El
miembro fundador, cantante y guitarrista principal de Metallica y
Megadeth comparte sin adornos la historia que hay detrás de su participación
en el surgimiento de dos de las bandas de heavy metal más influyentes de la
historia.
Dave Mustaine es el primero en admitir que ha tocado fondo varias veces, en
su versión oscura y retorcida de una vida dickensiana. Desde sus aplastantes
reveses profesionales y artísticos hasta su batalla contra la adicción, Mustaine
ha tocado fondo en múltiples ocasiones. Abril de 1983 fue su punto más bajo,
cuando fue despedido sin contemplaciones de Metallica por demasiado
juerguista. Lo que parecía ser el final de todo fue solo el comienzo para el
guitarrista.
Después de separarse de Metallica, Mustaine se convirtió en líder, cantante,
compositor, guitarrista (y CEO de facto) de Megadeth, una de las bandas de
metal más exitosas del mundo. Pionero del movimiento del thrash metal,
Megadeth saltó a la fama internacional en la década de los 80 y consiguió
siete nominaciones consecutivas al Grammy por la Mejor interpretación de
metal.
En esta memoria escandalosamente sincera, una de las figuras más icónicas
del heavy metal ofrece una mirada desde dentro del ruidoso y sórdido mundo
del thrash metal (sexo, drogas y rock and roll incluidos).
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Dave Mustaine & Joe Layden
Mustaine
Memorias del heavy metal
ePub r1.0
Titivillus 13.09.2019
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Título original: Mustaine: A Heavy Metal Memoir
Dave Mustaine & Joe Layden, 2010
Traducción: https://www.facebook.com/DaveMustaineMemoriasDelHeavyMetal
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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Fotografía de Rob Shay.
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Nota del autor
Algunos nombres y detalles identificativos han sido cambiados para proteger
la privacidad de ciertos individuos.
Todas las fotografías del libro por cortesía del autor excepto donde se
indica.
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Para mamá y papá,
Prometí que sería un buen chico.
Este libro está dedicado a toda la gente que me dijo que nunca
podría…
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Vamos, vamos, vamos mis queridos drugos. Esto no lo entiendo
para nada. Los viejos días se han marchado y se han muerto.
Por lo que hice en el pasado he sido castigado. He sido curado.
Alex, La naranja mecánica
Arrepentimientos, he tenido unos pocos…
Sid Vicious
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Una herradura en el culo
Fotografía de Daniel González Toriso.
Hunt, Texas.
Enero de 2002.
S i estás buscando en qué momento toqué fondo este puede ser tan
buen lugar como cualquier otro, aunque sería el primero en admitir que
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el fondo ha sido un blanco móvil en mi oscura y retorcida vida, la versión
speed metal de una vida dickensiana.
¿Infancia pobre y errabunda? Hecho.
¿Padre abusivo y alcohólico? Hecho.
¿Locura religiosa jode mentes (en mi caso los extremos de los Testigos de
Jehová y el Satanismo)? Hecho.
¿Alcoholismo, drogadicción, vivir en la calle? Hecho, hecho, hecho.
¿Reveses artísticos y profesionales que te destruyen el alma? Hecho.
¿Rehabilitación? Hecho (17 veces, créase o no).
¿Experiencia cercana a la muerte? Hecho, esa también.
James Hetfield, quien solía ser uno de mis mejores amigos, como un
hermano, dijo una vez con cierta incredulidad que yo debí haber nacido con
una herradura en el culo. Así de suertudo he sido, afortunado de poder
respirar después de ver la muerte tan cerca tantas veces. Y debo reconocer
que en cierto sentido él tenía razón. He tenido suerte, he sido bendecido. Pero
lo que pasa cuando uno tiene alojada una herradura en el recto es que te da un
dolor infernal. Y nunca te olvidas que está allí.
Así que estoy aquí, visualizando otra temporada de rehabilitación en un
lugar llamado La Hacienda, en el corazón del prístino condado de Texas Hill.
Está a solo 200 millas de Fort Worth más o menos, pero parece a un mundo
de distancia, solo ranchos de ganado y campamentos de verano como vecinos.
El foco está en curarse… en mejorar. Física, espiritual y emocionalmente.
Como siempre solo traje expectativas y entusiasmo modestos para el
procedimiento. No es mi primer rodeo, después de todo.
Verán, he aprendido más sobre reventarse, conseguir drogas, mezclar
bebidas y acostarme con el sexo opuesto en Alcohólicos Anónimos que en
cualquier otro lugar del mundo. AA —y esto es verdad para la mayoría de los
programas de rehabilitación y centros de tratamiento— es una fraternidad y
como a todos los hermanos de una fraternidad nos gusta intercambiar
historias. Es una glorificación ridícula de la experiencia: drogadictólogos y
borrachólogos, así se los llama. Una de las cosas que siempre me molestó era
el alardeo incesante. Cuentas una historia, a veces desnudando tu alma, y el
tipo que está a tu lado sonríe y dice, «Ah, hombre, yo he derramado más de lo
que tú has bebido».
«¿En serio?».
«Claro que sí».
«Bueno, yo he bebido bastante, así que debes ser un torpe de mierda».
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Por alguna razón este tipo de interacción nunca me ayudó demasiado,
nunca me hizo sentir que estaba curándome o mejorando como ser humano. A
veces hasta empeoraba. Irónicamente, fue en una reunión de AA que supe por
primera vez lo fácil que era conseguir medicamentos para el dolor vía
Internet. No necesitaba analgésicos en ese momento pero la mujer que contó
la historia lo hizo sonar como algo genial. No tardaron mucho en llegar los
envíos a mi casa y que cultivara una terrible adicción. En ese momento ya era
una estrella de rock mundialmente famosa —fundador, líder, cantante,
compositor y guitarrista (y CEO de facto) de Megadeth, una de las bandas
más populares del heavy metal—. Tenía una bella esposa y dos hijos
maravillosos, un hogar agradable, coches, más dinero del que había soñado. Y
estaba a punto de tirarlo todo por la borda. Verán, detrás de la fachada yo era
completamente abatido: estaba cansado de las giras, de los cambios de
miembros en la banda, de las demandas irracionales de los mánagers y los
ejecutivos de las compañías, de la soledad de una vida drogodependiente. Y,
como siempre, incapaz de ver que lo que poseía era más importante que lo
que me faltaba. La alegría de escribir canciones y tocar música, lo que me
sostuvo a través de tantos años, se estaba yendo lentamente por el desagüe.
Ahora simplemente me sentía… vacío.
Entonces fui hasta Hunt, Texas, esperando que esta vez el cambio durara.
O sin esperar. Sin preocuparme. Sin saber mucho de nada realmente, salvo
que necesitaba ayuda para librarme de los analgésicos. ¿Modificar mi
comportamiento a largo plazo? Bueno, eso no estaba en el podio de mi lista
de prioridades.
Y esto es lo que pasa. Según llego comienzo a deambular en busca de un
poco de descanso. Me tiro en una silla, apoyando mi brazo izquierdo sobre el
respaldo, tratando de acomodarme para dormir. Lo próximo que sé es que me
despierto después de una siesta de veinte minutos y cuando intento ponerme
en pie algo me tira para atrás, como si estuviera atado al asiento. Luego me
doy cuenta de qué es lo que pasa: mi brazo se durmió y está encajado detrás
del respaldo de la silla. Me rio, trato de sacar mi brazo otra vez.
Nada sucede. Otra vez.
Todavía nada.
Repito este movimiento (o intento de movimiento) unas veces más hasta
que finalmente usando mi brazo derecho levanto el izquierdo para sacarlo de
la silla. En cuanto lo suelto, se cae sobre mi costado, colgando inútilmente;
alfileres y agujas me pinchan desde el hombro hasta la punta de los dedos.
Después de unos minutos la movilidad regresa a mi brazo y parte del
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antebrazo. Pero mi mano permanece muerta, como inyectada con Novocaína.
La sacudo, la froto, la golpeo contra la silla. Pero la mano está insensible.
Pasan diez minutos. Quince. Intento cerrar el puño pero mis dedos no
responden.
Cruzo la puerta y salgo por el pasillo. Mi respiración se agita, en parte por
el consumo de drogas y que estoy fuera de forma, pero también porque estoy
cagado de miedo. Irrumpo en la enfermería, llevando mi mano izquierda con
la derecha. Le balbuceo algo a la enfermera sobre quedarme dormido y no
poder sentir la mano. Ella trata de calmarme. Presume, no sin razón, que esto
es solo parte del proceso, la ansiedad y el sentirse molesto son algo común en
la rehabilitación. Pero esto no lo es. Esto es diferente.
Dentro de 24 horas estaré haciendo una pausa en mi estancia en La
Hacienda, sentado en el despacho de un cirujano ortopédico que va a pasar
una mano a lo largo de mi bíceps, bajando por mi antebrazo, trazando
cuidadosamente la ruta de un nervio y explicándome cómo este se ha
comprimido de forma extraña, como una pajita apretada contra la pared de un
vaso. Cuando la circulación se corta de esta manera, me explica el médico, el
nervio se daña; a veces simplemente se marchita y muere.
«¿Cuánto tardará en recuperar el movimiento?» le pregunto.
«Deberías tener el 80 por ciento dentro de unos meses… tal vez cuatro o
seis».
«¿Y qué hay del otro 20 por ciento?».
Se encoge de hombros. El hombre es tejano de pies a cabeza, en sus
movimientos y respuestas. «Es difícil de decir», me suelta.
Hay una pausa. Una vez más, nervioso, intento hacer una pelota con la
mano, pero mis dedos no quieren. Esta es mi mano izquierda, la que baila a lo
largo del mástil de la guitarra. La que hace todo el difícil trabajo creativo. La
que hace dinero, como decimos en el mundo de la música.
«¿Y tocar la guitarra?» pregunto, sin querer saber la respuesta.
El doctor inspira profundamente y exhala despacio. «Oh, yo no contaría
con ello».
«¿Hasta cuándo?».
Me mira bien. Toma puntería. Luego le da al centro del blanco. «Bueno…
nunca más».
Y ahí está. El tiro de gracia. No puedo respirar, no puedo pensar. Pero de
alguna forma el mensaje llega alto y claro: este es el final de Megadeth… el
final de mi carrera… el final de la música.
El final de lo que es para mí la vida.
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1
Papaíto querido
La primera foto con mi padre y mi hermana Debbie.
«¡No más de esa mierda en mi casa!
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¿Está claro?».
S i repasaran una pila de anuarios escolares de mi infancia o
adolescencia lo más probable es que encuentren esas siluetas grises, o
incluso un signo de interrogación —¡la gran letra escarlata de los anuarios!—
en el lugar donde debería estar mi foto. Como muchos de esos chicos que
vagan de escuela en escuela, de pueblo a pueblo, frecuentemente figuraba
como ausente, así que me transformé en una especie de fantasma, un misterio
pelirrojo y sombrío para mis compañeros y maestros.
La travesía comenzó en La Mesa, California, en el verano de 1961. Ahí
nací, aunque es posible que haya sido concebido en Texas, donde mis padres
habían vivido durante las últimas etapas de su tumultuoso matrimonio. Había
dos familias realmente: mis hermanas Michelle y Suzanne tenían 18 y 15 años
respectivamente cuando llegué yo (a veces pienso en ellas como tías más que
hermanas); mi hermana Debbie tenía tres. No sé exactamente qué es lo que
pasó en los años entre las dos camadas. Sé que la vida se dio de muchas
maneras y al final mi madre tuvo que depender de sí misma y mi padre se
volvió una figura borrosa.
En un sentido práctico John Mustaine salió de mi vida para cuando tuve
cuatro años, momento en el que mis padres finalmente se divorciaron. Tengo
entendido que papá había sido una vez un hombre exitoso y muy inteligente,
bueno con sus manos y su cabeza, habilidades que lo ayudaron a ascender al
puesto de gerente en el Banco de América. De ahí se pasó al Registro
Nacional de Efectivo y cuando el RNE evolucionó de la tecnología mecánica
a la eléctrica papá se quedó atrás. Mientras sus perspectivas de trabajo se
reducían sus ingresos declinaban, naturalmente. Si este fracaso contribuyó a
sus crecientes problemas con el alcohol, o si el alcohol provocó su fracaso,
eso no puedo decirlo. Ciertamente, el hombre que gobernaba la casa Mustaine
en 1961 no era el mismo que se casó con mi madre. Mucho de lo que sé de
papá me lo contaron mis hermanas mayores en forma de historias de horror,
historias de abuso y comportamiento insano, generalmente perpetradas bajo el
velo del alcoholismo. Prefiero creer que muchos de los testimonios no son
verdaderos. Hay instantáneas escondidas en el desván de mi mente, recuerdos
de sentarme en las rodillas de papá, mirando la tele, sintiendo la barba
incipiente en sus mejillas, oliendo la bebida en su respiración. No tengo
recuerdos de él sin beber, ya saben, jugando al béisbol en el patio,
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enseñándome a andar en bici o algo así. Pero tampoco tengo un catálogo de
imágenes despreciables.
David Scott Mustaine, nacido el 13 de septiembre de 1961.
Oh, sí, hay una, la vez que estaba en la calle jugando con un vecino y por
alguna razón papá vino por la vereda para llevarme a casa. Estaba furioso,
gritando, aunque no recuerdo las palabras exactas que usó. Algo de que se me
hacía tarde. Lo que sí recuerdo es haber visto la pinza pico de loro en su
mano. La pico de loro es como un alicate pero más grande y supongo que por
alguna razón las necesitaba para acorralar a su hijo de cuatro años. O tal vez
estaba trabajando en algo en el garaje y olvidó dejarla antes de salir. Más allá
de la motivación la pinza terminó arrancándome un pedazo de oreja. Me
acuerdo de estar gritando y que a mi padre pareciera no importarle. Me
arrastró por la calle, sin soltarme mientras tropezaba y caía, luego terminé
gateando, tratando de avanzar, esperando que mi oreja no se saliera de su
orificio. (¿Tienen orificio donde encajar las orejas? Era un renacuajo ¿cómo
lo iba a saber?).
En el transcurso de los años he defendido a mi padre contra las
acusaciones de abuso de mis hermanas. Pero tengo que admitir que este
incidente en particular no sirve mucho como defensa. No refleja las acciones
de un padre sobrio y cariñoso, ¿no es cierto? Pero sobrio es la palabra
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importante de esa oración. Sé mejor que muchos que la gente alcoholizada es
capaz de un indecible mal comportamiento. Mi padre era un alcohólico:
prefiero creer que eso no lo hacía un hombre malo. Un hombre débil, tal vez,
y que hacía algunas cosas malas. Pero tengo otros recuerdos también.
Memorias de un hombre bondadoso fumando en pipa, leyendo el diario y
llamándome para que le dé un beso de buenas noches.
Mi padre, John Jefferson Mustaine.
Después del divorcio, pienso, mi padre se transformó en un monstruo. Oh,
no en el sentido literal de la palabra, pero todos en mi familia se referían a él
como alguien a quien temer y despreciar. Incluso se transformó en un arma
para ser usada en mi contra, para mantenerme a raya. Si me portaba mal, mi
madre me gritaba, «¡sigue así y voy a mandarte a vivir con tu padre!».
«¡Oh, no! ¡Por favor… no! ¡No me mandes a casa de papá!».
Había reconciliaciones periódicas, pero nunca duraban mucho y la mayor
parte del tiempo éramos una familia en fuga, siempre tratando de estar un
paso delante de mi padre, quien supuestamente dedicaba su vida entera a dos
cosas: beber y acechar a su exesposa e hijos. De nuevo no sé si esto era tal
cual, pero era la forma en como veía las cosas mientras iba creciendo. Nos
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establecíamos en una casa o apartamento alquilado y lo primero que hacíamos
era correr al Pier 1 para comprar un rollo de papel encerado y transformar la
porquería de cocina en algo utilizable. Las cosas se calmaban un tiempo.
Entraba a algún equipo de la Liga Infantil de béisbol, trataba de hacer amigos
y de pronto mamá nos decía que papá había descubierto dónde vivíamos. Una
camioneta de mudanza aparecía en medio de la noche, recogíamos nuestras
pobres pertenencias y como fugitivos empezábamos a escapar.
Mi madre era sirvienta y vivíamos de su salario junto con una
combinación de vales de comida, Medicare y otras formas de asistencia
social. Y la generosidad de amigos y parientes. En algunos casos hubiera
estado mejor con menos intervención. Por ejemplo, fue durante este período
de tránsito que vivimos con una de mis tías, una devota Testigo de Jehová.
Esto se transformó en el centro de nuestras vidas rápidamente. Y créanme,
esto no era algo bueno, especialmente para un niño. De pronto estábamos
pasando todo nuestro tiempo con los Testigos: iglesia los miércoles por la
noche y domingos por la mañana, grupos de estudio de la revista Watchtower,
oradores invitados los fines de semana, estudio de la Biblia en casa. Luego iba
a la escuela y, mientras todos se ponían de pie con la mano en el pecho
durante la Oración a la Bandera, yo tenía que quedarme quieto con las manos
a los costados. Cuando los demás chicos cantaban el Feliz Cumpleaños y
soplaban las velas yo me tenía que quedar mudo. Es bastante difícil hacer
amigos siendo el chico nuevo de la escuela, pero cuando encima era el loco
Testigo de Jehová… olvídenlo. Era un paria, siempre se metían conmigo,
siempre me pegaban, algo que realmente me endureció.
Recuerdo haber ido a trabajar con mi madre un día, a un barrio de ricos
llamado Linda Isle en Newport Beach. Había un pequeño arenal cerca del
muelle y un grupo de chicos estaban arrojándose una pelota, jugando un juego
que algunos llamaban Maten al Tipo con la Pelota, aunque en el mundo
políticamente incorrecto de los chicos adolescentes de comienzo de los 70, se
lo conocía como Borren al Marica. Todos estos tipos eran más grandes que yo
y se divirtieron mucho moliéndome a patadas, pero no me importó, no les
tenía miedo. ¿Por qué? Porque a esas alturas ya me había acostumbrado a que
me golpearan en la escuela, que me disciplinaran mis tías y tíos y que me
molestaran cantidad de primos. Yo le echaba la culpa de todo esto a los
Testigos de Jehová. Me refiero a la puta locura de tener a un cuñado o tío
pegándome porque supuestamente había violado alguna oscura regla de los
Testigos. Y todo esto pasaba bajo el visto bueno de la religión, al servicio de
un Dios que supuestamente te ama.
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Odio los gatos. Este iba camino de la trituradora de madera,
sin duda.
Por un tiempo, al menos, traté de encajar con los Testigos, aunque desde
el principio parecía una gigantesca estrategia de mercado en muchos niveles:
vendes libros y revistas, puerta a puerta, y cuantos más vendes más prosperas
en la religión. Una mentira total. ¡Tenía 8, 9, 10 años y estaba preocupado por
el fin del mundo! Hasta el día de hoy todavía tengo traumas causados por los
Testigos de Jehová. No me entusiasma demasiado la Navidad, porque aún me
cuesta creer todo lo relacionado con ella (y estoy hablando como un hombre
que ahora se considera cristiano). Quiero creer. Amo a mis hijos, amo a mi
esposa y quiero celebrarlo con ellos. Pero en el fondo de mi ser hay duda y
escepticismo; los Testigos me arruinaron todo eso.
¿QUÉ HACES cuando eres un chico solitario, rodeado de mujeres, sin
padre o una figura paterna? Inventas cosas, creas tu propio universo. Jugaba
con muchos muñecos de plástico, réplicas en miniatura de Jack Dempsey y
Gene Tunney, cuya rivalidad era recreada cada noche en el suelo de mi
dormitorio; soldaditos norteamericanos atacando la playa de Normandía o
invadiendo Iwo Jima.
Suena raro, ¿verdad? Bueno, este mundo particular, el mundo de mi
cabeza, era el lugar más seguro que pudiera encontrar. No quiero sonar como
una víctima, porque nunca me sentí así. Pienso en mí como un superviviente.
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Pero la verdad es que cada superviviente aguanta alguna mierda y yo no era la
excepción.
Los deportes me dieron un atisbo de esperanza. Bob Wilkie, el jefe de
policía de Stanton, California, estaba casado con mi hermana Suzanne. Bob
era un tipo grande y atlético (1,90 de altura, 90 kilos), exjugador de las ligas
menores de béisbol y fue, por un tiempo, casi un héroe para mí. También fue
mi primer entrenador en las ligas Infantiles. Mike, el hijastro de Bob (mi
sobrino —¿no es raro eso?—) era el mejor lanzador del equipo y yo era el
catcher titular. Me encantó el béisbol desde el comienzo. Me encantaba
ponerme el equipo, dirigir la acción detrás del plato, proteger mi base como si
mi vida dependiera de eso. Otros chicos intentaban anotar y yo los derrotaba.
No hacía nada ilegal, pero les imponía el temor de Dios si intentaban
pasarme. Y sabía pegarle a la pelota, fui líder de home runs esa primera
temporada.
No quiero dar a entender que estaba destinado a la grandeza en el béisbol,
pero pienso que podría haber sido un fenómeno si hubiese querido. Por
desgracia no había estabilidad en mi vida y cualquier actividad extracurricular
que eligiera seguir la hacía sin ayuda. Vivíamos un tiempo con Suzanne, hasta
que papá nos encontraba y terminábamos mudándonos por nuestra cuenta. Se
nos acababa el dinero, nos echaban y terminábamos viviendo con Michelle o
con mi tía Frieda. Ese era el círculo. Una mudanza tras otra, hogar tras hogar.
No era un vago. Estaba lejos de serlo en realidad. Empecé a repartir
periódicos para pagar mi equipación de béisbol y las cuotas de inscripción;
luego agregué un segundo reparto para tener dinero extra para comida o
cualquier otra cosa necesaria. Durante ese período nos mudamos de Garden
Grove a Costa Mesa; mis dos rutas de reparto estaban en el área de Costa
Mesa, pero mi equipo estaba en Garden Grove. Entonces como rutina pasaba
la tarde repartiendo periódicos en bicicleta y luego pedaleando hasta Garden
Grove —una distancia de 10 millas— para el entrenamiento de béisbol.
Después pedaleaba hasta casa y caía muerto de sueño. El fin de esa locura
llegó para final de temporada, cuando nuestro entrenador, habiendo agotado
todos los lanzadores en un partido bastante feo, me ordenó que fuera al
montículo.
«Pero no soy lanzador», le dije.
«Ahora lo eres».
No era mi intención ser arrogante. Solo estaba exhausto y sin ánimo de
jugar en una posición nueva; no quería lidiar con aprender a lanzar una curva,
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o hacer un papelón y después tener que pedalear hasta casa, abatido y
enojado.
Así que jugué y cedí varias carreras. Aquel resultó ser uno de mis últimos
partidos de béisbol.
LA MÚSICA SIEMPRE ESTABA ahí, a veces atrás de todo, otras
tantas haciendo cola para entrar en mi vida. Michelle se había casado con un
tal Stan, que para mí era uno de los tipos más geniales del mundo. Era policía
también (como Bob Wilkie), pero motociclista, porque trabajaba en la
Patrulla de Caminos de California. Stan se levantaba por la mañana y podías
escuchar el sonido de la ropa de cuero, las botas tipo Gestapo golpeando el
suelo, se subía a su Harley, la ponía en marcha y todo el barrio se sacudía.
Nadie se quejaba, jamás. ¿Qué iban a hacer? ¿Llamar a la policía? Stan me
agradaba mucho, no solo por la Harley y el hecho de que fuera alguien con
quien nadie se metía, también porque era un hombre decente, con un aprecio
real por la música. Cada vez que iba a casa de Stan parecía que el estéreo
rugía, llenando el aire con sonidos de los grandes cantantes de los sesenta:
Frankie Valli, Gary Puckett, los Righteous Brothers, Engelbert Humperdinck.
Me encantaba escuchar a esos tipos y si eso les parece raro en un futuro
guerrero del heavy metal, bueno, piénsenlo otra vez. No tengo dudas de que el
sentido de la melodía que hay en Megadeth echó raíces en la casa de Stan,
entre otros lugares.
Incluso de preadolescente, me gustaba mirar mal a la gente,
como aquí, después de una victoria de mi equipo de las Ligas
Infantiles.
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Mi hermana Debbie, por ejemplo, tenía una tremenda colección de discos,
más que nada cosas de las estrellas pop de aquella época: Cat Stevens, Elton
John y, por supuesto, The Beatles. Ese tipo de música estaba siempre en el
aire, hundiéndose en mi piel, y cuando mamá me regaló una guitarra acústica
barata al graduarme de la primaria, comencé a tocarla de inmediato. Debbie
tenía algunas partituras dando vueltas por ahí y no tardé en enseñarme a mí
mismo algunos acordes rudimentarios. Nada genial, por supuesto, pero
lograba que las canciones fueran audibles.
Durante un buen tiempo Debbie fue mi mejor amiga, la persona con quien
pasaba más tiempo. Ella volvía de la escuela y nos juntábamos, mirábamos la
tele, tocábamos música (Debbie en el piano y yo con la guitarra). Nos
dábamos apoyo cuando las cosas se ponían difíciles; también peleábamos
como hacen los hermanos, con Debbie usualmente sacándome de quicio en
nuestras discusiones.
Solía ser una cabrona de mierda a la hora de pelear y usaba cualquier cosa
que tuviese cerca como arma de destrucción. Recuerdo una batalla
particularmente desagradable: me clavó las uñas en el antebrazo hasta
arrancarme la piel. Luego vació un bote de vaselina en mi cabello y, mientras
yo trataba de quitármela, agarró mi guitarra y la partió en mi cabeza —una
versión musical de estar engrasado y emplumado—.
Debbie creció y comenzó a salir con chicos y acabó enamorándose de un
tipo llamado Mike Balli, con lo que yo quedé desplazado. Ella tenía 17 años
cuando se casó. Incluso en aquel entonces yo sabía que no duraría y, por
supuesto, no duró. Cualquiera que conociera a Mike y lo viera con Debbie
sabía que era una relación destinada al fracaso. Cualquier química que
hubiera entre ellos se evaporó rápidamente y terminaron quedándose con una
unión sin balance. Debbie era fuerte y dominante, básicamente tomaba todas
las decisiones —algo tipo Gran Mamá—.
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Mi mejor amiga de la infancia, mi hermana Deborah K.
Mustaine.
Pero Mike tenía sus atributos positivos, en especial para un chico de 14,
aspirante a guitarrista. Por alguna razón su madre estaba emparentada con
Jack Lord, quien en aquella época era la estrella del programa Hawaii 5.0. En
1974, nadie era tan genial como Steve McGarrett (personaje de Jack Lord) y a
Mike no le costaba nada nombrarlo en cualquier conversación: «¡Hombre,
McGarrett es como… mi primo segundo o algo así!». No puedo culparlo. Yo
habría hecho lo mismo.
Principalmente, lo que me gustaba de Mike era que tocaba la guitarra
eléctrica y no le molestaba tocar conmigo. En realidad su guitarra era una
porquería; de marca Supra, de un ridículo color rojo explosivo, con tres
pastillas, pero cumplía su propósito. Para mis oídos aún ignorantes él parecía
ser un guitarrista bastante decente.
El hermano menor de Mike, Mark, también era músico. Tocaba el bajo en
una banda con un tipo llamado John Voorhees (quien luego tocaría durante
una temporada en una banda bastante exitosa llamada Stryper). Mark y John
me escucharon tocar, me preguntaron si estaba interesado en unirme a ellos.
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«Claro», dije. «Solo hay un problema».
«¿Cuál?».
«No tengo guitarra».
No hay problema, dijo Mark. Podía prestarme su acústica. Yo no sabía lo
que estaba haciendo, realmente. Solo sabía que me gustaba la sensación de
tener una guitarra en mis manos, hacer música, ser parte de… algo. Era un
chico inteligente pero un estudiante indiferente, incluso en la escuela
primaria. Me castigaban por hacer tonterías o no traer la tarea completa y a
veces tenía que quedarme después de clase. Eso era vergonzoso,
sinceramente. Pero sabía en mi interior que tenía una habilidad natural para
aprender, en especial si se trataba de una materia que me interesara.
La música, por ejemplo.
Adoraba tener ese arma secreta, ese vínculo, cuando te sientas con otro
músico y comienzas a hablar, y todos los demás en la mesa se dan cuenta,
porque estás hablando en una lengua que ellos no entienden, ni pueden aspirar
a comprender. A los demás les da la impresión de que la conversación no
tiene ni pies ni cabeza, pero no. Solo es… diferente. Y si no tocas música (en
este caso, lo opuesto sería solo escucharla), realmente no puedes saber de qué
estoy hablando. Así que unirse a una banda era una cuestión de camaradería
principalmente, supongo.
Y sexo, por supuesto. Al final, en lo que al rock and roll respecta, siempre
es por el sexo.
UNA TARDE CUANDO tenía trece años fuimos a la casa de Mark a
ensayar. Había unas cuantas personas allí, incluso un amigo de Mark, que
vivía enfrente, y su novia llamada Linda. Cuando entré a la casa Linda me
llamó la atención. Yo no era precisamente un galán, ni siquiera a nivel de
escuela secundaria, pero me di cuenta de que ella me estaba mirando
fijamente. Linda se nos acercó cuando estábamos improvisando y, después,
cuando se dio cuenta que yo era el nuevo guitarrista principal, vino a
presentarse y a hablar conmigo. En cuestión de días, Linda había cambiado a
su antiguo novio por mí. ¿Por qué? No por mi aspecto o personalidad
dinámica, simplemente porque tocaba la guitarra. Y recuerdo haber pensado,
mientras Linda se ponía a mi lado y cogía mi mano entre las suyas,
Hmmmm… esto me gusta.
La inspiración hormonal a la hora de agarrar una guitarra es un cliché;
pero es una verdad fundamental, una musa tan pura y honesta como cualquier
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otra. Y no cambia, aunque pases de ser un chico con aspecto de pandillero a
un hombre completamente adulto. Esa es una de las cosas que más me
sorprendió del mundo de la música: escuchas todo lo que dicen sobre sexo,
drogas y rock and roll… y no puedes dejar de reírte. Pero después, cuando
puedes echar un vistazo detrás del telón, ¿adivinas qué? ¡Es real! Vas a Salt
Lake City, la prístina capital del estado más moralista de todos, y descubres
por qué las estrellas de rock la llaman Salt Lick City. Descubres que el cliché
está basado en una verdad. Es absolutamente real y pronto te encuentras
decidiendo cuál de los dos toros del proverbio quieres ser: el que corre por la
colina, a toda velocidad, y se folla a la primera vaca que encuentra, o el que
baja lentamente y se las folla a todas.
LA CASA DE MARK SE CONVIRTIÓ en un lugar de inspiración y
experimentación. Una de las primeras canciones que aprendí a tocar fue
«Panic in Detroit» de David Bowie, seguida de «All the Young Dudes» de
Mott the Hoople. A pocas manzanas vivía un vendedor de marihuana que nos
presentó una gran variedad de excelente material (en más de un sentido):
Johnny Winter; Emerson, Lake and Palmer; Triumvirate: y, por supuesto, Led
Zeppelin. Quiero decir, si tocaras la guitarra, querrías ser Jimmy Page, ¿no? Y
si cantaras en una banda de rock and roll, querrías ser Robert Plant. Todos
estaban tratando de aprender «Stairway to Heaven», la cual aprendí bastante
rápido. ¿Pero saben qué me enganchó realmente?
KISS.
Tío, realmente me encantaba lo primero de KISS, no solo musicalmente
sino el estilo. No era fanático de Gene Simmons; me gustaba Ace Frehley,
porque era el guitarrista líder. Me gustaba eso de la estrella de rock y KISS
parecía haberlo llevado a otro nivel. En la misma forma en que Axl Rose hizo
que la gente odiara a las estrellas de rock, Gene Simmons y Paul Stanley
hicieron que estas parecieran un poco decadentes y megalómanas, lo que no
era algo malo, hasta donde yo puedo decir. KISS fue una de las primeras
bandas que vi en vivo y no pude dejar de notar que un número
desproporcionado de sus fanáticas se parecían a las animadoras de los Dallas
Cowboys: todas eran rubias y vestían tops y parecían estar entregándose a la
banda. Y si no podían acceder a la banda, bueno, el tipo que estuviera cerca
les podía servir.
Mi amor por la música y especialmente mi fascinación con el estilo de
vida que prometía, era visto con escepticismo por algunos miembros de mi
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familia extendida. Mi madre, por supuesto, estaba siempre en conflicto: por
un lado, sé que me amaba y apoyaba y quería verme feliz y exitoso. Por el
otro, no había forma de conciliar las drogas, el alcohol y la «música
diabólica» con los mandatos de los Testigos de Jehová; eran
fundamentalmente incompatibles. De la misma forma, mi cuñado Bob Wilkie
se estaba desencantando de mis nuevos intereses. Yo le gustaba cuando
jugaba al béisbol o practicaba artes marciales (la primera vez que tomé
lecciones fue en la YMCA de Stanton, justo enfrente de la estación de policía
de Bob). Esos eran intereses que él podía apoyar.
¿Pero tocar en una banda? ¿Escuchar heavy metal? No-no.
Un día, a poco de cumplir los 15, Bob volvió a casa y me descubrió
escuchando Sad Wings of Destiny de Judas Priest. Abrió la puerta, caminó
hasta el tocadiscos y le bajó el volumen.
«¿Qué diablos es esto?» dijo, sacudiendo el sobre del álbum con disgusto.
«Judas Priest», le contesté un tanto avergonzado.
«¿Y de quién es?».
Me encogí de hombros. «Es mío».
Entonces Bob soltó el álbum, dio dos grandes pasos hacia mí y me dio un
puñetazo en la cara.
«¡No quiero más de esta mierda en mi casa! ¿Entiendes?».
Me quedé de pie ahí, atontado y aturdido, con una mano en mi mejilla,
conteniendo las lágrimas.
«Sí, señor».
¿Qué más podía hacer? Respetaba demasiado a Bob como para
defenderme. Me hubiera dado una paliza de todas formas. Quiero decir, el
tipo era un atleta profesional, ¡y policía! No solo eso, Bob había entrado en
nuestra familia —y en mi vida— como un buen tipo. Se había casado con
Suzanne, adoptado a su hijo y generalmente se desenvolvía de una manera
caballeresca, a la antigua. Esto estaba completamente fuera de su carácter.
Pero mientras iba hacia la cocina a ponerle un poco de hielo a mi
mandíbula hinchada, me preguntaba: ¿Quién diablos es capaz de darle un
puñetazo a un chico de quince años?
Y…
¿Qué carajo tiene en contra de Judas Priest?
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2
Locura de la marihuana
Fotografía de Harald O.
«A él le gusta ponerme salsa para carne A1 en la
vagina antes de penetrarme».
T enía 13 años la primera vez que me drogué.
Vivíamos en Garden Grove y un amigo del barrio me enseñó lo que
era la magia de la marihuana. Este chico era uno de esos hijos de puta
ingeniosos, que si hubiese canalizado su energía e intelecto en otras
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direcciones, podría haber ganado un doctorado en algún lado. Pero al parecer,
demostró ser bueno principalmente para encontrar maneras de ingerir droga.
Un día estábamos reunidos en su casa después de la escuela y nos propuso
que fumáramos un poco de hierba. Pero no de la forma que yo conocía. En
lugar de liar un porro, este chico fue a su habitación y volvió con una pipa
casera hecha con una lata de patatas Pringles.
«¿Qué hago con esto?» le pregunté, mientras él me mostraba el tubo
orgulloso.
Y luego hizo una demostración. Media hora después me encontraba
tambaleándome por la calle, con los ojos rojos y riéndome, absolutamente
drogado. Y así fue. Comenzó el juego.
Me gustaba fumar marihuana, la forma en que me hacía sentir, así que
empecé a experimentar con eso. De ahí salté naturalmente al alcohol y otras
drogas, y no pasó mucho tiempo hasta que empecé a faltar a la escuela, a
pasarme días enteros con mi amigo chupando la lata de Pringles. Mis notas en
la escuela bajaron rápidamente, y comencé a ver cómo era juntarse con la
gente equivocada y tomar malas decisiones, y cómo tu vida se sale de control
rápidamente. No es que me importara. Hablo de tomar consciencia y del
hecho de que ahora, como adulto y padre, puedo mirar hacia atrás y ver donde
empezó todo. Pero tienen que recordar una cosa: no había consecuencias
serias, al menos ninguna que me importara. Drogarme con regularidad no
empeoraba mi vida. De hecho, la hacía más tolerable.
Más que nada (y pienso que esto es cierto para la mayoría de los jóvenes),
lo que yo quería era sentir que encajaba en algún lado. Quería pertenecer a
alguna parte. La música me ayudaba con eso. También fumar marihuana.
Cada vez que nos mudábamos a una casa, un pueblo, una escuela nueva, tenía
que soportar un período de adoctrinamiento. Aprendí a sobrellevarlo de
distintas maneras, primero a través del deporte, luego a través de la música y
la juerga, y eventualmente, liberándome de los Testigos de Jehová. No había
un sello de rareza más grande que estar asociado a los Testigos, y para
escapar de ese estigma me comportaba de una forma que fuera incongruente
con las enseñanzas de la iglesia. Mi madre y mis tías, y todos los otros
Testigos me advertían que estaba destinado a arder en el infierno si no
cambiaba mi actitud, pero francamente no me importaba. Solo quería
alejarme de ellos. Quería algo parecido a la normalidad, o lo que fuera que
eso significase.
Hubo veces en las que me sentía como el héroe triste de un cuento de
hadas. Ya saben, donde los niños son abandonados al cuidado de una
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madrastra o padrastro malvado, o cualquier otro tutor suplente al que
realmente le importa un carajo el bienestar del niño. Y las deprimentes
circunstancias de mi vida parecían menos atractivas que refugiarme en un
mundo ficticio donde lo único que tenía que hacer era fumar hierba, tocar
música, juntarme con zumbados que pensaran como yo y, tal vez, tratar de
acostarme con alguna de vez en cuando. La música en particular era mi vía de
escape, todo lo demás venía con ella.
HABÍA, SIN EMBARGO, un problema importante asociado con un
apetito saludable por las drogas y el alcohol.
El dinero.
Cuando ya tenía quince años nos mudamos a un apartamento en un lugar
llamado Hermosa Village (que en realidad no estaba situado en Hermosa o
Hermosa Beach, pero sí en la cercana Huntington Beach), enfrente del colegio
Golden West, donde asistía a clases. Cuando nos mudamos allí, perdí algunas
amistades y el fácil acceso a la marihuana que ellos me proveían, así que tuve
que arreglármelas para hacer crecer el pasto, por así decirlo. En ese entonces,
la hierba costaba alrededor de 10 dólares los 25 gramos. Sin reparar en las
consecuencias o en los dilemas morales le pedí prestado el dinero a mi
hermana, compré una onza y me fui a trabajar. Lie cuarenta porros y
rápidamente los vendí a 50 centavos cada uno. En unas pocas horas había
duplicado mi dinero.
Estaba lejos de ser un genio en economía, pero había aprendido algo
bueno con esto. De ahí en adelante comencé con mi negocio: un vendedor de
marihuana barata, que hacía suficiente efectivo para drogarse y para poner
comida en su panza cuando la nevera estaba vacía, lo que ocurría más a
menudo de lo que se imaginan. En poco tiempo el precio del porro subió a 70
centavos. Luego a un dólar. Después la hierba mejicana cedió su lugar a la
colombiana, que era más cara y más potente. Esta a la arcoíris y después a la
tailandesa. La cultura le daba la bienvenida a la marihuana con fervor
creciente, lo que era bueno para mi billetera y no tanto para mi cabeza.
Realmente no me importaba. Había encontrado mi hogar. Todo lo que
necesitaba era algo de droga y música, y algunos amigos para pasar el rato.
Recuerdo haber visto Reefer Madness en el viejo Stanton Picture Palace,
un cine en la jurisdicción de mi cuñado. Virtualmente, ahí no había reglas en
los 70; podías beber y fumar droga sin control. Y cuando llegaba la policía el
dueño se refugiaba en las normas de seguridad públicas y decía:
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«Damas y caballeros, para no violar el código de prevención de incendios,
por favor apaguen lo que estén fumando en este momento». Luego encendían
los ventiladores para disipar el humo, y cuando la policía se marchaba todos
volvían a fumar. ¡Qué lugar genial! Allí vi El gato Fritz y Gimme Shelter.
Tenía mi pequeña pipa de dos dólares y mi bolsa de hierba, y me sentaba allí
durante horas y horas, escondiéndome, mirando las películas. Esa era la
cultura. Esa era mi vida.
Mamá no estaba de acuerdo, y no puedo culparla. En más de una ocasión
pasó que estaba listo para salir con mis amigos o para ir a tocar, y tuve que
avisarle que tal vez tuviera que hacer una entrega por mí.
«Eh, ¿mamá?».
«¿Sí?».
«Es probable que venga un tipo a eso de las tres. Viene a llevarse un
paquete. Está en mi habitación. Solo dáselo. Y dile que necesito 25 dólares».
Mamá me miraba como si estuviese loco. «¿Qué es lo que hay en el
paquete exactamente David?».
«No importa, mamá. Solo dáselo. No te preocupes, está todo bien».
Lo curioso es que me siguió la corriente, al menos por un tiempo. Es
difícil no querer a tus hijos, supongo, incluso cuando hacen tu vida miserable.
Llegó un punto en que mamá se cansó. Al no poder conciliar mi
comportamiento con sus creencias religiosas (y sin duda, por temor al día en
que la policía nos tumbara la puerta y nos arrestara a todos por tráfico de
drogas), mamá se mudó de apartamento. No me invitó a que la siguiera. Yo
tenía 15 años, y en todos los sentidos era completamente independiente. Un
menor emancipado.
Por fortuna, los dos tipos que manejaban el edificio de apartamentos
terminaron siendo clientes habituales míos. Así que si me faltaba dinero a la
hora de pagar el alquiler lo único que tenía que hacer era negociar con ellos.
Unos porros aquí y allá resolvían la cuestión y dejaban a todos contentos y
drogados. A esas alturas ya no estaba haciendo meras incursiones en este
campo; estaba moviendo una cantidad considerable de droga. Y no tenía
ningún problema con eso. Esta es la verdad del asunto: cuando eres un chico
de 15 años, hambriento, sin medios viables de ingresos y sin apoyo o
supervisión de tus padres, no te quedan muchas opciones. No tienes la edad
necesaria para conseguir un trabajo real, así que hay que ser más… creativo.
La desesperación alimentaba mi espíritu emprendedor, eso y el saber que si
no vendía droga lo único que quedaba era venderme yo. Entregar el culo.
Conocí bastantes chicos que habían tomado ese camino, o al menos escuché
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sobre ellos, y los vi trabajar en las calles. De ninguna manera iba a dejar que
eso me pasara.
Aunque, dadas las circunstancias, no me importaba negociar sexo por
drogas, o drogas por sexo, o lo que fuera. Hubo, por ejemplo, una chica
llamada Willow que trabajaba en una tienda de discos en Westminster Mall.
Llegamos a conocernos por mis visitas frecuentes a la tienda, donde pasaba
horas mirando los estantes de vinilos, decidiendo qué era lo que quería
escuchar, tratando de acrecentar mis conocimientos musicales. Era un drogata
y un traficante, pero realmente amaba la música, y quería ser un gran
guitarrista, solo que no tenía idea de cómo hacer que eso ocurriera.
Terminé trabando amistad con Willow, quien era tal vez uno o dos años
mayor que yo, y la amistad derivó en algo más. A cambio de droga Willow
me daba discos. Fumábamos y escuchábamos los discos mientras teníamos
sexo en mi apartamento. No era un mal trato, si lo pongo en consideración.
Después de todo fue Willow quien me dio mi primer álbum de AC/DC, regalo
que siguió dándome por años cuando ya habíamos dejamos de tener sexo o,
incluso, de vernos casualmente.
Nunca me hice ilusiones con Willow, yo no era más que una distracción
para ella, alguien que compartía sus gustos musicales y al que no le molestaba
cambiar drogas por sexo. Pero incluso a aquella edad yo tenía unos pobres
estándares, que salieron a relucir una tarde durante una conversación de
almohada post coito.
«Sabés, a mi novio le gusta que me depile el vello púbico en forma de
corazón», dijo Willow.
«Sí, ya me fijé. Genial».
«¿Sabés qué más le gusta?».
«¿Qué?».
Se inclinó y me rodeó con sus brazos, luego me susurró al oído. «A él le
gusta ponerme salsa para carne A1 en la vagina antes de penetrarme».
«Ehhh…».
Y eso fue todo. Ni siquiera la idea de un suministro eterno de discos era
suficiente para borrar de mi cerebro la imagen indeleble de Willow con su
novio y una gran botella de salsa A1. Nunca más tuvimos sexo.
CUANDO EL NEGOCIO DECAYÓ y mi estómago empezó a gruñir,
me quedé con pocas opciones. No podía regresar con mi madre, nuestra
relación estaba fracturada, y sus lazos con los Testigos de Jehová le prohibían
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aceptar mi decadente forma de vida. La salvación, entonces, quedaba hacia el
norte. Específicamente en un pequeño pueblo cerca de Pocatello, Idaho. Mi
hermana Michelle se había mudado allí con Stan, quien además de ser
patrullero era también un carpintero habilidoso. Como el turismo y el auge
inmobiliario habían beneficiado a la región, los tipos como Stan se llenaron
de trabajo: guardó la insignia y el uniforme y comenzó a hacer bastante
dinero. Yo estaba cansado de tener que mantenerme, y desgastado por el tipo
de vida que llevaba en casa. Llamé a Michelle y le pregunté si podía ir a vivir
con ella un tiempo. Ella aceptó encantada, aunque algunos parámetros
estrictos fueron parte del arreglo.
Primero, tendría que volver a la escuela. También tuve que estar de
acuerdo en conseguir un empleo de media jornada. Michelle me ayudó con
eso, limpiaría las mesas en el restaurante donde ella trabajaba, un lugar
llamado la Posada Ox Bow. Mi sobrino Stevie (hijo de Michelle) trabajaba
allí haciendo la misma tarea, así que era una especie de cosa familiar. Stevie,
en realidad, terminó siendo un verdadero dolor en el culo. Quería comenzar
su propia banda pero le faltaba el dinero para comprar el equipo adecuado.
Así que «pidió prestado» algunos instrumentos a la banda que tocaba en el Ox
Bow. Yo no tuve nada que ver con ese pequeño desliz pero naturalmente
resulté ser el objetivo de la investigación subsiguiente.
Aquello no fue nada comparado con los inconvenientes que Stevie me
causó en la escuela. Incluso antes de que yo hubiese llegado, Stevie hizo
alarde de la inminente llegada de su tío Dave, «el maestro de kung fu de
California». Bueno, por supuesto, yo no era un maestro de kung fu; de hecho,
todavía no había estudiado kung fu. Había tomado clases de artes marciales[1]
durante tres años y había progresado hasta el punto de poder defenderme en
una pelea, de ser necesario. Pero no era cinturón negro ni nada parecido, y por
supuesto no alardeaba de mis conocimientos. El estudio de las artes marciales
ha sido una parte importante de mi vida —física y espiritualmente— durante
cuatro décadas hasta ahora, pero era apenas un novato en aquel entonces;
tomaba clases para reforzar mi autoestima y dar algún sentido de disciplina a
mi caótica vida.
Stevie no lo veía así, y los demás tampoco. Según llegué al pueblo, la
mitad de la escuela se estaba preparando para patearme el culo, solo por el
puto deporte. El primer día de escuela un muchacho se acercó cuando estaba
en las taquillas y me dio un codazo en el estómago. Cuando estaba tratando de
recuperar el aliento me miró y dijo, con su sonrisa de pocos dientes, «tú y yo,
nene. Vamos a pelear después de la escuela, hoy».
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«¿Quién carajo eres?».
No me contestó, simplemente se alejó riendo con la horda de fascistas que
lo seguía.
Su nombre resultó ser Wilbur. Era —no es broma— el hijo de un criador
de cerdos, y eso le confería un lugar relativamente importante en el estatus
social del pueblo. No había forma de escapar de esto. Tenía que tomar el
autobús a casa, y para el momento en que estuve a bordo todos sabían que
habría una pelea entre el maestro del kung fu y el hijo del criador de cerdos.
Ahora bien, ir y venir de la escuela en la zona rural de Idaho significaba hacer
transbordos y pasar mucho tiempo en el bus. Mi encuentro con Wilbur ocurrió
en una de las paradas, mientras esperaba para tomar un segundo autobús que
me llevara a la casa móvil donde vivían Stan y Michelle. Apenas segundos
después de haber bajado del bus, Wilbur y yo terminamos en un círculo de
adolescentes sedientos de sangre.
Maldición, no quería que esto pasara.
Wilbur levantó las manos en señal de pelea, y sonrió confiado.
«Vamos, hijo de puta», gritó. «¡Golpéame! Hazme una llave o algo».
Por alguna razón se me ocurrió que «¡Golpéame! Hazme una llave…»
sonaba como el título de una canción de punk rock, o probablemente lo
escuché en algún lado. La calma me empapó. Toda la situación parecía tan
ridícula, el estar allí en medio de un grupo de chicos extraños que gritaban,
preparándome para pelear contra el hijo de un granjero de Idaho. Me había
alejado de California para escapar de las situaciones peligrosas. ¿Cómo
diablos había pasado esto?
«¡Vamos, tío! ¡¿Me vas a dar un golpe de karate o qué?! ¡Marica del kung
fu!».
La cosa estaba en un punto muerto. Wilbur no quería pegar primero
porque era más grande; yo no quería porque mi sensei me enseñó que solo se
golpea en defensa propia. Así que estuvimos así, bailando de forma
incómoda, hasta que llegó el bus. Subimos, sin más, y el bus se puso en
marcha. La crisis había pasado.
O eso creí, hasta que llegamos a la parada de Wilbur. Antes de que bajara
me dio un codazo en la nuca. Con eso me jodió al instante, no porque me
hubiera dado una razón para el enfrentamiento, sino porque me hizo tragar
una gran cantidad de tabaco de mascar que tenía en la boca en ese momento.
Si alguna vez tragaste tabaco accidentalmente, sabes que es lo que viene
después. Me sentí descompuesto al instante; apenas llegué a casa vomité hasta
salpicarme los zapatos.
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Como respuesta, hice lo que cualquiera en mi situación hubiera hecho: le
lancé una maldición al tipo. Bueno, tal vez no cualquiera, pero sí alguien con
una hermana metida en la brujería y la magia negra. Para mí, de hecho, fue el
comienzo de un largo y oscuro coqueteo con el ocultismo, cuyos efectos me
han acechado durante años. En aquel momento me parecía una útil
herramienta a mi disposición. Al haber sido bautizado como luterano y
acosado después por los Testigos de Jehová, en la adolescencia me volví un
barco vacío en lo que respecta a la religión. Contrario a la creencia popular,
aunque leí La Biblia Satánica nunca me transformé en un verdadero satanista
—toda la idea me parecía un poco tonta, dicho con total inocencia— pero
ciertamente hice incursiones en las artes oscuras, y no dudo ni por un segundo
de que eso me jodió la cabeza a un nivel casi inconmensurable.
Yo creía en lo oculto, y alguna gente dirá, «cómo puedes creer en lo
oculto y practicar magia negra y no ser satánico». Bueno, hay una línea
divisoria allí. Habla con alguien que haya estado involucrado en lo oculto y te
dirá que hay diferentes facciones para distintos tipo de magia. Y como con
cualquier otra cosa, hay buenos y malos aspectos de lo oculto.
Solo sé que tanto la brujería como los Testigos de Jehová me causaron
gran dolor de muchas maneras. Son diferentes, por supuesto. El dolor de
meterme en la brujería fue residual. El dolor de la religiosidad de los Testigos
fue causal. Es como cuando la gente dice, «ey, porque te drogas, tus
relaciones son una mierda», y tú respondes, «no, mis relaciones son una
mierda, por eso me drogo». De cualquier forma, estás jodido.
Pero aquella tarde, mientras trataba de calmar mi estómago revuelto, la
brujería me pareció un excelente mecanismo de defensa.
Como Michelle dudaba en prestármelos, le robé algunos de sus libros.
Después de unos días de estudio me puse a trabajar, hice un muñeco de pan y
usé semillas de amapola para deletrear W-I-L-B-U-R. Até un nudo con cuerda
alrededor del cuello del muñeco. Luego recité un encantamiento del libro de
hechizos. Finalmente, levanté el muñeco y le rompí una pierna.
¿Funcionó?
No puedo decirlo con seguridad, pero sé que tiempo después Wilbur
estuvo involucrado en un accidente de tráfico: se le rompió una pierna. Dada
la naturaleza de la vida en aquella parte del mundo, cómo la gente bebía y
conducía sin pensar en las consecuencias, y dado el hecho de que Wilbur era
un imbécil, supongo que algún episodio futuro de discapacidad era inevitable.
Pero de todas formas… Asusta un poco, ¿no?
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DESPUÉS DE UN TIEMPO en Idaho regresé al Orange County y
recomencé mi búsqueda en pos del estilo de vida del rock and roll. Como me
gustaban los coches y sabía un poco sobre su funcionamiento conseguí un
trabajo de media jornada en un garaje; esto me ayudó a sustentarme hasta que
pudiera recuperar mi negocio con la venta de marihuana. Me apunté en la
escuela nocturna con la esperanza de terminar la secundaria y encontré
compañía en los brazos de una chica llamada Moira, quien se transformó en
mi primer interés serio en el amor.
Musicalmente, era una esponja; escuchaba cualquier cosa que cayera en
mis manos. Trataba de aprender las canciones que me gustaban e imitaba a
mis guitarristas preferidos. Durante el día pasaba el tiempo en la playa con mi
mejor amigo, Mike Jordan, y otros chicos caras pálidas de descendencia
noreuropea, bebiendo y tratando de no freírnos al sol. Por la noche
deambulábamos de barrio en barrio, de bar en bar, a veces peleando, pero
usualmente bebiendo, fumando marihuana y riéndome de las bandas
principiantes que hacían las veces de «entretenimiento».
Incluso las peores se las arreglaban para dar en la tecla básica y conseguir
algún nivel menor de celebridad, por lo menos entre la concurrencia del
momento. Recuerdo haber escuchado sobre un tal Pat Knowles, el guitarrista
de nuestro barrio al que todos consideraban un músico a temer. ¡Qué
desilusión cuando lo vi por primera vez! El tipo era un flacucho desgraciado
que se parecía a Peter Pan, blandito como un flan de vainilla. ¡Pero, Jesús…
cómo tocaba! Y también estaba John Tull, que era la antítesis de Pat Knowles.
John era grandote y parecía un leñador, con brazos gruesos y una cabezota
gris. Se dice que el macho adulto típico tiene cuatro dedos de frente, ¿no?
Bueno, John tenía cinco. Hasta seis, diría yo. Tenía una Les Paul negra de tres
pastillas, y tocaba canciones como nadie que yo hubiera visto, al menos a
nivel local. Buenas canciones también —de las que escuchaba en la radio y en
mi casete— y mientras lo miraba tocar, no dejaba de sentirme impresionado.
Hombre… este tipo es bueno.
Y eso era nada más que la mitad. Cuando la banda paraba y John bajaba la
guitarra, las chicas se le tiraban encima. Y tengan en cuenta que el Sr. Cinco
Dedos de Frente no era precisamente el tipo más guapo en el lugar. Pero no
importaba, eran la guitarra y la magia de la música las que volvían atractivo a
John para el sexo opuesto. Yo quería ser como él y como Pat Knowles.
Pero mejor que ellos.
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COMENZÓ A los diecisiete, con un chico llamado Dave Harmon,
batería de Huntington Beach cuya vida hogareña era exactamente opuesta a la
mía. Dave venía de una familia estable, con una madre y un padre que
apoyaban todo lo que él quería hacer, incluso transformarse en músico. Ellos
entendieron que básicamente vivía como podía, así que me tuvieron lástima,
abrieron su hogar para mí y me trataron con amabilidad y comprensión. Era
como si me hubiese tocado la lotería. Yo vivía solo, bebía cerveza barata, y
comía fideos de ramen y macarrones con queso como si fueran a pasar de
moda. Luego conocí a este chico con padres geniales y un refrigerador lleno
de comida.
En una pose inspirada en Michael Schenker (que tocaba en
UFO en aquella época), en un concierto de Panic en una fiesta
privada.
Dave y yo comenzamos a hablar sobre tocar juntos y tal vez formar una
banda de verdad, una que les diera una paliza a cualquiera que hubiésemos
visto en las fiestas del barrio. Para tocar la guitarra, Dave reclutó a un amigo
suyo llamado Rick Solis, quien poseía una hermosa Gibson Flying V. Rick
estudiaba artes marciales, igual que yo, así que congeniamos enseguida. Rick
era además el primer aspirante a roquero que yo hubiese visto con la imagen
adecuada —era un cruce entre Vinnie Vincent y Paul Stanley—. No por
accidente Rick era uno de esos tipos con una comprensión innata sobre lo que
era la imagen, camisas sin mangas, pelo largo, y una rara combinación de
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accesorios roqueros. También tenía una nariz enorme y piel tostada, lo que le
daba una exótica apariencia Mediterránea, y era uno de los tipos más velludos
que hubiese conocido.
Combinaba lo bueno con lo malo, la piel de oso de su pecho (en los
setenta esto era considerado el colmo de la virilidad) y una única ceja que se
extendía de un lado a otro de su cabeza.
Rick era el primer tipo que conocí comprometido con tocar bien y
transformarse en una estrella de rock. Nos enseñamos el uno al otro una pila
de canciones, desde «Fire» de Jimi Hendrix, pasando por la mayoría del
catálogo de Judas Priest, hasta cualquier cosa que nos sonara interesante.
Como yo, Rick todavía estaba desarrollando su gusto por la música. Pero al
poco tiempo comenzó a comportarse de una manera extraña e inaceptable, lo
que le llevó, supongo, no solo a su expulsión de la banda, sino a una muerte
prematura (Rick solía conducir bebido, y murió en un accidente de moto años
después).
Al irse Rick, Dave y yo nos dedicamos a construir una nueva banda. El
primero en unirse fue un guitarrista llamado Tom Quecke, amigo mío de la
escuela nocturna. Tom venía de una familia de tres hermanos. El mayor
trabajaba para el gobierno en seguridad nacional, un tipo genial, sobresaliente.
Del hermano del medio no supe mucho, era la oveja negra de la familia. Y
después venía Tom, que era una especie de oveja negra rehabilitada. O eso
intentaba ser, por lo menos. En realidad era un guitarrista mediocre, pero eso
era todo lo que necesitábamos. Solo hacía la parte rítmica, yo me encargaba
de la primera guitarra.
El siguiente en llegar fue Bob Evans, un bajista que me recordaba a
Junior, un personaje de una serie de TV llamado Hee Haw. Era gordo, con
pelo corto y flequillo, y vestía petos todo el tiempo. Bobby se veía… bueno,
como un pelele. Pero en realidad era un chico bastante inteligente. Igual que
su padre, quien era un ingeniero de sonido consumado. Este había construido
unas columnas de sonido increíbles para su casa. No solo eran columnas para
bajo, sino que eran como anexos de sonido del Royal Albert Hall o algo así.
Íbamos a tocar con este tipo llevando mis pequeños equipos de sonido, y
Bobby encendía esas enormes columnas, de ocho pies de alto, tocaba una
primera nota con el bajo —¡BWOWWWWW!— y esterilizaba el barrio entero.
Bobby tenía dinero y coche, así que estábamos contentos de tenerlo en la
banda.
En aquel momento lo único que nos faltaba era un cantante —ni siquiera
había considerado la posibilidad de encargarme del micrófono yo mismo— y
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encontramos uno en la persona de Pat Voelkes. Pat era delgado y musculoso,
con cabello largo y lacio, parecía un cantante. También era un par de años
mayor que nosotros, un poco más maduro, un poco más entendido en el lado
práctico de formar una banda. Construimos una sala de ensayo en el garaje de
Pat y nos reuníamos cuantas veces podíamos para practicar. Pero todos
teníamos una vida de que ocuparnos; la mía, ligada al tráfico de sustancias
ilícitas. Para entonces había pasado de vender hierba a comerciar cualquier
cosa que cayera en mis manos: hachís, LSD, Quaaludes, cocaína. Al momento
de hacer dinero, no había discriminación.
No lo digo con orgullo. Las cosas eran así. Necesitaba efectivo, y esa era
la forma más fácil y eficiente de conseguirlo. Además, tienen que considerar
el clima político y cultural de aquellos tiempos. Químicamente hablando, el
final de los 70 era una época bastante liberal. Nada me parecía
particularmente peligroso o inmoral a la hora de consumir o distribuir drogas.
Era algo absolutamente normal para mí. Teniendo en cuenta mis antecedentes
y mi historia familiar, nada de eso era una sorpresa.
A la banda la llamamos Panic. No recuerdo por qué, probablemente
porque sonaba genial, salvaje y anárquico. Nuestra primera presentación fue
en Dana Point, en una fiesta de mi primo John. Fue algo improvisado. Dave
Harmon no podía tocar esa noche, así que reclutamos un batería sustituto
llamado Mike Leftwich. Tocamos bastante bien y al público le encantó. El
repertorio era una colección de canciones sacadas de lo que habíamos
escuchado en otras fiestas —Def Leppard, Scorpions, Judas Priest— además
de algunas cosas menos conocidas que me gustaban, como Budgie y Sammy
Hagar (solista). Todos la pasaron bien, y para el final de la noche el
apartamento tenía la atmósfera de una orgía, con chicas borrachas quitándose
la ropa y teniendo sexo con los chicos de la banda.
Yo no podía estar más feliz.
Aunque el día siguiente trajo noticias horribles. Los miembros de la banda
habían dejado la fiesta cada uno por su cuenta. Mike se había ido con un
amigo llamado Joe, un chico tímido y de gran corazón que había hecho de
técnico de sonido en el concierto. En el viaje en coche, en la autopista de
Pacific Coast, justo al sur del muelle de Huntington Beach, Mike y Joe habían
tenido un terrible accidente. Tom Quecke me dio la noticia, en medio de la
nebulosa resaca matutina.
«Joe se durmió al volante», dijo con la voz quebrada. «Fallecieron los
dos».
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A LOS DIECISIETE no haces una conexión instantánea de causa y
efecto entre conducir y beber, pero comencé a entender que el estilo de vida
que llevaba —y que adoraba por momentos— tenía sus consecuencias. Por
una cosa: cuando bebía, mi tendencia era ponerme realmente violento. La
marihuana tenía un efecto calmante, casi soporífero. El alcohol, por otra parte,
me provocaba ira. A los 16 fue probablemente la primera vez que bebí hasta
desmayarme. No sería la última vez.
Invariablemente, mi ánimo se tornaba oscuro en esas ocasiones. No tenía
la intención de lastimar a nadie. No era que abría la primera cerveza con el
objetivo de pelearme con alguien al final de la noche. Mi motivación era
mucho más simple: sentirme bien y encontrar a alguien que se acostara
conmigo. Aunque por lo general mis planes salían mal. Digámoslo así: no me
metía en problemas cada vez que bebía, pero cada vez que me metía en
problemas, había estado bebiendo. Eso seguro.
Fumar marihuana era una experiencia completamente distinta. Me
despertaba por la mañana, desayunaba, miraba la MTV, cantaba con los
Buggles, tocaba la guitarra, dormía la siesta, y continuaba el día. Sin daño, sin
falta.
Todo era una misma pieza que se expandía cada vez más: la música, el
estilo de vida, la bebida, las drogas, el sexo. Durante mucho tiempo fui
incapaz de reconocer la mínima posibilidad de que estuviera teniendo
problemas con el abuso de sustancias. Me miraba al espejo y veía al prototipo
de la estrella de rock. Un animal de las fiestas. Pasaron muchos años hasta
que miré otra vez y vi algo diferente:
Oh, Dios mío. No soy Keith Richards. ¡Soy Otis de Mayberry! ¡Un
borracho de mierda!
Llegar a ver eso me llevó mucho tiempo. La marihuana era una droga
aceptada en los setenta; y en menor medida, la cocaína, aunque inicialmente
la despreciaba porque estaba ligada al movimiento disco y luego a la música
house y techno. La cocaína era para los que le gustaban los Village People y
Donna Summer, o los maricas que veías en un recital de Flock of Seagulls.
Para los metaleros, en especial los músicos, estaban la marihuana y el alcohol.
Las cosas ásperas.
UNOS CUANTOS DÍAS después del accidente, Dave Harmon y yo
fuimos a la casa de Mike para hablar con su familia. Incómodamente,
ofrecimos nuestras condolencias, que ellos aceptaron por educación, pero fue
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un encuentro doloroso. Supongo que de alguna forma nos culpaban por lo
ocurrido a Mike, o al menos por su participación en la banda. Alguien tenía
que tener la culpa, ¿verdad? ¿No son así las tragedias?
Tratamos de resucitar la banda, incluso tocamos unos shows en Dana
Point, Huntington Beach y alrededores durante los siguientes dos meses. Pero
faltaba el espíritu; llevábamos demasiado «equipaje», demasiadas cosas nos
recordaban lo que había pasado. Demasiada culpa tal vez. Solo puedo hablar
por mí, y creo que se sentía injusto. Faltaba la camaradería que impulsa a una
banda en sus años formativos. No nos caíamos bien los unos a los otros, y
tampoco le poníamos mucho empeño.
El uso de drogas en Panic era algo común. Me drogaba con los miembros
de la banda, les vendía droga, consumía lo que tenía que vender… transitaba
por la espiral descendiente de las drogas y el alcohol. Incluso el mayor
beneficio de vivir al límite —el sexo indiscriminado, al azar— comenzaba a
perder su brillo. Un día le dije a Moira que había soñado con hacer un trío con
ella y una de sus mejores amigas (lo del sueño fue verdad); por la tarde,
cuando llegué a casa después del ensayo, Moira y Patty estaban en el porche,
desnudas y sonrientes, esperando mi llegada. Con razón se podría afirmar que
tal bienvenida avivaría el espíritu de cualquier hombre adulto de sangre
caliente. Y así fue… por un rato. Pero algo faltaba. Y no sabía lo que era.
Había entrado a la vida del rock and roll no porque aspirara a ser un gran
músico. No me senté a esperar a que la gente viniera y dijera «¡Dios, Dave,
tocas los arpegios con tanta belleza!». No, para nada. Yo era un rebelde del
rocanrol. Tenía mi guitarra en la espalda, un cuchillo en el cinturón y una
mueca de desprecio en la cara. Y eso era todo. Era suficiente.
O eso creía.
ALREDEDOR DE LA MISMA época retomé el contacto con mi padre.
Era Junio de 1978; tenía 17, y por alguna razón sentí el impulso de rastrear su
paradero. Mamá y papá llevaban bastante tiempo divorciados, y él había sido
tal figura sombría en mi vida que tenía que ver por mí mismo si todo lo que
me habían dicho era verdad. Los recuerdos eran tan distantes que no podía
creerlos, al igual que no podía confiar en las oscuras historias de abuso
contadas por mis hermanas y mi madre.
No tardé mucho en dar con él, y cuando lo llamé y le sugerí que nos
reuniéramos, parecía realmente conmovido.
«Me gustaría, sí. ¿Cuándo?».
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«¿Qué tal este fin de semana?».
Nos encontramos en su apartamento, un lugar oscuro, pequeño y apenas
amueblado, con un feo papel tapiz y muebles alquilados. Era el Día del Padre,
pero eso no tenía nada que ver. No me sentía como su hijo, y no creo que él se
sintiera como mi padre. Éramos dos personas —extraños, realmente—
tratando de conectar. Si esperaba sentir alguna emoción —ira, alegría, orgullo
— esta fue superada por la tristeza de su pequeña y patética vida. Mi padre no
se veía como el Coco de mis pesadillas; ni como el banquero exitoso que
había sido. Simplemente se veía… viejo. En un momento abrí el refrigerador
buscando algo para beber, y me conmovió verlo tan vacío. En la puerta había
un tarro de mayonesa, a punto de echarse a perder. En el estante del centro
había una bolsa de pan, abierta y con las rebanadas saliéndose. Unas pocas
botellas de cerveza desparramadas aquí y allá.
Eso era todo.
No sabía qué decir, así que cerré la puerta del frigorífico y tomé asiento
junto a la mesa de la cocina. No recuerdo cuánto duró la visita. Sí recuerdo
haberme disculpado por haber sido un hijo terrible, una afirmación que puso
lágrimas en sus ojos y que desechó con un movimiento de la mano. Cuando
me fui, me abrazó y prometió hacer un esfuerzo para reunirnos más seguido.
Eso no ocurrió. Cuando lo vi nuevamente, una semana después, estaba en
el hospital, en coma. Su trabajo en aquel tiempo estaba lejos de ser
glamuroso, revisaba los registros de efectivo de la RNE. Aparentemente y
según tengo entendido (aunque hay algunas diferencias con respecto a los
eventos previos a su muerte), papá estaba en un bar cuando se cayó de una
banqueta y se golpeó la cabeza. Preferiría pensar que estaba trabajando en una
registradora en ese momento, que su muerte fue noble, mínimamente. Pero
hay pocas probabilidades de que haya sido así. Como el caso del tipo al que lo
descubren en un prostíbulo y dice, «Eh… yo solo estaba mirando». Mi padre
era un alcohólico, y sufrió una hemorragia cerebral en un bar. Es difícil
imaginar que estuviera sobrio cuando le ocurrió. Lo trágico es que se pudo
haber salvado, pero antes de que los médicos pudieran rastrear a algún
familiar para pedirle permiso, y así abrir el cráneo y liberar la presión, papá
ya había caído en un coma irreversible. Imagínenselo. Tienes una exesposa y
cuatro hijos viviendo en la zona, varios hermanos y hermanas, nietos. Pero el
día que sufres un terrible accidente, no hay a quién llamar, a nadie le importa.
Cuando recibí la llamada de mi hermana Suzanne, me volví loco.
«Papá está en el hospital», me dijo. «Será mejor que vengas enseguida».
«¿Qué ocurrió?».
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«Solo date prisa».
Lo primero que hice —la primera puta cosa— fue agarrar una petaca de
whiskey Old Grand-Dad. La puse en el bolsillo de mi camisa, luego salí y
salté a mi motocicleta; conduje por la calle Goldenwest hacia la autopista
Pacific Coast. Lo raro es que odiaba el whiskey; ni siquiera era mi botella, sin
duda era una porquería que había sobrado de alguna fiesta. Pero la vi y supe
que quería lastimar a alguien, y me imaginé que el whiskey me ayudaría en
ese propósito.
El viaje al hospital en Costa Mesa era algo que podía hacer hasta dormido,
aunque nunca había estado allí antes. Sabía cómo manejarme en toda la
región porque era como una pulga, saltando de perro en perro a través del
Orange County, Riverside County, Los Ángeles y San Diego. Corrí por la
autopista, bebiendo con una mano, acelerando con la otra. Cuando llegué a la
sala del hospital, mi padre estaba en posición fetal, con cables que se
extendían desde su cuerpo hacia varios aparatos que lo mantenían con vida.
Mis hermanas ya estaban allí, alineadas al pie de la cama como los Tres
Monos Sabios. Nadie dijo una palabra, hasta que Suzanne finalmente se
acercó, olió el alcohol en mi aliento, vio mis ojos inyectados en sangre y la
botella casi vacía en mi bolsillo.
«¿Sabés qué?», me dijo, su voz desbordaba desdén.
«¿Qué?».
«Vas a terminar igual que él».
Puso el énfasis en la última palabra él de tal forma que no estuve seguro
de cuál de los dos —mi padre o yo— era el verdadero objeto de su desprecio.
Yo solo sabía que estaba furioso. Cabreado porque mi padre se estaba
muriendo justo cuando comenzaba a conocerlo. Enojado porque mi hermana
había visto en mí los mismos defectos de carácter que habían llevado a mi
padre a tal miserable final. Aunque, más que nada, estaba enojado conmigo
mismo. Temía en mi corazón que ella estuviera en lo cierto. Tal vez
terminaría como mi padre, encorvado en una cama de hospital, con mi
cerebro ahogándose en sus líquidos, rodeado de gente inexpresiva a la que
parecía importarle una mierda si vivía o no.
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Lars y yo, o ¿en qué me estoy metiendo?
L a sagrada trinidad de Metallica para algunos: yo, James
y Cliff en el Old Waldorf de San Francisco.
Fotografía de William Hale.
«El puesto es tuyo».
P anic no se separó sino que se disolvió, como resultado de una falta
de compromiso y química. Uno de nuestros últimos shows, a finales del
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81, fue también el más memorable. Era un concierto a beneficio de un
motociclista fallecido. Ahora bien, confeccionar un repertorio para un grupo
de moteros, y me refiero a moteros en serio, no los que se bajan del BMW y
se suben a la Harley el fin de semana, puede ser todo un desafío. Mis propios
gustos eran bastante eclécticos. Me gustaban mucho ciertas cosas de bandas
puntuales que había descubierto gracias a mantener los oídos abiertos.
Por ejemplo, había una banda poco conocida llamada Gamma, que era la
continuación del proyecto solista de Ronnie Montrose. Me encantaba
Montrose, cómo sonaban y lo que representaban. Eran una banda de rock
realmente sólida. La mayoría de las bandas de fiestas de esta época tocaban
las mismas cosas: Robin Trower, Rush, Ted Nugent, Pat Travers, Led
Zeppelin, KISS. Algunas de estas cosas me gustaban más que otras, pero
digería todo y trataba de ver qué era lo que la gente quería escuchar. De esa
forma podía formular una lista de canciones satisfactoria. Pero adivinar qué
querían los chicos de los suburbios es un poco más fácil que alcanzar las
expectativas de una pandilla de moteros ebrios. Así que una de las canciones
que ensayamos específicamente para este show fue «Bad Motor Scooter» de
Sammy Hagar. Por lo menos habíamos hecho nuestra tarea.
El show tuvo lugar en un campamento, dentro de una reserva natural. Y
debo decir que fue excitante, probablemente la noche más intensa que Panic
hubiese conocido, o conocería alguna vez, según resultó todo. Estos eran
moteros pesados. Pandilleros. Yo había visto Gimme Shelter, el documental
de los setenta sobre los Rolling Stones y su infame y trágica actuación en
Altamont, donde la seguridad a cargo de los Hells Angels derivó en caos y
asesinato. Así que tenía una idea de lo que podía pasar. ¿Si tenía miedo?
¡Diablos, no!
Pensé que había llegado.
La velada fue más o menos lo que había anticipado. Dos olores distintivos
llenaron el ambiente aquella noche: marihuana… y el chile. Así es, chile.
Cubos, una gran comilona de chile; esto, algo ignorado por mí, era muy
común en este tipo de eventos. Había trece barriles de cerveza en el centro del
campamento, recuerdo específicamente el número por su simbolismo (mala o
buena suerte, según el caso). No hicimos prueba de sonido, ni nada parecido.
Nos reunimos con estos tipos, fumamos droga, comimos chile, tomamos
cerveza, hasta que uno gritó: «¡Empiecen a tocar!» y eso hicimos.
Cerramos con cuerdas un área frente al campamento y preparamos
nuestros equipos. Esta era una época donde los equipos inalámbricos eran
todavía muy raros (y en general prohibitivos por su precio). Pero yo había
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armado un set sin cables usando un estéreo Radio Shack, un amplificador, y
un dispositivo llamado sistema inalámbrico Nady. Entre los que yo conocía,
fui uno de los primeros en tener un equipo inalámbrico, y puedo decir que
esto volvió locos a los moteros que nos vieron aquella noche. Casi se los veía
pensar: ¿cómo cojones hace para tocar esa cosa sin cables?
Bueno, arrasamos con nuestro repertorio, tocando rápido y sin fallos.
Toneladas de energía, sin errores (bueno, ninguno que se notara).
Terminamos con una encendida versión de «Bad Motor Scooter»,
agradecimos al público su apoyo, y comenzamos a recoger.
Ahí fue donde las cosas se pudrieron. El tipo que estaba a cargo se acercó
al «escenario».
«¿Qué coño estáis haciendo?».
Primeramente me mantuve en silencio, que era lo más sensato de hacer.
Luego pensé en hacerle frente. Quiero decir, yo era un vendedor de droga,
¿verdad? Entendía las reglas del mercado y el justo intercambio. Nos pagaron
para tocar, y nosotros tocamos. ¿Cómo se atrevían a no honrar nuestro
contrato?
Bueno, eran moteros, por supuesto. Hacían lo que querían. Y en aquel
momento ellos querían más música. Por suerte, teníamos un diplomático de
nuestro lado: Pat Voelkes, quien como dije, era el mayor de la banda y el más
maduro a la hora de lidiar con la gente. Pat se fue a negociar con ellos y
regresó con un nuevo contrato. Estos eran los términos: tocábamos otro set
entero; no nos pagaban un centavo. Aunque acordaron darnos una bolsa de
hongos alucinógenos.
Prueba de sonido de Metallica en un show en San Francisco,
marzo de 1983.
Fotografía de Brian Lew.
¡Trato hecho!
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Así que tocamos otro set, y todos comieron los hongos mágicos y viajaron
espectacularmente, lo que resultó ser una de las peores experiencias de
nuestra vida profesional. Todos dijimos cosas que no queríamos, divulgamos
secretos inconfesables. A la hora de irnos a casa, la hermandad se había
destruido. Y llegar a casa no era tarea fácil. El Volkswagen Rabbit de Tom
había reventado el embrague a la salida. Al principio tratamos de empujarlo;
qué imagen debe haber sido aquella: un puñado de adolescentes anémicos y
esqueléticos inclinados sobre mil kilos de acero inmóvil. No había solución,
así que terminamos durmiendo en la caja de una camioneta que habíamos
usado para transportar nuestros equipos. Con nosotros aquella noche estaban
dos amigos que me ayudaban con el negocio de las drogas, básicamente se
encargaban de cuidar mi casa mientras yo estaba de viaje con la banda o
trabajando en el garaje. Estos tipos eran Tonto y Retonto pero aceptables en la
mayoría de las circunstancias. Por desgracia su mínimo poder cerebral se vio
disminuido aún más por los hongos, y en algún momento pensaron que sería
buena idea robarles un barril de cerveza a los moteros.
Todo salió mal enseguida, por supuesto. Se les escapó el barril y este
comenzó a rodar colina abajo, sonando y traqueteando, golpeando contra las
rocas, y despertando a todos en el campamento. Finalmente fue a parar a un
arroyo.
Oh, mierda…
De repente nuestra pequeña aventura se había transformado en martes y
13.
Los autores materiales (Tonto y Retonto) estaban sueltos, tratando de
comunicarse a través de sonidos de pájaros y silbidos, mientras el resto de
nosotros permanecía acorralado por los motociclistas y prisioneros en la
camioneta. Finalmente se llegó a un arreglo (tocamos otro set), se recuperó el
barril, y todos terminaron la noche con vida. Para cuando llegamos a casa,
algo había cambiado. Era como en aquella escena de Casi famosos, donde la
banda ha sobrevivido a una terrible turbulencia viajando en avión al final de
la gira, y todos están hartos y exhaustos, y ya sabes que el final está cerca.
Así me sentía yo. Ya no tenía nada que darle a Panic. Y Panic no tenía
nada para mí.
UNAS POCAS SEMANAS después estaba hojeando un periódico
alternativo llamado Recycler, cuando encontré un anuncio clasificado de una
banda sin nombre buscando un guitarrista. Nada fuera de lo ordinario, el
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Recycler estaba lleno de este tipo de avisos todas las semanas; eran de lectura
obligatoria para cualquier aspirante a músico en el sur de California. Pocos
me provocaban interés, principalmente porque no tenía deseos de ser un
músico contratado en la banda de otro. Yo sabía que era un guitarrista
bastante bueno; y también estaba comenzando a entender que me gustaba
estar al mando. No servía para que me dieran órdenes.
Este aviso en particular había llamado mi atención porque era el primero
en hacer referencia no a una, ni a dos, sino a tres de mis bandas favoritas. La
primera era Iron Maiden. Nada realmente especial en esto —no puedes tocar
metal y no apreciar a Iron Maiden—. La segunda era Motörhead. Nada único
ahí tampoco. Sin embargo, la tercera era una banda llamada Budgie.
Simplemente ver el nombre impreso hizo que mi corazón palpitara. Budgie,
una banda innovadora con origen en Gales —de hecho, en algunos lugares
son considerados la primera banda de heavy metal— llegó a mí una noche
años atrás, mientras hacía dedo en la autopista. El conductor que me llevó
trabajaba para una radio de Los Ángeles[2]. Era un tipo bastante legal.
Compartimos unos Quaaludes, escuchamos la música a tope, y en un punto,
después de descubrir que yo tocaba la guitarra, sonrió y me dijo, «tío, tienes
que escuchar a estos tipos». Luego puso un casete de Budgie en el estéreo.
Me volaron la cabeza al instante. La velocidad y el poder de la música, sin
abandonar la melodía, nada que hubiera escuchado antes se les parecía.
Y ahí estaba yo, leyendo el Recycler, preguntándome qué hacer con mi
vida, y era como si me hubieran enviado un mensaje.
¡Budgie!
Aquel día llamé al número del aviso.
«Ey, tio, estoy buscando a Lars».
«Lo encontraste». El tipo tenía un acento extraño que no podía ubicar.
También sonaba muy joven.
«Llamo por tu anuncio, el del guitarrista».
«OK…».
«Bueno, conozco a Motörhead y Iron Maiden, dije. Y amo a Budgie».
Hubo una pausa.
«¡Joder tío! ¡¿Conoces a los putos Budgie?!».
Y con eso ya estuvo hecho. Verán, Lars Ulrich, el chico (y, sí, era solo un
chico, como pronto iba yo a descubrir) del otro lado del teléfono, era un ávido
coleccionista de música de la New Wave of British Heavy Metal
(NWOBHM). Y cuando solté el nombre de una banda que estaba al frente de
aquel movimiento, con eso ya estaba dentro. La cosa es que solo después supe
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que Budgie ocupaba un lugar prominente en aquel mundo; a mi simplemente
me gustaba su música. Y Lars respetaba eso, lo que sirve para demostrar que,
en el fondo, mucho tiempo atrás, habíamos sido almas gemelas.
Nos encontramos unos días después en el hogar de Lars, en Newport
Beach. En realidad, era la casa de sus padres, lo que supe cuando llegué allí.
El camino hasta el lugar fue como un viaje por la calle de los recuerdos,
porque Lars vivía en un barrio no lejos de donde mi madre había trabajado
como sirvienta durante mi infancia. En un punto, al salir de la autopista
Pacific Coast, llegué a un semáforo y me di cuenta de que si doblaba a la
derecha, iría hacia Linda Isle, donde mi mamá había limpiado baños para la
gente rica. Si doblaba hacia la izquierda, llegaría a la casa de Lars en pocos
minutos. Al doblar recordé que muchos años atrás me puse una pajarita y una
camisa blanca para ayudar a mi madre, quien trabaja de camarera en una
fiesta privada en este mismo barrio.
Se podrán imaginar qué es lo que estaba pensando cuando pasé por la
entrada de la urbanización con mi viejo Mazda RX-7; el tubo de escape
oxidado hacía tanto ruido que creí que se iban a romper las ventanas.
«Hijo de puta nacido en cuna de oro…».
El padre de Lars, Torbin Ulrich, era un jugador de tenis profesional
retirado de cierto renombre. Su madre era ama de casa; nunca supe mucho
sobre ella. Lars había nacido en Dinamarca. No era una sorpresa que hubiera
comenzado a jugar al tenis a una edad temprana, y era un poco prodigio en
eso. Supuestamente, había venido al país con la idea de continuar su carrera
de tenista, pero eso pronto quedó relegado por su verdadera pasión: la música,
tocar la batería específicamente. Nada supe de esto la primera vez que nos
vimos. Todo lo que supe cuando me abrió la puerta aquella mañana fue que
era muy joven (yo tenía veinte; Lars todavía no cumplía los 18) y,
obviamente, que venía de un mundo distinto al que yo había conocido.
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Entre bastidores con Lars Ulrich y mi viejo amigo John
Strednansky.
Fotografía de William Hale.
No tenía grandes expectativas sobre este encuentro inicial. En muchas
formas yo todavía era muy inocente. Llevaba algo de marihuana y me figuré
que al menos pasaríamos el rato, nos drogaríamos y escucharía sus planes
para conquistar el mundo de la música. Nos dimos la mano y subimos a su
habitación, supuestamente para hablar de negocios (o lo que fuera que eso
significaba). Lo primero que noté cuando entré a su dormitorio fue que tenía
una variedad de porquerías interesantes en las paredes: fotos de bandas,
portadas de revistas. Lo que sobresalía enseguida era un gran poster de
Philthy Animal, el batería de Motörhead, aporreando su increíble batería,
cuyos parches estaban adornados con lo que parecían ser bocas de tiburones
abiertas.
Genial, pensé.
Un poco desconcertante fue la gigantesca pila de pornografía danesa sobre
la mesita. Yo no era un mojigato. A estas alturas ya había vivido mi ración de
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fantasías estilo Penthouse. Pero esa mierda era extraña. No el tipo de cosas
que se veían en las típicas revistas de desnudos americanas. Eran rarezas
europeas extremas: chicas penetradas por bates de béisbol o botellas de leche,
cosas de esa naturaleza.
«Hombre, esto es un poco raro, ¿eh?».
Lars se encogió de hombros. En parte, pienso, era porque se veía tan
joven. Parecía de trece o catorce años, y me resultaba peculiar estar con él,
hojeando pornografía danesa y hablando de comenzar una banda. Y fumar
droga, por supuesto, que fue lo que hicimos después. Lars tenía una pipa de
bambú a la vista de cualquiera (sus padres, obviamente, no imponían
disciplina con puño de hierro), así que la conversación gravitó hacia las
drogas naturalmente. Intercambiamos historias de guerra un poco, y Lars me
contó sobre su método favorito para fumar hachís. Hacía un agujero en el
suelo, enterraba el hachís encendido, luego cavaba un túnel e inhalaba a
través de una pantalla del otro lado. Traté de imaginármelo: este muchachito
boca abajo en la tierra, chupando humo de hachís hacia sus pulmones. No me
imaginaba haciéndolo yo, y no estaba seguro de qué ventaja podía traer este
método sobre las formas más tradicionales de fumar… pero tengo que admitir
que era ingenioso.
Así que hablamos un rato, nos drogamos, y acabé preguntando a Lars si
tenía alguna muestra de la banda que estaba tratando de formar. Ya había tres
personas en la formación, dijo él: un cantante llamado James Hetfield (James
todavía no había comenzado a focalizarse en tocar la guitarra para la banda),
un bajista llamado Ron McGovney, y Lars, el batería. Necesitaban un
guitarrista —un guitarrista realmente bueno— para completar la formación.
Aunque, realmente, la banda aún estaba en su fase embrionaria. No tenía
nombre, ni historia tocando. Lo que sí tenía, aparentemente (aunque no lo
supe en aquel momento), era un acuerdo entre Lars y un productor llamado
Brian Slagel, cuya nueva discográfica, Metal Blade, estaba a punto de lanzar
una compilación de heavy metal llamada Metal Massacre. Un lugar en el
álbum estaba reservado para el proyecto de Lars; todo lo que tenía que hacer
era aparecer con una canción, una banda y una grabación.
«Escucha esto», dijo Lars. Puso un casete en el estéreo y me hizo escuchar
una demo primitiva de una canción llamada «Hit the Lights», escrita por
James y uno de sus amigos de una banda previa. El trabajo de guitarra estaba
a cargo de un tipo llamado Lloyd Grant, quien había tocado brevemente con
Lars y James antes de que apareciera yo. La canción no era mala, pero la
ejecución era un desastre, y la calidad del sonido era aún peor, al cantante le
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faltaban control del tono y carisma. Pero tenía energía. Y estilo. Cuando
terminó, Lars sonrió.
«¿Qué te parece?».
«Necesitan más solos de guitarra, eso seguro».
Lars asintió. No parecía estar ofendido. Pienso que quería escuchar mi
honesta opinión. Lars había estado buscando un guitarrista que igualara su
gusto musical, y tal vez yo era lo que necesitaba. Aún cruda como sonaba, la
cinta me hacía recordar a las cosas de la NWOBHM que había estado
escuchando. Yo entendía cómo esos tipos tocaban la guitarra desde el punto
de vista del riff. No había mucho de rasguear acordes o tocar arpegios —o
puntear de un lado de la guitarra hacia el otro— era más bien golpear la
misma cuerda una y otra vez, hasta el punto en que se volvía monótono. De
esa forma, el riff tenía que cargar con el peso de toda la canción. Si eso suena
simple, bueno, no lo es. Es increíblemente desafiante, porque el guitarrista
debe apoyarse en una medida pequeña de música. El efecto, cuando se lo
ejecuta con propiedad, es casi hipnótico.
Salí de aquella reunión con expectativas mínimas. Lars era dolorosamente
reservado. Además, como dije, él era tan joven —era difícil imaginarse que
tuviera un plan maestro para ensamblar la que, más adelante, sería la banda
más grande de heavy metal del mundo—. Como muchos chicos con sueños de
rock and roll vagamente definidos, Lars avanzaba a tropezones. Yo había
estado en la misma situación.
La tarde terminó con un apretón de manos y la promesa de mantenernos
en contacto. Luego conduje de regreso a Huntington Beach, con la vista
cansada y drogado. No sabía si volvería a saber de Lars.
Pero me llamó pocos días después, preguntando si estaba disponible para
encontrarme con él y los otros muchachos en Norwalk, donde vivía Ron
McGovney.
«¿Para qué? ¿Una audición?».
«Sí, algo así», dijo Lars.
Dije que sí, de nuevo pensando que no tenía nada para perder. Las
opciones eran seguir este juego hasta su conclusión lógica —ver si estos tipos
tenían potencial— o regresar a Panic, lo que claramente era un callejón sin
salida.
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Clásica pose del tándem Mustaine/Hetfield. Estábamos
destinados a la grandeza —pero no juntos—.
Fotografía de Brian Lew.
McGovney era un signo de interrogación para mí. Nada sabía de él.
Tampoco sabía mucho sobre James, quien resultó estar viviendo con Ron. Los
dos eran compañeros desde secundaria y en ese momento compartían un
dúplex propiedad de los padres de Ron. De hecho, eran dueños de varias
propiedades en el barrio, y Ron tenía la libertad de vivir en una y usar el
garaje como estudio. No era la gran vida —todo el vecindario tenía el aspecto
de barato— pero comparado con cómo vivía yo (vendiendo droga para
comer), Ron parecía tener la vida agarrada de las pelotas. Igual que Lars.
Ron no me produjo una buena primera impresión. Yo era un poco rudo,
aspirante a chico de la calle, y sospechaba (con un poco de envidia,
probablemente) de cualquiera que pareciera llevar una vida acomodada. En
ese entonces Ron trabajaba —o al menos lo intentaba— como fotógrafo de
rock, con un interés particular en el heavy metal. Siempre estaba mostrando
fotos de otras bandas, en especial Mötley Crüe. Por alguna razón Ron era un
gran fan de Crüe, y supongo que pensaría que los demás se impresionarían al
ver fotos de Vince Neil rociándose spray en el cabello o vistiéndose. Yo no lo
entendía, y todavía no lo hago. Como tampoco entendí la forma en que Ron
estaba vestido aquel primer día, con sus botas gogo altas hasta la rodilla; al
estilo Austin Powers, vaqueros superajustados con cinturón de incrustaciones,
y una camiseta de Motörhead entallada al cuerpo.
Yuppie metal. Ese era el look.
Recuerdo haber estado bastante tranquilo ese día. Actué como si fuese un
pistolero, tomándome el asunto con el merecido grado de seriedad. Les
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recuerdo que nunca antes había estado en una audición. Siempre que había
estado en una banda, era mí banda. No iba a «hacer una prueba» para estar en
la banda de alguien más. ¡A la mierda con eso! Yo era un líder, no un
seguidor. Tocar en la parte de atrás para alguien más no me sentaba bien, y de
hecho me había puesto de mal humor. El solo hecho de haber conducido hasta
Norwalk y soportar el proceso de ser entrevistado y evaluado era algo que
comprometía mis valores y mi integridad. Así lo veía yo de todas formas.
¿Qué puedo decir? Era arrogante. Y estaba cabreado. Pero tenía que tragarme
mi orgullo. Estaba cansado de vender drogas y de tocar en una banda
disfuncional. Tal vez esto otro valía la pena.
Tengo tendencia a hacer enfadar a la gente. Aquí hay una
prueba. Pasándolo bien tras el escenario.
Fotografía de William Hale.
Había una atmósfera extraña al llegar a casa de Ron. Además de Lars,
Ron y James, había otros pocos dando vueltas, incluida la novia de Ron y un
tipo llamado Dave Marrs, un amigo que más tarde trabajaría como roadie de
Metallica brevemente. ¿Qué esperaban de mí? No estoy seguro. Había sido
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bastante honesto con Lars sobre cómo me ganaba la vida. Le dije que tocaba
música y después vendía marihuana; en realidad, por supuesto, vendía
marihuana y después tocaba música. A él no parecía importarle. Y a los
demás tampoco.
Lars me presentó a todos mientras descargaba mi equipo y los ponía en el
garaje. Mientras preparaba todo, los demás se fueron a otra habitación, lo que
me pareció un poco raro. A nadie parecía interesarle lo que estábamos
haciendo. Y hasta donde sé, yo era el único compitiendo por el puesto.
Enchufé el amplificador y tranquilamente comencé a hacer
precalentamiento. Luego calenté un poco más. Seguí tocando, cada vez más
rápido y ruidoso, suponiendo que en algún momento alguien entraría y
comenzaría a tocar conmigo; al menos vendrían a escucharme y a preguntar
algo. Pero nunca lo hicieron. Me dejaron tocando solo. Finalmente, después
de media hora más o menos, bajé la guitarra y abrí la puerta de la casa. El
grupo entero estaba bebiendo y drogándose, mientras miraban la tele. De
paso, noté que James y Lars estaban tomando schnapps de menta, lo que era
casi cómico. No conocía a nadie que tomara schnapps —era una bebida de
viejecitas—.
«¿Ey, vamos a hacer esto o qué?» pregunté.
Lars me sonrió a medias y sacudió la mano. «No, hombre… el puesto es
tuyo».
¿Eh?
Miré alrededor de la habitación. ¿Había sido tan fácil? No sabía si
sentirme ofendido o alagado. Mi respuesta dudaba entre el alivio y la
confusión. ¿No les importaba? ¿Estaban tan impresionados con mi
calentamiento que solo por eso tenían que tenerme en la banda? (Yo sabía que
era bastante bueno, pero no sabía que fuera tan bueno). Al repasar esto años
después, tal vez no querían hacer una audición real —con todos nosotros
tocando juntos— porque eso me hubiera dado la oportunidad de medir su
nivel, tanto de habilidad como profesional. Eso me parece un poco irónico
ahora, dado lo amarga que ha sido nuestra relación con el paso de los años, y
el hecho de que a veces se me ha retratado como a alguien con suerte de haber
estado en el lugar correcto en el momento justo, llenando un hueco temporal
en la formación de Metallica.
Nada supe sobre esto en aquel momento. Tanto físicamente como en la
forma en que se vestía, Lars me resultaba ajeno como el día en que nos
conocimos, pero esto lo atribuía a su infancia europea principalmente. Ron
hacía lo suyo, y James… bueno, James era superdelgado, vestía pantalones de
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lycra negra metidos dentro de las botas y una camisa de animal print. En su
muñeca había un ancho brazalete de cuero con una guarda clara en el medio,
casi como los que usan los mariscales de campo en el juego, con las jugadas
escritas en él. Se notaba que James se estaba esforzando por verse como una
estrella de rock. Tenía el pelo largo peinado como Rudy Sarzo, el bajista de
Ozzy Osbourne.
Traté de no reírme.
Oh, Dios mío. ¿En qué me estoy metiendo?
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4
Metallica. Rápido, ruidoso, fuera de control
The Young Metal Attack es adecuado; aquí soy apenas un
niño, todavía en Metallica.
Fotografía de William Hale.
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«Si sigues hablando así, te voy a golpear en la boca».
E n el comienzo todo era más estilo que consistencia.
Recuerdo haber ido de compras con Lars un día y sorprenderme de
que se pasara la mayor parte de la tarde tratando de instruirme sobre cómo
comprar zapatillas de marca. Aparentemente, era toda una ciencia, y Lars y yo
no coincidíamos en la fórmula apropiada. Fíjense en las primeras fotos de
Metallica y me verán usando unas Converse All-Stars de brillante cuero
blanco con estrellas rojas a los lados. Esa era mi elección, no la de Lars. Por
alguna razón, él tenía la opinión de que las estrellas de rock usaban las Chuck
Taylor tradicionales.
«¡Al carajo!» dije. «Esas las usan los chicos de Fat Albert. No me voy a
poner esa mierda».
Puedo estar equivocado, pero recuerdo esto como mi primera discrepancia
con Lars. Puede sonar como un detalle menor, pero creo que apunta hacia lo
inevitable de la disolución de Metallica tal cual era en su infancia.
Demasiados cocineros en la cocina. Yo era un líder de banda. Lars también.
Inevitablemente, el fracaso de ponernos de acuerdo en un objetivo común, o
aceptar roles específicos surgió dentro del marco del grupo. Lo he visto una y
otra vez. Los egos chocan, las personalidades inflamables se encienden. Las
probabilidades de sobrevivir estos obstáculos —sin mencionar los desafíos
artísticos, financieros y administrativos— son astronómicamente
desfavorables.
Y aun así, en retrospectiva, entiendo lo que Lars estaba haciendo porque
lo he hecho yo también: estaba tratando de formar tanto una imagen como una
entidad musical. Su corazón, creo, estaba probablemente en el lugar correcto.
Para mí, su gusto estaba equivocado. Un día trajo una foto de Diamond Head,
una banda británica de heavy metal que él admiraba hasta la obsesión —
incluso los había seguido como fanático durante su gira europea del año
anterior—.
«Mira esto», dijo. «Estos tipos sí parecen estrellas de rock».
Contemplé la foto, con la boca abierta. Muchas cosas podían gustarte de
Diamond Head, pero no precisamente la forma en que se vestían. Toda esa
lycra negra, las botas blancas, las largas y amplias camisas de vestir
desprendidas a la cintura, con la parte de abajo anudada, exponiendo el bajo
vientre peludo del cantante… quería dar una carcajada.
«Lars, no puedo creer que un tipo se vista así. Parece una chica».
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Verán, se trazaban líneas que no se podían borrar. Tenías que decidir qué
tipo de música querías tocar, y tu apariencia tenía que reflejar esa música. En
ese sentido, Diamond Head no era mi taza de café negro. Muchas bandas eran
así. Consideren la importancia del pelo. Todos tenían cabello largo en
aquellos días, a excepción de las bandas punk. En el hard rock y el metal el
cabello era largo, y dentro de ese marco había que tomar una decisión:
Hacia arriba o hacia abajo.
O eras como Page y Plant (cabello hacia abajo, por ende genial) o eras
como KISS, Mötley Crüe, y tantos otros imitadores (cabello hacia arriba, por
ende no tan genial). Mi cabello iba hacia abajo. Siempre lo hizo y siempre lo
hará.
Después vino el nombre. Toda banda necesita un gran nombre, ¿no?
Discutimos y descartamos varios, incluido Leather Charm, que era como se
había llamado una banda de corta vida en la que habían estado James y Ron.
Era uno de esos nombres que me parecían increíblemente mal direccionados.
¿Leather Charm? ¿Qué es lo que estás buscando con eso? ¿Quién es tu
audiencia? Sonaba cuestionable a la hora de proyectar la noción de un buen
momento, si entienden a lo que me refiero.
Fue Lars quien sugirió «Metallica», y no se puede negar que era un gran
nombre. El logo lo aportó James. La primera vez que vi el logo de Metallica
todos estaban enloquecidos con lo genial que era, recuerdo haber pensado,
guau, realmente lo es.
Si Metallica tenía oportunidades razonables de éxito, no podía decirlo. Sé
que la primera vez que vi a Lars tocar la batería, me impactó su mediocridad.
Aun así, había que admirar su determinación. Al chico le gustaba la música (y
de la buena), y quería ser una estrella de rock. Que eventualmente se
transformaría en el personaje maquiavélico que es hoy… bueno, eso no lo vi
venir.
Obviamente no teníamos mucho material cuando comenzamos a ensayar
por primera vez. El repertorio consistía primeramente en covers, así como
canciones compuestas por James y su compañero anterior Hugh Tanner. La
mayoría del material nuevo fue escrito por mí.
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La rutina abdominal de Mustaine. Nota: soy tan joven en esta
foto que ni tengo pelo en el pecho.
Fotografía de Brian Lew.
En el invierno de 1982 Metallica entró al estudio por primera vez. Hacía
poco que estábamos juntos, pero de algún modo terminamos en un rincón en
Orange County, grabando «Hit the Lights». Cuando llegó el momento del
solo de guitarra lo hice perfecto, y todos se volvieron locos con lo bien que
estaba. Aunque por alguna razón, cuando salió la primera versión de la demo
varios meses después en Metal Massacre, esta incluía algo del trabajo de
guitarra de Lloyd Grant. Eso me sorprendió y me pareció extraño, contrario al
espíritu de hermandad que impulsa a una banda, pero no me preocupé
demasiado en ese momento. Las cosas estaban pasando rápido, y me
dominaba la excitación de ser parte de ello.
Nuestro primer show fue el 14 de marzo del 82, en el Radio City de
Anaheim, California. Fue una actuación cruda, descuidada, pero salvajemente
energética, frente a unos doscientos metaleros, muchos de ellos amigos
nuestros. Aun así, era una audiencia respetable para una banda desconocida
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en su primer recital. Para darles una idea de dónde estábamos musicalmente,
casi la mitad de la lista de nueve canciones eran covers de Diamond Head.
También hicimos «Hit the Lights». En aquel momento la única canción que
razonablemente podía ser considerada original de Metallica —una canción
escrita exclusivamente por uno de los miembros de la banda— era «Jump in
the Fire».
Esa era mía.
Uno de los primeros pasquines anunciando un concierto.
Fotografía de Brian Lew.
Lo señalo simplemente para ilustrar que mi rol en Metallica era bastante
importante. Era la primera guitarra y uno de los compositores principales. El
rol de un miembro de una banda no llega a ser más vital que eso. No me
preocupaban las cuestiones territoriales en aquel entonces. Simplemente nos
divertíamos, tocábamos música, desparramábamos como locos, tratábamos de
mejorar con cada concierto. Estábamos todos juntos en esto, al menos por un
tiempo.
Cada uno tenía sus fortalezas y debilidades, y es interesante mirar hacia
atrás y ver cómo se veía Metallica en aquellos días. En el intento de llenar el
rol de frontman y cantante, James no tocó la guitarra esa noche, tardaría un
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tiempo en hacerlo. Pero había un pequeño problema: James no era un tipo
naturalmente sociable, y tampoco en el escenario. En uno de nuestros
primeros shows, lo recuerdo de pie frente al micrófono, congelado, temeroso
de emitir palabra. No me refiero durante una canción —James no tenía
problema en cantar o actuar, y después, cuando tomó la guitarra, probó ser un
sólido guitarrista también—. ¿Pero comunicarse con el público? Eso era
difícil para él. En un punto, sintiendo su ansiedad, caminé hasta el micrófono
y comencé a hablar. Ese fue el comienzo de mi personaje como un guitarrista
locuaz y usualmente provocativo. Un agitador, en otras palabras. La tradición,
por supuesto, dicta que los guitarristas actúan sin decir palabra. Pueden saltar
o tirarse al suelo, arrancarse la ropa, o hasta prender fuego sus instrumentos.
Pero no se supone que hablen. Ese rol está asignado al cantante. Todos saben
que así es como debe ser.
No me preocupaba. Estaba haciendo algo que había surgido naturalmente.
Dos semanas más tarde dimos un gran salto, tocando un par de shows en
una noche, en el Whisky de Hollywood, abriendo para Saxon. El crédito de
esto le corresponde a Ron, gracias a sus conexiones con Mötley Crüe. Ron
había llevado una demo de tres canciones al club, con la esperanza de tener
una audiencia con el administrador. Allí se topó con los Mötley Crüe y les
contó su plan. Ellos se ofrecieron a ayudarlo. Si eso suena como una
gentileza, bueno, en realidad no lo era. Mötley Crüe había sido contratado
originalmente para abrir en los shows de Saxon, pero en algún punto ellos, o
sus mánagers, habían decidido que ahora eran demasiado grandes para actuar
como teloneros; querían ser la banda principal. Y como nosotros estábamos
listos, dispuestos y a mano, con una demo sólida como carta de presentación,
caímos en el momento justo.
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Es obvio que hablar cuando no era el frontman era gracioso
para mí mientras estaba en Metallica.
Fotografía de William Hale.
De nuevo, en ambos shows, hicimos covers en su mayoría. Aunque esta
vez tocamos dos composiciones mías, «Jump in the Fire» y «Metal Militia».
Estuvimos más ajustados y cometimos menos errores que en Anaheim, pero
ciertamente no fuimos perfectos. Recuerdo haberle quitado el micrófono a
James otra vez, y haberme movido por todo el escenario mientras tocaba. En
los días que siguieron generamos bastante revuelo, aunque inicialmente la
prensa del rock tradicional no parecía impresionada. De hecho, nuestra
primera reseña fue un puñetazo directo a casi todo sobre Metallica.
Con una notable excepción.
«A Saxon también le vendría bien un guitarrista veloz y excitante, al estilo
Eddie Van Halen. El cuarteto telonero Metallica tiene uno, pero no mucho
más. El grupo local necesita un desarrollo considerable para superar la
incomodidad generalizada».
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Antes de que se necesitaran barricadas en los conciertos de
Metallica.
Fotografía de William Hale.
¡Ouch!
No recuerdo que me diera placer ser destacado como el único punto
brillante de un show olvidable (estoy seguro de haberme levantado en defensa
de mis compañeros). Experimentábamos dolores de crecimiento, nada
diferente a lo que han tenido que soportar las grandes bandas. La verdad es
que estábamos haciendo algo radical. Éramos rápidos, ruidosos y peligrosos,
en los extremos del heavy metal. Prácticamente hablando, el thrash comenzó
con lo primero de Metallica, tanto en forma como actitud.
Los meses siguientes trajeron un borroso caleidoscopio de ensayos,
composición, actuaciones y fiesta. Todo ocurría muy rápido. Hubo una demo
de cuatro pistas (comúnmente conocida como The Power Demo en el
mundillo de Metallica) que grabamos en el garaje de Ron McGovney. Esa
cinta incluía dos de mis canciones, «Jump in the Fire» y «The Mechanix»,
junto con «Hit the Lights» y «Motorbreath», acreditadas a James (aunque
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creo que en su etapa naciente pertenecían, al menos en parte, a Hugh Tanner,
compañero de James en Leather Charm).
No estoy seguro de cómo conseguimos lograr todo lo que hicimos,
teniendo en cuenta el estilo de vida que llevábamos —todo el sexo, las peleas,
las drogas, el alcohol y el vómito—. Pero lo hicimos. Nuestro repertorio se
expandió, nuestras actuaciones mejoraron. Y rápidamente nos dimos cuenta
que para alcanzar la pesadez que queríamos, necesitábamos otro guitarrista
más. Como James seguía interesado en cantar solamente, reclutamos a un tipo
llamado Brad Parker. El primer día de ensayo apareció vistiendo una camisa a
rayas con mangas francesas como las que usan los marineros rusos. Tenía
delineador y un aro con una pluma blanca en la oreja. Le eché una mirada y
comencé a reírme.
Tío, si duras un solo día en esta banda estaré sorprendido, pensé.
En realidad duró varios días —semanas tal vez— pero no lo suficiente
como para que importara. Tocó un show con nosotros, en un lugar llamado el
Music Factory, en Costa Mesa. Antes de subir al escenario me dijo, «escucha,
cuando estemos tocando, llámame Damien, ¿OK?».
«¿Qué?».
«Damien… Damien Phillips», dijo.
«¿Quién coño es Damien Phillips?».
Sonrió.
«Soy yo. Es mi nombre artístico».
Aquella fue la primera y única vez que Brad Parker y/o Damien Phillips
tocó con Metallica. Nuestro próximo concierto fue un mes más tarde, poco
antes del Memorial Day de 1982, con James tocando guitarra rítmica y
cantando. A esas alturas ya nos habíamos cansado de los farsantes y de la
búsqueda infinita de otro guitarrista, así que simplemente decidimos animar a
James para que lo hiciera él; por supuesto, resultó ser un guitarrista
formidable.
Durante el verano nuestra agenda se intensificó, al igual que nuestra
reputación. Hicimos al menos un concierto por semana en varios sitios por el
sur de California: el Troubadour y el Whiskey en Hollywood, el Woodstock
en Anaheim, y un número indefinido de fiestas y conciertos en lugares que
jamás han oído nombrar. La primera versión de Metal Massacre fue lanzada
en junio, y al cabo de un mes nos encontrábamos en un estudio, trabajando
con el ejecutivo de una discográfica llamado Kenny Kane. Este tipo era dueño
de un sello punk y aparentemente tenía la impresión de que Metallica le
gustaría a esa clase de público, así que nos ofreció la oportunidad de grabar
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un EP. Cuando Kane escuchó las cintas, bueno, supongo que no estaba
emocionado, ya que (obviamente) Metallica no era una banda punk. Nos
retiró la oferta de lanzar el EP pero nos quedamos con las cintas. La demo
resultante, titulada No Life Till Leather, consistía en siete canciones: «Hit the
Lights», «Mechanix», «Phantom Lord», «Jump in the Fire», «Motorbreath»,
«Seek and Destroy» y «Metal Militia».
Yo fui el principal compositor en cuatro de esas canciones: «Mechanix»,
«Phantom Lord», «Jump in the Fire» y «Metal Militia». Sin intención de
sonar amargo, es importante notar que esta demo, la cual produjo la chispa del
fenómeno underground en que Metallica se convirtió, se posiciona como una
evidencia indiscutible en la guerra entre aquellos que piensan que mis
contribuciones fueron significativas (fans de Megadeth, principalmente) y
aquellos que no (fans de Metallica). Cuando Metallica lanzó su primer álbum,
en 1983, las cuatro canciones fueron incluidas (aunque «Mechanix» había
sido modificada y titulada «The Four Horsemen», y yo recibí crédito
compositivo igualmente).
No Life Till Leather se transformó en nuestra carta de presentación, y lo
usamos para construir una audiencia desde L. A. hasta San Francisco. No
teníamos un contrato formal, ni medios para distribuir las canciones, pero eso
estaba lejos de ser un obstáculo insalvable. Las cintas eran copiadas y pasadas
de mano en mano y en poco tiempo estuvimos tocando frente a fanáticos que
se sabían las letras de nuestras canciones, lo que debo decirles es la
experiencia más emocionante que puede tener una joven estrella de rock.
Estábamos mejorando y lo sabíamos.
También estábamos fuera de control, por completo. Nunca negaré que yo
era problemático en aquellos días. Era agresivo, impulsivo e impredecible, y
bebía más de la cuenta. Pero también todos los demás de la banda.
Prácticamente, vivíamos en nuestros coches, conduciendo hacia un lado y
otro de la costa, bebiendo antes y después de los ensayos y conciertos. No era
raro que uno o más miembros de la banda perdiera el conocimiento durante
esos viajes, y despertara luego descubriendo que tenían el cuerpo y la cara
pintados. Compartíamos hogares, dinero, equipos, drogas, alcohol, chicas. Era
una vida de total decadencia (y a veces sumamente divertida). Para todos
nosotros.
La diferencia, y una importante supongo, es que éramos dos clases de
borrachos. Yo era comúnmente un borracho hostil e iracundo; Lars y James
eran borrachos alegres. Inofensivos la mayor parte del tiempo, aunque sus
payasadas eran infantiles y a veces, según mi parecer, extrañamente hirientes.
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Por ejemplo, eran implacables en sus abusos a Ron McGovney, algo que yo
atribuía al hecho de que a Ron le faltaba voluntad para defenderse.
Mientras No Life Till Leather se daba a conocer, lo mismo ocurría con
nuestra reputación. Nos encontramos pasando cada vez más tiempo en la
carretera, recorriendo la costa entre L. A. y San Francisco. Invariablemente,
esos viajes se transformaron en ejercicios de humillación para Ron. En cada
viaje, uno de los zapatos de Ron era arrojado de la camioneta, solo para que
Lars y James pudieran verlo cabrearse. Pero rara vez se defendía. Si me
hubieran tratado así yo me habría ido. Pero Ron era un arrastrado, así que los
seguía, quejándose y lloriqueando, y aun así recibía su cheque más a menudo
que los demás. Se quedaba sentado en la camioneta, con la mirada como si
fuera a llorar, mientras James y Lars se emborrachaban y compartían comida.
Literalmente —una vez vi a Lars dar un mordisco a un sándwich, masticar, y
luego inclinarse y escupir el bocado en la boca abierta de James, como un ave
madre alimentando a su polluelo—. Mi umbral de la depravación estaba
bastante elevado en aquellos días, pero recuerdo con cierta claridad que ese
rito de iniciación, o lo que fuera, me parecía realmente jodido.
Es admisible que mi persona arriba del escenario —enfurecido, tratando
de tocar la guitarra tan rápido que casi quemaba mis dedos— no estaba lejos
de ser como el de abajo del escenario. Cuando bebía, me volvía usualmente
combativo. No siempre buscaba pelea, pero con certeza jamás evité una.
Incluso cuando involucraba a mis amigos y compañeros de banda.
Previo a la formación de Metallica, había comprado un par de perros para
evitar que la gente entrara a robar en mi casa (algo que había ocurrido, en
parte por mis intereses «comerciales»). Estos eran cachorros formidables —
terriers de Staffordshire (que son similares a los pit bulls) cruzados con
crestados de Rhodesia— y naturalmente hacían que alguna gente se cagara de
miedo. Pero también eran muy cariñosos y leales, y yo los quería muchísimo.
Cuando viajaba a casa de Ron para ensayar o tenía algún concierto, los dejaba
para que cuidaran la casa. Aunque a veces uno de los perros solía
acompañarme. Un día del verano de 1982, fui en coche hasta el ensayo, y
cuando dejé bajar al perro (una hembra en este caso) comenzó a correr por
ahí. Los perros hacen eso después de haber estado encerrados por un tiempo.
En un momento, la perra saltó sobre el guardabarros delantero del coche de
Ron, un hermoso Pontiac GTO, provocando que James le diera una dura
patada en el lomo. La perra (que era apenas un cachorro) soltó un quejido y
salió corriendo.
Y yo me volví loco.
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«¿Qué estás haciendo?».
«Está arañando el coche, hombre», dijo James, como si eso fuese una
excusa aceptable para patear al perro.
«¡Jódete!».
La pelea en sí no ocurrió allí. Fue como cuando hay una demora
inesperada entre el gatillo apretado y la descarga actual del arma de fuego.
Sabes qué es lo que sigue, y no hay cómo detenerlo. Es solo una cuestión de
tiempo. James y yo nos insultamos uno al otro y dejamos de hablarnos, hasta
que estuvimos dentro de la casa de Ron preparándonos para ensayar y las
tensiones estallaron. Hubo otra ronda de acusaciones e insultos, más malas
palabras, más amenazas.
«Si sigues hablando así, voy a golpearte en la boca», dije.
«¡Vete a la mierda!».
En medio de este intercambio, Ron salió del baño y apareció en el salón.
James y él se conocían de tiempo atrás, y a pesar del hecho de que James a
veces lo trataba como a una mierda Ron instintivamente defendía a su amigo.
«Si le das, tendrás que darme a mi primero».
«Cierra la boca y siéntate coño», dije.
Y luego James saltó en defensa de Ron. «Si lo tocas, vas a tener que
golpearme primero». Jesús, pensé, ¿qué es esto, algún jodido programa de
juegos?
Me di cuenta de que tendría que tomar una decisión.
«OK, tú ganas», dije, y lancé un derechazo cruzado que fue a dar contra la
cara de James, transformado su boca en una pila de chicles ensangrentados.
Para mi sorpresa, Ron saltó inmediatamente sobre mi espalda. En un acto
reflejo, lo lancé por encima de mi cadera como en el judo; voló a través de la
habitación y aterrizó sobre un mueble que sostenía una consola de
videojuegos, desparramando astillas de aglomerado por todo el lugar y
destruyendo el viejo juego de Pong que estaba conectado a la TV. La pelea no
continuó gracias a la presencia de mi amigo y compañero de artes marciales
Rick Solis, quien intervino rápidamente. Yo estaba enfurecido, listo para
matar a Ron y James, cuando Rick llegó desde atrás y me agarró por el codo,
apretándome el nervio cubital y dejándome así incapacitado[3]. Nos quedamos
allí de pie, sin decir palabra, cuando de pronto James comenzó a gritarme.
«¡Estás fuera de la banda! ¡Sal de aquí y vete a la mierda!».
Ron estaba gritando también. Lars, mientras tanto, estaba de pie en un
rincón tratando sin éxito de mediar un arreglo. «Vamos, hombre… no quiero
que esto termine así».
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«¡Que os jodan! ¡Renuncio!».
«¡Bien! ¡Jódete tú también!».
AUNQUE NUESTROS DESENCUENTROS jamás habían llegado a
ese nivel de intensidad, es de notar que a esta altura Metallica ya era una
banda que luchaba con los conflictos de personalidad. Cada uno de nosotros
era culpable de apuntar con el dedo acusador en algún momento u otro. Mi
puesto estaba asegurado, hasta donde podía decir, pero obviamente fallé al
medir la gravedad de la situación.
La expulsión duró apenas 24 horas. Regresé para el ensayo del día
siguiente, me disculpé con todos, y me dieron la bienvenida. Todo estaba
bien. Pero no era así. Algunas cosas no se pueden deshacer, como en este
caso. En muchas maneras ese fue el comienzo del fin. Ron y yo comenzamos
a sentirnos cada vez más molestos el uno con el otro. Yo pensaba que él era
un engreído, malcriado y no particularmente talentoso; él me veía como
impredecible y peligroso, y no estaba equivocado debo confesar. Cuando
entraron a robar en su casa y se sospechó que los responsables eran gente que
yo conocía (no amigos míos, aclaro, y ciertamente no tenía idea de lo que
habían hecho), Ron se cabreó y me echó la culpa. Mi respuesta, y no lo digo
con orgullo, fue entrar a la sala de ensayo un día que Ron no estaba y verter
una lata de cerveza dentro de las pastillas de su bajo Washburn, destruyendo
así una costosa pieza de su equipo.
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Descargando altavoces con Ron antes de un show.
Fotografía de Brian Lew.
Yo sabía que esto enfurecería a Ron, pero no me importaba. Mi
razonamiento era el siguiente:
Tú no me gustas, no me gusta que me culpes del robo a tu casa, no me
gusta que seas un nene de mamá, no me gusta que te salga todo bien, todo
servido en bandeja, y que no lo valores. No parece que seas uno de nosotros.
En este punto, a finales del otoño de 1982, Metallica había comenzado a
tocar regularmente en San Francisco, donde la escena del metal era mucho
menos artificial que la de Los Ángeles. El pelo y el maquillaje eran menos
importantes que la música. A la hora de tocar, Metallica era algo que nadie
había visto u oído antes. Pero siempre había lugar para mejorar. Y ahí es
donde apareció Cliff Burton.
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Detrás de escena con Metallica. Nuestra primera foto con
Cliff Burton en 1983.
Fotografía de Brian Lew.
Cliff era el bajista estrella de una banda de la Bay Area llamada Trauma.
El término solamente —«bajista estrella»— debería decirles algo, porque los
bajistas están típicamente en la base de la cadena alimentaria del rock and
roll. Los guitarristas y los cantantes están en la cima, los baterías en el medio
y los bajistas en la base. Una vez me citaron diciendo, «tocar el bajo está a un
paso de tocar el silbato», lo que de forma predecible jodió a muchos bajistas,
pero es esencialmente cierto. Por supuesto, hay excepciones a cada regla, y
definitivamente Cliff no era un pretencioso ejecutante del silbato. Era
brillante. La primera vez que lo vi tocar supe que era algo especial, también
Lars y James, por eso comenzaron a acercarse disimuladamente cuando Ron
McGovney aún estaba en la banda[4].
Valía la pena conseguir a Cliff, y creo que todos (excepto Ron) lo
veíamos como la «pieza que falta». Habíamos llegado a San Francisco como
la banda del momento, una sensación underground que rápidamente
sobrepasó a todos, incluso a los populares reyes del thrash local Exodus.
Estábamos armados y listos para disparar, con un agotador show que
incluía un hijo de puta peligroso y bocazas en la guitarra y un estilo de heavy
metal que era al mismo tiempo más rápido, más pesado y más melódico que
el de cualquiera. Éramos de verdad. Al igual que Cliff. Trauma no era gran
cosa, pero todos sabían que valía la pena ver a la banda al menos para
atestiguar la magia de Cliff con el pedal wah-wah. No es común que un
bajista destaque como la estrella de una banda, pero Cliff lo lograba, con su
melena salvaje, y su estilo de tocar musculoso y atlético. Era un innovador.
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También dudaba de unirse a Metallica o a cualquier otra banda que no
estuviera en la Bay Area. Pero Lars siguió persiguiéndolo. Casualmente
cuando Ron se fue justo unos días después del ultraje a su bajo Washburn la
puerta se abrió para que Cliff se uniera a la banda. Hubo que ceder en algunas
cosas. Cliff estaba impresionado con lo que había visto de nuestro trabajo y
estaba más que dispuesto a cambiar a Trauma por Metallica. Bajo una
condición.
Tendríamos que mudarnos a San Francisco.
Si hubo mucha oposición a esto no lo recuerdo. Todos sabíamos que Cliff
era lo suficientemente talentoso como para hacernos una petición que
ordinariamente hubiéramos considerado escandalosa: ¿Mudarnos toda la
banda? ¡Por un bajista! Así de bueno era él. Y éramos así de impulsivos,
deseosos de hacer cualquier cosa para tener éxito. Pienso que todos nos
dábamos cuenta que al agregar a Cliff podríamos ser la banda más grande del
mundo.
LA TRANSICIÓN TOMÓ unos pocos meses, en los cuales alteramos
nuestra rutina profesional y de vida en un intento de ahorrar algo de dinero
para la mudanza a San Francisco. Poco antes de la Navidad del 82 James fue
expulsado de la casa de Ron McGovney (nada sorprendente, ya que Ron no
tenía intenciones de seguir soportando a James después de haberse ido de
Metallica). Yo ya me había mudado a la casa de mi madre porque… bueno,
porque estaba en bancarrota. Así que invité a James a que viviera conmigo y
con mi madre, creando una variación de la serie Apartamento para tres con
resultados predeciblemente desastrosos. De repente tenías dos guerreros del
heavy metal viviendo con mi mamá, la tranquila ama de llaves. Decir que
estaba deprimida por todo el arreglo era subestimarla, y no solo por su
afiliación religiosa. El estilo de vida que llevábamos —el alcohol, las peleas,
la juerga— era suficiente para preocupar a cualquier padre. ¿Pero soportarlo
bajo su propio techo? No debe haber sido fácil. Especialmente cuando
comenzó a darse cuenta que no era una simple etapa de mi vida. Era bastante
bueno tocando la guitarra y me tomaba en serio el vivir de eso. Pero esa no
era la única razón por la que tocaba. No solo era pavonearme y conseguir
chochitos mientras trataba de ser famoso. Cuando sostenía una guitarra en mis
manos, me sentía bien conmigo mismo. Cuando tocaba música,
experimentaba una sensación de bienestar y talento que nunca conocí de niño.
Cuando interpretaba las canciones que me gustaban, me sentía conectado a
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ellas y a los músicos que las habían compuesto. Y cuando comencé a escribir
mis propias canciones, me sentí como un artista, capaz de expresarme por
primera vez. Tal vez mi madre sentía todo esto y por eso soportaba toda la
locura. O simplemente eso es lo que las madres hacen.
Tocando con Cliff Burton en la Mansión de Metallica (la casa
de Mark Whitaker).
Fotografía de Brian Lew.
De todas formas, por respeto a mamá (y por miedo a que me atraparan),
dejé de vender drogas y traté de ganar dinero de una forma más respetable.
Lars había conseguido un trabajo nocturno repartiendo periódicos para el Los
Angeles Times y me preguntó si quería trabajar también. Lo hice por un
tiempo, pero odiaba el horario y la monotonía del trabajo. A veces, solo para
hacerlo más interesante, Lars y yo repartíamos juntos. Andábamos en el AMC
Pacer de su madre a toda velocidad por los barrios, a veces abollando autos
estacionados o buzones. Hubo pocas imágenes más graciosas que ver a Lars
conduciendo el Pacer, que era básicamente una pecera con ruedas. Verlo
zigzaguear por la calle en uno de los autos más feos de la historia, lanzando
diarios por la ventanilla sin que le preocuparan dónde aterrizaban, era
imposible no reírse. Era como un videojuego: ¡Malvado repartidor de
periódicos danés!
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Solo faltaba que Orson Welles o James Earl Jones hicieran la narración:
«¡Metallica va a atraparte!».
Para febrero de 1983 ya nos habíamos mudado a la Bay Area,
específicamente a El Cerrito, hogar del mánager de Exodus, Mark Whitaker,
quien pronto sería mánager de gira y facilitador de Metallica. La casa de
Mark, conocida cariñosamente como la Mansión de Metallica, se convirtió en
la base para todas las cosas relacionadas con la banda. Lars y James se
mudaron enseguida y ocuparon los dos dormitorios disponibles. Yo me
conformé con una porquería de habitación que parecía una caja —sin ducha,
lavabo o refrigerador— en la casa de la abuela de Mark, a una hora de
distancia. Vivía con una conservadora de poliestireno, en la cual guardaba
todo lo que necesitaba para pasar el día… o para dos días… incluso tres. Uno
de los muchachos, usualmente Cliff Burton, pasaba en coche a buscarme por
la mañana y me llevaba a los ensayos. Cliff y yo nos acercamos bastante en
ese par de meses, simplemente porque pasábamos mucho tiempo juntos.
Íbamos y veníamos en coche, fumando la horrible marihuana que cultivaba
Cliff, hablando sobre música y escuchando música. Y no solo metal o incluso
hard rock del viejo sino cosas que nunca asociarías con Metallica. Puedo
recordar varios momentos en los cuales íbamos conduciendo, compartiendo
un porro, y cantando a los gritos canciones de Lynyrd Skynyrd.
Cuando terminaban los ensayos y los otros comenzaban a hablar de hacer
otra cosa el resto del día yo sugería seguir tocando. No necesariamente porque
adorara ensayar sino porque no soportaba la idea de regresar a quedarme solo
en aquella habitación. A veces hasta rechazaba irme; me quedaba a dormir en
el sofá durante días. Era vivir al día de forma extraña y surrealista. Ya había
estado allí antes, por supuesto; había crecido en la pobreza, pidiendo monedas
para comprar cerveza, conocía lo que era usar el mismo par de vaqueros
sucios día tras día y vivir comiendo cajas de macarrones con queso marca
Kraft solamente. Pienso que era más difícil para Lars y James. Y por esa
razón, junto con el hecho de considerarnos hermanos de armas usualmente
terminaba defendiéndolos.
Una vez, por ejemplo, estábamos todos en una fiesta, y entraron los tipos
de una banda conocida como Armored Saint. Como ocurre algunas veces en
estas situaciones, las provocaciones verbales inofensivas dan lugar a insultos
personales y desagradables, abriendo camino a la confrontación física.
Tomaron a Lars como blanco, probablemente porque era el más pequeño. No
recuerdo exactamente cómo comenzó; sí recuerdo saltar de mi silla y decirles
que dejaran en paz a mi amigo. Se rieron de mí tanto como se habían reído de
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Lars, lo cual no era una buena idea. Lars no era un luchador, pero yo sí. Tenía
entrenamiento y experiencia. Y lo principal, me importaba una mierda.
Mientras que los tipos de Armored Saint se apilaban como perros encima
de Lars, yo corrí por la habitación y le apliqué una patada a la primera
persona que encontré en mi camino. Su nombre era Phil Sandoval, y era el
primer guitarrista de la banda. Lo primero que escuché fue un sonoro ¡crack!
Como el sonido de una rama partiéndose a la mitad. Y luego el sonido de
alguien quejándose mientras Phil se caía al suelo agarrándose la parte baja de
la pierna.
Le había roto el tobillo.
Sobra decir que ese fue el final de la pelea, cuento la historia no para
alardear sino para apuntar cómo me sentía hacia Lars, James y Cliff. Habría
hecho cualquier cosa por ellos. Eran mis amigos[5].
Aunque tenía aspecto de pistolero, James tampoco se destacaba a la hora
de las confrontaciones. Una noche fui al Mabuhay Gardens, un club nocturno
en North Beach llamado comúnmente el «Old Mabuhay», con James y su
novia. Mientras estábamos fuera, esperando a que el club abriera, una chica
llegó corriendo desde un callejón cercano, sacudiendo los brazos y gritando a
más no poder.
«¡Me rompió la nariz! ¡Me rompió la nariz!».
No tenía idea de quién era o qué había ocurrido. Y no me importaba.
Instantáneamente sentí el shock de adrenalina que te da antes de una pelea.
Miré a James, no dije una palabra. Solo sonreí, y podría decir lo que estaba
pensando probablemente.
Oh, ¿qué es lo que hará este loco de mierda ahora?
Finalmente, le palmeé el hombro y le dije, «¡Vamos, amigo!».
Así que nos aventuramos por el callejón, apenas pudiendo ver algo. Yo
estaba tranquilo, pero detrás de mí, James iba gruñendo, resoplando, aullando
amenazas a medias.
«¡Voy a matarte, hijo de puta!».
Casi me provoca risa. James no estaba amenazando a nadie sino silbando
mientras pasaba por el cementerio. Ustedes saben, como cuando uno es un
niño, tratando de convencerse que no le teme a algo cuando en realidad está
por cagarse en los pantalones.
Al final del callejón había una furgoneta estacionada. Al acercarnos, con
James gritando todavía, la puerta del conductor se abrió, y bajó un hijo de
perra enorme.
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«¿Cuál de ustedes, idiotas, es el que quiere matarme?», dijo, la expresión
de su cara señalaba ebriedad o una completa falta de miedo. Tal vez ambas.
Antes de poder responder, James dio un rápido paso hacia atrás y gritó:
«¡Él!». Me di la vuelta para ver que James me estaba apuntando.
Muchas gracias, hermano…
No había tiempo de dar explicaciones. El grandote se lanzó hacia mí, y
mientras avanzaba, abrí mi mano, con el pulgar hacia abajo, y le agarré la
nuca. Luego le barrí el pie desde atrás, lo lancé al suelo, y comencé a darle
golpes de conejo en su cabeza hasta dejarlo inconsciente.
Unos minutos más tarde llegaron los polis y se llevaron al tipo esposado.
James y yo volvimos a la entrada del club, haciendo como si nada hubiera
pasado, pero por dentro me sentía bastante conmocionado. Cuando desperté al
día siguiente mi mano estaba hinchada y lastimada, como si hubiese golpeado
una pared. Cuando James me preguntó si estaba bien, simplemente asentí.
Nunca hablamos en forma explícita sobre cómo se desarrolló el incidente. No
tenía sentido hacerlo. Cada uno es como es. Y yo aceptaba a James como era.
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5
Abandonado por Alcoholica
Tocando un feroz solo en la tripa de Lars mientras evito
cuidadosamente la palanca de vibrato.
Fotografía de William Hale.
«¡Eres un malvado hijo de puta!».
S an Francisco, con su pujante escena de clubes y vigorosos fans del
metal, probó ser un lugar de cálida bienvenida para Metallica. Tocamos
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nuestro primer show con Cliff el 5 de marzo, en el Stone. El 19 de marzo
tocamos por segunda vez, en el mismo club. En medio, grabamos otra demo y
vimos crecer nuestra popularidad. Parecía que hubiéramos tomado la ciudad
en cuestión de unas pocas semanas. Nadie parecía preocupado por la
invasión; había un ambiente bastante bueno allí, con muchas bandas
persiguiendo los mismos objetivos, tocando y adorando el mismo tipo de
música, lo que se conocería como thrash metal. Los celos y la postura que
caracterizaba a la escena de clubes de L. A. estaba casi ausente en la Bay
Area, y nos conectamos rápida y fácilmente con otros músicos, en especial (e
irónicamente, según resultaría) con los de la banda Exodus. Hasta me hice
hermano de sangre con algunos de los tipos de la banda. Hermanos de sangre
de verdad, nos cortábamos las manos e intercambiábamos fluido en una
manera que, visto en retrospectiva y dado el estilo de vida que llevábamos,
solo puede ser considerado imprudente[6].
DE TODAS FORMAS, METALLICA PARECÍA estar moviéndose a
la velocidad de la luz. Una mañana de abril de 1983 salí de la cama, con los
ojos borrosos, con resaca y apestando como queso cottage podrido, y vi un U-
Haul estacionado en la entrada del garaje. Todo había ocurrido tan rápido que
desconocía la mayoría de los detalles (o francamente, no me importaban). Si
alguien se pregunta por qué me transformé en un maniático controlador más
adelante en mi carrera, bueno, la evolución tiene sus raíces justo aquí. Estaba
perfectamente satisfecho de seguir la corriente.
La demo No Life Till Leather había viajado a la deriva hacia el este, hasta
terminar en las manos de un tipo llamado Jon Zazula. «Jonny Z» era dueño de
una popular tienda de discos de Nueva Jersey llamada Rock and Roll Heaven,
que era bastante conocida por descubrir y promocionar artistas underground.
También era un aspirante a productor de discos; después de escuchar la demo,
y al ver la reacción entre sus clientes, Jonny Z le ofreció a Metallica la
oportunidad de tocar unos shows en Nueva York y sus alrededores y ayudar a
que la banda se asegurara un contrato discográfico. La mayoría de las
discusiones correspondientes a este arreglo ocurrieron sin mi conocimiento o
participación. Días más tarde, cuando llegamos a Nueva Jersey y descubrí que
mi nombre no estaba en ninguno de los contratos me puse un poco nervioso,
Lars sugirió que yo estaba exagerando.
Así que lo dejé pasar.
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Supongo que podría culpar a Lars o a James, o incluso a Mark Whitaker
por no informarme, porque así fue, pero también tengo que hacerme
responsable de fallar por no mantener el ojo en la bola. Estaba demasiado
ocupado bebiendo y reventándome. Estos tipos eran mis amigos, y a pesar de
los desacuerdos periódicos, yo confiaba en ellos.
Error mío.
Uno de muchos, como resultó ser.
Una mujer, a la que llamaré Jennifer, fue mi compañera de cama la noche
antes de que abandonáramos San Francisco. Era, en aquel momento, la novia
semiseria de Kirk Hammett, guitarrista de Exodus (como dije, compartíamos
muchas cosas con los tipos de Exodus). Jennifer era una chica bonita a la que
le gustaban los guitarristas, y ciertamente, no me molestaba estar con ella.
Mientras salía del dormitorio Lars y James estaban esperando.
«Perdón», dije. «Dadme unos minutos para ducharme. No puedo viajar
hasta Nueva York en estas condiciones».
Ellos aceptaron. Todo parecía estar perfecto. Pero no. No tenía idea de
que mi tiempo en la banda estaba llegando a su fin.
Se ha discutido mucho el orden de los eventos durante este período de
Metallica, pero aquí está lo que creo que ocurrió. En algún punto en las
semanas previas, o incluso meses, había comenzado un coqueteo; Lars y
James —Lars, principalmente— habían discutido con Kirk Hammett la
posibilidad de que Kirk se uniera a Metallica. Como no había lugar ni
necesidad de un segundo guitarrista líder, su rol estaba claro: él me
reemplazaría.
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Metallica posando en el interior de la casa de Mark.
Fotografía de Brian Lew.
En cualquier caso, nunca lo vi venir.
EMPAQUETAMOS todo en un U-Haul de siete metros y le
enganchamos la camioneta de James. A ratos tres de nosotros viajábamos al
frente, en la cabina del U-Haul. Los otros dos pasajeros, incluido Mark
Whitaker, que ahora era el mánager de gira de Metallica, dormían en la zona
de carga, donde las temperaturas subían o bajaban alternativamente y las
vibraciones hacían sacudir las paredes de metal. Era como estar dentro de un
cubo de basura. Nos detuvimos para comprar cerveza antes de recorrer una
milla de distancia, y nos mantuvimos en un estupor alcohólico la mayor parte
del viaje.
Durante las primeras cien millas nos alimentamos de la adrenalina de
embarcarnos en una nueva aventura. Recuerdo haber cruzado un puente que
unía California con Nevada y sentir la excitación del logro, como si por
primera vez estuviese haciendo algo importante con mi vida. Estaba
enamorado de la idea de que había recibido un regalo: la oportunidad de tocar
música para ganarme la vida. Y era casi como en aquella canción de Willie
Nelson, «On the Road Again», que captura a la perfección el atractivo de la
vida circense, de tocar música y actuar en frente del público. Nelson dio en el
clavo totalmente en ese aspecto de la existencia del trovador.
Pero todo envejece, ¿no es así? Después de un rato, mientras las millas
pasaban, nos cansamos y nos pusimos irritables. Cada vez que me tocaba ir a
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la parte de atrás sentía una ola de ansiedad; me imaginaba que alguien se
dormía al volante y el U-Haul se caía de un puente, y me veía ahogándome,
con los últimos momentos de mi vida dedicados a tragar aire rancio de dentro
de los tom-tom de Lars. El sol y la calidez de California dieron paso a las
nubes grises y la nieve de Utah y Wyoming. Me tocó turno al volante. Yo era
un chico surfero que había crecido conduciendo autos compactos en las
atestadas pero inmaculadas autopistas, así que este era un territorio nuevo
para mí, en más de un sentido. Nunca había conducido un vehículo comercial,
y solo en un par de ocasiones (en viajes a esquiar) había conducido en la
nieve. Así que carecía completamente de preparación para lo que ocurrió
después. Pasamos por una franja de hielo negro y comenzamos a derrapar de
costado a través de la interestatal.
En un momento todo se volvió lento, como dicen que ocurre durante un
accidente. La única forma en que puedo describir la situación es
equiparándola con el surf. Como cuando estás montando la ola y caminas
hacia la punta de la tabla, y la aleta se sale del agua dejándote sin timón. Es
una sensación de desamparo y excitación inexplicables. Y fue exactamente lo
que sentí mientras el camión de U-Haul derrapaba por la ruta fuera de control
y hacía un trompo hasta detenerse con una parte sobre el arcén y el resto sobre
el asfalto, de cara al tráfico. Todos saltamos del camión, riéndonos
nerviosamente, como cuando uno no puede creer que ha salido con vida, y
nos preparamos para continuar con el viaje. Aunque de repente un camión de
18 ruedas pasó rugiendo, desviándose en el último segundo. Y después vino
un Jeep Wrangler, justo hacia nosotros. Nos paralizamos por un momento y
luego nos movimos buscando salvarnos, justo cuando el Jeep patinaba y
chocaba contra la cabina del U-Haul. Agarré a Mark Whitaker en el último
segundo, sacándolo de la trayectoria del Jeep y tal vez salvándole la vida al
mismo tiempo.
Afortunadamente, nadie salió herido. El Jeep fue remolcado y nosotros
llevamos nuestro camión a otro centro de U-Haul, donde nos dieron un
vehículo de reemplazo. Pero nuestro ánimo había cambiado. Había menos
risa, más hostilidad. Le podría haber ocurrido a cualquiera de nosotros.
Estábamos todos borrachos y drogados, y todos carecíamos de la habilidad
para conducir un camión a través de los pasos nevados de las montañas. Por
desgracia era yo quien estaba detrás del volante en ese momento, así que el
peso del incidente —la culpa— cayó sobre mis hombros. Durante el resto del
viaje me sentí como un paria[7].
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Una noche, mientras dormía en la parte de atrás, golpeamos un bache y
unos fragmentos de óxido se desprendieron del techo del camión. Sentí que
caían sobre mi cara, y cuando miré hacia arriba para ver qué pasaba, el óxido
cayó en mis ojos. El dolor era insoportable. Eso, combinado con el delirio de
la dieta de alcohol y patatas fritas, me provocaron un ataque de pánico.
Ron Quintana, James, and yo.
Fotografía de William Hale.
«Chicos, tenemos que parar», dije. «Necesito ir a un hospital, ahora».
Ellos no accedieron.
«Vas a estar bien, hombre», dijo Lars. «Vuelve a dormir».
Discutimos por varias millas. Cuando paramos para cargar combustible,
llegué al punto de llamar a mi madre y contarle que las cosas no estaban
saliendo bien; hasta le pregunté si me mandaría dinero para regresar a casa.
Eso sonó como una locura, lo sé, pero así me sentía en aquel momento.
Asumiré mi parte de responsabilidad en todo esto. No siempre era un tipo
fácil de tratar. Pero sé que si los roles se hubieran invertido, si hubiesen sido
Lars o James los que hubieran necesitado ver a un doctor por cualquier
motivo, yo habría conducido el U-Haul al hospital más cercano.
Inmediatamente. La bebida obviamente jugaba un papel importante en todo
esto. Pero yo no era el único que bebía. Por eso nos llamaban «Alcohólica».
Un nombre que duró, incidentalmente, mucho tiempo después de mi partida.
DESPUÉS DE UNA SEMANA en la carretera, llegamos a Old Bridge,
Nueva Jersey, hogar de Jon Zazula. No tengo idea de cómo Jonny Z le vendió
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sus planes a Lars, o qué le habría dicho antes de que saliéramos de San
Francisco. Si lo que esperábamos era un promotor de la hostia o un ejecutivo
de compañía discográfica en ascenso, lo que nos tocó fue otra cosa por
completo. Jonny Z y su mujer vivían en una casita de dos pisos en un aburrido
barrio suburbano. Más allá de un auto oxidado y otros desperdicios de basura
blanca el patio estaba libre de cualquier otro tipo de paisaje.
En realidad, Jonny Z tenía poco en su currículum. Pero tenía las pelotas
bien puestas, y era lo bastante inteligente como para ver que Metallica tenía
algo que valía la pena. Aun así, qué decepción. Jonny Z nos había prometido
una bienvenida de héroes.
«Esperen hasta llegar a mi casa», nos había dicho. «Tendremos un bar
completo y una cena con filetes para celebrarlo».
Puede sonar como algo pequeño, pero la idea de ese filete nos había
mantenido avanzando durante la mayor parte de la semana anterior. Me
imaginaba a Jonny Z en el patio de su mansión, junto a la piscina, asando en
una Weber gigante. Habría licor del mejor y sábanas de seda en la suite para
huéspedes. Cuando hubiéramos llegado a la casa de Jonny Z no habría duda
de que Metallica había alcanzado el éxito, eso me imaginaba.
En lugar de eso, lo que conseguimos fue un solo trozo de solomillo de
segunda, cortado en tiras y repartido entre toda la pandilla, y un puñado de
patatas asadas del tamaño de nueces, acompañado con botellas de siete onzas
de Michelob. Recuerdo haberme sentido avergonzado por toda la situación, y
casi sintiendo pena por Jonny Z, quien claramente era alguien diferente de lo
que había propuesto ser. Justo cuando pensaba que la velada no podía
empeorar más, Jonny Z abandonó la mesa y se disculpó.
«Lo siento, chicos, ahora tengo que irme».
Miré el reloj en la pared del comedor. Seis PM.
¡Tienes que estar bromeando! Cruzamos el país, casi me quedo ciego por
los fragmentos de óxido, nos estamos muriendo de hambre, hartos y
exhaustos… ¿y tú tienes que irte a otro lugar?
Me preguntaba si tal vez Jonny Z tenía otra reunión, quizá con un cliente
más importante. Otra banda, tal vez. Eso no hubiera sido tan terrible, al menos
habría dado la impresión de que el tipo en realidad tenía algo de peso en la
industria. Tal vez estábamos en buenas manos después de todo.
Nada de suerte. La verdad era más desconcertante.
Jonny Z dijo que estaba en arresto domiciliario nocturno. Tenía que estar
en una casa a media manzana.
«Me descubrieron», explicó encogiéndose de hombros.
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«¿En serio?».
«En serio».
Por lo que sé, esto no era más que una supuesta broma por parte de Jonny
Z; en realidad pensó que esto nos impresionaría de alguna manera. De todas
formas, aquella reunión inicial dejó mucho que desear. No podía creer que
este tipo fuese ahora el responsable del éxito o fracaso de Metallica.
LOS PRIMEROS días en Nueva Jersey se fueron borrosamente.
Estuvimos de fiesta sin parar, cogimos comida gratis de donde fuera posible y
generalmente perseguimos la decadencia con un fervor que superaba al que
habíamos tenido en San Francisco. Las fiestas eran feroces y a veces
peligrosas. Recuerdo una noche en aquellas casas de dos plantas, que se
parecían a la del La morada del miedo. Estábamos escuchando música cuando
de pronto la noche dio un giro y el alcohol y la cocaína fueron reemplazados
por el cristal de metanfetamina. Incluso en aquel entonces, cuando me creía
virtualmente indestructible, esa era una de las pocas drogas que en realidad
me asustaban; era una porquería maligna. La había probado un par de veces
en San Francisco, y me parecía completamente desagradable. A alguna gente
realmente le gustaba. Era considerada la cocaína de los pobres, con apenas el
mismo efecto acelerador pero a una fracción de su precio. Pero qué
asquerosos efectos secundarios tenía. Para mí, el cristal de meta era una línea
en la arena que no había que cruzar. Debe sonar extraño que lo diga un adicto
a la cocaína y a la heroína. Pero es la verdad. A la hora de provocar
comportamiento aberrante y de poner en riesgo la vida de quien lo usa el
cristal de meta tenía su propio universo. La gente habla de diferentes drogas,
y es verdad que cada una lleva su propia etiqueta de advertencia,
metafóricamente hablando. Pero la etiqueta de la metanfetamina debería ser la
más gráfica. ¿La mierda que le ponen, y la gente que la cocina? Estamos
hablando de chicos de doce años que la mezclan en su bañera. O peor.
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Lars y James grabando un anuncio imaginario de ron Captain
Morgan, aunque pronto tendrían cofres de tesoro verdaderos.
Fotografía de William Hale.
Cualquiera con medio cerebro debería saberlo. Y aun así, el cristal de
meta estaba en todas partes. James conoció una chica cuando llegamos a la
Costa Este. Me di cuenta enseguida que era una adicta a la metanfetamina.
Tenía la mala piel —rubicunda, la piel picada de viruelas, forúnculos y otras
lesiones— eso viene con el uso habitual del cristal de meta. No es tanto la
droga en sí la que causa las erupciones, sino la mierda tóxica que usan para
completar la receta.
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¡Damas y caballeros… Cliff Burton! Estaba orgulloso de tocar
con él.
Fotografía de William Hale.
Francamente, no entendía el gusto por eso. Yo prefería desfasar con cosas
orgánicas —trataba de meter en mi cuerpo cosas que hubiesen sido destiladas
o cosechadas, nada más—. Qué puedo decir, —todos tenemos nuestros
límites—.
A PESAR DE SU OBVIA falta de influencia en el negocio de la música,
Zazula había hecho su tarea en lo que concernía a Metallica. Digan lo que
quieran del tipo —él vio una oportunidad y la aprovechó—. Al poco de haber
llegado a Nueva Jersey hicimos un recital de promoción en su tienda de
discos, que se encontraba en un gran mercado de pulgas techado en el cercano
East Brunswick. No puedo decir que la idea de tocar en un mercado de pulgas
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nos hiciese sentir como estrellas de rock —parecía un retroceso después de lo
que habíamos experimentado en San Francisco—. Pero mi opinión cambió
rápidamente cuando llegamos a la tienda. Había cientos de chicos haciendo
cola, comprando nuestras demos y esperando por una oportunidad de conocer
a los miembros de la más nueva, más pesada y más caliente banda de heavy
metal del mundo: Metallica.
No tengo ni idea de cuánto dinero se movió aquel día, y ciertamente no vi
un solo centavo de él. Realmente no me importaba. Solo sé que nos quedamos
durante horas firmando camisetas, cintas, posters, álbumes… lo que fuera.
Para cuando nos fuimos, me di cuenta del enorme cambio de paradigma que
había ocurrido. Al estar de pie en aquel mercado de pulgas, rodeado de fans
adoradores, me sentí como una estrella de rock.
Era todo increíblemente excitante y desorientador, y vagamente
incómodo. Habíamos estado pasando hambre durante días y de pronto la
gente nos arrojaba comida. Recuerdo haberme visto en el espejo una mañana,
al levantarme, y notar que mi estómago estaba grotescamente hinchado. Por
supuesto, el hecho de que la mayor parte del tiempo me la pasaba borracho y
drogado debe haber tenido algo que ver con eso. La fiesta nunca se detenía. El
alcohol, la cocaína, la marihuana, la metanfetamina —estaban por todas
partes, y solo tenía que pedirlas—. Lo mismo con las groupies, cuya calidad y
cantidad parecían mejorar cada día. Hacíamos una aparición o un recital, o
simplemente caíamos en una fiesta, y todos querían estar con nosotros.
Una de las últimas veces que toqué en San Francisco con
Metallica.
Fotografía de William Hale.
«¡Eres un malvado hijo de puta!» me gritaban.
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Yo asentía en aprobación. Era un malvado hijo de puta. Y estaba
orgulloso de serlo.
Durante la primera semana más o menos nos quedamos en el sótano de la
casa de Jonny Z. Por el momento él toleraba nuestro imparable descontrol,
probablemente porque había invertido tanto en nuestro éxito. Así al menos
podía vigilarnos. Aunque pronto resultamos ser demasiado para él. La gota
que colmó el vaso fue haber descorchado y bebido una botella de champán
antigua y muy especial, que los Zazula guardaban en el mueble bar desde el
día de su boda. Después de eso, Jonny Z nos echó. Bueno, no fue así
exactamente. En realidad sugirió que para que todos estuviéramos contentos
nos convenía mudarnos a un espacio habitable, encima de nuestra sala de
ensayo, un lugar llamado el Music Building en Jamaica, Queens. Lo llamó un
«espacio habitable», pero no era un apartamento o algo parecido. Era una
gran habitación vacía, sin frigorífico, ni ducha. Solo tenía un lavabo y un
tostador. Los cinco —Mark Whitaker estaba allí, también— vivíamos de una
nevera que llenábamos con cerveza y paquetes de pasta a la boloñesa. Esa era
la dieta. Nos despertábamos a media mañana, comíamos, bebíamos un poco
para sacarnos la resaca, pasábamos el rato y luego nos dormíamos otra vez.
Nos despertábamos de nuevo con la caída del sol, como una horda de jodidos
vampiros, y comenzábamos a tocar. Ensayábamos durante unas pocas horas y
después bebíamos hasta desmayarnos. Al día siguiente hacíamos todo otra
vez.
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Sin duda dándole caña a la guitarra. James cantando detrás de
mí.
Fotografía de William Hale.
Enjabonar, enjuagar, repetir.
Ese era el ritmo de nuestras vidas.
Durante este período trabamos amistad con los muchachos de la banda
Anthrax. El Music Building era su hogar también, aunque solo durante las
horas del día, cuando ellos ensayaban. Soy amigo de alguno de esos tipos
hasta el día de hoy, incluido el guitarrista Scott Ian. En aquel entonces
Anthrax era una banda distinta a la que es ahora —menos pulida, menos
refinada, con una alineación diferente— pero eran interesantes igualmente, y
recuerdo haberlos visto tocar algunas veces y pensar que las cosas les iban a
salir bien. La camaradería que habíamos conocido en la Bay Area estaba
ausente en Nueva York, pero tuvimos una pizca de eso con Anthrax. Un día
entré al estudio y comencé a hablar con Danny Lilker, bajista y miembro
fundador de la banda (junto con Scott). Aún recuerdo la mirada en su cara —
una mezcla entre diversión y lástima— mientras hablábamos. Solo puedo
imaginarme que aspecto tendría yo… y el olor.
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«¿Tronco, quieres venir a mi casa y darte una ducha?».
No necesitaba preguntármelo dos veces. Por el camino paramos en una
pizzería y Danny me compró un par de porciones. Era algo pequeño tal vez
pero fue un gesto de amabilidad que me pareció completamente genuino, y
nunca lo he olvidado.
Mientras tanto, en el Music Building, la mierda clandestina continuaba.
Era totalmente ignorante del plan maestro de Metallica, si es que algo así
existía. Ciertamente, no tenía idea de que mi tiempo en la banda estaba por
concluir, y que los planes para mi despido ya estaban en movimiento. Es
evidencia de mi ingenuidad —o tal vez de mi complacencia inducida por el
alcohol— que aunque cosas extrañas ocurrían yo fallaba en tomar acciones al
respecto. Un día estábamos conduciendo por ahí, bebiendo y fumando hierba,
siguiendo con la fiesta (o eso creía), cuando de pronto paramos en la casa de
un tipo para ver sus equipos musicales. Este fulano tenía una pila de
porquerías, amplificadores de segunda, Fender Bassmans, y yo no entendía
por qué estábamos interesados en eso. Yo ya tenía bastante equipo —cosas de
alta calidad—.
«¿Qué hacemos aquí?» le pregunté a Lars.
Él se encogió de hombros. «Siempre hacen falta más equipos».
James y Lars terminaron pidiéndole prestada una pila de mierda a este
tipo. De repente, la primera vez que tocamos en Nueva York, mis
amplificadores estaban del lado del escenario de James, y los amplificadores
de porquería estaban de mi lado. Me dieron una excusa mentirosa como
explicación, y yo me la tragué sin pelear. Pero en mi corazón sabía que algo
andaba mal. El péndulo se mecía de un lado a otro, y solo era una cuestión de
tiempo hasta que me cortara la piel.
Toqué solo dos shows con Metallica en Nueva York, en noches
consecutivas. El primero fue el 8 de abril de 1983, en el Teatro Paramount de
Staten Island. El segundo fue el 9 de abril, en el L’Amour de Brooklyn. Las
dos noches compartimos escenario con Vandenburg y los Rods. Según
recuerdo ambos shows salieron bien. Steve Harris de Iron Maiden estuvo
entre el público, y me dijo más tarde lo mucho que había disfrutado mi forma
de tocar; no era un cumplido menor, considerando la fuente.
Después, como era nuestra costumbre, todos salíamos a beber. Esa era
nuestra forma de celebrar. También era nuestra forma de consolarnos.
Bebíamos cuando estábamos felices, bebíamos cuando estábamos tristes.
Bebíamos para matar el aburrimiento. Bebíamos en busca de inspiración y
consuelo.
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Bebíamos. Mucho.
A esa altura se había transformado en un patrón. Cuanto más bebíamos,
más variaban nuestras personalidades. Esto ya lo he dicho, pero Lars y James
se ponían raros, y por raros quiero decir bobos —infantiles—. Cuanto más
bebían más tontos se ponían. Conmigo era otra historia. Cuanto más bebía,
más buscaba una salida para mi furia y frustración. Quería salir y hacer daño.
Así que aquella noche no estaba fuera de lo ordinario. Lo he pensado varias
veces, he tratado de recordar algún incidente específico que hubiera
provocado lo que pasó, pero sigo sin conseguirlo. La noche terminó como
siempre, con nosotros cinco desmayados en el suelo del Music Building,
borrachos y sexualmente satisfechos, demasiado adormecidos para que nos
importara una mierda el precio que pagaríamos al día siguiente.
Me parece interesante que la ejecución se demorara más de veinticuatro
horas. No sé por qué, pero por alguna razón esperaron hasta el lunes para
darme la noticia. Pasamos juntos el domingo, recuperándonos de la resaca,
dándonos palmaditas en la espalda por haber puesto de rodillas a Nueva York
en noches consecutivas. Luego ensayamos un poco, bebimos otro tanto, y nos
desmayamos otra vez. Cuando desperté el lunes por la mañana (11 de abril),
estaban de pie sobre mí, los cuatro, con una gran resignación marcada en sus
caras. Mis cosas estaban detrás de ellos, empaquetadas y listas para salir.
James y Cliff eran en esencia dóciles y evitaban la confrontación, así que
su rol era básicamente de apoyo. Fueron Lars y Mark los que tomaron la
iniciativa.
«¿Qué ocurre?» pregunté.
«Estás fuera de la banda», dijo Lars, sin un atisbo de emoción. «Coge tus
cosas, te vas ahora mismo».
No supe qué decir. A pesar de todos los presagios me sorprendió. Todo
por lo que había trabajado, todo lo que habíamos logrado —juntos— se
derrumbaba frente a mí, y no podía hacer nada al respecto. Sentí como cuando
estaba en la escuela primaria, cuando las cosas estaban fuera de mi control y
cada día era una pesadilla vertiginosa.
«¿Q-Qué, sin advertencia?». Contesté. «¿Sin segunda oportunidad?».
Se miraron entre ellos, y lentamente comenzaron a negar con la cabeza.
«No», dijo Lars. «Se terminó».
Pelear parecía inútil. De todas formas no estaba dispuesto a someter la
poca dignidad que me quedaba suplicando por mi puesto. Si estaban tan
seguros —y obviamente así era— no tenía sentido tratar de hacerles cambiar
de opinión.
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«OK», dije. «¿Cuándo sale mi avión?».
Hubo una larga pausa mientras intercambiaban miradas. Lars me entregó
un sobre.
«Aquí tienes tu billete de autobús», dijo. «Te vas en una hora».
He tenido varios días malos en mi vida, pero este permanece como uno de
los peores, al lado del día en que murió mi padre. De hecho, este me dolió
más.
«OK», dije. «Pero no usen mi material».
No me refería a los amplificadores o a cualquier otro equipo (todo eso
tardó semanas en cruzar el país), sino a algo más precioso. Algo más
personal.
Mis canciones.
Ellos asintieron con la cabeza y lentamente se apartaron. James fue
elegido como el chófer designado, probablemente porque era mi amigo más
cercano dentro de la banda. Tiramos mis cosas en la parte trasera de la
camioneta y salimos de Queens en silencio, directos hacia la terminal de
buses de Port Authority. Apenas si hicimos contacto visual mientras
cruzábamos la ciudad. James ha cultivado una imagen de dureza y machismo
con el paso de los años, pero yo hace tiempo que lo conozco. Sé quién es en
su interior. Cuando me dejó en la terminal, había lágrimas en sus ojos. Ambos
estábamos sufriendo.
«Cuídate», me dijo.
«Sí».
Nos abrazamos por última vez, y luego me aparté y caminé por la
terminal. No miré hacia atrás. Solo cuando me senté en la sala de espera me di
cuenta de algo importante: estaba jodidamente en bancarrota. Sin un dólar a
mi nombre. Tenía que encarar un viaje de cuatro días en bus de Nueva York a
California sin comida, agua, nada. Solo llevaba una bolsa de ropa sucia y mi
guitarra. Por qué no pudieron darme unos pocos billetes —dinero de
supervivencia— para el viaje, no lo sé. Tal vez no se les ocurrió. De todas
formas pasé los cuatro días siguientes en el infierno de un pordiosero,
pidiendo monedas, aceptando cualquier sobra de parte de los compañeros de
asiento, una donut por aquí, unas patatas por allá. Más de una persona se
apiadó de mí. Es interesante lo amable que puede ser la gente cuando no te
conoce, cuando no tienen ninguna razón para ayudarte o confiar en ti, cuando
estás en lo peor de la resaca y a punto de sufrir abstinencia porque no puedes
pagarte una bebida, y apestas a sudor y alcohol. Pero esas personas están allí,
y cuando te los cruzas recuperas tu fe en la humanidad.
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Y no era que estuviese particularmente interesado en verle el lado bueno a
la vida en aquel momento… o incluso por un largo tiempo. En un momento
estaba sentado en la parte trasera del bus, mi estómago rugía, mi cabeza
palpitaba. Vi un pasquín en el suelo. Lo levanté y comencé a leerlo, solo para
pasar el rato realmente. Resultó ser un volante del senador por California
Alan Cranston. La discusión se centraba primeramente en los peligros de la
proliferación nuclear. Por alguna razón, una línea en particular resaltaba:
«El arsenal de la megamuerte no puede desarmarse a pesar de los
tratados de paz».
Dejé que eso nadara por mi cabeza dolorida unos minutos —«el arsenal
de la megamuerte… el arsenal de la megamuerte»— y luego, por alguna
razón que no puedo explicar, comencé a escribir. Usando un lápiz prestado y
un envoltorio de muffin escribí la primera letra de mi vida post Metallica. La
canción se llamó «Megadeth» (dejé de lado la segunda «a»), y aunque nunca
se hizo un camino para terminar en un álbum, sirvió como base para la
canción «Set the World Afire».
No se me ocurrió que Megadeth —megamuerte, según el Senador
Cranston, referida a la pérdida de un millón de vidas como resultado del
holocausto nuclear— pudiera ser un nombre genial para una banda de thrash
metal. Pero bueno, no estaba mirando tan lejos en aquel momento.
Solo quería llegar a casa.
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6
Construyendo la bestia perfecta: Megadeth
Esta es una visión inusual para mí. Por una apuesta con David
Ellefson, me convertí en el cantante de Megadeth una
Nochevieja. No tengo ni idea de qué le pasa a mi boca, pero
aquí es donde empezó el «gruñido».
Fotografía de Harald O.
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Tronco, si quieres ser un gran músico, tienes que
probar la heroína. Vas a ver. Es como regresar al
vientre materno.
C uando regresé a California estaba básicamente destrozado. Había
perdido a mis mejores amigos, mi banda, mis ganas de vivir.
Prácticamente hablando, había perdido mi identidad, la cual se había
mimetizado con la de Metallica. Yo era la cara de una banda que ahora no
tenía. Estaba con las manos vacías.
Sin otro lugar a donde ir me arrastré a casa de mi madre, quien ahora
estaba mal de salud (moriría siete años más tarde, de una fallo en el corazón).
La humillación que sentí al regresar a aquella casa, a la misma habitación
donde James y yo habíamos vivido brevemente, era casi insoportable. Cada
mañana traía un marcado recuerdo del fracaso.
Durante un tiempo, debo admitir, solo hubo depresión y lástima de mí
mismo. Mamá me alimentaba, me daba un lugar donde dormir, y por las
noches buscaba el consuelo de los viejos amigos y conocidos. Pero esto
también era incómodo, porque el círculo había incluido a los chicos de
Metallica. Ahora que ellos no estaban y yo había regresado todo parecía
difícil de explicar. Estuve una noche con mi amiga Heidi, ahogando mis
penas en el alcohol, cuando la conversación giró hacia Metallica.
«Renuncié», dije. «Esos tipos estaban empezando a irritarme».
Heidi me conocía hace años. No había forma de que pudiera mentirle.
Meneó la cabeza y se rio.
«Vamos, Dave. Sabes que no renunciaste. Ellos te echaron».
Me quedé helado. «¿Quién te dijo eso?».
«Lars», dijo Heidi. «Me llamó la semana pasada».
Incluso entonces Lars era ágil para estos menesteres —en lo que
respectaba a su reputación o la reputación de su banda no dejaba nada al azar
—. Así que meticulosamente había contactado con la gente que teníamos en
común para asegurarse de que recibieran su versión de la historia. Fue justo,
creo, ya que yo era igualmente culpable de tratar de tergiversar la verdad a mi
favor.
De todas formas saber que Lars me había estado criticando a la distancia,
mientras Metallica avanzaba con su carrera, sirvió como un factor de
motivación poderoso. En aquel momento, sentado frente a Heidi, viendo
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lástima en sus ojos por haberme descubierto en mi mentira, sentí vergüenza.
Pero también estaba cabreado, mucho.
«OK, tienes razón», dije. «Ellos me echaron. Pero iba a renunciar de todas
formas. Quiero comenzar mi propia banda».
Esa era una verdad a medias. No sé si me habría ido de Metallica, pero sí
creo que estábamos destinados a separarnos. Y al darle voz a un nuevo sueño
—«quiero montar mi propia banda»— al menos estaba haciendo… algo.
Durante los próximos meses el sueño se transformaría en obsesión
gracias, no en menor medida, a una corriente interminable de publicidad que
rodeaba al nacimiento de un nuevo tipo de heavy metal, uno tipificado por el
sonido de una banda de garaje de Nueva York nacida en California:
Metallica.
Imagínense mi estado de shock cuando el álbum debut de Metallica, Kill
’Em All, fue lanzado en el verano del 83, y cuatro de mis canciones estaban
incluidas: «The Four Horsemen» (antes llamada «Mechanix»), «Jump in the
Fire», «Phantom Lord» y «Metal Militia». Las mismas cuatro canciones que
habían sido incluidas en la demo No Life Till Leather. Los créditos
compositivos fueron alterados para reflejar cambios hechos a las canciones
durante el proceso de grabación y, especulo, para minimizar mi contribución.
Cada una de esas canciones era mía por completo, y aun así James o Lars (o
ambos) se llevaron una parte del crédito por las cuatro canciones. En cada una
mi nombre fue puesto al final para que, por ejemplo, los créditos
compositivos de «Jump in the Fire» se leyeran de la siguiente manera:
Hetfield/Ulrich/Mustaine.
Escuché esas canciones con una mezcla de perplejidad e indignación. No
podía creer que hubieran usado mis canciones después de haberme echado de
la banda. Nunca me llamaron, nunca me pidieron permiso. Simplemente lo
hicieron. Sugerir que las modificaciones hechas a esas canciones reflejan una
atmósfera colectiva o una división de labores más balanceada es igualmente
impreciso. El día después de que me hubieran despedido de Metallica Kirk
Hammet estaba en Nueva York, ocupando mi lugar en el Music Building,
haciendo un prueba para ocupar mi lugar en la banda y reproduciendo los
ardientes solos de guitarra que yo había creado, solos que todavía hoy se
mantienen como la génesis del thrash metal.
¿Pensaron que no lo notaría?
¿Pensaron que sería fácil hacerme a un lado?
Probablemente no. Seguramente se imaginaron que nunca lograría nada, y
por ende no presentaría desafío alguno para ellos.
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Pero estaban jodidamente equivocados.
CONSTRUIR LA BESTIA perfecta —en este caso la banda perfecta—
lleva tiempo. No quería apresurarme y tomar a los primeros que me cruzara,
sin reparar en su personalidad y compromiso. Teniendo en cuenta lo que sabía
del negocio de la música y lo que aprendería más tarde no pienso que sea
posible evitar los conflictos y choques dentro de la estructura de una banda. A
la larga habrá problemas, como en cualquier familia. Por lo menos quería
encontrar un grupo de músicos que fueran talentosos y ambiciosos. Estaba
buscando sangre. Quería patearle el culo a Metallica, y no lo podía hacer con
un grupo de principiantes. La misión era demasiado importante para los
diletantes.
En el primer show de Megadeth en 1983, en el Ruthie’s Inn de
Berkeley, California. En este show tenía un cinturón de balas
y granadas de mentira. Quería dejar claro el mensaje.
Fotografía de Harald O.
Para ganar un poco de autoestima e independencia, me sumergí otra vez
en el mundo del trabajo, un lugar que hacía tiempo que no había visitado. En
lugar de regresar a la vida chupaalmas (y francamente peligrosa) del vendedor
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de drogas, me fui a trabajar como televendedor. Este sería mi último trabajo
«real», y ha estado en el espejo retrovisor por más de un cuarto de siglo. Era
un trabajo horrible, casi tan aburrido y deprimente como puedan imaginarse, y
solo tolerable gracias a la gente «colorida» con la que trabajaba. Mi
supervisor era una mujer llamada Marjorie. Marjorie, bendito sea su corazón,
entendía instintivamente que la gente a su cargo estaba allí, principalmente,
porque no tenían otra opción. Ninguno de nosotros aspirábamos a la grandeza
en la televenta. Solo necesitábamos nuestro cheque de pago. Marjorie era una
jefa exigente pero justa. Caminaba por la oficina en un estado de molestia casi
permanente, pero te daba la sensación de que en realidad era una buena
persona. Simplemente era… quejica. Pero divertida también, al estilo de una
militante feminista (piensen en Jeaneane Garofalo).
La mitad de las veces llegaba drogado, o me drogaba en mi «descanso de
fumador». Marjorie lo sabía, hasta lo esperaba, y realmente no le importaba:
quiero decir, ¿cuán lúcido hay que estar para marcar el teléfono y que te
cuelguen del otro lado? Marjorie estaba fascinada por la cultura de la
marihuana que se filtraba en su oficina, y en uno de mis últimos turnos hasta
me llamó aparte y dijo, «¿tío, puedes conseguirme algo de hierba?».
Claro que podía. Y lo hice. Unos cuantos de nosotros nos ahumamos
juntos, y luego renuncié para volver a ser un guitarrista. A tiempo completo.
Aunque estaba lejos de ser un genio de la televenta, hice suficiente dinero
para comenzar de nuevo y en mi propio apartamento, en la avenida Vernon,
en Hollywood. Los primeros dos tipos en mi nueva banda —que por poco
tiempo llevó el nombre de Fallen Angels— se llamaban Robbie McKinney y
Matt Kisselstein. Robbie, quien me había ayudado a entrar en la televenta,
tocaba la guitarra. Matt, otro televendedor, tocaba el bajo. Ambos eran buenos
chicos, con algo de talento, pero podía anticipar que nuestro emprendimiento
no iba a durar. Nos faltaba la química, la energía, la chispa —o como quieran
llamarlo—, aquello que le da vida a una banda en su infancia. Pero eso estuvo
bien. A través de mi amistad con Robbie conocí a una joven mujer llamada
Diana Aragon, de la que me enamoraría y con la que tendría una relación de
más de siete años[8]. Mi objetivo en aquel entonces era armar una banda, a
cualquier precio, y luego mejorar sus partes según la necesidad, hasta obtener
la máquina de pelear más pesada y cruel posible. Me llevó su tiempo, pero
creo que finalmente lo conseguí. Y aquella banda, al igual que la primera
encarnación de Megadeth, fue un paso necesario en aquel viaje.
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ME DESPERTÉ UNA mañana, con la usual resaca, por el golpeteo
rítmico de un bajo. No el sonido grabado de un bajo viniendo desde un
estéreo o grabador, sino un bajo de verdad, que venía del apartamento en el
piso inferior al mío. Cuando eres músico —incluso si no lo eres— puedes
distinguir la diferencia; lo sientes en tus huesos, especialmente cuando saliste
la noche anterior y tu cabeza te late, y lo único que quieres hacer es dormir
para que se te pase.
Buomp… Buomp… Buomp… Buomp…
Me tiré de la cama, golpeé el suelo con mi pie y grité, «¡Cállate!».
Buomp… Buomp… Buomp… Buomp…
Una y otra vez, una de las más simples y famosas líneas de bajo en la
historia del rock: la introducción de «Runnin’ with the Devil», de Van Halen.
Buomp… Buomp… Buomp… Buomp…
Pateé el suelo otra vez. Aún no tenía respuesta. Me arrastré hasta la cocina
y abrí una ventana.
«¡Ey! ¡Cállate coño!».
Buomp… Buomp… Buomp… Buomp…
Ya había tenido suficiente. Tomé una planta y su maceta que estaba sobre
la ventana y la arrojé hacia abajo. Esta explotó sobre el equipo de aire
acondicionado del apartamento vecino. Con eso fue suficiente. La música —
tal cual era— se detuvo.
Regresé al dormitorio, me cubrí con las sábanas y me preparé para dormir
unas horas más cuando me interrumpió una llamada a la puerta.
Vaya… estos tipos están buscando problemas.
Fui otra vez hacia el salón y abrí la puerta de entrada. Allí, frente a mí,
encontré a dos de los chicos menos desafiantes que uno pudiera imaginarse.
Ambos vestían vaqueros acampanados y zapatillas altas de tela, con chaquetas
de cuero baratas que se veían como las que se compraban en QVC por 29,95
dólares —ya saben, las que tienen el cinturón por el medio, para poder añadir
la caja de pescador opcional o el parche de Trout Unlimited—. El que se veía
más joven de los dos tenía cabello castaño claro y largo. El otro chico se
estaba quedando calvo prematuramente, con solo un mechón de cabello en la
coronilla, y además tenía una nuez de Adán protuberante lo que lo hacía ver
como Beaky Buzzard, el buitre triste de los Looney Tunes.
Antes de que pudiera gritarles, el de cabello largo me sonrió.
«Ey, tronco. ¿Sabes dónde podemos conseguir unos cigarrillos?».
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Di un portazo, y apenas alcancé a decir «hay una tienda en la esquina»
antes de que la puerta se cerrara en sus caras.
No pasaron más de dos minutos antes de que golpearan otra vez a la
puerta. Ahora realmente me estaba cabreando. Caminé hacia la entrada de
nuevo y respondí a la puerta, esta vez preparado para pegarle a alguno de los
dos un puñetazo en la cara.
«Ey», dijo el más joven, aun sonriendo. «Ehhhhh… ¿eres mayor como
para comprar cerveza?».
Eran simultáneamente irritantes y entrañables. Y qué diablos, un poco de
priva no sonaba mal a esas alturas.
«OK», dije sonriendo. «Ahora sí nos entendemos».
Bajamos a la tienda de la esquina y compramos un pack de Heineken, y en
las horas que siguieron comenzamos a cultivar una amistad que evolucionaría
en compañerismo. El de cabello largo se llamaba David Ellefson, hijo de un
granjero de Jackson, Minnesota. David había llegado a Los Ángeles con la
intención de estudiar música en un lugar llamado el Musicians Institute, que
estaba situado a una manzana de mi edificio de apartamentos. Puede que al
Musicians Institute lo tuvieran en alta estima en algunos círculos, pero para
mí era objeto de desprecio, era la clase de lugar donde se aprendía a tocar
covers de Toto para fiestas de boda o graduación. Aunque para David podría
haber sido la academia Juilliard. O eso le dijo a sus padres. Mientras que su
hermano Elliott se quedaba en Minnesota y ayudaba a administrar la granja
familiar, David viajaba a California para perseguir su sueño de ser músico.
Sus padres le dieron su bendición, una tarjeta de crédito y lo dejaron ir. No
debe haber sido fácil para ellos, pero supongo que se sentían respaldados al
saber que al menos su hijo estaba inscrito en un respetable programa
académico, en una buena institución de aprendizaje superior.
Salvo que no lo hizo. David nunca cursó en el Musicians Institute. En
lugar de eso, después de haber viajado en la furgoneta familiar hasta
Hollywood, él y unos pocos amigos de la escuela secundaria (incluido Greg
Handevidt, el de la nuez de Adán prominente) se dedicaron al solitario oficio
de tratar de tener éxito en el mundo de la música. Cuando los conocí apenas
tenían 18 años y ni la más mínima idea de qué hacer. Pero eran realmente
adorables.
Nos sentamos durante horas aquel primer día, arrojando latas vacías de
Heineken, hablando sobre tocar, compartiendo lo que nos gustaba y lo que se
refería a la música. David y Greg habían estado en una banda en Minnesota
llamada The Killers (por alguna razón imagino que había una pequeña pero
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pujante escena metalera en el norte del medio oeste), que estaba influida, por
supuesto, por Iron Maiden, así que yo conocía algo del material que habían
estado tocando. Les copié algunos de los trucos, les mostré lo que podía
hacer. Podría decir que estaban impresionados. Yo era un poco mayor que
ellos y a pesar de mis retrasos recientes tenía más experiencia en el negocio
de la música. Sería demasiado decir que era como un hermano mayor para
ellos, pero definitivamente me transformé en el líder del pequeño caldo de
cultivo de nuestra banda: Mustaine y los chicos de Minnesota.
No pasó mucho hasta que invité a David y Greg a que se unieran a mi
nueva banda. Ambos aceptaron alegremente la invitación. David y yo nos
hicimos buenos amigos desde el principio, y el hecho de que realmente era un
buen bajista hizo la transición aún más fácil. Greg era un poco más
problemático. Era un buen tipo, y no era un mal guitarrista, pero tenía una
imagen tan incómoda e inusual. No en un mal sentido —solamente era un tipo
que desesperadamente necesitaba una transformación rock ’n’ roll—. La
mitad de la batalla hubiera estado en que le creciera el pelo. Puede que no
suene como una gran cosa, pero era importante para mí. Tenía una imagen
precisa de cómo debería verse mi banda —de cómo debería verse cualquier
banda de heavy metal— y eso no incluía cabezas peladas y cuero. Sí, ya sé,
los fans de Judas Priest pueden decir lo contrario, pero es un hecho que las
cabezas rapadas y el cuero representan algo que no me entusiasmaba adoptar.
A cada uno lo suyo, ¿les parece? Yo quería una imagen más tradicional para
hacer juego con nuestro sonido superduro y fuera de lo convencional. Íbamos
a ser la banda más rápida, más ruidosa y más peligrosa de la historia, y
teníamos que vernos así.
Greg no se veía así.
Greg se hizo amigo de un tipo que trabajaba en la firma de televenta y
desapareció en la oscuridad.
Así que Greg salió de la banda. Siguió siendo parte de nuestro círculo de
amigos por un tiempo, hasta que eventualmente regresó a Minnesota y se unió
a otra banda. Mucho más tarde, después de abandonar el sueño de la música,
como casi todos hacen en algún punto, se dedicó a trabajar en una funeraria.
O eso escuché.
Así que quedamos Junior y yo. «Junior» —así llamaba a David Ellefson
—. Después de invitarlo a tocar en la banda decidí que no podíamos tener dos
tipos llamados Dave. Era demasiado confuso.
«¿Cuál es tu segundo nombre?». Le pregunté.
«Warren».
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«No, hombre, eso no va a funcionar. ¿Qué tal si lo acortamos? Te
podemos llamar “War”, ya sabes, jugando un poco con tu herencia
escandinava, la mierda vikinga y todo eso».
A mí me sonaba bastante bien. David no estaba de acuerdo.
«Está bien. Pero no voy a llamarte Dave. De ahora en adelante serás
Junior».
Y así lo he llamado por casi veinte años.
Al principio dudaba de mi propia habilidad como cantante así que
trajimos a un vocalista llamado Lawrence «Lor» Kane. Lor no estuvo mucho
tiempo en la banda, pero hay que dar crédito cuando corresponde: fue Lor
quien sugirió Megadeth como nombre para la banda. Ocurrió una noche,
cuando estábamos dando vueltas en coche, hablando sobre el nombre
correcto. Lor sabía que yo tenía escrita una canción titulada «Megadeth» y
pensó que también serviría como un buen nombre.
Y tenía razón. Así que gracias por eso, Lor.
También teníamos una puerta giratoria para los baterías. El primero fue
Dijon Carruthers, cuyo padre era un actor ambulante llamado Ben Carruthers,
quien en su currículo incluía haber actuado en Doce del patíbulo. Dijon era
alto y larguirucho, de complexión suave y comportamiento relajado. Era
difícil decir mucho sobre él, salvo por el dato obvio de que era un batería
fantástico. Era un tipo extraño y misterioso. Dijon dijo ser descendiente de
españoles, pero realmente no parecía español. Ocasionalmente escribía letras
que eran bien retorcidas y sádicas, para nada esperables de alguien cuyo
músico favorito era el violinista italiano Paganini. Una vez, en un ensayo,
apareció usando un sombrero de peregrino y lo que parecía ser una peluca; no
nos ofreció explicación alguna. Y tampoco esperábamos que nos la diera.
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Una de las primeras fotos en vivo de mí y de David «Junior»
Ellefson, mi mejor amigo durante casi dos décadas.
Fotografía de Harald O.
De todas formas una noche, cenando en la casa de Dijon, entra un tipo con
un bajo sobre el hombro. Abrió la puerta delantera, cruzó la casa como si
fuese el dueño, solo saludó moviendo la cabeza y escupiendo un «ey, tío».
Miré a Dijon. Parecía sentirse incómodo.
«¿Quién carajos es ese?» pregunté.
«Oh… ese es mi hermano».
Eso cayó por sorpresa, ya que el tipo que había entrado era negro, y se
suponía que Dijon era español. Y ahí estaba el misterio de Dijon Carruthers.
Su hermano era Kane Carruthers, el bajista de una banda llamada los
Untouchables. Resultó ser que Dijon tenía herencia mestiza.
Esta revelación probó ser un obstáculo insalvable en mi relación con
Dijon. No sé si estaba avergonzado por su linaje o si pensaba que yo era un
racista. De todas formas, el daño estaba hecho. Me importaba lo más mínimo
si Dijon era negro o blanco, pero lo que sí me preocupaba era que hubiera
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mentido sobre algo tan elemental. Esto tenía que ver con quién era él y cómo
se presentaba, y si no podía confiar esta información a Junior o a mí,
entonces, ¿cómo podíamos confiar en él?
El siguiente fue un batería llamado Lee Rausch, otro gato extraño que
tocaba bastante bien pero que tenía serias rarezas de personalidad. El apodo
de Lee era Jughead[N. del E. D.], así que probablemente se imaginan cómo se
veía, y usualmente hablaba de su fascinación con el satanismo. Bueno, debido
a mis antecedentes y los años que pasé metido en la brujería y la magia negra,
sabía qué es lo que pasaba con eso. Y eso cambió completamente la forma en
que veía a este tipo. Sabía que no tocaríamos juntos por mucho tiempo.
Aunque yo no era cristiano, ciertamente no quería ser satanista, ni regresar al
asunto casualmente.
Aunque no fui exactamente estricto en mi postura; de ahí el breve
coqueteo de la banda con Kerry King. Kerry, por supuesto, era uno de los
miembros fundadores de Slayer, una banda de thrash metal que, al igual que
Megadeth, nació a principios de los 80 en Los Ángeles. Aunque ya habían
ganado un grupo sustancial de seguidores en el underground cuando yo
todavía estaba tratando de armar mi banda, Slayer aún no había recibido el
apoyo de una discográfica importante. Me imaginé que Kerry, un guitarrista
talentoso, podría estar abierto a la posibilidad de unirse a nosotros, al menos
por poco tiempo, mientras tratábamos de encontrar un segundo guitarrista.
Muchas veces Slayer ha sido erróneamente considerada una banda satánica, y
Kerry frecuentemente (y también equivocadamente) tildado de satanista. Hoy
en día él se refiere a sí mismo como un ateo, aunque nuestras visiones
divergentes en temas tales como la religión y la música han provocado un
distanciamiento (a falta de otro término) que solo se ha enfriado
recientemente.
Aunque en aquellos días yo no tenía problemas con Kerry. Era un
guitarrista muy joven, pulcro y ambicioso, hijo de un comisario, y no tomaba
alcohol o drogas. Y aun así estaba en una banda llamada Slayer. Quién lo
diría. Mientras él estaba en Slayer y yo trataba de armar Megadeth salíamos
juntos bastante y nos hicimos buenos amigos. Le enseñé un montón de cosas
con la guitarra, incluido el infame Tritono del Diablo, un intervalo musical
complicado que incluye tres tonos. El Tritono del Diablo requiere cierta
destreza, pero es interesante primeramente por el folclore que lo acompaña.
Durante un tiempo en la Edad Media el Tritono del Diablo fue prohibido por
la Iglesia Católica; supuestamente los músicos que no respetaban este edicto
eran castigados severamente y a veces decapitados. Si estas historias son
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verdaderas no lo sé, pero su existencia era suficiente para inspirar a que
legiones de guitarristas de heavy metal incorporaran el Tritono a sus
canciones. Kerry no lo conocía, pero después de que se lo enseñé se
transformó en un gran fan, y ahora casi cada canción de Slayer incluye esa
sucesión de acordes.
Kerry de hecho se unió a Megadeth para unos pocos shows en San
Francisco durante la primavera de 1984. Aún buscábamos un segundo
guitarrista pero no queríamos perder la oportunidad de tocar, así que le
pedimos a Kerry que ocupara el puesto. En parte, yo tenía la esperanza de que
él abandonara Slayer y se uniera a Megadeth de forma permanente. Pero eso
no ocurrió. Estuvo lejos de ocurrir, en realidad.
Nos preparamos para esos shows en una sala de ensayo de L. A.,
manejada por un tipo llamado Curly Joe. Este lugar era la central de las
fiestas. Fuimos allí una noche y el estudio estaba lleno de gente drogada y
fuera de control. Recuerden que se trataba del comienzo de los 80, cuando la
cocaína era no solo socialmente aceptable sino también una porquería fuerte
en serio. Yo ya era un fiestero formidable a estas alturas así que nada me
parecía chocante. Pero la escena dentro de la sala era verdaderamente
perturbadora. Entramos y la juerga era al mismo tiempo obscena y aterradora,
como algo sacado de la película En el fondo del abismo (situada en los 80 no
por casualidad), donde abrías la puerta y un tipo con una máscara de cerdo
tenía la cara entre las piernas de otro tipo.
«¡A la mierda!».
Salimos de allí a la carrera, corriendo por las escaleras porque no
queríamos esperar el ascensor. Al final de las escaleras, pintada con aerosol
en la pared, había una esvástica gigante junto con las palabras: Curly Joe es
un hippie judío.
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Yo, Chris Poland y David. Obviamente estoy tocando un solo.
Fotografía de Harald O.
Jodidos y corriendo por nuestras vidas (o eso pensábamos) nos apilamos
contra la puerta de salida, causando que Lee Rausch tropezara y se rompiera
un pie. Faltaba una semana para nuestro primer show en San Fransisco y Lee
naturalmente quería cancelarlo, pero yo lo convencí de lo contrario.
«Cuando llegue el momento del show, te cortaremos el yeso», sugerí. «Al
día siguiente puedes hacer que te enyesen otra vez».
El show debe continuar, ¿correcto?
Pero cuando a Lee le sacaron el yeso su pie estaba negro, jodido hasta
parecer irreconocible.
«Oh tío, eso es espantoso», dije. «¿Estás seguro de que puedes tocar?».
Lee asintió, subió al escenario e hizo un trabajo loable. Más que eso en
realidad. Me refiero a que toco dolorido. Lee debe haber sido uno de los tipos
más duros que he conocido. Aunque aquel incidente le pasó factura, creo. O
tal vez algo más. De todas formas cuando regresamos a Los Ángeles, Lee
anunció que se iba para encontrarse a sí mismo, en busca de un significado
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más profundo de la vida. La última vez que lo vi Lee se subía a su camioneta,
cantando y actuando como el tipo más feliz del mundo.
Nunca volví a hablar con él.
ASÍ QUE, UNA VEZ MÁS, Megadeth necesitaba un batería. Lo
encontramos en la persona de Gar Samuelson. En aquel momento David
Ellefson y yo trabajábamos juntos en un lugar llamado Mars Studio, y allí fue
donde «entrevistamos» a Gar. Si es que puedo decir que fue una entrevista.
Gar era un chico increíblemente dulce con grandes ojos somnolientos y labios
gruesos, me recordaba al actor Don Knotts, especialmente la caricatura de
Don Knotts (como en Un pez con gafas, por ejemplo). Había diferencias, por
supuesto —Gar tenía pelo largo y una lenta y casi gutural forma de hablar—.
Pronto sabría que Gar era adicto a la heroína, y ese hecho más que nada
pintaba su existencia día a día. Pero a pesar de todos sus problemas Gar era
una persona genuina, simpática, y tenía el don de animar a la gente que lo
rodeaba.
En el día de su audición y entrevista Gar llegó al estudio Mars
completamente drogado. Para que pudiera ser capaz de encarar la cita Gar
tendría que haber consumido heroína con mayor anticipación. Al parecer,
respetar los tiempos era fundamental en la vida del adicto (como pronto
descubriría yo). Presumo que Gar había planeado drogarse más temprano y
así alcanzar un estado de lucidez relativa al momento de la cita con sus
potenciales compañeros de banda (y empleadores). Pero como no lo había
hecho en su momento, y probablemente había ingerido un poco más de lo
normal, el proceso había evolucionado de una forma diferente. Gar había
pasado rápidamente de «Aahhh», hacia «Uppps», hasta «Oh, mierda… me
estoy durmiendo».
Cuando entré a la sala para conocer a Gar estaba sentado en una silla con
la cabeza colgando, sus ojos revoloteaban, un cigarrillo pendía de sus dedos.
El cigarrillo se había consumido hasta el filtro; pude ver que ya le había
quemado la piel. Gar no lo había notado.
«Guau, esto va a ser divertido», le dije a Ellefson. «El tipo es un sádico o
algo así. ¿Qué sigue, la aguja gigante?».
Caminé un poco por la habitación, miré a Gar, traté de medirlo… traté de
imaginarlo en Megadeth. Lo primero que noté (después del cigarrillo, por
supuesto) era su calzado. ¡Zapatos de ballet! Tuve una reminiscencia de mis
días en Metallica, cuando tocamos en una pista de patinaje con una banda
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llamada Ratt, y uno de sus empleados llevaba zapatos de ballet. Algo de eso
me parecía mal. Si eres guitarrista y te vistes como una chica entonces no eres
un tipo del metal, eres un travesti metalero. No tienes lugar en Metallica, no
tienes lugar en Megadeth. Si vas a ser metalero, tienes que respetar el estilo
de vida, y ese estilo de vida no incluye sentarte frente al espejo y ponerte
delineador y lápiz labial —¡ni zapatillas de ballet!—. Es como decir que te
pones lapiz de ojos para ser pescador. Eso no pasa. No debería pasar en
realidad.
Cualquier duda que hubiese tenido sobre Gar se disipó después que
despertó y comenzó a tocar. En pocos segundos supe que era el tipo indicado
para sustituir a Lee Rausch. Gar generaba esos ritmos de batería con
influencia de jazz que inmediata e instintivamente desafiaban mi forma de
tocar la guitarra. Técnicamente era una maravilla —usaba ambas manos para
crear una técnica mixta que era a la vez ostentosa y efectiva—. El estilo de
Gar, aleccionado por años de entrenamiento jazzístico, se volvió una gran
parte de los primeros dos discos de Megadeth. Durante un tiempo, en los
primeros días, cuando la gente me pedía que describiera el tipo de música que
hacíamos, yo decía, «somos una banda punk, orientada hacia el jazz, con
alguna influencia clásica». Lo decía para desorientar a la gente, pero en
realidad no estaba lejos de la verdad.
GAR CAPTÓ la atención de Megadeth a través de Jay Jones, un
proveedor de cocaína que se transformó en nuestro mánager. Jay era un
personaje extraordinariamente raro, con un cráneo que era desproporcionado
para su cuerpo (piensen en Pedro Picapiedra) y una voz como la de Ratso
Rizzo. Todo vocales torcidas y un tono nasal. Cada oración parecía comenzar
con un
«Ey, tíiiiiio».
No quiero dar a entender que Jay fuera incompetente o que nosotros
fallamos al revisar su currículum antes de ponernos en sus manos. Hicimos
algo de investigación previa. No mucha. Jay tenía algunas credenciales. Había
estado involucrado con algunas bandas punk conocidas, entre ellas los Circle
Jerks, y también con algunos artistas en el extremo de lo que luego se
conocería como hip-hop. Jay tenía algunas ideas interesantes; era más que
solo un vendedor de drogas y drogadicto.
Pero también era ambas cosas.
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Solíamos estar juntos, viajando desde el estudio hasta el lugar a donde a
Jay le daban la heroína. Conseguía heroína mejicana barata que había sido
cortada con crema para zapatos a algo así. Tenía un tinte púrpura, así que
cuando la aspirabas y después pasabas tu mano por la nariz te quedaba una
marca marrón mierda en la mano. Las manos de Jay estaban siempre
manchadas con esas líneas, y él no se preocupaba ni se daba cuenta. ¿Por qué,
se preguntarán, permitimos que un vendedor de cocaína y adicto consumado
fuera nuestro mánager? Es simple: tenía habilidad de vendedor, nena. Tenía
discurso.
También tenía fácil acceso a cocaína y heroína, lo que significaba que
Megadeth tenía fácil acceso a cocaína y la heroína, un hecho que fue ganando
importancia mientras la banda crecía.
Jay está muerto ahora, y la forma en que expiró fue tan escandalosa como
la forma en que vivió. Su padre había estado en el ejército y había estado
involucrado en algún tipo de accidente con explosivos, lo que lo había dejado
discapacitado permanentemente. Jay y su hermano nunca abandonaron el
hogar familiar e incluso compartieron un dormitorio hasta la mediana edad.
Con camas superpuestas, ni más ni menos. Tenían dos perros grandes, sucios
y sarnosos que compartían el dormitorio con ellos. Y un barril de croquetas
para perro en una esquina. Así que se pueden imaginar cómo debería oler esa
habitación cuando Junior y yo íbamos de visita. Pasábamos por lo de Jay, y si
él estaba en su habitación y teníamos que esperar, nos quedábamos fuera de la
casa, que era como una perrera; o peor, en su dormitorio, que olía como la
entrada de servicio de una clínica veterinaria; te daban arcadas de solo cruzar
la puerta.
Algunos años más tarde, mucho después de que dejara de trabajar para
Megadeth, Jay Jones fue apuñalado hasta morir con un cuchillo para untar
mantequilla durante —se rumorea— una pelea por un sándwich de Bolonia.
Eso no es gracioso, por supuesto. Pero si hubieran conocido a Jay nada de
esto les hubiera sorprendido.
Gracias a Jay Megadeth consiguió su batería. En los meses siguientes
descubrimos bastante sobre Gar Samuelson —algunas cosas eran buenas,
otras no tanto—. En el lado positivo era, como se ha dicho, un virtuoso sobre
los tambores. En el lado negativo su adicción era más profunda de lo que
habíamos sospechado. Gar y Jay hacían un formidable tándem de jodidos, y
con los dos ahora tan arraigados en la banda era solo cuestión de tiempo hasta
que la cocaína y la heroína superaran al alcohol como las drogas predilectas
en Megadeth.
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Recuerdo haber estado en casa de Gar un día, pasando el rato, cuando la
conversación derivó hacia el uso recreativo de las drogas y un debate
filosófico sobre los méritos de sustancias particulares. Químicamente
hablando, yo estaba lejos de ser virgen. Podría ser descrito como un
alcohólico funcional, al que también le gustaba fumar hierba, aspirar alguna
línea de coca ocasionalmente y experimentar con otras drogas. Había poco
que no hubiera probado. ¿Pero heroína?
Nunca.
«No entiendo por qué les gusta esa mierda», dije. Gar se rio. «¿Te refieres
a la heroína?».
«Sí. ¿Qué tiene de genial?».
Negó con la cabeza y sonrió con conocimiento. «Tronco, si quieres ser un
gran músico, tienes que probar la heroína. Verás, es como regresar al vientre
materno».
Regresar al vientre materno…
Eso sonaba bastante bien. Y mierda… yo quería ser grande. Acto seguido,
me incliné sobre la mesa y me metí una línea de heroína en la fosa nasal. Era
una cantidad pequeña, así que no hizo gran efecto, solo una sensación cálida,
seguida por una corta siesta.
Cuando desperté, Gar y su hermano estaban encorvados sobre el fogón de
la cocina, silenciosos, con los ojos cansados y fumando crack. Recuerdo
verlos y pensar, Guau, esto es estúpido de verdad.
«No lo descartes hasta que lo hayas probado», dijo Gar, dando risitas
como un niño.
Confesión total: ya había fumado cocaína una vez, cuando estaba en
Panic. Fue una noche en que teníamos programado un recital y no me sentía
bien. A uno de los tipos de nuestro entorno (no un miembro de la banda,
aclaro) le gustaba la pasta base, y me sugirió que la probara. Es mejor que el
Tylenol, dijo. Una calada y el dolor de cabeza se irá. Pero aquello era pasta
base, no crack; no sabía cuál era la diferencia hasta que me uní a Gar y su
hermano junto al fogón.
Le di una única calada e inmediatamente sentí como si el mundo entero
hubiese desaparecido bajo mis pies. La habitación comenzó a girar
furiosamente, y de repente me encontré yendo hacia el baño. Abrí la puerta,
caí de rodillas y vomité en el inodoro. Me quedé allí en el suelo unos minutos,
haciendo arcadas, sudando, tratando de recuperar mi equilibrio.
Nunca más, lo juro por Dios… nunca más.
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Y luego pasó. La náusea y el mareo desaparecieron, reemplazados por la
euforia más increíble que hubiera experimentado, y en ese momento
preciso… lo entendí. Capté exactamente por qué Gar y su hermano tenían las
caras sobre el fogón. Entendí lo que era la heroína y por qué querría mezclarla
con el crack. Ahora todo tenía sentido. Estos tipos venían del jazz, y en el
mundo del jazz… bueno, todo vale. No todos los músicos de jazz son adictos,
obviamente, pero en mi experiencia, no hay rincón en el universo de la
música donde el consumo de drogas duras sea tan habitual —y aceptado—.
Incluido el heavy metal. Como he dicho en el metal nos gusta beber; en el
jazz la heroína estaba en todos lados. Y ahora había sido adoctrinado.
No recuerdo haber sentido arrepentimientos por esta transición, al menos
no al comienzo. Todo lo contrario. Esto era una mancha más en el tigre. Las
estrellas de rock se drogaban y yo era una estrella de rock. Ahora fumaría
crack y aspiraría heroína —lo había hecho en el mismo día, ¡qué más!— lo
que según mis cálculos, me ponía más cerca de ser Jimi Hendrix o Keith
Richards. Olviden por un momento que Hendrix ya estaba muerto y que Keith
se veía peor que muerto. La cuestión con ser drogadicto es que no todo es pis
y vómito. A veces es realmente muy divertido, en una forma retorcida, al
estilo Trainspotting. Hasta que se sale de control, lo que invariablemente
sucede, y luego se lleva tu jodido corazón y alma, y todo lo demás que tengas
para dar.
El descenso era lento al comienzo, principalmente porque Gar y Jay
(como el resto de nosotros) estaban siempre en bancarrota así que nunca había
suficiente heroína o crack a disposición, nunca la oportunidad de volverse
loco con eso. No era raro llegar a los ensayos y ver a Gar con cara triste y las
manos en los bolsillos. Luego te dabas cuenta que le faltaban las baquetas de
su batería. O los timbales. O incluso la batería completa.
«Gar, tío, ¿dónde diablos están tus instrumentos?», le preguntaba.
Simplemente se encogía de hombros de esa forma tan inocente que te
daban ganas de abrazarlo y cuidarlo en lugar de darle una bofetada por ser tan
estúpido.
«Lo lamento, Da-vey», diría arrastrando las palabras. «Tuve que
empeñarlos para ponerme bien».
«Ponerse bien» era un eufemismo. Era la frase usada para describir que se
recuperaba de la abstinencia. Si tenías heroína te sentías bien; si sabías dónde
conseguir heroína y tenías el dinero para comprarla, te ponías bien. Teníamos
un tipo —un vendedor, o un «conducto»— llamado Rug Doctor[N. del E. D.].
Durante mucho tiempo me costó entender su apodo, tampoco me importaba
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particularmente, mientras pudiera mandarme lo que necesitaba o ir a casa, o
como sea que quieran decirlo. Luego supe que su apodo venía de su habilidad
de poner bien a la gente, de «levantarlos de la alfombra», que era donde
estabas cuando te sentías mal y pasabas abstinencia. Cuando eres adicto a la
heroína eso pasa casi todos los días. Cada momento en el que estás despierto
lo pasas buscando, aspirando, fumando, inyectándote. Lo que sea para
eliminar los síntomas de la abstinencia.
HE TENIDO momentos en mi vida en los que he estado relativamente
sobrio, pero era como en aquel chiste de vaqueros:
¿Qué queda cuando un ladrón de caballos borracho se pone sobrio?
Un ladrón de caballos.
Yo era un guitarrista frustrado, que había tenido una historia de mala
suerte al crecer, y que para lidiar con mi dolor, ira y soledad me
automedicaba. Pero realmente no había encontrado soluciones hasta que
comencé con la heroína. Para mí, la heroína fue la solución mágica. Cambió
mi forma de mirar el mundo. Mató todo el dolor, incluso más que el alcohol.
Beber atizaba mi cabreo. Cuando consumía heroína me calmaba. De joven
nunca habría anticipado que me transformaría en adicto. Y menos adicto a la
heroína. Era un Testigo de Jehová, y todavía puedo recordar la edición del
Watchtower con su doloroso y serio mensaje antidrogas, y la foto de un adicto
en la tapa, un viejo sucio y fétido, cargando su jeringa en una tapa de botella
oxidada.
Pero así no era como se drogaban los adictos, a menos que estuvieran
encerrados en una prisión turca o algo así. La heroína era una droga mucho
más accesible y corriente de lo que me habían hecho creer. Mucho más
traicionera también. Consumes un poco de heroína y el cerebro se confunde.
Dice, «hmmmm, hoy parece que no necesitamos producir dopamina. ¡Ya hay
bastante en el sistema!». Así que el cerebro le ordena a la glándula pituitaria
que se tome unas vacaciones. Mientras sigas alimentando al cuerpo (y por
ende al cerebro) con más derivados del opio, el engaño continúa. Pero aquí
está el problema: si el mecanismo natural del cuerpo para producir dopamina
(y endorfina) se apaga por un día, y luego es reiniciado, te vas a sentir un
poco molesto. Si se apaga por tres días, te da síndrome de abstinencia.
Estaba dispuesto a pagar el precio, asumiría cualquier riesgo involucrado.
Francamente, todo parecía ser parte del paquete. Era un rebelde del rock ’n’
roll en una banda caliente. Tenía una novia hermosa y una reputación musical
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en expansión impulsada por el hecho de que el ambiente del heavy metal
sabía de mi rol en Metallica.
Uno de los que conocía mi reputación era Chris Poland, un guitarrista que
previamente había tocado en una banda de jazz fusión de L. A. con Gar
Samuelson. Los dos, de hecho, habían sido compañeros de escuela en Buffalo
(de ahí el nombre de su banda: los New Yorkers), y habían venido a
California buscando fama y fortuna y Dios sabe qué más. Chris, como Gar,
era amigo de Jay Jones.
«Tíiiio, tienes que ver a este tipo», dijo Jay. «Tocaba con Gar y es
jodidamente espectacular».
Jay tenía razón en aquel punto. A diferencia de Gar, que era naturalmente
retraído y casi anémico en apariencia, Chris era robusto y ambicioso. Vino y
se presentó espontáneamente después de un show de Megadeth y básicamente
pidió un lugar en la banda. Al ver a Chris por primera vez me sorprendió que
se viese tan sano, dada su relación con Jay y Gar. Me esperaba otro enfermizo
drogadicto del jazz. Pero tanto en apariencia como en comportamiento Chris
era fuerte, en parte debido a que los padres de su novia, llamada Lana, eran
dueños de una flota de puestos de burritos («vagones de gusanos», les
decíamos), que trabajaban para obras en construcción por toda la ciudad. Así
que Chris rara vez tenía problemas para conseguir comida (o para «ponerse
bien»), a menos que entrara en crisis con la novia, o ella tuviese problemas
con su padre (lo cual eventualmente ocurriría. La vida del adicto pocas veces
sigue una línea recta).
Escuché a Chris durante unos diez minutos antes de decidirme. El tipo era
un guitarrista con una destreza impresionante —mucho mejor que yo en aquel
entonces, eso seguro— y al igual que Gar, con instrucción en el jazz, lo que le
agregaba un matiz particular a su forma de tocar. Igual de importante era el
hecho de que ya tenía química con Gar de haber tocado juntos en otra banda y
por ser amigos durante años. Eso era importante para mí, en especial después
de lo desagradable que fue mi ruptura con Metallica. Ansiaba esa cercanía.
Siempre he dicho que cuando uno está en una banda con alguien, tocando
música juntos, la cercanía no puede ser mayor… a menos que tengas sexo con
el otro. Ahora bien, la verdad es que muchos tipos que están en una banda
tienen sexo con sus compañeros de forma indirecta: haciendo trenes con las
chicas, teniendo sexo grupal, compartiendo novias… porque, ya saben,
cuando estás en una banda nada es «mío» y todo es «nuestro».
Pero estoy divagando.
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Nuestro primer telón de fondo para Megadeth.
Fotografía de Harald O.
Volviendo a lo anterior, Chris era casi la pieza perdida perfecta. Así que
ahí mismo le ofrecimos el puesto.
Luego nos fuimos todos a emborracharnos para celebrarlo.
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7
Misión: romper todas las reglas del Hombre y de
Dios
Un buen modelo de conducta y un mal modelo de conducta.
Fotografía de Ross Halfin.
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«Y, por cierto, cuando veas a tu guitarrista dale las
gracias por comerme el coño».
J ay Jones se ocupó de nosotros, por decirlo así.
Aparecía en el Mars Studio casi a diario, cerca del mediodía, justo
cuando Ellefson y yo nos quitábamos la modorra. Para ayudarnos a limpiar
las telarañas Jay nos llevaba a un lugar llamado Norm’s, un comedor social
realmente grotesco, donde por 5.99 dólares te servían una porción de carne
seca, patatas (en puré, horneadas o fritas), una guarnición de lechuga marchita
y un bol de gelatina como postre. Oh, sí —y un vaso sin fondo de té helado o
limonada—. La comida era horrible, pero no nos quejábamos. Había mucha y
no pagábamos. Es increíble lo poco que necesitas para sobrevivir cuando eres
joven y persigues tus objetivos, los nobles (el éxito artístico) y los que no (la
dosis diaria de heroína o cocaína).
Aprendimos a comer por centavos cada día. A Jay no le molestaba pagar,
aunque tenía poco dinero, ya que Megadeth era su boleto a una mejor vida. Y
pienso que en realidad le gustaba nuestra compañía —éramos una fiesta
ambulante en aquel entonces y Jay era nuestro proveedor—. Después del
almuerzo íbamos a un pub cercano, donde Jay completaba su transacción
diaria, nos daba un globo de heroína y todos nos poníamos bien, justo a
tiempo para comenzar a ensayar. Cada uno tenía su método preferido para
drogarse. Yo comencé esnifando heroína, luego (como con la cocaína) pase a
fumarla, lo que da una intoxicación más rápida y más intensa. Gar y Chris
Poland eran más experimentados; los dos eran consumidores de vía
intravenosa cuando los conocimos. Aunque la adicción es adicción, y no
intento minimizar o distorsionar mi capacidad para autodestruirme, podía ver
desde el principio que inyectarse heroína era un juego totalmente diferente y,
francamente, demasiado aterrador para mi gusto. Me he inyectado heroína
solo un par de veces. No me gustó como me sentía, no me gustaban las agujas
y tampoco la cultura que lo rodeaba (eso de compartir agujas). Me parecía
peligroso e insalubre y, bueno, asqueroso.
Que fuéramos capaces de hacer música —a veces música genial—
mientras vivíamos de esta manera aún me parece una maravilla. Pero lo
hicimos. Éramos jóvenes, ambiciosos, talentosos e indestructibles. O eso nos
decíamos a nosotros mismos. Previo a que Chris se uniera a la banda
habíamos grabado una demo de tres canciones («Loved to Death», «The Skull
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Beneath the Skin» y «The Mechanix») que rápidamente había comenzado a
abrirse camino en la red subterránea de distribución e intercambio de cintas,
similar a lo que No Life Till Leather había resultado para Metallica. Tocamos
por toda la costa del Pacífico, principalmente en L. A. y San Francisco,
montando shows feroces que a veces eran brillantes y otras veces un desastre,
pero nunca aburridos. En este punto el primer disco de Metallica ya era un
éxito y la banda comenzaba a tener su momento. Yo trataba de no prestarle
atención, pero era difícil (y se haría aún más difícil). En las entrevistas, Lars
Ulrich solía menospreciar mi contribución en Metallica, describiéndome
alternadamente como un guitarrista temporal o como un mero segundón.
Hasta más de una vez criticó mi forma de tocar. Bueno, eso era más de lo que
podía soportar. Si quieres decir que era un borracho, está bien. Era un
borracho. Si quieres decir que era problemático, OK. Era problemático.
Debería haber cambiado mi comportamiento. Pero no mientas sobre mi
habilidad para tocar; no sugieras que no fui un partícipe importante en todo lo
que la banda logró en su etapa embrionaria. Sin mis canciones y mis solos —
sin mi energía— no sé si Metallica hubiera llegado a ser la banda que era.
Una declaración atrevida por mi parte, tal vez, pero ahí la tienen. Y estaba
cabreado con razón porque Lars no era capaz de tener la mínima cortesía de
ser respetuoso.
Pasquín de uno de los primeros conciertos de Megadeth.
Respondí en la forma más cortante y juvenil que me fue posible. Durante
el par de años siguientes, mientras Megadeth se hacía su propio hueco
batallando con Metallica por la supremacía del thrash metal los periodistas y
los presentadores de radio solían pedirme entrevistas. Invariablemente,
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desviaba con calma cualquier discusión sobre Lars, a veces hablando en
danés.
«Godmorgen», decía con una sonrisa.
El complejo que arrastraba desde mi niñez se volvió más pesado a medida
que Megadeth crecía en reputación. Nuestros shows en vivo, combinados con
la demo, provocaron un interés natural de parte de las compañías
discográficas. Mi objetivo era llegar a un trato con un sello grande desde el
principio, pero se hizo visible en poco tiempo que no teníamos lo necesario
para que eso sucediera. Mejor dicho, no podíamos lograr que se hiciera en
nuestros términos.
Durante un viaje a Nueva York tuvimos un breve coqueteo con una
discográfica de las grandes. En aquel momento, el director de A & R de la
compañía era un hombre gay y carismático, bastante declarado en su
orientación sexual. Puedo decir con cierto grado de certeza que si bien sabía
mucho sobre su negocio también era un personaje intensamente extraño y
agresivo. Lo pude apreciar durante una noche en el Limelight, un club
popular de Nueva York. Este ejecutivo nos llevó allí como parte del viaje de
reclutamiento y definitivamente tuvo el efecto deseado. Una de las primeras
personas que vi cuando entré fue al guitarrista de The Cars, que era una banda
de primera línea en ese momento. «Let the Good Times Roll» fue una de las
primeras canciones que aprendí cuando tocaba en una banda de secundaria,
así que no pude más que sonreír cuando pasé a su lado pensando, hombre, lo
logré —¡estoy aquí con el tipo de The Cars!—.
Como solía suceder en los clubs de Nueva York en los 80, terminamos en
el baño esnifando rayas de cocaína. Y justo entra el ejecutivo de la compañía.
Ya había salido con él antes, así que sabía de su prodigiosa capacidad para la
fiesta, pero este incidente en particular me pilló por sorpresa. Caminó hasta
nosotros, sacó un par de píldoras de su bolsillo (éxtasis, supongo), las puso en
nuestras bocas y luego trató de sellar el trato con un gran beso.
Junior, el muchacho del medio oeste alejado de su casa, se quedó de pie
con la cara congelada. El ejecutivo de la discográfica, mientras tanto, se reía
como un demente. Yo apenas logré decir un débil «¡¿qué coño?!».
No sé si esto era lo que el tipo consideraba una broma, o solo su forma de
hacer que los invitados pasaran un buen rato. Tal vez, pensé, él esperaba que
este fuera el primero de una larga lista de favores mutuos. Yo no pensaba
entrar en ese juego. Si conseguir un trato con un sello importante significaba
que tenía que introducirle mi pene en el culo a algún tipo… bueno, entonces
Megadeth seguiría el camino independiente.
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Primero nos reunimos con representantes de Enigma Records, una
compañía pequeña con una lista bastante fuerte de artistas en su cartera.
Como no cerramos trato, fuimos a hablar con Combat Records, un sello
independiente de Long Beach que en menor medida formaba parte del
imperio Sony. Representando a Combat en la reunión estuvo Cliff Cultreri,
vicepresidente de la compañía.
Cliff era accesible. Nacido y criado en Nueva York, era ancho de cintura y
hablaba con el tono nasal de Adam Sandler, parecía más interesado en ser
nuestro camarada que en asumir el rol de ejecutivo discográfico. Según
recuerdo Junior y yo estuvimos un tanto arrogantes durante la reunión. Ya nos
habían cortejado distintos sellos, grandes y pequeños, y más golpeaban a
nuestra puerta. Parecía difícil que fuéramos a terminar la reunión sin firmar
contrato. De hecho, apenas cinco minutos después de abandonar las oficinas
de Combat Records, Cliff Cultreri salió corriendo a la calle, gritando,
«¡esperen, esperen!». Cuando nos alcanzó, su cara estaba roja y cubierta de
sudor, su respiración agitada. Por un momento pensé que le iba a dar un
infarto.
«Llamé… a… Nueva York», dijo Cliff agitado. Supuse que se refería a la
central de la compañía, pero no alcanzó a explicarse. Probablemente porque
estaba exhausto. O demasiado entusiasmado. Tal vez las dos cosas. «Ellos…
quieren… contratarlos».
Así que firmamos con Combat Records, y no tardaron mucho en aparecer
los cerdos del negocio del espectáculo, olfateando, tratando de aprovecharse
de nosotros, enseñándome por qué tenía que contar los dedos de mi mano
cada vez que saludaba a alguien, y por qué debía mantener mi espalda contra
la pared. Esta educación llevaría tiempo. No me interesaban demasiado las
cuestiones de negocios en aquellos días. Solo quería hacer música, drogarme
y follar. No necesariamente en ese orden. Megadeth facilitaba el logro de esos
objetivos hedonistas, y poco nos preocupaba el daño que sufrieran amigos,
familiares o nuestra reputación.
Al mudarme fuera del estudio me quedé sin hogar, aunque Ellefson me
dejó quedarme en su casa por un tiempo. Fumaba cocaína y heroína. Éramos
adictos, chicos malos, alcohólicos. Fumábamos marihuana, buscábamos pelea
y cogíamos chicas. Y sin una pizca de remordimiento. Como dijo Chris
Poland una vez: «Supongo que el lema de nuestra misión era romper todas las
reglas del Hombre y de Dios, y estuvimos bastante cerca».
En realidad había otro lema de misión, uno más preciso, al menos
verbalmente, que expresaba nuestras aspiraciones creativas. Aunque mutaba
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con cierta regularidad, el sentimiento era consistente: hacer que Megadeth
fuera «la banda más rápida, más pesada, más ultrafuriosa de heavy metal de
todos los tiempos».
O algún disparate similar. Sonaba bien en aquel momento, y si la
verbalización dejaba algo que desear, al menos el espíritu era admirable.
Seríamos más pesados que el heavy metal, más rápidos que las bandas más
rápidas del speed o thrash metal. Íbamos a redefinir el género. En nuestros
términos.
A pesar de la promiscuidad galopante que era una gran parte de nuestras
vidas, todos teníamos novias específicas en aquel momento. Eran relaciones
de conveniencia y nada más. Diana seguía siendo mi verdadero amor, pero
como ella vivía con sus padres y yo necesitaba un lugar dónde quedarme, me
mudé por un tiempo con una chica llamada Sharon.
En fin, una noche estábamos paseando en la furgoneta de Ellefson,
viniendo de conseguir un poco de China Blanca —heroína sintética—, cuando
Chris Poland y yo comenzamos a consumirla. Chris tenía una personalidad
volátil —probablemente, no era la mejor compañía para alguien como yo— y
a esa altura ya veníamos discutiendo acaloradamente. Esto se debía en parte a
la naturaleza combustible de nuestra relación, pero también al hecho de que la
heroína tiene la tendencia de volverte… podríamos decir… gruñón. No
cuando estás drogado, por supuesto —los consumidores de heroína son
bastante retraídos, mientras tengan un buen abastecimiento—. Pero cuando te
falta, es otra historia. Te vuelves sumamente irritable —Poland le decía «el
llanto de la heroína»— y en ese estado, no hace falta mucho para que pierdas
los estribos.
Ya olvidé como empezó la pelea exactamente. Solo recuerdo a Poland
discutiendo incesantemente con Sharon y con Robin, la novia de Ellefson; el
volumen subía, los insultos y amenazas empeoraban, hasta que finalmente se
intercambiaron golpes, las dos mujeres lo abofeteaban y Chris lanzaba
puñetazos en respuesta. Los gritos continuaban mientras que Ellefson pisó el
freno y paró a un costado. Sin saber a quién culpar, pero suponiendo que
cualquier tipo que se lía a puñetazos con una mujer (o dos) merece que le den
una paliza, saqué a Poland de la furgoneta y comencé a darle puñetazos en la
cabeza para dejarlo inconsciente. Pero el tipo no caía. Estaba tan jodido que
se negaba a rendirse, así que esencialmente fue un knockout técnico. Solo la
intervención de Scott Menzies, uno de los amigos más cercanos de Chris (y
futuro mánager de gira de Megadeth), evitó que tal vez matara a Chris aquella
noche. Scott saltó sobre mi espalda y me sacó de la pelea; mientras él y
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Ellefson trataban de calmarme Sharon subió al asiento del conductor de la
furgoneta y pisó el acelerador. El vehículo salió disparado como un cohete
hacia un local de Bob’s Big Boy al otro lado de la calle. Por fortuna, Scott
estaba en modo héroe aquella noche. Justo cuando Sharon pisó el pedal se tiró
de cabeza dentro de la furgoneta, le quitó el volante de las manos y pisó el
freno.
La furgoneta hizo un ruido horrible y frenó. Aún creo que si la hazaña de
Menzies hubiera tardado un segundo o dos Sharon habría atropellado a la
mitad de los clientes del Bob’s Big Boy. Ella era capaz de semejante locura, y
de no ser porque necesitaba una cama tibia y comida estoy seguro de que no
hubiese durado todo el tiempo que estuve con ella. Pero ese fue el final del
camino. Nos llevó casi una hora arreglar el desorden. Buscamos a Chris, que
se había ido caminando, luego fuimos hasta la casa de Sharon. Para cuando
llegamos allí, ella ya se había dormido en la furgoneta, así que la depositamos
en el jardín de entrada de su edificio de apartamentos. Luego dejamos unas
botellas de vodka vacías a sus pies, para aumentar el rechazo de sus vecinos
por si alguno se animaba a tocarla.
Cuando regresé más tarde aquella noche, sin sentir la más mínima culpa y
buscando un lugar para dormir, Chris estaba en el sofá de Sharon, en el salón.
No me importó, no pensé nada al respecto. En aquellos días aterrizábamos
donde nos tocaba. Me desperté la mañana siguiente con una brutal resaca e
inmediatamente busqué un Quaalude para calmar el dolor. Después de echarle
una mirada a Poland decidí partir la píldora en dos.
«Ey, amigo», dije, haciendo una mueca de dolor al ver su cara golpeada e
hinchada. «Creo que vas a necesitar esto».
Tomó la píldora, me dio las gracias, y se fue a ensayar sin resentimientos.
Con Sharon fue una historia diferente.
Cuando volví al edificio aquella noche mis porquerías estaban apiladas en
el pasillo, fuera de su apartamento. Casi todas mis pertenencias —discos, el
estéreo, ropa, hasta una lata de galletitas que contenía un cuarto de libra de
marihuana…— habían sido sacadas del apartamento. Lo único que faltaba,
por raro que parezca, era mi escorpión mascota (regalo de uno de mis
clientes). Salvo que ya no tenía un lugar dónde quedarme no me preocupaba
demasiado el final de mi relación con Sharon, y ciertamente no podía culparla
por echarme; no la había tratado bien precisamente. Pero estaba enojado
porque había dejado mis cosas en el pasillo, donde cualquiera podría haberlas
robado, y además quería recuperar mi escorpión.
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Probé llamando a la puerta un rato; nadie respondió, así que convencí a un
vecino para que me dejara pasar y así tratar de llegar al apartamento de
Sharon desde afuera, escalando de balcón en balcón, a tres pisos de distancia
del suelo. Al final llegué a su apartamento, y lo que vi dentro hizo que me
cagara de miedo. Allí estaba Sharon, a medio vestir, con una mujer de 100
kilos y cabello gris que yo jamás había visto antes y que parecía un hombre.
«¿Qué quieres?» gruñó la mujer.
«Ehhhhhh… quiero que me devuelvan mi escorpión».
Luego Sharon vino hasta la ventana y comenzó a gritarme.
«¿Sí? Bueno, te jodes. No vas a recuperar tu escorpión». Hizo una pausa,
sonrió. «Y, por cierto, cuando veas a tu guitarrista dale las gracias por
comerme el coño».
Me quedé sin respuesta para eso. Solo pude quedarme de pie con la boca
abierta pensando, Guau… Poland. Te follaste a mi novia. Punto para ti,
hermano.
EL PRIMER DISCO de Megadeth se llamó Killing Is My Business…
and Business Is Good! Desde el concepto hasta el producto terminado fue una
aventura, durante la cual aprendí más del negocio de la música de lo que me
hubiera imaginado. Y en su mayoría no fue particularmente alentador. Bueno,
toda la parte previa estuvo bien —componer los riffs en los ensayos, escribir
las canciones, aprender a tener confianza en mis habilidades no solo con la
guitarra sino también para cantar—. Lo último fue el desafío más grande.
Incluso antes de entrar al estudio, todavía pensaba en la posibilidad de
contratar a un vocalista a tiempo completo. Antes de hacer nuestra demo
teníamos a un tipo que nos gustaba. Su nombre era Billy Bonds, pero apareció
una noche de ensayo usando maquillaje y delineador, y hasta ahí llegó la
cuestión. No me importaba si el tipo podía cantar como Robert Plant, no había
forma de que un aspirante a músico glam fuera la cara de Megadeth.
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El segundo show que hicimos, Ruthie’s Inn de Berkeley,
1984.
Fotografía de Brian Lew.
«A la mierda», dijo Ellefson. «¿Por qué no cantas tú?».
Me llevó tiempo aprender la técnica adecuada. No sabía cómo respirar en
forma eficiente o cómo llevar el paso para no arruinar mis cuerdas vocales.
En consecuencia desarrollé una vocalización singular. No a todos les gusta,
por supuesto. Pero no se puede cuestionar su originalidad. Cuando escuchas
una canción de Megadeth la reconoces. Mi voz es tan reconocible como la de
James Hetfield o la de Axl Rose. Abandonar la seguridad del (relativo)
anonimato que disfruta el guitarrista era también un desafío. Pueden decir lo
que quieran de los cantantes: son arrogantes, egoístas, inmaduros, pedantes,
hipersensibles. Pero también tienen unos huevos enormes. Sin ese atributo en
particular, no puedes salir a cantar al escenario. Simplemente, no es posible.
Después de recibir los contratos de Combat Records y que el lenguaje me
resultara casi indescifrable (desde entonces me he vuelto más previsor en
estas cuestiones) tuve que salir a buscar un abogado. Jay Jones sugirió uno
que él conocía de haber hecho negocios en el pasado y pensé, vale, si Jay dice
que es bueno, entonces probablemente lo será. Tal como resultaron las cosas,
esta no fue una decisión que me favoreciera. Recuerdo haber visto el contrato
y preguntarme por qué todo favorecía a la compañía discográfica. Noté que
había incentivos para el abogado, pero como no entendía demasiado no podía
cuestionarlo. Yo solo quería hacer música y pasarlo bien. Eso era lo que todos
nosotros queríamos.
Para entonces ya éramos adictos por completo. En más de una ocasión
David Ellefson y yo visitábamos al abogado y nos dormíamos en cuanto
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comenzaba a hablar en el idioma legal. Junior trataba de quedarse despierto y
prestar atención, pero no tenía ni la más mínima idea de lo que el abogado
estaba haciendo, y estoy seguro de que es el primero en admitirlo. En cuanto
la tinta se secó en nuestros contratos, terminamos en uno de los arreglos más
patéticos de la historia del rock ’n’ roll. Nos jodieron, incluso para el nivel
paupérrimo de las discográficas independientes.
Nuestro presupuesto completo era de ocho mil dólares, un número tan
bajo que era un insulto y casi daban ganas de reírse. Aun así estábamos
decididos a seguir adelante. El álbum se grabaría en un estudio llamado
Indigo Ranch en Malibu. Este estudio había sido construido originariamente
por y para los Moody Blues en los 70 (de ahí el nombre Indigo), así que tenía
un legado de profesionalismo y éxito agregado, lo cual era importante para
nosotros. Cada artista recibe una descarga al entrar a un estudio o escenario
donde algún gran músico tocó previamente. Te gusta pensar que la historia se
filtra por tu médula como una especie de musa. Si eso suena un tanto místico,
bueno, aun así es verdad, y a pesar del minúsculo presupuesto yo estaba
entusiasmado de entrar al estudio y dejar nuestra huella en el mundo.
Desafortunadamente las cosas comenzaron a salir mal casi desde el primer
día. Gar y Chris aparecieron con Jay Jones, armados con unas cien libras de
carne para hamburguesa congelada y un arsenal de cocaína y heroína.
Básicamente nos gastamos cuatro mil grandes en drogas y los otros cuatro mil
en hacer el disco, la cual es solo una de tantas razones por las cuales Killing Is
My Business… no salió como yo esperaba. En síntesis, nos quedamos sin
dinero.
Aunque parezca increíble también nos quedamos sin droga en el plazo de
una semana, y sin droga estábamos incapacitados. Sin droga no habría disco.
Así que llamé a un amigo y le rogué que me ayudara a encontrar algo de
cocaína. Terminamos conduciendo desde Malibu hasta Manhattan Beach para
conseguir la coca, que resultó ser horrible, una mierda rebajada que no
facilitaba el proceso en lo más mínimo.
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Conseguir seguidores llevaría tiempo, pero hubo fans desde el
primer show.
Fotografía de Brian Lew.
Frustrados, enojados y con abstinencia, terminamos por despedir a Jay
Jones a mitad del proyecto (aunque saldría y entraría en nuestras vidas varias
veces en los años sucesivos). Durante un tiempo me preocupó que el álbum
pudiera no terminarse. Ellefson y yo estábamos viviendo con un hombre
llamado Karat Fay por aquel entonces, quien era el ingeniero de sonido de
Killing Is My Business…. Karat era un ingeniero bastante competente, pero
era otro de los tantos personajes peculiares asociados a Jay Jones (quien lo
había contratado para el trabajo). Como referencia importante en su
currículum figuraba que había trabajado con KISS. Por qué un veterano que
había movido las perillas para KISS resultaría bueno para Megadeth, eso no
lo sé. Pero allí estaba. Karat tuvo la amabilidad de tenerme en su casa después
de que Sharon me pateara. Fue un gesto generoso, y yo no tenía muchas
opciones. Pero después de unos cuantos días de ver a Karat caminando
desnudo por la casa (algo que hacía demasiado a menudo para mi gusto),
comencé a preguntarme hacia dónde estaba yendo mi vida.
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¡Cantar no fue idea mía!
Fotografía de Brian Lew.
Terminamos por ir a llorar a la compañía discográfica y conseguimos
4000 dólares más, así que todo el álbum costó 12 000 dólares. Una miseria, en
realidad. Pero lo terminamos, lo entregamos y luego comenzó la discusión
sobre el arte de la portada. Esto también resultó ser una desilusión.
Yo ya tenía un concepto en borrador para un logo de Megadeth, y con la
ayuda de un amigo llamado Peyton Tuttle había hecho un boceto de arte para
la tapa antes de que el disco fuera grabado. Había dibujado el logo yo mismo
porque quería hacerme un tatuaje, uno que incorporara mis sentimientos hacia
la religión, la represión y la libertad de expresión. El logo tenía una calavera y
huesos cruzados, con un par adicional de estos últimos ubicados de tal forma
que se vieran como crucifijos gemelos. Al final esto llevó a la creación de
nuestra mascota, Vic Rattlehead, una criatura esquelética cuyos ojos, oídos y
boca están cubiertos o cerrados con abrazaderas —«no veas el mal, no hables
el mal, no escuches el mal»— y cuya evolución mítica era la pieza central de
una canción llamada «Skull Beneath the Skin», el tercer tema de Killing Is My
Business…. En la canción, el pobre Vic se tropieza con una sesión de magia
negra; lo descubren y lo capturan, y… bueno, le pasan muchas cosas malas.
Prepare the patient’s scalp
To peel away
Metal caps his ears
He’ll hear not what we say
Solid steel visor
Riveted across his eyes
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Iron staples close his jaws
So no one hears his cries
Cuando le hablé a Combat sobre mi concepto para el logo no tuvieron
ningún problema. Les entregué el arte y esperé para ver el producto
terminado. Hoy en día manejo las cosas de una manera diferente. Siempre
espero estar involucrado a cada paso del proyecto. Insisto en ver los bocetos
previos. Trabajo de cerca con los artistas gráficos encargados del diseño. Pero
en aquel entonces era un novato, y la compañía me trató como tal. Hasta el
día de hoy no sé qué pasó con mi sugerencia del arte de portada —si se perdió
o lo ignoraron—. Lo que sí sé es que cuando me mandaron el álbum y vi lo
que había hecho con la tapa, me sentí mortificado. El formidable Vic había
sido reducido a una caricatura. En lugar de una imagen genial y perturbadora,
la tapa de Killing Is My Business… mostraba lo que parecía ser una calavera
plástica de Halloween y una variedad de utensilios baratos. Parecía que
alguien hubiese usado una lata de cerveza de adentro hacia afuera para
ponerla como el visor que cubría sus ojos; la sangre parecía kétchup. Todo el
diseño tenía olor a amateurismo. Recuerdo haber sostenido la tapa en mis
manos y decir, «deben estar bromeando».
Pobre Vic. Se merecía algo mejor. Vic había nacido en parte de mi
desprecio hacia las religiones organizadas, pero principalmente de mi
fascinación por el mundo del comic. Cuando era niño iba a la tienda de la
esquina y compraba paquetes de tarjetas de béisbol que venían con goma de
mascar. Un día aparecieron las tarjetas con chicle de los superhéroes y
conseguí una con Iron Man. Luego una con el Capitán America, y pronto
comencé a devorar las historietas, a sumergirme en el mundo de fantasía de
los héroes defectuosos pero valientes. Quería ser como ellos. Y si lo piensan,
Vic tiene mucho de personaje de comic. Mucho del éxito de Megadeth se
retrotrae a la popularidad de ciertas imágenes icónicas y de la forma en que
encajan en nuestras letras. Una de nuestras canciones más populares, por
ejemplo, es «Holy Wars: The Punishment Due». La segunda parte de la
canción está basada en The Punisher, una novela gráfica sobre el genial Frank
Castle. La inspiración se encuentra en cualquier parte, y la mía, al menos al
comienzo, venía del reino sumamente menospreciado y poco valorado de los
comics y las novelas gráficas, particularmente las que tenían un costado
nihilista.
Se suponía que Vic debía servir como un homenaje. Pero en esta
encarnación parecía una broma. Para nada lo que yo había planeado. Años
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más tarde, Killing Is My Business… fue reeditado con una tapa que reflejaba
lo que yo tenía en mente. Pero en 1985, nos tuvimos que quedar con la
calavera de plástico y el kétchup. Y nada pudimos hacer al respecto.
El álbum en sí, aunque no era una obra maestra, estaba lejos de ser el
bochorno que sugería el arte de portada. Hay muchas cosas que dan gusto en
Killing Is My Business… —la energía, la velocidad, las historias de las letras
—. Hay que reconocer que el sonido es un tanto turbio, pero eso fue lo que
conseguimos por doce mil grandes. Hay joyas en ese álbum que se mantienen
hasta hoy en día, especialmente cuando escuchas la versión remasterizada;
poniendo todo en consideración, estoy orgulloso de cómo salió. Aunque
estuvo lejos de ser platino el álbum se vendió rápidamente, en especial para
una banda desconocida en un sello independiente, y fue bien recibido por los
críticos que tuvieron la gentileza de prestarle atención.
Aunque Killing Is My Business… anunció a Megadeth como una nueva
voz en el heavy metal, en realidad fue un viejo clásico del pop el que se
transformó en el corte más popular del disco. La canción «These Boots Are
Made for Walkin’», una melodía bluesera que Nancy Sinatra hizo famosa en
los sesenta. Aún puedo escucharla saliendo de los altavoces del Ford Fairlane
de mi madre estacionado en la playa de Lake Cachuma, con las puertas
abiertas y el volumen al máximo mientras nos tirábamos al agua.
«Sigues diciendo que tienes algo para mí…».
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Me conecté con aquella canción a un nivel visceral, me sentí atraído de
una forma desconocida. Debe haber sido algo hormonal, por supuesto, pero
aun así… cuando eso ocurre, no lo olvidas. Cuando nos juntamos y
comenzamos a ensayar para el primer disco de Megadeth se presentó la
oportunidad de hacer un cover. Era una forma fácil de agregar material al
disco, algo que te daba un poco de aire si no tenías suficientes canciones; en
aquel entonces había un espacio limitado para ocupar a cada lado de un LP de
vinilo; los surcos del disco se angostaban hasta el punto de ser incompatibles
y las canciones comenzaban a superponerse. No queríamos poner mucho
material en aquellos primeros discos por miedo a esto. Así que mantuvimos
una fórmula simple: cuatro canciones en cada lado del disco, ocho en total.
Cada canción duraba aproximadamente cuatro minutos. Entramos al estudio
para grabar Killing Is My Business… armados con siete canciones originales.
Lo que quería decir que teníamos espacio para una más. Y yo quería que fuera
algo completamente diferente, algo inesperado. Algo que nadie esperaría
escuchar de una banda de speed metal.
La elección era obvia.
No fue difícil convencer a los otros chicos de la banda de que «These
Boots Are Made for Walkin’» sería una buena forma de cerrar el disco.
«Miren, somos como una banda fumeta de jazz de todas formas, ¿no?».
Dije, exagerando un poquito (OK, tal vez mucho). «Irá perfecto».
La canción era buena en el disco pero mejor cuando la tocábamos en vivo.
Se volvió una favorita de los fans, en especial porque le agregábamos un poco
de actuación, alargábamos la introducción bluesera y transformábamos la
canción en un número artístico. Teníamos a uno de nuestros asistentes de pie
a un lado del escenario y le arrojaba a Junior una banqueta de bar.
Apagábamos las luces, él encendía un cigarrillo y se sentaba a tocar, tocando
la introducción de bajo el tiempo que le daba la gana. Finalmente, al final de
la intro, yo gritaba «¡OK!» y entraba la guitarra, después la batería y luego la
canción ya era de Megadeth. Y ahí era cuando Ellefson se ponía de pie de un
salto y pateaba la banqueta fuera del escenario.
En general, no soy un gran fan de las bandas que hacen improvisación. He
visto bandas que tienen que tocar mientras el cantante se va al baño, o se tiene
que cambiar el vestuario, o Dios sabe que más. Rara vez eso funciona, en mi
opinión. Es como en aquel viejo chiste popular entre los músicos en donde
dos tipos caminan nerviosos a través de la jungla, escuchando el sonido
rítmico de tambores a la distancia. Y de pronto los tambores se detienen.
«Malas noticias», dice uno de ellos.
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«¿Por qué?».
«Solo de bajo».
Es bastante cierto. Pero en el caso de «These Boots Are Made for
Walkin’» tocar un poco era lo apropiado. Y totalmente acorde con el espíritu
de Megadeth.
Entre los pocos a los que no les gustó nuestra versión de «These Boots
Are Made for Walkin’» estaba el compositor, Lee Hazlewood, aunque es
bastante interesante el hecho de que tardó un buen tiempo en hacer público su
desagrado. Yo había alterado algo de la letra con la intención de hacerla más
accesible para los chicos de nuestra audiencia. Por ejemplo, «something you
call love, but confess» se transformó, en la versión de Megadeth, en
«something you call love, but I call sex». Honradamente, pensé que los
cambios eran tan pequeños que serían insignificantes, pero Lee no lo sintió de
esa manera y más adelante nos pidió que quitáramos nuestra «vil y ofensiva»
versión de la canción de las siguientes ediciones del disco.
Vale la pena decir que la protesta de Lee llegó más de diez años después
de que Killing Is My Business… fuera lanzado. Un cínico podría plantear que
la sensibilidad del Sr. Hazlewood solo se vio ofendida después de que sus
royalties disminuyeron hasta la última gota. Lo que sé es que nunca dejó de
cobrar su cheque. Dejando de lado esto, su reclamo recibió algo de atención
mediática y nosotros accedimos a sus demandas. Al menos por un tiempo.
Cuando reeditamos el disco hace unos años «These Boots» fue incluida, pero
dejando todas la letra original de Lee Hazlewood indescifrable. Solo mis
palabras se escuchaban; las de Lee las tapamos con un beep.
Si quieren pueden decir que fue un raro acto de compromiso. Yo prefiero
pensar que fue el triunfo de la tecnología sobre la hipocresía.
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La familiaridad engendra el desprecio
Backstage de Megadeth: Gar Samuelson, David Ellefson, yo
y, de pie atrás, Mike Albert.
Fotografía de William Hale.
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«¿Por qué cojones tu perra se escapó con la
limusina?».
E ra como montar un cohete.
Así me sentía en los primeros días de Megadeth. Todo pasaba tan
rápido y nuestra relación era tan inflamable que la mejor estrategia era
sostenerse y esperar lo mejor. Chris Poland dijo una vez que era como estar
en la película El club de la lucha —cada noche—. Tampoco es una mala
analogía. Por desgracia para Chris rara vez le tocaba el rol de Tyler Durden.
Casi siempre, ese papel me tocaba a mí.
Cada banda tiene sus problemas, y mantener la alineación intacta no es
uno menor. Siento admiración por cualquier banda que haya mantenido su
formación durante décadas, sin múltiples cambios de personal durante el
camino. Bandas como The Rolling Stones, U2, y un puñado más. Ese tipo de
duración acarrea compromiso, pero también suerte, diplomacia y sentido
común. Casi siempre esto ocurre cuando el éxito llega temprano, los roles son
asignados y aceptados, y el dinero se apila a tal punto que todos se dan cuenta
que es una estupidez hacer algún cambio.
En la mayoría de los casos, la banda sufre cambios sísmicos antes de que
alguno vea un centavo. Pronto tienes que tomar una decisión: ¿me
comprometo con la banda, o hago alguna otra cosa con mi vida? Estás
sentado en casa, pasando el rato con tu novia, y los tipos te están esperando en
la sala de ensayo. ¿Te vas… o te quedas? La novia piensa: «ensayo significa
“fiesta con los chicos”» (lo que comúnmente ocurre). Los compañeros de
banda, por otro lado, piensan «pasar el rato con la novia» significa «le
importa una mierda la banda». Así que de cualquier forma pierdes. Todas las
bandas se disuelven a causa de una o más de las cuatro pes: poder,
propiedades, prestigio, potorros.
Mientras Megadeth se preparaba para su primera gira éramos una
colección narcisista e impresionantemente salvaje de villanos. Honradamente,
creíamos que era posible beber, consumir drogas y follar como Calígula cada
noche y aun así ser una de las bandas más importantes del heavy metal. Pero
siempre hay un precio que pagar. Apenas unas horas antes de salir a la
carretera —y no por unos cuantos días, piénsalo, sino en una gira legítima— a
Chris lo atraparon tratando de conseguir heroína. No podía creer que hubiese
hecho algo tan estúpido; estaba furioso. ¿Qué íbamos a hacer, cancelar toda la
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gira? ¿Nuestra primera gira para promocionar un disco legítimo? Las
consecuencias hubieran sido nefastas.
Teníamos que encontrar un nuevo guitarrista. De inmediato.
«No te preocupes, tíiiiiio», dijo Jay Jones. «Traeré a Mike Albert».
«¿A quién?». Jamás lo había sentido nombrar.
«Mike Albert», repitió Jay. «Tocó en Captain Beefheart. Confía en mí, el
tipo sabe tocar».
Así que voy y me reúno con el tipo… y… Jesús. ¡Qué espectáculo! Se
veía como un pequeño Benjamin Franklin, con mechones de pelo canoso a los
lados de su cabeza y casi sin pelo arriba. Una gorra de béisbol camuflada
apenas disimulaba su edad —probablemente era quince o veinte años mayor
que cualquiera de la banda—. Pero era innegable que era un abuelito
guitarrista bastante festivo, con el carácter gruñón propio de alguien que ha
pasado la mayor parte de su vida de gira. Mike tartamudeaba y temblaba
nerviosamente cada vez que se sentía incómodo, lo que ocurrió bastante a
menudo en aquella primera gira.
Hizo lo mejor que pudo, y obviamente se merece el reconocimiento de
haber tomado parte sin previo aviso. Aún así nunca precalenté con Mike.
Primera razón, no estaba ni cerca de ser un guitarrista de la calidad de Chris.
Segundo, le costaba mantener la boca cerrada. Ahora entiendo esta tara
particular de carácter, ya que a mí me han acusado de lo mismo. Pero
realmente hay que tener la habilidad de sostener tus palabras con acciones,
una verdad que le faltaba a Mike.
Estábamos en Tucson una noche cuando los guardias de seguridad, vaya a
saber por qué, dejaron que un grupo de fans entraran al club durante nuestra
prueba de sonido, lo que resultó ser conflictivo y contraproducente. Durante
el show hice algún comentario diciendo que nuestra actuación hubiera sido
mejor si la seguridad no hubiese interferido con nuestra prueba de sonido. A
la audiencia le encantó el comentario —un escopetazo de ira desde el púlpito
siempre es bien recibido por los jóvenes fanáticos del metal—; sin embargo, a
la gerencia del club y al personal de seguridad no les sentó bien. Antes de que
hubiéramos dejado el escenario, los guardias de seguridad entraron en los
camerinos y se llevaron toda la comida y las bebidas alcohólicas. Después del
show solo encontramos unos pocos recipientes de leche.
No tenía intenciones de soportar eso. Nuestro arreglo pedía servicios
específicos, incluyendo bebidas alcohólicas, e iba a hacer que cumplieran con
el contrato. No me enojé ni alcé la voz, pero tampoco me acobardé. La
diplomacia habría prevalecido de no ser por Mike Albert. Abrió la boca y
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enseguida terminó dentro de un círculo de gorilas y guardias de seguridad,
que parecía que habían mezclado esteroides con cereales Cheerios en el
desayuno.
«Oh mierda… esto se va a poner feo».
Al acercarme al grupo pude ver a Mike buscando en su billetera, tratando
de encontrar algo frenéticamente.
«E-e-esperen», tartamudeó. «Está justo aquí. ¡Se lo enseñaré!».
Los gorilas lo miraban divertidos, igual que el gato mira al ratón.
«¡Si me pegan a uno de ustedes le va a ir mal!», chilló Albert. «Soy
cinturón negro, y tengo una credencial que lo demuestra».
Un montón de porquerías salían de su billetera: recibos, dinero, plástico.
Pero ninguna credencial. Supongo que no existía. Tengo tres cinturones
negros, pero nunca me dieron una credencial para llevar en la billetera y
jamás me han pedido nada antes de defenderme. Esa fue una amenaza
estúpida de parte de Mike, un derroche embarazoso de falsa valentía. Creo
que a ninguno de los gorilas que lo rodeaban le daba miedo que se
transformase en Bruce Lee repentinamente. De hecho, tuvo el efecto
contrario: los cabreó aún más.
Por un momento pensé en dejar que hicieran lo que quisieran con Mike —
en parte se lo merecía— pero en lugar de eso intervine con calma.
Conseguimos que nos pagaran por el show y nos fuimos con nuestra dignidad
y salud intactas. Pero toda la gira, que en definitiva tuvo sus buenos
momentos, fue menos de lo que hubiera sido si Chris hubiese estado en la
formación. Aunque también, considerando nuestra tendencia a pelearnos, su
ausencia temporal fue una bendición disfrazada ya que demoró la fractura
inevitable de Megadeth al menos unos meses más.
La familiaridad, después de todo, engendra desprecio, especialmente
cuando estas pasado de heroína o cocaína… o ambas.
REGRESAMOS DE LA gira sin un concepto real de en qué situación se
encontraba Megadeth. Las cosas habían cambiado, eso lo sabíamos.
Aparecíamos en varios lugares —clubes, fiestas, restaurantes— y de repente
la gente nos trataba diferente. Nos conseguían asientos en lugares donde no
necesariamente había asientos, lugares donde en realidad no había asientos,
solo una cuerda de terciopelo o una cadena. Era, debo admitirlo, una gran
sensación. Imagínense: estas en el Rainbow Lounge, donde todos son la
estrella del momento, y estas de pie junto a la máquina de cigarrillos, al fondo
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de las escaleras, como cualquier otro idiota. ¡Pero espera un minuto! No, no
lo eres. Ese ya no eres tú. Te llevan al piso de arriba, a una fiesta privada, con
toda la coca y nenas que puedas pedir. Y cuando te aburres, saltas a una
limusina para ir a otra fiesta. Y todo el tiempo estas pensando, ¡Guau!, ¿cómo
ocurrió esto?
Me encantaban los cómics de The Punisher y escribí al menos
dos canciones inspiradas en esa historieta: «Killing Is My
Business… and Business Is Good!» y «Holy Wars: The
Punishment Due».
Fotografía de William Hale.
El segundo disco de Megadeth, Peace Sells… but Who’s Buying?[9] subió
la apuesta en forma considerable. Las canciones eran mejores, la musicalidad
más compleja, los valores de producción más pulidos. Cuando comenzamos
la grabación en el Music Grinder, en Los Ángeles, aún estábamos bajo el
contrato de Combat Records, un contrato que había llegado demasiado lejos,
casi hasta la raíz de la existencia de Megadeth, haciendo que Combat fuese
dueño de una parte de la banda durante los años siguientes. Yo no estaba
contento con esto, pero trataba de centrarme en la música. No siempre era
fácil. Hubo momentos en los que entrabamos al estudio y Poland (quien ya se
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había liberado de sus problemas legales) estaba en el vestíbulo, sin afeitarse y
temblando, esperando a que apareciéramos. Cuando lo veíamos en ese estado
no hacía falta hablar. Solo nos subíamos al auto, conducíamos al centro,
conseguíamos algo de heroína y luego regresábamos al trabajo.
Había que perdonarle muchas cosas a Chris, simplemente porque tenía un
talento increíble. Pasábamos por alto toda la mierda que arrastraba,
olvidábamos las peleas y las mentiras, solo para conseguir que se sentara y
tocara la guitarra; en eso era uno de los mejores.
Con Gar era otra historia. Era un batería genial pero no tan indispensable
como Chris, y su comportamiento, aunque no era violento, era seriamente
conflictivo. En aquellas ocasiones en las que tuvimos que ir a recuperar sus
platos empeñados en algún barrio de mierda solo para poder comenzar a
ensayar él invariablemente sugería tomar un desvío.
«Ey, ¿qué les parece si pasamos por Ceres?».
Ceres era el nombre de la calle donde típicamente conseguíamos droga,
heroína principalmente. Esta sugerencia era seguida de un silencio incómodo,
hombros que se encogían, y después risas. La fiesta seguía.
Como pueden ver yo no era un cómplice obligado en la decadencia. Me
unía al viaje, y a veces lo disfrutaba enormemente. La verdad es que yo
miraba por encima del hombro a Chris y a Gar, incluso cuando terminábamos
juntos, uno al lado del otro, tirados en la alcantarilla. ¿Por qué?
Porque no me veía a mí mismo como un adicto. Chris y Gar eran
consumidores extremos, que se inyectaban heroína. Yo todavía no había
llegado —o caído— a ese nivel, aunque ciertamente iba en esa dirección.
Los días transcurrían en una cómoda rutina, un tanto bizarra: encontrar a
Chris y a Gar, ponerlos bien, llevarlos al estudio, grabar sus partes en cinta, y
después sacarlos de nuestra vista. Así eran las cosas, o al menos así se
pusieron. Ellefson y yo vivíamos juntos, salíamos juntos, nos ocupábamos de
todas las cuestiones mundanas que había que hacer para que Megadeth fuese
una fuerza creativa viable. Para nosotros dos Gar y Chris eran socios
minoritarios. No en lo referido a su talento musical, pero sí en su
comportamiento y actitud hacia Megadeth. Ambos, Chris particularmente, se
habían unido al grupo con intenciones cínicas: eran músicos de jazz hasta la
médula, apenas enamorados del heavy metal, pero que veían a Megadeth
como una oportunidad de escapar de la pobreza y oscuridad que sufren
muchos músicos. Fue una decisión práctica, no pasional. Eso lo entendí desde
el principio, y así lo acepté, porque realmente aportaban algo único al
proceso.
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Junior y yo dábamos la cara con los ejecutivos y publicistas de las
compañías discográficas. Crease o no, éramos la cara profesional de la banda.
Piénsenlo de esta manera: si Megadeth fuese una unidad militar, Ellefson y yo
seríamos los oficiales, y Gar y Chris los reclutas. Eventualmente se volvió
una dinámica triste, con líneas trazadas claramente entre ambos campos.
Chris y Gar comenzaron a cuestionar la situación financiera de la banda.
Sugirieron abiertamente que los dos teníamos más dinero que ellos y
preguntaron por qué el ingreso no se dividía de forma igualitaria. Por alguna
razón les costaba entender uno de los fundamentos del negocio de la música:
si escribes las canciones, te pagan el dinero; si no escribes las canciones, solo
consigues que te paguen si llegas a un arreglo con el que sí recibe el dinero —
por medio de la negociación o la manipulación—. Lo sé, porque al ser el
principal compositor de Megadeth por más de 25 años me he tenido que
enfrentar a ambas.
No quiero dar a entender que era todo una carga, o que no había días
buenos. Porque los hubo —muchísimos—. Incluso en el estudio, a medio gas,
Megadeth era capaz de una musicalidad extraordinaria. El ataque de guitarras
gemelas en «The Conjuring», la armonía de las guitarras en «Peace Sells…»
—esto se consiguió no solo a través de una composición cuidada, sino
también gracias a la camaradería que hay en una banda que realmente
funciona—. «Peace Sells…» se transformó en una de las canciones más
reconocibles de Megadeth, en buena medida gracias a MTV, que durante casi
diez años usó la línea de bajo de la canción como introducción de MTV News.
Ninguno se hizo rico con esa exposición. MTV cortó la canción justo antes
del punto en donde legalmente se hubieran visto obligados a pagar derechos.
Como fue el caso con Killing Is My Business…, se nos dio la oportunidad
de agregar un cover al segundo disco. Jay Jones sugirió «I Ain’t
Superstitious» del legendario cantante de blues Willie Dixon. No era una
elección obvia ni nada parecido, pero sí interesante. Me gustaba la idea de
llevar las cosas más lejos y sorprender a la gente. Había funcionado con
«These Boots Are Made for Walkin’»; no había razón para que no funcionara
con «I Ain’t Superstitious», que era innegablemente una gran canción.
«Imagínensela con mucha batería», dijo Jay. «Y al final, cambian la
velocidad y le dan el tratamiento de Megadeth».
Eso fue exactamente lo que hicimos, y funcionó a la perfección. El tema
nos daba la oportunidad de fanfarronear con la guitarra de Chris y otra vez
desafiar a los oyentes con una canción que abría en forma jazzística y cerraba
al ritmo rompe cuellos del speed metal. Lo mejor de todo, Willie Dixon le dio
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su aprobación; a diferencia de Lee Hazlewood, a Willie le encantó lo que
hicimos con su canción.
DE MUCHAS MANERAS, Peace Sells… but Who’s Buying? fue un
éxito antes de ser lanzado. Los rumores se difundían de forma diferente hace
veinticinco años que ahora. La tecnología tenía poco que ver, todo se basaba
en el anticuado boca a boca. Megadeth tenía la reputación de dar shows
ardientes, y al correrse la voz de nuestro último trabajo de estudio nos
transformamos en mercancía caliente. Tan caliente de hecho que nuestro
contrato se vendió a Capitol Records, lo que trajo al genio de la grabación
Paul Lani para corregir las carencias de la ingeniería desastrosa y el
minúsculo presupuesto de Combat. Hablando de forma práctica, este era un
trato con el diablo. Desde aquel momento en adelante Megadeth dejaría de ser
la festiva bandita independiente con seguidores de culto. Seríamos una banda
de un sello importante, y con esa etiqueta venían responsabilidades y
expectativas (y un compromiso implícito) diferentes a las que habíamos
conocido. Tampoco nos importaba mucho. Estábamos demasiado ocupados
esnifando líneas de coca en la torre de Capitol Records en Hollywood para
preocuparnos por el control creativo. Las gratificaciones pesaban más que
casi todo.
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Les doy otro ejemplo: la fiesta de lanzamiento de Peace Sells se hizo en
un lugar llamado el Firefly Bar, que era famoso, entre otras cosas, por tener la
tradición de prender fuego a la barra. En serio. La barra de verdad. Varias
veces durante la noche uno de los barman salpicaba la superficie de la barra
con un líquido inflamable, daba una rápida advertencia a los presentes y
lanzaba un fósforo encendido.
¡Whoosh!
Todos aplaudían y luego seguían bebiendo. Supongo que después de verlo
varias veces el truco dejaba de ser una novedad, pero como yo era nuevo en el
Firefly me sentí impresionado.
Los invitados de honor estuvieron vestidos con apropiados atuendos
irreverentes del rock ’n’ roll: formales de la cintura hacia arriba —chaqueta
negra, camisa blanca, corbata negra, faja— e informales de la cintura para
abajo —vaqueros azules ajustados y zapatillas—. La compañía también nos
había dado unos brazaletes militares que tenían impreso PEACE SELLS…
BUT WHO’S BUYING? Llegamos al lugar con todo el pavoneo metalero,
bajando de dos angostas limusinas: una para la banda, otra para nuestras
perras[10]. Por alguna razón, incluso esa noche, que debería haber sido nada
menos que una celebración, terminó mal a mitad de camino. Cuando nos
fuimos del club al terminar la fiesta, noté que faltaba una limusina en la
puerta. Nos apilamos, solo los muchachos, y pregunté qué había pasado con la
segunda limusina.
«Se la llevó Lana», dijo Chris, refiriéndose a su novia.
Ya podía sentir la ira creciendo dentro de mí.
«¿Por qué cojones tu perra se escapó con la limusina?» dije.
Y con eso fue suficiente. Chris, que nunca se escapaba de una pelea,
incluso cuando sabía que iba a perder, me mandó a la mierda. Yo respondí
pateándolo en la cara. Gar intervino tratando de separarnos —y de proteger a
su amigo— sosteniéndome los brazos, pero logré soltarme y comencé a
pelearme con él. Para entonces el conductor de la limo ya estaba gritándonos.
Estos tipos aguantan un montón de mierda, pero supongo que nosotros
habíamos acabado con su paciencia. Lanzó el coche hacia el arcén y se
detuvo.
«¿Quieren pelear? ¡Entonces lárguense de mi coche!» gritó.
Las hostilidades cesaron al instante. Creo que todos estábamos bastante
avergonzados. Nos disculpamos por nuestro comportamiento y después nos
dedicamos a la tarea familiar de enmendar las cosas. ¿Y cómo se hace eso
después haber tratado de arrancarle la cabeza a tu amigo? Bueno, haciendo lo
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que cualquier adicto experimentado hace: nos fuimos al centro y compramos
un poco de heroína. Me senté en la parte de atrás de la limo, junto a Chris,
mirando su cara hinchada y lastimada, y me drogué hasta perder el
conocimiento. Y parecía la cosa más natural del mundo.
PEACE SELLS… but Who’s Buying? fue lanzado en noviembre de 1986,
casi un año después de haber entrado al estudio por primera vez. El álbum fue
considerado una revelación, tanto en lo comercial como para la crítica, y
casualmente llegó a ser platino. Creo que se sostiene bien hoy en día; se siente
crudo, poderoso. Estoy orgulloso de él. Me encanta la portada, que surgió de
una conversación en un almuerzo en Nueva York. Estábamos comiendo en
una parrilla, frente al edificio de las Naciones Unidas, Ellefson, yo y nuestro
agente, Andy Summers, y comenzamos a lanzar ideas. Al final de la
conversación llegamos al concepto de Vic de pie frente a las Naciones
Unidas, tratando de vender propiedades justo después de un holocausto
nuclear —junto con un mensaje, por supuesto—. Esa se volvió la imagen base
de Peace Sells.
Sin embargo, la gira en apoyo de Peace Sells fue un ejercicio de
autoabuso. Yo mantenía un ojo en Metallica, cuyo tercer álbum, lanzado unos
meses antes que Peace Sells, los había llevado al territorio de las
superestrellas. No estaba obsesionado con eso, pero tampoco me resbalaba.
No puedo decir que su éxito me fuera indiferente. Este sería todo un tema a lo
largo de mi carrera. No era suficiente que a Megadeth le fuera bien; quería
que Metallica fracasara.
Aunque regodearse en el mal ajeno es una respuesta humana razonable,
también tiende a estar cargada con un rebote kármico. En septiembre de 1986,
mientras le dábamos los toques finales a Peace Sells y me preparaba para
sobrepasar a Lars y James en la carrera por la supremacía del heavy metal,
recibí la llamada telefónica de una amiga en Nueva York. Su apodo era Metal
Maria y trabajaba para Jonny Z. La conocí durante mi estancia en la costa este
con Metallica y nos mantuvimos en contacto desde entonces, a veces ella
venía a L. A. y nos visitábamos. Aunque ahora estaba al teléfono, llorando
histéricamente.
«Es Cliff», dijo entre llantos. «Está muerto».
Yo no tenía idea de a qué se refería. Al principio pensé que hablaba de
Cliff Cultreri, de Combat, pero después me di cuenta de que María no lo
conocía.
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«¿Qué Cliff?» pregunté.
«Cliff Burton», dijo ella. «Hubo un accidente».
María me contó todo. Metallica había estado de gira en Suecia y el bus de
la banda había derrapado después de pisar una franja de hielo. Cliff salió
disparado por una ventana y terminó aplastado bajo el vehículo.
Me quedé sin palabras. Solo permanecí de pie, estrujando el teléfono,
sintiendo como si alguien me hubiese dado un puñetazo en el estómago. No
había hablado con Cliff en mucho tiempo pero aún lo consideraba mi amigo.
Si todavía me sentía enojado con Lars y James, bueno… era imposible sentir
lo mismo contra Cliff. Era una persona demasiado decente.
Por alguna razón —culpa, ira, tristeza— colgué el teléfono, subí a mi
coche y salí para conseguir algo de heroína. Me drogué, y lloré sentado por un
rato, luego tomé la guitarra y comencé a componer. Escribí una canción
completa de una sola vez: «In My Darkest Hour», que fue a parar al álbum
siguiente de Megadeth. Es una canción interesante ya que la letra habla en
realidad de las dificultades de mi relación con Diana en aquel momento. Pero
la música —el sonido y el sentimiento de la canción— están inspirados en el
dolor que sentí al saber de la muerte de mi amigo. Cliff y yo no nos
mandábamos tarjetas de Navidad ni nada parecido, pero aun así me sentía
cercano a él. Pasamos aquel tiempo juntos en San Francisco, todos esos días
yendo y viniendo de los ensayos, y nunca sentí otra cosa más que afecto por
él. Cliff era transparente, y lo digo en el buen sentido. No era enigmático; era
precisamente lo que parecía ser, sin pretensión alguna.
Unos meses más tarde, en un show en San Francisco, aparecieron los
padres de Cliff y tuvimos la oportunidad de hablar un rato. En un punto los
presenté a la audiencia, que respondió con un genuino aplauso, cálido y
sentido. Luego tocamos «In My Darkest Hour».
«Esta», dije, «es para Cliff».
GOLPEAS MIENTRAS el hierro está caliente, ¿verdad? Para una banda
que acababa de sacar un disco exitoso comercialmente y aclamado por la
crítica, eso significa una sola cosa: salir a la carretera. Viví entre maletas y
habitaciones de hotel casi toda la segunda parte de los 80 y con Peace Seslls
la rutina comenzó en serio. No era una gran carga. En realidad era más fácil
estar en el camino que en casa. No tenía casa, ninguno de nosotros. Volver a
casa significaba encontrar alguien de quien depender. La vida en la carretera
era más simple, aunque menos tolerante.
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Gar había perfeccionado su rutina. En cuanto llegábamos a una nueva
ciudad, Gar bajaba la ventanilla y le preguntaba a cualquier transeúnte, «Ey,
amigo, ¿sabes dónde está la zona roja?».
«¿Eh?». (Siempre era la respuesta inicial).
«Busco algunas chicas», decía Gar. «¿A dónde voy?».
Nunca se tardaba mucho en lograr la información necesaria y rápidamente
Chris y Gar terminaban en el lado feo de la ciudad, buscando prostitutas y
pagando sus servicios, pero no para tener sexo. El objetivo no era follar, eso
llegaba después del show y no hacía falta pagar. La idea era ponerse bien y
después ir a comer. Siempre en ese orden. Gar lo hacía con mayor frecuencia
que Chris, y con más descuido también. Terminábamos entrando en
vecindarios bastante peligrosos para sacarlo. Dábamos vueltas entre las casas
prefabricadas ofreciendo una descripción detallada de Gar que sonaba
hilarante: «Tiene cara de langosta, lleva un chaleco de cuero negro y
zapatillas multicolor. ¿Lo han visto?».
Una porción sustancial de cada día se dedicaba a ponerse bien y
permanecer bien, a veces hasta el nivel de un efecto cómico grotesco. Hubo
una noche en un hotel de Florida, Gar consiguió heroína, nos dio a los demás
y luego entró al baño a inyectarse. También vació sus intestinos, y cuando
entré para usar el retrete la combinación de olores era más de lo que mi frágil
estado podía soportar. Al salir del baño una oleada de nausea me atacó y me
di cuenta de que estaba a punto de vomitar. Como no quería volver al baño e
inclinarme sobre el pozo que había causado mi malestar traté de encontrar
otro lugar de destino. Pero no había otro. Mientras mi estómago estaba a
punto de hacer erupción, me entró el pánico y metí la cabeza en el armario.
¡Urp!
En pocos segundos sentí que alguien me empujaba desde atrás, gritando
obscenidades.
«¡Sal del puto camino, hombre!».
Para mayor asco y desconcierto Chris Poland cayó de rodillas y comenzó
a revolver mi vómito, buscando con sus propios dedos, una y otra y otra vez.
«¡¿Jesús, Poland, qué coño te pasa tío?!».
Miró hacia arriba, con ojos furiosos, y luego siguió buscando oro.
«¡Arruinaste mi mercancía!».
Yo no lo sabía, pero Chris había ocultado su propio cargamento de
heroína en un rincón del armario, debajo de una toalla que había terminado
empapada con mi vómito.
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Así que como pueden ver todo tenía sentido. Habíamos caído en el
agujero del conejo, y ahora no había forma de salir.
Las peleas se volvieron un lugar común hasta el punto en que apenas nos
preocupaba. No me refiero a inofensivas sesiones de intercambiar insultos —
me refiero a peleas serias, psicodélicas y sangrientas, donde por lo general
Chris sufría el mayor daño—. Incluso Scott Menzies, quien adora a Chris
hasta el día de hoy, se quedó sin paciencia una vez. Uno de estos
enfrentamientos épicos comenzó —como siempre ocurría, ahora que lo
pienso— buscando drogas.
«Tíiiio, ¿qué te parece? ¿Dos cincuenta? ¿Dos cincuenta?».
Era Jay Jones el que hablaba. Estábamos viajando por una interestatal, en
el sur, yendo de un show a otro en nuestra caravana Winnebago, tratando de
matar el tiempo y de mantenernos despiertos.
«¿De qué cojones estás hablando, Jay?».
Sonrió. «Dos cincuenta por cabeza. Con eso basta».
Su plan era que cada uno pusiera algo de cambio para comprar veinte
dólares de heroína. Luego Jay la fundiría, la pondría en un gotero y echaría
unas gotas de heroína líquida pura en nuestras narices, mientras viajábamos
por la carretera.
Parecía una buena idea en aquel momento. Verdaderamente ingeniosa.
Pero habíamos estado bebiendo y esnifando cocaína y la combinación creó un
tremendo bus mágico. Chris, según su tendencia, comenzó a hablar mal de los
demás, a provocar, y casi enseguida Scott sacó un cuchillo y empezó a
apuñalar furiosamente la consola, supongo que por pura frustración. El hecho
de que él se encontrara en el asiento del conductor solo acrecentaba la locura
de su actitud, algo notado por Poland, que comenzó a burlarse de su amigo.
La mayor parte del tiempo, Scott era un tipo de gran corazón, pero nadie
te salvaría si lo provocabas. La primera vez que lo vi caminaba a través de un
escenario, llevando un amplificador de cien libras de peso en cada mano.
Tenía cabello largo y ondulado y el pecho ancho como un barril, me
recordaba a Paul Bunyan. Era lento a la hora de montar en cólera, pero en
cuanto se cabreaba… mejor salir del paso.
Scott paró la casa rodante a un costado del camino y se lanzó encima de
Poland. Los dos forcejearon brevemente, pero Scott no tardó en tomar el
control de la situación. Cogió a Chris de los tobillos, lo puso cabeza abajo y lo
hizo bajar por la escalera de la caravana golpeando su cabeza por los
escalones: ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! Habiendo ejecutado uno de los grandes
martinetes de todos los tiempos Scott concluyó la pelea depositando a Chris
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en una zanja. Pensamos en dejarlo allí, irnos con la casa rodante y no volver a
hablarle jamás. Tampoco era la primera vez que pensábamos en eso. En su
lugar nos quedamos en la caravana, cada uno en su estado de embriaguez, y
esperamos a que la situación se calmara. Después de unos minutos se abrió la
puerta y Chris subió, avergonzado y dolorido.
«Lo siento, tío», le dijo a Scott.
«Sí, OK».
Y seguimos nuestro camino.
Hacia Mc Allen, Texas, una de nuestras primeras oportunidades de usar
pirotecnia. Mc Allen está situado justo sobre la frontera de EE. UU., así que
naturalmente Chris vio esto como una oportunidad para conseguir drogas
exóticas y baratas.
¿Mi respuesta?
«Tienes que estar bromeando».
No era que me opusiera a conseguir drogas. Simplemente pensaba que el
plan era suicida. Me imaginaba a Chris detenido en la frontera y terminando
en una escuálida prisión mejicana durante los próximos veinte años, sacando
cucarachas de su comida y escupiendo parásitos por su culo. A Chris
aparentemente eso no le preocupaba. De todos modos, en aquel momento, era
el tipo más inconsciente que hubiera conocido. Y efectivamente regresó horas
más tarde, vivito y coleando y armado con algo conocido como Mandrax, que
era básicamente un tipo de metacualona. En otras palabras… Quaaludes.
Venían en una lata y parecían ser auténticos, pero yo tenía mis dudas. He
vivido en el sur de California toda mi vida y sé cómo rellenan las butacas
cuando retapizan los coches en la frontera. El tráfico de drogas florece; no
todo es lo que parece ser. Si hubiese etiquetas dirían INGIERA BAJO SU
PROPIO RIESGO.
Chris ingirió, por supuesto. Y dejando de lado mi escepticismo inicial yo
también.
Aquella noche las drogas fueron comparativamente seguras y efectivas,
ofreciendo un efecto tranquilizante antes de subir al escenario. El lugar era
una pocilga y a mí me preocupaba cómo saldría la actuación. Así que cuando
un tipo que trabaja para el club me preguntó si quería usar un poco de
pirotecnia, yo estuve de acuerdo. Lo que sea por los fans, ¿verdad?
«Tengo una sola», me dijo.
«¿Una qué? ¿Una ronda, una carga?».
«Una sola carga explosiva. Es lo que hay. Pero es suficiente, confía en
mí».
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Le di instrucciones de disparar la carga cuando hiciera un movimiento con
la cabeza, justo antes de comenzar con «Skull Beneath the Skin». Pero en
aquel punto, todos comenzamos a sentir los efectos del Mandrax, el cual no
cesaba en su intención de reventarnos. Esto, combinado con lo que siendo
generoso podría describir como una configuración inusual del escenario, tenía
todo el potencial para el desastre. Como el club era relativamente pequeño,
las mesas de aglomerado se usaron como una extensión del escenario. Lo que
no era un problema, excepto porque en un esfuerzo por ser ingenioso el
promotor había escalonado las mesas; en lugar de distribuirlas en forma
pareja frente al escenario las ubicaron como en las casillas de un tablero de
damas, dejando varios huecos al azar de cuatro pies de ancho por ocho pies de
longitud, separando a la banda de la audiencia. Admito que se veía bastante
bien, pero era una idea espectacularmente mala.
Justo cuando comenzamos a tocar «Skull Beneath the Skin», di la señal y
la carga explotó.
¡BOOM!
El sonido que se suponía que teníamos que escuchar después era Gar
dándole a la batería. En lugar de eso lo que escuchamos fue algo parecido a
dos lápices golpeando el suelo. Miré hacia donde estaba Gar; tenía las manos
vacías.
¡Oh, mierda! Me olvidé de decirle de la carga explosiva.
La explosión había asustado tanto a Gar que había dejado caer sus
baquetas. Y eso no era lo peor. La mayoría de los baterías tienen al menos un
par extra a mano cuando están en el escenario. A veces dos o tres. Pero Gar se
había descuidado tanto con su equipo que solo le quedaba ese último par. Lo
siguiente que vi fue a Gar bajando de su batería y corriendo hacia el frente del
escenario para recuperar sus baquetas.
Era ese tipo de noche.
Unas canciones más adelante mire hacia mi derecha, donde Chris Poland
había estado de pie, y no lo vi. Pero su guitarra seguía tocando. De repente
Chris apareció por uno de los huecos frente al escenario, le corría sangre por
el brazo. Sin perder el ritmo se encaramó de regresó a su posición y siguió
tocando, como en una versión metalera del Whack-a-Mole.
Como Chris sonreía solo pude mover la cabeza con incredulidad. Sabía
que esto no seguiría así para siempre. Tarde o temprano alguno moriría de
sobredosis o en un accidente automovilístico, o incluso matando a sus
compañeros de banda. El potencial de la catástrofe era casi incalculable. La
única pregunta era, ¿cuál de nosotros sería la primera víctima?
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9
El fin de la civilización occidental
La alineación clásica de Peace Sells… but Who’s Buying?:
David Ellefson, yo, Gar Samuelson y Chris Poland, detrás de
escena antes de un show (o de una pelea a golpes).
Fotografía de Harald O.
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«No podéis seguir a este ritmo.
Os vais a quemar o a morir».
S e suponía que era una intervención, pero más bien parecía como si
me hubiesen llamado desde la oficina del director.
Era a principios de 1987, y en uno de esos cruces generacionales que a
veces suelen salir terriblemente torcidos, Megadeth era banda telonera de
Alice Cooper en su gira Constrictor. Aunque en este caso fue una calculada
movida comercial desde el comienzo. Alice, que había sido uno de los
rockeros más populares de los 70, estaba en proceso de reconstruir su carrera
después de un puñado de errores artísticos y tribulaciones personales. Aunque
ya había pasado el pico de su éxito comercial, Alice todavía tenía muchos
fervientes seguidores y respeto dentro de la industria. En lo personal, he sido
un gran fanático suyo desde niño, cuando Welcome to My Nightmare sonaba
sin parar en mi casa, así que estaba entusiasmado por salir de gira con él y su
banda. Para nosotros era una oportunidad de llegar a una audiencia más
amplia; para Alice la ocasión de conectarse con una audiencia más joven. En
esencia el público de Megadeth no era muy diferente a lo que había sido el
público de Alice Cooper quince años antes: adolescentes que gustaban de una
música ruidosa, rápida y peligrosa.
Alice había tenido sus propios desafíos en lo concerniente a las drogas y
el alcohol, pero era de público conocimiento que se había rehabilitado. No
faltaban los animales festivos en su entorno, incluyendo a un domador de
serpientes que tenía el trabajo de cuidar a la boa constrictora que subía al
escenario con Alice. Este tipo tenía una caja de jeringas que usaba para sedar
a la víbora y manipularla con seguridad, pero a veces separaba unas cuantas
para inyectarse él mismo. Alice, de todas formas, estaba sobrio y sano, y tenía
una actitud permisiva con todo el entorno mientras esto no interfiriera en el
camino de la música. En otras palabras, era todo un profesional.
Aunque después de pasar un tiempo en la carretera Alice comenzó a
preocuparse por las travesuras de Megadeth. Si él creía que mi
comportamiento era peor que el de los demás, no lo sé. Supongo que le caía
bien y me veía como al líder de la banda y, en consecuencia, responsable de la
locura que rodeaba a Megadeth. Sea como sea una noche me pidió que
subiera a su bus de gira y que tuviéramos una charla. No fue condescendiente.
No me trató como a un niño, más bien como a un amigo.
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«Lo he visto todo, lo he hecho todo», dijo Alice. «Y simplemente no
funciona. No podéis seguir a este ritmo. Os vais a quemar o a morir».
Lo escuché, asentí con la cabeza en todos los lugares apropiados, le di las
gracias por su preocupación y apoyo, y básicamente ignoré todo lo que me
dijo. Respetaba demasiado a Alice para discutir con él, pero me encontraba
profundamente inmerso en la negación —y divirtiéndome demasiado— para
considerar la importancia de su consejo. Es bastante simple en realidad:
cuando eres un adicto no escuchas a la gente. No importa lo que otros digan o
hagan. Es muy raro encontrar a alguien con algún problema de drogas o
alcohol en el que sea fácil influir.
Rara vez la conversación era algo así:
«Ey, tío, tienes que dejar de beber. Es hora de rehabilitarte».
«¿En serio? ¿Dices que no debería drogarme ni lanzarme hacia esa fila de
modelos suecas en bikini? OK, tienes razón. Voy a parar. Gracias por
cuidarme, hermano».
No es suficiente que otros quieran que cambies. Ni siquiera es suficiente
que tú quieras cambiar. Tienes que desear querer cambiar.
Una sutil pero importante diferencia. Y en aquel momento yo ni siquiera
estaba cerca.
DISFRUTÉ LA fiesta, y también me gustaba el sexo, y el poder que
venía con eso. Para mí, estar de pie en un escenario, con un mar de tipos
coreando mi nombre y sus novias dispuestas a quitarse la ropa por mí, era la
última venganza. Después de todos aquellos años de ser el flaquito pelirrojo e
invisible de la escuela me había transformado en el tipo más genial de la sala.
Y me encantaba.
Me compré cada aspecto de la vida del rock ´n´ roll, las drogas y el
alcohol eran solamente los más peligrosos y agotadores. Cuando Ellefson y
yo vivíamos juntos, me levantaba a veces a la mañana y lo primero que veía a
través de mis ojos borrosos e irritados era a Junior sentado a un lado de mi
cama.
«Ey, Junior».
«Ey, Dave. ¿Quieres esnifar algo de coca?».
«Ehhh… claro».
Y con eso bastaba. Me fui, nena, me fui. Dos o tres días de una vez.
Ellefson era mi amigo y mi compañero de juergas, pero también era
perspicaz. Él sabía que si lograba que me drogara temprano por la mañana (y
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seamos honrados, no tenía que obligarme, exactamente), yo pagaría todo el
resto del día. En realidad no me importaba ya que Junior era mi cómplice en
el crimen. Reventarnos y perseguir chicas era más divertido cuando lo
hacíamos juntos.
En lo que respecta a Gar y Chris, creo que debo aclarar algo: no fue su
forma de drogarse lo que hizo que fueran despedidos de Megadeth; sino las
consecuencias de su forma de drogarse. Durante los primeros años de la
banda, el uso de drogas era desenfrenado. Cada uno de nosotros pagó un
precio por las decisiones que tomó. Cuan alto fue ese precio dependió en qué
tan bien —o mal— fuimos capaces de equilibrar el comportamiento
autodestructivo con el legítimo y a veces agotador trabajo de estar en una
banda de heavy metal exitosa. No voy a minimizar mi contribución a la
espiral descendente, pero la verdad es esta: Gar era el menos capacitado para
lidiar con su abuso de las drogas, seguido de cerca por Chris. Junior y yo
estábamos en unos distantes tercer y cuarto puestos (OK, tal vez no tan
distantes). También éramos los miembros fundadores de la banda, la fuerza
creativa dominante, y por ende cargábamos con un nivel de responsabilidad
que Chris y Gar no compartían. Yo sentía esto con más intensidad que David,
estoy seguro, porque también escribía la gran mayoría de las canciones, y la
presión contribuía a que se dieran episodios a los que otros se referían como
de manía, pero que yo simplemente recuerdo como de locura exacerbada por
las drogas y el alcohol.
Gar fue perdiendo su lugar en Megadeth lentamente, hasta quedar fuera de
una sola vez. Habíamos conseguido un nuevo técnico de batería durante una
parada en Detroit, antes de tocar en un club de punk rock llamado Blondie.
Mientras estaba allí se me acercó un muchacho vistiendo una camiseta
amarilla sucia y vaqueros ridículamente ajustados. Tenía los ojos inyectados
en sangre, el cabello largo y enmarañado.
«Ey, tronco, ¿necesitan ayuda para montar la batería?» preguntó.
Yo no tenía idea de quién era, pero la verdad era que sí, casualmente
necesitábamos ayuda para montar la batería.
«Pregúntale a Gar», le dije.
Así que el tipo se fue arrastrando los pies y comenzó una conversación
con Gar, y acto seguido se transformó en técnico de batería de Megadeth.
Bueno, en realidad no se refería sí mismo como «técnico de batería», sino
más bien como un tirao. No importaba —el oficio en sí era más importante
que el título y resultó que este tipo, que se llamaba Chuck Behler, sabía cómo
manejarse con una batería—. Tenía 21 años y ya era un veterano que había
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pasado por un par de bandas punks. Y aunque se había criado en el medio
oeste no tuvo reparos a la hora de subirse al bus de Megadeth esa misma
noche. Así que si están buscando trabajo en el rock ´n´ roll chicos, les dejo un
consejo: estén listos para responder cuando la oportunidad llame.
Lo genial acerca de Chuck era no solo que podía montar la batería de Gar,
también podía sentarse si hacía falta y tocar. Esto significaba que en todas
esas noches en que Gar estaba indispuesto o durante la prueba de sonido no
hacía falta esperar a que apareciera. Como resultado comenzamos a sonar
mejor cuando actuábamos. En lugar de llegar al sitio del concierto y tener que
improvisar sobre la marcha porque el batería estaba en la zona roja (y el
guitarrista estaba dando brazadas en mi vómito), lográbamos prepararnos
adecuadamente para cada actuación —al menos desde el punto de vista
técnico—.
Y así es básicamente como Chuck Behler se transformó en el batería de
Megadeth. Gar seguía cagándola, y Chuck simplemente estaba allí, esperando
a un lado. Además de su talento, fue su presencia —su fiabilidad— lo que le
ganó el puesto.
Gar y Chris fueron despedidos de la banda la misma semana, en el verano
boreal de 1987, justo después de terminar una gira con un viaje a Hawaii. Salí
en la última parte de la gira pensando que la situación podía salvarse, pero no.
Regresamos a L. A. y faltaban más equipos que antes. Y luego Chris comenzó
a agitar las cosas a un nivel que simplemente ya no era tolerable. Durante una
temporada él y Gar habían sido inofensivos, empeñando piezas de equipo
para pagar sus adicciones. Ahora se había transformado en una batalla
incesante que te chupaba el alma. Hacia el final simplemente se volvió una
locura. Nada estaba bien, todo estaba mal. La adicción de Gar había robado su
habilidad de comprometerse con la banda, y Chris… bueno, no creo que Chris
quisiera seguir siendo parte de Megadeth. No estoy seguro de si alguna vez
quiso estar en Megadeth, o en cualquier otra banda de heavy metal. Era un
virtuoso del jazz que vio la oportunidad de ser parte de algo grande, y creo
que eso le generó un conflicto todo el tiempo que estuvo en la banda.
De todas formas Chris y Gar ya no estaban. Habían entrado virtualmente
en el mismo paquete del trato, y de la misma forma salieron.
Llenar el lugar dejado por Gar parecía no dejar marcas, ya que Chuck
estaba demasiado deseoso de mudarse de Detroit a L. A. y transformarse en
un miembro hecho y derecho de la escena metalera de la costa oeste. Se sabía
nuestras canciones, conocía las personalidades, y aportaba algo diferente a la
banda: una dinámica directa que contrastaba bruscamente con el estilo libre
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de Gar. Gar usaba el bombo y la caja, y luego tiraba un par de redobles de
caja por cada compás. Chuck no se movía del bombo y la caja, pero con
mucho hi hat; era un estilo más cercano al del punk rock. Ninguno de los dos
estilos era necesariamente «mejor», pero era incuestionable que tener a Chuck
en la banda era revitalizador. Fue casi una bocanada de aire fresco volver al
heavy metal sólido y directo.
Pensé que librarnos de Gar y Chris sería un alivio, pero eso probó ser un
error de cálculo, ya que yo había descendido bastante en mi propio camino de
la adicción. Junior y yo teníamos la opinión de que éramos los mejores y que
no importaba lo descompuestos, jodidos o exhaustos que estuviéramos, nos
levantaríamos y saldríamos a tocar. No solo siguiendo el reglamento.
Saldríamos y tocaríamos mejor que nadie, sin importar si eso nos mataba.
Chuck encajó a la perfección. Sabía cómo pasar el rato y sabía tocar. ¿Qué
más se podía pedir? Pero aún necesitábamos un guitarrista que reemplazara a
Chris Poland. La primera opción fue un tipo llamado Jay Reynolds, que había
tocado en una banda metalera de segunda línea llamada Malice. Por alguna
razón Malice nunca tuvo éxito, pero eran una banda legítima con músicos
serios y comprometidos. La primera vez que vi a Jay pensé que era fantástico,
la elección perfecta para tocar en Megadeth. El tipo se veía genial: alto y
delgado, cabello rubio y largo, botas que le llegaban a las rodillas, y tocaba
una Flying V. Junior y yo lo vimos en un club en Reseda, California, y mi
primer pensamiento fue: Es completamente metalero; es el tipo indicado.
Yo sabía que Jay sería un trabajo en progreso, que tal vez no tendría las
pelotas necesarias para reemplazar a Poland. Pero me imaginé que podríamos
trabajar con él. Ya le había enseñado a otros a tocar antes, y estaba dispuesto
a hacerlo otra vez.
Desafortunadamente, con Jay el paquete estaba básicamente vacío. Jay era
un consumidor de drogas con buenos contactos, lo que resultó ser al mismo
tiempo bueno y malo para Megadeth: bueno en el sentido de que ahora Junior
y yo tendríamos acceso a un suministro sin fin de drogas; y malo, en fin… por
la misma razón. Pasábamos por el apartamento de Jay al menos una vez al
día. Chuck Behler terminó mudándose al mismo edificio simplemente para no
tener que trasladarse.
«Esta es la cosa más inteligente que hemos hecho, contratar a Jay», dije
una vez, bromeando a medias.
«Sí… hacemos las compras en una sola parada».
Me reí. «Eliminamos al intermediario».
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No teníamos problemas con Jay. Tenía una buena imagen, gran
personalidad, siempre llevaba dinero. Olvídense de los problemas de drogas,
si Jay hubiese sido un gran guitarrista, todavía estaría en Megadeth, porque
nos llevábamos así de bien.
Pero no era un gran guitarrista.
Jay se unió a Megadeth en el Music Grinder, mientras comenzábamos a
componer y ensayar, y posteriormente grabar nuestro tercer álbum, So Far, So
Good… So What! Después de dos discos se había establecido un estilo: yo
tocaba las pistas principales de guitarra rítmica y el otro guitarrista tocaba una
sola pista rítmica que iba por el medio. Así que yo tocaba la pista rítmica de la
derecha, la de la izquierda y el otro guitarrista agregaba una rítmica en el
centro. Hacíamos esto porque le daba a cada canción un sonido único, uno
que se transformó en la firma de Megadeth, pero también porque soy mejor
guitarrista rítmico que la mayoría de los tipos que han tocado en la banda. Así
que estábamos en el estudio y era hora de que Jay comenzara a tocar.
«OK, escuchemos tu parte», dije.
Nada. Jay estaba sentado en una banqueta, con la mirada perdida en el
espacio.
«¿Jay?».
«Sí… estooo… voy a llamar a mi profe de guitarra para que venga, si les
parece bien muchachos».
¿Profesor de guitarra?
«¿De qué estás hablando, tronco?».
«No, está todo bien», dijo Jay. «Él hará los solos por ahora, y luego me va
a enseñar a tocarlos».
Jay sonrió con la inocencia de un niño. Parecía que hubiese tratado de
ocultar durante semanas el hecho de que la situación lo superaba, y ahora
había hallado una solución. Excepto que esto no era una solución.
Miré a Junior, que tenía la boca abierta hasta el suelo, al igual que yo.
«Estamos jodidos», dije.
No pudo disentir.
Si nos hubiésemos molestado en ensayar de vez en cuando, habríamos
visto que esto pasaría, pero con el alquiler del estudio ya pagado y con una
fecha límite acercándose, no teníamos más opción que esperar con los brazos
abiertos al profe de guitarra de Jay. Su nombre era Jeff Young, y presentaba
una lista de desafíos completamente diferente a la de Jay Reynolds. De hecho,
si hubiésemos podido mezclar los mejores atributos de Jay y Jeff —la forma
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de tocar de Jeff y el estilo de Jay— habríamos tenido un tremendo guitarrista
de speed metal.
Jeff, pobre jovenzuelo, se parecía a Bobby Sherman, con rasgos suaves y
aniñados y el cabello cortado perfectamente en capas que parecía que había
sido sometido a un cepillado de media hora cada mañana. Cuando entró al
estudio vestía zapatos náuticos Sperry y bermudas de surfista Ocean Pacific,
que se le ajustaban como calzoncillos sudados. Recuerden que esta es la era
pre Jordan, antes de que los chicos comenzaran a usar pantalones cortos de
baloncesto que les llegaban a las rodillas y todos los demás siguieran la
misma moda. En algunos rincones del mundo (no el mío, por supuesto), se
habría considerado que Jeff tenía estilo. Pero para mí era todo lo contrario.
No obstante estaba dispuesto a tocar las partes de Jay, y había que
admirarlo por eso.
«Veamos qué es lo que tienes», dije.
Jeff comenzó a tocar, y que me parta un rayo si el tipo no era bueno.
Realmente bueno. Como… completamente diferente a cualquiera que yo
hubiese visto o escuchado. Había muchos guitarristas talentosos en L. A. en
aquel momento, la mayoría cortados por la misma tijera: todos pistoleros. Jeff
era diferente, y el hecho de que su apariencia ocultara un estilo tan musculoso
a la hora de tocar, me golpeó con la guardia baja. Después de dejar a Jeff
tocar un rato Junior y yo nos fuimos a hablar en privado. Ahora, hay que tener
en cuenta que ambos estábamos locos en aquel momento. Estoy seguro de que
estaba resacoso cuando vi a Jeff tocar, así que se puede cuestionar la validez
de mi apreciación.
Aun así…
«Es bueno», dijo Junior. «Pero ya sabes…».
«Sí, tendremos que hacerlo pasar por la Escuela Básica del Rock».
Junior se rio, en principio porque él también se había graduado en la
misma escuela. Se sabía todo el programa, se sabía las reglas:
Esta es la ropa que vas a usar. Este es el calzado. Este es el tipo de
accesorios que se usa en la comunidad metalera. Esto es lo que se hace con
el cabello (hacia abajo, no hacia arriba).
Nos llevamos a Jeff afuera y conversamos por un rato, tratando de
conseguir una mejor lectura de su personalidad, pero era tan difícil, y
teníamos tan poco tiempo. Yo todavía estaba en shock por lo de Jay. Jeff
asintió amablemente, contestó cada pregunta con la cantidad justa de
entusiasmo, pero me costaba llegar a la parte difícil. La parte donde le hacía
una oferta. No podía tolerar sus bermudas de surfista y sus zapatos náuticos.
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No podía ver sus ojos a través de las lentes para sol Vuarnet. Era un chico tan
jodidamente guaperas, y yo seguía pensando, ¿Voy a lamentar esta decisión?
Respiré hondo.
«Jeff, nos gustaría tenerte en la banda».
Él asintió, trató de tomarlo con calma. Hasta el día de hoy, no estoy
seguro de si Jeff se imaginaba lo que le íbamos a proponer; es bastante
posible que sus aspiraciones no fuesen más allá de ayudar a Jay para que se
adaptara a Megadeth. Parecía sorprendido, ciertamente.
«Pero hay una cosa…», agregué.
«¿Cuál es?».
«Vas a tener que cambiar todo».
Jeff dejó salir una risita contenida. «¿A qué te refieres con todo?».
«Me refiero a tu pelo, la forma en que te vistes, la forma en que caminas y
hablas. Todo».
Jeff pasó una mano por su cabello de ídolo adolescente, miró sus zapatos
náuticos Sperry y sus bermudas de surfista Ocean Pacific. Estoy seguro de
que pensaba que se veía genial, y en muchas partes del universo,
especialmente en el sur de California a fines de los 80, probablemente sí. Pero
no en el heavy metal. Y con seguridad no en Megadeth. Jeff se encogió de
hombros y sonrió incómodo.
«OK, tío. Haré lo que necesiten».
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En retrospectiva, la sustitución de Jeff por Jay fue una cuestión de
personal que se podría haber manejado mejor. Básicamente llamé a Jay y le
dije que estaba fuera de la banda —antes incluso de que hubiese estado dentro
—. Fue algo frío y sangriento, y me arrepiento de cómo lo hice[11]. Pero este
tipo de decisiones caían naturalmente sobre mis espaldas; nadie más quería
esa responsabilidad. Es un poco irónico, lo sé (el muerto se asusta del
degollado) porque yo tampoco estaba precisamente lúcido ni era 100 % de
fiar. Pero bueno, era mi banda. Para bien o para mal, tenía que hacerme cargo.
COMO HABÍA REMEZCLADO Peace Sells, Capitol Records trajo a
Paul Lani para que se encargara de la mezcla en So Far, So Good… So What!
Paul tenía unas credenciales asombrosas. Pero, en mi opinión, eran las
credenciales equivocadas. Era famoso por haber trabajado con Rod Stewart y
eso yo no lo sabía antes de contratarlo, si no hubiese vetado la decisión de la
discográfica. Rod Stewart, especialmente hacia el final de los 80, era
decididamente una figura pop; Megadeth era una banda de thrash metal. Es
verdad que alguna vez los estilos musicales se pueden cruzar. Está claro que
no faltan ejemplos de ingenieros y productores que hacen polinización
cruzada de un género a otro. Aunque generalmente se da una asociación
incómoda. El pop y el metal no son amigos. Cada uno sabe dónde vive el otro
y tratan de mantener distancia. Eligen calles, barrios y a hasta códigos
postales diferentes.
Por esas razones y más tenía mis dudas. Pero estaba entusiasmado con el
disco y las canciones que habíamos compuesto. Chuck había traído una nueva
dimensión a la banda, y ahora Jeff comenzaba a encajar también. Tal vez,
pensé, esto va a salir bien.
A esas alturas ya se había hecho tradición para Megadeth el incluir un
cover en cada disco. Después de «These Boots Are Made for Walkin’» y «I
Ain’t Superstitious» nos habíamos ganado la reputación de hacer elecciones
interesantes en este aspecto y de darle un giro metalero distintivo a canciones
respetadas de otros géneros. Sí, esto va en contra de mi filosofía del metal vs.
el pop, pero una gran canción es en esencia una gran canción sin importar el
género. Decidí relativamente temprano durante el proceso de composición y
grabación que quería incluir un cover de los Sex Pistols en So Far, So Good…
So What! Yo era un fan del punk desde sus inicios y había estado
perdidamente enamorado de los Pistols. Sugerí «Problems» —una de mis
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canciones punk favoritas— como el cover perfecto, pero Jay Jones no estuvo
de acuerdo.
«Si van a hacer una canción de los Pistols tiene que ser “Anarchy in the
UK”», dijo Jay. Su elección era al mismo tiempo pragmática y filosófica. Si
había una canción de los Sex Pistols que todos conocían esa era «Anarchy in
the UK». Habría una identificación instantánea de parte de los oyentes y sería
fácil de promocionar comercialmente.
«Y tiene sentido porque vosotros sois una banda política», agregó.
Eso último yo no me lo creía. Escribíamos canciones muy oscuras que
contenían imágenes apocalípticas de la guerra y la muerte, pero eso no hacía
necesariamente que Megadeth fuese una banda política. Por lo menos no en
aquel momento. Sí, habíamos tocado cuestiones políticas —«Peace Sells» era
el ejemplo más obvio— pero no éramos abiertamente políticos.
De todas formas, después de considerarlo un poco, estuve de acuerdo con
Jay y decidimos grabar «Anarchy in the UK». Lo mejor de toda la experiencia
fue haber conseguido que Steve Jones de los Pistols tocara la guitarra en la
canción. No sabíamos cómo reaccionaría a la invitación, pero aceptó rápido.
Él vivía en el sur de California en aquel momento y simplemente apareció un
día en su motocicleta Triumph y se paseó por el estudio con una sonrisa en su
cara… ¡y un yeso en el brazo!
«¿Qué coño te pasó?» le pregunté. Se rio.
«Ah, estaba montando en moto por Brentwood y una mujer apareció
delante de mí. Salí volando por encima del manillar».
Como todo punk orgulloso y resistente Jonesy no iba a dejar que la
insignificancia de un brazo roto le impidiera tocar. Nos sentamos un rato y
hablamos de música. Yo estaba completamente enamorado, por supuesto,
porque había sido un gran fan de los Pistols, y era un verdadero honor tenerlo
con nosotros en el estudio. De todos modos, cuando sugerí ponernos a
trabajar, Steve hizo un pedido sorprendente.
«Necesito cien dólares y algo de succión».
Me reí. También David Ellefson, que estaba conmigo en ese momento.
Jonesy no se rio. «Viejo, estás bromeando, ¿no?».
No hubo reacción.
«Te diré qué haremos. Qué tal si te doy mil dólares y después vas y te
consigues algo de succión por tu cuenta, porque no pienso llamar a alguien
para que venga hasta aquí y te la chupe».
Jonesy se encontraba en pleno proceso de ponerse sobrio en aquel
momento (no recuerdo si ya había cruzado la línea final), y supongo que es
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posible que solo estuviera bromeando con nosotros para reírse. También es
posible que hablara completamente en serio. De todas formas, para mi alivio,
toda esta cuestión simplemente se diluyó, y al final de la jornada Steve entró
al estudio y tocó la guitarra en «Anarchy in the UK» mientras yo escupía la
letra como Johnny Rotten.
En el tiempo transcurrido entre la grabación de So Far, So Good… So
What! y el lanzamiento del disco ocurrieron varias cosas, algunas buenas,
otras no tanto. Entre las primeras estuvo una aparición en The Decline of
Western Civilization Part II: The Metal Years, un documental de la directora
Penelope Spheeris sobre la escena del heavy metal a fines de los 80 en Los
Ángeles. «In My Darkest Hour» fue incluida en la banda sonora, y yo aparecí
en el poster promocional de la película. Es bastante remarcable que dada
nuestra afición por las drogas y la depravación, los tipos de Megadeth salimos
como los artistas más inteligentes y reflexivos de la película. No sé si eso dice
más sobre nosotros o sobre el estado general del heavy metal a finales de los
80. Un poco de las dos cosas, supongo. En mi opinión, Penelope, quien
también dirigió el video de Megadeth para la canción «Wake Up Dead», del
Peace Sells, es un genio; capturó a la perfección el ambiente de aquella época,
en toda su gloriosa y autodestructiva decadencia. The Decline of Western
Civilization Part II fue aclamada por la crítica, y generalmente se le acredita
el haber ayudado a matar el movimiento del glam rock[12] en el sur de
California. Solo por eso, Penelope se merece una gran palmada en la espalda.
A pesar de todo nuestro éxito y supuesta trayectoria ascendente, Megadeth
aún tenía su cuota de problemas. Tanto Jeff Young como Chuck Behler se
habían sumergido rápidamente en la cultura de la banda y, mayormente, yo
negaba hasta qué punto nos estábamos saliendo de control. Esto se
manifestaba en formas trágicas y cómicas, y a veces tragicómicas.
Una vez, a mediados de los 80, me montaron una cita con Belinda
Carlisle, quien fuera cantante de una banda de chicas sumamente popular
llamada las Go-Gos, y que en ese momento era solista. En este caso, yo estaba
más que contento de suspender momentáneamente mis sentimientos en contra
del pop y el metal haciendo extraños apareamientos. Belinda era preciosa, y
en aquel momento parecía estar en todas partes (también era soltera). No
tengo idea de si era fanática de Megadeth o del heavy metal en general. Solo
sé que por la intervención de un intermediario yo tenía que encontrarme con
ella y embarcarme en una «cita» de buena fe. Belinda llegó al Music Grinder
un día mientras comenzábamos a mezclar So Far, So Good… So What!
Desafortunadamente cayó en un momento inoportuno. Justo antes de que ella
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llegara yo terminaba de esnifar un globo de heroína. Mientras ella llamaba a
la puerta escondí el globo vacío detrás de un perchero y encendí un porro —
era mejor el aroma dulce de la hierba que el hedor ácido de la heroína—.
Belinda entró, viéndose radiante —y sobria, debo agregar— y sonrió.
«Hola», dijo.
Traté de ahogar una bocanada de humo, pero fue en vano.
«¡Yuu-juu!», ladré, y una nube gris llenó el aire.
Belinda dio media vuelta y se fue por el mismo camino en el que había
entrado. Y ese fue el final de aquella particular historia de amor. Supongo que
estaba condenada al fracaso desde el inicio.
CON SO FAR, So Good casi listo y solo faltando la mezcla final para
terminar el trabajo, Paul Lani decidió que encontraría una mejor inspiración
en el norte del estado de New York a la que encontraría en el sur de
California.
«Vayamos a Bearsville», dijo.
«¿A dónde?».
«Bearsville. Queda cerca de Woodstock».
Woodstock…
En la forma en que lo dijo hubieras pensado que hablaba de Shangri-La.
Le entendí, por supuesto. La inspiración es importante cuando estás creando
música o cualquier forma de arte, y si Paul pensaba que la cercanía de
Woodstock o la belleza pastoral del norte de New York nos darían un mejor
disco, entonces había que hacerlo.
Hasta cierto punto.
Los Estudios Bearsville habían sido fundados en 1969 (así es, el mismo
año del festival en Woodstock, lo que era apenas una coincidencia) por Albert
Grossman, un mánager de talentos que había contado en sus filas con Bob
Dylan, Janis Joplin y The Band, entre otros. Todos estos artistas, en algún
momento dado, se habían referido al estudio como su casa, así que el lugar
tenía una gran reputación. Aunque, después de la muerte de Grossman un par
de años antes, los estudios Bearsville no tardaron en decaer. No sé con
seguridad si ese proceso ya había comenzado al momento de hacer la mezcla
de So Far, So Good. Lo que sí sé es que tardé pocos días en sentir que ya
había visto demasiado de Woodstock. Mi exasperación no era culpa del
paisaje bucólico sino de las excentricidades de Paul Lani.
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Debo admitir que no viajé con la mejor actitud en esta empresa. Diablos,
yo era un adicto, y salir a la carretera es un desafío para cualquier adicto. Este
era un trabajo de dos hombres —solo Paul y yo— y solamente llevé una
pequeña cantidad de heroína para el viaje, así que sabía que me iba a durar
poco. Cruzar el país en avión y terminar en un pueblo remoto significaba
enfrentar la eventualidad de que mi suministro se acabara y que yo terminara
sintiéndome mal. Y en cuanto me pusiera mal, todo se caería a pedazos.
Perdería mi capacidad para concentrarme, para estar enfocado, para trabajar.
Principalmente, perdería mi paciencia con Paul. Todo lo que tuviese que
ver con el tipo me sentaba mal, desde su insistencia en ofrecerme lecciones de
etiqueta a la hora de comer («Dave, esta es la forma adecuada de sujetar la
cuchara») hasta su estilo puntilloso y exasperante de encarar el proceso de
mezcla. En pocos días la molestia se había transformado en desdén, hasta el
punto de no poder mirar al jodido Paul sin sentir un poco de náuseas.
Por suerte había otra banda grabando en los Estudios Bearsville al mismo
tiempo que nosotros, y resultó ser un grupo con una sensibilidad similar:
Raven, otra de las bandas que había sido influida por la NWOBHM.
Comenzamos a pasar el tiempo juntos, y cuando se fueron, por alguna razón
que no puedo explicar, todo se volvió claro para mí: Paul Lani era el tipo
equivocado.
En las otras ocasiones en las que tuvimos que hacer cambios durante la
etapa de producción o de la mezcla la decisión había venido de parte de la
discográfica. Sin embargo, esta vez fui yo quien tomó la decisión. Tendría
que pelear por lo que quería, y no resultaría placentero. Pero era necesario. A
la mañana siguiente —con puta puntualidad— me desperté y me preparé una
jarra de café. Mientras estaba de pie en la cocina, desperezándome, miré por
la ventana, y lo que vi era increíble. Allí estaba Paul Lani, el estimado
productor de la gran discográfica, vagando en calzones por el bosque. Ver a
este hombrecito, semidesnudo, dándole una manzana en la boca (a propósito,
despepitada y pelada) a un ciervo, era más de lo que podía soportar.
Necesito irme. Necesito irme ahora. Hoy.
Pocas horas después estaba en un vuelo a L. A. Hacia el final de la
semana Paul Lani había sido despedido y reemplazado por el ingeniero
alemán Michael Wagener. Michael había trabajado con un montón de bandas
de rock y metal, Metallica inclusive, pero terminó haciendo un trabajo
deslucido en So Far, So Good, tapando todo bajo el eco y en general dándole
al disco un sonido sucio.
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Aunque eventualmente llegó a ser platino, la respuesta de la crítica fue
divergente. Recibí algunos golpes por joder la letra de «Anarchy in the UK»,
y en general la prensa especializada no fue tan entusiasta como lo había sido
con los discos anteriores. No fue una sorpresa —no éramos novatos, después
de todo, y la tendencia es que cualquier banda nueva sea tratada con mayor
gentileza que un grupo ya establecido—. Para Megadeth la apuesta era más
alta. Lo mismo que las expectativas.
Fue después de So Far, So Good que comencé a desarrollar una piel más
gruesa. Hasta ese entonces era el rey del sonido machacante, y mientras
trataba de no dejar que unas críticas afectaran mi punto de vista sobre la
industria o mi actitud hacia el marketing y la publicidad, esto tuvo su impacto
ciertamente. Empecé a dejar de lado las opiniones de la prensa y a
concentrarme más en los fans de Megadeth y en cómo respondían a nuestra
música. Para mí, las críticas siempre han tenido algo de experiencia bipolar:
«Es un gran guitarrista, pero su forma de cantar suena como dos gatos
follando». Aunque fuese verdad, después de un tiempo se vuelve cansino. Y
de todas formas, nunca entendí el análisis crítico que solo busca la crueldad
sobre todas las cosas.
No soy un tipo al que le guste competir con la prensa (es un juego que no
se puede ganar). Después de todo, uno de los roles del artista es ser juzgado.
En última instancia, su trabajo tendrá éxito o no por su propio mérito; hablará
por sí mismo.
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Inserto fotográfico
Fotografía de Daniel Gonzalez Toriso.
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Las únicas fotos de la escuela que tengo. La edades van de los
3 a los 12 años.
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Yo con mi guitarra B. C. Rich Bich, tocando con Megadeth.
Fotografías de William Hale.
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Así se veía antes de que la pintara de negro.
Fotografía de Brian Lew.
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Ron, James, Lars y yo de fiesta después de un show en el
Whisky de L. A.
Fotografía de William Hale.
Prueba de sonido de Megadeth con Kerry King, en Berkeley,
1984.
Fotografía de Brian Lew.
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De la grabación del video de «Wake up Dead».
Fotografía de Robert Matheu.
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De un show en Berkeley.
Fotografía de William Hale.
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Mostrando con orgullo mi Jackson King V, mi primera
guitarra «signature».
Fotografía de William Hale
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Fotografía de Rob Shay.
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Me encanta esta guitarra Flying M.
Fotografía de Ross Halfin.
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Jimmy Page y yo recibiendo premios de Kerrang!
Fotografía de Rob Halfin.
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Fotografía de Rob Shay.
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Mi hija, Electra.
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Mi hijo, Justis.
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Con mi bella mujer, Pam.
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En 2004, en nuestra primera gira con pirotecnia —la gira
Blackmail the Universe—. Glen Drover toca la guitarra a la
derecha y Shawn Drover a la batería.
Fotografía de Rob Shay.
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10
La feria ambulante
Abriendo para Dio en 1988. Escuchando a la multitud vitorear
en el Long Beach Arena —uno de los lugares favoritos de mi
infancia—.
Fotografía de Robert Matheu.
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«¡Esta es por la causa! ¡Devuélvanle Irlanda a los
irlandeses!».
A doro el Reino Unido. Después de todo es la cuna del heavy metal.
La primera vez que Megadeth estuvo de gira allí fue en 1987, después
del lanzamiento de Peace Sells. Yo todavía era bastante ingenuo y estaba
lleno de ambiciones, y preparado para conquistar el mundo. Pero todavía me
faltaban cosas por aprender. Por ejemplo, cómo tomar la sidra Strongbow
Super.
Después de haber bebido una docena de latas una noche en el bar del
hotel, me arrastré a mi habitación para tirarme en la cama. Ellefson y yo
compartíamos la habitación en esa gira, pero aquella noche él se había ido a
ver un show de Deep Purple. En cuanto mi cabeza tocó la almohada, supe que
estaba en problemas. La Strongbow Super parecía cerveza, tenía un sabor
dulce avinagrado, y casi el doble de alcohol que la típica cerveza de los
Estados Unidos. Me dormí completamente ebrio, hasta que desperté en mitad
de la noche. Algo que se agregaba a mi desorientación era que no podía ver
una mierda. Los hoteles en Inglaterra suelen ser como castillos antiguos, con
paredes gruesas, pesadas y a prueba de ruidos; las cortinas que van del techo
hasta el suelo impiden el paso de la luz. Así que cuando te despiertas a las tres
de la mañana, con la vejiga pidiendo auxilio, es mejor que sepas cómo llegar
al baño en total oscuridad.
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Dándole caña durante un solo de la noche en Long Beach en
1998.
Fotografía de Robert Matheu.
La travesía puede ser todo un desafío cuando estas totalmente borracho.
Me senté en la cama y traté sin éxito de encontrar una lámpara o un
interruptor en la pared. ¿Por qué? Porque en este hotel (y en casi toda
Inglaterra, según descubriría después) no tenían interruptores; en lugar de eso,
las luces se operaban con unos botones diminutos que apenas sobresalían de
la superficie de la pared. En la oscuridad, podías pasarte la noche entera
recorriendo el empapelado con la mano y no tener la suerte de encontrar los
botones. Me tambaleé por la habitación, sin poder ver ni siquiera las manos
frente a la cara. Finalmente encontré lo que me pareció ser algún tipo de tapa.
Asumiendo que se trataba de la tapa del inodoro (aunque realmente no me
preocupaba) la levanté, me bajé los pantalones cortos y comencé a mear.
Ahhh… por fin.
Luego volví a la cama y caí inconsciente. A la mañana siguiente supe lo
que había pasado realmente. Me desperté para ver a Junior de pie junto a mi
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cama con cara de asco.
«Ey, tronco. ¿Measte en mi maleta?».
AÑO Y MEDIO más tarde, en Agosto de 1988, regresamos al Reino
Unido formando parte de la gira del Monsters of Rock, que también incluía a
KISS, Iron Maiden, Guns N’ Roses, y David Lee Roth. Comenzó de forma
espectacular, con un show en Castle Donington frente a 114 000 fanáticos. La
sidra Strongbow era la menor de mis preocupaciones en aquella ocasión.
Momentos antes de salir al escenario estaba sentado en mi camerino, tratando
de fabricar una pipa para hachís con una lata, usando un cuchillo para queso
que había sacado del almuerzo de bienvenida previo al show. Lo próximo que
supe fue que tenía sangre corriendo por el dorso de la mano.
«No me jodas…».
Cogí una toalla, hice un torniquete y presioné durante unos minutos. Tuve
suerte. Podría haber sido mucho peor. Con unos vendajes detuve el sangrado
y pude salir a tocar. El show debe continuar, ¿verdad?
Lo que pasó es que estaba bastante sometido por las drogas al momento
de llegar a Castle Donington. Sabía lo suficiente sobre su uso como para
anticipar lo peor: la carretera, después de todo, era un lugar brutal para el
adicto a la cocaína y la heroína, y no había forma de saltear todo lo
desagradable. Nadie (bueno, casi nadie) está tan loco como para meter una
pila de heroína en su equipaje, así que básicamente había que aceptar el hecho
de que al salir del país tendría que pasar abstinencia durante unos días. Para
aliviar el dolor tendría que medicarme con lo que fuera necesario. Alcohol,
marihuana… fumar hachís en una lata. Lo que fuera que te diera resultado.
Con el tiempo, después de tres o cuatro días, tal vez una semana, comenzaría
a sentirme mejor. Era fácil distinguir a los adictos de gira: son los que andan
arrastrando los pies, aspirando aire, tosiendo, parece como si estuvieran
resfriados. Y luego, milagrosamente, mejoran de un momento a otro.
O no.
Si estás desesperado siempre se puede recurrir a tácticas más peligrosas.
Averiguar dónde quedan los barrios bajos o la zona roja y proceder según sea
necesario. Si te faltaban las pelotas suficientes para tal aventura, puedes
probar con un método más seguro: buscar la asistencia de algún médico
accesible.
Era una técnica bastante común utilizada por los tipos que no soportaban
sentirse mal durante las giras. Y había unos cuantos en la gira del Monsters of
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Rock. Mierda… solo entre Megadeth y Guns N’ Roses había suficientes
adictos como para abrir una clínica de rehabilitación.
Había tanta tensión y excitación en el aire al comenzar la gira que el
primer día en Castle Donington el entusiasmo se transformó en tragedia. Dos
fans murieron aplastados cuando el público se movió hacia el escenario
durante la actuación de Guns N’ Roses. No hay forma de darle un giro
positivo o cínico a algo así. Fue triste y horrible, y aunque Megadeth no
estuvo involucrado directamente, todos nos sentimos afectados. Luego, horas
después del concierto, David Ellefson salió del armario, por decirlo así,
declarando que abandonaba la gira del Monsters of Rock para tratar su
adicción a la heroína. Está bien, a nadie que siguiese al heavy metal le
hubiese sorprendido que uno de los miembros de Megadeth entrara en
rehabilitación. Pero todos habrían asumido que ese miembro era yo, no David
Ellefson.
Cierta cantidad de factores contribuyeron a que Junior tomara la decisión
en aquel momento, entre ellos la influencia de su novia de entonces, Charley,
así como también la ansiedad de presentarse frente a una audiencia de más de
cien mil personas. Aunque más que nada, pienso yo, la epifanía de David
surgió del deseo de terminar con el dolor de la abstinencia. Dicho de manera
simple, se había quedado sin heroína y necesitaba ponerse bien.
Como resultado, Megadeth se vio obligado a bajarse de la gira del
Monsters of Rock, una decisión que tuvo implicaciones a largo plazo.
Tuvimos que cancelar presentaciones en siete estadios de fútbol, lo que afectó
a alrededor de medio millón de fans. Estamos hablando de una cantidad seria
de dinero. Todo lo relacionado con esta situación me puso de muy mal humor
—desde la cuestión de David hasta el fiasco de relaciones públicas que le
siguió—. Todos en la gira sabían lo que ocurría, pero por alguna razón
nuestro agente y mánager eligió armar una versión ridícula de la verdad, al
estilo Spinal Tap, en la cual Megadeth fue dudosamente obligado a separarse
de la gira después de que el bajista… ¡se resbalara en la bañera del hotel y se
luxara su puta muñeca!
«¿Estáis de coña?» dije. «¿Eso es lo mejor que pueden inventar? Nadie lo
creerá. Nadie en absoluto».
Nadie lo creyó, por supuesto, y el efecto domino fue instantáneo, no solo
en lo concerniente a nuestro porcentaje de ganancias en la venta de entradas,
sino también en la venta de discos, nuestra exposición y reputación. Esta era
una de las giras más grandes en la historia del metal, y Megadeth se había
autosaboteado. La verdad de esta cuestión se filtró sin demora, y los dedos
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acusatorios comenzaron a apuntarme. Hacía tiempo que la gente especulaba
con mi consumo de drogas, pero yo nunca había hablado de ello en público.
Nunca dije algo al respecto, y mucho menos sobre David. Así que cuando él
entró en rehabilitación, la gente asumió naturalmente que era mi culpa. No me
gusta echar culpas por mi mal comportamiento o el de alguien más. Tu propia
responsabilidad es enorme a la hora de evolucionar como ser humano, así que
soy bastante rápido para darme cuenta cuando alguien miente al quejarse de
su propia miseria. Sería fácil para mí decir que me volví un hábil adicto a la
heroína bajo la tutela de Chris Poland y Gar Samuelson, pero eso no sería
justo. Igual de injusto es sugerir que David Ellefson estaría limpio y sobrio de
no ser por su amistad conmigo. Éramos todos pasajeros de la misma montaña
rusa. Nadie nos apuntó a la cabeza con un arma para que subiéramos.
Tampoco nadie nos dijo cuándo bajarnos. Cada uno tomó esa decisión por
sí mismo, con distintos grados de éxito.
Tomé la misma decisión que David poco tiempo después, entrando en
rehabilitación serena y voluntariamente en un pequeño lugar en Van Nuys,
California. Decir que estuve comprometido con el proceso sería un chiste. En
parte entré porque sabía que tenía un problema; mi consumo de drogas se
estaba haciendo inmanejable y más doloroso que divertido, pero también
porque otros sugirieron que sería una buena idea. Mi novia Diana sugería
repetidamente que yo necesitaba ayuda, y su intervención, tal como fue,
provenía de su amor y honestidad. Otros fueron más pragmáticos. Como ya
me habían advertido, la industria musical comenzaba a distanciarse de los
comportamientos ultrajantes e imprevisibles. Si querías proteger tu carrera
supuestamente debías estar sobrio.
Supuestamente.
Recuerdo registrarme en el mostrador, rellenar el cuestionario y sentirme
principalmente triste. Estaba tan jodido que lo único que me importaba era
vivir para ponerme. Y no era que me pusiera en el tiempo libre entre
conciertos y ensayos; ensayaba y actuaba en el tiempo libre que me quedaba
cuando no estaba puesto. Me había situado en un mal lugar. Me había
lastimado a mí mismo y a mis fans. Era hora de hacerse cargo de la situación.
Salvo que no lo haría. No estaba ni cerca.
Después de un par de días en tratamiento llamé a un amigo y le pedí que
me trajera algo para matar el dolor y el aburrimiento.
«Claro». Dijo. «¿Qué necesitas?».
«Tú sabes lo que necesito».
«OK, no hay problema».
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Mi amigo vino de visita al día siguiente con un estuche de guitarra en la
mano. Le dije a las enfermeras que tocar música me relajaría; calmaría la
ansiedad y la incomodidad. Sonrieron compasivas. En cuanto las perdí de
vista arranqué el panel frontal de la guitarra y saqué el globo de heroína que
estaba oculto. El contrabando de heroína en rehabilitación no era más difícil
que el contrabando de pizza (lo que también hice). Me marché ocho días
después de registrarme, sin ser menos adicto que cuando llegué. Me hicieron
firmar la salida reconociendo que me marchaba «en contra de las indicaciones
del médico».
Miré el formulario y me reí. «¿Saben qué? Si alguien tiene que irse de este
lugar, ese soy yo, porque estuve metiendo drogas de forma clandestina y
nadie le dio importancia. Ustedes no se toman en serio lo de ayudar a la
gente».
La verdad, por supuesto, era que nadie hubiera podido ayudarme en aquel
momento. O incluso durante un buen tiempo después.
LA FORMACIÓN DE MEGADETH responsable de So Far, So
Good… So What! sobrevivió menos de un año, y sucumbió finalmente a los
conflictos de personalidad impulsados por las drogas y el alcohol. Chuck
Behler traía consigo a un amigo y técnico de guitarra, muy descuidado,
apodado «Gadget».
Fuimos con Gadget una noche a conseguir heroína a Ceres. Una de las
primeras reglas que debías aprender sobre comprar drogas era que nunca
tenías que llevarla encima. La llevabas «dentro» de ti, por decirlo de alguna
forma. En cuanto se completaba la transacción el globo iba directamente a tu
boca. De esa forma, si te paraba la policía, podías tragarte la evidencia. ¿Pero
qué hizo Gadget?
Escondió su globo entre las butacas de mi convertible Z28. Nada más salir
a la calle tipos armados se nos echaron encima del coche.
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Foto durante la grabación del video de «Wake up Dead». Fue
tomada en de un hangar en el aeropuerto de Burbank. Después
de la grabación los fans vandalizaron los aviones.
Fotografía de Robert Matheu.
«¡Levanten las putas manos!».
Me quedé helado. No hubo luces ni sirenas. No sabía si esos tipos eran de
la ley o narcos amenazándonos. Pero en realidad eran policías. Me tragué mi
globo y comencé a pensar en las consecuencias de lo que estaba ocurriendo.
Iban a registrar el vehículo, confiscarlo probablemente, y yo terminaría en la
cárcel. Aunque parezca mentira eso no fue lo que pasó. En lugar de eso
arrestaron a Gadget, porque él se había bajado del auto para hacer la compra.
Los polis no lo buscaban a él, querían atrapar al tipo que nos había vendido la
heroína. Así que me dejaron ir y se llevaron a Gadget para que identificara al
vendedor. Pasó unos días en la cárcel, compartiendo celda con el tipo que él
mismo había delatado. Pagué más de cinco grandes de gastos legales para
solucionar el problema, pero después de eso no estuve seguro de poder
mantener a Chuck en la banda. Había demasiada locura, demasiado drama.
Chuck terminó por ser reemplazado en la primavera de 1988; en un cruel
giro de ironía, su salida fue facilitada por su propio técnico de batería, casi de
la misma forma en que Chuck se había colado en el puesto de Gar.
Es una historia que duró dos días en realidad. Estábamos tocando en
Antrim, Irlanda del Norte, y yo estaba en el backstage antes del show,
emborrachándome con Guinness, cuando escuché que alguien estaba entre el
público vendiendo camisetas piratas de Megadeth. Eso era el colmo; en los
shows de Megadeth los únicos que podían vender camisetas eran los
vendedores autorizados. Así que dije, «alguien tiene que detener a ese tipo y
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quitarle las camisetas». Confieso que los detalles se vuelven un tanto borrosos
en este punto. Recuerdo una conversación acalorada en los camerinos, y a
alguien tratando de explicarme algo de que la venta de camisetas era para
juntar dinero para «la causa», y recuerdo haberle ladrado al tipo: «¡me
importa un carajo la causa, nadie vende camisetas en mi concierto!».
El tipo siguió hablando, algo sobre la religión organizada, la opresión y la
intolerancia. En esencia, estaba resumiendo la continua disputa entre católicos
y protestantes en Irlanda del Norte, aunque en el momento no me di cuenta y
tampoco sabía demasiado sobre la cuestión. También estaba demasiado
borracho como para que me importara una mierda. Al momento de subir al
escenario ya estaba completamente fuera de control. Recuerdo que alguien me
arrojó una moneda inglesa y me dio en la cabeza. Traté de encontrar al que la
había arrojado, quería arrastrarlo hacia el escenario y darle en la cabeza con
mi guitarra. No era ajeno al revuelo encima del escenario, ya había pateado
una pantalla de video en un show en Nueva York y había golpeado a un fan
en Minnesota después de que se hubiera subido al escenario. Obviamente, en
ambas ocasiones estaba completamente borracho, así que cuando divisé que
un chico del público trataba de escalar la barricada y atacarme, yo ya estaba
listo para el enfrentamiento.
La seguridad lo detuvo antes de que subiera al escenario, pero el ánimo de
la velada no cambiaría. Terminé esperando detrás de los amplificadores
mientras se reestablecía el orden, y allí estaban Chuck y su técnico de batería,
Nick Menza, ambos fumando marihuana y aspirando unas líneas de coca.
Me reí con ganas.
«¿Esto es lo que hacen cuando están aquí atrás?».
De hecho, eso era lo que habían estado haciendo ahí atrás durante meses.
Me importó una mierda. Regresé al frente del escenario y seguí tocando,
frente a una audiencia que a esas alturas ya estaba frenética. Lo último que
recuerdo es agarrar una botella de schnapps que Chuck siempre tenía cerca y
darle unos cuantos tragos. No recuerdo el resto del show, pero me contaron
que esto fue lo que ocurrió: presenté la última canción de la noche, «Anarchy
in the UK», con la siguiente declaración:
«¡Esta es por la causa! ¡Devuélvanle Irlanda a los irlandeses!».
No sabía lo que estaba haciendo o diciendo. Estoy seguro de que pensé
que sería algo genial para decir, una arenga patriótica e inofensiva. Algo al
estilo Paul Revere; «¡Uno por tierra, dos en el mar!». En otras palabras, una
estupidez propia de un ignorante. Básicamente, mis palabras hicieron la
división del Mar Rojo delante del escenario: los chicos católicos de un lado y
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los protestantes del otro. Lo que tenían en común era la borrachera y las ganas
de pelear a la más mínima provocación. Eso era justo lo que les había dado.
El show terminó de inmediato y rápidamente fuimos escoltados fuera de la
zona en un bus blindado.
Joven y sin miedo de quitarme la camiseta.
Fotografía de Ross Halfin.
La feria continuó, y al día siguiente hicimos un show en Nottingham,
Inglaterra. Al momento de hacer la prueba de sonido Chuck estaba demasiado
jodido para tocar.
Nick venía rogando que lo dejáramos probar en el puesto de Chuck desde
hacía tiempo. «Soy mejor batería que él», decía. «Dejadme tocar». Ahora
tendría su oportunidad. Nick se zambulló dentro de la batería y arrancó con la
intro de una canción que yo había compuesto unas horas antes, una canción
que iría a parar al álbum Rust in Peace. Titulada a posta «Holy Wars», era
una composición nacida de mi vergüenza por lo que había hecho la noche
anterior. Aunque la mayoría —me incluyo— termina por reírse cuando
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escuchan la historia del show de Megadeth en Antrim, en aquel momento yo
me sentía avergonzado, así que quise escribir algo para reflexionar y mostrar
mi arrepentimiento. Es por eso que me castigo en la letra:
Fools like me who cross the sea and come to foreign lands
Ask the sheep for their beliefs
Do you kill on God’s command?
Nick tocó sin fallos. El puesto no era suyo todavía, pero parecía que lo
era. Desde aquel momento en adelante no haría falta tolerar las ausencias de
Chuck, o incluso soportar el hecho de que no nos llevábamos bien. Teníamos
otro batería, afable y perfectamente capaz esperando para reemplazarlo.
Encontrar un reemplazo para Jeff Young sería una tarea mucho más
desafiante, pero su salida era a la vez necesaria e inevitable. Jeff tenía sus
excentricidades e inseguridades, y no todas se fusionaban bien con las mías.
Por ejemplo, hubo una noche en Florida en la que le dio un berrinche y
amenazó con renunciar. ¿Cuál era el motivo de su cabreo? Después de abrir
una de mis maletas, Jeff descubrió una vieja carta de amor que me había
enviado una chica llamada Doro Pesch, la cantante de una banda metalera
llamada Warlock. Ella era una chica bonita y me sentí halagado por su
atención, así que conservé la carta, aunque nada se concretó después de ese
coqueteo. Pero Jeff, quien había perseguido a Doro durante los meses
anteriores sin tener éxito, estaba tan ofendido que sintió que no podía seguir
tocando en Megadeth. Sentí que en realidad era yo el que tenía que estar
cabreado —después de todo, el tipo había abierto mis maletas sin permiso—.
Aquel episodio fue apenas una falsa alarma. Jeff no renunció, pero su
comportamiento se había vuelto tan errático que yo ya estaba listo para abrirle
la puerta de salida. Cuando descubrí que Jeff había llamado a mi novia Diana
una noche —completamente drogado, supongo— y le dijo que fantaseaba con
tener sexo con ella mientras se lo hacía a su novia… bueno, esa es una línea
que no se cruza. No se caga donde se come, y no tratas de follarte a la novia
de tu compañero de banda. Especialmente cuando ese compañero es tu jefe.
Así que vía telefónica le dije que estaba fuera de la banda. Sin historias
tristes, sin explicaciones. Hecho. Se acabó. A los pocos minutos estaba
afuera, frente a la casa que compartíamos con Ellefson, después de haber
conducido el Yugo color rosa de su novia, golpeando la puerta y
arrepintiéndose por todo.
«Tío, por favor, déjame entrar. ¡Lo siento!».
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«¡Vete a la mierda, Jeff!».
«Vamos, hombre», suplicó. «Vengo “cargado”».
Cargado no era una disculpa, sino un término que usábamos para
describir que uno tenía drogas encima. Si estabas cargado era porque habías
comprado. Y estabas listo para la fiesta.
Bueno, por supuesto le abrimos la puerta. Jeff entró, se disculpó otra vez,
y luego procedió a compartir su mercancía con Ellefson y conmigo.
A la mañana siguiente lo expulsamos de la banda.
Es gracioso cómo el tiempo logra curar estas cosas. Poco tiempo atrás nos
reunimos —la breve alineación de Megadeth de 1988 (incluido Jeff Young,
ahora limpio y sobrio, y habiendo sobrevivido al cáncer)— para trabajar en la
remezcla de nuestro catálogo y nos reímos bastante de aquel año vivido
amargamente. Nos abrazamos, nos disculpamos, y nos reímos de nuestra
depravación y la locura general de toda la experiencia. Pero en aquel
momento, hombre… fue brutal. Nos queríamos matar unos a otros, y casi lo
conseguimos.
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11
En contra de la advertencia médica
Yo añadiendo fibra a mi dieta.
Fotografía de Robert Matheu.
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«¡Eres una puta bola negra en esta industria! ¿Y
sabes de quién es la culpa? De la imbécil borracha
de tu madre».
S i te va a tocar que te pillen conduciendo borracho, va a ser mejor que
valga la pena. Fue justo eso lo que me pasó.
En el verano de 1989 estaba conduciendo por el Boulevard Ventura,
regresando a casa, tan cerca de mi hogar y tan jodido que no me preocupó un
posible encuentro con los polis. Era a prueba de balas por ese entonces, o eso
creía yo. Me faltaba cruzar un semáforo. Así es. Solo una luz me separaba de
otra noche de libertad. Salí del semáforo y a mi izquierda vi a alguien
inclinándose sobre el lado del acompañante de su auto. Estaba tratando de
gritarme algo, así que bajé la ventanilla para ver qué quería. Parecía ser un
tipo bastante agradable.
«Deténgase, señor», me dijo. Luego pude ver que me mostraba una
insignia.
«OK, oficial. No hay problema».
Recuerdo que él me decía algo sobre que se ocuparían de mí y me
llamarían un taxi para que me llevara a casa. Pensé que era muy amable de su
parte. Lo próximo que supe fue que aparecieron docenas de luces brillantes
que llegaban de todas direcciones.
Wow… esos taxis se parecen mucho a coches patrulla.
Y luego me di cuenta de que eran patrullas.
Oh-oh… alguien debe estar en problemas.
La lista de sustancias encontradas en mi sangre o en mi coche aquella
noche es una buena muestra de cuán fuera de control estaba mi vida:
marihuana, Valium, cocaína, heroína, hidrato cloral (una medicación para
dormir), alcohol, una cuchara y una jeringa. ¿Por qué estos dos últimos
objetos estaban en mi poder? No lo sé; no era un consumidor de drogas por
vía intravenosa. Me he inyectado solo un puñado de veces en mi vida, una vez
mucho antes de este arresto y unas pocas veces mucho después, cuando mi
uso de la heroína tocó fondo. No había razón para que tuviera una jeringa en
el coche. Pero ahí estaba. Entonces, ¿qué coño pasó? El caso es que el auto
parecía una farmacia sobre ruedas, y yo era consumidor y propietario al
mismo tiempo.
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Las consecuencias de mi arresto fueron rápidas y sencillas. Se me ordenó
acudir a diez reuniones de Alcohólicos Anónimos y suscribirme a un
programa de prevención del alcoholismo por un período de dieciocho meses.
Aunque no funcionó como ellos querían. Después de pasar una hora en la
primera reunión de AA ya había tenido suficiente. No sabía demasiado sobre
el programa como para entender que el proceso de suscripción era opcional;
podía firmar el registro poniendo «Joe Blow» en lugar de «Dave Mustaine» y
a nadie le habría importado una mierda (se llama Alcohólicos Anónimos por
algo). Supuse que alguien estaba observando, esperando, llevando un control
de todos los borrachos bajo intervención de la corte. Se me ocurrió una idea.
Ya que aún escribía todas las canciones de la banda y los royalties y
ganancias de publicación me hacían ser el músico mejor pagado de Megadeth
por mucho, entonces pensé: ¿Por qué no hacer un trato?
«Ey, Junior. ¿Qué tal si te pago para que vayas a las reuniones de AA en
mi lugar?».
«¿Cuánto?».
«No sé. Unos cientos de dólares por reunión, tal vez».
«OK, genial». Fue así de fácil.
David fue a una reunión… luego a otra… y en poco tiempo terminé
pagándole para que fuese a reuniones a las que creo que hubiese ido gratis.
Algo había cambiado. Dejó de beber, dejó de drogarse. Y una noche me
descubrí mirándolo y estaba limpio y sobrio, y dije, «¡A la mierda!
¡Accidentalmente hice que Junior se rehabilitara!».
A David le sirvió ir a AA. ¿A mí? Poco o nada. La idea de juntarme con
un grupo de tipos en camisas de bolos y pelo en la espalda no me resultaba
atractiva. Todo lo que tenía que ver con AA me parecía cínico y falso. Por un
lado es un programa enraizado en el cristianismo y el poder curativo de Dios
en oposición a la debilidad del hombre, una idea que debe ser aceptada para
poder entender y superar la adicción, y aun así, no se puede hablar sobre Dios
en las reuniones de AA. Salí de la primera reunión diciendo: «Estáis tan
jodidos que no me extraña que haya cien novatos por cada uno de los que
llevan 20 años viniendo. Nadie en su sano juicio se apega a este programa».
La verdad es que yo no pensaba que tuviera un problema. Bueno, eso no
es totalmente cierto. Yo sabía que tenía un problema. Simplemente pensaba
que podría tratarlo por mi cuenta. No me tomaba en serio lo de ponerme
sobrio. ¿Y en cuanto a lamentarlo? Sí, lo lamentaba —lamentaba que me
hubieran atrapado—. No sentía remordimiento por el acto en sí mismo o por
el comportamiento descuidado y autodestructivo que había precipitado mi
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arresto en primer lugar. Hay una enorme diferencia, obviamente. Los
programas de rehabilitación y las cárceles están llenos de hombres que
lamentan sus fechorías, primeramente por las consecuencias de esos actos.
Pero el remordimiento es algo completamente distinto. Viene de algo mucho
más profundo, algo más puro. Viene del deseo de ser una mejor persona y de
dejar de hacerte daño a ti mismo y a los que te rodean.
Yo todavía no había llegado a ese nivel.
LA VIDA CONTINUABA, como debe ser, a pesar de toda la turbulencia
que nos rodeaba. Nick Menza había reemplazado a Chuck Behler, pero la
búsqueda de un nuevo guitarrista se extendería por varios meses. Mientras
tanto, continué escribiendo canciones y seguí bebiendo y fumando heroína y
cocaína. Es retorcida la forma en que el negocio de la música funciona —
cómo la maquinaria de una banda, particularmente una banda de nivel platino,
sigue avanzando forzosamente incluso cuando sus partes se están oxidando y
haciendo ruido—.
A pesar de los cambios de miembros y los problemas personales,
Megadeth seguía siendo una banda con gran potencial artístico y económico,
así que las oportunidades de trabajo seguían cruzándose en nuestro camino.
Grabamos un cover de Alice Cooper, «No More Mr. Nice Guy», para la
banda sonora de Shocker: 100 000 voltios de terror[13], una película de Wes
Craven. Nuestra adorable amiga Penelope Spheeris fue contratada para dirigir
el video de «No More Mr. Nice Guy», una experiencia que fue a la vez
graciosa y deprimente.
Tengo el mayor respeto posible por Penelope, así que no voy a discutir su
recuerdo bien documentado de que, básicamente, yo estaba muy jodido como
para tocar la guitarra el día de la filmación. Aunque para ser justos tengo que
señalar que aquella vez fue un trabajo desafiante. Penelope me tenía de pie, y
tocando, en un pedestal gigante y giratorio —como un plato giratorio colosal
—. Las cosas hubiesen sido más simples si al menos el pedestal hubiese sido
plano. Pero no. Era más parecido a eso que usan los skaters para practicar
cuando están en sus casas. Como un balancín. Así que allí estaba yo, tratando
de tocar la guitarra mientras todo giraba y rotaba y se sacudía de arriba hacia
abajo.
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Jeff Young, yo, Chuck Behler y David Ellefson (formación de
SFSGSW, 1987-1989).
Fotografía de Robert Matheu.
«¡Sigue tocando, Dave!», me gritaba Penelope. «¡Mantén tu vista en la
cámara!».
Más giros… más subidas… caídas.
«¡Date la vuelta, Dave! Mira a la cámara. ¡No! ¡Demasiado rápido! ¡Mira
para este lado!».
«¡A la mierda tío! ¡No puedo hacerlo!».
Habría sido bastante difícil actuar y tocar en el video incluso si hubiese
estado sobrio y limpio. ¿Jodido? Olvídenlo. Imposible.
QUEMÁBAMOS mánagers casi tan rápido como bateristas y guitarristas.
Jay Jones, Keith Rawls y luego Tony Maitland, quien había guiado a los Fine
Young Cannibals a sus quince minutos de fama. Tony estuvo con Megadeth
alrededor de un nanosegundo antes de pasarle las riendas a Doug Thaler. Este
último había sido músico y su carrera como mánager había despegado gracias
a su trabajo con Mötley Crüe, Scorpions y Bon Jovi. Mi primera reacción al
escuchar que Doug quería llevar a Megadeth fue «¡joder, sí! Ahora sí que lo
logramos».
Probó ser una relación más compleja de lo esperado. La asistente de Doug
era una mujer llamada Julie Foley, que también resultó ser novia de David
Ellefson. David y yo aún vivíamos juntos y supuestamente nos estábamos
limpiando. Él permanecía sobrio; yo no. Así que un día, mientras estaba en
casa drogándome con heroína, Julie y David aparecieron. Julie se enojó e
inmediatamente llamó a Doug, que vino en modo intervencionista. Él no tuvo
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reparos en decirme que necesitaba ayuda y que mi carrera dependía de ello.
Después de todo, Doug ya había pasado por eso con la pandilla de Mötley
Crüe. Además, ese era un período en que se había hecho políticamente
correcto que las celebridades —actores, músicos, escritores— adoptaran la
sobriedad de una forma muy pública (y a veces condescendiente y cínica).
Los doce pasos hacia una mejor carrera y todo eso.
En aquel momento había un renombrado «policía sobrio» llamado Bob
Timmons, cuya especialidad era trabajar con gente del espectáculo, músicos
principalmente. Doug ya tenía una relación con este consejero desde la época
en que Timmons había trabajado con Mötley Crüe. Doug se imaginaba que si
alguien podía enderezarme, ese era Timmons.
Acepté entrar en rehabilitación y comencé a tratarme con Timmons, más
que nada para sacarme a los demás de encima. Ciertamente sería una
exageración decir que estaba preparado para invertir cualquier capital
emocional en el proceso de rehabilitación. Simplemente quería calmar a la
gente que me insistía con ello hasta el hartazgo. Todo ocurrió muy rápido,
como suele pasar con las intervenciones:
Nos vamos. Ahora. Ni siquiera hagas el equipaje. El coche ya viene.
En mi caso el coche era una limusina. Mientras esperaba su llegada le
saqué brillo a un globo de heroína y me lie un porro. Sería el último por un
buen tiempo, me imaginé. Me convenía disfrutarlo. Timmons apareció unos
minutos más tarde. Hablamos un poco, entré en la limo, y nos fuimos al
Hospital Scripps Memorial, en La Jolla. A las pocas manzanas de comenzar el
viaje bajé la ventanilla y encendí el porro que había liado antes de salir.
«¿Qué estás haciendo?», dijo Timmons.
«Ey, está bien, hombre. Solo voy a fumar un porro por el camino. Ya
sabes, para despedirme de la resaca».
Me reí, pensando que un tipo como Timmons lo había visto y hecho todo
y apreciaría la broma. No le gustó. «Ni lo pienses, hermano».
«¿Qué quieres decir?».
«Digo que no. Ya estamos en camino».
En menos de un segundo mi actitud pasó de la resignación —teñida con
una pizca de optimismo— a la indignación.
«¡Vete a la mierda! Tú estarás en camino. Yo me voy a casa. Que la
jodida limo de la vuelta».
«No puedo hacer eso hermano. El viaje ya ha empezado».
Si llevaba alguna energía positiva para encarar el procedimiento (y no era
mucha, lo admito), esta se evaporó. No quería estar en aquella limusina, no
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quería estar cerca de Bob Timmons y no quería ir a la rehabilitación.
Timmons, lo que no era una sorpresa, ya había estado en este tipo de
situaciones; estaba acostumbrado a los casos difíciles, así que simplemente
salió de la situación hablando, me contó la historia de su vida. Contó que en
su rebelde juventud había sido miembro de la Hermandad Aria. Nunca se sabe
quiénes son, supongo, pero para ser honesto, no me imaginaba a este tipo en
la H. A. No parecía ser de ese tipo de personas. Bueno, cuando me rehabilité,
varios años más tarde, y comencé a hacer un poco de trabajo de padrinazgo
por mi cuenta, llegué a conocer a algunos alcohólicos y adictos en
recuperación que habían hecho cosas malvadas y que asustaban de verdad.
Muchos de ellos habían estado en pandillas, incluso en la Hermandad Aria. Y
algunos declararon haberse cruzado con Bob Timmons en sus viajes.
«Era un malvado hijo de puta, ¿verdad?» dije.
«Eh… no exactamente».
Según me contaron, Timmons había sobrevivido a su estancia en prisión
porque le hacía favores sexuales a la Hermandad Aria. A cambio, la pandilla
le brindaba protección. ¿Si esto era verdad? No tengo forma de saberlo, pero
ciertamente resultaba posible. Timmons murió hace un par de años, y nunca
le pregunté por esto. Nuestra relación se volvió amarga después del viaje en
limo a La Jolla. De hecho, en cuanto llegué allí, ya estaba pensando en irme.
Duré en rehabilitación un poco más que la primera vez, pero no mucho.
Para calmar la incomodidad de mi estancia en el tratamiento encontré una
linda chica llena de tatuajes. Llegamos a conocernos temprano y descubrimos
que teníamos mucho en común. Bueno, lo suficiente.
«¿Te gusta la heroína? ¡A mí también!».
«¿Eres fan de Megadeth? ¡Diablos, yo toco en Megadeth!».
Un día hubo un motín de pacientes, los internos corrían por todo el lugar,
enojados por la comida, las sesiones de terapia, o casi cualquier cosa
imaginable. En medio de ese caos, mi pequeña novia punk se escapó de la
rehabilitación y cogió un taxi hasta la Vía De La Valle, cerca del hipódromo
de Del Mar, a unas diez millas de distancia. Allí se metió en un restaurante,
consiguió algo de heroína, y la trajo al centro de tratamiento, donde los dos
procedimos a consumirla.
Al igual que en mi primer viaje a rehabilitación, me conmovió lo fácil que
era conseguir drogas de contrabando. En cuanto se me pasó el efecto perdí
todo interés en el tratamiento. Solo quería irme a casa. Así que llamé a la
única persona que no me haría preguntas, la única persona que me amaba
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incondicionalmente y que haría lo que yo quisiera, incluso si eso no era
razonable y no necesariamente a favor de mis intereses.
Mi madre.
Me pasó a buscar al día siguiente, y salí del hospital —como la vez
anterior, «en contra de la advertencia médica»[14]—. Cuando llegué a casa
tenía un mensaje de Doug Thaler en mi contestador. No era una sorpresa en
realidad. Sabía que tendría que pagar un precio por haber abandonado el
programa. Sabía que Doug se cabrearía. Lo que no sabía era que se volvería
loco.
«¡Eres una puta bola negra en esta industria! ¿Y sabes de quién es la
culpa? De la idiota borracha de tu madre».
Baaaah.
Esa fue mi primera reacción.
La segunda fue, voy a matar a este hijo de puta.
Esto es lo que tengo que decir sobre mi madre. Tuvo una vida difícil y
solitaria. Amaba a sus hijos y habría hecho cualquier cosa por nosotros, y
muchas veces no le facilitábamos las cosas. Yo seguro que no. Pero mi madre
era una persona normal que trabajaba duro (limpiando los baños y los suelos
de otra gente), y a la que le gustaba tomarse una cerveza cuando volvía a casa.
Eso era todo. No era ni una alcohólica ni una drogadicta. Entiendo el cabreo
de Doug; yo tenía un papel principal en el desastre. Él quería ser mi mánager
y yo era inmanejable. Era impredecible y no se podía confiar en mí, como
resultado puse en riesgo su seguridad y su reputación. Está bien. Cabréate
conmigo. Dame un puñetazo. ¿Pero lanzar ese tipo de acusaciones a mi
madre? Era completamente irracional.
No fue una sorpresa que aquel fuera el último día de Doug como mánager
de Megadeth. Decía que comenzaría una campaña de desprestigio en mi
contra, así que me hice cargo e hice las paces con él por haber comprometido
su seguridad y por no haber sido un buen cliente, antes de que la situación
llegara a ese extremo. El negocio de la música, en general, es bastante
indulgente con el mal comportamiento —y a veces hasta parece
recompensarlo— especialmente en aquellos que en realidad tienen algún tipo
de talento y un historial de éxito.
NUESTRO SIGUIENTE mánager fue Ron Laffitte, a quien conocía y
me caía bien desde los días de Metallica. Ron era agradable e inteligente, y
parecía que teníamos mucho en común: su madre era alemana, la mía
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también; su apellido era francés; el mío también; era Virgo, yo también. Dado
que ambos teníamos el pelo largo, rojizo, y personalidades similares,
hubiéramos pasado por hermanos. De hecho, para mí, Ron era más que un
mánager en aquel entonces. Era mi amigo. Pasábamos tiempo juntos, fuera
del estudio, haciendo artes marciales en el dojo del gran campeón Benny «el
Jet» Urquidez. Hacíamos paracaidismo juntos. Poco a poco comenzaba a
curarme. No ocurrió de la noche a la mañana, obviamente, pero ciertamente
estaba en mejor forma, física y emocionalmente, de lo que había estado en
mucho tiempo. Es difícil de explicar la trayectoria de mi adicción y mi
sobriedad, no era parabólica, más bien larga y ondulante.
Mientras continuaba escribiendo canciones para nuestro siguiente disco,
Rust in Peace, traté de vivir como un tipo «normal» de más de veinticinco
años. Hacía ejercicio, mantenía una dieta sana, me concentraba en hacer mi
trabajo, y ocasionalmente tomaba alguna bebida para adultos. O dos o tres.
Aún no estaba convencido de que fuese inadmisible para mí disfrutar como lo
hacía otra gente. Había mucha gente en «el programa», y con esto me refiero
principalmente a AA, que no era tolerante con los que no seguían el
programa. Si no tenías tu pequeño medallón, si no acudías a las reuniones
para músicos, y si no andabas por allí diciendo «llegué por la gracia de Dios,
hermano», entonces no eras parte del club.
Yo no era parte del club.
Al mismo tiempo me veía yendo a bares y mirando por encima del
hombro de vez en cuando, preguntándome si alguien me observaba y
controlaba. ¿Por qué? Porque tenía miedo. Aunque actué como si no me
importara, en realidad la amenaza de Doug Thaler me había revuelto. Me
había cabreado y me motivaba para buscar venganza. Pero también sabía que
de la única forma en que lograría tener credibilidad era si solucionaba mis
problemas.
Para ese fin, continuaba con la búsqueda de un gran guitarrista, alguien
que hiciera que todos olvidaran a Jeff Young, y que tal vez incluso hiciera que
dejaran de pedir el regreso de Chris Poland. El proceso era lento hasta el
hartazgo, con audición tras audición tras audición. Un tipo se presentó y
desde entonces ha estado diciendo a todos que él escribió el comienzo de
«Wake up Dead». Bien, esa audición ocurrió cerca de la época en que
Megadeth sacó su cuarto álbum. «Wake up Dead» estaba en Peace Sells,
grabado más de tres años antes. Así que imagínense.
También estuvo ese tipo que entró una mañana caminando, parecía un
músico de sesion de los Allman Brothers: cabello rubio y largo atado en una
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coleta, botas de vaquero, chaqueta vaquera y un acento sureño en su voz.
«Mu bien», dijo mientras enchufaba su guitarra. «Estoy listo pa que me
enseñen sus canciones».
Terminé diciéndole, ¿Te estás quedando conmigo? ¡Esto es una audición!
No una clase de guitarra.
Junior y yo terminamos por desarrollar un sistema para lidiar con tal
pérdida de tiempo. Buscábamos el transmisor inalámbrico que teníamos en la
espalda colgado de la correa y lo apagábamos, y de esa forma terminaba la
audición. En este caso, con solo mirarnos hacíamos el movimiento
simultáneamente.
Listo, ya terminamos.
No recuerdo cuántas audiciones así tuvimos que soportar; después de un
tiempo comencé a perder la esperanza de que encontráramos al músico
indicado. Finalmente, un día de Febrero de 1990, entré a la oficina de Ron
Laffitte y vi la tapa de un álbum sobre su escritorio. Dragon’s Kiss era el
título del disco. Era el trabajo solista de un guitarrista llamado Marty
Friedman, a quien conocía vagamente por su trabajo con una banda llamada
Cacophony. Levanté el disco y traté de no reírme. En la portada Marty vestía
algo que parecía una chaqueta de cuero brillante (o traje para saltar en
paracaídas, era difícil de decir) abierto hasta la cintura. Le habían peinado en
largos bucles de dos tonos.
«¿Estás de coña, verdad?».
«Solo escúchalo, ¿OK?» dijo Ron.
Me convenció en menos de dos minutos de la primera canción. Más que
eso en realidad. Estaba sorprendido.
«¿Este tipo quiere unirse a nosotros?».
Ron sonrió y asintió.
Marty me dio poca impresión el día de su prueba: vaqueros con agujeros,
zapatos de cinco dólares, el mismo pelo que en la portada de su álbum. Su
equipo consistía en una guitarra de segunda marca, un amplificador Carvin y
alguna pieza más de equipo. Para traer e instalar esto solo había contratado
los servicios de un técnico de guitarra incongruentemente grande llamado
Tony DeLeonardo. Mientras veía a Tony trabajar me preocupó que el equipo
no le hiciera justicia a la forma de tocar de Marty, según lo había oído en su
disco. Así que hice una sugerencia.
«Ey, Tony», le susurré. «Cuando llegue el momento del solo, pulsa este
botón de aquí, ¿OK?».
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Ya que yo tenía una generosa pared de Marshalls, le asigné uno de mis
amplificadores a Marty para que su parte rítmica sonara por ahí. Luego le
agregué otro amplificador para que se sumara en el momento de su solo. Los
equipos extras dejarían claro si Marty estaba a la altura del puesto o no. Nada
quedaría oculto.
Nada hubo que ocultar. Marty pasó la audición volando sin fallo alguna.
Su actuación quedó grabada en video, como habíamos hecho con las otras
audiciones, pero Marty había tocado tan perfectamente que ni nos molestamos
en revisar la cinta. Llamé a la oficina de Ron Laffitte casi de inmediato y dije,
«conseguimos nuestro guitarrista».
Marty tenía las pelotas necesarias, y hasta tal punto que casi nada más
importaba. Ni su feo cabello o la falta de estilo, ni el hecho de que su nombre
no podía sonar menos «metalero». Me imaginé que lo enviaríamos a la
Escuela del Rock, al igual que habíamos hecho con otros miembros de la
banda, y tal vez consiguiésemos que cambiara su nombre. El segundo nombre
de Marty era Adam, así que pensé, Hmmmm… Adam Martin. Suena bastante
bien. (Más tarde, Marty tomó mi idea y le puso Adam Martin a su compañía
de publicación). Al igual que David Ellefson, Marty no aceptó, pero tampoco
podía llamarlo Junior también. De alguna forma, todo resultaría bien.
Y así fue. La alineación estaba lista —Megadeth volvía a ser una poderosa
banda de cuatro miembros, con una formación con el potencial de sobrepasar
incluso a la que había producido los primeros dos discos—. Entramos al
estudio armados con un puñado de grandes canciones y el compromiso de
tocar sobrios y feroces como la banda de thrash metal más grande del planeta.
Aunque en pocas semanas todo comenzó a astillarse, y esta vez la culpa era
solo mía. Seguía viendo a Marty tocar, escuchando lo que salía de su guitarra
y… bueno… me derrumbé. No sé decirlo de otra manera: él era mejor que yo,
más talentoso, más comprometido, más… todo. Ver a Marty me hizo darme
cuenta que yo había estado holgazaneando. No había progresado como artista.
Me había estancado. Reconocer esto era más de lo que podía soportar, y para
hacerle frente regresé una vez más al cálido abrazo de la heroína y la cocaína.
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La formación de Rust in Peace, que pronto sería famosa o más
bien infame. De izquierda a derecha: David Ellefson, Marty
Friedman, yo y Nick Menza.
No quiero dar a entender que Marty tuvo alguna responsabilidad en mi
recaída. No era su culpa, obviamente. Su talento era meramente un
catalizador. Yo quería a Marty en la banda, sabía que era el hombre indicado
para llenar el vacío que habíamos tenido por dos años. Solo tenía que superar
mi propia inseguridad y neurosis.
Para lograr ese objetivo fue esencial la presencia de un hombre llamado
John Bocanegra, quien era el director de programas en el centro de Beverly
Hills donde pasé mi tercera temporada en rehabilitación[15]. En este viaje en
particular estaba listo para hacer un cambio. Quería mejorar. Quería sentirme
mejor.
John era distinto a cualquier consejero antidrogas que hubiese conocido
en el pasado. Tenía el mismo estilo arrogante e irreverente de «no me vengas
con mierdas», como los demás, pero había más debajo de la superficie y pude
sentirlo enseguida. Me caía bien y confiaba en él —tanto que nos hicimos
amigos cercanos y terminó siendo padrino de mi boda—. John era como un
bloque de cemento, medía 1,60 de altura y pesaba alrededor de 110 kilos.
Tenía un bigote enorme y caído, y cabello oscuro con raya al medio. De no
ser por el gran tatuaje de pandillero en su cuello, hubiese pasado por uno de
esos tipos divertidos que tocan en las bandas de mariachi los domingos por la
noche en cualquier restaurante mejicano.
Aunque una vez que conocías a John entendías que su estilo rudo no era
artificial. Este no era un tipo que hubiese sobrevivido en prisión siendo la
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perra de otro. La primera vez que me contó que había sido un gangster antes
de rehabilitarse, me reí del término en sí mismo.
«¿Gangster? ¿Qué es lo que te hace ser un gangster?».
Sin la más mínima comicidad John me contó su carrera criminal. Un día,
dijo, entró a un banco y le disparó a un guardia de seguridad mientras
cometían el robo.
«¿Qué coño, tío?» dije incrédulo. «¿Por qué le disparaste? ¿Qué hizo?».
«Lo primero que dije al entrar al banco fue: que nadie se mueva», explicó
John. Luego hizo una pausa, se encogió de hombros. «El tipo se movió».
Asumiendo que esta historia es verdadera, no estoy seguro de cómo hizo
John para salir de prisión. Dijo que entró en un programa que evitaba las
reclusiones a largo plazo, luego se rehabilitó y le otorgaron la libertad
condicional. Cuando salió, John se hizo consejero antidrogas, y puedo decir
honradamente que tuvo un rol importante en mi rehabilitación. No me curé
por completo durante aquel viaje, pero con la ayuda de John finalmente pude
dar con la raíz de mi comportamiento adictivo y enfrentar las consecuencias
de mis decisiones. Me ayudó a ver que en realidad era posible revertir las
cosas. John significó mucho para mí, y sé que también para David Ellefson.
Pueden ver cómo nos inspiró en la canción «Captive Honour», con su brutal
descripción del crimen y el castigo, para la cual Junior coescribió la letra
original.
Durante años siempre he escuchado la voz de John cuando canto «Captive
Honour», pero nunca le pregunté a Junior al respecto. Finalmente un día me
contó que había escrito su parte de la canción después de escuchar a John
relatando historias de horror sobre la vida en la prisión.
Había otro lado de John que realmente apreciaba, porque demostraba
hasta qué punto su rol no era fingido. Una vez me dijo que guardaba una
jeringa oculta en el tablero de su coche.
«Bueno, eso es bastante estúpido», dije. «¿Para qué?».
«Por si acaso».
Si no eres adicto, si nunca has sido adicto, esto puede parecerte ridículo.
Pero yo lo entendía. Entendía el sentimiento. Y, de alguna forma, hasta lo
admiraba.
AUNQUE comenzaba a ver resultados, seguía luchando con algunos de
los efectos secundarios del proceso de los doce pasos. La ira y la ambición
habían sido el combustible de mi arte, dando nacimiento al punto de vista
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perturbador y a veces nihilista de Megadeth. ¿Podría escribir estando sobrio?
¿Podría generar el mismo tipo de composiciones de guitarra sin el beneficio
de la ayuda química? Absolutamente. ¿Pero qué ocurriría si me transformaba
en un hombre de paz? ¿De serenidad? Había pasado la mayoría de mi vida
adulta provocando y agitando. ¿Podría vivir sin la confrontación, sin la
agitación? No tenía ni idea, y tampoco estaba seguro de querer averiguarlo.
Esencialmente me había transformado en el agujero del donut, tratando de
vivir mi vida en paz con los que me rodeaban. Era un estado completamente
antinatural y extraño para mí. Mi popularidad como músico había surgido de
mi talento pero también de mi habilidad para el escándalo. A la gente le
gustaba Megadeth no porque yo cantara como James Taylor —obviamente no
— sino por la intensidad de la música. No venían a un concierto de Megadeth
esperando ver al jodido Dalai Lama. Querían ver a un guitarrista furioso,
cantando sobre la muerte y la aniquilación, el dolor y la venganza. ¿Podría
darles eso cuando sentía que me estaba ablandando como un pudin de
vainilla?
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Me vestí de blanco para probar algo completamente diferente.
Marty y yo de gira.
Fotografía de Ross Halfin.
¿Saben quién me ayudo a encontrar la respuesta? Alice Cooper. No
habíamos hablado desde nuestra última gira, cuando Alice había expresado su
preocupación por mi consumo de las drogas y el alcohol. Lo llamé para
discutir una idea que tenía para hacerme un tatuaje. Este combinaría las
imágenes de los logos de Megadeth y Alice: Vic y el Bebé del Billón de
Dólares. Alice pensó que sonaba genial, dijo que no necesitaba su permiso ni
nada parecido, y rápidamente la conversación cambió de dirección.
«¿Cómo estás?», me preguntó.
«Bien», dije. «Vamos a entrar al estudio para grabar el disco nuevo, y
estoy tratando de hacer las cosas de otra forma. Es difícil».
«Sé a qué te refieres. Si alguna vez necesitas mi ayuda o algo quiero que
sepas que estoy aquí para ti».
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Me reí, más por nerviosismo que otra cosa. «¿En serio, Alice? ¿Qué vas a
ser, mi padrino o algo así?».
Él no dudó. «Claro, si eso es lo que quieres».
Y así fue como Alice Cooper se transformó en mi padrino. Ya no
hablamos tanto ahora, y supongo que nuestra relación ha evolucionado al
punto de estar más en los papeles que en otra cosa. Pero eso está bien. Él
estuvo allí para mí en aquel momento, y ha estado allí desde entonces. Tengo
una tonelada de respeto por Alice, como músico y como persona, y siempre lo
consideraré mi amigo.
Sin siquiera intentarlo logró que yo dijera algo que, francamente, nunca
pensé que sería capaz de decir:
«Necesito ayuda».
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12
Los años de la vida
David Scott Mustaine y Pamela Anne Casselberry, 3 de marzo
de 1991, en Honolulu, Oahu, Hawaii. Nunca vi tanta belleza,
y yo parezco una tira de chicle Doublemint.
«¿Sabes qué? Ya va siendo hora. Esta es la mejor
mujer que hay en el mundo para ti».
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L a primera vez que vi a mi esposa ella estaba con una amiga en un
club de Hollywood norte llamado FM Station, uno de los primeros
locales del creciente imperio de Filthy McNasty. Yo estaba allí con un puñado
de personas, incluidos Nick Menza y su amigo Juan. Debe haber sido entre
finales de 1989 y principios de 1990, cuando entraba y salía de mi sobriedad,
mientras recomponía la formación de Megadeth y escribía canciones para
Rust in Peace.
Como siempre, mi vida personal se encontraba en un estado de
conmoción. Ya llevaba más de seis años viendo a Diana, y aunque nuestra
relación no era monógama —al menos en lo que a mi respecta—,
honradamente pensaba que en algún momento nos casaríamos. Llevábamos
seis años comprometidos, estábamos a menos de un año de ser marido y
mujer para las leyes de convivencia. Diana era hermosa y sexy, pero
peleábamos constantemente, hasta el punto de ser una rutina que casi podría
calcularse con el reloj. Ella venía, nos divertíamos un rato, alguno de los dos
decía algo incorrecto, nos peleábamos, ella se iba, yo la llamaba, ella
regresaba, hacíamos las paces, teníamos sexo… y después repetíamos todo
otra vez. Eventualmente, llegué a la conclusión de que nuestra relación no iba
a resultar. La llamé durante una de mis temporadas en rehabilitación, en uno
de esos momentos de luminosa claridad que los adictos y alcohólicos
describen comúnmente.
«No puedo seguir viéndote», le dije. «Simplemente, somos demasiado
tóxicos el uno para el otro».
Como era predecible, se volvió loca —¿quién puede querer que un tipo en
rehabilitación termine contigo?—. Dijo que se sentiría deprimida, pero creo
que ya se lo esperaba. También pienso que sabía que estaría mejor sin mí. En
lo que a mí respecta, bueno, estaba haciendo cambios en mi vida y terminar
con una relación disfuncional era otro paso en el proceso de superación
personal. «Tornado of Souls» fue mi forma de lidiar con el final de aquella
relación. Realmente de eso se trataba, una explicación de cómo me sentía en
aquel momento; dejando las referencias líricas a un lado, no era una canción
sobre el asesinato o la muerte. Era sobre la decadencia que acarrea el estar
atrapado en una mala relación.
This morning I made the call
The one that ends it all
Hanging up, I wanted to cry
But damn it, this well’s gone dry
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Aunque, dicho con total ingenuidad, no estaba buscando un alma gemela.
Después de terminar con Diana y de limpiarme un poco, estaba bastante
entusiasmado con disfrutar los beneficios secundarios de ser una estrella de
rock. Era el cantante, compositor y guitarrista de Megadeth. Si no era
exactamente Brad Pitt, al menos no era el tipo más feo del mundo. Seamos
honrados: si tienes dinero y puedes tocar la guitarra, entonces puedes
conseguir con quién acostarte. Dios sabe que ha habido bastantes tipos feos en
el heavy metal que nunca se han quedado sin un culo a su disposición. Ahora
yo estaba en mejor posición para recibir mi parte en la mesa del buffet.
Pero luego apareció Pamela Anne Casselberry y destruyó mis planes.
«¿Ves a esa chica de allí?» le dije a mi amigo Juan.
«¿Cuál?».
«La rubia alta».
Juan asintió. «Ajá. Muy guapa».
«Sí. Quiero que vayas hasta allí y le digas que me gustaría conocerla».
Juan, que siempre era un tipo condescendiente, se rio y caminó hasta la
rubia. Los vi conversar, luego a Juan hacer un gesto hacia donde estaba yo.
Levanté mi vaso (que estaba lleno de Coca —de la de la «C» mayúscula,
aclaro—) y sonreí. La rubia se mantuvo inexpresiva. Juan regresó momentos
más tarde, riéndose entre dientes.
«Ella dice que si quieres conocerla deberías ir tú mismo».
Me pareció justo. Una cosa que no me faltaba, en lo que respecta a las
mujeres, era confianza. Así que fui hasta ahí y comencé a presentarme. «Hola,
mi nombre es Dave».
La rubia no me dejó terminar. «Sí, ya sé quién eres», dijo con frescura. El
hecho de que pareciera no interesarle solo aumentaba mi propio interés. Es
extraño cómo sucede eso, ¿no? Me fui directo a la persecución proverbial.
«Mira, realmente me atraes, y me gustaría pasar un rato contigo. Pero esta
noche estoy ayudando a un amigo que está tratando de mantenerse sobrio, y
tengo que quedarme con él[16]. ¿Podemos almorzar algún día?».
Era un hijo de puta maquiavélico y sabía que esto daría resultado.
Implicaba compasión y responsabilidad, y también integridad y honestidad.
Dejé claro que me parecía atractiva, pero también que estaba dispuesto a
esperarla. No revelé mi motivo final: verla a la luz del día, en la terraza de un
café, bajo la brillante verdad del cálido sol de California. Incluso si no has
estado bebiendo, una chica puede parecerte guapa en medio de la espesa
niebla de Filthy McNasty a las dos de la mañana; luego, al verla bajo la luz
del día, con la tortita del otro lado, jurarías que era una persona diferente.
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Si eso suena superficial y desconsiderado, bueno, me declaro culpable.
Estaba haciendo un concurso de belleza, entrevistando a las contendientes al
título de Señorita Apropiada. En realidad, todas competían por el título de
Señorita Apropiada ahora. Antes de que hubiese terminado oficialmente con
Diana, ya había comenzado a ver a una chica llamada Leslie. Y mientras salía
con Leslie, pensaba en la rubia de FM Station.
Me dijo que su nombre era Pam y acordamos vernos pronto. Un almuerzo,
luego otro, y pronto comencé a enamorarme de ella. Pam era una de esas
preciosas chicas californianas —alta y esbelta, con una piel que no necesitaba
retoque alguno— que son aún más hermosas a plena luz. Era una chica
suburbana normal de Upland, California, con una historia detrás, no tan dura
como la de otras, pero bastante difícil igualmente. Su padre había muerto de
cáncer cuando Pam era una niña, y entonces ella había asumido el rol de
esposo suplente para su madre y padre postizo para su hermano menor. Hasta
tal punto que Pam se había transformado en el proveedor de alimento de su
familia (o al menos uno de los proveedores), lo que la había llevado a tener
una idea distorsionada de sí misma. Mas adelante su madre se volvió a casar,
esta vez con un tipo que al principio parecía el Príncipe Encantador, pero que
resultó ser otra cosa. Para resumir la historia: Pam ya había tenido su cuota de
penurias antes de que apareciera yo, y como nos enamoramos bastante rápido
no estoy completamente seguro de si ella sabía en qué se estaba metiendo.
Por supuesto sabía sobre Megadeth, y sabía quién era yo. Pero no era una
groupie ni nada parecido. A Pam ni siquiera le gusta el heavy metal (incluido
Megadeth). Nunca le ha gustado. Hoy en día, cuando subo al coche, si Pam
estuvo usándolo, la radio seguro que está sintonizada en alguna emisora
country. Eso me desalentaba al principio porque yo suponía que la música
country era una porquería. Pero ahora la mayoría del country es pop de
estribillos en realidad, y algunos grupos no están tan mal. Quiero decir, está
tan influido por la escuela de producción de Mutt Lange que todo suena
parecido a Def Leppard. Baladas pesadas, voces coordinadas a la perfección.
La tecnología ha logrado que cualquiera cante como Mariah Carey.
De todas formas Pam me gustaba lo suficiente como para que no me
importaran sus gustos musicales. Al mismo tiempo, yo no estaba exactamente
comprometido con esta nueva relación. Regresamos a mi apartamento una
noche, después de haber cenado en un lugar llamado Chin Chin. Había estado
cortejándola con cenas en los restaurantes más caros que pudiera encontrar.
Pam no se sentía bien y se disculpó para ir al baño, luego regresó y se veía
pálida y ojerosa. Dijo que necesitaba descansar un rato. En aquel momento yo
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no lo sabía, pero ella sufría de una hernia esofágica. De repente, hubo un
sonido en la puerta. El ruido de una llave entrando en la cerradura.
Oh, mierda…
Después entró Leslie quien, por supuesto, tenía una llave de mi
apartamento.
Leslie ni siquiera me gustaba demasiado. La conocí por medio de mi
guardaespaldas, era linda, estaba disponible y muy interesada en mí. Pero no
éramos almas gemelas fuera del dormitorio. De hecho, hasta ese aspecto de
nuestra relación tampoco era tan genial. Habría estado satisfecho con que se
fuera, pero no de esa manera.
Leslie dio dos pasos dentro del apartamento, vio a Pam en el sofá, dio
media vuelta y salió dando un portazo.
No me pregunten por qué, pero salí tras ella. Mi mecanismo de defensa
era mentir, hacer tiempo y tratar de superar la situación con simpatía. Y era
bastante bueno en eso. Aunque en un raro momento de cordura me detuve
antes de confrontar a Leslie y pensé en Pam.
¡Jodido idiota! Tienes a alguien arriba, que realmente se preocupa por ti.
¿Por qué sales detrás de esta mujer?
También me di cuenta de que la mujer que estaba en mi apartamento
podría estar destruyendo todo, haciendo trizas mi ropa, tirando cosas por la
ventana. En mi experiencia, las mujeres reaccionaban así cuando descubrían
que las estabas engañando. Así que corrí y subí las escaleras, pero Pam se
había ido. En cuestión de minutos, había logrado perder dos chicas. No
pensaba lamentarlo por mucho tiempo. Había muchos más números
telefónicos en mi agenda, un suministro sin fin de arreglos de una noche para
el camino. O para casa, en este caso. Pero eso era parte de la enfermedad, ¿no
es así? En rehabilitación o no, era igualmente capaz de herir a la gente.
Aunque algo extraño ocurrió. Eché de menos a Pam. Mientras estaba de
gira con Megadeth la llamé y me disculpé.
«Intentémoslo otra vez», sugerí. «Lo haremos despacio».
Eso no ocurrió —lo de hacerlo despacio, digo—. Comenzamos a salir otra
vez, y en pocos meses decidí que quería casarme con ella. No puse ese
sentimiento en palabras, pero lo sentía de todas formas. No solo me sentía
atraído por Pam, sentía una conexión que nunca antes había sentido con otra
persona. Ayudó también que mi madre le diera su sello de aprobación. Sabía
que se llevaban bastante bien, pero no fue hasta que mamá falleció en 1990
que descubrí lo mucho que Pam le gustaba. Mamá y yo nos habíamos
reconectado de una forma realmente positiva, en una forma más madura, por
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decirlo así, durante los dos últimos años de su vida. Siempre me había
apoyado, más allá de las cosas que le hacía pasar, y con mis incursiones en la
sobriedad llegó el deseo de hacerle la vida más fácil. Al mismo tiempo, mamá
comenzaba a darse cuenta que tenía un hijo exitoso. Sin importar cuánto su
religión le decía que debía censurarme, ella no podía hacerlo; yo era su gloria
y orgullo. Ella solía comprar todo con cheques para que la gente viera su
apellido y le preguntara, «¿es ese tu hijo?». Y ella simplemente sonreía y
asentía.
Durante la ceremonia, junto al mar. Escribí para ella la
canción «The Hardest Part of Letting Go is Saying Goodbye».
Ella dijo que no le gustó.
Rust in Peace fue lanzado en Octubre de 1990; poco después llevé a
mamá a Europa para que pudiera visitar el lugar de su nacimiento: Essen,
Alemania. Fue un gran viaje, uno que ella siempre había querido hacer, y
estoy feliz de que pudimos hacerlo antes de que muriera. El funeral fue un
poco extraño, en parte por la tensión que había entre la novia de David
Ellefson y yo (Julie, su futura esposa). Yo aún estaba furioso por su rol en mi
pelea con Doug Thaler; y para complicarlo aún más, Julie había sido novia de
Ron Laffitte antes de que él se transformara en nuestro mánager.
El funeral también fue memorable de otras formas menos perturbadoras.
Mi hermana Michelle, por ejemplo, aprovechó la ocasión para llevarme aparte
y compartir algo que mi madre había dicho.
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«Sabes, David… Mamá quería mucho a Pam».
Esto no era algo menor, ya que a mi madre le disgustaban casi todas las
chicas con las que había salido, incluida Diana. «Vosotros dos siempre estáis
peleando», decía ella. «¿Por qué os tomáis la molestia de estar juntos?».
Me tomaba en serio mi entrenamiento en kickboxing y se
empezaba a reflejar en mi cuerpo.
Fotografía de Ross Halfin.
Una pregunta justa, y que nunca pude responder. Mamá era inteligente en
eso. Me casé con Pam porque la amaba, por supuesto, pero también porque
resonaba en mi cabeza la aprobación final de mi madre.
Megadeth salió de gira poco después. Era una gira extensa, que terminaba
en Abril con varios shows en Japón, seguido de un par de actuaciones en
Hawaii. Fue organizado así. Pensé que sería una forma genial de terminar la
gira: viajar por todo el mundo, rompernos el culo trabajando, y terminar en
Hawaii. Luego, después del último show, pasaríamos cuatro o cinco días
relajándonos, descansando en la playa, pasándolo bien. Para cuando llegamos
a Hawaii, Pam ya estaba allí. Ella no sabía que yo había comprado el collar de
perlas más perfecto que pude encontrar en Japón. Tampoco sabía que había
llamado a mi mánager de negocios y le había pedido que buscara un diamante
en forma de pera para que lo colocara en un set rodeado de otros diamantes.
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Pam no sabía nada, excepto que pasaríamos unas lindas vacaciones en
Hawaii. Luego me puse al teléfono y comencé a hacer llamadas: a mis
hermanas, a la familia de Pam, a mi padrino en AA John Bocanegra.
«Pam y yo vamos a casarnos», dije. «Por favor, venid. Ah, y guardar el
secreto. Ella todavía no lo sabe».
Cuando llegué a nuestra habitación de hotel, Pam estaba en la ducha.
Salió del baño, envuelta en una toalla, sin maquillaje, viéndose más bella que
nunca, y me sonrió.
«¿Qué vas a hacer el próximo sábado?» pregunté.
Pam se encogió de hombros. «Estaré aquí contigo. ¿Por qué?».
Traté de mantener mi cara de póker pero me fue imposible. Comencé a
sonreír. «Bueno, solo me preguntaba si tal vez te apetecería casarte».
Ella comenzó a llorar, luego recuperó suficiente compostura como para
decir que sí, lo que resultó perfecto considerando la cantidad de billetes de
avión que ya había comprado. Y luego nos embarcamos en la desafiante tarea
de encontrar un vestido de novia talla 1 en Hawaii. Es cierto que algunos
isleños de descendencia asiática o filipina son de talla pequeña, pero también
es verdad que los de origen samoano o de Tonga no lo son. Hawaii resulta ser
uno de esos lugares con una población indígena que es de gran tamaño por
naturaleza. No hay muchas tallas S caminando por ahí.
Pero encontramos uno, gracias a Dios, y en realidad era un vestido
hermoso, que a Pam le quedaba perfecto. No se podía decir lo mismo de mi
traje, que en la distancia parecía haber sido hecho de envoltorios Reynolds.
Pero, en verdad, ¿a quién carajo le importa? Nadie mira al novio de todas
formas. La novia de Nick Menza, Stephanie, fue dama de honor. Mi padrino
fue John Bocanegra. Cualquiera habría pensado que David Ellefson se
encargaría de esa tarea, pero no. La verdad es que me sentía más cerca de
John en aquel momento. Si me hubiese casado cuando conocí a David (y que
desastre hubiera sido eso), entonces sí, seguramente él hubiera sido mi
padrino de bodas. Pero según se dieron las cosas y la banda evolucionaba,
nuestra amistad iba y venía. No sé si esto hirió a David o no; tal vez. Supongo
que debe tener un gran significado que te gane un exconvicto. Pero así fue. En
aquel momento específico, sentí que le debía mucho a John Bocanegra. Tenía
perfil de padrino de bodas —en un estilo muy rocanrolero—.
Cuando la ceremonia comenzó no tenía ni idea de cómo resultaría —
estábamos completamente volando en nerviosismo—. Pero la limusina se
detuvo, Pam se bajó, y se veía absolutamente impactante. Igual a nada que
hubiese visto antes. Puede sonar extraño, considerando todo lo que habíamos
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pasado juntos. Había visto a Pam bien vestida, y la había visto desnuda. Pero
nunca la había visto así; se veía… angelical.
¡Guau! Mamá tenía razón.
Lo admito, mientras Pam cruzaba el césped sentí un ataque de ansiedad.
Pero cuando ella tomó mi mano y me miró a los ojos el miedo desapareció, y
en lugar de eso escuché otra voz, más parecida a la mía:
«¿Sabes qué? Ya va siendo hora. Esta es la mejor mujer que hay en el
mundo para ti».
Solo para que conste: fue una ceremonia sobria. No había usado drogas en
Japón. Me encontraba en un lugar saludable y de claridad mental. Un lugar de
optimismo. Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Después de la ceremonia, entramos a la limo y regresamos al hotel, con
«The Living Years» de Mike and the Mechanics como banda sonora durante
el viaje. Esto puede no sonar particularmente metalero, pero amo esa canción
totalmente. Adoro su melodía y su sentimiento. Sé que es una canción sobre
padres e hijos y el daño que se hace cuando falta la comunicación. Si la
reducimos a su esencia, en realidad es una canción sobre el amor. Y la
importancia de decirle lo que sientes a los seres queridos.
Aquella noche fuimos a un gran luau, y allí iniciamos una conversación
con una pareja de ancianos que llevaban casados más de cincuenta años. En
un punto me encontré hablando en privado con el esposo, un hombre
tranquilo y reflexivo, tan viejo que podría haber sido mi abuelo.
«¿Cómo lo hacen?» pregunté. «Quiero decir… ¿medio siglo juntos?».
El anciano sonrió. «Es simple. Nunca te vayas a dormir cabreado con tu
esposa».
«¿Nunca?».
«Nunca».
Me reí tan fuerte que casi me ahogo. «Vamos, hombre. Eso no es
posible».
Miró a su esposa, que estaba sentada a pocos pasos, conversando
amigablemente con otros invitados. «Sí que lo es. No importa lo que ella
haga, no importa cuánto te saque de quicio, solo dale un beso antes de
dormirte».
Pam y yo no tenemos un matrimonio perfecto, Dios sabe que no es así.
Pero aún estamos juntos después de casi dos décadas. Quitando las noches en
las que hemos estado separados por trabajo y los viajes, puedo contar con los
dedos de una mano la cantidad de veces en las que me he dormido sin darle
un beso de buenas noches.
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¿Qué puedo decirles? El viejo tenía razón.
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13
Ruego a Dios que cuide mi alma
Al final de los bises siempre sostengo mi guitarra por encima
de la cabeza.
Fotografía de Ross Halfin.
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«Estoy cansado de la gira, estoy cansado de
Megadeth, no me estoy divirtiendo… y no queréis
que beba, tendré que tomar Valium en su lugar».
E n algún punto tienes que hacerte cargo de las cosas que la gente dice
sobre ti, especialmente cuando están en lo correcto. Tal fue el caso con
mi actitud hacia que Megadeth fuese clasificada como una banda «política».
No me había sentido cómodo con esa etiqueta cuando comenzamos, pero con
Rust in Peace y Countdown to Extinction, se hizo muy difícil negar, por lo
menos, que era consciente de lo que ocurría en el mundo; en consecuencia,
ciertas observaciones y opiniones, a veces no muy sutiles, aparecían
ocasionalmente en las letras de Megadeth.
El concepto de Rust in Peace, por ejemplo, surgió de una pegatina que vi
en un parachoques mientras conducía por la autopista. No recuerdo las
palabras exactas, pero era algo como «Ojalá que todas las armas nucleares se
oxiden en paz», e inmediatamente tuve esta imagen en mi cabeza de una pila
de bombas nucleares yaciendo en algún campo, cubiertas con grafitis. Lo que
no es exactamente un sentimiento guerrero, ¿no? Y, aun así, a veces se me ha
acusado de ser de derechas. También me han tildado de defensor del medio
ambiente, lo cual no es consistente con los valores tradicionales de los
Republicanos. La verdad es que me considero una persona «política» solo en
el sentido de que soy un ciudadano de los Estados Unidos de America y, por
ende, libre (tal vez incluso obligado) de hablar de las cosas que me provocan
interés.
Así que aquí tenemos un disco como Rust in Peace, que incluye canciones
que hablan del calentamiento global y el impacto ambiental («Dawn Patrol»),
de prisioneros de guerra («Take No Prisoners») y, por supuesto, de religión
(«Holy Wars… The Punishment Due»).
Pienso que la mayoría de la gente familiarizada con la música de
Megadeth diría que soy un artista políticamente activo (el haber trabajado
como «corresponsal» de MTV durante la campaña presidencial de 1992
probablemente consolidó esa reputación), pero no es fácil etiquetarme o
clasificarme, y espero que nunca lo sea. Yo lo veo de esta forma: si Clint
Eastwood tuviese un partido con su nombre, ese sería mi partido. OK, ya sé, a
Clint lo eligieron para un puesto, alcalde de Carmel, California, por los
Republicanos. Pero no me refiero a Clint Eastwood, el ciudadano. Hablo de
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los personajes que él ha interpretado, desde el forajido Josey Wales, pasando
por Harry el Sucio, hasta el maduro y vengador pistolero William Munny de
Sin perdón. El tipo de hombre que ama a su país, defiende a los débiles, y al
que realmente le importa un carajo lo que cualquiera piense de él. Puede que
no siempre estés de acuerdo con este tipo, pero tienes que respetarlo.
No estoy afiliado a ninguno de los dos partidos políticos principales, y
sospecho que eso nunca cambiará. Pienso en mí mismo como alguien no
partidista: generalmente desconfío de los políticos profesionales, así que
cuando entro a la cabina de votación tengo la tendencia de votar al que me
parece el mal menor. En 1990, cuando Bill Clinton se puso a la cabeza de los
Demócratas y desafió a Bush padre, me resultó fácil votar por Clinton. Mi
posición sobre Al Gore era un poco más complicada. Dados mis sentimientos
hacia la protección ambiental, fue difícil para mí no apoyarlo; al mismo
tiempo, he sido un opositor público del Parents Music Resource Center
(PMRC), fundado por su esposa, Tipper. Apoyé, sin ser un admirador, a
George W. Bush, primeramente por su manejo del 11S, y no estuve en contra
de nuestra intervención en Iraq. Además, no había forma de que pudiera votar
por John Kerry, un elitista, que fue grosero y condescendiente conmigo
cuando intenté entrevistarlo para MTV. Yo sabía que no tenía opciones de ser
elegido presidente, la gente se da cuenta cuando el tipo es un engreído de
mierda.
Para mí es muy simple realmente. Quiero poder llevar un arma; escuchar
la música que me dé la gana; comer, beber y estar feliz; y no hacer daño a
nadie (obviamente, a excepción de la defensa propia). Es como la síntesis del
Sermón de la Montaña: trata a los demás como quieres que te traten a ti.
SI A LOS FANS DEL METAL les desilusionaron las cuestiones líricas
abordadas en Rust in Peace, eso nunca lo sabremos. El disco fue el mayor
éxito de Megadeth hasta aquella fecha, vendió más de un millón de copias y
obtuvo la primera nominación al Grammy para la banda. Realmente me
importaba una mierda (OK, tal vez un poco), pero también fue virtualmente
aclamado por la crítica universal. En todo nivel concebible, Rust in Peace fue
un hito para Megadeth. Lo extraño es que las cosas no comenzaron tan bien.
Grabamos en un lugar llamado Rumbo Recorderers, que era propiedad de
nada más y nada menos que Captain and Tennille. ¡Imagínense eso!
Megadeth haciendo sus pistas en el mismo lugar donde se grabó «Muskrat
Love». Me sentía escéptico de que Rumbo ofreciera la atmósfera correcta, un
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sentimiento que se vio exacerbado cuando un día entré y vi a nuestro
productor, Dave Jurdin, comiendo un perrito caliente con chile y fumando
junto a la consola. El lugar simplemente apestaba.
Jurdin se fue a los pocos días, y fue reemplazado por Mike Clink, cuyas
credenciales no eran fuertes sino impecables. Clink y yo comenzamos con el
pie izquierdo también, al comienzo de la producción me dijo: «Escucha,
hermano, si Axl llama, voy a tener que irme por un tiempo».
«¿Qué?».
«Sí, estoy haciendo el álbum de Guns N’ Roses también, así que si Axl
me necesita… bueno, tú me entiendes».
«Sí, entiendo. Será mejor para ti que él no llame».
Y no llamó. Clink estuvo casi hasta el final, hasta que comenzó a traer a
su cachorro al trabajo, y el maldito perro le hizo un agujero a la pared y
después tiró mi guitarra al suelo, así que tuvimos que dejarlo ir. Pero quiero
ser justo con algo. Mike Clink siempre ha recibido el crédito por producir
Rust in Peace, y ciertamente no voy a negar sus contribuciones. Es un disco
grandioso, de principio a fin.
LA GIRA DE presentación de Rust in Peace se extendió por varios
meses, comenzando con una participación en la gira del Clash of the Titans,
donde también estaban Slayer y Suicidal Tendencies. Recuerdo esa época
como excitante y generalmente entretenida, gracias al suministro de sangre
nueva —Marty y Nick— combinado con el hecho de que estábamos
promocionando un disco realmente bueno, lo que hacía que la gira fuera
menos mundana que de costumbre.
Por supuesto ayudaba (no sé si es el término indicado) que tuviésemos a
un tipo como Dominick (no voy a divulgar su nombre verdadero) en el
equipo.
Dom era el técnico de guitarra de Marty. Previamente había trabajado con
Guns N’ Roses; cuando ellos funcionaban y salíamos juntos solíamos
compartir los miembros del equipo. Les pedíamos prestados a su técnico de
sonido, Dave Kerr; a su director de seguridad, John Zucker y a Dominick.
Generalmente, Dom tenía una actitud descuidada y de falta de respeto hacia
su trabajo.
De facciones agudas, como de lagartija, y el sentido de humor de un niño
de octavo grado, Dominick no era el tipo más agraciado del mundo. Pero
nunca faltaba el entretenimiento cuando él estaba cerca. Si veías a Dominick
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masticando una bola de chicle y le preguntabas si tenía para invitarte, él
respondía de esta manera:
«Sí, espera un segundo».
Luego se sacaba un testículo de sus pantalones, estiraba el escroto y
agregaba, «solo deja que le saque el pelo que tiene pegado».
Dominick chocaba con todos en el Clash of the Titans, pero su blanco
principal era Marty. Una vez Marty se durmió en un aeropuerto y Dominick
le dibujó una esvástica en la frente, una broma particularmente desagradable
considerando que Marty era judío. Como sabía que a Marty le gustaba la
cultura japonesa, Dominick garabateó la palabra Cat-eater en el Game Boy de
Marty. A mí me pareció muy divertido en realidad, pero Marty se enojó tanto
que decidió contraatacar. Como Dominick se durmió una siesta en el avión,
Marty sacó la maleta Zero Halliburton de aluminio pulido propiedad de
Dominick. La bajó de uno de los portaequipajes y le escribió sobre la
cubierta:
CONTIENE DROGAS – ¡REVISAR, POR FAVOR!
Cuando aterrizamos en Australia, Dominick agarró su maleta, pero estaba
muy borracho o con demasiada resaca para darse cuenta del grafiti. Le llevó
un poco más de tiempo pasar por la aduana aquel día; cuando lo dejaron pasar
finalmente, sudando y temblando, amenazó con matar a Marty, quien no tuvo
la menor intención de disculparse.
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Yo y Max Norman en la consola del estudio que construimos
en Arizona. Max también produjo los dos primeros discos de
Ozzy: Diary of a Madman y Blizzard of Oz.
Fotografía de Ross Halfin.
«¡Eso por dibujarme una esvástica en la cabeza!».
Hacia finales de la gira todos comenzamos a desquitarnos con Dominick.
En el último vuelo hacia casa, mientras subíamos el avión, Dominick subió
tambaleándose, borracho hasta la médula, y acto seguido se desmayó en su
asiento, con tanta suerte que terminó sentado al lado de un sacerdote católico.
No puedo imaginarme lo que este pobre hombre pensaba mientras nos veía
trabajar sobre Dominick. Turnándonos con el rotulador le pusimos negra la
punta de la nariz, así que parecía el Espantapájaros de El mago de Oz, o una
víctima de congelamiento. Luego alguien le escribió «6 6 6» en sus mejillas
(seguro que al cura le pareció divertido). Y cuando el vuelo terminaba hasta
las azafatas se habían sumado a la broma, prestándonos el lápiz labial para
hacer que Dominick se viera como la prostituta más fea del mundo.
Llegado el momento se despertó y comenzó a hacer una caminata de
alcohólico desde el frente del avión hasta el lavabo en la parte de atrás.
Arrastrándose, quejándose, sintiéndose obviamente incómodo, Dominick
avanzaba por el corredor, y mientras lo hacía, se podía escuchar la risa que
iba creciendo. Para cuando llegó al baño, después de haber atravesado unos
doscientos pasajeros, el avión estaba en un completo revuelo.
Y luego la risa cesó.
De repente, escuchamos el ruido de pasos, más y más fuerte, mientras
Dominick regresaba corriendo desde el baño, con la cara cubierta de lápiz de
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labios rojo y tinta negra. Se detuvo en mi asiento y se inclinó.
«¡Muy bien, Mustaine, hijo de puta! ¿Quién me hizo esto?».
Me encogí de hombros y traté de apagar una risa. «A mi no me preguntes.
Yo no vi nada».
CON EL ÉXITO LLEGÓ la presión, y cuando entramos al estudio el 6
de enero de 1992 para grabar Countdown to Extinction era innegable que
había que subir la apuesta. Una vez que has vendido un millón de copias,
cualquier número menor es considerado un fracaso. Así es la realidad del
negocio de la música. Para mí fue un período bastante extraordinario. Pam
estaba embarazada de nuestro primer hijo, y por primera vez sentía que había
alcanzado cierto nivel de balance en mi vida. Nuestra casa estaba a solo unas
pocas manzanas del Enterprise Studios en Burbank, donde estábamos
grabando, así que casi todas las mañanas me iba caminando a trabajar.
Para producir Countdown to Extinction elegimos a Max Norman. Max
había trabajado previamente en los discos de Ozzy Osbourne Diary of a
Madman y Blizzard of Oz, lo que llevó a que hiciera la mezcla final de Rust in
Peace. Dimos en el clavo, el disco tuvo éxito, así que pensé, ¿por qué no
dejamos que Max se encargue de los controles en Countdown?
A casi un mes de haber entrado al estudio, el 11 de febrero del 92, nació
mi hijo Justis. Pam y yo habíamos hecho todo lo posible para preparar su
llegada, pero como la mayoría de los padres primerizos estábamos mal
preparados. No para el nacimiento en sí, sino para lo que venía después. Ya
sabéis, la parte en la que te dejan llevarte el bebé a casa. Pam se había
sometido a un régimen dietético ridículamente estricto, además de ejercicio y
suplementos nutricionales, así que estaba en forma como un boxeador el día
que rompió aguas. Con terquedad rechazaba los analgésicos y la anestesia,
hasta que finalmente le grité: «¡Cariño, por favor, acepta el jodido Demerol!
Si tú no lo quieres, lo usaré yo».
La insistencia de Pam en este sentido provenía del hecho de que su madre,
Sally, solía alardear con haber dado a luz a Pam sin ningún tipo de anestesia.
Hacía que todo el proceso pareciera heroico. Solo después de un buen rato en
el hospital, viendo cómo Pam se retorcía en el trabajo de parto, su madre
admitió finalmente que tal vez le habían dado algo para el dolor después de
todo.
«¿Algo como qué?» dije yo.
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«No sé, Dave. Fue hace tanto tiempo». Hizo una pausa y se rascó la
espalda en la zona lumbar pensativamente. «Recuerdo vagamente un
pinchazo aquí».
«Oh, eso es genial, Sally. Te pusieron la epidural».
Quince minutos más tarde Pam recibía la aguja mágica, y poco después
Justis salía al mundo. Al día siguiente, mientras yo dormía en una silla junto a
la cama de Pam, un chico entró a la habitación para entregar un ramo de
flores. Antes de irse, según me contaron, se detuvo en el escritorio de la
enfermera y exclamó. «Señora, ¿sabe a quién tiene ahí dentro? ¡A
Megadeth!».
A lo que la anciana enfermera respondió, «Oh, no, muchacho. Este es un
hospital maravilloso. No hemos tenido muertes en mucho tiempo».
No les miento…
EN ABRIL LLEGÓ el veredicto en el caso de Rodney King, y los
disturbios subsiguientes que tuvieron en vilo a toda la ciudad de Los Ángeles.
Fue una época extraña y surrealista, con tanques y la guardia nacional
desfilando por las calles durante días; casi podías esperar que Sarah Connor
apareciera por la esquina en cualquier momento con Terminator
persiguiéndola. Se estableció un toque de queda, lo que significó que
repentinamente me vi trabajando en horario de oficina, de las 10 AM a las 6
PM Lo que era bueno para la familia, especialmente con un recién nacido en
casa y una esposa enormemente estresada y sufriendo de depresión postparto;
pero no tan bueno para hacer un disco, un proceso que típicamente involucra
una devoción de casi 24 horas.
De todas formas el disco se terminó a tiempo, y antes de que fuera
lanzado ya sabíamos que teníamos algo especial. Sabíamos que las canciones
eran buenas, sabíamos que estábamos tocando bien. Sonábamos ajustados,
rápidos, ruidosos e incluso un poco melodiosos en algunas partes. Y sobrios.
¿Ya mencioné lo de estar sobrios? Por primera vez en mucho tiempo éramos
realmente una banda, con contribuciones compositivas de parte de los cuatro
miembros. Nick Menza nos dio el título del álbum y la mayoría de los versos
de la canción que le daba nombre. Era una seria crítica a esa especie
desagradable de «deportistas», los que disfrutan de matar animales
acorralados en cotos de caza. Las declaraciones políticas se encontraban por
todo el disco, desde «Architecture of Aggression» (sobre la Guerra del Golfo)
hasta «Foreclosure of a Dream», una canción sobre el desastre económico que
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incluye el audio de la famosa frase («lean mis labios») del presidente George
Bush padre. Esta canción nació de la frustración de David Ellefson con las
«Reaganomics» cuando la hipoteca de la granja de su familia en Minnesota
fue ejecutada[17]. Además, había canciones sobre mi lucha contra la adicción
(«Skin o’ My Teeth»), la brutalidad de la prisión («Captive Honour») y la
crisis posterior a la guerra («Ashes in Your Mouth», «Symphony of
Destruction»).
En la víspera del lanzamiento del disco, en julio del 92, me sentía más
entusiasmado que nunca. Sabía que teníamos un disco que alteraría el paisaje
del heavy metal.
¿Qué pasó entonces? Bueno, Countdown to Extinction fue un álbum
monstruoso, que debutó en el número 2 del Billboard en julio del 92.
Recuerdo que me llamaron por teléfono, aspiré profundamente y pensé,
¡joder, sí!
Después de unos cinco segundos dije: «¿Quién está en el número 1?».
«Billy Ray Cyrus».
«¡¿Qué?! ¿Estás de coña? ¿El tipo del “Achy Breaky”?».
«Sí… lo lamento».
Juro por Dios que eso es lo que más recuerdo sobre el verano del 92: el
mayor logro de Megadeth quedando en segundo lugar. «Achy Breaky Heart»
estaba en todos lados (lo sé, recuerden que mi esposa adora la música
country) y el álbum del que salía el maldito single era casi igual de
omnipresente. Some Gave All debutó en el número 1 de las listas pop, y se
mantuvo allí cuando Countdown to Extinction salió un mes y medio después.
A mí me parecía que hubiera sido suficiente con que Billy Ray Cyrus se
conformara con dominar las listas de música country, pero obviamente el tipo
tenía la misión de gobernar el mundo de la música en general.
Tan sobrecogedora era su supremacía que hasta por un momento dejé de
prestarle atención al éxito de Metallica, dejé de preguntarme cómo haría para
superar a Lars y James, y simplemente traté de entender el horror de un
sistema que en forma espectacular recompensaba a porquerías como «Achy
Breaky Heart». Megadeth vendió una pila enorme de discos aquel verano,
pero era nada en comparación con Billy Ray Cyrus. Realmente no lo podía
entender. Una vez me preguntaron si nos habíamos cruzado, cuando los dos
estábamos a la cabeza de las listas al mismo tiempo, y yo bromeaba: «Sí, le
conté que tenía una idea para una sitcom, sobre un tipo que tiene una hija
adolescente que lleva una doble vida y que se transforma en una gran estrella
pop. El hijo de puta me robó la idea».
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La verdad es que nunca nos conocimos, y estoy seguro de que yo no
hubiera sido particularmente amable si así hubiese ocurrido. No tenía respeto
por su música. Y ahora tampoco. Pero ya no me lo tomo como algo personal.
Después de todo, como se suele decir, sobre gustos no hay nada escrito.
Tampoco hay una forma adecuada de explicar o racionalizar mi obsesión
por el éxito, el reconocimiento, y el respeto. Era así, y aún lo es hasta cierto
punto, aunque creo que lo manejo mejor ahora. Con Countdown to Extinction,
Megadeth pasó de ser el éxito del momento a un supergrupo de verdad. El
álbum vendió medio millón de copias (disco de oro) muy rápido, luego un
millón (platino) y simplemente… seguía… avanzando. De repente teníamos
influencia a un nivel que jamás habíamos conocido. Se planeó una gran gira.
La prensa del rock nos reverenciaba. El dinero comenzaba a llovernos
encima. Tenía la carrera que siempre había soñado y una familia genial
también. Tendría que haber sido uno de los tipos más felices del planeta.
Pero, por supuesto, no lo era. En lugar de eso, me dirigía velozmente hacia…
bueno… la muerte.
En otoño estábamos de gira y una vez más me había obsesionado con
alcanzar a Metallica. Aunque Countdown to Extinction había sido un gran
éxito, se había quedado lejos de alcanzar al último disco de Metallica, el
autotitulado «Metallica» (también conocido como el «Album Negro»), el cual
había sido número 1 un año antes, en el verano del 91 y seguía originando
singles exitosos. Entre ellos estaba «Enter Sandman», una canción que casi
me da un infarto la primera vez que la escuché.
Un poco de historia previa…
Mientras Metallica se encontraba grabando el Album Negro, Megadeth
recibió la oferta de grabar una canción que sería utilizada en la banda sonora
de la secuela de la película Las alucinantes aventuras de Bill y Ted. En
realidad nos ofrecieron hacer la canción que le daba título a la película, así
que aprovechamos la oportunidad.
«¿Cómo se llama la película?» pregunté.
«Bill y Ted van al infierno».
Me pareció bastante genial y entonces me puse a trabajar en una canción
llamada «Go to Hell». Cuando la terminé, Tom Whalley, un ejecutivo de
Interscope Records, la discográfica que lanzaría la banda sonora, no estuvo
conforme.
«No es lo suficientemente oscura», me dijo.
OK… así que cambié algunas partes de la letra, la hice más oscura, grabé
las voces y entregué la canción. A todos les encantó. Poco tiempo después
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descubrí que el nombre de la película había sido cambiado a «El falso viaje de
Bill y Ted», una decisión «creativa» (léase de marketing) que no solo nos
dejó sin el tema título de la banda sonora, sino que además me puso en la
posición desafortunada de tener que explicar por qué había escrito una
canción que se llamaba igual que otra compuesta por Alice Cooper —¡mi
padrino, Cristo bendito!—. Fue una situación espantosa. Obviamente, no
quería que nadie se fuese al infierno. Y obviamente mi intención no era
faltarle el respeto a Alice al copiar el título de su canción. Simplemente estaba
siguiendo una directiva de Hollywood. Desafortunadamente me incineraron
por ello.
La canción abría con la letra siguiente, en la voz de un niño:
Now I lay me down to sleep
I pray the lord my soul to keep
If I should die before I wake
I pray the lord my soul to take
Y al final de la canción, una versión gruñida y cambiada, en la voz de un
servidor:
Now I lay me down to sleep
Blah, blah, blah my soul to keep
If I die before I wake
I’ll go to hell for heaven’s sake!
Luego salió el Album Negro y «Enter Sandman» se transformó en el
single más importante de Metallica. Olvídense por un momento de que James
y Lars tienen una historia en relación a mis canciones. Olvídense de que el riff
inicial de «Enter Sandman» suena misteriosamente parecido a la introducción
de un tema poco conocido llamado «Tapping into the Emotional Void»
(grabado por la banda Excel en 1989). Lo que realmente me afectó fue el
fantasmal interludio hablado a mitad de la canción:
Now I lay me down to sleep
Pray the lord my soul to keep
If I die before I wake
Pray the lord my soul to take
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Obviamente yo no escribí la plegaria infantil de la que saqué (ambos
sacamos) esa línea. Y tal vez es solo pura coincidencia. No tengo forma de
probarlo. Tanto «Go to Hell» como «Enter Sandman» se dieron a conocer al
público durante el verano de 1991. No sé cuál fue escrita primero. No sé si
James y Lars escucharon hablar de «Go to Hell» mientras estaban en el
estudio de grabación. Solo sé que cuando escuché «Enter Sandman» perdí los
estribos. La coincidencia me rompía la cabeza y servía como otro recordatorio
de que jamás escaparía de la sombra de Metallica. Siempre estaría allí,
proyectándose larga y oscura.
Al menos he desarrollado cierto sentido del humor con todo esto a esta
altura de mi vida. Después de todo, solo se puede luchar contra los molinos de
viento durante un tiempo limitado. Y con mucho trabajo y la ayuda de
aquellos que me conocen bien he aprendido a apreciar todo lo que tengo en la
vida. Pero en aquel momento estaba jodidamente cabreado. Durante años he
soportado abuso verbal por no haber podido dejar de lado mi historia con
Metallica. En parte ha sido justificado. Sé que alguna gente me mira —entre
ellos incluyo a Lars y James— y dice, «¿por qué no puedes ser feliz con lo
que has logrado?». Y tienen razón. Vender veinte millones de álbumes no es
un logro menor. Pero es apenas la mitad de lo que ha vendido Metallica, y se
suponía que yo sería parte de eso.
Tendrían que haber estado allí para entender lo que fue, el sentir que estás
cambiando el mundo. Y luego que te arranquen esa sensación, y después ver y
escuchar recordatorios de lo que pudo haber sido, todos los días, durante el
resto de tu vida. Y sabes —¡joder si lo sé!— que cualquier cosa que logres, de
alguna manera nunca será suficientemente buena.
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Nuestra y imagen y vestimenta sobre el escenario, seriamente
desaliñadas; lo mismo le ocurría al resto de la industria
musical.
Fotografía de Ross Halfin.
Ese era yo.
Era como un tipo manejando un BMW Serie 5 que odia su coche porque
el vecino se compró un Serie 7. Nunca se ganan esas batallas. Solo te haces
más infeliz en el intento.
AL MOMENTO de estar sumergido en la gira de Countdown to
Extinction me encontraba bien encaminado a transformarme en un desastre.
Nunca es una sola cosa lo que provoca una recaída. La adicción es mucho
más complicada. Puedo señalar numerosos factores que contribuyeron a lo
que en última instancia fue una experiencia cercana a la muerte:
enfrentamientos con otros miembros de la banda, la presión de alimentar las
fauces abiertas de lo que era Megadeth en ese momento, la vida solitaria de la
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gira, el autodesprecio que había conocido de niño y que periódicamente me
pateaba el culo en mi adultez. Elijan lo que mejor les parezca.
Por alguna de estas razones, o combinación de razones, me encontré
abriendo el minibar del hotel una noche y bajándome unas cuantas cervezas.
La justificación estaba en la punta de mis dedos: estaba trabajando mucho,
extrañaba a mi esposa y a mi hijo; me merecía tomar algo. Y de todas formas,
mi problema real eran la cocaína y la heroína; unas cuantas cervezas no me
harían daño.
Otra vez estaba equivocado.
No tardé en comenzar a tambalearme como Mickey Rourke en Barfly.
«¡Un brindis para todos mis amigos!».
Salvo que estaba solo. En realidad no. Éramos la botella y yo. Más
adelante durante la gira me dio faringitis, y debería haberme tomado unos días
para recuperarme, pero en lugar de eso, presionado por los mánagers y los
ejecutivos de la compañía, seguí trabajando, ayudado por el jarabe para la tos
mezclado con codeína. La codeína es un derivado del opio, y pronto comencé
a reforzarme para los conciertos tomando tragos de jarabe para la tos. Cuando
eso se acabó, lo cambié por el vodka con 7Up, seguido de un poco de coñac.
Pam y Justis se unieron a la gira a principios del 93, y ella inmediatamente
sintió preocupación. Primero, le preocupaba mi salud. Segundo, yo le
resultaba físicamente desagradable.
«Apestas», me dijo. «Hueles como un borracho».
Usando mi astucia de alcohólico cambié la bebida por el Valium, que en
realidad no es otra cosa que alcohol concentrado, al menos en lo que respecta
a su efecto sobre el cerebro. Como yo era una estrella de rock no era
suficiente tener diez o veinte tabletas; necesitaba quinientas, casi lo suficiente
como para dejarme drogado durante los dos años siguientes. Poco sabía yo
sobre el efecto residual del Valium: se queda en tu sistema, haciendo su
magia, mucho tiempo después de haber sido metabolizado. Al tomar uno al
día siguiente todavía tienes medio dentro de ti. Si ese día tomas otro más, al
día siguiente el residuo es de uno y medio. Y continúa así. Llega a
incrementarse hasta niveles letales en poco tiempo. Pam empezó a sospechar
y terminó por descubrir mis píldoras escondidas, lo que provocó una
confesión total de mi parte.
«Estoy cansado de la gira, estoy cansado de Megadeth, no me estoy
divirtiendo… y tú no quieres que beba, así que estoy tomando Valium».
«Tienes que dejarlo», me dijo. «Te vas a matar».
«Lo sé».
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Acepté tirar las pastillas. Pam me vigiló mientras las arrojaba al retrete a
puñados.
Bueno, casi todas en realidad. Me guardé unas tres docenas, que me
tragué de una sola vez cuando regresé a California, un acto de autodestrucción
y estupidez, lo que derivó en mi hospitalización y el coqueteo con la muerte.
Terminé en el Centro Médico de Beverly Hills bajo el cuidado de un doctor a
quien no nombraré, pero al que comúnmente se referían como Dr. Feelgood.
Cultivamos una relación bastante amigable después de varios viajes a su
centro de tratamiento, pero es incuestionable que este tipo bordeaba los
límites éticos de su profesión. La primera vez que nos vimos el tipo me
desafió a un pulso. Tenía unos setenta años, pero tenía brazos como los de
Jack Lalanne, y le tomó diez segundos aplastar mi huesuda muñeca contra la
mesa.
«Genial», respondí. «Ahora que ya dislocaste mi brazo, ¿me puedes
recetar algunas putas drogas, por favor?».
Créase o no ese no era un pedido irracional en la rehabilitación. Lo
primero que hacían era engancharme a un goteo de Versed, luego le
agregaban algunos nutrientes y lo coronaban con Vistrol o Klonopin. En poco
tiempo estabas tan drogado como si estuvieras en la calle. Este viaje, después
de la sobredosis de Valium no fue muy diferente. Para ponerme otra vez de
pie, el Dr. Feelgood me recetó, entre otras cosas… ¡Valium! Y después de
quedar jodido hasta el punto de estar estupefacto el tipo entró a mi habitación
y trató de venderme su casa.
No les miento.
Sin abogado, ni notarios. Solo el doctor, yo y un contrato de venta. No sé
por qué lo firmé. Demonios —no estaba en mis cabales en aquel momento—.
Una mejor pregunta sería, ¿qué tipo de médico droga a sus pacientes y luego
les vende propiedades? Respuesta: un charlatán. Y un drogadicto. El Dr.
Feelgood era ambas cosas. Resultó que el viejecito se inyectaba en la
entrepierna, allí en el hospital. No tenía tránsito por ahí abajo, así que quién se
daría cuenta. De forma predecible terminó muriendo de una sobredosis, lo que
según mi experiencia es la salida elegida por muchos de los tipos que están en
el negocio de la rehabilitación.
De todas formas, mientras estaba en el centro de tratamiento comencé a
marchitarme —emocional, espiritual y físicamente—. La última de las tres
era la menor de mis preocupaciones. Francamente, me importaba una mierda
si vivía o no, y durante un tiempo pensé que no lo lograría. Un día me tropecé
y me caí en el baño —me tambaleé entre el inodoro y la bañera— y me hice
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un feo corte en mi brazo. Llamé a Pam y le dije que me parecía que se estaban
pasando con la medicación y que necesitaba su ayuda. Antes de que terminara
el día, Pam y Ron Laffitte me pasaron a buscar y me pusieron en un avión. El
destino era un lugar conocido como los Meadows, un centro de rehabilitación
ubicado en Wickenburg, Arizona.
Voy a ser sincero: casi no tengo recuerdos de mi primera semana en
Wickenburg, que fue cuando casi me muero. Eso fue lo que tardó mi cuerpo
en desintoxicarse y mejorar. En cuanto me quitaron las drogas, y el riesgo de
sucumbir a un episodio coronario desapareció (lo que no es imposible en las
primeras etapas de la rehabilitación) comenzó el trabajo doloroso y
verdaderamente difícil. Siete semanas de consulta y terapia intensas. No solo
para mí. No bien iniciado el proceso, se determinó que Pam y yo haríamos
terapia de pareja. Si nunca han visitado ese rincón particular del infierno de la
psicoterapia, bueno, déjenme decirles, es realmente jodido.
Nada de esto fue culpa de Pam. Ella esperaba un matrimonio de novela
con una estrella de rock, y en lugar de eso consiguió… bueno, a un servidor:
un demente mujeriego, drogadicto, alcohólico y suicida. Bueno, en sus días
malos. Y ya había tenido que soportar demasiados malos días para sus
primeros dos años de matrimonio. Tener que confrontar esta realidad era
equivalente a la tortura. La terapia de pareja desembocaba en un salón de
espejos terapéutico. Además de los grupos de encuentro al estilo AA, me
mandaron a un grupo de terapia masculina, a un taller sobre el sexo, a un
taller de manejo de la ira… etcétera, etcétera. Según ellos, parecía que la
única compulsión que me faltaba era el deseo de apostar. Pero bueno, estaba
bastante claro que jugaba con mi vida y mi salud, así que, después de todo,
esa compulsión también la tenía. Parte de esta experiencia fue beneficiosa,
seguro. Pero la mayoría era una estupidez total. No podía marcar una línea
recta entre ser un adicto a la heroína (que lo era) y ser un adicto al sexo (que
no lo era, no cuentan las irresponsabilidades ocasionales estando borracho).
La postura de los consejeros era que todos los comportamientos estaban
relacionados, y que simplemente en virtud a mi línea de trabajo, había sido
expuesto y adoptado un amplio espectro de hábitos reprochables, los cuales
debían ser tratados en su totalidad. A mi pobre esposa le insistieron con que
fuera a las reuniones de Al-Anon, pero apenas si pudo soportarlas unos pocos
minutos. Todas esas mujeres miserables, fantaseando abiertamente con castrar
a sus maridos mientras dormían y luego abrazándose para darse apoyo, hacían
que a Pam se le erizara la piel.
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Y luego tenía las dos versiones separadas de la «semana familiar» que me
vi forzado a soportar. Esto era el punto máximo —o más bajo— del proceso
de rehabilitación, algo similar al «hacer las paces» que tienen en AA Es un
ritual de peaje, por decirlo así. Una intervención posterior a la intervención.
Te sientas con tus seres queridos y ellos descargan toda su ira y resentimiento
acumulado, te echan en cara cada acto dañino o embarazoso que has
cometido, estando sobrio o no. Es brutal, y tuve que soportarlo dos veces. Una
vez con Pam y mis hermanas (mi familia de sangre), y otra con los miembros
de Megadeth (mi familia profesional). Las dos sesiones fueron intensas,
reveladoras y catárticas. Al principio mis compañeros de banda estaban tan
enojados que ni siquiera querían formar parte del proceso pero, una vez que
les dieron luz verde para desquitarse conmigo, no se guardaron nada. No solo
les molestaba mi consumo de drogas sino también que hubiera puesto en
riesgo sus carreras. Eso lo entendía. Yo mismo había despedido a miembros
anteriores de Megadeth precisamente por el mismo motivo. Pero no creo que
entendieran la profundidad de mi problema en ese entonces o hasta dónde
llegaba mi sufrimiento. No estaba seguro de si quería continuar escribiendo
canciones o tocar música. Estaba segurísimo de que no sabía si quería
continuar con Megadeth. Aunque lo que sí sabía era que estaba incapacitado
para continuar con la gira en aquel momento, algo que admití y que perturbó
bastante al resto de la banda y a los mánagers.
Habíamos tenido que cancelar una gira en Japón muy promocionado
después de que terminé en el hospital. Ahora que parecía que me estaba
recuperando, el resto de la banda quería resucitar la gira. El más insistente era
Marty Friedman, quien por entonces básicamente había dejado de ser
reservado. Marty estaba completamente enamorado de la cultura japonesa,
hasta el punto de transformarse en algo como Richard Chamberlain en
Shogun[18]. Uno de los objetivos de su vida era tocar en el Budokan, y mi
recaída le costó esa oportunidad. Yo pedí disculpas por eso. Pero no lo
lamentaba tanto como para ir directamente desde Wickenburg a Japón. Al
final, y a regañadientes, los muchachos aceptaron mis disculpas y apoyaron
mi decisión. No ocurrió lo mismo con nuestro agente, Andy Summers, que
había reprogramado la gira, incluyendo también fechas en Australia, sin mi
conocimiento ni permiso. Tuvimos que cancelar por segunda vez, lo que
molestó aún más a la audiencia y a los promotores japoneses. Después de eso
despedimos a Andy.
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LLEGADO EL MES de junio Megadeth actuaría en vivo otra vez.
Habíamos aceptado una oferta para aparecer en el mismo cartel junto a
Metallica y Diamond Head, en el Milton Keynes Bowl en Buckinghamshire,
Inglaterra. De ahí nos embarcaríamos en una gira europea. Pero para que esto
sucediera algunos cambios serían necesarios. Por insistencia de los mánagers
se implementó una política de abstinencia. Yo no estaba en desacuerdo con la
idea de tener una gira limpia y sobria pero dudaba de que algo así se pudiera
legislar. Me parecía algo un tanto excesivo y francamente imposible de
implementar. Después de todo se trataba de adultos. Nuestros mánagers
fueron insistentes así que les seguí la corriente. Cada uno de nosotros firmaría
un contrato registrando nuestra intención de abstenernos de tomar alcohol o
drogas durante la gira; además, una cláusula de confidencialidad prohibía a
los miembros de la banda y del equipo hablar sobre eventos que ocurrieran
durante la gira o en el estudio. En otras palabras, lo que pasa dentro de la
banda se queda en la banda. De nuevo, un sentimiento noble… hasta que se le
exige a la gente que lo acepte. En ese punto deja de ser noble y se vuelve un
tanto fascista.
Pero así era la atmósfera de Megadeth en aquel entonces: medidas
extremas para lidiar con un problema extremo. Nick Menza terminó siendo el
único que se negó a firmar los documentos, aunque no creo que fuese el único
en desacuerdo con dicha política. Y esto llevó a un feo enfrentamiento entre
los dos. Habíamos llegado a nuestro hotel después de un vuelo transatlántico,
y mientras nos registrábamos me acerqué a Nick y le pregunté por qué no
había firmado todavía.
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Diamond Head, Megadeth y Metallica en el Milton Keynes
National Bowl, en Milton Keynes, Inglaterra, el 5 de junio de
1993.
Fotografía de Ross Halfin.
«¡A la mierda!», gritó. «¡No voy a firmar nada!».
Su exabrupto no me sorprendió. La forma que tenía Nick para resolver los
conflictos era gritar cada vez más y ponerse más hostil, hasta que su oponente
se rendía o se alejaba avergonzado. Nick siempre me cayó bien; yo lo veía
como un buen chico con mal temperamento e inseguridades exacerbadas por
el consumo de drogas. Por lo general estas cuestiones se las dejaba pasar, pero
no esta vez. Si el mandato era la sobriedad, y el profesionalismo el objetivo,
entonces todos respetaríamos las reglas. Incluso Nick.
La discusión continuó hasta que finalmente lo acorralé en un rincón.
«Nick, si vas a beber y estar en esta banda, tú y yo tendremos problemas».
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La franela escocesa era la nueva camiseta negra. Yo lo odiaba,
porque la escena del metal se parecía cada vez más a un
concierto de Pearl Jam.
Fotografía de Ross Halfin.
«¡Que te jodan. Renuncio!».
Esto ocurrió a menos de un día de tener que estar sobre el escenario, y
aunque dudaba de que Nick estuviese tan loco como para irse de Megadeth,
me tomé como algo personal que hubiese amenazado con renunciar. Nick
estaba siendo petulante, infantil y egoísta.
«Tronco, si renuncias esta noche estás jugando con mi pan», dije. «Y si
haces eso vas a tener que pagar».
Y luego me mandó a la mierda, lo que básicamente me cegó de ira.
Usando un movimiento de artes marciales conocido como Eagle Claw, lo
agarré de la garganta, trabando mi pulgar izquierdo contra su tráquea y
apuntándole con mi puño derecho. A esas alturas ya había perdido la
compostura; estaba a dos segundos de aplastarle la laringe y hacerle papilla la
cara a golpes, todo al mismo tiempo. Por fortuna, entre nuestros
guardaespaldas contábamos con un tipo llamado George, que era un hombre
bastante formidable. George, que había sido Boina Verde, entró en acción
sosteniéndome de atrás e inmovilizándome hasta que se me pasó la rabia.
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Pasamos el resto de la noche tratando de curar los egos dañados, llegando a
algún tipo de reconciliación. La cuestión se solucionó y tocamos a la noche
siguiente con Metallica y Diamond Head. Pero no fue lo que debería haber
sido.
Obviamente se trataba de algo grande compartir cartel con mis viejos
compañeros de banda. Pero yo estaba decidido a tomármelo con calma; nadie
me vería flaquear, ni tampoco parecer demasiado ansioso o —Dios no lo
quiera— haciéndome la estrella. En cuanto vi a James quise hablar con él de
un montón de cosas, como cuando uno se cruza con un viejo amigo.
Desafortunadamente los buenos muchachos de Metallica tenían un sentido del
humor retorcido. Me invitaron a su camerino, donde habían dejado a simple
vista y desatendido un gran plato de algo que parecía ser cocaína. Me sentí
realmente decepcionado. Todos sabían que estaba tratando de mantenerme
sobrio, y parecía que buscaban caer más bajo dejando un plato lleno de polvo
blanco para tentarme, o para burlarse de mí. Esto reforzaba lo que yo ya
sabía: que Metallica era incapaz de hacer algo malo, mientras Megadeth era
percibida como una banda de fiesteros.
Éramos, de hecho, una banda rota. Ahora todo giraba en torno al dinero y
las drogas y el poder y el ego. Ya no era por la música y menos por la
camaradería. Teníamos demasiados problemas en la banda pero aquella
debería haber sido una de esas veces en las que todos hubiéramos dicho,
«¡mierda, sí! ¡Vamos a tocar con Diamond Head y Metallica!». En lugar de
eso decíamos, «¡si quiero tomar una puta cerveza, me voy a tomar una puta
cerveza!». Como si eso importara. Al ver a Nick veía a un tipo dispuesto a
tirarlo todo por la borda por un botellín de Heineken.
En realidad yo me sentía igual. Solo que ahora era uno de esos nuevos
sobrios insufribles que casi todos detestan. Mierda, unos meses antes hubiera
sentido desprecio por mí mismo.
SUPERAMOS el tramo europeo de la gira, regresamos a los EE. UU., y
luego salimos de nuevo, esta vez como teloneros de Aerosmith, en lo que
debería haberse llamado la Gira de la Gran Sobriedad de 1993. Como era de
público conocimiento, los Aerosmith estaban limpios y sobrios después de
varios años de excesos de rock n’ roll. Bob Timmons estaba de gira con ellos
esta vez, presumiblemente ayudando a que la banda mantuviera su conducta.
No puedo decir que me retiré de la gira sintiendo un gran respeto o
admiración por Aerosmith. Seguro, eran profesionales, y siempre me ha
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gustado algo de su música, pero me sorprendió la forma en que nos trataron.
Por ejemplo, había cosas que esperábamos tener, como la oportunidad de
hacer una prueba de sonido decente en la tarde previa a un show; una cantidad
de tiempo razonable para nuestra actuación (una hora, mínimo); un espacio
para colgar nuestro telón sobre el escenario. Bueno, después de varios días de
no conseguir lo que esperábamos —cosas que estaban estipuladas en nuestro
contrato— me cabreé. Y comencé a actuar en consecuencia. Una noche en
Dallas, cuando un fan lanzó una camiseta de Aerosmith al escenario durante
nuestro set, me soné la nariz con ella y la devolví al público. Después del
show hice una entrevista para la radio.
«Dave, aquí en Texas adoramos a Megadeth», dijo el DJ. «¿Por qué no
tocaron más tiempo?».
Me reí. «No tenemos mucho tiempo para tocar porque a Aerosmith no le
queda mucho tiempo por vivir».
Lo que dije me pareció algo chistoso. Aparentemente, a Joe Perry y a
Steven Tyler no les pareció lo mismo. Escucharon la entrevista cuando
viajaban en su limusina hacia el show. Al día siguiente, mientras almorzaba
en un Taco Bell, nuestro mánager de gira se acercó y me dijo, «Ey, Dave, solo
quería decirte que hoy nos vamos a casa. Nos echaron de la gira».
Casi me ahogo con mi chalupa. «¿Qué? Estás bromeando».
«Nop. Lo siento».
No pedí una explicación. En lugar de eso, por alguna razón, quise saber
quién nos reemplazaría.
«Jackyl», me dijo.
Oh, Dios.
Aquí estábamos nosotros, una banda multiplatino en la cresta de la ola de
un disco superexitoso… y nos daban la patada para favorecer a un híbrido
entre heavy metal y rock sureño, obvio y de tercera categoría.
Casi te podías reír de tanta locura.
Casi…
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14
La comadreja interna
Después de un muy mal corte de pelo. Los números en la cinta
eran un asunto privado.
Foto de Ross Halfin.
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«Jesús, hombre. Relájate. Esto no es New Jack
City».
M e gustaba el desierto de Arizona. Era vacío y vasto, un
recordatorio de que allí afuera había un plan cósmico en el cual yo
jugaba solo un papel menor, casi imperceptible. Te daba lo que podríamos
llamar «perspectiva». Y, por supuesto, parecía estar a años luz de Los
Ángeles y Hollywood y de los humos tóxicos de la fama. Así que aunque me
habían dado el alta en los Meadows y me habían dado una cuenta nueva
(temporal) de salud, Pam y yo decidimos que Phoenix sería nuestro nuevo
hogar. Viviríamos y trabajaríamos allí. Para facilitar este plan, David Ellefson
y Marty Friedman se mudaron también a Arizona, para que así pudiéramos
colaborar más eficientemente en el próximo disco de Megadeth, Youthanasia.
La única persona de la banda que rechazó mudarse fue Nick Menza.
No creo que Nick se sintiera ofendido por mis esfuerzos de mantenerme
sobrio, o que estuviera menos comprometido con la banda. En realidad,
mientras que Nick luchaba contra sus propios demonios en aquel momento,
todo lo relacionado a Megadeth se había transformado en una rutina pesada.
Cuanto más crecía la banda más peleábamos entre nosotros. Batallábamos
principalmente por cuestiones creativas y financieras: el tipo de canciones que
grabaríamos, quién escribiría las canciones y cuánto ganaría cada miembro de
la banda. Para resolver estas cuestiones, y también para atender varios
conflictos de personalidad, recibimos terapia de grupo casi todas las semanas.
Las sesiones eran extremadamente dolorosas; comúnmente mi rol era
sentarme en el medio y escuchar cómo todos los demás me decían que había
sido un imbécil arrogante, egoísta e insensible.
«Ah, y de paso, Dave, quisiera más dinero, por favor».
El ingreso por publicación se transformó en una fuente interminable de
conflicto. Todo había sido tan simple cuando Megadeth comenzó: si escribías
la canción, esta era tuya. Fin del asunto. Después vinieron las quejas: «¡bua,
bua, bua! No me pagan lo suficiente. No es justo». El problema era el
siguiente: la discográfica quería que yo escribiera las canciones.
Preferentemente, todas. Y si alguna no la escribía yo, querían que me sentara
a modificarla y mejorarla con infinitos retoques y ajustes. Hubiera sido más
fácil para mí y más saludable para la banda si todos sus miembros hubieran
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tenido la misma capacidad compositiva. Pero, simplemente, las cosas no eran
así y todos lo sabían.
Así que adoptamos un nuevo modelo de negociación, en constante
cambio, uno que dividía la tarta de los royalties en porciones cada vez más
pequeñas. En los primeros días de Megadeth era así: si escribías la música,
recibías el 50 por ciento. Si escribías la letra, recibías el 50 por ciento. Si
escribías las dos, recibías el 100 % de los royalties por esa canción. Si
escribías la letra y colaborabas con otro miembro de la banda para hacer la
música, entonces te tocaba el 75 % y 25 % para la persona que colaboró en la
música. Si no escribiste nada, si solo fuiste un músico tocando en el estudio y
saliendo de gira, bueno, no recibías royalties. Te tocaban un salario muy alto
y un porcentaje de la venta de entradas en los eventos en vivo. Para alguien en
Megadeth en su pico de popularidad no era precisamente poca cosa,
especialmente si agregábamos a la ecuación a los patrocinadores y la renta del
merchandising. Para todos nosotros era una vida mejor de la que pudiéramos
imaginar.
Hasta ahí quería que llegara el nivel de complejidad de la fórmula.
Desafortunadamente, cada vez que se agregaba un cero al cobro de royalties
la envidia y los celos se incrementaban también, provocando más
intervención y más reajuste del proceso contable. Si una persona escribía la
letra, todos los demás tendrían una oportunidad de agregar o cambiar unas
líneas, creando así un reparto en tres o en cuatro de los royalties sobre esa
letra. Lo mismo valía para la música. Era enloquecedor.
«¿Muchachos, puede alguno de ustedes escribir una puta canción por su
cuenta?», terminaba diciendo.
Hubo un momento específico durante la gira de Youthanasia en el cual
discutimos este tema en toda su inútil gloria. Ocurrió en un puesto de ramen
en Tokyo. Los cuatro estábamos allí: Nick, Marty, David y yo. Como ocurría
usualmente en aquellos días, la conversación giraba en torno al dinero y no
sobre la música o las presentaciones en vivo, o cualquier otra cosa que
hubiese sido beneficiosa.
«¿Sabes qué?», dijo Nick. «Deberíamos tener una cuota por
colaboración».
«¿Una qué?». Yo no tenía idea de a qué se refería, pero no me gustaba
cómo sonaba.
«Ya sabes, un sistema para asegurarnos de que todos reciban un pago
cuando escribimos música». La cara de Nick se iluminó. Estaba a punto de
decir algo importante, algo que sintetizaría lo que quería decir. «Es como dice
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Kenny G. Que no puede escribir a menos que toda su banda esté en el estudio
colaborando con él».
Hubo una larga pausa. Luego salté yo.
«¿Piensas que voy a pagarte para que seas mi musa o algo así? ¡Eso es
ridículo!»[19].
Después de eso el almuerzo continuó en silencio y cada uno regresó a su
habitación de hotel. En algún lugar, durante el camino, tomé una nota mental:
Megadeth había cambiado para siempre. Ahora, primero y principal, éramos
una empresa.
A PESAR DE LAS PELEAS y las discusiones la maquinaria de
Megadeth seguía resoplando. No estaba muy preocupado por curar esas
relaciones, más bien trataba de entender por qué me sentía atraído por la
autoflagelación de una u otra manera. Podríamos decir que fue una búsqueda
espiritual o una caminata psicológica lo que me llevó a tomar contacto con
una variedad de místicos, chamanes y sacerdotes, y virtualmente con todo
aquel que tuviese algo interesante o completamente loco que ofrecer para
lidiar con la cuestión de mi turbulencia interna.
Fui con una curandera espiritual, una mujer con un «don» igual al de
cualquiera que dice tener un don: este puede venir de Dios o puede venir del
Diablo o simplemente te está mintiendo y no dará resultado. Como sea, fui a
verla por primera vez y ella sabía cosas sobre mí e hizo algo que me dejó
sintiéndome mejor. Cumplí los procedimientos que me indicó. Confié en ella.
Hasta que trajo a un gurú para que trabajara con ella. Este tipo le hizo
acupuntura y le clavó una aguja en la zona vaginal que le produjo múltiples
orgasmos incontrolables. Así que abandonó a su esposo por este rajá hindú,
que me hizo una «limpieza» usando agujas y tazas. Tan estresante era el
procedimiento que el tipo se desmayó, pero no antes de informarme que había
visto la imagen espectral de un hombre con turbante plateado que le
proclamó, «Ahora voy a liberarlo». Esto, supuestamente, era el comienzo de
mi liberación de la influencia satánica que se me había impuesto cuando era
niño. Después pasé por un sacerdote filipino cuyo procedimiento de limpieza
incluía la visión de la cabeza de un toro demoníaco emergiendo de mi
estómago.
OK… soy el primero en admitir que todo esto podría haber sido una
mentira, pero en ese momento sentía la necesidad de experimentar. Estaba en
una búsqueda. ¿De qué? Realmente no lo sabía. Respuestas, tal vez. Paz. El
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poder para cambiar mi vida. Estudié el libro A Course in Miracles de Mary
Ann Williamson. Me uní a un grupo de hombres y traté de adoptar toda esa
estupidez del Iron John. Hice de todo excepto recurrir a Dios porque,
francamente, ese era el último lugar en el que deseaba mirar.
Así que, por comodidad, regresé a la cálida familiaridad de las drogas y el
alcohol. Había un traficante viviendo en nuestro barrio y nos hicimos amigos,
comenzamos a salir y a drogarnos de vez en cuando. En poco tiempo pasó a
ser más que de vez en cuando y antes de que me diera cuenta estaba otra vez
en rehabilitación. No diría que fue una recaída completa (sí, hay distintos
grados de adicción, aunque sea difícil de entender). Este fue un período, otra
vez, con intermitencias en mi sobriedad; aparecía como un novato en las
reuniones y grupos de apoyo de AA, aunque estaba lejos de ser un neófito.
Simplemente rebotaba hacia la línea de partida una y otra vez.
Fotografía de Daniel Gonzalez Toriso.
Lo gracioso (o triste) fue que había comenzado a cavar mi propio nicho en
el superpoblado y santificado universo de los doce pasos. Acudía a las
reuniones, memorizaba los discursos repetidos, hacía de padrino para otros
borrachos y drogadictos, todo el tiempo haciendo como si tuviera algo
sustancial para aportarle a sus vidas. Entraba en la sala, contaba mi historia de
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pie, trataba de sonar profundo o divertido, o las dos cosas: «Hola, soy Dave y
soy un alcohólico y adicto recuperado. Bueno… soy más bien como un misil
teledirigido hacia las drogas, y para aquellos que ya han hecho lo de buscar el
niño interior, bueno, en mi caso yo tengo una comadreja interna». Todos
terminaban diciendo oooh y aaah y me daban un gran aplauso. Esto se me
subió a la cabeza durante un tiempo. Desarrollé un sentido de superioridad
espiritual (de nuevo, esto no es algo fuera de lo común entre los adictos y
alcohólicos en recuperación) completamente inmerecido y sin garantías. Pero
todo aquello desapareció cuando comencé a juntarme con mi vecino, cuesta
hacer proselitismo cuando acabas de comprar una bola ocho de coca y un
gramo de heroína.
DE ALGUNA MANERA EL DISCO logró terminarse. Comenzamos en
un lugar llamado Phase Four Studios en Phoenix, pero por problemas técnicos
necesitamos mudarnos a otro lugar al poco de empezar. La lógica y la
prudencia financiera nos dictaba regresar a Los Ángeles, donde teníamos
tiempo de sobra en el estudio, pero en aquel momento no había forma de que
yo abandonara Arizona. Me gustaba el desierto, y me reconfortaba estar a
cierta distancia de la locura de L. A.
De todas maneras, siguiendo el consejo de Max Norman, construimos
nuestro propio estudio en un depósito en Phoenix y nos pusimos manos a la
obra.
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En el backstage del Milton Keynes, junto a los camiones.
Fotografía de Ross Halfin.
El 31 de Octubre de 1994 —Halloween, apropiadamente— Youthanasia
fue lanzado. A la vez se inauguró en Internet el primer sitio web de
Megadeth, dándole a los fans la oportunidad de interactuar con los miembros
de la banda por medio de sesiones de chat en vivo y los e-mails, así como
también mantenerse al día con actividades promocionales y noticias de la
banda[20]. Con Max y yo como coproductores Youthanasia fue, de muchas
maneras, el disco más pulido y accesible de Megadeth hasta la fecha. Un poco
más melodioso y orientado a la radio, pero todavía fiel a nuestras raíces de
thrash metal —con las clásicas vocalizaciones y los riff de sierra eléctrica—
pero claramente inclinado hacia un cambio de estilo que pronto traería
aspiraciones incómodas (más cercanas a lo comercial, por decirlo así). Este
cambio recibió críticas variadas. Sin embargo pareció que los fans no tenían
problemas. Youthanasia abrió en el número 4 de las listas de discos,
básicamente zarpó a nivel de platino, fue el disco que más rápido se vendió en
la historia de la banda.
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Naturalmente el ritmo de la vida se aceleró también. Durante el año
siguiente trabajamos virtualmente sin parar, de gira por Estados Unidos,
Europa, Asia y Sudamérica (dos veces). Contribuimos con canciones para
bandas sonoras, editamos una compilación de canciones inéditas y también un
documental llamado «Evolver: The Making of Youthanasia»; filmamos los
videos musicales obligatorios. Esto probó ser más un problema que otra cosa,
ya que el video que acompañaba al single «A Tout le Monde» fue retirado de
la rotación de MTV gracias a una controversia con respecto a la letra, ya que,
supuestamente, defendía el suicidio. Esto no era así. Yo la escribí, así que
debería saberlo ¿no? Esto es lo que pasó en realidad: habíamos tocado la
canción en vivo en MTV en 1994, el día que Youthanasia fue lanzado,
durante un evento llamado «Night of the Living Megadeth». En un momento
determinado me hice un lío con la lista de canciones y di un breve monólogo
antes de la canción que yo pensaba sería «Skin o’ My Teeth».
«¡La siguiente canción habla de todas las veces que he tratado de
matarme!».
Solo que no era esa canción. Seguía «A Tout le Monde», que no tenía
nada que ver con lo que yo había dicho (aunque sí habla sobre la muerte y el
proceso de morirse). En aquel punto me quedaban dos opciones: hacer una
nueva introducción y admitir mi error, o simplemente tocar «A Tout le
Monde». Cambiar la lista y tocar «Skin o’ My Teeth» no era una opción. Era
televisión en vivo y todos los demás estaban listos para hacer «A Tout le
Monde», así que eso hicimos. Como era previsible la mierda pegó en el
ventilador y «A Tout le Monde» fue etiquetada como una «canción suicida» y
Megadeth como una banda que defendía el suicidio. No ayudaba, por
supuesto, que el álbum se llamase Youthanasia, aunque cualquier idiota se
podía dar cuenta que el título era simplemente un juego de palabras, que
intentaba ser una referencia ingeniosa sobre el efecto adormecedor de las
influencias sociales que sufría la juventud norteamericana. Los chicos lo
entendían. A los chicos les gustaba. A los adultos les caía mal. Bastante
típico.
Al momento de llegar al festival Monsters of Rock en Brasil, en
septiembre de 1995, estábamos todos exhaustos y en un estado perpetuo de
agitación. Este debería haber sido uno de los momentos más importantes de la
gira de Youthanasia —tocar con Ozzy y Alice Cooper, entre otros— pero yo
solo quería irme a casa y aclarar mi mente. Mantener la energía y la buena
voluntad necesarias para sostener una gira de esta magnitud era un desafío
incluso en las mejores circunstancias; para Megadeth era casi imposible. Por
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supuesto nos divertimos un poco, tocamos en un montón de lugares nuevos,
pero llegamos al punto de hacer las cosas de forma mecánica, y esa es una
experiencia que te chupa el alma. Yo no estaba en abstinencia, pero tampoco
estaba sobrio. Más bien en algún lugar entre las dos opciones. Lo que sé es
que me estaba cansando de las políticas de la banda, al punto de empezar a
buscar otras salidas creativas. Había llegado hasta a detestar ver a mis
compañeros de banda porque lo único que parecía importarles era el dinero.
Ahora lo veo de forma diferente, por supuesto, el paso del tiempo y la
sobriedad causan eso. Pero en aquel momento me costaba aceptar el hecho de
que yo pagaba por todo y debía cargar con la responsabilidad del éxito o el
fracaso de Megadeth, y que estos tipos se quejaran constantemente por el
dinero.
Necesitaba algo diferente, una brisa de aire fresco. Solo quería ser feliz,
hacer música de una forma simple y satisfactoria. Y no estaba consiguiendo
eso con Megadeth en aquel momento.
Una de las primeras personas con las que discutí un posible proyecto
paralelo fue Jimmy DeGrasso, que por aquel entonces tocaba la batería en la
banda de Alice Cooper. Jimmy estaba dispuesto y acordamos hablar más
después de la gira, cuando regresáramos a los EE. UU. En aquel momento
todo estaba en una nebulosa, era apenas algo que tenía en mi cabeza como
una distracción de la rutina de Megadeth. Pensé en conseguir a Flea de los
Red Hot Chili Peppers para que tocara el bajo, pero no estaba disponible, así
que busqué a Robert Trujillo, que en aquel entonces tocaba en Suicidal
Tendencies. Robert era espectacular, pero era más bien un bajista de funk y
estaba sumamente ocupado también, así que me recomendó a su protegido, un
tipo llamado Kelly LeMieux, que apenas tenía dieciocho años pero que era un
bajista prometedor. Conocí a Kelly, lo escuché tocar y lo invité a unirse al
proyecto. Él aceptó.
Solo me faltaba encontrar un cantante, ya que mi intención era
concentrarme en componer, producir y tocar la guitarra. Mi primera elección
fue Jello Biafra, de la banda punk seminal Dead Kennedys. Jello tenía la
reputación de ser un poco quejica y hostil y en nuestra primera entrevista
estuvo a la altura de esa reputación.
«¿Qué discográfica?» preguntó.
«EMI».
Frunció el ceño y negó con la cabeza en señal de desprecio. «¡Ah, a la
mierda esos tipos! Fabrican cabezas nucleares».
«¿Eh? ¿De qué estás hablando?».
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Durante los cinco minutos siguientes Jello soltó una parrafada política,
impresionante e incomprensible al mismo tiempo, sobre Thorn EMI y sus
conexiones con el complejo militar industrial, y cómo General Motors ofrecía
financiamiento a compañías que producían armas automáticas que terminaban
en manos de miembros de la supremacía blanca, y que Coca-Cola hace esto, y
Anheuser-Busch aquello… y siguió y siguió, hasta marearme.
Finalmente, lo corté diciendo, «Eh, espera un minuto hermano. Solo
quiero hacer algunas canciones. No vine hasta aquí para que me mataran a
golpes con propaganda».
Nunca nos pusimos de acuerdo, pero me fui de aquel encuentro con una
dosis de sano respeto por Jello, quien más que nada estaba a la altura de su
leyenda. Por ejemplo, aquella noche estaba en muletas y cuando le pregunté
qué le había pasado me explicó que había estado en un club de punk rock en
una noche reciente y había tenido un altercado con uno de los dueños. No
pude evitar reírme mientras me contaba la historia.
¡Qué bonito, tío! El puto abuelo del punk apaleado por un puñado de
punks! Nada puede ser más genial que esto.
Al no contar con Jello me quedaban pocas opciones. Mi visión era una
banda que combinara elementos musicales de punk rock, metal, y clásico, y
necesitaba un cantante punk que entendiera lo que yo buscaba. La única otra
persona que tenía ese perfil era Lee Ving, el emotivo y talentoso cantante de
Fear, la banda punk de L. A. Lee se sumó enseguida y comencé a componer
las canciones que aparecerían en el disco. Todo se armó bastante rápido. La
banda se llamaría MD.45, basado en la combinación de nuestras iniciales:
MD (Mustaine, Dave) y VL (Ving, Lee), el número romano para el 45. O eso
pensé; resultó que no era técnicamente correcto, pero qué carajo. Aún suena
bien como nombre para una banda.
Alrededor de esta misma época mi consumo de drogas aumentó
considerablemente. Tenía problemas con mi banda, problemas con mi
mánager y agente, problemas con mi esposa. Tenía grandes y jodidos
problemas, y lidiaba con ellos de la forma que solía hacerlo: drogándome.
Mientras estuvimos de gira promocionando Youthanasia, Max Norman
desmanteló el estudio en Arizona y se llevó todo de regreso a California.
Quería que Max trabajara conmigo en la última mezcla del disco de MD.45,
así que comencé a pasar el tiempo en Van Nuys, donde Max había rearmado
el estudio. Mientras estuve allí resucité la amistad con mis viejos amigos
heroína y cocaína. Rápidamente mi vida comenzó a salirse de control.
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Pam sabía que todo esto estaba ocurriendo pero se sentía incapaz de
detenerlo. Dios sabe que lo intentó. Un día llamó a mi amigo y mentor en las
artes marciales, el sensei Benny «the Jet» Urquidez, y le pidió si podía pasar a
visitarme por el estudio. Ella pensó que tal vez con solo ver a Benny me
sometería por la vergüenza. No funcionó así exactamente. Sentí vergüenza, sí,
pero mi respuesta fue huir en lugar de pelear. Me escapé caminando por
distintas habitaciones, tratando de evitar cualquier contacto con mi sensei. Él
me seguía pacientemente, tratando de hablar conmigo, y yo simplemente lo
ignoraba. Al recordar todo esto ahora, dentro de mi mente, no puedo creer que
hubiese actuado de esa manera. Allí estaba este hombre legendario, una figura
prominente en las artes marciales, tanto como yo lo era en el heavy metal,
buscando ayudarme, tratando de salvar mi vida, y yo actué como un idiota
irrespetuoso: escapándome por la puerta de atrás, ocultándome de él. El solo
contarlo, después de tantos años, aún me provoca un sentimiento de profundo
bochorno.
Después de salir del estudio aquel día me fui directo a la casa de mi
camello y me escondí un rato. Alguien llamó a la puerta y le entregó un
paquete. Estrecharon las manos, se rieron, luego mi amigo abrió el paquete y
dejó que su contenido cayera sobre la mesa. Lo que vi era notable: rocas
gigantes de cocaína y heroína, que inmediatamente comenzó a dividir en
partes más pequeñas y manejables. En lugar de sonar sirenas de alarma dentro
de mi cabeza, en mi estado mental alterado, solo pude pensar, ¡Puta mierda,
este tipo sí que mueve!
Era fácil ser amigo de mi camello porque no había expectativas ni
responsabilidades. Éramos compañeros en la droga, unidos por el deseo de
aturdirnos, y no más que eso. Tenía otra opción en ese momento. Podría haber
regresado a Arizona para reunirme con la banda y los mánagers y enfrentar
por completo todos los desafíos que nos tocaban. Pero no tenía voluntad para
hacer eso, y no sentía deseos de contarles cómo me sentía realmente sin
miedo a las consecuencias. No podía soportar la posibilidad de que
renunciaran y me quedara completamente solo, y que todo terminara siendo
como cuando era un niño, haciendo las maletas en medio de la noche y
escapando de mi padre, dejando atrás a mis amigos para comenzar todo otra
vez. Si piensan que ese tipo de experiencia no tiene impacto sobre un niño, se
equivocan. Me ha afectado por completo a la hora de construir cualquier tipo
de relación significativa. Yo pensaba que las amistades no debían durar; que
estaban hechas para romperse.
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Aunque alguna gente puede llegar a sorprenderte. Cuando intentas
hacerlas a un lado no se mueven. Y cuando necesites ayuda, estarán allí para
ti, incluso si tú no quieres.
Terminé conociendo a Hadar Rahav de la forma en que usualmente la
gente lo hace cuando se acerca a la mediana edad: a través de nuestros hijos.
Justis iba a la misma escuela que los niños de Hadar, y comenzamos a ser
amigos en base a algo tan simple y viejo como eso. Hadar me cayó bien
enseguida. También me sentía impresionado por él, por muchas de las mismas
razones que hacían que me sintiese impresionado por mi sensei. Hadar era un
hombre serio, un tipo duro de verdad, no solo en apariencia. Su padre, Nathan
Rahav, era un héroe nacional en Israel y eso obviamente dejó su impronta en
Hadar, quien creció para ser parte de los comandos del ejército israelí antes de
venir a los Estados Unidos para trabajar en la seguridad privada. Cuando
Hadar y yo hablábamos y él me contaba historias sangrientas de la guerra y la
lucha contra el terrorismo, a veces me sentía como un chico que leía
historietas y soñaba con transformarse en un superhéroe. Este era un tipo que
en realidad había hecho un montón de cosas con las que muchos hombres solo
llegan a fantasear.
Cuando Pam descubrió que yo no estaba en el estudio trabajando con Max
Norman, sino más bien escondido en algún lado, no fue sorpresa que le
pidiera ayuda y consejo a Hadar. En realidad eso no fue lo primero que hizo.
Antes de llamar a Hadar, llamó a nuestro mánager de negocios y le pidió que
me bloqueara el acceso a todas mis cuentas bancarias. En cuanto a lo práctico,
no fue la manera más eficiente de lidiar con mi fin de semana perdido, pero
Pam tenía que hacer algo.
Tenía la intención de hacer una visita rápida a casa de mi camello, solo
para aprovisionarme por unos cuantos días y luego regresar a trabajar. En
lugar de eso me quedé allí un rato. Y después un rato más, hasta que perdí la
noción del tiempo. Yo prefería fumar y esnifar, lo que aún me parecía un
método menos horroroso y desagradable para drogarse. Pero en este viaje en
particular había perdido completamente la cabeza: estaba dopado, depresivo y
suicida. Las inhibiciones que me quedaban desaparecieron en aquella
habitación y, en poco tiempo, terminé inyectándome heroína líquida en las
venas.
¿Cuánto duró? Unos pocos días, creo. Menos de una semana. Nos
quedábamos sentados en un estado perpetuo de intoxicación, escuchando
música, comiendo e ignorando al mundo exterior. En un momento dado hubo
una llamada telefónica. Mi camello respondió. Como sabía que en algún
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momento Pam descubriría dónde me ocultaba le dije que no quería hablar con
nadie. Él se quedó un momento con el teléfono en la mano, escuchando.
Luego tapó el auricular con la mano.
«Es alguien del estudio. ¿Tienen algunas mezclas pendientes de
aprobar?».
Asentí y le pedí que me pasara el teléfono. «Sí, habla Dave».
«¡Tú, imbécil!».
Oh, mierda. Pam. «Ey, nena», dije, tratando de sonar simpático.
«¡Que te jodan! Estoy aquí afuera con Hadar y vamos a sacarte de allí».
«No, no, no. Está bien. Ya bajo».
Así que salí y fui a donde Hadar y Pam me estaban esperando,
acompañados por una falange de vehículos de seguridad llenos con los
amigos comandos de Hadar y, según parecía, preparados para un tiroteo de
proporciones épicas.
«Jesús, hombre. Relájate», dije. «Esto no es New Jack City».
Pam no se rio. «Entra en el coche», dijo. «Nos vamos. Ahora».
«Sí, OK, solo déjenme entrar para traer mis cosas».
Hadar estaba de pie al lado de ella y dijo que no con la cabeza. «No vas a
ningún lado. Te vienes con nosotros».
Razonaron —correctamente, debo agregar— que si regresaba al
apartamento me habría inyectado una vez más. Una para el camino, como se
suele decir. Dado el hecho de que ya estaba bastante jodido, con niveles
tóxicos de heroína y cocaína en mi cuerpo, no estoy seguro de si hubiera
bajado del apartamento. Me habría muerto. Francamente, no me importaba lo
que me ocurriera.
Me subieron a un coche y me llevaron a un centro de rehabilitación en
Santa Monica llamado Steps. Durante el camino pedí que paráramos para
comprar golosinas. Salimos de la autopista, y cuando Pam y Hadar bajaron
del auto, yo procedí a drogarme, usando una pequeña cantidad de heroína
enrollada en papel aluminio —básicamente, un porro de heroína—. Es un
método simple: se enciende la punta del rollo de aluminio, la heroína se
calienta e inhalas el humo. Listo: te drogas de forma instantánea. Cuando Pam
y Hadar regresaron el auto estaba lleno de humo.
«No puedo llevarlo conmigo», dije. «Será mejor que no lo desperdicie».
Ni siquiera intentaron detenerme. Solo bajaron las ventanillas y salimos
del aparcamiento. Rápidamente el viento comenzó a llenar el auto y
amenazaba con apagar el fuego, así que subí las ventanillas. Y así fue. Ellos
bajaban las ventanillas y yo las subía. Arriba, abajo… arriba, abajo.
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Finalmente Hadar comenzó a reírse. «Ey, Pam», dijo con su acento israelí.
«Creo que me estoy drogando de forma pasiva».
Pam ni siquiera sonrió, solo contemplaba el camino. Ya había estado en
este viaje antes, y hacía tiempo que había perdido el sentido del humor.
DECIR QUE conocía la rutina de la rehabilitación era decir poco; a esas
alturas podría haber trabajado de enfermero. Me registré, fui a mi habitación,
comí algo y luego comencé con la desintoxicación. La primera semana es
siempre igual: quitar las toxinas de tu cuerpo y calmar la ansiedad de la
abstinencia. Luego comienza el trabajo desagradable: la terapia.
Me reconfortó un poco enterarme de que Steve C. (así lo llamaban en
AA), uno de los administradores a quien llegué a conocer y en quien confiaba
de cuando estuve en los Meadows, era ahora el director de programas de
Steps. Al mismo tiempo era un poco raro y desmoralizante encontrarme con
él otra vez de esta manera, sabiendo que esto marcaba un máximo y completo
fracaso de mi parte. Ese es uno de los tantos desafíos de la adicción y la
rehabilitación; te vas de la institución, todos te dan palmadas en la espalda y
te desean lo mejor, pero siempre te da la impresión de que en cuanto te
pierden de vista alguien dice «este va a regresar». En mi caso casi siempre
tenían razón. Además mi relación con Steve había decaído desde aquella
temporada en los Meadows. Durante un tiempo fuimos amigos. Incluso
fuimos a un crucero mediterráneo juntos, con nuestras esposas.
Desafortunadamente, Pam y Chantelle, la esposa de Steve, no se llevaron
particularmente bien (celos de parte de Chantelle supuse yo), y el viaje resultó
un tanto desastroso. Yo esperaba que la mala voluntad no afectara mi
experiencia en Steps, ya que aún tenía un respeto considerable por el trabajo
de Steve, pero no fue así.
En uno de nuestros primeros encuentros Steve comenzó a tratarme como a
la mierda. Bueno, en sí mismo esto no es motivo de preocupación. De hecho
es bastante común en la rehabilitación. Hay cierta actitud y pose que adoptan
los consejeros cuando quieren usar un tratamiento motivacional negativo:
Ey, imbécil, espero que hayas pagado tu hipoteca porque pronto vas a
estar muerto y sería una vergüenza que tu mujer y tus hijos se queden en la
calle.
Ese tipo de cosas.
En general, cuanta más experiencia tenga el adicto menos posibilidades
tiene de ser efectivo este tipo de trato. Y, seguro, no funcionaba conmigo.
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Steve lo intentó igualmente, pero se notaba que su oposición —que incluía
varias referencias poco amables hacia Pam— tenía su origen en un enfado
genuino. No parecía estar particularmente preocupado por mi tratamiento o
recuperación. Simplemente estaba encabronado.
Esto lo superamos eventualmente, pasé el tiempo estipulado y cumplí con
el programa lo mejor que pude (con la poca capacidad que me quedaba). La
rehabilitación, para mí, siempre ha sido principalmente un lugar para curar el
cuerpo más que la psique. Ha sido, literalmente, un salvavidas. Pero nunca ha
hecho demasiado por mi espíritu. Se suponía que Steps era uno de los mejores
centros de tratamiento a largo plazo, el tipo de lugar que tiene a celebridades
como clientela. Aunque en realidad parecía bastante típico.
Hay una rara dinámica en la rehabilitación: la gente se junta con los que
tienen los mismos problemas en cuanto se inscriben. Estas asociaciones no
son desalentadas, e incluso a veces son facilitadas por los mismos
administradores programáticos. En rehabilitación todos buscan un suplente
para su pareja, madre, padre, hermano… lo que sea. Todos están dañados de
alguna u otra manera e instintivamente terminas buscando a otros que tengan
grietas en los mismos lugares para comparar notas y tratar de curarse las
heridas mutuamente. La experiencia me ha hecho cuestionar si este es el
enfoque más saludable (especialmente con los adictos al sexo, que terminan
follándose unos a otros en el baño), pero así es como es. Ya había pasado una
semana y media en Steps cuando se me acercó un chico. Era alto y delgado,
de cabello y piel claros, y tenía la compulsión de hacer pintadas en las
paredes. Resultó que era músico y hablamos un poco, llegamos a conocernos,
intercambiamos historias, la misma mierda de siempre. Era un chico bastante
agradable y me conmovían sus problemas, pero aun así… la idea de que de
pronto fuéramos los mejores amigos, solo por que ambos éramos músicos
adictos, no tenía mucho sentido para mí. Y esa dinámica, tan común en la
rehabilitación, es una de las razones de que el proceso nunca haya tenido un
resultado completo sobre mí.
Aunque voy a decir esto: cuando salí de Steps, después de treinta días de
internamiento, estaba limpio y sobrio.
Otra vez.
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Alma en venta
Fotografía de Daniel Gonzalez Toriso.
«¡¿Perdiste la puta cabeza?!».
R on Laffitte es una de las personas más profesionales y expertas que
pudieras encontrar. Digo esto como un halago y como una crítica, ya
que refleja su habilidad para sobresalir en el negocio de la música casi sin
esfuerzo, tanto como su extraordinario apego a cierto tipo de diplomacia. Es
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el tipo de persona que te puede mirar a los ojos, o directo a la cámara, y
recitar una letanía de cumplidos, incluso si en realidad piensa que eres una
mierda.
Esta es una habilidad realmente incalculable, especialmente si estás
jugando en los niveles superiores de la industria del entretenimiento. También
es algo que yo no poseo ni llego a comprender. Ron y yo tuvimos nuestra
cuota de desacuerdos, algunos personales y otros profesionales. Al final, que
nuestra amistad se deshiciera fue tan inevitable como la finalización de
nuestro arreglo comercial. Ron proveía mucho del ímpetu detrás de las
sesiones de terapia de grupo que casi me volvieron loco cuando estaba en
Arizona rehabilitándome. Al mismo tiempo, o poco después, noté que él
parecía tener un rol cada vez menor en las actividades rutinarias de Megadeth.
Algunas llamadas telefónicas quedaban sin responder, se perdían
oportunidades promocionales. Ese tipo de cosas. Cuando salimos de gira para
promocionar Youthanasia descubrí que Ron había aceptado un puesto en
Elektra Records. No me lo había dicho, y me enteré por un amigo que me
llamó, sin saber si estaba en lo correcto, de que Ron no tenía planeado dejar
de ser el mánager de Megadeth. Si eso era verdad, entonces significaba que
pensaba trabajar en los dos bandos. Eso no podía ocurrir, obviamente. Un
mánager tiene que defender a sus clientes; tiene que estar dispuesto a patear
en las pelotas a los ejecutivos de las compañías si es necesario. Es difícil que
puedas hacer eso si te está pagando una compañía discográfica.
Al momento de comenzar a hacer nuestro siguiente disco, Cryptic
Writings, en el otoño de 1996, ya nos habíamos separado de Ron y habíamos
contratado a Mike Renault de ESP Management. Mike me había ayudado
mientras estaba trabajando en el proyecto de MD.45, y aunque al disco (The
Craving) no le fue tan bien comercialmente como yo había esperado (un
hecho atribuible principalmente a la nula promoción por parte de Capitol
Records) había mucho que me gustaba de él. Lo suficiente como para que me
preocupara en revisarlo años después. Remasterizamos The Craving y
reemplazamos las voces de Lee Ving por las mías, en un esfuerzo por generar
interés en los fans de Megadeth que hubieran ignorado la versión original.
El final de los 90, se podría decir, fue una época de revuelo artístico y
creativo para Megadeth. También hay decir que los cambios dieron resultados
opuestos. Cryptic Writings fue grabado en Nashville, con Dann Huff como
productor. Conocí a Dann por primera vez unos años antes, más o menos en
la misma época en que Marty Friedman entró a la banda. Estábamos haciendo
audiciones en un lugar llamado la Power Plant, donde una banda llamada
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Giant ensayaba en un estudio junto a la recepción. Giant estaba compuesta
por Dann y su hermano, David Huff, y otros dos músicos cuyos nombres se
me escapan. No importa. A pesar del hecho de que primero era un músico de
sesión Dann era el dueño de esa banda, algo que me quedó bien claro la
primera vez que lo escuché tocar. Me sentí tan impresionado que mandé a uno
de mis muchachos a hablar con Dann sobre la posibilidad de compartir una o
dos clases.
«Dann no da clases», me dijeron.
La respuesta me pilló con la guardia baja. Y salté: «¡Bueno, que se joda!
¿Acaso no sabe quién soy?».
«Sí, lo sabe. Aun así, no da clases. Pero le encantaría tocar contigo».
«¡Dile que se vaya a la mierda!».
Aquello fue un error, nacido en partes iguales de mi ignorancia y
arrogancia. Los gatos de sesión son una raza diferente. Cuando dicen, «tocaré
contigo», en realidad quieren decir: «Siéntate, amigo, y te mostraré todo lo
que sé». Yo no entendía las reglas en aquel momento. Pero a la hora de hacer
Cryptic Writings ya me había dado cuenta.
Estoy acoplándome a la vida de Arizona y a la tranquilidad
del desierto.
Fotografía de Ross Halfin.
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El jefe de Mike Renault en ESP Management era Bud Prager, quien había
trabajado en los 70 y los 80 con Bad Company y Foreigner. En el sentido
práctico Bud y Mike eran nuestros cománagers, y sus currículos —el de Bud
en particular— mitigaban cualquier duda que yo tuviese de que Megadeth
fuese a comprometer su herencia de thrash metal. Con el manejo de Bud,
Foreigner había vendido ochenta millones de discos, solo en USA, y pasaron
de ser un grupo de rock del medio a ser superestrellas pop. Se podría debatir
infinitamente sobre la calidad de su música, pero no hay forma de cuestionar
el éxito de Foreigner. Megadeth no les llegaba ni a los talones en ese sentido.
Diablos, hasta superaban a Metallica. Eso sonaba bastante bien para mí. Y
ahora voy a admitirlo: no entré con los ojos cerrados. Bud era un fabricante de
éxitos. Quería que trabajáramos en Nashville, el centro de la industria de la
música country (y de la música pop también, cada vez más), con Dann Huff,
un tipo conocido principalmente por producir sesiones de pop cristalino para
gente como Reba McEntire, Michael Jackson y Celine Dion. Mierda, el tipo
tocó en «My Heart Will Go On». No se puede ser más comercial que eso. Yo
sabía que al ir a Nashville se harían cambios, y que como coproductor se
esperaría que empujase a Megadeth en una dirección que nunca antes
habíamos tomado. Entré de todas formas al juego —sabiendo, queriendo—
porque deseaba tener un éxito número 1. Quería lo que Metallica tenía,
incluso si significaba venderle una parte de mi alma al diablo.
A la mierda, pensé. Si funcionó para Robert Johnson, tal vez funcionaría
para mí. Al menos recibiría esa tan esperada lección de guitarra de parte de
Dann Huff.
La atmósfera de trabajo en Nashville era intensa y profesional, aunque un
tanto incómoda, con la mirada puesta constantemente en crear algo que
pudiera trascender los límites del thrash y el heavy metal. Para bien o para
mal, desde su nacimiento, Cryptic Writings fue posicionado como un disco
que al menos contendría algunas canciones melódicas y cercanas al pop. No
todo el disco, por supuesto. Solo hace falta leer las letras de «She-Wolf» y
«The Disintegrators» para encontrar el viejo cinismo y el comentario político
de Megadeth. Hay que admitir que algunas de las canciones más mordaces
(«Evil That’s Within» y «Bullprick») no pasaron el filtro de la edición porque
Bud consideraba que las letras eran ofensivas, y las canciones más agresivas
que quedaron recibieron un baño de melodías brillantes y producción dulce,
lo que suavizó su impacto. No llegaban a ser caramelo para el oído, pero
estaban incómodamente cerca de serlo.
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La transformación ocurrió principalmente en el estudio, donde Dann y
Bud impusieron un tratamiento pop. La canción más grande del álbum era
«Trust», una canción que en los primeros días de Megadeth hubiera sonado
completamente diferente. Era una canción con gancho, que se hizo aún más
adaptada a la radio gracias a repetidas tomas vocales. Comenzaba con mi
usual estilo de gruñir y escupir, a cientos de millas por hora:
«Lost in a dream… nothing’s what it seems».
«Más lento», decía Dann. «Y trata de estirar la palabra “nothing”».
«Lost in a dream… nuuh-thing’s what it seems».
Dann se rascó la barbilla. «Bien, bien. Ahora inténtalo sin pronunciar la
G».
«¿Qué G?».
«La del final de nothing. Y hazlo una pizca más lento, tal vez pausando
después de lost».
«Lost… in a dream… nuuh-thin’s what it seems».
«¡Sí! ¡Eso es! ¡Perfecto!».
Wow…
Me di cuenta de que en aquel momento había entregado una línea vocal
digna de Tim McGraw. Así que me la llevé, la retoqué un poco, recorté la
tonada country y terminé aceptando algo que con justicia podría ser calificado
como pop metal. (De hecho, dimos tantas vueltas con la palabra nothing que
dije que la lápida de Dann tendría escrito DANN «DIED FOR NUTHIN»
HUFF).
Y más o menos así fue todo el proceso.
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Uno de los pantalones de cuero que mejor me quedaban y que
desaparecieron misteriosamente.
Fotografía de Ross Halfin.
Hubo veces en las que entré al estudio y encontré a Bud y Dann
toqueteando los controles, jugando con las pistas de sonido, sin pedir mi
participación. Normalmente esto habría provocado mi sentido arácnido a tal
punto que habría desatado un torrente de amenazas y acusaciones. Pero no lo
hice. Sospeché que estaban haciendo modificaciones, suavizando el sonido de
Megadeth, pero no intenté detenerlos. Pensé que habría una recompensa al
final.
No me equivoqué. «Trust», una canción sobre la deshonestidad, lo que es
bastante irónico, fue el mayor single en la historia de Megadeth, llegando al
número 5 en las listas de rock de Billboard; también recibió una nominación
al Grammy. Otras tres canciones entraron en el Top 20. El álbum casi llegó a
la categoría de platino, pero en cierta forma fue menos de lo que yo había
anticipado. En lugar de presentar a Megadeth a una nueva y más vasta
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audiencia fue recibido con cierta ambivalencia por los fans tradicionales,
quienes razonablemente se preguntaban, ¿Qué mierda está pasando aquí?
Esto no es mi Megadeth. Parece el Megadeth de mi padre o algo así.
Me costó aceptar todo esto en aquel momento, pero en retrospectiva
puedo ver con claridad cómo ocurrió y lo que significó. Seguramente es
posible ser más melódico y a la vez mantenerte fiel a tus raíces metaleras.
Pero es un baile delicado, especialmente para una banda como la nuestra, que
era más rápida y más dura que casi cualquier otra banda que hubiera
aparecido antes. Megadeth era un fenómeno basado en talento y energía
crudos y cuando tomas eso y lo rebajas entonces deja de ser fenomenal. Se
vuelve ordinario. Al tratar de expandir tu audiencia tomas el riesgo de
distanciar a tus fans de siempre, y pienso que hicimos eso con Cryptic
Writings; y todavía más con nuestro disco siguiente que, apropiadamente, se
llamó Risk.
UN PUNTO CLAVE con Cryptic Writings incluía una aparición en el
show de Howard Stern. Nos llamaron para que tocáramos en vivo en un
especial por el cumpleaños de Howard. Esperábamos que esto nos trajera una
exitosa sociedad con WXRK, la emisora de radio en la que sonaba el show de
Howard, «K-Rock», ya que todos sabían que WXRK estaba entre las
emisoras orientadas al rock más influyentes del país; casi literalmente podía
hacer una banda o deshacerla. Megadeth, siendo una banda multiplatino, no
necesitaba a «K-Rock», pero ciertamente su apoyo sería favorable para
proyectar a la banda a una posición de mayor popularidad lo cual, admito, era
lo que estábamos buscando.
Varios meses antes Pam y yo habíamos ido a Europa con el doble objetivo
de descansar y reconectarnos. El plan, citado casi específicamente, era
concebir a nuestro segundo hijo en Paris. Nos alojamos en el adorable Hotel
Costes y, aunque yo no era un hombre religioso en aquel entonces, me
arrodillé y recé con Pam para lograr una concepción exitosa y un bebé sano y
feliz. En serio, nos arrodillamos delante de la cama antes de hacer el amor y
buscamos la bendición de Dios. Esta fue una experiencia nueva para mí. He
rezado para conseguir sexo (Por favor, Dios, que aquella rubia de tetas
grandes de la primera fila tenga al menos 18 años); he rezado durante el sexo
(Por favor, Dios, que esta no me pase algo contagioso); y he rezado después
del sexo (Por favor, Dios, sácala de aquí, ¡ahora!). Pero nunca justo antes del
sexo.
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Esta vez lo hice. Y justo después Pam se largó a llorar. Varias semanas
después descubrimos que estaba embarazada. Las matemáticas indicaban
claramente que el milagro se había producido en Paris, una French
conception, si les parece.
Avancemos hasta enero de 1997: Pam está a punto de tener el bebé, y a mí
me llega este ofrecimiento de tocar en la fiesta de Howard Stern.
«Es una gran oportunidad», dijo Bud Prager. «K-Rock marca la forma en
que toda la nación se pone los pantalones. Si ellos tocan el single, todos los
demás lo harán».
Hice el viaje, pero no sin un alto costo para mi familia. Pam estaba en
fecha para unos días antes de la aparición en el programa de Stern, así que
sugerí que si todavía no había dado a luz, entonces tal vez podíamos inducir el
parto.
Pam accedió y todo salió a la perfección. Nuestra hija, Electra, nació el 28
de Enero de 1998, sin complicaciones. Ya siendo un padre experimentado
asistí el parto personalmente. En serio. Como el trabajo progresaba sin
incidentes y Electra ya asomaba su hermosa cabecita, la doctora me dijo,
«¿Le gustaría sacarla usted?».
«¿En serio? ¿Está bromeando?».
Me sonrió. «No, señor».
Luego se hizo a un lado y yo pude hacer que mi hija saliera al mundo. No
solo fue que me quedé allí de pie y me ensucié con el líquido; no solo corté el
cordón umbilical. Fue mucho más que eso. Fui la primera persona en este
mundo que la tocó. Creo que esa es una de las razones por las cuales tenemos
una relación tan cercana hoy en día.
Dos días después estábamos en Nueva York, tocando en la fiesta de
cumpleaños de Howard. Me sentía lleno de energía. Había sido padre
nuevamente. Estaba sano y sobrio. Estaba listo para hacer que «Use the Man»
consiguiera el impulso que necesitaba. Aunque no era un «fanático» del show
obviamente lo conocía, y entendía su alcance e influencia. Sabía que a veces
Howard ponía música de Megadeth en el aire, y yo apreciaba eso.
Ciertamente no veía a Howard con desdén; de hecho, le tenía aprecio más que
nada.
Nuestro encuentro, desafortunadamente, fue poco inspirador. Tocamos
nuestra canción, luego nos sentamos en el sofá para charlar, y enseguida
Howard se lanzó a hacer una de sus típicas entrevistas de confrontación.
«Escuché que eras Testigo de Jehová».
«Eh, no. Mis padres lo eran».
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«¿En serio? ¿Los asesinaste?».
Créanlo o no la conversación se vino abajo desde ahí, en parte porque no
creo que Howard estuviese particularmente interesado en hablar conmigo,
pero también porque yo no era bueno siguiéndole la corriente.
«Escuché que le pegaste a James Hetfield».
«Sí, eso es verdad».
«¿Me vas a pegar a mí también?».
Para cuando la entrevista terminó quería agarrarlo y decirle, «Howard,
¿tienes idea de lo mucho que me has decepcionado?». Este era un tipo con
quien me hubiera gustado tener una amistad. Al menos esperaba que hubiese
apreciado todo lo que habíamos hecho para estar en su show. Quiero decir,
¡convencí a mi esposa para que indujera el parto! Los otros tres miembros de
la banda y toda la gente que trabajaba para nosotros confiaba en que yo
tomara la decisión correcta, que escribiera la canción adecuada, que bailara y
me moviera bien en el escenario, para que todos pudieran hacer suficiente
dinero para mantener a sus esposas contentas y pagar las escuelas privadas de
sus hijos y las niñeras y la ortodoncia y, bueno, todo. Después me quedé de
pie en el camerino, pensando en lo desastroso que había sido el show, y sentí
como si me hubiera cagado en la cama.
Bajé las escaleras y me crucé con un representante de la discográfica y
pude darme cuenta por su cara de que la cosa no había salido bien. Esperaba
que la actuación de Megadeth no hubiese tenido nada que ver; en eso
estuvimos impecables. Creo que cumplimos con nuestra parte del trato. Pero
por alguna razón las cosas no resultaron.
NO SÉ SI LA VIDA IMITA AL arte o viceversa, pero en algún punto
las dos se cruzan. No conozco una sola persona en el negocio de la música —
especialmente en el heavy metal— que no piense que la película This Is
Spinal Tap sea al mismo tiempo dolorosamente graciosa y de un realismo
abrumador. Esto es particularmente verdad para Megadeth, ya que hemos
tenido nuestra cuota de peleas internas, uso de drogas, mánagers
incompetentes y cambios en la formación. Los baterías de Spinal Tap sufrían
combustión espontánea. Los de Megadeth resultaban poco fiables, ineptos o
por una u otra razón incompatibles con la misión de la banda, fuera cual fuera
esta en el momento dado.
Nick Menza comenzó como un chico de ojos grandes viviendo una
fantasía de rock and roll. Me encantaba Nick cuando entró en la banda, y
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todavía lo quiero, pero hubo un período de tiempo de mediados a fines de los
90 en el que simplemente era inmanejable. Durante años nuestra relación
había sido turbulenta, pero llegó a un punto de quiebre cuando salimos de gira
después de Cryptic Writings —la carretera siempre va a exacerbar los
problemas interpersonales dentro de una banda—. Por aquel entonces Nick
tenía el hábito desagradable de esconder pornografía gay en lugares
destinados a provocar una gran vergüenza cuando la descubrían. Por ejemplo,
dejaba misteriosos sobres de papel manila en el mostrador de los hoteles, para
que cuando el destinatario de su broma preguntara si tenía algún mensaje el
recepcionista del hotel le entregara el sobre. El pobre desgraciado lo abría y
se encontraba con la foto de dos tipos haciéndose mamadas mientras que el
desprevenido empleado del hotel se sentía mortificado. Este tipo de cosa
ocurría con alarmante frecuencia. Si en el bus de la gira le ofrecías una
cerveza a algún visitante cuando abrías el minibar te encontrabas con la foto
de un tipo dando por culo a otro. Rápidamente todos nos cansamos de este
chiste. Era demasiado perverso, incluso para los niveles de depravación del
heavy metal. Nuestro bus era nuestro hogar. Se suponía que nos teníamos que
sentir seguros allí. Era bastante común que nuestras esposas e hijos estuvieran
allí con nosotros. No quería tener que preocuparme porque Justis abriera un
tarro de galletitas y se encontrara con pornografía solo porque Nick había
perdido la brújula de su sentido del humor.
Pero eso era solo una parte del problema con Nick. También desarrolló
problemas serios de salud, algunos seguramente relacionados con su estilo de
vida. Se volvió cada vez más distraído y ansioso. Llegamos al punto en que
pasaba la mayor parte del día durmiendo. Faltaba a las pruebas de sonido, se
levantaba media hora antes del show más o menos, se ponía sus pantalones de
ciclista y sus zapatillas y luego salía a tocar. Como era previsible su forma de
tocar terminó sufriendo. Se equivocaba siempre en el crescendo de «Trust».
Noche tras noche. Esto no le hubiese ocurrido cuando era más joven y ávido.
Era vergonzoso para Nick y vergonzoso para Megadeth arruinar el mayor
single en la historia de la banda.
Observé la caída de Nick con una mezcla de tristeza y enfado, pero no sin
sentirme conmovido. Megadeth había sufrido todo lo que podía afectar a una
banda. Problemas con el alcohol, las drogas, las mujeres y el dinero. Y
ninguno de nosotros había logrado salir ileso. Simplemente ahora le tocaba a
Nick.
Nos separamos de él en el verano de 1998, durante un descanso en la gira
del Ozzfest. Se suponía que nos reencontraríamos en Dallas. Volé hasta allí
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desde mi casa en Arizona; Nick haría lo mismo desde L. A. al mismo tiempo.
Llegué al aeropuerto y Nick no estaba. Salí a donde nuestro bus nos estaba
esperando y Nick no estaba. Regresé, me fijé en la zona de equipaje y en el
baño, y Nick no estaba. Después de buscarlo durante un rato, regresé al bus y
allí estaba Nick, desparramado en un asiento con la cabeza apoyada en la
ventanilla. Llevaba puestas unas Ray-Bans, pero pude darme cuenta que había
estado llorando. Nick había empezado a usar maquillaje con la intención de
ocultar las marcas en su cara y ahora se le corría por las mejillas. Me senté
cerca de él y le pregunté qué le pasaba. Al principio no respondió, pero luego
comenzó a hablar. Tenía problemas de salud. Yo sabía hasta ahí. No me
esperaba escucharle decir que tenía cáncer.
Nick había sufrido una lesión en la rodilla tiempo atrás y el traumatismo
había derivado en la formación de un quiste. Ahora Nick nos contaba que el
quiste era canceroso. Yo no sabía si Nick se había diagnosticado a sí mismo o
no, francamente no me importaba. Solo quería que estuviera atendido y
saludable.
«Tienes que irte a casa», le dije. «No te preocupes, conseguiremos a
alguien más para terminar la gira. Nuestra prioridad número uno es que te
cures».
No hubo mucho tiempo para lamentar la partida de Nick, o incluso para
preocuparnos por su estado. Estábamos de gira y necesitábamos un nuevo
batería. De inmediato. La primera persona en quien pensé fue Jimmy
DeGrasso, que había hecho un buen trabajo en el disco de MD.45. Jimmy es
uno de esos músicos de sesión: cuando quiere conseguir un trabajo es el tipo
más profesional y cordial que pueda existir. Pero si le pides que forme parte
de una banda se siente un tanto encerrado. Solo he experimentado esto con
Jimmy una vez, así que no puedo decir que sea una constante, pero me
pareció notar un cambio en él cuando se transformó en miembro de
Megadeth. Aunque al principio era como una brisa de aire fresco:
«¡toquemos!, ¡toquemos!», decía. Era genial. Pero así son los músicos de
sesión. Están acostumbrados a que se les pague por día, así que siempre están
dispuestos a ponerse a trabajar. Lo malo es que a veces les falta la capacidad
de pensar a largo plazo. Siempre están pensando en el próximo cheque, en el
próximo recital, porque así es como les han enseñado a vivir. No guardan para
el invierno; viven al día. No todos los músicos de sesión son así, por supuesto.
Algunos son astutos y piensan las cosas, pero la mayoría son impulsivos y no
ven más allá. Esa es su cultura.
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Cuando Jimmy se unió a la banda no sabíamos qué esperar. Todos
sabíamos que tenía talento y que estaba lleno de entusiasmo, pero si podía
digerir todo el catálogo de Megadeth eso era otra cuestión. Tampoco tenía
mucho tiempo para prepararse. Aún recuerdo la primera noche en que Jimmy
tocó con nosotros en vivo, en Fresno, California, y algunos de los muchachos
de las demás bandas en el Ozzfest estaban de pie junto al escenario,
esperando alegremente a que el tren descarrilara. Pero Jimmy logró salir
adelante. ¡Y lo hizo sin prueba de sonido! Era un festival al aire libre, con
varias bandas en cartel, así que todos salíamos con un simple chequeo de
sonido, para asegurarnos que los instrumentos funcionaran bien. Luego
regresamos tras bastidores, encendimos un grabador y le hicimos escuchar a
Jimmy nuestras canciones. Él se sentó a tocar la batería en el aire, pegándole
a la nada, y tratando de memorizar los movimientos. Fue una tarea hercúlea
que lograra sacar adelante todo un set de Megadeth con apenas unos pocos
errores.
Aunque Nick se había operado y tenía los resultados de su biopsia un par
de semanas después yo ya me había decidido por contratar a Jimmy a tiempo
completo. Hice la llamada desde la habitación de un hotel en Portland, Maine,
con Bud Prager en la otra línea —quería tener otro par de orejas, porque sabía
que sería una conversación difícil—.
«Ey, Nick, ¿cómo estás?».
«Bien tío. Escucha, tengo los resultados de mis exámenes, y es maligno…
¡digo, benigno!» Parecía raro que hubiese confundido las palabras de esa
forma, especialmente en algo tan importante. Pero bueno, el comportamiento
de Nick era errático en aquellos días, su conducta era impredecible, así que
nunca sabías qué esperar de él o qué creer.
«Eso es bueno», dije. «Estoy contento de escucharlo».
«Sí, gracias. ¿Ey, cómo van las cosas con Jimmy?».
Respiré hondo. «En realidad es por eso que te llamamos. Tengo a Bud en
línea también y queremos hablarte».
«Hola, Nick», dijo Bud, sumándose.
Se produjo una pausa, como si Nick supiese que algo malo estaba por
ocurrir. Luego, «Hola, Bud».
Yo continué. «Bueno, este es el asunto, Nick. Las cosas están saliendo
bien con Jimmy y nos vamos a quedar con esta formación por ahora. ¿OK?».
Tío… casi me da vergüenza recordar esto. Aún tengo mis sospechas de
que a Nick le hubiesen diagnosticado cáncer. Evidentemente había perdido su
entusiasmo por tocar en la banda y parecía que quería tomarse un tiempo. Así
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que la coincidencia resultaba oportuna y nos dejó a todos con preguntas. Aun
así no puedo negar que mi manejo de la situación fue cruel. A decir verdad no
soy bueno para dejar ir a la gente. Si tienes que cortarle la cola a un perro lo
haces de forma rápida y precisa, de un solo golpe, ¿no? No extiendes la
agonía. Sé que alguna gente va a señalar la ironía de que haya despedido a
tantos miembros de la banda después de que me hubiesen echado a mí de
Metallica de una forma tan poco ceremoniosa. Pero hay una diferencia. Nunca
despedí a alguien sin haberle advertido antes. Soy un firme creyente en las
segundas oportunidades. Algunos incluso merecen una tercera o una cuarta
oportunidad. Nick ya había agotado todas esas.
Supuse que Nick aceptaría su despido con tranquilidad; en cierto sentido,
pensé, él quería que ocurriera. Se había cansado de Megadeth, o al menos se
había cansado de trabajar para retener su puesto. Pero me equivoqué.
«Eso no va a ocurrir, muchachos», dijo. «Esta es mi banda también y voy
a dar la pelea».
Pensé un segundo antes de hablar. «Nick, deberías haber comenzado a
pelear mucho tiempo atrás».
Con eso quería decir que Nick debería haber pensado sobre lo que
realmente quería. Debería haber parado con las sorpresas pornográficas.
Debería haber abandonado todos sus proyectos paralelos después de que le
pedimos que se enfocara en su trabajo con mayor seriedad. Solo Dios sabe en
qué estaba pensando cuando comenzó un negocio en Internet llamado
NiXXXpix, donde figuraba exactamente el tipo de material que se están
imaginando. La Red era todavía el Salvaje Oeste en aquel momento, y estoy
seguro de que Nick vio el signo del dólar con esta empresa. No estoy en
contra de hacer dinero. Tampoco me opongo a que los músicos se acuesten
con bailarinas de striptease y estrellas porno cuando están de gira[21]. Pero sí
sé una cosa: no quiero que me asocien con la pornografía. Dejen de lado la
moralidad por un momento, y considérenlo puramente desde el punto de vista
profesional y comercial. La pornografía es un callejón sin salida para
cualquier artista. El público perdona más a los drogadictos y a los criminales
que a aquellos que están en el negocio del sexo. En cuanto a lo que una
carrera respecta no hay regreso desde allí. Cuando bajas por ese camino no se
puede volver a ser popular. Y punto. Bueno, tal vez si eres solo un batería y la
gente no te conoce tan bien se puede regresar. Megadeth era mí banda, y tener
a un batería vendiendo material para la masturbación no era algo que me
pareciera bueno para el negocio. O bueno para mí en lo personal.
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Cuando intentaba sacar este tema (y otros) con Nick, él respondía con
enojo e inseguridad. Debería haber dejado de joderme todo el tiempo, las
habladurías y amenazas a mis espaldas, los discursos de brabucón sobre
meterse al dojo conmigo para pelearse[22]. Debería haber superado el
comportamiento juvenil y darse cuenta, después de varias advertencias, de
que tenía uno de los mejores trabajos a los que un baterista podía aspirar.
LA ARMONÍA ES una cosa difícil de conseguir en una banda —dicho
en forma metafórica y literal—. La integración de Jimmy se produjo casi sin
fisuras. Le caía bien a todos. Aprendió las canciones con rapidez y
generalmente le aportaba entusiasmo y profesionalidad a la batería.
Desafortunadamente, aunque logramos ponerle un parche a este puesto, todos
comenzamos a sentirnos distanciados de Marty Friedman. El compromiso de
Marty hacia Megadeth había caído, primero por su falta de apego a tocar el
tipo de música que había hecho famosos a Megadeth, el tipo de música que
nuestros fans querían oír. En síntesis pienso que Marty tuvo una crisis
artística.
Al igual que Chris Poland, no creo que Marty se viera a sí mismo como
un guitarrista de thrash metal. Era bueno en eso —diablos, Marty podía tocar
cualquier cosa— pero no sé si alguna vez le llegó al corazón realmente o si le
inspiraba. Casi desde el momento en que se unió a Megadeth Marty se sintió
insatisfecho con solo tocar en la banda. Hasta cierto grado, yo toleraba sus
otros intereses, porque era un tipo de enorme talento, pero era una guerra
perpetua de tira y afloja —yo trataba de encauzarlo hacia adentro y Marty
siempre empujaba hacia afuera, explorando otras oportunidades—. Había
hecho un disco solista poco después de unirse a Megadeth porque todavía
tenía que cumplir un contrato con otra discográfica.
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En el estudio, en Arizona, con mi Jackson King V modelo
Anarchy.
Fotografía de Ross Halfin.
«Cuando se termine tu contrato, por favor no hagas más discos de esos,
¿OK?» le dije. «Es importante que nos veamos como una banda».
Inicialmente Marty estuvo de acuerdo con darnos su exclusividad, pero
luego hizo otro disco solista de todas formas. Y otro más después de ese.
Además, siempre estaba dando clínics de guitarra. Salía y le pagaban miles de
dólares para mostrarle a la gente como tocar canciones de Megadeth, ¡música
que yo había compuesto! Si hubiese sido codicioso, le habría reclamado una
parte de sus ganancias, pero nunca lo hice. Lo dejé pasar aunque internamente
me molestaba. Había algo raro y desconcertante en que no pudiéramos
conectarnos a un nivel espiritual, y aun así el tipo salía a trabajar para sacar
provecho de mi arte. Eso no me parecía bien.
Aunque buscamos su esencia creo que la insatisfacción de Marty con
Megadeth, y su eventual partida, se pueden atribuir principalmente al hecho
de que había perdido el interés en la música. Se puede simular durante un
tiempo, en especial si eres un músico consumado como lo era Marty. Puedes
estar sobre el escenario y hacer la parodia, sacar terribles solos a martillazos y
actuar en el papel de un dios del heavy metal. El dinero es bueno, las chicas
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son buenas, las drogas son buenas. Al igual que todos nosotros, Marty
disfrutaba de los frutos de su labor.
Estar en una banda, vivir en la carretera, llevar un estilo de vida
decadente, esto puede provocar cosas extrañas en la gente. Unos años antes,
cuando estábamos haciendo Countdown to Extinction, un miembro de la
banda trajo un video al estudio. Le había llegado indirectamente de parte de
un miembro de otra banda importante.
«Tienen que ver esto», dijo sonando maquiavélico. Luego puso el video y
esperó a ver nuestra reacción.
Yo he visto de todo; no hay mucho que pueda considerar chocante. Pero
las imágenes que se veían en la pantalla casi me dan ganas de vomitar: un tipo
vestido de cuero negro y con otros accesorios de sumisión, recibía golpes de
parte de una chica gorda y desnuda, armada con látigos y lo que parecían ser
agujas de tejer gigantes.
«¡Puta mierda!», grité cuando atravesó los pezones del tipo con una de las
agujas ¡y luego le atravesó el pene!
Pero eso no fue lo peor. Cerca del final, mientras el tipo estaba sentado,
todo golpeado y sangrando, la chica defecó en el suelo, luego agarró al tipo de
la nuca y le ordenó que empezara a comer. ¡Y el tipo lo hizo! En aquel punto
tuve que irme. Marty también se asqueó. Es todo parte del paquete, por
supuesto: el estilo de vida, las drogas, el sexo, la degradación de la vida
humana y la subsiguiente degradación de uno mismo. Después de un tiempo
te insensibilizas de todo. Nada parece demasiado ultrajante; nada parece
particularmente anormal. Todo es simplemente… aburrido.
Creo que Marty había llegado a ese punto al momento de grabar Risk.
Empezó a ser partidario de hacer canciones más lentas, más melódicas,
alentando que continuáramos progresando en el enfoque orientado al pop de
Cryptic Writings. Al mismo tiempo adoptó un estilo personal que reflejaba su
actitud hacia el metal. Se cortó el pelo, se vestía diferente. En retrospectiva
era bastante obvio que a Marty se le había acabado la cuerda en Megadeth.
Aunque más que renunciar, intentó hacer que la banda se ajustara a su
sensibilidad. Y con la ayuda de Bud Prager y Dann Huff casi se salió con la
suya.
Tampoco ayudó en nada que Lars Ulrich me hubiese provocado vía
prensa, sugiriendo que yo tenía miedo de arriesgarme con mi música. Puso el
tema en el tapete, con astucia, ofreciendo cumplidos pero también críticas,
pero yo me quedé sintiendo que me había arrojado el guante:
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Respeto a Dave como músico; solo desearía que tomara más riesgos, que
realmente se esforzara.
En lugar de hacerlas a un lado, dejé que esas palabras quemaran un
agujero en mi psique.
Podía responder al desafío con nuestro siguiente disco. Y podía llamarlo
Risk, en caso de que alguien no hubiera entendido el mensaje.
No quise que las cosas resultaran así. Simplemente… ocurrió. No hubo
intención por mi parte, pero debo admitir mi negligencia. Yo sabía que algo
andaba mal cuando componíamos el disco. Bud pasó por mi casa un día y
sugirió que hiciéramos algunos cambios.
«¿Sabes qué es lo que quiero hacer?» dijo Bud. «Quiero hacer un disco
que haga que los tipos de Metallica digan: “¡Hijo de perra! ¿Por qué no se nos
ocurrió eso?”».
Dio justo en la tecla. Yo sabía que no era una actitud sana —rastrear aquel
espacio en mi cabeza que me había causado tanto dolor, el tratar de vengarme
de mis viejos compañeros de banda— aun así, accedí. Bud ya estaba decidido
a seguir empujando a Megadeth fuera del metal y hacia los límites del pop. El
paso final en este viaje sería una canción distinta a todas las que habíamos
hecho.
«Tal vez bluegrass», sugirió Bud. «O disco».
«¡¿Perdiste la puta cabeza?!». No podía creer lo que estaba escuchando.
Pero él no bromeaba.
«Mira, tuvimos un disco de Top Ten con Cryptic Writings. Tuvimos unos
cuantos singles exitosos». Hizo una pausa para reforzar la idea. «¿Tengo
razón?».
«Sí».
«OK. ¿Confías en mí?».
«Sí Bud, confío en ti».
Finalmente nos pusimos de acuerdo con algo que tenía una base que
sonaba a synth-pop o disco. La canción se llamó «Crush ’Em», y fue escrita
como tributo al hockey y sus fanáticos. Me encanta el hockey y pensé que
sería genial escribir algo que pudieran pasar en los juegos para motivar al
público, algo que nos diera un respiro de la insípida canción de Gary Glitter
que se escucha en cada evento deportivo alrededor del mundo. Ni siquiera la
estaba escribiendo para los fans de Megadeth o incluso para la radio. La
estaba escribiendo para el hockey. Y fue a parar al disco.
El día que grabamos la demo para «Crush ’Em» fue uno de los peores en
mi vida profesional. Según terminamos y salí del estudio fui directo al baño y
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vomité. Solo un poco de jugos gástricos, todo el proceso me había puesto tan
mal que había podido comer nada esa mañana. Sabía que había cometido un
gran error. Pero había convencido a toda la banda de que necesitábamos otro
éxito, y que «Crush ’Em» sería esa canción. Podría haber dado de baja el
proyecto. Pero no lo hice. Quería satisfacer a todos. Quería ser un buen
soldado. Si las cosas salían mal al menos nadie diría que no cooperé. Pero me
sentía mal. Seguía imaginándome a KISS haciendo aquel video de «I Was
Made for Lovin’ You» y pensando que esto había sido para Megadeth un
similar y desafortunado error de cálculo. Hasta podía escuchar las tijeras de la
castración.
«Oh, esto es malo. Malo, malo, malo».
Y lo fue. «Crush ’Em» apareció en la banda sonora de la película Soldado
universal: El retorno y se transformó en el tema emblema de la NHL como
imaginé que sería. Aun así me dio poco consuelo. Risk fue rechazado con
justicia por los fans de Megadeth (quienes se sintieron traicionados) y
vapuleado por la crítica (quienes recibieron en bandeja la oportunidad de
hacernos trizas). Aunque hubo elementos de Risk que funcionaron y letras que
no me molesta decir que son mías, en general fue un fracaso, un error de
cálculo artístico y comercial.
Después del resultado de Risk agaché la cabeza para recuperar mi
integridad artística, lo que requería, antes que nada, recuperar el control de
Megadeth. Eso significaba despedir a Bud Prager, lo que no era fácil ya que
Bud me caía bien y debo admitir que hizo por Megadeth exactamente lo que
se le pidió que hiciera[23]. También significaba dejar Capitol Records por una
nueva discográfica, Sanctuary, y convencer a los otros miembros de la banda
de que era hora de regresar a nuestras raíces metaleras.
Por desgracia no todos estuvieron de acuerdo.
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16
Algún tipo de Dios
¡Miren las venas en el dorso de mi mano derecha!
Fotografía de Daniel Gonzalez Toriso.
«Odio mi vida. Odio mi trabajo. Odio a mi banda.
Odio a mis hijos. Te odio. Desearía poder
ahorcarme ahora mismo».
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E n mi cumpleaños número 40, en algún lugar entre Vancouver y
Phoenix, durante un viaje en bus de 18 horas por la costa del Pacífico,
me encontré hablando por teléfono con mi viejo amigo y némesis Lars Ulrich.
Tenía tiempo de sobra, tiempo para reflexionar. Dos días antes habíamos
cancelado un show en Seattle en consideración a las víctimas de la tragedia
del 11S. La noche del 12 de Septiembre habíamos tocado en Vancouver frente
a un público sumamente educado y agradecido. Poco después del show, con el
tráfico aéreo en Norteamérica virtualmente detenido, abordamos un bus para
hacer el largo camino a casa. Pam había planeado una gran celebración de
cumpleaños en mi honor y no quería decepcionarla.
Pero luego llegó la conversación con Lars y una invitación para que nos
viéramos en San Francisco. La idea, según entendí, era que Metallica estaba
haciendo algún tipo de terapia de grupo —no era mala idea— y que quizá
sería bueno hablar del tema de mi despido después de tantos años. Lars me
dijo que habría un consejero presente. Se olvidó de decirme que la reunión
sería filmada y usada como parte de un documental. Solo me informaron de
eso cuando llegué al Ritz-Carlton.
Ustedes deben preguntarse, y con razón, por qué me sometería a
semejante prueba dolorosa, por qué demoraría aún más mi llegada a casa solo
para satisfacer un pedido de Lars, alguien no muy cercano a mí, exactamente.
Bueno, es difícil de explicar. Tal vez tenga algo que ver con el sentimiento de
vulnerabilidad que siguió al 11S. Tal vez fue solo sentir que las viejas heridas
deben sanar. Tal vez —y me duele admitirlo— aún tenía esperanzas de una
reunión, una en la cual pudiera compartir el escenario con Metallica.
Realmente no lo sé. De todas formas deseaba participar en el proceso. Pensé
que si había soportado tanta terapia por Metallica, bien podía hacer terapia
con Metallica.
Cuando llegué al hotel Lars me presentó al consejero y dijo, «Ey, tío,
¿estás de acuerdo en que filmemos esto? Porque va a ser parte de una película
que estamos haciendo».
No soy estúpido. Masoquista, tal vez. Pero no estúpido. Me di cuenta al
instante de que me habían tendido una emboscada. Dicho eso pensé que aún
habría algún valor en formar parte del proyecto. Solo estipulé que se me diera
el derecho de aprobar cualquier escena que me incluyera: si no me gustaba la
película o mi papel en ella entonces los productores no usarían las imágenes
de mi reunión con Lars.
Así que hicimos la entrevista, y fue realmente honesta y de corazón. Traté
de abrirme por completo, y ambos terminamos llorando y compartiendo
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sentimientos que nunca antes habían sido expresados. Hablé más que Lars.
Me saqué de encima todas las cosas que quería decir: el arrepentimiento por
cómo me había comportado en los meses previos a mi despido («¡Yo… la
cagué!»); el enfado por la traición que sentí; la tristeza del largo regreso a
casa en bus. Quería que él supiera que a pesar de los años, el dolor aún estaba
allí, palpable e insoslayable.
La entrevista duró cerca de una hora. Lars y yo nos despedimos y me fui a
casa. Pasó el tiempo antes de que volviera a pensar en eso otra vez. Después,
cuando vi el material filmado —junto con muestras de lo que aparecería antes
y después de mi escena— decidí que ya no quería participar en el documental,
y no simplemente porque no me gustara la forma en que mi segmento había
sido editado. El contexto lo es todo, por supuesto, pero lo que vi me pareció
falso y manipulado. Lars me pidió que lo reconsiderara, que mi aparición en
el documental ayudaría a mi carrera. Eso me parecía cínico y erróneo. Yo no
quería tener nada que ver con el proyecto.
Al final, a pesar de que nunca di mi aceptación, mi conversación con Lars
se transformó en una de las escenas principales del documental, el cual fue
llamado Some Kind of Monster. Nunca vi la película completa de principio a
fin, y no tengo deseos de hacerlo. Admitiré que con el paso del tiempo, más la
opinión positiva de mucha gente que yo respeto, he comenzado a ver la
experiencia del documental bajo una luz más agradable.
HACIA FINALES de 2001 Megadeth volvía a ser mi banda, más que
nunca, aunque no diría que la autonomía fue liberadora o disfrutable. Fue una
época de tremenda fluctuación y estrés más que libertad. Marty Friedman,
cansado del heavy metal —tanto del estilo de vida como de la música—
abandonó la banda en mitad de una gira en el 2000. Su reemplazo, Al Pitrelli,
era un músico competente y un buen tipo, que nunca logró encajar. Al no
tardó en descubrir que prefería el tranquilo anonimato y las bajas expectativas
de su puesto previo en Trans-Siberian Orchestra, a la fama y presión que
venían al tocar en Megadeth. Y Jimmy DeGrasso trajo el cliché de tener una
novia que pensaba que podía dirigir una banda y que además no era tímida a
la hora de dar su opinión.
No era precisamente una atmósfera de colegas. Después de separarnos de
Capitol Records en el 2000 firmamos un contrato con una nueva discográfica,
Sanctuary Records. Casi cada palabra y nota en The World Needs a Hero
(lanzado en 2001) fue escrita por mí, un hecho que complacía a la
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discográfica pero que no propiciaba la camaradería entre los miembros de la
banda. Era una formación que simplemente no había sido construida para
durar. Y no duró.
En el otoño de 2001 me hospitalizaron por un cálculo en un riñón.
Durante el tratamiento me recetaron medicamentos para el dolor. Para la
mayoría, esto no sería un gran problema. Te tomas unas píldoras para soportar
el malestar de eliminar el cálculo y luego te vas a casa a continuar con tu vida.
Para mí era más problemático. Introducir derivados del opio en mi cuerpo
terminó por encender un interruptor; y después de varios años de sobriedad
tuve una recaída.
El descenso fue rápido y humillante. Había estado participando en
reuniones semanales de AA, y fue en una de esas reuniones que aprendí a
comprar analgésicos a través de Internet. Como dije antes, no tenía necesidad
real de medicamentos para el dolor en aquel momento, solo un poderoso
deseo de recuperar el efecto que había experimentado en el hospital, el que,
aunque no era tan intenso como el de fumar heroína, ciertamente era capaz de
dejarme confortablemente adormecido. Esto ocurrió con intermitencias
durante un par de meses a finales del 2001. Le ganaba a los demonios
temporalmente, solo para que luego me volvieran a controlar. La banda sufría,
mi matrimonio sufría, mi familia sufría. Me sentía miserable. Finalmente,
como el año terminaba, decidí limpiarme; ya no podía seguir viviendo así.
Manejar a Megadeth era bastante difícil estando de pie. No lo podía hacer
estando de rodillas. Aunque realmente no tenía un plan maestro. Solo sabía
que me había vuelto un adicto otra vez, y odiaba cómo se sentía. Solo quería
que el dolor terminara.
Así fue cómo terminé en Hunt, Texas, en un centro de tratamiento
llamado La Hacienda, dormido en mi silla y despertando con un nervio radial
comprimido, una lesión tan jodidamente rara que casi desafiaba lo creíble.
Mucho peor que la lesión en sí fue el pronóstico: Nunca recuperaría la
destreza y la sensibilidad completas. Nunca tocaría la guitarra otra vez —al
menos no como lo hacía en el pasado—. Y cuando el doctor me dijo esas
palabras —cuando me miró a los ojos y dijo, «Yo no contaría con eso»— un
simple y devastador pensamiento cruzó mi mente:
Estoy arruinado.
¿Qué era mi vida sin música? Eso me definía. Creativamente,
espiritualmente, emocionalmente —y casi literalmente— la música me había
alimentado. Me había mantenido vivo.
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Quisiera poder decir que acepté estas noticias con coraje y perspectiva,
pero ¿para qué mentir? La realidad es esta: mi vida se había vuelto una soga
desgastada, desplegándose delante de mis ojos. Mientras estaba sentado en la
consulta del cirujano ortopédico el miedo fue lo que más sentí. He conocido
el dolor y la tristeza; he conocido la soledad y la derrota. A través de todo esto
siempre he podido contar con mi habilidad de tocar música. Sabía que era
muy buen guitarrista, y nadie me podía quitar eso.
Hasta ahora.
Me retiré de La Hacienda impulsivamente y planeé regresar a casa para
drogarme a más no poder. Y luego cometí un error. Dejé que las drogas le
hablaran a mi esposa. Esto era algo que jamás había hecho. Oh, seguro, he
estado drogado en casa, y he sido desagradable a veces, pero nunca he dejado
que las drogas controlen mi personalidad por completo cuando interactuaba
con la persona que más amo. Los analgésicos, combinados con el miedo y la
inseguridad, me provocaron un acceso de crueldad no común en mí.
«Mi brazo está muerto», le dije a Pam por teléfono. «Ya no puedo tocar».
«Vas a estar bien», dijo ella dándome su típico apoyo. «Veremos a los
mejores doctores. Tendrás los mejores cuidados. Puedes hacerlo».
No me quede con nada de eso. No quería. Solo quería un lugar donde
depositar mi hostilidad y la autocompasión.
«Tú no lo entiendes. No estás escuchando. Mi brazo está muerto, mi vida
se acabó».
Miré a Pam —la persona que menos merecía mi amargura— y luego me
descontrolé.
«Odio mi vida. Odio mi trabajo. Odio a mi banda. Odio a mis hijos. Te
odio. Desearía ahorcarme ahora mismo».
La respuesta de Pam fue una mezcla entre pánico y defensa propia. Los
instintos de una madre surgen en momentos como este, tus hijos son mucho
más importantes que el marido jodido. Habló con algunos de sus amigos de la
iglesia y le sugirieron que consultara a un consejero cristiano en Tucson. Este
tipo le dio unos consejos bastante duros y lo siguiente que supe fue que me
había puesto una orden de alejamiento y que había iniciado la separación
legal. Es justo decir que al momento de esta acción no me sentía
especialmente enamorado de la comunidad cristiana. De hecho, la gente a la
que Pam se había acercado son el tipo de extremistas hipócritas que hacen ver
mal a los cristianos. El consejero llegó a sugerir que no se me permitiera ver a
mis hijos a menos que un representante de la iglesia estuviera presente. Lo
odié por dar semejante consejo. Y no me divertía que mi mujer lo escuchara.
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A esas alturas me quedaban pocas opciones, las más obvias eran la vida o
la muerte. Elegí la vida, aunque no en la manera que podrían imaginarse.
Durante los cuatro meses siguientes viví en un hotel. La mayor parte de cada
día lo dedicaba a la terapia física de rehabilitación en el Spire Institute de
Scottsdale, Arizona. No había bala de plata, ningún procedimiento
artroscópico que mágicamente inflara el nervio radial y le diera vida a mi
mano flácida. Solo había trabajo y un lento, casi imperceptible progreso.
Hubo días en los que me sentí como un niño pequeño, así de mundanas
eran las tareas que trataba de dominar. Imagínense lo que es pasar horas y
horas con un par de pinzas entre los dedos tratando de acomodar una pila de
clavos. Me sentaba en un escritorio y hacía ejercicios —literalmente— con un
broche para ropa:
Apretar… soltar.
Apretar… soltar.
Había otro artefacto que parecía una versión rara y demente de un
atrapasueños, con rayos hechos de bandas elásticas. Mi consigna era pasar los
dedos a través de los rayos y tratar de hacer un puño. Era imposible al
principio; también te daba un dolor infernal. La insensibilidad de mis dedos,
combinada con el dolor en los demás músculos de mi mano y antebrazo,
creaban un efecto cómico cuando intentaba ejercitarme con el atrapasueños.
Como cuando alguien juega a un videojuego y mueve todo el cuerpo, cuando
solo hace falta que presione los dedos. Así me sacudía en mi silla, a veces
levantándome y moviéndome por la habitación mientras peleaba por ganarle
al pequeño artefacto.
Al mismo tiempo todavía tenía que resolver mi cuestión de la dependencia
química. Como no pude completar el proceso de desintoxicación, y menos la
rehabilitación y la recuperación, seguía siendo adicto a los analgésicos. Uno
podría decir que ahora tenía una excusa legítima para que me prescribieran
medicinas para el dolor, pero eso sería una lógica retorcida. Los nervios
dañados no responden bien a los narcóticos, así que mi lesión no era una
razón para usarlos. El dolor no era la cuestión principal, era más un tema de
incomodidad y vergüenza. Hubo ocasiones en las que estaba bebiendo café y
levantaba la taza, olvidándome momentáneamente de la lesión, y simplemente
la dejaba caer en mis piernas. Al comienzo de la terapia física lo único que
podía hacer era sostener una pluma entre mis dedos. Así de débil estaba.
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La tracción que me recetaron el Dr. Raj Singh, quien ayudó a
salvar mi brazo, y Nathan Koch, mi fisioterapeuta en el Spire
Institute de Scottsdale, Arizona, quien trabajó conmigo cada
día hasta que pude volver a tocar. Era doloroso, difícil de
hacer y vergonzoso a más no poder.
Aunque de forma extraña era reconfortante saber que mi vida estaba
enfocada en algo tan simple. Hay cierta paz en la simpleza; por primera vez
en muchos años no tenía que preocuparme por políticas de la banda u
obligaciones contractuales. No pensaba en el próximo tour o el próximo
disco. Solo pensaba en curarme, física, espiritual y emocionalmente. La parte
física vino primero, porque era lo único que tenía en aquel momento.
Separado de mi esposa y de mis hijos, di los primeros pasos de este viaje por
mi cuenta. OK, eso no es completamente verdad. Mi neurocirujano fue el
brillante y entusiasta Dr. Raj Singh; mi fisioterapeuta fue un hombre llamado
Nathan Koch. Ambos eran excepcionalmente buenos haciendo su trabajo, y
con ellos tengo una deuda que nunca podré pagar por completo. Aun así el
apoyo profesional es una cosa; el apoyo personal —también conocido como
amor— es otra cosa. Lo primero lo tenía. Lo segundo no.
Después de alrededor de un mes de terapia física comencé a ver resultados
significativos y me di cuenta de que ya era hora de hacer algo con mi adicción
a los analgésicos. Decidí regresar a La Hacienda y terminar el tratamiento. No
hubo otro motivo para tomar esta decisión. Aunque aún amaba a mi esposa y
extrañaba mis hijos me sentía inmerso en el proceso de hacer duelo por su
pérdida. Prácticamente hablando, mi matrimonio se había terminado. Pam y
yo ya no hablábamos de una reconciliación; estábamos tratando de lograr un
arreglo. Mucha gente de la iglesia de Pam le estaba dando consejos, y la
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mayoría estaban mal informados o simplemente lo hacían con malicia.
Querían que yo pusiera cientos de miles de dólares en una especie de dote,
para que Pam tuviera algún tipo de respaldo financiero mientras tratábamos
de resolver los parámetros de la disolución de nuestro matrimonio. En otras
palabras, querían que estableciera un fondo financiero legal para mi futura
exesposa. Además, creo, esperaban echarle mano a esos fondos por su cuenta.
Todo esto me dejaba desconcertado y frustrado.
«Pam, sabes que no es una cuestión de dinero», le dije. «El dinero no
importa. Esto es por ti y por mí, y por nuestra familia».
Estaría de más decir que Pam tenía dudas. Habíamos estado casados
durante una década y ella ya había visto esta película antes. De hecho tantas
veces que probablemente había perdido la cuenta. Para cuando regresé a
Texas a completar el tratamiento ya había renunciado a pelear por mi
matrimonio. Solo quería asegurarme de no perder a mis hijos también. Sabía
que me esperaba una lucha, ya que los estaban intoxicando en mi contra. Una
vez, cuando estaba hablando con Electra ella me dijo, «¿Papi, por qué no vas
a ver a un psicoterapeuta?».
Era un tanto perturbador que lo dijera una niña de cinco años. Electra era
perspicaz, pero aun así…
«¿Mi amor, acaso sabes lo que hace un psicoterapeuta?».
Ella sonrió. «No, pero los amigos de mami dicen que deberías ir a uno».
«¿En serio? Bueno, déjame que te hable de los psicoterapeutas. Verás, un
psicoterapeuta es alguien que trata de permanecer despierto mientras papi le
habla, le habla y le habla. Luego se lleva todo el dinero de papi y después
papi se siente peor que antes. ¿Lo entendiste?».
«Ummm… por favor, no veas a un psicoterapeuta, papi».
ES DIVERTIDO COMO uno se conecta con alguna gente y a otros los
rechaza, cómo el estimado profesional con los enmarcados diplomas
pulcramente ordenados en la pared te da ganas de vomitar mientras que un
tipo rudo con un parche en un ojo te hace reír y te hace escucharlo. Su nombre
era Chris R. y era mi padrino en La Hacienda. Nos conocimos mientras
completaba mi desintoxicación y tratamiento después de un diagnóstico
alentador sobre mi brazo. La primera vez que hablamos pensé que solo decía
estupideces, como todos los otros gritones que llegué a conocer en AA y en
los otros programas de rehabilitación. Contaba historias de horror de su
infancia, de cuando era un niño y se peleaba a pedradas con su hermano
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gemelo, lo que dio como resultado que perdiera un ojo. Sus historias no eran
diferentes a otras tantas que había escuchado: una letanía de dolor y
sufrimiento autoinfligidos, todo conectado al alcohol y las drogas. El gancho
de este tipo era su predilección por mirarte cara a cara y levantarse el parche,
lo que te dejaba ver un horrible agujero negro mientras te gritaba lo que el
futuro te traería si no limpiabas tu puto acto.
«¡Van a adorar tu culo huesudo en prisión, nene!».
«Jesús… tronco. Saca esa porquería de mi vista, quieres».
Esa estupidez de intentar asustarme nunca tuvo efecto en mí. Aunque lo
que sí me llegaba eran las conversaciones que teníamos entrada la noche,
cuando hablábamos de nuestros amigos y familias, y del vacío de la vida del
adicto. Hablábamos de la espiritualidad y de la necesidad de abrazar a un ser
superior. No estoy hablando del cristianismo específicamente, sino más bien
la aceptación general de que hay fuerzas más allá de nuestro control. El darse
cuenta que ninguno de nosotros es el centro del universo. Todos nosotros —
sin importar edad, raza, nacionalidad, posición social— somos apenas piezas
diminutas de un vasto universo cósmico. La estrella de rock millonaria no es
mejor —ni peor— que el exconvicto con un ojo de vidrio.
Si la rehabilitación es buena para algo es que puede, bajo las
circunstancias indicadas, proveer tiempo y espacio para la introspección.
Sabía que algo había cambiado cuando regresé a La Hacienda. A pesar de
todo lo que estaba mal y retorcido en mi vida sentía un extraño optimismo.
Para empezar, estaba en el medio de la nada en Texas —el aislamiento
absoluto te daba un poco de perspectiva— rodeado de humanos que no
estaban atrapados en la rueda de la vida de las cobayas. Aun así algo me
zarandeaba. La ira y el cinismo que habían sido una parte tan preponderante
en mi vida parecían estar desapareciendo.
Quería algo.
Necesitaba algo.
Espiritualmente hablando, era un pobre ensamblaje de partes rotas e
inconexas: bautizado como luterano, criado por los testigos de Jehová,
adoctrinado en la brujería, coqueteado con el budismo y picando del buffet de
la doctrina new age. Nada había funcionado. Nada había «prendido» en mí.
La mayor parte del tiempo ni siquiera estuve interesado en intentarlo. No sé si
podrían describirme precisamente como un ateo o un agnóstico. Era más bien
algo… con lapsos drásticos. Siempre había creído en Dios. Creía en Jesús,
creía que había muerto y resucitado a los tres días.
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Esa es la historia que me habían enseñado de pequeño, siendo testigo de
Jehová o no. Así que si creía en algo era en eso. Realmente me importaba una
mierda. No había rol para la religión en mi vida, ni espacio para la
espiritualidad.
Hasta ahora.
Una helada noche de enero caminé hacia la cima de una loma en Hunt,
dentro de los terrenos de La Hacienda. Habían construido un foso para
fogatas, e incluso en ese momento, en lo profundo del invierno, las llamas
danzaban al viento, elevando chispas al vasto cielo del desierto. El foso para
fogatas era un lugar de reunión popular en La Hacienda, un lugar con una
atmósfera conveniente y apropiada para la reflexión de naturaleza común o
privada. Me senté allí aquella noche, contemplando las llamas, pensando en
mi vida… en las elecciones que había tomado y sus consecuencias, tanto
positivas como negativas. Algo faltaba.
No puedo seguir haciendo esto. Este tiene que ser el final.
Pensé. Pero no era un final. Era un comienzo.
Me paré y caminé hacia una estructura en forma de letra A, era más que
nada un refugio, un par de paredes apoyadas entre sí. La construcción servía
como capilla en el descampado. En teoría no tenía denominación alguna; en
sentido práctico era un lugar de adoración cristiano, lo que era evidente por la
gran cruz que colgaba frente a la estructura. Me paré en la entrada, mirando la
cruz, preguntándome cómo reaccionar ante ella; si reírme, llorar o maldecir su
significado. Había llegado a creer que la cruz era una imagen fraudulenta, que
Jesús había muerto en una estaca. Los satanistas, obviamente, creían que
había sido en algo mucho más maligno. De todas formas, la cruz nunca había
tenido mucho impacto en mi vida. Aunque en ese momento tenía algo que
resultaba raramente reconfortante y conmovedor.
Respiré hondo y hablé en voz alta. Nadie en las cercanías podía
escucharme.
«He intentado todo lo demás. ¿Qué puedo perder?».
Con esas tres palabras —¿qué puedo perder?— me saqué de encima una
carga. Pero no completamente. Sí en forma creciente. Me quedé allí de pie
por un minuto más o menos, inseguro de qué decir o cómo actuar. He oído
sobre renacimientos espirituales, de gente sintiendo la mano de Dios o algo
así descendiendo para tocarles el hombro. O que ven una imagen de Cristo en
la oscuridad, que se desliza hacia ellos y los rodea en un cálido abrazo.
Mi conversión —mi despertar, si lo prefieren— fue mucho menos teatral.
Como me faltaba todo salvo lo básico de la doctrina cristiana —y
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francamente, me sentía un poco tonto— busqué la ayuda del capellán del
centro. Su nombre era Leroy. Era un tipo interesante que usaba botas
diminutas y un enorme sombrero de vaquero. No sé si tenía algún problema
físico, pero tenía una forma rara de caminar, se arrastraba de costado, como si
tuviera los dedos de los pies doblados hacia abajo. Me recordaba a John
Wayne. Leroy tenía un rol interesante en La Hacienda: estaba allí para apoyar
a los pacientes en su búsqueda de la cura holística; no para imponerle sus
creencias religiosas a los demás. Y cumplía con su tarea. Solo mantenía la
puerta abierta por si alguien estaba interesado.
«¿Cómo hago para que Dios entre en mi vida?» le pregunté.
«Ven conmigo».
Nos paramos frente a la cruz juntos.
«Arrodíllate», dijo Leroy.
Negué con la cabeza. Incluso entonces era terco y orgulloso.
«No, no voy a arrodillarme. ¿Podemos simplemente rezar?».
Y así lo hicimos. Leroy me guio a través de algo llamado Plegaria del
Pecador. Mientras recitaba las palabras casi parecía algo innecesario. Quiero
decir, todos saben que Dave Mustaine es un pecador, ¿no? ¿Puede ser más
obvio que eso? Además, he recitado varias versiones de la Plegaria del
Pecador cientos de veces en el pasado, no era muy diferente a la Oración de
los Tres Pasos del Libro de Alcohólicos Anónimos:
Dios, me ofrezco a Ti,
Para que construyas conmigo
Y que hagas de mí Tu voluntad.
Libérame de las ataduras del ser,
Para que haga mejor Tu voluntad.
Esta es la verdad: podría haber recitado estas palabras dormido. Las había
soltado de mi boca tantas veces, en tantas situaciones, sin realmente pensar en
la verdad que las sostenía. Me habían lavado el cerebro para que recitara el
mantra en AA, pero nunca entendí su mensaje, nunca me entregué a él. Solo
las repetía mecánicamente.
Seguro, entregaré mi vida a ti. ¿Por qué no? Mi vida apesta de todas
formas.
Hasta cierto punto nada había cambiado. Quiero decir, mi vida era tan
mala como lo era el día en que Leroy y yo juntamos nuestras manos y
recitamos la Plegaria del Pecador. Mi esposa había pedido una orden de
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alejamiento en mi contra. Casi no veía a mis hijos. Mi brazo estaba
mejorando, pero aún dudaba de que pudiera resucitar mi carrera musical y
francamente no me importaba. Y aun así…
Había esperanza. No sé de dónde vino o por qué. Pero estaba ahí de todas
formas.
No pasó mucho hasta que caí de rodillas y dije todas las plegarias y acepté
a Jesucristo en mi vida. No ocurrió sin cierta resistencia por mi parte, y Dios
sabe que en los años siguientes he sido inconstante en llevar una vida
cristiana. No soy un extremista. No soy un fundamentalista. He tenido lapsos
largos y cortos. He tomado su nombre en vano. No siempre ejercito la
paciencia y la tolerancia que debería. Pero creo en Dios y creo en que Jesús es
mi salvador, y esos son los máximos principios que guían mi vida.
Cuando llamé a Pam para contarle mi conversión esperaba que tuviese
una respuesta escéptica. Lo que obtuve fue algo completamente distinto.
Se rio.
«¡Esto no es gracioso!» dije.
«Lo sé», dijo ella. «Pero todos mis amigos me dijeron que esto ocurriría.
Sabían que regresarías. Por eso me estoy riendo».
«Pero estás contenta, ¿verdad?».
«Sí, por supuesto».
La reconciliación estuvo lejos de ser indolora. Hubo más reuniones, como
cuando había estado en Arizona en mi etapa previa de rehabilitación. Hicimos
la gran reunión e intervención familiar, en la cual otra vez tuve que enfrentar
todas mis transgresiones. Me lo merecía, por supuesto; me lo había buscado.
Pero no por eso fue menos incómodo. Para salvar nuestro matrimonio Pam y
yo hablamos de todos nuestros problemas y cuestiones, y la mayoría eran
míos. Casi todos tenían una raíz en mi consumo de drogas pero también en mi
trabajo. No quiero poner excusas, pero la verdad es que el estilo de vida de
Megadeth simplemente no iba con la vida familiar. El negocio de la música
realmente es sexo, drogas y rock and roll, y si estás casado y quieres ser
monógamo, y quieres llevar una vida coherente, es una lucha. Es un ambiente
terrible si tienes una historia de promiscuidad y drogadicción como
obviamente tenía yo. Hubo veces cuando estaba de gira y sin ningún motivo
aparente Pam y yo teníamos una pelea a larga distancia. La pelea me daba una
excusa para ir de Hmmm… a ¡Ups!; de meramente mirar a permitir
maltratarme; de tomar una copa a tomar demasiadas. Todas estas
transgresiones morales yo las atribuía a lo que ocurría en mi hogar: problemas
con los hijos, problemas de dinero, problemas con mi esposa. La realidad es
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que tenía que hacerme cargo de estas cuestiones y comportarme de otra
manera. Tenía que ser una persona mejor.
Aunque esta es la cuestión: no todo depende de la convicción y de la
fortaleza. A veces hay que ser inteligente como para evitar la tentación. Si
eres un guerrero de fin de semana, probablemente puedas balancear el trabajo
y la familia sin mucho problema. ¿En mi nivel? Es mucho más difícil. Las
drogas están ahí y se pueden pagar. Lo mismo con las groupies. ¿Cuál es la
mejor manera de seguir casado cuando eres una estrella de rock? ¿Cuál es la
mejor forma de ser un esposo fiel y un padre ejemplar?
Renuncia. Solo aléjate y dedícate a otra cosa.
Así ha sido y siempre será así.
Pero es más fácil decirlo que hacerlo. Hubo una época en la que veía que
algunos se tomaban una licencia para estar con sus hijos —gente con mucha
influencia y prestigio dentro de la industria del entretenimiento— y me
preguntaba qué problema tendrían.
¿Por qué estás siendo tan estúpido y blando?
Ahora veo las cosas de manera diferente. La vida en realidad se trata de la
familia y los hijos. Me he roto el culo trabajando para poder pasar más tiempo
con mis hijos, pero Justis tiene 18 ahora, y pronto se irá por su cuenta. Me
preocupa que tal vez me haya perdido los mejores años de su vida, y eso me
entristece a un nivel que no pueden imaginarse. Es igual a esa canción, tío. Es
igual a esa puta canción de Harry Chapin, «Cat’s in the Cradle». La escuchas
cuando eres un adolescente cínico, o un guitarrista de heavy metal fiestero y
sin hijos, y piensas, ¡Qué llorón de mierda! Luego llegas a mi edad, pisando
los cincuenta, y miras a tus hijos, que han crecido en un abrir y cerrar de ojos,
y de pronto la canción tiene un significado completamente diferente.
There were planes to catch and bills to pay.
He learned to walk while I was away.
Cuando escucho esa canción no me rio ni hago muecas. Quiero llorar. Lo
mismo ocurre con «Father and Son» de Cat Stevens, o incluso «Daughters»
de John Mayer. Estas son canciones que te llegan al corazón, que les hablan a
los padres. Y eso es lo que soy, por encima de todo lo demás: un padre. Lo
que pasa es que cuando estás dedicado a triunfar, como ciertamente lo estaba,
y comienzas a trabajar sin que nada más te importe, pierdes de vista lo que es
realmente importante. Eso fue lo que me ocurrió. Y al final, si te importa lo
suficiente, terminas en rehabilitación, repitiendo la Plegaria de la Serenidad
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una y otra vez. O alguna versión similar, lo que en su esencia es simplemente
esto:
A la mierda.
ASI QUE ME FUI a mi casa a Arizona, de regreso con mi esposa e hijos,
y traté de reconstruir mi vida, una versión más feliz y más sana de mi vida.
Entre las personas que conocí y me ayudaron en este viaje estuvo Darian
Bennett, un exmarine y jugador de la NFL. Darian era también un instructor
de artes marciales consumado y también cristiano, así que pronto terminamos
entrenando y pasando el tiempo juntos. Sentía que teníamos mucho en común,
excepto que él era marine y exjugador de fútbol profesional, y yo era una
estrella de rock y un adicto en recuperación. Esencialmente ambos éramos
luchadores, y nos conectamos a ese nivel. Aunque nuestras historias eran muy
diferentes compartíamos la mentalidad del guerrero. Lo que también ayudaba
era que Darian fuera varios años mayor que yo y mucho más entrenado en el
estilo de vida cristiano. En ese momento necesitaba un mentor —incluso una
figura paterna— y Darian cumplía ese papel. Nos hemos distanciado en los
últimos años, especialmente desde que me mudé a California, pero durante un
tiempo lo consideré uno de mis amigos más cercanos y siempre voy a apreciar
su compañerismo y su guía.
Descubrí que parte del problema era que tenía muy pocos amigos varones.
Sí, tenía «amigotes», compañeros de juerga… pero no amigos de verdad. Los
amigos que sí tenía eran reliquias poco saludables de una vida anterior —una
vida de la que trataba de escapar— o profesionales con poco tiempo para
invertir en la amistad. Tal es la carga de ser un hombre de éxito en la sociedad
de hoy. De nuevo todo se reduce a establecer prioridades. Trabajas sin
descanso para lograr el éxito y mantener a tu familia, y un día te despiertas
para descubrir que tienes poca gente con quien compartir ese éxito. Además,
era una lucha para mí tratar de separarme de la superficialidad de las
amistades adolescentes. Era bueno para emborracharme y drogarme,
perseguir mujeres y buscar pelea. ¿Para conectarme como un hombre adulto?
No sabía cómo.
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Electra, Justis y yo haciendo rafting en el American River,
durante el verano de 2009.
Electra ganándolo todo en sus exhibiciones de equitación con
Gerritt —elegido caballo del año—.
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Con la intención de ilustrarme traté (otra vez) de unirme a un grupo de
hombres, esta vez con una mejor actitud y una cabeza más limpia. Lo que
buscaba era una vida fuera de Megadeth, una vida que complementara a mi
familia en una forma sana y positiva. A través de todo esto continué
caminando de puntillas por el sendero del cristianismo y la iluminación,
tratando de entender que la mayoría de mis problemas podían tener un origen
en las situaciones de abandono de mi niñez y al mismo tiempo aceptando la
responsabilidad por mis malos actos; dicho con simpleza, una educación de
mierda no justifica que no te hagas cargo.
La vida continúa. Acéptalo.
Me había victimizado a mí mismo y en muchas maneras me odiaba por
eso.
Había cosas que había entendido sobre mi conducta adictiva que no
necesariamente encajaban bien con el protocolo de los doce pasos. Por
ejemplo, entendí que no era la clase de tipo que no puede parar después de
una o dos cervezas. En mi caso era más una cuestión de comprender que
después de tomarme un par de cervezas, si alguien decía «¡Ey, esnifemos una
raya de coca!», yo perdía el control. Entendí el efecto dominó. Si no bebía
mucho, no me metía en problemas. En consecuencia, ahora casi no bebo.
¿Cómo dices?
Sí… esta es la parte que genera controversia.
Cuando hablo de estar sobrio no me refiero a la abstinencia en el sentido
estricto de la palabra. No he consumido cocaína o heroína en muchos años.
Tuve un par de deslices menores después de 2002 y tenían que ver con una
medicación para el dolor recetada para una seria lesión en las cervicales
crónica y degenerativa, pero esto lo ubico en otra categoría. Llegado el caso
este problema requerirá intervención quirúrgica, ¡todos esos años de sacudir
la cabeza se han cobrado su precio! Pero sí disfruto de una copa de vino
ocasionalmente. Y eso es más o menos todo: una sola copa, una hora antes de
subir al escenario o cuando salgo a cenar con mi esposa. Rara vez una copa se
convierte en dos. Las primeras veces que hacía esto, un ejército de gente no
me creía. Todos decían que eso no daba resultado: la abstinencia, decían, era
la única estrategia para alguien como yo. Entiendo el sentimiento. Alice
Cooper hizo lo mismo: se salvó gracias a la intervención de Cristo y
simplemente dejó de beber por su cuenta. Sin reuniones, ni programas de los
doce pasos. ¿Saben qué dije cuando escuché esto?
«¡Mentira! Eso no funciona».
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Pero luego me fijé en el compromiso que yo había aceptado y me di
cuenta de que la fe puede inspirar milagros. ¿Esos tipos que caminan sobre
brasas ardientes? ¿O los que usan sus vientres como tablas de madera (en las
que un ninja con machete parte una sandía por la mitad)? ¿Cómo lo hacen?
Con fe.
En mi caso es la fe en Dios. La fe en Jesucristo.
No quiero generalizar. Si la rehabilitación me ha enseñado algo es que
cada situación, cada persona y experiencia, es única. Los adictos no son todos
iguales. Lo que funciona para la mayoría de la gente puede no funcionar
conmigo. (Mierda, después de 17 viajes a rehabilitación, eso es obvio a gritos,
¿no les parece?). Para mí, solo una cosa ha funcionado: establecer una
relación con Dios. Eso lo cambió todo.
Verán, hay tres tipos diferentes de bebedores: el moderado, el que bebe
mucho y el alcohólico. Si no eres un alcohólico, con suficiente motivación,
puedes ponerte sobrio. Pienso que yo era alcohólico por culpa de la cocaína.
Si quitamos eso de la ecuación las cosas son diferentes. Aunque en realidad
todo se resume a esto: ya no me despierto por la mañana pensando en las
drogas o el alcohol. Durante un largo tiempo no fue así. Vivía para la
siguiente bebida, la siguiente línea de coca o el siguiente globo de heroína. Ya
no más. No puedo explicarlo, y sé que no faltarán críticos que me consideren
un delirante o, lo que es peor, un mentiroso. No me importa. Sé cómo me
siento. No voy caminando por ahí pensando, Dios, no puedo esperar hasta las
cinco para descorchar esa botella de vino. El ansia simplemente… se ha ido.
Dicen que Dios manda a la gente a AA, y AA los manda de regreso con
Dios. Si realmente has tenido un despertar espiritual, por qué ponerle
limitaciones. Mi experiencia ha sido extraordinaria. Eso lo sé, y no espero que
todos quieran creerlo. Si la cagas 17 veces, bueno, va a haber algo de
escepticismo. La verdad es que ha sido un gran paseo. Amo mi vida; amo lo
que he logrado y creado. He visto el error en mis acciones y lo que la bebida y
el uso de las drogas me han hecho a mí y a mi familia, y lo que le han hecho a
mi carrera y a mi cuerpo. Beber y consumir drogas, en mi caso, tiene tanto
sentido como mearse en los pantalones en un día de invierno: sienta bien
durante un rato… hasta que el viento frío comienza a soplar. Y entonces no
sienta tan bien.
¿Pero saben qué? Tampoco me habría gustado perderme la experiencia
que he tenido, mientras el resultado siga siendo positivo: de ser alguien que
creció en una atmósfera rígida de religiosidad perversa pasé a odiar a Dios, y
luego a cerrar el círculo creyendo en Dios otra vez. Ha tenido sus
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recompensas en modos que son difíciles de medir a menos que hayas pasado
por una experiencia similar. Pasé de ser un niño sin hogar a ser un hombre
que se hizo a sí mismo, a ser un millonario que se hizo a sí mismo, a… ser
alguien que ahora se da cuenta que no existe eso de «hacerse a sí mismo».
Todo lo que es bueno en mí es el resultado de un poder superior. Ahora
que reconozco esto puedo finalmente encajar en el cuadro —sin tener que
martillar los bordes para entrar en el marco—.
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Megadeth: Renacido
Shawn Drover, James MacDonough, yo y Glen diciendo
buenas noches.
«¡Volveremos!».
C uando me fui de La Hacienda estaba convencido de que Megadeth
se había terminado. No tenía ni la energía ni las ganas de resucitar la
banda en una u otra forma. Otra vez quedábamos Ellefson y yo. Y,
francamente, estaba enfocado en otra cosa: mi salud, mi familia, mi
espiritualidad. No tenía idea de si volvería a tocar la guitarra a un nivel que
me permitiera actuar en vivo. Estaba mejorando día a día con los ejercicios y
la terapia física. ¿Pero tocar los intrincados solos que eran una marca
registrada de Megadeth? ¿El tipo de bailoteo sobre el diapasón que me había
hecho famoso?
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Hombre, eso estaba muy lejos aún.
En lugar de posponer todo y poner a los demás en espera hasta que
decidiera qué quería hacer el resto de mi vida, llamé a David y le sugerí que
nos reuniéramos. Nos juntamos en un Starbucks en Phoenix. Hubo un tono de
final en la discusión, pero fue completamente amigable. David era como mi
hermano menor y, aunque nos hemos separado estos últimos años, yo quería
hacer algo por él.
«Voy a renunciar», le dije. «Y quiero dejarte todo. Quiero que seas el
productor ejecutivo de los archivos. Quiero que cuides la hacienda».
No creo que David se sorprendiera por mi decisión de dejar la banda.
Ciertamente parecía apreciar en forma genuina mi franqueza. Creo que sintió
que esta era una oferta generosa. Y también pienso que entendió exactamente
su significado. No le daba permiso para que agregara nuevos miembros a la
banda; ni aprobación tácita para salir de gira ni grabar bajo la marca de
Megadeth. Eso no podía ocurrir sin mí. Megadeth era mí banda, y aunque yo
ya no quisiera formar parte, no pensaba dejar que se convirtiera en algo que
nunca imaginé, algo que escapara a mi control. Simplemente quería que
Junior tuviese algo para hacer día a día, algo que le generara un ingreso
sustentable y otras oportunidades.
«Gracias, tronco», dijo. «Te quiero».
«Yo también te quiero».
Nos tomamos otra taza de café y hablamos de los viejos tiempos un rato.
Luego nos pusimos de pie, nos dimos un abrazo y cada uno se fue por su lado.
Me imaginé que pasarían semanas, tal vez meses, antes de que nuestros
caminos se cruzaran otra vez.
Error.
Cinco horas después David se enfrentó a mí en un aparcamiento público
mientras yo estaba con mi hijo Justis, quien solo tenía 11 años en aquel
momento. Me sorprendió completamente este encuentro y no tengo idea de
qué provocó su enfado. De todas formas su comportamiento fue salvajemente
inapropiado.
«¡Si tú vas a hacer otra cosa con tu carrera entonces yo voy a hacer lo
mismo con la mía!» gritó, agregando algunas bombas F y otros epítetos en
buena medida.
Al principio traté de razonar con él. Justis estaba asustado y confundido
por la intensidad del encuentro, y yo más que nada quería relajar la situación
y sacarlo de allí. Luego miré a Ellefson.
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«Eso es todo», dije con calma, tratando de resistir lo más posible el
impulso de pegarle. «Hasta aquí hemos llegado».
Subí a mi coche, lo puse en marcha, retrocedí y conduje hacia la salida,
viendo a Ellefson por el espejo retrovisor.
EL 9 DE ABRIL de 2003 toqué la guitarra en público por primera vez
después de 17 meses. La ocasión fue un show benéfico en un lugar llamado
Nita’s Hideaway en Phoenix, para juntar dinero para la familia de un antiguo
pipa de Megadeth llamado John Calleo. John también había sido mi asistente
personal durante la gira de Youthanasia, pero habíamos perdido contacto en
los últimos años. Era un tipo dulce y divertido que nunca abandonó el estilo
de vida del rock and roll; su enfermedad del corazón y un fallo en los riñones
finalmente acabaron con su vida; probablemente estuvieran relacionadas con
los abusos de su salud tanto como con alguna anormalidad congénita. De
todas formas, era difícil que John no te cayera bien, y era imposible no sentir
compasión por su esposa y su hija de ocho años.
Venía progresando de forma constante pero lenta con mi mano, la que
además también había sufrido daños en los ligamentos debido a tantos años
de tocar ferozmente la guitarra. Pero también me sentía mejor de esa afección.
El tiempo sabático que me había visto forzado a tomar, aparentemente, había
resultado ser algo bueno, y ahora estaba más sano de lo que había estado en
años. Cuando me invitaron a tocar en el show a beneficio de John no dudé en
aceptar el ofrecimiento.
No voy negar haber sentido un poco de ansiedad. Diablos, cuando no has
tocado en casi un año y medio, es obvio que te vas a sentir algo oxidado. No
sabía qué esperar. No sabía cómo tocaría o cómo me sentiría al tocar. Y se
trataba de un recital inusual: un set acústico de solo cuatro canciones en un
escenario muy íntimo, delante de unas doscientas personas (entre las que
estaba mi padrino, Alice Cooper). La lista de canciones fue cuidadosamente
elegida, aunque no puedo asegurar cuánta gente entendió lo que estaba
tratando de decir. Abrí con «Symphony of Destruction», principalmente para
calentar mis dedos apropiadamente y para demostrarle a la audiencia que
estaba a la altura de la circunstancia. Luego seguí con «Use the Man» y
«Promises», la primera para hablar claramente del consumo de drogas y el
fallecimiento de John, y la segunda para que su esposa e hija supieran que si
John podía prometer algo eso era que se verían en la vida siguiente.
Finalmente, cerré con «A Tout le Monde».
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A tout le monde (to all the world)
A tout mes amis (to all my friends)
Je vous aime (I love you)
Je dois partir (I must leave)
Después de cantar la última línea, me puse de pie, salí del escenario, le di
mis condolencias a la viuda de John, Tracy, y me encaminé a la puerta trasera.
Para mi sorpresa, me crucé con David Ellefson a la salida. Hacía meses que
no hablábamos —específicamente desde aquella noche en el aparcamiento—
así que hubo cierta incomodidad en el encuentro. Las circunstancias, ante
todo, incitaban a ser amable. Mierda, nos habíamos reunido para honrar y
apoyar a un antiguo miembro de la familia de Megadeth. Un poco de
perspectiva era lo adecuado. Así que nos dimos la mano, cruzamos unas
palabras y cada uno se fue por su lado.
Fue casi como si aquella discusión nunca hubiese pasado, tal vez porque
parecía tan surrealista. David carece de la disposición y de las herramientas
para ser un luchador; va en contra de su naturaleza. Fundamentalmente es un
tipo retraído, que no confronta; por eso su reacción había sido tan
escandalosa. Cuando éramos jóvenes, apenas comenzando, David no era la
clase de tipo que quisieras tener en tu trinchera. Es un gran músico y un gran
fiestero. ¿Pero luchador? Una vez vi cómo un imbécil vestido con chaqueta de
UCLA le arrojó a David un pedazo de pizza caliente en la cara después de que
discutieran por un lugar de estacionamiento. David ni reaccionó, se quedó de
pie mientras el queso le quemaba las mejillas como lava ardiente. Me llevó
apenas dos minutos darle una paliza a ese imbécil y dejarlo desparramado en
el asfalto. Esa era la diferencia entre David y yo.
El relámpago inevitable cayó unos días después del show benéfico,
cuando tomé mi guitarra y comencé a tocar un poco y a pensar en lo mucho
que había disfrutado el regresar a un escenario y tocar mi música. Cuanto más
pensaba en eso más quería recuperar esa sensación. No sería una tarea simple.
Mi retiro no había sido una cuestión menor. No me había ido tranquilo con la
promesa de regresar cuando me sintiera mejor. Oh, no. Había renunciado. Y
como quería irme honorablemente había llamado a un montón de gente que
tenía contratos de auspicio conmigo y les había contado de mis intenciones.
No necesitaba hacer eso. Podría haberme quedado con todos las cosas y dejar
que el dinero siguiera entrando. Pero no lo hice. En lugar de eso vendí una
tonelada de equipos para pagar mis deudas. No quería ser uno de esos
músicos que dejan a los proveedores esperando. Tenía gente que me había
enviado cosas y que confiaban en mí: compañías de iluminación, compañías
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de sonido. Todo eso ya no estaba, así que cuando decidí salir del retiro, fue
más o menos como empezar de cero.
Afortunadamente, como no había destruido esas relaciones, no faltaron
empresas con ganas de apoyar mi regreso. En poco tiempo conseguí el equipo
que necesitaba, un puñado de nuevos contratos de auspicio, y un lugar para
ensayar en Phoenix.
Solo necesitaba una banda.
El plan inicial era grabar un álbum solista. Contraté algunos músicos de
estudio —incluido el experimentado baterista Vinnie Colaiuta, conocido por
su trabajo con Frank Zappa and the Mothers of Invention— y me puse a
trabajar en el otoño de 2003. Aunque los negocios siempre interrumpen el
camino de la música. Tuve que interrumpir el disco solista mientras ayudaba a
remasterizar todo el catálogo viejo de Megadeth. Para cuando pude retomar el
proyecto solista, en la primavera de 2004, EMI había comenzado seriamente a
presionar para que sacara otro álbum bajo la marca de Megadeth. Según la
discográfica, estaba obligado por contrato a sacar otro disco de Megadeth
antes de volcarme a hacer cualquier cosa solista. En lugar de enredarme en
una disputa legal interminable, costosa e inútil, decidí tomar las canciones que
ya había escrito y grabado y lanzarlas como el nuevo, y probablemente
último, disco de Megadeth, el adecuadamente titulado The System Has Failed.
Pero luego tuve una idea. Si Megadeth iba a renacer, con un nuevo álbum
e incluso una gira para promocionarlo, entonces, ¿por qué no recuperar la
alineación más exitosa de la banda? Comercialmente y creativamente me
pareció una gran idea.
A la primera persona que llamé fue a Nick Menza, quien se sumó
enseguida a la oportunidad.
OK, empezamos bien. Uno dentro, faltan dos.
La siguiente llamada fue para Marty Friedman. Siempre me gustó Marty,
admiraba su habilidad como guitarrista, y aunque me decepcionó en extremo
su salida y la forma en que había tratado de ejercer un control creativo
indebido durante la grabación de Risk, no tenía ningún rencor hacia él. Sin
duda había que admirar a Marty. Tuvo las agallas para vivir su fantasía. El
tipo siempre dijo que quería vivir en Japón, tocar música más convencional, y
enseñarle a otros a tocar la guitarra. Y eso es precisamente lo que ha hecho.
Muy bien por él. No quería sacarlo de lo suyo durante mucho tiempo. Mi plan
era reunir la formación de la era Rust in Peace para una situación específica.
Les daría la oportunidad de entrar al estudio para regrabar The System Has
Failed y reemplazar o incluso mejorar lo que habían hecho los músicos de
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sesión. Venderíamos unos cuantos discos, saldríamos de gira, y luego cada
uno seguiría con su vida. Para mí, eso significaba concentrarme en el trabajo
solista.
Por desgracia esa idea no generó la excitación y entusiasmo que había
anticipado; por el contrario, básicamente abrió viejas heridas y provocó
discusiones encendidas sobre el dinero y el control. En otras palabras, la
historia de siempre.
Mi conversación inicial con Marty fue algo así:
«Hola Marty».
«Hola Dave».
«Ey, lamento todo lo que ocurrió».
«Sí, yo también».
Una charla corta, bla, bla, bla.
Le conté a Marty sobre el nuevo disco y la gira propuesta, y luego le
pregunté si tenía interés en que nos reuniéramos. Marty dudó, luego disparó
una serie de preguntas a las que yo no estaba preparado para responder.
¿Cuál era el presupuesto de marketing? ¿El presupuesto de gira? ¿El
presupuesto de grabación? ¿Cuánto le pagarían? ¿Tenía las fechas
específicas?
Mi cabeza daba vueltas.
Ey, tío. Más despacio.
No podía creer que me estuviese preguntando toda esa mierda a menos de
dos minutos de haber iniciado nuestra primera conversación. Así que le dije:
¿Sabes qué Marty? Esas son cosas que no necesitas saber. No necesitas saber
cuál es el presupuesto de grabación porque no grabaste el disco. No necesitas
saber cuánto es el presupuesto de la gira porque solo vas a estar contratado.
Así que con Marty no resultó. Luego llamé a Ellefson. Básicamente, este
fue mi tono:
Ey, Junior. Solo quiero hacerte saber que he decidido que quiero tocar
otra vez, y voy a salir de gira. Y quiero hablarte para que vengas conmigo.
He compuesto un disco nuevo, está casi terminado, así que no tienes que
preocuparte por nada de eso. Va a salir pronto. Si estás interesado, lo
estamos mezclando en Nashville; puedes ir allí y tratar de mejorar lo que ya
hicimos. Si lo logras, lo usaremos. Si no, no importa; aún puedes ser parte de
la gira.
Y al igual que Marty, David soltó una letanía de preguntas. Sin
profundizar demasiado en las prácticas contables enloquecedoras de
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Megadeth, digamos que David buscaba algo cercano a ser un socio igualitario
en esta empresa. Bueno, eso no ocurriría. Yo había montado todo el proyecto.
Había escrito todas las canciones, producido el disco, ideado la gira.
Necesitaba una banda de apoyo, y pensé que sería bueno juntar la vieja
pandilla de Megadeth. Pero había resultado más complicado de lo que yo
esperaba.
«Junior, no tengo respuestas para todas esas cuestiones en este momento»,
le expliqué. «Y francamente, si las tuviera no me sentiría cómodo contándote
todo eso. Es demasiada información para darle al bajista en una sola gira».
Y de eso se trataba: un disco, una gira. No era una reunión. Intenté que
eso quedara bien claro. Mis esperanzas se vinieron abajo tan rápido como
habían surgido. Me tomó unas pocas llamadas más y unas conversaciones
incómodas para llegar a la conclusión obvia: la vieja formación de Megadeth
no se juntaría; era hora de seguir adelante. Pensé que esto acabaría aquí.
Imagínense mi sorpresa cuando a principios de julio de 2004, Ellefson
presentó una demanda en mi contra en la corte federal de Manhattan, por una
suma de 18,5 millones de dólares.
La demanda judicial declaraba, entre otras cosas, que yo había estafado a
David con los royalties de publicación y merchandising, y que había
incumplido mi promesa de delegarle el control sobre Megadeth después de mi
retiro. Yo nunca había prometido tal cosa, y el acuerdo que David firmó —un
contrato legal— explicitaba los términos de nuestra separación con gran
detalle. Pero en su demanda declaró que había cambiado de parecer a poco de
haber firmado este acuerdo, y que por lo tanto el contrato era inválido.
Cuando me enteré de la demanda de Junior me cabreé tanto que apenas
podía contenerme. No era solamente el dinero; era por el hecho de haber sido
atacado pública e injustamente por alguien a quien había apoyado y defendido
durante años. La demanda completa —el documento en sí— apareció en
Internet de alguna forma, donde fue posteada con todos sus desagradables
detalles. Naturalmente la batalla se filtró en el amplio universo de los
fanáticos del heavy metal, con bandos alineados según las siguientes líneas:
1) Mustaine es un imbécil egomaníaco y codicioso.
2) Ellefson es un imbécil patético y desagradecido.
Entre los que se tomaron el tiempo de hacer su tarea, el veredicto fue: el
número 2.
La reivindicación no solo llegó en la corte de la opinión pública, sino
también en la corte de la Juez Federal Naomi Buchwald, quien en enero de
2005 desestimó la demanda de Ellefson por completo. Al hacerlo básicamente
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declaró que la demanda carecía de fundamentos. Y así era. Al final la persona
que tuvo que firmar un cheque fue David. Un gran cheque. Mi abogado dijo
que era la primera vez, en sus 27 años de profesión, que un cliente
demandado terminaba ganando dinero con un juicio en su contra.
Para entonces ya había armado una nueva versión de Megadeth, había
lanzado The System Has Failed, y salido de gira. Durante un tiempo, cuando
estaba intentando armar la alineación, parecía que al menos uno de los viejos
miembros de Megadeth sería de la partida. A pesar de que las negociaciones
con Marty y Junior se cayeron, Nick seguía con intenciones de regresar a la
banda. Apareció un día en Phoenix en el verano de 2004 con un U-Haul
cargado de equipo y un técnico de batería llamado Sticks. Este tipo trajo a
Nick y luego se durmió en el camión mientras estaba esperando en el
estacionamiento de la tienda Frey Electronics. Estábamos en Arizona, en
medio del verano, donde la temperatura rápidamente alcanza los tres dígitos
Fahrenheit. Sticks se despertó ocho horas después, cocinado y deshidratado,
pero por suerte aún con vida. Con eso supe que Sticks no duraría mucho en el
trabajo. Poco tiempo después lo enviamos a su casa.
En el transcurso de las siguientes semanas, dos técnicos de batería fueron
y vinieron, lo que pronto me llevó a darme cuenta que el problema no eran los
técnicos; el problema era Nick. Pensaba —tenía esperanzas, en realidad—
que Nick había limpiado su acto. Pero en poco tiempo juntos en el estudio y
en la sala de ensayo, el comportamiento errático y su falta de confiabilidad
salieron a la luz. No hay forma de ocultarse bajo esas circunstancias. El nuevo
bajista, James McDonough, era sólido, aunque no particularmente entusiasta.
Glen Drover, antiguo guitarrista de King Diamond, era todo un profesional.
Pero Nick seguía siendo el viejo Nick. Tocaba una canción o dos, se bajaba
de la batería —«Chicos, denme unos minutos; tengo que correr hasta el AM
PM minisúper para conseguir algo»— luego se subía a su bicicleta,
dejándonos esperando, negando con nuestras cabezas por no creer lo que
estaba haciendo. A veces regresaba rápidamente, pero otras veces «unos
minutos» se transformaban en unas horas. Se volvió un tanto sospechoso y
raro, especialmente si conoces la historia de Nick.
Un día Glen sugirió que contactáramos a su hermano, Shawn Drover, para
ver si le interesaría el puesto vacante de técnico de batería. Shawn había
tocado la batería en una banda con su hermano y había sido técnico del
batería de King Diamond, así que conocía el trabajo.
En pocos minutos pusimos a Shawn en el altavoz, para hacer una llamada
en conferencia. Yo estaba en la sala de control con Glen y James; Nick estaba
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cerca, tirado en un sofá, con anteojos negros cubriéndole los ojos; trataba de
verse como una estrella de rock aburrida y apática.
«Ey, Shawn», dije. «¿Cómo estás?».
«Bien, hombre. ¿Cómo están todos allí?».
Antes de que pudiera responder, Nick se metió en la conversación.
«¿Quién coño es este tipo? Ni siquiera quiero conocerlo».
La charla se vino abajo desde ahí, con todos tratando de tapar su cabreo y
vergüenza. Me disculpé con Shawn, le dije que lo llamaríamos más tarde, y
luego salí a hablar con Glen, quien estaba ofendido, lo que era comprensible.
«No puedo tocar con este imbécil», dijo. «Si él se queda en la banda
renuncio».
¿Qué podía decir? No había forma de defender o entender el
comportamiento de Nick. Había esperado que hubiese aprendido la lección y
que las cosas fueran diferentes esta vez. Pero obviamente nada había
cambiado. Hablé con nuestro mánager y al final del día Nick se fue. Ahora no
solo necesitábamos un técnico de batería sino también un batería. Y no nos
quedaba mucho tiempo, teníamos acordado salir de gira en cinco días.
«¿Qué te parece Shawn?» sugirió Glen. «Él ya se conoce todas las
canciones».
La última vez que escuché a alguien hacer semejante declaración ridícula
fue Al Pitrelli. Lo había llamado desde Denver, a mitad de una gira, a pocas
horas de que Marty Friedman renunciara.
«Sí, estaré allí en dos días», dijo Al. «Me sé todas las canciones de
principio a fin, y las tocaré con un cigarrillo colgando de mi boca».
«En esta banda no fumamos, Al».
«Bueno, chicle de nicotina entonces».
Estuvo allí en dos días, bien, pero no podía tocar todas las canciones. Ni
estaba cerca. Había demasiadas singularidades a tener en cuenta. Se puede dar
por sentado que tocar la batería es sustancialmente menos complejo que tocar
la guitarra. Se puede golpear aquí y allá, capturar el tiempo y el espíritu,
esconder los errores delante de la mayoría. Aun así resultaba un tiro a larga
distancia que Shawn pudiese llenar los zapatos de Nick en tan corto tiempo.
Pero lo logró. El tipo se sabía todas las canciones que se esperaba que
tocara. No perfectamente, pero al menos tan bien como lo había hecho Nick.
The System Has Failed fue lanzado en septiembre de 2004, obteniendo una
crítica y una respuesta comercial favorables. Considerando todo lo que
precedió a su lanzamiento, me sentí complacido de cómo resultó el disco. Y
luego salimos a tocar.
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El primer show de la gira «Blackmail the Universe» fue en Reno, Nevada,
en octubre de 2004. Por desgracia nadie se ocupó de poner una barrera entre
la banda y el público. Puede parecer una cosa menor, pero no lo es. Si no hay
un límite de demarcación en un concierto de Megadeth vas a terminar
sacando a los chicos de arriba del escenario toda la noche. Y eso fue
exactamente lo que ocurrió. Pasé dos horas tocando la guitarra con una mano
y apartando gente con la otra, como si fuesen moscas. Al final del concierto
todo el escenario estaba cubierto con guardias de seguridad.
Salimos bastante ilesos, pero después, en los camerinos, noté que Shawn
parecía desorientado. Estaba mareado y le costaba respirar. Cuando vimos
que su condición no mejoraba, lo llevamos al hospital local. El diagnóstico:
vértigo.
«¿Le ha ocurrido antes?», le pregunté a Glen.
«No lo sé. Me parece que no».
«¿Qué quieres decir con me parece que no?».
Glen se encogió de hombros. «Bueno, solo ha tocado un par de veces
antes. Digo con público».
¡¿Qué cojones?!
No sabía demasiado sobre Shawn. Suponía que había tocado en varias
bandas durante años. Uno no se vuelve así de pulido tocando con amigos o en
tu sótano. Pero eso era principalmente lo que Shawn había hecho. El tipo era
completamente autodidacta y carente de experiencia sobre el escenario. Más
tarde supe que Shawn y Glen habían crecido en un hogar conflictivo, y para
lidiar con el dolor se habían dedicado a la música. Al hacerlo, no solo se
volvieron músicos consumados sino que además crearon un vínculo
sumamente estrecho. Glen había logrado salir del sótano para entrar en el
mundo profesional. Y además le había ido bastante bien. Shawn, por su parte,
había permanecido fuera del escenario, en las sombras, satisfecho con enredar
y trabajar como técnico de batería, y ocasionalmente tocar con Glen en la
banda de estudio canadiense, Eidolon.
¿Y habíamos llevado a este pobre tipo —con sobrepeso, problemas de
salud e inexperto— y lo habíamos tirado en frente de miles de metaleros
enloquecidos?
Tuvimos suerte de que no se muriera.
Pero este es el improbable final feliz. Shawn ha resultado ser uno de los
músicos más confiables y resistentes que he conocido. Cinco años después de
aquel bautismo de fuego en Reno, todavía es el batería de Megadeth; solo
Nick Menza ha estado más tiempo que él. Nunca se sabe lo que alguien tiene
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dentro. El talento es solo uno de los requisitos para el éxito, y muchas veces
se lo sobrestima. Shawn es un músico tremendo. Es batería por oficio pero
también puede tocar la guitarra, al igual que Glen es guitarrista de oficio pero
también un gran batería. Aunque más que cualquier otra cosa, Shawn es un
superviviente, una característica que tiene gran significado para mí. El tipo
siguió trabajando y destacando, mejorando y mejorando, aprendiendo el
oficio, hasta que un día terminó viéndose exactamente como la persona que se
esperaba que fuera: el batería de una de las bandas más grandes del heavy
metal. ¿Cómo no respetar eso?
Glen y su hermano mayor Shawn Drover. Pueden
intercambiarse los instrumentos y lo hicimos muchas veces.
Aunque con total honestidad, tuve sentimientos encontrados después de
aquel primer show. No sabía si esta formación en particular duraría una
semana, y menos todos los meses requeridos para completar la gira mundial.
Pero Shawn se subió al caballo otra vez y quedó claro al instante que no solo
era talentoso sino también un luchador. Glen era bueno también. Y lo mismo
James. Por primera vez… bueno… en mucho tiempo, tocar música volvía a
ser divertido. Estar en Megadeth volvía a ser divertido. Salimos de gira por
USA con Exodus, agotando las entradas en casi todos los lugares que
visitábamos. Luego, después de las vacaciones de Navidad, nos fuimos a
Europa y giramos con Diamond Head y Dungeon. Todo anduvo sobre ruedas,
hasta mayo de 2005, cuando teníamos programado hacer shows en Grecia e
Israel con Rotting Christ y Dissection, bandas que eran catalogadas,
apropiadamente o no, como «satánicas».
Obviamente esto significaba un cierto dilema para mí. Cuando adopté el
cristianismo sentí que necesitaba protegerme de estar en un ambiente
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equivocado. Alguna gente se salva y se funde con el panorama, llevando
vidas tranquilas, dignas y significativas. Yo no podía hacer eso. Demasiada
gente sabía quién era, cómo había sido mi vida anterior. La fama puede ser
algo genial, pero también puede ser un dolor en el culo. Si Dave Mustaine
anuncia su conversión al cristianismo no van a faltar personas dispuestas a
encontrar hipocresía en esa decisión.
Oh sí, claro… Mustaine es cristiano. El tipo es un borracho de mierda y
un drogadicto.
Bueno, de hecho eso era exactamente lo que era. ¿Y qué mejor razón que
dejar entrar a Dios en mi vida como penitencia por todas las cosas horribles
que había hecho? No podía cambiar las opiniones de la gente, y francamente
tampoco intentaría hacerlo, pero podía ejercer cierto control sobre mi vida.
Podía ser una persona mejor. Y podía ser cuidadoso.
Algo que podía hacer para mantener un estilo de vida saludable era evitar
tocar con bandas cuya visión filosófica fuera una afrenta a mis creencias. Hay
diferentes niveles en todo esto, por supuesto. Nunca he sido el tipo de
cristiano que se planta frente a ti y te dice cómo tienes que vivir tu vida. No
hago ningún reclutamiento en nombre de Jesús. Cada uno a lo suyo, tío. Pero
en aquel punto de mi vida —recién convertido— no me pareció saludable
compartir escenario con una banda llamada Rotting Christ. Una banda que
pocos años antes había formado parte de un festival de black metal conocido
como la gira Fuck Christ.
Ni siquiera sabía mucho sobre la música de estas dos bandas. Pero sí sabía
que en este caso debía trazar una línea en la arena. No me sentía cómodo
tocando con una banda llamada Rotting Christ. El nombre era simplemente
demasiado ofensivo. Así lo veía yo: he tenido una carrera de más de dos
décadas, vendido más de veinte millones de discos. Por ende me he ganado el
derecho a tocar con quien yo quiera.
En cuanto a Dissection, bueno, la cuestión era un poco más complicada.
Me fijé en su sitio de Internet y descubrí que eran de Suecia, y que uno de sus
miembros fundadores, Jon Nödtveidt, era un satanista declarado. Luego supe
que había estado hablando mal de mí en la red después de mi conversión
religiosa. Dijo que yo era su «enemigo jurado». No lo podía creer. Ni siquiera
conocía al tipo y este se había puesto en guerra contra mí. Al principio no le
di importancia, tomándolo como una cuestión de locura clásica de los suecos.
Luego investigué un poco más y lo que descubrí resultó perturbador, por
decirlo así. Este loco hijo de puta había pasado varios años en prisión por ser
cómplice de asesinato.
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Dejando de lado el motivo o el grado de participación, este era claramente
un tipo malo y perturbado, y no me tomé sus amenazas a la ligera. Hablé de
mi preocupación con mi agente, quien a su vez lo habló con los promotores
del show… quienes en consecuencia sacaron a Dissection de las
presentaciones. Pero la cosa no terminó ahí. Dos semanas después debíamos
tocar en un festival en Francia, junto a una docena de bandas, incluida
Dissection. Yo no tenía control en este caso. Si fuésemos las cabezas de cartel
en una gira y algún promotor pusiera a Rotting Christ o a Dissection como
teloneros entonces tengo el derecho a vetar esa decisión. Pero los festivales
son eventos expansivos, diseñados para captar a un público más amplio, y no
es inusual que bandas de orígenes dispares compartan un mismo escenario.
Supongo que podríamos habernos bajado del cartel, pero pensé que eso no
sería necesario. Al menos no hasta que Nödtveidt comenzó a decir
estupideces en el ciberespacio otra vez, esta vez prometiendo que cuando
Megadeth llegara a Francia, él me estaría esperando.
Esto llamó mi atención. Teníamos a un tipo que ya había estado en
prisión, así que era improbable que un posible castigo sirviera como
disuasión. En este caso mi arsenal usual de intimidación —fama, dinero,
poder, entrenamiento en artes marciales— no significaba una mierda. Este
tipo sabía lo que era quitar una vida. Yo no. ¿Si tenía miedo? Sí, hasta cierto
punto. Aunque más que nada estaba cabreado porque mi agente me había
puesto en un aprieto, donde no solo mi seguridad estaba en juego, sino que
terminé en medio de un cisma mediático: Dave y su supuesto fanatismo
cristiano (que no es fanatismo porque no voy por ahí imponiéndoselo a nadie)
versus este pobre e inofensivo adorador del diablo y su pequeña banda.
Salvo por supuesto que no era inofensivo. Era un asesino.
Así que fuimos a Francia, recé para que resultara todo bien y nos
preparamos para salir. El promotor del festival había contratado seguridad
extra para aquel día y llegamos sin saber qué esperar. Con el primero que me
crucé fue John Dee, quien era mi mánager en aquel momento. John había
llegado temprano, justo para ver la presentación de Dissection, e
inmediatamente después buscó a Nödtveidt. Sin identificarse John se cruzó
con el tipo, lo empujó con el hombro al estilo brabucón, solo para ver cómo
reaccionaba. Según John, Nödtveidt era menudo y nada intimidante; el
empujón casi le hace perder el equilibrio. Su única respuesta fue mirar a John
y decir, «discúlpeme, señor». Luego se marchó.
«¿Y dónde está ahora?», pregunté.
«No está. Se fue justo después de su actuación».
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Elevé mis manos al cielo, aliviado y desilusionado al mismo tiempo.
«¿Estás bromeando? ¿Tanta preocupación, tanto alboroto? ¿Y el tipo es un
cagado?».
John se rio. «Por lo visto».
Nunca me encontré con Nödtveidt en persona. Nunca conseguí una
explicación por su ataque en Internet. Lo que probablemente sea para bien,
me queda bastante claro que el tipo estaba seriamente jodido. En el verano de
2006 se borró de la raza humana disparándose en la cabeza, según se rumorea
durante un ritual suicida. ¿No es extraño cómo terminan algunos de mis
enemigos? Mientras tanto, yo sigo aquí.
Con el paso de los años más de uno me ha acusado de hipócrita por esta
cuestión de tocar con bandas supuestamente satánicas. Como he intentado
explicar se trata de un área llena de grises. Antes que nada, ahora me siento
mucho más seguro en mi fe de lo que lo estaba en 2002, cuando recuperé a
Dios en mi vida. Mi espiritualidad es principalmente un asunto personal, y
uno que por lo general no me obliga a tener que defenderlo o explicarlo. Pero
supongo que si uno está escribiendo un libro, lo mejor es ser lo más sincero
posible para no quedar en deuda con el lector. Así que aquí está. Nunca dije
que no tocaría con bandas satánicas. No soy lo suficientemente estúpido como
para generalizar de esa forma. Lo que dije fue esto: no saldría de gira con
bandas satánicas. Una gira es un arreglo de negocios, en el cual yo sería una
parte activa y dispuesta. Un festival o un solo show que involucre a muchos
artistas es algo completamente diferente.
Más aún, está el desafío de definir los términos. «Satánico» es una
etiqueta que cubre a casi toda banda de metal de tonos oscuros. Y a veces el
término está mal utilizado. Slayer es un gran ejemplo. Alguna gente se puede
preguntar, «¿cómo puede Dave decir que no va a salir de gira con bandas
satánicas y al año siguiente salir con Slayer?». Bueno, la verdad es que
cuando me convertí, había cosas que no sabía. Y es como en aquel dicho
sobre cocinar: «cuando tengas dudas, mejor tirarlo». Megadeth tuvo
oportunidades de hacer shows con otras bandas, pero algunas de sus letras y
otras cosas me ponían incómodo. Simplemente quería estar seguro de
tomarme mi tiempo antes de salir a tocar con ciertos artistas. Tengo una larga
historia con Slayer y Kerry King, a veces amarga. Ambos nos hemos
insultado bastante, y esto viene de una época en que yo era cualquier cosa
menos un cristiano fiel. Pero Kerry no es un satanista, y Slayer no es una
banda satánica. Me llevó tiempo sentirme cómodo con los claroscuros de
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estos términos y no sentirme necesariamente amenazado por asociarme con
cualquier banda de sensibilidades oscuras.
Ahora tomo mis decisiones viendo cada caso en particular. Es así de
simple.
Me doy cuenta que a veces la religión —o la negación de la religión—
puede ser una fachada. Conozco gente que toca en bandas satánicas que en
realidad no creen en lo que están haciendo. Tal vez son cínicos. Tal vez solo
están perdidos. A veces siento la necesidad de estar cerca de estos grupos,
aunque sea brevemente, solo para mi tranquilidad y edificación del espíritu,
para alegrarme de no seguir en ese sendero. Yo estuve allí, colega. Puedo
distinguir entre los que son de verdad y los que no, y es genial para mí poder
decir, «ey, soy afortunado. Logré salir. Encontré un camino mejor». El
problema es que mucha gente que se convierte al cristianismo lo hace como
los tipos que están en la televisión. Pero no son casos como el mío, gente que
no tiene en quién apoyarse y abraza su espiritualidad de manera diferente.
Saben, hay todo un movimiento de chicos tatuados, que se visten de negro y
tocan música heavy, y tienen bandas geniales… y creen en Dios. Y no hay
nada malo en eso. De hecho, una de las cosas que me gustaría hacer durante el
resto de mi carrera es ayudar a que los chicos encuentren un lugar seguro para
rockear. Ojalá hubiera tenido eso cuando era joven.
Aunque también me pasó esto. Pasé mucho tiempo como nuevo cristiano
tratando de sentirme cómodo conmigo mismo. Hubo veces en las que me
sentí bien y a gusto; pero también otras en las que sentí que me agobiaba. No
fue hasta el verano de 2005 que comencé a sentir cierta armonía entre mi vida
artística y mi vida espiritual. Todo comenzó a funcionar con el Gigantour, el
festival anual de seis semanas de heavy metal itinerante que concebí para
competir con la variedad de festivales que florecían por todo el paisaje
musical. Gigantour me permitió extenderme como artista y como hombre de
negocios. Esa fue mi creación y me encantó hacerla. Durante un show
memorable en Dallas, el 2 de agosto, un puñado de muchachos de diferentes
bandas tocaron juntos la canción de Pantera «Cemetery Gates», en honor al
guitarrista fallecido «Dimebag» Darrell Abbott. En los años previos tuve
varios encuentros desagradables con los tipos de Pantera. ¿Qué puedo decir?
Yo era un alcohólico arrogante y un drogadicto. No era difícil presionar el
botón para hacerme cabrear, y cuando Phil Anselmo se acercó una vez al
micrófono para decir «Fuck Mustaine» cuando tocaban como teloneros de
Megadeth en la gira de Countdown to Extinction, bueno, eso presionó más de
un botón. Dije algunas cosas poco agradables sobre la música de Pantera y
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eso empezó la guerra. Pero cuando Dimebag fue asesinado sobre el escenario
por un fanático enloquecido a finales de 2004 me pareció que ya era hora de
dejar de lado todas las estupideces menores. Participé en un tributo de MTV y
después, en una carta abierta publicada en mi sitio web, hice un
reconocimiento a su increíble talento como guitarrista y a su espíritu gentil.
Eso hizo bastante para mejorar mi relación con el resto de Pantera, y haber
tocado el solo de Dimebag de «Cemetery Gates» es uno de mis recuerdos más
apreciados del Gigantour.
La vida es demasiado corta para pelear batallas sin sentido. Prefiero tocar
música y pasar el tiempo con la gente que amo y respeto. Ese pensamiento se
me pasó por la cabeza mientras estaba sobre el escenario en el Estadio Obras
en Buenos Aires, Argentina, el 9 de octubre de 2005, en el festival Pepsi
Music. Qué noche, qué público. Hacía años que no tocábamos en Argentina, y
aun así allí estaban haciendo fuerza, gritando como locos, recitando cada
palabra de cada canción, ¡coreando las jodidas partes de guitarra, por Dios!
Era como tener 25 000 cantantes haciendo coro. Me sentí como un niño otra
vez, queriendo hacer esto por siempre. Así que antes de abandonar el
escenario y partir a casa, me incliné sobre el micrófono e hice una promesa:
«¡Quiero agradecerles otra vez por venir y acompañarnos esta noche.
Espero que hayan pasado un gran momento, porque nosotros sí lo pasamos!
¡Y vamos a regresar!».
Lo dije en serio. Megadeth, en una u otra forma, duraría. Y yo también.
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Epílogo:
Tres botes y un helicóptero
Una de mis fotos favoritas. Nunca habíamos usado fuego
hasta esta gira.
Fotografía de Rob Shay.
E stoy sentado en una sala de proyección en los estudios de la Fox en
Hollywood, mirando una muestra en bruto de una película de Will
Ferrell. Estoy bastante entusiasmado por estar aquí ya que representa otra
avenida creativa para explorar. Se me pidió que le pusiera algo de música
original a la partitura, así que mi trabajo es ver la película y visualizar el tipo
justo de trabajo de guitarra para dos escenas específicas. Honradamente es
todo un viaje ser invitado a este mundo. Soy un guitarrista de thrash metal, y
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usualmente no somos bienvenidos en el mundo del espectáculo comercial.
Pero una película de gran presupuesto para el verano, con Will Ferrell como
protagonista, no puede ser más comercial, así que no puedo evitar sentir un
ataque de excitación.
La película sigue pasando, y la estoy mirando más por inspiración que por
entretenimiento, una sensación extraña, se lo aseguro.
«Justo aquí», dice alguien. «Aquí es donde te necesitamos».
Me inclino hacia adelante en mi asiento. Hablo sobre un notable, extraño
y largo viaje. ¿Cómo fue que llegué hasta aquí?
De pronto mi atención se desvía. La música llena la sala de proyección,
sobrepasando al diálogo que está en pantalla —o simplemente eso me parece
a mí, porque lo reconozco al instante—. Lo llaman «placeholder» en el
mundo del cine, una música que nunca llegará a la partitura o la banda sonora
pero cuya intención es llenar un espacio para darle al verdadero compositor
una idea de lo que se necesita. Sirve a la vez como inspiración y como guía.
O, en mi caso, como una molestia.
Me vuelvo hacia mi mánager asistente, Isaac. Ninguno de los dos dice una
palabra. Pero puedo darme cuenta de que estamos pensando lo mismo:
«¡¿Metallica? ¿Os estáis jodidamente quedando conmigo?!».
Isaac ha trabajado conmigo hace unos cuantos años ya, lo suficiente como
para saber que no hay nada peor para provocar una fusión en Mustaine que
una dosis inesperada de Metallica. Y más inesperada no puede ser en este
momento.
¿Escuchas eso, Dave? ¡Eso es lo que estamos buscando! Algo que suene
como Metallica pero que no sea Metallica. ¿Puedes hacerlo, por favor?
Dejo que mi cabeza cuelgue por un momento, y luego sonrío. Isaac sonríe
también. Y luego comenzamos a reír. A veces el mundo es demasiado
perverso y solo se le puede enfrentar con sentido del humor. Me doy cuenta
en este mismísimo momento que esto nunca terminará.
Nunca… jodidamente… terminará.
Algún día estarán bajando mi ataúd a la tierra y estarán listos para pasar
una canción mía por última vez («A Tout le Monde» sería ideal), y seguro que
alguien se olvidará un disco de Metallica en el reproductor de CD.
ESTOY TRATANDO HONRADAMENTE de estar mejor con toda esta
mierda. Se puede mantener un rencor solo por tiempo limitado. No es
saludable. Por desgracia parece que a veces la forma más eficiente de hacer
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las paces y enterrar el hacha de guerra es partírsela en la nuca a tu enemigo.
Así me sentí unos meses atrás, cuando recibí un e-mail de Scott Ian de
Anthrax, que terminaba con las palabras, «nos vemos en Cleveland el 3 de
abril, ¿verdad?».
No tenía idea de a qué se refería.
«¿Qué pasa en Cleveland?».
Pronto llegó otro e-mail a mi buzón.
«Perdón, error mío. Pensé que lo sabías. Metallica entrará al Salón de la
Fama, y pensé que estarías allí».
«Lo siento», respondí. «No había escuchado nada. Saluda a todos de mi
parte, ¿OK?».
Bueno, esto es lo que en realidad pasó. Sabía, por supuesto, que Metallica
entraría al Salón de la Fama del Rock and Roll. Esa noticia se había
anunciado en el otoño de 2008. Traté de quitármela de la mente lo más rápido
posible, razonando que aunque si quieren destilarlo a su esencia esto tenía que
ver conmigo… en realidad yo no tenía nada que ver.
Pero el e-mail de Scott que recibí cerca del final de la gira europea más
reciente de Megadeth (con Judas Priest) me presentaba un dilema. Sabía lo
que se avecinaba. Metallica entraría al Salón de la Fama y me invitarían para
que asistiera a la ceremonia.
Como espectador.
Es cierto que unos días más tarde mi mánager Mark Adelman me contó
que la invitación se había extendido. La banda pagaría para que Pam y yo
voláramos a Cleveland y participáramos en una gran fiesta la noche del
viernes 3 de abril. A la noche siguiente nos sentaríamos entre el público, junto
al resto de la «familia» extendida de Metallica —personal de oficina,
mánagers de gira, administradores del club de fans, roadies, etcétera— y
aplaudiríamos cálidamente mientras Lars, James y los chicos eran
consagrados oficialmente.
«¿Tú qué piensas?» me preguntó Mark.
«Tú sabes lo que pienso. La pregunta es, ¿cómo manejamos esto?».
Tenía una salida elegante: estaba increíblemente ocupado. Estaría en casa
en USA solo por unos días después de la gira con Priest, luego se suponía que
regresaría a Alemania para hacer algo de promoción para Marshall
Amplification, y luego tendría que prepararme para una actuación en los
próximos Premios Golden Gods. Todo mientras grababa un álbum de
Megadeth. Para poder asistir al Salón de la Fama tendría que ceder algo de
todo eso. Francamente no valía la pena.
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Así que me mordí la lengua y escribí una carta —mediante la prensa, en
realidad— agradeciendo a Metallica por haber pensado en mí y felicitándolos
por su logro, pero finalmente expresando que lamentaba el no poder acudir.
Y eso fue todo.
Sin veneno, ni rabia.
No públicamente, al menos.
Estaba caminando en la cuerda floja, eso seguro. Sabía que si revelaba
mis verdaderos sentimientos —que no había forma de que fuera a sentarme en
la puta audiencia cuando debería estar sobre el escenario junto a la banda que
ayudé a crear— todos sacudirían la cabeza y dirían, «sip, el mismo viejo y
amargado Dave».
Y si trataba de actuar con indiferencia un número igual de personas dirían,
«ah, mentira. No está ocupado. Solo es que no quiere estar allí».
Era una situación de perder o perder, como casi siempre me ha ocurrido
con Metallica.
Y aun así no podía comprometer mis principios en este caso; no podía
negar lo que había en mi corazón. Era mejor apartarme y mantener la boca
cerrada. Optar por un perfil bajo.
Pero no podía dejar que la cuestión se fuera así sin más. Así que busqué a
Lars por última vez. Le envié un e-mail preguntándole si podíamos hablar en
algún momento. Me respondió escribiendo.
«Ey, tío, salí con mis hijos y estoy teniendo una tarde suburbana de locos.
¿Puedo llamarte en un par de días?».
Volvió a escribirme dos semanas después. Típica sincronización de
estrella de rock: una semana para cada día. Así que le respondí: «Sí, estoy
aquí ahora. Podemos hablar».
Unos segundos después sonó mi teléfono. Estaba sentado en la cocina de
mi casa, en las afueras de San Diego, era una mañana perfecta y soleada. Pam
estaba sentada del otro lado de la mesa, así podía centrarme en algo positivo.
La conversación no fue acalorada ni curativa. No hubo catarsis de ningún
tipo. Fue casi banal, como si ninguno de los dos tuviera suficiente energía
para emocionarse demasiado. Ambos estábamos más cerca de los cincuenta
que de los cuarenta, en el declive de la vida en cualquier caso. Si no nos era
posible abrazarnos como los hermanos que una vez fuimos, tampoco hacía
falta que peleáramos como guerreros.
«Me gustaría que estuvieras allí, colega» dijo Lars en algún momento,
después de darme la vieja y gastada explicación: que todos los que habían
sido parte de la experiencia de Metallica estaban invitados a la ceremonia,
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pero que solo los miembros de la banda que habían tocado «en los discos»
podían ser ingresados al Salón de la Fama.
En mi cabeza podía escuchar la voz de sir John Gielgud, el mayordomo
amanerado regañando al millonario alcohólico y poseído interpretado por
Dudley Moore en Arthur.
¡Por qué, pequeño desgraciado!
Estuve en los discos con Metallica, por supuesto. He estado en el DVD.
Tenía crédito en la composición de canciones. Tenía historia. ¿Pero cuál era
el sentido de seguir azotando aquel caballo muerto? Ahora entiendo a Lars. O
al menos entiendo que tiene un propósito en mi vida, y ese propósito es el de
desafiar mi humildad, para mantenerme humilde y hambriento.
«Me gustaría estar allí también», dije. «Pero no puedo. No así. Vemos las
cosas de manera diferente. Y como no puedo estar allí en la forma que yo
quisiera, entonces probablemente será mejor que me haga a un lado para
darles mi apoyo».
Respiré profundamente.
«Pero quiero que sepan que estoy orgulloso de ustedes, amigo, y
realmente les deseo lo mejor».
«Gracias», dijo Lars. «Lo mismo para ti. Y espero que cambies de
opinión».
«Si lo hago serás el primero en saberlo».
NO ME DETUVE DEMASIADO a pensar en esa conversación. Había
mucho trabajo pendiente, demasiadas cosas en que ocupar mi tiempo. Tenía
que regresar al estudio y darle los toques finales al duodécimo álbum de
Megadeth, Endgame. Si este es un proyecto con un título irónico, eso todavía
está por verse. Creativa y profesionalmente hay otras cosas que me gustaría
hacer con mi vida a estas alturas: más música de películas, dar clases, hacer
discos solista. Y me gustaría pasar más tiempo con mi familia, ponerme al día
con mis hijos después de tantos años.
Justis tiene sus propios intereses musicales, y me gustaría ayudarlo de
cualquier manera; Electra, tan encantadora y sabia a pesar de su corta edad,
tiene una incipiente carrera televisiva. Me he perdido demasiado. No quiero
perderme nada de lo que sigue.
Pero las cosas han sido así desde hace un tiempo hasta ahora. Cada álbum
de Megadeth de la última década parece que va a ser el último, como si me
sintiera desgastado y no me quedara más para decir. El proceso es totalmente
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extenuante. Luego el álbum sale, y salimos a tocar… y parece que todo el
esfuerzo vale la pena.
No sabía qué esperar en la primavera de 2007, cuando salió United
Abominations. La alineación había sido renovada otra vez, con James
LoMenzo reemplazando a James MacDonough en el bajo. No pareció
importar. Las canciones eran fuertes, la interpretación ajustada y el álbum
despegó, vendiéndose más rápido que cualquier otro disco de Megadeth desde
Youthanasia. Cincuenta mil copias en la primera semana solamente.
Tal vez ocurra lo mismo con Endgame. Me gusta el disco (por favor,
permítanme esta terminología anacrónica, después de todo soy un chico de la
era del vinilo). Mucho. Me gusta la nueva banda también. Sí, así es. Más
cambios de personal, con el asombroso Chris Broderick reemplazando a Glen
Drover en la guitarra. Si llevan la cuenta, son 18 músicos los que han sido
parte del caballo de guerra del heavy metal conocido como Megadeth.
Diecisiete que han ido y venido. O se han quedado.
Y yo.
No guardo animosidad hacia ninguno de los que han tocado en Megadeth;
de hecho, he tratado de hacer las paces con casi todos aquellos a los que pude
haber herido en el camino, y he tratado de perdonar a todos los que me han
jodido, hay bastantes en ambos casos. Un par de años atrás volé a Phoenix
para encontrarme con David Ellefson. Hacía tiempo que no hablábamos,
probablemente no lo habíamos hecho desde que su demanda fue desestimada
por la corte. Salimos a cenar, hablamos de los viejos tiempos y de las nuevas
oportunidades, sobre nuestras esposas, amigos e hijos.
«Tengo que decirte algo», dijo Junior. «Irme de Megadeth fue la cosa más
estúpida que he hecho».
Me reí. «Sí, ya lo sé».
Todos hacemos cosas estúpidas. La clave está en reconocer tus errores y
hacer las cosas mejor la próxima vez. Yo podría haber sido el guitarrista más
grande del mundo, si tan solo hubiera podido controlar mis puños y mi sed.
Pero era incapaz de hacer esas cosas. Todos los viajes a rehabilitación, el
problema con la bebida, el problema con las drogas, problemas con la banda,
pelear con la gente dentro y fuera del negocio de la música, problemas con mi
fidelidad, mis hijos —miro todo esto y pienso, soy capaz de hacer mucho más
—.
He tenido esta sensación desde un tiempo hasta ahora, de que hay algo
importante por hacer con los años que me quedan, y pienso que no se limita a
simplemente salir al escenario y sacudir la cabeza para Megadeth, y no es que
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no lo disfrute. Pienso que las oportunidades aparecerán en mi camino, y si no
presto atención, me las voy a perder.
¿Conocen aquel viejo chiste sobre el tipo varado en una inundación,
subido al techo de su casa, esperando a que Dios lo salve? Repetidamente él
rechaza los esfuerzos por rescatarlo basado en la creencia de que Dios
personalmente se ocupará de él. Las aguas de la inundación terminan por
ahogarlo y aparece a las puertas del cielo preguntándose por qué Dios lo ha
abandonado. San Pedro mira al pobre tipo y se ríe.
«¿De qué estás hablando? Te mandamos tres botes y un helicóptero».
Siento que el bote ha venido por mí más de una vez. Tuve éxito con
Metallica. Tuve éxito con Megadeth. Tuve éxito con Megadeth otra vez
después de que se arruinara mi brazo. Tengo una esposa que se ha quedado
conmigo durante épocas muy difíciles. Y tengo dos hijos sanos y felices. Así
que en cierto punto te tienes que preguntar: ¿Cuántas veces Dios tiene que
decir, «colega, te amo», antes de que te endereces definitivamente?
Tengo todo lo que un hombre podría querer, y algo más.
Ya es hora.
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DAVE MUSTAINE, ampliamente conocido como el «padre fundador» del
Thrash Metal, creó casi en solitario el estilo que lanzó tanto a Megadeth como
a Metallica al conocimiento público. Desde Killing Is My Business… and
Business Is Good! de 1985 hasta el reciente Endgame, con más de doce
albumes editados por Megadeth, Mustaine ha dejado un legado musical que
ha sido descrito con adjetivos que van desde «punzante» a «introspectivo» de
«rabioso» a «irónico». Megadeth ha ganado ocho nominaciones al Grammy y
seis certificados de platino. Mustaine vive en el condado de San Diego,
California.
JOE LAYDEN, periodista premiado y autor de best sellers, ha escrito más de
treinta libros, incluyendo The Last Great Fight, que fue considerado uno de
los mejores libros sobre deporte de 2007 por Sports Illustrated y por la
Asociación de Bibliotecas Americanas. También es el coautor de los best
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sellers del New York Times There and Back Again y The Rock Says…. Vive
en el estado de Nueva York.
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Notas
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[1] Específicamente en el karate Shorin-ryu. Competí en mi primer torneo
cerca de esta época y descubrí lo desafiante que puede ser este deporte. Gané
mi primer combate después de que mi oponente fuera descalificado por
golpearme en la cara y en la ingle. Desgraciadamente no pude continuar
luchando y tuve que retirarme del torneo <<
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[2] Afirmó tener en su casa una réplica del obelisco que se hizo famosa en la
portada de Presence de Led Zeppelin. Mirando hacia atrás ahora, lo entiendo
totalmente: el DJ participa en la campaña para poner un álbum en circulación.
En ese momento, sin embargo, cuando era niño, parecía la cosa más genial
del mundo. <<
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[3] Esto es similar a la lesión que sufriría en mi brazo izquierdo varios años
después, salvo que en este caso era algo temporal. Cuando el nervio es
comprimido le envía una onda de choque a la víctima, quien usualmente
queda inmediatamente indefensa. <<
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[4]
Al final resultó que sucedió lo mismo con Kirk Hammett, quien me
sustituyó a la guitarra. <<
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[5] Curiosamente, Phil es mi amigo, también, actualmente y durante mucho
tiempo me sentí horriblemente por lo que le había hecho ese día.
«¿Qué puedo hacer para compensarte?» le pregunté una vez.
«Bueno, en realidad no es necesario, pero si te hace sentir mejor…».
«Lo hará».
«Siempre viene bien una guitarra nueva».
Así que un par de años atrás le compré a Phil una linda guitarra, y ahora todo
está bien entre nosotros. Ese capítulo está cerrado y le deseo lo mejor para su
vida y su carrera. <<
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[6] Pasé una buena cantidad de tiempo de juerga con su cantante, un tipo
llamado Paul Baloff. Teníamos mucho en común ya que ambos crecimos bajo
circunstancias desafiantes, que incluyeron aprender a defendernos desde muy
pequeños. La vida de Paul había sido más difícil que la mía, y (al igual que
yo) tenía problemas con las drogas y el alcohol. ¡Pero qué espíritu increíble!
Energía sin límites, talento prodigioso, un gran sentido del humor.
Aunque al final creo que Paul era básicamente un chico de la calle que nunca
se adaptó al mundo normal. Lo echaron de Exodus unos años después, y en
2002 falleció debido a complicaciones relacionadas con un infarto. Se hizo un
memorial en su honor y se pidieron donaciones para la Fundación Salven a
los Lobos. Esto tenía su explicación ya que en sus últimos años Paul pasaba
períodos sin hogar y supuestamente vivía en el bosque con un lobo gris como
su leal compañero. No sé si esto es verdadero o meramente apócrifo, pero
ciertamente se suma a la leyenda de Paul Baloff. Y de alguna forma parece
apropiado. Descansa en paz, hermano. <<
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[7] Muchos años después James y Lars dirían que el viaje fue un punto de
inflexión; ambos hasta reconocieron que cuando yo estaba durmiendo en la
parte de atrás y no los podía escuchar, ellos pasaban cintas de otras bandas,
«audicionando» secretamente guitarristas que pudieran tomar mi lugar. <<
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[8] No monógamo, por supuesto; seguiría siendo un alcohólico de ojos
errantes durante un buen tiempo. <<
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[9] Saqué el título de un viejo artículo del Reader’s Digest. <<
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[10] OK, péguenme la etiqueta de misógino. Estoy tratando de usar el lenguaje
que se usaba en aquel entonces. Así se hablaba en aquella época y era
particularmente verdad en nuestro caso. Eran perras, novias, compañeras de
noche. A veces eran las tres cosas a la vez ya que rompíamos con nuestras
novias al menos una vez por semana. Era lo que era. <<
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[11] Desde entonces he hecho las paces con Jay y seguimos siendo amigos
hasta el día de hoy. <<
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[12] Siempre he mantenido que «GLAM» es de hecho un acrónimo de «música
gay de Los Ángeles». <<
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[13] Esta fue la primera y única vez que Megadeth entró al estudio siendo un
trío: David Ellefson, Nick Menza y yo. <<
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[14] Lo que significa que me estaba yendo en contra del consejo médico y que
ya no eran responsables de lo que le sucedió a mi lamentable trasero. <<
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[15] Una nota sobre el término rehabilitación. Lo estoy usando para describir
cualquier período de tratamiento hospitalario, pero vale la pena señalar que la
duración e intensidad de estas visitas variaron. No es como ir a un lugar, ser
enganchado a un montón de máquinas, ser limpiado y luego salir y cultivar
maíz durante seis meses con Betty Ford. No fue así para nada. <<
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[16] Es cierto, en realidad —uno de los chicos de nuestro grupo me había
pedido que fuera su perro guardián durante la noche; increíblemente, ¡yo era
el policía sobrio!—. <<
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[17] Terminé prestando a Junior diez mil dólares para ayudar a mantener la
granja en el negocio, lo que no ayudó a nuestra relación cuando las cosas se
complicaron en el futuro. <<
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[18] De hecho, Marty ahora vive y trabaja a tiempo completo en Japón;
bromeábamos diciendo que Marty no entendió la orden de su madre: cuando
le dijo que se casara con una JAP, se refería a una Jewish American Princess.
<<
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[19] Sin faltarle el respeto a Kenny G. En realidad soy amistoso con el tipo.
Sus hijos son músicos interesados en tocar metal, por lo que nuestros caminos
se han cruzado en algunas ocasiones. <<
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[20] Recuerden, esto fue en 1994 y pienso que es justo decir que estábamos
adelantados en esto. <<
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[21] Yo no lo hago porque incluso en mis días de mayor puterío prefería la
relativa seguridad y limpieza de las amateurs. <<
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[22] Nick pretendía ser un prodigio de las artes marciales, aunque nunca vi
evidencias de eso. <<
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[23] Bud, por cierto, falleció no hace mucho; mis condolencias a su esposa
Gloria y a su hijo Evan. <<
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[Nota del editor digital] Una persona tonta o estúpida. <<
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[Nota del editor digital] Doctor Alfombra <<
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