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La Habitación del Dragón Volador

La habitación del dragon volador es un cuento del género gotico del escritor irlandés Joseph Sheridan Le Fanu
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La Habitación del Dragón Volador

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La Habitación del Dragón Volador

Joseph Sheridan Le Fanu

[Link]
Biblioteca digital abierta

1
Texto núm. 2934

Título: La Habitación del Dragón Volador


Autor: Joseph Sheridan Le Fanu
Etiquetas: Novela

Editor: Edu Robsy


Fecha de creación: 24 de octubre de 2017
Fecha de modificación: 24 de octubre de 2017

Edita [Link]

Maison Carrée
c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España

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2
Prólogo
El curioso caso que voy a exponerles lo trata el doctor Hesselius de
manera penetrante, y más de una vez, en su extraordinario ensayo sobre
las drogas en la oscura Edad Media.

En este ensayo, que el autor titula Mortis Imago, se trata acerca del
Vinum laetiferum, la Beatifica, el Somnus Angelorum, el Hypnus Segarum,
el Agua Thessalliae y otras veinte infusiones y destilaciones, conocidas de
los sabios que vivieron hace ochocientos años, dos de las cuales, según
él, aún son utilizadas por la cofradía de los ladrones, según revelan a
veces investigaciones policiales.

El ensayo en cuestión, Mortis Imago, ocupará, si no me equivoco, dos


volúmenes, el noveno y el décimo, de las obras completas del doctor
Martin Hesselius.

Debo señalar, para concluir, que dicho ensayo está curiosamente


enriquecido con abundantes citas de poemas y textos medievales, las más
interesantes de las cuales, por extraño que pueda parecer, son egipcias.

He seleccionado este caso particular entre muchos otros igualmente


sorprendentes, pero, a mi entender, menos interesantes desde el punto de
vista narrativo; he escogido esta forma de relato particular simplemente
porque me parece más entretenida.

3
I. En ruta
En el año de gracia de 1815 yo acababa de heredar, con veintitrés años de
edad, una sustanciosa cantidad en fondos consolidados y otros valores
bursátiles. La primera caída de Napoleón había abierto el continente
europeo a los viajeros ingleses, presuntamente deseosos de instruirse a
través del conocimiento directo de otros países; y yo —superado
definitivamente el ligero «jaque de los cien días» por el genio de
Wellington en el campo de Waterloo— me sumé a aquella riada humana
en busca de enseñanzas.

Viajaba yo en la posta de Bruselas a París, siguiendo, creo, el itinerario


que el ejército aliado había seguido hacía tan sólo unas semanas —un
número increíble de carruajes haciendo la misma ruta—. Imposible mirar
hacia adelante o hacia atrás sin divisar las nubes de polvo levantadas por
la marea de vehículos. Adelantábamos constantemente caballos de relevo
que volvían, extenuados y polvorientos, a las posadas donde los habían
alquilado. Eran tiempos difíciles para aquellos pacientes servidores
públicos. Todo el mundo parecía dirigirse a París en posta.

Yo debería haber observado el paisaje con mayor atención, pero mi


cabeza estaba tan llena de París y del futuro que pasé por allí con poca
paciencia y menos atención; con todo, calculo que faltarían unos seis
kilómetros para llegar a un pintoresco pueblo fronterizo —cuyo nombre,
como el de tantos otros lugares más importantes por los que pasé en
aquel viaje apresurado, he olvidado— y unas dos horas para que se
hiciera de noche cuando llegamos a la altura de un vehículo que al parecer
se hallaba en apuros.

No había llegado a volcar, pero los dos caballos de cabeza estaban caídos
por el suelo. Los postillones, calzados con buenas botas, se habían
bajado, y dos criados, que parecían poco avezados en aquel tipo de
emergencias, se disponían a prestarles ayuda. Una bonita cabeza de
mujer tocada asomaba por la ventana del vehículo siniestrado. Su
tournure, y la de los hombros que también se entrevieron unos instantes,
era cautivadora. Así que decidí desempeñar el papel de buen samaritano:

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mandé detenerse a mi sotacochero, me apeé y, asistido por mi criado,
eché gustoso una mano a los siniestrados. Pero, ¡ay!, la dama del bello
tocado llevaba un tupido velo negro y no pude ver más que la filigrana del
encaje mientras se retiraba.

Casi al mismo tiempo, un caballero anciano y enjuto sacó la cabeza por la


ventanilla. Parecía estar enfermo, pues, aunque hacía calor, iba embozado
en una bufanda negra que le tapaba las orejas y la nariz. Bufanda que se
bajó unos instantes para darme un millón de gracias en francés, al tiempo
que dejaba al descubierto su peluca negra y hacía mil gestos de
agradecimiento.

Una de las pocas cosas que yo sabía bien, además del deporte del boxeo,
practicado por la generalidad de los ingleses de la época, era hablar
francés; así pues, le contesté, eso creo, haciendo gala de una perfecta
corrección gramatical. Tras varias inclinaciones de cabeza, el caballero se
retiró al interior del vehículo, al tiempo que volvía a aparecer la recatada y
bonita cabeza.

La dama debió de oírme hablar a mi sirviente, pues moduló sus palabras


en un inglés tan bello y balbuciente, y con una voz tan dulce, que volví a
maldecir el velo negro que se interponía entre ella y mi romancesca
curiosidad.

El escudo de armas que figuraba en el panel del carruaje era harto


curioso. Recuerdo perfectamente el emblema representado: la figura de
una cigüeña pintada en color carmín sobre lo que los heraldistas
denominan un «campo de oro». El ave se sostenía sobre una pata, y con
la otra tenía agarrada una piedra. Es, creo, el emblema de la vigilancia. Su
originalidad llamó particularmente mi atención, quedando grabada en mi
recuerdo. Había también un par de tenantes a cada lado, aunque no
recuerdo qué eran.

Los modales corteses de aquellas personas, la corrección de sus criados,


la elegancia del carruaje y el curioso escudo de armas, todo ello hacía
suponer que se trataba de personas nobles.

La dama, como es de suponer, no me resultó por ello menos interesante,


sino todo lo contrario. ¡Qué fascinación tan grande ejerce un título en la
imaginación! No en la de personas esnobs o de escasa moralidad, que
quede bien claro. La superioridad de rango ejerce un influjo poderoso y

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genuino sobre el amor; la idea del superior refinamiento va asociada con
él. Las despreocupadas atenciones del caballero llegan más hondo al
corazón de la lozana lechera que largos años de viril devoción del honrado
leñador; y lo mismo se puede aplicar a las demás capas sociales. ¡Qué
mundo tan injusto!

Pero en este caso hubo algo más. Yo me consideraba un joven bien


parecido —y creo que con total fundamento—; y nadie podía poner en tela
de juicio mi uno ochenta y pico de estatura. ¿Qué necesidad tenía la dama
de darme las gracias? ¿No lo había hecho sobradamente, y por los dos, el
que presumí era su marido? Instintivamente, me di cuenta de que la dama
me había mirado con ojos nada indiferentes; y, a través de su velo, sentí el
poder de su mirada.

Dejando un reguero de polvo detrás de las ruedas, y bañada por la luz


dorada del sol, la dama se alejaba ahora de un joven y prudente caballero
que la seguía con ardiente mirada y suspiraba profundamente conforme la
distancia se iba agrandando.

Le dije al postillón que no se le ocurriera adelantar a aquel vehículo, sino


que, antes bien, no lo perdiera de vista y se detuviera en los mismos
puestos de relevo. No tardamos en llegar a la pequeña población antes
mencionada, y el coche que seguíamos se detuvo en la Belle Étoile, una
confortable posada antigua. Los desconocidos se apearon y penetraron en
la casa.

Nosotros seguíamos a paso lento. Yo me apeé a mi vez y subí los


escalones indolentemente, aparentando apatía e indiferencia.

En mi audacia, no me paré a preguntar en qué habitación podría


encontrarlos. Miré en el aposento de la derecha y luego en el de la
izquierda. Pero los que yo buscaba no estaban allí.

Subí las escaleras. Estaba abierta la puerta de un salón. Entré con el aire
más inocente del mundo. Era una estancia espaciosa, y descubrí que,
además de a mi propia persona, contenía a otro ser vivo: a la preciosa y
elegante dama. Allí estaba el mismísimo sombrero del que me había
enamorado. La dama se hallaba de espaldas a mí. Yo no podía distinguir
si el celoso velo estaba levantado. Se encontraba leyendo una carta.

Permanecí unos instantes sin apartar los ojos de ella con la vaga

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esperanza de que se volviera y me diera la oportunidad de verle la cara.
Pero no lo hizo, sino que, dando uno o dos pasos, se plantó delante de
una pequeña consola de una sola pata pegada a la pared, sobre la que se
elevaba un hermoso espejo con un marco desdorado.

Yo podría perfectamente haberlo confundido con un cuadro, pues reflejaba


el retrato de medio cuerpo de una mujer extraordinariamente hermosa.

Sus finos dedos sujetaban una carta, en cuya lectura parecía estar
enfrascada.

Su rostro era ovalado, melancólico, dulce. Aunque también poseía una


nota indefinible de sensualidad. Nada podía superar la delicadeza de sus
facciones ni el lustre de su tez. Como tenía la mirada baja, no pude
distinguir de qué color tenía los ojos; sólo que sus párpados eran largos y
sus cejas delicadas. Seguía leyendo; aquella carta debía de interesarle
sobremanera. Yo no había visto nunca una figura humana tan inmóvil; me
encontraba ante una estatua coloreada.

Como por entonces yo gozaba de una vista buena y penetrante, vi aquel


bello rostro con perfecta claridad. Hasta distinguí las venas azules que
recorrían la blancura de su garganta despejada.

Debería haberme retirado con el mismo sigilo con que había entrado antes
de que fuera advertida mi presencia. Pero mi interés era tan grande que
quería quedarme unos minutos más. En aquel lapso, ella alzó los ojos.
Eran ojos grandes, de una tonalidad que los poetas modernos llaman
«violeta».

Aquellos espléndidos ojos melancólicos pasaron del espejo a mi persona


con una mirada altiva; enseguida la dama bajó su velo negro y se dio
media vuelta.

Pensé que habría preferido que no la viera. Yo estaba observando cada


mirada y movimiento suyos, hasta los más mínimos, con una atención tan
intensa como si me fuera en ello la vida.

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II. El patio de la Belle Étoile
Aquel rostro era de los que enamoran a primera vista. Mi curiosidad dio
paso a ese tipo de sentimientos que se adueñan tan rápidamente de los
jóvenes. Mi audacia se rindió ante aquella dama, y me embargó la
sensación de estar cometiendo una impertinencia. Ella se encargó de
poner las cosas en su sitio, pues la misma dulce voz que yo había oído
antes dijo ahora fríamente, y en francés:

—Sin duda monsieur ignora que este cuarto es privado.

Inclinando la cabeza cuanto pude, mascullé unas disculpas y retrocedí en


dirección a la puerta.

Sin duda le parecí arrepentido y confuso (confieso que así me sentía),


pues ella dijo entonces, como para quitar un poco de tensión a la escena:

—No obstante, me alegro de tener otra oportunidad de agradecer a


monsieur la ayuda, tan presta y eficaz, que ha tenido la bondad de
prestarnos hoy.

Fue más el tono distinto de su frase que el contenido de la misma lo que


me dio renovado ánimo. Ella no necesitaba darme las gracias; y, aunque
tal hubiera sido el caso, ciertamente no estaba obligada a hacerlo de
nuevo.

Todo aquello me resultó sumamente halagador, sobre todo el que se


produjera tan inmediatamente después del ligero reproche.

Ahora hablaba en voz baja y con timidez, y noté que había vuelto la vista
rápidamente hacia una segunda puerta de aquella misma estancia; supuse
que el caballero de la peluca negra, su celoso marido, iba a asomar por
ella a no más tardar. Casi en el mismo momento se oyó una voz aflautada
y nasal impartiendo órdenes a un criado, voz cada vez más próxima.
Pertenecía a la persona que tan profusamente me había dado las gracias
desde la portezuela del coche de camino, una hora antes

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aproximadamente.

—Monsieur tendrá la amabilidad de retirarse —dijo la dama con un tono


que parecía de invitación, al tiempo que agitaba la mano en dirección a la
puerta por la que yo había entrado.

Hice de nuevo una profunda reverencia, di unos pasos atrás y cerré la


puerta. Bajé las escaleras henchido de felicidad y fui directamente a hablar
con el dueño de la Belle Étoile (como ya he dicho, tal era el nombre de mi
posada).

Describí el aposento del que acababa de salir, dije que me gustaba y


pregunté si estaba libre.

Él contestó que lo sentía muchísimo, pero que el aposento y las dos


habitaciones contiguas estaban ocupadas…

—¿Por quién?

—Personas de distinción.

—Pero ¿quiénes son? Deben de tener algún nombre, o título…

—Sin duda, monsieur; pero es tal la riada humana que se dirige hacia
París que hemos dejado de preguntar los nombres o títulos a nuestros
huéspedes. Los designamos simplemente por las habitaciones que ocupan.

—¿Cuánto tiempo piensan parar aquí?

—Tampoco eso puedo decírselo, monsieur. No nos interesa. Mientras las


cosas sigan así, nuestras habitaciones no podrán estar nunca
desocupadas.

—¡Me habría gustado tanto alojarme en esos aposentos! ¿Es también


dormitorio alguno de ellos?

—Sí, señor; por cierto, monsieur debe saber que nadie suele contratar una
alcoba si no piensa pernoctar.

—En fin, espero me pueda dar algunas habitaciones, en la parte de la


casa que sea.

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—Ciertamente. Monsieur puede disponer de dos aposentos. Son los
únicos que hay ahora mismo libres.

Los tomé de inmediato.

Estaba claro que aquellas personas pensaban parar allí; por lo menos no
se irían hasta la mañana siguiente. Empecé a sentirme como quien se
embarca en una aventura.

Tomé posesión de mis habitaciones y miré por la ventana, la cual descubrí


que daba al patio de la posada. Muchos caballos estaban siendo liberados
de los arneses, calientes y cansados, para ser sustituidos por otros, recién
salidos de los establos. Numerosos vehículos —unos privados, y otros,
como el mío, parecidos a los que en Inglaterra se llamaban antiguamente
sillas de posta— estaban sobre el pavimento esperando su turno de
relevo. Los criados más atareados trajinaban de un lado a otro, y los que
no tenían nada que hacer se paseaban o bromeaban, y la escena en su
conjunto parecía animada y divertida.

En medio de todo aquello creí reconocer al vehículo y a uno de los criados


de las «personas linajudas» que tanto interés despertaban en mí en aquel
momento.

Así pues, bajé corriendo hasta la puerta trasera y, en un santiamén, me


encontré en el empedrado desigual, en medio del espectáculo visual y
sonoro que en semejante tipo de lugares suele acompañar a los
momentos de especial trajín y vaivén.

El sol estaba ya próximo a ponerse y arrojaba sus rayos dorados sobre las
chimeneas de ladrillo rojo de los obradores, haciendo que los dos toneles
que, colocados en la punta de sendos postes, servían de palomares,
parecieran incendiados. Esta luz hace que todo nos resulte pintoresco y
nos interesen cosas que, en el sobrio gris de la mañana, nos podrían
parecer aburridas.

Tras una pequeña búsqueda di con el vehículo que andaba buscando. Un


criado estaba cerrando con llave una de las portezuelas, las cuales
estaban provistas de auténticas cerraduras. Me detuve a unos pasos, con
la mirada fija en la enseña del vehículo.

—¡Bonita esa cigüeña roja! —observé, apuntando al escudo de armas de

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la puerta—; sin duda el emblema de una familia distinguida.

El criado me miró unos instantes mientras se metía la llave en el bolsillo, y


dijo, con un saludo y una sonrisa ligeramente sarcásticos:

Monsieur es libre de hacer conjeturas.

No cedí al desaliento, sino que le administré ese laxante que en muchas


ocasiones actúa de forma muy venturosa sobre la lengua y que no es otro
que una propina.

El criado se quedó mirando el napoleón de su mano y luego volvió la vista


hacia mí, con una sincera expresión de sorpresa.

—¡Monsieur es muy generoso!

—No hay de qué. ¿Quiénes son la dama y el caballero que han viajado en
este carruaje y a quienes, como sin duda recuerdas, mi criado y yo
prestamos hoy ayuda en una emergencia, cuando sus caballos se
hallaban caídos en el suelo?

—Es el conde, y a la joven dama la llamamos la condesa; pero no sé…


Puede ser su hija.

—¿Me puedes decir dónde viven?

—Por mi honor, monsieur, que no puedo decirlo. ¡No lo sé!

—¿Que no sabes dónde vive tu amo? Seguro que sabes de él más cosas
que el nombre…

—Nada que valga la pena contar, monsieur. A mí me contrataron en


Bruselas el día mismo de la partida. Monsieur Picard, mi compañero, el
mayordomo de monsieur el conde, ha pasado muchos años a su servicio y
lo sabe todo; pero no habla nunca salvo para impartir órdenes. De su boca
no he podido recoger ninguna información. Bueno, una vez que estemos
en París, espero enterarme rápidamente de todo. Pero ahora sé de ellos
más o menos lo que usted, monsieur.

—¿Y dónde está monsieur Picard?

—Ha ido al cuchillero a que le afilen las cuchillas. Pero no creo que le vaya

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a contar nada.

Fue aquélla una cosecha bastante pobre para tan dorada siembra. Creo
que aquel hombre decía la verdad, y que me habría revelado con toda
honestidad los secretos de aquella familia de haber estado al corriente de
alguno. Me despedí cortésmente y volví a subir las escaleras rumbo a mi
habitación.

Llamé de inmediato a mi criado. Aunque lo había traído conmigo de


Inglaterra, había nacido en Francia; era un tipo habilidoso y vivaracho y,
por supuesto, estaba perfectamente al corriente de los usos y costumbres
de sus compatriotas.

—St. Clair, cierra la puerta y ven aquí. No podré descansar hasta que no
descubra algo sobre esas personas linajudas que tienen sus aposentos
debajo de los míos. Toma quince francos; busca a los criados a los que
hemos echado hoy una mano; toma con ellos un petit soupery ven luego a
contarme toda su historia. Ya me he entrevistado con uno de los dos, que
no sabe nada y así me lo ha hecho saber. El otro, cuyo nombre he
olvidado ahora, es el mayordomo del noble desconocido, y lo sabe todo. A
ése le deberás sonsacar todas las cosas que puedas. Por supuesto, es el
venerable gentilhombre, y no la joven dama que lo acompaña, el que me
interesa sobre todo. ¿Comprendido? Y ahora, márchate ya. ¡Vuela! Y
vuelve con todo tipo de pormenores y circunstancias interesantes, que me
muero por conocerlos.

Era un encargo que se adecuaba a las mil maravillas a los gustos y


temperamento de mi digno St. Clair, con quien, como habrán observado,
me había acostumbrado a hablar con esa familiaridad especial que la
antigua comedia francesa impone entre amo y criado.

Estoy seguro de que se burlaba de mí en secreto; pero su expresión no


delataba nada que no fuera cortesía y complacencia.

Tras varias miradas de complicidad, asentimientos y encogimientos de


hombros, se retiró; desde mi ventana vi cómo, en menos que canta un
gallo, había bajado al patio, donde poco después se hurtó a mi vista en
medio de tanto carruaje estacionado.

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III. Desposorios de Muerte y Amor
Cuando el día se alarga demasiado, cuando a un hombre solo lo corroen
la impaciencia y el suspense; cuando el minutero de su reloj viaja tan
despacio como la manilla horaria, y ésta parece haberse detenido; cuando
nuestro hombre bosteza, tamborilea en la mesa con los dedos, aplasta su
agraciado semblante contra los cristales de la ventana tarareando
tonadillas que le aburren; en una palabra, cuando no sabe qué hacer
consigo mismo, es muy de lamentar que ese hombre no pueda hacer más
que una vez al día una comida suculenta de tres platos. Las leyes de la
materia, de las que somos esclavos, nos niegan ese recurso.

Pero, en los tiempos de los que hablo, la cena era aún una comida
sustanciosa, y ya se acercaba la hora. ¡Qué gran consuelo! Sin embargo,
¿cómo emplear los tres cuartos de hora que faltaban todavía?

Es cierto que llevaba conmigo para el viaje dos o tres libros entretenidos;
pero hay muchos estados de ánimo en los que uno no puede leer. Mi
novela yacía abandonada en el sofá junto con mi manta de viaje y mi
bastón, y me habría importado un ardite que la heroína y el héroe se
hubieran ahogado juntos en la barrica que veía en el patio, bajo mi
ventana.

Di un par de vueltas por la habitación y suspiré; luego, ante el espejo, me


ajusté mi gargantilla blanca, doblada y atada a la manera de Brummel, el
inmortal «Beau». Me puse un chaleco de piel de búfalo y mi chaqué azul
de botones dorados; empapé el pañuelo en eau-de-Cologne (a la sazón
carecíamos de la gama de esencias con que los perfumistas nos han
colmado desde entonces), y me peiné el cabello, que en aquella época era
para mí un motivo de orgullo y que retocaba con frecuencia. A mi chevelure
morena, con rizos naturales, le ha sucedido ahora una docena de cabellos
completamente canos, sobre un cráneo lustroso y rosa que no guarda
prácticamente ningún recuerdo de aquélla. Pero no hablemos de cosas
que puedan mortificarnos. Mi melena era entonces abundante, espesa y
castaño oscura. Y me esmeré al máximo en mi aseo personal. Saqué de
su caja mi irreprochable sombrero y lo coloqué suavemente sobre mi

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sagaz cabeza, imprimiéndole, en la medida en que me lo permitían la
memoria y la práctica, esa ligerísima inclinación que la persona inmortal
antes mencionada acostumbraba a imprimir al suyo. Un par de ligeros
guantes franceses y ese tipo de bastón nudoso parecido a una porra que
tan en boga estuvo en Inglaterra durante un par de años, «completaron mi
equipo», como leemos en las novelas de Walter Scott.

Toda aquella atención a mi aspecto personal para dar un simple garbeo


por el patio, o por la entrada de la Belle Étoile, era fruto de mi devoción a
los maravillosos ojos que había contemplado unas horas antes por primera
vez, y que nunca jamás podría olvidar… Dicho llanamente, todo aquello
estaba hecho con la vaga, vaguísima esperanza de que aquellos ojos
pudieran posarse en el irreprochable atavío de un esclavo melancólico y
conservaran la imagen quizá con una secreta aprobación.

Mientras ultimaba los preparativos, la luz vino a faltarme; desapareció el


último rayo horizontal de sol, quedando sólo un resplandor crepuscular.
Suspiré al unísono con aquella hora melancólica y abrí la ventana de par
en par; quería echar un vistazo antes de bajar. Noté que la ventana debajo
de la mía estaba también abierta, pues oí dos voces conversando, aunque
no pude distinguir qué estaban diciendo.

La voz masculina era muy curiosa; era, como ya les he contado, atiplada y
nasal. Por supuesto, la reconocí al instante. Y la voz que le contestaba
hablaba con un tono dulce que también reconocí al punto. El diálogo duró
sólo un minuto; la desagradable voz masculina reía, creí, con una especie
de sátira demoníaca, y luego se alejó de la ventana, de manera que yo
casi dejé de oírla.

La otra voz seguía cerca de la ventana, pero no tanto como al principio.

No era un altercado; evidentemente no había nada excitante en aquel


coloquio. ¡Qué no habría dado yo para que hubiera sido una trifulca —y
cuanto más violenta mejor—, y haber podido intervenir como enmendador
de entuertos y defensor de la belleza ultrajada! Pero, ¡ay!, si un juez
hubiera tenido que pronunciarse por el carácter de los tonos que oía,
aquellos dos podrían haber sido la pareja más tranquila del mundo. Unos
instantes después, la dama empezó a cantar una extraña chanson. Huelga
recordarles que la voz cantada suena más que la hablada. Así, pude
distinguir perfectamente la letra. El timbre de su voz tenía acaso exquisita
dulzura característica, creo saber, de una mezzosoprano; había una nota

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de patetismo y un poco también de burla, creí detectar, en la entonación.
Me he atrevido a hacer una traducción torpe, pero fidedigna, de la letra:

Muerte y Amor se desposaron y ahora acechan en paciente emboscada; al


despuntar el alba o caer la tarde, moza y mozo se escogen y reúnen.

Ardiente suspiro o gélido aliento enloquece o entumece a él y a ella;


Muerte y Amor a su presa atrapan acechando en paciente emboscada.

—¡Basta ya, madame! —exclamó la voz vieja con brusca severidad—. No


estamos aquí, supongo, para divertir con nuestra música a los criados y
palafreneros.

La voz de la dama rió alegremente.

—Parecéis buscar disputa, madame.

Y el anciano, supuse, cerró la ventana; pero con tal violencia que bien
podría haberse roto algún cristal.

Entre los aislantes menos espesos, el cristal es sin duda el más eficaz. Ya
no oí nada más, ni siquiera el murmullo de su conversación.

¡Qué voz tan encantadora la de aquella condesa! ¡Cómo modulaba, se


amplificaba y temblaba! ¡Cómo me emocionó y me trastornó! ¡Qué lástima
que un viejo grajo destemplado tuviera poder para amedrentar a
semejante Filomena! ¡Qué vida tan contradictoria!, filosofé. ¡Que una
hermosa condesa, con la paciencia de un ángel, la belleza de una Venus y
el talento de todas las Musas, fuera una esclava! Seguro que sabe quién
ocupa el aposento que está encima del suyo; me ha oído subir la ventana.
Fácil adivinar a quién va dirigida su música, viejo celoso, y a quién has
sospechado que va dirigida.

Salí de mi habitación embargado por una agradable emoción y, al bajar al


piso inferior, pasé por la puerta del conde lo más despacio que pude.
Había pocas probabilidades de que la bella cantante apareciera en aquel
momento. Dejé caer mi bastón al suelo del pasillo, junto a su puerta.
Pueden estar seguros de que tardé bastante tiempo en recogerlo; pero la
fortuna no me sonrió. Como no podía pasar toda la noche en aquel pasillo
recogiendo mi bastón, decidí bajar al vestíbulo.

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Consulté el reloj y vi que sólo quedaba un cuarto de hora para el comienzo
de la cena.

En aquellos tiempos todo el mundo renunciaba a sus refinamientos


habituales, pues en las posadas reinaba el más completo desorden; así,
podía ser que algunas personas hicieran en tales circunstancias lo que
nunca habían hecho antes. ¿Sería posible que, por una vez, el conde y la
condesa ocuparan sendos asientos en la mesa común?

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IV. Monsieur Droqville
Abrigando aquella emocionante esperanza, bajé premiosamente los
escalones de la Belle Étoile. Ya se había hecho de noche, y una agradable
luz de luna iluminaba el paisaje. Mi romance se había intensificado desde
mi llegada a la posada, y aquella luz poética no hacía sino potenciar mis
sentimientos. ¡Qué dulce melodrama si ella resultaba ser la hija del conde
y estaba enamorada de mí! ¡Qué deliciosa tragedia, en cambio, si
resultaba ser la esposa del conde!

Con este talante autoindulgente fui abordado por un caballero alto y de


buena planta, que parecía rondar los cincuenta. Tenía un aspecto amable
y donoso, y de sus modales se desprendía un aire de distinción tal que
resultaba imposible no suponer que se trataba de una persona de
abolengo.

Llevaba un rato de pie sobre los escalones, mirando, como yo, los efectos
lunares que transformaban los objetos y los edificios de aquella callejuela.
Me abordó, como he dicho, con esa cortesía a la vez natural y altiva que
caracteriza a un noble francés de la vieja escuela. Me preguntó si no sería
yo por casualidad un tal Mr. Beckett. Yo asentí, e inmediatamente se
presentó como el marqués de Harmonville (esta información me la facilitó
en voz baja) y pidió permiso para ofrecerme una carta de lord R***, quien
conocía algo a mi padre y en otro tiempo me había hecho a mí también
algún pequeño favor.

Puedo asegurar que aquel par de Inglaterra pisaba muy fuerte en el


mundillo político y que su nombre sonaba como el más probable sucesor
para el distinguido puesto de ministro plenipotenciario inglés en París.

Yo recibí la nota con una reverencia, y leí:

Mi querido Beckett:

Me permito presentarle a mi queridísimo amigo el marqués de Harmonville,


quien le explicará la índole de los servicios que quizá esté en su mano

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hacerle a él y a nosotros.

Luego habló del marqués como de un hombre cuya enorme riqueza,


íntimas relaciones con las viejas familias y legítimo influjo en la corte lo
hacían la persona más adecuada para esas misiones amistosas que, para
satisfacer el deseo de su soberano y de nuestro gobierno, tan afablemente
había emprendido.

Mi perplejidad no pudo ser mayor al leer acto seguido:

Por cierto, Walton estuvo aquí ayer, y me dijo que era probable que su
escaño se encontrara seriamente amenazado; no cabe duda, dice, de que
algo se está tramando en Domwell. Sabe que me resulta muy complicado
intervenir, ni aun con la mayor cautela. Pero me permito aconsejarle que
envíe enseguida a Haxton a que averigüe qué es lo que está ocurriendo.
Me temo que sea algo grave. Debería haberle dicho antes que, por
razones que entenderá después, cuando haya hablado con él cinco
minutos, el marqués —de acuerdo con todos nuestros amigos— ha
renunciado a su título durante unas semanas y que se hace llamar
simplemente monsieur Droqville.

En estos momentos me dirijo a la ciudad, y no puedo decir nada más.

Suyo afectísimo,

R***

Estaba completamente desconcertado. Yo no podía presumir de ser amigo


de lord R***. No conocía a nadie llamado Haxton ni, a excepción de mi
sombrerero, a nadie que respondiera al nombre de Walton; y aquel
aristócrata escribía como si fuéramos amigos íntimos… Miré el reverso de
la carta y quedó resuelto el misterio. Para mi gran consternación, pues yo
era simplemente Richard Beckett, se decía lo siguiente:

«Para George Stanhope Beckett, Esq., M. P»

Miré atónito al marqués.

—¿Qué disculpas puedo presentar a monsieur el mar…, a monsieur


Droqville? Es cierto que yo me llamo Beckett, y que conozco, aunque muy

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poco, a lord R***; pero esa carta no va destinada a mí. Yo me llamo
Richard Beckett, mientras que esa carta va dirigida a Mr. Stanhope
Beckett, diputado por Shillingworth. ¿Qué puedo decir, o hacer, en esta
lamentable circunstancia? Solamente puedo darle mi palabra de caballero
de que, para mí, esta carta, que ahora devuelvo, será un secreto tan
inviolado como lo era antes de abrirla. Lamento en lo más profundo que
haya podido producirse semejante error.

Puedo decir que la sinceridad de mi pesar y mi buena fe debían de leerse


en mi semblante con total claridad, pues la mirada de penosa turbación
que durante un buen rato se había asomado al rostro del marqués se
iluminó ahora; éste sonrió amablemente y me tendió la mano.

—No tengo la menor duda de que monsieur Beckett va a respetar mi


pequeño secreto. Como estaba de Dios que se iba a producir un error,
tengo motivos para agradecer a mi buena estrella que se haya producido
ante un caballero de honor. Monsieur Beckett me permitirá, espero, incluir
su nombre en la lista de mis amigos.

Yo le agradecí sinceramente aquellas muestras de amabilidad.

Monsieur —prosiguió—, no sabe lo contento que me sentiría si lograra


convencerle para que vaya a visitarme a Claironville, Normandía, donde
espero ver, el 15 de agosto, a muchos amigos, a los que quizá le
interesará conocer.

Por supuesto, le agradecí efusivamente su hospitalario ofrecimiento.


Continuó:

—Por el momento no puede ver a mis amigos, por los motivos que usted
supone perfectamente, en mi casa de París. Pero monsieur tendrá
seguramente la amabilidad de hacerme saber en qué hotel piensa
albergarse en París; comprobará que, aunque el marqués de Harmonville
se encuentre ausente, monsieur Droqville se va a ocupar igualmente de
usted.

Con renovadas muestras de gratitud, le facilité la información que deseaba


saber.

—Y, entre tanto —prosiguió—, si se le ocurre alguna manera en la que


pueda serle útil monsieur Droqville, sepa que nuestra comunicación no se

20
interrumpirá aquí, y que yo dispondré las cosas de manera que pueda
usted dar conmigo fácilmente.

Me sentía halagadísimo. Estaba claro que, como se suele decir, le había


caído bien al marqués. Este tipo de simpatías a primera vista suele
cristalizar en amistades de larga duración. Tal vez el marqués juzgaba
prudente asegurarse de la buena disposición del involuntario conocedor de
un secreto político, por vago que éste fuera.

Tras despedirse con su especial galanura, desapareció por la puerta que


daba acceso a la Belle Étoile.

Yo permanecí un rato en medio de la escalinata ponderando la nueva


amistad que acababa de hacer. Pero los maravillosos ojos, la
estremecedora voz y la exquisita figura de la bella dama que se había
apoderado de mi imaginación volvieron a imponerse rápidamente sobre
cualquier otra consideración. Así, mi atención volvió a centrarse en la
romántica luna mientras bajaba los escalones. Avancé por mitad de la
calle entre extraños objetos y entre casas antiguas y pintorescas, en un
estado de ensoñación y de reflexión.

A los pocos minutos me hallaba de nuevo en el patio de la posada, donde


ahora reinaba la calma. El lugar ruidoso de una o dos horas antes estaba
ahora completamente en silencio y vacío, salvo algunos carruajes
desperdigados. Tal vez en aquellos momentos se encontraba cenando la
servidumbre. Me sentía especialmente a gusto en medio de aquella
soledad y, sin que nadie me estorbara, dirigí mis pasos hacia el coche de
mi amada, bañado también por la luz de la luna. Permanecí un rato ante
él, lo circunvalé. Me estaba comportando de la manera necia y sentimental
cómo se comporta un adolescente con ocasión de su primer amor. Las
cortinas del vehículo estaban echadas, y las portezuelas, supuse, cerradas
con llave. La claridad de la luna prestaba nitidez a cada objeto y
proyectaba sobre el empedrado la sombra afilada y negra de las ruedas,
los tiros y los muelles. Me planté ahora delante del blasón pintado de la
portezuela que examinara antes con luz solar. Preguntándome cuántas
veces se habrían posado los ojos de ella en el mismo objeto, me sumí en
un sueño encantador. Detrás de mí se oyó una voz sorda:

—¡Una cigüeña roja, qué bien! La cigüeña es un ave de presa; es vigilante,


rapaz y pesca gobios. Y roja… ¡Como la sangre! Ja, ja… Un símbolo muy
apropiado.

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Me había vuelto y estaba mirando el rostro más pálido que jamás había
visto. Era ancho, feo y torvo. Pertenecía a un oficial francés, vestido con el
uniforme de faena, de uno noventa de estatura aproximadamente. Una
pronunciada cicatriz le bajaba de la frente a la nariz, lo que hacía más
siniestro aún aquel rostro repelente.

El oficial alzó la barbilla, enarcó las cejas y, con una risita burlona, agregó:

—En cierta ocasión abatí por mera diversión a una cigüeña que se creía a
salvo en las nubes. —Se encogió de hombros y esbozó una risita
perversa—. Mire, monsieur, cuando un hombre como yo, un hombre de
energía, ¿comprende?, un hombre de una extraordinaria presencia de
ánimo que ha dado la vuelta a Europa debajo de una tienda y, parbleu!, a
veces sin nada que lo cobijara, decide descubrir un secreto, sacar a la luz
un delito, atrapar al ladrón, ensartar a un bandido en la punta de su
espada, es difícil que no lo consiga. ¡Ja, ja, ja! Adieu, monsieur!

Se dio bruscamente la media vuelta y salió del patio con paso marcial.

22
V. Cena en la Belle Étoile
El ejército francés estaba en aquella época de un humor pésimo. Y eran
precisamente los ingleses los que menos probabilidades tenían de
ganarse su simpatía. Sin embargo, era obvio que el caballero cadavérico
que acababa de apostrofar el blasón del carruaje del conde con tan
misteriosa acrimonia no había dirigido su malevolencia contra mí. Estaba
picado por algún antiguo recuerdo y se había marchado encendido en
cólera.

Yo acababa de recibir uno de esos sustos repentinos que tanto nos


sobresaltan cuando, creyéndonos perfectamente solos, descubrimos que
nuestras payasadas han sido observadas de cerca por alguien. En este
caso, el efecto se intensificó con la extrema fealdad de aquel rostro y,
puedo añadir también, por su proximidad, pues creo recordar que casi tocó
el mío. La enigmática arenga de aquella persona, llena de odio y retintín,
aún resonaba en mis oídos. En cualquier caso, vino a alimentar la fecunda
imaginación de un amante.

Era la hora de la cena. Tal vez el chismorreo de los comensales arrojaba


nueva luz sobre el tema que tanto me interesaba…

Entré en el comedor, escudriñando con la vista a aquella pequeña


asamblea, compuesta de unos treinta individuos, en busca de las personas
que tenían un interés especial para mí.

No era fácil conseguir que un personal tan atareado como el de la Belle


Étoile sirviera la cena en los aposentos privados en medio de la gran
confusión reinante a la sazón; y, por tanto, muchas personas a las que no
les gustaba la mesa común podían acabar haciendo de la necesidad virtud
si no querían morirse de hambre.

El conde no se hallaba entre los comensales, ni tampoco su bella


compañera; pero el marqués de Harmonville, a quien no había esperado
ver en un lugar tan público, me señaló, con una sonrisa significativa, una
silla vacía que había a su lado. Yo le obedecí, y él, que pareció

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complacido, empezó a conversar conmigo casi de inmediato.

—Es ésta la primera vez que visita Francia, ¿verdad? —dijo.

Tras confirmarle que así era, prosiguió:

—No debe conceptuarme como una persona demasiado curiosa e


impertinente, pero París es tal vez la capital más peligrosa que pueda
visitar un caballero joven y generoso sin la compañía de un mentor. Si no
tiene a ningún amigo experimentado que lo acompañe durante su visita…
—Hizo una pausa.

Yo le hice saber que no tenía semejante amigo, pero que me mantendría


vigilante; que había visto mucho mundo en Inglaterra y que, imaginaba, la
naturaleza humana era fundamentalmente la misma en todas las partes
del mundo. El marqués sacudió la cabeza mientras esbozaba una sonrisa.

—A pesar de todo, descubrirá que hay grandes diferencias —dijo—. No


cabe duda de que cada nación tiene sus particularidades intelectuales y
morales; particularidades que, entre las clases criminales, generan un
estilo de villanía no menos peculiar. En París, la clase que vive de la
Pillería es tres o cuatro veces mayor que en Londres, y vive mucho mejor.
Algunos de sus miembros hasta vive espléndidamente. Son más
ingeniosos que los granujas londinenses; son más activos e imaginativos,
Y las dotes de comediante, de las que sus compatriotas andan poco
sobrados, están aquí muy extendidas. Estos valiosísimos atributos los
sitúan a un nivel completamente diferente. Esos granujas saben adoptar
los modales de las clases distinguidas y se mueven entre el lujo como pez
en el agua. La mayoría vive del juego.

—Igual que la mayoría de los granujas londinenses.

—Sí, pero de manera muy distinta. Son habitués de ciertos lugares de


juego, billares y otros antros, entre los que destacan las carreras, donde se
apuesta muy alto; y merced a su mayor conocimiento de los juegos de
azar desvalijan a los incautos haciendo trampas, sirviéndose de
compinches, sobornos y otros artificios, que varían según el tipo de
impostura. Pero aquí se hace de una manera más elaborada, y con una
finesse realmente exquisita. Hay gente cuyos modales, comportamiento y
conversación no tienen igual, y viven en casas preciosas en los barrios
más elegantes, con muebles del gusto más refinado y exquisitamente

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lujosos. Algunos de estos individuos imponen respeto incluso a los
burgueses parisienses, que los creen sinceramente personas distinguidas
porque sus costumbres son dispendiosas y lujosas y sus casas son
frecuentadas por extranjeros de campanillas y, en cierto modo también,
por jóvenes necios del beau monde francés. En todas estas casas se
juega fuerte. La supuesta pareja anfitriona raras veces se une al juego; se
limita a facilitar a sus cómplices la manera de desplumar a sus invitados; y
es así como timan y roban a forasteros acaudalados.

—Pero yo he oído hablar de un joven inglés, hijo de lord Rooksbury que


reventó dos mesas de juego parisienses el año pasado, sin ir más lejos.

—Veo —dijo riendo— que usted ha venido aquí a hacer lo mismo. Yo


también, cuando tenía su edad, traté de llevar a término la misma
arriesgada empresa. Para empezar, reuní una suma del orden de
quinientos mil francos; esperaba hacer saltar la banca gracias al simple
procedimiento de doblar siempre la apuesta. Había oído hablar de ello, e
imaginaba que los tramposos que tenía enfrente no sabían nada al
respecto. Sin embargo, luego descubrí que no sólo estaban al corriente del
truco, sino que además habían tomado las debidas precauciones contra el
mismo; y así me vi frenado en mis planes, antes incluso de empezar la
partida, por una regla que impedía doblar la apuesta original más de cuatro
veces consecutivas.

—¿Y esa regla sigue aún en vigor? —pregunté yo, descorazonado.

Mi interlocutor se encogió de hombros con una sonrisa en los labios.

—Por supuesto que sí, mi joven amigo. La gente que vive de un arte
siempre lo entiende mejor que cualquier aficionado. Veo que usted tramó
el mismo plan, y que venía bien provisto para ello.

Le confesé que me había preparado para una empresa de mayor


envergadura aún. Venía con una bolsa de treinta mil libras esterlinas.

—Cualquier conocido de mi queridísimo amigo lord R*** me interesa; y,


además del respeto que siento hacia él, estoy encantado con usted; así
que le ruego perdone mis preguntas y mis consejos tal vez demasiado
indiscretos.

Le di mis más sinceras gracias por su valiosísimo consejo y le rogué

25
tuviera la amabilidad de darme cuantos consejos se le ocurrieran.

—Pues, si quiere un buen consejo —dijo—, deje el dinero en el banco en


que esté. No arriesgue ni un solo napoleón en una casa de juego. La
noche que decidí saltar la banca perdí entre siete mil y ocho mil libras.
Para mi siguiente aventura conseguí introducirme en una de esas
elegantes casas de juego que pasan por ser mansiones privadas de
personas de distinción y me salvó de la ruina un caballero a quien desde
entonces he tratado cada vez con mayor respeto y amistad. Da la
casualidad de que dicho caballero se encuentra ahora en esta casa. He
reconocido a su criado y he ido a visitarle a sus aposentos, donde he
podido comprobar que es el mismo hombre valiente, cortés y honorable
que siempre he conocido. Si no viviera actualmente tan al margen de la
vida social, habría considerado casi un deber el presentárselo. Hace
quince años habría sido el tutor ideal para usted. El caballero de que hablo
no es otro que el conde de St. Alyre. Está entroncado con una familia de
recio abolengo. Es el honor personificado, y el hombre más sensato de
este mundo, si exceptuamos una cosa.

—¿Qué cosa? —vacilé. Ahora estaba profundamente interesado.

—Pues que está casado con una criatura encantadora, a la que lleva al
menos cuarenta y cinco años, y que, aunque creo que sin ningún motivo,
es terriblemente celoso.

—¿Y la dama?

—La condesa creo que es digna en todos los sentidos de un hombre tan
bueno —contestó con un tono algo seco.

—Creo que la he oído cantar esta tarde.

—Sí, me da la impresión de que es una persona con muchas cualidades.


—Tras unos minutos de silencio, prosiguió—: En fin, no debo perderle a
usted de vista, pues me sentiría muy mal si, la próxima vez que vea usted
a mi amigo lord R***, tuviera que decirle que lo han desplumado en París.
Un inglés rico como usted, con una suma tan grande depositada en
bancos de París, joven, alegre y generoso…, hay mil vampiros y arpías
que se pelearán por tener el privilegio de devorarlo.

En aquel momento recibí una especie de codazo de mi vecino de la

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derecha. Un golpe accidental mientras se daba la vuelta en su asiento.

—Por el honor de un soldado, que no hay bicho viviente en esta sala que
sane más deprisa que yo.

El tono con el que dijo esto fue seco y estentóreo, y casi me hizo saltar en
mi asiento. Al volverme reconocí al oficial cuyo rostro ancho y pálido casi
me había asustado en el patio de la posada; se limpió la boca con furor y,
tras beber un trago de Mâcon, prosiguió:

—¡Nadie! ¡No es sangre, sino licor! ¡Milagro! Aparte de la estatura,


tendones, huesos y músculos, y aparte también del valor, por todos los
ángeles de la muerte que pelearía desnudo contra un león y le arrancaría
los dientes de un puñetazo y lo azotaría con su propia cola hasta darle
muerte. Digo que, aparte de estos atributos que me han sido dados, y sin
tener en cuenta que yo valgo por seis hombres en el campo de batalla,
merced a esta excepcional capacidad de cicatrización que poseo, ya
pueden destrozarme, atravesarme, despedazarme con balas de cañón,
que la naturaleza me devolverá mi integridad en menos tiempo que uno de
vuestros sastres remienda una vieja casaca. Parbleu!, caballeros, si me
vieran desnudo, se reirían con ganas… Miren mi mano, un tajo con un
sable en toda la palma, hasta el hueso, que recibí cuando intenté salvar mi
cabeza, suturado con tres puntos, y cinco días después estaba jugando a
la pelota con un general inglés, prisionero en Madrid, contra los muros del
convento de Santa María de la Castidad… ¡En Arcole, por el mismísimo
Lucifer! ¡Aquello sí que fue una batalla! Cada uno de los que allí había,
caballeros, tragó en cinco minutos más humo del que se necesitaría para
que se asfixiaran aquí todos ustedes. En aquella misma ocasión recibí dos
balas de mosquete en los muslos, metralla en la pantorrilla, una lanzada
en mi hombro izquierdo, un fragmento de metralla en mi deltoides
izquierdo, un bayonetazo en el cartílago de las costillas del lado derecho,
un sablazo que me arrancó una libra de carne del pecho, y el trozo mayor
de una espoleta en la frente. ¡No está mal, eh! ¡Ja, ja! Y todo eso en un
periquete. Ocho días y medio después estaba yo haciendo una marcha
forzada, con un pie descalzo, y era otra vez la vida y alma de mi
compañía, y estaba más fresco que una lechuga.

—Bravo, bravissimo! Per Bacco, ecco un galant’uomo! — exclamó con


marcial éxtasis un italiano bajito y regordete que fabricaba mondadientes y
cunas de mimbre en la isla de Nôtre Dame—. ¡Sus hazañas serán
celebradas en toda Europa! ¡La historia de estas guerras debería

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escribirse con su sangre!

—¡Bah! ¡No tiene importancia! —exclamó el soldado—. El otro día, en


Ligny, donde hicimos de los prusianos cien mil billones de átomos, un
trozo de obús me atravesó la pierna y me abrió una arteria. La sangre me
brotaba como por una chimenea, y en medio minuto había perdido la
suficiente como para llenar un jarro. Un minuto después debería haber
expirado si no me hubiera arrancado el fajín en un santiamén, lo hubiera
atado a mi pierna por encima de la herida y hecho un par de nudos,
cortando así la hemorragia y salvando mi vida. Pero sacré bleu, caballeros,
había perdido demasiada sangre y desde entonces estoy más pálido que
el culo de un plato. Pero no importa. Todo eso son simples menudencias.
La sangre está bien derramada, caballeros. —Dicho lo cual, se concentró
en su botella de vin ordinaire.

El marqués había cerrado los ojos y me pareció resignado y asqueado


todo el tiempo que duró la escena.

—Garçon!— dijo luego el oficial, volviéndose en su silla para llamar al


camarero. Por primera vez hablaba en voz baja—. ¿Quién ha venido en
ese carruaje amarillo oscuro y negro estacionado en mitad del patio, con
armas y tenantes blasonados en la portezuela y una cigüeña más roja que
mis hazañas?

El camarero no lo sabía.

El excéntrico oficial, cuya mirada se había vuelto de repente torva y grave,


parecía haber delegado en otros comensales la tarea de dirigir la
conversación general. De forma aparentemente accidental, se fijó ahora en
mí.

—Perdone, monsieur —dijo—; pero ¿no le he visto por casualidad hace un


rato examinar junto a mí el escudo de armas de ese vehículo? ¿Me puede
decir quién llegó en él?

—Yo diría que el conde y la condesa de St. Alyre.

—¿Y están aquí, en la Belle Étoile? —preguntó.

—Sí, se alojan en el primer piso —contesté.

Hizo ademán de levantarse, apartando ligeramente la silla de la mesa.

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Pero enseguida volvió a sentarse, y pude oírle perjurar y mascullar insultos
para sus adentros con ceño fruncido y huraño. No habría sabido decir si
estaba alarmado o furioso.

Me volví para decir un par de cosas al marqués, pero éste se había


marchado. Otras personas se habían retirado igualmente, y la partida de
los comensales no tardó en dispersarse.

Dos o tres tarugos de leña ardían en el fuego, pues la noche se había


vuelto fría. Fui a sentarme junto a la chimenea, en un gran sillón de roble
esculpido que tenía un respaldo maravillosamente alto y que parecía más
viejo que Matusalén.

—Garçon— dije—. ¿Podría decirme quién es ese oficial? —Es el coronel


Gaillarde, monsieur.

—¿Viene a menudo por aquí?

—Sólo ha venido una vez antes, monsieur. Hace un año se alojó aquí
durante una semana aproximadamente.

—Es el hombre más pálido que he visto en mi vida.

—Eso es bien cierto, monsieur; más de una vez lo han confundido con un
aparecido.

—¿Me puede servir una botella de borgoña, que sea bueno de verdad?
—Puedo traerle el mejor borgoña de Francia, monsieur—. Haga el favor de
poner la botella sobre esa mesa, y un vaso al lado.

¿Puedo quedarme aquí una media hora?

—Naturalmente, monsieur.

Me sentía muy a gusto; el vino era excelente, y mi pensamiento


resplandeciente y sereno. «¡Ah, mi bella condesa! ¿No nos vamos a
conocer nunca?».

29
VI. Un sable desenvainado
A un hombre que ha viajado todo el día en la posta, ha cambiado de clima
cada media hora, se siente a gusto consigo mismo, no tiene ninguna
preocupación y está sentado solo junto al fuego en un confortable sillón
tras haber cenado en abundancia se le puede perdonar perfectamente si
echa una cabezadita.

Había llenado mi cuarto vaso cuando caí dormido. Debo señalar que mi
cabeza estaba inclinada en una postura incómoda; además, todo el mundo
sabe que la cocina francesa no es el mejor aperitivo para un sueño
apacible.

Tuve un sueño mientras echaba aquella cabezada junto a la lumbre.

Me encontraba en una catedral inmensa, sin otra luz que la que provenía
de los cuatro cirios colocados en las esquinas de una especie de estrado
cubierto por un paño negro, sobre el que, envuelto también con tela negra,
yacía el que me pareció ser el cadáver de la condesa de St. Alyre. El lugar
parecía vacío, hacía frío, y mi vista sólo alcanzaba (al tenue resplandor de
los cirios) hasta un pequeño radio.

Lo poco que veía tenía ese carácter sobrio del estilo gótico y ayudaba a mi
imaginación a dar forma y amueblar el vacío negro que me abismaba. Oí
un sonido parecido al paso lento de dos personas avanzando por la
enlosada nave lateral. Un eco apagado daba idea de la vastedad del lugar.
Me embargaba una horrible sensación de expectación, y me llevé un susto
de espanto cuando el cuerpo que yacía sobre el catafalco (sin moverse),
me dijo con una voz susurrante que me dejó helado: «Vienen a enterrarme
viva. ¡Por favor, sálveme!».

Noté que no podía ni hablar ni moverme. Estaba paralizado por el miedo.

Las dos personas que se acercaban salieron entonces de la oscuridad.


Una, el conde de St. Alyre, se deslizó hacia la cabeza de la figura, sobre la
que posó sus manos largas y delgadas. Otra, el coronel de semblante

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pálido marcado por una cicatriz, en el que se dibujaba una sonrisita de
triunfo infernal, colocó las manos bajo los pies de la joven y entre los dos
empezaron a levantarla.

Rompiendo el hechizo con un esfuerzo descomunal, me puse de pie y


proferí un grito ahogado.

Estaba perfectamente despierto, pero el rostro ancho e inicuo del coronel


Gaillarde me estaba mirando, pálido como la muerte, desde el otro lado de
la lumbre.

—¿Dónde está ella? —exclamé con un estremecimiento.

—Eso depende de a qué ella se refiera, monsieur —contestó secamente el


coronel.

—¡Cielo santo! —exclamé con la respiración entrecortada y mirando a mi


alrededor.

El coronel, que me estaba mirando con sarcasmo, se había tomado una


demi—tasse de café noir, y ahora estaba bebiendo su copa, de la que
emanaba un agradable aroma de coñac.

—Me quedé dormido y he estado soñando —dije, temeroso de que se me


hubiera escapado alguna palabra ofensiva por el papel que él había
desempeñado en mi sueño—. Durante unos instantes no sabía ni quién
era yo.

—Usted es el joven caballero que está hospedado encima del conde y la


condesa de St. Alyre, ¿no es cierto? —dijo entornando un ojo con aire
pensativo y mirándome fijamente con el otro ojo.

—Así lo creo; sí, así es —contesté.

—Bueno, jovencito, procure no tener sueños peores que los que ha tenido
esta noche —dijo con tono enigmático mientras meneaba la cabeza con
una risita entre dientes—. Sueños peores —repitió.

—¿Qué quiere decir el señor coronel? —pregunté.

—Estoy tratando de descubrirlo por mí mismo —dijo—; y creo que lo


conseguiré. Cuando tenga sujeta una punta del hilo entre el índice y el

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pulgar, por mucho trabajo que me cueste seguiré el hilo tramo a tramo,
poco a poco, de esta y esa manera, por arriba y por abajo, de un lado a
otro, hasta que todo el hilo quede bien liado en mi pulgar y logre dar con la
otra punta, con su correspondiente secreto. Ingenioso, ¿no? ¡Más astuto
que cinco zorros juntos! ¡Más despierto que una comadreja! Parbleu! Si no
me hubiera importado rebajarme, habría hecho fortuna como espía. ¿Es
bueno el vino de aquí? —dijo con una mirada inquisitiva hacia mi botella.

—Más que bueno —dije—. ¿Quiere un vaso el señor coronel?

Tomó el mayor que encontró, lo llenó, lo alzó con una reverencia y lo bebió
despacio.

—¡Ah, bah! ¡No es de lo mejor, ni mucho menos! —exclamó con cierto


desprecio, pero volviéndolo a llenar—. Debería haberme dicho que le
pidiera un borgoña, y no le habrían traído esta pócima.

Me libré de aquel hombre tan pronto como me lo permitió la buena


educación y, calándome el sombrero, salí sin otra compañía que mi recio
bastón. Visité el patio y miré hacia las ventanas de la condesa. Por
desgracia, estaban cerradas, y ni siquiera tuve el pequeño consuelo de
contemplar la misma luz que estaba contemplando en aquel momento la
hermosa dama mientras escribía, leía, o permanecía sentada en su sillón
pensando en… quienquiera que fuese.

Acepté aquella grave privación con la mayor resignación que pude y decidí
darme una vueltecita por la población. No les aburriré con efectos de luz
de luna ni con las ensoñaciones de un hombre que se ha enamorado
instantáneamente de un hermoso rostro. Diré simplemente que mi paseo
duró una media hora y que, cuando volvía dando un pequeño rodeo, me
encontré en una placita bordeada de casas con gabletes y en cuyo centro
se erguía, sobre un pedestal, una estatua de piedra desgastada por varios
siglos de lluvia. Estatua que estaba mirando también un hombre delgado y
bastante alto, a quien reconocí al instante: no era otro que el marqués de
Harmonville, que me reconoció a su vez casi inmediatamente. Dio unos
pasos en mi dirección y dijo encogiéndose de hombros y riendo:

—Le sorprenderá encontrar a monsieur Droqville mirando esa vieja figura


de piedra a la luz de la luna. Pero algo hay que hacer para matar el
tiempo. Como veo, también usted padece ennui. Estas pequeñas
poblaciones de provincia… ¡Cielo santo, qué fuerte hay que ser para vivir

32
en ellas!… Sólo sería capaz de renegar de una buena amistad hecha en
mis años jóvenes si para cultivarla me obligaran a vivir en semejantes
lugares. Supongo que sigue usted mañana su viaje a París…

—He pedido caballos.

—Yo espero una carta, o una llegada. Cualquiera de las dos cosas me
sacarían de aquí. Pero no puedo decir cuándo se producirá ese
acontecimiento.

—¿Puedo ayudarle de alguna manera para acelerar su partida? —me


ofrecí.

—Me temo que no, monsieur. Pero le doy mil gracias. Es una obra en la
que todos los papeles están ya repartidos. Yo soy un simple aficionado, y
sólo la amistad me ha empujado a tomar parte en ella.

Siguió hablando un rato mientras volvíamos despacio hacia la Belle Étoile;


luego se produjo una pausa, que yo aproveché para preguntarle si sabía
algo del coronel Gaillarde.

—¡Ah, sí, cómo no! Está un poco loco; ha recibido algunas heridas
peligrosas en la cabeza. Solía dar un tostón espantoso al personal del
Departamento de la Guerra. Tiene la cabeza constantemente llena de
pájaros. Le buscaron un empleo, sin ningún cargo de responsabilidad, por
supuesto; pero en su famosa campaña, Napoleón, que no podía prescindir
de nadie, lo puso al mando de un regimiento. Siempre fue un combatiente
temerario, de esos que tanto se valoraban entonces.

Hay, o había, en esta ciudad, otra posada llamada L’Écu de France. El


marqués se detuvo en su puerta, me dio las buenas noches de manera
misteriosa y desapareció.

Mientras proseguía premiosamente hacia mi posada, me tropecé, en la


sombra de una hilera de álamos, con el garçon que me había servido el
borgoña una hora antes. Iba pensando en el coronel Gaillarde y, cuando el
pequeño camarero pasó a mi lado, le hice señas de que se detuviera.

—Me ha dicho antes, si no recuerdo mal, que el coronel Gaillarde paró en


la Belle Étoile durante una semana hace cierto tiempo.

—Sí, monsieur.

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—¿Está en su sano juicio?

El camarero puso ojos de plato.

—Desde luego, monsieur.

—¿Nunca ha sospechado nadie que esté loco?

—Nunca, monsieur. Es un poco alborotador, pero un hombre muy astuto


también.

—No sabe uno a qué atenerse —mascullé entre dientes mientras me


alejaba.

Ya se veían las luces de la Belle Étoile. En la puerta, iluminado por la luna,


había un coche tirado por cuatro caballos, y en el vestíbulo estaba
teniendo lugar un furioso altercado. Los berridos del coronel Gaillarde se
imponían a cualquier otro sonido.

A casi todos los jóvenes les gusta, cuando menos, presenciar una
algarada. Pero, intuitivamente, sentí que ésta me iba a interesar a mí de
manera especial. Hice corriendo los cincuenta metros que me separaban
de allí y me encontré en el vestíbulo de la vieja posada. El actor principal
de aquel extraño drama era, en efecto, el coronel, que estaba plantado
ante el viejo conde de St. Alyre, vestido con su traje de viaje, y con su
bufanda de seda negra cubriéndole la parte inferior del rostro. Resultaba
evidente que se había visto interceptado cuando se disponía a subir a su
coche. Un poco por detrás del conde estaba la condesa, también con
atavío de viaje; llevaba el rostro cubierto por su espeso velo negro, y sus
delicados dedos sostenían una rosa blanca. Imposible concebir una efigie
más diabólica del odio y la furia que la personificada por el coronel. Se le
notaban en la frente sus venas nudosas, tenía los ojos desencajados, le
rechinaban los dientes y acompañaba sus denuncias estentóreas con
zapatazos contra el suelo y molinetes con su sable.

El dueño de la Belle Étoile estaba tratando de calmar al coronel. Dos


camareros, pálidos de terror, contemplaban la escena impotentes. El
coronel no dejaba de berrear manteniendo la espada en alto.

—No creía a mis ojos cuando reconocí el ave de presa roja. No podía
creer que tuvieran la audacia de viajar por la ruta nacional, alojarse en una

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posada honrada y cobijarse bajo el mismo techo que otros hombres
honrados. ¡Pareja de vampiros, de lobos, de demonios! ¡Llamad a los
gendarmes, deprisa! Por san Pedro y Lucifer que, si alguno de los dos
trata de salir por esa puerta, le rebanaré la cabeza.

Permanecí unos segundos estupefacto. ¡Qué oportunidad tan buena se


me brindaba! Me acerqué a la dama, la cual, con aire desencajado, me
agarró del brazo.

—¡Oh, monsieur! —susurró en medio de su agitación—. Este horrible


loco… ¿Qué podemos hacer? No quiere dejarnos pasar. Va a matar a mi
marido.

—No tema nada, madame —contesté con romántica devoción; e,


interponiéndome entre el conde y Gaillarde, que no dejaba de lanzar
invectivas, grité:

—¡Sujete su lengua y despeje el camino, rufián, matón, cobarde!

La dama dejó escapar un grito leve, que recompensó con creces el riesgo
que yo corría, mientras la espada del frenético soldado, tras una pausa de
indecisión, silbaba en el aire para abatirme.

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VII. La rosa blanca
Yo era demasiado rápido para el coronel Gaillarde. Mientras él levantaba
su espada, sin importarle otra cosa que no fuera mi condigno castigo, y
plenamente decidido a partirme la crisma en dos, yo lo golpeé en la
cabeza con mi macizo bastón; y, mientras él retrocedía, tambaleándose, le
asesté otro golpe, casi en el mismo lugar, que dio con sus huesos en el
suelo, donde quedó aparentemente muerto.

No me importó ninguno de sus galones militares, ni si estaba vivo o


muerto; tal era el vendaval de deliciosas y diabólicas emociones que
sentía dentro de mí.

Rompí su espada bajo mis pies y lancé los trozos a la calle. El viejo conde
de St. Alyre salió disparado, sin mirar a derecha ni izquierda ni dar las
gracias a nadie, en dirección de la puerta, bajó los escalones y
desapareció en el interior de su coche. En un santiamén corrí al lado de mi
bella condesa, abandonada así a su suerte; le ofrecí mi brazo, que ella
aceptó, y la conduje hasta el coche. Entró en él, y yo le cerré la portezuela.
Todo sin mediar una sola palabra.

Estaba a punto de preguntarle si tenía alguna orden con la que honrarme


(mi mano reposaba sobre el borde inferior de la ventanilla, que estaba
abierta).

La mano de la dama se posó sobre la mía, tímida pero nerviosa. Sus


labios casi tocaron mi mejilla al decirme apresuradamente:

—Puede ser que no vuelva a verle, y ¡ay!, que pueda olvidarlo. Váyase.
Adiós. ¡Por el amor de Dios, váyase!

Yo apreté su mano durante unos segundos. Ella la retiró, pero colocó en la


mía la rosa que había estado entre sus dedos durante la agitada escena
que acabábamos de vivir.

Todo aquello se produjo mientras el conde impartía órdenes, suplicaba y

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maldecía a sus criados, que estaban algo achispados y no habían asistido
a la dramática escena, como mi conciencia me insinuó después, a
consecuencia de mi ingeniosa idea. Éstos ocuparon ahora sus puestos
con la agilidad que produce la desazón. Los látigos de los postillones
chasquearon, los caballos empezaron a moverse y el coche se fue
alejando con su preciosa carga por la pintoresca calle principal, en medio
del claro de luna, rumbo a París.

Yo permanecí inmóvil sobre el pavimento hasta que se perdió del todo en


lontananza.

Con un profundo suspiro, me di la vuelta, con la rosa blanca doblada en mi


pañuelo, mi pequeña prenda de despedida, mi favor secreto, dulce y
precioso que ningún ojo mortal, más que el suyo y el mío, había visto
pasar de una mano a otra.

El solícito dueño de la Belle Étoile y sus ayudantes levantaron al héroe


herido en mil batallas, lo apoyaron contra la pared, apuntalándolo a cada
lado con baúles y almohadas, e introdujeron un vaso de coñac, que fue
debidamente apuntado en su cuenta, en su gran boca, donde por primera
vez aquel delicioso elixir no fue ingurgitado desaforadamente.

Se mandó llamar a un pequeño cirujano militar de unos sesenta años, de


cabeza calva y con gafas, que había amputado ochenta y siete piernas y
brazos tras la batalla de Eylau, y se había retirado con su espada y su
sierra, sus laureles y sus escayolas a esta su ciudad natal. Al principio
creyó que el cráneo del arrojado coronel se había fracturado; en cualquier
caso había una conmoción en la sede del pensamiento, y, pese a su
extraordinaria capacidad autocurativa, había motivos sobrados para
mantenerlo fuera de combate durante al menos un par semanas.

Yo empecé a sentir cierta inquietud. Qué lástima si aquella excursión mía,


en la que iba decidido a hacer saltar bancas y romper corazones (y, como
ven, también cabezas), acababa en el cadalso o en la guillotina. En
aquellos tiempos de inestabilidad política no estaba claro cuál era el
procedimiento en vigor para castigar a los criminales.

El coronel fue conducido a su habitación roncando apopléjicamente.

Vi al posadero en la sala en la que habíamos cenado. Cuando se emplea


algún tipo de fuerza para conseguir un objetivo importante, no se puede

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andar especulando ni escatimando medios económicos. Mejor pasarse por
mil que quedarse a un milímetro de la meta. Yo sentí esto de manera
instintiva.

Pedí una botella del mejor vino que había en la posada; invité al posadero
a compartirlo conmigo, en la proporción de dos vasos a uno, y luego le dije
que no debía rechazar un insignificante souvenir de un huésped que había
quedado encantado de todo lo que había visto en la famosísima Belle
Étoile. Dicho lo cual, coloqué en su mano treinta y cinco napoleones, al
tacto de los cuales su semblante, hasta entonces poco simpático, se tornó
radiante, mientras su talante distante se trocaba en amigable; así, mientras
se llevaba apresuradamente las monedas a los bolsillos, quedaba claro
que entre nosotros dos se habían instaurado unas relaciones muy
cordiales.

Inmediatamente saqué a relucir el tema de la cabeza rota del coronel.


Ambos convenimos en que, si yo no hubiera dado aquel certero
bastonazo, el militar habría decapitado a la mitad de los huéspedes de la
Belle Étoile. No hubo un solo camarero de la posada que no estuviera
dispuesto a corroborar bajo juramento la veracidad de aquella afirmación.

El lector supone sin duda que yo tenía otros motivos, además del deseo de
escapar de las fastidiosas pesquisas judiciales, para desear reanudar
cuanto antes mi viaje a París. Como comprenderá cuál no sería mi horror
al saber que, ni por ruegos ni por dinero, no había manera alguna de
conseguir caballos aquella noche. El último par de la ciudad lo había
reservado el Écu de France, para un caballero que había almorzado y
cenado en la Belle Étoile y que tenía que continuar hacia París aquella
misma noche.

¿Quién era aquel caballero? ¿Había marchado ya? ¿No se le podría


convencer para que aguardara hasta el día siguiente?

El caballero se encontraba ahora en sus habitaciones recogiendo su


equipaje, y su nombre no era otro que el de monsieur Droqville.

Subí rápidamente a mi cuarto, donde encontré a mi criado St. Clair. Al


verlo, mis pensamientos cambiaron unos instantes de rumbo.

—Y bien, St. Clair, dime ahora quién es esa dama —le conminé.

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—Esa dama es la hija o esposa, no importa cuál de las dos cosas sea, del
conde de St. Alyre, el anciano caballero que ha estado tan a punto de ser
troceado esta noche, según me han referido, por la espada del general a
quien monsieur ha tenido la suerte de mandar a la cama con un buen
ataque de apoplejía.

—¡Cierra el pico, idiota! Ese hombre estaba más borracho que una cuba.
Está mohíno; puede decir lo que quiera, ¿a quién le importa? Recoge
todas mis cosas. ¿Dónde se hospeda monsieur Droqville?

Por supuesto que lo sabía; siempre lo sabía todo.

Media hora después, monsieur Droqville y yo viajábamos juntos rumbo a


París, en mi coche de camino y con sus caballos. Al cabo de un rato me
aventuré a preguntarle al marqués de Harmonville si la dama que
acompañaba al conde era de verdad la condesa.

—¿No tiene una hija?

—Sí; eso creo. Es una joven muy hermosa y encantadora. No puedo


contestarle con exactitud. Quizá era ella. Es hija de un matrimonio anterior.
Hoy sólo he visto al conde.

Al marqués le estaba entrando la modorra y, poco después, cayó


completamente dormido en su rincón. Yo también daba algunas
cabezadas; pero el marqués dormía como un tronco. No se despertó, y
sólo durante un par de minutos, hasta la siguiente posta, donde había
tenido la suerte de conseguir caballos mandando por delante a su criado,
según me dijo.

—Perdone que sea un compañero tan aburrido —dijo—; llevaba más de


sesenta horas sin dormir. Tomaré aquí una taza de café; ya he echado un
sueñecito. Permítame que le recomiende que haga usted lo mismo: el café
de aquí es realmente bueno.

Ordenó dos tazas de café expreso y esperó con la cabeza asomada por la
ventana.

—Guardaremos las tazas —dijo al camarero que le traía las tazas—. Y la


bandeja. Gracias.

Hubo un pequeño retraso mientras él abonaba aquellas cosas; luego pasó

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al interior del vehículo la pequeña bandeja y me ofreció una taza de café.

Como yo le dije que no necesitaba la bandeja, él se la colocó sobre las


rodillas para que le sirviera de mesa en miniatura.

—No soporto que me esperen los camareros mientras bebo el café


—dijo—. Me gusta saborearlo tranquilamente.

Asentí. Era realmente un café buenísimo.

—Al igual que monsieur el marqués, yo he dormido muy poco durante las
dos o tres últimas noches; y me cuesta mucho trabajo mantenerme
despierto. Este café hará maravillas en mí; ya me siento como nuevo.

Nos pusimos en marcha antes de haber apurado las tazas.

Durante un rato el café nos volvió parlanchines, y la conversación se


animó.

El marqués era extremadamente simpático, además de hábil, y me hizo


una brillante y divertida descripción de la vida parisiense, con sus peligros
y seducciones, presentando su retrato de manera que se me quedaran
bien grabadas algunas enseñanzas de orden práctico.

A pesar de las historias divertidas y curiosas que contó el marqués, llenas


de sal y de colorido, me fueron entrando unas ganas terribles de dormir.

El marqués, que notó esto, se resignó afablemente a que nuestra


conversación fuera decayendo. Su ventanilla iba abierta. Primero arrojó su
taza por ella, luego la mía, y finalmente hizo lo propio con la pequeña
bandeja, que oí chocar contra la calzada. Un valioso hallazgo, a no
dudarlo, para algún campesino madrugador. Me acomodé en mi rincón;
tenía mi querido souvenir —mi rosa blanca— cerca del corazón, envuelto
ahora en papel blanco. Éste me inspiraba toda una gama de sueños
románticos. Empecé a sentir el peso del sueño, pero sin llegar nunca a
perder la conciencia del todo. Desde mi rincón seguía visualizando en
diagonal, con los ojos semientornados, el interior del coche. Deseaba con
todas mis fuerzas conciliar el sueño, pero la barrera entre la vigilia y éste
se me antojaba absolutamente infranqueable, y así entré en un estado de
somnolencia completamente nuevo e indescriptible.

El marqués cogió del suelo su valija, la colocó sobre sus rodillas, la abrió y

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sacó la que resultó ser una lámpara, que sujetó con dos pinzas en la
ventanilla opuesta. La encendió con una cerilla, se caló las lentes y sacó
un fajo de cartas, que se puso a leer con mucha atención.

Avanzábamos muy lentamente. En mi impaciencia, yo había empleado


hasta entonces cuatro caballos por etapa. Pero, en aquella emergencia,
podíamos considerarnos afortunados de haber encontrado dos. Con todo,
la diferencia de velocidad resultaba deprimente.

Acabó pareciéndome aburrida la visión del marqués leyendo con sus


lentes caladas, doblando y guardando las cartas una a una. Me esforcé
por poner fin a aquella imagen fatigosa, pero algo me impedía cerrar los
ojos del todo. Volví a intentarlo, pero estaba claro que había perdido la
capacidad de cerrarlos.

Me habría restregado los ojos, pero ni siquiera podía mover una mano; mi
voluntad no mandaba ya sobre mi cuerpo. Descubrí que me resultaba tan
difícil mover cualquier articulación o músculo como, por ejemplo, haber
intentado, por un acto de voluntad insólito, hacer volcar el carruaje. Hasta
entonces no había experimentado ninguna sensación de terror. Fuera lo
que fuera, aquello no se podía equiparar con una simple pesadilla.
¡Empecé a asustarme de verdad! ¿Estaría padeciendo algún ataque?

Era horrible ver cómo mi afable compañero seguía dedicándose a sus


ocupaciones rutinarias cuando podría haber ahuyentado mis horrores con
un simple sacudimiento.

Hice un esfuerzo sobrehumano por gritar; pero nada. Repetí el esfuerzo


varias veces, con el mismo resultado.

Mi compañero había vuelto a empaquetar sus cartas y estaba mirando por


la ventanilla mientras tarareaba el aria de una ópera. Echó hacia atrás la
cabeza y dijo, volviéndose hacia mí:

—Sí, ya se ven luces; llegaremos dentro de unos minutos.

Me miró más de cerca y, con una sonrisa afable, y un pequeño


encogimiento de hombros, dijo:

—¡Pobrecillo! ¡Qué cansado debe de estar! ¡Qué sueño tan profundo le ha


entrado! Cuando se detenga el coche seguro que se despertará.

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Luego colocó nuevamente las cartas en la valija, la cerró, se metió las
lentes en el bolsillo y volvió a mirar por la ventana.

Entramos en una pequeña población. Supongo que serían las dos de la


madrugada. El coche se detuvo. Vi abrirse la puerta de una posada, de la
que salía luz.

—¡Ya hemos llegado! —dijo mi compañero, volviéndose alegremente


hacia mí—. Pero no me desperté.

—Sí, ¡qué cansado debe de estar! —exclamó tras haber esperado una
respuesta de mi parte.

Mi criado se acercó a mi portezuela y la abrió.

—Tu amo duerme profundamente. ¡Está tan cansado! Sería una crueldad
molestarle ahora. Tú y yo nos retiraremos mientras cambian los caballos, y
tomaremos un piscolabis. Le traeremos algo a monsieur Beckett, pues, en
cuanto se despierte, seguro que va a morirse de hambre.

Despabiló la llama y echó más aceite a la lámpara. Extremando el cuidado


para no despertarme, salió tras dirigirme a mí otra sonrisa amable y a mi
criado otra palabra de precaución. Lo oí conversar con St. Clair mientras
entraban en la posada. Entre tanto, yo quedaba abandonado en el mismo
rincón y en la misma postura.

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VIII. Una visita de tres minutos
En varias ocasiones de mi vida he sufrido fuertes y largos dolores
corporales, pero, gracias a Dios, no había padecido nunca nada parecido a
aquella tortura, ni lo padecería tampoco después. Espero con toda el alma
que no se parezca a ninguno de los tipos de muerte que pueden
acaecernos. Me sentía como un alma encarcelada, y mi angustia, muda e
inmóvil, era inenarrable.

El poder del pensamiento seguía claro y activo. Un lúgubre terror se había


apoderado de mi espíritu. ¿Cómo terminaría aquello? ¿Era realmente la
muerte?

He de señalar que mi facultad de observar no había sufrido merma alguna.


Podía oír y ver todo con la nitidez habitual. Simplemente, ocurría que mi
voluntad había, por así decir, perdido el control de mi cuerpo.

Ya he dicho que el marqués de Harmonville no había apagado su lámpara


de coche al entrar en la posada de aquella aldea. Yo escuchaba
atentamente, esperando con ansia su regreso: algún accidente afortunado
haría que yo despertara de mi catalepsia.

Sin ruido alguno de pasos que anunciaran una llegada inminente, la


portezuela del coche se abrió de repente, y una persona desconocida
entró silenciosamente y cerró la portezuela.

La lámpara daba una luz parecida a la de una vela, por lo que vi al intruso
perfectamente. Era un hombre joven con un holgado abrigo gris oscuro y
una especie de capucha, que le cubría la cabeza. Al moverse, creí
distinguir bajo la capucha la cinta dorada de una gorra militar. También vi,
con perfecta nitidez, los galones y botones en las puñetas de la guerrera,
fáciles de distinguir bajo las amplias mangas del holgado abrigo.

El joven llevaba un espeso mostacho y una pequeña mata de pelo bajo el


labio inferior; también vi una cicatriz roja que le atravesaba la mejilla desde
los labios.

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Entró, cerró la puerta suavemente y se sentó a mi lado. Todo esto lo hizo
en un abrir y cerrar de ojos; luego, inclinándose hacia mí y poniéndose en
visera su mano enguantada, me examinó de cerca la cara durante unos
segundos.

Este hombre había entrado con el sigilo de un fantasma, y todo lo hacía


con rapidez y decisión, lo que indicaba un plan bien definido y establecido
de antemano. Sus propósitos eran a todas luces siniestros. Yo pensé que
iba a robarme y, quizá, a asesinarme. Pero yo no era más que un cuerpo
inerte en sus manos. Deslizó una mano en el bolsillo de mi chaqueta, del
que sacó mi preciosa rosa blanca y todas las cartas que había, entre las
que figuraba un documento de especial importancia para mí.

A las cartas les echó un vistazo somero. Era obvio que no era aquello lo
que buscaba. Mi preciosa rosa la dejó también a un lado. Lo que le
interesaba era, a todas luces, el documento a que acabo de referirme; lo
desplegó y, con un lápiz, empezó a tomar rápidas notas sobre su
contenido en un pequeño cuaderno de bolsillo.

Este hombre parecía trabajar con la celeridad sigilosa y fría propia de un


agente secreto.

Colocó los papeles en el mismo orden en que los había encontrado, los
volvió a meter en mi bolsillo y desapareció.

Su visita, según mis cálculos, no duró más de tres minutos.


Inmediatamente después de su desaparición oí nuevamente la voz del
marqués. Entró en el coche y vi cómo me miraba esbozando una sonrisa,
medio envidiándome, creo, por un sueño tan profundo. Ah, si hubiera
sospechado…

Volvió a sumirse en la lectura y clasificación de sus papeles a la luz de la


lámpara que acababa de coadyuvar a las maquinaciones de un espía.
Ahora estábamos ya fuera de la población y proseguíamos el viaje a la
misma velocidad moderada. El lugar donde había recibido la visita de
aquel agente secreto, como podríamos denominarlo, se debía de hallar a
unas dos leguas de distancia cuando de repente sentí un extraño palpitar
en un oído y la sensación de que el aire pasaba por él y se alojaba en la
garganta. Parecía como si una burbuja de aire, formada en el oído, se
hinchara y explotara en él. La tensión indescriptible del cerebro pareció

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ceder de inmediato; noté un extraño zumbido en la cabeza y una especie
de vibración en todos los nervios del cuerpo, como ocurre con un miembro
que, según la frase popular, se ha dormido. Exhalé un grito y me quedé
medio levantado en mi asiento, donde me dejé caer luego temblando, con
una sensación de debilidad mortal.

El marqués se me quedó mirando, me cogió la mano y me preguntó con


aire serio si estaba enfermo. Sólo pude contestarle con un gemido
profundo.

Poco a poco el proceso de restablecimiento fue tocando a su fin; y así


pude, aunque muy débilmente, decirle lo enfermo que me había sentido.
Asimismo le puse al corriente de la violación de mis cartas durante su
ausencia.

—¡Cielo santo! —exclamó—. Ese bellaco no habrá tocado mi valija…

Le dije que, por lo que yo había podido observar, podía estar tranquilo a
ese respecto. Él colocó la valija a su lado, sobre el asiento, la abrió y
examinó su contenido minuciosamente.

—Sí, no hay nada que temer. Todo en su sitio, gracias a Dios


—masculló—. Daría cualquier cosa para que ciertas personas no leyeran
nunca media docena de cartas que llevo aquí.

Luego me preguntó con gran solicitud por el mal que me había


sobrevenido. Cuando le hube contado todo, me dijo:

—Un amigo mío me dijo en cierta ocasión que era posible un ataque como
el que ha sufrido usted. A él le sobrevino a bordo de un barco, a resultas
de un estado de especial excitación. Era un hombre valiente como usted; y
había tenido que hacer valer a la vez su fuerza y su coraje. Una o dos
horas después, el cansancio se apoderó de él y pareció caer en un sueño
profundo. Se sumió en un estado que luego describió igual que usted, lo
que me hace pensar que se trata de la misma clase de ataque.

—Me alegra saber que no he sido el único. ¿Padeció una recaída?

—Traté con él después durante muchos años, y nunca me habló de tal


cosa. Lo que me sorprende es el paralelismo de las causas propiciadoras
del ataque. El inesperado y valiente combate, en condiciones tan

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desfavorables para usted, con un espadachín experimentado, como es ese
demente coronel de dragones, el cansancio y, finalmente, la forma como
ha cedido, como mi otro amigo, al sueño.

»Me gustaría —prosiguió— descubrir quién fue ese coquin que espió sus
cartas. Pero no vale de nada volvernos ahora porque no conseguiríamos
enterarnos de nada. Esa gente siempre actúa con mucha habilidad. Sin
embargo, estoy casi convencido de que debió de ser un agente de policía.
Si se hubiera tratado de cualquier otro tipo de facineroso, de seguro que le
habría robado.

Yo hablaba muy poco, pues me sentía débil y agotado, pero el marqués


seguía distrayéndome con su amable conversación.

—Hemos intimado tanto —dijo al final— que debo recordarle que por el
momento no soy el marqués de Harmonville, sino solamente monsieur
Droqville; sin embargo, cuando lleguemos a París, aunque no pueda verle
a menudo, podré serle de gran utilidad. Le pediré que me diga el hotel en
el que piensa alojarse, pues, como el marqués está, como puede ver, de
viaje, la mansión de Harmonville se encuentra por el momento ocupada
por dos o tres viejos criados, que ni siquiera deben ver a monsieur
Droqville. Sin embargo, este último ya se las ingeniará para hacerle entrar
en el palco que monsieur el marqués tiene en la ópera, así como también
a otros lugares de más difícil acceso. Y, tan pronto como concluya la
misión diplomática del marqués de Harmonville, y éste tenga libertad para
mostrarse a plena luz, no excusará a su amigo, monsieur Beckett, de
cumplir su promesa de visitarlo este otoño en el Château de Harmonville.

Como pueden imaginar, di mis más sinceras gracias al marqués.

Cuanto más nos aproximábamos a París más valoraba su protección. La


protección de un hombre tan importante, que se interesaba tan
amablemente por el desconocido con el que, por así decir, se había
topado por error, podría hacer mi visita bastante más deliciosa de lo que
me había esperado.

Nada podía ser más gentil que los modales y las atenciones del marqués.
Mientras aún le daba las gracias, el coche se detuvo de repente delante

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del lugar donde nos esperaban caballos de relevo y donde teníamos que
separarnos.

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IX. Chismes y consejos
Mi accidentado viaje había terminado por fin. Ahora me hallaba sentado a
la ventana de mi hotel contemplando la brillante ciudad de París, que en
poco tiempo había recobrado toda su alegría y cuyo bullicio era aún mayor
que el habitual. Todo el mundo recuerda la gran excitación que siguió a la
caída de Napoleón y a la segunda restauración borbónica. Así pues, no
necesito (aunque pudiera, después de tantos años transcurridos) recordar
y describir mis experiencias e impresiones del aspecto tan singular que
tenía París en aquellos días extraños. Aquélla era mi primera visita. Pero,
pese a haberla visitado numerosas veces después, no creo haber visto
nunca aquella deliciosa capital tan encantadoramente excitada y excitante.

Llevaba dos días en París y ya había visto toda suerte de monumentos, sin
haber experimentado ninguna muestra de esa rudeza e insolencia de las
que otros se quejaban por parte de los exasperados oficiales del derrotado
ejército francés.

También tengo que decir una cosa. Mi romance se había apoderado tan
por completo de mí que la esperanza de ver al objeto de mis sueños
prestaba un secreto y delicioso interés a mis paseos a pie y en coche por
las calles y alrededores, así como a mis visitas a los museos y a otros
monumentos de la metrópoli.

No había ni visto ni oído hablar del conde ni de la condesa, ni recibido


ninguna noticia del marqués de Harmonville. También me había
recuperado por completo de la extraña indisposición padecida durante mi
viaje nocturno.

Caía la tarde, y ya estaba empezando a temer que mi aristócrata amigo se


hubiera olvidado por completo de mí cuando el camarero me ofreció la
tarjeta de «Monsieur Droqville», y con gran júbilo y premura le dije que
hiciera subir al caballero.

Allí estaba el marqués de Harmonville, tan afable y gentil como siempre.

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—Actualmente soy un ave nocturna —dijo tan pronto como hubimos
intercambiado los saludos de rigor—. Me mantengo en la sombra durante
el día, e incluso a esta hora sólo me he atrevido a venir en coche cerrado.
Los amigos para los que he emprendido esta misión algo peligrosa así lo
han dispuesto. Creen que todo estará perdido si consiguen reconocerme;
en París. En primer lugar, permítame regalarle estas entradas para mi
palco. No sabe cómo me disgusta no poder utilizarlo más a menudo
durante las dos próximas semanas; durante mi ausencia había dado
instrucciones a mi secretario para que facilitara entradas todas las noches
al primero de mis amigos que se lo pidiera, y el resultado es que ahora me
encuentro con casi nada para mí mismo.

Le di mis más sentidas gracias.

—Y ahora, unas palabras en mis funciones de mentor. Supongo que no ha


venido a París sin cartas de recomendación.

Yo le mostré media docena de cartas, y él echó un vistazo a las señas.

—No tenga en cuenta estas cartas —dijo—. Yo mismo lo presentaré en


sociedad. Lo llevaré personalmente de casa en casa. Un amigo a su lado
vale más que todas las cartas juntas. No haga amistad ni intime con nadie
hasta entonces. A ustedes, los jóvenes, les gusta apurar hasta la última
gota los placeres anónimos de una gran ciudad antes que embarcarse en
las obligaciones de la vida social. No se pierda ni uno. Le mantendrán
ocupado, día y noche, durante al menos tres semanas. Cuando eso haya
pasado, yo disfrutaré ya de toda mi libertad, y yo mismo lo introduciré en la
rutina brillante pero relativamente tranquila de la buena sociedad. Déjese
en mis manos; y recuerde que, en París, una vez que ha sido uno
aceptado por el beau monde ya no puede vivir a su aire.

Le di de nuevo las gracias y prometí seguir sus consejos al pie de la letra.

Él pareció encantado y dijo:

—Ahora le diré algunos lugares a los que debería ir. Coja un plano y
escriba letras o números sobre los puntos que le voy a indicar, y haremos
así una pequeña lista. Todos los lugares que le voy a mencionar son
dignos de verse.

De esta manera metódica, y con gran cantidad de anécdotas divertidas y

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escandalosas, me ofreció un catálogo y una guía, que, para una persona
ávida de novedades y placeres como yo, poseían un valor incalculable.

—Dentro de dos semanas, tal vez de una sola —dijo—, tendré el gusto de
poder ser verdaderamente útil para usted. Entre tanto, esté bien alerta.
Absténgase de jugar; le dejarían sin blanca si lo hiciera. Recuerde esto:
aquí está rodeado de hábiles estafadores y granujas de todo tipo que viven
de lo que sustraen a los forasteros. No confíe en nadie que no conozca.

Le volví a dar las gracias y le prometí sacar provecho de sus consejos.


Pero mi corazón estaba demasiado lleno de la bella dama de la Belle
Étoile para permitir que nuestra entrevista terminara sin que yo hubiera
intentado saber algo más de ella. Así pues, le pregunté por el conde y la
condesa de St. Alyre, a los que había tenido la suerte de salvar de un
trance sumamente desagradable en el vestíbulo de la posada.

Pero, ¡ay!, no los había visto desde entonces. No sabía dónde paraban.
Poseían una bonita casa antigua a las afueras de París, pero él creía
probable que se quedaran, al menos unos cuantos días, en la urbe, ya que
habría que hacer bastantes preparativos, después de una ausencia tan
prolongada, antes de volver a instalarse en su hogar.

—¿Cuánto tiempo han estado fuera? —Unos ocho meses, creo.

—Son pobres, me parece haberle oído decir.

—Sí, para una persona como usted podrían considerarse pobres.

Pero, monsieur, el conde tiene unas rentas que le permiten vivir con
comodidades y hasta con elegancia, sobre todo llevando una vida tranquila
y apartada en este país barato.

—Entonces son muy felices, ¿no? —Digamos que deberían ser felices—.
Y ¿qué se lo impide? —Él es celoso.

—Pero su mujer… No le da motivo alguno… —Me temo que sí.

—¿Cómo, monsieur?

—Siempre he pensado que es un poco demasiado…, excesivamente…


—¿Demasiado qué, monsieur?

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—Demasiado bonita. Pero aunque tiene unos ojos extraordinariamente
bellos, unas facciones exquisitas y la tez más delicada del mundo, creo
que es una mujer honrada. ¿No la ha visto usted nunca?

—Vi a una dama completamente embozada en su abrigo, con un velo que


le tapaba la cara, la otra noche en el vestíbulo de la Belle Étoile, cuando le
partí la cabeza a ese individuo que estaba intimidando al anciano conde.
Pero su velo era tan tupido que no me permitió ver sus rasgos.
—Respuesta ésta, como convendrán, bastante diplomática—. Podría ser
la hija del conde. ¿Se pelean?

—¿Quién, su mujer y él?

—Sí.

—Un poco.

—¿Y por qué motivo?

—Es una vieja historia: por los diamantes de ella. Son de gran valor.
Valen, según La Perelleuse, aproximadamente un millón de francos. El
conde desearía venderlos para disponer de mayor numerario, que él está
dispuesto a gastar como a ella le plazca. Pero la condesa, a quien
pertenecen, se resiste a ello, y por una razón que, quiero creer, no está
capacitada para revelársela.

—Dígame, por favor, cuál es esa razón —dije, picado en mi curiosidad—,


supongo que piensa lo bella que estará con ellos cuando se case con su
segundo marido.

—¡Ah! Claro, sin duda. Pero el conde de St. Alyre es un hombre bueno,
¿no?

—Admirable, y sumamente inteligente.

—¡Cómo me gustaría que me lo presentara! Oyéndole a usted parece


tan…

—Tan agradablemente casado. Pero viven completamente apartados del


mundo. Él la lleva de vez en cuando a la ópera o a alguna diversión
pública; pero nada más.

51
—Y él debe de recordar tantas cosas del antiguo régimen, y tantos
episodios de la revolución…

—Sí, es el hombre más indicado para un filósofo como usted. Se suele


quedar dormido después de comer, pero no su esposa… Bueno, hablando
en serio, le aseguro que apenas frecuenta el beau monde y que se ha
vuelto un tanto apático, al igual que su esposa. Y nada parece interesarle
a la condesa, ¡ni siquiera su marido!

El marqués se levantó para despedirse.

—No arriesgue su dinero —reiteró—. Pronto tendrá oportunidad de colocar


parte de él en un negocio muy ventajoso. Varias colecciones de cuadros
realmente buenos, pertenecientes a personas que apoyaron la
restauración bonapartista, van a ser vendidos en subasta dentro de unas
semanas. Podrá hacer maravillas cuando comience la venta. ¡Va a haber
auténticas gangas! Resérvese para ellas. Yo le mantendré puntualmente al
corriente. Quede con Dios. A propósito —dijo, deteniéndose en seco al
acercarse a la puerta—, casi me olvidaba. La semana que viene va a
haber un acontecimiento que debería entusiasmarle, pues suele escasear
bastante en Inglaterra. Me refiero a un bal masqué, organizado, según
dicen, con un esplendor aún mayor del habitual. Tendrá lugar en Versalles.
Todo el mundo estará allí; la gente se afana para conseguir invitaciones.
Pero creo que podré conseguirle una. Buenas noches. Adieu!

52
X. El velo negro
Hablando el francés de corrido y con dinero en cantidades ilimitadas, no
había nada que me impidiera disfrutar de todo lo disfrutable en la capital
francesa. Pueden suponer cómo se pasaron los dos siguientes días. Al
cabo de los cuales, y hacia la misma hora, monsieur Droqville volvió a
visitarme.

Cortés, afable y alegre como de costumbre, me dijo que el baile de


disfraces había quedado fijado para el miércoles, y que había conseguido
una invitación para mí.

¡Qué mala suerte! Lo sentía muchísimo, pero no podía asistir.

Se quedó mirándome en silencio unos instantes con un aire de sospecha y


amenaza que no comprendí, y luego preguntó, con cierta brusquedad:

—¿Y tendría monsieur Beckett la amabilidad de decirme por qué no puede


asistir?

Yo estaba un poco sorprendido, pero le dije la simple verdad: tenía una


cita para aquel día por la tarde con dos o tres amigos ingleses y no veía la
manera de liberarme de aquel compromiso.

—¡Ah, así que es eso! Ustedes, los ingleses, estén donde estén, siempre
andan buscando lo mismo: la aburrida compañía de otros compatriotas,
cerveza y bistecs; y cuando vienen aquí, en vez de tratar de aprender algo
nuevo de la gente que visitan, y que fingen querer estudiar, se dedican a
hincharse a comer, a perjurar y a fumar entre ingleses, y al final de sus
viajes no salen más experimentados ni más pulidos que si hubieran estado
de juerga en una tabernucha de Greenwich.

Prorrumpió en unas carcajadas sarcásticas (creo que en aquel momento le


habría gustado envenenarme).

—¡Ahí la tiene! —prosiguió arrojando la invitación sobre la mesa—.


Tómela o déjela, como bien le plazca. Supongo que he hecho el tonto con

53
usted; pero no es corriente que un hombre como yo se tome tantas
molestias, pida favores, y consiga finalmente un privilegio para un
conocido para luego ser tratado de esta manera.

Aquello me pareció de una impertinencia asombrosa.

Me sentía turbado, ofendido, a la vez que arrepentido. Posiblemente había


contravenido sin saberlo las normas de la buena educación según los
cánones franceses, lo que casi justificaba la severidad del brusco reproche
del marqués.

Y así, en medio de una terrible confusión de sentimientos, me apresuré a


presentar mis disculpas para tratar de recuperar el favor de aquel amigo
casual que había mostrado para conmigo tanta amabilidad desinteresada.

Le dije que rompería a toda costa el compromiso que desafortunadamente


me mantenía atado; que había hablado con muy poca reflexión y que
ciertamente no le había mostrado mi agradecimiento en proporción a su
amabilidad y a mi verdadera estimación de su persona.

—Por favor, no diga una palabra más; mi desconcierto ha sido sólo por
usted, y reconozco que lo he expresado en términos muy duros, que, estoy
seguro, su buena disposición sabrá perdonar. Quienes me conocen un
poco mejor saben que a veces digo muchas más cosas de las que quiero
decir; y siempre lamento que me ocurra esto. Monsieur Beckett se olvidará
pronto de que su viejo amigo, monsieur Droqville, ha perdido
momentáneamente los estribos por atención a él, y así… volvemos a ser
los buenos amigos de siempre.

Sonrió como el monsieur Droqville que había conocido en la Belle Étoile y


alargó la mano, que yo tomé respetuosa y cordialmente.

Nuestra disputa pasajera había terminado dejándonos mejores amigos.

El marqués me aconsejó que reservara una cama en algún hotel de


Versalles, ya que luego encontraría problemas dada la gran demanda
existente, y que lo hiciera inclusive la mañana siguiente.

Así pues, ordené unos caballos para las once en punto, y, tras
intercambiar unas cuantas palabras más, el marqués de Harmonville me
dio las buenas noches y bajó a toda prisa las escaleras, tapándose con un

54
pañuelo la boca y la nariz. Desde mi ventana vi cómo subía de un brinco a
su coche cerrado y desaparecía.

Al día siguiente fui a Versalles. Cuando me aproximaba a la puerta del


Hôtel de France me dije para mis adentros que no había pecado
precisamente de madrugador, sino más bien de todo lo contrario.
Alrededor de la entrada se agolpaba un enjambre de carruajes, de manera
que resultaba imposible dar un paso adelante si no era a pie y sorteando
toda una legión de caballos. El vestíbulo estaba a rebosar de criados y
caballeros que gritaban al hotelero, el cual, en un estado de educada
locura, aseguraba a todos y cada uno de ellos que no había habitación ni
aposento libre en todo el hotel.

Me deslicé hasta la puerta, dejando el vestíbulo a los que seguían


profiriendo gritos y súplicas con la falsa esperanza de que el propietario
pudiera, si quería, encontrarles un hueco. Subí a mi coche y me dirigí, a la
máxima velocidad que permitieron mis caballos, al Hôtel du Réservoir.
Pero encontré la entrada igual de abarrotada. El resultado fue el mismo.
Aquélla era una situación irritante, pero ¿qué se podía hacer? Mientras me
hallaba en el vestíbulo de este hotel hablando con uno de sus intendentes,
mi postillón había logrado con excesivo celo hacer avanzar los caballos,
poco a poco, a medida que los otros carruajes iban retirándose; ahora se
hallaba ante la escalinata del hotel.

Aquella maniobra resultó muy útil para subir al vehículo. Pero, una vez en
él, ¿cómo salir de allí? Había coches delante y detrás, y no menos de
cuatro hileras al otro lado.

Por entonces yo tenía una vista extraordinariamente buena. Si ya antes


había estado impaciente, adivinen cuáles serían mis sentimientos cuando
vi pasar por el angosto margen que quedaba al otro lado de la calzada una
calesa descubierta, en la que estaba seguro de haber reconocido a la
condesa, cubierta con el velo, y a su marido. Su coche había tenido que
aminorar la marcha debido a un carro que ocupaba toda la anchura del
camino y avanzaba con la lentitud propia de tales vehículos.

Habría sido más inteligente por mi parte saltar a la acera y dar un rodeo
por delante de los carruajes detenidos delante de la calesa. Pero,
desgraciadamente, yo era más un Murat que un Moltke y preferí una carga
directa sobre mi objeto antes que recurrir a ninguna táctica. Atravesé como
una flecha el asiento trasero de un carruaje que estaba al lado del mío, no

55
sé cómo; hice lo propio, dando una voltereta, en una especie de cabriolé,
en la que un anciano y un perro estaban echando una cabezadita; salté
repartiendo disculpas incoherentes por encima de un coche abierto, en el
que había cuatro caballeros enfrascados en una discusión muy animada;
tropecé al apearme y caí sobre los lomos de un par de caballos, que al
instante se encabritaron y me hicieron morder el polvo de la calle.

A quienes observaran mi intrépida carga sin estar al corriente de mi


secreto debí de parecerles un demente. Por fortuna, la calesa que me
interesaba había pasado antes de la catástrofe, y, cubierto como estaba yo
de polvo y con el sombrero aplastado, pueden imaginarse que no deseaba
realmente presentarme así ante el objeto de mi quijotesca devoción.

Permanecí unos instantes en medio de una tormenta de insultos,


desagradablemente atemperados con risotadas; y, en medio de todo
aquello, mientras me esforzaba por sacudirme el polvo de la ropa con un
pañuelo, oí una voz que me resultó familiar:

—Monsieur Beckett!

Volví la cabeza y vi al marqués mirando por la ventanilla de un carruaje.


Fue una visión agradable para mí. En un periquete me encontré junto a la
portezuela.

—Lo mejor es irse de Versalles —dijo—; ya ha visto que no hay ni una


sola cama libre en ninguno de los hoteles; y puedo añadir que no hay una
sola habitación libre en toda la ciudad. Pero no se preocupe: he
encontrado algo para usted que le puede convenir. Diga a su criado que
me siga, y usted suba y siéntese a mi lado.

Afortunadamente, acababa de abrirse una brecha en medio de aquel


conglomerado de carruajes, y el mío estaba acercándose.

Indiqué al criado que nos siguiera, y, tras dar el marqués unas órdenes a
su cochero, nos pusimos rápidamente en movimiento.

—Le voy a llevar a un lugar confortable, cuya existencia sólo conocen muy
pocos parisienses, y donde, sabedor de cómo estaban las cosas aquí, le
he reservado una habitación. Está a menos de dos kilómetros de distancia:
es una antigua posada llamada Le Dragon Volant. Tiene usted suerte de
que mi aburrida encomienda me trajera a este lugar tan temprano.

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Creo que habíamos recorrido unos dos kilómetros hasta el lado más
alejado del palacio cuando embocamos un camino viejo y estrecho, con
los bosques de Versalles a un lado, y al otro numerosos árboles viejísimos,
de una altura poco frecuente en Francia.

Nos detuvimos ante una posada de planta antigua y maciza, construida


con piedra de Caen; su arquitectura era más rica y florida que la habitual
en semejante clase de edificios, lo que indicaba su destino original como
mansión privada de alguna persona acaudalada y, probablemente, dado
que las paredes lucían numerosos escudos de armas, también distinguida.
Una especie de porche, menos antiguo que el resto, se proyectaba
hospitalariamente con un amplio y florido arco, sobre el cual, labrado en
altorrelieve de piedra, pintado y dorado, destacaba la enseña de la posada.

Era un dragón volador, con alas en rojo y oro vivos, desplegadas; la cola,
color verde claro y oro, se retorcía y anudaba infinitas veces, y acababa en
una punta bruñida y dentada como el dardo de la muerte.

—Yo no entraré, pero seguro que le parecerá un lugar confortable; en


cualquier caso, siempre es mejor que nada. Entraría gustoso con usted,
pero mi anonimato me lo impide. Ah, le agradará saber también que es
una posada encantada. Al menos a mí me habría agradado en mis años
jóvenes. Pero no aluda a este espantoso hecho cuando hable con el
posadero, pues creo que es un tema que aún levanta ampollas. Adiós. Si
quiere disfrutar del baile, siga mi consejo y vaya disfrazado de dominó.
Espero dejarme caer un rato por allí; si voy, me pondré el mismo disfraz.
¿Cómo nos reconoceremos mutuamente? Déjeme pensar… Algo que
llevemos en la mano… Una flor no valdría, pues mucha gente llevará
flores. ¿Y si lleva usted una cruz roja de unos cinco centímetros de larga
—usted es inglés— cosida o sujeta en el pecho de su dominó, y yo una
blanca? Sí, eso es; y, a cualquier sala que vaya usted, sitúese cerca de la
puerta hasta que nos encontremos. Yo le buscaré en todas las puertas que
franquee; y usted hará igual, de manera que no deberíamos tardar en
encontrarnos. Así queda, pues, convenido. Yo no me divierto en tales
ocasiones si no voy con una persona joven; una persona de mi edad
necesita el contagio de espíritus jóvenes y de la compañía de alguien que
disfrute de todo espontáneamente. Hasta luego. Nos veremos esta noche.

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Todo esto me lo dijo cuando yo estaba ya pie en tierra. Cerré la puerta del
coche, le dije adiós y lo vi alejarse.

58
XI. El Dragón Volador
Eché un vistazo a mi alrededor.

Los árboles hacían que el edificio resultara más pintoresco aún, si cabía.
La majestad y paz del lugar contrastaban extrañamente con el relumbrón y
bullicio de la vida parisiense, a los que mis ojos y oídos se habían ya
acostumbrado.

Luego estuve contemplando durante unos minutos la magnífica y antigua


enseña. Después examiné más detenidamente el exterior de la casa. Era
grande y sólida, y cuadraba más con mi concepto de los hostales ingleses
antiguos, como, por ejemplo, los que albergan en Canterbury a los
peregrinos, que con una hospedería francesa. Bueno, salvo una torreta
redonda, que se elevaba en el flanco izquierdo de la casa y terminaba en
un tejado con forma de apagavelas, característica de los castillos
franceses.

Entré y me anuncié como monsieur Beckett, a quien habían reservado una


habitación. Fui recibido con toda la consideración debida a un milord inglés
provisto de una bolsa repleta de dinero.

El posadero me condujo a mi aposento. Era una habitación bastante


grande, un poco sombría, con artesonado de madera oscura y con
muebles solemnes y sombríos, bastante anticuados. Había una gran
chimenea con el manto esculpido con escudos, en los que, de haber
mostrado suficiente curiosidad, podría haber descubierto una
correspondencia exacta con la heráldica de los muros exteriores. Había
algo interesante, melancólico y hasta deprimente en todo aquello. Me
acerqué a la ventana de jambas de piedra, que daba a un pequeño parque
de árboles frondosos situado detrás de un castillo coronado por un grupo
de torretas o chapiteles, como los que he mencionado anteriormente.

El parque y el castillo parecían presididos por la melancolía. Daban


muestras de incuria, y casi de decadencia: la tristeza de la grandeza
pasada y cierto aire de abandono producían una impresión deprimente en

59
el observador.

Pregunté al posadero cuál era el nombre del castillo.

—Ese castillo, monsieur, es el Château de la Carqueme aseguró. —¡Qué


pena que esté tan descuidado!— señalé. —O digamos, tal vez, qué pena
que su propietario no sea ya tan rico, ¿verdad?

—Tal vez, monsieur.

—Tal vez… —Parafraseé mirándolo—. Lo que me hace suponer que no es


un hombre muy popular.

—Ni lo uno ni lo otro, monsieur —contestó—. Sólo quería decir que resulta
difícil saber qué uso haría él de sus riquezas.

—¿Y quién es él? —inquirí—. El conde de St. Alyre.

—¡Oh! ¡El conde! ¿Está seguro? —pregunté con redoblado interés. Fue
ahora el posadero quien clavó su mirada en mí—. Completamente,
monsieur. El conde de St. Alyre. —¿Viene frecuentemente a este lugar
apartado?—. No, monsieur; suele pasar bastante tiempo fuera. —¿Y es
pobre?— seguí investigando.

—Yo le pago el alquiler de esta posada. No es mucho; pero él no puede


esperar mucho tiempo —contestó con una sonrisa sarcástica.

—Sin embargo, por lo que he oído decir, no debería de ser tan pobre
—proseguí.

—Dicen, monsieur, que juega mucho. Yo no lo sé. Pero sí puedo


asegurarle que no es rico. Hace unos siete meses, un pariente suyo murió
muy lejos de aquí. Enviaron el cadáver a esa mansión del conde, y él lo
enterró en el cementerio de Père Lachaise, tal y como había deseado el
finado. El conde pasó unos días muy afligido, aunque, según cuentan,
recibió una buena herencia de aquella persona fallecida. Pero el dinero no
parece sentarle nunca bien.

—Es viejo, creo.

—¿Viejo? Nosotros lo llamamos «el judío errante», si olvidamos, claro, que


nunca tiene cuatro ochavos en el bolsillo. Sin embargo, monsieur, no le

60
falta valor: se ha casado con una mujer joven y guapa.

—¿Y quién es ella? —pregunté con subido interés—. Es la condesa de St.


Alyre.

—Sí, pero imagino que podrá decirme algo más de ella. ¿Tiene
cualidades?

—Tres, monsieur, por lo menos, y sumamente atractivas. —¡Ah! ¿Y cuáles


son?

—Juventud, belleza y… diamantes.

Me eché a reír. Aquel viejo astuto se negaba a satisfacer mi curiosidad.

—Ya veo, amigo mío, que no se atreve a…

—A tener problemas con el conde —completó la frase—. Es cierto. Y ve,


monsieur, él podría perjudicarme de dos o tres maneras; lo mismo que yo
a él. Así pues, es mejor que cada cual se ocupe de lo suyo, y que exista
una relación pacífica, ya me entiende.

Era inútil insistir, al menos por el momento. Tal vez no tenía nada que
relatar. Si con el tiempo llegaba a persuadirme de lo contrario, podría
intentar el efecto de unos cuantos napoleones. Posiblemente él ya estaba
pensando en sacar algún beneficio.

El dueño del Dragón Volador era un hombre mayor, delgado, de piel


bronceada, y de aire inteligente, decidido y claramente militar. Luego supe
que había servido a las órdenes dé Napoleón en las primeras campañas
de Italia.

—Una pregunta que creo puede usted contestar sin correr ningún riesgo
de enemistad —dije—. ¿Está el conde en casa?

—Tiene muchas casas, supongo —dijo de manera evasiva—. Pero…, pero


creo, puedo decir que… está viviendo actualmente en el castillo de la
Carque.

Más interesado que nunca, miré por la ventana más allá de las
ondulaciones del terreno, donde se erguía el castillo, enmarcado por un
lúgubre decorado de follaje.

61
—Lo he visto hoy, en su carruaje, en Versalles —dije—. Nada más normal.

—Luego su coche y caballos y criados están en el castillo.

—El coche lo aparca aquí, monsieur, y los criados los contrata para cada
ocasión. Ni uno solo duerme en el castillo. Semejante vida debe de ser
terrible para madame la condesa —apostilló.

¡El viejo roñoso!, exclamé para mis adentros. Espera sacarle los
diamantes por medio de esta tortura. ¡Qué vida! ¡Qué par de enemigos con
los que tiene que enfrentarse: los celos y el chantaje!

El caballero, tras platicar consigo mismo de esta manera, posó los ojos
una vez más en el castillo de aquel brujo y dejó escapar un suave suspiro,
un suspiro de nostalgia, resolución y amor.

¡Qué tonto era entonces! Sin embargo, cuando nos encontramos con un
ángel, ¿nos volvemos acaso más sensatos al envejecer? A mí me parece
que son nuestras ilusiones las que van cambiando con el tiempo; nosotros
estamos siempre igual de locos.

_Hombre, St. Clair —exclamé al ver a mi criado entrar y ponerse a ordenar


mis cosas—, qué, ¿ya has encontrado dónde dormir?

—En el desván, monsieur, entre telarañas y, par ma foi, entre gatos y


lechuzas. Pero nos llevamos muy bien. Vive la bagatelle!

—No sabía que estuviera tan llena la posada.

—Principalmente, monsieur, los criados de las personas que tuvieron la


suerte de conseguir alojamiento en Versalles.

—¿Qué te parece el Dragón Volador?

—¿El Dragón Volador? El viejo y llameante dragón, monsieur. El diablo en


persona, si es cierto lo que cuentan. A fe de un cristiano, monsieur, que en
esta casa han tenido lugar milagros diabólicos.

—¿Qué quieres decir? ¿Ha habido aparecidos?

—Nada de eso, señor. ¡Ojalá! No. Personas que jamás han vuelto, que se

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desvanecieron en presencia de media docena de testigos.

—¿Qué quieres decir, St. Clair? Oigamos la historia o milagro o lo que


quiera que sea.

—Es sólo esto, monsieur. Resulta que un antiguo escudero del finado rey
guillotinado durante la Revolución —si monsieur tiene la bondad de hacer
memoria—, al que le había permitido el emperador volver a Francia, vivió
en este hotel durante un mes y, al cabo de dicho tiempo, se esfumó, como
le he dicho, ante los ojos de media docena de testigos fidedignos… El otro
era un noble ruso, de uno noventa de estatura, el cual, mientras describía,
de pie en medio de la habitación de abajo, ante siete caballeros de
probada veracidad los últimos momentos de Pedro el Grande, sosteniendo
una copa de aguardiente en la mano izquierda y su taza de café, casi
vacía, en la derecha, desapareció de manera similar. Se encontraron sus
botas en el lugar exacto que había pisado antes de desaparecer; al
caballero de su derecha lo encontraron, asombrado, con la taza de café en
la mano, y al caballero de la izquierda con la copa de aguardiente…

—Seguro que éste se la bebió en medio de su turbación —sugerí.

—No, se conservó durante tres años entre las curiosidades de esta casa.
El cura la rompió mientras conversaba con mademoiselle Fidone, el ama
de llaves, en el cuarto de ésta; pero del noble ruso nunca más se volvió a
oír. Parbleu! Cuando salgamos del Dragón Volador espero que sea por la
puerta. Todo esto lo oí contar, monsieur, al postillón que nos trajo hasta
aquí.

—Entonces tiene que ser verdad —comenté en tono jocoso. Pero estaba
empezando a sentir la melancolía del paisaje y de la estancia en la que,
me encontraba. Sin saber cómo, se había deslizado por mi cuerpo un
extraño presentimiento y tenía pocas ganas de bromear. Mi ánimo había
decaído.

63
XII. El mago
Imposible imaginar un espectáculo más brillante que aquel baile de
disfraces. Entre los salones y galerías abiertos al público destacaba la
enorme perspectiva de la Grande Galerie des Glaces, iluminada para la
ocasión con no menos de cuatro mil candelas, que reflejaban y repetían
todos los espejos, produciendo un efecto casi deslumbrador. La gran suite
de salones estaba abarrotada de personas disfrazadas de la manera más
increíble. No había una sola sala vacía. Cada rincón estaba animado por
música, voces, colores vivos, joyas centelleantes, y por el alboroto de las
improvisaciones y demás ingeniosidades propias de una mascarada bien
organizada. Yo nunca había visto nada parecido, al menos comparable a
aquella magnificencia. Fui avanzando indolentemente con mi disfraz de
dominó, deteniéndome de vez en cuando a escuchar un diálogo ingenioso,
una canción burlesca o un monólogo divertido, pero, al mismo tiempo,
mirando a mi alrededor por si pasaba por allí mi amigo en dominó negro,
con la pequeña cruz blanca en el pecho.

Me había detenido y mirado a mi alrededor, especialmente a cada puerta


que franqueaba, tal y como había convenido con el marqués. Pero éste
aún no había dado señales de vida.

Mientras vagabundeaba así en medio de aquel espectáculo fastuoso, mis


ojos repararon en una silla de manos dorada, o más bien un palanquín
chino, que hacía alarde de la fantástica exuberancia de la decoración
«celeste», transportado con barras doradas por cuatro chinos ricamente
ataviados. Delante y detrás marchaban otros dos con una varita en la
mano. Y un hombre menudo y ceremonioso, de luenga barba negra y con
un gran fez al estilo de los que llevan los derviches, avanzaba en paralelo
a la silla. Una túnica extrañamente bordada caía de sus hombros
recubiertos con símbolos jeroglíficos; el bordado era negro y oro sobre un
fondo abigarrado de colores brillantes. La túnica iba ceñida por un cinturón
ancho y dorado, realzado por signos cabalísticos color rojo oscuro y negro;
unas medias rojas y unos zapatos bordados de oro, puntiagudos y
curvados hacia arriba al estilo oriental, le asomaban por debajo de la

64
túnica. El rostro del personaje era oscuro, impasible y solemne, y sus cejas
negras y enormemente pobladas. Llevaba bajo el brazo un libro de
aspecto singular y en la mano una varita de madera barnizada de negro;
caminaba con la barbilla hundida en el pecho y los ojos clavados en el
suelo. El que abría la marcha agitaba la varilla a derecha e izquierda para
abrir paso al palanquín, cuyas cortinas estaban corridas. Había algo tan
singular, extraño y solemne en aquel espectáculo que me sentí al punto
intrigado.

Me encantó constatar que los portadores colocaban su carga a unos


metros del lugar donde yo estaba.

Aquéllos y los de las varillas batieron las palmas repetidas veces y bailaron
en silencio alrededor del palanquín una danza curiosa y medio salvaje que,
sin embargo, en cuanto a las figuras y posturas, resultaba perfectamente
acompasada. Danza que se vio pronto acompañada de más palmas y de
gritos monótonos y rítmicos.

Mientras tenía lugar esta danza, una mano se posó suavemente sobre mi
brazo. Me volví y vi a mi lado a un dominó negro con una cruz blanca.

—Qué alegría haberlo encontrado —dijo el marqués—; y precisamente en


este momento. Ésa es la mejor atracción de todas las salas. Tiene que
hablar con el mago. Hace aproximadamente una hora me tropecé con
ellos más allá y formulé algunas preguntas al oráculo. En mi vida he visto
una cosa tan asombrosa. Aunque sus respuestas hayan sido un poco
veladas, no me ha quedado ninguna duda de que conoce todos los
detalles sobre la misión que tengo encomendada, que no conoce
absolutamente nadie en este mundo más que yo y dos o tres de las
personas más discretas de Francia. Nunca olvidaré la impresión que me
ha producido. He visto cómo lo consultaban también otras personas, que
evidentemente han quedado igualmente sorprendidas, y más asustadas
aún si cabe que yo. He venido con el conde de St. Alyre y la condesa (y
señaló con la cabeza en dirección de una figura enjuta, también disfrazada
de dominó; era el conde).

—Venga conmigo —dijo—. Se lo presentaré.

Como pueden suponer, le seguí presuroso.

El marqués me lo presentó, sin dejar de hacer una hábil mención de mi

65
afortunada intervención en la Belle Étoile; el conde me colmó de cumplidos
y cortesías, y dijo al final, para mi gran contento:

—La condesa anda por aquí, dos salones más allá, charlando con su vieja
amiga la duquesa de Argensaque; iré a buscarla dentro de unos minutos
para que pueda también conocerle y agradecerle la ayuda que nos prestó
con tanto valor en aquella ocasión tan desagradable que nos tocó vivir.

—Tiene que hablar con el mago como sea —dijo el marqués al conde de
St. Alyre—. Se divertirá mucho, al igual que yo, se lo aseguro. ¡Nunca me
habría esperado semejantes respuestas! Estoy sorprendidísimo.

—¿De veras? Entonces haremos lo posible por probar también —contestó.

Los tres nos dirigimos hacia el palanquín, donde se hallaba el mago de la


barba negra.

A nuestro lado pasó un joven vestido de español que acababa de hablar


con el mago en compañía de un amigo; le oímos decir:

—¡Qué farsa tan ingeniosa! ¿Quién será el que está dentro del palanquín?
¡Parece conocer a todo el mundo!

El conde, con su disfraz de dominó, avanzaba tieso a nuestro lado en


dirección del palanquín. Los criados chinos mantenían un círculo
despejado a su alrededor y los espectadores se arremolinaban sin
sobrepasar el círculo.

Uno de estos hombres —el que con su varita dorada había encabezado la
procesión—, extendió hacia él la mano:

—¿Quiere dinero? —le preguntó el conde.

—Oro —contestó el acólito.

El conde depositó una moneda en su mano. Al marqués y a mí se nos


pidió que hiciéramos lo propio al penetrar en el círculo; petición a la que
accedimos religiosamente.

La primera pregunta que hizo el conde fue la siguiente: —¿Soy soltero o


casado?

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El mago descorrió la cortina rápidamente y aplicó el oído hacia un chino
ricamente ataviado que estaba sentado en la litera. Luego, tras retirar la
cabeza y volver a cerrar la cortinilla, contestó:

—Lo segundo.

En las siguientes preguntas se observó el mismo ceremonial. El hombre


de la varita negra no era un profeta, sino un médium que se limitaba a
transmitir las contestaciones de otra persona más importante que él.
Siguieron dos o tres preguntas, cuyas respuestas parecieron divertir
sobremanera al marqués, pero cuyo verdadero significado se me hurtó por
completo, pues yo no sabía prácticamente nada de la vida y milagros del
conde.

—¿Me ama mi mujer? —preguntó jocosamente.

—Todo lo que usted merece.

—¿A quién amo más en este mundo?

—A sí mismo.

—¡Ah! Yo diría que eso se puede aplicar más o menos a todo el mundo.
Pero, dejando a un lado mi propia autoestima, ¿hay algo en el mundo que
yo ame más que a mi mujer?

—Sus diamantes.

—¡Ah! —exclamó el conde.

Observé que el marqués se había echado a reír.

—¿Es cierto —preguntó el conde, cambiando de tema perentoriamente—


que ha habido una batalla en Nápoles?

—No, en Francia.

—En efecto —dijo el conde, con una mirada sarcástica a su alrededor—.


¿Y puedo saber entre qué potencias y por qué motivo en concreto?

—Entre el conde y la condesa de St. Alyre, por un documento que


suscribieron el 25 de julio de 1811.

67
El marqués me dijo después que aquélla era la fecha en que habían
firmado su contrato matrimonial.

El conde se quedó sin voz unos minutos (supuse que con las mejillas al
rojo carmín debajo del disfraz).

Nadie más que nosotros sabía que el interrogador era el conde de St.
Alyre.

Me pareció que le costaba trabajo encontrar su siguiente pregunta, y, tal


vez; que estaba arrepentido de haberse metido en aquel berenjenal.

De ser tal el caso, se vio rescatado por el marqués, quien, cogiéndolo de


un brazo, le susurró:

—Mire quién viene por su derecha.

Yo miré a la dirección indicada por el marqués y vi una figura chupada y


desvaída acercarse hacia nosotros. No venía enmascarado. Tenía el
rostro ancho, lleno de cicatrices, pálido. En una palabra, era el feo rostro
del coronel Gaillarde, con el uniforme de cabo de la Guardia Imperial, el
brazo izquierdo ajustado de manera que parecía amputado y la parte
inferior de la manga de la guerrera vacía y prendida con alfileres al pecho.
Lucía auténticas tiras de esparadrapo en las sienes y las cejas, donde mi
bastón había dejado su marca, una marca que figuraría en lo sucesivo
entre las más honorables cicatrices de guerra.

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XIII. El oráculo me cuenta cosas maravillosas
Durante unos momentos olvidé que mi disfraz de dominó resultaba
impenetrable a la dura mirada del veterano militar y me preparé para un
animado rifirrafe. Naturalmente, luego me hice cargo de la situación. Por
su parte, el conde retrocedió instintivamente mientras se acercaba el cabo
bravucón con su uniforme azul y chaleco y polainas blancos; mi amigo
Gaillarde era igual de ruidoso y fantoche cuando interpretaba su personaje
que cuando interpretaba el auténtico de coronel de dragones. Ya habían
estado dos veces a punto de echarle por cacarear con voz estentórea las
hazañas de Napoleón el Grande, y casi había llegado a las manos con un
húsar prusiano. Sin duda se habría visto implicado en varios altercados
sanguinarios si su prudencia no le hubiera recordado que el objeto de su
asistencia a aquella fiesta, que no era otro que el de concertar una
entrevista con una viuda acaudalada a la que creía haber causado una
tierna impresión, no habría llegado a buen puerto de haberse visto
obligado a abandonar prematuramente aquella fiesta, que él contribuía a
amenizar con su presencia, escoltado por un par de gendarmes.

—¡Dinero! ¡Oro! ¡Bah! ¿Qué dinero puede haber atesorado un soldado


herido como vuestro humilde servidor, al que no le queda más que la
mano con la que blande su espada, la cual, al estar siempre ocupada, no
deja ni un dedo disponible para recoger el botín que abandona el enemigo
en desbandada?

—No le pidan oro —dijo el mago—. Sus heridas lo eximen.

—¡Bravo!, monsieur profeta. ¡Bravísimo! Aquí estoy. ¿Empiezo ya, sin más
preámbulos, mon sorcier, a hacerle mis preguntas?

Sin esperar la respuesta, se lanzó a hablar con voz estentórea.

Tras una docena de preguntas y respuestas, quiso saber:

—¿A quién persigo en este momento?

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—A dos personas.

—¡Ja! ¿A dos? Vaya, ¿y quiénes son?

—Un inglés, a quien matará si lo encuentra; y una viuda francesa, que le


escupirá en la cara si la encuentra.

—El señor mago llama a las cosas por su nombre y sabe que su atuendo
lo protege. ¡Pero no importa! ¿Por qué los persigo?

—La viuda ha infligido una herida en su corazón, y el inglés una herida en


su cabeza. Cada cual por separado son demasiado fuertes para usted;
ándese con cuidado, no vaya a ser que la persecución de usted acabe
uniéndolos.

—¡Bah! ¿Cómo podría ser eso?

—El inglés protege a las damas. Ya ha conseguido que esta idea le entre
bien en la cabeza. La viuda, si lo ve, se casará con él. Se dirá a sí misma
que se requiere cierto tiempo para llegar a ser coronel, mientras que el
inglés es incuestionablemente joven.

—Yo le cortaré la cresta a ese gallito —soltó con un juramento y una


sonrisita; y con un tono más suave preguntó—: ¿Dónde está ella?

—Suficientemente cerca para ofenderse si usted falla.

—A fe mía que tendría razón. Y usted también lleva razón, monsieur


profeta. ¡Mil gracias! ¡Adiós!

Y, mirando a su alrededor y estirando al máximo su cuello flaco, se alejó


desgarbadamente con sus cicatrices, su chaleco, sus polainas y su gorro
de piel de oso.

Entre tanto, yo había estado esforzándome por ver a la persona


aposentada en el palanquín. Sólo una vez tuve la oportunidad de un
vistazo aceptablemente largo. Lo que vi fue muy singular. El oráculo iba,
como he dicho, ricamente ataviado al estilo chino. Era un personaje mucho
más importante que su intérprete, que estaba fuera. Sus facciones
parecían amplias y pesadas; tenía la cabeza inclinada hacia abajo, los ojos
cerrados y la barbilla apoyada en la pechera de su pelliza bordada. Su
rostro parecía impasible: la imagen viva de la apatía. Su carácter y pose

70
parecían una réplica exagerada de la inmovilidad del personaje que se
comunicaba con el bullicioso mundo exterior. Aquel rostro parecía rojo
sangre; pero esa impresión era consecuencia, deduje, de la luz que
entraba por las cortinas de seda rojas. Vi, asombrado, todo aquello como
casi de un solo vistazo; no dispuse de muchos segundos para hacer
observaciones. El terreno estaba ahora despejado para mí, y el marqués
dijo:

—Adelante, amigo mío.

Le obedecí. Mientras me acercaba al mago, como llamábamos al hombre


de la varita negra, miré de reojo para ver si el conde estaba cerca.

No. Estaba unos metros más atrás. Y el marqués y él, al parecer


plenamente saciados en su curiosidad, estaban conversando de algún otro
tema.

Sentí gran alivio, pues aquel sabio parecía desvelar todos los secretos de
forma inesperada; y era más que probable que algunos de los míos no le
hicieran mucha gracia al conde.

Permanecí unos segundos dubitativo. Quería probar al profeta. Un


anglicano es una rara avis en París.

—¿Cuál es mi religión? —pregunté.

—Una bella herejía —contestó el oráculo al instante—. ¿Una herejía?


¿Puedo saber cómo se llama? —Amor.

—¡Ah! Entonces supongo que soy politeísta, y que amo a muchas mujeres.

—Sólo a una.

—Pero, en serio —pregunté, con la intención de dar a nuestro coloquio un


giro menos embarazoso—, ¿he aprendido alguna vez de memoria
palabras de devoción?

—Sí.

—¿Puede repetirlas?

—Acérquese.

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Me acerqué, y apliqué el oído.

El hombre de la varita negra cerró las cortinas y susurró lenta y claramente


estas palabras, que, huelga decirlo, reconocí al instante.

Puede ser que no vuelva a verle, y que pueda olvidarlo. Váyase. Adiós.
¡Por el amor de Dios, váyase!

Me sobresalté al oírlas. Como saben, eran las últimas palabras que me


había susurrado la condesa.

¡Santo cielo! ¡Qué cosa tan milagrosa! ¡Unas palabras con toda seguridad
no escuchadas por ningún oído terrestre más que por el mío y el de la
dama que las había pronunciado!

Miré el rostro impasible del portavoz de la varita. Nada indicaba que se


hubiera dado cuenta, ni siquiera que tuviera la menor conciencia, de que
aquellas palabras pudieran interesarme particularmente.

—¿Qué es lo que más anhelo? —pregunté, sin saber apenas lo que decía.

—El paraíso.

—Y ¿qué me impide alcanzarlo?

—Un velo negro.

¡Cada vez mayor suspense! Las respuestas me parecían indicar un


conocimiento minucioso de cada detalle de mi pequeño romance, del que
ni siquiera el marqués sabía lo más mínimo. ¡Además, yo, el interrogador,
iba disfrazado de tal manera que ni mi propio hermano me habría
reconocido!

—Ha dicho usted que yo amaba a alguien. ¿Es correspondido mi amor?


—Seguí preguntando.

—Inténtelo.

Yo estaba hablando más bajo que antes, y me había acercado al hombre


moreno de la barba para que así no tuviera que elevar la voz.

—¿Me ama alguien? —repetí.

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—En secreto —fue la respuesta.

—¿Mucho o poco? —insistí.

—Demasiado.

—¿Cuánto tiempo durará este amor?

—Hasta que la rosa pierda sus pétalos.

La rosa… Otra alusión…

—Y luego… ¡la oscuridad! —suspiré—. Pero hasta entonces vivo en la luz.

—La luz de unos ojos violeta.

El amor, si no es una religión, como el oráculo acababa de decir, es al


menos una superstición. ¡Cómo exalta la imaginación! ¡Cómo debilita la
razón! ¡Cuán crédulos nos torna!

Todo aquello, de lo que, tratándose de otro, me habría reído bastante, a mí


me afectó poderosamente. Inflamaba mi ardor, casi me ofuscaba el
cerebro y hasta influía en mi conducta.

El portavoz de aquella asombrosa superchería —si es que lo era— me


hizo con su varita una señal para que me retirara, lo que yo hice con los
ojos aún fijos en aquel grupo, ahora rodeado de un aura de misterio en mi
imaginación. De nuevo en el corrillo de espectadores, lo vi levantar de
repente la mano con gesto imperioso y hacer una señal al acólito que
empuñaba la varita dorada.

Éste golpeó el suelo con la varita y exclamó con voz aguda:

—El gran Confu permanecerá en silencio una hora.

Al instante, los portadores bajaron una especie de persiana de bambú, que


cayó con un ruido seco, y la aseguraron por debajo; luego, el hombre del
enorme fez y barba y varita negras empezó una especie de danza de
derviche. En esto se le unieron los hombres con las varitas doradas y,
finalmente, en un corro exterior, los propios portadores, mientras el
palanquín se erigía en el centro de los círculos descritos por estos

73
solemnes danzarines, cuyo ritmo, poco a poco, se aceleraba, cuyos gestos
se tornaban bruscos, extraños, frenéticos, mientras el movimiento se hacía
cada vez más veloz, hasta que, al cabo, el torbellino era tal que los
bailarines parecían volar a la velocidad de una rueda de molino y, en
medio de las palmas de la concurrencia y del asombro general, los
extraños actores se mezclaron con la multitud y el espectáculo, al menos
por el momento, tocó a su fin.

El marqués de Harmonville se encontraba cerca de allí, mirando al suelo y


reflexionando, a juzgar por su actitud. Al acercarme, me dijo:

—El conde acaba de irse a buscar a su mujer. Lástima que ella no


estuviera aquí para consultar al profeta; me atrevo a afirmar que habría
sido divertido ver cómo reaccionaba el conde. ¿Y si vamos en su busca?
Le he pedido que le presente a la condesa.

Con el corazón latiéndome con fuerza, acompañé al marqués de


Harmonville.

74
XIV. Mademoiselle de la Vallière
El marqués y yo estuvimos vagando por los salones. No resultaba fácil
encontrar a un amigo en unas estancias tan abarrotadas de gente.

—Quédese aquí —dijo el marqués—. Se me ha ocurrido una manera de


dar con él. Además, sus celos pueden haberle hecho pensar que no le
interesa presentarle a su mujer. Es mejor que vaya yo primero a razonar
con él, dado que parece usted desear bastante esa presentación.

Esto ocurrió en la estancia que actualmente se llama el «Salón de Apolo».


Los cuadros que lo adornan siguen grabados en mi recuerdo, pues mi
aventura de aquella velada estaba destinada a transcurrir en aquel marco.

Me senté en un sofá y miré alrededor. A mi lado, tres o cuatro personas


estaban sentadas en aquella espaciosa habitación de muebles dorados.
Estaban charlando animadamente; todas salvo la persona sentada más
cerca de mí, que era una dama. Apenas dos pies se interponían entre
nosotros. La dama estaba a todas luces ensimismada. Era la perla de la
sala. Llevaba el traje inmortalizado por Collignan en su retrato de cuerpo
entero de mademoiselle de La Vallière. Es un traje, como bien saben, no
sólo rico, sino también elegante. Llevaba el pelo empolvado, pero se podía
adivinar que era castaño oscuro. Asomaba un precioso piececito, y ¿podía
haber algo más exquisito que su mano?

Era sumamente provocador que esta dama llevara un disfraz y no se lo


quitara de vez en cuando, como hacían muchos.

Yo estaba convencido de que era bonita. Aprovechando el privilegio de la


mascarada, un microcosmos en el que es imposible, salvo mediante la voz
y la alusión, distinguir a un amigo de un enemigo, dije:

—Mademoiselle, no es fácil engañarme a mí —empecé.

—Tanto mejor, monsieur— contestó el disfraz sin inmutarse.

—Quiero decir —proseguí, decidido a terminar mi galantería— que la

75
belleza es un don más difícil de ocultar de lo que supone mademoiselle.

—Sin embargo, monsieur lo ha conseguido sin ningún problema —dijo con


el mismo tono dulce y despreocupado.

—Veo que el traje de la bella mademoiselle de La Vallière reviste unas


formas que sobrepasan a las del retrato; alzo los ojos y contemplo un
disfraz y, sin embargo, reconozco a la dama. La belleza es esa piedra
preciosa de Las mil y una noches que desprende, por oculta que esté, una
luz que la delata.

—Conozco la historia —dijo la joven dama—. La luz la delataba no al sol,


sino en la oscuridad. ¿Hay tan poca luz en estas habitaciones, monsieur,
para que una pobre luciérnaga desprenda tanto brillo? Creí que allí donde
se moviera cierta condesa estaríamos en un ambiente luminoso…

¡Enigmático y turbador parlamento! ¿Qué podía yo contestar? Esta dama


podría ser, como dicen que son algunas damas, una amiga de hacer daño
o una íntima amiga de la condesa de St. Alyre. Así pues, pregunté con
cautela:

—¿Qué condesa?

—Si usted me conoce, debe saber que es mi más querida amiga. ¿No es
ella hermosa?

—¡Cómo puedo saberlo! Hay tantas condesas…

—Todo el que me conoce sabe quién es mi amiga más querida. Veo que
no me conoce…

—Es usted cruel. No puedo creer que me haya equivocado. —¿Con quién
estaba usted paseando hace poco?— preguntó. —Con un caballero, un
amigo— contesté.

—Ya lo he visto; sí, con un amigo, por supuesto. Pero creo que lo
conozco, y me gustaría estar segura. ¿No es por casualidad marqués?

De nuevo una pregunta que volvía a ponerme en un aprieto.

—Aquí hay demasiada gente. En un momento puede uno pasearse con


una persona y en otro con otra distinta…

76
—Que una persona sin escrúpulos no tenga dificultad en eludir una
pregunta tan sencilla como la mía… Sepa, pues, de una vez por todas,
que nada desagrada tanto a una persona inteligente como la
desconfianza. Usted, monsieur, es un caballero discreto, al que debo
respetar en consecuencia.

—Mademoiselle me despreciaría si yo violara una confidencia.

—Pero usted no me engaña. Usted imita la diplomacia de su amigo. Yo


detesto la diplomacia. Significa fraude y cobardía. ¿No cree que lo
conozco? Me refiero al caballero con la cruz de cinta blanca en el pecho.
Conozco perfectamente al marqués de Harmonville. Ya ve para qué le ha
servido su ingeniosidad.

—A esa conjetura no puedo contestar ni sí ni no.

—No está obligado. Pero ¿cuál era su motivo para mortificar a una dama?

—Eso es lo último que yo haría en este mundo.

—Usted fingió conocerme, pero no me conoce. Por capricho, indolencia o


curiosidad quiso conversar, no con una dama sino con un disfraz. Me ha
admirado y parece confundirme con otra persona. Pero ¿quién es
completamente perfecto? No se puede encontrar la verdad en esta tierra.

—Mademoiselle se ha formado una opinión errónea de mí.

—Igual que usted de mí; ahora descubre que no soy tan tonta como
suponía. Yo sé perfectamente a quién desea usted halagar con sus
cumplidos y declamaciones melancólicas, y a quién anda buscando con
ese propósito.

—Dígame a quién se refiere —le supliqué.

—Con una condición.

—¿Cuál?

—Que usted confiese que he acertado si nombro a la dama.

—Usted me atribuye propósitos poco claros —objeté—. No puedo admitir

77
que haya querido hablar con una dama en el tono que usted describe.

—Bueno, no insistiré en eso; prométame solamente que, si nombro a la


dama, reconocerá usted que llevo razón.

—¿Tengo que prometerlo absolutamente?

—Por supuesto que no. No hay ninguna obligación. Pero su promesa es la


única condición para que yo siga hablando con usted.

Dudé unos instantes; pero luego pensé que no tenía la más remota
posibilidad de acertar. La condesa no podía haber confesado a nadie
nuestro brevísimo romance, y era difícil que la persona disfrazada de La
Vallière supiera quién era la persona disfrazada de dominó.

—De acuerdo —dije—. Lo prometo.

—Debe prometerlo por el honor de un caballero.

—De acuerdo. Lo prometo por el honor de un caballero.

—Pues esa dama es la condesa de St. Alyre.

Yo estaba sorprendido, y desconcertado, pero recordé mi promesa y dije:

—La condesa de St. Alyre es, a no dudarlo, la dama a la que yo esperaba


ser presentado esta noche; pero le ruego que crea, por el honor de un
caballero, que ella no tiene la menor sospecha de que yo estaba buscando
dicho honor, y hasta es poco probable que se acuerde siquiera de mi
existencia. Yo tuve el honor de prestarles al conde y a ella un pequeño
servicio, demasiado insignificante, me temo, para haber merecido por su
parte algo más que un ligero recuerdo.

—El mundo no es tan desagradecido como usted supone. Y, aun cuando


lo fuera, quedan aún algunos corazones que lo redimen. Yo puedo
garantizarle que la condesa de St. Alyre nunca olvida una acción amable.
La condesa no muestra lo que siente; así que es una mujer desgraciada
sin que se le note.

—¿Desgraciada? Bueno, en realidad me temía que pudiera serlo. Pero, en


cuanto a lo que usted tiene la bondad de suponer, es un sueño bastante
halagador.

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—Le he dicho que soy la amiga de la condesa, y a ese título debo de
conocer algo de su carácter. Entre nosotras se intercambian confidencias,
y yo puedo saber más de lo que usted piensa acerca de esos servicios
insignificantes cuyo recuerdo supone usted tan fugaz.

Aquella conversación me estaba interesando cada vez más. Yo era igual


de depravado que los demás jóvenes de mi edad, y el carácter abyecto de
mi propósito me importaba un ardite ahora que se habían despertado el
amor propio y todas las pasiones que se mezclan en este tipo de
romances. La imagen de la bella condesa había vuelto a superponerse a la
bonita contrapartida de La Vallière, que tenía delante de mi. Habría dado
cualquier cosa por oírle repetir solemnemente que ella se acordaba del
campeón que, por su amor, y con un bastón por única arma, se había
lanzado ante el sable de un dragón rabioso y había salido victorioso.

—¿Ha dicho que la condesa es desgraciada? —pregunté—. ¿Cuál es el


motivo de su infelicidad?

—Muchas cosas. Su marido es viejo, celoso y tirano. ¿No le basta con


esto? Y, cuando descansa de su presencia, se siente sola.

—Pero usted es su amiga, ¿no?— sugerí.

—¿Y usted cree que le basta con una amiga? —replicó—. Sólo tiene una
persona a la que abrir su corazón.

—¿Hay espacio para otra amistad?

—Inténtelo.

—¿Cómo puedo intentarlo?

—Ella le ayudará.

—¿Cómo?

Obtuve otra pregunta por respuesta:

—¿Ha reservado habitación en alguno de los hoteles de Versalles?

—No, no me fue posible. Estoy alojado en el Dragón Volador, una posada

79
que limita con el parque del castillo de la Carque.

—Eso puede facilitar las cosas. No necesito preguntarle si tiene valor para
una aventura, ni si es un hombre de honor. Una dama puede confiar en
usted sin miedo. Hay pocos hombres a los que se puede conceder una
entrevista como la que voy a proponerle. Se verá con ella a las dos de la
madrugada en el parque del castillo de la Carque. ¿Qué habitación del
Dragón Volador ocupa usted?

Estaba sorprendido de la audacia y decisión de aquella muchacha. ¿No


estaría burlándose de mí?

—Eso se lo puedo decir con total precisión —dije—. Según miro desde la
parte trasera de la casa, donde se encuentran mis aposentos, mi ventana
es la del extremo derecho, junto a la esquina; está en el segundo piso,
contando desde la planta del vestíbulo.

—Muy bien. Usted habrá observado, si mira al parque, dos o tres


pequeñas arboledas de castaños y tilos, que crecen tan cerca unas de
otras que forman un pequeño bosquecillo. Debe volver a su hotel,
cambiarse de ropa y, guardando un sigilo escrupuloso en cuanto a su
destino, salir del Dragón Volador y saltar la tapia del parque sin que lo vea
nadie; reconocerá fácilmente el bosquecillo que le he mencionado; allí
encontrará a la condesa, que le concederá una audiencia de unos minutos,
confiando en la más escrupulosa reserva de su parte, y le explicará en
unas palabras muchas cosas que yo no estoy en condiciones de hacer
aquí.

Es imposible describir lo que sentí al escuchar aquellas palabras. Estaba


aturdido. Me sobrevino la duda. No podía creer aquellas palabras tan
trascendentales.

—Mademoiselle debe comprender que, si me atreviera a convencerme a


mí mismo de que semejante dicha y semejante honor están realmente
destinados para mí, mi gratitud duraría toda la vida. Pero ¿cómo voy yo a
creer que mademoiselle no habla movida más por su propia simpatía o
bondad que por la certeza de que la condesa de St. Alyre me va a
conceder semejante honor?

—Monsieur cree que no estoy, como pretendo estarlo, en el secreto que


hasta ahora él supuso que no era compartido por nadie más que por la

80
condesa y él mismo, o que lo estoy engañando cruelmente. Que soy la
confidente de la condesa lo juro por todo lo que tiene de entrañable un
adiós susurrado. Lo juro por la última compañera de esta flor —cogió
durante unos instantes entre sus dedos un delicado capullo de rosa blanca
que se hallaba disimulado en su ramo—. Por mi buena estrella, y la de
ella, ¿o he de decir más bien por nuestra Belle Étoile? ¿No he dicho ya
bastante?

—¿Bastante? —repetí—. Más que bastante. Mil gracias.

—Y, como estoy en el secreto, es obvio que soy su amiga; y, si soy su


amiga, ¿considera lógico utilizar su querido nombre de esta manera? ¿Y
todo para hacerle una vulgar jugarreta a usted, un extranjero?

Mademoiselle sabrá perdonarme si considera lo mucho que valoro la


posibilidad de ver y hablar con la condesa. ¿Le extraña entonces que me
muestre algo incrédulo? Pero me ha convencido y espero sepa perdonar
mi titubeo.

—¿Estará pues en el lugar que le he dicho, a las dos en punto de la


madrugada?

—Con toda seguridad —contesté.

—Y, estoy convencida, monsieur no se abstendrá de hacerlo por miedo.


No, no necesita asegurármelo. Su valor está ya sobradamente probado.

—En mis actuales circunstancias, no hay ningún peligro que no esté


dispuesto a arrostrar con entusiasmo.

—¿No convendría que fuera usted ya, monsieur, a reunirse con su amigo?

—Le prometí esperarlo aquí hasta que volviera. El conde de St. Alyre dijo
que pensaba presentarme a la condesa.

—¿Y monsieur es tan ingenuo como para creerlo?

—¿Por qué no iba a creerlo?

—Porque es muy celoso y astuto. Ya verá cómo no le presenta nunca a su


esposa. Vendrá y dirá que no la ha encontrado y le prometerá
presentársela en otra ocasión.

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—Creo que se acerca acompañado de mi amigo. No. No viene
acompañado de ninguna dama.

—Ya se lo dije. Si esta dicha sólo le fuera a llegar a través de sus buenos
oficios, ya podría esperar sentado… Entre tanto, es mejor que no me vea a
su lado. Sospecharía que hemos estado hablando de su mujer, y eso
redoblaría sus celos y su vigilancia.

Di las gracias a mi desconocida y disfrazada amiga y, dando un pequeño


rodeo, me aproximé al conde.

Sonreí bajo mi disfraz cuando éste me aseguró que la duquesa de la


Roquème había cambiado de salón y se había llevado con ella a la
condesa; pero que esperaba, en un futuro muy próximo, tener la
oportunidad de presentarnos.

Evité al marqués de Harmonville, que caminaba al lado del conde.

Temía que pudiera proponerme que lo acompañara a su casa, y no tenía


ganas de verme obligado a darle una explicación.

Así pues, me perdí rápidamente entre la multitud y avancé lo más deprisa


que pude hacia la «Galería de los Espejos», en la dirección opuesta a la
que habían tomado el conde y mi amigo el marqués.

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XV. Extraña historia del Dragón Volador
En aquella época, las fiestas francesas tenían lugar más temprano que
nuestros modernos bailes londinenses. Consulté mi reloj. Eran algo más
de las doce.

Era una noche apacible y bochornosa; a pesar de que algunos salones


eran realmente muy amplios, era imposible conseguir que la temperatura
no resultara sofocante, especialmente para personas disfrazadas. En
algunos lugares la turba resultaba incómoda, y la profusión de luces
contribuía a aumentar el calor. Así pues, me quité el disfraz, como vi hacer
a otras personas a las que el misterio les importaba tan poco como a mí.
Acto seguido empecé a respirar más a gusto, y poco después oí una voz
amiga que me llamaba por mi nombre en inglés. Era Tom Whistlewick, del
de Dragones. Se había quitado el disfraz y tenía el rostro acalorado como
yo. Era uno de los héroes de Waterloo, con la gloria recién estrenada, a
quienes todos los países del mundo, salvo Francia, admiraban; y lo único
negativo que yo conocía de él era su costumbre de calmar la sed con
champán siempre que acudía a bailes, fiestas, veladas musicales y otro
tipo de reuniones. Al presentarme a su amigo, monsieur Carmaignac,
observé que las palabras no le fluían con nitidez. Monsieur Carmaignac
era bajito, delgado y más tieso que un palo. Era calvo, inhalaba rapé y
llevaba gafas; como supe enseguida, desempeñaba un cargo oficial.

Tom era un tipo jocoso, astuto y difícil de entender en aquellas curiosas


condiciones. Arqueaba las cejas, retorcía los labios de forma extraña y se
abanicaba con su disfraz.

Tras intercambiar cuatro palabras corteses, observé con agrado que


prefería el silencio y se conformaba con el papel de oyente mientras
charlábamos monsieur Carmaignac y yo; con extraordinaria cautela e
indecisión, se acomodó en un banco junto a nosotros y pronto pareció
tener dificultades para mantener los ojos abiertos.

—Le he oído decir —dijo el caballero francés— que se aloja en el Dragón


Volador, a una media legua de aquí. Cuando trabajaba en un

83
departamento de policía distinto, hace cuatro años, esa casa fue escenario
de dos casos muy extraños. El primero fue el de un acaudalado émigré, al
que el emp… Napoleón había permitido regresar a Francia. Desapareció.
El segundo —igualmente extrañó— fue el de un rico aristócrata ruso, que
desapareció también de manera misteriosa.

—Mi criado —dije— me ha hecho un relato confuso de algunos


acontecimientos y, si no recuerdo mal, con las mismas personas como
protagonistas; es decir, un emigrado francés y un noble ruso. Pero como
ha presentado las cosas como si se tratara de fenómenos paranormales ó
sobrenaturales no he creído ni una palabra de cuanto me ha dicho.

—No, no se trata de casos sobrenaturales, sino simplemente inexplicables


—puntualizó el caballero francés—. Por supuesto, se han planteado
hipótesis, pero el misterio nunca se ha dilucidado ni, que yo sepa, se han
aportado pruebas convincentes.

—Por favor, cuénteme la historia —le rogué—. Creó que tengo derecho,
ya que afecta al lugar en el que me hospedo. ¿No sospecha usted del
personal de la casa?

—¡Oh! Ha cambiado de dueño desde entonces. Pero hay una habitación


en particular sobre la que parece cernerse la fatalidad.

—¿Podría describirme esa habitación?

—Ciertamente. Es una alcoba espaciosa del segundo piso con artesonado


de madera situada en la parte posterior de la casa, y en el extremo
derecho según se mira desde las ventanas.

—¡No me diga! ¡Caramba, pero si ésa es mi habitación! —exclamé con


redoblado interés, y una pizca de aprensión—. Los huéspedes en
cuestión, ¿murieron ó desaparecieron por arte de magia?

—No, no murieron. Desaparecieron como por ensalmo. Le contaré lo que


pasó con pelos y señales, pues en el primer caso fui yo quien acudió a la
casa oficialmente a hacer la investigación; y, aunque no llevé
personalmente el segundo, me dejaron ver el expediente y fui yo quien
redactó la carta oficial a los familiares de los desaparecidos, que habían
solicitado al gobierno la investigación del caso. Recibimos cartas de los
parientes más de dos años después, por las que supimos que los

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desaparecidos no habían vuelto a dar señales de vida.

Aspiró un poco de rapé y me miró fijamente.

—¡Ninguna señal de vida! Le referiré lo que ocurrió, según nuestras


pesquisas. El noble francés, que era el caballero de Château Blassemare,
a diferencia de la mayor parte de los emigrados, había tomado
precauciones a tiempo; así, había vendido buena parte de sus bienes
antes de que la revolución avanzara tanto que hiciera inútil dicha
operación y se exilió llevándose consigo una suma de dinero considerable.
Regresó con casi medio millón de francos, que invirtió mayoritariamente en
fondos estatales franceses, dejando en Austria una suma mucho mayor en
forma de tierras y títulos mercantiles. Habrá observado que este caballero
era rico y que no había prueba alguna de que hubiera perdido dinero ni de
que estuviera pasando por ningún apuró financiero. ¿Me sigue?

Asentí con la cabeza.

—Este caballero gastaba por debajo de lo que su situación económica le


habría permitido. Poseía unos aposentos confortables en París y durante
cierto tiempo se dedicó a frecuentar los teatros y otros lugares de
razonable esparcimiento. No jugaba. Era un hombre de mediana edad,
que quería pasar por más joven de lo que en realidad era, con lo que ello
supone de pequeñas vanidades; pero, por lo demás, era una persona
afable y educada que no molestaba nadie. Como ve, una persona poco
susceptible de provocar hostilidades.

—Desde luego —convine.

—A principios del verano de 1811 obtuvo un permiso para copiar un


cuadro en uno de esos salones de pintura y vino aquí a Versalles con esta
finalidad. Su obra avanzaba lentamente. Después de cierto tiempo
abandonó el hotel de Versalles y se fue a vivir, para cambiar un poco, al
Dragón Volador. Allí tomó, por decisión personal, la habitación que
casualmente le han dado a usted. Desde entonces parece ser que pintó
muy poco, y fueron raras las veces que fue a su casa de París. Una noche
le dijo al posadero del Dragón Volador que iba a París a pasar un par de
días por asuntos personales; que su criado le acompañaría, pero que se
quedaba su habitación del Dragón Volador y regresaría unos días
después. Dejó allí parte de su ropa, pero se llevó a París un baúl, su
neceser y el resto del equipaje, con su criado en la parte trasera del

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carruaje. ¿Me sigue, monsieur?

—Con suma atención —contesté.

—Pues bien, monsieur, llegado cerca de su casa de París, detuvo


repentinamente el carruaje y le dijo al criado que había cambiado de
planes; que dormiría en otro lugar aquella noche; que tenía un asunto muy
importante que resolver en el norte de Francia, no lejos de Ruán; que se
pondría en marcha antes del amanecer y que volvería un par de semanas
más tarde. Llamó un simón, empuñó una saca de cuero que, según contó
su criado, era suficientemente grande para contener unas camisas y un
abrigo; pero que era también enormemente pesada, como él mismo pudo
comprobar, pues tuvo que sostenerla mientras su amo sacaba de la bolsa
treinta y seis napoleones, de los que el criado debía rendir cuentas a su
regreso. Luego le mandó que se marchara en el carruaje mientras él,
empuñando la mencionada saca, subía al simón. Hasta este punto, como
ve, el relato es bastante claro.

—Perfectamente —convine.

—Pero ahora viene el misterio —dijo monsieur Carmaignac—. Después de


esto, que nosotros sepamos nadie volvió a ver al conde de Château
Blassemare, ni conocidos ni amigos. Luego averiguamos que, la víspera,
el agente de cambio del conde había vendido, por orden de éste, todos
sus bonos franceses y le había dado su equivalente en dinero. La razón
esgrimida para esta operación concordaba con la que había dado a su
criado. Dijo que marchaba al norte de Francia para pagar algunas deudas
y que no sabía exactamente cuánto dinero iba a necesitar. La saca, cuyo
excesivo peso había extrañado al criado, contenía, a no dudarlo, una suma
de oro considerable. ¿Quiere monsieur probar mi rapé?

Me alargó su tabaquera abierta, de la que tomé un poco a modo de


experimento.

—Cuando se inició la investigación —prosiguió—, se ofreció una


recompensa por cualquier información que pudiera arrojar alguna luz sobre
el misterio, sobre todo por la que pudiera facilitarnos el conductor del
simón, como, por ejemplo: «me contrató la noche del día tal, hacia las diez
y media, un caballero con una saca de cuero negro, que se había apeado
de un carruaje privado y dio dinero a su criado tras contarlo dos veces».
Se presentaron unos ciento cincuenta cocheros, ninguno de los cuales

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resultó ser el hombre que buscábamos. Sin embargo, obtuvimos una
curiosa e inesperada prueba para otro caso completamente distinto. ¡Qué
barbaridad! ¡Qué ruido hace ese arlequín con su espada!

—¡Intolerable! —Convine.

El arlequín desapareció, y monsieur Carmaignac reanudó su relato:

—La información a que me refería nos la suministró un muchacho de unos


doce años que conocía al conde perfectamente, ya que le había servido
varias veces como mensajero. Afirmó que hacia las doce y media de
aquella misma noche —en la que, tome usted nota, brillaba una hermosa
luna llena— fue enviado, al haberse puesto de repente su madre con
dolores, a buscar a la comadrona, que vivía a tiro de piedra del Dragón
Volador. La casa de su padre, punto de partida, se hallaba a unos dos
kilómetros de distancia de la posada, para alcanzar la cual tenía que
rodear el parque del castillo de la Carque. El camino pasa por delante del
viejo cementerio de St. Aubin, separado de éste sólo por una valla muy
baja y dos o tres árboles viejos y enormes. El muchacho se puso un poco
nervioso al acercarse a este antiguo cementerio y, a la luz brillante de la
luna, vio a un hombre al que reconoció claramente como al conde, a quien
conocían con el mote de «El sonrisas». Tenía un aspecto muy triste y
estaba sentado encima de una lápida, sobre la que había también una
pistola, mientras él cargaba otra.

»El muchacho pasó por allí de puntillas, sin hacer ruido, sin apartar la vista
en ningún momento del conde de Château Blassemare, o del hombre al
que había confundido con él. No iba vestido como de costumbre, pero el
testigo juró que no le cabía la menor duda en lo que a su identidad se
refería. Dijo que tenía una expresión grave y adusta, pero que, aunque no
sonreía, era la misma cara que él conocía de sobra. De esto estaba
completamente seguro. Si era él, fue la última vez que alguien lo vio.
Desde entonces no se ha vuelto a oír hablar de él. Nada se ha descubierto
de él en Ruán y alrededores. No hay pruebas de su muerte, pero tampoco
hay el menor indicio de que siga con vida.

—Es un caso realmente singular —convine; iba a hacer otro par de


preguntas cuando Tom Whistlewick, que sin que yo me diera cuenta se
había levantado a dar un paseo, volvió mucho más despierto y mucho
menos achispado.

87
—Vamos, Carmaignac, se está haciendo tarde y debo irme, de veras, por
el motivo que le he dicho antes. Beckett, tenemos que vernos pronto.

—Siento mucho, monsieur, no poder relatarle ahora el otro caso, el del


otro inquilino de la misma habitación, un caso más misterioso y siniestro
que el último, ocurrido en el otoño del mismo año.

—¿Por qué no me hacen el honor de venir a comer conmigo mañana al


Dragón Volador?

Mientras avanzábamos por la «Galería de los Espejos», conseguí


arrancarles su promesa.

—¡Por Baco! —exclamó Whistle poco después—. Fíjense en esa pagoda,


o silla de manos o lo que quiera que sea: sigue aún donde la dejaron esos
individuos, sin que haya nadie cerca de ella… No me explico cómo hacen
para adivinarlo todo tan diabólicamente bien. Jack Nuffles, a quien he
conocido esta noche, dice que son gitanos. ¿Dónde están, por cierto? Voy
a echar un vistazo al profeta.

Lo vi tirar de las persianillas, que estaban construidas a imitación de las


celosías venecianas: cubrían las cortinas rojas del interior, pero no
parecían ceder, y Whistlewick sólo pudo mirar por debajo de una que no
estaba totalmente bajada.

Al volver, nos contó lo siguiente:

—Apenas he visto al viejo. Estaba demasiado oscuro. Está cubierto de oro


y rojo, y tiene un sombrero de mandarín bordado; duerme como un lirón, ¡y
por Júpiter que huele peor que una mofeta! Aunque sólo sea por oler vale
la pena acercarse… ¡Buah! ¡Puf!¡Arg! ¡Vaya perfume! ¡Beerg!

Decliné aquella invitación tan seductora, y nos dirigimos lentamente hacia


la puerta. Me despedí de ellos, recordándoles su promesa. Así, pude
subirme por fin a mi carruaje y dirigirme sin más dilación hacia el Dragón
Volador por el más apartado de los caminos, bajo la sombra de árboles
antiguos e iluminado por la suave luz de la luna.

¡Cuántas cosas habían ocurrido en las dos últimas horas! ¡Qué variedad
de cuadros extraños y animados se habían agolpado en tan breve espacio!
¡Qué aventura tan estupenda me esperaba!

88
¡Cómo contrastaba el silencioso y solitario camino iluminado por la luna
con el abigarrado torbellino de placeres a cuyo rugido, música, luces,
diamantes y colores acababa de hurtarme!

La visión de la naturaleza solitaria a aquella hora de la noche actuó como


un sedante repentino. La locura de mi empresa, y la culpabilidad que
entrañaba, me llenaron momentáneamente de remordimiento y horror. En
aquel momento me habría gustado no entrar nunca en aquel laberinto que
me conducía no se sabía a dónde. Era demasiado tarde para volverse
atrás; pero la amargura ya estaba deslizándose en mi copa, y durante
varios minutos unos vagos presentimientos apesadumbraron mi corazón.
Poco más habría bastado para revelar aquel mi poco viril estado anímico a
mi vivaracho amigo Alfred Ogle o incluso al mordaz pero simpático Tom
Whistlewick.

89
XVI. El parque del castillo de la Carque
No había peligro de que el Dragón Volador cerrara sus puertas en aquella
ocasión antes de las tres o las cuatro de la madrugada. Muchos criados de
personajes importantes se encontraban allí acuartelados, y, como sus
señores no abandonarían el baile hasta el último momento, no podrían
volver a sus rincones del Dragón Volador hasta haber cumplido con sus
obligaciones.

Por lo tanto, yo sabía que disponía de tiempo suficiente para mi excursión


misteriosa sin despertar la curiosidad de nadie por verme salir con las
puertas ya cerradas.

Acabábamos de detenernos bajo el dosel de follaje, delante de la enseña


del Dragón Volador, iluminados por la luz que se filtraba de la puerta del
vestíbulo.

Despedí a mi cochero, subí presuroso las anchas escaleras con el disfraz


en la mano, con mi dominó revoloteando alrededor, y entré en la
espaciosa alcoba. El artesonado negro, el solemne mobiliario y las oscuras
cortinas del alto lecho hacían que la noche pareciera más sombría.

Por la ventana, hacia la que me precipité, entraba un rayo de luna que


iluminaba el suelo con una luz oblicua. Contemplé el paisaje que
dormitaba bajo aquellos rayos argentinos. Más allá se divisaba el contorno
del castillo de la Carque, sus chimeneas y numerosos chapiteles
recortados sobre el cielo grisáceo. Más cerca de mí, a medio camino entre
mi ventana y el castillo, un poco a la izquierda, distinguí la masa tupida de
árboles que la dama enmascarada me había indicado como lugar de
encuentro, aquella misma noche, entre la bella condesa y yo.

Localicé el lugar exacto de aquel lúgubre conjunto de árboles, cuyas copas


estaban tenuemente iluminadas por la claridad de la luna.

Adivinarán con qué extraño interés y emoción contemplé aquel


desconocido escenario de la aventura que me aguardaba.

90
Pero el tiempo volaba y la hora se aproximaba. Dejé mi disfraz sobre un
sofá; busqué a tientas un par de botas para ponerme en lugar de mis finos
zapatos planos, a la sazón llamados «escarpines», sin los que ningún
caballero podía asistir a una velada. Me calé el sombrero y, finalmente,
tomé un par de pistolas cargadas, que, según me habían aconsejado, eran
unas compañeras muy recomendables en la inestable situación que
estaba atravesando entonces la sociedad francesa: por doquier pululaban
soldados en desbandada, algunos de ellos bastante peligrosos.
Terminados aquellos preparativos, confieso que cogí un espejo y lo llevé
junto a la ventana para comprobar mi aspecto a la luz de la luna. Luego,
satisfecho del resultado, lo dejé en su sitio y bajé corriendo las escaleras.

Una vez en el vestíbulo, llamé a mi criado.

—St. Clair —le dije—, voy a darme un paseo en esta noche de luna. No
tardaré más de diez minutos. No te acuestes hasta que yo vuelva. Si el
paseo me gusta, podría alargarlo un poco más.

Bajé los escalones y miré a derecha e izquierda, como quien no sabe qué
dirección tomar. Luego avancé por la carretera, contemplando ora la luna
ora las nubes blancas que se deslizaban por el otro lado, silbando todo el
tiempo una tonadilla que se me había pegado en una visita a la ópera.

A unos doscientos metros aproximadamente del Dragón Volador, dejé de


disimular: me di media vuelta y escudriñé con atención el camino, que
parecía cubierto de escarcha, y, a la luz de la luna, divisé el gablete de la
vieja posada, así como una ventana, semioculta tras el follaje, de la que
salía una luz tenue.

No se oía ningún ruido de pasos ni se veía el menor rastro de figura


humana. La luz de la luna era suficiente para consultar el reloj. Faltaban
sólo ocho minutos para la hora convenida. Un tupido manto de hiedra
cubría en este punto la tapia y formaba en lo alto una especie de racimo.

Esto me facilitaba la escalada, además de servir de pantalla a mi empresa


en caso de que alguien estuviera mirando por casualidad en aquella
dirección. ¡Lo conseguí! Ya me hallaba en el parque del castillo de la
Carque, como el furtivo infame que traspasa los dominios de un señor
confiado.

91
Ante mí se elevaba el bosquecillo designado, que parecía más negro que
los crespones de una corona fúnebre. A cada paso parecía más alto y
proyectaba una sombra cada vez más negra a mis pies. Seguí avanzando,
y sentí cierto placer al verme sumergido por completo en medio de la
sombra. Ya estaba sobre los tilos grandiosos y los castaños centenarios, y
la esperanza aceleró los latidos de mi corazón.

Este bosquecillo se abría ligeramente en el centro, donde, ceñido por una


pequeña escalinata, se erguía un templete griego o capilla, que cobijaba
una estatua. Era de mármol blanco, con columnas corintias acanaladas y
vanos cubiertos de vidrio; entre las grietas se abría paso la hierba. El
moho se insinuaba en el pedestal y la cornisa, y el mármol descolorido y
añejo exhibía los estigmas de un largo abandono. A unos metros de la
escalinata, una fuente abastecida por los grandes estanques del otro lado
del castillo derramaba sus aguas con sonido metálico sobre una ancha pila
de mármol; el chorro de agua centelleaba cual lluvia de diamantes al claro
de luna. La impresión de descuido y ruina hacía más bonita aún la escena,
y más triste. Yo estaba demasiado atento al castillo, de donde debía llegar
la dama, para percibir con detalle estos efectos; pero, de manera
semiconsciente, aquel decorado romántico me sugería en cierto modo la
gruta, la fuente y la aparición de Egeria.

Mientras observaba atentamente, me habló una voz por detrás,


ligeramente a la izquierda. Me volví sobresaltado: allí estaba la persona
disfrazada de mademoiselle de la Vallière que había visto unas horas
antes.

—La condesa estará aquí enseguida —dijo. La joven estaba en medio del
claro y la luz de la luna caía directamente sobre ella. Nada podía
favorecerle más; su figura parecía más graciosa y elegante que nunca—.
Entre tanto, le diré algunas cosas acerca de ella. Es una mujer
desgraciada; está triste por su matrimonio con un tirano celoso que la
quiere obligar a vender sus diamantes, que valen…

—Treinta mil libras esterlinas. Lo he oído decir a un amigo. ¿Puedo


ayudarla de alguna manera en esta lucha desigual? Dígame cómo, y
cuanto mayor sea el peligro o el sacrificio, más feliz me hará. ¿Puedo
ayudarla de alguna manera?

—Si desprecia el peligro, que, sin embargo, no es ningún peligro; si


desprecia, como ella, las leyes tiránicas de este mundo y es

92
suficientemente caballeroso como para dedicarse en cuerpo y alma a la
causa de una dama, sin más recompensa que su pobre gratitud…; si
puede hacer estas cosas, claro que la puede ayudar, y ganarse así no sólo
su gratitud, sino también su amistad.

Con estas palabras, la dama disfrazada se volvió, y pareció romper a


llorar. Yo me declaré dispuesto a ser el esclavo de la condesa.

—Pero —añadí— usted me dijo que estaría aquí pronto.

—Siempre y cuando no ocurra nada imprevisto; como el conde de St.


Alyre está en casa, y vigila constantemente, es dificilísimo dar un paso sin
peligro.

—¿Desea ella verme? —pregunté con tierna vacilación.

—Primero diga si ha pensado realmente en ella, más de una vez, en la


aventura de la Belle Étoile.

—Siempre la he tenido presente. Día y noche sus bellos ojos me siguen a


todas partes; su dulce voz siempre resuena en mis oídos.

—Dicen que mi voz se parece a la de ella —dijo el disfraz.

—En efecto —contesté—. Pero es sólo un parecido. ¡Ah! ¿Es entonces la


mía mejor?

—Perdóneme, mademoiselle, pero yo no he dicho eso. La de usted es una


voz muy dulce, pero se me antoja un poco más aguda.

—Un poco más chillona, quiere decir —contestó la señorita de La Vallière,


me pareció que algo picada.

—No, no más chillona: su voz no es chillona, es maravillosamente dulce;


pero no es tan patéticamente dulce como la suya.

—Eso es un prejuicio, monsieur, eso no es cierto. Hice una reverencia; no


podía contradecir a una dama.

—Veo, monsieur, que se ríe de mí. Me cree vanidosa porque pretendo en


algunos aspectos igualarme a la condesa de St. Alyre. Le desafío a que
me diga que mi mano es menos hermosa que la suya.

93
Dicho lo cual, se quitó el guante y alargó la mano, con la palma hacia
abajo, a la luz de la luna.

La dama parecía realmente molesta. Aquello era indigno e irritante; pues


se estaban desperdiciando unos momentos preciosos mientras
manteníamos aquella conversación insulsa, que no parecía conducir a
nada.

—¿Admite, entonces, que mi mano es tan bonita como la suya?

—No puedo admitirlo, mademoiselle —dije con la sinceridad de la


impaciencia—. No quiero entrar en comparaciones, pero la condesa de St.
Alyre es a todos los respectos la dama más hermosa que jamás han
contemplado mis ojos.

La disfrazada rió primero fríamente y, luego, con cierta simpatía.


Exhalando un suspiro, exclamó:

—Le probaré lo que digo.

Y, mientras así hablaba, se retiró el disfraz, y mis ojos vieron en persona a


la condesa de St. Alyre, sonriente, confundida, tímida y más bella que
nunca.

—¡Cielo santo! —exclamé—. ¡Qué monstruosamente estúpido he sido!


¡Así que fue con madame la condesa con quien estuve hablando todo el
rato en el salón!

La contemplé en silencio. Y ella, con un esbozo de sonrisa dulce y


comprensiva, me alargó la mano, que cogí y llevé a mis labios.

—No, no debe hacer eso —dijo con voz queda—. Aún no nos conocemos
lo suficiente. Creo que, aunque usted se equivocó, aún se acuerda de la
condesa de la Belle Étoile, y que es usted todo un campeón, fiel y sin
miedo. Si usted hubiera cedido al coqueteo de una rival disfrazada de
mademoiselle de La Vallière, la condesa de St. Alyre nunca habría
confiado en usted ni le habría dado ninguna cita. Pero ahora estoy segura
de que es usted una persona de fiar, además de valiente. Sabe de sobra
que no me he olvidado de usted, y también que, si alguna vez arriesgara
su vida por mí, yo arrostraría igualmente cualquier peligro antes que
perder a un amigo. Me quedan sólo unos minutos. ¿Vendrá de nuevo

94
mañana por la noche a las once y cuarto? Yo estaré aquí a esa hora, pero
no se olvide de extremar la precaución para que nadie sospeche que ha
venido aquí. Me lo debe usted, monsieur.

Yo le prometí repetidas veces que moriría antes que permitir que cualquier
imprudencia pusiera en peligro aquel secreto que daba a mi vida sentido e
interés.

Cada momento me parecía más hermosa, y mi entusiasmo iba


aumentando en proporción.

—Mañana debe venir por otro camino —dijo—; y, si viniera una tercera
vez, volveríamos a cambiar. En el otro extremo del castillo hay un pequeño
cementerio, con una capilla en ruinas. Los vecinos temen pasar por allí de
noche. El camino está desierto y hay una barrera que permite acceder a
este camposanto. Lo atravesará y se encontrará a unos veinte metros de
aquí, en un lugar rodeado de matorrales.

Por supuesto, le prometí observar al pie de la letra sus instrucciones.

—Llevo más de un año viviendo en un terrible estado de indecisión. Pero


ha llegado la hora de dar el paso. La mía ha sido una vida muy triste, más
solitaria que la de un claustro. No he tenido a nadie que escuchara mis
confidencias, a nadie que me aconsejara, a nadie que me liberara de los
horrores de mi existencia. Pero por fin he encontrado a un amigo valeroso
y decidido. ¡Cómo olvidar la escena heroica del vestíbulo de la Belle Étoile!
¿Ha conservado usted la rosa que le di al despedirnos? Sí; no necesita
jurarlo. Confío en usted. Richard, ¡cuántas veces he repetido en la soledad
su nombre, que he conocido por mi criado! ¡Richard, mi héroe! ¡Oh,
Richard! ¡Oh, mi rey! ¡Cuánto le amo!

Yo la habría estrechado contra mi corazón, me habría arrojado a sus pies.


Pero aquella mujer hermosa y, debo decirlo, inconsecuente, me rechazó.

—No, no debemos desperdiciar en extravagancias estos preciosa


momentos. Comprenda mi situación. En el matrimonio no existe la
indiferencia. No amar al marido —continuó— es odiarlo. El conde, ridículo
por todo lo demás, es tremendo cuando le acometen los celos. Por eso,
por favor, extreme la precaución. Finja con todas las personas con las que
hable no conocer a ninguno de los moradores del castillo de la Carque, si
alguien menciona al conde o a la condesa de St. Alyre en su presencia;

95
diga que no conoce a ninguno de los dos. Mañana por la noche le contaré
más cosas. Tengo motivos, que no puedo explicar ahora, para hacer
cuanto estoy haciendo ahora y cuanto voy a hacer después. Adiós.
¡Váyase ya! Déjeme sola.

Hizo con la mano un gesto perentorio para que me marchara. Musitando


un «adiós», la obedecí.

Esta entrevista no duró, creo, más de diez minutos. Volví a escalar la tapia
del parque y regresé al Dragón Volador antes de que cerraran las puertas.

Permanecí despierto en mi lecho, en medio de una fiebre de euforia. Hasta


que despuntó el día, y vino a llevarse aquella visión, vi a la bella condesa
de St. Alyre, siempre en la oscuridad, delante de mí.

96
XVII. El ocupante del palanquín
El marqués me visitó al día siguiente. A pesar de lo tarde que era, mi
desayuno estaba aún en la mesa.

Había venido, dijo, para pedirme un favor. A causa del gran barullo que se
había formado a la salida del baile, su vehículo había sufrido un percance,
por lo que me pedía un asiento en el mío en caso de que tuviera intención
de ir a París. En efecto, yo iba a París, y me encantaba hacerlo en su
compañía. Fue conmigo hasta mi hotel y subió a mis aposentos. Me
extrañó ver allí a un hombre sentado en uno de los sillones, dándonos la
espalda, leyendo un periódico. Se levantó. Era el conde de St. Alyre, con
los lentes calados; los bucles oleaginosos de su peluca negra, que
enmarcaban su escueta cabeza, parecían ébano esculpido sobre un
horrible rostro de boj. La bufanda negra le colgaba del pecho, y tenía el
brazo derecho en cabestrillo. No era fácil saber si aquel día había algo
inhabitual en su fisonomía o si era simplemente el efecto de mi prevención
por todo lo que había oído durante mi misteriosa entrevista en su parque;
pero me pareció que su expresión era más sombría que en ocasiones
anteriores.

Yo no era un pecador suficientemente endurecido como para no sentir


cierta turbación, al menos momentánea, al toparme de repente con aquel
hombre, ultrajado al menos en la intención.

Sonrió.

—Le he visitado, monsieur Beckett, con la esperanza de encontrarlo aquí


—graznó—, y con el propósito, me temo, de tomarme cierta libertad; pero
mi amigo el marqués de Harmonville, quien tal vez se sienta más obligado
conmigo, me prestará tal vez la ayuda que necesito tan imperiosamente.

—Con mucho gusto —dijo el marqués—; pero no hasta después de las


seis. En este momento tengo que acudir a una reunión con otras tres o
cuatro personas, una reunión a la que no puedo faltar; estoy casi seguro
de que no podremos terminar antes de esa hora.

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—¡Qué voy a hacer, entonces! —exclamó el conde—. Con una hora que
me hubiera reservado todo se habría arreglado. ¡Qué gran contratiempo!

—Yo le ofrezco una hora de mi tiempo con mucho gusto —dije.

—¡Qué bueno es usted, monsieur! La verdad es que no me atrevo a


pedirle ese favor. El asunto, para un hombre tan alegre y encantador como
monsieur Beckett, es un poco funeste. Le ruego lea esta nota que me ha
llegado esta mañana.

Ciertamente, la nota no era nada alegre. En ella se decía que el cadáver


del primo del conde, monsieur de St. Amand, que había fallecido en
Château Cléry, su casa, iba a ser enterrado, según sus propios deseos, en
el cementerio parisiense de Père Lachaise; que, con el permiso del conde
de St. Alyre, llegaría a casa de éste (el castillo de la Carque) hacia las diez
de la noche siguiente para ser transportado desde allí en un coche
fúnebre, acompañado por cualquier miembro de la familia que deseara
asistir al entierro.

—Apenas he visto a ese pobre caballero dos veces en mi vida —dijo el


conde—, pero, como no tiene a ningún otro pariente, no puedo rechazar
este encargo, por desagradable que sea; por eso quiero acudir a la oficial
de defunciones para firmar en el libro y obtener la debida autorización para
su inhumación. Pero aquí surge otro problema. He tenido la mala suerte de
torcerme el pulgar y no podré escribir durante una semana. Sin embargo,
como una firma es igual de válida que otra, la suya podría servir tanto
como la mía. Y como usted se ha ofrecido tan amablemente a
acompañarme, todo saldrá perfectamente.

Salimos del hotel. El conde me facilitó el nombre y apellido del finado, así
como la edad, la enfermedad de la que había muerto y varios otros
detalles, amén de una nota acerca del lugar exacto en el que se debía
cavar la tumba (bastante sencilla); a saber, entre dos panteones de la
familia de St. Amand. El cortejo fúnebre, se decía, llegaría dos días
después, a la una y media de la madrugada. Luego me entregó el dinero
para sufragar los gastos del entierro, más un suplemento por nocturnidad.
Era bastante dinero. Yo le pregunté a nombre de quién debía ordenar que
se extendiera el recibo.

—No a mi nombre, mi querido amigo. Querían que yo me convirtiera en

98
albacea, y ayer escribí rechazando dicho encargo. Pero me han asegurado
que, si el recibo estuviera a mi nombre, ello me convertiría en albacea ante
la ley, y ya no podría echarme atrás. Así pues, le ruego que; si no tiene
ningún reparo, se escriba el recibo a su nombre.

Yo hice lo que me había pedido.

Cuando llegue el momento, entenderán por qué me he entretenido en


contar todos estos detalles.

Mientras yo me encargaba de las formalidades, el conde, embozado en su


bufanda de seda negra y con el sombrero calado hasta los ojos, se echó
una cabezadita en un rincón del carruaje; estado en el que me lo encontré
a mi vuelta.

París había perdido su encanto para mí. Me apresuré a cumplir el pequeño


asunto que se me había encomendado, eché de menos una vez más mi
tranquila habitación del Dragón Volador, la melancolía de los bosques del
castillo de la Carque y la emocionante y embriagadora proximidad del
objeto de mi pasión, a la vez loca y reprobable.

Me detuve en la oficina de mi agente de cambio. Como ya he dicho, yo


tenía una suma líquida en mi banco. Poco me importaban los intereses de
unos días, o la suma entera, en comparación con la imagen que ocupaba
mis pensamientos, cuyo brazo de marmórea blancura me convocaba en la
noche al bosquecillo de tilos y castaños del castillo Carque. Pero había
concertado con él una entrevista para aquel día y sentí alivio al oírle decir
que era mejor dejar el dinero en manos de mi banquero unos días más, ya
que los fondos estatales franceses caerían con toda seguridad en breve
plazo. Aquella circunstancia tuvo también una incidencia directa en mis
aventuras subsiguientes.

De regreso al Dragón Volador, encontré en mi saloncito, para mi


desesperación, a mis dos invitados, de quienes me había olvidado por
completo. Maldije interiormente mi estupidez por haberme comprometido
con su agradable sociedad. Pero aquello ya no tenía remedio y unas
palabras a los camareros bastaron para reparar enseguida mi olvido.

Tom Whistlewick estaba en gran forma, y se puso casi de inmediato a


contar una historia muy extraña.

99
Me dijo que no sólo Versalles, sino también todo París, se hallaba en
aquellos momentos alborotado a raíz de una jugarreta indignante, y rayana
en el sacrilegio, que habían hecho a alguien la noche anterior.

La pagoda, como persistía en llamar al palanquín, había quedado en el


lugar donde la habíamos visto por última vez. Ni el mago ni su acólito ni los
portadores habían vuelto a aparecer. Terminado el baile, y después de
retirarse todos los invitados, los criados que ayudaban a apagar las luces y
a cerrar las puertas la encontraron aún allí.

Sin embargo, decidieron dejarla donde estaba hasta la mañana siguiente,


pues se suponía que para entonces sus propietarios habrían mandado a
algún mensajero a retirarlo.

Pero nadie se presentó. Entonces se ordenó a los criados que se lo


llevaran de allí, y su peso extraordinario les recordó por primera vez la
presencia de su ocupante humano, del que se habían olvidado. Forzaron
la puerta, e imaginen cuál no fue la consternación al descubrir, no a un
hombre vivo, ¡sino a un muerto! Debían de haber transcurrido tres o cuatro
días desde la muerte de aquel hombre, bastante corpulento, ataviado con
túnica china y sombrero de colores. Unos dijeron que se trataba de una
farsa para insultar a los aliados, en cuyo honor se había organizado el
baile. Otros opinaron que no era más que una broma pesada y cínica que,
pese a su gravedad, se podía perdonar si se imputaba al ingenio y
bufonería irreprimibles de la juventud. Hubo incluso algunos, más proclives
al misticismo, que aseguraron que el cadáver había sido condición sine
qua non para la exhibición adivinatoria, y que las revelaciones y alusiones
que tanto habían asombrado a los asistentes se habían debido
indudablemente a la necromancia.

—El asunto está en manos de la policía —observó monsieur


Carmaignac—, y ésta no es digna de su nombre si no encuentra pronto, y
pone a disposición de la justicia, a los individuos que han atentado contra
el decoro y los sentimientos del público; a no ser, por supuesto, que se
trate de individuos más astutos de lo que suelen ser los simples
saltimbanquis.

Yo estaba pensando para mis adentros en lo inexplicable que había sido


mi coloquio con el mago, tan expeditivamente tildado por monsieur
Carmaignac de «saltimbanqui»; cuando más pensaba en ello, más
asombroso me parecía.

100
—Fue realmente una broma muy original, aunque algo sospechosa —dijo
Whistlewick.

—Ni siquiera original —dijo Carmaignac—. Casi exactamente lo mismo


tuvo lugar hará unos cien años en un baile de gala en París; y no se logró
dar con los desalmados farsantes.

Esta afirmación de monsieur Carmaignac, como descubrí después, era


exacta, pues entre mis libros de anécdotas y recuerdos franceses se
encontraba aquel mismo incidente subrayado por mi propia mano.

Mientras hablábamos de aquel asunto, vino el camarero a anunciar que la


cena estaba servida y podíamos pasar al comedor. Mis invitados se
encargaron de compensar mi relativa taciturnidad.

101
XVIII. El camposanto
La cena que nos sirvieron fue realmente buena, al igual que los vinos; a
pesar de que se trataba de una posada apartada, probablemente se comía
aquí mejor que en algunos de los más prestigiosos hoteles de París. El
efecto moral que produce cenar bien es inmenso: todos nosotros lo
sentimos aquella noche. El sosiego y buen humor que produce son más
duraderos y agradables que la tumultuosa euforia de Baco.

Mis amigos, pues, se mostraron contentos y muy locuaces, lo cual me


ahorró el trabajo de tener que hablar; y estuvieron todo el rato contando
historias divertidas, a las que, si he de ser sincero, no presté
prácticamente ninguna atención, pues mis pensamientos estaban por
completo en otra parte, hasta que de repente surgió un tema que me
interesó poderosamente.

—Sí —dijo Carmaignac, prosiguiendo un hilo argumental que se me había


hurtado—. Hubo otro caso, además del noble ruso, más extraño todavía,
cuyo nombre no recuerdo ahora, aunque lo recordé precisamente esta
mañana. Se había alojado en la misma habitación. Por cierto, monsieur,
¿no piensa —añadió volviéndose hacia mí, disimulando su seriedad con
una sonrisa— cambiar de habitación ahora que hay menos gente en la
posada? Por supuesto, siempre y cuando piense usted quedarse aquí más
tiempo.

—Ah, no, gracias. Pienso cambiar de hotel, así podré pasear de noche por
la ciudad. Pero, aunque pase aquí esta noche, por lo menos, espero no
sutilizarme como los otros. Pero ha dicho usted que hay otra historia
parecida relacionada también con esa misma habitación. Oigámosla, pues.
Pero bebamos antes un poco de vino.

La historia que contó fue muy curiosa.

—Este caso ocurrió —dijo Carmaignac—, si la memoria no me falla, antes


que los otros dos. A un caballero francés —ojalá pudiera recordar su
nombre—, hijo de un comerciante, que acudió a esa posada, el Dragón

102
Volador, el posadero le dio la habitación a la que me he referido; es decir,
la que usted ocupa, monsieur. Ya había dejado de ser joven —tenía más
de cuarenta años— y distaba mucho de ser apuesto. El personal de la
posada decía que era el hombre más feo, pero también el más bonachón,
que jamás había pisado la tierra. Tocaba el violín, cantaba y escribía
poesía. Sus costumbres eran extrañas, pero espontáneas. A veces se
pasaba todo el día en su habitación escribiendo, cantando o tocando el
violín, y salía por la noche a dar un paseo. ¡Un hombre realmente
excéntrico! No era un millonario, ni mucho menos, pero tenía un modicum
bonum, ya me comprenden: una cantidad cercana al medio millón de
francos. Tras consultar a su agente de cambio sobre la posibilidad de
invertir este dinero en valores extranjeros, sacó todo el dinero del banco.
Ahora ya conoce usted su situación financiera cuando ocurrió la catástrofe.

—Por favor, llénese el vaso —dije.

—¡Saque fuerzas de este vino, monsieur, para afrontar la catástrofe!


—bromeó Whistlewick mientras se llenaba el suyo.

—Pues bien, eso fue lo último que se supo de su dinero —prosiguió


Carmaignac—. Y ahora les contaré algo acerca de su poseedor. La noche
siguiente a aquella operación financiera fue presa de un arrebato poético;
mandó llamar al posadero y le dijo que desde hacía tiempo venía
meditando un poema épico, que quería empezar a escribir aquella noche,
por lo que no quería que lo molestaran bajo ningún con hasta las nueve de
la mañana. Tenía dos pares de velas, una frugal cena fría en una mesita,
suficiente papel para escribir toda La Henriada y provisión proporcional de
plumas y tinta.

»Sentado a la mesa de su despacho lo encontró el camarero, que hacia


las nueve, le llevó una taza de café; éste comentó después que había visto
escribir tan deprisa que parecía que en cualquier momento iba a empezar
a arder el papel (éstas fueron sus palabras textuales), pero ni siquiera alzó
la vista; parecía estar completamente enfrascado en su trabajo. Pero
cuando volvió el camarero, una media hora después la puerta estaba
cerrada, y aquél le repitió desde el interior que no quería que lo molestaran.

»Así pues, el garçon se marchó, y a las nueve de la mañana siguiente


llamó a su puerta y, al no recibir contestación, miró por el ojo de la
cerradura. Las velas estaban aún ardiendo; los postigos estaban cerrados,
como él los había dejado. Volvió a llamar, con mayor fuerza. Pero nadie

103
contestó. Dio entonces parte de este continuado y alarmante silencio al
posadero, el cual, al ver que su huésped no había dejado la llave en la
cerradura buscó otra para abrir la puerta. Las velas estaban ya boqueando
en los candeleros, pero daban aún luz suficiente para constatar que el
huésped había desaparecido. La cama estaba sin deshacer, y los postigos
estaban cerrados por dentro. Alguien dijo que el escritor había salido de la
habitación cerrando la puerta por fuera y, con la llave en el bolsillo, se
había marchado de la posada. Sin embargo, aquí surgía otro problema: el
Dragón Volador cerraba sus puertas a cal y canto a las doce de la noche,
y, después de esa hora, nadie podía salir de la casa sin tener la llave, y
ello dejando la puerta sin cerrar por fuera, pues ésta se atrancaba desde
dentro, a no ser que contara con la complicidad o ayuda de alguien de la
casa.

»Ahora bien, ocurrió que, un rato después de atrancarse las puertas, hacia
las doce y media, un criado que no se había enterado de su orden de no
ser molestado, al ver que salía luz por el ojo de la cerradura, llamó a la
puerta para saber si el poeta quería algo. Éste contestó con cajas
destempladas al inoportuno criado y lo despidió repitiéndole la orden de
que no lo molestaran durante la noche. Aquel incidente probaba que el
poeta estaba en la casa después de que se cerraran bien las puertas de la
calle. Las llaves las guardaba el propio posadero, el cual juró que las
encontró colgadas en la cabecera de su cama, en su lugar habitual, a la
mañana siguiente; y que nadie podía haberlas cogido sin despertarlo. Que
eso era lo único que podía decir. El conde de St. Alyre, a quien pertenece
esta casa, mostró gran actividad y consternación. Pero no se descubrió
nada.

—¿Y desde entonces no se ha sabido nada de ese poeta épico?


—pregunté yo.

—Absolutamente nada. Nunca volvió a aparecer. Supongo que estará


muerto; si no, debe de haberse metido en algún asunto sucio, desconocido
para nosotros, que lo ha obligado a esconderse con el mayor sigilo y
celeridad. Lo único que sabemos con certeza es que, tras ocupar la
habitación en la que usted duerme, se evaporó, sin que nadie desde
entonces haya sabido cómo lo hizo ni haya tenido noticias suyas.

—Usted ha mencionado tres casos —le recordé—, y todos en la misma


habitación.

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—Sí, tres. Todos igualmente incomprensibles. Cuando se comete un
asesinato, la gran dificultad con que se encuentran los asesinos es cómo
ocultar el cadáver. Es muy difícil creer que alguien haya asesinado a tres
personas consecutivamente en la misma habitación y haya hecho
desaparecer sus cadáveres sin dejar rastro alguno.

Luego cambiamos de tema, y el grave monsieur Carmaignac nos distrajo


con un asombroso ramillete de anécdotas escandalosas, que sus
funciones en el departamento de policía le habían permitido conocer.

Afortunadamente, mis invitados tenían sendos compromisos en París y me


dejaron hacia las diez de la noche.

Subí a mi habitación y miré en dirección del castillo de la Carque. El cielo


estaba salpicado de nubes, y el parque, a la luz intermitente de la luna,
tenía un aspecto melancólico y fantasmagórico.

Volvieron vagamente a mi mente las extrañas anécdotas referidas por


monsieur Carmaignac sobre la habitación que yo ocupaba, tiñendo de
tonos oscuros las alegres y frívolas historias que relató también. Miré
alrededor de la habitación, que estaba sumida en una oscuridad siniestra,
con una sensación desagradable. Cogí mis pistolas con una aprensión
indefinible ante la eventualidad de tener que utilizarlas antes de mi
regreso. Sensación que, conviene dejarlo claro, en modo alguno enfrió mi
fervor. Nunca había sido mayor mi entusiasmo. Mi aventura me absorbía y
arrobaba, al tiempo que dejaba un poso de extrañeza y gravedad en el
fondo de mi ser.

Me puse a pasear por la habitación. Ya había averiguado el lugar exacto


en que se encontraba el pequeño camposanto: aproximadamente a unos
dos kilómetros de distancia. No quería presentarme antes de tiempo.

Me deslicé en silencio, avancé lentamente por el lado izquierdo de la


carretera y, desde allí, entré en una pista más estrecha, también a mi
izquierda, que, bordeando la tapia del parque y describiendo una ruta de
circunvalación, siempre bajo majestuosos árboles viejos, pasa por delante
del viejo camposanto. Éste, semioculto entre los árboles, ocupa poco más
de veinte áreas, a la izquierda del camino, y se halla situado entre éste y el
parque del castillo de la Carque.

Aquí, en este lugar fantasmal, hice una pausa y escuché. Reinaba el más

105
completo silencio. Una espesa nube había oscurecido la luna, de manera
que a lo sumo podía distinguir los contornos de los objetos más próximos,
y eso sólo de manera vaga; y a veces, flotando en la negra niebla, por así
decir, emergía la blanca superficie de una lápida sepulcral.

Entre las formas que se recortaban sobre el gris metálico del horizonte,
destacaban algunos de esos arbustos o árboles que, al igual que nuestros
enebros ingleses, tienen unos dos metros de altura, la forma de un álamo
en miniatura y el oscuro follaje de un tejo. No conozco el nombre de este
arbusto, pero lo he visto a menudo en lugares particularmente fúnebres.

Descubrí que había llegado con cierto adelanto y me senté un rato en el


borde de una lápida, pues suponía que la bella condesa tenía buenas
razones para no desear que yo penetrara en los dominios del castillo antes
de lo estipulado. Permanecí sentado en ese estado de indolencia inducido
por la espera, con los ojos puestos en el objeto que estaba justo delante
de mí, que tenía aquel ligero contorno negro que he descrito. Estaba justo
delante de mí, a unos doce pasos de distancia.

La luna empezó a asomar bajo la nube que la había mantenido oculta


durante aquel tiempo, y, a medida que la luz iba en aumento, el árbol que
había estado observando perezosamente empezó a adoptar una nueva
forma. Ya no era un árbol, sino un hombre de pie, inmóvil. Cuanto más
clara era la luz de la luna más clara resultaba también aquella imagen,
hasta que, por fin, la distinguí con total nitidez: era la silueta del coronel
Gaillarde.

Afortunadamente, éste no miraba en mi dirección. Yo lo veía sólo de perfil,


pero no había duda alguna en cuanto a su blanco mostacho, su rostro
farouche y su desgarbado uno noventa de estatura. Allí estaba ante mí,
acechando alguna señal o la llegada de alguien, con la vista y el oído
aguzados.

Si, por casualidad, volvía los ojos en mi dirección, yo sabía que debía
disponerme a reanudar inmediatamente el combate iniciado en el vestíbulo
de la Belle Étoile. En cualquier caso, ¡qué nefasta fortuna la que había
apostado, en aquel lugar y momento precisos, a un observador tan
peligroso! ¡Y qué felicidad para él golpearme duramente y al mismo tiempo
echar por tierra los planes de la condesa de St. Alyre, a la que parecía
odiar!

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Levantó un brazo y silbó con suavidad. Oí el sonido de otro silbido, igual
de tenue, y, para mi gran alivio, el coronel avanzó en la dirección de aquel
sonido, ampliando la distancia que existía entre nosotros con cada
zancada; acto seguido, le oí hablar, pero en un tono bajo y cauteloso.

A pesar de todo, reconocí la voz peculiar de Gaillarde.

Me deslicé sigilosamente, extremando al máximo la precaución, en la


dirección donde resultaban audibles estos sonidos.

Me pareció ver un sombrero sobresaliendo por la tapia en ruinas y luego vi


otro sombrero. Sí, vi dos sombreros conversando (las voces pertenecían a
quienes los llevaban). Ambos avanzaron, no en dirección del parque, sino
del camino; yo me quedé tendido sobre la hierba, escudriñando por
encima de una tumba, cual soldado adelantado que espía al enemigo. Una
tras otra, las figuras emergieron plenamente a la vista al saltar la valla que
había al lado del camino. El coronel, el último en escalarla, permaneció
unos instantes arriba, mirando a su alrededor, y luego saltó al otro lado de
la carretera. Oí sus pasos y el ruido de su conversación mientras se
alejaban, dándome la espalda, en la dirección opuesta al Dragón Volador.

Esperé a que aquellos sonidos se esfumaran por completo en la distancia


antes de entrar en el parque. Seguí las instrucciones que me había dado la
condesa de St. Alyre y avancé entre arbustos y matorrales hasta el punto
más próximo al ruinoso templo; una vez allí, atravesé el pequeño espacio
que me separaba del lugar de la cita.

Me encontraba de nuevo bajo las gigantescas ramas de los viejos tilos y


castaños; suavemente, y con el corazón latiéndome fuertemente, me
aproximé al pequeño monumento.

La luna brillaba ahora ininterrumpidamente, derramando sus rayos sobre el


delicado follaje y moteando el verdor del suelo bajo mis pies.

Alcancé los escalones y me encontré en medio de la antañona columnata


de mármol. Ella no estaba allí ni en el santuario interior, cuyas ventanas
ojivales estaban prácticamente ocultas por pantallas de hiedra. La dama
no había llegado todavía.

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XIX. La llave
Esperé en el último peldaño, con los ojos y oídos bien abiertos. Un par de
minutos después, oí el crujir de unos ramajos; miré en aquella dirección y
vi que se acercaba entre los árboles una figura envuelta en un abrigo.

Avancé con ansiedad. Era la condesa. No habló, pero me dio la mano, y


yo la conduje al lugar donde se había desarrollado nuestra última
entrevista. Ella reprimió el ardor de mi apasionado saludo con una firmeza
dulce pero perentoria. Se quitó la capucha, se sacudió sus hermosos
cabellos y, mirándome con ojos tristes y brillantes, suspiró profundamente.
Algún pensamiento terrible parecía abrumarla.

—Richard, debo hablarle con absoluta franqueza. Me encuentro en el


momento más crítico de mi vida. Estoy segura de que desea defenderme.
Creo que se apiada de mí, y hasta que me ama quizá.

Al oír aquellas palabras tuve un arranque de elocuencia, como les ocurre a


los jóvenes alocados en una situación parecida. Pero ella me mandó callar
con la misma firmeza melancólica.

—Escúcheme, mi querido amigo, y luego dígame si puede ayudarme.


¡Qué confianza tan loca tengo en usted!, y, sin embargo, mi corazón me
dice que actúo sabiamente. Citarme aquí con usted, ¡qué gran locura
parece! ¡Qué concepto tan pobre debe de tener de mí! Pero, cuando me
conozca de verdad, me juzgará con justicia. Sin su ayuda no puedo
cumplir mi propósito. Si ese propósito no se lleva a cabo, moriré. Estoy
encadenada a un hombre al que desprecio, al que detesto con toda mi
alma. He decidido huir. Tengo joyas, sobre todo diamantes, por los que me
ofrecen treinta mil libras de vuestro dinero inglés. Son de mi exclusiva
propiedad, según contrato matrimonial. Me las llevaré conmigo.

Estoy segura de que usted entiende de joyas. Estaba ordenándolas


cuando llegó la hora y le he traído ésta para enseñársela. Mire.

—¡Es magnífico! —exclamé al contemplar un collar de diamantes que,

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suspendido de sus preciosos dedos, centelleaba y refulgía a la luz de la
luna. Pese a la gravedad del momento, pensé que me estaba mostrando
aquella joya con el regodeo normal con que una mujer exhibe este tipo de
gemas.

—Sí —dijo—, voy a desprenderme de todas mis joyas para convertirlas en


dinero, y a romper para siempre con los antinaturales y abominables lazos
que me unen, en nombre de un sacramento, a un tirano. Un hombre joven,
guapo, generoso y valiente como usted no puede ser también rico.
Richard, usted dice que me ama; usted compartirá todo esto conmigo.
Huiremos juntos a Suiza, sin dejar pistas a nuestros perseguidores. Mis
poderosos amigos intervendrán para conseguir la separación. Entonces
seré feliz por fin y podré recompensar a mi héroe.

Ya pueden ustedes imaginarse la manera florida y vehemente en que le


expresé mi agradecimiento, le juré consagrarme a ella de por vida y le dije
que dispusiera de mí a su antojo.

—Mañana por la noche —dijo— mi marido acompañará los restos de su


primo, monsieur de St. Amand, hasta Père la Chaise. El féretro, según me
ha dicho, saldrá de aquí a las nueve y media. Usted acudirá aquí mismo a
las nueve de la noche.

Yo le prometí obediencia total.

—Yo no bajaré hasta aquí a reunirme con usted. ¿Ve esa luz roja que sale
de la ventana de la torre, en la esquina del castillo?

Asentí.

—La he colocado allí para que pueda reconocerla mañana por la noche.
En cuanto vea esa luz rosácea en esa ventana, sabrá que el cortejo
fúnebre ha abandonado el castillo, y que puede acercarse sin peligro. Yo
habré abierto la ventana para que pueda entrar. Cinco minutos después,
un coche tirado por cuatro caballos nos estará esperando en la puerta de
la cochera. Yo dejaré los diamantes en sus manos, y, tan pronto como
subamos al coche, dará comienzo nuestra huida. Sacaremos por lo menos
una ventaja de cinco horas, y, con nuestra energía, estratagemas y
recursos, no habrá nada que temer. ¿Está dispuesto a arrostrar todo esto
por amor a mí?

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De nuevo volví a proclamarme esclavo suyo.

—Lo único que me preocupa todavía —prosiguió— es saber si podremos


convertir rápidamente los diamantes en dinero. No me atrevo a retirarlos
mientras esté mi marido en la casa.

Aquélla era la oportunidad que yo estaba esperando. Le hice saber que


tenía en poder de mi banquero una suma no inferior a treinta mil libras, y
que acudiría a la cita con aquella suma en forma de oro y billetes, evitando
así el riesgo que entrañaba vender sus diamantes de manera precipitada,
a un precio seguramente inferior al que tenían.

—¡Cielo santo! —exclamó ella con una especie de desencanto—. ¡Así que
es usted rico! Eso quiere decir que he perdido la dicha de hacer
doblemente feliz a mi generoso amigo. Bueno, no nos opongamos al
destino, si está escrito que así sea. Contribuyamos, entonces, cada cual a
partes iguales. Usted aportará su dinero, y yo mis joyas. Me produce una
felicidad especial la idea de compartir nuestros recursos.

Tras esto siguió un coloquio romántico, tan subido de poesía y pasión que
me resultaría imposible reproducirlo aquí.

Y luego me dio una instrucción particular:

—He venido también provista de una llave, cuyo uso debo explicarle.

Era una doble llave: una tija larga y delgada, con un paletón a cada
extremo: uno aproximadamente del tamaño con que se abre una puerta
corriente y el otro casi tan pequeño como los que abren un estuche.

—Mañana por la noche todas las precauciones serán pocas. Cualquier


contratiempo daría al traste con todas mis esperanzas. He sabido que
ocupa la habitación embrujada del Dragón Volador. Es precisamente la
habitación que yo habría elegido para usted. Le diré por qué. Cuentan que
un hombre se encerró en ella toda una noche y que cuando, a la mañana
siguiente, fueron a preguntar por él, había desaparecido. Yo creo que en
realidad quería zafarse de sus acreedores, y, como el dueño del Dragón
Volador era por aquel entonces un sinvergüenza, lo ayudó a esfumarse. Mi
marido, que investigó el asunto, descubrió la manera en que se había
efectuado la escapada. Fue con la ayuda de esta llave. Aquí tiene un
documento y un plano en que se describe cómo se ha de proceder. Lo he

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cogido del escritorio del conde. Y ahora debo confiar una vez más en su
ingenio para despistar al personal del Dragón Volador. Asegúrese de
probar primero las llaves, para ver que las cerraduras funcionan
perfectamente. Yo tendré mis joyas preparadas. En cuanto a usted,
independientemente de cómo hagamos el reparto de bienes, le aconsejo
que traiga el dinero consigo porque podrían transcurrir muchos meses
antes de que podamos volver a París o revelar nuestro lugar de residencia
a alguien. Y nuestros pasaportes. Encárguese también de eso; ponga los
nombres y lugares de destino que le plazcan. Y ahora, querido Richard
—prosiguió apoyando cariñosamente el brazo sobre mi hombro y
mirándome a los ojos con una pasión inefable mientras con la otra mano
apretaba la mía—, mi vida está en sus manos. He apostado todo a la carta
de su fidelidad.

Mientras pronunciaba la última palabra, palideció de repente y, como si le


faltara el aliento, exclamó:

—¡Dios mío! ¿Quién está ahí?

En aquel mismo momento dio un paso atrás y desapareció por la puerta


labrada en el mármol permaneciendo cerca de ésta al fondo de una
pequeña cámara sin tejado, tan pequeña como el propio santuario, cuya
ventana estaba tapada por una espesa pantalla de hiedra que apenas
dejaba filtrarse un rayo de luz.

Yo permanecí en el umbral que ella acababa de atravesar, mirando en la


dirección en la que había lanzado aquella mirada tan angustiada. No era
de extrañar que se sintiera tan aterrorizada: cerca de nosotros, a unos
quince metros de distancia, y acercándose a paso rápido, muy claramente
iluminado por la luna, se acercaban el coronel Gaillarde y su compañero. A
mí me protegían la cornisa y un trozo de pared; pero, desconocedor de
este particular, yo estaba esperando el momento en que, con uno de sus
alaridos frenéticos, se lanzara sobre mí como un loco.

Di un paso atrás, saqué del bolsillo una de mis pistolas y la armé. Estaba
claro que no me había visto.

Permanecí con el dedo en el gatillo decidido a abatirlo si se atrevía a


entrar en el lugar en que se hallaba la condesa. Aquello, a no dudarlo,
habría sido un asesinato, pero en mi fuero interno tenía la decisión
completamente tomada. Una vez que nos hemos metido en asuntos

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secretos y culpables, estamos más cerca de otros delitos mayores de lo
que sospechamos.

—¡Ahí está la estatua! —exclamó el coronel con su habitual tono cortante


y discordante—. Sí, es ésa.

—¿A la que aluden las estrofas? —preguntó su compañero.

—Ni más ni menos. La examinaremos mejor la próxima vez. Bien,


monsieur, vámonos de aquí.

Y, para mi gran alivio, el bizarro coronel dio media vuelta y, de espaldas al


castillo, se alejó entre los árboles en dirección de la tapia del parque, que
saltaron por donde se divisaban los gabletes del Dragón Volador.

Encontré a la condesa presa de auténtico terror. No quiso aceptar mi


insistente invitación a acompañarla hasta el castillo. Sin embargo, la
tranquilicé asegurándole que impediría por todos los medios la posible
vuelta del coronel loco. Ella se recuperó enseguida y se despidió
nuevamente con palabras dulces y pausadas. Yo me quedé mirándola
fijamente, con la llave en la mano y una agitación en el cerebro rayana en
la demencia.

Allí estaba yo, dispuesto a arrostrar todos los peligros, a desafiar todas las
leyes divinas y humanas, a asesinar si fuera necesario y a meterme en
complicaciones inextricables y horribles (¿qué me importaba a mí?), por
una mujer de la que no sabía más que era tan hermosa como imprudente.

Más de una vez he dado las gracias al cielo por la misericordia que tuvo
conmigo al guiarme por los laberintos en que estuve a punto de perderme.

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XX. Una cofia peraltada
Me encontraba de nuevo en el camino, a unos doscientos metros del
Dragón Volador. Yo había aceptado un papel protagonista en un drama
con venganza, y, a modo de preludio, en mi posada me esperaba
seguramente otro encuentro, esta vez quizá no tan feliz, con el grotesco
espadachín.

Me alegré de haberme llevado las pistolas. Ciertamente, ninguna ley me


obligaba a dejarme abatir por un rufián sin oponer resistencia alguna.

Las frondosas ramas del viejo parque a un lado, los gigantescos álamos al
otro y, sobre todo, el claro de luna prestaban un pintoresquismo particular
al camino angosto que conducía a la puerta de la posada.

En aquel momento me sentía incapaz de pensar con el sosiego necesario:


los acontecimientos se estaban precipitando demasiado deprisa y yo,
inmerso en aquel drama tan extravagante como culpable, apenas me
reconocía a mí mismo ni creía en mi propia historia mientras recorría
premioso el trecho que me separaba de la puerta, aún abierta, del Dragón
Volador.

Allí no encontré rastro alguno del coronel. Pregunté en el vestíbulo. No


había llegado a la posada ningún caballero durante la pasada media hora.
Eché un vistazo a la sala común. Estaba vacía. En el reloj sonaron las
doce de la noche, y oí al criado atrancar ruidosamente la puerta principal.
Cogí una vela. Ya estaban apagadas las luces de aquella hospedería rural,
que parecía dispuesta a dormir un sueño bastante largo. La fría luz de la
luna penetraba profusamente por la ventana de las anchas escaleras. Me
detuve unos instantes a mirar, más allá de los árboles, el castillo
torreonado, que tanto interés encerraba para mí. Sin embargo, se me
ocurrió que unos ojos indagadores podrían encontrar sentido a aquella
contemplación nocturna y que tal vez el propio conde, empujado por los
celos, pudiera detectar alguna señal en aquella luz insólita en las
escaleras del Dragón Volador.

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Al abrir la puerta de mi habitación me llevé un buen susto al encontrarme
ante una mujer bastante vieja con la cara más alargada que jamás he
visto. Iba tocada con lo que se solía denominar una cofia peraltada, cuyo
borde blanco contrastaba con su piel morena y amarillenta y tornaba más
fea aún su cara arrugada. Levantó los hombros encorvados y me miró a la
cara con ojos anormalmente negros y brillantes.

—He hecho un pequeño fuego, monsieur, porque la noche es muy fría.

Le di las gracias, pero ella no se marchaba. Seguía con la vela entre sus
trémulos dedos.

—Disculpe a una vieja, monsieur —dijo—; pero ¿qué diversión, si se


puede saber, busca un lord inglés, con todo París a sus pies, en el Dragón
Volador?

De haber vivido en la época de los cuentos de hadas, y de haberme


relacionado diariamente con la deliciosa condesa d’Aulnois, habría visto en
aquella aparición marchita al genius loci, al hada mala, a cuya señal se
habían esfumado sucesivamente los malhadados huéspedes de aquella
habitación. Pero yo ya era mayorcito. Así y todo, los ojos oscuros de la
anciana seguían fijos en los míos, con una constancia e inteligencia que
delataban que mi secreto había sido descubierto. Me sentía confundido y
alarmado; ni siquiera se me ocurrió preguntarle qué asunto la había
llevado allí.

—Estos ojos viejos lo vieron a usted anoche en el parque del castillo.

—¿A mí? —exclamé con el mayor aire de sorpresa despreciativa que pude
afectar.

—Es inútil, monsieur. Sé bien por qué se aloja usted aquí; y yo le digo que
se marche. Deje esta casa mañana por la mañana y no vuelva nunca por
aquí.

Levantó la mano que tenía libre mientras me miraba con una expresión de
intenso terror.

—Nada en esta tierra… No sé de qué me habla —contesté—. Además,


¿por qué debería usted preocuparse por mí?

—Yo no me preocupo por usted, monsieur. Me preocupo por el honor de

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una familia antigua a la que he servido en días más felices, cuando ser
noble equivalía a ser honrado por todos. Pero sé, monsieur, que hablo en
vano y que usted es insolente. Yo mantendré mi secreto, y usted el suyo;
eso es todo. Pero, en cuanto al suyo, pronto lo encontrará tan duro de
guardar que no tendrá más remedio que divulgarlo.

La anciana atravesó lentamente la estancia y cerró la puerta antes de que


yo hubiera podido encontrar algo que replicar. Permanecí un buen rato
inmóvil donde ella me había dejado. Los celos del viejo conde, razoné,
parecen a esta vieja arpía la cosa más terrible de la creación. Con todo,
independientemente del desdén que yo sintiera hacia los peligros que
aquella anciana había esbozado tan misteriosamente, no resultaba en
modo alguno agradable, pueden suponer bien, que un secreto tan
peligroso fuera sospechado por un extraño, y aún menos si ese extraño
estaba de parte del conde de St. Alyre.

¿No debía yo buscar por todos los medios la manera de informar a la


condesa, que había confiado en mí tan generosamente (o tan locamente,
según sus propias palabras), del hecho de que había al menos otra
persona que sospechaba de nuestro secreto? Pero, ¿no era más peligroso
aún tratar de comunicarnos? ¿Qué había querido decir la vieja arpía con
aquello de «Guarde usted su secreto, que yo guardaré el mío»?

En mi cabeza bullían mil preguntas, a cual más desconcertante. Mi


aventura parecía un viaje a través de una montaña boscosa, donde a cada
paso un nuevo duende o monstruo surge de la tierra o salta de un árbol.

Expulsé expeditivamente de mi mente aquellas dudas angustiosas y


terribles. Me aseguré de que la puerta había quedado bien cerrada, me
senté a la mesa y, con una vela a cada lado, coloqué ante mí el pergamino
que contenía el croquis y notas que me informaban sobre cómo debía
utilizar la llave.

Tras estudiarlo un buen rato, hice un reconocimiento. El rincón situado a la


derecha de la ventana estaba cortado de través por la cenefa.

Lo examiné detenidamente y, tras una pequeña presión, un pequeño trozo


de moldura cedió y reveló una cerradura. Al retirar el dedo, volvió a su
lugar nuevamente, por la acción de un muelle. Hasta ahora había
interpretado con éxito mis instrucciones. Una búsqueda parecida, junto a la
puerta y justo debajo de ésta, se vio recompensada con un descubrimiento

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parecido. El paletón pequeño de la llave entraba aquí al igual que en la
cerradura superior; y ahora, tras dos o tres vueltas de la llave, se abrió una
puerta en el panel, dejando al descubierto un paño de pared desnudo y
una abertura estrecha y abovedada, practicada en el espesor de la pared,
más allá de la cual se veía una escalera de caracol de piedra.

Penetré con la vela en la mano. No sé si el aire encerrado durante mucho


tiempo tiene alguna cualidad extraña, pero a mí siempre me ha parecido
así, y en aquel caso infestaba el ambiente con un olor a mampostería
rancia. Mi candela iluminó débilmente la desnuda pared de piedra que
rodeaba la escalera, cuyo pie no podía ver. Empecé a bajarla y unas
vueltas después me encontré sobre el suelo de piedra. Aquí había otra
puerta de roble viejo, y muy sencilla, empotrada en el grueso de la pared.
El paletón grande de la llave entraba perfectamente en la cerradura, que
estaba oxidada. Coloqué la bujía sobre las escaleras y apliqué ambas
manos; giró con dificultad y emitió un chirrido que me hizo temer por el
secreto de mi operación.

Durante unos minutos no me moví. Pero, poco después, me armé de valor


y abrí la puerta. El aire de la noche entró por el vano y apagó la vela.
Cerca de la puerta había un bosquecillo de acebos, casi tan denso como
una jungla. Me habría encontrado en medio de la más completa oscuridad
de no haber sido porque, a través de las hojas más altas, titilaba un
resplandor de claro de luna.

Suavemente, por miedo a que alguien pudiera haber abierto su ventana al


oír el chirrido de la cerradura oxidada, me abrí paso con dificultad hasta
salir a una zona despejada. Allí descubrí que la maleza se extendía casi
hasta el parque y se unía con el bosquecillo que rodeaba al templete de
que ya he hablado antes.

Ni un general habría ideado un acceso más seguro para llegar desde el


Dragón Volador hasta el lugar donde yo había platicado en dos ocasiones
con el ídolo de mi latría culpable.

Volví la mirada hacia la vieja posada y vi que la escalera por la que yo


había bajado estaba encajada en una de esas torretas alargadas que
decoran este tipo de edificios. Estaba situada en el ángulo que se
correspondía con la parte del artesonado de mi habitación que aparecía
indicada en el croquis recién consultado por mí.

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Plenamente satisfecho de mi experimento, volví a la puerta no sin cierta
dificultad, subí de nuevo a mi habitación y volví a cerrar la puerta secreta;
besé la llave misteriosa que su mano había empuñado aquella misma
noche y la coloqué debajo de mi almohada, sobre la cual, poco después,
reposó mi cabeza aturdida, que no consiguió conciliar el sueño durante un
buen rato.

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XXI. Veo a tres hombres en un espejo
Aquella mañana me desperté muy temprano y no pude volver a dormirme:
estaba demasiado nervioso. Fui a ver a mi posadero tan pronto como pude
hacerlo sin despertar sospechas. Le dije que iría a la ciudad aquella
noche, y de allí a ***, donde tenía que ver a algunas personas por asuntos
relacionados con los negocios; asimismo, le pedí que dijera todo aquello a
cualquier amiga que pudiera visitarme. Esperaba volver en el plazo de una
semana y, entre tanto, mi criado St. Clair guardaría la llave de mi
habitación y cuidaría de mis cosas.

Tras pergeñar esta coartada para el posadero, me encaminé hacia París a


resolver las cuestiones financieras de la operación. El problema era cómo
conseguir que me dieran las casi treinta mil libras esterlinas de que
disponía en una forma en que resultaran no sólo fáciles de transportar,
sino también disponibles en cualquier parte a la que decidiera ir, sin
necesidad de recurrir a la correspondencia o a cualquier otro medio que
pudiera delatar mi lugar de residencia. Todas estas cuestiones quedaron
resueltas con la mayor rapidez posible. No es el caso de calentarles ahora
la cabeza con todos los trámites que hice para obtener los pasaportes.
Baste decir que el lugar de destino que escogí para nuestra huida fue,
plenamente acorde con el carácter romántico de la aventura, uno de los
más hermosos y apartados rincones de Suiza.

Asimismo, había decidido no llevar equipaje. En la primera población


importante a la que llegáramos a la mañana siguiente nos abasteceríamos
de un guardarropa improvisado. Eran las dos de la tarde. ¡Nada más que
las dos! ¿En qué emplear todas las horas libres que me quedaban?

Aún no había visto la catedral de Nôtre Dame, y hacia allí me dirigí. Me


detuve en ella una hora aproximadamente. Luego visité la Conciergerie, el
palacio de justicia y la preciosa Sainte Chapelle. Como aún me quedaba
tiempo libre, decidí dar un paseo por las callejuelas aledañas a la catedral.
Recuerdo haber visto en una de ellas una casa antigua con una inscripción
mural en la que se podía leer que había sido la residencia de Canon
Fulbert, el tío de la Eloísa de Abelardo. No sé si aquellas calles antiguas

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tan curiosas, en las que observé restos de antiguas iglesias góticas
habilitadas como almacenes, siguen aún en pie. Entre otras tiendas
desvencijadas y excéntricas, fui a dar con una en la que parecían vender
todo tipo de antigüedades: armaduras, porcelana y muebles. Entré. La
tienda, de techo bajo, estaba oscura y llena de polvo. El dueño se hallaba
limpiando una pieza de armadura con incrustaciones y me dejó curiosear a
placer y examinar las distintas curiosidades allí acumuladas. Fui
adentrándome paulatinamente hasta llegar al final, donde había una
ventana con muchos cristales en forma de diana, sucios a más no poder.
Al llegar a aquella ventana, me volví y, en un recoveco que formaba
ángulo recto con la pared lateral de la tienda, vi un gran espejo con un
marco deslustrado y pasado de moda. Reflejado en él vi lo que en las
casas antiguas he oído llamar una «rotonda», en la que, entre muebles
viejos y artículos polvorientos, algunos colgados de la pared, había una
mesa a la que estaban sentadas tres personas enfrascadas en lo que
parecía una conversación seria. A dos de estas personas las reconocí al
instante. Una era el coronel Gaillarde; la otra, el marqués de Harmonville; y
la tercera, que estaba jugueteando con una pluma, era un hombre delgado
y pálido, picado de viruela, con el pelo lacio y negro y el aspecto más
penoso que he visto jamás en mi vida. El marqués levantó los ojos, y su
mirada fue seguida al instante por sus dos compañeros. Durante unos
instantes no supe qué hacer. Pero estaba claro que no me habían
reconocido, pues la poca luz que entraba por la ventana me daba de
espaldas y la parte de la tienda que tenía ante mí estaba sumida en una
oscuridad casi total.

Al percatarme de ello, tuve la sangre fría suficiente para fingir hallarme


completamente enfrascado en los objetos que tenía ante mí, y así fui
saliendo lentamente de la tienda. Me detuve un instante para ver si me
seguía alguien, y sentí gran alivio al notar que no se oían pasos. Puedo
asegurarles que no me entretuve ni un minuto más en aquella tienda
donde había hecho un descubrimiento tan singular como inesperado.

No era asunto mío investigar qué había podido reunir al coronel Gaillarde y
al marqués en aquel lugar tan destartalado, y hasta tan sucio; ni quién era
el individuo que mordía la punta de su pluma. Los empleos que el marqués
aceptaba a veces lo obligaban sin duda a juntarse con gente rara.

Contento por haber escapado de allí, llegué a la entrada del Dragón


Volador justo cuando se estaba poniendo el sol. Despedí al vehículo que

120
había alquilado y entré en la posada con un cofre en la mano —de unas
dimensiones maravillosamente pequeñas, habida cuenta de su cuantioso
contenido—, disimulado por una envoltura de cuero.

Una vez en mi habitación, mandé llamar a St. Clair y le conté


prácticamente la misma historia que al posadero. Le di cincuenta libras
para que gastara todo lo que necesitara y abonara la cuenta de la
habitación hasta mi vuelta. Luego tomé una cena ligera y apresurada. Mis
ojos se posaban a menudo en el solemne reloj viejo de la chimenea, el
único cómplice en mi reprobable aventura. El cielo favoreció mis planes
cubriéndose de un mar de nubes.

El posadero salió al vestíbulo a preguntarme si necesitaba un vehículo


para ir a París. Yo estaba preparado para aquella pregunta y le repliqué de
inmediato que pensaba ir a pie hasta Versalles, donde alquilaría un coche.
Llamé a St. Clair.

—Ve —le dije— y tómate una botella de vino con tus amigos. Te llamaré si
necesito algo; entre tanto, aquí tienes la llave de mi cuarto. Estaré
escribiendo algunas notas, por lo que no quiero que nadie me moleste, al
menos durante media hora. Al cabo de ese tiempo probablemente
descubras que ya he marchado a Versalles; por tanto, si no me encuentras
en mi habitación, puedes darlo por supuesto. Lo ordenarás todo y cerrarás
la puerta. ¿Comprendido?

St. Clair se despidió, deseándome todo tipo de felicidad y sin duda


prometiéndose algún pequeño esparcimiento con mi dinero. Con la vela en
la mano, subí las escaleras con premura. Faltaban sólo cinco minutos para
la hora concertada. No creo que haya nada cobarde en mi naturaleza, pero
confieso que, conforme se acercaba el momento crítico, sentí algo
parecido al suspense y a la angustia de un soldado que va a entrar en
acción. ¿Me iba a echar atrás? ¡Por nada del mundo!

Eché el cerrojo a la puerta, me puse el gabán y me metí una pistola en


cada bolsillo. Había llegado el momento de introducir la llave que me había
dado mi dama; entreabrí la puerta secreta, tomé el cofre bajo el brazo,
apagué la vela, descorrí el cerrojo de la puerta de la habitación, agucé el

121
oído unos segundos para asegurarme de que nadie se acercaba y luego
crucé el cuarto a toda velocidad, franqueé la puerta secreta y eché el
pestillo al salir. Me encontraba en la escalera de caracol en medio de la
más completa oscuridad, con la llave entre los dedos. Hasta ahora todo
estaba saliendo bien.

122
XXII. Embeleso
Bajé la escalera de caracol en medio de la más completa oscuridad; una
vez abajo, adiviné dónde estaba la puerta y busqué a tientas el ojo de la
cerradura. Extremando la precaución, y haciendo menos ruido que la
noche anterior, abrí la puerta y me adentré en el espeso bosquecillo. En
esta jungla la oscuridad era casi igual de completa.

Cerré bien la puerta y avancé lentamente entre la vegetación, que cada


vez era más espesa. Luego, con mayor comodidad aunque sin dejar el
abrigo de la espesura, alcancé el camino del bosque, pero manteniéndome
en su linde.

Por fin, a unos cincuenta metros de allí, en medio de la noche oscura, las
columnas del templo de mármol se elevaron como fantasmas ante mí,
perfilándose entre los troncos de los viejos árboles. Todo era favorable a
mi empresa. No me había costado trabajo engañar a mis criados y al
personal del Dragón Volador, y la noche era tan cerrada que, aunque
hubiera levantado las sospechas de todos los huéspedes de la posada,
podría haber burlado con éxito la curiosidad de todos ellos incluso si se
hubieran asomado a la ventana.

Sorteando los troncos y las raíces de los viejos árboles, llegué al lugar de
observación convenido. Dejé mi tesoro, envuelto en cuero, en las jambas
de la puerta y, con los brazos apoyados en ellas, miré fijamente en
dirección del castillo. Apenas se distinguía el contorno del edificio, que
parecía confundirse con la opacidad del cielo. No se veía ninguna luz en la
ventana. Yo tenía que esperar simplemente; pero ¿durante cuánto tiempo?

Apoyado en mi tesoro, con la mirada puesta en la maciza sombra que


representaba el castillo y presa de los más ardientes y exaltados anhelos,
me vino un extraño pensamiento, que ustedes se dirán que se me podía
haber ocurrido mucho antes. De repente me pareció también que la
oscuridad se hacía más profunda y el aire se volvía más gélido a mi
alrededor.

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¿Y si yo desaparecía también al igual que aquellos otros hombres cuyas
historias me habían sido contadas? ¿No me había esforzado todo lo
posible por borrar cualquier huella de mis actos y por despistar a todas las
personas con las que había hablado en cuanto a la dirección que iba a
tomar?

Aquel pensamiento gélido se insinuó como una serpiente en mi mente y


luego desapareció.

Yo disfrutaba entonces de la juventud en todo su esplendor, con toda la


fuerza, intrepidez, pasión, determinación y ansias de aventura que la
acompañan. Tenía conmigo un par de pistolas de doble cañón, es decir,
que tenía cuatro vidas en mis manos. ¿Qué podría ocurrir? ¿Qué me
importaba, salvo por mi dulcinea, que pudiera interponerse en mi camino el
viejo conde, a quien había visto temblar de terror ante el coronel
bravucón? Empecé a barajar todas las posibilidades que podrían
presentarse. Pensé: con una aliada tan hábil y valerosa como mi bella
condesa, ¿hay acaso posibilidad de que se tuerza la empresa? ¡Bah!, me
dije despachando con una sonrisa aquellas imaginaciones absurdas.

Mientras platicaba conmigo mismo de aquella guisa, vi la luz que me daba


la señal. La luz de color rosa, emblema de la esperanza radiante y alba de
un día feliz.

Clara, suave y constante brillaba la luz en la ventana, destacándose sobre


la piedra oscura. Musitando, ante la visión de aquella señal, apasionadas
palabras de amor, me coloqué la caja fuerte bajo el brazo y, tras unas
cuantas zancadas rápidas, abordé el castillo de la Carque. Ningún signo
de luz o vida, ninguna voz humana, ninguna pisada ni ningún ladrido de
perro daban motivo para la inquietud. Una cortina de aquel ventanal
estaba echada. Al acercarme, descubrí que media docena de peldaños
conducían hasta allí; una especie de verja, que servía de puerta, estaba
abierta.

Una sombra del interior se acercó a la cortina, la descorrió y, mientras yo


subía los peldaños, me murmuró con dulzura:

—¡Richard, mi queridísimo Richard, venga! ¡Ah, cómo he deseado que


llegara este momento!

Nunca me había parecido tan hermosa. Mi amor se trocó en un

124
entusiasmo delirante. Hasta llegué a desear tropezarme con algún peligro
real para demostrarle la enormidad de mi amor a aquella criatura.
Terminados los primeros saludos tumultuosos, ella hizo que me sentara a
su lado en un sofá, y así permanecimos un par de minutos. Luego me dijo
que el conde ya se había ido, y que en aquel momento se encontraría a
unos dos kilómetros de distancia, acompañando al cortejo fúnebre, rumbo
a Père Lachaise. Allí estaban también los diamantes. Me mostró
apresuradamente un cofre que contenía una gran profusión de brillantes
de gran tamaño.

—¿Qué es eso? —me preguntó.

—Un cofre con treinta mil libras de dinero contante y sonante —contesté.

—¿Qué? ¿Todo ese dinero? —exclamó.

—Sí, ni una esterlina más ni menos.

—¿No es innecesario llevar tanto dinero teniendo todo esto? —dijo


tocando los diamantes—. Habría sido de su parte una muestra
suplementaria de amabilidad dejarme que proveyera yo por las
necesidades de los dos, al menos durante cierto tiempo. Eso me habría
hecho más feliz aún de lo que me siento.

—¡Mi querido y generoso ángel! —declamé en un rapto de pasión—.


Olvida usted que durante un largo período de tiempo puede ser necesario
observar el más estricto silencio en cuanto a nuestro paradero y
mantenernos al margen de todo contacto social…

—Así que ha traído toda esa gran suma. ¿Está seguro? ¿La ha contado?

—Sí, por supuesto. Me la han entregado hoy mismo —respondí, quizá con
cierta expresión de sorpresa en el rostro—. Por supuesto que la he
contado al retirarla del banco.

—Me hace sentirme algo nerviosa viajar con tanto dinero. Estas joyas
constituyen un peligro muy grande, y ese dinero no hace sino aumentarlo.
Pongamos juntos nuestros cofres; usted se quitará el gabán cuando
estemos listos para partir, y tratará de ocultarlos con él. No me gustaría
que los cocheros sospecharan que transportamos un tesoro tan grande.
Ahora voy a pedirle que cierre las cortinas de esa ventana y eche la barra

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de seguridad a los postigos.

Apenas había hecho eso cuando se oyó a alguien llamar a la puerta.

—Sé quién es —me dijo en voz baja.

Vi que no estaba alarmada. Avanzó con calma hasta la puerta, y durante


unos segundos oí una conversación susurrada.

—Es mi doncella particular, que vendrá con nosotros. Es de total


confianza. Dice que es más prudente retrasar la partida hasta que pasen
unos diez minutos. Nos ha preparado café en la habitación contigua.

Abrió la puerta de dicha habitación y echó una mirada a su interior.

—Tengo que decirle también a mi doncella que no lleve demasiado


equipaje. ¡Es tan extraña! No se mueva. Quédese donde está. Es mejor
que no le vea por ahora.

Salió de la habitación haciendo un gesto para que extremara la precaución.

Se había producido un cambio en la manera de comportarse de mi bella


condesa. Durante los últimos minutos se había insinuado en ella la sombra
de una duda, un aire de abstracción, una mirada casi de recelo. ¿Por qué
estaba pálida? ¿Por qué aquella mirada oscura en sus ojos? ¿Por qué
había cambiado también su voz? ¿Había salido algo mal de repente?
¿Acechaba algún peligro?

Pero pronto se calmó mi zozobra. Si hubiera habido algo semejante, ella


me lo habría hecho saber al instante. Era lógico que, conforme se
aproximaba el momento de la verdad, se fuera poniendo cada vez más
nerviosa. No volvió tan pronto como yo habría deseado. A un hombre en
aquella situación la inacción absoluta le resultaba punto menos que
insoportable. Me puse a pasear por la habitación presa de inquietud. Era
una habitación pequeña. Había una puerta en el otro extremo. La abrí sin
pensarlo dos veces. Afiné el oído. No se oía absolutamente nada. Me
encontraba en un estado de gran excitación y ansiedad, y cada una de mis
facultades estaba concentrada en lo que se avecinaba, y en ese sentido se
habían desligado del presente inmediato. No puedo explicar de otro modo
el que hiciera tantas cosas insensatas aquella noche, pues en modo
alguno me faltaba la cualidad de la astucia. Tal vez la más estúpida de

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todas fuera que, en vez de volver a cerrar inmediatamente aquella puerta,
que no debería haber abierto nunca, decidí coger una vela y penetrar en
dicha estancia.

Donde, de manera completamente inesperada, hice un descubrimiento


sobrecogedor.

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XXIII. Una taza de café
La estancia carecía de alfombras. En el suelo había gran cantidad de
virutas y una veintena de ladrillos. Más allá, sobre una mesa estrecha, vi
algo tan singular que no podía dar crédito a mis ojos.

Me acerqué y retiré de ese algo un lienzo que no lograba disimular su


forma. No cabía ninguna duda. Era un ataúd. Y en la tapa había una placa
con la siguiente inscripción en francés:

PIERRE DE LA ROCHE ST. AMAND


AGÉ DE XXIII ANS

Retrocedí, asombrado por partida doble. ¡Así que el féretro no había salido
todavía! Allí estaba el cadáver. Me habían engañado. Sin duda esto
explicaba la manifiesta turbación de la condesa. Habría sido más prudente
por su parte haberme puesto al corriente de la situación.

Abandoné aquel lugar fúnebre y cerré la puerta. Desconfiar de mí era la


peor imprudencia que podía haber cometido. No hay nada más peligroso
que la precaución mal aplicada. Completamente ignorante de aquel hecho,
yo había penetrado en aquella habitación y habría podido toparme con
algunas de las personas que tanto empeño teníamos en evitar.

Aquellas reflexiones se vieron interrumpidas casi tan pronto como habían


tomado forma con el regreso de la condesa de St. Alyre. Al instante
adiviné que había detectado en la expresión de mi rostro el decurso de mis
pensamientos, pues lanzó una mirada apresurada en dirección de la
puerta.

—¿Ha visto algo…, que le haya molestado, mi querido Richard? ¿Ha


salido de esta habitación?

Yo le contesté inmediatamente que sí y le conté con absoluta franqueza lo


que había visto.

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—Bueno, no quería que se sintiera más inquieto de lo necesario. Además,
es un asunto repugnante y horrible. El cadáver está ahí, pero el conde se
marchó un cuarto de hora antes de que yo encendiera la lámpara y le
abriera el ventanal. El cadáver no llegó hasta ocho o diez minutos después
de que él se marchara. No quería que los sepultureros de Père Lachaise
supusieran que se había aplazado el funeral. Sabía que los restos del
pobre Pierre llegarían con toda seguridad esta misma noche; a pesar del
retraso inesperado, tiene buenas razones para desear que se celebre el
funeral antes de amanecer. El féretro con el cadáver debe salir de esta
casa dentro de diez minutos. Inmediatamente después estaremos libres
para emprender nuestro loco y venturoso viaje. Los caballos nos están
esperando a la puerta de la cuadra, enganchados al carruaje. En cuanto a
este funeste horror (le entró un bonito escalofrío), no pensemos más en él.

Aseguró con cerrojo la puerta, y, al volverse, advertí en su rostro y actitud


una expresión de penitencia tan exquisita que tuve que contenerme para
no caer postrado a sus pies.

—Es la última vez —agregó con un pequeño tono de súplica, a la vez


dulce y triste— que engañaré a mi valeroso y apuesto Richard, a mi héroe.
¿Estoy perdonada?

Acto seguido se produjo otra escena de apasionada efusión, y de raptos y


protestas de amor, aunque sólo murmurados por miedo a que pudieran
oírnos.

Por fin, levantó una mano, como para impedir que me moviera, con los
ojos fijos en mí y el oído puesto en la puerta de la estancia donde habían
colocado el ataúd, y permaneció sin respirar en esa actitud unos instantes.
Tras hacerme una ligera señal, avanzó de puntillas hacia la puerta y puso
el oído, al tiempo que extendía la mano hacia atrás como para advertirme
de que no me moviera: al cabo de unos segundos volvió nuevamente de
puntillas y me dijo al oído:

—Están retirando el ataúd. Venga conmigo.

La acompañé a la habitación desde la que su doncella, según me dijo,


había hablado con ella. Sobre una bandeja de plata había una cafetera y
unas antiguas tazas de porcelana, que me parecieron realmente
preciosas; en otra más pequeña, situada a su lado, había unos vasitos de

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licor y una garrafa que contenía, como supe poco después, crema de noyó.

—Yo misma le serviré. Déjeme que sea su camarera. No me consideraré


perdonada por mi querido Richard si se niega a que le sirva.

Llenó una taza de café y me la pasó con la mano izquierda, mientras


posaba el brazo derecho sobre mi hombro; después, acariciando con los
dedos mis rizos, murmuró:

—Tómese esto. Yo también me serviré después.

Era excelente. Cuando hube apurado la taza, me pasó el licor, que


también bebí.

—Volvamos, cariño, a la habitación contigua —dijo—. Esas horribles


personas ya han debido de irse y estaremos más seguros ahí por el
momento.

—Todo lo que diga mi hermosa reina yo lo cumpliré —murmuré—, y no


sólo ahora, sino siempre.

He de confesar que aquellos arrebatos líricos se basaban,


inconscientemente, en la idea que me había formado de la galantería a la
francesa. Aún hoy me avergüenzo al recordar la grandilocuencia con la
que traté a la condesa de St. Alyre.

—Y ahora se va a tomar una deliciosa copita de noyó —dijo con tono


alegre. El ambiente fúnebre del momento anterior, y el suspense de una
aventura de la que dependía el futuro, había desaparecido como por
ensalmo de aquella criatura tornadiza. Salió corriendo y volvió con otra
copita diminuta, que, tras decirme unas palabras elocuentes y tiernas, me
llevé a los labios y bebí.

Le besé la mano, los labios, me quedé mirando sus hermosos ojos y volví
a besarla sin que ella opusiera resistencia alguna.

—Usted me llama a mí Richard, pero ¿cómo he de llamar yo a mi diosa?


—pregunté.

—Llámeme Eugénie, por mi nombre de pila. Sí, seamos naturales; bueno,


si me ama tanto como yo a usted.

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—¡Oh, Eugénie! —exclamé nuevamente embelesado, ahora paladeando
su nombre.

Le hice saber cuán impaciente estaba por emprender cuanto antes nuestro
viaje, y, mientras decía esto, noté de repente una sensación extraña por
todo el cuerpo. No era en absoluto un mareo. No encuentro palabras para
describirlo; fue algo así como una repentina congestión cerebral. Era como
si la membrana que recubre el cerebro, si es que existe tal cosa, se
hubiera vuelto inflexible.

—¡Mi querido Richard! ¿Qué le ocurre? —exclamó, con terror en los


ojos—. ¡Cielo santo! ¿Se ha puesto enfermo? Por favor, siéntese. Aquí, en
este sillón.

Casi me obligó a hacerlo. Yo no estaba en condiciones de ofrecer la menor


resistencia. Reconocí demasiado bien las sensaciones que siguieron.
Estaba arrellanado en el sillón, completamente incapaz de articular una
sílaba, de cerrar los párpados ni de mover los ojos o los músculos.

En unos segundos me vi sumido en el mismo estado que había padecido


durante varias horas interminables durante mi viaje nocturno a París en
compañía del marqués de Harmonville.

La desesperación de mi dama fue intensa y ruidosa. Parecía haber perdido


toda sensación de miedo. Me llamaba por mi nombre, me sacudía los
hombros, me levantaba el brazo y lo dejaba caer implorándome sin cesar,
con frases cargadas de patetismo, para que hiciera el menor signo de vida
y prometiéndome que, si no lo hacía, se quitaría la vida.

Pasados unos minutos, aquellas exclamaciones cesaron repentinamente.


La condesa pasó a mostrarse silenciosa y fría. De una manera expeditiva,
tomó una vela y se plantó delante de mí, pálida, palidísima, pero en su
rostro sólo había una expresión de intenso escrutinio, con una pizca de
horror en ella. Pasó lentamente la vela ante mis ojos, observando el
efecto. Luego la posó y zarandeó una campanilla con energía. Colocó
juntos ambos cofres (me refiero al suyo con las joyas y al mío con el
dinero) sobre la mesa, y vi cómo cerraba con sumo cuidado la puerta que
daba acceso a la estancia en la que yo había tomado café poco antes.

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XXIV. Esperanza
Acababa de colocar mi pesado cofre, que pareció tener gran dificultad en
levantar, cuando se abrió la puerta de la habitación en la que yo había
visto el ataúd y entró una siniestra e inesperada aparición.

Era el conde de St. Alyre, el cual, como ya he dicho, hacía bastante tiempo
que debía de estar de camino rumbo a Père Lachaise, si no me habían
informado mal. Se plantó ante mí unos instantes, enmarcado por las
jambas de la puerta y un fondo de oscuridad, como un retrato. Su figura
endeble y mezquina iba cubierta de riguroso luto. Llevaba un par de
guantes negros en la mano y un sombrero con cinta de crespón.

Cuando no hablaba, su rostro daba muestras de agitación. Su boca se


fruncía y crispaba. Tenía un aspecto a la vez espantosamente malvado y
asustado.

—Bien, mi querida Eugénie. Bien, nenita. Todo está saliendo a la


perfección, ¿verdad?

—Sí —contestó ésta con voz baja y dura—. Pero Planard y tú no deberíais
haber dejado abierta esa puerta. Ha entrado y ha visto todo. Menos mal
que no ha levantado la tapa del ataúd —apostilló con tono enfadado.

—¡Planard debería haberse encargado de eso! —contestó el conde


secamente—. ¡Ma foi, yo no puedo estar en todas partes!

Avanzó hacia mí una media docena de pasitos y se caló las lentes.

—¡Monsieur Beckett! —gritó dos o tres veces—. ¡Eh! ¿No me conoce?

Se acercó otro poco y escudriñó mi rostro con atención; me levantó la


mano y la sacudió, llamándome de nuevo, y luego la dejó caer y dijo:

—Ha funcionado admirablemente, mi preciosa mignonne. ¿Cuándo


empezó?

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La condesa se acercó y se colocó junto a él y me miró fijamente durante
unos segundos.

No pueden imaginar el efecto de la mirada silenciosa de aquellos dos ojos


malvados.

La dama miró hacia donde, recordé, estaba la repisa, y sobre ella un reloj,
cuyo tictac regular percibía con total claridad.

—Cuatro…, cinco…, seis minutos y medio —dijo sin inmutarse.

—Brava, bravissima! ¡Mi preciosa reina, mi pequeña Venus, mi Juana de


Arco, mi heroína, mi dechado de mujer!

Me estaba mirando con una curiosidad odiosa, sonriendo, mientras


buscaba con sus escuálidos dedos curtidos la mano de la dama; pero ella
no parecía muy interesada en sus caricias, pues retrocedió ligeramente.

—Ven, ma chère, vamos a contar todo esto. ¿Qué es? ¿Un billetero?
¿O… o… qué?

—¡Es esto! —dijo la dama lanzando una mirada de desagrado al cofre


cubierto de cuero, que había colocado sobre la mesa.

—¡Ah! Muy bien. Veamos. Vamos a contar. Veamos —exclamó mientras


desataba las correas con dedos temblorosos—. Tenemos que contarlo
todo. Vamos a ver. Aquí tengo lápiz y papel. Pero ¿dónde está la llave?
¿No ves esa maldita cerradura? ¡Dios mío! ¿Dónde está? ¿Dónde está la
llave?

Decía todo esto arrastrando los pies delante de la condesa, con las manos
extendidas y los dedos temblorosos.

—Yo no la tengo. ¿Cómo la voy a tener? Está en su bolsillo, por supuesto


—protestó la condesa.

Un instante después, los dedos del viejo bellaco registraban mis bolsillos.
Sacaron todo lo que había, incluidas algunas llaves.

Como he dicho, me encontraba exactamente en el mismo estado que


había padecido durante mi viaje con el marqués rumbo a París. Aquel
canalla a quien yo conocía estaba a punto de robarme. Pero no se me

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alcanzaba aún el porqué de aquella trama, ni el «papel» que representaba
la condesa en él. No estaba seguro —las mujeres tienen más sangre fría y
más recursos histriónicos que la mayor parte de nuestro torpe sexo— de si
la vuelta del conde había constituido también una sorpresa para ella; y si
aquel escrutinio del contenido de mi cofre era una iniciativa improvisada
del conde. Pero cada minuto iba aclarando mi situación, y ya faltaba poco
para que comprendiera el carácter atroz de la misma.

Yo no podía mover los ojos ni una milésima en ninguna dirección. Pero si


alguien se coloca, como yo estaba, en el extremo de una habitación,
comprobará por sí mismo la amplitud del campo de visión, sin la menor
alteración de la visibilidad; descubrirá que abarca perfectamente toda la
extensión de una habitación grande hasta una distancia muy corta, y, de
manera menos perfecta (por efecto de la refracción, creo, en el propio ojo),
hasta un punto bastante próximo. Así pues, casi nada de lo que ocurría en
aquella habitación se hurtaba a mi observación.

El viejo ya había dado con la llave. Primero abrió el estuche de cuero y


luego el cofre de hierro, volcando su contenido sobre la mesa.

—Cartuchos de cien napoleones. Uno, dos, tres. Sí, rápido. Escribe mil
napoleones. Uno, dos; sí, muy bien. Otros mil. ¡Escribe!

Y así sucesivamente hasta que todo quedó contado. Luego vinieron los
billetes.

—Diez mil francos. Anota. Diez mil francos otra vez. ¿Anotado? Otros diez
mil francos. ¿Anotado? Billetes más pequeños habrían venido mejor.
Habrían llamado menos la atención. Éstos te pueden poner en terribles
apuros. Cierra con cerrojo esa puerta. Planard se pondría insoportable si
conociera la cantidad. ¿Por qué no le dijiste que se lo dieran en billetes
más pequeños? Bueno, ahora ya no tiene remedio. Sigue. Escribe: otros
diez mil francos… Y otros… Y otros.

Y así sucesivamente hasta contar todo mi tesoro en mi mismísima


presencia, mientras yo lo veía y oía todo con la mayor nitidez. Mi
percepción mental era asimismo terriblemente viva. Pero a todos los
demás efectos yo estaba muerto.

Mientras volvía a colocar en el cofre los billetes y los cartuchos, contó de


nuevo la suma total para asegurarse de que cuadraba; lo cerró, lo volvió a

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colocar, metódicamente, en su estuche, abrió una caja fuerte disimulada
en la pared y, tras colocar en ella el joyero de la condesa y mi cofre, la
cerró. Inmediatamente después de realizar estas operaciones, empezó a
echar pestes contra Planard a causa de su retraso.

Quitó el cerrojo a la puerta, miró en dirección de la habitación oscura que


había más allá y aplicó el oído. Volvió a cerrar la puerta y regresó. El viejo
estaba al borde de un ataque de nervios.

—He apartado diez mil francos para Planard —dijo palpándose el bolsillo
de su chaleco.

—¿Se conformará con esa cantidad? —preguntó la dama.

—¿Qué? ¡Que le parta un rayo! —bramó el conde—. ¿Es que no tiene


conciencia? Le juraré que es la mitad del lote.

La dama y él volvieron a mirarme con ansiedad durante un rato, en


silencio, y luego el viejo conde empezó a refunfuñar contra Planard por
segunda vez mientras cotejaba su reloj personal con el de la pared. La
dama parecía menos impaciente; permanecía sentada, sin mirarme ya a
mí, sino al vacío, de manera que yo la veía de perfil. ¡Qué extraño aquel
cambio tan repentino! Ahora su rostro tenía un aire sombrío, de bruja. Mi
última esperanza se desvaneció al ver sin careta aquel rostro hastiado.
Ahora supe que iban a culminar su robo con un asesinato. Pero, ¿por qué
no me liquidaban rápidamente? ¿Qué obstáculo podía haber para aplazar
la catástrofe que aceleraría su propia salvación? No puedo referir con
palabras, ni siquiera recordar para mí solo, el espantoso terror que se
apoderó de mí. Piensen ustedes en la típica pesadilla; es decir, en un
sueño en el que los objetos y el peligro son reales, y la inminencia de la
muerte corporal se aplaza al antojo de quienes deciden sobre nuestros
tormentos inhumanos. No me quedaba tampoco la menor duda en cuanto
a la causa del estado en que me encontraba.

En medio de aquel estado angustioso, cuya descripción me resulta


imposible de hacer, vi cómo se abría lentamente la puerta de la estancia
donde había visto el ataúd y cómo hacía su entrada el marqués de
Harmonville.

136
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XXV. Desesperación
Un momento de esperanza tan violenta como peregrina, de una esperanza
que era casi una tortura; luego vino un diálogo, y con él los terrores de la
desesperación.

—¡Gracias a Dios, Planard, que por fin has venido! —exclamó el conde,
sujetándolo por el brazo con ambas manos y tirando de él hasta donde me
encontraba yo.

—Mire, fíjese. Todo ha salido a la perfección. ¿Quieres que te traiga una


vela?

Mi amigo el marqués de Harmonville, o Planard o lo que quiera que fuera


se acercó hasta mí mientras se quitaba los guantes, que metió en el
bolsillo.

—La vela, un poco más a este lado —dijo mientras, inclinado sobre mí, me
miraba con gravedad. Me pasó la mano por la frente y luego estuvo un rato
mirándome a los ojos.

—Y bien, doctor, ¿qué opina? —susurró el conde.

—¿Cuántas gotas le han administrado? —preguntó el marqués, convertido


así, de repente, en doctor.

—Setenta —dijo la dama.

—¿En el café caliente?

—Sí; sesenta en el café caliente y diez en el licor.

Me pareció que la voz baja y dura de la condesa temblaba un poco. Se


necesita una larga carrera de culpa para subyugar por completo a la
naturaleza e impedir esos signos exteriores de agitación que sobreviven al
bien. Por su parte, el doctor me estaba tratando con la frialdad con que se
dispone a un cadáver antes de impartir una lección de medicina. Me volvió

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a mirar a los ojos y me tomó el pulso. —Acción suspendida— dijo para sí.

Luego puso sobre mis labios algo que, por lo que pude ver, me pareció un
fragmento de membrana vegetal, mientras mantenía la cabeza lo más
alejada posible para que su aliento no la afectara.

—Sí —dijo en soliloquio, en voz muy baja.

Acto seguido me abrió la camisa y aplicó el estetoscopio a mi pecho,


mudándolo de una parte a otra, con la oreja pegada al auricular, como si
tratase de oír un sonido muy lejano; levantó la cabeza y se dijo
nuevamente a sí mismo:

—Ha cesado cualquier acción perceptible de los pulmones.

Después, volviéndose a sus compañeros —esto lo supuse por el sonido de


su voz—, dijo:

—Setenta gotas, aun suponiendo que diez se desperdiciaran, deberían


mantenerlo paralizado durante seis horas y media. Tiempo de sobra. El
experimento que hice con él en su carruaje fue sólo de treinta gotas y pude
comprobar que tenía un cerebro sumamente sensible. No sería
conveniente matarlo, como bien saben. ¿Está segura de no haberle
administrado más de setenta?

—Segurísima —sentenció la dama.

—Si muriera, se interrumpiría la evaporación y le encontrarían en el


estómago una materia extraña, parte de ella venenosa, ¿comprenden? Si
tuviera usted alguna duda, lo más indicado sería practicarle un lavado de
estómago.

—Mi querida Eugénie, di la verdad. Vamos, di la verdad —la apremió el


conde.

—No me cabe la menor duda. Estoy completamente segura —replicó.

—¿Cuánto tiempo hace exactamente? Le dije que se fijara en la hora


exacta.

—Y eso hice. El minutero se encontraba exactamente aquí, bajo el pie de


este Cupido.

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—Entonces durará probablemente siete horas. Luego se recuperará. La
evaporación será completa, y no quedará en su estómago ni una partícula
de fluido.

En cualquier caso, me resultó tranquilizador oír que no tenían intención de


asesinarme. Quien no haya pasado por ello no conoce los terrores de la
muerte próxima, cuando la mente está límpida, los instintos de la vida
intactos y ninguna excitación perturba la apreciación de este horror
completamente nuevo.

La naturaleza y finalidad de aquella atención para con mi persona me


resultaban harto extrañas; yo todavía no sospechaba nada.

—Supongo que se marchan de Francia —dijo el ex marqués.

—Por supuesto. Mañana mismo —contestó el conde.

—Y ¿adónde piensan ir?

—Eso no lo hemos decidido aún —contestó rápidamente.

—Así que no lo quiere decir a un amigo, ¿eh?

—No puedo decirlo mientras no lo sepa. Este negocio ha resultado ser


muy poco provechoso.

—Eso ya lo arreglaremos en su momento.

—Es hora de que lo tumbemos, ¿no? —dijo el conde, señalándome a mí


con el dedo.

—Sí, debemos proceder con premura. ¿Están aquí su camisón y su


sosiega? Ya me entienden…

—Sí, aquí están —contestó el conde.

—Entonces, madame —dijo el doctor volviéndose a la dama y haciéndole,


a pesar de la urgencia del momento, una reverencia—, ha llegado el
momento en que debe retirarse.

La dama pasó a la habitación en la que yo había tomado mi traicionero


café, y ya no volví a verla.

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El conde tomó una vela y franqueó la puerta situada en el extremo de la
habitación, volviendo con un rollo de lino en la mano. Primero cerró con
llave una puerta, y luego la otra.

Y ahora, en silencio, los dos procedieron a desnudarme, tarea que


despacharon en pocos minutos.

Luego me enfilaron la prenda que el doctor había llamado mi camisón, un


sayal que me cubría hasta los pies, así como un gorro, más parecido a los
que utilizan las mujeres que a los masculinos, que anudaron bajo mi
barbilla.

Y ahora, pensé, estos intrigantes me dejarán en la cama para que me


recupere como buenamente pueda, mientras aprovechan para escapar
con su botín, tornando inútil cualquier persecución.

Tal había sido mi gran esperanza hasta entonces, pero pronto me resultó
claro que sus planes eran bien diferentes.

El conde y Planard entraron juntos en la estancia situada justo enfrente de


mí. Oí un cuchicheo y luego el ruido de pies que se arrastraban; los vi
entrar de espaldas por la puerta, uno junto al otro. Arrastraban algo que
producía un ruido sordo y prolongado; pero como se habían interpuesto
entre el objeto arrastrado y yo, no pude verlo hasta que lo hubieron
acercado junto a mí. Entonces, ¡horror!, lo vi con meridiana claridad. Era el
ataúd que había visto antes en la estancia contigua. Lo habían dejado en
el suelo, pegado al sillón en el que yo estaba arrellanado. Planard levantó
la tapa. El ataúd estaba vacío.

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XXVI. Catástrofe
—Parecen buenos caballos, aunque habrá que cambiarlos por el camino
—iba diciendo Planard—. Dé a los hombres un par de napoleones; es
preciso tenerlo todo terminado para antes de las tres y media. Y ahora,
vamos; yo lo mantendré en posición vertical para que usted le meta los
pies en el ataúd; asegúrese también de que quedan bien juntos antes de
cubrirlos con el sudario.

Un instante después, como había indicado Planard, me encontraba


sostenido por éste, de pie sobre un extremo del ataúd; poco a poco me
fueron dejando caer. Luego, Planard me extendió los brazos en paralelo a
mis costados y, alisándome con cuidado los encajes de la pechera y los
pliegues del sudario, se plantó a los pies del ataúd y echó una última
mirada general, al parecer de satisfacción.

El conde, que era muy metódico, cogió mi ropa, hizo un lío con ella y la
guardó, según oí decir después, en uno de los tres armarios empotrados
que se hallaban disimulados en la pared.

Ahora comprendí su abominable plan. Aquel ataúd estaba destinado a mí.


El funeral de St. Amand era una farsa para despistar a la policía. Yo
mismo había dado, y firmado, las órdenes pertinentes en Père Lachaise y
había abonado los gastos del entierro del inexistente Pierre de St. Amand,
cuyo lugar iba yo a ocupar, encerrado en su ataúd, con su nombre en la
placa encima de mi pecho y una tonelada de barro sobre mi ataúd; y,
cuando me despertara de aquella catalepsia, después de llevar varias
horas en la tumba, perecería allí dentro de la manera más horrible que se
pueda imaginar.

Si, luego, por algún capricho de la curiosidad o de la sospecha, se


exhumaba el ataúd y se examinaba el cadáver en él encerrado, ningún
análisis químico podría detectar huella alguna de veneno, ni el más
exhaustivo examen podría detectar rastro alguno de violencia.

Yo mismo había contribuido a dar falsas pistas a la policía, en caso de que

142
mi desaparición despertara alguna sospecha, y hasta había escrito a
algunos amigos míos de Inglaterra diciéndoles que no esperaran carta mía
durante tres semanas por lo menos.

En medio de mi júbilo culpable, la muerte había llamado a mi puerta, sin


dejarme escapatoria alguna. Traté de rezar en aquel momento de pánico
sobrehumano, pero sólo pensamientos de terror, juicio final y tormento
eterno lograron distraerme de mi destino inmediato.

No me empeñaré en describir lo que es de por sí indescriptible: el horror


en estado puro que se había adueñado de mi alma. Me ceñiré a describir
lo que ocurrió, tal y como me quedó grabado en la memoria de manera
perdurable.

—Los empleados de pompas fúnebres están en el vestíbulo —dijo el


conde.

—No deben entrar hasta que hayamos cerrado el ataúd —dijo Planard—.
Haga el favor de sujetar un extremo mientras yo sujeto el otro.

No me dejaron mucho tiempo para tratar de adivinar lo que iban a hacer


conmigo, pues unos segundos después deslizaron una tabla cerca de mi
rostro, dejándome completamente a oscuras; los sonidos me llegaron
desde entonces de manera más apagada, pudiendo sólo distinguir lo que
se pronunciaba clara y distintamente. Sí pude oír el forcejeo de un
destornillador y el chirriar de varios tornillos según los iban introduciendo.
Ni la voz de Jehová hablando entre truenos me habría resultado más
espantosa que aquellos ruidos vulgares.

El resto lo debo relatar, no como llegó entonces hasta mis oídos (oía de
una manera demasiado imperfecta e interrumpida para poder pergeñar
una narración fidedigna), sino según lo que supe después por algunas
personas.

Tras ajustar bien todos los tornillos, los dos hombres arreglaron la
habitación y dispusieron el ataúd de manera que quedara perfectamente
centrado sobre las guías, pues el conde no quería bajo ningún concepto
que hubiera en la habitación algo que delatara precipitación o desorden, lo
cual podría haber dado pie a algunas conjeturas.

Después, el doctor Planard dijo que iba al vestíbulo a llamar a los mozos

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encargados de llevarse el ataúd y colocarlo en la carroza fúnebre. El
conde se puso los guantes negros y, con un pañuelo blanco en la mano,
se preparó para dirigir el duelo con el mayor dramatismo posible. Estaba
algo detrás de la cabecera del ataúd, esperando la llegada de las personas
que acompañaban a Planard, y cuyos rápidos pasos oyó enseguida
aproximarse.

Planard fue el primero en llegar. Entró en la habitación desde la estancia


en que había estado anteriormente el ataúd. Su actitud había cambiado
sensiblemente; se movía con cierta arrogancia.

—Monsieur le comte —dijo mientras franqueaba la puerta seguido de


media docena de personas—. Siento tener que comunicarle una
interrupción bastante inoportuna. Ha venido monsieur Carmaignac, un
caballero que desempeña un cargo importante en el departamento de
policía, al cual le han informado de que grandes cantidades de mercancías
de contrabando inglesas y de otros países se han distribuido en este
vecindario, y de que una porción de ellas se oculta en esta casa. Yo me he
permitido asegurarle, por cuanto sé, que no hay nada más falso que dicha
información y que usted no tiene ningún tipo de inconveniente en abrir de
par en par, a efectos de la inspección reglamentaria, y sin ninguna
dilación, cuantas habitaciones, gabinetes y armarios empotrados pueda
haber en su casa.

—Por supuesto —exclamó el conde con voz firme, pero con el semblante
súbitamente empalidecido—. Gracias, mi querido amigo, por haberse
anticipado a mí. Monsieur, pondré mi casa y mis llaves a disposición de
sus investigadores tan pronto como me comunique qué mercancías de
contrabando se están buscando concretamente.

—El conde de St. Alyre me disculpará —contestó Carmaignac algo


secamente—, pero mis superiores me prohíben revelarle dicho extremo;
esta orden de registro deberá bastar para probar al señor conde que tengo
instrucciones precisas para proceder a un registro general.

—Monsieur Carmaignac, espero que permita al conde de St. Alyre asistir


al funeral de su pariente, que yace aquí muerto, como usted ve —intervino
Planard señalando con el dedo el ataúd—, y cuyo cadáver va a trasladar
hasta Père Lachaise una carroza fúnebre que está lista para partir en la
puerta.

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—Eso, siento decirlo, no puedo permitirlo. Mis instrucciones son bien
precisas. Pero confío en que este retraso no les ocasione ningún
problema. Monsieur le comte no debe suponer en ningún momento que yo
sospecho de él; pero tenemos un deber que cumplir, y, ya se sabe, yo
debo actuar como si sospechase de todo el mundo. Cuando me ordenan
registrar, yo registro; a veces se ocultan cosas tan extrañas en lugares tan
extraños… Por ejemplo, no puedo decir con seguridad qué es lo que
contiene ese ataúd.

—El cadáver de mi pariente, monsieur Pierre de St. Amand —contestó el


conde con altivez.

—¡Ah! Entonces lo ha visto usted, supongo.

—¿Que si lo he visto? Tantas veces… —dijo el conde, manifiestamente


apenado.

—Me refiero al cadáver.

El conde intercambió una rápida mirada con Planard.

—N… No, monsieur. Es decir, sólo un momento. Otra mirada rapidísima a


Planard.

—El tiempo suficiente para reconocerlo, supongo —insinuó el caballero.

—Por supuesto. Claro que sí. Lo he reconocido al instante. Perfectamente.


¿Cómo no iba a reconocer a Pierre de St. Amand? Pobre hombre… Lo
conozco demasiado bien, descuide.

—Las cosas que yo busco —dijo monsieur Carmaignac— cabrían en un


espacio muy reducido; los criados son a veces tan ingeniosos…
Levantemos la tapa.

—Discúlpeme, monsieur —replicó el conde con tono perentorio


acercándose al ataúd y extendiendo los brazos sobre él—. No puedo
tolerar semejante indignidad, semejante profanación.

—No habrá tal, señor. Se trata simplemente de levantar la tapa. Usted


permanecerá en esta habitación. Si todo está en orden, como es de
suponer, usted habrá tenido el gusto de ver otra vez, la última vez, a su
amado pariente.

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—Pero, señor, eso no puedo permitirlo.

—Lo siento, monsieur, pero tengo órdenes estrictas al respecto.

Además, esa herramienta…, el destornillador, se rompió al colocar el


último tornillo, y le doy mi palabra de honor que en ese ataúd no hay nada
más que el cadáver.

—Por supuesto que monsieur le comte cree lo que dice, pero no conoce
tan bien como yo las artimañas al uso entre los criados, que suelen estar
bastante avezados en el arte del contrabando. A ver, Philippe, quita la tapa
de ese ataúd.

El conde protestó, pero Philippe —un hombre calvo y con el rostro más
tiznado que el de un carbonero— dejó en el suelo una caja de cuero de
herramientas, de la que, tras echar un vistazo al ataúd y tantear con la uña
las cabezas de los tornillos, seleccionó un destornillador y, con unas
hábiles vueltas a cada uno de los tornillos, éstos se alinearon como una
hilera de setas, y la tapa cayó a un lado. Vi de nuevo la luz, que creía
haber visto por última vez. Pero el eje de mi visión seguía inmóvil. Como
mi estado cataléptico me obligaba a mirar de frente y fijamente, en aquel
momento sólo veía el techo. Vi cómo la cara de Carmaignac se inclinaba
sobre mí con un curioso fruncimiento de ceño. Por su manera de mirarme,
me pareció que no me había reconocido. ¡Oh, Dios mío! ¡Si hubiera podido
simplemente soltar un alarido! Veía cómo el careto pardusco y mezquino
del pequeño conde me miraba fijamente desde el otro lado; el rostro del
seudomarqués también me miraba, pero no caía en la misma línea recta
de mi visión. Hubo también otros rostros que me echaron un vistazo.

—Ya veo, ya veo —dijo Carmaignac, retirándose—. No hay nada aquí de


lo que busco.

—Le ruego pida a su operario que vuelva a colocar la tapa del ataúd y la
asegure bien con los tornillos —dijo el conde, recuperando el valor—; y… y
el funeral debe seguir adelante. No está bien hacer trabajar más de la
cuenta a personas que cobran un sueldo moderado por el trabajo nocturno.

—Mi querido conde de St. Alyre, el cortejo saldrá dentro de unos minutos.
En este momento soy yo el único que da aquí órdenes con relación al

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ataúd.

El conde miró en dirección de la puerta, por donde estaba entrando un


gendarme. Había también en la habitación otros dos agentes, graves y
fornidos. Pareció desagradablemente asombrado; la situación se estaba
volviendo insostenible.

—Planard, como este caballero me pone trabas para asistir a las exequias
de mi pariente, le ruego asista al funeral en mi lugar.

—Espere unos minutos —insistió impertérrito Carmaignac—. Primero debo


pedirle la llave de ese armario —agregó señalando en dirección del
armario en el que acababan de esconder mi ropa.

—Yo… yo no tengo nada que objetar —dijo el conde—. Naturalmente.


Sólo que… hace siglos que no se usa. Mandaré a alguien a buscar la llave.

—Si no la tiene a mano, no se preocupe. Philippe, intenta abrir ese armario


con la llave maestra. Quiero ver lo que hay dentro. ¿De quién es esa ropa?
—preguntó Carmaignac cuando, una vez abierto el armario, sacó el traje
que mis secuestradores habían metido allí apenas dos minutos antes.

—Pues… no sabría decirle —contestó el conde—. No sé nada del


contenido de ese armario. Un criado sinvergüenza, llamado Lablais, a
quien despedí hará un año, tenía la llave. Hace diez por lo menos que no
lo he visto abierto. Es probable que esa ropa sea suya.

—Aquí hay tarjetas de visita, y también un pañuelo marcado con las


iniciales «R. B».. Debe de haberlos robado a una persona llamada Beckett,
R. Beckett. «Mr. Beckett, Berkeley Square», dice la tarjeta. Y, a fe mía,
aquí hay un reloj y un montón de sellos; uno de ellos con las iniciales «R.
B». Ese criado Lablais debió de ser un consumado granuja.

—En efecto. Lleva usted toda la razón, señor.

—Se me ocurre que podría haber robado también esta ropa —prosiguió
Carmaignac— al hombre que está en ese ataúd, el cual en ese caso sería
monsieur Beckett y no monsieur de St. Amand. Pues, oh maravilla, el reloj
aún tiene cuerda, monsieur. El hombre del ataúd, me parece, no está
muerto, sino simplemente drogado. Y, por haberle robado y tratado de
asesinar, mando arrestar a Nicolas de la Marque, conde de St. Alyre.

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Un instante después, el viejo bandido era apresado, y oí cómo soltaba con
su voz discordante una vehemente e inconsecuente perorata, ora
protestando, ora amenazando, ora suplicando impíamente a «Dios, que
lee el corazón de los hombres». Y, mintiendo y delirando de esta guisa, fue
sacado a rastras de la habitación y colocado en el mismo coche celular en
que se encontraba ya su bella y criminal cómplice, también previamente
arrestada; y, con dos gendarmes sentados a cada lado, fueron conducidos
directamente a la Conciergerie.

Allí se añadieron al concierto general dos voces, de índole muy distinta.


Una era la del fanfarrón coronel Gaillarde, a quien a duras penas habían
logrado mantener callado hasta entonces. La otra era la de mi jovial amigo
Whistlewick, que había acudido a identificarme.

Enseguida contaré cómo hicieron fracasar aquella conspiración contra mi


propiedad y mi vida, tan ingeniosa como monstruosa. Antes debo decir
unas palabras sobre mi persona. Me colocaron en un baño caliente, bajo la
dirección de Planard, un granuja tan redomado como sus compinches,
pero que ahora estaba completamente al servicio de la acusación. Estas
medidas sencillas me restauraron en el espacio de unas tres horas
aproximadamente; de lo contrario, probablemente habría seguido bajo los
efectos de la droga unas siete horas.

La trama de aquellos infames conspiradores se había urdido con una


habilidad y un sigilo consumados. Hacían que sus víctimas, entre cuyo
número me contaba yo, colaborasen en crear el misterio que hacía
definitiva su propia destrucción.

Por supuesto, se abrió una investigación. Se abrieron varias tumbas en


Père Lachaise. Los cuerpos exhumados llevaban allí demasiado tiempo, y
estaban demasiado descompuestos para ser reconocidos. Sólo uno fue
identificado. En aquel caso concreto, el acta de defunción la había firmado
—y dado la orden de inhumación y abonado los gastos— un tal Gabriel
Gaillarde, conocido del empleado que se había encargado de tramitar el
funeral. Esta estratagema, que también habían seguido conmigo, había
sido llevada a cabo con éxito en su caso. La persona para la que se había
encargado la tumba era puramente ficticia, siendo el propio Gabriel
Gaillarde el que había acabado ocupando el ataúd, sobre cuya tapa —al
igual que sobre la lápida sepulcral— se había inscrito un nombre falso. Era
muy probable que a mí me hubieran reservado el mismo honor con el

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seudónimo de Pierre de St. Amand.

La identificación fue curiosa. Aquel Gabriel Gaillarde había sufrido una


grave caída de un caballo desbocado unos cinco años antes de su
misteriosa desaparición, accidente en el que había perdido un ojo y
algunos dientes, además de sufrir una fractura en la pierna derecha,
inmediatamente por encima del tobillo. Había mantenido el mayor secreto
en cuanto a las heridas sufridas en el rostro. El resultado fue que el ojo de
cristal que había ocupado el lugar del perdido seguía aún en su cuenca,
ligeramente descolocado, como es lógico, pero fácilmente reconocible por
el artífice que lo había confeccionado.

Más fácil aún de reconocer fue su dentadura, de factura muy particular,


que uno de los dentistas más mañosos de París había adaptado para las
encías del tal Gaillarde, cuyo molde, debido a las peculiaridades del
accidente, había conservado por fortuna. Molde que encajaba a la
perfección con la placa de oro hallada en la mandíbula de la calavera. La
rotura del hueso por encima del tobillo, donde lo habían reajustado,
correspondía también al lugar donde se había fracturado la pierna Gabriel
Gaillarde.

El coronel se había enfurecido por la pérdida de su hermano menor, y más


aún por la de su dinero, que desde hacía tiempo venía considerando
patrimonio propio para cuando la muerte se llevara a su hermano de este
valle de lágrimas. Desde hacía tiempo venía sospechando, por algunos
cabos sueltos que había logrado atar, que habían sido el conde de St.
Alyre y su bella compañera, condesa o no, quienes lo habían dejado sin
blanca. A esta sospecha vinieron a sumarse otras más siniestras todavía,
en un principio más a consecuencia de la rabia —lo que le inducía a creer
lo que fuera— que de hipótesis con fundamento.

Finalmente, un incidente fortuito dirigió al coronel sobre la buena pista. Un


capricho del azar puso sobre aviso al granuja de Planard de que los
conspiradores —incluido él mismo— se hallaban en peligro. El resultado
fue que él impuso las condiciones de su propia libertad, se convirtió en
informador de la policía y concertó con ella la visita realizada al castillo de
la Carque en el momento crítico en que se pudiera coger al conde y a sus
cómplices con las manos en la masa y tener pruebas fundadas para la
acusación.

Huelga decir que la policía actuó con suma precaución para poder recoger

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todas las pruebas conducentes a constituir un acta de acusación
condenatoria. Hasta había mandado venir a un médico famoso, que, en
caso de que fracasara Planard, sería capaz de aportar las necesarias
pruebas médicas.

Mi viaje a París, pueden creerme, no había resultado tan agradable como


había esperado. Yo hice de principal testigo de cargo en aquella cause
célèbre y disfruté de todos los atractivos que se derivan de tan envidiable
cometido. Pero, después de haber salvado el pellejo, como dijo mi amigo
Whistlewick, «por los pelos», tuve la candidez de creer que iba a ser objeto
de un interés considerable por parte de la sociedad parisiense; pero, para
mi mortificación personal, descubrí que fui más bien objeto de pitorreo
—bondadoso pero despectivo—. Se me tildó de zopenco, inocentón y
tonto, e incluso hicieron de mí varias caricaturas. Es decir, me convertí en
una especie de personaje público, dignidad

«Para la que no había nacido».

Y de la que huí tan pronto como pude, sin ni siquiera honrar a mi amigo el
marqués de Harmonville con una visita a su confortable castillo.

El marqués salió bien parado. El conde, su cómplice, fue ejecutado. A la


bella Eugénie le asistieron circunstancias atenuantes —al parecer, su
especial belleza— y la condenaron a sólo seis años de cárcel.

El coronel Gaillarde recuperó parte del dinero de su hermano, sacado de la


fortuna no muy boyante del conde y de la soidisante condesa. Esto, junto
con la ejecución del conde, le devolvió el buen humor. Lejos de abordarme
con ánimo hostil, me dio cortésmente la mano asegurándome que
consideraba el bastonazo que le había propinado en la cabeza como un
revés recibido en una lid un tanto irregular pero de cuya justicia y validez
no le cabía la menor duda.

Creo que sólo me queda referirme a dos detalles suplementarios. En


primer lugar, los ladrillos que vi en la estancia del ataúd habían sido
transportados hasta allí envueltos en paja para hacer creer en la existencia
de un cadáver y evitar las sospechas y contradicciones que podría haber
originado la llegada de un ataúd vacío al castillo.

En segundo lugar, los magníficos brillantes de la condesa fueron tasados


por un joyero y vendidos por unas cinco libras a una reina de la tragedia

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que andaba necesitada de un aderezo de oropel.

La condesa había sido años atrás una de las actrices más destacadas en
la pequeña escena de París, de donde había sido rescatada por el conde
para que se convirtiera en su cómplice principal.

Fue ella quien, admirablemente disfrazada, había espiado mis documentos


durante el memorable viaje nocturno a París y quien había interpretado el
papel de maga dentro del palanquín con ocasión del baile de disfraces en
Versalles. Aquel sofisticado embuste había tenido por objetivo mantener
vivo mi interés por la bella condesa, interés que temían pudiera
desfallecer. La mascarada también había tenido como objeto seleccionar a
otras víctimas potenciales, de las que ya no es el caso ponernos a hablar
aquí. La introducción de un cadáver real —procurado por una persona que
abastecía a los anatomistas de París— no implicaba ningún peligro real,
toda vez que intensificaba el misterio y hacía que el profeta se mantuviera
vivo en las conversaciones de la gente y en los pensamientos de los bobos
con quienes éste había dialogado.

Yo repartí el resto del verano y el otoño entre Suiza e Italia.

Como suele decirse, aquella vivencia hizo de mí un hombre más


experimentado que amargado. La horrible impresión que produjo en mi
espíritu se debió en buena parte a la simple acción de mis nervios y mi
cerebro. Pero también dejó en mí otros sentimientos más graves y
profundos, que marcaron definitivamente mi vida; me condujo —aunque
aún debieron pasar algunos años— a una concepción más feliz, y no por
ello menos seria, de la vida. Tengo motivos sobrados para agradecer al
misericordioso Señor del universo aquella temprana y terrible lección sobre
las imprevisibles celadas que nos puede tender el maligno.

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Joseph Sheridan Le Fanu

Joseph Thomas Sheridan Le Fanu (Dublín, 28 de agosto de 1814-ibídem,


7 de febrero de 1873) fue un escritor irlandés de cuentos y novelas de
misterio. Sus historias de fantasmas representan uno de los primeros
ejemplos del género de horror en su forma moderna, en la cual, como en
su relato Schalken el pintor, no siempre triunfa la virtud ni se ofrece una
explicación sencilla de los fenómenos sobrenaturales.

Sheridan Le Fanu nació en el seno de una familia de alcurnia de

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procedencia hugonote. Su abuela, Alice Sheridan Le Fanu, y su tío abuelo,
Richard Brinsley Sheridan, fueron dramaturgos, y su sobrina, Rhoda
Broughton, novelista de éxito.

Estudió Derecho en el Trinity College de Dublín, donde fue nombrado


auditor de la Sociedad Histórica. Pero a Le Fanu no le agradaban las leyes
y se pasó al periodismo. A partir de ese momento y hasta su muerte
publicó multitud de relatos. Desde 1861 hasta 1869, editó el Dublin
University Magazine, que publicó muchos de sus trabajos por entregas.
Perteneció a la plantilla de varios periódicos, incluyendo el ya mentado
Dublin University Magazine y el Dublin Evening Mail, hasta su muerte, que
se produjo en la ciudad que lo vio nacer, Dublín, el 7 de febrero de 1873.

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