La zorra y las uvas.
Fábula sobre el esfuerzo
En una mañana de otoño, mientras una zorra descansaba debajo de una
plantación de uvas, vio unos hermosos racimos de uvas ya maduras,
delante de sus ojos. Deseosa de comer algo refrescante y distinto de lo
que estaba acostumbrada, la zorra se levantó, se remangó y se puso
manos a la obra para comer las uvas.
Lo que la zorra no sabía es que los racimos de uvas estaban mucho más altos de lo que ella
imaginaba. Entonces, buscó un medio para alcanzarlos. Saltó, saltó, pero sus dedos no
conseguían ni tocarlos.
Habían muchas uvas, pero la zorra no podía alcanzarlas. Tomó carrera y
saltó otra vez, pero el salto quedó corto. Aún así, la zorra no se dio por
vencida. Tomó carrera otra vez y volvió a saltar y nada. Las uvas
parecían estar cada vez más altas y lejanas.
Cansada por el esfuerzo y sintiéndose imposibilitada de conseguir
alcanzar las uvas, la zorra se convenció de que era inútil repetir el
intento. Las uvas estaban demasiado altas y la zorra sintió una profunda
frustración. Agotada y resignada, la zorra decidió renunciar a las uvas.
Cuando la zorra se disponía a regresar al bosque se dio cuenta de que
un pájaro que volaba por allí, había observado toda la escena y se sintió
avergonzada. Creyendo que había hecho un papel ridículo para
conseguir alcanzar las uvas, la zorra se dirigió al pájaro y le dijo:
- Yo hubiera conseguido alcanzar las uvas si ellas estuvieran maduras.
Me equivoqué al principio pensando que estaban maduras pero cuando
me di cuenta de que estaban aún verdes, he preferido desistir de
alcanzarlas. Las uvas verdes no son un buen alimento para un paladar
tan refinado como el mío.
Y fue así que la zorra siguió su camino, intentando convencerse de que
no fue por su falta de esfuerzo que ella no había comido aquellas
riquísimas uvas. Y sí porque estaban verdes.
Fábula de la liebre y la tortuga, sobre el esfuerzo
En el mundo de los animales vivía una liebre muy orgullosa y vanidosa,
que no cesaba de pregonar que ella era la más veloz y se burlaba de ello
ante la lentitud de la tortuga.
- ¡Eh, tortuga, no corras tanto que nunca vas a llegar a tu meta! Decía la liebre riéndose de
la tortuga.
Un día, a la tortuga se le ocurrió hacerle una inusual apuesta a la liebre:
- Estoy segura de poder ganarte una carrera.
- ¿A mí? Preguntó asombrada la liebre.
- Sí, sí, a ti, dijo la tortuga. Pongamos nuestras apuestas y veamos quién
gana la carrera.
La liebre, muy ingreída, aceptó la apuesta.
Así que todos los animales se reunieron para presenciar la carrera. El
búho señaló los puntos de partida y de llegada, y sin más preámbulos
comenzó la carrera en medio de la incredulidad de los asistentes.
Astuta y muy confiada en si misma, la liebre dejó coger ventaja a la
tortuga y se quedó haciendo burla de ella. Luego, empezó a correr
velozmente y sobrepasó a la tortuga que caminaba despacio, pero sin
parar. Sólo se detuvo a mitad del camino ante un prado verde y
frondoso, donde se dispuso a descansar antes de concluir la carrera. Allí
se quedó dormida, mientras la tortuga siguió caminando, paso tras paso,
lentamente, pero sin detenerse.
Cuando la liebre se despertó, vio con pavor que la tortuga se encontraba
a una corta distancia de la meta. En un sobresalto, salió corriendo con
todas sus fuerzas, pero ya era muy tarde: ¡la tortuga había alcanzado la
meta y ganado la carrera!
Ese día la liebre aprendió, en medio de una gran humillación, que no hay
que burlarse jamás de los demás. También aprendió que el exceso
de confianza es un obstáculo para alcanzar nuestros objetivos. Y que
nadie, absolutamente nadie, es mejor que nadie
Esta fábula enseña a los niños que no hay que burlarse jamás de los
demás y que el exceso de confianza puede ser un obstáculo para
alcanzar nuestros objetivos.
El león y el ratón. Fábula sobre el valor
Después de un largo día de caza, un león se echó a descansar debajo de
un árbol. Cuando se estaba quedando dormido, unos ratones se
atrevieron a salir de su madriguera y se pusieron a jugar a su alrededor.
De pronto, el más travieso tuvo la ocurrencia de esconderse entre la
melena del león, con tan mala suerte que lo despertó. Muy
malhumorado por ver su siesta interrumpida, el león atrapó al ratón
entre sus garras y dijo dando un rugido:
-¿Cómo te atreves a perturbar mi sueño, insignificante ratón? ¡Voy a comerte para que
aprendáis la lección!-
El ratón, que estaba tan asustado que no podía moverse, le dijo
temblando:
- Por favor no me mates, león. Yo no quería molestarte. Si me dejas te
estaré eternamente agradecido. Déjame marchar, porque puede que
algún día me necesites –
- ¡Ja, ja, ja! – se rió el león mirándole - Un ser tan diminuto como tú, ¿de
qué forma va a ayudarme? ¡No me hagas reír!.
Pero el ratón insistió una y otra vez, hasta que el león, conmovido por su
tamaño y su valentía, le dejó marchar.
Unos días después, mientras el ratón paseaba por el bosque, oyó unos
terribles rugidos que hacían temblar las hojas de los árboles.
Rápidamente corrió hacia lugar de donde provenía el sonido, y se
encontró allí al león, que había quedado atrapado en una robusta red. El
ratón, decidido a pagar su deuda, le dijo:
- No te preocupes, yo te salvaré.
Y el león, sin pensarlo le contestó:
- Pero cómo, si eres tan pequeño para tanto esfuerzo.
El ratón empezó entonces a roer la cuerda de la red donde estaba
atrapado el león, y el león pudo salvarse. El ratón le dijo:
- Días atrás, te burlaste de mí pensando que nada podría hacer por ti en
agradecimiento. Ahora es bueno que sepas que los pequeños ratones
somos agradecidos y cumplidos.
El león no tuvo palabras para agradecer al pequeño ratón. Desde este
día, los dos fueron amigos para siempre.
El ratón campesino y el cortesano
Un ratón campesino tenía por amigo a otro de la corte, y lo invitó a que
fuese a comer a la campiña.
Pero como sólo podía ofrecerle trigo y yerbajos, el ratón cortesano le dijo:
- ¿Sabes amigo que llevas una vida de hormiga? En cambio yo poseo
bienes en abundancia. Ven conmigo y a tu disposición los tendrás.
Partieron ambos para la corte. Mostró el ratón ciudadano a su amigo
trigo y legumbres, higos y queso, frutas y miel.
Maravillado el ratón campesino, bendecía a su amigo de todo corazón y
renegaba de su mala suerte.
Dispuestos ya a darse un festín, un hombre abrió de pronto la puerta.
Espantados por el ruido los dos ratones se lanzaron temerosos a los
agujeros.
Volvieron luego a buscar higos secos, pero otra persona incursionó en el
lugar, y al verla, los dos amigos se precipitaron nuevamente en una
rendija para esconderse.
Entonces el ratón de los campos, olvidándose de su hambre, suspiró y
dijo al ratón cortesano:
- Adiós amigo, veo que comes hasta hartarte y que estás muy
satisfecho; pero es al precio de mil peligros y constantes temores. Yo, en
cambio, soy un pobrete y vivo mordisqueando la cebada y el trigo, pero
sin congojas ni temores hacia nadie.
Las moscas. Fábula y poesía para niños
En un frondoso bosque, de un panal se derramó una rica y deliciosa
miel, y las moscas acudieron rápidamente y ansiosas a devorarla. Y la
miel era tan dulce y exquisita que las moscas no podían dejar de
comerlas.
Lo que no se dieron cuenta las moscas es que sus patas se fueron prendiendo en la miel y
que ya no podían alzar el vuelo de nuevo.
A punto de ahogarse en su exquisito tesoro, las moscas exclamaron:
- ¡Nos morimos, desgraciadas nosotras, por quererlo tomar todo en un
instante de placer!
Las moscas: en verso
A un panal de rica miel
dos mil moscas acudieron,
que por golosas murieron,
presas de patas en él.
Otra dentro de un pastel
enterró su golosina.
Así, si bien se examina,
los humanos corazones
perecen en las prisiones
del vicio que los domina.
El cerdo y los carneros
Había una vez una granja con todos sus animales.
El ella estaban las vacas, los caballos, los pollitos, los carneros y los cerditos.
Un día, se metió un cerdo dentro de un rebaño de carneros, y pastaba
con ellos a diario.
Pero un día lo capturó el pastor y el cerdo se puso a gruñir y forcejar. Los
carneros lo regañaban por gritón, diciéndole:
- A nosotros también nos echa mano constantemente y nunca nos
quejamos.
- ¿Ah si?- replicó el cerdo- ¡Pero no es con el mismo fin! A ustedes les
echan mano por la lana, pero a mí es por mi carne.
Moraleja:
Perder lo reponible no nos debe preocupar, pero sí el perder lo que es
irreparable.
La paloma y la hormiga. Fábula con moraleja
Obligada por la sed, una hormiga bajó a un arroyo; arrastrada por la
corriente, se encontró a punto de morir ahogada.
Una paloma que se encontraba en una rama cercana observó la emergencia; desprendiendo
del árbol una ramita, la arrojó a la corriente, montó encima a la hormiga y la salvó.
La hormiga, muy agradecida, aseguró a su nueva amiga que si tenía
ocasión le devolvería el favor, aunque siendo tan pequeña no sabía
cómo podría serle útil a la paloma.
Al poco tiempo, un cazador de pájaros se alistó para cazar a la paloma.
La hormiga, que se encontraba cerca, al ver la emergencia lo picó en el
talón haciéndole soltar su arma.
El instante fue aprovechado por la paloma para levantar el vuelo, y así la
hormiga pudo devolver el favor a su amiga.
Cuento de 'Los hijos del labrador'
Los dos hijos de un labrador vivían siempre discutiendo. Se peleaban por
cualquier motivo, como quién iba a manejar el arado, quién sembraría, y
así como todo. Cada vez que había una riña, ellos dejaban de hablarse.
La concordia parecía algo imposible entre los dos. Eran testarudos,
orgullosos y para su padre le suponía una dificultad mejorar estos
sentimientos. Fue entonces que decidió darles una lección.
Para poner un fin a esta situación, el labrador les llamó y les pidió que se fueran al bosque y
les tajeran un manojo de leña. Los chicos obedecieron a su padre y una vez en el bosque
empezaron a competir para ver quién recogía más leños. Y otra pelea se armó. Cuando
cumplieron la tarea, se fueron hacia su padre que les dijo:
- Ahora, junten todos las varas, las amarren muy fuerte con una cuerda y
veamos quién es el más fuerte de los dos. Tendrán que romper todas las
varas al mismo tiempo.
Y así lo intentaron los dos chicos. Pero a pesar de todos sus esfuerzos,
no lo consiguieron. Entonces deshizo el haz y les dio las varas una a una;
los hijos las rompieron fácilmente.
- ¡Se dan cuenta! les dijo el padre. Si vosotros permanecen unidos como
el haz de varas, serán invencibles ante la adversidad; pero si están
divididos serán vencidos uno a uno con facilidad. Cuando estamos
unidos, somos más fuertes y resistentes, y nadie podrá hacernos daño.
Y los tres se abrazaron.
El caballo y el asno
Un hombre tenía un caballo y un asno.
Un día que ambos iban camino a la ciudad, el asno, sintiéndose cansado, le dijo al caballo:
- Toma una parte de mi carga si te interesa mi vida.
El caballo haciéndose el sordo no dijo nada y el asno cayó víctima de la
fatiga, y murió allí mismo.
Entonces el dueño echó toda la carga encima del caballo, incluso la piel
del asno. Y el caballo, suspirando dijo:
- ¡Qué mala suerte tengo! ¡Por no haber querido cargar con un ligero
fardo ahora tengo que cargar con todo, y hasta con la piel del asno
encima!
Cada vez que no tiendes tu mano para ayudar a tu prójimo que
honestamente te lo pide, sin que lo notes en ese momento, en realidad
te estás perjudicando a ti mismo.
La gallina de los huevos de oro. Fábula con moraleja
Un granjero y su esposa tenían una gallina que ponía un huevo de oro
cada día.
Supusieron que la gallina debería contener un gran terrón del oro en su interior, y para tratar
de conseguirlo de una sola vez, la mataron.
Haciendo esto se encontraron, para su sorpresa, que la gallina se
diferenciaba en nada de sus otras gallinas. El par de ingenuos,
esperando llegar a ser ricos de una sola vez, se privaron en adelante del
ingreso del cual se habían asegurado día por día.
Fábula en verso
Érase una gallina que ponía un huevo de oro al dueño cada día.
Aún con tanta ganancia, mal contento,
quiso el rico avariento
descubrir de una vez la mina de oro,
y hallar en menos tiempo más tesoro.
Matola; abriola el vientre de contado;
pero después de haberla registrado
¿qué sucedió?
Que, muerta la gallina, perdió su huevo de oro, y no halló mina.
¡Cuántos hay que teniendo lo bastante,
enriquecerse quieren al instante,
abrazando proyectos a veces de tan rápidos efectos,
que sólo en pocos meses,
cuando se contemplaban ya marqueses,
contando sus millones,
se vieron en la calle sin calzones!
Fábula de la lechera
La hija de un granjero llevaba un recipiente lleno de leche a vender al
pueblo, y empezó a hacer planes futuros:
- Cuando venda esta leche, compraré trescientos huevos. Los huevos, descartando los que
no nazcan, me darán al menos doscientos pollos.
Los pollos estarán listos para mercadearlos cuando los precios de ellos
estén en lo más alto, de modo que para fin de año tendré suficiente
dinero para comprarme el mejor vestido para asistir a las fiestas.
Cuando esté en el baile todos los muchachos me pretenderán, y yo los
valoraré uno a uno.
Pero en ese momento tropezó con una piedra, cayendo junto con la
vasija de leche al suelo, regando su contenido.
Y así todos sus planes acabaron en un instante.
Moraleja:
No seas ambiciosa de mejor y más próspera fortuna,
que vivirás ansiosa sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien futuro,
mira que ni el presente está seguro.
La cigarra y la hormiga. Fábula sobre el esfuerzo
La cigarra era feliz disfrutando del verano: El sol brillaba, las flores
desprendían su aroma...y la cigarra cantaba y cantaba. Mientras tanto su
amiga y vecina, una pequeña hormiga, pasaba el día entero trabajando,
recogiendo alimentos.
- ¡Amiga hormiga! ¿No te cansas de tanto trabajar? Descansa un rato conmigo mientras
canto algo para ti. – Le decía la cigarra a la hormiga.
- Mejor harías en recoger provisiones para el invierno y dejarte de tanta
holgazanería – le respondía la hormiga, mientras transportaba el grano,
atareada.
La cigarra se reía y seguía cantando sin hacer caso a su amiga.
Hasta que un día, al despertarse, sintió el frío intenso del invierno. Los
árboles se habían quedado sin hojas y del cielo caían copos de nieve,
mientras la cigarra vagaba por campo, helada y hambrienta. Vio a lo
lejos la casa de su vecina la hormiga, y se acercó a pedirle ayuda.
- Amiga hormiga, tengo frío y hambre, ¿no me darías algo de comer? Tú
tienes mucha comida y una casa caliente, mientras que yo no tengo
nada.
La hormiga entreabrió la puerta de su casa y le dijo a la cigarra.
- Dime amiga cigarra, ¿qué hacías tú mientras yo madrugaba para
trabajar? ¿Qué hacías mientras yo cargaba con granos de trigo de acá
para allá?
- Cantaba y cantaba bajo el sol- contestó la cigarra.
- ¿Eso hacías? Pues si cantabas en el verano, ahora baila durante el
invierno-
Y le cerró la puerta, dejando fuera a la cigarra, que había aprendido la
lección.
Moraleja: Quien quiere pasar bien el invierno, mientras es joven debe
aprovechar el tiempo.