juan esteban suarez garcia
duberney londoño garcia
Harvin castaño osorio
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olombiana-columna-468599
Crisis De La Democracia En Colombia de
desdela caída del bloque soviético a la democracia representativa por vez primera no
compite con otras opciones. Ha llegado a la cima de su prestigio, pero habría que retroceder
a los años treinta del siglo pasado para encontrar tamaño distanciamiento de las
instituciones democráticas establecidas. Pese a que después del paro, la segunda
preocupación de los españoles sean los políticos, estos no se dan por aludidos, escudados
en la expectativa de que la crisis difumine valoración tan negativa.
En suma, cuando la democracia parece indiscutible, arrecia con fuerza la crítica a sus
instituciones. Paradoja que en un primer momento podría explicarse por la misma
consolidación de la democracia: que se critique cada vez más y mejor podría interpretarse
como prueba de que estuviese más y mejor arraigada. Si se detecta una mayor crítica
interna en un partido, asociación o institución, es señal de la buena marcha democrática,
hasta el punto de que tal vez cabría afirmar que cuánto más críticas, más patente quedaría
su buen funcionamiento.}Hay que robustecer los controles como forma de combatir la
corrupción
Para dar cuenta del aumento de denuestos a la democracia se podría añadir un segundo
argumento, y es que, al encontrarse sin competencia imaginable, criticarla implica mucho
menor riesgo. En la “guerra fría” excederse en las críticas del modelo occidental se
interpretaba como prueba de preferir el soviético; así que se andaba con mucho tiento a la
hora de criticar la democracia representativa.
Aunque haya que tomar en cuenta las dos explicaciones anteriores, el malestar
generalizado rebasa con mucho la mera confirmación del buen funcionamiento de la
democracia y, desde luego, es algo de mucho mayor calado que una mera reacción
coyuntural ante el comunismo, o su caída. Que el fenómeno no es tan simple queda de
manifiesto en el hecho de que lustros antes del derrumbamiento de la Unión Soviética ya se
detectaba un enfado creciente. En los años setenta, la izquierda hablaba de la “crisis de
legitimidad del capitalismo tardío” y la derecha, de la creciente “ingobernabilidad” de las
democracias establecidas. Con todo, en los últimos tiempos la irritación con el
funcionamiento de la democracia se extiende a una velocidad preocupante, hasta el punto
de que incluso en una minoría —que en algunos países europeos por desgracia crece a
buen ritmo— se condensa en actitudes claramente antidemocráticas. De ahí que convenga
distinguir las críticas y frustraciones que provienen de contraponer el ideal de lo que debería
ser la democracia con su funcionamiento real, de aquellas otras que subrayan los males
que se denuncian como consecuencia necesaria de unos principios que no podrían dar
otros resultados, es decir, de la crítica de la democracia en cuanto tal. Incluso en una
situación de relativa calma chicha como la de Alemania desde la unificación —los sueños se
habían hecho realidad— con índices socioeconómicos entre los mejores de Europa, el
concepto que ha terminado por prevalecer para designar las relaciones de la población con
la política es Verdrossenheit, una mezcla de enojo y fastidio. El concepto
astío de la política, comporta una doble dimensión: de una parte,
dePolitikverdrossenheit,h
supone una valoración negativa de los políticos y de todo lo que tenga que ver con la
política; de otra, un simple desentenderse de la política, por desinterés o cansancio. Ante la
política el ciudadano se irrita, o pasa de ella.
¿De dónde proviene enojo tan generalizado? Formulemos una primera hipótesis. En un
mundo con tantas y tan grandes mutaciones en todos los ámbitos sociales, económicos,
políticos, las instituciones se muestran cada vez menos capaces de responder a los nuevos
desafíos, pero, pese a esta manifiesta impotencia, permanecen petrificadas sin tener
previsto, ni siquiera para un futuro más o menos lejano, mudanza alguna. Que las
instituciones permanezcan inamovibles, cuando se producen tantos cambios y tan rápidos,
explicaría el desasosiego que se detecta. El malestar lo produciría la velocidad del cambio
con un anquilosamiento de las instituciones que, no solo son cada vez menos operativas
para resolver los problemas a los que se enfrentan, sino que con su ineficacia salta a la
vista el uso que de ellas hace una clase política que las utiliza como fuente exclusiva de
poder y riqueza, que es lo que en un sentido lato habría que llamar corrupción. En suma, la
velocidad del cambio social produce vértigo, a la vez que las aguas estancadas, inmundicia.
Para dar cuenta del amplio malestar que invade a Europa, el hecho crucial es una eficacia a
la baja para resolver los problemas que son competencia de las instituciones. Para disimular
esta tendencia se recubren de una falsa apariencia, mostrándolas muy distintas de lo que
realmente son, con lo que aumenta hasta extremos insoportables la discrepancia entre
realidad y apariencia —algo que, por lo demás, se da en toda sociedad— obligando a los
ciudadanos a comulgar con ruedas de molino, con la amenaza de que, si se negaran a ello,
se les difamará de enemigos de la democracia. Esta ambigüedad, cuando no confusión
general, desemboca en una utilización de las instituciones para fines ajenos a los
establecidos: y en esto consiste el concepto más amplio y genérico de corrupción. La falta
de adecuación de las instituciones a las necesidades sentidas, con una ineficacia en
aumento, es el problema de fondo; su utilización para fines espurios, la llamada corrupción,
un subproducto derivado. De ahí que robustecer los controles como forma de combatir la
corrupción, a la larga se revele poco eficaz, al menos mientras no se ataque la cuestión de
fondo, la inadecuación creciente de las instituciones políticas a las exigencias económicas y
sociales que al comienzo del tercer milenio demandan las sociedades europeas.
La crisis de la democracia no es un fenómeno circunstancial que pudiera resolverse con
algunos arreglos superficiales, sino que exige cambios sustanciales, de esto somos cada
vez más conscientes, pero también del escaso consenso que existe sobre su posible
contenido y alcance. No solo a la izquierda se le ha hundido el suelo bajo los pies,
arrastando consigo todos sus supuestos anteriores, es que la tesis de la derecha de que
todo se reduce a librar a la sociedad y a la economía de las garras del Estado, si bien
marcha en la dirección que indica la internacionalización de la economía, no nos
engañemos, lleva en su seno el desmontaje del Estado social, pedestal sobre el que se
levanta la democracia establecida.
Es necesario reaccionar a tiempo ante el sistemático desguace del Estado democrático, que
se justifica como un elemento imprescindible para salir de la crisis, así como prestar mayor
atención a las nuevas formas de organización democrática que vayan surgiendo en la
sociedad.
Desde la caída del bloque soviético, la democracia representativa por vez primera no
compite con otras opciones. Ha llegado a la cima de su prestigio, pero habría que retroceder
a los años treinta del siglo pasado para encontrar tamaño distanciamiento de las
instituciones democráticas establecidas. Pese a que después del paro, la segunda
preocupación de los españoles sean los políticos, estos no se dan por aludidos, escudados
en la expectativa de que la crisis difumine valoración tan negativa.
En suma, cuando la democracia parece indiscutible, arrecia con fuerza la crítica a sus
instituciones. Paradoja que en un primer momento podría explicarse por la misma
consolidación de la democracia: que se critique cada vez más y mejor podría interpretarse
como prueba de que estuviese más y mejor arraigada. Si se detecta una mayor crítica
interna en un partido, asociación o institución, es señal de la buena marcha democrática,
hasta el punto de que tal vez cabría afirmar que cuánto más críticas, más patente quedaría
su buen funcionamiento.
Hay que robustecer los controles como forma de combatir la corrupción
Para dar cuenta del aumento de denuestos a la democracia se podría añadir un segundo
argumento, y es que, al encontrarse sin competencia imaginable, criticarla implica mucho
menor riesgo. En la “guerra fría” excederse en las críticas del modelo occidental se
interpretaba como prueba de preferir el soviético; así que se andaba con mucho tiento a la
hora de criticar la democracia representativa.
Aunque haya que tomar en cuenta las dos explicaciones anteriores, el malestar
generalizado rebasa con mucho la mera confirmación del buen funcionamiento de la
democracia y, desde luego, es algo de mucho mayor calado que una mera reacción
coyuntural ante el comunismo, o su caída. Que el fenómeno no es tan simple queda de
manifiesto en el hecho de que lustros antes del derrumbamiento de la Unión Soviética ya se
detectaba un enfado creciente. En los años setenta, la izquierda hablaba de la “crisis de
legitimidad del capitalismo tardío” y la derecha, de la creciente “ingobernabilidad” de las
democracias establecidas. Con todo, en los últimos tiempos la irritación con el
funcionamiento de la democracia se extiende a una velocidad preocupante, hasta el punto
de que incluso en una minoría —que en algunos países europeos por desgracia crece a
buen ritmo— se condensa en actitudes claramente antidemocráticas. De ahí que convenga
distinguir las críticas y frustraciones que provienen de contraponer el ideal de lo que debería
ser la democracia con su funcionamiento real, de aquellas otras que subrayan los males
que se denuncian como consecuencia necesaria de unos principios que no podrían dar
otros resultados, es decir, de la crítica de la democracia en cuanto tal. Incluso en una
situación de relativa calma chicha como la de Alemania desde la unificación —los sueños se
habían hecho realidad— con índices socioeconómicos entre los mejores de Europa, el
concepto que ha terminado por prevalecer para designar las relaciones de la población con
la política es Verdrossenheit, una mezcla de enojo y fastidio. El concepto
dePolitikverdrossenheit,hastío de la política, comporta una doble dimensión: de una parte,
supone una valoración negativa de los políticos y de todo lo que tenga que ver con la
política; de otra, un simple desentenderse de la política, por desinterés o cansancio. Ante la
política el ciudadano se irrita, o pasa de ella. De dónde proviene enojo tan generalizado?
Formulemos una primera hipótesis. En un mundo con tantas y tan grandes mutaciones en
todos los ámbitos sociales, económicos, políticos, las instituciones se muestran cada vez
menos capaces de responder a los nuevos desafíos, pero, pese a esta manifiesta
impotencia, permanecen petrificadas sin tener previsto, ni siquiera para un futuro más o
menos lejano, mudanza alguna. Que las instituciones permanezcan inamovibles, cuando se
producen tantos cambios y tan rápidos, explicaría el desasosiego que se detecta. El
malestar lo produciría la velocidad del cambio con un anquilosamiento de las instituciones
que, no solo son cada vez menos operativas para resolver los problemas a los que se
enfrentan, sino que con su ineficacia salta a la vista el uso que de ellas hace una clase
política que las utiliza como fuente exclusiva de poder y riqueza, que es lo que en un
sentido lato habría que llamar corrupción. En suma, la velocidad del cambio social produce
vértigo, a la vez que las aguas estancadas, inmundicia.
Para dar cuenta del amplio malestar que invade a Europa, el hecho crucial es una eficacia a
la baja para resolver los problemas que son competencia de las instituciones. Para disimular
esta tendencia se recubren de una falsa apariencia, mostrándolas muy distintas de lo que
realmente son, con lo que aumenta hasta extremos insoportables la discrepancia entre
realidad y apariencia —algo que, por lo demás, se da en toda sociedad— obligando a los
ciudadanos a comulgar con ruedas de molino, con la amenaza de que, si se negaran a ello,
se les difamará de enemigos de la democracia. Esta ambigüedad, cuando no confusión
general, desemboca en una utilización de las instituciones para fines ajenos a los
establecidos: y en esto consiste el concepto más amplio y genérico de corrupción. La falta
de adecuación de las instituciones a las necesidades sentidas, con una ineficacia en
aumento, es el problema de fondo; su utilización para fines espurios, la llamada corrupción,
un subproducto derivado. De ahí que robustecer los controles como forma de combatir la
corrupción, a la larga se revele poco eficaz, al menos mientras no se ataque la cuestión de
fondo, la inadecuación creciente de las instituciones políticas a las exigencias económicas y
sociales que al comienzo del tercer milenio demandan las sociedades europeas.
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na
La crisis de la democracia no es un fenómeno circunstancial que pudiera resolverse con
algunos arreglos superficiales, sino que exige cambios sustanciales, de esto somos cada
vez más conscientes, pero también del escaso consenso que existe sobre su posible
contenido y alcance. No solo a la izquierda se le ha hundido el suelo bajo los pies,
arrastando consigo todos sus supuestos anteriores, es que la tesis de la derecha de que
todo se reduce a librar a la sociedad y a la economía de las garras del Estado, si bien
marcha en la dirección que indica la internacionalización de la economía, no nos
engañemos, lleva en su seno el desmontaje del Estado social, pedestal sobre el que se
levanta la democracia establecida.
Es necesario reaccionar a tiempo ante el sistemático desguace del Estado democrático, que
se justifica como un elemento imprescindible para salir de la crisis, así como prestar mayor
atención a las nuevas formas de organización democrática que vayan surgiendo en la
sociedad.
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democracia%20colombiana
Crisis de la democracia colombiana
Walton Smith Aguirre Jiménez
Todos los sistemas democráticos del mundo contemporáneo llevan inherentes varias formas de
exclusión social así como graves crisis políticas o económicas. Si bien la democracia ofrece una
serie de libertades y garantías que otros sistemas políticos no ofrecen, estas crisis o anomalías
con las cuales le toca convivir, hacen que muchos individuos particulares e incluso sectores
específicos de una sociedad no puedan disfrutar de dichos beneficios y libertades. Si estas crisis
se desatan, es por la debilidad de las instituciones democráticas; pero también es de reconocer
que en la actualidad sí es posible encontrar democracias que poseen instituciones fuertes en las
cuales los ciudadanos toman parte activa en la toma de decisiones y en general de la vida pública.
Estas sociedades se configuran con base en la confianza hacia su clase dirigente y de ello se extrae
que haya una reciprocidad, haciendo que la democracia sea una realidad, no una quimera. Las
democracias débiles no ofrecen esta igualdad de condiciones, en estas se albergan grupos sociales
elitistas que manejan el poder a su antojo mientras que la gran mayoría de la sociedad y los
demás grupos y minorías quedan excluidos.
En nuestro caso puntual, la debilidad de nuestra democracia se puede comprender por varios
factores. Es de fácil comprensión que el estado mismo tiene unas instituciones demasiado
débiles, una desconfianza demasiado fuerte por parte de los ciudadanos del común hacia los
gobernantes y en general los pactos que por debajo de la mesa instauran los gobernantes con
bandos al margen de la ley. En nuestro país las instituciones políticas no obedecen al principio de
igualdad, esto conduce a que no hayan garantías iguales para todos e incluso los derechos de
expresión y ejercicio de la democracia se vean coartados para gran parte de la población. La
participación en las actividades de reclamo y protesta que son propios de una democracia, se ven
estigmatizados y señalados peyorativamente a causa de esta visión dicotómica y estratificadora
de la sociedad.
Las decisiones políticas muchas veces no toman en cuenta el bienestar de estos sectores
desfavorecidos o marginados e incluso muchas veces los afectan. Esto conlleva a la escabrosa
situación de que los sectores más vulnerables de la sociedad bajo el sofisma de una democracia
que los protege y vela por sus derechos, se convierten nada más que en un escalón o como un
instrumento de los aparatos del poder para lograr sus fines. Esto genera desconfianza por parte
de los ciudadanos hacia los organismos de control y poder y en general a todas las instituciones
democráticas. La confianza ciudadana es entonces una suerte de credibilidad que tienen o
tenemos los ciudadanos hacia nuestros mandatarios y gobernantes de turno y en general a todo el
sistema democrático. Esta confianza no es del tipo que se establece por lazos consanguíneos o de
mera amistad, es un lazo que se debe basar en el respeto y la certeza de que estamos bajo una
buena administración, fiel a los parámetros de transparencia, honestidad y que guarden relación
al cuidado de la cosa pública. Esta confianza hacia lo público solo se gana en la medida en que el
sistema democrático en el cual el ciudadano se encuentra inmerso, pueda responder a las
demandas sociales económicas y políticas de todos sus agregados; esto debe garantizar una
relación de reciprocidad, pues así como el estado debe garantizar la satisfacción de una serie de
demandas hacia los ciudadanos, estos deben cederle ciertas libertades individuales al poder
estatal en procura del bien común. Por razones como estas es que podemos decir que la
democracia colombiana es débil, pues las garantías de que al ciudadano común le sean suplidas
sus necesidades básicas son muy cortas lo cual genera desconfianzas hacia nuestro sistema
político. Desconfianza tal que no se ha ganado de la nada, es decir, no es sino echar un vistazo a
los escabrosos casos de corrupción política como los pactos por debajo de la mesa con agentes
armados ilegales o casos de desfalcos millonarios en la contratación pública; todo esto crea un
ambiente de insatisfacción total en los ciudadanos de a pie lográndose un rechazo o repulsión por
la mayoría de la gente hacia la clase dirigente.
En Colombia las clases históricamente excluidas de las instancias del poder y económicamente
más desfavorecidas, no consideran que los gobernantes los representen ni velen por sus
intereses; por su parte, las clases dominantes consideran a las instituciones de poder como un
simple artilugio o aparato del cual pueden hacer uso para saciar sus necesidades, así aparecen los
casos de corrupción y clientelismo que tanto nos han causado daño a lo largo de la historia
colombiana, en otras palabras, es como si los dirigentes de nuestra nación usaran el estado y el
país en general como si fuera su finca o patio trasero del cual pueden disponer sin ninguna
regulación. Para mantener este estatus de superioridad las clases dominantes se sirven del
clientelismo y de los pactos mencionados anteriormente. Lo más preocupante es que muchas
veces se ejerce la violencia en contra del mismo pueblo, no es sino dar una hojeada a los altos
índices de violencia sindical y crímenes de estado para observar que estos pactos clientelistas y
esta violencia ejercida en contra de la población, se ejerce tanto en el sector público como en el
sector privado.
.Estos pactos son altamente preocupantes porque generan una gran inestabilidad del sistema
político La legitimidad del poder se pone en tela de juicio por medio de estas prácticas anómalas,
se disparan los índices de corrupción y las estructuras paralelas o mafiosas al poder estatal se
extienden a lo largo de toda la sociedad porque involucran desde el político corrupto hasta el
sicario que recurre a esta abominable práctica como medio de sustento. Obviamente la crisis
institucional de los aparatos estatales también se acrecienta pues en muchos casos se ha
comprobado cómo organismos del estado que deberían estar al servicio y la protección de los
colombianos, se prestan para el juego de la mafia y se vuelven instrumentos de terror y violación
a la intimidad de las personas. En un contexto como este asistimos a una desinstitucionalización
tal, que incluso el territorio colombiano históricamente ha sido abandonado por parte del estado
en algunos grandes sectores territoriales, esto desemboca en que los grupos al margen de la ley se
impongan allí y sea su ley la que impere. Históricamente son territorios excluidos del sistema
democrático, económico y político que ofrece nuestra nación, pero el fenómeno de violencia se
trasladó también a las ciudades, fenómeno que parecía reservado al campo y a lo rural, pues la
guerra hace rato que llegó a las periferias de las grandes ciudades. Esto se debe a la falta de la
presencia del estado, la falta de orden, de educación y un amplio número de aspectos que podrían
mencionarse. Pero no puede decirse que la violencia física sea el único inconveniente que
presenta un ambiente democrático hostil y violento (lo cual de por sí hace dudar que estemos en
una verdadera democracia) la violencia también se pronuncia en la libertad de expresión,
históricamente nuestro país se ha sumido en la violencia bipartidista y una cultura democrática
bastante pobre que no da cabida a la diferencia. Últimamente este fenómeno se ha recrudecido, el
país parece moverse en una escala de blanco y negro en términos políticos sin contemplar la
posibilidad de una escala de grises. Es decir, con el discurso guerrerista de los últimos diez años,
el país se polarizó de manera tal que, o se es derecha, o se es izquierda, y todo lo que no se
adhiere a ningún bando suena a discurso “mamerto” o es descartado por estar
descontextualizado. Esto provoca la carencia de un debate pluralista e incluyente. La creciente
derechización del país, conlleva a que las diferentes opciones sean tomadas por subversivas y
anarquistas e incluso como enemigos de la patria; pruebas de eso son casos como el señalamiento
de los periodistas que no confluyen con las tesis de la seguridad democrática, con el señalamiento
de los partidos de izquierda como colaboradores de la guerrilla, el asesinato de periodistas y en
general todo intento de acallar los discursos que se muestran en contra de un orden jerárquico
como el que quiere imponer subrepticiamente por medio del discurso y ciertas actuaciones de
algunos políticos de derecha. Pero para ser justos, los métodos de la derecha son también
aplicados por los bandos de izquierda quienes usan las mismas estrategias de intimidación y
terrorismo creando un estado que se asemeja a una guerra civil generando odios entre bandos
políticos, entre ciudadanos y dirigentes y peor aún, entre ciudadanos de la misma clase.
En resumen, la crisis de la democracia se trasluce desde varia ópticas, la violencia y falta de
presencia del estado, lo cual hace que hayan terrenos vedados para la vida pública así el estado no
lo quiera reconocer, la gran desconfianza hacia la clase dirigente y la desinstitucionalización de
unos aparatos estatales que se manejan al antojo de unos políticos y militares como a capricho de
un niño, y por último la creciente polarización del país entre derecha e izquierda. Todo esto crea
un ambiente hostil. Y democracia… por ningún lado.
¿Qué pasó con la democracia
participativa en Colombia?
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-3
La democracia participativa debe salirse de las leyes y poblar las calles, las aulas
escolares, las universidades, los barrios y comunas, incluso llegar hasta espacios
supranacionales…
●
¿Qué pasó con la democracia participativa en Colombia?
Desde la promulgación de la Constitución de 1991 Colombia se convirtió
formalmente en uno de los países más democráticos del mundo. La Carta del 91
entronó la democracia participativa para complementar y ampliar la abstracta
democracia representativa, e inclusive, les dio rango constitucional a organismos de
participación ciudadana como el Consejo Nacional de Planeación.
Luego, se pretendió desarrollar la democracia participativa con una completa ley de
mecanismos de participación ciudadana (ley 134 de 1994) que dotó a los colombianos
de importantes herramientas jurídicas para intervenir en los asuntos públicos y
defender sus derechos fundamentales.
Apareció paulatinamente toda una serie de legislación especializada para promover
la participación en diferentes campos como: el juvenil (ley 375 de 1997), el ámbito
escolar (ley 115 de 1994), la agenda de paz (ley 434 de 1998), en la cultura (ley 397 de
1997), en la justicia (ley 294 de 1996), entre otros. De este proceso surgieron
organismos novedosos como los consejos de cultura, juventud, los personeros
estudiantiles, los manuales de convivencia, consejos de paz, las veedurías
ciudadanas, los jueces de paz y los conciliadores en equidad, los comités de
vigilancia. Toda una serie de espacios, instituciones y marcos legales dispuestos para
facilitar y promover la inclusión ciudadana y la cohesión social en la elaboración,
ejecución y control de las políticas públicas.
Pero si bien es cierto en el campo legal hubo toda una revolución democratizadora,
en la realidad nuestro sistema político y social fueron muy pocos los avances para
superar el autoritarismo, la exclusión y los vicios políticos de fondo. En la práctica
poco ha cambiado, nuestra forma de asumir lo público siguió marcada por la
violencia, por una mayor apatía y un creciente individualismo. Nuestra democracia
no se ha fortalecido, como era la intención de la Constituyente, por el contrario luce
más impotente ante los nuevos y mayores retos que le imprimió la Carta del 91. Por
todo esto la democracia colombiana se terminó desenvolviendo durante todos estos
años entre dos realidades tan disímiles, tan desconocidas entre si y tan incoherentes:
la maravillosa realidad constitucional, la enredada realidad legal y la trágica realidad
social.
Tú participas, yo participo: ellos deciden
Algunas preguntas nos sirven de punto de partida para analizar nuestra democracia
'participativa'. Por ejemplo, en una democracia participativa ¿debería el gobierno
concertar la implementación de multimillonarios incentivos a transnacionales
extranjeras? ¿Deberían concertar las fumigaciones con las poblaciones afectadas?
¿Deberían solicitar la opinión a los ciudadanos para firmar el TLC con los Estados
Unidos? ¿Deberían preguntarnos sobre la decisión de comercializar nuestros bosques
y selvas o la privatización del agua? Obviamente la respuesta es Sí, pero la realidad
nos dice No.
A pesar de todo el desarrollo Constitucional y legal que tiene Colombia en materia de
participación, hemos visto como la dinámica política y la toma de decisiones van en
contravía y se inscriben más en procesos cerrados, unilaterales y excluyentes. La
excesiva concentración de poder en cabeza del ejecutivo impide, inclusive, el perfecto
desarrollo de la representación democrática que se expresa a través de los órganos
colegiados. Los concejos municipales y las juntas administradoras locales, las
asambleas departamentales y hasta el Congreso de la República, terminan sumidos
en muchas ocasiones a los intereses y prerrogativas del gobierno de turno, y dejando
a un lado su función de representar por medio de sus decisiones a los intereses
ciudadanos que los convocan y mucho menos cumplen su función de control político,
pilar fundamental de la democracia.
democracia representativa, la participación ciudaEn el orden de ideas que la
democracia participativa complementa, suple y fortalece la demdana, entendida en la
elaboración, ejecución y control de las políticas públicas, es un escalón superior en la
democratización de nuestro sistema social. Sin embargo primero debemos comenzar
por construir un sistema de representación independiente frente al ejecutivo,
transparente frente a las decisiones públicas y responsable hacia los ciudadanos, sin
esto, la complementariedad de la participación es imposible o inútil.
Además, nuestra democracia participativa no pasará de ser un simple sofisma de
distracción mientras no existan gobiernos comprometidos con generar las
condiciones para la participación real de los ciudadanos y grupos de la sociedad civil
preparados, activos y conscientes de sus derechos a conquistar y de los deberes que
deben cumplir para hacer realidad los postulados democráticos.
Por esto, la democracia participativa debe salirse de las leyes y poblar las calles, las
aulas escolares, las universidades, los barrios y comunas, los municipios,
departamentos y el país, e incluso llegar hasta espacios supranacionales que
permitan la participación de todos en decisiones sobre asuntos regionales o globales
como la firma de tratados de libre comercio, o la suscripción de tratados
internacionales de protección del medio ambiente, la lucha mundial antidrogas o el
combate al terrorismo.
La democracia es un modo de vida que exige compromiso, tolerancia y concertación,
lo demás es seguir repitiendo un discurso desgastado por el autoritarismo que
impera en la cotidianidad de nuestras relaciones tanto públicas como privadas.
Participación ¿para qué?
Primero que todo hay que hacer una salvedad inobjetable: la participación es un
medio no un fin., Participamos para alcanzar una meta, un logro, un proyecto
compartido de país. Nuestra democracia es participativa porque nuestro Estado tiene
unos fines que ha estipulado cumplir por medio de la participación ciudadana.
En Colombia, al establecerse el Estado Social de Derecho en la Constitución de 1991,
la participación se convirtió en la herramienta idónea para materializar la justicia, la
libertad y la igualdad. Debemos participar para superar los privilegios, las injusticias
y los atropellos y, además, por que la inclusión ciudadana nos acerca a una mayor
convivencia pacífica, a un mutuo respeto por los derechos humanos y a la
construcción, en la diferencia, de un país comprometido con la dignidad humana.
Sin embargo, participar por participar parece ser la consigna y la forma cómoda
como los gobiernos han decidido ejercer la democracia. Participar sin poder de
decisión es una invitación falaz que recorre las agendas de los consejos de paz, de
planeación, juventud o cultura; participación vacía que lleva al desgaste de las formas
de organización de la sociedad civil, aumenta su apatía hacia lo público y termina
causando el efecto contrario que buscaba la democracia participativa. Los
ciudadanos y con ellos la participación han quedado inmersos en aparatos
inoperantes que han terminado por profundizar la exclusión, la desconfianza y el
distanciamiento con lo público, mientras las decisiones importantes se toman en
círculos cerrados o en pequeñas tecnocracias alejadas por completo de nuestra
realidad social.
La indiferencia ciudadana y la falta de voluntad política de los gobiernos para
establecer la democracia participativa, es un fenómeno que se presenta desde lo local
hasta lo nacional y que muestra una grave situación estructural que merece un
acercamiento más cultural, sociológico y antropológico que el meramente jurídico.
Hacia una política pública de todos y para todos
La Constitución de 1991 y su desarrollo legal son un marco significativo para el
fortalecimiento de la democracia, marco de acción que sólo será real por medio de la
apropiación, por parte de la sociedad civil, de los mecanismos, derechos y garantías
estipuladas para superar el autoritarismo y la exclusión en la elaboración de las
políticas públicas.
Por esto, la participación debe responder a la gran diversidad étnica, cultural, política
y social que posee el país. Deben propiciarse espacios incluyentes, amplios y
representativos de las distintas expresiones ciudadanas, en un proceso de tolerancia,
igualdad y respeto por las opiniones encontradas.
Realizar una apuesta por la democracia implica hacer de los espacios de
participación organismos vivos, activos y decisorios en la vida local y nacional, no
simplemente espacios consultivos que terminan por obviarse, ignorarse al no ser
tenidos en cuenta.
Por esto los consejos de juventud no pueden convertirse en aparatos sin rumbo o en
espacios de reproducción de nuestro dañino sistema político y electoral, su
composición y ejercicio, deben representar por el contrario la renovación de la forma
de hacer política en Colombia encarnada en el liderazgo de las nuevas generaciones.
Los consejos de planeación deben ocupar el sitio protagónico de la planeación
territorial que les dio la Constitución del 91, y ser poblados por personas que
representen verdaderos intereses ciudadanos y faciliten la conexión del Estado con la
sociedad. Los consejos de cultura están llamados a rescatar los valores esenciales
para la construcción de identidad, a ser canales a través de los cuales dialogue
nuestra enorme diversidad y se llegue a plasmar la tolerancia en la diferencia a través
de planes culturales amplios, representativos y constructores del sentido de nación y
no simplemente reuniones de artistas cercanos a las administraciones y sin poder
real de toma de decisiones. La Justicia Comunitaria debe avanzar más allá de ser una
estrategia de descongestión de despachos judiciales y construir un proyecto político
para acercar la ley y la justicia a nuestros complejos contextos sociales, económicos y
culturales.fli Los consejos de paz deben ser la fuente de la unidad en la construcción
de la política de reconciliación nacional; su integración debe ser un motivo de la más
alta responsabilidad por cuanto su labor significa el paso para avanzar hacia una
sociedad para la convivencia pacífica, el respeto por los derechos humanos y la
superación de los factores esenciales del concto.
La sociedad colombiana necesita no solo ser objeto de políticas públicas, sino ante
todo ser sujeto activo de espacios de transformación social, cultural y política. Mejor
dicho, requiere para su cabal reconocimiento que se le brinde 'participación' en el
más amplio sentido de la palabra. Participación en la construcción activa de la
materia y la simbología social, participación como posibilidad de ejercer su influencia
en el país en los procesos sociales, económicos y políticos que le competen, y
participación para buscar conjuntamente en la diferencia, las salidas a nuestra
terrible enfermedad bélica.
La democracia participativa debe salirse de las leyes y poblar las calles, las aulas
escolares, las universidades, los barrios y comunas, incluso llegar hasta espacios
supranacionales…
●
¿Qué pasó con la democracia participativa en Colombia?
Desde la promulgación de la Constitución de 1991 Colombia se convirtió
formalmente en uno de los países más democráticos del mundo. La Carta del 91
entronó la democracia participativa para complementar y ampliar la abstracta
democracia representativa, e inclusive, les dio rango constitucional a organismos de
participación ciudadana como el Consejo Nacional de Planeación.
Luego, se pretendió desarrollar la democracia participativa con una completa ley de
mecanismos de participación ciudadana (ley 134 de 1994) que dotó a los colombianos
de importantes herramientas jurídicas para intervenir en los asuntos públicos y
defender sus derechos fundamentales.
Apareció paulatinamente toda una serie de legislación especializada para promover
la participación en diferentes campos como: el juvenil (ley 375 de 1997), el ámbito
escolar (ley 115 de 1994), la agenda de paz (ley 434 de 1998), en la cultura (ley 397 de
1997), en la justicia (ley 294 de 1996), entre otros. De este proceso surgieron
organismos novedosos como los consejos de cultura, juventud, los personeros
estudiantiles, los manuales de convivencia, consejos de paz, las veedurías
ciudadanas, los jueces de paz y los conciliadores en equidad, los comités de
vigilancia. Toda una serie de espacios, instituciones y marcos legales dispuestos para
facilitar y promover la inclusión ciudadana y la cohesión social en la elaboración,
ejecución y control de las políticas públicas.
Pero si bien es cierto en el campo legal hubo toda una revolución democratizadora,
en la realidad nuestro sistema político y social fueron muy pocos los avances para
superar el autoritarismo, la exclusión y los vicios políticos de fondo. En la práctica
poco ha cambiado, nuestra forma de asumir lo público siguió marcada por la
violencia, por una mayor apatía y un creciente individualismo. Nuestra democracia
no se ha fortalecido, como era la intención de la Constituyente, por el contrario luce
más impotente ante los nuevos y mayores retos que le imprimió la Carta del 91. Por
todo esto la democracia colombiana se terminó desenvolviendo durante todos estos
años entre dos realidades tan disímiles, tan desconocidas entre si y tan incoherentes:
la maravillosa realidad constitucional, la enredada realidad legal y la trágica realidad
social.
Tú participas, yo participo: ellos deciden
Algunas preguntas nos sirven de punto de partida para analizar nuestra democracia
'participativa'. Por ejemplo, en una democracia participativa ¿debería el gobierno
concertar la implementación de multimillonarios incentivos a transnacionales
extranjeras? ¿Deberían concertar las fumigaciones con las poblaciones afectadas?
¿Deberían solicitar la opinión a los ciudadanos para firmar el TLC con los Estados
Unidos? ¿Deberían preguntarnos sobre la decisión de comercializar nuestros bosques
y selvas o la privatización del agua? Obviamente la respuesta es Sí, pero la realidad
nos dice No.
A pesar de todo el desarrollo Constitucional y legal que tiene Colombia en materia de
participación, hemos visto como la dinámica política y la toma de decisiones van en
contravía y se inscriben más en procesos cerrados, unilaterales y excluyentes. La
excesiva concentración de poder en cabeza del ejecutivo impide, inclusive, el perfecto
desarrollo de la representación democrática que se expresa a través de los órganos
colegiados. Los concejos municipales y las juntas administradoras locales, las
asambleas departamentales y hasta el Congreso de la República, terminan sumidos
en muchas ocasiones a los intereses y prerrogativas del gobierno de turno, y dejando
a un lado su función de representar por medio de sus decisiones a los intereses
ciudadanos que los convocan y mucho menos cumplen su función de control político,
pilar fundamental de la democracia.
En el orden de ideas que la democracia participativa complementa, suple y fortalece
la democracia representativa, la participación ciudadana, entendida en la
elaboración, ejecución y control de las políticas públicas, es un escalón superior en la
democratización de nuestro sistema social. Sin embargo primero debemos comenzar
por construir un sistema de representación independiente frente al ejecutivo,
transparente frente a las decisiones públicas y responsable hacia los ciudadanos, sin
esto, la complementariedad de la participación es imposible o inútil.
Además, nuestra democracia participativa no pasará de ser un simple sofisma de
distracción mientras no existan gobiernos comprometidos con generar las
condiciones para la participación real de los ciudadanos y grupos de la sociedad civil
preparados, activos y conscientes de sus derechos a conquistar y de los deberes que
deben cumplir para hacer realidad los postulados democráticos.
Por esto, la democracia participativa debe salirse de las leyes y poblar las calles, las
aulas escolares, las universidades, los barrios y comunas, los municipios,
departamentos y el país, e incluso llegar hasta espacios supranacionales que
permitan la participación de todos en decisiones sobre asuntos regionales o globales
como la firma de tratados de libre comercio, o la suscripción de tratados
internacionales de protección del medio ambiente, la lucha mundial antidrogas o el
combate al terrorismo.
La democracia es un modo de vida que exige compromiso, tolerancia y concertación,
lo demás es seguir repitiendo un discurso desgastado por el autoritarismo que
impera en la cotidianidad de nuestras relaciones tanto públicas como privadas.
Participación ¿para qué?
Primero que todo hay que hacer una salvedad inobjetable: la participación es un
medio no un fin., Participamos para alcanzar una meta, un logro, un proyecto
compartido de país. Nuestra democracia es participativa porque nuestro Estado tiene
unos fines que ha estipulado cumplir por medio de la participación ciudadana.
En Colombia, al establecerse el Estado Social de Derecho en la Constitución de 1991,
la participación se convirtió en la herramienta idónea para materializar la justicia, la
libertad y la igualdad. Debemos participar para superar los privilegios, las injusticias
y los atropellos y, además, por que la inclusión ciudadana nos acerca a una mayor
convivencia pacífica, a un mutuo respeto por los derechos humanos y a la
construcción, en la diferencia, de un país comprometido con la dignidad humana.
Sin embargo, participar por participar parece ser la consigna y la forma cómoda
como los gobiernos han decidido ejercer la democracia. Participar sin poder de
decisión es una invitación falaz que recorre las agendas de los consejos de paz, de
planeación, juventud o cultura; participación vacía que lleva al desgaste de las formas
de organización de la sociedad civil, aumenta su apatía hacia lo público y termina
causando el efecto contrario que buscaba la democracia participativa. Los
ciudadanos y con ellos la participación han quedado inmersos en aparatos
inoperantes que han terminado por profundizar la exclusión, la desconfianza y el
distanciamiento con lo público, mientras las decisiones importantes se toman en
círculos cerrados o en pequeñas tecnocracias alejadas por completo de nuestra
realidad social.
La indiferencia ciudadana y la falta de voluntad política de los gobiernos para
establecer la democracia participativa, es un fenómeno que se presenta desde lo local
hasta lo nacional y que muestra una grave situación estructural que merece un
acercamiento más cultural, sociológico y antropológico que el meramente jurídico.
Hacia una política pública de todos y para todos
La Constitución de 1991 y su desarrollo legal son un marco significativo para el
fortalecimiento de la democracia, marco de acción que solo será real por medio de la
apropiación, por parte de la sociedad civil, de los mecanismos, derechos y garantías
estipuladas para superar el autoritarismo y la exclusión en la elaboración de las
políticas públicas.
Por esto, la participación debe responder a la gran diversidad étnica, cultural, política
y social que posee el país. Deben propiciarse espacios incluyentes, amplios y
representativos de las distintas expresiones ciudadanas, en un proceso de tolerancia,
igualdad y respeto por las opiniones encontradas.
Realizar una apuesta por la democracia implica hacer de los espacios de
participación organismos vivos, activos y decisorios en la vida local y nacional, no
simplemente espacios consultivos que terminan por obviarse, ignorarse al no ser
tenidos en cuenta.
Por esto los consejos de juventud no pueden convertirse en aparatos sin rumbo o en
espacios de reproducción de nuestro dañino sistema político y electoral, su
composición y ejercicio, deben representar por el contrario la renovación de la forma
de hacer política en Colombia encarnada en el liderazgo de las nuevas generaciones.
Los consejos de planeación deben ocupar el sitio protagónico de la planeación
territorial que les dio la Constitución del 91, y ser poblados por personas que
representen verdaderos intereses ciudadanos y faciliten la conexión del Estado con la
sociedad. Los consejos de cultura están llamados a rescatar los valores esenciales
para la construcción de identidad, a ser canales a través de los cuales dialogue
nuestra enorme diversidad y se llegue a plasmar la tolerancia en la diferencia a través
de planes culturales amplios, representativos y constructores del sentido de nación y
no simplemente reuniones de artistas cercanos a las administraciones y sin poder
real de toma de decisiones. La Justicia Comunitaria debe avanzar más allá de ser una
estrategia de descongestión de despachos judiciales y construir un proyecto político
para acercar la ley y la justicia a nuestros complejos contextos sociales, económicos y
culturales. Los consejos de paz deben ser la fuente de la unidad en la construcción de
la política de reconciliación nacional; su integración debe ser un motivo de la más
alta responsabilidad por cuanto su labor significa el paso para avanzar hacia una
sociedad para la convivencia pacífica, el respeto por los derechos humanos y la
superación de los factores esenciales del conflicto.
La sociedad colombiana necesita no solo ser objeto de políticas públicas, sino ante
todo ser sujeto activo de espacios de transformación social, cultural y política. Mejor
dicho, requiere para su cabal reconocimiento que se le brinde 'participación' en el
más amplio sentido de la palabra. Participación en la construcción activa de la
materia y la simbología social, participación como posibilidad de ejercer su influencia
en el país en los procesos sociales, económicos y políticos que le competen, y
participación para buscar conjuntamente en la diferencia, las salidas a nuestra
terrible enfermedad bélica.