de los
ojos—. Si no, puedo volvérselo a cerrar con cinta adhesiva y devolverlo
inmediatamente.
Marian lo sacó y echó hacia atrás sus dos prepucios para ver cómo eran.
—No, es más o menos lo que esperaba.
—¿Qué piensa hacer con eso? A propósito, me llamo John Westman.
Marian se presentó y se estrecharon la mano. Notó que los ojos de él se dirigían a
sus pezones.
—Sé lo que me gustaría hacer —dijo ella—, pero desgraciadamente no lo puedo
hacer en mi nueva segadora, porque lo que tengo en mente requiere un poco más de
intimidad.
—Muy bien, ¿qué tal en la parte de atrás de mi furgoneta?
—Estaba pensando justamente en eso. Usted tiene que conducir, sin embargo. No
voy a mantener relaciones sexuales con usted… ¿está claro?
—Naturalmente, ya lo supongo. Solo estoy intrigado. Me ha dejado usted
completamente intrigado.
Recuperaron juntos la camisa de él y el Van Dilde de ella.
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—Moje con saliva esto, si no le importa —dijo Marian. Él pasó la lengua por la
base succionadora de fijación y ella pegó la polla al suelo metálico de la furgoneta.
Había cajas apiladas hasta arriba en estantes metálicos a cada uno de sus lados. Una
estrecha abertura daba al asiento delantero. El mensajero se sentó delante y la miró.
Se estaba toqueteando el paquete por encima de los pantalones.
—No, conduzca —ordenó ella, levantándose la falda y arrodillándose encima del
Van Dilden—. Busque una carretera secundaria y conduzca por ella. Quiero que esta
furgoneta dé saltos.
—Como guste —dijo él.
Marian puso en marcha el vibrador al máximo y se inclinó a medias sobre él.
Mientras ella untaba de Astroglide los dos extremos del Fusilero, el mensajero tomó
una carretera secundaria y metió primera. La furgoneta daba tirones y bandazos.
—Oh, eso es —dijo ella, sintiéndose colmada con los inesperados bandazos
folladores de la furgoneta del servicio de mensajería. Dolorida ya por su siega
anterior, estaba impaciente—. Ahora deténgase un segundo. Quiero que me meta uno
de los extremos de esto en el culo.
Se subió la falda por encima del culo con una mano y se agachó y le pasó al
mensajero el vibrador de doble glande. Todavía tenía dentro el glande del Van Dilden.
—¿No lo debería poner en marcha? —preguntó él, examinando el pequeño
mando a distancia.
—Sí, eso supongo, pero, mmm…, lo principal es trabajarme el culo ahora —el
mensajero lo puso en marcha, utilizando el pequeño mando. Los dos zumbidos tenían
tonos ligeramente distintos, entrando y saliendo de fase. Marian notó algo duro que
empujaba contra el músculo de su culo.
—Eso es —dijo. Se relajó y dejó que entrara el glande—. Empuje un poco más.
Uau. Ahora conduzca… oh, joder, limítese a conducir esta jodida furgoneta.
El mensajero volvió a su asiento de un salto y puso en marcha la furgoneta.
Marian se sentó encima del Van Dilden con las piernas extendidas delante de ella.
Esto tuvo el efecto de empujar al Fusilero Real Gales más profundamente en su culo.
Era como una cola carnosa.
—Tengo aparatos en el coño y en el culo —dijo, gimoteando. La furgoneta
empezó a dar saltos y tirones. Marian empujó el Fusilero contra su rabadilla y lo
dobló y encontró, tal y como había esperado, que el otro extremo alcanzaba
fácilmente su clítoris. Tiró hacia atrás del «prepucio» y sujetó el segundo glande
contra sí misma—. Oh, joder —dijo, notando que todos sus circuitos empezaban a
estar saturados.
—¿Va todo bien? —dijo el mensajero. Conducía decididamente de una cuneta a la
otra, sujetando el volante con una mano. La otra, observó Marian, estaba cerrada,
meneando arriba y abajo su polla, sorprendentemente carnosa y de un coral intenso.
Sus pardos pantalones del servicio de mensajería los tenía alrededor de las rodillas, la
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cremallera abierta y a punto de reventar. La carretera secundaria empezaba a
descender.
—Empieza a resultar agradable —dijo Marian educadamente. Luego su voz se
convirtió en una orden—. Ahora pise el freno y suéltelo —agarró el dobladillo de su
falda con la barbilla de modo que pudiera verse la abierta vagina. La carretera hacía
que el Van Dilden en forma de polla entrara y saliera de la piel escocida de su coño.
Estiró la mano hacia atrás e hizo girar al Fusilero dentro de su culo. Parecía como si
el clítoris estuviera dispuesto a dar un salto y proponer un brindis por los viejos
amigos; el otro extremo del glande doble estaba apoyado sólidamente a uno de sus
lados, emitiendo el rápido, presuntuoso incluso, lenguaje de rumores obscenos que
los vibradores usan con sus clientes clitoridianos. Marian notó que un espléndido e
intenso orgasmo ascendía lentamente por sus piernas arriba y se abría paso por todos
sus orificios.
—¡Pise y suelte el freno con más fuerza! —volvió a ordenar—. ¡Oh, mierda! ¡Oh,
Dios mío! ¡Eso es! Píselo y suéltelo. ¡Frene, frene, frene! Eso es, me gusta.
¡FÓLLEME CON SU FURGONETA! ¡DEJE DE MENEARSE ESA JODIDA
MINGA TAN GRANDE Y DEME POR EL CULO CON SU FURGONETA!
El mensajero, con la pierna apretando y soltando el pedal del freno en rápido
ritmo al compás de los largos toques de su puño con los nudillos blancos, parecía que
no podría resistir otro segundo. La furgoneta daba tumbos y se balanceaba. Una caja
de Harry y David cayó al lado de Marian. Esta les gruñó a sus aparatos, notando que
hacían fuerza en sus agujeros sexuales hasta el punto de causarle dolor.
—¡Ahora mire cómo me corro! —exclamó ella al asiento delantero—. ¡Siga
apretando y soltando el freno y fíjese cómo se corre este caliente coñito! ¡YA ME
CORRO, AAAAAAAAH, joder, joder, joder, me corro, ME ESTOY CORRIENDO!
—apretó con más fuerza la cabeza de serpiente de silicona contra su clítoris y dejó
que el orgasmo conseguido gracias a la furgoneta se abriera paso trabajosamente a
través de ella.
El mensajero tenía la cabeza vuelta y miraba la ocupada entrepierna de Marian,
con los ojos saliéndosele de las órbitas. Soltó un gruñido vocálico y levantó el culo
del asiento.
—¡Oh, aquí viene! —dijo. Con un último toque hacia arriba, su rechoncha y
gorda polla escupió una lechada por encima de toda la manga de su uniforme—. ¡Sí,
sí, pequeña! ¡Oh, sí!
Puso la furgoneta en punto muerto y los dos recuperaron la respiración. Marian se
levantó inestable, alisándose la falda. El Fusilero Real Gales se le cayó del culo al
suelo con un ruido de serpiente. El mensajero soltó un suspiro de felicidad.
—El barco más velero del mundo —dijo, sacudiendo la cabeza.
—Ese es el mío —dijo Marian.
Cuando se enfriaron los frenos, el hombre la llevó de vuelta a casa. Y durante los
meses siguientes, siempre que John, el empleado de la empresa de mensajería,
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entregaba una caja blanca y Marian la bibliotecaria estaba en casa, él la ayudaba a
probar el nuevo juguete sexual que sin duda contenía. Sin él, Marian tuvo también
gran cantidad de orgasmos al aire libre montada en su segadora, ayudada por varios
dildos, y cuando terminaba de segar y de correrse por la tarde, muchas veces extendía
una toalla al sol en el jardín de atrás y se tumbaba allí durante una o dos horas con las
gafas plegadas cerca de su mano, oliendo el aroma de la hierba cortada y la gasolina y
los jugos sexuales de sus dedos.
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COMO obra guarra era, lo sé, escasamente excitante en algunas partes, pero para un
primer intento consideré que bastaba. Escribir era divertido. Pero mucho, muchísimo
más divertido era contemplar a mi compañera de la playa leerla. Había pasado tanto
tiempo a su lado que sentía como si fuese una vieja amiga, y sin embargo no tenía ni
idea de cómo reaccionaría. Observé su boca por medio de los prismáticos. (Se había
puesto unas gafas de sol). Cada línea que leía era un triunfo personal para mí; cada
vez que pasaba a la página siguiente, me encontraba en el propio cielo. Era un placer
diferente a todos los que había conocido. Incluso antes de que empezara a leer, el ver
que sacaba la bolsa de la arena y abría el cierre hermético hizo que el corazón me
latiera descontrolado, lo mismo que los saltos que daba el conejo de las Cocoa Puffs.
¡Tenía tantas, tantísimas ganas de que sacara y leyera mis verdulerías caseras!
Deseaba tanto haberle inspirado una sensación de estimulante curiosidad. Me bastaba
con haber conseguido eso, haber provocado una expresión de perpleja curiosidad en
el universo, donde antes solo había una mujer tumbada al sol en la playa con un traje
de baño verde, excavando en la arena.
Y —quisiera haber podido susurrarlo para añadir un efecto dramático— la mujer
se excitó un poco; y se excitaba, se excitaba. La primera señal de ello fue cuando
paseó la vista a su alrededor para comprobar su aislamiento entre las dunas con
hierbajos y luego alzó sutilmente un poco la parte superior de su cuerpo apoyándose
en los codos, de modo que la forma de sus tetas se alargó, y entonces estas, sus dos
perezosas mamellas, quedaron suspendidas casi en libertad sobre la tierra, y ella
movió los hombros de modo que las puntas de sus pezones asomaron un poco por
encima de las copas de la parte de arriba de su biquini desabrochado. Dudé si detener
el tiempo para que se estuvieran quietas durante un momento, pero decidí que quería
ver su reacción de un modo continuado, sin interrupción. Un poco después, hacia la
página cuarta de mi escrito, se rascó la pierna durante largo rato, aparentemente ajena
a que se estaba rascando. Consideré que esto era una buena señal, un signo de
ensimismamiento. Luego levantó la barbilla de repente, sorprendida por algo, y
sacudió la cabeza. Paseó la vista alrededor. Volvió a leer. Luego empezó aquello: la
rítmica tensión antifonal de los músculos de sus nalgas: primero la izquierda, luego la
derecha, izquierda-derecha, izquierda-derecha, de modo que la curva en forma de
corazón de su culo hacía movimientos de sístoles y diástoles ante mis ojos. Yo sabía
que esas contracciones progresivas estaban apretando con fuerza el botón de su
matorral contra la toalla y la arena de debajo, y la visión de aquella secreta
autoafirmación me puso tan caliente y frenético que, para librarme de la energía, tuve
que dejar los gemelos y subirme las gafas y echar a correr a lo largo de la playa,
haciendo un eslalon entre los grupos familiares, los solitarios buscadores de conchas
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y los mirones entrecanos. En el camino de vuelta, corriendo más despacio, dudé ante
una espigada chica de dieciséis o diecisiete años con un traje de baño azul que estaba
parada en dos centímetros de agua, echándose atrás por el frío, y me detuve un
segundo, jadeando, y deslicé hacia abajo los tirantes de sus hombros y contemplé su
cuerpo blanco, imperfectamente sexual, con el traje de baño en torno a una de sus
piernas.
—Llegarás a estar muy bien —le dije cuando le volví a subir el traje de baño.
Luego volví a ocupar mi puesto de observación con prismáticos cerca de mi culo-
agresiva lectora y me fui tranquilizando. Extrañamente, sentí un poco de culpabilidad
por haberle sido infiel con la de diecisiete años.
La mujer leyó el relato entero y, cuando terminó, lo volvió a meter en la bolsa de
plástico, que cerró herméticamente, enterrándola en la arena donde la había
encontrado e indicando su existencia con tres conchas pequeñas. Luego echó los
brazos hacia atrás, volvió a cerrar el broche de la parte de arriba de su biquini y se
tumbó boca arriba. Contemplé cómo le subía y le bajaba el estómago al respirar.
Supuse que estaba respirando un poco más deprisa de lo que habría respirado si mis
palabras no le hubieran atravesado la mente. Yo estaba en su mente. Había cosas en
lo que había leído que no le gustaban, o que le parecían tontas, pero, a pesar de eso, la
cosa funcionaba con ella y le hacía querer ir a casa. Se sentó y se puso una holgada
camiseta descolorida que casi le llegaba a las rodillas, luego se soltó el pelo y tomó
un sendero que llevaba a un conjunto de pisos bastante nuevos en uno de los
extremos de la playa. Hice la pausa habitual cuando abría la puerta, de modo que me
pudiera deslizar a su lado y esconderme en alguna parte del apartamento. Aborrezco
esconderme en apartamentos de mujeres cuando estas se encuentran dentro, porque al
hacer eso de repente me convierto en un intruso, y todas esas películas de un tipo
espantoso escondido en una casa me vienen inevitablemente a la mente, y la música
amenaza con volverse tritonalmente siniestra. Lo último que quiero en este mundo es
que se me vea como una amenaza.
Pero, felizmente, soy bueno en lo de mantenerme sin que se note mi presencia en
lugares cerrados con una mujer. Todavía no he asustado nunca a nadie. Y la casa de
esta mujer concreta era perfecta, dado que estaba toda abierta y parecía una especie
de almacén, con un dormitorio elevado sobre pilares al que se subía por una escalera
de caracol. Me senté en la cama escuchando atentamente los movimientos de abajo, y
cuando oí sus pasos en la escalera, detuve el tiempo, bajé, pasando junto a ella
(agachándome bajo su brazo), y me senté en una silla de la cocina. La parte de arriba
de las orejas me dolía un poco de tanta perversión temporal empujando y subiéndome
las gafas, pero era un pequeño precio que pagar. El agua empezó a correr por las
cañerías, siempre una buena señal. Empujé mi paquete trino contra el fresco borde de
la encimera.
Por fin hice un Parón y subí a ver si estaba en el lavabo dándose una ducha o
tomando un baño, y me la encontré inclinada, desnuda, rebuscando en el fondo de un
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cajón, mientras el grifo llenaba la bañera. Examiné su perfil durante medio minuto:
tenía una cara alegre, un tanto delgada, embadurnada de aceite para el sol, con el
puente de la nariz saliente y una nariz que parecía más inteligente que sus ojos, si eso
tiene sentido. (Aunque tenía que andarme con cuidado al evaluar la inteligencia de
los ojos de las mujeres durante el Pliegue, pues la mirada de una persona varía de
modo radical de instante en instante, y simplemente podía haberla cogido en un
momento de distracción poco favorecedor). Las comisuras de su boca estaban tensas
cuando se estiraba rebuscando en el cajón. No podía ver lo que sus manos buscaban
debajo de jerséis plegados y polainas, pero tenía esperanzas.
Justo antes de que una mujer tome un baño, mientras corre el agua, su desnudez
de repente se libera por completo de sus iones cargados de lascivia y se vuelve
absolutamente artística: está desnuda con objeto de tomar un baño, y baño es una
palabra tan modesta, de superficie lisa, con vocales abiertas, que se pueden apreciar
los pormenores de su belleza sin que se interponga nada de tu propia ferocidad
eréctil. De pronto la mujer es una bailarina moderna, una náyade, una ninfa de los
bosques, una naturista, y sus tetas no son concebibles sino como pechos, e
independientemente de lo atractiva que resulte, su forma suscita el aprecio embobado
del Ansel Adams de nuestro interior más que el del jugador de billar cachondo. Y eso
a pesar de sus encantos manifiestamente protosexuales, sus areolas suavemente
redondeadas, el arco morisco que forma su culo antes de dividirse sin el menor
esfuerzo en los muslos, a todo lo cual fui capaz de pasar revista atenta por primera
vez con ella de pie. No pasé mucho tiempo en ese Pliegue, sin embargo, ansioso
porque ella continuara con lo que se proponía, fuera lo que fuese. Me puse fuera de
su vista, activé el tiempo y me distraje leyendo la mitad de un artículo de un Condé
Nast Traveler sobre el sistema de lagos de Canadá (el nombre de la bañista, que
aparecía en la etiqueta con la dirección de la revista, era Michelle Hoffman), y luego,
cuando oí que el agua dejaba de correr, volví a mirar lo que estaba haciendo.
Había empezado a bañarse. Tenía las rodillas por encima de la superficie del
agua, con las rótulas planas y cuadradas, y el agua era clara (nada de baños de
burbujas genitalmente irritantes para esta mujer), y había levantado un brazo, de
modo que largos arroyuelos de agua verde clara caían tranquilamente de él. Su mano
agarraba sin fuerza una toallita roja, blanda porque estaba empapada de agua. Podría
haberme arrodillado fácilmente en la bañera con ella y meneármela mirando el modo
en que los senderos fluviales de agua se le unían en el codo y caían, un poco como
esas banderas de plástico triangulares, como de fiesta, que cuelgan alrededor de los
solares donde venden coches usados.
En realidad, no; en aquel momento, en absoluto me hicieron pensar en los solares
donde venden coches usados; me hicieron pensar en el modo en que cae la orina entre
las piernas de una mujer, formando un abanico de estegosaurio de triángulos de
amaranto. Solía pensar que el motivo por el que las meadas de las mujeres sonaban
tan complicadamente distintas a las de los hombres solo tenía que ver con los
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extremos finales del flujo cuando salpicaban, pues había muchos más puntos de
colisión separados con el agua del retrete, a diferencia del único chorro concentrado
de las meadas continuas del hombre; pero el otro día, oyendo hacer pis a Joyce en el
servicio de señoras de al lado, comprendí que no es solo eso. La diferencia más
importante es que la orina del hombre no hace ruido cuando sale de la punta del pene,
porque se ha convertido, debido a la desmesurada largura de la uretra masculina, en
un flujo coherente, como un láser. El único ruido que hacen los hombres, pues, es el
ruido que la orina que despiden produce después, al chocar con la textura y sustancia
de aquello contra lo que choque. Pero las uretras de las mujeres se mantienen al
margen. Son cortas, puesto que no necesitan ayudar para empujar una corrida (paso
por alto aquí la delicada teoría de la felacuyación); las alas de su orina, en lugar de
relajarse, se tensan en una sola columna laminar, y esta salida salpicando hace por sí
misma un ruido especial, un siseo agradable, un gorjeo como un silbido agudo que se
puede oír por encima de la emisión de complejas salpicaduras terminales. «Hacer
aguas», como eufemismo, se aplica mucho mejor a lo que hacen las mujeres que a lo
que hacen los hombres.
Pero todavía no me quería correr con Michelle; sentía curiosidad sobre si tenía
planes sexuales propios. Para ser sincero, mis sentimientos quedaron un poco dolidos
porque no hubiera traído a casa el relato que yo había escrito para quedarse con él
para siempre, aunque me consolé pensando que a lo mejor solo estaba siendo
considerada al volverlo a enterrar, al no querer interferir en la comunicación secreta
interamantes. Me sentía un poco rechazado, y esperaba recuperar mi buen humor
viéndola hacerse algo a sí misma que sirviera como prueba concreta y auténtica de
que yo había conseguido activar la sensación de su entrepierna. Un simple baño no
era bastante. Arrodillándome al lado de la bañera, distinguí algo oscuro en el agua,
cerca de sus pies. Tenía los dedos retorcidos alrededor. Cuando coloqué la cabeza
muy cerca de la superficie del agua profusamente clorada, apoyándome en una de sus
rodillas, distinguí lo que era el objeto, tal y como, claro está, había esperado, pero de
hecho no me permití esperar: un alargado y realista dildo negro de goma. Se estaba
bañando con su dildo de goma, ¡oh poesía! Estaba relajada, con la vista perdida, sin
pensar en aquel submarino que solo se podía usar para una cosa y que navegaba más
allá de su vista, pasadas sus rodillas encogidas, pero como era indudable que estaba
allí en el agua con ella, estaba activo por debajo de sus pensamientos y se mantenía al
borde del despertar consciente. Era hora de tentar la suerte con ella.
Quité toda la ropa de la cesta de mimbre para la ropa sucia que estaba debajo de
la ventana del cuarto de baño, la apilé encima de la cama y me metí dentro de la cesta
con una camisa de lino gris oscuro suya muy arrugada por encima de la cara; aunque
estaba en algo así como una postura fetal, y aunque no podía ver demasiado bien
debido al lino, por lo menos podía tener alguna idea de lo que pasaba mientras ella
continuaba con su baño. Utilicé las gafas para el Despliegue; de repente, su mano
apretó la toallita roja y le cayó mucha agua a lo largo del brazo. Luego no pasó nada
Varias horas después, en el bar del Ritz Carlton, guiado por una voluntad más
grande que la mía, sustituí por varios de los símbolos internacionales de
identificación y cuidado de textiles las claves variables del original, y cambié el signo
de «igual» por el de «menos o igual que». Notaba como si me lo estuvieran dictando
mientras contemplaba mi mano, que, como poseída, dibujaba una plancha tachada
por un aspa, un triángulo tachado por un aspa («no usar lejía») y un estilizado barreño
con una mano enorme dentro («lavar a mano»). Cuando terminé con los cambios y la
Desigualdad de Strine apareció en la página, llegó un sonido, un sonido de una lejana
liposucción crónica, de una delicada operación de cirugía estética que se le hacía al
cosmos, de bultos y arrugas suprimidos con todo tacto, de poros infinitesimales de
tiempo hurtados a lejanos sistemas solares, donde no los echaría en falta, y dispuestos
serialmente para que yo viviera entre ellos. De nuevo era libre de andar por el
Pliegue. Para regresar al tiempo, solo tenía que borrar el signo de desigualdad,
eliminar su fuerza.
Esa era la fórmula que escribí en el mantel individual del restaurante tailandés.
Cuando hizo efecto, me dirigí a Rhody y le quité el libro de la mano. Era un libro de
bolsillo verde editado por Virago que se titulaba El secreto de Lady Audley, de Mary
E. Braddon. La contracubierta decía que El secreto de Lady Audley había
«escandalizado al público victoriano con sus revelaciones de los horrores en el propio
corazón de una sociedad respetable y de sus más respetables mujeres». Animado, lo
hojeé, leyendo cosas como «toca» y «chillonas bandejas de acero japonesas para el
té», y el fragmento de la frase «ella se distrajo contemplando sus blancas manos
enjoyadas que se deslizaban blandamente sobre las teclas, con las mangas de encaje
cayendo de sus muñecas graciosamente arqueadas». Encontré que, en la parte interior
SUFRÍ bastante cuando las cosas terminaron con Rhody. Le había permitido echar
una ojeada a mi vida interior, y ella la había rechazado sin ambigüedad. Pero ahora
comprendo, al escribir sobre Rhody, que de nuestra truncada relación surgieron cosas
buenas, tangibles. Si yo no hubiera visto su nota sobre los hombres y los relojes en su
ejemplar del libro de bolsillo de Virago y actuado en consecuencia, probablemente no
habría tenido la idea posterior de escribir frases obscenas en los libros de bolsillo
antes de que los hojeasen las mujeres; y si no se me hubiera ocurrido eso,
probablemente nunca se me habría pasado por la cabeza el usar el Pliegue como una
protección de pornógrafo y dejar el resultado donde lo pudiera encontrar una mujer.
En cierto sentido, el desprecio de Rhody hacia la ojeada que le había permitido echar
a mi secreto me dejó libre para investigar posteriormente su potencial.
Después de la vez en el Cape, escribí algo más: un relato sobre una mujer
desnuda colgada sobre uno de los carriles del túnel Callahan en un trapecio negro de
cuerda durante la hora punta, mirando hacia abajo el follón de coches que lo iban
llenando y meando generosamente sobre ellos con su raja abierta; un relato sobre un
hombre que le enseña a escribir al tacto a una joven en su antigua máquina de escribir
Oliver número 9 manual, sujetando las manos de ella con las suyas y cerrando los
ojos, notando que los dedos de ella se hunden uno por uno en las letras mientras
escribe C-A-D-E-R-A-S y que él es incapaz de evitar ponerle las manos en sus
caderas, y luego que los dedos de ella escriben P-E-C-H-O-S en las teclas negras
redondas y que él es incapaz de resistir las ganas de tocarle los pechos y apretarla
contra él; un relato sobre un grupo de turistas que hacían submarinismo en el Caribe y
corrompían a los peces angelotes con botes de spray de queso cheddar, a veces
haciendo corazones de queso en el agua que el pez luego comía, a veces echándoselo
en brazos y pechos y dejando que el pez se lo arrancara a mordiscos; uno sobre una
mujer que dejaba que su cangrejo ermitaño domesticado le anduviera sobre la espalda
mientras ella leía Barron’s y soñaba con hombres de ojos azules podridos de dinero;
uno sobre varias cuevas con estalagmitas, cada una de color diferente, que, cuando se
partían y se metían en una vagina, brillaban, con sus tocones soltando chorros de
agua mineral subterránea caliente como los de un bidé.
Pasé algo de tiempo particular con una fotocopiadora y encuaderné algunos
ejemplares de esos relatos, junto con el que trataba de Marian y su segadora,
utilizando como portada la cartulina azul pálido de algo que se titulaba Cuentos
franceses de amor y pasión, una reedición irónica de una edición vulgar de 1936 de
varios relatos ligeramente atrevidos de Guy de Maupassant que había pedido a través
del catálogo de Archie McPhee. Dejé mi librito de fabricación casera en muchos
sitios —dentro de ejemplares de Yo y de El erudito norteamericano justo antes de que
ESO fue lo que finalmente grabé en la casete que puse en el magnetófono del Ford
Escort de Adele Junette Spacks, en lugar de Solitude Standing, de Suzanne Vega. Eso
—Segunda Parte— ocupaba dieciséis páginas a un espacio y supuso, además de las
doce largas horas y los dos resollantes orgasmos que dediqué a su composición, otras
dos horas para grabarlo en la cinta. (Me corrí las dos veces directamente en la
brumosa e indeterminada autopista de peaje de Mass, con la entrepierna echada hacia
delante sobre el capó de mi coche, de modo que mi aparato resultaba una especie de
adorno del capó. Incapaces de soportar el contacto físicamente paradójico con una
superficie que iba noventa y cinco kilómetros por hora más deprisa de lo que iban
ellas, las gotas de semen empezaron a caer a la calzada a los pocos minutos; se
evaporaron por completo en menos de media hora). Cuando terminé la grabación no
me sentía agotado; me sentía animado. La muñeca derecha me dolía mucho; esto
supuso, si no me equivoco, el comienzo de mi problema con el túnel carpiano, que
me ha molestado de cuando en cuando a partir de entonces. Ahora no me resulta claro
por qué las aventuras de Marian acababan teniendo un contenido tan decididamente
anal; me gusta pensar que solo era una cuestión de estado de ánimo. Después de todo,
antes nunca había escrito a máquina la expresión ojete del culo. No es una expresión
que aparezca mucho en la correspondencia comercial. Las indecencias privadas son
alta cultura. Y lo que era igual de importante, yo quería reducir al mínimo las
oportunidades de que esta chica del Smith College pudiera encontrar aburrida mi
compañía grabada en audio, y un ojete del culo o dos animan cualquier reunión.
Quería que mi desvergonzada imaginación superara los límites de la suya, se
extendiera sin restricciones más allá de donde pudiera llegar la suya; y esperaba que
pudiera filtrar cualquier cosa que no le gustara. Esperaba que se diera cuenta de que
yo no era un hombre vulgar, y que posiblemente mereciera la pena conocerme.
No dejé mi regalo metido en su magnetófono inmediatamente, pues no quería ser
visto en el coche, conduciendo con toda la cara dura del mundo allí mismo, al lado de
ella, cuando el aparato se pusiera en marcha. Arranqué el tiempo, aceleré, y avancé
unos coches más adelante, luego volví corriendo a pie hasta su coche con el universo
en pausa y cambié las cintas. En consecuencia, no conseguí ver su reacción inicial.
Pero conduje exasperantemente despacio, obligando a los parachoques de los coches
de detrás a que me adelantaran; muy pronto tenía a Adele nuevamente en mi espejo
retrovisor. Me puse las gafas de sol de modo que no pudiera ver el momento en que
mis ojos se clavaban en ella por medio del espejo. Vi que estaba haciendo algo, que
se echaba hacia delante, que revisaba algo: supuse que había sacado mi cinta y estaba
buscando señales que la identificaran. (En la etiqueta solo decía MARIAN LA
BIBLIOTECARIA). Luego hubo un largo periodo en el que ella —estoy bastante
LA semana siguiente a mi fallido viaje en coche, trabajé quince horas extras en una
firma de asesores jurídicos. Me molestaba una insistente sensación de picor en la base
de la palma de la mano derecha y un creciente dolor en el antebrazo. Por lo menos
necesitaba una semana sin escribir a máquina, pero, como mis derechos de visita a la
Fermata ahora me estaban negados, no la pude conseguir.
Lo que evidentemente era un problema del túnel carpiano se agravó durante los
meses siguientes. Una muñequera no me sirvió de nada, a no ser para aumentar el
dolor. Era capaz de aliviar un poco los síntomas durmiendo con el brazo sujetando la
otra almohada de la cama. Tras un esfuerzo especialmente intenso pasando a máquina
una lista de precios de ochenta páginas, fui al ambulatorio y vi a varias enfermeras y
médicos. Cada uno de ellos golpeaba con fuerza la muñeca y preguntaba lo que
sentía. Cada diagnóstico le hacía más daño al nervio, me parecía. Continué con la
cadena de especialistas hasta que llegué a la especialista en movimientos repetitivos,
la doctora Susan Orowitz-Rudman, una alegre mujer baja de cuarenta años. Le conté
que era eventual profesional y que tenía la necesidad de poder continuar usando el
teclado de la máquina. Ella estaba llena de ideas y teorías. Encontré que su apellido
con guión intercalado era intensamente atractivo.
—¿Hay algún otro movimiento repetitivo relacionado que realice? —preguntó—.
Una paciente mía era secretaria de juzgado y una ciclista fanática los fines de semana,
y resultó que no se trataba de que escribiera a máquina, sino que era la combinación
de escribir a máquina y apretar los frenos de su bicicleta lo que originaba el problema
en el túnel carpiano. Se dedicó a nadar, se tomó una semana libre en el trabajo y pudo
seguir trabajando sin tener que operarse. Me encanta operar —añadió—. No es gran
cosa, solo es una cuestión de hacer una pequeña incisión justo aquí… pero estoy
diciendo que a veces hay modos de conseguir que desaparezca el problema sin
necesidad de eso.
Le dije que a veces chasqueaba los dedos al ritmo de la música, y que escribía
algunas cosas mías por las tardes y los fines de semana que se sumaban a la cantidad
total de lo que escribía a máquina.
—¿Qué tipo de cosas escribe? —preguntó educadamente ella, tomando nota de
ello.
—Solo relatos. Nunca los he publicado. Pero me enredo y escribo a máquina sin
parar. El problema de la muñeca empeoró mucho desde que empecé a hacer eso.
La doctora Orowitz-Rudman habló de teclados alternativos y de que dictara lo
que escribía y que luego me lo transcribiera un amigo. Sugirió que me tomara libres
quince días en el trabajo. También habló muy bien de las máquinas de escribir
manuales: pues exigían más fuerza muscular, parecía que dañaban menos los
ASÍ empezó la última y más larga fase de la Fermata, la fase más relajada, natural,
del chasqueo de dedos, la fase que utilicé hasta hace bien poco. Ahora me gustaría
emplear un momento en decir algo así como una pequeña oración sobre mi vida. Soy
muy afortunado por haber podido ver todos los pechos de mujeres desnudas que he
visto. No existe vida más agradable que la mía. Sencillamente estoy asombrado de la
suerte que tengo. Ningún actor o cantante promiscuos, ningún fotógrafo de revistas
para hombres, tiene una vida mejor, pues yo puedo quitarle la ropa a una mujer en
passant, como una diversión momentánea, sin que mi delicado acto de desnudarla
interfiera en modo alguno con su vida o con la mía. A la mujer media, a la mujer nada
excepcional, a la mujer fea pero interesante, la puedo contemplar en un estado de
repentina desnudez (suya y/o mía) en una acera, o a la poco favorecedora luz de una
tienda de discos, y nadie más puede. Hay pechos con formas que el público en
general desconoce, porque las mujeres que poseen tales pechos no se los enseñan más
que a sus amantes, maridos y radiólogos. Y con estos espacios siempre ocultos,
perfectos en su indispensable imperfección, que por el modo en que cuelgan y el
realismo de sus empinadas curvas cantan: «¡Somos dos pechos totalmente modosos!
¡Somos dos pechos que elegimos no aparecer desnudos en público!», me lleno la
mente hasta que los entiendo. Adoro la modestia, o a Modesta; adoro ver y besar a
Modesta, chuparle los pezones a Modesta, susurrarle a Modesta que es
tremendamente modesta. Y he podido hacerlo.
Sin embargo, no he sido castigado por ello. El doctor Jekyll, Fausto, el soldado de
Stravinski, la bailarina de Las zapatillas rojas, Golo, el hombre invisible y el viajero
del tiempo de Wells, el doctor Frankenstein y un millar más de recientes héroes del
terror poseen unos poderes cuasisobrenaturales y son castigados por ello, destrozados
por ello. Qué falsa y fastidiosa es esta consecuencia. ¿Por qué una vida con un rasgo
metafísico inusual debe terminar inevitablemente en la infelicidad y la muerte
temprana? ¿Por qué todos los héroes tienen que tener un defecto fatal que les lleva a
excederse y de ahí a la autodestrucción? Es demasiado cómodo. Incluso en los dos
artefactos literarios más discretos (y sorprendentemente similares uno al otro) que se
ocupan de la detención del tiempo y que se parecen a mis propios y privados Pliegues
—y me estoy refiriendo a El puente sobre el río del Búho, de Ambrose Bierce, y El
milagro secreto, de Borges—, se castiga severamente a sus héroes: terminan con
ejecuciones militares. Leí esos dos relatos en el instituto con una sensación de
profunda insatisfacción personal. ¿Eso es todo lo que un escritor cree que puede
hacer un Parón? ¿Eliminar la muerte en el último momento? ¿Dónde están las
hebefrenias supervivientes? ¿Dónde está la vida? ¿Dónde están las tetas?
MI fase del chasqueo de dedos ya ha terminado; mis Pliegue-poderes, por ahora, han
desaparecido. Supongo que volverán antes o después, pero nunca estoy seguro. Lo
que pasó, hasta donde puedo atar cabos, es que una noche, cuando Joyce y yo
manteníamos relaciones sexuales, sin saberlo le pasé todas mis habilidades fermativas
a ella. Yo había sacado el activador del pene y el vibrador Diosa Atenea con el
estimulador de clítoris en forma de antorcha de la sabiduría y le conté que los había
comprado con ella en mente, antes de que empezáramos a salir juntos.
—Yo no soy una persona buena con los vibradores —advirtió Joyce.
Pero activó entusiásticamente mi pene con el activador de penes, haciendo que lo
chupara la cámara de vacío de plástico claro, y observó cómo se le hinchaban las
venas. Cuando mi pene tuvo suficiente de aquel tratamiento, lo retiré y puse en su
sitio el vibrador Atenea. Entonces Joyce y yo activamos el vibrador con el activador
de penes durante un rato, haciendo que chupase lo máximo posible. Y por fin,
después de algunas bromas, Joyce puso en marcha el vibrador Atenea y se lo metió.
La antorcha de la sabiduría llevó a su politeísta clítoris a nuevas alturas.
Pero de lo que no nos dimos cuenta en aquel momento fue de que el activador de
penes, de algún modo, me había chupado todos los poderes temporales. Luego,
cuando el vibrador Atenea se introdujo en el activador de penes, esos mismos poderes
pasaron a él, y cuando el vibrador Atenea entró ronroneando profundamente en
Joyce, los poderes pasaron a ella. Como consecuencia, la siguiente vez que chasqueé
los dedos, no pasó nada en absoluto; o mejor, siguieron pasando todas las cosas. Pero
la siguiente vez que Joyce activó el interruptor de su vibrador Atenea, el tiempo,
obediente, se detuvo para ella.
He descubierto que por el momento no echo tan terriblemente de menos el
Pliegue. Mi autodisciplina ha aumentado. Todavía siento tentaciones, pero he
empezado a trabajar en las notas para mi tesis doctoral. (Es una historia de Dover
Books). Joyce, entre tanto, se lo está pasando muy bien. Lleva su vibrador Diosa-
Plegadora con ella por ahí, metido en el bolso, y lo activa a voluntad, como cuando
tiene una fecha límite en el MassBank que de otro modo no podría cumplir. Desnuda
a los peatones y me habla de los genitales tan raros que ha visto y conocido. Habla de
darse un salto hasta Washington y chuparle la polla al presidente. A veces utiliza
trucos del Pliegue cuando mantenemos relaciones sexuales: por ejemplo, alterna su
boca y su chocho en mi butifarra con tal rapidez, que noto como si yo estuviera en los
dos sitios a la vez, como si estuviera dando vueltas sobre mí. Hemos hablado del
matrimonio como una posibilidad.
El otro día estaba yo en su apartamento. Hice algunas flexiones en el suelo.
Luego me senté en su cama. La llamé: