El Ramayana
Cuenta el Ramayana que el rey Dashratha, casado con 3 mujeres, tuvo 4 hijos: Rama,
Bhárata, Shatrughna y Laxmana. Rama era el mayor y el más querido en la corte y el pueblo,
por su buena conducta y su actitud justa y atenta.
Un buen día, un sabio llega a palacio requiriendo los servicios de Rama para luchar contra unos
demonios que están obstaculizando sus oraciones y sacrificios a los dioses. Rama y su hermano
Laxmana acuden en su ayuda y, pese a su juventud (16 años), logran vencer. De regreso a casa y
tras distintas peripecias, Rama ganará el amor de la bellísima princesa Sita, hija del rey Jánaka.
Viendo el gran éxito y carisma de Rama, el rey Dashratha, su padre, decide renunciar al trono
en favor de su hijo. Pero una de sus esposas, madre de Bhárata, le recuerda que en cierta
ocasión el rey le concedió dos deseos para cuando quisiera solicitarlos. Así que, llena de envidia y
codicia, le pide que destierre a Rama durante 14 años en el bosque, y corone
como rey a Bhárata.
El rey se encuentra ante un dilema enorme, defender su promesa y el honor ante su esposa o seguir
adelante con su deseo considerando que es lo mejor para el reino. Dubitativo, llama a Rama y le
expone la situación.
Rama, sin alterarse, acepta el deseo de su madre y se marcha al bosque,
renunciando a su vestimenta real y vistiéndose como un sadhu. Su nueva esposa Sita y su hermano
Laxmana deciden partir con él.
Mientras tanto, Bhárata conoce, encolerizado, la conspiración de su madre y renuncia a ser rey
de esa forma corrupta e inmoral. Convoca a su ejército y a un gran número de personas del pueblo
y sale en busca de su hermano. Pasa el tiempo y, cuando por fin lo encuentra, le suplica
amargamente su regreso y le pide que ocupe el trono, lugar que le corresponde. Además, su
padre el rey Dashratha acaba de morir, afectado por el dolor de esta situación.
Pero Rama había dado su palabra y se mantiene firme. Decide quedarse y le pide a Bhárata que
reine con justicia, valentía y equilibrio. Bhárata, convencido por la determinación de su hermano,
le pide sus sandalias para colocarlas en el trono como símbolo de su presencia.
Pasan los años y distintas aventuras. Un día, la demonia Surpanaka observa a Rama en el bosque y
queda enamorada de él. Cuando le muestra su amor, Rama la rechaza y le ofrece entre bromas a su
hermano Laxmana, que está soltero. Pero éste también la rechaza y Surpanaka, enfurecida, ataca a
Sita para devorarla. Sin embargo, Laxmana reacciona a tiempo y la defiende con éxito. Así, la
demonia huye a pedir ayuda a su hermano, rey de Lanka, y, juntos, planean y consiguen
el secuestro de Sita, llevándola rápidamente hacia el sur en su carro volador.
Comienza aquí la búsqueda desesperada de Sita por parte de Rama y Laxmana. Pasan distintas
aventuras y entablan relaciones con distintos pueblos, como el pueblo de los monos, donde
consigue el favor y la compañía de Hanuman.
Mientras tanto, Sita sobrevive en su cautiverio, rechazando una y otra vez como esposo a su captor,
al que ni siquiera le dirige la mirada.
Un día aparece Hanuman frente a ella y le avisa de la inminente llegada de Rama para salvarla,
con un ejército enorme. Se produce una guerra muy larga, con final feliz para Sita y Rama.
Sin embargo, deben vencer también la batalla del estigma social, ya que las habladurías dudan
de la pureza de Sita tras haber pasado tanto tiempo con otro hombre. Sita, para acallar las críticas,
se lanza al fuego sin sufrir ni una sola quemadura.
Han pasado 14 años y Rama regresa al reino, donde es coronado y comienza una etapa de
prosperidad y gran felicidad.
Pero siguen los rumores sobre la impureza de Sita, hasta el punto de que Rama, considerando
que el rey debe estar fuera de toda sospecha, aparta con mucho dolor sus propios sentimientos
y destierra a Sita, sin saber que estaba embarazada.
Apenada, Sita se refugia en el ashram de Valmiki (autor del Ramayana). Allí le va contando
todo lo ocurrido, y Valmiki anota y anota, dando forma escrita a esta historia.
Sita da a luz (gemelos), y crecen sanos y fuertes. Cierto día, Valmiki acude con ellos al palacio con
motivo de unos sacrificios y celebraciones religiosas. Allí recita el Ramayana por primera
vez, para sorpresa de Rama, que no había dejado de pensar en Sita ni un solo minuto.
Emocionado, reconoce a sus hijos y solicita la presencia de Sita, su querida esposa, que se muestra
ante él.
Pero la multitud reclama una nueva prueba de su pureza y Sita solicita la ayuda
divina para acabar con esta injusticia de una vez por todas. Para sorpresa de todos, la tierra se abre
y Sita se precipita al vacío.
A partir de entonces, Rama vivió y reinó triste, esperando su muerte. Cuando llegó, se reunió con
Sita en el cielo.
El Ramayana es un poema épico que involucra una hueste de diferentes personajes humanos,
animales y sobrenaturales involucrados en una serie de conflictos principalmente sobre el amor y el
poder. Los diversos episodios de la historia tratan de varios temas diferentes, que incluyen: el bien y el
mal, la lealtad y la traición, la promesa y el compromiso, el amor y el honor. Originalmente escrito en
sánscrito por Valmiki, ha sido condensado y traducido a la prosa inglesa por RK Naryan.
Don Quijote, Primera Parte: Capítulo 1
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que
vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una
olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los
sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres
cuartas partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo
para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con
su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una
sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín
como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de
complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza.
Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna
diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja
entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la
narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más
del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo
punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su
curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para
comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber
dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano
de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de
perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en
muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera
mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando
leía: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y
os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y
desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si
resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y
recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría
de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su
autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces
le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda
alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo
estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar -que era hombre docto,
graduado en Sigüenza-, sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o
Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba
al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de
Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero
melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de
claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le
secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello
que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas,
requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la
imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones
que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy
Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la
Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales
gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a
Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de
la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de
aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y
bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía
salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma
que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de
Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.
En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco
en el mundo; y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra
como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo
con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había
leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y
poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.
Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de
Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en
ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.
Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que,
tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en
un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y
era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria,
porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacían una
apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de
una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo
que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había
hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas
barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin
querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el
caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni
Babieca el del Cid con él se igualaban.
Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque, según se decía él a sí
mesmo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin
nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera que declarase quién había
sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto
en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso
y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba. Y así,
después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su
memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante: nombre, a su parecer, alto, sonoro
y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes
y primero de todos los rocines del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este
pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde -como
queda dicho- tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se
debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. Pero, acordándose que el
valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió
el nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso,
como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la
Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con
tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y
confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una
dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin
fruto y cuerpo sin alma. Decíase él a sí:
-Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún
gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un
encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien
tener a quien enviarle presentado y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y
diga con voz humilde y rendido: Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula
Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don
Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la
vuestra grandeza disponga de mí a su talante?
¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando
halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo
había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado,
aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza
Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y,
buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de
princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso;
nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a
sus cosas había puesto.
Miguel de Cervantes Saavedra
Novelista, poeta y dramaturgo español.
Se cree que nació el 29 de septiembre de 1547 en
Alcalá de Henares y murió el 22 de abril de 1616
en Madrid, pero fue enterrado el 23 de abril y
popularmente se conoce esta fecha como la de
su muerte. Es considerado la máxima figura de
la literatura española. Es universalmente
conocido, sobre todo por haber escrito El
ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que
muchos críticos han descrito como la primera
novela moderna y una de las mejores obras de la
literatura universal. Se le ha dado el
sobrenombre de Príncipe de los Ingenios.
Miguel de Cervantes nació en Alcalá de Henares en 1547. Fue el cuarto de los siete hijos de un
modesto cirujano, Rodrigo de Cervantes, y de Leonor Cortinas.A los dieciocho años tuvo que
huir a Italia porque había herido a un hombre; allí entró al servicio del cardenal Acquaviva. Poco
después se alistó como soldado y participó heroicamente en la batalla de Lepanto, en 1571;
donde fue herido en el pecho y en la mano izquierda, que le quedó anquilosada. Cervantes
siempre se mostró orgulloso de haber participado en la batalla de [Link]ó unos años
como soldado y, en 1575, cuando regresaba a la península junto a su hermano Rodrigo, fueron
apresados y llevados cautivos a Argel. Cinco años estuvo prisionero, hasta que en 1580 pudo ser
liberado gracias al rescate que aportó su familia y los padres trinitarios. Durante su cautiverio,
Cervantes intentó fugarse varias veces, pero nunca lo logró.Cuando en 1580 volvió a la
Península tres doce años de ausencia, intentó varios trabajos y solicitó un empleo en <<las
Indias>>, que no le fue concedido, Fue una etapa dura para Cervantes, que empezaba a escribir
en aquellos años, En 1584 se casó y, entre 1587 y 1600, residió en Sevilla ejerciendo un ingrato y
humilde oficio –comisario de abastecimientos-, que le obligaba a recorrer Andalucía requisando
alimentos para las expediciones que preparaba Felipe II. La estancia en Sevilla parece ser
fundamental en la biografía cervantina, pues tanto los viajes como la cárcel le permitieron
conocer todo tipo de gentes que aparecerán como personajes en su [Link] se transladó
a Valladolid en 1604, en busca de mecenas en el entorno de la corte, pues tenía dificultades
económicas. Cuando en 1605 publicó la primera parte del Quijote, alcanzó un gran éxito, lo que
le permitió publicar en pocos años lo que había ido escribiendo. Sin embargo, a pesar del éxito
del Quijote, Cervantes siempre vivió con estrecheces, buscando la protección de algún mecenas
entre los nobles, lo que consiguió sólo parcialmente del conde de Lemos, a quien dedicó su
última obra, Los trabajos de Persiles y Segismunda.