Una formación integral,
a la luz de Aparecida.
Lectura comentada del número 280 de Aparecida
El principal desafío que tiene la Iglesia hoy es la formación integral de los agentes dinamizadores de la
acción misionera eclesial. Aparecida, apelando a la inolvidable y siempre actual Evangelii nuntiandi,
dice que no se debe hacer el envío de misioneros tristes y desalentados, impacientes o ansiosos:
… ojalá el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza– pueda así
recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o
ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han
recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de
anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo (DA 552; EN 80).
El perfil del discípulo misionero está claramente explicitado en Aparecida. Las principales cualidades
sugeridas son: gratitud, alegría, testimonio de proximidad, ce
rcanía afectuosa, escucha, humildad, solidaridad, compasión, diálogo, reconciliación, compromiso con
la justicia social y capacidad de compartir (cf. DA 363).
En la formación
no se trata sólo de saber lo que Dios quiere de nosotros, de cada uno de nosotros en las diversas
situaciones de la vida. Es necesario hacer lo que Dios quiere: así como nos lo recuerdan las
palabras de María, la Madre de Jesús, dirigiéndose a los sirvientes de Caná: «Haced lo que Él
os diga» (Jn 2, 5). Y para actuar con fidelidad a la voluntad de Dios hay que ser capaz y hacerse
cada vez más capaz. Desde luego, con la gracia del Señor, que no falta nunca, como dice San
León Magno: «¡Dará la fuerza quien ha conferido la dignidad!»; pero también con la libre y
responsable colaboración de cada uno de nosotros1.
5.1. La formación, camino de conversión y medio para la fidelidad
La formación es un “camino de conversión y medio para la fidelidad”2, lo cual exige un permanente
trabajo sobre la propia persona y un continuo proceso que tenga en cuenta, tanto la vida espiritual del
discípulo o discípula, como la vida comunitaria, la capacitación intelectual y la proyección de servicio a
la comunidad.
En este proceso de conversión, es importante tener en cuenta la pedagogía de Jesús, aplicada a los tiempos
actuales, a fin de proporcionarle una preparación integral en el camino de fidelidad en el seguimiento del
Señor. En el número 280 de Aparecida se tienen en cuenta cuatro dimensiones: humana comunitaria,
espiritual, intelectual y pastoral-misionera. Pero advierte que estas dimensiones deberán ser integradas
armónicamente a lo largo de todo el proceso formativo3.
En efecto, en el proceso de formación, aunque en algún momento se haga más énfasis en una dimensión
que en otra, las cuatro, siguiendo el principio de totalidad, deben estar presentes simultáneamente en
1
ChL, 58.
2
SD 72
3
Cfr. DA 280; PDV 61
1
todas las etapas, en perfecta armonía pedagógica, teniendo como eje articulador la dimensión espiritual,
a fin de lograr lo que se pretende: la formación de discípulos con la debida madurez humana, con un
espíritu evangélico bien cimentado y una estrecha relación con Cristo.
La propuesta que estoy haciendo en estas reflexiones es la de potenciar el desarrollo de cada una de las
dimensiones de la persona, siguiendo determinados dinamismos. Un dinamismo es una energía vital que
estimula el desarrollo de cada una de las dimensiones y desata una serie de potencialidades que estimulan,
a su vez, el crecimiento de las otras áreas de la personalidad.
Un dinamismo debe reunir, como mínimo, tres características: movilidad, agilidad y eficacia. La imagen
evangélica de la vid y los sarmientos nos presentan estas tres características de la vida y de la misión de
los fieles laicos: la llamada a crecer, a madurar continuamente, a dar siempre más fruto4.
La dimensión humano-comunitaria se propone formar personalidades equilibradas, la dimensión
humana comunitaria debe estar potenciada por los dinamismos de la solidaridad y la participación, a
partir de la pedagogía de la encarnación solidaria del Hijo que se hace partícipe de la condición humana
y que trae una propuesta de salvación para todos.
La dimensión espiritual estimula a los discípulos a vivir plenamente la santidad y dar testimonio de ella,
dentro de los dinamismos de la comunión y de la intimidad con Dios, a partir de la pedagogía del
encuentro con Jesucristo vivo.
La dimensión intelectual orienta al discípulo en el amor y la búsqueda de la verdad y del bien, a fin de
que sepa dar razón de su fe y de su esperanza, siguiendo los dinamismos de la inteligencia de la fe y del
diálogo fe-cultura, a partir de una pedagogía de la fe y del diálogo creador.
La dimensión pastoral y misionera fortalece la vivencia de la caridad pastoral, dentro de los dinamismos
de la misión y de la inculturación, a partir de una pedagogía del camino y del encuentro con los otros.
Las cuatro dimensiones, con sus correspondientes dinamismos, tienen su punto de encuentro en la
persona del discípulo. Por eso, las dimensiones no pueden actuar como compartimentos separados dentro
del sistema de formación; cada dimensión tiene su especificidad y, a la vez, una íntima correlación con
las demás dimensiones.
La conversión del creyente y la fidelidad en el discipulado solo se pueden dar si, en la formación, se
tienen en cuenta las cuatro dimensiones sugeridas en Aparecida. En las dimensiones, al considerar sus
dinamismos, se ve con mayor claridad las características del seguimiento del Señor.
5.2. La dimensión humana comunitaria
Sobre esta dimensión, Aparecida nos dice que:
Tiende a acompañar procesos de formación que lleven a asumir la propia historia y a sanarla,
en orden a volverse capaces de vivir como cristianos en un mundo plural, con equilibrio,
fortaleza, serenidad y libertad interior. Se trata de desarrollar personalidades que maduren en
el contacto con la realidad y abiertas al Misterio (DA 280).
4
Cf. ChL, 57.
2
5.2.1. La formación de personas equilibradas, sólidas y libres
Si nos remontamos al Evangelio, Jesús forma a sus discípulos en esas cualidades humanas que son
indispensables para la realización plena de la persona y para hacer creíble el anuncio de la Buena Nueva
de la llegada del Reino de Dios. Les enseña a compartir la mesa (2,15 ss); los anima a no tener miedo
(4,40; 6,50); los invita a acompañarlo en las diversas actividades de su caminar (5,37; 6, 1); les
encomienda una misión y los organiza, con instrucciones precisas, para su cumplimiento adecuado (6, 7-
13); los motiva a trabajar en y con la comunidad y a responder a sus necesidades concretas, tanto físicas
como espirituales (6,30-44; 8, 1-9); les da una visión ecuménica y universal de su misión (9, 38-40); les
ayuda a revisar sus comportamientos equivocados (8,33; 9, 33-37; 9, 42ss; 10, 33-45).
Juan Pablo II recomendaba vivamente la formación de los laicos en los valores humanos familiares y
sociales:
Finalmente, en el contexto de la formación integral y unitaria de los fieles laicos es
particularmente significativo, por su acción misionera y apostólica, el crecimiento personal en
los valores humanos. Precisamente en este sentido el Concilio ha escrito: «(los laicos) tengan
también muy en cuenta la competencia profesional, el sentido de la familia y el sentido cívico, y
aquellas virtudes relativas a las relaciones sociales, es decir, la probidad, el espíritu de justicia,
la sinceridad, la cortesía, la fortaleza de ánimo, sin las cuales ni siquiera puede haber verdadera
vida cristiana»5.
El enfoque que orienta el desarrollo de la dimensión humano-comunitaria es el seguimiento de Jesús en
su plena humanidad, quien, solidario con el género humano, se hizo en todo como nosotros, excepto en
el pecado.
Por eso, decíamos arriba que la dimensión humana-comunitaria se propone formar personalidades
equilibradas, sólidas y libres, a ejemplo de Jesús, dentro de los dinamismos de la solidaridad y la
participación, a partir de la pedagogía de la encarnación solidaria del Hijo que se hace partícipe de la
condición humana y trae una propuesta de salvación para todos.
El discípulo misionero
“debe procurar reflejar en sí mismo, en la medida de lo posible, aquella perfección humana que
brilla en el Hijo de Dios hecho hombre y que se transparenta con singular eficacia en sus
actitudes hacia los demás...”6. “Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de
amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta”
(Flp 4,8).
5.2.2. El dinamismo de la solidaridad
La solidaridad tiene su fundamento en la encarnación del Hijo de Dios, misterio en el que se unen, en
forma “escandalosa” para la lógica del mundo, la divinidad con la humanidad. Es Dios quien se hace
solidario con todos los seres humanos de toda la historia. Aunque en Marcos, el principio, el núcleo y el
5
ChL 60.
6
PDV 43
3
fin de su relato es la divinidad de Jesús, sin embargo, ha sido considerado el evangelista de la humanidad
de Dios, de su cercanía solidaria con los hombres y mujeres del universo.
El testimonio de solidaridad de las primeras comunidades cristianas fue lo que más impresionó a los
judíos y a los paganos de su tiempo (cf. Hch 2, 42-47; 4, 32-36). Por eso, la Iglesia como pueblo de Dios,
como comunidad fraterna, debe ser expresión del amor misericordioso del Creador y sacramento de
salvación para todos en el contexto del mundo contemporáneo. La Constitución pastoral Gaudium et spes
establece esa relación de servicio que la Iglesia debe prestar al mundo de hoy. Desde esta óptica, la
solidaridad debe entenderse como
la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de
todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos7.
La solidaridad se expresa en el servicio y en la preocupación permanente por el otro, tanto a nivel
personal como institucional. Medellín, al mismo tiempo que denuncia la falta de solidaridad como
creadora de estructuras injustas8, anuncia gozosamente que la solidaridad humana solo puede realizarse
en Cristo9. Santo Domingo, cuando presenta el perfil de las mujeres y de los hombres que necesita hoy
América Latina y El Caribe, anota claramente la solidaridad con todos, especialmente con quienes más
sufren10. Ecclesia in America propende, a partir del Evangelio, por una promoción de una cultura de la
solidaridad11.
En la formación y en la vivencia de la solidaridad, el discípulo de Jesús debe considerar diversos niveles:
solidaridad consigo mismo, que implica auto-conocimiento, auto-estima, auto-cuidado; solidaridad con
los otros, que se expresa en la ayuda mutua, en la responsabilidad por el otro, en la vida comunitaria;
solidaridad con la naturaleza, que implica una alianza entre el ser humano y el medio ambiente12.
5.2.3. El dinamismo de la participación
En la formación humana-comunitaria, la solidaridad va estrechamente unida con la participación. En
efecto, el fortalecimiento de la identidad de la persona, que conlleva un modo original y único de estar-
en-elmundo, exige su participación activa como sujeto, lo cual va a incidir en la construcción tanto de la
comunidad humana como de la comunidad eclesial.
En la comunidad humana, un modelo de sociedad justa y equitativa, debe estar caracterizado por la
participación de todos los ciudadanos y por su ordenamiento al servicio de las personas13. La Iglesia, por
77
Sollicitudo rei sociales – SRS 38
8
Medellín 1,2.
99
Medellín 2,14.
10
SD 32. Las otras cualidades son: la capacidad de escucha con un corazón bueno y recto, la conversión de corazón, el trato
íntimo con Dios como Padre, el reconocimiento de los hermanos, la libertad que da la Verdad. La solidaridad, juntamente
con la promoción de la justicia y el destino universal, juntamente con la promoción de la justicia y el destino universal de los
bienes, se convierte en un valor indispensable en la Doctrina Social de la Iglesia. Cf. SD 169.
11
EAm 52.
1212
Cf. Caritas in Veritate CIV 50
13
Cf. Pablo Vi, Carta para la celebración de la XXX Semana Social de España, 1976. Pablo Vi cita, en este campo, a Pío XII:
“los ciudadanos de cada Estado no se nos muestran desligados entre sí, como granos de arena, sino más bien unidos entre
sí en un conjunto orgánicamente ordenado, con relaciones variadas, según la diversidad de los tiempos, en virtud del
impulso y del destino natural y sobrenatural” (Pío XII, Summi Pontificatus, 20 octubre 1939).
4
su parte, es una comunidad organizada de discípulos y discípulas de Jesús, quienes, a partir del don de la
fe, recibido en el bautismo, contribuyen activamente en su edificación y crecimiento, de acuerdo con la
multiforme variedad de carismas que han recibido del Espíritu Santo. La Iglesia es ontológicamente
ministerial y, por tanto, todos sus miembros tienen el deber y el derecho de participar en su vida y misión.
Todo en la Iglesia, en el contexto de la comunión, es participación. El sacerdocio bautismal es
participación del sacerdocio de Jesucristo. Uno de los encargos que se le hace a los presbíteros es el de
promover la participación de todos los miembros de la comunidad eclesial, de acuerdo con sus carismas,
servicios y ministerios.
Los presbíteros se encuentran en relación positiva y animadora con los laicos, ya que su figura
y su misión en la Iglesia no sustituye sino que más bien promueve el sacerdocio bautismal de
todo el Pueblo de Dios, conduciéndolo a su plena realización eclesial. Están al servicio de su fe,
de su esperanza y de su caridad. Reconocen y defienden, como hermanos y amigos, su dignidad
de hijos de Dios y les ayudan a ejercitar en plenitud su misión específica en el ámbito de la misión
de la Iglesia (PDV 17).
Los laicos, a su vez, contribuyen a la formación de los presbíteros:
Precisamente la participación de vida entre el presbítero y la comunidad, si se ordena y lleva a
cabo con sabiduría, supone una aportación fundamental a la formación permanente, que no se
puede reducir a un episodio o iniciativa aislada, sino que comprende todo el ministerio y vida
del presbítero14.
Por tanto, la formación de los discípulos de Jesús debe tener en cuenta que la meta a la que está dirigido
este proceso es la participación en el sacerdocio de Jesucristo, para dinamizar la vida y la misión de la
Iglesia15.
En el proceso de formación discipular se exige la participación de todos y todas en la buena marcha de
los grupos de acción y de vida, con una clara proyección a la transformación de sus propias comunidades
locales. El Papa Juan Pablo II, dirigiéndose a los jóvenes, les decía:
Un mundo de justicia y de paz no puede ser creado sólo con palabras y no puede ser impuesto
por fuerzas externas. Debe ser deseado y debe llegar como fruto de la participación de todos. Es
esencial que todo hombre tenga un sentido de participación, de tomar parte en las decisiones y
en los esfuerzos que forjan el destino del mundo16.
Reflexión personal y comunitaria:
¿De qué manera la solidaridad y la participación dinamizan el crecimiento del discípulo y de la
discípula en su dimensión humana?
¿En el dinamismo de la solidaridad, qué valores y qué condiciones pueden fortalecer la formación
discipular en este campo específico?
¿Qué valores y qué condiciones pueden contribuir para que la participación sea más efectiva en
la vida comunitaria?
14
PDV 78
15
Cf. PDV 11.
16
Juan Pablo II, Jornada Mundial por la Paz., 1985
5
5.3. Dimensión espiritual
Sobre la dimensión espiritual, Aparecida nos dice:
Es la dimensión formativa que funda el ser cristiano en la experiencia de Dios, manifestado en
Jesús, y que lo conduce por el Espíritu a través de los senderos de una maduración profunda.
Por medio de los diversos carismas, se arraiga la persona en el camino de vida y de servicio
propuesto por Cristo, con un estilo personal. Permite adherirse de corazón por la fe, como la
Virgen María, a los caminos gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de su Maestro y Señor
(DA 280 b).
5.3.1. El encuentro personal con Jesucristo vivo
Juan Pablo II, en la Exhortación Postsinodal Christifideles Laici destacó la urgencia de la formación
espiritual de los fieles laicos, haciendo énfasis en la intimidad con Jesús y en la vida de comunión con
los demás:
Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado en la vida de cada uno,
llamado como está a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad
con la voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia. Escribe el
Concilio: «Esta vida de íntima unión con Cristo se alimenta en la Iglesia con las ayudas
espirituales que son comunes a todos los fieles, sobre todo con la participación activa en la
sagrada liturgia; y los laicos deben usar estas ayudas de manera que, mientras cumplen con
rectitud los mismos deberes del mundo en su ordinaria condición de vida, no separen de la propia
vida la unión con Cristo, sino que crezcan en ella desempeñando su propia actividad de acuerdo
con el querer divino» (AA 4)17.
En la línea de Aparecida, el enfoque de la formación espiritual tiene como punto de partida el seguimiento
de Jesús, Maestro y Buen Pastor, con miras a una plena configuración con Él, expresión máxima de la
santidad. La dimensión espiritual estimula, por tanto, a los discípulos a vivir su vocación a la santidad y
dar testimonio de ella, dentro de los dinamismos de la comunión y de la intimidad con Dios, a partir de
la pedagogía del encuentro con Jesucristo vivo.
En la medida en que los discípulos y discípulas descubran su vocación, se sentirán más urgidos de
formación con miras a la misión:
La formación de los fieles laicos tiene como objetivo fundamental el descubrimiento cada vez
más claro de la propia vocación y la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el
cumplimiento de la propia misión18.
En este contexto, la formación espiritual es el eje integrador de la personalidad en el seguimiento de
Jesucristo. En efecto, la espiritualidad plenifica la dimensión humana, ilumina la inteligencia para
comprender los contenidos de la fe y hace idóneos a los discípulos misioneros para desarrollar los
carismas que han recibido y para desempeñar fructuosamente las responsabilidades profesionales y los
servicios pastorales. La formación humana, desarrollada en el contexto de una antropología integral, se
17
ChL 60.
18
ChL 58.
6
abre y se potencia con la formación espiritual. Todo ser humano ha sido llamado a la vida; pero también
está llamado a una vida de fe, a ser regenerado “por el agua y el Espíritu Santo” (cf. Jn 3,5)19. La
formación intelectual, al mismo tiempo que estimula la reflexión científica sobre los saberes filosóficos,
teológicos y otros campos del conocimiento, introduce al discípulo en el camino del seguimiento del
Señor, a través de la progresiva incorporación en el misterio de Cristo y de la Iglesia, en la caridad
pastoral. La formación pastoral y misionera, por su parte, apunta a un objetivo fundamental del
discipulado, que es formar agentes pastorales idóneos, llamados a anunciar el Evangelio de la Vida,
incluso más allá de las fronteras, para lo cual es indispensable una íntima comunión con Dios y una vida
al estilo de Jesús Buen Pastor.
Siendo la formación espiritual el eje unificador e integrador de todas las demás dimensiones, es
fundamental que se diseñen itinerarios de crecimiento en la vida interior y se establezca una adecuada
coordinación de actividades entre las mencionadas dimensiones.
5.3.2. El dinamismo de la intimidad con Dios
Los discípulos son llamados a “estar permanentemente con él”, es decir, a compartir la intimidad del
Maestro (Mc 3,14). En el transcurso de la predicación de la Buena Nueva, los discípulos eran invitados
por Jesús para estar a solas, lejos de la muchedumbre (3,9; 4,36; 6,31; 7,17). Este trato íntimo y
prolongado con Jesús se convierte en una condición necesaria en la formación discipular; en efecto, antes
de ser enviados a predicar y curar, son llamados a estar con él y esa relación de profunda intimidad se
prolonga a través de toda la narración evangélica20.
La intimidad es, en el camino del seguimiento, esa unión estrecha con Jesús que se fortalece con la
oración, con la lectura meditada de su Palabra, con la Eucaristía, con el servicio a los hermanos y con la
comunión eclesial.
La dimensión espiritual, en el itinerario de la formación discipular, debe tener como contenidos básicos
el trato familiar y asiduo con el Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo; la unión íntima con
Cristo Maestro y Buen Pastor, a quien los discípulos y discípular se van a configurar; la vivencia del
misterio pascual, de tal manera que sepan iniciar en él al pueblo cristiano; la permanente búsqueda de
Cristo en la fiel meditación de la Palabra de Dios, en la activa comunicación con los misterios de la
Iglesia, sobre todo en la Eucaristía, en el Obispo, que los envía, y en los hombres y mujeres a quienes
son enviados, principalmente en los pobres, los niños, los enfermos, los pecadores y los incrédulos; el
amor y la veneración de filial confianza a María, primera discípula del Señor21.
5.3.3. El dinamismo de la comunión con Dios y con los demás
La vida espiritual es, en una primera instancia, vida de intimidad con Dios, que se expresa en la oración
y la contemplación.
En una segunda instancia, de ese encuentro con Dios, nace
19
Cf. PDV 45.
20
Cf. PDV 60.
21
Cf. PDV 45.
7
la exigencia indeclinable del encuentro con el prójimo, de la propia entrega a los demás, en el
servicio humilde y desinteresado que Jesús ha propuesto a todos como programa de vida en el
lavatorio de los pies a los apóstoles: «Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis
como yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 15)22.
El encuentro con Dios y el encuentro con los hermanos están íntimamente relacionados, ya que solamente
en la intimidad con Jesús y en la adoración del Padre, el discípulo se libera de otras absolutizaciones y
de todo tipo de esclavitud; y le permite abrirse al encuentro con los demás como hermanos y hermanas.
La identidad misma de la Iglesia es necesario verla desde la iniciativa trinitaria que la funda como
comunión, articulada en la variedad de dones y servicios. El principio que debe animar la comunión se
expresa en la fórmula que el Santo Padre recordaba a los Obispos de Brasil, en términos agustinianos: in
necessariis unitas, in dubiis libertas, in ómnibus caritas.
La Iglesia es, por esencia, comunional; y esa comunión debe expresarse en todos los niveles: en la familia,
como Iglesia doméstica; en la parroquia, como comunidad de comunidades; en la diócesis, como Iglesia
particular; y en las diversas instancias regionales y universales que encuentran su centro de unidad en el
Obispo de Roma.
En esta vida de comunión encuentra el discípulo del Señor el sentido de su servicio eclesial a la
comunidad cristiana. Por eso, la santidad de los discípulos y discípulas es funcional a la de los otros
fieles, ya que pone a disposición de la Iglesia todos sus carismas para que llegue a ser un ‘pueblo santo’,
un ‘reino de sacerdotes’. En otras palabras, la santidad del discípulo es significativa en la medida en que
se pone al servicio de la santidad de la comunidad eclesial.
Reflexión personal y comunitaria:
¿Por qué decimos que la formación espiritual es el eje integrador de la personalidad en el
seguimiento de Jesucristo?
¿De qué manera la comunión y la intimidad con Dios dinamizan el crecimiento del discípulo y
de la discípula en su dimensión espiritual?
En el dinamismo de la comunión, ¿qué valores y qué condiciones pueden fortalecer la formación
discipular en este campo específico?
¿Qué valores y qué condiciones pueden contribuir para que la intimidad con Dios sea cada vez
más profunda?
5.4. Dimensión intelectual
El encuentro con Cristo, Palabra hecha Carne, potencia el dinamismo de la razón que busca el
significado de la realidad y se abre al Misterio. Se expresa en una reflexión seria, puesta
constantemente al día a través del estudio que abre la inteligencia, con la luz de la fe, a la verdad.
También capacita para el discernimiento, el juicio crítico y el diálogo sobre la realidad y la
cultura. Asegura de una manera especial el conocimiento bíblico teológico y de las ciencias
humanas para adquirir la necesaria competencia en vista de los servicios eclesiales que se
requieran y para la adecuada presencia en la vida secular (DA 280 c).
5.4.1. La búsqueda de la verdad en el amor
22
PDV 49
8
La dimensión intelectual orienta al cristiano en el amor y en la búsqueda de la verdad y del bien, a fin de
que sepa dar razón de su fe y de su esperanza, siguiendo los dinamismos de la inteligencia de la fe y del
diálogo fe-cultura, a partir de una pedagogía de la fe y de un diálogo creador.
La formación intelectual debe integrarse en un camino espiritual de seguimiento de Jesús como Maestro,
marcado por la experiencia personal de Dios Padre, con el fin de “llegar a aquella inteligencia del corazón
que sabe ‘ver' primero y es capaz después de comunicar el misterio de Dios a los hermanos”23. Por eso,
la naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y debe perfeccionarse por medio
de la sabiduría, la cual atrae con suavidad la mente del hombre a la búsqueda y al amor de la
verdad y del bien24.
La formación intelectual se relaciona profunda y estrechamente con las dimensiones humano–
comunitaria, espiritual y pastoral misionera,
constituyendo con ellas un elemento necesario; en efecto, es como una exigencia insustituible de
la inteligencia con la que el hombre, participando de la luz de la inteligencia divina, trata de
conseguir una sabiduría que, a su vez, se abre y avanza al conocimiento de Dios y a su adhesión25.
A su vez, la formación intelectual es gradual y sistemática de acuerdo con las etapas que va siguiendo el
discípulo. En igual forma, los procesos de configuración con el Señor, además de la preparación
espiritual, exigen la formación debida de los discípulos misioneros en el campo intelectual.
La formación intelectual de los discípulos y discípulas encuentra su justificación26 en la naturaleza misma
de su sacerdocio bautismal y en las exigencias de la Nueva Evangelización; en la necesidad de dar razón
de la fe y de la esperanza (cf. 1 P 3,15); en la situación de indiferencia religiosa y de desconfianza con
relación a la capacidad de la razón para alcanzar la verdad objetiva y universal; en la incertidumbre frente
a los nuevos descubrimientos científicos y tecnológicos; en la reafirmación del fenómeno del pluralismo,
tanto en la sociedad como en la misma comunidad eclesial.
Esta formación en el campo intelectual no puede estar desvinculada de la caridad. Por eso, Juan Pablo II,
en Fides et Ratio, recordaba la indicación de san Buenaventura, gran maestro del pensamiento y de la
espiritualidad, quien en su Itinerarium mentis in Deum decía que
no es suficiente la lectura sin el arrepentimiento, el conocimiento sin la devoción, la búsqueda
sin el impulso de la sorpresa, la prudencia sin la capacidad de abandonarse a la alegría, la
actividad disociada de la religiosidad, el saber separado de la caridad, la inteligencia sin la
humildad, el estudio no sostenido por la divina gracia, la reflexión sin la sabiduría inspirada por
Dios27.
Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in Veritate, ha presentado, en forma magistral, esta relación entre
la caridad y el saber:
23
PDV 51c
24
GSp 15.
25
PDV 51ª; cf. GSp 15.
26
Cf. PDV 51
27
FR 105.
9
La caridad no excluye el saber, más bien lo exige, lo promueve y lo anima desde dentro. El saber
nunca es sólo obra de la inteligencia. Ciertamente, puede reducirse a cálculo y experimentación,
pero si quiere ser sabiduría capaz de orientar al hombre a la luz de los primeros principios y de
su fin último, ha de ser «sazonado» con la «sal» de la caridad. Sin el saber, el hacer es ciego, y
el saber es estéril sin el amor28.
5.4.2. El dinamismo de la inteligencia de la fe
Jesús reclama con frecuencia a sus discípulos la falta de comprensión de los misterios del Reino: no
saben leer los signos de los tiempos, no entienden el significado de las parábolas y enseñanzas de Jesús,
no conocen su identidad, tienen un concepto erróneo de su misión mesiánica, están dormidos cuando
Jesús los necesita y, al final, todos huyen. Como se puede ver, Jesús tuvo una permanente preocupación
por la formación intelectual de sus discípulos, quienes no lograron comprender dos pilares constitutivos
de la inteligencia de la fe: reconocer en Jesús la manifestación suprema de Dios entre los hombres; y, la
llegada del Reino de Dios.
Hoy también la discípula y el discípulo de Jesús encuentran en este campo una serie de dificultades en
su camino de seguimiento del Señor. Algunos de los obstáculos que actualmente inciden en la obtención
de esa inteligencia de la fe son: la ignorancia religiosa; la escasa incidencia de la catequesis, sofocada
por los mensajes más difundidos y persuasivos de los medios de comunicación de masas; un pluralismo
teológico, cultural y pastoral, mal entendido; la persistencia de un sentido de desconfianza y casi de
intolerancia, en algunos sectores, hacia el magisterio jerárquico; las presentaciones unilaterales y
reductivas del mensaje evangélico, que transforman el anuncio y el testimonio de la fe en un factor
exclusivo de liberación humana y social o en un refugio alienante en la superstición y en la religiosidad
sin Dios29. Por estos motivos,
Se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el
natural dinamismo de profundización de su fe, sino también por la exigencia de «dar razón de la
esperanza» que hay en ellos, frente al mundo y sus graves y complejos problemas. Se hacen así
absolutamente necesarias una sistemática acción de catequesis, que se graduará según las
edades y las diversas situaciones de vida, y una más decidida promoción cristiana de la cultura,
como respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy30.
La formación intelectual ejercita al discípulo en la gestión de investigar, analizar, discernir, emitir juicios
y elaborar síntesis vitales-existenciales a partir de las cuales dará razón de su fe y tendrá motivos de
esperanza en medio de la comunidad eclesial a la que servirá.
Para obtener esa inteligencia de la fe, el discípulo, “participando de la luz de la inteligencia divina, trata
de conseguir una sabiduría que, a su vez, se abre y avanza al conocimiento de Dios y a su adhesión”31.
La inteligencia de la fe promueve, por una parte, una vivencia más íntima y una incorporación progresiva
al misterio de Cristo; y por otra, una proyección evangelizadora entre los alejados y los no creyentes, lo
mismo que una presencia inculturada en medio del mundo.
28
CIV 30
29
PDV 7.
30
ChL 60.
31
PDV 51
10
5.4.3. El dinamismo del diálogo fe-cultura
La inteligencia de la fe debe complementarse, en la formación intelectual, con el diálogo que los
discípulos de Jesús deben mantener con la cultura de cada lugar y de cada época.
A la Iglesia le corresponde iniciar un diálogo respetuoso, franco y fraterno con las culturas, tanto en los
ambientes influenciados por la cultura postmoderna, como en los sectores indígenas, afro-americanos o
mestizos, defendiendo los auténticos valores culturales de los pueblos32. En los Evangelios se pueden
descubrir dos principios educativos que Jesús empleaba en la formación de sus discípulos: por una parte,
el diálogo como camino pedagógico del seguimiento y, por otra, la controversia como elemento
estratégico para hacer claridad sobre su propuesta evangélica. En el medio académico, diálogo y
controversia deben estar unidos, teniendo como faros orientadores la búsqueda sincera de la verdad, la
construcción de un reino de justicia y la opción misericordiosa por los pobres.
Los discípulos de Jesús deben ser hombres y mujeres de la comunión, de la misión y del diálogo, llamados
a establecer, en los diversos ambientes, relaciones de fraternidad, de servicio, de búsqueda común de la
verdad y de promoción de la justicia y la paz.
La Exhortación Postsinodal Pastores dabo vobis establece algunas prioridades en este diálogo, dirigidas
a la formación de los futuros presbíteros, pero que tienen validez para todos los discípulos: en primer
lugar, el diálogo debe mantenerse con los hermanos de las otras Iglesias y confesiones cristianas; en
segundo lugar, con los fieles de las otras religiones; en tercer lugar, con todos los hombres y mujeres de
buena voluntad, de manera especial con los pobres y los más débiles, y con todos aquellos que buscan,
aun sin saberlo ni decirlo, la verdad y la salvación de Cristo33. Además de lo anterior, se debe tener en
cuenta, en la formación, el espíritu de diálogo y cooperación con asociaciones, movimientos eclesiales,
caminos de espiritualidad…
Reflexión personal y comunitaria:
¿De qué manera la inteligencia de la fe y el diálogo fe-cultura dinamizan el crecimiento del
discípulo y de la discípula en su dimensión intelectual?
En el dinamismo de la inteligencia de la fe, ¿qué valores y qué condiciones pueden fortalecer la
formación discipular en este campo específico?
¿Qué valores y qué condiciones pueden contribuir para que el diálogo fe-cultura sea cada vez más
profundo y útil para el mundo de hoy?
5.5. Dimensión pastoral y misionera
Un auténtico camino cristiano llena de alegría y esperanza el corazón y mueve al creyente a
anunciar a Cristo de manera constante en su vida y en su ambiente. Proyecta hacia la misión de
formar discípulos misioneros al servicio del mundo. Habilita para proponer proyectos y estilos
de vida cristiana atrayentes, con intervenciones orgánicas y de colaboración fraterna con todos
los miembros de la comunidad. Contribuye a integrar evangelización y pedagogía, comunicando
32
Cf. SD 243.
33
Cf. PDV 18.
11
vida y ofreciendo itinerarios pastorales acordes con la madurez cristiana, la edad y otras
condiciones propias de las personas o de los grupos. Incentiva la responsabilidad de los laicos
en el mundo para construir el Reino de Dios. Despierta una inquietud constante por los alejados
y por los que ignoran al Señor en sus vidas (DA 280 d).
5.5.1. La vivencia de la caridad pastoral en la verdad
La dimensión pastoral fortalece la vivencia de la caridad pastoral en la verdad, dentro de los dinamismos
de la misión y de la inculturación, a partir de una pedagogía del camino y de la cruz.
El enfoque de esta dimensión es el seguimiento del Señor en el camino de la cruz, a través de la caridad
pastoral, la cual animará y sostendrá los esfuerzos humanos de los discípulos para que su acción
misionera sea actual, creíble y eficaz34.
El amor, es y sigue siendo la fuerza de la misión, y es también «el único criterio según el cual todo debe
hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse. Es el principio que debe dirigir toda acción y el fin al
que debe tender. Actuando con caridad o inspirados por la caridad, nada es disconforme y todo es
bueno35.
Los tres adjetivos de la Exhortación apostólica PDV (actual, creíble y eficaz) cualifican la formación
pastoral teniendo en cuenta el hoy de la historia, el sello de la sacramentalidad como signo creíble y la
eficacia que solo la da Dios a través de la encarnación o de la inculturación como presencia amorosa del
evangelio en las culturas.
5.5.2. El dinamismo de la misión
La misión que el Señor encomienda a los discípulos misioneros hoy, está enmarcada en el contexto del
envío de los Doce (3,14)36, a quienes Marcos presenta como los primeros misioneros y a quienes Jesús
les encomienda cuatro tareas: estar con Él, anunciar la Buena Nueva, expulsar demonios y estar siempre
al servicio de los otros, especialmente, de los más débiles e insignificantes para el mundo.
En la formación que Jesús da a sus discípulos para prepararlos para la misión, establece una estrecha
conexión entre la teoría y la práctica (1,27; 6,2.34), de tal manera que lo que se enseña o predica esté en
sintonía con lo que se vive o practica. Así pues, en la misión,
praxis y teoría se relacionan en una estrecha circularidad; una teoría teológica que no llegue a
la praxis está vacía, porque es en el horizonte hermenéutico vivo de la comunidad situada en la
historia donde la verdad de la Palabra se descubre y puede ser concretamente vivida; por su
parte, una praxis que no se encuentre orientada por la teoría está ciega y carece de
discernimiento y, en consecuencia, de meta y de sentido37.
34
Cf. PDV 72
35
RMi 60. La cita es de Isaac de Stella, Sermón 31. PL 194, 1793.
36
Las dos únicas perícopas que, en Marcos, hacen referencia a los Doce son ésta (3,14) y cuando los llama al servicio (10,43-
45); en los demás lugares, Marcos los llama ´los discípulos´ es decir, los que están en la escuela de Jesús y que constituyen
el prototipo de la comunidad cristiana.
37
Forte, Bruno, op. Cit., p. 46
12
De otro lado, en las cuatro tareas que Jesús encomienda a sus discípulos, está implícita la liberación
integral de la persona, a partir de una actitud libre y liberadora como la del Maestro.
Uno de los aspectos en que se debe insistir más es en la universalidad de la misión: por la naturaleza
misma de su compromiso misionero, los discípulos deben estar
animados de un profundo espíritu misionero y de un espíritu genuinamente católico que les
habitúe a trascender los límites de la propia diócesis, nación o rito y proyectarse en una generosa
ayuda a las necesidades de toda la Iglesia y con ánimo dispuesto a predicar el Evangelio en todas
partes38.
En este sentido, solidaridad y misión están íntimamente unidas, ya que la solidaridad se expresa
en una viva dimensión misionera, que le haga poner sus preocupaciones ministeriales al servicio
del mundo con su grandioso devenir y con sus humillantes pecados39.
5.5.3. El dinamismo de la inculturación
La inculturación, como encarnación del Evangelio en las culturas, es la manera propia de llevar el
Evangelio a todas las naciones y de hacer discípulos de Jesús. Misión e inculturación constituyen un
binomio, cuyos elementos se reclaman mutuamente: la realización de la misión lleva implícita la
encarnación del Evangelio en las diversas culturas; y, al mismo tiempo, la inculturación introduce a los
pueblos con sus valores en la dinámica de una misión universal, donde lo local y global se interaccionan
para un enriquecimiento mutuo40.
El tema de la inculturación enriquece la formación humana, abriendo al discípulo a la multiplicidad de
valores, dones y carismas de cada pueblo; fortalece la dimensión intelectual, exigiendo un estudio
riguroso de la teología, de la antropología y ciencias afines para que el proceso sea coherente con el
anuncio de la Buena Nueva del Reino y el respeto a las culturas autóctonas; renueva la dimensión
espiritual, volviendo a las fuentes que la relacionan con el misterio de la Encarnación del Verbo Dios en
la fragilidad de la carne; y, finalmente, potencia la dimensión pastoral, haciendo realidad el mandato de
Cristo de predicar el Evangelio a todas las gentes hasta los últimos confines de la tierra. Por eso, la PDV
exige, en la formación de los candidatos al ministerio presbiteral, lo cual es válido para todos los
discípulos y discípulas, un estudio más amplio y una particular sensibilidad en el tema de la
evangelización de las culturas y de la inculturación del mensaje de la fe41.
Reflexión personal y comunitaria:
¿De qué manera la misión y la inculturación dinamizan el crecimiento del discípulo y de la
discípula en su dimensión espiritual?
En el dinamismo de la misión, ¿qué valores y qué condiciones pueden fortalecer la formación
discipular en este campo específico?
¿Qué valores y qué condiciones pueden contribuir para que la inculturación contribuya
eficazmente a llevar las Buenas Noticias a los más alejados?
38
PDV 18
39
Medellín 11,17
40
Cf. RMi 52; SD 230
41
PDV 55.
13