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Izel Parte 1

Este documento narra la historia de Sammael, un joven que realiza un ritual en una cueva del volcán Masaya para invocar al espíritu de Chalchigüegüe, una bruja del fuego. Sammael propone un trato donde sacrificará siete doncellas cada mes de octubre a cambio de poder controlar las criaturas de la noche. Chalchigüegüe considera la oferta mientras recuerda su pasado como diosa hechicera consultada por los indígenas.

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Izel Parte 1

Este documento narra la historia de Sammael, un joven que realiza un ritual en una cueva del volcán Masaya para invocar al espíritu de Chalchigüegüe, una bruja del fuego. Sammael propone un trato donde sacrificará siete doncellas cada mes de octubre a cambio de poder controlar las criaturas de la noche. Chalchigüegüe considera la oferta mientras recuerda su pasado como diosa hechicera consultada por los indígenas.

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El Retorno de los Agüizotes

EL CONJURO
Era una inusitada noche de luna llena, el
cielo estaba cubierto de enormes
nubarrones plateados que flotaban a la
deriva, igual que deshechos celestiales,
sobre un inmenso abismo sin fin.

Había en aquel imponente paisaje


noctámbulo una particularidad tenebrosa,
entonada y salpicada por el viento que
silbaba tremebundo y ensordecedor entre
las ramas de los árboles, y que azotaba con
virulencia las ventanas y tejados endebles
de las casas del pueblo.

Era a mediados de un mes de abril.

Era en el legendario pueblo de Nindirí(1),


donde sus pobladores, fieles descendientes
de los chorotegas, dormían plácidamente el
final de su jornada diaria.

Entre las penumbras de las calles, en medio


del silencio desértico que se produce a altas
horas de la noche, surgió la silueta delgada
de un joven de baja estatura y piel morena,
diríase no mayor de 25 años y de una
contextura atlética bien formada.

Caminaba con paso apresurado, como


arrastrado por el viento, pero sin nada ni
nadie que perturbara su ensimismamiento.

Sólo se notaba la inquietud de sus pasos por


llegar a su destino y el constante movimiento
de su cabeza volviendo a ver para todos
lados, pero sin ningún objetivo focal
específico.

Al llegar al parque central, tomó el camino


diagonal del pueblo, la calle real, con rumbo
hacia el noroeste, como pretendiendo
acortar camino hacia su destino, pues ese
atajo le permitiría salir a la carretera hacia
Managua, pasando por las cercanías del
cementerio de la ciudad.

Marchaba con una mirada fija e


imperturbable, siempre hacia el frente,
aunque de vez en cuando volteara a ver a
ningún lado.

Vestía todo de negro, sin ningún atuendo


especial, sólo le acompañaba una mochila
que colgaba en su espalda y una gorra negra
que luchaba contra el viento en su afán de
cubrir su cabellera.

A pesar de lo muy entrada la noche y lo


desolado de su camino, sin un alma que se le
cruzara por el frente, el joven no mostraba
tener miedo alguno.

Era muy evidente la ausencia de caminantes


ambulantes sobre las adoquinadas calles del
pueblo, ni siquiera se lograba percibir la
presencia casual de algún callejero. Quizás
porque la mayoría de los pobladores ya se
hallaban encerrados en sus casas, ya fuera
para disponerse a dormir o porque ya
estaban durmiendo.

Su nombre era Sammael, un joven de


temperamento sombrío y callado, que se
destacaba por una extraña afición y
adicción a la lectura de libros o escritos que
trataran sobre temas esotéricos y
costumbres rituales de sus antepasados
indígenas.

Al llegar a la carretera, dio vuelta hacia la


derecha, con su mirada atenta a cada
boquete existente en el camino, buscando a
su izquierda la entrada a algún atajo que le
condujera hacia la elevada y empinada cima
del volcán Masaya, coloso milenario que sus
ancestros chorotegas llamaban “la montaña
que arde”.

Ya había avanzado un considerable trayecto,


cuando, de pronto, logró divisar el atajo que
buscaba, lo tomó discretamente, como
tratando de no ser visto por transeúnte
alguno, aunque, la verdad, no era necesario
tanto sigilo, pues nadie le observaba ni
deambulaba cerca de él.

Sin pestañear ni dejar de avanzar, miraba la


cima de aquel coloso milenario. No en vano
los antiguos españoles de la colonia decían
en sus crónicas que era una boca de fuego
tan grande que jamás dejaba de arder, pues,
por las noches, su luminiscencia parecía que
tocaba el cielo, ni fue a título gratuito que lo
consideraran la morada del diablo.

A pesar de ser noche de luna llena, el


camino le resultó muy agreste y sinuoso,
pues, a cada momento, o tropezaba con las
piedras que resaltaban incrustadas por el
suelo, o se enredaba entre la maleza o con
las ramas o raíces de la vegetación, al punto
de llegar a perder su equilibrio y caer.
Al llegar a la cima del volcán, después de tan
descomunal caminata cuesta arriba, se
detuvo junto a la Cruz de Bobadilla para
recuperar un poco de aliento. Vencido por el
cansancio, se recostó un rato a esa vieja
cruz que antaño había sido plantada por el
fraile Francisco de Bobadilla en un intento
de exorcizar al coloso, pero, a su vez,
trataba de ubicarse y orientarse en aquel
árido y lóbrego lugar.

Por unos instantes, se dejó envolver por la


magnificencia del lugar y volvió su
penetrante mirada hacia el cráter del volcán,
contemplando atónito aquel gran lago de
lava burbujeante que fulguraba al fondo, en
su mente se imaginaba épocas pasadas en
las que esa “boca del diablo” había servido
de última morada a los cuerpos decapitados
y con el corazón arrancado de centenares
de doncellas, jóvenes y niños sacrificados a
los dioses.

Nada perturbaba aquel silencio sepulcral,


sólo el silbido de las ráfagas de viento que le
cruzaban y un penetrante y fétido olor a
azufre y salitre que se desprendía de las
profundidades.
Ya recuperado de su cansancio, y sin
titubear, se apresuró a buscar la cueva de
los murciélagos, o la cueva Tzinancostoc,
como la llamaban los indígenas de antaño,
pues tenía que estar en su interior antes de
la medianoche.

Miles de ideas cruzaban como relámpagos


incesantes por su cabeza, pero en él sólo
persistía un único propósito: invocar el
espíritu de la bruja del fuego, de la vieja del
volcán, del espíritu de Chalchigüegüe, ya
que sabía que ella era su única alternativa
para enlazarse con el reino del inframundo.

Aquel intenso viento no daba tregua alguna


al joven, se estrellaba furiosamente contra
su cuerpo y agitaba fuertemente toda su
ropa, tratando de arrebatarle de la cabeza
su gorra, la que apenas y con mucha
dificultad lograba sostener con una de sus
manos.

Llegó hasta la cueva, sacó una linterna de


mano que llevaba dentro de la mochila, la
encendió e iluminó el camino hacia su
interior.
No había avanzado siquiera un metro,
cuando, súbitamente, una nube de
murciélagos revoloteó sobre su cabeza,
ocultando de momento la luz que provenía
de la luna y provocándole que su linterna
cayera y rodara por el suelo ya inservible,
pero eso ni lo sobresaltó ni lo amedrentó.

Avanzó impasible hacia dentro envuelto de


aquella oscuridad… oscuridad que para él
simbolizaba los poderes de las tinieblas
infernales, llegó al centro de la cueva… se
desvistió… y procedió a vestirse con un
atuendo al estilo indígena, con su taparrabo,
una capa de piel de jaguar sobre sus
espaldas y un penacho de plumas para
cubrir su cabeza.

Ya con su atuendo indígena, y a tientas,


comenzó a arpillar ramas y hojas secas que
se encontraban tiradas en el lugar y
encendió una fogata de vivas llamas para
representar el fuego del averno.

Cuando las llamas de la fogata ardían


vivamente y altas, tal que semejaban una
danza tenebrosa reflejada en las paredes de
aquella cueva, Sammael, firme como una
roca y sin mostrar recelo ni duda alguna, y
sin distraerse en lo más mínimo con nada,
inició un ritual dantesco liberado en el
susurro de un conjuro mágico:

“En el nombre de las fuerzas de la


Tinieblas que se viertan sobre mí su
poder infernal y abran de par en par las
puertas del Infierno para que salga de
su abismo el espíritu de Chalchigüegüe.

Por todos los dioses del Averno


concededme las complacencias de las
que hablo y que todo lo que diga suceda
conforme mis deseos, pues ya he
preparado el lugar para vos y no hay
nada bendecido ni signos religiosos en
él, mi alma se halla completamente libre
de espíritu divino y está dispuesta a
pactar con vos Chalchigüegüe, pues
quiero invocar con toda mi voluntad a
los espíritus de la noche, sin mandatos
ni imposición de nadie”.

Repitió por siete veces el mismo conjuro, y,


cada vez que repetía, elevaba más su voz y
agitaba sus brazos hacia las alturas junto
con su cabeza.
El eco de su voz retumbaba en las paredes
rocosas de la cueva y, cuando consideró
que había llegado el momento final para
invocar al espíritu de la bruja, gritó con
todas sus fuerzas:

“¡Si es verdad que existís, oh, poderosa


bruja, presentate ante mi presencia!”

Y al instante, en medio de la nada, anunciada


por el estruendo de deslumbrantes
relámpagos y cubierta por una sepulcral
niebla espesa, se comenzó a vislumbrar la
presencia espectral de una vieja de piel muy
morena, arrugada y desnuda, con las tetas
hasta el ombligo y el pelo escaso echado
hacia atrás, mostrando unos dientes como
de perro, largos y agudos, y unos ojos
hundidos y encendidos, era el espeluznante
espíritu de Chalchigüegüe, hecho un
torbellino de furia.

— ¿Para qué me querés? —gritó la vieja,


cuya macabra tez irradiaba, con fulgor
estremecedor, las llamas de la fogata.

— Quiero —respondió Sammael sin


desconcertarse— hacer un trato con vos.
— ¿Qué tipo de trato? —contestó la bruja.

— Quiero ejercer imperio sobre todas las


criaturas infernales de la noche para que me
sirvan con lealtad en mis propósitos y sólo
vos podés concedérmelo, por eso te pido
que me ayudés a lograrlo. Para eso te he
invocado y hoy te conjuro a que me
concedás este privilegio lo más pronto
posible. Te lo pido por el poder del que se te
ha envestido en el reino de las tinieblas.

— ¿Y qué gano yo con esto? —cuestionó la


bruja.

— Cada mes de octubre, de cada año, en la


primera noche de luna llena, te honraré con
el sacrificio de siete doncellas, a quienes
sacaré su corazón y su primera sangre te
será entregada para que podás retornar en
vida a este mundo, y sus cuerpos serán
arrojados a los magmas profundos del
volcán para alimentar a los guardianes del
inframundo.

Chalchigüegüe guardó silencio, y quedó


totalmente pensativa, recordó sus épocas
de diosa hechicera, cuando, dentro de esa
cueva, los caciques indígenas solían
consultarle con frecuencia y la hacían
formar parte del monexico o consejo
indígena de Lenderí.

Recordó que ninguna cosa de importancia


se hacía sin su parecer y mandato, pues ella
les decía si habían de vencer o ser vencidos,
si había de llover o cosecharse mucho maíz,
les pronosticaba cómo había de ser los
temporales y sucesos del tiempo que estaba
por venir, y los indios observaban como todo
esto acaecía tal como ella lo pronosticaba.

Recordó los rituales que en su nombre se


realizaba allí en el volcán, los cuales incluían
el sacrificio de un hombre, o dos, o más, y de
algunas mujeres, muchachos y muchachas;
o las veces que los indios iban hasta allí
llenos de manjares y diversos potajes y los
dejaban para que ella comiese, todo por
complacerla y aplacarla, pues pensaban que
todo bien o todo mal procedía de su
voluntad.

De pronto, su rostro se tornó tosco e


iracundo, recordó que por culpa de los
invasores españoles, ella tuvo que
suspender sus pronósticos, que ya no salía a
dar audiencia a los indios, y que puso como
condición a su retorno la expulsión definitiva
de los españoles de esas tierras, y sólo así
volvería a verse con los indios.

La expresión de su rostro y el brillo de su


mirada se endurecieron más al recordar que
eso no fue así, que más bien su pueblo
estuvo al punto del exterminio y sus culturas
reemplazadas por otras creencias y
costumbres, pues el indio tuvo que solapar
sus propias creencias y costumbres bajo los
rituales de los cristianos de ese entonces.

Y pensó que esa era una oportunidad de


volver a sus glorias pasadas, de recuperar
su poder perdido, y, alzándose entre la
niebla, gritó a Sammael:

— Tendrás que sellar con sangre este pacto


y te será concedido. Pero no va a ser ahora,
volvé a tu casa y dentro de nueve lunas
llenas nos volveremos a reencontrar junto al
cráter del volcán. Durante ese tiempo, te
serán revelados los secretos para dominar a
las criaturas del inframundo y se te
entregará un códice con el que realizarás
los conjuros de las ciencias ocultas, códice
que sólo vos podrás comprender y a nadie
deberás dar a conocer.
— Dentro de siete noches —añadió la
bruja— a la puerta de tu casa llegará un
espíritu de la noche en forma de perro, un
perro de color negro con ojos brillantes
color a brazas de fuego, al que llamarás
Azazel, será tu demonio personal, tu guarda
infernal, él tendrá la misión de acabar con
todo hombre o mujer que atente contra tu
vida o contra tus propósitos.

Y diciendo esto, de la boca de


Chalchigüegüe brotó una estrepitosa
carcajada, macabra y siniestra, y comenzó a
desvanecerse en la nada poco a poco, hasta
desaparecer de aquel lugar.

Sammael quedó en un profundo silencio, con


su mirada fija en las lengüetas de fuego que
brotaban de la fogata y bailoteaban como en
una danza muda espectral.

Volteó su cuerpo en dirección a la salida de


la cueva y con estruendosa voz gritó:

Yo, Sammael Nicaragua, último


descendiente de la tribu chorotega del
pueblo de Nindirí, declaro
solemnemente ante el firmamento, que
he iniciado mi pacto con Chalchigüegüe
para retornar del inframundo a los
espíritus de la corte infernal, pidiéndole
me conceda imperio sobre ellos para
que me sirvan y sean fieles hasta lograr
la restauración del reino de los
agüizotes en estas tierras.

Con el alma agitada y sedienta de vivir esa


nueva realidad suprema, levantó sus brazos
y gritó siete veces:

¡Ic axcan yez!

Que en lengua náhuatl significa “así será


ahora”.

Y una voz débil pero poderosa, de lo


profundo de la cueva, le contestó:

¡Tezzoaz, titlapaloaz!

“Te llenarás de sangre, te llenarás de color”


le decía en náhuatl la voz, como un presagio
de su vida futura, como advirtiendo los
peligros que tendría que vencer y las
muertes que sus deseos iban a provocar.

Todo quedó en silencio, el conjuro había


sido consumado.
Sammael quedó con una sensación de
triunfo, sentía que el gran paso había sido
dado, tenía ganas de reír y gritar de júbilo,
pero se contuvo, apenas se pudo percibir la
monotonía de su respiración serena, pero
estaba consciente que ya no había marcha
atrás, que la misión que se había impuesto al
fin iba a concretarse en la realidad.

Estaba convencido que los espíritus de la


noche le serían de mucha utilidad para
atormentar a sus enemigos y dominar a
hombres y mujeres, que, a partir de nueve
lunas llenas, estos espíritus volverían a
hacer presencia en aquellas tierras, pero
esta vez estarían guiados por una
inteligencia soberana, la suya.

Volvió a su casa y siete noches después, a la


puerta de la misma, llegó un perro negro,
grande y misterioso, tal como se lo había
dicho la bruja, su cuerpo radiaba una luz
candente y sus ojos brillaban como llama
ardiente.

Sammael salió a su encuentro, le acarició la


cabeza y, esbozando una sonrisa maléfica,
lo condujo hacia el interior de la casa, sabía
que, a partir de ese momento, ese perro,
Azazel, se convertiría en su fiel e
inseparable protector y guardián.
La Revelación
Es el último viernes del mes de octubre y
Masaya ya lleva tres meses de fiesta,
celebrando a su santo patrono(2), San
Jerónimo, el Doctor de los Pobres, o Tata
Chombito, como los masayas acostumbran a
decir.

Este viernes es el día que Masaya, en medio


de una algarabía multitudinaria que se abre
paso como un caudaloso río de
espeluznantes personajes de leyendas,
escoltados por un séquito de simples
mortales, que van bailando y gritando al son
de toros, que ejecutan sus chicheros, para
recordar a sus Agüizotes(3) con una
escalofriante y espectral procesión.

Son las 10 de la noche, la procesión ya ha


congestionado la calle que pasa frente al
Mercado de Artesanías.

De entre las penumbras de uno de los


costados de este emblemático lugar,
emergen dos siluetas sombrías, son
Sammael y Azazel, quienes, alejados de la
multitud, contemplan taciturnos aquel
bullicio chispeante y contagioso de la gente.

Pues Sammael se caracterizaba por ser un


joven de muy pocos amigos, bueno, de no
tener amigos, pues si saludaba a alguien era
por educación y no por socializar. Prefería
pasar horas tras horas perdido entre las
páginas de sus libros y escritos, aunque ya
los hubiese leído con anterioridad, que
compartir momentos de jodarria con jóvenes
contemporáneos a su edad.

— ¡Diviértanse engendros mortales! —


murmuró Sammael clavando su mirada fría y
serena en la multitud y tendiendo su mano
derecha para acariciar la cabeza peluda de
Azazel— pronto haré manifiesta mi
presencia con mis más lóbregos deseos y
acciones, sólo espero desde las
profundidades del inframundo una señal
para retornar a este mundo las fuerzas
demoníacas de la oscuridad, para retornar a
sus agüizotes que acechan como basiliscos
ocultos esperando la hora de ser liberados.

En su rostro se dibujó una siniestra sonrisa y


continuó murmurando:
—Pronto volverán a conocer y sentir el
verdadero poder de esos agüizotes que hoy
festejan de manera burlesca, y no habrá
fuerza alguna que los pueda librar de ello,
pues nada ni nadie nos va a detener en
nuestro designio de restaurar el dominio del
reino de las tinieblas en estas tierras.

Una tercera silueta, perceptible sólo a los


ojos de Sammael y Azazel, irrumpió entre las
sombras.

— ¡Cuidado, Sammael! —le susurró al oído


con voz impávida— si hay una única persona
capaz de impedir y frustrar tus ambiciones,
y, precisamente, va entre toda esa multitud,
pero, tranquilo, todavía no es el momento
para que podás enfrentarte a ella.

— ¿Y quién es esa persona? —preguntó


inquieto Sammael.

— En su momento lo sabrás y la conocerás,


Sammael, todo en su momento —susurró
nuevamente la silueta, la que se desvanecía
entre las sombras sin dejar rastro de su
presencia.
Sammael quedó pensativo y, dirigiéndose a
Azazel, sólo atinó a decir:

— Nada ni nadie me podrá detener… ni a mí


ni a mis espíritus de la noche… eso te lo
aseguro, Azazel, muy pronto se estarán
doblegando ante mi presencia.

Exhaló profundamente y continuó:

— En la última luna llena de este año, Azazel,


invocaremos nuevamente a Chalchihuehe
para que abra el portal que conduce al
mundo inferior del Migtan y los espíritus de
la noche vuelvan al llamado de mi conjuro, y
juntos proclamaremos mi imperio de las
sombras.

— Y vos, Azazel —dijo, no sin antes


contorsionar su rostro para volver a formar
la parodia de una sonrisa de satisfacción—
vas a ser mi fiel garante para que mis
propósitos se hagan realidad y para que el
ascenso de los espíritus de la noche se dé
sin ningún tropiezo. Por eso, mi buen amigo,
usa tus poderes infernales para rastrear a
esa única persona que puede frustrar
nuestros planes y poder acabar con ella lo
más pronto posible.
Azazel, encendió su mirada con un brillo de
demencia y la fijó en la multitud,
manteniendo su cuerpo tendido al lado de
Sammael. De pronto, sacudió todo su cuerpo
que hedía a violencia y perversidad, y
desprendió un olor a azufre y asafétida, se
incorporó en sus cuatro patas y comenzó a
ladrar, pues había visto entre la
muchedumbre a su eterno mortal enemigo:
el cadejo blanco.

Sammael, quien no se percató del cambio


repentino de Azazel, le hizo señas para que
se callara y no llamara la atención. Azazel
guardó silencio, y continuó, junto a
Sammael, contemplando aquel río humano
que pasaba frente a ellos.

Sammael tampoco se percató cuando, frente


a él, pasó una jovencita muy vivaracha que
reía y bromeaba alegre con sus amigas y
amigos mientras bailaban al son de los
chicheros, su nombre era Izel, una chica
muy popular y nativa de Monimbó, que
disfrutaba a lo grande todo ese regocijo,
pero lejos estaba de imaginarse que esa
misma noche iba a cambiar por completo el
rumbo de su vida.
A medianoche, cuando la procesión ya había
tocado su fin y regresado a su punto de
partida, la plaza de Magdalena, Izel, entre
bromas y risas, comenzó a despedirse de
sus amigas y amigos, pues la gente ya
comenzaba a retirarse del lugar, además
que ya era hora de regresar a casa de sus
abuelos, con quienes vivía desde muy niña,
pues sus padres ya habían fallecidos.

De pronto, al abrigo de la oscuridad de la


noche, afincado cerca del atrio de la iglesia,
divisó un perro grande y fuerte, de color
ceniciento y patango, que llamó mucho su
atención porque sus ojos le brillaban de
manera incandescente, como si fueran
candelas.

— ¡Mirá, Kari —gritó Izel— ese perro que


está frente a la iglesia!

— ¿Cuál? —preguntó Kari.

Izel volvió la mirada hacia el sitio donde


había visto al animal, pero ya no estaba,
había desaparecido.
— Debiste espantarlo —agregó Kari— con
semejante grito que pegaste, ¿quién no se
va asustar así?

— A lo mejor —dijo riéndose Izel.

— Bueno, amiga —añadió Kari— te dejo,


tengo que aprovechar que me van a dar ráid
hasta mi casa y ya mi lindo cuerpo está
pidiendo su camita, y, la verdad, que ando
demasiado malmatadas mis patitas de tanta
pedaleada que dimos, que no fue jugando.

— Está bien, amiga —le contestó Izel— pero


con mucho cuidado y juicio, me oíste, yo
también ya voy a ir buscando el camino a mi
casa.

Ambas se dieron un beso en la mejilla, y Kari


se montó en una moto… rumbo a su casa.

Cuando Izel ya se disponía a marchar rumbo


a su casa, detrás del viejo árbol de hule,
plantado hace muchas décadas al lado norte
de la plaza, vio de nuevo al perro, surgiendo
de la nada con su pelaje resplandeciendo en
la oscuridad. El perro se sentó a la orilla de
una banca y quedó observándola fijamente.
A Izel se le pusieron los nervios de punta,
sintió que un tremendo escalofrío le recorría
todo su cuerpo y hacía que su corazón
latiera con más fuerza, era una sensación de
hielo que le hacía temblar hasta las rodillas.

Ella trató de espantar al animal para que se


fuera, pero el animal no se meneaba para
nada, menos que hiciera el intento de irse.

Al ver que el animal no le hacía caso, Izel se


dio vuelta y comenzó a caminar con paso
ligero, más bien trotando, como queriendo
devorar de un solo la distancia que había
hasta su casa.

El perro comenzó a seguirla. Iba detrás de


ella sin perderla de vista, casi le pisaba sus
pasos, y, por más que Izel se aligerara, el
animal siempre seguía detrás de ella.

Izel comenzó a sentir mucho miedo, le


miraba al animal un aspecto misterioso,
diríase sobrenatural, sentía que no era un
perro común y corriente, que no era de este
mundo, porque cuando caminaba las patas
le sonaban como castañuelas y, en el
silencio de la noche, el ruido que hacía era
aterrador.
Aligeró más su paso, ya casi corría, hizo con
sus dedos la señal de la cruz y comenzó a
susurrar una oración:

— Que fuerte venís, más fuerte es mi Dios, la


Santísima Trinidad me ampare y me libre de
vos.

Oración que repetía de manera incesante,


pero el animal seguía detrás de ella, la
oración no surtía ningún efecto sobre él,
seguía sobre aquella calle desértica y
semioscura, con su chillis, chillis, chillis al
caminar.

Izel no tuvo sosiego hasta que llegó a la casa


de sus abuelos, comenzó a golpear con
fuerza y sin cesar la puerta mientras gritaba:

— ¡Abuelo, abuelo, ábrame, por favor!

— Ya voy, ya voy —se oía desde el interior de


la casa.

Cuando el abuelo le abrió la puerta,


temblorosa y asustada entró de un solo a la
casa, sin decir ni media palabra, el abuelo,
preocupado, la quedó viendo y le preguntó:
— ¿Qué te pasa, muchacha, que me tenés
nervioso?... Pareciera como que viste al
mismísimo diablo.

— Es que… —dijo Izel con voz


entrecortada— un enorme perro blanco me
ha venido siguiendo desde Magdalena y no
me ha dejado de seguir en todo el camino.

— ¿Te hizo algo? —atemorizado preguntó el


abuelo.

— No, nada —contestó Izel.

— Y, ¿cómo es ese animal? —le dijo el


abuelo, acercándose a ella y abrazándola
para tratar de calmarla.

— Es grande, fuerte y todo ceniciento —


contestó Izel— los ojos le brillan como
candelas y sus patas son como las de
cabro… y hiede a cabro… sus patas hacen
ruido al caminar, como si fueran
castañuelas.

— Ah, ya sé —dijo sonriéndose el abuelo—


m’hija… te salió un cadejo, pero un cadejo
bueno, un cadejo blanco, un espíritu
guardián de la noche que cuida y defiende a
las personas que andan a altas horas en las
calles.

— Vení… vamos a sentarnos, que te voy a


explicar bien esto del cadejo —agregó el
abuelo— mirá, hay cuatro tipos de cadejo:
uno negro con el pecho blanco, que es
amistoso con el hombre y lo defiende ante
cualquier peligro; otro color overeado que
es bastante arisco, pero le gusta
acompañar, a prudente distancia, a los
viajeros que van a caballo; está el de color
ceniciento o blanco, ese es compañero fiel
de la mujer, pues cuando la encuentra sola y
por caminos oscuros y solitarios a altas
horas de la noche, no la abandona, la sigue
hasta su casa protegiéndola de todo peligro,
y, por último está el cadejo negro, que es
malencarado, agresivo y muy peligroso,
enemigo de las personas trasnochadoras,
cuando las encuentra en su camino, se les
abalanza encima, las bota, las golpea y las
deja todas maltratadas y sin sentido, pero no
las muerde, las personas sólo quedan como
perdidas y dundas, tartamudas y se mueren
pronto. Por eso, cuando a una persona le
sale el cadejo negro le dicen que “la jugó el
cadejo”. A todos los cadejos, hija, les brillan
los ojos como candelas, sólo que los del
cadejo negro hasta lanzan pequeñas llamas.

La conversación se vio interrumpida con la


llegada repentina y somnolienta de la
abuela, quien, al ver la luz prendida y
escuchar el cuchicheo de la conversación,
se había despertado. Todavía bostezando,
se dirigió al abuelo y le dijo:

— Carlos, ¿no creés vos que ya es tiempo de


decirle a Izel la verdad?, creo que la señal
está más que clara y que el presagio de la
partera está a punto de cumplirse.

— Tenés razón —asintió el abuelo — pero


primero mirá si todavía sigue ese animal
frente a la casa.

— ¿De qué verdad están hablando ustedes?


—con tono asustado preguntó Izel.

— Tené paciencia, m’hija —le dijo el abuelo


posando su mano sobre el hombro de Izel—
dejá que tu abuela se cerciore primero si el
animal no se ha ido.

— Ahí está todavía —dijo la abuela— todo


echadote en el porche.
— ¿Ahora si me podés decir qué verdad es
esa, abuelo? —se apresuró a preguntar Izel.

El abuelo volvió a ver a su mujer, suspiró


fuertemente y comenzó a hablar:

— Hija, dale gracias a Dios que el perro con


el que te encontraste fue el cadejo blanco, y
que para vos este cadejo no es un cadejo
cualquiera, sino tu cadejo, el que estaba
predestinado para ser tu compañero fiel,
pues él ha venido a cuidarte y acompañarte
de ahora en adelante.

— ¿Cómo?... no entiendo nada… ¿de qué me


va a cuidar? —replicó Izel.

— De los espíritus del mal, m’hija, ¿de qué


más va a ser? —se apresuró a decir la
abuela.

— Ahora sí que me enredaron toda, porque


no entiendo nada de nada —confundida
manifestó Izel.

— Dejá que te lo explique yo —le dijo la


abuela.
Y tomando de la mano a su marido, como
para darse valor y poder decir lo que iba a
decir, agregó:

— Cuando vos naciste, hija, después de tu


alumbramiento, la partera en lugar de
enterrar tu cordón umbilical debajo del
fogón de la casa, como era de esperarse
porque eras mujer, se lo llevó a enterrarlo a
las faldas del volcán Masaya, como si fueras
un hombre, un futuro guerrero. Cuando le
preguntamos que por qué había hecho eso,
nos dijo que, según el calendario de los
destinos, el tonalpohualli como le llamaban
nuestros ancestros, vos habías nacido para
controlar las fuerzas de lo sobrenatural y a
los espíritus del inframundo en estos
tiempos, que ese era tu destino por ser la
última descendiente de la casta noble de los
indígenas de nuestro territorio, porque vos,
hija, sos una princesa náhuatl, la última de tu
estirpe.

— Sigo sin entender nada, abuela —


exasperada dijo Izel.

— Calmate, hija, que todavía no termino, —


dijo la abuela— según el presagio —
continuó— hay un joven, que todavía no
sabemos quién pueda ser, pero sí que nació
con los poderes de un tlacatecólotl, o sea
una clase de brujos que usan su magia para
hacerle daño a la gente.

Este joven… —siguió la abuela— es el último


descendiente de esta clase de brujos y,
supuestamente, está destinado a intervenir,
con la ayuda de la bruja del volcán, para que
vuelvan los espíritus de la noche a
atormentar a la gente, pues pretende
restablecer con ellos el reino de las tinieblas
en estas tierras.

— Contra él y sus fuerzas del mal tendrás


que luchar, hija —concluyó cabizbaja la
abuela.

— Y la señal con la que nos daríamos cuenta


que había llegado el momento de que ese
presagio se cumpliera —continuó el
abuelo— sería la aparición de tu cadejo
blanco.

— Así como lo estás oyendo, Izel —agregó la


abuela— tu cadejo, a diferencia de lo que
siempre hace un cadejo blanco, no se va a
marchar aunque ya estés en tu casa, sino
que se va quedar y va estar con vos, de
noche y de día, hasta que tu misión haya
terminado.

— ¿Y cuál, abuela, se supone que es mi


misión? —más que confundida preguntó Izel.

— Lograr que los espíritus de la noche


regresen al inframundo y cerrar el portal que
este joven del que te hablamos va invocar
que se abra para que estos seres
demoníacos puedan volver a nuestro mundo
—se apresuró a decir la abuela.

— Pero —alterada replicó Izel— ¿qué jodido


sé yo de eso?... si nunca le he puesto interés
a las historias de nuestros antepasados
como para saber qué hacer y en qué
momento lo tengo que hacer. Tampoco
nadie me ha preguntado si yo lo quiero
hacer.

— Calmate, Izel, tomalo con calma, m’hija,


además que no vas a estar sola en esto, para
eso te han enviado a Malwi —dijo el abuelo
tratando de tranquilizarla— se me había
olvidado decirte que así se llama tu cadejo…
Malwi… y él te va a acompañar siempre,
incluso a tus encuentros con algunos
espíritus sabios de nuestros ancestros,
quienes te revelarán los secretos que vas a
necesitar conocer para salir triunfante de
todo este embrollo con los espíritus de la
noche.

Izel, estaba desconcertada, la idea de una


lucha con lo sobrenatural no lograba
cruzarla por su mente ni digerirla en su
espíritu juvenil, ni siquiera la presencia del
animal le resultaba tranquilizadora.

Dirigiéndose a sus abuelos, ya un poco más


serena, les preguntó:

— ¿Y cuándo se supone que va a comenzar


esa lucha contra los espíritus de la noche?

— Ya comenzó, hija mía, ya comenzó —le


contestó afligida su abuela.

Izel, más desconcertada con la respuesta de


su abuela, buscó como relajarse yendo a la
cocina para tomar un poco de café negro
que su abuela acostumbraba a mantener ya
preparado.

Bebió unos sorbos de café y regresó a la


sala, directa a la puerta, y la abrió. Sus
hermosos y vivarachos ojos negros
quedaron observando fijamente al perro, el
cual se incorporó inmediatamente de donde
estaba echado y la quedó viendo con una
mirada de mansedumbre y obediencia.

— ¿Y si me niego a hacerlo?... lo pregunto


más por curiosidad que porque eso piense
hacer — recalcó Izel.

— Supongo que estás en tu derecho, hija —


le contestó el abuelo— pues, en su
momento, nadie consideró cómo ibas a
reaccionar vos cuando supieras esta
verdad, tampoco se pensó en la posibilidad
que pudieras decir que no, pero una cosa si
te puedo decir, el terror y la maldad que se
nos viene encima a todos como una inmensa
sombra es y va ser una realidad y serán
muchas las personas que sufrirán y morirán
si no se les detiene a tiempo.

— Una cosa más, Izel —concluyó con voz


pausada la abuela— independiente de la
decisión que tomés… nadie, pero nadie,
debe enterarse de esto, ni siquiera tu mejor
amiga o amigo, pues, si vos les contás, lo
único que vas a lograr es poner en peligro
sus vidas, y si, por un si acaso, te
preguntaran por Malwi, sólo decí que es tu
perro y que tu abuelo te lo regaló, nada más.

Izel quedó atónita y pensativa unos


instantes, con la mente perdida y divagando
más allá de esa mal rato que estaba
viviendo, pues sentía que todo su mundo se
le venía encima y se le volteaba al revés. Al
cabo de un rato, sólo atinó a decir:

— Bueno, si las cosas son así, ni modo,


según parece no hay nada que pueda ni que
podamos hacer, entonces, no me queda más
remedio que hacerle frente y a ver qué pasa
y cómo me va con este presagio, y lo más
que ahorita puedo hacer es pedirle a Dios
que me ayude y me proteja.

Izel, que aún seguía de pie en la puerta de la


casa con la mirada fija hacia aquel
enigmático animal, se dirigió a él y le dijo:

— Vamos Malwi, entrá a la casa, vamos a


dormir que ya es muy tarde.

Malwi retozó sobre sus patas delanteras,


sacudió su pelaje y fue tras ella.
Izel, sin decir una palabra más, pasó frente a
sus abuelos y se dirigió hacia el interior de la
casa, al llegar a la habitación, Malwi se echó
junto a la cama y cerró sus ojos, sólo él sabía
los tiempos difíciles que estaban por venir
para Izel.
El Encuentro
Ya había transcurrido un mes desde la
noche en que los abuelos de Izel decidieron
revelarle su origen indígena y el secreto de
su misión ya predestinada y con la que había
sido sellada desde su nacimiento.

Es el último domingo del mes de noviembre


y, en la ciudad de Masaya, “Ciudad de las
Flores”, las calles se encuentran
alborotadas y festivas, llena de gente
deambulando por doquier en busca de
presentaciones de los grupos de baile, que
tratan de cerrar con broche folklórico las
celebraciones a Tata Chombito.

Pues, como ya es tradición de los masayas,


desde el primer domingo después de la
octava de sus fiestas patronales a San
Jerónimo, diversos grupos danzantes hacen
un recorrido por los diferentes barrios de la
ciudad para recrearlos con sus coloridas
presentaciones folklóricas; andan grupos de
bailes de Indias, Húngaras, Diablitos o
Negras, los que se presentan en aquellas
casas que tengan a bien recibirles con
comida, bebidas y hasta con licor, no en
vano se le llama a San Jerónimo el santo
“bochinchero”.

Era el último día de tres meses seguidos de


celebraciones y derroche de tradiciones
folklóricas propias de los masayas.

En honor a la verdad, Masaya pasa de fiesta


todo el año, no hay mes del año en que no se
escuche el sonido de “cuetes" y música en
señal de alguna celebración, hasta a los
muertos se les acompaña con música de
chicheros o mariachis en su vela y en su
recorrido al cementerio.

Ese día, Izel, como toda auténtica


monimboseña, desde la mañana, había
recorrido las calles de la ciudad en
compañía de sus amigas y amigos y, por
supuesto, también de Malwi, buscando
grupos de danzas para entretenerse con sus
presentaciones.

Había sido un día muy ajetreado, un


verdadero y literal corre-corre. Pero, ya a
eso de las 7 de la noche, el grupo buscó
donde sentarse para descansar un rato de la
larga caminata, se sentían bien cansados y
asoleados.
— ¡Ay, mis piecitos! —se quejó Izel en voz
alta— como me duelen.

— Bueno —le dijo uno de los amigos— eso te


pasa por andar de chinamera, buscando lo
que no te hace falta…

— No importa… —contestó Izel— la hemos


pasado super alegre en medio de toda esta
bulla… ¿verdad, Malwi?.... —agregó
agitando el pelaje de su fiel perro con uno de
sus pies.

Malwi, tendido junto a los pies de ella, sólo la


contemplaba, sin emitir ningún sonido ni
hacer ningún gesto.

— Muchachos… —exclamó de repente


Kari— ¿por qué no vamos un rato al
malecón?

— Mejor idea no se te pudo ocurrir —dijo uno


de los chavalos— y así aprovechamos para
tomar y comer algo, que ando con un tigre
que no me aguanto… yo invito…

— ¡Eso son los hombres que necesita


Nicaragua! —dijo entre risas Kari.
Y, entre risas y bromas, el grupo agarró
rumbo hacia el malecón de Masaya, donde
aprovecharon para jugar, bromear, comer
pizza y beber gaseosa.

Izel aprovechó para ir a sentarse al muro


que bordea la laguna de Masaya y quedó
absorta contemplando la belleza de ese
paraje.

Sus amigos se acercaron a ella y uno de


ellos le dijo:

— Idiay, mujer, ¿como que te quedaste


perdida en el espacio?

Todos rieron al unísono e Izel contestó:

— Ya estás vos de exagerado… nada de


eso… sólo que me llama la atención la forma
ovalada de la laguna.

— Pues la profe de geografía —se apresuró


a decir Kari— nos dijo la vez pasada que esa
forma ovalada o de media luna de la laguna
se debe a una de las coladas de lava del
volcán que ocurrió hace más de mil años.
— Epa —dijo riendo Izel— sabe la
muchacha… se ve que ha estudiado…

— ¿Y qué creés vos? —contestó Kari— ¿Qué


sólo vos al instituto a calentar asiento?... me
mata mi mama si le salgo mal en las clases…

— Bueno, bueno —se apresuró a decir


Javier— ya que estamos hablando de la
laguna, ¿sabían ustedes que dicen los
viejitos que los viernes santo, a la orilla de la
laguna sale el diablo en forma de venado
grande con grandes cachos y echando
fuego por los ojos..?

— Ya había oído hablar de eso —dijo


Mauricio— y dicen que cuando se le dispara
al venado y se le da, lo ven caer muerto,
pero cuando lo van a buscar ya no está y ni
rastros del animal quedan.

— Pues, mi abuelo —dijo Izel— lo que me ha


contado es que en la laguna vive una
serpiente encantada y que tiene barba larga
y cachos.

— Pero… ¿de dónde habrá salido esa


serpiente? —preguntó Kari.
— Dice mi abuelo —agregó Izel— que antes
todo esto era montaña y que en la parte de
arriba vivía una serpiente, a la que una
muchacha, junto con tres amigas, la
amarraron a un árbol de guásimo con el
cabello de las cuatro ellas para que muriera
y poder conquistar el amor del hijo del
Cacique Tenderí, quien correspondía al
amor de otra muchacha, supuestamente
porque estaba embrujado por la serpiente,
pero que la serpiente no murió, más bien se
puso a llorar, y lloró tanto que ahí mismo se
formó la laguna.

— Y… ¿cómo habrá hecho la serpiente para


embrujar al hijo del cacique? —se atrevió a
preguntar Javier.

— Dice mi abuelo —contestó Izel— que fue la


muchacha con la que andaba quien hizo el
encantamiento por medio de la serpiente, y
que la serpiente tenía que morir para que se
rompiera el hechizo.

— Pues, yo —dijo Mauricio— de lo que me he


dado cuenta es que hay gente que sostienen
que la laguna es lugar de encuentros con
extraterrestres, hasta dicen que han visto
platillos voladores saliendo de las aguas de
la laguna.

— Y… ¿será cierto todo eso que dicen? —


volvió a preguntar Javier.

— ¿Quién sabe? —le contestó Kari— porque


hasta el momento todo ha quedado a nivel
de cuentos y decires.

— Pues para mí —dijo Izel— sea cierto o no


lo que cuentan la gente, la laguna es un
lugar muy bello que encierra muchas
historias y misterios, lástima que la tengan
tan descuidada.

— Bueno, mis bróderes —dijo Mauricio—


todo está muy encantador, pero ya es noche
y ya es hora que vayamos buscando
nuestras casas.

Serían como las 8:30 de la noche, cuando el


grupo comenzó a disolverse, cada quien
buscando rumbo hacia sus respectivos
hogares. Todos… menos Izel… quien decidió
quedarse un rato más sentada, total… qué le
podía pasar si quedaba en compañía de su
amigo inseparable… Malwi.
Contemplaba Izel la quietud e inmensidad de
la noche, cuando, de pronto, Malwi comenzó
a ladrar de manera incesante pero no
agresiva, tratando de llamar la atención de
Izel para que viera un resplandor que subía
por uno de los bajaderos a la laguna. Izel se
quedó viendo fijamente hacia el resplandor y
vio que se trataba de una mujer joven y muy
bonita, vestida de huipil blanco, que subía
hacia el malecón.

Para Izel, como para cualquier otra persona,


no le hubiese resultado extraño ver a alguien
vestido con traje folklórico en ese día, era
algo muy normal por la festividad que se
celebraba, pero lo que realmente le llamó la
atención fue el modo de caminar de la mujer,
parecía como que flotara en el aire, ni
siquiera podían vérseles los pies al andar.

La mujer, de rostro melancólico pero de


buen carácter, avanzó hacia donde estaba
ella, y con voz suave y pausada le preguntó:
— ¿Puedo sentarme aquí?

— Si… si… por supuesto — balbuceante le


contestó Izel— siéntese.
La mujer se sentó a la par de Izel. Ambas
permanecieron en silencio por un corto
tiempo. Malwi había cesado de ladrar y se
fue a echar entre ambas.

— En este mundo todos estamos rodeados


del bien y el mal —masculló con voz suave la
mujer, volteando su rostro hacia Izel.

— Ajá —murmuró Izel, sin ánimo de entablar


conversación.

— A algunos les acompaña el bien en forma


de perro blanco y a otros el mal en forma de
perro negro, y a vos te tocó el perro blanco
—prosiguió la mujer, pero esta vez inclinó su
cuerpo y tendió su mano derecha sobre la
cabeza de Malwi.

Malwi se incorporó sobre sus patas traseras


y permitió las caricias de aquella misteriosa
mujer.

— ¿A qué viene eso? —le dijo con extrañeza


Izel.

— A que sos una chavala con suerte… y


deberías sentirte segura y bendecida con
este animal que te cuida de día y de noche,
porque él te va a defender ante cualquier
peligro que tengás que enfrentar, y, sobre
todo, te va a proteger de los espíritus de la
noche… Izel —agregó la mujer.

Izel se sobresaltó, dejando entrever lo


sorprendida que estaba con lo que le
acababa de decir aquella mujer, pues,
¿cómo sabía esa mujer su nombre si no la
conocía y nunca la había visto?

Pero, antes que Izel pudiera reaccionar y


decir palabra alguna, la mujer siguió
hablando:

— Tranquila, tranquila… no quiero


asustarte… ni voy a hacerte daño… yo soy
Martli-xotchil Acal-xubj.

— ¿Quién? —inquirió Izel.

— La princesa de la Barranca… o la Martina


como me llaman en mi pueblo… o la vieja de
la Barranca como me llaman los que me han
visto en apariciones —le esclareció la mujer.

— Aunque también se me considera una


diosa —agregó sonriendo— porque mi vida
fue consagrada al culto de Cippatonal, quien
me concedió la gracia de poder aparecerme
con toda la divina belleza de mi juventud,
cuando quiero salvar o aconsejar a alguien
bueno, o como una vieja horrorosa y
decrépita, cuando quiero perder y “jugar” a
alguien malo. Y… como en este mundo
abunda la maldad… casi siempre me tengo
que aparecer como vieja… la vieja de la
Barranca.

— ¿Y qué quiere conmigo? —con voz


inquieta le preguntó Izel.

— Nada… sólo vine a aconsejarte y a


prepararte para tu lucha contra el reino de
las tinieblas, soy parte de tu monéxico —se
apresuró a contestar la mujer.

— ¿Mone… qué? —exclamó Izel.

— Monéxico —repitió la mujer— o sea, tu


cabildo de consejeros.

— ¿O sea que todavía tengo que conocer a


otras personas así como usted? —
desconcertada señaló Izel.
— Si —le contestó la mujer— y no somos
personas… somos espíritus… espíritus de
tus ancestros.

— Poco a poco los vas a ir conociendo —


agregó la mujer— te vas a ir encontrando
con cada uno de ellos en la medida que se te
vayan presentando los diferentes peligros
con los que vas a tener que lidiar para poder
cumplir con tu misión. Ellos estarán
presentes en diferentes lugares de la ruta
que tendrás que seguir.

Izel trataba de comportarse lo más natural


posible ante esa extraña conversación, pero
se le hacía difícil, no hallaba qué decir ni la
forma de tratar y dirigirse a tan extraña
compañía.

Ambas quedaron calladas, viéndose la una a


la otra fijamente, como queriendo adivinar
qué confusos y encontrados pensamientos y
sentires se estaban gestando en su interior a
raíz de esa conversación.

Al cabo de unos minutos de profundo


silencio entre ambas, la mujer reanudó la
conversación, diciendo:
— Existe una fuerza distinta a las fuerzas
físicas del mundo real… una fuerza que hace
que los espíritus puedan moverse… es una
fuerza que les da la energía que necesitan
para poder desplazarse de un lugar a otro…
esa fuerza es el teyolia…

— El teyolia… —se apresuró a decir la mujer


antes que Izel pudiera reaccionar— está
localizado en el corazón y contiene la
energía y el ánimo necesarios para vivir y
desplazarse en este plano del mundo, o sea,
el ánima… como vos debés conocerlo…

— Es por eso que —continuó— para que


podás vencer a los espíritus de la noche, vas
a tener que arrancar a cada uno de ellos su
teyolia…

— Desprendérselo totalmente de su cuerpo


espectral —prosiguió— así como se
desprende el alma del cuerpo de un difunto
para emprender su viaje al otro mundo.

— Pero… ¿hay que llegar hasta ese


extremo?... —dijo asustada Izel— ¿no sería
suficiente realizar algún ritual o pronunciar
algún conjuro?
— No —replicó la mujer— la única forma que
hay para poder acabar con ellos… es
destruir su fuente de energía… es
decapitarlos y arrancarles su teyolia… sólo
así podrán regresar al último plano del reino
de los muertos, a la región de las sombras,
donde se desvanecerán como espectros y
dejarán de existir… por eso nuestros
ancestros decapitaban y le arrancaban el
corazón a sus enemigos, y cremaban a sus
difuntos.

— Pero… para eso tendría que derrotarlos o


aniquilarlos —objetó Izel— y no creo que se
vayan a dejar así por así… como corderitos.

— Así es —le dijo la mujer— y para ello


tendrás que aprender a pelear y a usar el
witzoktli…

— ¿Y qué es eso de witzoktli? —intrigada


preguntó Izel.

— Es tu báculo de batalla, es tu bordón de


abeto sagrado de cinco nudos con el que
pelearás contra las infernales criaturas de la
noche.
— ¿Y de dónde se supone que voy a sacar
ese báculo? —cuestionó Izel.

— Yo te daré el mío —le contestó la mujer—


con todos los poderes que le confirió
Cippatonal.

Y girando su mano derecha, así como giran


las manecillas de un reloj, hizo aparecer un
bordón de abeto color café, de forma rolliza
y con cinco nudos del mismo madero que lo
dividía en seis partes, su parte inferior era
puntuda como una lanza y su parte superior
tenía la forma de una serpiente emplumada.

— Tomá —le dijo a Izel— este báculo será,


de ahora en adelante, tu arma de batalla y
tenés que acostumbrate a andar con él
siempre, sobre todo por las noches, pues
nunca vas a saber en qué momento tendrás
que batallar contra algún espíritu.

Izel tomó el báculo, pero antes que pudiera


decir algo, la mujer prosiguió:

— A partir de mañana, antes que despunte el


alba, bajarás todos los días por el bajadero
de Cailagua a la laguna de Lenderí…
bueno… a la laguna de Masaya como la
llaman ustedes… y, cuando llegués a la orilla
de la laguna, vas a buscar, entre las tupidas
ramas del árbol de genízaro que allí se
encuentra, a un cenzontle, lo vas a
reconocer por su canto melodioso y bello…
es el alma de mi amado Tezic… le silbarás
tres veces y, cuando él se aproxime, le dirás
que te envía Martli-xotchil Acal-xubj,
inmediatamente él recuperará su forma
humana y será tu maestro para enseñarte
las artes de lucha contra los espíritus de la
noche. Y así lo vas a invocar siempre que
bajés a la laguna a recibir tu entrenamiento
en las artes guerreras.

— ¿Y por cuánto tiempo se supone que voy a


hacer esto? —le preguntó Izel.

— Hasta que estés lista —le contestó la


mujer— porque no podés ir a luchar contra
estas fuerzas del mal sin estar bien
preparada, no es una pelea callejera la que
vas a tener que enfrentar.

— Pero… ¿qué le digo a mis abuelos cuando


me vean salir tan de mañana?— arguyó Izel.

— La verdad… y nada más que la verdad,


Izel —respondió la mujer— ellos van a
entender y te van a apoyar, porque ellos son
conocedores de tu secreto y de tu destino,
les fue revelado desde tu nacimiento,
además, no vas a estar sola en ningún
momento… Malwi te va a acompañar y
proteger siempre ante cualquier peligro, esa
es su misión.

— Una cosa más, Izel —dijo la mujer— una


vez terminado tu entrenamiento, Tezic te va
a acompañar también, pero en forma de
cenzontle, él va a ser tu mensajero, tu
enlace directo a quien vas a mandar a
buscarme cada vez que me necesités.

Y aquella misteriosa mujer, extendió su


mano derecha y acarició el cabello de Izel
sobre su sien izquierda, como queriendo
peinárselo para atrás, se puso de pie, dio
media vuelta y se marchó en el acto, tan
calladamente como había aparecido.

Y con su witzoktli en la mano, Izel quedó de


pie, observando cómo se desvanecía aquel
resplandor en las profundidades de la
laguna, cuando ya no percibía más aquella
luz arcana, dio media vuelta y tomó rumbo a
su casa, en compañía de Malwi, su fiel
protector.
Al llegar a su casa, su abuela la quedó
viendo toda extraña y sólo atinó a
preguntarle:

— ¿Y qué te hiciste en el pelo, muchacha,


por Dios?

— ¡Nada! —exclamó asustada Izel,


dejándose ir rápida al espejo a ver su
cabello, un mechón blanco ondeaba sobre
su sien izquierda.

En ese instante, llegó su abuelo a la sala,


quien, al verla, exclamó:

— Hija, por Dios, te has convertido en la


protegida de los dioses indígenas, tu
iniciación para la batalla contra las fuerzas
de las tiniebla ha comenzado.

— ¿Por qué decís eso, Carlos? —


sobresaltada preguntó la abuela.

— Por el sello blanco en su cabello y el


báculo en su mano —se apresuró a
contestar el abuelo.

Izel les contó con detalles el extraño


encuentro que había tenido con la princesa
de la Barranca y sobre las indicaciones que
ella le había dado.

La abuela la abrazó tiernamente y le dijo:

— Bueno, hija, que se haga la voluntad de


Dios, si ese es tu destino, hay que hacerle
frente y contá con todo nuestro apoyo, hija,
hasta donde podamos.

— Lo sé, abuela, lo sé —respondió Izel.

— Bueno —dijo suspirando la abuela— hoy


ha sido un día pesado y agitado para todos,
así que vamos a comer que ya debe estar
fría la cena… mañana… mañana será otro
día.

— Si, abuela —exclamó Izel— mañana será


otro día.

Y volviendo su rostro hacia el abuelo, le dijo:

— Abuelo, acuérdese de levantarme a las 4


mañana, tengo que bajar a la laguna a
encontrarme con el espíritu de Tezic,
mañana inicia mi entrenamiento como
guerrera.
— No te preocupés, hija, que yo te levanto a
esa hora —le contestó el abuelo.

— ¡Ya está servida la cena! —gritó desde el


comedor la abuela— así que dejen de hablar
de eso y vengan a comer, hoy hay que
acostarse temprano, mañana tenemos
muchas cosas que hacer.

Izel y el abuelo se dirigieron al comedor y,


como ya era costumbre, atrás iba Malwi,
cumpliendo fielmente su misión de cuidar y
proteger a Izel en todo momento.
La Iniciación
Al día siguiente, antes que el alba
despuntara, Izel, en compañía de Malwi,
salió de su casa en dirección al malecón
para descender hacia la laguna de Masaya
por el bajadero de Cailagua, tal como se lo
había indicado la princesa de La Barranca.

Llevaba en su mano derecha el báculo que la


princesa le había entregado y, a sus
espaldas, una mochila en la que traía agua y
comida que su abuela le había aliñado.

Con un andar todo pausado y coqueto, Izel


era una chavala muy alegre y social, se daba
a querer muy fácilmente de todas aquellas
personas que la conocían, y, aunque con
apenas 18 años de vida, no dejaba de ser
una mujer muy centrada y decidida, sus
amigos y amigas sabían que era una chica
de carácter muy fuerte.

Sus amigas le decían que era “balín


cascado” por su forma picaresca de decir
las cosas y por no tomarse la vida tan en
serio, siempre estaba sonriente y con su
característico tono burlesco de las cosas
que le pasaban, pero dispuesta a ayudar a
los demás si estaba a su alcance.

Ese día estaba tan ansiosa, que buscó como


tomar la ruta más corta hacia el malecón,
mientras caminaba con paso ligero, pensaba
cómo iba a ser su vida de ahora en adelante,
si tendría que dejar de frecuentar a sus
amigos y amigas, o si dejaría de ir a las
fiestas que tanto le gustaban, hasta trataba
de imaginarse cómo debía comportarse ante
las demás personas… en fin… eran tantas
cosas que inquietaban su mente juvenil,
pero lo que más le inquietaba era si iba a
poder cumplir con la responsabilidad que
estaba asumiendo, si iba a ser capaz de
aguantar esos nuevos episodios de su vida.

Se preguntaba cómo iba a reaccionar


cuando estuviera frente a frente ante una
criatura del inframundo, si le daría miedo o
tendría el valor suficiente para hacerle
frente, si tendría toda la fuerza necesaria y
la capacidad requerida para vencerlos,
hasta se estremecía al pensar cómo se
sentiría desprender el teyolia a uno de estos
espíritus… y pensaba… pensaba…
pensaba… pensaba tantas cosas, que, sin
darse cuenta, había llegado al malecón.
Mientras descendía hacia la laguna,
meditaba un poco en las ironías y sorpresas
que nos trae la vida, cuándo se iba a
imaginar que, un día, ese bello y caprichoso
paraje que tantas veces había visitado con
sus amigas y amigos para pasar un día
alegre de jodedera juvenil, se convertiría en
su santuario de entrenamiento en las artes
de lucha contra lo sobrenatural, contra el
inframundo.

Cuando llegó a la orilla de la laguna, empezó


a buscar el árbol de genízaro tal como la
princesa le había indicado, y lo encontró
todo imponente al lado de una inmensa roca
volcánica.

Se encaminó hasta donde estaba el árbol y


silbó con fuerza tres veces… y, de pronto,
de las frondosas ramas del árbol, descendió
un cenzontle que, agitando su plumaje color
café, se acomodó sobre la enorme piedra
volcánica y comenzó a entonar un sublime y
melodioso canto hacia la inmensidad del
firmamento.

Izel se quedó en silencio por unos instantes,


escuchando, atenta y embelesada, aquel
canto sublime del cenzontle que, llevado por
el viento, impregnaba de belleza y armonía
todo el lugar.

— ¡Oí qué bello, Malwi! —le dijo a su fiel


amigo— por algo le llaman el ave de los
cuatrocientos cantos.

Habían transcurridos unos cuantos minutos


cuando Izel se percató de su distracción, e,
inmediatamente, retomó el propósito de su
viaje, diciendo:

— Me envía Martli-xotchil Acal-xubj.

El cenzontle calló y quedó observando a Izel,


moviendo su cabeza en una especie de giro
de arriba hacia abajo, sacudió su plumaje,
agitó sus alas y comenzó a dar volteretas en
el aire en forma de espiral, una luz brillante
se desprendió de su cuerpo y lo cubrió por
completo, era tan intenso aquel resplandor
que cegó la vista a Izel.

De pronto, de la luz emergió la figura recia y


gallarda de un joven y apuesto guerrero,
quien, dirigiendo su mirada a Izel, le dijo:

— ¡Yo soy Tezic!


— ¡Yo soy Izel! —agregó ella— y me manda
la princesa para que me entrene en las artes
de combate contra las fuerzas infernales.

Tezic quedó viendo detenidamente a Izel con


sus hermosos ojos negros, negros como la
noche, y le preguntó:

— ¿Y vos estás consciente y segura en lo


que te estás metiendo?

— Aunque no lo estuviera —respondió Izel


exhalando un fuerte suspiro— tengo que
hacerlo, ese es mi destino y con él me
sellaron desde que nací.

— Pero… podés rechazarlo —le indicó Tezic.

— Lo sé —contestó Izel— pero también sé


que no debo, la vida de muchos va a
depender de mí.

— Así es… —asintió Tezic— pero te lo


pregunté para cerciorarme de tu firmeza y
disposición, pues estás a punto de iniciar
una lucha dura y sin cuartel contra las
fuerzas del mal.
Izel contemplaba alucinada a Tezic, se
notaba en su rostro una singular mirada de
intriga juvenil, como tratando de escudriñar
en la figura gallarda de aquel guerrero los
misterios que entrañaba su embrujo.

— Y… ¿cómo fue que se convirtió en


cenzontle? —curiosa preguntó Izel— si no es
mucha la indiscreción y si se puede saber,
claro está.

— Fue para proteger mi vida y el amor que


nos teníamos Martli-xotchil y yo —con
melancolía le contestó Tezic.

— ¿Tanto así? —extrañada preguntó Izel.

— Si… así mismo fue —contestó con tristeza


Tezic— a pesar de la pureza de nuestro
amor y lo verdadero de nuestro sentimiento,
ella estaba prohibida para mí, pues yo sólo
era un simple mortal sin ningún linaje divino,
por tanto, indigno de una princesa, aunque
fui un héroe en la tribu, pero, para
desventura nuestra, ella estaba dedicada de
por vida al culto de Cippatonal, la diosa
virgen que exigía castidad en sus doncellas.
— Martli-xotchil era una bella y esbelta
princesa —agregó Tezic— que desde muy
niña fue servida con cariño, amor y lealtad
por los miembros de toda su tribu, hasta
dicen que cantó al nacer.

— Pero… no entiendo por qué se opusieron


al amor de ustedes… si en verdad se
amaban —cuestionó Izel.

— Porque ella no podía ser profanada por


ningún romance, por muy puro que fuera —
dijo con nostalgia Tezic— y su padre, el
cacique Necuderit, y su monéxico no
estuvieron de acuerdo con nuestra relación
y se opusieron a ella, le prohibieron a la
princesa me volviera a ver, y ella bajó a la
laguna para decírmelo y despedirse de mí, y,
abrazados, lloramos mucho, nos embargó el
sufrimiento por esa postura de su padre, a
pesar que se enteró de lo nuestro de los
propios labios de la princesa, y, como no nos
resignábamos a renunciar de nuestro amor,
pedimos a los dioses nos ayudaran a
mantenernos juntos amándonos hasta la
eternidad, ellos escucharon nuestro ruego y
decidieron convertirme en cenzontle, por mi
don y fecunda imaginación al canto, me
convirtieron en el ave de los cuatrocientos
cantos… en el pájaro del amor.

— ¿Y qué pasó con Martli-xotchil Acal-xubj?


—intrigada preguntó Izel.

— A ella le tocó lo peor de nuestra suerte,


pues su padre y su monéxico consideraron
nuestro amor como un pensamiento impuro
y ofensivo a Cippatonal por parte de ella y la
castigaron a permanecer durante toda su
vida en el destierro, más allá de los límites
de Tenderí, en el Cerro de la Barranca.
Todavía pienso que fueron demasiados
injustos y severos con ella.

— ¿Tenderí? —expresó extrañada Izel.

— Bueno… así se llamaba en ese entonces


Nindirí —contestó Tezic.

— Pero… —agregó Tezic— aunque ella fue


desterrada y obligada a vivir a media legua
de su pueblo, su espíritu siguió vigilándolo y
cuidándolo, pues, según las profecías de
nuestros ancestros, ella un día bajará
espléndida de La Barranca para vivir
eternamente entre los suyos y seguir siendo
su diosa amada y protectora.
— ¿Y por qué la llaman la Martina? —
preguntó con timidez Izel.

— ¡Ah… eso! —dijo Tezic— fue un disparate


de los curas españoles, ellos pretendieron
acabar con su recuerdo pero no pudieron,
tanto le temían que no se atrevían a
pronunciar su bello nombre de princesa y
obligaron a su gente a llamarla Martina. Pero
eso no ha impedido que todavía la recuerden
y la añoren, es más, dicen que por las
noches aún se escucha bajar del cerro la
tonada divina de su voz celestial… la gente
del pueblo sabe que es la princesa que aún
llora cantando… por eso se murmura que el
cerro está encantado.

— Pero, bueno —reaccionó Tezic— basta de


plática y recuerdos, y comencemos ya con
tu entrenamiento, que es a lo que vinimos.

Y con su recia pose guerrera, extendió sus


brazos hacia Izel y le indicó con señas le
entregara su witzoktli.

Izel avanzó hacia Tezic, depositando su


witzoktli en sus manos y se retiró a aguardar
sus instrucciones.
Tezic, tomando el witzoktli por ambos
extremos, lo alzó sobre su cabeza y con voz
firme se dirigió a Izel:

— Este es tu báculo sagrado, de ahora en


adelante también es parte tuya, te servirá
para combatir a los espíritus infernales, pero
también te convierte en una nahualli.

— ¿Nahualli? —replicó Izel.

— Si, nahualli —repitió Tezic— este báculo


te da el poder de poseer las destrezas de
dos animales que van a estar muy ligados a
vos, como un solo ser, ellos serán tus tona.

— No entiendo —requirió Izel.

— Izel, como protegida de los dioses, se te


ha concedido la gracia de poseer dos tona:
el del jaguar, por su fuerza y destrezas para
combatir y su capacidad de ver de día y de
noche, y el de la serpiente, por su agilidad
para desplazarse y escurrirse ante cualquier
peligro.

— ¿Eso quiere decir que me voy a desfigurar


todita? —alarmada preguntó Izel.
— Nooo… Izel… ¿cómo se te ocurre
semejante cosa? —dijo Tezic serenamente
pero riéndose a la vez— escuchá bien… te
explico… no necesitás transformarte en
ninguno de tus tona… tu báculo te concede
el poder sobrenatural para hacer uso de sus
habilidades manteniendo siempre tu figura…
sin necesidad de metamorfosis.

— ¿Y cómo se supone que voy hacer eso? —


objetó Izel.

— No es nada complicado, Izel —le contestó


Tezic— si ya revisaste bien tu báculo, te
habrás dado cuenta que tiene cinco nudos
del mismo madero, los primeros tres nudos
te confieren un poder diferente, el primero te
otorga las destrezas de la serpiente, el
segundo las del jaguar y el tercero el de la
luz, hace brotar de los ojos de la serpiente
un haz luminoso para que te alumbrés en la
oscuridad, y, como una ayuda adicional, el
cuarto nudo te permitirá reducir el báculo al
tamaño de un prensapelo para que lo podás
llevar discretamente en tu cabello
dondequiera que vayás.

— ¿Te queda claro? —preguntó Tezic.


— Más o menos —le contestó Izel.

— A ver —dijo Tezic— ahora repetime todo


lo que te expliqué.

— Bueno —dijo Izel— que el báculo tiene


cinco nudos y sólo los tres primeros son los
que me van a dar poder, el primero de
serpiente, el segundo de jaguar y el tercero
es para iluminar mi camino en la oscuridad.

— ¡Ajá! —asintió Tezic— ¿y qué más?

— Bueno —dijo Izel— y el cuarto nudo


convierte el báculo en un prensapelo.

— Sí que aprendés rápido — reconoció


Tezic— ahora bien, para que los poderes del
báculo funcionen, tenés que apretar el nudo
que querés con la mano izquierda, porque es
la mano que está enlazada con tu teyolia,
pero para combatir, vas agarrar el báculo
con tu mano derecha, podés tomarlo
también con la mano izquierda para
combatir siempre y cuando agarrés el
báculo de las secciones que se forman entre
nudo y nudo. ¿Te queda claro?
Izel asintió con la cabeza, estaba muy atenta
a las indicaciones de Tezic, a instantes se
quedaba pensativa, como para asimilar
mejor todo lo que su maestro le estaba
explicando.

— ¿Y cómo hago —requirió Izel— si el báculo


se me cae y necesito a uno de mis tona?

— Entonces los invocarás usando su nombre


náhuatl y agregando “te necesito, únete a
mí” —se apresuró a contestarle Tezic.

— ¿Y cuáles son esos nombres? —le


preguntó Izel.

— “Coatl” para la serpiente —le contestó


Tezic— y “Ocelot” para el jaguar.

— Coatl… Ocelot… —repitió Izel.

— Coatl… Ocelot… —volvió a repetir.

— Así es —reafirmó Tezic— ¿alguna duda?

— No —contestó Izel— creo que ya entendí.

— Entonces —le dijo Tezic— dejá aquí tu


báculo y andá hasta donde está aquel
arbusto, invocá al jaguar y corré hasta este
genízaro, y lo trepás como lo treparía un
jaguar, sin agarrarte de ninguna rama.

— Tan rápido —asustada exclamó Izel— no


creo que pueda hacer eso… pero… bueno…
lo voy a intentar…

— Izel —corrigió Tezic— en esta guerra que


vas a emprender no se trata ni se debe
“intentar”, sólo cabe el “hacer”.

Izel asintió con la cabeza y se fue hasta


donde estaba el arbusto que le había
señalado Tezic, cerró los ojos, y dijo:

— Ocelot te necesito, únete a mí…

Izel sintió un pujante estremecimiento que le


cruzó todo el cuerpo y una extraña
sensación de fuerza se apoderó de ella,
abrió los ojos y comenzó a correr como una
felina, saltó sobre la roca volcánica que
estaba junto al genízaro, luego hacia una
rama que colgaba de en medio del árbol y
finalmente hacia otra rama que estaba en la
parte superior del mismo.
Se llevó las manos hacia su cabeza, su
pecho estaba agitado, estaba atónita, no
podía creerlo, había trepado el árbol igual
que lo haría un jaguar.

Desde abajo, Tezic la observaba sereno,


imperturbable, y le gritó:

— Ahora… invocá a la serpiente y bajá


deslizándote por las ramas como ella.

Izel volvió a cerrar los ojos, pero ahora con


más confianza y decisión, y dijo:

— Coatl te necesito, únete a mí…

Volvió a sentir el mismo estremecimiento


recorriendo todo su cuerpo, pero esta vez lo
sintió más elástico y flexible, se acostó sobre
una de las ramas… comenzó a contorsionar
su cuerpo como un ofidio y se deslizó entre
ellas hasta poner sus pies sobre el suelo.

— Así se hace —exclamó Tezic— ahora


veamos qué tan bien podés hacerlo con tu
báculo.

— Pero… ¡qué contrariedad! —añadió— ya


está saliendo el sol… y ya no voy a poder
mantener mi figura humana, así que tendrá
que ser mañana, Izel, pero no olvidés que
esto es sólo el comienzo, qie nos queda
mucho por aprender, y que vas a tener que
venir todos los días sin faltar uno solo, hasta
que estés lista para la lucha.

— No se preocupe —convino Izel— así lo voy


hacer.

Tezic regresó el báculo a Izel a la usanza


guerrera, llevándolo vertical sobre su pecho
para después extender sus dos fornidos
brazos y depositarlo en las manos de Izel.

De pronto, un torbellino de luz envolvió la


figura de Tezic y aquel gallardo guerrero
poco a poco retomó su figura inicial, volvió a
ser un tierno y melodioso cenzontle.

Izel, poniendo ya en práctica lo aprendido,


redujo su báculo a un prensapelo, se
acomodó el cabello en forma de moña y se lo
colocó. Tomó su mochila y se la puso a su
espalda, se volvió hacia donde estaba Malwi,
quien se había echado bajo un arbusto para
contemplar el entrenamiento de su
protegida, y le dijo:
— Vamos, Malwi, hay que regresar a casa.

Y, juntos, comenzaron a subir, poco a poco,


aquella empinada trocha, deteniéndose de
vez en cuando para tomar un poco de
aliento, o para contemplar los petroglifos
grabados en los farallones de la laguna,
como una evidente expresión rupestre de la
cultura mística-religiosa de sus ancestros.

Al llegar a la cima, se dispusieron a


descansar un rato, mientras se merendaban
la comida que la abuela les había aliñado
para el entrenamiento de ese día.
El Entrenamiento
Ya han transcurrido dos semanas desde que
Izel se encontrara con Tezic en la laguna de
Masaya e iniciara su entrenamiento como
guerrera nahualli.

A pesar de su corta edad y su forma de ser


vivaracha, alberga en su interior un espíritu
indómito e inclaudicable, ha demostrado ser
una joven aguerrida y esforzada, además
una alumna muy disciplinada, pues todos los
días, antes que el alba despunte en el
horizonte, ella, en compañía de su fiel Malwi,
ha acudido puntualmente a su
adiestramiento en las artes de combate
contra lo sobrenatural, sin perder su
desbordante alegría juvenil, que la ha hecho
merecedora del aprecio de sus amigos y
amigas.

Aunque para ella le hubiese resultado más


cerca descender a la laguna por el bajadero
de Monimbó, prefirió continuar haciéndolo
por el de Cailagua, no sólo porque se lo
orientara la princesa de la Barranca, sino
porque, después del entrenamiento, puede
descansar bajo la frescura placentera que
proporciona la abundante arboleda del
malecón.

Aparte de eso, de vez en cuando, se da sus


escapaditas para pasar curioseando por la
cueva de los duendes, una cavidad pétrea
incrustada a lo alto de la pendiente oriental a
la laguna, donde antaño esos espíritus
burlones llevaban a chavalas sin casarse
que se robaban en los pueblos para que
vivieran con ellos o a niños que se
encontraban solos en los caminos para
convertirlos en duendes si no se habían
bautizado.

Por eso, cada vez que Izel llegaba a la


cueva, recordaba las historias de la gente de
los pueblos y comarcas, que decían que los
duendes eran unos enanos con la planta del
pie al revés, que andaban vestidos con
cotoncitos rojos de manta y caminaban en
fila india, siempre en grupos de cinco, que
parecían niños de 5 cinco años, pero eran ya
viejos aunque chiquititos, pues ese era el
tamaño al que llegaban, eran morenos y
aindiaditos, con el pelo corto y liso. Vivían en
los montes y salían entre las ocho y nueve de
la mañana de cualquier día. También decían
que a los duendes sólo los niños pequeños y
los mudos podían verlos, pues eran
invisibles para los ojos de los adultos.

Pero, por mucho que fuera a ese sitio, Izel


nunca logró encontrarse con uno de ellos,
pero aprovechaba la visita para poder
practicar con su báculo lo que aprendía de
Tizec, pues el interior de la cueva le ofrecía
un escenario de muy poca luz, semejante a
la oscuridad de la noche.

Sin que nadie se lo aconsejara o indicara,


ella sola se había impuesto estas prácticas
adicionales, pues cada día los
entrenamientos se iban volviendo más
intensos y tenía que dominar muy bien el uso
de los poderes mágicos de su báculo, así
como utilizarlo con maestría como arma de
combate.

Está demás decir que las largas caminatas


desde su casa hasta la laguna, sus
descensos y ascensos por el bajadero,
habían fortalecido y dado mayor agilidad a
sus músculos.

Ese día, a diferencia de los anteriores, Tezic


ya la aguardaba sobre una de las ramas del
frondoso genízaro, silbando alegres sus bien
entonadas melodías.

Al verla llegar, sin esperar ninguna señal,


adquirió de inmediato su forma humana,
sacó un báculo entre las ramas del árbol y
se puso en posición combativa, a la vez que
le decía:

— Hoy vas a combatir contra mí, así que no


me mirés como tu maestro, sino como el
peor de tus adversarios, quiero que luchés
con todas tus fuerzas y pongás en práctica
todo lo que has aprendido, tu objetivo será
derrotarme.

Un nerviosismo escalofriante recorrió todo


el cuerpo de Izel y la turbó, al punto de
sentirse insegura de poder luchar contra
Tezic, no sólo por ser su maestro en las
artes combativas, sino porque lo
consideraba un contendiente muy desigual,
pues él le llevaba demasiada ventaja tanto
por su gran experiencia como por su
habilidad guerrera.

No obstante, mantuvo la calma y disimuló su


desconcierto, con gran serenidad llevó su
mano izquierda al cabello y se quitó el
prensapelo, se acomodó su negra cabellera
en forma de moña para que no le estorbara
en la cara, convirtió el prensapelo en su
báculo y, ya con él en mano, se puso en
guardia, en espera del acecho de aquel
diestro rival.

Tezic no se hizo esperar, alzó su báculo y


saltó furioso contra Izel tratando de
arrebatar de un fuerte golpe el báculo a Izel.

Izel, de manera instintiva, alzó con ambas


manas su báculo y frenó el golpe, no
obstante el impacto la hizo tambalear, pero
no retrocedió ni lo soltó, al contrario, con un
fuerte giro del báculo respondió al ataque de
Tezic y le asestó un recio golpe sobre su
báculo, que le hizo al instante retroceder.

Empuñando el segundo nudo del báculo con


la mano izquierda, Izel invocó las destrezas
de su tona el jaguar, lanzó un grito de guerra
a la usanza náhuatl y con gran agilidad felina
saltó hacia las ramas de un árbol y se
abalanzó por los aires contra Tezic,
tomándole de sorpresa y derribándolo de un
solo estacazo.
Tezic respondió el ataque con gran pericia,
pero Izel no le daba tregua alguna, repetía
una y otra vez su estrategia de ataque felino
y dejaba caer el golpe de su báculo sobre el
de Tezic, y, en ocasiones, sobre su cuerpo.

En uno de sus ataques, Izel, al pisar suelo y


sin que Tezic se percatara, empuñó con
fuerza el primer nudo de su báculo para
invocar la destreza de su tona la serpiente,
se arrastró como todo una ofidio por el suelo
y asestó un enérgico golpe con su pie
derecho en la pierna de Tezic, quien no se
esperaba este cambio de ataque por parte
de Izel, por lo que el golpe le tomó por
sorpresa, y le hizo caer sobre sus rodillas.

A pesar de la sorpresa y su caída, Tezic


manipuló con súbita rapidez su báculo y
logró propinar un enérgico golpe sobre las
pantorrillas de Izel, haciéndola caer de
inmediato.

Ambos se incorporaron con gran prontitud


sin detener ni un instante aquel fiero
combate.

La lucha se había tornado en un combate sin


fin para ambos, ninguno cedía ni deponía su
intrepidez combativa por un mínimo
instante. Izel, que en momentos atacaba con
la furia de un jaguar y en momentos
contorsionaba todo su cuerpo igual que una
serpiente, demostraba haber adquirido una
gran pericia inclaudicable en las artes
guerreras ante aquel colosal héroe de
antaño.

Pero los rayos de sol comenzaban ya a


invadir todo aquel escenario combativo,
anunciando que ya se acercaba la hora en
que Tezic debía retomar su forma de
cenzontle, y, sin más remedio, se vio
obligado a alzar su báculo en señal de
tregua e invitó a Izel a sentarse sobre la roca
volcánica.

— Pronto será luna llena —le dijo con voz


entrecortada por el cansancio— y ella
marcará el inicio de tus luchas contra las
fuerzas de las tinieblas. Hoy me has y te has
demostrado lo buena discípula que sos y te
has comportado a la altura de toda una gran
guerrera, pero quiero que recordés siempre
que, en todo combate, tenés que ser rápida
como el trueno y veloz como el relámpago,
atacar y retirarte antes que tu oponente
pueda escucharte y le dé tiempo para
pestañear.

— Por eso —agregó— es necesario


intensificar más tu entrenamiento, pues
hasta el momento has entrenado con la luz
del alba, pero la realidad de tu lucha contra
el inframundo va a ser que la mayoría de tus
combates serán bajo el manto oscuro de la
noche, así que, a partir de hoy, tendrás que
bajar a la laguna por la noche, pero no
podrás usar la luz de tu báculo, sino que te
tendrás que guiar por tu instinto de
guerrera.

— ¿Y a qué hora se supone debo venir de


ahora en adelante? —preguntó Izel.

— A partir de hoy —respondió Tezic— tus


entrenamientos serán desde la medianoche
hasta que salga el sol.

— ¿Y cree —dijo Izel— que estaré lista para


poder combatir a los espíritus de la noche?

— Eso espero, Izel —le contestó


suspirando— eso espero, pero no son los
espíritus los que más me preocupan, sino su
líder, tu principal enemigo.
— ¿Y sabe quién es? —preguntó Izel.

— Se llama Sammael —contestó Tezic—


quien habiendo invocado a la bruja del
volcán, Chalchigüegüe, ha recibido, por
parte de ella, entrenamiento como un
tlacatecólotl.

— ¿Y eso qué es? — confundida preguntó


Izel.

— Es un brujo del mal —contestó Tezic— un


brujo que usa todo su poder para hacer daño
a las demás personas, pero Sammael, en
lugar de actuar solo, ha ido más allá de sus
facultades y ha logrado aliarse con las
fuerzas del inframundo y recibido como
cadejo protector al cadejo negro, el que le
acompaña siempre. Y, al igual que vos,
Chalchigüegüe le hará entrega de un báculo
de poder para que pueda gobernar a los
espíritus de la noche.

— ¿Y por qué mejor no combato de una sola


vez contra él? —preguntó Izel.

— Lo mismo quisiera él —le dijo Tezic— pero


lo sobrenatural no es algo que los mortales
puedan controlar y dominar. Así que…
paciencia, Izel… ya llegará ese día, antes
tendrás enfrentarte a sus aliados para poder
debilitar sus fuerzas y destruir sus planes
malévolos.

— ¿Por qué dice que él quisiera combatir


conmigo? —inquieta preguntó Izel.

— Porque Sammael sabe de tu existencia,


pero no quien sos —le contestó Tezic— y
también sabe que sos la única que puede
interponerse en el logro de sus propósitos
siniestros, pero pronto le será revelada tu
identidad… en la próxima luna llena, Izel.

— Pero, bueno —reaccionó Tezic— hay que


terminar el entrenamiento de hoy, ya el sol
está por salir totalmente y pronto volveré a
ser un cenzontle.

Con un ademán de sus manos le pidió el


báculo a Izel y continuó:

— Ya te había hablado que tu báculo tiene


cinco nudos, ¿verdad?, pero no te había
dicho para qué te sirve el quinto nudo, pues,
bien, este nudo convierte tu báculo en tres
tipos de armas… pero para poderlas invocar
no sólo tendrás que apretar el nudo sino
también girarlo… girando una vez hacia la
izquierda tendrás una lanza; dos veces, un
sable, y tres, una araña.

— La lanza, Izel —agregó— tiene la


particularidad que podés dispararla como si
fuese una flecha, sólo tenés que apretar de
nuevo el nudo y ya, lo bueno de esta arma es
que, al lanzar la punta, una nueva aparece,
lo que significa que no tenés que
preocuparte por perderla, sino por afinar tu
puntería para clavarla directo en el pecho
del espíritu contra el cual estés
combatiendo… ¿te queda claro?

— Si… si… eso es pan comido… con mis


amigos y amigas cuando jugamos beisbol yo
hago de pitcher y también, a menudo,
practicamos tiro al blanco, así que no se me
va hacer difícil.

— ¡Cuidado, Izel! —señaló Tezic— cuando


digo buena puntería es tanto de día como de
noche, en la luz como en la oscuridad, en
movimiento o quieta, así que no te apresurés
a darlo por hecho, tenés que practicar y
mucho.
— Está bien… está bien… lo que usted diga
— apurada contestó Izel.

— Bien —prosiguió Tezic— las otras dos


armas me interesa que las dominés con
mucha destreza, porque no creás que con
clavar la lanza en el pecho a un espíritu…
basta… no… muchas veces sólo quedará
aturdido, y un espíritu… Izel… y que te
quede bien claro… puede recuperar de
nuevo su energía.

— ¿Entonces…? —objetó Izel.

— Entonces… eso quiere decir —enfatizó


Tezic— que tendrás que decapitarlo con el
sable y extraerle su teyolia con la araña…
sólo así podrás estar segura que acabaste
con él, que le hiciste volver al noveno piso
del inframundo, al Migtan, al reino de los
muertos.

— ¿Y no hay otra forma? —con inquietud


preguntó Izel— es que el sólo imaginármelo
se me eriza la piel.

— No la hay —confirmó Tezic— además,


recordá que los espíritus no están solos,
tienen a Sammael como líder y a
Chalchigüegüe como protectora, y a eso
agregale su afán por retornar al mundo de
los vivos.

Izel quedó callada y pensativa por unos


instantes, estaba consciente que no era
tarea fácil la que iba a emprender, y, a su
corta edad, no dejaba de sentir un poco de
miedo por su suerte.

Volvió a ver a Malwi y, acariciándole su


pelaje, le dijo:

— Sé, amigo, que vos no me vas a


abandonar en esta aventura, que vas a
luchar a mi lado y que me vas a cuidar y
proteger siempre, pero me da un poco de
nervios pensar en todo eso.

— Te entiendo, Izel —se apresuró a decir


Tezic— pero no sólo Malwi va estar con vos,
yo también voy a estar, y también vas a
contar con el apoyo y la guía de tu
monéxico... pero algo muy importante que
tenés que recordar es que sos la protegida
de los dioses de nuestros ancestros.
— Lo sé —dijo Izel— lo sé… y… no crea… en
cierta manera eso me da valor y fuerzas
para seguir adelante.

— Bueno… sigamos —apresuró Tezic— sólo


una última indicación… girando el nudo tres
veces hacia la derecha le darás a tu báculo
el poder de lanzar rayos, que en realidad no
son rayos, sino energía pura concentrada.

— Tanto así… —afirmó asombrada Izel.

— Así es —dijo Tezic— pero para lanzar esta


energía deberás apretar el nudo con ambas
manos, la derecha sobre la izquierda, y sólo
debés usar este poder en casos muy, pero
muy extremos, y con mucha sensatez y
prudencia, ya que el usarlo te va a dejar
exhausta y casi indefensa… porque lo que
vas a lanzar, en realidad, será parte de la
fuerza y la energía de tu teyolia y la de tus
tona… en pocas palabras… si no lográs
derribar a tu oponente en el primer intento,
este te podría vencer sin mucha dificultad.

— Entonces mejor no lo uso —se apresuró a


decir Izel.
— Oí bien —le dijo Tezic— te dije sólo en
casos extremos… nada más…

— ¿Y cómo voy a saber cuándo va a ser un


caso extremo? —objetó Izel.

— Tus destrezas, prudencia y sabiduría


guerrera sabrán indicarte el momento
adecuado y necesario —le advirtió Tezic.

— Y ahora me voy —agregó— ya es hora de


retomar mi forma de cenzontle.

Izel se levantó… tomó su báculo… y se


despidió de Tezic con una inclinación de
cabeza y extendiendo sus brazos hacia
adelante con las manos entrelazadas, a la
vez que le decía:

— Bueno, nos vemos hasta la medianoche.

Pero a Tezic no le dio tiempo de


responderle, ya había retomado su figura de
cenzontle y se perdió entre las ramas del
viejo genízaro.

Izel redujo su báculo a la forma de


prensapelo, recogió su negra cabellera, se
hizo el remedo de una cola y se lo colocó.
Le hizo señas a Malwi con la mano derecha
para que se fueran, y ambos comenzaron su
ascenso por el bajadero de Cailagua, directo
a la casa de los abuelos, pues ese día su
entrenamiento había sido más intenso que
en días anteriores y sentía la necesidad de
descansar, pues tenía que estar lista para la
medianoche.

Izel ya no frecuentaba como antes a sus


amigas y amigos, se había concentrado más
en su entrenamiento y en practicar con
Malwi algunas tácticas de combate sin
báculo, se había alejado de su vida social, y
tenía buen rato que las fiestas habían dejado
de ser su distracción favorita, por eso, para
ella, los días transcurrían sin mucha
novedad.

Eran las 11 de la noche, cuando Izel y Malwi,


bajo el frío y las penumbras, se dirigieron a
la laguna para encontrarse nuevamente con
Tezic y continuar con el entrenamiento de
ese día.

Comenzaban a descender por el bajadero de


Cailagua, cuando Izel sintió de pronto un
fuerte empujón, fue con tanta fuerza que
casi pierde el equilibrio y se precipita por el
despeñadero.

No obstante, como una centella, desprendió


su báculo del cabello, lo expandió, apretó el
segundo nudo y como una felina se irguió en
estado de alerta a cualquier movimiento que
pudiera surgir entre las sombras.

Malwi, no se hizo esperar, erizó su pelaje


resplandeciente y tornó su mirada más
encendida, mostrando sus colmillos en
posición de combate.

Todo era silencio absoluto, casi sepulcral, ni


siquiera se oía silbar el viento entre las hojas
de los árboles.

Izel y Malwi se mantuvieron inmóviles y


atentos por unos instantes, poco a poco y de
manera sigilosa, comenzaron a reanudar su
marcha, a descender por el bajadero, pero
caminando de medio lado pero con la mirada
vigilante hacia todos lados.

De pronto, el estruendo de una voz irrumpió


la quietud del sendero, era una voz
gargajosa y quebrada, como la de una vieja.
— Bien hecho, Izel —le dijo la voz—

Ambos turbados ante aquella voz, se


parapetaron una al lado del otro en posición
de ataque, buscando con la mirada de dónde
provenía esa horrenda voz.

Una risa tremebunda partió grotescamente


el espacio taciturno del lugar, pero aquella
risa dantesca poco a poco se fue modulando
hasta convertirse en una risa cálida y dulce.

Izel y Malwi pronto se percataron que se


trataba de la princesa de la Barranca, quien
comenzó a manifestar su presencia en
medio de un resplandor de luna.

— Bien hecho, Izel —volvió a decir— así


tenés que ser, andar siempre alerta
dondequiera que vayás, más si andás de
noche, esa será tu mejor estrategia para que
ningún espíritu de la noche te pueda
sorprender ni aventajar.

— Y hoy, Izel —agregó— tu entrenamiento


nocturno va a ser conmigo, Tezic sólo va a
observar y valorar tu táctica de combate.
Bajá hasta la laguna, allí te voy a estar
esperando.
Izel y Malwi bajaron tan rápido como
pudieron, cuando llegaron a la orilla de la
laguna miraron a la princesa que ya la
estaba aguardando, portando en su mano
también un báculo.

La princesa hizo de señas a Malwi se retirara


de la escena de combate. Malwi obedeció y
se fue a echar debajo de un árbol, con su
mirada centellante para no perder detalle
alguno, como todo un atento espectador.

— Esta lucha —le dijo a Izel— será una lucha


al estilo inframundo, usando todo poder
sobrenatural posible, pero no pensés que
vas a estar en desventaja, porque vos
también los poseés, sólo que tendrás que
descubrirlos.

— Conmigo, Izel —prosiguió— no hay


instrucciones, las instrucciones ya te las ha
dado Tezic, así que… ¡En guardia!

El resplandor que envolvía a la princesa se


desvaneció, el pelaje de Malwi se tornó
opaco, todo era oscuridad, excepto por la
luz tenue de la luna que flameaba a lo alto.
La princesa e Izel parecían dos figuras
salidas de la peor pesadilla, gritando con
furia entre ataques súbitos e impredecibles,
como si quisieran destruirse la una a la otra.

Izel, sin poder manifestar su asombro, se


había percatado que el báculo también le
concedía el don de levitar y desplazarse en
el aire, lo que le permitía dar persecución a
la princesa con sus ataques, como persigue
un depredador a su presa.

Pero ninguna de las dos se daba tregua,


ninguna de las dos daba muestras de
cansancio ni de miedo, ninguna de las dos
abrigaba la intención de claudicar en aquel
combate.

Era un combate de titanes.

Y las horas fueron transcurriendo, ambas


seguían combatiendo, el alba comenzaba a
despuntar, y ambas se habían olvidado de
invocar el espíritu de Tezic.

Izel reaccionó y se percató del tiempo, sin


dejar de combatir, silbó tres veces y la figura
aguerrida de Tezic surgió sobre la roca
volcánica.
— ¡Basta ya! —gritó Tezic.

Y las dos mujeres, al instante, alzaron sus


báculos en señal de tregua y se dirigieron
hacia donde estaba Tezic.

— No había conocido una oponente tan


persistente como vos —exclamó la princesa.

— Lo mismo me pasó a mí —exteriorizó


Tezic.

— He tenido un buen maestro —dijo Izel— y


a él le debo todo lo que sé.

Malwi comenzó a ladrar en forma de


protesta.

— Bueno… —agregó Izel, dirigiendo su


mirada hacia su fiel amigo y sonriendo a la
vez— también he tenido tu ayuda Malwi…

— Malwi —dijo Izel dirigiéndose a la princesa


y a Tezic— me ha apoyado mucho en mis
prácticas después de cada entrenamiento.

Los tres sonrieron de complacencia,


mientras Malwi ladraba de contento como
todo un cachorro. Tezic colocó sus fuertes
brazos sobre los hombros de ambas
guerreras y las encaminó hacia el árbol de
genízaro, donde se sentaron y se pusieron a
comentar sobre las estrategias de lucha que
Izel debería de seguir para salir ilesa en sus
enfrentamientos contra el inframundo.

Malwi, como gran invitado silencioso a la


reunión, también se había tendido junto al
imponente árbol, pero en medio de los tres,
con su mirada atenta a lo que allí se estaba
tratando.

Pero el tiempo inexorable no se detuvo,


siguió su implacable marcha, y la hora en
que todos tenían que partir llegó de manera
inevitable.

Los primeros rayos de sol habían puesto fin


a la reunión.
El Retorno
La noche había descendido plácidamente
sobre el poblado de Nindirí y la luna,
incrustada en el firmamento, alumbraba
como una gran farola suspendida en la nada,
era una noche plateada de luna llena del mes
de diciembre.

Sammael, en compañía de su fiel Azazel,


estaba sentado sobre una piedra a la orilla
de un pequeño árbol que se encontraba en
el porche de su casa, con su mirada
penetrante puesta en el vacío, aguardaba el
momento de partir nuevamente hacia la cima
del volcán Masaya, donde se reencontraría
con Chalchigüegüe, pues ese día se cumplía
el plazo de las nueve lunas llenas que la
bruja le había impuesto y culminaba su
entrenamiento en las ciencias ocultas de la
oscuridad.

Para Sammael, era un día muy especial,


pues era el día en que sus sueños de
retornar el imperio de la oscuridad sobre la
faz de la tierra se harían realidad.
En su mente mascullaba le idea que era una
distinción bien merecida, pues se había
esforzado mucho para alcanzar su categoría
de brujo, para convertirse en todo un
tlacatecólotl, y estaba dispuesto a utilizar
todos sus poderes para instaurar el reino de
las tinieblas, sin importar a cuántos o a
quiénes dañaría con sus ambiciones de
poder.

Sammael sentía que estaba más que listo


para volverse inmortal, pues ahora tenía
más fuerzas y preparación que nunca para
llevar a cabo su cometido.

Antes de las 11 de la noche, junto con su


guardián Azazel, Sammael se enrumbó a su
cita con Chalchigüegüe en la cima del
volcán, sólo que esta vez el encuentro no
sería en las profundidades de la cueva
Tzinancostoc, sino al pie de la Cruz de
Bobadilla, pues, durante su entrenamiento,
había recibido instrucciones de alzar un
teocal en ese sitio, o sea, un altar sobre el
cual poder invocar y ofrecer, en el futuro, el
sacrificio de las siete doncella prometidas a
la bruja del volcán como parte de su pacto
infernal.
Era la medianoche, cuando Sammael llegó al
sitio indicado vestido todo de negro y su
cabeza cubierta por una capucha del mismo
color, sólo se distinguía el brillo de sus ojos
letales.

Sin perder tiempo alguno, alzó sus brazos en


cruz en dirección al cráter del volcán, desde
donde emanaba el magma, esa masa ígnea
fulminante como el fuego que arde en las
profundidades del infierno.

Alzó su rostro y nuevamente volvió a


pronunciar el mismo ritual de hacía meses
atrás:

“En el nombre de las fuerzas de la


Tinieblas que se viertan sobre mí su
poder infernal y abran de par en par las
puertas del Infierno para que salga de
su abismo el espíritu de Chalchigüegüe.

Por todos los dioses del Averno


concededme las complacencias de las
que hablo y que todo lo que diga suceda
conforme mis deseos, pues ya he
preparado el lugar para vos y no hay
nada bendecido ni signos religiosos en
él, mi alma se halla completamente libre
de espíritu divino y está dispuesta a
pactar con vos Chalchigüegüe, pues
quiero invocar con toda mi voluntad a
los espíritus de la noche, sin mandatos
ni imposición de nadie”.

Y lo volvió a repetir siete veces, igual que la


primera vez, elevando su voz cada vez que lo
hacía.

El eco de su voz estremecía el silencio de la


noche y se estrellaba contra las paredes
rocosas del cráter, había llegado el
momento del reencuentro, la hora de invocar
el espíritu de la bruja y gritó con todas sus
fuerzas:

¡Oh, poderosa Chalchigüegüe,


presentate nuevamente ante mi
presencia!

Y de las profundidades del cráter, en medio


de una densa nube de fuego que centellaba
relámpagos estrepitosos que desgarraban la
quietud del lugar, emergió Chalchigüegüe,
quien con voz estruendosa preguntó a
Sammael:
— ¿Has venido a sellar el pacto con tu
sangre?

— Así es —contestó con firmeza Sammael—


hoy se cumplen las nueve lunas llenas, tal y
como habíamos acordado.

Chalchigüegüe farfulló frases arcanas de


poder y conjuró un hechizo, para sacar, de
entre la nube, un báculo verdinegro que
tenía en su parte superior la figura de dos
perros viendo en direcciones opuestas, lo
tiró a los pies de Sammael, y de la nada
sustrajo una daga de pedernal que lanzó
sobre el báculo, clavándolo en medio de la
figura y le ordenó en el acto:

— Derramá sobre la figura de los dos perros


nueve gotas de sangre de tu brazo izquierdo
para que el pacto sea sellado.

Sammael, muy decidido, procedió a cumplir


lo que le ordenaba Chalchigüegüe, tomó la
daga y de un movimiento certero se hizo una
herida en la muñeca de su brazo izquierdo,
vertiendo nueve gotas de sangre sobre
aquel báculo.
Sin inmutar su rostro, Sammael observaba
atento como las gotas de sangre penetraban
una a una dentro del madero del báculo,
como una danza mágica incesante que
anunciaba que ya no había marcha atrás,
que la suerte había sido echada.

Los días de aprendiz a brujo ya eran cosa


del pasado para Sammael, pues pasaba a
formar parte de la aristocracia de las
tinieblas, se estaba convirtiendo en el señor
de los espíritus de la noche.

Al terminar de verter las nueve gotas de


sangre, Azazel se aproximó al báculo, lo
tomó entre sus dientes y se lo entregó a
Sammael.

— Este báculo sellado, Sammael —dijo


Chalchigüegüe— es tu fuente de poder, te
permitirá desaparecer, volar o realizar
maleficios, según las circunstancias en que
te encontrés, también es tu cetro con el que
dirigirás a tus súbditos de las tinieblas.

Por un instante, Chalchigüegüe guardó


silencio, flotando serena e imperturbable,
inclinó su cuerpo hacia las profundidades
del cráter como pretendiendo recoger un
objeto del vacío, hizo algunos movimientos
circulares con sus manos y, de manera
súbita, alzó sus brazos hacia el firmamento,
arrastrando tras de sí una columna de vapor
sulfuroso que emanó de la caldera ardiente
del volcán… una figura espectral, larga y
enjuta, salió de ella, cubierto con un gabán
negro que le cubría todo el cuerpo hasta los
pies, y, en la cabeza, un ancho y fino
sombrero negro.

— Él es Chico Largo —le dijo a Sammael— él


será tu tepoli en esta batalla…

— ¿Mi qué…? —atinó a responder Sammael.

— Tu mensajero —le indicó Chalchigüegüe—


él se encargará de llevar tus órdenes a los
espíritus de la noche y también te ayudará a
reclutar seguidores para tu propósito, para
ello contará con la ayuda de los siete
negritos.

— Y… ¿cómo será eso del reclutamiento? —


preguntó Sammael.

— Comprándoles su teyolia a través de un


pacto satánico —contestó Chalchigüegüe.
Dicho esto, saltaron de la columna de vapor
siete hombrecitos negros bien formados, de
menos de un pie de estatura. Los
hombrecitos se colocaron alrededor de
Chico Largo y dieron un giro completo hacia
la izquierda, convirtiéndose todos en siete
gatos negros, que maullaban y retozaban
sobre las pantorrillas de Chico Largo.

Sammael contemplaba la escena esbozando


en su rostro una sonrisa de satisfacción
malévola, pues eran sus primeros súbditos,
con quienes iniciaría su ascenso hacia la
instauración del reino de las tinieblas, sus
aspiraciones se estaban concretizando al
fin.

Chalchigüegüe volvió a inclinar su cuerpo


hacia las profundidades, señaló con el dedo
índice de su mano derecha aquel lago de
lava ardiente y comenzó a girar la mano
hacia la izquierda, la lava poco a poco
comenzó a girar y a girar y a girar, hasta
formar un vertiginoso remolino, una especie
de embudo que dejaba al descubierto las
entrañas de la tierra, los dominios del
averno, había abierto un portal hacia el
Migtan… un portal hacia el inframundo…
Se dirigió a Sammael y le dijo:

— El portal al Migtan está abierto… y se te


concede la potestad a invocar nueve fuerzas
espectrales a tu voluntad… de vos depende
ahora que hayás sabido escoger bien a tus
guerreros de las tinieblas… porque ellos
serán tu ejército de combate de ahora en
adelante… y, una vez convocados, no tenés
opción a cambiar ninguno de ellos.

— Si ya elegiste y te sentís listo —agregó


Chalchigüegüe— podés comenzar a
invocarlos…

Sammael alzó sus brazos y, con voz fuerte e


imperativa, dijo:

“Dondequiera que moren, vivan o anden


penando, yo los invoco espíritus de la
oscuridad a dejar su confinamiento en
las regiones del inframundo, para que
juntos instauremos el reino de las
tinieblas, el que habrá de dominar los
cuatro rumbos de las tierras de los
vivos hasta los nueve planos de las
regiones de los muertos.
Que mi poderosa voz atraviese la
quietud del aire y cabalgue los pozos
más profundos del inframundo para que
puedan oírme espíritus siniestros de la
noche. Los llamo para que me sirvan y
destruyan a aquél que se oponga a mi
voluntad. Muévanse y aparezcan.
Preséntense ante mí. Restauren su
poder y su dominio infernal que les fue
arrebatado y que la energía de las
tinieblas vuelva a entrar a sus cuerpos
inmateriales.

En el nombre de Chalchigüegüe les


ordeno fuerzas de la oscuridad me
concedan su poder infernal, las puertas
del inframundo ya están abiertas de par
en par. Salgan del abismo a
reconocerme como su líder. Avancen y
respondan a sus nombres para poner
de manifiesto mis deseos.”

Una espesa y oscura niebla cubrió toda la


cima del volcán, todo estaba cubierto de
negro, era como una inmensa sombra que
había tomado vida y se había posesionado
de todo el espacio, Sammael sólo podía
vislumbrar el resplandor del fuego de la lava
ardiente que flotaba en medio del remolino,
como indicando la salida del portal.

Sammael, sin inmutarse, prosiguió con su


conjuro:

— ¡Gamonales, muéstrense ante mí!

Y siete jinetes altos y fornidos, todos sin


rostro pero embozados con una pañoleta
negra, salieron entre la tiniebla del lugar,
venían lujosamente vestidos de negro, con
una capa negra que les cubría todo el dorso
y llevando en sus manos un látigo. Los siete
venían montados en sendos caballos negros
de raza pura, quienes, con sus patas
delanteras levantadas, relinchaban llenos de
furia, mientras sus jinetes agitaban al aire
aquellos látigos infernales que chispeaban a
fuego y desolación.

Los siete jinetes se situaron formando una


barrera infranqueable a la par de Sammael,
quien continuó con su conjuro.

— ¡Cegua, mostrate ante mí!

Y una mujer desnuda con una espantosa


cara como de caballo, con cabello charaludo
y desordenado como una mata de crin de
caballo, sus ojos encendidos y sus dientes
parecidos a granos de maíz como si
anduviera un pedazo de mazorca en la boca,
surgió de la profundidad del cráter,
lanzando un fúnebre silbido agudo, diríase
más bien un espeluznante chillido.

Sammael hizo de señas a la Cegua se callara


y se colocara a la par de los Gamonales para
poder continuar:

— ¡Zizimicos, muéstrense ante mí!

Y dos enormes animales, semejantes a


monos pero con cara de hombre, con
cuerpos velludos y resplandecientes, los
ojos rojos como llamas y una cola larga,
emergieron de la niebla.

Con su andar de primate, se acomodaron


junto a la Cegua, mientras Sammael
proseguía con el conjuro:

— ¡Carreta Nahua, mostrate ante mí!

Y una carreta rústica halada por dos bueyes


flacos con las costillas casi de fuera y
conducida por el esqueleto de una persona
alta, flaca y encapuchada, salió entre la
niebla, alumbrándose con un candil que
apenas colgaba en uno de sus postes.

Produciendo un chirrido desagradable con


sus ruedas desengrasadas, la Carreta
Nahua se ubicó detrás de los Gamonales.

Sammael siguió:

— ¡Arrechavala, mostrate ante mí!

Y un hombre alto de porte español, con un


perfil muy simpático, vestido de militar con
una capa azul turquí sobre sus hombros,
montado sobre un corcel blanco y con un
látigo en su mano derecha, surgió de las
tinieblas, era el espíritu del Coronel Joaquín
Arrechavala, quien con su hermoso corcel
se ubicó a la par de los Gamonales.

Nuevamente se escuchó la voz de Sammael:

— ¡Taconuda, mostrate ante mí!

Y una mujer joven de más de dos metros de


estatura, delgada y con el cabello hasta la
pantorrilla adornado con un cintillo dorado
sobre su cabeza, surgió en medio de aquella
oscuridad, llevaba puesto zapatos de
tacones altos y un vestido blanco con una
chalina negra sobre sus hombros, su cara
era seca, sus ojos hundidos, sus labios
risueños pronunciados y pintados de rojo, y
su busto respingado.

Con paso apresurado se colocó a la par de


la Cegua, haciéndole de señas a Sammael
que podía continuar.

— ¡Chancha Bruja —gritó Sammael—


mostrate ante mí!

Y la figura negra de una chancha de gran


tamaño, agresiva y fuerte, asomó entre la
niebla, trotando en el aire y emitiendo
fuertes y embramados gruñidos, llevaba el
cuerpo todo embadurnado de lodo podrido.

La Chancha, sacudiendo todo su grasiento


cuerpo, se fue a colocar junto a los
Zizimicos.

Sammael prosiguió con su conjuro:

— ¡Cacaste, mostrate ante mí!


Y el esqueleto de un inmenso toro fornido de
siniestra fosforescencia, emergió entre la
niebla, con su cuerpo espumareado de
gusanos y embistiendo con furia, lanzaba un
mugido hueco y tétrico capaz de amedrentar
a cualquier mortal.

Sammael se apresuró a hacer un último


llamado:

— ¡Texoxes, muéstrense ante mí!

Y los espíritus de siete brujos con el poder


de convertirse en cualquier fiera
depredadora, salieron del portal, quienes
haciendo un ademán con sus manos se
convirtieron en siete perros furiosos de
largos y puntudos colmillos capaces de
desgarrar y devorar en un santiamén a
cualquier mortal que se le pusiera en frente.

Una vez que las nueve fuerzas infernales


hubiesen hecho su aparición, Sammael
terminó su conjuro diciendo:

He invocado la presencia de ustedes en


este plano de la vida, para que se
postren ante mí y me reconozcan como
su líder excelso y soberano, y formen
parte de mi ejército de la oscuridad
para que se vean satisfechas mis
aspiraciones y voluntad para abrir y
cimentar todos aquellos caminos que
conduzcan a erguir el gobierno del
reino de las tinieblas en estas tierras.

Les ordeno desplazarse por todo el


territorio, tanto en el oriente como en el
norte, en el poniente como en el sur, y
regresen a sus puntos de origen
terrenal, donde deberán recuperar su
dominio como agüizotes ancestrales.
En su momento les comunicaré, a
través de mi tepoli, el inicio de esta
gran rebelión del inframundo.

Al instante, toda una marabunta de sonidos,


desde relinchos de caballos y ladridos de
perros furiosos, hasta gruñidos de chancha,
chillidos de cegua, crujir de huesos y ruedas
desengrasadas, mugidos de toro,
carcajadas siniestras y aullidos de monos
irrumpieron aquel escenario infernal. Poco a
poco, cada uno de los espíritus se fueron
desvaneciendo, como si se los tragara el
vació.
La cima del volcán quedó casi desértica
nuevamente, únicamente quedaba el reflejo
de las ráfagas de fuego esparcidas en la
niebla y las presencias de Chalchigüegüe,
Sammael, Azazel, Chico Largo y sus siete
negritos.

Pasado unos minutos aquella densa niebla


comenzó a disiparse y el remolino del portal,
girando como una espiral de fuego en
reversa, se fue cerrando lentamente hasta
quedar como una pequeña laguneta de
magma incandescente.

Una vez cerrado el portal, únicamente


silencio y expectación flotaban en el lugar.

Sammael aprovechó el instante para


dirigirse a Chalchigüegüe y decirle:

— Oh, poderosa Chalchigüegüe, gracias por


concederme el don de ser amo y señor de
estos agüizotes, pero, como parte de
nuestro pacto, te pido también tu protección
y ayuda para lograr que ellos me obedezcan
fielmente para alcanzar con éxito mi
cometido.
— Sammael —le contestó Chalchigüegüe—
contás con mi protección y ayuda, pero no
todo depende de eso, es tu lucha y vos sos
su líder, la responsabilidad es tuya, pero…
cuidado... no te olvidés que existe una joven
capaz de acabar con tus planes, su nombre
es Izel, quien, a estas alturas, ya se habrá
convertido en toda una guerrera protegida
por los dioses de tus ancestros.

— Tené mucho cuidado —le repitió


Chalchigüegüe— en todo lo que vayás hacer
y cómo lo vas hacer, tenés que ser muy
astuto en el uso de tus fuerzas infernales,
porque, aunque quisiera, no puedo
intervenir en contra de ella ni protegerte de
ella, las fuerzas que la protegen son muy
poderosas.

— Y, aunque tenés a Azazel —concluyó—


como tu guardián protector, ella también
cuenta con la protección del cadejo blanco,
el enemigo mortal de tu cadejo negro.

Y dicho esto, su figura comenzó a


sumergirse y perderse en las profundidades
del cráter.
Chico Largo, quien había permanecido
callado todo ese tiempo, se acercó a
Sammael y, con gran respeto y elocuencia,
le dijo:

— Con la venia de mi señor, yo también me


retiro, pero, antes de hacerlo, quiero
patentarle mi total y absoluta disposición
para servirle y acudir con prontitud a su
llamado, en el momento que usted así
disponga. Mi Señor, tenga usted plena
seguridad que mis siete negritos y yo
estaremos siempre listos para emplear
nuestras destrezas en la consecución de sus
propósitos.

Al igual que los otros espectros, Chico Largo


y sus siete negritos desaparecieron en un
santiamén.

Sólo Sammael y Azazel quedaron como


únicos testigos de todo cuanto allí había
ocurrido.

El viento bufó con fuerzas y azotó el cuerpo


de Sammael, envolviéndolo con su manto
gélido, a pesar del grueso ropaje oscuro que
el joven brujo llevaba puesto, no teniendo
más remedio que abrazarse con sus brazos
para prodigarse un poco de calor, mientras
decía a Azazel:

— Bueno, ya tenemos que irnos, a partir de


hoy tenemos mucho que hacer, el pacto ha
sido consumado y ya no somos dueños de
nuestro destino, esta noche nos hemos
convertido en seres superiores al servicio
de las tinieblas y tenemos que planear muy
bien todos nuestros actos futuros para la
instauración de nuestro reinado, pero, sobre
todo, para deshacernos de esa molestia
llamada Izel.

Azazel movió la cola como manifiesto de


aceptación a las palabras de su amo,
mientras sus ojos brillaban con mayor
intensidad.

Ambos tomaron el camino de regreso a


Nindirí, dejando atrás la cima del volcán
como testigo mudo de aquel pacto infernal
sellado con sangre, mientras el viento
frenético borraba cualquier vestigio de
cuanto allí había sucedido.

En el horizonte sólo se entreveían las


siluetas de Sammael y Azazel que se perdían
en la lejanía.
PRELUDIO
DEL TERROR
Entre las sombras lóbregas del cementerio
de Nindirí, dos siluetas oscuras deliberan
sobre los pro y los contra de las maniobras a
seguir para emprender la batalla que les
conduciría a la restauración del codiciado
poder de las tinieblas sobre la tierra de los
vivos, se trata de Sammael y Chico Largo,
quienes sentados sobre una de las tumbas,
se dieron cita en ese lugar a las 11 de la
noche.

Frente a ellos, formando un semicírculo, se


encuentran expectantes los siete negritos y
Azazel, tal como si estuvieran viendo una
película de acción.

Sammael inspiró profundo aquel aire gélido


de la noche y lo contuvo por un momento en
sus pulmones, para luego exhalarlo con
aquella tranquilidad despejada que le
caracterizaba, como para convencerse a sí
mismo que el poder del averno le vaticinaba
excelentes augurios a las puertas de su
trascendental batalla.

Y con voz pausada, se dirigió a Chico Largo


y le dijo:

— Chico, necesito vayás a ver a todos


nuestros aliados y les digás que la hora ha
llegado, que es necesario resurjan
nuevamente en la tierra de los vivos y la
siembren de desesperación y locura, que
sientan sus patéticas vidas como un
espinazo del diablo.

— Si, mi Señor —se apresuró a contestar


Chico Largo— de inmediato partiré a cumplir
con sus orientaciones.

— Ah —agregó Sammael— decile a La


Taconuda que no quiero sus sustos de
coquetería, nada de andar agarrando a los
hombres para ponerlos locos y llevárselos a
los caminos para después abandonarlos
adormecidos y desnudos, que espero de ella
más terror y opresión en los barrios.

— No se preocupe, mi Señor —dijo Chico


Largo— que se lo diré al pie de la letra.
— Una cosa más —dijo Sammael— después
que terminés de comunicar mis órdenes a
los espíritus de la noche, quiero que enviés a
tus siete negritos en forma de gatos por toda
Masaya, quero que localicen a esa tal Izel y
averigüen todo lo que puedan sobre ella,
pero, sobre todo, quiénes son sus seres más
queridos, vamos a darle por donde más le
duela.

Sammael emitió entre sus labios fríos una


sonrisa sarcástica de odio, sonrisa que fue
correspondida por Chico Largo, como
indicando estar de acuerdo con su Señor.

Chico Largo se levantó de donde estaba


sentado y se acomodó el sombrero, estiró su
mano derecha y con un ademán de sus
largos dedos hizo de señas a sus siete
negritos para que se fueran con él, y en el
acto se desvaneció en el aire, como si
hubiese sido tragado por un vórtice negro.

Sammael acarició la melena de Azazel y en


su rostro se reflejaba la maldad aderezada
con una expresión de complacencia, se
sentía seguro salir airoso de la batalla que
había iniciado en esos momentos.
Ya habían transcurrido una semana desde la
reunión de Sammael y Chico Largo, y las
calles de Masaya, principalmente las de
Monimbó, habían sido invadidas por rumores
sobre apariciones fantasmagóricas a altas
horas de la noche que se esparcían como
pólvora en las tertulias lugareñas.

La abuela de Izel no se escapaba a esa


cotidianidad de los barrios, y, mientras
ambas preparaban el desayuno familiar,
comentaba con su nieta lo que sus vecinas le
habían contado sobre esas apariciones.

De pronto, la conversación se vio


interrumpida por un grito de “Buenas” que
se oía desde la calle, Izel se enjuagó las
manos y se las secó con un trapo de cocina,
para dirigirse a la sala a ver de quien se
trataba esa visita tan de mañana.

Al abrir la puerta, vio que era Kari, quien se


miraba muy perturbada, Izel se inquietó
mucho y sólo atinó a decir:

— Pero que te pasa, niña, que venís toda


sofocada…
— Ya te diste cuenta lo que le pasó a Javier
—se apresuró a decir Kari con la voz
entrecortada.

— No —asustada respondió de inmediato


Izel— ¿qué fue lo que le pasó?

— Fue atacado anoche por una mujer y una


chancha y está grave en el hospital —
respondió Kari.

— No te entiendo —farfulló Izel— ¿cómo que


lo atacó una mujer y una chancha?... ¿cómo
fue eso?

— Si… —contestó Kari— dice que él venía


solo, a eso de la una de la mañana, pues
venía de una fiesta, al cruzar la calle y llegar
a la otra acera, sintió un olor agradable a
perfume, volteó a ver y vio a una mujer bien
alta y bonita que le sonrió, ella dice que
estaba sentada en una grada, y él, vos
sabés, es hombre, y se le acercó, cuando
llegó donde estaba la mujer, sintió de
repente un golpe en la espalda del cuerpo de
un animal que hedía a lodo podrido, el trató
de apartarse, pero sólo logró ver que se
trataba de una chancha negra, el animal lo
atacó de nuevo y él trató de capearse, pero
dice que la mujer y la chancha comenzaron a
golpearlo y morderlo sin piedad, hasta
dejarlo sin sentido, cuando volvió en sí ya
estaba en el hospital, tiene fracturada las
costillas y un brazo, y herido todo el cuerpo
por los mordiscos, lo tienen a punta de suero
y antibióticos para que no se le infecte…

Izel, con el rostro conmocionado y la mirada


de espanto, no podía creer lo que Kari le
estaba contando.

— Esas fueron la Taconuda y la Chancha


Bruja —dijo de pronto la abuela, quien había
estado escuchando la conversación desde el
pasillo que da a la sala— te lo dije Izel y vos
no me querías creer, decías que eso eran
puros cuentos de la gente, últimamente
están sucediendo cosas muy extrañas aquí
en el barrio, los demonios están haciendo de
las suyas otra vez.

La abuela inmediatamente se santiguó y sólo


atinó a agregar:

— Que Dios nos ampare y nos proteja, estas


son cosas del diablo.
Un sentimiento de angustia se apoderó del
alma de Izel y le constriñó el estómago, pues
no estaba ajena del peligro que acechaba en
la ciudad; una inquietante alarma comenzó a
torturar su mente, sabía que el momento
había llegado y que lo que le había pasado a
Javier era sólo una señal de advertencia
para ella.

La voz de Kari la sacó de aquella zozobra


que le oprimía el pecho.

— Izel —dijo Kari— me podés prestar el


servicio... es que me ando reventando de las
ganas de orinar.

— Andá, hija —se apresuró a decir la


abuela— que estás en tu casa.

Izel aprovechó el momento para poder


dirigirse a su abuela.

— Mita —dijo Izel— me voy a ir con Kari al


hospital a ver cómo está Javier y qué puedo
hacer por él, no sé a qué hora venga, porque
después que salga del hospital voy hacerme
cargo de este asunto, hay que parar en
treinta a esas criaturas infernales.
— Si, si, m’hija —contestó la abuela— te
entiendo, pero ándate con mucho cuidado y
cualquier cosa que pase, por favor, no dejés
de avisarme, que me quedo toda angustiada.

— Tranquila, abuela —dijo Izel tratando de


calmar a su abuela quien ya estaba toda
nerviosa por lo que había comprendido
estaba pasando— todo va a salir bien, y yo
voy a regresar bien, okei…

En esos momentos regresó Kari a la sala,


secándose las manos en el pantalón.

— Vámonos, Kari —le dijo Izel— que Javier


nos necesita, aunque sea para darle ánimo.

— Si, si, vámonos —respondió Kari.

Izel volvió la mirada hacia donde se


encontraba Malwi, quien ya se había
incorporado sobre sus patas, y, mientras se
acomodaba el prensapelo de su báculo en el
cabello, se le acercó a su oreja y le dijo:

— Vamos, Malwi, que vos y yo tenemos


mucho qué hacer después que salgamos del
hospital.
Al llegar al hospital, Izel le dijo a Kari que se
adelantara mientras ella miraba donde dejar
a Malwi. Al irse su amiga, ella se puso en
cuclillas, acarició con las dos manos la
cabeza de Malwi y le dijo al oído:

— Mientras estoy en el hospital, vos andate a


la laguna y buscá a Tezic, decile que la
batalla contra los espíritus del inframundo
ha iniciado y necesito le diga a la princesa
nos reunamos al caer la tarde en la cueva de
los duendes, después te venís para acá y me
esperás en la entrada.

Malwi asintió con la cabeza y dos ladridos, y


se fue a cumplir con lo que le había
encomendado su ama.

Cuando Izel llegó a la entrada del hospital,


se encontró con que guarda de seguridad,
con una actitud indolente y grotesca, no
dejaba entrar a nadie, incluyendo a Kari,
entonces… pronunció mentalmente su
arcano conjuro de poder ofidio y fijó sus ojos
en la mirada del guarda, quien, ante el
asombro y protesta de las demás personas,
de manera inesperada llamó a las dos
muchachas y las dejó entrar.
Ya adentro, se dirigieron donde se
encontraba Javier, lo saludaron con una
suave caricia en sus cabellos y un beso en la
frente en señal de su apoyo fraternal, y le
dijeron a su mamá, quien lo estaba
cuidando, que se fuera a descansar y que no
se preocupara, que ellas velarían por él todo
el día.

A eso de las 4 de la tarde, Izel le dijo a Kari


que tenía que irse, pues tenía un
compromiso que no podía posponer ni
eludir, y se despidió de Javier con una
sonrisa y un beso en la mejilla.

Al salir del hospital, ya estaba Malwi


esperándola en la entrada y juntos se fueron
a su cita con la princesa y Tezic.

Ya en la cueva de los duendes, les puso al


tanto de lo que le había ocurrido a su amigo
y lo que ella pensaba estaba sucediendo. La
princesa le escuchó atentamente y le dijo:

— Tenés razón, Izel, la batalla contra las


fuerzas siniestras de la noche ha comenzado
y lo que le pasó a tu amigo es sólo una
advertencia para vos, así que no hay tiempo
que perder, hay que aniquilar a esas
criaturas o más personas inocentes sufrirán
las consecuencias malintencionadas y
diabólicas de la codicia y ansias de poder de
Sammael y sus aliados.

— Los espíritus a los que te vas a enfrentar


hoy —agregó Tezic— no son espíritus de
mucho riesgo, pienso que Malwi y vos
podrán ocuparse de ellos sin mucha
dificultad; la forma de ataque de la
Taconuda son su chalina y cabello largo que
los usa a modo de látigo y sus uñas que las
usa como garras, la chancha bruja se limita
a golpear con su cuerpo y propinar
mordiscos.

— Pero, para mayor seguridad —dijo la


princesa— Tezic estará observando, si te
llegaras a sentir insegura o sin fuerzas para
derrotarlas, silba tres veces para que él
retome de inmediato su forma humana y
acuda a secundarte.

— Una cosa más —agregó Tezic— recuerda


que la única forma de aniquilar totalmente a
esas criaturas es decapitarlas y
desprendiéndolas de su teyolia.
— Y que no te sorprenda si ves más de una
chancha bruja —dijo la princesa— Chico
Largo ha andado reclutando almas de
mujeres mortales que, a cambio de poder y
riquezas, se unan a sus fuerzas del mal. Por
eso, antes de enfrentarlas, andá al
cementerio de Monimbó y buscá los
guacales donde han depositado su alma y
quémalos, para que no recuperen su forma
humana y podás aniquilarlas como a
cualquier criatura del inframundo.

Una vez concluida la reunión, Izel, junto con


Malwi, se dirigieron a Monimbó en busca de
los pirucas del barrio, a quienes, de
costumbre, los encontró sentados en una de
las bancas del parque Magdalena.

— Muchachos —les dijo Izel— disculpen la


pregunta, pero… ¿por casualidad no han
visto nada extraño en el cementerio por las
noches?

— ¿Cómo qué? —preguntó uno de ellos.

— No sé —contestó Izel— algo así como


gente que llega a altas horas de la noche de
forma misteriosa o a hacer algún ritual o
cosas así…
— Pues… no, Izel —le contestó el piruca—
sería mentiroso si te dijera que he visto algo
y, como vos sabés, yo no le pongo mente a
nada, yo dejo que cada quien viva su vida
con tal que no me jodan la mía.

— Bueno —dijo otro de los pirucas—


¿conocen a don Chente?

— ¿Quién es don Chente? —preguntó Izel.

— Pues el viejito que vive camino al Pochote,


el que no se mete ni anda con nadie y le
gusta hartarse su guaro solo…

— ¡Ajá!... ¡Ajá!... ¿qué pasó con él? —le


preguntó otro del grupo.

— Pues… —contestó el piruca— como él se


va al fondo del cementerio a tomar para que
nadie lo moleste, anda diciendo que a eso de
las 11 de la noche ha visto dos mujeres que
llegan vestidas todo de negro y tapadas la
cabeza con un trapo negro, y que se
detienen frente al palo de jilinjoche y ponen
dos guacales en el suelo pegados al tronco
del palo, y se ponen a rezar quién sabe qué
cosa y se dan tres vueltas para atrás y otra
tres para adelante, y echan el alma en el
guacal, y se convierten en chanchas bien
grandes, y se revuelcan en el suelo pegando
gruñidos como si estuvieran embramadas y
después se van.

— Esas deben ser alucinaciones de ese viejo


—dijo uno de ellos— claro, de tanto guaro
que se harta y solo, no le queda más remedio
que andar inventando cuentos… se las da de
Pancho Madrigal…

Todos se pusieron a reír, menos Izel que se


había quedado pensativa, sabía que, lo que
para los piruca era puro cuento de
borracho, se trataba de una macabra
realidad.

— Y… a propósito, Izel —le dijo uno de ellos,


sacándola de su ensimismamiento— ¿y para
qué querés saber esto?

— Es sólo curiosidad —se apresuró a


contestar Izel— es que estoy haciendo un
trabajo que me dejaron en la universidad
sobre leyendas y quería ver si realmente
todavía hay gente que practique esos
encantamientos.
— Ah, ya —le contestó uno de ellos—
deberías, entonces, darte una platicadita
con don Chente, tal vez niña él te pueda
decir más cosas, uno nunca sabe todo lo que
guarda en la cabeza un viejo.

— Tenés razón —dijo Izel— voy a ver si


puedo hablar con el señor ese… y gracias,
muchachos, por todo.

Izel se despidió de todos ellos, quienes,


entre risas y bromas, quedaron en su faena
habitual… tomar, charlar y estar pidiendo
dos pesos a todo aquel que pase por allí.

Esa misma noche, antes de las 11 de la


noche, Izel y Malwi entraron a escondidas al
cementerio para evitar que alguien los viera
y se parapetaron detrás de un árbol cerca
del palo de jilinjoche a esperar que las
mujeres, de las que hablaba don Chente,
aparecieran.

Media hora más tarde, dos mujeres llegaron


al lugar, colocaron sus guacales pegados al
tronco, se desnudaron y escondieron sus
ropas entre la vegetación, y comenzaron su
ritual, después de los saltos comenzaron a
decir:
“baja carne...baja carne...baja carne...”

Y mientras decían estas palabras y hacían


otras cosas misteriosas, sus cuerpos caían
como si fuera un vestido, deslizándose poco
a poco, primero se les veía el hueso del
cráneo, enseguida las cuencas de los ojos y
así hasta que quedaron en el esqueleto, en
el puro hueso, y se seguían moviendo hasta
que se transformaban en chancha.

Ya Izel sabía que en la madrugada, antes


que amaneciera, y después que cometieran
sus fechorías, ellas iban a regresar a ese
lugar, donde había dejado tirado su pellejo,
para volver a tragarse sus almas; por eso,
una vez que las dos mujeres, ya
transformadas, se habían marchado, Izel y
Malwi corrieron hacia el palo de jilinjoche y
se apresuraron a destruir los guacales.

Ya era la medianoche cuando Izel y Malwi


salieron del cementerio, tomando ambos la
calle que va hasta a la placita.

Al llegar a la placita, cruzaron la calle y


siguieron por la acera sur del Salesiano,
iban cerca de las Cuatro Esquinas, cuando
sintieron un olor intenso pero exquisito olor
a perfume de mujer.

Inmediatamente, Izel se quitó el prensapelo,


se acomodó el cabello en forma de moña y
extendió su báculo de poder. Malwi por su
parte había aumentado el brillo de su pelaje
y su mirada centelleaba a fuego encendido.

Ambos continuaron avanzando, pero ya con


mayor sigilo, a la expectativa de cualquier
movimiento o aparición fuera de orden.

De pronto, interceptando en una de las


esquinas, apareció la alta figura de la
Taconuda, con su pelo largo suelto hasta la
pantorrilla y su chalina negra en las manos.

— Hola, Izel —dijo la Taconuda con ironía—


te estaba esperando, ya te habías tardado
demasiado.

Izel masculló para sí misma el conjuro de su


tona jaguar y se puso en guardia, sujetando
su báculo en alto con las dos manos y
avanzando lentamente, con la mirada
cautelosa sin perder ningún detalle a su
alrededor. Malwi se quedó atrás, pero con la
mirada centinela, como un radar tratando
detectar cualquier movimiento siniestro en
contra de su protegida, escudriñando cada
rincón, previendo cualquier posible ataque
sorpresivo y anticiparse a cualquier ataque.

El ataque de la Taconuda no se hizo esperar,


agitando su chalina por los aires lo descargó
como un latigazo sobre la humanidad de Izel,
quien de un salto pudo esquivar el impacto
de aquel ataque.

La Taconuda, cual si fuere domadora de


circo, continuó embistiendo a Izel con una
desmesurada descarga de estruendosos
latigazos de su chalina, pero sin lograr
causar daño significativo en su adversaria.

Izel estaba tan absorta tratando de


arrebatarle la chalina a la Taconuda con su
báculo, que no se percató que de la esquina
saltó una Chancha Bruja, trotando por los
aires y embistiéndola por la espalda, lo cual
le hizo perder el equilibrio y caer de bruces
sobre el pavimento.

Malwi saltó cual saeta sobre la Chancha y


logró darle un golpe en sus costados con las
patas, cayendo la Chancha de lado,
gruñendo como gruñen los cerdos cuando
están en un matadero.

La caída de la Chancha distrajo a la


Taconuda, lo que permitió a Izel
incorporarse de inmediato y, con un
movimiento circular de su báculo, logra
arrebatarle la chalina, quien trata de
recuperarla agitando su cabellera y
flagelándola cual látigo contra Izel.

Malwi, por su parte, continuaba propinado


mordiscos y ensartando sus garras en la piel
putrefacta de la Chancha.

Dos Chanchas Brujas más se unieron a


aquella escena siniestra de violencia
sobrenatural. Una de las Chanchas buscaba
como colocarse a la par de la Taconuda y la
otra ir en auxilio de la Chancha mayor.

Izel, consciente de la disparidad que


aquellas presencias constituían para la
batalla, dio un salto diagonal por los aires,
convirtiendo su báculo en un sable y
batiéndolo en círculos, como si tratara de
una hélice mortal, y lo dejó caer con todas
sus fuerzas sobre el cuello de una de las
Chanchas, y, con un segundo salto, sobre el
cuello de la otra, mientras gritaba:

— ¡Lárguense al mundo de las sombras


adonde pertenecen!

Dos zas estremecedores surgieron de


ambos impactos de báculo, cayendo las dos
cabezas como si fueran ramas que se
quiebran de un árbol.

Por un instante, nada ocurrió en aquella


dantesca escena, sólo se sentía un gélido
silencio y una repulsiva tensión flotar en el
ambiente.

Izel reaccionó y, de inmediato, transformó su


báculo en araña y, repitiendo los mismos
saltos anteriores, de dos certeros golpes
desprendió los teyolia de las dos Chanchas
decapitadas.

De aquellos cuerpos acéfalos y sin teyolia se


desprendió un asqueroso halo negro, como
si las tinieblas estuviesen materializadas en
aquellos inmundos seres, formando un
remolino de sustancia putrefacta hasta que
aquellos enormes cuerpos se desintegraron
y desvanecieron totalmente del lugar.
El número de adversarios nuevamente se
había emparejado y la batalla reanudado. La
Taconuda, desprovista de su chalina,
utilizaba ahora su cabello como arma de
ataque, pero no se atrevía a entablar un
combate cuerpo a cuerpo contra Izel.

Izel se percató de esa fatal desventaja de su


adversaria, volvió su mirada hacia Malwi
como queriendo enviar en un mensaje
telepático una estrategia de ataque que
diera fin a la Taconuda.

Malwi, sin dejar su pertinaz ataque contra la


Chancha Bruja, comenzó a moverse en un
vaivén dinámico, en espera de la señal de
Izel.

Izel, tomó el extremo inferior de su báculo


con ambas manos, girándolo a gran
velocidad sobre su cabeza, y aprovechando
uno de los riendazos que le lanzaba la
Taconuda, interceptó con su báculo el
cabello de ésta para que los pelos se
enrollaran en él y lo jaló tenazmente, la
Taconuda por su parte, en un afán de
soltarse de aquella tortura paralizante, tiró
su cabello en sentido contrario. Malwi
aprovechó el instante dando un potente
salto entre ambas contrincantes y de un
certero mordisco cortó el cabello.

La Taconuda se fue de espalda toda


tambaleante pero sin caer, intervalo que
aprovechó Izel para saltar contra su
oponente y con el báculo, en modo sable,
decapitarla.

El cuerpo de la Taconuda se desplomó en el


pavimento e Izel, desde los aires, se lanzó
sobre el cuerpo inerte con su báculo en
modo araña y lo clavó en el pecho. La
Chancha Bruja trató de proteger a su
compañera, embistiendo con un fuerte salto
a Izel, haciéndola caer sin completar su
ataque.

Malwi, ante la posibilidad que la Taconuda


pudiera recuperar su energía sobrenatural,
saltó sobre el báculo y, palanqueándolo, le
desprendió a la Taconuda su teyolia, quien,
al instante, se evaporó de aquel campo de
batalla.

No muy lejos de allí, unas sombras


observaban aquella escena letal, eran
Sammael en compañía de Chico Largo y
Azazel.
Sammael hizo el impulso de querer
intervenir, pero la mano de Chico Largo
sobre su hombro lo detuvo.

— Mi Señor —le dijo Chico Largo— usted


tiene que aprender cuándo luchar y cuándo
no… tiene que aprender a esperar para dar
su siguiente movimiento.

— Y todavía no es tiempo, mi Señor —agregó


Chico Largo— tenga paciencia y no se
arriesgue a una derrota prematura, lo único
que puede hacer por el momento es rescatar
a la Chancha Bruja de ese degolladero.

Sammael extendió su báculo en dirección de


la Chancha Bruja y lanzó un poderoso
destello que cegó las miradas de Izel y Malwi
por unos segundos. Cuando ambos
recuperaron la normalidad de su visión, se
percataron que el espectro maltrecho de la
Chancha Bruja había desaparecido.

Izel se puso de cuclillas con la rodilla


derecha sobre el suelo, sosteniendo su
báculo como sostén, mientras Malwi se
apostaba a la par de ella, siempre vigilante,
esperando tener la certeza que nada ni
nadie iba importunar más la tranquilidad de
la noche.

Sammael, desde su punto de observación,


sólo atinó a decir:

— Maldita, Izel, éstas me las vas a pagar y


muy caro, todavía no sabés con quien te has
metido.

Y a su señal, aquel trío infernal se retiró del


lugar, igual como llegaron, sin gloria ni son.

Sólo quedaron Izel y Malwi, aún con la fatiga


de aquel rudo combate, que sólo era el inicio
de toda una travesía sobrenatural contra el
reino de las tinieblas.

Y un cenzontle bajó volando desde el


alambrado eléctrico de la calle, posándose
sobre el hombro de Izel y entonando una
dulce melodía de triunfo.
EL ATAQUE DE
LOS GAMONALES
Apenas habían transcurrido dos semanas
desde aquel diabólico combate contra la
Taconuda y las Chanchas Brujas, cuando la
tranquilidad que reinaba en el barrio
indígena de Monimbó se miraba nuevamente
perturbada por la ocurrencia de algunos
incidentes nocturnos que se habían
desatado en los últimos días.

Habían vuelto a circular murmuraciones


entre la gente sobre apariciones de
criaturas espectrales que, desde hacía
mucho tiempo, ya habían sido confinadas
únicamente a las historias fantasiosas
contadas por los viejos y las viejas del
barrio, pero que ahora se paseaban con
todo descaro a medianoche por los rincones
oscuros de sus calles.

Una de esas murmuraciones era la que doña


Maura había esparcido entre sus vecinas,
decía que uno de esos días, a eso de la
medianoche, exactamente en la punta de
plancha, allí donde se junta la calle del
arenal con el camino que va al bajadero de
Monimbó, vio, a través de una de las rendijas
de su ventana, a un joven que estaba
cuchicheando no sabía qué cosas con siete
hombres altos y recios, que estaban
montados en unos caballos negros, bien
relucientes, se miraba que eran de buena
raza. Los hombres andaban lujosamente
vestidos, todo de negro y con la cara tapada
con una pañoleta negra también, y las
cabalgaduras de sus caballos finamente
adornadas.

— ¿No será el mismo muchacho que vio la


otra noche doña Sara, la que vive por el
cementerio? —le interrumpió doña Lolita—
me contó que lo había visto acompañado de
un hombre flaco, alto, con un abrigo negro
que le cubría todo el cuerpo y además le
seguían siete gatos negros. También dice
que vio a un perro negro a la par del
muchacho, era bien grande y se miraba todo
diabólico.

— ¡Parece que ustedes nacieron ayer o es


que ahora se están haciendo las dundas! —
les dijo don Chico— que no se dan cuenta
que esos jinetes no son más que los
mismísimos Gamonales que han vuelto a sus
andanzas, esos jinetes montados que, según
nos contaba mi abuelo, llegan allí a la punta
de plancha a medianoche y, sin desmontarse
de sus caballos, se ponen a hablar entre
ellos en voz baja. Después cogen hacia
Magdalena y nadie ha podido saber ni de
dónde vienen ni para dónde agarran, es
como si los expulsara y después se los
tragara la tierra o aparecieran y
desaparecieran en el aire.

— La otra noche —agregó doña Lolita— la


Natacha, el cochoncito ese que se mantiene
bebiendo guaro en el cementerio, me contó
que se los topó cerca de Magdalena, y fue
tan tremendo el susto que se llevó, que el
guaro se le fue a la mierda, y no supo ni
cómo ni en qué momento salió disparado a
esconderse detrás de un cerco y allí se
quedó toda calladita.

— Y no era para más —dijo don Chico— si


esos demonios la hubieran agarrado, le
hubieran pegado una real pijiada con sus
látigos que hasta los perros iban aullar,
porque esos desalmados no iban a parar
hasta que la vieran totalmente inconsciente.
— ¡Que la Sangre de Cristo y la Virgencita
nos amparen —dijo doña Maura
santiguándose.

— ¿Qué querrerán ahora esos demonios? —


comentó doña Lolita.

— Al saber, niña —le contestó pensativo don


Chico— para mí esas son cosas del diablo y
lo mejor es estar en su casa que andar en las
calles a medianoche, y si, por desgracia,
alguien se los encuentra, más le vale salir
corriendo a esconderse, porque con esos
demonios es preferible aquí corrió que aquí
quedó.

— Y dejando una cosa por otra, niña —


continuó don Chico— deberías decirle a tu
chavalo que se ande con cuidado, porque al
jodido le encanta andar de vago hasta la
madrugada, y por si las moscas, que ande
siempre con un rosario o con su oración de
La Magnífica en la bolsa, nunca está demás y
no vaya a ser y le salgan esos Gamonales un
día de estos.

Y los rumores vagaban entre los pobladores


del barrio igual que el viento cuando
arrastra hojarasca en su andar, y se habían
convertido en la conversación cotidiana de
rigor entre vecinos y vecinas.

Ese día, aunque ya era costumbre sentarse


en el porche a escuchar música con sus
audífonos conectados al celular, Izel se
encontraba muy contenta porque Kari la
había llamado para contarle que a Javier ya
le habían dado de alta en el hospital, y que
ya estaba fuera de peligro de aquel fatídico
ataque recibido de parte de las criaturas
malignas de la Taconuda y la Chancha Bruja.

Izel, por su trato vivaracho y cariñoso, era


muy conocida en el barrio, todo vecino o
vecina que pasaba frente a la acera de su
casa la saludaba con un adiós o le hacían
algún comentario trivial sobre su persona.

— ¡Adiós, Izel! —pasó diciéndole la Natacha.

— ¡Adiós! —le contestó Izel.

— ¡Qué fashion te ves con esos audífonos! —


agregó la Natacha.

— Vos sólo locuras sos Natacha —contestó


Izel— de seguro ya vas al cementerio a
hartarte guaro como siempre, ahí vas a
amanecer un día de estos, toda gusaneada y
llena de hormigas sobre una tumba.

— ¡Uy, niña! —le ripostó la Natacha— que


grosera que sos diciéndome esas cosas tan
feas, en vez de desearme que me vaya bien,
que la pase bonito.

— Sólo chochadas sos, Natacha —le


contestó riéndose Izel— mejor andate…
andate… andate… a morir lejos, y dejame
aquí tranquila con mi música.

— Uy, no seas tan odiosa, niña, que se te ve


feo —le contestó la Natacha— ni que fueras
la gran cosa.

Y la Natacha prosiguió su camino,


bamboleando su cuerpo cual si fuera una
modelo de baja categoría.

Esa era la rutina nocturna de Izel, darle


bromas a los vagos y vagas del barrio que
pasaban cerca de su casa.

Aunque Izel acostumbraba acostarse


alrededor de las 11 de la noche, esa noche
tendría que acostarse más tarde, pues tenía
que esperar a su abuelo que andaba en la
vela de un amigo que había fallecido en un
accidente ese mismo día. A la par de ella,
tendido en el suelo, se encontraba
holgazaneando Malwi, y, sobre su pelaje
resplandeciente, se encontraba Tezic, en su
forma de cenzontle.

A eso de la una de la mañana, en medio de


las penumbras y el ambiente desolado de la
calle, Izel vio venir a la Natacha corriendo
como alma que persigue el diablo en
dirección a ella.

— Corré, Izel… corré —gritaba angustiada la


Natacha con voz cansada y jadeante.

— Por Dios, Natacha —le contestó asustada


Izel — ¿pero qué es lo que te pasó?

— Tu abuelo, Izel —le dijo toda angustiada la


Natacha— a tu abuelo, Izel, lo agarraron los
Gamonales en la punta de plancha y lo están
vergueando, le están dando sin piedad con
sus látigos… lo están haciendo mierda,
Izel… corré antes que lo maten.

Sin pensarla dos veces y con la velocidad de


un rayo, Izel desprendió su prensapelo del
cabello y lo convirtió en su báculo, y
apretándolo con su mano izquierda, saltó
como una felina desde el porche hasta la
calle, seguida por Malwi, quien, sacudiendo
su pelaje, se había quitado al cenzontle de
encima.

— ¿Qué pasó, Izel? —salió preguntando toda


asustada su abuela.

— Es mi abuelo, Mita, que lo están atacando


los Gamonales y tengo que ir a salvarlo —
alcanzó gritarle Izel desde la calle— ya
vengo y, por lo que más querrás, que no se
te ocurra seguirme ni moverte de la casa.

Y con la agilidad de un jaguar, corrió calle


abajo hacia la punta de plancha, Malwi
corría a la par de ella.

La abuela se quitó el rosario que colgaba en


su pecho y se puso a rezar llena de angustia
y fervor.

Tezic, en forma de cenzontle, alzó vuelo y


fue detrás de Izel.

Cuando Izel y Malwi llegaron a la punta de


plancha, vieron como la humanidad del
abuelo se retorcía de dolor, mientras los
Gamonales, implacables y despiadados, le
pegaban con sus látigos sin cesar.

— ¡Malwi! —gritó Izel—cuidá y defendé a mi


abuelo.

Izel recordó las enseñanzas de Tezic,


recordó que su mejor estrategia era llegar
como el viento y moverse como el
relámpago, para que así sus adversarios no
pudieran vencerla.

Y hecha una furia, saltó por los aires, y, de


un solo golpe de sable, derribó a uno de los
Gamonales, decapitándolo en el acto. La
cabeza había salido volando hasta el otro
lado de la calle, mientras una sustancia
gelatinosa verde musga y oscura se
esparcía sobre el pavimento.

Malwi también había saltado sobre otro de


los Gamonales, clavándole sus colmillos en
el cuello y desprendiéndole la cabeza con la
misma facilidad con que una niña le arranca
la cabeza a su muñeca.

Con la cabeza aún entre sus fauces, saltó


junto al cuerpo tendido y malherido del
abuelo, para apostarse a la par de él y evitar
que continuara el ataque de los Gamonales
contra su humanidad. Sacudió su crisma y
de un solo impulso aventó la cabeza del
Gamonal junto a la del otro decapitado.

Dos Gamonales se abalanzaron contra Izel,


logrando derribarla de dos latigazos que,
con gran precisión sincronizada, ambos
lograron descargar sobre su espalda.

Izel logró incorporarse de inmediato, y,


utilizando el báculo como eje, comenzó a
ametrallar patadas en las figuras
espectrales de sus atacantes, con la
flexibilidad latiguera del cuerpo de una
serpiente voladora.

Los otros Gamonales acudieron al auxilio de


sus compañeros, entablándose una lucha
descomunal, pero muy desigual, entre ellos
e Izel.

Malwi se movía inquieto alrededor del


cuerpo del abuelo y emitía fuertes ladridos
de impotencia al no poder ayudar y proteger
a Izel en esa fiera batalla, pero no podía
abandonar al abuelo, tenía que impedir a
toda costa que los Gamonales pudiesen
terminar con su vida, pues era evidente que
ese era su propósito con la brutal paliza que
le habían propinado.

No obstante, Izel hacía mérito de su gran


destreza como guerrera, y, con un hábil
movimiento en hélice de su báculo, logró
enrollar uno de los látigos de sus atacantes,
jalando tan fuerte, que hizo que el Gamonal
saliera volando por los aires y soltara el
látigo, Malwi, por ese instinto sobrenatural
que poseía, saltó de inmediato y de un solo
golpe atrapó el cuello de aquel espectro con
sus fauces, como quien atrapa una pelota en
un campo de beisbol, desnucándolo al
instante y desprendiéndole la cabeza por
completo, la que lanzó junto a las otras,
mientras el cuerpo se vaciaba de esa
sustancia oscura verde musga que contenía.

Los otros Gamonales, como una sola fuerza


fusionada, atacaron con mayor furia a Izel,
haciéndola retroceder, pues apenas lograba
contrarrestar el ataque conjunto de sus
contrincantes.

Izel cayó al suelo, los Gamonales quisieron


aprovechar el momento y empezaron a
enviar latigazos en todas direcciones contra
su cuerpo. Sin embargo, con gran habilidad
ofídica, Izel lograba esquivar los golpes
serpenteándose sobre el suelo.

En medio del desconcierto, Izel, con su


báculo en modo lanza, apuntó y lanzó dos
puntas de lanza contra sus atacantes,
logrando clavar una de ellas en el pecho de
uno de ellos, lo que le permitió unos
instantes de confusión entre los Gamonales,
confusión que aprovechó para incorporarse
y ponerse de pie.

Los Gamonales se proponían reanudar su


feroz ataque, cuando, de manera
inesperada, el lugar se vio invadido por un
enorme estallido de luz cegadora que se
desprendió de la nada. Era Martli-xotchil, la
princesa de la Barranca, quien llegaba en
apoyo a Izel.

La princesa voló en posición de combate, y,


de un solo bordonazo, logró derribar con
todo y caballo a dos de los Gamonales,
quienes rodaron por el suelo, no obstante,
consiguieron levantarse de inmediato.

El líder de los Gamonales, al ver a las dos


guerreras con sus báculos frente a ellos,
con una imponente fuerza combativa, hizo
de señas a los otros tres para que se
retiraran, saliendo a todo galope con
rumbos diferentes y desconocidos.

— ¡Los teyolias! —le gritó la princesa a Izel—


acaba con sus teyolias antes que sea tarde.

Izel puso su báculo en modo araña y uno a


uno fue extrayendo el teyolia de los cuerpos
de los Gamonales abatidos en el combate.

Un polvo verde musgo comenzó a flotar por


encima de los cuerpos decapitados de los
Gamonales, formando un remolino oscuro
que era arrastrado hacia arriba por el viento
y se desvanecía en la nada.

Aparentemente, no había nadie más como


testigo o testiga de aquel acontecimiento…
ningún vago… ningún noctámbulo… nadie…
era como que todo había acontecido en otra
dimensión… en otro plano existencial.

Sin embargo, desde una prudencial


distancia del lugar, Sammael observaba
todo lo que acontecía, atragantado por la
rabia ante la impotencia de no poder
intervenir, sólo le quedaba el maldecir
contra Izel y el tener que asimilar una nueva
derrota.

Una vez consumada su labor de guerrera,


Izel, junto con la princesa, se dirigió hacia
donde estaba el cuerpo inconsciente y
malherido del abuelo.

Al llegar, Izel se apresuró a tomarlo entre


sus brazos y, haciendo tiras de su blusa,
comenzó a limpiar y cubrir cada una de las
heridas propinadas por los latigazos.

— Izel —le dijo la princesa— ¿no creés vos


que es preferible llevarlo a tu casa?... allí lo
vas a poder atender mejor con la ayuda de tu
abuela.

Izel asintió con la cabeza, con los ojos llenos


de lágrimas pero sin emitir ningún gemido.

Al instante, Malwi, de manera instintiva, se


acercó a Izel y se tendió junto al cuerpo del
abuelo, haciéndole señas con su cabeza
para que acomodara el cuerpo sobre su
lomo.

Izel, así lo hizo, y, en silencio, marcharon


hacia la casa.
— ¡Por Dios, hija! —aterrada gritó la abuela
al ver llegar a su marido sobre el lomo de
Malwi— ¿qué me le hicieron a mi Carlos?

— Los Gamonales, Mita —le contestó Izel


afligida— tuvo la desgracia de toparse con
ellos en la punta de plancha y le pegaron sin
piedad hasta dejarlo inconsciente y
malherido.

— Malwi… —angustiada exclamó la abuela—


llevalo al cuarto para que lo acomodemos en
su cama y podamos curarlo bien.

Malwi obedeció a la abuela… y, con sumo


cuidado, se dirigió a la habitación, seguido
por la abuela e Izel, mientras la princesa y
Tezic quedaban observando aquella escena
de dolor familiar.
EN EL PUEBLO
DE LOS DIOSES
La abuela e Izel habían terminado de limpiar
y curar las heridas del abuelo, y lo
acomodaron muy bien arropado en la cama,
no obstante, él aún seguía inconsciente, con
el rostro sombrío y pálido, y ajeno a todo
cuanto acontecía a su alrededor.

La princesa Martli-xotchil, quien había


permanecido observándolas en silencio
hasta ese momento, se acercó a la cama y
comenzó a escudriñar cuidadosamente el
rostro del abuelo con la mirada, tratando de
encontrar algún indicio que le indicara la
gravedad del daño que aquel encuentro con
los Gamonales había perpetrado en sus
facultades vitales.

— ¿Quién es ella? —extrañada e inquieta, y


en voz baja, preguntó la abuela a Izel.

— Es Martli-xotchil —contestó Izel— la


princesa de la Barranca.
No pudo decir más porque sintió la mirada
de la princesa sobre ella y dirigió sus ojos
hacia ella, quien sin ningún preámbulo le
dijo:

— Izel, levantá, por favor, los párpados del


abuelo y decime como ves el brillo de su
mirada.

Izel cumplió de inmediato con la orientación


de la princesa Martli-xotchil, indicándole que
su abuelo tenía la mirada ausente, como si
estuviera fuera del mundo real.

Aunque estaba convencida que lo que le


orientaba la princesa había que hacerlo, no
dejaba de conmoverle el ver en qué estado
se encontraba su abuelo, pero sabía que
tenía que mantener la calma y no perder su
lucidez para ir diciendo a la princesa lo que
necesitaba saber.

— Ahora —le dijo la princesa— tomale el


pulso de la muñeca izquierda y después
medile la temperatura del cuerpo…

Izel hizo lo indicado y le dijo:


— Su pulso está muy débil y su cuerpo
demasiado frío.

— Es lo que me temía —se apresuró a decir


la princesa.

— ¿Qué cosa? —asustada y llena de


angustia preguntó la abuela.

— La impresión que se llevó don Carlos fue


tan fuerte —contestó la princesa— que ha
perdido su tonalli.

— ¿Y eso qué es? —preguntó Izel.

— El tonalli es una de las tres entidades


anímicas que tiene una persona —dijo la
princesa— y se halla localizado en la
cabeza.

— ¿Es algo así como el teyolia? —preguntó


con timidez Izel.

— Así es —dijo la princesa— la diferencia es


que el teyolia se desprende únicamente al
morir, en cambio el tonalli, tiene la cualidad
de poder desprenderse en vida del cuerpo
de la persona, ya sea por algún evento que
le cause mucho espanto o le tome de
manera sorpresiva e inesperada.

— ¿Y qué tan grave es eso? —preguntó la


abuela.

— Si no se atiende a tiempo y de manera


segura —contestó la princesa— la pérdida
del tonalli puede consumir poco a poco a la
persona y llegarle a provocar la muerte.

— ¡Nooooo! —gritó aterrada Izel— mi abuelo


no su puede morir. No me lo perdonaría
nunca, dígame princesa, ¿qué tengo que
hacer para poder salvar a mi abuelo? —y las
lágrimas comenzaron a rodar sobre las
mejillas de Izel, la abuela la abrazaba por lo
hombros para tratar de darle fortaleza, pero
no podía evitar el temblor que sacudía todo
su cuerpo.

— El único espíritu ancestral que puede


ayudar a tu abuelo en estas circunstancias
—dijo la princesa— es el viejo brujo de
Cusirisna.

— ¿Y dónde puedo encontrarlo? —preguntó


Izel con voz quebrada, apartándose de la
abuela y secándose las lágrimas del rostro.
— A él lo vas a encontrar en Teotepec, el
pueblo de los dioses —le contestó la
princesa.

— ¿Y dónde queda Teotepec? —insistió Izel.

— Perdón, Izel —dijo apenada la princesa—


siempre se me olvida que las cosas y los
nombres han cambiado con el tiempo,
Teotepec es Teustepe…

— Ah, ya, eso está en Boaco, ¿verdad? —se


adelantó en decir la abuela.

— Así es —continuó la princesa— y su


espíritu permanece en la cueva de
Cusirisna.

— ¿Y cómo hago para llegar hasta esa


cueva? —preguntó Izel.

— Esa cueva está al sur de Teustepe, frente


al cerro de Ayoja, la vas a distinguir porque
es una enorme cueva en forma de un gran
cuerno, porque… para que sepás… en
épocas remotas, esa cueva fue utilizada por
los indígenas de ese lugar como santuario
para sus rituales religiosos… y… después…
por el viejo brujo… para enseñar el uso de
las plantas medicinales a muchos
curanderos que llegaron de todas partes a
consultarle.

— Hija —interrumpió afligida la abuela— no


nos queda de otra, tenés que ir a esa cueva
a buscar el espíritu de ese viejo brujo… la
vida de tu abuelo está en peligro y… ya oíste
a la princesa… de eso depende que se salve.

— Así es —reconoció la princesa— tenés


que prepararte para ese viaje, porque cada
minuto que pasa la vida de tu abuelo peligra
más.

Izel, muy consternada, se acercó a la cama


donde estaba su abuelo, le tomó las manos
entre las suyas y con lágrimas en los ojos le
dijo:

— Resistí, viejo, resistí, no nos vayás a dejar


solas, dame chance que pueda regresar con
la cura… sabés que te queremos mucho y
que la vida sin vos ya no sería lo mismo.

Tratando de secarse las lágrimas con las


manos, se agachó hacia donde Malwi y
poniendo su mano sobre su reluciente
cabeza, le dijo:
— Amigo, sé que sos mi fiel e inseparable
compañero y protector, pero, por esta vez,
te ruego te olvidés de tu misión y te quedés a
cuidar a mis viejos, que no me les vaya a
pasar nada en mi ausencia, yo voy a estar
bien, te lo prometo, vas a ver que voy a
regresar pronto para que sigamos luchando
juntos contra esas fuerzas demoníacas.

Malwi asintió con la cabeza y se acurrucó


sobre las piernas de Izel.

La princesa se acercó donde estaba Izel y le


dijo:

— Aunque sé que no es el momento


apropiado, Izel, pero tengo que decírtelo por
tu bien… jamás debés atacar por cólera ni
con prisa, como buena guerrera tenés que
hacer que tu adversario venga a vos y nunca
permitirte exponerte más allá de tu fortaleza,
es la única forma que salgás bien de cada
combate, aunque debo reconocer que has
rebasado cualquier expectativa sobre tu
habilidad guerrera.

Y diciendo eso, se marchó, desvaneciéndose


en la nada.
Al día siguiente, en cuanto el firmamento
comenzó a clarear, Izel se acomodó su
mochila a la espalda y salió rumbo al
mercado, hacia la terminal de buses, para
dar inicio a su travesía con rumbo a la cueva
de Cusirisna.

Su abuela y Malwi la despidieron desde el


porche de la casa y se quedaron allí, viendo
como la silueta delgada de Izel se alejaba
poco a poco.

Izel primero se dirigió a Managua, luego


agarró hacia el Mercado Mayoreo donde
tomó un bus para Boaco, el que la llevaría a
Teustepe.

Iba pendiente del camino, pues era la


primera vez que viajaba sola fuera de su
Masaya natal y no tenía la más mínima idea
de dónde se iba a bajar, sólo sabía que era
en el kilómetro 69, en un poblado que le
llamaban El Crucero, según le había dicho el
cobrador del bus.

— Amor —escuchó de pronto que le decía el


cobrador— ya vas a llegar a tu parada, í
buscando la salida.
— Llevás a la entrada del Crucero —gritó el
cobrador hacia donde estaba el conductor
del bus.

Una vez en el lugar, Izel comenzó a


preguntar a los lugareños por el camino que
debía tomar para llegar a Cusirisna.

— Mirá, niña —le dijo una mujer de la


localidad— vas a agarrar aquí recto, a la
derecha, y vas a caminar unos 8 kilómetros
hasta que llegués a la escuelita de Mal Paso,
ahí vas a ver un camino cuesta arriba bien
pedregoso, lo agarrás recto hasta llegar a
una finca llamada El Amparo, ahí preguntás
por dónde se va la cueva, de allí ya estás
cerca, como a unos 3 kilómetros.

Izel pensó de inmediato que en su forma


natural tardaría de 8 a 9 horas llegar hasta la
cueva y el tiempo para ella era demasiado
precioso para darse el lujo de ir como si
anduviera de excursión, así que cerrando
sus ojos dijo en vos baja:

— Ocelot te necesito, únete a mí…

Izel sintió como, después de un suave


estremecimiento que le cruzaba todo el
cuerpo, la fuerza del jaguar se apoderaba de
ella, abrió los ojos y comenzó a correr con la
velocidad y destreza de una felina por
aquellos caminos inhóspitos que le
conducirían a su destino.

Antes que el sol marcara las once de la


mañana, Izel llegó a la finca El Amparo,
donde se encontró a un joven a quien le
preguntó por dónde seguir para llegar a la
cueva.

Al joven le hizo gracias la forma vivaracha y


desenvuelta con que Izel se expresaba y se
ofreció enseñarle dónde quedaba la cueva y
acompañarla un rato durante el trayecto
para que no se perdiera en el camino.

— ¿Y no te da miedo andar solita por estos


lugares y tan lejos de tu casa? —le preguntó
el joven en un intento de romper el hielo.

— Obvio que sí —le contestó Izel, esbozando


una sonrisa entre sus labios— pienso que es
una sensación normal y natural en toda
persona, más si se trata de incursionar en
algo desconocido, y no creo que sentir
miedo sea algo vergonzoso, para mí es más
vergonzoso utilizar el miedo para justificar el
no hacer lo que debemos de hacer o para
dejar de seguir nuestras metas en la vida.

— Pues, sí, tenés razón —le respondió el


joven— pero no te estoy diciendo nada para
que te pongás a la defensiva, sólo trataba de
hacer conversación… pero si me da mucha
curiosidad el por qué tanto interés por la
cueva... si se puede saber, claro está —
agregó el joven.

— Me gusta conocer las bellezas naturales


de mi país —le respondió Izel— y me han
contado que esta cueva es impresionante.

— ¡Ah, ya! —dijo el joven— ¡qué bueno!,


porque son pocas las personas que se
interesan por conocer su país, sobre todo,
personas tan joven como vos.

— Eso sí tenés razón —le dijo Izel— pero ya


ves, siempre hay una excepción en toda
regla.

— Así es —asintió el joven— y la historia de


esta cueva es muy interesante, no sólo
porque dicen que sirvió de santuario para
ritos religiosos, sino por la historia del viejo
brujo…
— Ahora me vas a salir con que vos te la
sabés… —le dijo Izel— porque si es así, me
gustaría que me la contaras.

— Vaya… parece que te gustan las leyendas


de nuestros ancestros —le dijo el joven—
está bien, pues dicen que un viejo indígena
llegó desde la tierra de los náhuatl y se
refugió en esa cueva, pero no era un viejo
común y corriente, no, él era un estudioso,
se podría decir un científico aborigen, un
profesor de medicina con hierbas, pues le
enseñó a muchos sus conocimientos y
métodos de curación con plantas
medicinales, los mismos que se utilizaban en
su cultura, sin embargo, dicen que los
pobladores rumoraban que ahí se comían a
los muertos, porque utilizaban los huesos de
guerreros muertos para sus prácticas, de
allí la fama de que los de Teustepe somos
“come muertos”, pero, en fin, la cueva era
como una escuela de medicina, sólo que de
medicina natural, dicen que la primera en
Nicaragua.

— ¡Cuántas cosas maravillosas y misteriosas


se ocultan en nuestros campos y montañas,
¿verdad? —exclamó Izel.
— Así es —dijo el joven— pero bueno, hasta
aquí te dejo porque ya se deben estar
preguntando en mi casa adónde diablos me
fui de vago, además que ya llegaste a tu
destino, ves aquella entrada en forma de una
ventana ovalada que está forjada en roca
viva, pues ahí es la cueva.

— Ah, ya —le dijo Izel— pues gracias por tu


ayuda y compañía.

Ambos se despidieron con un beso en la


mejilla y tomaron rumbos opuestos.

Sin dar más tregua al tiempo, Izel comenzó a


correr hacia el ancestral santuario, al llegar
a la entrada, quedó contemplando, por un
instante, como aquella inmensa oquedad se
perdía en las profundidades de la tierra sin
distinguirse un final, allí bien podían
alcanzar unas cien personas pensó para sí
misma.

Tomó su báculo y comenzó a iluminar todo


su interior, avanzando cautelosamente,
poco a poco, y volviendo a ver hacia todos
lados, alerta por cualquier sorpresa que
pudiese encontrarse durante el trayecto.
De pronto, sintió como que alguien la seguía
muy de cerca, pero no precisaba distinguir
de qué o de quién se trataba, por lo que se
detuvo bruscamente.

— ¿Quién anda ahí? —dijo en voz alta.

Ningún sonido, ni siquiera una ráfaga de aire


le contestó.

Siguió caminando, no había avanzado


mucho cuando volvió a sentir la misma
sensación de acecho, era como que alguien
la observara y siguiera sus pasos.

— ¿Quién anda ahí? —volvió a decir en voz


alta.

Pero esta vez sí logró percibir una sombra


que se agitaba de un lado para otro al
amparo de la oscuridad.

— ¿Quién anda ahí? —volvió a preguntar con


voz más firme y tomando su báculo en
posición de combate.

Una silueta comenzó a vislumbrarse entre


las penumbras, era la figura de un hombre
viejo pero de aspecto sereno y baja estatura,
quien apostándose frente a ella le preguntó:

— ¿Quién sos y qué hacés perturbando mi


morada?

— Soy Izel —le contestó ella— última


descendiente real de nuestros ancestros
indígenas, protegida de los dioses y nahualli
de Martli-xotchil.

— ¿Y qué te trae a mi morada ancestral? —le


preguntó la sombra.

— Busco al espíritu del viejo brujo —le


contestó Izel sin vacilar.

— Pues tu búsqueda ha terminado, porque a


quien buscás soy yo —le contestó la sombra,
aproximando su espectral presencia a
donde estaba Izel— ¿qué querés de mí?

— Se trata de mi abuelo —contestó Izel de


inmediato y sin pensarlo— fue atacado por
los Gamonales y ha perdido su tonalli.

— ¿Y ya buscaste su sombra antes de venir


hasta aquí? —le preguntó el viejo brujo.
— Sí —respondió Izel— tomé el pulso de su
muñeca y la temperatura de su cuerpo… su
latido se encuentra débil y su cuerpo frío.

— Ya —cabeceó el viejo brujo— entonces es


urgente reintegrar su esencia vital, sobre
todo porque supongo que su edad ya es muy
avanzada.

— Así es —asintió Izel.

— Entonces, manos a la obra —dijo el viejo


brujo materializando su espectral figura—
no tenemos tiempo que perder, hay que
realizar la "llamada de su alma".

— Y… ¿eso cómo se hace? —preguntó Izel.

— Con un ritual mágico —le respondió el


viejo brujo— mediante el cual voy a entrar en
trance y emprender un viaje místico al cielo
y al inframundo para buscar el ánima
extraviada de tu abuelo, cuando ubique el
lugar en el que se encuentra, la traeré de
regreso en forma de insecto, que en este
caso será una libélula, para ese momento
tenés que tener lista una vasija o algo en que
llevarla, pues a vos te tocará introducirla al
cuerpo de tu abuelo por la parte superior de
la cabeza.

Izel no preguntó más, pues para ella cada


minuto que pasara podía representar la vida
o la muerte de su abuelo, y no sería ella
quien atrasaría al viejo brujo para que
procediera con el ritual.

Fueron varias horas de espera interminable


para Izel, quien rezaba en silencio para que
todo saliera bien y poder regresar a tiempo
para salvar a su abuelo.

Un sonido estertoroso sacó a Izel de su


ensimismamiento, era el viejo brujo que
regresaba del inframundo, y despertaba de
su trance, llevando entre sus dedos una
libélula.

Izel se le aproximó con una bolsa plástica


para que el viejo brujo depositara en su
interior a la libélula. Sopló con aire la bolsa y
le hizo un nudo.

— Ahora —le dijo el brujo— todo depende de


vos, tenés hasta las ocho de la mañana de
mañana para curar a tu abuelo, esa es la
mejor hora.
El viejo brujo hizo algunos ademanes con
sus manos e hizo aparecer una pequeña
vasija, la que extendió hacia Izel, diciéndole:

— Tomá este ungüento, es una mezcla de


tabaco, sauco y nuez moscada, la ponés al
fuego y le añadís aguardiente, tanto como
sea necesario para amasarla y hacer una
pasta y la aplicás sobre las articulaciones de
tu abuelo. Agarrás la libélula, la ponés sobre
la cabeza de tu abuelo y das un golpe sobre
ella, para que se le introduzca su tonalli y
recupere su salud, por la libélula no te
preocupés, no es real, es sólo un espectro
portador.

Izel tomó la vasija y la echó en su mochila,


junto con la bolsa que contenía a la libélula,
y, con lágrimas en los ojos, se dirigió al viejo
brujo y le dijo:

— Gracias… muchísimas gracias…

— No perdás tiempo agradeciendo —la


interrumpió el viejo brujo— que ahorita el
tiempo es oro para vos, ya el sol se está
ocultando y tenés que correr para poder
salvar a tu abuelo, así que usá el poder de
tus tona para que podás llegar a tiempo,
acordate que tenés que estar con tu abuelo
antes de las 8 de la mañana…

Izel le hizo caso al viejo brujo y con la


agilidad de un jaguar, salió corriendo de
aquella cueva y se perdió en el horizonte.

Eran las 7 de la mañana cuando Izel llegó


toda sudada y agitada a su casa, con la
respiración aún entrecortada, le entregó a
su abuela la vasija con el ungüento y le dio
las instrucciones del viejo brujo para su
preparación.

Una vez lista la pasta, ambas comenzaron a


sobar al abuelo en todas sus articulaciones,
con mucho cuidado y dedicación para que
no se les quedara ninguna sin sobar.

Al finalizar, Izel sacó de su mochila la bolsa


con la libélula, la abrió con suma precaución
y la tomó entre sus dedos derechos, la
colocó sobre la cabeza del abuelo y con la
palma de la mano izquierda le dio un fuerte
golpe, desapareciendo la libélula en el acto
en el interior de la frente.
Ambas se abrazaron y quedaron inmóviles
viendo fijamente al abuelo en espera de
cualquier señal de alivio.

De pronto escucharon unos suaves quejidos


que provenían de los labios del abuelo, quien
poco a poco comenzaba a moverse y abrir
sus ojos.

Al verle, la abuela, llena de júbilo, exclamó:

— ¡Bendito sea Dios, m’hija!...

— ¡Abuelo… abuelo! —dijo sollozando Izel—


creímos que te perdíamos.

Ambas lloraban de alegría, se abrazaban


una a otra y, a la vez, también abrazaban al
abuelo.

Malwi también se unía al festejo saltando y


ladrando incesantemente.

Toda aquella algarabía se vio interrumpida


con la aparición de la princesa de la
Barranca, quien, dirigiéndose a Izel, le dijo:
— Izel, ganamos otra batalla, pero el peligro
aún no ha pasado, la vida de tu abuelo y de
tu abuela no están seguras.

— ¿Y qué tengo que hacer? —preguntó


consternada Izel.

— Tendrás que llevarlos a León —contestó


la princesa— a la comunidad de los
Sutiabas, donde quedarán bajo la protección
del espíritu de Adiac, que, por cierto, es
parte también de tu monéxico.

— Podemos quedarnos donde la prima


Aurora —se adelantó en decir la abuela.

— Me parece buena idea —dijo la princesa—


así pasarán más desapercibidos.

— ¿Y cuándo los tengo que ir a dejar? —


preguntó Izel.

— Lo más pronto posible, Izel —le contestó


la princesa— mientras más pronto mejor,
porque de ahora en adelante los ataques de
los espíritus de la noche serán más
frecuentes.
— Yo creo que nos podríamos ir pasado
mañana, para que Carlos pueda descansar
un poco y recuperarse bien —dijo la
abuela— pero… ¿qué pasará con Izel?

— Ella tendrá que acostumbrarse a no verles


por un tiempo —le contestó la princesa— es
por el bien y seguridad de ustedes, además
que su lucha contra el reino de las tinieblas
no le va a dejar tiempo para nada.

— Bueno —dijo Izel— si así tiene que ser, así


va a ser, cualquier sacrificio con tal que mis
abuelos no corran ningún peligro.

— Así es —le dijo la princesa— además que


Tezic y Malwi siempre te van a acompañar.

— Lo sé —dijo Izel— ellos se han convertido


en mis fieles e inseparables amigos y
compañeros de lucha.

La princesa se desvaneció poco a poco del


lugar, mientras Tezic, en forma de
cenzontle, se posaba sobre el lomo de
Malwi, y la abuela e Izel abrazaban y
acariciaban con mucha ternura al abuelo.
Horas más tarde, Izel salió al porche con
Malwi y le dijo:

— Amigo, ahora sí no hay vuelta atrás, de


seguro Sammael y sus aliados no nos van a
perdonar estas dos derrotas que le hemos
propinado en su lucha por instaurar el reino
de las tinieblas, así que tenemos que
prepararnos y andar con mucho cuidado,
pues se nos viene encima una guerra sin
cuartel.

Mientras, Sammael en su casa estaba


enfrascado en sus pensamientos satánicos
y, lleno de odio, le decía a Azazel y Chico
Largo:

— De ahora en adelante, ordeno que ningún


espíritu de la noche permita sosiego a los
mortales del mundo exterior, deberán
incrementar sus ataques sin piedad alguna,
pero, ante todo, tienen que enfocarse en
traerme el alma deshecha de Izel… esa
maldita está estropeando todos mis planes y
no voy a descansar hasta destruirla...
aunque con el ataque de los Gamonales le
dimos donde más le dolió… su familia.
Y una carcajada siniestra profanó el
murmullo del viento que atravesaba la
oscuridad reinante sobre las calles, como si
el reino de las tinieblas cobrara vida y se
encarnara en ese sonido diabólico que
presagiaba muerte y dolor.
NOTAS

(1) NINDIRI: Es una bonita como antigua


población aborigen de origen náhuatl-
mejicano que se ubica desde tiempos
antiquísimos entre su laguna de Lenderí
(actualmente laguna de Masaya) y el monte,
siendo su último cacique soberano y libre
Nacatime, quien sufrió las consecuencias de
la dominación española. Su nombre musical
fue dado desde hace largos siglos y no ha
perdido nada de su sonido melodioso: Nindi,
agua; dirí, monte. Ocupa, por su extensión
territorial, el segundo lugar entre los
municipios del departamento de Masaya. Su
trazado urbano actual aún conserva
inalterable su viejo trazo colonialista de
épocas pasadas. Sus calles planas y
arenosas; su arborizado parque o Plaza
Pública y los patios cubiertos de plantas,
árboles frutales y flores, así como sus casas
limpias, con sabor entre moderno y
aborigen, hacen de Nindirí un acogedor
lugar de hospitalidad permanente.

(2) FIESTAS PATRONALES A SAN


JERONIMO: Son tres meses de festejos que
se lleva a cabo cada año desde mediados
del siglo XIX, en la que todos los barrios de
Masaya, principalmente el de Monimbó, se
alborotan con la fiesta patronal más extensa
de toda Nicaragua, pues da inicio en el mes
de septiembre y culmina en el mes de
noviembre. Las calles de la ciudad se
convierten en un festival de alegres
alboradas, vistosas procesiones, veladas,
bailes, bailetes y teatros populares, como el
acostumbrado Bailete de Los Agüizotes, el
Teatro Popular El Torovenado y los Bailes de
Indias, Húngaras, Diablitos y Negras, que
impregnan a Masaya de un colorido e
ingeniosidad deslumbrante que contagia a
todos sus visitantes.

(3) FIESTA DE LOS AGUIZOTES: Procesión


de espantos nicaragüenses que ambula por
las calles de Masaya desde las 8 de la noche
hasta la medianoche, iniciando su recorrido,
ya tradicional, desde y hasta la plaza de
Magdalena en el barrio indígena de
Monimbó. En esta popular procesión de los
Agüizotes se dan cita los espantos, mitos y
leyendas más destacados del folklore
masayense: la cegua, la llorona, el padre sin
cabeza, las brujas, el diablo en todas sus
representaciones satánicas, la muerte
quirina, las ánimas en pena, la carreta
náhuatl, los duendes y una larga lista de
raros personajes del inframundo indígena
ancestral, a través de máscaras de papel,
rostros pintados y cotones negros y blancos.
Es un río humano desbordado de masayas,
visitantes y turistas, que se toman las calles
principales desde Monimbó hasta el parque
de San Jerónimo, sin importar estrato ni
condición social, sólo cabe un único interés:
revivir una tradición indígena que refleja la
imaginación, las creencias y la historia de un
pueblo que construyó un mundo mágico a
partir de las realidades de su época. Dicen
por ahí que la procesión de los Agüizotes ha
cambiado un poco a través del tiempo, pues
antes, según recuerdan algunos pobladores
de la tercera edad, el propósito de la
procesión era salir a las calles, bajo la luz de
candiles, a espantar las ánimas perdidas
que andaban penando, por eso recorrían las
calles que sus muertos acostumbraban
transitar y hacían una oración colectiva por
el eterno descanso de sus familiares. Pero, a
pesar de esos cambios, los agüizotes siguen
poniendo su terrorífico rostro y salen a las
calles con gran algarabía, corriendo y
asustando a los niños y a todo aquel que
encuentren distraído, bailando al son del
“Pájaro amarillo” o “Ese toro no sirve”,
piezas populares que los chicheros van
tocando por las calles para embriagar al
pueblo con esta tradición.

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