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La Fermata

Novela erótica.
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¿Qué

haría usted, lector o lectora, si poseyera la facultad de detener el tiempo con un


ademán? El mundo entero queda en suspenso. Las gotas de lluvia no acaban de caer.
Los coches se paran en mitad de la carretera. Las personas que le rodean permanecen
inmóviles, sin terminar el gesto que acaban de iniciar. Solo usted puede levantarse de
donde está sentado, acercarse a quien quiera, abrir las puertas inaccesibles, levantar
los velos, ver y tocar lo más prohibido. ¿Qué haría usted? Arno Strine, el protagonista
de La Fermata, lo tiene muy claro. No piensa en desvalijar el banco más cercano, por
ejemplo. A él solo le interesan las mujeres. La hermosura que se acerca por el pasillo
de la oficina, con toda su belleza desplegada e inaccesible. Él hace el gesto. El tiempo
se para, la chica se queda inmóvil, lo que viene a continuación no vamos a contarlo
aquí. La Fermata es la novela erótica más divertida e inteligente que jamás se ha
escrito.

ebookelo.com - Página 2
Nicholson Baker

La Fermata
ePub r1.0
Titivillus 27.09.2019

ebookelo.com - Página 3
Título original: The Fermata
Nicholson Baker, 1995
Traducción: Mariano Antolín Rato
Diseño de la cubierta: Mario Eskenazi

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

ebookelo.com - Página 4
Para mi padre

ebookelo.com - Página 5
1

VOY a llamar La Fermata a mi autobiografía, aunque «Fermata» solo sea uno de los
muchos nombres que le doy al Pliegue. «Pliegue», obviamente, es otro. Algunas
veces, habitualmente en el otoño (puede que porque, desde un punto de vista terrenal,
mis flujos hormonales sean entonces muy altos), me doy cuenta de que tengo el poder
de disparar el Pliegue. Un Pliegue es un periodo de tiempo de duración variable
durante el que estoy vivo y me muevo y pienso y miro, mientras el resto del mundo
está quieto, o en una pausa. Con el transcurso de los años he desarrollado diversas
técnicas para disparar la pausa, en algunas de las cuales he usado interruptores, cintas
de goma, agujas de coser, cortaúñas y otras herramientas; y en otras, no. El poder, en
el fondo, parece proceder de mi interior, por grandilocuente que suene eso, pero
cuando lo invoco tengo que creer que es algo externo para que funcione
adecuadamente. No investigo sus orígenes con demasiada frecuencia, temiendo que
un examen demasiado minucioso dañe los estados interiores, cualesquiera que sean
estos, que lo hacen surgir, pues es la aventura actual más importante de mi vida.
Ahora mismo estoy en el Pliegue, así de fácil. En primer lugar, quiero escribir a
máquina mi nombre: Arnold Strine. Prefiero Arno al Arnold completo. Poner mi
nombre en cierto modo es estimulante, me ayuda a seguir con esto. Tengo treinta y
cinco años. Estoy sentado en una silla de oficina cuyas cuatro negras ruedecillas
anchas se deslizan silenciosamente por encima de la moqueta, en el sexto piso del
edificio del MassBank, en el centro de Boston. Estoy mirando a una mujer que se
llama Joyce, cuya ropa he manipulado un poco, aunque de hecho no le he quitado
ninguna prenda. La estoy mirando directamente, pero ella no lo sabe. Mientras miro,
para dar cuenta de lo que veo y pienso, utilizo una máquina de escribir electrónica
portátil Casio CW-16 que funciona con cuatro pilas alcalinas. Antes de chasquear los
dedos para interrumpir el flujo del tiempo en el universo, Joyce avanzaba por la
moqueta con un vestido de punto gris azulado, y yo estaba sentado al otro lado de una
mesa a unos seis u ocho metros de distancia, transcribiendo una cinta magnetofónica.
Distinguía los huesos de sus caderas debajo del vestido, e inmediatamente comprendí
que era el momento de Chasquear. Todavía tiene el bolso colgado del hombro. Su
vello púbico es muy negro y agradable de ver; hay montones y montones de pelo. Si
no supiera cómo se llama, probablemente ahora le abriría el bolso y me enteraría de
su nombre, pues ayuda saber el nombre de una mujer a la que desnudo. Por otra parte,
hay algo muy excitante, casi conmovedor, en echar una ojeada al permiso de conducir
de una mujer sin que ella lo sepa; examinar atentamente la foto y preguntarse si a ella
le gustó o la hizo sentirse desgraciada cuando se lo dieron por primera vez en la
Jefatura de Tráfico.

ebookelo.com - Página 6
Pero sé el nombre de esta mujer. He pasado a máquina algunas de sus cintas
magnetofónicas. El modo en que habla cuando dicta es más suelto que el que usan los
demás empleados del departamento de créditos; ocasionalmente usa frases como
«maquillarlo» o «tragárselo» o «darle la parada», que uno muy raramente encuentra
en las actualizaciones crediticias de los bancos regionales grandes. Uno de sus
dictados más recientes terminaba con algo así como «Kyle Roller señaló que lleva
manteniendo relaciones comerciales con los susodichos desde 1989. El volumen
desde entonces ha sido de 80 000 dólares. Subrayó que sus servicios estaban por
debajo de la media. Indicó que mantendría en suspenso negocios posteriores con ellos
porque le habían mentido como demonios. Indicó que no quería que se volviera a
mencionar su nombre a los hermanos Pauley. Esta información le fue facilitada a
Joyce Collier el…»; y entonces decía la fecha. Como prosista, tal vez no sea
Penelope Fitzgerald, pero uno aprecia cierto hálito de vida en esos informes, y
admitiré que noto que me atraviesa una flecha cuando la oigo decir «mentido como
demonios».
Un día de la semana pasada, Joyce llevaba puesto este mismísimo vestido gris
azulado que le destaca las caderas. Dejó una cinta magnetofónica para que la pasara y
me dijo que le gustaban mis gafas, y desde entonces ando como loco detrás de ella.
Me sonrojé, le di las gracias y le dije que me gustaba su pañuelo de cuello, que de
hecho era un pañuelo muy bonito. Tenía todo tipo de dorados, negros y amarillos, y
unos caracteres cirílicos que parecían formar parte del diseño. Ella dijo:
—Muchas gracias, también a mí me gusta.
Y me sorprendió (nos sorprendió a los dos, probablemente) el que se lo quitara
del cuello y lo deslizara lentamente entre los dedos. Le pregunté si se trataba de
caracteres cirílicos lo que estaba viendo, y ella dijo que sí, que lo eran, encantada por
la atención que prestaba yo, pero dijo que le había preguntado a un amigo suyo que
sabía ruso que se los tradujera y que ese amigo le había dicho que no significaban
nada, que solo eran una mezcolanza de letras.
—Mejor —dije yo, un tanto estúpidamente, deseoso de demostrar que no me
importaba en absoluto que mencionara a un amigo del sexo masculino.
—El que lo diseñó eligió las letras por la belleza de su forma…, no intentó hacer
como que conocía el idioma utilizando una palabra de verdad.
El momento amenazó con adquirir un carácter de coqueteo más intenso del que
ninguno de los dos queríamos. Me apresuré a que lo superáramos preguntándole para
cuándo quería que le transcribiese la cinta. (A propósito, yo soy eventual).
—No hay mucha prisa —dijo Joyce. Se puso otra vez el pañuelo y nos volvimos a
sonreír cálidamente uno al otro antes de que ella se fuera. Me pasé todo ese día muy
contento porque me hubiera dicho que le gustaban mis gafas.
Es probable que Joyce no desempeñe un papel importante en este relato de mi
vida. Me he enamorado de muchas mujeres, muchas veces, puede que cien o ciento
cincuenta veces; también he desnudado a mujeres muchas veces: no hay nada

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especialmente anormal en esta circunstancia dentro de la cual estoy instalado en la
actualidad. Lo único que no es habitual es que esta vez estoy escribiendo sobre ella.
Sé que hay miles de mujeres en el mundo por las que potencialmente podría sentir
amor tal y como ahora lo siento hacia Joyce; lo que sucede es que ella trabaja en esta
oficina del departamento de créditos locales del MassBank en la que casualmente yo
trabajo como eventual durante unas cuantas semanas. Pero en eso reside lo extraño de
lo que se espera que uno haga en la vida; se supone que uno olvida que hay cientos de
ciudades, cada una de ellas llena de mujeres, y que es altamente improbable que haya
encontrado la que le resulta perfecta. Simplemente se supone que uno tiene que ligar
con la mejor de las que conoce y le pueden atraer, y de hecho lo hace encantado; uno
siente que el amor que dirige hacia esa mujer que ha elegido no se otorga
arbitrariamente.
Y fue valiente y amistoso por parte de Joyce el alabar de aquel modo mis gafas.
Siempre me derrito de modo instantáneo cuando me alaban objetos sobre los que en
privado tengo dudas. Me tuve que poner gafas por primera vez el verano después de
cuarto grado. (A propósito, el de cuarto grado fue también el año en que por primera
vez disparé el Pliegue; mis poderes temporales siempre han estado relacionados de un
modo que no pretendo entender con mi sentido de la vista). Las llevé
permanentemente hasta hace unos dos años, cuando decidí que debería probar con las
lentillas. Tal vez todo fuera diferente si me ponía lentillas. Conque me hice con unas,
y disfruté con el ritual de cuidar de ellas, de cuidar de una pareja de gemelas
exigentes a las que constantemente había que bañar y cambiar. Me gustaba rociarlas
con agua salada, y mantener una de ellas dentro de una gota de agua en la yema del
dedo y admirar su curvatura Saarinenesca, y cuando la doblaba por la mitad y frotaba
contra sí misma su superficie ligeramente viscosa para quitar los depósitos de
proteínas, recordaba con frecuencia las satisfacciones que proporciona el hacer
tortillas en las sartenes Teflon. Pero, aunque como pasatiempo resultaran
satisfactorias, aunque estuviera tan entusiasmado al abrir la limpiadora centrífuga que
encargué para ellas como lo hubiera estado de haber comprado un tostador
automático de pan o un nuevo tipo de utensilio sexual, interferían con mi apreciación
del mundo. Podía ver cosas a través de ellas, pero no me resultaba agradable mirar
las cosas. El campo de visión de mis procesadores ópticos estaba siendo inundado
con mensajes de «hay un intruso en tu pupila», de modo que una gran cantidad de las
informaciones visuales incidentales recibidas por mi retina era sencillamente incapaz
de penetrar. No disfrutaba viendo cosas de las que se supone que uno evidentemente
debe disfrutar, como pasear por un parque un día de viento observando cómo las
carteras de la gente se agitan entre sus brazos.
Al principio pensé que merecía la pena privarse de la belleza del mundo con
objeto de ofrecer un mejor aspecto ante el mundo: de hecho, resultaba más guapo sin
gafas; la elegante cicatriz de mi ceja izquierda, donde me corté con un trozo de
aluminio, resultaba más evidente. Una chica a la que conocía (y cuya ropa quité) solía

ebookelo.com - Página 8
cantar en voz baja en el instituto Il faut souffrir pour être belle, con una melodía de su
propia invención, y yo me tomé en serio aquel precepto oído por casualidad; deseaba
entenderlo no solo en el sentido estricto de cepillarse el pelo con dolor o (digamos)
depilarse las cejas o hacerse una liposucción, sino en el sentido más amplio de que el
sufrimiento convierte la belleza en arte, de que el artista tiene que sufrir penas y
privaciones con objeto de proporcionar belleza a su público. De modo que continué
llevando lentillas aunque cada parpadeo fuera un seco tormento. Pero entonces
advertí que mi escritura a máquina también se resentía; así que, dado que soy
eventual y que el escribir a máquina es mi modo de ganarme la vida, realmente tenía
que poner un límite. En especial, cuando escribía números a máquina, mi porcentaje
de errores iba en aumento. (Una vez pasé quince días sin hacer otra cosa que escribir
a máquina números de seis cifras). La gente empezó a devolver tablas contables que
había hecho yo con números mal mecanografiados rodeados de círculos en rojo y la
pregunta: «¿Te encuentras bien hoy, Arno?». Además, advertí que las lentillas hacían
que me sintiera, al igual que me suele ocurrir con el ruido fuerte y continuado de una
fábrica, a tres metros de distancia de quienes me rodeaban. Las lentillas me aislaban,
aumentando, en lugar de ayudarme a librarme de ella, mi… bueno, supongo que es
apropiado llamarla mi soledad. Echaba en falta las agudas esquinas de mis gafas, que
me habían ayudado a abrirme camino hacia la sociabilidad; habían formado parte de
lo que yo consideraba que era mi expresión característica.
Cuando hoy empecé, no tenía intención de ocuparme de todo esto sobre las gafas.
Pero guarda relación. Me encanta mirar a las mujeres. Me encanta poder verlas con
claridad. En especial me encanta estar en la situación en la que estoy en este preciso
momento, que no es el mirar a Joyce, sino más bien el pensar en el hecho asombroso
de que puedo alzar la vista de esta página en cualquier momento y mirar cualquier
parte de su cuerpo que me atraiga, durante todo el tiempo que quiera, sin molestarla o
inquietarla. Joyce no lleva gafas, pero mi exnovia Rhody sí las llevaba; y en un
determinado momento comprendí que si a mí me gustaban las mujeres con gafas, que
me gustan muchísimo, a lo mejor las mujeres soportarían mis gafas. Con las mujeres
desnudas, las gafas funcionan para mí del modo en que los zapatos de tacón o el
tatuaje de una serpiente o un brazalete en el tobillo o un lunar falso funcionan para
otros hombres; hacen que la desnudez se destaque; hacen que las mujeres parezcan
más desnudas de lo que habrían parecido si estuvieran completamente desnudas.
Además, quiero estar completamente seguro de que la mujer puede ver cada
centímetro de mi butifarra con completa claridad, y si lleva puestas unas gafas sé que,
si quiere, puede hacerlo.
El momento decisivo llegó de verdad cuando pasé la noche con una mujer, una
jefe de sección, que —en cualquier caso, creo— mantuvo relaciones sexuales
conmigo antes de lo que le apetecía, simplemente para evitar que me fijara en el
hecho de que sus lentillas la estaban molestando. Era muy tarde, pero creo que ella
quería hablar algo más, y sin embargo (esta es mi teoría) se apresuró a dedicarse al

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sexo porque la estrecha intimidad, según su modo de pensar, que suponía el aparecer
ante mí con las gafas puestas solo era posible después de la menos estrecha intimidad
de follar conmigo. En varias ocasiones, mientras hablábamos, estuve a punto de decir,
dado que sus ojos parecían de un infortunado color rosa:
—¿Te quieres quitar las lentillas? Yo me quitaré las mías.
Pero no lo hice, pues pensé que sería como una especie de condescendiente: «Lo
sé todo de ti, pequeña, tus ojos inyectados en sangre te delatan». Probablemente
hubiera debido decirlo. Unos días después de eso, sin embargo, volví a ir al trabajo
con gafas. Mi porcentaje de errores disminuyó inmediatamente. Me sentí más
contento de inmediato. En especial, reconocí la importancia crucial de las bisagras de
las gafas para mi placer en la vida. Cuando abro mis gafas por la mañana antes de
ducharme e ir al trabajo, soy algo así como un turista excitado que acaba de
levantarse de la cama de su hotel el primer día de vacaciones: acabo de abrir una
cristalera que da a una terraza soleada con vistas a lo que sea: embarcadero, bahía,
valle, aparcamiento. (¿Cómo pueden no gustarle a la gente las vistas sobre los
aparcamientos de los moteles a primera hora de la mañana? Los nuevos y más
delicados colores de los coches, los verdes azulados y los grises más cálidos, y la
sensación de que todos esos conductores están igualados por la democracia del sueño
y de que los cristales y los capós de ahí fuera están fríos e incluso cubiertos de rocío,
crean una de las visiones más sugerentes que puede ofrecer la vida a las nueve de la
mañana). O a lo mejor no son únicamente las bisagras de las cristaleras. A lo mejor
creo que las bisagras de mis gafas son las articulaciones de las caderas de una mujer:
sus largas y elegantes piernas abiertas y cabalgando sobre mi cabeza el día entero.
Una vez le pregunté a Rhody si le gustaba el cosquilleo de la montura de mis gafas en
el interior de sus muslos. Ella dijo:
—Normalmente entonces no llevas las gafas puestas, ¿o no?
Admití que era cierto. Rhody dijo que a ella no le gustaba cuando yo llevaba las
gafas puestas porque quería que mi visión de su vagina abierta fuera más Sisley que
Richard Estes.
—Pero a veces me gusta notar tus orejas en los muslos —concedió—. Y si te
sujeto con fuerza las orejas con los muslos, puedo hacer más ruido sin la sensación de
que me estoy pasando.
Rhody era una buena, buenísima persona, y probablemente no debería haber
intentado hacer alusión delante de ella, ni siquiera de modo indirecto, a mis
experiencias en el Pliegue, pues encontró repelente lo poco que le conté de la
Fermata; su conocimiento del asunto contribuyó a nuestra ruptura.
¡Bien! Creo que he establecido que hay una historia emocional con respecto a que
yo lleve gafas. De modo que al decir que a ella le gustaban, a la espigada Joyce —que
ahora, mientras estoy sentado escribiendo esto, se eleva sobre mí en un estado de
semidesnudez—, estaba sin duda alguna diciendo lo adecuado si es que a ella le
interesaba llegarme al corazón, lo que probablemente no pretendía. Hay que tener

ebookelo.com - Página 10
mucho cuidado al alabar a un eventual de treinta y cinco años que no ha conseguido
nada en la vida.
—¡Hola, soy el eventual!
Eso es lo que les digo normalmente a las recepcionistas el primer día de trabajo;
esa es la palabra que uso, porque es una palabra que usa todo el mundo, aunque pasó
mucho tiempo antes de que yo dejara de pensar que era espantosa. Llevo de eventual
más de diez años; desde que me gradué. El motivo por el que no he hecho nada con
mi vida es sencillamente que mi capacidad para entrar en el Pliegue (o «apretar el
embrague» o «encontrar la Grieta» o «tomar un día para mí» o «instar una
Desestimación») va y viene. Yo valoro la capacidad, que sospecho que no está muy
extendida, pero como no la tengo de modo consistente, porque se desvanece sin
previo aviso y no regresa hasta meses o años después, he quedado atrapado en una
especie de molesto ciclo de Kondratieff de auge y hundimiento. Cuando quedo sin el
poder, me limito a existir, hago lo mínimo que tengo que hacer para ganarme la vida,
porque sé que en cierto sentido todo lo que quiero conseguir (y soy una persona con
ambiciones) se puede posponer infinitamente.
Haciendo un cálculo aproximado, creo que probablemente solo he pasado un total
de dos años de tiempo personal en el Pliegue, si uno suma los minutos u horas
individuales, puede que incluso menos; pero han sido algunos de los momentos
mejores, de los más vivos, que he tenido. Mi vida me recuerda el problema de las
ganancias sobre el capital de los impuestos, según leí una vez en un artículo de
opinión de un periódico: si los legisladores siguen cambiando, o incluso prometiendo
cambiar, los porcentajes de las ganancias sobre el capital, derogando y restableciendo
los impuestos, el inversor racional empezará a fundamentar sus decisiones con
respecto a la inversión, no en las leyes tributarias existentes, sino en la seguridad del
cambio, lo que canaliza (argumentaba convincentemente la persona que escribió el
artículo) de un modo destructivo la circulación del capital. Lo mismo pasa conmigo
durante esos periodos en los que espero la recuperación de mi capacidad para detener
el tiempo; pienso: ¿Por qué leer a Ernest Renan o aprender álgebra de matrices ahora,
si, cuando sea capaz de hacer un Parón otra vez, podré pasar horas privadas, incluso
años, satisfaciendo cualquier curiosidad intelectual fugaz mientras el mundo entero
espera por mí? Siempre me puedo poner al día. Ese es el problema.
La gente en cierto modo queda desconcertada cuando aparezco por primera vez
en su despacho —¿Qué hace de eventual un tipo que ya no es joven, que tiene treinta
y cinco años? A lo mejor cuenta con un pasado de delincuente o a lo mejor ha perdido
una década drogándose, o: ¿no será Artista?—. Pero, al cabo de uno o dos días, se
adaptan, pues soy un mecanógrafo bastante eficiente y de buen carácter, familiarizado
con la mayor parte de los sistemas de software que se usan habitualmente (y también
con algunos de los olvidados, como el nroff, Lanier, y NBI, y los buenos y antiguos
sistemas DEC), y soy extraordinariamente competente en lo de leer una caligrafía
complicada y en lo de añadir la puntuación que los que dictan olvidan en su fiebre

ebookelo.com - Página 11
creativa. Muy de vez en cuando utilizo mis Pliegue-poderes con objeto de admirarlos
a todos con mi aparente velocidad para escribir a máquina, transcribiendo una cinta
de dos horas en solo una hora y ese tipo de cosas. Pero tengo cuidado en no
admirarlos demasiado a menudo y convertirme en un eventual legendario, pues se
trata de mi gran secreto y no quiero ponerlo en peligro; es lo que hace que mi vida
merezca ser vivida. Cuando alguna de las personas más inteligentes de una
determinada oficina hace preguntas educadas y penetrantes para tratar de sonsacarme,
a menudo miento y le digo que soy escritor. Casi resulta divertido ver cómo les alivia
contar con un modo de explicarse a sí mismos mi bajo estatuto laboral. Tampoco es
una mentira tan grande, porque, si no hubiera desperdiciado tanto mi vida a la espera
de la siguiente Fermata-fase, muy probablemente ya habría escrito algún tipo de
libro. Y he escrito unas cuantas cosas más breves.
Estoy escribiendo esto con una máquina de escribir electrónica portátil porque no
quiero arriesgarme a meter nada de esto en el banco de datos de LAN. Las redes
locales se comportan de modo irregular en el Pliegue. Cuando mi túnel carpiano
empeora, utilizo una máquina de escribir manual para mis escritos privados; parece
que ayuda. Pero no tengo que hacerlo necesariamente: las pilas y la electricidad
funcionan en el Pliegue; de hecho, todas las leyes de la física se siguen manteniendo,
que yo sepa, pero solo mientras las pueda reactivar. El modo mejor de describirlo es
que justo ahora, porque he chasqueado los dedos, todos los acontecimientos de todas
partes están en un estado de suspensión como un gel. Yo me puedo mover, y las
moléculas de aire se abren para dejarme pasar, pero lo hacen con cierta resistencia, a
disgusto, y cuanto más lejos de mí están esos objetos, están en pausa de modo más
completo. Si alguien conducía una moto cuesta abajo antes de que yo hubiera
detenido el tiempo hace «media hora», el conductor permanecerá inmóvil en su
vehículo a menos que yo me acerque a él y le dé un empujón; en cuyo caso se caerá,
pero de un modo más lento que si cayera en un universo que no se encontrara en
pausa. El conductor de la moto no emprenderá el descenso de la cuesta a la velocidad
a la que iba, se limitará a caer. Solía tener la tentación de hacer volar pequeños
aviones en el Pliegue, pero no soy tan estúpido. Volar, con todo, es categóricamente
posible, cuando la pausa del tiempo se produce en un avión en vuelo. El mundo se
mantiene detenido exactamente como está excepto donde yo intervengo en él, y
durante la mayor parte de las veces intento ser lo más discreto posible; tan discreto
como me deja ser mi lujuria. Esta máquina de escribir, por ejemplo, lleva lo que yo
escribo a la página porque el acto de apretar una letra hace que causa y efecto
funcionen de modo local. Se completa un circuito, un poco de electricidad sale de las
pilas, etcétera. Sinceramente no sé hasta dónde se extienden las distorsiones de la
intemporalidad temporal que yo creo. Sé con seguridad que durante una Fermata la
piel de una mujer tiene un tacto suave cuando es suave, caliente cuando está caliente;
su sudor tiene un tacto caliente cuando está caliente. Es una especie de poder como el

ebookelo.com - Página 12
del rey Midas a la inversa lo que tengo mientras estoy en el Pliegue; el mundo queda
inerte y como estatuario hasta que yo lo toco y hago que viva de modo normal.
Tuve esta idea de escribir la historia de mi vida dentro de una típica experiencia
cronanística justo ayer. Es casi increíble pensar que haya estado haciendo Parones
desde cuarto grado y sin embargo nunca haya hecho el esfuerzo de escribir sobre ello
precisamente cuando estaba pasando. Llevé un diario durante un tiempo mientras iba
al instituto y la universidad; fecha y hora del Parón, lo que hice, cuánto duró en
minutos u horas o días personales (pues, si lo sacudo, durante el Pliegue, un reloj
normalmente se vuelve a poner en marcha, de modo que puedo medir fácilmente
cuánto he estado ausente), si aprendí algo nuevo o no, y cosas así. Se diría que, si una
persona pudiera detener el mundo y apearse, como puedo yo, se le ocurriría con
bastante facilidad detener el mundo con objeto de dar cuenta con cierto cuidado de lo
que se siente al detener el mundo y apearse, en provecho de los curiosos. Pero ahora
veo, incluso a estas alturas de mi primera Fermata autobiográfica, por qué nunca lo
hice con anterioridad. Es triste decirlo, pero resulta igual de difícil escribir durante
una Fermata que en el tiempo real. Uno debe ordenar todas las cosas que tiene que
contar una por una, cuando lo que uno quiere, claro, es contarlas todas a la vez. Pero
voy a hacer un intento. Ya tengo treinta y cinco años, y he hecho muchas cosas, por lo
general malas, con ayuda del Pliegue (incluyendo, a propósito, el recitar «Poema en
su cumpleaños», de Dylan Thomas, aparentemente de memoria, en la sesión final de
un curso sobre poesía lírica moderna en la universidad: es un poema más bien largo,
y todas las veces en que el nerviosismo hacía que se me olvidara un verso, me
limitaba a detener el tiempo accionando el interruptor de mi Pervertidor Temporal —
que es como llamaba al mando a distancia para abrir la puerta del garaje modificado
que utilizaba en aquellos días— y refrescaba la memoria echando una ojeada a una
copia del texto que tenía en mi bloc de notas, y nadie se daba cuenta); y si ahora no
escribo algunas de esas aventuras privadas, sé que lo voy a lamentar.
Precisamente ahora he hecho girar mi asiento con objeto de volver a
sorprenderme con la visión del vello púbico de Joyce. Me asombra de verdad el que
pueda hacer esto, incluso después de todos estos años. Ella caminaba a unos nueve
metros de mi mesa de trabajo, más allá de una extensión de espacio vacía, con unos
papeles en la mano, camino del cubículo de alguien, y mi mirada se limitó a salir
disparada hacia ella, pasando limpiamente, sin ondulaciones, a través de las gafas que
ella había alabado, estimulada por tener que pasar a través de la intervención óptica
de algo en lo que ella se había fijado y le había gustado. Fue como si yo viajara a lo
largo del arco de mi visión y la alcanzara visualmente. (Sin la menor duda, en esto
hay algo de aquellas teorías medievales de la visión sobre que el ojo lanza rayos). Y
en el momento mismo en que mi ser visual la alcanzó, ella dejó de andar durante un
segundo, para comprobar algo de uno de los papeles que sujetaba, y cuando bajó la
vista quedé aturdido por el simple hecho de que hoy lleva el pelo trenzado.

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Se lo ha dispuesto en lo que creo que se llaman trenzas francesas. Cada uno de los
sólidos mechones de su pelo alimenta la solidez global de la trenza, y toda la
estructura queda trenzada como parte de su cabeza, igual que un conjunto de
brillantes vértebras externas. Estoy impresionado de que las mujeres sean capaces de
conseguir arreglarse el pelo de ese modo tan complicado, sin demasiados mechones
sueltos, sin ayuda, por la mañana, al tacto. Las mujeres están mucho más en contacto
con su propia espalda que los hombres: pueden llegar más arriba por su propia
espalda, y hacen diariamente eso para soltarse el sostén; pueden ponerse horquillas y
trenzarse el pelo; pueden mantener los faldones traseros de sus blusas metidos dentro
de sus faldas. Tienen idea de cómo se les transparentan por la parte de atrás los
bordes de las bragas por debajo de sus pantalones sin bolsillos. («Braguitas» es una
palabra que considero que hay que evitar). Pero las trenzas francesas, en las que tres
soguillas se hunden suavemente una sobre otra y salen a la superficie en un elegante
entrecruzamiento continuo, son la consecuencia más bella e impresionante de este
sentido del espacio dorsal. En cuanto vi las trenzas de Joyce, comprendí que era hora
de detener el tiempo. Necesitaba sentir la solidez de sus trenzas, y su cabeza debajo
de ellas, en la palma de mi mano.
Total, que en cuanto ella echó nuevamente a andar, chasqueé los dedos. Este es mi
método más reciente de entrar en el Pliegue, y uno de los más sencillos que he sido
capaz de inventar (mucho más elemental que mi técnica previa de fórmulas
matemáticas, o la de coser callos, por ejemplo, de las que me ocuparé después). Ella
no oyó el chasqueo, solo lo oí yo; el universo se detiene en un punto indeterminado
justo antes de que mi dedo medio golpee contra la base de mi pulgar. Aparté mi
máquina de escribir Casio y me dirigí rápidamente hacia ella en mi asiento. (No
avanzo de espaldas, avanzo hacia delante, lo que no es nada fácil de hacer sobre una
moqueta, porque es difícil conseguir la tracción adecuada. Quería mantener mis ojos
clavados en ella). Joyce estaba dando un paso. Me estiré hacia adelante y puse las
manos en los huesos de sus caderas. Se notaba como si hubiera cachemira o algo
agradable en la lana, y fue delicioso notar los huesos de sus caderas a través de la
suave tela, y ver a mis manos formar un ángulo para seguir la curva de su cintura, que
el vestido mantenía oculta hasta cierto punto. A veces, cuando toco por primera vez a
una mujer en el Pliegue, tenso los brazos hasta que estos vibren, de modo que
continúo recibiendo a través de los nervios la forma de lo que esté bajo las palmas de
las manos como una información nueva. Nunca sé exactamente lo que haré durante
un Parón. Para quitarme su vestido de delante, alcé delicadamente el suave borde de
abajo por encima de sus caderas y formé dos especies de alas, haciendo un gran nudo
con ellas. Había parecido como si Joyce tuviera una pequeña tripa con el vestido
bajado (esto puede ser un toque sexy, creo, en algunas mujeres), pero si la tenía,
desapareció o perdió definición en cuanto tiré para abajo de su panty y sus bragas lo
más que pude, que no fue tanto porque tenía las piernas separadas al andar. (Además,
antes de bajarle su panty, que es de un color azul humo, toqué un óvalo de su piel a

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través de una carrera que tenía en la parte más oscura de la parte de arriba del muslo).
Y entonces tuve esa visión que ahora tengo ante mí, la de su vello púbico.
Normalmente no soy un obseso del vello púbico; de hecho, no tengo fetiches
concretos, o no lo creo, porque cada mujer es diferente, y uno nunca sabe qué rasgo
particular o qué transición entre los rasgos va a atraerle y hacerle exclamar: «Mira
esto… ¡Nunca antes habías pensado exactamente sobre esto!». Cada mujer sugiere
sus propios fetiches. Y no es que Joyce tenga una lujuriosa fronda vaginal o una
explosiva mata chuminera; de hecho, su pelo no es más espeso que el de la mayoría.
Lo que pasa es que cubre una zona más extensa, quizá, y que su negrura brilla; su
borde curvado le llega un poco más arriba del estómago. ¿Un poco? ¿Qué estoy
diciendo? Es del tamaño de Sudamérica. Pensar que podría haberme muerto y no ver
esto; que podría haberme decidido por un empleo eventual distinto cuando Jenny, mi
coordinadora, me habló de los que podía elegir hace unas cuantas semanas. Lo que
resulta excitante de su extensión es posiblemente que, debido a que llega más arriba
que el vello púbico de otras mujeres, se hace más y menos sexual al mismo tiempo; la
jerga para eso, como «pelo del chumino» o «pelo del coño» (me resisto a esas dos
expresiones excepto cuando estoy a punto de correrme), no se aplica, porque no es,
hablando estrictamente, vello «púbico» en absoluto; sus límites alcanzan las
amorosas zonas abdominales, de modo que amor y sexo se mezclan. Yo quería tocar
esa elasticidad densa y lujuriosa de sisal, que hace que toda la parte de encima de las
caderas de su cuerpo resulte extraordinariamente llena de gracia. Es una especie de
vestido de cóctel negro debajo del que late su clítoris-corazón; tiene mucha dignidad.
Pero, en lugar de agarrárselo de inmediato, me privé de su visión durante unos
momentos y puse suavemente la mano en sus trenzas, que eran frías y espesas, suaves
y densas, una idea totalmente distinta de pelo, tan distinta que es extraño pensar que
los dos tipos de pelo compartan el mismo mundo, pero que sigue la curva de su
cabeza del mismo modo que su vello púbico sigue la curva de su montículo-hueso, y
cuando noté la sensación de las trenzas francesas hundiéndoseme en la palma de la
mano, que reclama formas y texturas sexuales, entonces continué y encogí los dedos
de mi otra mano en torno a los pelos de aquel alimento tan sazonado, conectando los
dos puñados de sabrosas proteínas cultivadas en casa con los brazos, y tuve la
sensación de que estaba haciéndole un puente a un coche; los carburadores gemelos
de mi corazón rugieron llenos de vida. Eso es todo lo que hice, luego me puse a
escribir esto a máquina antes de que se me olvidara la sensación. Tal vez sea todo lo
que haga. ¡Aquel vello púbico sexy, sexy! Ahora me doy cuenta de que sus contornos
son parecidos a los del sillín negro de una bicicleta: un sillín negro de cuero de una
bicicleta de carrera. ¿Será por eso por lo que los tristes olisqueadores de los relatos
cómicos olfatean los sillines de bicicleta de las chicas? No, para ellos no se trata de la
forma, se trata del hecho de que el sillín ha estado entre las piernas de una chica. Son
patéticos de verdad. Y yo no siento inclinación por compartir compulsiones distintas

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a las mías. Me gustaría, con todo, que la correspondencia entre el vello púbico y los
estrechos sillines de cuero negro de las bicicletas no les perteneciera solo a ellos.
De acuerdo, creo que por ahora ya es suficiente. He estado en el Pliegue durante,
vamos a ver, casi cuatro horas, he escrito ocho páginas a un solo espacio, y el
problema es que, si me quedo demasiado tiempo, mañana tendré jet-lag, pues de
acuerdo con mi reloj interno serán cuatro horas más tarde de lo que son.
Normalmente no paso tanto tiempo en un Parón. Voy a volver a ponerle la ropa a
Joyce en orden y a alisarle el vestido (nunca le habría hecho un nudo si llevara puesto
un vestido de algodón porque las arrugas se notarían demasiado y le sorprenderían), y
voy a regresar a mi mesa de trabajo y terminar la jornada. Lo bueno es que si ella me
trae una cinta para pasar esta tarde a última hora, estaré mucho más relajado y en
consecuencia más atractivo que si no la hubiera desnudado parcialmente sin su
conocimiento o consentimiento. Bromearé deliberada y seductoramente con ella.
Alabaré su pañuelo de cuello de hoy; que no es, sinceramente, en absoluto tan bonito
como el cirílico. (A lo mejor, cuando esta mañana se estaba vistiendo, se puso este
vestido de punto y entonces se acordó de que yo había alabado su pañuelo, y a lo
mejor pensó que ponérselo otra vez podría ser un sí demasiado directo por su parte;
pero también puede ser que el motivo por el que llevaba otra vez el mismo vestido
fuera que le había gustado mi alabanza a su pañuelo y quería aludir a esa alabanza
indirectamente llevando el mismo vestido con otro pañuelo). Este nuevo tiene un
diseño Liberty de grises y verdes, y sin duda merece una sonrisa e incluso un simple
gesto de que me he fijado en él. Pero no quiero caer en uno de esos espantosos
rituales en los que tengo que hacer mención de sus pañuelos de cuello cada vez que
lleva puesto uno.
La otra cosa que debería decir es que, en condiciones normales, probablemente
pensaría seriamente en «hacerme una pera» en este punto, pero como he escrito todo
esto, y como esto, creo yo, va a ser el comienzo de mi autobiografía, no puedo. ¡Qué
sorpresa, con todo, encontrar que esta máquina de escribir Casio hace de carabina! (A
lo mejor acabo haciéndomela, pero sin mencionarlo).

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2

NACÍ con un nudo en el cordón umbilical, un sencillo nudo como un lazo de


hojaldre. Dudo que este detalle de mi nacimiento tenga nada que ver con mis
posteriores cronanismos, pero lo anotaré aquí solo por si acaso tiene que ver. Estoy
orgulloso de haber puesto a funcionar art-nouvescamente de inmediato a los muebles
funcionales de mi residencia intrauterina. En cierto modo, fui capaz de formar un lazo
y luego nadar a través de él. Me hice un nudo a mí mismo. Como muchos niños
prodigio, sin embargo, me eché a perder pronto. La Fermata, que se desplegó ante mí
por primera vez en cuarto grado, ha sido una distracción de toda la vida. He querido
mantenerla en secreto, y por consiguiente se ha tragado grandes partes de mi
personalidad. Pero espero que esto cambie ahora.
Una vez, a continuación de una larga calma, encontré un modo de volver al
Pliegue tras golpearme la cabeza cinco o seis veces contra un parquímetro en
Filadelfia. Tenía trece o catorce años. Nos alojábamos en el hotel Barclay; como una
excepción, se me permitió tomar algo de vino rebajado con agua en el almuerzo.
Tomé más de lo que advirtieron los adultos y me encontré comportándome
alocadamente en la calle durante nuestro paseo vespertino. Eché a correr y me
escondí entre dos coches, con intención de surgir de improviso y asustarlos a todos.
Me incorporé de un salto, gritando «¡Uuuh!». Pero mi boca y un lado de la cara se
encontraron con un parquímetro que había olvidado que estaba allí. La colisión
provocó un tremendo retumbar de huesos en el interior de mi cabeza. Al aparato solo
le quedaba un minuto o dos, me fijé, tambaleándome; el bocadillo de tebeo en fondo
rojo diciendo EXPIRÓ estuvo a punto de aparecer. Vi unas formas como de
diamantes dando vueltas que podrían haber quedado muy bonitas en papel de
envolver de Wiener Werkstätte. Veinte minutos más tarde, mientras la cama hacía
ochos chapuceros por la habitación del hotel (donde me habían dejado para que
convaleciera), pellizqué mi hinchado labio y noté que todo el ruido del tráfico se
interrumpía. Comprendí que estaba en el Pliegue. Bajé hasta el inmóvil bar del hotel
y entré en la cocina y comí dos gambas enormes que un cocinero inmóvil, o el
ayudante de un cocinero, tenía en la mano mientras preparaba un cóctel de gambas.
Me asombró lo bien que sabía la salsa del cóctel. Chupeteé un trozo de lima y lo tiré a
un cubo de detrás de la barra. Me sentía estabilizado. Salí al vestíbulo, me senté en un
sofá junto a una mujer y olisqueé el cuello de su abrigo. Al principio pensé que olía
como a escabeche, pero luego me di cuenta de que olía como a humo de pitillo, y
quedé muy sorprendido al pensar que el escabeche y el humo de cigarrillo eran olores
afines. (¿Es lo que la gente quiere decir al hablar de un olor «acre»?). Luego volví
arriba y me pellizqué el labio otra vez del mismo modo que había hecho antes, un
poco a la derecha del centro, hasta que me dolió mucho, para volver a activar al hotel

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Barclay y al resto del planeta, y me dormí. Todavía siento desagrado por haber
robado aquellas gambas; y no solo por el robo, sino porque el ayudante de cocina
puede que se haya sentido inquieto hasta hoy por aquella rareza tan sin importancia
de hace tantos años, cuando tenía una gamba en cada mano y de repente habían
desaparecido.
Pues bien; fue un típico Parón de los primeros. Sé que probablemente podría
hacer un uso de mi don mucho mejor del que hago. Para mí solo es una ayuda sexual.
Otros podrían hacer uso de él de modo más avaricioso o intelectual: secretos del
gobierno, espionaje tecnológico, etcétera. Seguramente unos cuantos individuos han
desarrollado esta habilidad a lo largo de los siglos, utilizándola para reforzar su poder
o liquidar a enemigos. J. S. Bach, por ejemplo, no habría podido terminar una cantata
en una semana sin alguna especie de trucos temporales: probablemente tenía setenta y
cinco años cuando murió, no sesenta y cinco, pero había tomado de prestado la última
década de su vida, agotándola poco a poco en Parones anteriores. No hace mucho,
estaba yo leyendo la autobiografía de Cardano, para ver cómo hay que escribir la
propia autobiografía (¡es más difícil de lo que creía!), y en un determinado momento
tuve la sospecha de que él había descubierto un modo de entrar en el Pliegue pero que
no iba a revelarnos ese hecho. Algo que decía sobre que prefería la soledad es lo que
me alertó. Decía: «Cuestiono el derecho a que se nos haga perder el tiempo. La
pérdida de tiempo es una abominación». En mi lugar, algunos dejarían fijo el tiempo
y harían trampa en sus exámenes orales de doctorado o simplemente cogerían dinero
de las cajas registradoras abiertas. Hacer trampas y robar, sin embargo, no me tientan.
O a lo mejor es que creo que está mal hacer trampas y robar, y por eso no hago
esas cosas. Cuando hace unos años necesitaba desesperadamente dinero y encontré
un modo de entrar en el Pliegue escribiendo una determinada fórmula matemática en
un trozo de papel, pensé seriamente en hacer un recorrido por la ciudad robando un
dólar de cada caja registradora abierta. Me habría llevado meses reunir unos miles de
dólares, de modo que en cierto sentido habría tenido que trabajar para reunirlos, y
habría estado robando una cantidad insignificante de cada tienda. Pero encontré que
había algo horrible en la sensación de sacar un billete de dólar que no era mío de
debajo de esa abrazadera con un muelle que lo mantenía sujeto con los de su misma
especie. En aquello había miseria, no emoción. Me encontraba detrás del mostrador
de guantes del Filene’s tratando de robar mi primer dólar y no lo podía hacer. En
lugar de eso, me quedé quieto detrás de la inmóvil vendedora de guantes, una mujer
de veinte años o así, muy cerca de ella, y la apreté con fuerza, de modo que imaginé
que podía notar los pequeños quistes de sus pechos además de las costillas de debajo
de su blusa. (Siempre encuentro que me sienta bien abrazar a una mujer así, porque
cuando noto sus costillas sé que es humana. Las costillas inspiran piedad y ternura y
la sensación de que todos estamos en el mismo barco a la deriva). Era italiana, creo, y
parecía como si hubiera seguido unos cuantos cursos en un instituto de estética y su
sentido estético natural hubiera salido dañado de la experiencia. Llevaba un gran

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anillo de compromiso con un diamante oblongo. Era una persona a la que nunca
atraería físicamente alguien como yo, lo mismo que yo nunca sería atraído
físicamente por una persona como ella. Esta incompatibilidad absoluta me hizo capaz
de sentir un impulso de simpatía momentánea hacia ella que fue casi como un
enamoramiento.
Empujé el anillo de su dedo adelante y atrás. (Tenía las uñas cortas, pero pintadas;
¿cortas porque le gustaba probarse los guantes que vendía?). Luego le quité el anillo
de compromiso y miré a través de él. En el interior decía que tenía 14 quilates. En un
impulso, me arrodillé, agarré su mano y le volví a poner suavemente el anillo.
—¿Sí? —dije.
Yo no había sido consciente antes de ese momento de lo claramente erógeno que
es un anillo: de pronto se me ocurrió que los lados de los dedos son sensibles de un
modo parecido a la parte alta de los muslos, y que la simple elección de ese cuarto
dedo tan tímido —que en caso contrario no recibe una atención especial en la vida y
hace muy poco por sí mismo, a no ser controlar el do del clarinete en el instituto o
teclear a máquina el número dos y la letra X— para que lo sujete y lo estimule
suavemente y en todo momento un costoso anillo de oro es de hecho algo
sorprendentemente sexual. La resistencia del delgado nudillo de la mujer de Filene’s,
donde la piel se le abultaba momentáneamente antes de dejar paso y permitir que el
anillo que sujetaba yo se deslizara hacia adentro, era de un modo inverso como el
momento de resistencia o torpeza antes de que entre suavemente la poco experta
butifarra del novio. Estar comprometida, pues, era una obscenidad.
—Si te follas con el dedo este anillo delante de mí ahora, cariño, te prometo que
te follaré regularmente durante el resto de nuestras vidas.
El acuerdo es básicamente así. ¿Por qué me lleva tanto entender cosas tan obvias,
cosas que todos los demás probablemente entienden de inmediato?
Más pertinente sería preguntarse: si yo considero que está mal robar un billete de
dólar de una caja registradora abierta, y si me siento culpable por robar dos gambas
frescas de la cocina de un hotel, ¿por qué no tengo reparos en abrazar a una
vendedora de guantes, que por otro lado está comprometida, en Filene’s? No me
conoce; ella no sabe que la estoy abrazando y haciéndole falsas proposiciones. ¿Creo
de verdad que tengo derecho a levantarle el vestido de lana a Joyce hasta las caderas
y dejarlo sujeto con un nudo? ¿Cómo puedo estar seguro de que ella querría que
hundiera los dedos en su vello púbico? La cuestión de que yo obre mal es pertinente,
pero no voy a ocuparme de ella por ahora y en lugar de eso haré referencia a unas
cuantas más de mis primeras experiencias con el Pliegue; y no porque expliquen
nada, sino porque, cuando trato de imaginarme defendiendo verbalmente algunos de
mis actos, encuentro que son indefendibles, y no quiero ser consciente de ello.
Sinceramente, no considero que haya hecho algo malo. Nunca he provocado
deliberadamente angustia a nadie. De hecho, con la ayuda del Pliegue les he evitado a
unas cuantas mujeres pequeñas molestias, al ajustar unas bragas ocasionalmente

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torcidas antes de una reunión de ventas importante o al poner un aro de la parte de
abajo del sostén en su sitio, ese tipo de cosas. Tengo buenas intenciones. Pero sé que
tener buenas intenciones no es ninguna clase de defensa satisfactoria.
Al principio detuve el tiempo porque me gustaba mi profesora de cuarto grado,
Miss Dobzhansky, y quería verla con menos ropa puesta. Ahora no me parecería
guapa, pero es indudable que entonces pensaba que lo era. Todos lo pensaban. Tenía
el pelo más corto de lo que era normal entre las profesoras de EGB en 1967 y era una
entusiasta del lápiz de labios rojo-señal-de-stop; debía de gastar una barra cada
quince días, por lo grandes que tenía los labios. También tenía una de esas lenguas
anchas y planas a las que de un modo natural les gusta descansar en la parte de fuera
del umbral de la boca, más allá de los dientes. (¡No es que le colgara!). Siempre
sonreía con la boca abierta. Se ponía chaquetas de punto azul marino, largas,
colgantes, con pinta de suaves, encima de vestidos sin mangas. La escuchaba con
gran atención cuando describía el sistema de esclusas de un canal del siglo XIX o la
técnica india para fabricar piraguas. En agudo contraste con Mrs. Blakey mi talentosa
y exigente profesora de tercer grado, cuya floja piel del brazo se balanceaba con un
ritmo caótico mientras escribía en la pizarra, el brazo con el que escribía en la pizarra
Miss Dobzhansky se revelaba delicado y firme, graciosamente ajustado al hombro
con un músculo en forma de llama, cuando por la tardes se quitaba la chaqueta y la
dejaba en el respaldo de su silla.
No sentía lujuria hacia ella, la verdad. De hecho, esa palabra, lujuria, es
demasiado abstracta, intransitiva y de predicador para aplicarla incluso ahora a mis
sentimientos hacia Miss Dobzhansky o cualquier otra mujer. Nunca «siento lujuria
hacia» o «por» una mujer. Quiero hacer cosas específicas: cenar con ella, hacerla
sonreír, cogerla de las caderas. Al comienzo ni siquiera imaginaba que quería ver a
Miss Dobzhansky en estado de desnudez. Lo que primero me hizo querer detener el
tiempo fue que, después de las vacaciones de Navidad, cambió nuestra disposición en
las mesas de la clase. Yo había estado en la primera fila y ahora estaba al fondo del
todo. Un chico que escribía las palabras al revés se sentaba en mi antiguo pupitre. Me
hacía cargo de los motivos de mi profesora, pero, con todo, me sentía un poco herido.
Y entonces me fijé en que ya no podía ver la pizarra tan bien como la veía antes.
No era cuestión de que fuera incapaz de leer las palabras o descifrar los números.
Simplemente era que ya no podía asegurar de una ojeada, como había podido desde
mi puesto anterior, si Miss Dobzhansky estaba usando un trozo de tiza recién partido,
con el borde afilado que a veces dejaba una segunda línea paralela, o si tenía en la
mano un trozo más redondeado que ya había usado antes. Quería saber lo que pasaba
exactamente en la superficie de la pizarra; notaba que me estaba perdiendo la realidad
física de su escritura, para centrarme solo en lo que esta quería decir. Cuando estaba
delante, había sido capaz de controlar el espectro de tiza de una palabra que ella había
borrado varias veces; ahora eso era casi siempre imposible. Dos niños más ya se
habían puesto gafas, y yo sabía que las gafas me ayudarían un poco, pero lo que de

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verdad quería hacer era detener a la clase entera, al colegio entero, al distrito del
colegio entero, durante unos cuantos minutos, siempre que necesitara acercarme a la
pizarra y examinar su superficie desde muy cerca.
Mi gran regalo de Navidad de aquel año fue un scalextric en forma de ocho y un
coche de carreras azul y otro marrón que hacía correr por la pista y que
ocasionalmente se salían. Jugué con él durante una semana o dos. El problema con el
scalextric era que no tenía elementos suficientes para hacer una pista de carreras
asimétrica, y yo prefería con mucho la asimetría en las pistas de carreras. El
scalextric pronto se llenó de polvo y los coches empezaron a detenerse de repente
cuando sus cojinetes perdían contacto. Lo metí debajo de la cama y me puse a pensar
en termómetros de carne y sapos que pueden invernar durante años en el barro seco
del desierto.
Pero después de que Miss Dobzhansky me hubiera cambiado al fondo de la clase,
me despertaba en plena noche y dejaba que el brazo me colgara hasta el suelo entre la
cama y la pared. Estaba adquiriendo la costumbre de hacer esto con bastante
frecuencia; lo hacía para demostrarme a mí mismo lo tranquilo que estaba, lo seguro
que estaba de que debajo de la cama no había crustáceos. Esta vez, sin embargo, mi
mano rozó con algo caliente. Era el transformador del scalextric. Todavía estaba
enchufado, todavía en marcha, todavía transformando. Me levanté de la cama y saqué
la pista tirando de ella. El transformador tenía una lucecita roja que brillaba
débilmente. También tenía un interruptor de cromo. Encendí la luz de la habitación
para poder ver mejor, y agarré el transformador. Pesaba mucho, tenía las esquinas
redondeadas, y un terminado que parecía que lo habían hecho sumergiéndolo en una
espesa pintura negra y luego secándolo con un chorro de aire caliente de modo que la
pintura adquiriera una textura de pequeñas arrugas. Tenía una etiqueta plateada de UL
en la parte de abajo. «Underwriters Laboratories»; un nombre llamativo, que sonaba
vagamente a ropa interior. El zumbido que hacía el transformador era casi inaudible.
Toqué el interruptor, luego lo apagué, y de repente comprendí que era el aparato que
necesitaba y que, la próxima vez que volviera a encender el transformador, se
detendría todo.
Lo introduje a escondidas en la clase, junto con un alargador, dentro de la bolsa
del almuerzo. Durante toda la mañana no hice nada con él. Mientras los demás
estudiantes se ponían en fila para el almuerzo, cuando Miss Dobzhansky estaba
parada cerca de la puerta, enchufé rápidamente el alargador en la toma de debajo de
la mesa pegada a la pared negra, que estaba a solo unos cuantos centímetros de mi
silla, y escondí el transformador en mi pupitre. Durante el almuerzo, aunque estaba
muy nervioso, no lo demostré. Discutí como quien no quiere la cosa con mi amigo
Tim, lo mismo que si fuera un día normal, cómo sería ser un agitador con bolas que
estaba metido en un bote de spray de pintura verde. Estuvimos de acuerdo en que
sería divertido hundirse en la pintura del fondo del bote de spray y luego subir
volando por entre la espuma a presión haciendo ruiditos; mejor seguramente que

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descender en un vehículo espacial esférico entre las tormentas químicas de Saturno.
Tim sostenía que a veces, en un solo bote de spray para pintar, había dos agitadores,
manteniendo yo que lo que pasa es que, cuando agitas el bote deprisa, suena como si
fueran dos.
No esperaba que nadie se fijase en el cable que iba hasta mi pupitre, pues yo
estaba en el rincón del fondo; y de hecho nadie se fijó. Dejé que pasara media hora,
contemplando a Miss Dobzhansky que explicaba que había una especie de gafas de
sol con aberturas que los esquimales tallaban con hueso para evitar que les dejara
ciegos la nieve. Empezó a escribir con tiza blanca esquimal en la pizarra. Yo tenía las
manos escondidas en la mesa; las yemas de mis dedos tocaban la pintura negra
terminada en arrugas y el suave interruptor. Cuando empezó a trazar la letra m, de
espaldas a la clase, accioné el interruptor. No terminó la m. Ella y la clase entera se
quedaron sin sonido ni movimiento.
Yo dije: «¡Hola!»… «¡Hola!», volví a decir. Nadie se volvió hacia mí. Lejos de
resultar extraño o molesto, el silencio era, encontré yo, muy agradable. Esta acústica
acogedora, que es un rasgo consistente del Pliegue, es el resultado, creo, de la relativa
inactividad de las moléculas de aire que me rodean. El sonido se difunde hacia
adelante solo unos centímetros, o eso me parece. A menudo recuerdo un verso de
Víspera de santa Inés, de Keats: «Y silencioso estaba el rebaño en el lanudo redil».
Mi Pliegue es lanudo.
Ahora (¡«ahora» es lo adecuado!) puse el interruptor en la posición de apagado,
desactivando el aparato. Al momento, todo y todos retomaron lo que habían dejado.
El mundo se expandió, sonando una vez más como si estuviera grabado en estéreo.
Miss Dobzhansky terminó de escribir Esquimal. No dio señas de que fuera consciente
de que acababa de pasar nada fuera de lo normal; y en lo que a ella se refería, claro,
no había pasado nada. Se volvió hacia nosotros y se puso a hablar de una delgada
franja de tierra que, según ella, en otro tiempo había unido Alaska y Asia, de las
tribus que habían pasado por ella, dando origen no solo a los esquimales, sino
también a los indios norteamericanos de los Estados de más abajo. Debía de estar
mirándola con una expresión de atención desacostumbrada, o puede que de arrobo,
porque su mirada se detuvo en mí y sonrió. Me di cuenta de que nos entendíamos de
un modo especial. También me di cuenta de que Miss Dobzhansky podía ser la
persona más hermosa que había conocido jamás. Me di cuenta de que ella se daba
cuenta de que a veces yo no alzaba la mano para contestar a las preguntas que hacía,
aunque supiera las respuestas, porque quería darle la posibilidad de que hiciera hablar
a los demás chicos, y de recurrir a mí solo cuando lo necesitara, como apoyo. Su
explicación de las oleadas de migraciones asiáticas a través del estrecho de Bering me
interesaba, de modo que la dejé terminar antes de detener el universo por segunda
vez. En cuanto se volvió nuevamente hacia la pizarra, para escribir Bering, activé el
transformador y me quité toda la ropa.

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El aire está bastante enrarecido durante el Pliegue y lleva un poco acostumbrarse
a eso, aunque siempre que agites los brazos con cierta frecuencia no hay riesgo
auténtico de asfixia. Yo era muy consciente de mi respiración cuando avancé por el
pasillo de pupitres y asientos, desnudo, y llegué junto a mi encantadora profesora.
—Miss Dobzhansky —dije, deteniéndome justo detrás de ella, aunque sabía que
no me podía oír.
Mi plan, tal y como lo había concebido en un fogonazo cuando ella me había
sonreído un momento antes, era quitarle toda la ropa y luego volver a sentarme en mi
pupitre y activar el tiempo de nuevo; esto es, desconectar el transformador de tiempo.
Cuando ella notara el aire más frío en la piel y se diera cuenta de que estaba
completamente desnuda, se volvería hacia nosotros, confusa y sorprendida, pero de
hecho nada nerviosa, pues nunca la he visto nerviosa —su serenidad y habilidad para
adaptarse a cualquier eventualidad que se produjera en la clase era una parte
importante de lo que me la hacía tan encantadora—, y encararía este desafío con su
habitual aplomo. Se volvería hacia nosotros con las manos protegiéndose los pechos
y miraría inquisitivamente nuestras caras, como si dijera:
—¿Cómo puede haber pasado esto?
Sus ojos buscarían los míos, porque sabía que podía confiar en mí para que la
ayudase en los momentos difíciles, y yo le devolvería la mirada con una expresión
ardiente, enamorada, seria. Me levantaría y haría callar a todo el que se atreviera a
soltar risitas ante el hecho de que los dos, Miss Dobzhansky y yo, estábamos
completamente desnudos, y volvería andando hacia ella y asentiría con la cabeza,
como diciendo:
—Todo se arreglará, Miss Dobzhansky —y recogería su chaqueta de punto y su
vestido, que yo habría dejado cuidadosamente doblados encima de su mesa.
Ella diría:
—Gracias, Arno —con una voz que indicaba lo agradecida que estaba de que yo
formara parte de su vida y fuera capaz de ayudarla en aquel momento.
Ella y yo nos retiraríamos al guardarropa durante unos minutos, donde yo le iría
dando sus prendas de ropa una por una según se vestía. Ella haría lo mismo conmigo.
Cuando volviéramos al aula, yo ocuparía mi asiento y ella continuaría con su lección
de sociales. La clase, apaciguada debido a la sorpresa, se habría mantenido en
silencio durante nuestra ausencia.
Mi plan era ese, pero pronto comprendí que lo debía modificar. Miss Dobzhansky
llevaba su holgada chaqueta de punto azul marino y una sencilla camisa blanca
cerrada por la parte de arriba con un imperdible azul de un Saturno esmaltado que le
tapaba el botón. La chaqueta ya estaba desabrochada, de modo que la dejé en paz.
Pero cuando llegué al imperdible de esmalte (o «broche», supongo que los llaman),
noté que no era algo que quisiera hacer en absoluto. ¿Qué pasaría si, una vez que la
tuviera completamente desnuda, me entraba el canguelo y no quería seguir? ¿Sería
capaz de sujetar el imperdible otra vez donde había estado exactamente? Me

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preocupó la posibilidad de romper la pequeña sujeción o colocarla torcida. Si no
quedaba colocada exactamente igual, ella notaría un súbito cambio en el cuello
cuando yo volviera a conectar la clase y sospecharía algo, y debido a mi reciente
mirada de arrobo podría relacionarme con su extraña sensación, y si me preguntaba
directamente, yo no creía que pudiera mentirle y decirle que no tenía nada que ver
con aquello.
Por entonces yo me encontraba entre ella y la pizarra, muy cerca de ella. Sus
pechos formaban la línea de mi horizonte. Decidí que por lo menos podría
desabrocharle con seguridad algunos de los botones centrales de su camisa para ver lo
que había debajo. En el algodonoso silencio del universo detenido, desabroché dos
botones. Me temblaban los dedos, claro. E incluso ahora, veinticinco años más tarde,
a veces me tiemblan los dedos cuando los veo desabrochando una hilera de botones
de la camisa de una mujer, en especial cuando su camisa es holgada, de modo que
una vez que se han terminado de desabrochar no se te revela más que cuando habías
empezado, y, como acto añadido, tienes que separar los lados de la camisa, que
continúan colgando, con el dorso de las manos como si fueran unas cortinas. Miré en
el mundo oval que acababa de crear. Lo que podía ver de su sostén era muy
interesante. Tenía pequeñas X cosidas a lo largo de los bordes de las dos piezas
laterales que estaban unidas a las partes redondas que sujetaban los pechos, y las
partes redondas que sujetaban los pechos tenían costuras perfectamente cosidas que
corrían en diagonal sobre sus curvas, como los ojos cerrados de un gato que echa una
siesta. Estiré la mano y empujé suavemente uno de sus pechos con la palma de la
mano. (Los llamaba «pechos» entonces, y en realidad no es una palabra demasiado
inadecuada para ellos). La forma era inesperadamente blanda y muy caliente.
Desabroché otro botón de más abajo, de modo que ahora podía rodear cómodamente
toda mi cabeza con su camisa. La piel le brillaba con una luz que la tela hacía difusa.
Me sentía como uno que hace un daguerrotipo, al agacharse y taparse la cabeza con la
tela de una cámara para ver de modo más completo a quien va a fotografiar. Vi su
estómago, que era mayor a corta distancia. En el centro de él estaba su ombligo.
No había contado con esto. Era el gran momento. En mi vida había visto nada tan
femenino, con aspecto tan de adulto, a tan corta distancia. El ombligo de Miss
Dobzhansky en absoluto se parecía a un ombligo infantil. Tenía una especie de
proscenio alargado de piel por encima, una curva, en cierto sentido semejante al
pliegue epicántrico de los ojos de los asiáticos (como los esquimales), mientras que la
perspectiva desde abajo llevaba al propio ojo a un pequeño relicario que contenía
elegantemente algo que parecía como un pequeño trozo de chicle mascado o la parte
del nudo de un globo. Lo que resultaba impresionante era sencillamente lo inteligente
y experimentado que parecía, lo profundamente oval que era. Pasé suavemente los
nudillos por encima de él, atemorizado. Luego emergí de su camisa durante unos
momentos para agarrar un trozo redondo de tiza azul que hice girar con suavidad
dentro de él, como si estuviera poniendo tiza a un taco de billar, salvo que este estaba

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hundido. Solo dejé una manchita de tiza lo más imperceptible posible, quitando lo
que sobraba. Considerando por entonces que ya tenía más que suficiente para una
tarde, le volví a abrochar la camisa. Al final se me ocurrió cambiar el trozo de tiza
blanca que tenía en la mano, con el que escribió la palabra Bering, por el trozo de tiza
azul que había usado yo con ella. Luego volví a mi asiento, me volví a poner la ropa,
adopté una postura tal que me quedé sentado exactamente igual a como había estado,
y desconecté el transformador temporal. Su interruptor de cromo casi me quemó al
tocarlo.
La clase volvió a la vida. La tiza azul se rompió; a lo mejor yo no la había puesto
en sus dedos como es debido. Miss Dobzhansky la miró unos momentos,
desconcertada, y luego cogió un trozo de tiza blanca y siguió escribiendo.
—Una vez que esas tribus llegaron a Alaska, tuvieron que decidir si instalarse allí
o continuar… —dijo, y continuó con la lección. Había un débil olor a quemado. Tiré
disimuladamente del cable del alargador hasta que su enchufe se desconectó de la
pared; y fui arrastrándolo poco a poco hasta mi pupitre. Advertí, al bajar la vista
despreocupadamente como si quisiera acercarme la silla, que el enchufe estaba
carbonizado.
Y eso fue lo que pasó exactamente el primer día. No pasó nada malo. Todo salió
bien. Dejé el transformador dentro del pupitre aquella noche, y volví a probar a la
mañana siguiente, con grandes planes, pero desgraciadamente en esta ocasión, nada
más activar el interruptor, las luces fluorescentes del techo parpadearon y se
apagaron. Incluso olía a quemado todavía más. Miss Dobzhansky mandó a por uno de
reparaciones. El tiempo fluyó sin interrupción. Después de clase, llevé el averiado
transformador a casa dentro de la bolsa del almuerzo. Me encontraba completamente
destrozado. La lucecita roja estaba parcialmente fundida, y había manchas blancuzcas
de calor por el borde de abajo del aparato. Solo para asegurarme, lo enchufé en mi
habitación una última vez antes de cenar y activé el interruptor, pero no obtuve
respuesta. El gato continuó lamiéndose entre las almohadillas de sus patas. Los
semáforos de la esquina colorearon segmentos del gran carámbano doble del exterior
de mi ventana, de rojo, luego de verde, luego de naranja. Se acabó. Solo había sido
capaz de detener el universo dos veces, durante un total de unos seis minutos.
Por otra parte, incluso seis minutos de falta de tiempo estaban bastante bien. Me
hice rápidamente a la idea de que había visto tanto de Miss Dobzhansky como lo que
probablemente iba a ver nunca más. Mi siguiente objetivo, al que dediqué los meses
de primavera y verano que siguieron, fue encontrar un modo nuevo, no eléctrico, de
entrar en el Pliegue. Probé con bastantes posibilidades experimentales, recurriendo a
lo no natural. Rocié con spray verde unas hojas nuevas de un arbusto para ver si se
volvían permanentemente falsas, pues yo siempre había encontrado misteriosa y
sugestiva la idea de unos patucos de recién nacido de bronce. Sujeté con grapas un
cardo de crecimiento muy rápido a nuestro magnolio, envolviendo las heridas
originadas con hilo muy resistente, pues teorizaba que la mezcla de dos hormonas del

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crecimiento incompatibles podría tener efectos cronoactivos. Calenté seis canicas en
un papel de estaño dentro de un horno a fuego lento y luego las metí una a una con
una cuchara en un vaso de agua fría que me acerqué al ojo. Dentro del vaso había
metido antes un crinoideo fósil y un trocito de uña que me recorté de un dedo. (Ahora
que lo pienso, el sonido que hacía mi exnovia Rhody al cortarse las uñas por la
mañana en el cuarto de baño, el brevísimo y agudo sonido de las sonrientes hojas del
cortaúñas al unirse después de que hubieran cortado la uña, que yo escuchaba en la
cama como alguien que escucha auténticos trinos de pájaros, es uno de los recuerdos
más agradables que poseo de esa relación). Yo esperaba que el tiempo se detuviera en
el momento en que el interior de cada siseante canica de repente se cuarteara con
decorativas grietas, pero no pasó nada. Recurrí al soplete de butano que había
comprado mi padre para un nuevo proyecto que consistía en calentar un cucharón de
servir de acero inoxidable estropeado hasta que se volviera de un color naranja
oscuro. Aunque parecía blando y ligeramente hinchado, y sus bordes se redondearon
como las esquinas de un trozo de mantequilla, no conseguí que el cucharón se
fundiera. Luego puse una piedrecita oval en ese mismo cucharón y pasé el soplete por
encima, esperando que se formara lava. La piedra explotó con un chasquido,
despidiendo un trozo puntiagudo contra mi camiseta. Todos estos experimentos, y
muchos otros que hice durante esa época, resultaron poco convincentes y,
francamente, decepcionantes. Hasta el verano de después de quinto grado no volví a
ser capaz de entrar en el Pliegue, con la ayuda de la lavadora del sótano y algo de
hilo.

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3

A muchos eventuales no les gusta pasar cintas; a mí, sí. Naturalmente, me gusta más
transcribir unas cintas que otras. A principios de los años ochenta trabajé en la oficina
del jefe de una importante empresa —bueno, ¿por qué voy a suprimir el nombre?—,
en la oficina de Andrew Fleury, el director de Noptica. Tenía un equipo de tres
personas que no hacían más que escribir a máquina la gigantesca cantidad de
correspondencia, discursos, entrevistas, sesiones de ruegos y preguntas en las
reuniones de accionistas, y cosas así. Creo que Fleury entonces incluso tenía
ambiciones políticas. Trabajé allí varias veces. Una larga cinta suya que pasé incluía
una carta pidiendo una caja de un tipo poco frecuente de Armagnac a un mayorista de
licores. (Era una carta personal, todo hay que decirlo). Yo no sabía lo que era el
Armagnac, y mecanografié Armaniac. Al enterarse de esto, Fleury montó en cólera.
Oí cómo le gritaba a una de las dos encargadas de la oficina:
—Paula, ¿dígame qué está mal en este párrafo?
Me devolvieron la carta con la siguiente anotación escrita al margen: «Una bebida
alcohólica, ¡no un armenio loco! No trate de adivinar, ¡verifíquelo!». Bueno, puede
que tuviera razón; debería haberlo verificado. Pero una vez que Fleury captó el error,
por lo menos podría haber señalado que la palabra tenía una g. Yo perdí cinco
minutos mirando un diccionario. La mayoría del tiempo, sin embargo, los fijos
esperan tan poco de los eventuales que cualquier leve corrección en una carta o un
memorándum les llena de alegría, y en consecuencia resulta muy fácil trabajar con
ellos.
Pero ¿por qué me gusta pasar cintas a máquina? He visto a tipos que trabajan con
procesadores de textos arrancarse los auriculares después de varias horas de
transcripción, gritando: «¡Odio hacer esto!». Sin embargo, a mí incluso me gustaba
mecanografiar las cintas de Fleury. Por una razón: disfruto de lo bueno que soy al
hacerlo; puedo, por ejemplo, seguir a menudo un proceso paralelo, mecanografiar la
frase que acabo de oír y archivar en la memoria la frase que estoy oyendo en ese
momento: me gusta ver hasta dónde puedo llegar sin recurrir al rewind con el pedal
de pie. Pero fundamentalmente prefiero pasar cintas que mecanografiar documentos
manuscritos, por la sencilla razón de que uno puede oír cómo piensa el que dicta. Uno
puede oírle inseguro buscando la fórmula convencional con la que despachar un caso
ligeramente poco habitual. Uno puede oír ocasionalmente los tonos sofocados de
irritación o afecto. Es un gran privilegio estar presente cuando una persona convierte
lentamente sus ideas en palabras, frase a frase, haciendo todo lo que puede. Y como
uno viaja junto a él cuando construye sus frases, haciendo que cada palabra que dice
aparezca en la pantalla en forma de un conjunto de letras, uno empieza a sentir como

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si estuviera pensando por sí mismo; uno ocupa un espacio en sombra en el interior de
su mente mientras él hace su trabajo.
No es difícil imaginar un aspecto erótico en todo esto. Sandi, una eventual con la
que discutí el asunto hace un año o así, me dijo que una vez había sentido algo
intenso hacia un hombre cuyas transcripciones hacía ella. El tipo estaba en el
departamento de personal, y su trabajo consistía en aconsejar a los empleados y a los
jubilados sobre el modo mejor de invertir sus pensiones. Hablaba muy despacio, dijo
Sandi, con una voz casi soñolienta pero fuerte y de bajo, con largas pausas. Dijo que
sonaba un poco como la voz de David Bowie en China Girl. Recurría muy raramente
a la tecla de pausa de su aparato; dejaba que la cinta continuara. Y hablaba mucho en
sus cartas de «usurpar la renta vitalicia». «Si su marido muere antes que usted, Mrs.
Plochman», decía en una carta, «y usted decide usurpar la renta vitalicia…». «Si, por
otro lado, los dos deciden usurpar ahora la renta vitalicia…». De tanto repetirla, esta
expresión concreta del ámbito de los seguros empezó a adquirir para ella un
significado especial. Cuando la escribía a máquina, era como si ella misma estuviera
llevando a cabo lo que decía él, aceptándolo, dejando que circulara entre sus dedos
como un pañuelo de cuello. «Por favor, hágalo», notaba que le estaba susurrando a él
al escribir exactamente lo que le decía por los auriculares, «por favor, usurpe mi renta
vitalicia». Con todo, nunca llegaron a nada sexual.
En mi caso, a menudo quedo completamente hipnotizado por las cintas que dictan
las mujeres. Las de las mujeres que litigan, de modo especial: cuando dicen cosas
como «Aunque no hay reglas», mi respiración se acelera. Y ya mencioné el extraño
estremecimiento que sentí cuando en una carta Joyce citó a alguien diciendo que otra
persona «mentía como el demonio». Gerard Manley Hopkins describe en alguna
parte cómo hipnotizaba a un pato trazando una raya de tiza delante de él.
Considéreseme un pato; la tiza, deslizándose suavemente sobre los pequeños
guijarros incrustados en el cemento del suelo de la empresa, es la voz que arrastra
hacia adelante, suave pero firmemente, Joyce en las casetes que me da. O, por
proporcionar otra imagen, dado que una difícilmente resulta suficiente en el caso de
Joyce, cuando me dejo introducir de verdad en su cinta, cuando dejo que me rodee, es
como si me sumergiese en el estanque de lo que está diciendo, como si yo fuera una
especie de anfibio paciente, al acecho, deslizándose por un agua negra,
completamente sumergido excepto los ojos, que parpadean con mucha frecuencia.
Cada palabra viene flotando hacia mí como una espesa y sana hoja de nenúfar y me
acaricia la cabeza al pasar. Y a veces, en especial si Joyce, amablemente, me deja
oírla vacilar (en lugar de detener su grabadora para ocultar su vacilación, quiero
decir), la extensión de inmóvil agua negra entre las verdes palabras que flotan
intermitentemente se expande momentáneamente hasta el infinito. Todas las hojas de
nenúfar se apartan de mí. Y en esas ocasiones quedo asombrado del poder que tengo:
el poder de apretar con el pie el pedal de la grabadora a voluntad e interrumpir la
frase justo allí durante el tiempo que quiera, con objeto de pensar en dónde estoy, y

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en lo que pueda significar el que esta criatura viva, con sentimientos, pase cinco días
a la semana diciendo esas cosas a la grabadora, y en cómo pone la boca cuando las
dice. Hago una pausa dentro de su pausa y floto en la laguna de privación sensorial de
su significado en suspenso. Lo que es especialmente agradable, en este estado de
«transcripción profunda», como yo lo llamo, es alzar la vista y distinguir a esa alegre
y nada misteriosa Joyce dirigiéndose enérgicamente hacia algún sitio, a lo mejor
hacia mi mesa de trabajo, moviendo un lápiz entre los dedos.
Hay, pues, sin duda, un intenso elemento cronanístico cuando transcribo cintas.
Incluso puede que, si yo no hubiera pasado una parte tan extensa de los últimos diez
años de mi vida transcribiendo palabras, empezando e interrumpiendo tantos miles y
miles de humildes frases humanas con el pedal, hace mucho tiempo que habría
perdido del todo la capacidad para entrar en el Pliegue. El régimen diario de
microcasetes me ha mantenido excepcionalmente sensible, tal vez, ante la posibilidad
de montaje del continuo temporal; ante el hecho de que una vocalización
aparentemente sin uniones puede realmente elidir, planear, ocultar toda una cavidad
autocontenida de actividad o distracción en su interior: estornudos, café derramado,
aventuras sexuales. «La mente es un grito lírico en mitad de los asuntos de la vida»,
dice Jorge de Santayana, cuya autobiografía (volumen uno) saqué ayer de la
biblioteca pública de Boston; y se me ocurre que este aforismo ilumina especialmente
lo insinuante de la microcasete y, en realidad, de todas las audiocasetes: estos objetos
materiales robustos, sólidos, con forma de párrafo, sujetos por minúsculos tornillos
con filete de Phillips en cada esquina (a propósito, los tornillos son más pequeños que
los tornillos de las patillas de mis gafas, tan pequeños que solo los robots SCARA
pueden haberlos atornillado en su sitio en tal cantidad), con su par de ruedas dentadas
centrales deliberadamente flojas para que puedan adaptarse a las distancias variables
de las distintas marcas de aparatos; esas sólidas piezas dentro de las cuales, sin
embargo, anda dando saltitos un duendecillo diminuto de Mylar sobre cualquier
pequeño saliente o trocito de fieltro situado en su camino, captando el brillo que deja
una personalidad con voz aunque cualquier diagonal barroca y curva de Bezier sea
capaz de retorcer la elasticidad de su prisión.
Dicho esto, lo sorprendente de verdad es la poca suerte que he tenido al usar el
pedal de mi aparato de transcripción de cintas para accionar un auténtico Parón.
Hasta ahora he sido incapaz de detener el universo al usarlo, o al usar los botones de
PAUSA de los mandos a distancia de los reproductores de vídeos o de CD, que
parecerían evidentes activadores. Tuve, como he mencionado, solo un breve éxito en
la universidad con un mando a distancia para abrir la puerta del garaje. Esto se puede
deber a que, para contactar efectivamente con el tiempo y detenerlo en frío, un
mecanismo tiene que tener cierta cualidad que únicamente se relaciona conmigo, con
mi propia vida emocional, y debido a eso, por ejemplo, el transformador de mi
scalextric solo funcionó como un cronoembrague después de que mi mano, al caer, se
tropezara con él, advirtiendo su calor, en plena noche. Esto también podría explicar

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por qué la tendencia general de mis activa-Pliegues, con unas cuantas excepciones
importantes, haya huido siempre de aparatos complicados, en favor de estímulos más
sencillos, puramente corporales, como un chasqueo de los dedos o el empujarme las
gafas hacia arriba de la nariz.
El instrumento más complicado dentro del equipo para activar la Fermata que he
utilizado nunca fue un instrumento hecho de encargo al que llamé Solonoide (con tres
oes). Me lo fabricó hace cuatro o cinco años una chica que aún no se había graduado
en el MIT. Todavía lo tengo, aunque dejó de funcionar al cabo de una semana de
Pliegue-horas. Era muy voluminoso y hacía un fuerte chuf-chuf cuando estaba en
punto muerto, aunque estoy seguro de que podría miniaturizarse y volver a diseñarse
para que fuera silencioso. Todo lo que hacía era estirar y soltar tres cintas de goma
orientadas en las direcciones x, y, z. Yo sintonizaba la frecuencia oscilatoria de cada
cinta de goma al apretar un reostato en un pequeño panel. Tuve que fabricarlo, así de
sencillo, porque una mañana me di cuenta, nada más despertar, después de muchos
meses secos de Pliegue-escasez, de que este sistema funcionaría. Mi tío me prestó mil
quinientos dólares (le dije que eran para dejar de trabajar como eventual unos cuantos
meses y ver si la tesis doctoral me volvía a interesar), y puse un anuncio en el
periódico de los estudiantes del MIT y tuve entrevistas con unos cuantos estudiantes.
Elegí a la única mujer que respondió, por supuesto.
Usó tres pequeños motores. Le dije que yo era doctor en filosofía y estaba
trabajando en una monografía sobre un metafísico norteamericano de finales de siglo
que se llamaba Matthias Batchelder, el cual afirmaba que tres cintas de goma, cuando
se estiraban y se aflojaban alternativamente a una determinada frecuencia en los tres
ejes cartesianos, serían capaces de crear espacios para la nada en el fluir del Devenir,
originando en el universo una pausa efectiva para todo excepto para el operador del
mecanismo. Aunque Batchelder había escrito a G. E. Moore, C. S. Pierce, y A. A.
Michelson hablándoles de sus ideas, dije yo (buscando credibilidad), nadie había
mostrado el menor interés, en parte porque carecía de cualificaciones académicas, y
en parte porque se comportaba de un modo desdeñoso e inquietante. (Debo insistir en
que no hay ningún metafísico que se llame Batchelder —la idea general sobre cómo
tenía que ser el aparato se me había ocurrido, así de sencillo, una mañana—, pero
para mantener el secreto necesitaba distanciarme a mí mismo del aparato. Le «mentí
como el demonio» a esta joven ingeniera mecánica; lo tuve que hacer, lo siento). Ella
—y me avergüenza decir que no recuerdo cómo se llamaba— construyó el aparato en
poco tiempo, y se tomó la molestia de explicarme sus aspectos más delicados, aunque
los he olvidado. Para que no subieran los costes, tuvo la delicadeza de utilizar
componentes «apañados» por medio del catálogo de Jerycho —esto es, motores
extraídos de aparatos antiguos, como fotocopiadoras y cosas así.
—Bien, ya he hecho lo que me dijiste que querías que hiciera —dijo ella, con su
aspecto serio, cuando nos encontramos en uno de los laboratorios de ingeniería
mecánica (resultó que la chica estaba haciendo méritos para la asignatura con este

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proyecto, aunque ella me ocultó el hecho)—, pero he realizado variaciones con las
frecuencias y no puedo conseguir que haga nada. Las cintas de goma parecen ir bien
cuando funcionan, sin embargo.
Me senté delante del aparato. Era absurdamente voluminoso, decididamente no
portátil.
—¿Quieres decir que no dejará en pausa al universo? —dije yo, riéndome entre
dientes con burlona incredulidad para indicar que sabía perfectamente bien que las
ideas de Batchelder eran un fraude, y que había llevado a cabo el experimento solo
por cuestión de delicadeza, simplemente para darle a este excéntrico olvidado una
tardía oportunidad—. Bien, supongo que de todos modos debería probarlo, en honor
del viejo —dije.
La chica señaló el interruptor, y yo lo accioné; tardé unos momentos en ajustar las
frecuencias de estiramiento. (Las cintas de goma las había elegido yo al azar de una
bolsa de cuarenta y nueve centavos de cintas de goma Alliance, FABRICADAS CON
ORGULLO EN EE UU.). En cuanto establecí las correlaciones (a oído), el
laboratorio, la chica, Cambridge y todo lo demás, exceptuados el traqueteante
Solonoide y yo, quedaron inmediatamente en suspensión. Me coloqué detrás de la
ingeniera y besé las formas en H tan hermosas de la parte de atrás de sus rodillas, que
a veces son el mejor rasgo de las universitarias (la chica llevaba una falda vaquera), y
luego volví a ocupar mi puesto en los controles y corté la energía del Solonoide.
—¿Ves? —dijo ella—. Nada.
Sacudimos tristemente la cabeza, sintiendo pena por el pobre iluso de Matthias
Batchelder, y le hice un cheque por valor de mil quinientos dólares y le di las gracias.
(Conservo el resguardo de los talones; tengo que acordarme de mirarlos y encontrar
el nombre de esta chica). Me preguntó si podría conseguir un ejemplar de alguno de
los escritos metafísicos de Batchelder, y le dije que por cuestiones de derechos yo no
tenía permiso para proporcionárselo, pero que sin duda le mandaría una separata de
mi monografía en cuanto apareciera. Aquello la satisfizo. Y durante unas cuantas
semanas después de eso, y hasta que mi provisión de aquella primera bolsa de cintas
de goma se agotó, realicé un número elevado de cosas plegosas guarras hasta decir
basta. La mejor cualidad no prevista de aquel aparato, ahora que pienso en él, era que
llevaba asociado un alto grado de riesgo, pues una cinta de goma se podía partir de
repente, sin aviso, haciendo que el tiempo se reiniciase y dejándome potencialmente
expuesto a situaciones muy embarazosas; es el riesgo que implican las relaciones
sexuales en lugares públicos. Pero me andaba con cuidado. Por fin le añadí cierta
redundancia al invento, estirando dos cintas de goma en cada dirección en lugar de
una sola, aunque eso significara que se me agotarían antes.
Este problema de recordar los nombres, que acaba de surgir en relación con la
chica del MIT, es especialmente grave para la carrera de un eventual. Puedo llegar a
trabajar en cuarenta trabajos diferentes en un determinado año; unos durante una
semana o dos, otros durante unos cuantos días. En cada trabajo normalmente hay de

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tres a cinco nombres que se deben aprender el primer día (y en ocasiones muchos
más); diez o más el segundo día. Dependiendo de lo intenso que sea el
funcionamiento del teléfono, el número de nombres que finalmente termino
dominando por trabajo puede llegar a más de cien. Al año, he estado expuesto a unos
tres mil nombres, de los cuales (volviendo a hacer cálculos aproximados) quizá unos
quinientos pertenecen a individuos a los que he conocido un poco, con los que he
hablado, con los que he trabajado bastante estrechamente. Al cabo de diez años, eso
suma cinco mil personalidades, con respecto a cada una de las cuales he tenido
necesariamente que sentir algunas cosas, considerar si me gustan o desagradan,
elaborar teorías de por qué sienten esto o lo otro hacia algún colega, tomar nota
mental sobre sus gustos en el vestir, recordar cómo les gusta que se hagan las cosas,
si son de la opinión de que los tratamientos deben ser escritos enteros o con una
abreviatura de dos letras, si les gusta que el nombre o el número del documento se
incluya en la carta o piensan que eso es una vulgaridad, si quieren que me entretenga
por mi cuenta cuando he terminado el trabajo encargado o prefieren que aparezca por
su despacho preguntando si hay algo más que hacer. En la universidad me
impresionaba lo al corriente que estaban de los detalles concretos de la vida de sus
alumnos los profesores preferidos por casi todos los estudiantes; pero el hecho es que
yo tengo que controlar a tanta humanidad en bruto cada año como el profesor más
famoso. Y la diferencia es que, en mi humilde caso, todas esas personas, o la mayoría
de ellas, continúan trabajando en el centro de la ciudad, exactamente como yo. No se
van a graduar y largarse.
Lo que significa esto, en términos prácticos, es que cada unos cuantos días me
tropiezo casi con toda seguridad con alguien con quien ya he trabajado codo a codo
en una empresa en determinado momento del pasado. ¡Y quisiera tanto recordar sus
nombres! Ellos habitualmente se acuerdan del mío, y en ciertos casos puedo detectar
en sus ojos que se sienten un poco dolidos cuando perciben, más allá de mis risas y
de mis atropelladas palabras, que no recuerdo los suyos, y eso que hemos trabajado
duro juntos y hemos conseguido cumplir plazos casi imposibles y nos gastábamos
bromas solo hace seis meses, o un año y medio antes, o cinco años antes. Y encima
ellos —ellos y yo los pensamos en secreto— desempeñaban un cargo más importante
que el mío, estaban a sueldo fijo, y yo era eventual, de modo que un deber que
acompaña a mi condición de subordinado es recordar cómo se llaman, mientras que
solo se trata de noblesse oblige el que ellos recuerden el mío.
Sin embargo, si se tomaran un momento para hacer números comparando mi vida
laboral con la suya, como hago yo, quizá lo entenderían y me disculparían, pues ellos
ven todos los días a las mismas personas, su universo de clientes y contactos y
colegas es relativamente limitado y estable, de modo que un nuevo eventual como yo
es una novedad en su oficina, un tema de conversación, una persona a la que ellos le
pueden «echar una mano», un extraño al que pueden confiar odios y antiguas heridas.

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No me voy de sus cabezas porque les gusta haber sido capaces de dejar a un lado las
diferencias de clase y tratarme como a un igual.
—¡Hola, Arno!
Y allí estoy yo, delante de Park Street Station, incapaz de corresponderles
adecuadamente, sintiéndome como un camarero al que se le pide que recuerde lo que
pidieron en una mesa a la que sirvió meses antes.
El problema de los nombres se agrava por el hecho de que aparentemente en mi
aspecto hay cierta vulnerabilidad que indica a las personas que andan perdidas que
deberían abordarme para preguntar la dirección. He terminado por atraer a quienes
andan perdidos cuando levantan la vista entre una multitud que potencialmente busca
ayuda junto a un semáforo en rojo: me distinguen y, aunque yo lleve una corbata
como los demás hombres, parecen oler que soy un eventual y en consecuencia que
debo de estar permanentemente solo y sentirme humilde, un caribú enfermo al que
elige el lobo; saben que se sentirán a gusto conmigo al admitir que son forasteros,
porque yo voy a aceptar de buena gana cualquier contacto humano, cualquier
indicación de que tengo raíces y no soy uno que pasaba por allí. Hay temporadas en
que alguien me pregunta una dirección hasta tres veces al día. Y estas personas que
andan perdidas tienen razón; me gusta que me aborden en la calle, especialmente
mujeres, pero también hombres. No soy bueno en lo de retener los nombres de las
calles, sin embargo, ni siquiera de las calles donde hay edificios en los que he
trabajado en el pasado. Durante un tiempo, por las tardes, estudiaba planos del barrio
financiero, contando los semáforos y memorizando los cruces de calles y las señales
que podían servir de ayuda, para así responder a las expectativas de que
proporcionaré las indicaciones solicitadas que mi cara y rasgos parecen originar.
(Encuentro que la respuesta es especialmente intensa cuando llevo algún objeto
voluminoso, como un ramo de flores o un disco de seguridad Wang VS.). En
consecuencia, nunca sé si la persona que viene hacia mí por la acera y busca que
crucemos la mirada es alguien con quien trabajé en Gillette o Kendall o
Ropes & Gray o Polaroid o MassBank o Arthur Young, o si solo necesita saber cómo
ir a la calle Milk.
Durante los periodos en los que tengo plenos poderes de Pliegue, sin embargo,
estas dificultades se resuelven fácilmente. En cuanto oigo un «¡Hola, Arno!», puedo
hacer un Parón y comprobar el carnet de identidad en la cartera o el bolso y luego
saludar adecuadamente a quien sea. Supone una diferencia tan grande. Ya no me
siento acobardado y puedo demorarme en el placer del encuentro: pues la verdad es
que me gusta la mayoría de las personas con las que he trabajado estos años; casi
todas ellas tienen algún rasgo encantador. Y si alguien me pregunta cómo ir a un sitio
al que yo debería saber perfectamente cómo ir y no lo sé, puedo congelar su
inquisitiva expresión y mirar un plano. (Llevo uno en mi cartera, además de mi viejo
frasco de solución para las lentillas, por si acaso alguien se encuentra con problemas
oculares). Claro, podría sacar el plano mientras el tipo mira, pero aborrezco ver esa

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expresión de desconfianza en sus ojos mientras piensa para sí mismo: «Este individuo
no lo sabe… Debería haberle preguntado a otro». Además, cuando saco el plano para
ayudar a un turista, especialmente si es un turista asiático, inevitablemente termino
dándoselo, porque los impulsos generosos me colocan; y estos planos son
absurdamente caros.
No estoy siendo totalmente justo conmigo, pues, cuando digo que el Pliegue solo
es una ayuda sexual. Lo es en primer lugar; mis Pliegue-energías parecen ser un
evidente producto secundario de mi gusto excesivo por la desnudez. Dudo que me
hubiera colado en el interior de la Fermata ni siquiera una vez si en primer lugar no
hubiera estado motivado por el deseo de quitarles la ropa a las mujeres. Pero no
quiero ignorar o minusvalorar la variedad de usos no sexuales que le he dado. Por
ejemplo, he contado con él para cosas como comprar los regalos de Navidad de
última hora; es agradable andar por las tiendas en silencio total. Cuando me siento
irritable en el trabajo, y sé que las personas que me rodean no se merecen mi
misantropía, puedo pararlas a todas hasta que de nuevo me encuentro bien con ellas.
Si alguien hace un comentario indiscreto de pasada, puedo tomarme un tiempo para
pensar en sus implicaciones profundas y verificar la expresión de los demás que han
oído el comentario, y todo mientras yo sigo allí mismo y lo tengo fresco en mi mente.
También uso el Pliegue cuando se me pide que entienda algo especialmente
inteligente o simpático y quiero estar seguro de que mi discreción está a tono; aunque
exista un serio riesgo en reflexionar sobre tu donaire durante poco más que quince o
veinte segundos, porque cuando uno carga la suerte en su respuesta y la embellece,
puede perder con facilidad la percepción del flujo emocional inmediato. Yo casi he
echado a perder una o dos importantes conversaciones de corazón a corazón por
hacer una pausa tan larga para afinar el tono, que, cuando por fin ya estaba listo para
reentrar en el tiempo, me daba cuenta de que iba a resultar susceptible, estúpido e
insincero, para evitar lo cual era exactamente para lo que había Parado, y pasé un rato
malo de verdad esforzándome por recuperar el estado de ánimo que había hecho que
la conversación me pareciera lo bastante importante como para haber querido
interrumpirla. Con todo, usado con moderación, el Pliegue puede fomentar de verdad
la compasión.
Además, es un escape evidente; aunque en esto también he aprendido a usarlo con
moderación. Tenía un empleo eventual en la oficina de los alumnos de un curso de
posgrado, donde se me pidió que enrollara unos carteles y los metiera en unos tubos
para mandarlos por correo. Hice esto durante cuatro días enteros. No me habría
importado si los carteles no hubieran sido tan feos. Al segundo día, encontré difícil de
soportar la idea de enrollar un cartel rojo y negro más —el desperdicio de papel
satinado, de energías en el correo, de dinero de la universidad, parecía demasiado
horrible—, de modo que pisé el embrague y me tomé dos no-horas para leer Las
transformaciones de la vanguardia, de Diana Crane. En aquel caso, ayudó mucho; el
libro era mejor, más licenciosamente sabroso, porque lo leía en Pliant. Pero han

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existido otras veces en las que, una vez que me he dejado ir con la intemporalidad del
instante detenido, la obligación concreta o la persona de la que temporalmente me
había librado se volvieron más y más horribles, poseídas por su inminencia retrasada,
y la idea de que tendría que volver a retomarlas en donde las había dejado se volvió
insoportable, y reemprendía la conducción del ganado del tiempo con una sensación
de derrota e infelicidad más aguda que antes de que la hubiera evitado o aplazado.
Creo, también, que el Parón es extremadamente peligroso cuando sientes una
especie de depresión ante lo malo que es el mundo. Entonces un Pliegue puede hundir
infinitamente; pues, en cierto modo, ahora controlas si todas las continuas atrocidades
y tragedias del mundo deberían volver a iniciarse o no. Te das cuenta de que, en
cuanto vuelvas a decirle al tiempo que en marcha, a los animales de compañía no les
darán suficiente agua, los sentimientos serán innecesariamente dolorosos, y los
asesinatos, accidentes, desmanes de la justicia, acoso burocrático, infidelidad,
decepciones artísticas y mala voluntad seguirán adelante y comenzarás a pensar que
en cierto sentido tú serás la causa, tú serás directamente responsable de todo eso, pues
puedes elegir si dejar que sucedan, al optar por volver a arrancar el tiempo, o no.
Cuando estoy en un Pliegue, sé con seguridad que ninguna mujer de ninguna parte
está llorando o sintiéndose traicionada, y como yo quiero, por encima de cualquier
otra cosa, que las mujeres no lloren, puedo empezar a creer, irracionalmente, que mi
deber es vivir toda la vida en esta soledad artificial, comiendo alimentos en lata.
«Murió de repente», dirían al encontrar mi cuerpo bruscamente envejecido. Pero,
cuando muera, toda la miseria en marcha que tan heroicamente he mantenido al
margen durante cuarenta años volverá. No tengo ninguna capacidad para alterar el
hecho de que el mal hará su trabajo, solo para cuándo «de pronto» lo hará. En
consecuencia, he decidido que mis Pliegues sean en general cortos, recreativos y
masturbatorios, en lugar de profundos y dolorosos.
Debería mencionar aquí, sin embargo, en la relación de los usos no sexuales de la
Fermata, uno de mis episodios menos atractivos. Tres chicos negros, de unos
dieciocho años o así, me detuvieron una tarde y me preguntaron cómo se iba al
Boston Common, y cuando puse mi cara habitual de «Sí, me encantará ayudaros a
encontrar el camino, y seré discreto, claro, en lo que se refiere a vuestro escaso
conocimiento de esta parte de la ciudad, y cuando os alejéis os sentiréis alegres ante
la idea de que hicisteis lo adecuado al preguntarme a mí por dónde se iba y no a otra
persona menos amable», uno de los chicos me puso una pistola debajo de la barbilla
(estábamos cerca del centro médico de la ciudad) y me pidió que le diera mi cartera y
mi reloj. Yo congelé el tiempo, apretando el botón que sacaba la punta de mi
portaminas (dentro de mi bolsillo trasero), y dejé la pistola fuera de juego. Estaba
temblando, ultrajado porque estos chicos se considerasen con derecho a mi cartera y
mi reloj y estuvieran dispuestos a amenazarme de muerte para conseguirlos. Se me
pasó por la cabeza el antiguo dicho jocoso para enseñar a rendirse: «Gafas, testículos,
cartera, reloj». De modo que me hice con algo de cable de la caja de un camión de la

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New England Telephone que estaba aparcado cerca y los até a los tres por las pelotas
a una señal de stop cercana. Es una experiencia en cierto modo desconcertante estar
atando tan tranquilamente con cable telefónico el escroto de una persona que acaba
de estar a punto de atracarte. Les sujeté arriba temporalmente con cinta aislante las
pollas para que no me molestaran colgando delante de mí mientras los ataba (dos
estaban sin circuncidar). Cuando los tres estuvieron perfectamente asegurados a la
señal de stop, y los tres cables les salían por las culeras de los pantalones a través de
unos agujeros que había hecho con unos alicates de cortar cables, di unos pasos hacia
atrás, volví a conectar el tiempo y, con un tono patético de bravucón, dije:
—¡Venid a por mí, mamones de mierda!
Muy sorprendidos, calibraron la situación durante un momento, luego se lanzaron
contra mí y cayeron de bruces a la vez, soltando maldiciones de dolor. Yo me di el
piro, sintiendo un creciente remordimiento, por no mencionar el alivio por no haber
cedido al primer impulso de venganza y haberles cortado los huevos sin más y
llevarlos arrastrando al servicio de urgencias; una opción, me avergüenza decirlo, que
había considerado brevemente. (¿Una castración puede hacer que uno muera
desangrado? Probablemente. Y era dudoso que tuvieran seguro médico). Después de
esa inquietante experiencia, pasé una «tarde» haciendo actos altruistas, mientras me
movía dentro del Pliegue por parajes con pinta de peligrosos quitándoles las pistolas
que tenían escondidas a todos los que parecían de menos de treinta años, pero los
registros resultaban aburridos y desagradables, y dejé de hacerlos cuando solo tenía
cuarenta y cuatro armas en el carrito de la compra requisado, y con la sensación de
que no había hecho nada que mereciera realmente la pena, y de que incluso había
desestabilizado momentáneamente un tranquilo ambiente callejero. (Todavía
protegido por la Fermata, eché las armas en el cemento blando recién descargado en
una obra).

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PERO… me gusta de verdad transcribir microcasetes. Menciono esto porque solo


unos pocos días después de que escribiera ese primerísimo fragmento sur le vif acerca
del exuberante vello púbico de Joyce, estaba inmerso en una de sus cintas, nadando a
lo perro en el limpio estanque con nenúfares iluminado por la luna de su conciencia,
con los ojos fijos en las letras verdes que ella hacía surgir de las yemas de mis dedos,
cuando levanté la vista al verla avanzar rápidamente hacia mí, agitando un lápiz y
mirando a un lado como si estuviera preocupada. Hice un movimiento para quitarme
los auriculares, pero ella alzó las palmas de las manos, indicando que continuara con
la transcripción, sintiendo sin duda esa punzada de culpabilidad que sienten a menudo
las personas consideradas cuando encargan una cantidad desacostumbrada de trabajo
a un eventual para que lo haga en un breve intervalo de tiempo. Obediente, seguí
transcribiendo: «La persona señaló que los créditos preferenciales andaban por las
seis cifras», etcétera. Joyce entre tanto escribió algo en un trozo de papel y lo sujetó a
la casete con una de las gomas de mi bandeja de gomas y la puso encima de mi
monitor. Decía: «Sin prisa, gracias». Yo asentí con la cabeza, haciendo con la boca
una U hacia abajo de asentimiento conspirativo. No le dije que estaba pasando a
máquina su cinta anterior. Dejé que se alejase. Y la visión de su figura, que se iba
haciendo más pequeña, mientras su voz seguía hablando cansina pero apaciblemente
a mi oído de créditos preferenciales y no preferenciales (este trabajo en el banco era
poco para ella, seguro), hizo que mi interés hacia Joyce, mi amor por ella, entrara en
erupción. La amaba, por ejemplo, por no escribir «Muchas gracias» en su nota y no
utilizar exclamaciones. Contemplé cómo volvía a su mesa de trabajo y se sentaba y
acercaba su silla y agarraba el teléfono. Era una mujer. Aunque tengo treinta y cinco
años, como parece que quiero escribir en cada página, a menudo me sorprende la
sencilla observación de que hay mujeres, de que esas mujeres llevan prendas de ropa
susurrantes, de que tienen labios y dientes que ocasionalmente utilizan para
sonreírme. Dan por sentada su existencia, y yo no, en cualquier caso. También creo,
con toda modestia, que tengo un instinto desacostumbradamente agudo para detectar
cuándo nota que entra en una nueva fase de atractivo una mujer ni guapa ni fea.
Puedo detectar mejor que otros cuándo nota una mujer que tiene un aspecto
inusualmente bueno ese día, o cuándo algo como un nuevo corte de pelo, o el haber
encontrado una tienda que tiene el tipo de ropa que le gusta más, le recuerda el hecho
de que el romance y el coqueteo también forman parte de la vida. Joyce quizá no sea,
considerada objetivamente, imponente, aunque es guapa; pero sucede que estas, creo,
son unas semanas milagrosas para ella, pues comprueba para su sorpresa que puede
ser hermosa con trazas de tener treinta años en lugar de veintitrés. Las trenzas
francesas forman parte de eso. Dudo muchísimo que en el trabajo nadie le haya

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dicho: «Estás entrando en una nueva fase de belleza, Joyce», pero algunos de sus
colegas tienen que haberlo notado también.
Joyce había estado tomando algo —probablemente yogur— mientras dictaba.
Normalmente, no me gusta que se haga eso. Pero cuando dijo las palabras «sin
planear» y yo oí uno de esos extraños momentos palatales, a menudo asociados con el
yogur, en los que el tono de su voz cambiaba repentinamente, haciéndose nasal,
sencillamente no podía creer que estuviera tan cerca de ella. ¡Mi cabeza estaba
prácticamente dentro su boca! Tenía una gran cantidad de trabajo que hacer, sin
embargo, de modo que chasqueé el tiempo con objeto de tener unos cuantos minutos
de libertad para pensar en lo que podría hacer con Joyce si desconectaba el tiempo
durante un rato largo. (Hago a menudo esto: provoco un Parón solo para pasar revista
a todas las cosas que podría hacer si hiciera un Parón en ese mismo momento). Podría
estar en el Pliegue varios años, aprendiendo carpintería y otras técnicas de
construcción, y elevar toda una ciudad alternativa para ella, una ciudad con remates
irregulares y pasos elevados, adonde la transportaría, y luego, volviendo el tiempo
hacia atrás, esperaría en uno de los edificios desiertos que yo había construido hasta
que ella me encontrara, y yo manifestaría un desconcierto total porque hubiera
llegado hasta allí y porque nos hubieran dejado que nos las arregláramos nosotros
solos, y por fin ella se desesperaría y follaríamos al atardecer allí sentados
mirándonos a los ojos, en mitad de una calle empedrada con adoquines que yo había
instalado a mano, uno a uno.
O podría escribirle una breve carta pasándome, sin contenerme lo más mínimo,
diciéndole lo maravilloso que era pasar sus memorandos de crédito y lo poco que
había esperado conocer a alguien con su encanto en esta planta del edificio del
MassBank, y lo extremadamente contento que estaba de que le gustaran mis gafas, y
sujetaría con un clip la nota en el dorso de los papeles que le devolvería. O podría
tomar prestadas las llaves de su bolso e ir a ver cómo era su apartamento. (Los
domingos yo solía andar por los cafés de Cambridge leyendo diarios poéticos de
mujeres escritos a mano, mientras estaba en el Pliegue, pero lo sorprendente era lo
poco que uno aprendía sobre lo que de hecho les gustaba a las mujeres, cómo era su
forma de ser, al leer sus diarios poéticos; aunque su caligrafía te decía algo. Por fin
encontré que un modo más fiable de hacerse una idea de una mujer concreta sin tener
que hablar con ella era apretar PAUSA, averiguar su dirección, y coger prestadas sus
llaves para ver cómo vivía). O podría poner una de mis ediciones artesanales
especiales de un panfleto que se titula Relatos franceses de amor y pasión en una
papelera justo cuando Joyce estuviera tirando algo, de modo que lo encontrara y
quizá lo leyera. O podría invitarla a cenar. Eso parecía la cosa más razonable que
podía hacer.
Pero al final, es innecesario decirlo, tomé prestadas sus llaves e inspeccioné su
apartamento. Entré en el Pliegue hacia las cuatro y media. Afortunadamente para mí,
Joyce vivía en Garden Street, una de las calles que dan a Beacon Hill, un paseo de un

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cuarto de hora, y no en Brookline o un sitio así, aunque hubiera llegado andando
hasta Brookline, o por lo menos habría tomado prestada la bicicleta de un mensajero
para llegar hasta allí, algo que he hecho con bastante frecuencia cuando tengo
necesidad de moverme mientras el universo está desconectado. (La circulación
interrumpida hace que conducir un coche durante el Pliegue sea poco práctico). Joyce
vivía en el quinto piso, en un estudio de forma rara adjunto a un porche alargado
incongruentemente estrecho, donde aparentemente dormía. Había unos cuantos
zapatos planos de lona con estampado de flores de color turquesa delante del sofá,
que era plegable y tapizado de un azul descolorido y tenía pinta de segunda mano. El
suelo estaba pintado de gris. Un envoltorio de plástico de un tampón se aplastó bajo
mis pies en el suelo del cuarto de baño. Su maquillaje estaba metido al azar en una
caja metálica que en otro tiempo había contenido una especie de galletas francesas.
Había un póster de la Piazetta en una pared y una pequeña ilustración enmarcada,
sacada de un libro sobre perspectiva del siglo XVIII, en otra. Su despertador estaba
puesto a las ocho menos veinte. Estaba leyendo varios libros; los únicos que recuerdo
ahora eran Perversidad, de Mary Midgley, y Crecimiento y forma, de D’Arcy
Thompson. Había un frasco de sirope de arce y un ejemplar de un libro de Dover, 500
casas pequeñas de los años veinte, sobre la mesa de la cocina. Un gato, un
adolescente flexible cuyo sexo no me molesté en determinar, estaba desestimado en
mitad del salto de la encimera a una silla. Traté de hacerme una idea de lo que vestía
Joyce cuando no llevaba puesta la ropa de trabajo, pero, como de costumbre cuando
aprieto el embrague para curiosear, no pude: no es intuitivamente obvio qué prendas
van con otras. Pero su desorden estaba bien; me encantan las mujeres desordenadas.
(Por otra parte, me encantan las mujeres ordenadas).
Lo mejor de su apartamento, sin embargo, en mi opinión, era el canapé de su
cama. Era uno de esos terapéuticos, hecho con centenares de montecillos
redondeados de unos centímetros de alto o trozos de espuma, que la gente usa para
amortiguar los puntos de presión de un colchón demasiado duro. Nunca había
conocido personalmente a nadie que usara uno. Me proporcionó gran placer deslizar
la mano por debajo de la desordenada ropa de cama para notar lo que había debajo de
las sábanas. Parecía como si mis dedos estuvieran tocando el piano cuando pasaban
sobre su superficie que subía y bajaba. Tiré de una esquina de la sábana remetida. El
canapé de gomaespuma era de un color amarillo oscuro; cuando lo miré con atención,
el dibujo de sombras idénticas engañó a mis ojos con dimensiones falsas. Sentí como
si estuviera mirando una grosera aproximación, en gomaespuma, de la auténtica
geometría del tiempo. Todos los demás se mantenían al nivel de la sábana, y solo yo
podía meterme debajo.
Al tocar el canapé de Joyce, sentí ganas de besarla. No solo quería besarla, algo
que podría hacer fácilmente usando el truco del tiempo; quería que supiera que la
estaba besando y quería que ella quisiera que la besase, lo que era muchísimo más
difícil de conseguir. Abrí uno de los grifos de la cocina; salió un chorro de agua (la

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presión del agua nunca es buena en el Pliegue), y bebí un poco con uno de los vasos
de la cocina. Justo antes de salir de su apartamento y volver caminando al trabajo,
coloqué, debajo de una antigua botella de cristal del alféizar de su dormitorio del
porche, completamente fuera de vista, sin saber exactamente por qué estaba haciendo
eso, un papelito de una galleta de la suerte que había encontrado en un cuenco con
cosas olvidadas de encima de la nevera. Decía: «Sonríe cuando estés preparada».
Luego volví andando al trabajo. Cuando tuve puestos los auriculares y volví a adoptar
la expresión en cierto modo espiritual del transcriptor concentrado, hice un chasquido
para que todo volviera a la vida.
Pero había juzgado mal mi capacidad para encajar el sonido de la voz de negocios
bruscamente reactivada de Joyce tan poco tiempo después de hacerme una idea
general e ilícita de su apartamento. El hecho de que ella no tuviera ni idea de lo que
yo acababa de hacer, de que ella desconociera el profundo conocimiento que tenía yo
de su canapé, me apenó mucho más de lo que esperaba; no exactamente porque mi
ilegal entrada estuviera mal, sino porque notaba que mi sensación más plena de su
vida iba a hacerme más difícil pedirle que saliera conmigo, en lugar de más fácil.
Cuanto más sabía de ella, más me gustaba, con una especie de sincero afecto
amistoso, casi marital; pero también era más difícil imaginarme cenando con ella y
haciendo como si no supiera nada más que lo que ella quisiera contarme. Su vello
púbico, sus trenzas, esas cosas podía entenderlas bien: eran señales gráficas y texturas
cuyo recuerdo no se interpondría en un coqueteo posterior, más preliminar, pero
naturalezas muertas como el sirope de arce y el libro de Dover de la mesa de la
cocina hacían que me imaginara pasando la vida con ella, y ¿cómo iba a poder pasar
la vida con ella si tenía que mantener en secreto ante ella mis actividades en el
Pliegue? Esta especie de duda no era enteramente desconocida, pero en el pasado me
había limitado a decidir (y más recientemente después de que Rhody rompiera
conmigo por ese mismo motivo) que nunca me iba a casar y que estaba contento de
esa decisión. Esta vez, sin embargo, encontré deprimente pensar que acababa de estar
en su apartamento, en su vida, sentado en su cama, y que, sin embargo, si no ponía en
acción mi amor —o como pueda llamarse una emoción híbrida semejante cuando uno
descubre cosas importantes sobre una mujer, todas en el orden equivocado—
pidiéndole que saliera conmigo, no podría después, dentro de un año o así, si me
tropezara con ella en la calle, ni siquiera recordar su nombre: por lo tanto, tendría que
usar el Pliegue solo con objeto de ser atento con ella.

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ES evidente que estaba equivocado al predecir en las páginas precedentes que Joyce
desempeñaría un papel poco importante en mi autobiografía. Terminé de pasar su
cinta y me dirigí a su despacho para entregársela, con intención de pedirle que
saliéramos juntos. Pero estaba hablando con un ingenioso y encantador jefecillo al
que encontré intimidante y con el que no quise competir. En lugar de eso, me limité a
saludarles a los dos con la cabeza y a darle los papeles a ella. A las cinco me marché.
Llegué a mi casa sintiéndome sumamente triste, desesperanzado, casi a punto de
llorar. Encima de mi mesa de trabajo había tres dildos vibradores de diversos grados
de estilización, junto con una mariposa vibradora especial para mujeres y un
activador de pene Jeff Stryker. Todos eran «canela en rama», como dicen los
coleccionistas de esos juguetes. Me senté en la silla y los miré, dominado por
enormes oleadas de pena. Los había pedido a una empresa de San Francisco, pagando
un precio extra para que me los enviasen por mensajero de puerta a puerta, con la
idea de que en algún momento sería capaz de contemplar a Joyce usando uno o más
de esos aparatos consigo misma. La idea de comprar el activador de pene se me
ocurrió después, pues podría tenerlo de reserva como un instrumento con el que
negociar:
—Adelante, usa esos dildos vibradores para que yo te vea, y yo me menearé el
pene con ese activador para que me veas tú.
Pero no me sobraba el dinero con el que compré aquellos aparatos —casi
doscientos dólares en instrumentos sexuales— y me parecía patético e indigno
tenerlos almacenados si nunca iba a ser capaz de utilizarlos con alguien como Joyce.
Tomando vino, con la radio emitiendo jazz progresivo con los usuales bongos
pulcramente grabados y las flautas tribales sintéticas y los acordes tan conocidos de
Steely Dan, llené el impreso para devolverlos. Escribí: Nadie con quien usarlos,
desafortunadamente, junto al MOTIVO DE LA DEVOLUCIÓN, y uno por uno los
volví a guardar en la caja donde habían llegado (los habían empaquetado de modo
responsable con estireno reciclable), y mi autocompasión alcanzó alturas imposibles.
Yo quería… quería contarle a Joyce mi sueño de un sostén volador azul: estábamos
solos en un bote de remos en mitad de un lago de azufre, y el único modo de escapar
que teníamos era que ella se quitara la blusa, se desprendiera del sostén volador azul,
se arrodillara en sus copas y agarrara con fuerza los tirantes y tirara de ellos para
alzarse, usándolos como unas bridas. Yo me subiría a sus hombros, y ella, cabalgando
noblemente la licra con el pecho al aire, nos levantaría y nos llevaría zumbado hasta
el verdor tan seguro. También quería contarle el sueño que tenía muchas mañanas
justo antes de despertar, de que me había metido en la boca un enorme trozo mascado
de chicle Bazooka: eran ocho o nueve barras de chicle que empujaba una tras otra

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porque al principio el sabor era ácido, pero ahora se había vuelto peor aún —pegajoso
y opresivo, casi grumoso, casi sólido—, y yo trataba de sacarme la desagradable
masa de la boca con el dedo y no lo podía conseguir, aunque al despertar me daba
cuenta de que la masa de chicle en realidad solo era mi lengua, que en mi avance
hacia la conciencia había hecho presente su perezosa existencia al pegarse a los
nervios que revivían en el paladar de mi boca. Quería contarle a Joyce esos sueños.
Pero ella no era mi amante, y los amantes son las únicas personas que pueden
soportar oír los sueños de uno.
Yo no creo que la soledad sea necesariamente una situación mala o poco
constructiva. Mi propia habilidad para encasquillar el tiempo puede que dependa, en
realidad, de una mezcla inestable de emociones, entre ellas la curiosidad, el deseo
sexual y el amor, todas en suspensión en un medio soluble de soledad. Me gusta que
los héroes o las heroínas de los libros que leo vivan solos, y se sientan solos, porque
leer es en sí mismo un estado de soledad incrementada artificialmente. La soledad te
hace tomar en consideración la vida de otras personas, te hace más educado con los
que tratas de pasada, disminuye la ironía y el cinismo. El interior del Pliegue es,
claro, el lugar de la máxima soledad, y me gusta estar allí. Pero hay ocasiones en las
que el deseo de las voces de los demás, del regreso de la amistad, alcanza niveles
desagradables y se convierte en una especie de dolor paralizante. Eso es lo que sentía
cuando terminé de empaquetar los aparatos eróticos. Utilicé una «pistola de cinta
adhesiva» para volver a cerrar la caja, tal como lo haría un profesional de correos.
Una pistola de cinta adhesiva es un aparato sin gatillo con un mango que te permite
poner la cinta adhesiva en finas capas. Tiene un conjunto de dientes metálicos
afilados que cortan la cinta por donde se quiere, como el borde de una caja de plástico
que te puede herir el dedo si pasas deprisa la mano, pero la función de la pistola es la
opuesta: sellar, unir, en lugar de herir y hacer daño. La compré en una tienda de
material para oficina como premio después de una espantosa semana de trabajo en el
departamento de servicios sociales escribiendo a máquina números de la seguridad
social en cajas que no estaban hechas para que se pudiera escribir en ellas a máquina.
Entonces, en ese momento de desesperación, al cerrar con cinta adhesiva la caja de
los aparatos eróticos, levanté esta pistola para cinta adhesiva perfectamente
equilibrada y me la llevé a la sien, me pregunté si tenía ganas de morir y, al hacerlo,
me di cuenta de inmediato de cuán risiblemente lejos me encontraba del suicidio
efectivo, y de lo buena, feliz y llena de suerte que, en el fondo, era mi vida. La idea
de tratar de suicidarse encima de una caja de dildos vibradores con una pistola para
cinta adhesiva pegada a la sien me resultó casi cómica. Me ayudó a superar la carga
de soledad-Joyce. Decidí que lo que de verdad necesitaba hacer era ir a la biblioteca y
conseguir algunas autobiografías más y leerlas, de modo que pudiera hacerme una
idea mejor de cómo escribir adecuadamente esta. Antes de salir, abrí la caja que
acababa de cerrar con cinta adhesiva, saqué uno de los dildos vibradores (no el
Pleasure Pallas, uno japonés de tamaño medio hecho en forma de Athenea con una

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extraña antorcha de la sabiduría en la mano, antorcha que era en realidad un
estimulador del clítoris; pero lo prefería al Monasticon, que era un monje capuchino
alargado y retorcido que tenía en la mano un estimulador de clítoris en forma de
manuscrito) y lo metí en mi cartera de mano. Me lavé los dientes. Luego reconsideré
la cosa, y también metí la Mariposa vibradora color rosa vivo en la cartera de mano.
Sería un desperdicio de posibilidades vitales el devolverlos, pensé, solo porque quizá
no pudiera utilizarlos nunca con Joyce. Sería mucho más sensato repartirlos gratis en
la biblioteca.
Tuve más suerte que de costumbre, pues encontré los libros que quería: El teatro
de marionetas de la memoria —la autobiografía de Maurice Baring—, Personas y
lugares, de Jorge de Santayana, Las memorias de John Addington Symonds, y Veinte
años en Hull-House, de Jane Addams. Me senté en una mesa alargada y eché un
vistazo a los libros. Aquella mesa concreta de la biblioteca la había elegido a
propósito, claro: había otro ocupante, una mujer menuda de casi cuarenta años con
una rizada cabellera salpimienta, que llevaba una blusa de manga corta y pendientes
de cristal amarillo. Miraba varios montones de fotocopias de microfilmes,
clasificándolos y rodeando párrafos con círculos de vez en cuando. Hacía girar
suavemente la pluma, en silencio, sobre la mesa, mientras leía, como si fuera la
peonza de un niño. Sus ojos se movían con una rapidez impresionante sobre las
páginas con olor a producto químico de tamaño folio, pero parecía cansada por haber
pasado horas leyendo a la luz grisácea de uno de los espantosos lectores de
microfilmes de la biblioteca. Detuve el tiempo para enterarme de lo que había
microfilmado, que resultaron ser unos ejemplares de Harper’s Bazaar de finales de
los años cuarenta. No la toqué. Solo quería excitarla; o ni siquiera excitarla, sino
sencillamente formar parte de su vida de modo subliminal. Quería que se excitara
vagamente, sin que supiera que yo era la fuente de su excitación.
La mujer necesitaba, o eso me pareció a mí, ver, o sentir, mis Cuadrados Móviles
Psi. Dentro de la cartera de mano yo tenía tres sobres abiertos de un modo raro. Uno
contenía muchos cuadrados de dos centímetros y medio de papel de colores, unos
negros, otros color rosa. El segundo contenía cuadrados de dos centímetros y medio
que había recortado de revistas de modas y catálogos de Garnet Hill, solo caras:
hermosas, interesantes, exóticas o notables por otros conceptos, caras de hombres y
mujeres. El tercer sobre contenía cuadrados de un prospecto, que había encontrado
entre el correo, de una empresa llamada Elmwood Distributors, una especie de
distribuidora de películas porno de poca categoría, la mayoría de las cuales eran
recopilaciones, o «revues», que cantaban de modo sorprendente, con títulos como
Trabajo a dos manos, Morena lactante hermafrodita mamona, y Gran polla sin
censurar corriéndose en la cara. Cada película estaba ilustrada con un fotograma
único de dos centímetros y medio, algunos de los cuales los había recortado.
Entonces dispuse muchos de estos cuadrados al azar en un rectángulo alrededor de la
página del microfilme que estaba mirando la mujer, ocupé mi asiento, levanté el libro,

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chasqueé los dedos haciendo avanzar el tiempo durante una fracción de segundo y
luego lo volví a detener: chasqueo-chasqueo. Luego volví a donde estaba ella y
desplacé cada cuadrado en dirección contraria a las agujas del reloj, activé el tiempo
de nuevo con un chasqueo y lo volví a desactivar. Hice esto repetidamente, docenas y
docenas de veces, esperando ofrecerle a la mujer una proyección de imágenes en la
periferia de su visión mientras leía los ejemplares de los años cuarenta de Harper’s
Bazaar. Debo decirlo, la labor fue extremadamente tedios, siempre que utilizo mis
Cuadrados Móviles Psi, siento un respeto renovado por los fotogramas de los dibujos
animados más primitivos de Barrio Sésamo y admiración por Hanna-Barbera. (A
veces, cuando tengo menos energía, solo utilizo un cuadrado, un cuadrado con una
cara o un fotograma porno, algo que creo, a juzgar por el modo en que mira la mujer,
que le podría interesar, haciendo que aparezca durante un instante cada minuto o así
en una posición distinta en la página del libro que está leyendo). En el caso presente,
la mujer con los pendientes amarillos suspiró y bajó la cabeza durante unos
momentos. Detuve el tiempo y quité todos los cuadrados y los guardé, luego volví a
conectar el tiempo. La mujer bostezó, echando la cabeza atrás, con las manos
sujetándose la nuca; luego se apretó con el pulgar fuertemente entre las cejas. Creía
que había estado trabajando demasiado, que veía cosas; y de hecho había estado
viendo cosas: había estado viendo los cuadraditos sexuales que yo había proyectado
en su vida. Noté su mirada fija en mí durante unos momentos. No levanté la vista:
pasaba sin prisa, con aspecto preocupado, las páginas del relato de los años en Suecia
de Maurice Baring. La mujer volvió a bostezar y recogió sus cosas. Yo no tenía ni
idea de en lo que estaba pensando. Se dirigió a la papelera de junto a una de las otras
mesas. Justo antes de que tirara algunas de las páginas del Bazaar, detuve el tiempo y
puse mi vibrador Monasticon encima de la papelera, donde ella lo pudiera ver,
asomando de una bolsa de papel. Lo vio: alzó la bolsa y miró dentro, luego paseó la
vista a derecha e izquierda, verificó una vez más el contenido de la bolsa. ¿Qué
demonios, se estaba preguntando, hacía en la papelera de la biblioteca pública de
Boston un vibrador completamente nuevo que representaba a un capuchino con un
manuscrito para activar el clítoris? Se quedó allí quieta durante un segundo o dos,
considerando qué hacer, con el ceño fruncido, y luego el vibrador metido en el
paquete desapareció tranquilamente en su bolsa de libros de la Universidad de
Boston. Se dirigió hacia la salida. Le tiré un beso. Que tuviera buena suerte.
Aquello podría haber terminado con mis actos generosos de la tarde, pues la
biblioteca iba a cerrar, pero cuando estaba haciendo cola en el mostrador del registro
de libros, justo delante de mí apareció una mujer corpulenta y alta. Siempre me alegra
hacer cola detrás de una mujer, porque la puedo mirar libremente sin ponerla
incómoda. Esta llevaba el pelo muy espeso, suelto y teñido posiblemente con henna;
en cualquier caso, tenía un color rojo parduzco. Era de esas personas regordetas de
las que la gente dice que llevan bien su peso. Tenía muy buen aspecto. Llevaba
puesto un número indeterminado de capas de ropa muy sueltas, con grandes agujeros

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para sacar el cuello, que quedaban una sobre otra como las órbitas excéntricas de
varios cometas; uno de los agujeros para sacar el cuello casi se le había caído del
hombro, dejando a la vista una especie de cinta azul de un body que probablemente
representaba la capa de más abajo. Era un modo de vestir y un aspecto que hasta
entonces nunca había pensado que me gustara, pero que en ella noté que podía
gustarme mucho. El hombro que tenía parcialmente al descubierto contaba con
muchas pecas, que lo hacían desusadamente suave y palpable, como una especie de
piedra de río.
Pero hasta que no me fijé en el libro que iba a sacar, no quedé completamente
cautivado por ella: se dirigía a su casa para leer una cosa que se titulaba Desnuda
bajo mi ropa, un libro bastante reciente de una mujer que pretendía resultar cómica.
Yo ya lo conocía: a veces resultaba divertido —estupendo por ti, librito—, pero para
mí lo mejor de todo era su título. Durante años y años me he sentido asombrado por
esta verdad evidente, el que todos estamos desnudos debajo de nuestra ropa;
tropezarme en una biblioteca con una mujer que llevaba un libro que proclamaba el
hecho en su título me llevó a sentir que me derretía de un modo tan sexual que no es
sexual, como si las rodillas ya no fueran a hacer lo que tenían que hacer y las pelotas
fueran a colgarme blanduzcas, estirándose hacia abajo igual que caramelos blandos, y
llegar hasta los tobillos, ablandadas por el calor de mi deseo. Sabía que la mujer había
sacado este libro simplemente porque quería reírse y porque le habían dicho que era
divertido, pero tenía un título provocativo, y ahora ella se sentía, a pesar de lo suelta
que se mostraba con respecto al sexo, un tanto violenta al sacarlo de la biblioteca.
Su sensación de incomodidad, me parecía, se centraba en el hombre que se
ocupaba del aparato de las tarjetas de préstamo; un tipo larguirucho y feo, de modales
amables, que se afeitaba hasta demasiado abajo los lados de su barba. Pero la mujer
también sabía que tenía a alguien detrás, y podría ser consciente de que mis ojos se
clavaban en las pecas de sus hombros y se movían por su brazo para volver a leer el
título del libro: Desnuda bajo mi ropa; un hecho que, dado que ella tenía el libro en la
mano, estaba afirmando no tanto una verdad general como una verdad específica con
respecto a ella y solo a ella, con el elidido «Estoy». Me apetecía muchísimo verla
desnuda debajo de su ropa. Y, naturalmente, podía conseguirlo con bastante facilidad.
Sin embargo, dudé en activar el Pliegue para quitarle todas aquellas capas de ropa,
pues tendría problemas para recordar cómo colgaban con un descuido tan ingenioso
unas sobre otras cuando llegara el momento de volver a ponérselas. (¡No llevaba
puestos, gracias a Dios, esos leggins rematados con un poco de encaje!). Cada curva
y movimiento de su cuerpo exclamaba:
—De momento estoy completamente sola y esta noche me encuentro disponible
para tomar una copa o dos con un hombre agradable que me quiera escuchar y me
haga reír.
Yo sabía que ella estaba sintiendo que estos momentos en la cola para sacar libros
eran su última oportunidad de conocer a alguien, y sabía también que por lo menos

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yo constituía una presa mejor que el empleado de la biblioteca con la antiestética
barba.
Pero aunque estaba, estoy, completamente solo, y aunque había sufrido un serio
ataque de soledad en el que había intervenido una pistola de cinta adhesiva solo unas
horas antes, y probablemente emitía las mismas radiaciones de disponibilidad y deseo
generalizado que despedía ella, no entablé conversación con la mujer, porque por
entonces era lo suficientemente sagaz para saber que no debía derrochar con una
mujer como esta mi vacilante aunque ocasionalmente afortunada técnica para ligar,
pues si salíamos a cenar unas cuantas veces y pasábamos unas cuantas noches en la
cama, la cosa resultaría esencialmente triste, esencialmente errónea. Yo no era el tipo
de hombre al que ella deseaba de verdad, y tampoco ella lo era para mí —habría un
asombro y excitación temporal con respecto a aquellos agujeros para sacar el cuello,
y luego las diferencias entre nosotros nos llevarían al fracaso—, y ¿por qué hacer eso,
cuando lo único que de verdad me apetecía saber era cómo era exactamente desnuda
debajo de la ropa? Podía imaginar por adelantado algo de lo que no veía, pues en mi
vida he desnudado furtivamente a muchas mujeres; soy consciente de que hay ciertas
correlaciones de connaisseur entre el tipo de cara que tiene una mujer y el tipo de
espalda que tiene: de hecho, tenía la sensación de que poseía una impresión bien
definida del aspecto que tendría su espalda, de hasta qué altura le llegaba la oculta
cintura. Pero los pechos siempre eran impredecibles, y el culo (me refiero al culo del
mundo real, no al culo de las revistas porno) también era una cosa con mil millones
de variaciones posibles.
Yo quería, a falta de conocimiento de su desnudez, anunciarle sencillamente, con
una voz tranquila y seria:
—Yo también lo estoy —y cuando ella volviera la cara hacia mí con un afable
desconcierto, yo señalaría el libro que llevaba y diría, para aclararlo—: Me refiero a
que estoy desnudo, también, por debajo. De verdad, lo estoy.
A lo mejor ella se ponía a la defensiva ante este atrevimiento. Una de las
primerísimas veces que lo hice con una chica fue en un parque cuando tenía quince
años: nos tumbamos en una leve pendiente, entre muchas coníferas poco altas. Por
fin, la mano de ella me desabrochó los pantalones y se hundió en mis calzoncillos, y
expuso mi húmeda berenjena al mundo y la dejó allí. Ninguno de los dos bajamos la
vista durante bastante tiempo; yo me concentraba en conseguir que se corriera sin
quitarle los pantalones vaqueros, lo que no era tan fácil. Finalmente lo dejamos, pues
necesitábamos intimidad de verdad para hacer cualquier progreso, y entonces
bajamos la mirada, y hubo una visión de mi desnuda identidad que yo nunca antes
había tenido, o nunca le había prestado atención; una visión casi espantosamente
sorprendente: la piel ultrapálida de mis pelotas, que estaban en horizontal y muy
tirantes, estiradas hasta un estado de brillo mate como el de los huevos de gallina
(porque la cinturilla de mis calzoncillos, demasiado pequeños, estaba por debajo de
ellas, empujándolas hacia arriba), y por encima tenía inscripciones de muchos vasos

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delicados e infantiles, como en una foto de Lennart Nilsson de la cabeza de un feto en
desarrollo. Y —añadiendo algo más al efecto obsceno del conjunto— unos folículos
de pelo dispersos formaban como pequeñas protuberancias en la tirante piel. Aunque
resultaba sumamente desagradable —o al menos nada romántico— de mirar (mi
novia se echó hacia atrás, creo, al ver más de mí de lo que entonces estaba preparada
para ver), no pude evitar el fijarme con cierta satisfacción en lo sorprendentemente
espermáticos que parecían los propios pelos de los huevos, con sus largos y finos
extremos y sus cabezas de folículos ovoides: pelos de esperma rodeando los
testículos parecidos a huevos de gallina, tratando de fertilizarlos, como si mi cuerpo
estuviera ofreciéndole, a alguien que se tomara la molestia de mirar, una
representación aumentada, tridimensional, de la tarea que mis gónadas estaban
programando para que llevara a cabo.
La mujer que estaba delante de mí en la biblioteca, se me ocurrió, era mayor que
aquella novia de dieciséis años de hace tanto, y podría estar dispuesta a asumir el
extraño parecido entre los pelos de los huevos y los espermatozoides que la
apuntaban; pero también podría ocurrir que no. Dependía mucho, claro, de cómo se
presentara la información; un tono de sorpresa incontenible a menudo funciona bien.
Mi exnovia Rhody organizó una vez una barbacoa e invitó a seis o siete amigos. Mi
cometido era encender el carbón. Con los pies fijos en el suelo y muy separados,
inclinado sobre la pequeña parrilla semiesférica, abanicaba las brasas con la sección
de arte del Globe con tal energía y rapidez que los huevos se pusieron a agitarse hacia
delante y hacia atrás al ritmo exacto de mis brazos. Fue una experiencia única, el
poder notar a esas cebollitas de cóctel ir y venir con tanto gusto. Paré para tomar
aliento y, cuando las llamas aumentaron, alcé la vista hacia la mujer que estaba
parada cerca de mí con una copa en la mano (una de las amigas del trabajo de Rhody)
y le dije, con voz de asombro:
—La verdad es que se me están balanceando los huevos. Es una experiencia
nueva.
Ella ladeó la cabeza, sonriendo, y dio un sorbo a su copa; no pareció que le
importara que le dijera eso. Abaniqué las brasas algo más y luego hablamos
brevemente de los carbones especiales para encender barbacoas.
—Pero parece que te gusta que se balanceen —dijo la mujer—. No quisiera
privarte de ese placer.
Dios santo, cómo aprecio esos breves momentos de coqueteo.
La cola para sacar libros no era corta, de modo que tuve tiempo de sobra para
tener todos los pensamientos sexuales que quise mientras miraba la cinta azul del
hombro y la piel con pecas de Miss Henna, que seguía delante de mí. El título del
libro estaba añadiendo todavía más potencia de rayos X a mi mente; casi estaba
descontrolado. Desnuda, desnuda, desnuda, desnuda, desnuda. Me moría de ganas
por verle la espalda y las enormes y blandas nalgas. La imaginé tumbada boca abajo
en una mesa de masajes, con su suave pelo recogido para que no molestase, los ojos

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semicerrados, adormecida por el vapor de la habitación, con una toalla blanca sobre
las piernas. Yo entraría llevando un gran cuenco blanco con el borde verde, lleno de
aceite tropical semifrío y una docena o así de huevos de piedra de diversos colores
jaspeados. Depositaría el cuenco en una mesita con ruedas muy cerca de su cabeza y
empezaría a remover y dar vueltas lentamente con la mano a los huevos de piedra
dentro del aceite, como una saladier sedada, de modo que hicieran clic-clac unos
contra otros y contra los costados del cuenco, y luego dejaría mis manos cerradas en
torno a dos de ellos, uno rojizo y otro negro con vetas grises y violetas, y los apretaría
contra los músculos de su espalda, a cada lado de su columna vertebral, sujetándolos
con las palmas de las manos. Pasaría las manos alternativamente, como un gato que
ronronea se trabaja las patas, de modo que los huevos de piedra se deslizaran
lentamente por su espalda, empapados en aceite. Cuando amenazaran con quedar
secos, yo los volvería a meter en el cuenco, los volvería a embadurnar con mis
propios dedos, elegiría otros dos y los volvería a mantener pegados a ella,
manipulándolos con los músculos de las manos de modo que se deslizaran de un
extremo al otro de mis resbaladizas palmas. Ella intentaría adivinar, únicamente por
el tacto, de qué colores eran:
—Hmmm, creo que la izquierda es una piedra gris y blanca salpicada de rosa —
diría.
Para nada, era de cuarzo azul. La ayudaría a darse la vuelta, de modo que quedara
boca arriba, y deslizaría los escurridizos huevos por los músculos superiores de sus
muslos y a cada lado de su montículo, y luego le daría a elegir cuáles quería dentro.
Ella elegiría dos y yo introduciría los dos huevos de piedra, de modo que oiría el
sonido amortiguado del choque del uno contra el otro, y apartaría la mano; ella los
mantendría dentro sujetándolos con los músculos y yo vería dilatarse la piel de su
vagina cuando diera a luz a uno de ellos —igual que esas maravillosas escenas de
Nature, de tortugas marinas poniendo huevos a medianoche, donde uno puede ver
hincharse y dilatarse la vagina de la tortuga sobre el hoyo de arena cuando aparece
otro huevo—, que caería todo resbaladizo en mi mano.
Cuanto más gráfica y específica se hacía mi imaginería sexual, más relativamente
sencilla se volvía la idea de sujetarle con unas cintas la Mariposa vibradora, que, por
contraste, resultaba insípida y amable y nada invasora; lo último que podía hacer por
ella. Después de todo, los agujeros para el cuello, su espalda, tenían el exacto aspecto
de los de alguien que adorara los vibradores. Dejé que sacara el libro (ella y el
encargado de la biblioteca tuvieron un momento de contacto ocular, como me había
imaginado) y saliera a la calle, y entonces detuve el universo y saqué la Mariposa. Mi
plan era colocársela mientras ella se dirigía a casa, porque pensé que tal vez la notara
menos si estaba en movimiento que si estaba sentada. Pero tenía que asegurarme de
que no la sobresaltaría; no me interesaba inquietarla o hacer que sintiera que estaba
perdiendo la cordura. En consecuencia, tuve que probar el producto conmigo mismo:
me bajé los pantalones y los calzoncillos y, colocando un kleenex entre los

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activadores de placer del aparato y mi escroto, de modo que no llegara a exponer a
Miss Henna a ninguno de mis gérmenes cuando por fin se lo sujetase a ella, fijé las
correas y lo coloqué cómodamente en su sitio. Anduve de un lado a otro del vestíbulo
de la biblioteca con el aparato puesto, mirando las esquinas de arriba de la estancia y
concentrándome en lo que se sentía. Quedé sorprendido al descubrir que, aunque
levemente tirantes, las cintas negras de alrededor de mi culo y muslos no resultaban
perceptibles en absoluto mientras caminaba. Lo que sí se percibía,
desafortunadamente, era la anchura de la propia Mariposa entre los muslos. Puede
que, si el bulto de mis genitales no estuviera allí, el aparato se hubiera ajustado con
más comodidad, pero incluso entonces la mujer vería instantáneamente que allí había
algo. Recordé haber leído una información sobre una mujer gorda que robaba teles
portátiles alejándose con ellas entre las piernas; pero en ese caso no importaba que
tuvieran una forma que la mujer pudiera notar al andar. Sin embargo, no todo estaba
perdido; me di cuenta de que cuando estaba sentado, incluso con las piernas cruzadas,
era como si no existiera la forma elástica de la Mariposa. Mi cuerpo se adaptó
instantáneamente a su presencia. Puse las dos Sonic de sobra en la carcasa de plástico
rosa para las pilas y activé el contacto hasta que el vibrador se puso en marcha. Total,
que el ruido resultaba espantosamente fuerte. La mujer lo oiría. Incluso a su nivel
más bajo, que es como lo pondría cuando se lo instalase a ella (de modo que se
mantuviera por debajo del nivel de su conciencia; sería una vibración solo perceptible
como un cambio de estado de ánimo, no como una señal física efectiva), hacía un
ruido que no era tanto un zumbido como una especie de risa apagada. Ahora, mi
única esperanza, comprendí, era que ella no se dirigiera andando a su casa, sino que
cogiera el autobús o el metro, donde el estruendo del tráfico podría disimular su
ruido. En cuanto a la sensación de la Mariposa en mi propio paquete, no era
ciertamente desagradable, pero tampoco maravillosa (puede que el kleenex tuviera
que ver con el problema), lo que en definitiva me agradó, pues el que las mujeres se
corran tan intensamente con vibradores lo hacía todo más misterioso, femenino y
diferente que el placer masculino.
Me vestí, volví a la cola, activé el universo y saqué prestados mis libros, mirando
mi reloj para que el empleado de la biblioteca se diera prisa. Una vez fuera, distinguí
a la mujer en la esquina de Boylston con Dartmouth, donde esperaba para cruzar la
calle. Anduve muy despacio, deseando que dirigiera sus pasos hacia el metro, cosa
que, por suerte para mí, hizo. La observaba desde la sombra; no me podía ver nadie y
por tanto nadie se daría cuenta si desaparecía del sitio en donde estaba parado.
Detuve el tiempo y alcancé a la mujer. Se llamaba, me enteré echando una ojeada
rápida a su bolso, Andrea Apuleo, un nombre perfectamente razonable, aunque, al
igual que todos los nombres, un tanto sorprendente durante los primeros minutos si
uno ha tenido la oportunidad de hacerse previamente una idea de la persona. Vivía en
Chestnut Hill. Bajé los escalones delante de ella y tomé asiento en un banco del
andén, para que, cuando subiera al mismo metro que ella, no tuviese la menor

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sospecha de que la había seguido. (Estaba completamente seguro de que en la
biblioteca no me había mirado con atención). Cuando por fin apareció un metro, diez
minutos después, ocupó uno de los asientos que miraban hacia delante y yo ocupé
uno de los laterales. Me preocupaba el body que llevaba Andrea, pensando que
tendría que quitárselo o apartarlo, pero cuando empecé a instalarle la Mariposa
durante el Pliegue comprobé que podía hacerlo en su ropa más íntima. La podría
instalar muy baja y sin embargo notaría algo. Sacudí la carcasa de las pilas para que
funcionaran durante el Pliegue y activé el interruptor haciendo que su grado de
vibración fuera el más bajo; y entonces lo pensé mejor: la primera vez que activara el
tiempo en esta secuencia, ella tendría el aparato sujeto, sin vibrar, de modo que su
cuerpo se acostumbrase a su presencia. Al cabo de una serie de seis o siete
perversiones temporales, aumenté gradualmente el nivel de pulsaciones. Haciendo
como que leía, la observé. En un determinado punto, puso una expresión especial que
era claramente de placer y disimuladamente bajó la mano para tocarse entre las
piernas y descubrir qué estaba pasando (no había nadie sentado a su lado): justo antes
de que notara la forma de la extraña Mariposa con la mano, detuve el tiempo y se la
quité. Satisfecha de que allí no hubiera nada, Andrea volvió a repantigarse en el
asiento, y cuando volví a instalar el aparato y aceleré gradualmente las vibraciones
moviendo el mando con el pulgar de la mano, mientras el metro aceleraba entre
Copley y Kenmore, ella se abandonó a sus sensaciones de gusto, con las manos
descansando en el respaldo del asiento de delante de ella y la cabeza apoyada en el
oscuro cristal de la ventanilla. Quería hacer que pareciera como si estuviese
recordando algo un tanto triste y tranquilo de su lejano pasado, como si sus
pensamientos vinieran acompañados de una banda sonora de canto gregoriano, pero
yo podía leer a través de su apariencia de calma interior que la efervescencia sexual
estaba allí sin la menor duda. Muy pronto se le separaron los labios y abrió la boca, o
casi la abrió: los labios solo se unían en el centro, donde eran más anchos. Por
entonces yo había dejado a un lado mi libro, incapaz de evitar mirarla directamente.
El ritmo del metro sonaba a apetitoso, apetitoso, apetitoso, apetitoso. En un libro que
se titula Los ciclos del amor, sobre los ritmos hormonales, partes del cual he leído
con gran interés, Winnifred B. Cutler (doctor en filosofía) cita un estudio de Sullivan
y Brender de un ejemplar de 1986 de Psicofisiología en el cual aparecían mujeres
«sexualmente estimuladas por cintas de vídeo» mientras tenían la cara conectada a
sensores electromiográficos. Como consecuencia, sus músculos cigomáticos (uno de
los varios grupos de músculos de la sonrisa) se contraían sutilmente cuando veían las
cintas, un efecto que los investigadores consideraban una señal indirecta de
excitación, lo mismo que la dilatación de pupilas. Desde que lo leí en ese libro (y
debo señalar de pasada que el doctor Winnifred Cutler aparece fotografiado con una
sonrisa cigomática levemente monalisesca en la foto de la contracubierta, y que, de
acuerdo con el texto, la fecha de publicación del libro fue octubre, el mes, dice el
doctor Cutler, en que las hormonas masculinas alcanzan sus niveles más elevados), he

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andado a la búsqueda de esas cigosonrisas secretas, y no he encontrado muchas;
aunque creo que, entre Copley y Kenmore, Andrea Apuleo ofrecía al mundo un
asombroso ejemplo de una, allí mismo, en el metro.
En cuanto reactivé el tiempo, tras poner la Mariposa casi al máximo, notó que yo
la estaba mirando, y nuestros ojos se encontraron y quedaron fijos como láser; intenté
decirle con la mirada que me daba cuenta de lo bien que se sentía, aunque estuviera
haciendo un esfuerzo tremendo para evitarlo, y que yo era el único del metro que
podía ver lo que estaba pasando, y que me emocionaba mucho poder ser testigo de
ello y que no indicaría a nadie más lo que ella me estaba dejando ver. Asentí con la
cabeza, cerrando los ojos, y la volví a mirar: daba el sí a su próximo orgasmo. Ella
apartó la vista, alzándola hacia los anuncios de trabajos temporales de encima de las
ventanillas, y luego me volvió a mirar, y observé que apretaba los dientes, con los
ojos dilatándosele y volviéndosele más pardos y más intensos; y (estoy casi seguro)
se corrió. Luego respiró a fondo y se pasó por el pelo el dedo índice formando una O
y se lo soltó y volvió a intentar buscar entre las piernas; en consecuencia, tuve que
Fermar rápidamente y quitarle la Mariposa y limpiarla (utilizando varios kleenex),
volviendo a guardarla en la caja de modo que parecía que no se había usado. La metí
en un sobre marrón. El tiempo proseguía, le volví a sonreír, de un modo prometedor y
estúpido, y ella me devolvió la sonrisa insegura, sin saber muy bien cómo explicarse
a sí misma lo que estaba pasando. En la parada de Chestnut Hill se levantó y pasó al
lado de donde yo estaba sentado. Dije:
—¿Me perdona un momento? —y le entregué el vibrador Mariposa en su
envoltorio y luego me llevé los dedos a los labios. No me apeé en esa parada porque
no quería ponerla nerviosa o parecer amenazador; llegué a casa una hora después
sintiendo que, al regalar dos de mis juguetes sexuales, le había dado la vuelta al día.

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6

HE escrito casi todo, excepto el fragmento del comienzo de este trabajo


autobiográfico, sin estar sumido en el Pliegue, sino avanzando en «tiempo real» (un
término que Rhody, mi exnovia, aborrecía, aunque, todo hay que decirlo, los
sustitutos son difíciles de encontrar), durante las tardes de quince días, sentado en la
mesa de mi habitación, oliendo el olor a polvo quemado que despedía mi lámpara de
alta intensidad. Cuando empecé este relato, pensaba que escribiría cada una de sus
palabras en el Pliegue, pero, como la mayoría de las ideas radicales que encuentro tan
emocionantes cuando se me ocurren por primera vez, he tenido que renunciar a ello
durante la ejecución. Escribir es ya algo bastante solitario (en especial del modo en
que escribo ahora, que es con unos auriculares puestos, oyendo música, y así
existiendo sin ninguna compañía en pleno centro de un vasto espacio estereofónico
artificial, igual que una de esas diminutas figuritas, cada una acompañada por su
descuidada sombra, de un dibujo de Le Corbusier de un paisaje urbano), sin
incrementar la sensación de soledad deteniendo el tiempo. Además, las emisoras de
radio no transmiten cuando el universo está detenido. Y, encima, escribir exige una
gran cantidad de tiempo. ¡Un párrafo puede llevar una hora! Ya he señalado que he
pasado cerca de dos años en el Pliegue: lo que me hace tener en realidad treinta y
siete años, no treinta y cinco, si se mide mi edad por mi tiempo celular interno. Si
añadiera a esa edad secreta todo el tiempo que al final habré pasado escribiendo este
libro, podría empezar, probablemente ya he empezado, a parecer notablemente mayor
de lo que mi partida de nacimiento dice que soy, y no tengo interés en nuevas
versiones al revés de Dorian Gray.
Leer lo que he puesto por escrito hasta ahora me hace consciente de muchos
desequilibrios y omisiones, pero poco puedo hacer al respecto. Con todo, quiero
señalar, antes de que sea tarde, que mi vida sexual no se resume por completo en esas
actividades Fermáticas que acabo de describir de la biblioteca. Rhody y yo teníamos
unas relaciones sexuales satisfactorias, amistosas (aunque tal vez tendía a hablar
demasiado durante ellas), en tiempo real, y estuvimos juntos el tiempo suficiente,
algo más de dieciséis meses, como para llegar a maravillarnos de lo mucho que es
posible incrementar las variaciones que puede realizar una pareja; variaciones tan
mínimas que de hecho no se podrían codificar. No era una cuestión de distintas
«posturas», sino de —no sé— cristales surgidos en concentraciones ligeramente
distintas de un reactivo, o en presencia de una o más impurezas, o mientras estaban
sometidos a unos campos gravitatorios ligeramente más fuertes o más débiles.
Incluso probamos de vez en cuando nuevas cosas, en el sentido de un tratado de
educación sexual. Un domingo corté un aguacate sin pelar por la mitad, desde uno de
sus polos al otro, y lo puse de modo que una de las mitades contuviera la roma y

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pringosa pepita. Aunque, como regla general, no sea partidario de las mezclas
comida-sexo (nada de nata batida, nada de mantequilla de cacahuete, nada de
champán), creo que la resbaladiza y blanda suavidad de la pulpa del aguacate se
parece tanto a la deformación y flujo de la materia labial, que es comprensible que
una mujer sujete la mitad de uno en la palma de la mano y la apriete contra sí misma
de modo que la gran pepita meta la nariz en su cosa. A Rhody parecía gustarle, y yo
también estaba entusiasmado; pero, mientras estaba haciendo pruebas con nuestra
nueva receta para el guacamole, se me pasó por la cabeza la idea de hacer un pequeño
agujero en la pulpa del aguacate e introducir el cepillo de dientes eléctrico de Rhody
formando un ángulo en la fresca carne de modo que la cabeza del cepillo quedara
enterrada cerca de la pepita. Y así es como ella se corrió toda encantada, realmente se
corrió a lo grande, sujetando el cepillo de dientes que zumbaba metido en la mitad del
aguacate entre sus piernas, mientras yo jugueteaba con los mechones de pelo de su
nuca. Doy cuenta de esto de pasada para que no parezca que, a pesar de todas mis
furtivas y disimuladas aberraciones dentro de la Grieta, estoy totalmente desprovisto
de la mayoría de los instintos sexuales típicos.
¿Y que pensaría la demás gente de la Fermata? ¿Qué harían si fueran yo? Aunque
ahora consigo mantener mis poderes en un estricto secreto, he pasado por periodos en
los que he sentido deseos de hacerme una idea de lo que harían otros en mi lugar. Soy
supersticioso, con todo, con respecto a describir lo que pasa de verdad —temiendo,
aunque lo señale hipotéticamente, que si conjuro la posibilidad con excesivos detalles
ante otro, ya nunca será un secreto mío y por tanto mi dominio del tiempo me
abandonará para siempre—, tan supersticioso de hecho que muchas veces, en lugar
de preguntar sobre las ideas que tienen los que me rodean sobre mi secreto, pregunto
sobre lo que haría una persona si tuviera una visión de rayos X. ¿Qué miraría si
tuviera una visión de rayos X? Mantuve una interesante conversación con un hombre
que se llama Bill Asplundh acerca de esto. Bill es uno de los pocos mecanógrafos
eventuales rápidos de verdad no gay con los que me he tropezado; escribe a máquina
mucho más deprisa que yo. Empezó a trabajar de eventual mientras hacía un máster
en algo, como yo, y ahora le gusta de verdad. Estábamos en un restaurante chino una
vez, cuando le pregunté qué miraría si tuviera una visión de rayos X. Él comía un
pollo amarillo al curry. Dijo que lo primero que haría sería atravesar con la vista la
pared mientras el cocinero le estaba preparando el curry, puesto que era un curry
extraordinariamente sabroso y quería poder volverlo a hacer él en casa. Luego
admitió que probablemente la usaría para mirar a las mujeres.
—Pero en lo que la gente no piensa cuando habla de visión de rayos X —dijo
entonces, repentinamente animado— es en dos cosas. Primera, que de lo que se habla
no es de una especie de visión de rayos X general, donde la vista atraviesa cualquier
sustancia, sino de una especie de visión de rayos X específica que solo atraviesa la
ropa. De lo que hablamos es de la visión de rayos X textil. Es casi lógico, aunque
quizá no tan lógico, pensar en lo que uno va a ver cuando ve a una mujer que va

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vestida pero no puede ver la ropa que lleva puesta. Tiene la idea de que la va a ver sin
ropa, que sus pechos van a estar allí con el aspecto que tendrían sin sostén, pero,
recuerda, ella tiene un sostén puesto, que uno no puede ver, de modo que va a ver las
marcas de donde estaban las costuras, y si le sube el sostén, sus pechos van a parecer
espachurrados, deformados, en absoluto del modo en que los imagina. Y piensa que si
lleva puestas unas bragas, y las lleva apretadas, va a ver todas las señales donde
hacían presión en el culo y cosas así. Va a ver las marcas de las bragas, unas líneas
rojas, pero sin que de hecho las bragas estén allí.
Admití que tenía cierta razón, pero repliqué que la visión de unos pechos con
sostén, sin que el sostén sea visible, podría ser algo maravilloso: si uno pudiera ver
los pechos moviéndose como se moverían con un sostén y sin embargo el sostén no
resultara visible, sería un movimiento de algo sujeto a medias de un tipo totalmente
nuevo; ni siquiera el tipo de movimiento que uno esperaría en un entorno de gravedad
cero, porque los lados de abajo de los pechos se mantendrían relativamente firmes,
dentro de los límites del ir y venir de aquel sostén concreto, pero por la punta se
agitarían un poco más por donde no estuvieran sujetos. A lo mejor la visión de unos
pechos con un sostén invisible resultaba increíble. Pero probablemente tenía razón él,
concedí, en que los pezones seguramente tendrían ese aspecto aplastado de las caras
apretadas contra un cristal; y lo que hace cómica la visión de unos niños que aprietan
su cara contra el cristal es lo que suprime su «rostridad» y la sustituye por una
especie de expresión monstruosa. Sería extraño ver la forma de un sostén marcada en
la piel de la espalda. Habría cierto interés, coincidimos, en ver unos pechos muy
caídos levantados por un sostén invisible, pues la idea de colgar resulta muy
estimulante, lo mismo que la noción de levantarse.
Pero, por mucho que me interesara, lo que había dicho Bill sobre la visión de
rayos X no tenía realmente relación con el Pliegue, de modo que seguí adelante y le
describí la posibilidad de detener el universo y mantenerse uno mismo móvil, como si
la idea se me acabara de ocurrir por primera vez. ¿Qué haría él si tuviera un aparato
que lo pudiese desconectar todo y se encontrara en aquel restaurante? Bill respondió
sin vacilar que lo primero que haría sería ir a la cocina y tratar de encontrar y de
copiar la receta del curry. Bajó la voz y dijo que incluso podría llevarse un poco de
curry, si es que había el suficiente, a casa, y parecía como asustado ante su propio
deseo de robar.
—Vale —le dije—, pero después de que tuvieras todo el curry y supieras qué
hacer con él, entonces ¿qué? ¿Qué le harías vis a vis a esa mujer de ahí? —señalé a
una rubia de negro a la que él había mirado con expresión de aprobación antes—. ¿Te
acercarías hasta allí y verías cómo eran sus tetas, o qué?
—Posiblemente —dijo. Me hizo unas cuantas preguntas más sobre con cuánta
rapidez podría conectar y desconectar el tiempo. Luego dijo—: No, lo que
probablemente haría es esconderme para poder mirar a las parejas que conozco.
Siento mucha curiosidad por ver eso.

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Su idea me sorprendió, pues yo casi no tengo interés alguno en ver la relaciones
sexuales de las parejas que conozco, ni en ver las de ninguna pareja. Las he visto,
claro, de vez en cuando, pero solo al perseguir otras visiones o experiencias. Después
de que Rhody rompiera conmigo, en parte debido a la propia cuestión de la
perversión temporal, empezó a salir con un tipo divorciado mayor, y yo me escondí
detrás de la butaca dorada con orejeras del dormitorio de ella y los vi mantener
relaciones sexuales una o dos veces (bueno, seis veces); y la última vez ciertamente
hice una cosa que estuvo mal, pero que muy mal. Rhody estaba de rodillas, con el
culo alzado, chupeteando y mordisqueando la funda de la almohada que tenía
agarrada, algo que fue nuestro modo favorito durante un tiempo, y me sentí
profanado y herido porque ella estuviera haciendo aquello ahora con él, con aquel
asesor jurídico divorciado que parecía el dibujo de «antes» de un anuncio de
NordicTrack, de modo que detuve el tiempo con mi cortaúñas (cada vez que me
cortaba una uña, el tiempo se frenaba) y aparté al tipo de Rhody y lo llevé al garaje,
donde lo até de modo seguro a un trozo de contrachapado; luego me situé
exactamente en la misma posición en la que había estado él, con mi polla dentro de
Rhody, y activé el tiempo, y me encantó oír su sorprendido cambio de tono:
—¡Así, sí, sí! ¡Uau! ¡Está muy bien! ¡Así, sigue! Saqué la polla y la dejé
descansar en su rabadilla y apreté en ella con la mano, que era algo que solíamos
hacer mucho y que a ella le gustaba, pues cuando yo me corría le gustaba sentir las
contracciones de la eyaculación subirle por la espalda. Noté su inmediata sorpresa
cuando hice aquello —¿Cómo podía ser?—, y justo antes de que ella se volviera a
mirar para ver si era yo de verdad, lo detuve todo y saqué al tipo divorciado del
garaje, lo volví a poner donde había estado y volví a meter lo que quedaba de su
erección.
—¿Qué pasa? —dijo Rhody, en cuanto conecté el tiempo.
—Nada —dijo el divorciado. Hizo como que estaba follando desenfadadamente,
pero ya estaba casi completamente blando.
—Pasa algo —dijo Rhody—. ¿Qué es lo que pasa?
—Tuve una alucinación de lo más extraña —dijo él—. Pensé que estaba atado a
una tabla, mirando los esquís del techo del garaje. Raro hasta decir basta. Lo siento,
pequeña.
Rhody le consoló. Tumbado en la cama, con las manos haciendo cosas
desagradables con su propio pelo del pecho, se puso a describir aquella experiencia
de estar fuera del cuerpo «increíblemente viva» que acababa de tener, de estar atado y
mirando los esquís. Finalmente, los dos fueron juntos de puntillas y riéndose al
lavadero en busca de la cuerda y de las botas de esquiar. Yo me marché
inmediatamente después.
Otra persona a la que le pregunté, un tipo que trabajaba en la Universidad de
Boston, dijo que, en posesión de los poderes para pervertir el tiempo, rebuscaría en
los cajones de las mujeres durante un tiempo; luego dijo, después de muchos

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carraspeos y toses, «probablemente querría ver a las personas que conozco». Esto
después de que yo le hubiera descrito una hipotética escena en la que alguien está
viendo una cinta alquilada de Metropolitan en su vídeo y la película le encanta de
verdad, pero tiene unas ganas tremendas de mear, y apunta con el mando a distancia
al aparato y aprieta PAUSA, pero descubre que, en lugar de que Metropolitan quede
en pausa, Metropolitan continúa y el resto de la habitación queda en un fotograma
congelado; entonces, el que tiene el control remoto, y mientras dura el metraje de la
película, corre afuera y fisgonea todo lo que le da la gana. Como mencioné más
arriba, yo nunca he tenido el menor éxito con los mandos a distancia, y precisamente
por eso utilicé un mando a distancia al que se aprieta PAUSA en la escena que le
planteé; consideraba que era algo que quedaba bastante alejado de las cosas que en
realidad hago. También les pregunté a una o dos mujeres, y una de ellas dijo que ella
se daría mucha prisa por ir a ver a sus amigos manteniendo relaciones sexuales.
—Probablemente sea muy ordinario, pero de todos modos me gustaría verlo.
Me sentí un poco triste por no tener aquella tentación en común con mis
interlocutores.
Otra mujer, una abogada de una empresa pequeña de un edificio con una estatua
de Edward Coke delante, dio una larga e interesante respuesta a mi pregunta una
tarde, cuando estábamos trabajando a última hora, reuniendo los documentos de un
contrato de bienes inmobiliarios muy importante. Se llamaba Arlette. Dábamos
vueltas y más vueltas en torno a una mesa de conferencias, apilando un ejemplar de
un acuerdo complementario encima de otro a un ritmo rapidísimo, y por fin le
pregunté lo que pensaba que haría con un mando de PAUSA que detuviera la vida en
lugar de los vídeos. Déjeseme intentar transcribir lo que dijo exactamente; tomé unas
notas sobre la marcha.
—Bueno —dijo ella—, creo que primero me quedaría sentada un rato pensando y
trataría de asumir el hecho de que yo era la única persona de por allí que era capaz de
moverme. Luego planearía unas cuantas venganzas que podría hacer. Me limitaría al
trabajo, sin la menor duda. Podría ponerle unos cuantos puntos de colores en la
malvada cara de Stephen Milrose, uno a uno. Mientras él está sentado ahí en la
reunión de los martes, haciendo sus asquerosos comentarios, rebajando a todo el
mundo, ridiculizando a la gente sin motivo, cogería una palabra, una palabra
inofensiva que él dice mucho, como por ejemplo «trasero». Cada vez que dijera que
un trato o un cliente iba a «volverse contra nosotros y mordernos el trasero», apretaría
el mando de PAUSA y le pegaría un punto amarillo en la cara. ¡Me encantaría hacer
eso! Me proporcionaría una satisfacción enorme ver que la cara se le llenaba de un
sarpullido de puntos. Nadie diría nada, pero él quedaría lleno. Le encanta decir:
«Tiempo muerto». Y yo me siento desamparada. Así que, cada vez que dijera
«tiempo muerto», haciendo esa T con las manos, yo haría tiempo muerto de verdad y
le pegaría un puntito verde en la cara. Sería tan tronchante ver su maligna cara
totalmente llena de puntos amarillos y verdes. De modo que ese tipo de cosas es el

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número uno; hacer pequeñas barrabasadas de ese tipo a dos o tres carapijos de verdad
de esta planta. Tengo que librar a mi organismo de eso. Pero luego tendría que pensar,
tendría que pensar…
Yo no dije nada, porque no quería predisponer su respuesta en ningún sentido.
—Bueno —dijo por fin, con cierta decisión—, pienso en ir a ver a Mark
Thalmeiser y mantener una charla con él sobre esto y lo otro, y mientras él me mira y
parpadea inocentemente, hago pausa en mitad de uno de sus parpadeos y me levanto
y me saco las tetas y me las esponjo delante de sus ojos o algo así. Primero agarro
una borla de polvos y me las empolvo totalmente, y luego le paso los pezones por
delante de los ojos. Sería divertido.
—¿Se clasificaría como un acto de venganza, o un acto resultante de la atracción
sexual? —le pregunté.
—Las dos cosas. Mark es un sexo sobre ruedas, en cierto sentido. Su mujer
también es un sexo sobre ruedas —me lanzó una mirada expresiva.
—¿Sí? —dije yo, alargando la palabra.
—Sí. De hecho Mark no me gusta, la que más me gusta es la mujer de Mark.
Bueno… me gustan los dos. Ella tiene una boca estupenda. Es un tipo de boca como
la de Leslie Caron. No… esto es lo que haría si tuviera un mando a distancia que
congelara el mundo. Estaría en una floristería, y Kari Thalmeiser entraría a comprar
unas flores. Viste muy bien, de un modo informal pero caro, pantalones amarillos y
ese tipo de cosas, pero resulta bien. Se inclinaría sobre el congelador donde están las
flores para oler un ramo, unas flores frías, y yo haría una pausa con ella sonriendo,
con los ojos cerrados, aspirando el aroma de unas flores de aspecto asqueroso. O no,
mejor todavía, un ramo de preciosas flores muy sencillas, como claveles. Sean las
flores que sean, me hago a un lado después de apretar el mando a distancia, porque
ahora me toca a mí, Kari Thalmeiser, y pongo el estante metálico del congelador de
modo que le quede debajo de la barbilla, y yo me subo a él de un salto, y me pongo
de cuclillas, y separo mis sólidos megamuslos y los dejo totalmente abiertos delante
de ella, de modo que esté a un centímetro o así de mi caja de flores empapada,
rezumante, jugosa, chorreante. Noto que estoy goteando sangre por encima de los
brotes que están en jarrones en el suelo del congelador. El metal resulta frío en mi
culo. Veo su boca, esa boca de Leslie Caron, sonriendo ante el aroma de las flores,
con los ojos cerrados, y eso hace que me ponga cachonda rápidamente de verdad.
Cuando estoy a punto de correrme y no me puedo contener, le agarro por la parte de
atrás de la cabeza y hundo su cara en mi caja de los jugos y aprieto el mando a
distancia para que el tiempo relampaguee a través de ella durante solo medio
segundo. Demasiado rápido para que se dé cuenta. Cuando empiezo a correrme,
tengo piedad y vuelvo a apretar la pausa y me corro y me corro y me corro pegada a
sus hermosos labios; y luego a su nariz, una nariz que se ajustaría muy bien a mi
clítoris. Sí, la agarro por las orejas y tiro de su cara hacia mí hasta que yo termino con
todas las contracciones del orgasmo, y luego salgo de un salto del refrigerador y lo

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vuelvo a poner todo donde estaba, todos los encantadores claveles y el olor a bebé y a
mierda, y limpio cuidadosamente su bonita cara con unos helechos, porque no
querríamos que la guapa Kari parezca como si hubiera estado comiendo una sandía.
Paso un par de minutos arreglándole la pintura de labios. Luego dejo que las cosas
vuelvan a seguir y digo:
—Caramba, Kari Thalmeiser, ¿qué tal estás?
—¡Interesante! —dije yo, disfrutando con las guarradas de Arlette—. ¿Podrías
despatarrarte para mí? Enséñame ese gordo y enorme Georgia O’Keeffe.
—Nunca —dijo Arlette. Nos reímos porque era una imposibilidad evidente.
Ninguno de nosotros deseaba al otro, pero quisimos estar cerca de lo que queríamos
hablando de ello. Me subí las gafas en mi nariz a lo Clark Kent, olvidando que me
encontraba en un periodo en el que subirme las gafas disparaba realmente un Parón.
Dominado por la curiosidad, dándome cuenta de que había disparado un Parón, metí
las manos debajo de la inmóvil falda de Arlette para ver si el hablar de Kari
Thalmeiser la había puesto húmeda de modo perceptible. No lo estaba. Para ella, su
idea, en aquel momento, no era más que una fioritura verbal, una pieza retórica; su
exuberante placer residía en estar sorprendentemente alegre mientras estaba notando
de hecho la carga sexual de su idilio en la floristería. Pero tuve la intensa sospecha de
que habría un efecto residual; de que, cuando ella volviera a casa del trabajo, pensaría
otra vez en Kari y en el congelador de flores y, sin ninguna distracción porque yo
estuviera delante como público, dejaría que aquello la dominara, y comprendí que
tenía muchísimas ganas de ver lo que pasaba.
Conque la seguí a su casa, empujándome las gafas hacia arriba cuando era
preciso, como cuando me deslicé a su lado en el momento en que estaba congelada en
el acto de abrir la puerta. Manteniéndome en silencio y fuera de la vista en rincones y
armarios, observé cómo se quitaba la ropa de ir a trabajar y se sentaba a la mesa de la
cocina en chándal, tomando un cuenco de arroz con salsa de soja mientras
contemplaba las noticias. Cuando terminó el arroz, empezó a retorcerse el vello
púbico. Introdujo ligeramente el dedo medio en la hendidura y lo olió. Y luego fue al
dormitorio. Por entonces ya casi era de noche. Tenía una especie de cuerpo de
jugadora de hockey sobre hierba sólidamente sexy. Ningún tatuaje en ninguna parte;
nada de partes del cuerpo agujereadas. Consiguió correrse dos veces, la primera con
los dedos, semitumbada en la cama con los pies en la pared, pasándose un dedo por la
raja del culo, y la segunda vez con su vibrador Hitachi; y esta segunda vez tenía los
ojos cerrados con expresión de felicidad, y el brazo izquierdo colgándole a un lado de
la cama, de modo que la mano, con la palma hacia arriba, se encontraba en el aire,
con aspecto de querer agarrar algo. Me empujé las gafas hacia arriba, interrumpiendo
los procesos en marcha, y emergí de la sombra del armario abierto y me arrodillé de
modo que mi gran polla silenciosa colgara como una gilipollas cerca de la palma de
su mano. Yo quería cerrar mis manos en torno a su mano, en torno a mi polla. Era
como si su descripción de aquello inadmisible que le haría a Kari Thalmeister me

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diera licencia para entregarle una parte de mí mismo que nadie pedía, aunque, claro,
sabía que de hecho yo no podía hacer aquello. No hay nada tan sexy como ver a una
bollera joven y sólida correrse con las piernas dobladas en forma de diamante, los
pies juntos, y una de esas linternas de camping Hitachi, esas Hitachi de ojos salientes
como de exóticos peces de las profundidades del mar, haciéndole incansable aquellas
cosas a su Fosa de las Marianas. Me arriesgué a que me viera, alentado por lo fuerte
que sonaba el vibrador, acompasando mis meneos masturbatorios a las sacudidas de
sus rodillas y al, en cierto modo, aliento zen de su respiración, y, cuando empezó a
correrse por segunda vez, detuve el tiempo durante un instante, dejé descansar mi
polla en la palma de su mano, cerré mi puño en torno al suyo y apreté con tal fuerza
que los nudillos se me pusieron blancos, subiendo y bajando en torno a la butifarra.
Cuando se inició la inexorabilidad de mi orgasmo, me empujé las gafas hacia abajo,
de modo que ella y yo vivíamos coterminalmente; y, cuando se corrió, solté unas
líneas de semen en su antebrazo y luego sacudí la última de las semidolorosas gotas
de mi orgasmo sobre sus entrelazados dedos. Solo dejé que advirtiera apenas el hecho
de que mi babosidad más fría se le deslizaba por el brazo después de que se hubiera
terminado de correr, antes de detener el tiempo y limpiársela con una toalla y
largarme. Al día siguiente ella me miró con extrañeza; dijo:
—¿Estuviste…? ¿Hiciste…? —y luego se interrumpió.
Yo dije:
—¿Hice el qué? —sonriendo inocentemente.
Ella no continuó.
Ahora que la he descrito aquí, me parece que la historia de la floristería de Arlette
y mi posterior conducta en su apartamento quizá señalen el final de una fase de mi
vida en el Pliegue y el comienzo de otra. Siempre, o casi siempre, hasta entonces, fui
cuidadoso, incluso me esforcé en tener sumo cuidado, durante mis aventuras sexuales
en el Pliegue, pero la temeridad de Arlette me liberó, por lo menos hasta cierto punto.
Todavía le tengo respeto a la palabra «esforzarse», como siempre se lo he tenido; la
pronuncio y pienso en ella como si fuera divisible en «es» y «forzar», porque el
«forzar» añade una especie de retorcida delicadeza a la connotación y en su
intencionalidad reside el motivo secreto del éxito en el mundo, aunque técnicamente
solo signifique esforzarse o hacer esfuerzos. Pero a veces, cuando estoy tomando
detalladas notas mentales mientras le quito la ropa a una mujer («tirante izquierdo del
sostén caído» o «braga metida en el raja del culo») para estar seguro de que voy a
volver a poner adecuadamente todas las prendas justo como estaban, siento algo de la
alegría de Arlette que me hace querer mandarlo todo al carajo, y me entran ganas de
desnudar a la ciudad de Boston entera y amontonar toda la ropa en mitad de
Washington Street y bailar encima de ella gritando:
—¡Todos estamos jodidamente desnudos del todo, estamos jodidamente desnudos
del todo!

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O, dejando eso a un lado (pues una súbita desnudez a escala general en una gran
ciudad podría llevar a violaciones y otras turbulencias imprevistas), me apetecería
desnudar a todos los habitantes de una pequeña ciudad idílica como Northampton y
ver cómo se lo tomaban. El actor ese de Misterios sin resolver podría hacer un
reportaje de veinte minutos sobre el asunto: la Tranquila Ciudad Pequeña con
Universidad que se Desnudó. Nadie lo relacionaría conmigo. Desde lo de Arlette, he
corrido muchos más riesgos; cada vez he tenido más ganas de darle al mundo algo
que digerir; algo grande, anárquico y guarro, pero no (espero) dañino, ni siquiera
particularmente desconcertante de un modo permanente para los individuos
implicados. Probablemente mi decisión de recoger por escrito cosas sobre mi vida se
deba en parte a este impulso.
Pero tengo límites y vacilaciones. Pocos días después de mi charla vespertina con
Arlette, estaba yo esperando en el portal del mismo edificio a que apareciera un taxi.
Era sobre las once de la noche. Había que llevar una bolsa de lona llena de
documentos en un taxi a la casa de un socio. (El socio estaba enfermo pero, buena
persona, planeaba trabajar toda la noche). El taxi se retrasaba. De cuando en cuando,
distinguía una rata que pasaba corriendo por el otro lado de la plaza a oscuras. El
guardia de seguridad tenía ganas de charlar. Le conocía superficialmente. Era
cuarentón, con ciertos problemas dentales importantes. Cierta vez que tuve que
detenerme a saludarle durante un momento, se había referido entusiasmado a una
obra musical que estaba oyendo por su radio —«Oye esto, ¡me encanta! Me gustaría
saber qué es»—, orgulloso de su súbito placer ante lo que consideraba que era de
Rachmaninoff, Bruckner o alguien así. Yo escuché una frase musical o dos y le
pregunté si no era el tema de Vacaciones en el mar. Su semblante pareció
experimentar una menopausia masculina cuando comprendió que yo tenía razón y
que su intento por demostrar su cultura le había traicionado al llevarle a tararear el
tema de una vieja serie de la tele. De modo que por lo general yo pensaba que le caía
bien. Mientras estaba esperando el taxi, decidí preguntarle lo que haría si tuviese un
mando a distancia que, en lugar de hacer una pausa en el vídeo, congelara el universo
entero. Inmediatamente se hizo cargo de las implicaciones sexuales de lo que le
preguntaba.
—¿Que qué haría? —dijo—. Buscaría a la tía más guapa, la más buena que
pudiera encontrar, le arrancaría la ropa y me la follaría allí mismo.
Me quedé estupefacto.
—Pero ella no se movería. ¿Te la podrías follar de verdad?
Dijo que naturalmente que podría.
—Buscaría a la tía más guapa, la más buena que pudiera encontrar, la llevaría a
un callejón, le arrancaría la ropa y empezaría a darle caña.
—Pero ella no iba a responder —protesté yo de nuevo.
—¿Y qué? Estoy hablando de una tía buena, de una tía buena de verdad. Si
estuviera tan buena, no me importaría que no se moviese. O, vale, si no se moviera,

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apretaría el mando a distancia durante un momento, y ella se resistiría un poco, y
entonces se movería, y luego yo desconectaría y se la metería mucho más.
—Pero se te estaba resistiendo —dije yo—. Eso es una violación.
—Bueno, sí, es una violación, al parecer —dijo—. Llámame enfermo, pero eso es
lo que haría. Mira, mi amigo Jerry es un mujeriego. Probablemente él no se la metiera
y se pusiera a darle caña. Probablemente se pondría a chupárselo, a morderle las tetas
y todo eso.
—Pero eso tampoco está bien —dije yo, sintiéndome cada vez más confuso y
desgraciado.
—Ya lo sé —dijo él—. O… a lo mejor él solo la miraba. No sé.
—Supongo que básicamente es lo mismo —dije, pensando en voz alta—. Es
decir, desabrochar un botón está igual de mal, pues se hace sin que ella esté de
acuerdo. Pero la verdad es que no creo eso, y por una razón. Creo que hay grados.
Personalmente, yo solo la desnudaría.
—¿Cómo, desnudarla y luego machacártela, tío? —gritó—. ¿Solo le
desabrocharías unos cuantos botones y verías un poco de teta y te marcharías? «Lo
siento, pero tengo que tocarte». ¿Y luego te limitarías a masturbarte, tío? ¡Valiente
desperdicio! Yo me la follaría allí mismo. Yo activaría el mando a distancia y me
pondría a trabajármela a fondo. ¿Qué diferencia hay? Que yo sepa, no hay diferencia
entre limitarte a quitarle la ropa y pasártela por la piedra.
—Supongo que no, en esencia —dije yo. Un taxi marrón y blanco se acercó
lentamente pero no se detuvo—. Con todo… ella se quedaría allí quieta, en una
postura concreta, sin moverse. ¡Y está toda seca! ¿Cómo es posible que te la quieras
follar?
—Muy fácil, le movería los brazos, le pondría las piernas en su sitio.
—Pero ¡te estoy diciendo que está seca! —trataba de darle todas las
oportunidades para que lo reconsiderase y se retractara.
—Muy bien. Veo a esa tía increíble saliendo de NAPA.
—¿De dónde? —pregunté.
—De NAPA. Accesorios para coches. La arrastraría al callejón, le arrancaría la
ropa y trataría de clavársela, y si ella está un poco seca, ¿qué? Entonces me fijaría en
que hay algo de grasa en la bolsa que lleva, ese tubo de grasa para ejes que compró
para su marido, ¿vale? Me echaría un poco de eso en la polla y me la follaría con
ayuda de esa grasa, y luego la dejaría allí, y ella despertaría y se largaría. ¿Qué coño?
O no, la volvería a vestir, y la pondría otra vez donde estaba, delante de la tienda, y
apretaría el mando a distancia, y allí está ella en la calle, y nota el escozor en el coño,
y va a limpiarse y la jodida grasa negra le mancha la mano y piensa: ¿Qué coño pasa
aquí?
—No entiendo por qué tienes que arrastrarla a un callejón —dije—. ¿Por qué no
allí mismo, delante de esa tienda?
Me miró como si yo no fuera capaz de entender algo evidente.

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—Nunca lo podría hacer en mitad de la calle. No lo podría hacer en público. Ni
siquiera con todos congelados y quietos. Con la suerte que tengo, todavía se estaría
moviendo el ojo de un tío, y me vería y me identificaría sin la menor duda. La
arrastraría a un sitio retirado y me la pasaría por la piedra hasta que la polla me
quedara escocida. Luego empezaría a pensar en unos cuantos bancos —miró a lo
lejos, imaginando todo eso—. Vaya, vaya, pero ¿qué pasaría si activo el mando a
distancia mientras me la estoy follando, para que se resista un poco, y me ve la cara?
¿Qué haría, eh? ¿Qué haría entonces?
—Te refieres a que la matarías, ¿no? —dije, con un tono de horror en la voz—.
¿Estás casado?
—Sí, estoy casado —como prueba, sacó una foto familiar de su mujer y un niño
rubio y un bebé y me la enseñó orgullosamente. Luego dijo—: No, no la mataría.
¿Sabes lo que haría más bien? Me volvería invisible, luego me echaría sobre la tía y
me la follaría mientras ella se estaba resistiendo todo el tiempo. No me importaría,
¿por qué me iba a importar?
—Eso es una violación —volví a decir.
—Exacto —dijo él.
—Muy bien, pero ¿y si fuera alguien a quien conocieras?
—¿Una tía a la que conociera?
—Exacto —dije yo—. Alguna que considerases que era guapa de verdad.
—¿Alguna a la que siempre me hubiera querido follar y que me hubiera
rechazado?
—Eso es, sí —dije.
—Probablemente la besaría antes de pasármela por la piedra. Aprieto el mando a
distancia y digo: «Tú me rechazaste, pero ahora te tengo en mis manos» —entonces
se le ocurrió algo más—. No, vale, digamos que ella es una buena chica, una chica
buena de verdad. Digamos que la sigo, pensando en que me la voy a follar, y
entonces me pongo a agarrarle una teta o algo, y me domina algo, y no puedo seguir,
aunque me muera de ganas, y me cae una lágrima enorme por la cara, y digo: «Podría
hacer contigo lo que quisiera, pero dejo que te vayas». ¿Vale? Eso sería ser un
gilipollas de verdad. Y yo paso de eso. Pero antes le escribiría mi número de teléfono
en la teta. ¿Vale? Eso es lo que haría en mi imaginación, pero te estoy diciendo lo que
de verdad haría, ¿vale? Persigo a alguien que siempre pensé que tenía una pinta
cojonuda, como esa tía que conozco del instituto, Christine; su madre folla
fantásticamente. Su madre es muy amable. Desde luego, a la de los Wheeler es
probablemente a la primera casa a la que iría; me paso por la piedra a la madre de
Christine, y luego me paso por la piedra a Christine.
Yo estaba bastante angustiado por esta conversación con el guardia de seguridad.
Notaba que él y yo éramos tipos de personas completamente distintos (darse cuenta
de eso puede ser desalentador en sí mismo, porque uno quiere que el resto de la
humanidad con que se tropieza al azar resulte comprensible), pero al mismo tiempo

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notaba que nuestra fundamental desemejanza podría suponer un punto de contacto, y
la verdad es que yo no quería ser como él. Moralmente, soy distinto de aquel guardia
de seguridad; no, no se mezclen las cosas: moralmente soy un poco mejor que él. Lo
soy. Pero admito que algunas de las cosas que he hecho son —déjeseme decir—
como actos parecidos a la violación que algunos observadores condenarían más
tajantemente que las fantasías del guardia de seguridad con el mando a distancia,
porque yo era más consciente, y porque, en mi propio caso, pasaron de verdad.
Pero menciono al guardia de seguridad, y a Arlette, la asesora jurídica, y a mi
amigo Bill Asplundh, no para sacar a relucir el molesto asunto de la teoría de la
violación. Solo quiero señalar que creo que se trata de mis propias rarezas: a
diferencia de a quienes pregunté, lo que yo quiero hacer, y lo que de hecho termino
haciendo en el Pliegue, es realizar mi perenne deseo de introducir alguna novedad en
las vidas de las mujeres. Arlette quería introducir su clítoris en la vida de una mujer;
el guardia de seguridad quería introducir su polla en las vidas de unas mujeres; pero
yo no quería ser tan directo. En lugar de eso, reemplazo la tiza blanca de la mano de
Miss Dobzhansky por una azul; pongo una galleta de la fortuna bajo una de las
botellas de Joyce; dejo el vibrador donde lo pueda encontrar la mujer de la biblioteca.
Todavía sigo imponiendo mi voluntad a sus vidas, claro; pero quiero disponer las
cosas de tal modo que descubran que lo hago, y quiero que eso, por calculado que
sea, tenga un elemento de casualidad simulada. Estoy obsesionado por la idea de
colocar algo en el camino de una mujer, de modo que ella pueda elegir mirarlo, leerlo
o, por otra parte, pasar sin prestarle atención. En la universidad compré cuatro
ejemplares nuevos de Kinflicks y los dejé uno a uno en una acera cerca de un árbol de
delante de una de las residencias de chicas, de modo que las mujeres, camino de
clase, los pudieran ver e inclinarse y recogerlos y llevárselos. (Una mujer de mi
propia residencia me había dicho que el libro era muy «orgásmico»; yo no lo había
leído, y todavía sigo sin leerlo).
Lo que me lleva a la última de mis propias fantasías, o «guarradas» eróticas,
hechas públicas. Hace un rato, mientras estaba tumbado al sol en mi jardín sobre una
toalla de playa, se me ocurrió la idea de usar el Pliegue para que mis propias palabras
tuvieran un encuentro con una mujer. Demasiado indisciplinado para escribir
simplemente por el placer de escribir, sin embargo me sentía capaz de escribir en
tanto en cuanto eso me sirviera para un objetivo sexual concreto. Al principio me
imaginé merodeando por una librería a unos pocos estantes de una mujer que me
atraía: cuando ella sacara un libro del estante y empezara a hojearlo (algo así como
Light, de Eva Figes), yo Fermaría y escribiría mensajes obscenos en los márgenes,
como «Necesito un gran clítoris saltarín ahora mismo pegado a mi lengua». Luego
observaría cómo la mujer leía mis anotaciones y sacudía la cabeza con disgusto y
volvía a colocar el libro en su sitio. Pero a lo mejor no volvía a colocar el libro; a lo
mejor compraba el libro a pesar de todo; a lo mejor de hecho había entrado en la
librería a buscar, no un ejemplar de Light de Eva Figes, sino una lengua activa que le

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pasara por su clítoris saltarín; a lo mejor consideraba mis anotaciones al margen
como un presagio de los momentos sexuales tan intensos del futuro.
Aunque parezca mentira, no puse en práctica esta idea tan vulgar hasta hace poco,
porque la idea de estropear un libro de bolsillo con inscripciones pornográficas me
entristecía: un profesor de historia de la universidad que iba en silla de ruedas me
soltó una vez un sermón impresionante por el lado paralizado de su boca sobre lo
malo que era escribir en los libros que no eran de uno, y me lo tomé muy en serio.
Hace unos meses, sin embargo, puse en práctica la idea una tarde en la librería
Waterstone de Exeter. Una mujer de delicada constitución, de unos treinta años, que
llevaba un jersey de algodón negro de cuello alto con las mangas grises, se detuvo en
la sección de narrativa y sacó del estante un ejemplar de algo que se titulaba Paradise
Postponed, de John Mortimer. Era un libro de bolsillo rojo. Yo no lo había leído,
aunque había oído hablar de John Mortimer. La mujer miró la contracubierta, luego
hojeó las primeras páginas, después saltó a un punto de la mitad, donde una escena
atrajo su atención. Leyó durante unos cuantos segundos, y luego hizo lo que yo
esperaba que hiciera: sujetó la esquina de la página con la punta del dedo de modo
que pudiera volver allí de inmediato cuando lo necesitara; indicándome así que sin
duda iba a mirar la página siguiente. Chasqueé los dedos para invocar el Embrague,
le quité delicadamente la novela de Mortimer de las manos y escribí en la página a la
que ella iba a dedicar su atención, con las cursivas más elegantes de que fui capaz:
¡¡Necesito que los huevos me salten encima de un par de pequeñas tetas sexy en este
mismo momento!! Dejé de pisar el embrague del tiempo y observé desde una
distancia prudencial cómo pasaba la página y leía lo que yo había escrito. Puso una
expresión de indecisión casi imperceptible, luego hojeó el libro para ver si había
escrito algo más a mano. Miró hacia mí, notando que estaba absorto en un ejemplar
de La princesa de Cleves, y, como (aunque de aspecto un tanto tosco) parecía
«intelectual» (las gafas), tuvo la seguridad de que quien hubiera escrito aquella
barbaridad en el libro que había cogido lo había hecho hacía un tiempo, puede que
meses atrás, y en cualquier caso ya no estaba en la tienda. Luego suspiró
concluyentemente, volvió a poner el libro en el estante y examinó algo de Muriel
Spark que se titulaba Callejeando a propósito. Los títulos son muy importantes para
los que andan hojeando libros sin compañía de nadie. También podría, claro, haber
escrito algo obsceno en aquel libro, pero resistí las ganas, no solo porque haría que
temiera que la estaba acosando una persona, sino también porque por algún motivo
yo no podía escribir cosas obscenas en un libro escrito por una mujer. Podía estropear
a John Mortimer sin remordimiento, pero no a Muriel Spark. Me quedé allí hasta que
la mujer del jersey negro de algodón se marchó por fin (con Desayuno en Tiffany’s), y
luego compré el libro de Mortimer, pues lo había echado a perder. Todavía lo tengo;
me propongo leerlo algún día.
Muchas, la mayoría de mis Pliegue-aventuras son así, sin terminar; pérdidas de
tiempo según ciertos criterios. Pero me gusta que mis planes no funcionen de verdad;

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considero que he creado un vínculo entre mí mismo y la mujer con la que he decidido
salir del tiempo. La mujer de negro finalmente olvidaría lo que yo le había escrito en
el margen superior de la página de Paradise Postponed, pues es difícil conservar el
recuerdo activo de accidentes sin importancia que a corto plazo son inexplicables y
aparentemente azarosos, y sin embargo, durante parte de aquella tarde, durante unas
cuantas horas, probablemente se habría entretenido especulando sobre qué tipo de
persona podría andar por Waterstone escribiendo anotaciones obscenas en las novelas
inglesas modernas. Podría sacarlo a relucir aquel fin de semana en una fiesta; a lo
mejor alguien hablaba de la historia del edificio de Waterstone y ella recordaría
aquello tan raro que le había pasado y se pondría a contar la historia y caería en la
cuenta de que le daba algo de vergüenza repetir delante de otros lo que había escrito
yo, y entonces alguien de su misma mesa, un malicioso gay, diría:
—Venga, vamos, Pauline, puedes seguir hasta el final, no nos vamos a asustar,
después de todo somos adultos.
Y ella lo repetiría a los de la cena, con voz seria, uniforme, sorprendiéndose a sí
misma recordar realmente el texto.
—Bien, creo que decía: «Necesito que los huevos me salten encima de un par de
pequeñas tetas sexy en este mismo momento». Entre signos de admiración.
Y habría grititos de alegría y sorpresa. Todo por mi culpa, todo debido a mí.

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7

VOLVAMOS, con todo, brevemente, a la vez en que yo estaba fuera, en el jardín,


tumbado en la toalla de playa, pues aquella mañana seguía imaginando que escribía
más que meras reconvenciones en libros de bolsillo, y porque la manera en que se
desarrollaron los acontecimientos, como resultado de mis fantasías, es bastante típica
de mi vida en el Pliegue. (Puede que intervida sea un buen término para la parte de
mi vida que pasaba entre tiempo y tiempo, en el Pliegue). Aquella mañana le di
vueltas a cierto número de ideas concretas, pero principalmente pensé en escribir yo
mismo un breve relato sexual de aficionado y colocarlo donde una mujer lo pudiera
encontrar. Me imaginé convertido en un escritor de fantasías eróticas privadas, un
libertino, un miembro secreto del grupo de los escritores eróticos. En concreto pensé
que escribiría algo sobre una mujer que conduce una cortadora de césped, y que lo
imprimiría, lo graparía por una esquina, lo pondría dentro de una bolsa de plástico
para alimentos con cierre hermético y lo enterraría en la arena más fría, intacta
todavía, justo debajo de donde se encontraba escarbando distraídamente una mujer
con la piel caliente que tomaba el sol tumbada en su toalla en una playa de alguna
parte.
En esa época me encontraba sin Pliegue-poderes; a decir verdad, no había sido
capaz de interrumpir el tiempo real a voluntad durante ocho meses enteros, un
periodo de tiempo bastante largo para mí, y aunque al principio había sentido como
de costumbre cierto alivio por no tener la opción de detener todos los relojes siempre
que quería pensar o espiar o sentir, estaba ya ciertamente desesperado por recuperar
algo de la vieja magia. ¿Y si no volvía a ser capaz de provocar un Parón? Horrible.
Quería una desnudez controlada inmediata. El calendario, el calendario de bolsillo
que llevo en la cartera, ese invento maravilloso en el que doce meses en forma de
locomotoras en serie arrastran la carga miscelánea de todo un año de días, se había
convertido en mi enemigo. ¿Qué había hecho yo con todo ese tiempo libre? ¿Qué
había hecho con mi vida, con mi intervida? Con frecuencia en mi mente aparecía el
lema inventado por uno que quería potenciar la autoayuda: «Hoy es el primer día del
resto de tu vida». Es un lema bueno, entusiasta, vivificador. Pero estaba empezando a
preguntarme qué habría hecho con el resto de su vida, a partir del momento en que
concibió el lema por primera vez, la persona a quien se le ocurrió. ¿Le había servido
de ayuda su propio lema escrito en una pegatina? ¿Había hecho algo más de
renombre aparte de escribir eso? ¿Su mayor logro iba a ser meramente el invento de
una fórmula memorable que anima a los demás a conseguir algo? ¿Era el mundo algo
mejor porque hubiera escrito lo que había escrito? El mundo ha reconocido su valor
como inspiración y lo ha metabolizado del todo; las vidas individuales puede que en
algunos casos hayan mejorado como resultado de su existencia —puede que se hayan

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hecho deberes del instituto que no se hubieran hecho, puede que se hayan pasado
unas páginas, puede que se hayan hecho llamadas telefónicas complicadas—, pero su
gran momento de eficacia ya se ha terminado, ya no nos sorprende animándonos a
hacer un esfuerzo repentino, y, sin embargo, la persona a la que se le ocurrió sigue
casi con toda seguridad con nosotros, viva, no el día 1, sino el día 1234, o el día
3677, del tristemente decepcionante resto de su vida; experimentando repetidamente,
como hacemos todos, esas breves lamentaciones debidas al calendario cuando ya no
es el inocente, el titubeante cinco o seis de un determinado mes, sino que ya ha
pasado el diez, estamos a mediados, y de pronto es el veintiséis y el mes se va para
siempre, el único octubre que se nos concederá ese año, y va a empezar el falso
optimismo de un nuevo mes, lo mismo que una división del capital que, sin que se
produzcan cambios en lo que se apoya, hace que el precio por acción sea
seductoramente barato una y otra vez: y luego el «3» de la nueva fecha del mes se
convierte otra vez en el «5», y el «5» se transforma en el «12», con cada una de las
treinta o treinta y una fechas numeradas llevando con ellas, sin importar lo que de
hecho suceda en aquel día, una mezcla rebelde de emociones que simplemente es el
resultado de su colocación en el andamiaje del calendario; una relación específica
entre la determinación residual a realizar cualquiera de las cosas difíciles o
desagradables que se hacen excepcionalmente en los días que quedan del mes y la
creciente desesperación ante las muchas cosas difíciles o desagradables que
simplemente no se pueden hacer en los días que quedan y deben dejarse para el mes
siguiente. El calendario era mi enemigo porque ya no tenía control sobre él, ni
posibilidad de posponer las cosas, ni mando para parar, y llevaba ocho meses
seguidos sin tener control de él.
Por otra parte, mi coordinadora, Jenny, aquel día no tenía trabajo para mí, de
modo que estaba libre. Me habían asignado un trabajo en un estudio de arquitectura
de Cambridge, pero luego llamaron y lo cancelaron y no surgió nada más. Me quedé
en la cama un rato, tomé una ducha, y salí al jardín trasero (el jardín de mi casero, de
hecho) con una toalla de playa enorme y pesada. No sé qué fecha era, pero sé que era
a principios de mes, cuando todavía me sentía lleno de esperanzas (o a lo mejor era
tan a finales de mes que notaba la inminente esperanza del mes siguiente con plena
fuerza), y era a finales de primavera. Era una de las primeras veces que había salido a
tumbarme al sol aquel año; era un día de entre semana, despejado, de un azul que
hacía crecer los brotes de una zona templada de Boston. Un centenar de nubes muy
pequeñas con forma de hipopótamo se movían por encima, y aunque me gustan y
respeto las mañanas rigurosamente libres de nubes lo mismo que cualquiera —
cuando los únicos posibles segundos de sombra que se pueden esperar fuera,
tumbado en una toalla, son esos extraños acontecimientos paranormales cuando un
ave que revolotea (una gaviota en su camino a los vertederos de tierra adentro) o un
avión casi inaudible se coloca momentáneamente entre tus párpados y el sol, sacando
tu conciencia de la geometría cónica del umbral de la coincidencia—, dado que había

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todas aquellas nubes salpicadas por el cielo, que proporcionaban un intervalo ideal de
frescor cada cinco minutos o así, durante el cual los árboles recuperaban su verde
fronda y yo tenía la oportunidad de apreciar el hasta entonces inadvertido sudor de mi
estómago, y dado que yo no era nada más que un eventual y carecía por entonces de
la única cosa que mantenía intacto mi orgullo, que era mi don para la Fermata, estaba
sin embargo completamente feliz con lo que el día tenía que ofrecer. En cualquier
caso, me siento invariablemente lúcido y contento con la vida después de una ducha
(hay una ilusión de agudeza mental que viene al tiempo que unos senos frontales
limpios por completo y rejuvenecidos y a la sensación de pelo mojado en la base de
la nuca), pero raramente más contento con la vida que cuando voy directamente de
los azulejos de la ducha a una toalla de playa limpia y caliente por el sol de encima de
la pradera. Me quité el reloj y las gafas y las puse en el borde de la toalla, junto a la
etiqueta de Fieldcrest; me quité la camiseta y la dejé cuidadosamente encima del
teléfono portátil, que descansaba en la hierba, para evitar que se calentara mucho. Me
tumbé boca abajo encima de la toalla (una toalla de rayas azules y blancas; las rayas
azules estaban deliciosamente más calientes que las blancas) y dejé que el peso de mi
caja torácica produjera un gemido de contento absoluto.
Ningún pensamiento de mujeres sin vestir disturbó mi conciencia; y no estaba tan
avanzada la estación cálida como para que las criaturas de peso ligero, tipo moscas,
me aterrizaran de modo molesto en las piernas; solo sentía la mucha suerte que tenía
porque después de unos cuantos movimientos, de unas cuantas pruebas y errores, la
parte pegada al suelo de mi cara fue capaz de encontrar, dentro del alcance inmediato
de la flexión del cuello, como al final siempre encuentra, una conjunción de varios
montones de césped o dólmenes a los que mi mejilla se adaptaba con bastante
comodidad a través del aislamiento de la toalla calentada por el sol. Lo mismo que
cuando me sentaba en los sillones de viejo estilo de los dentistas y descubría que todo
el peso de mi cabeza lo soportaban dos eslabones giratorios en el occipucio que
determinaban exactamente hasta dónde podía deslizar el culo, mi colocación en el
césped se convirtió, con esta instalación satisfactoria de la mejilla, en algo
súbitamente nada arbitrario: estaba en casa, con los ojos cerrados, respirando
tranquilamente gracias a la ducha reciente, todavía mojado aquí y allá, y no de sudor
sino de limpieza, y en disposición de oír, si me concentraba, apretando las orejas al
dibujo borroso de la felpa de la Fieldcrest, los esfuerzos solitarios de una abeja o una
larva en algún punto cerca de mi oreja, comiendo y llevando a cabo una misión inútil
en la hierba. ¿Estaba haciéndole más difícil la vida a una larva el peso de mi cabeza?
¿Habría una larva, o solo era el sonido de la hierba adaptándose bajo mi peso? No lo
podía saber, pero lamentaba el estar causando, si eso ocurría, daño a una cosa viva.
Arranqué unas briznas de hierba con los dedos; oí los apagados sonidos de la
extirpación transmitidos por inalcanzables rizomas. Me notaba en calma, relajado,
descansando; serenamente improductivo.

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En mi ociosidad tenía, por supuesto, la opción de dejar que en cualquier momento
mis pensamientos se perdieran en un conjunto de direcciones medianamente eróticas,
pero por el momento parecía importante resistir ese señuelo. Habría sido muy fácil
imaginar a tres mujeres con traje de baño blanco, tendidas en las tumbonas blancas de
cubierta de un crucero azul pálido, con la cabeza señalando en distintas direcciones,
cada una con una rodilla alzada y los ojos cerrados, cada una con un tarro de crema
solar olvidado que era del color de aquellos Tercels y Civics más antiguos cuyas
dueñas habían usado sus garajes para guardar otras cosas aparte de sus coches y cuya
pintura se había oxidado consiguientemente como ocurre con una pintura al fresco, de
una belleza sin saturar, como tabletas de chocolate chupadas durante un momento y
escupidas en la palma de la mano para examinarlas. Habría sido muy fácil pensar
intensamente en aquellos muslos que se hundían en las perneras de los trajes de baño
blancos; en una de las mujeres estirando una pierna y doblando la otra; en lo bien que
se sentían al sol. Pero yo quería mantenerme al margen de las perneras por lo menos
hasta las doce y media, preferentemente la una y media, a ser posible, porque era
delicioso estar al sol, y había, después de todo, una infinidad de ideas complicadas e
intelectualmente gratificantes en el mundo que, en mi mañana de otium liberale,
podría dedicarme a considerar, empujado hacia estados de atención erudita por la
intrínseca bondad del cielo azul, y si le daba a mi cerebro posterior la más mínima
oportunidad de crear una atractiva forma sexual, el alcance de mi meditación se
estrecharía inevitablemente, las ideas sexuales se duplicarían rápidamente,
empezarían a polimerizarse, formando breves y resbaladizas cadenas de narraciones
que se unirían a otras imágenes anteriormente inocentes y las harían voluptuosas,
contorsionándose a sí mismas como lipoproteínas en subrealidades autocontenidas
masturbatorias, y desde allí a los fragmentos masturbatorios completamente pensados
de mi invaginación, y encontraría que me había dado la vuelta poniéndome boca
arriba para dejar que se manifestara el sudor de mi pecho, y doblaría una rodilla y
acaso buscara decididamente en el interior de mi traje de baño para asegurarme de
que todo estaba en orden, y cinco minutos después estaría dentro de mi apartamento,
donde mis ojos no se adaptarían a la penumbra, y donde el ambiente se encontraba
desagradablemente frío y sin sol, y soltaría cuatro líneas grises de paternidad y de
productos secundarios de la paternidad en una toalla de papel con un dibujo de
árboles que se garantizaba que estaba hecha con más de un setenta y cinco por ciento
de desperdicios del posconsumo, cada raya más corta y más albuminosa que la
anterior. Y después de eso, el resto del día tendría en sí mismo el tono de un
desperdicio posconsumo, un tono de después del gran hecho, como cuando, los
sábados, repartían el correo excepcionalmente pronto y yo volvía en coche a casa de
hacer unas compras a última hora de la tarde, esperando equivocadamente que me iba
a encontrar con él, pensando: Bien, fue un día jodido, no hay duda, pero por lo menos
todavía tienen que traer el correo; hasta que me daba cuenta de que ya habían
repartido el correo; los habituales paquetes que decían «Solo puede abrirlo el

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destinatario» o «Producto relacionado con el sexo en el interior» o «¡Más de 70
nuevos productos! Atendemos su petición hoy mismo».
De modo que intenté trazar un óvalo mental impenetrable en torno a mí mismo
con una especie de espuma ahuyentafantasías, a fin de mantener todos los pixxxels
sexuales, todas las prechichiones, todas las chochosiones meneópticas, fuera de su
perímetro; de modo muy parecido a como una contrabajista encantadora que conocí
una vez en Santa Cruz estuvo ensayando toda una tarde en su apartamento con unos
pantalones vaqueros recortados puestos metida en el interior de un gran círculo
blanco de espuma antiinsectos echada con un pulverizador en la alfombra para que
las hormigas no pudieran subírsele por sus piernas morenas y desafiantemente sin
afeitar y llegar hasta el clavijero de su instrumento y hasta el trípode para las
partituras. Había sido muy amable, pero que muy amable; una persona a la que daba
gusto conocer, con un par de atractivos melones autónomos. Yo había pasado una
tarde tumbado en la playa junto a ella, tomando galletas de vainilla con ella, y en un
determinado momento coloqué impulsivamente una galleta redonda en cada una de
las copas intensamente turquesa de la parte de arriba de su biquini. Ella emitió un
sonido de tolerante advertencia, alzando la cabeza durante un momento, y comió las
dos galletas; luego le quité con cuidado una miga de un pecho, diciendo
sencillamente: «Una miga». Pero nunca mantuvimos relaciones sexuales, ella y yo. Y
cuando le quité la miga, se la quité dando un leve toque tímido a lo que yo solo
consideraba que era la costura inanimada de un biquini, y para nada al insurgente
peso coronado por un pezón de abajo. ¡Qué trágica pérdida de una oportunidad! (Esto
pasó cuando yo estudiaba el penúltimo curso en la universidad, para mí una época sin
Pliegue). Pero por eso la recordaba ahora con tanta añoranza, en lugar de recordar a
cualquiera de las mujeres con las que he mantenido relaciones sexuales o los
centenares a las que he desnudado subrepticiamente. De modo que debería sentir
agradecimiento por haber sido tan tímido al quitarle la miga, pues ahora tenía algo en
que pensar y echar en falta y desear; salvo que, me recordé a mí mismo, se suponía
que no iba a pensar en absoluto en cuestiones sexuales.
Traté de concentrarme en el tacto como de sesos de la toalla pegada a mi oreja y
mejilla, y en su olor a limpio, y en lo poco que necesitaba la desnudez femenina para
estar satisfecho con mi vida. Solo la idea de lo limpia que estaba aquella toalla de
playa, de lo rápido que había dado vueltas en la lavadora unos días antes para que
ahora me pudiera tumbar en ella, me resultaba más que suficiente. Recordé a John
Lennon anunciando al mundo que él se podía colocar con solo mirar una flor. Yo no
necesitaba grandes pechos, grandes recipientes de carne de teta, grandes y calientes
contenedores de carne temblando en negros bustiers levantatetas; no, me podría
colocar con solo tumbarme en una toalla. Las toallas, con todo, desgraciadamente
para mí, no eran un asunto completamente invariable: estaban asociadas íntimamente
con mi segunda fermación con éxito, un año después de haber utilizado el

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transformador temporal en la clase de Miss Dobzhansky; y puede que debiera
describir ese temprano episodio ahora mismo.
(Tengo que decir, cuando me dispongo a emprender ese camino, que no puedo
entender cómo lo hacen los que escriben autobiografías de verdad, como Maurice
Bering o Robert Graves. ¿Cómo son capaces de ir tan suavemente y con tanta
facilidad de a a b y a c? Me siento humillado ante la dificultad de presentar la propia
vida de verdad sin que parezca que soy un defensor de las ortodoxias no lineales
ultrafamiliares. No es que crea que mi desorden hasta el momento sea, en cierto
sentido, ostentoso o artístico; es que, cuando trato de ser un memorialista responsable
y disponer mis experiencias en el lugar que les corresponde cronológicamente, mi
interés por ellas muere y se niegan por completo a dejar que se cuenten. Encuentro
que tengo que dominar todas las tentaciones anecdóticas en cuanto surgen, sin
importar la prioridad temporal, con objeto de que, para mí, florezcan adecuadamente
en las palabras).
Total: cronofugación. El verano después de quinto grado yo solía bajar los
escalones salpicados de ropa que llevaban al sótano (la escalera del sótano era nuestra
cesta de la ropa sucia), y pasaba importantes partes de la tarde observando las
sábanas, las toallas y la ropa de mi familia dar vueltas y retorcerse. Había un
engranaje de seguridad, una palanca que giraba hacia dentro, que paraba el motor si
la tapa estaba levantada durante el centrifugado, pero era bastante sencillo
desactivarla: solo necesitaba hacer presión en ella con una pluma. Me quedaba
delante de la lavadora durante muchas horas, perfeccionando mi comprensión de la
fuerza centrífuga.
A su máxima velocidad, el tambor de una lavadora gira a unas seiscientas
revoluciones por minuto. Las toallas, que normalmente son el alma misma de la
absorbencia magnánima, a seiscientas r.p.m. quedan comprimidas en unos tarugos en
forma de cuña de textilidad en bruto, apoteosis del atascamiento, con sus pliegues tan
claramente superpuestos, y sus millares de nudos blandos tan desprovistos de
capacidad de reserva, que noto, después de que las últimas pintas de agua gris
azulada hayan salido por la manguera y de que la sonora pulsación del interior de la
lavadora indique que su transmisión ha desembragado definitivamente, y de que el
girar se haga más lento y se interrumpa, como si yo estuviera echando jamones
deshuesados o (en el caso de toallitas para lavarse la cara) pequeños filetes en una
secadora, en lugar de objetos potenciales en un suavizante de la ropa testimonial. A
menudo las prendas de hilo presentan un dibujo de puntos en relieve, allí donde la
tela ha tratado inútilmente de salir por los agujeros del tambor junto al agua que de
tan mala gana han soltado.
Al comienzo de aquel verano yo contemplaba el lavado con la tapa levantada solo
porque me gustaba; me gustaba imaginarme como un agitador, moviendo el agua a
uno y otro lado con mis aletas; pero por fin empecé a sospechar que los poderes
temporales sin explotar residían en el ciclo de centrifugado. Nada que fuera capaz de

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remover con seguridad prendas de ropa para que hicieran círculos tan rápidos podría
dejar de serme de ayuda en mi esfuerzo por descubrir un segundo modo, después del
transformador del scalextric, de quitarles la ropa a las chicas y a las mujeres sin su
conocimiento. Había palabras grabadas en la parte de arriba de los ejes de los
agitadores —el nuestro decía SURGILATOR— y un día dejé que los dedos se
apoyaran levemente en este rotor de significados cuando empezó su aceleración final.
La palabra, ligeramente resbaladiza debido al jabón residual, circulaba
progresivamente más deprisa bajo mis dedos hasta que, vibrando en lo ilegible, sus
letras se fundieron en un anillo de probabilidades giratorias, y noté que el secreto del
centrifugado se había comunicado desde la lavadora a mí.
Y tenía razón —el secreto del centrifugado estaba de hecho en las yemas de mis
dedos—, pero me llevó un tiempo averiguar cómo ponerlo en acción exactamente. Al
principio pensé que tenía que girar yo. Salí al crepúsculo del exterior y practiqué el
giro con los brazos estirados, sin sentirme excesivamente inquieto ante la posibilidad
de que pudiera parecer un imitador de Julie Andrews en Sonrisas y lágrimas,
intentando conseguir que mis glóbulos rojos salieran despedidos de mis antebrazos
con tanta fuerza que las yemas de los dedos reventaran y así tener una hemorragia
triunfal. Pero, claro está, las yemas de los dedos resistieron y el tiempo continuó con
su tictac. (Las yemas de los dedos son muy resistentes. Ni siquiera estallan cuando
uno las usa para calzar el tiempo; se limitan a estremecerse durante un segundo
mientras tu mano entumecida se ve obligada a soltar). Con todo, comprendí que me
encontraba en la línea de experimentación adecuada cuando, precisamente en aquella
época más o menos, me tropecé con un libro de bolsillo sobre los ovnis en un
expositor de una tienda de regalos de Mass Pike. Era un conjunto de cartas que la
gente había dirigido a las fuerzas aéreas describiendo observaciones de platillos
volantes y cosas así. Una de las cartas era de un hombre que creía que los ovnis
generaban las fuerzas antigravitatorios sobre las que se elevaban haciendo girar
grandes cantidades de polvo y cantos rodados en un anillo en forma de rosquilla
construido dentro del perímetro de la nave espacial. El autor de la carta
proporcionaba una tosca ilustración que mostraba aquella rotación y el elevamiento
resultante. Comprendí que la idea de aquel tipo era errónea y descabellada, pero
también comprendí que había considerado de modo adecuado, lo mismo que yo, la
evocadora peculiaridad de la centrifugación, su posible potencial místico. No era la
atracción de la gravedad lo que neutralizaba los giros, consideré; era la atracción del
tiempo.
Cuanto más estudiaba nuestra lavadora con la tapa abierta, mejor comprendía que
«para obtener mejores resultados» yo tendría que estar unido directamente a las
fuerzas antinaturales que estaba experimentando la ropa. Pero dudaba en saltar dentro
del tambor. Había oído cosas sobre dedos rotos y hombros dislocados. Consideré, sin
embargo, que si tenía un modo de sacar alguna prenda mía bruscamente de un estado
de extrema centrifugación y ponérmela mientras todavía estaba húmeda, el tiempo

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sufriría una sacudida, deteniéndose hasta que la prenda se secara. En cualquier caso,
merecía la pena intentarlo. Justo antes del final de un ciclo de aclarado, até lo más
fuerte que pude un trozo de bramante marrón a una camiseta rojo oscuro que goteaba
y la volví a lanzar dentro de la lavadora. Cuando empezó el centrifugado, me subí a
una silla y mantuve el extremo del bramante por encima del tambor de modo que
pudiera girar libremente. En el momento adecuado tiré con fuerza del bramante,
gritando: «¡Ahora!». Mi camiseta roja voló dando vueltas por la habitación igual que
un pato emprendiendo el vuelo. Me la puse y corrí afuera, lleno de esperanza. Pero
las hojas bicolor seguían agitándose en el tilo y pude oír el tráfico habitual, de modo
que comprendí que había fracasado. Con todo, me gustó que la camiseta se secase y
que su color se hiciera más claro mientras la tenía puesta.
Unos días más tarde, cuando había bastante ropa sucia para hacer otra colada,
martilleé un clavo en la mesa de junto a la lavadora y fijé un carrete de hilo muy
resistente a él. Enrollaría el extremo del hilo, en el sentido de las manecillas del reloj,
al eje de la lavadora al comienzo del centrifugado. El cambio se produjo con
creciente velocidad. El pequeño carrete tembló enloquecido mientras se soltaba de su
bobina de algodón. Agarré el carrete y lo sujeté con fuerza, de modo que el hilo que
se iba enrollando en la máquina tuviera que partirse; en aquel instante de rotura
esperaba que el tiempo fuera todo mío. Pero el tiempo tampoco fue mío entonces;
parecía que yo todavía no estaba lo bastante íntimamente unido al estado puro de
centrifugación.
Como sucede tan a menudo, el éxito al final llegó gracias a la convergencia de
varias líneas de investigación independientes. Había un gran columpio de cuerda en
nuestro jardín trasero. Yo había estado trepando por una de la cuerdas de este
columpio un poco más arriba cada día, con el presentimiento de que pasaría algo
anormal cuando fuera capaz de alcanzar el nudo de arriba del todo, que se encontraba
a unos nueve metros del suelo. La cuerda estaba lisa por donde normalmente la
sujetábamos para columpiarnos (sentados en un trozo enrollado de moqueta atado en
el lugar preciso y que permitía que nos lanzásemos desde el cajón de embalaje de una
nevera), pero cuanto más alto trepaba, más áspera se ponía la textura del cáñamo.
Cada día yo tenía más fuerza, tanto en los músculos del estómago como en los de los
brazos, y también conseguía aliviar el esfuerzo de mis brazos enroscando la cuerda en
torno a una pierna y sujetándola entre el empeine de un playero y la suela del otro.
Cada vez me quemaban más las manos. Abría y cerraba los puños cuando había
regresado a la seguridad del suelo para conseguir que el dolor desapareciera. Tras una
semana y media, por fin llegué al nudo de arriba y di una palmada a la rama con
pequeñas grietas que sujetaba el peso, asombrado y hasta un poco horrorizado de
haber sido capaz de alcanzar la parte de arriba. Esperaba, después de aquella palmada
por haberlo conseguido, volver a tierra con nuevos poderes, pero de hecho no tenía
nuevos poderes: solo tenía catorce o quince estupendos callos ovales en los dedos, de
los que estaba muy orgulloso. En privado me apretaba esos callos mientras pensaba.

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Un fin de semana de este periodo mi padre me llevó a una ferretería. Un hombre
al que llamábamos el Hombre de las Agujas estaba en el aparcamiento. El Hombre de
las Agujas era sordomudo; andaba por la ciudad vendiendo paquetes de agujas de
coser para ganarse la vida. Era un tipo bajo, desdentado, de unos sesenta años, que
siempre llevaba una gorra de béisbol; le pasaba algo a una de sus rodillas, pues
siempre se le doblaba a un lado cuando apoyaba su peso en ella. Se nos acercó e
inició sus silenciosas artimañas de vendedor: enseñó el paquete de agujas, se encogió
de hombros, miró hacia otro lado, se chupó el dedo pulgar y calculó la dirección del
viento, sonrió, enseñó las encías, se encogió de hombros, miró hacia otra parte, clavó
sus ojos en nosotros. Mi padre le dio un dólar por las agujas. El Hombre de las
Agujas asintió con la cabeza y se alejó. Nunca demostraba agradecimiento. Yo le
relacionaba con el Rumpelstiltskin y el Gollum de El hobbit. Ya teníamos cinco o seis
paquetes de agujas que le habíamos comprado, de modo que mi padre me entregó
uno.
—A lo mejor se te ocurre algo que hacer con ellas —dijo.
Y se me ocurrió algo, efectivamente. Cogí un nuevo carrete de hilo de la cesta de
costura. Abrí el paquete de agujas, que tenía una práctica pestaña en la parte de
delante como un sobre de cerillas. Las agujas estaban dispuestas por tamaños y
parecían los tubos de un órgano; estaban pinchadas con precisión en dos pliegues de
un papel azul doblado; una catedral que se podía guardar en el bolsillo. Elegí una de
tamaño mediano, la enhebré, y pasé la mayor parte de la tarde cosiendo de diversas
maneras los callos que me había hecho al trepar por la cuerda. Cuando la aguja había
atravesado a medias uno de los callos, yo daba golpecitos en la parte de arriba del
callo para notar la tensión en el interior de la piel; la sensación habitualmente era
indolora. Agité los dedos con dos agujas clavadas en ellos delante de un espejo,
haciendo como que me estaban torturando. Cuando había pasado por completo una
aguja, el hilo que la seguía casi me hacía cosquillas; los nervios tenían unas
sensaciones extrañas y no estaban seguros de lo que estaba dentro y lo que estaba
fuera. Era como si pudiera oír el hilo pasando por los agujeros de la piel en lugar de
notarlo. Cosí juntas ocho yemas de los dedos en dos series y anduve por la casa
quejándome, a la búsqueda de espectadores; luego toqué algo muy fácil de Bach en el
piano; la presencia adicional del hilo en el momento del contacto con cada tecla del
piano, y el limitado alcance que tenían mis dedos, hacía que la música pareciese
extrañamente intensa e inteligente y pura. Tocaba mejor, con un toque más pausado,
más a lo Glenn Gould, con las manos cosidas (aunque con muchas más notas
equivocadas); igual que hacen en las exposiciones de caballos (había leído en alguna
parte), donde los preparadores poco éticos les echan mostaza en los espolones para
que hagan corvetas. Yo era mi propia marioneta. Interrumpí la pieza de Bach en la
mitad y bajé la tapa del piano. Y al cerrar la tapa comprendí lo que tenía que hacer.
Corté con unas tijeras todo el hilo de las manos, junté la ropa sucia con la que
estaba en el suelo de mi habitación (con el añadido de varias toallas) y puse una

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lavadora en caliente con la tapa abierta y el mando apretado. Mientras la colada se
agitaba durante los preliminares, elegí una aguja nueva, la enhebré y la pasé por el
callo, no cosido hasta el momento, de la base del dedo medio de la mano izquierda.
Coloqué el carrete metido en el clavo y enrollé el extremo libre del hilo alrededor del
eje de la lavadora. Cuando empezó el ciclo de centrifugado, el hilo pasaba a través de
mi callo, a través de una parte mía, mientras se iba enroscando. El hilo pasaba por el
agujero de mi piel con una facilidad sorprendente, cada vez más y más deprisa. Mi
mano descansaba en el borde de la lavadora, boca arriba. El calor de la fricción
empezó a doler; cuando se hizo casi insoportable, y yo estaba a punto de cerrar el
puño y romper el hilo, se produjo el acontecimiento, o no acontecimiento. Se detuvo
todo. Miré el tambor de la lavadora y me estremecí al ser capaz de ver e incluso de
notar aquella ficción de las ciencias físicas, la fuerza centrífuga. Sin sentir dolor,
ahora podía meter la mano y agarrar la ropa que se encontraba en pleno centrifugado
a seiscientas r.p.m. Metí la mano en la lavadora. El agua azul que quedaba,
inmovilizada en su turbulencia y todavía mojada cuando la toqué, era especialmente
hermosa. El mundo de nuevo estaba en disposición de ser desnudado. Pero sabía que,
si el hilo que pasaba a través de mi callo se rompía, el tiempo continuaría. De modo
que, para mi desgracia, estaba atado a la lavadora.
Durante un periodo de diez minutos fui soltando trabajosamente el hilo a través
de mi callo, de modo que pude subir los escalones y salir al jardín. Había un pájaro
allí fuera, un petirrojo, detenido en el aire, como a un metro del césped; toqué sus alas
extendidas, aunque no con bastante fuerza como para desplazarlo de su posición
durante la pausa. Continué desenrollando el hilo de mi callo hasta que llegué a la
calle. Una mujer estaba en una furgoneta con el codo apoyado en la puerta. Le toqué
el hombro con la mano, luego rebusqué dentro de su blusa y llegué hasta debajo de su
sostén y noté el caliente y pesado huevo de avestruz de su pecho. Su pezón era
asombrosamente blando. El pelo, ahuecado por el viento, permanecía inmóvil; el
cuentakilómetros indicaba cincuenta kilómetros por hora. Aquel pezón suave que
tocaba (el primero después de la infancia, recuerdo) iba conduciendo por la calle a
cincuenta kilómetros por hora mientras yo, acariciándolo con tranquilidad, ¡me
mantenía quieto! Cuando ya supe bastante del peso y de la muy avanzada movilidad
de su melón con mi áspera y cosida mano, volví a la acera, pues no quería que me
atropellasen, y tiré del hilo hasta que se rompió. Lo saqué del agujero de mi callo. La
furgoneta se alejó inmediatamente; vi una ráfaga del perfil de la mujer, luego la parte
de atrás de su vehículo, su matrícula insignificantemente clara, luego el parpadeo de
un intermitente al girar; después dobló por la calle Southland y desapareció. En el
sótano, mi ropa continuaba dando vueltas como si yo todavía siguiera junto a la
lavadora mirando. En los coches que siguieron nadie pareció notar que yo había
aparecido de repente de la nada, junto al tupido ramaje de los chupones del tocón de
un olmo.

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Mi segunda fase de Parón terminó ahí, hacia agosto de 1969: lo mismo que el
experimento con el transformador temporal que me permitió entrar bajo la falda de
Miss Dobzhansky, aparentemente no se podía duplicar, pues dependía de aquellas
prendas de ropa y aquellas toallas concretas, de aquellos callos, y de aquel específico
paquete nuevo de agujas del Hombre de las Agujas. Atarse a uno mismo a una
lavadora, en cualquier caso, era un modo torpe de forzar la detención del tiempo;
aunque, al pensar en aquel periodo mientras estaba tumbado encima de la toalla de
playa en el jardín, no recordé nada de esa torpeza, solo los saltos de contento que di
durante el resto del día porque entonces sabía, después de mis fracasados intentos,
que había más de un modo de apretar el embrague universal.
Ahora, en el jardín de atrás, como estaba tan desesperado por detener el
calendario, pensé en volver a probar con algo como aquello: coserme los dedos y
lavar la toalla en la que estaba tumbado. Pero el hecho era que mi piel de adulto era
mucho más delgada. Escribir a máquina no provoca grandes callosidades. (Cuando
escribo, noto el relieve placentero de las teclas de la J y de la F del teclado típico,
moldeado allí para que uno sepa que sus dedos están adecuadamente situados en la
posición precisa, como algo próximo al desagrado, de lo suaves que tengo las yemas
de los dedos). A lo mejor había modo de disparar un Parón haciendo como que estaba
enfermo, yendo al ambulatorio y haciendo una relación de montones de dolores
misteriosos y de momentos de mareo en la ducha, de modo que el médico mandara
que me hiciera un conjunto de análisis de sangre, y cuando me sacasen la sangre y la
hicieran girar a seiscientas r.p.m. en una centrifugadora del laboratorio para separar el
plasma amarillo de los glóbulos rojos, la alta velocidad de la centrifugación recrearía
las condiciones de la lavadora primordial, y sería capaz, mientras los giros seguían,
de desabrochar el sostén de la hispana que me había sacado la sangre mientras estaba
inmóvil en la Fermata, dando golpecitos expertos en la vena de otra persona. Pero
rechacé la posibilidad, puesto que, aunque funcionara un hematocrito temporal, sería
demasiado impredecible e imposible de controlar; necesitaba un modo rápido y fácil
de conectar y desconectar el tiempo.
Pero esta idea de la autocentrifugación tenía y todavía tiene un poderoso
atractivo, y a veces tengo la clara sensación, mientras quedo suspendido en mitad de
una página de este relato, eligiendo lo que narraré a continuación de mis anteriores
Fermatas, de que para escribir adecuadamente mi vida necesito que el receptáculo de
toda mi consciencia dé vueltas, igual que el rotor de una ultracentrifugadora hace
girar los tubos de carga biológica, lo bastante deprisa como para conseguir la difusión
e imponer un orden artificial. Necesito quedar colgado de una cuerda de piano de un
décimo de centímetro de espesor en un riguroso vacío (lo mismo que el rotor de la
vieja centrifugadora Spinco modelo E, desarrollada en los años cincuenta por Edward
G. Pickels y sus colaboradores y que todavía se usa en gran número de programas de
investigación subvencionados sobre la química de las proteínas), mientras una luz de
xenón arroja una inolvidable longitud de onda sobre la muestra de mi memoria, que

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rota sesenta veces más rápido de lo que lo hacía la lavadora de mi sótano; quiero que
todas las imágenes recordadas a medias de mujeres semidesnudas, todos esos
fragmentos de mi historia de mirón, que todavía permanecen en una suspensión
coloidal, giren a la velocidad de la visión intuitiva hasta que sean obligados a
clasificarse de una vez por todas en los pulcros gradientes radiales de la uniformidad
macromolecular, como cócteles por capas o agradables creaciones multicolores de
gelatina. Pues sucede que sé, gracias a un trabajo de tres semanas en el departamento
de investigación de Kilmer Pharmaceuticals (para bien o para mal, un eventual
despierto puede enterarse de muchas cosas), que los bioquímicos utilizan de modo
rutinario la centrifugadora (en especial el modelo de sobremesa de Beckman que se
llama Microfuge) para conseguir separar, o «hacer bolas», extensiones de DNA con
objeto de purificarlas o limpiarlas. Y en la mente —ese logro final de la química de
las proteínas— todo está también en movimiento desamparado, flotante, difuso,
impuro, sin deseo de llegar a la precipitación: solo una fuerza meditativa inducida de
cientos de miles de gravedades puede separar una fracción inteligente de la auténtica
identidad pasada de uno, de la frustrante personalidad polidispersa de uno, en una
bola de letras.
Una tarde después del trabajo, muy recientemente, necesitando acelerarme para
continuar escribiendo una parte de este mismo documento, detuve el tiempo con un
chasquido y realicé una ronda por el edificio de investigación de Mass General,
buscando ultracentrifugadoras y a las mujeres —que quitan la respiración— que las
manejan. Volví a pensar vagamente en centrifugar algunas de mis propias células, en
esta ocasión por un impulso puro de ideas: podría dedicar toda una Pausa a poner
pequeñas muestras de mi sangre (o posiblemente de semen, aunque parecía una cosa
innecesariamente cruel hacerle eso a mi semen) en cada una de las
ultracentrifugadoras Sorvall, Cambridge y Beckman, y activarlas todas a la máxima
velocidad. Al final estaría anémico y decaído, pero no me importaría, porque sabría
que en ese segundo mis pequeñas y alegres células estarían siendo aplastadas dentro
de mundos alternativos de protoplasma por megagravedades exóticas en costosos
vacíos en cada programa NIH de investigación subvencionada de la zona, y que ese
artero conocimiento me empujaría hacia arriba en raptos de autoconocimiento y
autoabandono. Pero de hecho no hice eso, porque entonces tendría que haber
limpiado todas las probetas de análisis de sangre después de que sus giros se hubieran
completado, pues no quería dejar algo tan inquietante como un plasma amarillo de
procedencia desconocida por allí para que lo encontraran los investigadores. El miedo
es la emoción que menos prefiero; quiero ser responsable de crear el menor miedo
que sea posible. Le eché una ojeada a un elevado número de ultracentrifugadoras, sin
embargo, y lo que observé fue que los modelos grandes que se apoyaban en el suelo,
los construidos en Palo Alto por Beckman Instruments, se parecían de modo
sorprendente a las lavadoras. Eran un poco más anchas, y eran azules (como debería
ser el color habitual de las lavadoras pero asombrosamente no lo es), y una atenta

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mirada al panel de control reveló, además de las palabras habituales como
VELOCIDAD, TIEMPO y TEMPERATURA, los términos menos relevantes para el
lavado de VACÍO y ROTOR; pero seguían teniendo una apertura oval por arriba que
se cerraba con un sencillo pestillo después de cargarlas, y su motor de giro directo
(aprendí esto hojeando un manual de una de las bibliotecas del laboratorio)
funcionaba exactamente con la misma inducción principal que la de una Maytag. La
mayor diferencia entre estos productos no perecederos era que la Beckman podía
hacer girar un rotor, dotado de ocho e incluso doce pequeñas cubetas que contenían
un bioazar u otro, a sesenta mil r.p.m. En otras palabras, podía girar con seguridad,
sin salir por los aires, o sobrecalentarse, o hacer ruidos molestos (observé que era
menos ruidosa que una lavadora), a un promedio de más de un millar de revoluciones
por segundo.
Levanté uno de los rotores de un estante de uno de los laboratorios. No era un
objeto poco pesado. Estaba laminado con una especie de aleación de titanio
comprimido y tenía una terminación de un elegante negro anodizado. Se parecía a
una tarta de cumpleaños de chocolate que costara cuarenta y cinco dólares, con
agujeros para, digamos, ocho velitas inusualmente gordas; pero pesaba casi tanto
como una bola de jugar a los bolos, o una cabeza humana. Pocas veces me
impresiono tanto como cuando oigo que una entidad sin peso como un impulso
eléctrico puede penetrar precipitadamente en sus canales de irrigación de silicona un
millar de veces por segundo, o incluso un millón de veces por segundo, porque la
electricidad es inasible. Pero cuando una empresa de California fabricó un aparato
que podía conseguir que algo pesado, algo por lo que uno podía gruñir al levantarlo,
que era capaz de hacer un hoyo en el césped si lo dejabas caer, girara un millar de
veces por segundo, el logro pareció bastante cerca de ser concebible como
inconcebible. ¡Una cabeza, girando a un millar de veces por segundo! Quedé
impresionado cuando la niña de El exorcista hace girar la suya una vez. Cuando
agarré el rotor, sabiendo que yo era el único que no estaba inmóvil en el centro de un
universo temporalmente inmóvil, empecé a desear con mucha fuerza que mi propia
cabeza girara a velocidades de ultracentrifugadora; quería girar tan deprisa que las
orejas me salieran despedidas de la cabeza y se estrellaran contra las paredes de los
lados; quería que mi lengua, grotescamente alargada, imposible de recoger después
de abrir la boca para pronunciar el habitual «¡Socorro!» del inventor fáustico, formara
un anillo saturniano rosa o un cuello isabelino antes de que por fin me estallara el
cerebro. No solo la cabeza humana no podía sobrevivir a sesenta mil r.p.m., pensaba,
difícilmente podría sobrevivir el pensamiento a sesenta mil r.p.m. Y de hecho, cuando
ahora reflexiono sobre esto, me doy cuenta de que mis Pliegues, en muchos sentidos,
son equivalentes a la centrifugación, pues, cuando paso unas cuantas horas en el
Pliegue, en realidad me encuentro en la cámara de vacío de un milisegundo
sumamente paciente, haciendo potencialmente un millar de cosas, leyendo libros
enteros, andando por edificios llenos de instrumentos científicos, y así, desde la

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perspectiva de un espectador, me muevo en mi bucle cerrado a milagrosas
velocidades de Spinco.

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VUELVO a la toalla de playa de rayas azules y blancas del año pasado, en cualquier
caso. Intenté repetirme que era autosuficiente allí, tumbado al sol, y, en consecuencia,
que me era completamente innecesario cualquier tipo de perversión temporal,
cronocentrífuga o como fuera. Tenía todo un día de entre semana de verdad para
hacer lo que me apeteciese; podría, por ejemplo, y debería, leer un libro. Podría ir a
una librería, elegir un libro de bolsillo nuevo y atractivo, adquirirlo y hacer que mi
nariz oliese el delicado olor a vomitona que tienen a menudo los libros nuevos. Si
tuviera poderes para apretar el embrague, podría quedarme hojeando un libro hasta
que viese a una mujer que me gustara… y allá fui con la idea antes mencionada de
escribir un párrafo guarro sorprendente en el margen superior de un libro que
estuviera examinando una mujer. Gracias a mi fuerza de voluntad, borré ese
fantasma: había asuntos maravillosos nada gonadotrópicos en todas partes y me
apetecía mucho hacerles la cortesía de pensar en ellos; mi deber en cuanto criatura
consciente era pensar en ellos. Las artes plásticas, por ejemplo. Pensé al azar en sir
Lawrence Alma-Tadema, en lo hábil que era al pintar el agua clara y el tul mojado.
Sería agradable estar tumbado en una toalla en una playa mientras la analista hispana
mantenía aplastadas las páginas de una edición en gran formato de los cuadros de sir
Lawrence Alma-Tadema con sus rotundos pechos untados de aceite de coco, de modo
que la brisa del Caribe hiciera que me olvidase de donde estaba. Yo seguiría con los
ojos cerrados, la toalla todavía olería a limpio, todavía sentiría con lucidez, pero sabía
que ya casi estaba dispuesto a darme la vuelta y ponerme boca arriba, y sabía que si
me ponía boca arriba me quitaría el traje de baño un momento después (y qué me
importaba si me veía alguien —¡quería que me viese la gente!—, pero estaba casi
seguro de que, en cualquier caso, en el piso de abajo de la casa no había nadie,
porque no había coches en el camino de entrada) y, una vez quitado el traje de baño,
mi aparato se estiraría y alargaría pegado a mi muslo, donde se estiraría todavía más,
hasta que, alzándose, perdería su equilibrio y me volvería a caer contra la cadera,
donde se alargaría algo más. Como último recurso, para recordarme que la mayor
parte del mundo era asexuada la mayor parte del tiempo y bien merecía una mirada
atenta a pesar de ello, abrí un ojo, el que no estaba hundido en la felpa de la toalla, y
vi, con vívida miopía monocular, mi enorme reloj y mis gafas bajo el sol. A través de
uno de los cristales de las gafas distinguí la marca Fieldcrest, o más bien la cara
interior, que era más bonita de mirar que la cara exterior porque se podía ver todo el
derroche exuberante del suave hilo que había sido necesario para coser el conocido
logotipo y su sello de marca registrada; aunque la visión de esto hizo que se
reavivaran mis deseos del Pliegue, dado que el tiempo también era más exuberante
cuando le dabas la vuelta. Más allá del alcance de mi miopía, vi el macrófago de mi

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camiseta envolviendo el teléfono, que solo sonaría si Jenny, mi coordinadora, llamaba
con un encargo de última hora para mí, e imaginé el rápido arpegio de clics metálicos
producido por la antena telescópica de cromo cuando tirara bruscamente de ella para
responder a una llamada, cada uno de los segmentos llegando al límite de su
extensión y haciendo que saliera el siguiente, y los mismos clics en orden inverso
después de colgar. El tiempo se plegaba de modo similar; sería de más ayuda si
pudiera activar un Parón todas las veces que tirara de la antena de mi teléfono
portátil. Todas las cosas que me venían a la mente sugerían mecanismos de pausa; de
modo que empecé a notar que estaba a punto de recuperar mis poderes.
Cerré el ojo y lo volví a abrir, y esta vez solo miré mis gafas, y me pareció que lo
mejor que tenía el tomar baños de sol era que podías abrir los ojos en cualquier
momento y ver tus propias y amistosas gafas esperando por ti allí, tan cerca de la
cara, proyectando su definida sombra: podía ver en el suelo, con extrema claridad, el
opaco y espeso perímetro de los cristales sin montura, y las patillas dobladas como
rodillas en la parte de las orejas, y el pelo de la pestaña, cuya curva incrementaba mi
aprecio por la curvatura de las gafas graduadas, y el polvo que se acumulaba de modo
tan gradual que no lo había notado, y los apoyos de la nariz que estaban sucios pero
con una suciedad que era irrelevante porque nadie más la podría ver, y el reflejo por
pares de unas ramas en la superficie levemente arañada; toda aquella precisión
decimonónica que llevaba puesta todos los días, y que nunca había tenido la
oportunidad de estudiar porque lo único que hacía era quitarme las gafas por la
noche, plegarlas automáticamente, colocarlas junto a mi cama y volvérmelas a poner
por la mañana. No importaba la frecuencia con que cerrara los ojos, mis cristales
correctores estarían allí, al sol, cuando los volviera a abrir, a la espera de que los
apreciara y los viera, y los viera con más exactitud y claridad que si llevara puesto
otro par de gafas para mirar estas, porque mi miopía disminuía el alcance focal
mínimo, haciendo que cosas que estaban a cinco centímetros de distancia resultaran
plenamente visibles. Veía mis propias gafas mejor de lo que las podría ver cualquiera
que no necesitara gafas. La palabra claridad de repente me pareció muy hermosa. Mi
felicidad poseía claridad. Mi felicidad era óptica. Mi felicidad era la consecuencia
directa de mis gafas. ¿Debería hacer diez flexiones para celebrar la claridad inocente
de mi felicidad? ¿Debería hacer diez flexiones desnudo? Me quité el traje de baño e
hice diez flexiones desnudo, y cada vez que bajaba tembloroso a la tierra, y mi nervio
blando colgaba metiendo la nariz sin protestar en la toalla, volvía la cabeza para así
poder ver mis gafas esperándome allí para que las apreciase. Posiblemente me
parecían hermosas en parte porque eran híbridos, existentes a medio camino entre el
que sabe y lo sabido, entre lo que yo veía y cómo lo veía. Sentía como si estuviera
mirando mi propio sentido de la vista, incluso a mí mismo, cuando las miraba.
Empezó a desarrollarse en mí el convencimiento de que, en cuanto me volviera a
poner las gafas (las patillas y los apoyos de la nariz ahora estarían bastante calientes;
me gustaba quemarme de ese modo), volvería a tener control sobre el tiempo. Que

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cada vez que las empujara por la nariz hacia arriba con el dedo índice, el tiempo
quedaría en punto muerto de inmediato. Mi deseo de mirar más atentamente algo a
través de ellas sería el disparador suficiente. Estaba tan seguro de que mis gafas se
habían convertido, simplemente gracias a que por fin las había visto, en Pliegue-
activantes, que al principio ni siquiera hice la prueba: en lugar de eso, seguí tumbado,
recordando una vez que estaba en una playa con Rhody. Me dirigí a la rompiente con
las gafas puestas, de modo que por una vez pudiera ver el delicado trabajo de
Hokusai con las olas. Sabía que me arriesgaba a sufrir una pérdida importante
(todavía tenía mis lentillas, insoportablemente anticuadas, sin duda), pero pensé
estúpidamente que sabría cómo mantenerlas por encima de los cachones. Rhody dijo:
—¿Estás seguro de que las debes llevar puestas?
Yo dije que tendría mucho cuidado. Al cabo de veinte minutos, la segunda de dos
grandes olas inesperadas nos derribó. Cuando se retiró, ya no tenía las gafas en la
cara. Se encontraban en algún punto del océano. Estaba ciego, inmóvil en metro y
medio de fría agua salada muy picada. Rhody y yo buscamos a tientas en la turbia
agua arenosa, riéndonos desamparadamente. Empecé a aceptar el hecho de que había
sido muy estúpido y había perdido mis queridas vestiduras de los ojos. Pero segundos
después, asombrosamente, Rhody notó que pasaban rozándole la pierna, y las atrapó
y las agitó en el aire. Me las puse y la abracé levantándola del suelo, como en un
cartel de una agencia de viajes. Fue el mejor momento del viaje; reñimos en el avión
de vuelta a casa; fundamentalmente porque yo sentía, lo mismo que Tolstói cuando le
enseñó sus diarios libertinos a Sonia después de que se hubieran prometido, que tenía
que poner a prueba con Rhody la idea de la perversión temporal (presentándola solo
como una fantasía, claro). Se lo tomó muy a mal; y rompimos un mes más tarde.
Me levanté de la toalla, poniéndome de rodillas, y me puse las gafas y el reloj.
Bajé la vista hacia la sombra de mi semitiesa butifarra pegada a las rayas azules.
¿Qué más existía en el mundo, aparte de la masturbación? Nada. Empujé hacia arriba
el puente de mis gafas y verifiqué que el viento y las nubes se habían detenido. En el
Pliegue, cantando Cabalgando de nuevo, agarré mi máquina de escribir Casio, salí a
Storrow Drive, le quité la motocicleta a un tipo y conduje hasta el Cape, entre los
carriles de coches detenidos. Las playas en absoluto estaban abarrotadas, lo que
resultaba estupendo; anduve durante unos veinte minutos hasta que encontré a una
mujer, de un aspecto bastante agradable, tumbada sobre el estómago encima de una
toalla, con un traje de baño de dos piezas del color gris verdoso de esa planta que se
llama gordolobo. Estaba en el proceso de excavar a ciegas dos rampas en la arena a
cada lado de su toalla, que era lo que quería yo. Tenía suelta la parte de arriba, con los
tirantes caídos y graciosamente estirados con su superficie interior visible; no tenía la
espalda muy morena, y al aplicarse loción para el sol había olvidado un espacio
triangular cerca de uno de sus omóplatos, muy expresivos y bien hechos, lo que le
resultaría doloroso unas horas después a no ser que yo le aplicara un poco de loción
allí, cosa que hice.

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Me senté con las piernas cruzadas junto a ella y empecé a escribir el relato que
esperaba que le interesaría a un nivel más o menos degradado.
Naturalmente, yo no tenía ni idea de lo que le gustaba, si era una persona
especialmente sexual, pero resultó que era la persona de la playa que estaba
excavando distraídamente en la arena, y que eso era lo único que necesitaba de ella.
El resto era cosa mía. Escribí un relato sobre vibradores y dildos. Trabajé durante
siete horas (siete Strine-horas personales), puede que más. Todo el tiempo era la una
treinta y ocho. No me preocupó que me quemara el sol; uno no puede ponerse
moreno ni quemarse de verdad durante el Pliegue. Cada vez que pensaba que las
gafas se me estaban empezando a deslizar por el puente de la nariz abajo,
rápidamente me las volvía a poner en su sitio, no queriendo que mi sudor reiniciara el
tiempo por error. Solo descansé unas pocas veces; una, para apretarle suavemente los
pechos y asegurarme de que no tenía implantes (el saber que un par de pechos son
falsos, por desgracia, apaga mi deseo); y otra, para ir a darme un baño en las
inmóviles rompientes. Nadar durante el Pliegue era algo que nunca había hecho hasta
entonces: la viscosidad del agua variaba, zonas de turbulencia en pausa de una ola
que rompía se disolvían como grumos en la crema pastelera al nadar entre ellas.
Conchas y guijarros estaban suspendidos en la resaca como los matorrales de un
bosque. Pasé el dedo a lo largo de la aguda e inmóvil cresta de la ola y di un
golpecito a una gota de agua marina que colgaba de ella, convirtiéndola en vapor con
la uña del dedo. Era muy cansado abrirme paso a braza en el oleaje pectináceo rígido.
Pero encontré refrescante el «nadar» (esta vez también llevaba puestas las gafas, dado
que no existía peligro de que me las quitase ninguna ola), y me despejé la mente algo
más cuando alcancé la orilla tirando de la pechera del traje de baño de una mujer de
cincuenta años o así que estaba en dos centímetros de agua mirándose los pies; bajé la
mirada para ver lo caídos que tenía los blancos pechos a la luz que filtraba su traje de
baño.
Como un pornógrafo novicio, solo me proponía ponerme a escribir a toda prisa
algo que pudiera tener una oportunidad razonable de excitar a la que tomaba el sol
junto a mí cuando lo encontrara. (Al menos tenía constancia de que sabía leer; en su
bolsa de playa había una novela de James Clavell y un libro sobre cómo conseguir
trabajo). Pero cuando continué escribiendo (sobre una bibliotecaria, un vecino joven
de la casa de al lado y un mensajero, pues, como era principiante, creía que por lo
menos debería hacer un intento por seguir las convenciones), eligiendo el ambiente y
los rasgos físicos de mis pocos personajes bastante al azar, me interesó lo que yo
mismo estaba haciendo y me di cuenta de que me estaban entrando unas ganas
tremendas de meneármela. De hecho, durante los primeros veinte minutos o así, cada
vez que escribía a máquina la palabra «ella», me detenía para apretar las letras
correspondientes, dominado, en el acto de colocar un pronombre femenino en la
página, por una necesidad casi irresistible de menearme la cosa. Pero me negué; en
lugar de eso, me quité el traje de baño y me arrodillé, inclinándome delante de la

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máquina de escribir como si estuviera encima de una alfombra para la oración,
mostrando al océano el culo y mis juguetonas pelotas. Entonces no estaba
acostumbrado a tomar el sol desnudo, como he dicho, y descubrí que la sensación de
las dos mitades de mi culo levantado, al no tener contacto una con otra —la sensación
de un leve frescor de evaporación al aire libre en mi propio ojete y en la piel
habitualmente húmeda y tirante de los lados de mis pelotas—, era de lo más
interesante. No quería que me entrara nada en el ojete, nada de eso. Solo quería
mantenerlo al aire libre, por una vez al sol, haciendo alarde en dirección a las olas de
su claridad, expuesto de un modo que era tan lascivo como vulnerable. En esta
posición devota trabajé durante varias intensas horas, escribiendo.
No es que creyera que lo que estaba escribiendo fuera bueno según modelos
externos: sencillamente pasaba que yo estaba situado justo al lado de una mujer que
sería mi público, aunque ella no lo supiera entonces, y era su presencia inmediata lo
que creaba por sí misma un personaje alternativo, un «ella», que, al pensar
exactamente lo que yo quería que ella pensase sobre dildos y vibradores,
probablemente distraería a la auténtica «ella» de al lado mío. Básicamente estaba
sintiendo por primera vez ese par de embriagadoras satisfacciones conjuntadas que el
proseur sexual puede encontrar al comienzo de una nueva empresa, mientras su
ambición artística largamente descuidada, por muy indecisa que sea o por mucho que
se tome internamente en broma —el deseo de crear algo auténtico y válido y hasta
puede que incluso en cierto sentido bello—, se combina con el deseo básico de ese
ruido a chapoteo de un coño, con las dos emociones reforzándose entre sí y haciendo
que uno, o más bien yo, se sienta casi enloquecido con un elevado doble sentido de su
misión. En un punto determinado, al terminar un párrafo, grité: «¡Soy un escritor de
jodidos relatos eróticos!», al todavía inmóvil aire. Fue entonces, de hecho, cuando las
primeras punzadas de insatisfacción con la expresión relatos eróticos se afirmaron a
sí mismas. Abandoné la expresión para siempre, cambiándola por guarradas, y nunca
lo he lamentado. Sí, yo estaba en la playa en un escondite de guarro, con mi frío Arno
secándose expuesto al sol, mi polla tan dura como una botella vacía de Calistoga,
pero horas y horas sin tocar. Me estaba negando a mí mismo por mis guarradas.
Todas las veces que dudaba y necesitaba inspiración, me limitaba a descansar la
mano en el culo de la mujer que tomaba el sol a mi lado, a veces deslizando los dedos
bajo el agujero para la pierna de su traje de baño, a veces descansando la mano en la
tela; a veces apretando, a veces dando una leve palmada. Traté de ponerle la máquina
de escribir encima del culo, pero encontré que era demasiado inestable. Una vez, sin
embargo, le quité la parte de abajo del biquini y me senté justo encima de su
blandura, mirando, más allá de sus morenas piernas, el cuadro vivo de las olas, con el
culo pegado al de mi futura lectora. Era agradable contonearme y dar vueltas,
notando la carne floja de nuestros músculos del culo unida al moverse: casi era una
forma de comunicación. Y si me arrodillaba a su lado y le separaba las nalgas, dejaba
al aire su agujero del culo, e hice esto más de una vez, obteniendo un gran placer al

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notar mi propia Arnalidad a pleno aire, desnuda ante el cielo y agarrando y abriendo
la suya al mismo tiempo. Su ojete era un delicado punto marrón, como un menudo
cráter producido por el impacto de un asteroide, que merecía un atento estudio. Los
ojetes de las mujeres nunca me solían interesar, hasta que tuve veinte años y pico;
creo que son uno de los auténticos gustos adquiridos. Son específicos, singulares, con
un destino claro, centrados, en contraste con la abundante ginoconfusión de los
pliegues de la vagina.
Cuando hube terminado un relato medianamente legible, lo metí en una bolsa de
plástico para guardar alimentos y cerré la bolsa con un cierre hermético. Excavé en la
arena debajo de su mano derecha, donde ella había estado cavando, y enterré dentro
el relato metido en la bolsa, aplanando la arena con la mayor fuerza posible y
devolviendo al agujero que había hecho ella los suaves contornos que le había dado
su ociosidad. Tenía el brazo caliente. El pelo, por cierto, lo tenía recogido en la
coronilla, y era rubio con las raíces oscuras. Me situé detrás de una duna de arena
cercana y agarré las gafas y las hice bajar por la nariz, reiniciando el presente por
primera vez desde que había redescubierto mis poderes. Por los prismáticos, observé
su imperturbable excavar, como si no hubiera pasado nada. Siempre es muy excitante
ver a una mujer volver a la vida después de que he hecho una pausa durante bastante
tiempo: ella no tiene modo de saber que el instante de tiempo que acaba de pasar era
inmensamente más rico en contenido que cualquiera de los instantes que le precedían
inmediatamente. Un milisegundo inmenso como un crucero noruego azul pálido
había atracado y unos robustos turistas habían desembarcado, comprado sombreros
de paja y chucherías y vuelto a bordo, y el barco se alejaba con su tonelaje, con la
hélice agitando el agua; y la mujer aún cree que todos los milisegundos de su pasado
reciente son de una escala equivalente, pequeños esquifes y juncos flotando aquí y
allá en el puerto. Y yo, que había vivido conscientemente, e incluso pilotado, aquel
enorme milisegundo, había olvidado hasta cierto punto lo mucho mejor que es una
mujer cuando no está inmóvil, cuando sus omóplatos, por ejemplo, pueden verse
moviéndosele sutilmente en la espalda; su vida, además, para mí siempre tiene algo
de revelación.
Las yemas de los dedos con arena de esta mujer notaron el resbaladizo contacto
inesperado de la bolsa de plástico al cabo de un minuto o así. Alzó la cabeza para
mirar lo que había encontrado, tratando de no levantar la parte de arriba de su cuerpo
de la toalla y enseñar demasiada teta. Sacó de la arena mi relato metido en la bolsa,
que sacudió, y abrió el cierre hermético. Y entonces se puso a leerlo. No estoy
bromeando: de verdad que se puso a leer lo que había escrito yo. Cuando vi que
metía la primera de mis páginas mecanografiadas a dos espacios en el fondo del
montón, mientras seguía descansando boca abajo pero con los codos apoyados, la
barbilla en la mano, deslicé el puño dentro de mi traje de baño y tomé posesión de mi
látigo. (Me había vuelto a poner, claro está, el traje de baño, pues el mundo ya estaba
conmigo).

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Aquí sigue lo que había escrito para que desenterrase y leyera aquella mujer,
levemente corregido (como rezan las contraportadas) para que resulte más claro:

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MARIAN, una bibliotecaria que se dedicaba a los libros raros, estaba casada con
David, que daba clases de periodismo en la universidad de un Estado rural. Sus
propios días como periodista se habían terminado y se había vuelto un tanto patético.
Era adicto a cierta marca de descongestionante nasal, y se lo tenía que aplicar
ruidosamente cada pocas horas, lo que a Marian ciertamente no le importaba, salvo
cuando tenían invitados. Ella se levantaba temprano, mientras su marido se quedaba
en cama hasta las dos y media o las tres, leyendo revistas en las que alguna vez había
escrito artículos con gruñidos de desaprobación. No tenían demasiado dinero, porque
estaban pagando al hijo de un anterior matrimonio de David para que estudiara en la
Wesleyan. Un sábado tuvieron una gran discusión después de que David saliera a
comprar unas plantas y volviera con una segadora de dos mil dólares, manejable
como un coche, cargada en la camioneta. Cortar su césped era trabajo del chico de un
vecino, veinticinco dólares cada vez, algo razonable dada la gran extensión de
césped, de modo que no había necesidad en absoluto de tan elevado gasto. David dijo
que se había visto impulsado a comprarla porque era un modelo nuevo cuyo motor
incorporaba una innovación en la cabeza del cilindro sobre la que había leído algo en
Mecánica popular y porque su obligación era apoyar a las empresas que continuaban
invirtiendo en investigación y probando nuevas cosas. Marian estaba muy enfadada y
molesta. Era como la vez que él había comprado dos colmenas piramidales y un
equipo completo de apicultor por cuatrocientos dólares. Habían estado tragando ríos
de miel durante un año, y luego los dos enjambres habían desaparecido misteriosa y
deprimentemente. La miel también había resultado «algo salvaje», por usar el
eufemismo de David, lo que significaba que sabía claramente a vaca. Montado en la
nueva segadora, David segó desafiante la mitad del jardín trasero (tenían una hectárea
inútil), maniobrando alrededor de las dos colmenas envueltas en lona alquitranada, y
luego entró para preparar un té frío y descansar. Marian le dijo que quería separarse
de él durante un tiempo, de modo que David hizo un paquete con la capa superior de
papeles amontonados en su despacho y algo de ropa y se marchó.
Marian se sintió más contenta de inmediato. Durante los días siguientes se libró
de la televisión gigante, que siempre la había molestado, y quitó los dos retratos,
pintados por primitivos americanos, de los antepasados de Connecticut de David. Se
vistió con más cuidado, y cuando un hombre, en el banco, le entregó el recibo de un
ingreso que se le había caído, ella le sonrió como nunca había sonreído a nadie desde
hacía mucho tiempo. Se sentía disponible.
Tenía que devolver la nueva segadora, por supuesto. Pero como David ya la había
usado, oficialmente ya era una segadora nueva usada. El tipo de la tienda la valoró a
un precio irrisoriamente bajo y, toda desafiante, ella le dijo que lo dejara y se marchó.

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Por fortuna, cuando le dijo a su madre que por fin le había dado la patada a David, su
madre enseguida apareció con un cheque de tres mil dólares. Los problemas de
dinero cesaron de momento, y contrató al chico del vecino para que segara el resto
del césped utilizando la nueva segadora verde a la que uno se podía subir. El chico se
llamaba Kev. Marian lo observó desde distintas ventanas mientras él pasaba arriba y
abajo por el césped subido a la segadora. El chico había desgarrado a propósito las
perneras de sus vaqueros, por las que asomaban unas rodillas morenas, y llevaba
puestas unas botas de trabajo marrones. Se había quitado la camisa. Era fibroso;
poseía esa cualidad adolescente que le permitía doblar la cintura y no tener
michelines. Los pequeños músculos de los lados de sus antebrazos tenían una especie
de forma en S que la atraía. Eran los músculos que usaría si estuviera soportando su
propio peso encima de ella.
Marian le vio inclinarse al tomar la leve pendiente en dirección al neumático de
tractor del centro del jardín delantero. El dueño anterior lo había puesto allí, pintado
de blanco y plantado peonías dentro. David había insistido en dejarlo donde estaba,
pues era uno de esos no gay entusiastas de lo camp a los que les gusta de modo
automático cualquier cosa hortera, y ahora también a Marian le había llegado a
gustar. Nunca había esperado, viviendo como vivía en una casa como aquella, en una
carretera rural a dos kilómetros de una ciudad a la que aún sucedía otra antes de
llegar a la que contaba con universidad, sentirse excitada sexualmente al mirar a un
vecino de diecisiete años que conducía una segadora. Los músculos del pecho del
chico eran indiscutiblemente cuadrados y planos; el cable de los auriculares de su
walkman resultaba frágil y extraño sobre su piel. ¿Era capaz de oír algo de música
con la segadora en marcha? Marian pensó en quitarle delicadamente los auriculares y
los pantalones, y luego hacer una especie de guirnalda floral para su joven pene,
básicamente de albahaca (una especie que había plantado recientemente), como si
fuera una corona de laurel; puede que como toque final insertara un pequeño ramito
de perejil rizado en la abertura de su uretra, de modo que cuando ella acariciara y
toqueteara la suave piel recién nacida para el sexo del chico, murmurando que no se
preocupara, que aquello era algo natural, y por fin él soltara el gemido final, la ramita
de perejil saliera volando por los aires debido a la fuerza de su grumoso semen. Pero
espera, espera; ella en realidad no quería tener relaciones sexuales con un chico de
diecisiete años; por si fuera poco, a ella no le gustaba la madre del chico, que era una
quejica y una teórica de la conspiración no demasiado lista. De modo que Marian se
limitó a pagarle veinticinco dólares al chico, más dos dólares de propina.
—La próxima vez —le dijo, con cierta timidez—, me gustaría que me enseñases a
conducir esa cosa —se fijó en que el chico había tenido el cuidado de ponerse la
camisa antes de acercarse a la puerta para que le pagase; un toque de consideración.
Era un buen chico.
—Claro —dijo él.

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En cuanto se marchó, Marian hizo la cosa más guarra que se le ocurrió, que fue
conducir a toda a prisa hasta el supermercado, comprar un ejemplar de Cosmopolitan,
volver en coche a casa, bajar las persianas, y ponerse en cuclillas desnuda en el suelo
del cuarto de estar, directamente encima de la revista, abierta en una página que tenía
una foto de la cabeza de Patrick Swayze.
—Mira lo que te estoy enseñando, Patrick —dijo, pasándose la mano por la parte
interior de sus muslos abiertos y estirándose unos cuantos pelos del vello púbico para
añadir una sensación picante. Los ojos de Patrick la miraban desde abajo sin
pestañear, por entre sus piernas, medio oculto por su matorral—. Estupendo, fíjate en
lo que me estás obligando a hacerle a mi clítoris —añadió—. ¿Quieres ver cómo se
corre mi enorme coño tan gordo? ¿Quieres? —al punto sus ojos se clavaron en los de
Patrick y de repente se sentó encima de su nariz y boca semisonriente, haciendo que
la lisa superficie de la revista abierta por la mitad se combara. Todo resultaba tan
impropio de ella que al poco se sintió resplandeciente y como nueva.
La semana siguiente hubo un día y medio de lluvia, y el césped necesitaba una
siega urgente el sábado. Kev no podía venir hasta las tres y media debido a un partido
de fútbol. Marian pasó el día podando varias lilas demasiado crecidas y leyendo algo
más de la nueva biografía de Jean Stafford. Notaba, para cuando apareció Kevin, que
tenía perfectamente controlada su energía sexual y que no le haría ningún tipo de
avance al chico del que se pudiera arrepentir. Él le explicó cómo se conducía la
segadora, con muchas disculpas por el hecho de que supiera conducir mejor la
segadora de su propia familia, diciendo que básicamente uno hacía esto y lo otro y
tenía que estar atento a esto y lo otro. Marian le pagó quince dólares por la clase, que
al principio él no quería aceptar y luego aceptó con bastante gracia, y ella le despidió
con la mano y empezó a segar. Era estimulante circular dando saltos por la hierba, en
especial cuando condujo por la pequeña pendiente arriba, en dirección a la casa, y
oyó que el motor se forzaba un poco. Al principio segó haciendo una especie de
bustrófedon, yendo y viniendo, y luego cambió a una especie de espiral azteca, dando
vueltas alrededor del neumático blanco del tractor. Cuando adquirió más confianza al
dar virajes cerrados y usar el acelerador, empezó a entender por qué David había
querido comprar aquel aparato; la sensación de tenerlo controlado, de cortar con
aquella hoja tan grande, era tremenda de verdad.
Con el tiempo, sin embargo, advirtió que notaba una intensa sensación que se
debía a la simple presión de doce caballos de vapor y medio, que era la que la
vibración constante de la máquina ejercía sobre su clítoris; de hecho, abarcaba
también a todo el perineo. Empezó a pensar en dos hombres altos y ágiles tumbados
de espaldas, con la camiseta subida en pose de esclavos moribundos, encima del
neumático de tractor, mirando al cielo y con unos penes michelangelescos. Se
imaginó a sí misma desnuda tumbada en la fresca hierba con una enorme rueda de
madera suspendida encima, y a doce hombres desnudos atados con firmeza a los
radios de la rueda, con la cabeza apuntando hacia el centro, todos con la bolsa de los

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testículos colgando junto a sus pollas sin circuncidar, todos ellos masturbándose
lánguidamente con la mano que tenían libre. Cuando la rueda giraba por encima de
ella, notaba la mirada de doce pares de ojos admirando sus caderas y su vello púbico,
viendo cómo se apretaba los muslos, que estaban justo en el centro, y cuando la polla
de cada hombre le pasaba por encima de la cara, ella abría la boca, sacaba la lengua,
cerraba los ojos y notaba que los cálidos espasmos de semen le caían en los labios y
en el cuello.
Para entonces en realidad estaba dando vueltas y vueltas en torno al neumático
blanco de tractor, segando una hierba que ya había sido segada, a punto de correrse
pero sin ser capaz de hacerlo. Le alegraba que el joven Kev no estuviera presente en
aquel momento, pues no sería capaz de contenerse. Entró, se dio una ducha, y por fin
se corrió con más intensidad de la que recordaba hacía mucho, tumbada en el suelo
de su dormitorio con las piernas encima de la cama, con un dedo sacando brillo a su
petaca, la otra mano estirada y metiéndose violentamente el dedo en el culo. Prolongó
el posorgasmo apretando suavemente el clítoris como si fuera un pezón.
Pero cuando una hora más tarde pensó que la cosa había terminado, no estaba
totalmente satisfecha. El propio orgasmo, aunque sin duda había tenido un comienzo,
una parte central y un final, había carecido, a pesar de su intensidad, del exuberante
verdor y las carreteras batidas por el viento del deseo, y de los bazares calientes,
llenos de fruta, que durante la hora en que condujo la segadora había llegado a
esperar casi como un derecho propio. Puede que necesitara hacer algo para mejorar
su técnica masturbatoria; a lo mejor su clítoris simplemente se había cansado de sus
propios dedos después de todos aquellos años. La vibración de la segadora le había
producido una sensación inesperadamente agradable. Un año antes, el coche de David
tuvo problemas con el ajuste del volante, de modo que el volante temblaba
dramáticamente hacia los cien kilómetros por hora, y ahora recordaba que, antes de
que lo hubieran arreglado, se había visto obligada una o dos veces a arrimarse a la
cuneta y tener un orgasmo a un lado de la carretera para no ser un peligro para los
demás. Lo que pasaba era que necesitaba más vibración, una vibración más rápida, en
su vida; así de sencillo. La idea de aparatos para el sexo le había parecido absurda en
los años anteriores; y cuando dejó de parecerle absurda, empezó a parecerle
demasiado moderna; y no podía dejar de sospechar que la mayoría de los vibradores
todavía se regalaban en las fiestas de despedida de la oficina. Pero ¿por qué no iba a
probar por lo menos un aparato de algún tipo? Al haberse librado de David, iniciaba
la vida de nuevo. Volvió a su Cosmo, evitando a Patrick Swayze (que, en cualquier
caso, estaba un tanto desmejorado), y en las últimas páginas encontró un anuncio de
una empresa de San Francisco: «Poseídas y manipuladas». Percibiendo su ansiedad,
le mandaron urgentemente un catálogo; una semana y media después, el servicial
empleado de una empresa de mensajeros le pedía que firmara en la línea 34 que había
recibido una gran caja blanca que Marian esperaba que contuviese cuatro aparatos de
agarre manual y un envase de Astroglide. El mensajero, observó Marian con alivio,

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aunque guapo, no era perfecto; tenía una pequeña papada y una agradable sonrisa
asimétrica, y algo de la forma corporal incipientemente rechoncha de David.
Cuando abrió la caja, sin embargo, se dio cuenta de que solo había recibido tres
aparatos, no los cuatro que había pedido. Estaba el sorprendentemente realista,
pintado a mano y levemente curvado, Arno Van Dilden Pollagrande, con pelotas
móviles y base succionadora de fijación; estaba el Torque-Maja Desnuda, fabricado
en Suiza, con sus doce elementos ajustables «electromasturbadores»; estaba el
vibrador Oster, modelo enchufable, con su estuche de accesorios; pero faltaba el
Fusilero Real Gales de cuarenta dólares, uno veinte de largo y doble glande con
prepucios duales deslizables; se lo enviarían dentro de unos días. Al principio Marian
estaba enfurecida, pues esperaba tener los cuatro artefactos para probarlos uno tras
otro, pero luego decidió que con los que había recibido tenía más que suficiente para
pasar las veinticuatro horas siguientes. Le gustó de modo especial Oster poco pene,
que zumbaba a gran velocidad y resultaba refrescante. Utilizó el protector de
sobretensiones de su olvidado ordenador personal y lo acopló al enchufe de su
lavadora (ante todo, seguridad), ajustó el activaclítoris Oster y, al usarlo, se corrió con
mística intensidad sentada desnuda encima de la tapa fría de la lavadora con la puerta
del garaje abierta de par en par, mirando a su tembloroso felpudo, con el sostén y la
braga enrollados en la húmeda oscuridad de debajo de ella. Y cuando el radio-
despertador sonaba a las seis y media los días de entre semana, lo desconectaba de su
alargador y enchufaba el Oster en su lugar, disfrutando de la ilusión de que el tiempo
se detendría mientras ella empezaba el día con una vigorosa corrida electroinducida.
Se tomó libre el día en que debía llegar el vibrador que faltaba por mandarle.
Cuando, casi a la una, la furgoneta de reparto del servicio de mensajeros aún no había
aparecido, y Marian, que ya se había cambiado tres veces de bragas, se vio a sí misma
con un espejo de nácar en la mano puesto delante de uno de sus pezones, observando
cómo la aréola se arrugaba y encogía, e intentando luego que el pezón le asomara por
el ojal de su camisa de lino, decidió que era hora de hacer algo: de segar el césped,
que necesitaba un repaso. Se cambió y se puso una falda larga de gitana sin nada
debajo y un cubrecorsé ribeteado de negro sin sostén debajo y se subió a la segadora,
sacándola del garaje al jardín, con su Van Dilden con pilas nuevas en el regazo. Se
apeó de un salto en mitad del jardín delantero y, a la vista de todo el mundo (aunque
demasiado deprisa, para que nadie viese de verdad lo que estaba tramando), de
espaldas a la carretera, mojó con saliva los tres centímetros de la base succionadora
de fijación del vibrador, lo pegó firmemente al asiento de la segadora verde en punto
muerto y activó el interruptor. Contempló cómo temblaba allí, en el asiento, aquella
trémula trompa tan realista, encantadoramente obscena, agitada simultáneamente por
su minimotor interno y por el macro-motor de la segadora, y el chumino le dolió al
notar que estaba dispuesto a que lo penetraran. Le dio un golpecito; se lo sacó un
poco, pero sin despegarlo. Ahora quería segar; quería segar aquella jodida hierba
como nunca la había segado antes.

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Plantando los pies en el suelo de la segadora, agarrada al volante, cubrió
recatadamente el asiento con la falda, y luego, arqueando la espalda y cerrando los
ojos, se bajó hasta que notó la zumbante cabeza descerebrada del Van Dilden
vibrándole entre los muslos. Solo tuvo que reajustarse levemente, cosquilleantes
gotitas humedecieron los labios de su abierto chumino autoconsciente, y ya estaba
lista para que la follaran desde abajo; alzó la vista, sonriendo a los coches que
pasaban y apretando el acelerador, y con un largo gemido, que quedó disimulado por
la repentina puesta en marcha de la segadora, la escarpada coñidad se vio empujada
arriba y abajo sobre la gruesa envergadura del chorreante mango del Van Dilden.
Quedó sentada encima y segó y segó, y cuando segaba era como si el césped entero
se hubiera puesto de acuerdo para follársela: cada pequeño montículo, cada
ondulación del suelo, cada macizo duro de cardos, llegaba telegrafiado, vía la
segadora dotada de polla ajustada, directamente a su pasmado colodrillo, mientras los
doce pistones de los caballos de vapor se añadían a la fiesta con su combustión
interna. Recorrió el césped durante diez minutos o algo más, arriesgándose a
quedarse paralizada pero evitándolo felizmente, volviendo a sonreír al tráfico porque
los que pasaban en coche no podían saber del supremo folleteo con que se estaba
regalando mientras segaba. Estaba inclinando la cabeza hacia el volante, solo hasta el
punto de poder correrse cómodamente, cuando advirtió que la furgoneta del servicio
de mensajeros se detenía a un lado de la carretera. El conductor le hizo una seña con
la lista de envíos y se acercó con una caja rectangular, guardándose las gafas de sol
en el bolsillo de la camisa. Marian se estiró y trató de recuperarse. No había modo de
parar el Van Dilden sin levantarse la falda. Estaba cubierta de sudor. Por encima del
nivel de audición de los humanos, sus pezones estaban gritando que necesitaban una
boca que supiera lo que hacer. Firmó donde señaló el mensajero, la línea 27,
esperando que, al ver que el motor estaba en punto muerto, se diera prisa; el hombre
estuvo en un tris de entregarle la caja y luego dijo algo que Marian no pudo oír.
El mensajero señaló el porche delantero de modo interrogante con la caja; Marian
asintió con la cabeza. Vio que el hombre se dirigía al porche. Corría como un
entrenador. Ella no se había fijado antes en que tenía unos ojos atractivos; su amable
vacilación resultaba bastante sexy si la comparaba con la idea de la cosa que se la
estaba follando en aquel momento. Con todo, quería que se fuese para así poder
terminar de segar.
El hombre se encontraba a medio camino entre la ladera y su furgoneta cuando se
detuvo y regresó con expresión de «¿La puedo ayudar en algo?».
—¿Qué? —gritó ella.
Él dijo algo que Marian no pudo captar. Detuvo el motor de la segadora a
regañadientes.
—Lo siento… ¿Qué decía?
—Oh, no tiene que pararlo —dijo él—. Solo me estaba preguntando si podía
darme un manguerazo en la cabeza. Estoy que quemo. Debe de hacer más de cuarenta

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grados en la caja de la furgoneta —de repente frunció el ceño—. ¿Oye eso?
Era el vibrador. Le gustaba tanto. Marian sonrió y cerró los ojos.
—¿Qué es lo que oye exactamente?
—¿Todavía está el motor en marcha? —dijo él.
—No es nada —dijo Marian—. Vaya a mojarse la cabeza, no faltaba más. La
manguera está justo en el costado de la casa. Oh, maldita sea… tuve que cortar el
agua en el sótano porque había escapes.
—Entonces da lo mismo, está bien —el hombre se volvía a alejar. Parecía que
tenía mucho calor. A ella le gustó la idea de que se diera un manguerazo en la cabeza.
—No me llevará más de un segundo volver a abrir la llave de paso, deje que me
apee de esto —Marian tendió la mano y él la cogió con firmeza—. ¡Uf! —dijo ella.
Se levantó con cuidado del Van Dilden y se bajó de la segadora. La resplandeciente
cosa en forma de polla seguía zumbando confiadamente en el asiento resbaladizo y
lleno de espumarajos por algunas partes—. Perdone —dijo ella, señalando
despectivamente con la mano a lo que quedaba a la vista—. Solo estaba haciendo un
experimento.
—¿Eso es…? —dijo él, boquiabierto, señalándolo—. ¿Le traje yo eso el otro día?
—Lo trajo. Venga y haré que funcione esa manguera.
—Espere —el hombre se quitó la camisa y la echó encima del dildo.
—Gracias —dijo Marian.
Mientras el mensajero se doblaba por la cintura y resoplaba y bufaba bajo el frío
chorro, Marian abrió la caja nueva. El enjuto Fusilero Real Gales de doble glande
estaba dentro doblado por la mitad.
—¿Es lo que usted quería? —preguntó el mensajero, secándose el agua de los
ojos—. Si no, puedo volvérselo a cerrar con cinta adhesiva y devolverlo
inmediatamente.
Marian lo sacó y echó hacia atrás sus dos prepucios para ver cómo eran.
—No, es más o menos lo que esperaba.
—¿Qué piensa hacer con eso? A propósito, me llamo John Westman.
Marian se presentó y se estrecharon la mano. Notó que los ojos de él se dirigían a
sus pezones.
—Sé lo que me gustaría hacer —dijo ella—, pero desgraciadamente no lo puedo
hacer en mi nueva segadora, porque lo que tengo en mente requiere un poco más de
intimidad.
—Muy bien, ¿qué tal en la parte de atrás de mi furgoneta?
—Estaba pensando justamente en eso. Usted tiene que conducir, sin embargo. No
voy a mantener relaciones sexuales con usted… ¿está claro?
—Naturalmente, ya lo supongo. Solo estoy intrigado. Me ha dejado usted
completamente intrigado.
Recuperaron juntos la camisa de él y el Van Dilde de ella.

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—Moje con saliva esto, si no le importa —dijo Marian. Él pasó la lengua por la
base succionadora de fijación y ella pegó la polla al suelo metálico de la furgoneta.
Había cajas apiladas hasta arriba en estantes metálicos a cada uno de sus lados. Una
estrecha abertura daba al asiento delantero. El mensajero se sentó delante y la miró.
Se estaba toqueteando el paquete por encima de los pantalones.
—No, conduzca —ordenó ella, levantándose la falda y arrodillándose encima del
Van Dilden—. Busque una carretera secundaria y conduzca por ella. Quiero que esta
furgoneta dé saltos.
—Como guste —dijo él.
Marian puso en marcha el vibrador al máximo y se inclinó a medias sobre él.
Mientras ella untaba de Astroglide los dos extremos del Fusilero, el mensajero tomó
una carretera secundaria y metió primera. La furgoneta daba tirones y bandazos.
—Oh, eso es —dijo ella, sintiéndose colmada con los inesperados bandazos
folladores de la furgoneta del servicio de mensajería. Dolorida ya por su siega
anterior, estaba impaciente—. Ahora deténgase un segundo. Quiero que me meta uno
de los extremos de esto en el culo.
Se subió la falda por encima del culo con una mano y se agachó y le pasó al
mensajero el vibrador de doble glande. Todavía tenía dentro el glande del Van Dilden.
—¿No lo debería poner en marcha? —preguntó él, examinando el pequeño
mando a distancia.
—Sí, eso supongo, pero, mmm…, lo principal es trabajarme el culo ahora —el
mensajero lo puso en marcha, utilizando el pequeño mando. Los dos zumbidos tenían
tonos ligeramente distintos, entrando y saliendo de fase. Marian notó algo duro que
empujaba contra el músculo de su culo.
—Eso es —dijo. Se relajó y dejó que entrara el glande—. Empuje un poco más.
Uau. Ahora conduzca… oh, joder, limítese a conducir esta jodida furgoneta.
El mensajero volvió a su asiento de un salto y puso en marcha la furgoneta.
Marian se sentó encima del Van Dilden con las piernas extendidas delante de ella.
Esto tuvo el efecto de empujar al Fusilero Real Gales más profundamente en su culo.
Era como una cola carnosa.
—Tengo aparatos en el coño y en el culo —dijo, gimoteando. La furgoneta
empezó a dar saltos y tirones. Marian empujó el Fusilero contra su rabadilla y lo
dobló y encontró, tal y como había esperado, que el otro extremo alcanzaba
fácilmente su clítoris. Tiró hacia atrás del «prepucio» y sujetó el segundo glande
contra sí misma—. Oh, joder —dijo, notando que todos sus circuitos empezaban a
estar saturados.
—¿Va todo bien? —dijo el mensajero. Conducía decididamente de una cuneta a la
otra, sujetando el volante con una mano. La otra, observó Marian, estaba cerrada,
meneando arriba y abajo su polla, sorprendentemente carnosa y de un coral intenso.
Sus pardos pantalones del servicio de mensajería los tenía alrededor de las rodillas, la

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cremallera abierta y a punto de reventar. La carretera secundaria empezaba a
descender.
—Empieza a resultar agradable —dijo Marian educadamente. Luego su voz se
convirtió en una orden—. Ahora pise el freno y suéltelo —agarró el dobladillo de su
falda con la barbilla de modo que pudiera verse la abierta vagina. La carretera hacía
que el Van Dilden en forma de polla entrara y saliera de la piel escocida de su coño.
Estiró la mano hacia atrás e hizo girar al Fusilero dentro de su culo. Parecía como si
el clítoris estuviera dispuesto a dar un salto y proponer un brindis por los viejos
amigos; el otro extremo del glande doble estaba apoyado sólidamente a uno de sus
lados, emitiendo el rápido, presuntuoso incluso, lenguaje de rumores obscenos que
los vibradores usan con sus clientes clitoridianos. Marian notó que un espléndido e
intenso orgasmo ascendía lentamente por sus piernas arriba y se abría paso por todos
sus orificios.
—¡Pise y suelte el freno con más fuerza! —volvió a ordenar—. ¡Oh, mierda! ¡Oh,
Dios mío! ¡Eso es! Píselo y suéltelo. ¡Frene, frene, frene! Eso es, me gusta.
¡FÓLLEME CON SU FURGONETA! ¡DEJE DE MENEARSE ESA JODIDA
MINGA TAN GRANDE Y DEME POR EL CULO CON SU FURGONETA!
El mensajero, con la pierna apretando y soltando el pedal del freno en rápido
ritmo al compás de los largos toques de su puño con los nudillos blancos, parecía que
no podría resistir otro segundo. La furgoneta daba tumbos y se balanceaba. Una caja
de Harry y David cayó al lado de Marian. Esta les gruñó a sus aparatos, notando que
hacían fuerza en sus agujeros sexuales hasta el punto de causarle dolor.
—¡Ahora mire cómo me corro! —exclamó ella al asiento delantero—. ¡Siga
apretando y soltando el freno y fíjese cómo se corre este caliente coñito! ¡YA ME
CORRO, AAAAAAAAH, joder, joder, joder, me corro, ME ESTOY CORRIENDO!
—apretó con más fuerza la cabeza de serpiente de silicona contra su clítoris y dejó
que el orgasmo conseguido gracias a la furgoneta se abriera paso trabajosamente a
través de ella.
El mensajero tenía la cabeza vuelta y miraba la ocupada entrepierna de Marian,
con los ojos saliéndosele de las órbitas. Soltó un gruñido vocálico y levantó el culo
del asiento.
—¡Oh, aquí viene! —dijo. Con un último toque hacia arriba, su rechoncha y
gorda polla escupió una lechada por encima de toda la manga de su uniforme—. ¡Sí,
sí, pequeña! ¡Oh, sí!
Puso la furgoneta en punto muerto y los dos recuperaron la respiración. Marian se
levantó inestable, alisándose la falda. El Fusilero Real Gales se le cayó del culo al
suelo con un ruido de serpiente. El mensajero soltó un suspiro de felicidad.
—El barco más velero del mundo —dijo, sacudiendo la cabeza.
—Ese es el mío —dijo Marian.
Cuando se enfriaron los frenos, el hombre la llevó de vuelta a casa. Y durante los
meses siguientes, siempre que John, el empleado de la empresa de mensajería,

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entregaba una caja blanca y Marian la bibliotecaria estaba en casa, él la ayudaba a
probar el nuevo juguete sexual que sin duda contenía. Sin él, Marian tuvo también
gran cantidad de orgasmos al aire libre montada en su segadora, ayudada por varios
dildos, y cuando terminaba de segar y de correrse por la tarde, muchas veces extendía
una toalla al sol en el jardín de atrás y se tumbaba allí durante una o dos horas con las
gafas plegadas cerca de su mano, oliendo el aroma de la hierba cortada y la gasolina y
los jugos sexuales de sus dedos.

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COMO obra guarra era, lo sé, escasamente excitante en algunas partes, pero para un
primer intento consideré que bastaba. Escribir era divertido. Pero mucho, muchísimo
más divertido era contemplar a mi compañera de la playa leerla. Había pasado tanto
tiempo a su lado que sentía como si fuese una vieja amiga, y sin embargo no tenía ni
idea de cómo reaccionaría. Observé su boca por medio de los prismáticos. (Se había
puesto unas gafas de sol). Cada línea que leía era un triunfo personal para mí; cada
vez que pasaba a la página siguiente, me encontraba en el propio cielo. Era un placer
diferente a todos los que había conocido. Incluso antes de que empezara a leer, el ver
que sacaba la bolsa de la arena y abría el cierre hermético hizo que el corazón me
latiera descontrolado, lo mismo que los saltos que daba el conejo de las Cocoa Puffs.
¡Tenía tantas, tantísimas ganas de que sacara y leyera mis verdulerías caseras!
Deseaba tanto haberle inspirado una sensación de estimulante curiosidad. Me bastaba
con haber conseguido eso, haber provocado una expresión de perpleja curiosidad en
el universo, donde antes solo había una mujer tumbada al sol en la playa con un traje
de baño verde, excavando en la arena.
Y —quisiera haber podido susurrarlo para añadir un efecto dramático— la mujer
se excitó un poco; y se excitaba, se excitaba. La primera señal de ello fue cuando
paseó la vista a su alrededor para comprobar su aislamiento entre las dunas con
hierbajos y luego alzó sutilmente un poco la parte superior de su cuerpo apoyándose
en los codos, de modo que la forma de sus tetas se alargó, y entonces estas, sus dos
perezosas mamellas, quedaron suspendidas casi en libertad sobre la tierra, y ella
movió los hombros de modo que las puntas de sus pezones asomaron un poco por
encima de las copas de la parte de arriba de su biquini desabrochado. Dudé si detener
el tiempo para que se estuvieran quietas durante un momento, pero decidí que quería
ver su reacción de un modo continuado, sin interrupción. Un poco después, hacia la
página cuarta de mi escrito, se rascó la pierna durante largo rato, aparentemente ajena
a que se estaba rascando. Consideré que esto era una buena señal, un signo de
ensimismamiento. Luego levantó la barbilla de repente, sorprendida por algo, y
sacudió la cabeza. Paseó la vista alrededor. Volvió a leer. Luego empezó aquello: la
rítmica tensión antifonal de los músculos de sus nalgas: primero la izquierda, luego la
derecha, izquierda-derecha, izquierda-derecha, de modo que la curva en forma de
corazón de su culo hacía movimientos de sístoles y diástoles ante mis ojos. Yo sabía
que esas contracciones progresivas estaban apretando con fuerza el botón de su
matorral contra la toalla y la arena de debajo, y la visión de aquella secreta
autoafirmación me puso tan caliente y frenético que, para librarme de la energía, tuve
que dejar los gemelos y subirme las gafas y echar a correr a lo largo de la playa,
haciendo un eslalon entre los grupos familiares, los solitarios buscadores de conchas

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y los mirones entrecanos. En el camino de vuelta, corriendo más despacio, dudé ante
una espigada chica de dieciséis o diecisiete años con un traje de baño azul que estaba
parada en dos centímetros de agua, echándose atrás por el frío, y me detuve un
segundo, jadeando, y deslicé hacia abajo los tirantes de sus hombros y contemplé su
cuerpo blanco, imperfectamente sexual, con el traje de baño en torno a una de sus
piernas.
—Llegarás a estar muy bien —le dije cuando le volví a subir el traje de baño.
Luego volví a ocupar mi puesto de observación con prismáticos cerca de mi culo-
agresiva lectora y me fui tranquilizando. Extrañamente, sentí un poco de culpabilidad
por haberle sido infiel con la de diecisiete años.
La mujer leyó el relato entero y, cuando terminó, lo volvió a meter en la bolsa de
plástico, que cerró herméticamente, enterrándola en la arena donde la había
encontrado e indicando su existencia con tres conchas pequeñas. Luego echó los
brazos hacia atrás, volvió a cerrar el broche de la parte de arriba de su biquini y se
tumbó boca arriba. Contemplé cómo le subía y le bajaba el estómago al respirar.
Supuse que estaba respirando un poco más deprisa de lo que habría respirado si mis
palabras no le hubieran atravesado la mente. Yo estaba en su mente. Había cosas en
lo que había leído que no le gustaban, o que le parecían tontas, pero, a pesar de eso, la
cosa funcionaba con ella y le hacía querer ir a casa. Se sentó y se puso una holgada
camiseta descolorida que casi le llegaba a las rodillas, luego se soltó el pelo y tomó
un sendero que llevaba a un conjunto de pisos bastante nuevos en uno de los
extremos de la playa. Hice la pausa habitual cuando abría la puerta, de modo que me
pudiera deslizar a su lado y esconderme en alguna parte del apartamento. Aborrezco
esconderme en apartamentos de mujeres cuando estas se encuentran dentro, porque al
hacer eso de repente me convierto en un intruso, y todas esas películas de un tipo
espantoso escondido en una casa me vienen inevitablemente a la mente, y la música
amenaza con volverse tritonalmente siniestra. Lo último que quiero en este mundo es
que se me vea como una amenaza.
Pero, felizmente, soy bueno en lo de mantenerme sin que se note mi presencia en
lugares cerrados con una mujer. Todavía no he asustado nunca a nadie. Y la casa de
esta mujer concreta era perfecta, dado que estaba toda abierta y parecía una especie
de almacén, con un dormitorio elevado sobre pilares al que se subía por una escalera
de caracol. Me senté en la cama escuchando atentamente los movimientos de abajo, y
cuando oí sus pasos en la escalera, detuve el tiempo, bajé, pasando junto a ella
(agachándome bajo su brazo), y me senté en una silla de la cocina. La parte de arriba
de las orejas me dolía un poco de tanta perversión temporal empujando y subiéndome
las gafas, pero era un pequeño precio que pagar. El agua empezó a correr por las
cañerías, siempre una buena señal. Empujé mi paquete trino contra el fresco borde de
la encimera.
Por fin hice un Parón y subí a ver si estaba en el lavabo dándose una ducha o
tomando un baño, y me la encontré inclinada, desnuda, rebuscando en el fondo de un

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cajón, mientras el grifo llenaba la bañera. Examiné su perfil durante medio minuto:
tenía una cara alegre, un tanto delgada, embadurnada de aceite para el sol, con el
puente de la nariz saliente y una nariz que parecía más inteligente que sus ojos, si eso
tiene sentido. (Aunque tenía que andarme con cuidado al evaluar la inteligencia de
los ojos de las mujeres durante el Pliegue, pues la mirada de una persona varía de
modo radical de instante en instante, y simplemente podía haberla cogido en un
momento de distracción poco favorecedor). Las comisuras de su boca estaban tensas
cuando se estiraba rebuscando en el cajón. No podía ver lo que sus manos buscaban
debajo de jerséis plegados y polainas, pero tenía esperanzas.
Justo antes de que una mujer tome un baño, mientras corre el agua, su desnudez
de repente se libera por completo de sus iones cargados de lascivia y se vuelve
absolutamente artística: está desnuda con objeto de tomar un baño, y baño es una
palabra tan modesta, de superficie lisa, con vocales abiertas, que se pueden apreciar
los pormenores de su belleza sin que se interponga nada de tu propia ferocidad
eréctil. De pronto la mujer es una bailarina moderna, una náyade, una ninfa de los
bosques, una naturista, y sus tetas no son concebibles sino como pechos, e
independientemente de lo atractiva que resulte, su forma suscita el aprecio embobado
del Ansel Adams de nuestro interior más que el del jugador de billar cachondo. Y eso
a pesar de sus encantos manifiestamente protosexuales, sus areolas suavemente
redondeadas, el arco morisco que forma su culo antes de dividirse sin el menor
esfuerzo en los muslos, a todo lo cual fui capaz de pasar revista atenta por primera
vez con ella de pie. No pasé mucho tiempo en ese Pliegue, sin embargo, ansioso
porque ella continuara con lo que se proponía, fuera lo que fuese. Me puse fuera de
su vista, activé el tiempo y me distraje leyendo la mitad de un artículo de un Condé
Nast Traveler sobre el sistema de lagos de Canadá (el nombre de la bañista, que
aparecía en la etiqueta con la dirección de la revista, era Michelle Hoffman), y luego,
cuando oí que el agua dejaba de correr, volví a mirar lo que estaba haciendo.
Había empezado a bañarse. Tenía las rodillas por encima de la superficie del
agua, con las rótulas planas y cuadradas, y el agua era clara (nada de baños de
burbujas genitalmente irritantes para esta mujer), y había levantado un brazo, de
modo que largos arroyuelos de agua verde clara caían tranquilamente de él. Su mano
agarraba sin fuerza una toallita roja, blanda porque estaba empapada de agua. Podría
haberme arrodillado fácilmente en la bañera con ella y meneármela mirando el modo
en que los senderos fluviales de agua se le unían en el codo y caían, un poco como
esas banderas de plástico triangulares, como de fiesta, que cuelgan alrededor de los
solares donde venden coches usados.
En realidad, no; en aquel momento, en absoluto me hicieron pensar en los solares
donde venden coches usados; me hicieron pensar en el modo en que cae la orina entre
las piernas de una mujer, formando un abanico de estegosaurio de triángulos de
amaranto. Solía pensar que el motivo por el que las meadas de las mujeres sonaban
tan complicadamente distintas a las de los hombres solo tenía que ver con los

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extremos finales del flujo cuando salpicaban, pues había muchos más puntos de
colisión separados con el agua del retrete, a diferencia del único chorro concentrado
de las meadas continuas del hombre; pero el otro día, oyendo hacer pis a Joyce en el
servicio de señoras de al lado, comprendí que no es solo eso. La diferencia más
importante es que la orina del hombre no hace ruido cuando sale de la punta del pene,
porque se ha convertido, debido a la desmesurada largura de la uretra masculina, en
un flujo coherente, como un láser. El único ruido que hacen los hombres, pues, es el
ruido que la orina que despiden produce después, al chocar con la textura y sustancia
de aquello contra lo que choque. Pero las uretras de las mujeres se mantienen al
margen. Son cortas, puesto que no necesitan ayudar para empujar una corrida (paso
por alto aquí la delicada teoría de la felacuyación); las alas de su orina, en lugar de
relajarse, se tensan en una sola columna laminar, y esta salida salpicando hace por sí
misma un ruido especial, un siseo agradable, un gorjeo como un silbido agudo que se
puede oír por encima de la emisión de complejas salpicaduras terminales. «Hacer
aguas», como eufemismo, se aplica mucho mejor a lo que hacen las mujeres que a lo
que hacen los hombres.
Pero todavía no me quería correr con Michelle; sentía curiosidad sobre si tenía
planes sexuales propios. Para ser sincero, mis sentimientos quedaron un poco dolidos
porque no hubiera traído a casa el relato que yo había escrito para quedarse con él
para siempre, aunque me consolé pensando que a lo mejor solo estaba siendo
considerada al volverlo a enterrar, al no querer interferir en la comunicación secreta
interamantes. Me sentía un poco rechazado, y esperaba recuperar mi buen humor
viéndola hacerse algo a sí misma que sirviera como prueba concreta y auténtica de
que yo había conseguido activar la sensación de su entrepierna. Un simple baño no
era bastante. Arrodillándome al lado de la bañera, distinguí algo oscuro en el agua,
cerca de sus pies. Tenía los dedos retorcidos alrededor. Cuando coloqué la cabeza
muy cerca de la superficie del agua profusamente clorada, apoyándome en una de sus
rodillas, distinguí lo que era el objeto, tal y como, claro está, había esperado, pero de
hecho no me permití esperar: un alargado y realista dildo negro de goma. Se estaba
bañando con su dildo de goma, ¡oh poesía! Estaba relajada, con la vista perdida, sin
pensar en aquel submarino que solo se podía usar para una cosa y que navegaba más
allá de su vista, pasadas sus rodillas encogidas, pero como era indudable que estaba
allí en el agua con ella, estaba activo por debajo de sus pensamientos y se mantenía al
borde del despertar consciente. Era hora de tentar la suerte con ella.
Quité toda la ropa de la cesta de mimbre para la ropa sucia que estaba debajo de
la ventana del cuarto de baño, la apilé encima de la cama y me metí dentro de la cesta
con una camisa de lino gris oscuro suya muy arrugada por encima de la cara; aunque
estaba en algo así como una postura fetal, y aunque no podía ver demasiado bien
debido al lino, por lo menos podía tener alguna idea de lo que pasaba mientras ella
continuaba con su baño. Utilicé las gafas para el Despliegue; de repente, su mano
apretó la toallita roja y le cayó mucha agua a lo largo del brazo. Luego no pasó nada

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más durante mucho tiempo. Se secó unas gotas de sudor de la frente con la toallita
varias veces, y soltó un total de tres largos suspiros. Había chapoteos cuya naturaleza
yo no podía determinar. Se acarició las piernas durante un rato. Dejó correr algo más
de agua caliente y la revolvió. Una o dos veces susurró, repasando fragmentos de una
conversación que recordaba, según creí adivinar. Hizo lo que parecían unos ejercicios
de levantamiento de piernas. Cuando el dolor de mis rodillas se hizo demasiado
intenso, provoqué un Parón, salí de un salto y me tomé un respiro en el piso de abajo,
terminando el artículo sobre los lagos canadienses. Canté la canción de los Beatles
Here, There and Everywhere, paseando por su cuarto de estar. Dejé mi ropa en un
montoncito sobre su mesita baja y volví a subir, metiéndome otra vez en su cesta con
la camisa de lino encima de la cabeza; sabía que iban a pasar cosas buenas. Al cabo
de diez o quince minutos ella se puso de pie, dejando que el agua chorreara, y se secó
con una toalla. Yo estaba alerta para subirme las gafas en cualquier momento si ella
decidía arrojar la toalla dentro de la cesta, pero no lo hizo. Después de secarse el pelo,
se puso la toalla por encima de los hombros, y luego apoyó las manos en el borde de
la bañera y se arrodilló con una pierna dentro del agua y la otra fuera, en el suelo.
—Oh, qué frío está —dijo, cuando su vagina tocó el borde redondeado de la
bañera.
Yo estaba demasiado encogido en la cesta para tan siquiera pensar en hacer algo
con mi butifarra, pero en cualquier caso lo único que quería era ver lo que estaba
viendo: a Michelle inclinada hacia delante apoyándose en sus manos mientras
balanceaba el peso de sus caderas en el borde de la bañera.
—¿Dónde está esa polla? —dijo—. Quiero ver esa polla.
Buscó dentro del agua y sacó el dildo y lo miró. Lo hundió varias veces en el
agua y luego lo sacó, sacudiéndolo todas las veces, disfrutando evidentemente del
modo en que brillaba. Luego se bajó un poco más en el borde de la bañera y sujetó el
dildo negro en la pared de azulejos de la ducha a la altura aproximada de sus ojos.
Acercó la cara a él, besándolo del modo más maravillosamente fetichista y
mordiéndolo.
—Te gusta que te chupe esta polla tan grande, ¿verdad? —dijo.
Puso dos dedos en el borde de la bañera y se balanceó sobre ellos, de modo que
su clítoris los rozara. Dejó que la cabeza de la polla de goma pasara por encima de
sus párpados cerrados, y luego se estiró un poco, con una pierna todavía dentro de la
bañera y la otra fuera, y se frotó la raja muy deprisa, mientras daba vueltas con los
pezones alrededor de la polla pegada a la pared. Cuando estiró por completo las
piernas, fue capaz de apoyarse en la pared de azulejos con la polla de goma entre las
piernas y mover su elasticidad sobre su clítoris. Su frente y sus pezones tocaban los
fríos azulejos verdes. Besó una vez la toalla que tenía por encima de los hombros. Yo
me moría de felicidad visual.
—¿Quieres meterla en este culo? —preguntó al dildo, que pareció responder
afirmativamente, pues ella se puso de espaldas a él con las manos en el borde de la

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bañera, contoneando el culo adelante y atrás delante de él. La base de succión perdió
succión y la polla cayó de repente en una concha de vieira que hacía de jabonera—.
Ay, ¿te sobresalté, cariño? —dijo—. ¿Voy un poco deprisa para ti? —volvió a sacarlo
del agua, lo sacudió y, poniéndose a horcajadas en el borde de la bañera, lo volvió a
sujetar—. ¿Ves lo fácil que es conseguir que se te vuelva a poner dura? —dijo. Se
colocó encima de él, apartando el vello púbico para poderse ver el clítoris, y le dijo al
dildo—: ¿Estás listo para follarte este agradable coño tan limpio? Porque yo estoy
lista. Apuesto lo que sea a que tú también lo estás. ¿Eres lo bastante grande y estás lo
suficientemente tieso para satisfacer a este coño hambriento? —dobló las rodillas
hasta que el glande de goma la encontró, y luego se sentó enérgicamente encima.
Folló dando saltitos durante un rato, y luego se apartó y fue a por un espejo y lo
colocó de modo que pudiera ver al hombre de goma entrar y salir. Se lo folló un poco
más. Entre la neblina de la camisa suya que yo tenía encima, observé a su dedo girar
en torno a los pliegues del clítoris hasta que estuve a punto de gemir ante aquel
lirismo. ¿Hacía Michelle estas marranadas de modo habitual? Puede que no. De
hecho, en primer lugar, había tenido que buscar el dildo en el cajón. Este no era un
día normal de autofollamiento para ella, yo no lo creía. Mi furgoneta del servicio de
mensajería podría tener algo que ver con aquello.
Me mantuve perfectamente inmóvil, casi sin respirar, mientras ella se acercaba
cada vez más al orgasmo. Se detendría de repente justo antes de correrse, follándose
lentamente el dildo arriba y abajo un poco más, luego se masturbaría durante un rato.
Empezó a rechinar los dientes de modo increíble, a lo que siguieron unos sonidos
como de faisán tan maravillosos que estaba sorprendido por haber sido capaz de vivir
sin ellos. Se metió el meñique en el ojete y se puso bizca, lista para despegar. Empezó
a decir:
—Oh, folla este coño, cariño, fóllalo, folla este coño.
Lo repetía una y otra vez. Luego la cara se le contrajo en una mueca de
aceleración y me subí las gafas, interrumpiéndola en mitad del orgasmo
dildoinducido.
Salté fuera de la cesta, muy despacio porque estaba entumecido, y examiné su
cara en el clímax desde todos los ángulos, tratando de grabar su extremismo
transitorio en la memoria. Agarré su descarado dedo meñique, que todavía seguía
metido en su ojete. Pegué la oreja al borde la bañera, a unos ocho centímetros de su
petaca abierta, y miré detenidamente el dedo que se estaba moviendo en torno al
nervio púrpura brillante y dilatado; y más allá de eso, la piel del interior, tan suave
que se tensaba en torno a mi colega norteamericano, a mi colega de goma metido en
su casa. Me encantó lo que vi. Le chupeteé los nudillos; di unos golpecitos con la
polla en sus pechos para ver cómo temblaban; me puse a horcajadas en la bañera tal y
como ella estaba puesta, de cara a ella, y meneé mi butifarra violentamente hasta casi
correrme. Cuando estaba a punto, me puse de pie y dije:

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—Déjame estar ahí contigo, guapa, eres muy sexy; por favor, deja que me corra
en tu cara —con una voz extraña de ruego, casi un sonsonete, y sin esperar su
respuesta dejé que toda mi ardiente bechamel se derramara en sus ojos cerrados con
fuerza, incapaz de resistir las ganas de hacer esto, aunque sabía que probablemente lo
lamentaría después, en especial porque tendría muchos problemas para quitársela de
las cejas y pestañas. Cuando terminé, me senté en la bañera un segundo para
descansar—. Gracias —dije. No me volvía loco el aspecto que tenía mi semen en sus
ojos cerrados, pero la belleza de su expresión de éxtasis se imponía; de hecho, la
existencia del resultado de mi orgasmo sobre su cara todavía corriéndose parecía
completamente irrelevante, como debía ser. Activé el tiempo durante una fracción
mínima de segundo, de modo que Michelle tuviera un fogonazo táctil de la sensación
de líquido caliente, por si acaso eso añadía un toque nuevo a su orgasmo, y luego
pasé mis buenos diez minutos limpiando y secando suavemente cualquier señal de mi
semen. Volví a guardar su ropa sucia en la cesta. Eché una última ojeada alrededor
para asegurarme de que lo dejaba todo en orden. Me coloqué a sus espaldas y volví a
activar el tiempo durante un segundo o dos para estar seguro de que, en el
posorgasmo, ella no sospechaba que había tenido compañía; y cuando quedé
convencido de que se sentía segura e intacta, bajé la escalera, me vestí y salí
tranquilamente. Aquello no había pasado de verdad.
Pensé en dejar mi relato del mensajero enterrado en la arena, en el sitio que ella
había señalado con tres conchas, por si acaso lo quería en una fecha futura, pero
cuando me subía a la motocicleta prestada, me dominó la vanidad y corrí a
desenterrarlo. Luego, todavía en el Pliegue, conduje despacio a casa. Seguía
pensando en el baño de Michelle mientras circulaba por el arcén de la Route 3;
deseaba ardientemente tener una foto de la cara de Michelle corriéndose (antes de que
yo hubiera intervenido, quiero decir): era del tipo de visiones que podrían dar realce a
tu vida durante una década. Tristemente, las fotos Polaroid sacadas durante el Pliegue
no se revelan adecuadamente; lo sé porque he hecho pruebas. Una vez había una
mujer en el cuarto de baño de un avión: la vi hojeando las «chicas del verano» de un
ejemplar del Playboy en la tienda de regalos del aeropuerto y luego vi que no las
quitaba ojo dentro del avión; cuando fue al cuarto de baño, comprendí que
probablemente se correría y provoqué un Parón, saqué una llave del bolsillo de uno
de los auxiliares de vuelo y abrí la puerta y me la encontré con un tacón en el lavabo
metálico y el otro apoyado en el aire, donde había estado la puerta, corriéndose
pasmosamente, y cogí prestada la Polaroid de un pasajero y saqué la foto, pero
debido a algo raro de la química del Pliegue que nunca entenderé, los verdes solo
aparecieron muy desvaídos, y los naranjas y rojos no salían en absoluto, de modo que
mi memoria visual era lo único que me quedó. Me sorprende, incidentalmente, que
nadie haya lanzado una revista para hombres que se titule Fotos del O, dedicada
exclusivamente a las caras de las mujeres en pleno orgasmo. En el pie de cada foto
habría un certificado de autenticidad con pinta de oficial, firmado por la modelo, que

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diría: «Por la presente certifico y juro que tuve uno o más orgasmos femeninos
durante la sesión fotográfica aquí reproducida y que mis expresiones no son ficción ni
semificción sino que son auténticas, un resultado no simulado de mi propio placer y
disfrute». Yo me suscribiría. O quizá un calendario de Fotos del O: ¿el rostro
orgásmico de marzo, el rostro orgásmico de noviembre?
El tipo cuya motocicleta había cogido prestada estaba sentado con el ceño
fruncido junto a un árbol, cerca de donde le había apeado. Tenía arrugada en la mano
la nota que le había sujetado con un alfiler a la pierna; decía: He cogido prestada su
moto. Espere aquí y se la devolveré pronto. Sin duda había esperado, pero no le gustó
la cosa. Aparqué la moto delante de él y me dirigí a casa y me tumbé en la hierba. Me
quité las gafas y me froté los ojos. El tiempo volvió a ponerse en marcha. Estaba
agotado. El Strine-tiempo total transcurrido durante la detención había sido de casi
once horas; el tiempo real transcurrido, un poco más de dos horas. En el espacio de
un solo «día», me había convertido en un pornógrafo aficionado de éxito mediano.
—La suciedad crea la vida —me dije suspirando de felicidad, pensando en el
viejo y solitario Henry James, y luego me quedé dormido un rato en la toalla de rayas
azules.

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11

He conseguido un ritmo de trabajo nuevo y mejor. Ahora paso un periodo de


veinticuatro horas sí y otro no en un aislamiento Pliegue-cerrado. Me despierto a las
siete y media, y si va a ser un día de Pliegue chasqueo los dedos para que se detenga
el tiempo, sacudo el reloj para que vuelva a ponerse en marcha, y paso las
veinticuatro horas siguientes encerrado dentro de la quietud siete y mediada de mi
habitación, trabajando en este libro. Me he librado de los auriculares a todo volumen;
ahora puedo pensar sin oír música en la radio. Doy breves paseos muy de vez en
cuando. Almuerzo, ceno y me acuesto exactamente igual que si el tiempo estuviera en
marcha, y sin embargo tengo un día entero de escritura tranquila apoyado en las
cualidades de luz de primera hora de la mañana que me ayudan a concentrarme.
Después de una «noche» de sueño, despierto el mundo con un segundo chasquido y
me ducho y voy a mi trabajo eventual que tanto se prolonga en el MassBank. No me
sienta nada bien pasar la mitad de la vida en el Pliegue, doblando el ritmo al que
envejezco, pero solo pienso continuar con este plan hasta que termine un poco más de
mi autobiografía. Un beneficio inesperado de ese régimen de vida es que no noto que
se alargue de modo desagradable la vida de verdad, la vida que paso en el flujo
temporal, como ocurriría si volviera a tener diez años; mis «ayeres» intercalados
privadamente llevan a los acontecimientos reales de solo dos o tres días antes a un
pasado medianamente lejano.
¿Soy una persona alienada? Algunos de los que hayan leído esto podrían decirlo;
podrían decir que un hombre que se corre encima de la cara en éxtasis orgásmico de
una mujer desconocida, sin que ella sea consciente del asunto, es sin duda una
persona alienada, o algo peor. Y los eventuales siempre dan la impresión de que están
alienados en virtud de su desarraigo vocacional. Pero yo no veo qué palabra nasal,
que suene a sociológica, se me podría aplicar. Me llevo bien con la gente. Puede que
lo que he escrito en este esbozo de mi vida no haya sido lo adecuado para establecer
mi cordura, pues he tenido que concentrarme en los episodios de distorsión temporal
que hacen de mi experiencia algo único, y esos episodios casi siempre incluyen el
desorden mental controlado que se conoce como excitación sexual, pero en absoluto
soy un loco. No estoy desprovisto de afectos. Soy amistoso y simpático. Salgo
ocasionalmente con mujeres. Incluso tengo varios amigos varones. He mantenido
relaciones duraderas con tres mujeres, Rhody es la más reciente. La única diferencia
importante entre cualquiera de los residentes de la zona del gran Boston y yo es que
he sido capaz de inventar y hacer uso de varios tipos de crono-embragues. No, hay
otra diferencia, creo: soy lo bastante arrogante para creer, o al menos para creer a
veces, que el motivo de que yo haya sido elegido sobre cualquier otro humano
contemporáneo para poseer y utilizar esta habilidad cronanística (si de verdad existe

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alguna agencia sobrenatural de eventuales que haga la elección) tal vez sea que se
puede confiar en mí; confiar al menos en que no provocaré daños importantes. La
moral depende en parte de las consecuencias, las consecuencias del tiempo; y dado
que mis amoralidades florecen y se marchitan por completo en estados límite de
inconsecuencia intemporal, las reglas habituales no tienen la misma fuerza coercitiva.
Nadie más debería estar capacitado para quitarle la ropa a una mujer cuando quiera,
por medio del chasqueo de los dedos o el activar un interruptor, pero creo que yo sí
debo estarlo, porque, por algún motivo, mi curiosidad contiene más amor y tolerancia
que la que contiene la de los demás hombres. Antes de que Rhody rompiera conmigo,
me dijo en cierta ocasión que el atractivo de tener una aventura con un pintor (se
refería a un pintor figurativo) era la posibilidad de que él la viera de verdad y supiera
todo lo que había que saber sobre la forma de su cuerpo; cuando se desvistiera para
él, habría un excitante acabado en su desnudez. Su identidad física no significaría
tanto para nadie como para el ojo de él, y así su propia desnudez la haría sentirse más
sexy con él que con cualquier otro. Yo no soy pintor, solo soy un eventual y un
creador ocasional de guarradas, y sin embargo sostengo que, cuando desnudo a una
mujer que pasa por la calle porque su cara o su cuerpo me atraen, veo más cosas en
ella que las que ven los demás. Claro que hay muchas posibles decepciones en eso.
Pero puedo decir sinceramente que nunca me he sentido decepcionado, nunca; nunca
he sentido otra cosa que amor y gratitud hacia una mujer a la que le quito la ropa en
secreto. Digamos que hay una cicatriz de una cesárea que nadie, a no ser su marido,
ha visto de cerca. Digamos que hay alguna parte de su cuerpo que veo yo y de la que
ella no está muy orgullosa. Al verla, noto que la bondad brota en mí; sé que ella
sentiría vergüenza porque yo hubiera visto ese rasgo suyo, sea el que sea, pero, al ser
consciente de su probable vergüenza, lo convierto en un manantial de afecto hacia
ella y sus aspectos vulnerables.
Yo condenaría con los términos más fuertes a cualquiera que hiciera lo que he
hecho yo. Pero la cuestión es que lo hice yo, que lo hice yo, y me conozco a mí
mismo, y sé que no trato de hacer el mal, trato de hacer el bien. Simplemente quiero
saber qué aspecto tienen todas las mujeres y lo que sienten. Solo me propongo
apreciar lo que se siente al tocar las costillas de una perfecta desconocida, o al tocar
un pelo que no he tocado antes, o al correrme en la cara de una mujer mientras está en
pausa durante su propio orgasmo. Y como en la Fermata sucede que soy capaz de
poner en acto estos deseos sin molestarla, sin avergonzarla ni asustarla o interrumpir
lo que está haciendo o pensando, simplemente por detener a todo el universo
conocido durante unos minutos o unas horas, considero que lo que estoy haciendo no
es lo suficientemente malo como para suprimir mi irresistible deseo de hacerlo. ¡De
hecho, puede que lo que hago sea perfectamente correcto y bueno! Nunca me como
con la vista ni deseo a una mujer que pasa a mi lado por la acera. El Pliegue me ha
permitido perfeccionar mi disimulo. A lo mejor cada mujer a la que he desnudado, si
me conociera, si pudiera saber lo que pensaba yo mientras le bajaba la cremallera de

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su vestido y le soltaba el sostén, querría que la hubiera desnudado, chupado los
pechos y entendido su cuerpo como realmente merece ser entendido.
Rhody, sin embargo, no veía las cosas de ese modo. Cuando puse a prueba la idea
con ella (en el avión de vuelta a casa de nuestras vacaciones en la playa), al principio
mostró interés, y después se opuso a ella, utilizando para caracterizarla palabras
horribles y, en mi opinión, erróneas como «necrofilia». Permítaseme decir que no soy
necrófilo. La idea carece de atractivo. Las aventuras amorosas entre los todavía no
muertos son elegantes, pero yo no tengo ni una gota de sangre de vampiro. (Sin
embargo, sí le hice en cierta ocasión un par de «toques de pezón» a la famosa Anne
Rice en la librería Barnes & Noble hace unos años, cuando me encontraba en la fase
más intensa del Pliegue inducido con un portaminas. Detuve el tiempo durante un
minuto o dos, de modo que la escritora tuviera la oportunidad de notarlos, mientras
me firmaba un ejemplar de su libro que le iba a regalar a alguien por su cumpleaños.
Dejé de hacerlo enseguida. Si notó algo, se mantuvo extremadamente serena y no lo
dejó ver). La Fermata permite que ocurra algo que es exactamente lo opuesto al ideal
necrofílico: me concede el tiempo suficiente para abarcar un segundo especialmente
vivo de la vida de una mujer, el resultado conjunto de muchas decisiones e
infortunios, placeres y penas, mientras ella está en pleno proceso de traerlo a la
existencia. La capacidad para investigar todos los aspectos de su despreocupado
existir, por donde le tira la ropa, la textura de su cuerpo, sus olores, el modo en que
está quieta o moviéndose, cuando se funden en un solo, total e instantáneo yo-delta
femenino, es el gran atractivo del Pliegue. El Pliegue a veces me permite hacer
justicia sexual cuando la mujer está plenamente consciente, pero en absoluto
autoconsciente; «dilaciones», podría haberlas llamado Hopkins, en el flujo cotidiano
de su vida, cuyo complejo de cualidades específico en caso contrario nunca lo vería
nadie; ni lo fotografiaría, ni celebraría, ni valoraría, ni amaría. Es su azarosidad y, a
menudo, su evidente falta de una sexualidad abierta lo que hace a estos instantes tan
eróticamente preciosos. Mi sentido de la vista es infinita y cariñosamente promiscuo,
y cada vez que hago un Parón en el tiempo, tengo otra oportunidad para amar un
cuerpo elegido como de verdad es: ver el culo de una mujer, por ejemplo, cuando su
dueña y señora está hablando por un teléfono público y pensando en cosas distintas al
hecho de que tiene culo, y su culo puede ser en consecuencia completamente él
mismo.
(Por ejemplo, una vez me fijé en una mujer que limpiaba el largo cristal del
mostrador-refrigerador de la heladería donde trabajaba, en un centro comercial;
pasaba el trapo con tal energía por el cristal, que el culo le giraba incontenible en el
sentido de las agujas del reloj para contrarrestar el desequilibrio que producían sus
intensos esfuerzos. Llevaba unos vaqueros elásticos exageradamente ajustados de un
tipo que no consigo entender del todo pero que puedo perdonar, y escribí la ecuación
que usaba por entonces para activar el Pliegue —una ecuación inspirada en una que
vi en una publicación matemática—, y le bajé los pantalones y me corrí en un cono

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de barquillo mirándole la raja del culo. Pero ahora veo que de hecho este no es un
buen ejemplo de cómo valoro un culo mientras el culo no es autoconsciente de sí
mismo, puesto que el motivo por el que me atrajo aquella mujer era que antes yo la
había estado observando durante unos minutos, mientras servía a un cliente, y había
notado lo relativamente poco orgullosa que estaba de su cara y de la parte de arriba
de su cuerpo, y lo segura que estaba de que su culo era su rasgo mejor, y en
consecuencia, le apetecía mucho limpiar el cristal de su tienda sin cortarse un pelo,
aunque ya estaba perfectamente limpio, dándoles la espalda a todos los chicos del
centro comercial. En cuanto representante suyo, en nombre de ellos, me corrí).
La cuestión es, en cualquier caso, que nunca podría sentir interés hacia una mujer
que estuviera borracha perdida, o estuviera sedada, en coma o muerta; pues entonces
es inconsciente de mí, y lo que quiero es estar con ella cuando sea consciente de mí,
pero por el hecho de que me he introducido en un pequeño fragmento de su día tan
infinitesimalmente breve que ella no puede saber que he llegado y me he ido.
El modo en que se produjo la discusión con Rhody fue que ella aseguró, en el
avión, a propósito de los mínimos trajes de baño latinos, que cada vez le interesaba
más ver a los hombres desnudos y sus penes. Dijo que le gustaba la idea de los semis;
con lo quería indicar penes que no estaban duros del todo, dado que un aparato duro y
recto no resultaba hermoso en el cuerpo humano, ni totalmente blando y arrugado
tampoco, sino más bien pendulón, curvado e interesado y listo para ponerse recto;
como (explicó ella) el pene de Jimmy Clif en The Harder They Come. Me animé,
porque me encanta hablar de sexo, y decidí impulsivamente que aquel era el
momento adecuado para empezar a confiarle mi historia con el Pliegue,
disimulándolo antes como un caso hipotético. De acuerdo, le dije, entonces ¿qué
pensaba ella de la idea de una especie de cuerda de piano que, cada vez que la tocan,
detuviera el tiempo? Digamos que, cuando ella estaba en Tufts, su profesor de piano
(un hombre del que me contó que estuvo secretamente enamorada) trabajaba en una
edición definitiva de una obra que se titulaba Map, compuesta por el durante un
tiempo olvidado pero ahora crecientemente respetado compositor contemporáneo
Mascon Albedo. Digamos que, al comparar los manuscritos microfilmados con la
edición de la obra de Yates y Boling de 1903, el profesor de piano de Rhody, Alan
Sparkling, encontró un número sorprendente de errores significativos y los corrigió.
Según se acumulaban las correcciones, empezó a considerar no solo que Map era una
obra mucho más importante de lo que se había creído, sino también que él, Alan
Sparkling, estaba adquiriendo un instinto acertado con respecto al estilo de Albedo. Y
su instinto le decía que había un acorde que, aunque verificó que era correcto al
compararlo con varios de los manuscritos importantes, todavía sonaba a
completamente equivocado, o al menos incompleto. No sonaba en absoluto al acorde
que habría compuesto Albedo en aquel momento preciso de la obra. Y era un acorde
de importancia crucial para el significado de la obra, un repiqueteo muy suave que
venía después de un extenso fragmento de un pianísimo lóbrego que debería concluir

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de modo extraño y triunfante, pero según estaba no lo hacía. El acorde estaba
coronado por una fermata.
Considerando que era un descubrimiento fundamental que podría rematar su
nueva edición, Sparkling volvió a la Universidad de Sewanee, donde se guardaban
los manuscritos de Albedo, y revisó algunos de los cuadernos de notas que el maestro
escribió durante la época en que componía aquel movimiento concreto de Map. Los
años siguientes de la vida de Albedo estaban llenos de extraños incidentes y pequeños
escándalos; de hecho, habían existido rumores de locura. En los cuadernos de notas
había torturantes anotaciones sobre ciertos motivos: cosas como «¡Oh, Dios, sí!» o
«Y aquí el Campo adquiere mayor potencia». Alan empezó a tener la sensación de
que, para Albedo, Map había sido más que una pieza de música de piano; que para él
había constituido una especie de receta sonora mágica o un encantamiento. También
empezó a sospechar firmemente que los errores de la edición de Yates y Boling no
habían sido responsabilidad del editor, sino alteraciones intencionales de último
momento hechas por Albedo, con intención de suprimir los poderes, fueran los que
fueran estos, que Map proporcionaba a su intérprete, de modo que él, Albedo, pudiera
permanecer como el único en posesión de ellos. Por fin, en uno de los cuadernos de
notas, se encontró con gran parte de una página tachada después de una larga fermata
y, con la ayuda de una lupa, consiguió leer el acorde escrito allí. Era una variante
incomparablemente más delicada de la fermata malsonante de Map.
Profundamente impresionado consigo mismo, el profesor Sparkling tomó el
último avión a Boston, seguro de que llevaba una obra maestra de la música del siglo
XX en su cartera de mano, retocada, limpia, restaurada, despertada de su sopor
dodecafónico por su profunda erudición y delicado instinto musicológico. El día
siguiente era el día en que daba clases de piano. Rhody era su mejor alumna; y
aquella mañana ella la emprendió con la Tombeau de Couperin con tal entusiasmo
que, siguiendo un impulso que ni siquiera él mismo entendía del todo, se volvió hacia
ella con expresión de gran seriedad y la agarró por los hombros y le dijo que era la
única que podía interpretar la nueva versión autorizada de Map. Hizo una copia de
sus propias correcciones para Rhody, de modo que las pudiera añadir a su partitura.
Pasó una semana. Alan, recreándose en sus descubrimientos, tocó fragmentos y
partes de Map, y escuchó cómo adquiría vida dentro de su cabeza, pero dedicó la
mayoría del tiempo a terminar su artículo sobre ella para La revista de la nueva
música. Dado que era una obra tremendamente difícil, no hizo ningún intento por
tocar la composición completa, incluso sin matices, de principio a fin. Para eso
estaban los alumnos dotados como Rhody, consideraba él.
Rhody dedicó prácticamente toda la semana a hacer ejercicios con Map,
consciente del honor de ser la primera persona en dar vida a la versión corregida.
Pronto tuvo claro que el entusiasmo del profesor Sparkling estaba justificado:
Mascon Albedo se revelaba no como un simple músico menor en la línea de Luciano
Berio, sino como un tremendo titán del piano. Aunque la superficie de la obra al

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principio le había sonado a enrevesada y excesivamente intelectual, según iba
perfeccionando su interpretación descubrió que, por el contrario, tenía un inquietante
atractivo indirecto casi sensual; la hacía ser consciente en grado sumo de la realidad
física de su propia interpretación. Si la obra requería que tocara un acorde en La-
bemol-mayor con la mano izquierda, al hacerlo notaba como si las teclas negras de
La-bemol y Mi-bemol fueran colinas poco escarpadas cubiertas de árboles, pulidas
por olvidados glaciares, y la Do entre ellas un valle lleno de niebla, sobre el cual
estaban suspendidos como en un paracaídas sus dedos a primera hora de la mañana;
notaba que los martillos cubiertos de fieltro que golpeaban suavemente las cuerdas
del piano eran tan suaves como el hocico de las ovejas en el aprisco o el de los peces
pegados a un cristal; notaba con extraordinaria claridad que su pie derecho accionaba
el pedal suprimiendo cualquier combinación reciente y haciendo que un acorde nuevo
se alzara limpio de su pasado luchando en el barro. La obra parecía resucitar el
asombro que todos los pianistas debían de sentir ante el invento del piano. Más aún,
tocarla hacía cosas muy raras a su percepción del tiempo, aunque esto solo sucedía
cuando empezaba justo por el principio y seguía sin interrupciones.
Otro alumno, Paul Mackey, llamó a la puerta de la sala donde practicaba Rhody la
víspera de su clase con el profesor Sparkling. Le preguntó qué estaba haciendo. Ella
se mostró evasiva, diciendo únicamente que estaba preparando una obra de Albedo
para Sparkling. Paul pareció impresionado y preguntó si podía oír un poco. De mala
gana al principio, Rhody se puso a tocar. Paul paseaba por la pequeña habitación
mientras escuchaba; tenía la molesta costumbre de dar vueltas alrededor del piano
mientras escuchaba cómo tocaban sus amigos. Pero la música tenía tal fuerza que
Rhody encontró que podía ignorarle, por lo menos hasta que pasase algo inesperado.
Llegó al acorde corregido, el suave que colgaba como una trompeta de una
enredadera debajo de la fermata, y lo tocó, manteniendo pisado el pedal, y alzó la
vista hacia Paul para ver su reacción, y observó que este se encontraba
completamente inmóvil, detenido en pleno paso, en una especie de trance. El acorde
fue apagándose lentamente; cuando era inaudible, Paul la miró bruscamente y dijo:
—¿Por qué te paraste?
—¿Por qué paraste tú? —dijo Rhody.
—¿A qué te refieres? —dijo Paul—. Llegaste a ese extraño staccato y luego
dejaste de tocar.
—En absoluto era staccato —dijo Rhody—. Había una fermata por encima.
Fíjate.
Paul examinó la partitura y alzó las cejas.
—Bien, pues lo has tocado como un staccato.
Rhody consideró la reacción de Paul durante un segundo y luego retomó la obra
unos cuantos compases antes y la terminó. Esta vez no hubo ningún comportamiento
anormal por parte de Paul.

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Aquella noche Rhody tuvo un sueño en el que ella hacía ejercicios con una barra
de pesas vaginal hasta que los músculos de su almeja eran tan fuertes que, cuando
subió al escenario bajo la luz negra y se metió una grapadora roja Swingline 99
manual en la vagina, podía grapar un brillante pasaje de avión con ella. El profesor
Sparkling estaba entre el público, viendo cómo grapaba los pasajes de avión que los
otros hombres se sacaban tímidamente del bolsillo y metían entre las piernas de ella.
Tenía un tubo de loción-mocón fosforescente que se echó en el glande, de modo que,
cuando comenzó a meneárselo, despedía una luz color azul pálido. Subió los
escalones laterales del escenario y se arrodilló delante de ella, que estaba sentada en
una silla Thonet negra. Tenía en una mano el manuscrito del artículo sobre la historia
de la partitura de Map deliberadamente modificada por Mascon Albedo. Resultaba
casi invisible de no ser por su brillante pene semiblando, aunque la luz de la señal de
SALIDA enviaba un leve tinte rojizo sobre su indómita cabellera y sus peludos
hombros; colocó una esquina del manuscrito entre los muslos de ella, y ella se
levantó del asiento de la silla, colocó la grapadora Swingline sobre el artículo, gruñó
como un levantador de pesas, tensó sus músculos vaginales con tanta fuerza como
pudo y consiguió que la grapadora grapase las nueve páginas. Hubo un aplauso. El
profesor Sparkling hizo una reverencia y se alejó, tocándose el pene de modo erudito.
Al fondo, todo el tiempo, sonaba la fermata de Map y se desvanecía, sonaba y se
desvanecía.
Todavía bajo la influencia de su sueño, Rhody fue a su clase de las nueve en un
estado de excitación sexual descontrolada.
—Esta es una ocasión única —dijo maliciosamente el profesor Sparkling. Se
sentó como hacía habitualmente en un sofá bajo, con el tobillo encima de la rodilla
opuesta y una partitura de la pieza abierta a un lado—. Muy bien —dijo, y le hizo
gesto de que comenzara. Rhody tocó. Cuando llegó a la fermata, extendió los dedos
para tocarla, bajó suavemente las manos y notó cómo descendían los dos dedos
medios sobre las teclas blancas graves, curvados como una bailarina de ballet curva
los dedos medios cuando se detiene haciendo una postura prevista. Al pisar el pedal,
Rhody miró a Sparkling: al igual que Paul el día antes, Sparkling estaba inmóvil,
miraba fijamente, detenido de repente en el acto de rascarse el muslo. Distinguía el
profano perfil en forma de brécol de su pene y cojones debajo de sus holgados
pantalones con vuelta. Rápidamente, antes de que el acorde terminara, se levantó la
falda y deslizó primero su dedo medio izquierdo y luego el derecho en el interior de
su raja, sintiendo cosquillas en la cerviz. Luego reanudó la interpretación de la pieza.
Cuando terminó, Sparkling aplaudió, tanto a sí mismo como a ella—. Maravilloso,
maravilloso —dijo, poniéndose en pie—. Es una pieza extraña y conmovedora, ¿no
crees?
—Lo creo —dijo Rhody, bajando la vista hacia sus dos dedos medios, que todavía
estaban pringosos debido a sus sabrosas inserciones.

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—Mi única objeción se refiere a la fermata —dijo Sparkling—. No entiendo por
qué la interrumpes tan pronto. Es el punto culminante de toda la obra. Prueba así —
puso sus dedos sobre los de Rhody y tocó el acorde con ella. Notó algo—. ¿Por qué,
deja que te lo pregunte, te sudan tanto los dedos medios? —preguntó.
—Sudan —dijo ella.
—Ah.
Le pidió que tocara la obra desde el principio, y esta vez se mantuvo de pie junto
a ella, con los brazos cruzados. Cuando Rhody llegó a la fermata, insistió en el acorde
algo más que la vez anterior, para concederse un intervalo de interrupción más
prolongado. Se volvió, encarando a Alan, con cuidado de mantener su pie bien
asentado sobre el pedal. El profesor todavía estaba como una estatua. Rhody le bajó
la cremallera de la bragueta y, con habilidad, le sacó su taciturno paquete, que olía a
almizcle. Le dio tres largos chupetazos a la polla. Esta aumentó y adquirió volumen
dentro de su boca; chuparla era como chupar una versión hecha carne de la voz de él
o de su mente. Ella pretendía soltar la polla antes de que terminara de tocar el acorde
de Map, pero sus chupetazos le llevaron algo más de lo que pensaba y apenas tuvo
tiempo de volverse cara al teclado y continuar tocando hasta el final. Oyó un gritito
de sorpresa a su espalda y que subían rápidamente una cremallera.
Cuando terminó, se volvió nuevamente hacia Sparkling y esperó su reacción en
silencio. El profesor parecía tremendamente desconcertado; trataba de imaginar algo
que era incapaz de imaginar; su evidente perplejidad y nerviosismo, tan inusuales en
él, resultaban encantadores.
—¿Estuvo esta vez un poco mejor la fermata? —dijo Rhody.
—Sí, creo que estuvo mejor.
—Es una obra con mucha fuerza —dijo Rhody, disfrutando de la confusión del
profesor Sparkling—. Es completamente distinta, en efecto, que la versión publicada.
—Sí, lo es —dijo Sparkling.
Y digamos que ese fue el final de la clase (le dije a Rhody). Y digamos que ella
grabó una cinta tocando la fermata, que zarandeó el magnetófono para ponerlo en
marcha, y digamos que fue al laboratorio de sonido y aisló ese sonido (que de hecho
para el oyente parece un staccato), de modo que solo con apretar el botón de PLAY de
un walkman ella podía detener el tiempo durante treinta «minutos». ¿No se
aprovecharía ella, le pregunté, de su libertad para apretar el PLAY siempre que tuviera
el más mínimo deseo de comprobar cómo era la indolente polla de cualquier hombre
al que le echara el ojo?
Al principio creí que de verdad le gustaba la idea, porque cuando se la planteé
dijo con cierto entusiasmo:
—¡Hmm!
En uno o dos pasajes de mi hipotético relato (al que aquí he animado un poco
para la posteridad, aunque en sus rasgos fundamentales es como se lo conté a ella),
Rhody tenía un brillo de interés en los ojos. Pero para mi consternación, cuanto más

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vueltas le daba a la idea en conjunto de la perversión temporal, más parecía volverse
en contra de ella. Traté de convencerla con más ejemplos: ¿ni siquiera le resultaría
levemente interesante estar en un espacio público como la estación de Park Street,
esperando el metro, y ser capaz de apretar el PLAY y meterse entre la multitud de
hombres con corbata y chaqueta y bajarles rápidamente los pantalones, para que sus
ídolos idiosincrásicos les asomaran tímidamente por debajo de los faldones de la
camisa, permitiendo todo tipo de evaluaciones y comparaciones y tocamientos
precipitados? ¿Seguro que no haría eso si tuviera capacidad para provocar una
Fermata? ¿Y si se encontraba en un estado de ánimo determinado?
La intensidad de mi mirada puede que la sobresaltara ligeramente. Cuanto más
parecía disminuir su entusiasmo por la idea, con más energía trataba yo de
convencerla de que tenía que resultarle atractiva. Cualquier traje de baño latino era
una buena presa, dije. Cualquier paquete del mundo que quisiera investigar e incluso
sopesar era suyo para que lo investigara y sopesara. ¿De acuerdo? Pero, a pesar de
que había dicho al comienzo del viaje en avión que la idea de ver a hombres guapos
desnudos le atraía cada vez más, ahora Rhody empezó a sostener que de hecho la
visión de un pene per se no le hacía mucho efecto. Sí, es posible que investigara una
entrepierna o dos sin molestar a nadie, si el contexto de la entrepierna era
extraordinario de verdad, pero lo que de verdad necesitaba ella era la posibilidad de
que un determinado pene fuera consciente de su presencia y se empalmara y
aumentara con ayuda de este conocimiento. Ella necesitaba mantener una especie de
relación dramática directa con un pene específico para que este se convirtiera en un
objeto sexual con todas las de la ley.
—Pero tú eres muy voyeur —contraataqué yo—. Cuando damos un paseo,
siempre tratas de echar una mirada por las ventanas.
—Se trata de hogarismo, no de voyeurismo —replicó ella—. Me gusta mirar por
las ventanas porque disfruto viendo cómo ha arreglado sus casas la gente, el modo en
que ha decidido vivir. Si tuviera un acorde mágico grabado en cinta que detuviese el
tiempo, probablemente recorrería las casas de la gente, si no estuvieran cerradas con
llave.
—¡Ah! ¡Muy bien! —dije furioso—. Ahora llegamos a alguna parte. Y si cuando
recorres la casa te encuentras con una pareja en pausa manteniendo relaciones
sexuales un sábado por la mañana, ¿no te acercarías al menos y tocarías los músculos
tensos del culo del hombre entre las piernas abiertas de ella mientras él marcaba un
tanto con su polla? O si ocurría que te encontrabas con un tipo que se lo hacía él solo,
animándose la flauta a dos manos, con los ojos cerrados, la cara toda relajada de
placer, ¿no le apartarías las manos y le darías a ese jodido cipote una chupada o dos,
si tenía un aspecto extrabueno y chupable? ¡Lo harías!
Rhody pensó.
—No lo descarto. Pero necesito movimiento. Lo que tú planteas es demasiado
estático. Necesito que me seduzcan. Eso es lo que de verdad quiero. Quiero que me

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seduzcan.
Dijo esto con tanta convicción, que abandoné el asunto del todo. Era evidente que
para ella, si el universo se detenía, sería imposible cualquier forma de seducción.
Resistí la tentación de ejemplificar los múltiples modos en que un efecto-Pliegue
puede hacer posibles ciertas formas de seducción, porque no quería parecer que había
pensado en ello en toda mi vida. Me limité a dejarlo. Le volví a agradecer que
hubiera encontrado mis gafas.
Una semana después tuve una revelación mientras andaba por la tienda de
material eléctrico rebajado Kibbeson de la avenida Mass, después del trabajo. Me di
cuenta de que lo único que tenía que hacer era comprar un puñado de interruptores
rebajados, baratos de verdad —tal vez los interruptores de cien miliamperios con
cojinetes de doce milímetros, que parecían especialmente prometedores—, y andar
por ahí con ellos en el bolsillo del pantalón. Tenía el presentimiento de que, si
agarraba uno con fuerza y lo apretaba con el pulgar mientras pensaba con la mayor
fuerza posible en un reloj de arena girando en una centrifugadora, podría fácilmente
conseguir que cedieran las fuerzas elementales y hundirme de ese modo en la Fisura
temporal. Aunque los interruptores se quemaran uno tras otro después de solo un
Parón, como había pasado con el transformador del scalextric, eran lo
suficientemente baratos para que me pudiera permitir el gasto. Compré un montón de
microinterruptores diferentes y los probé en la calle, manoseándolos en el bolsillo
mientras fruncía el ceño al tráfico. Ante mi sorpresa, ninguno de los interruptores de
conexión momentánea funcionó, pero un interruptor vulgar de plástico de dieciséis
amperios funcionó estupendamente. Compré una docena por cinco dólares.
Rhody y yo mantuvimos relaciones sexuales esa tarde; no sexo outré con
aguacate y cepillo de dientes, pero tampoco en absoluto relaciones sexuales
desagradables.
Mientras me la estaba follando lentamente por detrás, ella empezó a correrse con
ayuda de un dedo. Nunca me gustó correrme después que ella, porque no me podía
convencer de que todavía siguiera interesada. Agarré a toda prisa uno de los
interruptores del bolsillo del pantalón (afortunadamente tenía los pantalones allí,
encima de la cama) e imaginé un reloj de arena dando vueltas mientras lo activaba.
Hubo un chispazo que me escoció en la palma de la mano cuando se quemó el
fusible. Lo saqué y miré la atractiva forma negativa de la vagina de Rhody donde
acababa de estar mi polla; no se cerró en sí misma como hubiera hecho fuera del
Pliegue. Salí y me detuve en la otra habitación, mirando por la puerta abierta la pinta
que tenía Rhody cuando follaba conmigo. Tenía las gafas puestas. Agarraba las
sábanas con las manos. Aunque soportaba su peso con codos y rodillas, los pechos no
le colgaban, como habrían hecho si se hubiera puesto por sí misma en esa posición,
sino que parecía como si fueran a emprender el vuelo, con los centros de gravedad
hacia delante, porque ella se los había estado golpeando uno contra el otro con fuerza
y había empezado a retroceder hacia mi butifarra. Miraba hacia abajo, más allá de sus

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pechos, a sus muslos o quizá a mis pelotas, que se balanceaban justo debajo de su
matojo. Tenía la cara toda arrebolada, en parte porque su cabeza estaba bajada del
modo en que estaba; había una vena en su frente que yo veía con toda claridad. ¡Mi
novia! Me quité el condón, molesto por los sonidos que hacía cuando progresaba mi
masturbación. La frescura del aire libre en mi cirio le hizo recordar lo estupendo que
era estar empalmado. Me tumbé junto a Rhody en la cama, fijándome en sus
mamellas echadas hacia delante y su sonrojada cara, y me la imaginé imaginando que
chupaba la lánguida anchoa de su profesor de piano, o pensando en alguien —en
cuerpos mucho más sexy para ella que el mío, que estaba haciendo algo agradable y
excitante, y en mi ansia por unirme a ella casi iba demasiado lejos y se corría solo—,
o quedé atrapado un momento en una especie de falso comienzo del preorgasmo, que
es un espasmo (si se me puede perdonar una comparación poco elegante) muy
parecido al falso momento de descarga que se puede producir en una cisterna si uno
no mantiene el tirador bajado lo bastante tiempo para que el mecanismo confirme su
ambivalente deseo de que se produzca un ciclo de descarga completo. Dejé que la
polla descansara durante un minuto, y luego empecé a empalmarme otra vez. Estaba
tan inconscientemente dura, que la sensación de sujeción de un condón nuevo
desenrollándose en toda su longitud le resultó completamente indiferente. Apunté
dentro del culo de Rhody, apreté el interruptor y, chocando contra ella otra vez como
si no se hubiera producido una interrupción en la acción, me corrí justo al tiempo que
ella.
Me sentía un poco culpable por haber provocado un orgasmo simultáneo de aquel
modo (y si ella encontraba por casualidad el segundo condón, ¿qué?), y me quedé allí
tumbado durante lo que, en otras ocasiones, era la calma del poscoito, considerando
seriamente si debía seguir adelante y contarle toda mi historia de la perversión
temporal.
—¿Qué tienes en la mano? —preguntó Rhody, abriéndome los dedos.
—¿Esto? Solo es una especie de amuleto.
Ella miró el interruptor quemado, del que estúpidamente yo no me había librado
durante nuestro orgasmo.
—¿Tenías agarrado eso todo el tiempo? —dijo, mirándome sin entender.
—No creo que durante todo el tiempo —dije yo.
—¿De dónde lo sacaste? No lo entiendo.
—Bueno —dije, para ganar tiempo—, lo que pasa es que… me acordé de que
tenía un puñado de interruptores en el bolsillo del pantalón y agarré uno cuando te la
metí por detrás. Fue estupendo, por cierto —necesitaba veinte minutos o así para
pensar en lo que le debía responder, y si debería hablarle del Pliegue, pero no me
podía estirar en busca de otro interruptor mientras ella estaba tumbada a mi lado,
apoyada en el codo, mirándome con una expresión de desconcierto. Y tenía que
continuar con mi repentina decisión de que, después de todo, aquel no era el

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momento de hablar de mi vida en el Pliegue. Me molestaba lo extraño que le podría
parecer.
Rhody dijo:
—¿Mientras estábamos haciendo el amor, te estiraste hasta esos pantalones y
sacaste ese aparato eléctrico y lo agarraste? ¿Por qué? —ahora se había sentado, con
grandes ganas de obtener una explicación mía que lo aclarase todo. Sus pechos
parecían agraviados.
—Es difícil de explicar —dije yo—. Supongo que me apeteció imaginar que era
un androide —me reí tímidamente para confirmar mi invención—. Un androide
invencible de cuerpo poderoso. Es estúpido, lo sé —me notaba desesperado ante lo
ridículo de esta explicación, pero no me atrevía a soltar la verdad, temiendo que se lo
tomara a mal—. Odio estos estúpidos condones —dije, molesto, haciendo un nudo al
que acababa de usar.
Rhody sacudió la cabeza.
—No me siento muy cómoda con eso, Arno. La verdad es que no tenía planeado
que esta tarde me follara un motor eléctrico.
—Lo sé. Lo siento.
La acaricié con culpabilidad. Ella se tumbó de espaldas, pensando.
—Deja que te pregunte una cosa —dijo luego—. ¿Tu idea de la vida perfecta es el
ser capaz de detener el tiempo siempre que quieras y quitarles la ropa a las mujeres
en el metro y tocarles los pechos?
—Ya sé en lo que estás pensando —dije yo—. Piensas que me estoy convirtiendo
en una especie de escroto tecno-sexual.
—Vamos a ver. No, solo estoy un poco sorprendida por todo esto. Primero me
cuentas esa larga historia sobre un acorde de piano, insistiendo en que debería
encontrar sexualmente excitantes aspectos de la idea, y ahora agarras eso con la
mano… ¿qué es?
—Solo es un interruptor de color vainilla, ¡un interruptor! —dije yo. Probé a
indignarme un poco—. ¡No es nada! Olvídalo. Solo es un pequeño interruptor de
dieciséis amperios.
—Bueno, pues parece muy raro que lo traigas a la cama. Deberías habérmelo
dicho antes. Si al hacer el amor conmigo te excita el pretender que eres una máquina,
bien. Pero tienes que incluirme en ello. Lo que no me gusta es enterarme de que estás
haciendo esa cosa tan rara literalmente a mis espaldas.
—Tienes razón, te debería haber incluido —dije—. Pero ya sabes… traté de
incluirte en algo que me resulta bastante importante cuando te conté lo de la fermata,
y debo decir que tuve una recepción bastante poco entusiasta.
—Bien, de acuerdo, pero era una fantasía sin amor. No incluía el amor.
—Pero ¡yo creí que era un acto de amor contártela!
—No —dijo Rhody—. Lo que dice la fantasía es que la idea que tienes del cielo
consiste en poder apretar el botón de PLAY de un walkman y quitarle la ropa a una

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mujer y tocarle los pechos. ¿No?
—No creo que esa sea exactamente mi idea del cielo —dije yo, con cierta
torpeza. De hecho había desnudado brevemente a una mujer con una hermosa blusa
que llevaba un sostén amarillo Lily of France de la 32-B en la Red Line justo el día
anterior, de modo que me resultaba difícil reaccionar con el nivel adecuado de
desaprobación—. Como dijiste tú misma, es difícil descartar por completo la
posibilidad de una ocasional capitulación ante la curiosidad.
A Rhody no le gustó ser parafraseada. Se enfadó. Dijo que había estado pensando
en mi relato, en el de la fermata, y había empezado a considerar que no era una
fantasía que la atrajese en absoluto. Aquí es cuando desenterró palabras como
«necrofilia»; o quizá, para ser sincero, solo dijo «necrofilia implícita». Consideré que
se estaba poniendo en cuestión toda mi vida y traté de defenderme: solo es una idea,
solo es una fantasía, etcétera.
—¿Cómo te sentirías —preguntó Rhody— si un día yo detuviera el tiempo,
mientras estábamos haciendo cola en un cine, te bajara los pantalones y te metiera
una goma de borrar azul en el culo? Piensa en ello.
—Dependería totalmente, totalmente de tus intenciones —dije—. Si me metías
una goma de borrar azul en el culo debido a una combinación de deseo y curiosidad,
y si simplemente querías saber qué se sentiría al hacerlo, entonces no pondría
objeciones. Adelante con ello. Pero si lo hacías empujada por un deseo de hacerme
daño o quitarme la dignidad, entonces, claro está, pondría objeciones.
—Ese es un ejemplo malo —dijo Rhody, moviendo la mano como para alejarlo
—. ¿Cómo te sentirías si una completa desconocida detuviera el tiempo en la calle y
te bajara los pantalones y te quitara la camisa e hiciera una detallada inspección de
cada centímetro de tu cuerpo?
—Bueno —dije yo, aparentando buena intención—, si lo que le interesaba era ver
con el máximo detalle cuál era mi aspecto, y el motivo era atracción más que
hostilidad, me sentiría halagado y no me importaría lo más mínimo. Puede que haya
cosas mías, que no quiero que vea desde tan cerca una completa desconocida, pero
siempre que supiera que la persona que lo estaba haciendo tenía algún tipo de
sentimientos positivos hacia mí, de modo que viera lo que viera le interesaría y no le
repelería, diría que estupendo, que me bajase los pantalones. Siempre que no tuviera
que enterarme de ello.
—¿Y si fuera un hombre? —dijo Rhody—. ¿Qué pasaría si un hombre gay
detuviera el tiempo, te bajara los pantalones, y te hiciera una larga y lenta mamada?
¿Qué pasaría si tuviera bigote?
La idea me cogió por sorpresa, pero hice como si no.
—Admito que no es algo que me atraiga. Estaba pensando en que quien hacía la
inspección era una mujer. Pero, para ser consecuente, supongo que diría que muy
bien, que si el gay tenía buenas intenciones, y quisiera hacerme una mamada sin que

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yo lo supiera, no sería el fin del mundo. Le dejaría. Lo que uno no sabe no puede
hacerle daño.
—Es absurdo que digas eso —dijo ella, poniéndose las medias. Estaba enfadada
otra vez.
—¿Por qué es absurdo? —dije yo, acalorado—. La cuestión es…, la cuestión
importante de verdad es que te olvides de los desconocidos. Cuando te conté esa
historia sobre tu profesor de piano, no estaba hablando de un absoluto desconocido
que adquiere esa habilidad para detener el tiempo tocando cierto acorde. Estaba
hablando sobre ti y que la adquirías tú.
Ahora Rhody ya se había acabado de vestir.
—Creo que lo que de verdad tratabas de hacer es que me interesara tu sueño de
quitarles la ropa a las mujeres en lugares públicos y hacer varias cosas con ellas y que
no te procesen por hacerlo. Y, lo siento… pero no creo que sea un buen sueño —el
decir esto pareció obligarla a tomar algún tipo de decisión. Una semana o dos más
tarde tuvimos otra discusión y ella obró en consecuencia; enseguida dejamos de ser
pareja, lo que está bastante mal, pues estoy enamorado de ella y la verdad es que
todavía la echo de menos, incluso ahora (como seguiré contando) que he decidido
salir con Joyce.

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12

—NECESITO que me seduzcan.


La ironía de Rhody al decir esto, como argumento en contra de la Fermata
utilizada como estímulo sexual, es que yo nunca habría salido con ella si no hubiese
sido capaz de apoyarme intensamente en el Pliegue buscando ayuda. Antes de cruzar
una palabra con ella, ya le había quitado la blusa y contemplado sus pequeños y
queridos pechos, que tenían unos borrosos triángulos alrededor debido a los bordes
del sostén. Tenía la piel muy pálida. Esto pasó en un restaurante tailandés de
Boylston. Me senté, paseé la vista alrededor y me fijé en una mujer con el pelo negro
muy corto y gafas con montura redonda negra, que examinaba la carta. Tenía el labio
de abajo ligeramente más grueso que el de arriba, como un Habsburgo, lo que es un
rasgo que me atrae; aunque también me gusta que el labio de arriba sea más grueso
que el de abajo. Pidió la comida, rogó al camarero que le trajera una taza de agua
caliente y sacó una bolsita amarilla de té.
Mientras se hacía el té, sacó un libro. No parecía que tuviese un marcapáginas, y
sin embargo observé que no tuvo que hojearlo para encontrar el sitio. (Más tarde me
enteré de que Rhody siempre recordaba automáticamente por dónde estaba leyendo
un libro. No era tan buena con los números de teléfono, y hasta su número de la
Seguridad Social le causaba problemas ocasionalmente, pero la página del libro que
estaba leyendo le venía sin esfuerzo en cuanto lo agarraba y veía la portada. A veces,
me contó, el número incluso se le ocurría en momentos del día bastante raros, y
pensaba: Doscientos cincuenta y cuatro, ¡qué número tan misterioso y sugestivo! Le
llevaba un segundo darse cuenta de que el número le parecía tan bonito simplemente
porque era donde debía reanudar la lectura. Las novelas del siglo XIX eran de una
importancia capital para ella. No era cuestión de que le gustasen; era una necesidad
neurológica, como el dormir. Una de Mrs. Humphry Ward, o una de Reade, o una de
Trollope por semana le proporcionaban una especie de coenzima crítica, decía ella,
que le permitía organizar su sentido de la experiencia social. Era agradable si la
novela era buena, pero incluso una muy mediocre le servía; sin una dosis diaria de
narrativa victoriana, ni siquiera recordaba cómo hablar con la gente y entender lo que
decían. La echo de menos).
Sacó la bolsita de té de la taza con una cucharilla y ató el cordelito en torno al dúo
bolsita de té-cucharilla, exprimiendo en la taza la mayor parte del agua que quedaba
en las hojas. Nunca había presenciado aquel método de hacer algo con una bolsita de
té, y me intrigó; y no necesito mucho más que eso para enamorarme. Tenía
muchísimas ganas de saber qué libro estaba leyendo. Saqué mi portaminas, que,
aunque había perdido su poder como activador del Pliegue él solo unos meses antes,
todavía funcionaba en concierto con la ecuación especial que había adaptado de una

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revista matemática. La escribí en el mantel individual: la Desigualdad de Strine. Me
había tropezado con su germen en la Biblioteca Birkhoff de Harvard, un domingo por
la tarde, en un estado de meditación, casi afectado por el síndrome de Tourette, que
ahora sé que a menudo presagia un descubrimiento con respecto a la Fermata. Abrí al
azar un ejemplar de la Revista canadiense de geometría y quedé sorprendido por la
cantidad de sistemas matemáticos simbólicos que se utilizaban: letras griegas y rusas,
claro, pero ¿y el signo de la libra esterlina? ¿Caracteres mayúsculos de una letra
historiada que parecía proceder de una participación de boda? De un breve artículo
que se titulaba «Operadores mínimos de una estrella dorada de enésimas puntas y
cuerpos manejables casi ordinarios dentro de una invariancia Whitney localizable de
4 variantes» copié la ecuación que sigue:

Varias horas después, en el bar del Ritz Carlton, guiado por una voluntad más
grande que la mía, sustituí por varios de los símbolos internacionales de
identificación y cuidado de textiles las claves variables del original, y cambié el signo
de «igual» por el de «menos o igual que». Notaba como si me lo estuvieran dictando
mientras contemplaba mi mano, que, como poseída, dibujaba una plancha tachada
por un aspa, un triángulo tachado por un aspa («no usar lejía») y un estilizado barreño
con una mano enorme dentro («lavar a mano»). Cuando terminé con los cambios y la
Desigualdad de Strine apareció en la página, llegó un sonido, un sonido de una lejana
liposucción crónica, de una delicada operación de cirugía estética que se le hacía al
cosmos, de bultos y arrugas suprimidos con todo tacto, de poros infinitesimales de
tiempo hurtados a lejanos sistemas solares, donde no los echaría en falta, y dispuestos
serialmente para que yo viviera entre ellos. De nuevo era libre de andar por el
Pliegue. Para regresar al tiempo, solo tenía que borrar el signo de desigualdad,
eliminar su fuerza.
Esa era la fórmula que escribí en el mantel individual del restaurante tailandés.
Cuando hizo efecto, me dirigí a Rhody y le quité el libro de la mano. Era un libro de
bolsillo verde editado por Virago que se titulaba El secreto de Lady Audley, de Mary
E. Braddon. La contracubierta decía que El secreto de Lady Audley había
«escandalizado al público victoriano con sus revelaciones de los horrores en el propio
corazón de una sociedad respetable y de sus más respetables mujeres». Animado, lo
hojeé, leyendo cosas como «toca» y «chillonas bandejas de acero japonesas para el
té», y el fragmento de la frase «ella se distrajo contemplando sus blancas manos
enjoyadas que se deslizaban blandamente sobre las teclas, con las mangas de encaje
cayendo de sus muñecas graciosamente arqueadas». Encontré que, en la parte interior

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de la contracubierta, Rhody (o Rhoda E. Levering, según el nombre escrito en el
libro) había tomado varias notas. Su letra demostraba inteligencia y seguridad en sí
misma. La única nota a la que le pude encontrar sentido, sin embargo, era:
Lo sexys que resultan los hombres que se quitan el reloj en público.
Utilizaba, como hacía yo, esa parte del libro para apuntar observaciones de
pasada. Devolví el libro a sus manos, le desabroché la blusa y me enteré de todo lo
que pude sobre sus pechos. Una ligera asimetría inspiraba un afecto instantáneo. (Las
mujeres que leen los Clásicos Modernos de Virago casi siempre tienen unos pechos
fascinantes).
Tenía pensado estudiar una reseña sobre el nuevo Mazda 929 en Autopista
durante la cena, pero evidentemente eso ya no era posible. Estuve tentado de
dirigirme a una librería durante el Pliegue y coger otro libro de Virago para
enseñárselo, pero lo pensé mejor: era una coincidencia manufacturada demasiado
agresiva. En vez de eso, borré la Desigualdad para terminar con el trasplante temporal
y, una vez de vuelta a la oscilación, saqué una biografía de finales del siglo pasado de
Edward Fitzgerald, de A. C. Benson, que había estado leyendo sin entusiasmo; la
mantuve abierta con el borde de mi plato. Se acercó el camarero. Pedí la cena en voz
bastante alta y amistosa, con objeto de atraer la atención de Rhody. Cuando devolví la
carta, clavé los ojos de inmediato en mi libro, como si estuviera impaciente por
volver a él, y luego distraídamente empecé a mover arriba y abajo el reloj por la
muñeca. Sabía que «Rhoda E. Levering» me estaba mirando. Pasé una página,
levantando el plato para poder hacerlo, y volví a juguetear con el reloj. De pronto,
alcé la vista y mis ojos se encontraron con los de Rhody, y la saludé amistosamente
con la mirada.
No me gustó tener que hacer eso, porque sabía lo difícil que es volver a un libro,
por muy absorto que se estuviera en él, cuando uno está solo en la mesa de un
restaurante y constata la presencia de otra persona que puede estar sola o no, que
puede sentir curiosidad por uno o no; de repente, tanto si lo aceptas como si no, se
produce un ardiente intercambio que os conecta a los dos donde antes solo había
existido un estrecho restaurante tailandés con moqueta verde que admitía a lectores
solitarios.
Volví a mi libro, haciendo deliberadamente gestos de desagrado frunciendo los
labios, para demostrar que estaba profundamente atraído por Edward Fitzgerald; y
para librar a Rhody de la tiranía del intercambio si es que quería volver a El secreto
de Lady Audley. Sin alzar los ojos de la página (aunque todavía estaba seguro de que
sus gafas de montura negra estaban mirando en mi dirección), levanté la mano
izquierda y, muy despacio y como en broma, tiré del extremo de la correa de mi reloj
hasta que el pequeño diente dorado de su hebilla se libró del segundo agujero, que
estaba levemente estirajado. Como alguien que hace strip-tease y retrasa el momento
del desnudo definitivo, mantuve el reloj suelto en su sitio durante un tiempo, girando
lentamente la muñeca dentro de su sujeción aflojada; por fin, saqué la hebilla de la

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correa y agarré la esfera del reloj cuando este se me caía del brazo. Lo hice todo lo
más suave, morosa y acariciadoramente que pude, no como si fuera consciente de la
mirada de Rhody y tratara de atraerla, sino como si estuviera leyendo con una
concentración tan intensa que los movimientos inconscientes para quitarme el reloj se
hubieran ralentizado a una fracción de su velocidad normal debido al arrobamiento
producido por la lectura. Dejé el reloj encima del libro abierto, con los dos segmentos
curvados de la correa formando una especie de gaviota. Entonces volví a mirar
directa e inquisitivamente a Rhody. Sus ojos cayeron sobre la página.
Fue el gran momento de la noche. A partir de entonces nos ignoramos el uno al
otro. Justo después de que ella pidiera la cuenta, pasó junto a mí hacia el cuarto de
baño. Yo le saqué la punta al portaminas, restauré la Desigualdad en mi mantel
individual y utilicé la intimidad ideal del Pliegue para contar el número de tampax de
su bolso. Había cinco. Volví a activar el tiempo y la dejé usar el cuarto de baño.
Cuando volvió a salir, produje un nuevo Parón y conté los tampax: ahora había
cuatro. Como tengo la mala suerte de hacerme amigo de las mujeres en el momento
cumbre de su menstruación, no traté de decirle «hola» entonces. En lugar de eso,
señalé en mi calendario un día de dos semanas después, cuando probablemente ella
estaría ovulando o a punto de hacerlo, y ese día, después del trabajo, me aposté
delante de su casa de Marlborough Street. Volvió a casa hacia las seis y media. Media
hora más tarde reapareció en vaqueros. La seguí discretamente hasta el café-librería
Harvard de Newbury. Justo antes de que entrara en la tienda, completé la Desigualdad
en un trozo de papel y me deslicé dentro delante de ella. Me acurruqué en uno de los
pasillos, cerca de los libros de Mrs. Humphry Ward, y borré mi entrada en el tiempo.
(No quería parecer que me materializaba saliendo del aire). Me puse en pie,
agarrando un libro al azar; dejé el libro; y luego saqué un libro de bolsillo de Virago
del estante. Oí que alguien se acercaba al estante de narrativa. Estaba casi seguro de
que era Rhody, y lo era. Me volví y la miré sin expresión, inocentemente, y luego
hice un encantador gesto de reconocimiento. Ella devolvió el gesto. (Por supuesto,
sujetaba el libro de tal modo que mi reloj resultara perfectamente visible). No recurrí
al «¿No estabas en el Thai Star hace unas semanas?» en el intercambio que siguió,
dado que no había nada digno de mención en ello; señalaré que, a pesar de que yo era
el que había provocado y dirigido toda la coincidencia, estaba exultante y nervioso
cuando ella empezó a hablar de la infravalorada grandeza de Mrs. Humphry Ward
como si de hecho yo me hubiera encontrado fortuitamente con ella.
—¿Sabes lo que de verdad me interesó de ti? —dijo ella semanas más tarde,
después de que hubiéramos dado un paseo por el puerto y almorzado un par de veces
—. No lo puedes recordar, pero mientras estabas leyendo aquella vez en el Thai Star,
te quitaste el reloj y lo pusiste encima del libro.
—¡De modo que me estabas mirando! —dije—. Yo no te perdía ojo.
—Sí, te estaba mirando. Te quitaste el reloj y parecías disfrutar con cada
momento del proceso. Siempre me ha gustado ver a los hombres quitarse el reloj. No

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hace falta que sea un reloj caro, aunque prefiero las correas de cuero a las metálicas
—bajó la voz—. Me gusta que se acaricien la muñeca después.
—Muy interesante —dije yo—. Solo es una costumbre que tengo; supongo que lo
empecé a hacer en la sala de estudio del instituto. Me parecía de mayores —(esto no
era completamente mentira).
Rhody dijo:
—Estuve enamorada de un tipo, un estudiante de física, en la universidad, que
seguía un ritual cuando estudiaba en una de las mesas de la biblioteca. Se quitaba los
zapatos (siempre llevaba puestos unos calcetines inmaculados, y unos vaqueros
pálidos muy limpios) y dejaba el reloj junto al libro, con un extremo de la correa
plegado debajo del otro.
—Eso suena a auténtico truco —dije.
—Pero lo más interesante es que, solo unos días antes de ver que te quitabas el
reloj, en el trabajo alguien hizo lo mismo durante una reunión, y recordé lo
agradable… lo seductor que es, incluso en aquel caso en el que no me interesaba en
absoluto la persona que lo hacía. De hecho, incluso anoté en la parte de atrás del libro
que estaba leyendo entonces lo sexy que resulta ver hacerlo a un hombre. Así que ya
ves. ¿No es raro que cosas como esa siempre sucedan por pares?
Admití que era raro, y nos pusimos a discutir sobre Rupert Sheldrake y las
resonancias mórficas que supuestamente contribuyen a la síntesis de las proteínas.
Esa tarde me llevó a su apartamento para enseñarme la nota de la contracubierta de El
secreto de Lady Audley. Terminamos manteniendo relaciones sexuales por primera
vez. (Hubo un momento memorable cuando mis manos se apoyaron en un calendario
Sierra Club de la pared mientras se la metía y se la sacaba de la boca. Y hubo otro
momento memorable cuando metió un pepino en el microondas durante unos
segundos para descongelarlo y yo introduje girando el sacacorchos que habíamos
usado para la botella de Cabernet en uno de los extremos del pepino y ella me dejó
mirar cómo se lo hacía con él, sujetándolo por su mango de madera amarilla). No
estoy diciendo que sea totalmente imposible que los dos nos hubiéramos hecho
amigos en el restaurante tailandés si me hubiera limitado a acercarme a ella y a
entablar conversación. Podía haber ligado con ella sin subterfugios. Pero también es
igualmente probable que ella me hubiera mandado a freír puñetas educadamente. Soy
menos suave con una mujer cuando no le he visto los pechos con anterioridad. De
modo que la moraleja es: Rhody estaba completamente equivocada al suponer que la
Fermata era intrínsecamente antitética de la seducción. Utilicé la Fermata para
seducirla a ella.

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13

SUFRÍ bastante cuando las cosas terminaron con Rhody. Le había permitido echar
una ojeada a mi vida interior, y ella la había rechazado sin ambigüedad. Pero ahora
comprendo, al escribir sobre Rhody, que de nuestra truncada relación surgieron cosas
buenas, tangibles. Si yo no hubiera visto su nota sobre los hombres y los relojes en su
ejemplar del libro de bolsillo de Virago y actuado en consecuencia, probablemente no
habría tenido la idea posterior de escribir frases obscenas en los libros de bolsillo
antes de que los hojeasen las mujeres; y si no se me hubiera ocurrido eso,
probablemente nunca se me habría pasado por la cabeza el usar el Pliegue como una
protección de pornógrafo y dejar el resultado donde lo pudiera encontrar una mujer.
En cierto sentido, el desprecio de Rhody hacia la ojeada que le había permitido echar
a mi secreto me dejó libre para investigar posteriormente su potencial.
Después de la vez en el Cape, escribí algo más: un relato sobre una mujer
desnuda colgada sobre uno de los carriles del túnel Callahan en un trapecio negro de
cuerda durante la hora punta, mirando hacia abajo el follón de coches que lo iban
llenando y meando generosamente sobre ellos con su raja abierta; un relato sobre un
hombre que le enseña a escribir al tacto a una joven en su antigua máquina de escribir
Oliver número 9 manual, sujetando las manos de ella con las suyas y cerrando los
ojos, notando que los dedos de ella se hunden uno por uno en las letras mientras
escribe C-A-D-E-R-A-S y que él es incapaz de evitar ponerle las manos en sus
caderas, y luego que los dedos de ella escriben P-E-C-H-O-S en las teclas negras
redondas y que él es incapaz de resistir las ganas de tocarle los pechos y apretarla
contra él; un relato sobre un grupo de turistas que hacían submarinismo en el Caribe y
corrompían a los peces angelotes con botes de spray de queso cheddar, a veces
haciendo corazones de queso en el agua que el pez luego comía, a veces echándoselo
en brazos y pechos y dejando que el pez se lo arrancara a mordiscos; uno sobre una
mujer que dejaba que su cangrejo ermitaño domesticado le anduviera sobre la espalda
mientras ella leía Barron’s y soñaba con hombres de ojos azules podridos de dinero;
uno sobre varias cuevas con estalagmitas, cada una de color diferente, que, cuando se
partían y se metían en una vagina, brillaban, con sus tocones soltando chorros de
agua mineral subterránea caliente como los de un bidé.
Pasé algo de tiempo particular con una fotocopiadora y encuaderné algunos
ejemplares de esos relatos, junto con el que trataba de Marian y su segadora,
utilizando como portada la cartulina azul pálido de algo que se titulaba Cuentos
franceses de amor y pasión, una reedición irónica de una edición vulgar de 1936 de
varios relatos ligeramente atrevidos de Guy de Maupassant que había pedido a través
del catálogo de Archie McPhee. Dejé mi librito de fabricación casera en muchos
sitios —dentro de ejemplares de Yo y de El erudito norteamericano justo antes de que

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los metieran en los buzones, en cuartos de baño de mujeres de salas de baile, debajo
de la Biblia de Gideon en varias habitaciones del hotel Meridien, en mesitas bajas
durante cócteles, metidos en la Enciclopedia de filosofía de la biblioteca en el artículo
«Vida, Significado y Valor de la»—, pero este esfuerzo no me resultó en absoluto tan
excitante como la sencilla visión de Michelle, la mujer de Cape Cod, mojando su
dildo en el agua del baño y sacudiéndolo.
El punto culminante de mi fase «la vida imita a la guarrería» se produjo en la
autopista de peaje de Massachusetts un sábado. Había salido a dar un paseo en coche.
Era otoño y los niveles de hormonas estaban aumentando. Le daba vueltas
ociosamente a mi idea de seguir hasta Northampton —la idea de desnudar a todo el
mundo en la calle Mayor y, si no apilar la ropa de todos en un solo montón y bailar
encima de él, por lo menos guardar pulcramente la ropa de cada una de las personas
en una bolsa de plástico de la compra y ponérsela en la mano—, la idea de que toda
una ciudad se diera cuenta de que llevaba la ropa metida en bolsas de plástico me
excitaba. (La visión de mujeres de edad madura desnudas en las saunas de
determinados clubs de campo, que llevaban con ellas sus joyas metidas en bolsas de
plástico porque tenían miedo de que se las robaran de las taquillas, también me
excitaba; he estado en saunas con ellas; he tocado sus húmedas bolsas de plástico
llenas de joyas). Mis ambiciones no tienen un alcance global; no pienso en naciones o
metrópolis desnudas, sino en la calle Mayor de una ciudad pequeña en topless, en
especial de ciudades pequeñas con selectos colleges femeninos, sí. Decidí que, si
perdía los nervios y no podía andar por ahí desnudando a la ciudad entera, al menos
podía reemplazar los Teleguía del estante del supermercado por mis especiales
Cuentos franceses de amor y pasión, y observar cómo reaccionaba la gente. Pero
nunca lo hice en Northampton. Me distrajo mucho una mujer en un coche justo al
pasar por Worcester.
Yo iba conduciendo por el carril lento. Llevaba la ventanilla abierta; el coche
retumbaba con el ruido del aire. Llevaba sacado el brazo izquierdo (el del reloj);
ponía la mano en forma de ala para ver si podía conseguir que subiera y bajara
empujada por el viento. Una mujer que conducía un pequeño coche azul apareció en
el espejo retrovisor. No hay expresión más impasible que la de una mujer vista en un
espejo retrovisor: tiene una impasibilidad tan imparcial y tan amplia, que está
pidiendo que la saquen de ella. Iba más deprisa que yo y empezó a adelantarme
impasiblemente; la perdí de vista durante un momento cuando entró en esa zona
donde los coches que adelantan no existen, una especie de efecto de Pliegue de los
espejos retrovisores. Aceleré un poco, de modo que le llevara un poco más de tiempo
adelantarme. Solo le había visto la cara un instante, de hecho solo tuve tiempo para
fijarme en que era una mujer de veinte años o así, con mechones de un pelo
multicolor espeso y ondulado, que iba sola, pero mi sensación superficial y
simplificada de su cara a través de su parabrisas se mezcló con mi sensación
igualmente simplificada de los faros de su coche azul para convertirla de modo

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instantáneo en un personaje de mi imaginación perfectamente desarrollado. Cuando
se me acercó más de modo invisible por el carril rápido y oí cantar sus neumáticos y
noté lo cerca que estaba de mí, la idea de que me iba a adelantar pronto se hizo
vertiginosamente intensa; el volante pareció que se volvía flexible y se extendía en
círculos cada vez más anchos; noté que yo era un bulto brillante que se derretía en la
bragueta. No podía creer que, en cuestión de medio minuto o así, aquella persona
fuera a ponerse a mi altura y yo fuera capaz de mirarla; cuando lo hizo, estuve a
punto de ponerme a gritar o a sollozar.
Al mismo tiempo, noté una especie de cortocircuito de desagrado e irritación
contra mí mismo ante la asombrosa potencia de estos coches achaparrados y ante la
cantidad de tiempo aéreo mental que consumían cuando conducía yo. Era insensato
pensar que una persona fuera más maravillosa y misteriosa que yo solo porque me
estuviera adelantando. ¿Qué podía haber más corriente que dos personas que
conducen una al lado de otra por la carretera, con una adelantando a la otra? ¿Por qué
no me podía relajar y dejar que me adelantase sin sentirme dominado por la tentación
de enamorarme de ella? Y sin embargo eso era lo que pasaba; y a lo mejor también le
pasaba a ella: puede que fuera escuchando a Terry Gross en la National Public Radio
y casi no se fijara en que un coche (el mío) estaba a su derecha, pero a lo mejor sus
esperanzas aumentaban y estallaban aditivamente cada vez que adelantaba a un
hombre que iba solo al volante; a lo mejor estaba tratando, como había hecho yo, de
conseguir tener una sensación de la posibilidad de enamorarse y casarse de cada
persona basándose en la absurdamente inadecuada información disponible, esto es, a
partir de la cabeza del hombre, el estado al que pertenecía la matrícula, la
personalidad general del coche (todos los coches se pueden clasificar como
atractivos/alegres o elegantes/misteriosos o Camaro/vulgaro), a partir de una mano
visible o dos en el volante, y a partir del estado de la plancha metálica. Cuando la
manilla de su puerta se puso en paralelo con la mía, traté de luchar contra el deseo de
volverme hacia ella, pero no lo conseguí; la miré inexpresivamente cuando ella a su
vez me miró inexpresiva; luego los dos volvimos la vista y la fijamos en nuestros
respectivos carriles. En aquel momento conducíamos casi a la misma velocidad.
Estábamos cerca. Me parecía milagroso que pudiéramos encontrarnos en semejante
estado de reposo, sentados, y sin embargo separados por la superficie de la carretera,
que se movía entre nosotros tan deprisa que, si yo abría la puerta y trataba de
dirigirme hacia ella y subirme a su coche, mis pies y los huesos de mis espinillas
quedarían serrados y reducidos a nada. Con una despreocupación torturante me
adelantó por fin, puso el intermitente y me encontré con la cola de su coche azul
delante. (Resultó que era un Ford Escort, que siempre me hace pensar en los servicios
de escolta cuando conduzco una larga distancia). Luego vi algo llamativo, una
pegatina del Smith College en la ventanilla trasera, con otra pegatina encima de la
Universidad de Chicago. No tenía que llegar en coche hasta Northampton; ¡el Smith
College estaba justo allí conmigo en la carretera! Pero dudé antes de subirme las

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gafas, pues anteriormente nunca había pensado en una cronovulsión completa dentro
de un coche en marcha. ¿Sería seguro? ¿Mi alta velocidad con relación a la carretera
no produciría algún daño imprevisto? Detener el universo mientras se conduce a
noventa y cinco kilómetros por hora parecía una cosa extremamente temeraria y
demente.
No aparté la vista de sus pilotos posteriores. Vi que alzaba los ojos brevemente
hacia mí en su retrovisor interior. Luego se ahuecó la llamativa y espesa cabellera de
modo que parte de ella cayó sobre el respaldo del asiento. El pequeño cierre redondo
de cromo de la curva de su maletero se parecía un poco a lo que imaginé que sería su
ojete del culo. Decidí que sobreviviría a cualquier cosa que me pasase. Esperé un
educado espacio de tiempo y luego me metí en el carril rápido y aceleré para
adelantarla. Estábamos en una ligera cuesta abajo. Cuando llegué más cerca de ella,
la misma sensación de desvanecimiento hizo presa en mí, salvo que ahora era yo y no
ella quien provocaba esa excitación inexpresable; cuando nuestros perfiles estuvieron
a la misma altura, ni siquiera la miré, comprendiendo que ella sabía que la estaba
adelantando y que no me quería mirar, porque las reglas del coqueteo en la carretera
eran no mirar durante el segundo adelantamiento. En vez de eso, pisé el embrague y
me deslicé durante un segundo o dos justo a su lado, preparándome mentalmente para
desenganchar el tiempo, y luego muy despacio me fui subiendo las gafas por el
puente de la nariz; cuando las solté, la chica de Smith y yo todavía estábamos en la
carretera de peaje de Mass, pero no avanzábamos. Mi radio estaba en silencio.
Mi puerta no era fácil de abrir. Tuve que empujar con el hombro para desplazar el
gelatinoso flujo del viento. Y la superficie de la carretera alrededor de mi coche
ofrecía un extraño aspecto: aunque inmóvil, parecía un poco brumosa e indefinida,
como si la hubieran fotografiado con un objetivo untado en vaselina; no la podía
enfocar de modo adecuado. Cuando me apeé cautelosamente, dejando la puerta
abierta, y anduve de puntillas dando la vuelta por detrás a mi coche, encontré que el
asfalto en cierto modo era elástico debajo de mis pies; su velocidad con relación a las
suelas de mis zapatos aparentemente hacía imposible que las dos superficies físicas se
comportaran recíprocamente de modo normal, y confería a la carretera las
características de una especie de alfombra densa, esponjosa, como musgo. La otra
rareza era que yo oía ruidos de bocinazos y zumbidos en los oídos cuando continuaba
en la dirección en que había estado conduciendo o tomaba la opuesta: supuse que
tenía que ver con vectores y ondas sonoras paralizadas y con el efecto Doppler, pero
no me preocupé por ello. En lugar de eso, puse los pies a uno y otro lado de la línea
blanca entre el coche de la mujer de Smith y el mío y extendí los brazos de modo que
tocara las dos puertas, la suya y la mía, uniéndonos a los dos. Mantuve esa posición
casi de crucificado durante un tiempo, mirando las colinas y los coches de delante,
considerando que si me bajaba las gafas precisamente entonces para reanudar el
tiempo, mi coche avanzaría sin dirección y al final se estrellaría, y yo, en mitad de la
carretera, sería atropellado casi con toda seguridad por uno de los coches que venían

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detrás. La miré por la ventanilla, con la cara a unos centímetros de su perfil. Di la
vuelta al coche y abrí la puerta del acompañante, que afortunadamente no estaba
cerrada con llave, quité la basura del asiento (fundamentalmente casetes y varios
libros grabados de la biblioteca) y me puse junto a ella.
No tengo que señalar que los coches son unos lugares privados en grado extremo;
la sensación de que estaba haciendo algo éticamente reprochable al entrar en el
pequeño Ford azul brillante de esta mujer era más intensa que la que podía recordar
en las Fermatas recientes. Sudaba con una excitación casi de horror ante mi maldad.
Las suelas de mis zapatos estaban calientes al tacto.
—Bien, aquí estamos —me dije en voz alta.
No era capaz de decidirme a averiguar lo que pasaba con sus pechos ni a ir más
allá de dejar descansar levemente la mano en la pierna que apretaba el acelerador (la
chica llevaba un enorme y grueso jersey con rosas tejidas, y unos vaqueros
descoloridos); tuve la sensación que me encontraba peligrosamente lejos de casa, tal
vez porque el volante y el pedal del freno de mi coche, que iba a toda velocidad, se
encontraban cerca y sin embargo quedaban especialmente fuera de mi alcance. ¿Qué
debía hacer? ¿Debía limitarme a meneármela en el asiento junto a ella? Como regla
general, no me gusta masturbarme en los coches. Podía apearme, quedarme parado en
la carretera y meneármela contra la cerradura de su maletero o la ventanilla de la
parte del conductor, o, bajando el cristal de la ventanilla, podía meneármela
directamente en el interior de su coche. Pero sería una grosería echar el líquido de mi
polla por encima de las flores de su jersey, que parecía caro y tejido a mano, y que
quizá era su jersey favorito. Además, mis zapatos se podían deshacer o prenderse
fuego.
Lo que de verdad quería era estar vivo en el coche de esta mujer durante un
momento mientras ella lo conducía; de modo que salté al asiento de atrás y me
tumbé, recurrí a mis gafas para reactivar el tiempo durante cinco segundos y luego lo
volví a desactivar. Era maravilloso ir en aquel coche. Tenía la música puesta, sonaba
a algo conocido, y pensé que lo podía canturrear tranquilamente al tiempo que ella.
Su coche era mucho más silencioso que el mío. Cuando estuvo desconectado el
Parón, me incorporé en el asiento y miré hacia mi coche vacío: se había escorado un
poco hacia la derecha (posiblemente debido a la «súbita» apertura y cierre brusco de
la puerta) pero, aunque avanzó sin dirección durante unos segundos, había mantenido
su trayectoria bastante bien, tal y como yo había esperado.
Me quedé allí tumbado, en el asiento de atrás de la chica del Smith College,
durante un rato, con la cabeza apoyada en su bolsa de viaje, jugando con un mechón
ondulado de su pelo y tratando de pensar en algún modo de poder entrar a formar
parte de su vida. Parte de su pelo estaba sujeto con una gran pinza dentada. Sentí
curiosidad por saber lo que estaba oyendo y salté junto a ella y saqué la cinta: era
Solitude Standing, de Suzanne Vega. Solo había llegado a la mitad de la primera
casete de la versión en audio de Viajes de Gulliver antes de abandonarla para oír algo

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de música. De repente se me había ocurrido un plan. Me tomaría algún tiempo, pero
quería llevarlo a cabo. La chica lo merecía.
Esto es lo que hice: anduve casi una hora hasta que llegué a un centro comercial
con una tienda con productos rebajados, donde compré un magnetófono de bastante
buena calidad y unas cintas y pilas. (Lo compré: esto es, dejé bruscamente el dinero
para pagarlo en la caja registradora adecuada junto a una nota que decía que el dinero
era el pago del artículo número tal, etcétera, etcétera). También me preparé una bolsa
de alimentos en una tienda de comida preparada y dejé el dinero. Varias Arno-horas
después, volví a mi coche, saqué los Cuentos franceses de amor y pasión y me senté
en el asiento del copiloto de la chica de Smith. El nombre que distinguí en su bolsa
era Adele Junette Spacks.
—Hola, y perdona —dije al magnetófono con una voz más baja de la que tengo
normalmente, mirando directamente a Miss Spacks—. Con la ayuda de mis benévolos
poderes autocinéticos, me he tomado la libertad de sacar la casete de Suzanne Vega
que estaba sonando y ponerla en el asiento, a tu lado. La he cambiado por una cinta
mía, precisamente la cinta que estás escuchando ahora. Preferiría mantenerme en el
anonimato, pero te diré que también yo voy conduciendo en dirección oeste por la
carretera de peaje de Mass, y que tú me adelantaste hace un poco, y que, aunque
puede que no hayas sido consciente de ello, durante esos pocos segundos en que
conducíamos uno al lado del otro, se apoderó de mí uno de los enamoramientos más
intensos de coche a coche que he experimentado jamás. Decidí que esta vez activaría
mis sentimientos regalándote esta cinta grabada de modo artesanal para que te
diviertas. Por favor, eres libre de oírla o no, como prefieras. Tienes completa libertad
para apretar el botón de «eject» en cualquier momento que quieras si algo suyo te
molesta. En su contenido hay escenas sexuales y de desnudez; de hecho, contiene
gran cantidad de situaciones sexuales y de desnudez. Pero solo son palabras. Solo
pretendo que te diviertan mientras conduces. Si mi cinta te ofende, por favor, eres
libre de arrojarla por la ventanilla y aceptar mis disculpas. Por favor, siéntete libre;
siéntete libre, por favor.
Después de esta perorata inicial, leí en voz alta el relato que había escrito
mientras estaba arrodillado junto a la mujer del traje de baño gris verdoso en el Cape.
Sentado tan cerca de Miss Spacks en su coche, en un silencio más denso que el de
cualquier estudio de grabación, empecé a sentirme tenso y cohibido según llegaba a
las partes más gráficas del texto, y mi voz de narrador empezó a perder autoridad; por
fin tuve que trasladarme, junto con el magnetófono, del coche de Miss Spacks al mío,
donde, con la confianza que proporciona la lejanía, terminé de leer el resto de una
tirada, más o menos, sin demasiados errores. Estaba bien hacer una cinta por una vez,
en lugar de tener que transcribir la de otro. Con todo, cuando terminé, no estaba
completamente satisfecho. La cinta Memorex de ciento diez minutos no estaba llena.
Y me sentía poco generoso al regalar a esta persona completamente nueva mis
antiguas guarrerías. Me sentía infiel con respecto a ella, igual que me había sentido

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infiel con respecto a la mujer de Cape Cod cuando corrí por la playa durante el
Pliegue y examiné a aquella chica. El antiguo relato había formado parte de una
antigua seducción, y Adele Junette Spacks, que estaba pasando involuntariamente
tanto tiempo «conmigo», merecía algo más reciente, algo impetuoso, algo más
representativo de lo que yo era capaz de realizar en aquel preciso momento en la
carretera en compañía de ella. Almorcé apoyado en el maletero de mi coche,
pensando en cosas de esas, en cosas de esas, en cosas de esas. Luego saqué la Casio,
que llevaba en el maletero, y en solo doce horas justas escribí un segundo conjunto de
aventuras de Marian la bibliotecaria. Desarrollé unas pocas de las cosas de las que
había sido testigo en el cuarto de baño de Cape Cod. Y así fue como surgió la
Segunda Parte.

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14

HACIA mediados de septiembre, el interés sexual de Marian disminuyó de modo


inexplicable. Guardó todos sus dildos y sus accesorios en el cajón que una vez
contuvo los jerséis de David. Los dos últimos juguetes que había pedido —un
pequeño vibrador, de aspecto burlonamente canino pero moldeado a partir de un
trozo impecablemente comme il faut de hibisco, y un Armande Klockhammer
firmado modelo gigante— ni siquiera se molestó en probarlos antes de guardarlos.
Sentía cierto desagrado esnob hacia la gente que dedicaba demasiado de su tiempo
libre a los juegos sexuales en solitario. Su jardín, por ejemplo, le proporcionaba
mucha más satisfacción que un puñado de orgasmos sin pasado y sin futuro. Leyó
ávidamente los catálogos de bulbos. Después de estudiarlos con mucha atención,
pidió varios centenares de bulbos de tulipán a Mack’s. Cuando llegaron por medio de
la empresa de mensajería, ella desvió amablemente las lascivas miradas de reojo
ansiosamente escrotales de su amigo John, que conducía su furgoneta marrón.
Consideraba más excitante y exótico ser algo más que un objeto sexual, tener
intereses. Cuando miró las cajas de los bulbos, sin embargo, se dio cuenta de que
necesitaría ayuda para plantarlos, de modo que contrató a su vecino Kevin.
Desde que había empezado a cortar el césped por sí misma, había dejado de estar
en contacto con el joven Kevin. Parecía que este había crecido tres o cuatro
centímetros. Se había dedicado al salto de altura, y tenía una novia que se llamaba
Sylvie, de la que decía que era «una persona especial de verdad». Durante todo un fin
de semana y tres tardes frías, él y Marian trabajaron juntos preparando la tierra con
sacos de turba y luego plantaron los bulbos. Marian notaba el abono frío a través de
los guantes. Después de preguntarle tímidamente si no le importaba, Kevin trajo su
radio. Al principio, a Marian le molestó un poco el sonido, que disturbaba su bucólico
estado alfa; pero, con el tiempo, varias de las canciones empezaron a distinguirse de
las demás. En una, una mujer cantaba algo sobre estar sola en el umbral de la puerta.
Cantaba: «Se escupe en la palma de la mano con una flor, con una llama». Marian
seguía el ritmo de la canción, primero con su plantador, y luego con la barbilla.
Cuando la oyó por segunda vez, le preguntó a Kevin (sintiendo ella misma un poco
de timidez):
—¿Quién canta esta canción?
Kevin levantó la vista.
—Suzanne Vega.
—Ah —dijo—. Me gusta.
—Sí, es bastante buena —dijo Kevin.
Era imposible saber lo que pensaba el chico. Metió otro bulbo oscuro en un
agujero y amontonó suavemente la tierra a su alrededor. Marian lo miró varias veces.

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Llevaba una camiseta gris de atletismo encima de una sudadera gris. Cuando empujó
la tierra encima de uno de los bulbos, Marian imaginó el músculo de su brazo, tal y
como lo había visto cuando había estado con la camisa quitada aquel día, hacía
mucho, a comienzos del verano, antes de que ella aprendiera a segar. Y después,
cuando se volvió a oír la canción, Kevin levantó la vista hacia ella y sonrió y luego
volvió a plantar; y Marian observó que tenía las orejas completamente rojas.
Regó los bulbos y se olvidó de ellos. La tierra empezó a tener aspecto de fría; tres
alargados arriates de bulbos muy fríos. Cuando llegó el invierno, Marian se encontró
en plena batalla con un empresario que quería construir otro centro comercial a las
afueras de la ciudad. Iba a ser enorme y, a su manera, maravilloso; pero ya había un
centro comercial con una cadena de tiendas que vendían productos rebajados, y
afectaría el centro urbano de la ciudad, como pasaba siempre. Salió varias veces con
un hombre al que conoció en las reuniones con motivo del centro comercial, y aunque
disfrutaba hablando con él (era uno de esos hombres que muestran un interés
apasionado hacia un escritor concreto que al principio parece sincero y luego termina
pareciendo arbitrario; en este caso era Rilke: parecía apreciar cosas de Rilke que
podría haber apreciado en otros muchos poetas, mientras olvidaba lo que Rilke tenía
de único), sin embargo Marian nunca quiso ir más allá de besarle cordialmente en el
camino de entrada a su casa.
Cuando por fin llegó la primavera, salía todos los días a sus arriates de bulbos en
busca actividad. Era una primavera desacostumbradamente cálida y seca, y
consideraba que debía regar los bulbos para que estos tuvieran un buen comienzo,
pero se desesperaba con la manguera. Se soltaba del grifo agotadoramente. El
pulverizador estaba oxidado. Lo que haría felices de verdad a sus bulbos, se le
ocurrió de repente, sería que buscara a un fontanero que adaptase la alcachofa de su
ducha de modo que se ajustara el final de la manguera. Necesitaba un chorro suave,
muy delicado, pero insistente, en sus tulipanes; no había ningún pulverizador de
jardín que le ofreciera eso. También pensó que el agua de la manguera estaba
demasiado fría; consideraba que a los bulbos les sentaría mejor un agua más caliente.
Comprendió que no estaba pensando de modo racional, pero, con todo, su idea era:
enchufar la manguera a la tubería de la ducha, sacar la manguera por la ventana del
cuarto de baño y ajustar la alcachofa de la ducha en el extremo. Otras ideas de interés
siguieron a esta; llamó a un fontanero.
El fontanero era un hombre delgado y ridículo, con el acostumbrado olor a sudor
de los fontaneros, que abrió mucho los ojos cuando le expuso su plan. Le dijo que lo
podría haber hecho ella sola, pero, ya que estaba allí, se mostró de acuerdo en hacerlo
en lugar de ella. Puso en los extremos de la manguera y en la alcachofa de la ducha
abrazaderas Gardena de modo que se pudiera cambiar con rapidez según se fuera a
utilizar la ducha en el interior o para regar el jardín. La cañería de la ducha parecía
muy exótica cuando lo terminó, con adaptadores y abrazaderas, pero el sistema,
cuando lo probaron, funcionó perfectamente bien. Y el fontanero, cuando terminó,

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estaba alegre, encantado de haber hecho algo que anteriormente nunca había hecho, y
de poder hablarle a su socio del trabajo de chiflado que aquella señora había querido
que le hiciese. Incluso enseñó a Marian cómo usar la cinta aislante Teflon y se mostró
locuaz con respecto a sus méritos frente a las selladuras más antiguas. Llevó su
pesada caja de herramientas roja a su camioneta y se alejó.
Durante los días siguientes Marian tomaba su ducha a primera hora de la mañana
y luego abría la ventana, adaptaba la manguera con la alcachofa de la ducha ajustada
en el extremo, y abría los grifos para regar sus tulipanes. Solo usaba la salida del agua
que la convertía en una neblina, tratando a sus plantas como quería que la tratasen a
ella. Los tulipanes respondieron con entusiasmo; al cabo de una semana, sus arriates
reventaban de color. Notaban la diferencia entre el agua de una ducha, destinada al
consumo humano, y el agua de un cruel grifo del exterior que tenía escapes. Marian
se sentaba en una silla de aluminio con el sol dándole en las piernas, leyendo Las
herramientas de jardinería. De vez en cuando miraba a sus tulipanes. Se sentía feliz.
Había planeado que pasara aquello y había pasado: había esperado la gratificación y
ahora recibía el pago. Kevin vería lo que habían hecho juntos, pensaba, pero cuando
lo llamó, la amargada madre de Kevin le dijo que el chico se estaba entrenando. Da lo
mismo, da lo mismo, pensó Marian. Empezó a pensar en el cajón con los dildos. Pero
no necesitaba nada de eso; estaba por encima de esas cosas.
En ese momento, la gatita gris con las patas blancas de Kevin apareció en su
césped, haciendo ruidos poco agradables y comportándose de modo extraño. Hasta
hacía poco era casi una recién nacida. Ahora estaba claramente en celo,
probablemente por primera vez; ¡qué gran irresponsabilidad la de Kevin o la madre
de Kevin por no haberla encerrado! Avanzaba con las patas delanteras muy cerca del
suelo, lanzando desesperados mezzo-maullidos, con el rabo moviéndose, sus
estrechas caderas de felino pavoneándose y retorciéndose en el aire, las patas de atrás
avanzando con rápidos pasos de puntillas. Marian veía su abertura de pelo gris;
brillaba húmeda por dentro. Se acercó y apretó levemente su dedo en la pequeña raja
de la gata: agradecida, la gata devolvió la presión y se puso de puntillas. Se trataba de
una gata a punto de tener una nueva idea. Secándose el dedo en la hierba, Marian se
dio cuenta de que se había puesto cachonda al contemplar las ondulantes caderas de
aquella criatura. Había tal pureza y seriedad en el simple deseo de la gata de que la
follaran inmediatamente, que Marian lo encontró refrescante. La gata no quería amor,
quería la polla de un gato.
Marian nunca se había dedicado a la zoofilia, sin embargo; por lo menos, no
pensaba que se hubiera dedicado. Cierto, ella y su mejor amiga del colegio habían
hecho que el labrador negro de su amiga soltase chorritos de semen apretándole
suavemente su bulbo mientras el perro estaba tumbado panza arriba con las piernas
abiertas y los ojos semicerrados, pero una golondrina no hace verano. Marian, para lo
bueno y para lo malo, era fan de las pollas humanas. (La polla de los perros también
la atraía algo, en parte porque cuando surgía tenía una cualidad clitoridiana, casi

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hermafrodita: algo bisexual que la disparaba cuando la veía). Volvió a pasar revista
mental a sus dildos; ¿cómo podía haberlos descuidado (si se exceptúan una o dos
noches) durante todo el invierno? La idea de tomar un baño, y luego ponerse con las
piernas abiertas encima del frío borde la bañera de modo que todo su peso descansara
en la parte blanda entre su vagina y su culo, empezó a parecerle atractiva. Podía
recurrir a uno de los dildos de tamaño medio y meterlo en el agua de la bañera y
sacudirlo, de modo que resultara obsceno, y sujetarlo en el borde de la bañera y
echarle Astroglide por encima. Podría ponerse encima, sujetándose con las manos al
borde de la bañera, mirando más allá de sus pechos pendulones el resbaladizo dildo
mientras desaparecía entre el vello de su sexo y encontraba el camino hacia su
interior. Entró en casa a hacer esto, pero, para cuando tuvo preparado el baño y se
metió en él, estaba demasiado excitada para hacer cosas tan aburridas en el cuarto de
baño. Salió de la bañera, se secó y se puso un vestido. Tenía un plan nuevo. Quería
tener un orgasmo con todas las de la ley al aire libre, en honor de los tulipanes de su
jardín.
Salió descalza, buscando un lugar adecuado. La gata había desaparecido. Tras
andar un poco y echar unas ojeadas, eligió un sitio entre dos de los arriates de
tulipanes, cerca de donde había visto ponerse rojas las orejas de Kevin cuando
hablaban sobre la canción «La soledad está en el umbral de la puerta». El problema
era: ¿qué podía usar como base estable para fijar sus dildos? La hierba podía resultar
picajosamente irritante. Entró de nuevo, probó con una bandeja rectangular de laca
negra de la cocina, pero tenía un borde levantado y, cuando la puso encima de una
silla e hizo una prueba sentándose en ella, le hizo daño en el culo. Pensó en recurrir a
una bandeja de servir la cena de Acción de Gracias, pero no le gustaba la idea de que
se rompiese; consideró la posibilidad de utilizar un pequeño plato de plástico que
quedó de una cena congelada, pero no era lo bastante resistente. Por fin entró en el
comedor y quitó el servicio de té de la bandeja de cobre heredada de su madre. El
propio servicio de té era de mala calidad, pero la bandeja era una hermosura vienesa,
repujada con ramos de flores, peces, piñas y míticas criaturas como panteras en
relieve. En el centro había un sol muy estilizado —parecía un huevo frito— que
demostró ser la superficie perfecta para fijar la ventosa de la base del dildo.
El famoso bailarín del Golden Banana, Armande Klockhammer, Jr., solo una vez
en su distinguida carrera había permitido que hicieran un molde de cera de la trilogía
de carne que le había abierto tantas puertas. A lo largo de la parte de abajo de la polla
de silicona de alta calidad, ligeramente curvada hacia arriba y alarmantemente de
tamaño natural, corría la propia firma de Armande, sacada directamente del contrato
para la franquicia, de tal modo que las emes en bajorrelieve de su apellido aparecían
justo encima de lo que hubiera sido, de haber sido aquello su polla de verdad, su parte
más sensible. Marian dispuso su virginal modelo Armande Klockhammer firmado,
junto con muchos de sus colegas veteranos, sobre una servilleta de lino desplegada
encima de su bandeja de cobre y los sacó al jardín. Puso la bandeja encima de la

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espesa hierba del lugar elegido, dejando sitio a cada lado de ella para plantar los pies.
En el cielo había una ligera neblina, de modo que el sol no resultaba molesto. Cuando
puso la servilleta a un lado, la luz destelló sobre los antiguos dibujos de la bandeja, y,
una vez untado copiosamente con Astroglide el glande del dildo elegido, este parecía
opulentamente obsceno apuntando desde el objeto heredado.
Luego, haciéndose la dura ahora que sabía que tenía a Armande donde lo quería,
fue a dar un alegre paseo. Llevaba puesto un vestido sin mangas con grandes flores
abiertas y nada debajo. Fue hasta su buzón y comprobó que habían repartido el
correo, pero lo dejó allí. Saludó con la cabeza a uno que pasaba en bicicleta; el
hombre llevaba una especie de calzones de ciclista negros pegados a la piel que a ella
normalmente no le gustaban, aunque ahora no le importó ver lo que permitían
adivinar. Se quedó parada al final del camino de entrada a su casa durante unos
minutos con los brazos cruzados, respirando profundamente el aire de la primavera y
sintiéndose en paz y contenta, o haciendo como que era la mujer que ha salido al
jardín y respira profundamente y se siente contenta, aunque parte de sí misma estaba
pensando en el dildo que le esperaba en el jardín de atrás. En el camino de vuelta, se
inclinó y tocó una hoja de una de las peonías de dentro del neumático de tractor del
jardín delantero, muy informalmente, dando a la carretera otra oportunidad de
apreciar sus formas debajo del vestido, y murmuró para sí misma:
—Hmmm, creo que va siendo hora de regar un poco.
Entró y puso el agua de la ducha a la temperatura adecuada para ella, y luego tiró
de la manguera, metiéndola por la ventana del cuarto de baño, y la enchufó a la
cañería de la ducha. Una vez fuera, abrió la llave de paso (el fontanero la había
instalado de modo que pudiera abrir y cerrar el paso de agua al final de la manguera)
y se dirigió al jardín, enviando un chorro de juguetona neblina de su fuente de agua
móvil sobre la hierba y sobre las hojas del filadelfo. Tarareaba Private Dancer. Oyó
una camioneta que pasaba por la carretera.
Cuando llegó a la parte de atrás de la casa, sorprendió a un venado que había
entrado, atraído por los brotes de tulipán de aspecto tan sabroso. Parecía que chupaba
la cabeza rosa del Armande Klockhammer con su lengua igualmente rosa.
—Ya, ya, ¡ya está bien! —gritó Marian, y el venado se alejó rápidamente. Lanzó
una ojeada alrededor para comprobar que estaba realmente a solas, puso un pie en la
silla de jardín, se subió el vestido, sujetándoselo con una mano justo por debajo de los
pechos, y dirigió el chorro de agua hacia el clítoris. El agua estaba perfecta.
—Oh, qué agradable —dijo, viendo que el chorro desaparecía en la hierba. La
idea de que podría tomar su ducha diaria al aire libre le gustaba mucho. Se bajó el
vestido y se puso nuevamente a regar, inundando los arriates de tulipanes. Sentía un
hormigueo en su almeja. Hizo como si notara por primera vez que había algo
desconocido y carnoso que asomaba rosado y fuera de lugar entre el verdor general
de más allá del arriate de tulipanes más cercano—. ¿Qué pasa ahora? —apuntó con la
manguera hacia aquello (asegurándose de que eliminaba la saliva del venado)—.

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¿Qué hace ese órgano sexual en mi jardín? ¿Necesita algo que follar? —se levantó el
vestido—. ¿Es esto lo que quiere Armande? —se apuntó de nuevo con la manguera
entre las piernas, ahora poniendo PULSE. Grandes gotas de agua en forma de pollas
chocaron contra la piel que le rodeaba el clítoris, contra su vagina, y, cuando hizo
girar las caderas, le hizo cosquillas en la parte comparativamente poco sensible del
ojete—. Oh, tío —dijo, encantada—. Mira, si te gustó la lengua de aquel Bambi, te va
a encantar mi rajita caliente —el dildo continuó insensible. Marian se acercó más,
haciéndole frente—. Vaya. De modo que no estás seguro. ¿Ni siquiera estás seguro de
que quieras entrar en mi caliente culito? ¿Eres tímido? Bueno, pues lo siento, ahora
no puedes elegir… me vas a tener que dar por el culo —sacó el frasco de Astroglide
del bolsillo de su vestido y se untó con él hasta que le chorreó pierna abajo. Entonces
puso un pie a cada lado de la bandeja de cobre y se fue agachando poco a poco hasta
que notó que el Klockhammer se frotaba contra su culo. Dirigió el chorro de la ducha
otra vez a su clítoris. No le importaba si el vestido se mojaba o no. Los muslos le
empezaron a temblar debido al esfuerzo que hacían al aguantarla encima de la presión
dildísmica sin deslizarse dentro de ella. Al fin no se pudo contener, abrió el ojete a
aquella cabeza tan grande y se sentó metiéndosela hasta que sus nalgas tocaron los
fríos adornos metálicos de la bandeja. Se balanceó ante la sensación de una robusta
polla que le subía dándole gusto por el culo, ajustándose a ella. El vestido empapado
le caía encima de los muslos. ¡Se estaba follando el autógrafo de Armande
Klockhammer! Dios santo, era estupendo.
—Hola —dijo una voz. Marian alzó la vista y vio a Kevin y a una chica cogidos
de la mano, parados un poco más allá. Supuso que la chica sería Sylvie, la nueva
novia de Kevin. Kevin tenía aspecto de recién duchado, muy limpio y orgulloso de sí
mismo, aunque momentáneamente perplejo. Marian vio que sus ojos caían sobre sus
piernas mojadas al aire. Los dos llevaban polos de rayas rojas y blancas a juego.
Marian hizo un rápido intento de bajarse el vestido y tapar algunos de los juguetes
sexuales que tenía al lado. Se puso a regar los tulipanes dando toquecitos con la
manguera, como si estuviera dirigiendo una marcha durante un desfile.
—Hola —dijo—. Perdonadme, solo estaba regando un poco. Acercaos. Dejadme
que cierre esto. Me lo arregló un fontanero. ¿Eres Sylvie?
—Sí, hola —dijo Sylvie.
Sylvie se agachó y estrechó la mano de Marian. Era una chica menuda,
desenvuelta, de pechos pequeños, con larga melena castaño claro y una agradable
cara maliciosa de nariz afilada. A Marian le gustó de inmediato.
Kevin dijo:
—Mi madre dijo que me habías llamado, así que se nos ocurrió pasar por aquí a
decirte hola.
—Solo quería que vieses los tulipanes —dijo Marian—. Quedaron muy bien,
creo. Gracias por ayudarme.
Kevin asintió con la cabeza.

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—Me gustan los rizados —se volvió hacia Sylvie—. El otoño pasado la ayudé a
plantar todos estos.
—Son bonitos de verdad —se mostró de acuerdo Sylvie.
Hubo un silencio embarazoso. Desde una parte alejada del jardín llegó un extraño
sonido. La gata gris de Kevin apareció detrás de uno de los filadelfos. Un enorme
gato dorado callejero estaba encima de ella. La gata de Kevin avanzó unos cuantos
centímetros y luego se detuvo, y el gato dorado, sujetando a la gata de Kevin y
mordiéndole con fuerza en el cuello, daba pequeñas sacudidas con los cuartos
traseros, manteniendo el rabo bajado. Los dos animales, que no parecían gustarse
mucho uno al otro, miraban al vacío mientras follaban.
—Oh, maldita sea —dijo Kevin.
—La verdad es que deberías haberla llevado al veterinario, Kevin —dijo Marian,
aunque lo dijo amablemente.
—Pensaba hacerlo.
—Me quedaré con un gatito si los tiene —dijo alegremente Sylvie, pensando—.
Puede que incluso con dos.
Marian le sonrió.
—Entonces, resuelto. ¡Muy bien! —era hora de que se fuesen—. Me alegra
mucho que os hayáis dejado caer por aquí. Encantada de conocerte, Sylvie.
—Encantada de conocerte. Pero ¿puedo preguntarte algo? —dijo Sylvie—. ¿Qué
son esas cosas? —señaló los juguetes sexuales que descansaban sobre la servilleta
blanca de lino. El vestido de Marian no los tapaba de modo efectivo.
—No creo que debamos ocuparnos de eso —dijo Marian.
—Muy bien, perdona —dijo Sylvie—. De todos modos, creo que sé lo que son…
quiero decir que es evidente, pero solo quería saber qué estás haciendo aquí fuera con
ellos. ¿Piensas enterrarlos o plantarlos o algo así?
Las orejas de Kevin cambiaron de color. Estaba reajustando la idea que tenía de
Marian. Sylvie se limitaba a mirar amistosa, maliciosa y curiosa.
Marian dijo:
—No. No los estoy enterrando. Solo pensaba que sería excitante probar unos
cuantos al aire libre, y no estaba segura de cuáles quería. Este sitio parece agradable,
la parte de atrás de mi jardín, con los tulipanes nuevos.
—¿Puedo mirar uno? —dijo Sylvie.
Marian le pasó el dildo más decoroso; una figurilla de tamaño medio con gruesas
venas que el catálogo llamaba Princesa de hielo. Sylvie lo agarró con cuidado,
utilizando las yemas de los dedos, al parecer, no por repugnancia, sino por delicadeza
con lo que le proporcionaba placer a otra persona.
—Sylvie —dijo Kevin en un murmullo—. Creo que probablemente quiera que
nos vayamos.
—No me importa que eche una ojeada si quiere —dijo Marian, muy desenvuelta.
El Klockhammer hundido en su culo estaba empezando a reafirmarse; silenciaba

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cualquier objeción que pudiera haber tenido ella de enseñarles sus juguetes para follar
a dos adolescentes que llevaban unos polos de rayas a juego.
—¿Puedo ver ese tan largo, el de los dos extremos? —dijo Sylvie.
—Ah, sí… es mi Fusilero Real Gales. Toma.
—¡Tremendo! —Sylvie sujetaba los dos extremos de la polla, tirando de ellos de
modo que los prepucios se arrugaban y estiraban a la vez. Le mostró un extremo a
Kevin, que lo examinó fascinado a pesar de sí mismo.
—No sé exactamente por qué necesitas algo así de largo con dos extremos —dijo
él.
Marian dudó.
—Por diversas razones.
—Una de las cuales es —le dijo Sylvie a Kevin— que, si vuelves a engañarme
con Karen otra vez, te meteré un extremo en el culo y haré que te pongas a dar saltos
con él dentro.
—Lo de Karen ha terminado —dijo Kevin. Educadamente le dio las gracias a
Marian, devolviéndoselo con el extremo hacia ella—. ¿Dónde se compran todas estas
cosas? —preguntó, con aire de querer saberlo de verdad.
—Oh, en un sitio de San Francisco —dijo Marian. Estaba usando toda la poca
fuerza de voluntad que le quedaba para evitar anunciarles a los dos que ella tenía un
enorme dildungsroman metido en el culo.
—A lo mejor algún día nos das la dirección —dijo Kevin, todavía muy serio, muy
adulto—. Podríamos pedir alguna cosa. ¿Verdad, Syl?
—Nunca se sabe —dijo Sylvie.
Marian los miró a los dos y rio feliz.
—Dios santo, qué agradable es ver a unos jóvenes enamorados —dijo—.
Entonces ¿sois amantes?
Los dos asintieron con la cabeza.
—Hicimos el amor treinta y dos veces en dos meses —dijo Sylvie,
orgullosamente—. De hecho —continuó, pasando el brazo por la cintura de Kevin—,
íbamos a dar un pequeño «paseo en coche» porque a la madre de Kevin no le gusta
que volvamos a subir a la habitación de él… lo que no consigo entender.
—Ah, un pequeño «paseo en coche» —dijo Marian. Miró a Kevin con divertida
sorpresa, la jefa estaba sorprendida de la precocidad del empleado.
—Sí —se mostró de acuerdo Kevin, haciendo un gesto vago en dirección a la
carretera—. Probablemente vayamos hasta la piscifactoría.
—Muy bien, fantástico —dijo Marian—. Que lo paséis espléndidamente, los dos.
Me gustaría poder… quiero decir, me gustaría que os fuera bien —se levantó un poco
de la bandeja de cobre y agarró el grueso e impertérrito dildoestadista que
promulgaba edictos oficiales de placer entre sus piernas que subían hasta los cálidos y
nunca olvidados Fijis de sus pezones. Era tan jodidamente difícil… tan difícil no decir
las cosas que quería decir con aquello allí metido: le apetecía arrancarse el vestido

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mojado y decir: «¡Venga, follad uno con el otro! ¡Echadle una ojeada a esta polla
monstruosa que tengo metida en el culo! ¡Quiero que me miréis el culo atascado con
esta polla grande y gorda y luego os marchéis y folléis y os chupéis uno al otro y os
golpeéis uno contra otro!». Le hormigueaba la piel debido al casi irresistible deseo de
ser obscena. Pero lo único que dijo fue—: Debo decir que os envidio un poco. Lo
siento, pero no me puedo levantar y ver cómo…
Sylvie quedó totalmente preocupada. Tocó levemente el brazo de Marian.
—¿Te encuentras bien? ¿Puedo ayudarte a que te levantes? Como sabes, tienes el
vestido un poco mojado.
—Lo sé, lo sé —dijo Marian—. Me he estado regando por todas partes.
—¿Por todas partes? —dijo Sylvie—. ¿No hace un poco de frío?
—El agua está caliente. Es de la ducha. Toca —Marian abrió la llave de paso y
dirigió el chorro de la alcachofa de la ducha una vez hacia la mano extendida de
Sylvie.
—Resulta agradable de verdad —dijo Sylvie, pensativamente.
—A los tulipanes les encanta —dijo Marian—. De hecho, ¿me haríais el favor de
coger unos cuantos antes de iros? Es un regalo que os hago. Coged los que os gusten
más. La variedad Etruscan Prune es mi favorita en este momento, pero elegid los que
os gusten.
A Sylvie y Kevin les gustó mucho la idea y se pusieron a reunir unos ramilletes.
Ahora que ya no tenían los ojos clavados en Marian, esta era libre de volver a
moverse encima de la bandeja y de hacer sonidos placenteros en un tono susurrante.
Vio cómo se movían alrededor de los arriates. Se los imaginó jadeantes, haciendo el
amor, con los ojos desorbitados, en un sitio en sombra cerca de la piscifactoría. Eran
guapos —en plena forma, sanos, increíblemente jóvenes—, con tan poca experiencia
que creían que su cortejo de dos cifras, o su coitejo, los había convertido en
folladores maduros. Ella sabía muchas más cosas que ellos. Levantó un poco el borde
empapado de su vestido, se apuntó con la alcachofa de la ducha entre las piernas y
dejó que alcanzara la hendidura de su vulva.
—Todavía no son bastantes, Kevin… coge más —gritó alegremente, deseando
arriesgarse a que se notaran las irreprimibles oleadas y los tonos vulvares de su voz.
Cuando volvieron a pararse delante de ella, con los ramilletes de tulipanes en la
mano para que los admirase, decidió que los dos eran igualmente encantadores y les
dijo que se los diesen uno al otro. Los chicos lo hicieron con gran ceremonia.
—¡Gracias! —le dijo Kevin a Sylvie.
—¡Gracias! —le dijo Sylvie a Kevin.
Se besaron. Parecía que las bocas hacían juego. Marian, que normalmente se
sentía violenta y asqueada cuando presenciaba intensas muestras de cariño en
público, contempló aquel beso concreto de muy buena gana. Después de todo, el
público era ella. Hubo algo de lengua, pero tenía el atractivo de la juventud y parecía
que resultaba más agradable de lo que dejaba ver. Se abrazaban uno al otro con

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fuerza; se pusieron de puntillas y Sylvie apretó el bulto de sus pantalones vaqueros
contra él para equilibrarse.
Cuando lo dejaron, Marian dijo:
—¡Qué beso tan estupendo! Evidentemente, los dos sabéis besar muy bien. Debe
de ser hermoso cuando… hacéis el amor. Vuestros cuerpos, además, se adaptan
perfectamente. Me gustaría poder… —sacudió pesarosamente la cabeza, con la mano
en el corazón, y les dejó que se rieran ante la imposibilidad de lo que estaba
pensando, de modo que pudieran hacerse a la idea. Luego se palmeó las piernas y dijo
—: Os diré una cosa. Si os apetece que os preste alguno de estos juguetes, por mí
encantada. De verdad. No es que me parezcan imprescindibles… estoy segura de que
podéis hacerlo sin ellos, pero quién sabe, solo como diversión…
Los chicos parecían indecisos.
Marian ejerció una ligera presión adicional.
—Coged uno… o unos cuantos —notó que la espalda le sudaba.
—¿Qué piensas tú, Kevin? —dijo Sylvie.
Kevin se encogió de hombros.
—Claro, bien, sí.
Sylvie y Kevin se arrodillaron, en apariencia sin importarles que sus rodillas
quedaran mojadas de inmediato por la hierba. La cara de Sylvie, aunque apartada,
estaba cerca de la de Marian.
—¿Cuál nos recomendarías? —preguntó por fin la chica.
—Mmmm, vamos a ver… —aquello era demasiado para Marian. Notaba su
propia resistencia a dejarse ir por completo—. Actualmente mi favorito es uno que
estoy usando —dijo—. Se llama el Armande Klockhammer. Como quizá sepáis,
Armande Klockhammer, Jr., es, o era, un hombre que hacía strip-tease en el Golden
Banana. De hecho, es bastante grande. Casi demasiado grande, dependiendo de dónde
penséis meterlo.
—¿Cuál es? —preguntó Sylvie.
Marian se aclaró la voz.
—Me temo que no te lo puedo enseñar en este momento.
—¿Por qué no? —Sylvie la miró con curiosidad inocente.
—Simplemente porque no puedo.
—Pero ¿por qué? —insistió Sylvie—. ¿Dónde está?
—Está en uso —dijo Marian. Alzó la vista hacia los dos jóvenes y luego la bajó
hacia su vestido mojado.
Kevin parecía sorprendido. Por fin ató cabos.
—¿Te refieres a que todo el tiempo que hemos estado aquí ha estado…?
Marian respiró a fondo.
—En mi culo, sí.
—¿En tu…? ¿No está en tu…? ¿Está en tu…? —Sylvie señaló sus propias partes
para aclarar sus exclamaciones, con aspecto de auténticamente sorprendida.

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—Es una sensación superior, te lo aseguro —dijo Marian—. Pero eso no es lo
más loco. Lo más loco es que me apetece mucho enseñároslo. Mientras está ahí
dentro, me refiero. Estoy haciendo todo lo posible para no levantar la falda de este
vestido ahora mismo y darme la vuelta y enseñaros el gusto que da tenerlo clavado en
el culo. ¡Oh, Dios! Solo de pensar en eso me corro. ¿Os produce repulsión?
Seguían mirando un poco sorprendidos, pero no con repulsión.
Marian continuó:
—Me temo que me habéis atrapado en un momento especial. Kevin, tú puedes
atestiguar que normalmente yo no hablo de este modo.
—No, para nada habla así —se mostró de acuerdo Kevin.
—Es el modo de hablar con un dildo dentro, sinceramente —siguió Marian—. Es
el modo en que hablo cuando estoy sentada en una enorme y gorda polla artificial.
¿Qué otra cosa podría decir? Tengo el culo tan jodidamente tirante en este
momento… me gustaría que lo pudieseis ver, de verdad que me gustaría. Me gustaría
poder enseñároslo, y me gustaría que cuando lo vierais metido en mi culo os quitaseis
toda la ropa e hicieseis el amor aquí mismo. ¿Es algo impensable? Yo no creo que sea
impensable. Kevin, fue tan estupendo el verano pasado. ¿Te das cuenta de eso? Pensé
en tu polla muchas veces, pensé en chupártela y meneártela… hasta pensé en ponerte
un ramito de perejil en el agujerito de la polla, y, sin embargo, ¡no hice nada ni una
sola vez! Y ahora has encontrado a Sylvie, esta persona maravillosamente abierta,
que probablemente te chupe la polla estupendamente, y hace que me sienta bien
porque la hayas encontrado… hace que quiera verle chuparte la polla. Dios santo, me
gustaría poder enseñaros lo que tengo metido en el culo en este preciso momento. Lo
noto tan jodidamente caliente —hizo una pausa—. ¿Veis?, es una muestra de lo que
se dice con un dildo dentro.
Sylvie fue la primera en hablar.
—Nos lo puedes enseñar —dijo—. No nos importa.
—¿De verdad? —dijo Marian—. Bien, pues quitaos toda la ropa, entonces, los
dos. No voy a enseñaros nada hasta que os hayáis quitado la ropa. Quitáosla.
Obedientes, Sylvie y Kevin se quitaron los pantalones y la ropa interior y se
sacaron por la cabeza los polos de rayas a juego. Cuando terminaron los balanceos y
los tirones y los saltos y quedaron desnudos delante de ella, Marian no pudo evitar un
silbido de asombro. Sus cuerpos eran muy naturales y perfectos. Los pechos oblicuos
y planos de Sylvie, con agudas y confiadas puntas para chupar, eran especialmente
buenos para el alma. El pene blanco de Kevin se balanceaba entre sus apretadas
pelotas marrones; tenía un toque de vello en torno a los pezones. Marian tuvo que
conectar la ducha y apuntarse con ella a su vestido con objeto de recuperar su
concentración de seductora.
—Ahora enséñanoslo —dijo Sylvie, desafiante, consciente de que la revelación
de su belleza le daba fuerza. Se pasó los dedos por el estómago y acarició como por
casualidad la polla de Kevin con el dorso de la mano—. Enséñanos lo que tienes…

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—Ah, sois una pareja tan bella —dijo Marian—. Estáis hechos para follar el uno
con el otro. Os lo enseñaré cuando sea el momento adecuado. En este momento,
necesito que me enseñéis lo guapos que quedáis juntos. Enséñame cómo le chupas la
polla, Sylvie, cariño. Quiero ver tus hermosos labios en esa polla caliente. Bésala por
mí.
Sylvie, impulsada por lo convincente de la voz de Marian, se arrodilló y besó la
base de la polla de Kevin, subiendo hasta llegar al glande, y entonces abrió los labios
y dejó que le llenara la boca. Mientras la miraba y gemía, la boca de Kevin reflejaba
la de Sylvie. Estaba de pie con las manos dobladas ligeramente por las muñecas tras
la espalda, las caderas echadas hacia delante, bajando la vista hacia su novia. Cuando
se afianzó, Sylvie se vio obligada a abrir más la mandíbula y su lengua apretó, y a
Marian le encantó verla adquirir la papada de una mamona, lo que, como en realidad
la chica no tenía nada parecido a una papada, solo hacía que su cara pareciese más
joven y más cautivadoramente inocente.
—Es tan agradable, tan hermosa, esa bonita mamada —dijo Marian, dejando que
la alcachofa de la ducha hablara por ella. Zonas de hierba cercanas a sus piernas
estaban adquiriendo un brillo pantanoso.
Sylvie se dio la vuelta y la miró. Tenía unos ojos soñadores, con una excitación
confusa.
—Por favor, enséñanos a Kev y a mí lo que tienes en el culete —volvió a decir.
Añadió peso retórico a su petición dando tres chupadas a la polla de Kevin.
Marian se levantó el vestido de modo que le quedara más arriba de los muslos,
pero no tan arriba como para revelarlo todo. Apoyó el peso en las manos durante
unos momentos y luego giró las caderas.
—Está todo untado de lubricante. Lo noto tan estupendo ahí dentro. Quiero
tenerlo dentro siempre. Quiero enseñaros cómo me da por el culo, pero necesito cierta
inspiración. Antes necesito verte el bonito ojete del culo, Sylvie. Es lo justo. Ponte de
cuclillas encima de mis pies… quiero verte esa bonita espalda y cómo abres el culo y
el caliente ojete del culo mientras le chupas la polla a tu novio.
—Pero… —dijo Sylvie.
—Sabes que quieres enseñarme todo lo de tu cuerpo. No te dará vergüenza o algo
así, ¿verdad? Estás orgullosa de tu cuerpo. Sabes que quieres que te mire el culo
mientras chupas esa apetitosa polla. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí —dijo Sylvie—. Quiero que me mires mientras se la mamo a Kevin —
plantó sus pies a cada lado de los tobillos de Marian y se puso de cuclillas, dándole la
espalda a la mujer mayor. Marian hizo girar la alcachofa de la ducha hasta el PULSE
y dirigió el chorro en círculos sobre el culo de Sylvie.
—Separa las nalgas… no te puedo ver bien, y necesito verte —dijo Marian.
Sylvie se agarró el culo con las manos y tiró de las nalgas, y Marian vio el puntito
oscuro donde se unían. Apuntó la pulsación del agua directamente a él. Sylvie arqueó
la espalda para conseguir que la alcanzase directamente; su respiración empezó a

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volverse más fuerte y más irregular. El pelo se le balanceaba mientras la boca se
vaciaba y se llenaba de polla.
—Eso es lo que me gusta ver —dijo Marian—. Kevin, me gustaría que vieses lo
guapa que está Sylvie cuando te chupa la polla, con su culo tan sexy todo abierto y
limpio —Kevin alzó la vista hacia ella cuando dijo esto, y Marian, mientras
continuaba murmurando palabras de ánimo, hizo un pequeño número dirigido a él,
meneando las tetas debajo del vestido y pellizcándose los pezones por encima de la
tela. Tenía los dedos mojados, de modo que dejó unas manchas oscuras donde los
había tenido. Luego, cuando supo que lo tenía en sus manos, dijo—: Kevin, ¿no te
importa que haga cosquillas en el bonito trasero de Sylvie con las flores que te dio?
Quiero que lo pase muy bien mientras te chupa esa polla tan grande. ¿No te importa?
—Adelante —dijo Kevin con voz poco clara.
Marian se echó hacia delante y pasó los tulipanes por los hombros de Sylvie y
luego por la espalda. Golpeó ligeramente con ellos, yendo y viniendo, la parte interior
de los delicados muslos de la chica y alcanzó el saliente clítoris.
—Oh, le gusta —dijo. Luego hizo girar los tulipanes haciendo círculos en el
agujero del culo de Sylvie—. ¿Te gusta que mis flores te hagan cosquillas en tu
bonito trasero? Apuesto lo que sea a que sí.
Sylvie dijo algo afirmativo y chupó algo más. Luego se detuvo. No soltó la
brillante polla de Kevin, pero dijo:
—¿Podría usar tu cuarto de baño un momento? No me puedo aguantar.
—Claro —dijo Marian—. Pero no te tienes que molestar. ¿Por qué perder
tiempo? Déjate ir. Yo lo limpiaré. Mea encima de mis pies.
—¿Que mee encima de tus pies? —exclamó Sylvia—. ¡Nada de eso! No puedo
hacer algo así.
—Claro que puedes —dijo Marian—. ¿Qué mal hay en ello? Limítate a seguir
chupando esa sabrosa polla y relájate. Cuando tengo una enorme polla de goma
metida en el culo, me gusta verlo todo. Quiero verlo. Quiero notar cómo me salpica
los pies… cómo calienta estos dedos tan solos —jugueteó con el chorro
insistentemente en los pliegues de la vagina de Sylvia—. Chupa y haz fuerza, cariño
—la animó—. Es muy agradable, créeme. Arquea la espalda para que lo pueda ver.
Sylvie volvió a chupar la polla de Kevin.
—Haz fuerza —dijo Marian—. Haz que salga ese pis —pero no pasó nada.
—Lo siento de verdad… pero no puedo —dijo Sylvie—. Me da un poco de
vergüenza hacer eso delante de Kev.
—Ah, ya entiendo. ¿Kevin? No te importa, ¿verdad? Claro que no. ¿Sabes una
cosa? Me encantaría ver un chorrito de pis saliendo de esa polla tan grande. Apuesto
lo que sea a que contribuiría a que Sylvie se relajara —Marian movió uno de sus pies
a donde Kevin lo pudiera ver—. Deja que te coja la polla y te la menee un poco y
luego apunta directamente a mis pies y haz fuerza. Apuesto lo que sea a que lo
puedes hacer.

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—¿De verdad? —dijo Kevin. Se agarró la polla para apartarla de Sylvie.
—¡Claro que sí! —dijo Marian.
—Vale —dijo él. Sylvie agarró la base de su polla, y los músculos del estómago
de Kevin se tensaron mientras apretaba los dientes y soltaba una curva de pis caliente
que alcanzó los pies de Marian.
—¡Eso es! —dijo Marian—. ¿Qué tal te sentó?
—Muy bien —dijo Kevin—. Como si me quemara un poco —se secó la punta de
la polla con la palma de la mano.
—Naturalmente —dijo Marian—. ¿Y qué tal ahora tú, Sylvie? Sabes las ganas
que tienes de hacerlo. Sabes lo que tengo dentro del culo. ¿Cómo te puede dar
vergüenza? —golpeó de nuevo el coño de Sylvie con las flores—. Mea para que yo te
vea.
Sylvie hizo un segundo intento. Hacía fuerza. Al cabo de un momento, su delgada
uretra se abrió y soltó un chorrito claro. El chorro se interrumpió casi de inmediato.
—¡Muy bien! —dijo Marian—. ¡Más!
—Pero es que… —se opuso Sylvie— estoy haciendo tanta fuerza que tengo
miedo de que pase algo más —se irguió—. De verdad, necesito ir al cuarto de baño…
y no bromeo.
—Oh, pero también quiero ver eso —dijo Marian—. Quiero ver todo lo que
haces.
—Es muy desagradable, ¡nada de eso! —dijo Sylvie.
Kevin decidió que era el momento de interceder.
—La verdad es que no creo que Sylvie pueda hacer eso —dijo—. Quiero decir, a
mí no me importaría en absoluto si lo hiciera, pero…
Marian se alzó el vestido con un movimiento rápido.
—Mirad esta polla que tengo metida en el culo —se echó hacia atrás, apoyándose
en las manos, y alzó las rodillas—. ¿Veis ese agujero del culo? ¿Veis lo bonito y
prieto que está? Fijaos en esa piel tirante. Podéis mirar todo lo que queráis. Fijaos
cómo me balanceo sobre ella. ¿Veis cómo entra y sale? Fuf, ¡qué maravilla! Me gusta
ver vuestros ojos clavados ahí —les miró a los dos y agitó sus tetas en dirección a
ellos—. Y ahora, Sylvie, te toca a ti. Yo he hecho una demostración, ahora te toca
hacerla a ti. Enséñame otra vez ese agujerito del culo tan apretado que tienes. Mira,
no tenía ni idea de que lo tuvieras tan grande como yo. Quiero ver a ese culo abrirse
ahora mismo, igual que está abierto el mío. Chupa esa polla y haz fuerza. Una vez
que hagas eso, te sentirás libre de hacer todo lo que te guste, todo lo que quieras, y te
correrás con mucha más intensidad, y eso es lo que yo quiero… quiero que te corras
con más intensidad, porque puedes estar jodidamente segura de que es lo que voy a
hacer yo.
—De verdad que lo tengo que hacer —dijo Sylvie—. Y no bromeo.
—¡Ya lo sé! Ponte de cuclillas igual que estabas antes y chupa esa polla. Yo te
limpiaré con el agua, no te preocupes. Separa las nalgas para que lo pueda ver bien.

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Haz fuerza y abandónate.
Sylvie recuperó su postura de mamar. Se puso a chupar la polla de Kevin, pero
más deprisa que antes. Se abrió con la mano una de las nalgas. El ojete de su culo
parecía exactamente igual: pequeño, sexy. Luego, de pronto, su pis brotó por todas
partes.
—¡Ah, eso es! —dijo Marian, frotándose el clítoris—. Enséñame cómo lo sueltas
todo. Relájate. Eso es. Que salga todo. Relájate —Marian quitó la servilleta de lino
de debajo de sus juguetes y la mantuvo preparada—. Deja que ese encantador trasero
se abra para mí.
Sylvie lanzó un gemido de advertencia. El agujero de su culo adquirió forma de
dónut y se empezó a abrir.
—¡Estupendo! —dijo Marian—. ¡Ahora para! Haz fuerza para dentro.
Sylvie sonó a que hacía fuerza. Las caderas se le balancearon y el ojete del culo
se le cerró lentamente.
Marian ahora se frotaba el coño más deprisa. Dirigía el chorro al culo de Sylvie.
—Eso está muy bien, cariño —la animó—. Sigue chupando esa polla. Sé que
necesitas dejarlo salir. Haz fuerza.
—Esta vez se me va a salir de verdad —dijo Sylvie, un tanto frenéticamente—.
No me puedo aguantar.
—Sé que no te puedes aguantar. Solo quiero verte el culo abierto una vez más. Es
tan sexy verlo abierto. Deja que salga. Ahora haz fuerza. Venga, haz fuerza.
Sylvie volvió a gemir. Su esfínter anal se hinchó y se abrió más, y una cosa
grande, negra y dura, en forma de polla, empezó a abrirse paso. Marian mantenía la
servilleta debajo.
—Oh, sí. Sigue haciendo fuerza, pequeña. Empújalo fuera —notó el peso en la
mano e inmediatamente plegó la servilleta encima y limpió a Sylvie con el chorro—.
¡Y ahora estamos listos! —dijo—. Estamos listos para follar, chicos. Venga, Sylvie,
apóyate en mí con las manos y las rodillas. Abre ese coño para que entre la polla de
Kevin. Quiero ver cómo te entra en el coño esa polla tan dura de Kevin mientras yo te
pellizco los pezones. Venga. ¡Quiero ver un buen polvo!
Pero Sylvie no obedeció de inmediato. Ahora tenía ciertos derechos. Era libre de
hacer lo que quisiera. Audazmente, levantó una de las jugosas tetas de Marian y se
agachó para pasarle la lengua alrededor. Luego, acercando su rubio coño, pasó la
punta del pezón de Marian por su olvidado clítoris.
—¿Podrías mantener esas tetas tiesas y apuntar a mi conejo con ellas? —pidió,
con un celo de conversa—. Creo que voy a mearlas un poco —Sylvie hizo fuerza y
soltó un breve chorro sobre los pechos un tanto sorprendidos de Marian—. Déjame
esa manguera —dijo, y le quitó a Marian la alcachofa de la ducha y roció a su
mentora.
—¿Ves? —dijo Marian, recuperándose rápidamente—. Ahora puedes hacer lo que
quieras.

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—Sí, y ahora estoy preparada para una polla. Necesito que me follen bien
follada, Kev. Haz que lo pase bien.
Puso los codos y las rodillas encima de las piernas de Marian. Marian agarró las
nalgas de la chica y las abrió. Kevin se puso detrás de Sylvie; miró el impío chocho
de su novia como si nunca lo hubiese visto antes y bombeó su polla con una mano
veloz. Era una polla hermosa, sin la menor duda; al mirarla, Marian notó que
necesitaba agarrar aquella estaca púrpura por lo menos una vez.
—¿Sylvie? —preguntó—. No te importa si me aseguro de que tu amante es lo
bastante bueno y está lo bastante tieso para ti, ¿verdad?
—No, ¡pero hazlo deprisa y déjale que me la meta a mí! —dijo Sylvie, besándose
el músculo de su propio bíceps—. O si no, méteme uno de esos enormes dildos en el
coño y que él se corra en el ojete de mi culo. Lo que te apetezca. ¡Pero quiero algo
grande dentro del coño, y ahora mismo!
—Lo dejaré estupendo y gordo para tu coño —dijo Marian. Rodeó la polla de
Kevin con la mano derecha y comprobó su calor y resistente rigidez. Lo notaba,
encontró que pensaba para sí misma, extremadamente realista. Orientó su glande
hacia la raja rosa abierta de Sylvie y meneó el pedúnculo unas cuantas veces—.
¿Notas qué polla tan grande? —dijo—. Mueve las caderas un poco. Ya casi está listo
—alzó la vista hacia Kevin e imitó una mamada con la boca para enseñarle cómo le
chuparía la polla si tenía oportunidad. Kevin estaba muy cachondo y con los ojos
entrecerrados, y, se fijó Marian, miraba fijamente sus pechos.
—Por favor, ¿no podrías meterla ya? —le apremió Sylvie.
—Ahora mismo te la mete —dijo Marian, dándole unos cuantos meneos más a la
polla—. Métele la polla, pequeño —sujetó la polla todo lo que pudo hasta que esta
desapareció en el coño de Sylvie; Sylvie estaba muy tensa pero también muy mojada,
y la polla entera se deslizó dentro sin doblarse.
—Oh, joder, qué cojonudo —dijo Sylvie, suspirando aliviada. De inmediato, ella
y Kevin empezaron a chocar deprisa uno contra el otro.
—¡Oh, sí! ¡Cómo me gusta ver a esa polla chocando ahí! —dijo Marian,
volviendo el chorro hacia su clítoris—. ¡Puedo notarla dentro de mi coño solo con
mirar! ¡Sí! ¡Tengo el coño tan vacío y el tuyo está tan lleno con esa agradable polla
tan caliente!
Mientras follaban, Sylvie no dejaba de mirar los dildos, que descansaban en la
hierba. La chica se volvió de modo que la cara le quedaba cerca de la Marian. Tenía
el pelo encima de los ojos. Con un susurro irregular, dijo:
—Necesito uno de esos. Agarra uno y métemelo en el culo, ¿quieres? ¡Por favor!
Marian pasó los tulipanes por la espalda de Sylvie y le golpeó el ojete del culo
con ellos. Luego cambió las flores por su dedo medio, apoyándolo suavemente en la
abertura.
—¿Es ahí donde lo quieres? ¿Justo ahí?
—Oh —gimió Sylvie—. Quiero el que tienes metido en el culo.

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—Cariño, para ti tengo algo mucho mejor que eso —dijo Marian—. Kevin, fíjate
donde tengo el dedo. ¿No es un ojete precioso? ¿Has tenido alguna vez la polla ahí
dentro?
Kevin negó con la cabeza. Tenía las manos en las caderas de Sylvie, y hacía un
movimiento circular con las suyas, emitiendo gruñidos graves.
—Quiero ver cómo entra esa polla en ese espléndido trasero. ¿Te parece bien,
Sylvie? ¿Quieres que te meta en el culo su enorme y ardiente polla? Créeme, te
gustará mucho. Sabes que sí quieres, ¿verdad?
—Sí, quiero, quiero —dijo Sylvie.
—Quieres que te la meta en el culo, ¿verdad? —repitió Marian.
—Necesito que me la meta en el culo —suplicó Sylvie—. ¡Kev, la necesito dentro
del culo!
Marian agarró el Fusilero Gales de un metro y veinte centímetros de largo y lo
puso en marcha. Le susurró a Sylvie:
—Métemelo en el coño —Sylvie la complació sin mirar—. Es cojonudo. Quiero
que nuestros coños de puta estén conectados mientras te dan por el culo por primera
vez —dijo Marian, tendiéndole a Kevin el extremo que le salía—. Méteselo,
pequeño. Métele eso ahora —la larga y brillante polla de Kevin emergió detrás del
horizonte de la curva del culo de Sylvie y con evidente desgana metió el extremo del
vibrador doble donde acababa de estar él. Sylvie lanzó un grito de sorpresa, arqueó la
espalda y se puso a follar el dildo.
En cuanto Marian vio reaparecer la polla de Kevin, comprendió que la tenía que
chupar. Era la oportunidad que tenía.
—Oh, Dios, qué polla tan bonita —dijo—. Necesito una polla de verdad dentro
de la boca durante un segundo, solo durante un segundo. Ven aquí durante un
segundo, pequeño. Sylvie, Kevin necesita estar supertieso para tu culito. No te
importa si le pongo la polla bien tiesa con la lengua, ¿verdad? Lo siento, pero tengo
que chuparle la polla.
—¡Chupársela! —dijo Sylvie—. Oh, Dios santo, chúpasela y que quede bien tiesa
para mí. Date prisa y consígueme algo grande para el culo, estoy que me muero de
ganas —pasó el extremo del Fusilero por el clítoris de Marian, mirando la base del
Klockhammer enterrado en el culo de la mujer. Marian, con la boca llena de la polla
púrpura, gruñó y se abrió de piernas. Cuando Sylvie notó que Kevin le metía y le
sacaba el otro glande del Gales en sus propios labios del coño, echó la mano hacia
atrás y separó las nalgas todo lo que pudo y dijo—: Ya es bastante. ¡Deja de chuparle
la polla a mi novio y métemela en el culo!
Marian se sacó de la boca la polla de Kevin.
—Muy bien, cariño, ya la tienes lista —echó lubricante en el ojete del culo de
Sylvie. El frasco hizo unos sonidos groseros, pero a nadie le importó. Puso a Kevin
en posición, tirándole de la polla, y dio un golpecito con la cabeza de su picha en la
ahora resbaladiza raja del culo de Sylvie, dando vueltas con ella alrededor de la

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abertura. Luego apuntó y la mantuvo quieta—. Muy bien, empuja despacio, Kevin.
Ábrete para él, Sylvie. Va a entrar.
—¡Métemela hasta el fondo! ¡Dame por el culo! —dijo Sylvie.
Marian sujetó la polla de Kevin mientras este empezaba a entrar poco a poco. Se
dobló un poco cuando hizo fuerza con su peso; luego, cuando Sylvie se relajaba, la
metió entera.
—Ahí va —dijo Marian.
—¡Dame por culo, ooooooooh! —dijo Sylvie. Kevin empezó a dar unos golpes
muy despacio.
—Eso es, Kevin… le estás dando por el culo a un culo perfecto, ya lo tienes —
Marian mantuvo agarrado el extremo del vibrador dentro de su coño y empezó un
mete y saca al ritmo de los empujones constantes de la polla. Su longitud se curvaba
y desaparecía en el ojete de Sylvie. Marian besó el hombro de Sylvie—. Dios santo,
¡me gusta estar conectada con tu chochito sexy, cariño! —dijo. Sylvie miraba justo al
frente, respirando a fondo, mientras empujaba hacia el espesor de Kevin—. Te gusta
tenerle dentro del culo, ¿verdad? —le preguntó Marian.
—¡Me gusta que me dé con fuerza por el culo! —dijo Sylvie—. Dame por el
culo, que lo tengo muy caliente, Kev. Estoy muy cerca de la cara de Smiley —miró a
Marian—. Es lo que decimos cuando nos vamos a correr pronto —explicó, sin
respiración.
Marian se puso en acción.
—Aguanta un poco todavía… una última cosa —agarró el pequeño dildo en
forma de hibisco y pasó el dedo medio por él y lo untó de Astroglide—. ¿Puedo
meterlo en el culo de Kevin? —susurró—. Quiero notar cómo te folla cuando tú te
corres. ¿Puedo?
Sylvie se sopló el flequillo y asintió.
—Date prisa.
Marian dio unos toques con el dildo en los pezones de Sylvie y luego lo pasó a lo
largo de las costillas de Kevin, lo deslizó por la base de su espalda y lo apretó cerca
de una nalga, de modo que sus cuatro dedos estaban cerca del ojete del culo.
—¿Qué estás haciendo? —dijo Kevin, inmovilizándose de repente.
—Te estoy metiendo un dildo en el culo para que no te sientas excluido —dijo
Marian—. Quiero ayudarte a follar a Sylvie. Quiero notar cómo le das por el culo, y
quiero que tu ojete del culo note que le estás dando por el culo. No te preocupes…
deja que te lo meta y sigue follando.
—¡Déjala que lo haga, Kev! —exclamó Sylvie con ardor.
Kevin superó su inseguridad y reanudó su lento y decidido follar. Pero ahora,
cada vez que empujaba hacia atrás, Marian le metía el dildo un poco más en su reacio
agujero masculino. A él pareció gustarle más al cabo de un minuto o dos, y cuando
empezó a meter una velocidad larga a su culo, Marian empezó a animarle y a guiar
sus movimientos, haciendo que fuera un poco más deprisa, consiguiendo que sus

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acometidas fueran más angulosas, del modo en que ella sabía que le gustarían a
Sylvie. Cada empujón que daba él, hacía que los músculos de sus saltarines muslos se
abultaran memorablemente bajo la mano de Marian.
—¿Ves como a ella le gusta más rápido? —dijo Marian—. Sigue follándotela así
—Marian controló el torso que iba y venía de Kevin con el dildo como si manejara
una marioneta y él dijo:
—¡Oh, fantástico! ¡Sigue así!
—¡Pellízcame los pezones con fuerza! —le ordenó Sylvie a Marian en un susurro
apremiante—. Ya estoy llegando a la cara de Smiley —le gritó a Kevin.
—Venga, todos al tiempo —dijo Marian, pellizcándola como ella decía—. Venga.
Venga, venga. ¡Sigue follando, Kevin! Suelta ese semen. Mira esta polla en mi culo,
Sylvie. Venga. ¡Oh! ¡Oh joder! —soltó los pezones de Sylvie y apretó con fuerza la
cabeza del Gales contra su almendra del amor cuando su orgasmo recogió las
suficientes firmas. El autógrafo de Armande llevaba dentro de su culo tanto tiempo,
que notó que iba a producirse el clímax mayor de su vida. Pero no estaba
completamente preparada para ello. Echó los pechos hacia delante y dijo—:
Chúpame las tetas durante unos segundos, Sylvie. Chúpalas con fuerza, muérdelas,
muérdelas. ¡Oh, mierda! Ahora me toca a mí.
—¡Oh, Dios! —dijo Sylvie. Trató de chupar los pezones de Marian, pero no se
podía concentrar en ellos y arqueó la espalda, mirando hacia delante el invisible
placer de dentro de su cabeza.
—Está muy bien… venga, pequeña. ¡Ya se está empezando a correr, Kevin!
¡Dispárale esos jugos calientes dentro del culo! ¡Llénale el culo de semen ardiente!
—Marian metía y sacaba cada vez más deprisa el dildo en el ojete de Kevin, y este se
echaba hacia atrás para recibirlo, y luego se estiraba, levantando a Sylvie por las
caderas y empujándola contra su polla.
—¿Ya, Sylvie? —dijo.
—¡Oh, fóllame a fondo, Kev! ¡Lléname el jodido chocho! —gritó Sylvie,
mirando a los ojos de Marian y luego a sus orificios llenos de juguetes—. ¡Con más
fuerza! ¡Oh, sí! ¡Fóllame bien de verdad, cariño! ¡DISPARA ESA POLLA
CALIENTE DENTRO DEL AGUJERO DE MI CHOCHO! ¡OH! ¡OH!
Con expresión de asombro, Kevin dio un último empujón largo y tembloroso y
empezó a correrse.
—¡OH, SÍ! —dijo Sylvie, notando que la polla de Kevin vaciaba gramo tras
gramo de la ardiente nata dentro de su culo—. ¡AH! ¡¡¡ME COOOORRO!!! —
cuando los placeres paganos hicieron presa de su cuerpo, en efecto, puso una cara
igual de sonriente que la de Smiley.
Ahora le tocaba a Marian. Dejó que la idea de la chorreante polla de Kevin dentro
del culo de Sylvie se mezclase con la sensación de la de Armande Klockhammer Jr.
en el suyo. Conjuró la visión de billetes de dólar metidos entre las nalgas de
Armande, mientras este bailaba de espaldas al público. Pensó en los gritos de las

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mujeres; en la ruidosa música; en la visión de él dándose la vuelta en el escenario y
moviendo su pesada carne viva dentro de su taparrabos negro mientras miraba a todas
sus mujeres. Tenía todos estos recuerdos dentro del culo. Abrió los ojos, y dijo sin
entonación:
—Por favor, mirad cómo me corro, ahora, los dos. ¡Mirad cómo el culo y el coño
se corren alrededor de estas enormes pollas tan cojonudas! —luego se echó sobre la
hierba mojada, levantó las piernas y puso los pies en la espalda de Sylvie; les dejó
que miraran todo lo que quisieran mientras el bestial, el tremendo orgasmo, le
ennoblecía el cuerpo—. Oh, fantástico… fantástico… fantástico —suspiró mientras
le disminuía el picor del clítoris.
Cuando los tres se recuperaron un poco, Marian limpió con agua la reblandecida
polla de Kevin y se levantó del Klockhammer y lo roció con agua.
—¿Podemos venir a coger algunos tulipanes más otra vez? —dijo Sylvie
dulcemente antes de que ella y Kevin, nuevamente vestidos con su ropa a juego, se
fueran a la piscifactoría.
—Siempre que queráis —dijo Marian—. Adoro el amor de los jóvenes.
Desnuda, satisfecha, puso los juguetes y el libro abandonado en la bandeja y entró
en la casa. Durante el año siguiente, con Kevin y Sylvie ayudando a quitar las hierbas
malas y a plantar y segar todos los fines de semana, su jardín trasero se convirtió en
la envidia de sus vecinos.

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15

ESO fue lo que finalmente grabé en la casete que puse en el magnetófono del Ford
Escort de Adele Junette Spacks, en lugar de Solitude Standing, de Suzanne Vega. Eso
—Segunda Parte— ocupaba dieciséis páginas a un espacio y supuso, además de las
doce largas horas y los dos resollantes orgasmos que dediqué a su composición, otras
dos horas para grabarlo en la cinta. (Me corrí las dos veces directamente en la
brumosa e indeterminada autopista de peaje de Mass, con la entrepierna echada hacia
delante sobre el capó de mi coche, de modo que mi aparato resultaba una especie de
adorno del capó. Incapaces de soportar el contacto físicamente paradójico con una
superficie que iba noventa y cinco kilómetros por hora más deprisa de lo que iban
ellas, las gotas de semen empezaron a caer a la calzada a los pocos minutos; se
evaporaron por completo en menos de media hora). Cuando terminé la grabación no
me sentía agotado; me sentía animado. La muñeca derecha me dolía mucho; esto
supuso, si no me equivoco, el comienzo de mi problema con el túnel carpiano, que
me ha molestado de cuando en cuando a partir de entonces. Ahora no me resulta claro
por qué las aventuras de Marian acababan teniendo un contenido tan decididamente
anal; me gusta pensar que solo era una cuestión de estado de ánimo. Después de todo,
antes nunca había escrito a máquina la expresión ojete del culo. No es una expresión
que aparezca mucho en la correspondencia comercial. Las indecencias privadas son
alta cultura. Y lo que era igual de importante, yo quería reducir al mínimo las
oportunidades de que esta chica del Smith College pudiera encontrar aburrida mi
compañía grabada en audio, y un ojete del culo o dos animan cualquier reunión.
Quería que mi desvergonzada imaginación superara los límites de la suya, se
extendiera sin restricciones más allá de donde pudiera llegar la suya; y esperaba que
pudiera filtrar cualquier cosa que no le gustara. Esperaba que se diera cuenta de que
yo no era un hombre vulgar, y que posiblemente mereciera la pena conocerme.
No dejé mi regalo metido en su magnetófono inmediatamente, pues no quería ser
visto en el coche, conduciendo con toda la cara dura del mundo allí mismo, al lado de
ella, cuando el aparato se pusiera en marcha. Arranqué el tiempo, aceleré, y avancé
unos coches más adelante, luego volví corriendo a pie hasta su coche con el universo
en pausa y cambié las cintas. En consecuencia, no conseguí ver su reacción inicial.
Pero conduje exasperantemente despacio, obligando a los parachoques de los coches
de detrás a que me adelantaran; muy pronto tenía a Adele nuevamente en mi espejo
retrovisor. Me puse las gafas de sol de modo que no pudiera ver el momento en que
mis ojos se clavaban en ella por medio del espejo. Vi que estaba haciendo algo, que
se echaba hacia delante, que revisaba algo: supuse que había sacado mi cinta y estaba
buscando señales que la identificaran. (En la etiqueta solo decía MARIAN LA
BIBLIOTECARIA). Luego hubo un largo periodo en el que ella —estoy bastante

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seguro— oyó una parte o la cinta entera. Me volvió a adelantar, sin prestarme
atención; hice un Parón de un segundo para comprobar que mi cinta estaba metida en
su magnetófono y luego la dejé seguir. Condujimos bastante cerca durante un tiempo,
más de una hora, aunque no creo que se fijara en que yo me mantenía discretamente
casi a su lado. Se ahuecó el pelo varias veces. Busqué signos de excitación:
zigzagueos, repentinas detenciones. No hubo ninguno. Esperaba que estuviera tan
excitada que tuviera que pararse muy pronto en un motel.
Ante mi sorpresa, condujo hasta pasar el desvío hacia la Route 91 y Northampton.
Continuaba en dirección oeste. ¿Iba camino de Chicago? Aquello tenía sentido.
Probablemente estudiaba allí un curso de posgrado. (La pegatina de la Universidad de
Chicago del cristal de la ventanilla trasera estaba encima de la pegatina de Smith,
indicando quizá una prioridad temporal). No estaba seguro de querer ir en coche
hasta Chicago con ella, pero presumiblemente tendría que pararse en algún sitio por
la noche. Y aunque aborreciera mi cinta, continuaba conduciendo, y el conducir deja
tiempo para tener gran cantidad de ideas ociosas, y las ideas ociosas son el agente
perfecto para la transmutación acelerada de las cosas desagradables que se recuerdan.
Para cuando se detuviera en un motel aquella noche, algunas imágenes salidas de mi
casete podrían alzar el vuelo en su sensibilidad, vestidas de prisa y fuego. Y dejando
a un lado lo que sintiera con relación a mi cinta, era casi seguro que se correría en la
habitación del motel, pues ¿qué otra cosa se hace en las habitaciones de los moteles?
Mientras conducía, elaboré un detallado plan sobre lo que debería hacer si la
chica decidía pasar la noche en un motel. En cuanto entrara en el aparcamiento, yo
detendría el tiempo y la adelantaría, aparcando en un sitio fuera de su vista. Volvería
a arrancar el tiempo. La chica aparcaría, entraría en recepción durante unos cinco
minutos y luego reaparecería y se dirigiría a una habitación, digamos que a la
habitación 23. Cuando estuviera a punto de meter la llave en la cerradura, con una
cara inexpresiva que ninguna actriz podría imitar porque era totalmente producto de
la certidumbre de su desatención, yo haría una pausa, volvería a recepción, cogería
del casillero la llave de repuesto de la habitación 23 y entraría delante de ella. No
sería una habitación mala, un poco tirando a parda, pero probablemente no habría un
buen sitio donde esconderme a ver cómo se desvestía. Para entonces yo ya tendría
mucho sueño. Bostezaba cada treinta segundos. Serían alrededor de las siete de la
mañana en tiempo-Strine, contando mi prolongado Pliegue en la carretera, pero
todavía necesitaba unos momentos de proximidad con aquella desconocida total,
convertida en la compañera de viaje que había elegido. Advertiría que en su
habitación había una puerta cerrada con llave que daba a la habitación contigua. Esto
me sugeriría algunas posibilidades.
Todavía en plena Fermata, la dejaría parada a la puerta con la llave dispuesta y
saldría y «compraría» (del modo informal acostumbrado) catorce revistas porno en un
quiosco de periódicos que estaba a medio kilómetro. Me gusta estar en los quioscos
de periódicos dentro del Pliegue y mirar a la gente que mira las revistas. A veces pasa

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lo que uno espera: el niño de trece años con una sombra de bigote que mira el estante
lleno de revistas de películas de casquería, etcétera. Pero muchas veces no es tan
sencillo: no es como el cliché de los dibujos animados sobre lo mucho que las
personas se parecen a sus perros. El hombre del estante de las revistas de informática
es una persona que no podía haber previsto que estaría allí; y lo mismo la mujer que
mira las revistas de veleros y el hombre que lee las de antigüedades. Uno no
necesariamente puede relacionar a las personas con las publicaciones que hojean. A
lo mejor esto es porque las personas que pasan el tiempo en los quioscos no son
representativas de las personas a las que les interesa mucho un determinado asunto o
hobby; los auténticos aficionados están navegando o en las subastas de antigüedades,
y no leyendo cosas sobre lo que les gusta; o más probablemente hojean las revistas en
casa, donde de verdad las pueden examinar a fondo, porque están suscritos. Algunos
de los aficionados de verdad desprecian las revistas porque las han leído durante tanto
tiempo que la frecuencia con la que se repiten los artículos ha empezado a cansarles.
Podría ser que muchas veces los que van a los quioscos sean los que quieren disfrutar
un poco con lo que les gustaría que les interesase sin que de hecho les interese. Pero,
por otra parte, algunos probablemente sean aficionados de verdad a ese dominio
concreto, y lo que les atrae de un quiosco es que allí pueden ver expuesta su
subpasión especializada al lado de todas las demás: el modelismo de cohetes justo al
lado de Metropolitan Home; las revistas de ciencia ficción solo a unos centímetros de
las de culturismo. A diferencia de una librería, un quiosco unifica este amplio campo
de materias por medio de su abrumadora sensación de actualidad. Es un Partenón del
presente inmediato, una centrifugadora de sincronicidad. Cada revista dice: Esto es lo
que creemos que usted quiere saber sobre nuestra subespecialidad en este preciso
momento, en (uno mira las portadas) julio julio julio julio agosto julio julio julio
agosto agosto julio. Mis Pliegue-poderes se abastecen con viajes a los quioscos;
encuentro que, cuanto más tiempo paso en uno, la siguiente vez que disparo un Parón
el tiempo se detiene más limpia y rápidamente.
De modo que iría desde el motel de Adele y compraría catorce revistas para
hombres en un quiosco, y volvería andando y las desplegaría encima de una de las
camas de su habitación, la habitación 23, tapando su desagradable colcha rosa y
marrón con una felpa de carne de mujer. Cogería una toallita del cuarto de baño y la
dejaría en el borde de la cama, como para recoger los jugos que saldrían
inminentemente de mi hinchado factótum. Me aseguraría de que ya me lo había
meneado hasta el punto de que me dejara de importar en el momento de ajustarme las
gafas. Inmediatamente después, oiría introducirse en la cerradura la revitalizada llave
de Adele.
Cuando, en el umbral de la puerta de su habitación del motel, me viera dentro,
alzando la vista hacia ella con expresión de sorpresa, Adele diría:
—¡Oh, lo siento! —y cerraría la puerta.

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No me resultaría demasiado difícil hacer como si estuviera nervioso y
desconcertado. Estaría auténticamente nervioso y desconcertado.
—Lo siento terriblemente… ¡un momento! —diría en voz alta—. ¡Lo siento, lo
siento! —saldría afuera a toda prisa, abrochándome el cinturón. Ella ya estaría
camino de recepción—. Es un error mío —diría yo—. Creo que me dieron la llave
equivocada.
—No importa —diría resueltamente Adele—. Me darán otra habitación —no
querría que nuestras miradas se encontrasen.
—Lo que quiero decir —explicaría yo rápidamente— es que creo que estoy en tu
habitación. El tipo dijo habitación veinticuatro, pero cuando miré la llave que me dio
ponía veintitrés, de modo que supuse que esa era la habitación que me tenía que dar.
Evidentemente estaba muy equivocado. Pero si esperas treinta segundos habré
desaparecido sin dejar rastro de tu habitación.
Adele diría:
—Es igual… es evidente que ya te has instalado en ella —soltaría una risita.
Pero yo estaría lleno de sinceridad.
—¿Te refieres a las revistas? Puedo recogerlas en medio segundo, de verdad.
Creo que deberías tener la habitación que te corresponde, pues el error es mío. No he
utilizado el cuarto de baño. Bueno, no… usé esto —me llevaría la mano al pecho—.
Es mortificante.
Adele me tranquilizaría.
—No te preocupes por eso, sinceramente. Conseguiré otra habitación. Quédate tú
en esta, yo conseguiré otra distinta. No importa.
Pero yo no dejaría que pasase eso, claro. Le tendería mi llave de su habitación, la
que había tomado prestada en recepción durante el Pliegue.
—Aquí tienes la llave de tu habitación —diría—. Vete a por tu maleta o lo que
sea, y yo iré a por la llave correcta de mi habitación, y luego dejaré libre tu habitación
en un par de segundos, ¿de acuerdo?
Podría ser que ella no estuviera de acuerdo con esto con tanta facilidad e insistiera
en hablar con el tipo de la recepción del motel, lo que a mí no me convenía que
hiciese: tendría que usar el Pliegue para huir, y tendría que separarme de ella mientras
le decía a la persona de recepción que en su habitación había alguien, y luego le
dirían que no habían asignado a nadie la habitación 24, y ella se encontraría mezclada
en un asunto sexual misterioso y turbador que no conseguía explicar. La policía
probablemente intervendría; algo espantoso de ver. Pero como yo siempre tengo
buenas intenciones, a pesar de que hago las cosas furtivamente, estaría lo bastante y
auténticamente nervioso como para que ella me creyese y accediera.
Me acercaría a recepción, pediría la habitación 24 y conseguiría la llave
correspondiente. Adele se encontraría a la puerta de la habitación 23 cuando yo
volviera. La puerta estaría entreabierta —la habría dejado entreabierta yo—, de modo

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que ella pudiera haberles echado una ojeada a las revistas y a la toallita del borde de
la cama durante mi breve ausencia, si le apetecía.
—Ya está todo arreglado —le diría yo. Apilaría las revistas poniendo
violentamente una encima de otra, taparía la portada de la de arriba con la toallita y
me las llevaría a mi nueva habitación. Volvería a decir—: Lamento terriblemente esta
espantosa confusión.
—No tiene ninguna importancia —diría ella. Estaría muy tranquila y amable. Nos
desearíamos buenas noches.
En mi habitación, me arrojaría sobre la cama y suspiraría de alivio: ¡no había
pasado nada! Pensaría que debería invitarla a tomar algo, pues era la hora de cenar.
Sería mejor que lo hiciese ahora mismo, me diría, antes de que se desvistiera o
tomara una ducha, mientras los dos estábamos todavía en un supuesto estado de
ánimo ceremoniosamente amistoso. Me levantaría de un salto… y entonces lo
pensaría mejor. El problema sería que yo estaría a punto de que ella me percibiera
como una amenaza, y que no me arriesgaría a parecer siniestro o sórdido haciendo
más avances ahora. Y lo dejaría estar. El hecho de que estuviéramos en habitaciones
contiguas sería cada vez más relevante según avanzara la noche: el tiempo estaría de
mi parte. Me tumbaría en la cama con las manos en la nuca, escuchando los sonidos
de su habitación. A pesar de las puertas que nos separaban, resultaría
sorprendentemente fácil escuchar furtivamente lo que pasaba en su habitación. Oiría
correr el agua durante un rato; puede que una ducha rápida, o más probablemente se
estaría lavando la cara y los dientes. Pasaría un cuarto de hora. La oiría abrir varias
cerraduras y salir. Iría a cenar algo. Esperaría y luego haría un Parón y me escondería
en un rincón y la seguiría con la vista. Ella decidiría cenar en un restaurante lúgubre
con mesas de formica y camareras con cofias, todo muy primitivo americano, que
estaba unido al motel, solo porque estaba cansada y se encontraba cerca. Yo
compraría un periódico local de un expendedor y entraría, cogería el menú y me
sentaría, ignorando el letrero de POR FAVOR, ESPERE A QUE LE SIENTE LA
ENCARGADA, y luego dejaría de intervenir en el tiempo. Estaría sumido en el
análisis de la carta cuando entrara Adele. En el restaurante habría muy pocas
personas. La encargada sentaría a Adele en una mesa cercana. Cuando Adele dijera:
«Gracias», yo alzaría la vista sorprendido. Diría hola. Ella traía un ejemplar de
Mirabella, con el jersey rosa todavía puesto. Una vez que estuviera instalada, yo me
echaría hacia delante y le preguntaría:
—Después de que leas tu revista y yo haya leído mi periódico, ¿te importaría
tomar el postre conmigo?
Y naturalmente ella diría que no le importaba.
Los dos haríamos como si el otro no existiera durante una media hora. Mientras
yo tomaba mi carne asada, recorrería el periódico con aire serio y lo leería más
atentamente de lo que he leído un periódico desde hace años. Por fin llegaría un

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momento de indecisión después de que se hubiesen llevado nuestros platos. Yo
volvería a alzar la vista hacia ella y diría:
—¿Tomamos el postre?
Ella se levantaría y se acercaría.
—No debería, pero tomaré postre —diría—. La oferta parece interesante —
discutiríamos lo que en realidad sería un albaricoque granizado, haciendo como que
estábamos más desorientados de lo que de hecho estábamos. Luego yo me volvería a
disculpar por el lío con las habitaciones. Diría que era pura estupidez y distracción
por parte mía.
Ella diría:
—Es la segunda cosa rara que me ha pasado hoy.
—¡Oh! —la animaría yo—. ¿La segunda?
«Sí», contestaría ella. Me contaría que venía circulando por la autopista de peaje
de Mass unas horas antes, pensando en sus cosas, oyendo una cita de Suzanne Vega,
cuando de repente por los altavoces había salido una voz diciendo que había alguien
en el coche que había adelantado hacía poco y que esa persona había utilizado sus
poderes para cambiarla cinta del magnetófono por la que estaba oyendo. Explicaría
que la cinta resultó ser, como uno esperaría, pornográfica.
—Con algunas partes fuertes de verdad —me diría—. De hecho, bastante
desagradables.
—Qué espeluznante y sugestivo y misterioso —diría yo, reaccionando, haciendo
sonidos de perplejidad. Le haría más preguntas: ¿tenía idea de cómo había aparecido
aquella audiocasete en su magnetófono?
Ella diría que no tenía la menor idea. Yo le diría que estaba convencido de que
todavía existían uno o más fenómenos importantes en el universo que nos resultaban
completamente desconocidos o que no se podían entender de ninguna manera.
—¿Eres científico? —preguntaría ella.
Yo diría que no, con una risita, y le contaría que trabajaba de eventual en Boston,
y volvía de visitar a unos parientes en Pittsburgh. Ella diría que estudiaba lingüística
en la Universidad de Chicago. Le interesaría la adquisición del lenguaje por parte de
los niños de familias bilingües. Hablaríamos encantados de la adquisición del
lenguaje por parte de los niños de familias bilingües durante bastante rato, pues a mí
también me interesaba el asunto. Me dejaría que la invitara al postre.
Antes de irnos, yo respiraría a fondo y diría:
—Tienes que perdonarme. Pero siento una desesperante curiosidad por saber qué
tipo de cosas había en la casete pornográfica. ¿Solo eran suspiros y gemidos?
—Nada de eso —contestaría Adele—. Era algo bastante elaborado. Era un relato.
Me echaría hacia delante, intrigado.
—¿De verdad? —vería cómo pensaba en lo que todavía recordaba. Notaría que
rechazaba mentalmente las primeras imágenes que se le pasaban por la cabeza,
porque no quería discutirlas conmigo.

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Diría:
—Era sobre una mujer que… bueno, había un mensajero y…
—Tópicos —diría yo, despectivamente.
—Y un vecino —continuaría ella—, y la novia del vecino. Y una segadora de
césped.
Parecería alarmado.
—¿No pasaría algo violento con la segadora?
Ella negaría con la cabeza.
—De modo que solo porno normal y corriente, en esencia —diría yo.
Ella pensaría en ello.
—Eso supongo. Había muchos dildos, lo que está bien, supongo, qué más da.
Pero luego… no sé… ¿lluvias doradas? ¿Defecación activa?
—Caramba —exclamaría yo.
—No quiero decir —añadiría ella— que defecaran por todas partes. Estaba hecho
con cierto gusto y refinamiento. Pero, con todo, había un énfasis general en el aspecto
anal de las cosas, en mi opinión.
—Fascinante —diría yo.
—Y no digo —continuaría Adele, muy desenvuelta— que no haya cierto mérito
en dejar constancia de esa parte del mundo de vez en cuando. Sé que está bien
provista de emociones. Pero darle primacía…
Yo estaría completamente de acuerdo y sacudiría la cabeza ante el error de
conferir demasiada importancia a esas cuestiones. Luego, sin embargo, también me
vería obligado a demostrar mi desenvoltura.
—Desde luego, ciertamente no hace daño incluirlo en los jugueteos de vez en
cuando, ocasionalmente. Pero es más para reavivar el aprecio que tiene uno a los
caminos trillados que como un fin en sí mismo.
De pronto Adele se echaría a reír.
Yo la miraría interrogante.
—Nada, nada —diría ella—. Algo que se me pasó por la cabeza y me ha parecido
divertido. No es nada… de hecho no es divertido en absoluto —habiendo dicho esto,
Adele se echaría hacia adelante, con las manos en la cara, riéndose con ganas—. Oh,
chico, lo siento —levantaría un par de centímetros el vaso de la mesa y luego lo
dejaría, aclarándose la voz, todavía sin dejar de reírse—. Lo siento. Lo que pasa es
que si hubieras oído esa cinta, llena de «métemela en el culo» y «dentro de su culo» y
«enséñame ese culito apretado», Dios mío. Lo siento.
Yo me reiría educadamente.
—¿Qué voz tenía el hombre de la cinta? —preguntaría.
—Una voz muy directa —diría Adele—. Sin acento de Boston ni nada parecido.
Puede que un poco como tu voz. Bastante profunda, sin embargo —me lanzaría una
mirada y yo notaría que la chica estaba a punto de preguntarme si la cinta la había
grabado yo. (El majestuoso avance de las ondas sonoras en el Pliegue podría explicar

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la alteración de mi timbre). Pero no haría la pregunta. Posiblemente no querría saber
que yo era el Arno Van Dilden que estaba detrás de Marian la bibliotecaria. No
querría que yo fuera un mentiroso y un liante y un entrometido, sino un auténtico
compañero de mesa con el que resultaba divertido hablar, que es lo que yo quería ser
auténticamente para ella. Volveríamos al motel. Nuestras llaves respectivas nos
sonarían en los bolsillos. Por entonces yo ya tendría tanto sueño que difícilmente
conseguía mantenerme en pie.
Le preguntaría:
—¿Te marchas a primera hora de la mañana o podremos desayunar juntos?
Ella diría que probablemente reemprendería el camino enseguida.
—Bien —diría yo, sacudiendo la cabeza—, pues buena suerte con tu
investigación sobre el bilingüismo —nos meteríamos en nuestras habitaciones. Yo me
ducharía y me acostaría y quedaría dormido pensando en los interruptores de la luz
que suben y bajan sin hacer ni un clic. Solo serían las ocho y media, en tiempo real.
El esfuerzo que me supuso ser amable, a pesar de la falta de sueño, me habría dejado
fuera de combate. Dos horas después, sonaría el teléfono.
Sería Adele.
—¿Te desperté?
Yo diría que no.
Ella diría:
—El motivo por el que te llamo es… ¿sabes qué? Creo que sin darte cuenta te has
llevado una toallita de mi cuarto.
Haría como que pensaba en ello. Lo recordaría.
—Claro, por supuesto. Estaba muy nervioso.
Adele diría:
—Creo que la llevabas encima del montón de material de lectura.
—Tienes razón —diría yo—. ¿La necesitas? Te la llevaré ahora mismo.
—Bueno —explicaría ella—. Estoy pensando en darme un baño, y un baño no es
un baño sin una toallita para frotarse.
Yo respondería que estaba completamente de acuerdo con aquello.
—Las toallitas son una de las cosas más versátiles que uno puede llevarse al
cuarto de baño —diría yo. Le diría lo mucho que me gustaba quitarme con una
toallita el jabón que me entraba en los ojos y frotármelos con fuerza con ella. Adele
diría que cuando era niña ponía sus muñecas a los pies de la bañera y utilizaba las
toallitas como mantas, envolviéndolas con ellas. Le preguntaría si sus muñecas eran
bilingües. Ella diría que de hecho había inventado varios lenguajes de muñecas.
Intercambiaríamos unas cuantas ideas más sobre este asunto tan interesante y
gracioso.
—Bien —diría finalmente ella.
—¿Cómo quieres que lo haga? —preguntaría yo, indeciso—. Podría llevártela
ahora. Llamaré a la puerta y te la pasaré. Me he dado una ducha antes, pero solo

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utilicé una.
—También yo me duché antes —diría Adele—. Pero ahora no consigo dormirme
—dudaría—. Si no estás adecuadamente vestido, o no quieres salir con el frío que
hace, estaba pensando que parece que hay una puerta que comunica directamente tu
habitación con la mía. Mantendré echada la cadena de mi lado, porque yo estoy…
bueno, da lo mismo, podrías pasármela por la abertura de la puerta.
Le diría que pensaba que era una buena idea.
—Déjame ver si se abre desde mi lado —quitaría la cadena y correría el pestillo
de mi lado y abriría la puerta, dejando al descubierto una segunda puerta sin tirador
en su parte.
—Ya tengo abierta mi parte —diría yo—. Voy a por la toallita.
—Muy bien, nos veremos dentro de un segundo —diría ella.
El cuadradito blanco de tela todavía estaría encima de la pila de revistas porno. La
doblaría cuidadosamente, como una inexpresiva carta de negocios, y llamaría con los
nudillos una vez en la puerta interior. Después de una serie de ruidos de apertura, la
puerta se abriría una rendija. Aparecerían el ojo de Adele y la comisura de su boca.
—Sorpresa —diría ella.
—Me alegra mucho haberte encontrado en casa —diría yo, galantemente.
Adele pasaría la mano por la rendija y agarraría la toallita.
—Que te resulte agradable el baño —diría yo.
Ella me daría las gracias y se disculparía por haberme molestado tan tarde.
—No seas tonta —diría yo—. ¿Lees en el baño? Tengo el periódico local. Pero
me parece que los periódicos no son adecuados para los baños. Tengo, sin embargo,
como viste, un montón de revistas porno. Ah, lo olvidaba… tú tienes Mirabella, así
que no necesitas nada.
—Ya he leído ese Mirabella entero, salvo la página del horóscopo —diría ella—.
Supongo que la puedo volver a leer. Me encanta leer en el baño. En esa… pila —
preguntaría inocentemente ella—… ¿hay revistas que me puedas recomendar?
Quedaría estupefacto ante la idea de una recomendación.
—Para ser completamente sincero —diría yo—, simplemente las había dejado
encima de tu… cama, en tu habitación, sin fijarme demasiado en ellas, cuando abriste
la puerta y me encontraste. La verdad es que no las he mirado a fondo. ¿Por qué no te
las paso y les echamos un vistazo?
—Muy bien —diría ella, alargando la segunda palabra con un toque de duda.
Yo exageraría los «uf» al levantar el peso de las catorce revistas. Es digno de
señalar, sin embargo, lo mucho que puede pesar una pila de revistas para hombres.
Harían un pesado sonido rectangular cuando las dejase caer desde unos centímetros
de altura en la moqueta marrón, un sonido que momentáneamente me recordaría los
esfuerzos por reciclar los periódicos y el cierre de las puertas de los coches. (Tendría
sentido el relacionar los montones de periódicos que caen y el cierre de las puertas de
los coches, pues las puertas de los coches ciertamente están llenas de periódicos

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viejos para aislar el sonido). Con un aire de superioridad perpleja, aunque con un
claro tono de excitación juvenil, le leería los nombres de las revistas.
—Vamos a ver. Están Los famosos en la intimidad y Piernas increíbles, Max,
Fox, Labios. ¿Cuál es esta? Ah sí, Lo mejor de la alta sociedad. Anorama, Club,
Delanteras famosas, Terciopelo, Alta sociedad, Ostentación, Rabos, Caballeros…
—¿Por qué necesitas tantas? —preguntaría ella.
—Solo hago esto en los moteles —le explicaría yo—. Tengo que tener toda la
cama llena de revistas abiertas. Imagino que tengo dos camas gemelas llenas de ellas,
y paso de una a otra.
—Parece un poco excesivo —diría Adele, justificadamente.
—¿Lo es? —diría yo.
—En cualquier caso, caro —diría ella.
—Este montón me costó ochenta dólares —le diría yo—. De modo que me
sentiría mejor, mucho menos derrochador, si alguien aparte de mí las usa. Es como no
tomar una copa solo —le contaría la historia de cómo, cuando hacía las maletas para
dejar la universidad y tuve que librarme de todas las revistas porno de mi
adolescencia, no podía soportar la idea de tirarlas, de modo que las llevé al parque
dentro de una bolsa de papel y las dejé en un sitio donde a veces dormían los
borrachos, imaginando que allí tendrían una segunda vida—. Ahora sé que hay
librerías que compran revistas usadas —diría—. En la avenida Victor Hugo, en
Newbury. Ahora es una tienda enorme. ¿Has estado en ella?
Adele diría que creía que había estado, una vez. Animado, le contaría otra
historia, sobre una vez que estaba en la avenida Victor Hugo un domingo por la tarde
cuando un libanés con pinta de muy serio trajo tres pesadas cajas de Penthouse
antiguos. El comprador de libros de segunda mano miró las cajas, pero no ofreció un
precio por ellas inmediatamente. En lugar de eso, llamó a una empleada, una mujer
de veinte años, con el pelo negro, gafas, que había estado al fondo poniendo en una
estantería unos libros de bolsillo seminuevos de Frederik Pohl, cada uno metido en
una funda de plástico, y le dijo que había tres cajas de Penthouse. La empleada se
sentó en el suelo con las piernas cruzadas delante de las cajas. Yo pensé que iba a
contar las revistas. Y las contó. Pero cada vez que cogía una, la hojeaba, abriendo el
desplegable central, mirando la foto, y luego la cerraba y la ponía cuidadosamente en
un montón. Yo andaba cerca de unas bonitas ediciones de Poe metidas en estuches
observando todo esto, tratando de aclarar por qué hacía aquello. La mujer no parecía
que estuviese motivada por un deseo de echar una ojeada a cada «mascota» del
Penthouse. («Mascota» es ofensiva, en mi opinión). Suspiraba de un modo aburrido o
puede que resignado al hacerlo. Repetía sus movimientos automáticamente. No le
importaba abrir aquellas revistas, exponer su contenido abriendo los extremos de sus
desplegables centrales en la parte delantera de la tienda, en presencia de todo el que
estuviera allí, pero no lo hacía con interés, sino porque sencillamente formaba parte
de su trabajo. Entonces ¿qué estaba buscando?, me pregunté. Y en ese momento lo

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entendí. La tienda no iba a aceptar cualquier revista que le trajeran. Habiendo sido
engañados en el pasado por hombres desaprensivos sin principios que trataban de
deshacerse de sus bibliotecas porno completamente invendibles, habían establecido
una política de empresa según la cual hojeaban todos los ejemplares para asegurarse
de que ninguna de sus páginas estaba pegada a la otra. El libanés se mantuvo
incómodo mientras pasaba todo esto. Por suerte, no había personalizado ninguna
página de toda su colección.
—Ni tampoco tú, supongo —diría Adele, cuando yo terminara de contarle mi
historia de la avenida Victor Hugo.
—Tienes razón —respondería yo—. Cada una de estas revistas es tan impersonal
como la siguiente. ¿Cuáles quieres mirar?
Yo le diría que los enterados decían que Ostentación estaba temporalmente en
alza y que Piernas increíbles era interesante y divertida a veces. Haría como si fuera
más entendido de lo que soy. Enseñarle a alguien tu colección de pornografía era,
pensaría para mí mismo, una forma muy directa de exhibicionismo: Aquí están mis
objetos sexuales privados, decía. Míralos, disfruta con ellos, quédatelos.
Mientras le pasaba las revistas por la rendija de la puerta, Adele las hojearía, al
principio con atención, luego con menos. No reaccionaría como había esperado yo.
—No sé —diría varias veces con diferentes entonaciones. Yo le pasaría unas
cuantas más. Finalmente ella diría—: No. No me gustan. La piel tiene un aspecto
irreal. Todas las mujeres parecen la misma. ¿Por qué los hombres necesitan tantas
fotos idénticas? —Adele terminaría de hojear la última revista—. No. No creo que
me quede con ninguna de ellas para bañarme; no creo que soporte el ver ninguna foto
más de vaginas de mujeres. Nunca había visto tantas vaginas en mi vida. Toma.
Me devolvería las revistas por la rendija de la puerta. Yo las apilaría
cuidadosamente en cuanto me las entregara, de dos en dos. Le diría que tener todas
las revistas y ponerlas encima de la cama era algo así como tener una erección.
Primero tu pornografía periódica estaba doblada en la oscuridad de un cajón o una
bolsa o una caja, almacenada en su forma más compacta, y luego la sacabas, la
desplegabas a la luz, aumentabas su superficie bidimensional. Le concedería que a
veces había una sensación de semejanza, que en ocasiones me hartaba, que mi interés
pasaba por distintas fases. (Lo que sería una afirmación sincera: raramente utilizo la
pornografía cuando tengo Pliegue-poderes, pues entonces el mundo entero es una
revista guarra). Pero en general, diría, los hombres desgraciadamente quieren lo
mismo una y otra vez; una mujer diferente en una pose idéntica es la única diferencia
que necesitan. Le diría que cada leve variación entre los cuerpos de dos mujeres
suponía una diferencia enorme desde el punto de vista sexual. El mismo cuerpo
llevando ropa diferente o con el pelo de color diferente no se consideraba
sexualmente diferente; tenía que ser un cuerpo diferente. Le diría esto, no como si me
gustara, sino como si fuera sencillamente el modo en que era. A algunas mujeres les
gusta que los hombres les digan la verdad con respecto a sí mismos.

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—Ya que nos hemos desmelenado —diría Adele—, ¿te puedo preguntar una
cosa?
Yo vería uno de sus ojos mirándome fijamente. Como estaría apoyada al otro lado
de la puerta, me resultaría imposible decir con seguridad lo que llevaba o no llevaba
puesto. Tendría la intensa sospecha de que estaría envuelta en una toalla, y me
alegraría de que así fuera, porque aquello constituía una extensión maravillosamente
sencilla de la utilidad de la toalla (a pesar del uso excesivo que hacen de ella en las
películas de la tele).
Yo también acercaría la cara a la puerta, y ella y yo nos miraríamos directamente
el ojo visible.
—¿Qué me quieres preguntar? —diría yo.
Ella diría:
—La toallita que me acabas de pasar, ¿es la que colgaba del borde de la cama
cuando tenías desplegadas todas las revistas encima?
Yo admitiría que era la misma.
Adele parpadearía.
—¿Por qué estaba encima de la cama de aquel modo? ¿Qué pensabas hacer con
ella?
Le diría que había pensado correrme en ella.
—O quizá hubiera envuelto el pene en ella y amortiguado la salida de semen —
diría yo. Le revelaría que mis orgasmos casi siempre son mejores cuando me corro en
algodón que en papel higiénico. Luego añadiría—: Habría lavado la toallita después.
No creo que quien arregle la habitación cuando yo la haya dejado tenga que ocuparse
de ese tipo de cosas.
Ella me diría que yo era una persona muy considerada.
Yo bajaría la voz hasta convertirla en un susurro y le diría que tenía muchísimas
ganas de verle el culo.
—Puede que me lo veas y puede que no —diría ella.
Le preguntaría qué pensaba hacer con la toallita durante el baño.
—Frotarme con ella —diría Adele. Ahora estaría arrodillada muy cerca de la
puerta. Llevaba puesta, verificaría yo entonces, una toalla blanca. Yo tendría la cara
tan cerca de la suya que sería capaz de oír hasta el más mínimo detalle de su
respiración, y sin embargo no nos podríamos besar cómodamente. Ella sonreiría,
encantada de que yo fuera suyo de modo tan evidente. Olería su lápiz de labios. Por
fin ella diría—: Supongo que ahora debería bañarme. El agua se va a enfriar.
—¿Has tenido la bañera lista durante todo este tiempo? —diría yo, afligido—. No
tenía ni idea de ello. Y yo aquí, pasándote por la puerta toda la pornografía del mes.
—Añadiré algo de agua caliente si se ha enfriado —diría Adele. Y luego—: No es
que me desagraden esas revistas, lo que pasa es que no me sirven de nada.
—¿Sabes lo que me gustaría? —diría yo—. Me gustaría que te frotaras aquí, junto
a la puerta.

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—Una hace lo que hace —diría Adele. Pensaría—. Deja que te vea un momento.
Hasta entonces yo habría estado apoyado de modo que mi cuerpo quedaba fuera
de su campo de visión. Me movería de modo que una de mis rodillas estuviera contra
la puerta, y la otra justo fuera del marco de la puerta. Me pondría de cuclillas. Todo lo
que llevaría puesto serían unos venerables calzoncillos Calvin Klein de 1984 que
habría dejado colgando de una pierna. Tendría una pernera sobre el paquete de modo
que tuviera libertad de menearme un poco el aparato en dirección a ella según se iba
poniendo duro.
—¿Te frotarías los pechos para que te viera mientras me pongo en acción? —
preguntaría yo.
—Sabes que no voy a abrir esta puerta —diría ella con firmeza—. La cadena está
echada.
—Lo sé —diría yo.
Entonces ella se relajaría, porque vería que los dos nos ateníamos a las mismas
reglas del juego.
—¿Te apetece entonces ver cómo me froto los pechos? —preguntaría ella. Se
pasaría la lengua por los labios. Yo vería que sus ojos bajaban de mi pecho al pene
que tenía agarrado. La velocidad de los movimientos de mi mano diría que sí.
—Una sugerencia —le diría, abandonando el trabajo en la polla para levantar un
dedo—. No desperdicies el baño, ya que está listo. Siéntate en la bañera un minuto o
dos, lávate la parte de abajo del cuerpo o lo que sea, haz la mitad del trabajo, no lo
que necesitaría. Y luego haz esto… ¿tienes algo que pueda contener algo de agua? —
yo miraría vacilante por la habitación y encontraría un cubo para hielo—. ¿El cubo de
hielo? —gritaría yo—. Perfecto. Podrías coger el cubo de hielo y llenarlo con algo de
esa agua caliente del baño y traerlo aquí y lavarte los pechos para que yo te vea.
Podrías meter la toallita en el cubo y poner los pechos encima de él y frotártelos y
echarte agua caliente encima de ellos. Me apetece mucho ver eso. Por favor. Me
limitaré a esperar aquí pacientemente meneándomela —le lanzaría una mirada
anhelante—. ¿No tienes cubo para el hielo?
Adele giraría la cabeza.
—Sí, resulta que curiosamente tengo un cubo para el hielo. Te diré algo. Si no he
vuelto en, bueno, diez minutos, significará que me ha entrado timidez y no quiero que
veas cómo me lavo los pechos, en cuyo caso tú tienes un montón de revistas para
correrte con ellas. A propósito, hay una cosa que quisiera aclarar. Mi cuerpo no es
exactamente igual que los de esas revistas.
Yo le diría que tenía toda la razón: su cuerpo era tridimensional.
—Esa tercera dimensión a veces puede ser encantadora —diría. Le contaría que
ya podía ver algo de la forma de su cuerpo debajo de la toalla blanca, que sabía que
tenía un cuerpo magnífico, que estaba supermotivado por ver más, etcétera.
—Concédeme unos minutos —diría ella. Desaparecería de la puerta. Yo acercaría
la oreja a la rendija y escucharía todo lo que pudiese. Oiría caer la toalla y ruidos de

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agua.
—¿Ya te has metido? —diría yo, en voz alta.
—¡Chist! —contestaría ella. Habría más ruidos de agua. Yo apoyaría la frente en
la puerta, imaginándola sentada en el baño. Descansaría de ese modo durante mucho
tiempo. Luego se produciría el inconfundible sonido de alguien que se levanta del
baño. Seguirían más ruidos de agua. El cubo para el hielo aparecería en la moqueta
cerca de la rendija de la puerta—. Estoy de vuelta —diría Adele.
Yo le preguntaría si había sido un baño agradable.
—Un poco apresurado, pero sí —contestaría ella. Al mirarme, quedaría un tanto
sorprendida—. Casi somos de piedra, ¿no crees?
—¿Todavía llevas la toalla puesta? —preguntaría yo, retóricamente, pues podría
ver que la llevaba.
—Puedo no llevarla si quieres —diría ella. Se llevaría la mano al hombro; dejaría
que la toalla le cayera de las manos delante de ella, que se seguía protegiendo de mi
vista. Entonces, con gracia, se pondría a un lado y miraría la rendija de la puerta
donde estaba mi ojo. Tendría unos pechos erguidos y redondos, de tamaño medio, y
hombros anchos y suaves. Las señales de su bronceado estarían poco marcadas, casi
ni se notaban. Su espeso pelo sería el adecuado para su cuerpo. Para librarse de la
vergüenza, diría—: Y ahora, ¿dónde puse esa toallita? Ah, sí —agarraría la toallita
con indecisión.
Con la boca muy cerca del marco de la puerta, le diría que era hermosa, perfecta,
asombrosa. Le diría que adoraba sus pechos.
—Bueno, pues muchas gracias —diría ella, encantada. Tendría las piernas
dobladas; estaría de cuclillas (como todavía estaba yo). Medio seductora, medio
inquieta, se pasaría las manos arriba y abajo por los muslos largos y llenos. El modo
en que la tirante piel de sus muslos hacía una curva hacia fuera justo encima de sus
rodillas, como la tapa de un piano de cola visto desde arriba, sería una especie de
ofrecimiento.
—¿Por qué no te pones el cubo para hielo entre las piernas? —le sugeriría.
—Es una idea —diría ella. Separaría los muslos y se pondría el cubo entre ellos.
Yo vería brevemente un pelo castaño claro. El cubo para hielo sería redondo y negro.
Ella le quitaría la tapa. Del agua de dentro saldría un poco de vapor. Se recogería el
pelo y se lo echaría por encima de los hombros—. ¿Está bien? —me preguntaría,
levantando la toallita.
—Es lo que debes hacer —diría yo—. Mójala.
Ella metería la toallita en el agua. La levantaría, la estrujaría, la volvería a meter.
La estrujaría por segunda vez. Sería una toallita bastante fina, como suelen ser las
toallitas de hotel: casi se podían ver las sombras de sus dedos a través de ella. Me
miraría. Luego se echaría hacia adelante y yo vería que su mano rodeaba sus suaves
pechos con el calor de la toallita blanca. Se sujetaría el pecho por abajo con la otra
mano y lo mantendría tieso y lo rodearía con la compresa.

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—Qué visión tan hermosa —diría yo—. ¿Está caliente?
—Muy caliente —diría Adele, frotándose y haciendo círculos—. Muy caliente.
Siempre quise hacer esto con esas toallitas calientes que te dan en los restaurantes
japoneses. Levantarme la blusa allí mismo, ¿sabes? «Se lo agradezco. Es muy amable
por su parte». Mmm. O al final de los viajes en avión.
—El otro —susurraría yo—. No te olvides del otro —entonces tendría una
inspiración—. Espera, ¿sabes en lo que estoy pensando? ¡Traeré la otra toallita! ¡No
te muevas! —me levantaría de un salto y traería la toallita del cuarto de baño—.
Todavía está un poco húmeda de cuando me duché —le diría—. ¿No te importa?
Ella negaría con la cabeza. Yo le pasaría la toallita por la puerta. Ella la dejaría
caer en el cubo para el hielo, la estrujaría y, volviendo a echarse hacia adelante, se la
llevaría al otro pecho. Dos manos en dos toallitas en dos pechos. Yo haría sonidos de
maravilla y alabanza.
—Apuesto lo que sea a que se quedan fijas ellas solas —diría ella. Se estiraría y
dejaría que las manos le cayeran a los costados. En efecto, las toallitas seguían en su
sitio. Las agarraría por las esquinas, eliminando las arrugas. Parecerían bolsillos de
tamaño muy grande de una camisa muy transparente.
Le preguntaría qué se sentiría al agarrar los pezones por encima de ellas.
—Probablemente se sentirá algo bastante agradable —diría Adele. Se pellizcaría
suavemente los pezones a través de las toallitas mojadas. Sujetándoselos todavía, se
echaría hacia adelante y movería los pechos de modo que las toallitas se le
despegarían de la piel y le quedarían sujetas en los dedos. Luego dejaría caer las dos
toallitas en el cubo—. ¿Sabes cómo me gustaría lavarme los pechos si estuviera sola?
—preguntaría, sacudiéndose el agua de los dedos.
—¿Cómo? —preguntaría yo.
Ella empujaría el cubo hacia adelante y agacharía el torso más y más, apoyando
su peso en una mano. Dejaría que uno de los pechos bajara hasta la abertura redonda
del cubo y se hundiese silenciosamente en el agua. Eso me enloquecería. La cadena
de la puerta se pondría a hacer sonidos metálicos.
—Oh, mierda, es tan maravilloso —diría yo, subiendo y bajando la mano cerrada
en torno a mi látigo—. Tan eficaz, tan sensible. ¿Puedes hacerlo con el otro? ¿Puedes
hundirlo en el agua para que yo lo vea?
Adele ahora tendría las dos manos en el suelo, y continuaría su maravillosa sesión
de hundimiento de los pechos alternativamente: hundiría un pecho, lo levantaría,
dejaría que goteara un poco, se movería lateralmente, hundiría el otro pecho. Al
mirarla, sentiría un deseo tan intenso que sería incapaz de decir nada, a no ser:
—¡Mete esa teta, mete esa teta, eres tan jodidamente sexy, mete esa teta! —lo que
a ella no la molestaría. Al cabo de un rato, acercaría la cara a la rendija de la puerta y
miraría mi berenjena.
—Parece que te lo estás pasando bien —diría ella.
—Muy bien, de verdad que muy bien —diría yo.

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—Tengo los pezones muy limpios y duros —diría Adele—. ¿Te gustaría tocar
uno?
Acercaría el pecho a la rendija y yo me arrodillaría hacia adelante y dejaría que
mi cebolleta se lo tocara. Aunque sería la primera vez que nos tocábamos, aparte de
estrecharnos la mano, no parecería algo extraño, solo parte de la escalada. Adele
apartaría aquel pecho y acercaría el otro a la rendija. Cuanto más asomara mi
butifarra por la puerta, mejor sería capaz de notar el aire de su habitación en ella. El
aire parecería más frío. Mi polla, me daría cuenta sorprendido, ¡estaba en la
habitación de motel de Adele! Su otra mano se habría abierto camino entre sus
piernas y estaría sacándole brillo a su almeja.
—Me gustaría poder besarte —diría yo—. No me refiero a que quites la cadena
de la puerta, solo quiero decir que me apetece poder besarte.
—Veremos lo que se puede hacer —diría ella. Acercaríamos nuestras cabezas lo
más posible que se pudiera y asomaríamos la lengua. Nuestras puntas se tocarían. La
cadena de la puerta continuaría demostrando su presencia de modo audible.
—Me gustaría verte el culo —exclamaría yo.
—Hmm —Adele echaría la cabeza atrás—. No creo que nuestra relación haya
llegado hasta el punto de que puedas verme el culo.
—¿No? —diría yo, sorprendido.
—No —diría ella—. ¿Sabes por qué? Algo me dice que quieres verme el ojete.
¿Verdad?
Yo daría una respuesta ambigua.
—No solo el ojete. El culo y el ojete a la vez. En su contexto.
—Bien —diría ella—, pero la verdad es que no quiero que esta noche me veas el
ojete.
Yo no discutiría eso. Diría:
—Lo acepto. Un ojete del culo es una cosa muy personal. Estaré completamente
encantado con verte solo el culo. Puedes mantener las nalgas juntas.
Pero ella tampoco quería ir tan lejos.
—Creo que no —diría—. No me fío de mí. Si me doy la vuelta y te enseño el
culo, las nalgas se me podrían abrir, y no queremos que pase eso, ¿verdad? ¿Qué tal
si me lavo los pechos un poco más? —se pasaría unos mechones de pelo por uno de
los pezones para dar énfasis—. ¿Hmm?
Yo diría:
—Sería fantástico, claro, pero… tengo una idea. ¿Qué tal si coges una de las
toallitas y te la pones en el culo? Solo te la tienes que poner ahí. Sería un cuadrado
blanco, un helipuerto, pero se adaptaría a tus formas.
—¿Te refieres a esto? —escurriría la toallita y se la pondría como un taparrabos
en el culo, y se volvería de espaldas a mí.
—Sí —diría yo—, en cierto sentido, pero supongo que no me refería a que
quedara tan colgante. Creo que necesitaría estar más mojada, así se pegaría de

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verdad, igual que se te pegaba a los pechos. El modo en que la tienes ahora es un
poco… centrocampista.
—Ah —Adele metería las manos en el agua y se las llevaría al culo para mojarlo,
y luego se aplicaría la toallita a la piel y se daría la vuelta.
—¡Perfecto, perfecto! —susurraría yo—. Ahora puedo verte la forma del sexo y
sin embargo tu culo conserva todas sus propiedades —me acercaría a la rendija de la
puerta todo lo posible y empezaría a meneármela frenéticamente, con los nudillos
chocando contra la puerta. La cadena sonaría a cada movimiento de la mano—.
¿Puedes pegarte a la puerta un poco más? —le preguntaría.
De rodillas, Adele pondría el cuadrado blanco de su culo frente a mí. Seguiría
fielmente la grieta de su higo abierto; curiosamente, parecería un libro abierto.
—¡Solo un poco más! —diría yo. Le advertiría de lo cerca que estaba mi polla de
su culo, y de lo jodidamente increíble que parecía su culo. Justo debajo del borde de
la toallita, distinguiría a cuatro de sus dedos frotándose contra el saliente de su
clítoris. Me soltaría la polla y extendería la mano por la rendija de la puerta hasta
donde pudiera; casi llegaría a alcanzarla con mi dedo medio—. Arrímate un poquito
más —diría—. Te voy a tocar.
Ella separaría las rodillas algo más y se echaría hacia atrás, apoyándose en las
manos, y acercaría el culo a la puerta. Las yemas de mis dedos entrarían en contacto
con la áspera textura mojada de la toallita.
Tiraría de una de las esquinas de arriba, que se habrían caído un poco.
—¿Sigue todo en su sitio? —preguntaría ella, mirando por encima del hombro—.
¿No estás viendo algo que no deberías ver?
Dejaría que mis dedos se deslizaran ligeramente por su valle de felpa. Luego
subiría la ladera opuesta, luego bajaría, trazando parábolas al apreciar las formas.
Más o menos sabría dónde estaban las cosas de debajo, pero no sería capaz de verlas.
—Por el momento todo está en orden —diría yo—. Sin embargo, no perderé ojo.
—Gracias.
—¿Quieres masturbarte el chocho de prisa de verdad? —le preguntaría, con voz
ronca.
Adele respondería que ya se estaba masturbando el chocho de prisa de verdad.
No hablaríamos durante algún tiempo, haciendo sonidos de antífona.
Ahora la toallita estaría más suelta. Esencialmente yo la estaría sujetando con el
dedo.
—No parece que quiera estarse fija —advertiría yo—. Pero creo que conozco un
modo de evitar que se caiga. ¿Lo pruebo?
—Sí. Oh, sí. Prueba —Adele estaría perdida en su mundo onanista.
—Voy a empujar la toallita con el dedo medio —diría yo entonces—. ¿De
acuerdo? Solo un centímetro. Así se mantendrá en su sitio.
Encontraría el sitio adecuado y empujaría. En la tela se formarían unas arrugas
blancas, una especie de esfínter de felpa blanca que se reuniría alrededor de mi dedo

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medio cuando se abría paso.
—¡Aaay! —diría Adele—. ¡La textura de la tela!
Retiraría con cuidado el dedo, dejando la toallita en su sitio.
—Ahora ténsala y córrete —diría yo.
—Me hace cosquillas de verdad —diría ella.
Yo apoyaría todo mi peso contra la puerta y metería la polla por la rendija. Adele
empezaría a empujar contra la jamba de la puerta a un ritmo constante. Este
movimiento finalmente haría que la toallita se le deslizase fuera de las curvas del culo
y cayera; pero no llegaría al suelo, pues yo todavía la sujetaba con firmeza al ojete de
su culo. Ella notaría algo desagradable.
—¡Oh, no! —diría sin aliento, alarmada.
—Todo va bien —la tranquilizaría yo—. ¡Sigue colgando de ahí! Todavía no
puedo ver nada. Me limito a mantenerla ahí para que no se caiga, ¿de acuerdo? Voy a
soltar un gramo azucarado de semen a través de esta puerta en cualquier momento.
—Ooh, ¿de verdad? —diría Adele. Ella estaría haciendo presión con el culo
contra la puerta con tal fuerza que casi lo tenía pegado a mi cara.
—¡Córrete en mi toallita! —diría ella—. ¡Suéltalo en mi toallita!
En mi frenesí, apuntaría mal y soltaría mis dos primeros chorros en la moqueta y
la puerta, pero con el tercero me las arreglaría para echar algo del destilado fértil en la
parte de arriba de su muslo. Al notarlo, Adele tendría una conmoción final hacia
adelante… y la toallita colgante, firmemente incrustada en su hambriento esfínter,
empezaría a moverse hipnóticamente, subiendo y bajando varias veces y haciendo
que el borde subiera libre y suavemente, como un pañuelo que se mueve diciendo
adiós desde un crucero.
Adele se daría la vuelta, se sentaría y me miraría. Nos describiríamos lo agradable
que había sido.
—¿Viste? —diría yo—. La toallita no cayó. Conservaste tu recato.
—Ahora ya puedo dormir —diría ella.
Yo centraría la mirada en su pelo, que aparecería hermosísimo y abundante y
revuelto. Aunque no podríamos estrecharnos la mano adecuadamente a través de la
puerta, uniríamos nuestros índices y nos despediríamos de ese modo. Se cerraría su
puerta y oiría cómo corría el pestillo. Yo también cerraría mi puerta y daría una vuelta
a la llave, pero no sujetaría la cadena de mi lado; me parecía que el sonido de la
cadena sería una desagradable grosería después de lo que habíamos hecho juntos.
A la mañana siguiente, al abrir la puerta para salir, encontraría un paquetito
blanco a mis pies. Sería la cinta de Suzanne Vega envuelta en una de las toallitas
ahora tiesas, con una nota que diría: Cuídate. A.J.S. No estaría seguro de si este
regalo trataba de indicar que ella sabía que el que había cambiado las cintas en el
coche era yo, o si sencillamente era un gesto amistoso. Pero me cuidaría, y con ganas,
por lo menos dos veces, antes de volver en coche a Boston.

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Eso es lo que yo pensaba que iba a pasar. Lo que pasó, sin embargo, es que
después de hora y media o así de conducir por la autopista de peaje de Mass, de hora
y media llena de esperanza y concentración, vi una forma rectangular que salía dando
vueltas por la ventanilla del coche de Adele.
No le había gustado. Qué triste y decepcionante. ¿La había escuchado entera y
luego decidió que no le gustaba, o le había molestado tanto que la había tirado
cuando solo iba por la mitad? Me subí las gafas y examiné el estéreo de su coche: sí,
Suzanne Vega estaba en su sitio. Los pezones de Adele no estaban especialmente
erectos debajo de su jersey de flores rosas. ¿Era de piedra? ¡Imaginarla lanzando mi
casete por la ventanilla! Horas y horas de esfuerzo, solo para ella, desperdiciadas.
Claro que yo había dicho que era muy libre de hacer eso, pero, con todo, no esperaba
que lo hiciera. Mi orgullo estaba herido. Recorrí la hierba alta donde pensé que había
visto caer la cinta, pero no conseguí encontrarla. Y no quería pasar demasiado tiempo
lejos del coche, porque la hierba por la que andaba tenía la misma inquietante
cualidad borrosa que la carretera; consideraba que infligiría algún perjuicio o daño a
la red de agujeros cósmicos si andaba demasiado tiempo por la línea central.
Arranqué el tiempo y conduje lentamente, hasta que Adele se perdió de vista delante
de mí. En la salida siguiente, cambié de sentido y volví hacia casa. Cuando me
desperté a la mañana siguiente, mis Pliegue-poderes habían desaparecido.

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16

LA semana siguiente a mi fallido viaje en coche, trabajé quince horas extras en una
firma de asesores jurídicos. Me molestaba una insistente sensación de picor en la base
de la palma de la mano derecha y un creciente dolor en el antebrazo. Por lo menos
necesitaba una semana sin escribir a máquina, pero, como mis derechos de visita a la
Fermata ahora me estaban negados, no la pude conseguir.
Lo que evidentemente era un problema del túnel carpiano se agravó durante los
meses siguientes. Una muñequera no me sirvió de nada, a no ser para aumentar el
dolor. Era capaz de aliviar un poco los síntomas durmiendo con el brazo sujetando la
otra almohada de la cama. Tras un esfuerzo especialmente intenso pasando a máquina
una lista de precios de ochenta páginas, fui al ambulatorio y vi a varias enfermeras y
médicos. Cada uno de ellos golpeaba con fuerza la muñeca y preguntaba lo que
sentía. Cada diagnóstico le hacía más daño al nervio, me parecía. Continué con la
cadena de especialistas hasta que llegué a la especialista en movimientos repetitivos,
la doctora Susan Orowitz-Rudman, una alegre mujer baja de cuarenta años. Le conté
que era eventual profesional y que tenía la necesidad de poder continuar usando el
teclado de la máquina. Ella estaba llena de ideas y teorías. Encontré que su apellido
con guión intercalado era intensamente atractivo.
—¿Hay algún otro movimiento repetitivo relacionado que realice? —preguntó—.
Una paciente mía era secretaria de juzgado y una ciclista fanática los fines de semana,
y resultó que no se trataba de que escribiera a máquina, sino que era la combinación
de escribir a máquina y apretar los frenos de su bicicleta lo que originaba el problema
en el túnel carpiano. Se dedicó a nadar, se tomó una semana libre en el trabajo y pudo
seguir trabajando sin tener que operarse. Me encanta operar —añadió—. No es gran
cosa, solo es una cuestión de hacer una pequeña incisión justo aquí… pero estoy
diciendo que a veces hay modos de conseguir que desaparezca el problema sin
necesidad de eso.
Le dije que a veces chasqueaba los dedos al ritmo de la música, y que escribía
algunas cosas mías por las tardes y los fines de semana que se sumaban a la cantidad
total de lo que escribía a máquina.
—¿Qué tipo de cosas escribe? —preguntó educadamente ella, tomando nota de
ello.
—Solo relatos. Nunca los he publicado. Pero me enredo y escribo a máquina sin
parar. El problema de la muñeca empeoró mucho desde que empecé a hacer eso.
La doctora Orowitz-Rudman habló de teclados alternativos y de que dictara lo
que escribía y que luego me lo transcribiera un amigo. Sugirió que me tomara libres
quince días en el trabajo. También habló muy bien de las máquinas de escribir
manuales: pues exigían más fuerza muscular, parecía que dañaban menos los

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músculos. Un profesor de antropología de Harvard había vuelto a su antigua Olivetti
portátil y se había curado del todo. Describió algunas investigaciones que estaba
haciendo.
—Me interesa perfeccionar un sensor de muñeca —dijo—, que funcionará como
un instrumento de biorretroalimentación, indicando al que lo use que uno de los
movimientos que realiza probablemente le inflame el nervio; se basa en ciertas
correlaciones. Pero lo que estoy haciendo ahora no es tan avanzado, aunque resulta
bastante interesante… me refiero, claro, a que me resulta interesante a mí, pero
también puede resultarle interesante a mis pacientes, y útil. Trato de perfeccionar un
conjunto de estudios sobre el movimiento del IRM para diversos movimientos
característicos, como escribir a máquina una letra concreta del alfabeto, abrir una
ostra, preparar la ensalada, y cosas así. Utilizamos algo que se llama instrumento de
secuencia de pulsos rápidos eco-planares IRM, que esencialmente presenta la
respuesta de los nervios a los movimientos según se realizan. ¿Le interesaría tomar
parte en él?
—Recuérdeme lo que es el IRM.
—Imagen de Resonancia Magnética.
—¡Oh! —dije yo—. ¡Muy bien! —extremadamente complacido, dije que
probablemente me gustaría tomar parte. Concertamos una cita. Luego de repente se
me ocurrió algo que no pude resistir las ganas de sacar a relucir—. Lo que todavía no
entiendo —dije— es por qué le pasa únicamente a mi muñeca derecha. ¿No debería
sentirlo en la izquierda?
—¿Utiliza usted mucho la tecla de retroceso? —preguntó—. Varios de mis
pacientes han modificado el teclado de modo que controlan la tecla de retroceso con
la mano izquierda, eliminando ese constante incidir con el dedo meñique cuando
corrigen sus escritos, y han mejorado de inmediato.
—Interesante. Puede que sea eso —dije yo, asintiendo pensativamente para
indicar que estaba pensando en algo más—. Puede que sea eso.
—¿Bien? ¿A qué lo atribuía usted? —preguntó la doctora.
—¿Cómo lo explicaría? Los relatos que escribo son… son relatos pornográficos.
Ella hizo un signo de asentimiento. Tenía un rostro sensual e inteligente y astuto.
—No veo que lo que usted escriba vaya a suponer una diferencia para su muñeca.
Una letra f es una letra f para el nervio implicado, sin importar que lo que se escriba
sea escabroso o no.
—Es cierto —dije yo, impacientemente—, y sin embargo la letra e es la letra más
frecuente en inglés, ¿no? Y la letra e es una letra de la mano izquierda. De modo que
debería haber tantos problemas con la muñeca izquierda como con la derecha.
—Por eso mencioné yo la tecla de retroceso —explicó pacientemente la doctora
—. O podrían ser simplemente las teclas del cursor o el ratón. El ratón crea
problemas terribles a la gente.
—Yo utilizo casi exclusivamente las teclas de las letras —dije, arrogante.

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—Lo único que digo es que tiene que fijarse mucho en el modo en que de verdad
mueve las manos por el teclado y hacer sutiles cambios. La gente cree que puede
instalar una almohadilla para la muñeca o hacer unos cuantos ejercicios y que todo irá
como la seda. La cosa no siempre funciona de ese modo.
Le miré la tarjeta de identificación. Me gustaba mucho que su nombre fuera
Susan. Dije:
—Haré eso. Pero… lo que me ocurre es… bueno… que escribo pornografía.
—Lo sé. ¿Y qué?
—Bueno, que cuando escribo me pongo con frecuencia muy excitado. Imagino
que lo lee alguien, ya sabe, una mujer lo lee, y me pongo a…, —alargué las manos
como si lo que iba a decir fuera evidente.
De repente ella entendió y se rio.
—Ah, ah, ah. Solo trata de decirme que mientras escribe se masturba.
—Exactamente —dije yo, aliviado—. Con la mano derecha.
—¿Constantemente? ¿Se masturba usted constantemente mientras escribe?
—No constantemente, no. Escribo a máquina, digamos, una palabra o frase y
luego me masturbo un poco, y luego otra frase, y me masturbo un poco más, algo así.
—¿Esas sesiones alternativas se prolongan mucho? —preguntó la doctora
Orowitz-Rudman, después de una pausa.
—A veces. En una ocasión escribí un relato en el capó de un coche durante doce
horas seguidas.
—¿Masturbándose intermitentemente todo el tiempo? Daba por supuesto que
usted escribía en un lugar aislado.
—Es un sitio accesible solo para mí.
—Bien.
Le lancé una mirada inquisitiva.
—¿Es ese el terreno que le interesaría estudiar? —le pregunté.
Al principio pareció escéptica, y luego más interesada.
—Bueno, ya sabe, tengo que admitir que en el pasado abrigué unas breves
sospechas en ese sentido. Quiero decir: ¿por qué los episodios masturbatorios
frecuentes o prolongados deberían de agravar o incluso provocar esos problemas?
Pero hasta ahora ningún paciente había sugerido espontáneamente que la causa fuera
esa, y he tenido resistencia a mencionarla. Merece que se considere, sin duda. A lo
mejor podríamos hacerle un escáner mientras…
—¿De verdad? —dije—. ¿Harán que me dé placer a mí mismo en uno de esos
imanes gigantescos? ¿Los que son como pulmones de acero, que sacan fotos de los
tumores cerebrales?
—Bien, ¿y por qué no? —dijo ella—. Y también utilizará nuestro falso teclado.
Tratamos de simular las condiciones de la vida real. Por desgracia, no podemos
utilizar teclados de verdad, porque no podemos introducir metales ferrosos dentro del

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imán… Bien, no se masturbará habitualmente llevando un anillo con pinchos en la
polla o un separador de cojones, ¿verdad?
—Dios santo, no.
—Bien, porque eso crearía auténticos problemas en un campo magnético de
treinta mil veces la gravedad terrestre. En fin… no quiero ponerle en un aprieto, pero
¿está usted sinceramente interesado? Ahora estoy pensando en voz alta, algo que no
hago normalmente, pero tengo la sensación de que podría ser una línea de
investigación nueva. ¿Quién sabe? Podría aparecer usted en La revista de medicina
de Nueva Inglaterra. Anónimamente, por supuesto.
—Bien —dije yo, halagado—. Supongo que si les puedo servir de alguna ayuda a
otros…
Una semana después, aparecí por el ala de RM del hospital a las seis menos
cuarto de la tarde, después de una jornada extra en una empresa de contabilidad. Me
dolía el brazo, lo que me encantaba, porque consideraba que así no iba a hacer que
nadie perdiese el tiempo. En una sala de conferencias, la doctora Orowitz-Rudman
explicó del modo amistoso, ligeramente irónico, que solía, lo que me iba a pasar: me
pintarían en el brazo y en el pene unos puntos de referencia, de modo que el sistema
de representación gráfica pudiera mantenerse fijo en esos dos elementos cuando yo
me moviera. Dijo que quería que yo escribiera a máquina y me masturbara tal y como
lo hacía en la vida real. Se levantó, y entonces recordó algo.
—Hay una cosa que le tengo que preguntar —dijo. Rebuscó en unos cajones del
fondo de la sala—. Estoy buscando algo con una determinada forma —explicó. Sacó
un depresor de la lengua, pero lo rechazó—. Excesivamente poco romántico. Debería
habérseme ocurrido traer una prótesis en forma de pene.
—Podría enseñarle el mío —sugerí.
—No… no… luego aquí contaremos con observadores y tendremos que
ocuparnos de todo tipo de cosas. Gracias por el ofrecimiento, de todos modos. ¡Ah!
Servirá esto —sacó un lápiz de labios de su bolso y me lo entregó—. ¿Puede
agarrarlo y mostrarme en líneas generales cómo se masturba? Me hago cargo de que
es un poco más pequeño de lo que está usted acostumbrado.
Lo agarré y lo meneé varias veces.
—¡Ah! —dijo la doctora—, de modo que utiliza tanto la mano entera como un
dedo y el pulgar. Es lo que quería saber —se dio unos golpecitos en el labio,
pensando—. No quiero que se incline en favor de una u otra forma. Voy a tener que
pedirle que anuncie cuándo va a cambiar de una a la otra. Eso hará que nos resulte
más fácil conseguir que le siga el sistema de representación gráfica y, eventualmente,
claro está, aislar cuál es la forma concreta que le daña el nervio. En realidad, ¿cree
que sería capaz de ofrecer una especie de comentario sobre la marcha mientras se
masturba? Podría contarnos lo que está haciendo, lo que le duele, lo que no le
duele… cualquier cosa que se le pase por la cabeza.

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Dije que lo intentaría, desde luego. Me llevó a una sala de consulta, donde me
puse una bata del hospital. Dos enfermeras o ayudantes técnicas o médicas internas
me pintaron hileras de puntos plateados en el antebrazo. Pintaron un cuadrado
plateado en la parte de dentro de la muñeca. Luego me levantaron la bata.
—¿No deberíamos depilarle un poco? —le preguntó una a la otra. Esta me miró.
Era china—. Vamos a depilarle el vello púbico.
Bajé la vista hacia ella.
—Está un tanto enmarañado —no conseguía recordar la última vez que había sido
depilado; podría haber sido hacía una década. Ellas agarraron los espesos mechones y
les dieron unos tijeretazos. Luego, una me estiró el pene y pintó un punto plateado en
la ondulación de la circuncisión. Con el pincel en el aire, parecía insegura. Llamó a la
doctora Orowitz-Rudman. Las tres conferenciaron en voz baja.
La doctora me puso una mano en el brazo y me sonrió.
—¿Le importaría masturbarse un poco ahora? —preguntó—. No se pase. Solo
necesitamos que esté totalmente en erección para espaciar adecuadamente los puntos
de referencia en su pene.
—Oh, lo siento. Claro. Solo me llevará un segundo.
—Bien —la doctora Orowitz-Rudman se marchó.
Me meneé el aparato mientras las dos ayudantes esperaban. Noté con cierta
satisfacción que parecían apreciar su tamaño, grosor y llamativa coloración. (Es,
pensé, un pene más hermoso del que merezco).
Una lo sujetó suavemente mientras la otra pintaba los puntos plateados en la parte
de abajo y en la punta, midiendo las distancias cuidadosamente. El suave contacto del
pincel resultaba excitante.
Me llevaron a través de la sala de control hasta la puerta de la cámara del escáner.
—Buena suerte —dijo la doctora Orowitz-Rudman, despidiéndome con la mano.
Se sentó ante una mesa con dos monitores; tenía delante una carpeta con tres anillas
abierta. Una ventana daba, a través de una especie de pantalla con pequeñas mallas, a
la cámara del imán. La ayudante técnica me detuvo.
—Tiene que quitarse el reloj —señaló un cartel con unas cuantas imágenes de
objetos prohibidos con aspas rojas encima: extintores de incendios, marcapasos,
relojes, placas metálicas en la cabeza, cualquier objeto metálico, evidentemente.
El escáner estaba en mitad de la gran habitación vacía. Era una enorme estructura
blanca, como una pared muy gruesa, con un agujero todo a lo largo en el que se metía
a los pacientes en una especie de camilla. Había algo que hacía bastantes ruidos
molestos. Me quité la bata y me tumbé en la colchoneta. Tenía un teclado de
computador falso puesto encima del estómago y me metieron de cabeza en el ánima
del imán superconductor.
—¿Puede oírme, Arno? —oí a la doctora Orowitz-Rudman por el
intercomunicador.
Dije que podía.

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—Bien. Concédanos unos minutos para tener listas las cosas antes de que
empiece. ¿Se encuentra cómodo?
—Lo estoy. Esto es muy vaginal, doctora, como estar dentro de una especie de
músculo suave. ¿Está conectado el imán?
—Sí, siempre lo está —dijo ella.
—Esperaba sentir claustrofobia, pero curiosamente no la siento. Había un tipo en
la universidad… perdone… me callaré mientras hacen los preparativos.
—No, siga —dijo la doctora Orowitz-Rudman—. Las ayudantes técnicas están
preparándolo todo… Yo todavía me limito a observar.
—¿Qué es ese ruido tan molesto? —pregunté.
—Es el refrigerador. El imán tiene que estar muy frío, y al refrigerador hay que
bombearlo en torno a él.
—Entiendo. Bien, pues había un tipo en la universidad… —había un tipo en la
universidad, dije, que solía hacer como que metía un dedo en la vagina de una mujer,
luego dos, luego cuatro, diciendo: «Sí, pequeña. ¿De verdad? ¿Más?». Luego metía la
mano entera, luego el brazo hasta el codo, luego hasta el hombro; luego metía dentro
el otro brazo, sin dejar de decir: «¿Más? ¿Estás segura, pequeña? Muy bien». Ponía
la cabeza en la abertura de la vagina imaginaria y hacía fuerza para meterla, girando
la cara, y de repente la cabeza se deslizaba donde estaban los brazos, y por fin
enroscaba casi todo el cuerpo dentro del canal vaginal—. Siento un poco como si
hubiera hecho eso —expliqué—. Estoy dentro de este electromagneto enorme. Es
como un seno materno —me apresuré a calificarlo—. Es puramente vaginal.
—Interesante —oí que decía, distraída, la doctora Orowitz-Rudman. No había
estado escuchando. Dijo algo a sus ayudantes que no pude captar; luego la oí decir—:
¿Estamos? Muy bien —luego se dirigió a mí con su agradable voz de Susan
Stamberg—: Todo listo, Arno. Primero vamos a hacer que utilice un poco el teclado.
Le voy a leer una frase, y usted la escribe a máquina. ¿Listo?
Dije que estaba listo.
—«La cura…» —leyó la doctora.
Yo escribí a máquina.
—Vale.
—«para la mayor parte…».
Escribí a máquina.
—Ya está.
—«de las miserias humanas…».
Escribí a máquina.
—Vale.
—«no es radical…».
—Listo.
—«sino que las mitiga». Punto. Bien. Gracias. Es nuestra frase modelo. Y ahora,
Arno, quiero que continúe y utilice el teclado durante unos cinco minutos para

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calentar el nervio.
—¿Escribo lo que quiera? —pregunté.
—Eso es —dijo la doctora Orowitz-Rudman—. Puedo leerle algo si lo prefiere, o
puede inventarlo. Estaría bien que se pareciera a lo que escribe normalmente a
máquina, aunque no importa demasiado. Pero tiene que ser en inglés.
—¿Por qué?
—Para que la frecuencia de las letras sea representativa.
—Entiendo. No hay problema —dije. Me puse a escribir a máquina, del modo
tímido en que escriben las personas cuando prueban las máquinas de escribir y los
ordenadores en una tienda, aunque en mi caso las palabras que estaba escribiendo no
quedaban registradas en ninguna parte. Resulta extraño estar escribiendo a máquina
aquí, dentro de este imán, tecleé. Pero en cierto modo me gusta. Anteriormente nunca
había escrito a máquina tumbado. Lo recomiendo a todo el que le pueda interesar.
Este teclado resulta agradable de tocar, no hay que hacer presión, probablemente
porque lo han manipulado por dentro y no funciona. Tiene un tacto como el de los
viejos teclados Wang. Como no funciona, supongo que puedo escribir lo que quiera.
La doctora Susan posiblemente pueda seguir mis dedos en un monitor de vídeo para
enterarse de lo que estoy escribiendo, o verificar la cinta después, pero dudo mucho
que se moleste en ello. Es una persona alegre. Me atrae de verdad. Lo que no es
sorprendente… me resulta mucho más sorprendente cuando una mujer no me atrae
que cuando me atrae. Muy pocas veces conozco a una mujer y pienso luego: Es
increíble… de esa mujer no me atrae nada. Es algo que casi no pasa nunca. Todas
las mujeres merecen amor y fidelidad. Eso es cierto. A todas las mujeres las debería
querer alguien que fuera bueno y formal y sincero. Yo soy bueno, creo, pero no soy
formal ni sincero, de modo que tengo que pasar amablemente por su vida sin que
sepan que he estado en ella. Tío, me gustan las tetas de la doctora Susan debajo de
la bata de laboratorio, con ese nombre pinchado en una. Las mujeres de cuarenta
años, bajas y divertidas, y con las tetas grandes, deberían imponerse. O si solo
pudiera elegir entre mujeres altas de voz sedosa con las tetas pequeñas y mujeres
bajas y contentas con las tetas grandes —además de mujeres sexy afectuosas de
tamaño medio con tetas de tamaño medio y acento sureño, y mujeres de tamaño
medio con las tetas pequeñas y acento hispano— eso sí que sería vivir. De hecho me
gusta que la doctora Susan no sepa que estoy escribiendo lo mucho que me gustaría
que se pusiera de cuclillas encima de mí y se abriese la entrepierna blanca de
algodón de sus pantys negros y me acercara a la cara su chumino salado. Dejé de
hacer como que escribía—. ¿Es suficiente? —pregunté.
La doctora Orowitz-Rudman dijo:
—Hay de sobra. Ahora ya tenemos un control adecuado de su nervio. ¿Puede
volver a escribir la frase de referencia? ¿La recuerda?
—Lo siento —dije yo—. Creo que se me olvidó.
—«La cura para la mayor… parte de las miserias… humanas no es radical…».

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—«sino que las mitiga» —terminé, dispuesto a demostrarle que no era un robot
oficinista, sino más bien un mecanógrafo que pensaba en lo que le pedían que
escribiera—. Ya está.
—¿Qué tal los niveles de dolor? —preguntó la doctora.
Chasqueé el dedo varias veces para probar cómo estaba mi muñeca.
—Siento el cosquilleo habitual en la base de la palma y una molestia significativa
en el antebrazo.
—Bien —dijo ella—. Volveremos al teclado más tarde si tenemos necesidad de
ello. Ahora quiero que lo deje a un lado. Bien. ¿Está preparado para masturbarse?
Le dije que lo estaba.
—Muy bien, dentro de un minuto le pediré que empiece.
Quedé tumbado en paz, con las manos descansando en el pecho. Oí el murmullo
de una conversación por el intercomunicador, luego:
—Arno, ¿por qué no empieza?
—¿Puedo doblar la rodillas?
—¿Puede doblar las rodillas? —oí que preguntaba la doctora. Luego—: Será
mejor que no. Lo perdemos en uno de los monitores axiales. ¿Constituirá un
problema hacerlo con las piernas estiradas?
—En absoluto… está bien —dije yo—. ¿Me puede ver? No me refiero a mis
nervios, sino a mí.
—Sí. Tenemos varios monitores de vídeo además de la imagen de RM.
—Oh —dije.
—Asegúrese de que nos hace conocer cualquier cambio en el dolor que sienta —
dijo ella—. Haga un comentario sobre la marcha, si puede.
Dudé, luego me lancé.
—El problema es que el placer de una fuente enmascara el dolor de la otra fuente
—dije—. Creo que eso es parte del motivo por el que la cosa va mal. Pero, vale, me
estoy tocando el… órgano penil. Lo tengo agarrado, como supongo que puede ver,
con el índice y el pulgar, según hablamos. Podríamos llamarlo el agarre Kokomo.
Empiezo a meneármela lentamente, usando el agarre Kokomo, y en este momento no
noto un dolor concreto… bueno, hay una punzada caliente, pero nada dolorosa —
como durante tres días había evitado los orgasmos, esperaba que tendría pocos
problemas para ponerme cachondo y guarro, aunque estuviera envuelto por un campo
electromagnético tan potente que potencialmente era capaz de chupar depósitos de
oxígeno, tijeras y otros objetos de hierro letalmente a la cámara conmigo. Cuando
estuve totalmente en erección, mantuve en posición vertical mi butifarra durante un
momento sujetándola por la base, quería que todos los de la sala de control le echaran
una ojeada a través de los monitores.
—Quédese así durante un segundo —dijo la doctora Orowitz-Rudman,
inesperadamente—. No se mueva. Necesitamos una localización de esos puntos R.
Manténgalo quieto. Bien. Estupendo. Bien. ¿Todavía se siente cómodo?

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—Eso creo.
—Bien. Parece cómodo. Ahora necesitamos unos perfiles de movimiento. Hay un
movimiento repetitivo completamente nuevo para el sistema de arrastre de tiempo
real, de modo que tiene usted que tener paciencia con nosotros, por favor. El software
va a aprender a seguir su mano. Muy bien… primero seguirá usted adelante y se
masturbará lentamente, igual que haría normalmente en una fase inicial.
—En una fase inicial —musité yo—… probablemente cambiaría a la mano
entera. Y probablemente me la apretara con fuerza mientras me la meneaba despacio
arriba y abajo. Así —separé las piernas, de modo que los pies se apoyaran en las
paredes curvadas como de alcantarilla del ánima del imán, y moví la mano arriba y
abajo.
—Estupendo, gracias. Muy bien —hubo más murmullos entre las investigadoras.
Me encantaba que me estudiasen. Me encantaba que mi sencillo placer al subir y
bajar la mano fuera a tener resultados científicos. La doctora Orowitz-Rudman volvió
y dijo—: Arno, ¿no podría estimularse el pene más deprisa?
—¿Cómo de deprisa?
—Tan deprisa como lo haga normalmente. Queremos asegurarnos de que no
perderemos la imagen cuando lo haga en serio de verdad.
—Entiendo —me meneé la polla como si estuviera preparando un daiquiri en un
bar, como si estuviera aplaudiendo después de una interpretación maravillosa de la
suite de Ravel Mi madre la oca, como si estuviera tocando las maracas en un grupo
de salsa. El cuerpo daba saltos y caía pesadamente en la colchoneta de vinilo.
—Uau —dijo la doctora Orowitz-Rudman.
—¿Pueden seguir eso? —pregunté.
—Nada de nada —dijo ella—. Vaya más despacio. Más despacio.
—¿De este modo?
—No. Más despacio. Más despacio. Más despacio todavía. Más despacio. ¡Ahí!
Eso es lo más deprisa que puede ir. ¿Será lo bastante deprisa?
Hice un sonido de duda.
—Es terriblemente lento. ¿No es tan despacio como iba cuando me pidió que le
mostrara mi velocidad lenta? Sinceramente, no sé si seré capaz de correrme yendo tan
despacio.
Hubo un ininteligible intercambio de opiniones en su lado del intercomunicador.
Luego la doctora Orowitz-Rudman dijo:
—Vale, está bien, Arno. No se preocupe. Concédanos un segundo. Vamos a
probar con otra cosa. Espere un momento.
—Con la otra mano —añadí yo, con tono meditabundo—. Supongo que no
necesitan que me corra, ¿verdad? No hay motivo para que tenga que correrme para
este estudio del movimiento.
Se oyó la voz de la doctora Orowitz-Rudman:

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—Al contrario, yo creo que es crucial para el éxito de este estudio preliminar que
se masturbe hasta el final. Usted mismo aludió a los motivos hace solo un momento.
Cuando se acerque al clímax, sentirá tal placer y se meneará el pene tan deprisa que
probablemente afectará al nervio sin darse cuenta.
—Tiene toda la razón —dije yo—. Me tengo que correr.
—Concédanos otro segundo para sintonizar la correlación del software. Verá —
explicó—, tenemos que mantener la localización siempre en la misma sección de
contacto de una pequeña zona de su brazo, sin que importe lo deprisa que se mueva o
las vueltas que dé, lo que no es una tarea fácil. Lo hacemos con ayuda de un sistema
de seguimiento óptico completamente autónomo. El sistema óptico, a propósito,
utiliza parte de un hardware que fue realizado originalmente por Martin Marietta para
uno de los programas de reconocimiento de blancos del Departamento de Defensa.
Lleva a cabo doscientas cincuenta verificaciones por segundo, lo que es muy
rápido… debería de ser suficientemente rápido para esta aplicación concreta.
—¿De modo que no estaría aquí desnudo, haciendo esto, si no fuera por el
Departamento de Defensa? —dije yo—. ¿Quién dice que las investigaciones militares
no tienen aplicaciones humanitarias?
—Tenga un poco más de paciencia con nosotros, Arno —dijo la doctora Orowitz-
Rudman. Le daba a mi butifarra un par de toques de mantenimiento cada quince
segundos o así. Por fin le oí decir—: Muy bien. Ya estamos preparadas. Puede
empezar la masturbación en cualquier momento.
—Muy bien, empiezo —dije—. Volveré al agarre Kokomo. La verdad es que
todavía no lo estoy pasando demasiado bien… lo hago porque sé que lo pasaré bien
muy pronto. Hay un claro hormigueo en mis dedos. Se lo contaré con detalle. Es
estupendo que te dejen meneártela dentro de un jodido megaimán como este. Lo
único que sé es que voy a ser una persona distinta después de que me corra dentro de
este magneto maternal. Concentrado en mi enorme polla. Perdone este lenguaje: si
quiere que hable mientras lo hago, voy a tener que utilizar palabras indecentes. ¿Sabe
a lo que me recuerda? A Zardoz. Zardoz es una película en la que trabaja Sean
Connery. Unos seres superiores meten a Connery en su nave, y la mujer superior que
está a cargo de la investigación intenta averiguar lo que hace que su corazón lata más
deprisa. Proyectan varias imágenes de contenido sexual en una pantalla de la nave
espacial para ver cómo reacciona… un par de pechos que se enjabonan, por ejemplo.
Los niveles de las ondas cerebrales de Connery se mantienen completamente en
calma y sin verse afectados. Y entonces Connery la mira directamente, mira a la
investigadora, y al instante los osciloscopios del EEG empiezan a dar saltos y a
salirse del gráfico. De modo que es la ser superior la que le enloquece. Pues bien, me
parece poco plausible que unos pechos que se enjabonan no afecten a Connery en
absoluto… sin duda a mí me afectaron cuando vi esta película allá por los años
setenta. No la he vuelto a ver desde entonces y sin embargo recuerdo que contenía la

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mejor secuencia de enjabonamiento de unos pechos que he visto nunca, en parte
porque era tan rápido.
—Arno… el dolor de su brazo —dijo la doctora Orowitz-Rudman—. ¿Cómo va?
—Lo siento. Estoy notando un poco más de dolor justo encima de la muñeca, y
una sensación de frío en la mano. Pero no importa, merece la pena. Voy a cambiar a
la mano entera. Sí, allá vamos. ¡Sí! Para correrme de modo que me vea usted esta
tarde, creo que voy a adaptar esa escena de Zardoz: voy a pensar en un tipo al que le
piden que se masturbe dentro de un túnel magnético enorme mientras tres mujeres
superiores observan su túnel carpiano. Les interesa determinar con seguridad
científica si su masturbación contribuye a su inflamación nerviosa. Casi seguro que
influye, pero quieren registrar las imágenes del pobre y frágil nervio que impulsa su
mano cuando se proporciona placer. Están probando un software completamente
nuevo que se enfoca en el campo magnético de un modo nuevo. Este software utiliza
unos sistemas mejorados en CERN, de hecho. Pero este software nuevo tiene un
fallo: produce un efecto secundario importante en este hombre que se masturba. Le
depilan el vello púbico, le pintan en el pene un dibujo tribal, y luego, cuando la mano
del hombre se desliza suavemente arriba y abajo de su pene, se crea una especie de
micro-embudo muy raro, anómalo, en el núcleo universal del tiempo. Una
cronomalía. Dentro del imán, el tiempo queda chupado por sí mismo y es retorcido y
comprimido de tal modo que el nervio del hombre, que es donde se centra toda la
energía analítica del sistema de resonancia, ese nervio adquiere la habilidad de
detener y arrancar el progreso del tiempo a voluntad. Lo que sucede es que el brazo
de este hombre se calienta durante un segundo, hormigueando, como si fuera un
microondas descongelando algo, y entonces se da cuenta de que puede dejar a la
humanidad en pausa cada vez que chasquea su dedo medio. Se olvida de su polla y
hace la prueba. Así: un chasqueo.
Chasqueé los dedos. Al momento me encontré tumbado en un silencio eufórico.
Mis poderes para activar el Pliegue habían vuelto.
Me deslicé fuera del aparato y entré desnudo en la sala de control, con mi pesada
butifarra abriendo la marcha. La doctora Orowitz-Rudman tenía puestos unos
auriculares. Estaba reclinada en su silla, con la mano descansando pensativamente en
la boca, y el ceño fruncido de concentración ante un monitor que me mostraba a mí
tumbado, con las piernas separadas, y la mano agarrando mi erección. Nunca me
había visto desde aquel ángulo. No era una visión agradable. Una de las ayudantes
estaba sentada delante del otro monitor grande, que mostraba una cosa alargada y
brillante que en apariencia era el nervio de mi muñeca envuelto en los habituales
verdes, azules y naranjas intensos. La otra mujer, la china, estaba de pie detrás de la
doctora Orowitz-Rudman, mirando.
Me arrodillé, abrí la bata de laboratorio de la doctora Orowitz-Rudman y tiré de
su jersey de cuello alto verde sacándoselo de los pantalones. Se lo levanté hasta la
clavícula y le bajé las copas del sostén para que le asomaran los pezones. Estaban

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erectos, me encantó comprobar, y eran sorprendentemente oscuros, como dos ciruelas
pasas.
—No lo puedo evitar… necesito chuparte las tetas —le dije, y lo hice, lleno de
tacto, sin nada de teatro. Escribí: «Gracias», en un Post-it y se lo pegué en el pecho
izquierdo. Luego le volví a poner la ropa en orden, regresé a la cámara del escáner,
salté dentro del imán y recuperé mi posición anterior. Volví a chasquear los dedos. Se
oyó de nuevo el ruido del refrigerador.
Inmediatamente oí exclamar a la doctora Orowitz-Rudman:
—¡Vaya! Perdimos la localización. Arno, perdimos su localización. ¿Qué ha
pasado aquí?
—Que yo chasqueé los dedos.
—Muy bien, pero oiga, por favor no haga esas cosas. Nuestro sistema de
seguimiento tiene ciertos límites. Siga ocupándose del pene si le es posible.
—¿Cuánto más va a querer que continúe con esto? —pregunté. Estaba exultante
de alegría por haber recuperado mis poderes.
—¿Cuánto dolor siente? —preguntó la doctora.
—Mmm, resulta tan doloroso como de costumbre… siento un hormigueo por
todo el antebrazo —informé.
—Creo que debería seguir adelante y alcanzar el clímax enseguida. Creo que ya
tenemos lo suficiente para realizar un perfil bastante completo de la conductividad
neural.
—¿Quiere que me corra delante de usted? —me aumentaba el deseo de decir
cosas guarras.
—Sí —dijo ella, inexpresiva.
—¿Quiere de verdad? ¿Lo quiere ver? Oh, Dios, se la quiero dar entera. Ese tipo,
el tipo que está dentro del aparato de IRM, chasquea los dedos y el tiempo se detiene.
Comprende lo que va a pasar, no está asustado, porque aquello ya pasó otra vez
cuando alguien puso una muestra de su sangre en una centrifugadora y la hizo girar
muy deprisa y el tiempo se interrumpió. De modo que el tiempo está parado, y él se
desliza fuera del aparato, desnudo, meneándose su enorme polla muy hinchada, y se
precipita a la sala de control y aparta la bata de laboratorio de la doctora y le levanta
la blusa y le saca las tetas y les da unos lametazos. Es lo que deseaba desde el
momento en que la vio, quería chuparle aquellos pezones tan duros… oh, tía, ma-ja-
ja-ja-jaa…
—Un poco más despacio si le es posible, Arno —dijo la doctora Orowitz-
Rudman amablemente—. La imagen se está degradando.
—Lo había olvidado. Lo intentaré. Lo intentaré. Y luego el tipo vuelve a meterle
las tetas en el sostén y le baja la blusa y se precipita nuevamente dentro del imán y se
tumba en la colchoneta exactamente igual que estaba antes y chasquea los dedos, y el
tiempo vuelve a arrancar, y se queda allí tumbado pensando en las tetas que acaba de
chupar, en lo grandes que le parecieron al tenerlas en la mano, y es una idea tan

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tremenda que se tiene que correr sin importarle lo que duela… oh, está muy bien.
Quiero correrme dentro de su imán, doctora. Esto duele, pero no me importa. Me
gusta que obtenga todo tipo de imágenes gráficas de mi nervio mientras yo me subo y
me bajo la mano por este caliente y obsceno cacho de carne para que usted lo vea. Me
gusta tenerla dura y estar cachondo en su aparato. Oh, doctora. ¿Doctora? Le llamaré
Susan cuando me corra. Lo siento. ¿No le importa?
—Haga lo que quiera —dijo la doctora Orowitz-Rudman—. Pero trate de
meneársela más despacio, si le resulta posible.
—Oh, gracias. Oh Susan, oh Susan, oh Susan, uff, uff. Dime que quieres ver cómo
me corro. Quiero oírtelo decir.
Por el intercomunicador solo oí silencio, y luego:
—Como dije antes, creo que resulta importante que llegue al clímax.
—Llegaré al clímax, puedes apostar lo que quieras. Voy a pensar en tus tetas y
alcanzaré el clímax. Oh, me diste tu barra de labios para que la agarrase. Qué amable
por tu parte. Me gustaría habértela podido pasar por los labios y los pezones. Oh, qué
agradable resulta. Me meneo el aparato, Susan, me lo meneo dentro de tu agujero
magnético. Abre ese agujero para mí. Chúpame dentro, pequeña. Oh, Dios, eso es.
Apriétame la polla con fuerza, uff. Ufff. Ahí va: oh, sí, oh, joder, sí. ¡Oh, sí! ¡Urrrrr!
—dejé que saliera la corrida y me aterrizara en los músculos del estómago. Me quedé
allí tumbado lo que pareció mucho tiempo, respirando tranquilamente—. ¿Ya he
terminado? —pregunté, beatíficamente.
—Casi —dijo la doctora Orowitz-Rudman—. Normalmente, en este momento,
¿retoma usted la escritura?
—Si he alternado el meneármela con la escritura, sí.
—Entonces, ¿puede volver a escribir la frase modelo? —dijo ella—. Sería útil
contar con ella. ¿La recuerda? ¿«La cura…»?
—¡No me la diga! —me puse el teclado falso encima del pecho, evitando el
semen, y escribí la frase de memoria.
Las ayudantes me sacaron del aparato y me dieron una toalla de papel marrón. Me
senté, notándome un poco soñoliento y aturdido, y me puse la bata. En la sala de
control, la doctora Orowitz-Rudman se reunió conmigo y me condujo a la habitación
donde estaba mi ropa.
—Creo que la cosa fue bien, ¿no cree? —dijo.
—Lamento haberme centrado exclusivamente en usted.
—No se disculpe —dijo ella—. Nosotras estábamos centradas en usted, usted
estaba centrado en nosotras.
—Lo que pasa es que el que una doctora me pida que me masturbe resulta como
un sueño hecho realidad…
—Me hago cargo… Vamos a dejarlo. Lo único que lamento es que el sistema
gráfico no se mantenía acorde con usted y tenía que decirle continuamente que fuera
más despacio. A pesar de eso, espero que haya tenido un orgasmo satisfactorio.

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—Oh, fue extraordinario. No, estuvo bien que me dijera que fuese más
despacio… más despacio es mejor.
Me dijo que podríamos citarnos para dentro de unas semanas y ver los perfiles del
nervio.
—Pero, por lo que vi en los monitores, le sugeriría que utilizara la mano izquierda
si quiere librarse del problema del túnel carpiano.
—Empezaré mañana —dije—. Gracias, doctora —en aquel momento no podía
decir «Susan».
—Gracias por haber tomado parte —dijo ella. Nos estrechamos la mano. Luego,
sonriendo, la doctora chasqueó los dedos—. ¿Es así?
—Exacto, así es —dije yo, encantado. Chasqueé los dedos para que ella lo viera,
y mientras se estaba quieta en mitad de una sonrisa de despedida bondadosa, casi de
coqueteo, besé su tarjeta de identificación y le quité el Post-it del interior de su
sostén. Le habría dejado perpleja e inquieta el encontrarlo pegado a su pecho (aquel
pecho suave, pesado y un poco puntiagudo) aquella noche. ¿Y qué pasaría si se
quitaba el sostén delante de su marido y este se fijaba en él antes que ella? ¿Una nota
que decía GRACIAS pegada a su pecho? Habría provocado un sufrimiento
innecesario.
Para recuperarme del experimento, pasé los cinco días siguientes metido dentro
del Pliegue leyendo a Louisa May Alcott; no me acerqué a un teclado de ordenador ni
a mi pene durante todo ese tiempo. El dolor de la muñeca, que al principio era tan
fuerte que apenas podía abrir un sobre de correo basura, se calmó considerablemente.
Le pedí prestada a un amigo una Hermes manual portátil y la utilicé para escribir
guarradas; los golpes a las teclas más profundas fueron, como sugirió la doctora
Orowitz-Rudman, una especie de terapia física. Y traté durante algún tiempo de
meneármela ambipichamente, pero fracasé: mi mano izquierda no me hacía sentir
tanto placer. Al cabo de un mes, llamé a la doctora Orowitz-Rudman para concertar la
visita siguiente. Le dije que la muñeca iba mucho mejor, gracias a ella. Le pregunté
cómo iban los estudios del movimiento, y ella dijo que iban muy bien.
—Sin embargo, de momento hemos decidido centrarnos en los problemas con el
teclado —dijo.
—¡Oh! Pero ¿qué pasa… con las otras causas evidentes? Se mostró usted tan
entusiasmada. Fue usted, y perdone la jerga, sexo-positiva —no podía evitar el sonar
ligeramente decepcionado.
—Hemos establecido el contacto informalmente y por el momento es hasta donde
podemos llegar —dijo—. Ahora me quiero centrar en los daños relacionados con el
teclado.
—Lo sabía —dije yo, tristemente—. Hablé demasiado dentro del imán.
Ella dijo que no, que en realidad no era eso.
—Resulta que hay problemas al hacer investigaciones sexuales. Por algún
motivo, los que conceden las ayudas a la investigación no consideran que se trabaje

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con seriedad si se trata de la masturbación.
Aquello sonaba a creíble. Le dije que lo comprendía; en realidad, utilicé esa frase
de tres palabras con que terminan tantos asuntos del corazón: Lo entiendo
perfectamente.
—De todos modos —dije—, sin duda me resultó una tarde encantadora. Un
tiempo bien empleado. Aquel imán centró de verdad mi atención en el problema.
—Muy bien —dijo la doctora. Le deseó todo lo mejor a mi pornografía.

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17

ASÍ empezó la última y más larga fase de la Fermata, la fase más relajada, natural,
del chasqueo de dedos, la fase que utilicé hasta hace bien poco. Ahora me gustaría
emplear un momento en decir algo así como una pequeña oración sobre mi vida. Soy
muy afortunado por haber podido ver todos los pechos de mujeres desnudas que he
visto. No existe vida más agradable que la mía. Sencillamente estoy asombrado de la
suerte que tengo. Ningún actor o cantante promiscuos, ningún fotógrafo de revistas
para hombres, tiene una vida mejor, pues yo puedo quitarle la ropa a una mujer en
passant, como una diversión momentánea, sin que mi delicado acto de desnudarla
interfiera en modo alguno con su vida o con la mía. A la mujer media, a la mujer nada
excepcional, a la mujer fea pero interesante, la puedo contemplar en un estado de
repentina desnudez (suya y/o mía) en una acera, o a la poco favorecedora luz de una
tienda de discos, y nadie más puede. Hay pechos con formas que el público en
general desconoce, porque las mujeres que poseen tales pechos no se los enseñan más
que a sus amantes, maridos y radiólogos. Y con estos espacios siempre ocultos,
perfectos en su indispensable imperfección, que por el modo en que cuelgan y el
realismo de sus empinadas curvas cantan: «¡Somos dos pechos totalmente modosos!
¡Somos dos pechos que elegimos no aparecer desnudos en público!», me lleno la
mente hasta que los entiendo. Adoro la modestia, o a Modesta; adoro ver y besar a
Modesta, chuparle los pezones a Modesta, susurrarle a Modesta que es
tremendamente modesta. Y he podido hacerlo.
Sin embargo, no he sido castigado por ello. El doctor Jekyll, Fausto, el soldado de
Stravinski, la bailarina de Las zapatillas rojas, Golo, el hombre invisible y el viajero
del tiempo de Wells, el doctor Frankenstein y un millar más de recientes héroes del
terror poseen unos poderes cuasisobrenaturales y son castigados por ello, destrozados
por ello. Qué falsa y fastidiosa es esta consecuencia. ¿Por qué una vida con un rasgo
metafísico inusual debe terminar inevitablemente en la infelicidad y la muerte
temprana? ¿Por qué todos los héroes tienen que tener un defecto fatal que les lleva a
excederse y de ahí a la autodestrucción? Es demasiado cómodo. Incluso en los dos
artefactos literarios más discretos (y sorprendentemente similares uno al otro) que se
ocupan de la detención del tiempo y que se parecen a mis propios y privados Pliegues
—y me estoy refiriendo a El puente sobre el río del Búho, de Ambrose Bierce, y El
milagro secreto, de Borges—, se castiga severamente a sus héroes: terminan con
ejecuciones militares. Leí esos dos relatos en el instituto con una sensación de
profunda insatisfacción personal. ¿Eso es todo lo que un escritor cree que puede
hacer un Parón? ¿Eliminar la muerte en el último momento? ¿Dónde están las
hebefrenias supervivientes? ¿Dónde está la vida? ¿Dónde están las tetas?

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En realidad, y aquí estoy yo para confirmarlo, la gente se sale muchas veces con
la suya. A mí no me han apresado ni encarcelado por lo que he hecho; y además, yo
no soy el doctor Jekyll ni el doctor Frankenstein, y no merezco suplicios ni agonías.
Aunque publique estas memorias como libro y alguna mujer se reconozca en ellas y
me demande por una ofensa sexual (he revisado el manuscrito, dicho sea de paso, y
alteré unos cuantos nombres y modifiqué unas cuantas fechas para disminuir la
posibilidad de que pase eso, pero podría pasar), todavía me parecerá que mi vida ha
sido una vida estupenda y consideraré que he sido un hombre que no quería hacer
daño y que de hecho no hizo daño.
En parte estoy siendo farisaico en este momento debido a unos recientes
acontecimientos relacionados con la sin par Joyce Collier, Joyce la del vello púbico
negro inspirador de amor, a la que he abandonado al principio de estas páginas en mi
impaciencia por registrar lo más posible de mi intervida pasada sin preocuparme por
nuevas interrupciones. Un viernes en el trabajo, hace dos semanas reales,
aproximadamente en la época en que empecé a escribir sobre que me quité el reloj
para que Rhody lo viera en el restaurante tailandés, me fijé en la cabeza de cierto
empleado del MassBank, jugador de squash, que se llama Paul, y de pronto tuve la
sensación de que no podría soportar volver al trabajo al lunes siguiente; más aún, noté
que no sería capaz de volver al trabajo en absoluto hasta que hubiera terminado estas
memorias. Llamé a mi coordinadora y le pedí una semana entera libre. (No podría
conseguir más de una semana). Y alargué esa semana sin sueldo convirtiéndola en
veintitrés preciosos días (incluyendo el fin se semana último) de soledad
autobiográfica, sencillamente aumentando de una a dos el número de
Chasquejornadas personales que inserté entre cada día auténtico del calendario. Esto
significa que estaba envejeciendo tres veces más deprisa que un ser humano normal,
pero eso no me preocupaba. Hacía los encargos cada tres «días», y como trabajaba
con tal intensidad en este libro, no me sentí tan solo como había esperado; un
momento amistoso con el cajero de un banco o con una camarera de los días del
calendario era suficiente para ayudarme a pasar los dos Arno-días interiores que
seguían. Al tomarme libre esa semana en el MassBank, sin duda me alejaba también
de Joyce Collier; todavía quería invitarla a salir, pero sabía que cualquier
precipitación o angustia con respecto a ella me distraería de mis Pliegue-aventuras en
el pasado. Además, tenía la esperanza de que, si no aparecía por la oficina de Joyce
durante una semana entera, ella notaría que sus días de trabajo resultaban distintos si
yo no le pasaba las cintas, y tal vez considerara la posibilidad de ir a trabajar un poco
menos durante mi ausencia; y debido a eso esperaba yo que ella estuviera más cerca
de tomar conciencia de que realmente le gustaba.
Hacia el final de este decisivo retiro de tres semanas, cuando recreaba mi escáner
de resonancia magnética con la doctora Orowitz-Rudman, alcancé una breve
comprensión de mí mismo. Al lector le parecerá absurdamente obvio, pero yo lo
consideré un auténtico progreso. Mi comprensión fue que debería hablarle a Joyce del

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Pliegue desde el mismo principio, antes de intentar follármela ni siquiera una sola
vez.
No debería haber más secretos: si iba a sorprender a Joyce con mi cronanismo,
tenía que sorprenderla desde el principio, y si la iba a seducir con ayuda del Pliegue,
a diferencia de Rhody, ella debería ser cómplice consciente de la seducción. Decidido
eso, comprendí que me gustaba la idea de contárselo a alguien por fin. Podría
hacerme, a mí, «solo un eventual», un poco más atractivo ante sus ojos.
La noche antes de volver a ver a Joyce, no conseguí dormir durante unas dos
horas, casi de madrugada. Estuve en un Parón durante la mayor parte de mi insomnio,
porque no quería desperdiciar la noche. Quería estar fresco para ella. Me quedé
tumbado en la cama, en un universo en pausa, con la mano agarrándome el aparato;
cada vez que pensaba en contarle que había hecho un nudo con su vestido en torno a
su cintura en plena tarde y le había tocado los muslos y había notado su brillante
almeja, sentía que en mí revivía un malhechor. Quería contarle aquella cosa
sorprendente que había hecho. Quería que me perdonara y me amara por eso.
Así fue como me encontré con ella al día siguiente. Hacia las once y media, entró
para dejar una cinta y saludó con la mano. Me arranqué los auriculares.
—¿Cómo han ido por aquí las cosas esta última semana? —pregunté.
Joyce llevaba un vestido verde que yo nunca había visto antes; su pelo negro
estaba sujeto, pero sin apretar, por el pañuelo de cuello de los caracteres cirílicos.
Consideré que era un buen presagio.
—Estuve muy agobiada —dijo ella—. Te echamos de menos. La persona que
mandaron para que te sustituyera no era demasiado rápida.
—Lamento oír eso —tendí la mano y Joyce me entregó la microcasete—. La
pasaré en un abrir y cerrar de ojos —dije—. He echado en falta estas cintas, ¿sabes?
Me gusta encontrarme en plena tarea de pasar a máquina algo que me acabas de decir
al oído y alzar la vista y verte pasar.
Esto cogió a Joyce un poco por sorpresa.
—¿Qué tal te fue durante las vacaciones?
—Bien, estupendamente bien. Largas, sin embargo.
—¿A qué te has dedicado?
—He estado… esto suena a loco… pero he estado escribiendo mi autobiografía
—dije yo.
—¿Has tenido una vida interesante? —preguntó Joyce.
Me eché hacia delante.
—Bueno, ya sabes… ¡la tengo! La tengo. ¿Y tú?
—No.
—Es una pena —dije yo—. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?
—Encontrarme a alguien que me lleve a alguna parte. El problema es que no he
tenido tiempo para hacer cosas interesantes, porque estoy demasiado ocupada

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haciendo este trabajo tan poco interesante. De hecho, los sábados voy a una clase de
dibujo de plantas en el Arnold Arboretum.
—Oh, bien, eso es un paso importante —dije—. Yo no he dibujado una planta
desde hace años. ¿Es divertido?
—Sí —dijo Joyce—. Las plantas se están quietas. Es como meditar, pero mucho
mejor, porque piensas en la planta, y no en ti misma.
Sacudí la cabeza tristemente.
—Me gustaría que en mi vida interviniera más el arte. Dejé que varios
investigadores médicos me pintaran unos puntos reflectantes en varias partes del
cuerpo hace unos meses. ¿Se considera eso una experiencia artística?
—Eso pensaría yo —dijo Joyce. Preguntó qué trataban de encontrar los
investigadores.
Le conté que tenía que ver con mis problemas con el túnel carpiano.
—Intentaban averiguar hasta qué punto mi problema se debía a la escritura a
máquina y hasta qué punto se debía a otros factores.
—¿Qué otros factores? ¿Sabes? Yo también tengo algo afectada esa zona —
confió.
—Lo siento. El otro factor importante era… bueno… es un hobby que tengo, algo
en lo que empleo el tiempo libre.
—¡Oh! —dijo ella.
—De hecho —dije yo—, te tengo que hablar de él.
—¿Hablar de…?
Sin duda era el momento de pedirle a Joyce que saliera conmigo. Su expresión
mostraba indicios claros de sorpresa, de interés. Sus ojos —creo que es la única
expresión que puede traducir lo que estaban haciendo— resplandecían. Sin embargo,
¿cuál sería la expresión de su cara cuando se enterara de que ya había entrado en su
apartamento durante un Parón? Necesitaba un momento para ordenar mis
pensamientos. Sin pestañear, chasqueé suavemente los dedos. Me relajé. Lo más fácil
que podría hacer ahora sería desnudarla: si la desnudaba ahora y me subía a la mesa y
le tocaba la punta de la nariz con mi trabuco erecto o se lo pasaba por la mejilla de
modo amistoso, sabía que expresaría mi petición de una cita de modo confidencial.
Pero no quería hacer trampas. Podría volver a su apartamento, tumbarme en su cama
y conseguir fuerza y confianza por haber estado allí. Pero no… la cuestión
fundamental de esta cita era no entrar sin ser invitado. Necesitaba una distracción.
Todavía emplegado, me dirigí caminando decididamente a la tienda de ropa Gap
del centro comercial de Copley Place y les quité la blusa a todas las mujeres de
dentro (había once mujeres), cantando la tonadilla country-wéstern de Gap de los
años setenta: «Déjate… caer… en el Gap, en la grieta». Les dejé colgando el sostén
de los hombros. Sin pantalones, deambulé alrededor de expositores de cinturones con
tachuelas y a lo largo de paredes enteras de camisetas plegadas y pantalones vaqueros
lavados a la piedra. Sabía por experiencias previas que habría arena en algunos de los

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bolsillos de los pantalones; y no porque a aquel par concreto lo hubieran llevado a la
playa y luego devuelto, como pensé una vez, sino porque a los pantalones los
frotaban con arena antes de venderlos. Venían provistos de sus propios recuerdos
previos del Cape. Yo giraba lentamente como la aguja de una brújula en el centro de
la tienda, con las dos manos en mi pirindolo. Dejé que mi ojo se sorprendiera con
cada mujer en topless, diciendo a cada paso:
—¡Y tú! ¡Y tú! ¡Me había olvidado de ti! ¡Uau, esas son bonitas! Hola, ¿cómo
estás?
Habiendo llenado el cerebro de una multiplicidad de manflas desnudas (sin
correrme, no obstante), volví a vestirlas, poniéndolo todo en donde había estado, e
hice el camino de regreso al edificio del MassBank. En mi mesa, chasqueé los dedos
y emergí de mi Grieta personal lleno de confianza en mí mismo, fortalecido por los
secretos actos vulgares, mirando a Joyce, la cual, es innecesario decirlo, no se había
movido durante mi ausencia.
—¿Te apetecería comer conmigo alguno de estos días? —le pregunté.
—¿A qué tipo de comida te refieres? —preguntó ella.
—A una cena ligera.
—Oh —sonrió oblicuamente.
—Necesito hablar contigo. He hecho algo malo contigo y necesito desahogarme.
—Entiendo —dijo Joyce.
—¿Esta noche?
—Hmmm —estuvo a punto de aceptar. Pero luego dijo—: No, esta noche me
viene mal. Me gustaría poder, pero probablemente voy a tener que quedarme hasta
tarde. Voy a tener que ocuparme de lo que contiene esa cinta cuando tú me la
devuelvas. Thomas la necesita para mañana por la mañana.
—Si te la devuelvo en diez minutos —dije—, ¿saldrás conmigo esta noche?
—¡En esa cinta hay una hora grabada!
—Lo sé. Lo único que digo es: si te la devuelvo en diez minutos, ¿saldrás
conmigo esta noche? Sé que es un poco extraño, pero tiene que ver con lo que te
quiero contar.
—Muy bien, sí, por supuesto —dijo ella.
La llevé al restaurante del Meridien. Cuando nos dirigíamos hacia allí, seguimos
una profunda ley no escrita adaptada de la práctica de los negocios, una ley que
prohíbe cualquier discusión sobre el asunto principal hasta que determinados temas
de conversación hayan surgido aparentemente al azar y se haya tratado de ellos y
establecido en consecuencia un contexto de frío distanciamiento. Hablamos del éxito
y el fracaso de las cadenas de zapaterías y de los méritos de varios tipos de zapatos de
mujer y de si los que venden zapatos de mujer son invariablemente fetichistas. (Los
que llevaba Joyce eran unos zapatos grises, planos, con una pinta estupenda, y con
hebillas sexy a los lados). Pero en cuanto tomamos un poco de vino, Joyce dijo:

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—Y ahora ¿quieres explicarme detalladamente cómo pasaste esa cinta tan
deprisa?
—Si te lo cuento, ¿se lo contarás a alguien? —pregunté.
—No puedes saber esto de mí —dijo Joyce—, pero yo nunca le cuento nada a
nadie que me hayan revelado de modo confidencial.
—Bien… te quiero creer. He escuchado tantas veces tu voz al transcribir las
cintas que grabas, que creo que tengo una visión especial de tu carácter.
—Me deberías creer —dijo Joyce.
—Te creo. No… me parece que el verdadero problema es si me creerás tú.
—El único modo de averiguarlo es probar —dijo Joyce.
Total, que le conté que en diversos periodos de mi vida, empezando por cuando
iba a cuarto grado, había sido capaz de desengancharme del tiempo. Le conté
brevemente lo del transformador del scalextric, lo del hilo que me atravesaba un callo
y la lavadora, lo del tensor de goma y lo del portaminas, y lo de cuando me subía las
gafas.
Joyce soltó la risa.
—¿Y esta mañana? ¿Cómo lo hiciste esta mañana?
—Me limité a chasquear los dedos. No es que quiera hacerlo, pero cada vez que
chasqueo los dedos, para mí el universo entero queda en pausa de inmediato, igual
que una limusina que me esperara en la calle mientras yo hago unos encargos. Estuve
probablemente, bueno, como una hora y media pasando tu cinta, con el universo en el
modo de pausa, y luego chasqueé los dedos para volver a ponerlo en marcha y fui a tu
mesa y te entregué el trabajo. Y antes de eso, chasqueé los dedos y pasé más de una
hora dando un paseo. Fui a un Gap y anduve un poco por allí. De modo que para mí
en realidad son casi las diez de la noche.
—Debes de estar muerto de hambre —dijo Joyce—. Yo lo estoy. ¿Un poco de
pan?
—Gracias.
Mientras mascaba, me miraba.
—¿Tienes algo más que contar?
—Sí —me había sentido seguro, incluso engreído, momentos antes, pero ahora
noté que las manos estaban inseguras cuando me metí un trozo de pan en la boca—.
Nunca le he contado a nadie lo que te estoy contando —dije—. Traté de contárselo
indirectamente a alguien, pero no tuve éxito.
Joyce dijo:
—Entonces ¿por qué me lo estás contando a mí? Quiero decir, estoy encantada de
que me lo cuentes… o eso creo. Pero ¿no quieres seguir guardándotelo para ti solo ya
que te lo has guardado durante tanto tiempo?
Yo dije:
—Estoy cansando de llevar esta vida secreta y no poder contársela a nadie —y de
pronto me sentí tremendamente cansado. Sentí que iba a lloriquear un poco, pero

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afortunadamente no lo hice—. Me gustas y te lo quiero contar a ti. He escrito sobre
ello en las memorias en que he estado trabajando, y aunque no se las he enseñado a
nadie, al haber hecho eso, al hacerlo público en unas páginas, me parece que he sido
capaz de aceptar con más facilidad el hecho de que la gente se entere. Ahora lo
considero inevitable, aunque por supuesto no lo es. Es el paso siguiente. Además, he
utilizado el Pliegue para hacer cosas que podrían hacer que te sientas incómoda si te
enteras de ellas, y si voy a hacer que te sientas incómoda, prefiero que sea antes que
después.
—¿El «Pliegue»?
Me ocupé de la terminología con cierto detalle. Pedimos. Le conté lo de la
ecuación con los símbolos sobre los cuidados que hay que tener con la ropa y lo del
choque contra el parquímetro y el robo de las gambas. Hice un relato censurado de mi
experiencia dentro del escáner. Finalmente, reuní el valor suficiente para mencionarle
que en determinados momentos de mi pasado había hecho uso del Pliegue para
quitarles la ropa a las mujeres sin que estas se enteraran.
—Ah… ya veo adónde vas a ir a parar —dijo Joyce—. Eso no está tan bien. Eso
no es tan estupendo.
—Lo sé, lo sé, lo sé, lo sé —dije yo, subiendo y bajando la cabeza—. Pero
cuando lo estoy haciendo no me parece tan mal. Parece maravilloso, bueno, positivo;
parece como la cosa más constructiva que yo pudiera estar haciendo. Lo que pasa es
que no entiendo por qué ha de ser tan malo que le quite la ropa a una mujer, si ella no
se entera. Sencillamente: ¿es para tanto?
—¿Cuántas prendas de ropa le quitas? —tomó un sorbo de vino, mirándome
atentamente. Sus ojos eran del color de un pantano de turba; tenía las pupilas
dilatadas.
—Oh, eso depende —dije yo—. A veces no les quito nada, a veces bajo hasta el
sostén, a veces voy y toco más abajo.
—¿Nunca le contaste a nadie lo de esta práctica tuya?
—Directamente, no. He estado cerca varias veces, pero no.
Se llevó la servilleta a la boca. Luego entrecerró los ojos.
—Pero ahora has decidido contármelo a mí. ¿Y sabes por qué? Yo sé por qué. Me
lo estás contando a mí porque me quitaste la ropa, ¿verdad? ¿Verdad?
—Sí.
Dejó que le cayera la mano a la mesa. Ahora parecía triste; triste más que
sorprendida.
—No puedo creer que lo hicieras.
Para distraer su atención de lo decepcionada que estaba conmigo, pregunté:
—¿Quieres decir que no puedes creer lo que te estoy contando, o que no puedes
creer que hiciera algo tan grosero y brutal?
—Las dos cosas —dijo ella—. Dios santo, estoy tan hasta arriba de jodidos
mentirosos y chismosos y tramposos y tipos raros. Dios santo —se secó los ojos y

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sorbió por la nariz—. El año pasado mantuve relaciones con un tipo durante un par de
meses, y resultó que estaba casado. Simplemente se le olvidó contarme que tenía
familia numerosa en Washington capital. Y ahora esto.
—Lo siento —dije yo—. Pero ¿puedo decir que justo ahora yo soy lo opuesto a
ese tipo casado? Estoy tratando de no engañarte. Te estoy diciendo que aciertas en
eso, sí, te quité algo de ropa. Si antes hubiera sabido con seguridad que te iba a
molestar, no lo habría hecho. Me doy cuenta de que probablemente me esté haciendo
ilusiones. Me pareciste maravillosa. Tu vello púbico era como un sillín de bicicleta.
—Oh, Dios santo. ¿Cuándo fue eso? —alzó la vista hacia mí, como si enterarse
de la fecha pudiera ayudar.
Me quité las gafas y me tapé los ojos con las manos para pensar.
—Me resulta difícil fijar las fechas, porque últimamente he pasado demasiado
tiempo en el Pliegue, escribiendo. Fue la primera semana que trabajé en el
MassBank. Cruzabas la planta una vez llevando un vestido de lana gris azulado —me
volví a poner las gafas, lo que me hizo recordar lo que Joyce había dicho entonces de
que le gustaban mis gafas. Consideré que todavía existían esperanzas—. Es un
vestido estupendo de verdad. Tenías el pelo recogido en unas trenzas francesas, si es
así como se llaman. Llevabas unos archivos. Y yo quería ver más cosas tuyas. ¿Qué
puedo decir?
—Arno, ¿no te habría resultado más fácil pedirme que saliera contigo?
—¡No! Fue muy, pero que muy difícil pedirte que salieras hoy. No es algo que
haga a la ligera.
—Cuéntame exactamente lo que pasó —dijo ella.
—¿Cuando te quité la ropa? ¿De verdad que quieres oír eso?
—No, es odioso, pero sigue.
—Bien… me limité a chasquear los dedos y hacer que se parara todo y me dirigí
pitando hacia ti en mi silla y te levanté el vestido. Era tan ligero, tenía un tacto tan
agradable, el punto. Lo levanté por encima de tu panty y por encima de tus caderas y
te hice una especie de nudo con él en la cintura. Tus piernas se notaban calientes de
verdad a través del panty. El tejido del panty es de un material extraño, como una
substancia de otro planeta, desagradable cuando lo tocas por primera vez, y sin
embargo el calor de tu piel irradiaba a través de él y lo humanizaba. Conque pasé
rápidamente las manos por tus piernas y noté los huesos de tus caderas, y antes de
que te dieras cuenta, te había bajado el panty y tenía la mano en tu vello púbico.
—«Antes de que me diera cuenta», exacto —dijo Joyce, apuntándome con su
cuchillo—. No me di cuenta de ello, Arno. No tengo pruebas de que tuvieras la mano
en mi vello púbico. ¿No te inquieta eso?
—No, porque me enamoré de ti cuando tenía la mano en tu vello púbico.
Joyce hizo un sonido de exasperación.
—¡Todo se ha echado a perder y se ha estropeado! Estaba halagada de verdad
porque me hubieras invitado a cenar esta noche. Halagada de verdad. Y ahora todo es

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confuso.
—También fui a tu apartamento. Te cogí prestadas las llaves.
—No —Joyce se mostraba incrédula—. No.
—Sí. He visto tu canapé.
—Arno, esto es espantoso. No sé qué pensar. Y lo primero de todo, no creo ni una
palabra de ello.
—Debajo de un frasco antiguo de esa especie de porche donde duermes, metí una
galletita de la fortuna que encontré en un cuenco encima de tu nevera. Dice: «Sonríe
cuando estés preparada».
—Necesitas que alguien te ayude.
—¡Te pido perdón! No soy mala persona. Si me dices que me largue ahora
mismo, me largaré. Soy inofensivo. ¡Solo soy un eventual! Sentía curiosidad por ver
tu apartamento, eso es todo —esperé a que Joyce dijera algo, pero no dijo nada—.
Muy bien. Esta tarde todo se ha echado a perder. Sin embargo, me alegra que te
sintieras halagada porque yo te hubiera invitado a salir. ¿Quieres un poco más de
vino?
—Solo una pizca, gracias. Ya, ya, eso es demasiado —bebió un poco.
Dejé que pensara las cosas detenidamente. Estuvimos callados durante un tiempo.
—Debería irme —dijo ella.
—Vale —dije yo.
Entonces Joyce dijo:
—Demuéstramelo. Quiero que hagas lo que dices que puedes hacer ahora mismo.
—¿Quieres que detenga el tiempo?
—Sí, quiero.
—Muy bien. Lo detendré ahora mismo. ¿Preparada?
Ella asintió con la cabeza.
Chasqueé los dedos. Estuve sentado durante unos momentos, respirando
tranquilamente, casi tan inmóvil como el resto de los reinos animal y vegetal. Luego
empecé a dar golpecitos con la mano en la mesa. Rellené la copa de agua de Joyce.
Fui al cuarto de baño y comprobé el aspecto que tenía. Tenía buen aspecto; un poco
tímido y preocupado en los ojos. Me volví a sentar y hurgué en mi plato, pero no
quería comer nada sin Joyce «allí». Esta vez no disfruté del envolvente silencio,
como normalmente hacía; era como estar sentado a una mesa con alguien que no
quería hablar conmigo. De hecho, no era como estar, era estar. No me apetecía en
absoluto estar sometido a la Fermata en aquel momento; quería que el tiempo corriera
hacia adelante a un paso vivo, para que Joyce pudiera acostumbrarse a las cosas que
yo le había contado y me perdonara por ellas, si el perdón todavía era posible. Podría
llevar semanas.
Chasqueé los dedos.
—Acabo de hacerlo —dije.

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—¿Qué hiciste? —bajó rápidamente la vista a su vestido y luego me volvió a
mirar—. No tengo en absoluto la sensación de que pasara nada.
—No llegué a tanto. Me sentía escarmentado por tu reacción, de modo que me
limité a rellenarte la copa de agua.
Joyce miró su copa de agua desconfiadamente.
—Ya estaba así.
—No, de verdad, estaba mucho menos llena —dije yo.
—Estoy segura de que estaba así. Prácticamente solo he tomado vino.
—¿Vamos a discutir sobre hasta dónde llegaba el agua? —dije—. ¿O quieres
decirme lo que quieres que haga, lo que te demuestre que de verdad puedo detener el
tiempo?
—Podrías… —Joyce paseó la vista por el comedor en busca de inspiración. Vi
que clavaba unos ojos golosos en el camarero—. No sé. Lo que sea. ¿Qué te
apetecería hacer?
Me eché hacia delante.
—¿Ves a esos dos hombres? Podría cambiarles la corbata. Pero la verdad es que
no me apetece hacer eso. Odio las cosas prácticas. Bastante difícil me resulta ya
hacerme el nudo de la corbata. El Pliegue para mí es sexual —pensé durante unos
momentos, luego me animé—. Podría quitarte el sostén y meterlo en tu cartera del
guardarropas. Me encantaría hacer eso. ¿Te convencería?
—Sí, probablemente me convencería —dijo Joyce—. Pero espera un momento.
Yo dije:
—Si tú pudieras chasquear los dedos en este mismo momento y detener el
tiempo, suspender toda causa y efecto, ¿qué harías? —me volví a echar hacia delante
y empecé a hablar con una voz persuasiva, suave, apremiante—. Ahí tienes al
camarero. Vi que te fijabas en él. Tiene un buen culo, ¿verdad? Piensa en ello. El
comedor entero está lleno de pollas. Hay pollas por todas partes. Pollas propicias,
pollas arrogantes, pollas idiotas, pollas listas, pollas chapadas a la antigua, pollas
new-age. ¿Qué harías tú?
—En este momento, si pudiera detener el tiempo, detendría el tiempo y usaría el
servicio. Perdona un instante.
Mientras Joyce estaba ausente, clavé la vista en la flor del jarrón con capullos y
toqué la mesa por debajo del mantel para averiguar qué tipo de superficie tenía. No
pensaba; me limitaba a esperar. Vinieron nuestras ensaladas.
Por fin Joyce volvió.
—Hola —se pasó la mano por la parte de atrás de la falda cuando se sentó, de
modo que no formara arrugas—. No me seguirías hasta allí, chasqueando los dedos,
¿verdad?
—No, estuve aquí todo el tiempo.
Joyce parecía un poco más animada.

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—Estaba pensando en que ese poder que dices que tienes podría abrir algunas
posibilidades interesantes —dijo—. En el banco, por ejemplo, se me ocurrirían
montones de cosas que podrías hacer.
Le conté que no estaba dispuesto a cometer ese tipo de delitos.
—O si no —continuó ella—, sería muy útil para las madres que trabajan. Bueno,
olvídate de las madres que trabajan. Me resultaría muy útil a mí. Podría pasar un día
entero de descanso. Un paraíso silencioso. Nada de magnetófonos. Lo necesito de
verdad. Llené cuatro cintas.
—Es verdad —dije yo—. Además, es divertido. La idea de tener tiempo para
librarse de unos sonidos tan exquisitos. Pero en realidad he descubierto que grandes
fragmentos de tiempo en bruto no ayudan demasiado. La Ley de Parkinson se
convierte en la fuerza dominante. La Ley de Parkinson y la soledad. Uno tiene tiempo
para el tiempo libre y lo mezcla con la vida: de ahí es de donde procede el arte.
—Sin embargo —dijo Joyce—, me encantaría saber cómo sería callejear por
Boston cuando estuviese completamente quieto. Todo inmóvil menos yo. Todos igual
que estatuas. ¿Hablas realmente en serio cuando dices que lo puedes hacer?
Asentí con la cabeza.
Puso la servilleta en la mesa y se sentó muy tiesa en su silla, con las manos en el
regazo.
—Dime de qué color es el sostén que llevo. No me lo quites. Limítate a decirme
de qué color y de qué marca es.
—Francamente, me siento un poco raro al hacer eso ahora —dije, moviendo
nervioso los brazos para indicar inseguridad y confusión moral.
—¡Adelante! —dijo ella—. Todavía no estoy segura de que te crea. Tienes que
demostrar que no me mientes.
Chasqueé los dedos y fui al lado de la mesa que ocupaba Joyce; después de
rebuscar, arranqué la pequeña etiqueta de su sostén. También la besé levemente en la
boca, para poder decirle que lo había hecho. Ocupé mi silla y volví a activarlo todo.
—Llevas un sostén rojo —informé—. Es un… —examiné la etiqueta—, un Olga
Christina. Y dice: «No lavar en agua caliente, no mezclar con otros colores, no usar
lejía, secar tendido, no planchar».
—Es mi sostén favorito.
—Lo único que hice fue abrir la cremallera de la espalda de tu vestido y rebuscar.
Quiero que sepas que no te toqueteé los pechos ni hice nada provocativo —mantuve
la etiqueta del sostén entre dos dedos. Ella la agarró y la puso al lado de su plato para
el pan—. También te besé brevemente —añadí.
—¿De verdad? ¿Dónde?
—En los labios.
Puso expresión de muá en la boca para ver si podía detectar alguna sensación
residual.
—¿No notas nada? —dije yo, fingiendo incredulidad.

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—Nada —dijo Joyce—. ¿Y qué tal el beso?
Yo dije que había ido muy bien.
—Me alegra oírlo —dijo ella.
Para cuando terminamos las ensaladas, había una evidente sensación de amistad
en el aire.
—¿Sabes? —dije—, esta última vez que chasqueé los dedos, al arrancarte la
etiqueta del sostén, pensé algo. Apuesto lo que sea a que hay un modo de que puedas
experimentar el Pliegue conmigo.
—Lo dudo —dijo ella.
—Bueno, pues eso es en lo que pensaba, de todos modos. La Fermata parece
saber que físicamente yo soy individual, y eso me libra del congelamiento general.
Pero ¿y si la confundo? ¿Qué pasaría si tengo el pene dentro de tu vagina cuando
chasqueo los dedos?
Joyce soltó una risa de «eso ya es pasarse un poco», pero vi que la idea no le
resultaba inconcebible.
Seguí.
—Creo que hay una buena posibilidad, si nosotros hiciéramos eso, de que la
Fermata nos considerara a los dos una sola entidad. Tendríamos que encontrarnos en
un estado de unión auténtico, sin embargo. Yo tendría que estar allí dentro, y tus
piernas cerradas de verdad en torno a mí. Tendríamos que estar abrazados con mucha
fuerza, y probablemente tendríamos que besarnos. Probablemente tendríamos que
estar enamorados. Nuestras lenguas tendrían que perseguirse una a la otra, y tus
manos deberían tenerme agarrado por las nalgas.
Joyce levantó las manos.
—Muy bien, lo cojo, me hago una idea general.
—No estoy diciendo que sea algo seguro, garantizado, pero creo que merece la
pena intentarlo —dije, emocionadísimo—. ¿Estás conmigo?
—¿Y cuándo pasará? —tenía la misma sonrisa torcida que cuando le pedí que
saliera conmigo.
—Podríamos fijar la fecha, si te parece. ¿Dentro de cinco minutos?
—Me parece demasiado pronto —dijo ella.
—He perdido la noción de lo que significa «pronto». ¿No quieres perder tú
también la noción de lo que significa «pronto»?
—Creo que sí —bajó la vista.
De repente, me acordé de la anticoncepción.
—Caramba, es verdad. Sobran los condones, porque tiene que haber un contacto
total —me llevé los dedos a los labios, pensando—. No tomarás la píldora, ¿verdad?
—A veces veo a un hombre. Conque, técnicamente, sí.
—¿De verdad? Oh, ¡estupendo! Perfecto —agité las manos como si volaran—.
Olvídate de lo que hemos hablado. Hablemos de otra cosa durante un rato —le
pregunté más cosas sobre sus clases de dibujo de plantas. Describió las dificultades

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que tenía para dibujar la corteza. Habló de su profesor. Había un momento agradable
cuando Joyce terminaba de contar algo y tomaba un bocado de pan, y advertí que la
estaba mirando con una extraña expresión alegre, y que su cara se llenaba de amistosa
curiosidad. Era el momento.
—¿Ya puedo? —dije.
—¿Puedes qué?
—Chasquear los dedos.
Ella bebió lo que quedaba de vino.
—De acuerdo.
Chasqueé los dedos.
Descendí con ella por la escalera mecánica inmóvil hasta un sofá del vestíbulo y
encontré un carrito de los que los botones utilizaban para los equipajes. Fui a las
habitaciones del fondo y encontré varias mantas y almohadas, y almohadillé el carrito
con ellas. Puse a Joyce en el carrito, de costado, con las piernas recogidas. Me llevó
menos de una hora empujarla hasta su apartamento. Por lo general me mantuve en el
centro de la calle. Había empezado a llover, pero no nos mojábamos porque solo nos
humedecían las gotas con las que nos encontrábamos en nuestra marcha, no las de por
encima de nosotros y, aunque llueva intensamente, el número de gotas por metro
cuadrado es bastante menor de lo que parece cuando la lluvia está en movimiento.
Dejé el carrito junto a los buzones, la llevé escalera arriba y utilicé su llave. La tumbé
en el porche que utilizaba de dormitorio, encima de la cama. Mantuve los ojos
cerrados mientras le quitaba la ropa y me quitaba la mía. (Quería poder decirle que no
la había mirado). Arreglé la ropa de la cama por encima de ella y luego me puse a su
lado. Joyce estaba muy caliente. Me quedé allí tumbado con los ojos cerrados,
dejando que se me calmara el corazón. El canapé de su cama tenía un tacto tremendo.
Yo estaba cansado y soñoliento. Eché una siesta de aproximadamente media Arno-
hora. Cuando desperté, pensé que estaba tumbado en la cama con la mujer con la que,
por encima de todas las demás, quería estar en la cama. Chasqueé los dedos.
Joyce se puso a decir algo que empezaba con:
—Sin embargo… —se interrumpió bruscamente—. ¿Qué ha pasado aquí?
—¿Ves qué fácil es? —dije yo.
Ella volvió la cabeza sobre la almohada para mirarme.
—¿Qué fue lo que hiciste?
—Te traje a tu apartamento y me metí en la cama contigo.
Movió un brazo bajo la ropa de cama.
—No tengo la ropa puesta.
—Es cierto —dije yo—. Pero te aseguro que mantuve los ojos cerrados mientras
te la quitaba. No he hecho nada sórdidamente voyeurístico. Está ahí mismo. Lo único
que quería era estar totalmente desnudo en la cama contigo —los dos estábamos
tumbados boca arriba. Nuestros brazos se tocaban un poco. La habitación estaba en
penumbra.

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Joyce puso las manos en la nuca y pensó:
—¿Cómo conseguiste traerme aquí? ¿Vinimos en coche?
Le expliqué lo difícil que resultaba conducir durante una desestimación, con
todos los coches inmóviles. Describí el carrito para los equipajes y la ropa de cama
que cogí prestada. Luego dije:
—Hay un serio problema, sin embargo, que tiene que ver con el tiempo, y es que,
mientras estamos tumbados hablando aquí, pueden estar sirviéndonos el segundo
plato, y el camarero se preguntará adónde nos habremos ido. Dejé la chaqueta allí
para demostrar que no nos habíamos largado sin pagar, pero creo que deberíamos
entrar en la Fermata lo más rápidamente posible, antes de que nadie se fije en que
hemos desaparecido del restaurante, y que una vez que hayamos hecho lo que
llevamos tanto tiempo hablando, podamos regresar y terminar el postre.
—¿Te refieres a…?
—Sí, creo que tenemos que hacer el amor ahora mismo, y que debemos dejar
cualquier jugueteo previo hasta después de que hayamos Chasqueado; suponiendo,
claro está, que consigamos entrar en la Fermata juntos. Pero lo vamos a intentar.
—¿No podríamos besarnos por lo menos?
—¿Estás de broma? —dije yo—. Nos tenemos que besar. Es una necesidad.
Tenemos que mantener una unión física y mental completa para que esto funcione.
Trata de sentir por mí todo el amor que puedas.
Nos abrazamos y empezamos a besarnos. Creo que los dos estábamos
sorprendidos de lo estupendo que resultaba. Su boca era la cosa mejor que había
tocado con mi boca en mucho tiempo. Supongo que simplemente me había olvidado
de que no hay una satisfacción autoerótica sustitutoria del beso. Nuestros labios
colaboraron; se entendían entre ellos. En cuarto grado yo tenía un sello de caucho que
decía ARNOLD STRINE. No me gustaba apretarlo con fuerza. Me gustaba ponerlo
lleno de tinta encima del papel, con suavidad, y balancearlo adelante y atrás mientras
apretaba, de modo que mi nombre apareciera muy negro, y con las partes de arriba y
de abajo de las letras más anchas. Mientras Joyce y yo continuábamos, cerré los ojos
y durante un instante vi la imagen de mi viejo sello de caucho en el aire y, unido a él,
un segundo sello de caucho bien entintado que decía JOYCE COLLIER, de modo
que nuestros dos nombres estaban cara a cara y se balanceaban juntos, grabándose
uno en el otro.
También había olvidado, supongo, que no hay sustituto para el goce de poner los
brazos en torno a la desnudez de una mujer; cuando el tiempo está descongelado y
ella responde a tu abrazo abrazándote a su vez y no puedes creer en lo bien que
pueden coincidir dos cuerpos desnudos, en lo bien que se pueden acomodar, incluso
antes de que las erecciones hayan sido confirmadas manualmente y los clítoris
probados o saboreados. Y no pasa tan a menudo que uno empiece a hacerlo con
alguien, por primera vez, en un estado de desnudez total, como estábamos Joyce y yo.
Como si todo formara parte de nuestro beso, como si nuestros cuerpos se estuvieran

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besando, Joyce se movió debajo de mí, se abrió de piernas y, cuando yo hice que mi
peso hiciera más presión encima de ella, me dejó entrar, pasando más allá de su
lustroso y negro felpudo, en su caliente Fermata.
Le susurré lo bien que me sentía.
—¿Lista? —dije.
—Sí —noté su respiración en el cuello.
—Abrázame fuerte de verdad. Chasquea los dedos cuando lo haga yo —inicié la
cuenta—: Uno, dos, tres —entonces nos volvimos a besar y chasqueamos los dedos
al mismo tiempo.
Durante un momento fue difícil decir si había pasado algo. Nos miramos el uno al
otro inquisitivos, con las cejas enarcadas. Nuestro movimiento hizo que mi polla
chapoteara de placer.
—¿Funcionó? —preguntó Joyce.
Yo escuché.
—¿Oyes eso? Está totalmente en silencio. Así es como suena siempre la Fermata.
Funcionó.
Ella suspiró aliviada y empezó a alzar las caderas hacia mí.
—Buenas noticias —murmuró—. Buenas noticias. ¿Durante cuánto podemos
hacer esto?
—Podemos hacerlo todo el tiempo que queramos —dije yo.
Varias Arno-y-Joyce-horas más tarde, volvimos andando al Meridien, llevando el
carrito para el equipaje con nosotros. Le enseñé los negros senderos en negativo que
dejaban nuestros cuerpos detrás, en la constelación de gotas de lluvia que colgaban
centelleando.
—Así que… mientras sales a dar paseos como este —dijo Joyce—, ¿te limitas a
quitarle la ropa a una mujer, si te atrae?
Dije que a veces lo hacía.
Joyce probó. Abrió los vaqueros negros de un hombre inmóvil con cazadora de
cuero y le bajó los calzoncillos y le miró por dentro. También desabrochó la
gabardina de un hombre de negocios y le metió la mano en la chaqueta y tocó su
pecho.
—Oye, puedo aprender a disfrutar de esto —dijo.
Ocupamos nuestros asientos en el restaurante, contamos hasta tres y chasqueamos
los dedos. El camarero apareció poco después con nuestros segundos platos.
—Los platos están muy calientes —dijo, dándose importancia, sujetándolos con
una servilleta.
Habíamos estado fuera no más de cinco minutos; nadie nos había echado de
menos. Joyce y yo hablamos durante otra hora, y bebimos algo más y luego tomamos
café, y después volvimos andando a su casa y nos deseamos las buenas noches a la
puerta con un beso.

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18

MI fase del chasqueo de dedos ya ha terminado; mis Pliegue-poderes, por ahora, han
desaparecido. Supongo que volverán antes o después, pero nunca estoy seguro. Lo
que pasó, hasta donde puedo atar cabos, es que una noche, cuando Joyce y yo
manteníamos relaciones sexuales, sin saberlo le pasé todas mis habilidades fermativas
a ella. Yo había sacado el activador del pene y el vibrador Diosa Atenea con el
estimulador de clítoris en forma de antorcha de la sabiduría y le conté que los había
comprado con ella en mente, antes de que empezáramos a salir juntos.
—Yo no soy una persona buena con los vibradores —advirtió Joyce.
Pero activó entusiásticamente mi pene con el activador de penes, haciendo que lo
chupara la cámara de vacío de plástico claro, y observó cómo se le hinchaban las
venas. Cuando mi pene tuvo suficiente de aquel tratamiento, lo retiré y puse en su
sitio el vibrador Atenea. Entonces Joyce y yo activamos el vibrador con el activador
de penes durante un rato, haciendo que chupase lo máximo posible. Y por fin,
después de algunas bromas, Joyce puso en marcha el vibrador Atenea y se lo metió.
La antorcha de la sabiduría llevó a su politeísta clítoris a nuevas alturas.
Pero de lo que no nos dimos cuenta en aquel momento fue de que el activador de
penes, de algún modo, me había chupado todos los poderes temporales. Luego,
cuando el vibrador Atenea se introdujo en el activador de penes, esos mismos poderes
pasaron a él, y cuando el vibrador Atenea entró ronroneando profundamente en
Joyce, los poderes pasaron a ella. Como consecuencia, la siguiente vez que chasqueé
los dedos, no pasó nada en absoluto; o mejor, siguieron pasando todas las cosas. Pero
la siguiente vez que Joyce activó el interruptor de su vibrador Atenea, el tiempo,
obediente, se detuvo para ella.
He descubierto que por el momento no echo tan terriblemente de menos el
Pliegue. Mi autodisciplina ha aumentado. Todavía siento tentaciones, pero he
empezado a trabajar en las notas para mi tesis doctoral. (Es una historia de Dover
Books). Joyce, entre tanto, se lo está pasando muy bien. Lleva su vibrador Diosa-
Plegadora con ella por ahí, metido en el bolso, y lo activa a voluntad, como cuando
tiene una fecha límite en el MassBank que de otro modo no podría cumplir. Desnuda
a los peatones y me habla de los genitales tan raros que ha visto y conocido. Habla de
darse un salto hasta Washington y chuparle la polla al presidente. A veces utiliza
trucos del Pliegue cuando mantenemos relaciones sexuales: por ejemplo, alterna su
boca y su chocho en mi butifarra con tal rapidez, que noto como si yo estuviera en los
dos sitios a la vez, como si estuviera dando vueltas sobre mí. Hemos hablado del
matrimonio como una posibilidad.
El otro día estaba yo en su apartamento. Hice algunas flexiones en el suelo.
Luego me senté en su cama. La llamé:

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—¿Puedo contarte un sueño estupendo que tuve una vez sobre cómo nos salvabas
a los dos con tu sostén volador azul?
—Sé breve —dijo Joyce desde el cuarto de baño. Estaba deshaciéndose la trenza
del pelo.
—Estábamos en un barco en medio de un lago de ácido sulfúrico —empecé
encantado, y tú llevabas puesto tu sostén volador azul…

Joyce me ha salvado, de momento. Llevo semanas sin quitarles la ropa a


desconocidas. Intento que a un editor le interese mi autobiografía. Pero, en el
supuesto de que no la quiera publicar nadie, podría hacer, digamos, un centenar de
ejemplares. Los compondré yo mismo. Conseguiré un Copy Cop para
encuadernarlos. Diseñaré una sobrecubierta que tenga el logotipo de alguna editorial
importante como Random House. Sí, pondré esa casita estilizada en la parte de abajo
del lomo del libro. Utilizaré una multicopista en color para hacer la cubierta.
¡Parecerá un libro de verdad! Y luego, suponiendo que vuelva a recuperar mis
Pliegue-poderes, iré a Waterstone, en la avenida Victor Hugo, y haré un Parón y
pondré el libro en las manos de la gente cuando ellas crean que los dedos se les
cierran sobre otro libro. Me leerán. Se correrá la voz. La Fermata, mi Fermata, el
guardián de todos mis secretos, ya no será secreta nunca más.

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NICHOLSON BAKER, nacido en 1957, es un ensayista y novelista norteamericano.
Se licenció en Filosofía en el Haveford College y es profesor de Poesía en la
European Graduate School (EGS). Publicó por primera vez en 1988 y es un activista
en la protección y archivo de libros y periódicos. En el año 2001 ganó el National
Book Critics Circle Award.
Ha escrito numerosas novelas, como La entreplanta (1990), Vox (1992), La Fermata
(1994), Checkpoint (2004), Humo humano (2009), El antólogo (2010) y La casa de
los agujeros (2012).

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