A.R.morena Serie en Compañia de Vampiros 01trasladoforzoso
A.R.morena Serie en Compañia de Vampiros 01trasladoforzoso
Morena
TRASLADO FORZOSO
En Compañía de Vampiro, 1
Jimena, una joven profesional que es destinada a Nueva York por la empresa en la
que trabaja, buscando la oportunidad que en Madrid le es negada.
El vampiro había fundado en Nueva York el holding Bull Company, dentro del cual,
estaba una de las sucursales de peluquería y estética que tenía en España. Para gestionarla
pide que le manden a la mejor empleada que tienen en Madrid. Carlos, en cuanto ve a la
nueva trabajadora, no puede resistirse a la atracción incontrolable que siente por ella.
Jimena se deja llevar y cae en sus brazos sin imaginar que iba a ser introducida en un
mundo de vampiros, brujas y humanos especiales.
[Link]
Primera edición: noviembre de 2013
ISBN: 978-84-616-6972-1
Depósito legal: M-004912/2013
Gracias a mis padres, Emilia y Bernardo, por rodearme de libros desde siempre y por
su incondicional apoyo en todas las aventuras que emprendo.
Gracias a mi marido, José y a mis hijos Víctor, Carmen y Lucía por compartirme,
durante tantas horas, con mis personajes de ficción.
Gracias a mi hermana Violeta, por sus palabras de ánimo y por ser mi primera lectora,
cuando todavía no sabía muy bien lo que estaba haciendo.
Gracias a mi cuñado Kerman, por su impagable ayuda en todo lo relacionado con
diseño, maquetación y un sinfín de trabajos, que ha realizado para mí altruistamente.
Gracias a mis amigas y compañeras, Olga, Juani y Engracia, por dejaros utilizar como
“lectoras ideales” y ayudarme a corregir los, mil y un fallos, de mis manuscritos.
Y, por supuesto, gracias a todos mis amigos y familiares, por ayudarme a difundir
esta obra por las redes sociales y fuera de ellas.
Doce años atrás.
Aguas internacionales. Océano Atlántico.
***
Cuando Jimena cerró la puerta del taxi y miro hacia la nueva terminal cuatro del
aeropuerto de Barajas, se quedo impresionada, por el alucinante edificio que se erguía ante
sus ojos.
Diseñada por el británico Richard Rogers, había sido inaugurada en el año 2006, tenía
un edificio satélite desde el cual ella embarcaría en su vuelo directo a Nueva York.
Jimena no se podía creer que se iría indefinidamente de todo lo que conocía, le habían
prometido que en un año reconsiderarían el volverla a traer a Madrid y, gracias a esa
esperanza, no se había hundido en una depresión.
Su madre discutía con el conductor del taxi sobre la forma más rápida de ir al
aeropuerto, pues según ella les había dado una vuelta innecesaria. Mientras su padre, sacaba
el equipaje del maletero. Por favor, como iba a echarles de menos, con sus continuas
discusiones y todo.
Hacia unas noches, sus amigos le habían montado una fiesta sorpresa de despedida,
orquestada, como no podía ser menos, por su compañera/mejor amiga Marta, su madre
había estado encargada de mantenerla ocupada durante todo el día.
Habían llorado, reído y, por supuesto, bebido demasiado.
— Prométeme que estarás una vez al día en el chat — Marta la iba a echar de menos
muchísimo.
— Prometido — Jimena no sabía dónde iba a encontrar una amiga como Marta.
El vuelo de Iberia numero IB6253 con destino a Nueva York, salía a las 16:30 h de
Madrid y llegaría al aeropuerto JFK a las 19:30 h locales, siete horas de vuelo
aproximadamente.
Jimena se agarraba a la esperanza de que, en el plazo de un año, pudiera volver a su
antiguo puesto de trabajo.
Jimena miró su tarjeta de embarque mientras pensaba que, por lo menos, habían
tenido la deferencia de comprarle un pasaje en primera clase.
— Mamá yo…
— Chsss. Ya hemos hablado de esto muchas veces. Tienes que ser valiente, tú vales
mucho y es una gran oportunidad, además, puedes practicar el idioma.
Jimena había estado cinco años en la Escuela Oficial de Idiomas estudiando inglés.
Quien la hubiera dicho que la iba a venir tan bien.
— Pero vosotros…
— No me hagas regañarte antes de irte, te he dicho que tu padre y yo estaremos
perfectamente. Tú tienes que mirar por tu futuro, como dice tu padre, los Rey no se arrugan
ante nada.
— Gracias mamá, te quiero — Jimena se volvió hacia su padre, que las observaba
desde un discreto segundo plano — Papá te voy a echar mucho de menos.
— Nena, no tienes que preocuparte por nosotros, aprovecha esta oportunidad. Ojala
hubiera tenido yo una oportunidad así. Disfrútalo. Yo también te echare de menos cariño.
Prométeme que me escribirás todos los días.
— Prometido.
Cuando se acercaron a un punto de información, la señorita le explicó lo que suponía
viajar en primera clase. Esta ofrecía un mayor número de servicios, entre ellos, la de poder
llevar más peso que en clase turista sin tener que abonar por kilo extra — menos mal
mamá, porque creo que nos hemos pasado un poquito con el equipaje— . Otro de los
servicios de la primera clase, era la sala vip.
— Joder hija, que nivel — la madre de Jimena estaba alucinando con las condiciones
del vuelo — ¿no decías que el reptil te tenia manía?
— ¡Mamá! — Jimena puso los ojos en blanco.
— Por favor querida, esa boca — el padre de Jimena siempre estaba regañando a su
esposa porque era un poquiiiiiiito “palabrotera” a lo que ella siempre contestaba “yo hablo
como quiero, soy vallecana, si querías alguien más pijo, haberte casado con una del barrio
de Salamanca”.
El padre puso los ojos en blanco — ¿dónde iba a encontrar algo mejor?
Sus padres, siempre estaban como la famosa frase madrileña, “como Juan y Manuela”
y además, lo más gracioso, es que ellos se llamaban así.
— Bueno, a lo que íbamos, el billete les ha tenido que costar un pastón.
— No creo que haya sido idea del Sr. Lagartija, me odia.
— Yo solo me remito a los hechos.
— Lo que tú digas — dijo Jimena refunfuñando.
Cuando Jimena se dirigió, junto con el asistente personal, hacia la sala Vip para
esperar el embarque, todavía tenía lágrimas en los ojos. Nunca se le habían dado bien las
despedidas y, aunque su madre se había comportado como si estuviera contenta por su
partida, ella sabía con toda seguridad, que en estos momentos, estaría a lágrima viva
encima de su padre.
La zona del avión donde estaba ubicada la primera clase era muy amplia. Los sillones
eran enormes y contaban con pantalla de televisión particular para cada uno de los
pasajeros. Una asistente de vuelo se afanaba en soltar el discurso modelo antes de despegar
“Buenas tardes, Sras. y Sres. En nombre de Iberia, el comandante Martín y toda la
tripulación, les damos la bienvenida a bordo… ”.
Jimena esperó a que el avión despegara, mientras pensaba en el discurso de seguridad
de la azafata, si nos la pegamos en medio del “charco,” de poco nos van a servir los
chalecos salvavidas, bueno si, para que encuentren nuestros cadáveres flotando en el
Atlántico.
Cuando anunciaron por megafonía que ya podían quitarse los cinturones, reclinó el
respaldo y se puso sus auriculares. Conectó su música favorita en el IPad que le habían
regalado sus padres por Navidad. El tema de Gotye comenzó ha a sonar “Now you're just
somebody that I used to know”.
Cerró los ojos y le vino a la memoria la última relación sentimental que había tenido.
A Loren, le había conocido en una terraza del castizo barrio de La Latina a principios
del pasado verano. Marta y ella habían quedado un viernes después del trabajo, con un
grupo de personas separadas y divorciadas que conocía su amiga y había convencido a
Jimena para que la acompañara.
A ella le había costado mucho decidirse, pero con tal de no aguantar una semana de
reproches de su compañera, había accedido a ir.
— Ponte guapa, hoy pillamos— le había dicho su compañera, emocionada con que
Jimena se animara a salir con ella.
— Lo que tú digas… pendón verbenero.
Como Jimena no quería tener un cartel en la frente en el que dijera “quiero rollo”, no
la hizo ni caso a Marta. Se vistió con un pantalón vaquero, una camiseta de la marca
Desigual que no se ajustaba demasiado y unas zapatillas de esparto con un poco de cuña,
que se ataban con cintas al tobillo. El pelo lo llevaba suelto y liso peinado con plancha, se
había dado brillo en los labios y un poco de colorete para retocar el maquillaje que llevaba,
obligatoriamente, para trabajar.
Loren apareció con un grupo de personas que conocía Marta, por medio de un foro de
singles, que ella frecuentaba. En un principio a Jimena le cayó muy bien, era muy gracioso
y un seductor nato. Después de unas cuantas horas y otros tantos mojitos, los únicos que
quedaban todavía de marcha eran, Marta, Jimena, Samuel que era un amigo de Loren y este
mismo.
Decidieron ir a tomar la penúltima a otro sitio. Como eran las 3:00 de la mañana, lo
único que quedaba abierto por la zona, era el conocido Berlín Cabaret.
La sala estaba hasta la bandera, no cabía un alma. Marta bailaba en mitad de la pista
con Samuel, haciendo alarde de todas sus técnicas de seducción. Jimena y Loren hablaban y
bebían sus copas cerca de la barra, mirando hacia la pista. En un momento dado, el personal
del club despejó la pista de baile para dar paso a una de las actuaciones que periódicamente
se organizaban en la pista. Las realizaban un grupo de travestis y era una de las principales
atracciones del sitio en cuestión.
La pista se iluminó y se lleno de humo para comenzar con la actuación. Ese fue el
momento en que Loren aprovechó para coger a Jimena y llevársela a un rincón debajo de la
escalera que daba acceso a la segunda planta.
Cuando ella quiso reaccionar, tenía las manos de Loren apretándole la espalda y sus
labios buscaban los de ella. Jimena no sabía si por la bebida, porque sus amigas siempre
insistían en que se iba quedar para vestir santos o, porque el ambiente de la sala era de lo
más liviano, el caso es que se dejo llevar. Terminó pasando la noche en el apartamento de
Loren y, los siguientes cuatro meses, en una relación infructuosa y enfermiza.
Él la controlaba en exceso, siempre la preguntaba sobre lo que hacía en el trabajo.
Tenía fijación, sobre todo, en lo referente a su jefe. Como si ella supiera algo de lo que
hacía un rico heredero en Nueva York.
Jimena lo achacaba a los celos.
Un día, por casualidad, se enteró que era pareja de Loren solo de lunes a viernes y
que, los fines de semana, con la excusa de que sus padres vivían fuera de Madrid y tenía
que ir a verlos, se veía con otra. Una señora de la alta sociedad, aunque no había podido
descubrir quién era ella, tampoco le importaba. Por supuesto le mando a la mierda y se
encerró todavía más en su mundo. Marta, que en el fondo se sentía culpable, le insistía.
— Venga nena, todas sabemos que para encontrar a tu príncipe, tienes que besar a
muchos sapos.
— Este no es un sapo, es un pedazo de cabrón.
Loren la estuvo llamando una larga temporada y mandándola mensajes
insistentemente. Jimena no le dio tregua y hacia tres meses que no había sabido más de él.
Agua pasada, pensó Jimena mientras aceptaba una copa de cava del guapísimo y
sonriente asistente de vuelo, por el cual era atendida, en la lujosa primera clase donde
viajaba hacia su futuro.
Según iban restando los kilómetros hacia Nueva York, se iba cargando cada vez más
de coraje y se sentía con mucha más energía y resolución. Casi, casi, se alegraba.
“Señores Pasajeros, bienvenidos al aeropuerto de JFK de Nueva York…”
Jimena, se dirigió a la sala Vip del aeropuerto donde, a todos los pasajeros de primera
clase, les entregarían el equipaje.
Salió al hall de la terminal ocho del aeropuerto JFK, dispuesta a coger un taxi, para
dirigirse a la dirección que llevaba apuntada en una tarjeta.
Los meses que estuviera en Nueva York, se alojaría en un apartamento corporativo.
Este, se lo había facilitado la compañía sin ningún conste. Se había sorprendido
gratamente, cuando lo había leído en las condiciones del contrato.
Jimena levantó la vista de la tarjera mientras caminaba hacia la salida, cuando vio a
un atractivo hombre, que aguantaba en alto un cartel en el que rezaba:
Miss Rey
EXCLUSIVE HAIR
Carlos miraba por el ventanal de su despacho hacia la nevada ciudad, el mes de
diciembre en Nueva york era extremadamente frio. Desde el piso treinta y tres del edificio
donde tenían las oficinas, se disfrutaba de una vista privilegiada de la gran manzana.
Vivía en Nueva York hacía más de doce años, desde que se vio obligado a volver a
desaparecer, para no levantar sospechas en Madrid.
Esto, se venía repitiendo, cada veinte años aproximadamente. Con el avance
tecnológico que había tenido lugar en los últimos cien años, todo se había puesto mucho
más complicado para que los humanos no se dieran cuenta de que no envejecía.
Está vez, había conseguido conservar su verdadero nombre. Con la excusa de ser
sobrino y único heredero del dueño y fundador de la empresa. Por ese motivo, le habían
llamado igual que a su querido tío.
Afortunadamente, había una pequeña pero muy unida, comunidad, de seres iguales a
él en Nueva York. Tenían muy buenos contactos y casi todos eran muy adinerados.
Teniendo vidas tan largas, se podía acumular fácilmente una gran fortuna.
Todos se ayudaban entre ellos, unas veces por amistad y otras por conveniencia, para
arreglar todos los temas relacionados con la documentación y solucionar los problemas que
pudieran surgir. Nadie quería que los humanos, salvo raras excepciones, se percataran de su
existencia.
Aunque contaban con personal humano de confianza, eran muy pocos. Estos juraban
no delatarlos nunca al resto de la humanidad, de lo contrario, serian castigados
severamente. Eso significaba, básicamente, una piedra atada al cuello y darse un baño en el
río Hudson.
Los humanos les ayudaban en las horas del día en las que, a ellos, les era imposible
salir fuera de sus refugios.
Los de su clase tenían un grave problema con el astro rey.
En España, Carlos había sido un estilista de prestigio, había fundado una cadena de
salones de belleza de lujo. Siempre le había gustado la belleza, se había especializado en el
cabello y en crear tendencia en la sociedad madrileña.
Llego un momento, en que su no envejecimiento era evidente, y la gente empezaba a
sospechar.
Cada vez era más frecuente que le preguntaran por el tratamiento médico que
utilizaba para no envejecer y tuvo que decidirse, no sin mucho pesar, a simular su muerte y
mudarse a Estados Unidos.
Adoptó la identidad de un sobrino y arregló toda la documentación con un abogado
vampiro de Nueva York. Este estaba integrado en la comunidad vampírica de los Estados
Unidos.
Algunas veces, pensaba que podría haberse quedado en España. En otra ciudad que
no fuera Madrid, por ejemplo, en Barcelona. Pero tenía un motivo de peso, para querer
poner muchos kilómetros de por medio.
Si no hubiera sido por esa bruja chantajista que le había hecho la vida imposible él,
seguramente, se hubiera quedado en España.
***
La Duquesa era viuda, desde hacía cinco años, de un importante aristócrata Español.
Ella había conseguido casarse con el Duque, aunque este le sacaba treinta años de edad.
Tenía fijación por Carlos. Siempre le obligaba a que la atendiera él personalmente.
Aunque no le hacía ninguna gracia, Carlos accedía con tal de que no maltratara a su
personal con el desprecio y las malas formas de las que hacía gala, cada vez que no
conseguía lo que quería. Ella le acosaba y, Carlos, para no llamar la atención, no quiso
sacarlo a la luz y la dejo hacer.
La Duquesa llevaba un tiempo investigándole, quería averiguar qué era lo que hacia
el peluquero para, aparentemente, no envejecer. Viviana intuía que había algo oculto en él.
En su casa siempre se habían contado historias paranormales. Ella procedía de un pueblo
donde abundaban las curanderas y las brujas, de hecho, había una calle en honor a estas
últimas.
Su madre había sido una conocida curandera, no solo en su pueblo, si no en toda la
comarca. Ayudaba a la gente sin ningún interés, solo la voluntad. Viviana nunca había
entendido que no se aprovechara económicamente de sus conocimientos. Pensaba que con
toda la gente que la visitaba, si pusiera una tarifa de cincuenta euros por consulta, podrían
vivir mucho mejor de lo que lo hacían. Su madre siempre la decía que no debía utilizar su
don en su propio beneficio, en caso contrario, se volvería contra ella.
Cuando esta cayó enferma, se apresuro a enseñarla todos sus conocimientos, aunque
en el fondo sabía que no los utilizaría bien, tenía derecho a su herencia ya que era su única
hija.
En el lecho de muerte, le había contado historias de hombres y mujeres que no
envejecían. Viviana pensó que estaba delirando y que no decía más que tonterías, pero, por
deferencia a ella, la prestó atención mientras le cogía la mano. Esa misma noche la madre
de Viviana murió.
Cuando salía por la puerta del cementerio municipal de su pueblo, después de
incinerar a su madre, pues no había querido gastar todo su dinero para enterrarla en una
tumba, Viviana se prometió que no moriría miserablemente como su madre. Su cuerpo
seria enterrado en un mausoleo. Ella sería una gran señora.
En el dinero era donde estaba el poder, no en esas estúpidas historias de brujería.
Viviana no cesaría hasta conseguir sus propósitos. Y, para ello, de momento necesitaba
fondos. Vendió todas las posesiones que tenían, incluidas las pocas joyas de su madre, no
necesitaba ningún recuerdo, su madre había muerto y ella necesitaba metálico para poder
llevar a cabo sus planes. Mañana mismo, pensó, compraría un billete rumbo a su futuro.
Cuando se bajo del autobús con el que había viajado desde su pueblo a la capital, juró
que esa iba a ser la última vez, que viajara rodeada de miserables.
Salió a la calle desde la Estación de Autobuses Sur de Madrid, se monto en un taxi y
le dijo al conductor que la llevara a la calle Serrano para comprar ropa adecuada.
Viviana se había estado informado por internet, desde la biblioteca de su pueblo, de
los sitios más exclusivos de la ciudad. El comprar ropa cara era una inversión, sin esa
imagen, jamás podría acercarse al tipo de hombre que ella necesitaba para sus planes. Se
cambio en la misma tienda.
Se volvió a subir a un taxi y se dirigió al Hotel Palace de Madrid.
Cuando entró en el impresionante hall, lo primero que hizo fue meterse en la
peluquería que encontró dentro del hotel. Pidió que le cambiaran el color de pelo, ella
siempre había sido castaña, pero, para su nueva vida quería ser rubia. Se maquilló y se
dirigió a la recepción del hotel para pedir una habitación como si fuera una gran señora.
La jugada estaba en conseguir engañar a algún madurito millonario antes de quedarse
sin fondos, para lo cual, no contaba con mucho tiempo.
Viviana conoció al Duque en una recepción que se celebraba en el hotel donde se
alojaba, le sedujo sin muchos problemas, gracias a sus jóvenes encantos y a una pócima
muy interesante que le había enseñado su madre.
El Duque, en su juventud, había sido un Don Juan y presumía de ello sin ningún tipo
de pudor.
Al principio, exhibía a Viviana como su última adquisición, como si fuera un
despampanante coche y abriera el capó para que lo vieran sus amigos. A ella, esa aptitud no
le molestaba, mientras el Duque se creyera un conquistador, ella seguiría adelante con sus
planes. El idiota la llenaba de caros regalos, se creía que la tenía totalmente enamorada.
A los dos meses estaban casados y, al año siguiente, se había convertido en la viuda
mas acaudalada de Madrid, gracias a un oportuno paro cardiaco en el dormitorio
matrimonial, del lujoso piso en el que vivían en la ciudad.
La Duquesa, nunca había podido imaginar que sería tan sencillo llevar sus planes a
cabo. Pero ella necesitaba más.
Como casi todas las señoras de la alta sociedad de Madrid, iba a los salones más de
moda del momento, faltaría más.
Exclusive Hair, estaba dirigida por el famoso y muy atractivo estilista Carlos del
Toro y Viviana, que se aburría como una ostra, se propuso que ese trofeo seria suyo.
Ella, en un primer momento, le había conocido en la peluquería del hotel. El famoso
peluquero, hacia poco que se hacía cargo del salón que estaba ubicado dentro del hotel, le
había puesto el nombre de la firma de salones de belleza que regentaba, pues quería ampliar
el negocio.
Una vez a la semana iba a la sucursal para dejarse ver y, que las desocupadas y
acaudaladas señoras que iban allí por ser la famosa firma Exclusive Hair, pudieran contar a
sus amigas en sus aburridas reuniones, que le conocían y que les había atendido él
personalmente. Como buen empresario, cuidaba su negocio.
Viviana, se había quedado prendada nada más verle. Había intentado seducirle, pero
él la había rechazado, eso sí, muy educadamente.
Ella, que siempre había tenido un sexto sentido, presentía que había algo raro. Todos
sus instintos, y tenía muchos heredados de su madre, se lo decían. El ocultaba algo, no se
podía ser tan perfecto.
Viviana empezó a visitar, con mucha frecuencia, el salón de la calle Juan Bravo para
observar al dueño, él estaba casi todos los días allí. Como no conseguía averiguar nada,
decidió pedir ayuda. Contrató al mejor investigador privado de Madrid para que le siguiera,
aunque de momento no había tenido éxito. El tiempo lo diría y, a ella, le sobraba de eso.
Un día la solución le llegó por un golpe de suerte. Ella estaba sola en una de las
cabinas de belleza que tenían en la planta superior, todo su cuerpo estaba envuelto en arcilla
traída directamente desde el Mar Muerto.
Viviana escuchó un ruido en la puerta de al lado. Era por la que se accedía a la zona
privada, y solo era utilizada por el personal del salón.
La curiosidad la animó a asomarse, a ver quien había entrado. Se envolvió en una
toalla y salió rápidamente de la cabina. Justo antes de que se cerrara totalmente la puerta,
ella la atrancó con el pie y la empujo utilizando la toalla, con cuidado de no dejar manchas
de arcilla.
Cuando asomó la cabeza, vio a Carlos meterse en una de las puertas que había en el
pasillo. Viviana le siguió con el presentimiento de que iba a descubrir algo importante.
El peluquero estaba de pie delante de una nevera con la puerta abierta, cogió una
botella, se la llevó a los labios y se la bebió de un trago.
Cuando se retiró de delante de la nevera para tirar la que se había bebido a la
papelera, Viviana pudo ver, que muchas otras iguales a la que se había bebido saturaban los
estantes. En las etiquetas de todas se leía 0+.
Viviana se quedó paralizaba mientras su cerebro procesaba toda la información.
¡BINGO!
Recordó todo lo que le había contado su madre el día de su muerte, era verdad, los
vampiros existían y ella tenía a uno justo delante. Ahora lo entendía todo y, por supuesto,
se iba a aprovechar de ello.
***
— Sr. del Toro. — La voz de la secretaria sonaba por el interfono del despacho—
me informa Michael que el vuelo de la Srta. Rey ya ha aterrizado. Me pregunta, si después
de dejar el equipaje en el apartamento, la recibirá.
— Ya es un poco tarde, ahora me voy a casa, dígale que mejor descanse esta noche.
Mañana la recibiré en mi despacho a las diez de la mañana, después de la reunión que tengo
con el comité a las ocho.
Gracias a unos cristales polarizados que había inventado Tom, un empleado además
de amigo, podía moverse con total libertad por el interior de sus edificios durante el día.
Tom era otro vampiro, natural de Nueva York. Se conocían desde hacía mucho
tiempo gracias al foro que tenían para comunicarse entre ellos. Se habían hecho muy
amigos desde que Carlos se había trasladado a la ciudad de los rascacielos.
Carlos había creado un holding llamado Bull Company. En el grupo de empresas,
aparte de Exclusive Hair, había más firmas. Se había especializado en proporcionar
material y servicios especiales para vampiros. Tom era el responsable de investigación e
innovación.
El nuevo salón de belleza que se iba a inaugurar próximamente, también iba a estar
adaptado para la población vampírica de la ciudad, tendría un horario, en el que las horas
nocturnas, estarían incluidas.
Había solicitado a los responsables en España que, entre el personal que allí
trabajaba, propusieran a alguien con calidad y que estuviera dispuesto a viajar a Nueva
York. Quería que el nuevo establecimiento fuera lo más parecido a los de Madrid y, para
ello, quería la esencia de España desde lo más importante, los recursos humanos.
Le habían hablado muy bien de la Srta. Rey desde las oficinas de Madrid, según ellos,
era una gran profesional y daba la imagen española que él quería para la empresa. Bueno, al
día siguiente la conocería.
Carlos siempre había tenido cuidado de que su personal estuviera contento, con esto
no quería decir que fuera un blando, pero sí que protegía e incentivaba al personal que se lo
merecía.
Su secretaria llamó a la puerta antes de abrirla.
— Buenas noches Sr., si no necesita nada mas…
— Gracias Guadalupe, llevas aquí desde las 8:00 de la mañana, vete antes de que tu
marido me pida explicaciones.
— Gracias señor, buenas noches.
— Buenas noches Guadalupe. Que descanses.
Otra larga noche por delante, aunque llevara una vida lo más normal posible, no se
terminaba de acostumbrarse a dormir por la noche.
Cuando se dirigía hacia su apartamento en el piso superior a las oficinas, su teléfono
móvil sonó:
— ¿Qué pasa Tom?
— Hola Carlos ¿te apetece una copa? vamos todos al Hematology.
— Está bien, me cambio y nos vemos en una hora.
— Ok, nos vemos.
El club Hematology, era el lugar donde la mayoría de la comunidad vampírica, iba
cuando querían tomar una copa. Estas podían ser clásicas, con licores humanos o de otras
sustancias más adecuadas a los gustos de los vampiros, estas últimas, se servían en copas
opacas para no levantar sospechas. Y, por supuesto, pertenecía a la compañía de Carlos.
La encargada, era una vampira que se había trasladado a Nueva York desde Sevilla
hacia cuatro años. Atraída, por medio del foro, por la forma de vida que los vampiros de
esta ciudad habían conseguido. Era una sensación de normalidad, después de vivir oculta
desde que la habían convertido.
Carlos entró por la puerta de su local sin esperar fila, los dos humanos que
controlaban el acceso al Hematology, eran conscientes de la existencia de los vampiros y le
daban prioridad de acceso al club, sobre todo, si eras el jefe. Los humanos también
frecuentaban el local, esto le daba una sensación de normalidad de cara al resto del mundo.
En la barra le estaban esperando el grupo de vampiros con los que solía salir, muchos
de ellos de origen español y, casi todos, empleados suyos. Tom, levantó la mano para
saludarle.
***
Jimena, bajo del lujoso coche de la marca Mercedes con que la habían ido a recoger
al aeropuerto, antes de que le diera tiempo a que el chofer le abriera la puerta. Se despidió
de Michael, que así se le había presentado a Jimena cuando esta le había preguntado su
nombre, hasta el día siguiente.
— Entonces la recojo a las 9:00 Srta. Rey, para estar en el despacho de Sr. del Toro a
las 10:00 de la mañana.
El Sr. del Toro la quería conocer antes de empezar a trabajar en la nueva peluquería.
— Por favor, llámame Jimena, somos compañeros — No le gustaba nada que la
llamaran de usted, era demasiado joven para eso.
Abrió la puerta y entró al apartamento en el que se iba a alojar mientras viviera en
Nueva York.
Era tipo estudio, tenía aproximadamente setenta metros cuadrados y estaba situado en
la tercera planta de una casa de piedra rojiza de tres pisos, en un bloque rodeado de arboles
en la zona de Chelsea. Jimena dejó el equipaje en el suelo de la entrada y fue rápidamente
al cuarto de baño, no le había dado tiempo a ir en el aeropuerto y le iba a reventar la vejiga
como no la descargara inmediatamente.
Mientras estaba sentada en el retrete se puso a observar el cuarto de baño, tenía una
gran cabina de ducha de esas con chorritos por todos lados y música incorporada — que
nivel Maribel — un lavabo encastrado en un bonito mueble de madera y estanterías de
cristal alrededor del espejo.
Salió del baño y se dispuso a curiosear por el apartamento. Había una habitación con
una cama doble, aire acondicionado y una televisión. La cocina tenía una estufa pullman,
una nevera, armarios y una pequeña mesa de desayuno con dos sillas. La zona de estar,
estaba equipada con un gran sofá, una moderna televisión, una mesa escritorio con material
de oficina, un teléfono fijo y un ordenador con acceso a internet.
Jimena abrió una de las ventanas. Se quedó algo sorprendida por el tipo de cristales
que tenían — que psicóticos son estos estadounidenses— pensó — esto debe ser a prueba
de balas.
Cuando terminó de colocar todas sus cosas, Jimena saco su Guía Ilustrada de Nueva
York y buscó el plano de la ciudad. Podía mirarlo también en internet, pero siempre le
había gustado la sensación de hojear un libro y poner marca páginas donde había algo
interesante.
El apartamento estudio estaba situado en la calle 19 de la Novena Avenida, en
Chelsea, una zona en la parte inferior del oeste de Nueva York. Las salas de cine, tiendas y
todas las comodidades se podían encontrar en la Octava Avenida. Las avenidas Quinta y
Sexta, situadas un poco más al este, eran animadas zonas comerciales con una gran
variedad de tiendas de ropa.
El estudio se encontraba, a poco más, de una manzana del parque de la High Line,
una zona recién convertida, que solía ser la línea de mercancías del ferrocarril. Más allá del
parque, se encontraba el río Hudson y el famoso Chelsea Piers Sports Complex, donde
existían servicios de salud y fitness (piscina, gimnasio, escalada, etc.) dos pistas de patinaje
sobre hielo, bolera, campo de prácticas y una amplia variedad de programas.
Tendría que pasarse por allí para hacerse una tarjeta de socia, a ver si iba conociendo
a gente, en caso contrario, terminaría hablando sola como las locas.
Después de colocar el equipaje y darse una ducha, Jimena se entretuvo en elegir la
ropa que se pondría al día siguiente. Quería dar una buena impresión. Eligió un vestido de
Custo Barcelona, que le había regalado Marta — te lo tienes que poner el primer día en tu
nuevo trabajo, te dará suerte — le llegaba por encima de las rodilla, era de color negro y
con unas finas rayas, le quedaba como un guante. Preparó unos pantis y unos zapatos
negros de tacón alto. No sabía cómo sería su jefe y sus nuevos compañeros, tenía que dar
muy buena impresión.
Después de abrir su correo en el ordenador que tan amablemente le habían facilitado,
y chatear con sus padres y con Marta. Se metió en la cama y, sorprendentemente, se durmió
enseguida.
Cuando se despertó eran poco más de las siete de la mañana. Se dirigió a la cocina y
abrió la puerta de la nevera, para su sorpresa estaba llena. La noche anterior no había tenido
hambre y había estado muy cansada para mirar dentro del frigorífico. Sacó el zumo de
naranja y la leche y lo puso en la mesa. Abrió los armarios de la cocina y encontró capsulas
para la cafetera Nespresso que había en la encimera. Después de desayunar se lavo los
dientes, se maquillo y se peino dejándose el pelo suelto. Se vistió con la ropa que había
dejado preparada la noche anterior.
Cuando sonó el portero automático eran las nueve en punto de la mañana. Jimena se
puso el abrigo, cogió su bolso y se dirigió a la calle.
Michael abrió unos ojos como platos cuando la vio salir del portal. Sostenía la puerta
del asiento de detrás de un Porche Cayenne con el que había venido a buscarla.— ¿Está
gente utiliza un coche nuevo cada día?— pensó, mientras se fijaba en los cristales del
vehículo, eran iguales a los de las ventanas de la casa, que raro, pensó Jimena.
— Buenos días señorita, ¿ha dormido bien?— le dijo aclarándose la garganta.
— Buenos días Michel, llámame Jimena.
— Está bien, Jimena.
— Perfectamente, muchas gracias.
— Me gustaría ir en el asiento de delante— Tenía un problema con los asientos de
detrás, se mareaba con mucha facilidad. No quería llegar a su primera entrevista con el jefe
con cara de acelga.
— Por supuesto, no hay problema.
— ¿Qué le ha parecido el apartamento, estaba todo a su gusto?— le preguntó
mientras se dirigía rápidamente hacia la puerta del pasajero para abrírsela a Jimena.
— Todo está muy bien, muchas gracias por llenarme la nevera, no era necesario que
se molestara.
— No es molestia, es mi trabajo. Fue una orden directa del Sr. del Toro. Quiere que
se encuentre lo más cómoda posible. Mientras este en Nueva York, él se siente responsable
de usted y de su comodidad.
Mientras se dirigían al edificio de oficinas donde estaban las instalaciones
administrativas de la compañía y el despacho del Sr. del Toro, alucinaba con la ciudad.
Mientras recorrían la Quinta Avenida, también llamada la Avenida de los Millonarios no
podía dejar de mirar para todos lados. Como todas las avenidas de la ciudad, esta calle
cruzaba Nueva York de norte a sur. La Quinta Avenida era una de las calles comerciales
más importantes de la ciudad y los locales que en ella se ubicaban tenían alquileres a
precios prohibitivos. Se podían comparar con los de Los Campos Elíseos de París o Ginza
en Tokio.
Mientras recorrían las calles, Michael le iba poniendo al día, por orden del jefe, sobre
los detalles del nuevo Salón.
Este se abriría en el 666 de la Quinta Avenida y compartiría bloque con el gigantesco
local de Zara, una de las más grandes compañías españolas, especializada en textil. Iba a
convertirse en un establecimiento bandera en la Gran Manzana.
El lugar no podía ser mejor, situado a escasos metros del MoMa, la Catedral de San
Patricio, el completo Rockefeller o tiendas de prestigio como Tiffany, Bulgari, Cartier y
Bergdorf.
Cuando Llegaron al edificio, Michael se dirigió a la entrada del aparcamiento privado
con el que contaban algunos de los ejecutivos que allí trabajaban.
Las oficinas del Sr. del Toro estaban en la treintaitresava planta. Aparcaron el coche
en una plaza con un cartel dorado que ponía Bull Company y se dirigieron hacia el
ascensor. Michel utilizó una tarjeta electrónica e inmediatamente empezaron a ascender
hacia la planta correcta sin necesidad de marcar el número en el teclado.
— ¿Está nerviosa, Jimena?
— Creo que no.
— Como apriete el bolso con más fuerza lo terminará rompiendo.
Jimena soltó el bolso y sonrió nerviosa.
— No me llames de usted Michael, solo soy una empleada más.
— Está bien Jimena, es una costumbre.
— El Sr. del Toro es un buen hombre, puedes estar tranquila.
— Gracias Michel, siempre me pongo algo nerviosa con las cosas desconocidas. Se
me pasará.
— De nada. Ya hemos llegado. Tú primero Jimena.
Salieron del ascensor directamente dentro de las oficinas del la compañía. Una
recepcionista les dio los buenos días amablemente, Michel le guiño un ojo y esta se
sonrojo, como diría su amiga Marta — aquí hay temita— pensó Jimena. Se dirigieron sin
pararse por un pasillo hasta llegar a una amplia sala donde se sentaba una hermosa mujer
con rasgos latinos.
— Hola Guadalupe, ha terminado ya el jefe.
— Si, acaba de finalizar la reunión. Enseguida le aviso.
— Gracias nena.
Guadalupe descolgó el teléfono y, con mucha profesionalidad, se dispuso a
anunciarles.
— Podéis pasar.
— Muchas gracias, eres la mejor.
La mujer sonreía mientras ponía los ojos en blanco
— Eres incorregible.
Michael abrió la gran puerta de madera y la sujeto para ella.
Viviana estaba muy alterada. Andaba de aquí para allá por todo el salón de su casa,
haciendo un ruido insoportable con los tacones.
El personal de servicio, se había ido retirando de su alrededor disimuladamente, con
la escusa de ir a hacer sus tareas. Cuando ella estaba de ese humor, mejor encontrarse lo
más lejos posible.
Llamó a gritos a la doncella que tenia interna en la casa. Lola había trabajado para la
familia durante diez años y su madre muchos más. Muchas veces pensaba en dejarlo, no
sabía si aguantaría mucho más a la nueva ama de la casa.
— Esta mujer es peligrosa — le decía a su madre, que ya estaba jubilada.
— No exageres Lola, ya sabes que para trabajar en esto hay que tener mucho aguante.
— No exagero, es oscura — solo de hablar de ella se le erizaban los bellos de la nuca,
era como si pudiera escucharla.
Viviana le ordenó que le llevara el teléfono para llamar al último investigador privado
que tenía contratado desde hacía algo más de siete meses. Al anterior le despidió de mala
manera, cuando ella misma consiguió descubrir el secreto que la obsesionaba.
Había tenido que ser ella, la que diera con el enigma que el Sr. del Toro guardaba tan
escrupulosamente.
El joven detective, se había acercado a la Duquesa en un mercadillo benéfico, que
organizaba una conocida ONG todos los años en la capital. Este evento, era muy conocido
y frecuentado, por toda la alta sociedad madrileña. La ONG en cuestión, apostaba por la
integración laboral de los inmigrantes en nuestra sociedad. Concretamente de los jóvenes
que, previamente, habían sido niños en las casas de acogida que ellos mismos tenían.
A Viviana la importaba una mierda la solidaridad, pero todos los medios estaban allí
y ella adoraba salir en las revistas del corazón — que se murieran de envidia en el pueblo
— pensaba malévolamente.
En un principio, Viviana le había seguido el rollo porque le había parecido muy
atractivo y veía en él un buen plan para esa noche. Pero, cuando una de las superficiales
señoras con las que Viviana se codeaba, se lo recomendó como investigador, se planteó
aprovecharle de más de una forma.
Su superficial amiga, lo había tenido a su servicio para conseguir información sobre
su último marido, para poder ponerle una demanda de divorcio de la cual sacar la mayor
tajada posible. Como su amiga lo describía, como uno de los mejores investigadores
privados de la ciudad, Viviana enseguida decidió contratarlo para que se infiltrara entre el
personal de Exclusive Hair y consiguiera información para descubrir donde podía estar
escondido ese gusano egoísta. — ¿Por qué se había negado a convertirla en vampira? o, por
lo menos, podía haber compartido su sangre con ella. Está le habría permitido frenar el
envejecimiento y poder tener más tiempo para conocer a otro vampiro que accediera a sus
demandas.
Viviana quería ser una vampira desde que se había enterado de las ventajas que esto
conllevaba. Por lo que podía recordar sobre lo que le había contado su madre la noche que
murió, estos eran inmortales. Había muy pocas maneras de matarlos: exponerles al Sol o
clavarles una estaca de madera en el corazón. También eran muy sensibles a la plata.
Los beneficios compensaban sobradamente a los perjuicios. Eran extremadamente
bellos, llamaban la atención por eso donde quiera que fuesen. También eran muy fuertes,
además de veloces y, algunos, tenían poderes especiales. Por supuesto, toda esa
información, la había tenido que descubrir investigando por su cuenta. Aparte de lo que le
había contado su madre, ella no sabía mucho más sobre los de su especie. El vampiro no
había soltado prenda por más que ella le había preguntado por las buenas y por las malas.
Desde el momento en que descubrió que los vampiros existían realmente, su fin en la
vida era convertirse en vampira. Viviana lo tenía muy claro, que nada ni nadie que se
interpusiera en su camino saldría bien parado. Lo conseguiría fuera, como fuera.
En ningún momento se había tragado lo del accidente y ahora quería encontrar al
maldito vampiro manipulador que se la quería quitar de encima.
Si pudiera viajar a Nueva York, ya lo habría hecho para conocer al misterioso
heredero. Pero de momento, esto no sería posible, por un problema legal que tuvo cuando
era más joven e inexperta.
Hacía ya casi quince años, había sembrado en el patio de detrás de la casa marihuana.
El negocio había durando solo un año porque alguien la denunció. Que diera gracias de
que nunca se enterara de quien fue el maldito bastardo que lo hizo, pues hubiera tenido un
grave problema de salud.
La Guardia Civil se la llevó detenida y estuvo un año en un centro de menores.
Cuando cumplió dieciocho, la concedieron la libertad vigilada y pudo volver a su casa. Pero
con una condición, no podría salir de Europa durante quince años.
El tiempo que la impuso el juez para no poder tener el pasaporte se terminaba en
catorce días. Viviana, ya tenía hora para tramitar el pasaporte en la comisaria de su distrito
para dentro de dos semanas. Había cogido la cita hacia más de un año.
En cuanto tuviera el pasaporte viajaría a Nueva York. Tenía la sospecha de que
Carlos se escondía en esa ciudad. Viviana estaba deseando coger las riendas de la
investigación. Pero, como de momento eso no era posible, haría todo lo que se pudiera
desde España.
En cuanto tuviera la información de donde se escondía ese maldito cobarde, le tendría
a sus pies. Ella, a parte de su sangre, le quería en su cama, no podía pensar en otra cosa
desde que le había conocido. Si Carlos quería seguir manteniendo su naturaleza en el
anonimato, tendría que cumplir todas sus expectativas. Tendría que hacer todo lo que ella le
pidiera, o si no, que se atuviera a las consecuencias.
Por supuesto Viviana también tenía un plan B. Si ella no podía ser una vampira,
entonces los cazaría para investigar con su sangre, seguro que los resultados que obtendría
en tratamientos de rejuvenecimiento serian de lo más lucrativos.
Mientras tanto, se conformaría con el atractivo detective, aunque no le llegara a su
peluquero a la suela de los zapatos, le serviría de momento para entretenerse. Le había
convertido en su amante, no había mejor manera de dominar a un hombre que con buen
sexo.
Viviana empezaba a perder la paciencia, llevaba diez años detrás de descubrir donde
se escondían esas sanguijuelas, si había uno tenía que haber más. Se había dedicado los
últimos años en intentar descubrir a algún vampiro aunque no fuera Carlos, pero había sido
imposible. Esos hijos de Satanás sabían ocultarse muy bien. Dado lo infructuosa que había
sido esa táctica había decidido seguir una nueva línea de investigación, y para eso había
decidido infiltrarse en el personal de la empresa de Carlos, e intentar descubrir si alguien
sabia, o era, algo más de lo que aparentaba.
Tenía la corazonada de que esta vez obtendría algún resultado.
Hacia unos meses su amante había empezado a darle alguna esperanza con los
resultados obtenidos. Tenía contacto con algunas de las empleadas de los salones y ella, por
su parte, llevaba coqueteando con uno de los directores de la compañía desde hacia unas
semanas. Era un hombre de mediana edad, fácilmente manejable con un poco de seducción.
El típico cerdo que no tenía ningún problema en engañar a su esposa. Viviana, por su parte,
no tenía ningún escrúpulo en utilizarle mientras le necesitara, para ella era como un
Kleenex, de usar y tirar.
Viviana cogió el teléfono móvil y marcó el número del detective.
— Hola Viviana, ¿está todo bien?
— ¡Por supuesto que no!, ¿has descubierto lo que hablamos?
— No. Te dije que si descubría algo te llamaría inmediatamente.
— Se me está acabando la paciencia Lorenzo y, créeme, no quieres verme
descontrolada.
— Está tarde intentaré hablar con la amiga a la salida del trabajo
— Hazlo, y no vuelvas a fallar.
Viviana colgó el teléfono con un golpe seco y se dispuso a vestirse. Iba a encontrarse,
casualmente, con el director de personal de Exclusive Hair. Intentaría conseguir
información por ella misma.
***
Carlos colgó el teléfono por el que le había llamado su secretaria. Mientras quitaba
unos informes de encima de su mesa, la puerta del despacho se abrió.
¡PUM!... el golpe le dejo noqueado. El olor que le llego a sus fosas nasales fue como
un tsunami, no podía mover ni un musculo, tuvo que utilizar toda su fuerza de voluntad
para controlarse y, que su lado salvaje, no saliera a la luz. El aroma de esa chica era lo más
exquisito que había olido en su larga vida. Necesitaba alejarse de ella ya mismo.
— Sr. del Toro, ¿se encuentra bien? — — Michel le miraba preocupado al ver la
reacción de su jefe, si estuviera mas quieto parecería una estatua griega. — Sr. ¿necesita
ayuda?, ¿Llamo a Tom?
— No, no es necesario — con un vampiro descontrolado en la sala ya había bastante
— ha sido un pequeño mareo — dijo Carlos recuperando mínimamente la compostura.
— Está bien — Michael nunca había visto a su jefe así y, por supuesto, no se había
tragado lo del mareo. Los vampiros no se mareaban. —Sr. del Toro, le presento a la Srta.
Rey, es la empleada que ha viajado desde España para el puesto de la nueva sucursal de
Exclusive Hair.
— Ya sé quien es Michael. Bienvenida a los Estados Unidos Srta. Rey. ¿ha tenido un
buen viaje?, ¿está todo a su gusto en el apartamento? — Carlos hablaba como si tuviera una
espina de pescado clavada en la laringe.
— Está todo perfecto, muchas gracias. — Jimena estaba fascinada con el parecido
con su tío, era impresionante.
El pelo era moreno, más corto por detrás que por delante. La cara era perfecta,
cualquier modelo mataría por ella. Los ojos verdes no dejaban de mirarla fijamente, por un
momento, le pareció ver en ellos un reflejo rojo. Era bastante alto, por lo menos tenía que
medir dos metros. El cuerpo, aunque llevaba un traje chaqueta perfectamente cortado,
seguramente hecho a medida, se veía fuerte y musculado. Si no fuera por la edad, ella
hubiera jurado, que la persona de las fotos de la recepción de Madrid y él, eran la misma
persona.
— ¿Qué le parece la información sobre el nuevo salón que le ha facilitado Michael
por el camino?
— Es… impresionante.
— Bueno, pues como ya está informada de los detalles más importantes, Michael se
encargara de enseñarle el local y presentarle a algunos de los profesionales que hemos
contratado. Tengo mucho trabajo y no puedo acompañarles en este momento — Carlos
necesitaba tranquilizarse, y para eso, tenía que alejar de él a esa hermosa mujer y su sistema
circulatorio. En ese preciso momento, él estaba a punto de perder el control — Michael,
¿no me has oído?
— Por supuesto señor — Michael le miraba con el ceño fruncido, mientras se dirigía
a la puerta, cogiendo del brazo a Jimena que parecía haberse quedado hipnotizada mirando
a su jefe. Esa forma de comportarse no era propia de él. Michael no sabía lo que le pasaba a
su jefe, pero estaba claro, que algo le pasaba.
Mientras descendían en el ascensor hacia el local, Michael estaba muy serio.
— Michael, ¿Qué es lo que ha pasado arriba?
— No se ha que te refieres.
— Tengo la sensación de que no le he gustado al Sr. del Toro.
El ascensor se abrió y fue la excusa para que Michael cambiara de conversación.
— Vamos al local y te presentare al personal con el que vas a trabajar.
Jimena lo dejó estar… de momento.
Cuando entraron en él local, Jimena se quedó boquiabierta.
El salón era impresionante. Todo estaba decorado en estilo moderno, los colores
predominantes eran el rojo y el negro. Presidido por una gran recepción y una cómoda sala
de espera en la que destacaba una gran librería negra repleta de los últimos Beck Sellers del
New York Times. La sala de espera también contaba con una gran pantalla en la que se
podían ver las últimas novedades en videos musicales. El salón estaba tapizado en telas
rojas y los sillones eran de cuero negro. La zona de lavado estaba equipada con sillones
relax de masajes. Había una escalera de caracol en el centro del salón por el que se subía a
la planta superior.
Michel tiro de Jimena que estaba alucinando mirando hacia todos lados.
— Vamos a la sala de reuniones, nos están esperando — Michael estaba
extrañamente serio desde el incidente del despacho.
— Si vamos, me gustaría conocer con quien voy a trabajar.
Subieron la escalera y llegaron a un pasillo en el que había varias puertas a ambos
lados, todas ellas tenían carteles en los que se podía leer para lo que estaban destinadas las
mismas, la mayoría eran para tratamientos estéticos, menos una. Al fondo del pasillo estaba
la sala de reuniones. Michael abrió la puerta, allí estaban sentadas varias personas alrededor
de una gran mesa de madera. Todos miraron hacia ella con curiosidad.
— Os presento a la Srta. Rey. Es la compañera que viene desde España para trabajar
con nosotros — Michael le ofreció una silla en la mesa mientras le presentaba a sus
compañeros— Erika, Jane y Sebastián serán tus compañeros en el salón, Elena y Cristina
son las encargadas de los tratamientos estéticos y Violeta es la recepcionista.
— Encantada de conoceros — Jimena intentaba retener la información nombre/cara
para no ofender a nadie y poder llamarles correctamente.
Todos parecían ser bastante agradables, excepto Sebastián. Estaba tan tieso, que
parecía que le habían metido un palo por cierto sitio.
— Bueno, por fin estamos todos, podemos empezar o vamos a estar aquí todo el día
perdiendo el tiempo.
— No seas desagradable Sebastián, todavía faltaba yo — el señor del Toro entró por
la puerta rápidamente, dio un rodeo innecesario para colocarse en el otro extremo de la
mesa de donde estaba sentada Jimena.
Guadalupe, que acompañaba al Sr. del Toro, repartió unos dosieres a todos los
asistentes con los horarios de trabajo. A Jimena le sorprendió el hecho de que hubiera turno
de noche, no es que le importara, pero era raro.
Durante toda la reunión Jimena miraba furtivamente a su jefe, era tan atractivo que no
sabía si podría dejar de ruborizarse cada vez que lo viera. Cuando alguien le dirigía la
palabra a ella y, tenía que cambiar su atención hacia esa persona, sentía que él la observaba
a ella.
Cuando termino la reunión se les informó que la fiesta de inauguración seria el
viernes a las nueve de la noche. Eso era al día siguiente, madre mía que se iba a poner.
Menos mal que se había traído un vestido de fiesta de la Noche Vieja pasada por si acaso.
Todos se dispusieron a salir de la sala de juntas cuando el Sr. del Toro la llamó.
— Jimena, espere un momento. Quisiera hablar con usted en privado.
Todos salieron de la sala mirándose unos a otros con cara de curiosidad. A ella no le
gustaba ser el centro de atención y, estas cosas de quedarse a solas con el jefe, no le
facilitaban las cosas.
— Usted dirá.
— En primer lugar quiero disculparme por haber sido tan grosero en el despacho, no
me encontraba bien.
— No son necesarias las disculpas.
— Entonces… ¿eso quiere decir que estoy disculpado?
— No hay nada que disculpar — Jimena no entendía tanta insistencia de su jefe, los
superiores que había tenido en España les daba igual si te ofendían o no.
— Me quedo más tranquilo sabiendo que no la he ofendido.
Jimena bajó las escaleras hacia el salón principal. Erika la estaba esperando sentada
en uno de los tocadores, era muy pequeñita y delgada, llevaba el pelo largo y de color
morado. Los ojos eran de color negro y tenía una sonrisilla picara en ellos. Los labios los
llevaba pintados de un rojo intenso. Su forma de vestir era de lo mas estrafalaria, llevaba un
vestido negro con cancán y un gran lazo rojo a la cintura, en fin, que no pasaba
desapercibida por muy pequeñita que fuera. Jimena, supo en ese mismo momento, que se
iba a llevar bien con ella. Siempre había tenido buena relación con las personas que se
salían de lo común.
— ¡Jimena te estaba esperando!, te puedo pedir un favor.
— Eh… bueno, de que se trata.
— ¿Me peinarías para la fiesta de mañana?, porfaaaa — Erika la hablaba como si la
conociera de toda la vida, y eso era algo que en ese momento, Jimena necesitaba. Echaba
de menos a su amiga Marta, y un poco de espontaneidad era bienvenida.
— Claro, no hay problema, podemos quedar mañana por la mañana.
— ¡Genial!, quedamos aquí a las 11:00, se van a morir de envidia de que me hagas tú
el recogido para mañana.
— ¿Cómo? ¿Por qué se iban a morir de envidia? — ya estaba siendo el centro de
atención otra vez sin quererlo.
— Porque eres la mejor haciendo recogidos, en el informe que mandaron desde
España decía claramente que era tu especialidad.
— Bueno está bien. ¿El señor del Toro no tendrá problema que utilicemos el salón?
— No creo que le importe, el Sr. del Toro es un buen jefe, nos dijo que nos
sintiéramos como si fuera nuestro — Erika miraba con una sonrisa pícara hacia las
escaleras de caracol— ¿Verdad Carlos?
— Por supuesto Erika. — Carlos cambió la mirada de Erika a Jimena — Srta. Rey,
puede disponer de las instalaciones y todos sus servicios siempre que lo deseé.
— Llámeme Jimena — le dijo ella ruborizándose. Dios, habría alguien más atractivo.
— Con la condición de que tú me llames Carlos.
— Hecho.
Los dos se quedaron mirando fijamente por unos segundos hasta que Erika rompió el
momento.
— Vamos a ir todos a comer, ¿quieres acompañarnos Jimena?
— Vale, no tengo ningún otro plan.
— ¡Genial!, nos acompañas Carlos.
— No puedo… es un poco pronto y tengo mucho trabajo, comeré algo en el
despacho.
— Otra vez será. Venga vámonos o Sebastián empezara a refunfuñar y no habrá
quien le aguante.
Jimena cogió su bolso y su abrigo y salió por la puerta principal del salón con Erika
colgada de su brazo.
***
Carlos se quedo plantado en el salón con una sensación de soledad que no se podía
explicar. Maldito fuera el Sol que le tenía prisionero durante el día. Si hubiera sido de
noche se habría ido detrás de Jimena sin dudarlo.
Se estaba obsesionando, hacía muchos años que no había sentido nada parecido y no
había terminado bien, los últimos cien años se había mantenido dentro de una coraza para
que no le pudieran volver a herir de esa manera, no sabía si podría volver a confiar en
alguien alguna vez.
Había sido convertido en vampiro hacia ya casi ciento cincuenta años. En el siglo
XIX en Madrid, se fraguó una cultura popular urbana, a través de unas décadas renovadoras
en los que España trató de incorporarse al devenir europeo. El último cuarto del siglo XIX
suscitó más comentarios políticos que los anteriores. Por aquel entonces Carlos era un
dinámico joven de veintiocho años, con muchas ganas de que su país avanzara al ritmo de
los demás países europeos. El debate político y la producción cultural salieron a la calle y
encontraron especial ubicación en las tertulias de los cafés. En los cuales Carlos, era un
miembro muy conocido por sus ideales y por ser un férreo defensor de la recién estrenada
republica. Era muy común que saliera a altas horas de la madrugada de los cafés situados
en la zona.
La noche que fue atacado, había salido de un conocido café de Madrid a las dos de la
madrugada. Era una fría noche de invierno y Carlos, envuelto en su abrigo, atravesaba la
plaza de Santa Ana en dirección a su domicilio. Desde detrás de un soportal, salió la silueta
de una mujer que se acercaba a él moviéndose sinuosamente. Carlos se dispuso a
rechazarla, pensando que sería una de las numerosas prostitutas que rondaban a los
hombres que salían de los cafés para hacer negocio con ellos. Cuando la mujer se acercó a
él cortándole el paso, mientras se situaba debajo de uno de los escasos faroles que
iluminaban la calle, Carlos tuvo que contener una exclamación al ver la beldad que tenía
delante de él, casi estaba dispuesto a aceptar el trato. Antes de que pudiera reaccionar, la
mujer le arrastró hacia las sombras y, a partir de ahí, Carlos ya no podía recordar
absolutamente nada. Se despertó en su casa, con todas las cortinas corridas para que no
entrara ningún rayo de sol. Miró su mano en la cual sujetaba un trozo de papel, en el le
explicaba lo que le había pasado y en lo que se había convertido, con unas breves
instrucciones de lo que, a partir de entonces, Carlos tendría que tener en cuenta si quería
vivir, o que las obviara si lo que quería era morir. Terminaba la nota disculpándose por no
haberse podido controlar y, o le convertía en vampiro o le dejaba muerto en su cama. A la
noche siguiente, Carlos salió por la zona donde había encontrado la noche anterior a la
hermosa mujer, pero no fue capaz de encontrarla. Los años siguientes a su trasformación se
convirtió en un solitario, se alimentaba de animales y, cuando su metabolismo ya no podía
más, intentaba cazar a delincuentes para alimentarse de ellos, aunque jamás mató a
ninguno. El no era ningún justiciero.
Pasaron los años y Carlos no podía dejar de plantearse si su vida tenía sentido.
Entonces conoció a alguien la cual le dio motivos para seguir viviendo, se agarró a ella
como un naufrago lo haría a una tabla de madera en medio del mar. Pero su suerte no
duraría mucho tiempo.
Rosa le traicionó de la manera más vil. Cuando él, enamorado de ella hasta la medula,
le había propuesto matrimonio y en un momento de debilidad le había confiado su
naturaleza para que ella eligiera si quería la inmortalidad. La mujer, presa del pánico, había
huido aterrorizada. Carlos la había dejado marchar junto con su corazón, aguantando el tipo
mientras ella le insultaba y le llamaba monstruo.
Cuando Carlos casi había superado el golpe, ella apareció con intenciones mucho más
monstruosas, de las que él seria nunca capaz de hacer. Se había unido a una sociedad de
cazadores. Se hacían llamar Los Erradicadores, y se dedicaban a perseguir a criaturas
paranormales. Ellos venían con la clara intención de matarle.
La sociedad, estaba constituida por personas o familiares de personas que afirmaban
haber sido atacadas por criaturas monstruosas. Él jamás había atacado a nadie sin motivo
justificado y este era únicamente por defensa propia. Años atrás, cuando el suministro de
sangre en bolsas no existía, Carlos intentaba alimentarse todo el tiempo que su cuerpo
aguantara de animales. Cuando su naturaleza no podía más, bebía de la vena de personas
despreciables como eran asesinos, violadores y gente que no merecía ningún trato de favor.
Aunque seguramente estas personas no merecían seguir con vida, jamás mato a ninguno, él
no era ningún justiciero. Solo bebía lo suficiente para saciar su sed y después les dejaba ir,
no sin antes limpiar de sus mentes los recuerdos de sus encuentros. Los crímenes nunca
quedan impunes, pensaba, ya encontrarían la horma de su zapato y pagarían por lo que
habían hecho. Pero claro, eso es lo que él hacía. Había muchos de su especie que no tenían
el mismo cuidado. Y los pocos que habitaban en España, estaban dispersos y la mayoría
eran cazadores solitarios que no habían tenido la oportunidad de que nadie les enseñara a
ser civilizados.
Por ese motivo había tenido que huir de Madrid. No quería tener que defenderse y
hacer daño a nadie. Carlos decidió ocultarse en Paris por unos años con otra identidad. Allí
es donde había aprendido el oficio de peluquero. En esa ciudad había una pequeña
comunidad de vampiros que intentaban hacer vida normal, eso sí, con el reloj biológico al
revés que los homo sapiens. Dormían por el día y vivan por la noche. Tenían negocios que
funcionaban por la noche. Él consiguió hacerse amigo de una vampira que regentaba un
salón de belleza y estuvo trabajando con ella todo el tiempo que vivió en la ciudad.
Descubrió que le encantaba el oficio y además que se le daba muy bien. Pero Carlos echaba
de menos Madrid.
Cincuenta años después cuando ya no podía ser reconocido por nadie, había vuelto a
su ciudad para montar el negocio que ahora estaba ampliando. No había vuelto a tener
ningún encuentro con la maldita sociedad, pero eso no quería decir que no siguieran
existiendo. A partir de ese momento tendría que andar con pies de plomo, no se podía fiar
de nadie.
Él, por supuesto, había tenido relaciones esporádicas con humanas, pero siempre
cumplía dos reglas básicas: no identificarse con su verdadera identidad y nunca repetir más
de una vez con la misma mujer.
Mientras pensaba en Jimena, se dirigió cabizbajo hacia el ascensor para subir a su
oficina. Hasta que no oscureciera estaba encerrado en ese edificio.
Pasó de largo por delante de su secretaria con la mente en el oscuro cabello de
Jimena. Sus ojos eran preciosos, tan españoles, sus labios, su cuerpo, toda ella era perfecta
y su sangre… se metió en su despacho echando el cerrojo.
Abrió la caja fuerte. Esta estaba oculta detrás de unas estanterías que se movían
accionado una palanca, disimulada como si fuera un sujeta libros. Accedió al pequeño
frigorífico que tenía dentro y se bebió ansiosamente dos botellines de 0+. Ya se había
tenido que beber dos más antes de bajar a la reunión con el personal del salón. Estaba
especialmente sediento desde que había conocido a Jimena.
El suministro de sangre embotellada, para los vampiros de Estados Unidos, lo
facilitaba él a través de una de sus empresas. Esta se dedicaba a las donaciones
remuneradas. Las personas que donaban su sangre lo hacían voluntariamente y se les
remuneraba generosamente. Había personal que iba a sus domicilios a hacer la extracción
bajo un estricto control sanitario, ellos nunca sabían a quien se la estaban dando, pero
muchas de esas familias con problemas económicos, habían salido de apuros gracias a la
sangre que donaban los miembros adultos de las mismas. Nunca, bajo ninguna
circunstancia, se hacían extracciones a menores de edad.
Carlos se sentó en el sillón de su mesa y se dispuso a trabajar…imposible no se la
podía quitar de la cabeza.
***
***
***
Jimena miraba por la ventanilla del copiloto hacia el exterior. Por la noche la Quinta
Avenida eran un espectáculo de luz y color que te embargaba los sentidos.
Carlos paró justo enfrente de la puerta del local. Uno de los aparcacoches abrió la
puerta de Jimena para que esta saliese del vehículo. Habían puesto una alfombra roja para
acceder al local, protegida por ambos lados con vallas, donde se agolpaban los periodistas y
curiosos.
Jimena salió del coche abrumada por tanto despliegue y sintió la mano del Carlos
sujetándola por el codo, los periodistas al darse cuenta de quién era él, empezaron a
hacerles fotografías como locos. Él la guio hacia el interior del local, haciendo caso omiso,
a las preguntas de los reporteros.
Cuando entraron por la puerta, Jimena se quedó parada mirando alrededor. Estaba
todo decorado para la fiesta con grandes floreros repletos de rosas rojas y negras. Los
camareros se afanaban, con bandejas llenas de bebidas, ofreciéndoselas a los invitados,
mientras en el centro del salón, había una mesa con un especialista cortando jamón ibérico.
— Jimena, haces juego con la decoración — Le dijo Erika mientras se colgaba de su
brazo— Vamos a tomar algo y a comer jamón.
— Carlos, vienes con nosotras.
— Ahora no puedo, se supone que tengo que hablar con los invitados. Id a divertiros.
Sus compañeros estaban todos reunidos en un corrillo, se lo estaban pasando
fenomenal hablando de alguien. Cuando llegaron a su altura, se callaron inmediatamente y
la miraron sonriendo. Sebastián rompió el hielo.
— Vienes muy bien acompañada compañera — la sonrisilla decía más que las
palabras.
— Si, se ofreció a recogerme, compartimos transporte.
— Si tú lo dices. Carlos nunca ha compartido transporte con ninguno de nosotros.
— ¡Sebastián déjalo ya! — Jane regañó a su compañero.
— Creo que estás viendo cosas donde no las hay— dijo Jimena muy digna.
— ¿Tú crees?, entonces porque no te quita los ojos de encima. No le está haciendo ni
caso al director general de Loreal.
Inmediatamente miró hacia donde estaba su jefe. Este la estaba mirando fijamente,
inmediatamente cambió la vista hacia otro lado. Ella volvió a mirar a Sebastián roja como
un tomate.
— Métete en tus asuntos compañero.
— Está bien, pero luego no digas que no te lo he advertido.
— Dejaros de rollos y vamos a por mas jamón, se va a terminar — Erika tiro de
Jimena.
Jimena estaba entretenida mirando a los invitados que se congregaban en el salón,
mientras Erika parloteaba sin parar, cuando un hombre se acercó a ella desde la otra punta
del salón.
Era tan alto como Carlos, tenía el pelo rubio y lo llevaba largo recogido con una
coleta en la nuca. Los ojos eran azules e iba elegantemente vestido, como casi todos los
hombres de la fiesta, con un esmoquin. Aunque no era su tipo, había que reconocer que era
atractivo. Llevaba dos copas de champagne con una onza de chocolate dentro de cada una
de ellas y le ofreció una a Jimena, esta la cogió y esperó a que se presentara.
— Hola soy Tom, trabajo para el Sr. del Toro — Tom quería conocer a la mujer que
estaba trastornando a su amigo.
— Hola, soy Jimena y también trabajo para él.
Tom tenía que reconocer que era la mujer más bella de toda la fiesta y tenía un olor
especial. Era una diana para cualquier vampiro que no se supiera controlar. Había mujeres
que matarían por conquistar a su jefe. A ojos de todos era un soltero de oro, guapo y
millonario. Si ella pensaba engatusar a Carlos se las tendría que ver con él.
— Has venido con el jefe.
— Si. — a Jimena no le estaba gustando el tonito del tal Tom.
— Me preguntaba, si estabas buscando algo más que un puesto de trabajo en Nueva
York.
— No creo que sea de tú incumbencia.
Jimena miró inconscientemente hacia donde estaba Carlos atendiendo a los invitados.
Este, como si lo hubiera intuido, miro inmediatamente donde estaba ella. Con gesto serio,
se disculpó con la persona que estaba conversando y se dirigió hacia donde estaban Tom y
Jimena.
— Hola Tom, ¿ya conoces a Jimena?
— Si, ya que tú estabas ocupado, me he tomado la libertad de presentarme por mí
mismo, es realmente bella.
— Tom, ¿podría hablar contigo en privado?
— No será necesario, yo ya me iba — Jimena estaba entre enfadada y avergonzada y,
como siempre que le pasaba eso, se ponía roja como un tomate, lo que todavía la ponía de
mas mala leche.
Se dirigió hacia donde estaban sus compañeros, por el camino iba maldiciendo su
suerte con los jefes.
Carlos se dirigió a pasos largos hacia la sala de juntas, subió los escalones de cuatro
en cuatro, Tom le seguía a dos pasos por detrás. Cuando cerró la puerta de un portazo se
cruzó de brazos y se volvió hacia su amigo con los ojos teñidos de rojo.
— ¡Qué coño estás haciendo!
— Solo intento proteger a un amigo.
— Mira Tom, quiero que te alejes de Jimena. Es… mía — Antes de darse cuenta de
lo que estaba diciendo, ya estaba dicho.
— ¿Cómo has dicho? — Tom se quedo blanco.
— Mira, necesito que me dejes con esto. Sé que lo haces con buena intención, pero
me puedo poner muy agresivo si te metes por medio.
— Está bien, tú mismo, espero que no nos tengamos que arrepentir.— Tom no
entendía el encaprichamiento que tenían algunos vampiros con las humanas, él las utilizaba
para el sexo y, eventualmente, para alimentación y después de borrarles la memoria, si te he
visto, no me acuerdo.
Bajaron de nuevo al salón, más tranquilos que cuando habían subido
Carlos, mientras bajaba por las escaleras, buscaba con la vista a Jimena que no estaba
por ninguna parte. Vio a Erika que venía muy seria de la entrada del local.
— ¡Erika! — la llamo Carlos — ¿has visto a Jimena?
— Se acaba de ir — le dijo con tono de pocos amigos.
Carlos salió rápidamente hacia la calle. Jimena estaba subiéndose a un taxi, el
aparcacoches le sujetaba la puerta mientras ella se acomodaba en el asiento. Carlos sujeto la
puerta del vehículo impidiendo que el mozo la cerrara y se sentó al lado de ella.
— ¿Por qué te vas tan pronto? — le preguntó Carlos.
— No me encuentro bien, me duele la cabeza — mintió.
— Ya…quiero que sepas que Tom no volverá a molestarte.
— No me ha molestado — volvió a mentir.
— Entonces porque te vas tan pronto, parece como si huyeras.
— Mira Carlos, estoy cansada, me gustaría irme a casa. Además tengo que dar de
comer al gato.
— Está bien, como desees. Hasta mañana.
Carlos se bajó del taxi y la dejó marchar.
***
Jimena estaba disgustada, no quería dar la imagen de ser una caza fortunas, ella era
todo lo contrario. Odiaba a esas mujeres que solo veían la cartera de sus futuros maridos.
Ella se casaría por amor aunque tuviera que pasar hambre.
Llegó a casa a las once de la noche, el gatito estaba tumbado en la caja acurrucado a
una de sus camisetas viejas. Se la había dejado en la caja antes de irse para que no se
sintiera tan solo. Le habían dicho en la clínica veterinaria, que el olor de la persona que les
cuidaba, les tranquilizaba mucho a los cachorros tan pequeños.
Dispuso en la encimera de la cocina todo lo necesario para preparar el biberón. El
gato, que se acababa de despertar, la miraba con los ojos muy abiertos y maullaba
insistentemente.
— ¿Tienes hambre pequeñín?
— Miaaau, miaaau…— el gato parecía que la entendía.
— Ven aquí pequeñajo.
Cogió al cachorro envuelto en la toalla y se lo llevó al sofá para darle el biberón.
El teléfono empezó a sonar. Jimena se levantó del sofá, dejando de acariciar al
cachorro que se estaba quedando dormido encima de su regazo, y buscó dentro del bolso.
Era el número desconocido. Descolgó algo nerviosa.
— Hola.
— Hola Jimena, perdona que te moleste.
— No me molestas, estaba dando de comer al cachorro.
— Quería pedirte disculpas por lo de esta noche.
— No hay nada que disculpar, tú no has hecho nada.
— Me preguntaba si te gustaría ir a tomar una copa.
— No se Carlos… yo…
— Estarán todos allí.
— Bueno…
— Te recojo en media hora.
Jimena colgó el teléfono sin saber que había pasado, ella estaba dispuesta a poner
distancia y, ahora resultaba, que tenían una especie de cita con él en media hora.
Se puso las sandalias de nuevo, se retocó el maquillaje y, veinticinco minutos
después, sonó el telefonillo.
Jimena salió a la calle y vio a Carlos apoyado en el capó del coche esperándola,
estaba espectacular vestido con el esmoquin, cualquier mujer mataría solo porque le
dirigiera una palabra y, aparentemente, estaba interesado en ella.
Carlos la cogió de la mano en el momento que estaba a su altura y se la beso, una
corriente le recorrió el cuerpo, por un momento, Jimena pensó que se le doblarían las
rodillas. Ay Dios, estaba perdida, no sabía si podría decirle que no a ese hombre alguna
vez.
Los dos se subieron al coche, para dirigirse a una de las zonas de copas de la ciudad.
Lorenzo atravesó las puertas del aeropuerto hacia la calle. Llamó un taxi para que le
acercara al hotel que se había podido permitir, con el presupuesto de mierda, que le había
proporcionado su jefa.
Viviana había conseguido descubrir, a través de uno de los directores de los salones
de belleza, que se iba a inaugurar una nueva sucursal en Nueva York y, además, habían
destinado allí a una empleada de Madrid.
Lorenzo, después de aguantar una cascada de reproches por haber sido ella de nuevo
la que había tenido que conseguir la información, le había exigido resultados y habían
decidido abrir una nueva línea de investigación desde la nueva sucursal.
Lorenzo, con toda la cara del mundo, se había plantado en la puerta de la peluquería
del Hotel Palace para conseguir información, pero la zorra de Marta no había soltado
prenda de quien era la empleada que iría a Nueva York. Ella le había espetado con desdén
“vete a poner caritas a otra, cerdo asqueroso”. Había sacado las uñas como una fiera para
proteger a su amiga. La muy cabrona.
No había conseguido averiguar donde se escondía Jimena, aunque ahora le daba lo
mismo, tenía que seducir a la empleada que habían mandado a Nueva York en cuanto la
conociera.
Se bajo del taxi y se dirigió a la cochambrosa recepción del hotel. Al día siguiente se
intentaría encontrar “casualmente” con la empleada madrileña.
***
Jimena y Carlos llegaron al Hematology y entraron sin esperar fila, los porteros
saludaron a Carlos con familiaridad.
— ¿Vienes mucho por aquí? — preguntó Jimena.
— De vez en cuando me reúno con algunos amigos aquí.
— La música que suena es de un grupo español.
— Si, aquí la mayoría somos de origen español o latino. La encargada es sevillana.
En el centro de la barra estaba Tom con un grupo de personas que Jimena reconoció
de la fiesta, este la miró con una expresión extraña. Ella, cambió la vista hacia otro lado
para ver, en el otro extremo del local, a todos sus compañeros sentados alrededor de una
mesa llena de bebidas. Erika saludo levantado la mano mientras el resto se miraban los
unos a los otros sonriendo pícaramente. Carlos la cogió del codo y la dirigió hacia la barra.
— Me gustaría presentarte a unos amigos.
— Está bien — dijo Jimena mientras saludaba con la mano a sus compañeros.
— Hola chicos, quiero presentaros a Jimena, ha venido desde España hace unos días
a trabajar con nosotros.
A Jimena le llamó la atención el físico perfecto de todos ellos, si le hubieran dicho
que eran un grupo de modelos, se lo habría creído sin dudarlo.
— Carmen es la encargada del local, es raro verla fuera de la barra.
— Hola Jimena, encantada de conocerte — Carmen se acercó y la dio dos besos.
— Los demás son Adrian, Stefan, Miguel y Tom que ya le conoces — todos la
saludaron ofreciéndole la mano.
— Bueno, dijo Tom, sentémonos en nuestra mesa.
— Si por favor, estos tacones me están matando — dijo Carmen.
Todos se dirigieron a la zona vip, Carlos cogió de la mano a Jimena para ir hacia la
mesa.
— Necesito ir al servicio — dijo Jimena un poco avergonzada por las libertades que
se tomaba su jefe, no es que la desagradara, pero no quería ser el centro de todos los
chismes y, con esa actitud, seguro que ya lo era.
— Vale está en el pasillo del fondo, te esperaré en la mesa.
Cuando salió de los aseos, Jimena se sobresaltó al ver a Tom esperándola en la
puerta.
— ¿Qué quieres? ¿me vas a insultar de nuevo? — dijo Jimena indignada.
— No. Quiero pedirte disculpas por lo de la fiesta. Me pasé de la raya.
— Si, te pasaste bastante. No debes juzgarme, no me conoces de nada.
— Si, lo sé, pero Carlos es mi amigo y lo ha pasado muy mal en el pasado. No quiero
que vuelvan a hacerle daño.
— ¡Qué está pasando aquí! — Carlos estaba en el otro extremo del pasillo y miraba a
Tom con una amenaza en los ojos.
— Tranquilízate compañero, me estaba disculpando.
— Está bien. Reunámonos con los demás o empezaran a especular.
Cuando salieron del pasillo donde estaban los aseos, vio como sus compañeras
bailaban en la pista, mientras Sebastián las miraba desde su silla. Erika se dirigió corriendo
hacia ella y se la llevó arrastras hacia la pista. Jimena se animó enseguida, siempre la había
gustado bailar, y comenzó a moverse al son de la música de Sakira.
***
Carlos no podía quitar los ojos del cuerpo de Jimena, la forma en que movía las
caderas tenía que ser pecado.
— ¿Qué pasa jefe, Cupido ha hecho blanco contigo? — Stefan le miraba con una ceja
levantada.
— ¿Qué pasa con vosotros?, ¿meterse en mi vida privada es el nuevo deporte
nacional? — Carlos se estaba empezando a cansar de la panda de cotillas que tenia por
amigos. Eso pasaba, cuando el círculo en el que te movías era pequeño, en algo había que
entretenerse.
— Además Stefan, creo que tú tienes otros ojos pegados a tú trasero durante toda la
noche. — Carlos le devolvió la pulla, con un poquito de mala leche.
— Yo no estoy interesado en los humanos — Stefan miró hacia donde estaba
sentado Sebastián, este cambio la mirada hacia la pista de baile rápidamente.
Sebastián, se sentía atraído por el jefe de imagen y publicidad, desde que lo vio por
primera vez, cuando estaban trabajando en la decoración de salón. Stefan nunca le había
dado ninguna señal de que estuviera interesado en él, pero él no podía evitarlo. Soñar es
gratis, pensaba el peluquero.
De repente la música cambio, empezó a sonar algo más lento, Jimena se disponía a
bajar de la pista junto con Erika cuando notó que una mano se aferraba a su cintura.
— Me concede esta baile señorita.
— Jimena reconoció de inmediato la voz sexi y masculina de su jefe.
— Me voy a hacer compañía a Sebastián, o el lunes tendremos que aguantar sus
reproches durante toda la mañana — Erika se quitó del medio hábilmente —
Carlos cogió de la cintura a Jimena y la atrajo hacia él. La música de Maná les
envolvió en una burbuja como si no hubiera nadie a su alrededor.
Cuando termino la canción tuvieron que hacer un esfuerzo para soltarse el uno al otro.
Sonriendo por la situación y un poco cortados por el espectáculo que estaban dando. Todos
los ojos estaban fijos en ellos. Jimena no podía estar más roja, menos mal que el local
estaba oscuro y podía disimularlo.
Se sentaron en la mesa y tomaron sus bebidas. Carlos invitó a los compañeros de
Jimena a que se sentaran con ellos en la mesa privada que tenían en la zona vip. No quería
que ella se sintiera como si los hubiera abandonado. Todos accedieron sin ningún
problema. Sebastián estaba encantado, aprovechó la situación y se sentó junto a Stefan,
como quien no quiere la cosa. A Stefan no pareció importarle lo más mínimo y comenzó a
conversar con el naturalmente. Los demás comenzaron a charlar entre ellos animadamente,
Erika soltó algunas de sus “perlas” y todos rieron divertidos.
Cuando pasaron un par de horas Jimena dijo que tenía que irse a casa para alimentar
al cachorro. Inmediatamente, Carlos se levantó dispuesto a acompañarla.
— No hace falta que te molestes, cogeré un taxi.
— Yo te traje y yo te devolveré, sana y salva, a tu casa.
— Está bien — Jimena, aunque siempre le había gustado ir a su aire, se sentía
alagada por la preocupación de su jefe —
Después de despedirse de sus compañeros recogieron los abrigos y salieron a la calle.
Carlos estacionó el coche en la puerta del edificio donde estaba el apartamento.
Jimena se bajó del coche y él la siguió hasta la puerta del portal.
— Gracias por venir a buscarme esta tarde, hubiera sido un asco quedarme sola en
casa.
— Gracias a ti por acompañarme, hubiera sido un asco ir solo.
— Bueno…nos vemos el lunes a las tres. Me toca el turno de tarde.
— Demasiadas horas…se me va ha hacer eterno — a Carlos le encantaba cuando se
ruborizaba, sobre todo si era por él.
— Eh…si quieres subir a tomar un café — Jimena sabía que se arrepentiría, pero en
ese momento, no podía pensar en otra cosa que no fuera alargar el tiempo con ese hombre.
— No puedo pensar en otra cosa que me apetezca más — Carlos sonrió intentando no
enseñar los colmillos.
Subieron hacia el apartamento por las escaleras. Carlos, que iba detrás de ella, no
podía quitar los ojos de sus curvas, madre mía, estaba duro solo de mirarla.
Cuando entraron al apartamento, Jimena se fue directamente a la cocina a ver qué tal
estaba el gato.
— Si no te importa, le daré el biberón al cachorro y luego nos tomamos el café — le
dijo Jimena quitándose las sandalias.
— Vale, está bien — Carlos hubiera dicho lo mismo aunque le hubiera pedido que
saltara por la ventana. Tenía demasiada sangre acumulada en cierta parte del cuerpo para
pensar con claridad. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan atraído por ninguna mujer y
el olor de su sangre, aunque lo tenía controlado, era abrumador.
Jimena limpiaba el biberón en la pila de la cocina después de alimentar al gato,
cuando terminó, se dio la vuelta para preguntarle cómo le gustaba el café.
Él la observaba, o mejor dicho, se la comía con los ojos, apoyado en la jamba de la
puerta. Se había quitado la chaqueta y aflojado la pajarita de su esmoquin. No podía
imaginarse un hombre más atractivo, todos sus poros irradiaban puro sexo.
Jimena se quedó mirándolo sin poder moverse del sitio mientras él reducía el espacio
que había entre ellos. Su forma de andar le recordaba a la de un felino, elegante e hipnótica.
Se detuvo a menos de un palmo de ella, Jimena podía sentir su respiración en la frente,
levantó la mirada para encontrarse con la de él. En ese preciso momento, tuvo la certeza de
que estaba perdida.
***
Carlos levantó la mano y acarició los labios de Jimena con el pulgar. Acercó su cara a
la de ella lentamente, dándola tiempo para arrepentirse. Cosa que no ocurrió.
Cuando rozó sus labios suavemente, el aroma de ella lo inundó por completo. Tuvo
que hacer un esfuerzo sobrehumano para que no se le alargaran los colmillos. Profundizó el
beso, acariciando con su lengua los labios de Jimena, invitándola a que abriera su boca y le
dejara explorar cada rincón dentro de ella.
Cuando Jimena cedió a la dulce invasión, las lenguas de los dos se enlazaron,
mientras ella enredaba sus brazos por los fuertes hombros de Carlos. Las respiraciones de
ambos se aceleraron, como si en la habitación no hubiera suficiente oxigeno para los dos.
Carlos, con una suave caricia, deslizo la mano por la espalda de ella arrastrando la
cremallera del vestido, este resbaló hasta el suelo, haciendo un sensual sonido de seda
contra piel suave, mientras se amontonaba alrededor de los pies de Jimena.
Carlos se retiró hacia detrás para admirar el perfecto cuerpo de ella, y tuvo que
reprimir un gemido cuando vio el sensual efecto de las delicadas prendas que llevaba sobre
su piel. Vestía ropa interior de encaje negro, adornada con unos diminutos lacitos rojos que
realzaban sus pechos, ya de por si perfectos. El encaje del sujetador dejaba entrever sus
pezones oscuros sobre una piel tostada. Carlos desvío su mirada hacia el Sur, y no pudo
reprimir un ronroneo cuando vio el tanga que hacia juego con el precioso sujetador. El
cuerpo de Jimena era perfecto, con curvas. Su vientre era plano, con una cintura tan bien
definida que no podía ser real. Sus piernas torneadas, terminaban en un magnifico culo y
sus caderas no podían negar que pertenecían a una española. Carlos no podía dejar de
mirarla, mientras ella le miraba a él con las mejillas algo ruborizadas, que la hacían, si cabe,
todavía más atractiva a sus ojos.
Jimena levantó las manos tímidamente, sin despegar la mirada de los ojos de su
amante, y comenzó a desabrochar sin prisa los botones de la camisa de Carlos. Se la deslizó
por los hombros, dejando a la vista su perfecto torso musculado y suave, sin un pelo. Era
como el David de Miguel Ángel, sencillamente perfecto. Dejó caer la fina camisa de seda
deslizando las manos, mientras aprovechaba para acariciar sus marcadas abdominales, en
dirección a la cinturilla del pantalón. Desabrochó el botón de los pantalones y bajó la
cremallera dejándolos caer como había hecho él con su vestido.
Carlos se deshizo de ellos con una patada, sin importarle el pastón que seguramente
valían esas prendas. Jimena se quedó embobada mirándole y pensando que cualquier
modelo de Calvin Klein mataría por tener el aspecto de su jefe en bóxer. Aquella visión le
arrancó un gemido de admiración a Jimena.
Él la miraba con una sonrisa pícara pintada en la cara, estaba claro que la expresión
en el rostro de Jimena lo decía todo. La cogió por la cintura y, levantándola como si no
pesara nada, se dirigió hacia el dormitorio a grandes zancadas.
Jimena rodeó la cintura de Carlos con sus largas piernas, y no pudo contener un
ronroneo, cuando noto la excitación de él justo en el lugar correcto, mientras se besaban
con pasión.
Llegaron a la cama en cuestión de segundos. Jimena, en ese momento de pasión no le
dio importancia, pero todas las horquillas que había llevado en el pelo, que no eran pocas,
habían desaparecido como por arte de magia, dejando su larga melena extendida sobre las
sabanas. Carlos, desde los pies de la cama, admiraba a la bella mujer tumbada sobre las
sabanas, mientras se relamía los labios intentando que sus colmillos, esos malditos traidores
que cuando querían iban por libre, no se extendieran por la pasión.
No se quería hacer ilusiones y pensar que había sido tan afortunado como para
encontrar a su alma gemela, él no podía tener tanta suerte. La vida le había enseñado, a base
de golpes, a no creer en cuentos de hadas ni en finales felices. Aunque, una cosa era el
cerebro racional y, otra muy distinta, los instintos vampíricos. Los suyos, le hacían creer,
con toda certeza, en que ella era su otra mitad. No era posible semejante atracción por una
mujer cualquiera, por mucho que le atrajera físicamente, aquí tenía que haber algo más.
Los vampiros, aunque aparentemente podían pasar por humanos, y se mezclaban
siempre que querían con la sociedad actuando como cualquier homo sapiens. No dejaban
de tener instintos muy primarios en ciertos aspectos de su naturaleza y, en esas ocasiones,
se asemejaban mas a animales salvajes que a personas civilizadas. Una de esas ocasiones,
era el sentimiento de cohesión tan fuerte, que creaba el vínculo cuando se encontraba a su
pareja de vida.
Carlos no se dejaría llevar por su naturaleza. No quería asustar a la bella mujer que
yacía, con las mejillas ruborizadas por el deseo, delante de él.
Saliendo de sus utópicos pensamientos, decidió que disfrutaría del momento que la
vida le estaba regalando, y después ya lidiaría con el futuro cuando llegase el momento.
Apoyó una rodilla sobre el colchón, cogiendo a Jimena con las manos por los tobillos.
Empezó a darle pequeños besos, como si lo que tuviera entre sus manos fuera algo
extremadamente delicado. Comenzó por los dedos de los pies, los tobillos, subió por las
rodillas, los muslos y, cuando se acercaba peligrosamente a su centro, volvió a empezar por
el otro pie.
A Jimena se le escapó un gemido de frustración, Carlos la miró levantando las cejas
con una sonrisa maliciosa, y siguió besándola minuciosamente la otra pierna. Cuando
volvió a llegar al punto donde se unían sus piernas, le dio un beso por encima del encaje y
continuó por su vientre hacia el ombligo, se detuvo para explorarlo con la lengua. Continuó
por sus abdominales hasta llegar a sus pechos, los pezones duros, le sobresalían por el
encaje del sujetador, deslizó su mano por la suave espalda de su amante hasta encontrar el
cierre de la delicada prenda y de un ágil movimiento, se deshizo de él. Se iba a dar un festín
con esos dos perfectos pechos.
Jimena estaba perdiendo la razón, nunca había estado tan caliente como le hacía
sentir Carlos en esos momentos, solo con el roce de sus labios en su pubis, había estado a
punto de tener un orgasmo. Como siguiera siendo tan minucioso iba a explotar por
combustión espontanea.
Carlos, después de deshacerse del sujetador, se metió un pezón en la boca y lo chupó
con fervor, mientras Jimena se retorcía entre las sabanas y arqueaba la espalda buscado
más, cuando creyó que era suficiente comenzó con el otro deleitándose en él, quería alargar
ese momento al máximo, lo grabaría en un rincón privilegiado de su memoria para el resto
de su larga vida, para recordar que en un breve momento de ella fue total y completamente
feliz.
Jimena, que hasta ese momento se había dejado hacer, empezaba a perder la
paciencia, le cogió de la cara y le alzó hasta que lo tuvo a la altura de sus ojos. Invadió su
boca con ansia y le rodeo la cintura con sus piernas, le empujó fuertemente por los hombros
y, con un ágil movimiento, se puso encima de él.
Era un espectáculo verla con las mejillas enrojecidas, la piel brillante por el sudor y
sus pechos duros como una roca. Podría correrse en ese momento solo por mirarla.
A partir de ese momento, Jimena tomo las riendas y comenzó a besar el toso de él. Le
dio el mismo trato de favor que ella había recibido en los pezones. Besó, chupó y mordió
todo su musculado torso, mientras Carlos gemía de placer debajo de ella. Cuando la tortura
era ya demasiado, Carlos la atrajo hacia arriba y le invadió la boca. Jimena, que no sabía en
qué momento había perdido el tanga, se apoyó en sus rodillas, y de un solo golpe, introdujo
el pene de Carlos dentro de ella.
Él tuvo que hacer un ejercicio de autodominio para no correrse en ese mismo
momento. Jimena comenzó a marcar un ritmo salvaje hasta que, con un grito, llego al
clímax arrastrándole a su amante con ella, al orgasmo más intenso que pudiera recordar.
Mientras los dos se recuperaban, ella se abrazó al ancho pecho de su amante con todas sus
fuerzas y, jadeando sobre él, le besó en el cuello.
— Gracias, esto ha sido… lo más alucinante que he sentido en la vida — Jimena
seguía jadeando mientras hablaba.
— Para mí también ha sido impresionante — y creo que te amo, Carlos no se lo diría
en voz alta, no quería asustarla.
Carlos, con un suave movimiento, le dio la vuelta y se colocó encima de ella. Levantó
la cabeza y la miro a los ojos mientras su pene iba abriéndose camino entre aquellos suaves
muslos. La besó apasionadamente, hundiendo la boca en la de ella, mientras bajaba la mano
y la acariciaba donde ella lo necesitaba…
Los músculos de Carlos se ensanchaban mientras se movía rítmicamente, mientras le
acariciaba con sus dedos. Jimena arqueó su espalda para que pudiera llegar hasta el fondo,
mientras acariciaba la espalda de su amante con las manos hasta llegar a su precioso trasero
y poderle clavar las uñas.
Jimena, cubierta por su amante, se sentía otra vez cerca del orgasmo. Unos segundos
después estaba otra vez retorciéndose de placer. Acompañada por el orgasmo del
espectacular hombre que tenía sobre ella.
Pasaron unas cuantas horas besando, lamiendo y penetrando hasta quedar
deliciosamente agotados.
Jimena se bajó de encima de él y se acurrucó a su lado, mientras Carlos hacía lo
mismo abrazándola suavemente por la cintura y acariciando su abdomen con sus largos y
elegantes dedos. Él la olía el pelo, mientras besaba de arriba abajo su cuello a la altura de
la nuca, eso se sentía bien, pero que muy bien. Jimena, con el cariñoso trato de su amante se
fue relajando. No sabría decir cuando se durmió, o más bien, cuando cayó en coma
profundo, porque no se enteró de nada hasta por la mañana. Después de esa estupenda
sesión de sexo debía de estar exhausta.
Cuando Jimena abrió los ojos, el Sol entraba por las ventanas inundando de luz la
habitación, cegándola por unos segundos. Palpó con la mano por encima del edredón, para
darse cuenta, con una gran decepción, de que no había nadie a su lado en la cama. En su
lugar, había una nota y una rosa roja.
Cogió ambos objetos con una tonta sonrisa pegada en la cara. La rosa se la llevó a la
nariz, le sorprendió que oliera, la mayoría de las rosas que vendían en las floristerías no
olían a nada. Jimena comenzó a leer la nota que estaba escrita con una perfecta caligrafía.
¿Cómo vive esa rosa que has prendido
junto a tu corazón? Nunca hasta ahora contemplé en el mundo junto al volcán la flor.
Reconoció la rima de Becker inmediatamente, su madre le había regalado las obras
completas cuando estaba en el instituto, se las había leído varias veces, unas para hacer
algún trabajo y otras por placer.
Con la rosa en una mano y la nota en la otra se dirigió hacia la cocina. Cuando miró
hacia el reloj que colgaba de la pared de esta, vio que eran las doce del mediodía. Jimena
buscó rápidamente con la mirada al gato, este dormía plácidamente en su cuna — que
extraño debería de estar hambriento— pensó Jimena muy preocupada. En la encimera
estaban todos los utensilios que utilizaba para alimentar al cachorro, colocados en el
escurridor de la pila. Junto a ellos había otra nota.
Me he tomado la libertad de alimentar a tu mascota, estabas tan bella dormida, que no
he querido despertarte. Ha sido la mejor noche de mi vida, hace cinco minutos que he
salido de tú cama y ya te echo de menos. Espero que me concedas el honor de cenar
conmigo esta noche. Si estás de acuerdo, estate preparada a las 18:00. No sé si podre
sobrevivir a tantas horas sin verte.
Jimena desayunó de pie en la cocina, mientras se deleitaba releyendo las notas de su
amante. Después de recoger el apartamento, volvió a dar de comer al gato y le dejó suelto
por el suelo mientras ella se metía en la ducha.
Se quedó debajo del agua mientras recordaba la noche anterior. Había sido el mejor
sexo de su vida, aunque para ella, no solo había sido sexo. Carlos le gustaba de una manera
que todavía no entendía. Aun podía sentirle por todo el cuerpo, sobre todo, por cierta parte
de su anatomía que tenia agradablemente dolorida. A ella le había parecido, aunque no
tuviera demasiada experiencia para comparar, que Carlos era muy… grande.
***
Para el vampiro, el salir de la cama de Jimena, fue una de las hazañas más difíciles
que había tenido que realizar en su vida. Pero, había cosas, con las que no se podía jugar.
Había alargado la partida hasta el último momento y, para cuando salió del apartamento de
su amada, empezaba a iluminarse el horizonte.
Entró por la puerta de su apartamento a toda velocidad. Le ardía la piel y, a pesar de
las gafas de sol, los últimos metros los tuvo que hacer con los ojos cerrados para evitar que
se le quemaran las retinas. Maldito fuera el Sol que le hacía un prisionero durante tantas
horas al día.
Él hubiera deseado despertarse al lado de Jimena y darle los buenos días como ella se
merecía, pero aunque los cristales del apartamento eran especiales, no podía arriesgarse a
que ella abriera una ventana o, sencillamente, tuviera planes y él tuviera que irse. ¿Cómo le
explicaría que no podía salir hasta que oscureciera? podría asustarse o sentirse acosada.
Carlos de ninguna manera se arriesgaría a que eso ocurriera, quería que esta relación fuera
lo mejor posible. Necesitaba, aunque solo fuera de manera fugaz, sentir como otra persona
te anhela, te necesita… y si el destino por una vez, le tuviera preparada una sorpresa
agradable, que le amara.
Después de salir de la ducha en la cual había estado bajo el chorro del agua fría
durante más de media hora, miró la pantalla de su teléfono móvil. La noche anterior lo
había silenciado y no se había preocupado de él en todas las horas que había pasado junto a
su amada. Tenía cinco llamadas perdidas de Tom. Poniendo los ojos en blanco se dispuso a
llamarle.
— ¿Dónde te has metido toda la noche? — le dijo su amigo un poco mosqueado.
— No sabía que fueras mi padre. — Carlos intentaba tener paciencia.
— Has llegado a tú apartamento con el Sol dándote en el culo.
— ¿Me estas espiando compañero? — Carlos utilizó el tono más neutro que pudo —
— Carlos relájate, nadie te está espiando. Me preocupa cómo te estás comportando
últimamente. Recuerda lo que te pasó la última vez que te… relajaste.
— Mira Tom, voy a ser lo más sincero que pueda. Necesito que me dejes con esto.
No puedo, ni quiero, alejarme de ella. Y tú te vas a mantener al margen.
— Y, por casualidad, has pensado lo que opinara ella de que seas un vampiro.
— No sé cómo enfrentaré ese…detalle. Ya lo pensaré en su momento.
— Estas de psiquiátrico Carlos. Cuando ella salga corriendo y gritando como una
loca, no digas que no te lo dije — Tom le colgó el teléfono sin despedirse.
Carlos comenzó a vestirse mientras llamaba a Michael.
— Buenos días jefe.
— Buenos días, necesito que pases por el supermercado y compres unas cosas que
necesito — Carlos le dio una lista con lo que necesitaba para preparar la cena.
Aunque era Domingo, Michael siempre estaba disponible para su jefe, sobre todo
durante el día, ya que Carlos no podía salir a la calle durante esas horas. Michael lo hubiera
hecho por su jefe solo por lealtad. Pero, con la nomina que le pagaba cada mes, estaba, más
que justificada, la plena disponibilidad a todas horas y todos los días de la semana. Era más
que generoso con él.
— ¿Necesitas algo más?
— Si. Tienes que recoger a Jimena de su apartamento a las 18:00 y traerla al mío.
— De acuerdo, ¿Algo más?
— No, eso es todo. Gracias Michael.
Carlos colgó el teléfono. No se había enjabonado en la ducha, solo se había
refrescado la piel. No quería que se fuera el aroma que le cubría por entero. Todo su cuerpo
olía a ella. Si no tuviera una reunión esa misma mañana, se metería en la cama y estaría
oliéndola en su piel durante días. Hasta que alguno de sus entrometidos amigos le metiera
en la ducha arrastras y le obligara a enjabonarse.
Salió del vestidor colocándose la corbata, mientras pensaba de qué manera podría
sincerarse con ella. Dejaría que las cosas fluyeran por si solas, el destino siempre tenía la
última palabra. Aunque con su experiencia…
***
Jimena se había vestido con unos vaqueros negros, unas botas del mismo color por
debajo de las rodillas con tacón alto y un Jersey de cuello abierto terminado en pico,
ajustado a la cintura en color negro y rojo. Con esa indumentaria se sentía mucho más ella
misma, la encantaban los vaqueros, eran una de sus prendas preferidas. Justo cuando
terminó de peinarse sonó el telefonillo. Cogió el abrigo y el bolso, mientras le pasaba su
mano por el pequeño cuerpecito del cachorro con una suave caricia, el gatito dormía
plácidamente en su caja después de tomarse el biberón. Jimena bajó las escaleras hasta salir
al patio delantero.
Michael la esperaba con la puerta delantera del Cayene abierta. Jimena vaciló al ver
que quien le venía a buscar, no era Carlos.
— Decepcionada — dijo Michael con una media sonrisa.
— Buenas tardes, Michael ¿Puedo saber a dónde me llevas?
— Vamos al apartamento del jefe.
— Ya... ¿llevas a muchas chicas allí? — Jimena se arrepintió nada mas decirlo.
— No, la verdad es que eres la primera.
Llegaron al edificio donde estaban las oficinas y se dirigieron hacia el ascensor.
— ¿Está en la oficina? — Jimena no entendía nada, le había dicho que iban a su
apartamento.
— No. El apartamento del jefe está justo encima de las oficinas.
Michael abrió la puerta del apartamento marcando una clave en el teclado que había
junto a ella. Sujetó la puerta, invitándola a que ella entrara directamente, en un gran espacio
diáfano decorado con muebles de madera en color wengué. Un gran sofá en piel blanca
estaba colocado delante de una inmensa pantalla de televisión con todos los adelantos
tecnológicos que pudieras imaginar. Al otro lado de la sala había una chimenea encendida,
con otro juego de sofás delante de ella del mismo estilo que el anterior. Justo al lado del
recibidor había una escalera que se dirigía a un piso superior. Desde una puerta salían
sonidos de alguien cocinando.
Michael cogió el abrigo y el bolso de Jimena y lo guardó en un armario que había en
la entrada. Carlos salió por la puerta de la cocina secándose las manos con un paño, vestía
con un pantalón ancho en color claro que le quedaba caído en las caderas y un suéter negro
de pico, que marcaba sus músculos de una manera que Jimena no pudo ignorar.
— Gracias Michael, ya puedes marcharte — dijo Carlos sin quitar su mirada de los
ojos de Jimena.
Michael se fue discretamente sin decir una palabra.
Carlos se aproximó a ella y, cogiéndola de la cintura, la acercó a él para besarla con
tanta pasión que, si no la hubiera tenido cogida con fuerza se habría ido al suelo. Cuando
por fin se separaron se quedaron embobados mirándose a los ojos.
— Hola — dijo Carlos sonriendo.
— Hola — contesto ella, roja como un tomate.
— Te he extrañado.
— ¿Por qué te fuiste?
— Yo…no podía quedarme más tiempo — realmente era la verdad —
— Me encantó la poesía y la rosa. Me encanta Becker.
Carlos sonrió ante la el descubrimiento de que también era culta, ¿podía haber una
mujer más perfecta?
— ¿Tienes hambre?
— La verdad es que si, huele muy bien ¿estás cocinando tú?
— Sí, me relaja — dijo Carlos cogiendo a Jimena de la mano y llevándola hacia la
cocina. La invitó a sentarse en uno de los taburetes que había en una mesa estilo isla en el
centro de la inmensa cocina — ¿te gusta el vino?
— Si, está bien — Jimena estaba totalmente absorta viéndole como se desenvolvía en
la cocina.
— Abre ese armario de allí, es una vinoteca, y elige la botella que quieras — le dijo
mientras movía algo que había en una cacerola.
— Jimena se dirigió hacia donde él le había dicho y se agachó para elegir el vino.
Por el olor de la comida parecía algo italiano. Así que elegiría una botella de vino tinto.
Ella tenía un poco de idea sobre vinos de oír hablar sobre el tema en su casa. Su padre era
aficionado al buen vino y coleccionaba botellas. Juan tenía preferencia por el vino de La
Rioja, así que intentaría que esa fuera su elección.
Estuvo un rato inspeccionando las estanterías de la vinoteca y sacó una botella de
cuné reserva de 1999 y lo llevó a la isla de la cocina.
— Un Rioja, buena elección — dijo Carlos — entiendes de vino.
— Mi padre es un gran aficionado, lo abriré para que respire — dijo Jimena cogiendo
de la mesa un sacacorchos y lo abrió como le había enseñado su padre, quien hubiera dicho,
que esas lecciones que su padre le daba le iban a servir en un momento como este.
Carlos la observaba admirado desde el otro lado de la cocina, estaba manejando la
botella como una profesional.
— ¿Carlos, quieres que decantemos el vino?
— Eh… si por supuesto — se fue hacia un armario, sacó un decantador y se lo acerco
a ella.
Jimena vertía cuidadosamente el líquido de la botella en el recipiente de cristal,
cuando hubo terminado, lo dejó sobre la mesa y siguió observando al atractivo hombre que
tenía delante, verle moverse por la cocina era todo un espectáculo.
— ¿Quieres que cenemos aquí o en el salón? — dijo Carlos, sacándola del
embelesamiento.
— La cocina está bien — dijo rápidamente aclarándose la garganta.
Carlos dispuso la mesa con unos modernos platos negros con detalles en rojo y unas
copas para el vino, coloco los cubiertos sobre unas servilletas de color rojo y encendió unas
velas encima de la mesa. Había cocinado risotto de setas y lo acompañaba por una ensalada
típicamente italiana con queso mozzarella y albahaca.
— Espero que te guste la comida italiana — Apuntó Carlos mientras la servía en los
platos.
— Me encanta, tiene una pinta estupenda.
Se sentaron y Jimena sirvió el vino en las dos copas, Carlos choco la copa contra la
de ella.
— Por ti — dijo Carlos mirándola a los ojos.
— Por ti — contesto Jimena, manteniéndole la mirada.
Jimena probó el arroz, estaba buenísimo, ese hombre tenía más de una habilidad.
Comieron mientras charlaban. Jimena le contó como era su vida en España, mientras
él la escuchaba atentamente. Carlos estaba muy interesado sobre todo lo referente a ella.
— Y tú ¿Cómo has llegado a ser un gran empresario tan joven?
— Recibí una herencia y me supe rodear de la gente adecuada para construir el resto
del holding — a Carlos, no le gustaba no ser del todo sincero con Jimena, pero, en ese
momento, no podía hacer otra cosa —
— Eres un estupendo jefe, todos tus empleados te adoran — dijo Jimena
espontáneamente.
— Me gusta tener a mi gente contenta ¿Tú también me adoras?
— No creo que sea adoración la definición más acertada.
— ¿Y cuál sería entonces?
— Ummm… yo diría atracción.
— Es bueno saberlo.
— ¿Y tú? — Jimena estaba empezando a sentirse un poco incomoda, siempre le había
costado sincerarse.
— Seducido, fascinado, arrobado, hechizado, cautivado …
Jimena, según iba diciendo sinónimos, se ponía más y más roja. Necesitaba cambiar
de conversación o iba a explotar.
— Está todo buenísimo ¿Dónde aprendiste a cocinar? — Jimena cambió de tema.
— Está bien — dijo Carlos aceptando educadamente el quiebro de Jimena — he
tenido mucho tiempo libre, en algo me tenía que entretener, además, me gusta que mis
amigos estén bien alimentados. Con el ritmo que llevamos en la actualidad se abusa de la
comida basura. Esa es una de las razones por la cual intento que comáis en el restaurante de
Eleuterio.
Los vampiros disfrutaban comiendo comida normal, no les aportaba apenas energía,
pero tampoco les sentaba mal. Carlos cocinaba de vez en cuando para sus amigos,
organizaban cenas en Noche Buena, El Día de Acción de Gracias y otras fechas señaladas.
De esa manera tenían un sentimiento de normalidad que, de otra forma, ya habrían perdido
hacía muchos años.
Cuando terminaron de comer Carlos saco el postre. Era una pannacotta con frutos
rojos y chocolate.
Jimena era especialmente golosa, su madre siempre hacia dulces los fines de semana.
Se relamió, sin poder evitarlo, en cuanto vio semejante manjar en su plato.
— ¡Qué bueno! — Jimena se pasaba la lengua por los labios, para quitarse el
chocolate, mientras disfrutaba abiertamente de su postre.
— Carlos no podía dejar de mirarla. La forma en que se relamía los labios le estaba
poniendo como una moto. No sabía si iba a poder pensar en otra cosa cada vez que
estuviera con ella. Verla ahí, delante de él, comiendo con tanto gusto el postre que había
preparado él con sus manos, era la cosa más erótica que había visto jamás.
Jimena se sobresaltó cuando sintió un toque en la comisura de los labios. Carlos se
había acercado y estaba limpiándole un poco de chocolate, retiró el dedo y se lo llevó a la
boca. Jimena le miraba con la boca entreabierta.
Carlos rodeó la mesa para acercarse a ella, la cogió de la mano y se la llevó hacia el
salón. Se sentó en el sillón que había enfrente de la chimenea y la acomodó a ella encima
de sus piernas.
Jimena le miraba en silencio, curiosa por saber que tenía pensado.
— Te he echado de menos cada minuto desde que me fui de tu apartamento — le
susurro Carlos al oído.
Jimena cerró los ojos con placer al oír sus palabras. Aunque le daba terror ser
utilizada, no podía evitarlo. Ese hombre la tenía hechizada y no creía que hubiera marcha
atrás. Todas las reglas que había seguido durante toda su vida adulta, se las estaba saltando
en dos días. Esperaba no tener que arrepentirse.
— Yo también llevo todo el día pensando en ti.
Jimena tomo la iniciativa y, acercando la cara hacia la de él, lamió los labios de
Carlos con la punta de la lengua antes de profundizar el beso. Carlos respondió con un
gruñido mientras la acariciaba por debajo del suéter. Jimena comenzó a besarle por la
mandíbula y en el lóbulo de la oreja. Él, entre jadeos, se dejó hacer, no quedó ni un punto
de su cuello por besar o lamer.
Cuando ya no pudo más, Carlos se levantó de un salto, llevando en sus brazos a
Jimena. Se dirigió a zancadas hacia las escaleras y subió los escalones de tres en tres. Tuvo
que hacer un gran esfuerzo para no utilizar su velocidad vampírica, pero si se plantaba en
su dormitorio en decimas de segundo, Jimena seguramente entraría en pánico.
El dormitorio de Carlos era inmenso. La tumbó en la cama con sumo cuidado, como
si fuera algo sumamente delicado, y le quitó las botas. Comenzó a desvestirse de pie
delante de ella. Primero se quitó el suéter dejando al descubierto su perfecto torso. Allí,
pensó Jimena, había algunos músculos que no salían ni en los libros de anatomía. Ella,
poniéndose de rodillas en la cama, le imitó. Después Carlos se bajo los pantalones y, ella,
hizo lo mismo.
Se quedaron los dos en ropa interior, Jimena se quitó el sujetador y las bragas — ¡a la
mierda la vergüenza!— las tiró hacia un lado de la cama. El sujetador se quedo colgando
de la lámpara de la mesilla y las bragas, vete tú a saber, ya se preocuparía más tarde donde
habían aterrizado. Carlos, con una sonrisa pícara, hizo lo propio con su bóxer.
Jimena se relamió los labios con la lengua, mientras disfrutaba del espectáculo que
tenía delante de ella. Ahora entendía las molestias de esa mañana, definitivamente estaba
bien dotado. Aunque ella había estado con otros hombres, no tenían ni punto de
comparación con él.
Carlos se tumbó de lado junto a ella, acariciándola las caderas y las piernas. La cogió
del trasero mientras invadía su boca con la lengua. Jimena se tumbo de espaldas mientras él
se echaba sobre ella, sujetando su peso con sus brazos para no aplastarla. Ella acariciaba su
espalda y su duro trasero, todo él era duro musculo rodeado de piel suave.
Con un rápido movimiento Jimena pasó de estar boca arriba, a tener la cara contra la
almohada. Carlos comenzó a besarla a lo largo de la columna vertebral, desde la nuca hasta
el final de la misma. Jimena perdió la noción del tiempo y del espacio. Sintió como la abría
las piernas suavemente y la colocaba un cojín bajo las caderas. Giró la cabeza hacia atrás y
vio a Carlos sentado sobre sus talones, tenía la mirada clavada en cierta parte de su
anatomía. Sus ojos, por un momento, parecieron cambiar de color. Habría jurado haber
visto un destello rojo en ellos. Carlos cogiéndola de las caderas, la colocó a gatas. Ella
nunca había hecho el amor en esa posición, aunque en ese momento, no podía pensar en
otra cosa que le apeteciera más.
En el momento que Carlos introdujo su pene dentro de ella de una sola estocada,
Jimena soltó un gemido de placer. Carlos comenzó a moverse con un balanceo erótico y
constante. Con una mano la acariciaba el pecho y con la otra le acariciaba el clítoris. Jimena
llego al orgasmo con un grito. Mientras ella continuaba corriéndose con el orgasmo más
intenso que había sentido en su vida, Carlos aceleró el ritmo y se derramo en ella con un
gruñido que, si Jimena hubiera estado más consciente, habría dicho que había un león en la
habitación.
Los dos se dejaron caer exhaustos sobre las sabanas. Él la tenia abrazada por la
cintura y se quedaron encajados jadeando y sudorosos durante unos minutos hasta que
recuperaron el aliento.
— Jimena, nunca había disfrutado tanto con nadie.
— Tampoco yo. Creí, que no sobreviviría.
Carlos se río divertido ante el comentario de Jimena, mientras estiraba el brazo para
coger la colcha y taparles a los dos.
***
***
***
Jimena había salido de casa de Carlos a las doce del mediodía, debía acudir a la cita
que tenía con el veterinario. Cuando terminó en la clínica, después de que revisaran al
cachorro y tramitaran los papeles de la adopción del animal, había regresado a su
apartamento para dejar al gato que, según le había dicho el doctor, estaba perfectamente
sano. Solo había habido un pequeño problema y era que Jimena no sabía que nombre
ponerle, el amable doctor le había dicho que no se preocupara, que cuando lo supiera
cumplimentarían esa casilla.
También había aprovechado para mandar unos correos electrónicos a sus amigas y
contestar a otro de sus padres.
Marta le había escrito uno en el que le contaba sus últimas aventuras. Esta le
comentaba, que se había encontrado con su ex en la puerta de la peluquería y le había
preguntado por ella, pero, que no se preocupara, que le había dicho cuatro verdades. Madre
mía, a saber que “cuatro verdades” eran esas.
Cuando llego al Salón eran las dos y media. Jimena comenzaba su turno a las tres,
pero quería ver a Erika antes de que se fuera a casa, para darle un juego de llaves y pedirle
que fuera a media tarde al apartamento, para alimentar al gato durante un par de semanas,
hasta que este pudiera comer por sí mismo.
Subió hacia los vestuarios y abrió la taquilla, el uniforme del pantalón todavía no
había venido de la lavandería, así que se puso la falda. Cuando bajaba por las escaleras de
caracol, Violeta la llamó por megafonía para que se acercara a la recepción. Sorprendida
por la llamada, se dirigió hacia donde la reclamaban.
— Dime Violeta — Jimena se dirigió directamente a la recepcionista sin fijarse en
nada más.
— Tienes visita — dijo Violeta mirando por encima del hombro de Jimena.
Cuando Jimena se dio la vuelta, no se podía creer lo que veían sus ojos ¡qué coño
hacia este aquí! Lorenzo la miraba de arriba abajo, con una estúpida sonrisa pintada en la
cara.
— Bueno, bueno, bueno…mira quien ha saltado al otro lado del charco.
— ¿Qué haces aquí, Loren? — Cabronazo de mierda.
— Estoy haciendo turismo, ¿no te alegras de verme? —dijo Lorenzo cínicamente,
mientras la cogía de la cintura.
— Te dije que no quería volver a verte y, eso, incluye cualquier ciudad del mundo.—
Jimena se le quito de encima.
— Venga Jimena, dame un respiro. ¿Por qué no salimos a tomar algo después de tu
turno y hablamos?
— Ni lo sueñes, dijo Jimena en voz baja. — Había escuchado abrirse la puerta y no
quería montar un espectáculo — .Vete de aquí, no quiero volver a verte en mi vida.
— ¿Hay algún problema Jimena? — Michael estaba mirándoles desde el mostrador
de recepción, con cara de preocupación.
— No Michael, el caballero ya se iba — Esto se estaba saliendo de madre, y Jimena
no quería dar más explicaciones de las necesarias.
— Si, ya me iba. Ya nos veremos por ahí —Lorenzo no había dicho la última palabra,
si no quería por las buenas…
Jimena se dio la vuelta sin decir nada y se dirigió, rápidamente, hacia su puesto de
trabajo. Michael la cogió del brazo suavemente llevándosela hacia un rincón para hablar en
voz baja.
— ¿Qué ha sido eso?
— Nada importante, solo un error. — Jimena no quería seguir con el tema.
— Ya…por eso estas blanca, pareces un zombi.
— Déjalo ya Michael, es personal — le dijo algo alterada.
— Está bien Jimena, solo quiero que sepas que estoy aquí si necesitas ayuda.
— Te lo agradezco — dijo Jimena suspirando— pero no creo que sea necesario.
Se deshizo educadamente de la mano de Michael y se dirigió hacia su tocador para
comenzar a trabajar.
***
Carlos, había pasado toda la tarde pensando en Jimena, mientras acababa con las
existencias de sangre de la nevera de su despacho.
Tenía que estar totalmente controlado mientras estuviera con ella, no se podía
arriesgar a que su otro yo saliera a la superficie y que ella se llevara el susto de su vida.
Aunque se moría de ganas, no había bajado a verla al salón, quería dejarla su espacio.
De buena gana, la hubiera subido a su despacho y…
Pero Carlos empezaba a conocerla un poquito y sabia, que no le gustaba ser el centro
de atención de sus compañeros, si bajaba a saludarla, todos los ojos se posarían en ellos
inmediatamente.
Decidió bajar a las diez de la noche y esperarla en la calle dentro del coche, la llevaría
a su casa. Michael le había comentado, que esa misma tarde había tenido un percance con
un tío en la recepción.
Se había puesto algo agresivo, si no hubiera sido de día en ese momento. Le habría
rastreado y le hubiera quitado las ganas de meterse con ella — mía — la palabra se repetía
en su cabeza sin poder evitarlo.
No la dejaría ir sola en el metro a las diez de la noche, solo de pensar que la pudiera
pasarla algo… le brotaban todos los instintos asesinos que tenía por su condición de
vampiro.
Aunque, la comunidad vampírica de Nueva York estaba totalmente integrada en la
sociedad y, en su mayoría no cazaban, el instinto animal estaba latente. Carlos estaba
desarrollando un instinto de protección hacia Jimena fuera de lo común, podría matar a
cualquiera que, tan solo, la molestara más de la cuenta.
¡Por fin las diez!, Carlos miraba el reloj sentado en el asiento del conductor de su
coche, necesitaba verla en ese mismo momento.
***
Cuando Jimena salió por la puerta del Salón, miró su teléfono para ver si tenía alguna
llamada perdida. No había sabido nada de Carlos en toda la tarde. ¿Estaría pasando de ella?,
no lo creía, esa misma mañana habían estado muy ocupados antes de que ella se hubiera
tenido que ir al veterinario, le había invitado a acompañarla, pero él había alegado que tenía
una reunión y que la vería por la noche.
Jimena giró hacia la derecha, para dirigirse a la boca del metro, cuando notó como
alguien la cogía por la cintura y la olisqueaba la nuca. Inmediatamente reconoció a Carlos,
se dio la vuelta y le beso apasionadamente.
— Te he echado de menos — dijo Jimena con un puchero en la boca.
— Soy todo tuyo — Carlos la cogió de la mano, entrecruzando los dedos con los de
ella.
Se metieron en el coche dirigiéndose hacia el apartamento de Jimena.
***
***
***
***
***
***
Jimena daba vueltas en la cama, las muñecas le dolían por culpa de esas malditas
cuerdas, Loren le había atado a los barrotes de la cama, lo cual le habían impedido utilizar
el cortaúñas que llevaba en el bolsillo de su pantalón, frustrando cualquier posibilidad de
escape.
La cerradura de la puerta se abrió, la luz del pasillo le dio en los ojos obligándola a
cerrarlos inmediatamente, cuando se había ido ese cerdo, la había dejado a oscuras.
— Hola gatita, ¿me has echado de menos? — Loren entró en la habitación cargado
con una bolsa de una conocida hamburguesería— Te voy a quitar la mordaza, pero te
aconsejo que no grites o te la pondré de nuevo y te alimentare por la nariz.
Jimena le miraba con odio, mientras Loren le desataba la cuerda de los barrotes de la
cama y le quitaba la mordaza, le puso rápidamente la mano en la boca para asegurarse que
no gritaría. Ella encogió los brazos, llevaba demasiado tiempo en la misma postura y le
dolían los hombros.
— Esto es una locura Loren, déjame ir y no se lo diré a nadie — Jimena hablaba en
voz baja — no conseguirás nada del Sr. del Toro, yo no significo tanto para él como para
que se deje chantajear de esta manera.
— Bueno, bueno…eso lo comprobaremos ahora mismo, ya ha pasado el tiempo que
le di para que se pensara mi propuesta — Loren sacó su teléfono del bolsillo y marcó el
numero de la centralita del salón, se escucho la voz dulce de Violeta y como le pasaba con
el despacho. Carlos contestó al teléfono.
— Antes de negociar contigo, quiero hablar con ella — Carlos fue directamente al
grano.
— No creo que estés en situación de negociar, simplemente si quieres volverla a ver
con vida, tendrás que acceder a mis demandas.
— ¡CARLOS NO LE ESCUCHES! — Jimena le gritó desde la cama, no estaba
dispuesta a que Loren la utilizara, o que pusiera en peligro el secreto de su jefe, sabía que si
accedía al chantaje, nunca sería suficiente. Loren siempre querría más.
— ¡CALLATE ZORRA!, Loren la dio una bofetada que le hizo sangre en la nariz —
te dije que no gritaras.
— Como vuelvas a tocarla te mataré, maldito hijo de puta — Carlos no podía
contener la ira al otro lado del teléfono.
— No me amenaces, en este momento yo tengo el poder, así que aceptas mis
peticiones, o vas a ser testigo de un asesinato vía telefónica — Loren cogió a Jimena del
pelo y le dio un fuerte tirón mientras dejaba que Carlos oyera los quejidos de la chica.
— ¡SUELTAME DESGRACIADO! — Jimena se quejaba entre sollozos, nunca
accederá a tus peticiones.
Carlos, aunque había tenido sus dudas acerca de la lealtad de Jimena, supo en ese
momento que no podría vivir sin ella, estaba totalmente loco por ella, solo de pensar que
ese desgraciado la tenía a su merced le mataba. El animal que llevaba dentro luchaba por
salir y darle caza, pero, su parte racional le decía, que primero, tenía que poner a salvo a su
mujer, si su mujer, porque Jimena había sido suya desde el primer día que la vio entrar en
su despacho y su olor casi le vuelve loco.
— ¿Cómo quieres que lo hagamos?
— Bien, ya veo que vamos entrando en razón — Loren soltó de un empujón a
Jimena, que se estampó contra la cama, dándose un golpe con los barrotes en la cabeza que
la dejo algo mareada.
— ¡DEJA DE MALTRATARLA!
— Tranquilízate vampiro, y hablemos de negocios. Lo primero que quiero es que
quites el altavoz del teléfono, esto es entre tú y yo.
— Hecho, sigue — Carlos hizo lo que le dijo.
— Quiero que vayas solo al apartamento de Jimena en dos horas con el dinero, allí
me convertirás. Si te acompaña alguien lo sabré.
— Quiero que me entregues a Jimena antes de nada.
— ¡Crees que soy estúpido!, Jimena se quedará donde está, le voy a inyectar un
veneno que a las veinticuatro horas es mortal. Cuando tenga lo que quiero, te daré la
dirección. El antídoto estará allí para que se lo suministres. Nos vemos en media hora en el
apartamento. Si vienes acompañado, ella morirá. Cuando entres en el apartamento, no
quiero que enciendas las luces. Seguirás en todo momento mis instrucciones, en caso
contrario, solo volverás a verla cuando salga su cadáver en las noticias.
Loren colgó el teléfono y sacó de la mesilla una bolsa con dos viales. Había venido
preparado desde España gracias a sus contactos en los bajos fondos, los viales habían
viajado en la maleta, dentro de una caja que impedía que se detectaran por los controles del
aeropuerto. Uno contenía Talio, que era un fortísimo veneno que provoca colapso total en
veinticuatro horas y, el otro, contenía Azul de Prusia, este era el único antídoto conocido a
ese veneno. Aunque las posibilidades de salvarse no eran del cien por cien, era el único
antídoto que existía para ese mortal veneno.
Colocó los viales en la mesilla y cargó la jeringa con el Talio. Le cogió el brazo a
Jimena, que estaba semiinconsciente por el golpe que había recibido en la cabeza y,
después de pasar sus dedos por el interior de su brazo a modo de caricia, se lo inyectó.
Jimena se quejo vagamente pero, en cuanto Loren le saco la aguja de la vena, decidió
simular que se desmayaba, su única posibilidad era que no le atara las manos a los barrotes
de la cama, si él pensaba que está totalmente inconsciente podría cometer ese error.
— Lo siento gatita, no es nada personal — Loren la acarició el pelo— pero, o
consigo convertirme en vampiro, o estoy muerto. Viviana me mataría en cuanto supiera que
estoy actuando por mi cuenta y, la vida es demasiado bella, para irme al hoyo tan pronto.
Dejó a Jimena acostada en la cama y se dispuso a seguir el resto del plan.
Loren tiró de la caja de cartón que estaba debajo de la cama. La colocó sobre la
mugrienta colcha con mucho esfuerzo pues, pesaba bastante. Abrió la tapa y sacó una
extraña túnica del mismo estilo que las que utilizaban los frailes, incluida la capucha, solo
que esta estaba tejida con hilo de plata.
Había ido a recogerla esa misma mañana al aeropuerto. Viviana, cumpliendo su
palabra, se la había enviado desde Madrid, también había dos pares de esposas de plata.
Cogió todo, lo guardó en una mochila, incluidas las llaves del apartamento de Jimena y
salió por la puerta de la habitación.
Loren aparcó el coche a una manzana del apartamento de Jimena. Anduvo por la
acera mirando a ambos lados, eran las cinco de la madrugada, todavía faltaban más de dos
horas para el amanecer. Él tendría que escapar antes de que amaneciera, ya tenía el billete
de avión que le llevaría a Australia. Había pedido asiento en el pasillo central para que no
tuviera problemas con el Sol y, la hora prevista de llegada a su destino, eran las tres de la
madrugada hora local de Sídney. Si iba a ser un vampiro, tenía que empezar a pensar en
esos detalles, si no se quería achicharrar a la primera de cambio. En ese inmenso país, no
tendría ningún problema para esconderse durante unos años, después, volvería a España.
Lorenzo abrió la puerta del apartamento, comprobó que no había nadie y se dispuso a
preparar el escenario cuidadosamente.
***
Cuando Carlos llegó a la puerta del apartamento esta estaba entornada, entró
despacio, sabía que Loren estaba dentro, podía olerle, aunque también podía detectar otro
desagradable olor que le dañaba las fosas nasales. Cerró la puerta tras de sí y miró hacia la
cocina, una figura envuelta en una túnica con la capucha calada hasta la nariz, estaba en la
puerta.
— Has traído el dinero — Lorenzo fue directo al grano.
— Ahí lo tienes — Carlos le lanzo una bolsa de deporte, que dio un fuerte golpe a los
pies de Lorenzo.
— No juegues conmigo vampiro.
— Déjate de tonterías Lorenzo, dime ahora mismo donde está Jimena.
Carlos se abalanzó sobre Loren, hasta cogerle por la garganta, le iba a decir donde
estaba Jimena, por las buenas o por las malas. En el momento que hizo contacto con la
túnica, sintió como su piel se quemaba. Carlos le soltó inmediatamente, mientras se le
escapaba un siseo de dolor.
— Ja, ja, ja — Loren disfrutaba de la imagen del vampiro sujetándose las manos con
gesto contrariado — ¿creías que iba a venir sin protección?, no me menosprecies vampiro,
no soy estúpido.
— Te daré lo que quieres, pero dime donde esta Jimena, ella no tiene que ver nada
con todo esto.
— Tic, tac, tic, tac... el tiempo pasa y no es mi culpa, si no llegas a tiempo de
administrarle el antídoto será únicamente tu responsabilidad.
— Está bien, dame tu muñeca, tengo que morderte.
— Sigues subestimándome Carlos, no te lo pondré tan fácil.
— ¡¡DIME QUE HAGO!!
— Ve hacia la habitación y ponte las esposas que están enganchadas en los barrotes
de la cama.
Carlos hizo lo que le ordenaba Loren, se dirigió hacia el dormitorio y se dispuso a
colocarse en las muñecas las esposas que colgaban a cada lado de la cama, cuando las cogió
volvió quemarse la piel de la mano y las soltó inmediatamente.
— Que pasa Carlos, ¿tu amante no vale un poco de dolor? — Loren le observaba
desde la puerta.
— Eres un hijo de puta psicópata — Carlos cogió las esposas y, aguantando el dolor,
se las colocó, quedando tumbado boca arriba en la cama — Me dirás donde esta en cuanto
te muerda.
— No te voy a soltar hasta que esté en condiciones de defenderme.
— No me sueltes, pero dime donde está para que alguien vaya a poner el antídoto a
Jimena.
— Está bien, terminemos con esto.
Loren cogió una copa junto con una cuchilla de afeitar, cortó la carótida de Carlos a
la altura de cuello y llenó la copa con la sangre que brotaba de la arteria, después, ofreció su
muñeca al vampiro para que le mordiera, este le clavó los colmillos sin ningún tipo de
contemplación, desgarrándole la muñeca con saña. Succionó la sangre del maldito
chantajista escupiéndola cada vez que tenia la boca llena, no quería tener en su cuerpo nada
de ese maldito enfermo.
Cuando Loren sintió que se le iba la vida, se bebió rápidamente la copa de sangre de
vampiro y se retiró rápidamente de donde estaba Carlos para que no pudiera alcanzarle, un
fuerte dolor le hizo retorcerse en el suelo, se quitó rápidamente la túnica para que no le
dañara cuando se completara la transformación y se dirigió hacia el sofá del salón. Carlos
le gritaba desde la cama exigiendo que cumpliera su parte del trato, pero Loren se tumbó
sobre el sofá retorciéndose de dolor, sin hacerle caso.
Carlos chillaba, mientras sentía, como las esposas le drenaban todas sus fuerzas y le
quemaban la carne hasta el hueso.
El tiempo pasaba y Jimena esta en algún lugar muriendo envenenada, solo tenían una
posibilidad de salvarla, y esa era que sus amigos Tom y Stefan con la ayuda de Michael,
consiguieran descubrir donde la había escondido su secuestrador.
Carlos nunca se había sentido tan frustrado, ese maldito hijo de puta lo iba a pagar.
***
Jimena luchaba por no perder el conocimiento, antes de poder alcanzar el vial con el
antídoto que estaba en la mesilla de noche. Por fin consiguió, no sin mucho esfuerzo, sacar
el cortaúñas del bolsillo del ceñido vaquero y, aunque tenía la vista nublada por los efectos
del veneno, logró sacar la pequeña lima que se plegaba dentro del utensilio. Cuando
consiguió cortar la suficiente parte de la cuerda como para que esta se aflojara, Jimena sacó
las manos del nudo, se soltó la cuerda de los tobillos y se quitó la mordaza.
Respiro lentamente para no marearse más de lo que ya estaba, pues, sentía que perdía
la visión por segundos. Palpando con las manos sobre su mesilla tocó la jeringa y el vial.
Cargó la jeringa y se apretó el brazo con la cuerda para que sobresaliera las venas, se
inyectó el líquido a un milímetro de donde lo había hecho su captor, rogando para que lo
hubiera hecho correctamente, se recostó sobre la cama y perdió el conocimiento.
No sabía cuánto tiempo había pasado inconsciente, Jimena sentía que alguien la daba
golpes en la mejilla y la sacudía cogiéndola de los hombros para que se despertara, cuando
logró abrir los ojos vio a Tom con cara de preocupación.
— ¿Dónde está tu amigo? — Tom la miraba con suspicacia.
— ¿Qué?, ¿Carlos, donde está Carlos? — Jimena miraba hacia todos los lados
buscando a su amante.
— ¿Quién te ha inyectado el antídoto?
— El antídoto…yo sola, me conseguí soltar con…
— Ayudarme a cogerla — Tom no la dejó terminar de hablar— iremos con ella al
apartamento de Chelsea, allí comprobaremos si estaba asociada con ese cabrón. Carlos dijo
que no quería que fuéramos allí hasta que ella no estuviera a salvo, bueno, pues ya lo está
— Tom tiró bruscamente del brazo de Jimena para incorporarla, desde que su jefe dijo que
no se metiera en esto y que gastara todas sus fuerzas en localizar a Jimena, estaba con un
subidón de agresividad, que no se podía aguantar ni él.
— Tom, no la trates así, no sabemos si realmente ella está en el ajo — Michael salió
en defensa de Jimena.
— Bueno ya lo veremos, de momento todos los indicios apuntan a ello. Tenemos que
darnos prisa, solo queda una hora para el amanecer.
Jimena no abrió la boca en todo el trayecto hasta su apartamento, no podía soportar la
idea de que le hubiera pasado algo malo a Carlos por su culpa.
Tom abrió la puerta del apartamento de una patada, los cuatro entraron en la sala de
estar.
Loren estaba en el sofá tumbado retorciéndose de dolor, tenía los ojos rojos y los
colmillos estaban algo más largos que los de un humano, pero todavía no tanto como los de
un vampiro, por suerte, no había terminado la transformación todavía.
Tom fue hacia él con el firme propósito de arrancarle la cabeza, cuando escuchó unos
gemidos, Jimena corrió hacia la habitación y todos la siguieron. Carlos estaba en la cama,
había perdido todo el color de la piel, y tenía unas horribles heridas en las muñecas, la
cabeza la tenia doblada hacia un lado en muy mala postura. Jimena le cogió por las mejillas
para ver como se encontraba, cuando sintió que alguien la quitaba del medio bruscamente.
Jimena cayó de culo contra el suelo.
— Quita de en medio necesita ayuda — Tom llamó a Michael para que cogiera las
llaves de las esposas que habían visto en la mochila de Loren — quítaselas rápido Michael,
está muy débil. Stefan ayúdame a sujetar a Loren, va a probar de su propia medicina.
Mientras los dos vampiros sujetaban a Loren, que cada vez estaba más cerca de la
transformación total, Michael cogió las esposas de plata y se las colocó, sujetándole contra
el radiador, que había justo debajo del ventanal de la sala de estar.
Jimena se levantó del suelo y volvió a acercarse a Carlos.
— Carlos háblame ¿estás bien?, por favor Carlos… di algo — Jimena le acariciaba el
pelo desesperada por que su amante diera signos de vida.
— Jimena ¿eres tú?, gracias a Dios que estas bien.
Carlos no estaba seguro si la bella mujer que tenía delante era real o producto de su
imaginación, la plata había drenado todas sus fuerzas y por las heridas había perdido gran
cantidad de sangre. De repente sintió como sus colmillos se alargaban, el olor de la sangre
de Jimena, en ese momento no era nada bueno para la seguridad de la chica. Carlos
necesitaba sangre y sus instintos se imponían.
Stefan entró corriendo desde la sala y la retiro de delante de su jefe.
— Vete de aquí ahora mismo Jimena.
— ¿Por qué?, ¿Qué le ocurre?
— Carlos, intenta controlarte — Stefan le hablaba con voz tranquila — Michael ha
ido a buscar sangre a tu apartamento, estará aquí enseguida. Eres uno de los que tiene más
control, no hagas nada que luego no puedas asumir.
Carlos se tiró en la cama en posición fetal, se sujetaba el estomago con una mano y la
garganta con la otra, el dolor era insoportable, la sed era atroz y, el olor de ella no ayudaba
en absoluto.
— ¡¡QUE LE PASA!! — gritó Jimena desde la puerta de la habitación.
— Necesita sangre — dijo Tom, que estaba detrás de ella — su lado vampiro lucha
por salir, es puro instinto de supervivencia, ¿Qué pasa bonita, tienes miedo?, esto lo habéis
provocado tu supuesto secuestrador y tú — Tom silabeó la palabra “supuesto”
deliberadamente.— si no le dejo que te ataque es, porque Carlos jamás ha matado ningún
humano para alimentarse y, si yo se lo permitiera, no me lo perdonaría en la vida.
— Yo no le tengo miedo — Jimena se acercó con el dedo en alto a Tom — yo no
tengo nada que ver con ese hijo de puta que está encadenado al radiador y, si Carlos
necesita sangre, yo se la daré por propia voluntad, no hace falta que nadie me obligue.
Jimena se acercó muy despacio hasta donde estaba Carlos y le acarició el pelo.
— ¡¡LLEVAROSLA DE AQUÍ!! — Carlos luchaba por no perder la cordura.
— Carlos — dijo Jimena bajito en su oído — necesitas algo que yo puedo darte,
quiero que lo tomes.
Jimena se agachó y le puso su garganta a la altura de su boca. Carlos no pudo
contenerse más, abrazo a Jimena y la volteó poniéndose encima de ella, clavó sus colmillos
en la arteria carótida de la joven para succionar la sangre. Era el mejor manjar que había
probado en toda su vida, perdió la noción del tiempo y el espacio, era como estar en el
jardín del Edén con una copa de ambrosia entre las manos. Bebió con ansia todo ese oro
líquido que se derramaba entre la comisura de sus labios.
Jimena le acariciaba la espalda, animándole a que siguiera alimentándose, cuando las
caricias comenzaron a ser cada vez más débiles, notó que tres pares de fuertes manos le
separaban de la fuente de su deleite.
— Déjala ya amigo — Tom habló suavemente a su jefe — si la matas, no te lo
perdonaras nunca.
Carlos empezó a ser consciente de la realidad, de donde estaba y de lo que había
ocurrido. Miró a Jimena, que le observaba con una expresión de sensualidad desde la cama.
Se agachó y lamió las incisiones del cuello de ella para que se cerraran. Jimena gimió de
placer ante el contacto de la legua de Carlos en las heridas. Por favor, había tenido un
orgasmo mientras él se alimentaba.
— Yo…lo siento Jimena, no era consciente de lo que hacía.
— Está bien — dijo ella incorporándose lentamente para no marearse — yo me
ofrecí.
— Tom — Carlos llamó a su amigo — donde está ese desgraciado.
— Está en la sala, pero no podemos salir, se quedó la ventana abierta y está
empezando a amanecer.
— Por favor Stefan, llama a Michael y dile que ya no hace falta que venga,
tendremos que quedarnos aquí todo el día, que vaya al hotel donde estaba alojado y que lo
limpie todo y que lleve todo lo que encuentre a mí apartamento. Que pague la cuenta y
simule que el cabronazo de Lorenzo ha vuelto a España.
— OK — Stefan sacó su teléfono del bolsillo de la chaqueta y llamó al humano.
Jimena salió para cerrar la ventana, pero se paró en seco al ver a Loren en versión
vampiro.
Con el gesto de un depredador hambriento, la miraba acuclillado, intentando
arrimarse todo lo que podía a la pared para que no le diera la luz que entraba libremente por
la ventana abierta. Con las esposas de plata, que le laceraban la carne de las muñecas, no
podía estirarse lo suficiente para cerrar la hoja de la ventana que estaba abierta.
Jimena, que nunca se había considerado una persona agresiva, de hecho, no le
gustaba en absoluto la violencia, se vio, repentinamente, dirigiéndose a la cocina y
cogiendo un cuchillo del cajón, en ese momento supo, que podría matarle sin ningún
esfuerzo. Sujetó con fuerza el cuchillo de cocina y se dispuso a abalanzarse sobre Loren.
— ¡¡NO TE ACERQUES A ÉL!!
Carlos gritaba desde dentro de la habitación de ella, se habían quedado todos allí
atrapados, pues en la sala empezaba a entrar la luz del amanecer por la ventana y Jimena,
no podía acercarse sin que Loren la atrapara.
— Gatita, porque no me quitas las esposas, ya tenemos lo que queríamos, mira la
bolsa que hay sobre la mesa, tiene quinientos de los grandes, era lo que queríamos para
fugarnos juntos — Loren sabia que todo se había echado a perder, pero moriría haciendo
daño, si estos se creían que iban a ser felices y a comer perdices, sin que él hiciera nada
para evitarlo, estaban muy equivocados.
— ¿Qué estás diciendo? maldito mentiroso.
— Lo sabia — Tom habló desde dentro de la habitación.
— Carlos te juro que yo no tengo nada que ver con él, te está engañando — Jimena se
acercó hacia Carlos, necesitaba que la abrazara y la dijera que todo estaba bien, que no se
creía ni una palabra de lo que decía ese maldito cabrón.
— No te acerques a mi Jimena, en este momento no sé lo que creo.
Jimena se detuvo en seco, como podía pensar que esta estaba confabulada con Loren,
después de lo que habían vivido juntos estos últimos días, por Dios, si le había dado su
sangre para que se recuperara.
Jimena se dirigió, con lágrimas en los ojos, hacia el armario de la entrada se puso el
abrigo y cogió su bolso donde llevaba su tarjeta de crédito y su pasaporte. Cuando iba a
salir por la puerta, se dirigió a la mesa y cogió la bolsa con el dinero, se acercó a la puerta
del dormitorio y lanzó todo su contenido, con toda la fuerza que la rabia la pudo dar, a la
cara del vampiro que la miraba desde dentro con gesto ilegible.
— Espero que el culpabilizarme te haga sentir mejor, yo nunca he querido dinero que
no me hubiera ganado con el sudor de mi frente. Ojala, nunca te hubiera conocido — el
silencio solo se rompió por la risa de Loren.
— Siempre fuiste una perdedora Jimena — Loren estaba disfrutando de la escenita.
— Cállate maldito desgraciado. Espero, que cuando el Sol te achicharre hasta los
huesos, recuerdes que te lo tienes merecido.
Jimena salió del apartamento. Hizo una seña a un taxi que dejaba, en ese mismo
momento, a una persona en su misma puerta. Se subió dentro del vehículo y le ordenó que
se dirigiera al aeropuerto, el taxista asintió con la cabeza y arrancó en dirección hacia el
JFK. Jimena se recostó en el asiento y comenzó a llorar sonoramente. El chofer la miro un
momento por el espejo retrovisor, pero tuvo la deferencia de no preguntar.
Jimena cerró fuertemente los ojos, cuando la puerta de su habitación, se abrió
lentamente permitiendo que entrara la luz del exterior.
— Hola cariño — la madre de Jimena entró en la habitación de su hija, con el
auricular del teléfono fijo en la mano.
Jimena había desconectado su teléfono móvil desde que llegó al aeropuerto de
Madrid, y no lo había vuelto a conectar otra vez.
— Mamá no quiero hablar con nadie, estoy muy cansada, déjame dormir —Jimena se
tapó la cabeza con la ropa de la cama.
— Es Marta, lleva toda la mañana llamándote, habla con ella cariño.
Manuela se sentó al borde de la cama de su hija y la acaricio el cuerpo por encima de
la colcha.
Su hija había vuelto hacia tres días de Nueva York inesperadamente. Desde el
momento en que había entrado por la puerta de la casa llorando, estaba encerrada en su
dormitorio.
Manuela intentaba tener toda la paciencia del mundo, no como Juan, su marido
llevaba ya varios días queriendo llamar a algún especialista que ayudara a su niña.
Si él supiera hablar el idioma, ya habría llamado a los salones de Nueva York, donde
había estado trabajando su hija, para pedir explicaciones.
Siempre podía pedírselo a alguien, pero no quería que nadie violara la privacidad de
Jimena.
— Por favor cariño, es tu mejor amiga.
Jimena, después de suspirar sonoramente, sacó la mano por encima de la colcha,
abriéndola y cerrándola, para que su madre le diera el auricular.
— Hola — Jimena tenía afonía de tanto llorar.
— Hola guapa ¿Qué pasa se te ha pegado el acento en tan pocos días?, Marta no
podía evitar meter un chascarrillo siempre que hablaba.
— Siento no haberte llamado, es que yo… solo no puedo… — Jimena comenzó a
sollozar.
— ¿Quién es el tío que te ha hecho esto? — Marta fue directa al grano — si tienes
una foto y un poco de cabello de él, solo dámelo, y le hare un conjuro para que no se le
levante el resto de su vida — Jimena se rio bajito.
— ¿Qué ha sido eso? Creo haber oído una linda risilla. — Marta dijo esto con el tono
de Piolín — ¿Qué te parece si me paso esta tarde por tu casa y hablamos?
— Bueno…
— A las siete, adiós — Marta colgó el teléfono sin esperar a que Jimena le diera
cualquier escusa.
Jimena se levantó de la cama, mientras su madre entraba a la habitación con una
sonrisa de alivio.
— Mamá no disimules, se que estabas escuchando al otro lado de la puerta.
— Vale lo reconozco, pero es que se me parte el alma al verte así
— Lo sé y lo siento, solo necesitaba llorar unos días, pero creo que ha llegado el
momento de asumir lo que me ha pasado.
— ¿Me lo vas a contar?
Jimena le contó una historia algo retocada sobre lo que había sucedido, le habló sobre
el desengaño amoroso con un compañero y que, después de eso, no podía seguir trabajando
con él. Después de la escueta explicación, las dos se fundieron en un abrazo.
— Te quiero mamá, siento haberos tenido tan preocupados.
— No te preocupes cielo, somos tus padres, estamos aquí para apoyarte en todos los
momentos de tu vida, buenos y malos. Ahora, date una ducha, y baja a hablar con tu padre,
lleva dos días escribiendo una carta con el traductor de Google.
— Está bien mama, me ducho y bajo.
Jimena bajó las escaleras y se dirigió a la cocina, su padre estaba leyendo el
periódico.
— Hola papá — Jimena habló en voz baja, le dolía la garganta de tanto llorar.
— ¿Ya estas mejor? — su padre se levantó de un salto y la abrazó fuertemente —
dime si tengo que matar a alguien.
— No creo que sea necesario llegar al homicidio papá.
— ¿Estás segura?, siempre he querido estudiar una segunda carrera, pero no he tenido
tiempo. Seguro que en la cárcel no tendría ese problema.
— Gracias por la oferta, pero creo que no es para tanto.
Jimena se sentó en la mesa de la cocina mientras su madre le preparaba un sándwich
vegetal, había querido hacerlo ella misma, pero Manuela estaba en modo cuidadora y, ante
eso, nadie podía hacer nada.
El timbre de la casa sonó justo cuando Jimena acababa de cenar, su padre se levantó
para ir a abrir la puerta.
— Buenas noches, ¿Dónde está mi chica? — Marta entró a la cocina sin quitarse el
abrigo.
Jimena se levantó de la silla y se dirigió hacia ella, Marta la dio un fuerte abrazo,
mientras le plantaba dos sonoros besos en las mejillas.
— Quítate ese pijama ahora mismo y vístete, nos vamos a dar una vuelta por la zona
de la Plaza Mayor, esta todo precioso.
— ¡¡Muy buena idea!! — Manuela cogió a su hija y la empujó hacia las escaleras
para que subiera a vestirse.
— Está bien, está bien, ya voy — Jimena no tenía muchas ganas de salir, pero no
podía decirles que no, sabia de sobra que les había hecho daño todos esos días encerrada en
su habitación, pero realmente, no había podido evitarlo.
No estaba de humor para arreglarse, así que, se aplicó un poco de crema hidratante
con color en el rostro y se dio un poco de brillo en los labios para proteger la piel, del frio
Diciembre, en Madrid. Para vestirse, optó por unos vaqueros desgastados, un suéter negro y
unas botas de cuña que le llegaban por debajo de las rodillas, la garganta le dolía horrores
de tanto llorar, se la protegió con un pañuelo y bajo las escaleras para coger el bolso y el
abrigo que estaban en el armario de la entrada.
Cuando Jimena bajaba por las escaleras estaban los tres hablando en la cocina, en
cuanto la vieron, se callaron inmediatamente y la miraron con una sonrisa de felicidad,
aunque, en los ojos de los tres, se veía otro sentimiento. Jimena sabia que estaban muy
preocupados por ella y, que la visita de Marta, la habían organizado para obligarla a salir a
la calle y que se animaba un poco. Aunque nunca la había gustado que confabularan a sus
espaldas, en este caso lo entendía perfectamente y, si ella estuviera en el otro lado, hubiera
hecho lo mismo.
— Venga vámonos — Jimena entró en la cocina y les besó en la mejilla a sus padres.
— Si venga, ya nos veremos otro día Manuela — Marta dio un beso a la madre de
Jimena, y después se dirigió a Juan, para besarle también, a modo de despedida.
— Llamarme cuando terminéis y os voy a buscar con el coche — Juan siempre tan
protector — no importa la hora.
— Está bien, lo haremos si no encontramos un taxi.
Jimena, aunque se hizo la despistada, se dio perfectamente cuenta de las miradas de
complicidad entre los tres, seguro que su madre había dicho a Marta que la llamara para ver
que tal les había ido. Las dos salieron a la calle y se dirigieron al metro, desde el barrio de
Arturo Soria a Sol había una tiradita, incluso tenían que hacer un transbordo.
Estuvieron dando vueltas por las calles del centro, estaba todo precioso. Los
escaparates de la calle Preciados estaban adornados con motivos navideños. Las calles de
la zona estaban iluminadas con miles de bombillas, el diseño de estas, era de una conocida
diseñadora española.
Después de estar deambulando por Sol, se dirigieron hacia la Plaza Mayor, su padre
le había pedido que le comprara el caganer de Cristiano Ronaldo, un jugador de fútbol del
Real Madrid, el equipo del que él era hincha. Un caganer es una figurita de nacimiento,
que se suele colocar en los belenes, normalmente, escondida en un rincón, detrás de un
arbusto, agachada representando que está haciendo sus necesidades.
Cuando terminaron el recado, Marta propuso ir a tomar algo y, como estaban en la
Plaza Mayor, se metieron en Casa María, esta era una taberna típica de Madrid, aunque
decorada con aire moderno. Se sentaron en la barra y pidieron unos vinos.
— Jimena, sé que no quieres hablar del tema…
— No, no es que no quiera, es que no puedo — Jimena no podía contarle a nadie la
surrealista historia.
— Sabes que puedes confiar en mí. Sabes que te apoyaré sea lo que sea.
— Lo sé y te lo agradezco, pero confía en mí, es mejor dejarlo estar.
Jimena se estaba volviendo a angustiar hablando del tema, abrió el bolso para coger
un pañuelo de papel, en el fondo estaba su teléfono móvil, lo tenía que haber guardado allí
su madre, pues ella lo había tirado a la papelera de su habitación. Con los nervios de
sentirse observada por su amiga, lo conectó. El teléfono empezó a sonar frenéticamente,
pi— pi, pi— pi, en la pantalla había diez llamadas perdidas y cinco mensajes, lo bloqueó y
lo volvió a guardar en el bolso.
Cuando terminaron de tomar sus copas, Jimena le dijo a su amiga que estaba cansada
y que quería irse a casa, Marta no discutió y después de parar un taxi, se dirigieron a casa
de los padres de Jimena.
Jimena se bajo del vehículo, después de darle dos besos a su amiga, Marta se quedo
con el taxi para dirigirse a su domicilio.
Sus padres estaban viendo la televisión en la sala de estar, Jimena entró a saludarlos,
pero se retiró rápidamente a su dormitorio. Cerró la puerta y sacó el teléfono del bolso para
leer las llamadas perdidas y los mensajes.
***
***
Viviana llevaba varios días sin noticias de Lorenzo, le había estado llamando al
teléfono pero siempre recibía la misma respuesta “el teléfono marcado, está apagado o
fuera de cobertura”.
Nunca le había hecho esto, esperaba que no fuera un maldito traidor, porque de lo
contrario, como buena bruja que era, sabia un par de truquitos que, a un hombre en toda su
plenitud sexual, le parecería peor que la muerte.
Esa misma tarde, se había encontrado con una sorpresa en unos conocidos almacenes
de la calle Preciados de Madrid. Ella había ido a comprar unos perfumes y, al otro lado del
expositor, había visto a dos empleadas de Exclusive Hair mirado esmaltes de uñas. Una de
ellas estaba segura que era la mojigata que Loren sedujo el verano pasado, sino recordaba
mal, se llamaba Jimena. Por desgracia les había sorprendido una mañana juntos, la estúpida
se presentó por sorpresa en el apartamento de Loren con una bolsa de churros, para invitarle
a desayunar, y les pilló in fraganti. Por supuesto, esa línea de investigación se fue al traste
inmediatamente.
Viviana se acercó a ellas disimuladamente, para ver si podía escuchar algún
comentario que la pudiera servir de algo. Cuando ya se iba a dar por vencida escuchó algo
sobre volver a Nueva York, la mojigata le comentaba a su amiga que no volvería allí de
ninguna de las maneras. Aunque no dijeron nada más sobre el tema, Viviana supo en ese
momento, que la empleada que Loren le había dicho que se acostaba con Carlos, era ella. El
muy traidor, le había ocultado información, seguramente para su propio provecho. Estaba
claro que no se podía fiar de nadie, a partir de ese momento ella tomaría las riendas de la
causa. Viviana se dirigió a la puerta de los grandes almacenes con la sensación de que la
suerte le volvía a sonreír.
Cuando salió a la calle, sacó su teléfono para llamar de nuevo a Loren. Le ordenaría
que se volviera a España. Ya tenía toda la información que necesitaba para doblegar a esa
sanguijuela egoísta de Carlos. El empresario siempre había sido extremadamente protector
con respecto a sus empleados, y, si encima era su amante, la podría utilizar para sus
propósitos sin ningún tipo complicación.
Maldita sea, el teléfono de Loren seguía desconectado, empezaba a pensar que le
había pasado algo. Si le habían atrapado, eso que se ahorraba ella, desde el momento en que
le tuvo que confesar el secreto de la sangre de vampiro, decidió que Loren tenía que morir.
Ella no compartiría ese descubrimiento con nadie.
Guardó el teléfono en el bolso de piel de zorro que llevaba, a juego, con el abrigo y el
gorro, estos habían sido uno de los últimos regalos de su decadente marido antes de morir.
Viviana paró un taxi y se fue a casa, maquinando la manera de utilizar la valiosa
información con la que se había encontrado por casualidad.
***
Ya había pasado más de una semana desde que Jimena había vuelto precipitadamente
a Madrid. Tenía contacto con su amiga Erika mediante Facebook. Erika había estado muy
preocupada por ella cuando desapareció de esa forma tan acelerada.
Jimena, había desconectado su teléfono móvil y no lo había vuelto a conectar durante
varios días, después de llegar a Madrid. Cuando por fin tuvo las fuerzas para hacerlo, se
encontró con un montón de llamadas y SMS.
Los de Carlos los borró sin leerlos. Erika le había escrito uno en nombre de todos sus
compañeros de Nueva York, preguntándola si todo estaba bien, ella les había contestado
con un escueto “All OK”. Erika, también le había escrito otro más personal, le contaba que
Carlos se había hecho cargo del gato, pero, que si tenía algún problema, se lo pediría y se
encargaría ella de cuidarle. En un principio, Jimena pensó en decirle que no se lo dejara a
él, pero luego pensó que Erika no tenía a nadie para que se encargara del gato en las horas
que ella estaba trabajando, asique decidió dejarlo estar.
Al día siguiente era Nochebuena, cenarían en casa de sus padres y Marta les
acompañaría, su padre la había invitado cuando supo que ella no tenia familia en Madrid e
iba a pasarla sola en su apartamento. Para Nochevieja, sus padres habían planeado una cena
con cotillón en un hotel junto con varios amigos, ellos le habían dicho que, ya que ella
había vuelto, la anularían, pero Jimena no lo consentiría bajo ningún concepto, ellos tenían
sus planes antes de que volviera de Nueva York y no tenían porque alterarlos.
Marta le había propuesto ir a la puerta del Sol a tomar las uvas y, después, ir a bailar a
alguna de las numerosas fiestas de fin de año que se celebraban en la capital. Sus padres, al
ver que ella tenía planes, se quedaron más tranquilos y decidieron mantener los suyos.
Esa mañana Jimena había recibido varias llamadas a su teléfono móvil. Las de Carlos
las colgaba, como siempre, sin contestar. Entre todas ellas había recibido una desde un
teléfono fijo de Madrid, la mujer se identificó como una antigua cliente de la peluquería en
la que ella trabajaba antes de irse a Estados Unidos.
Jimena, intentó acordarse de todas las señoras a las que había atendido, pues la voz de
esta le sonaba bastante, pero no fue capaz de dar con quien podía ser.
La señora, que se identificó como Viví, la ofreció trabajo. Por lo visto, iban a
celebrar en su casa una fiesta de fin de año y necesitaban una peluquera de nivel a
domicilio. Tendría que ir a primera hora de la mañana el día treinta y uno de Diciembre y
peinar a varias personas. La mujer le ofreció una escandalosa cantidad de dinero por
hacerlo. Jimena le dijo que se lo pensaría y colgó, ¿de dónde habría sacado esa mujer su
teléfono?, igual, era una cliente muy importante y se lo habían dado en personal, pensó.
***
Carlos deambulaba por su despacho, era la quinta vez que marcaba el teléfono de
Jimena, ella lo había vuelto a conectar, pero se negaba a contestar a sus llamadas. Lo lanzó
en un arrebato de impotencia y este se hizo pedazos contra la pared. Ya hacía más de una
semana que Jimena se había ido, totalmente destrozada, de su lado.
Desde entonces, Carlos no podía pensar, ni dormir, necesitaba hablar con ella para
pedirle perdón, pero eso, en estos momentos, era misión imposible, ya que Jimena se había
cerrado en banda.
Él, había pensado incluso, en llamarla con el teléfono de Erika, así seguramente le
contestaría. Pero no la quería engañar, quería que contestara sabiendo que era él. Además,
por otro lado, Erika no le dejaría que lo hiciera. Dios, se estaba volviendo loco. Carlos
estaba abriendo el mueble bar del despacho, necesitaba beber algo fuerte. El teléfono del
despacho comenzó a sonar.
— Sr. del Toro — la voz de su secretaría sonó suavemente desde el otro lado del
teléfono— Violeta me pasa una llamada desde la centralita del Salón, se ha identificado
como la Duquesa, dice tener información muy importante sobre Jimena.
Carlos se quedó unos segundo sin moverse y sin hablar.
— Señor, ¿Va a atender la llamada?
— Pásamela por favor — a Carlos, se le erizaron los pelos de la nuca, solo de pensar
que esa horrible mujer pudiera hacerle algo a Jimena.
— Por fin nos volvemos a encontrar vampiro —la voz de Viviana sonó como un
siseo.
— Déjate de juegos bruja, ¿Qué es lo que quieres de mí?
— Lo que siempre he querido, y esta vez no voy a permitir que me dejes plantada tan
fácilmente, no me voy a andar con remilgos Carlos, o me das lo que añoro, o no volverás a
ver con vida a tu amante.
— Ella no es mi amante — ella es mucho más, pensó Carlos, ella era su obsesión, su
vida, su amor…, pero, por supuesto, esa información quedaría solo en su mente, tenía que
aparentar que Jimena no le importaba en absoluto.
— Bueno, lo que tu digas. Tienes hasta mañana para contestarme. ¡Anda, que bonito!,
si es el día de Navidad. Pues eso, o accedes a mis peticiones, o la zorra de tu empleada no
verá el nuevo año — Viviana le colgó el teléfono sin dar opción a que contestara.
Carlos, después de quedarse un rato sin reaccionar, decidió que iba a acabar con esto
de raíz. Esa mujer no le volvería a chantajear, le había dado donde más le dolía
amenazando a la mujer que amaba. Él siempre mostraba su lado humano. A partir de ahora,
la bruja iba a conocer su lado salvaje.
Carlos salió del despacho y le pidió a Guadalupe que llamara a Tom, tenía que hablar
con él inmediatamente. Tom apareció en su despacho en tan solo cinco minutos.
— Que pasa jefe, ¿me buscabas? — Tom entró en el despacho sin llamar.
— ¿Tienes el pasaporte en vigor? — Carlos le hablaba sin despegar los ojos del
monitor de su ordenador.
— Por supuesto ¿Dónde vamos?
— A Madrid, España. Tenemos pasajes para dentro de cinco horas.
Carlos valido los billetes que acababa de comprar por internet, y miró a su amigo a la
cara, este tenía la determinación de siempre. Carlos sabía que Tom le seguiría hasta el
infierno si se lo pedía, el hubiera ido solo, pero necesitaba que alguien se ocupara de la
seguridad de Jimena mientras el visitaba a la Duquesa.
Le explicó a su amigo sobre la llamada que había recibido y la necesidad de poner
punto y final a esa pesadilla que, no solo le afectaba a él, sino a todos los de su especie y la
forma de vida que habían conseguido a espaldas de la humanidad.
Tom se sentía culpable por el trato que le había dado a Jimena. La había acusado de
estar con Carlos por algún interés oculto y también de estar compinchada con Lorenzo.
Después de todo lo que habían descubierto en la habitación de Lorenzo, había quedado
bastante claro que ella era totalmente ajena a todas esas maquinaciones. Además, estaba la
forma en la que les había lanzado el dinero el día que se fue, una persona interesada se lo
hubiera llevado. Ella estaba tan disgustada, que incluso, se había dejado todas sus
pertenencias en el apartamento. Por supuesto que iría con Carlos a Madrid, aparte de su
lealtad hacia su jefe, le debía una disculpa a Jimena.
Jimena, después de comentárselo a sus padres, decidió que aceptaría el trabajo.
Necesitaba entretenerse en algo, como siguiera dándole vueltas a la cabeza se iba a volver
loca.
Llamó al teléfono que había quedado registrado en su móvil. Mientras le pasaban con
la señora, tuvo el presentimiento de que se estaba metiendo en algo feo. Enseguida desecho
la idea, diciéndose a sí misma que estaba siendo demasiado psicótica.
— Buenos días, soy Jimena, usted me llamó para que fuera a su domicilio el día de
Fin de Año.
— A si querida, ¿aceptas el trabajo?
— Sí, creo que sí — Jimena no podía evitar que se le pusiera un nudo en el estomago
al oír la voz de la mujer, estaba segura que la había escuchado en algún sitio, pero no
conseguía saber dónde.
— Estupendo, te estaré esperando con impaciencia querida, no me falles.
Cuando colgó el teléfono, Jimena bajó a la cocina para echar una mano a su madre,
Manuela se afanaba con los preparativos de la cena de Nochebuena.
— ¿Qué voy haciendo?
— Ves preparando la mesa, esto está todo controlado.
Jimena salió de la cocina en dirección al salón, su padre andaba dándole vueltas a los
dos tipos de vino que servirían en la cena.
Cuando ya habían terminado de colocarlo todo, sonó el timbre, Juan abrió la puerta a
Marta, que se había puesto un vestido de fiesta muy en su estilo. Era como el arcoíris, no le
faltaba ningún color, llevaba el pelo peinado con un recogido informal, del cual se le
escapaban varios mechones de pelo, que le caían desordenadamente, sobre la cara y los
hombros. Estaba realmente espectacular. Juan abrió unos ojos como platos, antes de
carraspear, y volver a su pose habitual de padre.
— ¡Guau Marta!, estas espectacular — Jimena abrazo a su amiga.
— La ocasión lo merece — Marta dio dos besos a casa uno.
La noche fue muy agradable, cenaron estupendamente y bebieron algo más de la
cuenta, lo justo para desinhibirse un poco y reír con las gracias de los demás. La velada
terminó sobre las dos de la mañana. Después de recoger todo, se retiraron a sus dormitorios.
Marta se quedo a dormir allí, pues habían planeado ir al día siguiente a Navacerrada, era
una tradición familiar el ir a esquiar el día de Navidad.
***
El vuelo hacia Madrid, salía del aeropuerto JFK de Nueva York media hora después
de que se ocultara el Sol. Carlos y Tom estaban en el asiento de detrás del coche que
conducía Michael, protegidos de los últimos rayos de Sol, por los cristales especiales que
disponía el vehículo. Cuando llegaron al aeropuerto ya era totalmente de noche, se bajaron
rápidamente del coche para dirigirse a la puerta de embarque. No tenían que facturar, pues
el poco equipaje que llevaban era de mano.
Habían estado bebiendo sangre toda la mañana para no tener necesidad de
alimentarse en los próximos días, de todas formas, en caso de necesidad, podrían
alimentarse de animales, aunque no era igual que la sangre humana, sería suficiente para
sobrevivir durante una temporada.
El avión salió de Nueva York puntualmente, llegarían a Madrid con tiempo suficiente
para desplazarse al apartamento que Carlos conservaba en la Capital de España, antes del
amanecer.
Tenían previsto ultimar los detalles de su plan durante las horas de vuelo y en las
horas diurnas en las que tendrían que estar encerrados obligatoriamente. Por suerte, en
Madrid en el mes de diciembre, los días son muy cortos, a las seis de la tarde ya es de
noche.
Carlos iría a por Viviana en cuanto tuviera la información de donde localizarla.
Quería ocuparse de ella personalmente. Había pedido a Tom que le acompañaba,
únicamente, para la seguridad de Jimena. Esto era entre esa bruja y él.
***
El día en la sierra fue de lo más divertido, hacia un clima estupendo, todos habían
tenido que darse un montón de protección para el Sol. Su madre se había estado riendo, por
la pinta que tenia Juan, con las rayas blancas de la crema de protección especial para la
nieve, decía que parecía un apache. Todos volvieron a casa muy satisfechos con el día de
esquí, aunque extremadamente cansados. A Marta la dejaron en su apartamento antes de ir
a casa. Según entraron por la puerta, todos se fueron a sus habitaciones a ducharse y a
acostarse, esa noche no tenían ganas ni de hacer la cena.
— El que tenga hambre que habrá la nevera y se sirva solo — había dicho Manuela
cuando entraban por la puerta.
— Yo me voy a duchar y luego me preparare un bocadillo de algo, el material se
queda en el coche, mañana ya lo recogeremos todo — Juan había guardado el coche dentro
del garaje de la vivienda y hablaba mientras miraba, con cara de preocupación, por la
ventana hacia la calle.
— ¿Qué miras con tanto interés papá? — Jimena miró hacia donde lo hacía su padre.
— Es ese coche que está aparcado enfrente de nuestra puerta, no le reconozco, en esta
calle solemos aparcar solo los vecinos.
— Será alguien que ha venido a visitar a algún vecino — dijo Jimena
despreocupadamente.
— Será — Juan corrió la cortina y se fue escaleras arriba con su hija siguiéndole.
Esa noche, por primera vez desde que había llegado a Madrid, Jimena durmió del
tirón, todo el ejercicio de la jornada anterior le estaba pasando factura.
A la mañana siguiente se despertó tardísimo, cuando miró el despertador de su
mesilla, marcaban las doce del mediodía, se desperezó y bajó en pijama a la cocina.
— Hombre, aquí viene la Bella Durmiente — dijo Manuela, que estaba preparando
la comida.
— Buenos medios días, mamá — Jimena se acercó y le dio un beso en la mejilla —
¿Dónde está papá?
— Se fue a las nueve a trabajar, tiene que estar reventado, se ha tirado toda la noche
mirando por la ventana.
— ¿Al coche que había aparcado enfrente?
— Si, dice que se ha ido media hora antes de amanecer, ya sabes cómo es, le gustan
demasiado las novelas policiacas. ¿Tienes algún plan para hoy?
— Si, quería pasarme por las oficinas de Juan Bravo, quiero pedir mi reingreso.
— Eso es estupendo, seguro que no te pondrán ninguna pega, eres una estupenda
profesional — Manuela le puso un zumo de naranja sobre la mesa y un croissant.
— Ummm, que rico — se bebió el zumo de un trago, estaba famélica, la noche
anterior se había quedado dormida inmediatamente después de ducharse, y no había comido
nada — Creo que iré esta tarde, el horario de oficina es hasta las siete.
***
Tom y Carlos se habían pasado toda la noche haciendo guardia en la casa de Jimena,
querían comprobar si había alguien más vigilándola. La familia había llegado en el coche,
después de que ellos ya estuvieran montando guardia. Hubo un momento en el cual
estuvieron a punto de irse para no levantar sospechas. El padre de Jimena estuvo mirando
por la ventana, periódicamente, durante toda la noche, aunque ellos estaban escondidos en
el asiento de detrás y no les podían ver, no querían arriesgarse a ser descubiertos.
Habían estado aparcados toda la noche. Carlos no se quiso mover de allí hasta que
Tom empezó a ponerse nervioso por la cercanía del amanecer.
Carlos, tenía planeado ir a las oficinas de Juan Bravo esa misma tarde en cuanto el
Sol se hubiera ocultado. Guadalupe había informado al jefe de personal, de que el nuevo
dueño de la compañía, se encontraba en Madrid e iba a hacer una visita relámpago a las
oficinas.
Carlos necesitaba buscar en la base de datos de los clientes de los salones, el
domicilio de Viviana. Tenía que localizarla lo antes posible, esa mujer era capaz de
cualquier cosa con tal de salirse con la suya. Carlos no iba a consentir que le tocara ni un
solo pelo a su mujer, porque tenía muy claro que Jimena era suya.
La iba a recuperar, aunque tuviera que arrastrarse detrás de ella hasta el fin del
mundo, ida y vuelta, para conseguir que le perdonara.
Carlos llegó a las oficinas en taxi. Tom seguiría vigilando a Jimena él solo. Cuando
entró por la puerta del primer salón que inauguro hacia ya unas cuantas décadas, vio todas
esas fotografías suyas colgadas por todas las paredes de la recepción. Había sido una época
estupenda para su negocio, que pena que hubiera tenido que dejarlo todo precipitadamente
por esa maldita mujer.
La recepcionista le miraba estupefacta, ella había trabajado allí durante muchos años,
Carlos reconoció a Isabel, aunque el paso de los años no había tenido piedad con ella,
seguía siendo una de las personas más amables, que había conocido en su larga vida.
— Buenas tardes señor del Toro, el señor Sánchez le recibirá inmediatamente.
— Muchas gracias — Carlos disimuló como si no la conociera.
— Señor, es un honor conocerle por fin en persona — el jefe de personal no tardó ni
un minuto en presentarse en la recepción.
— Si, muchas gracias — Carlos le estrechó la mano por educación. El tipo era de
esos que no apretaban la mano, la dejaba como blanda, a Carlos no le dio muy buena
impresión.
— Subamos y le enseñare las instalaciones.
Carlos las conocía de sobra, pero se suponía, que él era el afortunado heredero, así
que tendría que interpretar su papel.
Estuvieron dando vueltas durante media hora por todas las instalaciones, los
empleados le miraban sorprendidos cuando les veían pasar, debían pensar en el parecido
con el hombre de las fotografías de la entrada. Si solo ellos supieran.
El jefe de personal se iba pavoneando como si fuera el dueño de todo aquello, todos
los empleados agachaban la cabeza según pasaban, como si le tuvieran miedo. Las mujeres
se hacían señas de complicidad entre ellas al ver pasar al atractivo hombre que acompañaba
a su jefe. Carlos, decidió en ese momento, que no le gustaba ni un pelo el Sr. Sánchez.
Cuando todo esto terminara, haría un sondeo anónimo entre los empleados, para saber su
opinión sobre los directivos de la compañía. El siempre había tenido muy en cuenta, la
opinión de todas y cada una de las personas que trabajaban para él.
Cuando por fin terminaron la ruta turística por las instalaciones, fueron al despacho
del jefe de personal. Carlos dijo que quería ir a su despacho, necesitaba un ordenador donde
tuviera acceso a todos los sistemas informáticos de la compañía.
— Su despacho, en este momento, no tiene equipo informático — Ricardo se lo dijo
un poco nervioso— pero si quiere puede ocupar el mío mientras lo solucionamos.
— Está bien — a Carlos cada vez le gustaba menos ese tipo.
Ricardo, llamó a su secretaria y, con toda la prepotencia de la que podía hacer gala, le
dio la orden para que instalaran, inmediatamente, un equipo informático en el despacho de
Carlos.
— No será necesario, mientras este en Madrid, ocupare el suyo. Usted podrá
instalarse en cualquiera de las mesas libres que hay fuera, junto con el resto de los
empleados — Carlos se estaba empezando a mosquear bastante con ese gilipollas.
— Como usted ordene — Ricardo se quedó blanco de la sorpresa y, dos segundos
después, se puso rojo de rabia.
— ¿Sería posible tener un poco de intimidad? — Carlos se sentó en la mesa del
despacho y miró a su subordinado esperando a que se fuera.
— Por supuesto, si necesita algo ya sabe dónde encontrarme — Ricardo salió de su
despacho con su orgullo tocado y hundido.
Carlos miró su reloj de pulsera, eran las 18:30 de la tarde. El teléfono interno empezó
a sonar.
— Si dígame soy el Sr. del Toro.
— Oh… discúlpeme — la voz cantarina de la recepcionista sonó al otro lado del
auricular — buscaba al Sr Sánchez, la Srta. Rey le está esperando en la recepción.
— Él no está en este momento en el despacho, dígale a la señorita que la recibirá
enseguida.
Carlos salió del despacho para ir a buscar al jefe de personal, después de preguntar a
su secretaria, le localizó en la sala de juntas. Carlos entró sin llamar.
— Sr. Sánchez, la Srta. Rey le está esperando en recepción.
— ¿La Srta. Rey? Pero ella se había trasladado a la sucursal de Nueva York.
— Sí, pero ahora vuelve a estar aquí, quiero que la ofrezca su antiguo puesto y con
las mismas condiciones que tenía antes del traslado, no quiero que le hable en ningún
momento de mi, que ella crea que ha sido idea suya.
— Pero, su puesto ya está ocupado por otra persona.
— No cuestione mi autoridad Sr. Sánchez, es una orden. A la otra empleada respétele
el contrato, seguro que hay suficiente trabajo para las dos.
Carlos salió de la sala de juntas muy mosqueado con la actitud del empleado, no le
gustaban las personas que se creían superiores a los demás, simplemente por tener el
privilegio, de ocupar un puesto de trabajo mejor remunerado que el resto.
***
***
Jimena se metió en el metro con un cabreo de campeonato, según bajaba por las
escaleras, decidió que no podía ir a casa con ese estado de ánimo, asique decidió ir a buscar
a Marta a la salida del trabajo.
— ¡Qué sorpresa! — Marta abrazó a su amiga que la esperaba en la puerta del hotel
— ¿Vas a pasar a saludar?
— No, yo solo quería…hablar un poco — Jimena agarraba con fuerza el bolso en
señal de nerviosismo — de todas formas, mañana los veré a todos, han admitido mi
petición de reingreso.
— ¡¡Eso es genial!! — Marta estaba realmente contenta por su amiga.
— Si…es genial.
— No estás muy contenta — Marta sabia que a Jimena le había pasado algo muy
gordo, aunque no quería presionarla, sabía que ella necesitaba soltar toda la mierda que
tenida dentro — quieres que demos un paseo y hablemos.
— Sí, eso estaría bien.
Las dos se dirigieron hacia el Paseo del Prado deambulando tranquilamente.
— En Nueva York conocí a alguien — Jimena comenzó a hablar — yo me…
enamoré locamente de él.
Jimena le contó a su amiga toda la historia, incluido el tema de los vampiros. Ya no
podía guardar mas todo eso para ella misma, sabía que su amiga era la única persona que no
la tomaría por loca. Marta siempre había sido muy aficionada a todo lo paranormal. Ella
siempre decía que era una bruja en sus ratos libres.
Cuando Jimena terminó su historia, habían llegado a la Estación de Atocha. Marta se
quedó callada durante un largo rato.
— Pensaras que estoy loca, pero te aseguro…
— No, no creo que estés loca — Marta habló a su amiga en tono solemne — mi
madre era bruja, y como todas las de nuestra especie hacen antes de morir, enseñan a sus
hijas todos sus conocimientos para que sean transmitidos, de generación en generación.
Entre todas las cosas que ella me enseñó, hubo una que llamó mi atención especialmente,
mi madre aseguraba que había criaturas muy similares a los humanos que se alimentaban de
sangre para sobrevivir.
Marta había nacido y vivido, junto con su madre, en un pueblo de Galicia. Hasta el
momento en que ella murió, víctima de un cáncer, no se habían separado nunca.
La madre de Marta era una meiga, tenía contactos con el mas allá y también, poderes
de curandera. Cuando la madre de Marta murió, ella cerró la consulta de curandera que les
había dado de comer durante toda su vida. Marta tenía un fuerte sentimiento de
culpabilidad por no haber podido ayudar a su madre en su lucha contra el cáncer.
Durante los meses que había durado la enfermedad, el sentimiento de impotencia la
había carcomido por dentro. Su madre la decía, que su enfermedad era demasiado poderosa,
como para que ninguna de las dos pudiera con ella, pero Marta, no se daba por vencida y
seguía estudiando los viejos libros que habían heredado de sus antepasados. El día que la
enterraron, Marta decidió que se tenía que ir de su pueblo. Ella era una meiga de mierda y
no sustituiría a su madre en la consulta, no quería engañar a nadie. Se fue a Madrid, donde
nadie la conociera, y se matriculó en una academia de peluquería para poder aprender un
oficio y ganarse la vida honradamente.
— ¿Eres una bruja de verdad? — Jimena miraba a su amiga con los ojos abiertos
como platos — ¿Qué clase de poderes tienes?
— Sí, soy una bruja por nacimiento, así que tengo ciertos poderes y conocimientos
paranormales.
— No me lo puedo creer — Jimena se reía nerviosamente — el mundo en el que creía
vivir no tiene nada que ver con la realidad.
— Como dirían en mi tierra “Yo no creo en las meigas. Pero haberlas, hailas”.
— Se me están desmoronando todas mis convicciones — Jimena no sabía que pensar.
— Tendemos a ver la realidad de una cierta manera. Lo real en la vida, tendemos a
verlo con nuestra propia visión.
Jimena en ese momento sintió un gran alivio, siempre había estado orgullosa por
contar con una amiga como Marta. Cuando comenzó a contarle la historia de su viaje a
Nueva York, estaba convencida que ella la tomaría por demente, y que saldría corriendo a
hablar con sus padres para intentar convencerles de que la ingresaran en un psiquiátrico.
— Venga te acompañare a casa, si quieres me quedo contigo toda la noche y
hablamos, necesitas sacarlo o te va a explotar el cerebro.
— Muchas gracias Marta — Jimena la abrazó con lágrimas en los ojos — siempre
supe que eras una persona muy especial.
Cogieron el metro en Atocha y se fueron hacia el barrio de Jimena.
Cuando llegaron a la altura de su casa, la morena se paró en seco y soltó un bufido,
mientras se agachaba para coger una piedra del suelo, lanzándola con todas sus fuerzas
contra el impresionante hombre que estaba delante de ellas.
— ¡Qué coño haces aquí! — Jimena estaba roja de furia.
— ¿Quién es ese?, si hay que tirarle otra piedra solo dímelo, yo tengo más puntería
que tú y seguro que le doy en la cabeza — Marta se agachó para recoger otra piedra del
suelo.
— Hey, hey, hey. Quietas fieras, solo he venido para saber si llegabas sana y salva a
tu casa — Tom miraba a las dos amigas divertido.
— ¿Y para qué harías eso? — Jimena le miraba furiosa.
— Ordenes de un superior — Tom la contestó despreocupadamente.
— Marta dale entre las cejas.
Su amiga le hizo caso sin pensarlo un segundo, pero Tom cogió el proyectil al vuelo
y lo hizo trizas apretándolo con la mano.
— Quiero que me dejéis seguir con mi vida en paz — Jimena lo dijo medio llorando.
— Metete en tu ataúd y piérdete, engreído de mierda — Marta fue hacia ella y la
abrazó tiernamente — ya la habéis hecho bastante daño.
— Yo… siento todo esto Jimena, sé que no es el mejor lugar para decirlo, pero quiero
que sepas que siento haber pensado mal de ti, ahora sabemos que no tuviste nada que ver
con ese maldito cabronazo de Lorenzo.
— Acepto las disculpas, ahora iros y dejadme en paz — Jimena hablaba entre
sollozos.
— No podemos irnos hasta que solucionemos el asunto que nos ha traído hasta aquí.
— ¿Y eso que tiene que ver para que estés en la puerta de mi casa espiándome? —
Jimena se soltó del abrazo de su amiga y se acercó a Tom.
Antes de que Tom pudiera contestar le sonó el teléfono, era Carlos.
— Hola jefe.
— ¿Dónde estás? ¿Ha habido algún percance con Jimena? — Carlos parecía algo
nervioso.
— Si, podría llamarse así.
— ¡¿ESTA BIEN?!
— Si, tranquilízate, está aquí conmigo, el único agredido he sido yo. Ella tiene su
propio guarda espadas.
Carlos se quedó callado al otro lado de la línea, sus planes no estaban saliendo
exactamente como los había planeado.
— Pásamela — Tom le tendió el teléfono a Jimena, que se quedó un rato pensado si
debía cogerlo o no.
— Es Carlos quiere hablar contigo — Jimena cogió el teléfono con mano temblorosa
y se lo puso en la oreja.
— ¿Qué quieres?
— Por favor Jimena ven a mi apartamento con Tom esta noche, tenemos que hablar.
— ¿De qué?
— Estamos todos en peligro, hay una persona que me está chantajeando, es la mujer
que mandó a Loren a buscarme a Nueva York. Ven y te lo explicare todo con pelos y
señales.
Jimena se quedó callada durante unos segundos mientras procesaba lo que Carlos le
estaba diciendo.
— Está bien, acompaño a mi amiga a su casa y me acerco con Tom a tu apartamento.
— ¡DE ESO NADA! No te voy a dejar que vayas sola a ningún sitio — Marta miraba
con cara de indignación a su amiga.
— No creo que quieras involucrarte en esto — dijo Tom mirando a la atractiva amiga
de Jimena.
— Tú no crees nada, esto es entre mi amiga y yo.
— Marta viene con nosotros — dijo Jimena.
— Está bien preciosa, tú misma — a Tom no le hacía gracia poner en peligro sin
necesidad a la amiga de Jimena, ella no tenía nada que ver con esto.
— Llamo a mis padres para que no se preocupen y nos vamos.
***
Carlos se había ido al apartamento nada mas hablar con Jimena, todo este tema se
estaba descontrolando por completo. El había planeado algo mucho más sencillo, cargarse a
la bruja y luego ir a por la mujer que amaba y vivir felices para siempre, pero no, el destino
había planeado que todo fuera mucho más complicado.
Tom abrió la puerta del apartamento y los tres entraron al interior.
Carlos buscó con la mirada a Jimena, el aroma de su sangre era como una droga para
él, le hacía perder la razón.
Desde que los tres habían bajado del coche en el garaje del edificio, Carlos tenía el
olor de Jimena adherido a sus fosas nasales, necesitaba tocarla.
El recuerdo de la sangre de Jimena en su boca, el último día que estuvo con ella en
Nueva York, le provocaba una dolorosa erección.
Jimena se la había dado voluntariamente y él, como un cerdo, había sospechado de
ella. Jimena se encontraba detrás de su amiga sin querer mirar a Carlos directamente, él
avanzó los dos pasos que les separaban, la cogió de la mano y le dio un beso en la palma.
Dios como la amaba, estaba seguro que ya no podría vivir sin ella. Si le rechazaba, su
existencia seria un simple paso del tiempo, esperando que algo o alguien, acabara con su
larga vida.
— Hablemos en privado — Carlos la miraba suplicante.
— Yo… me has hecho mucho daño — Jimena no quería mirarle directamente a los
ojos, si lo hacía, caería en sus brazos en menos de dos segundos. Estaba enamorada de ese
vampiro hasta el tuétano.
— Lo sé, y lo siento. He sido un estúpido. Por favor Jimena habla conmigo.
— Está bien… hablare contigo, pero que sepas que estoy muy enfadada — Jimena lo
decía con un hilillo de voz, que no hacían muy creíbles sus palabras.
— Jimena, no tienes porque hacer lo que él te diga, puede hablar aquí delante de
todos — Marta hablaba a su amiga con tono cariñoso, mientras miraba a Carlos con su
mejor mirada asesina.
— Tranquila Marta, no es necesario — Jimena tranquilizó a su amiga que tenía un
extraño brillo en los ojos.
Se dejó guiar hacia la habitación contigua a la que estaban mientras dedicaba un gesto
tranquilizador a su amiga.
Cuando Carlos abrió la puerta, entraron en la mejor biblioteca privada que ella había
visto en toda su vida. Todas las paredes estaban forradas con librerías desde el suelo hasta
el techo, repletas de ejemplares lujosamente encuadernados. Tenía una mesa redonda de
madera maciza en el centro de la sala con varias sillas alrededor. Jimena, sin poder reprimir
su curiosidad, se acercó a uno de los estantes, la mayoría de las obras que tenia a la altura
de sus ojos eran primeras ediciones, cualquier coleccionista pagaría una fortuna por un
tesoro como aquel.
Carlos cerró la puerta sacándola de su abstracción, y se sentó en el sofá que estaba
justo enfrente de una chimenea en la que había un fuego encendido. Hizo un gesto con la
mano a Jimena invitándola para que se sentara a su lado. Ella estaba de pie justo al otro
lado de la habitación, con los brazos cruzados en señal de restricción, ahora si le miraba
directamente a los ojos.
— Te he echado de menos — Carlos comenzó a hablar.
— Ya… ve al grano Carlos, no tengo mucha paciencia en estos momentos.
— Está bien, comprendo que estés enfadada conmigo, me he comportado como un
estúpido.
— Y como un cerdo, un capullo, un cobarde… — Jimena iba enumerando insultos
mientras levantaba los dedos de la mano.
— Está bien, te doy la razón en todo, pero solo lo fui un rato muy pequeñito, si no
hubiera sido por el Sol, hubiera ido tras de ti — Carlos se levantó lentamente de su asiento
y empezó a acercarse a ella — te llamé muchas veces a tu teléfono, pero no contestabas.
— Seria porque no quería hablar contigo — Jimena empezó a dar pasos hacia atrás
para mantener la distancia que los separaba.
— Jimena, por favor, no huyas de mí.
Carlos siguió avanzando hacia ella, Jimena hizo tope contra una de las librerías.
— Para Carlos, puedes hablarme desde donde estás.
Él se detuvo, respetaría su petición. Le costaba horrores no tocarla ahora que la tenía
tan cerca, había pasado los peores días de su vida estando a tantos kilómetros, y sabiendo
que estaba a merced de Viviana.
— Hay cosas sobre mí pasado que no sabes — Carlos comenzó a hablar.
— Cuéntamelas, tenemos toda la noche — Jimena rodeó a Carlos y se fue a sentar en
una silla, dejando que la mesa hiciera de barrera entre los dos.
Carlos le contó su historia con la única mujer que había amado antes que a ella,
quería que Jimena entendiera porque a él le costaba confiar. Ella escuchó toda la historia
con gesto reservado, no le interrumpió en ningún momento hasta que hubo acabado.
— ¿Y tú creíste que yo sería capaz de traicionarte de esa manera tan vil? — Jimena lo
dijo casi en un susurro.
— Solo fue por un momento, y me arrepiento tanto…
— ¡¡TE ACABABA DE DAR MI SANGRE!! — Jimena gritó desde donde estaba,
dando un golpe sobre la mesa.
— Créeme cuando te digo que no puedo pensar en otra cosa. Tú sangre es…
— Es eso… quieres tomar mi sangre de nuevo — Jimena le miraba con gesto de
sospecha.
— No, no es eso… bueno si, pero no es el motivo principal.
— Y entonces cual es, habla claro o me largo en este preciso momento.
Jimena hizo ademan de levantarse. En menos de un segundo sintió como la
levantaban en brazos y, sin saber cómo, al segundo siguiente estaba tumbada en el sofá con
Carlos encima de ella acariciándola el cuello con la nariz. Él subió sus labios hasta la altura
de la oreja de Jimena y en un susurro habló.
— Te amo Jimena, necesito tocarte y que me toques, besarte y que me beses, saber
que estas a salvo, necesito tenerte en mi cama, hacerte y que me hagas el amor cada día —
Carlos hablaba mientras iba sembrando un camino de besos por el cuello de Jimena.
Jimena no podía hablar, tenía un nudo en la garganta, en el momento que abriera la
boca comenzaría a llorar como un bebe.
— Por favor, perdóname, te juro que jamás volveré a dudar de ti — La cogió
suavemente de la barbilla para que le mirara a los ojos, necesitaba ver la expresión de sus
ojos.
— Yo… — Jimena apretaba los ojos para no llorar, aunque una lágrima traicionera se
deslizo por su mejilla.
— Por favor no llores, si lo necesitas yo te daré espacio para que aclares tus
sentimientos. Sé que todo esto es muy precipitado, nos conocemos desde hace muy poco
tiempo, además necesitas asimilar mí naturaleza.
Carlos hablaba muy bajito, mientras miraba a Jimena directamente a los ojos, esta
había abierto los ojos y le miraba fijamente. Jimena en ese momento lloraba sonoramente,
las lágrimas se deslizaban libremente por sus mejillas, entre sollozos e hipos, era incapaz
de decir una palabra.
Carlos la dejó que se tranquilizara, algunas veces era necesario llorar para
desahogarse. Estuvo esperando pacientemente a que ella hablara mientras acariciaba su
espalda. Cuando por fin Jimena abrió la boca para hablar, la puerta de la biblioteca se abrió
violentamente.
Marta apareció como un rayo, con Tom siguiéndola de cerca.
— ¿Qué la has hecho? ¿Por qué llora? — Marta fue rápidamente hacia la chimenea y,
cogiendo un atizador, amenazo a Carlos.
— Lo siento Carlos, pero aquí la amiguísima, resulta ser una fiera — Tom la miraba
divertido.
— ¡Tu cállate vampiro!, esto no será de plata pero, si te lo clavo en cierto sitio, te
puede desgraciar de por vida — Marta volvía a tener un brillo extraño en los ojos.
— Muchas gracias Marta, pero no es necesario — Jimena por fin consiguió hablar —
Carlos no me estaba haciendo nada.
— ¿Estás segura?, podemos hacernos unos pinchos morunos en la barbacoa en un
momento — Marta movía la herramienta como si fuera un estoque de torero. Los dos
vampiros se echaron la mano a la entrepierna instintivamente.
— Sí, estoy segura. Nos reuniremos con vosotros enseguida, pero ahora dejadnos
solos — Jimena no pudo evitar reírse por la reacción de su amiga.
— Está bien, estaré al otro lado de la puerta — Marta salió de la biblioteca, mientras
miraba fijamente y señalaba con el atizador a Carlos, en señal de advertencia.
— O deja el atizador en su lugar, o yo no voy a ningún sitio con esta mujer — Tom
se paró en medio de la habitación.
— Anda, si el vampiro chulito resulta ser un cobardica — Marta dejó el atizador en
su sitio y salió de la habitación con aire de superioridad.
— ¿Cobardica? — Tom salió detrás de ella con gesto divertido.
Cuando la puerta se cerró, Carlos volvió a fijar los ojos sobre Jimena. Esta estaba
mucho más tranquila que antes de la interrupción. Jimena alargó la mano y le acaricio la
cara, sintió como su barba de varios días le raspaba en la palma. Carlos cerró los ojos al
sentir el suave toque de Jimena.
— Yo también te amo Carlos. Más de lo que puedo expresar con palabras.
Jimena no fue consciente de cómo pasó pero, en un segundo estaba sentada junto a
Carlos y, al segundo siguiente, le tenía encima besándola con pasión.
Carlos sonrió, sintiendo llamaradas de deseo por esa mujer, cuya sangre, era ahora
una parte de él.
Al principio, Carlos sólo había pretendido besarla, pero ella resultaba tan dulce a su
lengua. Ella estaba tan sensible, con sus manos rodeándole el cuello para atraerlo más
cerca, mientras sus labios se apretaban juntos.
Los segundos se convirtieron en un minuto, luego, en varios minutos más.
Mientras la besaba, Carlos hundió las manos en la atractiva melena negra de Jimena,
gozando de su suavidad y de su calor. La deseaba sin ropa. Desnuda debajo de él, gritando
su nombre mientras le hacía el amor.
Dios, cuánto la deseaba.
Su sangre palpitaba, caliente, a través de su cuerpo. Su sexo estaba duro por la
necesidad, completamente excitado, y no había hecho más que empezar con Jimena.
Tal como ahora se sentía, esperaba que eso sólo fuera el principio.
Ella se echó hacia atrás y alzó la vista hacia él, con sus espesas pestañas. Sus labios
estaban brillantes e hinchados por su beso y se habían vuelto de un rosa oscuro e intenso.
— Eres mía, Jimena. — Carlos se puso sobre ella, besando la zona que iba de sus
labios a su barbilla, luego su garganta, hasta la suave piel detrás de la oreja. Olía tan bien.
Era tan bueno sentirla contra él.
Carlos gimió, dejando que el dulce perfume de su excitación penetrara por los
orificios de su nariz. La lujuria hizo que le dolieran las encías al crecerle los colmillos.
Podía sentir las afiladas puntas apareciendo.
— Eres mía y lo sabes, ¿verdad?
Aunque su voz sonó muy débil, apenas un soplo de aire saliendo de sus pulmones,
Carlos la oyó claramente, y la palabra lo atravesó como el fuego.
— Sí — fue todo cuanto ella puedo articular.
No se resistió mientras él, con cuidado, le quitaba el suéter. Él respiraba con fuerza al
inclinarse y besar su estómago desnudo, jugando con suaves mordiscos subiendo más allá
de su ombligo hasta el cierre frontal de su sujetador. Lo desabrochó y, lentamente, lo retiró
de sus pechos.
— Dios, eres preciosa.
El cuerpo de ella se arqueó hacia él. Cuando alcanzó su centro, él deslizó los dedos
por dentro de sus bragas. Jimena cerró los ojos mientras él la tocaba con su mano. A Carlos
se le escapó el aliento en un silbido.
— Te siento como la seda, Jimena. Seda caliente y húmeda. ¿Me quieres tener dentro
de ti? Porque ahí es donde deseo estar ahora.
Oh, dios. Iba a hacer que se corriera sólo de pensarlo.
— Sí — logró chillar — Por Dios, sí. Eso es lo que quiero.
Él se apartó y se quitó la camisa. Jimena abrió los ojos, mirando a través de los
pesados párpados cómo sus músculos se agrupaban en racimos y se flexionaban bajo la
tenue luz del fuego.
Carlos se apretó contra ella, separándole los muslos con la pelvis para colocarse entre
sus piernas. Su sexo estaba duro e intensamente cálido, mientras se restregaba contra sus
pliegues, simplemente jugando con ella y haciendo que lo deseara cada vez más.
El la besó otra vez, empujando su lengua más profundamente. Jimena se lo permitió,
devolviéndole el beso al tiempo que arqueaba las caderas. Él exhaló aire bruscamente,
moviendo la pelvis mientras sus cuerpos comenzaban a unirse.
— Eres mía — jadeó contra su boca.
Jimena no podía negarlo. No ahora.
Se aferró a él hambrienta, y luego Carlos, con un profundo gruñido empujó hacia
adelante, hundiéndose en ella más profundamente.
***
***
Los tres estaban sentados en la mesa de la cocina cuando Tom entró con el pelo
mojado. Se había puesto unos pantalones vaqueros desgastados y una camiseta blanca de
manga corta, Marta pensó que sería un modelo perfecto para una clase de anatomía. Ahí
había algunos músculos de los que ella no había oído hablar en su vida. Ella, que desde que
se había ido Tom, solo había abierto la boca para contestar a su amiga con monosílabos, no
pudo evitar mirarle con los ojos como platos, ese vampiro estaba para mojar pan.
Desde que él había huido como un cobarde, Marta sentía un vacio en el pecho, el
cual, no tenía fuerzas para analizar. La última vez que había sentido algo parecido, había
terminado con el corazón en el contenedor de basura, le costó bastante tiempo recuperarse
de aquel golpe y se había prometido que jamás dejaría que un hombre la volviera a
mangonear. Desde entonces solamente tenía relación con los hombres para tener sexo o
como amigos, y nunca las dos opciones iban unidas al mismo individuo. Era o la una, o la
otra.
Marta cerró la boca en un intento de conservar un poquito de dignidad. Aunque se
hubiera corrido como una perra solo porque él la había rozado un poco por encima del
pantalón, en ese momento habría salido detrás de él como una estúpida. Sentía una
atracción hacia Tom que no entendía, era como si algo tirara de ella y la obligara a
acercarse a él.
— Tom siéntate, tenemos que contarlas el peligro que corremos — Carlos habló a su
amigo con el tono más natural del que fue capaz.
Tom se sentó lo más lejos que pudo de Marta, lo único que le faltaba era tener el olor
de ella justo al lado. Jimena y Carlos se miraban disimuladamente con mirada interrogante.
— Tom y yo vinimos a España por dos razones — Carlos comenzó a hablar mientras
acariciaba con los dedos la mano de Jimena— una de ellas era recuperar a la mujer que
amo y disculparme ante ella por la torpeza que cometí en Nueva York.
— Me alegro mucho por vosotros — Tom habló con voz cortante desde su silla—
pero vamos al grano, quiero terminar con esto y volver a Nueva York lo antes posible.
Carlos no entendía la aptitud de su amigo, nunca le había visto tan arisco,
normalmente siempre intentaba tomarse las cosas con su humor personal. Le miró serio,
pero no le dijo nada, pensó que ya tendrían tiempo hablar sobre lo que le rondaba por la
cabeza.
Carlos comenzó su relato contándoles la verdad sobre su identidad. Jimena le había
confesado en la biblioteca, que Marta sabia sobre su naturaleza no humana. Al principio él
se sintió algo incomodo, pero luego comprendió que ella era intima de Jimena y que en un
momento de debilidad se había desahogado con ella. Tenía mucho que agradecer a esa
chica, por haber mantenido a su amada a flote, mientras él estaba a miles de kilómetros sin
saber qué hacer. Les contó el problema que había tenido hacia años con Viviana y el
motivo por el cual se fue de Madrid. Cuando llegó a la última parte, en la cual había
recibido la llamada de Viviana, las dos amigas le miraban con inquietud.
— ¿Dónde dices que vive esa mujer? — Jimena se dirigió a Carlos.
— Aquí esta apuntada — Carlos sacó un post it del bolsillo, donde llevaba apuntada
la dirección.
— ¡Hija de perra!, es la señora que me llamó para Nochevieja — Jimena estaba roja
de rabia — espera que la ponga las manos encima, la voy a dejar calva.
— ¿Se ha puesto en contacto contigo? — Carlos estaba blanco.
— Sí, me llamó hace unos días para ofrecerme un trabajo, quería que fuera el día de
Nochevieja por la mañana para que la peinara y la maquillara a ella y a otras personas en su
domicilio.
— ¿Aceptaste el trabajo? — Marta no sabía si por fin lo había aceptado, con tanto lio
no le había preguntado a su amiga.
— Si, la llamé para decirle que lo aceptaba antes de saber que me devolverían mi
puesto en la peluquería, tenía que llamarla para renunciar, pero no me ha dado tiempo. Esta
es una ventaja que tenemos que aprovechar, iré a la cita y la entretendré mientras vosotros
os coláis en su casa, es perfecto — Jimena estaba totalmente decidida.
— ¡POR ENCIMA DE MI CADAVER! — Carlos se cuadró, no quería ni oír hablar
de que Jimena se pusiera en manos de la bruja de Viviana.
— ¿Por qué no?, es perfecto, ella no sospechará en ningún momento que esta todo
preparado.
— No vas a ir tu sola a casa de esa mala bruja — Carlos no iba a ceder en eso.
— No tiene porque ir sola, yo la acompañaré con la escusa de ser la maquilladora —
Marta habló por primera vez desde que había comenzado la reunión — seremos dos contra
una.
— Es una maldita bruja, se os comerá a las dos con patatas — Tom saltó sin poder
contenerse.
— Seguramente Marta sabrá cómo combatirla — Jimena miró a su amiga
orgullosamente — ella también es una bruja.
El silencio tenso que siguió a las palabras de Jimena, se podría haber cortado con un
cuchillo. Tom se levantó de su silla bruscamente y salió de la cocina dando un fuerte
portazo. Carlos sabía la aprensión que su amigo sentía hacia las brujas, lo que no entendía
era esa reacción porque Marta lo fuera, como mucho hubiera esperado algún comentario
despectivo hacia ella, pero esa reacción era algo exagerada. Los tres se quedaron sentados
en la mesa mientras escuchaban la puerta del apartamento cerrarse de otro portazo, Tom se
había ido a la calle sin dar ningún tipo de explicación.
— Bueno — dijo Carlos — ya trataremos de entender esto en otro momento. Aunque
no me hace ninguna gracia, si vais las dos juntas y equipadas con micrófonos para que
nosotros estemos en todo momento al tanto de lo que ocurre, podríamos aprovechar la
ventaja que esta situación nos brinda.
Marta se fue a su casa en taxi a las tres de la mañana, esa noche ya no tenían nada
más que hacer y Jimena se iba a quedar a pasar la noche con Carlos.
Cuando salió a la calle, el taxi le estaba esperando en la puerta del lujoso edificio
donde estaba el apartamento de su jefe. Al otro lado de la calle le pareció ver la enorme
figura de Tom apoyado en la fachada de un edificio observándola. Debía estar esperando a
que ella se fuera para volver al apartamento, no sabía porque le había sentado tan mal saber
que ella era una bruja. En todo caso, ella no tenía la culpa de sus recelos. Si no le gustaba,
que se fueran a la mierda, él y sus prejuicios.
Los días que siguieron hasta Nochevieja, fueron de lo más románticos para Carlos y
Jimena. Se pasaban los días encerrados en la habitación de Carlos. Jimena había retrasado,
sin ningún problema por parte de su jefe, la incorporación a la peluquería. Por las noches,
aparte de preparar todo para el día treintaiuno, se pasaban horas paseando por Madrid.
Carlos había echado de menos su ciudad durante los años en los que no había podido estar
en ella, y le iba contando a Jimena todas las historias que había vivido en esas calles a lo
largo de los años.
Una noche, que se habían colado en el Parque del Retiro, estaban sentados en el
césped junto al Palacio de Cristal, Carlos se decidió a hacerle la gran pregunta a Jimena.
— Jimena… me gustaría pedirte algo muy importante.
— Soy toda oídos.
— Mañana es el día en el que nos lo jugamos todo, y yo… sabes que te amo con todo
mí ser.
— Yo también te amo Carlos.
Carlos cogió de las manos a Jimena y la levantó del suelo para que se quedara de pie
delante de él, e hincando una rodilla en el suelo habló.
— Jimena, cásate conmigo.
Jimena se quedó en silencio unos minutos, que a él le parecieron horas. Carlos se
estaba empezando a poner nervioso, cuando por fin, ella abrió la boca para hablar con un
hilo de voz.
— Si, Carlos. Me casaré contigo — Jimena se arrodillo frente a su amado y le abrazó
con todas sus fuerzas.
— Mi sangre es tuya si la quieres, para que seamos pareja por toda la eternidad.
— Por supuesto que la quiero, lo quiero todo de ti.
— Haremos el ritual de compañeros de sangre en cuanto terminemos con Viviana, no
quiero que se dé cuenta mañana de que llevas sangre de Vampiro dentro de ti, no sabemos
de lo que esa bruja es capaz.
***
Marta se había pasado los últimos días muy atareada en la peluquería. Carlos le había
ofrecido que se cogiera esos días libres, pero ella lo había rechazado. Eran días de mucho
trabajo y no quería dejar a sus compañeros colgados. Marta prefería estar el máximo tiempo
posible ocupada para no pensar más de la cuenta. Por las noches se pasaba un rato por el
apartamento de Carlos para ultimar los preparativos del día treintaiuno. No había vuelto a
coincidir con Tom, ese capullo. la había estado evitando desde el día que se enteró que ella
era una bruja.
Marta también había estado investigando, en el libro de brujería que había heredado
de su madre, para poder contraatacar a la tal Viviana.
El día treinta, había salido más tarde de lo normal de la peluquería, esos días eran de
mucho trabajo técnico, muchos clientes se daban el color o las mechas para al día siguiente
solo tener que peinarse.
Marta lo tenía todo preparado para el día siguiente. Dentro de un gran bolso de estilo
ibicenco, llevaba todo lo necesario para pasar la noche fuera de casa y, por supuesto, su
libro de hechizos. Esa noche estarían todos juntos en el apartamento de Carlos, tenían que
ultimar los detalles para que nada saliera mal al día siguiente.
Jimena, cuando sonó el timbre, abrió la puerta a su amiga y la dio un fuerte abrazo.
Marta no pudo ignorar la cara de felicidad de su amiga, desde que se había reconciliado con
Carlos, estaba con una sonrisa de felicidad en la cara continuamente.
Las dos entraron en la cocina. Marta no pudo remediar que se le viniera a la mente la
última vez que había estado allí a solas con Tom. Los dos vampiros estaban sentados en la
mesa revisando las pistolas eléctricas y los micrófonos con localizadores GPS que ellas
llevarían disimulados entre sus ropas.
— Bueno ya estamos todos — Carlos le dedicó una sonrisa a Marta a modo de
saludo.
— Siento el retraso, había mucho trabajo en la peluquería — Marta dejó su bolso en
el suelo y comenzó a quitarse el abrigo.
— Si quieres, puedes dejar tus cosas, en una de las habitaciones de invitados que
hemos preparado para ti.
Marta asintió, mientras seguía a su amiga hacia los dormitorios del enorme
apartamento. Cuando llegaron al pasillo, Jimena abrió una de las tres puertas.
— Esta es tu habitación.
Marta entró en la enorme habitación que le mostraba su amiga, estaba decorada con
muebles antiguos de madera maciza y en el centro había una enorme cama con dosel. Las
cortinas eran de color rojo, igual que el enorme edredón que cubría la cama.
— La puerta del fondo es un baño — Jimena se sentó en la cama y se quedó mirando
a su mejor amiga — Marta ¿sabes que te quiero como si fueras mi hermana?
— Lo sé — Marta la miró con una sonrisa que no le llegaba a los ojos — el
sentimiento es mutuo.
— Si necesitas hablar sobre lo que sea que pasa entre Tom y tú, quiero que sepas que
estoy aquí para lo que sea, a cualquier hora, no quiero que pienses que porque esté con
Carlos me molestarías.
— Lo sé, pero no estoy segura que es lo que ha ocurrido — a Marta se le llenaron los
ojos de lagrimas sin poder evitarlo — creo que tiene prejuicios porque soy una bruja.
Jimena se acercó a su amiga y la abrazó mientras esta rompía a llorar
desesperadamente, había guardado toda esa tensión dentro, durante todos esos días y ahora,
había explotado sin poder evitarlo.
— Tranquila cariño, suéltalo todo — Jimena acariciaba la espalda de su amiga,
mientras esta le empapaba la camiseta con sus lágrimas.
— Yo… te juro que no le he hecho nada… es un estúpido y le odio — Marta hablaba
entre sollozos.
— Madre mía, no me lo puedo creer — Jimena separó un poco a su amiga para
mirarla a la cara — ¿te gusta de verdad… de verdad de la buena?
— ¡NI DE COÑA!, simplemente ha herido mi orgullo — Marta se soltó de su amiga
restregándose las lágrimas con las mangas de la camiseta — Anda vete a la cocina, me doy
una ducha rápida y me reúno con vosotros.
Marta se duchó en cinco minutos y se dirigió a la cocina.
Tom estaba concentrado, probando uno de los micrófonos para ver si funcionaba
correctamente y llegaba la señal a su ordenador. El aroma de Marta inundó por completo
toda la estancia, levantó la cabeza sin poder evitarlo, hacia la fuente de ese olor que le
volvía loco.
Marta se había quedado parada en la puerta mirándole fijamente, iba vestida con unas
mayas y una camiseta ancha que dejaban sus hombros al descubierto, llevaba el pelo
mojado y peinado hacia atrás. Su color de pelo, habitualmente rojo fuego, se veía mucho
más oscuro por efecto del agua, lo cual resaltaba mucho más el color verde de sus ojos. A
Tom se le descolgó la mandíbula sin poder hacer nada para evitarlo, hasta que se dio cuenta
del viejo libro con tapas de piel marrón que ella abrazaba fuertemente.
— Siéntate Marta y repasemos los detalles para mañana — Carlos miraba a Jimena
con complicidad.
Marta se sentó al lado de su amiga y colocó el libro sobre la mesa.
Al cabo de tres horas ya le habían dado tantas vueltas al plan, que se lo sabían todos
de memoria. Marta había explicado a su amiga los conjuros que posiblemente tendría que
utilizar para poder contraatacar a Viviana. Le explicó que, en caso de verse amenazada la
vida de ambas, ella podría darle el don de la brujería a Jimena para que sus poderes se
multiplicaran.
— Deberíamos descansar, es muy tarde y mañana nos espera un día muy duro —
Carlos se levantó de la silla cogiendo a Jimena de la mano.
Todos estuvieron de acuerdo y se retiraron a sus habitaciones a descansar. Todos
menos Tom, que se disculpó diciendo que quería revisar de nuevo el programa de
ordenador.
***
Viviana llevaba toda la noche dando vueltas en la cama, al día siguiente tendría en
sus manos a la amante de Carlos. El muy estúpido la estaba subestimando, debía de pensar
que ella no era capaz de cumplir sus amenazas. Desde que Viviana había conseguido hablar
con él, a través del teléfono del salón de belleza que la cadena había abierto en Nueva
York, no había recibido ninguna respuesta por parte del vampiro. Cuando viera las
imágenes de su preciosa zorrilla después de pasar por sus manos, ya veríamos si la tomaba
en serio o no. Viviana siempre había tenido unos gustos sexuales algo particulares, el
problema era que no eran fáciles de satisfacer, no a todo el mundo le excitaba el dolor
extremo. A ella, lo que realmente la excitaba, era que la otra persona no consintiera en la
relación, que sufriera de verdad.
***
***
A las diez en punto de la mañana sonó el timbre. Aunque ella estaba detrás de la
puerta, paseándose nerviosamente hacia más de media hora, esperó un minuto antes de
abrir ella misma.
Esa mañana les había dado el día libre a todos los empleados que trabajaban en la
casa. Para lo que tenía pensado hacer no quería testigos. De todas maneras, se había
asegurado de que, si sus planes no salían bien, la vida de Carlos y la de todos sus amigos
fuera un infierno.
Le había entregado un sobre a su doncella, junto con unas instrucciones muy
concretas. Ella confiaba, dentro de lo que su naturaleza le permitía, en Lola. Aunque nunca
se lo diría, la chica se lo había demostrado sobradamente en los años que había trabajado
para ella, no sabía si por lealtad o por miedo. Aunque a Viviana el motivo le era indiferente,
lo que realmente le importaba, era que las personas que estaban a su servicio, no la fallaran
jamás. Le había hecho jurar que cumpliría estrictamente sus órdenes.
El sobre en cuestión, contenía una información muy interesante sobre Carlos y sus
amigos. El destinatario, era una sociedad de fanáticos, que había descubierto en una de las
conversaciones que había tenido con el Sr. Sánchez en su despacho. Encima de la mesa
había visto un panfleto con la palabra vampiros y un logotipo con las palabras “Los
Erradicadores”. Viviana se había pasado toda la noche investigando en internet. La
información era poder y nunca se sabía cuando podías necesitar aliados.
Esta carta debería ser enviada, únicamente, si ella moría o desaparecía sin dejar
rastro. Estaba segura que ganaría la partida, pero, si por algún motivo algo salía mal, ella
tenía claro que haría el mayor daño posible. Moriría matando.
Cuando por fin abrió la puerta, se quedó mirando a las dos mujeres que estaban de pie
en el umbral de la misma.
— Buenos días señora — dijo Jimena, con el tono más neutro que fue capaz —
somos las peluqueras a domicilio que ha contratado.
— Buenos días señoritas, pensé que solo había contratado a una peluquera — dijo
Viviana recalcando la palabra “una”.
— No tiene que preocuparse, el presupuesto sigue siendo el mismo. Mi compañera es
especialista en maquillaje de fiesta, ella le maquillara mucho mejor que yo — Jimena salió
del paso como pudo.
— Está bien, adelante — Viviana se echó a un lado dejando pasar a las dos mujeres
— podéis dejar vuestros abrigos en el armario de la entrada.
A Viviana, le molestó que se le hubieran trastocado un poco los planes, pero no
pensaba echarse atrás, llevaba demasiado tiempo esperando una oportunidad para doblegar
al vampiro y no la iba a dejar escapar. Ella no tendría ningún problema en reducir a las dos
indefensas mujeres, las brujas como ella, siempre tenían más de un as en la manga.
Las dos siguieron a Viviana por el enorme piso, las guió por un largo pasillo hacia la
puerta más alejada.
Cuando Jimena entró en la sala, se quedó impresionada por el gran tocador que había
al fondo. Era como los de los camerinos de las grandes actrices de teatro. El gran espejo
estaba rodeado por un montón de bombillas y el resto del mueble era de madera maciza con
intrincadas decoraciones. Los cajones lucían unos impresionantes tiradores, que Jimena
podría jurar que eran de oro. Sobre la encimera del tocador, había el mayor despliegue de
productos de belleza, de las marcas más exclusivas que existían en ese momento en el
mercado. También tenía una de las paletas de maquillaje más completa que ella había visto
en su vida, y eso era decir mucho, puesto que trabajaba en una de las peluquerías más
exclusivas de Madrid. Jimena se dio cuenta de por qué ansiaba tanto la sangre de Carlos,
esa mujer estaba totalmente obsesionada por mantenerse joven a toda costa.
Jimena miró a su amiga que no había abierto la boca. Estaba muy pendiente de la
colección de frascos de colonia antiguos que estaban debajo del espejo, en los cuales se
podían ver líquidos de distintos colores dentro de ellos.
Viviana observaba a la mujer pelirroja mientras esta colocaba, junto a su compañera,
todos los bártulos en el tocador. Sentía un aura familiar alrededor de ella.
— Cuando quiera podemos empezar — Jimena retiró la silla del tocador, invitando a
que Viviana se sentara en ella.
Comenzó a peinarla, como siempre, se ensimismó en el trabajo sin poder evitarlo. Le
recogió el pelo con pinzas y comenzó a rizárselo con las tenacillas, Marta la observaba
trabajar desde el otro lado de la habitación. Terminó de rizarle todo el pelo, se lo recogió en
un moño alto, dejando tirabuzones que le caían por los hombros. Cuando Jimena terminó,
miró el reloj despreocupadamente, para advertir que habían pasado dos horas desde que
había comenzado a peinar a la malvada mujer. Marta se acercó al tocador y se dirigió a ella.
— ¿En qué colores va a ir vestida?
— En la habitación del fondo tengo el vestido que llevare esta noche, os lo mostraré
— Viviana despegó la mirada del impresionante peinado, para clavar los ojos en la
maquilladora.
Se dirigió hacia una puerta que había al otro lado de la estancia, esta, más parecía un
armario, que una habitación. Se notaba que se había querido disimular para que no llamara
la atención. Viviana la abrió invitándolas a entrar.
Las dos amigas se miraron de soslayo, indecisas en si bajar o no. Al otro lado estaba
totalmente oscuro, Viviana pulsó un pequeño interruptor y una luz de color rojo se
encendió para mostrar una escalera que descendía hacia una habitación subterránea. Todas
las paredes estaban pintadas de color negro. Las dos amigas se miraron indecisas y
decidieron bajar para no crear sospechas sobre sus intenciones, además, podía ser una
buena oportunidad para llevar a cabo su plan.
Su misión era reducir a la mujer, para conseguir atarla, después, la encerrarían en una
de las habitaciones, hasta que Carlos y Tom pudieran llegar para intentar manipular su
mente y borrar de su memoria todo lo que sabía sobre ellos. Carlos les había dicho que ella
tenía una mente muy poderosa. Cualquier vampiro no podía manipulársela, él hacia unos
años lo había intentado sin éxito. Pero ahora contaban con Tom, todavía no había habido
nadie que pudiera resistirse a su poderoso don.
Si él no era capaz de borrar la mente de Viviana, tendrían que pasar al plan B. A
ninguno le gustaba ese plan de emergencia, pero era elegir entre ellos o la bruja.
Jimena y Marta comenzaron a bajar las escaleras hacia la habitación subterránea. Los
ecos de sus pasos resonaban en la escalera. Cuando entraron en la habitación, el sonido
cambio, era la misma sensación de cuando entrabas en un estudio de grabación totalmente
insonorizado. Jimena lo achacó a la escasez de muebles. Las dos se detuvieron en el centro
de la sala donde desembocaba la escalera, miraron hacia atrás esperando encontrar a la
mujer detrás de ellas. Lo único que pudieron ver fue un vacio, mientras escuchaba un
portazo, junto con unas maliciosas risas.
— No pensé que fuera a ser tan fácil — decía Viviana entre risas — estúpidas.
Las dos miraron a su alrededor con cara de sorpresa. El único mobiliario de la
habitación era la bombilla de color rojo del techo, un armario de color negro en una esquina
de la habitación y una viga de madera que iba del techo hasta el suelo, estaba salpicada con
argollas de metal a distintas alturas de la misma. También había una cámara de video en
una de las esquinas del techo, que miraba directamente hacia la viga.
— Como hemos podido caer con tanta facilidad — Marta hablaba raro, como si
tuviera un caramelo en la boca.
— Los chicos nos tienen localizadas, en unas horas vendrán y nos sacaran de aquí.
Ellos nos están escuchando en este momento.
— No estoy tan segura, esta habitación está aislada — Marta daba pequeños golpes
en las paredes tanteando el material con el que estaban recubiertas.
— No entremos en pánico, ellos saben dónde estamos, nos encontraran — Jimena
confiaba completamente en que las sacarían de allí.
Marta estaba intentando abrir el armario, cuando escuchó un ruido que salía de una
rejilla de ventilación del techo.
— ¿Escuchas ese ruido? — dijo Marta a su amiga.
Mientras las dos amigas se acercaban a la rejilla sintieron un fuerte mareo y en unos
segundos las dos perdieron el conocimiento.
Jimena fue la primera en abrir los ojos, lo primero que sintió fue un fuerte dolor de
cabeza y una sensación de frio en todo el cuerpo. Cuando la vista se le despejó, fue
consciente de que estaba totalmente desnuda.
Se encontraba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la viga. Sus manos
estaban esposadas a una de las argollas que se encontraban justo encima de su cabeza.
Mientras miraba a su alrededor con pánico buscando a su amiga, se dio cuenta de que
la cámara del techo se movía para enfocarla. Jimena miró como pudo por encima de su
hombro, detrás se encontraba Marta, todavía inconsciente. Estaba en la misma posición que
ella, al otro lado de la viga.
Escuchó como el eco de unos tacones sonaba en la habitación, miró en la dirección de
donde provenía el sonido, para ver a Viviana vestida toda de negro y con un látigo de varias
puntas en la mano. Le recordó a Catwoman en versión petarda.
— Creo que me habéis subestimado niñitas — Viviana le lanzó un latigazo que le
levantó la piel a la altura del estomago.
— ¡ESTAS LOCA! Carlos jamás aceptara nada de ti, eres una maldita psicópata.
— Ya lo veremos, cuando le mande las imágenes de su amada humana, destrozada a
latigazos.
Viviana andaba alrededor de ella, como un depredador jugando con su presa antes de
devorarla. Se paró, mientras miraba fijamente a la cámara a través del antifaz negro y
volvió a azotar con saña a Jimena.
***
***
***
Los dos vampiros llegaron en algo menos de una hora al piso de Viviana, habían
salido a través de las alcantarillas dentro del túnel del metro. Andando a través del túnel,
llegaron a una estación del metro en la cual cogieron el transporte como cualquier usuario
del mismo.
Cuando llegaron a la estación de suburbano que estaba más cercana al domicilio de
Viviana, se volvieron a colar disimuladamente al túnel del metro. Las personas en la gran
ciudad no hacían demasiado caso a lo que hacían los demás, pensarían que eran
trabajadores del metro.
Según los planos que llevaba Tom, debía de haber otro acceso al laberinto de túneles
que había en el subsuelo del viejo Madrid. Este túnel debería desembocar en el sótano del
edificio de Viviana. En el local del edificio, se ubicaba un antiguo y conocido restaurante.
Precisamente, el salón principal del mismo, está construido en unas cuevas subterráneas.
Encontraron el acceso sin demasiados problemas, pero cuando llegaron a la supuesta salida,
esta estaba totalmente oculta. Estuvieron más de quince minutos buscando alguna manera
de acceder sin tener que romper la pared, por fin consiguieron encontrar una rejilla que
daba al aseo del local.
Con mucho esfuerzo, consiguieron salir a través de ella. Cuando abrieron la puerta,
había una mujer mayor lavándose las manos.
— Lo que hay que ver — la señora salió rápidamente sin ni siquiera secarse las
manos.
En otras circunstancias esto habría sido motivo de risas para los dos. Pero, en ese
momento, no estaban precisamente para bromas. Salieron por las puertas de emergencia del
local, estas daban al portal del edificio. El conserje salió de la garita donde estaba sentado
en cuanto les vio. Tom le miró directamente a los ojos y este se detuvo en seco, se sentó de
nuevo en su mesa y siguió leyendo el periódico.
Cuando llegaron al piso de Viviana, agudizaron el oído, para ver si había alguien al
otro lado de la puerta. Nada, silencio absoluto.
Tom abrió la puerta, con la ayuda de unas ganzúas que llevaba en el bolsillo de la
cazadora, y entraron silenciosamente. Comenzaron a registrar el piso, los abrigos de las
chicas estaban en el armario de la entrada. Las buscaron habitación por habitación. Ni
rastro de ellas. Cuando estaban registrando la última de las habitaciones, descubrieron,
junto a un recargado tocador, el material de peluquería que ellas habían llevado consigo esa
mañana.
— Tienen que estar en alguna parte — Carlos no podía estar más alterado — ella no
podría cargar con las dos fuera del edificio sin ser vista.
— Calla — Tom le hizo un gesto con la mano — he oído algo.
El Vampiro agudizó todo lo que pudo el oído, no era demasiado difícil para él, ya que
su naturaleza depredadora agudizaba sus sentidos por la sed, y ellos llevaba varios días sin
probar una gota de sangre, si no volvían pronto a Nueva York tendría un grave problema.
Tom reventó la puerta, que había disimulada como si fuera un armario, al otro lado de
la estancia para descubrir unas escaleras. Los dos bajaron en decimas de segundos, justo
cuando Viviana acercaba un cuchillo a la garganta de Marta para degollarla.
Tom se abalanzó para sujetar a la bruja, pero esta hizo un gesto para cubrirse y clavó
el cuchillo en el abdomen del vampiro. Tom sintió un fuerte dolor, pero antes de
derrumbarse, cogió a Viviana del cuello y se lo rompió. La bruja cayó muerta en el acto.
Carlos, que estaba totalmente concentrado en Jimena, no se dio cuenta de que su
amigo estaba gravemente herido hasta que le vio inmóvil tirado en el suelo. Dejó
suavemente a Jimena después de valorar su estado, ella tenía muchas heridas pero ninguna
era mortal, y fue a atender a su amigo.
— Tom, mírame ¿qué ocurre? — Carlos levantó la cabeza de su amigo para que le
mirara.
— El… cuchillo… quítamelo… cuchillo de plata… — Tom nunca había sentido una
agonía como esa.
Carlos cogió el cuchillo y tiro de él con mucho cuidado. Cuando terminó de sacarlo,
la sangre de Tom salía por la herida a borbotones. La plata era un veneno para los
vampiros. Las heridas que esta les provocaba podían ser una de las pocas cosas mortales
para ellos. Carlos se quedó horrorizado por el estado de su amigo, no estaba seguro si
saldría de esta.
— ¡Ves a la habitación de arriba y baja mi bolsa! — Marta colocó la mano sobre la
herida de Tom para taponar la hemorragia. Mientras Carlos salía disparado escaleras arriba.
Tom miraba, con los ojos entreabiertos, a la desnuda beldad pelirroja que tenia
sentada a horcajadas sobre él. Ni en sus sueños más calientes, podría haber soñado con la
imagen que tenía delante en esos momentos. Quería disculparse con ella por haber sido tan
estúpido, pero la lengua le pesaba demasiado.
Los efectos de la plata eran devastadores para un vampiro. La herida de su abdomen,
si el arma hubiera sido de cualquier otro metal, ya estaría cicatrizando, pero con la plata el
efecto se ralentizaba. El contacto con el metal les debilitaba hasta el punto de no poder
apenas moverse. Así que allí estaba él, un poderoso vampiro, tirado en el suelo
desangrándose, con la mujer que más le había impactado en su larga vida, que por cierto,
había ofendido cruelmente hacia unos días, sentada sobre él, desnuda e intentando salvarle
la vida después de haber sido secuestrada y maltratada por una mala bruja. Surrealista.
Carlos no tardó prácticamente nada en bajar con la bolsa de Marta, también traía los
abrigos de la entrada para que las chicas se pudieran cubrir si querían. Le dio el suyo a
Marta y echó el otro sobre el cuerpo de Jimena, que seguía inconsciente en el suelo.
— Carlos, abre la bolsa y saca el neceser que hay dentro — Marta no quería dejar de
presionar la herida de Tom.
— Aquí está — Carlos obedecía sin rechistar.
— Es un botiquín de emergencia, tenemos que taponar la herida — Carlos hizo lo que
le decían
Taponaron la herida de Tom lo mejor posible con las gasas y vendas que tenían en el
botiquín, pero seguía sangrando, las gasas se empaparon en cuestión de segundos.
— Solo hay una cosa que puede curarle — Carlos hablo despacio, mientras miraba a
Marta de reojo.
— ¿Cuál es? — Marta formuló la pregunta, aunque ya sabía la respuesta.
— Sangre, es lo único que podrá limpiarle su sangre del veneno de la plata, para que
pueda cicatrizar su herida.
— No creo que quiera la mía — Marta hablaba en tono apenado.
— Marta, se que ya has hecho demasiado por nosotros, pero te lo pido por favor, es
su única oportunidad. Jimena ha perdido demasiada sangre ya, y además yo no
podría…controlarme si ella le diera su sangre. Es algo muy íntimo. Sé que estos días ha
pasado algo entre vosotros, pero olvida por unos segundos vuestras diferencias, ya tendrás
tiempo después de lesionarle de alguna dolorosa manera.
Marta miraba a su jefe con los ojos muy abiertos, no tenían otra opción. Si no le daba
su sangre a Tom, moriría desangrado en esa maldita habitación.
Ella, con la mano temblorosa, acercó su muñeca hacia la boca de Tom. Este retiró la
cabeza hacia el otro lado, de la misma manera que un niño pequeño quita la cara de la
cuchara cuando no quiere comer.
— Tienes que hacerlo — Carlos le cogió de la cara y se la llevó a la vena de Marta —
esto no solo te afecta a ti amigo, es por todos.
Tom miró a los ojos de su amigo, asintiendo levemente. Los colmillos le crecieron
considerablemente y, sujetando con las manos la muñeca de Marta, la mordió en las venas.
Marta sintió una punzada de dolor, pero en unos segundos se convirtió en algo
parecido al placer. Los labios de Tom pegados a su piel, alimentándose de ella, era la cosa
más erótica que había experimentado en su vida.
Tom, tragaba con ansia, el preciado líquido que manaba de las venas de Marta. Los
ojos se le pusieron blancos por el placer, la sangre de Marta era la más deliciosa que había
probado en su vida. Percibía, con deleite, como la energía recorría todo su cuerpo desde el
primer sorbo. La herida del abdomen dejó de sangrar y comenzó el proceso de cicatrización
inmediatamente.
Carlos miraba a su amigo desde el suelo al lado de Jimena, Tom ya había tomado
suficiente, tenía que dejar de beber o drenaría a Marta.
— Tom suéltala — Carlos hablaba a su amigo con voz tranquila — si sigues la
mataras.
— Grrrrrrr — Tom gruñía como cualquier depredador defendiendo su presa.
— Por favor tienes que soltarla, si la pasa algo no te lo perdonaras en la vida —
Carlos hizo ademan de levantarse para acercarse a su amigo y quitarle a Marta a la fuerza si
hacía falta.
Con un esfuerzo sobrehumano soltó el brazo de ella, le lamió las heridas para que
están cicatrizaran y se echó hacia atrás, para separarse de la fuente de tentación, que era
para él la sangre de Marta.
Marta le miraba fijamente, si no fuera por la pérdida de sangre, en ese momento
tendría las mejillas sonrosadas.
— Gracias — dijo Tom sin mirarla a la cara. Si seguía mirándola, desnuda como
estaba debajo de ese abrigo, que no se había abrochado, se echaría encima de ella allí
mismo sin importarle que Carlos estuviera delante — tenemos que limpiar este desastre e
irnos de aquí lo antes posible.
Todos estuvieron de acuerdo con él, Carlos cogió a Jimena en brazos, con mucho
cuidado de que no se le abriera el abrigo. El sentimiento de posesividad se le había
disparado desde que estaba con ella, no llevaba nada bien que su amigo la hubiera visto
desnuda, aunque sabía que Tom no la miraría jamás con lascivia, era algo que no podía
evitar.
Todos subieron a la habitación de arriba y recogieron todas sus cosas.
Tom se fue a buscar el coche para trasladar a Jimena, ella estaba todavía
semiinconsciente, cuando regresó, Marta y Carlos, ya habían recogido todas las cosas de la
habitación del tocador.
— ¿Qué hacemos con el desastre de la habitación de abajo? — preguntó Marta.
— Tenemos que limpiar toda la sangre, y simularemos un suicidio, tiene el cuello
roto de la misma manera que se rompe cuando alguien se ahorca.
En ese momento, Tom entró por la puerta cargado con una caja de botellas de legía y
una cuerda para simular el suicidio de Viviana.
Tardaron más de dos horas en limpiar todo, tenían que destruir cualquier evidencia de
que alguien hubiera estado allí excepto la dueña de la casa.
Cuando finalizaron el trabajo, los dos vampiros recrearon el escenario de un suicidio.
Trajeron una silla de la habitación de arriba, la dejaron tirada en el suelo de la misma
manera que se quedaría si Viviana la hubiera empujado con los pies y, atando la soga a la
parte de la viga que iba paralela al techo, colgaron el cadáver de Viviana por el cuello. La
sujetaron en vilo entre los dos y la dejaron caer de golpe para que la cuerda le marcara el
cuello.
Después de repasar todo el piso, varias veces cada uno, decidieron que todo estaba
correcto, así que se fueron al apartamento de Carlos, no sin antes borrar de la memoria del
conserje todo lo relacionado con las chicas. Después de que Tom se diera un paseo por su
mente, el empleado de la finca jamás podría declarar contra ellas.
Los cuatro se desplazaron en coche hasta el apartamento.
Tom conducía, Marta iba sentada en el asiento de delante y se acariciaba la muñeca
inconscientemente, mientras miraba pensativa por la ventana del coche hacia la calle.
Carlos y Jimena iban en el asiento de detrás, ella tumbada con la cabeza apoyada sobre las
piernas de él.
Nada más llegar al apartamento, Carlos desapareció en su dormitorio llevando a
Jimena en los brazos.
Marta y Tom, que no habían cruzado ni una sola palabra desde el escueto “gracias”
de él, se evitaron y cada uno se metió en la habitación que les había sido encomendada.
Carlos cerró la puerta del dormitorio con el pie y tumbó a Jimena en la cama, ella
seguía entrando y saliendo de la inconsciencia.
Se dirigió al baño y abrió el grifo de la inmensa bañera con jacuzzi que había en el,
volvió a la cama y la quitó el abrigo con mucho cuidado para no hacerla daño. La cogió en
brazos y la llevó al baño. Después de comprobar la temperatura del agua, la introdujo en
ella, apoyándole la cabeza en la toalla que había colocado en el borde para que estuviera lo
más cómoda posible. Comenzó a enjabonarla, la lavo el pelo con mucho cuidado, le echo
acondicionador para peinarla con más facilidad y después la enjabonó el cuerpo.
Cuando Carlos veía sus heridas, el sentimiento de culpabilidad le revolvía el
estomago. La envolvió el pelo en una toalla y su cuerpo en un albornoz, la llevó a la cama y
después de secarla y quitarle el albornoz mojado, la metió entre las sabanas de seda negra.
— Carlos, lo hemos conseguido — Jimena le habló con voz cansada — no ha podido
con nosotros.
— Sssssh, no hables. Estas muy débil y necesitas descansar — Carlos acariciaba su
cara, intentado no tocar ninguna de las heridas.
— Carlos cúrame, dame tu sangre.
— No hay nada que desee mas, pero si lo hago, serás mía para siempre. El pacto de
sangre es, literalmente, hasta que la muerte nos separe — Carlos intentaba que Jimena
comprendiera lo que le estaba pidiendo — Aunque en esencia seguirás siendo humana, te
quedarás en el mismo estado de madurez en el que estés en el momento que cerremos él
pacto y mientras bebas de mí y yo de ti. Pero, si yo muero, tú también morirás.
— Ya soy tuya, y no creo que pudiera vivir sin ti — Jimena se puso la mano de
Carlos en el corazón — Te amo Carlos y quiero compartir mi vida contigo.
Carlos la miró en silencio durante unos segundos. Abrió el cajón de la mesilla y sacó
un abrecartas, se hizo un corte en el pecho, justo a la altura de la arteria. Cogió a Jimena por
la nuca y la incorporó, hasta que la boca de ella estuvo a la altura de la incisión.
Seguidamente, pronunció las palabras que, junto con el intercambio de sangre, les
unirían definitivamente.
— Te ofrezco todo lo que soy, tómalo todo de mí. Desde este momento soy tuyo por
toda la eternidad.
Jimena miraba a Carlos directamente a los ojos, cuando estuvo a la altura de su
pecho, él la acercó suavemente a la herida por la que manaba su sangre.
Al contrario de lo que hubiera pensado hacia unos pocos días, Jimena no sintió
ninguna aprensión a lo que sabía que tenía que hacer. Acercó su boca y comenzó a beber.
El sabor de la sangre de Carlos era delicioso, fuerte y con cuerpo, igual que un buen
vino. Sintió como una explosión de energía se apoderaba de ella. Su cuerpo, que hasta ese
momento le había dolido cada centímetro cuadrado de él, dejó de hacerlo. Sentía como si,
físicamente, pudiera hacer cualquier cosa que se propusiera. Era uno de los momentos más
eróticos de toda su vida, no entendía como podía haber vivido antes sin él.
Carlos se había tumbado bocarriba en la cama, mientras Jimena bebía de él
vorazmente. Ella, en su frenesí, le había empujado y se había sentado a horcajadas sobre él.
Movía las caderas al ritmo de sus tragos sobre su pene erecto. Carlos, sin llegar a
penetrarla, no pudo evitar correrse en el bóxer mientras ella gemía de placer y llegaba al
clímax justo al mismo tiempo que él.
Jimena se retiró despacio del pecho de Carlos y le miro fijamente, mientras se relamía
una gota de sangre de los labios. Sin saber cómo, supo exactamente lo que tenía que hacer.
— Te ofrezco todo lo que soy, tómalo todo de mí. Desde este momento soy tuya por
toda la eternidad.
Cogió el abrecartas de la mesilla, manchado con la sangre de Carlos, e hizo el corte,
en el lugar exacto de su pecho, por donde pasaba la arteria que salía directamente del
corazón.
Carlos se abalanzó sobre ella y comenzó alimentarse para cerrar el pacto que les
vincularía para siempre. Mientras bebía. la penetró hasta que llegaron de nuevo al orgasmo
más salvaje. que ninguno de los dos habían sentido jamás. Esa brutal manera de sentir se
reservaba solo para las parejas que habían realizado el pacto de sangre.
***
Marta, después de ducharse y curar sus heridas, recogió todas sus cosas. Había
decidido que esa noche se quedaría a dormir en el apartamento de Carlos, pero, a la mañana
siguiente, se iría a su casa. No tenía ninguna gana de cruzarse con Tom, necesitaba poner
distancia entre los dos.
Cuando terminó de cerrar la bolsa, alguien llamó a la puerta. Marta miró el reloj de su
muñeca, este marcaba las diez y media de la noche.
— Adelante — Marta sabía que sería Jimena.
— Hola guapa — Jimena entró dando saltitos y abrazo a su amiga levantándola del
suelo — lo hemos conseguido, somos como Los Invencibles.
— ¿Qué ha pasado con tus heridas?, estás…diferente — Marta miraba a su amiga de
arriba abajo.
— He estado… ocupada estas últimas horas — Jimena miraba a su amiga con ojos
picaros.
— ¡TE HAS VINCULADO CON ÉL! — Marta se quedó delante de ella con la boca
abierta.
— ¡Síííííííí! — Jimena comenzó de nuevo a dar saltitos — es alucinante, siento que
pudiera hacer cualquier cosa — Jimena cogió en brazos a su amiga y la levantó en
volandas.
— Estate quieta — Marta no pudo evitar reírse a carcajadas, contagiada con la alegría
de su amiga.
— ¿Te vas? — Jimena dejó a su amiga en el suelo y se puso sería — ¿estás haciendo
la maleta?
— Sí, voy a acostarme y mañana me voy a mi casa.
— Pero yo venía a proponerte ir a La Puerta del Sol a tomar las uvas — Jimena puso
un puchero — porfa, me lo habías prometido.
— Uf, que pesadita, está bien, pero me vuelvo enseguida — Marta no podía decir que
no a su amiga, hacía tiempo que no la veía tan contenta.
Las dos entraron en la cocina con los abrigos y los bolsos en las manos.
— Vámonos, o no nos dará tiempo a comprar las uvas antes de que suenen los
cuartos — Jimena se acercó a Carlos y le dio un beso en los labios.
— No me apetece demasiado salir — Tom habló evitando mirar a Marta.
— ¡A de eso nada! no seas aguafiestas, hemos tenido mucha suerte esta noche de salir
todos de una pieza. Nos vamos a tomar las doce uvas en La Puerta del Sol, para que el año
que viene, sigamos teniendo la misma estrella — Jimena empujó a Tom hacia la puerta.
— Está bien, está bien — Tom sonrió — ¿Qué le has dado a esta? — dijo mirando a
Carlos.
Los cuatro se rieron sonoramente, mientras Jimena se ponía roja como un tomate.
Cuando salieron de la estación del metro de Sol, la plaza estaba atestada de gente.
Faltaban quince minutos para las doce de la noche. El gentío se pasaba alegremente los
minis de sidra los unos a los otros y bailaban, provistos de estrafalarias pelucas de colores,
compradas en la Plaza Mayor.
La Puerta del Sol estaba llena de grupos de guiris, que venían de turismo en esas
fechas a la ciudad y se desquitaban en unos días de la aburrida frialdad de sus países de
origen.
— Vamos a buscar a un chino para comprarle las uvas — Jimena cogió de la mano a
Carlos y tiró de él en dirección hacia el centro de la plaza.
Enseguida encontraron a una china, que iba con un carro de la compra en el que
llevaba copas de champagne de plástico, llenas con doce uvas y botellas de sidra “El
Gaitero” en una nevera portátil.
Después de comprar cuatro copas y una botella de sidra, se fueron hacia la parte de la
plaza donde está el Oso y el Madroño.
Los cuartos comenzaron a sonar mientras la bola del reloj bajaba lentamente.
— ¡Preparaos que ya empiezan!, el que no termine a tiempo paga las copas de esta
noche — Jimena estaba con una de las uvas en la mano, preparada para metérsela en la
boca en cuanto sonara la primera campanada. Parecía que estaba en la salida de una carrera
de velocidad, e iba a salir disparada, en cuanto sonara el pistoletazo.
Las campanadas comenzaron a sonar, dong, dong, dong…y dong, las doce uvas de
Jimena estaba enteritas en su boca. Con los mofletes hinchados, comenzó a masticar hasta
que consiguió tragárselas. El resto del grupo había terminado sin problema con las suyas y
la miraban como luchaba por no ahogarse por la risa. Cuando por fin consiguió engullir lo
que tenía en la boca, se abalanzó sobre Carlos y le plantó un morreo de los que hacen
historia. Cuando la feliz pareja se desenganchó, Jimena miró a sus amigos para verlos mirar
disimuladamente hacia otro lado.
— Venga chicos un abrazo colectivo — dijo Jimena, intentado relajar el ambiente.
Cogió a su amiga con una mano y a Tom con la otra, intentado que se abrazaran, pero
Tom se la retiró suavemente.
— Déjalo Jimena. No me apetece abrazar a nadie — Tom se retiró hacia detrás.
Marta le miró con cara de mala leche, ¡qué coño se había creído ese tío! Pues si
pensaba que ella se iba a quedar calladita después del desprecio, lo llevaba clarito.
— Pues a mi si — dijo Marta, cogiendo a un guapo guiri que estaba detrás de ellos
con un grupo — ¡¡HAPPY NEW YEAR!! — y le plantó un beso con lengua delante de
todos.
Cuando Marta se consiguió desenganchar del guiri, que estaba emocionado con la
situación, miró hacia sus amigos. Carlos la miraba con gesto serio y Jimena, que tenia la
boca abierta, tenía un gesto de humor en los ojos. De Tom, ni rastro.
— Bueno chicos, ya he tenido bastantes emociones por hoy, me voy a casa. Mándame
mis cosas en un taxi por favor — Marta le dio un beso a Jimena y se fue hacia el metro.
Aunque los dos se quedaron dolidos por el mal rollo que había entre sus mejores
amigos, decidieron que este era el mejor momento de sus vidas y que, por mucho que les
doliera que Marta y Tom lo estuvieran pasando mal, nada, ni nadie, se lo iba a estropear.
Los dos se besaron, inmersos en los fuertes sentimientos que los embargaban.
Eran libres, eran inmortales, eran felices y, lo más importante, estaban locamente
enamorados.
***
***
Marta no había pegado ojo en toda la noche. A las doce del mediodía recibió una
llamada de Jimena.
— Hola guapa — Jimena no estaba menos preocupada por su amiga, que Carlos por
Tom.
— Hola — a Marta le salía la voz rasposa, como si hubiera estado llorando toda la
noche.
— ¿Cómo estás?, ¿necesitas que vaya a verte?
— No, no dejes a tu hombre, yo estoy… bien — el tono de Marta decía todo lo
contrario a sus palabras.
— En media hora estoy en tu casa — Jimena colgó el teléfono sin dejar que su amiga
protestara.
Jimena, después de recoger las cosas de Marta de su habitación y llamar a un taxi, se
despidió de Carlos y se dirigió a casa de su amiga. Cuando llegó al portal de la pelirroja,
llamó al telefonillo y la puerta se abrió sin que nadie contestara, subió a la planta donde
estaba el apartamento y se encontró con la puerta de entrada entornada. El piso estaba
totalmente a oscuras, no había subido las persianas desde la noche anterior.
— Hola. ¿Dónde estás?
— En el dormitorio — Marta hablaba con un hilillo de voz.
Jimena entró en el dormitorio de su amiga y se la encontró en una situación bastante
parecida. a la que había tenido ella hacía muy pocos días. Se acercó a la cama despacio y le
quitó la ropa de la cama con la que se cubría la cabeza.
— Esto parece un intercambio de papeles — Jimena acarició el pelo de Marta
cariñosamente.
— Si, lo que pasa que tu final feliz, no creo que sea posible para mí.
— Nunca se sabe, la vida da muchas vueltas y nunca sabemos cómo terminaran las
cosas. Mira, Marta, yo siempre me voy a poner de tu lado, pero creo que Tom no es tan
estúpido como para obviar lo que quiera que haya entre vosotros. Estoy segura que cuando
razone todo esto, se dará cuenta de su error.
— Él tiene un problema muy difícil de solucionar, se llama vicafobia. Simplemente
por ser bruja, ya me odia. — Marta miraba a su amiga con los ojos llorosos — y eso, es
algo que tiene que solucionar por él mismo.
Jimena se quedó mirando a su amiga en silencio. Ella había ido a casa de Marta con
intención de ayudarla, pero después de que ella le diera sus razones para estar así, ella se
había quedado sin palabras.
Estuvieron sentadas en la cama durante horas, hablando de todo lo que había pasado
en esos últimos días. El comentarlo todo en voz alta ayudaba a asimilarlo.
Cuando dieron las cinco de la tarde, Jimena decidió volver a casa de Carlos. Le
explicó a Marta que Tom había decidido irse a Nueva York esa misma tarde y, que Carlos,
le había pedido que les acompañara al aeropuerto a despedirle.
— Pero si tu quieres me quedo aquí contigo y no hay nada más que hablar — Jimena
seguía teniendo sus prioridades y Marta era una de ellas.
— No te preocupes, no me importa quedarme sola. Necesito encontrar mi norte,
porque creo que en estas últimas horas lo he perdido.
Las dos amigas se despidieron con un abrazo y con la promesa de llamarse en las
próximas horas.
***
***
Lola esperaba a ser atendida en la oficina de empleo de su barrio desde las ocho de la
mañana. La fila era interminable, seguramente estaría allí toda la mañana.
Su jefa se había suicidado en una habitación secreta anexa a su dormitorio. El
habitáculo no lo conocía ni ella y eso que llevaba viviendo en esa casa prácticamente toda
su vida y su madre, mucho más. La puerta estaba disimulada en la pared como si fuera un
armario.
Lola, siempre que había intentado abrirla para poder limpiar, se había encontrado con
que estaba cerrada con llave. La única vez que le había pedido la llave a su jefa, esta le
había dicho que nunca, bajo ningún concepto, se atreviera a abrir esa puerta.
El primer día del año, se presentó en la casa de su jefa a las ocho de la mañana y se
dispuso a preparar el desayuno. Cuando dieron las once y su jefa no había dado señales de
vida, decidió, no sin pensárselo más de diez veces, ir al dormitorio haber si se encontraba
bien. Llamó suavemente pero no obtuvo respuesta y decidió abrir la puerta.
— ¿Señora?... ¿Se encuentra bien?
Nada, silencio absoluto.
Lola se acercó la cama, mientras se le adaptaba la vista a la oscuridad.
Estaba vacía.
Buscó con la mirada alrededor y una leve luz, que procedía del vestidor, la llamó la
atención. Se acercó, para descubrir que la puerta prohibida estaba entreabierta y era de allí
de donde salía la claridad.
Lola la abrió lentamente, para descubrir una escalera que descendía hacia una oscura
habitación, tenía las paredes pintadas en negro.
Descendió por la escalera movida por la curiosidad y, para que negarlo, muerta de
miedo. Cuando llegó abajo, la estampa que se encontró no la iba a olvidar por el resto de su
vida.
Viviana colgaba de una viga con una soga al cuello.
Estaba muerta.
Lola, cuando consiguió reaccionar, corrió escaleras arriba como alma que lleva el
diablo y llamó a emergencias desde el teléfono del dormitorio.
Los trabajadores del SAMUR, lo único que pudieron hacer, fue certificar la muerte de
Viviana.
Las siguientes semanas fueron una locura de interrogatorios policiales y ofertas de
entrevistas de revistas del corazón. Incluso la llamarón de una conocida cadena de
televisión, para ofrecerle ir a un programa donde le preguntarían por los trapos sucios de su
difunta jefa.
Lola se negó a todo ello, no es que la sobrara el dinero, pero si accedía, jamás podría
trabajar en ninguna casa ¿quién contrataría a una doncella que había contado los secretos de
su antigua jefa en un programa de televisión?
Tenía la esperanza de seguir trabajando en la casa para los herederos pero, hacia unos
días, le habían informado de que no estaban interesados en vivir en el piso y que habían
decidido venderlo. La habían dado el finiquito y los papeles para solicitar el paro. En ese
punto se encontraba, una más de los cinco millones de parados que había en ese momento
en España.
La fila seguía avanzando y Lola, ya se encontraba a la altura del buzón de correos que
había en la esquina de la calle. Abrió la carpeta donde portaba todos sus documentos y
cogió el sobre cerrado, que había estado llevando consigo desde el último día que habló con
su jefa.
No lo había mandado todavía, porque le daba miedo que pudiera interferir en la
investigación policial. Pero todas las pruebas que se habían realizado, habían demostrado,
que Viviana se había suicidado y, el caso, hacia ya una semana que había sido cerrado. No
había hablado a la policía del sobre, porque Viviana le había hecho jurar que jamás, bajo
ningún concepto, hablaría a nadie sobre su existencia. Ella cumpliría su palabra por lealtad,
aunque realmente su exjefa no se lo mereciera.
Cumpliría su última tarea tal y como había prometido.
La fila avanzó cinco metros más y, según pasaron a la altura del buzón de correos,
Lola estiró el brazo e introdujo el sobre dentro.
Misión cumplida.
El mes de Mayo era uno de los más bellos en la capital de España. La iglesia de San
Isidro estaba en unos de los barrios más castizos de Madrid. Situada en la calle Toledo, se
encontraba muy cerca de la Plaza Mayor. La novia, como marca la tradición, había elegido
la fecha y el lugar de la boda.
Jimena quería que fuera ese día y en esa parroquia, como reconocimiento a la ciudad
que les había visto nacer, aunque con muchos años de diferencia, a los dos.
La parroquia estaba engalanada para la ocasión con miles de rosas rojas y negras. En
un principio, al párroco no le había hecho ninguna gracia el color de las flores. Carlos había
insistido en que era algo muy importante para ellos y, después de firmar un segundo
sustancioso cheque, el cura había hecho la vista gorda.
— La crisis está haciendo estragos en la población y, ese dinero, nos vendría muy
bien para obras sociales.
— Estoy totalmente de acuerdo — Carlos nunca había mirado el dinero y, mucho
menos, lo haría el día de su boda.
El primer cheque lo había tenido que extender para poder casarse ese día. Era la fiesta
del patrón de Madrid, y la Parroquia del Santo tenía todo el día ocupado para distintos
eventos.
Ellos habían dicho al párroco que se casarían a última hora. A las ocho y media de la
tarde, ya era casi de noche en esa época, y este era un requisito imprescindible.
Los invitados, por parte de Jimena, habían estado algo sorprendidos con la hora de la
ceremonia. Ella había explicado, que como era el día del Santo de la parroquia donde se
iban a casar, no se podía hacer a otra hora.
Aunque había una realidad mucho más importante, Jimena no creía que se lo
tomaran demasiado bien si ella la hubiera explicado así, “pues mirar, el motivo es que el
novio y algunos de sus invitados, dada su condición de vampiros, se quedarían reducidos a
cenizas en el momento en que un rayo de Sol les rozara la piel”. No, no sería una buena
idea. Mejor dejarlos a todos vivir es su feliz ignorancia, igual que había hecho ella hasta
hacia unos meses.
Al final, el que se quisieran casar precisamente ese día, todo el mundo se lo había
tomado como un capricho de los novios, y se habían adaptado como buenamente habían
podido.
Los padres de Jimena, habían entrado en estado de shock durante la primera semana,
después de que le dijera su hija que se casaba en unos meses. Jimena había aprovechado a
decírselo mientras Carlos se encontraba en un viaje de negocios en Nueva York. Cuando
este volvió a Madrid, le había invitado a cenar en su casa para presentarles formalmente.
Sus dos progenitores, le habían hecho un tercer grado desde el minuto uno después de
conocer la noticia, al cual Carlos contestó con toda la paciencia del mundo.
Después de que sus padres decidieran que había pasado la prueba, todo había sido un
camino de rosas. Juan se llevaba con él estupendamente y Manuela estaba totalmente
cautivada por su futuro yerno.
— Menudos nietos guapos que me vais a dar — Manuela le había hecho ese
comentario a su hija aprovechando un viaje a la cocina. Estaba alucinada con la belleza de
su futuro yerno.
— Mamá, no sé si tendremos hijos… — Jimena con todo el montón de nueva
información a procesar en esos últimos meses, no se había planteado ese tema ¿los
vampiros podrían tener hijos?
— Bueno, bueno, eso ya lo dirá el tiempo, ahora lo que tienes que hacer es disfrutar
de tu pareja, los hijos ya vendrán cuando tengan que hacerlo — Manuela a lo suyo. Ella se
lo guisaba y ella se lo comía.
Los días que siguieron a la feliz noticia fueron un frenesí de cosas que hacer. Listas
de invitados, preparación del banquete, vestido… una locura.
Carlos, había tenido que viajar a Nueva York, por motivos de trabajo, en más de una
ocasión.
Los días en los que no había estado en Madrid, aunque fueran los estrictamente
necesarios, Jimena había estado totalmente perdida. La conexión que ahora tenían era tan
fuerte, que el estar lejos de tu pareja era, literalmente, doloroso.
Carlos había entrado en el apartamento, procedente del aeropuerto de Barajas,
llevando al gato en un trasportín. Habían decidido llevar al gato a Madrid mientras ellos
estuvieran allí, al pobre se le iba a olvidar quienes eran sus dueños, además le daría una
agradable sorpresa a Jimena.
Se había encontrado a su prometida, metida en la cama, con un fuerte dolor de
cabeza. En ese momento, decidió que no se volverían a separar, si necesitaban de él en
alguna reunión mientras estuvieran en Madrid, tendrían que conformarse en hacerlo
mediante videoconferencia.
***
Marta, esperaba, en la escalera del hermoso edificio que era la parroquia del patrón de
Madrid, a que apareciera Jimena. No quería perderse el momento en que su amiga saliera
del coche. Miró hacia arriba para saludar con la mano al novio.
Carlos estaba guapísimo vestido de frac. Esperaba, hecho un manojo de nervios, en la
puerta de la iglesia junto a Carmen.
La bella vampira sevillana era la madrina de boda. Iba vestida con un precioso
vestido de color rojo, largo hasta los pies. Llevaba un clásico recogido en ondas, con
peineta y mantilla incluida. Estaba espectacular.
Ella había estado en casa de Jimena toda la mañana. Había maquillado y peinado a la
novia y a su madre. Jimena había insistido en peinarla a ella. Marta le había dicho que no
era necesario, que era el día de su boda, pero Jimena cuando decidía hacer algo, no había
quien se lo quitara de la cabeza.
Se había maquillado y vestido en casa de Jimena, con el precioso vestido rojo de
fiesta que se había comprado para la ocasión y había salido de casa de la novia, en
dirección a la iglesia, treinta minutos antes de la hora de la ceremonia.
Cuando se bajo del taxi en la puerta de la iglesia, sus ojos se desviaron, sin poder
evitarlo, hacia uno de los espectaculares hombres, que hablaban animadamente, unos
escalones por debajo, de donde estaba situado el novio.
Tom estaba guapísimo, llevaba la rubia melena, recogida con una coleta en la nuca,
iba vestido de frac como todos los amigos del novio e, inmediatamente, desvío su mirada y
clavó sus azules ojos en Marta.
— ¡Hola Marta! — Erika le tiró del brazo, rompiendo el momento — ¿te sentarás con
nosotros?
— Hola Erika, había quedado en sentarme con los compañeros de Madrid, pero nos
vemos después de la ceremonia.
Marta había conocido a todos los compañeros de Nueva York, en la despedida de
soltera que le habían organizado a Jimena hacia un par de días.
Se lo habían pasado fenomenal por la zona de Huertas. Habían estado bailando,
saltando de bar en bar hasta las tantas de la mañana. Todos los compañeras de la nueva
sucursal habían aluciando con el ambiente nocturno de Madrid. Las habían dejado en el
hotel, cuando Madrid, ya no estaba alumbrado por las farolas. Carmen se había disculpado,
y se había ido una hora antes de amanecer.
Los chicos se habían ido por su cuenta, con lo cual, hasta ese momento, no había
podido ver a Tom, desde que sabía que este estaba en Madrid.
Carlos había reservado varias habitaciones en el Hotel Palace, para todos los
invitados a la boda que habían viajado desde Nueva York. Con unas cuantas excepciones,
los vampiros se alojaban en su apartamento. No podían arriesgarse a que algún empleado
del hotel abriera por error la puerta durante las horas diurnas.
Marta no había dejado de pensar en Tom desde Noche Vieja. Sabía que se había
pasado de la rosca con el numerito que había organizado en la Puerta del Sol con aquel
guiri.
Ella siempre había sido algo impulsiva, hacia o decía las cosas antes de procesarlas en
su cerebro. No lo podía evitar.
Hubo unos días en el mes de enero en que creía haber perdido la cabeza
definitivamente. Estuvo a punto de pedir cita en una consulta psicológica para que la
trataran de manía persecutoria. Tenía la sensación de que alguien la observaba
continuamente. Iba por la calle mirando continuamente hacia detrás.
Cuando ya creía que se había vuelto totalmente majareta, la sensación desapareció y
no la había vuelto a sentir hasta hacia un par de días.
Marta pensaba que era porque su cerebro se revolvía, al saber que entre Tom y ella,
no había un océano que los separara.
Volvió a mirar hacia Tom, pero este ya no estaba allí.
De repente la gente se empezó a revolucionar. El coche de la novia acababa de
aparcar en la puerta de la Parroquia.
***
Carlos miró hacia el BMW del padre de Jimena, que acababa de parar al lado de la
acera. Lo conducía la madre de la novia. Manuela había dicho que, ya que el padrino seria
su marido, ella quería tener un papel en la boda de su única hija. Sería la chofer y no había
nada más que hablar.
Juan salió del coche y fue a abrir la puerta por donde saldría la novia, en ese mismo
momento todos los agudizados sentidos de Carlos se centraron en la bella mujer que salía
del vehículo.
Jimena llevaba un vestido de novia hecho expresamente para ella por un diseñador de
Madrid. Con escote palabra de honor, se le ajustaba hasta la altura de las caderas, donde se
abría en una falda llena de volantes, salpicada con los bordados que había pedido la novia.
Jimena le había pedido al diseñador que le pusiera rosas rojas y negras bordadas en el
vestido. El resultado había sido una obra de arte. Jimena iba con un velo que le cubría la
cara, aunque eso no fue un obstáculo, para que Carlos cazara con su mirada, los ojos de su
futura esposa.
En ese momento, se sentía el vampiro más afortunado del mundo. Todos estos años
de soledad y decepciones, habían merecido la pena. El destino le tenía reservado el mayor
de los tesoros y él, a partir de ese momento, no se separaría de ella jamás.
***
Jimena, lo primero que hizo cuando se bajo del coche, fue buscar a Carlos. Él la
observaba desde arriba de la escalinata, con expresión de satisfacción y con la sonrisa mas
arrolladora que Jimena jamás hubiera visto en nadie. Los ojos de ambos se encontraron y se
quedaron allí mirándose durante unos segundos.
— Vamos cariño enhebra, todos te esperan — Juan, le ofreció el brazo a su hija, para
dirigirse dentro de la parroquia. No podía estar más orgulloso.
Jimena miró a su padre con una sonrisa en los labios y, pasando su brazo a través del
de él, comenzó a subir las escaleras.
Cuando llegaron al altar, Carlos, que iba a unos pasos detrás de ellos acompañado por
la madrina, se colocó a su lado.
Desde ese mismo momento, los ojos de ambos se engancharon. Jimena perdió la
noción del tiempo, la tuvieron que avisar para que hiciera el ritual de las arras, las alianzas
y el “Si Quiero”, pues, no se había enterado de nada de lo que allí se había dicho en la
última media hora. Carlos sonreía divertido al ver a su futura esposa en ese estado de
ensimismamiento.
— Os declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Carlos, retirando el velo de la cara de su esposa, la besó. Fue una declaración de amor
eterno sin palabras. Con aquel beso, le dijo todo lo que con las palabras se le había
escapado.
Los aplausos resonaban en toda la estancia, intensificados por el hueco sonido, propio
de esa clase de edificios.
Cuando salieron a la calle, todos los invitados que los estaban esperando fuera, les
obsequiaron con una gran lluvia de arroz.
***
Tom no había desclavado los ojos de Marta durante toda la boda, únicamente había
mirado a los novios, cuando su amigo había dado el beso más intenso del que él había sido
testigo en su larga vida. Su amigo estaba enamorado hasta el tuétano de su Jimena, y no
tenía ningún problema en demostrárselo al resto del mundo.
Al contrario que él, que estaba totalmente… obsesionado.
El amor, era un sentimiento demasiado serio, para que él lo admitiera así, sin más.
Además estaba el pequeño detalle de que él odiaba a las brujas. Y daba la casualidad,
que la persona que le había quitado el sueño durante los últimos meses, era de esa
naturaleza.
Que no fuera una de las malas, no era suficiente escusa, para que Tom cambiara las
convicciones que había tenido durante muchos años. Las heridas que le habían causado en
el pasado, aunque aparentemente ya se habían cerrado, de vez en cuando empezaban a
supurar, iba a ser muy difícil que algún día terminaran de cicatrizar.
Carlos, en alguna ocasión, había intentado hablar con él para hacerle recapacitar. Él
se daba perfecta cuenta de lo mal que lo estaba pasado su amigo. Tom, en el fondo,
entendía que tener esa condición de nacimiento, no quería decir que fuera a ser una mala
persona, y Marta lo había demostrado sobradamente.
Había viajado a Madrid en el mes de enero, con la intención de hablar con ella, la
había estado siguiendo, pero no consiguió reunir el valor para dar el paso y al cabo de unas
semanas se volvió a Nueva York.
Llevaba muchos años odiando a las brujas, como para que ahora se le pasara sin más.
Ahora que su mejor amigo había decidido casarse en Madrid, él se había visto
obligado a volver a la ciudad donde vivía Marta. Cuando aterrizó en el aeropuerto de
Barajas, dos días antes de la fecha de la boda, lo primero que había hecho después de
alquilar un coche en el aeropuerto, había sido rastrear a Marta y seguirla. Todavía tenía
sangre de ella en su organismo y le resultaba muy fácil encontrarla en cualquier parte.
Cuando estaba cerca de ella, no podía evitar embriagarse con su olor, ese que llevaba
quitándole el sueño desde el día que ella le salvó la vida.
Dios, una cosa era lo que decía su cerebro y otra, muy diferente, lo que dictaban sus
instintos y su… corazón.
Cuando terminó la ceremonia, todos los invitados se dirigieron hacia el Hotel Palace,
donde se celebraría el banquete nupcial. Marta se dispuso a coger un taxi junto a las
compañeras de Nueva York. Le había prometido a Jimena que haría el papel de anfitriona
con ellas durante el día de su boda.
— ¿Necesitáis transporte? — Tom se había parado junto a ellas. Conducía un coche
deportivo.
— ¡¡Vaya cochazo!! — Erika abrió la puerta rápidamente y empujó a Marta hacia
dentro, antes de que esta pudiera reaccionar.
Marta no abrió la boca en todo el trayecto hacia el hotel, la verdad, es que la única
que hablaba era Erika.
Era como un monologo, lo único que hacían los demás era reírse. Miraba por la
ventana con la nariz pegada al cristal, y comentaba todo lo que veía de un modo infantil.
— Erika, como no separes la nariz del cristal te vas a echar a perder el maquillaje —
Violeta no podía parar de partirse de risa con su peculiar compañera.
— Llevo el neceser de emergencia en el bolso — Erika siempre tenía respuesta para
todo.
Marta, miraba hacia la calle desde la ventanilla contraria a la de Erika en el asiento de
atrás. La única vez que había mirado hacia delante, se había encontrado con los ojos de
Tom mirándola fijamente desde el espejo retrovisor.
Marta salió del coche con ligereza, no quería enfrentarse a Tom en esos momentos, la
cosa se podía poner fea y no sería ella la que estropeara el día de la boda de su mejor
amiga. Aguantaría mecha con la boquita cerrada, como una buena chica. Total, solo seria
unas horas.
Después, ya veríamos lo que el destino le tenía preparado.
Las mesas estaban preparadas con el nombre de los invitados en cada lugar. Ella le
había pedido a Jimena que no le pusiera a lado de Tom, ni siquiera en la misma mesa.
Necesitaba guardar las distancias, la sola cercanía del vampiro le ponía un nudo en el
estomago, que no había querido ni siquiera analizar.
Cuando el banquete terminó, los camareros se dispusieron a retirar las mesas,
convirtiendo el salón en una pista de baile.
Los novios abrieron el baile, con el Vals del Beso de Johann Strauss.
Carlos llevaba a la novia casi en volandas por todo el salón, al cabo de un rato, los
padrinos rompieron la pareja y comenzaron a bailar con los novios. Esto animo al resto de
los invitados a que comenzaran a bailar.
Después de las piezas de baile típicas, comenzaron a sonar canciones mucho más
animadas y todos los invitados, especialmente los más jóvenes, se animaron a bailar.
Marta estaba sentada en un rincón observando a los invitados. Carmen, que había
hecho muy buenas migas con la madre de Jimena, bailaba una sevillana con Manuela. Los
invitados las miraban emocionados, sobre todo los de Nueva York. La verdad es que las
dos lo estaban haciendo fenomenal.
— ¿Descansando los pies? — Jimena se sentó al lado de su amiga.
— Si, un poquito. El día ha sido agotador.
— Mi madre está en su salsa. Ha hecho muy buenas migas con Carmen — Jimena
miraba hacia Manuela con una sonrisa en los labios.
— Si solo ella supiera…
— Mejor dejémosla con su feliz ignorancia — las dos amigas rieron con el
comentario — ¡¡VENGA LEVANTANTÉ!! Vamos a demostrar a esa andaluza, que las
madrileñas y las gallegas, también sabemos bailar sevillanas.
Jimena tiró de ella con tanta fuerza, que Marta no pudo hacer nada para impedírselo.
Maldita fuera la nueva fuerza vampírica que tenía su amiga.
Cuando se quiso dar cuenta, estaban las dos en medio de la pista, una enfrente de la
otra, bailando sevillanas al lado de Carmen y Manuela.
Marta, al principio se sintió un poco incomoda, pero al cabo de unos minutos se
animó y ya no paró en toda la noche.
Estuvo bailando salsa con Raúl, uno de sus compañeros de Madrid. Aunque este era
gay, aparentemente no lo parecía, y no tenía ningún problema en poner las manos en
cualquier parte del cuerpo de su pareja de baile, aunque no fuera del sexo por el que él tenía
preferencia. Marta, que ya estaba metida en jarana, se dejó hacer.
Cuando terminó el baile, miró hacia la puerta. Tom la miraba fijamente con cara de
pocos amigos. Ella, en uno de sus arrebatos, cogió a Raúl y se abrazó a él. Cuando volvió a
mirar hacia donde estaba el vampiro, él había desaparecido. Marta ya no le volvió a ver en
toda la noche.
***
Hacía dos días que eran oficialmente marido y mujer. El vuelo hacia Nueva York
salía de Madrid a las diez de la noche. Carlos había fletado un vuelo privado, para que
viajaran todos juntos hacia Estados Unidos.
— ¿De verdad que no podéis quedaros unos días más? — a Manuela le hubiera
gustado que su hija y su yerno se quedaran un par de semanas más en Madrid.
— No podemos dejar mas días la peluquería cerrada, no sería bueno para el negocio
— Jimena, aunque le hubiera gustado quedarse unos días más, no se lo había querido pedir
a Carlos. Sabía sobradamente, que él no se habría quejado en ningún momento, pero ella
comprendía, que había dejado los negocios un poco de lado para poder estar juntos las
semanas anteriores a la boda y ya no podían retrasar más la vuelta.
La vida real les esperaba en Nueva York.
Jimena, se despidió de sus padres con lágrimas en los ojos, antes de dirigirse a la
puerta de embarque junto a Carlos y Tom.
— ¡JIMENA! — Marta corría por el pasillo del aeropuerto.
Ya se había despedido de ella en casa de sus padres. En un principio, le había dicho a
su amiga, que no iría a despedirla al aeropuerto, pues no se quería encontrar con Tom. Pero
una hora antes de que saliera el vuelo, había cogido su bolso y, parando un taxi, se había
dirigido a Barajas. Ningún hombre iba a impedirla que se despidiera de su mejor amiga
como se merecía.
— Voy a facturar a Isidro — Tom cogió el transportín del gato, que por fin tenia
nombre, y se fue hacia donde tendría que entregar al animal para el viaje.
Las dos amigas se fundieron en un abrazo.
— Prométeme que vendrás este verano a Nueva York — Jimena se abrazaba a su
amiga con lagrimas en los ojos.
— Prometido. Ya puedes prepararme la habitación, porque me vas a tener allí más de
una vez.
Las dos amigas se soltaron a regañadientes, el vuelo saldría enseguida y tenían que
dirigirse a la zona de embarque.
***
Habían pasado dos meses desde el día de la boda. Jimena estaba trabajando en la
peluquería. Cuando sintió un calambre en el estomago y se fue corriendo hacia el baño, era
la segunda vez que vomitaba esa mañana. Llevaba unos días que no se encontraba
demasiado bien, debía de haberle sentado algo mal. No le había comentado nada a su
marido, era tan protector, que no la habría dejado ir a trabajar.
Esa misma noche, cuando estaban los dos acostados. Jimena le hizo la pregunta, que
le llevaba rondando la cabeza desde hacía unos días.
— Carlos, ¿los vampiros pueden tener hijos?
Marta se dirigió a su casa directamente desde la peluquería. Aunque sus compañeros
la habían invitado a salir con ellos para tomar unas cañas, a ella no le apetecía y se excusó
como buenamente pudo.
Los viernes, solían quedar después del trabajo. Si el tiempo lo permitía se sentaban en
alguna terraza de La Castellana y, en los meses de frio, iban a algún bar de la zona de
Huertas. Esta zona era una de las más populares de la Capital y además les pillaba muy
cerca del trabajo.
Marta siempre era la primera en animarse para salir, pero desde hacía unos meses no
estaba pasando por su mejor momento. Últimamente no estaba con ánimo para jaranas. Le
invadía un sentimiento de melancolía que no conseguía quitarse de encima.
El viernes anterior, había hecho un esfuerzo y se había obligado a unirse a sus
compañeros. Lo único que había conseguido era sentirse peor, al notar, que los demás la
miraban con cara de pena. Echaba de menos a Jimena y, aunque no lo admitiría en voz alta
ni bajo tortura, no se podía quitar de la cabeza a Tom.
Ese vampiro la estaba volviendo loca. Le odiaba con todas sus fuerzas por haberla
tratado con tanto desprecio unos meses atrás y, en la boda de su amiga, la había ignorado
totalmente. Solo le clavaba los ojos de vez en cuando, para asesinarla con la mirada. El
gesto de desprecio en ellos era evidente, y a ella se le hacía un nudo en el estomago que la
rompía el alma. ¿Qué le habría hecho para que la odiara con tanta fuerza? Marta era
consciente de que le había hecho un poco de rabiar, pero eso no era suficiente escusa como
para tratarla como lo había hecho. Además él fue el primero en despreciarla cuando
descubrió que era bruja.
Se había merecido el rapapolvo de La Puerta del Sol por imbécil… ¿o no?
Dios, se estaba volviendo loca, como siguiera así, tendría que ir a terapia — hola me
llamo Marta y estoy colgada de un Vampiro, pero él, no quiere saber nada de mí, porque
soy una bruja y es un poco xenófobo.
Seguro que saldría de allí, luciendo el último modelo de camisa de fuerza del
mercado.
Después de limpiarse las lagrimas de la cara, que últimamente parecía que no dejaban
de caer de sus ojos, se sentó en la silla de su escritorio y puso el aire acondicionado. El mes
de julio en Madrid era un infierno y, sin el aparatito maravilloso, no había quien pegara ojo
en toda la noche.
Marta encendió el ordenador, con la esperanza de que Jimena estuviera conectada al
Facebook y poder chatear con ella un rato, pero no tuvo suerte. El cambio de horario entre
Madrid y Nueva York era un fastidio, así que se dispuso a abrir los correos electrónicos
para pasar un poco el rato.
Casi todos eran spam, tiendas de moda online, ofertas de viajes, notificaciones de
Facebook… pero, al final de toda la lista, había uno de Carlos. Qué raro, pensó mientras lo
abría, nunca le había mandado un correo el marido de su amiga, directamente a ella.
Muchas veces le mandaba saludos a través de Jimena, pero directamente él, nunca.
Marta hizo doble click sobre el correo y se dispuso a leerlo un poco nerviosa,
esperaba que no hubiera pasado nada malo.
DE: Carlos del Toro
A: Marta Saavedra
ASUNTO: Propuesta laboral o favor personal.
Querida Marta:
El motivo de este correo es para pedirte un favor personal.
Jimena últimamente no se encuentra en su mejor momento y, por ese motivo, ha tenido
que dejar de trabajar temporalmente en la peluquería.
Me gustaría ofrecerte el traslado a la sucursal de Nueva York, mientras Jimena se
encuentre de baja laboral.
Espero que aceptes. Intentaremos que te encuentres como en casa. Aquí hay personas,
entre las que me incluyo, que estaríamos encantados de volverte a ver.
…FIN