Universidad Nacional Mayor de San Marcos
Universidad del Perú. Decana de América
Facultad de Letras y Ciencias Humanas
Unidad de Posgrado
Aproximación Crítica a la Producción de la Historia de
la Arquitectura Colonial Peruana. El período inicial:
1919-1950
TESIS
Para optar el Grado Académico de Magíster en Arte Peruano y
Latinoamericano
AUTOR
Carlos Enrique COSME MELLAREZ
Lima, Perú
2017
A Julio, mi padre quien sembró en mí el amor por la verdad, la justicia y el saber;
cuyo legado me acompaña aun desde su fusión con el universo.
A Luzmila, mi madre, ejemplo de vitalidad y coraje.
Índice
Introducción 1
Planteamientos fundamentales 1
1. Situación problemática 1
2. Formulación del problema 2
3. Formulación de objetivos 5
4. Hipótesis 5
5. Marco teórico 6
6. Estado de la cuestión 7
7. Contenido 18
8. Bases teóricas 19
8.1 Historia 20
8.2 Historia del Arte 22
8.3 Historiografía 23
8.4 El Positivismo 25
9. Metodología 28
CAPÍTULO I
1. La Historia de la Arquitectura: Sus fundamentos y métodos 35
1.1 Las raíces: De la antigüedad clásica al Renacimiento 36
1.2 Los orígenes: la arquitectura como producto del genio creador 38
1.3 La búsqueda de la utopía y el ideal estético supremo 39
1.4 La herencia de la ilustración: la noción de tipo y modelo 41
1.5 Historia de la arquitectura y patrimonio edificado 43
1.6 El positivismo en la Historia del Arte 44
1.7 Historia de la arquitectura y formación profesional 45
1.8 La autonomía de la Historia de la Arquitectura 46
1.9 La Escuela de Viena y el análisis formal 49
1.10 Historia de la arquitectura y la pura visualidad 50
1.11 La Historia de la Arquitectura y el análisis de los significados 52
1.12 La mirada social al decurso de la Arquitectura 54
1.13 La modernidad y la independización de la Historia de la Arquitectura 55
1.13.1 El Espíritu del Tiempo 55
1.13.2 La interpretación espacial de la arquitectura 56
CAPÍTULO II
2. Historia de la Arquitectura Peruana del Período Colonial:
Registro de su Trayectoria. 59
2.1 Identificación y Reconocimiento. El período 1919 - 1930 60
2.1.1. Lima Religiosa: la ciudad desde la fe 61
2.1.2. Guía Histórico – Artística del Cuzco: La ciudad para el turismo 64
2.2 La mirada desde la Historia. El período 1930 - 1940 68
2.2.1 La Metropolitana de la Ciudad de los Reyes: La visión del clero 69
2.2.2 Monografías históricas sobre la ciudad de Lima:
La historia en el IV Centenario de la capital 72
2.2.3. De la vieja casa de Pizarro al Nuevo Palacio de Gobierno:
La historia de un palacio 74
2.2.4 Lima Precolombina y Virreinal: La ciudad desde la Historia del Arte 76
[Link] La visión globalizadora 79
[Link] Un texto ejemplar 85
[Link] Un recorrido por la Lima colonial 91
2.3. Ampliación y consolidación. El tercer período: 1940 - 1950 92
2.3.1 El templo de Santiago o de nuestra señora del Rosario de Pomata:
La participación de la universidad 94
2.3.2 Documentos de Arte Peruano: La importancia de una serie 97
2.3.3 Artífices en el virreinato del Perú: La arquitectura
desde los constructores 98
2.3.4 El templo de La Merced de Lima: Importante aporte documental 102
2.3.5 Ensayo de un diccionario de artífices coloniales de la
América meridional: Vida y obra de los artistas coloniales 104
2.3.6 San Francisco de Lima: Modelo de crónica conventual 107
2.3.7 Monumentos coloniales de Huamanga:
Importante aporte para una región poco investigada 111
2.3.8 Historia y arquitectura de los Templos del Cuzco:
Un producto de la madurez de la historiografía cusqueña 114
2.3.9 Arquitectura Peruana: La primera mirada global 119
CAPÍTULO III
3. De Autores, Textos y Procesos 128
3.1 La década de 1920 y sus antecedentes 128
3.1.1 Leguía y el gobierno de la Patria Nueva 129
3.1.2 Ideología y pensamiento político 133
3.1.3 El desarrollo urbano 138
3.1.4 La arquitectura de la ciudad nueva 141
3.1.5 La Historia de la Historia 145
3.1.6 Los textos de la década 147
3.2 La década de 1930 157
3.2.1 Las nuevas dictaduras 157
3.2.2 Política, ideología y pensamiento 164
3.2.3 La continuidad del desarrollo urbano 166
3.2.4 La ciudad como escenario de múltiples tendencias 167
3.2.5 Un paradigma para la historia 170
3.2.6 Nuevos derroteros de los textos sobre arquitectura del período colonial 171
3.3 La década de 1940 185
3.3.1 El intermedio democrático 185
3.3.2 Ideología y pensamiento político 191
3.3.3. El proceso urbano 194
3.3.4. La arquitectura de la ciudad: de la identidad a la universalidad. 196
3.3.5. La historia en la modernidad 201
3.3.6. Los textos de la década de 1940 203
Conclusiones 229
Bibliografía 236
Índice de cuadros
Cuadro 1: Publicaciones de la década 1920 38
Cuadro 2: Publicaciones de la década 1930 38
Cuadro 3: Publicaciones de la década 1940 40
Índice de figuras
Figura 1. Carátula de Lima Religiosa 69
Figura 2. Carátula de Guía Histórico Artística del Cuzco 73
Figura 3. Carátula de La Metropolitana de la Ciudad de los Reyes 77
Figura 4: Carátula de Monografías Históricas sobre la ciudad de Lima 80
Figura 5. Carátula de De la Vieja Casa de Pizarro al Nuevo Palacio de Gobierno 82
Figura 6. Falsa carátula de Lima Precolombina y Virreinal 85
Figura 7. Página interior de Lima Precolombina y Virreinal 88
Figura 8. Texto de Santiago Antúnez en Lima Precolombina y Virreinal 93
Figura 9. Página interior de La Iglesia de San Pedro 100
Figura 10. Carátula de El templo de Santiago o de nuestra señora del Rosario de Pomata 103
Figura 11. Folleto de la serie Documentos de Arte 106
Figura 12. Carátula de Artífices en el Virreinato del Perú 107
Figura 13. Carátula de El templo de la Merced de Lima 110
Figura 14. Carátula de Ensayo de un Diccionario de Artífices Coloniales de la
América Meridional 112
Figura 15. Falsa Carátula de San Francisco de Lima 115
Figura 16. Falsa carátula de Monumentos coloniales de Huamanga 120
Figura 17. Carátula de Historia y Arquitectura de los Templos del Cuzco 122
Figura 18. Carátula de Arquitectura Peruana 128
AGRADECIMIENTOS
El presente trabajo es el cumplimiento de un compromiso personal de larga data.
Desde mi infancia, siendo alumno de la Escuela Católica Las Mercedes, me resultaba
fascinante la arquitectura del que era entonces mi centro de estudios, que luego descubrí
era La Quinta Rincón del Prado; según nos cuenta la tradición, edificada por el Virrey
Amat para sus encuentros amorosos con la Perricholi. En aquel entonces, algo deteriorada
pero viva, aún dejaba apreciar las llamativas pinturas de su teatrín, que funcionaba como
nuestro salón de actos. El tiempo que viví en los Barrios Altos me permitió tener como
escenario permanente los templos y conventos que circundaban mi casa, como guardianes
monumentales de altos muros misteriosos: La iglesia del Monasterio del Prado, la de
Nuestra Señora del Carmen, al lado de la cual nací y, en caminatas a la casa de mis
familiares, la Buenamuerte, la Santísima Trinidad y el Monasterio de Santa Clara.
Los primeros años de mi formación como arquitecto en la Universidad Nacional
de Ingeniería me permitieron tener como maestros al arquitecto Emilio Harth-terré y
luego a José García Bryce, quienes me aproximaron a los monumentos del período
colonial, con perspectiva académica, pero con un apasionamiento que provenía de su
inefable cariño por esa arquitectura. Mis múltiples recorridos por nuestro territorio
alimentaron en mucho mis conocimientos y contribuyeron a convertir mi antigua
fascinación en una sed de conocimientos sobre la existencia de esos edificios, sed que me
llevó a iniciar, ya en mi madurez, los estudios de arte en la Universidad Nacional Mayor
de San Marcos. Allí me nutrí, gracias a mis maestras y maestros, de una mirada al mismo
tema, acuciosa y con carácter científico, y alimentaron mi motivación a la investigación
severa y sostenida.
Fue en el intento de darle sustento teórico a mi enfoque sobre la investigación en
arquitectura del período colonial en nuestro país que planteé la presente tesis, pues asumo
que solo la mirada crítica a lo realizado nos permitirá aportar a la creación de lo nuevo.
En esa labor me sirvió de modo fundamental el maravilloso legado de mi padre: una
colección de casi 2,000 libros, muchos de los cuales leí desde mi más tierna infancia. El
resto de textos los revisé en la Biblioteca Nacional y en la de San Marcos. Hoy me
autocrítico de la lentitud de mi trabajo y agradezco a quienes me impulsaron y ayudaron
a hacerlo, a Alejandro Merino, mi compañero de viaje, a mi hermana María con su aliento
y su exigencia permanente de mejora; al doctor Roberto Reyes por sus sugerencias y el
regalo de su tiempo para revisar mis textos, a Magda Acero por su ayuda en el tipeo y en
el ordenamiento del material y, de manera especial a la doctora Martha Barriga, por sus
enseñanzas en los muchos cursos en la que la tuve como profesora y su invalorable guía
para la realización de esta tesis. También a mis alumnos y alumnas, quienes con sus
preguntas impidieron que dejara, ni siquiera un momento, de estudiar y actualizarme para
orientarles en su aprendizaje. A todos y todas, mi reconocimiento.
Carlos Enrique Cosme Mellarez
Lima, mayo de 2017
1
INTRODUCCIÓN
Planteamientos fundamentales
1. Situación problemática
Uno de los temas más importantes de la Historia del Arte en nuestro país es la
arquitectura del período de la dominación española. Sus características y evolución han
quedado registradas en documentos diversos a lo largo del tiempo. Dieron cuenta de ella
cronistas y escritores varios entre los siglos XVI y XVIII, testigos de sus procesos de
edificación o admiradores de sus características formales. Los viajeros del S. XIX
continuaron esa labor, acorde a su visión romántica y a las particularidades del registro
de recursos y patrimonio cultural que ellos llevaron a cabo. Fue recién durante el S. XX
cuando se replanteó la mirada a la producción de objetos arquitectónicos y se delimitó
campos entre las distintas perspectivas de su estudio. Dichas perspectivas fueron, desde
intereses diversos por registrar los objetos arquitectónicos como expresión de una
valoración perceptual de base empírica, hasta el estudio crítico del patrimonio edificado
asumido como objeto de estudio de la Historia o de la Historia del Arte.
El avance del siglo XX instaló entonces una lectura continua de la arquitectura del
pasado, distinta de las visiones de siglos anteriores, en la medida en que fue planteada
con criterios de cientificidad, de búsqueda de verdades sustentadas y demostrables, es
decir planteadas desde la perspectiva de diversas ciencias. Como es de suponer, los
estudios realizados a lo largo del siglo fueron el resultado de las disciplinas y las
perspectivas de análisis con las que fueron enfrentadas y, en ese sentido, también fueron
diversas.
2
Durante el período colonial, se produjo en nuestro territorio un gran volumen de
arquitectura de gran valor artístico. Ella es ahora parte importante de nuestro patrimonio
y constituye un componente fundamental de nuestra identidad cultural; ha sido un factor
determinante en la declaración de patrimonio cultural de la humanidad de varias de
nuestras ciudades y por lo tanto es imprescindible propiciar su conocimiento y
conservación. Estas tareas resultan especialmente necesarias por la insuficiencia de las
acciones implementadas para su protección, tanto por las limitaciones de las políticas
públicas desde el Estado, como por la incapacidad de los sectores privados y de la
sociedad civil en ese terreno. Cabe destacar, en ese sentido, que los estudios realizados
resultan insuficientes en relación a la magnitud del patrimonio por analizar y que,
contemporáneamente, la producción de dichos estudios ha decaído sensiblemente en
relación con otras ramas de la investigación.
La situación señalada debe impulsar la investigación acerca del tema, pero
acometer dicha tarea requiere de la definición de perspectivas y enfoques, lo mismo que
el planteamiento de las metodologías apropiadas para el caso. Asumirlo significa definir
los planos epistemológico y metodológico de esa labor científica, teniendo en cuenta que,
si bien se cuenta con las herramientas de la Historia del Arte, al encarar procesos distintos
de los de la tradición europea –para las cuales fueron originalmente establecidas– se hace
necesario un replanteamiento de algunas categorías, conceptos y métodos. La
investigación propuesta asume la responsabilidad de aportar en ese sentido.
2. Formulación del problema
¿A qué intereses específicos correspondían los registros de la arquitectura colonial
de nuestro país? ¿De dónde provenían las inquietudes que impulsaron a interrogarse sobre
edificios que habían estado presentes por siglos en la vida de nuestras poblaciones?
¿Cuáles fueron las bases epistemológicas y sus metodologías de aproximación? ¿Cuál fue
3
su aporte al conocimiento y la preservación de ese patrimonio? Son algunas de las
interrogantes planteadas que motivan la presente investigación, en la comprensión que el
estudio del patrimonio artístico de nuestro país, y de la producción arquitectónica como
parte de dicho patrimonio, es una tarea de gran magnitud, pero su ámbito es aún limitado,
tanto por la amplitud del patrimonio no investigado, como por la necesidad existente de
la precisión de perspectivas, enfoques y metodologías adaptadas a esa producción.
El presente estudio se basa en la consideración que todo conocimiento con
pretensión de cientificidad se desarrolla en base a la crítica, es decir al cuestionamiento
y reelaboración permanente de su propio discurso. En el caso de la Historia de la
Arquitectura, el replanteamiento crítico de sus perspectivas historiográficas debe partir
del conocimiento sistemático de la producción histórica realizada. Se pretende una
aproximación a dicha producción textual asumiéndola como un discurso planteado en
correspondencia con las exigencias de un medio y un momento histórico determinado.
Asumimos que a cada proceso de observación e investigación histórica le corresponde un
interés por responder algunas preguntas contemporáneas, ello complementa entonces las
perspectivas sincrónicas y diacrónicas del análisis.
En resumen, se analizará los procesos de producción de la historia de la
arquitectura del período colonial, publicadas autónomamente o compiladas en libros con
ese tema como central, para determinar cuáles fueron las dinámicas de su formulación
discursiva, qué características tuvo la mirada de la investigación en cada momento
histórico, cuáles fueron los criterios sustentados para garantizar su acceso a la verdad,
cuáles sus fuentes y cómo fueron utilizadas, pero sobre todo, a qué intereses respondían
sus miradas en cada momento específico. El estudio cubrirá el período inicial de su
formulación, el cual comprende el lapso entre 1919 y 1950, que además corresponde al
4
tiempo de inicio y vigencia de la arquitectura neocolonial y al gran impulso del
crecimiento urbano.
La investigación reflexiona acerca de la relación establecida entre el discurso de
la Historia de la Arquitectura y las condiciones objetivas y subjetivas del momento en
que dicho discurso fue producido, en el intento de identificar sus fundamentos, bases
conceptuales y las respectivas metodologías de estudio. En resumen, se plantea un análisis
historiográfico de los textos que abordan el tema, en la perspectiva de aportar a la
reformulación contemporánea de sus planteamientos epistemológicos y metodológicos.
La Historiografía –asumida como la Historia de la Historia– de la arquitectura del
período colonial en el Perú, como producción integral, ha sido poco abordada por la
investigación académica. Esto revela la poca reflexión contemporánea, tanto sobre el arte
peruano como sobre la producción arquitectónica en general y da valor de novedad al
tema planteado. La propuesta del presente estudio tiene como fin último el impulso a la
investigación contemporánea del tema, tarea que debe sustentar tanto el registro de un
patrimonio en riesgo de desaparición como su conocimiento y valoración. Se trata de
motivar y posibilitar, por un lado, su respeto y conservación y, por otro, los adecuados
procesos de restauración que posibiliten su puesta en valor, en la medida que son parte
importante de nuestra historia y nuestro patrimonio. Para el caso, se ha realizado un
registro en diversos repositorios bibliográficos como la Biblioteca Nacional, el Sistema
de Bibliotecas de la UNMSM, la Biblioteca del Instituto Riva Agüero, entre otros; que
nos ha revelado un conjunto importante de textos. Contamos también con nuestra
biblioteca personal y las bibliotecas personales de diversos profesionales allegados. Eso
nos ha permitido asegurar la viabilidad del proyecto.
5
3. Formulación de objetivos
De manera sintética podemos formular que el objetivo general es identificar las
tendencias y procesos de la producción de la historia de la arquitectura del período
colonial en los momentos iniciales de su formulación y, con ello, intentar aportar a las
bases de la investigación contemporánea lo mismo que a la protección de ese patrimonio
edificado a partir de su conocimiento y valoración. Siendo los objetivos específicos:
a. Reconocer los procesos socio políticos del período planteado y sus relaciones con
la producción histórica que le era contemporánea.
b. Servir de base al planteamiento de enfoques y metodologías de estudio para la
arquitectura del período, que tome en consideración las particularidades de sus
procesos de configuración.
c. Evidenciar las características de la relación establecida entre el impulso a la
actividad edificatoria del período 1919 - 1950 y la promoción de la investigación
sobre la historia de la arquitectura del período colonial que le era contemporánea.
d. Promover a la valoración del legado de los investigadores del período, a partir del
reconocimiento de su aporte a los procesos de investigación.
4. Hipótesis
La hipótesis que guía el presente trabajo parte de considerar que cada momento
de la investigación histórica obedece a los requerimientos específicos de la sociedad que
la produce. Así los procesos de la producción histórica de la arquitectura colonial entre
1919 y 1950, serían el resultado de los requerimientos de ese momento, mediados por los
conceptos e intereses de los historiadores específicos. Los textos formaron parte del
proceso de constitución de la nacionalidad y pusieron a disposición patrones
arquitectónicos y un vocabulario como insumo para la actividad proyectual de la
arquitectura neocolonial.
6
5. Marco teórico
La dinámica del desarrollo de una cultura está dominada por el proceso de su
producción / reproducción. Este se realiza como registro de cuanto ha sido vivido por la
comunidad. Todo acontecimiento, fáctico o conceptual, para convertirse en parte de la
cultura ha de ser identificado con un determinado elemento de la lengua del mecanismo
memorizante de la cultura. Se constituirá así en un texto1 de la memoria colectiva. Será
trasladado de una lengua a otra, a la “lengua de la cultura”.
La pervivencia de una cultura dependerá, entonces, de la capacidad que tenga de
conservar los textos de la memoria que la constituyen y los códigos que permitan operar
dichos textos. Al interior de la cultura, la longevidad de los textos se establece a partir de
la constitución de una jerarquía identificable con la jerarquía de los valores; la longevidad
del código por la constancia de sus elementos estructurales de fondo y por su dinamismo
interno. La dinamicidad de la cultura está determinada por tres procesos posibles: El
aumento cuantitativo de los textos, la redistribución de los mismos en base al cambio de
su condición jerárquica y de la reorganización del sistema codificante mediante la
modificación de los códigos particulares para crear reservas de textos en espera de
adquirir actualidad. Finalmente es posible el olvido, la fijación de nuevos textos en
reemplazo de otros (Lottman & Uspenskij, 1979).
La producción arquitectónica es también un proceso de reconfiguración del
mundo mediatizado por la actividad del sujeto creador, por lo tanto, obedece a los
principios que regulan las relaciones entre el sujeto y el mundo. Dichos principios están
históricamente determinados, definidos por su tiempo y su lugar en una relación dinámica
e interactiva. Si asumimos, además, la propuesta de Bauer (1980) respecto a los objetos
de arte, podemos afirmar que, a su vez, los objetos arquitectónicos pueden ser
1
Entendiendo los textos como los el conjunto de los componentes de la producción cultural material e
inmaterial.
7
interpretados a partir de los principios que han sustentado su generación y, pueden ser
experimentados como lenguaje, estructurado sobre la base de conceptos en tanto
manifestaciones interpretativas de la experiencia.
Es posible entonces experimentar la arquitectura de un período histórico a partir
del discurso que sobre ella se ha elaborado en un período posterior. El conocimiento de
este discurso es posible a partir de la revisión de los textos en los se ha llevado a cabo el
proceso de configuración como tal, habiéndose circunscrito la investigación
fundamentalmente a libros o a folletería de regular envergadura y especialización por ser
entendidas como discursos complejos y completos al ser planteados así por sus autores.
La propuesta de la presente tesis se basa en el estudio de los textos escritos sobre
la arquitectura del período colonial en el período 1919-1950, como una revisión
historiográfica, para develar el conjunto de relaciones dinámicas que dicho período
establecía con la producción arquitectónica estudiada teniendo en cuenta que:
Cualquier historiografía, además de ser un discurso sobre el pasado, traduce el
presente de una sociedad con todas sus tensiones y conflictos. Ocurre que cada
época construye su imagen histórica de acuerdo a sus necesidades. (Flores, 1988.
p: 55).
De esta manera se podrá identificar el proceso de surgimiento y desarrollo de las
interpretaciones de la producción arquitectónica, en relación con la formulación teórica
de la actividad proyectual y el quehacer edificatorio del período en que este estudio –con
pretensiones científicas– se configura.
6. Estado de la cuestión
La investigación sobre la producción de textos que aborden el tema de la
arquitectura del período colonial en el Perú es actualmente escasa, se ha escrito bastante
sobre la arquitectura del período, pero no sobre lo que de ella se ha dicho.
8
Hemos registrado algunos artículos que han estudiado a historiadores específicos
o sus planteamientos, pero solo dos de los textos revisados abordan esta problemática
como tema central, pretendiendo una perspectiva de conjunto, con una mirada amplia y
exhaustiva.
Estos son: Historiografía Iberoamericana, arte y arquitectura XVI, XVIII: dos
lecturas2 y Arquitectura Virreinal Peruana.3 El primero es un texto escrito por el Arq.
Ramón Gutiérrez en el que aborda el análisis del desarrollo de la Historiografía de la
Arquitectura en Iberoamérica, incluyendo en ella la producción realizada en el Perú desde
el último tercio del S. XIX hasta el final del S. XX. El segundo es un texto del historiador
Antonio San Cristóbal, en el que se lleva a cabo un análisis de diversas perspectivas y
planteamientos historiográficos sobre la arquitectura peruana del período, desarrollados
tanto en el Perú como fuera de él, a lo largo del S. XX, intentando el reconocimiento de
sus fundamentos.
El texto de Gutiérrez, Historiografía Iberoamericana, hace un recuento
cronológico de escritos sobre el tema. Asume el proceso de la historiografía del arte como
“... respuesta a una preocupación por arribar a una comprensión del mundo de las ideas y
conceptos vigentes en nuestra trayectoria cultural.” (Gutiérrrez, 2004. p. 11), precisando
que la historiografía de la arquitectura del período, “ha tenido una participación
importante y operativa en la enseñanza y en la formulación del diseño arquitectónico” (p.
11). Su recuento le lleva a establecer cuatro períodos en el proceso estudiado, teniendo
como criterio de clasificación las variaciones en las modalidades de aproximación
historiográfica. Estos períodos son:
La etapa de los precursores: de 1870 a 1915.
2
Gutiérrez, Ramón (2004). Historiografía Iberoamericana, arte y arquitectura XVI, XVIII: dos lecturas.
Buenos Aires: CEDODAL
3
San Cristóbal, Antonio (1999). Arquitectura Virreinal Peruana. Lima: Universidad Nacional de
Ingeniería
9
El período de los pioneros: de 1915 a 1935.
El período de la consolidación: de 1935 a 1971.
El período de los replanteos: de 1970 a 2000.
Según Gutiérrez, la etapa de los precursores (de 1870 a 1915) se enmarca en las
dinámicas proyectuales del academicismo, proveniente de Francia e Italia. Durante ese
tiempo la Historia de la Arquitectura tuvo un rol importante porque alimentaba con
modelos la producción arquitectónica, esencialmente historicista, aunque estaba reducida
a aportar modalidades formales. “Esta historia era así operativa para el diseño, pero no
era realmente una historia de la arquitectura, sino una narración de las peripecias formales
de la arquitectura a través del tiempo histórico.” (p. 13). Una historia sin contradicciones,
descontextualizada, ignorante de referencias y de expresiones no monumentales.
Se hace evidente que Gutiérrez ha realizado una acuciosa búsqueda bibliográfica,
identificando incluso algunos textos no muy difundidos, aunque el suyo carece del
registro bibliográfico correspondiente. Para el caso peruano señala como parte de esta
corriente la obra de Teodoro Elmore (1876), sin mencionar algún texto específico.
El aporte de los investigadores del período habría sido la valoración de la
arquitectura hispanoamericana, al punto de entenderla como objeto específico de estudio,
lo cual es relevante en un momento histórico dependiente de Europa, como contraparte
de un enfoque, en la mayoría de los casos, descriptivo y con errores metodológicos.
El período de los pioneros es delimitado entre 1915 y 1935, en un momento de
apogeo de la presencia de la historia en la actividad proyectual, pero también “…cada vez
más vaciadas de contenidos...” (p. 16), expresada en el empleo de diversos elementos
formales de períodos combinados aleatoriamente sin consideración con las
compatibilidades y los contextos. Esta dinámica de la actividad arquitectónica resulta
contemporánea con un tiempo de intensa movilización social cuya resultante es la
10
redefinición de los modelos ideológicos y las relaciones culturales entre América y
Europa. Como consecuencia de esta redefinición, se plantea la necesidad de incorporar a
la formación de los arquitectos la enseñanza de la historia de la arquitectura de cada país
y la de América en general.
En el territorio de la investigación histórica, los iniciales estudios “… constituían
un mosaico de aproximaciones puntuales en lo temático o en lo geográfico, (…) en esta
segunda etapa bibliográfica la historia de la arquitectura americana ganó en difusión,
extensión y profundidad.” (p. 17).
Establece la delimitación del período en relación con los procesos de la historia
de la arquitectura acaecidos con cierta contemporaneidad en México y Argentina, aunque
revisa la producción de la mayoría de países latinoamericanos. La demarcación se
establece por el volumen de lo publicado y por su trascendencia en la región. El caso
argentino está marcado por la actividad del arquitecto Martín Noel como gran difusor de
la arquitectura del período, acompañado por Ángel Guido como teórico y de Juan
Kronfuss, como investigador de campo. A ellos se va a sumar Miguel Solá cuya Historia
del Arte Hispanoamericano habría sido la primera en plantear una visión general de la
arquitectura de la región4 En el caso peruano Gutiérrez no alude a textos específicos, en
cambio resalta la labor de algunos historiadores: los religiosos Angulo, Barriga y Vargas
Ugarte en la investigación sobre la arquitectura de sus órdenes; Emilio Harth-Terré sobre
la arquitectura y el urbanismo colonial, además de Uriel García y Luis E. Valcárcel desde
la perspectiva indigenista.
La creación de centros de investigación y la aparición de publicaciones
especializas son señalados como aspectos importantes del impulso a la investigación
4
Recogemos dicha alusión por la importancia que estos textos adquirieron en nuestro medio, pues
sirvieron de referentes, tanto a nivel de la producción arquitectónica, como en el de las investigaciones
realizadas.
11
histórica. Se destaca la labor de Vicente Lampérez y Romea, así como la creación, por
parte de Martín Noel y Diego Angulo Iñiguez, del Laboratorio de Arte Americano en
Sevilla. Se menciona la edición del corpus de planos del Archivo de Indias5 como hito
“…para la revalorización del trabajo histórico en los archivos y el uso correcto del
documento.” (p. 22). En resumen, para los hispanoamericanos, este período habría
expresado la búsqueda de sus raíces. Habiendo, la producción neocolonial, develado la
necesidad de conocer la propia arquitectura que no estaba revelada en publicaciones.
El período de la consolidación, es el tercero que se plantea, comprendido entre
1935 y 1971. Se le refiere como de desligamiento de la labor proyectual neocolonial y de
traslado de su eje al ámbito académico universitario, lo que le posibilitó superar los
estudios anteriores con “…un conocimiento historiográfico más preciso y donde el rigor
metodológico de historiadores del arte descalifica la antigua retórica de algunos pioneros
y literatos más voluntaristas.” (p. 23). El resultado fue una apertura al reconocimiento de
otros importantes planos de la arquitectura, en tanto los estudios no se realizaban en
función de aportar repertorios formales o decorativos, poniéndose atención a los
programas y partidos proyectuales. Durante este período, las disciplinas diferenciaron su
labor. Los historiadores aportaron documentación inédita, citas eruditas e hicieron
evidentes las relaciones de las obras con la historia política y social. Predominaron, entre
ellos, los historiadores de órdenes religiosas: Rubén Vargas Ugarte, Benjamín Gento Sanz
y Víctor Barriga, para el caso peruano. Los historiadores del arte, quienes constituyen el
grupo mayor, construyeron en este período el corpus más importante de la historiografía.
Gutiérrez reconoce el aporte de Diego Angulo Iñiguez, tanto por la publicación de los
planos del Archivo de Indias en Sevilla, como por la publicación, con Enrique Marco
5
Véase: Angulo Iñiguez, Diego (1933); Planos de monumentos arquitectónicos de América y Filipinas
existentes en el Archivo de Indias Universidad de Sevilla, Laboratorio de Arte. Sevilla.
12
Dorta y Mario Buschiazzo de la Historia del Arte Hispanoamericano.6 Por último, los
arquitectos aportaron –acorde a su especialidad– planos, relevamientos, croquis, etc. que
“…complementaron la información que aportaban historiadores e historiadores del arte.”
(p. 24). En la consolidación de este conocimiento tuvo especial importancia la labor de
los centros de investigación y difusión:
… el Laboratorio de Arte de Sevilla y el Seminario de Arte Hispanoamericano en
Madrid, los Institutos de Investigaciones Estéticas en México, Buenos Aires y
Bogotá, el Centro de Investigaciones Históricas y Estéticas de Caracas, el
Instituto de Historia de la Arquitectura de Montevideo y el Instituto
Interuniversitario de Historia de la Arquitectura que tuvo su sede inicial en
Córdoba (Argentina) (pp. 24-25).
El aporte de estas instituciones, lideradas por personalidades definidas, impulsó el
crecimiento, en proporción geométrica, de la información documental aunque se
perdieran los lazos con la producción arquitectónica que le era contemporánea. Sin
embargo, la proyección de la historiografía del período se ligó al rescate de los
monumentos históricos. En este período, con mayor precisión en la década de los sesenta,
se integró a los estudios las perspectivas de importantes teóricos de la arquitectura, como
Bruno Zevi, Giulio Carlo Argan y Arnold Hauser, planteamientos que se diferencian de
los estudios de los historiadores del arte en objeto de estudio, metodología y juicios de
valor; aunque estas alternativas puedan verse hoy como válidas y de algún modo
complementarias. Este período también significa la participación de connotados
historiadores europeos y norteamericanos como George Kubler, Martín Soria, Pal
Kelemen o Harold Wethey quienes, alejados de Europa por causa de la guerra, volcaron
sus intereses a América Latina.
Importante en este período resultó también el proceso de afirmación nacional o,
en este caso, regional, en un controversial intento de negación del componente español
en la estructuración de la identidad latinoamericana. Proceso al que Gutiérrez se
6
Angulo Iñiguez, Diego (1945-1956); Historia del Arte Hispanoamericano, Barcelona: Salvat.
13
aproxima, identificando los investigadores más importantes de cada país y sus obras. Al
mencionar el caso peruano alude más bien a la necesaria profundización del trabajo
historiográfico (siendo, con Bolivia, los únicos casos en que lo hace).
El Perú es otra zona que aun (sic) requiere una profundización analítica y
temática. Sobre ella han escrito tanto Kubler cuanto Kelemen y sobre todo se
cuenta con un trabajo básico de Harold Wethey. La notablemente amplia obra de
Harth-Terré está dispersa en obras monográficas y artículos periodísticos, (…).
En el enfoque histórico los trabajos del jesuita Rubén Vargas Ugarte y de
Guillermo Lohmann Villena se complementaron con las aproximaciones que a la
arquitectura peruana fueron realizando Mario Buschiazzo, Jorge Bernales y
Marco Dorta. Como reseña de conjunto se cuenta con el trabajo de Héctor
Velarde reeditado en Perú unas tres décadas después de aparecer en México en
1946. (p. 30).
El último reseñado es el período de los replanteos demarcado entre 1970 y el 2000,
signado por un distanciamiento entre los planteamientos interpretativos de los arquitectos
y de los historiadores del arte, al incrementarse la participación de los primeros en la
investigación. Las diferencias se establecieron en tres planos: Campos de estudio,
metodologías y enfoques.
En el plano de la metodología se produce un distanciamiento con los historiadores
a partir de un práctico desconocimiento de la importancia de la investigación de archivo,
tarea que puede verse como tediosa y, en última instancia, ingrata. Esta actitud llevó a
que no se profundizara y, por el contrario, no se reconociera su aporte y se le pidiera
resultados según las exigencias contemporáneas, aunque habían sido trabajadas con
cuarenta años de anticipación. La falta de información de archivo ha favorecido la
pervivencia de análisis “visibilistas” o “intuitivos”, como pervivencia de la retórica del
período pionero. En el plano del campo de estudio, el distanciamiento se expresó en el
uso diferenciado de conceptos y vocabulario, además, de los “…criterio autonómicos”
usados, sobre todo por los historiadores del arte, que aíslan las obras de sus contextos y
no permiten entenderlas como parte de “…la producción cultural de las distintas etapas
históricas.” (p. 36). En este punto, Gutiérrez plantea lineamientos para el futuro de la
14
investigación, con atención al conjunto y las tipologías; a los temas marginales; a las
periferias; a los períodos menos estudiados, lo cual “… significa la apertura a una nueva
lectura de nuestra historia de la arquitectura que debemos transitar construyendo a partir
de lo mucho ya hecho.” (p. 37). En el plano del enfoque, tradicionalmente se había
considerado la producción arquitectónica del período colonial en América como
periférica frente a la producción europea, ya sea desde España o desde otros centros
europeos. Esta postura había sido replanteada por algunos investigadores más abiertos a
las singularidades americanas, la polémica sobre calificar de mestizas a estas
manifestaciones es una característica del período, centrada fundamentalmente en la
discusión sobre elementos ornamentales. La lectura iconográfica ayudó a la identificación
de pertinencias y excepcionalidades, lo mismo que la incorporación de la temática urbana.
La incorporación de las perspectivas de la etnohistoria, lo mismo que la comprensión de
los procesos de transculturación y enculturación han permitido una mejor comprensión
de las formas de ocupación del espacio. Gutiérrez señala la necesidad de superar las
limitaciones producidas por la dependencia del mundo de las ideas, la incapacidad de
explicarnos desde nosotros mismos y la permanente mimetización con los modelos del
exterior.
Finaliza el texto analizando el renovado interés de la actividad proyectual
contemporánea del postmodernismo en la historia de la arquitectura como intentos
realmente “pseudohistoricistas” que “…subalterizaron totalmente el espacio que la
historia del arte y de la arquitectura había venido ganando en las Escuelas y en las
Facultades durante décadas de ostracismo.” (p. 41) y la convirtieron solamente en
referente “…para banales ‘celebraciones urbanas’ o ‘citas’ gestuales.” (p. 41). En tanto
resalta las verdaderas posibilidades de darle funcionalidad a los estudios en tanto pueden
contribuir con “…la preservación del patrimonio, la puesta en valor de centros históricos
15
y pequeños poblados, la rehabilitación de viviendas, la refuncionalización y los reciclajes
que son operaciones arquitectónicas de creciente gravitación en el ejercicio profesional.”
(p. 41).
La extensión del análisis del texto de Gutiérrez obedece a que hemos encontrado
en él la más seria sistematización del proceso de la historiografía de la arquitectura del
período colonial en América, presentada como un fenómeno de conjunto, con
manifestaciones diferenciadas en cada país, pero analizando la investigación histórica en
relación con las condiciones y requerimientos de su medio –en tanto el quehacer histórico
en general corresponde a las dinámicas específicas del momento de la sociedad que lo
promueve– y no de la academia como ente aislado. El texto evidencia las tendencias y,
sobre todo, la finalidad y aplicabilidad de los conocimientos que la investigación genera.
Un aspecto importante de su análisis es también la preocupación por los procesos y sus
requerimientos, pues la voluntad del conocimiento debe estar sustentada en una capacidad
efectiva. Desde esa perspectiva, Gutiérrez devela la relación entre los avances de la
investigación en los países que constituyeron instituciones solventes aunque, en casi todos
los casos, respondieron al impulso de personalidades específicas. Queda por investigar la
situación de países como el Perú y Bolivia, sin instituciones que promovieran la
investigación de modo amplio y sostenido, además de estar muy atrás en el avance de su
elaboración historiográfíca. Finalmente, plantea alternativas de aplicación que sustenten
el interés contemporáneo por la investigación histórica de la arquitectura colonial.
Arquitectura Virreinal Peruana, de Antonio San Cristóbal, muy importante
historiador de esta etapa, resulta poco estructurado por la variedad de criterios con los que
la historiografía es analizada. Se puede identificar como eje trasversal la relación entre la
investigación de la historia de la arquitectura y el acopio documental que la sustente.
16
El autor anuncia una aproximación sin pretensiones epistemológicas, en cambio
“Se concentra el libro en el estudio crítico y en la interpretación teórica del modo peculiar
de hacer historia de la arquitectura virreinal que ha sido común a varios historiadores, y
que ha prevalecido durante algunas décadas a partir de 1950 aproximadamente.” (San
Cristóbal, 1999, p. 2). Si bien el texto se aboca principalmente al análisis de la
historiografía en un período posterior al de nuestro estudio, encara las distintas propuestas
a partir de los avances historiográficos anteriores a la década de los cincuenta, período al
que denomina de la primera generación de historiadores. El análisis de este texto nos ha
permitido una aproximación a lo publicado en el extranjero antes de 1950, que tuvo
importante difusión en nuestro medio, así como a lo realizado en nuestro país.
Señala como orígenes del estudio de la arquitectura colonial peruana al interés que
los cronistas españoles pusieron en ella, en específico menciona a Bernabé Cobo y su
Historia de la fundación de Lima. Señala también al grabador mercedario Pedro Nolasco
y su plano escenográfico con una visión de Lima anterior al terremoto de 1687. Para
finalizar, menciona a los viajeros que recorrieron Lima durante el S. XIX, quienes, desde
su perspectiva romántica, captaron, describieron y representaron unos monumentos
extraños a cualquier interpretación histórica, historiográfica o arquitectónica por la falta
de recursos metodológicos.
La segunda etapa de estos estudios habría estado marcada por los exploradores,
quienes realizaron “… exposiciones generales que abarcan amplias zonas geográficas
(…en que) la arquitectura peruana solo ocupaba parte de los textos…” (p. 16) y que en
realidad eran solo “… comentarios eruditos de algunas fotografías” (p. 16). Dichos
trabajos no cumplían con los requisitos metodológicos de los tratados históricos en
sentido estricto, solo se beneficiaban de las informaciones de los investigadores de
archivo, quienes realizaban su actividad contemporáneamente, pero que en esos textos
17
solo cumplían el rol del “adorno erudito” (sic) (p. 17). La característica general de esos
textos habría sido presentar, solo someramente, algunos monumentos notables,
acompañados de sencillos esbozos de clasificación cronológica y geográfica sin recursos
metodológicos, recurriendo siempre a la categoría interpretativa de estilo, asimilándola a
la de la producción europea.
San Cristóbal señala la ausencia de una clasificación del conjunto de la producción
arquitectónica según períodos y escuelas regionales. Este planteamiento resulta falto de
historicidad al pretender que la producción historiográfica de un momento –anterior a
1950– responda a las exigencias conceptuales y/o metodológicas del presente. De la
producción del período destaca la obra de Alfredo Benavides: La Arquitectura en el
virreinato del Perú y en la capitanía general de Chile:
Se superponen en la obra de Benavides Rodríguez dos planteamientos distintos:
el de una clasificación de las etapas y los centros regionales de este ámbito
delimitado, y el de los análisis descriptivos de los monumentos (…) conserva su
valor de texto clásico a pesar de la inconsistencia de la clasificación que sólo
representaba el nivel de los conocimientos históricos disponibles en la época tan
temprana de 1940 (…) sólo formuló su clasificación de la arquitectura virreinal
peruana para contar con alguna clase de esquema que le permitiera ordenar el
tratamiento de los monumentos virreinales que era la finalidad del libro. (p. 19)
Las clasificaciones siempre son formuladas con la finalidad de permitir el estudio
de elementos constitutivos de un corpus, lo cual, de hecho, constituiría un aspecto de
corrección metodológica. La caracterización resultante en el texto califica esta generación
de pre-histórica y pre-científica, desarrollada por exploradores, a quienes acusa de tener
fundamentos débiles, lo que les habría llevado a una sobrevaloración del papel de los
artífices nativos en la configuración de la arquitectura virreinal, a la par que sus tesis la
desvalorizarían presentándola como inferior a la arquitectura europea. Estos
investigadores habrían, incluso, influido en la labor de los “historiógrafos” (sic. p. 25)
contemporáneos, por lo que el proceso de desvalorización tendría carácter de continuidad
hasta el presente. Las afirmaciones, poco fundamentadas del texto nos imponen la tarea
18
de realizar un análisis acucioso de los textos de la época, teniendo muy en cuenta la
relación de sus procesos y las corrientes de pensamiento que los sustentaban.
7. Contenido
La presente investigación se ha estructurado en tres capítulos:
En el capítulo I se hace un recorrido por el decurso de la Historia de la
Arquitectura desde las primeras evidencias de la preocupación por los edificios del
pasado, durante la antigüedad clásica, hasta 1950, fecha que corresponde al límite
temporal de la investigación. Destacando las propuestas teóricas: conceptuales y
metodológicas de las principales corrientes del pensamiento occidental a través de los
investigadores que las plantearon, poniendo énfasis en identificar las diferencias de sus
propuestas y su incidencia en los enfoques y resultados de sus investigaciones.
En el capítulo II, se lista los libros escritos en nuestro país, organizados por
décadas de las tres que comprende el estudio: 1919-1930, 1930-1940 y 1940-1950.
Seleccionando, del listado general, aquellos que hayan adquirido la mayor importancia,
ya sea por su planteamiento de análisis, por la amplitud del corpus estudiado e incluso
por la trascendencia en el medio académico o en la formación local de arquitectos e
historiadores del arte y la arquitectura. El número de libros elegidos es de: dos para la
primera década, cuatro para la segunda, ocho para la tercera y una serie de folletos. El
enfoque del capítulo es el análisis del libro como un discurso en sí mismo, se reseña así:
Las características físicas, los objetivos para los que fue planteado, sus planteamientos
conceptuales, su metodología y conclusiones.
En el capítulo III, se analiza los textos como resultado de la interacción de sus
autores con un medio; un lugar y un tiempo. Se caracteriza la situación socioeconómica,
la situación política y las ideas o corrientes de esta. Se reseña el desarrollo de la ciencia
histórica, lo mismo que la situación específica del desarrollo urbano y arquitectónico que
19
le era contemporáneo. Se elabora el perfil de los autores y se relaciona sus textos con las
influencias externas que pudo haber recibido de escuelas o corrientes, lo mismo que con
el resto de la producción del período. Finalmente se establece la relación con el desarrollo
local de la historia de la arquitectura y su aporte a la misma.
8. Bases teóricas
El planteado es un estudio historiográfico; en ese sentido, es un trabajo
hermenéutico que pretende realizar un análisis de la producción histórica acerca de la
arquitectura del período colonial en el Perú en el afán por desentrañar las concepciones
sobre las que se ha asentado el análisis histórico en dicha producción arquitectónica.
Nuestra aproximación al tema nos ha demostrado que ha sido elaborada desde la Historia,
desde la Historia del Arte y desde la Historia de la Arquitectura. Esta Historiografía, como
todas, es un discurso sobre la producción del pasado pero, de la misma forma, es también
una mirada que responde a las dinámicas y necesidades del presente.
Los términos que creemos necesario definir corresponden tanto a las disciplinas
que han asumido el estudio de esa arquitectura –sobre las que versará la investigación–,
como a las teorías que han sustentado los enfoques de los análisis, dichas disciplinas son:
la Historia, la Historia del Arte, la Historiografía y, como teoría, el positivismo.
Una primera precisión consiste en sustentar el uso de los términos colonial y
virreinal para calificar al período desde las distintas miradas establecidas sobre él. Al
respecto asumimos que el término colonial alude al aspecto político, social y
administrativo de la etapa de la dominación española, siendo que su uso para calificar la
producción cultural y artística puede llevar al error de conceptuar dicha producción como
subalterna, hermana menor –y de cierto modo deficiente– del arte y la arquitectura
europeos; por lo que muchos autores prefieren el uso del término virreinal cuando hacen
referencia la cultura y el arte. De hecho, es necesario reconocer que, desde el punto de
20
vista político y social, este período histórico, –en estricto asumido como virreinal–, tuvo
aspectos particulares; pero en el período estudiado, e incluso actualmente, hay autores
que usan el término en el intento de un reconocimiento y justificación de la dominación
imperial impuesta sobre nuestro territorio, asumiendo que ella habría sido benéfica para
el desarrollo del lugar y sus pobladores, como podremos evidenciar en el análisis
específico de los textos abordados. Es en ese sentido que asumimos el término colonial
para calificar al período histórico, que se proyecta al territorio del arte, sin ninguna
asociación a una caracterización del mismo como “colonizado” o falto de creatividad.
Hacemos este señalamiento a fin de contrarrestar el tono de dependencia que el término
pueda generar, reconociendo, por el contrario, que su identidad, si bien estuvo relacionada
en su origen a esquemas y modelos llegados de Europa, logra aquí un nivel de autonomía
conceptual y formal.
En el caso de los demás conceptos teóricos, de uso muy frecuente, podría parecer
innecesario todo intento de precisión conceptual, pero a la luz de una revisión de textos
especializados en aspectos teóricos de la investigación histórica, es posible verificar que
las definiciones de Historia, Historia del Arte e Historiografía son utilizadas en el
vocabulario académico haciendo referencia a significados diversos. Es obvio que no
pretendemos asumir personalmente la formulación del concepto particular de ninguno de
ellos, pero consideramos necesario precisar el significado con el que vamos a referirlos
en nuestra investigación en particular.
8.1 Historia
Es uno de los conceptos fundamentales de la producción textual que constituye el
tema de nuestra investigación. En nuestro idioma tiene diversas acepciones, que
pretendemos discutir a partir de las propuestas de algunos autores.
21
Apenas hace falta recordar que la palabra ‘historia’, entendida prima facie, no
designa en modo alguno una ciencia en sentido moderno. Indica: 1º algo que ha
acaecido, 2º el relato de algo que acaeció, 3º la ciencia que se esfuerza en relatar
lo acaecido. No será arbitrario afirmar que en el lenguaje general la palabra
historia suele emplearse en el segundo de estos tres sentidos. (Huizinga, 1977, p.
89)
A partir de esta propuesta, podemos asumir la Historia como:
1. La ciencia social que estudia –en el sentido que reconstruye, analiza e interpreta–
de manera estructurada, el devenir de los acontecimientos y procesos sociales del
pasado, de los cuales solo existe testimonios.
2. El proceso por el cual entran en relación la sociedad y el espacio en el tiempo.
3. La narración de los acontecimientos ocurridos en un grupo social, en tanto
recuento o memoria sin pretensión científica.
De estas, trabajaremos con la primera acepción, reconociendo además que el
proceso de reconstrucción integral y absoluta es, en última instancia, imposible, pues a
diferencia de muchas otras ciencias, el objeto de estudio de la Historia no existe, ha
ocurrido en un momento del pasado y solo es accesible mediante las huellas dejadas en
el tiempo.7 Esta característica básica del conocimiento elaborado por la Historia nos
remite también a una particularidad de ella como ciencia de la modernidad: su propia
historicidad, es decir, la dependencia, en su conceptualización, de un tiempo y un espacio
determinados. En la modernidad, en la que se integra el conocimiento adquiriendo
pretensión de universalidad, también la Historia se plantea más apta y amplia, con la
cientificidad como requisito y con sus propias exigencias epistemológicas y
metodológicas.
Por otro lado podemos asumir que la “Historia es la forma espiritual en que una
cultura se rinde cuentas de su pasado” (Huizinga, 1977, p. 96). Es decir, ella se construye
también en relación al sujeto que la elabora; para quien los acontecimientos del pasado
7
Cabanillas, Virgilio (2010), comunicación personal.
22
se constituyen en Historia a partir de la comprensión de los mismos, permitiéndonos
pensar en un sujeto colectivo como actuante del proceso de elaboración histórica –un
grupo social o finalmente una cultura–, en tanto sea asumido como parte del
establecimiento de la conciencia de sí misma; así: “Cada cual se rinde cuentas del pasado
con arreglo a las pautas que le señalan su cultura y su concepción del mundo.” (op. cit. p.
93). Cada cultura asumirá su historia como la Historia, verdadera en el momento en que
esta es formulada, lo que resulta en un enfoque válido en tanto ella respete los procesos
críticos de su propia conciencia cultural (op. cit.).
8.2 Historia del Arte
La necesidad de esta definición obedece fundamentalmente a la usual confusión
de considerarla como una especialidad de la Historia como ciencia social, siendo en
cambio una disciplina de carácter científico, correspondiente a las ciencias humanas, cuyo
objeto de estudio son los objetos de arte y sus procesos productivos históricamente
determinados, analizados en la multiplicidad de sus aspectos y manifestaciones desde
perspectivas diversas. En los más sencillos términos, nos dice H. Bauer (1980): “Se
comprende que ‘Historia del Arte’ designe la historia de la producción de éste. (…) La
Historia del Arte puede designar el objeto, aquello que ha sucedido como historia en el
campo de las Artes Plásticas.” (p. 10). En este caso es necesaria una nueva precisión. La
disciplina Historia del Arte ha usurpado tal denominación, pues solo aborda las artes
plásticas dejando de lado disciplinas artísticas como la música o la poesía, para las que se
ha definido disciplinas como la Historia de la Música o la Historia de la Literatura. Esta
usurpación se sustenta en la sobrevaloración que el Renacimiento hizo de las disciplinas
configurativas en su capacidad de exteriorizar el mundo. En este grupo de artes fue
incorporada la arquitectura, la cual ascendió de ser una labor de artesano a través del
desarrollo del ingenio y la invención (ibid.). Es la segunda mitad del S. XVI el momento
23
en que, según la visión contemporánea, surge la Historia del Arte como una disciplina
autónoma, con la edición de la obra clásica de Giorgio Vasari: Vidas de los más excelentes
pintores, escultores y arquitectos. A partir de entonces se ha generado un conjunto,
muchas veces contradictorio, de perspectivas y enfoques para su estudio,
correspondientes a las tendencias del pensamiento de diversos períodos y espacios
geográficos.
8.3 Historiografía
Ligada indisolublemente a los conceptos de Historia e Historia del Arte está el de
Historiografía y, como ellas, tiene también significados múltiples, siendo además sus
acepciones más numerosas y complejas como se evidencia en la literatura académica que
circula en nuestro medio. Raúl Rivera Serna, en su Historia de la Historia, plantea:
Trazar un cuadro, completo en lo posible, sobre el proceso que ha seguido la
historiografía peruana desde sus inicios, que podríamos fijarlos en el siglo XVI,
hasta nuestros días, es en verdad, una tarea difícil. No se trata sólo de problema
de amplitud, sino también de método y sistema. (Rivera, 1982, p. 281).
En esta referencia, la Historiografía es planteada como el resultado de la
investigación histórica, es decir: el conjunto de textos escritos como producto de la
reflexión sobre los acontecimientos del pasado; asumiendo que escribirlos implica la
existencia de un proceso de sistematización llevado a cabo con una metodología
específica.
Por otro lado, Hilda Barentzen (1998) nos dice:
...lo que llamamos historia alude a los hechos más o menos dispersos que se han
dado en algún lugar en algún tiempo, pero la reconstrucción del hecho histórico
(...) supone el trabajo metodológico-científico, la síntesis creativa del
historiógrafo. (Barentzen, p. 37).
Según su planteamiento, la Historiografía sería la reconstrucción sistemática de
los procesos y acontecimientos que constituyen el hecho histórico. Añade además
brevemente: “...la historiografía se estudia a sí misma...” (ibid. p. 37), con lo cual le
24
reconoce a esta ciencia la capacidad de revisión crítica de sus propias tendencias y
métodos. En palabras de Alberto Flores, la Historiografía sería un balance de lo escrito,
una “síntesis interpretativa de la historia” (Flores, 1988, p. 56), y señala además las
relaciones entre ese discurso y el momento en que es elaborado pues, los intereses
específicos de ese segundo momento definen la mirada sobre el pasado.
Fernando Jara (1991), al referirse a los textos publicados por el arquitecto José
García Bryce en diversos medios académicos –a los que él denomina la Historiografía de
García Bryce–, nos dice:
La producción historiográfica del arquitecto José García Bryce sostiene a través
del tiempo, en líneas generales, una misma propuesta conceptual y metodológica.
El eje de su discurso es el objeto arquitectónico considerado en su aspecto formal
y tipológico, priorizando en el estudio de la forma lo estilístico... (Jara, p. 26).
En este caso, el término Historiografía es utilizado para hacer referencia al
producto de la investigación histórica, al texto histórico, bajo la presunción de tratarse de
una elaboración sistemática. Hermann Bauer (op. cit.), uno de los más importantes
estudiosos de la Historiografía del Arte, aborda directamente el tema de la confusión
terminológica planteando:
...existe la disciplina ‘Historia del Arte’. Pero también el tratamiento que la
historia del arte conlleva se denomina así. El objeto y el sujeto tratados asumen
la misma designación, (...) El tratamiento de la Historia del Arte puede designarse
por Historiografía del Arte. El historiógrafo es aquel que emite un juicio
científico al describir la historia. (Bauer, p. 10)
En este texto, Bauer deja posibilidades abiertas, opta por denominar historia, con
minúscula, al conjunto de hechos del pasado, e Historia, con mayúscula, a la ciencia que
los reconstruye, pero permanece la dualidad al denominar Historiografía al proceso
sistemático de la reconstrucción del pasado y a la mirada de este proceso sobre sí mismo.
Entonces, según Bauer la Historiografía puede ser asumida: 1. como el producto de la
elaboración de la ciencia histórica. 2. como el corpus de textos resultante del proceso de
25
sistematización, o 3. como la disciplina encargada de la crítica de la producción científica
de la Historia.
En resumen, de la revisión de los diversos autores tenemos que la Historiografía
puede plantearse como:
1. El corpus de textos producidos por los historiadores.
2. El proceso de sistematización histórica en su conjunto.
3. El análisis crítico del corpus de textos de los historiadores: Es decir: la Historia
de la Historia.
Esta diversidad de acepciones puede constituirse en una limitación si no queda
claro el sentido que, en cada oportunidad, adquiere el término teniendo en consideración
que las ciencias requieren de la mayor precisión terminológica para el adecuado
desarrollo de sus procesos. En el presente estudio asumiremos la tercera de las
definiciones es decir, para nuestro caso, será el proceso crítico de la Historia.
8.4 El Positivismo
Las bases filosóficas identificadas en muchos de los textos del período en estudio
corresponden al pensamiento positivista; corriente que, en la literatura histórica
contemporánea, es asumida como incapaz de permitir una adecuada interpretación de los
fenómenos sociales, tornándose en muchos casos, en una caracterización con una intensa
carga peyorativa. Dado que las diversas corrientes de pensamiento –sobre todo aquellas
de trascendencia– no pueden ser entendidas solamente a partir de algunos de sus rasgos,
se hace necesaria una mirada analítica a fin de entender sus peculiaridades y su
significación en el decurso del proceso del pensamiento.
Si bien el Positivismo es característico del S. XIX, sobre todo de su segunda mitad,
sus orígenes pueden rastrearse hasta el S. XVIII, en las ideas de los físico-matemáticos
franceses influenciados por diversas corrientes: la física newtoniana, el mecanicismo
26
geométrico cartesiano y el empirismo británico, designados contemporáneamente como
proto positivistas. El aporte principal de estos pensadores había sido la superación de las
formulaciones del empirismo clásico –preocupado por el análisis del conocimiento
común– y su planteamiento de la necesidad, tanto de una metodología científica, como
del análisis detallado de la estructura de las teorías científicas, resultado de la conciencia
de la posibilidad de una explicación científica del mundo que sea capaz de superar la
teología, la metafísica y la teleología, planteada en conexión con la investigación
matemática de la naturaleza (Moulines, 1975).
El fundador del Positivismo clásico fue Auguste Comte (1798-1857), filósofo y
matemático francés; pero algunos de sus conceptos se remontan al filósofo británico
David Hume (1711-1775), al filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804) y, sobre todo,
al filósofo francés Henri de Saint-Simon (1760-1825). Comte se desempeñó como
secretario de este último y es claro que algunas de sus formulaciones fundamentales: el
propio término positivo como sinónimo de científico; la idea de una ciencia exacta de las
sociedades y la ley de los tres estadios del conocimiento, fueron originalmente planteadas
por Saint-Simon, correspondiéndole a Comte su desarrollo como sistema filosófico y
como metodología de validez “universal”.
Comte se formó científicamente en la École Polytechnique, institución creada por
la Convención Nacional Revolucionaria a partir de la Escuela Central de Obras Públicas
para dedicarse con mayor fuerza a las investigaciones de ciencias puras, constituyéndose
en centro de formación de muchos científicos franceses, Saint-Simon tendría importantes
contactos con ella, a nivel tanto de profesores como de alumnos (Moulines, op. cit.).
La visión de Comte es la de la primacía de la ciencia, según la cual el único
conocimiento auténtico es el que surge de la aplicación del método científico en la
27
investigación. Se asume que toda actividad filosófica o científica solo es posible a partir
del análisis de los hechos reales verificados por la experiencia:
En las leyes de los fenómenos es en lo que consiste realmente, la ciencia, a la cual
los hechos propiamente dichos, por exactos y numerosos que puedan ser, nunca
procuran otra cosa que materiales indispensables. Considerando el destino
constante de estas leyes, se puede decir, sin exageración alguna, que la verdadera
ciencia, lejos de estar formada de meras observaciones, tiende siempre a
dispensar, en cuanto es posible, de la exploración directa, sustituyéndola por
aquella previsión racional, que constituye, por todos aspectos, el principal
carácter del espíritu positivo (Comte. 1923. Pp. 14–15).8
Este es el sustento del planteamiento positivista de la existencia de un monismo
metodológico, es decir: la afirmación de la validez de un solo método de investigación
para todas las ciencias, que sería el de las ciencias físico-naturales.
El Positivismo comtiano rechaza todo intento de indagación de las causas
esenciales de los fenómenos en el plano filosófico. Su aproximación al conocimiento es
inductiva, validando solo las teorías y leyes planteadas a partir de principios percibidos
objetivamente. Comte asumía que el estado del desarrollo de las ciencias en su
contemporaneidad estaba ya resuelto, quedando por elaborar solo los detalles técnicos.
Ello implicaba que sus leyes básicas eran inmodificables, no debiendo ser puestas en
cuestión, pues ese cuestionamiento imposibilitaría el progreso científico del que dependía
el desarrollo de las sociedades (Moulines, op. cit.).
El enfoque de la ciencia: el positivo, es el mayor nivel del conocimiento. Refleja
la madurez interpretativa de una sociedad, en la que los fenómenos son explicados con
exactitud a partir de leyes naturales basadas en la observación y la reflexión racional, sin
buscar causales filosóficas tras de ellos. Este enfoque es la superación de dos anteriores:
primero: el teológico, en el que los fenómenos se explican como expresiones de entidades
8
(1923) Discours sur l'esprit positif. Paris: Société Positiviste Internationale. Traducido por Julián
Marías
28
sobrenaturales y, segundo: el metafísico, en el que los fenómenos ya no se explican por
la acciones de fuerzas personificadas, sino como acciones de entidades abstractas.
En Comte el análisis objetivo de los fenómenos, su descripción sistemática,
permite predicciones sobre la naturaleza y, en última instancia, la incidencia sobre ella;
resultado de la cual es el avance de la tecnología y con ella el progreso humano.
… la nueva filosofía asigna directamente, como destino necesario, a nuestra
existencia entera, a la vez personal y social, el mejoramiento continuo, no sólo de
nuestra condición, sino también, y sobre todo, de nuestra naturaleza, tanto como
lo permita, en todos aspectos, la totalidad de las leyes reales, exteriores e
interiores. Erigiendo así a la noción del progreso en dogma verdaderamente
fundamental de la sabiduría humana… (Comte, op. cit. Pp. 40)
Ese progreso es entendido como la solución a los problemas de la sociedad a través
de la ciencia, validando el estudio del ser humano, tanto individual como colectivamente,
mediante el enfoque del naturalismo. Se genera una especie de optimismo ante la
inevitabilidad de la primacía del bienestar generalizado, producto del avance de la ciencia
hacia la paz y la solidaridad. La preocupación por la aplicación de la perspectiva
naturalista a las sociedades lleva a Comte a la formulación de la Sociología como la
ciencia de las relaciones sociales, entendidas como parte de los hechos naturales, una
disciplina que se propone construir:
El espíritu positivo (…) es directamente social, en cuanto es posible, y sin ningún
esfuerzo, como consecuencia de su misma realidad característica. Para él, el
hombre propiamente dicho no existe, no puede existir más que la Humanidad,
puesto que todo nuestro desarrollo se debe a la sociedad, desde cualquier punto
de vista que se le mire. (…) El conjunto de la nueva filosofía tenderá siempre a
hacer resaltar, tanto en la vida activa como en la vida especulativa, el vínculo de
cada uno con todos, en una multitud de aspectos diversos, de manera que se haga
involuntariamente familiar el sentimiento íntimo de la solidaridad social,
extendida convenientemente a todos los tiempos y a todos los lugares. (Comte,
op. cit. P. 50)
Diversas corrientes, desde dentro y fuera del Positivismo, significaron una
superación de sus formulaciones, como el caso del propio positivismo crítico que puso en
tela de juicio la afirmación de lo inobjetable de los fundamentos de la ciencia y, luego,
desde fuera, la inviabilidad del análisis social desde los métodos naturalistas. El
29
Positivismo tuvo una decidida influencia en la definición epistemológica y metodológica
de la Historia, la Historia del Arte y otras ciencias sociales y humanas a las cuales fueron
aplicados sus planteamientos, finalmente desplazados al asumirse que los fenómenos
sociales y los naturales debían tener perspectivas distintas de análisis, como veremos en
acápite posterior.
9. Metodología
Esta investigación analiza la producción de textos de historia de la arquitectura
peruana del período colonial, asumiendo que ellos estructuraron un discurso que, aunque
tiene particularidades según los diversos autores, puede analizarse como una
manifestación del pensamiento de la época. Es, indudablemente, un análisis cualitativo
que pretende develar los fundamentos, conceptos y metodologías de dicho discurso.
El objeto específico de nuestro estudio es el discurso producido durante el período
1919 – 1950, desde una perspectiva multidimensional y en una secuencia cronológica.
Para el caso se ha revisado el catálogo de la Biblioteca Nacional del Perú, complementado
con los de la UNMSM, el Instituto Riva Agüero y algunas bibliotecas universitarias más
de las universidades limeñas que cuentan con facultades de Arquitectura, Arte o Historia.
La búsqueda identificó 58 publicaciones, 42 escritas en el Perú y 16 en diversos países de
Iberoamérica, España y EEUU.
Hemos seleccionado la realizada entre los años 1919 y 1950 por corresponder al
período de afirmación nacional de los países americanos. Proceso que, en algunos casos,
impulsó una actividad proyectual que planteaba la recuperación de los patrones formales
de la arquitectura del período colonial, tendencia denominada Arquitectura Neocolonial,
la cual resulta en una forma de historicismo que dejaba de lado la asimilación de modelos
europeos planteando, en cambio, un modelo americano. Esta labor exigió la investigación
de los objetos en términos de su valoración y el establecimiento de sus patrones formales
30
como modelo a imitar, que alcanzó, en nuestro país, dimensiones considerables y solo
concluyó con la instalación de la Modernidad, en la década de 1950.
Una vez identificados los textos se procedió a seleccionarlos. Teniendo en cuenta
que una selección es, desde siempre, arbitraria y subjetiva; la nuestra fue hecha en
atención, sobre todo, a las evidencias de su difusión, lo mismo que su incidencia en el
medio, tanto en la configuración de los planteamientos académicos más importantes del
período, como en la formación teórica de los historiadores del arte y los arquitectos. El
siguiente cuadro es un listado cronológico de los textos seleccionados.
CUADRO 1
Publicaciones de la década 1920
1 Noel, Martín Contribución a la historia de la arquitectura 1921
Hispano-Americana
2 Zárate, Rosario El Cuzco y sus monumentos: guía del viajero 1921
9
3 Cosío, José Gabriel El Cuzco histórico y monumental 1924
4 Portal, Ismael Lima religiosa (1535-1924) 1924
5 García, José Uriel Guía histórico-artístico del Cuzco; 1925
homenaje al centenario de Ayacucho
6 Guido, Ángel Fusión hispano-indígena en la arquitectura 1925
colonial
7 Noel, Martín Fundamentos para una estética nacional: 1926
contribución a la historia de la arquitectura
hispanoamericana
CUADRO 2
Publicaciones de la década 1930
1 Guido, Ángel Eurindia en la arquitectura americana: 1930
conferencia pronunciada en Santa Fe
2 Noel, Martín Teoría histórica de la arquitectura virreinal 1932
9
Consignado de ese modo en la publicación.
31
3 Angulo Iñiguez, Diego Planos de monumentos arquitectónicos de 1933
América y Filipinas existentes en el Archivo -
de Indias 1939
4 Peña Prado, Mariano Lima y sus murallas 1934
5 Estudios y documentos para la historia del 1934
arte colonial
6 Concejo Provincial de Lima Monografías históricas sobre la ciudad de 1935
Lima
7 Angulo, Domingo La metropolitana de la Ciudad de los Reyes 1935
8 Solá, Miguel Historia del arte hispano-americano: 1935
arquitectura, escultura, pintura y artes
menores en la América española durante
los siglos XVI, XVII y XVIII
9 San Cristoval, Evaristo El Palacio de Torre Tagle. Evocación 1935
Pretérita por Evaristo San Cristóval
10 Peña Prado, Juan Manuel Lima precolombina y virreinal 1938
11 Martín-Pastor, Eduardo De la vieja casa de Pizarro al nuevo Palacio 1938
de Gobierno
12 Camacho, Favio Estampas del sur del Perú: monumentos 1939
arqueológicos y coloniales; paisajes tipos y
escenas urbanas
13 Álbum artístico: convento de San Francisco 1939
de Jesús El Grande
32
CUADRO 3
Publicaciones de la década 1940
1 Guido, Angel Redescubrimiento de América en el arte 1940
2 Benavides, Alfredo La Arquitectura en el Virreinato del Perú y 1941
en la capitanía general de Chile
3 Harth-terré, Emilio La obra de la Compañía de Jesús en la 1942
arquitectura virreinal peruana
4 Harth-terré, Emilio Santiago Rosales: el alarife mulato: una 1942
nota biográfica en la arquitectura
virreinal peruana
5 Mariátegui Oliva, Ricardo Una joya arquitectónica peruana de los 1942
siglos XVII y XVIII: el templo de Santiago o
de nuestra señora del Rosario de Pomata
6 Medina, Pío Max Monumentos coloniales de Huamanga 1942
(Ayacucho)
7 Noel, Martín El arte en la América española 1942
8 Vargas Ugarte, Rubén El monasterio de la Concepción de la 1942
Ciudad de los Reyes
9 Pereira, Emiliano Cajamarca: región turística: Sus 1943
monumentos más notables
10 Santibáñez Salcedo, Alberto El monasterio de Nuestra Señora del 1943
Prado
11 Barriga, Víctor M., O. de M. El templo de la Merced de Lima: 1944
documentos para la historia del arte
12 Buschiazzo, Mario J. Estudios de arquitectura colonial 1944
hispanoamericana
13 Gambetta Bonatti, Néstor El Real Felipe del Callao 1945
14 Gento Sanz, Benjamín San Francisco de Lima. Estudio histórico y 1945
artístico de la iglesia y convento San
Francisco de Lima
15 Harth-terré, Emilio Artífices en el virreinato del Perú: (historia 1945
del arte peruano)
16 Mariátegui Oliva, Ricardo Una iglesia-relicario: El Carmen de Trujillo 1945
17 Noel, Martín Palabras en acción: apologías y temas de 1945
historia, arte y urbanismo
18 Santibáñez Salcedo, Alberto La sacristía del templo de San Agustín de 1945
Lima
19 Angulo Iñiguez, Diego Historia del arte hispanoamericano Desde
1945
33
20 Cuadros E., Manuel Historia y arquitectura de los templos del 1946
Cuzco
21 Toussaint, Manuel Arte Mudéjar en América 1946
22 Velarde, Héctor Arquitectura peruana 1946
23 Caballero y Lastres, Daniel Tres monumentos históricos de Lima: 1947
Quinta de Presa, San Francisco [y] Palacio
de Torre Tagle
24 Cabrera Bedoya, Néstor Guía histórica de los monumentos 1947
coloniales de Huamanga
25 Mariátegui Oliva, Ricardo San Francisco y la Dolorosa de Cajamarca 1947
26 Santibáñez Salcedo, Alberto Santuario y beatario de Nuestra Señora 1947
del Patrocinio
27 Vargas Ugarte, Rubén Ensayo de un diccionario de artífices 1947
coloniales de la América meridional
28 s/a Templo y Convento de "La Merced" 1947
29 Mariátegui Oliva, Ricardo Iglesia de la Asunción de Azángaro 1948
30 Harth-terré, Emilio Las tres fundaciones de la Catedral del 1949
Cuzco
31 Mariátegui Oliva, Ricardo Templo de La Inmaculada de Lampa 1949
32 Mariátegui Oliva, Ricardo Pomata: Templo de Nuestra Señora del 1949
Rosario (2da. Edición)
33 Mariátegui Oliva, Ricardo Nazarenas y el Señor de los Milagros 1949
34 Rodríguez Casado, Vicente Construcciones militares del virrey Amat 1949
35 Wethey, Harold Edwin Colonial architecture and sculpture in 1949
Peru
36 Harth-terré, Emilio Cómo eran las casas en Lima en el siglo 1950
XVI
37 Mariátegui Oliva, Ricardo Chiguata y su iglesia del Espíritu Santo 1950
38 Mariátegui Oliva, Ricardo Zepita, templo de San Pedro y San Pablo 1950
El primer proceso fue la identificación de los repositorios en los que se realizó la
búsqueda de textos, elaborándose un listado cronológico que posibilitó su consulta y
posterior sistematización. Para analizar e interpretar la información, los textos, ya
ordenados cronológicamente, fueron sometidos a una lectura analítica que permitió
identificar su aporte al discurso de la época en consideración a las siguientes variables:
34
1. Características físicas y estructura del texto
2. Intencionalidad y ubicación en su tiempo y lugar.
3. Planteamientos teórico conceptuales sobre el Arte y la Arquitectura, lo mismo que
sobre la Historia, la Historia del Arte y la de la Arquitectura. Marco en el que se
inscribe la propuesta del autor.
4. Perspectivas de análisis. Escuelas o corrientes de interpretación y sus influencias.
5. Los métodos de investigación; las fuentes y su manejo. La organización del
discurso - argumentos y manera de exponerlos.
6. Las conclusiones de su análisis.
35
Capítulo I
1. La Historia de la Arquitectura. Sus fundamentos y métodos
El término arquitectura tiene diversas acepciones, en general se asume como la
organización de volúmenes y espacios, que una vez construidos, darán respuesta a
necesidades humanas; pero en general se aplica también a los procesos de organización
de elementos para constituir estructuras definibles, se hablará también entonces de la
arquitectura como estructura lógica y física de una computadora o de la arquitectura de
un barco. Más, en su sentido tradicional, nos referimos a ella como la ciencia y el arte de
proyectar y construir edificios.
En el proceso de reflexión acerca de la arquitectura han sido identificadas un
conjunto de dimensiones que le son constitutivas. Hermann Bauer (1980) señala tres: La
dimensión formal, la dimensión técnica y la dimensión semántica. La dimensión formal
comprende el planteo y articulación de volúmenes en el espacio y sus resultantes, que
pueden ser incluso reducidas a cánones o fórmulas. En la dimensión técnica se establece
dinámicas que posibilitan sus procesos constructivos y, en la dimensión semántica, las
formas e incluso las técnicas pueden ser asumidas como simbólicas o portadoras de
sentidos sociales, lo cual le da la potencialidad de ser convertida en monumentos en los
que las sociedades pueden reconocerse. A estas tres puede incorporarse la dimensión
espacial referida al objeto arquitectónico como envolvente de los seres humanos y sus
dinámicas, la dimensión funcional, referida a las condiciones que las edificaciones
ofrecen al desarrollo de las actividades humanas y la dimensión estructural, referida a los
sistemas que posibilitan la estabilidad física de las edificaciones.
36
La Historia de la Arquitectura es, entonces, el registro de cómo las variables
mencionadas funcionalidad, solidez, belleza (y sus diversas dimensiones) han ido
interrelacionándose a lo largo del tiempo (Bauer, 1980). Al haber sido considerada, en
varios períodos, como una de las Bellas Artes, su estudio formó parte de diversas
Historias del Arte, hasta adquirir perfil propio recién avanzado el S. XIX. Esa inclusión
le dio un carácter formalista al estudio específico de la arquitectura que luego adquiriría
perspectivas variadas. En el presente capítulo haremos un registro de los diversos
momentos del estudio de la Historia de la Arquitectura, en sus fundamentos, metodologías
y autores.
1.1 Las raíces: De la antigüedad clásica al Renacimiento
Las primeras formulaciones sobre arquitectura provienen del arquitecto romano
Marco Vitruvio Pollion, de quien se conserva el –hasta ahora– más importante tratado del
período clásico: De Architectura.10 La obra en diez libros, dedicada al César, fue escrita
alrededor del 27 A.C., como intento de compendiar los conocimientos básicos del
ejercicio del oficio. Este texto se constituyó más tarde en uno de los sustentos de la
actividad proyectual y edificatoria del Renacimiento. En él, el autor formuló como
principios fundamentales de la arquitectura: utilitas, firmitas y venustas; en referencia a
la funcionalidad, solidez y belleza que requerían los objetos construidos para ser
considerados como una arquitectura eficiente (Perello, 1994). Su significación radica en
ser el inicio de la reflexión sobre la arquitectura y el intento de comprender los complejos
aspectos de sus orígenes, en un proceso que va de la construcción de los cobijos primitivos
de troncos y hojas, hasta las edificaciones de ladrillo o piedra. Es decir desde la imitación
de la naturaleza a la protección de la casa (Quintela, 2013).
10
Vitruvio Polion, Marco (1997). Los diez libros de Arquitectura. Madrid: Alianza Editorial
37
Todo planteamiento sobre la arquitectura requiere, de uno u otro modo, de una
mirada respecto a la actividad proyectual y constructiva precedente, y esa mirada resulta
necesariamente histórica, tanto como históricamente determinada. Así, si bien Vitruvio
no escribió un texto histórico sobre la arquitectura, recogió historias conocidas en su
tiempo. “El mencionado caso de las cariátides, por ejemplo, parece derivar de las
Crónicas de la Guerra del Peloponeso de Tucídides” (Ortiz, 2010. p. 6). Asimismo, todo
texto registra, de un modo u otro, la actividad constructiva de su momento o la mirada
sobre la misma. Así ocurre con Villard de Honnecourt y su: Livre de portraiture.11 Es ese
un cuaderno de dibujos en pergamino escrito en la primera mitad del S. XIII y conservado
en el Museo Nacional de París; contiene un conjunto de imágenes de elementos
arquitectónicos que, siendo de su época, alimentan el registro histórico encontrándose en
ellas pervivencias del pasado.
Como es perfectamente coherente, la historia de los monumentos adquiere vital
importancia durante el Renacimiento, cuyo espíritu se sustenta en los conceptos y
vocabulario de la arquitectura clásica, por lo que su conocimiento profundo era requerido.
Escritores del S. XV, como Antonio Manetti,12 hacen referencia a la intensa actividad que
Brunelleschi realizaba, en lo que ellos entendían como búsqueda de tesoros romanos. Lo
que realmente hacía el artista era, habiéndose trasladado a Roma, medir las ruinas de los
templos y palacios clásicos, sacando apuntes de sus formas generales y elementos
ornamentales (Gombrich, 1992).
León Batista Alberti escribió, más tarde, De re aedificatoria13 en un intento de
resaltar los elementos constitutivos de la obra arquitectónica a partir de los cuales
11
Honnecourt, Villard De (1927). Album de Villard De Honnecourt, Architecte Du XIIIe Siècle.
Reproduction des 66 pages et dessins du manuscrit français 19093 de La Bibliothèque Nationale. Paris:
Bibliothèque Nationale.
12
Manetti, Antonio di Tuccio (1985). Filippo Brunelleschi 1377-1446. Paris: Ecole Nat. Sup des Beaux
Arts.
13
Alberti, Leon (1485). De re aedificatoria. Florencia: Nicolai Laurentii Alamani, (editor)
38
establecer una normativa de diseño. Se basa en los principios vitruvianos de la firmitas,
utilitas y venustas. Plantea al arquitecto como el artifex o inventor, pues él plasma en la
realidad algo que no se encuentra en la naturaleza, trasponiendo las reglas del arte clásico
a la arquitectura del Renacimiento (Sverlij, 2014). Para Alberti, tanto las características
de los edificios como los procesos proyectuales son resultado de procesos históricos:
Alberti explica, siguiendo de cerca el modelo de Vitruvio, la génesis histórico-
mítica de las formas y de los elementos de la arquitectura del periodo clásico.
(…) para él la historia es el elemento significante y valorizador de este lenguaje:
[renacentista] además de su calidad formal, belleza y otras propiedades visuales,
es una arquitectura portadora de una continuidad histórica que salva el gran golfo
espiritualista del medioevo y llega a la racionalidad grecorromana (Ortiz, op. cit.
p. 9).
Así, los procesos de análisis y síntesis de la producción arquitectónica sustentan
la reflexión teórica y la actividad proyectual del Renacimiento. Hasta ese momento, la
perspectiva del análisis se centraba en la formalidad, en la composición, la relación de las
formas y en las características del ornamento, con la arquitectura clásica como paradigma,
sin relación con el entorno social ni sus procesos técnicos, por lo que se plantea una
autonomía del creador y la obra resulta de un proceso individual.
1.2 Los orígenes: la arquitectura como producto del genio creador
En el S. XVI surge el escritor que ha sido considerado el primer historiógrafo
moderno, se trata de Giorgio Vasari (1511-1574), autor de: Vidas de los más excelentes
pintores, escultores y arquitectos.14 Fue un connotado artista, representante de la cultura
y el arte de su siglo. Escribió las biografías de los más importantes creadores anteriores a
él y las de sus contemporáneos, en un afán de darle valor al rol de los artistas de su época
y a la actividad creadora que realizaban. Sus informaciones fueron tomadas de todo tipo
de fuentes, muchas de ellas directas, mediante visitas a los talleres y entrevistas a personas
14
Vasari, Giorgio (2011). Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos. Madrid:
Cátedra.
39
directamente relacionadas con la actividad. La primera parte de sus Vidas fue publicada
en 1550 y la segunda en 1568. Son 133 biografías, considerado aun hoy como una fuente
indispensable de consulta referida a ese período. Es él quien da nombre al estilo como
Renacentista. Su obra está dividida en dos secciones, la primera, dedicada al estudio de
las técnicas artísticas y la segunda a las biografías propiamente dichas (Vila-Sanjuán,
2015).
Su importancia radica en establecer una nueva conciencia reflexiva del arte y el
establecimiento de un sistema. Divide el desarrollo del arte en tres etapas, la infancia para
el Trecento, la juventud en el Cuattrocento y la perfección en el Cinquecento, del cual
Miguel Ángel sería el punto culminante y, por lo tanto, aquel quien superó a la
antigüedad. Esta posibilidad de superación es una modificación de la idea de la Historia
del Arte, de una exclusivamente normativa a otra que reconozca la continua sucesión de
sus procesos (Bauer, op. cit.).
A posteriori de Vasari los enfoques y las perspectivas de análisis de la arquitectura
se hicieron variados según los componentes considerados y los pesos específicos
asignados en cada caso y, a partir de ellos, los métodos de las investigaciones a lo largo
del tiempo; siendo que las elecciones siempre han reflejado los intereses de las sociedades
en que han sido producidos.
1.3 La búsqueda de la utopía y el ideal estético supremo
Como uno de los más importantes hitos de la Historia del Arte, aparece en el S.
XVIII Johann Joachim Winckelmann (1717–1768). Nacido en Alemania, fue arqueólogo
e historiador del arte, siendo considerado como fundador de la noción científica de ambas
disciplinas. Su aporte a la Arqueología transformó radicalmente esa actividad, asumida
previamente solo como la búsqueda de tesoros de la antigüedad. En el caso de la Historia
del Arte, fue el primer estudioso cuya actividad principal no era la producción artística;
40
es decir, acometía la historia del arte desde una perspectiva crítica y analítica. A partir de
sus estudios de la cultura griega, la planteó como utopía e ideal estético supremo,
específicamente a la escultura helénica. Desde la publicación, en 1755, de Reflexiones
sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y la escultura,15 sus obras tuvieron
un gran impacto en la definición de los ideales estéticos de su época. Investigó el arte
clásico a través de las copias romanas de la escultura griega, poniendo énfasis en el ideal
de la belleza del mármol blanco, sin enterarse que la escultura clásica poseía colores que
se habían perdido con el paso del tiempo.
Su obra más importante fue Historia del Arte de la Antigüedad16 publicado en
1763. En ella plantea su tesis fundamental: que la finalidad del arte es la belleza pura y
esto solo se logra cuando todos los niveles de la creación artística son decididos por el
artista. Promovió en sus contemporáneos el concepto de una estética de la belleza ideal.
Rechazó la sensualidad que era la base del arte Rococó. Desde su punto de vista
“la superación de aquellas tendencias sensualistas (…) dependía de la posibilidad de
restablecer para el mundo moderno el problemático imperativo de la imitación de las
formas naturales” (Galfione, 2012, p. 167). En una concepción más amplia de la
naturaleza que implicaba la inclusión, en el estudio de la producción cultural, de modelos
de estudio planteados por las ciencias naturales.
Fue uno de los principales inspiradores del Neoclasicismo, aunque no entendido
como la imitación de la perfección de la cultura clásica, perspectiva que justificaría y
daría validez a la imitación, como se asumía desde la visión del clasicismo francés.
Winckelmann, desde la perspectiva alemana, planteaba no una fórmula sino una utopía
que podía ser alcanzada en tanto se profundizara el conocimiento histórico (Bauer, op.
15
Winckelmann, Joaquín (2008). Reflexiones sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y la
escultura. Madrid: Fondo de Cultura Económica.
16
Winckelmann, Joaquín (1986). Historia del Arte de la Antigüedad. Barcelona: Orbis.
41
cit). Un ideal que podía ser alcanzable incluso independientemente de la propia
antigüedad (Galfione, op. cit.). Sus planteamientos corresponden “al siglo más
revolucionario de la historia del pensamiento occidental, el XVIII” (Bauer, op. cit, p. 82)
y resultan una superación de la visión humanista del arte clásico, su pensamiento está
ligado a la ilustración, una mirada distinta y distante de la característica del Renacimiento:
(Uscatescu, 1992).
Para Vasari la Historia del Arte era una pragmática del presente; para
Winckelmann, la historia de un ideal (si bien pensado como modelo) que
reposaba en la lejana distancia y que era experimentable sólo científicamente,
aunque, al mismo tiempo, con todo el ardor del alma. Con él “deja casi de existir
la historia de los artistas, pues ésta tiene poca influencia en el conocimiento de la
esencia del Arte”. (Bauer, op. cit. p. 83).
La Historia en Winckelmann no es solo la búsqueda en el pasado sino una manera
de encontrar un modelo que pueda ser imitado en la modernidad, no el sustento de un
proceso técnico sino la posibilidad de plantear todo un auténtico programa de renovación
cultural (Galfione, op. cit.).
Es el primero en plantear el uso del lenguaje como instrumento de la
interpretación, realiza descripciones grandilocuentes y su prosa es usada como elemento
interpretativo, creando neologismos y palabras específicas. Sus planteamientos han
llevado a la Historiografía del Arte a ser:
…un sucedáneo del Arte y, por tanto, una construcción que, sin embargo, es una
construcción histórica. Su Historiografía es, entre otras cosas, el síntoma de la
crisis de una época en la que el ‘Arte’ se hallaba en franca transformación,
haciendo de la Historiografía un sucedáneo de algo que ya no existía. (Bauer, op.
cit. p. 86).
1.4 La herencia de la ilustración: la noción de tipo y modelo
Una nueva mirada sobre la arquitectura fue planteada a mediados del S. XVIII,
con los enfoques de diversos teóricos como Marc-Antoine Laugier y Antoine Quatremere
de Quincy, cuyas formulaciones corresponden al período posterior a la Revolución
Francesa, teniendo como marco la herencia de la ilustración. El elemento diferenciador
42
en este enfoque fueron las nociones de tipo y modelo; una forma de enfocar el tema de
los orígenes de la arquitectura y de enfrentar las dinámicas de la disciplina, lo mismo que
evitar los resultados erróneos en cuanto a principios y formas clásicas que habían derivado
de los avances en tecnología y dinámicas sociales (Quintela, 2013).
En su Essai sur l'architecture,17 publicado en París en 1755, Marc-Antoine
Laugier (1713-1769), religioso jesuita francés reacciona ante el dominio de los
paradigmas acríticos planteando la necesidad de incorporar a la naturaleza como
legimitadora de la teoría arquitectónica:
Only architecture has until now been left to the capricious whim of the artists who
have offered precepts indiscriminately. They fixed rules at random, based only
on the inspection of ancient buildings. They copied the faults as scrupulously as
the beauty; lacking principles which would make see the difference, they were
bound to confound the two. Being servile imitators, they declared as legitimate
everything which has been authorized by examples. They always confined their
studies to fact and deduced from them, erroneously, the law: thus, their teaching
has been nothing but a source of error (p. 2).18
Clave en la definición de tipo, fueron los escritos de Antoine Quatremere de
Quincy (1755-1849), quien no era precisamente arquitecto sino un polifacético escritor
de temas de arte y filosofía, a la vez que arqueólogo y político. Sus ideas fueron planteadas
en el III Volumen del Dicionaire Histórique de L’architecture,19 incluido en su
Encyclpédie Methodique, publicada entre 1788 y 1825. En él, el tipo es planteado como
la correspondencia del edificio entre forma y función. El término tipo en arquitectura
implica la identificación de unos elementos comunes que permiten la identificación de
las obras arquitectónicas que comparten una misma estructura formal, pero ella va
17
Laugier, Marc-Antoine (1755). Essai sur l'architecture. París: Duchesne Librairie
18
Sólo la arquitectura ha sido dejada, hasta ahora, al capricho de los artistas que han planteado preceptos
indiscriminadamente. Establecieron reglas al azar, basadas únicamente en la revisión de edificios
antiguos. Copiaron los errores tan escrupulosamente como la belleza; Carentes de principios que
hicieran ver la diferencia, estaban obligados a confundir ambos. Siendo imitadores serviles, declararon
como legítimo todo lo que ha sido autorizado por los ejemplos. Siempre confinaron sus estudios a los
hechos y dedujeron de ellos, erróneamente, las leyes: así, sus enseñanzas no ha sido más que una fuente
de error (Laugier, 1977, p. 2). Traducción propia. texto original en francés, ha sido revisado en su
edición norteamericana: (1977). An Essay on Architecture. Los Angeles: Hennessey & Ingalls, INC.
19
Quatremere de Quincy. A. (1832). Dicionaire Histórique de L’architecture. Paris: Librairie D’Adrien
Le Clere.
43
asociada a una correspondencia funcional e incluso constructiva, que les permite una
clasificación común (Zayas, 2012). Estos edificios surgieron a partir de programas
controlados de crecimiento urbano en el París desde finales del S. XVIII y fueron
difundidos por toda Europa en la época napoleónica. Los elementos del lenguaje serían
los del repertorio clásico al cual le atribuye una calidad de transhistoricidad, cuyo uso
requería gran preparación para ser hecho con propiedad (Ortiz, 2010). Se genera así una
diferencia sustancial entre los edificios significativos del pasado (iglesias, palacios) y los
de la época (escuelas, ayuntamientos, hospitales).
El concepto de modelo tiene, en cambio, condiciones miméticas y en esa medida
está asociado a la posibilidad de una copia literal. “Así, el ‘tipo’ seria la idea por
detrás de la apariencia individual y concreta del edificio y, como tal una
formulación ideal generadora de [innumerables] posibilidades partiendo de los
mismos principios. Por otro lado, el modelo representaría el molde u objeto que
puede ser copiado en su [integridad]” (Quintela, op. cit. P. 46).
1.5 Historia de la arquitectura y patrimonio edificado
Otra perspectiva de la Historia fue la de Eugene Emmanuel Viollet-le-Duc (1814-
1879). Arquitecto, arqueólogo y teórico francés, autor de: Dictionnaire raisonné de
l’architecture française du XIe au XVIe [onzième au seizième] siècle20 y de Entretiens
sur l'architecture.21 Para él la historia de la arquitectura, aun en sus aspectos constructivos
revela la historia de la sociedad. Estudió el gótico no solo como una expresión de la
técnica, consideró los sistemas constructivos y estructurales como la expresión de un
modo de razonar de la época, estableciendo sus relaciones con los costos de las obras y
de los trabajos de la vida urbana (Maino, s/f). Su propuesta fue importante porque rechazó
el historicismo de la Ecole des Beaux Arts, al centrar su atención en la arquitectura
medieval, desde la perspectiva, no de la escuela francesa, sino de la inglesa que lo
20
Viollet-le-Duc, Eugene (de 1854 a 1868) Dictionnaire raisonné de l’architecture française du XIe au
XVIe [onzième au seizième] siècle. Paris: BANCE — MOREL.
21
Viollet-le-Duc, Eugene (1863). Entretiens sur l'architecture. Paris: Q. Morel et cie.
44
consideraba como ejemplo de espiritualidad y moralidad. En su concepto el elemento
fundamental de la arquitectura era la idea con preeminencia sobre la materialidad por lo
que realizó un conjunto de restauraciones que en varios casos implicaron la terminación
de edificaciones inconclusas, generando gran polémica. Auspiciado por el segundo
imperio realizó el primer inventario nacional de monumentos de manera sistemática, con
lo cual Francia se convirtió en el primer país en hacerlo. Eso convirtió a este arquitecto
en precursor de la protección patrimonial (Ortiz, 2010).
1.6 El positivismo en la Historia del Arte
Durante la primera mitad del S. XIX, como producto de los avances en las ciencias
naturales se produjo un cambio general de paradigmas en las investigaciones, incluso en
las sociales, imponiéndose en ellas los conceptos y metodologías del positivismo. La
aplicación de sus planteamientos específicos al estudio del arte fueron formulados por
Hipólito Taine (1828-1893) en su obra Filosofía del Arte.22 Se trató de una recopilación
de cursos dictados en la escuela de Bellas Artes de París entre 1865 y 1869. En ella
establece –haciendo un paralelo con las ciencias biológicas– los factores que intervienen
en el proceso, identificándolos con los diversos elementos de una planta. La semilla sería
la raza, con sus cualidades básicas e indelebles, en relación con el clima; la planta sería
el pueblo, con sus características definidas por el medio y la historia; finalmente la flor
sería el arte (Taine, 1960).
Taine asume que la raza, el clima y la geografía son los determinantes de las
características tanto biológicas como sicológicas y actitudinales de los pueblos y por ende
de los individuos:
Vive el habitante de Holanda en un clima húmedo y uniforme, que calma los
nervios, desarrolla el temperamento linfático, modera las revueltas, explosiones
22
Taine, Hipólito (1960). Filosofía del Arte. Madrid: Espasa Calpe.
45
y arrebatos del alma; suaviza la aspereza de las pasiones e inclina el carácter del
lado de la sensualidad y el buen humor (Taine, op. cit. p. 32).
Al enfrentar la investigación en Historia del Arte, Taine asume que la obra de arte
no es el producto de la acción aislada de un artista, sino el resultado de un conjunto de
procesos en varias dimensiones: 1. La producción general del autor. 2. El grupo de artistas
o escuela al que pertenece dicho autor, en un tiempo y lugar determinado, y 3. El medio
que le rodea y que comparte sus gustos (Fernández, 2003).
Pero el objeto de la Historia del Arte no se completaba con el conocimiento del
proceso de producción de las obras, sino con su valoración. Para la determinación del
valor, Taine plantea el concepto del carácter; este es, en su enfoque, un concepto complejo
y ciertamente impreciso:
Ahora podemos (…) abarcar con una ojeada el arte entero y comprender el
principio que asigna a cada obra un puesto determinado en la escala de valores.
Quedó establecido en estudios precedentes que el arte es un sistema de elementos,
unas veces creados absolutamente, como sucede con la música y la arquitectura;
otras veces tomados de la realidad, como ocurre en la literatura, la escultura y la
pintura; y hemos recordado también que el fin del arte es manifestar con ese
conjunto de elementos algún carácter de importancia. De ello hemos deducido
que la obra será tanto mejor cuanto más importante y dominador sea ese carácter
(Taine, op. cit. p. 289).
El carácter estaría determinado por un conjunto de elementos de la naturaleza que
se manifiestan en la obra de arte de modo mucho más intenso que en ella misma, pero en
grados mensurables que determinaría su ubicación en la escala del valor artístico. Los
planteamientos de Taine resultan claros, lógicos y ordenados, por lo que sus ideas fueron
asumidas con éxito en su momento, en el marco de la difusión del pensamiento positivista;
definiendo un período importante en la Historia del Arte.
1.7 Historia de la arquitectura y formación profesional
Un aspecto importante de la formación de los arquitectos ha sido el conocimiento
de la Historia de la Arquitectura que se integró, de modo sistemático, a la formación
profesional a partir de los planteamientos de Julien Guadet (1834-1908). Este arquitecto
46
publicó en 1901: Eléments et théorie de l’architecture,23 un compendio, en cinco
volúmenes, de las conferencias que dictaba en la Escuela de Bellas Artes de París, con la
descripción de los procesos y técnicas constructivas, normas de composición estética,
historia de la arquitectura y diversos tópicos de la actividad proyectual y constructiva que,
durante mucho tiempo sirvieron para determinar los planes de estudio de diversas
instituciones de enseñanza de la arquitectura. En sus planteamientos la arquitectura de un
período se basa siempre en lo producido anteriormente, así “Los edificios canónicos de
la antigüedad son los paradigmas de los cuales se deriva la forma moderna, combinando
y recombinando juiciosamente y sin perder los principios artísticos del oficio.” (Ortiz, op.
cit. p. 11).
1.8 La autonomía de la Historia de la Arquitectura
Hacia finales del S. XIX, podemos ubicar el momento del surgimiento de la
Historia de la Arquitectura como una disciplina con identidad propia y no necesariamente
como parte de la Historia del Arte. El establecimiento de este perfil estuvo relacionado a
la pretensión de sistematicidad de la actividad proyectual y al desarrollo técnico de la
actividad constructiva como expresiones del distanciamiento de su definición como una
de las Bellas Artes. Dos investigadores tuvieron un rol muy importante en el
planteamiento de esta perspectiva: el francés Auguste Choisy (1841-1909) y el inglés
Banister Fletcher (1866-1953).
El primero fue un ingeniero formado en la Escuela Politécnica de París y luego en
la Escuela de Puentes y Caminos. Debido a su interés en construir la Historia de la
Arquitectura sobre la base de la observación directa de los monumentos, viajó por Roma
y Atenas en 1866, concentrando su estudio en el uso de los materiales, los sistemas
23
Guadet, Julien (1910). Éléments et théorie de l'architecture; cours professé à l'Ecole nationale et spéciale
des beaux-arts. Paris: Librairie de la construction moderne.
47
constructivos y las técnicas empleadas más que en la estilística de los edificios y sus
características ornamentales. A partir de sus observaciones escribió sobre la construcción
en Roma, Bizancio y Egipto. Pero su obra más importante fue Histoire de l'architecture,
publicada en dos tomos en 1899.24 (López, 2007).
En la visión de Choisy los elementos a ser considerados en la configuración del
objeto arquitectónico son: la geografía, el clima, las escuelas arquitectónicas y los
materiales, mientras las fuentes de su estudio serían: los edificios mismos, las fotografías
y los levantamientos.25 La consideración de la intervención de la geografía y el clima, se
basa en los planteamientos de Montesquieu y los evolucionistas del propio Charles
Darwin. El primero planteaba la derivación del carácter de las personas –y con ello de las
sociedades– del clima, mientras el segundo establecía el proceso de selección de las
especies a su adaptación al medio geográfico. La Historia de la disciplina sería entonces
la búsqueda de los orígenes de la arquitectura, lo mismo que el análisis de sus variaciones
y de los motivos de estas, como expresión del carácter de las sociedades y de los procesos
de adaptación a sus entornos (Maino, 2013). Se produciría así una relación entre el
entorno físico geográfico y el entorno construido, mediados por la ubicación de los
procesos en el tiempo. Ello daría lugar entonces a áreas con características homogéneas
en el tiempo, permitiendo la expresión de la historia en mapas de zonas homogéneas que
revelarían la distribución de las escuelas. Planteó a la arquitectura como “la última
expresión de factores sociales y materiales (…) con un determinismo histórico que vio la
subida y el decaimiento de cada gran civilización reflejada en la progresión de estilos”
(López, 2007, p. 14). Respecto al tema de los materiales, los asume como la base de la
configuración formal de los edificios, sus variaciones determinarían los cambios en las
24
Choisy, Auguste. 1963 (1a ed. 1899). Historia de la Arquitectura, Buenos Aires: Victor Lerú S.R.L.
25
Denominando así al conjunto del registro gráfico, los planos, cortes, elevaciones y perspectivas de los
edificios.
48
formas edificadas, en un proceso que va de la materia a la forma. La clave del estudio de
la arquitectura son las variaciones, su organización y periodización le dan carácter
revelando su proceso de evolución.
Con este texto, Choisy abre las puertas al estudio particular de la Historia de la
Construcción, como una forma de estudio no solo técnica, sino social, al tomar en cuenta
las condiciones de la mano de obra y de la economía en el proceso constructivo.
Finalmente, su modo de presentación fue grandemente gráfico e innovador. Incluyó en su
obra más de 1780 dibujos, axonometrías, específicamente isometrías que al presentar
todas las vistas de los edificios dan de ellos, una idea integral y resultan, no un recurso
gráfico, sino una perspectiva de análisis de las formas. Esos gráficos sirvieron a muchos
autores posteriores en la representación visual de las obras arquitectónicas.
Banister Fletcher, el otro historiador que planteó una propuesta de análisis
arquitectónico fue arquitecto y profesor del King’s College de Londres, ciudad en la que
había nacido. Trabajó con su hermano Herbert en varias obras en Inglaterra y con su padre
del mismo nombre en historia. Con su padre, publicó en 1896: A History of Architecture
on the Comparative Method,26 con un enfoque de corte positivista que aplicaba el
planteamiento evolucionista a la historia de los estilos y como medio de investigación, el
comparativo (Bassegoda, 1999). Su obra es, en lo fundamental, un catálogo de edificios,
con visión racional y enciclopédica. Compara las similitudes y diferencias de los edificios
de modo breve y mediante gráficos, sin tener en cuenta consideraciones sociales. La
planimetría es la fuente de su principal interés. Organiza las tipologías arquitectónicas
teniendo como referencia a la biología y su planteamiento taxonómico. “Los edificios son
presentados como objetos descontextuados, ‘especímenes’ catalogados como si fuese una
historia natural, digamos, una vitrina de insectos disecados.” (Ortiz. op. cit. p. 11). José
26
Fletcher, Banister (1905). A history of architecture on the comparative method. London: B. T. Batsford.
49
de Nordenflycht (2013) refiere que Fletcher aplica este tipo de clasificación a la
arquitectura iberoamericana en la sexta parte del libro mencionado, en que los edificios
son organizados según su calidad de religiosos, civiles o militares.
1.9 La Escuela de Viena y el análisis formal
Alois Riegl (1858–1905) fue un historiador austriaco. Cursó estudios en la
universidad de Viena, entidad en la cual hizo labor de enseñanza a partir de 1897, siendo
uno de los estudiosos que dio origen a la Escuela de Viena. Fue también curador en el
Museo de las Artes Decorativas hasta 1898. Escribió Cuestiones de estilo,27 en 1893; pero
su obra principal fue: La Industria del arte en la época romana tardía,28 en 1902
(Escoubas, 2004). Aunque no teoriza específicamente sobre la Historia de la Arquitectura,
su trabajo fue muy importante en la resignificación de la Historia del Arte en general a
partir de dos de sus planteamientos más importantes: La noción de Voluntad del Arte
(Kunstwollen) y la dirección de la percepción artística a objetos que no eran considerados
ni bellos, ni vitales, requisitos exigidos por los anteriores estudiosos para la determinación
de la obra de arte, con lo cual se rebate el concepto del ideal artístico, surgido de la norma
clásica, que resultaba absoluto y, en ese sentido, atemporal. En ese sentido, él planteó la
posibilidad del estudio de objetos sin significación, es decir que se apartaran de la norma
(Bauer, op. Cit.). Esa perspectiva fue planteada, sobre todo, en su obra sobre el arte
tardorromano. En el caso de la voluntad del arte es un concepto más difícil de precisar, a
decir de Bauer, porque hay problemas de traducción a otros idiomas y porque el autor lo
utilizó de distintas maneras en diversos momentos. El concepto surge a partir del deseo
de encontrar un sistema de leyes evolutivas que puedan explicar el desarrollo del arte. Lo
27
En versión original: Riegl, Alois (1893), Stilfragen. Berlín: Siemens.
28
En versión original: Riegl, Alois (1902). Die spätrömische Kunst-Industrie nach den Funden in
Österreich-Ungarn im Zusammenhange mit der Gesamtentwicklung der Bildenden Künste bei den
Mittelmeervölkern. Wien: Österreich. Staatsdruckerei.
50
planteó así como superación de la idea que el arte surge de la voluntad subjetiva individual
del artista, y que, en cambio, corresponde a una voluntad superior expresada en las
formas: una voluntad de época, que unifica, de algún modo la producción de los distintos
creadores, y le da un nivel de autonomía al arte respecto del artista (Kultermann, 1996).
1.10 Historia de la arquitectura y la pura visualidad
Autor clave en el desarrollo del análisis arquitectónico fue sin duda Hienrich
Wölfflin. Nacido en Suiza en 1866, tuvo una educación esmerada en las mejores
universidades de cultura alemana como Basilea, Zurich, Munich y Berlín; donde fue
alumno de, entre otros, Jacob Burckhardt y Johanes Volkelt, siendo, además, Wilhelm
Dielthey su mentor filosófico. Más tarde ejercería como docente en varias de esas
instituciones, donde destacó por la calidad de sus clases (Noriega, 2006).
Los planteamientos de Wölfflin parten de la intención de darle un sentido al
conjunto de informaciones y conceptos alrededor de la producción artística a lo largo del
tiempo, pero desde el punto de vista científico, es decir encontrando las leyes que regían
su evolución. Él encuentra que la realización de una obra de arte, en una perspectiva que
se puede asumir como sincrónica, forma parte de un conjunto de producciones hermanas
del mismo creador con las cuales constituye un conjunto que, al ser estudiado, nos revela
su personalidad. Ese conjunto, a su vez, forma parte de uno mayor constituido por los
creadores contemporáneos del mismo lugar, cuyo estudio permitirá conocer las relaciones
entre la producción individual y los conceptos de su generación. Asimismo, es posible
encontrar un conjunto mayor constituido por grupos o familias que comparten conceptos,
estableciéndose así unos más amplios y complejos, que nos revelarán tendencias
regionales o nacionales. Por otro lado, en una visión que podemos llamar diacrónica,
también afirma que hay una relación entre lo actual y lo que le antecede, convirtiéndose
51
luego, lo actual en el antecedente de lo posterior, tanto para el artista individual como
para la generación en su conjunto (Parra, 2012).
La forma, elemento inmanente del arte, tendría una vida propia y sería la expresión
de las leyes que rigen su evolución; pero no como un proceso mecánico sino dependiente
del lugar. Asumía que dicha evolución, tanto en sus aspectos internos como externos
estaba ligada a un tiempo y un espacio, y que era tarea de los historiadores del arte
entender las relaciones a partir del estudio de las características de las formas y los estilos,
su intención era tratar de descubrir lo que había en el fondo de las representaciones de la
naturaleza y no las representaciones mismas, pretende relievar las modificaciones de las
visiones artísticas que se producen con los cambios de estilo (Noriega, op. cit.) lo cual lo
lleva a la posibilidad de una historia del arte que supere a los autores individuales.
Su metodología se construye en el afán de buscar los principios generales que
rigen la evolución de los estilos por encima de los creadores y sus obras, partiendo del
análisis de Renacimiento y el Barroco. Inicialmente, los artistas son organizados en
grupos, por escuela, región, nacionalidad o raza. Esto permite identificar las
características propias de los estilos en sí mismos, en función de lo que se proponen en
su configuración visual y no en comparación con ideales absolutos. Se asume que no hay
estilos mejores que otros, sino que cada uno tiene distinta manera de representar la
naturaleza según su propia manera de ser. Se construye así un sistema bipolar que parte
de la delimitación de lo pictórico y lo plástico; siendo la formalidad del primero cerrada,
clara, precisa y claramente estructurada y la del segundo ilimitada y con juegos fluidos
de luces y sombras. Este sistema construye el análisis en la comparación de pares
opuestos: lineal y pictórico; superficie y profundidad; forma cerrada y forma abierta;
pluralidad y unidad; claridad absoluta y relativa (González, 2012). Con lo cual el análisis
asumía que los periodos de la historia del arte eran siempre una sucesión de fases
52
renacentistas y barrocas, sin permitir manifestaciones diversas que no encajen en esas
estructuras. Este método no establece diferencias de calidad, uno de los pares no es de
mayor perfección que el otro. Se trata de un enfrentamiento entre el ser y la apariencia,
en la que lo renacentista representa las cosas tal como son, mientras que lo barroco, lo
hace según como aparecen. Estas maneras de representar van a marcar el arte y el análisis
del S. XX (Escoubas, op. cit.). Wölfflin asumía que estos principios y esta metodología
podían ser aplicados indistintamente a la pintura, la escultura y la arquitectura, aunque su
relación con esta última haya sido la más débil.
1.11 La Historia de la Arquitectura y el análisis de los significados
Entre las postrimerías del S. XIX y los inicios del siglo XX, surgió una forma
nueva de aproximación a la imagen artística, cuya intención fundamental consistió en
interpretar sus significados. La propuesta partió de Aby Warburg (1866-1929), un
estudioso procedente de Hamburgo, interesado en la supervivencia de algunos motivos
de la antigüedad en las imágenes del arte del Renacimiento. En el desarrollo de su
actividad de investigación planteó un método de análisis que establece una confrontación
entre imagen y texto con énfasis en el análisis de las formas y las estructuras compositivas
como elementos expresivos. Este autor planteó la posibilidad de encontrar los
significados de las imágenes artísticas sobre la base de la investigación de los textos
contemporáneos con su período de producción. Fue el inicio del método iconológico, una
propuesta de superación de los métodos estilísticos formales, a través de la
reconsideración de la dicotomía forma-contenido, dirigiendo el interés de la historiografía
hacia la imagen y sus estatutos teóricos (Acuña & Arqueros, 2009).
Como expresión de su interés, Warburg empezó, en 1886, a coleccionar libros,
llegando a conformar una biblioteca de miles de volúmenes. La situación política de
53
Alemania antes de la II Guerra Mundial, propició la migración de Warburg y su biblioteca
a Inglaterra donde fundó el Instituto que lleva su nombre.
Un representante de esta tendencia, miembro del Instituto Warburg, fue Rudolf
Wittkower. Había nacido en Berlín en 1901. Estudió Historia del Arte en la Universidad
de Munich, siendo allí discípulo de Heinrich Wölfflin; de quien heredaría los elementos
de análisis de su método formalista. Regresó a Berlín a hacer su doctorado y en esa
universidad asimilaría principios básicos de su obra: exactitud, objetividad y rigor en los
datos. A lo largo de su vida realizó importantes trabajos sobre Miguel Ángel, Bernini y
Palladio, en sus inicios, otorgando importancia a la personalidad de los artistas, en ese
sentido entroncada con los planteamientos de Vasari, pero frente a la persecución
antijudía anterior a la II Guerra Mundial se refugió en Londres, asimilándose al Instituto
Warburg, donde el ascendiente inglés, por parte de su padre, le permitió adaptarse
fácilmente a la cultura de ese país. (Montes, 2003).
Investigó para el instituto y publicó textos en sus páginas. Como parte de su labor
en él, durante la primera mitad del siglo, asumió la aplicación del sistema iconológico a
la arquitectura, cuyo sustentó expuso en su obra: Los Fundamentos de la Arquitectura en
la Edad del Humanismo.29 El aspecto importante, en su abordaje del estudio sobre la
arquitectura del Renacimiento, es la dilucidación de los fundamentos del estilo, no su
caracterización estilística, ni la diferenciación con otros estilos posteriores; es una
aproximación más bien intelectual que perceptual. Analiza la geometría y las
proporciones de la arquitectura asumiéndolos como aspectos de carácter científico que se
manifiestan en el arte. En correspondencia con las ideas imperantes en el Instituto
Warburg, Wittkower se interesó en los significados y en el valor simbólico, en ese sentido
29
La versión original inglesa fue: Wittkower, Rudolf (1949). Architectural Principles in the Age of
Humanism. London: Warburg Institute. University of London.
54
se apartó de la influencia de Wölfflin para buscar las ideas y valores que subyacen en las
obras arquitectónicas (Cortes, 2014), convirtiéndolo en el primero en aplicar el método
iconológico a la arquitectura. Su aporte a la Historia de la Arquitectura resulta de la
integración del rigor científico en el uso de las fuentes, del replanteamiento del análisis
formal y de la búsqueda de los significados y valores de la arquitectura (Montes, op. cit.).
1.12 La mirada social al decurso de la Arquitectura
Una mirada alternativa se forjó en Alemania a partir de la segunda mitad del S.
XIX, con una base de análisis afincada en las obras de Carlos Marx y Federico Engels.
Su enfoque fue el de la historia social como alternativa a las ideas formalistas
predominantes; su énfasis no estaba puesto en el contenido de las obras de arte o en su
significado, sino en las circunstancias sociales que las determinaban. Los primeros
representantes de esa tendencia fueron Gyorgy Lukács y Nicos Hadjinicolau, quienes
asumieron la relación entre la producción artística y la lucha de clases, postulado
fundamental del marxismo (González Román, C., 2012b).
Hacia finales de la década de 1920 un grupo de investigadores en Historia del Arte
empezó su labor en el Instituto de Investigaciones Sociales de Frankfurt, por ello fueron
reconocidos como la Escuela de Frankfurt. Entre sus representantes se encuentran: Max
Horkheimer, Herbert Marcuse, Theodor Adorno y Walter Benjamin, quienes
desarrollaron la Teoría Crítica y debieron abandonar obligatoriamente Alemania por las
condiciones establecidas por el nazismo, siendo personajes ligados al marxismo y algunos
de ellos judíos. Varios se establecieron en Estados Unidos, ejerciendo desde allí
influencia importante en el estudio de la cultura (Concatti, 2009).
Desde la perspectiva social la producción artística es parte de las relaciones
económico sociales, un reflejo de su época, parte de la superestructura; por lo cual se debe
estudiar como parte de ese sistema. El más importante representante de esa tendencia fue
55
Arnold Hauser; cuya obra fundamental: Historia Social de la Literatura y el Arte,30
empieza a ser redactada en la década de 1940, pero sale a la luz en 1951.
1.13 La modernidad y la independización de la Historia de la Arquitectura
El período en que la Historia de la Arquitectura se separa radicalmente de la
Historia del Arte, llega con el advenimiento de la modernidad en que se produce un
intencional rechazo a la presencia de la historia en la producción arquitectónica. Las
tendencias como el funcionalismo y el racionalismo distanciaron a la arquitectura de la
actividad artística, asumiendo la funcionalidad y los aspectos técnicos y constructivos
como los determinantes de la actividad proyectual. Por este camino recorrieron autores
como Nicolás Pevsner en 1936; Bruno Zevi entre 1948 y 1951 y, en la segunda mitad del
S. XX: Leonardo Benévolo en 1960, Renato de Fusco en 1975 o Kenneth Frampton en
1980. Todos ellos abordaron el estudio de la arquitectura moderna, aunque sus enfoques
y perspectivas puedan haber sido aplicadas al estudio de la de otros períodos. En ese
sentido, se diferenciaron de la producción anterior al S. XX que había estado siempre
ligada a una mirada integrada a la de las artes plásticas.
1.13.1 El Espíritu del Tiempo
En 1936, Nicolás Pevsner (1902–1983) publicó su texto: Pioneers of Modern
Movement from William Morris to Walter Gropius,31 reconocida como una de las
primeras tentativas de identificar los fundamentos teóricos que dieron paso a la
arquitectura moderna. Pevsner se había formado en diversas universidades europeas:
Leipzig, Múnich, Berlín y Francfort. A su vez ejerció la docencia desde 1929 en la
30
Hauser, Arnold (1993). Historia social de la Literatura y el Arte. Barcelona: Labor
31
Pioneros del Movimiento Moderno de William Morris a Walter Gropius. Pevsner, Nicolaus (1936).
Pioneers of Modern Movement from William Morris to Walter Gropius. Londres: Faber & Faber.
56
Universidad de Göttingen, habiendo investigado en temas del Manierismo y el Barroco.
Antes de la II Guerra Mundial emigró a Inglaterra por la situación política en Alemania.
En el texto mencionado, si bien aborda el estudio del movimiento moderno, incorpora un
concepto que va a marcar su perspectiva de análisis: el espíritu del tiempo;32 concepto
que le permite identificar las obras que merecen ser reconocidas como pertenecientes a
un momento histórico y cultural (Isac, 2009).
Para Pevsner la historia del arte comprendía un territorio menor que la historia de
la cultura pero estaba ligada a ella. Pues el estilo configuraba sus características a partir
de las dinámicas de vida y del pensamiento de su período. Lo cual implicaba que, para
estudiar el arte, había que incorporar un conjunto de aspectos de la historia cultural y
artística que permitieran captar la vida interior de un período, estos eran la historia
política, la de las ideas y los sentimientos. Al tener en consideración estos componentes
se evidenciaba la vinculación entre ambos niveles de la historia: la de la cultura y la del
arte, ambas como expresiones de un mismo espíritu (Zeitgeist) y era posible develar el
momento clásico del estilo, aquel constituido por la infraestructura del mismo,
representación de la unidad entre el carácter de la nación y su contexto histórico, por
encima del carácter del artista, con un carácter de alcance universal. (Figueroa, 2011).
Los planteamientos de Pevsner adquirieron gran importancia en la labor histórica de la
primera mitad del S. XX permitiendo, en virtud a su pensamiento, ubicar la historia del
movimiento moderno en el marco de su tiempo.
1.13.2 La interpretación espacial de la arquitectura
Como parte de las nuevas perspectivas de análisis de la arquitectura en la
modernidad, aparece la figura de Bruno Zevi. Arquitecto nacido en Roma en 1902,
32
Zeitgeist en su idioma original.
57
estudió arquitectura en el Liceo Classico. En 1938 migró a Londres y luego a los Estados
Unidos debido a la imposición de las leyes del fascismo, obteniendo su doctorado en
Harvard bajo la dirección de Walter Gropius. Estudió con detenimiento la obra de Frank
Lloyd Wright y su concepto de arquitectura orgánica, producto de lo cual publicó, en
1945, Hacia una arquitectura orgánica.33 Su actividad fue intensa en la primera mitad
del S. XX, al final de la cual publicó su obra más importante: Saber ver la arquitectura.34
En ella formuló su tesis fundamental:
... el carácter primordial de la arquitectura, por el cual se distingue de las demás
actividades artísticas, reside en su carácter tridimensional que involucra al
hombre, a diferencia de la pintura, que aunque sugiere la perspectiva, actúa en las
dos dimensiones del plano, y de la escultura, que si bien es tridimensional no
involucra al hombre en su interior (Pergolis & Moreno, 2009; p. 70).
Zevi afirma, en contraparte, que siendo el espacio el carácter esencial de la
arquitectura, por ser el que envuelve la actividad humana; el análisis debe centrarse en la
interpretación espacial; de la cual las representaciones horizontales y verticales, no son
sino abstracciones que sirven para determinar medidas pero que no permiten comprender
el vacío que encierran. La caja de muros resulta solamente la envoltura de la arquitectura,
que contiene al espacio, al ser humano y su función (Gutiérrez, 1966).
Por otro lado, pretende renovar el paradigma del espíritu del tiempo, asignándole
capital importancia en la definición de la arquitectura al territorio y sus dinámicas a partir
de lo cual se construye el espíritu del lugar:
Para Zevi, la explicación histórica de lo sucedido se hacía más compleja al
introducir, como metodología de análisis, cuatro “motivaciones” de carácter
complementario: la idealista (evolución del gusto), la mecanicista (el progreso
científico y técnico), la abstracto-figurativa (nuevas teorías estéticas), y la
económico-positivista (las transformaciones sociales) (Isac, op. cit; p. 42).
33
Zevi, Bruno (1945). Verso un'architettura organica. Saggio sullo sviluppo del pensiero architettonico
negli ultimi 50 anni. Torino: Einaudi.
34
Zevi, Bruno (1948). Saper vedere l'architettura, Torino: Einaudi.
58
La segunda mitad del S. XX trajo consigo un conjunto de formulaciones nuevas
que sustentaron, las transformaciones de la actividad proyectual, hacia el nuevo siglo.
Las corrientes historiográficas del arte y la arquitectura han formado parte del
pensamiento filosófico y han sido formuladas desde lo que denominamos la tradición
filosófica occidental. Provienen, sobre todo, de países como Italia, Francia, Alemania o
Austria. Su estudio es importante en tanto han definido las bases epistemológicas de la
investigación histórica en nuestro continente. Su presencia, hasta antes del S. XX, no es
posible por la ausencia, en nuestro país de historiadores de la arquitectura. Los registros
hasta el S. XIX fueron fundamentalmente de admiradores de las características de la
arquitectura de la región. En el S. XX, en que esta historia se configura como tal, cuando
aún se dispone de pocos autores traducidos el español por lo cual los planteamientos
historiográficos estaban relacionados fundamentalmente con la actividad de la academia
española. En la bibliografía revisada se cita algunos de ellos, especialmente Hienrich
Wolfflin, aunque no se ha hallado ejemplos de la implementación de sus metodologías.
La difusión de diversas escuelas se produjo a partir de la segunda mitad del S. XX, pero
ello es tema de otra investigación.
59
Capítulo II
2. Historia de la Arquitectura Peruana del Período Colonial.
Registro de su Trayectoria
El presente capítulo es un registro de la producción textual sobre la arquitectura
peruana del período colonial, escrita entre 1919 y 1950. Se ha estructurado estableciendo
períodos que reflejan el proceso que la Historia de la Arquitectura ha seguido en nuestro
país. Los hitos que han servido de puntos de inflexión para marcar los períodos provienen
tanto de la producción historiográfica, como de la producción arquitectónica, y ambas
están definidas por las dinámicas específicas de la sociedad peruana en su momento, en
especial, por las corrientes ideológicas difundidas desde el poder y las respuestas que, en
ese mismo plano, fueron generadas por la sociedad a través sus intelectuales. Hemos
mencionado, en la formulación conceptual, que dichos textos fueron elaborados desde
perspectivas y disciplinas distintas: la Historia, la Historia del Arte y la Historia de la
Arquitectura. Nuestro análisis habrá de tomar en cuenta dichos enfoques, pero ha sido
planteado como un recorrido cronológico, de modo que sus resultados permitan
evidenciar el decurso del pensamiento acerca de la producción arquitectónica en relación
con las condiciones objetivas y subjetivas del período temporal en que fue elaborado. Los
textos analizados no son todos los publicados en cada período; analizamos aquellos
escritos en nuestro país, seleccionados de acuerdo a la importancia que adquirieron en la
formación del pensamiento arquitectónico de la época, tomando en cuenta su presencia
en la academia, en la formación de los profesionales –tanto de la arquitectura como de la
Historia del Arte– y en el propio ejercicio de la actividad proyectual. También incluimos
60
algunos por su representatividad o su carácter de novedad en el escenario de la
investigación artística y arquitectónica de su época. El resultado ha sido la demarcación
de períodos correspondiendo, en la práctica, a cada década. El primero –que en realidad
se inicia en 1919–, es el de la década de 1920, la del gobierno de Augusto B. Leguía,
conocido como el oncenio el cual, como veremos más adelante, estuvo marcado por un
conjunto de dinámicas “modernizadoras” que tuvieron un correlato importante en la
formulación del discurso teórico e ideológico de la época. El segundo período se inicia
en 1930 con la caída de Leguía y culmina en 1940, en que un fenómeno natural: un
terremoto, azota fuertemente la capital del país y motiva la preocupación por el
patrimonio dañado y por su conservación. El último corresponde a la década de 1940 y
finaliza en 1950, año a partir del cual se marca un cambio profundo en la cultura y la
ideología, producto de la emergencia de la modernidad y sus dinámicas, replanteándose
también la actividad proyectual y constructiva.
2.1 Identificación y Reconocimiento. El período 1919-1930
La investigación identificó, para la década de 1920, siete libros que abordan el
tema de modo importante. Estos vieron la luz entre 1921 y 1926. Tres fueron escritos en
Argentina: Contribución a la Historia de la Arquitectura Hispano-Americana, del
arquitecto Martín Noel, publicado en 1921; Fundamentos para una estética nacional:
contribución a la historia de la arquitectura hispanoamericana, del mismo autor, en
1926; y Fusión hispano-indígena en la arquitectura colonial, de Ángel Guido, en 1925.
Otros tres fueron escritos en el Cusco: El Cuzco y sus monumentos: guía del viajero de
Rosario Zárate, en 1921; El Cuzco histórico y monumental de José Gabriel Cosío, en
1924; y Guía histórico - artística del Cuzco; homenaje al centenario de Ayacucho de José
Uriel García, en 1925. El único texto registrado sobre la capital es Lima religiosa (1535-
1924), de Ismael Portal, publicado en 1924. De los escritos en el Perú, los cusqueños son,
61
en todos los casos, guías para promover el turismo naciente en la región, con perspectivas
similares. El que aborda con mayor amplitud el tema es el de Uriel García y, por esta
razón, lo registramos con detalle. En el caso de Lima, lo hacemos con Lima Religiosa, el
único publicado en el período.
2.1.1. Lima Religiosa: la ciudad desde la fe
Lima Religiosa, es un libro del historiador Ismael Portal Espinosa, publicado en
Lima en 1924 por la Librería e Imprenta Gil. Es una edición bastante cuidada, impresa en
papel de alta calidad, con numerosas ilustraciones, en formato 17 x 24 cm. Tiene 422
páginas. Su publicación fue hecha como homenaje al centenario de la batalla de
Ayacucho.
Figura 1. Carátula de Lima Religiosa.
La estructura del texto es la de un conjunto de breves ensayos sobre temas de la
vida religiosa de Lima. Los ensayos describen hechos diversos; aparecen en sus páginas
momentos de la historia de las órdenes y congregaciones afincadas en la ciudad, como el
caso de los Predicadores, los Franciscanos o los Agustinos; reseñas de algunas actividades
de culto como el sermón de las tres horas o la celebración de la primera misa pública;
pasajes de la vida de religiosos y religiosas, especialmente santos, como Santa Rosa de
Lima o Fray Martín de Porres (no santificado aún); la historia de algunos objetos sagrados
62
como la Cruz de Amancaes o las campanas de los templos y una miscelánea de temas
adicionales. Su intencionalidad principal no es la reconstrucción histórica de los
monumentos arquitectónicos como puede apreciarse en su índice, en el que las dinámicas
sociales y religiosas superan ampliamente a los registros histórico-arquitectónicos;
aunque reseña algunos monumentos: la Catedral; los templos de Las Cabezas; Santa Rosa
de los Padres y Santa Rosa de las Monjas; la Ermita de Quivi; la Capilla del Puente; el
templo de San Pedro; el templo y convento de La Merced; el Convento de los Descalzos:
los monasterios de la Encarnación, de Santa Clara; de las Nazarenas; de la Concepción;
de Santa Catalina; las Descalzas; de la Trinidad; del Carmen; de Jesús María; de
Mercedarias; de Trinitarias y el del Prado; la Capilla del Milagro; la antigua del
Baratillo; y el convento supreso de Santa Teresa.
Las reseñas están planteadas desde una perspectiva histórica. El tratamiento revela
el conocimiento que el autor tenía de la historia de Lima y sus personajes. Las alusiones
a los actores de los procesos son abundantes y detalladas:
Nació este venerable Padre en San León de Nicaragua [Fray José Ramón Rojas,
“El Padre Guatemala”] en 1775. Profesó en la Orden franciscana, en Guatemala,
y por sus heroicas virtudes y su celo por la Religión fué encarcelado y deportado,
llegando a Lima el 23 de junio de 1832. Estuvo dos años entre nosotros, haciendo
frecuentes viajes al Callao, en ejercicio de su ministerio. El Revdmo. Arzobispo
Benavente le nombró visitador de Regulares, y luego, el General Salaverry,
Presidente de la República, le propuso para un obispado (p. 279).
No hay referencia alguna, ni alusión a la fuente de la información, aunque es
evidente la existencia de la documentación que le dio sustento. Aunque los autores citados
no son numerosos, son mencionados en diversos artículos: Manuel de Mendiburu y
Manuel Atanasio Fuentes, cuyos textos Diccionario histórico-biográfico del Perú
(1885)35 del primero y Lima: apuntes históricos, descriptivos, estadísticos y de
costumbres (1867),36 del segundo; deben haberle proporcionado un buen número de
35
Lima: Imprenta de J. Francisco Solis,
36
Paris: Librería de F. Didot.
63
datos. Muchos de sus párrafos están entrecomillados, por lo que se infiere que son citas,
aunque carecen de referencias. Hay numerosas notas al pie, la mayoría las cuales tampoco
consignan fuente específica. De hecho, las referencias históricas de los actores de
participan en los procesos resultan de mayor exactitud que las de las edificaciones:
Este templo [El de San Francisco de Lima] es objeto del más vivo interés en todo
el mundo, y por eso, no hay extranjero que por primera vez visite la ciudad, que
no se apresure a conocerlo.
El convento fué fundado el mismo año de la fundación de Lima, 1535, y recibió
en sus comienzos, todo el apoyo del Virrey don Andrés Hurtado de Mendoza:
resultando de tan sólida construcción, que soportó los más espantosos terremotos,
sin presentar daños de consideración (p. 271).
Afirmaciones que las investigaciones actuales demostraron ser incorrectas.37
El personaje de su escrito por antonomasia es Santa Rosa de Lima, paradigma de
la evangelización en América, por lo que le dedica la mayor de las reseñas, entre las
páginas 59 y la 116, dice refiriéndose a ella:
Lima, la ciudad de los encantos, apenas contaba, en 1586, 50 años de fundada,
cuando el día 30 del apacible abril, vio gozosa en lo más elevado de su bóveda
un astro radiante de virginidad y de belleza, que iluminaba con sus clarísimos
resplandores el amplio suelo del nuevo continente, y se sintió a la vez ebria de
piedad con el aroma purísimo y delicioso de una flor admirable que había brotado
de lo más escogido de sus vergeles. (p. 59).
En la mayoría de los ensayos referidos a edificaciones, las descripciones resultan
someras en relación a las referencias de los actores de los procesos, lo cual evidencia que,
en su perspectiva, las edificaciones adquieren valor simbólico en tanto se convierten en
escenario de eventos importantes, sobre todo los religiosos.
La iglesia [de Las Cabezas] se estrenó en 1615 y apenas estuvo en pie hasta 1634,
en que la creciente del Rímac destruyó el muro que por ese lado había y arrasó lo
que a su paso encontrara. Pero, en 1639, el inquisidor Don Antonio Castro del
Castillo reedificó a sus expensas la iglesia, le asignó rentas para el culto y nombró
patronos a los inquisidores (p. 10).
Su mirada está planteada desde la afirmación de la fe y la defensa de la moral
cristiana, para lo cual los procesos constructivos y las ocurrencias de su decurso histórico
37
Véase al respecto: San Cristóbal, Antonio (2006). Nueva visión de San Francisco de Lima. Lima:
IFEA.
64
son un complemento; trata con mayor precisión y meticulosidad la descripción de los
objetos sagrados presentes en esos espacios, que a los espacios mismos, dice en referencia
a la habitación de Santa Rosa:
Guarda esta joya preciosa, una serie de relicarios que a la vista están, y contienen:
un hueso de brazo izquierdo y de tres pulgadas de largo, engastado en una azucena
de plata, esmaltada; dos eslavones (sic) de hierro, uno de los cuales pertenece a
la cadena con que Santo Domingo mortificaba su cuerpo, y fue enviado de
obsequio a este Santuario… (p. 81)
El acento en la anécdota y en la narración de situaciones propias de lugar, hacen
que su literatura adquiera las características del cuadro de costumbres,38 dando prioridad
a acontecimientos y personajes característicos de la ciudad que han definido la
personalidad de la capital, relievando las actitudes que él consideraba santas o piadosas:
Así, apareció en el mundo la divina Rosa, la Rosa de los castos amores, de los
perfumes sutilísimos; la santa, orgullo del Perú y gloria de América, timbre de
amor para la civilización cristiana y granítico pedestal de la Fé (sic). (p. 59)
El lenguaje es bastante cuidado y retórico, nos revela su profundo sentimiento
religioso:
De las virtudes teologales, la Caridad, aunque enumerada en tercer lugar, es, no
obstante, la primera en cuanto a la excelencia o perfección que el hombre debe
alcanzar para sentirse en la plenitud de las potencias del alma. La Fe y la
Esperanza, de la Caridad se hallan imbuidas… (p. 133).
El libro está ilustrado con imágenes de personajes, objetos sagrados y de los
monumentos reseñados, muy valiosas por haber sido capturadas antes del terremoto de
1940. Es en general un libro prolijo, escrito con cuidado, con erudición y, sobre todo, con
mucha fe, cuyo aporte es la identificación del patrimonio monumental y el
reconocimiento de su valor, tanto artístico como simbólico.
2.1.2 Guía Histórico – Artística del Cuzco: La ciudad para el turismo
Guía Histórico – Artística del Cuzco, es un texto orientado al fomento del turismo.
Fue publicado en homenaje al centenario de la batalla de Ayacucho. El manuscrito fue
38
Véase el desarrollo del tema en el capítulo III.
65
escrito por el Dr. J. Uriel García, ex catedrático de la Facultad de Letras, Historia y
Filosofía de la Universidad del Cusco; la edición corresponde al Dr. Alberto Giesecke, ex
rector de la Universidad del Cusco. Fue publicado en Lima en 1925, en la editorial
Garcilaso. Es una edición de 162 páginas, impresas en papel simple tipo periódico, en
formato 12 x 17.5 cm. con encartes en papel brilloso para las ilustraciones. Incluye
además un mapa de la ciudad en formato 29 por 35 cm en que se señala la ubicación de
los lugares turísticos más resaltantes.
La guía contiene reseñas de importantes monumentos de la región, organizadas
según su fecha de construcción. Se inicia con unas notas preliminares que incluyen datos
generales de interés para el turista y una breve historia de la ciudad. Están organizadas en
dos secciones: Cuzco Incaico y Cuzco Colonial, Reseña Histórica. El libro incluye
además una adenda: El Cuzco Precolombino, escrito por el Dr. Luis E. Valcárcel. Son
162 páginas en total; las primeras 129 corresponden al texto de Uriel García y las restantes
al de Valcárcel. La sección correspondiente al Cusco colonial va de la página 65 a la 129.
Figura 2. Carátula de Guía Histórico Artística del Cuzco
Esta sección se inicia con una breve historia de la ciudad, que resume datos sobre
su fundación y el proceso de su configuración; incluyendo también algunos sobre la
producción artística en pintura, escultura y mueblería. A continuación, se describe los
principales monumentos religiosos. La estructura de los textos y su extensión es similar
en casi todos los casos: Son breves, cada uno comienza con la historia del monumento,
66
continúa con la descripción de sus características arquitectónicas: señala el estilo sin
analizarlo, describe la planta y el interior; finalmente, lo hace también con las obras de
arte que posee: pinturas, esculturas, piezas de orfebrería y otras, como el caso de las
campanas.
Son reseñados monumentos tanto religiosos como domésticos. Los religiosos son:
La Catedral; los templos del Triunfo y de Jesús María; el templo y convento de la
Compañía de Jesús, los de La Merced y San Francisco; los templos de Santa Clara, San
Pedro, La Almudena, Belén, Santa Ana, San Cristóbal, San Blas, Santa Catalina, Santa
Teresa y Santo Domingo; las capillas de las Nazarenas, el Seminario, San Andrés y Santa
Rosa; se incluye también el templo de San Sebastián ubicado en los alrededores de la
ciudad. Las casonas coloniales son reseñadas de modo mucho más breve, aunque
siguiendo el mismo patrón que los monumentos religiosos. Son incluidas las Casa del
Almirante; la de los Marqueses de Buenavista; Cabrera; de Cartagena; de Logizamon,
del Marqués de Valleumbroso; Jara; del Almirante de Castilla; de los Becerra; de los
Valverde; las de los Condes de Peralta; la Casa de Concha. El autor también hace
referencia a las casas de algunos personajes importantes de la conquista, señalando la
ubicación que tuvieron, aunque ya no se hallaban en pie; esas son: las casas de los Pizarro,
de Almagro, de Silva, de Loyola, y las de los Maldonado. El texto termina con una
relación de las principales calles y plazas de la ciudad del Cusco, haciendo referencia al
origen de sus denominaciones. Va acompañado de fotografías de los monumentos más
importantes.
El texto se estructura sobre la base de datos históricos precisos y puntuales, sin
mayor desarrollo, los cuales, a pesar de poner en evidencia el amplio conocimiento del
tema por parte del autor, carecen de referencias, lo cual es explicable en una guía turística.
Los párrafos son breves y buscan identificar las características particulares de las
67
edificaciones. Los parámetros son los mismos en todos los casos y corresponden a la
mirada “objetiva” que era la tendencia del período que, afincada en un planteamiento
formalista, consideraba suficiente la percepción inmediata y sensorial a los objetos de
estudio sobre la base de la cual se realizaba la descripción de los componentes formales
y ornamentales del objeto de estudio. Las reseñas adquieren valor por haber sido escritas
con anterioridad al terremoto de 1950, que tuvo efectos devastadores en la ciudad, luego
del cual, algunos fueron reconstruidos con variaciones. Las referencias arquitectónicas
son escritas con errores en la denominación de los elementos y en el reconocimiento de
los sistemas arquitectónicos y constructivos, como podemos evidenciar en el ejemplo a
continuación:
…Las galerías del poniente y del norte tienen artesonados abovedados, con
nervaduras formadas por dibujos geométricos, que guardan simetría. En cambio,
las del oriente y sur, están constituidas por artísticas talladuras en cedro, de estilo
plateresco (p. 95).
Los “artesonados abovedados” a los que se refiere son, en realidad, bóvedas de
crucería, y las “artísticas talladuras” son artesonados mudéjares. Las caracterizaciones
estilísticas resultan, en algunos casos, erróneas y sin sustento, solo son mencionadas, más
no desarrolladas; dice, calificando al conjunto mercedario, que la fachada del templo está
decorada con elementos ornamentales del estilo plateresco, lo mismo que los claustros
interiores; siendo estos unas de las más importantes muestras del barroco en el Cusco;
pero es necesario tener en cuenta que, en el momento en que el libro fue escrito, no había
textos, en el país, que hubieran abordado, desde la Historia del Arte, el análisis estilístico
con eficiencia.
El lenguaje utilizado es bastante claro, sencillo y preciso, prescindiendo de la
retórica usual en la época, adecuado a su carácter de texto de difusión. Esta guía supera,
en extensión y rigurosidad, a las escritas con anterioridad. Resultado, de hecho, del interés
del autor por darle valor al patrimonio arquitectónico y artístico cusqueño, en la medida
68
de su adhesión a la corriente indigenista, muy difundida en el Cusco en la década de 1920
y a su interés por el fomento del turismo en la región que se iba configurando en ese
período. Es de destacar la integración, en un mismo libro, de los monumentos
prehispánicos y los coloniales, que expresa el equilibrio de Uriel García postulaba a
ambos componentes en la forja de la nacionalidad peruana y que analizamos de modo
más amplio en el capítulo siguiente.
En ambos textos se identifica los monumentos arquitectónicos de mayor
importancia y al hacer explícito su valor artístico y simbólico, pretender contribuir a su
valoración y conservación.
2.2 La mirada desde la Historia. El período 1930 – 1940
Se ha identificado doce textos publicados durante la década de 1930 que abordan
el tema. Cinco fueron escritos en el extranjero y siete en el Perú. De los extranjeros, cuatro
fueron publicados en la Argentina; dos por autores que ya hemos referido: Eurindia en la
arquitectura americana: conferencia pronunciada en Santa Fe del arquitecto e
historiador Ángel Guido en 1930, y Teoría histórica de la arquitectura virreinal de
Martín Noel en 1932. El tercero fue Historia del arte hispano-americano: arquitectura,
escultura, pintura y artes menores en la América española durante los siglos XVI, XVII
y XVIII de Miguel Solá, publicado en 1935; el cuarto fue Estudios y documentos para la
historia del arte colonial una publicación del Instituto de Historia Argentina y Americana
"Doctor Emilio Ravignani". El quinto fue publicado en Sevilla: Planos de monumentos
arquitectónicos de América y Filipinas existentes en el Archivo de Indias entre 1933 y
1939 por el historiador Diego Angulo Iñiguez.
Siete fueron publicados en Lima: Lima y sus murallas de Mariano Peña Prado en
1934; La metropolitana de la Ciudad de los Reyes de Domingo Angulo en 1935,
Monografías históricas sobre la ciudad de Lima en 1935 por el Concejo Provincial de
69
Lima; El Palacio de Torre Tagle. Evocación Pretérita por Evaristo San Cristóval, de
Evaristo San Cristóval, en 1935; De la vieja casa de Pizarro al nuevo Palacio de
Gobierno de Eduardo Martín-Pastor en 1938; Lima precolombina y virreinal,
compilación de Juan Manuel Peña Prado en 1938; Estampas del sur del Perú:
monumentos arqueológicos y coloniales: paisajes tipos y escenas urbanas de Fabio
Camacho en 1939 y Álbum artístico: convento de San Francisco de Jesús "El Grande",
editada por la Revista Franciscana del Perú.
De los señalados, los que abordan de manera amplia el tema de estudio son La
metropolitana de la Ciudad de los Reyes, Monografías históricas sobre la ciudad de
Lima, De la vieja casa de Pizarro al nuevo Palacio de Gobierno y Lima precolombina y
virreinal; textos que referiremos con amplitud.
2.2.1 La Metropolitana de la Ciudad de los Reyes: La visión del clero
Figura 3. Carátula de La Metropolitana de la Ciudad de los Reyes.
La Metropolitana de la Ciudad de los Reyes es un libro escrito por el religioso
Domingo Angulo. Consta de 88 páginas impresas en papel sencillo (periódico) con tres
encartes en papel brillante (couché) con fotos del interior de la Catedral de Lima. Su
formato es 21 por 27.5 centímetros. Fue editado por la editorial Librería e Imprenta Gil
S.A. en 1935.
70
El texto, está estructurado a partir de la narración de los procesos de edificación
de la iglesia catedral, siguiendo una trayectoria cronológica desde la cesión del terreno,
en el momento de fundación de la ciudad, pasando por la construcción de los diversos
edificios. El énfasis está puesto en los actores del proceso y sus acciones. Teniendo un
lugar secundario las características físicas de las obras. Las alusiones son muy breves en
el caso de los primeros edificios, pues no tiene fuentes que las respalden e incluso
limitadas en el caso del edificio existente, ciñéndose a informaciones generalas como
dimensiones, sin poner énfasis en los detalles ornamentales ni en precisiones estilísticas:
Tenía la nueva iglesia ciento veinte varas de longitud, medidas de oriente a
poniente, y se compartía en tres amplias naves flanqueadas por dos carreras de
capillas hornacinas, con un fondo de ocho varas y media cada una; tenía la nave
central catorce varas y media de anchura, y las laterales diez varas y media, fuera
del espesor correspondiente a las dos danzas de pilares y arcos que sustentaban
el arranque de las respectivas bóvedas, de suerte que el ancho mayor del templo
fluctuaba entre cincuenticinco y sesenta varas, si hemos de tener en cuenta el
grueso de los muros (p. 17).
Cubre el período comprendido entre los años 1535 y 1825, como se anuncia en el
subtítulo; está organizado en tres partes diferenciadas:
La primera es un exhaustivo registro de los procesos edificatorios de la Catedral,
con datos y referencias acerca de los actores y de los acontecimientos en los que
participaron. Las informaciones cubren los diversos períodos de construcción y
reconstrucción. Se inicia con la erección de la primera edificación rústica, coetánea de la
fundación de la ciudad; y de los acontecimientos alrededor de la decisión de su ubicación
así como de las labores propias de su erección. Registra las decisiones de los
representantes del poder político, lo mismo que las de las autoridades eclesiásticas y el
Cabildo; hasta la planeación y ejecución de la tercera iglesia, terminada en 1622, pasando
por la reedificación motivada por su categorización como Catedral al ser Lima designada
como sede obispal. La perspectiva es fundamentalmente histórica, el autor registra tanto
acontecimientos diversos como procesos edificatorios de manera extensa:
71
Al rayar el alba las campanas de las parroquias, conventos y monasterios,
anunciaron a los vecinos de la ciudad de los Reyes que las ceremonias iban a
empezar en breve; disparose luego una nutrida salva de mosquetería, a la que vino
a poner término el estruendo de los cañones montados en los fuertes del presidio
del Callao, y el armonioso compás de mil instrumentos músicos. (p. 18)
El registro es detallado, basado en una exhaustiva revisión de fuentes, a lo cual
incorpora datos arquitectónicos tanto de los elementos estructurales, como de los procesos
constructivos:
…mandó [el Consejo de Indias] que se derriben las bóvedas mayores, que se
reedificasen dos estados más bajas, prosiguiéndose en la misma proporción y
forma las que aún estaban por hacerse; pues, corriendo las tres danzas de bóvedas
a igual altura, en una latitud de treinta y ocho varas de luz, y sin arbotantes
capaces de soportar su empuje, la demasiada altura de los pilares debilitaba el
conjunto, haciéndole más sensible a los vaivenes terráqueos (p. 15).
La segunda parte está constituida por las reseñas de la totalidad de las capillas
circundantes. La metodología es similar para todos los casos, identifica la advocación
respectiva y la trayectoria seguida para el establecimiento de la capellanía así como los
de su mayordomía y devotos, poniendo énfasis en los aportes económicos entregados para
su ejecución. Describe luego sus aspectos arquitectónicos y escultóricos, tallas, retablos,
sepulcros, etc., señalando un conjunto muy abundante de datos de la mayoría de ellas,
acompañados por descripciones detalladas de sus elementos tanto estructurales como
ornamentales con señalamientos de carácter estilístico y formal que, aunque muy
precisos, no analiza, siendo que no corresponden con los criterios contemporáneos. Dice
así respecto de la capilla del baptisterio:
Por entonces quedó esta capilla sin advocación determinada, pero años después
se acordó dedicarla al Señor del Consuelo, cuyos Mayordomos y devotos le
labraron en élla un costoso retablo de caoba y cedro, estilo rococó versallesco, y
no habiéndose llegado por fortuna a sobredorarlo, como era costumbre entonces,
el primor y delicadeza de la talla quedaron en todo su ser, logrando así prevalecer
el gusto arquitectónico sobre la ornamentación exagerada y exótica, legado
infeliz del churriguerismo. (p. 22)
La tercera parte describe el decurso de las reconstrucciones y refacciones
realizadas a la edificación como producto de los más importantes sismos que azotaron la
ciudad de Lima. Específicamente se historia los daños producidos por los terremotos de
72
1630, 1687 y 1746. Culminando la obra con las restauraciones realizadas durante el
gobierno de Juan Domingo González de la Reguera.
El libro no cuenta con introducción, ni antecedente alguno que nos dé luces sobre
su intencionalidad específica, ni acerca del proceso seguido para su elaboración, tampoco
tiene índice ni ningún tipo de colofón, por lo que su análisis depende exclusivamente de
la interpretación del texto: la historia de los edificios es asumida como la historia de sus
actores y procesos, complementada con las descripciones de los objetos existentes, que
es la tendencia imperante del período.
2.2.2. Monografías históricas sobre la ciudad de Lima: La historia en el IV
Centenario de la capital
Figura 4: Carátula de Monografías
Históricas sobre la ciudad de Lima.
Fuente;
[Link]
historicas-sobre-la-ciudad-de-lima-2-
tomos-D_NQ_NP_1861-
MLA4770871809_082013-[Link]
Con motivo del IV Centenario de la ciudad, el Concejo Provincial de Lima publicó
Monografías históricas sobre la ciudad de Lima, la más importante recopilación de
estudios históricos sobre la capital. Son 330 páginas agrupadas en dos tomos; su formato
es 21 por 28 centímetros. Fue impresa en Lima, en 1935, por la editorial Librería e
Imprenta Gil. El primer tomo reproduce el texto inicial del libro primero de la Historia
de la fundación de Lima de Bernabé Cobo, precedida por una biografía del cronista,
escrita por M. Gonzáles de la Rosa. Además de un estudio sobre El escudo de la ciudad
de Lima del historiador Juan Bromley. El tomo termina con el texto El plano de la ciudad,
73
escrito por Ricardo Tizón y Bueno. Este artículo de 35 páginas es un estudio del proceso
de estructuración de la ciudad organizado por siglos, desde el XVI al XX, siendo una de
las pocas publicaciones que expresan interés por el desarrollo urbano, contiene cinco
planos de Lima, cuatro de ellos fechados en 1611, 1626, 1685, 1712 y uno sin fecha.
El segundo tomo contiene la versión completa de La metropolitana de la ciudad
de los Reyes, 1535-1825, de Domingo Angulo, libro que reseñamos en acápite aparte. Del
mismo autor se incluye El Barrio de San Lázaro de la ciudad de Lima. Un estudio de los
orígenes y del proceso de estructuración urbana del barrio con reseñas de los principales
templos del sector. Se historian doce templos: La Ermita de San Cristóbal, La Ermita de
Nuestra Señora del Rosario del Puente, el hospital e iglesia de San Lázaro, las iglesias
de Nuestra Señora de los Ángeles, Nuestra Señora del Rosario, Nuestra Señora de
Copacabana, Nuestra Señora de Cabeza, Nuestra Señora de Guía, Nuestra Señora del
Patrocinio, la Ermita del Baratillo, las iglesias de Santa Liberata y San Lorenzo. Todas
las reseñas tienen el mismo esquema que Angulo utiliza en su texto anterior, prioriza la
historia de los personajes y los acontecimientos correspondientes a los procesos
constructivos, con la descripción de los elementos complementarios: retablos, tallas,
pinturas, etc.
Los dos capítulos que continúan son Lima en el siglo XVIII, escrito por Jorge
Guillermo Leguía y Lima Antigua, por Pablo Patrón. El primero está dividido en dos
secciones, la inicial es una descripción del estado de la ciudad con posterioridad al
terremoto de 1746, tanto de la arquitectura religiosa como de la doméstica. La sección
final es un registro de las dinámicas sociales del período. El segundo artículo aborda
temas diversos de la ciudad, desde un recuento de objetos patrimoniales, hasta ejemplos
de arquitectura religiosa, refiriendo además la vida de personajes singulares, las
universidades existentes e incluso la gastronomía de la época. Concluye el libro segundo
74
con dos monografías finales: Añoranzas, escrito por José de la Riva Agüero, como un
recuento de las vivencias del autor y El virrey don Francisco de Toledo, escrito por
Horacio Urteaga, con un registro de la obra del citado personaje en su período como
gobernante del país. Este autor es el único que incorpora, al final del texto, la extensa
bibliografía en que está basado su estudio.
2.2.3 De la vieja casa de Pizarro al Nuevo Palacio de Gobierno: La historia de un
palacio
De la vieja casa de Pizarro al Nuevo Palacio de Gobierno, es un libro escrito por
el historiador Eduardo Martín-Pastor, publicado por el Ministerio de Fomento y Obras
Públicas del Perú como un texto de respaldo testimonial a la reconstrucción del Palacio
de Gobierno promovida por el gobierno de Oscar R. Benavides. Fue publicado en 1938,
consta de 38 páginas iniciales, algunas numeradas en romanos y 318 en arábigos. Su
formato es de 17 x 22 cm., impreso en papel de buen grosor y empastado con pasta dura.
Figura 5. Carátula de De la Vieja Casa de Pizarro al
Nuevo Palacio de Gobierno.
Fuente:
[Link]
D_NQ_NP_333-MPE19001289_6422-[Link]
Tiene 13 láminas impresas en papel blanco brillante con dibujos de elementos
arquitectónicos de las diversas edificaciones del palacio de Pizarro ya desaparecidas,
75
elaborados por el Arq. Emilio Harth-terré y fotografías de las diversas reconstrucciones
del edificio y de la plaza de Armas.
El libro se inicia con un prólogo en que se pondera la labor del entonces Presidente
de la República Óscar R. Benavides con una clara intención política de legitimación.
Luego se hace una descripción del recientemente reconstruido edificio a modo de una
memoria descriptiva con información detallada del proyectista, Arq. Eduardo de Jaxa
Malachowski, del tiempo de trabajo de la obra, la descripción detallada de sus ambientes
y el registro de los materiales empleados.
A continuación se publica el texto que Eduardo Martín-Pastor escribió por
encargo gubernamental. Se trata de una historia de los procesos de construcción y
reconstrucción del edificio que, en tiempos sucesivos, albergó el gobierno del país, tanto
en el período colonial como en el republicano. El texto da cuenta con meticulosidad de
los acontecimientos acaecidos en asociación a las distintas reconstrucciones. Martín-
Pastor periodiza su historia convirtiendo cada unidad resultante en un capítulo del texto.
Lo inicia con el período en que se edifica la morada original del conquistador Francisco
Pizarro denominando al capítulo: El solar de los conquistadores, en el cual se describe el
reconocimiento que un grupo de conquistadores hace del lugar elegido para la fundación
de la ciudad. Se reseña asimismo, con detalle, el acto de su fundación, incluyendo algunas
correcciones a creencias corrientes, lo mismo que a afirmaciones de Ricardo Palma sobre
la ubicación primigenia del edificio. El capítulo concluye con una exhaustiva descripción
del ataque a Pizarro y de su asesinato. En el segundo capítulo, denominado La heredad
del mayorazgo, se registra el período de las sucesiones del edificio. En el tercer capítulo,
denominado El palacio de los virreyes, se narra los acontecimientos protagonizados por
los gobernantes que afincaron allí su residencia. Con ello se completa el ciclo de la
ocupación colonial. En los siguientes dos capítulos: El vivac de los libertadores y El
76
caserón de los caudillos se registra el rol del edificio durante el proceso de la
independencia y más tarde como escenario de los azarosos momentos iniciales de la
República.
El libro carece, en general, de referencias bibliográficas, pero a lo largo del texto
entrecomilla frases y oraciones, lo que nos dice que fueron extraídas de algunos textos
revisados por el autor, sin que indique la procedencia. El primer capítulo solo tiene dos
notas a pie de página que son aclaraciones sobre temas relacionados a la ubicación
original del predio, el segundo carece de citas y notas, mientras el tercero, referido a la
estancia de los virreyes en la edificación, es el único que incorpora una variedad de citas.
Son registros de informes, comunicaciones de los virreyes e incluso algunos inventarios
de prendas y muebles. Incorpora dos apéndices: Entrada a Lima del Marqués de
Guadalcázar e Información sobre los estragos producidos en el Palacio por el terremoto
de 1687.
2.2.4 Lima Precolombina y Virreinal: la ciudad desde la Historia del Arte
Lima Precolombina y Virreinal es un libro de 464 páginas, en formato 17 x 24
cm., impreso en papel de alta calidad, se halla profusamente ilustrado con fotografías de
los monumentos y las obras de arte estudiadas.
Se trata de una compilación de veinticuatro monografías con la descripción e
historia de diversos monumentos arquitectónicos de la ciudad de Lima. Cuatro
corresponden al arte del Perú antiguo y 20 al del período colonial siendo, dos de ellas,
estudios generales de cada período. Fueron escritos durante el año 1938 bajo la dirección
del doctor Juan Manuel Peña Prado, quien actuó como compilador de la edición y es el
autor de ambos estudios generales.
77
Figura 6. Falsa carátula de Lima Precolombina y
Virreinal
Se realizó por encargo de la Comisión de Restauración de Monumentos
Históricos, entidad estatal que, como parte de la política del gobierno de Benavides,
asumió la labor de restauración de un conjunto de monumentos arquitectónicos de la
ciudad, la comisión estuvo conformada por: el Dr. Mariano Peña Prado, Carlos J. Salas y
Perales, Francisco Álvarez Calderón y Ernesto Araujo Álvarez Reyna. Esta comisión
constituyó un grupo asesor con intelectuales ligados a la labor arquitectónica y a la
investigación en historia del arte, algunos de los cuales participaron en la elaboración de
las monografías. Los asesores fueron: Guillermo Salinas Cossío, el Dr. Juan Manuel Peña
Prado, ambos catedráticos de Historia del Arte en la Universidad Mayor de San Marcos39,
el Ing. Rafael Marquina, presidente de la Sociedad de Arquitectos Peruanos; el Dr.
Domingo Angulo, miembro del Instituto Histórico y el Ing. Emilio Harth Terré, destacado
arquitecto nacional.40
Juan M. Peña Prado, escribió acerca de la fundación de Lima, acompañado por
Domingo Angulo, autor de la monografía sobre la Catedral. El general venezolano
Eleazar López Contreras, experto en arquitectura militar, tuvo a su cargo la monografía
acerca del fuerte del Real Felipe. Los demás autores fueron estudiantes de la Facultad de
Letras de la UNMSM, cuyo profesor cumplió el papel de compilador de la obra.
39
De ese modo figura en el texto.
40
Los consignamos tal como aparecen en el texto.
78
Las monografías están organizadas en dos secciones; una prehispánica, que
aborda –aparte del estudio general del período– los siguientes monumentos: El Santuario
de Pachacamac, el asentamiento de Cajamarquilla y los restos de la cultura de los
Atavillos. Los del período en estudio son: la Catedral, las iglesias y conventos de: Jesús
María, la Magdalena Vieja, San Francisco, San Pedro, Santo Domingo, Nuestra Señora
de la Merced, San Agustín, San Carlos, San Marcelo, Santa Teresa, las Nazarenas, los
Huérfanos, Cocharcas, Santa Rosa de los Padres y Santa Rosa de las Madres. Además
son estudiados, como parte de una monografía sobre arquitectura civil en Lima: el Santo
Oficio (Tribunal de la Santa Inquisición), la Casa de Pilatos, el Palacio de Torre Tagle,
la Quinta Presa, el Puente de Piedra y el Paseo de Aguas. Se incluye también un artículo
sobre la fundación de Lima y finaliza con una monografía sobre el Fuerte del Real Felipe.
Parte de su importancia radica en que fue escrito antes del sismo de 1940 que dañó
severamente varias de las estructuras arquitectónicas estudiadas en él, por lo que las
descripciones, así como las ilustraciones, reflejan el estado que tenían desde el siglo
anterior, bastante más cercano al que lucían durante el período de su construcción. Los
enfoques y formas de aproximación a los monumentos son diversos, por lo que su análisis
no será global sino específico.
La sección de arte virreinal se inicia con un texto de Mariano Peña Prado: La
fundación de Lima (pp. 71-78) que historia el proceso que dio origen a la ciudad capital.
El texto es muy preciso en detalles e incorpora un conjunto de citas textuales que el autor
entrecomilla sin dar ninguna información sobre su procedencia.41 Mariano Peña Prado ya
había abordado el tema con similares características y enfoque en Lima y sus murallas,
41
Se ha podido identificar que las citas provienen de páginas diversas de la Historia de la Fundación de
Lima, escrito por el jesuita P. Bernabé Cobo. El texto ha sido revisado en edición facsimilar, en la
colección Historiadores del Perú, publicada con introducciones, biografías y notas de M. González de
La Rosa por la Imprenta Liberal, en Lima, en 1882.
79
folleto publicado en 1934.42 En el texto refiere un conjunto de hechos importantes que
formaron parte del inicio de los procesos arquitectónicos y urbanos de la ciudad.
[Link] La visión globalizadora
Ensayos de Arte Virreinal (pp. 79 – 171) de Juan Manuel Peña Prado, es el texto
más extenso de la compilación, tiene 93 páginas y un conjunto de ilustraciones. Consta
de una sección introductoria y cuatro acápites. La introducción aborda los elementos que,
a juicio del autor, han determinado las características de la tradición artística y cultural en
el Perú. Los acápites son: Arquitectura Religiosa, Arquitectura Residencial, Escultura y
Pintura. El texto pretende plantear un panorama amplio del proceso del arte en Lima,
enmarcado en las dinámicas generales del Virreinato.
El enfoque es planteado desde la perspectiva de la valoración artística, del juicio
de valor, poniendo énfasis en los elementos que la configuran y aplicándolos al arte
virreinal peruano. Este se asume como el resultado de la conjunción de dos corrientes
artísticas: la importada de España y el “arte indigenista” (sic). La personalidad del arte
importado de España se asume como configurado a partir de la confluencia de las
dinámicas y expresiones de los estilos de los cuales deviene que serían: el Gótico
“decadente”, el Románico, el Mudéjar, el Renacentista –que había dado origen al
Plateresco–, el Herreriano –renacimiento clásico–, el Barroco y, finalmente, el
Churrigueresco. El arte “indigenista”, por su parte, expresaría una tradición variada,
viviendo un proceso de desaparición originado por la acción destructiva de los españoles
y por la de los propios indígenas al ocultar los secretos de los artífices. Este proceso de
desaparición no habría llegado nunca a completarse porque con el tiempo el arte aborigen:
…se infiltra en las formas ya establecidas, tuerce la dinámica formal, penetra en
el ritmo inferior de las masas, desvía las líneas venidas del extranjero y surge la
arquitectura hispana americana. (Peña Prado, Juan, 1938, p. 80).
42
Véase: Peña Prado, Mariano (1932). Lima y sus murallas
80
La causa principal de la conjunción de esas dos distintas expresiones artísticas
sería la procedencia de los artistas, así tendríamos que el rol de los indígenas y mestizos
habría sido el de hacer efectivo el proceso de confluencia de ambas corrientes. En el texto
esta conjunción resulta mediada, de manera fundamental, por el territorio; así se plantea:
En la costa, donde la naturaleza no tiene los matices individualizantes de la sierra,
las formas y motivos importados, quedaron transplantados, sin sufrir ninguna
modificación, manteniéndose puros los estilos.
En cambio en la sierra, la influencia indígena se dejó sentir en la arquitectura,
escultura y pintura (…) en las que se modifican las formas y líneas y en los
arabescos y ornamentación se introducen motivos antropomorfos, zoomorfos,
fitomorfos y simbólicos de la fauna y flora del país. (p. 81)
Para la arquitectura, en el proceso de fusión de las dos corrientes, le habría
correspondido a España el aporte de las estructuras formales, las cuales se habrían
rigidizado por el aporte autóctono, mientras que, en la ornamentación, los motivos
regionales habrían reemplazado a los europeos.
Figura 7. Página interior de Lima Precolombina y Virreinal.
Las características específicas del objeto artístico, serían el resultado
fundamentalmente de las influencias del territorio; es decir, producto del clima, la altitud,
el asoleamiento, la luminosidad del cielo, etc.; lo que hace evidente la relación teórica del
autor con el positivismo, al postular que el carácter de los artistas surge de orígenes
territoriales y ambientales. “Los mismos factores que intervinieron en España para la
formación del arte español han intervenido en el Perú: el clima, el medio físico y los
81
materiales de construcción.” (p. 89). En que se revela su relación con las tesis sustentadas
en la obra de H. Taine.43
Su planteamiento lo lleva al establecimiento de categorías en la producción
artística según sea su nivel de desarrollo, habría entonces artes superiores e inferiores:
En la arquitectura, el arte indigenista se infiltra en la estructura hispánica, que le
comunica un ritmo marcadamente indiano (…) pero que no llega a la fusión con
el arte español: porque un arte inferior no puede fusionarse con un arte grande
como el hispano… (p. 81).
En la producción artística el mestizaje se habría hecho posible circunscrito a la
incorporación, en la imagen, de elementos culturales indígenas. Dichos elementos
aparecerían aislados en escenas. De ese modo, el mestizaje no tendría relación con la
configuración o ejecución de la obra en sí, sino en la coexistencia de elementos
iconográficos de diversas tradiciones, como el Matrimonio de Martín de Loyola y la ñusta
Beatriz o los cuadros de la Serie del Corpus. Se afirma la existencia de una influencia
oriental, principalmente musulmana, explicada por la participación de artífices de ese
origen que habrían llegado en gran número a estas tierras, aunque alude también a cierta
influencia japonesa, reafirmada más tarde por Héctor Velarde.44 El texto abunda en
referencias estilísticas de enorme variedad y poca justeza. A los estilos o tendencias
anteriormente mencionadas, suma el churrigueresco americano atribuyendo a este estilo
numerosas expresiones que realmente corresponden al arte rococó; asimismo son
mencionados el barroco exagerado, el barroco italiano, el barroco decadente, el barroco
andaluz, el flamenco, el propio rococó, etc., para luego calificar la obra del Presbítero
Matías Maestro como neoclásica.
43
Véase: El positivismo en la introducción de la presente investigación. Asimismo: Taine, Hipólito
(1960). Filosofía del Arte. Madrid: Espasa, Calpe.
44
Velarde, Héctor. (1946). Arquitectura peruana. México: Fondo de Cultura Económica.
82
El primer acápite se dedica a la arquitectura religiosa, en él se reafirma la relación
estilística entre la arquitectura peruana y la española; lo mismo que se identifica sus
elementos determinantes:
En el norte de España, el paisaje es sobrio, el clima frío, y la piedra como material
de construcción, hizo que se adaptara mejor el gótico y el castellano; estilos
grandes y duros. En cambio en el sur, en Andalucía, con un clima parecido al del
norte de Africa, donde la piedra es muy escasa, recibe preferentemente la
influencia morisca, y sus materiales constructivos fueron el ladrillo y el adobe.
(p. 89).
En esta cita queda manifiesta la relación directa que el autor establece entre el
clima, el medio físico y los materiales con las tendencias estilísticas consecuentes. Realiza
también un recorrido cronológico por la producción arquitectónica periodizándola siglo
por siglo, desde el XVI hasta el XVIII. Siendo el análisis estilístico el eje de su recorrido:
Podemos considerar varias épocas en la arquitectura virreinal, debido a que la
conquista y dominación española, se hizo por etapas, y los hispanos fueron
introduciendo los diversos estilos; según el predominio que iban adquiriendo en
España. (p. 90).
En su concepto, el análisis consiste en identificar las características formales de
las edificaciones y establecer la relación con las escuelas y/o creadores que les sirvieron
de fuentes de referencia:
Fueron sólo los estilos mudéjar, plateresco y renacentista los que proporcionaron
sus elementos durante esta época en que se levanta la Catedral de Lima, según
los planos de Becerra, que trajo al Perú el estilo renacentista. (…) Uniendo el
nombre de Becerra al de Alonso Rodríguez, dice Martín Noel, conseguimos
establecer una interesante correlación de escuelas, lo que permite identificar sus
influencias y con ellas las suertes de las formas españolas emigradas a las fábricas
de los edificios. (pp. 91-92).
Aborda los ejemplos más representativos, las iglesias de las órdenes mayores:
franciscanos, jesuitas, agustinos, dominicos y mercedarios poniendo énfasis en sus
elementos estructurales, formales y ornamentales. Busca las relaciones entre las
características formales de las obras peruanas y aquellas españolas que les habrían servido
de modelos. Dice refiriéndose al convento mercedario de Lima: “El Convento es muy
83
parecido al de los mercedarios de Sevilla, especialmente la escalera que existe entre el
primer y segundo claustros y que tiene la forma fisonómica que la sevillana.” (p. 97).
Las descripciones de los elementos formales están planteadas con un nivel de
detalle mayor que en otros textos precedentes y sirven de sustento a la valoración de las
obras, pone énfasis en los elementos particulares de la composición:
A esta época del churrigueresco prototipo del arte español, que encarna el carácter
y el espíritu ibérico, pertenece la fachada de la Iglesia de San Agustín, que es el
mejor frontispicio de las iglesias de Lima. Todos sus detalles arquitectónicos y
los perfiles de sus columna(s) son romanos. Consta de cuatro cuerpos: en el
primero, basamento con tracerías sobre el que corren cuatro columnas retorcidas,
dos a cada lado de la puerta cuyos fustes tienen una decoración profusa, como
anillos, hojas, flores, cintas de exuberante distribución; y en los intercolumnios
hay hornacinas decoradas con estatuas de santos. El arco de la entrada, es romano,
de medio punto, con la archivolta ornamentada de arabescos. (pp. 95 – 96).
En donde podemos ver que identifica los elementos estructurales y ornamentales
y hace referencia a su procedencia, pero se detiene solo en la descripción y en la definición
de las estructuras formales.
Nuestros templos se distinguen por el movimiento ascendente de sus líneas,
donde la horizontal desaparece hasta en lo imprescindible, pues se corta y perfila
en movimientos ondulados. Se sustituyen las columnas por las pilastras formadas
algunas de elementos extraños; se forman nichos para alojar santos y se les
descomponen y enriquecen con arabescos… (p. 93).
Llega a determinar algunas características de configuración de las estructuras
formales, como apreciamos en la cita anterior, sin establecerlas como manifestaciones
perceptuales de los estilos.
El segundo acápite está dedicado a la arquitectura doméstica, a la que denomina
residencial. Remite su origen a las viviendas andaluzas e incluso señala la semejanza con
las pompeyanas en las características de los zaguanes. Incluye una descripción de los
componentes de la tipología entre los que destaca los balcones de cajón sobre cuyo origen
plantea referencias imprecisas en tanto alude, en un mismo párrafo, a su origen asiático y
a su relación con los de El Cairo. Establece una tipología de balcones diferenciando los
de profuso labrado –integración de elementos mudéjares y barrocos– como los de Torre
84
Tagle, de los de elementos ondulantes –de ascendencia rococó– y los de medallones en
el antepecho –de ornamentación neoclásica– como los de la casa de Osambela. Sin
precisar sus influencias estilísticas.45 Aunque resulta novedosa pues en los libros de la
década anterior no se formula ninguna clasificación tipológica, ni estilística acerca de
ellos.
Esta sección es bastante breve en relación a la de arquitectura religiosa. Hace
referencia a las casonas más notables como la de Torre Tagle o la de Oquendo. Menciona
algunos de sus elementos como los zaguanes, patios y sus materiales constructivos.
Incorpora detalles del mobiliario, especialmente de los balcones y la decoración,
finalizando la sección con una referencia a la orfebrería, algo fuera de lugar.
El tercer y el cuarto acápite corresponden a la escultura y la pintura
respectivamente. La extensa sección de escultura colonial aborda el tema partiendo del
estudio de la elaboración de imágenes, pero incorpora también algunos elementos
arquitectónicos como las techumbres, en tanto fueron labradas en madera. Realiza
también una clasificación de las más usuales en la arquitectura religiosa:
Nuestros techos virreinales, fueron de varias clases: de estructura angular, de
estructura plana con vigas visibles y sin ellas; de pares y nudillos; y cubiertas
cupulares estucadas. (p. 127).
Las techumbres no están eficientemente clasificadas; en el primer caso se definen
por la forma que adquieren los elementos sustentantes, en el segundo por el sentido de la
cubierta, el tercero por el sistema estructural y el último por la forma. Esta deficiencia
tiene su origen en el enfoque solo formalista del estudio y la falta de conocimiento de los
sistemas estructurales y sus comportamientos.
En este acápite incorpora el registro del contrato de elaboración del techo de la
antesacristía de la Iglesia de San Agustín de 1643, a cargo de Diego de Medina, que es
45
Los señalamientos entre guiones son nuestros.
85
develado por el autor. La sección incluye un breve registro de retablos, en que se les
clasifica estilísticamente sin mayor sustento analítico, siendo los barrocos mencionados
como churriguerescos y los de estilo Rococó como de Barroco decadente. Culmina la
sección con referencias a las sillerías de coro y los púlpitos. En el acápite de pintura
registra un gran número de obras, en un momento en el que existía poca información
documentada. El artículo omite citas, por lo cual no hay forma de verificar las fuentes de
las atribuciones ni de las dataciones, tampoco hace referencia a los textos teóricos de
donde puedan provenir las clasificaciones estilísticas, aunque se hace evidente la consulta
de archivos documentales, como se puede comprobar por la publicación del contrato de
Diego Medina ya mencionado.
[Link] Un texto ejemplar
Iglesia de Jesús María es una monografía de Santiago Antúnez de Mayolo
Rinning, su extensión es de 44 páginas (181-224) con ilustraciones. Se inicia con un texto
que pone énfasis en la alta calidad artística alcanzada por la arquitectura religiosa virreinal
y anunciando el análisis de los factores que intervinieron en su configuración.
Figura 8. Texto de Santiago Antúnez en Lima
Precolombina y Virreinal
Para el autor, el decurso histórico y, en específico, las características de la
producción artística, son expresión de la “raza” comprometida en su producción. En el
86
caso del arte y la arquitectura, dichas características estarían determinadas por la
interacción de las dos que participaron en su proceso:
A la llegada de los españoles hallaron dividida en una sangrienta lucha política a
una nacionalidad en formación, (…); su raza no tiene gran poder de abstracción,
ve todo objetivamente, pero no concibe las ideas en sí. A esta raza viene a
yuxtaponerse, en el siglo XVI, una más fuerte, de mayores poderes combativos y
de una cultura altamente desarrollada por la interacción intelectual y material de
numerosas sociedades en el transcurso de centenares de años... (p. 180).
A su vez, las razas, a las que ya ha prejuzgado, dependerían de las condiciones
territoriales y ambientales de sus respectivos medios geográficos. En la posición del autor
el ethos de estas sociedades habría sido determinado por la interacción entre territorio y
un “espíritu” constituido a partir de sus creencias. Dice respecto a los españoles:
Esta raza conquistadora tiene algunas características propias forjadas en su
medio, tales son el carácter aventurero, una gran confianza en sí mismos y un
acentuado espíritu religioso; es una raza nueva, pujante, casi recién formada (...)
está en ellos latente el espíritu de combate, de derrotar militarmente al Corán y a
sus profetas reafirmando su religiosidad que fuera cimentada con las Cruzadas y
la Santa Inquisición, que no permite que nadie se desvíe del camino. (p. 181).
Cada raza tendría características intrínsecas derivadas de su relación con el medio
geográfico, lo cual determinaría su rol en la relación con otras distintas:
Colaboradores de esta obra fueron los aborígenes por su falta de comprensión de
los dogmas que les enseñaron, quedando sus ‘mallquis’ y amuletos reemplazados
por los santos, imágenes en aquel entonces pintadas pero mal talladas. (…) Esta
conjunción de dos pueblos distintos, uno triunfador que impone sus costumbres,
lengua, religión, administración, y otro vencido acostumbrado a ser mandado y
obedecer, sin iniciativa ni directores de su opinión, acata lo que le impone el
vencedor ayudado por su prepotencia. (p. 182).
En su planteamiento, la producción arquitectónica revelaría la conjunción del
aporte español y el indígena, en una relación particular, con total preeminencia del
primero y subordinación del segundo:
Tradúcese este espíritu en los numerosos conventos e iglesias que se edifican, y
como en el Medioevo, el convento colonial, Universidad al mismo tiempo, era el
semillero de los más altos conocimientos, (…) Al lado del convento se erige la
modesta capilla cristiana, que más tarde será ampliada, para a su vez ser
reemplazada por una iglesia, y finalmente las grandes iglesias católicas de tres
naves. (pp. 182-183).
87
En las citas anteriores se expresa con claridad que las bases teóricas del autor
estaban, como sus contemporáneas, fundamentadas en el enfoque positivista formulado
por Hipólito Taine.46
El texto clasifica el templo, objeto de estudio, como iglesia monástica, en un
sistema de cuatro tipos de edificios religiosos: La Basílica Metropolitana (Catedral), las
iglesias conventuales, las iglesias de los monasterios y, finalmente, las capillas
particulares. Ensaya también una descripción del entorno y el rol urbano del edificio.
El texto historia el proceso de edificación del templo, sustentado en una
investigación documental evidentemente acuciosa, como podemos entrever por la
profusión de citas de documentos originales consultados y por su amplitud; ejemplo de
rigurosidad metodológica. Los datos consignados son abundantes, reseñando, con detalle,
un conjunto de acontecimientos del decurso histórico del templo fechados entre 1677 y
1798. Prosigue una ordenada descripción del edificio. Se inicia con la fachada para
adentrarse luego en los interiores, intercalando referencias a los elementos
arquitectónicos y su organización:
Entre las pilastras, artísticas lunetas de semi-cono, cortan la bóveda de cañón.
Centran estas lunetas de medio punto, a amplias rectangulares ventanas de luz y
aereación, de jambas y dinteles de ‘guarecidos codos rectangulares’. El vano
defendido por peculiar verja de hierro, de barrotes circulares verticales y
cuadrangulares horizontales perforados a cincel y fuego, es ornamentado por la
interposición de grupos de curveadas hojas de hierro batido unidas por bridas
sencillas, similares en trabajo a la reja existente en la antigua casa colonial de
López Aliaga. (pp. 193 – 194).
Es de notar la estructura de la descripción, así como el manejo complejo de la
terminología arquitectónica y técnica; destacable pues el autor –quien luego se graduó en
historia y fue profesor de la UNMSM– es registrado, en ese momento como un estudiante
de cuarto año de Letras de la Universidad de San Marcos. Este manejo y la referencia a
46
Véase el acápite sobre positivismo en la introducción del presente documento.
88
edificios europeos o nacionales que podrían haber servido de modelo a algunas de las
características del templo, son evidencia de una erudición que motiva a reflexión.
En sus descripciones incorpora a las formas, los efectos perceptuales del medio
que las contiene:
Haces de luz descendiendo de lo alto de los parapetos acentúan en forma notable
los claros oscuros arquitectónicos, y sobre todo aquellos de los retablos que
cobran una vida nueva, produciendo impresiones distintas según sea la hora que
los visitemos; bien podrá tratarse de un quebradizo brillo de los dorados que
invalidan los otros motivos, o mas (sic) tarde cuando en la penumbra humíllase
el áureo acabado, se diluyen en la sombra de los nichos, aquellas imágenes de
Cristos sangrantes y lacerados.
Hay un cierto ambiente especial de libertad, de vida tranquila y feliz, surgiendo
de un juego de luces, en el crucero la idea de la esperanza para más allá
confundirse en el presbiterio dentro de las sombras buscadas de aquel estupendo
retablo mayor, conjunción de la recta y la curva de apagadas polícromas imágenes
que dicen de la ‘divinidad’. (pp. 192-193).
El enfoque revela cierta influencia de los planteamientos de pura visibilidad de
Wölfflin47 por la acuciosidad y el detalle de las descripciones; aunque no pretende
encontrar leyes internas de evolución de las formas, ni las analiza en sistemas
comparativos, sino que asume las causas –como hemos visto– desde la perspectiva
positivista, afincadas en la raza, el clima y el territorio. Parte muy importante del texto es
la que se ocupa de los retablos, descritos en extenso y con detalle, respecto tanto a sus
elementos ornamentales como a algunos datos históricos. Los asume como componentes
indesligables de la arquitectura del templo, de la misma manera que otros elementos
escultóricos como púlpitos, rejas y cancelas. Realiza también comparaciones con objetos
artísticos europeos, lo cual nos plantea la posibilidad del conocimiento directo de los
mismos, pues no alude a ninguna información bibliográfica, aunque en el período había
un significativo número de revistas ilustradas:
Los capitales (sic) muestran una gran semejanza con aquel renacentista
confeccionado por Brunelleshi (sic) en Santa Croce (Florencia). Las diferencias
más saltantes estriban en que en nuestro caso trátase de hojas más pequeñas (las
inferiores) y las nervaduras de las superiores nacen en el astragalo (sic), así como
47
El autor se refiera a: Wölfflin, Enrique (1924) Conceptos fundamentales en la Historia del Arte.
Madrid: Calpe.
89
las hoja que se encuentran en los menores ejes del ábaco son bien lobuladas. (p.
201).48
En la parte final de la monografía, Antúnez polemiza con las teorías que sostienen
la influencia oriental en el arte virreinal hispanoamericano:
No sabemos debido a qué razón hemos de ir a buscar los coronamientos de los
altares a Corea o Indo china, cuando más lógico sería buscarlos en España. El Sr.
Antonio Salo Marco, haciendo resaltar la influencia germánica en el renacimiento
español, anota en los altares renacentistas germanos los remates y follajes
simétricos así como los frontones cortados de medio punto; de esta manera el
renacimiento germano sería el origen inmediato del coronamiento de los altares
como manifestaríase ampliamente en la Capilla Real de Granada... (p. 215).
Polemiza específicamente con los planteamientos de José Gabriel Navarro sobre
la escultura ecuatoriana.49 Este último encuentra similitudes entre esta y la oriental, sin
comprobarlo. Antúnez no construye un modelo alternativo para explicar las semejanzas
formales entre el arte americano y el oriental que supere la posibilidad de interinfluencia,
se remite a contraponer explicaciones a puntos específicos de detalle:
… El abrillantado de las imágenes tampoco puede ser, en forma general, atribuido
a los orientales; la laca, los barnices y el abrillantado empleado en las “Indias
Orientales” difiere en la técnica –que tampoco es patrimonio exclusivo de una
sociedad– como en los productos empleados para lograr este efecto. (p. 217).
La presencia de imágenes consteladas de flores de oro, el brillo de las mismas, la
postura de las manos en las representaciones, los Cristos entronizados, las aureolas y el
sistema de proporciones corporales, fueron los argumentos que rebatió para desligar el
arte americano de una influencia del arte oriental.
Cabe destacar también su conocimiento y manejo de la bibliografía, existente en
ese momento, se menciona a los principales autores de la época: Uriel García, Felipe
Cossío del Pomar, Guillermo Salinas Cossío, al lado de los argentinos Martín Noel, Ángel
Guido y José Gabriel Navarro.
48
Asumimos que los términos incorrectamente escritos se deben a errores tipográficos
49
Navarro, José Gabriel (1929). La escultura en el Ecuador: Siglos XVI al XVIII. Madrid: Imprenta de
Antonio Marzo
90
Por último, a través de las referencias, se hace evidente la profundidad de la
formación teórica del autor y la amplitud de su investigación. Cita textos de Bernabé
Cobo50 y Antonio de la Calancha;51 documentos originales del monasterio estudiado;
publicaciones históricas coetáneas, como de José de la Riva Agüero 52 o José Gálvez.53
Comprobamos, a través de ellas también, la importancia de las publicaciones de la década,
los textos de los compendios publicados por el IV centenario de la ciudad son citados
como información básica para la elaboración de esta y otras monografías de la
compilación. Además, se cita textos teóricos de Heinrich Wölfflin y Otto Schubert, en
varios casos en sus lenguas originales: inglés, alemán y francés.
Las virtudes del texto pueden ser resumidas en: orden y claridad expositiva,
riguroso uso de fuentes documentales, prolijas descripciones del edificio y sus elementos
constitutivos, incorporación de referentes, alusiones intertextuales y planteamientos
propositivos y polémicos. Esta monografía es además notable por su claridad conceptual,
por la rigurosidad con el dato histórico y por la amplitud de su propuesta; a partir de lo
cual se constituye en un ejemplo de corrección y pertinencia de construcción del texto
histórico artístico, particular en un momento en que los textos sobre arte y arquitectura
tenían más bien el carácter de ensayos sin un sustento documental, aunque aún no haya
un sentido estricto de aplicación de fundamentos teóricos como podemos concluir por la
incorporación de planteamientos positivistas y formalistas sustentando el mismo texto.
50
Se refiere a Historia de la Fundación de Lima. Publicado en: Monografías Históricas sobre la
Fundación de Lima: Editado en Lima por Librería e Imprenta Gil. S.A. en 1935.
51
El autor solo la cita como Crónica Moralizadora, refiriéndose a: CALANCHA, Antonio de la (1638).
Cronica moralizada del Orden de San Agustin en el Perú, con sucesos egenplares en esta monarquia,
De la cual podemos encontrar una edición de la UNMSM, a cargo de Ignacio Prado Pastor entre 1974
y 1982.
52
Riva Agüero, José de la (1921). El Perú Histórico y Artístico, Influencia y descendencia de los
montañeses en él. Santander: Talleres Tipográficos J. Martínez.
53
Galvez, José (1935). Lima Colonial. En: Monografías Históricas sobre la Fundación de Lima: Lima:
Librería e Imprenta Gil. S.A.
91
[Link] Un recorrido por la Lima colonial
El resto de monografías es un conjunto de acuciosas descripciones de los
monumentos, complementadas con datos históricos. Su extensión es variada pero todas
están ilustradas constituyendo un importante registro de la arquitectura anterior al
terremoto de 1940.
El texto de Domingo Angulo: La Metropolitana de Lima es un resumen del ya
publicado en Monografías de la ciudad de Lima (1935) y en la correspondiente edición
individual54 con el mismo título. La Iglesia de San Pedro fue escrita por el alumno
Alberto Carrasco Hermoza sobre textos de Ricardo Palma,55 el padre Rubén Vargas
Ugarte56 e Ismael Portal.57 La monografía sobre la iglesia y el convento de San Francisco
fue escrita por Gustavo Pons Muzzo con datos obtenidos de las crónicas provinciales
franciscanas58 y de la de Bernabé Cobo.59 Estas y las demás son siempre descripciones
acuciosas de las edificaciones y de los objetos artísticos que contienen, en todos los casos
se incorpora algunos datos históricos y referencias estilísticas, lo cual establece su
relación con las perspectivas de la Historia del Arte.
Los textos analizados constituyen algunas de las primeras experiencias de
formulación de textos de Historia del Arte y de la Arquitectura en la historiografía
peruana. Fueron escritos como respuesta a una motivación específica: ilustrar histórica y
teóricamente los monumentos que entonces concitaban la atención del Estado por la
necesidad de realizar en ellos procesos de restauración. En su elaboración resulta
54
Angulo Domingo (1934): La Metropolitana de la ciudad de Lima. Lima: Librería e Imprenta Gil.
55
El autor cita: Las tres puertas de San Pedro de las Tradiciones Peruanas.
56
El autor cita: III Centenario de la inauguración de la Iglesia de San Pedro y San Pablo de la Compañía
de Jesús. Publicado en La Prensa del 10 de julio de 1938.
57
Véase: Portal Ismael (1924). Lima Religiosa. Lima: Librería e Imprenta Gil S.A.
58
Citado por el autor como: Córdova y Salinas: Crónica de la Provincia de los doce apóstoles,
refiriéndose a la Crónica Franciscana de las provincias del Perú. De la cual se puede encontrar una
edición publicada en Washington D.C. en 1957 por la Academy of American Franciscan History.
59
Cobo, Bernabé, op. cit.
92
destacable la participación conjunta, tanto de historiadores de carrera, como de
estudiantes de Letras, resultando el libro más relevante de su década al revelar el nivel
del desarrollo alcanzado por la disciplina en el período.
Figura 9. Página interior de La Iglesia de San Pedro.
2.3 Ampliación y consolidación. El tercer período: 1940-1950
Para la década de 1940 se ha identificado un número de publicaciones
significativamente mayor que para las dos décadas anteriores. Se trata de 38 textos, de
los cuales nueve fueron publicados en el extranjero y 29 en el país.
En Argentina continuaron publicando Ángel Guido: Redescubrimiento de
América en el arte, en 1940 y Martín Noel: El arte en la América española, en 1942 y
Palabras en acción: apologías y temas de historia, arte y urbanismo, en 1945. En España
hicieron lo mismo Mario Buschiazzo: Estudios de arquitectura colonial
hispanoamericana, en 1944; Diego Angulo Iñiguez, en conjunto con otros autores:
Historia del Arte Hispanoamericano, entre 1945 y 1956; y Vicente Rodríguez Casado:
Construcciones Militares del Virrey Amat, en 1949. A ellos vino a sumarse, desde Chile,
Alfredo Benavides: La Arquitectura en el virreinato del Perú y en la capitanía general
de Chile, en 1941; desde México, Manuel Toussaint: Arte mudéjar en América, en 1946
93
y desde EEUU, Harold Edwin Wethey: Colonial architecture and sculpture in Peru, en
1949.
En el Perú, este fue un período bastante prolífico, con enfoques, formatos y autores
diversos. Entre ellos tenemos a Ricardo Mariátegui Oliva, quien en 1942, publicó Una
Joya arquitectónica peruana de los siglos XVII y XVIII: el templo de Santiago o de
nuestra señora del Rosario de Pomata como parte de la serie Biblioteca de historia del
arte peruano. Continuó con constancia su labor con la serie Documentos de Arte Peruano,
un conjunto de breves folletos que registran monumentos arquitectónicos de nuestro
territorio. Ocho de sus números, dedicados a la arquitectura colonial, fueron publicados
en el período.
Otro autor que inició en esta década su prolífica actividad editorial fue el
arquitecto Emilio Harth-terré con: La obra de la Compañía de Jesús en la arquitectura
virreinal peruana y Santiago Rosales, el alarife mulato: una nota biográfica en la
arquitectura virreinal peruana, ambos en 1942; Artífices en el virreinato del Perú:
(historia del arte peruano) en 1945; Las Tres fundaciones de la Catedral del Cuzco, en
1949; Cómo eran las casas en Lima en el siglo XVI, sin fecha en la publicación pero que
la Biblioteca Nacional consigna en 1950. Además, escribe el prólogo de la obra de
Benjamín Gento Sanz sobre el convento franciscano, en 1945.
La actividad de los cronistas de la Iglesia también fue intensa, publicaron el jesuita
Rubén Vargas Ugarte: El Monasterio de la Concepción de la Ciudad de los Reyes, en
1942 y Ensayo de un diccionario de artífices coloniales de la América meridional, en
1947. El mercedario Víctor Barriga: El Templo de la Merced de Lima: documentos para
la historia del arte, en 1944 y el franciscano Benjamín Gento Sanz: San Francisco de
Lima. Estudio histórico y artístico de la iglesia y convento de San Francisco de Lima, en
1945.
94
Al interés de Mariátegui Oliva por las obras específicas de la arquitectura colonial,
en las provincias se sumaron otros autores. Así tenemos a Pío Max Medina: Monumentos
coloniales de Huamanga (Ayacucho), en 1942; Emiliano Pereira: Cajamarca, región
turística: Sus monumentos más notables, en 1943; Manuel E. Cuadros E.: Historia y
arquitectura de los templos del Cuzco, en 1946; Néstor Cabrera Bedoya: Gúa histórica
de los monumentos coloniales de Huamanga, en 1947 y, en ese mismo año, la
Corporación de Turismo lo hizo con: Templo y Convento de "La Merced", folleto sobre
ese importante monumento cusqueño.
En 1943, Alberto Santibáñez Salcedo publicó un folleto mimeografiado: El
monasterio de Nuestra Señora del Prado, en años siguientes: La sacristía del templo de
San Agustín de Lima (1945) y Santuario y beaterio de Nuestra Señora del Patrocinio
(1947). En 1945, Néstor Gambetta Bonatti publicó: El Real Felipe del Callao. En 1946,
otro arquitecto: Héctor Velarde, realizó el primer compendio sobre la arquitectura en el
Perú: Arquitectura Peruana. En 1947, Daniel Caballero y Lastres publicó: Tres
monumentos históricos de Lima: Quinta de Presa, San Francisco [y] Palacio de Torre
Tagle.
Los criterios para elegir los textos de este período a estudiar han sido: su extensión
–se ha elegido los libros antes que los folletos o diversas separatas– y el enfoque, ya sea
de la historia del arte o solamente de la arquitectura, frente a aquellos cuyo enfoque es
fundamentalmente histórico.
2.3.1. El templo de Santiago o de nuestra señora del Rosario de Pomata: La
participación de la universidad.
Una Joya arquitectónica peruana de los siglos XVII y XVIII: el templo de
Santiago o de nuestra señora del Rosario de Pomata fue publicado en el año de 1942,
escrito por Ricardo Mariátegui Oliva. Es un ejemplar de 120 páginas, distribuidas en: 66
95
de títulos y texto; 14 previas numeradas en romanos; 31 láminas, dos de bibliografía; dos
de índice y cuatro supernumerarias, su formato es 15 por 22 cm. Se trata de la tesis del
autor para optar el grado de doctor en Historia en la Facultad de Letras y Pedagogía de la
Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Figura 10. Carátula de El templo de Santiago o de nuestra señora
del Rosario de Pomata.
Fue prologada por el Dr. Aurelio Miro Quesada Sosa, catedrático de la universidad
y miembro del Consejo Nacional de Conservación y Restauración de Monumentos
Históricos. En la falsa carátula del libro el autor figura como Comisionado por la
UNMSM para estudiar el arte colonial en Puno, tarea que explicita en sus palabras
liminares cuando dice, refiriéndose al monumento:
…he tenido oportunidad de estudiarlo de cerca, detenidamente, y con cariñoso
empeño, en cumplimiento de la honrosa comisión que me confiara, en Julio del
año pasado, el señor Decano, Doctor Horacio H. Urteaga, en su carácter de
Director del Seminario de Historia de la Facultad de Letras y Pedagogía, de la
Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y que contara con el generoso
apoyo del Consejo Universitario en pleno,… (p. XI)
En las primeras páginas los editores anuncian el inicio de la Biblioteca de Historia
del Arte Peruano, de la cual este ejemplar sería el tomo I; aunque no hemos podido
identificar otras publicaciones que continuaran la serie.
El texto está dividido en dos secciones. En la primera se estudia la Villa de Pomata
desde el punto de vista histórico geográfico. Entre las páginas 3 y 18 se ubica la villa en
el mapa y se hace una etimología del nombre, identificando sus iglesias, que debieron ser
96
tres: la de Santiago o de la Inmaculada, la de San Martín y la de San Miguel. La reseña
histórica de la ciudad resume algunos acontecimientos ocurridos desde la fundación
dominica del pueblo, posterior al año de 1540, hasta los enfrentamientos entre caceristas
y pierolistas de 1894 a 1895.
La segunda parte, denominada Arte y Técnica, contiene un plano de la edificación
y una reseña de la zona del pueblo en que se localiza el templo. Se describe la edificación,
identificando sus partes constitutivas: el atrio, las puertas de acceso, la torre, las portadas
y la techumbre. Se reseña las estructuras y los elementos que complementan la
arquitectura como retablos, lienzos y esculturas, e incluso los sistemas de iluminación y
las características de los pisos. Esta sección concluye describiendo los elementos
ornamentales de la zona e intentando caracterizar las particularidades del sistema
particular altiplánico, el cual motivó muchas inquietudes entre los estudiosos de la época
y que el autor menciona como “…‘plateresco’, encajado admirablemente, en sus mismas
líneas arquitectónicas, dentro del típico ‘greco-romano’ del Renacimiento.” (p. 37). El
aspecto histórico también está cubierto, desde la explicación de la dualidad del nombre:
Santiago de Pomata y a la vez Inmaculada Concepción; hasta las obras de reparación
ejecutadas; pasando por la identificación de los promotores y arquitectos que realizaron
las obras.
La última sección es una descripción detallada de los componentes arquitectónicos
del monumento, lo cual constituye el aspecto fundamental de la propuesta. Este enfoque
es anunciado desde el prólogo por Miro Quesada: “La utilidad de esta clase de estudios
monográficos es manifiesta, desde que solo por medio de las investigaciones de detalle
puede efectuarse el estudio general de la arquitectura colonial en el Perú.” (p. IX).
El acento fundamental del análisis de Mariátegui está puesto en el plano
decorativo. Sus juicios resultan severos respecto a las estructuras formales:
97
El imafronte de la fachada principal presenta un aspecto general de pésima
estructura artística (…). Su decoración, en cambio, es valiosa, lo que evidencia
que fue obra de un experto maestro ornamentista, pero carente de conocimientos
constructivos, por lo que no calculó las dimensiones de su obra, –elaborada,
indudablemente fuera del puesto– con relación a la portada en que había ésta de
ser colocada, como se destaca a primera vista… (p. 43).
Su manejo de la terminología arquitectónica denota erudición y profundo
conocimiento de los elementos del vocabulario formal:
El segundo cuerpo se diferencia del anterior en lo siguiente: La ornamentación
con delicados motivos geométricos en la basa del estilóbato y en el centro, entre
ambas columnas; la cornisa cintrada con que adorna el frontón (…); los fustes de
las columnas, con sólo una cinta, que describe una línea sinuosa desde la basa
hasta el astrágalo, … (p. 45)
Este manejo contrasta con la poca rigurosidad con que se realiza las referencias
estilísticas, en general, muy poco sistematizadas durante el período. Se refiere el
plateresco como forma de explicar la profusión ornamental de la arquitectura barroca del
S. XVII. Esa clasificación, planteada sin un adecuado análisis formal, y por lo tanto sin
mayor sustento conceptual, revela una actitud usual en la época de calificación estilística
basada en semejanzas formales. Dice, refiriéndose al retablo del altar mayor:
Por ese destacarse de sus frontones partidos y sus columnas salomónicas, puede
determinarse dentro del ‘estilo barroco’, siendo así lo único que en este Templo
puede ser llamado tal, ya que el labrado netamente plateresco que ostenta en
algunas de sus partes, se pierde ante el fuerte sobresalir de aquel. (p. 58)
Acompaña al texto un conjunto de fotografías de la iglesia tomadas por el propio
autor y es de remarcar la presencia de una extensa bibliografía, la que permite remitirse a
las fuentes que dan sustento al texto, en la que se incluye, aparte de un buen número de
artículos de revistas, textos publicados en nuestro país y en el extranjero, como los de
Martín Noel y el de Otto Schubert citados también por Antunez en Lima Prehispánica y
Virreinal.
2.3.2. Documentos de Arte Peruano: La importancia de una serie
La labor editorial del Dr. Ricardo Mariátegui Oliva continuó en la década con la
serie Documentos de Arte. Son folletos de 17 por 22 cm. con carátula de cartulina,
98
impresos en negro y profusamente ilustrados. En orden cronológico fueron publicados:
Una iglesia-relicario: El Carmen de Trujillo (Nº I), en 1945; San Francisco y la Dolorosa
de Cajamarca (Nº II), en 1947; Iglesia de la Asunción de Azángaro (Nº III), en 1948. En
1949, publicó tres números: Templo de La Inmaculada de Lampa (Nº IV); Pomata:
Templo de Nuestra Señora del Rosario (Nº V) y Nazarenas y el Señor de los Milagros
(Nº VI). Finalizó la década con la publicación de: Chiguata y su iglesia del Espíritu Santo
(Nº XI), y Zepita, Templo de San Pedro y San Pablo (Nº XII), ambos en 1950. Es una
serie publicada por el Instituto de Investigaciones de Arte Peruano y Americano, cuyo
director era el Dr. Mariátegui.
Todas son cortas monografías con una estructura común: la delimitación de la
ubicación geográfica; la reseña histórica del monumento y luego la descripción física con
ligeras variantes en su extensión acordes con el detalle con que esta se realiza. La
descripción aborda también las obras de arte que los monumentos contienen pero se
centran fundamentalmente en sus elementos ornamentales. El promedio de páginas es de
28 y los textos ocupan apenas unas 12, las demás son láminas con ilustraciones.
Figura 11. Folleto de la serie Documentos de Arte
2.3.3. Artífices en el virreinato del Perú: La arquitectura desde los constructores
En el año 1945, el arquitecto e historiador Emilio Harth-terré publicó en Lima,
Artífices en el Virreinato del Perú (Historia del Arte Peruano). Es la reunión, en un
volumen, de un conjunto de artículos de carácter biográfico, previamente publicados, de
99
artífices coloniales. Los artículos fueron escritos en la perspectiva de la elaboración de
un estudio panorámico de la producción de “arte hispánico” en el Perú, como lo denomina
el autor. Es un volumen de 18 x 26 cm. De 244 + 5 páginas, sin ilustraciones. La mayoría
de capítulos está dedicado a un artista específico, salvo tres: Vida y Obra de los Artífices,
Siglo XVI – 1535-1600, Entalladores del siglo XVII y Alarifes que gozaron de longevidad.
Los constructores aparecen en gran número en estos capítulos; en los otros se aborda
también la vida de orfebres, escultores, entalladores y pintores. Los constructores
ampliamente estudiados son: Juan Cano; Gil López y Antonio Lorenzo; Francisco
Becerra; Jusephe de la Sida; Fray Cristóbal Caballero; Manuel de Escobar y Santiago de
Rosales.
Figura 12. Carátula de Artífices en el Virreinato del Perú.
Fuente: [Link]
peru-harth-terre-1945-D_NQ_NP_398001-
MLA20248642555_022015-[Link]
El primero de los artículos generales: Vida y Obra de los Artífices, Siglo XVI –
1535-1600, historia la actuación de artistas y artesanos cuyos oficios estuvieron ligados
a la construcción en ese periodo. Se menciona un gran número de artífices pero las obras
ejecutadas no han sido identificadas o han desaparecido, por lo que su conocimiento se
realiza solo a partir de los respectivos contratos. El segundo: Entalladores del siglo XVII;
reseña la obra de los un gran número de constructores de retablos y portadas que laboraron
sobre todo en el S. XVII, siendo los principales: Martín Alonso de Messa (sic), Juan
Martínez de Arrona, Pedro de Noguera y Asencio de Salas, a través de los cuales grafica
100
el recorrido de las formas en relación a los procesos de renovación estilística entre los
siglos XVI y XVII. El último de los artículos: Alarifes que gozaron de longevidad, con el
que concluye el libro, reseña a los que tuvieron un tiempo largo de actividad en la
construcción: Juan de Grajales, Pedro Fernández de Valdez, Francisco González de
Sierra, Isidro Luzio, Ventura Coco y Matías Maestro.
La estructura del libro, en concordancia con el título general y el de cada uno de
los artículos, parece anunciarnos textos en los cuales la temática central fuese biográfica;
en cambio, la propuesta de Harth-terré es bastante más amplia; cubre aspectos de sus
vidas y el registro de sus obras e influencias, pero también y sobre todo describe las
dinámicas sociales ligadas a la construcción y los propios procesos tanto administrativos
como constructivos de la época:
… llegó a nuestra ciudad, Juan del Corral. Jusepe de Ribera que había sido
designado por la Audiencia como comisario de la obra, firmó el concierto con
Juan del Corral, el 3 de Febrero de 1608. Se convino que la obra no se haría a
destajo ni por postura ni arrendamiento sino por administración, (…). Para
facilidad de los trabajos se concertó, además, con Alonso Sánchez, calero, la
entrega de la cal y los ladrillos (…) a treinta y dos pesos de nueve reales el millar
y la cal a doce pesos el cahiz, como la da a la fábrica de la Iglesia Mayor. (p. 157)
La fuente de sus biografías, y de sus textos en general, es de carácter primario, son
múltiples documentos originales de archivo:
Esta biografía se basa en documentos estudiados en los diferentes archivos del
Perú. Se han mencionado unos pocos pues hacerlo para todos sería no sólo una
labor engorrosa sino que, además, inútil e inconveniente para el lector. Para esta
biografía (…) más de cien documentos han sido extractados. Si algún
investigador desea tener la clave de algún dato expuesto en estas líneas se podrá
proporcionárselo (sic), no solo para ayudarlo en cualquier investigación sino,
también, para probar la rigurosidad histórica de lo que se ha escrito y dicho. (p.
113)
Las fuentes también le permiten señalar con precisión las obras ejecutadas, de
modo integral o solo parcialmente, debido a su complejidad, a la lentitud de los procesos
constructivos de la época o a la acción de los sismos, que en muchos casos implicaba la
participación de varios maestros en un largo proceso constructivo:
101
Se debe [dice respecto a las restauraciones de la portada de la catedral de Lima]
al Padre Diego Maroto, primero, fraile dominico, quien en los años de 1693 a
1699 restituyera a las portadas, su original esplendor tal como las proyectara Juan
Martínez de Arrona y siguiera en la obra después de su muerte, Pedro de Noguera;
haciendo recoger cuidadosamente las piedras caídas, y reponiéndolas en su lugar,
salvando así tan importante arquitectura (…). Posteriormente con el catastrófico
sismo de 1746, la Catedral de Lima sufrió nuevamente los estragos del
sacudimiento. Fue entonces que el Padre Juan de Reher, asesorado por el
competente alarife Santiago de Rosales, (…) repusieron una vez más en su sitio
a las piedras seculares… (p. 192)
Para la mejor interpretación de las obras, reseña la vida de los artistas en el
contexto de las dinámicas de la época y como base del análisis de la Historia de la
Arquitectura:
Muchas cosas van aclarándose cuando estudiamos al artista mismo.
Indudablemente que la obra de arte podremos interpretarla mejor y la Historia de
la Arquitectura escribirla con más justeza, si conocemos los antecedentes
personales del artífice, que como en el caso de la Arquitectura de la Colonia,
sumaba los factores raciales e individuales tan opuestos a los ecológicos y
telúricos de un mundo nuevo. (p. 224)
Su conocimiento de las técnicas constructivas le permitió una interpretación
precisa tanto de los sistemas estructurales y formales, como de los detalles específicos de
los procesos constructivos:
El segundo cuerpo de la torre comienza a erguirse. Una vara adentro del macizo
de los arcos, de ladrillo, con sus cuatro medios puntos; bocas de la torre por donde
saldrán las nuevas voces del bronce campanero. Y va la torre subiendo al cielo,
(…). El banco del chapitel se termina, y sobre él, que es de madera con sus
pechinas de cal y ladrillo, se descarga la media naranja con sus cuadrantes de
madera amarilla enlazados a cola de milano; con los cercos puestos allí para su
firmeza y resistencia. (p. 96)
Las descripciones de los conciertos le han permitido también perfilar los procesos
de renovación estilística, mediante la identificación de los elementos del lenguaje
arquitectónico y de cómo dichos elementos se organizan en la obra, registrando el paso
del Renacimiento hasta el apogeo del Barroco:
Hay informes sobre el magnífico retablo que en el año 1617 estaba ejecutando
para el Monasterio de la Trinidad. Columnas grandes, frisos y cornisamientos,
frontispicios con insignias, son los términos que se emplean en el concierto y
ellos nos dan ya la clara imagen de renacentista retablo que Cristóbal de Ortega
se encargaba en igual momento de dorar, estofar y encarnar… (p. 119)
… la concepción de la columna salomónica persigue a Diego de Aguirre y busca
la oportunidad de realizarla en algún retablo. Lo consigue en 1681 cuando le
102
encargan uno para la Capilla de las Ánimas. Según el concierto, dicho retablo
constaría de dos cuerpos sostenido cada uno por cuatro columnas y en el interior
se alzarían diez y ocho columnas salomónicas revestidas. No pudo poner más; y
así lograba colmar su afán barroco… (p. 130).
En ese sentido, este texto manifiesta una mirada de múltiples dimensiones:
histórica, artística y técnica que hacen de él un clásico de la Historia de la Arquitectura.
2.3.4. El templo de La Merced de Lima: Importante aporte documental
Publicado en 1944, El Templo de la Merced de Lima es una recopilación de
documentos de archivo, realizada por el cronista conventual de la orden mercedaria Fray
Víctor M. Barriga.
Figura 13. Carátula de El templo de la Merced de Lima.
El autor nos revela, en su prólogo, que el material publicado fue obtenido a partir
de la búsqueda del contrato firmado para la realización de la portada de la iglesia
mercedaria de Lima, objetivo que, no obstante, quedó incumplido, pero posibilitó el
hallazgo de un gran número de conciertos firmados por las autoridades de la orden a lo
largo de los siglos XVI, XVII y XVIII. En esta misma sección, muy brevemente, Barriga
reseña la historia de las edificaciones de la orden: templo y convento, que fue necesario
reconstruir en sucesivas oportunidades debido a los daños causados por los terremotos.
El volumen se inicia con la narración que el cronista Bernabé Cobo S.J. realiza
del convento e iglesia mercedarios, es la única publicación de autor; los demás
103
documentos transcritos son originales, encontrados en diversos archivos: el mercedario,
los de diversos notarios conservados en el Archivo General de la Nación, el Archivo de
Indias, Libros del Capítulo Provincial de Lima de la orden, El Archivo Arzobispal, El
libro de Cabildos de Lima, la Biblioteca Nacional del Perú, la Biblioteca Nacional de
España, El Archivo Vaticano de Roma; algunos notarios provinciales como Alonso
Laguna de Arequipa. Unos pocos son la reedición de transcripciones previas aparecidas
en la Revista del Archivo Nacional y de los Cuadernos de Estudios del Instituto de
Investigaciones Históricas de la Universidad Católica del Perú, publicadas por el R. P.
Rubén Vargas Ugarte a inicios de la década.
Los documentos tienen como eje acciones y decisiones que atañen al templo y al
convento, destacando entre ellos, el firmado con el maestro de albañilería Andrés de
Espinoza, para derribar el templo y hacerlo de nuevo de ladrillo y cantería el 3 de agosto
de 1621; y el firmado con el Capitán Bernardo de Villegas para derribar y construir de
nuevo el templo conforme al plano de Fray Pedro Galeano el 5 de mayo de 1628. Otros
aluden a objetos de culto y de arte como tallas y lienzos o a obras menores de refacción
y mantenimiento. También se consigna documentos de asignación de capillas sepulcrales
e incluso decisiones administrativas que competían a la orden aun fuera de la ciudad de
Lima, cuya presencia el autor justifica diciendo:
Se ha incluido otros documentos en este volumen, que no tienen relación con los
de la obra del templo de la Merced, para que sirvan de referencia a otros trabajos
históricos. Así mismo hemos insertado, con igual propósito, las Actas de la Jura
de la Independencia Nacional y de la Primera Constitución del nuevo Estado
peruano, suscritas por la Comunidad Mercedaria… (p. 12).
Finaliza el libro con documentos del S. XX: actas de la coronación canónica de la
imagen de la Virgen de la Merced del Retablo Mayor, en 1921 y del nombramiento del
templo como Basílica Menor, a los que se acompaña la transcripción del artículo del Arq.
Emilio Harth-terré sobre la rehabilitación del frontispicio de la iglesia.
104
Son adicionados en la parte final, una relación cronológica de acontecimientos y
el listado de los diferentes religiosos mencionados en el texto.
2.3.5. Ensayo de un diccionario de artífices coloniales de la América meridional:
Vida y obra de los artistas coloniales
Escrito por Rubén Vargas Ugarte S.J., fue publicado en Lima en el año 1947. Es
un texto de 391 páginas, en formato 17 x 24 cms. Existe una segunda edición corregida y
aumentada de 1968, impresa en Burgos.
Los textos son el producto de la investigación llevada a cabo en diversos archivos,
complementada con consultas bibliográficas. El autor era un historiador de la orden
jesuítica, lo que le motivó y facilitó el acceso a múltiples repositorios documentales, al
mismo tiempo que le posibilitó la colaboración de los cronistas conventuales de otras
órdenes. El tema general de investigación de Vargas Ugarte era la historia eclesiástica de
nuestro territorio, los datos sobre la actividad de diversos artífices fueron compilados de
modo complementario.
Figura 14. Carátula de Ensayo de un Diccionario de
Artífices Coloniales de la América Meridional.
Fuente:
[Link]
Está estructurado como un conjunto de reseñas biográficas de variada extensión,
separadas por siglo de origen, desde el XVI hasta el XIX; están ordenadas alfabéticamente
en cada período. Los artífices mencionados corresponden a diversas actividades artísticas
y constructivas: Escultores, pintores, arquitectos, pero también ensambladores,
105
carpinteros, canteros y otros. Para el S. XVI, aparte de un gran número de breves reseñas,
se trabaja con mayor amplitud las biografías de los pintores italianos Bernardo Bitti,
Angelino Medoro y Mateo Pérez de Alesio; lo mismo que las del escultor Juan Martínez
Montañés y el maestro de cantería Juan Miguel Veramendi. El capítulo dedicado al S.
XVII contiene el mayor número de biografías y las más amplias, estas últimas son: la del
ensamblador Diego de Aguirre; el maestro de obras Martín de Aizpitarte S.J.H.; el
arquitecto Diego Arias de la Cerda; el arquitecto y escultor Juan de Céspedes Ledesma;
la de Juan Ramón Coninck, quien diseño la planta de las murallas de Lima; la del
arquitecto Bernabé de Florines; las de los maestros de arquitectura: Juan Bautista Gillis
S.J., Fray Miguel de Huerta O.M., Fray Diego Maroto O.P., Juan Martínez de Arrona y
Fray Miguel de los Ángeles Menchaca; las de los escultores Diego Martínez de Oviedo y
Martín Alonso de Mesa; la del entallador y maestro de arquitectura Pedro de Noguera; la
del alarife Matías Pérez Palomino, la más extensa de todas; y la del escultor y arquitecto
Juan Tomás de Tuyru Túpac. En el capítulo del S. XVIII, sólo es amplia la biografía de
Juan Rehr S.J.P. El capítulo del S. XIX, es breve y ninguna biografía es medianamente
amplia.
El libro se inicia con un texto que el autor denomina Introducción, que en realidad
es la compilación las reseñas históricas de varios monumentos arquitectónicos coloniales
que contaban con un mayor volumen de información documental y en varios casos
trabajos monográficos previos. En él Vargas Ugarte critica las historias basadas solo en
observaciones, que:
… cuando han pretendido ir más allá y establecer ya sea la índole peculiar de la
obra, la influencia que en ella ha ejercido el arte aborigen o bien la razón de la
semejanza que se advierte en los monumentos arquitectónicos de determinada
región o la dependencia de una escuela a otra, se ha procedido por tanteos y se ha
incurrido muchas veces en lamentables equivocaciones. (p. 7)
El estudio se inicia haciendo referencia al proceso inicial de edificación e
implementación de los primeros templos como parte de la labor primigenia de la corona
106
española en América: “Desde los orígenes del descubrimiento es fácil reconocer que uno
de los principales intentos de la Corona de España al conquistar estas tierras fue ganarlas
para la fe de Jesucristo.” (p. 10). También destaca el rol que cumplió la mano de obra
indígena en el proceso edificatorio:
… si algunas comarcas como la de Puebla en México, la de Quito en el Ecuador
y la del Cuzco o el Collao en el Perú se enorgullecen de poseer muchos y
magníficos templos, ello se debe en buena cuenta a que todas contaban con
numerosa población de nativos. (p. 10)
En su visión, los factores que intervienen en la configuración de la arquitectura
son diversos y para entender los edificios es necesario tenerlos en cuenta:
Todo se hubiera aclarado si se hubiera conocido el proceso seguido en la
elaboración del objeto y su estudio, los nombres y cualidades de los artífices, las
circunstancias y vicisitudes del medio en que actuaron y otros muchos datos que
sólo la historia podía proporcionarles. (p. 7)
El texto continúa con la reseña de los procesos constructivos de algunas
catedrales, se documenta, en extenso, los procesos edificatorios de la catedral de Lima, la
de Huamanga y la de Trujillo. Además se muestra diversos procesos constructivos de la
Catedral y otros templos del Cusco a partir de una extensa reseña biográfica del obispo
Don Manuel de Mollinedo y Angulo. Este acápite concluye con la reafirmación del
amplio desarrollo que las artes tuvieron en el período colonial en nuestro territorio,
refutando a algunos autores que no lo asumen como tal. Las reseñas no contienen
descripciones de las obras y mucho menos análisis críticos o juicios de valor, solo
referencias a la actividad de los autores y la identificación de las obras que realizaron:
… en vano se buscarán en estas páginas apreciaciones críticas sobre su arte o
descripciones de los monumentos arquitectónicos que se conservan o, en general,
todo otro dato que no sea el que se refiera directamente a la personalidad del
artista, en cuanto tal y a su producción conocida. (p. 6).
Los artífices referidos son, en su mayoría, personajes que vivieron y trabajaron en
el país, pero también incluye algunos cuyas obras fueron traídas y se convirtieron en
modelos que los nacionales siguieron; incluso, reseña artistas cuyas obras nunca llegaron
107
directamente, pero que influenciaron al arte de esta región, como el caso de Pedro Pablo
Rubens.
Las fuentes principales de su investigación fueron los documentos del Archivo de
Indias de Sevilla que, él asume, estaban inéditos a la fecha de su investigación, también
expresa haberse valido de algunos textos como diccionarios y estudios previamente
publicados. La obra, de ese modo, se convierte en fuente documental imprescindible para
el estudio del arte colonial.
2.3.6. San Francisco de Lima: Modelo de crónica conventual.
San Francisco de Lima. Estudio Histórico y Artístico de la Iglesia y Convento de
San Francisco de Lima fue publicado en 1945 por la Editorial Imprenta Torres Aguirre,
S. A. en la ciudad de Lima. Escrita por Benjamín Gento Sanz O.F.M. es un volumen de
538 páginas en formato 15 x 29, dividido en cuatro secciones: la inicial, de 32 páginas,
corresponde a los créditos iniciales y al prólogo escrito por el Arq. Emilio Harth-terré; la
segunda es el texto del autor, desarrollado en 340 páginas; la tercera contiene 9 apéndices,
la bibliografía y el índice; y la cuarta es una sección de 122 páginas con 61 ilustraciones
impresas a una sola cara.
Figura 15. Falsa Carátula de San Francisco de Lima.
El texto de Gento está dividido en siete capítulos. El primero: Los artistas y el arte
en la Lima Colonial consta de siete secciones; en la primera: Kaleidoscopio Colonial, se
108
reseña la historia de la capital, se identifica algunas importantes edificaciones coloniales
y se define también la perspectiva del estudio, de defensa del colonialismo español:
Lo que todavía perdura y perdurará siempre porque ello es inmortal y eterno, es
el monumento excelso que España levantó en las nacionalidades que un día
fueron sus hijas, es a saber: Tradición e historia, cultura y religión, ciencias, artes
y lenguaje, monumento que constituye el legado que España entregó intangible a
los pueblos libres de América, cuando estos se sacudieron el tutelaje colonial. (p.
1)
Gento resalta la importancia, tanto de la ciudad de Lima, como de su producción
artística e intelectual en el marco del territorio hispanoamericano y de la cultura criolla
en general:
Cuando los ingenios criollos comenzaban a lucir las gallardías de su inteligencia
–y esto al cuarto de siglo de fundada la Ciudad– se funda en Lima en 1551, la
Universidad de San Marcos, primer centro de estudios superiores en el Nuevo
Mundo. (…)
Pronto a esta cultura intelectual se junta el cultivo esmerado de las Bellas Artes,
y en la hermosa y opulenta ciudad virreinal aparecen como por arte de
encantamiento los estilos arquitectónicos que primaban en la Península.” (p. 3)
La segunda sección Preliminares artísticos aborda el desarrollo de la cultura y la
educación coloniales como un legado desinteresado de España: “Nunca una nación
colonizadora dió un impulso tan progresista, tan peregrino y avanzado a sus pueblos
sometidos como la Monarquía hispana a los aborígenes de las Indias Occidentales.”. (p.
12) A partir de lo cual enfrenta frontalmente las afirmaciones sobre la dureza de la
dominación colonial española:
Demasiado se ha proclamado la burda mentira de la crueldad española en
América y de la explotación de estas posesiones ultramarinas, como si los
mandatarios que la Madre Patria enviaba, solo vinieran con una ambición: llenar
el bolso y sus ambiciones con las enormes riquezas del Continente, dejando a los
nacidos en estos lugares en segundo plano y como de inferior condición. Nada
más lejos de la verdad. (p. 16).
La sección tercera: Arquitectura y Arquitectos Coloniales es un recuento de
muchos notables alarifes que trabajaron en la ciudad y de las obras que realizaron. Figuran
en texto, la actividad de artistas desde el S. XVI hasta el XVIII en la persona del presbítero
Matías Maestro.
109
En la sección cuarta: Estilos arquitectónicos en el arte colonial limeño, el autor
reflexiona sobre la manifestación de los estilos europeos en la arquitectura colonial
peruana. Menciona el Renacimiento, el Plateresco y sobre todo el Barroco y el
Churrigueresco, como era usual en ese tiempo. Para las definiciones recurre a varios
importantes teóricos e investigadores europeos de ese momento como Pijoan o E.
Bertaux. Termina aludiendo a la presencia del mudéjar aunque no acepta la idea de la
llegada de artistas de origen islámico a esta región. Refuta contundentemente también la
idea de una influencia oriental y termina señalando la presencia del Rococó –para él,
barroco francés– y el Neoclasicismo.
La sección quinta: Escultura colonial en Lima y la sexta: La pintura colonial en
Lima son ambas un recuento de la actividad artística de período con una relación de
artistas y obras, identificadas en distintos repositorios religiosos. La sección siete: Otras
actividades aborda el tema de la orfebrería religiosa y la octava la elaboración de rejas.
Este capítulo es el más amplio y su temática es general, la intención es ubicar al lector en
las condiciones de la producción artística de cada momento de desarrollo de la edificación
específica que el autor va a estudiar.
El capítulo segundo: Origen, fundación y desarrollo del convento e iglesia de San
Francisco de Lima, es relato cronológico de los acontecimientos que permitieron la
configuración contemporánea del monumento, dividido en ocho secciones; poniendo
énfasis, desde el inicio, en las dificultades para la construcción histórica debidas a la falta
de documentación y a la poca investigación al respecto:
Confesamos de nuevo paladinamente que nuestros antecesores del Convento
Franciscano de Lima, fueron demasiado modestos en estampar en libros sus
acciones de renombre, que fueron muchas. Mientras en México la bibliografía
histórica franciscana de los siglos XVI y XVII es más que abundante… (p. 64).
El capítulo tercero es la reconstrucción del proceso constructivo del templo de San
Francisco, con reseñas de los alarifes que participaron en las diversas etapas de la
110
edificación. Respecto a ellos también se hace referencia a otras obras arquitectónicas
importantes en las que participaron, en algunos casos fuera de la capital. Está organizado
cronológicamente en cuatro períodos: Desde la fundación hasta 1656, la nueva
edificación en 1657, el período entre 1669 y 1674 y el comprendido entre 1674 y 1821.
El capítulo cuarto: El Arte Colonial en la Iglesia de San Francisco de Lima es un
detallado recorrido por la iglesia, con una descripción de lo existente y referencias de las
edificaciones anteriores, así como informaciones sobre el sistema de capellanías. Se
reseña las portadas, el presbiterio, el coro, la capilla de San Francisco Solano, la capilla
de San Antonio de Padua, el retablo de la Concepción, el retablo de Nuestra Señora de
Aranzazú, el retablo de Santa Catalina, la capilla de la Encarnación, los altares de la
Candelaria y Santa Úrsula, la capilla de Nuestra Señora de los Reyes, la capilla del
Milagro y la capilla de la Soledad.
El capítulo quinto: Sacristía de San Francisco de Lima, historia y describe dicha
sacristía, incluyendo un detallado inventario de sus valiosas joyas. Lo mismo hace con
las obras de arte que contenía, complementa el tema con reseñas de sus autores.
En el capítulo sexto: Convento de San Francisco de Lima: se hace un recorrido
por el convento, desde el ingreso, mencionando los principales objetos patrimoniales y
explicando los orígenes de algunos, como el caso de los azulejos, los artesonados y
lienzos tanto del claustro mayor como de los menores y, al término, la biblioteca.
El sétimo último capítulo: La Casa de Ejercicios de San Francisco: Museo de
Pinturas; es una historia y descripción de ese edificio, que por aquel entonces contenía lo
más importante de la pinacoteca franciscana, por lo que incluye también una investigación
sobre esas colecciones. El libro se completa con nueve apéndices, que son transcripción
de documentos referidos a la historia del monumento; una bibliografía en dos páginas y
finalmente 59 ilustraciones impresas en papel muy blanco y brillante.
111
A través de la bibliografía podemos aproximarnos a las fuentes utilizadas por el
autor para la reconstrucción histórica; evidentemente la calidad de religioso franciscano
de Gento Sanz le permitió el acceso a los archivos documentales de su orden. Utilizó
también un conjunto de crónicas, en especial las franciscanas y otras publicaciones del
período colonial, como los textos de Bernabé Cobo, transcripciones del Diario de Lima y
textos que abordan la arquitectura colonial en las décadas anteriores, incluidos los escritos
en Argentina y publicados en España. La abundancia de documentos originales le
permitió construir un texto muy completo, tanto novedoso como bien sustentado.
Mención aparte merece el prólogo a la obra, escrito por el arquitecto Emilio Harth-
terré. En él, como corresponde, realiza una presentación del autor y de la importancia de
la obra, pero es a la vez motivo de desarrollo de una monografía independiente que aborda
algunos detalles de la edificación del templo y convento de San Francisco y sobre todo la
biografía de Manuel de Escobar, quien tuvo un rol relevante en dicho proceso
constructivo. Lo más destacado del texto es el importante número de documentos
originales consultados por Harth-terré y la rigurosidad con la que son citados, poco usual
en el momento de su publicación.
2.3.7 Monumentos coloniales de Huamanga: Importante aporte para una región
poco investigada
Monumentos coloniales de Huamanga (Ayacucho) es un libro escrito por Pío Max
Medina, publicado por la imprenta La Miniatura en 1942. Tiene 120 páginas de texto
numeradas y 27 ilustraciones sin numeración. Se trata de monografías históricas de los
principales monumentos coloniales de la ciudad de Huamanga.60
60
El nombre Huamanga es el que las personas de la ciudad continúan empleando, a pesar de tener como
nombre oficial ciudad de Ayacucho.
112
Figura 16. Falsa carátula de Monumentos coloniales de Huamanga.
El libro se divide en dos secciones, una de arquitectura religiosa y la otra de
arquitectura civil. Los monumentos religiosos desarrollados son: La Catedral, las iglesias
de San Cristóbal, La Merced, Santo Domingo, San Francisco de Asís, San Juan de Dios,
Santa Clara, La Compañía de Jesús, San Agustín, Santa Teresa, San Francisco de Paula,
La Buenamuerte, Santa Ana y la Magdalena. Se incluye además una monografía con
breves reseñas de otros templos: las iglesias de El Carmen Alto, la Amargura, Pampa San
Agustín y San Juan Bautista, además de las capillas de El Arco, la de Chiquinquirá, Belén,
Orcasitas y Conchopata. Los monumentos de arquitectura civil son: los edificios de la
Municipalidad, la Corte Superior de Justicia, la antigua Prefectura, el colegio nacional
Mariscal Cáceres y realiza comentarios sobre las casas: García del Barco, Velarde
Álvarez, Lama, Ruíz, Marqués de Valdelirios, Manuel Frías, Santa Cruz, Marquez de
Mozobamba, Ruiz, Rocha, Jáuregui y por último Zorraquín. De las ilustraciones 21
corresponden a la primera sección y 6 a la segunda.
Las monografías de ambas secciones del libro son de extensión media, entre tres
y doce páginas, se estructuran a partir del relato de los procesos históricos de cada
monumento, el cual depende del volumen de información disponible. Se hace luego una
descripción de las características formales: dimensiones, espacios, etc. para, finalmente,
realizar un registro de las principales obras de arte, retablos, pinturas, esculturas y objetos
113
de orfebrería que el monumento posee. Las monografías son de carácter narrativo,
basadas en información de varias fuentes. Se hace referencia a documentos originales y
diversas provisiones del período, a la Relación de la Ciudad de Huamanga y sus
Términos, año de 1586, de Pedro de Rivera y Antonio Chávez de Guevara y a otros como
Anales del Perú, 1498-1642, de Fernando de Montesinos. Crónicas como la de Cieza de
León Crónica General del Perú. También cita a estudiosos del siglo XX como Rubén
Vargas Ugarte para el caso de datos históricos, lo mismo que a Martín Noel o Emilio
Harth-terré, sobre todo para sustentar los análisis arquitectónicos o artísticos y las
calificaciones estilísticas:
No todos los escritores están de acuerdo acerca de la fecha de la fundación del
templo de Santo Domingo de esta ciudad; pues, unos afirman que fué (sic) en
1548 y otros en 1561. Existe también disconformidad de opiniones respecto a su
fundador: algunos atribúyenle a Fr. Jerónimo de Villanueva, y Pedro Cieza de
León en su Crónica General del Perú, dice que el convento de Santo Domingo
de esta ciudad fué fundado por el R. P. Fr. Martín de Esquivel. (p. 17)
El enfoque del autor en las monografías es también de carácter descriptivo, así se
refiere a la iglesia de Santo Domingo:
La planta del templo es de cruz latina, con brazos cortos. Mide 47.60 ms. De largo
por 19.27 ms. De ancho, en el crucero, y 9.40 ms. De muro a muro en su lado
anterior. Es de cal y piedra y de bóveda, de una sola nave. Magnífica cúpula
semiesférica, en el crucero, con arcos torales y un cimborrio redondeado en una
composición de cuatro sucesivos aleros, que remata una linterna, sin la cruz de
hierro que antes tenía y que un rayo la hizo desaparecer. Tiene él ventanas que
dan luz suficiente. Llama la atención el arco escarzano del coro alto, obra que
revela la maestría del ejecutor. No siendo este ejemplar el único en Ayacucho. (p.
22)
Las referencias a obras de arte son mucho más breves pero incorporan
calificaciones de su calidad:
Los lienzos son de excelsa calidad artística, destacándose entre otros, ‘La virgen
dolorosa’ en el Altar Mayor. ‘El Calvario’, a la derecha de la entrada principal.
‘La Cena’, con monjas carmelitas postradas detrás de los Apóstoles. ‘La
Crusifixión’ (sic), ‘La Sagrada Familia’, lienzo, desgraciadamente malogrado por
efecto de un incendio Las efigies incendiadas han sido restauradas por mano nada
capacitada para esto. ‘El Arbol Genealógico de la Orden Carmelita’, que
representa las grandes figuras de esta Orden. Esta pintura al óleo, como todas las
del templo, es notable por el modelado de las cabezas y la expresión de los rostros,
el dibujo, el colorido y la perspectiva. (p. 69)
114
El número de textos citados hace evidente que la búsqueda bibliográfica fue
exhaustiva, sobre todo tratándose de una región con muy poca información escrita.
Incorpora la perspectiva científica de la historia mediante la consulta explícita de fuentes,
aunque no incluye referencias bibliográficas ni una bibliografía general. No explicita sus
propuestas conceptuales sobre la historia, el arte, ni la arquitectura; su enfoque
corresponde a la ciencia histórica y no a la Historia del Arte. En sus referencias
arquitectónicas no analiza temas como el vocabulario ornamental o la composición,
aunque asume a la arquitectura como una manifestación artística.
Cabe destacar que, hasta el presente, ningún autor ha elaborado una compilación
que amplíe significativamente lo planteado en este texto, siendo la región ayacuchana una
de las menos estudiadas académicamente de todo el territorio.
2.3.8 Historia y Arquitectura de los Templos del Cuzco: Un producto de la
madurez de la historiografía cusqueña
Historia y Arquitectura de los Templos del Cuzco es un libro de 106 páginas,
escrito por el estudioso Manuel E. Cuadros E., publicado en Lima en 1946 por la
Universidad Nacional del Cusco. Tiene formato 16.5 por 21 cm.
Figura 17. Carátula de Historia y Arquitectura de los
Templos del Cuzco.
115
Está estructurado como una reseña de siete edificaciones religiosas del centro
histórico del Cusco y de un templo de las zonas aledañas. Se inicia con un texto que el
autor denomina: A manera de prólogo, en que define el enfoque y los alcances del estudio.
El segundo es un capítulo denominado Historia en que se reseña el origen de la
arquitectura del Cusco, tanto de su período prehispánico, específicamente inca, como de
su etapa virreinal. Se expone también algunos criterios generales sobre la estilística del
período y se plantea una periodización para su desarrollo. Le suceden ocho capítulos con
reseñas e imágenes de: La Catedral, la iglesia de La Compañía de Jesús, el templo y
convento de La Merced, el convento y templo de Santo Domingo, la iglesia de San Pedro,
el templo de Belén, el templo de San Sebastián y el templo de San Cristóbal. Adiciona
en la parte final un capítulo de conclusiones, un vocabulario, la bibliografía, el índice de
capítulos y el de ilustraciones. El ejemplar incluye también una fe de erratas.
Este es un texto escrito por el autor como un intento de valoración patrimonial y
reivindicación regional: “Mi principal deseo y mi más honda preocupación, como
cuzqueño sincero, espiritual y éticamente, es servir los intereses de esta patria nuestra…”
(p. 6). En su prólogo, el autor destaca la existencia, en la ciudad del Cusco, de un
importante bagaje de objetos arquitectónicos, tanto prehispánicos como coloniales, cuyo
estudio él realiza de manera inicial: “… el presente estudio que seguramente, sólo servirá,
para que mañana investigadores de mayor profundidad, con mayores medios y más
tiempo espacio, puedan dedicarse ampliamente a completarlo y terminarlo.” (pp. 5, 6)
Asume su propuesta como un modo de promover la investigación, a la vez que permitir
el conocimiento y valoración de ese patrimonio: “Juzgamos pues (…) que el presente
estudio (…) servirá, además del fin específico propuesto, como una amena guía para el
que quiera conocer algo de nuestro maravilloso y maravillante pasado colonial, en su
historia y arquitectura de arte religioso.” (p. 6).
116
A lo largo del texto, Cuadros no precisa una definición del concepto de Arte, pero
lo asume como una expresión del carácter de los seres humanos: “El hombre americano
demuestra en sus concepciones plásticas, una sensibilidad o emotividad artística
sumamente fina y delicada…” (p. 9). Señala, en ello, una relación indispensable: “En
estas manifestaciones, (…) se cumple el axioma supremo del arte: Belleza y utilidad. En
ningún caso, hasta hoy no demostrado, lo útil superó a lo bello.”. (p. 12)
Respecto a la Arquitectura, la señala como: “…una de las manifestaciones más
fuertes y perdurables del arte,…” (p. 95), generada en paralelo con el ser humano: “… la
Arquitectura nació con el hombre mismo, comenzando con hacer su vivienda (…) con
plena imitación de la naturaleza y con un sentido de aprovechamiento de los dones de la
misma.” (p. 12). Pero también “… comienza con la vida social de los pueblos”. (p. 12).
Se aproxima además a sus valores: “Según la opinión de los críticos avesados en la
materia, una de las condiciones fundamentales de la belleza arquitectónica, es la solidez.”
(p. 9).
La construcción de la Historia es, en su planteamiento: “Una paciente y ardua
labor de reconstrucción, de estudio e investigación de diversas fuentes, muchas de ellas
ignoradas o perdidas –durante algunos años– …” (pag. 9) la cual, en su visión, no había
sido abordada con la suficiente seriedad en la época en que él realiza su investigación,
cita para ello a Luis Velasco Aragón61: “los estudios serios (…) ‘parecen haberse perdido
y diluido completamente en las generaciones posteriores en un diletantismo sin
orientación y sin base producto de mal digeridas lecturas, donde la hojarasca ha cubierto
el raquitismo del fruto’.” (p. 5).
El enfoque del estudio establece una relación directa y determinante entre la
producción artística de un pueblo y el medio geográfico en que vive:
61
Velasco Aragón, Luis (1944). Curso de Historia del Arte Peruano. Cusco: Universidad Nacional del
Cusco.
117
El medio geográfico es, en todos los aspectos del humano desarrollo,
determinante y determinativo, siendo el elemento fundamental en la producción
artística de un pueblo, ya que, aun en la actualidad no obstante el dominio del
hombre sobre el medio, éste, no deja de tener marcado influjo en el desarrollo del
arte. (…). El hombre peruano y más todavía el hombre de nuestro medio
geográfico serrano, ha sido y es netamente telúrico, apegado y amante de su tierra.
El medio geográfico ha sido pues uno de los factores más determinantes, en la
aparición del arte en nuestro medio. Los Andes, las profundas quebradas, las
punas y los ríos, han sido los inspiradores más emotivos y más fuertes para el
artista peruano, vale decir cuzqueño (p. 10).
Según Cuadros, la raza tiene también un rol preponderante en la determinación de
la producción artística de los pueblos: “… ese concepto de solidez se debe al terror
cósmico propio de la raza quechua acrecentado por el fanatismo religioso, inculcado
ignorantemente por todos los Valverdes.” (p. 9), que él ejemplifica tanto en el caso de la
raza aborigen americana como en el caso de la española: “Durante el siglo XVI, época de
conquista y colonización de Americoindia, el arte en la península encontraba en el
barroco-mudéjar, la justa expresión de su emotividad racial.” (p. 10). Las relaciones de
determinación planteadas ponen de manifiesto la raigambre positivista del enfoque de
Cuadros y su relación con los planteamientos de Hipólito Taine de quien asume la
existencia de leyes de evolutivas del arte, similares a las biológicas, que corresponden al
espíritu de los pueblos determinados por su geografía y su raza; posición que, por lo
demás, era hegemónica en el período.
El autor afirma, inicialmente, que las fuentes utilizadas para este texto fueron
secundarias, señala estudios anteriores, pero destaca el valor de su propuesta, por las
características del material consultado: “Muchas de las obras que nos han servido de
consulta, como: ‘LA CIUDAD DE LOS INCAS’ de J. Uriel García y otras no se
encuentran o son muy raras, así como interesantes opúsculos, guías o folletos.” (p. 6) pero
la lectura de los respectivos capítulos permite encontrar extensas citas de documentos de
la época colonial aunque sin las referencias bibliográficas correspondientes. En algunos
casos los documentos de donde provienen son nombrados, pero sin mayores
118
especificaciones. En la bibliografía solo está consignado el texto: Los anales del Cuzco
de Don Diego de Esquivel y Navía sin ningún dato sobre la edición, salvo la ciudad
(Cusco).
Señala además las relaciones entre la producción artística y la religión. Su postura
frente a lo que había sido la polémica entre las visiones hispánicas y andinas de la historia
resulta explícita en afirmaciones como:
Nuestro estudio tiende, también dentro de un sentido profundamente cuzqueñista,
antes que hispanista o hispanizante, a colocar en su verdadero sitial al alarife indio
y mestizo, ya que el templo cuzqueño, dirigido por españoles algunas veces y en
su mayoría por mestizos, es la primera demostración palmaria de la imaginación,
la capacidad y el conocimiento del cantero indio… (p. 6)
Las monografías tienen una estructura fundamentalmente narrativa en lo histórico
y descriptiva en lo artístico aunque no dejan de incorporar elementos analíticos y
conceptuales, sobre todo en sus planteamientos estilísticos, que quedan explícitos aunque
puedan haber sido superados contemporáneamente:
La planta de la Catedral es de estilo renacimiento, es cuadrangular y trazada de
E. a O. con tres naves y un crucero sin cúpula especial. La planta tiene la forma
de una cruz latina, pero no tan perfecta como la de la Compañía de Jesús, en la
que, esta forma de cruz aparece perfectamente. (p. 37).
Su perspectiva de análisis fue influenciada por la teoría de la fusión hispano-
aborigen, la cual cita textualmente. Encara la apreciación crítica y el análisis estilístico,
aunque sin delimitar con precisión sus parámetros:
La fachada del Templo de San Sebastián, representa una de las últimas etapas de
la evolución artística de la arquitectura del Cuzco. Hay una profusión de
barroquismo decadente en su estilo. (p. 85)
Analiza las relaciones de influencia entre la arquitectura de los principales templos
del Cusco y los edificios construidos posteriormente; asimismo identifica las
características de la labor de los alarifes que participaron en los procesos edificatorios:
Este templo es de un acabado propiamente cuzqueño y en él influyeron
decididamente la Catedral y la Compañía. Data de fines del S. XVII y su autor
fué un auténtico alarife indio Manuel de Sahuaraura. Este artífice indio, estudió,
seguramente antes de comenzar su obra, los modelos que debían incendiar su
imaginación: la Catedral y la Compañía, sobre todo, en especial, el coro de la
119
catedral. Para él no existió la diferencia, entre la obra del cantero propiamente
dicha y la del ensamblador, vaciando sus conocimientos y su imaginación en la
fachada del Templo de San Sebastián, obra de arte que expresa claramente la
primera fusión del arte indio con el hispano. (p. 86).
Este texto revela una mayor complejidad en su estructura y en el planteamiento
de su análisis arquitectónico, el cual va enriqueciendo la simple descripción con la
estilística, la seriación y la identificación de paradigmas y prototipos, revelando la
madurez que va alcanzando el estudio de la arquitectura del período en la región
cusqueña, producto de la tradición historiográfica iniciada en la década de los años veinte.
2.3.9 Arquitectura Peruana. La primera mirada global
Arquitectura Peruana, es el texto más importante del Arq. Héctor Velarde
Bergmann. Su formato de 17 x 22 cm, consta de 182 páginas con 82 láminas. Fue escrito
por encargo del Fondo de Cultura Económica en el año de 1943, como un panorama del
proceso de la arquitectura en este territorio. Velarde, había ingresado a enseñar Historia
de la Arquitectura en la Escuela Nacional de Ingenieros en 1932 lo que le motivó a escribir
algunos textos como auxiliares de su labor docente. El libro salió a la luz en México
durante el año de 1946. En este texto, el autor emprende un recorrido temporal y regional
por los distintos períodos y lugares del desarrollo de la arquitectura de este país. Está
dividido en tres secciones:
- Arquitectura preincaica
- Arquitectura colonial, y
- Época republicana.
La sección de arquitectura colonial es, en lo fundamental, un registro de
monumentos en las ciudades de mayor importancia y desarrollo urbano durante el
período, deteniéndose en sus más notables ejemplos. Las regiones estudiadas son: Cusco,
Lima, Arequipa, Puno, Ayacucho, Ica Cajamarca y Trujillo.
120
Velarde inicia el texto con el estudio de la arquitectura cusqueña, señalando el
carácter simbólico como su elemento determinante, expresado a través de la imagen que
proyecta la construcción de volúmenes de rasgos hispanos sobre los muros incaicos,
principalmente en los edificios domésticos. Califica la arquitectura religiosa de
“xilomorfa”, basándose en el planteamiento formulado por Alfredo Benavides,62 como
forma de definir el profuso labrado de sus elementos ornamentales.
Figura 18. Carátula de Arquitectura Peruana
Hace referencia también a la síncresis de planteamientos arquitectónicos andinos
e hispanos cuando señala que la torre de la iglesia de La Merced: “Es una torre admirable
donde la fortaleza incaica está latente y donde la gracia, la sabiduría y el lujo hispanos
tienen un brillo y una manera lugareña de expresarse que se hace típica y clásica en ese
templo.” (p. 76), llegando a calificar algunos de los edificios cusqueños de mestizos: “…
las proporciones de sus elementos y la interpretación de los mismos motivos ya
empleados en otras obras cuzqueñas, (sic) acentúan el carácter profundamente mestizo de
este edificio.” (p. 76). De las diversas determinantes de la arquitectura, Velarde sólo hace
evidente, en su análisis de la producción cusqueña, el geológico, expresado en los
62
Véase: Benavides, Alfredo (1942). La Arquitectura en el virreinato del Perú y en la capitanía general
de Chile.
121
materiales –específicamente la piedra– que, en manos de los alarifes del lugar, habrían
modelado una arquitectura original y de gran calidad.
La sociedad colonial no aparece en su dimensión ni en sus dinámicas, salvo la
actuación de algunos personajes importantes en el impulso edificatorio, como el caso del
obispo Manuel de Mollinedo y Angulo. Incluso el factor religioso –que define el volumen
más importante de la producción arquitectónica– aparece sólo como el elemento que da
carácter a esa tipología.
La sección de arquitectura limeña se inicia con una reseña del proceso de
urbanización de la capital, en la que se incorpora un conjunto de datos históricos,
económicos y demográficos, debido a la amplia información existente en el medio.
Luego de la reseña de un buen número de viviendas, acomete la arquitectura
religiosa clasificando las iglesias en mayores –las correspondientes a las sedes de las
órdenes religiosas más importantes: franciscana, dominica, agustina, jesuita y
mercedaria–, y menores: las otras ubicadas en el perímetro urbano. En su recorrido por
las iglesias mayores hace especial hincapié en las portadas de las iglesias de San Agustín
y La Merced, de hecho, las más características del barroco limeño. La descripción es
detallada y constituye una muestra de la intención de valoración que atraviesa el libro
entero.
La arquitectura arequipeña se plantea como la más importante expresión “política”
del Virreinato: “maridaje entre el conquistador y el conquistado, la de la fusión verdadera,
la arquitectura colonial perfecta, quizás la más completa de las arquitecturas mestizas
americanas.” (p. 125). El equilibrio de su arquitectura se explicaría por ser esta una “tierra
de equilibrio geográfico y étnico”. Además de su equilibrio social, esta arquitectura
estaría determinada por el clima: “la luz resplandeciente de su cielo”, (p. 126) y los
122
materiales disponibles, escasez de madera y abundancia de piedra blanda: el sillar que
definiría la personalidad arquitectónica de la región.
En conjunto, Lima, Cusco y Arequipa, serían los tres centros fundamentales de la
arquitectura colonial peruana, a partir de los cuáles habrían sido definidas zonas de
influencia.
La arquitectura de Puno, realizada por manos genuinamente indígenas, se
convierte en un centro de edificios únicos. Siendo sus características principales: la
composición de las naves, la disposición de los elementos arquitectónicos y el detalle
escultórico de su ornamentación en que se integran la fauna de la región selvática
mezclada con estilizaciones diversas (conchas, acantos, sirenas, uvas, etc.), variadas
representaciones de profundo mestizaje e “indigenismo” (sic).
Ayacucho significaría la integración de influencias, costeñas venidas de Lima y
serranas venidas del Cusco: “…arquitectura señorial con mucho de lo plástico y morisco
de la costa y mucho de austero y pétreo de la sierra…” (p. 143) La búsqueda de sus
posibles influencias lo lleva a plantear una posible herencia “hindú” (sic) basada en la
aparición de la imagen de un elefante en una portada lateral de la iglesia de la Compañía,
su desconocimiento de la iconología no le permite la relación con los Bestiarios,63 muy
en uso en las representaciones pictóricas y escultóricas de la época.
La arquitectura de Cajamarca sería una contraposición entre edificios de vivienda
muy sobrios y arquitectura religiosa con un tallado semejante al de la platería o el de la
madera.
La arquitectura residencial de Trujillo se plantea de “sobria dignidad exterior y
magnífica amplitud interior.” (p. 154), siendo sus más notables elementos las ventanas de
reja.
63
Representaciones de animales, reales o míticos, como símbolos de atributos o comportamientos
123
Sobre la arquitectura de Ica, se afirma que: “la plasticidad del adobe adquiere
formas ondulantes y ampulosas, elocuentemente mestizas, a veces exóticas y siempre
llenas de movimiento y colorido.”. (p. 157)
Las observaciones realizadas le permiten extraer un conjunto de conclusiones,
entre las que señala:
a. La arquitectura española llegó a este territorio cuando la arquitectura inca
parecía detenida en su “profundo hieratismo y comunión con la naturaleza”.
b. La arquitectura española se adaptó al medio ambiente reviviendo “en su
dinamismo y estructura occidental, formas, ritmos y modalidades indígenas
que parecían haber llegado al fin de su evolución.” Haciéndose peruana, de
“gran fecundidad, variedad y riqueza propia.”
c. Esta arquitectura no podría haber existido sin “la profunda influencia de la
raza indígena, de los materiales propios del suelo y del sentido autóctono de
la forma, de la plástica y del colorido.”. Los edificios tienen su honda filiación
en España, pero son “inconfundiblemente peruanos”. (p. 160).
Reconoce la calidad de las edificaciones coloniales y pretende identificar los
elementos que las configuran como tales, que incorporan elementos hispanos y
autóctonos:
La arquitectura preincaica e incaica, con sus densas formas estáticas particulares
y fuertes como simples leyes de una tierra, de un cielo y de una raza, y la
arquitectura de España hecha de alma occidental, de ensueño y de pasión por la
vida, formaron una sólida y definida expresión de belleza. No se puede concebir
lo uno sin lo otro. (p. 160)
El estudio de la arquitectura consiste, para él, en el abordaje de sus realizaciones
más acabadas: sus monumentos. Las tipologías que cubre son la arquitectura religiosa y
la doméstica. El enfoque es fundamentalmente descriptivo aunque incorpora, con afinada
percepción, una perspectiva de apreciación estética de las edificaciones reseñadas. Sus
observaciones son generosas, haciendo evidente la solidez de sus criterios de valoración
124
arquitectónica y están redactadas con gran maestría en el manejo del lenguaje. No
pretende construir un discurso histórico, las alusiones a autores y dataciones no son
numerosas y en casi ningún caso consigna la fuente de su información; tampoco pretende
clasificaciones ni periodizaciones. Sus principales alusiones remiten a los estilos de los
elementos arquitectónicos descritos o a su similitud con ejemplos del Viejo Mundo,
especialmente de la arquitectura española.
Plantea con claridad los elementos que considera determinan los hechos
arquitectónicos:
Son seis los factores principales que actúan en la formación de una arquitectura:
el geográfico, el climatológico, el geológico, el religioso, el social y el histórico.
Cuanto más notables y definidos sean estos factores, más originalidad y carácter
tendrá la arquitectura. (p. 7)
Según este enfoque, la geografía del territorio andino habría influido en la
arquitectura de la región manteniendo aisladas la costa y la sierra de modo de permitir la
generación de arquitecturas regionales de características distintas. El clima suave de la
costa habría permitido una “sorprendente” arquitectura de adobe, mientras que la sierra
se caracterizaría por la elevación de conjuntos monumentales de piedra. La geología del
territorio habría proporcionado la piedra y la tierra necesarias para la construcción y
limitado el uso de la madera, escasa en la zona, integrando la arquitectura con el paisaje.
La religión habría influido dotando a la arquitectura de un “hondo y latente sentido
espiritual”. La estructura social, sobre todo la del período imperial, habría impreso
uniformidad a la arquitectura en todos los dominios. La historia, el paso del predominio
inca al español y su devenir, habría permitido la compenetración y armonización del
proceso de producción arquitectónica.
Del conjunto de determinantes que plantea para el proceso de producción
arquitectónica, los tres primeros están referidos al medio físico geográfico y son los que,
en sus análisis específicos, aparecen regulando los procesos edificatorios. Los grupos
125
sociales y sus interacciones con el medio, están prácticamente ausentes y cuando están
presentes, son las particularidades de la raza las que quedan impregnadas en su
arquitectura.
Queda en evidencia también, a lo largo del texto, la visión idílica que Velarde
construye de la sociedad colonial:
A fines del siglo XVII y principios del siglo XVIII, la Ciudad de los Reyes llegó
a su apogeo: (…), la nobleza rivalizaba en esplendidez y fausto y una sabia y
natural convivencia unía orgánica y cordialmente a chapetones, criollos y
mulatos. El señor, el artesano, el sirviente y el esclavo formaban como una densa,
suave y pintoresca armonía social. La vida era fácil y pausada y la arquitectura
expresaba esa vida y esa sociedad… (p. 85).
En ese párrafo se hace evidente la relación que establece entre la producción de
arquitectura de calidad y la necesaria estabilidad de la sociedad que la produce. El
siguiente texto se construye en la misma perspectiva:
… (Arequipa) poblada por indios laboriosos y españoles aventureros (…) poco a
poco, formaron una familia fuerte, llena de unidad y de vida, donde la alegría
melancólica y panteísta del indígena se mezcló con lo gallardo y pujante del gesto
castellano… (p. 125)
La lógica conclusión de esa supuesta convivencia equilibrada sería el mestizaje
tanto racial como cultural:
… grandes cornisas planas que atraviesan el conjunto con un movimiento de
escalones horizontales que hace pensar en ritmos tiahuanaquenses. Si a ello se
agrega el variado y vivo colorido de las piedras, se puede afirmar que se está ante
una obra profundamente mestiza,… (p. 119).
Esta afirmación de mestizaje, derivada de los planteamientos de Ángel Guido, de
la fusión hispano indígena en el arte hispanoamericano,64 recorre el texto en gran parte de
su desarrollo. De modo tal que esa característica sustentaría la identidad peruana
posterior. Pensamiento acorde con la corriente hispanista predominante en la
historiografía de la época. De tal modo que esta arquitectura sería uno de los elementos
constitutivos más importantes de nuestra configuración como nación.
64
Véase: Guido Ángel (1925). Fusión hispano-indígena en la arquitectura colonial. Rosario, Argentina:
Edit. La Casa del Libro.
126
El tema estilístico se constituye como muy importante en el análisis arquitectónico
del periodo, aunque el manejo del concepto de estilo, así como la caracterización de cada
uno de ellos es aún incipiente: Las portadas de las iglesias de San Agustín y La Merced
son mencionadas como “los exponentes más importantes de la arquitectura
churrigueresca de Lima.”
Las fuentes tanto históricas como conceptuales de Velarde no están mayormente
consignadas en el texto. Su formación europea debe haberle permitido el contacto con
estudios e investigaciones que no se conocían aquí, algunos de ellos en lengua francesa,
tal el caso de las obras de Walter Lehmann y Heinrich Doering65 o la de Auguste Choisy.66
Estas deben haber definido la perspectiva de su análisis que considera los monumentos
como objetos de arte. Para entonces ya habían aparecido importantes investigaciones
sobre el arte hispanoamericano promovidas y elaboradas desde España: las de Diego
Angulo,67 José Pijoan,68 Miguel Solá69 y la de Juan de Contreras, Marqués de Lozoya,70
conteniendo información sobre los monumentos reseñados, que aparecen en la mayoría
de esos textos.
Las formulaciones iniciales de una perspectiva propia para el estudio de la
arquitectura colonial americana, con el sesgo de la consideración de mestiza para la
arquitectura del Virreinato peruano ya habían visto la luz: Alfredo Benavides,71 Ángel
65
Véase: Walter Lehmann, assisted by Heinrich Doering (1924). The art of old Peru. London: E. Benn.
66
Véase: Choisy, Auguste (1943). Histoire de l'architecture. Paris, Baranger
67
Véase: Reseña biográfica de Diego Angulo, cap. 3 de la presente investigación.
68
Véase: Pijoán, José (varios, 1927). Summa Artis: Historia general del arte. Madrid: Espasa Calpe.
69
Véase: Solá, Manuel (1935). Historia del arte hispano-americano: arquitectura, escultura, pintura y
artes menores en la América española durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Barcelona: Labor.
70
Contreras, Juan de. (Marqués de Lozoya), (1931). Historia del Arte Hispánico (5 tomos). Barcelona:
Editorial Salvat.
71
Benavides, Alfredo. (1941). La Arquitectura en el virreinato del Perú y en la capitanía general de
Chile. Santiago de Chile, Chile: Ediciones Ercilla.
127
Guido72 y Mario Buschiazzo.73 En el Perú estaban publicadas varias obras de Emilio
Harth-terré y sobre todo Lima Precolombina y Virreinal, en la línea del registro y la
valoración. No hay alusión a ninguna documentación de archivo, ni a textos de cronistas,
los nombres y dataciones en el contenido del libro no tienen referencias adjuntas. Es
importante establecer perfiles de las fuentes.
Arquitectura Peruana sienta el precedente de ser una obra totalizadora y sobre
todo tuvo la capacidad de constituirse en un clásico, habiendo sido usado como principal
texto de consulta en la formación de muchas generaciones de arquitectos.
72
Guido, Ángel. (1925). Fusión hispano-indígena en la arquitectura colonial. Rosario, Argentina: Edit.
La Casa del Libro.
73
Buchiazzo, Mario José. (1944). Estudios de arquitectura colonial hispano americana. Buenos Aires,
Argentina: Edit. Guillermo Kraft.
128
Capítulo III
3. De Autores, Textos y Procesos
El presente capítulo aborda la trayectoria de la reflexión acerca de la arquitectura
peruana del período colonial entre 1920 y 1950, en relación a los procesos históricos que
le son contemporáneos, y la relación de dependencia entre ellos. Es, por supuesto, el
registro analítico de un discurso histórico basado en los libros que fueron escritos en
nuestro país, pero asumiendo también la influencia que diversos textos, escritos en el
extranjero, ejercieron tanto en el manejo de la información, como en el enfoque de la
producción nacional.
3.1 La década de 1920 y sus antecedentes
Nuestra investigación cubre los textos producidos a partir de 1919, año de capital
importancia para la historia republicana, marcado por el ascenso al poder de Augusto B.
Leguía, como representante de un proceso de renovación política y social de la nación,
de aparente enfrentamiento a la oligarquía y de pretendida modernización global de la
sociedad.
Al hablar de la oligarquía peruana, nos referimos a un conjunto reducido de
familias que conformaba un grupo que, a partir de detentar el control de las principales
actividades económicas del país, asumía también el de la administración del Estado,
concentrando para ellos el poder político, económico y social. De este grupo formaron
parte los presidentes de la república: Manuel Candamo, José Pardo y Augusto B. Leguía
129
en su primer gobierno. Es a partir de esta estructura del poder que el período entre 1895
y 1919 ha sido designado como la República Aristocrática.
3.1.1 Leguía y el gobierno de la Patria Nueva
Augusto B. Leguía fue un político lambayecano nacido el 18 de febrero de 1863,
en el balneario de San José, Zaña, departamento de Lambayeque. Su familia paterna había
sido propietaria de la hacienda Cayaltí, perdida luego a manos de la familia Aspíllaga, de
allí su inicial relación con los latifundistas costeños. Fue hijo de Eustaquio Leguía,
administrador de la Hacienda Pátapo. Su madre, Carmen Salcedo Taforó, era de
ascendencia española, de una familia con propiedades agrícolas al sur de Lima. Se educó
en el colegio inglés de instrucción comercial del puerto chileno de Valparaíso: Goldfinch
y Bluhm (Basadre, 1931).
Convertido en importante hombre de negocios, Leguía fue designado Ministro de
Hacienda por el presidente civilista Manuel Candamo, permaneciendo en el cargo luego
de la muerte de este. Fue candidato oficial del civilismo en 1908. Elegido presidente, fue
derrocado y desterrado 1912 debido a sus políticas de fuerza y al cuestionamiento a su
manejo de diversas crisis limítrofes (ibid).
Hacia 1918, se había producido un conjunto de cambios en las relaciones
económicas tanto nacionales como internacionales. Como resultado de la primera guerra
mundial, el precio de un conjunto de materias primas de exportación como el algodón, el
petróleo y el azúcar se había incrementado. La economía pasaba del predominio del poder
económico inglés al norteamericano por lo que requería de ciertas modificaciones en su
orientación al capitalismo, que los políticos del civilismo y sus débiles contrincantes del
período eran incapaces de acometer. El candidato del civilismo, Antenor Aspíllaga, sin
brillo ni presencia en la escena política, no tenía arraigo en el medio. Estas condiciones
permitieron la valoración de la personalidad de Leguía sobre la base de la construcción
130
de una imagen de oposición a la oligarquía y de la promoción de ciertas reivindicaciones
democráticas, sobre todo regionales. Luego de su triunfo electoral, al que le fueron
señaladas ciertas irregularidades, se produjo un cuartelazo, el 4 de julio de 1919, que
respaldó su estancia en el poder, iniciándose así un período de gobierno denominado el
oncenio, por su tiempo de duración, entre 1919 y 1930 (Ames, 2009).
El de Leguía fue un gobierno unas veces autoritario y, en otras, despótico, que
planteó la Patria Nueva como una alternativa a las dinámicas de la llamada República
Aristocrática, sobre la base del impulso al desarrollo de sectores urbanos medios y
populares, además de tratar de integrar a los sectores indígenas para quienes no había
habido realmente una independencia. Su discurso modernizador, alternativo al de la
oligarquía, creó expectativas en quienes pretendían oponerse al control del poder por parte
de los sectores conservadores. Sus posibilidades de transformación se hicieron evidentes
como ilusiones, sobre todo a partir de 1924 en que empezó a tomar decisiones autoritarias
que le llevarían a alejarse de lo que hasta entonces había sido su base social (Silva, 2002).
Durante el oncenio se llevó a cabo un conjunto de modificaciones importantes en
el Estado y la sociedad peruanos que alteraron las dinámicas tradicionales ampliando el
volumen de la población empleada en actividades fabriles, tanto de los productores
directos como de los sectores intermedios relacionados con la administración de la
producción y el comercio, trayendo consigo también una mayor diversidad en la
estructura social, como consecuencia de:
- La ampliación y consolidación del trabajo asalariado en las minas y en las
haciendas capitalistas.
- El incremento de las actividades comercial y financiera.
- El desarrollo relativo de la industria manufacturera sobre todo de aquella de
consumo masivo (ibid).
131
Todas estas dinámicas de la economía nacional estuvieron enmarcadas en una
política general de apertura a la penetración del capital norteamericano en detrimento de
la primacía previa del capital inglés.
La política conservadora de la República Aristocrática respecto a la
implementación de obras públicas fue reemplazada por una agresiva actividad de la
acción estatal, una política audaz en el gasto público, sobre todo en lo referido a obras de
infraestructura. Paralelamente, en el ámbito financiero, amplió la acción del Estado y los
circuitos de circulación del capital, con lo cual impulsó las condiciones que reforzaron
las capas medias de la población, aunque, si bien no consiguió implementar un mercado
nacional, al menos sirvió para ampliar la acción del mercado interno. En el plano del
desarrollo de la arquitectura y el urbanismo, el oncenio constituyó el gran impulso al
proceso de urbanización de la capital (Martuccelli, 2000).
En el plano regional, se promovió la construcción de ferrocarriles y múltiples
obras de irrigación; esto tenía evidentemente un carácter progresivo, pero estas obras
públicas fueron financiadas fundamentalmente con empréstitos y concesiones,
específicamente con el capital norteamericano, en detrimento de la economía nacional.
En esta década, la deuda externa se duplicó y los intereses, que en 1920 significaban el
2.6% del presupuesto nacional, pasaron, en 1930, a ser el 21%. Proviniendo, entre 1926
y 1928, el 40% del presupuesto de empréstitos (Silva, op, cit.).
En el plano de la propiedad rural, el gobierno de Leguía no realizó ningún cambio
importante en el sistema existente, a pesar del enfrentamiento con algunos sectores
terratenientes –que expresaban solamente el descontento por la pérdida del control directo
del Estado–, se reforzó la relación del gobierno con la burguesía agraria, los gamonales
serranos y las autoridades locales que los representaban. Se legisló para aprovechar la
mano de obra indígena de modo prácticamente gratuito, mediante leyes como la del
132
Servicio Militar Obligatorio, la Ley de Vagancia o la de Conscripción Vial, similar a la
primera pero para la construcción de carreteras, la cual permitía, a quien tuviera dinero,
librarse del mencionado servicio pagando el costo de la mano de obra por el período que
duraba el servicio del conscripto. Esto reforzó el crecimiento del sector urbano provincial
y también del sector administrativo a su interior (Álvarez Calderón, 2009).
Lo que sí se puede afirmar es que este período significó un proceso de
modernización del Estado, pero no uno democratizador, sino fundamentalmente la
adecuación de sus sistemas a la penetración del capital monopólico y a su estructuración
como semicolonia norteamericana. Pero también se pretendió una aparente adecuación al
surgimiento y la demanda de importantes actores sociales incorporados a las dinámicas
sociales y políticas nacionales, sobre todo desde los sectores populares y medios de la
sociedad que, en realidad, buscaban supeditarlos al control político del Estado, una
medida indispensable como forma de frenar la emergencia de nuevos sectores políticos
resultantes de los cambios implementados en la economía nacional, que se expresaban a
través de importantes movimientos sociales como el de los campesinos de la zona sur o
de los sectores populares y medios en las urbes. En 1919, las luchas, lideradas por
dirigentes anarco sindicalistas, habían posibilitado la consecución de la jornada de las
ocho horas y en el sector estudiantil había sido importante la lucha por la Reforma
Universitaria, en cuya dirección jugó un papel muy importante Víctor Raúl Haya de la
Torre. En la década de 1920, la dirección de las luchas se trasladó del anarquismo al
socialismo, sobre todo a partir de la presencia del más importante dirigente político
socialista: José Carlos Mariátegui, quien retornó al país en 1923; desarrollando, desde su
llegada, una importante actividad teórica y sindical (Silva, op. cit.).
La prédica de Leguía y su aparente acogimiento de las reivindicaciones populares
fueron desenmascaradas, especialmente desde su reelección en 1924, en que su acción
133
represiva se agudizó. Finalmente, sus políticas sufrieron un duro golpe con la crisis
norteamericana de 1929, por las especiales características de la reestructuración de
nuestra economía, sometida al capital norteamericano, con muy graves consecuencias en
las condiciones de vida de los sectores populares, e incluso de los sectores medios y altos
de la sociedad. Las dinámicas dependientes de su gobierno impidieron que Leguía pudiera
dar respuesta satisfactoria a esta situación, por lo que los sectores sociales que le habían
dado respaldo se enfrentaron a él. Para entonces, había modificado leyes e incluso la
propia Constitución de la República para permitir su reelección en 1924 y su re-reelección
en 1929. Esta última, sobre todo, fue el motivo de un conjunto de protestas populares e
incluso de levantamientos militares. Leguía no debió reelegirse, sino, por el contrario,
convocar a elecciones libres y reconocer a quien fuera elegido, pero su propia ambición,
el papel que habían adquirido quienes compartían el poder con él y el conjunto de
intereses que habían sido tejidos alrededor de su gobierno, lo impidieron (Basadre, op.
cit.). Todos los intentos habían sido reprimidos violentamente pero eso había
incrementado su aislamiento siendo final 24 de agosto de 1930 luego del levantamiento,
dos días antes, del coronel Luis M. Sánchez Cerro, sumiendo al país en una profunda
crisis política. Leguía permaneció encarcelado los dos años siguientes a su derrocamiento
hasta su muerte en 1932.
3.1.2 Ideología y pensamiento político
En el territorio de las ideas, durante esta década se produjo un enfrentamiento
entre los distintos sectores representantes de la oligarquía tradicional como los
intelectuales positivistas del civilismo: Javier Prado, Mariano Cornejo o Vicente Villarán
y, de otro lado, aquellos que, desde la oligarquía se enfrentaban al positivismo: Alejandro
Deustua o José de la Riva Agüero. En oposición a ambos sectores, emergen personajes
trascendentales como José Carlos Mariátegui, político y pensador, líder del pensamiento
134
socialista, sobre todo a partir de su deportación encubierta en Europa entre 1918 y 1923,
donde tomó contacto con los representantes de la intelectualidad de avanzada de la época.
Víctor Raúl Haya de la Torre jugó también un rol importante en la oposición a la ideología
conservadora, lideró el rechazo a la consagración del país al Corazón de Jesús, así como
diversos aspectos del movimiento popular urbano, especialmente el estudiantil. Sus tesis
las sustenta en un texto fundamental: El Antimperialismo y el APRA, escrito en el destierro
en 1926, pero que recién verá la luz en 1936.
Este es el período en que emerge en la escena el indigenismo, uno de los
fenómenos más importantes del Perú de inicios del S. XX. Diversos autores han ensayado
una multiplicidad de definiciones al respecto, lo cual evidencia la complejidad del mismo
y la variedad de disciplinas desde las que puede ser abordado. En nuestra perspectiva, fue
un movimiento de carácter fundamentalmente intelectual, que se expresó en las ciencias
sociales y en el arte. Su alcance fue latinoamericano, con manifestaciones importantes en
México, Guatemala, Ecuador, Perú y Bolivia. También resulta necesario considerar que
no fue un movimiento homogéneo ni unitario y que, además, cubrió un período amplio
de tiempo, lo cual explica la heterogeneidad de sus manifestaciones y su amplitud. Su
acción pretendía promover la justicia social poniendo énfasis en un agudo problema del
período: la difícil situación de los amplios sectores de indígenas en el campo, la
explotación y discriminación a la que se hallaban sometidos y su relación con el proceso
de afirmación nacional y el patrimonio cultural del que eran poseedores. Esta tendencia
de pensamiento marcó el inicio del S. XX, influenciado también por la Revolución
Mexicana (1910) y la Revolución Rusa (1917).
En nuestro medio, el Indigenismo tuvo expresiones importantes en diversos
campos que pueden escindirse, de modo esquemático, en un plano socio-político y en otro
cultural creativo (Huamán, 2009). En la política, se puede rastrear la presencia de esta
135
tendencia desde unos escritos de Manuel Gonzales Prada, publicados en 1905 en el
periódico ácrata Los Parias. Se trata de La cuestión indígena, publicado en dos partes
(Chang-Rodríguez, 2009). En estos artículos denuncia a los políticos y periodistas
llamados indiófilos a la vez que inculpa a los explotadores blancos y mestizos, protegidos
por los poderes del Estado. Más tarde, la postura claramente indigenista sería asumida
por personajes como Hildebrando Castro, José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de
la Torre.
Sus inicios pueden ser rastreados, en la literatura, hasta la obra de Clorinda Matto
de Turner: Aves sin Nido (1889), novela en la que ella denuncia la explotación de los
indígenas por las autoridades locales. Su prédica caló en personajes como Pedro Zulen y
Dora Mayer, quienes entre 1912 y 1917 publicaron el periódico El Deber pro-indígena,
con el objetivo de denunciar la situación del indígena, los abusos cometidos contra él y
publicar artículos a su favor.
Durante la década de 1920, José Carlos Mariátegui se incorporó a las inquietudes
del indigenismo, expresadas en su artículo: El problema primario del Perú. En él planteó
que el problema indígena es el de las tres cuartas partes del país, que la acción de los
caudillos republicanos había mantenido, e incluso agudizado, la situación de los indígenas
y que sin ellos no habría peruanidad posible. En los años siguientes Mariátegui continuó
y amplió sus reflexiones en diversos artículos en las revistas que dirigió: Amauta y Labor;
desde las cuales llevó adelante una intensa campaña en defensa de la población indígena,
en polémica intensa con otros pensadores, entre los que destacó nítidamente su debate
con Luis Alberto Sánchez. (Chang-Rodríguez, 2009). El indigenismo en nuestro país tuvo
importantes manifestaciones regionales, especialmente en la zona sur: Puno y Cusco. En
136
Puno los hermanos Arturo y Alejandro Peralta Miranda74 publicaron la revista Boletín
Titikaka, entre 1926 y 1928 la cual:
…se adhirió al indigenismo vanguardista y al indoamericanismo continental; se
opuso al imperialismo norteamericano y al colonialismo económico y cultural de
Latinoamérica; revaloró la herencia amerindia, con óptica nativista; postuló la
utopía andina de la reivindicación ideológica; e intentó legitimar lo autóctono,
basándose en que la tradición nativista debiera insertarse en la modernidad
universal… (Chang-Rodríguez, 2009, p. 104).
Cusco fue uno de los centros más importantes del movimiento indigenista, el que
se sustentó en la situación particular de la región, determinada por un conjunto de
dinámicas, entre las que podemos identificar: La expansión de las haciendas ganaderas
motivado por el auge de la comercialización de lana, en detrimento de las tierras de las
comunidades; el alzamiento del movimiento campesino por un conjunto de
reivindicaciones, entre ellas la defensa de las tierras de las comunidades y la de su mano
de obra, en contra de medidas como la conscripción vial; el ingreso a la acción social y
reivindicativa del incipiente proletariado cusqueño, sobre todo el de la industria textil: las
algodoneras como Huáscar o la Estrella y las laneras como Lucre, Urcos o Maranganí.
(Paz Delgado, 2002).
Pero los sucesos que resultaron trascendentes para la constitución del grupo de
intelectuales que dieron cuerpo al movimiento indigenista fueron las luchas del
movimiento estudiantil, sobre todo la huelga de los estudiantes de la Universidad San
Antonio Abad del Cusco (UNSAAC), en mayo de 1909, por la reforma universitaria.
Dicha huelga motivó el cierre temporal de la universidad, que fue reabierta con la llegada
de Alberto Giesecke como rector. Giesecke, formado en EEUU, con un doctorado en
filosofía en la Universidad de Cornell, arribó al Cusco nombrado por el primer gobierno
de Leguía. A su llegada al rectorado, impulsó una serie de iniciativas como la creación de
74
Arturo Peralta Miranda adoptaría el seudónimo de Gamaliel Churata
137
la Revista Universitaria y el museo de arqueología; asimismo promovió la preservación
del patrimonio monumental de la ciudad. Pero una de sus relaciones más importantes y
productivas fue la establecida con los grupos de profesores y estudiantes que habían
promovido la huelga, intelectuales que, desde el Cusco, aportaron a la renovación de
múltiples formas del pensamiento de la época, reconocidos como la “escuela cusqueña”
(Valcárcel, 1981). Ese grupo, entre los que se encontraban Luis E. Valcárcel, José Gabriel
Cosío, José Uriel García, José Ángel Escalante, Miguel Corazao, entre otros, se organizó
inicialmente en la Asociación Universitaria que publicó La Sierra, que luego adquiriría
el formato de revista. A partir de 1911, lo hicieron en la Revista Universitaria, creada por
Giesecke para quienes este último se constituyó en profesor y amigo. La actividad de este
grupo fue intensa, tanto en la defensa de los derechos de la población indígena, como en
el desarrollo de las ciencias sociales y el arte; impulsó publicaciones y promovió la
actividad creativa, mas, conforme transcurría la década, la visión de Valcárcel y la de
Uriel García divergieron, pues mientras el primero postulaba que lo contemporáneo
andino debía verse como vestigio de lo incaico –la existencia de un solo indio desde el
pasado hasta el presente–, el segundo planteaba que el nuevo indio debía resultar de una
fusión entre lo andino y lo hispano. Esta polémica se desarrolló en la década siguiente a
partir de los textos Tempestad en los Andes de Valcárcel y El Nuevo Indio de García.
(Mendoza, 2006).
Diversos autores coinciden en señalar que fue la literatura, la disciplina en la que
el indigenismo alcanzó su mayor expresión, siendo un movimiento que ha permanecido
en nuestro medio a lo largo del tiempo. Pero en el plano creativo sobresalen otros
nombres: Teodoro Valcárcel y Daniel Alomía Robles en la música; Ismael Pozo en la
escultura; Elena Izcue en el diseño gráfico; aunque la obra de José Sabogal y sus
138
seguidores en la pintura se ha constituido en un hito de la configuración de la nacionalidad
expresada en el arte.
3.1.3. El desarrollo urbano
Hasta la llegada de Leguía al poder, Lima mantenía un conjunto de características
de ciudad colonial, carecía de servicios eficientes de aprovisionamiento de agua, desagüe,
iluminación, pavimentos o transporte (Martuccelli, 2006). Epidemias recurrentes habían
asolado la capital a lo largo del siglo XIX.75 Las respuestas médicas fueron diversas, pero
una de ellas asignaba la aparición de las epidemias a las inadecuadas condiciones
ambientales, por lo que proponía la mejora general de dichas condiciones y la
erradicación de los focos de contaminación urbana (Lossio, 2002). El debate entre las
distintas soluciones fue complejo, recién a inicios del S. XX se realizó una investigación
sobre las condiciones de salubridad en Lima,76 a partir de la cual fueron tomadas algunas
medidas higienistas, pero dicha investigación fue la evidencia de que el control de la salud
había pasado de ser un asunto privado a convertirse en público y exigir, por lo tanto, de
una política al respecto. La salud se convirtió así en requisito para el desarrollo, en
especial la higiene, tanto la individual como la del entorno urbano.
Durante la epidemia de peste bubónica de 1903, el discurso médico sanitario llegó
a su máxima expresión (Ramón Joffre, 1999); se hizo más evidente la necesidad de
preservar la salubridad de la ciudad, había que higienizarla en su conjunto. Este discurso
se integró al proceso ya existente de expansión urbana, contribuyendo a determinar sus
dinámicas. Rotas las murallas de Lima en la década de 1870 para generar nuevas zonas
75
Entre 1820 y 1870 hubo presencia de viruela, de fiebre amarilla y del cólera, aunque las dos primeras
habían adquirido características de epidemia en varios momentos.
76
Véase: Avendaño, Leonidas y Basurco, Santiago (1907). Higiene de la habitación. Informe emitido
por la comisión nombrada por el gobierno para estudiar las condiciones sanitarias de las casas de
vecindad de Lima. Boletín del Ministerio de Fomento. Fascículo de la Dirección de Salubridad Pública,
Nº 4, abril.
139
de expansión, además de replanteados los sistemas de ordenamiento urbano según el
nuevo modelo parisino del round point,77 las clases acomodadas desearon también marcar
sus diferencias con el resto de la población estableciendo sus residencias en zonas
exclusivas. Esas fueron las características del desarrollo urbano previo al período de
Leguía que, según Ludeña (2002), corresponde al desarrollo de la ciudad republicana y
oligárquica en su etapa de la República Aristocrática (1895-1919), período en que la
oligarquía detentaba de manera directa el poder económico y político que, en el desarrollo
urbano, se expresó en el plan urbanístico de Piérola y la gestión del alcalde Elguera.
El oncenio no significó una reorientación radical de las dinámicas urbanas de la
ciudad, pero sí la renovación de las características específicas del proceso, mediante la
cual Leguía pretendió configurar la capital como centro del poder de su Patria Nueva.
Más allá de la estética del progreso capitalista y la fascinación por los signos de
la tecnología de la velocidad y el tiempo aparecidos con el oncenio leguista (sic);
más allá de la aplicación de nuevos métodos en la producción urbana, la ciudad
edificada durante este gobierno se sustentó –en esencia– no sólo en los mismos
fundamentos del discurso urbanístico oligárquico, sino que fue en realidad una
versión amplificada de aquella ciudad prefigurada por el plan de Nicolás de
Piérola. (Ludeña, 2002, p.53).
Sus políticas definieron las zonas de crecimiento urbano e instalaron en el
inconsciente colectivo un determinado paradigma de vivienda de calidad. Se urbanizó a
lo largo de las avenidas que su administración tendió, sobre todo hacia el sur, a lo largo
de la Av. Leguía, donde las clases acomodadas pretendieron evadirse de los problemas
urbanos del centro de la ciudad. Surgieron así El Olivar, en el actual distrito de San Isidro
–de gran prestigio social–, y Santa Beatriz, en la zona más cercana al centro. Ambas con
un urbanismo de amplios terrenos y baja densidad. Hacia el Callao fueron tendidas las
avenidas Progreso –hoy Venezuela– y luego La Unión –hoy Argentina– las cuales
posibilitaron el desarrollo urbano de sectores medios como Chacra Ríos, Bellavista y La
77
Establecimiento de plazas circulares como puntos focales de los que se desprendían amplias avenidas
radiales, modelo impuesto por la reforma haussmaniana de París en 1850.
140
Perla. En el plano simbólico se instaló como modelo de prestigio la casa unifamiliar
rodeada de jardines: el “chalet” (Martuccelli, 2006).
El tendido de vías y el consiguiente fomento a la expansión urbana, tenía como
finalidad el desarrollo de una intensa actividad inmobiliaria. El crecimiento, nunca antes
visto, de la ciudad estuvo ligado a la especulación de los terrenos de la periferia –hasta
entonces de uso agrícola–, los cuales subieron de precio, dinamizando la actividad
edificatoria, fortaleciendo al sector económico de la construcción y al rentista, sin ningún
control ni restricción, dejándolo crecer indiscriminadamente hasta acercarlos a los
beneficios de los sectores industriales, financieros y comerciales (Álvarez Calderón,
2009).
También hubo mejoras en la zona ya urbanizada: se implementó la Av. Alfonso
Ugarte, como un boulevard francés, con un elegante mobiliario urbano y luz eléctrica;
además, se le integró como uno de los componentes del round point. Fue inaugurada la
Av. 28 de julio, ampliada la Av. Colmena y se dio inicio a las avenidas Costanera y
Chosica (Martuccelli, 2006). Estas mejoras, centradas en la capital, de hecho
configuraron un escenario de modernización aunque fuese más aparente que real, pero
trajeron consigo el incremento significativo de la migración desde el campo que
transformó finalmente su estructura y sus procesos urbanos.
Pero un rasgo distintivo del período de Leguía fueron las plazas y los “modernos”
centros de esparcimiento. Una especialmente: la plaza San Martín se convirtió en el
símbolo de la modernización que él pretendía para la ciudad; distante pero haciendo eje
con la antigua Plaza de Armas. En la pretensión de continuar el sistema de urbanismo
radial fue trazado el Parque Universitario. Otras fueron realizadas fuera del centro urbano,
como el Parque de la Reserva y los espacios urbanos de Santa Beatriz y de El Olivar.
141
3.1.4. La arquitectura de la ciudad nueva
La renovación arquitectónica del territorio se remonta a la segunda mitad del S.
XIX. Estuvo marcada por el abandono de los modelos y sistemas constructivos heredados
de la tradición colonial y su reemplazo por la influencia estilística y tecnológica francesa.
Desde los emblemáticos proyectos del Palacio de la Exposición o el Hospital Dos de
Mayo, construidos en la década de 1870, se había impuesto, para el conjunto de la
arquitectura institucional en la capital y el resto del país, los modelos historicistas que
caracterizaron a las ciudades decimonónicas americanas. La derrota en la Guerra del
Pacífico puso freno a los procesos constructivos que no se reiniciaron sino hasta finales
del siglo. El XX trajo consigo una gran diversificación de los planteamientos
arquitectónicos y un conjunto de innovaciones constructivas y de materiales. El oncenio,
aparte de su propuesta “desarrollista”, coincidió con fechas emblemáticas para la historia
de la república: Los centenarios, tanto de la declaración de la independencia, como de la
batalla de Ayacucho, a partir de los cuales fue promovida la actividad constructiva
impulsada como política de Estado, poblando la ciudad de una gran cantidad de nuevos
edificios institucionales: La reconstrucción inconclusa del Palacio de Gobierno luego del
incendio de 1921 (1926), con proyecto de Claudio Sahut; el pasaje el Carmen,
complemento del Correo Central (1924) con proyecto de Raúl María Pereira; el Banco de
Reserva (1928), edificado por The Foundation Company; el Gran Hotel Bolívar (1924)
con proyecto de Rafael Marquina. También la inversión privada se hizo presente con
edificios como el Teatro Forero (1920) de Alfredo Viale, hoy teatro Municipal; los
edificios de la Plaza Dos de Mayo (1924) de Eduardo de Jaxa Malachowsky; el Banco
Italiano y el Club Nacional ambos en 1929, también de Malachowsky; etc. Estas obras
fueron complementadas por una variedad de edificios y monumentos de diverso tipo,
algunos promovidos desde el Estado y otros obsequiados por las diversas colonias de
142
extranjeros residentes en el país, con motivo del centenario de la independencia que,
integrados al resto de la actividad edificatoria, constituyeron un verdadero
replanteamiento de la urbe.
Si bien el territorio de la institucionalidad continuó estilísticamente dominado por
el Eclecticismo Historicista, otras tendencias hicieron su aparición, intentando expresar
el proceso “modernizador” de Leguía que, aunque se manifestaron sobre todo en la
arquitectura doméstica, tuvieron también algunas expresiones en la arquitectura
institucional.
El escenario arquitectónico se amplió entonces a tendencias como el Art Nouveau,
no propiamente para generar proyectos integrales78 sino fundamentalmente como un
repertorio ornamental novedoso. Este es un período de expansión urbana y de diversas
formas de comunicación con Europa y EEUU a través de publicaciones y del cine que se
hacen intensas luego del final de la primera Guerra Mundial. Esta relación se expresó en
la imposición de una serie de modelos foráneos con poco o nada de creatividad, ni siquiera
de adaptación medio ambiental. Las nuevas zonas urbanizadas se fueron llenando así de
chalets suizos, de casas tudor, de palacetes moriscos e incluso de castillos medievales,
configurando una tendencia que ha sido denominada Pintoresquismo (García, 1982),
cuyas características no son posibles de ser definidas ni unificadas, es fundamentalmente
la expresión de una actitud ante la ciudad, un intento de llevar a la realidad la fantasía de
un mundo ideal, lejano en el espacio y/o el tiempo (Martuccelli, 2000).
Pero las manifestaciones realmente novedosas del período resultaron las llamadas
tendencias peruanistas que expresaron, de algún modo, las dinámicas ideológicas y
políticas de momento; un intento de oponerse al academicismo, al pintoresquismo y en
78
Son pocos los proyectos integrales como la Casa Barragán (1911) de los hermanos Masperi o el
Estudio Courret (1906) de Enrique Ronderas.
143
general a la sujeción de lo foráneo que ellas conllevaban. Se trata de las denominadas
neoinca, neoperuano y neocolonial que, en número bastante diferenciado, se hicieron
presentes en el quehacer proyectual y el constructivo de la nación.79
El Neoinca se asumía como la recuperación de los planteamientos arquitectónicos
anteriores a la conquista, actitud que, de hecho, implicaba una valoración de dicha
arquitectura y debió, a la par, promover su conocimiento. Algunos casos de arquitectura
residencial recuperaron volumetrías de influencia peruana antigua, como alguna cuyo
ingreso simula una chullpa, pero en la mayoría de los casos se reducía a la incorporación
de elementos ornamentales: frisos, marcos de vanos o remates. Uno de los pocos casos
en que el proyecto, en su conjunto, se relaciona con los modelos prehispánicos es el del
actual Museo de la Cultura Peruana, obra de Eduardo de Jaxa Malachowski, en 1924;
constituido por un volumen tronco piramidal de muros en talud, construido de cemento
pero enchapado con piedra, con un court de honneur en el ingreso, al que se accede por
un pórtico flanqueado por monolitos de inspiración tiwanakense, lo mismo que las
imágenes que coronan el ingreso. El componente “incaico” sería, en ese caso, la forma
trapezoidal de sus vanos. De hecho, las características formales: imponente volumetría,
simetría lateral perfecta, ingreso a través de pórtico y patio, no son de inspiración andina,
sino una expresión explícitamente academicista.80 Es posible que los elementos de su
vocabulario y el revestimiento aludan a la arquitectura prehispánica, pero eso se debe
fundamentalmente a la finalidad original del edificio: servir de escenario a la colección
arqueológica de la familia Larco Herrera, por lo que su historicismo es más bien una
referenciación, una alusión directa y coherente al contenido propuesto. El término
79
Véase: García Bryce, José (1982). Arquitectura del Virreinato y la República. En: Historia del Perú.
Lima: Editorial Juan Mejía Baca.
80
Expresión usada como sinónimo de Eclecticismo Historicista por haberse generado en la Academia de Artes de
París; la Ecole des Beaux Arts.
144
neoinca no resulta entonces apropiado, pero expresa también el poco conocimiento que
en el período se tenía de las diversas épocas del desarrollo de la producción cultural
andina a la que se generalizaba como incaica. Esta tendencia ha sido asociada en
ocasiones con el indigenismo, pero debemos recordar que este es un movimiento que
tiene expresiones formales inspiradas en el mundo andino, pero su defensa social y
política de la población indígena es explícita y fundamental para su existencia. Podemos
señalar como tal, el Pabellón Sabogal, denominado originalmente Casa del Inca,
monumento ubicado en el Parque de la Reserva, inspirado en la arquitectura piramidal
norteña y con elementos ornamentales del mismo origen. Esto nos permite afirmar que el
indigenismo como tal no tuvo una repercusión arquitectónica de la importancia que sus
manifestaciones tuvieron en otras disciplinas.
El Neoperuano fue, en cambio, una tendencia que planteó la integración de
elementos prehispánicos y de origen colonial como una expresión arquitectónica y
artística de construcción de la nacionalidad peruana. Su promotor fue Manuel Piqueras
Cotolí, arquitecto, urbanista y escultor, nacido en España pero de gran trascendencia en
el desarrollo de esas disciplinas en el país. En obras que van desde la arquitectura: el
pabellón peruano de la feria de Sevilla (1926); la portada de la Escuela de Bellas Artes
(1924), y el no realizado proyecto de la Basílica de Santa Rosa. El significado social de
sus planteamientos arquitectónicos fue mayor que el de sus repercusiones formales. Como
urbanista, fue autor de proyectos como el Parque de la Reserva y la urbanización Santa
Beatriz. Su actividad, en general, fue muy importante hasta la década siguiente.
El Neocolonial fue una tendencia que basó sus fundamentos proyectuales en la
recuperación de los elementos arquitectónicos de la arquitectura colonial peruana. Su
origen está fechado también en esta década, asumiéndose como punto de partida la
edificación del Palacio Arzobispal, por Eduardo de Jaxa Malachowski en 1919, pero
145
afirmamos que ese edificio es otro ejemplo de referenciación, en este caso, por la relación
establecida con la Plaza de Armas en la que fue situado y la identificación de este espacio
con el período de dominación española. Sus grandes dimensiones, la estricta simetría de
la composición de su fachada principal, la profusión de sus vanos, ubicados en ritmos
estrictamente regulares, la existencia de tres portadas en el frente y la textura de los muros
hacen de este un edificio de carácter academicista con la particularidad de estar
ornamentado con elementos de lenguaje inspirados en la arquitectura del período
colonial; por lo que sus manifestaciones más representativas serían otras. El ejemplo
paradigmático de esta tendencia sería realmente el edificio de la Embajada Argentina;
obra del arquitecto argentino Martín Noel del año 1927. Ese edificio revela la aplicación
bastante justa de los principios proyectuales de la arquitectura colonial: portada, balcones
de cajón y arquerías sobre un volumen cerrado sin ornamentación. Esta rigurosidad se
sustentó en el conocimiento profundo que el proyectista tenía de los principios y de su
claridad ideológica respecto del papel de esa manifestación arquitectónica como
expresión de la identidad de la nacionalidad americana que le atribuía. El edificio fue
levantado al inicio de la entonces avenida Leguía, justamente la más importante de las
del período como símbolo de la modernización del oncenio. Siendo la década de 1930 el
período de mayor desarrollo y expansión de esta tendencia, la trataremos con mayor
amplitud en el acápite correspondiente.
3.1.5 La Historia de la Historia
Alberto Flores Galindo, plantea que la moderna historiografía peruana se inicia en
1910 a partir de la publicación de La historia en el Perú, de José de la Riva Agüero. Este
libro, producto de su tesis doctoral, es un balance de lo hasta entonces escrito pero, a la
vez, es una síntesis interpretativa del discurso histórico, a partir del cual el autor establece
un paradigma que fue seguido por los historiadores posteriores. Este paradigma asume la
146
historia como un aspecto importante de la construcción de la nación peruana, producto de
la síntesis de las tradiciones culturales que habían actuado en ella. Su planteamiento es
una evidente apuesta por el mestizaje entre lo hispano y lo autóctono, en el cual el
componente hispano asumía el rol dirigente (Flores Galindo, 1988). Su labor y presencia
son importantes durante la década de 1910, pero su autoexilio, entre 1919, apenas
producido el golpe de Leguía, y 1930, año del derrocamiento del mismo; le impidió
participar del proceso de la historia durante esa década, publicando solamente dos textos,
ambos en España. Quedó en el Perú Raúl Porras Barrenechea con obras diversas, entre
las que destacan un conjunto de biografías de peruanos ilustres como Faustino Sánchez
Carrión, Felipe Pardo y Aliaga o Mariano José de Arce (Zavaleta, 2008). Tanto Riva
Agüero, como Porras y sus seguidores tenían en común el reconocimiento de la herencia
hispana como base de la naciente nacionalidad.
Los fundadores del Indigenismo, en cambio, como base de la reconstrucción
histórica, priorizaron el componente andino y promovieron la investigación sobre estos
temas emprendiendo “… el estudio del pasado prehispánico, en particular de los incas,
con un tono que iba más allá de la obra de investigación, para encontrarse con el ensayo
y la reivindicación social” (Flores Galindo, 1988, p. 61). Luis E. Valcárcel inició, en este
período, la publicación de sus textos: Del ayllu al imperio y De la Vida Inkaica, ambos
en 1925. En 1927, salió a la luz su obra fundamental: Tempestad en los Andes. En su obra
la construcción de la nación, inexistente aún, debía tomar en consideración la dualidad
entre lo autóctono y lo occidental, llevándolo a dar gran importancia a la investigación de
la vertiente indígena, sin tomar en consideración aún los aportes de otras etnias, como las
amazónicas, la afro descendiente o las orientales.
147
3.1.6 Los textos de la década
Los libros publicados en este período evidencian la constitución de la arquitectura
del período colonial peruano como temática de estudio. Dirigen su mirada a dicha
arquitectura los autores argentinos que están promoviendo una producción con carácter
nacional –Martín Noel y Ángel Guido– y algunos autores nacionales, en medio de una
polémica intensa sobre el carácter de la nación en nuestro medio.
Los textos de Noel y Guido fueron la evidencia de un interés casi general en
América del Sur por el proceso de afirmación nacional. Este proceso tuvo claras
connotaciones políticas, en tanto resultaba de un enfrentamiento a las imposiciones de la
cultura occidental y a la necesidad de construcción, en cada país, de una identidad propia,
centrada en el impulso a manifestaciones culturales particulares, que establecieran un
marco de diferenciación frente a la hegemonía cultural eurocentrista y a la creciente
injerencia de los Estados Unidos. Tendencia vigente entre 1920 y 1945 (Capasso, 2013),
que se expresa en la construcción de un arte y una arquitectura nuevos, de carácter
nacional o latinoamericano. Ambos cumplieron un importante papel en la producción
arquitectónica del período, pero su aporte fue sobre todo en el territorio de la teoría que
sustentó dicha producción a nivel continental. El impulso al estudio de esa arquitectura
fue en realidad el de un proceso de auto reconocimiento de su producción artística y
arquitectónica como fuente de una propuesta alternativa a los conceptos y modelos del
Eclecticismo Historicista, que se plasmaron en la tendencia neocolonial de la cual estos
arquitectos fueron promotores. Establecer las bases de dicha tendencia requería tanto de
la valoración de la producción americana, como de la identificación de sus prototipos, a
fin de convertirlos en los modelos que alimentaran la actividad proyectual de la época,
tarea que acometieron ambos autores.
148
Martín Noel (1888-1963) arquitecto, escritor y político, nació en Buenos Aires,
estudió en la École Special d´Architecture en la ciudad de París. En 1914 inició un
recorrido por Bolivia y el Perú durante el cual realizó un registro de la arquitectura de
nuestros países que le sirvió de inspiración a su propuesta arquitectónica neocolonial.
Dadas las condiciones del desarrollo cultural argentino, las propuestas de Noel
significaron una ruptura con el pensamiento eurocéntrico a partir de una reflexión que
impulsaba la búsqueda de una identidad latinoamericana. Su rol como integrante –y luego
presidente– de la Academia Nacional de Bellas Artes le permitió impulsar la
investigación, así como la publicación de diversos documentos. Sus planteamientos
teóricos fueron puestos en práctica en su destacada actividad proyectual y constructiva.
Fue autor de importantes obras en Argentina, lo mismo que otras a nivel internacional,
como el pabellón argentino en la Exposición de Sevilla (1926-1929), el edificio de la
Embajada Argentina en Lima (1927-1928), el Teatro de Potosí (1947) y el convento de
San Francisco en La Paz (c. 1948) (Capasso, 2013). La trascendencia de su aporte se hará
evidente al analizar los textos escritos, tanto en Latinoamérica como en nuestro país.
Ángel Guido (1896 – 1960), ingeniero y arquitecto argentino, nació en Rosario.
Desde su infancia, y por las características de su familia, estuvo ligado al arte y sus
manifestaciones. Profesor de Historia de la Arquitectura en la Universidad Nacional del
Litoral, planteó la teoría de la fusión hispano-indígena como proceso generador de la
arquitectura y el arte coloniales, proponiendo un proceso de investigación que permitiera
su conocimiento a fin de servir de inspiración a un arte nuevo humanizado, frente a lo que
él entendía como deshumanización del arte, representado por el vanguardismo europeo
del funcionalismo y la abstracción. Entendía el arte americano del pasado como una
expresión de valores vivos frente al agotamiento de la cultura europea que permitiría
expresiones verdaderamente nuevas, teniendo como ejemplo los rascacielos de
149
Manhattan y la pintura mural mexicana. Sostuvo que la independencia cultural y espiritual
era una segunda emancipación, posterior a la independencia económica y política
(Capasso, 2013). Según sus planteamientos, la creación del nuevo arte requería de un
“clima de primitivismo, de primordialismo, de virginidad”, que era posible solamente en
América. Su teoría de la fusión hispano indígena consiguió una gran cantidad de adeptos,
es citada en muchos de los textos escritos en nuestro país y sirvió de base conceptual de
muchos análisis de la arquitectura americana –lo cual evidencia la importancia que
adquirió en el período–. Pero la más importante de sus consecuencias fue darle sustento
a la tendencia neocolonial que marcó la gran mayoría de la producción arquitectónica
entre 1920 y 1950 en que recién va a ser reemplazada por la modernidad.
Desde otras disciplinas, en las primeras décadas del S. XX, también se elevaron
voces que promovieron el interés por la defensa del patrimonio colonial edificado. Se
trató de un momento de definición de las características de la nacionalidad en
Hispanoamérica, del cual participó nuestro país, ligado al contexto político general y al
conjunto de reflexiones que acompañaron las celebraciones del primer centenario de la
independencia de España y que, en el contexto urbano, coincidió con el inicio de la
modernización de la ciudad capital, promovido desde inicios de siglo por el alcalde
Federico Elguera, rompiendo con su imagen tradicional. Dos personajes destacaron en
esta corriente: El pintor Teófilo Castillo (1857-1922) y el crítico de arte Emilio Gutiérrez
Quintanilla (1858-1935). El primero hizo, a través de diversas publicaciones periódicas,
una cerrada defensa del patrimonio edificado de la ciudad capital. Reconocía que las
propuestas modernizantes de Elguera para la reestructuración de la capital iban a traer
consigo la destrucción de un conjunto de monumentos entre casonas y edificios
religiosos, y con ello la pérdida de gran parte de su sentido artístico. “Para Castillo, Lima
debía ser vista a través de sus ‘evocaciones’, por medio de las cuales el valor artístico de
150
sus monumentos debía ser respetado” (Villegas, 1996, p. 82). En contraparte, Castillo
ponderó también la recuperación de algunos elementos de la arquitectura colonial
incorporados en las nuevas construcciones incluso antes del surgimiento de la tendencia
neocolonial.
Para Castillo, recordar el pasado limeño significaba encontrarse con un tiempo
representado por la arquitectura virreinal. Esta, según el crítico-artista, era una
herencia positiva de España. Esto lo observamos en el relato de su visita a la casa
de Manuel Prado y Ugarteche. Al recorrer el interior de la casa, el artista imaginó
estar en España; el pequeño claustro interior le recordó los rincones de Granada
y un pario cordobés. Asimismo, empezó a rememorar su infancia cuando veía un
hogar limeño de abolengo. A partir de la añoranza der pasado, fundamentado en
el recuerdo de la niñez, él estableció un referente para determinar un antes y un
después. El pasado idealizado, representado en la arquitectura de herencia
española, se encontraba confrontado con un presente decadente personificado por
la arquitectura “moderna” de la capital, enemiga de la identidad cultural de la
ciudad y del País. (Villegas, 1996; p. 84).
Esto lo llevó a hacer de la arquitectura colonial un tema recurrente en su pintura,
donde aparece magnificada en dimensiones, estructurando el carácter de la ciudad, que él
quería defender.
Por otro lado, Emilio Gutiérrez Quintanilla polemizó intensamente con el
arqueólogo Julio C. Tello acerca de la presencia de la colección de objetos coloniales en
la salas de Museo Nacional. Gutiérrez dirigía el museo desde 1912 siendo, además,
responsable de la sección de Colonia y República, mientras Tello era responsable de la
sección prehispánica. Si bien la polémica adquirió un carácter anecdótico –alrededor de
una serie de decisiones administrativas sobre el funcionamiento del museo, sobre todo
acerca del peso que debían tener las colecciones prehispánicas en relación con las
coloniales y republicanas– hay que señalar que, en el fondo del enfrentamiento, hay
mucho más que la enemistad entre sus directores sobre las salas de exhibición:
…durante esta época se discutía en el nivel erudito sobre la construcción de una
identidad, que se definía en el ámbito pasadista: bien por el pasado prehispánico,
o bien por pasado colonial. Esta búsqueda, como constructo intelectual, terminó
por hacer más precarias las fórmulas identificatorias con el Perú decimonónico.
Una idea tradicional contra otra progresista. Hispanistas enfrentados con
indigenistas (Rodríguez, 2015, p. 127).
151
En esta intención el aporte de Gutiérrez fue promover un prolijo proceso de
catalogación y estudio de ese componente de la colección. El decurso de esta prolongada
discusión ha sido prolijamente estudiado por Rodríguez develando sus raíces y
demostrándonos que el territorio del arte y la cultura resulta una vitrina privilegiada de
las dinámicas sociales.
Ninguno de los personajes mencionados llevó a cabo un proyecto de estudio
histórico de la arte y la arquitectura coloniales, pero sus planteamientos nos develan el
escenario de los intereses por su conocimiento, específicamente en Lima del cual los
textos que analizamos resultan siendo respuesta.
En el Perú, los libros más importantes de la década fueron escritos en homenaje a
las efemérides del período: El centenario de la declaración de la independencia (1921) y
el de la batalla de Ayacucho (1924).
En Lima, en 1924, fue publicado Lima Religiosa. Es un registro de eventos
relacionados con las prácticas sociales en la ciudad durante el período de la dominación
española, especialmente de sus manifestaciones religiosas y, asimismo, de los procesos
edificatorios de la arquitectura que les servía de escenario; aunque, en este caso
específico, haya sido planteado con acuciosidad en un texto bastante extenso.
Ismael Portal Espinosa (1863 – 1934) fue un importante “limeñista” de abundante
producción escrita sobre la ciudad. A pesar que nunca tuvo formación universitaria, en
mérito a sus escritos llegó a ser miembro del Instituto Histórico del Perú, nombre que, en
la primera mitad del S. XX, tenía la Academia Nacional de Historia. Su interés en el
pasado se desarrolló luego de haber tenido acceso a algunos documentos saqueados por
las tropas chilenas en la Biblioteca Nacional, durante la invasión a la ciudad. Laboró en
la administración pública, como forma de garantizar su sustento, a la par que se dedicó al
estudio de diversos temas históricos y de costumbres populares, obteniendo sus datos de
152
fuentes diversas: archivos, crónicas, libros antiguos, vivencias personales y a partir
también del diálogo con personas de generaciones anteriores (Hampe, 2008). Entre sus
obras más importantes podemos señalar: Lima de ayer y hoy (1912), Cosas limeñas:
historia y costumbres (1919), Del pasado limeño (1932),
Lima Religiosa es el libro más importante de Portal por su extensión y
profundidad. Teodoro Hampe lo identifica como un cuadro de costumbres que, según él,
sería:
… un subgénero propio del costumbrismo o literatura costumbrista en que se
presentan tipos populares y actitudes, comportamientos, valores y hábitos
comunes a una profesión, región o clase por medio de la descripción, con
frecuencia satírica o nostálgica (…), en ocasiones con un breve pretexto
narrativo, de los ambientes, costumbres, vestidos, fiestas, diversiones,
tradiciones, oficios y tipos representativos de una sociedad (Hampe, 2008, p.
104).
Esta manifestación literaria había surgido en Inglaterra, promovida por Richard
Steele y Joseph Addison, denominado por ellos: essay or sketch of manners, que tuvo
expresiones en diversos países de América Latina, siendo, en el caso peruano, su más
conspicuo representante el tradicionista Ricardo Palma (Hampe, 2008). En Lima
Religiosa, Portal expresa su admiración por el pasado y su profundo sentimiento religioso.
La precisión de sus informaciones se sustenta en un conocimiento amplio y profundo del
pasado de la ciudad, en específico de sus dinámicas sociales; expresión de la variedad de
sus fuentes y su manejo. Añora, en la práctica, el dominio hispano aunque el libro se
publica en homenaje a la batalla de Ayacucho, lo cual debería implicar el rechazo a la
dominación colonial y la adhesión a la destrucción del yugo español y de sus implicancias.
Hace, en cambio, explícita su adhesión a la imposición de la mentalidad, la ideología y a
las dinámicas sociales de la metrópoli desde el párrafo inicial de homenaje:
Se publica esta obra, con motivo de la celebración del primer centenario de la
libertad del Perú, sellada en Ayacucho el 9 de diciembre de 1824; y a la vez, como
reconocimiento a la madre España que lo redimió del gentilismo, en el primer
tercio del siglo XVI. (Portal, 1924, sin número de página)
153
Su pensamiento hispanista y su perspectiva tradicionalista hacen que, en su texto,
la sociedad limeña aparezca configurada a partir de sus prácticas religiosas y que la
arquitectura resulte solamente el escenario en el que transcurren los acontecimientos que
él reseña, por lo cual importan más los procesos edificatorios y los personajes que
participan de ellos, que las edificaciones mismas. Los edificios son para él la expresión
material de la religiosidad, que es la razón fundamental de la vida.
El libro de Uriel García: Guía histórico - artística del Cuzco; se enmarca en el
proceso de promoción al desarrollo del turismo en Cusco, durante la primera mitad del S.
XX. La imagen turística de la ciudad había empezado a configurarse con la llegada de
numerosos viajeros desde el S. XIX, como puede apreciarse por los sobrenombres que
recibía: “La Roma de América”, “Ciudad eterna”, “la antigua capital de Sud América”,
“La más importante de las ciudades de Sud América”, etc.; pero es en el S. XX,
especialmente a partir de la presencia de Alberto Giesecke, que esta actividad adquirió
relevancia. Él fue uno de los promotores de la llegada de Hiram Bingham al Cusco,
coadyuvando al “descubrimiento científico” de Machu Picchu, cuya difusión
internacional contribuyó a impulsar el naciente turismo en la región (Valencia, 2007). La
ciudad del Cusco había sido configurada fundamentalmente a partir de su patrimonio
incaico, el texto de García incorpora referencias al patrimonio monumental del período
colonial en correspondencia con la visión particular que su autor tenía de la configuración
de la nacionalidad peruana.
José Uriel García nació en el pueblo cusqueño de San Sebastián en 1894. Inició
su formación escolar en el Colegio Americano del Cusco y la concluyó en el Colegio de
Ciencias; realizó sus estudios universitarios en la Facultad de Letras y Filosofía de la
Universidad San Antonio Abad del Cusco desde 1908, en ella formó parte de la
generación que promovió la huelga de 1909 por la renovación de la enseñanza
154
universitaria, hasta entonces anquilosada y retrógrada. Esta generación pudo desarrollarse
canalizada por la llegada de Alberto Giesecke al rectorado, con quien, en conjunto,
establecerían una cercana relación. Su actividad se vio incentivada por la renovación que
la nueva administración imprimió a la universidad y por el fomento a la investigación
entre los estudiantes. Su convencimiento de la necesidad de mejorar las condiciones de
vida de los pobladores del mundo andino lo llevó a formar parte de naciente grupo de
intelectuales que promovieron el indigenismo en el Cusco. Pero, aparte de su sensibilidad
ante los problemas de su época, también estudió, con acuciosidad, la región y su historia;
compenetrándose con el manejo de los métodos de las ciencias sociales. Su obra escrita
constituye uno de los primeros aportes al conocimiento de diversos tópicos de los pueblos
de la región, sus habitantes y su historia, interesándose en una observación desde la
historia del arte, la arqueología y la antropología, entre otras disciplinas. Su tesis
universitaria, El arte incaico en el Cuzco, es una de las primeras aproximaciones serias a
la arquitectura inca. En todas sus publicaciones se expresa la sólida formación intelectual
que alcanzó, lo mismo que su concepto sobre el indio contemporáneo,81 a quien
visualizaba constituido por la integración de su herencia ancestral al legado de la tradición
hispana, de la cual también era heredero.
La Guía histórico artística del Cuzco aborda, la descripción de los monumentos
de los períodos prehispánico y colonial de la región; expresando su visión de la
integración de los dos patrimonios culturales como sustento de la identidad
contemporánea. En tanto su propuesta está planteada desde la valoración del patrimonio
recurre a perspectivas de la Historia del Arte en la descripción de los objetos artísticos y
de la arquitectura, asumiendo al Cusco como un gran centro productor de obras de
calidad:
81
Véase al respecto su libro El Nuevo Indio (1930). Cusco, Perú: Editorial HG Rosas sucesores.
155
Desde las casi tres centurias que abarca la etapa colonial correspondiente a la
civilización de los siglos XVI, XVII y XVIII, el Cuzco fue un centro de enorme
y fecunda producción artística, como en ninguna otra ciudad del Perú y aún (sic)
de América meridional, pues de aquí se exportaba objetos de arte a otros centros
de entre las amplias fronteras a las que se expandía el antiguo virreinato del Perú.
Pinturas, esculturas y orfebrerías cuzqueñas van a enriquecer los templos,
conventos y casas particulares de Charcas, Chile y la Argentina. (García, 1925,
p. 68).
El autor formula sus apreciaciones sobre la producción artística en la región y las
de la arquitectura como parte de ella y, si bien, prioriza la descripción, tanto de los
monumentos como de los elementos artísticos que estos contienen, lo hace enmarcando
las dinámicas productivas en el contexto de su medio social, planteándolas como producto
de procesos culturales en los que interviene la población aborigen:
…hay que notar que el arte nativo y el espíritu de la cultura aborigen ejercieron
cierta influencia en la producción artística, en especial, en la pintura. Es que
buena parte de los artistas que han enriquecido nuestros templos y monasterios,
fueron indígenas que demostraron, desde los primeros años de la conquista, por
tradición histórica, aptitudes especiales para la plástica. (Ibid, p. 69).
A diferencia de muchos de sus contemporáneos, aferrados al pensamiento
positivista, el carácter de la producción artística no aparece en sus textos como producto
del medio geográfico sino de un espíritu, como condicionante cultural y no de raigambre
natural, aunque la raza –con un sentido mayor que el biológico– sí juega, para él, un papel
importante en dicho carácter.
En su obra, la arquitectura se configura a partir de la acción humana como
expresión de una aptitud y un esfuerzo, ambos de gran magnitud y valor. García reconoce
y asume el decurso de la historia nacional y su diversidad, por lo cual integra y valora
tanto la arquitectura incaica como la del período colonial, la civil como la religiosa, lo
que, en última instancia, le hace reconocer al poblador contemporáneo del Ande, si bien
teniendo como base su cultura autóctona, en última instancia como integrador de esa
tradición cultural con la hispana.
Los planteamientos ideológicos de ambos textos son distintos y expresan las
tendencias historiográficas del momento, que enfrentaban al hispanismo y al
156
nacionalismo, en su versión indigenista. Ambos libros son el reflejo de la inexistencia aún
de una Historia del Arte y de la Arquitectura, con pretensiones de disciplina autónoma y
de carácter científico. No adquieren ni el formato, ni la rigurosidad correspondientes,
asumiendo solamente el de compendios, seria y estrictamente planteados, evidentemente
con amplitud en el caso de Ismael Portal y de modo muy sintético en el de Uriel García,
en correspondencia con las características y la extensión de cada uno.
De lo expuesto podemos concluir que la década de 1920 es intensa en novedades,
tanto en el terreno de la ideología como en el de la política y la cultura, especialmente en
la producción arquitectónica, al impulso de las pretensiones “desarrollistas” del oncenio.
En ese marco, la producción de textos que abordasen la historia de los monumentos del
período colonial resulta bastante limitada. Era de esperar que el surgimiento de los
conceptos y planteamientos proyectuales del Neocolonial, que se configuran en esta
década, hubieran necesitado soportes, tanto en lo teórico como en lo formal. Para ello
habría sido necesario el estudio histórico de la arquitectura –sobre todo la del S. XVII,
cuyo vocabulario formal fue prácticamente hegemónico en esta y en las décadas
posteriores–. La primera aproximación a nuestro estudio asumía esto como una premisa.
El registro específico de los textos del período nos demuestra que, lejos de acometer el
estudio de la producción arquitectónica que le servía de fuente, los primeros arquitectos
del Neocolonial no desarrollaron una indagación profunda de los principios de diseño ni
de las estructuras formales de la arquitectura de la Colonia. Los autores nacionales no se
convierten en especialistas en las características de la arquitectura de la colonia. No hay,
en ellos, formulaciones teóricas ni proyectuales, por lo que la producción arquitectónica
que no estaba ligada al Eclecticismo Historicista, se sustentó en los textos tanto de Noel
como de Guido.
157
Los textos nacionales reflejan sí un interés por el conocimiento de la producción
arquitectónica, que tanto García como Portal debieron abordar a partir de la identificación
de fuentes y de su procesamiento, pero también desde su conocimiento directo. Este
período puede ser definido entonces en base a la labor de aproximación y reconocimiento
de dicha producción y a la influencia de los arquitectos e investigadores argentinos en el
quehacer arquitectónico, siendo de primera importancia resaltar que los textos y sus
enfoques constituyen parte del discurso sobre la construcción de la identidad en nuestro
país.
3.2 La década de 1930
El advenimiento de esta nueva década trajo consigo una modificación importante
en los sectores políticos y económicos en el poder, aunque no una verdadera
transformación de sus estructuras ni de sus dinámicas. Esta década puede ser planteada
como semidemocrática, una calificación que se aplica también a otros países
latinoamericanos como Argentina o Brasil, los que tienen en común limitaciones en su
respeto a la constitución, a la libre participación electoral y a la inclusión de su población,
con evidencias ocasionales de fraude o manipulación provenientes de la injerencia militar
y del gran poder económico en la política, acompañados por la proscripción de
movimientos políticos opositores (Hartlyn & Valenzuela. 1997).
3.2.1 Las nuevas dictaduras
La década de 1930 estuvo determinada por la crisis de la economía norteamericana
de 1929, a la cual se había subordinado la peruana como producto de las políticas del
oncenio. Leguía había basado la “modernización” del país y de sus ciudades en préstamos
del capital norteamericano a la vez que promovido la inversión desde ese país. Las obras
de irrigación, los caminos e incluso el mejoramiento de la capital habían sido financiados
158
con empréstitos. La crisis trajo consigo el que tanto los préstamos como las inversiones
se detuvieran, e incluso fueron suprimidas algunas previas. Los precios de las
exportaciones cayeron, trayendo consigo la caída de los del interior del país, afectándose
incluso el capital financiero con severas consecuencias como la quiebra del Banco del
Perú y Londres, el más antiguo y de mayor número de oficinas en el país.
Los principales productos de exportación afectados durante el período fueron los
minerales, como el cobre y la plata, además de algunos productos agrícolas como el
azúcar y el algodón. La explotación minera había sido asumida fundamentalmente por el
capital norteamericano a través de empresas como la Cerro de Pasco Mining Corporation,
la Northern Peru Mining y la Vanadium Corporation, mientras que la agrícola
permaneció, en muchos casos, en manos de nacionales. Esas empresas mineras
permanecieron en nuestro medio, aunque su participación productiva en general decayó
pues la mediana producción de oro, plomo, mercurio, zinc y estaño fue reasumida por
productores nacionales, por lo que, podemos asumir, que uno de los resultados de la crisis
fue la apertura de posibilidades al capital nacional menos golpeado por la crisis del
comercio exportador (Contreras, 2009).
Como es de suponer, las consecuencias económicas de la crisis fueron
rápidamente trasladadas a los sectores populares a través del desempleo. Para 1932, en la
minería había disminuido a menos de la mitad la mano de obra empleada en 1928,
mientras en la construcción disminuyó al 70%. En la capital, el 25% de la población
estaba desempleada (Delgado, 2013). En el sector agrario también se produjo una
importante disminución del empleo, decreciendo en la industria azucarera en 20%,
aunque se mantuvo en el sector algodonero. Esta situación, sobre todo en las minas, afectó
principalmente a trabajadores de originen campesino, no pudiendo ser resuelta con el
retorno a la actividad agrícola pues esta había empezado más bien a expulsar a su
159
población por el desgaste de las tierras productivas y las pésimas condiciones de vida del
campesinado. La población desempleada migró principalmente a las ciudades de la costa
donde empezó a laborar en construcción de carreteras, limpieza y ornato público (ibid).
La crisis del sector financiero fue superada hacia 1933, apareciendo entidades
bancarias sólidas como el Banco Italiano (que después de la Segunda Guerra Mundial
cambió su nombre por el de Banco de Crédito), el Banco Popular y el Banco
Internacional. La expansión económica de este período fue apoyada por la mejora del
sistema de comunicaciones, del cual formaba parte el programa vial. La recuperación
alcanzó también a algunos sectores que negociaban con el Estado a partir de mediados de
la década, cuando mejoraron las condiciones del presupuesto nacional (Basadre, 1982),
aunque los actores sociales no fueran los mismos que en los períodos anteriores, los
sectores dominantes en la economía perdieron el carácter aristocrático que habían tenido
a inicios del siglo, eliminándose el veto que se había impuesto a los nuevos ricos “…en
la cumbre de la pirámide hubo quienes desaparecieron y otros que llegaron recién”
(Basadre, 1982: 651).
El golpe de Estado contra Leguía se produjo en agosto de 1930, siendo uno de
varios intentos de separarlo del poder. Fue liderado por Luis M. Sánchez Cerro, militar
piurano nacido en 1889, quien en 1914 había participado en el golpe de estado contra el
presidente Billinghurst y, en 1922, en un intento de golpe contra Leguía. Separado del
ejército y luego acogido a una de las amnistías decretadas durante el oncenio, reinició su
carrera militar en 1925. Estuvo en Europa hasta 1929 en que retornó haciéndose cargo de
un batallón en Arequipa. Por entonces la agitación política era intensa, la reelección de
Leguía había atizado una serie de conflictos entre los que destacaban el cuestionamiento
de unos arreglos con Chile y la acción de movimientos políticos como el APRA y el
Partido Comunista.
160
Ya en el poder, Sánchez Cerro constituyó una Junta de Gobierno, debiendo
enfrentar un conjunto de situaciones exigentes del período, su accionar fue violento en
contra de quienes habían tomado parte del oncenio y pronto también contra otros sectores,
con lo que los métodos dictatoriales de la década anterior fueron reemplazados por otros
del mismo carácter, esta vez al servicio de quienes habían sustentado la República
Aristocrática (Delgado, 2013). Sánchez Cerro se erigió como agente de los sectores
oligárquicos, organizados en el civilismo, pero logró también el respaldo de la población
en general mediante un discurso de denuncia del entreguismo y la corrupción del régimen
leguiísta, además de haber configurado su imagen de gobernante a partir, tanto de un
carácter enérgico y con don de mando, como de su origen de mestizo mesocrático que lo
acercaba al pueblo. Desde la Junta, Sánchez Cerro impulsó algunas medidas que
afianzaron su imagen: la abolición de la circunscripción vial y la prohibición de los
desahucios en vivienda. Este respaldo le permitió asentar lo que Basadre ha llamado el
tercer militarismo, por la gravitación del ejército en el gobierno del país, ya sea de modo
directo o a través de la tutela establecida sobre gobiernos civiles.
El proceso de constitución del nuevo gobierno fue complejo, mientras se hacía la
convocatoria a elecciones. Sánchez Cerro renunció a la junta provisional para postular a
la presidencia, sucediéndose varios gobernantes en un corto período. Aun así, hubo
reformas importantes en los sistemas políticos: en el plano electoral se amplió la
participación política y se creó el Registro Electoral permanente, instaurándose un
sistema de representación mayoritario con participación de las minorías. Se llevó a cabo
elecciones en 1931 con cuatro candidaturas presidenciales y algunos partidos más para el
parlamento (Tuesta, 2007). Sánchez Cerro se hizo con la victoria, respaldado por el
partido Unión Revolucionaria, dejando en el camino a Haya de la Torre, instalándose en
el poder en diciembre de 1931, por lo que el aprismo impulsó un conjunto de acciones e
161
carácter insurreccional desarrolladas durante 1932, estas fueron a sumarse al conjunto de
luchas que los sectores populares –en los que también influía el Partido Comunista–
llevaban a cabo.
Como respuesta a las acciones del aprismo, el gobierno impuso una serie de
restricciones a su accionar: expulsó a los parlamentarios apristas del congreso y apresó a
Haya de la Torre luego de un atentado contra el presidente en la iglesia de Miraflores. La
sublevación aprista de julio en Trujillo fue debelada con un alto costo de sangre.
El año de 1933 estuvo marcado por el inicio de un conflicto limítrofe con
Colombia y por el asesinato de Sánchez Cerro el 30 de abril a manos de un militante
aprista, mientras el presidente inspeccionaba a las tropas movilizadas por el conflicto en
el hipódromo de Santa Beatriz. El 9 de abril había proclamado la nueva Constitución –en
proceso por el Congreso Constituyente desde 1931–. Su gobierno quedaría en la historia
sobre todo identificado por su carácter de represor de las luchas populares y sus
organizaciones (Delgado, 2013).
A la muerte de Sánchez Cerro la oligarquía se demostró incapaz de articular una
alternativa electoral, lo cual explica su apoyo al ejército en la elección de un militar para
la presidencia. El Partido Comunista Peruano (PCP) estaba entonces ilegalizado y el
APRA lo fue a partir del levantamiento armado de 1932 y el posterior asesinato del
presidente. La alternativa de gobierno fue nuevamente militar aunque ambas
organizaciones populares participaron activamente de la lucha política a pesar de su
ilegalización (Tuesta, 2007).
Luego del asesinato, el Congreso Constituyente designó como nuevo presidente a
Oscar R. Benavides, para completar el período de gobierno del asesinado presidente,
violando explícitamente la Constitución (Delgado, 2013). Benavides era un militar nacido
en Lima en 1876 quien ya antes había sido designado presidente provisional, luego de
162
encabezar, en 1914, un golpe de estado en contra del presidente Billinghurst. Durante el
gobierno de Leguía, Benavides había sido deportado pero, desde el exilio había
mantenido contacto con opositores al régimen en alentando diversos intentos golpistas.
Al asumir el cargo, Benavides tuvo que enfrentar varios conflictos. En política
exterior estaba pendiente la solución del conflicto con Colombia y en política interna era
necesario superar la crisis económica y enfrentar la aguda situación de agitación política
que se vivía.
Una manera de calmar la crisis política fue la promulgación de la Ley de Amnistía
en agosto de 1933, esta permitió el regreso de los deportados y la liberación de presos
políticos tanto apristas como comunistas –entre ellos el propio Víctor Raúl Haya de la
Torre– pero el posterior levantamiento aprista del cerro El Agustino fue la excusa que el
gobierno usó para proscribirlos nuevamente y desatar una feroz represión que envío a
muchos de ellos a las cárceles y al destierro. Benavides fue también duro con los
sobrevivientes del partido de Sánchez Cerro: Unión Revolucionaria.
El gobierno de Benavides tuvo como lema “orden, paz y trabajo” y contó con el
respaldo de la oligarquía. Basadre (1982) señala algunos rasgos que caracterizaron su
gobierno, permitiéndole alcanzar cierta estabilidad, estos fueron:
a. La mejora de las condiciones económicas internas producto de las circunstancias
internacionales, sobre todo de Estados Unidos e Inglaterra. Hubo una importante
reacción de los sectores agrícolas, industriales y mineros, a lo que se añadió el
mejoramiento del comercio de importación.
b. Impulso a la acción del Estado, sobre todo en acciones sociales y económicas. Se
creó el Ministerio de Salud, asimismo el Ministerio de Educación Pública. Se
construyó caminos, puentes y diversas obras públicas en el marco de un plan vial
realista y auténtico.
163
c. Se apoyó fundamentalmente en las Fuerzas Armadas como forma de darle
estabilidad al régimen, haciendo crecer sus rentas y gastos (128% respecto a
1928). Constituyó gabinetes militares como forma de superar situaciones difíciles.
Entre 1935 y 1939 todos los gabinetes estuvieron presididos por militares.
d. Si bien sus postulados ideológicos y compromisos con la oligarquía fueron
intensos, tuvo cierta amplitud en la designación de sus colaboradores, no
estableciendo compromisos exclusivos con un grupo específico de poder
económico, tanto a nivel nacional, como internacional. Así amplió el espectro más
allá de la inversión norteamericana, a la presencia francesa, italiana y en menor
medida alemana.
e. Tuvo una orientación populista intentado conseguir el apoyo de amplios sectores,
para ello instituyó el Seguro Social Obligatorio para los obreros; promovió la
construcción en pequeña escala de viviendas para la población de bajos recursos;
consiguió amplio apoyo para el deporte y desarrolló iniciativas como la
eliminación del peaje de los caminos.
Este mandato debía terminar en 1936 –año en que se habría cumplido el período
de Sánchez Cerro–. En ese año se realizó una convocatoria a elecciones, en las cuales
participaron cuatro candidatos para la Presidencia de la República: Jorge Prado
Ugarteche, representante de la derecha –quien contó inicialmente con el apoyo del
gobierno–; Luis A. Flores, fascista, representante del partido Unión Revolucionaria que
había llevado al poder a Sánchez Cerro; Manuel Villarán, representante de un puñado de
discípulos y amigos, al parecer en un inicio motivado por el propio Benavides; y
finalmente, Luis Antonio Eguiguren, con el apoyo del APRA. Las elecciones fueron
ganadas por este último, lo que motivó que el Congreso Constituyente las anulara y
164
acordara ilegalmente una prórroga por tres años del mandato de Benavides a la vez que
le otorgaron facultades legislativas (Basadre, 1982).
En 1939, un levantamiento de su propio ministro de gobierno, general Antonio
Rodríguez, motivó la decisión de Benavides de dejar el poder. Convocó a elecciones ese
mismo año, luego de un plebiscito en el que se aprobó algunas reformas constitucionales.
En estas elecciones Benavides apoyó la candidatura de Manuel Prado Ugarteche, hijo del
presidente Mariano Ignacio Prado en oposición a la candidatura de José Quesada,
abogado trujillano. El triunfo correspondió a Prado, en base a resultados manipulados
mediante el fraude electoral.
3.2.2 Política, ideología y pensamiento
La década de 1930 estuvo marcada por la presencia de variadas corrientes
ideológicas y políticas. De modo importante es posible identificar: El fascismo, el
populismo y el marxismo, ellas influenciaron en las corrientes de pensamiento que ya
estaban presentes en el medio, como el hispanismo y el indigenismo, aportándoles
características particulares.
El fascismo creó una puerta de entrada a Latinoamérica a través de la penetración
económica, así, el eje Berlín-Roma-Tokio pretendió influir ideológica y políticamente en
estos países. Alemania estableció relaciones comerciales con Brasil, Chile, Colombia,
Argentina y Uruguay; Italia desarrolló una relación estrecha con el Perú, lo mismo que
Japón, el que también lo hizo con Paraguay. Mediante estos mecanismos impulsaron la
fundación de diversos partidos y movimientos de ideología fascista en estos países.
Esta ideología cobró importancia en el Perú a partir del gobierno de Sánchez
Cerro. Su principal ideólogo fue José de la Riva Agüero y su expresión política directa
fue el partido Unión Revolucionaria, a la cabeza de la cual llegó Sánchez Cerro al poder
en las elecciones de 1931.
165
El ideólogo: José de la Riva Agüero fue un historiador de gran renombre
perteneciente a una antigua familia noble de la ciudad. En su caso, el fascismo es la
respuesta que abraza ante su temor al avance popular, que él entendía como la posibilidad
de la instauración del caos. Postulaba principios como el orden, la disciplina, el trabajo y
la familia, asumiendo que el fascismo era la única defensa contra el desorden y la
decadencia. Su ideología es peculiar pues también resulta anticapitalista, mientras
rescataba elementos autóctonos, como la admiración del Imperio Incaico por su disciplina
y organización rigurosa y, por supuesto, la admiración y añoranza del pasado colonial
hispano por haber aportado el catolicismo. Su temor a las masas populares le llevaron, en
su actuar político, a apoyarse en las fuerzas armadas y la policía (Delgado, 2013).
El partido Unión Revolucionaria fue fundado en Lima, en julio de 1931, por
Sánchez Cerro. El rol original fue coordinar el apoyo popular a su candidatura en 1931.
Fue entonces un partido caudillista, en el cual la presencia del dirigente permitía la
amalgama de los sectores bastante heterogéneos del sanchecerrismo, apoyados por la
oligarquía agro exportadora, que tenían como elemento común el enfrentamiento del
avance de los sectores populares, sobre todo liderados por el APRA. La estructuración
orgánica del partido se llevó a cabo fundamentalmente a partir de 1932, en un escenario
de afirmación del carácter dictatorial del régimen y de ilegalización del APRA y el PCP,
afirmando una identidad propia que combinaba el conservadurismo con el populismo y
lograba atraer tras sí un importante contingente de adherentes fanatizados
ideológicamente y estructurados orgánicamente (Molinari, 2006).
El Marxismo en el Perú tuvo como ideólogo a José Carlos Mariátegui el más
importante no sólo de nuestro país, sino incluso de Latinoamérica. Su aporte fue una
nueva mirada del país y sus problemas, basada en la dialéctica y el entendimiento de la
lucha de clases como motor de la historia. Fundó el Partido Socialista Peruano, pero
166
falleció en el año 1930, luego de lo cual, el partido que él había fundado se convirtió en
Partido Comunista y se sometió a los dictámenes de la Internacional Comunista; aun así
el análisis original del fundador tuvo vigencia durante el siglo XX hasta el llamado fin de
las ideologías de la década de 1980.
Los fundamentos ideológicos del APRA se basaban en combinar la lucha
antiimperialista con los principios de la democracia, lo cual los llevaba a un accionar
populista. Explicaban su posición como una síntesis dialéctica entre el comunismo y el
fascismo, una adaptación nacional del marxismo (Delgado, 2013). Su arraigo popular fue
importante en la difusión del antiimperialismo y el antifascismo.
3.2.3 La continuidad del desarrollo urbano
La década de 1930 significó solamente la continuación de los procesos urbanos
iniciados en la década anterior. Desde entonces la migración a la ciudad había empezado
a ser significativa, dificultando que el centro absorbiera el incremento poblacional por la
escasez de unidades populares de vivienda; esto llevó a la habilitación de zonas periféricas
para funciones residenciales sin mayor implementación. Surgió en esta década Mendocita
(1931) como continuación de Armatambo (1924) y Puerto Nuevo (1928) con la intención
de superar el volumen de producción arquitectónica del resto de zonas de crecimiento
urbano, incluso, a partir de las políticas de vivienda implementadas por el gobierno de
Benavides se promovió la invasión de terrenos y el surgimiento de barriadas, aun en
terrenos que formaban parte de la urbe; como ocurrió en los casos de los conjuntos
habitacionales para obreros de Caquetá y Zarumilla, a partir de lo cual se favoreció la
invasión de terrenos hacia la zona norte. Por otro lado, en las zonas urbanas se produjo la
consolidación de los ejes viales anteriormente trazados: las avenidas Brasil, Leguía (hoy
Arequipa) y Progreso (hoy Venezuela) (Ramón, 2004).
167
Un aspecto destacable del proceso urbano de la época fue la decisión, en 1933, de
fomentar la construcción de barrios obreros que contaran con las comodidades necesarias,
Esto fue expresión del encuentro con los principios europeos del urbanismo moderno,
expresados en la siedlung alemana82 que recibe su máximo impulso con la fundación, en
1936, de la Comisión Nacional de Urbanismo (Ludeña, 2003). Corresponden a este
periodo el Barrio Obrero Modelo del Frigorífico en el Callao (1936), el Barrio Obrero de
La Victoria y el Barrio Obrero del Rímac. El financiamiento de esas obras provino de la
Junta Pro Desocupados de Lima, que además promovió la construcción de mercados,
hospitales, colegios, pavimentó calles, además de puentes canalizaciones y caminos
(Ramón, 2004).
3.2.4 La ciudad como escenario de múltiples tendencias
El territorio de la producción arquitectónica estuvo marcado por la continuación
de la actividad edificatoria aunque sin la intensidad que había tenido durante el oncenio;
siendo intensa sobre todo en sector doméstico. El pintoresquismo de la década pasada va
a perder presencia en esta otra, se construye aún viviendas de este tipo, sobre todo en la
zona de San Isidro e incluso otras como el restaurant La Cabaña de Malachowski (1935)
en el Parque de la Exposición; pero paulatinamente va a ser desplazado por las tendencias
nacionalistas, específicamente el neocolonial. Los denominados neoinca y neoperuano no
alcanzaron el respaldo del Estado, ni tampoco de quienes podían financiar una
edificación. Por lo que su presencia fue más bien simbólica. Esa situación explicaría el
hecho que sus más importantes propuestas quedaran sin construir. Así ocurrió con la
Basílica de Santa Rosa, proyectada de magnitud mayor que la catedral de Lima para
82
El término puede traducirse como población, urbanización o asentamiento, se asume en esta
oportunidad como un modelo de urbanización que incorporaba un conjunto de servicios básicos de
modo de constituirse en un complejo autosuficiente.
168
homenajear a una santa de importancia continental. El proyecto fue elaborado en 1930
por Manuel Piqueras Cotolí y culminado por Héctor Velarde años más tarde. Su estructura
era de planta de cruz latina tradicional pero el conjunto de su lenguaje formal y
específicamente el ornamental era de inspiración prehispánica. Lo mismo ocurrió con la
Escuela Taller de Arte Textil Peruano, proyecto del Arq. Eduardo Velaochaga de 1933,
de influencia Art Decó pero con claros rasgos neoincas. El que sí llegó a construirse fue
el pabellón peruano de la exposición de París en 1937, obra de Alberto Jochamowitz y
Roberto Haacker Fort, similar al anterior pero correspondiente a una tipología sin
compromiso urbano, ni exigencia financiera, por lo tanto sujeto a mayor libertad
proyectual. El pabellón Tangüis, del parque de la Reserva, tiene un origen similar, forma
parte de un conjunto escultórico en homenaje al importante agricultor algodonero. Sus
formas trapezoidales nos remiten directamente a la arquitectura prehispánica.
El neocolonial en cambio se convirtió en la tendencia principal del período,
especialmente a nivel doméstico, las diversas publicaciones periódicas de la época83
registran numerosos ejemplos de viviendas compuestas con el lenguaje de la arquitectura
colonial: portadas, balcones de cajón, arquerías; destacándose su presencia en el
recientemente habilitado barrio de San Isidro. Lo mismo ocurrió con muchos edificios de
departamentos y de oficinas. En el caso de la arquitectura institucional, en este período
se inició la construcción de los Edificios Sudamérica y Boza (entre 1938 y 1945) de los
arquitectos Emilio Harth-terré y José Álvarez Calderón como parte de la recientemente
inaugurada plaza San Martín. El éxito de esta tendencia se basó en su aceptación por los
sectores económicos y sociales de mayores recursos. Diversos autores han señalado su
identificación con la tradición colonial de la cual estos sectores se sentían descendientes,
así una manifestación que, en otros países, era reivindicatoria de la identidad
83
Véase las ediciones de El Arquitecto Peruano de esta década.
169
latinoamericana y sinónimo de afirmación nacional, en el nuestro adquirió la significación
contraria, correspondiéndole ese papel a las tendencias ligadas al indigenismo, las cuales,
lo mismo que el proceso general, no alcanzaron a cuajar como alternativa.
Durante esta década, se manifestaron de manera intensa diversas tendencias
estilísticas como reflejo de la variedad de influencias en las propuestas proyectuales. El
academicismo cerró su ciclo de edificios institucionales del Estado con la culminación
del Palacio de Justicia de Bruno Paprocki en 1939, aunque la obra se había iniciado en
1926. De las manifestaciones nacionalistas hemos tratado ya. Por último, esta es la década
del surgimiento de diversas expresiones estilísticas ligadas a la modernidad ya en boga
en Europa y EEUU. Así hacen su aparición el Art Decó que desechaba el lenguaje
académico y optaba por la geometrización del ornamento, es el caso de los edificios
Ferrand de Rafael Marquina en 1930 y Aurich de Augusto Guzmán a la par que múltiples
viviendas a lo largo de los ejes viales de desarrollo. El llamado “estilo” buque, liberado
de ornamentos, cuyos volúmenes redondeados, ventanas similares a ojos de buey, lo
mismo que el uso particular del fierro en barandas y escaleras le daban un aspecto muy
parecido al de los barcos, aparte de las viviendas, como las que Augusto Guzmán
construyera entre 1934 y 1938; tuvieron esas características los famosos Baños de
Miraflores de Héctor Velarde de 1937 y el edificio Raffo de Guillermo Payet en 1938.
También se construyó edificios ligados directamente a la modernidad, ya difundida en
Europa y EEUU, especialmente proyectos de vivienda masiva como los de Alfredo
Dammert entre 1936 y 1939. Del mismo arquitecto es el mercado de Miraflores de 1937;
otro edificio de esta tendencia fue el Ministerio de Salud Pública de Guillermo Payet de
1938. Anuncios de la llegada definitiva de la modernidad que se produciría en la década
siguiente. Como había ocurrido en los períodos anteriores la mayoría de arquitectos
transitaban libremente entre estas diversas tendencias.
170
3.2.5 Un paradigma para la historia
La historiografía estuvo marcada, en esta década, por el retorno al país de su
fundador: José de la Riva Agüero, cuya visión de la historia se constituirá en paradigma
para muchos historiadores posteriores. En ella, la nación se debía configurar como una
creación histórica, a partir del encuentro de las dos tradiciones culturales que la habían
construido: la andina y la española. Es entonces una construcción de carácter mestizo
pero, desde su perspectiva, debía constituirse desde un centro y configurarse a partir de
una clase dirigente, siendo necesario que en conjunto sea liderado por el componente
español. Su concepción de mestizaje es en realidad un elogio a la obra de España en
América y por lo tanto la conquista resulta gloriosa (Flores Galindo, 1988). Su regreso de
Europa coincidió con el retorno de la oligarquía al control absoluto del Estado luego del
oncenio, convirtiéndose en un líder intelectual de estos sectores y permitiéndoles imponer
sus modelos culturales. Afloraron también su admiración por el fascismo y luego por el
franquismo español. En sus inicios el personaje paradigmático sería el Inca Garcilaso de
la Vega asumido como modelo del hombre peruano, pero luego, la vida a destacar sería
la de Francisco Pizarro. En conjunto constituyen la corriente a la que se ha dado el
apelativo de hispanista.
Esta historiografía fue modelando, desde los años treinta y hasta fines de los
sesenta, la conciencia histórica peruana. Sus tópicos y personajes invadieron los
textos escolares, los discursos cívicos, los monumentos y los nombres de las
calles. A fuerza de repeticiones, la nación peruana, de proyecto, se convirtió en
realidad: el Perú fue inscrito en la tradición occidental y cristiana a la que
terminaban subordinados los indios. (Flores Galindo, 1988: 60)
Durante este período los historiadores ligados al indigenismo, como el caso de
Luis Valcárcel o Emilio Romero, continuaron su producción exaltando el componente
andino de nuestra nacionalidad pero se replegaron a la actividad académica y a publicar
en provincias. La desaparición de Mariátegui, justamente a inicios de la década, frustró
también la vertiente marxista de interpretación de la historia.
171
3.2.6 Nuevos derroteros de los textos sobre arquitectura del período colonial
La década de 1930, en el país, introdujo innovaciones en el sujeto de investigación
y en las perspectivas de la misma. A partir de entonces fue asumida por historiadores
profesionales que la enfocaron teniendo en consideración la producción arquitectónica en
este territorio y sus diversas dinámicas. En el plano internacional, a la par que la
continuación de la preocupación de arquitectos e historiadores argentinos, manifestó la
preocupación de profesionales españoles como resultado del inicio de una inquietud
iberoamericana.
En el inicio de la década Ángel Guido publicó Eurindia en la arquitectura
americana, cuyo título complementario es Conferencia pronunciada en Santa Fe, bajo el
auspicio del Departamento de extensión universitaria. Un breve folleto de 48 páginas, 27
de las cuales son ilustraciones a página completa y cuatro a media página por lo que el
texto se circunscribe a un aproximado de 16 en las cuales se sostiene el carácter del arte
del período colonial como una Eurindia, es decir una fusión de lo indio con lo europeo,
que Guido pretende se proyecte a la configuración del arte que le era contemporáneo. El
concepto de la Eurindia fue muy aceptado en su momento y constituyó una de las bases
que dio sustento a la arquitectura neocolonial, tendencia hegemónica en el período. Le va
a seguir Martín Noel, en 1932, con la publicación de Teoría histórica de la arquitectura
virreinal, libro que resulta de la estrecha relación establecida entre el Instituto de
Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires y el
Laboratorio de Arte de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla, en
la cual Noel había dictado el curso de Arte Hispano Colonial Americano, según relata el
propio autor en el antedicho de la obra, prologada por Diego Angulo Iñíguez, gestor de
la relación entre las dos instituciones. Es un texto extenso en cuyo capítulo tercero se
historia varios procesos constructivos de la arquitectura colonial peruana y se registra
172
gráficamente algunas edificaciones. Pero su aporte más importante, que el autor sostuvo
a través del conjunto de sus escritos, lo constituye la asunción de la tradición cultural
colonial como componente fundamental de la constitución de la nacionalidad americana,
proceso al que la arquitectura contribuiría con la tendencia neocolonial.
Entre 1933 y 1939, vio la luz uno de los primeros textos españoles sobre
arquitectura americana: Planos de monumentos arquitectónicos de América y Filipinas
existentes en el Archivo de Indias, del historiador del arte Diego Angulo Iñiguez. Este
libro es la concreción de un proceso desarrollado durante las tres primeras décadas del
siglo XX, que significó un reencuentro entre España y los territorios americanos que
habían sido sus colonias. En esos años se había producido un paulatino reconocimiento
de los valores de la arquitectura americana, corriente de la cual formaban parte tanto
Guido como Noel, con expresiones importantes también en México, aunque no tuvieron,
en esta década, mucha presencia en nuestro país. Ya en la década de 1920, desde España,
se había realizado también un proceso de reconocimiento a esta corriente, reflejado en
hechos como el otorgamiento del Premio de la Raza a Martín Noel en el año de 1922 por
su obra: Contribución a la historia de la arquitectura Hispano-Americana, publicada el
año anterior, asimismo se dio inicio a la investigación académica con los estudios de
arquitectura hispanoamericana del importante académico Vicente Lampérez y Romea.
(Gutiérrez, 1992). Las propias celebraciones de los centenarios de la independencia y,
más tarde, los preparativos para la Exposición Iberoamericana de Sevilla en 1929
contribuyeron al acercamiento académico entre España y América, aunque este tuvo
carácter pasajero por la crisis económica que, en 1929, produjo el crack de la bolsa de
Nueva York y, dos años más tarde, por la caída de Alfonso XIII, gran impulsor del
proceso de acercamiento entre ambas regiones (Gutiérrez Viñuales, 2003).
173
Diego Angulo jugó un rol muy importante en el impulso a la investigación
académica sobre arquitectura y arte americano en un momento en que se había
investigado y publicado muy poco sobre el tema.84 El impulso académico e institucional
provino de la instalación, en 1926, de la Cátedra de Arte Hispano-Colonial en Sevilla,
ciudad que conservaba el más importante repositorio documental de la América española:
el Archivo General de Indias (AGI). Esta fundación fue parte de la corriente intelectual
del período de preparación de la Exposición Iberoamericana en dicha ciudad, que se vio
reflejada también en la creación de centros especializados de enseñanza como la Escuela
de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla en 1931. El doctor Angulo fue el encargado
de la cátedra desde el otoño de 1926. Este proyecto contó con un importante apoyo
económico, lo cual le permitió acopiar los ejemplares necesarios para constituir la más
completa biblioteca de la época sobre la materia, lo mismo que una amplia fototeca. Pero
Angulo comprendió, desde muy temprano, que el acopio bibliográfico era insuficiente,
por lo que propuso que la investigación se realizara en contacto directo con los objetos
arquitectónicos, a fin de poder analizar el conjunto de sus componentes y además acceder
a los archivos conservados en ellos. Conseguido el apoyo financiero, pudo viajar a
México a realizar estudios sobre el arte de ese país, al mismo tiempo que asumía la tarea
de la formación de jóvenes investigadores que continuaran sus iniciales estudios en el
AGI. En ese país, impulsó la formación del Laboratorio de Artes, que más tarde se
convertiría en el actual Instituto de Investigaciones Estéticas. Su labor se proyectó
también con la fundación de la revista Arte en América y Filipinas, cuya existencia
fomentó, tanto la investigación como la difusión de investigaciones sobre esos temas. A
84
Apenas: Waldo Jiménez de la Romera, “Cuba, Puerto Rico y Filipinas”, en España, sus monumentos y
sus artes, Barcelona. D. Cortezo, 1887; Serafín Ramírez, La Habana artística, La Habana, s.e. 1891;
Vicente Lampérez, “La arquitectura hispanoamericana en las épocas de la colonización y de los
virreinatos”, Raza Española, Madrid, 1922, año IV, núm. 40, pp. 44-69.
174
pesar de haberse alejado más tarde de la cátedra mencionada, su vocación hacia el arte
americano le acompañó hasta sus últimos días. La publicación del libro con los estudios
de los planos de los monumentos encontrados en el AGI fue uno de los primeros frutos
de sus investigaciones en dicho archivo, constituyéndose en un aporte muy importante al
estudio de la arquitectura americana. Son pocos los planos de obras arquitectónicas de
nuestro país en dicha publicación: La Catedral de Lima en 1696 y entre 1757-1794;
Nuestra Señora de los Desamparados de Lima en 1678; el Hospital de los Naturales de
Cusco en 1699, la Casa del Cabildo de Arequipa en 1786; la Dirección de Tabacos de
Lima en 1790 y una fortaleza incaica cusqueña en 1778, pero su publicación impulsó una
preocupación por la arquitectura de nuestra región que produjo, años más tarde,
importantes investigaciones.
En 1935, Miguel Solá publicó: Historia del arte hispanoamericano: arquitectura,
escultura, pintura y artes menores en la América española durante los siglos XVI, XVII
y XVIII. Este autor fue un salteño ilustre, nacido en esa ciudad en 1891, periodista y
escritor, laboró durante 30 años en el periódico La Prensa de Buenos Aires, se preocupó
por temas referidos al arte, tanto del periodo prehispánico,85 como del colonial. Estudió
la historia y la tradición de su ciudad, entre ellos la arquitectura.86 El libro referido aborda
temas diversos de la historia del arte americano, en específico, de la región norte y central.
Es un libro de gran volumen pero de pequeño formato, 341 páginas con 51 láminas y
mapas, su extensa bibliografía registra mucho de lo escrito hasta entonces sobre la
arquitectura colonial americana. Cuatro de sus capítulos están dedicados al arte y la
arquitectura mexicanos, otros a Guatemala, Venezuela y el arte quiteño; también historia
temas de arte en Buenos Aires, Paraguay y la Capitanía General de Chile. Entre estos
85
Véase: Solá, Miguel (1936). Historia del arte precolombiano. Barcelona: Editorial Labor.
86
Véase: Solá, Miguel (1926). Arquitectura colonial de Salta. Buenos Aires: Talleres Casa Jacobo
Peuser.
175
numerosos estudios incorporó dos específicamente sobre del Virreinato peruano,
considerando también el Alto Perú. El primero se denomina Las Artes en el Virreinato
del Perú, cubre desde la página 181 hasta 225 y en ellas se hace principalmente un registro
de obras arquitectónicas notables y con especial énfasis en datos biográficos de sus
realizadores. El segundo se denomina Escultura y pintura en el Virreinato del Perú, va
de la página 226 a la 251 y aborda la historia de esas disciplinas artísticas.
Completa el grupo de libros argentinos el primer tomo de Estudios y documentos
para la historia del arte colonial editado en Buenos Aires por el Instituto de Historia
Argentina y Americana "Doctor Emilio Ravignani", fue publicado en 1934, es una lujosa
edición de 193 páginas con análisis críticos de los documentos del AGI. Sus textos fueron
escritos por Martín Noel y José Torre Revello, incluye también algunos planos de
monumentos arquitectónicos, archivados en el mismo repositorio. Las reseñas de
documentos originales que contiene lo convierten en un muy valioso instrumento para la
investigación del tema.
En el Perú, la primera publicación de la década es un libro de pequeño formato,
se trata de Lima y sus murallas del historiador Mariano Peña Prado, prolífico autor nacido
en 1906.87 Escribió sobre un conjunto muy variado de temas; acerca de la historia de la
Universidad Nacional Mayor de San Marcos en La fundación de la Universidad Mayor
de San Marcos de Lima en 1938, sobre legislación: Breve tratado de derecho penal en
1938, sobre el paisaje natural y cultural de Perú en Un Viaje al Sur del Perú en 1933. Fue
designado miembro de la comisión que el Concejo Provincial de Lima nombró para llevar
a cabo la política de restauración patrimonial que impulsó, en la segunda mitad de la
década, el gobierno de Oscar R. Benavides. Escribió Lima y sus murallas como un
homenaje al cuarto centenario de la ciudad, dejando clara, desde la introducción, su visión
87
Según consignan las fichas de sus obras existentes en la Biblioteca Nacional del Perú.
176
de la colonia como un período de florecimiento cultural, consecuencia de la trasposición
de la religión y la cultura occidental a nuestro territorio que, aunque sería el resultado de
la intervención sangrienta de los conquistadores, habría sido grandemente benéfica para
el país pues habría permitido la llegada de una civilización esplendorosa, con leyes justas
y administración eficiente, que habría permitido el refinamiento en las artes, la ciencia y
las letras (Peña Prado, Mariano. 1934). El texto dedica 14 de sus páginas a la historia de
la fundación de la ciudad y 18 a la historia de sus murallas, con base en la información
de cronistas.
La Metropolitana de Lima es un texto que aborda los acontecimientos
correspondientes a los procesos de construcción y reconstrucción de la Catedral de Lima.
Es una mirada desde la Historia, poniendo énfasis en las instituciones y personajes
comprometidos en los procesos reseñados. El libro fue escrito por el religioso dominico
Domingo Angulo y publicado en 1935 coincidentemente con la celebración del IV
centenario de la fundación de la ciudad de Lima. El autor nació en Lima en 1879, ingresó
a la orden dominica a la edad de 18 años, ordenándose como sacerdote en 1904. Se
interesó en la Historia, investigando acuciosamente, inicialmente en los archivos de la
orden dominica. Publicó en 1908 La orden de Santo Domingo en el Perú y, en 1917,
Santa Rosa de Santa María. Estudio bibliográfico. Su actividad en la orden lo llevó a ser
dos veces prior del convento de Santo Domingo, puesto desde donde promovió la
organización de la valiosa biblioteca dominica y la restauración del edificio del convento.
Su interés se proyectó a la historia de la actividad eclesiástica en nuestro país realizando
una intensa labor de investigación de archivo. Transcribió y publicó documentos como:
Diario de la segunda visita pastoral que hizo de su arquidiócesis el ilustrísimo señor don
Toribio Alfonso de Mogrovejo, 1593; Instrucciones de los padres dominicos para
confesar conquistadores y encomenderos y El capitulario de los conquistadores del Perú.
177
Fue autor de varias monografías acerca del ambiente religioso del virreinato peruano
durante el siglo XVI y del Cedulario arzobispal de la arquidiócesis de Lima, en dos
volúmenes editados en 1925 y 1942. Su interés de investigación se proyectó luego a temas
de la ciudad y su arquitectura con textos como Notas y monografías para la historia del
barrio de San Lázaro en la ciudad de Lima; La Universidad y estudio general de la
Ciudad de los Reyes en su primer periodo 1551-1571. Por su labor de investigación
documental accedió a ser miembro de número del Instituto Histórico del Perú desde 1907,
llegando a ser su secretario; asimismo fue miembro de la Academia Nacional de Historia.
Fue director del Archivo Arzobispal de Lima entre 1919-1929 y jefe de la sección
histórica del Archivo Nacional desde 1919. Como parte de su actividad en ese archivo
fundó y codirigió con Horacio Urteaga la Revista del Archivo Nacional, donde publicó
muchos de sus estudios y el Índice del archivo nacional del Perú.
El libro que analizamos aporta la rigurosidad del estudio histórico al estudio del
arte y la arquitectura, en ese sentido se convierte en un hito en el medio académico, esto
fue posible debido a la conjunción de diversos factores entre los cuales podemos
identificar un componente motivacional, uno disciplinar y uno institucional.
El componente motivacional lo constituyó el interés de la iglesia católica por su
propia reconstrucción histórica, como una forma de reconocimiento de su aporte a la
sociedad, a la cultura y a las artes en nuestro país. En ese sentido, la obra de Angulo sería
pionera; seguida por la del mercedario Víctor M. Barriga quien, en esta década, inició la
publicación de la colección: Los mercedarios en el Perú en el siglo XVI: documentos del
Archivo General de Indias de Sevilla, una serie de cuatro tomos como aporte a la historia
de su orden. El primer tomo fue publicado en 1933 y la serie se prolongó hasta 1953. Esta
labor fue continuada en las décadas siguientes, por las otras órdenes presentes en el
territorio.
178
El componente disciplinar lo constituyó el desarrollo de la Historia y la
Historiografía, a partir de la labor pionera de José de la Riva Agüero desde la segunda
década del siglo veinte. Este autor sentó las bases tanto de la rigurosidad metodológica
de la disciplina como de su perspectiva de valoración del componente hispano de nuestra
nacionalidad, influenciando a la generación siguiente a partir de la creación de un
paradigma de investigación constituido por la fidelidad con el documento escrito.
El componente institucional lo constituyó la reorganización del Archivo Nacional
que tuvo lugar en 1919, permitiendo el acceso de muchos investigadores al patrimonio
documental del país. Este patrimonio había empezado a constituirse desde la instalación
de las primeras instituciones virreinales: el propio Virreinato y la Audiencia de Lima. Los
documentos fueron acumulándose a lo largo de los siglos que duró la colonia siendo, a
inicios de la época republicana, depositados en el convento de San Agustín. En 1859, el
historiador Manuel de Mendiburu consiguió que el gobierno emitiera un Decreto
estableciendo el Archivo Nacional y que los documentos, para ser preservados, fueran
trasladados al edificio de la Biblioteca Nacional. Diversas fueron las vicisitudes que la
institución debió sortear hasta 1879. Fue anulada y refundada, más tarde fue incrementada
con algunos archivos provinciales pero, luego de la derrota en la guerra con Chile, fue
saqueada por las fuerzas invasoras. Con posterioridad a varios intentos de reconstrucción,
recién en 1919 el archivo fue declarado en reorganización siendo nombrados para su
dirección el historiador Horacio Urteaga y el padre Domingo Angulo como jefe de la
sección histórica; quienes, al lado de otros historiadores, archiveros, paleógrafos y demás
profesionales, emprendieron la labor de organizar el patrimonio del archivo poniéndolo
al servicio de los investigadores (Torres, 1935).
La Metropolitana de Lima resume los componentes representativos de su época:
historia la catedral de Lima, sede de la actividad episcopal de la iglesia en un amplio
179
sector de los dominios españoles, dándole valor prioritario al componente hispano y
estructura un texto riguroso: estricto en la construcción textual y sólido en el
procesamiento de sus resultados; habiendo tenido a su disposición, en todo su proceso,
las informaciones de un archivo nacional mejor estructurado y más eficiente. Circuló
como un libro independiente y también fue publicado, en el mismo año, en una
compilación realizada por encargo del Concejo Provincial de Lima.88
La celebración del IV centenario de la ciudad de Lima constituyó una importante
motivación para la aparición de un número significativo de libros. Destacan diversos
registros históricos como las trascripciones del Diario de Lima en sus varios años de
publicación;89 o la reconstrucción histórica de la fundación de Lima;90 para la cual el
Concejo Municipal convocó a un concurso de investigación. También fueron publicados
álbumes de estampas91 y varios compendios con estudios y artículos sobre la capital. Así,
vieron la luz: Lima en el IV Centenario de su Fundación, monografía del Departamento
de Lima. Editada en 1935 por la Editorial Minerva, con reseñas de múltiples aspectos de
la vida de la ciudad, bajo la dirección y organización de Julio César Mariátegui y Germán
de la Fuente Chávez. Sus secciones abordan diversos aspectos de la ciudad durante la
colonia y la república, su geografía y sus instituciones y personajes. En esa medida, hay
breves alusiones a la arquitectura de la ciudad sin mayor amplitud ni detalle. Algo similar
podemos decir de Lima la Ciudad de los Reyes en el IV centenario de su fundación, de
1935, editado por la Editorial Centenario y auspiciado por la Comisión Ejecutiva
88
Se trata de Monografías históricas sobre la ciudad de Lima que reseñamos más adelante. Desconocemos
cuál de las publicaciones fue realizada primero, pero la edición independiente del texto tiene el aspecto
de un sobretiro.
89
Véase: Suardo, Juan Antonio (1935). Diario de Lima: 1629-1634. Lima: Impr. C. Vásquez Lix;
también, Mugaburu, José de, (1935). Diario de Lima: 1640-1694. Lima: Impr. C. Vásquez Lix.
90
Véase: Sivirichi, Atilio (1935). La fundación de Lima: ciudad en cruz. Lima: Taller de Linotipia.
También, Bromley, Juan (1935). La fundación de la Ciudad de los Reyes. Lima: s.e.
91
Véase: s/a (1935). Álbum conmemorativo del IV Centenario de la fundación de Lima. Lima: Imprenta
C. Ruiz.
180
Municipal de la Celebración del IV centenario de Lima. Es una recopilación de breves
ensayos de marcado carácter institucional y de personajes notables, algunos tienen como
tema edificaciones coloniales y lo desarrollan de modo breve y general; no tienen carácter
histórico. Santiago de Surco en el IV centenario de la fundación de Lima; publicado en
la capital, por la Imprenta El Triunfo, compilado y prologado por José Pardo Castro. Es
un conjunto de textos institucionales con referencias amplias de autoridades y personajes
notables del lugar y reseñas, muy breves, de sus fundos y haciendas.
Un hito en la reconstrucción de la historia de la ciudad fue la publicación del
Concejo Provincial: Monografías históricas sobre la ciudad de Lima. En la fecha,
constituyó la recopilación más acuciosa de textos dedicados al origen y evolución de la
ciudad desde múltiples perspectivas. Se estudia su proceso de formación –Historia de la
fundación de Lima–; su evolución urbana –El plano de la ciudad–; los ejemplos más
representativos de su arquitectura –La metropolitana de la ciudad de los Reyes y El
Barrio de San Lázaro de la ciudad de Lima–; sus símbolos –El escudo de la ciudad– sus
dinámicas sociales –Lima en el siglo XVIII y Lima Antigua –; su tradición –Añoranzas–;
y algunos personajes que influyeron en su devenir histórico –Biografía del cronista
Bernabé Cobo y El virrey don Francisco de Toledo–. Todas las monografías están
planteadas –en correspondencia con la corriente de la época– desde el reconocimiento de
la supremacía de la cultura occidental: religión, idioma, concepción del mundo por lo cual
debe ser el aspecto fundamental en la construcción de nuestra nacionalidad, del cual la
capital resulta siendo el locus fundamental, símbolo del predominio de la hispanidad y el
catolicismo.
Un tipo de publicación con significativa presencia en la primera mitad del S. XX
es el que denominamos álbum de estampas, se trata de ediciones, usualmente de gran
formato, con poco texto y abundantes imágenes fotográficas o dibujos. Usualmente
181
expresan la admiración de los autores por el paisaje y el patrimonio del país o de zonas
específicas del mismo, sin que ello requiera de una mirada sistemática o con visos de
cientificidad. El centenario motivó la publicación de un álbum de estampas: El palacio
de Torre Tagle: evocación pretérita, de Evaristo San Cristóbal. Es una publicación de
gran formato (22 por 33 cm) y de solo 22 páginas; contiene un estudio introductorio en
las primeras 8; en ellas se compendia datos sobre los marqueses y se describe
someramente el edificio y sus obras de arte, cuenta además con 13 ilustraciones a toda
página en fina presentación. Son fotografías de personajes ataviados con vestimentas
propias del S. XVIII, posando en el edificio, prueba inequívoca del sentido que estas
edificaciones adquirían en el imaginario simbólico de la población de la época, sobre todo
en las clases acomodadas que añoraban la colonia y su boato.
Luego de 1935, se abre un paréntesis hasta 1938 en que se publica De la vieja
casa de Pizarro al nuevo Palacio de Gobierno por encargo del gobierno del presidente
Oscar R. Benavides. Fue escrito por Eduardo Martín-Pastor, autor acerca de cuya
biografía existe poca información, nacido en 1889, la Biblioteca Nacional del Perú
consigna de él otro texto: Discurso y digresión sobre Victorio Macho, publicado en 1940.
El texto sobre la casa de gobierno registra el proceso seguido por dicha edificación desde
su primer ocupante, el conquistador Francisco Pizarro, hasta la construcción del último
edificio en 1938. El autor aborda el discurso histórico como un registro de vivencias; para
Martín-Pastor es posible la configuración de la biografía del edificio como la de un ser
viviente, un planteamiento sustentado en los fundamentos conceptuales del positivismo,
aplicados a la historia. Le da al texto la estructura de una novela, reconstruyendo, en este
caso, las vicisitudes y ocurrencias de los habitantes del inmueble. El enfoque escogido no
da lugar a la inclusión de referencias bibliográficas, tampoco registra una bibliografía
general; pero se hace evidente que la reconstrucción está basada en datos de investigación
182
precisos, sustentada en el conocimiento y análisis de fuentes. Su preocupación por
historiar la colonia, poniendo énfasis en el aporte hispánico, es otra expresión más de la
tendencia historiográfica de la década, claramente hispanista.
La admiración por la arquitectura y el paisaje de nuestro territorio motivó, en
1939, la publicación de otro álbum de estampas: Estampas del sur del Perú: monumentos
arqueológicos y coloniales: paisajes tipos y escenas urbanas, de Fabio Camacho. Una
publicación de gran formato, con fotografías de la arquitectura y el paisaje de los
departamentos de Cusco, Arequipa y Puno. El álbum cuenta con una sección textual de
12 páginas. De ellas, cuatro fueron dedicadas a la arquitectura colonial. En la
introducción, Camacho explica que los textos están basados en los escritos de Luis E.
Valcárcel.
Durante la década de 1930, fueron restaurados un conjunto de monumentos
arquitectónicos y, a finales del período, fueron publicados registros o estudios históricos
de varios de ellos: en 1938 vio la luz Lima Precolombina y virreinal y en 1939, otro álbum
de estampas: Álbum artístico: convento de San Francisco de Jesús "El Grande" de la
Editorial Revista Franciscana del Perú. Son 48 páginas con un registro de las mejoras
implementadas en el convento, acompañadas de breves referencias a las imágenes
mostradas.
Lima Precolombina y Virreinal es, sin lugar a dudas, el libro más importante del
período. Una compilación de diversos autores, en la que alternan historiadores de carrera
–de trayectoria en la reconstrucción histórica y diversas publicaciones previas– con
estudiantes del cuarto año de la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos. La
edición fue compilada por Juan Manuel Peña Prado. Él había nacido en Lima, en 1901;
estudió en la Universidad Mayor de San Marcos, donde se recibió de abogado; en la
misma universidad se incorporó a la docencia, asumiendo la cátedra de Historia del Arte
183
Peruano en la Facultad de Letras; asignatura que dictó entre 1935 y 1945. Tuvo también
una intensa actividad política habiendo sido elegido en diversas oportunidades diputado
y senador por el departamento de Puno. Los datos biográficos y textos que de él se
consignan dan prioridad a este aspecto de su vida. En este libro, Juan Manuel Peña Prado,
aparte de la labor de compilación, escribió los dos ensayos generales, tanto el de arte
prehispánico, como el de arte colonial.
En su monografía, la arquitectura es estudiada como una de las bellas artes, al lado
de la pintura y la escultura, según el concepto tradicional de la Historia del Arte. Su
propuesta de clasificación es cronológica, dividida según los siglos de la dominación
colonial y planteada como una Historia de los Estilos. El enfoque es básicamente
formalista, sus descripciones son detalladas buscando establecer, ante cada elemento, la
referencia estilística y su procedencia, a partir de relacionarlo con algún modelo europeo.
Su propuesta conceptual es la del positivismo, en ella el carácter de los individuos estaría
determinado por la raza y sería expresión del medio físico geográfico lo mismo que su
producción cultural. El arte de las sociedades podría ser analizado, entonces, a partir de
la influencia de su territorio, siguiendo un proceso similar al de la biología con un
momento de origen y crecimiento, uno de adultez y finalmente un decaimiento que lo
llevaría a la extinción. Está relacionado también a las teorías de Darwin, por lo que la
producción artística también se podría calificar de inferior o superior, según su mayor o
menor grado de “desarrollo” en el proceso de evolución del arte. Tanto esta monografía,
como las de los alumnos del curso son especialmente significativas porque, a pesar de su
variedad, comparten la incorporación de las perspectivas y métodos de la Historia de Arte
como base del análisis de la arquitectura y el arte colonial, que no habían sido abordados
de modo sistemático previamente.
184
Las demás monografías no están tan sistemáticamente estructuradas, por lo que su
aporte no es equivalente, pero aun siendo de extensión y alcance diverso, reflexionan en
todos los casos centrándose en los objetos; estos son descritos y analizados teniendo en
consideración su estructuración formal, su configuración ornamental y sus connotaciones
simbólicas, a partir de las cuales se establece los criterios de valoración. Las referencias
históricas permiten definir las relaciones con su tiempo y su espacio y, en ese sentido,
resultan complementarias. Siguiendo al maestro, en todas, la clasificación y periodización
de los procesos productivos son establecidos según las perspectivas de análisis artístico
planteadas para el arte occidental, es decir, como una historia de los estilos. Comparten
también las dinámicas de la exploración, fundamentalmente descriptiva, y su
fundamentación en el positivismo, que es la perspectiva de análisis validada para todo
tipo de investigación en este período.
La década de 1930 fue, entonces, la del ingreso de la arquitectura tanto al territorio
de estudio de la Historia como al de la Historia del Arte, en un escenario determinado por
la vuelta de la oligarquía tradicional al control directo del Estado, con la caída de Leguía
y la imposición de las dictaduras de Sánchez Cerro y Benavides, por lo cual la tendencia
hispanista en el enfoque de la historia se impone como hegemónica. Aunque se fomenta
la investigación de la arquitectura desde la ciencia histórica, con los aportes
metodológicos del momento, esta fue todavía incipiente y no promovida como una
política pública. Las pocas investigaciones impulsadas a partir del Estado,
correspondieron a la celebración de eventos como el IV centenario de la fundación de la
capital o a una explícita difusión de las obras gubernamentales, por lo que la
investigación, en lugar de institucionalizarse en organismos que promovieran su
ejecución y garantizasen su continuidad –como ocurrió en países como Argentina o
México– estuvo librada a las voluntades y posibilidades de los investigadores.
185
Las ausencias también nos permiten caracterizar situaciones y períodos. Es de
notar la de los arquitectos en el terreno de la investigación histórica sobre la arquitectura
colonial, siendo que esta es la década de expansión de la tendencia neocolonial y se
requería del conocimiento de aquella que le servía de paradigma. Los fundamentos
conceptuales de esa tendencia provinieron de los planteamientos de los argentinos Martín
Noel y Ángel Guido lo mismo que sus modelos formales, a los cuales contribuyó también
la hemerografía iniciada en ese período. A la publicación de la Revista del Archivo
Nacional –fuente fundamental del desarrollo de la historia de la arquitectura y de la de la
nación en su conjunto– vino a sumarse El Arquitecto Peruano,92 cuya influencia en el
quehacer arquitectónico fue de tal importancia que merece ser motivo de una
investigación específica.
3.3 La década de 1940
3.3.1 El intermedio democrático
Luego de la secuela de veladas dictaduras que caracterizó a las décadas de 1920 y
1930, la de 1940 estuvo marcada por la sucesión ininterrumpida de dos gobiernos
democráticos: el de Manuel Prado Ugarteche, de 1939 a 1945 y el de José Luis
Bustamante y Rivero, de 1945 a 1948.
Prado ascendió al poder en elecciones en las que derrotó al candidato de la Unión
Revolucionaria: José Quesada, de clara tendencia fascista. Ni el aprismo ni el comunismo
pudieron participar debido a una ley que prohibía la presencia de partidos de carácter
internacional. Una manera de impedir la presencia en el poder de representantes de los
sectores populares. El nuevo mandatario hijo, a su vez, del dos veces presidente Mariano
92
Fundada por Fernando Belaunde Terry en 1938, se convirtió en el referente de la actividad proyectual
e ideológica de la arquitectura peruana durante los años de su publicación.
186
Ignacio Prado, miembro de una de las familias de linaje y de gran poder económico, por
lo que contaba con su total respaldo, lo mismo que de parte del poder militar.
El período de Prado coincidió con la segunda guerra mundial, condición peculiar
que motivó la elevación del precio de las materias primas y su volumen de exportación,
trayendo consigo un ingreso importante de divisas pero, a la vez, dificultando la
importación de productos importantes como medicinas y alimentos. El gobierno se vio
obligado a impulsar una política de sustitución de importaciones que favoreció a un sector
de la producción industrial permitiéndole la acumulación de capital, al aumentar el
volumen de empleo, pero no el nivel de los salarios. Durante la guerra, el régimen asumió
una actitud de apoyo al sector de los aliados. Le declaró la guerra al eje, permitió la
instalación de una base aérea norteamericana en Talara, deportó ciudadanos alemanes y
japoneses a EEUU y firmó, con ese país, un tratado de préstamos y arriendos. Esas
medidas contaron con el apoyo de sectores diversos como el APRA y el Partido
Comunista, este último por su relación con la Unión Soviética y su rechazo al fascismo;
por lo cual el régimen fue tolerante con estos sectores políticos.
El plano nacional también estuvo marcado por una guerra: la librada contra el
Ecuador. Ese país había planteado una serie de reclamos generando problemas
fronterizos; pedían una salida autónoma al río Amazonas y la posesión de las provincias
de Tumbes, Jaén y Maynas. En julio de 1941 las fuerzas ecuatorianas atacaron a las
peruanas en la margen oriental del río Zarumilla. El ejército peruano contraatacó;
enfrentando al ecuatoriano, entre el 23 y el 25 de julio, en la batalla del mismo nombre,
de la cual salió vencedor; luego, los invasores fueron desalojados de la Cordillera del
Cóndor, firmándose, en octubre, el Armisticio de Piura mediado por Estados Unidos,
Brasil y Argentina, a los cuales se sumaría más tarde Chile. El final de la guerra fue
sellado por el Protocolo de Río de Janeiro de 1942, el cual otorgó a Ecuador salida al Río
187
Amazonas, las regiones de Quijos y San Miguel de Sucumbios y el no pago de
indemnización por gastos de guerra.
Entre las políticas específicas de este régimen, estuvo la dación de la Ley Orgánica
de Educación Pública (1941); el impulso al turismo; la construcción del hospital obrero y
de barrios para trabajadores. Asimismo se llevó a cabo el censo de 1940, el que ha servido
de base para el conocimiento de los procesos físicos y demográficos de ese período.
En 1945, fue elegido José Luis Bustamante y Rivero (Arequipa, 1894 –Lima,
1988) liderando una coalición de partidos políticos: el Frente Democrático Nacional, con
la participación del APRA, que alcanzó también mayoría en el parlamento. Su accionar
destacó por el respeto al orden democrático y a las normas institucionales; una de cuyas
evidencias fue la incorporación del APRA a las dinámicas de la legalidad.
Bustamante subió al poder en un escenario internacional completamente distinto.
El valor de nuestros productos había descendido en el mercado internacional, mientras
los precios y el volumen de las importaciones se habían incrementado. El gobierno se vio
obligado a implementar un conjunto de medidas respecto al comercio internacional: se
controló el tipo de cambio y el precio de algunos productos, llegando incluso al subsidio
de algunos alimentos importados. Se pretendió también mejorar el nivel de ingreso de los
sectores obreros aumentando impuestos para incrementar el gasto público, beneficiando
al mercado interno pero perjudicando al sector exportador.
También hubo cambios en las dinámicas económicas del campo por la
promulgación de la ley del yanaconaje, la cual incorporó una serie de variaciones en las
relaciones en el campo, imponiendo una remuneración por el trabajo en las haciendas,
fijando montos para los arriendos y liberando a los yanaconas de la obligación de vender
su producción a los hacendados.
188
En general se puede destacar la preocupación por la dotación de agua para la
agricultura. Se realizó obras de irrigación en la provincia de Islay (Arequipa), lo mismo
que estudios y trabajos en valles del norte como Moche, Chao y Virú. También se procuró
agua potable a gran cantidad de sectores en la capital. Se fomentó la construcción de
viviendas para trabajadores, como la UV3; hospitales como el de Bravo Chico para la
atención de enfermos de tuberculosis. También la preocupación por fomentar el turismo
impulsó la creación de la Corporación Nacional de Turismo. En el plano educativo amplió
significativamente su cobertura, llevando a cabo también una reforma de la enseñanza
universitaria.
En el plano de las dinámicas sociales el gobierno de Bustamante fue de gran
inestabilidad política. Desde el parlamento el APRA controló al poder ejecutivo e
inclusive llegó a copar importantes sectores de la administración pública, con una
lamentable secuela de actos de corrupción; sobre todo por su control de la distribución de
alimentos a través de las municipalidades, que les permitió construir una red de
favoritismos con réditos políticos. Por otro lado, su presencia parlamentaria logró una
serie de beneficios para los sindicatos, como el reconocimiento de algunas organizaciones
gremiales. Se consiguió fallos a favor de los trabajadores en algunos conflictos sociales
y en situaciones puntuales pero no se pudo articular una política de conjunto que
verdaderamente llevara a cabo una mejora de sus condiciones generales de vida.
La situación política, bastante frágil, entró en un período crítico a partir de 1947,
producto de la inflación se agudizaron los problemas en los sectores populares a lo que
vinieron a unirse los reclamos del sector exportador. El APRA, que había participado de
los procesos de gobierno, acusó al ejecutivo de las razones de la crisis; se distanció de
Bustamante quitándole el apoyo de los sectores populares y fomentando la aparición de
huelgas, tomas de tierras y otras manifestaciones en diversos lugares del país las cuales
189
fueron reprimidas fuertemente. A esta situación se sumó una serie de acontecimientos que
enfrentaron al APRA con diversos sectores políticos, siendo el de mayor repercusión el
asesinato de Francisco Graña Garland, director del diario La Prensa, quien realizaba una
dura campaña antiaprista. Estos acontecimientos justificaron que el Movimiento Cívico
Independiente, liderado por Pedro Beltrán, y una serie de otros partidos de derecha,
declarara que el APRA constituía una amenaza para el país, integrando en esta
calificación al Partido Comunista (Collier, 1978).
En este escenario irrumpe la figura de Manuel A. Odría, nombrado ministro de
gobierno por Bustamante, a quien le correspondía la investigación del asesinato y las
actividades del APRA, lo mismo que las del Partido Comunista. Siendo oficial militar,
Odría había asumido el liderazgo del sentimiento antiaprista del gabinete que, aunado al
marco internacional de ascenso de Perón en Argentina, debe haberle inspirado en la
posibilidad de impulsar un golpe de estado en el Perú (Ibid).
En octubre de 1948 los apristas alentaron una sublevación fracasada de La Marina
de Guerra. La respuesta del estado fue una fuerte represión que implicó la suspensión de
garantías constitucionales y la reanudación de la persecución a los militantes apristas. El
punto final de este proceso tuvo lugar tres semanas más tarde y fue la sublevación de
Odría en octubre, quien dio un golpe de estado apoyado por el sector exportador de la
oligarquía con la intención de poner fin a la crisis política del país y a algunas políticas
económicas de Bustamante; fue expresión también de los intereses del ejército que en el
período 1945-48 había tenido importantes recortes en su presupuesto (Ibid). Con este
levantamiento se puso fin a uno de los pocos capítulos democráticos de la historia de
nuestro país.
El carácter del nuevo gobierno de Odría fue eminentemente represivo, a la
supresión de las garantías individuales, le siguió la dación de la Ley de Seguridad Interna,
190
en 1949, con la finalidad de proscribir tanto al APRA como más tarde al Partido
Comunista. Los dirigentes de ambos partidos fueron encarcelados o deportados, como el
caso de Víctor Raúl Haya de la Torre, quien estuvo asilado en la Embajada de Colombia
hasta 1954 en que salió desterrado. Fue cerrado el Congreso de la República, mientras
que el poder judicial tuvo una precaria actividad, el país fue gobernado por decretos leyes.
En el aspecto económico, el gobierno de Odría fue favorecido por la coyuntura
internacional favorable que generó el incremento de los precios de nuestros productos de
exportación como los metales, el algodón o el azúcar por la guerra de Corea. Pretendió
asimilarse a políticas de libre mercado, liberalizando el cambio, suprimiendo los
subsidios y los controles y promoviendo el equilibrio presupuestal. Esta bonanza
económica le permitió llevar adelante una política en favor de las condiciones de vida de
la clase obrera, mientras destruía sus formas de organización y de lucha. Llevó a cabo
obras públicas que incrementaron el empleo, su gobierno correspondió al inicial
desarrollo del urbanismo sistemático. Impulsó políticas de salud inclusivas y promovió el
clientelismo con regalos a los sectores más empobrecidos a través de la actividad de su
esposa, María Delgado de Odría, a fin de lograr que las clases necesitadas rompieran sus
lazos con el APRA y el comunismo.
Estas políticas fueron iniciadas durante la fase primera de su gobierno (la Junta
Militar 1948-1950) a ellas se sumó el apoyo de los sectores dominantes de la economía,
lo mismo que la sujeción de las clases trabajadoras; lo cual le permitió iniciar un segundo
momento de gobierno, aunque con elecciones amañadas: un período de gobierno
constitucional, pero a la vez grandemente represivo y antidemocrático durante seis años
adicionales que ha sido denominado el ochenio de Odría.
191
3.3.2 Ideología y pensamiento político
En nuestro país, la década del 1940 constituyó un punto de inflexión en las bases
de la actividad intelectual en general, así como en los fundamentos de la producción, tanto
arquitectónica como urbana en nuestro país, sobre todo en su segunda mitad, la que
coincidió con el término de la segunda guerra mundial en que fueron generalizadas,
aunque tardíamente, algunas dinámicas propias de la modernidad.
Esta reorientación del pensamiento fue el resultado de la manifestación de un
conjunto de dinámicas sociales que habían estado madurando durante los períodos
anteriores y que, al confluir, configuraron un escenario en el cual se impuso una manera
nueva de pensar el mundo. Dichas dinámicas se expresaron en nuestro país tardíamente
respecto a otros países de nuestra región y bastante después de hacerlo en los países
occidentales del primer mundo, relacionadas principalmente a los cambios producidos
por la II Guerra Mundial que generalizaron en muchas sociedades las lógicas y prácticas
de la última fase de la modernidad, Marshall Berman (1988) señala entre ellas:
- El cambio de los paradigmas del universo resultante de los grandes
descubrimientos, sobre todo en la física.
- La transformación del conocimiento científico en tecnología por la
industrialización de la producción.
- La creación de nuevos entornos ante la destrucción de los antiguos.
- La aceleración del ritmo de vida
- La intervención de la ciudadanía en la búsqueda del control sobre sus vidas,
producto de la generación de nuevas formas de poder colectivo.
- Un conjunto de intensas alteraciones demográficas producto del enorme
desplazamiento de las personas de sus lugares de origen generando un crecimiento
urbano casi siempre acelerado y caótico.
192
- La difusión de nuevos paradigmas y modos de vida producto del desarrollo de los
sistemas de comunicación de masas.
- La constitución de estados cada vez más poderosos, dirigidos burocráticamente y,
sobre todo:
- La unificación del mercado capitalista mundial y la inclusión de países dentro de
él.
El ideario de la arquitectura moderna expresó, como debía corresponder a la
primera mitad del S. XX, la visión ideológica del positivismo: La valoración de la ciencia
como única forma válida de enfrentar el conocimiento, dado que todos los fenómenos del
mundo y su propio desarrollo se consideraban sujetos a leyes naturales que se pretendía
conocer; al manejo de estas leyes iba unida la idea del progreso, en tanto su conocimiento
permitiría la mejor explotación de la naturaleza. Así, aparece el concepto de la máquina
como paradigma de la eficiencia que debe aplicarse también necesariamente a la vida
humana, y la idea del ser humano como un componente de un todo mayor, por lo que el
valor de la arquitectura sería su funcionalidad y la edificaciones unidades de una serie
que permiten a las sociedades habitar, producir, relacionarse, protegerse, intercambiar e
incluso distraerse. La sociedad y sus funciones podrían entonces ser esquematizadas
como una función matemática compleja que tiene posibilidades de manifestarse
volumétrica, espacial y funcionalmente; siendo sus más importantes expresiones la
vivienda multifamiliar en bloque y la fábrica. Este criterio de lo nuevo es la base del
rechazo virulento de los historicismos y de cualquier relación con el pasado, sobre todo
en el aspecto ornamental, el que es rechazado por completo a favor de una simplificación
de las formas que se relacionan con la funcionalidad de la máquina. Asimismo la relación
con la experimentación productiva se revela en la aparición de nuevos materiales y en su
193
uso audaz. Por último la idea del todo sobre la parte lo liga a los movimientos sociales
que se preocupan por dar respuesta a las necesidades arquitectónicas de las mayorías.
Los principios de la arquitectura moderna han sido analizados desde muchas
perspectivas y la principal coincidencia de los autores ha sido la imposibilidad de
establecer una única línea de pensamiento. Esto significa que el movimiento moderno en
arquitectura no es único ni en sus concepciones ni en sus planteamientos proyectuales,
sino más bien un conjunto de respuestas diversas a los temas que la arquitectura enfrenta:
a su relación con: la naturaleza, el progreso, la máquina, la técnica, la tradición y la propia
estructura social; planteados como un intento de integración del arte, la ciencia y la
industria (Martínez, 2001).
En el Perú, desde el punto de vista económico y del poder político los principales
actores sociales fueron la burguesía industrial y tecnocrática que, de algún modo,
enfrentaba al sector terrateniente; pero ninguno de estos sectores logró llevar adelante el
ansiado programa nacional. En la arquitectura, tuvo lugar la aparición del ideario de la
modernidad, el cual se convirtió en hegemónico a partir de la década siguiente. Los
conceptos básicos de ese ideario fueron planteados en un texto fundamental: Espacio en
el Tiempo del Arq. Luis Miró Quesada Garland. Este libro sería, según Martuccelli
(2000), un aporte de la burguesía a la modernización del país con un proyecto
arquitectónico y urbano novedoso.
Para entonces el concepto inicial de la modernidad como absoluto y universal
estaba siendo cuestionado, por lo que la propuesta del texto pretendía una modernidad
que tomara en consideración su contexto tanto geográfico como cultural.
Respecto al pensamiento moderno en el país, Rodríguez (2014) las analiza
centradas en sus particularidades con una perspectiva culturalista.
Espacio en el tiempo contiene un llamado a la universalidad, al mismo tiempo y
con la misma intensidad que reclama la incorporación de lo local al discurso
194
moderno. Si bien la defensa del carácter universal de lo moderno queda
demostrada por las abundantes referencias que el libro contiene a las ideas y obras
de Le Corbusier, Lloyd Wright o Gropius, además de innumerables autores
citados, la defensa de las especificidades locales no tiene la misma contundencia,
no solo en cantidad sino, y especialmente, en profundidad (ibid, p. XVII).
Nos plantea entonces que, a diferencia de los autores clásicos de la arquitectura
moderna –especialmente Le Corbusier–, el pensamiento de Miró Quesada es culturalista
haciendo depender la arquitectura de un sistema integral de pensamiento y acción social,
mientras la modernidad tradicional planteaba una arquitectura dependiente de la
ingeniería y el cálculo. Por otro lado, a pesar de su admiración por la tecnología y la
industria; frente a la extrema racionalidad de la modernidad incorpora una espiritualidad
relacionada con las tradiciones de la sociedad, en especial la religiosidad (ibid).
Mientras tanto, Ludeña (1997) plantea que la idea de la arquitectura como un arte
total, incorporada al pensamiento moderno en el Perú, estaría asociada a la matriz
hegeliana idealista; que asocia la arquitectura al arte y las separa de la construcción, en
una propuesta que pretende –sin lograrlo– una propuesta de modernidad no ligada a un
sentido social, económico y productivo. Ese planteamiento y su propuesta acrítica frente
a lo urbano demuestran que lo moderno en ellos era más una moda que una propuesta
social y política.
De hecho, el pensamiento de la modernidad, a partir de la década siguiente se
tornó hegemónico y, con variantes, sustentó la actividad proyectual y constructiva por un
largo período.
3.3.3 El proceso urbano
Desde la perspectiva del urbanismo, sobre la contradicción tradicional del proceso
de la modernidad: entre el campo y la ciudad, se impusieron las contradicciones al interior
de las propias ciudades. Estas, pero sobre todo la capital, tuvieron en la primera mitad del
S. XX un explosivo crecimiento, ya no solo producto de su incremento demográfico
195
autónomo sino, sobre todo, debido a una intensa corriente migratoria desde el campo
motivada por las difíciles condiciones de vida de la población campesina enfrentada a la
ausencia de todo tipo de oportunidades y servicios del estado. Lima pasó de 150,000
habitantes en 1908, a 500,000 en 1940 (Collier, 1978); el resultado de este crecimiento
desmesurado fue la tugurización de la urbe y el cada vez mayor porcentaje de déficit de
vivienda y servicios, condiciones que, evidentemente, afectaban sobre todo a la población
de más bajos recursos.
En la capital, se consolidó una tendencia incipiente aún en las dos décadas
anteriores, caracterizadas por el espíritu modernizador propuesto desde el oncenio de
Leguía. Esta tendencia se basó en la aplicación sistemática de teorías urbanas y métodos
preestablecidos de organización de la ciudad, un sistema orgánico de raigambre moderna.
Este se tornó así en el periodo fundacional del urbanismo peruano y de la instauración de
los ideales del movimiento moderno en ese campo, planteado en los niveles institucional,
normativo y de formación profesional (Ludeña, 2006), que tuvo como antecedente la
creación de la Comisión Nacional de Urbanismo en la década anterior y se concretó con
las investigaciones iniciales impulsadas por la Oficina Nacional de Planeamiento y
Urbanismo (ONPU), creada en 1946 (Jara, 2010).
En la perspectiva de responder a las necesidades en el plano de la vivienda y el
equipamiento, los barrios ya existentes fueron grandemente potenciados,
incrementándose también su número con la apertura de avenidas como la Arequipa, Brasil
o Venezuela; lo cual generó, a lo largo de ellas, una intensa actividad constructiva ante
los requerimientos de los sectores altos y medios de la población. Esto trajo como
resultado el que los antiguos balnearios como Miraflores, Barranco y Chorrillos fueran
integrados a la ciudad por un continuo de edificaciones, contribuyendo también a albergar
algo del excedente de la población urbana (Martuccelli, 2000), intención que más tarde
196
pretendería cumplirse con un conjunto de Unidades Vecinales, construidas sobre todo en
la década de 1950.
Estos procesos fueron la manifestación del crecimiento formal de la ciudad pero
a ellos se sumó, como la otra cara de la misma moneda, un proceso de crecimiento
informal expresado en el surgimiento de las barriadas, el cual se hace muy importante a
partir de esta década, convirtiéndose a lo largo del tiempo en la mayor expresión del
crecimiento urbano de la capital.
El surgimiento y posterior desarrollo de las barriadas tuvo su origen en el
incremento descontrolado de la población de las ciudades. Las barriadas pueden ser
conceptuadas como comunidades residenciales de la población de bajos recursos, cuyos
pobladores han construido personalmente sus propias viviendas y que han surgido, en su
mayoría, al margen de la legalidad (Collier, 1978). Aunque, como señala el mismo autor,
algunas de ellas fueron promovidas desde el estado. Ya en 1945, durante el gobierno de
Bustamante y Rivero, la zona de Piñonate fue ocupada por inmigrantes de origen andino,
su crecimiento continuó entre 1945 y 1948, en zonas de la actual Av. Perú. Durante el
gobierno del Gral. Odría esta ocupación fue legalizada como una manera de crear una
base social para el régimen y de contrarrestar la presencia del aprismo y el comunismo en
las bases populares, dando lugar, más tarde, al distrito de San Martín de Porres (Degregori
et. al., 1986). El proceso urbano de la década fue conformado entonces por dos corrientes:
el impulso del estado, el cual incluyó algunas propuestas de planificación, y el
crecimiento informal, asumido por la población de manera espontánea y autónoma.
3.3.4. La arquitectura de la ciudad: de la identidad a la universalidad.
La década de 1940 constituyó un período de articulación entre dos trascendentales
fundamentos proyectuales en la arquitectura peruana. Entre la propuesta de una
arquitectura basada en la historia, en la personalidad local, planteada a su vez como un
197
elemento generador de identidad y, la propuesta de una arquitectura desprovista de toda
señal identitaria, que podría ser válida en cualquier lugar del orbe.
La primera fue la tendencia neocolonial, difundida desde la década anterior a nivel
de la arquitectura doméstica; en esta década, pasó a ser asumida como expresión oficial
del estado, sobre todo hasta 1945. La segunda apareció luego del término de la segunda
guerra mundial la cual modificó las relaciones políticas y económicas globales,
reintegrándose las dinámicas sociales de Latinoamérica a las de los vencedores y
permitiendo el flujo de las manifestaciones culturales desde esos países hacia los nuestros.
El resultado fue la llegada de los principios de la cultura de la modernidad en sus diversas
manifestaciones, entre ellas la arquitectura.
En el inicio de la década, el neocolonial se expresó en edificaciones de carácter
monumental y de gran importancia institucional; superando su ámbito original que había
sido la arquitectura doméstica. Un aspecto importante de su institucionalización fue la
incorporación del curso de Arquitectura en la Colonia que dictó Rafael Marquina en la
Escuela de Ingenieros. Se expandió así a la arquitectura comercial y a la bancaria, pero
fue en la hotelera donde encontró un territorio especialmente propicio para su desarrollo,
lo cual le permitió además proyectarse hacia el interior del país.
Una de las más significativas intervenciones fue, de hecho, la remodelación del
espacio urbano más importante de la capital: la Plaza de Armas, producto de un concurso
en el que resultó ganador el proyecto elaborado por los arquitectos Emilio Harth-terré y
José Álvarez Calderón. Si bien el concurso fue realizado en 1939, la obra se prolongó por
más de 10 años siendo recién culminada en 1952. La intervención unificó las fachadas
pero significó la destrucción de los portales de los siglos XVI y XVII, además de los
balcones republicanos, alterándose también el perfil por el trazado de la plaza Pizarro y
el pasaje Santa Rosa (García Bryce, 1982). Otro espacio de gran significación completado
198
en este período fue la recientemente inaugurada Plaza San Martín, en cuyo frente este
fueron construidos los edificios Boza y Sudamérica, entre 1938 y 1945, proyectos
también de los arquitectos Harth-terré y Álvarez Calderón. En ambos casos se trató de
edificaciones cuya altura les permitió tener un rol importante en la configuración del
espacio que los contenía y cuyas características los aproximaron a las propuestas del
academicismo por su monumentalidad, criterios compositivos y carácter ornamental,
aunque los elementos del lenguaje provenían de la arquitectura colonial.
La promoción al turismo impulsada por el gobierno de Manuel Prado se manifestó
en la fundación de la Compañía Hotelera del Perú, la cual impulsó la construcción de
hoteles de turistas en diversas capitales; casi todos con características neocoloniales. Así
ocurrió con el hotel de turistas de Huancayo (1940), el de Camaná (1942) (Fuller, 2008),
siendo el más importante el de Cusco (anterior a 1950), de Harth-terré y Álvarez Calderón
(García Bryce, 1982). La opción por la arquitectura neocolonial de parte del estado en la
capital fue fomentada por ordenanzas municipales que exigieron la “adopción del ‘estilo
colonial’ en los edificios que se construyeran en el centro histórico de Lima” (García
Bryce, 1982, p. 147).
Esta década coincidió con uno de los eventos más importantes y globales de todo
el siglo: la II Guerra Mundial, cuyo estallido, en su inicio, trajo consigo una brecha en las
comunicaciones con los países del hemisferio norte, restableciéndose a su término y
permitiendo la llegada de los movimientos culturales originados en esa región en el
período de la pre guerra. En el caso de la arquitectura, los planteamientos que sustentaron
sus expresiones modernas habían sido desarrollados desde la década de 1920 por
creadores y autores como Walter Gropius, Frank Lloyd Wright, Mies van der Rohe y Le
Corbusier. En Latinoamérica, la incursión del movimiento moderno se produjo en
199
oposición a la proliferación de los historicismos,93 habiéndose impuesto en los países con
movimientos culturales mucho más dinámicos que el nuestro, como el caso de México o
Brasil. A nuestro país la arquitectura moderna llegó en su versión internacional, que
probablemente no fue la mejor.
El compromiso, la audacia y la inquietud revolucionaria que tuvo en algunos
lugares de Europa antes y después de la Primera Guerra Mundial, difícilmente
podía encontrarse en lo que de esta arquitectura llegaba a América después de
1945: inclusive, en [Link]., la arquitectura moderna habría de servir de estilo a
las grandes empresas. Aún más: si en Europa las vanguardias se enfrentaron a
toda una tradición que le era propia a la historia de Occidente, no era esto lo
propio de la lucha de los modernos en América. (Martuccelli, 2000, p. 124).
Aparte de la influencia indirecta de los maestros ya mencionados, dos grandes
representantes del movimiento moderno se hicieron presente en 1945, fueron José Luis
Sert94 y Richard Neutra.95 La difusión, tanto directa como indirecta de la obra de los
maestros de la arquitectura moderna contribuyó mucho a la instalación de esa tendencia
en el medio, pero las características del mismo también jugaron un papel importante en
ese proceso. Para esta década, las deficiencias de la situación de la vivienda de los sectores
populares exigieron del estado el planteamiento de políticas públicas que enfrentaran
dicha situación con medidas de mediano y largo aliento.
La manifestación más importante de esas políticas estatales fue la edificación de
conjuntos de vivienda que se constituirían en un modelo a difundirse en la década
siguiente. Se trató de la creación de las Unidades Vecinales correspondiente a patrones
de vivienda de carácter social para las capas económicamente medias y bajas de la
93
Un conjunto de tendencias que estructuraban sus dinámicas proyectuales sobre la base de principios
compositivos tomados de la historia de la arquitectura.
94
Arquitecto barcelonés, representante del racionalismo, que había trabajado con Le Corbusier, fue uno
de los fundadores Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura
Contemporánea; rama española del CIAM. Estuvo en el Perú asesorando la elaboración del Plan Piloto
de Lima, para la ONPU.
95
Richard Neutra (1892 – 1970). Arquitecto austriaco. Trabajó con Frank Lloyd Wright. Fundó la
Academia de Artes Modernas en Los Ángeles y contribuyó a la difusión de los principios de la
arquitectura moderna.
200
población. La primera de las estas –la UV3– fue construida en 1945, a través de la
Dirección de Vivienda del Ministerio de Fomento; sobre el diseño de un equipo de
arquitectos comandado por Alfredo Dammert y Carlos Morales Machiavello, constituido
por M. Valega, Luis Dorich, E. Montagne, J. Benites y Fernando Belaunde. Esta obra, de
gran envergadura, contaba con 1115 unidades de vivienda, zonas deportivas, escuelas,
zonas comerciales, cine e iglesia (Córdova, 2007).
En 1946 se creó la Corporación Nacional de Vivienda la que impulsó la
construcción de otras seis unidades con el modelo de la UV3. Luego, en 1948 fue fundada
la Oficina Nacional de Planificación Urbana, la cual elaboró un Plan Piloto para la capital,
dirigido por el Arq. Luis Dorich. La necesidad de crecer en altura con unidades
independientes fue respondida con la dación de la Ley de Propiedad Horizontal en 1947.
Estas políticas públicas habían sido antecedidas por algunas manifestaciones
conceptuales: en 1945 vio la luz Espacio en el Tiempo, libro de Luis Miró Quesada, que
resumió las ideas de la modernidad y las planteó en relación con nuestro medio. Este texto
sirvió de sustento a una modificación de la tendencia en la formación profesional en la
Escuela de Ingenieros96 en cuyas dinámicas se empezó a incorporar los principios de la
arquitectura moderna a partir de la reforma estudiantil de 1946 (Martuccelli, 2000). Más
tarde, la tendencia asumida inicialmente por profesionales de forma individual, se
institucionalizó a través de la constitución del grupo Espacio97 y de la expresión de sus
principios ideológicos en diversas publicaciones, proyectos y edificaciones.
Los agrupamientos de vivienda fueron, de hecho, las expresiones más importantes
de la arquitectura moderna durante esta década. Entre 1944 y 1948 fueron construidos: el
96
Única institución que en el período formaba arquitectos.
97
Agrupación formada por profesionales de las artes, las humanidades y el conocimiento, que en 1947
emitió un manifiesto como declaración de principios en defensa y difusión de los postulados de la
modernidad.
201
Agrupamiento Miraflores, del Arq. Santiago Agurto Calvo y el Agrupamiento Angamos
del mismo proyectista. La edificación emblemática de esta tendencia fue, sin lugar a
dudas, la propia casa del arquitecto Luis Miró Quesada, construida en el distrito de Jesús
María en el año 1948, con una evidente relación a los principios de la arquitectura
funcionalista y primera en que se manifiestan con rigurosidad. En esa misma línea,
Roberto Wakeham proyectó la casa Truel en San Isidro un año después.
Un caso especial fue la obra de algunos destacados proyectistas quienes,
asimilando muchos de los principios de la arquitectura moderna, incorporaron en sus
obras elementos de la tradición iconográfica regional como parte de su repertorio
ornamental, en algunos casos de nuestro pasado prehispánico; pretendieron con eso una
modernidad con identidad, un puente tendido entre las propuestas del período. Esta
tendencia se prolongó a la década de 1950. Un buen ejemplo de ella es el edificio Wilson
(1948) de Enrique Seoane, quien habría de convertirse en uno de los arquitectos más
resaltantes de la segunda mitad del S. XX.
3.3.5 La historia en la modernidad
En tanto las dinámicas de la política siempre han sido factores condicionantes de
la construcción del discurso histórico, durante este período, dicho proceso estuvo
marcado por la desaparición de una visión crítica de la sociedad y su reemplazo por la
que impusieron los sectores herederos de la aristocracia. Esta situación fue la expresión
del reemplazo de los planteamientos modernizadores del oncenio y de las diversas
manifestaciones renovadoras del discurso político, por una visión de sociedad que fueron
reimpuestas por los sectores de la oligarquía.
Así, luego de los encendidos cuestionamientos de Manuel Gonzales Prada;
iniciados a finales del S XIX y prolongados durante las dos primeras décadas del XX; a
partir de la década de 1930 la historia fue escrita desde la perspectiva de una supuesta
202
modernidad que se identificaba con el pensamiento más conservador, bajo el liderazgo de
José de la Riva Agüero. Este, puso de manifiesto su simpatía por el fascismo prologando
una edición de los discursos de Mussolini y dio su apoyo al triunfo de Franco en 1939
(Flores Galindo, 1988).
En esos años se construyó una historia en la que el protagonismo en la forja de la
identidad del país lo tenía la herencia española, tesis heredada por los discípulos de Riva
Agüero, entre ellos: Guillermo Lohmann Villena, quien publicó en esta década diversos
estudios sobre el arte dramático en la colonia; Joaquín de la Pezuela virrey del Perú:
1816-1821: Memoria de gobierno, en 1947; El Señorío de los marqueses de Santiago de
Oropesa en el Perú; en 1948 y Las minas de Huancavelica en los siglos XVI y XVII, en
1949 (Rivera, 1982). Más tarde, la misma línea fue continuada por José Agustín de la
Puente y Candamo quien, aunque investigó sobre el proceso de la emancipación en su
tesis doctoral: San Martín y el Perú. Planteamiento doctrinario, en 1948, lo hizo en la
visión que “el Perú rompe con España como el hijo mayor se separa de su madre y como
consecuencia, antes que una guerra se trata de una toma de conciencia personal e íntima”
(Flores Galindo, 1988, pag. 60). Este grupo de historiadores se relacionó con la fundación
del Instituto Riva Agüero en 1947, a semejanza de lo ocurrido con la Escuela de Estudios
Hispanoamericanos de Sevilla, relacionada con el catolicismo conservador.
Esta historiografía fue modelando, desde los años treinta y hasta fines de los
sesenta, la conciencia histórica peruana. Sus tópicos y personajes invadieron los
textos escolares, los discursos cívicos, los monumentos y los nombres de las
calles. A fuerza de repeticiones, la nación peruana, de proyecto, se convirtió en
realidad: el Perú fue inscrito en la tradición occidental y cristiana a la que
terminaban subordinados los indios. (op. cit. p. 60).
Incluso historiadores de gran trascendencia en los períodos posteriores como Raúl
Porras Barrenechea y Jorge Basadre, abordaron temas relativos al período colonial. El
primero publicó, en 1946, El inca Garcilaso de la Vega (1539-1616); mientras el segundo
lo hizo con una biografía: El conde de Lemos y su tiempo, en 1945; aunque es de destacar
203
que Basadre lo hizo a la par de un conjunto de reflexiones sobre la estructuración del país
y el rol de los historiadores en ese proceso; publicó así: La promesa de la vida peruana
en 1943 y Meditaciones sobre el destino histórico del Perú, en 1947.
Habiendo fallecido José Carlos Mariátegui, el marxismo estuvo ausente de la
historiografía de la década, no así el indigenismo, sobre todo en la obra de Luis E.
Valcárcel. Este publicó, en los inicios de la década, un estudio sobre el virrey Toledo,
pero con un enfoque distinto del de los historiadores hispanistas: El Virrey Toledo. Gran
tirano del Perú, en 1940; aunque su interés fundamental estuvo en historiar el pasado
antes de la llegada de los españoles y las expresiones que de esa herencia aún podían
encontrarse en nuestra sociedad, publicó en esta década: Ruta Cultural del Perú, en 1945
e Historia de la Cultura Antigua del Perú (2 tomos), entre 1943 y 1948.
3.3.6. Los textos de la década de 1940
La simple observación del listado de libros publicados durante esta década,
evidencia una diferencia cuantitativa con las décadas anteriores. Hay también una
diferencia cualitativa por la incorporación de diversas perspectivas de registro y análisis
del patrimonio colonial edificado, que se puede identificar a partir de la lectura de los
textos.
En el inicio de la década se amplió la presencia de los investigadores
sudamericanos. En 1940, fue publicado otro libro del arquitecto argentino Ángel Guido:
Redescubrimiento de América en el arte,98 en la reafirmación de su tesis de la fusión
hispano indígena en el arte. Este autor siguió publicando y proyectando hasta su muerte
ocurrida en 1960. Martín Noel, incrementó su producción con El arte en la América
española, en 1942 y con la compilación de un conjunto de ensayos y conferencias:
98
Rosario: Universidad Nacional del Litoral.
204
Palabras en acción: apologías y temas de historia, arte y urbanismo, en 1945.99 En 1941
fue publicado en Santiago de Chile: La Arquitectura en el virreinato del Perú y en la
capitanía general de Chile, de Alfredo Benavides.100 El autor, nacido en Chile en 1894,
fue un pionero de la investigación en este campo. Arquitecto por la Universidad de Chile
en 1921, docente universitario en la misma universidad entre 1922 y 1949, fue también
miembro de la Academia Chilena de Historia. Su formación, que integraba la arquitectura
con la historia, permitió que su texto se convirtiera en un clásico de la historia de la
arquitectura latinoamericana, lo que se comprueba porque sus informaciones sirvieron de
base a muchos estudios tanto contemporáneos como posteriores y porque sus ediciones,
realizadas en 1961 y 1988, fueron sucesivamente agotadas. La obra cubre un territorio
amplio que, durante el S. XVIII, formaba parte del Virreinato del Perú y la Capitanía
General de Chile; es decir los actuales territorios del Perú, Bolivia y Chile. Acucioso
investigador, adhirió a la teoría de la fusión hispano aborigen como característica
fundamental de la arquitectura entre 1700 y 1780 en dicha región. Siguió trabajando hasta
1959 año en que falleció luego de un viaje de investigación a las islas de Pascua.
De 1942 datan los primeros libros escritos y publicados en el Perú y con ellos
aparecen importantes investigadores, quienes renovaron las perspectivas y metodologías
de los estudios sobre el tema.
Autor de múltiples estudios sobre la historia y el arte peruano en sus diversas
etapas, Ricardo Mariátegui Oliva fue un acucioso y prolífico historiador del arte y la
arquitectura, cuya labor se ha difundido muy poco y su figura, como destacado
investigador, ha sido poco relievada y menos estudiada. Había nacido en Lima, en el año
1907. Estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos donde obtuvo el
99
Buenos Aires: Eds. Peuser.
100
Santiago de Chile: Ediciones Ercilla.
205
doctorado en Historia en la Facultad de Letras y Pedagogía. Ejerció la docencia, tanto a
nivel escolar, en el colegio San Agustín, como en la UNMSM. En diversas publicaciones
aparece como director del Instituto de Investigaciones de Arte Peruano y
Latinoamericano, en cuya nómina figuran los más importantes investigadores de la época
a nivel latinoamericano. De Argentina: Martín Noel, de Chile: Alfredo Benavides
Rodríguez, de México: Manuel Toussaint, de República Dominicana: Erwin Walter Palm;
todos con importantes publicaciones en esta década sobre la arquitectura peruana. Figuran
también de Cuba: Luis de Soto y Sagarra, de Ecuador: José Gabriel Navarro, de
Venezuela: Juan Rohl. Por el Perú, forman parte Pío Max Medina de Ayacucho, Jorge
Cornejo Bouroncle de Cusco y por Puno, Amadeo Landeta y Washington Cano. Aunque
solo a partir de los nombres de los integrantes se hace evidente que su trayectoria merece
una investigación más amplia y acuciosa, también se justifica a partir de las pocas
publicaciones del instituto que hemos recopilado y del discurso del director en la
presentación de las publicaciones:
El INSTITUTO DE INVESTIGACIONES DE ARTE PERUANO Y
LATINOAMERICANO las edita, (…) utilizando para ello su propio material, ya
que posee en sus archivos innumerables documentos, y su Museo Gráfico está
dotado de numerosa colección fotográfica, única en su género en el país, tanto
sobre Arquitectura como sobre Escultura y Pintura, además de una selecta
Biblioteca (Mariátegui, 1950a, reverso de carátula).
Las características físicas de sus publicaciones parecen responder a esfuerzos de
recursos limitados, pero el respaldo de las personalidades integrantes del instituto hace
evidente el prestigio del director, quien es mencionado por Manuel Toussaint, como
notable estudioso, al lado de Uriel García, Vargas Ugarte o Harth-terré. Su actividad
como docente le motivó a publicar textos de Historia del Perú de nivel escolar desde 1939
y durante la década de 1940. Sus temas de investigación fueron de carácter histórico como
206
el rol de Tacna,101 las fronteras del país,102 o el proceso independentista.103 Aunque su
temática más importante fue la referida a diversos aspectos de la producción artística.
Estudió el arte y la arquitectura del período prehispánico; son los casos de Chan Chan
(1980),104 Machu Picchu (1975),105 así como la cerámica (1949).106 Pero de su vasta
producción,107 la más importante es la referida al arte del período colonial y al de inicios
de la república, siendo sus títulos más importantes: Escultura colonial de Trujillo:
estatuas, relieves, retablos, púlpitos; en 1946108 y José Gil de Castro ("El mulato Gil"):
vida y obra del gran pintor peruano de los libertadores: obras existentes en Argentina y
Chile, en 1981.109
Mariátegui publicó en la década de 1940: Una Joya arquitectónica peruana de los
siglos XVII y XVIII: el templo de Santiago o de Nuestra Señora del Rosario de Pomata;
producto de una comisión entregada al autor por la UNMSM para el estudio del arte
colonial puneño, de la cual surgió su tesis doctoral. Ese encargo revela el interés de la
universidad por el estudio del arte peruano que ya se había expresado en la publicación
de Lima Precolombina y Virreinal en la década anterior. A partir de 1945 inició la
publicación de la serie Documentos de Arte Peruano, la cual dedicó sus seis primeros
números a temas de arquitectura del período colonial; los números entre el siete y el diez,
al arte y la arquitectura prehispánica, retomando el tema de la arquitectura entre los
números once y quince; los tres últimos publicados en la década de 1950.110 La estructura
101
Tacna: heroica ciudad imperio de la flor (1960). Tall. Graf. Cecil. Lima.
102
Nuestra patria y sus fronteras: historia de los límites del Perú (1961). T.G. Cecil. Lima.
103
Supe, primer pueblo del Perú que proclamó la independencia nacional (1949). Lima. s/e.
104
Chan Chan: la milenaria ciudad de barro con enigmáticos relieves. Lima: Edit. La Confianza.
105
Cuzco, Macchu-Picchu: arte peruano. Lima: Industrial Gráfica.
106
Cerámica peruana Mochica y Nazca. Lima: Instituto de Investigaciones de Arte.
107
El catálogo de la Biblioteca Nacional del Perú, consigna 59 entradas con obras suyas.
108
Lima: Edit. Lumen.
109
Lima: Edit. Lit. La Confianza.
110
Catedral de Puno (1951); La ciudad de Arequipa del siglo XVII en el monasterio de Santa Catalina
(1952) y El santuario de Caima (1952). Todas editadas en Lima en la Gráfica Stylos.
207
de las publicaciones, tanto de la tesis como de los Documentos de Arte Peruano, es, al
inicio, una ubicación geográfica del monumento y luego una descripción de sus
componentes arquitectónicos y artísticos cuyo detalle varía según la extensión del
documento pero intenta siempre ser amplia y acuciosa. Esto evidentemente obedece a la
perspectiva del autor, ligada al pensamiento positivista, por lo que el componente
descriptivo y su relación con las características el lugar revelarían las dinámicas
configurativas de los objetos artísticos, dando especial importancia al aspecto ornamental.
Al respecto el autor plantea:
Este templo, eximia joya arquitectónica, necesita estudiarse detenidamente,
describirse en sus más mínimos detalles, como no se ha hecho hasta el presente,
ya que en una visión de conjunto es materialmente imposible darse perfecta
cuenta de la valiosa ornamentación que encierra; es por ello que intento hacerlo
a continuación, en este estudio, a manera de modesto ensayo interpretativo,
destacando sus partes más saltantes, a mi juicio, desde el punto de vista artístico…
(p. 41).
La producción de Mariátegui expresó el interés de la academia, en específico de
la universidad. Su impulso al Instituto de Investigaciones de Arte Peruano y
Latinoamericano fue evidencia asimismo del reconocimiento de la importancia de la
institucionalización. La publicación de muchos temas en folletos breves y de bajo costo
fue signo de su voluntad de difusión, pues ello permitía llegar a un público amplio con su
labor de valoración y defensa del patrimonio artístico. El aporte de este autor a la historia
de la arquitectura peruana espera aún su adecuada valoración, lo mismo que el rescate de
su legado documental tanto escrito como gráfico.
En correspondencia con la tendencia de elaboración histórica manifiesta en el
período, de marcado hispanismo y de presencia de la iglesia en el discurso, tres religiosos
publicaron estudios continuando la labor iniciada, en la década anterior, por Domingo
Angulo o Víctor Barriga y en específica ligazón con sus órdenes religiosas, por lo que
asumieron el rol de cronistas conventuales. Ellos fueron: El propio Víctor Barriga de la
208
orden mercedaria, Rubén Vargas Ugarte de la orden jesuita y Benjamín Gento Sanz de la
orden franciscana.
El primero en publicar fue Víctor Barriga. Nacido en 1891, en Socabaya,
departamento de Arequipa. Desde muy joven ingresó al convento mercedario donde
concluyó sus estudios secundarios y luego continuó su formación como religioso de la
orden. Estudió teología en la Universidad de San Marcos. En 1925, viajó a Roma con un
encargo de la orden y durante su estancia europea investigó temas referidos a la historia
mercedaria en repositorios del Vaticano y de España, ese material quedó plasmado en la
publicación de Los mercedarios en el Perú en el siglo XVI: documentos del Archivo
General de Indias de Sevilla, una serie de cinco volúmenes que se publicó entre 1933 y
1954. A su regreso continuó su labor de investigación documental lo que le permitió
iniciar un conjunto de publicaciones sobre la historia de Arequipa y de los mercedarios:
la Biblioteca Arequipa (11 volúmenes, 1939-1955) y Mercedarios ilustres en el Perú (4
volúmenes, 1943-1953) entre otros. Ejerció la docencia en la Universidad Nacional de
San Agustín. Fue integrado a diversas instituciones de investigación histórica y artística:
el Instituto Histórico del Perú, el Instituto de Investigaciones Históricas de la Pontificia
Universidad Católica del Perú, el Instituto Genealógico, el Instituto de Arte del Perú, la
Academia Chilena de la Historia. Llegando a ser presidente del comité departamental de
conservación y restauración de monumentos históricos de Arequipa. Falleció en esa
ciudad en 1955.
Por su lado Rubén Vargas Ugarte nació en Lima el 20 de octubre de 1886. En su
etapa escolar formó inicialmente parte de la comunidad marista y luego de la orden jesuita
en el Colegio de la Inmaculada. En 1905 ingresó al noviciado jesuita en Ecuador,
culminando su formación en Granada y Barcelona, donde recibió la ordenación sacerdotal
en 1921. Fue profesor en diversas escuelas de la Compañía de Jesús y luego enseñó
209
Historia del Perú en la universidad Católica, donde llegó a ocupar el rectorado entre 1947
y 1952.
Formó parte de instituciones muy importantes: El Consejo Nacional de
Conservación y Restauración de Monumentos Históricos y Artísticos, la Biblioteca
Nacional, el Instituto Histórico del Perú y la Academia Peruana de la Lengua. Fundó el
Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Católica. Investigó sobre
diversos aspectos de la vida del período colonial, entre ellos el cultural y el artístico.
Su obra histórica es de gran magnitud.111 Entre algunas podemos consignar:
Historia del culto a María en Hispanoamérica (1931); Jesuitas peruanos desterrados a
Italia (1934); Historia del Perú. Fuentes. (1939), Manual de estudios peruanistas (1952);
Vida de santa Rosa de Santa María (1945); El beato Martín de Porras (1949); Historia
de la Iglesia en el Perú (en 5 volúmenes publicados entre 1953 y 1962); Historia de la
Compañía de Jesús en el Perú (4 volúmenes publicados entre 1963 y 1965); Historia
general del Perú, con estudios entre la conquista y la guerra del Pacífico (10 volúmenes
publicados entre 1966 y 1971), Itinerario por las iglesias del Perú (1972). Además, debe
consignarse la valiosa Biblioteca peruana, fruto de sus largas investigaciones en
repositorios del país y del extranjero, que comprende las series de Manuscritos peruanos
(5 volúmenes, 1935-1947). Entre esta vasta producción encontramos algunas que tienen
como tema específico el arte: Ensayo de un diccionario de artífices coloniales de América
meridional, Buenos Aires, 1947; Ensayo de un Diccionario de artífices Coloniales de la
América Meridional, Apéndice, Buenos Aires, 1955; Los Jesuitas del Perú y el Arte,
Lima, 1963 y el folleto Historia del monasterio y convento de La Concepción (1942).
Benjamín Gento Sanz OFM, fue un religioso franciscano, nacido en Peñafiel,
Valladolid (España), en 1910. Desde la edad de 11 años radicó en Quito, Ecuador, donde
111
El catálogo de la Biblioteca Nacional del Perú consigna 181 entradas con su nombre.
210
realizó sus estudios tanto académicos como religiosos. Sus trabajos fueron dirigidos sobre
todo a aspectos históricos de la orden franciscana y sus manifestaciones artísticas, sobre
todo los conventos e iglesias principales de la orden tanto en Quito como en Lima
(Mantilla, 2015). Sus primeras investigaciones fueron realizadas en la capital ecuatoriana,
siendo publicadas en: Guía del turista en la iglesia y convento de San Francisco de
Quito112 e Historia de la obra constructiva de San Francisco, desde su fundación hasta
nuestros días, 1535-1942;113 este último, contando con el auspicio del Concejo Municipal
de esa ciudad. Su calidad de religioso franciscano le permitió acceder los archivos de la
orden en Ecuador, Perú y en la curia franciscana de Roma, convirtiéndolo en la práctica
en cronista conventual. Producto de su labor en Lima escribió la obra que analizamos:
San Francisco de Lima. Estudio histórico y artístico de la iglesia y convento San
Francisco de Lima, en 1945: Entre sus investigaciones destaca la que realizó sobre el
cronista peruano Fray Diego de Córdoba y Salinas: Semblanza histórica del cronista
peruano Fray Diego de Córdoba y Salinas.114 (siglo XVII). Murió prematuramente en el
año de 1955, en que son consignadas sus últimas publicaciones.
Las publicaciones de estos tres cronistas conventuales tienen en común, su
enfoque histórico académico, que ya Domingo Angulo y Víctor Barriga habían
incorporado en el período anterior. En ellos el fundamento del discurso se establece sobre
una prolija y exhaustiva investigación documental. En cada caso, la pertenencia a una
orden les permitió el acceso ilimitado a sus archivos con cuyas informaciones pudieron
construir sólidas historias de los diversos aspectos de la vida de las mismas. En esta
década, la historiografía tenía en común el ser justificación de la presencia hispana y
112
(1940) Quito: Imp. Americana.
113
(1942) Quito: Imprenta Municipal.
114
Revista de Historia de América. México, núm. 40 (1955).
211
afirmación del rol de la iglesia en el desarrollo social de la nación, por lo que estos textos
tienen ese sesgo.
Víctor Barriga fue fundamentalmente un documentalista, la mayoría de sus obras
son transcripciones de documentos de la historia de la orden mercedaria. Así, en El
Templo de la Merced de Lima, correspondiente a esta década, incluye un gran número de
los referidos a dicho templo, además, las Actas de la Jura de la Independencia Nacional
y de la Primera Constitución Peruana, suscritos por la comunidad mercedaria, con lo cual
revela la intención de validación de la labor de esa orden en la historia del país. Solo en
las seis páginas del prólogo el autor hace un resumen interpretativo de los 139
documentos transcritos, a modo de un bosquejo de la historia del monumento.
La obra de Benjamín Gento Sanz es más amplia y compleja desde el punto de
vista del enfoque y la metodología, aunque puntual desde lo temático, pues investiga solo
sobre los conventos mayores de la orden franciscana en Quito y Lima. En el estudio sobre
este último, el enfoque aplicado es el de la Historia del Arte, realiza un registro muy
completo del patrimonio tanto mueble como inmueble, con descripciones detalladas de
los elementos arquitectónicos: recintos, portadas, retablos; lo mismo que tallas, pinturas,
elementos de orfebrería, utensilios para el culto, etc., y a la vez aplicando criterios de
valor estético en la apreciación de las obras. Metodológicamente, la estructura de su
exposición es rigurosa y ordenada; analiza las obras ubicándolas en el contexto cultural y
artístico de la capital. Mediante una acuciosa investigación de archivo estructura el
decurso histórico del monumento, reconoce a los realizadores, los ubica temporalmente
e incluso identifica obras consignadas ya desaparecidas; incluyendo referencias
estilísticas. El esquema del texto es el de un recorrido físico por sus distintos espacios, lo
cual ordena el planteamiento y le permite al autor hacer un registro muy completo de las
obras de arte, tanto del convento, como de la iglesia franciscana. Es fundamentalmente
212
descriptivo, aunque incorpora el análisis formal y la calificación estilística directa, su
enfoque corresponde a la pervivencia de los planteamientos del positivismo, que aún
caracterizan a la década.
En tanto, Rubén Vargas Ugarte, en esta década, publicó algunos textos
relacionados con la actividad artística en general y arquitectónica en específico: El
Monasterio de la Concepción de la Ciudad de los Reyes, en 1942, y Ensayo de un
diccionario de artífices coloniales de la América meridional, en 1947. El primero es un
folleto de 21 páginas, mientras que el segundo es un ambicioso texto de 309. Ambos
constituyen solo una pequeña parte de su gran producción historiográfica, la cual
trasciende ampliamente su labor de cronista conventual de la orden jesuita para
convertirlo en el más importante historiador de temas generales relativos al virreinato del
Perú, cuya investigación acerca del tema trascendió varias décadas más. La estructura del
texto referido lo relaciona con los conceptos iniciales de la Historia del Arte, es decir, con
el relato de la vida de los artistas, aunque, sin limitarse a ellas. En su estudio preliminar
construye un texto que revela las potencialidades de su metodología, afirmando el
importante papel de la investigación documental como fuente de reconstrucción de la
historia del arte y la arquitectura. En la perspectiva del autor, la investigación histórica
permite establecer la filiación de la obra artística; para nuestro caso, tanto las
vinculaciones con el arte español, como el derrotero local de los procesos artísticos,
mediante el reconocimiento de las cualidades de los artistas y las condiciones de su
entorno; teniendo en consideración también los diversos factores que intervinieron en los
procesos de producción artística y arquitectónica: financiación, relación con los procesos
de evangelización, el rol del estado, el de las órdenes y el de los vecinos españoles,
identificando, en cada caso, sus potencialidades y limitaciones.
213
El conjunto de elementos comunes de estos tres historiadores nos permite
identificar que constituyen una tendencia específica de este período, la cual trató de
establecer la relación entre algunos procesos: la evangelización, la construcción de
grandes monumentos y la producción de objetos artísticos de gran calidad e identidad
propia, entendidos como resultados magníficos del colonialismo español.
La motivación por la investigación también se proyectó, en esta década, a los
estudiosos de provincias, aunándose a las que eran hechas desde décadas anteriores en la
capital. Así hemos identificado producciones regionales en Ayacucho, Cusco y
Cajamarca.
En Ayacucho escribieron Pío Max Medina y Néstor Cabrera. El primero nació en
esa ciudad, en mayo de 1879, donde cursó sus estudios escolares, destacando en el
aprendizaje del latín. Sus estudios superiores los hizo en la Universidad Mayor de San
Marcos, en el área de Ciencias Políticas y Administrativas. En esa misma universidad se
graduó en 1907 de Doctor en Jurisprudencia. Asumió responsabilidades políticas en el
Congreso de la República desde 1911 en representación de su región, primero como
senador suplente y luego como titular en 1919 y luego en dos períodos más: 1925 – 1929
y 1950 – 1956, por el Partido Civil. Durante el oncenio de Leguía ejerció el cargo de
Ministro de Fomento y Obras Públicas entre 1923 y 1924. En su ciudad natal tuvo una
intensa actividad política: fue Decano del Colegio de Abogados, vocal de la Corte
Superior de Justicia y alcalde provincial en dos oportunidades. También ejerció el
periodismo, colaboró con muchas publicaciones periódicas: diarios y revistas en
Ayacucho y en la capital, llegando a fundar el periódico La Era y más tarde El Derecho.
Como parte de su labor de escritor publicó libros sobre diversos temas históricos; en 1924:
Ayacucho, monografía histórica sobre la emancipación del Perú, en homenaje del
214
centenario de la batalla de Ayacucho115 y en 1925, La controversia peruano-chilena.116
Falleció en julio de 1957 dejando un conjunto de obras inéditas (Perlacios, 2001).
Néstor Cabrera nació en Ayacucho, en 1888. Estudió en su ciudad natal, donde
ejerció la labor de periodista y escritor, alcanzando merecido reconocimiento. En 1934
fundó el Centro Cultural Ayacucho, en cuya revista institucional: Huamanga, publicó un
conjunto de textos con el formato de tradiciones o de cuadro de costumbres entre 1932 y
1956, en ellas relata, con una prosa refinada, un conjunto de temas de la región. Publicó
también en el diario El Comercio de Lima y en diversas revistas por lo que su obra ha
quedado bastante dispersa. Falleció en Lima en el año de 1970 luego de una larga
enfermedad (ibid).
Manuel Elías Cuadros Escobedo, nació en Cusco en 1908. Destacado docente es
mencionado como director del importante Colegio de Ciencias del Cusco en la
reinauguración de su local en 1960, luego del terremoto de 1950.117 A través de su obra
se revela el interés por difundir diversos aspectos de su región. Sus primeras
publicaciones fueron folletos sobre temas cusqueños: Garcilaso: órgano antologista del
pensamiento cusqueño, de 1941118 y Las nuevas e importantes ciudades milenarias
descubiertas en la región de Machupicchu: Phuyu-Pata-Marca o Ccorihuairachina,
Sayacc Marca o Runco-Raccay, Huiñay Huayna i Yunca-Pata.119 Sus investigaciones
también cubren a personajes importantes de la escena cusqueña: Paisaje i obra. Mujer e
historia. Clorinda Matto de Turner; estudio criticobiográfico,120 de 1949. Continúa
escribiendo hasta 1985, en que publica: Nuevos cuentos cusqueños i otros;121
115
Lima: Imprenta Torres Aguirre.
116
(1925) Lima: Imprenta Torres Aguirre.
117
[Link]
118
(1941) Cusco: Talleres Gráficos La Económica
119
(1943) Cusco: Talleres Gráficos La Económica
120
Cusco: H. G. Rozas Sucesores
121
Lima: Lumen, 1985
215
sobresaliendo su interés por el patrimonio cusqueño, en relación especialmente con la
promoción del turismo en la zona, expresado en diversos artículos de publicaciones
periódicas.
Los casos de Medina y Cuadros tienen en común el enfoque descriptivo y su
planteamiento narrativo, ninguno de estos autores era un historiador profesional, ambos
estaban relacionados a la docencia y al periodismo por lo que su producción cubrió
campos variados de la vida de su región. Eran personajes notables de ella y a través de
sus escritos intentaron registrar y dar valor a su patrimonio, aunque su labor de
investigación fuese bastante seria y meticulosa. No hicieron evidencia de una formación
que les permitiera proponer análisis formales o estilísticos, por lo que recurrieron a los
planteados por otros autores que eran asumidos como fundamentales en el período:
Wölfflin, Noel o Benavides. Tampoco enuncian en sus escritos sus formas de conceptuar
la Historia del Arte o el arte mismo; aun así los datos de sus escritos han sido ampliamente
difundidos, sobre todo sirviendo de base a guías y breviarios publicados para promover
el turismo; actividad económica fundamental en ambas regiones, pero sobre todo en el
caso del Cusco, en donde el terremoto de 1950 destruyó o dañó muchos de los
monumentos que Cuadros reseñó.
La actividad turística en varios otros lugares del territorio también promovió el
interés por los monumentos, motivando la publicación de una obra de otro personaje
similar, también periodista; en este caso director del diario La Razón de Cajamarca, quien
en 1943 publicó un folleto de 28 páginas con el texto de una conferencia sobre el
patrimonio de su departamento: Cajamarca, región turística: Sus monumentos más
notables.122 En él incluye un registro de monumentos prehispánicos y del período
colonial, incluso algunos ya desaparecidos en aquellos años.
122
Cajamarca: s/e.
216
Otra perspectiva de investigación fue la de Héctor Velarde; quien nació en Lima
en 1898. Se formó en París, en la Ecole des Travaux Publics titulándose en 1920. A su
retorno al Perú, luego de cumplir varios encargos diplomáticos, trabajó en empresas
privadas y luego en el Ministerio de Fomento (1930-32). Su actividad se amplió a la
enseñanza tanto en la Escuela Militar como en la Escuela Nacional de Ingenieros y la
Facultad de Ingenieros de la Universidad Católica; donde asumió el curso de Historia de
la Arquitectura (1930-48). Fue autor de un gran número de proyectos de arquitectura por
los que recibió muchos reconocimientos. Destacó también como escritor agudo y satírico,
publicó prolíficamente en diversos medios. Baste decir que la Biblioteca Nacional del
Perú consigna de su autoría 132 registros sobre temas muy variados entre ellos: crónicas:
En passant (1924), poesía: Kikiff (1924); lógica: Tumbos de lógica (1926). Yo quiero ser
filósofo (1932), El diablo y la técnica (1935 y 1958), El circo de Pitágoras (1938), Lima
en picada (1944), relatos humorísticos: Humorismo y propulsión a chorro (1964),
geometría: Los principios de la Geometría, Nociones y elementos de arquitectura (1933),
pero sus principales contribuciones fueron los textos referidos a la arquitectura tanto
peruana como universal: 20 lecciones de arquitectura (1937), Arquitectura peruana
(1946), Historia de la arquitectura (1949). Continuó en actividad hasta su muerte
acaecida en 1989.
De sus textos, el que aborda la temática de la arquitectura del período colonial es
Arquitectura Peruana, una sistematización del decurso de la arquitectura en nuestro país.
Su intención es didáctica, una forma de sustentar los cursos que el autor dictaba. Es una
obra de perspectiva panorámica, intentando un registro cronológico de todos los períodos
de la producción edificatoria, en un planteamiento a la vez regional. Velarde no era
historiador de profesión y no trabajaba mayormente con el documento, ni siquiera
consignó sus fuentes. En lo fundamental construyó un texto con expresa intencionalidad
217
valorativa. Pretendiendo dar valor a los elementos que configuraron la arquitectura local
con cierta autonomía frente a las influencias recibidas de la tradición europea. Las bases
conceptuales de Velarde están afincadas en el positivismo hegemónico en la época por lo
que el territorio en que se construye, su geografía, su clima y su temperamento pasa a
formar parte de sus elementos constitutivos y determinantes.
La preocupación por la arquitectura de esta región desde España se manifestó, en
esta década, con la publicación del clásico Historia del Arte Hispanoamericano, cuyos
volúmenes vieron la luz entre 1945 y 1956, bajo la dirección de Diego Angulo Iñiguez.
Esta fue una obra de gran envergadura encargada a este autor por la editorial Salvat de
Barcelona a iniciativa de Juan de Contreras, Marqués de Lozoya. Para sustentarla se
requería de una amplia investigación que no podía realizarse solo a través de los
documentos del Archivo General de Indias de Sevilla o de la información recabada por
don Diego en su estancia en México, por lo cual en 1940, el Ministro de Asuntos
Exteriores le propuso la realización de un viaje a Sudamérica acompañado de un
arquitecto, viaje que don Diego no podía realizar por sus responsabilidades en Madrid,
por lo cual tomó la decisión de transferir el encargo a su discípulo Enrique Marco Dorta
(Sotos, 2010).
Marco había nacido en Santa Cruz de Tenerife, en 1911. Se había formado en
derecho en la Universidad de La Laguna y en Letras y Filosofía en la Universidad de
Sevilla, donde conoció al Dr. Angulo. Su tesis doctoral versó sobre un tema
sudamericano: Cartagena de Indias en los siglos XVI y XVII lo que demostraba su
temprano interés por la arquitectura de esa región. Esa fue una de las razones por las que
Angulo lo designó para el encargo, pensando además en prepararlo para asumir la cátedra
de Arte Hispano Colonial de la Universidad de Sevilla. En América, Marco visitó La
Habana, Panamá y luego Cartagena de Indias, antes de llegar al Perú, Ecuador y Bolivia,
218
incluso llegó hasta Buenos Aires antes de regresar a España (ibid). A partir de este periplo,
escribió los capítulos correspondientes a América del Sur de esta historia en colaboración
con el historiador argentino Mario Buschiazzo. Este último había nacido en Buenos Aires
en 1902; arquitecto y docente, enseñó historia del arte, primero en el Instituto Nacional
del Profesorado Secundario y luego en la escuela de arquitectura de la Universidad de
Buenos Aires. Realizó también una importante labor de investigación y de publicación;
había empezado a escribir muy temprano, desde 1919, en un periódico estudiantil de su
centro de estudios. En la década de 1930 inició sus investigaciones sobre arquitectura
colonial hispanoamericana, actividad que llevó a cabo a lo largo de toda su vida;
publicando en 1944: Estudios de arquitectura colonial hispanoamericana.123 Por ese
conjunto de antecedentes participó en Buenos Aires del II Congreso de la Historia de
América en 1937. En ella, el mexicano Manuel Toussaint, importante historiador,
propuso la fundación, en Argentina, de una institución que se dedicara al estudio del arte
hispanoamericano, a semejanza de la que se había fundado en México por gestión del Dr.
Diego Angulo. Buschiazzo participó de la creación del similar en el ámbito de la escuela
de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires, tarea que le llevó nueve años. Por
todos estos antecedentes fue designado para compartir con Marco Dorta la elaboración
de los capítulos correspondientes a América del Sur de la Historia del Arte
Hispanoamericano (De Paula, 1996) convertida, desde su publicación, en el texto clásico
para esta región.
Desde una dinámica muy diferente Vicente Rodríguez Casado publicó en 1949:
Construcciones militares del virrey Amat.124 El autor había nacido en la lejana Ceuta
(cuando Marruecos era territorio español) en 1918 y falleció en Cercedilla, cerca de
123
Buenos Aires: Guillermo Kraff Ltda.
124
Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos.
219
Madrid, en 1990. Ejerció como historiador y docente. Fue numerario del Opus Dei desde
bastante joven; por su intención de participar activamente en la estructuración de su
organización y en la difusión de sus principios, realizó actividades de formación de
obreros, campesinos y estudiantes (Martínez, 2016). Participó en política y durante la
dictadura franquista ejerció como director general de Información y director del Instituto
Social de la Marina. Estuvo en el Perú participando de la formación de la Universidad de
Piura, donde investigó sobre la labor de algunos virreyes y escribió como coautor:
Memoria de Gobierno de José Fernando de Abascal y Sousa, virrey de Perú,125 con José
Antonio Calderón Quijano; Memoria de Gobierno de Manuel de Amat y Junyent, virrey
de Perú (1761-1776)126 con Florentino Pérez Embid y Memoria de Gobierno de Joaquín
de la Pezuela, virrey de Perú.127, con Guillermo Lohmann Villena. Su mirada no es
interpretativa, realizó solamente el registro de los sucesos referidos a las obras
arquitectónicas del mencionado virrey, tanto en Chile como en el Perú.
El gran centro internacional de investigaciones sobre arte y arquitectura
hispanoamericana fue sin duda México, donde hubo un gran impulso a esa labor por parte
de instituciones del estado, a lo que se sumó el apoyo de la Universidad de Sevilla a través
de don Diego Angulo, estableciéndose, en 1934, el Laboratorio de Arte, con el modelo
de la institución de la Universidad de Sevilla del mismo nombre. Este pasó más tarde a
denominarse Instituto de Investigaciones Estéticas cuando fue asumido por la
Universidad Nacional Autónoma de México.
Relacionado a estas instituciones trascendentes para la historia del arte
hispanoamericano estuvo el mexicano Manuel Toussaint. Nació en México en mayo de
1890, estudió en la Escuela de Bellas Artes y en la de Altos Estudios, inició su actividad
125
1944. Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos
126
1947. Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos.
127
1947. Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos.
220
docente en la escuela preparatoria y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad
Nacional Autónoma de México, donde fundó la cátedra de Historia del Arte Colonial en
la cual laboró por años. En 1919 inició el proyecto editorial México Moderno y en 1934
participó en la fundación del Laboratorio de Arte, siendo su director hasta su fallecimiento
en Nueva York en 1955.128 Fue uno de los más importantes estudiosos del arte mexicano,
aunque su mirada y su actividad de promoción de la investigación se extendió al arte de
gran parte el continente. Viajó por muchas ciudades latinoamericanas, además de las
europeas, intentando impulsar en cada una las labores de investigación de su arte regional.
En 1944 prologó el estudio de Buschiazzo sobre hispanoamérica129 y en 1949 publicó:
Arte mudéjar en América;130 en el cual incluye una sección dedicada al Perú entre las
páginas 81 y 90.
Al cierre de la década, en 1949, es publicado otro clásico: Colonial Architecture
and sculpture in Peru, del historiador del arte Harold Wethey. Producto de una
investigación llevada a cabo con el apoyo de la Fundación Rockefeller durante los años
1944 y 1945. La intención del autor fue incorporar, al estudio sobre los monumentos del
período colonial, una estructura de sistematicidad de la cual había carecido. Si bien la
publicación es posterior a la de Arquitectura Peruana de Héctor Velarde. El texto fue
dirigido a un público especializado: estudiosos de la producción del período, además de
ser el primero dedicado exclusivamente al Perú. Alberto Amador (1950),131 en su nota
bibliográfica nos informa que la investigación cubrió también el territorio boliviano pero
sus temas no fueron incorporados en esta publicación por la gran extensión de la parte
referida al Perú. Su ordenamiento es cronológico, desde el S. XVI hasta los inicios del
128
Nota necrológica
129
Estudios de arquitectura colonial hispanoamericana.
130
México: Edit. Porrúa.
131
Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas. Volumen V, número 18. México.
221
XIX. Está enfocado desde la perspectiva de la historia del arte, incorpora una visión de la
evolución de los estilos, un estudio sobre los materiales y las técnicas constructivas,
planteado con la intención de cubrir la mayor parte del territorio, desde el norte hasta el
altiplano. A pesar de su importancia el texto por falta, hasta hoy, de una traducción al
castellano, no ha llegado a un público más amplio.
Un autor representativo del Callao aportó también con la historia de un
monumento notable de esa provincia: El Real Felipe, él fue Néstor Gambetta, Nacido en
el Callao, en 1894, fue bautizado como Ernesto Fortunato, pero al ser reconocido a lo
largo de su vida como Néstor, realizó legalmente su cambio de nombre. Desarrolló
actividades como militar, político y escritor. Estudió en la Escuela Militar de Chorrillos,
sirvió en los ejércitos de España y Francia, participó también en la guerra contra Colombia
entre 1932 – 1933. Como político asumió la prefectura del Callao en 1947, y más tarde
un puesto en el Senado de la República. Como escritor abordó dos tópicos principalmente:
El Callao y la historia militar, acerca de lo primero publicó Cosas del Callao (1936),
Genio y figura del Callao (1967). Sobre la historia militar escribió: Los capitanes a través
de la historia militar (1953); Diccionario militar (1946). El libro que revisamos combina
ambos intereses, se trata de: El Real Felipe del Callao132 publicado en 1945, el estudio
de un monumento militar desde la perspectiva de la historia, escrita de manera sencilla
para un lector no especializado.
En Lima, la promoción del turismo también promovió la publicación de estudios
sobre monumentos, tenemos así una obra de Daniel Caballero y Lastres, que resulta en
realidad un folleto de información sobre edificaciones importantes para la actividad
turística en esa región: Tres monumentos históricos de Lima: Quinta de Presa, San
Francisco Palacio de Torre Tagle, publicado en Lima, en 1947, por la editorial Contur.
132
Lima: Imprenta del Ministerio de Guerra.
222
Son 48 páginas ilustradas, con descripciones generales de los monumentos mencionados
y sus elementos patrimoniales. En años posteriores publicó artículos sobre otros temas
del arte peruano, ballet y teatro, en el periódico La Prensa.
Desde la década anterior, un conjunto de factores habían dado impulso a la
investigación sobre monumentos arquitectónicos. El fomento del turismo había
promovido la protección patrimonial, aunque fundamentalmente en la región cusqueña y
sobre todo el del período prehispánico. Desde abril de 1893 se había creado para ese fin
la Junta Conservadora de las Antigüedades Nacionales, pero no fue sino hasta 1931, en
que, ante la proximidad de la celebración de un centenario más de la fundación española
de la capital, se promovió la preservación de monumentos del período colonial,
encargándose su protección al Patronato Nacional de Arqueología, ante la inexistencia de
una institución especializada en esos monumentos. En la dirección del patronato fueron
designados Luis E. Valcárcel y Emilio Harth-terré (Narro, s/f).
Desde el patronato, dichos profesionales contribuyeron a crear conciencia de la
necesidad de preservar el patrimonio de las distintas épocas de nuestra historia, una de
cuyas consecuencias fue propiciar la restauración de algunos monumentos, aunque esa
tarea no fue realizada adecuadamente hasta la sistematización de sus criterios y
procedimientos recién en la década de 1960. Aun así, el recientemente fundado Consejo
Nacional de Conservación y Restauración de Monumentos Históricos y Artísticos
impulsó la investigación y el conocimiento del patrimonio. Otro factor importante fue la
llegada de connotados historiadores extranjeros, con la intención de impulsar la
investigación del rico acervo monumental de nuestro país. Esa tarea fue una de las que
asumió el discípulo de Angulo: Enrique Marco Dorta en su recorrido por gran parte del
territorio sudamericano. Asimismo, luego de la presencia de Diego Angulo en México,
los estudiosos de ese país sirvieron de vasos comunicantes de las dinámicas y temas que
223
la academia española aplicaba para el conocimiento de nuestra arquitectura,
contribuyendo al fomento de la investigación y su institucionalización. Muestra de lo cual
fue la membresía de Toussaint y otros importantes estudiosos latinoamericanos en el
Instituto fundado por Mariátegui Oliva.
Adicionalmente, la actividad del Consejo Nacional de Conservación y
Restauración de Monumentos Históricos y Artísticos fue potenciada por un evento
circunstancial: el terremoto de 1940 en la capital, el que dañó severamente mucho del
patrimonio edificado, haciendo imprescindible su intervención, para lo cual se requirió
ampliar y profundizar tanto los estudios técnicos como los históricos.
Esta confluencia tuvo como resultado la aparición de un conjunto de
investigaciones, aunque la mayoría de ellas fueron de corto o mediano aliento y
publicadas en revistas. Algunas lo fueron en folletos y la minoría en libros. Es el caso de
Alberto Santibáñez Salcedo, especialista en historia del arte. Se formó profesionalmente
en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en la Facultad de Letras y Filosofía;
desde cuyas aulas publicaría el texto correspondiente a la arquitectura civil en la
compilación Lima Precolombina y Virreinal;133 graduándose de bachiller con la tesis:
Apuntes para el estudio de la arquitectura civil de Lima durante la época virreinal
(1946). Se relacionó con el Consejo Nacional de Conservación y Restauración de
Monumentos Históricos y Artísticos, con el cual emprendió la restauración de diversos
edificios coloniales. Su labor se amplió también a la investigación llegando a ser miembro
fundador de la Sociedad Peruana de Historia, en 1945. Sus principales publicaciones
fueron: El monasterio de Nuestra Señora del Prado, (1943) un sencillo folleto
mimeografiado; La sacristía del templo de San Agustín de Lima, (1945), una separata de
la Revista Cultura Peruana, y Santuario y beaterio de Nuestra Señora del Patrocinio
133
Véase ítem: 2.2.4.
224
(1947). Este último fue editado con motivo de la inauguración de las obras de restauración
del monumento y en su contenido aparece un conjunto de informaciones históricas sobre
el aspecto mueble e inmueble del patrimonio, tiene 60 páginas, 38 de texto y 22 de
ilustraciones. Todas las publicaciones fueron hechas a instancias del Consejo. Santibáñez
falleció en marzo de 1975.
Cerramos el capítulo con el registro de la obra de Emilio Harth-terré. Nacido en
Lima, en 1899; sus estudios los realizó en el Colegio de la Inmaculada y luego en liceo
Chaptal de París. En 1915 ingresó a la Escuela de Ingenieros graduándose de ingeniero
civil en 1921 y de arquitecto en 1924. Desarrolló una intensa actividad profesional como
proyectista, en la línea de la búsqueda de una expresión nacional en la producción
arquitectónica en asociación con Alberto Álvarez Calderón. Son de su autoría
edificaciones emblemáticas de la tendencia neocolonial, como la sede de la original
Biblioteca Nacional o los hoteles de Turistas de Cusco y Arequipa. Ocupó importantes
puestos en la administración pública: Jefe del departamento de estudios urbanos en el
ministerio de Fomento, director del Patronato Nacional de Arqueología y también del
Consejo Nacional de Conservación y Restauración de Monumentos Históricos y
Artísticos. En este rol se encargó de la restauración de la Catedral de Lima, de la Iglesia
de La Merced y de otros monumentos luego del terremoto de 1940. Realizó una gran
actividad docente en la Escuela de Bellas Artes lo mismo que en la Universidad de
Ingeniería y la Universidad Católica. Como investigador realizó una labor muy amplia,
sobre temas variados pero los más importantes de ellos, relacionados a la historia del arte
y la arquitectura, tanto sobre el período prehispánico como sobre el colonial. Publicó
ampliamente en diversos medios a lo largo de casi 60 años.134 Las primeras publicaciones,
134
La Biblioteca Nacional del Perú consigna 134 títulos de su autoría entre libros, folletos, separatas,
artículos en revistas y periódicos.
225
a partir de la década de 1920, versaron sobre aspectos del desarrollo del urbanismo:
Estética urbana: notas sobre su necesaria aplicación en Lima (1926);135 Orientaciones
Urbanas (1937).136
Su interés por la arquitectura del período colonial, se expresó a partir del texto
Arquitectura popular peruana (1941); seguido de Santiago Rosales, el alarife mulato:
una nota biográfica en la arquitectura virreinal peruana (1942), separata del número 5
de la revista Peruanidad y de La obra de la Compañía de Jesús en la arquitectura
virreinal peruana (1942), separata de 22 páginas de la revista Mercurio Peruano Nº 179.
A los cuales siguió un conjunto de textos en publicaciones periódicas. Del conjunto de su
producción destacan nítidamente dos publicaciones: El prólogo de la obra de Benjamín
Gento Sanz sobre San Francisco de Lima137 y Artífices en el virreinato del Perú: historia
del arte peruano, ambos de 1945.
En la obra de Harth-terré se expresa: la rigurosidad de la investigación
documental; el conocimiento profundo de los distintos procesos, tanto de la actividad
proyectual como de la constructiva y; la capacidad de análisis estético y crítico; por lo
cual puede construir un discurso integral acerca de la arquitectura. En su experiencia
confluyeron un conjunto de factores: la disposición de los documentos del entonces
Archivo Nacional y la valoración de su consulta; cuya importancia había sido ya
sustentada por los historiadores profesionales como el caso de Rubén Vargas Ugarte o
Guillermo Lohmann Villena y aplicada también a la investigación en arquitectura por
Barriga y Gento Sans; coincidió además, en esta década, la influencia de los estudiosos
extranjeros a través de sus textos, como el caso de Guido o Noel, o a través de su presencia
en el medio, como el caso de Marco o Toussaint.
135
Lima: F. y E. Rosay.
136
Lima: Imp. Torres Aguirre.
137
Véase ítem: 2.3.6.
226
Su calificación profesional, tanto la de ingeniero como la de arquitecto y su
participación en la construcción fue muy activa, tanto en la fase proyectual como la
constructiva, incluyendo algunas obras de trascendencia en la configuración de la ciudad
como la remodelación de la Plaza de Armas o los edificios de la Plaza San Martín; fue
uno de los propulsores de la corriente neocolonial para lo cual investigó y sistematizó
formas y prototipos de la arquitectura colonial; lo mismo que para la actividad de
restauración monumental que emprendió por encargo del estado. Este aspecto de su
actividad le permitió analizar y entender los aspectos técnicos: los patrones
arquitectónicos, los sistemas estructurales, el detalle de los procesos constructivos y el
manejo y calidad de los materiales, entre otros.
Su actividad docente motivó también un conjunto de procesos de sistematización;
trabajó en la reconstrucción del decurso histórico de múltiples edificaciones,
contextualizándolas en escenarios que perfiló en sus características particulares y en su
relación con los monumentos específicos. Incorporó además las referencias estilísticas y
el análisis de las estructuras formales y ornamentales, lo que le permitió completar el
enfoque de sus estudios con la perspectiva de la historia del arte.
Los libros suyos más importantes de este período priorizan el registro y el análisis
de las obras arquitectónicas y artísticas en relación con los realizadores de las mismas, y
así, la vida y obra de los artistas constituyen los temas principales de estos textos: Manuel
de Escobar en el prólogo de la obra de Gento Sanz y una pléyade de artífices coloniales
en el Diccionario. En las décadas siguientes su obra se amplía y diversifica, habiendo
tenido la intención de escribir la Historia de la Arquitectura Peruana, incluso hizo el
ofrecimiento de ceder las regalías de esta obra a la Biblioteca Nacional, sobre la base de
lo cual el Congreso de la República emitió una ley138 aceptando el ofrecimiento, que
138
Ley 14631 del 27 de agosto de 1963.
227
nunca llegó a concretarse. El ciclo de obras de esta década se completa con Las tres
fundaciones de la catedral del Cuzco (1949).139 Continuó desarrollando el conjunto de
sus actividades hasta el año de 1983 en que falleció en Lima.
La de 1940 fue una década con importantes variaciones respecto a las precedentes.
Si bien es cierto, la investigación y la producción textual no alcanzaron el nivel que
correspondía al volumen del material, fue considerable su aumento. En esto intervinieron
tanto factores externos como internos.
Desde el exterior se produjo un impulso importante a dichas labores, fomentadas
por la academia española, ya sea de manera directa con enviados de la península o
indirectamente a través de las instituciones que España había promovido tanto en México
como en Argentina, aunque nuestro país fue incapaz de construir instituciones sólidas y
estables que promovieran la investigación con carácter permanente; si bien, en el intento
de construirlas, fueron realizados aportes que es necesario valorar y difundir.
En nuestro medio, aparte del incremento del volumen de las publicaciones, el
rasgo más importante fue la variedad de propuestas conceptuales y metodológicas. La
tendencia de registrar, describir y dar valor continúa; pero se implementa otros aspectos
de los procesos de investigación. Al registro documental ya iniciado en la década anterior
se incorporan el análisis formal y el estético, con lo que se sienta las bases de su
cientificidad, tanto desde la perspectiva de la Historia como la de la Historia del Arte. Es
en esta década que vemos difundirse los textos que manejan escrupulosamente los datos
históricos y sus fuentes, así como el juicio de valor y el análisis estilístico, aunque las
bases conceptuales de este último estaban siendo reprocesadas a nivel internacional.
Adicionalmente, y este es uno de los rasgos más importantes de la década, se
configuró una nueva forma de registro y análisis de la producción arquitectónica del
139
Buenos Aires: D.E. Taladriz
228
periodo colonial. Esta provino de sus propios realizadores, complementando las miradas
de las décadas anteriores, Los arquitectos incorporaron a los registros históricos la
preocupación por los elementos técnicos y estructurales, así como por las dinámicas
edificatorias y sus componentes: las características y el rol de la mano de obra, los
materiales, los sistemas constructivos y sus procesos; con lo cual sentaron las bases para
que se configurara una Historia de la Arquitectura propiamente dicha, lo mismo que una
Historia de la Construcción.
La ampliación de la producción de libros no solo fue numérica, también implicó
en incremento del número de lugares investigados a través de estudiosos del propio lugar.
Al interés, ya instalado de la iglesia, que continúa a través de los cronistas conventuales,
se suma el de la universidad, ya sea promoviendo y financiando la investigación o
incorporando estos temas a sus currículos, con lo que impulsó a los docentes a investigar
como forma de sustentar sus procesos de enseñanza. Completándose los elementos que
permitieron pasar, en las décadas siguientes, a importantes procesos de sistematización
del material aportado en estas.
229
CONCLUSIONES
1. En las primeras décadas del S. XX se reflexionó en nuestro país acerca de la
constitución de la nacionalidad y sus características. Esa reflexión adquirió
relevancia, junto con otros procesos políticos y sociales, hacia la celebración de los
cien años de la independencia hispanoamericana, impulsando la polémica sobre los
componentes y las dinámicas de la afirmación nacional, con manifestaciones en
distintos campos del pensamiento como la política, la cultura y el arte. Así, la
producción pictórica, la escultórica y la histórica se convirtieron en vitrinas de
interacciones sociales.
2. La arquitectura no estuvo, por lo tanto, al margen de esas dinámicas, lo mismo que
el estudio de su trayectoria. Así, tanto la producción arquitectónica como su historia,
conformaron territorios en los que se posicionaron diferentes enfoques conceptuales,
analíticos y procedimentales.
3. En el territorio de la investigación histórica, específicamente la referida a la
producción arquitectónica del período colonial, se produjo un proceso que fue desde
el interés por el reconocimiento de los monumentos destacados del perfil de las
ciudades hasta la configuración de procesos de análisis con características de
cientificidad.
4. Esta labor estuvo precedida por una corriente de pensamiento que planteó, desde
diversas disciplinas, como la producción artística y la crítica, el reconocimiento y la
valoración de la producción cultural del período colonial, con figuras como Teófilo
Castillo y Emilio Gutiérrez Quintanilla.
230
5. En la década de 1920, los principales estudios sobre arquitectura colonial peruana,
provinieron de Argentina, realizada por autores que pretendían la valoración de esa
arquitectura como base de la forja de la nacionalidad en América, como Martín Noel
y Ángel Guido. No hemos encontrado, en nuestro país, textos que estudien la
arquitectura desde la historia del arte o de la arquitectura en sentido estricto; aunque
pueden ser identificados algunos resultados de procesos de aproximación y
reconocimiento.
6. Los textos nacionales historiaron los centros que alcanzaron mayor desarrollo
cultural y artístico durante el período: Lima, la capital del Virreinato y Cusco. La
temática en ambos casos fue el estudio de las edificaciones monumentales, en mayor
medida la arquitectura religiosa. En su realización es posible identificar dos
tendencias de registro: por un lado, una que presenta usos y costumbres de las
poblaciones urbanas como herencia del período colonial, de la cual la ciudad y sus
monumentos resultan siendo el escenario; y otra que expresa, en su mirada, el intento
de integrar tanto la herencia ancestral como la del período colonial. La primera,
afincada en la capital, prioriza por lo tanto, el componente hispano como sustento
principal de nuestra nacionalidad, mientras que la otra –difundida en el Cusco por
representantes de la tendencia indigenista– asumía, como fundamental, el
componente andino, aunque reconociendo el rol del hispano. Con la particularidad
de incorporar, además de la descripción, el juicio de valor, con lo cual integra un
elemento básico de la perspectiva de la Historia del Arte.
7. En la década de 1930 se intensificó la presencia de investigaciones provenientes de
Argentina, a lo cual se sumaron otras venidas de España, país que en esta década
empezó a mostrar los resultados de su interés por el estudio del arte de sus antiguas
colonias. En el Perú, la tendencia más importante fue la incorporación de
231
historiadores de carrera a la investigación sobre arquitectura. Es el caso de Domingo
Angulo y Víctor Barriga, quienes recogieron una tradición, ya instalada por
historiadores como José de la Riva Agüero, de registro riguroso de la documentación
existente. A ello favoreció el funcionamiento, para entonces, del Archivo Nacional.
Por otro lado investigan Juan Manuel y Mariano Peña Prado, con un enfoque de
análisis que, al incorporar el juicio crítico, se asimila a la perspectiva de la Historia
del Arte. Angulo y Barriga, dada su pertenencia al clero, son expresiones del interés
de la iglesia por valorar su aporte al desarrollo de la cultura en el territorio. Los Peña
Prado respondieron a la incipiente preocupación del Estado por la preservación de
los monumentos arquitectónicos del período colonial; habiendo iniciado una
actividad de conservación y restauración como política pública; labor que impulsó la
investigación universitaria, específicamente de la Universidad Nacional Mayor de
San Marcos, con la participación de profesores y alumnos. El resto de publicaciones
provino de esfuerzos individuales o del de instituciones particulares.
8. La preocupación de esta década se centró fundamentalmente en Lima, como
expresión de nuestro centralismo tradicional, allí trabajaba la mayoría de prestigiosos
estudiosos y era también el lugar de ubicación de importantes monumentos. A ello
contribuyó la particular relevancia que adquirieron las celebraciones por los
cuatrocientos años de su fundación que posibilitaron la realización tanto de
investigaciones, como de publicaciones.
9. Durante esta década se difundió ampliamente la arquitectura neocolonial, tanto en la
capital como en las principales ciudades del interior. Sin embargo, los arquitectos, a
pesar de requerir de conceptos y modelos para sustentar la actividad proyectual, no
participaron todavía de manera significativa en la investigación.
232
10. La última década de nuestro período, la de 1940, evidencia un incremento importante
de las labores de investigación y publicación en el país. Ese aumento no solo es
numérico, se amplió también las fronteras territoriales de lo estudiado; incorporando,
además de Lima y el Cusco, zonas como Trujillo, el Altiplano, Arequipa, Ayacucho
y Cajamarca, estas últimas con investigadores de la propia región. Aunque la capital
siguió siendo favorecida, esta vez también por la necesidad de restauración y
reconstrucción de los edificios dañados por el terremoto de 1940. También el número
de estudiosos fue mayor destacando la participación de historiadores profesionales
de gran trayectoria. Es el caso de Rubén Vargas Ugarte o Víctor Barriga, quienes
aportaron además la rigurosidad de su enfoque y el exhaustivo trabajo de registro
documental.
11. Es también la década de la presencia de arquitectos nacionales en la investigación.
Es el caso de Héctor Velarde y Emilio Harth-terré, ambos con una sólida formación
europea. Investigan por diversas motivaciones: de un lado, las necesidades de la
docencia universitaria y del otro las exigencias de información que planteaban los
procesos de conservación y restauración monumental. Además, en ambos casos,
intentaban responder a los requerimientos de la actividad proyectual inspirada en la
tradición arquitectónica del período colonial. Cabe destacar, sin embargo, que no es
una corriente en la que participaran los colectivos de arquitectos, sino la actividad
individual de algunos profesionales del área.
12. La incorporación de arquitectos a la labor de investigación histórica permitió
complementar las perspectivas de análisis incorporando a los registros históricos la
preocupación por los elementos técnicos y estructurales, así como por las dinámicas
edificatorias y sus componentes: las características y el rol de la mano de obra, los
materiales, los sistemas constructivos y sus procesos.
233
13. Frente a estas singularidades de la actividad de investigación se debe agregar la falta
de institucionalidad de los procesos, sobre todo si comparamos la producción de
nuestro país con aquella desarrollada en países donde se pudo conformar, alrededor
de investigadores de prestigio, instituciones de envergadura, sólidas y con actividad
permanente como el caso de México o Argentina, cuyas instituciones, surgidas al
impulso del Laboratorio de Arte de Sevilla, continúan produciendo intensamente
hasta nuestros días. Aunque no podemos negar el esfuerzo personal que significó la
creación del Instituto de Investigaciones de Arte Peruano y Americano, por parte del
Dr. Ricardo Mariátegui o el impulso del Consejo Nacional de Conservación y
Restauración de Monumentos Históricos y Artísticos por parte del Estado.
14. La perspectiva filosófica predominante en el período fue el Positivismo, por lo que
se resaltó el rol de la raza, el medio, la geografía, y el carácter de los pobladores, lo
mismo que se promovió modelos de investigación provenientes de las ciencias
naturales.
15. Las metodologías del abordaje de los monumentos asumieron, en la mayoría de los
casos, caracteres formalistas que tenían como fin la descripción, lo más detallada
posible, de las edificaciones asumiéndolas como objetos de arte. Aunque fueron, por
su dependencia de la Historia, siempre acompañadas del registro de los
acontecimientos referidos a sus procesos constructivos.
16. De manera general, identificamos predominancias que es importante destacar:
a) La selección de los monumentos fue siempre planteada desde las esferas del
poder, se investigó exclusivamente la arquitectura monumental, además con
preeminencia de la religiosa que, destaca por su importancia institucional y el
cuidado puesto en su realización dado su valor simbólico. A ella se suman las
234
viviendas de la élite y algunas edificaciones notables como el Palacio de
Pizarro, el fuerte del Real Felipe o las murallas de la ciudad.
b) Como consecuencia, fue nula la mirada sobre la arquitectura popular, como
expresión de la mentalidad de los pueblos conquistados.
c) La producción historiográfica del período expresó las dinámicas sociales del
mismo. En nuestro país se intentaba impulsar un proceso de afirmación
nacional y se discutía sobre sus componentes y el peso de cada uno en su
decurso. La mayoría de autores tomó partido por el componente hispano como
base de la nación, subordinando el componente andino, por lo que los textos
resultaron, muchas veces, una loa al pasado colonial y no constituyeron una
propuesta integradora que tomase en consideración las diversas fuentes de
creatividad que permitiesen identificar las dinámicas de producción
proyectual y constructiva pensando la arquitectura como un componente de
una cultura verdaderamente nacional. Esta otra perspectiva se hizo evidente
fundamentalmente en la producción de los indigenistas de la región sur,
especialmente la de los cusqueños.
d) La reconstrucción histórica del período fue, sobre todo en la capital, una tarea
de élites, con una consecuente carga de centralismo y exclusión, no hay
participación femenina, ni preocupación por lo vernáculo o los temas
contemporáneos de la realidad nacional.
17. A partir de nuestra experiencia en el tema, cabe destacar que, aun con las limitaciones
señaladas, la mayoría de textos publicados con posterioridad, sobre todo en las dos
décadas siguientes, se basaron en los registros de este período por su conocimiento
erudito y su fidelidad con los documentos del período colonial. Sirvieron también
235
como sustento de la formación teórica de numerosos profesionales de la arquitectura
y la historia.
236
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