Conductas de ciberadicción y experiencias
de cyberbullyng entre adolescentes
Online addiction behaviors and cyberbullying among
adolescents
Pilar Arnaiz1, Fuensanta Cerezo2, Ana M. Giménez1 y Javier J. Maquilón2
1
Facultad de Educación, Universidad de Murcia (España).
2
Facultad de Psicología, Universidad de Murcia (España).
Dirección para correspondencia
RESUMEN
La relación de los jóvenes con las tecnologías plantea diversos riesgos como la
ciberadicción y el cyberbullying. Este estudio analiza el consumo que una muestra
de adolescentes hace del móvil y del ordenador, de conductas de ciberadicción, y
de bullying y cyberbullying., teniendo en cuenta su relación con el sexo y el nivel
educativo. También se relaciona el consumo con la supervisión familiar durante la
conexión a la red. Se aplicó un cuestionario autoinformado a 1353 adolescentes
escolares de Educación Secundaria y Bachillerato, de un rango de edad de 12-21
años (M = 14.8; DT = 1.62; 52.8% varones). Los resultados indican que el
consumo medio del móvil y del ordenador se encuentra entre 1-2 horas al día. Casi
un 13% se encuentra en situación de ciberadicción y el 32% en situación de riesgo.
Se aprecian diferencias por sexo y nivel educativo. Se constata un mayor nivel de
incidencia del bullying (12%) frente al cyberbullying (7.7%), así como una
considerable asociación entre estas conductas y el consumo de medios. La
supervisión familiar actúa como factor de protección. Estos resultados plantean la
necesidad de alentar a adolescentes y educadores sobre la importancia de educar
en los riesgos del abuso de las tecnologías.
Palabras clave: ciberadicción; bullying; cyberbullying; supervisión parental;
educación secundaria.
ABSTRACT
The relationship between young people and technologies implies some risks like
online addiction and cyberbullying. This study analyses the use of mobile phones
and computers in a sample of adolescents, their online addiction behaviours, and
bullying and cyberbullying experiences considering the influence of gender and
school level. Parental control during Internet use is also considered. Using a self-
report questionnaire, 1353 secondary and high school adolescents between 12-21
years-old participated (M = 14.8; SD = 1.62; 52.8% boys). Results show an
average of 1-2 hours daily use of mobile phone and computers. Around 13% of
students report online addictions behaviors and 32% are in risk of, with differences
by gender and school level. Results indicate more involvement in traditional
bullying (12%) than in cyberbullying (7.7%), and a significant association between
both behaviors and technologies use. Besides, parental mediation acts as protective
factor. In conclusion, this study underlines the need to teach young people and
educators about risks regarding excessive use of technology.
Keywords: online addiction; bullying; cyberbullying; parental mediation;
secondary education.
Introducción
Las Tecnologías de la Información y la Comunicación (en adelante, TIC) forman
parte del quehacer diario de niños y adolescentes, su uso cotidiano es cada vez
más precoz. Las investigaciones de los últimos años vienen alertando de los
numerosos riesgos que se derivan del interés de los menores hacia las TIC
(Garmendia, Garitaonandia, Martínez y Casado, 2012), destacando su influencia en
el desarrollo y bienestar psicológico (Devine y Lloyd, 2012), e incluso con el clima
familiar.
La mayor parte de las investigaciones sobre el consumo de medios se ha situado en
la etapa de la adolescencia, obviando el colectivo de niños de edades tempranas (8-
11 años) que accede cada vez con más asiduidad a las mismas. Estudios a nivel
europeo ratifican esta situación poniéndose énfasis tanto en el temprano acceso a
las TIC por los menores como el consumo de las mismas cada vez más masivo y
dilatado en el tiempo (Ólafsson, Livingstone y Haddon, 2013). En España, estudios
como el de Garmendia et al. (2012) encuentran que el 56% de los menores entre
los 9-16 años accede a internet todos o casi todos los días, y un 82% en la franja
de los 15-16 años con una media diaria de 71 minutos. Entre las principales
actividades que desarrollan durante la conexión destacan la realización de tareas
escolares (83%), jugar (80%) y el visionado/descarga de vídeos (78%). Datos más
actuales, indican que los escolares entre los 10-17 años acceden todos (58.8%) o
casi todos los días a internet (25.7%) entre 1 y 2 horas diarias (41.9%), 2-3
horas/día (22.3%) o más de tres horas/día (22.5%) (Ministerio del Interior, 2014).
Entre los usos que se le presta a las TIC, destaca la profusión del uso de las redes
sociales entre la población adolescente (Rial, Gómez, Braña y Valera, 2014), con
una mayor presencia de chicas como usuarias. Se encuentran diferencias por sexo
en los usos que se hacen de las TIC, así entre las mujeres es más frecuente su
empleo para la creación y mantenimiento de las amistades, frente a los varones
que recurren a ellas para reforzar su autoestima y cubrir facetas emocionales
(Colás, González y de Pablos, 2013).
Es evidente que el mundo virtual ofrece a los menores un espacio de infinitas
posibilidades pero también de numerosos riesgos, entre los que cabe destacar la
adicción a las mismas o ciberadicción y el uso malévolo como el cyberbullying. En
primer lugar, cuando su consumo se torna excesivo, se produce un estado de
dependencia de las mismas que puede convertirse en una adicción patológica,
restando libertad a la persona al estrecharse su campo de conciencia y amplitud de
intereses (Labrador, Villandangos, Crespo y Becoña, 2013). Aunque todavía no
existe consenso para determinar qué supone un uso adictivo, existen algunos
criterios comunes para su detección y diagnóstico como son: la dedicación temporal
excesiva, pérdida de control y tolerancia, síntomas de abstinencia como ansiedad e
irritabilidad y la clara interferencia con las actividades de la vida cotidiana
(Echeburúa y Corral, 2010).
Estudios recientes ponen de manifiesto la extensión de la adicción a internet, a las
TIC y los usos problemáticos de la red entre la población joven (Cao, Sun, Wan,
Hao y Tao, 2011; Carbonell, Fúster, Chamarro y Oberst, 2012; Gómes y Sendín,
2014; Labrador et al., 2013; Pedrero, Rodríguez y Ruiz, 2012), alertando de las
múltiples consecuencias negativas como pueden ser: el consumo de sustancias,
depresión, trastornos del sueño e inmunológicos, malestar psicológico, agresividad,
aislamiento, problemas de adaptación social y reducción del rendimiento
académico. También, análisis centrados en el tiempo de uso de las redes sociales y
las consecuencias para la salud mental de los adolescentes señalan la existencia de
problemas externalizantes entre los consumidores más asiduos (Rodríguez y
Fernández, 2014).
Otros riesgos a los que se exponen los jóvenes provienen de la utilización de las
TIC para violentar, vejar y humillar a otros. Las tecnologías ofrecen un espacio
idóneo para acosar a otros aprovechando la multiplicidad de medios, la sensación
de impunidad y de invisibilidad ante los adultos. Precisamente es en este espacio
virtual donde se produce el cyberbullying debido al abuso de poder que una
persona o varias ejercen contra una víctima a través de los medios electrónicos
(Slonje, Smith y Frisén, 2013). Son numerosas las investigaciones que corroboran
la relación de este hecho con el bullying tradicional (Schneider, O'Donnell, Stueve y
Coulter, 2012; Smith et al., 2008; Vandebosch y Van Cleemput, 2009), aunque
esta forma de acoso presenta unas características novedosas que lo dotan de
entidad propia como son: el anonimato, una audiencia más amplia y universal y la
mayor permanencia en el tiempo de las agresiones (Garaigordobil y Martínez,
2014).
La prevalencia del Cyberbullying ha ido en aumento desde los inicios de su
investigación hasta revisiones actuales, encontrando, según los estudios, un índice
de victimización entre el 5-20% y de agresión entre el 10-40% (Álvarez et al.,
2011; Garaigordobil, 2011; Giménez, Maquilón y Arnaiz, 2014; León, Felipe,
Fajardo y Gómez, 2012; Ortega, Calmaestra y Mora-Merchán, 2008).
Las investigaciones sobre cyberbullying han tenido en cuenta variables relacionadas
como: la existencia de diferencias por género, curso, nacionalidad e incluso en
relación con el consumo y usos de las TIC. Sobre el género, los resultados son
contradictorios pues mientras algunos autores no encuentran diferencias (Álvarez et
al., 2011; Smith et al., 2008), otros observan mayor tendencia de las chicas a ser
cibervíctimas y de chicos a ser ciberagresores (Ortega, Calmaestra y Mora-
Merchán, 2008; Patchin y Hinduja, 2012; Schneider et al., 2012). Respecto a la
edad, se aprecia mayor consenso entre autores, siendo los primeros años de la
adolescencia (12-15 años) el momento de mayor incidencia, y observando una
reducción conforme aumenta la edad (Slonje et al., 2013; Tokunaga, 2010). Otros
estudios relacionan el uso diario de las redes sociales y la ciberagresión (León,
Felipe, Fajardo y Gómez, 2012). Sin embargo, constatan que los menores que
hacen un mayor consumo de las TIC se muestran más proclives a convertirse en
víctimas y agresores del ciberacoso (Erdur-Baker, 2010).
De todo lo dicho, es de esperar que las consecuencias que se derivan de la
implicación en cyberbullying afecten a todos sus implicados y, en mayor grado, a
las víctimas del mismo ya que pueden llegar a sufrir trastornos somáticos, bajo
bienestar psicológico y otros síntomas como depresión, ira, ansiedad, conductas de
riesgo, miedo, deterioro de la autoestima y, en los peores casos, conductas suicidas
consumadas (Devine y Lloyd, 2012; Garaigordobil, 2011).
Frente a los riesgos de internet comentados, la supervisión parental durante el
tiempo de conexión a las tecnologías y, concretamente a internet, se erige en factor
importante de protección ante los riesgos del ciberespacio (Leung y Lee, 2012). No
obstante, cabe indicar que todavía no es una práctica demasiado extendida y que
se centra sobre todo en la restricción del tiempo de uso (Martínez, Cortés, Medrano
y Apodaca, 2014).
La revisión precedente pone de manifiesto que las TIC sitúan a los menores en un
escenario de riesgos donde las conductas de adicción y el cyberbullying son
preocupantes. Aunque la prevalencia del acoso en la red entre los adolescentes
españoles aún no es tan alta como en otros países europeos, América o Canadá,
investigaciones llevadas a cabo en la Región de Murcia confirman su existencia
(Giménez, Maquilón y Arnaiz, 2014). Por ello, este trabajo analiza las
características y variables influyentes en el cyberbullying entre adolescentes
españoles planteando los siguientes objetivos: a) analizar la accesibilidad de los
menores a las TIC y su consumo diario, b) analizar las conductas de adicción a las
TIC y su relación con conductas de bullying y cyberbullying, y c) analizar la
supervisión que los padres realizan del uso de las TIC por parte de sus hijos y la
relación con la implicación en bullying y cyberbullying.
Método
Participantes
En esta investigación han participado un total de 1353 escolares de educación
secundaria de 21 centros de la Región de Murcia (60.6% de titularidad pública,
24.7% concertada y 14.7% privada no concertada), distribuidos entre los cuatro
cursos de Educación Secundaria Obligatoria (ESO), siendo: 1o ESO (n = 248;
18.3%), 2o ESO (n = 242; 17.9%), 3o ESO (n = 356; 26.3%), 4o ESO (n = 323;
23.9%), y primer curso de Bachillerato (n = 184; 13.6%) de entre 12 y 21 años
(M = 14.8, DT = 1.62), (47.2% mujeres). El 88.2% estudiantes españoles y el
resto de otras nacionales (Marruecos, Argelia y Europa del Este).
El muestreo realizado es de tipo estratificado siendo la unidad primaria la
titularidad de los centros y la unidad secundaria el nivel educativo (ESO y
bachillerato). Realizado el cálculo de la representatividad de la muestra, con un
nivel de confianza del 99% y un error muestral del 5%, se obtuvo que debieran
encuestarse a un mínimo de 660 estudiantes, por lo que la muestra final
encuestada resultó representativa de la provincia de Murcia.
Variables e Instrumentos
Para la evaluación del uso de las TIC y de las conductas de acoso se utilizó el
cuestionario autoinformado "Cyberbull" elaborado ad hoc (Anexo I). El diseño de su
estructura y contenido partió de la revisión del DAPHNE Questionnaire (Calmaestra,
2011). Mediante método Delphi de validación por juicio de expertos, y con dos
rondas de evaluación, se calculó la validez de contenido. Este proceso permitió la
configuración de la estructura final de instrumento dispuesto por cinco dimensiones
con un total de 27 preguntas: a) relación de los menores con las TIC, b)
experiencias de bullying en el último mes, c) experiencias de cyberbullying en el
último mes, d) estrategias de afrontamiento ante el cyberbullying, y d)
espectadores ante la violencia escolar. Al final del mismo, se incluyen las variables
sociodemográficas: edad, sexo, nivel educativo, nacionalidad, participación en
programas de apoyo educativo y nivel educativo de los padres. En este estudio se
incluyen las variables que conforman las tres primeras dimensiones.
Algunos ítems del cuestionario se acompañan de una escala dicotómica Sí/No, que
da paso a otros de opción múltiple o tipo Likert con cinco opciones de respuesta
donde: 1= nunca y 5= siempre. En primer lugar, se pregunta a los estudiantes si
están en posesión de un teléfono móvil propio y un ordenador, para a continuación
solicitar información acerca de la frecuencia de consumo diario (1= menos de 1
hora, 2= 1-2 horas, 3= 2-4 horas, 4= más de 4 horas).
Las conductas de ciberadicción se evaluaron a partir de la adaptación del
"Cuestionario DANE" (Labrador y Villadangos, 2010), derivando en una escala con
nueve ítems relacionados con tres tipos de comportamientos: ansiedad y malestar
ante el no uso de las tecnologías (4 ítems); agresividad a partir de discusiones o
enfados ante la interrupción de la conexión (2 ítems); y comportamientos que
implican cambios de intereses" a partir de la tendencia al aislamiento, cambio en
los ritmos de sueño, y preferencia a estar con las TIC frente a la socialización (3
ítems). Siguiendo la clasificación propuesta por Carbonell et al. (2012), se
establecieron tres subgrupos: estudiantes sin problemas de ciberadicción, grupo en
riesgo, y grupo con conductas adictivas. Los resultados de los análisis de fiabilidad
para esta dimensión apuntan que es alta (a = .82).
La supervisión parental se evaluó incluyendo ítems sobre el control y quién ejercía
dicha supervisión: padres, abuelos y hermanos mayores, utilizando una escala tipo
Likert de cinco puntos siendo 1=nunca y 5= siempre que arrojó un índice de
fiabilidad de a = .66.
Procedimiento
En primer lugar se solicitó a los centros educativos por contacto telefónico su
participación para lo cual se les remitió un breve informe sobre los objetivos y
alcance de la investigación. Tras recibir el visto bueno por parte de los Equipos
Directivos y bajo los criterios éticos de confidencialidad y anonimato, se procedió a
pasar las encuestas a los alumnos durante el segundo y tercer trimestre del curso
académico 2012/2013. El horario convenido fue dentro del lectivo de cada centro
con una duración por sesión de 30 minutos. A continuación se procedió al análisis
de los cuestionarios, al vaciado y análisis de la información con el programa
estadístico SPSS versión 21.0.
Análisis de datos
Comprobada la normalidad de la muestra e igualdad de varianzas se optó por
técnicas paramétricas. Para el análisis descriptivo se utilizaron tablas de
frecuencias, porcentajes y de contingencia con el estadístico Chi-cuadrado para
medir la asociación entre variables tomando como valor de significación de p < .05.
Para el contraste de hipótesis de dos grupos se utilizó la t de Student y para más
de dos grupos la ANOVA unifactorial con la prueba post hoc de Bonferroni. En los
casos en que la p valor es significativa se completa con el estadístico d de Cohen
donde d = 0.20 es considerado un efecto pequeño, d = .50 efecto medio, y d = .80
efecto grande.
Resultados
La distribución de la muestra según la implicación en dinámicas
de cyberbullying indica que un 7.7% (n = 104) de participación, de los que un 5%
se reconocía como cibervíctima, un 1.5% como ciberagresores, y un 1.2% como
ciberagresores victimizados. La distribución por curso y titularidad del centro
(véase tabla 1), señala que una mayor proporción se localiza entre los cursos 1 o,
2o y 3o de ESO, disminuyendo en el resto de la muestra. Asimismo se aprecia una
mayor proporción de implicados en los centros públicos (56.7%), frente a
concertados (33.7%) y privados no concertados (9.6%); χ 2(4) = 1.13, p = .89.
Siguiendo el orden de los objetivos propuestos, para dar respuesta al primero de
ellos, se analiza la accesibilidad, consumo diario de las TIC y su relación con la
implicación en bullying y cyberbullying en el conjunto de los participantes. En
cuanto a la accesibilidad a las TIC, el 94.7% de los adolescentes afirma estar en
posesión de un teléfono móvil propio, teniendo el 72.6% acceso a internet. En el
caso del ordenador, un 96.6% tiene acceso al mismo y el 99.8% tiene acceso a
internet. No se encontró asociación significativa entre la propiedad de móvil y
acceso al ordenador con el género. Sí se encontró asociación significativa ente
curso y acceso al móvil, χ2(2) = 9.65, p = .002 y con el uso del ordenador, χ2(2) =
5.29, p = .021.
Respecto al consumo diario del móvil, los resultados indican un mayor consumo por
parte de las chicas dedicándole más de cuatro horas diarias (12.5%), frente al 5%
de los chicos. En la franja de 2 a 4 horas de dedicación, de nuevo las chicas
superan a los chicos con un 11.1% frente al 8%, siendo además tales diferencias
significativas, χ2(2) = 50.53, p < .000. En el caso del ordenador, las chicas dedican
más de cuatro horas diarias (6.8%) respecto a los chicos (4.8%), aunque las
diferencias no resultaron estadísticamente significativas, como tampoco según el
nivel educativo y el mayor o menor consumo de ambas tecnologías.
El análisis de diferencias entre los implicados en ambas dinámicas de acoso y el
consumo diario de las TIC, tomando como variable de agrupación los implicados en
agresión y ciberagresión (agresores y agresores victimizados) y en victimización y
cibervictimización, los resultados indican que aquellos que ejercen el acoso desde
las formas tradicional, t(1348) = -2.08, p = .038, d = .11, como utilizando el móvil
y el ordenador, t(1348) = -2.82, p = .005, d = .22, son los que aseguran hacer un
consumo mayor de las tecnologías. Tales diferencias no son significativas entre el
grupo de los no implicados e implicados como víctimas y cibervíctimas.
En el segundo objetivo se han analizado las conductas de uso problemático y de
adicción a las TIC. El factor de ciberadicción generado a partir del cómputo de las
nueve conductas examinadas, permite distinguir entre sujetos con problemas, sin
problemas y en riesgo (Carbonell et al, 2012). Los resultados indican que un 55.4%
de los encuestados se sitúa en el grupo categorizado como "sin problemas", un
32.1% "en riesgo", y un restante 12.5% de escolares "con problemas" de posible
uso problemático y adictivo de las TIC. Entre éstas, la conducta referida a la
ansiedad por no poder utilizar el ordenador es la que presenta valores más
elevados (M = 2.67, DT = 1.25), seguida de la ansiedad sin el móvil (M =
2.49, DT = 1.33). Entre las conductas con valores medios más bajos aparecen la
preferencia a estar con las TIC en vez de con la familia y amigos (M = 1.33, DT =
.68), o la discusión con la familia por el tiempo de dedicación a las tecnologías (M =
1.74, DT = 1.00).
En cuanto a las diferencias por sexo, las chicas sufren mayor grado de malestar
cuando no tienen acceso al móvil, t(1351) = -6.38, p < .000, d = 1.11, ansiedad
sin móvil, t(1351) = -7.11, p < .000, d = 1.38, cambio en los ritmos de sueño por
prolongar el tiempo de conexión, t(1351) = -2.56, p = .010, d = .18, y mayores
episodios de discusión con los padres cuando se les interrumpe mientras acceden a
internet, t(1351) = -2.23, p = .026, d = .14. En cambio, son los chicos quienes
significativamente más se encierran en su habitación para usar las TIC, t(1351) =
2.46, p = .014, d = .17.
Según el nivel educativo, se encuentran diferencias significativas entre los cuatro
cursos de la ESO y primer curso de bachillerato en las variables de cambio en los
ritmos de sueño, F(4, 1348) = 20.50, p < .000, ansiedad sin móvil, F(4, 1348) =
2.96, p = .019, ansiedad sin ordenador F(4, 1348) = 2.74, p = .028, encierro o
aislamiento en la habitación, F(4, 1347) = 6.30, p < .000, y discusión por el tiempo
de conexión, F(4, 1348) = 2.88, p = .022.
El análisis de la relación entre bullying y cyberbullying y el factor global de
ciberadicción señala que aquellos que afirman estar implicados en dinámicas de
bullying tradicional (M = 20.67, DT = 6.86) presentan mayor tendencia al uso
problemático y adictivo a las tecnologías que aquellos que no participan de este tipo
de acoso (M = 18.59, DT = 6.72); t(1349) = -3.69, p < .000; d = .37. De forma
similar sucede en el caso del cyberbullying, siendo los implicados en cualquiera de
los roles los que mayores muestras dan de conductas problemáticas de uso de las
TIC (M = 21.14, DT = 7.32) frente a los que no participan (M = 18.65, DT =
6.69); t(1349) = -3.63, p < .000, d = .36).
La comparación entre víctimas y agresores en bullying con los no implicados (tabla
2) indica que las víctimas sienten mayor malestar sin el móvil (M = 2.02, DT =
1.13), que prefieren estar utilizando las TIC en lugar de establecer relaciones con la
familia y amigos (M = 1.48, DT = 0.91), y que discuten más con la familia por su
dedicación continuada a las tecnologías (M = 1.93, DT = 1.09) que los no
victimizados. Por su parte, los agresores son los que más conductas de uso
problemático y adictivo a las TIC manifiestan (M = 23.35, DT = 6.85) sobre los no
agresores (M = 20.41, DT = 7.37), y además de forma significativa en todos los
casos excepto en la preferencia a utilizar las TIC.
En el caso del cyberbullying los resultados son muy similares a los reportados
anteriormente (tabla 3). De nuevo los ciberagresores son los que muestran más
conductas adictivas hacia las TIC (M = 23.25, DT = 18.72) en comparación con los
no implicados (M = 18.72, DT = 6.70); t(1349) = -3.98, p < .000, d = .43, y
además de forma significativa en todas las conductas analizadas a excepción de la
ansiedad sin el ordenador y la preferencia a las TIC. Las cibervíctimas (M =
20.50, DT = 6.96) también superan a las que no lo son (M = 18.73, DT = 6.74) en
todas las conductas analizadas, t(1349) = -2.32, p < .020, d = .15, aunque las
diferencias sólo resultan significativas en un mayor malestar sin el ordenador (p =
.014), y la discusión por el tiempo de uso respecto a las que posicionan como no
implicados (p = .012).
Profundizando en la búsqueda de diferencias intergrupos por roles de participación
en ambas dinámicas de acoso entre iguales, aparecen diferencias entre roles en
bullying para las variables relacionadas con el descontrol en los ritmos de
sueño, F(2, 159) = 4.06, p = .019, y en ansiedad por no acceder al móvil, F(2,
159) = 3.60, p = .029. En cyberbullying, las diferencias entre los tres roles de
implicación aparecen únicamente en la variable referida a malestar sin el
móvil, F(2, 101) = 3.63, p = .030.
También se analiza si agresores y víctimas de cyber-bullying difieren tanto en el
factor global de ciberadicción como en cada una de las nueve conductas
examinadas. En el primer caso, los ciberagresores puntúan con un valor más
elevado en el factor de ciberadicción que las cibervíctimas, t(86) = -2.07, p =
.041, d = .46. Al considerar las distintas conductas, aparecen diferencias
significativas en el descontrol de los ritmos del sueño más común entre los
acosadores (M = 2.05, DT =.94) frente a las cibervíctimas (M =
1.59, DT =.87); t(86) = -2.05, p = .043, d = .45, como también en la discusión
por interrumpir la conexión a internet de nuevo más propio de los agresores (M =
1.70, DT = .92) que de las víctimas (M = 1.25, DT = .61); t(86) = -2.56, p =
.012, d = .71.
Por último, para dar respuesta al tercer objetivo, se realizaron los análisis
descriptivos y contingencias sobre la supervisión por parte de distintos familiares
(padres, hermanos mayores y abuelos) durante la conexión a la red por los hijos.
De la muestra encuestada, sólo un 27.1% (n = 367) reconoce ser supervisado por
algún adulto. Dentro de la unidad familiar son los padres los que se atribuyen la
labor de supervisión (M = 3.13, DT = 1.35), por delante de los hermanos mayores
(M = 2.03, DT = 1.30), y de los abuelos (M = 1.22, DT = .62). El análisis por sexo
apunta que la supervisión familiar, ya sea ejercida por padres, hermanos o abuelos
está más dirigida a las chicas (M = 1.92, DT = .57) que a los chicos (M =
1.82, DT = .59); t(365) = -2.51, p = .013, d = .26. También se observa que la
familia supervisa más a los hijos que están cursando ESO (M = 1.90, DT = .59) que
bachillerato (M = 1.61, DT = .41); t(365) = 2.54, p = .011, d = .27.
Al considerar la participación en bullying y cyberbullying, se observa que aquellos
menores que afirman estar implicados en acoso escolar tradicional son más
supervisados por la familia (M = 5.79, DT = 1.50) que los no implicados (M =
5.54, DT = 1.41). Sin embargo, en el caso del cyberbullying sucede todo lo
contrario, pues los que sí están implicados muestran niveles menos elevados de
control familiar/parental (M = 5.36, DT = 1.26) que los que no están implicados
(M = 5.61, DT = 1.45), aunque para ninguna de las dos dinámicas de agresión las
diferencias entre ambos grupos fueron significativas. Comparando a agresores y
víctimas de acoso escolar tradicional, son las víctimas las que afirman ser más
supervisadas durante su conexión a la red (M = 5.95, DT = 1.52) frente a los
agresores (M = 4.90, DT = 1.10); t(46) = 2.03, p = .048, d = 0.61, hecho que se
repite entre las cibervíctimas, (M = 5.47, DT = 1.36) y ciberagresores (M =
5.20, DT = 1.30), aunque en este caso las diferencias no son significativas.
Discusión y conclusiones
En el presente estudio se ha analizado la accesibilidad de los menores a la telefonía
móvil y a internet, su consumo diario y los riesgos asociados a los mismos como
son las conductas de uso problemático y adictivo, y el cyberbullying.
Los datos corroboran que tanto el uso del móvil como del ordenador está
ampliamente extendido en la muestra adolescente estudiada empleando entre una
y dos horas de media al día junto a un cinco por ciento de chicos y un trece por
ciento de chicas que dedican un tiempo diario superior a cuatro horas, resultados
comparables a los encontrados por Viñas y González (2010). Aunque otros estudios
con muestras españolas señalan un consumo diario y semanal inferior (Labrador et
al., 2013; Labrador y Villadangos, 2010; Martínez et al., 2014), podría ser debido a
que la naturalidad con que los jóvenes utilizan el teléfono móvil y el ordenador les
lleva a infravalorar el consumo real que realizan de estas tecnologías.
Respecto a la incidencia de las experiencias de cyberbullying entre los escolares,
encontramos un porcentaje similar al de otras muestras españolas (Calmaestra,
2011; León et al., 2012) e inferior del que informan investigaciones internacionales
(Smith et al., 2008). Por género, los resultados apuntan en la línea de otros
estudios con una mayor presencia de chicas en el papel de cibervíctimas y de chicos
como ciberagresores (Giménez et al., 2014; Ortega et al., 2008; Patchin e Hinduja,
2012; Tokunaga, 2010). Los análisis realizados indican además asociación
significativa entre el consumo que los adolescentes hacen del teléfono móvil y del
ordenador, y su implicación como agresores o agresores victimizados tanto en
bullying como en cyberbullying.
La incidencia del bullying tradicional indica un porcentaje superior de adolescentes
implicados respecto al cyberbullying, de nuevo con más chicas como víctimas y
chicos como agresores, incidencia inferior a estudios previos realizados en el mismo
contexto (Cerezo, 2001).
En relación con las conductas de uso problemático y posible adicción a las TIC, se
encuentra que el trece por ciento de adolescentes murcianos muestran tales
comportamientos, datos que superan a los encontrados en investigaciones previas
(Carbonell et al., 2012; Kuss, Van Rooij, Shorter, Griffiths, y Van de Mheen, 2013),
y que deberían ser tomados en consideración ante posibles problemas futuros de
ciberadicción. El análisis por género señala algunas diferencias que interesa
destacar: las chicas utilizan más el móvil y el ordenador que los chicos, muestran
mayor malestar y ansiedad sin el móvil, sufren con más frecuencia cambios en sus
ritmos de sueño e incluso manifiestan actitudes y reacciones agresivas cuando se
les interrumpe durante la conexión a las TIC e internet; mientras que los chicos
tienden más a recluirse en la habitación durante largos periodos de tiempo. Estas
diferencias sugieren una mayor vulnerabilidad entre las chicas que entre los chicos.
También conviene señalar que los estudiantes de educación secundaria se
muestran más implicados en el uso problemático de las TIC que a sus compañeros
de bachillerato, lo que implica un riesgo asociado a la edad, así pues a menor edad
mayor posibilidad de adicción.
Se encuentra una asociación significativa entre las conductas de ciberadicción y la
participación en bullying y cyberbullying. Destaca entre los implicados en bullying:
descontrol de los ritmos del sueño y ansiedad por no usar el móvil. Entre los
implicados en cyberbullying destacan: discusión por el tiempo prolongado de uso de
las TIC y sensación de malestar sin el móvil. La comparación entre ciberagresores y
cibervíctimas apunta niveles más altos de comportamientos de uso problemático
por parte de los que ejecutan la agresión. Entre las conductas concretas más
notables, los ciberagresores modifican más sus ritmos de sueño y se molestan más
cuando se les interrumpe la conexión a internet. Por consiguiente, se confirma que
los implicados en tales dinámicas de acoso muestran niveles globales más altos de
ciberadicción que los no implicados.
Los análisis referidos a la supervisión parental de los hijos durante su conexión a
internet indican que escasamente uno de cada cuatro están controlados por algún
adulto, a pesar de la influencia de la familia como factor de protección ante los
riesgos de los menores con las TIC (Leung y Lee, 2012), como también ante
conductas de riesgo social, consumo de drogas y agresión entre iguales (Cerezo y
Méndez, 2012; Cerezo, Méndez y Ato, 2013). Entre los distintos miembros de la
unidad familiar son fundamentalmente los padres los que supervisan a los hijos,
seguidos de los hermanos mayores y, en menor medida los abuelos, existiendo
además diferencias significativas por sexo que indican que son las hijas las más
controladas, lo que indica la consabida percepción de una mayor fragilidad de las
chicas, que demandaría una mayor protección familiar. Igualmente, se observa una
declinación en las labores de supervisión a medida que aumenta la edad de los
hijos, siendo los adolescentes de educación secundaria más controlados que los de
bachillerato. Por otra parte, cabe destacar que las víctimas de bullying son más
supervisadas durante la conexión a la red que los agresores. Sin embargo, no se
aprecia asociación significativa entre el control parental durante la conexión a la red
y la implicación en cyberbullying, lo que abunda en la soledad de la víctima, lo que
viene subrayado por estudios como los de Leung y Lee (2012) y Vandebosch y Van
Cleemput (2009), que destacan la importancia del control parental como protección
de los riesgos a los que se enfrentan los menores en la red, especialmente
en cyberbullying. Esto nos lleva a plantear la necesidad de concienciar a los padres
sobre la importancia de que supervisen a los hijos, incluyendo más tiempos de uso
compartido de las tecnologías y coeducación para su uso responsable.
Las conclusiones de este trabajo permiten avanzar en el conocimiento del uso que
los menores hacen de las TIC y, en concreto, de los peligros asociados al consumo
de las mismas, su relación con experiencias de acoso tipo bullying y cyberbullying,
y la necesidad de potenciar la supervisión familiar.
Entre las limitaciones del estudio, cabe señalar que se trata de un estudio
descriptivo donde se recaba únicamente la información de los escolares. Sería de
gran interés contrastarlos con la opinión de los adultos (profesorado y padres), así
como indagar sobre las estrategias de supervisión familiar efectivas, que favorecen
el uso responsable de las TIC. Por otro lado, aunque los análisis realizados permiten
establecer inferencias a la población de escolares de la Región de Murcia sobre los
diferentes objetivos aquí tratados, debe considerarse que el instrumento de
recogida de información utilizado se basa en el autoinforme y esto presenta un
sesgo de deseabilidad social que puede estar incidiendo en la baja tasa de
implicados tanto de víctimas como de agresores en ambas dinámicas de acoso.
Igualmente sería interesante, para futuras investigaciones, analizar de forma más
exacta la frecuencia, extensión y duración con que se suceden tales situaciones lo
que nos permitiría tener una visión más fiable del fenómeno y de su extensión
entre la población escolarizada.
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Dirección para correspondencia:
Fuensanta Cerezo.
Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación,
Facultad de Psicología.
Campus de Espinardo.
Espinardo CP. 30100. Murcia (España).
E-mail: fcerezo@[Link]
Artículo recibido: 15-01-2015
Revisado: 17-05-2015
Aceptado: 19-05-2015
Funcionamiento familiar y ciberadicción en adolescentes del 2 y 3 de secundaria de la I.E.
Independencia americana 2015
Mayta Huaylla, Sady Mónica; Rosas Segovia, Karen Noheli
URI: [Link]
Fecha: 2015
Resumen:
El presente estudio de investigación titulado “Funcionamiento Familiar y ciberadicción en los
adolescentes del 2° y 3° de secundaria de la I.E. "Independencia Americana". Arequipa 2015”,
se llevó a cabo en el mes de abril del 2015. Tuvo como objetivo determinar la relación entre el
funcionamiento familiar y la ciberadicción en los adolescentes del 2° y 3° de secundaria de la
I.E. "Independencia Americana". Arequipa 2015. Es una investigación de tipo descriptivo, con
diseño correlacional de corte transversal. Para la recolección de datos se utilizó el método de
la encuesta, como técnica el cuestionario 1 ficha de recolección de datos y como instrumentos
2 formularios: La Escala de Funcionamiento Familiar de Olson FACES III Modificado para valorar
el funcionamiento familiar y el Test de adicción a Internet de Kimberly Young para identificar la
ciberadicción y sus niveles. La población de estudio estuvo conformada por 600 adolescentes y
la muestra elegida de forma probabilística por estratos la constituyen 286 adolescentes del 2°
y 3° año del nivel secundario matriculados en el año lectivo 2015, quienes cumplieron los
criterios de inclusión y exclusión. Para el análisis de los resultados se utilizó el programa
estadístico Epi Info 2013, para la comprobación de la hipótesis se utilizó la prueba estadística U
de Mann Whitney con un nivel de confianza del 95% (p<0.05) y 99% (p<0.01). Se obtuvo como
resultados: la edad más frecuente fue de 13 años con el 47.6%; en mayoría, los adolescentes
están en 2° año representado por el 51.0%; el 75.9% de adolescentes viven con ambos padres;
el 54.5% hacen un mayor uso de internet en casa y el uso que más le dan a internet es en
juegos con un 42.0%. Con referencia a la variable Funcionamiento Familiar se encontró en
mayor frecuencia familias disfuncionales representado por el 67.5%, seguido de las familias
funcionales con un 32.5%. Tanto en la dimensión cohesión como en la dimensión
adaptabilidad se encontró, en mayoría, familias disfuncionales con un 65.7% y 68.9 %
respectivamente. Respecto a la variable Ciberadicción se encontró que un 78.0% de
adolescentes se encuentran en el nivel normal, el 19.2% se encuentra en riesgo y el 2.8% de
adolescentes se encuentran en adicción. En cuanto a la relación entre funcionamiento familiar
en la dimensión cohesión y la ciberadicción, en el nivel normal, el 81.6% de adolescentes que
tienen familia funcional es mayor que el 76.1% con familia disfuncional; además hay una
diferencia entre el 23.9% (22.3% y 1.6%) que tienen familias disfuncionales y están en riesgo o
con adicción, frente al 18.4% (13.3% y 5.1%) de los que tienen familias funcionales. Existe
relación estadísticamente significativa entre dimensión cohesión y la ciberadicción. En cuanto
a la relación entre funcionamiento familiar en la dimensión adaptabilidad y la ciberadicción, en
el nivel normal, el 77.5% de adolescentes que tienen familia funcional es menor que el 78.2%
con familia disfuncional; además hay una diferencia entre el 21.8% (20.3% y 1.5%) que tienen
familias disfuncionales y están en riesgo o con adicción, frente al 22.5% (16.9% y 5.6%) de los
que tienen familias funcionales. No existe relación estadísticamente significativa entre
dimensión adaptabilidad y la ciberadicción, Al establecer la relación entre el funcionamiento
familiar y la ciberadicción se encontró que existe relación estadísticamente significativa entre
las variables.