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CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA
Constitución Apostólica
"FIDEI DEPOSITUM"
Para la publicación del
Catecismo de la Iglesia Católica
escrito en orden a la aplicación del
Concilio Ecuménico Vaticano II
JUAN PABLO, obispo
Siervo de los Siervos de Dios
para perpetua memoria
1. Introducción
|N0 Conservar el depósito de la fe es la misión que el Señor
confió a su Iglesia y que ella realiza en todo tiempo. El
Concilio Ecuménico Vaticano II, inaugurado hace treinta años por
mi predecesor Juan XXIII, de feliz memoria, tenía como propósito
y deseo hacer patente la misión apostólica y pastoral de la
Iglesia; y conducir a todos los hombres, mediante el resplandor
de la verdad del Evangelio, a la búsqueda y acogida del amor de
Cristo que está sobre toda cosa (cf. Ef 3, 19).
A esta Asamblea, el Papa Juan XXIII le fijó como principal
tarea la de conservar y explicar mejor el depósito precioso de la
doctrina cristiana, con el fin de hacerlo más accesible a los
fieles de Cristo y a todos los hombres de buena voluntad. Para
esto, el Concilio no debía comenzar por condenar los errores de
la época, sino, ante todo, debía dedicarse a mostrar serenamente
la fuerza y la belleza de la doctrina de la fe. "Confiamos que la
Iglesia--decía él--, iluminada por la luz de este Concilio,
crecerá en riquezas espirituales, cobrará nuevas fuerzas y mirará
sin miedo hacia el futuro... Debemos dedicarnos con alegría, sin
temor, al trabajo que exige nuestra época, manteniéndonos en el
camino por el que la Iglesia marcha desde hace casi veinte
siglos" (1).
Con la ayuda de Dios, los Padres conciliares pudieron
elaborar, a lo largo de cuatro años de trabajo, un conjunto
considerable de exposiciones doctrinales y de directrices
pastorales ofrecidas a toda la Iglesia. Pastores y fieles
encuentran en ellas orientaciones para la "renovación de
pensamiento, de actividad, de costumbres, de fuerza moral, de
alegría y de esperanza, que ha sido el objetivo del Concilio"
(2).
Desde su clausura, el Concilio no ha cesado de inspirar la
vida eclesial. En 1985, yo pude afirmar: "Para mí--que tuve la
gracia especial de participar en él y de colaborar activamente en
su desarrollo--, el Vaticano II ha sido siempre, y es de una
manera particular en estos años de mi pontificado, el punto
constante de referencia de toda mi acción pastoral, en un
esfuerzo consciente por traducir sus directrices en aplicaciones
concretas y fieles, en el seno de cada Iglesia y de toda la
Iglesia. Es preciso volver sin cesar a esta fuente" (3).
En este espíritu, el 25 de enero de 1985, convoqué una
asamblea extraordinaria del Sínodo de los obispos, con ocasión
del vigésimo aniversario de la clausura del Concilio. El fin de
esta asamblea era dar gracias y celebrar los frutos espirituales
del Concilio Vaticano II, profundizando en sus enseñanzas para
una más perfecta adhesión a ellas y promoviendo el conocimiento y
aplicación de las mismas.
En la celebración de esta asamblea, los Padres del Sínodo
expresaron el deseo de "que fuese redactado un Catecismo o
compendio de toda la doctrina católica tanto sobre la fe como
sobre la moral, que sería como un texto de referencia para los
catecismos o compendios que se redactan en los diversos países.
La presentación de la doctrina debería ser bíblica y litúrgica,
exponiendo una doctrina segura y, al mismo tiempo, adaptada a la
vida actual de los cristianos" (4). Desde la clausura del Sínodo,
hice mío este deseo, juzgando que "responde enteramente a una
verdadera necesidad de la Iglesia universal y de las Iglesias
particulares" (5).
De todo corazón, hay que dar gracias al Señor, en este día
en que podemos ofrecer a toda la Iglesia, con el título de
"Catecismo de la Iglesia Católica», este "texto de referencia"
para una catequesis renovada en las fuentes vivas de la fe.
(1) Juan XXIII, Discurso de apertura del Concilio Ecuménico
Vaticano II de octubre de 1962: ALAS 54 (1962), pág. 788.
(2) Pablo VI, Discurso de clausura del Concilio Ecuménico
Vaticano 11, 8 diciembre 1965: ALAS 58 (1966), págs. 7-8.
(3) Discurso del 30 mayo 1986, n. 5: ALAS 78 (1986), pág. 1273.
(4) Relación final del Sínodo extraordinario, 7 diciembre
1985,11, B, a, n. 4: Enchiridion Vaticanum, voz. 9, pág. 1758, n.
1797.
(5) Discurso de clausura del Sínodo extraordinario, 7 diciembre
1985, n. 6: AAS 78 (1986), página 435.
Tras la renovación de la Liturgia y el nuevo Código de
Derecho Canónico de la Iglesia latina y de los Cánones de las
Iglesias orientales católicas, este Catecismo es una contribución
importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial,
deseada y promovida por el Concilio Vaticano II.
2. Itinerario y espíritu de la preparación del texto
El "Catecismo de la Iglesia Católica" es fruto de una
amplísima colaboración. Es el resultado de seis años de trabajo
intenso llevado a cabo en un espíritu de atenta apertura y con
perseverante ánimo.
En 1986, confié a una Comisión de doce cardenales y obispos,
presidida por el cardenal Joseph Ratzinger, la tarea de preparar
un proyecto del Catecismo solicitado por los Padres del Sínodo.
Un Comité de redacción de siete obispos de diócesis, expertos en
teología y en catequesis, fue encargado de realizar el trabajo
junto a la Comisión.
La Comisión, encargada de dar directrices y de velar por el
desarrollo de los trabajos, ha seguido atentamente todas las
etapas de la redacción de las nueve versiones sucesivas. El
Comité de redacción, por su parte, asumió la responsabilidad de
escribir el texto, de introducir en él las modificaciones
indicadas por la Comisión y de examinar las observaciones que
numerosos teólogos, exegetas, catequetas y, sobre todo, obispos
del mundo entero, formularon en orden al perfeccionamiento del
texto. Los miembros del Comité redactor han llevado a cabo su
tarea en un intercambio enriquecedor y fructuoso que ha
contribuido a garantizar la unidad y homogeneidad del texto.
El proyecto fue objeto de una amplia consulta a todos los
obispos católicos, a sus Conferencias episcopales o Sínodos, a
institutos de teología y de catequesis. En su conjunto, el
proyecto recibió una acogida considerablemente favorable por
parte del Episcopado. Podemos decir ciertamente que este
Catecismo es fruto de una colaboración de todo el Episcopado de
la Iglesia católica, que ha acogido cumplidamente mi invitación a
corresponsabilizarse en una iniciativa que atañe de cerca a toda
la vida eclesial. Esta respuesta suscita en mí un profundo
sentimiento de gozo, porque el concurso de tantas voces expresa
verdaderamente lo que se puede llamar "sinfonía" de la fe. La
realización de este Catecismo refleja así la naturaleza colegial
del Episcopado y atestigua la catolicidad de la Iglesia.
3. Distribución de la materia
Un catecismo debe presentar fiel y orgánicamente la
enseñanza de la Sagrada Escritura, de la Tradición viva en la
Iglesia y del Magisterio auténtico, así como la herencia
espiritual de los Padres, de los santos y santas de la Iglesia,
para permitir conocer mejor el misterio cristiano y reavivar la
fe del Pueblo de Dios. Debe tener en cuenta las explicitaciones
de la doctrina que el Espíritu Santo ha sugerido a la Iglesia a
lo largo de los siglos. Es preciso también que ayude a iluminar
con la luz de la fe las situaciones nuevas y los problemas que en
el pasado aún no se habían planteado.
El Catecismo, por tanto, contiene cosas nuevas y cosas
antiguas (cf. Mt 13, 52), pues la fe es siempre la misma y fuente
siempre de luces nuevas.
Para responder a esta doble exigencia, el "Catecismo de la
Iglesia Católica", por una parte, recoge el orden "antiguo",
tradicional, y seguido ya por el Catecismo de San Pío V,
dividiendo el contenido en cuatro partes: el Credo; la Sagrada
Liturgia, con los sacramentos en primer plano; el obrar
cristiano, expuesto a partir de los mandamientos, y, finalmente,
la oración cristiana. Pero, al mismo tiempo, el contenido es
expresado con frecuencia de una forma "nueva", con el fin de
responder a los interrogantes de nuestra época.
Las cuatro partes se articulan entre sí: el misterio
cristiano es el objeto de la fe (primera parte); es celebrado y
comunicado en las acciones litúrgicas (segunda parte); está
presente para iluminar y sostener a los hijos de Dios en su obrar
(tercera parte); es el fundamento de nuestra oración, cuya
expresión privilegiada es el "Padrenuestro", que expresa el
objeto de nuestra petición, nuestra alabanza y nuestra
intercesión (cuarta parte).
La Liturgia es, por sí misma, oración; la confesión de la fe
tiene su justo lugar en la celebración del culto. La gracia,
fruto de los sacramentos, es la condición insustituible del obrar
cristiano, igual que la participación en la Liturgia de la
Iglesia requiere la fe. Si la fe no se concreta en obras
permanece muerta (cf. St 2, 14-26) y no puede dar frutos de vida
eterna.
En la lectura del "Catecismo de la Iglesia Católica" se
puede percibir la admirable unidad del misterio de Dios, de su
designio de salvación, así como el lugar central de Jesucristo
Hijo único de Dios, enviado por el Padre, hecho hombre en el seno
de la Santísima Virgen María por el Espíritu Santo, para ser
nuestro Salvador. Muerto y resucitado, está siempre presente en
su Iglesia, particularmente en los sacramentos; es la fuente de
la fe, el modelo del obrar cristiano y el Maestro de nuestra
oración.
4. Valor doctrinal del texto
El "Catecismo de la Iglesia Católica" que aprobé el 25 de
junio pasado, y cuya publicación ordeno hoy en virtud de la
autoridad apostólica, es una exposición de la fe de la Iglesia y
de la doctrina católica, atestiguadas o iluminadas por la Sagrada
Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio eclesiástico.
Lo reconozco como un instrumento válido y autorizado al servicio
de la comunión eclesial y como norma segura para la enseñanza de
la fe. Dios quiera que sirva para la renovación a la que el
Espíritu Santo llama sin cesar a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, en
peregrinación hacia la luz sin sombra del Reino.
La aprobación y la publicación del "Catecismo de la Iglesia
Católica" constituyen un servicio que el sucesor de Pedro quiere
prestar a la Santa Iglesia Católica, a todas las Iglesias
particulares en paz y comunión con la Sede apostólica de Roma: el
de sostener y confirmar la fe de todos los discípulos del Señor
Jesús (cf. Lc 22, 23), así como de reforzar los vínculos de
unidad en la misma fe apostólica.
Pido, por tanto, a los pastores de la Iglesia y a los
fieles, que reciban este Catecismo con un espíritu de comunión y
lo utilicen constantemente cuando realizan su misión de anunciar
la fe y llamar a la vida evangélica. Este Catecismo les es dado
para que les sirva de texto de referencia seguro y auténtico para
la enseñanza de la doctrina católica, y muy particularmente para
la composición de los catecismos locales. Se ofrece también a
todos aquellos fieles que deseen conocer mejor las riquezas
inagotables de la salvación (cf. Jn 8, 32). Quiere proporcionar
un punto de apoyo a los esfuerzos ecuménicos animados por el
santo deseo de unidad de todos los cristianos, mostrando con ex
actitud el contenido y la coherencia armoniosa de la fe católica.
El "Catecismo de la Iglesia Católica" es finalmente ofrecido a
todo hombre que nos pida razón de la esperanza que hay en
nosotros (cf. 1 P 3,15) y que quiera conocer lo que cree la
Iglesia Católica.
Este Catecismo no está destinado a sustituir a los
catecismos locales debidamente aprobados por las autoridades
eclesiásticas, los obispos diocesanos y las Conferencias
Episcopales, sobre todo cuando estos catecismos han sido
aprobados por la Santa Sede. El "Catecismo de la Iglesia
Católica" se destina a alentar y facilitar la redacción de nuevos
catecismos locales que tengan en cuenta las diversas situaciones
y culturas, pero que guarden cuidadosamente la unidad de la fe y
la fidelidad a la doctrina católica.
5. Conclusión
Al terminar este documento que presenta el "Catecismo de la
Iglesia Católica", pido a la Santísima Virgen María, Madre del
Verbo encarnado y Madre de la Iglesia, que sostenga con su
poderosa intercesión el trabajo catequético de la Iglesia entera
en todos sus niveles, en este tiempo en que la Iglesia es llamada
a un nuevo esfuerzo de evangelización. Que la luz de la verdadera
fe libre a la humanidad de la ignorancia y de la esclavitud del
pecado, para conducirla a la única libertad digna de este nombre
(cf. Jn 8, 32): la de la vida en Jesucristo bajo la guía del
Espíritu Santo, aquí y en el Reino de los cielos, en la plenitud
de la bienaventuranza de la visión de Dios cara a cara (cf. 1 Co
13,12; 2 Co 5, 6-8).
Dado el 11 de octubre de 1992, trigésimo aniversario de la
apertura del Concilio Vaticano II y año decimocuarto de mi
pontificado.
Joannes Paulus Pp II
|S0 PROLOGO
"PADRE, ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el
único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo" (Jn 17, 3).
"Dios, nuestro Salvador... quiere que todos los hombres se salven
y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" ( 1 Tm 2, 3-4). "No
hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que
nosotros debamos salvarnos" (Ch 4, 12), sino el nombre de Jesús.
I LA VIDA DEL HOMBRE: CONOCER Y AMAR A DIOS
|N1 Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo,
en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para
que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo
tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y le
ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas.
Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad
de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió
como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En
El y por El, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus
hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida
bienaventurada.
|N2 Para que esta llamada resuene en toda la tierra, Cristo
envió a los apóstoles que había escogido, dándoles el mandato de
anunciar el Evangelio: "Id, pues, y haced discípulos a todas las
gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he
mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta
el fin del mundo" (Mt 28, 19-20). Fortalecidos con esta misión,
los apóstoles "salieron a predicar por todas partes, colaborando
el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que
la acompañaban" (Mc 16, 20).
|N3 Quienes con la ayuda de Dios han acogido el llamamiento de
Cristo y han respondido libremente a ella, se sienten por su
parte urgidos por el amor de Cristo a anunciar por todas partes
en el mundo la Buena Nueva. Este tesoro recibido de los apóstoles
ha sido guardado fielmente por sus sucesores. Todos los fieles de
Cristo son llamados a transmitirlo de generación en generación,
anunciando la fe, viviéndola en la comunión fraterna y
celebrándola en la liturgia y en la oración (cf Ch 2, 42).
II TRANSMITIR LA FE: LA CATEQUESIS
|N4 Muy pronto se llamó catequesis al conjunto de los esfuerzos
realizados en la Iglesia para hacer discípulos, para ayudar a los
hombres a creer que Jesús es el Hijo de Dios a fin de que, por la
fe, tengan la vida en su nombre, y para educarlos e instruirlos
en esta vida y construir así el Cuerpo de Cristo (cf Juan Pablo
II, CT 1, 2).
|N5 En un sentido más específico, "globalmente, se puede
considerar aquí que la catequesis es una educación en la fe de
los niños, de los jóvenes y adultos que comprende especialmente
una enseñanza de la doctrina cristiana, dada generalmente de modo
orgánico y sistemático con miras a iniciarlos en la plenitud de
la vida cristiana" (CT 18).
|N6 Sin confundirse con ellos, la catequesis se articula dentro
de un cierto número de elementos de la misión pastoral de la
Iglesia, que tienen un aspecto catequético, que preparan para la
catequesis o que derivan de ella: primer anuncio del Evangelio o
predicación misionera para suscitar la fe; búsqueda de razones
para creer; experiencia de vida cristiana: celebración de los
sacramentos; integración en la comunidad eclesial; testimonio
apostólico y misionero (cf CT 18).
|N7 "La catequesis está unida íntimamente a toda la vida de la
Iglesia. No sólo la extensión geográfica y el aumento numérico de
la Iglesia, sino también y más aún su crecimiento interior, su
correspondencia con el designio de Dios dependen esencialmente de
ella" (CT 13).
|N8 Los períodos de renovación de la Iglesia son también tiempos
fuertes de la catequesis. Así, en la gran época de los Padres de
la Iglesia, vemos a santos obispos consagrar una parte importante
de su ministerio a la catequesis. Es la época de S. Cirilo de
Jerusalén y de S. Juan Crisóstomo, de S. Ambrosio y de S.
Agustín, y de muchos otros Padres cuyas obras catequéticas siguen
siendo modelos.
|N9 El ministerio de la catequesis saca energías siempre nuevas
de los concilios. El Concilio de Trento constituye a este
respecto un ejemplo digno de ser destacado: dio a la catequesis
una prioridad en sus constituciones y sus decretos; de él nació
el Catecismo Romano que lleva también su nombre y que constituye
una obra de primer orden como resumen de la doctrina cristiana;
este Concilio suscitó en la Iglesia una organización notable de
la catequesis; promovió, gracias a santos obispos y teólogos como
S. Pedro Canisio, S. Carlos Borromeo, S. Toribio de Mogrovejo, S.
Roberto Belarmino, la publicación de numerosos catecismos.
|N10 No es extraño, por ello, que, en el dinamismo del
Concilio Vaticano 11 (que el Papa Pablo VI consideraba como el
gran catecismo de los tiempos modorros), la catequesis de la
Iglesia haya atraído de nuevo la atención. El "Directorio general
de la catequesis" de 1971, las sesiones del Sínodo de los obispos
consagradas a la evangelización (1974) y a la catequesis (1977),
las exhortaciones apostólicas correspondientes, "Evangelio
nuntiandi" (1975) y "Catequesi tradendae" (1979), dan testimonio
de
ello. La sesión extraordinaria del Sínodo de los obispos de 1985
pidió "que sea redactado un catecismo o compendio de toda la
doctrina católica tanto sobre la fe como sobre la moral"
(Relación final 11, B, a 4). El Santo Padre, Juan Pablo 11, hizo
suyo este deseo emitido por el Sínodo de los obispos reconociendo
que "responde totalmente a una verdadera necesidad de la Iglesia
universal y de las Iglesias particulares" (Discurso del 7 de
diciembre de 1985). El Papa dispuso todo lo necesario para que se
realizara la petición de los padres sinodales.
III FIN Y DESTINATARIOS DE ESTE CATECISMO
|N11 Este catecismo tiene por fin presentar una exposición
orgánica y sintética de los contenidos esenciales y fundamentales
de la doctrina católica tanto sobre la fe como sobre la moral, a
la luz del Concilio Vaticano II y del conjunto de la Tradición de
la Iglesia. Sus fuentes principales son la Sagrada Escritura, los
Santos Padres, la Liturgia y el Magisterio de la Iglesia. Está
destinado a servir "como un punto de referencia para los
catecismos o compendios que sean compuestos en los diversos
países" (Sínodo de los obispos 1985. Relación final II, B, a, 4).
|N12 El presente catecismo está destinado principalmente a
los responsables de la catequesis: en primer lugar a los obispos,
en cuanto doctores de la fe y pastores de la Iglesia. Les es
ofrecido como instrumento en la realización de su tarea de
enseriar al Pueblo de Dios. A través de los obispos, se dirige a
los redactores de catecismos, a los sacerdotes y a los
catequistas. Será también de útil lectura para todos los demás
fieles cristianos.
IV LA ESTRUCTURA DEL "CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA"
|N13 El plan de este catecismo se inspira en la gran
tradición de los catecismos, los cuales articulan la catequesis
en torno a cuatro "pilares": la profesión de la fe bautismal (el
Símbolo), los Sacramentos de la fe, la vida de fe (los
Mandamientos), la oración del creyente (el Padre Nuestro).
Primera parte: La profesión de la fe
|N14 Los que por la fe y el Bautismo pertenecen a Cristo
deben confesar su fe bautismal delante de los hombres (cf Mt 10,
32; Rm 10, 9). Para esto, el catecismo expone en primer lugar en
qué consiste la Revelación por la que Dios se dirige y se da al
hombre, y la fe, por la cual el hombre responde a Dios (Primera
sección). El Símbolo de la fe resume los dones que Dios hace al
hombre como Autor de todo bien, como Redentor, como Santificador
y los articula en torno a los "tres capítulos" de nuestro
Bautismo -la fe en un solo Dios: el Padre Todopoderoso, el
Creador; y Jesucristo, su Hijo, nuestro Señor y Salvador;
y el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia (Segunda sección).
Segunda parte: Los sacramentos de la fe
|N15 La segunda parte del catecismo expone cómo la salvación
de Dios, realizada una vez por todas por Cristo Jesús y por el
Espíritu Santo, se hace presente en las acciones sagradas de la
liturgia de la Iglesia (Primera sección), particularmente en los
siete sacramentos (Segunda sección).
Tercera parte: La vida de fe
|N16 La tercera parte del catecismo presenta el fin último
del hombre, creado a imagen de Dios: la bienaventuranza, y los
caminos para llegar a ella: mediante un obrar recto y libre, con
la ayuda de la ley y de la gracia de Dios (Primera sección);
mediante un obrar que realiza el doble mandamiento de la caridad,
desarrollado en los diez Mandamientos de Dios (Segunda sección).
Cuarta parte: La oración en la vida de la fe
|N17 La última parte del catecismo trata del sentido y la
importancia de la oración en la vida de los creyentes (Primera
sección). Se cierra con un breve comentario de las siete
peticiones de la oración del Señor (Segunda sección). En ellas,
en efecto, encontramos la suma de los bienes que debemos esperar
y que nuestro Padre celestial quiere concedernos.
V INDICACIONES PRACTICAS PARA EL USO DE ESTE CATECISMO
|N18 Este catecismo está concebido como una exposición
orgánica de toda la fe católica. Es preciso, por tanto, leerlo
como una unidad. Numerosas referencias en el interior del texto y
el índice analítico al final del volumen permiten ver cada tema
en su vinculación con el conjunto de la fe.
|N19 Con frecuencia, los textos de la Sagrada Escritura no
son citados literalmente, sino indicando sólo la referencia
(mediante cf). Para una inteligencia más profunda de esos
pasajes, es preciso recurrir a los textos mismos. Estas
referencias bíblicas son un instrumento de trabajo para la
catequesis.
|N20 Cuando, en ciertos pasajes, se emplea letra pequeña,
con ello se indica que se trata de puntualizaciones de tipo
histórico, apologético o de exposiciones doctrinales
complementarias.
|N21 Las citas, en letra pequeña, de fuentes patrísticas,
litúrgicas, magisteriales o hagiográficas tienen como fin
enriquecer la exposición doctrinal. Con frecuencia estos textos
han sido escogidos con miras a un uso directamente catequético.
|N22 Al final de cada unidad temática, una serie de textos
breves resumen en fórmulas condensadas lo esencial de la
enseñanza. Estos "resúmenes" tienen como finalidad ofrecer
sugerencias para fórmulas sintéticas y memorizables en la
catequesis de cada lugar.
VI LAS NECESARIAS ADAPTACIONES
|N23 El acento de este catecismo se pone en la exposición
doctrinal. Quiere, en efecto, ayudar a profundizar el
conocimiento de la fe. Por lo mismo está orientado a la
maduración de esta fe, su enraiza miento en la vida y su
irradiación en el testimonio (cf CT 20-22; 25).
|N24 Por su misma finalidad, este catecismo no se propone
dar una respuesta adaptada, tanto en el contenido cuanto en el
método, a las exigencias qué dimanan de las diferentes culturas,
de edades, de la vida espiritual, de situaciones sociales y
eclesiales de aquellos a quienes se dirige la catequesis. Estas
indispensables adaptaciones corresponden a catecismos propios de
cada lugar, y más aún a aquellos que toman a su cargo instruir a
los fieles:
El que enseña debe ~hacerse todo a todos" ( 1 Co 9,
22), para ganarlos a todos para Jesucristo...¡Sobre todo que no
se imagine que le ha sido confiada una sola clase de almas, y
que, por consiguiente, le es lícito enseñar y formar igualmente a
todos los fieles en la verdadera piedad, con un único método y
siempre el mismo! Que sepa bien que unos son, en Jesucristo, como
niños recién nacidos, otros como adolescentes, otros finalmente
como poseedores ya de todas sus fuerzas... Los que son llamados
al ministerio de la predicación deben, al transmitir la enseñanza
del misterio de la fe y de las reglas de las costumbres, acomodar
sus palabras al espíritu y a la inteligencia de sus oyentes
(Catech. R., prefacio, 11).
|N25 Por encima de todo, la Caridad. Para concluir esta
presentación es oportuno recordar el principio pastoral que
enuncia el Catecismo Romano:
Toda la finalidad de la doctrina y de la enseñanza debe
ser puesta en el amor que no acaba. Porque se puede muy bien
exponer lo que es preciso creer, esperar o hacer; pero sobre todo
se debe siempre hacer aparecer el Amor de Nuestro Señor a fin de
que cada uno comprenda que todo acto de virtud perfectamente
cristiano no tiene otro origen que el Amor, ni otro término que
el Amor (Catech. R., prefacio, 10).
|P1 CATECISMO - PRIMERA PARTE
La profesión de la fe
|S1 PRIMERA SECCION
"CREO" - "CREEMOS"
|N26 Cuando profesamos nuestra fe, comenzamos diciendo:
"Creo" o "Creemos". Antes de exponer la fe de la Iglesia tal como
es confesada en el Credo, celebrada en la Liturgia, vivida en la
práctica de los Mandamientos y en la oración, nos preguntamos qué
significa "creer". La fe es la respuesta del hombre a Dios que se
revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz
sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida.
Por ello consideramos primeramente esta búsqueda del hombre
(capítulo primero), a continuación la Revelación divina, por la
cual Dios viene al encuentro del hombre (capítulo segundo), y
finalmente la respuesta de la fe (capítulo tercero).
CAPITULO PRIMERO
EL HOMBRE ES "CAPAZ" DE DIOS
I EL DESEO DE DIOS
|N27 El deseo de Dios está inscrito en el corazón del
hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y
Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios
encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar:
La razón más alta de la dignidad humana consiste en la
vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado
al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino
porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por
ardor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce
libremente aquel amor y se entrega a su Creador (GS 19, 1).
|N28 De múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de
hoy, los hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de
sus creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones,
sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). A pesar de las
ambigüedades que pueden entrañar, estas formas de expresión son
tan universales que se puede llamar al hombre un ser religioso:
El cree, de un solo principio, todo el linaje humano,
para que habitase sobre toda la faz de la tierra y determinó con
ex actitud el tiempo y los límites del lugar donde habían de
habitar, con el Rin de que buscasen a Dios, para ver si a tientas
le buscaban y le hallaban; por más que no se encuentra lejos de
cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos
(Hech 17, 26-28).
|N29 Pero esta "unión íntima y vital con Dios" (GS 19, 1 )
puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada
explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener
orígenes muy diversos (cf GS 19-21): la rebelión contra el mal en
el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes
del mundo y de las riquezas (cf Mt 13, 22), el mal ejemplo de los
creyentes, las corrientes de pensamiento hostiles a la religión,
y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se
oculta de Dios (cf Gn 3, 8-10) y huye ante su llamada (cf Jn 1,
3).
|N30 "Se alegre el corazón de los que buscan a Dios" (Sal
1()5, 3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no
cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre
la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de
su inteligencia, la rectitud de su voluntad, "un corazón recto",
y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios.
Tú eres grande, Señor, y muy digno de alaban.a: grande
es tu poder. y tu sabiduría no tiene medida. Y el hombre, pequeña
parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente el hombre
que, revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio
de su pecado y el testimonio de que tú resistes a los soberbios.
A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu creación, quiere
alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que encuentre sus
delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y nuestro
corazón está inquieto mientras no descansa en ti (S. Agustín,
con. 1, 1, 1).
II LAS VIAS DE ACCESO AL CONOCIMIENTO DE DIOS
|N31 Creado a imagen de Dios, llamado a conocer y amar a el
hombre que busca a Dios descubre ciertas "vías" para acceder al
conocimiento de Dios. Se las llama también "pruebas de la
existencia de Dios", no en el sentido de las pruebas propias de
las ciencias naturales, sino el sentido de "argumentos
convergentes y convincentes" que permiten llegar a verdaderas
certezas.
Estas "vías" para acercarse a Dios tienen como punto de
partida la creación: el mundo material y la persona humana.
|N32 El mundo: A partir del movimiento y del devenir, de la
contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede
conocer a Dios como origen y fin del universo.
S. Pablo afirma refiriéndose a los paganos: "Lo que de
Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo
manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del
mundo se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su
poder eterno y su divinidad" (Rm 1, 19-20; cf Hech 14, 15.17; 17,
2728; Sb 13, 1-9).
Y S. Agustín: "Interroga a la belleza de la tierra,
interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire
que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo...
interroga a todas estas realidades. Todas te responden: Ve,
nosotras somos bellas. Su belleza es una profesión ('confessio').
Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma
Belleza ('Pulcher'), no sujeto a cambio?" (serm. 241, 2).
|N33 El hombre: Con su apertura a la verdad y a la belleza,
con ._ sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su
conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre
se interroga sobre la existencia de Dios. En estas aperturas,
percibe signos de su alma espiritual. La "semilla de eternidad
ser irreductible a la sola materia" (GS 18, 1; cf puede tener
origen más que en Dios.
|N34 El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos
mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que
participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin.
Así, por estas diversas "vías", el hombre puede acceder al
conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa
primera y el fin último de todo, "y que todos llaman Dios" (S.
Tomás de A., s. th. 1, 2, 3).
|N35 Las facultades del hombre lo hacen capaz de conocer la
existencia de un Dios personal. Pero para que el hombre pueda
entrar en su intimidad, Dios ha querido revelarse al hombre y
darle la gracia de poder acoger en la fe esa revelación en la fe.
Sin embargo, las pruebas de la existencia de Dios pueden disponer
a la fe y ayudar a ver que la fe no se opone a la razón humana.
III EL CONOCIMIENTO DE DIOS SEGUN LA IGLESIA
|N36 "La santa Iglesia, nuestra madre, mantiene y enseña que
principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con
certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de
las cosas creadas" (C. Vaticano I: DS 3004; cf 3026; Cc. Vaticano
II, DV 6). Sin esta capacidad, el hombre no podría acoger la
revelación de Dios. El hombre tiene esta capacidad porque ha sido
creado "a imagen de Dios" (cf Gn 1, 26).
|N37 Sin embargo, en las condiciones históricas en que se
encuentra, el hombre experimenta muchas dificultades para conocer
_ os con la sola luz de su razón:
A pesar de que la razón humana, hablando simplemente
pueda verdaderamente por sus fuerzas y su luz naturales, llegar a
un conocimiento verdadero y cierto de un Dios personal, que
protege y gobierna el mundo por su providencia, así como de una
ley natural puesta por el Creador en nuestras almas, sin embargo
hay muchos obstáculos que impiden a esta misma razón usar
eficazmente y con fruto su poder natural, porque las verdades que
se refieren a Dios y a los hombres sobrepasan absolutamente el
orden de las cosas sensibles y cuando deben traducirse en actos y
proyectarse en la vida exigen que el hombre se entregue y
renuncie a sí mismo. El espíritu humano, para adquirir semejantes
verdades, padece dificultad por parte de los sentidos y de la
imaginación, así como de los malos deseos nacidos del pecado
original. De ahí procede que en semejantes materias los hombres
se persuadan fácilmente de la falsedad o al menos de la
incertidumbre de las cosas que no quisieran que fuesen verdaderas
(Pío XII, etc. "Humani generis": DS 3875).
|N38 Por esto el hombre necesita ser iluminado por la revela
de Dios, no solamente acerca de lo que supera su entendimiento,
sino también sobre "las verdades religiosas y morales que de suyo
no son inaccesibles a la razón, a fin de que puedan ser, en el
estado actual del género humano, conocidas de todos sin
dificultad, con una certeza firme y sin mezcla de error" (ibíd.,
DS 3876; cf Cc. Vaticano I: DS 3005; DV 6; S. Tomás de A., s. th.
1,1,1).
IV ¿COMO HABLAR DE DIOS?
|N39 Al defender la capacidad de la razón humana para
conocer a Dios, la Iglesia expresa su confianza en la posibilidad
de hablar de Dios a todos los hombres y con todos los hombres.
Esta convicción está en la base de su diálogo con las otras
religiones, con la filosofía y las ciencias, y también con los no
creyentes y los ateos.
|N40 Puesto que nuestro conocimiento de Dios es limitado,
nuestro lenguaje sobre Dios lo es también. No podemos nombrar a
Dios sino a partir de las criaturas, y según nuestro modo humano
limitado de conocer y de pensar.
|N41 Todas las criaturas poseen una cierta semejanza con
Dios, muy especialmente el hombre creado a imagen y semejanza de
Dios. Las múltiples perfecciones de las criaturas (su verdad, su
bondad, su belleza) reflejan, por tanto, la perfección infinita
de Dios. Por ello, podemos nombrar a Dios a partir de las
perfecciones de sus criaturas, "pues de la grandeza y hermosura
de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor"
(Sb 13, 5).
|N42 Dios transciende toda criatura. Es preciso, pues,
purificar sin cesar nuestro lenguaje de todo lo que tiene de
limitado, de expresión por medio de imágenes, de imperfecto, para
no confundir al Dios "inefable, incomprensible, invisible,
inalcanzable" (Anáfora de la Liturgia de San Juan Crisóstomo) con
nuestras representaciones humanas. Nuestras palabras humanas
quedan siempre más acá del Misterio de Dios.
|N43 Al hablar así de Dios, nuestro lenguaje se expresa
ciertamente de modo humano, pero capta realmente a Dios mismo,
sin poder, no obstante, expresarlo en su infinita simplicidad. Es
preciso recordar, en efecto, que "entre el Creador y la criatura
no se puede señalar una semejanza tal que la diferencia entre
ellos no sea mayor todavía" (C. Letrán IV: DS 806), y que
"nosotros no podemos captar de Dios lo que El es, sino solamente
lo que no es y cómo los otros seres se sitúan con relación a El"
(S. Tomás de A., s. gen. 1, 30).
RESUMEN
|N44 El hombre es por naturaleza y por vocación un ser
religioso. Viniendo de Dios y yendo hacía Dios, el hombre no vive
una vida plenamente humana si no vive libremente su vínculo con
Dios.
|N45 El hombre está hecho para vivir en comunión con Dios,
en quien encuentra su ducha."Cuando yo me adhiera a ti con todo
mi ser, no habrá ya para mí penas ni pruebas, y ni vida, toda
llena de ti, será plena" (S. Agustín, con 10, 28, 39).
|N46 Cuando el hombre escucha el mensaje de las criaturas y
la voz de su conciencia, entonces puede alcanzar la certeza de la
existencia de Dios, causa y fin de todo.
|N47 La Iglesia enseña que el Dios único y verdadero,
nuestro Creador y Señor, puede ser conocido con certeza por sus
obras, gracias a la luz natural de la razón humana (cf Cc.
Vaticano 1: DS 3026).
|N48 Nosotros podemos realmente nombrar a Dios partiendo de
las múltiples perfecciones de las criaturas, semejanzas del Dios
infinitamente perfecto, aunque nuestro lenguaje limitado no agote
su misterio.
|N49 "Sin el Creador la criatura se diluye" (GS 36). He
aquí por qué los creyentes saben que son impulsados por el amor
de Cristo a llevar la luz del Dios vivo a los que no le conocen o
le rechazan.
CAPITULO SEGUNDO
DIOS AL ENCUENTRO DEL HOMBRE
|N50 Mediante la razón natural, el hombre puede conocer a
Dios con certeza a partir de sus obras. Pero existe otro orden de
conocimiento que el hombre no puede de ningún modo alcanzar por
sus propias fuerzas, el de la Revelación divina (cf Cc. Vaticano
1: DS 3015). Por una decisión enteramente libre, Dios se revela y
se da al hombre. Lo hace revelando su misterio, su designio
benevolente que estableció desde la eternidad en Cristo en favor
de todos los hombres. Revela plenamente su designio enviando a su
Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y al Espíritu Santo.
Artículo 1 LA REVELACION DE DIOS
I DIOS REVELA SU DESIGNIO AMOROSO
|N51 "Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y
dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los
hombres por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al
Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza
divina" (DE 2).
|N52 Dios, que "habita una luz inaccesible" ( 1 Tm 6, 16),
quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente
creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos
adoptivos (cf Ef 1, 4-5). Al revelarse a sí mismo, Dios quiere
hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de
amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias
fuerzas.
|N53 El designio divino de la revelación se realiza a la vez
"mediante acciones y palabras", íntimamente ligadas entre sí y
que se esclarecen mutuamente (DE 2). Este designio comporta una
"pedagogía divina" particular: Dios se comunica gradualmente al
hombre, lo prepara por etapas para acoger la Revelación
sobrenatural que hace de sí mismo y que culminará en la Persona y
la misión del Verbo encarnado, Jesucristo.
S. Ireneo de Lyon habla en varias ocasiones de esta
pedagogía divina bajo la imagen de un mutuo acostumbrarse entre
Dios y el hombre: "El Verbo de Dios ha habitado en el hombre y se
ha hecho Hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender
a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, según la
voluntad del Padre" (hacer. 3, 20, 2; cf por ejemplo 17, 1; 4,
12, 4; 21, 3).
II LAS ETAPAS DE LA REVELACION
Desde el origen, Dios se da a conocer
|N54 "Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da
a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas, y,
queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se
manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya
desde el principio" (DE 3). Los invitó a una comunión íntima con
El revistiéndolos de una gracia y de una justicia
resplandecientes.
|N55 Esta revelación no fue interrumpida por el pecado de
nuestros primeros padres. Dios, en efecto, "después de su caída
alentó en ellos la esperanza de la salvación con la promesa de la
redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar
la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la
perseverancia en las buenas obras" (DE 3).
Cuando por desobediencia perdió tu amistad, no lo
abandonaste al poder de la muerte... Reiteraste, además, tu
alianza a los hombres (MI, Plegaria eucarística IV, 118).
La alianza con Noé
|N56 Una vez rota la unidad del género humano por el pecado,
decide desde el comienzo salvar a la humanidad a través de una
serie de etapas. La alianza con Noé después del diluvio (cf Gn 9,
9) expresa el principio de la Economía divina con las "naciones",
es decir, con los hombres agrupados "según sus países, cada uno
según su lengua, y según sus clanes" (Gen 10, 5; cf 10, 20-31).
|N57 Este orden a la vez cósmico, social y religioso de la
pluralidad de las naciones (cf Ch 17, 26-27), confiado por la
providencia divina a la custodia de los ángeles (cf Dt 4, 19; Dt
[LXX], 32, 8), está destinado a limitar el orgullo de una
humanidad caída que, unánime en su perversidad (cf Sb 10, 5),
quisiera hacer por sí misma su unidad a la manera de Babel (cf Gn
11, 4-6). Pero, a causa del pecado (cf Rm 1, 18-25), el
politeísmo así como la idolatría de la nación y de su jefe son
una amenaza constante de vuelta al paganismo para esta economía
aún no definitiva.
|N58 La alianza con Noé permanece en vigor mientras dura el
tiempo de las naciones (cf Lc 21, 24), hasta la proclamación
universal del Evangelio. La Biblia venera algunas grandes figuras
de luis "naciones", como "Abel el justo", el rey-sacerdote
Melquisedec (cf Gn 14, 18), figura de Cristo (cf Hb 7, 3), o los
justos "Noé, Daniel y Job" (Ez 14, 14). De esta manera, la
Escritura expresa qué altura de santidad pueden alcanzar los que
viven según la alianza de Noé en la espera de que Cristo "reúna
en uno a todos los hijos de Dios dispersos" (Jn 11. 52).
Dios elige a Abraham
|N59 Para reunir a la humanidad dispersa, Dios elige a Abra
llamándolo "fuera de su tierra, de su patria y de su casa" (Gen
12, 1), para hacer de él "Abraham", es decir, "el padre de una
multitud de naciones" (Gen 17, 5): "En ti serán benditas todas
las naciones de la tierra" (Gen 12, 3 [LXXI; cf Ga 3, 8).
|N60 El pueblo nacido de Abraham será el depositario de la
promesa hecha a los patriarcas, el pueblo de la elección (cf Rm
11, 28), llamado a preparar la reunió Dios en la unidad de la
Iglesia (cf Jn 11, 52; 10, 16); ese pueblo será la raíz en la que
serán injertados los paganos hechos creyentes (cf Rm 11,
17-18.24).
|N61 Los patriarcas, los profetas y otros personajes del
Antiguo Testamento han sido y serán siempre venerados como santos
en todas las tradiciones litúrgicas de la Iglesia.
Dios forma a su pueblo Israel
|N62 Después de la etapa de los patriarcas, Dios constituyó
a Israel como su pueblo salvándolo de la esclavitud de Egipto.
Estableció con él la alianza del Sinaí y le dio por medio de
Moisés su Ley, para que lo reconociese y le sirviera como al
único Dios vivo y verdadero, Padre providente y juez justo, y
para que esperase al Salvador prometido (cf DV 3).
|N63 Israel es el pueblo sacerdotal de Dios (cf Ex 19, 6),
el que "lleva el Nombre del Señor" (Dé 28, 10). Es el pueblo de
aquellos "a quienes Dios habló primero" (MI, Viernes Santo 13:
oración universal VI), el pueblo de los "hermanos mayores" en la
fe de Abraham.
|N64 Por los profetas, Dios forma a su pueblo en la
esperanza de la salvación, en la espera de una Alianza nueva y
eterna destinada a todos los hombres (cf Is 2, 2-4), y que será
grabada en los corazones (cf Jr 31, 31-34; Hb 10, 16). Los
profetas anuncian una redención radical del pueblo de Dios, la
purificación de todas sus infidelidades (cf Ez 36), una salvación
que incluirá a todas las naciones (cf Is 49, 5-6; 53, 11). Serán
sobre todo los pobres y los humildes del Señor (cf So 2, 3)
quienes mantendrán esta esperanza. Las mujeres santas como Sara,
Rebeca, Raquel, Miriam, Débora, Ana, Judit y Ester conservaron
viva la esperanza de la salvación de el. De ellas la figura más
pura es María (cf Lc 1, 38).
III CRISTO JESUS, "MEDIADOR Y PLENITUD DE TODA LA REVELACION" (DV
2)
Dios ha dicho todo en su Verbo
|N65 "De una manera fragmentaria y de muchos modos habló
Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en
estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo" (Hb 1, 1-2).
Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única,
perfecta e insuperable del Padre. En El lo dice todo, no habrá
otra palabra más que ésta. S. Juan de la Cruz, después de otros
muchos, lo expresa de manera luminosa, comentando Hb 1, 1-2:
Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una
Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una
vez en esta sola Palabra..., porque lo que hablaba antes en
partes a los profetas ya lo ha hablado todo en El, dándonos al
Todo, que es su Hija. Por lo cual, el que ahora quisiese
preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo
haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los
ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad
(Ca Rm. 2, 22).
No habrá otra revelación
|N66 "La economía cristiana, por ser alianza nueva y
definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación
pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor
Jesucristo (DV 4). Sin embargo, aunque la Revelación esté
acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe
cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el
transcurso de los siglos.
|N67 A lo largo de los siglos ha habido revelaciones
llamadas "privadas", algunas de las cuales han sido reconocidas
por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen
al depósito de la fe. Su función no es la de "mejorar" o
"completar" la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar
a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia.
Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles
(sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas
revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus
santos a la Iglesia.
La fe cristiana no puede aceptar "revelaciones" que
pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la
plenitud. Es el caso de ciertas religiones no cristianas y
también de ciertas sectas recientes que se fundan en semejantes
"revelaciones'-.
RESUMEN
|N68 Por amor, Dios se ha revelada y sí ha entregado al
hombre. De este modo da una respuesta definitiva y sobreabundante
a las cuestiones que el hombre se plantea sobre el sentido y la
finalidad de su vida.
|N69 Dios se ha revelado al hombre comunicándole
gradualmente su propio Misterio mediante obras y palabras.
|N70 Más allá del testimonio que Dios da de sí mismo en las
cosas creadas, se manifestó a nuestros primeros padres. Les habló
y, después de la caída, les prometió la salvación (cf Gn 3, 15),
y les ofreció su alianza.
|N71 Dios selló con Noé una alianza eterna entre El y todos
los seres vivientes (cf Gn 9, 16). Esta alianza durará tanto cómo
dure el mundo.
|N72 Dios eligió a Abraham y selló una alianza con él y su
descendencia. De él formó a su pueblo, al que revela su ley por
medio de Moisés. Lo preparó por los profetas para acoger la
salvación destinada a toda la humanidad.
|N73 Dios se ha revelado plenamente enviando a su propio
Hijo, en quien ha establecido su alianza para siempre. El Hijo es
la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra
Revelación después de El.
Artículo 2
LA TRANSMISION DE LA REVELACION DIVINA
|N74 Dios "quiere que todos los hombres se salven y lleguen
al conocimiento de la verdad" (1 Tm 2, 4), es decir, al
conocimiento de Cristo Jesús (cf Jn 14, 6). Es preciso, pues, que
Cristo sea anunciado a todos los pueblos y a todos los hombres y
que así la Revelación llegue hasta los confines del mundo:
Dios quiso que lo que había revelado para salvación de
todos los pueblos se conservara po mitigo a todas las edades (DE
7).
I LA TRADICION APOSTOLICA
|N75 "Cristo nuestro Señor, plenitud de la Revelación, mandó
a los apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio como
fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta,
comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio prometido por
los profetas, que él mismo cumplió y promulgó con su voz"(DV 7)
La predicación apostólica...
|N76 La transmisión del Evangelio, según el mandato del
Señor,
se hizo de dos maneras:
oralmente: "los apóstol, con su predicación, sus ejemplos,
sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían
aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu
Santo les enseñó";
por escrito: "los mismos apóstoles y otros de su generación
pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el
Espíritu Santo" (DE 7).
continuada en la sucesión apostólica
|N77 "Para que este Evangelio se conservara siempre vivo y
entero en la Iglesia, los apóstoles nombraron como sucesores a
los obispos; 'dejándoles su cargo en el magisterio"' (DE 7). En
efecto, "la predicación apostólica, expresada de un modo especial
en los libros sagrados, se ha de conservar por transmisión
continua hasta el fin de los tiempos" (DE 8).
|N78 Esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu
Santo es llamada la Tradición en cuanto distinta de la Sagrada
Escritura,
aunque estrechamente ligada a ella. Por ella, "la Iglesia con su
enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las
edades lo que es y lo que cree" (DE 8). "Las palabras de los
Santos Padres atestiguan la presencia viva de esta Tradición,
cuyas riquezas van pasando a la práctica y a la vida de la
Iglesia que cree y ora" (DE 8).
|N79 Así, la comunicación que el Padre ha hecho de sí mismo
por su Verso en el Espíritu Santo sigue presente y activa en la
Iglesia: "Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando
siempre con la Esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo,
por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por
ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la
verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra
de Cristo" (DE 8).
II LA REVELACION ENTRE LA TRADICION Y LA SAGRADA ESCRITURA
Una fuente común...
|N80 La Tradición y la Sagrada Escritura "están íntimamente
y unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma
fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin" (DE
9). Una y otra hacen presente y fecundo en la Iglesia el misterio
de Cristo que ha prometido estar con los suyos "para siempre
....~... el fin del mundo" (Mt 28, 20).
dos modos distintos de transmisión
|N81 "La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto
escrita por inspiración del Espíritu Santo".
"La Tradición recibe la palabra de Dios, encomendada por
Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles, y la transmite
íntegra a los sucesores; para que ellos, iluminados por el
Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan
fielmente en su predicación".
|N82 De ahí resulta que la Iglesia, a la cual está confiada
la transmisión y la interpretación de la Revelación "no saca
exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y
así se han de recibir y respetas con el mismo espíritu de
devoción" (DE 9).
Tradición apostólica y tradiciones eclesiales
|N83 La Tradición de que hablamos aquí es la que viene de
los apóstoles y transmite lo que éstos recibieron de las
enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que aprendieron por el
Espíritu Santo. En efecto, la primera generación de cristianos no
tenía aún un Nuevo Testamento escrito, y el Nuevo Testamento
mismo atestigua el proceso de la Tradición viva.
Es preciso distinguir de ella las "tradiciones" teológicas,
disciplinares, litúrgicas o devocionales nacidas en el transcurso
del tiempo en las Iglesias locales. Estas constituyen formas
particulares en las que la gran Tradición recibe expresiones
adaptadas a los diversos lugares y a las diversas épocas. Sólo a
la luz, de la gran Tradición aquél las pueden ser mantenidas,
modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio de
la Iglesia.
III LA INTERPRETACION DEL DEPOSITO DE LA FE
El depósito de la fe confiado a la totalidad de la Iglesia
|N84 "El depósito sagrado" (cf 1 Tm 6, 20); 2 Tm 1, 12-14)
de la fe ("depositum fidei"), contenido en la Sagrada Tradición y
en la Sagrada Escritura fue confiado por los Apóstoles al
conjunto de la Iglesia. "Fiel a dicho depósito, el pueblo
cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre en la
doctrina apostólica y en la unión, en la Eucaristía y en la
oración, y así se realiza una maravillosa concordia de pastores y
fieles en conservar, practicar y profesar la fe recibida" (DV
10).
El Magisterio de la Iglesia
|N85 "El oficio de interpretar auténticamente la palabra de
Dios, oral o escrita, ha sido encomendado solo al Magisterio vivo
de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo" (DE
10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro,
el obispo de Roma.
|N86 "El Magisterio no está por encima de la palabra de
Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido,
pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo,
lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica
fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que
propone como revelado por Dios para ser creído" (DE 10).
|N87 Los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus
Apóstoles: "El que a vosotros escucha a mí me escucha" (Lc 10,
16; cf LG 20), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices
que sus pastores les dan de diferentes formas.
Los dogmas de la fe
|N88 El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la
autoridad que tiene de Cristo cuando define dogmas, es decir,
cuando propone, de una forma que obliga al pueblo cristiano a una
adhesión irrevocable de fe, verdades contenidas en la Revelación
divina o verdades que tienen con ellas un vínculo necesario.
|N89 Existe un vínculo orgánico entre nuestra vida
espiritual y los dogmas. Los dogmas son luces en el camino de
nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro. De modo inverso, si
nuestra vida es recta, nuestra inteligencia y nuestro corazón
estarán abiertos para acoger la luz de los dogmas de la fe (cf Jn
8, 31-32).
|N90 Los vínculos mutuos y la coherencia de los dogmas
pueden ser hallados en el conjunto de la Revelación del Misterio
de Cristo (cf Cc. Vaticano I: DS 3016: "nexus mysteriorum"; LG
25). "Existe un orden o 'jerarquía' de las verdades de la
doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el
fundamento de la fe cristiana" (UR 11).
El sentido sobrenatural de la fe
|N91 Todos los fieles tienen parte en la comprensión y en la
transmisión de la verdad revelada. Han recibido la unción del
Espíritu Santo que los instruye (cf 1 Jn 2, 20.27) y los conduce
a la verdad completa (cf Jn 16, 13).
|N92 "La totalidad de los fieles... no puede equivocarse en
la fe. Se manifiesta esta propiedad suya, tan peculiar, en el
sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo: cuando 'desde
los obispos
hasta el último de los laicos cristianos' muestran estar
totalmente
de acuerdo en cuestiones de fe y de moral" (LG 12).
|N93 "El Espíritu de la verdad suscita y sostiene este
sentido de la fe. Con él, el Pueblo de Dios, bajo la dirección
del Magisterio... se adhiere indefectiblemente a la fe
transmitida a los santos de una vez para siempre, la profundiza
con un juicio recto y la aplica caza día más plenamente en la
vida" (LG 12).
El crecimiento en la inteligencia de la fe
|N94 Gracias a la asistencia del Espíritu Santo, la
inteligencia
tanto de las realidades como de las palabras del depósito de la
fe puede crecer en la vida de la Iglesia:
- "Cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su
Corazón" (DV 8); es en particular la investigación teológica
quien
debe "profundizar en el conocimiento de la verdad revelada" (GS
62,7; cf 44,2; DV 23;24; UR 4).
- Cuando los fieles "comprenden internamente los misterios que
viven" (DE 8); "Divina eloquia cum legente crescunt" ("la
comprensión de las palabras divinas crece con su reiterada
lectura", S. Gregorio Magno, Homilía sobre Ez 1, 7-8: PL 76, 843
D).
- "Cuando las proclaman los obispos, que con la sucesión
apostólica reciben un carisma de la verdad" (DE 8).
|N95 "La Tradición, la Escritura y el Magisterio de la
Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados,
de modo que ninguno puede subsistir sin los otros; los tres, cada
uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo,
contribuyen eficazmente a la salvación de las almas" (DE 10, 3).
RESUMEN
|N96 Lo que Cristo confió a los apóstoles, éstos lo
transmitieron por su predicación y por escrito, bajo la
inspiración del Espíritu Santo, a todas las generaciones hasta el
retorno glorioso de Cristo.
|N97 "La Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un
único depósito sagrado de la palabra de Dios" (DE 10), en el
cual, como en un espejo, la Iglesia peregrinante contempla a
Dios, fuente de todas sus riquezas.
|N98 "La Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto,
conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree "
(DE 8).
|N99 En virtud de su sentido sobrenatural de la fe, todo el
Pueblo de Dios no cesa de acoger el don de la Revelación divina,
de penetrarla más profundamente y de vivirla de modo más pleno.
|N100 El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de
Dios ha sido confiado únicamente al Magisterio de la Iglesia,
Artículo 3 LA SAGRADA ESCRITURA
I CRISTO, PALABRA UNICA DE LA SAGRADA ESCRITURA
|N101 En la condescendencia de su bondad, Dios, para
revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas: "La
palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante
al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre asumiendo
nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres"
(DE 13).
|N102 A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura,
Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se dice
en plenitud (cf Hb 1,1-3):
Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se
extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que
resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que,
siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita aliabas porque
no está sometido al tiempo (S. Agustín, Psal. 103, 4, 1).
|N103 Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las
divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No
cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye
en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (cf DV
21).
|N104 En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar
su alimento y su fuerza (cf DV 24), porque, en ella, no recibe
solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la
Palabra de Dios (cf 1 Ts 2,13). "En los libros sagrados, el Padre
que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos
para conversar con ellos" (DE 21).
II INSPIRACION Y VERDAD DE LA SAGRADA ESCRITURA
|N105 Dios es el autor de la Sagrada Escritura. "Las verdades
reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada
Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo".
"La santa madre Iglesia, fiel a la base de los apóstoles,
reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento,
con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que,
escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como
autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia" (DE 11).
|N106 Dios ha inspirado a los autores humanos de los libros
sagrados. "En la composición de los libros sagrados, Dios se
valió de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y
talentos; de este modo, obrando Dios en ellos y por ellos, como
verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios
quería" (DE 11).
|N107 Los libros inspirados enseñan la verdad. "Como todo lo
que afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el
Espíritu Santo, se sigue que los libros sagrados enseñan
sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo
consignar en dichos libros para salvación nuestra" (DE 11).
|N108 Sin embargo, la fe cristiana no es una "religión del
Libro". El cristianismo es la religión de la "Palabra" de Dios,
"no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo"
(S. Bernardo, hoz. mis. 4, 11). Para que las Escrituras no queden
en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios
vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la
inteligencia de las mismas (cf Lc 24. 45).
III El ESPIRlTU SANTO, INTERPRETE DE LA ESCRITURA
|N109 En la Sagrada Escritura, Dios habla al hombre a la
manera de los hombres. Por tanto, para interpretar bien la
Escritura, es preciso estar atento a lo que los autores humanos
quisieron verdaderamente afirmar y a lo que Dios quiso
manifestarnos mediante sus palabras (cf DV 12, 1).
|N110 Para descubrir la intención de los autores sagrados es
preciso tener en cuenta las condiciones de su tiempo y de su
cultura, los "géneros literarios" usados en aquella época, las
maneras de sentir, de hablar y de narrar en aquel tiempo. "Pues
la verdad se presenta y se enuncia de modo diverso en obras de
diversa índole histórica, en libros proféticos o poéticos, o en
otros géneros literarios" (DE 12, 2).
|N111 Pero, dado que la Sagrada Escritura es inspirada, hay
otro principio de la recta interpretación, no menos importante
que el precedente, y sin el cual la Escritura sería letra muerta:
"La Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu
con que fue escrita" (DE 12, 3).
El Concilio Vaticano II señala tres criterios para una
interpretación de la Escritura conforme al Espíritu que la
inspiró (cf DV 12,3).
|N112 1. Prestar una gran atención "al contenido y a la
unidad de toda la Escritura". En efecto, por muy diferentes que
sean los libros que la componen, la Escritura es una en razón de
la unidad del designio de Dios, del que Cristo Jesús es el centro
y el corazón, abierto desde su Pascua (cf Lc 24, 25-27. 44-46).
El corazón (cf Sal 22, 15) de Cristo designa la Sagrada
Escritura que hace conocer el corazón de Cristo. Este corazón
estaba cerrado antes de la Pasión porque la Escritura era oscura.
Poro la Escritura fue abierta después de la Pasión, porque los
que en adelante tienen inteligencia de ella consideran y
disciernen de qué manera deben ser interpretadas las profecías
(S. Tomás de A. Psal. 21, 11).
|N113 2. Leer la Escritura en "la Tradición viva de toda la
Iglesia. Según un adagio de los Padres, "Sacra Scriptura
principalius est in corde Ecclesiae quam in materialibus
instrumentis scripta" ("La Sagrada Escritura está más en el
corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros
escritos"). En efecto, la Iglesia encierra en su Tradición la
memoria viva de la Palabra de Dios, y el Espíritu Santo le da la
interpretación espiritual de la Escritura ("...secundum
spiritualem sensum quem Spiritus donat Ecclesiae": Orígenes, hom.
in Lev. 5, 5).
|N114 3. Estar atento "a la analogía de la fe" (cf Rm 12, 6).
Por "analogía de la fe" entendemos la cohesión de las verdades de
la fe entre sí y en el proyecto total de la Revelación.
El sentido de la Escritura
|N115 Según una antigua tradición, se pueden distinguir dos
sentidos de la Escritura: el sentido literal y el sentido
espiritual; este último se subdivide en sentido alegórico, moral
y anagógico. La concordancia profunda de los cuatro sentidos
asegura toda su riqueza a la lectura viva de la Escritura en la
Iglesia.
|N116 El sentido litoral. Es el sentido significado por las
palabras de la Escritura y descubierto por la exégesis que sigue
las reglas de la justa interpretación. "Omnes sensus (sc. sacrae
Scripturae) fundentur super litteralem" (s. Tomás de A., s. th.
1, 1, 10, ad 1 ) Todos los sentidos de la Sagrada Escritura se
fundan sobre el sentido literal.
|N117 El sentido espiritual. Gracias a la unidad del designio
de Dios, no solamente el texto de la Escritura, sino también las
realidades y los acontecimientos de que habla pueden ser signos.
1. El sentido alegórico. Podemos adquirir una comprensión más
profunda de los acontecimientos reconociendo su significación en
Cristo; así. el paso del mar Rojo es un signo de la victoria de
Cristo y por ello del Bautismo (cf 1 Co 10, 2).
2. El sentido moral. Los acontecimientos narrados en la
Escritura pueden conducirnos a un orar justo. Fueron escritos
"para nuestra instrucción" (1 Co 10, 11; cf Hb 3-4, 11).
3. El sentido anagógico. Podemos ver realidades y
acontecimientos en su significación eterna, que nos conduce (en
griego: 'anagoge") hacia nuestra Patria. Así, la Iglesia en la
tierra es signo de la Jerusalén celeste (cf Ap 21, 1-22, 5).
|N118 Un dístico medieval resume la significación de los
cuatro sentidos:
Litera gesta doce, quid credas allegoria,
Moralis quid agas, quo tendas anagogia.
|N119 A los exegetas toca aplicar estas normas en su trabajo
para ir penetrando y exponiendo el sentido de la Sagrada
Escritura,
de modo que con dicho estudio pueda madurar el juicio de la
Iglesia. Todo lo dicho sobre la interpretación de la Escritura
queda sometido al juicio definitivo de la Iglesia, que recibió de
Dios el encargo y el oficio de conservar e interpretar la Palabra
de Dios" (DV 12, 3):
Ego vero Evangelio non credere, nisi me catholicae Ecclesiae
commoveret auctoritas (S. Agustín, fund. 5,6).
IV EL CANON DE LAS ESCRITURAS
|N120 La Tradición apostólica hizo discernir a la Iglesia qué
es OS constituyen la lista de los Libros Santos (cf DV 8, 3).
Esta lista integral es llamada "Canon" de las Escrituras.
Comprende para el Antiguo Testamento 46 escritos (45 si se
cuentan Jr y Lm como uno solo), y 27 para el Nuevo (cf DS 179;
1334-1336; 1501-1504):
Génesis, Exodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué,
Jueces, Rut, los dos libros de Samuel, los dos libros de los
Reyes, los dos libros de las Crónicas, Esdras y Nehemías, Tobías,
Judit, Ester, los dos libros de los Macabeos, Job, los Salmos,
los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, la
Sabiduría, el Eclesiástico, Isaías, Jeremías, las Lamentaciones,
Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás,
Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías para
el Antiguo Testamento;
los Evangelios de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan, los
Hechos de los Apóstoles, las cartas de Pablo a los Romanos, la
primera y segunda a los Corintios, a los Gálatas, a los Efesios,
a los Filipenses, a los Colosenses, la primera y la segunda a los
Tesalonicenses, la primera y la segunda a Timoteo, a Tito, a
Filemón, la carta a los Hebreos, la carta de Santiago, la primera
y la segunda de Pedro, Izas tres cartas de Juan, la carta de
Judas y el Apocalipsis para el Nuevo Testamento.
El Antiguo Testamento
|N121 El Antiguo Testamento es una parte de la Sagrada
Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son libros
divinamente inspirados y conservan un valor permanente (cf DV
14), porque la Antigua Alianza no ha sido revocada.
|N122 En efecto, "el fin principal de la economía antigua era
preparar la venida de Cristo, redentor universal". "Aunque
contienen elementos imperfectos y pasajeros", los libros del
Antiguo Testamento dan testimonio de toda la divina pedagogía del
amor salvífico de Dios: "Contienen enseñanzas sublimes sobre Dios
y una sabiduría salvadora acerca del hombre, encierran tesoros de
oración y esconden el misterio de nuestra salvación" (DE 15).
|N123 Los cristianos veneran el Antiguo Testamento como
verdadera Palabra de Dios. La Iglesia ha rechazado siempre
vigorosamente la idea de prescindir del Antiguo Testamento so
pretexto de que el Nuevo lo habría hecho caduco (marcionismo).
El Nuevo Testamento
|N124 "La Palabra de Dios, que es fuerza de Dios para la
salva_.. del que cree, se encuentra y despliega su fuerza de modo
privilegiado en el Nuevo Testamento" (DE 17). Estos escritos nos
ofrecen la verdad definitiva de la Revelación divina. Su objeto
central es Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, sus obras, sus
enseñanzas, su pasión y su glorificación, así como los comienzos
de su Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo (cf DV 20).
|N125 Los Evangelios son el corazón de todas las Escrituras
"por ser el testimonio principal de la vida y doctrina de la
Palabra hecha carne, nuestro Salvador" (DE 18).
|N126 En la formación de los Evangelios se pueden distinguir
tres etapas:
1. La vida y la Enseñanza de Jesús. La Iglesia mantiene
firmemente que los cuatro evangelios, "cuya historicidad afirma
sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús, Hijo de Dios,
viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la
salvación de ellos, hasta el día en que fue levantado al cielo"
(DE 19).
2. La tradición oral "Los apóstoles ciertamente después de la
ascensión del Señor predicaron a sus oyentes lo que El había
dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos
gozaban, amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo
y por la luz del Espíritu de verdad" (DE 19).
3. Los evangelios escritos. "Los autores sagrados escribieron
los cuatro evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que
ya se transmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o
explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias,
conservando por fin la forma de proclamación, de manera que
siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús" (DE
19).
|N127 El Evangelio cuadriforme ocupa en la Iglesia un lugar
único; de ello dan testimonio la veneración de que lo rodea la
liturgia y el atractivo incomparable que ha ejercido en todo
tiempo sobre los santos:
No hay ninguna doctrina que sea mejor, más preciosa y
más espléndida que el texto del Evangelio. Ved y retened lo que
nuestro Señor y Maestro, Cristo, ha enseñado mediante sus
palabras y realizado mediante sus obras (Santa Cesárea la Joven,
Rich.).
Es sobre todo el Evangelio lo que me ocupa durante mis
oraciones en él encuentro todo lo que es necesario a mi pobre
alma. En él descubro siempre nuevas luces, sentidos escondidos y
misteriosos (Santa Teresa del Niño Jesús, ms. auto. A 83v).
La unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento
|N128 La Iglesia, ya en los tiempos apostólicos (cf 1 Co 10,
6.11;Hb 10, 1 ;1 P 3, 21), y después constantemente en su
tradición, esclareció la unidad del plan divino en los dos
Testamentos gracias a la tipología. Esta reconoce, en las obras
de Dios en la Antigua Alianza, prefiguraciones de lo que Dios
realizó en la plenitud de los tiempos en la persona de su Hijo
encarnado.
|N129 Los cristianos, por tanto, leen el Antiguo Testamento a
la luz de Cristo muerto y resucitado. Esta lectura tipológica
manifiesta el contenido inagotable del Antiguo Testamento. Ella
no debe hacer olvidar que el Antiguo Testamento consuena su valor
propio de revelación que nuestro Señor mismo reafirmó (cf Mc 12,
29-31). Por otra parte, el Nuevo Testamento exige ser leído
también a la luz del Antiguo. La catequesis cristiana primitiva
recurrirá constantemente a él (cf 1 Co 5, 6-8; 10, 1-11). Según
un viejo adagio, el Nuevo Testamento está escondido en el
Antiguo, mientras que el Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo:
"Novum in Vetere latet et in Novo Vetus patet" (S. Agustín, Hept.
2, 73; cf DV 16).
|N130 La tipología significa un dinamismo que se orienta al
cumplimiento del plan divino cuando "Dios sea todo en todos" (1
Co 15, 28). Así la vocación de los patriarcas y el éxodo de
Egipto, por ejemplo, no pierden su valor propio en el plan de
Dios por el hecho de que son al mismo tiempo etapas intermedias.
|N131 "Es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de
Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de
fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de
vida espiritual" (DE 21). "Los fieles han de tener fácil acceso a
la Sagrada Escritura" (DE 22).
|N132 "La Escritura debe ser el alma de la teología. El
ministerio de la palabra, que incluye la predicación pastoral, la
catequesis, toda la instrucción cristiana y en puesto
privilegiado, la homilía, recibe de la palabra de la Escritura
alimento saludable y r frutos de santidad" (DS 24)
|N133 La Iglesia "recomienda insistentemente a todos la
lectura asidua de la Escritura para que adquieran 'la ciencia
suprema de Jesucristo' (Flp 3, 8), 'pues desconocer la Escritura
es desconocer a Cristo' (S. Jerónimo)" (DS 25).
RESUMEN
|N134 "Toda la Escritura divina es un libro y este libro es
Cristo, por Que toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda
la Escritura divina se cumple en Cristo" (Hugo de San Víctor, Noé
2, 8).
|N135 "La sagrada Escritura contiene la Palabra de Dios y, en
cuanto inspirada, es realmente Palabra de Dios " (DE 24).
|N136 Dios es el Autor de la Sagrada Escritura porque inspira
a sus autores humanos: actúa en ellos y por ellos. Da así la
seguridad de que sus escritos enseñan sin error la verdad
salvífica (cf DV 11).
|N137 La interpretación de las Escrituras inspiradas debe
estar sobre todo atenta a lo que Dios quiere revelar por medio de
los autores sagrados para nuestra salvación. "Lo que viene del
Espíritu sólo es plenamente percibido por la acción del Espíritu"
(Orígenes, hoz. in Ex. 4, 5).
|N138 La Iglesia recibe y venera como inspirados los cuarenta
y seis libros del Antiguo Testamento y los veintisiete del Nuevo.
|N139 Los cuatro evangelios ocupan un lugar centro es Cristo
Jesús.
|N140 La unidad de los dos Testamentos se deriva de la unidad
del plan de Dios y de su Revelación. El Antiguo Testamento
prepara el Nuevo mientras que éste da cumplimiento al Antiguo;
los dos se esclarecen mutuamente; los dos son verdadera Palabra
de Dios.
|N141 "La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura,
como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo" (DE 21): aquélla y éste
alimentan y rigen toda la vida cristiana. "Para mis pies antorcha
es tu palabra, luz para mi sendero" (Sal 11, 105;Is 50, 4).
CAPITULO TERCERO
LA RESPUESTA DEL HOMBRE A DIOS
|N142 Por su revelación, "Dios invisible habla a los hombres
como amigo, movido por su gran amor y mora con ellos para
invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía"
(DE 2). La respuesta adecuada a esta invitación es la fe.
|N143 Por la fe, el hombre somete completamente su
inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da
su asentimiento a Dios que revela (cf DV 5). La Sagrada Escritura
llama "obediencia de la fe" a esta respuesta del hombre a Dios
que revela (cf Roo 1, 5;16, 26).
Artículo 1 CREO
I LA OBEDIENCIA DE LA FE
|N144 Obedecer ("ob-audire") en la fe, es someterse
libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está
garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia,
Abraham es el nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María
es la realización más perfecta de la misma.
Abraham, "el padre de todos los creyentes"
|N145 La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de
los antepasados insiste particularmente en la fe de Abraham: "Por
la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de
recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba" (Hb 11, 8; cf
Gn 12, 1-4). Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la
Tierra prometida (cf Gn 23, 4). Por la fe, a Sara se otorgó el
concebir al hijo de la promesa. Por la fe, finalmente, Abraham
ofreció a su hijo único en sacrificio (cf Hb 11, 17).
|N146 Abraham realiza así la definición de la fe dada por la
carta a los Hebreos: "La fe es garantía de lo que se espera; la
prueba de las realidades que no se ven" (Hb 11, 1). "Creyó
Abraham en Dios y le fue reputado como justicia" (Rm 4, 3; cf Gn
15, 6). Gracias a esta "fe poderosa" (Rm 4, 20), Abraham vino a
ser "el padre de todos los creyentes" (Rm 4,11.18; cf Gn 15,15).
|N147 El Antiguo Testamento es rico en testimonios acerca de
esta fe. La carta a los Hebreos proclama el elogio de la fe
ejemplar de los antiguos, por la cual "fueron alabados" (Hb 11
2.39). Sin embargo, "Dios tenía ya dispuesto algo mejor": la
gracia de creer en su Hijo Jesús, "el que inicia y consuma la fe"
(Hb 11, 40; 12, 2).
María, "Dichosa la que ha creído"
|N148 La Virgen María realiza de la manera más perfecta la
obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la
promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que "nada es
imposible para Dios" (Lc 1, 37; cf Gn 18, 14) y dando su
asentimiento: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según
tu palabra" (Lc 1, 38). Isabel la saludó: "¡Dichosa la que ha
creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte
del Señor!" (Lc 1, 45) Por esta fe todas las generaciones la
proclamarán bienaventurada (cf Lc 1, 48).
|N149 Durante toda su vida, y hasta su última prueba (cf Lc
2,35), cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló.
María no cesó de creer en el "cumplimiento" de la palabra de
Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización
más pura de la fe.
II "YO SE EN QUIEN TENGO PUESTA MI FE"(2Tm 1, 12)
Creer sólo en Dios
|N150 La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a
Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre
a toda la verdad que Dios ha revelado. En cuanto adhesión
personal a Dios y asentimiento a la verdad que él ha revelado, la
fe cristiana difiere de la fe en una persona humana. Es justo y
bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que él
dice. Sería vano y errado poner una fe semejante en una criatura
(cf Jr 17, 5-6 Sal 40, 5; 146, 3-4).
Creer en Jesucristo, el Hijo de Dios
|N151 Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente
creer en Aquel que él ha enviado, "su Hijo amado", en quien ha
puesto toda su complacencia (Mc 1, 11). Dios nos ha dicho que les
escuchemos (cf Mc 9, 7). El Señor mismo dice a sus discípulos:
"Creed en Dios, creed también en mí" (Jn 14, 1). Podemos creer en
Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: "A Dios nadie le
ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él
lo ha contado' (Jn 1, 18). Porque "ha visto al Padre" (Jn 6, 46),
él es único en conocerlo y en poderlo revelar (cf Mt 11, 27).
Creer en el Espíritu Santo
|N152 No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su
Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién
es Jesús. Porque "nadie puede decir: 'Jesús es Señor' sino bajo
la acción del Espíritu Santo" (1 Co 12, 3). "El Espíritu todo lo
sondea, hasta las profundidades de Dios... Nadie conoce lo íntimo
de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1 Co 2, 10-11). Sólo Dios
conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu Santo
porque es Dios.
La Iglesia no cesa de confesar su fe en un solo Dios, Padre,
rijo y Espíritu Santo.
III LAS CARACTERISTICAS DE LA FE
La fe es una gracia
|N153 Cuando San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el
Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha
venido "de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en
los cielos" (Mt 16, 17; cf Ga 1, 15; Mt 11, 25). La fe es un don
de Dios, una virtud sobrenatural infundida por El. "Para dar esta
respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se
adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu
Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del
espíritu y concede 'a todos gusto en aceptar y creer la verdad"'
(DE 5).
La fe es un acto humano
|N154 Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios
interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer
es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la
libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza
en Dios y adherirse a las verdades por El reveladas. Ya en las
relaciones humanas no es contrario a nuestra propia dignidad
creer lo que otras personas nos dicen sobre ellas mismas y sobre
sus intenciones, y prestar confianza a sus promesas (como, por
ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan), para entrar así
en comunión mutua. Por ello, es todavía menos contrario a nuestra
dignidad "presentar por la te la sumisión plena de nuestra
inteligencia y de nuestra voluntad al Dios que revela" (C.
Vaticano 1: DS 3008) y entrar así en comunión íntima con El.
|N155 En la fe, la inteligencia y la voluntad humanas
cooperan con la gracia divina: "Creer es un acto del
entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la
voluntad movida por Dios mediante la gracia" (S. Tomás de A., s.
th. 2-2, 2, 9; cf Cc. Vaticano I: DS 3010).
La fe y la inteligencia
|N156 El motivo de creer no radica en el hecho de que las
verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la
luz de nuestra razón natural. Creemos "a causa de la autoridad de
Dios mismo que revela y que no puede engañarse ni engañarnos".
"Sin embargo, para que el homenaje de nuestra fe fuese conforme a
la razón, Dios ha querido que los auxilios interiores del
Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores de su
revelación" (ibíd., DS 3009). Los milagros de Cristo y de los
santos (cf Mc 16, 20; Hech 2, 4), las profecías, la propagación y
la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad "son
signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de
todos", "motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento
de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu"
(C. Vaticano 1: DS 3008-3010).
|N157 La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento
humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede
mentir. Ciertamente las verdades reveladas pueden parecer oscuras
a la razón y a la experiencia humanas, pero "la certeza que da la
luz divina es mayor que la que da la luz de la razón natural" (S.
Tomás de A., s. th. 2-2, 171, 5, obj. 3). "Diez mil dificultades
no hacen una sola duda" (J. H. Newman, Apolo.).
|N158 "La fe trata de comprender" (S. Anselmo, prosa.
proem.): es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor
a aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha
sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez
una fe mayor, cada vez más encendida de amor. La gracia de la fe
abre "los ojos del corazón" (E 1, 18) para una inteligencia viva
de los contenidos de la Revelación, es decir, del conjunto del
designio de Dios y de los misterios de la fe, de su conexión
entre sí y con Cristo, centro del Misterio revelado. Ahora bien,
"para que la inteligencia de la Revelación sea más profunda, el
mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio
de sus dones" (DE 5). Así, según el adagio de S. Agustín (se Rm.
43, 7, 9), "creo para comprender y comprendo para creer mejor".
|N159 Fe y ciencia. "A pesar de que la fe esté por encima de
la razón, jamás puede haber desacuerdo entre ellas. Puesto que el
mismo Dios que revela los misterios y comunica la fe ha hecho
descender en el espíritu humano la luz de la razón, Dios no
podría negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo
verdadero" (C. Vaticano I DS 3017). "Por eso, la investigación
metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo
realmente científico y según las normas morales, nunca estará
realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas
y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios. Más
aún, quien con espíritu humilde y ánimo constante se esfuerza por
escrutar lo escondido de las cosas, aun sin saberlo, está como
guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las cosas,
hace que sean lo que son" (GS 36, 2).
La libertad de la fe
|N160 "El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a
Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la
fe. En efecto, el acto de fe es voluntario por su propia
naturaleza" (DE 10; cf CIC, can. 748, 2). "Ciertamente, Dios
llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por ello,
quedan vinculados por su conciencia, pero no coaccionados... Esto
se hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús" (DE 11). En efecto,
Cristo invitó a la te y a la conversión, El no forzó jamás a
nadie jamás. "Dio testimonio de la verdad, pero no quiso
imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su
reino... crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz,
atrae a los hombres hacia El" (DE 11).
La necesidad de la fe
|N161 Creer en Cristo Jesús y en Aquel que lo envió para
salvarnos es necesario para obtener esa salvación (cf Mc 16, 16;
Jn 3,36; 6, 40 e.a.). "Puesto que 'sin la fe... es imposible
agradar a Dios' (Hb 11, 6) y llegar a participar en la condición
de sus hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que
'haya perseverado en ella hasta el fin' (Mt 10, 22; 24, 13),
obtendrá la vida eterna" (C. Vaticano 1: DS 3()12; cf Cc. de
Trento: DS 1532).
La perseverancia en la fe
|N162 La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este
don inestimable podemos perderlo; S. Pablo advierte de ello a
Timoteo: "Combate el buen combate, conservando la te y la
conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron un
la fe"; (1 Tm 1, 18-19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el
fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos
pedir al Señor que la aumente (cf Mc 9, 24; Lc 17, 5; 22, 32);
debe "actuar por la caridad" (Ga 5, 6; cf St 2, 14-26), ser
sostenida por la esperanza (cf Rm 15, 13) y estar enraizada en la
fe de la Iglesia.
La fe, comienzo de la vida eterna
|N163 La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de
la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces
veremos a Dios "cara a cara" ( 1 Co 13, 12), "tal cual es" ( 1 Jn
3, 2). La fe es, pues, ya el comienzo de la vida eterna:
Mientras que ahora contemplamos las bendiciones de la
fe como el reflejo en un espejo, es como si poseyéramos ya las
cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura que gozaremos un
día (S. Basilio, Spir. 15,36; cf S. Tomás de A., s. th. 2-2,4,1).
|N164 Ahora, sin embargo, "caminamos en la fe y no en la
visión" (2 Co 5, 7), y conocemos a Dios "como en un espejo, de
una manera confusa,... imperfecta" (1 Co 13, 12). Luminosa por
aquel en quien cree, la fe es vivida con frecuencia en la
oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba. El mundo en que
vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos
asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las
injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva,
pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación.
|N165 Entonces es cuando debemos volvernos hacia los testigos
de la fe: Abraham, que creyó, "esperando contra toda esperanza"
(Rm 4, 18); la Virgen María que, en "la peregrinación de la te"
(LG 58), llegó hasta la "noche de la fe" (Juan Pablo 11, RM 18)
participando en el sufrimiento de su Hijo y en la noche de su
sepulcro; y tantos otros testigos de la te: "También nosotros,
teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos
todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza
la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que
inicia y consuma la fe" (Hb 12, 1-2).
Artículo 2 CREEMOS
|N166 La fe es un acto personal: la respuesta libre del
hombre a la iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un
acto aislado Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo.
Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida
a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe
transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos
impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un
eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin
ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a
sostener la fe de los otros.
|N167 "Creo" (Símbolo de los Apóstoles): Es la fe de la
Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente
en su bautismo. "Creemos" (Símbolo de Nicea-Constantinopla, en el
original griego): Es la fe de la Iglesia confesada por los
obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea
litúrgica de los creyentes. "Creo", es también la Iglesia,
nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a
decir: "creo", "creemos".
I "MIRA, SEÑOR, LA FE DE TU IGLESIA"
|N168 La Iglesia es la primera que cree, y así conduce,
alimenta y sostiene mi te. La Iglesia es la primera que, en todas
partes, confiesa al Señor ("Te per orbe terrarum sancta
confitetur Ecclesia", cantamos en el Te Deum), y con ella y en
ella somos impulsados y llevados a confesar también: "creo",
"creemos". Por medio de la Iglesia recibimos la fe y la vida
nueva en Cristo por el bautismo. En el Ritual Romano, el ministro
del bautismo pregunta al catecúmeno: "¿Qué pides a la Iglesia de
Dios?" Y la respuesta es: "La te". "¿qué te da la te?" "La vida
eterna".
|N169 La salvación viene sólo de Dios; pero puesto que
recibimos la vida de la fe a través de la Iglesia, ésta es
nuestra madre: "Creemos en la Iglesia como la madre de nuestro
nuevo nacimiento, y no en la Iglesia como si ella fuese el autor
de nuestra salvación" (Fausto de Riez, Spir. 1, 2). Porque es
nuestra madre, es también la educadora de nuestra fe.
II EL LENGUAJE DE LA FE
|N170 No creemos en las fórmulas, sino en las realidades que
éstas expresan y que la fe nos permite "tocar". "El acto (de fe)
del creyente no se detiene en el enunciado, sino en la realidad
(enunciada)" (S. Tomás de A., s. th. 2-2, 1, 2, ad 2). Sin
embargo, nos acercamos a estas realidades con la ayuda de las
formulaciones de la fe. Estas permiten expresar y transmitir la
fe, celebrarla en comunidad, asimilarla y vivir de ella cada vez
más.
|N171 La Iglesia, que es "columna y fundamento de la verdad"
(1 Tm 3, 15), guarda fielmente "la fe transmitida a los santos de
una vez para siempre" (Judas 3). Ella es la que guarda la memoria
de las palabras de Cristo, la que transmite de generación en
generación la confesión de fe de los apóstoles. Como una madre
que enseña a sus hijos a hablar y con ello a comprender y a
comunicar, la Iglesia, nuestra Madre, nos enseña el lenguaje de
la fe para introducirnos en la inteligencia y la vida de la fe.
III UNA SOLA FE
|N172 Desde siglos, a través de muchas lenguas, culturas,
pueblos y naciones, la Iglesia no cesa de confesar su única fe,
recibida de un solo Señor, transmitida por un solo bautismo,
enraizada en la convicción de que todos los hombres no tienen más
que un solo Dios y Padre (cf Ef 4, 4-6). S. Ireneo de Lyon,
testigo de esta fe, declara:
173 "La Iglesia, en efecto, aunque dispersada por el mundo entero
hasta los confines de la tierra, habiendo recibido de los
apóstoles y de sus discípulos la te... guarda (esta predicación y
esta te) con cuidado, como no habitando más que una sola casa,
cree en ella de una manera idéntica, como no teniendo más que una
sola alma y un solo corazón, las predica, las enseña y las
transmite con una voz unánime, como no poseyendo más que una sola
boca" (hacer. 1, 10, 1-2).
|N174 "Porque, si las lenguas difieren a través del mundo, el
contenido de la Tradición es uno e idéntico. Y ni las Iglesias
establecidas en Germania tienen otra fe u otra Tradición, ni las
que están entre los iberos, ni las que están entre los celtas, ni
las de Oriente, de Egipto, de Libia, ni las que están
establecidas en el centro del mundo..." (ibíd.). "El mensaje de
la Iglesia es, pues, verídico y sólido, ya que en ella aparece un
solo camino de salvación a través del mundo entero" (ibíd., 5,
20, 1).
|N175 "Esta fe que hemos recibido de la Iglesia, la guardamos
con cuidado, porque sin cesar, bajo la acción del Espíritu de
Dios, como un contenido de gran valor encerrado en un vaso
excelente, rejuvenece y hace rejuvenecer el Varo mismo que la
contiene" (ibíd., 3, 24, 1).
RESUMEN
|N176 La fe es una adhesión personal del hombre entero a Dios
que se revela. Comprende una adhesión de la inteligencia y de la
voluntad a la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo mediante
sus obras y sus palabras.
|N177 "Creer" entraña, pues, una doble referencia: a la
persona y a la verdad; a la verdad por confianza en la persona
que la atestigua.
|N178 No debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre,
Hijo, y Espíritu Santo.
|N179 La fe es un don sobrenatural de Dios. Para creer, el
hombre necesita los auxilios interiores del Espíritu Santo.
|N180 "Creer" es un acto humano, consciente y libre, que
corresponde a la dignidad de la persona humana.
|N181 "Creer" es un acto eclesial. La fe de la Iglesia
precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es
la madre de todos los creyentes. "Nadie puede tener a Dios por
Padre si no tiene a la Iglesia por madre" (S. Cipriano, unit.
eccl.: PL 4, 503A).
|N182 "Creemos todas aquellas cosas que se contienen en la
Palabra de Dios escrita o transmitida y son propuestas por la
Iglesia... para ser creídas como divinamente reveladas" (Pablo
VI, SPF 20).
|N183 La fe es necesaria para la salvación. El Señor mismo lo
afirma: "El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea,
se condenará" (Mc 16, 16).
|N184 "La fe es un gusto anticipado del conocimiento que nos
hará bienaventurados en la vida futura" (S. Tomás de A., comp. 1,
2).
EL CREDO
Símbolo de los Apóstoles
Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la
tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo,
Nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de
Santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y
sepultado,
descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los
muertos,
subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre
todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo,
la santa Iglesia católica, la comunión de los santos,
el perdón de los pecados. La resurrección de la carne y la vida
eterna. Amén .
Credo de Nicea-Constantinopla
Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de
la tierra, de todo lo visible y lo invisible.
Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del
Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz Dios
verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma
naturaleza del Padre por quien todo fue hecho; que por nosotros,
los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo,
y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y
se hizo hombre;
y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato;
padeció y fue sepultado,
y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria para Juzgar a VIVOS y muertos, y su
reino no tendrá fin.
Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del
Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma
adoración y gloria, y que habló por los profetas.
Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.
Confieso que hay un solo Bautismo
para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los
muertos y la vida del mundo futuro. Amén.
|S2 SEGUNDA SECCION
LA PROFESION DE LA FE CRISTIANA
LOS SIMBOLOS DE LA FE
|N185 Quien dice "Yo creo", dice "Yo me adhiero a lo que
nosotros creemos". La comunión en la fe necesita un lenguaje
común de la fe, normativo para todos y que nos una en la misma
confesión de fe.
|N186 Desde su origen, la Iglesia apostólica expresó y
transmitió su propia fe en fórmulas breves y normativas para
todos (cf Rm 10, 9; 1 Co 15, 3-5). Pero muy pronto, la Iglesia
quiso también recoger lo esencial de su fe en resúmenes orgánicos
y articulados destinados sobre todo a los candidatos al bautismo:
Esta síntesis de la fe no ha sido hecha según las opiniones
humanas, sino que de toda la Escritura ha sido recogido lo que
hay en ella de más importante, para dar en su integridad la única
enseñanza de la fe. Y como el grano de mostaza contiene en un
grano muy pequeño gran número de ramas, de igual modo este
resumen de la fe encierra en pocas palabras todo el conocimiento
de la verdadera piedad contenida en el Antiguo y el Nuevo
Testamento (S. Cirilo de Jerusalén, catech. ill. 5, 12).
|N187 Se llama a estas síntesis de la fe "profesiones de fe"
porque resumen la fe que profesan los cristianos. Se les llama
"Credo" por razón de que en ellas la primera palabra es
normalmente: "Creo". Se les denomina igualmente "símbolos de la
fe".
|N188 La palabra griega "symbolon" significaba la mitad de un
objeto partido (por ejemplo, un sello) que se presentaba como una
señal para darse a conocer. Las partes rotas se ponían juntas
para verificar la identidad del portador. El "símbolo de la te"
es, pues, un signo de identificación y de comunión entre los
creyentes. "Symbolon" significa también recopilación, colección o
sumario. El "símbolo de la te" es la recopilación de las
principales verdades de la te. De ahí el hecho de que sirva de
punto de reverencia primero y tunda mental de la catequesis.
|N189 La primera "profesión de fe" se hace en el Bautismo. El
"símbolo de la fe" es ante todo el símbolo bautismal. Puesto que
el Bautismo es dado ''en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo" (Mt 28, 19), las verdades de fe profesadas en el
Bautismo son articuladas según su referencia a las tres personas
de la Santísima Trinidad.
|N190 El Símbolo se divide, por tanto, en tres partes:
"primero habla de la primera Persona divina y de la obra
admirable de la creación; a continuación, de la segunda Persona
divina y del Misterio de la Redención de los hombres; finalmente,
de la tercera Persona divina, fuente y principio de nuestra
santificación'' (Catech. R. 1, 1, 3). Son "los tres capítulos de
nuestro sello (bautismal)" (S. Ireneo, dom. 100).
|N191 "Estas tres partes son distintas aunque están ligadas
entre sí. Según una comparación empleada con frecuencia por los
Padres, las llamamos artículos. De igual modo, en efecto, que en
nuestros miembros hay ciertas articulaciones que los distinguen y
los separan, así también, en esta profesión de fe, se ha dado con
propiedad y razón el nombre de artículos a las verdades que
debemos creer en particular y de una manera distinta" (Catch. R.
1, 1, 4). Según una antigua tradición, atestiguada ya por S.
Ambrosio, se acostumbra a enumerar doce artículos del Credo,
simbolizando con el número de los doce apóstoles el conjunto de
la fe apostólica (cf symb. 8).
|N192 A lo largo de los siglos, en respuesta a las
necesidades de diferentes épocas, han sido numerosas las
profesiones o símbolos de la fe: los símbolos de las diferentes
Iglesias apostólicas y antiguas (cf DS 1-64), el Símbolo
"Quicumque", llamado de S. Atanasio (cf DS 75-76), las
profesiones de fe de ciertos Concilios (Toledo: DS 525-541;
Letrán: DS 800-802; Lyon: DS 851-861; Trento: DS 1862-1870) o de
ciertos Papas, como la "fides Damasi" (cf DS 71-72) o el "Credo
del Pueblo de Dios" (SPF) de Pablo VI ( 1968).
|N193 Ninguno de los símbolos de las diferentes etapas de la
vida de la Iglesia puede ser considerado como superado e inútil.
Nos ayudan a captar y profundizar hoy la fe de siempre a través
de los diversos resúmenes que de ella se han hecho.
Entre todos los símbolos de la fe, dos ocupan un lugar muy
particular en la vida de la Iglesia:
|N194 El Símbolo de los Apóstoles, llamado así porque es
considerado con justicia como el resumen fiel de la fe de los
apóstoles. Es el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma.
Su gran autoridad le viene de este hecho: "Es el símbolo que
guarda la Iglesia romana, la que fue sede de Pedro, el primero de
los apóstoles, y a la cual él llevó la doctrina común" (S.
Ambrosio, symb. 7).
|N195 El Símbolo llamado de Nicea-Constantinopla debe su gran
autoridad al hecho de que es fruto de los dos primeros Concilios
ecuménicos (325 y 381). Sigue siendo todavía hoy el símbolo común
a todas las grandes Iglesias de Oriente y Occidente.
|N196 Nuestra exposición de la fe seguirá el Símbolo de los
Apóstoles, que constituye, por así decirlo, "el más antiguo
catecismo romano". No obstante, la exposición será completada con
referencias constantes al Símbolo de Nicea-Constantinopla, que
con frecuencia es más explícito y más detallado.
|N197 Como en el día de nuestro Bautismo, cuando toda nuestra
vida fue confiada "a la regla de doctrina" (Rm 6, 17), acogemos
el símbolo de esta fe nuestra que da la vida. Recitar con fe el
Credo es entrar en comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu
Santo, es entrar también en comunión con toda la Iglesia que nos
transmite la fe y en el seno de la cual creemos:
Este símbolo es el sello espiritual, es la meditación de
nuestro corazón y el guardián siempre presente, es, con toda
certeza, el tesoro de nuestra alma (s. Ambrosio, symb. 1).
CAPITULO PRIMERO
CREO EN DIOS PADRE
|N198 Nuestra profesión de fe comienza por Dios, porque Dios
es "el Primero y el Ultimo" (Is 44, 6), el Principio y el Fin de
todo. El Credo comienza por Dios Padre, porque el Padre es la
Primera Persona Divina de la Santísima Trinidad; nuestro símbolo
se inicia con la creación del cielo y de la tierra, ya que la
creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de
Dios.
Artículo 1 "CREO EN DIOS, PADRE TODOPODEROSO, CREADOR DEL
CIELO Y DE LA TIERRA"
Párrafo 1 CREO EN DIOS
|N199 "Creo en Dios": Esta primera afirmación de la profesión
de fe es también la más fundamental. Todo el símbolo habla de
Dios, y si habla también del hombre y del mundo, lo hace por
relación a Dios. Todos los artículos del Credo dependen del
primero, así como los mandamientos son explicitaciones del
primero. Los demás artículos nos hacen conocer mejor a Dios tal
como se reveló progresivamente a los hombres. "Los fieles hacen
primero profesión de creer en Dios" (Catech. R. 1, 2, 2).
I "CREO EN UN SOLO DIOS"
|N200 Con estas palabras comienza el Símbolo de
Nicea-Constantinopla. La confesión de la unicidad de Dios, que
tiene su raíz en la Revelación Divina en la Antigua Alianza, es
inseparable de la confesión de la existencia de Dios y asimismo
también fundamental. Dios es Unico: no hay más que un solo Dios:
"La fe cristiana confiesa que hay un solo Dios, por naturaleza,
por substancia y por esencia" (Catech. R., 1, 2, 2).
|N201 A Israel, su elegido, Dios se reveló como el Unico:
"Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás
al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda
tu fuerza" (Dé 6, 4-5). Por los profetas, Dios llama a Israel y a
todas las naciones a volverse a El, el Unico: "Volveos a mí y
seréis salvados, confines todos de la tierra, porque yo soy Dios,
no existe ningún otro... ante mí se doblará toda rodilla y toda
lengua jurará diciendo: ¡Sólo en Dios hay victoria y fuerza!" (Is
45, 22-24; cf Flp 2, 10-11).
|N202 Jesús mismo confirma que Dios es "el único Señor" y que
es preciso amarle con todo el corazón, con toda el alma, con todo
el espíritu y todas las fuerzas (cf Mc 12, 29-30). Deja al mismo
tiempo entender que El mismo es "el Señor" (cf Mc 12, 35-37).
Confesar que "Jesús es Señor" es lo propio de la fe cristiana.
Esto no es contrario a la fe en el Dios Unico. Creer en el
Espíritu Santo, "que es Señor y dador de vida", no introduce
ninguna división en el Dios único:
Creemos firmemente y afirmamos sin ambages que hay un solo
verdadero Dios, inmenso e inmutable, incomprensible, todopoderoso
e inefable, Padre, Hijo y Espíritu Santo: Tres Personas, pero una
Esencia, una Substancia o Naturaleza absolutamente simple (C.~de
Letrán IV: DS 800).
II DIOS REVELA SU NOMBRE
|N203 A su pueblo Israel Dios, se reveló dándole a conocer su
Nombre. El nombre expresa la esencia, la identidad de la persona
y el sentido de su vida. Dios tiene un nombre. No es una fuerza
anónima. Comunicar su nombre es darse a conocer a los otros. Es,
en cierta manera, comunicarse a sí mismo haciéndose accesible,
capaz de ser más íntimamente conocido y de ser invocado
personalmente.
|N204 Dios se reveló progresivamente y bajo diversos nombres
a su pueblo, pero la revelación del Nombre Divino, hecha a Moisés
en la teofanía de la zarza ardiente, en el umbral de Exodo y de
la Alianza del Sinaí, demostró ser la revelación fundamental
tanto para la Antigua como para la Nueva Alianza.
El Dios vivo
|N205 Dios llama a Moisés desde una zarza que arde sin
consumirse. Dios dice a Moisés: "Yo soy el Dios de tus padres, el
Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob" (Ex 3, 6).
Dios es el Dios de los padres. El que había llamado y guiado a
los patriarcas en sus peregrinaciones. Es el Dios fiel y
compasivo que se acuerda de ellos y de sus promesas; viene para
librar a sus descendientes de la esclavitud. Es el Dios que más
allá del espacio y del tiempo lo puede y lo quiere, y que pondrá
en obra toda su Omnipotencia para este designio.
"Yo soy el que soy"
Moisés dijo a Dios: 'Si voy a los hijos de Israel y les
digo: 'El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros;
cuando me pregunten: '¿Cuál es su nombre?', ¿qué les
responderé~?" Dijo Dios a Moisés: 'Yo soy el que soy". Y añadió:
"Así dirás a los hijos de Israel: Yo soy' me ha enviado a
vosotros... Este es ni nombre para siempre, por él seré invocado
de generación en generación" (Ex 3, 13-15).
|N206 Al revelar su nombre misterioso de YHWH, "Yo soy el que
es" o "Yo soy el que soy" o también "Yo soy el que Yo soy", Dios
dice quién es y con qué nombre se le debe llamar. Este Nombre
Divino es misterioso como Dios es Misterio. Es a la vez un Nombre
revelado y como la resistencia a tomar un nombre propio, y por
esto mismo expresa mejor a Dios como lo que El es, infinitamente
por encima de todo lo que podemos comprender o decir: es el "Dios
escondido" (Is 45, 15), su nombre es inefable (cf Jc 13, 18), y
es el Dios que se acerca a los hombres.
|N207 Al revelar su nombre, Dios revela, al mismo tiempo, su
fidelidad que es de siempre y para siempre, valedera para el
pasado ("Yo soy el Dios de tus padres", Ex 3, 6) como para el
porvenir ("Yo estaré contigo", Ex 3, 12). Dios que revela su
nombre como "Yo soy" se revela como el Dios que está simple allí,
presente junto a su pueblo para salvarlo.
|N208 Ante la presencia atrayente y misteriosa de Dios, el
hombre descubre su pequeñez. Ante la zarza ardiente, Moisés se
quita las sandalias y se cubre el rostro (cf Ex 3, 5-6) delante
de la Santidad Divina. Ante la gloria del Dios tres veces santo,
Isaías exclama: "¡ Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un
hombre de labios impuros!" (Is 6, 5). Ante los signos divinos que
Jesús realiza, Pedro exclama: "Aléjate de mí, Señor, que soy un
hombre pecador" (Lc 5, 8). Pero porque Dios es santo, puede
perdonar al hombre que se descubre pecador delante de él: "No
ejecutaré el ardor de mi cólera... porque soy Dios, no hombre; en
medio de ti yo el Santo" (Os 11, 9). El apóstol Juan dirá
igualmente: "Tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso
de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que
nuestra conciencia y conoce todo" (1 Jn 3, 19-20).
|N209 Por respeto a su santidad el pueblo de Israel no
pronuncia el Nombre de Dios. En la lectura de la Sagrada
Escritura, el Nombre revelado es sustituido por el título divino
"Señor" ("Adonai", en griego "Kyrios"). Con este título será
aclamada la divinidad de Jesús "Jesús es Señor .
"Dios misericordioso y clemente"
|N210 Tras el pecado de Israel, que se apartó de Dios para
adorar al becerro de oro (cf Ex 32), Dios escucha la intercesión
de Moisés y acepta marchar en medio de un pueblo infiel,
manifestando así su amor (cf Ex 33, 12-17). A Moisés, que pide
ver su gloria, Dios le responde: "Yo haré pasar ante tu vista
toda mi bondad (belleza) y pronunciaré delante de ti el nombre de
YHWH" (Ex 33, 18-19). Y el Señor pasa delante de Moisés, y
proclama: "YHWH, YHWH, Dios misericordioso y clemente, tardo a la
cólera y rico en amor y fidelidad" (Ex 34, 5-6). Moisés confiesa
entonces que el Señor es un Dios que perdona (cf Ex 34, 9).
|N211 El Nombre divino "Yo soy" o "El es" expresa la
fidelidad de Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de
los hombres y del castigo que merece, "mantiene su amor por mil
generaciones" (Ex 34, 7). Dios revela que es "rico en
misericordia" (E 2, 4) llegando hasta dar su propio Hijo. Jesús,
dando su vida para librarnos del pecado, revelará que El mismo
lleva el Nombre divino. "Cuando hayáis levantado al Hijo del
hombre, entonces sabréis que Yo soy" (Jn 8, 28)
Solo Dios ES
|N212 En el transcurso de los siglos, la fe de Israel pudo
desarrollar y profundizar las riquezas contenidas en la
revelación del Nombre divino. Dios es único; fuera de El no hay
dioses (cf Is 44 6). Dios transciende el mundo y la historia. El
es quien ha hecho el cielo y la tierra: "Ellos perecen, mas tú
quedas, todos ellos como la ropa se desgastan... pero tú siempre
el mismo, no tienen fin tus años" (Sal 102, 27-28). En él "no hay
cambios ni sombras de rotaciones" (S 1,17). El es "E que es",
desde siempre y para siempre y por eso permanece siempre fiel a
sí mismo y a sus promesas.
|N213 Por tanto, la revelación del Nombre inefable "Yo soy el
que soy" contiene la verdad que sólo Dios ES. En este mismo
sentido, ya la traducción de los Setenta y, siguiéndola, la
Tradición de la Iglesia han entendido el Nombre divino: Dios es
la plenitud del Ser y de toda perfección, sin origen y sin fin.
Mientras todas las criaturas han recibido de El todo su ser y su
poseer. El solo es su ser mismo y es por sí mismo todo lo que es.
III DIOS, "EL QUE ES", ES VERDAD Y AMOR
|N214 Dios, "El que es", se reveló a Israel como el que es
"rico en amor y fidelidad" (Ex 34, 6). Estos dos términos
expresan de forma condensada las riquezas del Nombre divino. En
todas sus obras, Dios muestra su benevolencia, su bondad, su
gracia, su amor; pero también su fiabilidad, su constancia, su
fidelidad, su verdad. "Doy gracias a tu nombre por tu amor y tu
verdad" (Sal 138, 2; cf Sal 85, 11). El es la Verdad, porque
"Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna" (1 Jn 1, 5); él es
"Amor", como lo enseña el apóstol Juan (1 Jn 4, 8).
Dios es la Verdad
|N215 "Es verdad el principio de tu palabra, por siempre,
todos tus justos juicios" (Sal 11, 160). "Ahora, mi Señor Dios,
tú eres Dios, tus palabras son verdad" (2 S 7, 28); por eso las
promesas de Dios se realizan siempre (cf Dt 7, 9). Dios es la
Verdad misma, sus palabras no pueden engañar. Por ello el hombre
se puede entregar con toda confianza a la verdad y a la fidelidad
de la palabra de Dios en todas las cosas. El comienzo del pecado
y de la caída del hombre fue una mentira del tentador que indujo
a dudar de la palabra de Dios, de su benevolencia y de su
fidelidad.
|N216 La verdad de Dios es su sabiduría que rige todo el
orden de la creación y del gobierno del mundo (cf Sb 13, 1-9).
Dios, único Creador del cielo y de la tierra (cf Sal 115, 15), es
el único que puede dar el conocimiento verdadero de todas las
cosas creadas en su relación con El (cf Sb 7, 17-21).
|N217 Dios es también verdadero cuando se revela: la
enseñanza que viene de Dios es "una doctrina de verdad" (Mí 2,
6). Cuando
envíe su Hijo al mundo, será para "dar testimonio de la Verdad"
(Jn 18, 37): "Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado
inteligencia para que conozcamos al Verdadero" (1 Jn 5, 20; cf Jn
17, 3)
Dios es Amor
|N218 A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que
Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre
todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito (cf Dt 4,
37; 7, 8; 10, 15). E Israel comprendió, gracias a sus profetas,
que también por amor Dios no cesó de salvarlo (cf Is 43, 1-7) y
de perdonarle su infidelidad y sus pecados (cf Os 2).
|N219 El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un
padre a su hijo (Os 11, 1). Este amor es más fuerte que el amor
de una madre a sus hijos (cf Is 49, 14-15). Dios ama a su Pueblo
más que un esposo a su amada (Is 62, 4-5); este amor vencerá
incluso las peores infidelidades (cf Ez 16; Os 11 ); llegará
hasta el don más precioso: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su
Hijo único" (Jn 3, 16).
|N220 El amor de Dios es "eterno" (Is 54, 8). "Porque los
montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu
lado no se apartará" (Is 54, 10). "Con amor eterno te he amado:
por Eco he reservado gracia para ti" (Jo 31, 3).
|N221 Pero S. Juan irá todavía más lejos al afirmar: "Dios es
Amor" (1 Jn 4, 8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en
la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor,
Dios revela su secreto más íntimo (cf 1 Co 2, 7-16; Ef 3, 9-12);
El mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y
Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en El.
IV CONSECUENCIAS DE LA FE EN EL DIOS UNICO
|N222 Creer en Dios, el Unico, y amarlo con todo el ser tiene
consecuencias inmensas para toda nuestra vida:
|N223 Es reconocer la grandeza y la majestad de Dios: "Sí,
Dios es tan grande que supera nuestra ciencia" (Job 36, 26). Por
esto Dios debe ser "el primer servido" (Santa Juan de Arco).
|N224 Es vivir en acción de Gracias: Si Dios es el Unico,
todo lo que somos y todo lo que poseemos viene de él: "¿Qué
tienes que no hayas recibido?" (1 Co 4, 7). "¿Cómo pagaré al
Señor todo el bien que me ha hecho?" (Sal 116, 12).
|N225 Es reconocer la unidad y la verdadera dignidad de todos
los hombres: Todos han sido hechos "a imagen y semejanza de Dios"
(Gn 1, 26).
|N226 Es usar bien de las cosas creadas: La fe en Dios, el
Unico, nos lleva a usar de todo lo que no es él en la medida en
que nos 2 acerca a él, y a separarnos de ello en la medida en que
nos aparta de él (cf Mt 5, 29-30; 16, 24; 19, 23-24):
Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de
ti. Señor mío y Dios mío, dame todo lo que me acerca a ti. Señor
mío y Dios mío, despójame de mí mismo para darme todo a ti (S.
Nicolás de Flüe, oración)
|N227 Es confiar en Dios en todas las circunstancias, incluso
en la adversidad. Una oración de Santa Teresa de Jesús lo expresa
admirablemente:
Nada te turbe / Nada te espante
Todo se pasa / Dios no se muda
La paciencia todo lo alcanza / quien a Dios tiene
Nada le falta / Sólo Dios basta.(Poes. 30)
RESUMEN
|N228 "Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el Unico
Señor... " (Dt 6, 4; Mc 12, 29). "Es absolutamente necesario que
el Ser supremo sea único, es decir, sin igual... Si Dios no es
único, no es Dios" (Tertuliano, Marc. 1, 3).
|N229 La fe en Dios nos mueve a volvernos sólo a El como a
nuestro primer origen y nuestro fin último; y a no preferirle a
nada ni sustituirle con nada.
|N230 Dios al revelarse sigue siendo Misterio inefable: "Si
lo comprendieras, no sería Dios" (S. Agustín, serm. 52, 6, 16).
|N231 El Dios de nuestra fe ése ha revelado como El que es;
se ha dado a conocer como "rico en amor y fidelidad " (Ex 34, 6).
Su Ser mismo es Verdad y Amor.
Párrafo 2 EL PADRE
I "EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPIRITU SANTO"
|N232 Los cristianos son bautizados "en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28, 19). Antes responden
"Creo" a la triple pregunta que les pide confesar su fe en el
Padre, en el Hijo y en el Espíritu: "Fides omnium christianorum
in Trinitate consistió" ("La fe de todos los cristianos se
cimienta en la Santísima Trinidad", S. Cesáreo de Arnés, symb.).
|N233 Los cristianos son bautizados en "el nombre" del Padre
y del Hijo y- del Espíritu Santo y no en "los nombres" de éstos
(cf Profesión de fe del Papa Virgilio en 552: DS 415), pues no
hay más que un solo Dios, el Padre todopoderoso y su Hijo único y
el Espíritu Santo: la Santísima Trinidad.
|N234 El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio
central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios
en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de
la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental
y esencial en la "jerarquía de las verdades de fe" (DCG 43).
"Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia
del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único,
Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los
hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos" (DCG 47).
|N235 En este párrafo, se expondrá brevemente de qué manera
es revelado el misterio de la Bienaventurada Trinidad (1), cómo
la Iglesia ha formulado la doctrina de la fe sobre este misterio
(Il), y finalmente cómo, por las misiones divinas del Hijo y del
Espíritu Santo, Dios Padre realiza su "designio amoroso" de
creación, de redención, y de santificación (III).
|N236 Los Padres de la Iglesia distinguen entre la
"Theologia" y la "Oikonomia", designando con el primer término el
misterio de la vida íntima del Dios-Trinidad, con el segundo
todas las obras de Dios por las que se revela y comunica su vida.
Por la "Oikonomia" nos es revelada la "Theologia"; pero
inversamente, es la "Theologia", quien esclarece toda la
"Oikonomia". Las obras de Dios revelan quién es en sí mismo; e
inversamente, el misterio de su Ser íntimo ilumina la
inteligencia de todas sus obras. Así sucede, analógicamente,
entre las personas humanas. La persona se muestra en su obrar y a
medida que conocemos mejor a una persona, mejor comprendemos su
obrar.
|N237 La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto,
uno de los "misterios escondidos en Dios, que no pueden ser
conocidos si no son revelados desde lo alto" (C. Vaticano I: DS
3015). Dios, ciertamente, ha dejado huellas de su ser trinitario
en su obra de Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo
Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa
constituye un misterio inaccesible a la sola razón e incluso a la
fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y el envío
del Espíritu Santo.
II LA REVELACION DE DIOS COMO TRINIDAD
El Padre revelado por el Hijo
|N238 La invocación de Dios como "Padre" es conocida en
muchas religiones. La divinidad es con frecuencia considerada
como "padre de los dioses y de los hombres". En Israel, Dios es
llamado Padre en cuanto Creador del mundo (cf Dt 32, 6; Ml 2,
10). Pues aún más, es Padre en razón de la alianza y del don de
la Ley a Israel, su "primogénito" (Ex 4, 22). Es llamado también
Padre del rey de Israel (cf 2 S 7, 14). Es muy especialmente "el
Padre de los pobres", del huérfano y de la viuda, que están bajo
su protección amorosa (cf Sal 68, 6).
|N239 Al designar a Dios con el nombre de "Padre", el
lenguaje de la fe indica principalmente doy aspecto: que Dios es
origen primero de todo y autoridad trascendente y que ex al mismo
tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta
ternura paternal de Dios puede ver expresada también mediante la
imagen de la maternidad (cf Is 66, 13; Sal 131, 2) que indica más
expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y
ñu criatura. El lenguaje de la le fe se sirve así de la
experiencia humana de los padres que son en cierta manera los
primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta
experiencia dice también que los padres humanos son falibles y
que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la
maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende la
distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios.
Transciende también la paternidad y la maternidad humanas (cf Sal
27, 10), aunque sea su origen y medida (cf Ef 3, 14;Is 49, 15):
Nadie es padre como lo es Dios.
|N240 Jesús ha revelado que Dios es "Padre" en un sentido
nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador, es eternamente Padre en
relación a su Hijo Unico, que recíprocamente sólo es Hijo en
relación a su Padre: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al
Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo
quiera revelar" (Mt 11, 27).
|N241 Por eso los apóstoles confiesan a Jesús como "el Verbo
que en el principio estaba junto a Dios y que era Dios" (Jn 1,
1), como "la imagen del Dios invisible" (Col 1, 15)~ como "el
resplandor de su gloria y la impronta de su esencia" (Hb 1, 3).
|N242 Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la
Iglesia confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de
Nicea que el Hijo es "consubstancial" al Padre, es decir, un solo
Dios con él. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en
Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su
formulación del Credo de Nicea y confesó "al Hijo Unico de Dios,
engendrado del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios
verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial
al Padre" (DE 150).
El Padre y el Hijo revelados por el Espíritu
|N243 Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de "otro
Paráclito" (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en
la Creación (cf Gn 1, 2) y "por los profetas" (Credo de
Nicea-Constantinopla), estará ahora junto a los discípulos y en
ellos (cf Jn 14, 17), para enseñarles (cf Jn 14, 16) y
conducirlos "hasta la verdad completa" (Jn 16, 13). El Espíritu
Santo es revelado así como otra persona divina con relación a
Jesús y al Padre.
|N244 El origen eterno del Espíritu se revela en su misión
temporal. El Espíritu Santo es enviado a los apóstoles y a la
Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo
en persona, una vez que vuelve junto al Padre (cf Jn 14, 26; 15,
26; 16, 14). El envío de la persona del Espíritu tras la
glorificación de Jesús (cf Jn 7, 39), revela en plenitud el
misterio de la Santísima Trinidad.
|N245 La fe apostólica relativa al Espíritu fue confesada por
el segundo Concilio Ecuménico en el año 381 en Constantinopla:
"Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede
del Padre" (DE 150). La Iglesia reconoce así al Padre como "la
fuente y el origen de toda la divinidad" (C. de Toledo VI, año
638: DE 490). Sin embargo, el origen eterno del Espíritu Santo
está en conexión con el del Hijo: "El Espíritu Santo, que es la
tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y
al Hijo, de la misma substancia y también de la misma naturaleza.
Por eso, no se dice que es sólo el Espíritu del Padre, sino a la
ve el Espíritu del Padre y del Hijo" (C. de Toledo XI, año 675:
DS 527). El Credo del Concilio de Constantinopla (año 381 )
confiesa: "Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y
gloria" (DE 150).
|N246 La tradición latina del Credo confiesa que el Espíritu
"procede del Padre y del Hijo (filioque)". El Concilio de
Florencia, en el año 1438, explicita: "El Espíritu Santo tiene su
esencia y su ser a la vez del Padre y del Hijo y procede
eternamente tanto del Uno como del Otro como de un solo Principio
y por una sola espiración... Y porque todo lo que pertenece al
Padre, el Padre lo dio a su Hijo único, al engendrarlo, a
excepción de su ser de Padre, esta procesión misma del Espíritu
Santo a partir del Hijo, éste la tiene eternamente de su Padre
que lo engendró eternamente" (DS 1300-1301).
|N247 La afirmación del filioque no figuraba en el símbolo
confesado el año 381 en Constantinopla. Pero sobre la base de una
antigua tradición latina y alejandrina, el Papa S. León la había
ya confesado dogmáticamente el año 447 (cf DS 284) antes incluso
que Roma conociese y recibiese el año 451, en el Concilio de
Calcedonia, el símbolo del 381. El uso de esta fórmula en el
Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre los
siglos VIII y XI). La introducción del Filioque en el Símbolo de
Nicea-Constantinopla por la liturgia latina constituye, todavía
hoy, un motivo de no convergencia con las Iglesias ortodoxas.
|N248 La tradición oriental expresa en primer lugar el
carácter de origen primero del Padre por relación al Espíritu
Santo. Al confesar al Espíritu como "salido del Padre" (Jn 15,
26), esa tradición afirma que este procede del Padre por el Hijo
(cf AG 2). La tradición occidental expresa en primer lugar la
comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el
Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice "de
manera legítima y razonable" (C. de Florencia, 1439: DS 1302),
porque el orden eterno de las personas divinas en su comunión
consubstancial implica que el Padre sea el origen primero del
Espíritu en tanto que ~principio sin principio" (DS 1331), pero
también que, en cuanto Padre del Hijo Unico, sea con él "el único
principio de que procede el Espíritu Santo" (C. de Lyon 11, 1274:
DS 850). Esta legítima complementariedad, si no se desorbita, no
afecta a la identidad de la fe en la realidad del mismo misterio
confesado.
III LA SANTISIMA TRINIDAD EN LA DOCTRINA DE LA FE
La formación del dogma trinitario
|N249 La verdad revelada de la Santísima Trinidad ha estado
desde los orígenes en la raíz de la fe viva de la Iglesia,
principalmente 68 en el acto del bautismo. Encuentra su expresión
en la regla de la fe 18 bautismal, formulada en la predicación,
la catequesis y la oración de la Iglesia. Estas formulaciones se
encuentran ya en los escritos apostólicos, como este saludo
recogido en la liturgia eucarística: "La gracia del Señor
Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu
Santo sean con todos vosotros" (2 Co 13, 13; cf 1 Co 12, 4-6; Ef
4, 4-6).
|N250 Durante los primeros siglos, la Iglesia formula más
explícitamente su fe trinitaria tanto para profundizar su propia
inteligencia de la fe como para defenderla contra los errores que
la deformaban. Esta fue la obra de los Concilios antiguos,
ayudados por el trabajo teológico de los Padres de la Iglesia y
sostenidos por el sentido de la fe del pueblo cristiano.
|N251 Para la formulación del dogma de la Trinidad, la
Iglesia debió crear una terminología propia con ayuda de nociones
de origen filosófico: "substancia", "persona" o "hipóstasis",
"relación", etc. Al hacer esto, no sometía la fe a una sabiduría
humana, sino que daba un sentido nuevo, sorprendente a estos
términos destinados también a significar en adelante un Misterio
inefable, "infinitamente más allá de todo lo que podemos concebir
según la medida humana" (Pablo VI, SPF 2).
|N252 La Iglesia utiliza el término "substancia" (traducido a
veces también por "esencia" o por "naturaleza") para designar el
ser divino en su unidad; el término "persona" o "hipóstasis" para
designar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en su distinción
real entre sí; el término "relación" para designar el hecho de
que su distinción reside en la referencia de cada uno a los
otros.
El dogma de la Santísima Trinidad
|N253 La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un
solo Dios en tres personas: "la Trinidad consubstancial" (C.
Constantinopla Il, año 553: DS 421). Las personas divinas no se
reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es
enteramente Dios: "El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo
lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el
Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza" (C. de
Toledo XI, año 675: DS 530). "Cada una de las tres personas es
esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la
naturaleza divina" (C. de Letrán IV, año 1215: DS 804).
|N254 Las personas divinas son realmente distintas entre sí.
"Dios es único pero no solitario" (Fides Damasi: DS 71). "Padre",
"Hijo", "Espíritu Santo" no son simplemente nombres que designan
modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre
sí: "El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es
el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo" (C.
de Toledo Xl, año 675: DS 530). Son distintos entre sí por sus
relaciones de origen: "El Padre es quien engendra, el Hijo quien
es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede" (C. Letrán
IV, año 1215: DS 804). La Unidad divina es Trina.
|N255 Las personas divinas son relativas unas a otras. La
distinción real de las personas entre sí, porque no divide la
unidad divina, reside únicamente en las relaciones que las
refieren unas a otras: "En los nombres relativos de las personas,
el Padre es referido al Hijo, el Hijo lo es al Padre, el Espíritu
Santo lo es a los dos; sin embargo, cuando se habla de estas tres
personas considerando las relaciones se cree en una sola
naturaleza o substancia" (C. de Toledo XI, año 675: DE 528). En
efecto, "todo es uno (en ellos) donde no existe oposición de
relación" (C. de Florencia, año 1442: DS 1330). "A causa de esta
unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo;
el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el
Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo" (C. de
Florencia 1442: DS 1331).
|N256 A los catecúmenos de Constantinopla, S. Gregorio
Nacianceno, llamado también "el Teólogo", confía este resumen de
la fe trinitaria:
Ante todo, guardadme este buen depósito, por el cual vivo y
combato, con el cual quiero morir, que me hace soportar todos los
males y despreciar todos los placeres: quiero decir la profesión
de fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Os la confío
hoy. Por ella os introduciré dentro de poco en el agua y os
sacaré de ella. Os la doy como compañera y patrona de toda
vuestra vida. Os doy una sola Divinidad y Poder, que existe Una
en los Tres, y contiene los Tres de una manera distinta.
Divinidad sin distinción de substancia o de naturaleza, sin grado
superior que eleve o grado inferior que abaje... Es la infinita
con naturalidad de tres infinitos. Cada uno, considerado en sí
mismo, es Dios todo entero..Dios los Tres considerados en
conjunto... No he comenzado a pensar en la Unidad cuando ya la
Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar en la
Trinidad cuando ya la unidad me posee de nuevo... (Or. 40, 41: PG
36, 417).
IV LAS OBRAS DIVINAS Y LAS MISIONES TRINITARIAS
|N257 "O lux beata Trinitas et principalis Unitas!" ("¡Oh
Trinidad, luz bienaventurada y unidad esencial!", LH, himno de
vísperas) Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso.
Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar
libremente la gloria de su vida bienaventurada. Tal es el
"designio benevolente" (Ef 1, 9) que concibió antes de la
creación del mundo en su Hijo amado, "predestinándonos a la
adopción filial en él" (E 1, 4-5), es decir, "a reproducir la
imagen de su Hijo" (Rm 8, 29) gracias al "Espíritu de adopción
filial" (Rm 8, 15). Este designio es una "gracia dada antes de
todos los siglos" (2 Tm 1, 9-10), nacido inmediatamente del amor
trinitario. Se despliega en la obra de la creación, en toda la
historia de la salvación después de la caí- 2 da, en las misiones
del Hijo y del Espíritu, cuya prolongación es la 8 misión de la
Iglesia (cf AG 2-9).
|N258 Toda la economía divina es la obra común de las tres
personas divinas. Porque la Trinidad, del mismo modo que tiene
una sola y misma naturaleza, así también tiene una sola y misma
operación (cf Cc. de Constantinopla, año 553: DS 421). "El Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo no son tres principios de las
criaturas, sino un solo principio" (C. de Florencia, año 1442: DS
1331). Sin embargo, cada persona divina realiza la obra común
según su propiedad personal. Así la Iglesia confiesa, siguiendo
al Nuevo Testamento (cf 1 Co 8, 6): "uno es Dios y Padre de quien
proceden todas las cosas, un solo el Señor Jesucristo por el cual
son todas las cosas, y uno el Espíritu Santo en quien son todas
las cosas (C. de Constantinopla II: DS 421). Son, sobre todo, las
misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del
Espíritu Santo las que manifiestan las propiedades de las
personas divinas.
|N259 Toda la economía divina, obra a la vez común y
personal, da a conocer la propiedad de las personas divinas y su
naturaleza única. Así, toda la vida cristiana es comunión con
cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo.
El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu
Santo; el que sigue a Cristo, lo hace porque el Padre lo atrae
(cf Jn 6, 44) y el Espíritu lo mueve (cf Rm 8, 14).
|N260 El fin último de toda la economía divina es la entrada
de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada
Trinidad (cf Jn 17, 21-23). Pero desde ahora somos llamados a ser
habitados por la Santísima Trinidad: "Si alguno me ama -dice el
Señor- guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a
él, y haremos morada en él" (Jn 14, 23).
Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme
enteramente de mí mismo para establecerme en ti, inmóvil y
apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada
pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino
que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu
Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada
y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella,
sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe,
en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora
(Oración de la Beata Isabel de la Trinidad).
RESUMEN
|N261 El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio
central de la fe y de la vida cristiana. Sólo Dios puede dárnoslo
a conocer revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
|N262 La Encarnación del Hijo de Dios revela que Dios es el
Padre eterno, y que el Hijo es consubstancial al Padre, es decir,
que es en él y con él el mismo y único Dios.
|N263 La misión del Espíritu Santo, enviado por el Padre en
nombre del Hijo (cf Jn 14, 26) y por el Hijo "de junto al Padre"
(Jn 15, 26), revela que él es con ellos el mismo Dios único. "Con
el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria ".
|N264 "El Espíritu Santo procede del Padre en cuanto fuente
primera y, por el don eterno de éste al Hijo, del Padre y del
Hijo en comunión" (S. Agustín, Trina. 15, 26, 47).
|N265 Por la gracia del bautismo "en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo" somos llamados a participar en la
vida de la Bienaventurada Trinidad, aquí abajo en la oscuridad de
la fe y, después de la muerte, en la luz eterna (cf Pablo VI, SPF
9).
|N266 "La fe católica es ésta: que veneremos un Dios en la
Trinidad y la Trinidad en la unidad, no confundiendo las
personas, ni separando las substancias; una es la persona del
Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo; pero del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo una es la divinidad, igual
la gloria, coeterna la majestad" (Symbolum "Quicumque ").
|N267 Las personas divinas, inseparables en su ser, son
también inseparables en su obrar. Pero en la única operación
divina cada una manifiesta lo que le es propio en la Trinidad,
sobre todo en las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y
del don del Espíritu Santo.
Párrafo 3 EL TODOPODEROSO
|N268 De todos los atributos divinos, sólo la omnipotencia de
Dios es nombrada en el Símbolo: confesarla tiene un gran alcance
para nuestra vida. Creemos que es esa omnipotencia universal,
porque Dios, que ha creado todo (cf Gn 1, 1; Jn 1, 3), rige todo
y lo puede todo; es amorosa, porque Dios es nuestro Padre (cf Mt
6, 9); es misteriosa, porque sólo la fe puede descubrirla cuando
"se manifiesta en la debilidad" (2 Co 12, 9; cf 1 Co 1, 18).
"Todo lo que El quiere lo hace"(Sal 115,3)
|N269 Las Sagradas Escrituras confiesan con frecuencia el
poder universal de Dios. Es llamado "el Poderoso de Jacob" (Gn
49, 24; Is 1, 24), "el Señor de los ejércitos", "el Fuerte, el
Valeroso" (Sal 24, 8-10). Si Dios es Todopoderoso "en el cielo y
en la tierra" (Sal 135, 6), es porque El los ha hecho. Por tanto,
nada le es imposible (cf Jr 32, 17; Lc 1, 37) y dispone a su
voluntad de su obra (cf Jr 27, 5); es el Señor del universo, cuyo
orden ha establecido, que le permanece enteramente sometido y
disponible; es el Señor de la historia: gobierna los corazones y
los acontecimientos según su voluntad (cf Es 4, 17b; Pr 21, 1; Tb
13, 2): "El actuar con inmenso poder siempre está en tu mano.
¿Quién podrá resistir la fuerza de tu brazo?" (Sb 11, 21).
"Te compadeces de todos porque lo puedes todo" (Sb 11,23)
|N270 Dios es el Padre todopoderoso. Su paternidad y su poder
se esclarecen mutuamente. Muestra, en efecto, su omnipotencia
paternal por la manera como cuida de nuestras necesidades (cf Mt
6, 32); por la adopción filial que nos da ("Yo seré para vosotros
padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor
todopoderoso" 2 Co 6, 18); finalmente, por su misericordia
infinita, pues muestra su poder en el más alto grado perdonando
libremente los pecados.
|N271 La omnipotencia divina no es en modo alguno arbitraria:
"En Dios el poder y la esencia, la voluntad y la inteligencia, la
sabiduría y la justicia son una sola cosa, de suerte que nada
puede haber en el poder divino que no pueda estar en la justa
voluntad de Dios o en su sabia inteligencia" (S. Tomás de A., s.
th. 1, 25, 5, ad 1).
El misterio de la aparente impotencia de Dios
|N272 La te en Dios Padre Todopoderoso puede ser puesta a
prueba por la experiencia del mal y del sufrimiento. A veces Dios
puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal. Ahora bien,
Dios Padre ha revelado su omnipotencia de la manera más
misteriosa en el anonadamiento voluntario y en la Resurrección de
su Hijo, por los cuales ha vencido el mal. Así, Cristo
crucificado es "poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque la
necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la
debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres" (1 Co
2, 24-25). En la Resurrección y en la exaltación de Cristo es
donde el Padre "desplegó el vigor de su fuerza" y manifestó "la
soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes"
(E 1, 19-22).
|N273 Sólo la fe puede adherir a las vías misteriosas de la
omnipotencia de Dios. Esta fe se gloría de sus debilidades con el
fin de atraer sobre sí el poder de Cristo (cf 2 Co 12, 9; Flp 4,
13). De esta fe, la Virgen María es el modelo supremo: ella creyó
que "nada es imposible para Dios" (Lc 1, 37) y pudo proclamar las
grandezas del Señor: "el Poderoso ha hecho en mi favor
maravillas, Santo es su nombre" (Lc 1, 49).
|N274 "Nada es, pues, más propio para afianzar nuestra Fe y
nuestra Esperanza que la convicción profundamente arraigada en
nuestras almas de que nada es imposible para Dios. Porque todo lo
que (el Credo) propondrá luego a nuestra fe, las cosas más
grandes, las más incomprensibles, así como las más elevadas por
encima de las leyes ordinarias de la naturaleza, en la medida en
que nuestra razón tenga la idea de la omnipotencia divina, las
admitirá fácilmente y sin vacilación alguna" (Catech. R. 1,
2,13).
RESUMEN
|N275 Con Job, el justo, confesamos: "Sé que eres
Todopoderoso: lo que piensas, lo puedes realizar" (Job 42, 2).
|N276 Fiel al testimonio de la Escritura, la Iglesia dirige
con frecuencia su oración al "Dios todopoderoso y eterno"
("omnipotens sempiterne Deus.."), creyendo firmemente que "nada
es imposible para Dios" (Gn 18, 14; Lc 1, 37; Mt 19, 26).
|N277 Dios manifiesta su omnipotencia convirtiéndonos de
nuestros pecados y restableciéndonos en su amistad por la gracia
("Deus, qui omnipotentiam tuam parcendo máxime et miserando
manifestas...", "Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder
con el perdón y la misericordia... ", MR, colecta del domingo
XXVI).
|N278 De no ser por nuestra fe en que el amor de Dios es
todopoderoso, ¿cómo creer que el Padre nos ha podido crear, el
Hijo rescatar, el Espíritu Santo santificar?
Párrafo 4 EL CREADOR
|N279 "En el principio, Dios creó el cielo y la tierra" (Gn
1, 1). Con estas palabras solemnes comienza la Sagrada Escritura.
El Símbolo de la fe las recoge confesando a Dios Padre
Todopoderoso como "el Creador del cielo y de la tierra", "de todo
lo visible y lo invisible". Hablaremos, pues, primero del
Creador, luego de su creación, finalmente de la caída del pecado
de la que Jesucristo, el Hijo de Dios, vino a levantarnos.
|N280 La creación es el fundamento de "todos los designios
salvíficos de Dios", "el comienzo de la historia de la salvación"
(DCG 51) que culmina en Cristo. Inversamente, el Misterio de
Cristo es la luz decisiva sobre el Misterio de la creación;
revela el fin en vista del cual, "al principio, Dios creó el
cielo y la tierra" (Gn 1, 1): desde el principio Dios preveía la
gloria de la nueva creación en Cristo (cf Rm 8,18-23).
|N281 Por esto, las lecturas de la Noche Pascual, celebración
de la creación nueva en Cristo, comienzan con el relato de la
creación; de igual modo, en la liturgia bizantina, el relato de
la creación constituye siempre la primera lectura de las vigilias
de las grandes fiestas del Señor. Según el testimonio de los
antiguos, la instrucción de los catecúmenos para el bautismo
sigue el mismo camino (cf Arteria, pereg. 46; S. Agustín, catech.
3, 5).
I LA CATEQUESIS SOBRE LA CREACION
|N282 La catequesis sobre la Creación reviste una importancia
capital. Se refiere a los fundamentos mismos de la vida humana y
cristiana: explicita la respuesta de la fe cristiana a la
pregunta básica que los hombres de todos los tiempos se han
formulado: "¿De dónde venimos?" "¿A dónde vamos?" "¿Cuál es
nuestro origen?" "¿Cuál es nuestro fin?" "¿De dónde viene y a
dónde va todo lo que existe?" Las dos cuestiones, la del origen y
la del fin, son inseparables. Son decisivas para el sentido y la
orientación de nuestra vida y nuestro obrar.
|N283 La cuestión sobre los orígenes del mundo y del hombre
es objeto de numerosas investigaciones científicas que han
enriquecido magníficamente nuestros conocimientos sobre la edad y
las dimensiones del cosmos, el devenir de las formas vivientes,
la aparición del hombre. Estos descubrimientos nos invitan a
admirar más la grandeza del Creador, a darle gracias por todas
sus obras y por la inteligencia y la sabiduría que da a los
sables e Investigadores. Con Salomón, éstos pueden decir: "Fue él
quien me concedió el conocimiento verdadero de cuanto existe,
quien me dio a conocer la estructura del mundo y las propiedades
de los elementos... porque la que todo lo hizo, la Sabiduría, me
lo enseñó" (Sb 7, 17-2 1 ).
|N284 El gran interés que despiertan estas investigaciones
está fuertemente estimulado por una cuestión de otro orden, y que
supera el dominio propio de las ciencias naturales. No se trata
sólo de saber cuándo y cómo ha surgido materialmente el cosmos,
ni cuándo apareció el hombre, sino más bien de descubrir cuál es
el sentido de tal origen: si está gobernado por el azar, un
destino ciego, una necesidad anónima, o bien por un Ser
trascendente, inteligente y bueno, llamado Dios. Y si el mundo
procede de la sabiduría y de la bondad de Dios, ¿por qué existe
el mal?, ¿de dónde viene?, ¿quién es responsable de él?, ¿dónde
está la posibilidad de liberarse del mal?
285 Desde sus comienzos, la fe cristiana se ha visto confrontada
a respuestas distintas de las suyas sobre la cuestión de los
orígenes. Así, en las religiones y culturas antiguas encontramos
numerosos mitos referentes a los orígenes. Algunos filósofos han
dicho que todo es Dios, que el mundo es Dios, o que el devenir
del mundo es el devenir de Dios (panteísmo); otros han dicho que
el mundo es una emanación necesaria de Dios, que brota de esta
fuente y retorna a ella; otros han afirmado incluso la existencia
de dos principios eternos, el Bien y el Mal, la Luz y las
Tinieblas, en lucha permanente (dualismo, maniqueísmo); según
algunas de estas concepciones, el mundo (al menos el mundo
material) sería malo, producto de una caída, y por tanto que se
ha de rechazar y superar (gnosis); otros admiten que el mundo ha
sido hecho por Dios, pero a la manera de un relojero que, una vez
hecho, lo habría abandonado a él mismo (deísmo); otros,
finalmente, no aceptan ningún origen trascendente del mundo, sino
que ven en él el puro juego de una materia que ha existido
siempre (materialismo). Todas estas tentativas dan testimonio de
la permanencia y de la universalidad de la cuestión de los
orígenes. Esta búsqueda es inherente al hombre.
|N286 La inteligencia humana puede ciertamente encontrar por
sí misma una respuesta a la cuestión de los orígenes. En efecto,
la existencia de Dios Creador puede ser conocida con certeza por
sus obras gracias a la luz de la razón humana (cf DS: 3026),
aunque este conocimiento es con frecuencia oscurecido y
desfigurado por el error. Por eso la fe viene a Confirmar y a
esclarecer la razón para la justa inteligencia de esta verdad:
"Por la fe, sabemos que el universo fue formado por la palabra de
Dios, de manera que lo que se ve resultase de lo que no aparece"
(Hb 11, 3).
|N287 La verdad en la creación es tan importante para toda la
vida humana que Dios, en su ternura, quiso revelar a su pueblo
todo lo que es saludable conocer a este respecto. Más allá del
conocimiento natural que todo hombre puede tener del Creador (cf
Ch 17, 24-29; Rm 1, 19-20), Dios reveló progresivamente a Israel
el misterio de la creación. El que eligió a los patriarcas, el
que hizo salir a Israel de Egipto y que, al escoger a Israel, lo
creó y formó (cf Is 43,1), se revela como aquel a quien
pertenecen todos los pueblos de la tierra y la tierra entera,
como el único Dios que "hizo el cielo y la tierra" (Sal 115, 15;
124, 8; 134, 3).
|N288 Así, la revelación de la creación es inseparable de la
revelación y de la realización de la Alianza del Dios único, con
su Pueblo. La creación es revelada como el primer paso hacia esta
Alianza, como el primero y universal testimonio del amor
todopoderoso de Dios (cf Gn 15, 5; Jr 33, 19-26). Por eso, la
verdad de la creación se expresa con un vigor creciente en el
mensaje de los profetas (cf Is 44, 24), en la oración de los
salmos (cf Sal 104) y de la liturgia, en la reflexión de la
sabiduría (cf Pr 8, 22-31) del Pueblo elegido.
|N289 Entre todas las palabras de la Sagrada Escritura sobre
la creación, los tres primeros capítulos del Génesis ocupan un
lugar único. Desde el punto de vista literario, estos textos
pueden tener diversas fuentes. Los autores inspirados los han
colocado al comienzo de la Escritura de suerte que expresa, en su
lenguaje solemne, las verdades de la creación, de su origen y de
su fin en Dios, de su orden y de su bondad, de la vocación del
hombre, finalmente, del drama del pecado y de la esperanza de la
salvación. Leídas a la luz de Cristo, en la unidad de la Sagrada
Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia, estas palabras
siguen siendo la fuente principal para la catequesis de los
Misterios del "comienzo": creación, caída, promesa de la
salvación.
II LA CREACION: OBRA DE LA SANTISIMA TRINIDAD
|N290 "En el principio, Dios creó el cielo y la tierra": tres
cosas se afirman en estas primeras palabras de la Escritura: el
Dios eterno ha dado principio a todo lo que existe fuera de El.
Sólo El es creador (el verbo "crear" -en hebreo "bara"- tiene
siempre por sujeto a Dios). La totalidad de lo que existe
(expresada por la fórmula "el cielo y la tierra") depende de
Aquel que le da el ser.
|N291 "En el principio existía el Verbo... y el Verbo era
Dios... Todo fue hecho por él y sin él nada ha sido hecho" (Jn 1,
1-3). El Nuevo Testamento revela que Dios creó todo por el Verbo
Eterno, su Hijo amado. "En El fueron creadas todas las cosas, en
los cielos y en la tierra... todo fue creado por él y para él, él
existe con anterioridad a todo y todo tiene en él su
consistencia" (Col 1, 16-17). La fe de la Iglesia afirma también
la acción creadora del Espíritu Santo: él es el "dador de vida"
(Símbolo de Nicea-Constantinopla), "el Espíritu Creador" ("Veni,
Creator Spiritus"), la "Fuente de todo bien" (Liturgia bizantina,
Tropario de vísperas de Pentecostés).
|N292 La acción creadora del Hijo y del Espíritu, insinuada
en el Antiguo Testamento (cf Sal 33, 6; 104, 30; Gn 1, 2-3),
revelada en la Nueva Alianza, inseparablemente una con la del
Padre, es claramente afirmada por la regla de fe de la Iglesia:
"Sólo existe un Dios...: es el Padre, es Dios, es el Creador, es
el Autor, es el Ordenador. Ha hecho todas las cosas por sí mismo,
es decir, por su Verbo y por su Sabiduría" (S. Ireneo, hacer. 2,
30, 9), "por el Hijo y el Espíritu", que son como "sus manos"
(ibíd., 4, 20, 1). La creación es la obra común de la Santísima
Trinidad.
III "EL MUNDO HA SIDO CREADO PARA LA GLORIA DE DIOS"
|N293 Es una verdad fundamental que la Escritura y la
Tradición no cesan de enseñar y de celebrar: "El mundo ha sido
creado para la gloria de Dios" (C. Vaticano I: DS 3025). Dios ha
creado todas las cosas, explica S. Buenaventura, "non propter
gloriam augendam, sed propter gloriam manifestandam et propter
gloriam suam communicandam" ("no para aumentar su gloria, sino
para manifestarla y comunicarla", Sena. 2, 1, 2, 2, 1). Porque
Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad:
"Aperta manu clave amoris creaturae prodierunt" ("Abierta su mano
con la llave del amor surgieron las criaturas", S. Tomás de A.
Sena. 2, pro.). Y el Concilio Vaticano I explica.
En su bondad y por su fuerza todopoderosa, no para
aumentar su bienaventuranza, ni para adquirir su perfección, sino
para manifestarla por los bienes que otorga a sus criaturas, el
solo verdadero Dios, en su libérrimo designio, en el comienzo del
tiempo, creó de la nada a la vez una y otra criatura, la
espiritual y la corporal (DE 3002).
|N294 La gloria de Dios consiste en que se realice esta
manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el
mundo ha sido creado. Hacer de nosotros "hijos adoptivos por
medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para
alabanza de la gloria de su gracia" (E 1, 5-6): "Porque la gloria
de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de
Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida
a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la
manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que
ven a Dios" (S. Ireneo, hacer. 4, 20, 7). El fin último de la
creación es que Dios, "Creador de todos los seres, se hace por
fin 'todo en todas las cosas' (1 Co 15, 28), procurando al mismo
tiempo su gloria y nuestra felicidad" (AG 2).
IV EL MISTERIO DE LA CREACION
Dios crea por sabiduría y por amor
|N295 Creemos que Dios creó el mundo según su sabiduría (cf
Sb 9, 9). Este no es producto de una necesidad cualquiera, de un
destino ciego o del azar. Creemos que procede de la voluntad
libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de
su ser, de su sabiduría y de su bondad: "Porque tú has creado
todas las cosas; por tu voluntad lo que no existía fue creado"
(Ap 4, 11). "¡Cuán numerosas son tus obras, Señor! Todas las has
hecho con sabiduría" (Sal 104, 24). "Bueno es el Señor para con
todos, y sus ternuras sobre todas sus obras" (Sal 145, 9).
Dios crea "de la nada"
|N296 Creemos que Dios no necesita nada preexistente ni
ninguna ayuda para crear (cf Cc. Vaticano I: DS 3022). La
creación tampoco es una emanación necesaria de la substancia
divina (cf Cc. Vaticano 1: DS 3023-3024). Dios crea libremente
"de la nada" (DE 800;3025):
¿Qué tendría de extraordinario si Dios hubiera sacado
el mundo de una materia preexistente? Un artífice humano, cuando
se le da un material, hace de él todo lo que quiere. Mientras que
el poder de Dios se muestra precisamente cuando parte de la nada
para hacer todo lo que quiere (S. Teófilo de Antioquía, Auto. 2,
4).
|N297 La fe en la creación "de la nada" está atestiguada en
la Escritura como una verdad llena de promesa y de esperanza. Así
la madre de los siete hijos macabeos los alienta al martirio:
Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo
quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los
elementos de cada uno. Pues así el Creador del mundo, el que
modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas
las cosas, os devolverá el espíritu y la vida con misericordia
porque ahora no miráis por vosotros mismos a causa de sus
leyes... Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra y, al
ver todo lo que hay en ellos, sepas que a partir de la nada lo
hizo Dios y que también el género humano ha llegado así a la
existencia (2 M 7, 22-23.28).
|N298 Puesto que Dios puede crear de la nada, puede por el
Espíritu Santo dar la vida del alma a los pecadores creando en
ellos un corazón puro (cf Sal 51, 12), y la vida del cuerpo a los
difuntos mediante la Resurrección. El "da la vida a los muertos y
llama a las cosas que no son para que sean" (Rm 4, 17). Y puesto
que, por su Palabra, pudo hacer resplandecer la luz en las
tinieblas (cf Gn 1, 3), puede también dar la luz de la fe a los
que lo ignoran (cf 2 Co 4,6).
Dios crea un mundo ordenado y bueno
|N299 Porque Dios crea con sabiduría, la creación está
ordenada: "Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso" (Sb
11, 20). Creada en y por el Verbo eterno, "imagen del Dios
invisible" (Col 1, 15), la creación está destinada, dirigida al
hombre, imagen de Dios (cf Gn 1, 26), llamado a una relación
personal con Dios. Nuestra inteligencia, participando en la luz
del Entendimiento divino, puede entender lo que Dios nos dice por
su creación (cf Sal 19, 2-5), ciertamente no sin gran esfuerzo y
en un espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su obra
(cf Jb 42, 3). Salida de la bondad divina, la creación participa
en esa bondad ("Y vio Dios que era bueno... muy bueno": Gn 1,
4.10.12.18.21.31). Porque la creación es querida por Dios como un
don dirigido al hombre, como una herencia que le es destinada y
confiada. La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender
la bondad de la creación, comprendida la del mundo material (cf
DS 286; 455-463; 800;1333;3002).
Dios transciende la creación y está presente en ella
|N300 Dios es infinitamente más grande que todas sus obras
(cf Si 43, 28): "Su majestad es más alta que los cielos" (Sal 8,
2), "su grandeza no tiene medida" (Sal 145, 3). Pero porque es el
Creador soberano y libre, causa primera de todo lo que existe,
está presente en lo más íntimo de sus criaturas: "En él vivimos,
nos movemos y existimos" (Ch 17, 28). Según las palabras de S.
Agustín, Dios es "superior summo meo et interior intimo meo"
("Dios está por encima de lo más alto que hay en mí y está en lo
más hondo de mi intimidad", conf. 3, 6, 11).
Dios mantiene y conduce la creación
|N301 Realizada la creación, Dios no abandona su criatura a
ella misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la
mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a
su término. Reconocer esta dependencia completa con respecto al
Creador es fuente de sabiduría y de libertad, de gozo y de
confianza:
Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste
aborreces, pues, si algo odiases, no lo hubieras creado. Y ¿cómo
podría subsistir cosa que no hubieses querido? ¿Cómo se
conservaría si no la hubieses llamado? Mas tú todo lo perdonas
porque todo es tuyo, Señor que amas la vida (Sb 11, 24-26).
V DIOS REALIZA SU DESIGNIO: LA DIVINA PROVIDENCIA
|N302 La creación viene su bondad y su perfección propias,
pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue
creada "en estado de vía" ("in statu viae") hacia una perfección
última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos
divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce
la obra de su creación hacia esta perfección:
Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que
creó, "alcanzando con fuerza de un extremo al otro del mundo y
disponiéndolo todo con dulzura" (Sb 8, 1). Porque "todo está
desnudo y patente a sus ojos" (Hb 4, 13), incluso lo que la
acción libre de las criaturas producirá (C. Vaticano 1: DS 3003).
|N303 El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud
de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado
de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes
acontecimientos del mundo y de la historia. Las Sagradas
Escrituras afirman con fuerza la soberanía absoluta de Dios en el
curso de los acontecimientos: "Nuestro Dios en los cielos y en la
tierra, todo cuanto le place lo realiza" (Sal 115, 3); y de
Cristo se dice: "si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra,
nadie puede abrir" (Ap 3, 7); "hay muchos proyectos en el corazón
del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza" (Pr 19, 21).
|N304 Así vemos al Espíritu Santo, autor principal de la
Sagrada Escritura atribuir con frecuencia a Dios acciones sin
mencionar causas segundas. Esto no es "una manera de hablar"
primitiva, sino un modo profundo de recordar la primacía de Dios
y su señorío absoluto sobre la historia y el mundo (cf Is 10,
5-15; 45, 5-7; Dt 32, 39; Si 11, 14) y de educar así para la
confianza en El. La oración de los salmos es la gran escuela de
esta confianza (cf Sal 22; 32; 35;103;138).
|N305 Jesús pide un abandono filial en la providencia del
Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus
hijos: "No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a
comer? ¿qué vamos a beber?... Ya sabe vuestro Padre celestial que
tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su
justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura" (Mt 6,
31-33; cf 10, 29-31).
La providencia y las causas segundas
|N306 Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su
realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto
no es un signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios
Todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus criaturas la
existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas,
de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la
realización de su designio.
|N307 Dios concede a los hombres incluso poder participar
libremente en su providencia confiándoles la responsabilidad de
"someter' la tierra y dominarla (cf Gn 1, 26-28). Dios da así a
los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la
obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y
el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo
inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en
el plan divino no sólo por su acciones y sus oraciones, sino
también por sus sufrimientos (cf Col 1, 24). Entonces llegan a
ser plenamente "colaboradores de Dios" (1 Co 3, 9; 1 Ts 3, 2) y
de su Reino (cf Col 4, 11).
|N308 Es una verdad inseparable de la fe en Dios Creador:
Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es la causa primera que
opera en y por las causas segundas: "Dios es quien obra en
vosotros el querer y el obrar, como bien le parece" (Flp 2, 13;
cf 1 Co 12, 6). Esta verdad, lejos de disminuir la dignidad de la
criatura, la realza. Sacada de la nada por el poder, la sabiduría
y la bondad de Dios, no puede nada si está separada de su origen,
porque "sin el Creador la criatura se diluye" (GS 36, 3); menos
aún puede ella alcanzar su fin último sin la ayuda de la gracia
(cf Mt 19, 26; Jn 15, 5; Flp 4. 13).
La providencia y el escándalo del mal
|N309 Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado
y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el
mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa
como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto
de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la
bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de
Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la
Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la
congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con
la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son
invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también
libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar.
No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una
respuesta a la cuestión del mal.
|N310 Pero ¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en
él no pudiera existir ningún mal? En su poder infinito, Dios
podría siempre crear algo mejor (cf S. Tomás de A., s. th. 1, 25,
6). Sin embargo, en su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso
libremente crear un mundo "en estado de vía" hacia su perfección
última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto
con la aparición de ciertos seres~ la desaparición de otros;
junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las
construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por
tantos con el bien físico existe también el mal físico, mientras
la creación no haya alcanzado su perfección (cf S. Tomás de A.,
s. gen. 3, 71).
|N311 Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y
libres deben caminar hacia su destino último por elección libre y
amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron.
Y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente
más grave que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni
directa ni indirectamente, la causa del mal moral, (cf S.
Agustín, lib. 1,1,1; S. Tomás de A., s. th. 1-2, 79, 1). Sin
embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y,
misteriosamente, sabe sacar de él el bien:
Porque el Dios Todopoderoso... por ser soberanamente bueno,
no permitida jamás que en sus obras existiera algún mal, si El no
fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien
del mismo mal (S. Agustín, henchir. 11, 3).
|N312 Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su
providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las
consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus
criaturas: "No fuisteis vosotros, dice José a sus hermanos, los
que me enviasteis acá, sino Dios... aunque vosotros pensasteis
hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir...
un pueblo numeroso" (Gn 45, 850, 20; cf Tb 2, 12-18 Vg.). Del
mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la
muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los
hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia (cf Rm 5, 20),
sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra
Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un
bien.
|N313 "Todo coopera al bien de los que aman a Dios" (Rm 8,
28). El testimonio de los santos no cesa de confirmar esta
verdad:
Así Santa Catalina de Siena dice a "los que se escandalizan y se
rebelan por lo que les sucede": "Todo procede del amor, todo está
ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea
con este fin" (dial. 4, 138).
Y Santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela
a su hija: "Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que
El quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor"
(carta).
Y Juliana de Norwich: Yo comprendí, pues, por la gracia
de Dios, que era preciso mantenerme firmemente en la fe y creer
con no menos firmeza que todas las cosas serán para bien..."
"Thou shalt see thyself that all MANNER of thing shall be well "
(rev 32).
|N314 Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de
la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con
frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro
conocimiento parcial, cuando veamos a Dios "cara a cara" (1 Co
13, 12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los
cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios
habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat cf Gn
2, 2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra.
RESUMEN
|N315 En la creación del mundo y del hombre, Dios ofreció el
primero y universal testimonio de su amor todopoderoso y de su
sabiduría, el primer anuncio de su "designio benevolente" que
encuentra su fin en la nueva creación en Cristo.
|N316 Aunque la obra de la creación se atribuya
particularmente al Padre, es igualmente verdad de fe que el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e
indivisible de la creación.
|N317 Solo Dios ha creado el universo, libremente, sin
ninguna ayuda.
|N318 Ninguna criatura tiene el poder infinito que es
necesario para "crear" en el sentido propio de la palabra, es
decir, de producir y de dar el ser a lo que no lo tenía en modo
alguno (llamar a la existencia de la nada) (cf DS 3624).
|N319 Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su
gloria. La gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste
en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza.
|N320 Dios, que ha creado el universo, lo mantiene en la
existencia por su Verbo, "el Hijo que sostiene todo con su
palabra poderosa" (Hb 1, 3) y por su Espíritu Creador que da la
vida.
|N321 La divina providencia consiste en las disposiciones por
las que Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas
hasta su fin último.
|N322 Cristo nos invita al abandono filial en la providencia
de nuestro Padre celestial (cf Mt 6, 26-34) y el apóstol S. Pedro
insiste: "Confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida
de vosotros" (1 P 5, 7; cf Sal 55, 23).
|N323 La providencia divina actúa también por la acción de
las criaturas. A los seres humanos Dios les concede cooperar
libremente en sus designios.
|N324 La permisión divina del mal físico y del mal moral es
misterio que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y
resucitado para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que
Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal
mismo, por caminos que nosotros sólo conoceremos plenamente en la
vida eterna.
Párrafo 5 EL CIELO Y LA TIERRA
|N325 El Símbolo de los Apóstoles profesa que Dios es "el
Creador del cielo y de la tierra", y el Símbolo de
Nicea-Constantinopla explicita: "..de todo lo visible y lo
invisible".
|N326 En la Sagrada Escritura, la expresión "cielo y tierra"
significa: todo lo que existe, la creación entera. Indica también
el vínculo que, en el interior de la creación, a la vez une y
distingue cielo y tierra: "La tierra", es el mundo de los hombres
(cf Sal 115 16). "El cielo" o "los cielos" puede designar el
firmamento (cf Si 19, 2), pero también el "lugar" propio de Dios:
"nuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5, 16; cf Sal 115,
16), y por consiguiente también el "cielo", que es la gloria
escatológica. Finalmente, la palabra "cielo" indica el "lugar" de
las criaturas espirituales -los ángeles- que rodean a Dios.
|N327 La profesión de fe del IV Concilio de Letrán afirma que
Dios, "al comienzo del tiempo, creó a la vez de la nada una y
otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica
y la mundana; luego, la criatura humana, que participa de las dos
realidades, pues está compuesta de espíritu y de cuerpo" (DE 800;
cf DS 3002 y SPF 8).
I LOS ANGELES
La existencia de los ángeles, una verdad de fe
|N328 La existencia de seres espirituales, no corporales, que
la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad
de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la
unanimidad de la Tradición.
Quiénes son los ángeles
|N329 S. Agustín dice respecto a ellos: "Angelus officii
nomen est, non naturae. Quaeris nomen huius naturae, spiritus
est; quaeris officium, ángelus est: ex eo quod est, spiritus est,
ex eo quod agit, angelus" ("El nombre de ángel indica su oficio,
no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es
un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un
ángel") (Psal. 103, 1,15). Con todo su ser, los ángeles son
servidores y mensajeros de Dios. Porque contemplan
"constantemente el rostro de mi Padre que está en los cielos" (Mt
18, 10), son "agentes de sus Orden es, atentos a la voz de su
palabra" (Sal 103, 20).
|N330 En tanto que criaturas puramente espirituales, tienen
inteligencia y voluntad: son criaturas personales (cf Pío XII: DS
3891) e inmortales (cf Lc 20, 36). Superan en perfección a todas
las criaturas visibles. El resplandor de su gloria da testimonio
de ello (cf Dn 10, 9-12).
Cristo "con todos sus ángeles"
|N331 Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los
ángeles le pertenecen: "Cuando el Hijo del hombre venga en su
gloria acompañado de todos sus ángeles..." (Mt 25, 31). Le
pertenecen porque fueron creados por y para El: "Porque en él
fueron creadas 2 todas las cosas, en los cielos y en la tierra,
las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los
Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él"
(Col 1, 16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros
de su designio de salvación: "¿Es que no son todos ellos
espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de
heredar la salvación?" (Hb 1, 14).
|N332 Desde la creación (cf Jb 38, 7, donde los ángeles son
llamados "hijos de Dios") y a lo largo de toda la historia de la
salvación, los encontramos, anunciando de lejos o de cerca, esa
salvación y sirviendo al designio divino de su realización:
cierran el paraíso terrenal (cf Gn 3, 24), protegen a Lot (cf Gn
19), salvan a Agar y a su hijo (cf Gn 21, 17), detienen la mano
de Abraham (cf Gn 22, 11), la ley es comunicada por su ministerio
(cf Ch 7,53), conducen el pueblo de Dios (cf Ex 23, 20-23),
anuncian nacimientos (cf Jc 13) y vocaciones (cf Jc 6, 11-24; Is
6, 6), asisten a los profetas (cf 1 R 19, 5), por no citar más
que algunos ejemplos. Finalmente, el ángel Gabriel anuncia el
nacimiento del Precursor y el de Jesús (cf Lc 1, 11.26).
|N333 De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo
encarnado está rodeada de la adoración y del servicio de los
ángeles. Cuando Dios introduce "a su Primogénito en el mundo,
dice: 'adórenle todos los ángeles de Dios"' (Hb 1, 6). Su cántico
de alabanza en el nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en
la alaban, de la Iglesia: "Gloria a Dios..." (LC 2, 14). Protegen
la infancia de Jesús (cf Mt 1, 20; 2, 13.19), sirven a Jesús en
el desierto (cf Mc 1, 12; Mt 4, 11), lo reconfortan en la agonía
(cf Lc 22, 43), cuando El habría podido ser salvado por ellos de
la mano de sus enemigos (cf Mt 26, 53) como en otro tiempo Israel
(cf 2 M 10, 29-30; 11,8). Son también los ángeles quienes
"evangelizan" (Lc 2, 10) anunciando la Buena Nueva de la
Encarnación (cf Lc 2, 8-14), y de la Resurrección (cf Mc 16, 5-7)
de Cristo. Con ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada
por los ángeles (cf Hb 1, 10-11), éstos estarán presentes al
servicio del juicio del Señor (cf Mt 13, 41; 25, 31;Lc 12,8-9).
Los ángeles en la vida de la Iglesia
|N334 De aquí que toda la vida de la Iglesia se beneficie de
la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles (cf Ch 5, 18-20; 8,
26-29;10,3-8;12,6-11;27,23-25).
|N335 En su liturgia, la Iglesia se une a los ángeles para
adorar al Dios tres veces santo (cf MR, "Sanctus"); invoca su
asistencia (así en el "supplices te rogamus..." ("Te pedimos
humildemente...") del Canon romano o el "In Paradisum deducant te
angeli..." ("Al Paraíso te lleven los ángeles...") de la liturgia
de difuntos, o también en el "Himno querubínico" de la liturgia
bizantina) y celebra más particularmente la memoria de ciertos
ángeles (S. Miguel, S. Gabriel, S. Rafael, los ángeles
custodios).
|N336 Desde la infancia (cf Mt 18, 10) a la muerte (cf Lc 16,
22), la vida humana está rodeada de su custodia (cf Sal 34, 8;
91, 1013) y de su intercesión (cf Jb 33, 23-24; Za 1,12; Tb 12,
12). "Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor
para conducirlo a la vida" (S. Basilio, Eun. 3, 1). Desde esta
tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad
bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios.
II EL MUNDO VISIBLE
|N337 Dios mismo es quien ha creado el mundo visible en toda
su riqueza, su diversidad y su orden. La Escritura presenta la
obra del Creador simbólicamente como una secuencia de seis días
"de trabajo" divino que terminan en el "reposo" del día séptimo
(Gn 1, 1-2,4). El texto sagrado enseña, a propósito de la
creación, verdades reveladas por Dios para nuestra salvación (cf
DV 11 ) que permiten "conocer la naturaleza íntima de todas las
criaturas, su valor y su ordenación a la alabanza divina" (LO
36).
|N338 Nada existe que no deba su existencia a Dios creador.
El mundo comenzó cuando fue sacado de la nada por la palabra de
Dios; todos los seres existentes, toda la naturaleza, toda la
historia humana están enraizados en este acontecimiento
primordial: es el origen gracias al cual el mundo es constituido,
y el tiempo ha comenzado (cf S. Agustín, Gen. Man. 1, 2, 4).
|N339 Toda criatura posee su bondad y su perfección propias.
Para cada una de las obras de los "seis días" se dice: "Y vio
Dios que era bueno". "Por la condición misma de la creación,
todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias
y de un orden" (GS 36, 2). Las distintas criaturas, queridas en
su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la
sabiduría y de la bondad infinitas de Dios. Por esto, el hombre
debe respetar la bondad propia de cada criatura para evitar un
uso desordenado de las cosas, que desprecie al Creador y acarree
consecuencias nefastas para los hombres y para su ambiente.
|N340 La interdependencia de las criaturas es querida por
Dios. El sol y la luna, el cedro y la florecilla, el águila y el
gorrión: las innumerables diversidades y desigualdades significan
que ninguna criatura se basta a sí misma, que no existen sino en
dependencia unas de otras, para complementarse y servirse
mutuamente.
|N341 La belleza del universo: el orden y la armonía del
mundo creado derivan de la diversidad de los seres y de las
relaciones que entre ellos existen. El hombre las descubre
progresivamente como leyes de la naturaleza que causan la
admiración de los sabios. La belleza de la creación refleja la
infinita belleza del Creador. Debe inspirar el respeto y la
sumisión de la inteligencia del hombre y de su voluntad.
|N342 La jerarquía de las criaturas está expresada por el
orden de los "seis días", que va de lo menos perfecto a lo más
perfecto. Dios ama todas sus criaturas (cf Sal 145, 9), cuida de
cada una, incluso de los pájarillos. Pero Jesús dice: "Vosotros
valéis más que muchos pajarillos" (Lc 12, 6-7), o también:
"¡Cuánto más vale un hombre que una oveja!" (Mt 12, 12).
|N343 El hombre es la cumbre de la obra de la creación. El
relato inspirado lo expresa distinguiendo netamente la creación
del hombre y la de las otras criaturas (cf Gn 1, 26).
|N344 Existe una solidaridad entre todas las criaturas por el
hecho de que todas tienen el mismo Creador, y que todas están
ordenadas a su gloria:
Loado seas por toda criatura, mi Señor, y en
especial loado por el hermano Sol, que alumbra, y abre el día, y
es bello en su esplendor y lleva por los cielos noticia de su
autor.
Y por la hermana agua, preciosa en su candor, que
es útil, casta, humilde: ¡loado mi Señor!
Y por la hermana tierra que es toda bendición, la
hermana madre tierra, que da en toda ocasión las hierbas y los
frutos y flores de color, y nos sustenta y rige: ¡loado mi Señor!
Servidle con ternura y humilde corazón agradeced
sus dones, cantad su creación. Las criaturas todas, load a mi
Señor. Amén.
(S. Francisco de Asís, Cántico de las criaturas.)
|N345 El Sabbat, culminación de la obra de los "seis días".
El texto sagrado dice que "Dios concluyó en el séptimo día la
obra que había hecho" y que así "el cielo y la tierra fueron
acabados"; Dios, en el séptimo día, "descansó", santificó y
bendijo este día (Gn 2,1-3). Estas palabras inspiradas son ricas
en enseñanzas salvíficas:
|N346 En la creación Dios puso un fundamento y unas leyes que
permanecen estables (cf Hb 4, 3-4), en los cuales el creyente
podrá apoyarse con confianza, y que son para él el signo y
garantía de la fidelidad inquebrantable de la Alianza de Dios (cf
Jr 31, 35-37; 33, 19-26). Por su parte, el hombre deberá
permanecer fiel a este fundamento y respetar las leyes que el
Creador ha inscrito en la creación.
|N347 La creación está hecha con miras al Sabbat y, por
tanto, al culto y a la adoración de Dios. El culto está inscrito
en el orden de la creación (cf Gn 1,14). "Operi Dei nihil
praeponatur" ("Nada se anteponga a la dedicación a Dios"), dice
la regla de S. Benito, indicando así el recto orden de las
preocupaciones humanas.
|N348 El Sabbat pertenece al corazón de la ley de Israel.
Guardar los mandamientos es corresponder a la sabiduría y a la
voluntad de Dios, expresadas en su obra de creación.
|N349 El octavo día. Pero para nosotros ha surgido un nuevo
día: el día de la Resurrección de Cristo. El séptimo día acaba la
primera creación. Y el octavo día comienza la nueva creación.
Así, la obra de la creación culmina en una obra todavía más
grande: la Redención. La primera creación encuentra su sentido y
su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo esplendor
sobrepasa el de la primera (cf MR, vigilia pascual 24, oración
después de la primera lectura).
RESUMEN
|N350 Los ángeles son criaturas espirituales que glorifican a
Dios sin cesar y que sirven sus designios salvíficos con las
otras criaturas: "Ad omnia bona nostra cooperantur angeli" ("Los
ángeles cooperan en toda obra buena que hacemos") (S. Tomás de
A., s. th . 1, 114, 3, ad 3).
|N351 Los ángeles rodean a Cristo, su Señor. Le sirven
particularmente en el cumplimiento de su misión salvífica para
con los hombres.
|N352 La Iglesia venera a los ángeles que la ayudan en su
peregrinar terrestre y protegen a todo ser humano.
|N353 Dios quiso la diversidad de sus criaturas y la bondad
peculiar de cada una, su interdependencia y su orden. Destinó
todas las criaturas materiales al bien del género humano. El
hombre, y toda la creación a través de él, está destinado a la
gloria de Dios.
|N354 Respetar las leyes inscritas en la creación y las
relaciones que derivan de la naturaleza de las cosas es un
principio de sabiduría y un fundamento de la moral.
Párrafo 6 EL HOMBRE
|N355 "Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo
creó, hombre y mujer los creó" (Gn 1, 27). El hombre ocupa un
lugar único en la creación: "está hecho a imagen de Dios" (I); en
su propia naturaleza une el mundo espiritual y el mundo material
(II); es creado "hombre y mujer" (III); Dios lo estableció en la
amistad con El (IV).
I "A IMAGEN DE DIOS"
|N356 De todas las criaturas visibles sólo el hombre es
"capaz de conocer y amar a su Creador" (GS 12, 3); es la "única
criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma" (GS
24, 3); sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y
el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta
es la razón fundamental de su dignidad:
¿Qué cosa, o quién, fue el motivo de que establecieras
al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera
el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti
mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Por amor lo
creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno
(S. Catalina de Siena, Diálogo 4, 13).
|N357 Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano
tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien.
Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar
en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a
una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de
amor que ningún otro ser puede dar en su lugar.
|N358 Dios creó todo para el hombre (cf GS 12,1; 24, 3; 39,
1), pero el hombre fue creado para servir y amar a Dios y para
ofrecerle toda la creación:
¿Cuál es, pues, el ser que va a venir a la existencia
rodeado de semejante consideración? Es el hombre, grande y
admirable figura viviente, más precioso a los ojos de Dios que la
creación entera; es el hombre, para él existen el cielo y la
tierra y el mar y la totalidad de la creación, y Dios ha dado
tanta importancia a su salvación que no ha perdonado a su Hijo
único por él. Porque Dios no ha cesado de hacer todo lo posible
para que el hombre subiera hasta El y se sentara a su derecha (S.
Juan Crisóstomo in Gen. Sermo 2, 1).
|N359 "Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en
el misterio del Verbo encarnado" (GS 22, 1):
San Pablo nos dice que dos hombres dieron origen al
género humano, a saber, Adán y Cristo... El primer hombre, Adán,
fue un ser animado; el último Adán, un espíritu que da vida.
Aquel primer Adán fue creado por el segundo, de quien recibió el
alma con la cual empezó a vivir... El segundo Adán es aquel que,
cuando creó al primero, colocó en él su divina imagen. De aquí
que recibiera su naturaleza y adoptara su mismo nombre, para que
aquel a quien había formado a su misma imagen no pereciera. El
primer Adán es, en realidad, el nuevo Adán; aquel primer Adán
tuvo principio, pero este último Adán no tiene fin. Por lo cual,
este último es, realmente, el primero, como él mismo afirma: "Yo
soy el primero y yo soy el último" (S. Pedro Crisólogo, se Rm.
117).
|N360 Debido a la comunidad de origen, el género humano forma
una unidad. Porque Dios "creó, de un solo principio, todo el
linaje humano" (Ch 17, 26; cf Tb 8, 6):
Maravillosa visión que nos hace contemplar el género
humano en la unidad de su origen en Dios...: en la unidad de su
naturaleza, compuesta de igual modo en todos de un cuerpo
material y de un alma espiritual; en la unidad de su fin
inmediato y de su misión en el mundo; en la unidad de su morada:
la tierra cuyos bienes todos los hombres, por derecho natural,
pueden usar para sostener y desarrollar la vida; en la unidad de
su fin sobrenatural: Dios mismo a quien todos deben tender; en la
unidad de los medios para alcanzar este fin; ..ven la unidad de
su rescate realizado para todos por Cristo (Pío XII, etc. "Summi
Pontificatus" 3; cf NA 1).
|N361 "Esta ley de solidaridad humana y de caridad" (ibíd.),
sin excluir la rica variedad de las personas, las culturas y los
pueblos, nos asegura que todos los hombres son verdaderamente
hermanos.
II "CORPORE ET ANIMA UNUS"
|N362 La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a
la vez corporal y espiritual. El relato bíblico expresa esta
realidad con un lenguaje simbólico cuando afirma que "Dios formó
al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de
vida y resultó el hombre un ser viviente" (Gn 2, 7). Por tanto,
el hombre en su totalidad es querido por Dios.
|N363 A menudo, el término alma designa en la Sagrada
Escritura la vida humana (cf Mt 16, 25-26; Jn 15, 13) o toda la
persona humana (cf Ch 2, 41). Pero designa también lo que hay de
más íntimo en el hombre (cf Mt 26, 38; Jn 12, 27) y de más valor
en él (cf Mt 10, 28; 2 M 6, 30), aquello por lo que es
particularmente imagen de Dios: "alma" significa el principio
espiritual en el hombre.
|N364 El cuerpo del hombre participa de la dignidad de la
"imagen de Dios": es cuerpo humano precisamente porque está
animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la
que está destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, el Templo del
Espíritu (cf 1 Co 6,19-20;15,44-45):
Uno en cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición
corporal, reúne en sí los elementos del mundo material, de tal
modo que, por medio de él, éstos alcanzan su cima y elevan la voz
para la libre alabanza del Creador. Por consiguiente, no es
lícito al hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el
contrario, tiene que considerar su cuerpo bueno y digno de honra,
ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último
día (GS 14, 1).
|N365 La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se
debe considerar al alma como la "forma" del cuerpo (cf Cc. de
Viene, año 1312, DS 902); es decir, gracias al alma espiritual,
la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente;
en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas
unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza.
|N366 La Iglesia enseña que cada alma espiritual es
directamente creada por Dios (cf Pío XII, etc. Humani generis,
1950: DS 3896; Pablo VI, SPF 8) -no es "producida" por los
padres-, y que es inmortal (cf Cc. de Letrán V, año 1513: DS
1440): no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, y se
unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final.
|N367 A veces se acostumbra a distinguir entre alma y
espíritu. Así S. Pablo ruega para que nuestro "ser entero, el
espíritu, el alma y el cuerpo" sea conservado sin mancha hasta la
venida del Señor (1 Ts 5, 23). La Iglesia enseña que esta
distinción no introduce una dualidad en el alma (C. de
Constantinopla IV, año 870: DS 657). "Espíritu" significa que el
hombre está ordenado desde su creación a su fin sobrenatural (C.
Vaticano I: DS 3005; cf GS 22, 5), y que su alma es capaz de ser
elevada gratuitamente a la comunión con Dios (cf Pío XII, Humani
generis, año 1950: DS 3891).
|N368 La tradición espiritual de la Iglesia también presenta
el corazón en su sentido bíblico de "lo más profundo del ser" (Jo
31
33), donde la persona se decide o no por Dios (cf Dt 6, 5- 29,
3, Is 29, 13;Ez 36,26;Mt 6,21;Lc 8, 15;Rm 5,5).
III "HOMBRE Y MUJER LOS CREO"
Igualdad y diferencia queridas por Dios
|N369 El hombre y la mujer son creados, es decir, son
queridos por Dios: por una parte, en una perfecta igualdad en
tanto que personas humanas, y por otra, en su ser respectivo de
hombre y de mujer. "Ser hombre", "ser mujer" es una realidad
buena y querida por Dios: el hombre y la mujer tienen una
dignidad que nunca se pierde, que viene inmediatamente de Dios su
creador (cf Gn 2, 7.22). El hombre y la mujer son, con la misma
dignidad, "imagen de Dios". En su "ser-hombre" y su "ser-mujer"
reflejan la sabiduría y la bondad del Creador.
|N370 Dios no es, en modo alguno, a imagen del hombre. No es
ni hombre ni mujer. Dios es espíritu puro, en el cual no hay
lugar para la diferencia de sexos. Pero las "perfecciones" del
hombre y de la mujer reflejan algo de la infinita perfección de
Dios: las de una madre (cf Is 49, 14-15, 66, 13; Sal 131, 2-3) y
las de un padre y esposo (cf Os 11, 1-4; Jr 3, 4-19).
"El uno para el otro", "una unidad de dos"
|N371 Creados a la vez, el hombre y la mujer son queridos por
Dios el uno para el otro. La Palabra de Dios nos lo hace entender
mediante diversos acentos del texto sagrado. "No es bueno que el
hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada" (Gn 2, 18).
Ninguno de los animales es "ayuda adecuada" para el hombre (Gn 2,
19-20). La mujer, que Dios "forma" de la costilla del hombre y
presenta a éste, despierta en él un grito de admiración, una
exclamación de amor y de comunión: "Esta vez sí que es hueso de
mis huesos y carne de mi carne" (Gn 2, 23). El hombre descubre en
la mujer como un otro "yo", de la misma humanidad.
|N372 El hombre y la mujer están hechos "el uno para el
otro": no que Dios los haya hecho "a medias" e "incompletos"; los
ha creado para una comunión de personas, en la que cada uno puede
ser "ayuda" para el otro porque son a la vez iguales en cuanto
personas ("hueso de mis huesos...") y complementarios en cuanto
masculino y femenino. En el matrimonio, Dios los une de manera
que, formando "una sola carne" (Gn 2, 24), puedan transmitir la
vida humana: "Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra" (Gn
1, 28). Al transmitir a sus descendientes la vida humana, el
hombre y la mujer, como esposos y padres, cooperan de una manera
única en la obra del Creador (cf GS 50, 1).
|N373 En el plan de Dios, el hombre y la mujer están llamados
a "someter" la tierra (Gn 1, 28) como "administradores" de Dios.
3 Esta soberanía no debe ser un dominio arbitrario y destructor.
A 2 imagen del Creador, "que ama todo lo que existe" (Sb 11, 24),
el hombre y la mujer son llamados a participar en la providencia
divina respecto a las otras cosas creadas. De ahí su
responsabilidad frente al mundo que Dios les ha confiado.
IV EL HOMBRE EN EL PARAISO
|N374 El primer hombre fue no solamente creado bueno, sino
también constituido en la amistad con su creador y en armonía
consigo mismo y con la creación en torno a él; amistad y armonía
tales que no serán superadas más que por la gloria de la nueva
creación en Cristo.
|N375 La Iglesia, interpretando de manera auténtica el
simbolismo del lenguaje bíblico a la luz del Nuevo Testamento y
de la Tradición, enseña que nuestros primeros padres Adán y Eva
fueron constituidos en un estado "de santidad y de justicia
original" (C. de Trento: DS 1511). Esta gracia de la santidad
original era una "participación de la vida divina" (LO 2).
|N376 Por la irradiación de esta gracia, todas las
dimensiones de la vida del hombre estaban fortalecidas. Mientras
permaneciese en la intimidad divina, el hombre no debía ni morir
(cf Gn 2, 17; 3, 19) ni sufrir (cf Gn 3, 16). La armonía interior
de la persona humana, la armonía entre el hombre y la mujer, y,
por último, la armonía entre la primera pareja y toda la creación
constituía el estado llamado "justicia original".
|N377 El "dominio" del mundo que Dios había concedido al
hombre desde el comienzo, se realizaba ante todo dentro del
hombre mismo como dominio de sí. El hombre estaba íntegro y
ordenado en todo su ser por estar libre de la triple
concupiscencia (cf 1 Jn 2, 16), que lo somete a los placeres de
los sentidos, a la apetencia de los bienes terrenos y a la
afirmación de sí contra los imperativos de la razón.
|N378 Signo de la familiaridad con Dios es el hecho de que
Dios lo coloca en el jardín (cf Gn 2, 8). Vive allí "para
cultivar la tierra y guardarla" (Gn 2, 15): el trabajo no le es
penoso (cf Gn 3, 1719), sino que es la colaboración del hombre y
de la mujer con Dios en el perfeccionamiento de la creación
visible.
|N379 Toda esta armonía de la justicia original, prevista
para el hombre por designio de Dios, se perderá por el pecado de
nuestros primeros padres.
RESUMEN
|N380 "A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el
universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su Creador,
dominara todo lo creado" (MI, Plegaria eucarística
|N381 El hombre es predestinado a reproducir la imagen del
Hijo de Dios hecho hombre -"imagen del Dios invisible" (Col 1,
15)-, para que Cristo sea el primogénito de una multitud de
hermanos y de hermanas (cf Ef 1, 3-6; Rm 8, 29).
|N382 El hombre es "corpore et anima unus" ("una unidad de
cuerpo y alma", GS 14, 1). La doctrina de la fe afirma que el
alma espiritual e inmortal es creada de forma inmediata por Dios.
|N383 "Dios no creó al hombre solo: en efecto, desde el
principio 'los creó hombre y mujer' (Gn 1, 27). Esta asociación
constituye la primera forma de comunión entre personas" (GS 12,
4).
|N384 La revelación nos da a conocer el estado de santidad y
de justicia originales del hombre y la mujer antes del pecado: de
su amistad con Dios nací la felicidad de su existencia en el
paraíso.
Párrafo 7 LA CAIDA
|N385 Dios es Infinitamente bueno y todas sus obras son
buenas. Sin embargo, nadie escapa a la experiencia del
sufrimiento, de los males en la naturaleza-que aparecen como
ligados a los límites propios de las criaturas-, y sobre todo a
la cuestión del mal moral. ¿De dónde viene el mal? "Quaerebam
unde malum et nonerat exitus" ("Buscaba el origen del mal y no
encontraba solución") dice S. Agustín (con. 7, 7.11), y su propia
búsqueda dolorosa sólo encontrará salida en su conversión al Dios
vivo. Porque "el misterio de la iniquidad" (2 Ts 2, 7) sólo se
esclarece a la luz del "Misterio de la piedad" (1 Tm 3, 16). La
revelación del amor divino en Cristo ha manifestado a la vez la
extensión del mal y la sobreabundancia de la gracia (cf Rm 5,
20). Debemos, por tanto, examinar la cuestión del origen del mal
fijando la mirada de nuestra fe en el que es su único Vencedor
(cf Lc 11, 21-22; Jn 16, 11;1 Jn 3, 8).
I DONDE ABUNDO EL PECADO, SOBREABUNDO LA GRACIA
La realidad del pecado
|N386 El pecado está presente en la historia del hombre:
sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros
nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso
en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con
Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es
desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a
Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la
historia.
|N387 La realidad del pecado, y más particularmente del
pecado de los orígenes, sólo se esclarece a la luz de la
Revelación divina. Sin el conocimiento que ésta nos da de Dios no
se puede reconocer 18 claramente el pecado, y se siente la
tentación de explicarlo únicamente como un defecto de
crecimiento, como una debilidad psicológica, un error, la
consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc.
Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se
comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a
las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente.
El pecado original: una verdad esencial de la fe
|N388 Con el desarrollo de la Revelación se va iluminando
también la realidad del pecado. Aunque el Pueblo de Dios del
Antiguo Testamento conoció de alguna manera la condición humana a
la luz de la historia de la caída narrada en el Génesis, no podía
alcanzar el significado último de esta historia que sólo se
manifiesta a la luz de la Muerte y de la Resurrección de
Jesucristo (cf Rm 5, 12-21). Es preciso conocer a Cristo como
fuente de la gracia para conocer a Adán como fuente del pecado.
El Espíritu-Paráclito, enviado por Cristo resucitado, es quien
vino "a convencer al mundo en lo referente al pecado" (Jn 16, 8)
revelando al que es su Redentor.
|N389 La doctrina del pecado original es, por así decirlo,
"el reverso" de la Buena Nueva de que Jesús es el Salvador de
todos los hombres, que todos necesitan salvación y que la
salvación es ofrecida a todos gracias a Cristo. La Iglesia, que
tiene el sentido de Cristo (cf I Co 2, 16) sabe bien que no se
puede lesionar la revelación del pecado original sin atentar
contra el Misterio de Cristo.
Para leer el relato de la caída
|N390 El relato de la caída (Gn 3) utiliza un lenguaje hecho
de imágenes, pero afirma un acontecimiento primordial, un hecho
que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre (cf GS 13,
1). La Revelación nos da la certeza de fe de que toda la historia
humana está marcada por el pecado original libremente cometido
por nuestros primeros padres (cf Cc. de Trento: DS 1513; Pío XII:
DS 3897; Pablo VI, discurso 11 julio 1966).
|N391 Tras la elección desobediente de nuestros primeros
padres se halla una voz seductora, opuesta a Dios (cf Gn 3, 1-5)
que, por envidia, los hace caer en la muerte (cf Sb 2, 24). La
Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel
caído, llamado Satán o diablo (cf Jn 8, 44; Ap 12, 9). La Iglesia
enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. "Diabolus
enim et alii daemones a Deo quidem natura creati sunt boni, sed
ipsi per se facti sunt mali" ("El diablo y los otros demonios
fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se
hicieron a sí mismos malos", Cc. de Letrán IV, año 1215: DS 800).
II LA CAIDA DE LOS ANGELES
|N392 La Escritura habla de un pecado de estos ángeles (2 P 2
4). Esta "caída" consiste en la elección libre de estos espíritus
creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su
Reino. Encontramos un reflejo de esta rebelión en las palabras
del tentador a nuestros primeros padres: "Seréis como dioses" (Gn
3, 5). El diablo es "pecador desde el principio" (1 Jn 3, 8),
"padre de la mentira" (Jn 8, 44).
|N393 Es el carácter irrevocable de su elección, y no un
defecto de la infinita misericordia divina lo que hace que el
pecado de los ángeles no pueda ser perdonado. "No hay
arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay
arrepentimiento para los hombres después de la muerte" (S. Juan
Damasceno, f.o. 2, 4: PG 94,877C).
|N394 La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a
quien Jesús llama "homicida desde el principio" (Jn 8, 44) y que
incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre (cf Mt
4, 1-11). "El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras
del diablo" (1 Jn 3, 8). La más grave en consecuencias de estas
obras ha sido la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a
desobedecer a Dios.
|N395 Sin embargo, el poder de Satán no es infinito. No es
más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro,
pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino
de Dios. Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su
Reino en Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños -de
naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza
física en cada hombre y en la sociedad, esta acción es permitida
por la divina providencia que con fuerza y dulzura dirige la
historia del hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad
diabólica es un gran misterio, pero "nosotros sabemos que en
todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman" (Rm
8, 28).
III EL PECADO ORIGINAL
La prueba de la libertad
|N396 Dios creó al hombre a su imagen y lo estableció en su
amistad. Criatura espiritual, el hombre no puede vivir esta
amistad más que en la forma de libre sumisión a Dios. Esto es lo
que expresa la prohibición hecha al hombre de comer del árbol del
conocimiento del bien y del mal, "porque el día que comieres de
él, morirás" (Gn 2, 17). "El árbol del conocimiento del bien y
del mal" evoca simbólicamente el límite infranqueable que el
hombre en cuanto criatura debe reconocer libremente y respetar
con confianza. El hombre depende del Creador, está sometido a las
leyes de la Creación y a las normas morales que regulan el uso de
la libertad.
El primer pecado del hombre
|N397 El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su
corazón la confianza hacia su creador (cf Gn 3, 1-11) y, abusando
de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto
consistió el primer pecado del hombre (cf Rm 5, 19). En adelante,
todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de
confianza en su bondad.
|N398 En este pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en
lugar de Dios, y por ello despreció a Dios: hizo elección de sí
mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura
y, por tanto, contra su propio bien. El hombre, creado en un
estado de santidad, estaba destinado a ser plenamente
"divinizado" por Dios en la gloria. Por la seducción del diablo
quiso "ser como Dios" (cf Gn 3, 5), pero "sin Dios, antes que
Dios y no según Dios" (S. Máximo Confesor, ambig.).
|N399 La Escritura muestra las consecuencias dramáticas de
esta primera desobediencia. Adán y Eva pierden inmediatamente la
gracia de la santidad original (cf Rm 3, 23). Tienen miedo del
Dios (cf Gn 3, 9-10) de quien han concebido una falsa imagen, la
de un Dios celoso de sus prerrogativas (cf Gn 3, 5).
|N400 La armonía en la que se encontraban, establecida
gracias a la justicia original, queda destruida; el dominio de
las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra
(cf Gn 3, 7); la unión entre el hombre y la mujer es sometida a
tensiones (cf Gn 3, 11-13); sus relaciones estarán marcadas por
el deseo y el dominio (cf Gn 3, 16). La armonía con la creación
se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y
hostil (cf Gn 3, 17.19). A causa del hombre, la creación es
sometida "a la servidumbre de la corrupción" (Rm 8, 21). Por fin,
la consecuencia explícitamente anunciada para el caso de
desobediencia (cf Gn 2, 17), se realizará: el hombre "volverá al
polvo del que fue formado" (Gn 3, 19). La muerte hace su entrada
en la historia de la humanidad (cf Rm 5, 12).
|N401 Desde este primer pecado, una verdadera invasión de
pecado inunda el mundo: el fratricidio cometido por Caín en Abel
(cf Gn 4, 3-15); la corrupción universal, a raíz del pecado (cf
Gn 6 5.12; Rm 1, 18-32); en la historia de Israel, el pecado se
manifiesta frecuentemente, sobre todo como una infidelidad al
Dios de la Alianza y como transgresión de la Ley de Moisés; e
incluso tras la Redención de Cristo, entre los cristianos, el
pecado se manifiesta de múltiples maneras (cf 1 Co 1-6; Ap 2-3).
La Escritura y la Tradición de la Iglesia no cesan de recordar la
presencia y la universalidad del pecado en la historia del
hombre:
Lo que la revelación divina nos enseña coincide con la
misma experiencia. Pues el hombre, al examinar su corazón, se
descubre también inclinado al mal e inmerso en muchos males que
no pueden proceder de su Creador, que es bueno. Negándose con
frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompió además el
orden debido con respecto a su fin último y, al mismo tiempo,
toda su ordenación en relación consigo mismo, con todos los otros
hombres y con todas las cosas creadas (GS 13, 1).
Consecuencias del pecado de Adán para la humanidad
|N402 Todos los hombres están implicados en el pecado de
Adán. S. Pablo lo afirma: "Por la desobediencia de un solo
hombre, todos fueron constituidos pecadores" (Rm 5, 19): "Como
por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la
muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto
todos pecaron..." (Rm 5,12). A la universalidad del pecado y de
la muerte, el apóstol opone la universalidad de la salvación en
Cristo: "Como el delito de uno solo atrajo sobre todos los
hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno
solo (la de Cristo) procura a todos una justificación que da la
vida" (Rm 5, 18).
|N403 Siguiendo a S. Pablo, la Iglesia ha enseñado siempre
que la inmensa miseria que oprime a los hombres y su inclinación
al mal y a la muerte no son comprensibles sin su conexión con el
pecado de Adán y con el hecho de que nos ha transmitido un pecado
con que todos nacemos afectados y que es "muerte del alma" (C. de
Trento: DS 1512). Por esta certeza de fe, la Iglesia concede el
Bautismo para la remisión de los pecados incluso a los niños que
no han cometido pecado personal (C. de Trento: DS 1514).
|N404 ¿Cómo el pecado de Adán vino a ser el pecado de todos
sus descendientes? Todo el género humano es en Adán "sicut unum
corpus unius hominis" ("Como el cuerpo único de un único hombre",
S. Tomás de A., mal. 4, 1). Por esta "unidad del género humano",
todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como
todos están implicados en la justicia de Cristo. Sin embargo, la
transmisión del pecado original es un misterio que no podemos
comprender plenamente. Pero sabemos por la Revelación que Adán
había recibido la santidad y la justicia originales no para él
solo sino para toda la naturaleza humana: cediendo al tentador,
Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a
la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído (cf Cc.
de Trento: DS 1511-1512). Es un pecado que será transmitido por
propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de
una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia
originales. Por eso, el pecado original es llamado "pecado" de
manera análoga: es un pecado "contraído", "no cometido", un
estado y no un acto.
|N405 Aunque propio de cada uno (cf Cc. de Trento: DS 1513)
el pecado original no tiene, en ningún descendiente de Adán, un
carácter de falta personal. Es la privación de la santidad y de
la justicia originales, pero la naturaleza humana no está
totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas
naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio
de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es
llamada "concupiscencia"). El Bautismo, dando la vida de la
gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a
Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e
inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate
espiritual.
|N406 La doctrina de la Iglesia sobre la transmisión del
pecado original fue precisada sobre todo en el siglo V, en
particular bajo el impulso de la reflexión de S. Agustín contra
el pelagianismo, y en el siglo XVI, en oposición a la Reforma
protestante. Pelagio sostenía que el hombre podía, por la fuerza
natural de su voluntad libre, sin la ayuda necesaria de la gracia
de Dios, llevar una vida moralmente buena: así reducía la
influencia de la falta de Adán a la de un mal ejemplo. Los
primeros reformadores protestantes, por el contrario, enseñaban
que el hombre estaba radicalmente pervertido y su libertad
anulada por el pecado de los orígenes; identificaban el pecado
heredado por cada hombre con la tendencia al mal
("concupiscencia"), que sería insuperable. La Iglesia se
pronunció especialmente sobre el sentido del dato revelado
respecto al pecado original en el II Concilio de Orange en el año
529 (cf DS 371-372) y en el Concilio de Trento, en el año 1546
(cf DS 1510-1516).
Un duro combate...
|N407 La doctrina sobre el pecado original -vinculada a la de
la Redención de Cristo- proporciona una mirada de discernimiento
lúcido sobre la situación del hombre y de su obrar en el mundo.
Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un
cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. El
pecado original entraña "la servidumbre bajo el poder del que
poseía el imperio de la muerte, es decir, del diablo" (C. de
Trento: DS 1511; cf Hb 2, 14). Ignorar que el hombre posee una
naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en
el dominio de la educación, de la política, de la acción social
(cf CA 25) y de las costumbres.
|N408 Las consecuencias del pecado original y de todos los
pecados personales de los hombres confieren al mundo en su
conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la
expresión de S. Juan: "el pecado del mundo" (Jn 1, 29). Mediante
esta expresión se significa también la influencia negativa que
ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las
estructuras sociales que son fruto de los pecados de los hombres
(cf RP 16).
|N409 Esta situación dramática del mundo que "todo entero
yace en poder del maligno" (1 Jn 5, 19; cf 1 P 5, 8), hace de la
vida del hombre un combate:
A través de toda la historia del hombre se extiende una
dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya
desde el origen del mundo, durará hasta el último día según dice
el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir
continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos,
con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad
en sí mismo (GS 37, 2).
IV "NO LO ABANDONASTE AL PODER DE LA MUERTE"
|N410 Tras la caída, el hombre no fue abandonado por Dios. Al
contrario, Dios lo llama (cf Gn 3, 9) y le anuncia de modo
misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su
caída (cf Gn 3, 15). Este pasaje del Génesis ha sido llamado
"Protoevangelio", por ser el primer anuncio del Mesías redentor,
anuncio de un combate entre la serpiente y la Mujer, y de la
victoria final de un descendiente de ésta.
|N411 La tradición cristiana ve en este pasaje un anuncio del
"nuevo Adán" (cf 1 Co 15, 21-22.45) que, por su "obediencia hasta
la muerte en la Cruz" (Flp 2, 8) repara con sobreabundancia la
descendencia de Adán (cf Rm 5, 19-20). Por otra parte, numerosos
Padres y doctores de la Iglesia ven en la mujer anunciada en el
"protoevangelio" la madre de Cristo, María, como "nueva Eva".
Ella ha sido la que, la primera y de una manera única, se
benefició de la victoria sobre el pecado alcanzada por Cristo:
fue preservada de toda mancha de pecado original (cf Pío IX: DS
2803) y, durante toda su vida terrena, por una gracia especial de
Dios, no cometió ninguna clase de pecado (cf Cc. de Trento: DS
1573).
|N412 Pero ¿por qué Dios no impidió que el primer hombre
pecara? S. León Magno responde: "La gracia inefable de Cristo nos
ha dado bienes mejores que los que nos quitó la envidia del
demonio" (se Rm. 73, 4). Y S. Tomás de Aquino: "Nada se opone a
que la naturaleza humana haya sido destinada a un fin más alto
después del pecado. Dios, en efecto, permite que los males se
hagan para sacar de ellos un mayor bien. De ahí las palabras de
S. Pablo: 'Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia' (Rm 5,
20). Y el canto del Exulte: '¡Oh feliz culpa que mereció tal y
tan grande Redentor!"' (s. th. 3,1, 3, ad 3).
RESUMEN
|N413 "No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la
destrucción de los vivientes... por envidia del diablo entró la
muerte en el mundo" (Sb 1, 13; 2, 24).
|N414 Satán o el diablo y los otros demonios son ángeles
caídos por haber rechazado libremente servir a Dios y su
designio. Su opción contra Dios es definitiva. Intentan asociar
al hombre en su rebelión contra Dios.
|N415 "Constituido por Dios en la justicia, el hombre, sin
embargo, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde
el comienzo de la historia, levantándose contra Dios e intentando
alcanzar su propio fin al margen de Dios" (GS 13, 1).
|N416 Por su pecado, Adán, en cuanto primer hombre, perdió la
santidad y la justicia originales que había recibido de Dios no
solamente para él, sino para todos los humanos.
|N417 Adán y Eva transmitieron a su descendencia la
naturaleza humana herida por su primer pecado, privada por tanto
de la santidad y la justicia originales. Esta privación es
llamada "pecado original".
|N418 Como consecuencia del pecado original, la naturaleza
humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia,
al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado
(inclinación llamada "concupiscencia").
|N419 "Manteneos, pues, siguiendo el Concilio de Trento, que
el pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza
humana, 'por propagación, no por imitación' y que 'se halla como
Po(opio en cada uno'" (Pablo VI, SPF 16).
|N420 La victoria sobre VI pecado obtenida por Cristo nos ha
dado bienes mejores que los que nos quitó el pecado: "Donde
abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5, 20).
|N421 "El mundo que los fieles cristianos creen creado y
conservado por el amor del creador; colocado ciertamente bajo la
esclavitud del pecado, pero liberado por Cristo crucificado y
resucitado, una vez que fue quebrantado el poder del Maligno... "
(GS 2, 2).
CAPITULO SEGUNDO
CREO EN JESUCRISTO, HIJO UNICO DE DIOS
La Buena Nueva: Dios ha enviado a su Hijo
|N422 "Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios
a su 3 Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a
los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la
filiación adoptiva" (Ga 4, 4-5). He aquí "la Buena Nueva de
Jesucristo, Hijo de Dios" (Mc 1,1): Dios ha visitado a su pueblo
(cf Lc 1, 68), ha cumplido 2 las promesas hechas a Abraham y a su
descendencia (cf Lc 1, 55); lo ha hecho más allá de toda
expectativa: El ha enviado a su "Hijo amado" (Mc 1,11).
|N423 Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret,
nacido judío de una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey
Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de oficio
carpintero, muerto crucificado en Jerusalén, bajo el procurador
Poncio Pilato, durante el reinado del emperador Tiberio, es el
Hijo eterno de Dios hecho hombre, que ha "salido de Dios" (Jn 13,
3), "bajó del cielo" (Jn 3, 13; 6, 33), "ha venido en carne" (1
Jn 4, 2), porque "la Palabra se hizo carne, y puso su morada
entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del
Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad... Pues de su
plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia" (Jn 1,
14.16).
|N424 Movidos por la gracia del Espíritu Santo y atraídos por
el Padre nosotros creemos y confesamos a propósito de Jesús: "Tú
eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). Sobre la roca
de esta fe, confesada por San Pedro, Cristo ha construido su
Iglesia (cf Mt 16, 18; San León Magno, se Rm. 4, 3; 51, 1; 62, 2;
83, 3).
"Anunciar... la inescrutable riqueza de Cristo" (Ef 3, 8)
|N425 La transmisión de la fe cristiana es ante todo el
anuncio de Jesucristo para llevar a la fe en El. Desde el
principio, los primeros discípulos ardieron en deseos de anunciar
a Cristo: "No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos
visto y oído" (Ch 4, 20). Y ellos mismos invitan a los hombres de
todos los tiempos a entrar en la alegría de su comunión con
Cristo:
Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído,
lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y
tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida -pues la Vida
se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os
anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y se nos
manifestó-, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que
también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros
estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os
escribimos esto para que vuestro gozo sea completo (1 Jn 1, 1-4).
En el centro de la catequesis: Cristo
|N426 "En el centro de la catequesis encontramos
esencialmente una Persona, la de Jesús de Nazaret, Unigénito del
Padre, que ha sufrido y ha muerto por nosotros y que ahora,
resucitado, vive para siempre con nosotros... Catequizar es...
descubrir en la Persona de Cristo el designio eterno de Dios...
Se trata de procurar comprender el significado de los gestos y de
las palabras de Cristo, los signos realizados por El mismo" (CT
5). El fin de la catequesis: "conducir a la comunión con
Jesucristo: sólo El puede conducirnos al amor del Padre en el
Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima
Trinidad" (ibíd.).
|N427 "En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el
Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a
El, el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la
medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por
su boca... Todo catequista debería poder aplicarse a sí mismo la
misteriosa palabra de Jesús: 'Mi doctrina no es mía, sino del que
me ha enviado' (Jn 7,16)" (ibíd., 6)
|N428 El que está llamado a "enseñar a Cristo" debe por tanto
ante todo, buscar esta "ganancia sublime que es el conocimiento
de Cristo"; es necesario "aceptar perder todas las cosas... para
ganar a Cristo, y ser hallado en él" y "conocerle a él, el poder
de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta
hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la
resurrección de entre los muertos" (Flp 3, 8-11).
|N429 De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde
brota el deseo de anunciarlo, de "evangelizar", y de llevar a
otros al "sí ' de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace
sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe. Con este
fin, siguiendo el orden del Símbolo de la fe, presentaremos en
primer lugar los principales títulos de Jesús: Cristo, Hijo de
Dios, Señor (Artículo 2). El Símbolo confiesa a continuación los
principales misterios de la vida de Cristo: los de su encarnación
(Artículo 3), los de su Pascua (Artículos 4 y 5), y, por último,
los de su glorificación (Artículos 6 y 7).
Artículo 2 "Y EN JESUCRISTO, SU UNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR"
I JESUS
|N430 Jesús quiere decir en hebreo: "Dios salva". En el
momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre
propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su
misión (cf Lc 1, 31). Ya que "¿quién puede perdonar pecados, sino
sólo Dios?" (Mc 2, 7), es él quien, en Jesús, su Hijo eterno
hecho hombre "salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21). En
Jesús, Dios recapitula así toda la historia de la salvación en
favor de los hombres.
|N431 En la historia de la salvación, Dios no se ha
contentado con librar a Israel de "la casa de servidumbre" (Dt 5,
6) haciéndole salir de Egipto. El lo salva además de su pecado.
Puesto que el pecado es siempre una ofensa hecha a Dios (cf Sal
51, 6), sólo él es quien puede absolverlo (cf Sal 51, 12). Por
eso es por lo que Israel tomando cada vez más conciencia de la
universalidad del pecado, ya no podrá buscar la salvación más que
en la invocación del Nombre de Dios Redentor (cf Sal 79, 9).
|N432 El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de
Dios está presente en la persona de su Hijo (cf Ch 5, 41; 3 Jn 7)
hecho hombre para la redención universal y definitiva de los
pecados. El es el Nombre divino, el único que trae la salvación
(cf Jn 3,
18; Ch 2, 21) y de ahora en adelante puede ser invocado por todos
porque se ha unido a todos los hombres por la Encarnación (cf Rm
10, 6-13) de tal forma que "no hay bajo el cielo otro nombre dado
a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Ch 4, 12;
cf Ch 9, 14; St 2, 7).
|N433 El Nombre de Dios Salvador era invocado una sola vez al
año por el sumo sacerdote para la expiación de los pecados de
Israel, cuando había asperjado el propiciatorio del Santo de los
Santos con la sangre del sacrificio (cf Lv 16, 15-16; Si 50, 20;
Hb 9, 7). El propiciatorio era el lugar de la presencia de Dios
(cf Ex 25 22; Lv 16, 2; Nm 7, 89; Hb 9, 5). Cuando San Pablo dice
de Jesús que "Dios lo exhibió como instrumento de propiciación
por su propia sangre" (Rm 3, 25), significa que en su humanidad
"estaba Dios reconciliando al mundo consigo" (2 Co 5,19).
|N434 La Resurrección de Jesús glorifica el nombre de Dios
Salvador (cf Jn 12, 28) porque de ahora en adelante, el Nombre de
Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder soberano del
"Nombre que está sobre todo nombre" (Flp 2, 9). Los espíritus
malignos temen su Nombre (cf Ch 16, 16-18; 19, 13-16) y en su
nombre los discípulos de Jesús hacen milagros (cf Mc 16, 17)
porque todo lo que piden al Padre en su Nombre, él se lo concede
(Jn 15, 16).
|N435 El Nombre de Jesús está en el corazón de la plegaria
cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se acaban con la
fórmula "Per Dominum Nostrum Jesum Christum..." ("Por Nuestro
Señor Jesucristo..."). El "Avemaría" culmina en "y bendito es el
fruto de tu vientre, Jesús". La oración del corazón, en uso en
Oriente, llamada "oración a Jesús" dice: "Jesucristo, Hijo de
Dios, Señor ten piedad de mí, pecador". Numerosos cristianos
mueren, como Santa Juana de Arco, teniendo en sus labios una
única palabra: "Jesús".
II CRISTO
|N436 Cristo viene de la traducción griega del término hebreo
"Mesías" que quiere decir "ungido". No pasa a ser nombre propio
de Jesús sino porque El cumple perfectamente la misión divina que
esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el
nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que
habían recibido de El. Este era el caso de los reyes (cf 1 S 9,
16 10, 1; 16,1.12-13; 1 R 1, 39), de los sacerdotes (cf Ex 29, 7,
Lv 8 12) y, excepcionalmente, de los profetas (cf 1 R 19,16).
Este debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios
enviaría para instaurar definitivamente su Reino (cf Sal 2, 2; Ch
4, 26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor
(cf Is 11, 2) a la vez como rey y sacerdote (cf Za 4, 14; 6, 13)
pero también como profeta (cf Is 61, 1; Lc 4, 16-21). Jesús
cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de
sacerdote, profeta y rey.
|N437 El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús
como el del Mesías prometido a Israel: "Os ha nacido hoy, en la
ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor" (Lc 2, 11).
Desde el principio él es "a quien el Padre ha santificado y
enviado al mundo" (Jn 10, 36), concebido como "santo" (Lc 1, 35)
en el seno virginal de María. José fue llamado por Dios para
"tomar consigo a María su esposa" encinta "del que fue engendrado
en ella por el Espíritu Santo" (Mt 1, 20) para que Jesús "llamado
Cristo" nazca de la esposa de José en la descendencia mesiánica
de David (Mt 1, 16;cf Rm 1,3;2 Tm 2,8;Ap 22, 16).
|N438 La consagración mesiánica de Jesús manifiesta sumisión
divina. "Por otra parte eso es lo que significa su mismo nombre,
porque en el nombre de Cristo está sobrentendido El que ha
ungido, El que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha
sido ungido: El que ha ungido, es el Padre, El que ha sido
ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción"
(S. Ireneo de Lyon, hacer. 3, 18, 3). Su eterna consagración
mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida terrena en el
momento de su bautismo por Juan cuando "Dios le ungió con el
Espíritu Santo y con poder" (Ch 10, 38) "para que él fuese
manifestado a Israel" (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus
palabras lo dieron a conocer como "el santo de Dios" (Mc 1, 24;
Jn 6, 69; Ch 3, 14).
|N439 Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que
compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos
fundamentales del mesiánico "hijo de David" prometido por Dios a
Israel (cf Mt 2, 2; 9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9.15).
Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho (cf Jn 4,
25-26; 11, 27), pero no sin reservas porque una parte de sus
contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado
humana (cf Mt 22, 41-46), esencialmente política (cf Jn 6, 15; Lc
24, 21).
|N440 Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le
reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo
del Hombre (cf Mt 16, 23). Reveló el auténtico contenido de su
realeza mesiánica en la identidad trascendente del Hijo del
Hombre "que ha bajado del cielo" (Jn 3, 13; cf Jn 6, 62; Dn 7,
13) a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente:
"el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a
dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 28; cf Is 53,
10-12). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se
ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz (cf Jn 19, 19-22;
Lc 23, 39-43). Solamente después de s su resurrección su realeza
mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios:
"Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha
constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis
crucificado'' (Ch 2, 36).
III HIJO UNICO DE DIOS
|N441 Hijo de Dios, en el Antiguo Testamento, es un título
dado a los ángeles (cf Dt 32, 8; Jb 1, 6), al pueblo elegido (cf
Ex 4,22; Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36,11; Sb 18, 13), a los hijos de
Israel (cf Dt 14, 1; Os 2, 1) y a sus reyes (cf 2 S 7, 14; Sal
82, 6). Significa entonces una filiación adoptiva que establece
entre Dios y su criatura unas relaciones de una intimidad
particular. Cuando el Rey-Mesías prometido es llamado "hijo de
Dios" (cf 1 Cro 17,13; Sal 2, 7), no implica necesariamente,
según el sentido literal de esos textos, que sea más que humano.
Los que designaron así a Jesús en cuanto Mesías de Israel (cf Mt
27, 54), quizá no quisieron decir nada más (cf Lc 23, 47).
|N442 No ocurre así con Pedro cuando confiesa a Jesús como
"el Cristo, el Hizo de Dios vivo" (Mt 16, 16) porque Este le
responde con solemnidad "no te ha revelado esto ni la carne ni la
sangre, sino mi Padre que está en los cielos" (Mt 16, 17).
Paralelamente Pablo dirá a propósito de su conversión en el
camino de Damasco: "Cuando Aquel que me separó desde el seno de
mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su
Hijo para que le anunciase entre los gentiles..." (Ga 1, 15-16).
"Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él
era el Hijo de Dios" (Ch 9, 20). Este será, desde el principio
(cf 1 Ts 1, 10), el centro de la fe apostólica (cf Jn 20, 31)
profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia
(cf Mt 16,18).
|N443 Si Pedro pudo reconocer el carácter trascendente de la
filiación divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender
claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores:
"Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?", Jesús ha respondido:
"Vosotros lo decís: yo soy" (Lc 22, 70; cf Mt 26, 64; Mc 14, 61).
Ya mucho antes, El se designó como el "Hijo" que conoce al Padre
(cf Mt 11, 27; 21, 37-38), que es distinto de los "siervos" que
Dios envió antes a su pueblo (cf Mt 21, 34-36), superior a los
propios ángeles (cf Mt 24, 36). Distinguió su filiación de la de
sus discípulos, no
diciendo jamás "nuestro Padre" (cf Mt 5, 48; 6, 8; 7, 21; Lc 11,
13) salvo para ordenarles "vosotros, pues, orad así: Padre
Nuestro" (Mt 6, 9); y subrayó esta distinción: "Mi Padre y
vuestro Padre" (Jn 20, 17).
|N444 Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el
bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo
designa como su "Hijo amado" (Mt 3, 17; 17, 5). Jesús se designa
a sí mismo como "el Hijo Unico de Dios" (Jn 3,16) y afirma
mediante este título su preexistencia eterna (cf Jn 10, 36). Pide
la fe en "el Nombre del Hijo Unico de Dios" (Jn 3, 18). Esta
confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión
delante de Jesús en la cruz: "Verdaderamente este hombre era Hijo
de Dios" (Mc 15, 39), porque es solamente en el misterio pascual
donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título
"Hijo de Dios".
|N445 Después de su Resurrección, su filiación divina aparece
en el poder de su humanidad glorificada: "Constituido Hijo de
Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su
Resurrección de entre los muertos" (Rm 1, 4; cf Ch 13, 33). Los
apóstoles podrán confesar "Hemos visto su gloria, gloria que
recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad"
(Jn 1,14).
IV SEÑOR
|N446 En la traducción griega de los libros del Antiguo
Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a
Moisés (cf Ex 3, 14), YHWH, es traducido por "Kyrios" ["Señor"].
Señor se convierte desde entonces en el nombre más habitual para
designar la divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo
Testamento utiliza en este sentido fuerte el título "Señor" para
el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para
Jesús reconociéndolo como Dios (cf 1 Co 2, 8).
|N447 El mismo Jesús se atribuye de forma velada este título
cuando discute con los fariseos sobre el sentido del Salmo 109
(cf Mt 22, 41-46; cf también Ch 2, 34-36; Hb 1, 13), pero también
de manera explícita al dirigirse a sus apóstoles (cf Jn 13, 13).
A lo largo de toda su vida pública sus actos de dominio sobre la
naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la
muerte y el pecado, demostraban su soberanía divina.
|N448 Con mucha frecuencia, en los evangelios, hay personas
que se dirigen a Jesús llamándole "Señor". Este título expresa el
respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de
El socorro y curación (cf Mt 8, 2; 14, 30; 15, 22, etc.). Bajo la
moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio
divino de Jesús (cf Lc 1, 43; 2, 11). En el encuentro con Jesús
resucitado, se convierte en adoración: "Señor mío y Dios mío" (Jn
20 28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que
quedará como propio de la tradición cristiana: "¡Es el Señor!"
(Jn 21, 7).
|N449 Atribuyendo a Jesús el título divino de Señor, las
primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman desde el
principio (cf Ch 2, 34-36) que el poder, el honor y la gloria
debidos a Dios Padre convienen también a Jesús (cf Rm 9, 5; Tt 2,
13; Ap 5, 13) porque El es de "condición divina" (Flp 2, 6) y el
Padre manifestó esta soberanía de Jesús resucitándolo de entre
los muertos y exaltándolo a su gloria (cf Rm 10, 9; 1 Co 12, 3;
Flp 2, 11).
|N450 Desde el comienzo de la historia cristiana, la
afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la
historia (cf Ap 11 15) significa también reconocer que el hombre
no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún
poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo:
César no es el "Señor" (cf Mc 12, 17; Ch 5, 29). "La Iglesia
cree... que la clave, el centro y el fin de toda historia humana
se encuentra en su Señor y Maestro" (GS 10,2; cf 45,2).
|N451 La oración cristiana está marcada por el título
"Señor", ya sea en la invitación a la oración "el Señor esté con
vosotros~', o en su conclusión "por Jesucristo nuestro Señor" o
incluso en la exclamación llena de confianza y de esperanza:
"Marana tha" ("¡el Señor viene!") o "Marana tha" ("¡Ven, Señor!")
(1 Co 16, 22) "¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!" (Ap 22, 20).
RESUMEN
|N452 El nombre de Jesús significa "Dios salva". El niño
nacido de la Virgen María se llama "Jesús" "porque él salvará a
su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21); "No hay bajo el cielo otro
nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos"
(Ch 4, 12).
|N453 El nombre de Cristo significa "Ungido", "Mesías". Jesús
es el Cristo porque "Dios le ungió con el Espíritu Santo y con
poder" (Ch 10, 38). Era "el que ha de venir" (Lc 7 19), el objeto
de "la Esperanza de Israel" (Ch 28, 20).
|N454 El nombre de Hijo de Dios significa la relación única y
eterna de Jesucristo con Dios su Padre: El es el Hijo único del
Padre (cf Jn 1, 14.18; 3, 16.18) y El mismo es Dios (cf Jn 1, 1).
Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo
de Dios (cf Ch 8, 37; 1 Jn 2, 23).
|N455 El nombre de Señor significa la soberanía divina.
Confesar o invocar a Jesús como Señor es creer en su divinidad.
"Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino por influjo del
Espíritu Santo" (1 Co 12, 3).
Artículo 3 "JESUCRISTO FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL
ESPIRITU SANTO Y NACIO DE SANTA MARIA VIRGEN"
Párrafo 1 EL HIJO DE DIOS SE HIZO HOMBRE
I POR QUE EL VERBO SE HIZO CARNE
|N456 Con el Credo Niceno-Constantinopolitano respondemos
confesando: "Por nosotros los hombres y por nuestra salvación
bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María
la Virgen y se hizo hombre".
|N457 El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con
Dios: "Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por
nuestros pecados" (1 Jn 4, 10)."El Padre envió a su Hijo para ser
salvador del mundo" (1 Jn 4, 14). "El se manifestó para quitar
los pecados" (1 Jn 3, 5):
Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada;
desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos
perdido la posesión del bien, era necesario que se nos
devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacia falta que nos
llegara la luz; estando cautivos, esperáramos un salvador;
prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían
importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios
hasta el punto de hacerle halar hasta nuestra naturaleza humana
para visitarla, ya que la humanidad se encontrara en un estado
tan miserable y tan desgraciado? (S. Gregorio de Nisa, or.
catech. 15).
|N458 El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así
el amor Dios: "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene:
en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por
medio de él" (1 Jn 4, 9). "Porque tanto amó Dios al mundo que dio
a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino
que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).
|N459 El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de
santidad: "Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí..." (Mt
11, 29). "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al
Padre sino por mío' (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la
Transfiguración, ordena: "Escuchadle" (Mc 9, 7; cf Dt 6, 4-5). El
es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la
ley nueva: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn
15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de
sí mismo (cf Mc 8 34).
|N460 El Verbo se encarnó para hacernos "partícipes de la
naturaleza divina" (2 P 1, 4): "Porque tal es la razón por la que
el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para
que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así
la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios" (S. Ireneo,
hacer., 3, 19 1). "Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para
hacernos Dios" (S. Atanasio, Inca., 54, 3). "Unigenitus Dei
Filius, suae divinitatis volens nos esse participes, naturam
nostram assumpsit, ut homines deos faceret factus humo" ("El Hijo
Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad,
asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre,
hiciera dioses a los hombres") (Santo Tomás de A., opusc 57 in
festo Corp. Chr., 1).
II LA ENCARNACION
|N461 Volviendo a tomar la frase de San Juan ("El Verbo se
encarnó": Jn 1, 14), la Iglesia llama "Encarnación" al hecho de
que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para
llevar a cabo por ella nuestra salvación. En un himno citado por
S. Pablo la Iglesia canta el misterio de la Encarnación:
Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo
Costo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente
el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando
condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y
apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo
obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. (Flp 2, 5-8, cf LH,
cántico de vísperas del sábado).
|N462 La carta a los Hebreos habla del mismo misterio:
Por eso, al entrar en este mundo, [Cristo] dice: No
quisiste sacrificio y oblación; pero me has formado un cuerpo.
Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces
dije: ¡He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad! (Hb
10, 5-7, citando Sal 40, 7-9 [LUX]).
|N463 La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es
el signo distintivo de la fe cristiana: "Podréis conocer en esto
el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo,
venido en carne, es de Dios" ( 1 Jn 4, 2). Esa es la alegre
convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta "el
gran misterio de la piedad": "El ha sido manifestado en la carne"
(1 Tm 3, 16).
III VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE
|N464 El acontecimiento único y totalmente singular de la
Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en
parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una
mezcla confusa entre lo divino y lo humano. El se hizo
verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios.
Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió
defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos
frente a unas herejías que la falseaban.
|N465 Las primeras herejías negaron menos la divinidad de
Jesucristo que su humanidad verdadera (docetismo gnóstico). Desde
la época apostólica la fe cristiana insistió en la verdadera
encarnación del Hijo de Dios, "venido en la carne" (cf 1 Jn 4,
2-3; 2 Jn 7). Pero desde el siglo III, la Iglesia tuvo que
afirmar frente a Pablo de Samosata, en un Concilio reunido en
Antioquía, que Jesucristo es hijo de Dios por naturaleza y no por
adopción. El primer Concilio Ecuménico de Nicea, en el año 325,
confesó en su Credo que el Hijo de Dios es "engendrado, no
creado, de la misma substancia ['homousios'] que el Padre" y
condenó a Arrio que afirmaba que "el Hijo de Dios salió de la
nada" (DS 130) y que sería "de una substancia distinta de la del
Padre" (DS 126).
|N466 La herejía nestoriana veía en Cristo una persona humana
junto a la persona divina del Hijo de Dios. Frente a ella S.
Cirilo de Alejandría y el tercer Concilio Ecuménico reunido en
Efeso, en el año 431, confesaron que "el Verbo, al unirse en su
persona a una carne animada por un alma racional, se hizo hombre"
(DS 250). La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la
persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya
desde su concepción. Por eso el Concilio de Efeso proclamó en el
año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios
mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: "Madre
de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su
naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el
cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del
Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne" (DS
251).
|N467 Los monofisitas afirmaban que la naturaleza humana
había dejado de existir como tal en Cristo al ser asumida por su
persona divina de Hijo de Dios. Enfrentado a esta herejía, el
cuarto Concilio Ecuménico, en Calcedonia, confesó en el año 451:
Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos
unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor
nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la
humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto
de alma racional y cuerpo; consubstancial con el Padre según la
divinidad, y consubstancial con nosotros según la humanidad, 'en
todo semejante a nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4, 15);
nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad; y
por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos
tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad.
Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo
único en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio sin división,
sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda
suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades
de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo sujeto y en
una sola persona (DS 301-302).
|N468 Después del Concilio de Calcedonia, algunos concibieron
la naturaleza humana de Cristo como una especie de sujeto
personal. Contra éstos, el quinto Concilio Ecuménico, en
Constantinopla, el año 553, confesó a propósito de Cristo: "No
hay más que una sola hipóstasis [o persona], que es nuestro Señor
Jesucristo, uno de la Trinidad" (DS 424). Por tanto, todo en la
humanidad de Jesucristo debe ser atribuido a su persona divina
como a su propio sujeto (cf ya Cc. Efeso: DS 255), no solamente
los milagros sino también los sufrimientos (cf DS 424) y la misma
muerte: "El que ha sido crucificado en la carne, nuestro Señor
Jesucristo, es verdadero Dios, Señor de la gloria y uno de la
Santísima Trinidad" (DS 432).
|N469 La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente
verdadero Dios y verdadero hombre. El es verdaderamente el Hijo
de Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar
de ser Dios, nuestro Señor:
"Id quod fui remansit et quod non fuit assumpsit"
("Permaneció en lo que era y asumió lo que no era"), canta la
liturgia romana (LH, antífona de laudes del primero de enero; cf
S. León Magno, se Rm. 21, 2-3). Y la liturgia de S. Juan
Crisóstomo proclama y canta: "¡Oh Hijo Unico y Verbo de Dios,
siendo inmortal te has dignado por nuestra salvación encarnarte
en la santa Madre de Dios, y siempre Virgen Mana; sin mutación te
has hecho hombre, y has sido crucificado. Oh Cristo Dios, que por
tu muerte has aplastado la muerte, que eres Uno de la Santa
Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo Espíritu,
sálvanos!" (Tropario "O monoghenis").
IV COMO ES HOMBRE EL HIJO DE DIOS
|N470 Puesto que en la unión misteriosa de la Encarnación "la
naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida" (GS 22, 2), la
Iglesia ha llegado a confesar con el correr de los siglos, la
plena realidad del alma humana, con sus operaciones de
inteligencia y de voluntad, y del cuerpo humano de Cristo. Pero
paralelamente, ha tenido que recordar en cada ocasión que la
naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona
divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace
en ella pertenece a "uno de la Trinidad". El Hijo de Dios
comunica, pues, a su humanidad su propio modo personal de existir
en la Trinidad. Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo expresa
humanamente las costumbres divinas de la Trinidad (cf Jn 14,
9-10):
El Hijo de Dios... trabajó con manos de hombre, pensó
con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con
corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo
verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros,
excepto en el pecado (GS 22, 2).
El alma y el conocimiento humano de Cristo
|N471 Apolinar de Laodicea afirmaba que en Cristo el Verbo
había sustituido al alma o al espíritu. Contra este error la
Iglesia confesó que el Hijo eterno asumió también un alma
racional humana (cf DS 149).
|N472 Este alma humana que el Hijo de Dios asumió está dotada
de un verdadero conocimiento humano. Como tal, éste no podía ser
de por sí ilimitado: se desenvolvía en las condiciones históricas
de su existencia en el espacio y en el tiempo. Por eso el Hijo de
Dios, al hacerse hombre, quiso progresar "en sabiduría, en
estatura y en gracia" (Lc 2, 52) e igualmente adquirir aquello
que en la condición humana se adquiere de manera experimental (cf
Mc 6, 38; 8, 27; Jn 11, 34). Eso... correspondía a la realidad de
su anonadamiento voluntario en "la condición de esclavo" (Flp 2,
7).
|N473 Pero, al mismo tiempo, este conocimiento verdaderamente
humano del Hijo de Dios expresaba la vida divina de su persona
(cf S. Gregorio Magno, ep. 10, 39: DS 475). "La naturaleza humana
del Hijo de Dios, no por ella misma sino por su unión con el
Verbo, conocía y manifestaba en ella todo lo que conviene a Dios"
'S. Máximo el Confesor, qu. dub. 66 ). Esto sucede ante todo en
lo que se refiere al conocimiento íntimo e inmediato que el Hijo
de Dios hecho hombre tiene de su Padre (cf Mc 14, 36; Mt 11, 27,
Jn 1, 18; 8, 55). El Hijo, en su conocimiento humano, demostraba
también la penetración divina que tenía de los pensamientos
secretos del corazón de los hombres (cf Mc 2, 8; Jn 2, 25; 6,
61).
|N474 Debido a su unión con la Sabiduría divina en la persona
Leo Verbo encarnado, el conocimiento humano de Cristo gozaba en
plenitud de la ciencia de los designios eternos que había venido
a
Revelar (cf Mc 8, 31; 9, 31; 10, 33-34; 14, 18-20.26-30). Lo que
reconoce ignorar en este campo (cf Mc 13, 32), declara en otro
lugar o tener misión de revelarlo (cf Ch 1, 7).
La voluntad humana de Cristo
|N475 De manera paralela, la Iglesia confesó en el sexto
Concilio ecuménico (C. de Constantinopla III, en el año 681) que
Cristo posee dos voluntades y dos operaciones naturales, divinas
y humanas, no opuestas, sino cooperantes, de forma que el Verbo
hecho Carne, en su obediencia al Padre, ha querido humanamente
todo lo que ha decidido divinamente con el Padre y el Espíritu
Santo para vuestra salvación (cf DS 556-559). La voluntad humana
de Cristo sigue a su voluntad divina sin hacerle resistencia ni
oposición, sino todo lo contrario estando subordinada a esta
voluntad omnipotente" (DS 556).
El verdadero cuerpo de Cristo
|N476 Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera
humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado (cf Cc. de Letrán en
el
año 649: DS 504). Por eso se puede "pintar" la faz humana de
Jesús (Ga 3, 2). En el séptimo Concilio Ecuménico (C. de Nicea
II, en el año 787: DS 600-603) la Iglesia reconoció que es
legítima su presentación en imágenes sagradas.
|N477 Al mismo tiempo, la Iglesia siempre ha admitido que, en
el cuerpo de Jesús, Dios "que era invisible en su naturaleza se
hace visible" (Prefacio de Navidad). En efecto, las
particularidades individuales del cuerpo de Cristo expresan la
persona divina del Hijo de Dios. El ha hecho suyos los rasgos de
su propio cuerpo humano hasta el punto de que, pintados en una
imagen sagrada, pueden ser venerados porque el creyente que
venera su imagen, "venera a la persona representada en ella" (C.
Nicea II: DS 601).
El Corazón del Verbo encarnado
|N478 Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha
conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha
entregado por cada uno de nosotros: "El Hijo de Dios me amó y se
entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con
un corazón humano. Por esta razón, el sagrado Corazón de Jesús,
traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf Jn
19, 34), "es considerado como el principal indicador y símbolo...
del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno
Padre y a todos los hombres" (Pío XII, etc."Haurietis aquas": DS
3924; cf DS 3812).
RESUMEN
|N479 En el momento establecido por Dios, el Hijo único del
Padre, la Palabra eterna, es decir, el Verbo e Imagen substancial
del Padre, se hizo carne: sin perder la naturaleza divina asumió
la naturaleza humana.
|N480 Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre en la
unidad de su Persona divina; por esta razón El es el único
Mediador entre Dios y los hombres.
|N481 Jesucristo posee dos naturalezas, la divina y la
humana, no confundidas, sino unidas en la única Persona del Hijo
de Dios.
|N482 Cristo, siendo verdadero Dios y verdadero hombre, tiene
una inteligencia y una voluntad humanas, perfectamente de acuerdo
y sometidas a su inteligencia y a su voluntad divinas que tiene
en común con el Padre y el Espíritu Santo.
|N483 La encarnación es, pues, el misterio de la admirable
unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la
única Persona del Verbo.
Párrafo 2 "... CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU
SANTO, NACIO DE SANTA MARIA VIRGEN"
I CONCEBIDO POR OBRA GRACIA DEL ESPIRITU SANTO ...
|N484 La anunciación a María inaugura la plenitud de "los
tiempos" (Ga 4, 4), es decir, el cumplimiento de las promesas y
de los preparativos. María es invitada a concebir a aquel en
quien habita "corporalmente la plenitud de la divinidad" (Col 2,
9). La respuesta divina a su "¿cómo será esto, puesto que no
conozco varón?" (Lc 1, 34) se dio mediante el poder del Espíritu:
"El Espíritu Santo vendrá sobre ti" (Lc 1, 35).
|N485 La misión del Espíritu Santo está siempre unida y
ordenada a la del Hijo (cf Jn 16, 14-15). El Espíritu Santo fue
enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla
por obra divina, él que es "el Señor que da la vida", haciendo
que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada
de la suya.
|N486 El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre
en el seno de la Virgen María, es "Cristo", es decir, el ungido
por el Espíritu Santo (cf Mt 1, 20; Lc 1, 35), desde el principio
de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar
sino progresivamente: a los pastores (cf Lc 2, 8-20), a los magos
(cf Mt 2, 1-12), a Juan Bautista (cf Jn 1, 31-34), a los
discípulos (cf Jn 2,11). Por tanto, toda la vida de Jesucristo
manifestará "cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y con
poder" (Ch 10, 38).
II ...NACIDO DE LA VIRGEN MARIA
|N487 Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en
lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María
ilumina su vez la fe en Cristo.
La predestinación de María
|N488 "Dios envió a su Hijo" (Ga 4, 4), pero para "formarle
un cuerpo" (cf Hb 10, 5) quiso la libre cooperación de una
criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser
la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de
Nazaret en Galilea, a "una virgen desposada con un hombre llamado
José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María" (Lc
1, 26-27):
El Padre de las misericordias quiso que el
consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre
precediera a la encarnación para que, así como una mujer
contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la
vida (LO 56; cf 61).
|N489 A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de
María fue preparada por la misión de algunas santas mujeres. Al
principio de todo está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe
la promesa de una descendencia que será vencedora del Maligno (cf
Gn 3, 15) y la de ser la Madre de todos los vivientes (cf Gn 3,
20). En virtud de esta promesa, Sara concibe un hijo a pesar de
su edad avanzada (cf Gn 18, 10-14; 21, 1-2). Contra toda
expectativa humana, Dios escoge lo que era tenido por impotente y
débil (cf 1 Co 1, 27) para mostrar la fidelidad a su promesa:
Ana, la madre de Samuel (cf 1 S 1), Débora, Rut, Judit y Ester, y
muchas otras mujeres. María "sobresale entre los humildes y los
pobres del Señor, que esperan de él con confianza la salvación y
la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de Simón, después
de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se
inaugura el nuevo plan de salvación" (LO 55).
La Inmaculada Concepción
|N490 Para ser la Madre del Salvador, María fue "dotada por
Dios con dones a la medida de una misión tan importante" (LO 56).
El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como
"llena de gracia" (Lc 1, 28). En efecto, para poder dar el
asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso
que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios.
|N491 A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado
conciencia de que María "llena de gracia" por Dios (Lc 1, 28)
había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el
dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa
Pío IX:
..ola bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda
mancha de pecado original en el primer instante de su concepción
por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención
a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano (DS 2803).
|N492 Esta "resplandeciente santidad del todo singular" de la
que ella fue "enriquecida desde el primer instante de su
concepción" (LG 56), le viene toda entera de Cristo: ella es
"redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de
su Hijo" (LO 53). El Padre la ha "bendecido con toda clase de
bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (E 1, 3) más
que a ninguna otra persona creada. El la ha "elegido en él, antes
de la creación del mundo Jara ser santa e inmaculada en su
presencia, en el amor" (E 1, 4).
|N493 Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre
de Dios "la Toda Santa" ("Panagia"), la celebran "como inmune de
oda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y echa
una nueva criatura" (LO 56). Por la gracia de Dios, María a
permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su
vida.
"Hágase en mí según tu palabra ..."
|N494 Al anuncio de que ella dará a luz al "Hijo del
Altísimo" in conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo (cf
Lc 1, 28-37) la ría respondió por "la obediencia de la fe" (Rm 1,
5), segura de que "nada hay imposible para Dios": "He aquí la
esclava del Sor: hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 37-38).
Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a
ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad
divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se
entregó a sí misma ir entero a la persona y a la obra de su Hijo,
para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios,
al Misterio de la Redención (cf LG 56):
Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, "por su
obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el
género humano". Por eso, no pocos Padres antiguos, en su
predicación coincidieron con él en afirmar "el nudo de la
desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató
la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su
fe". Comparándola con Eva, llaman a María ~Madre de los
vivientes' y afirman con mayor frecuencia: "la muerte vino por
Eva, la vida por María" (LG 56).
La maternidad divina de María
|N495 Llamada en los evangelios "la Madre de Jesús" (Jn 2,
1;19 , 25; cf Mt 13, 55), María es aclamada bajo el impulso del
Espíritu como "la madre de mi Señor" desde antes del nacimiento
de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquel que ella concibió como
hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho
verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo
eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La
Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios
["Theotokos"] (cf DS 251).
La virginidad de María
|N496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf DS
10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el
seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu
Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso:
Jesús fue concebido "absque semine ex Spiritu Sancto" (C. Letrán,
año 649; DS 503), esto es, sin elemento humano, por obra del
Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo
de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una
humanidad como la nuestra:
Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II):
"Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es
verdaderamente de la raza de David según la carne (cf Rm 1, 3),
Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf Jn 1, 13),
nacido verdaderamente de una virgen... Fue verdaderamente clavado
por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato... padeció
verdaderamente, como también resucitó verdaderamente" (Smyrn.
1-2).
|N497 Los relatos evangélicos (cf Mt 1,18-25; Lc 1, 26-38)
presentan la concepción virginal como una obra divina que
sobrepasa
toda comprensión y toda posibilidad humanas (cf Lc 1, 34): "Lo
concebido en ella viene del Espíritu Santo", dice el ángel a José
a propósito de María, su desposada (Mt 1, 20). La Iglesia ve en
ello el cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta
Isaías: "He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo"
(Is 7, 14 según la traducción griega de Mt 1, 23).
|N498 A veces ha desconcertado el silencio del Evangelio de
S. Marcos y de las cartas del Nuevo Testamento sobre la
concepción virginal de María. También se ha podido plantear si no
se trataría en este caso de leyendas o de construcciones
teológicas sin pretensiones históricas. A lo cual hay que
responder: la fe en la concepción virginal de Jesús ha encontrado
viva oposición, burlas o incomprensión por parte de los no
creyentes, judíos y paganos (cf S. Justino, Dial 99, 7; Orígenes,
Celso. 1, 32, 69; entre otros); no ha tenido su origen en la
mitología pagana ni en una adaptación de las ideas de su tiempo.
El sentido de este misterio no es accesible más que a la fe que
lo ve en ese "nexo que reúne entre sí los misterios" (DS 3016),
dentro del conjunto de los Misterios de Cristo, desde su
Encarnación hasta su Pascua. S. Ignacio de Antioquía da ya
testimonio de este vínculo: "El príncipe de este mundo ignoró la
virginidad de María y su parto, así como la muerte del Señor:
tres misterios resonantes que se realizaron en el silencio de
Dios" (Eph. 19,1; cf 1 Co 2, 8).
María, la "siempre Virgen"
|N499 La profundización de la fe en la maternidad virginal ha
llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de
María (cf DS 427) incluso en el parto del Hijo de Dios hecho
hombre (cf DS 291; 294; 442; 503; 571; 1880). En efecto, el
nacimiento de Cristo "lejos de disminuir consagró la integridad
virginal" de su madre (LO 57). La liturgia de la Iglesia celebra
a María como la "Aeiparthenos", la "siempre-virgen" (cf LG 52).
|N500 A esto se objeta a veces que la Escritura menciona unos
hermanos y hermanas de Jesús (cf Mc 3, 31-55; 6, 3; 1 Co 9, 5; Ga
1, 19). La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no
referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y
José "hermanos de Jesús" (Mt 13, 55) son los hijos de una María
discípula de Cristo (cf Mt 27, 56) que se designa de manera
significativa como "la otra María" (Mt 28, 1). Se trata de
parientes próximos de Jesús, según una expresión conocida del
Antiguo Testamento (cf Gn 13, 8; 14, 16; 29, 15).
|N501 Jesús es el Hijo único de Mana. Pero la Maternidad
espiritual de María se extiende (cf Jn 19, 26-27; Ap 12, 17) a
todos los hombres a los cuales, El vino a salvar: "Dio a luz al
Hijo, al que Dios constituyó el mayor de muchos hermanos (Rm 8,
29), es decir, de los creyentes, a cuyo nacimiento y educación
colabora con amor de madre" (LO 63).
La maternidad virginal de María en el designio de Dios
|N502 La mirada de la fe, unida al conjunto de la Revelación,
puede descubrir las razones misteriosas por las que Dios, en su
designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen.
Estas razones se refieren tanto a la persona y a la misión
redentora de Cristo como a la aceptación por María de esta misión
para con los hombres.
|N503 La virginidad de María manifiesta la iniciativa
absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más
que a Dios (cf Lc 2 18-49). "La naturaleza humana que ha tomado
no le ha alejado jamás de su Padre...; consubstancial con su
Padre en la divinidad, consubstancial con su Madre en nuestra
humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas"
(C. Friul en el año 796: DS 619).
|N504 Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el
seno de la virgen Mana porque él es el Nuevo Adán (cf 1 Co 15,
45) que inaugura nueva creación: "El primer hombre, salido de la
tierra, es terreno; el segundo viene del cielo" ( 1 Co 15, 47).
La humanidad de Cristo, desde su concepción, está llena del
Espíritu Santo porque Dios "le da el Espíritu in medida" (Jn 3,
34). De "su plenitud", cabeza de la humanidad redil ida (cf Col 1
,1 8), "hemos recibido todos gracia por gracia" (Jn 1 ,16).
|N505 Jesús, el nuevo Adán, inaugura por su concepción
virginal el nuevo nacimiento de los hijos de adopción en el
Espíritu Santo por la fe. "¿Cómo será eso?" (Lc 1, 34; cf Jn 3,
9). La participación en la vida divina no nace "de la sangre, ni
de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios" (Jn 1,
13). La acogida de esta vida es virginal porque toda ella es dada
al hombre por el Espíritu. El sentido esponsal de la vocación
humana con relación a Dios (cf 2 Co 11, 2) se lleva a cabo
perfectamente en la maternidad virginal de María.
|N506 María es virgen porque su virginidad es el signo de su
fe "no adulterada por duda alguna" (LO 63) y de su entrega total
a la voluntad de Dios (cf 1 Co 7, 34-35). Su fe es la que le hace
llegar a ser la madre del Salvador: "Beatior est María
percipiendo fidem Christi quam concipiendo carnem Christi" ("Más
bienaventurada es Mana al recibir a Cristo por la fe que al
concebir en su seno la carne de Cristo" (S. Agustín, Virgo. 3).
|N507 María es a la vez virgen y madre porque ella es la
figura y la más perfecta realización de la Iglesia (cf LG 63):
"La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida
con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para
una vida nueva e inmortal a los hitos concebidos por el Espíritu
Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda
íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo" (LO 64).
RESUMEN
|N508 De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen
María para ser la Madre de su Hijo. Ella, "llena de gracia", es
"el fruto excelente de la redención" (SC 103); desde el primer
instante de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha
del pecado original y permaneció pura de todo pecado personal a
lo largo de toda su vida.
|N509 María es verdaderamente "Madre de Dios" porque es la
madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo.
|N510 María "fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen durante
el embarazo, Virgen en el parto, Virgen después del parto, Virgen
siempre" (S. Agustín, se Rm. 186, 1): ella, con todo su ser, es
"la esclava del Señor" (Lc 1, 38).
|N511 La Virgen María "colaboró por su fe y obediencia libres
a la salvación de los hombres" (LO 56). Ella pronunció su "fiat"
"loco totius humanae naturae" ("ocupando el lugar de toda la
naturaleza humana") (Santo Tomás, s. th. 3, 30, 1): Por su
obediencia, ella se convirtió en la nueva Eva, madre de los
vivientes.
Párrafo 3 LOS MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO
|N512 Respecto a la vida de Cristo, el Símbolo de la Fe no
habla más que de los misterios de la Encarnación (concepción y
nacimiento) y de la Pascua (pasión, crucifixión, muerte,
sepultura, descenso a los infiernos, resurrección, ascensión). No
dice nada explícitamente de los misterios de la vida oculta y
pública de Jesús, pero los artículos de la fe referentes a la
Encarnación y a la Pascua de Jesús iluminan toda la vida terrena
de Cristo. "Todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio
hasta el día en que... fue llevado al cielo" (Ch 1, 1-2) hay que
verlo a la luz de los misterios de Navidad y de Pascua.
|N513 La catequesis, según las circunstancias, debe presentar
toda la riqueza de los Misterios de Jesús. Aquí basta indicar
algunos elementos comunes a todos los Misterios de la vida de
Cristo (I), para esbozar a continuación los principales misterios
de la vida oculta (II) y pública (III) de Jesús.
I TODA LA VIDA DE CRISTO ES MISTERIO
|N514 Muchas de las cosas respecto a Jesús que interesan a la
curiosidad humana no figuran en el Evangelio. Casi nada se dice
sobre su vida en Nazaret, e incluso una gran parte de la vida
pública no se narra (cf Jn 20, 30). Lo que se ha escrito en los
evangelios lo ha sido "para que creáis que Jesús es el Cristo, el
Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre" (Jn
20, 31).
|N515 Los evangelios fueron escritos por hombres que
pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe (cf Mc 1,
1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla con otros. Habiendo
conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los
rasgos de su Misterio durante toda su vida terrena. Desde los
panales de su natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre de su Pasión
(cf Mt 27, 48) y el sudario de su Resurrección (cf Jn 20, 7),
todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio. A través de sus
gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que "en él
reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente" (Col 2,
9). Su humanidad aparece así como el "sacramento", es decir, el
signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae
consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al
misterio invisible de su filiación divina y de su misión
redentora.
Los rasgos comunes en los Misterios de Jesús
|N516 Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus
palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera
de ser y de hablar. Jesús puede decir: "Quien me ve a mí, ve al
Padre" (Jn 14, 9), y el Padre: "Este es mi Hijo amado;
escuchadle" (Lc 9, 35). Nuestro Señor, al haberse hecho para
cumplir la voluntad del Padre (cf Hb 10, 5-7), nos "manifestó el
amor que nos tiene" (1 Jn 24,9) con los menores rasgos de sus
misterios.
|N517 Toda la vida de Cristo es Misterio de Redención. La
Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz (cf Ef 1,
7; Col 1, 13-14; 1 P 1, 18-19), pero este misterio está actuando
en toda la vida de Cristo: ya en su Encarnación porque haciéndose
pobre nos enriquece con su pobreza (cf 2 Co 8, 9); en su vida
oculta donde repara nuestra insumisión mediante su sometimiento
(cf Lc 2, 51); en su palabra que purifica a sus oyentes (cf Jn
15, 3); en sus curaciones y en sus exorcismos, por las cuales "él
tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades" (Mt 8,
17; cf Is 53, 4); en su Resurrección, por medio de la cual nos
justifica (cf Rm 4, 25).
|N518 Toda la vida de Cristo es Misterio de Recapitulación.
Todo lo que Jesús hizo, dijo y sufrió, tuvo como finalidad
restablecer al hombre caído en su vocación primera:
Cuando se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí
mismo la larga historia de la humanidad procurándonos en su
propia historia la salvación de todos, de suerte que lo que
perdimos en Adán, es decir, el ser imagen y semejanza de Dios, lo
recuperamos en Cristo Jesús (S. Ireneo, hacer. 3, 18, 1). Por lo
demás, ésta es la razón por la cual Cristo ha vivido todas las
edades de la vida humana, devolviendo así a todos los hombres la
comunión con Dios (ibíd. 3,18, 7; cf 2, 22, 4).
Nuestra comunión en los Misterios de Jesús
|N519 Toda la riqueza de Cristo "es para todo hombre y
constituye el bien de cada uno" (RH Lía). Cristo no vivió su vida
para sí mismo, sino para nosotros, desde su Encarnación "por
nosotros los hombres y por nuestra salvación" hasta su muerte
"por nuestros pecados" (1 Co 15, 3) y en su Resurrección para
nuestra justificación (Rm 4, 25). Todavía ahora, es "nuestro
abogado cerca del Padre" (1 Jn 2, 1), "estando siempre vivo para
interceder en nuestro favor" (Hb 7, 25). Con todo lo que vivió y
sufrió por nosotros de una vez por todas, permanece presente para
siempre "ante el acatamiento de Dios en favor nuestro" (Hb 9,
24).
|N520 Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo (cf
Rm 15, 5; Flp 2, 5): El es el "hombre perfecto" (GS 38) que nos
invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento,
nos ha dado un ejemplo que imitar (cf Jn 13, 15); con su oración
atrae a la oración (cf Lc 11, 1); con su pobreza, llama a aceptar
libre
mente la privación y las persecuciones (cf Mt 5, 11- 12).
|N521 Todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en El
y que El lo viva en nosotros. "El Hijo de Dios con su encarnación
se ha unido en cierto modo con todo hombre" (GS 22, 2). Estamos
llamados a no ser más que una sola cosa con El; nos hace comulgar
en cuanto miembros de su Cuerpo en lo que El vivió en su carne
por nosotros y como modelo nuestro:
Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y
Misterios de Jesús, y pedirle con frecuencia que los realice y
lleve a plenitud en nosotros y en toda su Iglesia... Porque el
Hijo de Dios tiene el designio de hacer participar y de extender
y continuar sus Misterios en nosotros y en toda su Iglesia por
las gracias que El quiere comunicarnos y por los efectos que
quiere obrar en nosotros gracias a estos Misterios. Y por este
medio quiere cumplirlos en nosotros (S. Juan Eudes, regn.)
II LOS MISTERIOS DE LA INFANCIA Y DE LA VIDA OCULTA DE JESUS
Los preparativos
|N522 La venida del Hijo de Dios a la tierra es un
acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante
siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la "Primera
Alianza" (Hb 9, 15) todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia
esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel.
Además, despierta en el corazón de los paganos una espera, aún
confusa, de esta venida.
|N523 San Juan Bautista es el precursor (cf Ch 13, 24)
inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino (cf Mt 3,
3). "Profeta del Altísimo" (Lc 1, 76), sobrepasa a todos los
profetas (cf Lc 7, 26), de los que es el último (cf Mt 11, 13), e
inaugura el Evangelio (cf Ch 1, 22; Lc 16, 16); desde el seno de
su madre (cf Lc 1, 41) saluda la venida de Cristo y encuentra su
alegría en ser "el amigo del esposo" (Jn 3, 29) a quien señala
como "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1,
29). Precediendo a Jesús "con el espíritu y el poder de Elías"
(Lc 1, 17), da testimonio de él mediante su predicación, su
bautismo de conversión y finalmente con su martirio (cf Mc 6,
17-29).
|N524 Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la
Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la
larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles
renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida (cf Ap 22, 17).
Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia
se une al deseo de éste: "Es preciso que él crezca y que yo
disminuya" (Jn 3, 30).
El Misterio de Navidad
|N525 Jesús nació en la humildad de un establo, de una
familia pobre (cf Lc 2, 6-7); unos sencillos pastores son los
primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se
manifiesta la gloria del cielo (cf Lc 2, 8-20). La Iglesia no se
cansa de cantar la gloria de esta noche:
La Virgen da hoy a luz al Eterno
Y la tierra ofrece una gruta al Inaccesible.
Los ángeles y los pastores le alaban
Y los magos avanzan con la estrella.
Porque Tú has nacido para nosotros,
Niño pequeño, ¡Dios eterno!
(Kontakion, de Romanos el Melódico)
|N526 "Hacerse niño" con relación a Dios es la condición para
entrar en el Reino (cf Mt 18, 3-4); para eso es necesario
abajarse (cf Mt 23,12), hacerse pequeño; más todavía: es
necesario "nacer de lo alto" (Jn 3 7), "nacer de Dios" (Jn 1,13)
para "hacerse hijos de Dios" (Jn 1, 12). El Misterio de Navidad
se realiza en nosotros cuando Cristo "toma forma" en nosotros (Ga
4, 19). Navidad es el Misterio de este "admirable intercambio":
O admirable commercium! El Creador del género humano,
tomando cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin
concurso de varón, nos da parte en su divinidad (LO, antífona de
la octava de Navidad).
Los Misterios de la infancia de Jesús
|N527 La Circuncisión de Jesús, al octavo día de su
nacimiento (cf Lc 2, 21), es señal de su inserción en la
descendencia de Abraham, en el pueblo de la Alianza, de su
sometimiento a la Ley (cf Ga 4, 4) y de su consagración al culto
de Israel en el que participará durante toda su vida. Este signo
prefigura "la circuncisión en Cristo" que es el Bautismo (Col 2,
11-13).
|N528 La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de
Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de
Jesús en el Jordán y las bodas de Caná (cf LH, Antífona del
Magníficat de las segundas vísperas de Epifanía), la Epifanía
celebra la adoración de Jesús por unos "magos" venidos de Oriente
(Mt 2, 1). En estos "magos", representantes de religiones paganas
de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones
que acogen por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La
llegada de los magos a Jerusalén para "rendir homenaje al rey de
los judíos" (Mt 2, 2) muestra que buscan en Israel, a la luz
mesiánica de la estrella de David (cf Nm 24, 17; Ap 22, 16), al
que será el rey de las naciones (cf Nm 24, 17-19). Su venida
significa que los gentiles no queden descubrir a Jesús y adorarle
como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia los
judíos (cf Jn 4, 22) y recibiendo de ellos su promesa mesiánica
tal como está contenida en el antiguo Testamento (cf Mt 2, 4-6).
La Epifanía manifiesta que "la multitud de los gentiles entra en
la familia de los patriarcas" (S. León Magno, se Rm. 23 ) y
adquiere la "israelítica dignitas" (Mí, Vigilia pascual 26:
oración después de la tercera lectura).
|N529 La Presentación de Jesús en el Templo (cf Lc 2, 22-39)
lo muestra como el Primogénito que pertenece al Señor (cf Ex 13
2.12-13) Con Simeón y Ana toda la expectación de Israel es la que
viene al Encuentro de su Salvador (la tradición bizantina llama
así a este acontecimiento). Jesús es reconocido como el Mesías
tan esperado, "luz de las naciones" y "gloria de Israel", pero
también "signo de contradicción". La espada de dolor predicha a
María anuncia otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz que
dará la salvación que Dios ha preparado "ante todos los pueblos".
|N530 La Huida a Egipto y la matanza de los inocentes (cf Mt 2,
13-.8) manifiestan la oposición de las tinieblas a la luz: "Vino
a su Casó, y los suyos no lo recibieron" (Jn 1, 11). Toda la vida
de Cristo estará bajo el signo de la persecución. Los suyos la
comparten con el (cf Jn 15, 20). Su vuelta de Egipto (cf Mt 2,
15) recuerda el éxodo (cf Os 11, 1) y presenta a Jesús como el
liberador definitivo.
Los Misterios de la vida oculta de Jesús
|N531 Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la
condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida
cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual, vida
religiosa judía sometida a la ley de Dios (cf Ga 4, 4), vida en
la comunidad. De todo este período se nos dice que Jesús estaba
"sometido" a sus paules y que "progresaba en sabiduría, en
estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (Lc 2, 51-52).
|N532 Con la sumisión a su madre, y a su padre legal, Jesús
cumple con perfección el cuarto mandamiento. Es la imagen
temporal de su obediencia filial a su Padre celestial. La
sumisión cotidiana de Jesús a José y a María anunciaba y
anticipaba la sumisión del Jueves Santo: ' No se haga mi
voluntad..." (Lc 22, 42). La obediencia de Cristo en lo cotidiano
de la vida oculta inauguraba ya la obra de restauración de lo que
la desobediencia de Adán hacia despido (cf Rm 5, 19).
|N533 La vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en
comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la
vida E humana:
Nazaret es la escuela donde se comienza a entender la
vida de Jesús: la escuela del Evangelio... Una lección de
silencio ante todo. Que nazca en nosotros la estima del silencio,
esta condición del espíritu admirable e inestimable... Una
lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe lo que es la
familia, su comunión de ardor, su austera y sencilla belleza, su
carácter sagrado e inviolable... Una lección de trabajo. Nazaret,
oh casa del "Hijo del Carpintero", aquí es donde querríamos
comprender y celebrar la ley severa y redentora del trabajo
humano...; cómo querríamos, en fin, saludar aquí a todos los
trabajadores del mundo entero y enseñarles su gran modelo, su
hermano divino (Pablo VI, discurso 5 enero 1964 en Nazaret).
|N534 El hallazgo de Jesús en el Templo (cf Lc 2, 41-52) es
el único suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los
años ocultos de Jesús. Jesús deja entrever en ello el misterio de
su consagración total a una misión derivada de su filiación
divina:
"¿No sabíais que me debo a los asuntos de mi Padre?" María y José
"no comprendieron" esta palabra, pero la acogieron en la fe, y
María "conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón",
a lo largo de todos los años en que Jesús permaneció oculto en el
silencio de una vida ordinaria.
III LOS MISTERIOS DE LA VIDA PUBLICA DE JESUS
El Bautismo de Jesús
|N535 El comienzo (cf Lc 3, 23) de la vida pública de Jesús
es su bautismo por Juan en el Jordán (cf Hech 1, 22). Juan
proclamaba "un bautismo de conversión para el perdón de los
pecados" (Lc 3, 3). Una multitud de pecadores, publicanos y
soldados (cf Lc 3,10-14), fariseos y saduceos (cf Mt 3, 7) y
prostitutas (cf Mt 21, 32) viene a hacerse bautizar por él.
"Entonces aparece Jesús". El Bautista duda. Jesús insiste y
recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo, en forma de
paloma, viene sobre Jesús, y la voz del cielo proclama que él es
"mi Hijo amado" (Mt 3,13-17). Es la manifestación ("Epifanía") de
Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.
|N536 El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y
la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar
entre los pecadores (cf Is 53, 12); es ya "el Cordero de Dios que
quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29); anticipa ya el "bautismo"
de su muerte sangrienta (cf Mc 10, 38; Lc 12, 50). Viene ya a
"cumplir toda justicia" (Mt 3, 15), es decir, se somete
enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el
bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados (cf Mt
26, 39). A esta aceptación responde la voz del Padre que pone
toda su complacencia en su Hijo (cf Lc 3, 22; IS 42, 1). El
Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a
"posarse" sobre él (Jn 1,32-33; cf Is 11, 2). De él manará este
Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, "se abrieron los
cielos" (Mt 3, 16) que el pecado de Adán había cerrado; y las
aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu
como preludio de la nueva creación.
|N537 Por el bautismo, el cristiano se asimila
sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y
su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento
humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para
subir con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse,
en el Hijo, en hijo amado del Padre y "vivir una vida nueva" (Rm
6, 4):
Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar
con él; descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendidos
con él para ser glorificados con él (S. Gregorio Nacianc. Or. 40,
9)
Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después
del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros
desde lo alto del cielo y que, adoptados por la Voz del Padre
llegamos a ser hijos de Dios (S. Hila no, Mató. 2).
Las Tentaciones de Jesús
|N538 Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús
en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan:
"Impulsado por el Espíritu" al desierto, Jesús permanece allí sin
comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los
ángeles le servían (cf Mc 1~12-13). Al final de este tiempo,
Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su
actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que
recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel
en el desierto, y el diablo se aleja de él "hasta el tiempo
determinado" (Lc 4, 13).
|N539 Los evangelistas indican el sentido salvífico de este
acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció
fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación, Jesús cumplió
perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que
anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el
desierto (cf Sal 95, 10), Cristo se revela como el Siervo de Dios
totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es
vencedor del diablo. él ha "atado al hombre fuerte" para
despojarle de lo que se había apropiado (Mc 3, 27). La victoria
de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la
victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al
Padre.
|N540 La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de
ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone
Satanás y a la que los hombres (cf Mt 16, 21-23) le quieren
atribuir. Es por eso por lo que Cristo venció al Tentador a favor
nuestro: "Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda
compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual
que nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4, 15). La Iglesia se une
todos los años, durante los cuarenta días de cuaresma, al
Misterio de Jesús en el desierto.
"El Reino de Dios está cerca"
|N541 "Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y
proclamaba la Buena Nueva de Dios: 'El tiempo se ha cumplido y el
Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva"'
(Mc 1, 15). "Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre,
inauguró en la tierra el Reino de los cielos" (LO 3). Pues bien,
la voluntad del Padre es "elevar a los hombres a la participación
de la vida divina" (LO 2). Lo hace reuniendo a los hombres en
tomo a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es
sobre la tierra "el germen y el comienzo de este Reino" (LO 5).
|N542 Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los
hombres como "familia de Dios". Los convoca en torno a él por su
palabra, por sus señales que manifiestan el Reino de Dios, por el
envío de sus discípulos. Sobre todo, él realizará la venida de su
Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la
Cruz y su Resurrección. "Cuando yo sea levantado de la tierra,
atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). A esta unión con Cristo
están llamados todos los hombres (cf LG 3).
El anuncio del Reino de Dios
|N543 Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino.
Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (cf Mt 10, 5-7),
este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de
todas las naciones (cf Mt 8, 11; 28, 19). Para entrar en él, es
necesario acoger la palabra de Jesús:
La Palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en
el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de
Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma,
germina y crece hasta el tiempo de la siega (LO 5).
|N544 El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es
decir a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue
enviado para "anunciar la Buena Nueva a los pobres" (Lc 4, 18; cf
7, 22). Los declara bienaventurados porque de "ellos es el Reino
de los cielos" (Mt 5, 3); a los "pequeños" es a quienes el Padre
se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y
prudentes (cf Mt 11, 25). Jesús, desde el pesebre hasta la cruz
comparte la vida de los pobres; conoce el hambre (cf Mc 2, 23-26;
Mt 21, 18), la sed (cf Jn 4, 6-7; 19, 28) y la privación (cf Lc
9, 58). Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y
hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su
Reino (cf Mt 25, 31-46).
|N545 Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: "No
he venido a llamar a justos sino a pecadores" (Mc 2, 17; cf 1 Tm
1, 15). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede
entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la
misericordia sin límites de su Padre hacia ellos (cf Lc 15,
11-32) y la inmensa "alegría en el cielo por un solo pecador que
se convierta" (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el
sacrificio de su propia vida "para remisión de los pecados" (Mt
26, 28).
|N546 Jesús llama a entrar en el Reino a través de las
parábolas, rasgo típico de su enseñanza (cf Mc 4, 33-34). Por
medio de ellas invita al banquete del Reino (cf Mt 22, 1-14),
pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino,
es necesario darlo todo (cf Mt 13, 44-45); las palabras no
bastan, hacen falta obras (cf Mt 21, 28-32). Las parábolas son
como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo
duro o como una buena tierra (cf Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los
talentos recibidos (cf Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del
Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las
parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse
discípulo de Cristo para "conocer los Misterios del Reino de los
cielos" (Mt 13, 11). Para los que están "fuera" (Mc 4, 11), la
enseñanza de las parábolas es algo enigmático (cf Mt 13, 10- 15).
Los signos del Reino de Dios
|N547 Jesús acompaña sus palabras con numerosos "milagros,
prodigios y signos" (Ch 2, 22) que manifiestan que el Reino está
presente en El. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado
(cf, Lc 7, 18-23).
|N548 Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el
Padre le ha enviado (cf Jn 5, 36; 10, 25). Invitan a creer en
Jesús (cf Jn 10, 38). Concede lo que le piden a los que acuden a
él con fe (cf Mc 5, 25-34; 10, 52). Por tanto, los milagros
fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas
testimonian que él es Hijo de Dios (cf Jn 10, 31-38). Pero
también pueden ser "ocasión de escándalo" (Mt 11, 6). No
pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar
de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (cf Jn
11, 47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios
(cf Mc 3, 22).
|N549 Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del
hambre (cf Jn 6, 5-15), de la injusticia (cf Lc 19, 8), de la
enfermedad y de la muerte (cf Mt 11, 5), Jesús realizó unos
signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los
males aquí abajo (cf Lc 12, 13. 14; Jn 18, 36), sino a liberar a
los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado (cf Jn 8,
34-36), que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y
causa de todas sus servidumbres humanas.
|N550 La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de
Satanás (cf Mt 12, 26): "Pero si por el Espíritu de Dios expulso
yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios"
(Mt 12, 28). Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del
dominio de los demonios (cf Lc 8, 26-39). Anticipan la gran
victoria de Jesús sobre "el príncipe de este mundo" (Jn 12, 31).
Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino
de Dios: "Regnavit a Lino Des" ("Dios reinó desde el madero de la
Cruz", himno "Vexilla Regis).
"Las llaves del Reino"
|N551 Desde el comienzo de su vida pública Jesús eligió unos
hombres en número de doce para estar con El y participar en su
misión (cf Mc 3, 13-19); les hizo partícipes de su autoridad "y
los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar" (Lc 9, 2).
Ellos permanecen para siempre asociados al Reino de Cristo porque
por medio de ellos dirige su Iglesia:
Yo, por mi parte, dispongo el Reino para vosotros, como mi
Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en
mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus
de Israel (Lc 22, 29-30).
|N552 En el colegio de los doce Simón Pedro ocupa el primer
lugar (cf Mc 3, 16; 9, 2; LC 24, 34; 1 Co 15, S). Jesús le confía
una visión única. Gracias a una revelación del Padre, Pedro había
confesado: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Entonces
Nuestro Señor le declaró: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán
contra ella" (Mt 16, 18). Cristo, "Piedra viva" (1 P 2, 4),
asegura a su Iglesia, edificada sobre Pedro, la victoria sobre
los poderes de la muerte. Pedro a causa de la fe confesada por
él, será la roca inquebrantable de la Iglesia. Tendrá la misión
de custodiar esta fe ante todo desfallecimiento y de confirmar en
ella a sus hermanos (cf Lc 22, 32).
|N553 Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: "A
ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en
la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la
tierra quedará desatado en los cielos" (Mt 16, 19). El poder de
las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios,
que es la Iglesia. Jesús, "el Buen Pastor" (Jn 10, 11 ) confirmó
este encargo después de su resurrección: "Apacienta mis ovejas"
(Jn 21, 15-17). El poder de "atar y desatar" significa la
autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias
doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús
confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los
apóstoles (cf Mt 18, 18) y particularmente por el de Pedro, el
único a quien El confió explícitamente las llaves del Reino.
Una visión anticipada del Reino: La transfiguración.
|N554 A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el
Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro "comenzó a mostrar a sus
discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir... y ser
condenado a muerte y resucitar al tercer día" (Mt 16, 21): Pedro
rechazó este anuncio (cf Mt 16, 22-23), los otros no lo
comprendieron mejor (cf Mt 17, 23; Lc 9, 45). En este contexto se
sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús (cf
Mt 17,1-8 par.: 2 P 1,16-18), sobre una montaña, ante tres
testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los
vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y
Elías aparecieron y le "hablaban de su partida, que estaba para
cumplirse en Jerusalén" (Lc 9, 31). Una nube les cubrió y se oyó
una voz desde el cielo que decía: "Este es mi Hijo, mi elegido;
escuchadle" (Lc 9, 35).
|N555 Por un instante, Jesús muestra su gloria divina,
confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para
"entrar en su gloria" (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz
en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la
Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos
del Mesías (cf Lc 24, 27). La Pasión de Jesús es la voluntad por
excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios (cf Is
42, 1). La nube indica la presencia del Espíritu Santo: "Tota
Trinitas apparuit: Pater in voce; Filius in homine, Spiritus in
nube clara" ("Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el
Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa", Santo Tomás,
s. th. 3, 45, 4, ad 2).
Tú te has transfigurado en la montaña, y, en la medida
en que ellos eran capaces, tus discípulos han contemplado tu
Gloria, oh Cristo Dios, a fin de que cuando te vieran crucificado
comprendiesen que tu Pasión era voluntaria y anunciasen al mundo
que Tú eres verdaderamente la irradiación del Padre (Liturgia
bizantina, Kontakion de la Fiesta de la Transfiguración).
|N556 En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo;
en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el Bautismo de Jesús
"fue manifestado el misterio de la primera regeneración": nuestro
bautismo; la Transfiguración "es el sacramento de la segunda
regeneración": nuestra propia resurrección (Santo Tomás, s. th.
3, 45, 4, ad 2). Desde ahora nosotros participamos en la
Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los
sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos concede
una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo "el cual
transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso
como el suyo" (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que "es
necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el
Reino de Dios" (Ch 14, 22):
Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con
Cristo en la montaña (cf Lc 9, 33). Te ha reservado eso, oh
Pedro, para después de la muerte. Pero ahora, él mismo dice:
Desciende para penar en la tierra, para servir en la tierra, para
ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende
para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino
desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir
la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir? (S. Agustín, se Rm. 78,
6).
La subida de Jesús a Jerusalén
|N557 "Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se
afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén" (Lc 9, 51; cf Jn 13, 1).
Por esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a
morir. En tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y
de su Resurrección (cf Mc 8, 31-33; 9, 31-32; 10, 32-34). Al
dirigirse a Jerusalén dice: "No cabe que un profeta perezca fuera
de Jerusalén" (Lc 13, 33).
|N558 Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían
sido muertos en Jerusalén (cf Mt 23, 37a). Sin embargo, persiste
en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a él: "¡Cuántas veces
he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus
pollos bajo las alas y no habéis querido!" (Mt 23, 37b). Cuando
está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella y expresa una vez
más el deseo de su corazón:" ¡Si también tú conocieras en este
día el mensaje de paz! pero ahora está oculto a tus ojos" (Lc 19,
41-42).
La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén
|N559 ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó
siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf Jn 6, 15),
pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada
mesiánica en la ciudad de "David, su padre" (Lc 1,32; cf Mt 21,
1-11). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación
("Hosanna" quiere decir "¡sálvanos!", "¡Danos la salvación!").
Pues bien, el "Rey de la Gloria" (Sal 24, 7-10) entra en su
ciudad "montado en un asno" (Za 9, 9): no conquista a la hija de
Simón, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la
violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad
(cf Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día
fueron los niños (cf Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los "pobres de
Dios", que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los
pastores (cf Lc 19, 38; 2, 14). Su aclamación, "Bendito el que
viene en el nombre del Señor" (Sal 118, 26), ha sido recogida por
la Iglesia en el "Sanctus" de la liturgia eucarística para
introducir al memorial de la Pascua del Señor.
|N560 La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida
del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de
su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el domingo de
Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.
RESUMEN
|N561 "La vida entera de Cristo fue una continua enseñanza:
su silencio, sus milagros, sus gestos, su oración, su amor al
hombre, su predilección por los pequeños y los pobres, la
aceptación total del sacrificio en la cruz por la salvación del
mundo, su resurrección, son la actuación de su palabra y el
cumplimiento de la revelación " (C 9).
|N562 Los discípulos de Cristo deben asemejarse a él hasta
que él crezca y se forme en ellos (cf Ga 4, 19). "Por eso somos
integrados en los misterios de su vida: con él estamos
identificados, muertos y resucitados hasta que reinemos con él"
(LO 7).
|N563 Pastor o mago, nadie puede alcanzar a Dios aquí abajo
sino arrodillándose ante el pesebre de Belén y adorando a Dios
escondido en la debilidad de un niño.
|N564 Por su sumisión a María y a José, así como por su
humilde trabajo durante largos años en Nazaret, Jesús nos da el
ejemplo de la santidad en la vida cotidiana de la familia y del
trabajo.
|N565 Desde el comienzo de su vida pública, en su bautismo,
Jesús es el "Siervo" enteramente consagrado a la obra redentora
que llevará a cabo en el "bautismo" de su pasión.
|N566 La tentación en el desierto muestra a Jesús, humilde
Mesías que triunfa de Satanás mediante su total adhesión al
designio de salvación querido por el Padre.
|N567 El Reino de los cielos ha sido inaugurado en la tierra
por Cristo. "Se manifiesta a los hombres en las palabras, en las
obras y en la presencia de Cristo" (LO 5). La Iglesia es el
germen y el comienzo de este Reino. Sus llaves son confiadas a
Pedro.
|N568 La Transó duración de Cristo tiene por finalidad
fortalecer la fe de los apóstoles ante la proximidad de la
Pasión: la subida a un "monte alto" prepara la subida al
Calvario. Cristo, Cabeza de la Iglesia, manifiesta lo que su
cuerpo contiene e irradia en los sacramentos: "la esperanza de la
gloria" (Col 1, 27) (cf S. León Magno, se Rm. 51, 3).
|N569 Jesús ha subido voluntariamente a Jerusalén sabiendo
perfectamente que allí moriría de muerte violenta a causa de la
contradicción de los pecadores (cf Hb 12, 3).
|N570 La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida
del Reino que el Rey-Mesías, recibido en su ciudad por los niños
y por los humildes de corazón, va a llevar a cabo por la Pascua
de su Muerte y de su Resurrección.
Artículo 4 "JESUCRISTO PADECIO BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO"
|N571 El Misterio pascual de la Cruz y de la Resurrección de
Cristo está en el centro de la Buena Nueva que los apóstoles, y
la
Iglesia a continuación de ellos, deben anunciar al mundo. El
designio salvador de Dios se ha cumplido de "una vez por todas"
(Hb 9 26) por la muerte redentora de su Hijo Jesucristo.
|N572 La Iglesia permanece fiel a "la interpretación de todas
las Escrituras" dada por Jesús mismo, tanto antes como después de
su Pascua: "¿No era necesario que Cristo padeciera eso y entrara
así en su gloria?" (Lc 24, 26-27.44-45). Los padecimientos de
Jesús han tomado una forma histórica concreta por el hecho de
haber sido "reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y
los escribas" (Mc 8, 31), que lo "entregaron a los gentiles, para
burlarse de él, azotarle y crucificarle" (Mt 20,19).
|N573 Por lo tanto, la fe puede escrutar las circunstancias
de la muerte de Jesús, que han sido transmitidas fielmente por
los Evangelios (cf DV 19) e iluminadas por otras fuentes
históricas, a fin de comprender mejor el sentido de la Redención.
Párrafo I JESUS E ISRAEL
|N574 Desde los comienzos del ministerio público de Jesús,
fariseos y partidarios de Herodes, junto con sacerdotes y
escribas, se pusieron de acuerdo para perderle (cf Mc 3, 6). Por
algunas de sus obras (expulsión de demonios, cf Mt 12, 24; perdón
de los pecados, cf Mc 2, 7; curaciones en sábado, cf Mc 3, 1-6;
interpretación original de los preceptos de pureza de la Ley, cf
Mc 7, 14-23; familiaridad con los publicanos y los pecadores
públicos, cf Mc 2 14-17), Jesús apareció a algunos
malintencionados sospechoso de posesión diabólica (cf Mc 3, 22;
Jn 8, 48; 10, 20). Se le acusa de blasfemo (cf Mc 2, 7; Jn 5, 18;
10, 33) y de falso profetismo (cf Jn 7, 12; 7, 52), crímenes
religiosos que la Ley castigaba con pena de muerte a pedradas (cf
Jn 8, 59; 10, 31).
|N575 Muchas de las obras y de las palabras de Jesús han
sido, pues un "signo de contradicción" (Lc 2, 34) para las
autoridades religiosas de Jerusalén, aquél las a las que el
evangelio de S. Juan denomina con frecuencia "los judíos" (cf Jn
1, 19; 2, 18; 5,10; 7, 13; 9, 22; 18, 12; 19, 38; 20, 19), más
incluso que a la generalidad del pueblo de Dios (cf Jn 7, 48-49).
Ciertamente, sus relaciones con los fariseos no fueron solamente
polémicas. Fueron unos fariseos los que le previnieron del
peligro que corría (cf Lc 13, 31). Jesús alaba a alguno de ellos
como al escriba de Mc 12, 34 y come varias veces en casa de
fariseos (cf Lc 7, 36; 14, 1). Jesús confirma doctrinas
sostenidas por esta Elide religiosa del pueblo de Dios: la
resurrección de los muertos (cf Mt 22, 23-34; Lc 20, 39), las
formas de piedad (limosna, ayuno y oración, cf Mt 6, 18) y la
costumbre de dirigirse a Dios como Padre, carácter central del
mandamiento del amor a Dios y al prójimo (cf Mc 12, 28-34).
|N576 A los ojos de muchos en Israel, Jesús parece actuar
contra las instituciones esenciales del Pueblo elegido:
- Contra el sometimiento a la Ley en la integridad de sus
preceptos escritos, y, para los fariseos, su interpretación por
la tradición oral.
- Contra el carácter central del Templo de Jerusalén como lugar
santo donde Dios habita de una manera privilegiada.
- Contra la fe en el Dios único, cuya gloria ningún hombre puede
compartir.
I JESUS Y LA LEY
|N577 Al comienzo del Sermón de la Montaña, Jesús hace una
advertencia solemne presentando la Ley dada por Dios en el Sinaí
con ocasión de la Primera Alianza, a la luz de la gracia de la
Nueva Alianza:
"No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he
venido a abolir sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el
cielo y la tierra pasarán antes que pase una 'i' o un ápice de la
Ley sin que todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante
uno de estos mandamientos menores, y así lo enseñe a los hombres,
será el menor en el Reino de los cielos; en cambio el que los
observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los cielos"
(Mt 5,17-19).
|N578 Jesús, el Mesías de Israel, por lo tanto el más grande
en el Reino de los cielos, se debía sujetar a la Ley cumpliéndola
en su totalidad hasta en sus menores preceptos, según sus propias
palabras. Incluso es el único en poderlo hacer perfectamente (cf
Jn 8, 46). Los judíos, según su propia confesión, jamás han
podido cumplir la Ley en su totalidad, sin violar el menor de sus
preceptos (cf Jn, 19;Hech 13,38-41; 15,10).Por eso en cada fiesta
anual de la Expiación, los hijos de Israel piden perdón a Dios
por sus transgresiones de la Ley. En efecto, la Ley constituye un
todo y, como recuerda Santiago, "quien observa toda la Ley, pero
falta en un solo precepto, se hace reo de todos" (S 2, 10; cf Ga
3, 10; 5, 3).
|N579 Este principio de integridad en la observancia de la
Ley, no sólo en su letra sino también en su espíritu, era
apreciado por los fariseos. Al subrayarlo para Israel, muchos
judíos del tiempo de Jesús fueron conducidos a un celo religioso
extremo (cf Rm 10, 2), el cual, si no quería convertirse en una
casuística ~hipócrita" (cf Mt 15, 3-7; Lc 11, 39-54) no podía más
que preparar al pueblo a esta intervención inaudita de Dios que
será la ejecución perfecta de la Ley por el único Justo en lugar
de todos los pecadores (cf Is 53,11; Hb 9,15).
|N580 El cumplimiento perfecto de la Ley no podía ser sino
obra del divino Legislador que nació sometido a la Ley en la
persona del Hijo (cf Ga 4, 4). En Jesús la Ley ya no aparece
grabada en tablas de piedra sino "en el fondo del corazón" (Jo
31, 33) del Siervo, quien, por "aportar fielmente el derecho" (Is
42, 3), se ha convertido en "la Alianza del pueblo" (Is 42, 6).
Jesús cumplió la Ley hasta tomar sobre sí mismo "la maldición de
la Ley" (Ga 3, 13) en la que habían incurrido los que no
"practican todos los preceptos de la Ley" (Ga 3, 10) porque, ha
intervenido su muerte para remisión de las transgresiones de la
Primera Alianza" (Hb 9, 15).
|N581 Jesús fue considerado por los judíos y sus jefes
espirituales como un "rabbi" (cf Jn 11, 28; 3, 2; Mt 22,
23-24-34-36). Con frecuencia argumentó en el marco de la
interpretación rabínica de la Ley (cf Mt 12 5; 9, 12; Mc 2,
23-27; Lc 6, 6-9; Jn 7, 22-23). Pero al mismo tiempo, Jesús no
podía menos que chocar con los doctores de la Ley porque no se
contentaba con proponer su interpretación entre los suyos, sino
que "enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas"
(Mt 7, 28-29). La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí
para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en El se hace oír de
nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas (cf Mt 5, 1). Esa
palabra no revoca la Ley sino que la perfecciona aportando de
modo divino su interpretación definitiva: "Habéis oído también
que se dijo a los antepasados... pero yo os digo" (Mt 5 33-34).
Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas "tradiciones
humanas" (Mc 7, 8) de los fariseos que "anulan la Palabra de
Dios" (Mc 7,13).
|N582 Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la
pureza de los alimentos, tan importante en la vida cotidiana
judía, manifestando su sentido "pedagógico" (cf Ga 3, 24) por
medio de una interpretación divina: "Todo lo que de fuera entra
en el hombre no puede hacerle impuro... -así declaraba puros
todos los alimentos- ... Lo que sale del hombre, eso es lo que
hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los
hombres, salen las intenciones malas" (Mc 7, 18-21). Jesús al dar
con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se
vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no recibían su
interpretación a pesar de estar garantizada por los signos
divinos con que la acompañaba (cf Jn S 36; 10, 25. 37-38; 12,
37). Esto ocurre, en particular, respecto al problema del sábado:
Jesús recuerda, frecuentemente con argumentos rabínicos (cf Mt 2,
25-27; Jn 7, 22-24), que el descanso del sábado no se quebranta
por el servicio de Dios (cf Mt 12, 5; Nm 28, 9) o al prójimo (cf
Lc 13 15-16; 14, 3-4) que realizan sus curaciones.
II JESUS Y EL TEMPLO
|N583 Como los profetas anteriores a El, Jesús profesó el más
profundo respeto al Templo de Jerusalén. Fue presentado en él por
José y María cuarenta días después de su nacimiento (cf Lc. 2,
22-39). A la edad de doce años, decidió quedarse en el Templo
para recordar a sus padres que se debía a los asuntos de su Padre
(cf Lc 2 46-49). Durante su vida oculta, subió allí todos los
años al menos con ocasión de la Pascua (cf Lc 2, 41); su
ministerio público estuvo jalonado por sus peregrinaciones a
Jerusalén con motivo de las grandes fiestas judías (cf Jn 2,
13-14; 5, 1.14; 7, 1.10.14; 8, 2; 10,22-23).
|N584 Jesús subió al Templo como al lugar privilegiado para
el encuentro con Dios. El Templo era para El la casa de su Padre,
una casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se
haya convertido en un mercado (cf Mt 21, 13). Si expulsa a los
mercaderes del Templo es por celo hacia las cosas de su Padre:
"No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado. Sus
discípulos se acordaron de que estaba escrito: 'El celo por tu
Casa me devorará' (Sal 69, 10)" (Jn 2, 16-17). Después de su
Resurrección, los apóstoles mantuvieron un respeto religioso
hacia el Templo (cf Ch 2, 46; 3, 1;5,20.21).
|N585 Jesús anunció, no obstante, en el umbral de su Pasión,
la ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará piedra
sobre piedra (cf Mt 24, 1-2). Hay aquí un anuncio de una señal de
los últimos tiempos que se van a abrir con su propia Pascua (cf
Mt 24, 3; Lc 13, 35). Pero esta profecía pudo ser deformada por
falsos testigos en su interrogatorio en casa del sumo sacerdote
(cf Mc 14, 57-58) y serle reprochada como injuriosa cuando estaba
clavado en la cruz (cf Mt 27, 39-40).
|N586 Lejos de haber sido hostil al Templo (cf Mt 8, 4; 23,
21; Lc 17, 14; Jn 4, 22) donde expuso lo esencial de su enseñanza
(cf Jn 18, 20), Jesús quiso pagar el impuesto del Templo
asociándose con Pedro (cf Mt 17, 24-27), a quien acababa de poner
como fundamento de su futura Iglesia (cf Mt 16, 18). Aún más, se
identificó con el Templo presentándose como la morada definitiva
de Dios 7' entre los hombres (cf Jn 2, 21; Mt 12, 6). Por eso su
muerte corporal (cf Jn 2, 18-22) anuncia la destrucción del
Templo que señalará la entrada en una nueva edad de la historia
de la salvación:"Llega la hora en que, ni en este monte, ni en
Jerusalén adoraréis al Padre" (Jn 4, 21; cf Jn 4, 23-24; Mt 27,
51; Hb 9, 11; Ap 21, 22).
III JESUS Y LA FE DE ISRAEL EN EL DIOS UNICO Y SALVADOR
|N587 Si la Ley y el Templo pudieron ser ocasión de
"contradicción" (cf Lc 2, 34) entre Jesús y las autoridades
religiosas de Israel, la razón está en que Jesús, para la
redención de los pecados -obra divina por excelencia-, acepta ser
verdadera piedra de escándalo para aquellas autoridades (cf Lc
20, 17-18; Sal 118, 22).
|N588 Jesús escandalizó a los fariseos comiendo con los
publica nos y los pecadores (cf Lc 5, 30) tan familiarmente como
con ellos mismos (cf Lc 7, 36; 11, 37; 14, 1). Contra algunos de
los "que se tenían por justos y despreciaban a los demás" (Lc 18,
9; cf Jn 7 49; 9, 34), Jesús afirmó: "No he venido a llamar a
conversión a justos, sino a pecadores (Lc 5, 32). Fue más lejos
todavía al proclamar frente a los fariseos que, siendo el pecado
una realidad universal (cf Jn 8, 33-36), los que pretenden no
tener necesidad de salvación se ciegan con respecto a sí mismos
(cf Jn 9, 40-41).
|N589 Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su
conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de
Dios mismo con respecto a ellos (cf Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó
incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los
pecadores (cf Lc 15, 12), los admitía al banquete mesiánico (cf
Lc 15, 22-32). Pero es especialmente, al perdonar los pecados,
cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema.
Porque como ellas dicen, justamente asombradas, "¿Quién puede
perdonar los pecados sino sólo Dios?" (Mc 2, 7). Al perdonar los
pecados, o bien Jesús blasfema porque es un hombre que pretende
hacerse igual a Dios (cf Jn 5, 18; 10, 33) o bien dice verdad y
su persona hace presente y revela el Nombre de Dios (cf Jn 17,
6.26).
|N590 Sólo la identidad divina de la persona de Jesús puede
justificar una exigencia tan absoluta como ésta: "El que no está
conmigo está contra mí' (Mt 12, 30); lo mismo cuando dice que él
es "más que Jonás... más que Salomón" (Mt 12, 41-42), "más que el
Templo" (Mt 12, 6); cuando recuerda, refiriéndose a que David
llama al Mesías su Señor (cf Mt 12, 36-37), cuando afirma: "Antes
que naciese Abraham, Yo soy" (Jn 8, 58); e incluso: "El Padre y
yo somos una sola cosa" (Jn 10, 30).
|N591 Jesús pidió a las autoridades religiosas de Jerusalén
creer en El en virtud de las obras de su Padre que el realizaba
(Jn 10, 3~38). Pero tal acto de fe debía pasar por una misteriosa
muerte a sí mismo para un nuevo "nacimiento de lo alto" (Jn 3, 7)
atraído por la gracia divina (cf Jn 6, 44). Tal exigencia de
conversión frente a un cumplimiento tan sorprendente de las
promesas (cf Is 53, 1) permite comprender el trágico desprecio
del Sanedrín al estimar que Jesús merecía la muerte como blasfemo
(cf Mc 3, 6; Mt 26, 64-66). Sus miembros obraban así tanto por
"ignorancia" (cf Lc 23, 34; Ch 3, 17-18) como por el
"endurecimiento" (Mc 3, 5, Rm 11, 25) de la "incredulidad" (Rm
11, 20).
RESUMEN
|N592 Jesús no abolió la Ley del Sinaí, sino que la
perfeccionó (cf Mt 5, 17-19) de tal modo (cf Jn 8, 46) que reveló
su hondo sentido (cf Mt 5, 33) y satisfizo por las transgresiones
contra ella (cf Hb 9,15).
|N593 Jesús veneró el Templo subiendo a él en peregrinación
en las fiestas judías y amó con gran celo esa morada de Dios
entre los hombres. El Templo prefigura su Misterio. Anunciando la
destrucción del Templo anuncia su propia muerte y la entrada en
una nueva edad de la historia de la salvación, donde su cuerpo
será el Templo definitivo.
|N594 Jesús realizó obras como el perdón de los pecados que
lo revelaron como Dios Salvador (cf Jn 5, 16-18). Algunos judíos
que no le reconocían como Dios hecho hombre (cf Jn 1, 14) veían
en él a "un hombre que se hace Dios" (Jn 10, 33), y lo juzgaron
como un blasfemo.
Párrafo 2 JESUS MURIO CRUCIFICADO
I EL PROCESO DE JESUS
Divisiones de las autoridades judías respecto a Jesús
|N595 Entre las autoridades religiosas de Jerusalén, no
solamente el fariseo Nicodemo (cf Jn 7. 50) o el notable José de
Arimatea eran en secreto discípulos de Jesús (cf Jn 19, 38-39),
sino que durante mucho tiempo hubo disensiones a propósito de El
(cf Jn 9, 16-17; 10, 19-21) hasta el punto de que en la misma
víspera de su pasión, S. Juan pudo decir de ellos que 'un buen
número creyó en él", aunque de una manera muy imperfecta (Jn 12,
42). Eso no tiene nada de extraño si se considera que al día
siguiente de Pentecostés ~multitud de sacerdotes iban aceptando
la fe" (Ch 6, 7) y que ~algunos de la secta de los fariseos...
habían abrazado la Fez (Ch 15, 5) hasta el punto de que Santiago
puede decir a S. Pablo que ~miles y miles de judíos han abrazado
la fe, y todos son celosos partidarios de la Leyó' (Ch 21, 20).
|N596 Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron
unánimes en la conducta a seguir respecto de Jesús (cf Jn 9, 16;
10, 19). Los fariseos amenazaron de excomunión a los que le
siguieran (cf Jn 9, 22). A los que temían que ~todos creerían en
él; y vendrían los romanos y destruirían nuestro Lugar Santo y
nuestra nación" (Jn 11, 48), el sumo sacerdote Caifás les propuso
profetizando: "Es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que
perezca toda la nación" (Jn 11, 49-50). El Sanedrín declaró a
Jesús reo de muerte" (Mt 26, 66) como blasfemo, pero, habiendo
perdido el derecho a condenar a muerte a nadie (cf Jn 18, 31),
entregó a Jesús a los romanos acusándole de revuelta política (cf
Lc 23, 2), lo que le pondrá en paralelo con Barrabás acusado de
"sedición" (Lc 23, 19) Son también las amenazas políticas las que
los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste condene a
muerte a Jesús (cf Jn 19, 12.15.21).
Los judíos no son responsables colectivamente de la muerte de
Jesús
|N597 Teniendo en cuenta la complejidad histórica manifestada
en las narraciones evangélicas sobre el proceso de Jesús y sea
cual sea el pecado personal de los protagonistas del proceso
(Judas, el Sanedrín, Pilato), lo cual solo Dios conoce, no se
puede atribuir la responsabilidad del proceso al conjunto de los
judíos de Jerusalén a pesar de los gritos de una muchedumbre
manipulada (cf Mc 15,11 ) y de las acusaciones colectivas
contenidas en las exhortaciones a la conversión después de
Pentecostés (cf Ch 2, 23. 36, 3, 13-14 4, 10; 5, 30; 7, 52; 10,
39; 13, 27-28; 1 Ts 2, 14-15). El mismo Jesús perdonando en la
Cruz (cf Lc 23, 34) y Pedro siguiendo su ejemplo apelan a "la
ignorancia" (Ch 3, 17) de los judíos de Jerusalén e incluso de
sus jefes. Y aún menos, apoyándose en el grito del pueblo: "¡Su
sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" (Mt 27, 25), que
significa una fórmula de ratificación (cf Ch 5 28; 18, 6), se
podría ampliar esta responsabilidad a los restantes judíos en el
espacio y en el tiempo:
Tanto es así que la Iglesia ha declarado en el Concilio
Vaticano II: "Lo que se perpetró en su pasión no puede ser
imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces
ni a los judíos de hoy... No se ha de señalar a los judíos como
reprobados por Dios y malditos como si tal cosa se dedujera de la
Sagrada Escritura" (NA 4).
Todos los pecadores fueron los autores de la Pasión de Cristo
|N598 La Iglesia, en el magisterio de su fe y en el
testimonio de sus santos no ha olvidado jamás que "los pecadores
mismos fueron los autores y como los instrumentos de todas las
penas que soportó el divino Redentor" (Catech. R. I, 5, 11; cf Hb
12, 3). Teniendo en cuenta que nuestros pecados alcanzan a Cristo
mismo (cf Mt 25 45; Ch 9, 4-5), la Iglesia no duda en imputar a
los cristianos la responsabilidad más grave en el suplicio de
Jesús, responsabilidad con la que ellos, con demasiada
frecuencia, han abrumado únicamente a los judíos:
Debemos considerar como culpables de esta horrible
falta a los que continúan recayendo en sus pecados. Ya que son
nuez tras malas acciones las que han hecho sufrir a Nuestro
Señor Jesucristo el suplicio de la cruz, sin ninguna duda los que
se sumergen en los desórdenes y en el mal "crucifican por su
parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública infamia"
(Hb 6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro crimen en este
caso es mayor que el de los judíos. Porque según el testimonio
del apóstol, "de haberlo conocido ellos no habrían crucificado
jamás al Señor de la Gloria" (1 Co 2, 8). Nosotros, en cambio,
hacemos profesión de conocerle. Y cuando renegamos de El con
nuestras acciones, ponemos de algún modo sobre El nuestras manos
criminales (Catech. R. I, 5, 11).
Y los demonios no son los que le han crucificado; eres
tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando
todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados (S.
Francisco de Asís, admón. 5, 3).
II LA MUERTE REDENTORA DE CRISTO EN EL DESIGNIO DIVINO DE
SALVACION
"Jesús entregado según el preciso designio de Dios"
|N599 La muerte violenta de lesos no fue fruto del azar en
una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al
misterio del designio de Dios, como lo explica S. Pedro a los
judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: "Fue
entregado según el determinado designio y previo conocimiento de
Dios" (Ch 2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que
han "entregado a Jesús" (Ch 3, 13) fuesen solamente ejecutores
pasivos de un drama escrito de antemano por Dios.
|N600 Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes
en su actualidad. Por tanto establece su designio eterno de
"predestinación" incluyendo en él la respuesta libre de cada
hombre a su gracia: "Sí, verdaderamente, se han reunido en esta
ciudad contra tu santo siervo Jesús, que tú has ungido, Herodes y
Poncio Pilato con las naciones gentiles y los pueblos de Israel
(cf Sal 2, 1-2), de tal suerte que ellos han cumplido todo lo
que, en tu poder y tu sabiduría, habías predestinado" (Ch 4,
27-28). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera (cf Mt
26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio de salvación
(cf Ch 3, 17-18).
"Muerto por nuestros pecados según las Escrituras"
|N601 Este designio divino de salvación a través de la muerte
del "Siervo, el Justo" (Is 53, 11; cf Ch 3, 14) había sido
anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención
universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la
esclavitud del pecado (cf Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36). S. Pablo
profesa en una confesión de fe que dice haber "recibido" (1 Co
15, 3) que "Cristo ha muerto por nuestros pecados según las
Escrituras" (ibíd.; cf también Ch 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26,
22-23). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la
profecía del Siervo doliente (cf Is 53, 7-8 y Ch 8, 32-35). Jesús
mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del
Siervo doliente (cf Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio
esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús
(cf Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (cf Lc 24,
44-45).
"Dios le hizo pecado por nosotros"
|N602 En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe
apostólica en el designio divino de salvación: "Habéis sido
rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no
con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como
de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes
de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a
causa de vosotros" (1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres,
consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte
(cf Rm 5, 12;1 Co 15, 56). Al enviar a su propio Hijo en la
condición de esclavo (cf Flp 2, 7), la de una humanidad caída y
destinada a la muerte a causa del pecado (cf Rm 8, 3), "a quien
no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para que
viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2 Co 5, 21).
|N603 Jesús no conoció la reprobación como si él mismo
hubiese pecado (cf Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le
unía siempre al Padre (cf Jn 8, 29), nos asumió desde el
alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto
de poder decir en nuestro nombre en la cruz: "Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34; Sal 22, 2). Al haberle
hecho así solidario con nosotros, pecadores, "Dios no perdonó ni
a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros" (Rm
8, 32) para que fuéramos "reconciliados con Dios por la muerte de
su Hijo" (Rm 5, 10).
Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal
|N604 Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios
manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor
benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: "En esto
consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino
en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por
nuestros pecados" (1 Jn 4, 10; cf 4, 19). "La prueba de que Dios
nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió
por nosotros" (Rm 5, 8).
|N605 Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja
perdida que este amor es sin excepción: "De la misma manera, no
es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos
pequeños" (Mt 18, 14). Afirma "dar su vida en rescate por muchos"
(Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el
conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se
entrega para salvarla (cf Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a
los Apóstoles (cf 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha
muerto por todos los hombres sin excepción: "no hay, ni hubo ni
habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo" (C.
Quiercy en el año 853: DS 624).
III CRISTO SE OFRECIO A SU PADRE POR NUESTROS PECADOS
Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre
|N606 El Hijo de Dios "bajado del cielo no para hacer su
voluntad sino la del Padre que le ha enviado" (Jn 6, 38), "al
entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo... para hacer,
oh Dios, tu voluntad... En virtud de esta voluntad somos
santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del
cuerpo de Jesucristo" (Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de
su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en
su misión redentora: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me
ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34). El sacrificio de
Jesús "por los pecados del mundo entero" (1 Jn 2, 2), es la
expresión de su comunión de amor con el Padre: "El Padre me ama
porque doy mi vida" (Jn 10, 17). "El mundo ha de saber que amo al
Padre y que obro según el Padre me ha ordenado" (Jn 14, 31).
|N607 Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de
su Padre anima toda la vida de Jesús (cf Lc 12, 50; 22, 15; Mt
16, 21-23) porque su Pasión redentora es la razón de ser de su
Encarnación: "¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a
esta hora para esto!" (Jn 12, 27). "El cáliz que me ha dado el
Padre ¿no lo voy a beber?" (Jn 18~ 11). Y todavía en la cruz,
antes de que "todo esté cumplido" (Jn 19, 30), dice: "Tengo sed"
(Jn 19, 28).
"El cordero que quita el pecado del mundo"
|N608 Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en
compañía de los pecadores (cf Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y
señaló a Jesús como el "Cordero de Dios que quita los pecados del
mundo" (Jn 1, 29; cf Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la
vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero
(Is 53, 7 cf Jr 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes
(cf Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la redención de
Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14; cf Jn 19,
36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: "Servir
y dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10, 45).
Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre
|N609 Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del
Padre hacia los hombres, "los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1)
porque "nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus
amigos" (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte,
su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor
divino que quiere la salvación de los hombres (cf Hb 2, 10.17-18;
4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su
muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere
salvar: "Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente" (Jn
10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando El
mismo se encamina hacia la muerte (cf Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).
Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida
|N610 Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí
mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles (cf Mt 26, 20), en
"la noche en que fue entregado" ( 1 Co 11, 23). En la víspera de
su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena
con sus apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre
(cf 1 Co 5, 7), por la salvación de los hombres: "Este es mi
Cuerpo que va a ser entregado por vosotros" (Lc 22, 19). "Esta es
mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para
remisión de los pecados" (Mt 26, 28).
|N611 La Eucaristía que instituyó en este momento será el
"memorial" (1 Co 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a los
apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla (cf Lc 22,
19). Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva
Alianza: "Por ellos me consagro a mí mismo para que ellos sean
también consagrados en la verdad" (Jn 17, 19; cf Cc. Trento: DS
1752 1764).
La agonía de Getsemaní
|N612 El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la
Cena al ofrecerse a sí mismo (cf Lc 22, 20),lo acepta a
continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní (cf Mt
26, 42) haciéndose "obediente hasta la muerte" (Flp 2, 8; cf Hb
5, 7-8). Jesús ora: "Padre mío, si es posible, que pase de mí
este cáliz..." (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa
la muerte para su naturaleza humana. Esta, en efecto, como la
nuestra, está destinada a la vida eterna; además, a diferencia de
la nuestra, está perfectamente exenta de pecado (cf Hb 4, 15) que
es la causa de la muerte (cf Rm 5, 12); pero sobre todo está
asumida por la persona divina del "Príncipe de la Vida" (Ch 3,
15), de "el que vive" (Ap 1, 18; cf Jn 1, 4; 5, 26). Al aceptar
en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre (cf Mt
26, 42), acepta su muerte como redentora para "llevar nuestras
faltas en su cuerpo sobre el madero" (1 P 2, 24).
La muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo
|N613 La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual
que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres (cf 1 Co
5, 7; Jn 8, 34-36) por medio del "cordero que quita el pecado del
mundo" (Jn 1, 29; cf 1 P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva
Alianza (cf 1 Co 11, 25) que devuelve al hombre a la comunión con
Dios (cf Ex 24, 8) reconciliándole con El por "la sangre
derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26, 28; cf
Lv 16, 15-16).
|N614 Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y
sobrepasa a todos los sacrificios (cf Hb 10, 10). Ante todo es un
don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para
reconciliarnos con El (cf Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda
del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf Jn
15, 13), ofrece su vida (cf Jn 10, 17-18) a su Padre por medio
del Espíritu Santo (cf Hb 9, 14), para reparar nuestra
desobediencia.
Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su obediencia
|N615 "Como por la desobediencia de un solo hombre, todos
fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de
uno solo todos serán constituidos justos" (Rm 5, 19). Por su
obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del
Siervo doliente que "se dio a sí mismo en expiación", "cuando
llevó el pecado de muchos", a quienes "justificará y cuyas culpas
soportará" (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y
satisface al Padre por nuestros pecados (cf Cc. de Trento: DS
1529).
En la cruz, Jesús consuma su sacrificio
|N616 El "amor hasta el extremo" (Jn 13, 1) es el que
confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de
satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a
todos en la ofrenda de su vida (cf Ga 2, 20; Ef 5, 2.25). "El
amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos,
todos por tanto murieron" (2 Co 5, 14). Ningún hombre aunque
fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los
pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos.
La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al
mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y
que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su
sacrificio redentor por todos.
|N617 "Sua sanctissima passione in Lino Crucis nobis
justificationem meruit" ("Por su sacratísima pasión en el madero
de la cruz nos mereció la justificación") enseña el Concilio de
Trento (DE 1529) subrayando el carácter único del sacrificio de
Cristo como "causa de salvación eterna" (Hb 5, 9). Y la Iglesia
venera la Cruz cantando: "O crux, ave, spes única" ("Salve, oh
cruz, única esperanzas', himno "Vexilla Regis").
Nuestra participación en el sacrificio de Cristo
|N618 La Cruz es el único sacrificio de Cristo "único
mediador entre Dios y los hombres" (1 Tm 2, 5). Pero, porque en
su Persona divina encarnada, "se ha unido en cierto modo con todo
hombre" (GS 22, 2), El "ofrece a todos la posibilidad de que, en
la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio
pascual" (GS 22, 5). El llama a sus discípulos a "tomar su cruz
y a seguirle" (Mt 16, 24) porque El "sufrió por nosotros
dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas" ( 1 P 2, 21). El
quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquellos
mismos que son sus primeros beneficiarios (cf Mc 10, 39; Jn 21,
18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre,
asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento
redentor (cf Lc 2, 35):
Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo
(Sta. Rosa de Lima, vida).
RESUMEN
|N619 "Cristo murió por nuestros pecados según las
Escrituras"(1 Co 15, 3).
|N620 Nuestro salvación procede de la iniciativa del amor de
Dios hacia nosotros porque "El nos amó y nos envió a su Hijo como
propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4,10). "En Cristo estaba
Dios reconciliando al mundo consigo"(2 Co 5, 19).
|N621 Jesús se ofreció libremente por nuestra salvación. Este
don lo significa y lo realiza por anticipado durante la última
cena: "Este es mi cuerpo que va a ser entregado Por vosotros" (Lc
22, 19).
|N622 La redención de Cristo consiste en que El "ha venido a
dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 2~), es decir; "a
amar a los suyos hasta el extremo" (Jn 13, 1) para que ellos
fuesen "rescatados de la conducta necia heredada de sus padres"
(1 P 1, 18).
|N623 Por su obediencia amorosa a .~u Padre, "hasta la muerte
de cruz" (Flp 2, 8), Jesús cumplo la misión expiatoria (cf Is 53,
10) del Siervo doliente que "justifica a muchos cargando con las
culpas de ellos " (Is 53, 11; cf Rm 5, 19).
Párrafo 3 JESUCRISTO FUE SEPULTADO
|N624 "Por la gracia de Dios, gustó la muerte para bien de
todos" (Hb 2, 9). En su designio de salvación, Dios dispuso que
su Hijo no solamente ~muriese por nuestros pecados" (1 Co 15, 3)
sino
también que "gustase la muerte", es decir, que conociera el
estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su
cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que El
expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Este estado de
Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los
infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo
depositado en la tumba (cf Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo
sabático de Dios (cf Hb 4, 4-9) después de realizar (cf Jn 19,
30) la salvación de los hombres que establece en la paz al
universo entero (cf Col 1, 18-20).
El cuerpo de Cristo en el sepulcro
|N625 La permanencia de Cristo en el sepulcro constituye el
vínculo real entre el estado pasible de Cristo antes de Pascua y
su actual estado glorioso de resucitado. Es la misma persona de
"El que vive" que puede decir: "estuve muerto, pero ahora estoy
vivo por los siglos de los siglos" (Ap 1, 18):
Dios [el Hijo] no impidió a la muerte separar el alma
del cuerpo, según el orden necesario de la naturaleza, pero los
reunió de nuevo, uno con otro, por medio de la Resurrección, a
fin de ser El mismo en persona el punto de encuentro de la muerte
y de la vida deteniendo en El la descomposición de la naturaleza
que produce la muerte y resultando El mismo el principio de
reunión de las partes separadas (S. Gregorio Niceno, or. catech.
16).
|N626 Ya que el "Príncipe de la vida que fue llevado a la
muerte" (Ch 3, 15) es al mismo tiempo "el Viviente que ha
resucitado" (Lc 24, 5-6), era necesario que la persona divina del
Hijo de Dios haya continuado asumiendo su alma y su cuerpo
separados entre sí por la muerte:
Por el hecho de que en la muerte de Cristo el alma haya
sido separada de la carne, la persona única no se encontró
dividida en dos personas; porque el cuerpo y el alma de Cristo
existieron por la misma razón desde el principio en la persona
del Verbo; y en la muerte, aunque separados el uno de la otra
permanecieron cada cual con la misma y única persona del Verbo
(S. Juan Damasceno, f. o. 3, 27).
"No dejarás que tu santo vea la corrupción"
|N627 La muerte de Cristo fue una verdadera muerte en cuanto
que puso fin a su existencia humana terrena. Pero a causa de la
unión que su cuerpo conservó con la persona del Hijo, no fue un
despojo mortal como los demás porque "la virtud divina preservó
de la corrupción al cuerpo de Cristo" (Tomás de Aquino, s. th. 3,
51, 3). De Cristo se puede decir a la vez: "Fue arrancado de la
tierra de los vivos" (Is 53, 8); y: "mi carne reposará en la
esperanza de que no abandonarás mi alma en el Infierno ni
permitirás que tu santo experimente la corrupción" (Ch 2, 26-27;
cf Sal 16, 9-10). La Resurrección de Jesús "al tercer día" (1 Co
15, 4; Lc 24, 46; cf Mt 12, 40; Job 2, 1; Os 6, 2) fue la prueba
de ello porque se suponía que la corrupción se manifestaba a
partir del cuarto día (cf Jn 11, 39).
"Sepultados con Cristo... "
|N628 El Bautismo, cuyo signo original y pleno es la
inmersión, significa eficazmente la bajada del cristiano al
sepulcro muriendo al pecado con Cristo para una nueva vida:
"Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a
fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los
muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros
vivamos una vida nueva" (Rm 6, 4;cf Co 12, 12;Ef 5,26).
RESUMEN
|N629 Jesús gustó la muerte para bien de todos (cf Hb 2, 9).
Es verdaderamente el Hijo de Dios hecho hombre que murió y fue
sepultado.
|N630 Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro
su Persona divina continuó asumiendo tanto su alma como su
cuerpo, separados sin embargo entre sí por causa de la muerte.
Por eso el cuerpo muerto de Cristo "no con ocio la corrupción"
(Hech 13, 37).
Artículo 5 "JESUCRISTO DESCENDIO A LOS INFIERNOS, AL TERCER
DIA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS"
|N631 "Jesús bajó a las regiones inferiores de la tierra.
Este que bajó es el mismo que subió" (E 4, 9-10). El Símbolo de
los Apóstoles confiesa en un mismo artículo de fe el descenso de
Cristo a los infiernos y su Resurrección de los muertos al tercer
día, porque es en su Pascua donde, desde el fondo de la muerte,
El hace brotar la vida:
Cristus, Filius Tuus,
qui, regressus ab inferis,
humano generi seremus illuxit,
et vivit et regnat in saecula saeculorum. Amen.
(Es Cristo, tu Hijo resucitado,
que al salir del sepulcro,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos. Amén).
(MI, Vigilia pascual 18: Exulte.)
Párrafo 1 CRISTO DESCENDIO A LOS INFIERNOS
|N632 Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según
las cuales Jesús "resucitó de entre los muertos" (Ch 3, 15; Rm 8,
11; 1 Co 15, 20) presuponen que, antes de la resurrección, Perla
necio en la morada de los muertos (cf Hb 13, 20). Es el primer
sentido que dio la predicación apostólica al descenso de Jesús a
los infiernos; Jesús conoció la muerte como todos los hombres y
se reunió con ellos en la morada de los muertos. Pero ha
descendido como Salvador proclamando la buena nueva a los
espíritus que estaban allí detenidos (cf 1 P 3,18-19).
|N633 La Escritura llama infiernos, sheol o hades (cf Flp 2,
10;Hech 2, 24; Ap 1, 18; Ef 4, 9) a la morada de los muertos
donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se
encontraban allí estaban privados de la visión de Dios (cf Sal 6,
6; 88,11-13). Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el
estado de todos los muertos, malos o justos (cf Sal 89, 49;1 S
28, 19; Ez 32, 17-32), lo que no quiere decir que su suerte sea
idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro
recibido en el "seno de Abraham" (cf Lc 16, 22-26). "Son
precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en
el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió
a los infiernos" (Catech. R. 1, 6, 3). Jesús no bajó a los
infiernos para liberar allí a los condenados (cf Cc. de Roma del
año 745: DS 587) ni para destruir el infierno de la condenación
(cf DS 1011; 1077) sino para liberar a los justos que le habían
precedido (cf Cc. de Toledo IV en el año 625: DS 485; cf también
Mt 27, 52-53).
|N634 "Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena
Nueva..." (1 P 4, 6). El descenso a los infiernos es el pleno
cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última
fase de la misión mesiánica de Jesús, fase condensada en el
tiempo pero inmensamente amplia en su significado real de
extensión de la obra redentora a todos los hombres de todos los
tiempos y de todos los lugares porque todos los que se salvan se
hacen partícipes de la Redención.
|N635 Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte
(cf Mt 12, 40; Rm 10, 7; Ef 4, 9) para "que los muertos oigan la
voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan" (Jn 5, 25). Jesús,
"el Príncipe de la vida" (Ch 3, 15) aniquiló "mediante la muerte
al señor de la muerte, es decir, al diablo y libertó a cuantos,
por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a
esclavitud" (Hb 2, 14-15). En adelante, Cristo resucitado "tiene
las llaves de la muerte y del Hades" (Ap 1, 18) y "al nombre de
Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los
abismos" (Flp 2, 10).
Un gran silencio reina hoy en la tierra, un gran
silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey
duerme. La tierra ha temblado y se ha calmado porque Dios se ha
dormido en la carne y ha ido a despertar a los que dormían desde
hacía siglos... Va a buscar a Adán, nuestro primer Padre, la
oveja perdida. Quiere ir a visitar a todos los que se encuentran
en las tinieblas y a la sombra de la muerte. Va para liberar de
sus dolores a Adán encadenado y a Eva, cautiva con él, El que es
al mismo tiempo su Dios y su Hijo... "Yo soy tu Dios y por tu
causa he sido hecho tu Hijo. Levántate, tú que dormías porque no
te he creado para que permanezcas aquí encadenado en el infierno.
Levántate de entre los muertos, yo soy la vida de los muertos"
(Antigua homilía para el Sábado Santo).
RESUMEN
|N636 En la expresión "Jesús descendió a los infiernos", el
símbolo confiesa que Jesús murió realmente, y que, por su muerte
en favor nuestro, ha vencido a la muerte y al diablo "Señor de la
muerte" (ib 2, 14).
|N637 Cristo muerto, en su alma unida a su persona divina,
descendió a la morada de los muertos. Abrió las puertas del cielo
a los justos que le habían precedido.
Párrafo 2 AL TERCER DIA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS
|N638 "Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a
los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al
resucitar a lesos" (Ch 13, 32-33). La Resurrección de Jesús es la
verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la
primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como
fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del
Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio
Pascual al mismo tiempo que la Cruz:
Cristo resucitó de entre los muertos.
Con su muerte venció a la muerte.
A los muertos ha dado la vida.
(Liturgia bizantina, Tropario de Pascua.)
I EL ACONTECIMIENTO HISTORICO Y TRASCENDENTE
|N639 El misterio de la resurrección de Cristo es un
acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente
comprobadas como lo atestigua VI Nuevo Testamento. Ya San Pablo,
hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os
transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo
murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue
sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que
se apareció a Cefas y luego a los Doce" (1 Co 15, 3-4). El
apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que
recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf Ch
9, 3-18).
El sepulcro vacío
|N640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está
aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los
acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es
el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia
del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro
modo (cf Jn 20, 13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro
vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su
descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el
reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en
primer lugar, de las santas mujeres (cf Lc 24, 3. 22-23), después
de Pedro (cf Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20,
2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las
vendas en el suelo" (Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso
supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf Jn 20,
5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra
humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida
terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf Jn 11, 44).
Las apariciones del Resucitado
|N641 María Magdalena y las santas mujeres, que iban a
embalsamar el cuerpo de Jesús (cf Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a
prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf
Jn 19 31. 42), fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf
Mt 28 9-10; Jn 20, 11-18). Así las mujeres fueron las primeras
mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios
apóstoles (cf Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos,
primero a Pedro después a los Doce (cf 1 Co 15, 5). Pedro,
llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf Lc 22, 31-32), ve
por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio
es sobre el que la comunidad exclama: "¡Es verdad! ¡El Señor ha
resucitado y se ha aparecido a Simón!" (Lc 24, 34).
|N642 Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales
compromete a cada uno de los apóstoles -y a Pedro en particular-
en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de
Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las
piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad
de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos,
conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre
ellos todavía. Estos "testigos de la Resurrección de Cristo" (cf
Ch 1, 22) son ante 8 todo Pedro y los Doce, pero no solamente
ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las
que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de
todos los apóstoles (cf 1 Co 15,4-8).
|N643 Ante estos testimonios es imposible interpretar la
Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo
como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los
discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la
muerte en cruz de su Maestro, anunciada por El de antemano(cf Lc
22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande
que (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la
noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos
una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan
a los discípulos abatidos ("la cara sombría": Lc 24, 17) y
asustados (cf Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas
mujeres que regresaban del sepulcro y "sus palabras les parecían
como desatinos" (Lc 24, 11; cf Mc 16, 11.13). Cuando Jesús se
manifiesta a los once en la tarde de Pascua, "les echó en cara su
incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes
le habían visto resucitado" (Mc 16, 14).
|N644 Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos
ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan
todavía (cf Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf Lc 24, 39). "No
acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados" (Lc
24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf Jn 20,
24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo,
~algunos sin embargo dudaron" (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis
según la cual la resurrección habría sido un "producto" de la fe
(o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy
al contrario, su fe en la Resurrección nació -bajo la acción de
la gracia divina de la experiencia directa de la realidad de
Jesús resucitado.
El estado de la humanidad resucitada de Cristo
|N645 Jesús resucitado establece con sus discípulos
relaciones directas mediante el tacto (cf Lc 24, 39; Jn 20, 27) y
el compartir la comida (cf Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15).
Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (cf Lc 24,
39) pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con
el que se presenta 95 ante ellos es el mismo que ha sido
martirizado y crucificado ya que sigue llevando las huellas de su
pasión (cf Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y
real posee sin embargo al mismo tiempo las propiedades nuevas de
un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el
tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y
cuando quiere (cf Mt 28, 9.16-17; Lc 24, 15.36;Jn 20,
14.19.26;21,4)porque su humanidad ya no puede ser retenida en la
tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf
Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús resucitado es
soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia
de un jardinero (cf Jn 20, 14-15) o "bajo otra figura'~ (Mc 16,
12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso
para suscitar su fe (cf Jn 20, 14.16; 21, 4.7).
|N646 La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida
terrena como en el caso de las resurrecciones que El había
realizado antes de Pascua: la hija de Jarro, el joven de Naím,
Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las
personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder
de Jesús, una vida terrena "ordinaria". En cierto momento,
volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente
diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a
otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección,
el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo;
participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que
San Pablo puede decir de Cristo que es "el hombre celestial" (cf
1 Co 15, 35-50).
La Resurrección como acontecimiento trascendente
|N647 "¡Qué noche tan dichosa-canta el 'Exulte' de Pascua
sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los
muertos!". En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento
mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie
puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más
íntima, el paso a otra vida, fue perceptible a los sentidos.
Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro
vacío y por la realidad de los encuentros de los apóstoles con
Cristo resucitado, no por ello la Resurrección pertenece menos al
centro del Misterio de la fe en aquello que transciende y
sobrepasa a la historia. Por eso, Cristo resucitado no se
manifiesta al mundo (cf Jn 14, 22) sino a sus discípulos, "a los
que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora
son testigos suyos ante el pueblo" (Ch 13, 31).
II LA RESURRECCION OTRA DE LA SANTISIMA TRINIDAD
|N648 La Resurrección de Cristo es objeto de fe en cuanto es
una intervención trascendente de Dios mismo en la creación y en
la historia. En ella, las tres Personas divinas actúan juntas a
la vez y manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el
poder del Padre que "ha resucitado" (cf Ch 2, 24) a Cristo, su
Hijo, y de este modo ha introducido de manera perfecta su
humanidad -con su cuerpo- en la Trinidad. Jesús se revela
definitivamente "Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de
santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rm 1, 3-4).
San Pablo insiste en la manifestación del poder de Dios (cf Rm 6,
4; 2 Co 13, 4; Flp 3, 10; Ef 1, 19-22; Hb 7, 16) por la acción
del Espíritu que ha vivificado la humanidad muerta de Jesús y la
ha llamado al estado glorioso de Señor.
|N649 En cuanto al Hijo, él realiza su propia Resurrección en
virtud de su poder divino. Jesús anuncia que el Hijo del hombre
deberá sufrir mucho, morir y luego resucitar (sentido activo del
término) (cf Mc 8, 31; 9, 9-31; 10, 34). Por otra parte, él
afirma explícitamente: "Doy mi vida, para recobrarla de nuevo...
Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo" (Jn 10,
17-18). "Creemos que Jesús murió y resucitó" (1 Te 4,14).
|N650 Los Padres contemplan la Resurrección a partir de la
persona divina de Cristo que permaneció unida a su alma y a su
cuerpo separados entre sí por la muerte: "Por la unidad de la
naturaleza divina que permanece presente en cada una de las dos
partes del hombre, éstas se unen de nuevo. Así la muerte se
produce por la separación del compuesto humano, y la Resurrección
por la unión de las dos partes separadas" (San Gregorio Niceno,
res. 1; cf también DS 325; 359; 369; 539).
III SENTIDO Y ALCANCE SALVIFICO DE LA RESURRECCION
|N651 "Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación,
vana también vuestra fe" (1 Co 15, 14). La Resurrección
constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y
enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al
espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al
resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina
según lo había prometido.
|N652 La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las
promesas del Antiguo Testamento (cf Lc 24, 26-27.44-48) y del
mismo Jesús durante su vida terrenal (cf Mt 28, 6; Mc 16, 7; Lc
24, 6-7). La expresión "según las Escrituras" (cf 1 Co 15, 3-4 y
el Símbolo Niceno constantinopolitano) indica que la Resurrección
de Cristo cumplió estas predicciones.
|N653 La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su
Resurrección. El había dicho: "Cuando hayáis levantado al Hijo
del hombre, entonces sabréis que Yo Soy" (Jn 8, 28). La
Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era
"yo Soy", el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a
los judíos: "La Promesa hecha a los padres, Dios la ha cumplido
en nosotros... al resucitar a Jesús, como está escrito en el
salmo primero: 'Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy"' (Ch
13, 3233; cf Sal 2, 7). La Resurrección de Cristo está
estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de
Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.
|N654 Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su
muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el
acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la
justificación que nos devuelve a la gracia de Dios (Cf Rm 4, 25)
"a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los
muertos... así también nosotros vivamos una nueva vida" (Rm 6,
4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la
nueva participación en la gracia (cf Ef 2, 4-5; 1 P 1, 3).
Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en
hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos
después de su Resurrección: "Id, avisad a mis hermanos" (Mt 28,
10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la
gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación
real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en
su Resurrección.
|N655 Por último, la Resurrección de Cristo -y el propio
Cristo resucitado- es principio y fuente de nuestra resurrección
futura: "Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de
los que durmieron... del mismo modo que en Adán mueren todos, así
también todos revivirán en Cristo" (1 Co 15, 20-22). En la espera
de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de
sus fieles. En El los cristianos "saborean los prodigios del
mundo futuro" (Hb 6, 5) y su vida es arrastrada por Cristo al
seno de la vida divina (cf Col 3, 1-3) para que ya no vivan para
sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos"
(2 Co 5, 15).
RESUMEN
|N656 La fe en la Resurrección tiene por objeto un
acontecimiento a la Fez históricamente atestiguado por los
discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado, y
misteriosamente trascendente en cuanto entrada de la humanidad de
Cristo en la gloria de Dios.
|N657 El sepulcro vacío y las vendas en el suelo significan
por sí mismas que el cuerpo de Cristo ha escapado por el poder de
Dios de las ataduras de la muerte y de la corrupción. Preparan a
los discípulos para su encuentro con el Resucitado.
|N658 Cristo, "el primogénito de entre los muertos" (Col 1,
18), es el principio de nuestra propia resurrección, ya desde
ahora por la justificación de nuestra alma (cf Rm 6, 4), más
tarde por la vivificación de nuestro cuerpo (cf Rm 8, 11)
Artículo 6 "JESUCRISTO SUBIO A LOS CIELOS, Y ESTA SENTADO A LA
DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO"
|N659 "Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue
elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios" (Mc 16, 19). El
cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su
Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y
sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para
siempre (cf Lc 24, 31; Jn 20, 19. 26). Pero durante los cuarenta
días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos
(cf Ch 10, 41) y les instruye sobre el Reino (cf Ch 1, 3), su
gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad
ordinaria (cf Mc 16, 12; Lc 24, 15; Jn 20, 14-15, 21, 4). La
última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de
su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube (cf Ch
1, 9; cf también Lc 9, 34-35; Ex 13, 22) y por el cielo (cf Lc
24, 51 ) donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios (cf
Mc 16, 19; Ch 2, 33; 7, 56; cf también Sal 110, 1). Sólo de
manera completamente excepcional y única, se muestra a Pablo
"como un abortivo" él Co 15, 8) en una última aparición que
constituye a éste en apóstol (cf 1 Co 9, 1; Ga 1, 16).
|N660 El carácter velado de la gloria del Resucitado durante
este tiempo se transparenta en sus palabras misteriosas a María
Magdalena: ~Todavía no he subido al Padre. Vete donde los
hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y
vuestro Dios" (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia de
manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo
exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez
histórico y trascendente de Ascensión marca la transición de una
a otra.
|N661 Esta última etapa permanece estrechamente unida a la
primera, es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la
Encarna cien. Sólo el que "salió del Padre" puede "volver al
Padre": Cristo (cf Jn 16, 28). "Nadie ha subido al cielo sino el
que bajó del cielo el Hijo del hombre" (Jn 3, 13; cf, Ef 4,
8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene
acceso a la "Casa del Padre" (Jn 14, 2), a la vida y a la
felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al
hombre, "ha querido precedernos como cabeza nuestra para que
nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente
esperanza de seguirlo en su Reino" (MI, Prefacio de la
Ascensión).
|N662 "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos
hacia mí"(Jn 12, 32). La elevación en la Cruz significa y anuncia
la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo.
Jesucristo, el único Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, no
"penetró en un Santuario hecho por mano de hombre..., sino en el
mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios
en favor nuestro" (Hb 9, 24). En el cielo, Cristo ejerce
permanentemente su sacerdocio. "De ahí que pueda salvar
perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está
siempre vivo para interceder en su favor" (Hb 7, 25). Como "Sumo
Sacerdote de los bienes futuros" (Hb 9, 11), es el centro y el
oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los
cielos (cf Ap 4, 6-11).
|N663 Cristo, desde entonces, está: sentado a la derecha del
Padre: "Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de
la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de
todos los siglos, como Dios y consubstancial al Padre, está
sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne
fue glorificada" (San Juan Damasceno, f. o. 4, 2; PG 94, 1104C).
|N664 Sentarse a la derecha del Padre significa la
inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del
profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio
imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas
le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará,
y su reino no será destruido jamás" (Dan 7, 14). A partir de este
momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino
que no tendrá fin" (Símbolo de Nicea-Constantinopla).
RESUMEN
|N665 La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva
de la humanidad de Jesús en el dominio celestial de Dios de donde
ha de volver (cf Ch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a
los ojos de los hombres (cf Col 3, 3).
|N666 Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el
Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su
cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con él
eternamente.
|N667 Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el
santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el
mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu
Santo.
Artículo 7 "DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS"
I VOLVERA EN GLORIA
Cristo reina ya mediante la Iglesia...
|N668 "Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser
Señor de muertos y vivos" (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al
Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y
en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo
poder en los cielos y en la tierra. El está "por encima de todo
Principado, Potestad, Virtud, Dominación" porque el Padre "bajo
sus pies sometió todas las cosas" (E 1, 20-22). Cristo es el
Señor del cosmos (cf Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la
historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la
Creación encuentran su recapitulación (E 1, 10), su cumplimiento
trascendente.
|N669 Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia
que es su Cuerpo (cf Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado,
habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su
Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en
virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf Ef 4,
11-13). "La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en
misterio", "constituye el germen y el comienzo de este Reino en
la tierra" (LO 3; 5).
|N670 Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en
su consumación. Estamos ya en la "última hora" (1 Jn 2, 18; cf 1
P 4, 7). "El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la
renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable e
incluso de alguna manera real está ya por anticipado en este
mundo. La Iglesia, en efecto, ya en la tierra, se caracteriza por
una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta" (LO 48). El
Reino de Cristo manifiesta ya su presencia por los signos
milagrosos (cf Mc 16, 17-18) que acompañan su anuncio por la
Iglesia (cf Mc 16, 20).
...esperando que todo le sea sometido
|N671 El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin
embargo, no está todavía acabado "con gran poder y gloria" (Lc
21, 27; cf Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra.
Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal
(cf 2 Te 2, 7), a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos
en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido
sometido (cf 1 Co 15, 28), y "mientras no haya nuevos cielos y
nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina
lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este
tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre
las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que
esperan la manifestación de los hijos de Dios" (LO 48). Por esta
razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf 1 Co
11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf 2 P 3, 11-12)
cuando suplican: "Ven, Señor Jesús" (cf 1 Co 16, 22; Ap 22,
17-20).
|N672 Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la
hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado
por Israel (cf Ch 1, 6-7) que, según los profetas (cf Is 11,
1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la
justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el
Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf Ch 1, 8),
pero es también un tiempo marcado todavía por la "tristeza" (1 Co
7, 26) y la prueba del mal (cf Ef 5, 16) que afecta también a la
Iglesia (cf 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos
días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de
vigilia (cf Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37)
El glorioso advenimiento de Cristo, esperanza de Israel
|N673 Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la
gloria es inminente (cf Ap 22, 20), aun cuando a nosotros no nos
"toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con
su autoridad" (Ch 1, 7; cf Mc 13, 32). Este advenimiento
escatológico se puede cumplir en cualquier momento (cf Mt 24, 44;
1 Te 5, 2), aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha
de preceder estén "retenidos" en las manos de Dios (cf 2 Te 2,
3-12).
|N674 La venida del Mesías glorioso, en un momento
determinado de la historia (cf Rm 11, 31), se vincula al
reconocimiento del Mesías por "todo Israel" (Rm 11, 26; Mt 23,
39) del que "una parte está endurecida" (Rm 11, 25) en "la
incredulidad" (Rm 11, 20) respecto a Jesús. San Pedro dice a los
judíos de Jerusalén después de Pentecostés: "Arrepentíos, pues, y
convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que
del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que
os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo
hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló
por boca de sus profetas" (Hech 3, 19-21). Y San Pablo le hace
eco: "Si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué
será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?"
(Rm 11, 5). La entrada de "la plenitud de los judíos" (Rm 11, 12)
en la salvación mesiánica, a continuación de "la plenitud de los
gentiles (Rm 11, 25; cf Lc 21, 24), hará al Pueblo de Dios
"llegar a la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13) en la cual "Dios será
todo en nosotros" (1 Co 15, 28).
La última prueba de la Iglesia
|N675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá
pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos
creyentes (cf Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a
su peregrinación sobre la tierra (cf Lc 21, 12; Jn 15, 19-20)
desvelará el "Misterio de iniquidad" bajo la forma de una
impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución
aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la
verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es
decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a
sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en
la carne (cf 2 Te 2, 4-12; 1 Te 5, 2-3; 2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).
|N676 Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el
mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza
mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más
allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico:
incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta
falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cf
DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo
secularizado, "intrínsecamente perverso" (cf Pío XI, "Divino
Redemptoris" que condena el "falso misticismo" de esta
"falsificación de la redención de los humildes"; GS 20-21).
|N677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través
de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y
su Resurrección (cf Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por
tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf Ap 13, 8)
en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios
sobre el último desencadenamiento del mal (cf Ap 20, 7-10) que
hará descender desde el cielo a su Esposa (cf Ap 21, 2-4). El
triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de
Juicio final (cf Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica
de este mundo que pasa (cf 2 P 3, 12-13).
Il PARA JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS
|N678 Siguiendo a los profetas (cf Dn 7,10; Jl 3, 4; Mi 3,19)
y a Juan Bautista (cf Mt 3, 7-12), Jesús anunció en su
predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la
luz la conducta de cada uno (cf Mc 12, 38-40) y el secreto de los
corazones (cf Lc 12, 1-3; Jn 3, 20-21; Rm 2, 16; 1 Co 4, 5).
Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en
nada la gracia ofrecida por Dios (cf Mt 11, 20-24; 12, 41-42). La
actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo
de la gracia y del amor divino (cf Mt 5, 22; 7,1-5). Jesús dirá
en el último día: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos
más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).
|N679 Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de
juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres
pertenece a Cristo como Redentor del mundo. "Adquirió" este
derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado "todo juicio
al Hijo" (Jn 5, 22; cf Jn 5, 27; Mt 25, 31; Ch 10, 42; 17, 31; 2
Tm 4, 1). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para
salvar (cf Jn 3, 17) y para dar la vida que hay en él (cf Jn 5,
26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada
uno se juzga ya a sí mismo (cf Jn 3, 18; 12, 48); es retribuido
según sus obras (cf 1 Co 3, 12-15) y puede incluso condenarse
eternamente al rechazar el Espíritu de amor (cf Mt 12, 32; Hb 6,
4-6; 10, 26-31).
RESUMEN
|N680 Cristo, el Señor; reina ya por la Iglesia, pero todavía
no le están sometidas todas las cosas de este mundo. El triunfo
del Reino de Cristo no tendrá lugar sin un último asalto de las
fuerzas del mal.
|N681 El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en
la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre
el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en
el curso de la historia.
|N682 Cristo glorioso, al venir al final de los tiempos a
juzgar a vivos y muertos, revelará la disposición secreta de los
corazones y retribuirá a cada hombre según sus obras y según su
aceptación o su rechazo de la gracia.
CAPITULO TERCERO
CREO EN EL ESPIRITU SANTO
|N683 "Nadie puede decir: '¡Jesús es Señor!' sino por influjo
del 4. Espíritu Santo" (1 Co 12, 3). "Dios ha enviado a nuestros
corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!" (Ga 4,
6). Este conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu
Santo. Para entrar en contacto con Cristo, es necesario
primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo. El es
quien nos precede y despierta en nosotros la fe. Mediante el
Bautismo, primer sacramento de la fe, la Vida, que tiene su
fuente en el Padre y se nos ofrece por el Hijo, se nos comunica
íntima y personalmente por el Espíritu Santo en la Iglesia:
El Bautismo nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios
Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que
son portadores del Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, es
decir al Hijo; pero el Hijo los presenta al Padre, y el Padre les
concede la incorruptibilidad. Por tanto, sin el Espíritu no es
posible ver al Hijo de Dios, y, sin el Hijo, nadie puede
acercarse al Padre, porque el conocimiento del Padre es el Hijo,
y el conocimiento del Hijo de Dios se logra por el Espíritu Santo
(San Ireneo, dem. 7).
|N684 El Espíritu Santo con su gracia es el "primero" que nos
despierta en la fe y nos inicia en la vida nueva que es: "que te
conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado,
Jesucristo" (Jn 17, 3). No obstante, es el "último" en la
revelación de las personas de la Santísima Trinidad. San Gregorio
Nacianceno, "el Teólogo", explica esta progresión por medio de la
pedagogía de la
"condescendencia" divina:
El Antiguo Testamento proclamaba muy claramente al Padre, y
más obscuramente al Hijo. El Nuevo Testamento revela al Hijo y
hace entrever la divinidad del Espíritu. Ahora el Espíritu tiene
derecho de ciudadanía entre nosotros nos da una visión más clara
de sí mismo. En efecto, no era prudente, cuando todavía no se
confesaba la divinidad del Padre, proclamar abiertamente la del
Hijo y, cuando la divinidad del Hijo no era aún admitida, añadir
el Espíritu Santo como un fardo suplementario si empleamos una
expresión un poco atrevida... Así por avances y progresos "de
gloria en gloria", es como la luz de la Trinidad estalla en
resplandores cada vez más espléndidos (San Gregorio Nacianceno,
or. theol. 5, 26).
|N685 Creer en el Espíritu Santo es, por tanto, profesar que el
Espíritu Santo es una de las personas de la Santísima Trinidad
Santa consubstancial al Padre y al Hijo, "que con el Padre y el
Hijo recibe una misma adoración y gloria" (Símbolo de
Nicea-Constantinopla). Por eso se ha hablado del misterio divino
del Espíritu Santo en la "teología" trinitaria, en tanto que aquí
no se tratará del Espíritu Santo sino en la "Economía" divina.
|N686 El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el
comienzo del Designio de nuestra salvación y hasta su
consumación. Pero es en los "últimos tiempos", inaugurados con la
Encarnación redentora del Hijo, cuando el Espíritu se revela y
nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona.
Entonces, este Designio Divino, que se consuma en Cristo,
"primogénito" y Cabeza de la nueva creación, se realiza en la
humanidad por el Espíritu que nos es dado: la Iglesia, la
comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección
de la carne, la vida eterna.
Artículo 8 "CREO EN EL ESPIRITU SANTO"
|N687 "Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios"
( 1 Co 2, 11). Pues bien, su Espíritu que lo revela nos hace
conocer a Cristo, su Verbo, su Palabra viva, pero no se revela a
sí mismo. El que "habló por los profetas" nos hace oír la Palabra
del Padre. Pero a él no le oímos. No le conocemos sino en la obra
mediante la cual nos revela al Verbo y nos dispone a recibir al
Verbo en la fe. El Espíritu de verdad que nos "desvela" a Cristo
"no habla de sí mismo" (Jn 16,13). Un oculta miento tan discreto,
propiamente divino, explica por qué "el mundo no puede recibirle,
porque no le ve ni le conoce", mientras que los que creen en
Cristo le conocen porque él mora en ellos (Jn 14, 17).
|N688 La Iglesia, comunión viviente en la fe de los apóstoles
que ella transmite, es el lugar de nuestro conocimiento del
Espíritu Santo:
- en las Escrituras que El ha inspirado;
- en la Tradición, de la cual los Padres de la Iglesia son
testigos siempre actuales;
- en el Magisterio de la Iglesia, al que El asiste;
- en la liturgia sacramental, a través de sus palabras y sus
símbolos, en donde el Espíritu Santo nos pone en comunión con
Cristo;
- en la oración en la cual El intercede por nosotros;
- en los carismas y ministerios mediante los que se edifica la
Iglesia;
- en los signos de vida apostólica y misionera;
- en el testimonio de los santos, donde El manifiesta su santidad
y continúa la obra de la salvación.
I LA MISION CONJUNTA DEL HIJO Y DEL ESPIRITU
|N689 Aquél al que el Padre ha enviado a nuestros corazones, el
Espíritu de su Hijo (cf Ga 4, 6) es realmente Dios.
Consubstancial con el Padre y el Hijo, es inseparable de ellos,
tanto en la vida íntima de la Trinidad como en su don de amor
para el mundo. Pero al adorar a la Santísima Trinidad
vivificante, consubstancial e indivisible, la fe de la Iglesia
profesa también la distinción de las Personas. Cuando el Padre
envía su Verbo, envía también su aliento: misión conjunta en la
que el Hijo y el Espíritu Santo son distintos pero inseparables.
Sin ninguna duda, Cristo es quien se manifiesta, Imagen visible
de Dios invisible, pero es el Espíritu Santo quien lo revela.
|N690 Jesús es Cristo, "ungido", porque el Espíritu es su Unción
y todo lo que sucede a partir de la Encarnación mana de esta
plenitud (cf Jn 3, 34). Cuando por fin Cristo es glorificado (Jn
7, 39), puede a su vez, de junto al Padre, enviar el Espíritu a
los que creen en él: El les comunica su Gloria (cf Jn 17, 22), es
decir, el Espíritu Santo que lo glorifica (cf Jn 16, 14). La
misión conjunta y mutua se desplegará desde entonces en los hijos
adoptados por el Padre en el Cuerpo de su Hijo: la misión del
Espíritu de adopción será unirlos a Cristo y hacerles vivir en
El:
La noción de la unción sugiere..que no hay ninguna
distancia entre el Hijo y el Espíritu. En efecto, de la misma
manera que entre la superficie del cuerpo y la unción del aceite
ni la razón ni los sentidos conocen ningún intermediario, así es
inmediato el contacto del Hijo con el Espíritu... de tal modo que
quien va a tener contacto con el Hijo por la fe tiene que tener
antes contacto necesariamente con el óleo. En efecto, no hay
parte alguna que esté desnuda del Espíritu Santo. Por eso es por
lo que la confesión del Señorío del Hijo se hace en el Espíritu
Santo por aquellos que la aceptan, viniendo el Espíritu desde
todas partes delante de los que se acercan por la fe (San
Gregorio Niceno, Spir. 3,1).
II EL NOMBRE, LOS APELATIVOS Y LOS SIMBOLOS DEL ESPIRITU SANTO
El nombre propio del Espíritu Santo
|N691 "Espíritu Santo", tal es el nombre propio de Aquel que
adoramos y glorificamos con el Padre y el Hijo. La Iglesia ha
recibido este nombre del Señor y lo profesa en el bautismo de sus
nuevos hijos (cf Mt 28,19).
El término "Espíritu" traduce el término hebreo "Ruah" que
en su primera acepción significa soplo, aire, viento. Jesús
utiliza precisamente la imagen sensible del viento para sugerir a
Nicodemo la novedad trascendente del que es personalmente el
Soplo de Dios, el Espíritu divino (Jn 3, 5-8). Por otra parte,
Espíritu y Santo son atributos divinos comunes a las Tres
Personas divinas. Pero, uniendo ambos términos, la Escritura, la
liturgia y el lenguaje teológico designan la persona inefable del
Espíritu Santo, sin equívoco posible con los demás empleos de los
términos "espíritu" y "santo".
Los apelativos del Espíritu Santo
|N692 Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu
Santo, le llama el "Paráclito", literalmente "aquel que es
llamado junto a uno", "advocatus" (Jn 14, 16. 26; 15, 26; 16, 7).
"Paráclito" se traduce habitualmente por "Consolador", siendo
Jesús el primer consolador (cf 1 Jn 2, 1). El mismo Señor llama
al Espíritu Santo "Espíritu de Verdad" (Jn 16, 13).
|N693 Además de su nombre propio, que es el más empleado en el
libro de los Hechos y en las cartas de los apóstoles, en San
Pablo se encuentran los siguientes apelativos: el Espíritu de la
promesa (Ga 3, 14; Ef 1, 13), el Espíritu de adopción (Rm 8, 15,
Ga 4 6), el Espíritu de Cristo (Rm 8, 11), el Espíritu del Señor
(2 Co 3 17), el Espíritu de Dios (Rm 8, 9.14; 15, 19; 1 Co 6, 11;
7, 40), y en San Pedro, el Espíritu de gloria ( 1 P 4, 14).
Los símbolos del Espíritu Santo
|N694 El agua. El simbolismo del agua es significativo de la
acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la
invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo
sacramental eficaz del nuevo nacimiento: del mismo modo que la
gestación de nuestro primer nacimiento se hace en el agua, así el
agua bautismal significa realmente que nuestro nacimiento a la
vida divina se nos da en el Espíritu Santo. Pero "bautizados en
un solo Espíritu", también "hemos bebido de un solo Espíritu" (1
Co 12,13): el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua
viva que brota de Cristo crucificado (cf Jn 19, 34; 1 Jn 5, 8)
como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna (cf
Jn 4, 10-14; 7, 38; Ex 17,1-6; Is 55,1; Za 14, 8;1 Co 10, 4; Ap
21, 6; 22,17).
|N695 La unción. El simbolismo de la unción con el óleo es
también significativo del Espíritu Santo, hasta el punto de que
se ha convertido en sinónimo suyo (cf 1 Jn 2, 20. 27; 2 Co 1,
21). En la iniciación cristiana es el signo sacramental de la
Confirmación, llamada justamente en las Iglesias de Oriente
"Crismación". Pero para captar toda la fuerza que tiene, es
necesario volver a la Unción primera realizada por el Espíritu
Santo: la de Jesús. Cristo ["Mesías" en hebreo] significa
"Ungido" del Espíritu de Dios. En la Antigua Alianza hubo
"ungidos" del Señor (cf Ex 30, 22-32), de forma eminente el rey
David (cf 1 S 16, 13). Pero Jesús es el Ungido de Dios de una
manera única: la humanidad que el Hijo asume está totalmente
"ungida por el Espíritu Santo". Jesús es constituido "Cristo" por
el Espíritu Santo (cf Lc 4,18-19; Is 61, 1). La Virgen María
concibe a Cristo del Espíritu Santo quien por medio del ángel lo
anuncia como Cristo en su nacimiento (cf Lc 2,11 ) e impulsa a
Simeón a ir al Templo a ver al Cristo del Señor (cf Lc 2, 26-27);
es de quien Cristo está lleno (cf Lc 4, 1) y cuyo poder emana de
Cristo en sus curaciones y en sus acciones salvíficas (cf Lc 6,
19; 8, 46). Es él en fin quien resucita a Jesús de entre los
muertos (cf Rm 1, 4; 8, 11). Por tanto, constituido plenamente
"Cristo" en su Humanidad victoriosa de la muerte (cf Ch 2, 36),
Jesús distribuye profusamente el Espíritu Santo hasta que "los
santos" constituyan, en su unión con la Humanidad del Hijo de
Dios, "ese Hombre perfecto... que realiza la plenitud de Cristo"
(E 4, 13): "el Cristo total" según la expresión de San Agustín.
|N696 El fuego. Mientras que el agua significaba el nacimiento y
la fecundidad de la Vida dada en el Espíritu Santo, el fuego
simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu
Santo. El profeta Elías que "surgió como el fuego y cuya palabra
abrasaba como antorcha" (Si 48, 1), con su oración, atrajo el
fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo (cf 1 R 18,
38-39), figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que
toca. Juan Bautista, "que precede al Señor con el espíritu y el
poder de Elías" (Lc 1, 17), anuncia a Cristo como el que
"bautizará en el Espíritu Santo y el fuego" (Lc 3, 16), Espíritu
del cual Jesús dirá: "He venido a traer fuego sobre la tierra y
¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!" (Lc 12, 49). Bajo
la forma de lenguas "como de fuego", como el Espíritu Santo se
posó sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de
él (Ch 2, 3-4). La tradición espiritual conservará este
simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción
del Espíritu Santo (cf San Juan de la Cruz, Llama de amor viva).
"No extingáis el Espíritu" (1 Te 5, 19).
|N697 La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en
las manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías del
Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa,
revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la
trascendencia de su Gloria: con Moisés en la montaña del Sinaí
(cf Ex 24, 15-18), en la Tienda de Reunión (cf Ex 33, 9-10) y
durante la marcha por el desierto (cf Ex 40, 3638; 1 Co 10, 1-2);
con Salomón en la dedicación del Templo (cf 1 R 8, 10-12). Pues
bien, estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu
Santo. El es quien desciende sobre la virgen María y la cubre
"con su sombra" para que ella conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1,
35)- En la montaña de la Transfiguración es El quien "vino en una
nube y cubrió con su sombra" a Jesús, a Moisés y a Elías, a
Pedro, Santiago y Juan, y "se oyó una voz desde la nube que
decía: 'Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle"' (Lc 9, 34-35).
Es, finalmente, la misma nube la que "ocultó a Jesús a los ojos"
de los discípulos el día de la Ascensión (Ch 1, 9), y la que lo
revelará como Hijo del hombre en su Gloria el Día de su
Advenimiento (cf Lc 21, 27).
|N698 El sello es un símbolo cercano al de la unción. En efecto,
es Cristo a quien "Dios ha marcado con su sello" (Jn 6, 27) y el
Padre nos marca también en él con su sello (2 Co 1, 22; Ef 1, 13-
4, 30). Como la imagen del sello ["sphragis"] indica el carácter
indeleble de la Unción del Espíritu Santo en los sacramentos del
Bautismo, de la Confirmación y del Orden, esta imagen se ha
utilizado en ciertas tradiciones teológicas para expresar el
"carácter" imborrable impreso por estos tres sacramentos, los
cuales no pueden ser reiterados.
|N699 La mano. Imponiendo las manos Jesús cura a los enfermos
(cf Mc 6, 5; 8, 23) y bendice a los niños (cf Mc 10, 16). En su
Nombre, los apóstoles harán lo mismo (cf Mc 16, 18; Ch 5, 12; 14,
3). Más aún, mediante la imposición de manos de los apóstoles el
Espíritu Santo nos es dado (cf Ch 8,17-19;13, 3; 19, 6). En la
carta a los Hebreos, la imposición de las manos figura en el
número de los "artículos fundamentales" de su enseñanza (cf Hb 6,
2). Este signo de la efusión todopoderosa del Espíritu Santo, la
Iglesia lo ha conservado en sus epíclesis sacramentales.
|N700 El dedo. "Por el dedo de Dios expulso yo [Jesús] los
demonios" (Lc 11, 20). Si la Ley de Dios ha sido escrita en
tablas de piedra "por el dedo de Dios" (Ex 31, 18), la "carta de
Cristo" entregada a los apóstoles "está escrita no con tinta,
sino con el Espíritu de Dios vivo, no en tablas de piedra, sino
en las tablas de carne del corazón" (2 Co 3, 3). El himno "Veni
Creator" invoca al Espíritu Santo como "digitus paternae
dexterae" ("dedo de la diestra del Padre").
|N701 La paloma. Al final del diluvio (cuyo simbolismo se
refiere al Bautismo), la paloma soltada por Noé vuelve con una
rama tierna de olivo en el pico, signo de que la tierra es
habitable de nuevo (cf Gn 8, 8-12). Cuando Cristo sale del agua
de su bautismo, el Espíritu Santo, en forma de paloma, baja y se
posa sobre él (cf Mt 3, 16 par.). El Espíritu desciende y reposa
en el corazón purificado de los bautizados. En algunos templos,
la santa Reserva eucarística se conserva en un receptáculo
metálico en forma de paloma (el columbarium), suspendido por
encima del altar. El símbolo de la paloma para sugerir al
Espíritu Santo es tradicional en la iconografía cristiana.
III EL ESPIRITU Y LA PALABRA DE DIOS EN EL TIEMPO DE LAS PROMESAS
|N702 Desde el comienzo y hasta "la plenitud de los tiempos"(Ga
4, 4), la Misión conjunta del Verbo y del Espíritu del Padre
permanece oculta pero activa. El Espíritu de Dios preparaba
entonces el tiempo del Mesías, y ambos, sin estar todavía
plenamente revelados, ya han sido prometidos a fin de ser
esperados y aceptados cuando se manifiesten. Por eso, cuando la
Iglesia lee el Antiguo Testamento (cf 2 Co 3, 14), investiga en
él (cf Jn 5, 39-46)lo que el Espíritu, "que habló por los
profetas", quiere decirnos acerca de Cristo.
Por "profetas", la fe de la Iglesia entiende aquí a todos
los que el Espíritu Santo ha inspirado en la redacción de los
Libros Santos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. La
tradición judía distingue la Ley [los cinco primeros libros o
Pentateuco], los Profetas [que nosotros llamamos los libros
históricos y proféticos] y los Escritos [sobre todo sapienciales,
en particular los Salmos, cf Lc 24, 44].
En la Creación
|N703 La Palabra de Dios y su Soplo están en el origen del ser y
de la vida de toda creatura (cf Sal 33, 6; 104, 30; Gn 1, 2; 2,
7; Qo 3, 20-21; Ez 37, 10):
Es justo que el Espíritu Santo reine, santifique y anime la
creación porque es Dios consubstancial al Padre y al Hijo... A El
se le da el poder sobre la vida, porque siendo Dios guarda la
creación en el Padre por el Hijo (Liturgia bizantina, Tropario de
maitines, domingos del segundo modo).
|N704 "En cuanto al hombre, es con sus propias manos [es decir,
el Hijo y el Espíritu Santo] como Dios lo hizo... y El dibujó
sobre la carne moldeada su propia forma, de modo que incluso lo
que fuese visible llevase la forma divina" (San Ireneo, dom. 11).
El Espíritu de la promesa
|N705 Desfigurado por el pecado y por la muerte, el hombre
continua siendo "a imagen de Dios", a imagen del Hijo, pero
"privado de la Gloria de Dios" (Rm 3, 23), privado de la
"semejanza". La Promesa hecha a Abraham inaugura la Economía de
la Salvación, al final de la cual el Hijo mismo asumirá "la
imagen" (cf Jn 1, 14; 2 Flp 2, 7) y la restaurará en "la
semejanza" con el Padre volviéndole a dar la Gloria, el Espíritu
"que da la Vida".
|N706 Contra toda esperanza humana, Dios promete a Abraham una
descendencia, como fruto de la fe y del poder del Espíritu Santo
(cf Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38. 54-55; Jn 1, 12-13; Rm 4, 16-21).
En ella serán bendecidas todas las naciones de la tierra (cf Gn
12, 3). Esta descendencia será Cristo (cf Ga 3, 16) en quien la
efusión del Espíritu Santo formará "la unidad de los hijos de
Dios dispersos" (cf Jn 11, 52). Comprometiéndose con juramento
(cf Lc 1, 73), Dios se obliga ya al don de su Hijo Amado (cf Gn
22,17-19; Rm 8, 32; Jn 3, 16) y al don del "Espíritu Santo de la
Promesa, que es prenda... para redención del Pueblo de su
posesión" (Ef 1,13-14; cf Ga 3,14).
En las Teofanías y en la Ley
|N707 Las Teofanías [manifestaciones de Dios] iluminan el camino
de la Promesa, desde los Patriarcas a Moisés y desde Josué hasta
las visiones que inauguran la misión de los grandes profetas. La
tradición cristiana siempre ha reconocido que, en estas
Teofanías, el Verbo de Dios se dejaba ver y oír, a la vez
revelado y "cubierto" por la nube del Espíritu Santo.
|N708 Esta pedagogía de Dios aparece especialmente en el don de
la Ley (cf Ex 19-20; Dt 1-11; 29-30). La letra de la Ley fue dada
como un "pedagogo" para conducir al Pueblo hacia Cristo (Ga 3,
24). Pero su impotencia para salvar al hombre privado de la
"semejanza" divina y el conocimiento creciente que ella da del
pecado (cf Rm 3, 20) suscitan el deseo del Espíritu Santo. Los
gemidos de los Salmos lo atestiguan.
En el Reino y en el Exilio
|N709 La Ley, signo de la Promesa y de la Alianza, habría debido
regir el corazón y las instituciones del Pueblo salido de la fe
de Abraham. "Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi
alianza.... seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación
santa" (Ex 19, 5-6; cf 1 P 2, 9). Pero, después de David, Israel
sucumbe a la tentación de convertirse en un reino como las demás
naciones. Pues bien, el Reino objeto de la promesa hecha a David
(cf 2 S 7- Sal 89; Lc 1, 32-33) será obra del Espíritu Santo;
pertenecerá a los pobres según el Espíritu.
|N710 El olvido de la Ley y la infidelidad a la Alianza llevan a
la muerte: el Exilio, aparente fracaso de las Promesas, es en
realidad fidelidad misteriosa del Dios Salvador y comienzo de una
restauración prometida, pero según el Espíritu. Era necesario que
el Pueblo de Dios sufriese esta purificación (cf Lc 24, 26); el
Exilio lleva ya la sombra de la Cruz en el Designio de Dios, y el
Resto de pobres que vuelven del Exilio es una de las figuras más
transparentes de la Iglesia.
La espera del Mesías y de su Espíritu
|N711 "He aquí que yo lo renuevo" (Is 43,19): dos líneas
proféticas se van a perfilar, una se refiere a la espera del
Mesías, la otra 64; al anuncio de un Espíritu nuevo, y las dos
convergen en el pequeño Resto, el pueblo de los Pobres (cf So 2,
3), que aguardan en la esperanza la "consolación de Israel" y "la
redención de Jerusalén" (cf Lc 2, 25. 38).
Ya se ha dicho cómo Jesús cumple las profecías que a él se
refieren. A continuación se describen aquél las en que aparece
sobre todo la relación del Mesías y de su Espíritu.
|N712 Los rasgos del rostro del Mesías esperado comienzan a 439
aparecer en el Libro del Emmanuel (cf Is 6, 12) ("cuando Isaías
tuvo la visión de la Gloria" de Cristo: Jn 12, 41), en particular
en Is 11, 1-2:
Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus
raíces brotará. Reposará sobre él el Espíritu del Señor: espíritu
de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza,
espíritu de ciencia y temor del Señor.
|N713 Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos
del Siervo (cf Is 42, 1-9; cf Mt 12, 18-21; Jn 1, 32-34; después
Is 49,1-6,cf Mt 3, 17;Lc 2,32, y en fin Is 50,4-10 y 52,
13-53,12). Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de
Jesús, e indican así cómo enviará el Espíritu Santo para
vivificar a la multitud: no desde fuera, sino desposándose con
nuestra "condición de esclavos" (Flp 2, 7). Tomando sobre sí
nuestra muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.
|N714 Por eso Cristo inaugura el anuncio de la Buena Nueva
haciendo suyo este pasaje de Isaías (Lc 4, 18-19; cf Is 61, 1-2):
El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva,
a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.
|N715 Los textos proféticos que se refieren directamente al
envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al
corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los
acentos del "amor y de la fidelidad" (cf Ez. 11, 19; 36, 25 28;
37, 1-14; Jr 31, 31-34; y Jl 3, 1-5, cuyo cumplimiento proclamará
San Pedro la mañana de Pentecostés, cf Ch 2, 17-21). Según estas
promesas, en los "últimos tiempos", el Espíritu del Señor
renovará el corazón ,5 de los hombres grabando en ellos una Ley
nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y
divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en
ella con los hombres en la paz.
|N716 El Pueblo de los "pobres" (cf So 2, 3; Sal 22, 27; 34, 3,
Is 49,13; 61, 1; etc.), los humildes y los mansos, totalmente
entregados a los designios misteriosos de Dios, los que esperan
la justicia no de los hombres sino del Mesías, todo esto es,
finalmente, la gran obra de la Misión escondida del Espíritu
Santo durante el tiempo de las Promesas para preparar la venida
de Cristo. Esta es la calidad de corazón del Pueblo, purificado e
iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En estos
pobres, el Espíritu prepara para el Señor "un pueblo bien
dispuesto" (cf Lc 1, 17).
IV EL ESPIRITU DE CRISTO EN LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS
Juan, Precursor, Profeta y Bautista
|N717 "Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan.
(Jn 1, 6). Juan fue "lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de
su madre" (Lc 1, 15.41) por obra del mismo Cristo que la Virgen
María acababa de concebir del Espíritu Santo. La "visitación" de
María a Isabel se convirtió así en "visita de Dios a su pueblo"
(Lc 1 68).
|N718 Juan es "Elías que debe venir" (Mt 17,10-13): El fuego del
Espíritu lo habita y le hace correr delante [como "precursor"]
del Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo
culmina la obra de "preparar al Señor un pueblo bien dispuesto"
(Lc 1, 17).
|N719 Juan es "más que un profeta" (Lc 7, 26). En él, el
Espíritu Santo consuma el "hablar por los profetas". Juan termina
el ciclo de los profetas inaugurado por Elías (cf Mt 11, 13-14).
Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la "voz"
del Consolador que llega (Jn 1, 23; cf Is 40, 1-3). Como lo hará
el Espíritu de Verdad, "vino como testigo para dar testimonio de
la luz" (Jn 1, 7, cf Jn 15, 26; 5, 33). Con respecto a Juan, el
Espíritu colma así las "indagaciones de los profetas" y la
ansiedad de los ángeles (1 P 1, 10-12): "Aquél sobre quien veas
que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza
con el Espíritu Santo... Y yo lo he visto y doy testimonio de que
éste es el Elegido de Dios... He ahí el Cordero de Dios" (Jn 1,
33-36).
|N720 En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura,
prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al
hombre la "semejanza" divina. El bautismo de Juan era para el
arrepentimiento, el del agua y del Espíritu será un nuevo
nacimiento (cf Jn 3, 5).
"Alégrate, llena de gracia"
|N721 María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es
la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la
Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de
Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre
encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar
entre los hombres. Por ello, los más bellos textos sobre la
sabiduría, la tradición de la Iglesia los ha entendido
frecuentemente con relación a María (cf Pr 8, 1-9, 6; Si 24):
María es cantada y representada en la Liturgia como el trono de
la "Sabiduría".
En ella comienzan a manifestarse las "maravillas de Dios", que
el Espíritu va a realizar en Cristo y en la Iglesia:
|N722 El Espíritu Santo preparó a María con su gracia. Convenía
que fuese "llena de gracia" la madre de Aquel en quien "reside
toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente" (Col 2, 9). Ella
fue concebida sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de
todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del
Omnipotente. Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la
"Hija de Simón": "Alégrate" (cf So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella
lleva en sí al Hijo eterno, es la acción de gracias de todo el
Pueblo de Dios, y por tanto de la Iglesia, esa acción de gracias
que ella eleva en su cántico al Padre en el Espíritu Santo (cf Lc
1, 46-55).
|N723 En María el Espíritu Santo realiza el designio benevolente
del Padre. La Virgen concibe y da a luz al Hijo de Dios con y por
medio del Espíritu Santo. Su virginidad se convierte en
fecundidad única por medio del poder del Espíritu y de la fe (cf
Lc 1, 26-38; Rm 4, 18-21; Ga 4, 26-28).
|N724 En María, el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre
hecho Hijo de la Virgen. Ella es la zarza ardiente de la teofanía
definitiva: llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en la
humildad de su carne dándolo a conocer a los pobres (cf Lc 2,
15-19) y a las primicias de las naciones (cf Mt 2, 11).
|N725 En fin, por medio de María, el Espíritu Santo comienza a
poner en Comunión con Cristo a los hombres "objeto del amor
benevolente de Dios" (cf Lc 2, 14), y los humildes son siempre
los primeros en recibirle: los pastores, los magos, Simeón y Ana,
los esposos de Caná y los primeros discípulos.
|N726 Al término de esta Misión del Espíritu, María se convierte
en la "Mujer", nueva Eva "madre de los vivientes", Madre del
"Cristo total" (cf Jn 19, 25-27). Así es como ella está presente
con los Doce, que "perseveraban en la oración, con un mismo
espíritu" (Ch 1, 14), en el amanecer de los "últimos tiempos" que
el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la
manifestación de la Iglesia.
Cristo Jesús
|N727 Toda la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la
plenitud gs de los tiempos se resume en que el Hijo es el Ungido
del Padre 36 desde su Encarnación: Jesús es Cristo, el Mesías.
Todo el segundo capítulo del Símbolo de la fe hay que
leerlo a la luz de esto. Toda la obra de Cristo es misión
conjunta del Hijo y del Espíritu Santo. Aquí se mencionará
solamente lo que se refiere a la promesa del Espíritu Santo hecha
por Jesús y su don realizado por el Señor glorificado.
|N728 Jesús no revela plenamente el Espíritu Santo hasta que él
mismo no ha sido glorificado por su Muerte y su Resurrección. Sin
embargo, lo sugiere poco a poco, incluso en su enseñanza a la
muchedumbre, cuando revela que su Carne será alimento para la
vida del mundo (cf Jn 6, 27.51.62-63). Lo sugiere también a
Nicodemo (cf Jn 3, 5-8), a la Samaritana (cf Jn 4, 10.14.23-24) y
a los que participan en la fiesta de los Tabernáculos (cf Jn 7,
37-39). A sus discípulos les habla de él abiertamente a propósito
de la oración (cf Lc 11, 13) y del testimonio que tendrán que dar
(cf Mt 10, 19-20).
|N729 Solamente cuando ha llegado la hora en que va a ser
glorificado, Jesús promete la venida del Espíritu Santo, ya que
su Muerte y su Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa
hecha a los Padres (cf Jn 14, 16-17. 26; 15, 26; 16, 7-15; 17,
26): El Espíritu de Verdad, el otro Paráclito, será dado por el
Padre en virtud de la oración de Jesús; será enviado por el Padre
en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre porque él
ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo
conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá con
nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará todo lo que Cristo
nos ha dicho y dará testimonio de él; nos conducirá a la verdad
completa y glorificará a Cristo. En cuanto al mundo, lo acusará
en materia de pecado, de justicia y de juicio.
|N730 Por fin llega la hora de Jesús (cf Jn 13, 1; 17, 1): Jesús
entrega su espíritu en las manos del Padre (cf Lc 23, 46; Jn 19,
30) en el momento en que por su Muerte es vencedor de la muerte,
de modo que, "resucitado de los muertos por la Gloria del Padre"
(Rm 6, 4), en seguida da a sus discípulos el Espíritu Santo
dirigiendo sobre ellos su aliento (cf Jn 20, 22). A partir de
esta hora, la misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la
misión de la Iglesia: "Como el Padre me envió, también yo os
envío" (Jn 20, 21; cf Mt 28,19; Lc 24, 47-48; Ch 1, 8).
V EL ESPIRITU Y LA IGLESIA EN LOS ULTIMOS TIEMPOS
Pentecostés
|N731 El día de Pentecostés (al término de las siete semanas
pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del
Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona
divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor (cf Ch 2, 36),
derrama profusamente el Espíritu.
|N732 En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad.
Desde ese día el Reino anunciado por Cristo está abierto a todos
los que creen en El: en la humildad de la carne y en la fe,
participan ya en la Comunión de la Santísima Trinidad. Con su
venida, que no cesa, el Espíritu Santo hace entrar al mundo en
los "últimos tiempos", el tiempo de la Iglesia, el Reino ya
heredado, pero todavía no consumado:
Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu
celestial, hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad
indivisible porque ella nos ha salvado (Liturgia bizantina,
Tropario de Vísperas de Pentecostés; empleado también en las
liturgias eucarísticas después de la comunión).
El Espíritu Santo, El Don de Dios
|N733 "Dios es Amor" (1 Jn 4, 8. 16) y el Amor que es el primer
don, contiene todos los demás. Este amor "Dios lo ha derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado"
(Rm 5, 5).
|N734 Puesto que hemos muerto, o al menos, hemos sido heridos
por el pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión
de nuestros pecados. La Comunión con el Espíritu Santo (2 Co 13,
13) es la que, en la Iglesia vuelve a dar a los bautizados la
semejanza divina perdida por el pecado.
|N735 El nos da entonces las "arras" o las "primicias" de
nuestra herencia (cf Rin 8, 23; 2 Co 1, 21): la Vida misma de la
Santísima Trinidad que es amar "como él nos ha amado" (cf 1 Jn 4,
11-12). Este amor (la caridad de 1 Co 13) es el principio de la
vida nueva en Cristo, hecha posible porque hemos "recibido una
fuerza, la del Espíritu Santo" (Ch 1, 8).
|N736 Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios
pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera
hará que demos "el fruto del Espíritu que es caridad, alegría,
paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre,
templanza" (Ga 5, 22-23). "El Espíritu es nuestra Vida": cuanto
más renunciamos a nosotros mismos (cf Mt 16, 24-26), más "obramos
también según el Espíritu" (Ga 5, 25):
Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace
espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de
los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar
a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser
llamado hijo de la luz y de tener Pan en la gloria eterna (San
Basilio, Spir. 15, 36).
El Espíritu Santo y la Iglesia
|N737 La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la
Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta
misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su
Comunión con el Padre en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo
prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos
hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su
palabra y abre su mente para entender su Muerte y su
Resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo
en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la
Comunión con Dios, para que den "mucho fruto" (Jn 15, 5. 8. 16).
|N738 Así, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y
del Espíritu Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y
en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar
testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la Comunión
de la Santísima Trinidad (esto será el objeto del próximo
artículo):
Todos nosotros que hemos recibido el mismo y único
espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos hemos fundido entre
nosotros y con Dios. Ya que por mucho que nosotros seamos
numerosos separadamente y que Cristo haga que el Espíritu del
Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, este Espíritu único
e indivisible lleva por sí mismo a la unidad a aquellos que son
distintos entre sí... y hace que todos aparezcan como una sola
cosa en él. Y de la misma manera que el poder de la santa
humanidad de Cristo hace que todos aquellos en los que ella se
encuentra formen un solo cuerpo, pienso que también de la misma
manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e
indivisible, los lleva a todos a la unidad espiritual (San Cirilo
de Alejandría, Jo.
|N739 Puesto que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es
Cristo, Cabeza del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros
para alimentarlos, sanarlos, organizarlos en sus funciones
mutuas, vivificarlos, enviarlos a dar testimonio, asociarlos a su
ofrenda al Padre y a su intercesión por el mundo entero. Por
medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su
Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo (esto
será el objeto de la segunda parte del Catecismo).
|N740 Estas "maravillas de Dios", ofrecidas a los creyentes en
los Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida
nueva, en Cristo, según el Espíritu (esto será el objeto de la
tercera parte del Catecismo).
|N741 "El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues
nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo
intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rm 8, 26). El
Espíritu Santo, artífice de las obras de Dios, es el Maestro de
la oración (esto será el objeto de la cuarta parte del
Catecismo).
RESUMEN
|N742 "La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abbá, Padre"
(Ca 4, 6).
|N743 Desde el comienzo y hasta la consumación de los
tiempos, cuando Dios envío a su Hijo, envía siempre a su
Espíritu: la misión de ambos es conjunta e inseparable.
|N744 En la plenitud de los tiempos, el Espíritu Santo
realiza en María todas las preparaciones para la venida de Cristo
al Pueblo de Dios. Mediante la acción del Espíritu Santo en ella,
el Padre da al mundo el Emmanuel, "Dios con nosotros" (Mt 1, 23).
|N745 El Hijo de Dios es consagrado Cristo [Mesías] mediante
la Unción del Espíritu Santo en su Encarnación (cf Sal 2, 6-7).
|N746 Por su Muerte y su Resurrección, Jesús es constituido
Señor y Cristo en la gloria (Ch 2, 36). De su plenitud, derrama
el Espíritu Santo sobre los apóstoles y la Iglesia.
|N747 El Espíritu Santo que Cristo, Cabeza, derrama sobre sus
miembros, construye, anima y santifica a la Iglesia. Ella es el
sacramento de la Comunión de la Santísima Trinidad con los
hombres.
Artículo 9 "CREO EN LA SANTA IGLESIA CATOLICA"
|N748 "Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto
Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente
iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que
resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el
Evangelio a todas las criaturas" Con estas palabras comienza la
"Constitución dogmática sobre la Iglesia" del Concilio Vaticano
II. Así, el Concilio muestra que el artículo de la fe sobre la
Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a
Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella
es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia,
comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.
|N749 El artículo sobre la Iglesia depende enteramente también
del que le precede, sobre el Espíritu Santo. "En efecto, después
de haber mostrado que el Espíritu Santo es la fuente y el dador
de toda santidad, confesamos ahora que es El quien ha dotado de
santidad a la Iglesia" (Catech. R. 1, 10, 1). La Iglesia, según
la expresión de los Padres, es el lugar "donde florece el
Espíritu" (San Hipólito, t. a. 35).
|N750 Creer que la Iglesia es "Santa" y "Católica", y que es
"Una" y "Apostólica" (como añade el Símbolo Niceno
Constantinopolitano) es inseparable de la fe en Dios, Padre, Hijo
y Espíritu Santo. En el Símbolo de los Apostó les, hacemos
profesión de creer que existe una Iglesia Santa ("Credo...
Ecclesiam"), y no de creer en la Iglesia para no confundir a Dios
con sus obras y para atribuir claramente a la bondad de Dios
todos los dones que ha puesto en su Iglesia (cf Catech. R. 1, 10,
22).
Párrafo I LA IGLESIA EN EL DESIGNIO DE DIOS
I LOS NOMBRES Y LAS IMAGENES DE LA IGLESIA
|N751 La palabra "Iglesia" ["ekklesia", del griego "ek-kalein"
"llamar fuera"] significa "convocación". Designa asambleas del
pueblo (cf Ch 19, 39), en general de carácter religioso. Es el
término frecuentemente utilizado en el texto griego del Antiguo
Testamento para designar la asamblea del pueblo elegido en la
presencia de Dios, sobre todo cuando se trata de la asamblea del
Sinaí, en donde Israel recibió la Ley y fue constituido por Dios
como su pueblo santo (cf Ex 19). Dándose a sí misma el nombre de
"Iglesia", la primera comunidad de los que creían en Cristo se
reconoce heredera de aquella asamblea. En ella, Dios "convoca" a
su Pueblo desde todos los confines de la tierra. El término
"Kiriaké", del que se deriva las palabras "church" en inglés, y
"Kirche" en alemán, significa "la que pertenece al Señor".
|N752 En el lenguaje cristiano, la palabra "Iglesia" designa no
sólo la asamblea litúrgica (cf 1 Co 11, 18; 14, 19.28.34.35),
sino también la comunidad local (cf 1 Co 1, 2;16,1) o toda la
comunidad universal de los creyentes (cf 1 Co 15, 9; Ga 1, 13;
Flp 3, 6). Estas tres significaciones son inseparables de hecho.
La "Iglesia" es el pueblo que Dios reúne en el mundo entero. La
Iglesia de Dios existe en las comunidades locales y se realiza
como asamblea litúrgica, sobre todo eucarística. La Iglesia vive
de la Palabra y del Cuerpo de Cristo y de esta manera viene a ser
ella misma Cuerpo de Cristo.
Los símbolos de la Iglesia
|N753 En la Sagrada Escritura encontramos multitud de imágenes y
de figuras relacionadas entre sí, mediante las cuales la
revelación habla del Misterio inagotable de la Iglesia. Las
imágenes tomadas del Antiguo Testamento constituyen variaciones
de una idea de fondo, la del "Pueblo de Dios". En el Nuevo
Testamento (cf Ef 1, 22 Col 1, 18), todas estas imágenes
adquieren un nuevo centro por el hecho de que Cristo viene a ser
"la Cabeza" de este Pueblo (cf LG 9), el cual es desde entonces
su Cuerpo. En torno a este centro se agrupan imágenes "tomadas de
la vida de los pastores, de la agricultura, de la construcción,
incluso de la familia y del matrimonio" (LG 6).
|N754 "La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y
necesaria es Cristo (Jn 10, 1-10). Es también el rebaño cuyo
pastor será el mismo Dios, como él mismo anunció (cf Is 40, 11;
Ez 34, 11-31). Aunque son pastores humanos quienes gobiernan a
las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el que sin cesar las guía
y alimenta; El, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores (cf Jn
10, 11; 1 P 5, 4), que dio su vida por las ovejas (cf Jn 10,
11-15) .
|N755 ~'La Iglesia es labranza o campo de Dios (1 Co 3, 9). En
este campo crece el antiguo olivo cuya raíz santa fueron los
patriarcas y en el que tuvo y tendrá lugar la reconciliación de
los judíos y de los gentiles (Rm 11, 13-26). El labrador del
cielo la plantó como viña selecta (Mt 21 33-43 par.; cf Is
5,1-7). La verdadera vid es Cristo, que da vida y fecundidad a
los sarmientos, es decir, a nosotros, que permanecemos en él por
medio de la Iglesia y que sin él no podemos hacer nada (Jn
15,1-5)".
|N756 "También muchas veces a la Iglesia se la llama
construcción de Dios (1 Co 3, 9). El Señor mismo se comparó a la
piedra que desecharon los constructores, pero que se convivió en
la piedra angular (Mt 21, 42 par.; cf Ch 4, 11; 1 P 2, 7; Sal
118, 22). Los apóstoles construyen la Iglesia sobre ese
fundamento (cf 1 Co 3, 11), que le da solidez y cohesión. Esta
construcción recibe diversos nombres: casa de Dios (1 Tm 3, 15)
en la que habita su familia, habitación de Dios en el Espíritu (E
2, 19-22) tienda de Dios con los hombres (Ap 21, 3), y sobre
todo, templo santo. Representado en los templos de piedra, los
Padres cantan sus alabanzas, y la liturgia, con razón, lo compara
a la ciudad santa, a la nueva Jerusalén. En ella, en efecto,
nosotros como piedras vivas entramos en su construcción en este
mundo (cf 1 P 2, 5). San Juan ve en el mundo renovado bajar del
cielo, de junto a Dios, esta ciudad santa arreglada como una
esposa embellecida para su esposo (Ap 21, 1-2)".
|N757 "La Iglesia que es llamada también "la Jerusalén de
arriba" y "madre nuestra" (Ga 4, 26; cf Ap 12, 17), y se la
describe como la esposa inmaculada del Cordero inmaculado (Ap 19,
7; 21, 2. 9; 22, 17). Cristo 'la amó y se entregó por ella para
santificarla' (E 5, 25-26); se unió a ella en alianza
indisoluble, 'la alimenta y la cuida' (E 5, 29) sin cesar" (LG
6).
II ORIGEN, FUNDACION Y MISION DE LA IGLESIA
|N758 Para penetrar en el Misterio de la Iglesia, conviene
primeramente contemplar su origen dentro del designio de la
Santísima Trinidad y su realización progresiva en la historia.
Un designio nacido en el corazón del Padre
|N759 "El Padre eterno creó el mundo por una decisión totalmente
libre y misteriosa de su sabiduría y bondad. Decidió elevar a los
hombres a la participación de la vida divina" a la cual llama a
todos los hombres en su Hijo: "Dispuso convocar a los creyentes
en Cristo en la santa Iglesia". Esta "familia de Dios" se
constituye y se realiza gradualmente a lo largo de las etapas de
la historia humana, según las disposiciones del Padre: en efecto,
la Iglesia ha sido "prefigurada ya desde el origen del mundo y
preparada maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y
en la Antigua Alianza; se constituyó en los últimos tiempos, se
manifestó por la efusión del Espíritu y llegará gloriosamente a
su plenitud al final de los siglos" (LG 2).
La Iglesia, prefigurada desde el origen del mundo
|N760 "El mundo fue creado en orden a la Iglesia", decían los
cristianos de los primeros tiempos (Hermas, vis. 2, 4, 1; cf
Arístides, Apolo. 16, 6; Justino, Apolo. 2, 7). Dios creó el
mundo en orden a la comunión en su vida divina, "comunión" que se
realiza mediante la "convocación" de los hombres en Cristo, y
esta "convocación" es la Iglesia. La Iglesia es la finalidad de
todas las cosas (cf San Epifanio, hacer. 1,1, 5), e incluso las
vicisitudes dolorosas como la caída de los ángeles y el pecado
del hombre, no fueron permitidas por Dios más que como ocasión y
medio de desplegar toda la fuerza de su brazo, toda la medida del
amor que quería dar al mundo:
Así como la voluntad de Dios es un acto y se llama mundo,
así su intención es la salvación de los hombres y se llama
Iglesia (Clemente de Alejo. paed. 1, 6).
La Iglesia, preparada en la Antigua Alianza
|N761 La reunión del pueblo de Dios comienza en el instante en
que el pecado destruye la comunión de los hombres con Dios y la
de los hombres entre sí. La reunión de la Iglesia es por así
decirlo la reacción de Dios al caos provocado por el pecado. Esta
reunificación se realiza secretamente en el seno de todos los
pueblos: "En cualquier nación el que le teme [a Dios] y practica
la justicia le es grato" (Ch 10, 35; cf LG 9;13; 16).
|N762 La preparación lejana de la reunión del pueblo de Dios
comienza con la vocación de Abraham, a quien Dios promete que
llegará a ser padre de un gran pueblo (cf Gn 12, 2; 15, 5-6). La
preparación inmediata comienza con la elección de Israel como
pueblo de Dios (cf Ex 19, 5-6; Dt 7, 6). Por su elección, Israel
debe ser el signo de la reunión futura de todas las naciones (cf
Is 2, 2-5; Mi 4, 1-4). Pero ya los profetas acusan a Israel de
haber roto la alianza y haberse comportado como una prostituta
(cf Os 1; Is 1, 2-4, Jr 2). Anuncian, pues, una Alianza nueva y
eterna (cf Jr 31, 31-34; Is 55, 3). "Jesús instituyó esta nueva
alianza" (LG 9).
La Iglesia, instituida por Cristo Jesús
|N763 Corresponde al Hijo realizar el plan de Salvación de su
Padre, en la plenitud de los tiempos; ése es el motivo de su
"misión" (cf LG 3; AG 3). "El Señor Jesús comenzó su Iglesia con
el
anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de
Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras" (LG 5). Para
cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los
cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo "presente
ya en
misterio" (LG 3).
|N764 "Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras en
las obras y en la presencia de Cristo" (LG 5). Acoger la palabra
de Jesús es acoger "el Reino" (ibíd.). El germen y el comienzo
del Reino son el "pequeño rebaño" (Lc 12, 32) de los que Jesús ha
venido a convocar en torno suyo y de los que él mismo es el
pastor (cf Mt 10, 16; 26, 31; Jn 10, 1-21). Constituyen la
verdadera familia de Jesús (cf Mt 12, 49). A los que reunió así
en torno suyo, les enseñó no sólo una nueva "manera de obrar",
sino también una oración propia (cf Mt 5-6).
|N765 El Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que
permanecerá hasta la plena consumación del Reino. Ante todo está
la elección de los Doce con Pedro como su Cabeza (cf Mc 3, 14-
15); puesto que representan a las doce tribus de Israel (cf Mt
19, 28; Lc 22, 30), ellos son los cimientos de la nueva Jerusalén
(cf Ap 21, 12-14). Los Doce (cf Mc 6, 7) y los otros discípulos
(cf Lc 10, 1-2) participan en la misión de Cristo, en su poder, y
también en su suerte (cf Mt 10, 25; Jn 15, 20). Con todos estos
actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia.
|N766 Pero la Iglesia ha nacido principalmente del don total de
Cristo por nuestra salvación, anticipado en la institución de la
Eucaristía y realizado en la Cruz. "El agua y la sangre que
brotan del costado abierto de Jesús crucificado son signo de este
comienzo y crecimiento" (LG 3). "Pues del costado de Cristo
dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la
Iglesia" (SC 5). Del mismo modo que Eva fue formada del costado
de Adán adormecido, así la Iglesia nació del corazón traspasado
de Cristo muerto en la Cruz (cf San Ambrosio, Lc 2, 85-89).
La Iglesia, manifestada por el Espíritu Santo
|N767 "Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó
realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de
Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia" (LG
4). Es entonces cuando "la Iglesia se manifestó públicamente ante
la multitud; se inició la difusión del Evangelio entre los
pueblos mediante la predicación" (AG 4). Como ella es
"convocatoria" de salvación para todos los hombres, la Iglesia
es, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas
las naciones para hacer de ellas discípulos suyos (cf Mt
28,19-20; AG 2, 5-6).
|N768 Para realizar su misión, el Espíritu Santo "la construye y
dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos" (LG 4). "La
Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y guardando
fielmente sus mandamientos del amor, la humildad y la renuncia,
recibe la misión de anunciar y establecer en todos los pueblos el
Reino de Cristo y de Dios. Ella constituye el germen y el
comienzo de este Reino en la tierra" (LG 5).
La Iglesia, consumada en la gloria
|N769 La Iglesia "sólo llegará a su perfección en la gloria del
cielo" (LG 48), cuando Cristo vuelva glorioso. Hasta ese día, "la
Iglesia avanza en su peregrinación a través de las persecuciones
del mundo y de los consuelos de Dios" (San Agustín, civ. 18, 51;
cf LG 8). Aquí abajo, ella se sabe en exilio, lejos del Señor (cf
2 Co 5, 6; LG 6), y aspira al advenimiento pleno del Reino, "y
espera y desea con todas sus fuerzas reunirse con su Rey en la
gloria" (LG 5). La consumación de la Iglesia en la gloria, y a
través de ella la del mundo, no sucederá sin grandes pruebas.
Solamente entonces, "todos los justos desde Adán, 'desde el justo
Abel hasta el último de los elegidos' se reunirán con el Padre en
la Iglesia universal" (LG 2).
EL MISTERIO DE LA IGLESIA III
|N770 La Iglesia está en la historia, pero al mismo tiempo la
transciende. Solamente "con los ojos de la fe" (Catech. R. 1,10,
20) se puede ver al mismo tiempo en esta realidad visible una
realidad espiritual, portadora de vida divina.
La Iglesia, a la vez visible y espiritual
|N771 "Cristo, el único Mediador, estableció en este mundo su
Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y amor, como un
organismo visible. La mantiene aún sin cesar para comunicar por
medio de ella a todos la verdad y la gracia". La Iglesia es a la
vez:
- "sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo Místico de
Cristo;
- el grupo visible y la comunidad espiritual
- la Iglesia de la tierra y la Iglesia llena de bienes del
cielo."
Estas dimensiones juntas constituyen 'una realidad compleja, en
la que están unidos el elemento divino y el humano'~ (LG 8):
Es propio de la Iglesia "ser a la vez humana y divina,
visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y
dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo,
peregrina. De modo que en ella lo humano esté ordenado y
subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a
la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos"
(SC 2).
¡Qué humildad y qué sublimidad! Es la tienda de Ca dar y el
santuario de Dios; una tienda terrena y un palacio celestial una
casa modestísima y una aula regia; un cuerpo mortal y un templo
luminoso; la despreciada por los soberbios y la esposa de Cristo.
Tiene la tez morena pero es hermosa, hijas de Jerusalén. El
trabajo y el dolor del prolongado exilio la han deslucido pero
también la embellece su forma celestial (San Bernardo Can. 27,
14).
La Iglesia, Misterio de la unión de los hombres con Dios
|N772 En la Iglesia es donde Cristo realiza y revela su propio
misterio como la finalidad de designio de Dios: "recapitular todo
en El" (E 1, 10). San Pablo llama "gran misterio" (E 5, 32) al
desposorios de Cristo y de la Iglesia. Porque la Iglesia se une a
Cristo como a su esposo (cf Ef 5, 25-27), por eso se convierte a
su vez en Misterio (cf Ef 3, 9-11). Contemplando en ella el
Misterio San Pablo escribe: el misterio "es Cristo en vosotros,
la esperanza de la gloria" (Col 1, 27)
|N773 En la Iglesia esta comunión de los hombres con Dios por
"la caridad que no pasará jamás" (1 Co 13, 8) es la finalidad que
ordena todo lo que en ella es medio sacramental ligado a este
mundo que pasa (cf LG 48). "Su estructura está totalmente
ordenada a la santidad de los miembros de Cristo. Y la santidad
se aprecia en función del 'gran Misterio' en el que la Esposa
responde con el
don del amor al don del Esposo" (MI 27). María nos precede a
todos en la santidad que es el Misterio de la Iglesia como la
"Esposa sin tacha ni arruga" (E 5, 27). Por eso "la dimensión
mariana de la Iglesia precede a su dimensión letrina" (ibíd.).
La Iglesia, sacramento universal de la salvación
|N774 La palabra griega "mysterion" ha sido traducida en latín
por dos términos: "mysterium" y sacramentum". En la
interpretación posterior,el término "sacramentum" expresa mejor
el signo visible de la realidad oculta de la salvación, indicada
por el término "mysterium'~. En este sentido, Cristo es El mismo
el Misterio de la salvación: "Non est enim aliud Dei mysterium,
nisi Cristus" ("No hay otro misterio de Dios fuera de Cristo".
San Agustín, ep. 187, 34). La obra salvífica de su humanidad
santa y santificante es el sacramento de la salvación que se
manifiesta y actúa en los sacramentos de la Iglesia (que las
Iglesias de Oriente llaman también "los santos Misterios"). Los
siete sacramentos son los signos y los instrumentos mediante los
cuales el Espíritu Santo distribuye la gracia de Cristo, que es
la Cabeza, en la Iglesia que es su Cuerpo La Iglesia contiene por
tanto y comunica la gracia invisible que ella significa. En este
sentido analógico ella es llamada "sacramento".
|N775 "La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e
instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el
género humano"(LG 1): Ser el sacramento de la unión íntima de los
hombres con Dios es el primer fin de la Iglesia. Como la comunión
de los hombres radica en la unión con Dios, la Iglesia es también
el sacramento de la unidad del género humano. Esta unidad ya está
comenzada en ella porque reúne hombres "de toda nación, raza,
pueblo y lengua" (Ap 7, 9); al mismo tiempo, la Iglesia es "signo
e instrumento" de la plena realización de esta unidad que aún
está por venir.
|N776 Como sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo. Ella
es asumida por Cristo "como instrumento de redención universal"
(LG 9), "sacramento universal de salvación" (LG 48), por medio
del cual Cristo "manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio
del amor de Dios al hombre" (GS 45,1). Ella "es el proyecto
visible del amor de Dios hacia la humanidad" (Pablo VI, discurso
22 junio 1973) que quiere "que todo el género humano forme un
único Pueblo de Dios, se una en un único Cuerpo de Cristo, se co
edifique en un único templo del Espíritu Santo" (AG 7; cf LG 17)
RESUMEN
|N777 La palabra "Iglesia" significa "convocación". Designa
la asamblea de aquellos a quienes convoca la palabra de Dios para
formar el Pueblo de Dios y que, alimentados con el Cuerpo de
Cristo, se convierten ellos mismos en Cuerpo de Cristo.
|N778 La Iglesia es a la vez camino y término del designio de
Dios: prefigurada en la creación, preparada en la Antigua
Alianza, fundada por las palabras y las obras de Jesucristo,
realizada por su Cruz redentora y su Resurrección, se manifiesta
como misterio de salvación por la efusión del Espíritu Santo.
Quedará consumada en la gloria del cielo como asamblea de todos
los redimidos de la tierra (cf Ap 14, 4).
|N779 La Iglesia es a la vez visible y espiritual, sociedad
jerárquica y Cuerpo Místico de Cristo. Es una, formada por un
doble elemento humano y divino. Ahí está su Misterio que sólo la
fe puede aceptar.
|N780 La Iglesia es, en este mundo, el sacramento de la
salvación, el signo y el instrumento de la comunión con Dios y
entre los hombres.
Párrafo 2 LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS, CUERPO DE CRISTO, TEMPLO
DEL ESPIRITU SANTO
I LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS
|N781 "En todo tiempo y lugar ha sido grato a Dios el que le
teme y practica la justicia. Sin embargo, quiso santificar y
salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión
entre sí sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de
verdad y le sirviera con una vida santa. Eligió, pues, a Israel
para pueblo suyo, hizo una alianza con él y lo fue educando poco
a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de su
historia y lo fue santificando. Todo esto, sin embargo, sucedió
como preparación y figura de su alianza nueva y perfecta que iba
a realizar en Cristo... es decir, el Nuevo Testamento en su
sangre convocando a las gentes de entre los judíos y los gentiles
para que se unieran, no según la carne, sino en el Espíritu" (LG
9).
Las características del Pueblo de Dios
|N782 El Pueblo de Dios tiene características que le distinguen
claramente de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o
culturales de la historia:
- Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún
pueblo. Pero El ha adquirido para sí un pueblo de aquellos que
antes no eran un pueblo: "una raza elegida, un sacerdocio real,
una nación santa" ( 1 P 2, 9).
- Se llega a ser miembro de este cuerpo no por el nacimiento
físico, sino por el "nacimiento de arriba", "del agua y del
Espíritu" (Jn 3, 3-5), es decir, por la fe en Cristo y el
Bautismo.
- Este pueblo tiene por jefe [cabeza] a Jesús el Cristo [Ungido,
Mesías]: porque la misma Unción, el Espíritu Santo fluye desde la
Cabeza al Cuerpo, es "el Pueblo mesiánico".
- "La identidad de este Pueblo, es la dignidad y la libertad de
los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo
como en un templo".
- "Su ley, es el mandamiento nuevo: amar como el mismo Cristo
nos amó (cf Jn 13, 34)". Esta es la ley "nueva" del Espíritu
Santo (Rm 8, 2; Ga 5, 25).
- Su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo (cf Mt
5, 13-16). "Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de
salvación para todo el género humano".
- "Su destino es el Reino de Dios, que él mismo comenzó en este
mundo, que ha de ser extendido hasta que él mismo lo lleve
también a su perfección" (LG 9).
Un pueblo sacerdotal, profético y real
|N783 Jesucristo es aquél a quien el Padre ha ungido con el
Espíritu Santo y lo ha constituido "Sacerdote, Profeta y Rey".
Todo el Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de
Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que
se derivan de ellas (cf RH 18-21).
|N784 Al entrar en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo se
participa en la vocación única de este Pueblo: en su vocación
sacerdotal: "Cristo el Señor, Pontífice tomado de entre los
hombres, ha hecho del nuevo pueblo 'un reino de sacerdotes para
Dios, su Padre'. Los bautizados, en efecto, por el nuevo
nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados
como casa espiritual y sacerdocio santo" (LG 10).
|N785 "El pueblo santo de Dios participa también del carácter
profético de Cristo". Lo es sobre todo por el sentido
sobrenatural de la fe que es el de todo el pueblo, laicos y
jerarquía, cuando "se adhiere indefectiblemente a la fe
transmitida a los santos de una vez para siempre" (LG 12) y
profundiza en su comprensión y se hace testigo de Cristo en medio
de este mundo.
|N786 El Pueblo de Dios participa, por último, en la función
regia de Cristo. Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos
los hombres por su muerte y su resurrección (cf Jn 12, 32).
Cristo, Rey y Señor del universo, se hizo el servidor de todos,
no habiendo "venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en
rescate por muchos" (Mt 20, 28). Para el cristiano, "servir es
reinar" (LG 36), particularmente "en los pobres y en los que
sufren" donde descubre "la imagen de su Fundador pobre y
sufriente" (LG 8). El pueblo de Dios realiza su "dignidad regia"
viviendo conforme a esta vocación de servir con Cristo.
De todos los que han nacido de nuevo en Cristo, el signo de
la cruz hace reyes, la unción del Espíritu Santo los consagra
como sacerdotes, a fin de que, puesto aparte el servicio
particular de nuestro ministerio, todos los cristianos
espirituales y que usan de su razón se reconozcan miembros de
esta raza de reyes y participantes de la función sacerdotal. ¿Qué
hay, en efecto, más regio para un alma que gobernar su cuerpo en
la sumisión a Dios Y ¿qué hay más sacerdotal que consagrar a Dios
una conciencia pura y ofrecer en el altar de su corazón las
víctimas sin mancha de la piedad? (San León Magno, se Rm. 4, 1).
II LA IGLESIA, CUERPO DE CRISTO
La Iglesia es comunión con Jesús
|N787 Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida
(cf Mc. 1,16-20; 3, 13-19); les reveló el Misterio del Reino (cf
Mt 13, 10-17); les dio parte en su misión, en su alegría (cf Lc
10, 17-20) y en sus sufrimientos (cf Lc 22, 28-30). Jesús habla
de una comunión todavía más íntima entre El y los que le sigan:
"Permaneced en mí, como yo en vosotros... Yo soy la vid y
vosotros los sarmientos" (Jn 15, 4-5). Anuncia una comunión
misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro: "Quien
come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él" (Jn 6,
56).
|N788 Cuando fueron privados los discípulos de su presencia
visible, Jesús no los dejó huérfanos (cf Jn 14, 18). Les prometió
quedarse con ellos hasta el fin de los tiempos (cf Mt 28, 20),
les envió su Espíritu (cf Jn 20, 22; Ch 2, 33). Por eso, la
comunión con Jesús se hizo en cierto modo más intensa: "Por la
comunicación de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos los
pueblos, Cristo los constituye místicamente en su cuerpo" (LG 7).
|N789 La comparación de la Iglesia con el cuerpo arroja un rayo
de luz sobre la relación íntima entre la Iglesia y Cristo. No
está solamente reunida en torno a El: siempre está unificada en
El, en su Cuerpo. Tres aspectos de la Iglesia 'Cuerpo de Cristo'
se han de resaltar más específicamente: la unidad de todos los
miembros entre sí por su unión con Cristo; Cristo Cabeza del
Cuerpo; la Iglesia, Esposa de Cristo.
"Un solo cuerpo"
|N790 Los creyentes que responden a la Palabra de Dios y se
hacen miembros del Cuerpo de Cristo, quedan estrechamente unidos
a Cristo: "La vida de Cristo se comunica a los creyentes, que se
unen a Cristo, muerto y glorificado, por medio de los sacramentos
de una manera misteriosa pero real" (LG 7). Esto es
particularmente verdad en el caso del Bautismo por el cual nos
unimos a la muerte y a la Resurrección de Cristo (cf Rm 6, 4-5;1
Co 12, 13), y en el caso de la Eucaristía, por la cual,
"compartimos realmente el Cuerpo del Señor, que nos eleva hasta
la comunión con él y entre nosotros" (LG 7).
|N791 La unidad del cuerpo no ha abolido la diversidad de los
miembros: "En la construcción del Cuerpo de Cristo existe una
diversidad de miembros y de funciones. Es el mismo Espíritu el
que, según su riqueza y las necesidades de los ministerios,
distribuye sus diversos dones para el bien de la Iglesia". La
unidad del Cuerpo místico produce y estimula entre los fieles la
caridad: "Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él;
si un miembro es honrado, todos los miembros se alegran con él"
(LG 7). En fin, la unidad del Cuerpo místico sale victoriosa de
todas las divisiones humanas: "En efecto, todos los bautizados en
Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego;
ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros
sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3, 27-28).
Cristo, Cabeza de este Cuerpo
|N792 Cristo "es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia" (Col 1,
18). Es el Principio de la creación y de la redención. Elevado a
la gloria del Padre, "él es el primero en todo" (Col 1, 18),
principalmente en la Iglesia por cuyo medio extiende su reino
sobre todas las cosas:
|N793 El nos une a su Pascua: Todos los miembros tienen que
esforzarse en asemejarse a él "hasta que Cristo esté formado en
ellos" (Ga 4, 19). "Por eso somos integrados en los misterios de
su vida..., nos unimos a sus sufrimientos como el cuerpo a su
cabeza. Sufrimos con él para ser glorificados con él" (LG 7).
|N794 El provee a nuestro crecimiento (cf Col 2, 19): Para
hacernos crecer hacia él, nuestra Cabeza (cf Ef 4, 11-16), Cristo
distribuye en su Cuerpo, la Iglesia, los dones y los servicios
mediante los cuales nos ayudamos mutuamente en el camino de la
salvación.
|N795 Cristo y la Iglesia son, por tanto, el "Cristo total "
["Cristus totus"]. La Iglesia es una con Cristo. Los santos
tienen conciencia muy viva de esta unidad:
Felicitémonos y demos gracias por lo que hemos llegado a
ser, no solamente cristianos sino el propio Cristo. ¿Comprendéis,
hermanos, la gracia que Dios nos ha hecho al darnos a Cristo como
Cabeza? Admiraos y regocijaos, hemos sido hechos Cristo. En
efecto, ya que El es la Cabeza y nosotros somos los miembros, el
hombre todo entero es El y nosotros... La plenitud de Cristo es,
pues, la Cabeza y los miembros: ¿Qué quiere decir la Cabeza y los
miembros? Cristo y la Iglesia (San Agustín, ev. Jo. 21, 8).
Redemptor noster unam se personam cum sancta Ecclesia, quam
assumpsit, exhibuit ("Nuestro Redentor muestra que forma una sola
persona con la Iglesia que El asumió", San Gregorio Magno, mor.
praef. 1, 6, 4).
Caput et membra, cuasi una persona mística ("La Cabeza y
los miembros, como si fueran una sola persona mística", Santo
Tomás de A.,s th.3,42,2 dad 1).
Una palabra de Santa Juana de Arco a sus jueces resume la
fe de los santos doctores y expresa el buen sentido del creyente:
"De Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que
no es necesario hacer una dificultad de ello" (Juana de Arco,
pro.).
La Iglesia es la Esposa de Cristo
|N796 La unidad de Cristo y de la Iglesia, Cabeza y miembros del
Cuerpo, implica también la distinción de ambos en una relación
personal. Este aspecto es expresado con frecuencia mediante la
imagen del Esposo y de la Esposa. El tema de Cristo esposo de la
Iglesia fue preparado por los profetas y anunciado por Juan
Bautista (cf Jn 3, 29). El Señor se designó a sí mismo como "el
Esposo" (Mc 2, 19; cf Mt 22, 1-14; 25, 1-13). El apóstol presenta
a la Iglesia y a cada fiel, miembro de su Cuerpo, como una Esposa
"desposada" con Cristo Señor para "no ser con él más que un solo
Espíritu" (cf 1 Co 6, 15-17; 2 Co 11, 2). Ella es la Esposa
inmaculada del Cordero inmaculado (cf Ap 22, 17; Ef 1, 4; 5, 27),
a la que Cristo "amó y por la que se entregó a fin de
santificarla" (E 5 26), la que él se asoció mediante una Alianza
eterna y de la que no cesa de cuidar como de su propio Cuerpo (cf
Ef 5, 29):
He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un solo formado de
muchos... Sea la cabeza la que hable, sean los miembros, es
Cristo el que habla. Habla en el papel de cabeza ["ex persona
capitis"] o en el de cuerpo ["ex persona corporis"]. Según lo que
está escrito: "Y los dos se harán una sola carne. Gran misterio
es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia." Ef 5, 31-32). Y
el Señor mismo en el Evangelio dice: "De manera que ya no son dos
sino una sola carne" (Mt 19, 6). Como lo habéis visto bien, hay
en efecto dos personas diferentes y, no obstante, no forman más
que una en el abrazo conyugal... Como cabeza él se llama esposo"
y como cuerpo "esposa" (San Agustín, psalm. 74, 4: PL 36,
948-949).
III LA IGLESIA, TEMPLO DEL ESPIRITU SANTO
|N797 "Quod est spiritus noster, id est anima nostra, ad membra
nostra, hoc est Spiritus Sanctus ad membra Christi, ad corpus
Christi, quod est Ecclesia" ("Lo que nuestro espíritu, es decir,
nuestra alma, es para nuestros miembros, eso mismo es el Espíritu
Santo para los miembros de Cristo, para el Cuerpo de Cristo que
es la Iglesia", San Agustín, se Rm. 267, 4). "A este Espíritu de
Cristo, como a principio invisible, ha de atribuirse también el
que todas las partes del cuerpo estén íntimamente unidas, tanto
entre sí como con su excelsa Cabeza, puesto que está todo él en
la Cabeza, todo en el Cuerpo, todo en cada uno de los miembros"
(Pío XII, "Mystici Corporis": DS 3808). El Espíritu Santo hace de
la Iglesia "el Templo del Dios vivo" (2 Co 6,16; cf 1 Co 3,
16-17; Ef 2, 21):
En efecto, es a la misma Iglesia, a la que ha sido confiado
el 'Don de Dios'... Es en ella donde se ha depositado la comunión
con Cristo, es decir el Espíritu Santo, arras de la
incorruptibilidad confirmación de nuestra fe y escala de nuestra
ascensión hacia Dios... Porque allí donde está la Iglesia, allí
está también el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu
de Dios, está la Iglesia y toda gracia (San Ireneo, hacer. 3, 24,
1).
|N798 El Espíritu Santo es "el principio de toda acción vital y
verdaderamente saludable en todas las partes del cuerpo" (Pío
XII, "Mystici Corporis": DS 3808). Actúa de múltiples maneras en
la edificación de todo el Cuerpo en la caridad (cf Ef 4, 16): por
la Palabra de Dios, "que tiene el poder de construir el edificio"
(Ch 20, 32), por el Bautismo mediante el cual forma el Cuerpo de
Cristo (cf 1 Co 12, 13); por los sacramentos que hacen crecer y
curan a los miembros de Cristo; por "la gracia concedida a los
apóstoles" que "entre estos dones destaca" (LG 7), por las
virtudes que hacen obrar según el bien, y por las múltiples
gracias especiales llamadas "carismas"] mediante las cuales los
fieles quedan "preparados y dispuestos a asumir diversas tareas o
ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la
Iglesia" (LG 12; cf AA 3).
Los carismas
|N799 Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son
gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente,
una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la
edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las
necesidades del mundo.
|N800 Los carismas se han de acoger con reconocimiento por el
que los recibe, y también por todos los miembros de la Iglesia.
En efecto, son una maravillosa riqueza de gracia para la
vitalidad apostólica y para la santidad de todo el Cuerpo de
Cristo; los carismas constituyen tal riqueza siempre que se trate
de dones que provienen verdaderamente del Espíritu Santo y que se
ejerzan de modo plenamente conforme a los impulsos auténticos de
este mismo Espíritu, es decir, según la caridad, verdadera medida
de los carismas (cf 1 Co 13).
|N801 Por esta razón aparece siempre necesario el discernimiento
de carismas. Ningún carisma dispensa de la referencia y de la
sumisión a los pastores de la Iglesia. "A ellos compete sobre
todo no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con
lo bueno" (LG 12), a fin de que todos los carismas cooperen, en
su diversidad y complementariedad, al "bien común" (cf 1 Co 12,
7, cf LG 30; CL, 24).
RESUMEN
|N802 "Cristo Jesús se entregó por nosotros a fin de
rescatarnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo que
fuese suyo" (Tú 2, 14).
|N803 "Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación
santa, pueblo adquirido" (1 P 2, 9).
|N804 Se entra en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo.
"Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios" (LG 13), a
fin de que, en Cristo, "los hombres constituyan una sola familia
y un único Pueblo de Dios" (AG 1).
|N805 La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Por el Espíritu y su
acción en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, Cristo
muerto y resucitado constituye la comunidad de los creyentes como
Cuerpo suyo.
|N806 En la unidad de este cuerpo hay diversidad de miembros
y de funciones. Todos los miembros están unidos unos a otros,
Particularmente a los que sufren, a los pobres y perseguidos.
|N807 La Iglesia es este Cuerpo del que Cristo es la Cabeza:
vive de El, en El y por El; El vive con ella y en ella.
|N808 La Iglesia es la Esposa de Cristo: la ha amado y se ha
entregado por ella. La ha purificado por medio de su sangre. Ha
hecho de ella la Madre fecunda de todos los hijos de Dios.
|N809 La Iglesia es el Templo del Espíritu Santo. El Espíritu
es como el alma del Cuerpo Místico, principio de su vida, de la
unidad en la diversidad y de la riqueza de sus dones y carismas.
|N810 "Así toda la Iglesia aparece como el pueblo unido 'por
la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo' (San
Cipriano)" (LG 4).
Párrafo 3 LA IGLESIA ES UNA, SANTA, CATOLICA Y APOSTOLICA
|N811 "Esta es la única Iglesia de Cristo, de la que confesamos
en el Credo que es una, santa, católica y apostólica" (LG 8).
Estos 750 cuatro atributos, inseparablemente unidos entre sí (cf
DS 2888), indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión.
La Iglesia no los tiene por ella misma; es Cristo, quien, por el
Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser una, santa, católica y
apostólica, y El es también quien la llama a ejercitar cada una
de estas cualidades.
|N812 Sólo la fe puede reconocer que la Iglesia posee estas
propiedades por su origen divino. Pero sus manifestaciones
históricas son signos que hablan también con claridad a la razón
humana. Recuerda el Concilio Vaticano I: "La Iglesia por sí misma
es un grande y perpetuo motivo de credibilidad y un testimonio
irrefutable de su misión divina a causa de su admirable
propagación, de su eximia santidad, de su inagotable fecundidad
en toda clase de bienes, de su unidad universal y de su invicta
estabilidad" (DE 3013).
I LA IGLESIA ES UNA
"El sagrado Misterio de la Unidad de la Iglesia" (UR 2)
|N813 La Iglesia es una debido a su origen: "El modelo y
principio supremo de este misterio es la unidad de un solo Dios
Padre e Hijo en el Espíritu Santo, en la Trinidad de personas"
SUR 2). La Iglesia es una debido a su Fundador: " Pues el mismo
Hijo encaró nado, Príncipe de la paz, por su cruz reconcilió a
todos los hombres con Dios... restituyendo la unidad de todos en
un solo pueblo y en un solo cuerpo" (GS 78, 3). La Iglesia es
una debido a su "alma": "El Espíritu Santo que habita en los
creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa
admirable comunión de fieles y une a todos en Cristo tan
íntimamente que es el Principio de la unidad de la Iglesia" SUR
2). Por tanto, pertenece a la esencia misma de la Iglesia ser
una:
¡Qué sorprendente misterio! Hay un solo Padre del universo,
un solo Logos del universo y también un solo Espíritu Santo
Idéntico en todas partes; hay también una sola virgen hecha
madre, y me gusta llamarla Iglesia (Clemente de Alejandría, paed.
|N814 Desde el principio, esta Iglesia una se presenta, no
obstante, con una gran diversidad que procede a la vez de la
variedad de los dones de Dios y de la multiplicidad de las
personas que los reciben. En la unidad del Pueblo de Dios se
reúnen los diferentes pueblos y culturas. Entre los miembros de
la Iglesia existe una diversidad de dones, cargos, condiciones y
modos de vida; "dentro de la comunión eclesial, existen
legítimamente las Iglesias particulares con sus propias
tradiciones" (LG 13). La gran riqueza de esta diversidad no se
opone a la unidad de la Iglesia. No obstante, el pecado y el peso
de sus consecuencias amenazan sin cesar el don de la unidad.
También el apóstol debe exhortar a "guardar la unidad del
Espíritu con el vínculo de la paz" (E 4, 3).
|N815 ¿Cuáles son estos vínculos de la unidad? "Por encima de
todo esto revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección"
(Col 3, 14). Pero la unidad de la Iglesia peregrina está
asegurada por vínculos visibles de comunión:
- la profesión de una misma fe recibida de los apóstoles;
- la celebración común del culto divino, sobre todo de los
sacramentos;
- la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que
conserva la concordia fraterna de la familia de Dios (cf UR 2, LG
14 CIC, can. 205).
|N816 "La única Iglesia de Cristo..., Nuestro Salvador, después
de su resurrección, la entregó a Pedro para que la pastoreara le
encargó a él y a los demás apóstoles que la extendieran y la
gobernaran... Esta Iglesia, constituída y ordenada en este mundo
como una sociedad, subsiste en ["subsistió in"] la Iglesia
católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en
comunión con él" (LG 8).
El decreto sobre Ecumenismo del Concilio Vaticano Il
explicita: "Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo,
que es auxilio general de salvación, puede alcanzarse la plenitud
total de los medios de salvación. Creemos que el Señor confió
todos los bienes de la Nueva Alianza a un único colegio
apostólico presidido por Pedro, para constituir un solo Cuerpo de
Cristo en la tierra, al cual deben incorporarse plenamente los
que de algún modo pertenecen ya al Pueblo de Dios" SUR 3).
Las heridas de la unidad
|N817 De hecho, "en esta una y única Iglesia de Dios,
aparecieron ya desde los primeros tiempos algunas escisiones que
el apóstol reprueba severamente como condenables; y en siglos
posteriores surgieron disensiones más amplias y comunidades no
pequeñas se separaron de la comunión plena con la Iglesia
católica y, a veces, no sin culpa de los hombres de ambas partes"
SUR 3). Tales rupturas que lesionan la unidad del Cuerpo de
Cristo (se distingue la herejía, la apostasía y el cisma [cf CIC
can. 751]) no se producen sin el pecado de los hombres:
Ubi peccata sunt, ibi est multitudo, ibi schismata, ibi
haereses, ibi discussiones. Ubi autem virtus, ibi singularitas,
ibi unio, ex Quo omnium credentium erat cor unum et anima una
("Donde hay pecados, allí hay desunión, cismas, herejías,
discusiones. Pero donde hay virtud, allí hay unión, de donde
resultaba que todos los creyentes tenían un solo corazón y una
sola alma", Orígenes, hoz. in Ezech. 9, 1).
|N818 Los que nacen hoy en las comunidades surgidas de tales
rupturas "y son instruidos en la fe de Cristo, no pueden ser
acusados del pecado de la separación y la Iglesia católica los
abraza con respeto y amor fraternos... justificados por la fe en
el bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo
derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos
con razón por los hijos de la Iglesia católica como hermanos en
el Señor" SUR 3).
|N819 Además, "muchos elementos de santificación y de verdad"
(LG 8) existen fuera de los límites visibles de la Iglesia
católica: "la palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la
fe, la esperanza y la caridad y otros dones interiores del
Espíritu Santo y los elementos visibles" SUR 3; cf LG 15). El
Espíritu de Cristo se sirve de estas Iglesias y comunidades
eclesiales como medios de salvación cuya fuerza viene de la
plenitud de gracia y de verdad que Cristo ha confiado a la
Iglesia católica. Todos estos bienes provienen de Cristo y
conducen a El (cf UR 3) y de por sí impelen a "la unidad
católica" (LG 8).
Hacia la unidad
|N820 Aquella unidad "que Cristo concedió desde el principio a
la Iglesia... creemos que subsiste indefectible en la Iglesia
católica y esperamos que crezca hasta la consumación de los
tiempos" SUR 4). Cristo da permanentemente a su Iglesia el don de
la unidad, pero la Iglesia debe orar y trabajar siempre para
mantener, reforzar y perfeccionar la unidad que Cristo quiere
para ella. Por eso Cristo mismo rogó en la hora de su Pasión, y
no cesa de rogar al Padre por la unidad de sus discípulos: "Que
todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos sean
también uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has
enviado" (Jn 17, 21). El deseo de volver a encontrar la unidad de
todos los cristianos es un don de Cristo y un llamamiento del
Espíritu Santo (cf UR 1).
|N821 Para responder adecuadamente a este llamamiento se exige:
- una renovación permanente de la Iglesia en una fidelidad mayor
a su vocación. Esta renovación es el alma del movimiento hacia la
unidad
- la conversión del corazón para "llevar una vida más pura, según
el Evangelio" (cf UR 7), porque la infidelidad de los miembros al
don de Cristo es la causa de las divisiones;
- la oración en común, porque "esta conversión del corazón y
santidad de vida, junto con las oraciones privadas y públicas por
la unidad de los cristianos, deben considerarse como el alma de
todo el movimiento ecuménico, y pueden llamarse con razón
ecumenismo espiritual" (UR 6);
- el fraterno conocimiento recíproco (cf UR 9);
- la formación ecuménica de los fieles y especialmente de los
sacerdotes
- el diálogo entre los teólogos y los encuentros entre los
cristianos de diferentes Iglesias y comunidades (cf UR 4, 9, 11
);
- la colaboración entre cristianos en los diferentes campos de
servicio a los hombres (cf UR 12).
|N822 "La preocupación por el restablecimiento de la unión atañe
a la Iglesia entera, tanto a los fieles como a los pastores" SUR
5). Pero hay que ser "conocedor de que este santo propósito de
reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la única
Iglesia de Jesucristo excede las fuerzas y la capacidad humana".
Por eso hay que poner toda la esperanza "en la oración de Cristo
por la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros, y en el
poder del Espíritu Santo" SUR 24).
II LA IGLESIA ES SANTA
|N823 "La fe confiesa que la Iglesia... no puede dejar de ser
santa. En efecto, Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y
con el Espíritu se proclama 'el solo santo', amó a su Iglesia
como a su esposa. El se entregó por ella para santificarla, la
unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del
Espíritu Santo para gloria de Dios" (LG 39). La Iglesia es, pues,
"el Pueblo santo de Dios" (LG 12), y sus miembros son llamados
"santos" (cf Ch 9, 13; 1 Co, 1; 16, 1).
|N824 La Iglesia, unida a Cristo, está santificada por El; por
El y con El, ella también ha sido hecha santificadora. Todas las
obras de la Iglesia se esfuerzan en conseguir "la santificación
de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios" (SC 10). En
la Iglesia es en donde está depositada "la plenitud total de los
medios de salvación" SUR 3). Es en ella donde "conseguimos la
santidad por la gracia de Dios" (LG 48).
|N825 "La Iglesia, en efecto, ya en la tierra se caracteriza por
una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta" (LG 48). En
sus miembros, la santidad perfecta está todavía por alcanzar:
"Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están
llamados cada uno por su propio camino, a la perfección de la
santidad, cuyo modelo es el mismo Padre" (LG 11).
|N826 La caridad es el alma de la santidad a la que todos están
llamados: "dirige todos los medios de santificación, los informa
y los lleva a su fin" (LG 42):
Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto por
diferentes miembros, el más necesario, el más noble de todos no
le faltaba, comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que este
corazón estaba ARDIENDO DE AMOR. Comprendí que el Amor solo hacía
obrar a los miembros de la Iglesia, que si el Amor llegara a
apagarse, los Apóstoles ya no anunciarían el Evangelio, los
Mártires rehusarían verter su sangre... Comprendí que EL AMOR
ENCERRABA TODAS LAS VOCACIONES, QUE EL AMOR ERA TODO, QUE
ABARCABA TODOS LOS TIEMPOS Y TODOS LOS LUGARES... EN UNA PALABRA,
QUE ES ¡ETERNO! (Santa Teresa del Niño Jesús, ms. auto. B 3v).
|N827 "Mientras que Cristo, santo, inocente, sin mancha, no
conoció el pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados
del pueblo, la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es
a la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin
cesar la conversión y la renovación" (LG 8; cf UR 3; 6). Todos
los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben
reconocerse pecadores (cf 1 Jn 1, 8-10). En todos, la cizaña del
pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del
Evangelio hasta el fin de los tiempos (cf Mt 13, 24-30). La
Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la
salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación:
La Iglesia es, pues, santa aunque abarque en su seno
pecadores; porque ella no goza de otra vida que de la vida de la
gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida
se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas
del alma, que impiden que la santidad de ella se difunda
radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos
pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la
sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo (SPF 19).
|N828 Al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar
solemnemente que esos fieles han practicado heroicamente las
virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, la
Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en
ella, y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los
santos como modelos e intercesores (cf LG 40; 48-51). "Los santos
y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en
las circunstancias más difíciles de la historia de la Iglesia"
(CL 16, 3). En efecto, "la santidad de la Iglesia es el secreto
manantial y la medida infalible de su laboriosidad apostólica y
de su ímpetu misionero" (CL 17, 3).
|N829 "La Iglesia en la Santísima Virgen llegó ya a la
perfección, sin mancha ni arruga. En cambio, los creyentes se
esfuerzan todavía en vencer el pecado para crecer en la santidad.
Por eso dirigen sus ojos a María" (LG 65): en ella, la Iglesia es
ya enteramente santa.
III LA IGLESIA ES CATOLICA
Qué quiere decir "católica"
|N830 La palabra "católica" significa "universal" en el sentido
de "según la totalidad" o "según la integridad". La Iglesia es
católica en un doble sentido:
Es católica porque Cristo está presente en ella. "Allí donde
está Cristo Jesús, está la Iglesia Católica" (San Ignacio de
Antioquía, Smyrn. 8, 2). En ella subsiste la plenitud del Cuerpo
de Cristo unido a su Cabeza (cf Ef 1, 22-23), lo que implica que
ella recibe de El "la plenitud de los medios de salvación" (AG 6)
que El ha querido: confesión de fe recta y completa, vida
sacramental íntegra y ministerio ordenado en la sucesión
apostólica. La Iglesia, en este sentido fundamental, era católica
el día de Pentecostés (cf AG 4) y lo será siempre hasta el día de
la Parusía.
|N831 Es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a
la totalidad del género humano (cf Mt 28, 19):
Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por
eso este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo
a través de todos los siglos, para que así se cumpla el designio
de Dios que en el principio creó una única naturaleza humana y
decidió reunir a sus hijos dispersos... Este carácter de
universalidad, que distingue al pueblo de Dios, es un don del
mismo Señor. Gracias a este carácter, la Iglesia Católica tiende
siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos
sus valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu
(LG 13).
Cada una de las Iglesias particulares es "católica"
|N832 "Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en
todas las legítimas comunidades locales de fieles, unidas a sus
pastores. Estas en el Nuevo Testamento, reciben el nombre de
Iglesias... En Elías se reúnen los fieles por el anuncio del
Evangelio de Cristo y se celebra el misterio de la Cena del
Señor... En estas comunidades, aunque muchas veces sean pequeñas
y pobres o vivan dispersas, está presente Cristo, quien con su
poder constituye a la Iglesia una, santa, católica y apostólica"
(LG 26).
|N833 Se entiende por Iglesia particular, que es la diócesis (o
la eparquía), una comunidad de fieles cristianos en comunión en
la fe y en los sacramentos con su obispo ordenado en la sucesión
apostólica (cf CD 11; CIC can. 368-369). Estas Iglesias
particulares están "formadas a imagen de la Iglesia Universal. En
ellas y a partir de ellas existe la Iglesia católica, una y
única" (LG 23).
|N834 Las Iglesias particulares son plenamente católicas gracias
a la comunión con una de ellas: la Iglesia de Roma "que preside
en la caridad" (San Ignacio de Antioquía, Roo. 1, 1). "Porque con
esta Iglesia en razón de su origen más excelente debe
necesariamente acomodarse toda Iglesia, es decir, los fieles de
todas partes" (San Ireneo, hacer. 3, 3, 2; citado por Cc.
Vaticano I: DS 3057). "En efecto, desde la venida a nosotros del
Verbo encarnado, todas las Iglesias cristianas de todas partes
han tenido y tienen a la gran Iglesia que está aquí [en Roma]
como única base y fundamento porque, según las mismas promesas
del Salvador, las puertas del infierno no han prevalecido jamás
contra ella" (San Máximo el Confesor, opus.).
|N835 "Guardémonos bien de concebir la Iglesia universal como la
suma o, si se puede decir, la federación más o menos anómala de
Iglesias particulares esencialmente diversas. En el pensamiento
del Señor es la Iglesia, universal por vocación y por misión, la
que, echando sus raíces en la variedad de terrenos culturales,
sociales, humanos, toma en cada parte del mundo aspectos,
expresiones externas diversas" (EN 62) La rica variedad de
disciplinas eclesiásticas, de ritos litúrgicos, de patrimonios
teológicos y espirituales propios de las Iglesias locales "con un
mismo objetivo muestra muy claramente la catolicidad de la
Iglesia indivisa"
Quién pertenece a la Iglesia católica
|N836 "Todos los hombres, por tanto, están invitados a esta
unidad católica del Pueblo de Dios... A esta unidad pertenecen de
diversas maneras o a ella están destinados los católicos, los
demás cristianos e incluso todos los hombres en general llamados
a la salvación por la gracia de Dios" (LG 13).
|N837 "Están plenamente incorporados a la sociedad que es la
Iglesia aquellos que, teniendo el Espíritu de Cristo, aceptan
íntegramente su constitución y todos los medios de salvación
establecidos en ella y están unidos, dentro de su estructura
visible, a Cristo, que la rige por medio del Sumo Pontífice y de
los obispos mediante los lazos de la profesión de la fe, de los
sacramentos, de gobierno eclesiástico y de la comunión. No se
salva, en cambio, el que no permanece en el amor, aunque esté
incorporado a la Iglesia, pero está en el seno de la Iglesia con
el 'cuerpo', pero no con el 'corazón"' (LG 14).
|N838 "La Iglesia se siente unida por muchas razones con todos
los que se honran con el nombre de cristianos a causa del
bautismo, aunque no profesan la fe en su integridad o no
conserven la unidad de la comunión bajo el sucesor de Pedro" (LG
15). "Los que creen en Cristo y han recibido ritual mente el
bautismo están en una cierta comunión, aunque no perfecta, con la
Iglesia católica" SUR 3). Con las Iglesias ortodoxas, esta
comunión es tan profunda "que le falta muy poco para que alcance
la plenitud que haría posible una celebración común de la
Eucaristía del Señor" (Pablo VI, discurso 14 diciembre 1975; cf
UR 13-18).
La Iglesia y los no cristianos
|N839 "Los que todavía no han recibido el Evangelio también
están ordenados al Pueblo de Dios de diversas maneras" (LG 16):
La relación de la Iglesia con el pueblo judío. La Iglesia,
Pueblo de Dios en la Nueva Alianza, al escrutar su propio
misterio, descubre su vinculación con el pueblo judío (cf NA 4)
"a quien Dios ha hablado primero" (MI, Viernes Santo 13: oración
universal VI). A diferencia de otras religiones no cristianas la
fe judía ya es una respuesta a la revelación de Dios en la
Antigua Alianza. Pertenece al pueblo judío "la adopción filial,
la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas y
los patriarcas; de todo lo cual procede Cristo según la carne"
(cf Rm 9, 4-5), "porque los dones y la vocación de Dios son
irrevocables" (Rm 11, 29).
|N840 Por otra parte, cuando se considera el futuro, el Pueblo
de Dios de la Antigua Alianza y el nuevo Pueblo de Dios tienden
hacia fines análogos: la espera de la venida (o el retorno) del
Mesías; pues para unos, es la espera de la vuelta del Mesías,
muerto y resucitado, reconocido como Señor e Hijo de Dios- para
los otros, es la venida del Mesías cuyos rasgos permanecen
velados hasta el fin de los tiempos, espera que está acompañada
del drama de la ignorancia o del rechazo de Cristo Jesús.
|N841 Las relaciones de la Iglesia con los musulmanes. "El
designio de salvación comprende también a los que reconocen al
Creador. Entre ellos están, ante todo, los musulmanes, que
profesan tener la fe de Abraham y adoran con nosotros al Dios
único y misericordioso que juzgará a los hombres al fin del
mundo" (LG 16; cf NA 3).
|N842 El vínculo de la Iglesia con las religiones no cristianas
es en primer lugar el del origen y el del fin comunes del género
huí Todos los pueblos forman una única comunidad y tienen un
mismo origen, pues lo que Dios hizo habitar a todo el género
humano sobre la entera faz de la tierra; tienen también un único
fin último, Dios, cuya providencia, testimonio de bondad y
designios de salvación se extienden a todos hasta que los
elegidos se unan en la Ciudad Santa (NA 1).
|N843 La Iglesia reconoce en las otras religiones la búsqueda,
"todavía en sombras y bajo imágenes", del Dios desconocido pero
próximo ya que es El quien da a todos vida, el aliento y todas
las cosas y quiere que todos los hombres se salven. Así, la
Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero, que puede encontrarse
en las diversas religiones, "como una preparación al Evangelio y
como un don de aquel que ilumina a todos los hombres, para que al
fin tengan la vida" (LG 16; cf NA 2; EN 53).
|N844 Pero, en su comportamiento religioso, los hombres muestran
también límites y errores que desfiguran en ellos la imagen de
Dios:
Con demasiada frecuencia los hombres, engañados por el
Maligno, se pusieron a razonar como personas vacías y cambiaron
el Dios verdadero por un ídolo falso, sirviendo a las criaturas
en vez de al Creador. Otras veces, viviendo y muriendo sin Dios
en este mundo, están expuestos a la desesperación más radical (LG
16).
|N845 El Padre quiso convocar a toda la humanidad en la Iglesia
de su Hijo para reunir de nuevo a todos sus hijos que el pecado
había dispersado y extraviado. La Iglesia es el lugar donde la
humanidad debe volver a encontrar su unidad y su salvación. Ella
es el "mundo reconciliado" (San Agustín, se Rm. 96, 7-9). Es,
además, este barco que "pleno dominicae crucis velo Sancti
Spiritus flatu in hoc bene navigat mundo" ("con su velamen que es
la cruz de Cristo, empujado por el Espíritu Santo, navega bien en
este mundo") (San Ambrosio, Virgo. 18, 188); según otra imagen
estimada por los Padres de la Iglesia, está prefigurada por el
Arca de Noé que es la única que salva del diluvio (cf 1 P 3,
20-21).
"Fuera de la Iglesia no huy salvación"
|N846 ¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por
los Padres de la Iglesia? Formulada de modo positivo significa
que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es
su Cuerpo:
El santo Sínodo... basado en la Sagrada Escritura y en la
Tradición, enseña qué esta Iglesia peregrina es necesaria para la
salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de
salvación que se nos hace presente en su Culpo, en la Iglesia.
El, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la
fe y del bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la
Iglesia, en la que entran los hombres por el bautismo como por
una puerta. Por eso, no podían salvarse los que, sabiendo que
Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como
necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido
entrar o perseverar en ella (LG 14).
|N847 Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya,
no conocen a Cristo y a su Iglesia:
Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y
su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en
su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios,
conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden
conseguir la salvación eterna (LG 16; cf DS 3866-3872).
|N848 "Aunque Dios, por caminos conocidos sólo por El, puede
Llevar a la fe, 'sin la que es imposible agradarle' (Hb 11, 6), a
los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia,
corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo
tiempo, el derecho sagrado de evangelizar" (AG 7).
La misión, exigencia de la catolicidad de la Iglesia
|N849 El mandato misionero. "La Iglesia, enviada por Dios a las
gentes para ser 'sacramento universal de salvación', por
exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato
de su Fundador se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los
hombres" (AG 1): "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y
sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo" (Mt 28, 19-20).
|N850 El origen y la finalidad de la misión. El mandato
misionero del Señor tiene su fuente última en el amor eterno de
la Santísima Trinidad: "La Iglesia peregrinante es, por su propia
naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión
del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios
Padre" (AG 2). El fin último de la misión no es otro que hacer
participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre
y el Hijo en su Espíritu de amor (cf Juan Pablo II, RM 23).
|N851 El motivo de la misión. Del amor de Dios por todos los
hombres la Iglesia ha sacado en todo tiempo la obligación y la
fuerza de su impulso misionero: "porque el amor de Cristo nos
apremia..." (2 Co 5, 14; cf AA 6; RM 11). En efecto, "Dios quiere
que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno
de la verdad" (1 Tm 2, 4). Dios quiere la salvación de todos por
el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la
verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están
ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia a quien esta
verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la
buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de
salvación, la Iglesia debe ser misionera.
|N852 Los caminos de la misión. "El Espíritu Santo es en verdad
el protagonista de toda la misión eclesial" (RM 21). El es quien
conduce la Iglesia por los caminos de la misión. Ella "continúa y
desarrolla en el curso de la historia la misión del propio
Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres... impulsada
por el Espíritu Santo, debe avanzar por el mismo camino por el
que avanzó Cristo; esto es, el camino de la pobreza, la
obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo hasta la
muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección" (AG 5).
Es así como la "sangre de los mártires es semilla de cristianos"
(Tertuliano, Apolo. 50).
|N853 Pero en su peregrinación, la Iglesia experimenta también
"hasta qué punto distan entre sí el mensaje que ella proclama y
la debilidad humana de aquellos a quienes se confía el Evangelio"
(GS 43, 6). Sólo avanzando por el camino "de la conversión y la
renovaci6n" (LG 8, cf 15) y "por el es trecho sendero de Dios"
(AG 1) es como el Pueblo de Dios puede extender el reino de
Cristo (cf RM 12-20). En efecto, "como Cristo realizó la obra de
la redención en la persecución, también la Iglesia está llamada a
seguir el mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de
la salvación" (LG 8).
|N854 Por su propia misión, "la Iglesia... avanza junto con toda
la humanidad y experimenta la misma suerte terrena del mundo, y
existe como fermento y alma de la sociedad humana, que debe ser
renovada en Cristo y transformada en familia de Dios" (GS 40,
2). El esfuerzo misionero exige entonces la paciencia. Comienza
con el anuncio del Evangelio a los pueblos y a los grupos que aún
no creen en Cristo (cf RM 42-47); continúa con el establecimiento
de comunidades cristianas, "signo de la presencia de Dios en el
mundo" (AG 15), y en la fundación de Iglesias locales (cf RM
48-49); se implica en un proceso de inculturación para así
encarnar el Evangelio en las culturas de los pueblos (cf RM
52-54), en este proceso no faltarán también los fracasos. "En
cuanto se refiere a los hombres, grupos y pueblos, solamente de
forma gradual los toca y los penetra y de este modo los incorpora
a la plenitud católica" (AG 6).
|N855 La misión de la Iglesia reclama el esfuerzo hacia la
unidad de los cristianos (cf RM 50). En efecto, "las divisiones
entre los cristianos son un obstáculo para que la Iglesia lleve a
cabo la plenitud de la catolicidad que le es propia en aquellos
hijos que, incorporados a ella ciertamente por el bautismo,
están, sin embargo, separados de su plena comunión. Incluso se
hace más difícil para la propia Iglesia expresar la plenitud de
la catolicidad bajo todos los aspectos en la realidad misma de la
vida" SUR 4).
|N856 La tarea misionera implica un diálogo respetuoso con los
que todavía no aceptan el Evangelio (cf RM 55). Los creyentes
pueden sacar provecho para sí mismos de este diálogo aprendiendo
a conocer mejor "cuanto de verdad y de gracia se encontraba ya
entre las naciones, como por una casi secreta presencia de Dios"
(AG 9). Si ellos anuncian la Buena Nueva a los que la desconocen,
es para consolidar, completar y elevar la verdad y el bien que
Dios ha repartido entre los hombres y los pueblos, y para
purificarlos del error y del mal "para gloria de Dios, confusión
del diablo y felicidad del hombre" (AG 9).
IV LA IGLESIA ES APOSTOLICA
|N857 La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los
apóstoles, y esto en un triple sentido:
- Fue y permanece edificada sobre "el fundamento de los
apóstoles" (Ef 2, 20; Hech 21,14), testigos escogidos y enviados
en misión por el mismo Cristo (cf Mt 28, 16-20; Hech 1, 8; 1 Co
9, 1; 15,7-8; Ga 1, 1 etc.).
- Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita
en ella, la enseñanza (cf Hech 2, 42), el buen depósito, las
sanas palabras oídas a los Apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14).
- Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles
hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en
su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, "a los que
asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo
Pastor de la Iglesia" (AG 5):
Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los
santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga
siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes
tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio (MI, Prefacio de
los apóstoles).
La misión de los apóstoles
|N858 Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su
ministerio, "llamó a los que él quiso, y vinieron donde él.
Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a
predicar" (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus "enviados" (es
lo que significa la palabra griega "apostoloi"). En ellos
continúa su propia misión: "Como el Padre me envió, también yo os
envío" (Jn 20, 21; cf 13, 20; 17, 18). Por tanto su ministerio es
la continuación de la misión de Cristo: "Quien a vosotros recibe,
a mí me recibe", dice a los Doce (Mt 10, 40; cf Lc 10, 16).
|N859 Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como
"el Hijo no puede hacer nada por su cuenta" (Jn 5, 19.30), sino
que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a
quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin El (cf Jn 15, 5) de
quien reviven el encargo de la misión y el poder para cumplirla.
Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por
Dios como "ministros de una nueva alianza" (2 Co 3, 6),
"ministros de Dios" (2 Co 6, 4), "embajadores de Cristo" (2 Co S,
20), "servidores de Cristo y administradores de los misterios de
Dios" (1 Co 4, 1).
|N860 En el encargo dado a los apóstoles hay un aspecto
intransmisible: ser los testigos elegidos de la Resurrección del
Señor y los fundamentos de la Iglesia. Pero hay también un
aspecto permanente de su misión. Cristo les ha prometido
permanecer con ellos hasta el fin de los tiempos (cf Mt 28, 20).
"Esta misión divina confiada por Cristo a los apóstoles tiene que
durar hasta el fin del mundo, pues el Evangelio que tienen que
transmitir es el principio de toda la vida de la Iglesia. Por eso
los apóstoles se preocuparon de instituir... sucesores" (LG 20).
Los obispos sucesores de los apóstoles
|N861 "Para que continuase después de su muerte la misión a
ellos confiada, encargaron mediante una especie de testamento a
sus colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la
obra que ellos empezaron. Les encomendaron que cuidaran de todo
el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto para ser
los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de esta
manera a algunos varones y luego dispusieron que, después de su
muerte, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio"
(LG 20; cf San Clemente Romano, Coro. 42; 44).
|N862 "Así como permanece el ministerio confiado personalmente
por el Señor a Pedro, ministerio que debía ser transmitido a sus
sucesores, de la misma manera permanece el ministerio de los
apóstoles de apacentar la Iglesia, que debe ser elegido para
siempre por el orden sagrado de los obispos". Por eso, la Iglesia
enseña que "por institución divina los obispos han sucedido a los
apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha,
escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a
Cristo y al que lo envió" (LG 20).
El apostolado
|N863 Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a
través de los sucesores de San Pedro y de los apóstoles, en
comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es
apostólica en cuanto que ella es "enviada" al mundo entero; todos
los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen
parte en este envío. "La vocación cristiana, por su misma
naturaleza, es también vocación al apostolado". Se llama
"apostolado" a "toda la actividad del Cuerpo Místico" que tiende
a "propagar el Reino de Cristo por toda la tierra" (ASA 2).
|N864 "Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del
apostolado de la Iglesia", es evidente que la fecundidad del
apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los
laicos, depende de su unión vital con Cristo (cf Jn 15, 5; AA 4).
Según sean las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos,
los dones variados del Espíritu Santo, el apostolado toma las
formas más diversas. Pero es siempre la caridad, conseguida sobre
todo en la Eucaristía, "que es como el alma de todo apostolado"
(ASA 3).
|N865 La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su
identidad profunda y última, porque en ella existe ya y será
consumado al fin de los tiempos "el Reino de los cielos", "el
Reino de Dios" (cf Ap 19, 6), que ha venido en la persona de
Cristo y que crece misteriosamente en el Corazón de los que le
son incorporados hasta su plena manifestación escatológica.
Entonces todos los hombres rescatados por él, hechos en él
"santos e inmaculados en presencia de Dios en el Amor" (E 1, 4),
serán reunidos como el único Pueblo de Dios, "la Esposa del
Cordero" (Ap 21, 9), "la Ciudad Santa que baja del Cielo de junto
a Dios y tiene la gloria de Dios" (Ap 21, 10-11); y "la muralla
de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los
nombres de los doce apóstoles del Cordero" (Ap 2 1 , 14).
RESUMEN
|N866 La Iglesia es una: tiene un solo Señor, confiesa una
sola fe, nace de un solo Bautismo, no forma más que un solo
Cuerpo, vivificado por un solo Espíritu, orientado a una única
esperanza (cf Ef 4, 3-5) a cuyo término se superarán todas las
divisiones.
|N867 La Iglesia es santa: Dios santísimo es su autor;
Cristo, su Esposo, se entregó por ella para santificarla; el
Espíritu de santidad la vivifica. Aunque comprenda pecadores,
ella es "ex macula ti.s immaculata" ("inmaculada aunque compuesta
de pecadores"). En los Santos brilla su santidad; en María es ya
la enteramente santa.
|N868 La Iglesia es católica: Anuncia la totalidad de la fe;
lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación;
es enviada a todos los pueblos; se dirige a todos los hombres;
abarca todos los tiempos; "es, por su propia naturaleza,
misionera" (AG 2).
|N869 La Iglesia es apostólica: Está edificada sobre sólidos
cimientos: "los doce apóstoles del Cordero" (Ap 21, 14); es
indestructible (cf Mt 16, 18); se mantiene infaliblemente en la
verdad: Cristo la gobierna por medio de Pedro y los demás
apóstoles, presentes en sus sucesores, el Papa y el colegio de
los obispos.
|N870 "La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el
Credo que es una, santa, católica y apostólica... subsiste en la
Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los
obispos en comunión con él. Sin duda, fuera de su estructura
visible pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de
verdad" (LG 8).
Párrafo 4 LOS FIELES DE CRISTO: JERARQUIA, LAICOS, VIDA
CONSAGRADA
|N871 "Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por
el bautismo, se integran en el Pueblo de Dios y, hechos
partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal,
profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición,
son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a
la Iglesia en el mundo" (CIC can. 204, 1; cf LG 31).
|N872 "Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los
fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción,
en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio,
cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo" (CIC can. 208; cf
LG 32).
|N873 Las mismas diferencias que el Señor quiso poner entre los
miembros de su Cuerpo sirven a su unidad y a su misión. Porque
"hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de
misión. A los apóstoles y sus sucesores les confirió Cristo la
función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y
autoridad. Pero también los laicos, partícipes de la función
sacerdotal profética y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en
el mundo la parte que les corresponde en la misión de todo el
Pueblo de Dios" (ASA 2). En fin, "en esos dos grupos jerarquía y
laicos] hay fieles que por la profesión de los consejos
evangélicos... se consagran a Dios y contribuyen a la misión
salvífica de la Iglesia según la manera peculiar que les es
propia" (CIC can. 207, 2).
LA CONSTITUCION JERARQUICA DE LA IGLESIA
Razón del ministerio eclesial
|N874 El mismo Cristo es la fuente del ministerio en la Iglesia.
El lo ha instituido, le ha dado autoridad y misión, orientación y
finalidad:
Cristo el Señor, para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle
progresar siempre, instituyó en su Iglesia diversos ministerios
que está ordenados al bien de todo el Cuerpo. En efecto, los
ministros que posean la sagrada potestad están al servicio de sus
hermanos para que todos los que son miembros del Pueblo de
Dios... lleguen a la salvación (LG 18).
|N875 "¿Cómo creerán en aquél a quien no han oído?, ¿cómo oirán
sin que se les predique?, y ¿cómo predicarán si no son enviados?"
(Rm 10, 14-15). Nadie, ningún individuo ni ninguna comunidad,
puede anunciarse a sí mismo el Evangelio. "La fe viene de la
predicación" (Rm 10, 17). Nadie se puede dar a sí mismo el
mandato ni la misión de anunciar el Evangelio. El enviado del
Señor habla y obra no con autoridad propia, sino en virtud de la
autoridad de Cristo; no como miembro de la comunidad, sino
hablando a ella en nombre de Cristo. Nadie puede conferirse a sí
mismo la gracia, ella debe ser dada y ofrecida. Eso supone
ministros de la gracia, autorizados y habilitados por parte de
Cristo. De El reciben la misión y la facultad [el "poder
sagrado"] de actuar Rin persona Christi Capitis". Este
ministerio, en el cual los enviados de Cristo hacen y dan, por
don de Dios, lo que ellos, por sí mismos, no pueden hacer ni dar,
la tradición de la Iglesia lo llama "sacramento". El ministerio
de la Iglesia se confiere por medio de un sacramento específico.
|N876 El carácter de servicio del ministerio eclesial está
intrínsecamente ligado a la naturaleza sacramental. En efecto,
enteramente dependiente de Cristo que da misión y autoridad, los
ministros son verdaderamente "esclavos de Cristo" (Rm 1,1), a
imagen de Cristo que, libremente ha tomado por nosotros "la forma
de esclavo" (Flp 2, 7). Como la palabra y la gracia de la cual
son ministros no son de ellos, sino de Cristo que se las ha
confiado para los otros, ellos se harán libremente esclavos de
todos (cf I Co 9, 19).
|N877 De igual modo es propio de la naturaleza sacramental del
ministerio eclesial tener un carácter colegial. En efecto, desde
el comienzo de su ministerio, el Señor Jesús instituyó a los
Doce, "semilla del Nuevo Israel, a la vez que el origen de la
jerarquía sagrada" (AG 5). Elegidos juntos, también fueron
enviados juntos, y su unidad fraterna estará al servicio de la
comunión fraterna de todos los fieles; será como un reflejo y un
testimonio de la comunión de las Personas divinas (cf Jn 17,
21-23). Por eso, todo obispo ejerce su ministerio en el seno del
colegio episcopal, en comunión con el obispo de Roma, sucesor de
San Pedro y jefe del colegio; los presbíteros ejercen su
ministerio en el seno del presbiterio de la diócesis, bajo la
dirección de su obispo.
|N878 Por último, es propio también de la naturaleza sacramental
del ministerio eclesial tener carácter personal. Cuando los
ministros de Cristo actúan en comunión, actúan siempre también de
manera personal. Cada uno ha sido llamado personalmente ("Tú
sígueme", Jn 21, 22; cf Mt 4,19.21; Jn 1, 43) para ser, en la
misión común, testigo personal, que es personalmente portador de
la responsabilidad ante Aquel que da la misión, que actúa Rin
persona Christi" y en favor de personas: "Yo te bautizo en el
nombre del Padre ..."; "Yo te perdono...".
|N879 El ministerio sacramental en la Iglesia es, pues, un
servicio colegial y personal a la vez, ejercido en nombre de
Cristo. Esto se verifica en los vínculos entre el colegio
episcopal y su jefe, el sucesor de San Pedro, y en la relación
entre la responsabilidad pastoral del obispo en su Iglesia
particular y la común solicitud del colegio episcopal hacia la
Iglesia universal.
El colegio episcopal y su cabeza, el Papa
|N880 Cristo, al instituir a los Doce, "formó una especie de
Colegio o grupo estable y eligiendo de entre ellos a Pedro lo
puso al frente de él" (LG 19). "Así como, por disposición del
Señor, San Pedro y los demás apóstoles forman un único colegio
apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano
Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los
apóstoles" (LG 22; cf CIC can 330).
|N881 El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y
solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves
de ella (cf Mt 16, 18-l9);lo instituyó pastor de todo el rebaño
(cf Jn 21, 15-17). "Está claro que también el Colegio de los
apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y
desatar dada a Pedro" (LG 22). Este oficio pastoral de Pedro y de
los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se
continúa por los obispos bajo el primado del Papa.
|N882 El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, "es el
principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los
obispos como de la muchedumbre de los fieles" (LG 23). "El
Pontífice Romano, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su
función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la
potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre
con entera libertad" (LG 22; cf CD 2; 9).
|N883 "El Colegio o cuerpo episcopal no tiene ninguna autoridad
si no se le considera junto con el Romano Pontífice, sucesor de
Pedro, como Cabeza del mismo". Como tal, este Colegio es "también
sujeto de la potestad suprema y plena sobre toda la Iglesia" que
"no se puede ejercer... a no ser con el consentimiento del Romano
Pontífice" (LG 22; cf CIC can. 336).
|N884 "La potestad del Colegio de los obispos sobre toda la
Iglesia se ejerce de modo solemne en el Concilio Ecuménico" (CIC
can. 337, 1). "No existe concilio ecuménico si el sucesor de
Pedro no lo ha aprobado o al menos aceptado como tal" (LG 22).
|N885 "Este colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la
diversidad y la unidad del Pueblo de Dios; en cuanto reunido bajo
una única Cabeza, expresa la unidad del rebaño de Dios" (LG 22).
|N886 "Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio y
fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares" (LG
23). Como tales ejercen "su gobierno pastoral sobre la porción
del Pueblo de Dios que le ha sido confiada" (LG 23), asistidos
por los presbíteros y los diáconos. Pero, como miembros del
colegio episcopal, cada uno de ellos participa de la solicitud
por todas las Iglesias (cf CD 3), que ejercen primeramente
"dirigiendo bien su propia Iglesia, como porción de la Iglesia
universal", contribuyen eficazmente "al Bien de todo el Cuerpo
místico que es también el Cuerpo de las Iglesias" (LG 23). Esta
solicitud se extenderá particularmente a los pobres (cf Ga 2,10),
a los perseguidos por la fe y a los misioneros que trabajan por
toda la tierra.
|N887 Las Iglesias particulares vecinas y de cultura homogénea
forman provincias eclesiásticas o conjuntos más vastos llamados
patriarca dos o regiones (cf Canon de los Apóstoles 34). Los
obispos de estos territorios pueden reunirse en sínodos o
concilios provinciales. "De igual manera, hoy día, las
Conferencias Episcopales pueden prestar una ayuda múltiple y
fecunda para que el afecto colegial se traduzca concretamente en
la práctica" (LG 23).
La misión de enseñar
|N888 Los obispos con los presbíteros, sus colaboradores,
"tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de
Dios" (PO 4), según la orden del Señor (cf Mc 16, 15). Son "los
predicadores del Evangelio que llevan nuevos discípulos a Cristo.
Son también los maestros auténticos, por estar dotados de la
autoridad de Cristo" (LG 25).
|N889 Para mantener a la Iglesia en la pureza de la fe
transmitida por los apóstoles, Cristo, que es la Verdad, quiso
conferir a su Iglesia una participación en su propia
infalibilidad. Por medio del "sentido sobrenatural de la fe", el
Pueblo de Dios "se une indefectiblemente a la fe", bajo la guía
del Magisterio vivo de la Iglesia (cf LG 12; DV 10).
|N890 La misión del Magisterio está ligada al carácter
definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su
Pueblo, debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y
garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe
auténtica. El oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así,
a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que
libera. Para cumplir este servicio, Cristo ha dotado a los
pastores con el carisma de infalibilidad en materia de fe y de
costumbres. El ejercicio de este carisma puede revestir varias
modalidades:
|N891 "El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza
de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como
Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la
fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en
cuestiones de fe y moral... La infalibilidad prometida a la
Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el
magisterio supremo con el sucesor de Pedro", sobre todo en un
concilio ecuménico (LG 25; cf Vaticano I: DS 3074). Cuando la
Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se
debe aceptar "como revelado por Dios para ser creído" (DE 10) y
como enseñanza de Cristo, "hay que aceptar sus definiciones con
la obediencia de la fe" (LG 25). Esta infalibilidad abarca todo
el depósito de la Revelación divina (cf LG 25).
|N892 La asistencia divina es también concedida a los sucesores
de los apóstoles, cuando enseñan en comunión con el sucesor de
Pedro (y, de una manera particular, al obispo de Roma, Pastor de
toda la Iglesia), aunque, sin llegar a una definición infalible y
sin pronunciarse de una "manera definitiva", proponen, en el
ejercicio del magisterio ordinario, una enseñanza que conduce a
una mejor inteligencia de la Revelación en materia de fe y de
costumbres. A esta enseñanza ordinaria, los fieles deben
"adherirse... con espíritu de obediencia religiosa" (LG 25) que,
aunque distinto del asentimiento de la fe, es una prolongación de
él.
La misión de santificar
|N893 El obispo "es el administrador de la gracia del sumo
sacerdocio" (LG 26), en particular en la Eucaristía que él mismo
ofrece, o cuya oblación asegura por medio de los presbíteros, sus
colaboradores. Porque la Eucaristía es el centro de la vida de la
Iglesia particular. El obispo y los presbíteros santifican la
Iglesia con su oración y su trabajo, por medio del ministerio de
la palabra y de los sacramentos. La santifican con su ejemplo,
"no tiranizando a los que os ha tocado cuidar, sino siendo
modelos de la grey" (I P 5, 3). Así es como llegan "a la vida
eterna junto con el rebaño que les fue confiado" (LG 26).
La misión de gobernar
|N894 "Los obispos, como vicarios y legados de Cristo, gobiernan
las Iglesias particulares que se les han confiado no sólo con sus
proyectos, con sus consejos y con ejemplos, sino también con su
autoridad y potestad sagrada" (LG 27), que deben, no obstante,
ejercer para edificar con espíritu de servicio que es el de su
Maestro (cf Lc 22, 26-27).
|N895 "Esta potestad, que desempeñan personalmente en nombre de
Cristo, es propia, ordinaria e inmediata. Su ejercicio, sin
embargo, está regulado en último término por la suprema autoridad
de la Iglesia" (LG 27). Pero no se debe considerar a los obispos
como vicarios del Papa, cuya autoridad ordinaria e inmediata
sobre toda la Iglesia no anula la de ellos, sino que, al
contrario, la confirma y tutela. Esta autoridad debe ejercerse en
comunión con toda la Iglesia bajo la guía del Papa.
|N896 El Buen Pastor será el modelo y la "forma" de la misión
pastoral del obispo. Consciente de sus propias debilidades, el
obispo "puede disculpar a los ignorantes y extraviados. No debe
negarse nunca a escuchar a sus súbditos, a los que cuida como
verdaderos hijos... Los fieles, por su parte, deben estar unidos
a su obispo como la Iglesia a Cristo y como Jesucristo al Padre"
(LG 27):
Seguid todos al obispo como Jesucristo (sigue) a su Padre,
y al presbiterio como a los apóstoles; en cuanto a los diáconos,
respetadlos como a la ley de Dios. Que nadie haga al margen del
obispo nada en lo que atañe a la Iglesia (San Ignacio de
Antioquía, Smyrn. 8,1)
II LOS FIELES LAICOS
|N897 "Por laicos se entiende aquí a todos los cristianos,
excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso
reconocido en la Iglesia. Son, pues, los cristianos que están
incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el Pueblo de
Dios y que participan de las funciones de Cristo, Sacerdote,
Profeta y Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de
todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo" (LG 31).
La vocación de los laicos
|N898 "Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino
de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas
según Dios... A ellos de manera especial les corresponde iluminar
y ordenar todas las realidades temporales, a las que están
estrechamente unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según
Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y
Redentor" (LG 31).
|N899 La iniciativa de los cristianos laicos es particularmente
necesaria cuando se trata de descubrir o de idear los medios para
que las exigencias de la doctrina y de la vida cristianas
impregnen las realidades sociales, políticas y económicas. Esta
iniciativa es un elemento normal de la vida de la Iglesia:
Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de
la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital
de la sociedad. Por tanto ellos, especialmente, deben tener
conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la
Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los
fieles sobre la tierra bajo la guía del jefe común, el Papa, y de
los obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia (Pío II,
discurso 20 febrero 1946; citado por Juan Pablo II, CL 9).
|N900 Como todos los fieles, los laicos están encargados por
Dios del apostolado en virtud del bautismo y de la confirmación y
por eso tienen la obligación y gozan del derecho, individualmente
o agrupados en asociaciones, de trabajar para que el mensaje
divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres
y en toda la tierra; esta obligación es tanto más apremiante
cuando sólo por medio de ellos los demás hombres pueden oír el
Evangelio y conocer a Cristo. En las comunidades eclesiales, su
acción es tan necesaria que, sin ella, el apostolado de los
pastores no puede obtener en la mayoría de las veces su plena
eficacia (cf LG 33).
La participación de los laicos en la misión sacerdotal de Cristo
|N901 "Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el
Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para
producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En
efecto, todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida
conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y
corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de
la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en
sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo, que
ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de
la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor. De
esta manera, también los laicos, como adoradores que en todas
partes llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo a Dios"
(LG 34; cf LG 10).
|N902 De manera particular, los padres participan de la misión
de santificación "impregnando de espíritu cristiano la vida
conyugal y procurando la educación cristiana de los hijos" (CIC
can. 835, 4).
|N903 Los laicos, si tienen las cualidades requeridas, pueden
ser admitidos de manera estable a los ministerios de lectores y
de acólito (cf CIC can. 230, 1). "Donde lo aconseje la necesidad
de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos,
aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus
funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra,
presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar
la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho" (CIC
can. 230, 3).
Su participación en la misión profética de Cristo
|N904 "Cristo... realiza su función profética... no sólo a
través de la jerarquía... sino también por medio de los laicos.
El los hace sus testigos y les da el sentido de la fe y la gracia
de la palabra" (LG 35).
Enseñar a alguien para traerlo a la fe es tarea de todo
predicador e incluso de todo creyente (Sto. Tomás de A., s. th.
II, 71, 4, Ada).
|N905 Los laicos cumplen también su misión profética
evangelizando, con "el anuncio de Cristo comunicado con el
testimonio de la vida y de la palabra". En los laicos, esta
evangelización "adquiere una nota específica y una eficacia
particular por el hecho de que se realiza en las condiciones
generales de nuestro mundo" (LG 35):
Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida
el verdadero apostolado busca ocasiones para anunciar a Cristo
con su palabra, tanto a los no creyentes... como a los fieles (AA
6;cf AG 15)
|N906 Los fieles laicos que sean capaces de ello y que se formen
para ello también pueden prestar su colaboración en la formación
catequética (cf CIC can. 774, 776, 780), en la enseñanza de las
ciencias sagradas (cf CIC can. 229), en los medios de
comunicación social (cf CIC can. 823, 1).
|N907 "Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón
de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar
a los pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al
bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salvando
siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la
reverencia hacia los pastores, habida cuenta de la utilidad común
y de la dignidad de las personas" (CIC can. 212, 3).
Su participación en la misión real de Cristo
|N908 Por su obediencia hasta la muerte (cf Flp 2, 8-9), Cristo
ha comunicado a sus discípulos el don de la libertad regia, "para
que vencieran en sí mismos, con la propia renuncia y una vida
santa, al reino del pecado" (LG 36).
El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejase
llevar por las pasiones es dueño de sí mismo: se puede llamar rey
porque es capaz de gobernar su propia persona; es libre e
independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable
(San Ambrosio, Pral. 118,14, 30: PL 15,1403A).
|N909 "Los laicos, además, juntando también sus fuerzas, han de
sanear las estructuras y las condiciones del mundo, de tal forma
que, si algunas de sus costumbres incitan al pecado, todas ellas
sean conformes con las normas de la justicia y favorezcan en vez
de impedir la práctica de las virtudes. Obrando así, impregnarán
de valores morales toda la cultura y las realizaciones humanas"
(LG 36).
|N910 "Los seglares también pueden sentirse llamados o ser
llamados a colaborar con sus pastores en el servicio de la
comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta,
ejerciendo ministerios muy diversos según la gracia y los
carismas que el Señor quiera concederles" (EN 73).
|N911 En la Iglesia, ' los fieles laicos pueden cooperar a tenor
del derecho en el ejercicio de la potestad de gobierno" (CIC can.
129, 2). Así, con su presencia en los concilios particulares
(can. 443, 4), los sínodos diocesanos (can. 463, 1 y 2), los
consejos pastorales (can. 511; 536); en el ejercicio Rin solidum"
de la tarea pastoral de una parroquia (can. 517, 2); la
colaboración en los consejos de los asuntos económicos (can. 492,
1; 536); la participación en los tribunales eclesiásticos (can.
1421, 2), etc.
|N912 Los fieles han de "aprender a distinguir cuidadosamente
entre los derechos y deberes que tienen como miembros de la
Iglesia y los que les corresponden como miembros de la sociedad
humana. Deben esforzarse en integrarlos en buena armonía,
recordando que en cualquier cuestión temporal han de guiarse por
la conciencia cristiana. En efecto, ninguna actividad humana, ni
siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la
soberanía de Dios" (LG 36).
|N913 "Así todo laico, por el simple hecho de haber recibido sus
dones, es a la vez testigo e instrumento vivo de la misión de la
Iglesia misma 'según la medida del don de Cristo"' (LG 33).
III LA VIDA CONSAGRADA
|N914 "El estado de vida que consiste en la profesión de los
consejos evangélicos, aunque no pertenezca a la estructura de la
Iglesia, pertenece, sin embargo, sin discusión a su vida y a su
santidad" (LG 44).
Consejos evangélicos, vida consagrada
|N915 Los consejos evangélicos están propuestos en su
multiplicidad a todos los discípulos de Cristo. La perfección de
la caridad a la cual son llamados todos los fieles implica, para
quienes asumen libremente el llamamiento a la vida consagrada, la
obligación de practicar la castidad en el celibato por el Reino,
la pobreza y la obediencia. La profesión de estos consejos en un
estado de vida estable reconocido por la Iglesia es lo que
caracteriza la "vida consagrada" a Dios (cf LG 42-43; PC I ).
|N916 El estado religioso aparece por consiguiente como una de
las maneras de vivir una consagración "más íntima" que tiene su
raíz en el bautismo y se dedica totalmente a Dios (cf PC 5). En
la vida consagrada, los fieles de Cristo se proponen, bajo la
moción del Espíritu Santo, seguir más de cerca a Cristo,
entregarse a Dios amado por encima de todo y, persiguiendo la
perfección de la caridad en el servicio del Reino, significar y
anunciar en la Iglesia la gloria del mundo futuro (cf CIC can.
573).
Un gran árbol, múltiples ramas
|N917 "El resultado ha sido una especie de árbol en el campo de
Dios, maravilloso y lleno de ramas, a partir de una semilla
puesta por Dios. Han crecido, en efecto, diversas formas de vida,
solitaria o comunitaria, y diversas familias religiosas que se
desarrollan para el progreso de sus miembros y para el bien de
todo el Cuerpo de Cristo" (LG 43).
|N918 "Desde los comienzos de la Iglesia hubo hombres y mujeres
que intentaron, con la práctica de los consejos evangélicos,
seguir con mayor libertad a Cristo e imitarlo con mayor
precisión. Cada uno a su manera vivió entregado a Dios. Muchos,
por inspiración del Espíritu Santo, vivieron en la soledad o
fundaron familias religiosas, que la Iglesia reconoció y aprobó
gustosa con su autoridad" (PC I ).
|N919 Los obispos se esforzarán siempre en discernir los nuevos
dones de vida consagrada confiados por el Espíritu Santo a su
Iglesia; la aprobación de nuevas formas de vida consagrada está
reservada a la Sede Apostólica (cf CIC can. 605).
La vida eremítica
|N920 Sin profesar siempre públicamente los tres consejos
evangélicos, los ermitaños, "con un apartamiento más estricto del
mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la
penitencia, dedican su vida a la alabanza de Dios y salvación del
mundo" (CIC can. 603 1).
|N921 Los eremitas presentan a los demás ese aspecto interior
del misterio de la Iglesia que es la intimidad personal con
Cristo Oculta a los ojos de los hombres, la vida del eremita es
predica cien silenciosa de Aquel a quien ha entregado su vida,
porque El es todo para él. En este caso se trata de un
llamamiento particular a encontrar en el desierto, en el combate
espiritual, la gloria del Crucificado.
Las vírgenes consagradas
|N922 Desde los tiempos apostólicos, vírgenes cristianas
llamadas por el Señor para consagrarse a El enteramente (cf 1 Co
7, 34-36) con una libertad mayor de corazón, de cuerpo y de
espíritu han tomado la decisión, aprobada por la Iglesia, de
vivir en estado de virginidad "a causa del Reino de los cielos"
(Mt l9, 12).
|N923 "Formulando el propósito santo de seguir más de cerca a
Cristo, [las vírgenes] son consagradas a Dios por el obispo
diocesano según el rito litúrgico aprobado, celebran desposorios
místicos con Jesucristo, Hijo de Dios, y se entregan al servicio
de la Iglesia" (CIC can. 604, 1). Por medio este rito solemne
("Consecratio virginum", "Consagración de vírgenes"), "la virgen
es constituida en persona consagrada" como "signo trascendente
del amor de la Iglesia hacia Cristo, imagen escatológica de esta
Esposa del Cielo y de la vida futura" (Ordo Cons. Virgo.,
Praenot. 1).
|N924 "Semejante a otras formas de vida consagrada" (CIC can.
604), el orden de las vírgenes sitúa a la mujer que vive en el
mundo (o a la monja) en el ejercicio de la oración, de la
penitencia, del servicio a los hermanos y del trabajo apostólico,
según el estado y los carismas respectivos ofrecidos a cada una
(OCV Praenot. 2). Las vírgenes consagradas pueden asociarse para
guardar su propósito con mayor fidelidad (CIC can. 604, 2).
La vida religiosa
|N925 Nacida en Oriente en los primeros siglos del cristianismo
(cf UR 15) y vivida en los institutos canónicamente erigidos por
la Iglesia (cf CIC can. 573), la vida religiosa se distingue de
las otras formas de vida consagrada por el aspecto cultural, la
profesión pública de los consejos evangélicos, la vida fraterna
llevada en común, y por el testimonio dado de la unión de Cristo
y de la Iglesia (cf CIC can. 607).
|N926 La vida religiosa nace del misterio de la Iglesia. Es un
don que la Iglesia recibe de su Señor y que ofrece como un estado
de vida estable al fiel llamado por Dios a la profesión de los
consejos. Así la Iglesia puede a la vez manifestar a Cristo y
reconocerse como Esposa del Salvador. La vida religiosa está
invitada a significar, bajo estas diversas formas, la caridad
misma de Dios, en el lenguaje de nuestro tiempo.
|N927 Todos los religiosos, exentos o no (cf CIC can. 591), se
encuentran entre los colaboradores del obispo diocesano en su
misión pastoral (cf CD 33-35). La implantación y la expansión
misionera de la Iglesia requieren la presencia de la vida
religiosa en todas sus formas "desde el período de implantación
de la Iglesia" (AG 18; 40). "La historia da testimonio de los
grandes méritos de las familias religiosas en la propagación de
la fe y en la formación de las nuevas Iglesias: desde las
antiguas instituciones monásticas, las Orden es medievales y
hasta las congregaciones modernas" (Juan Pablo 11, RM 69).
Los institutos seculares
|N928 "Un instituto secular es un instituto de vida consagrada
en el cual los fieles, viviendo en el mundo, aspiran a la
perfección de la caridad, y se dedican a procurar la
santificación del mundo sobre todo desde dentro de él" (CIC can.
710).
|N929 Por medio de una "vida perfectamente y enteramente con-
sagrada a [esta] santificación" (Pío XII, constó. ap. "Provida
Mater"), los miembros de estos institutos participan en la tarea
de
evangelización de la Iglesia, "en el mundo y desde el mundo",
donde su presencia obra a la manera de un "fermento" (PC 11). Su
"testimonio de vida cristiana" mira a "ordenar según Dios las
realidades temporales y a penetrar el mundo con la fuerza del
Evangelio". Mediante vínculos sagrados, asumen los consejos
evangélicos y observan entre sí la comunión y la fraternidad
propias de su "modo de vida secular" (CIC can. 713, 2).
Las sociedades de vida apostólica
|N930 Junto a las diversas formas de vida consagrada se
encuentran "las sociedades de vida apostólica, cuyos miembros,
sin votos religiosos buscan el fin apostólico propio de la
sociedad y, llevando vida fraterna en común, según el propio modo
de vida, aspiran a la perfección de la caridad por la observancia
de las constituciones. Entre éstas, existen sociedades cuyos
miembros abrazan los consejos evangélicos mediante un vínculo
determinado por las constituciones" (CIC can. 731, I y 2).
Consagración y misión: anunciar el Rey que viene
|N931 Aquel que por el bautismo fue consagrado a Dios,
entregándose a él como al sumamente amado, se consagra, de esta
manera, aún más íntimamente al servicio divino y se entrega al
bien de la Iglesia. Mediante el estado de consagración a Dios, la
Iglesia manifiesta a Cristo y muestra cómo el Espíritu Santo obra
en ella de modo admirable. Por tanto, los que profesan los
consejos evangélicos tienen como primera misión vivir su
consagración. Pero
"ya que por su misma consagración se dedican al servicio de la
Iglesia están obligados a contribuir de modo especial a la tarea
misionera, según el modo propio de su instituto" (CIC 783; cf
RM 69).
|N932 En la Iglesia que es como el sacramento, es decir, el
signo y el instrumento de la vida de Dios, la vida consagrada
aparece como un signo particular del misterio de la Redención.
Seguir e imitar a Cristo "desde más cerca", manifestar "más
claramente" su anonadamiento, es encontrarse "más profundamente"
presente, en el corazón de Cristo, con sus contemporáneos. Porque
los que siguen este camino "más es trecho" estimulan con su
ejemplo a sus hermanos; les dan este testimonio admirable de "que
sin el espíritu de las bienaventuranzas no se puede transformar
este mundo y ofrecerlo a Dios" (LG 31).
|N933 Sea público este testimonio, como en el estado religioso,
o más discreto, o incluso secreto, la venida de Cristo es siempre
para todos los consagrados el origen y la meta de su vida:
El Pueblo de Dios, en efecto, no tiene aquí una ciudad
permanente, sino que busca la futura. Por eso el estado
religioso... manifiesta también mucho mejor a todos los creyentes
los bienes del cielo, ya presentes en este mundo. También da
testimonio de la vida nueva y eterna adquirida por la redención
de Cristo y anuncia ya la resurrección futura y la gloria del
Reino de los cielos (LG 44).
RESUMEN
|N934 "Por institución divina, entre los fieles hay en la
Iglesia ministros sagrados, que en el derecho se denominan
clérigos; los demás se llaman laicos". Hay, por otra parte,
fieles que perteneciendo a uno de ambos grupos, por la profesión
de los consejos evangélicos, se consagran a Dios y sirven así a
la misión de la Iglesia (CIC can. 207, 1, 2).
|N935 Para anunciar su fe y para implantar su Reino, Cristo
envía a sus apóstoles y a sus sucesores. El les da parte en su
misión. De El reciben el poder de obrar en su nombre.
|N936 El Señor hizo de San Pedro el fundamento visible de su
Iglesia. Le dio las llaves de ella. El obispo de la Iglesia de
Roma, sucesor de San Pedro, es la "Cabeza del Colegio de los
Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la
tierra" (CIC can. 331).
|N937 El Papa "goza, por institución divina, de una potestad
suprema, plena, inmediata y universal para cuidar las almas" (CD
2).
|N938 Los obispos, instituidos por el Espíritu Santo, suceden
a los apóstoles. "Cada uno de los obispos, por su parte, es el
principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias
particulares"(LG 23).
|N939 Los obispos, ayudados por los presbíteros, sus
colaboradores, y por los diáconos, tienen la misión de enseñar
auténticamente la fe, de celebrar el culto divino, sobre todo la
Eucaristía, y de dirigir su Iglesia como verdaderos pastores. A
su misión pertenece también el cuidado de todas las Iglesias, con
y bajo el Papa.
|N940 "Siendo propio del estado de los laicos vivir en medio
del mundo y de los negocios temporales, Dios les llama a que
movidos por el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el
mundo a manera de fermento " (ASA 2).
|N941 Los laicos participan en el sacerdocio de Cristo: cada
vez más unidos a El, despliegan la gracia del Bautismo y la de la
Confirmación a través de todas las dimensiones de la vida
personal, familiar, social y eclesial y realizan así el
llamamiento a la santidad dirigido a todos los bautizados.
|N942 Gracias a su misión profética, los laicos "están
llamados a ser testigos de Cristo en todas las cosas, también en
el interior de la sociedad humana" (GS 43, 4).
|N943 Debido a su misión regia, los laicos tienen el poder de
arrancar al pecado su dominio sobre sí mismos y sobre el mundo
por medio de su abnegación y santidad de vida (cf LC 36).
|N944 La vida consagrada a Dios ése caracteriza por la
profesión pública de los consejos Evangélicos de pobreza,
castidad y obediencia en un estado de vida estable reconocí ido
por la Iglesia.
|N945 Entregado a Dios supremamente amado, aquel a quien el
Bautismo ya había destinado a El, se encuentra en el estado de
vida consagrada, más íntimamente comprometido en el servicio
divino y dedicado al bien de toda la Iglesia.
LA COMUNION DE LOS SANTOS
|N946 Después de haber confesado "la Santa Iglesia Católica", el
Símbolo de los Apóstoles añade "la comunión de los santos". Este
artículo es, en cierto modo, una explicitación del anterior:
"¿qué es la Iglesia, sino la asamblea de todos los santos?"
(Nicetas, symb. 10). La comunión de los santos es precisamente la
Iglesia.
|N947 "Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien
de los unos se comunica a los otros... Es, pues, necesario creer
que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro
más importante es Cristo, ya que El es la cabeza... Así, el bien
de Cristo es comunicado a todos los miembros, y esta comunicación
se hace por los sacramentos de la Iglesia" (Santo Tomás, symb.
10). "Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo
Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman
necesariamente un fondo común" (Catech. R. 1,10, 24).
|N948 La expresión "comunión de los santos" tiene entonces dos
significados estrechamente relacionados: "comunión en las cosas
santas ['sancta']" y "comunión entre las personas santas
['sancta']".
"Sancta sanctis" [lo que es santo para los que son santos]
es lo que se proclama por el celebrante en la mayoría de las
liturgias orientales en el momento de la elevación de los santos
dones antes de la distribución de la comunión. Los fieles
["sancta"] se alimentan con el cuerpo y la sangre de Cristo
["sancta"] para crecer en la comunión con el Espíritu Santo
["Koinonia"] y comunicarla al mundo.
I LA COMUNION DE LOS BIENES ESPIRITUALES
|N949 En la comunidad primitiva de Jerusalén, los discípulos
"acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la
comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Ch 2, 42):
La comunión en la fe, La fe de los fieles es la fe de la Iglesia
recibida de los apóstoles, tesoro de vida que se enriquece cuando
se comparte.
|N950 La comunión de los sacramentos. "El fruto de todos los
Sacramentos pertenece a todos. Porque los Sacramentos, y sobre
todo el Bautismo que es como la puerta por la que los hombres
entran en la Iglesia, son otros tantos vínculos sagrados que unen
a todos y los ligan a Jesucristo. La comunión de los santos es la
comunión de los sacramentos... El nombre de comunión puede
aplicarse a cada uno de ellos, porque cada uno de ellos nos une a
Dios... Pero este nombre es más propio de la Eucaristía que de
cualquier otro, porque ella es la que lleva esta comunión a su
culminación" (Catech. R. 1,10, 24).
|N951 La comunión de los carismas: En la comunión de la Iglesia,
el Espíritu Santo "reparte gracias especiales entre los fieles"
para la edificación de la Iglesia (LG 12). Pues bien, "a cada
cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho
común" (I Co 12, 7).
|N952 "Todo lo tenían en común" (Ch 4, 32): "Todo lo que posee
el verdadero cristiano debe considerarlo como un bien en coman
con los demás y debe estar dispuesto y ser diligente para
socorrer al necesitado y la miseria del prójimo" (Catech. R. 1,
1027). El cristiano es un administrador de los bienes del Señor
(cf Lc 16, 1.3).
|N953 La comunión de la caridad: En la "comunión de los san-
tos", "ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere
nadie para sí mismo" (Rm 14, 7). "Si sufre un miembro, todos los
demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás
toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el Cuerpo de
Cristo, y sus miembros cada uno por su parte" (1 Co 12, 26-27).
"La caridad no busca su interés" (1 Co 13, 5; cf 10, 24). El
menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio
de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o
muertos, que se funda en la comunión de los santos. Todo pecado
daña a esta comunión.
II LA COMUNION ENTRE LA IGLESIA DEL CIELO Y LA DE LA TIERRA
|N954 Los tres estados de la Iglesia. "Hasta que el Señor venga
en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte,
tenga
sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra-
otros
ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados,
contemplando 'claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es"'
(LG 49):
Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos,
participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos el
mismo himno de alabanza a nuestro Dios. En efecto, todos los de
Cristo, que tienen su Espíritu, forman una misma Iglesia y están
unidos entre sí en El (LG 49).
|N955 "La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los
hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se
interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se
refuerza con la comunicación de los bienes espirituales" (LG 49).
|N956 La intercesión de los santos. "Por el hecho de que los del
cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más
firmemente a toda la Iglesia en la santidad... no dejan de
interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del
único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los
méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna
ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49):
No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os
ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo Domingo,
moribundo, a sus hermanos, cf Jordán de Sajonia, lió 43). Pasaré
mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Santa Teresa del Niño
Jesús, verba).
|N957 La comunión con los santos. "No veneramos el recuerdo de
los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo,
para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea
reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como
la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más
cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo,
del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida
del Pueblo de Dios" (LG 50):
Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios: en
cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores
del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia
su rey y maestro; que podamos nosotros, también nosotros, ser sus
compañeros y sus condiscípulos (San Policarpo, Marx. 17).
|N958 La comunión con los difuntos. "La Iglesia peregrina,
perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo
místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del
cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y
también ofreció por ellos oraciones 'pues es una idea santa y
provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus
pecados' (2 M 12, 45)" (LG 50). Nuestra oración por ellos puede
no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión
en nuestro favor.
|N959 ... en la única familia de Dios. "Todos los hijos de Dios
y miembros de una misma familia en Cristo, al unirnos en el amor
mutuo y en la misma alabanza a la Santísima Trinidad, estamos
respondiendo a la íntima vocación de la Iglesia" (LG 51).
RESUMEN
|N960 La Iglesia es "comunión de los santos": esta expresión
designa primeramente las "cosas santas" ["sancta"], y ante todo
la Eucaristía, "que significa y al mismo tiempo realiza la unidad
de los creyentes, que forman un solo cuerpo en Cristo" (LG 3).
|N961 Este término designa también la comunión entre las
"personas santas" ["sancta"] en Cristo que ha "muerto por todos",
de modo que lo que cada uno hace o sufre en y por Cristo da fruto
para todos.
|N962 "Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos,
es decir); de los que peregrinan en la tierra, de los que se
purifican después de muertos y de los que gozan de la
bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia;
y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra
disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que
siempre ofrecen Oí dos atentos a nuestros oraciones " (SPF 30).
Párrafo 6 MARIA, MADRE DE CRISTO, MADRE DE LA IGLESIA
|N963 Después de haber hablado del papel de la Virgen María en
el Misterio de Cristo y del Espíritu, conviene considerar ahora
su lugar en el Misterio de la Iglesia. "Se la reconoce y se la
venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor... más aún,
'es verdaderamente la madre de los miembros (de Cristo) porque
colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes,
miembros de aquella cabeza' (S. Agustín, Virgo. 6)" (LG 53).
"..maría, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia" (Pablo VI,
discurso 21 de noviembre 1964).
LA MATERNIDAD DE MARIA RESPECTO DE LA IGLESIA
Totalmente unida a su Hijo...
|N964 El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable
de su unión con Cristo, deriva directamente de ella. "Esta unión
de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta
desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su
muerte" (LG 57). Se manifiesta particularmente en la hora de su
pasión:
La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la
fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí,
por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su
Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de
amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como
víctima Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz la dio como
madre al discípulo con estas palabras: 'Mujer, ahí tienes a tu
hijo' (Jn 19, 26-27) (LG 58)
|N965 Después de la Ascensión de su Hijo, María "estuvo presente
en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones" (LG 69).
Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, "María pedía con sus
oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había
cubierto con su sombra" (LG 59).
... también en su Asunción...
|N966 "Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de
toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en
la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono
por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más
plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado
y de la muerte" (LG 59; cf la proclamación del dogma de la
Asunción de la Bienaventurada Virgen María por el Papa Pío XII en
1950: DS 3903). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una
participación singular en la Resurrección de su Hijo y una
anticipación de la resurrección de los demás cristianos:
En tu parto has conservado la virginidad, en tu dormición
no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido
con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que,
con tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia
bizantina, Tropario de la fiesta de la Dormición [lo de agosto]).
... ella es nuestra Madre en el orden de la gracia
|N967 Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra
redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen
María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por
eso es "miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia"
(LG 53), incluso constituye "la figura" ["typus"] de la Iglesia
(LG 63).
|N968 Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la
humanidad va aún más lejos. "Colaboró de manera totalmente
singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente
amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por
esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia" (LG 61).
|N969 "Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía
de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la
Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta
la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En
efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión
salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple
intercesión los dones de la salvación eterna... Por eso la
Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de
Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora" (LG 62).
|N970 La misión maternal de María para con los hombres de
ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de
Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el
influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres...
brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en
su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su
eficacia" (LG 60). "Ninguna creatura puede ser puesta nunca en el
mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor. Pero, así como en
el sacerdocio de Cristo participan de diversa manera tanto los
ministros como el pueblo creyente, y así como la única bondad de
Dios se difunde realmente en las criaturas de distintas maneras,
así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que
suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa
de la única fuente (LG 62).
|N971 "Todas las generaciones me llamarán bienaventurada" (Lc 1,
48): "La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un
elemento intrínseco del culto cristiano" (MC 56). La Santísima
Virgen "es honrada con razón por la Iglesia con un culto
especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera
a la Santísima Virgen con el título de 'Madre de Dios', bajo cuya
protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros
y necesidades... Este culto... aunque del todo singular, es
esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo
encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo
favorece muy poderosamente" (LG 66); encuentra su expresión en
las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios (cf SC 103) y
en la oración mariana como el Santo Rosario, "síntesis de todo el
Evangelio" (cf Pablo VI, MC 42).
II EL CULTO A LA SANTISIMA VIRGEN MARIA, ICONO ESCATOLOGICO DE LA
IGLESIA
|N972 Después de haber hablado de la Iglesia, de su origen, de
su misión y de su destino, no se puede concluir mejor que
volviendo la mirada a María para contemplar en ella lo que es la
Iglesia en su Misterio, en su "peregrinación de la fe", y lo que
será al final de su marcha, donde le espera, "para la gloria de
la Santísima e indivisible Trinidad", "en comunión con todos los
santos" (LG 69), aquella a quien la Iglesia venera como la Madre
de su Señor y como su propia Madre:
Entre tanto, la Madre de Jesús, glorificada ya en los
cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia
que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este
mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo
de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo
(LG 68).
RESUMEN
|N973 Al pronunciar el "fiat" de la Anunciación y al dar su
consentimiento al Misterio de la Encarnación, María colabora ya
en toda la obra que debe llevar a cabo su Hijo. Ella es madre
allí donde El es Salvador y Cabeza del Cuerpo místico.
|N974 La Santísimo Virgen María, cumplido el curso de su vida
terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, en
donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su
Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su
Cuerpo.
|N975 "Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva,
Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio
materno con respecto a los miembros de Cristo (SPF 15).
Artículo 10 "CREO EN EL PERDON DE LOS PECADOS"
|N976 El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón de
los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe en
la Iglesia y en la comunión de los santos. Al dar el Espíritu
Santo a sus apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio
poder divino de perdonar los pecados: "Recibid el Espíritu Santo.
A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes
se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 22-23).
(La II parte del Catecismo tratará explícitamente del
perdón de los pecados por el Bautismo, el Sacramento de la
Penitencia y los demás sacramentos, sobre todo la Eucaristía.
Aquí basta con evocar brevemente, por tanto, algunos datos
básicos.)
I UN SOLO BAUTISMO PARA EL PERDON DE LOS PECADOS
|N977 Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y
al Bautismo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a
toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará" (Mc 16,
15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del
perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros
pecados y resucitado para nuestra justificación (cf Rm 4, 25), a
fin de que "vivamos también una vida nueva" (Rm 6, 4).
|N978 "En el momento en que hacemos nuestra primera profesión de
fe, al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y
tan completo el perdón que recibimos, que no nos queda
absolutamente nada por borrar, sea de la falta original, sea de
las faltas cometidas por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena
que sufrir para expiarlas... Sin embargo, la gracia del Bautismo
no libra a la persona de todas las debilidades de la naturaleza.
Al contrario todavía nosotros tenemos que combatir los
movimientos de la concupiscencia que no cesan de llevarnos al
mal" (Catech. R. 1, 11, 3).
|N979 En este combate contra la inclinación al mal, ¿quién será
lo suficientemente valiente y vigilante para evitar toda herida
del pecado? "Si, pues, era necesario que la Iglesia tuviese el
poder de perdonar los pecados, también hacía falta que el
Bautismo no fuese para ella el único medio de servirse de las
llaves del Reino de los cielos, que había recibido de Jesucristo;
era necesario que fuese capaz de perdonar los pecados a todos los
penitentes, incluso si hubieran pecado hasta en el último momento
de su vida" (Catech. R. 1, 11,4).
|N980 Por medio del sacramento de la Penitencia, el bautizado
puede reconciliarse con Dios y con la Iglesia:
Los padres tuvieron razón en llamar a la penitencia "un bautismo
laborioso" (San Gregorio Nao., or. 39.17). Para los que han caído
después del Bautismo, es necesario para la salvación este
sacramento de la Penitencia, como lo es el Bautismo para quienes
aún no han sido regenerados (c. de Trento: DS 1672).
|N981 Cristo, después de su Resurrección, envió a sus apóstoles
a predicar "en su nombre la conversión para perdón de los pecados
a todas las naciones" (Lc 24, 47). Este "ministerio de la
reconciliación" (2 Co 5, 18), no lo cumplieron los apóstoles y
sus sucesores anunciando solamente a los hombres el perdón de
Dios merecido para nosotros por Cristo y llamándoles a la
conversión y a la fe, sino comunicándoles también la remisión de
los pecados por el Bautismo y reconciliándolos con Dios y con la
Iglesia gracias al poder de las llaves recibido de Cristo:
La Iglesia ha recibido las llaves del Reino de los cielos, a fin
de que se realice en ella la remisión de los pecados por la
EL PODER DE LAS LLAVES
sangre de Cristo y la acción del Espíritu Santo. En esta Iglesia
es donde revive el alma, que estaba muerta por los pecados, a fin
de vivir con Cristo, cuya gracia nos ha salvado (San Agustín, se
Rm. 214, 11).
|N982 No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no
pueda perdonar. "No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que
no deba esperar con confianza su perdón siempre que su
arrepentimiento sea sincero" (Catech. R. 1, 11, 5). Cristo, que
ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén
siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva
del pecado (cf Mt 18, 21-22).
|N983 La catequesis se esforzará por avivar y nutrir en los
fieles la fe en la grandeza incomparable del don que Cristo
resucitado ha hecho a su Iglesia: la misión y el poder de
perdonar verdaderamente los pecados, por medio del ministerio de
los apóstoles y de sus sucesores:
El Señor quiere que sus discípulos tengan un poder inmenso:
quiere que sus pobres servidores cumplan en su nombre todo lo que
había hecho cuando estaba en la tierra (San Ambrosio, poenit. 1,
34).
Los sacerdotes han recibido un poder que Dios no ha dado ni
a los ángeles, ni a los arcángeles... Dios sanciona allá arriba
todo lo que los sacerdotes hagan aquí abajo (San Juan Crisóstomo,
Saco. 3, 5).
Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no
habría ninguna esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna
y de una liberación eterna. Demos gracias a Dios que ha dado a la
Iglesia semejante don (San Agustín, serm. 213, 8).
RESUMEN
|N984 El Credo relaciona "el perdón de los pecados" con la
profesión de fe en el Espíritu Santo. En efecto, Cristo
resucitado confió a los apóstoles el poder de perdonar los
pecados cuando les dio el Espíritu Santo.
|N985 El Bautismo es el primero y principal sacramento para
el perdón de los pecados: nos une a Cristo muerto y resucitado y
nos da el Espíritu Santo.
|N986 Por voluntad de Cristo, la Iglesia posee el poder de
perdonar los pecados de los bautizados y ella lo ejerce de forma
habitual en el sacramento de la Penitencia por medio de los
obispos y de los presbíteros.
|N987 "En la remisión de los pecados, los sacerdotes y los
sacramentos son meros instrumentos de los que quiere servirse
nuestro Señor Jesucristo, único autor y dispensador de nuestra
salvación, para borrar nuestras iniquidades y darnos la gracia de
la justificación" (Catech. R. 1, 11, 6).
Artículo 11 "CREO EN LA RESURRECCION DE LA CARNE"
|N988 El Credo cristiano -profesión de nuestra fe en Dios Padre
Hijo y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y
santificadora- culmina en la proclamación de la resurrección de
los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna.
|N989 Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo
que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y
que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte
vivirán para siempre con Cristo resucitado y que El los
resucitará en el último día (cf Jn 6, 39-40). Como la suya,
nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad:
Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los
muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre
los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por
su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf 1 Ts 4, 14; 1
Co, 14;2Co 4,14; Flp 3, 10-11).
|N990 El término "carne" designa al hombre en su condición de
debilidad y de mortalidad (cf Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La
"resurrección de la carne" significa que, después de la muerte,
no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también
nuestros "cuerpos mortales" (Rm 8, 11 ) volverán a tener vida.
|N991 Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus
comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. "La
resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos
cristianos por creer en ella" (Tertuliano, res. 1.1):
¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay
resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos
tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra
predicación, vana también vuestra fe... ¡Pero no! Cristo resucitó
de entre los muertos como primicias de los que durmieron ( I Co
15, 12-14.20).
I LA RESURRECCION DE CRISTO Y LA NUESTRA
Revelación progresiva de la Resurrección
|N992 La resurrección de los muertos fue revelada
progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la
resurrección Coro por al de los muertos se impuso como una
consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre
todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra
es también Aquel que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y
su descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse
la fe en la resurrección. En sus pruebas, los mártires Macabeos
confiesan:
El Rey del mundo, a nosotros que morimos por sus leyes, nos
resucitará a una vida eterna (2 M 7, 9). Es preferible morir a
manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser
resucitados de nuevo por él (2 M 7, 14; cf 7, 29; Dn 12, 1-13).
|N993 Los fariseos (cf Ch 23, 6) y muchos contemporáneos del
Señor (cf Jn 11, 24) esperaban la resurrección. Jesús la enseña
firmemente. A los saduceos que la niegan responde: "Vosotros no
conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis
en el error" (Mc 12, 24). La fe en la resurrección descansa en la
fe en Dios que "no es un Dios de muertos sino de vivos" (Mc 12,
27).
|N994 Pero hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe
en su propia persona: "Yo soy la resurrección y la vida" (Jn 11,
25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a
quienes hayan creído en El. (cf Jn 5, 24-25; 6, 40) y hayan
comido su cuerpo y bebido su sangre (cf Jn 6, 54). En su vida
pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección
devolviendo la vida a algunos muertos (cf Mc 5, 21-42; Lc 7,
11-17; Jn 11), anunciando así su propia Resurrección que, no
obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, El
habla como del "signo de Jonás" (Mt 12, 39), del signo del Templo
(cf Jn 2, 19-22): anuncia su Resurrección al tercer día después
de su muerte (cf Mc 10, 34).
|N995 Ser testigo de Cristo es ser "testigo de su Resurrección"
(Ch 1, 22; cf 4, 33), "haber comido y bebido con él después de su
Resurrección de entre los muertos" (Ch 10, 41). La esperanza
cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los
encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como El,
con El, por El.
|N996 Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha
encontrado incomprensiones y oposiciones (cf Ch 17, 32; I Co 15,
12-13). "En ningún punto la fe cristiana encuentra más
contradicción que en la resurrección de la carne" (San Agustín,
pral. 88, 2, 5). Se acepta muy comúnmente que, después de la
muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma
espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente
mortal pueda resucitar a la vida eterna?
Cómo resucitan los muertos
|N997 ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el
cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que
su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su
cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente
a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras
almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.
|N998 ¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto: "los
que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan
hecho el mal, para la condenación" (Jn 5, 29; cf Dn 12, 2).
|N999 ¿Cómo? Cristo resucitó con su propio cuerpo: "Mirad mis
manos y mis pies; soy yo mismo" (Lc 24, 39); pero El no volvió a
una vida terrenal. Del mismo modo, en El "todos resucitarán con
su propio cuerpo, que tienen ahora" (C. de Letrán IV: DS 801),
pero este cuerpo será "transfigurado en cuerpo de gloria" (Flp 3,
21), en "cuerpo espiritual" (I Co 15, 44):
Pero dirá alguno: ¿cómo resucitan los muertos~ ~Con qué
cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no revive si
no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar,
sino un simple grano..., se siembra corrupción, resucita
incorrupción...; los muertos resucitarán incorruptibles. En
efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de
incorruptibilidad y que este ser mortal se revista de
inmortalidad ( I Co 15, 35-37.
|N1000 Este "cómo" sobrepasa nuestra imaginación y nuestro
entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero nuestra
participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la
transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo:
Así como el pan que viene de la tierra, después de haber
recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino
Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra
celestial, así nuestros cuerpos que participan en la Eucaristía
ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la
resurrección (San Ireneo de Lyon, hacer. 4,18, 4-5).
|N1001 ¿Cuándo? Sin duda en el "último día" (Jn 6, 39-40 44 54
11, 24); "al fin del mundo" (LG 48). En efecto, la resurrección
de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:
El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y
por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en
Cristo resucitarán en primer lugar (I Ts 4, 16).
Resucitados con Cristo
|N1002 Si es verdad que Cristo nos resucitará en "el último
día", también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos
resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la
vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en
la muerte y en la Resurrección de Cristo:
Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis
resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de
entre los muertos... Así pues, si habéis resucitado con Cristo,
buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la
diestra de Dios (Col 2,12; 3,1).
|N1003 Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan
ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf Flp 3,
20), pero esta vida permanece "escondida con Cristo en Dios" (Col
3, 3) "Con él nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con
Cristo Jesús" (E 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su
Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando
resucitemos en el último día también nos "manifestaremos con él
llenos de gloria" (Col 3, 4).
|N1004 Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente
participan ya de la dignidad de ser "en Cristo"; donde se basa la
exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el
ajeno, particularmente cuando sufre:
El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y
Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros
mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros
de Cristo?... No os pertenecéis... Glorificad, por tanto, a Dios
en vuestro cuerpo ( I Co 6, 13-15.19-20).
II MORIR EN CRISTO JESUS
|N1005 Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo,
es necesario "dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor"
(2 Co 5, 8). En esta "partida" (Flp 1, 23) que es la muerte, el
alma se separa del cuerpo. Se reunirá con su cuerpo el día de la
resurrección de los muertos (cf SPF 28).
La muerte
|N1006 "Frente a la muerte, el enigma de la condición humana
alcanza su cumbre" (GS 18). En un sentido, la muerte corporal es
natural, pero por la fe sabemos que realmente es "salario del
pecado" (Rm 6, 23; cf C'-.. 2, 17). Y para los que mueren en la
gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor
para poder participar también en su Resurrección (cf Rm 6, 3 9;
Flp 3, 10 11).
|N1007 Lo muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas
están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos,
envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al
final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este
aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de
nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no
contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término
nuestra vida:
Acuérdate de tu Creador en tus días mozos ..., mientras no
vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a
Dios que es quien lo dio (Po 12, 1.7).
|N1008 La muerte es consecuencia del pecado. Intérprete
auténtico de las afirmaciones de la Sagrada Escritura (cf Gn 2,
17; 3, 3, 3, 19; Sb 1, 13; Rm 5, 12; 6, 23) y de la Tradición, el
Magisterio de la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a
causa del pecado del hombre (cf DS 1511). Aunque el hombre
poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. Por
tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios Creador, y
entró en el mundo como consecuencia del pecado (cf Sb 2, 23-24).
"La muerte temporal de la cual el hombre se habría liberado si no
hubiera pecado" (GS 18), es así "el último enemigo" del hombre
que debe ser vencido (cf I Co 15, 26).
|N1009 La muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de
Dios, sufrió también la muerte, propia de la condición humana.
Pero, a pesar de su angustia frente a ella (cf Mc 14, 33-34; Hb
5, 78), la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la
voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la
maldición de la muerte en bendición (cf Rm 5, 1 9-2 1).
El sentido de la muerte cristiana
|N1010 Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido
positivo. "Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia" (Flp
1 21). "Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con él,
también viviremos con él" (2 Tm 2, 11). La novedad esencial de la
muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya
sacramentalmente "muerto con Cristo", para vivir una vida nueva;
y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma
este "morir con Cristo" y perfecciona así nuestra incorporación a
El en su acto redentor:
Para mí es mejor morir en (veis") Cristo Jesús que reinar
de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a El, que ha muerto
por nosotros; lo quiero a El, que ha resucitado por nosotros. Mi
parto se aproxima... Dejadme recibir la luz pura; cuando yo
llegue allí, seré un hombre (San Ignacio de Antioquía, Roo.
6,1-2).
|N1011 En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el
cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante
al de San Pablo: "Deseo partir y estar con Cristo" (Flp 1, 23); y
puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de
amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo (cf Lc 23, 46):
Mi deseo terreno ha desaparecido...; hay en mí un agua viva
que murmura y que dice desde dentro de mí "ven al Padre" (San
Ignacio de Antioquía, Roo. 7, 2).
Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir (Santa
Teresa de Jesús, vida I ).
Yo no muero, entro en la vida (Santa Teresa del Niño Jesús,
verba).
|N1012 La visión cristiana de la muerte (cf I Ts 4, 13-14) se
expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia: lo La
vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma;
y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión
eterna en el cielo.(MI, Prefacio de difuntos).
|N1013 La muerte es el fin de la peregrinación terrena del
hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece
para realizar su vida terrena según el designio divino y para
decidir su último destino. Cuando ha tenido fin "el único curso
de nuestra vida terrena" (LG 48), ya no volveremos a otras vidas
terrenas. "Está establecido que los hombres mueran una sola vez"
(Hb 9, 27). No hay "reencarnación" después de la muerte.
|N1014 La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de
nuestra muerte ("De la muerte repentina e imprevista, líbranos
Señor": Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que
interceda por nosotros "en la hora de nuestra muerte" (Avemaría),
y a confiarnos a San José, patrono de la buena muerte:
Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de
morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte.
Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás
aparejado, ¿cómo lo estarás mañana? (Imitación de Cristo 1,
23,1).
Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
(San Francisco de Asís, cant.)
RESUMEN
|N1015 "Caro salutis es cardo" ("La carne es soporte de la
salvación") (Tertuliano, res., 8, 2). Creemos en Dios que es el
creador de la carne; creemos en el Verbo hecho carne para
rescatar la carne; creemos en la resurrección de la carne
perfección de la creación y de la redención de la carne.
|N1016 Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la
resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro
cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma. Así como
Cristo ha resucitado y vive para siempre, todos nosotros
resucitaremos en el último día.
|N1017 "Creemos en la verdadera resurrección de esta carne que
poseemos ahora" (DE 854). No obstante se siembra en el sepulcro
un cuerpo corruptible, resucita un cuerpo incorruptible (cf 1 Co
15, 42), un "cuerpo espiritual" (1 Co 15, 44).
|N1018 Como consecuencia del pecado original, el hombre debe
sufrir "la muerte corporal, de la que el hombre se habría
liberado, si no hubiera pecado" (GS 18).
|N1019 Jesús, el rijo de Dios, sufrió libremente la muerte por
nosotros en una sumisión total y libre a la voluntad de Dios, su
Padre. Por su muerte venció a la muerte, abriendo así a todos los
hombres la posibilidad de la salvación.
Artículo 12 "CREO EN LA VIDA ETERNA"
|N1020 El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la
muerte como una ida hacia El y la entrada en la vida eterna.
Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de
la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella
por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el
viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con una
dulce seguridad:
Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre
de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de
Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del
Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la
paz y que tu morada esté junto a Dios en Simón, la ciudad santa,
con Santa María Virgen, Madre de Dios, con San José y todos los
ángeles y santos... Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te
pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de
la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen
María y todos los ángeles y santos... Que puedas contemplar cara
a cara a tu Redentor... (OEx "Commendatio animae).
|N1021 La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo
abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada
en Cristo (cf 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio
principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo
en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la
existencia de la retribución inmediata después de la muerte de
cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola
del pobre Lázaro (cf Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz
al buen ladrón (cf Lc 23, 43), así como otros textos del Nuevo
Testamento (cf 2 Co 5, 8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23) hablan de
un último destino del alma (cf Mt 16, 26) que puede ser diferente
para unos y para otros.
|N1022 Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal
su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida
a Cristo, bien a través de una purificación (cf Cc. de Lyon: DS
857-858; Cc. de Florencia: DS 1304-1306; Cc. de Trento: DS 1820),
bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo
(cf Benedicto XII: DS 1000-1001; Juan XXII: DS 990), bien para
condenarse inmediatamente para siempre (cf Benedicto XII: DS
1002).
A la tarde te examinarán en el amor (San Juan de la Cruz,
dichos 64).
II EL CIELO
|N1023 Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están
perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son
para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es" (1 Jn
3,2), cara a cara (cf 1 Co 13, 12; Ap 22, 4):
Definimos con la autoridad apostólica: que, según la
disposición general de Dios, las almas de todos los santos... y
de todos los demás fieles muertos después de recibir el bautismo
de Cristo en los que no había nada que purificar cuando
murieron...; o en caso de que tuvieran o tengan algo que
purificar, una vez que estén purificadas después de la muerte...
aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final,
después de la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro
Señor, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el Reino de
los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en la
compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión de
nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con una
visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura
(Benedicto XII: DS 1000; cf LG 49).
|N1024 Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta
comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los
ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo". El cielo
es el fin último y la realización de las aspiraciones más
profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.
|N1025 Vivir en el cielo es "estar con Cristo" (cf Jn 14, 3; Flp
1, 23; 1 Ts 4, 17). Los elegidos viven "en El", aún más, tienen
allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio
nombre (cf Ap 2, 17):
Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí
está la vida, allí está el reino (San Ambrosio, Luc. 10,121).
|N1026 Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha
"abierto" el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la
plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo
quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han
creído en El y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo
es la comunidad bienaventurada de todos los que están
perfectamente incorporados a El.
|N1027 Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con
todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda
:) representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes:
vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del
Padre, Jerusalén celeste, paraíso: "Lo que ni el ojo vio, ni el
oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó
para los que le aman" (1 Co,9).
|N1028 A causa de su trascendencia, Dios no puede ser visto tal
cual es más que cuando El mismo abre su Misterio a la
contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para
ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es
llamada por la Iglesia "la visión beatífica":
¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser admitido a ver a
Dios, tener el honor de participar en las alegrías de la
salvación y de la luz eterna en compañía de Cristo, el Señor tu
Dios..., gozar en el Reino de los cielos en compañía de los
justos y de los amigos de Dios, las alegrías de la inmortalidad
alcanzada (San Cipriano, ep. 56, 10, 1).
|N1029 En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan
cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los
demás hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo; con
El "ellos reinarán por los siglos de los siglos" (Ap 22, 5; cf Mt
25, 21.23).
III LA PURIFICACION FINAL O PURGATORIO
|N1030 Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero
imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna
salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de
obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del
cielo.
|N1031 La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de
los elegidos que es completamente distinta del castigo de los
condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa
al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf DS
1304) y de Trento (cf DS 1820; 1580). La tradición de la Iglesia,
haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por
ejemplo, 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador:
Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que,
antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que
afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha
pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le
será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 1 2, 3 1).
En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser
perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San
Gregorio Magno, dial. 4, 39).
|N1032 Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la
oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: "Por
eso mandó Iludas Macabeo hacer este sacrificio expiatorio en
favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado" (2
M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la
memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en
particular el sacrificio eucarístico (cf DS 856), para que, una
vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La
Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las
obras de penitencia en favor de los difuntos:
Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los
hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf
Jb 1, 5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas
por los muertos les lleven un cierto consuelo? No dudemos, pues,
en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias
por ellos (San Juan Crisóstomo, hoz. in 1 Cor. 41, 5).
IV EL INFIERNO
|N1033 Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar
unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos
gravemente contra El, contra nuestro prójimo o contra nosotros
mismos: "Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que
aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino
tiene vida eterna permanente en él" (1 Jn 3, 15). Nuestro Señor
nos advierte que estaremos separados de El si omitimos socorrer
las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son
sus hermanos (cf Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar
arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa
permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y
libre elección. Este estado de auto exclusión definitiva de la
comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa
con la palabra "infierno".
|N1034 Jesús habla con frecuencia de la "gehena" y del "fuego
que nunca se apaga" (cf Mt 5, 22.29; 13, 42.50; Mc 9, 43-48)
reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y
convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo
(cf Mt 10, 28). Jesús anuncia en términos graves que "enviará a
sus ángeles que recogerán a todos los autores de iniquidad..., y
los arrojarán al horno ardiendo" (Mt 13, 41-42), y que
pronunciará la condenación:" ¡Alejaos de mí, malditos al fuego
eterno!" (Mt 25, 41).
|N1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del
infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de
pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después
de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego
eterno" (cf DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; SPF 12).
La pena principal del infierno consiste en la separación eterna
de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la
Felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.
|N1036 Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la
Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la
responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en
relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un
llamamiento apremiante a la conversión: "Entrad por la puerta
estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que
lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas
¡que estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la
Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7, 1 os- 14):
Como no sabemos ni el día ni la hora. es necesario según el
consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la
única carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos
entrar con El en la boda y ser contados entre los santos y no nos
mandarán ir como siervos malos y perezosos al fuego eterno, a las
tinieblas exteriores. donde "habrá llanto y rechinar de dientes"
(LG 48).
|N1037 Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397;
1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a
Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la
liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la
Iglesia implora la misericordia de Dios, que "quiere que nadie
perezca, sino que todos lleguen a la conversión" (2 P 3, 9):
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y
de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días,
líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos
(MI, Canon Romano 88)
V EL JUCIO FINAL
|N1038 La resurrección de todos los muertos, "de los justos y de
los pecadores" (Ch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será
"la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz
y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que
hayan hecho el mal, para la condenación" (Jn 5, 28-29). Entonces,
Cristo vendrá "en su gloria acompañado de todos sus ángeles...
Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará
a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las
cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su
izquierda... E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una
vida eterna" (Mt 25, 31.32.46).
|N1039 Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo
definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios
(cf Jn 12, 49). El Juicio final revelará hasta sus últimas
consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de
hacer durante su vida terrena:
Todo el mal que hacen los malos se registra -y ellos no lo
saben. El día en que "Dios no se callará" (Sal 50,3)... Se
volverá hacia los malos: "Yo había colocado sobre la tierra, dirá
El, a los pobrecitos para vosotros. Yo, su cabezal gobernaba en
el cielo a la derecha de mi Padre -pero en la tierra mis miembros
tenían hambre. Si hubierais dado a mis miembros algo, eso habría
subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la
tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras
buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado nada en sus
manos, no poseéis nada en MI' (San Agustín, serm. 18, 4, 4).
|N1040 El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso.
Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo
El decidirá su advenimiento. Entonces, El pronunciará por medio
de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la
historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra
de la creación y de toda la economía de la salvación, y
comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia
habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final
revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias
cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la
muerte (cf Ct 8, 6).
|N1041 El mensaje del Juicio final llama a la conversión
mientras Dios da a los hombres todavía "el tiempo favorable, el
tiempo de salvación" (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios.
Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la
"bienaventurada esperanza" (Tú 2, 13) de la vuelta del Señor que
"vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos
los que hayan creído"(2Ts 1, 10).
VI LA ESPERANZA DE LOS CIELOS NUEVOS Y DE LA TIERRA NUEVA
|N1042 Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su
plenitud. Después del Juicio final, los justos reinarán para
siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo
universo será renovado:
La Iglesia... sólo llegará a su perfección en la gloria del
cielo... cuando llegue el tiempo de la restauración universal y
cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está
íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del
hombre, quede perfectamente renovado en Cristo (LG 48).
|N1043 La Sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva"
a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el
mundo (2 P 3, 13; cf Ap 21, 1). Esta será la realización
definitiva del designio de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo
por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra"
(E 1, 10).
|N1044 En este "universo nuevo" (Ap 21, 5), la Jerusalén
celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. "Y enjugará
toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni
gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21, 4; cf
21, 27).
|N1045 Para el hombre esta consumación será la realización final
de la unidad del género humano, querida por Dios desde la
creación y de la que la Iglesia peregrina era "como el
sacramento" (LG 1). Los que estén unidos a Cristo formarán la
comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21, 2),
"la Esposa del Cordero" (Ap 21, 9). Ya no será herida por el
pecado, las manchas (cf Ap 21, 27), el amor propio, que destruyen
o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión
beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los
elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de
comunión mutua.
|N1046 En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda
comunidad de destino del mundo material y del hombre:
Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la
revelación de los hijos de Dios... en la esperanza de ser
liberada de la servidumbre de la corrupción... Pues sabemos que
la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de
parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las
primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro
interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rm 8, 19-23).
|N1047 Así pues, el universo visible también está destinado a
ser transformado, "a fin de que el mundo mismo restaurado a su
primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los
justos", participando en su glorificación en Jesucristo
resucitado (San Ireneo, hacer. 5, 32, 1).
|N1048 "Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de
la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo.
Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado,
pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y
una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya
bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se
levantan en los corazones de los hombres" (GS 39, 1).
|N1049 "No obstante, la espera de una tierra nueva no debe
debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta
tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que
puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello,
aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del
crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la
medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad
humana, interesa mucho al Reino de Dios" (GS 39, 2).
|N1050 "Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de
nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el
Espíritu del Señor y según su mandato, los encontramos después de
nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando
Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal" (GS 39, 3;
cf LG 2). Dios será entonces "todo en todos" (1 Co 15, 22), en la
vida eterna:
La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el
Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción
los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros
también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la
vida eterna (San Cirilo de Jerusalén, catech. ill.18, 29).
RESUMEN
|N1051 Al morir cada hombre recibe en su alma inmortal su
retribución eterna en un juicio particular por Cristo, juez de
vivos y de muertos.
|N1052 "Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en
la gracia de Cristo... constituyen el Pueblo de Dios después de
la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la
Resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos "
(SPF 28).
|N1053 "Creemos que la multitud de aquellas almas que con
Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia
celestial, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven
a Dios como El es, y participan también, ciertamente en grado y
modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno
divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera
que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan
grandemente a nuestra flaqueza" (SPF 29).
|N1054 Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero
imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación
eterna, sufren una purificación después de su muerte, a fin de
obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios.
|N1055 En virtud de la "comunión de los santos", la Iglesia
encomienda los difuntos a la misericordia de Dios y ofrece
sufragios en su favor, en particular el santo sacrificio
eucarístico.
|N1056 Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte
a los fieles de la "triste y lamentable realidad de la muerte
eterna" (DCG 69), llamada también "infierno".
|N1057 La pena principal del infierno consiste en la
separación eterna de Dios en quien solamente puede tener el
hombre la vida y la felicidad para las cuales ha sido creado y a
las cuales aspira.
|N1058 La Iglesia ruega para que nadie se pierda: "Jamás
permitas, Señor, que me separe de ti". Si bien es verdad que
nadie puede salvarse a sí mismo, también es cierto que "Dios
quiere que todos los hombres se salven" (1 Tm 2 4) y que para El
"todo es posible " (Mt 19, 26).
|N1059 "La misma santa Iglesia romana cree y firmemente
confiesa que todos los hombres comparecerán con sus cuerpos en el
día del juicio ante el tribunal de Cristo para dar cuenta de sus
propias acciones (DE 859; cf DS 1549). .
|N1060 Al fin de los tiempos, el Reino de Dios llegará a su
plenitud. Entonces, los justos reinarán con Cristo para siempre,
glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo material será
transformado. Dios será entonces "todo en todos" (1 Co 15, 28),
en la vida eterna.
"AMEN"
|N1061 El Credo, como el último libro de la Sagrada Escritura
(cf Ap 22, 21), se termina con la palabra hebrea Amen. Se
encuentra también frecuentemente al final de las oraciones del
Nuevo Testamento. Igualmente, la Iglesia termina sus oraciones
con un "Amén".
|N1062 En hebreo, "Amen" pertenece a la misma raíz que la
palabra "creer". Esta raíz expresa la solidez, la fiabilidad, la
fidelidad. Así se comprende por qué el "Amén" puede expresar
tanto la fidelidad de Dios hacia nosotros como nuestra confianza
en El.
|N1063 En el profeta Isaías se encuentra la expresión "Dios de
verdad", literalmente "Dios del Amén", es decir, el Dios fiel a
sus promesas: "Quien desee ser bendecido en la tierra, deseará
serlo en el Dios del Amén" (Is 65, 16). Nuestro Señor emplea con
frecuencia el término "Amén" (cf Mt 6, 2.5.16), a veces en forma
duplicada (cf Jn 5, 19), para subrayar la fiabilidad de su
enseñanza, su Autoridad fundada en la Verdad de Dios.
|N1064 Así pues, el "Amén" final del Credo recoge y confirma su
primera palabra: "Creo". Creer es decir "Amén" a las palabras, a
las promesas, a los mandamientos de Dios, es fiarse totalmente de
El que es el Amén de amor infinito y de perfecta fidelidad. La
vida cristiana de cada día será también el "Amén" al "Creo" de la
Profesión de fe de nuestro Bautismo:
Que tu símbolo sea para ti como un espejo. Mírate en él:
para ver si crees todo lo que declaras creer. Y regocíjate todos
los días en tu fe (San Agustín, se Rm. 58, 11, 13: PL 38, 399).
|N1065 Jesucristo mismo es el "Amén" (Ap 3, 14). Es el "Amén"
definitivo del amor del Padre hacia nosotros; asume y completa
nuestro "Amén" al Padre: "Todas las promesas hechas por Dios han
tenido su 'sí' en él; y por eso decimos por él 'Amén' a la gloria
de Dios" (2 Co 1, 20):
Por El, con El y en El.
A ti, Dios Padre omnipotente
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria,
por los siglos de los siglos.
AMEN.