Altamira 2
Altamira 2
HISTORIA DE ESPAÑA
Y DE LA CIVILIZACIÓN ESPAÑOLA
TOMO II
EDAD MODERNA
Todo, pues, impulsaba a Carlos a una política internacional imperialista: la tradición guerrera
y conquistadora de su abuelo Fernando, que chocaba, no sólo con Francia, sino también con los
Estados de Italia; la ambición de la Casa de Austria o sea de los Habsburgos, que necesitaban,
además, sostener su posición en Europa y contrarrestar a sus enemigos; y, por consecuencia de una
y otra cosa, el triple odio contra Francia de la corona de Aragón, de los Habsburgos austríacos y de
la Casa de Borgoña, que se reunían en una sola cabeza. Carlos era también, personalmente,
ambicioso y batallador. Si no soñó personalmente con una monarquía universal —idea tantas veces
acariciada en los siglos Medios y, que el mismo Carlos creía de posible realización—, fue, sí,
partidario decidido de reunir bajo su autoridad todos los reinos y señoríos que le correspondían,
para convertirse, como su abuelo pretendió, en el príncipe más poderoso del mundo y afirmar la
supremacía en Europa de la casa de Habsburgo, como árbitro de los intereses políticos y protectora
de la cristiandad. Precisamente por eso se opuso enérgicamente al proyecto que su tía Margarita
acarició, de presentar al hermano de Carlos, Fernando, como candidato a la corona imperial, si la
elección de aquél no resultaba posible. En este sentido se expresan una Instrucción y Memoria,
enviadas por Carlos desde Barcelona, en 5 de Marzo de 1519, a su agente el señor Beaurain.
Los efectos de todo ese complicado engranaje de intereses, aspiraciones y compromisos, los
iba a sentir especialmente España, por razón de la más estrecha dependencia de Carlos en que
estuvo. El título de emperador daba pocos derechos sobre Alemania, cuya vida política interior,
muy compleja, no era fácil de manejar. El lazo señorial con las posesiones de la Casa de Borgoña
no se prestaba tampoco a recibir de ellas grandes auxilios. La carga del imperialismo pesaría, pues,
principalmente, y en no poco exclusivamente, sobre España, que ya tenía bastante con lo que, desde
el punto de vista militar y financiero, representaban las conquistas de Italia, de África y de América
y Oceanía.
joven monarca, la gobernación de Valencia. Al propio tiempo, la codicia de los familiares del Rey
continuó haciendo innoble venta de los oficios públicos y granjería de los favores reales.
Reclamaron contra esto las Cortes de Valladolid de 1518, y el rey prometió la enmienda; pero la
olvidó en seguida, continuando su parcialidad en favor de los flamencos y su indiferencia en punto
al uso inmoral que éstos hacían de su preponderancia en la corte.
A esta causa de descontento se unió otra, tanto o más grave. Ya hemos visto las dificultades
suscitadas en tiempo de los Reyes Católicos por el impuesto de alcabalas y las dudas que Doña
Isabel tuvo respecto de la justicia de esa tributación (§ 585). El aumento de necesidades en la Corte
y la rapacidad de los consejeros flamencos, amenazaron bien pronto con agravar esta cuestión,
aumentando los tributos. Xevres hizo subir el tipo de las alcabalas; trató de imponerlas a la nobleza
(que se consideraba exenta de tributos), y lo consiguió en parte, no sin protesta de muchos,
obteniendo, igualmente, que el Papa obligase por una Bula a los eclesiásticos españoles, al pago
durante tres años del décimo de sus bienes y frutos: novedad que causó muy mal efecto, contra la
cual reclamó todo el episcopado y que motivó una propaganda vehemente de muchos frailes contra
el rey y sus ministros. La oposición más fuerte que a la ampliación de los tributos hizo la clase
noble, partió de los caballeros toledanos, principalmente dirigidos por el caballero Juan de Padilla,
Regidor de aquel municipio, quien se opuso a que otros regidores, ganados por Xevres, votasen la
aplicación de la alcabala a los hijosdalgo.
Por si todos estos no fuesen motivos bastantes de disgusto, Xevres ordenó la recogida de los
ducados de a dos, moneda de oro acuñada por los Reyes Católicos y que a poco, efectivamente,
desapareció del mercado para ir a los bolsillos del favorito y ser exportada de España en unión de
muchas joyas y objetos preciosos que los flamencos se apresuraban a sacar. Así lo hicieron la mujer
de Xevres, que en 1518 regresó a Flandes; el confesor del rey, obispo de Arbórea; el caballerizo
mayor y otros. No obstante todo lo cual, las Cortes de Valladolid de 1518 votaron todavía un fuerte
servicio para el rey. Pero ni esto bastó; pues al año siguiente se elevó el tipo de arriendo de las
rentas reales, noticia que puso en conmoción a todo el país, por lo que significaba en punto al
aumento de los tributos. El Ayuntamiento de Toledo acordó en seguida enviar al Rey varios
mensajeros para advertirle de los daños que se seguían de aquella política, y, a la vez, comunicó su
acuerdo a otras ciudades con ánimo de que se le adhiriesen. Aunque los mensajeros llegaron al sitio
donde Carlos tenía por entonces la Corte (18 de Septiembre de 1519), el monarca se negó a
recibirlos y escribió al Ayuntamiento reprobando su conducta; pero el Ayuntamiento insistió en
ella, enviando al efecto una carta en que suplicaba al rey que le oyese.
Tal era el estado de las cosas cuando sobrevino la resolución de la contienda electoral que en
Alemania tenía entablada Carlos (§ 606).
Pero el viaje y la subsiguiente coronación exigía grandes gastos. Lo votado por las Cortes de
1518 era insuficiente, y se pensó en pedir un nuevo servicio, convocando otra vez a los
procuradores. La efervescencia que ya se observaba en gran parte de Castilla y, sobre todo, la
actitud de Toledo, a la vez que los temores que Xevres tenía «de que le avian de matar» por «lo mal
quisto que estaba», inclinaron a los consejeros del rey a que las nuevas Cortes se reuniesen en lugar
de fácil salida: y así se las convocó, en los primeros días de 1520, para la ciudad de Santiago de
Galicia. Con esta convocatoria creyó el rey detener el movimiento de rebelión que, iniciado por
Toledo, comenzaba a extenderse por todo el país, y dirigió al Ayuntamiento de aquella ciudad Real
cédula (19 de Febrero) reiterándole la prohibición de que le enviase mensajeros, pues podía enviar
procuradores a las Cortes, y de que siguiese escribiendo a otros municipios para asociarlos a su
protesta. En efecto, Toledo había escrito (7 de Noviembre de 1519) a las principales ciudades de
Castilla pidiendo se juntasen todas para suplicar al rey que no se ausentase de España, que no
permitiese sacar moneda de ella y que no se diesen a extranjeros los oficios públicos; y había
reiterado su gestión en una segunda carta en la cual indicaba que, de no poder evitar el Rey su viaje,
dejara aquí gobernantes españoles doctos y discretos y diese «a los pueblos la parte que el derecho
les da y les dieron los reyes pasados en semejantes casos, cuando fue necesario haber
gobernadores», con otras advertencias respecto del uso del título de Majestad y de las peticiones, ya
hechas en las Cortes de Valladolid. Muchas ciudades contestaron adhiriéndose en más o en menos a
lo que Toledo pedía; y aunque el Corregidor de Burgos trató de evitar o prohibir, según los casos,
las juntas que al efecto habían de celebrarse, la agitación crecía, alimentada, no sólo por las quejas
referidas en las citadas comunicaciones de Toledo, mas también por otras de carácter económico;
como era la de haber quitado la forma de cobranza de alcabalas por encabezamiento de los pueblos,
entregando las rentas reales a arrendatarios. El Ayuntamiento de Toledo insistió en enviar al rey
mensajeros y en no nombrar procuradores a Cortes, opinando que no era necesario el nuevo servicio
o tributo que el rey pretendía pedir en las Cortes convocadas. Principales mantenedores de esta
actitud independiente y, en cierto sentido, rebelde, eran en Toledo individuos de la alta nobleza,
como el citado Padilla, Laso, Avalos, Ayala y Pérez de Guzmán; muchos canónigos y prebendados
de la catedral, y no pocos frailes, que en sus sermones censuraban la conducta del rey.
Los mensajeros del Municipio toledano encontraron en Valladolid al monarca (Marzo de
1520); pero éste no quiso recibirlos. La ciudad andaba alborotada por haber pedido el rey un
servicio de 300 cuentos, que el municipio rehusaba dar por ser «para reinos extraños». Hubo un
motín en que se trató de asesinar a Xevres y de impedir la marcha de Carlos, que salió de la villa
por la fuerza de las armas. En Tordesillas fueron por fin recibidos los toledanos en unión de otros
mensajeros de Salamanca que se les adhirieron, y ante el Rey volvieron a pedir que no saliese éste
de España; que de marchar dejase gobierno en que tuvieran participación los municipios; que no se
exigiesen más tributos, y algunas cosas más de poca significación. Obtuvieron por respuesta una
fuerte reprensión del rey y del Consejo, con indicación reiterada de que nombrasen procuradores
para las Cortes de Santiago; pero los mensajeros no se dejaron amedrentar y siguieron al rey con
ánimo de ver si obtenían mejor resultado en adelante. La propaganda que contra Xevres hacían Laso
y sus amigos, produjo sus efectos en la nobleza castellana que iba en la Corte.
esto, se presentaron a las Cortes los mensajeros de Toledo, pidiendo ser admitidos; pero la mayoría
les negó entrada por no ser procuradores, y el rey los desterró. Después de conferenciar con Xevres,
obtuvieron que el destierro no fuese a más de cuatro leguas y que quedase en Santiago una persona
para gestionar el alzamiento de la pena. A la vez, se había requerido por orden del rey que se
presentasen ante él Padilla y los demás regidores de Toledo para responder de lo hecho; contra la
cual orden suplicaron el Ayuntamiento y gran parte del clero, sin conseguir nada provechoso. Con
esto, aumentó el descontento, menudearon las predicaciones y hasta se celebró una procesión de la
cofradía de la Caridad, en la que se pidió a Dios que «alumbrase el entendimiento y enderezase la
voluntad del rey para bien regir y gobernar estos reinos». Días después, hubo en Toledo un motín
popular, al parecer promovido por Padilla y sus compañeros, para evitar que se cumpliese la orden
del monarca; motín que se convirtió muy pronto en verdadera revolución, apoderándose los
revoltosos del Alcázar y expulsando de la ciudad al corregidor y sus gentes. Los sublevados decían
obrar en nombre de la Comunidad de Toledo y del rey y la reina. Nombraron diputados y
constituyeron una especie de gobierno autónomo en que figuró Laso, regresado ya de Galicia.
Aunque todo ello se notició a Carlos, éste no le dio importancia y aconsejó que se procurasen
sosegar las cosas «con la mejor maña y templanza». Las Cortes le habían al fin otorgado los
recursos que pedía (no sin que para ello acudiese el rey al expediente de anular por sí el juramento y
palabras dados por los procuradores a los municipios), y por toda satisfacción a los pueblos
recelosos, expidió dos Provisiones reales en que prometía y juraba que «mientras estuviese ausente,
no daría oficio ni beneficio alguno a extranjeros y dejaría gobernador que le representase,
prohibiendo, además, la saca de dinero y caballos». Para la administración de la justicia dejó al
Consejo real y a su presidente, y como representante y gobernador suyo, al entonces obispo de
Tortosa, o sea, al cardenal Adriano, aunque limitándole mucho las atribuciones, especialmente en-
punto a nombramientos de altos cargos y otorgamiento de mercedes, que se reservó el rey; con lo
que era seguro que continuarían las inmoralidades de sus favoritos. Contra el nombramiento del
cardenal, suplicaron los procuradores de Murcia, Valladolid, Córdoba y León, pidiendo que el
gobernador fuera español y que, de insistir en el nombramiento de Adriano, se considerase como
excepción y sin precedente. Terminaron las Cortes con esto, y el 20 de Mayo de 1520 el rey se
embarcaba para Alemania, dejando en el país un comienzo de sublevación que pronto había de
propagarse a todo él.
dominaron el primer motín, castigando duramente a los promovedores de él, escribieron al punto al
cardenal pidiéndole que hiciese quitar el servicio otorgado en Cortes, que las alcabalas volviesen al
estado que antes tenían y que los oficios que estaban en manos de extranjeros les fuesen quitados: lo
cual prueba que reconocían la justicia de estas reclamaciones de los pueblos. El mismo cardenal
aprobó esta carta; pero no se atrevió a decidir por sí, y consultó al rey.
Sin embargo de esto, el cardenal procedió a castigar los desmanes de Segovia (aunque contra
el parecer de algunos consejeros), enviando un cuerpo de mil hombres de a caballo, al frente de los
cuales iba el alcalde Ronquillo, célebre por la dureza de sus represiones. Los segovianos, en vez de
amilanarse, se exaltaron más y, reuniendo mucha gente armada, resistieron al alcalde, quien no se
atrevió a entrar en la ciudad. Al lado de Segovia se puso resueltamente Ávila. Otros pueblos
buscaban términos de avenencia, o aseguraban su lealtad al gobernador: V. gr., Medina del Campo
y Córdoba. Pero como Toledo afirmaba su actitud de resistencia y Segovia no tardó en pedir
socorro, levantaron comunidad muchos pueblos, ya de los que en un principio habían promovido
motines, ya nuevos, como Palencia. Los comuneros fijaron como punto de reunión la ciudad de
Ávila y decidieron hacer causa común con Segovia. Los realistas tendían a juntar los procuradores
de las villas no sublevadas, en Valladolid, donde se hallaba el gobernador.
Enterado el Rey del estado del país, trató de ganarse a algunos pueblos y concedió a
Valladolid el perdón del donativo, mercado y feria libres, exención de tributos en la venta del
pescado, trigo y cebada. Entretanto, el cardenal procuraba reunir tropas, llamando a los nobles
castellanos con sus contingentes y pidiendo dinero al rey. Predominaban en la nobleza alta
temperamentos sensatos de templanza en la represión. Muestra de ellos son: una carta del
condestable de Castilla al monarca y otra del duque de Alburquerque al cardenal. El duque decía,
con frase gráfica, que «como los pueblos eran de la reina y del rey, se acordaba de haber oído al rey
Católico que aunque un caballo diese a un dueño un par de coces, no por eso le debía de matar, y
razón era que sus dichos tuviesen autoridad de ley.»
En el entretanto, seguía Toledo despachando misivas a las otras ciudades para que se
adhiriesen al movimiento y enviasen procuradores a la reunión magna que se preparaba en Ávila.
En algunas de las ciudades sublevadas acentuábase el sentido antinobiliario, v. gr. en Salamanca, de
la que fueron arrojados todos los nobles, aunque al frente del pueblo se colocó uno de éstos, el
joven Don Pedro Maldonado, sobrino del conde de Benavente. Medina, antes fiel, comenzó a
mostrarse partidario de los segovianos. El 29 de Julio de 1520, se reunieron por fin en Ávila los
comuneros, hallándose representadas las ciudades y villas siguientes: Toledo, Madrid, Guadalajara,
Soria, Murcia, Cuenca, Segovia, Ávila, Salamanca, Toro, Zamora, León, Valladolid, Burgos y
Ciudad Rodrigo. Los representantes pertenecían a todas las clases sociales y profesiones: nobles,
eclesiásticos, menestrales, industriales y hombres de estudio, aunque predominando las gentes del
pueblo: el pelaire Pinillos en Ávila, el tundidor Bobadilla en Medina, el alguacil Pacheco en
Palencia, el pellejero Villoría en Salamanca, etc. Constituyeron una Junta que llamaron Santa y se
juramentaron para morir todos «en servicio del Rey y de la comunidad». La Junta depuso al
corregidor; nombró capitán general de las fuerzas comunes a Juan de Padilla, quien comenzó a
organizarías incontinenti, aprovechando y destinando a este objeto las rentas reales, que empezaron
a cobrar por sí; se declaró emancipada del gobernador y Consejo y conminó con penas a Ronquillo
si entraba en tierras de Segovia. La revolución municipal había llegado, pues, a su mayor grado, y
revestía ya una forma política francamente hostil a los poderes constituidos, aunque protestando
siempre de su respeto al rey.
En una carta que al rey dirigió, en 7 de Julio de 1520, el condestable, se condensaban esas
quejas del siguiente modo: desamor del rey a los pueblos y poca gana de aprovecharles, puesto que
proveía en extranjeros las dignidades, beneficios y oficios, privando de ellos a los españoles;
extracción abusiva de la moneda; extranjería de muchos de los prelados, que se hallaban ausentes de
sus sillas, y de muchos prebendados y dignidades eclesiásticas; revocación de lo acordado en las
Cortes de Valladolid en punto a dar las alcabalas a los pueblos por encabezamiento; cohechos de los
procuradores en las Cortes de Coruña, que motivaron el otorgamiento de un nuevo servicio cuando
aun no se había acabado de recaudar el otorgado en 1518; quebranto, en la gobernación, de las leyes
y costumbres de Castilla, y vejación y perjuicios que resultaban de ir o enviar por el despacho de los
negocios a las tierras extrañas donde residía el rey. Según se ve, las quejas no sólo se referían, como
al principio en Toledo, al propósito de cargar con tributos a los nobles, sino que abrazaban puntos
diversos de común daño para todas las clases sociales.
Concuerdan con el resumen del Condestable las peticiones que los procuradores de Córdoba
(ciudad no sublevada) habían presentado en Santiago y que les fueron negadas por completo. En
ellas figuraban algunos extremos nuevos, pero no contradictorios del sentido general ya expresado,
como v. gr. que se tuviese mayor consideración con la reina (Doña Juana), que los hijos de
caballeros y nobles españoles fuesen recibidos en la Casa Real y que se cumpliese todo lo mandado
en las Cortes de Valladolid. En lo principal de esto también estaban acordes el cardenal y el
condestable.
Convocada la junta de comunidades en Ávila, algunos de las ciudades dieron amplias
instrucciones a sus procuradores sobre lo que se debía allí acordar. De estas instrucciones son
particularmente notables las de Valladolid y Burgos, habiendo sido las primeras calificadas de
programa político de los comuneros. Lo son, efectivamente, pues en sus io8 capítulos apenas se
deja por tratar un punto importante de los que se referían al gobierno y administración del reino.
Creían los vallisoletanos necesario pedir que se averiguase la enfermedad de la reina, se ordenase la
Casa Real y se mudasen los consejeros del rey por gentes naturales de España; que se buscase el
medio de evitar que reinasen «personas extranjeras en habla y en su forma de vivir»; que se
reformase la administración de justicia; que fuese enteramente libre el nombramiento, por las villas
o comunidades, de sus procuradores a Cortes, sin que se les diera Presidente ni merced real alguna;
que se confederasen todos los pueblos que tenían voto en Cortes para mantener y defender lo que se
hiciese en la junta, dando de todo conocimiento a la reina; que para la celebración de Cortes fuese
antes necesario el examen de los agravios y su satisfacción, con otros particulares ya repetidos en
peticiones anteriores o referentes a cuestiones de menor importancia.
Las instrucciones de Burgos estaban acordes con aquéllas en lo principal, pero acentuaban
algunos extremos de política y administración, como los siguientes: que habiendo alcabalas, no
hubiese servicios, pues no era de buena conciencia cobrar a los pueblos ambas cosas; que no
hubiese en las villas corregidor con salario; que se publicara el testamento de la reina Isabel y se
diese de él copia a los procuradores; que las ciudades pudiesen reunirse, por lo menos, una vez al
año, con sus procuradores, para acordar los capítulos que el rey debería proveer; que se confirmasen
todos los privilegios de las ciudades y se limitasen las atribuciones de los alcaldes de corte y
alguaciles; que los beneficios patrimoniales no los proveyese la curia romana; que se limitase la
facultad de amortizar que tenían las iglesias, monasterios y hospitales; que se obligase a pagar
diezmo al monasterio de las Huelgas y otros; que se formase un ejército de las comunidades para
socorrer a quien lo hubiese menester; que se favoreciese a todos los lugares de señorío que se
habían sublevado o se sublevasen en adelante; que el rey, cuando regresase a España, no trajese
consigo más de 200 hombres de guarda; que despidiese de su casa y consejo a Xevres; al obispo de
Palencia, Badajoz y otros; que las ciudades cabezas de provincia pudiesen convocar Comunidades
que se favoreciesen mutuamente, etc.
Las instrucciones dadas a los procuradores de Jaén no difieren esencialmente de las
anteriores, siendo de notar en ellas la insistencia del cumplimiento del testamento de Doña Isabel (y
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el de Don Fernando) y la supresión del tormento, excepto en delitos de herejía, lesa majestad y otros
graves.
Los documentos que con posterioridad a la reunión de Ávila publicó la Junta constituida, no
hacen más que insistir en lo común de las diferentes instrucciones citadas, dando por causa de su
actitud el incumplimiento de las reformas de los Reyes Católicos (Manifiesto de 26 de Septiembre
de 1520), el desgobierno de los favoritos del rey Carlos, la malversación de fondos que habían
hecho éstos, la saca de moneda, el nuevo servicio votado en la Coruña, etc. (Manifiesto de 14 de
Noviembre), y, por objetivo de sus deseos, que se cumpliesen las indicadas reformas, que se
remediasen los males causados y se gobernase mejor, acusando al cardenal y al Consejo de no
gobernar bien (Manifiesto últimamente citado).
Choca esa insistencia en resucitar las reformas y los planes de gobierno de los Reyes
Católicos; pero ello revela que los pueblos advertían la diferencia existente entre la manera de
gobernar Doña Isabel y la orientación de su política, y lo que Carlos había hecho en su breve
estancia en España. Por otra parte, es exacto que la mayoría de las cosas pedidas no eran sino
reproducción de peticiones formuladas anteriormente, y más de una vez, en Cortes, y aun de
órdenes incumplidas de los mismos Reyes Católicos.
La única parte verdaderamente nueva del programa, era la referente al poder de las
Comunidades y a su constitución en elemento político de cierta autonomía; porque en cuanto a las
censuras al rey, reforma de su casa y corte y alejamiento de consejeros conceptuados malos, la
historia de los reinados anteriores está llena de ejemplos. Lo que resulta también indudable, es la
enorme diferencia que hay entre los programas de 1520 y las primitivas causas de protesta de los
nobles toledanos (§ 607). Esta diferencia se acentúa en el pacto de hermandad que juraron todas las
ciudades sublevadas el 25 de Septiembre de aquel año, y en el cual pacto, después de consignar las
causas de las Comunidades (daños, agravios y extorsiones intolerables recibidos por estos reinos) y
el objeto que perseguían (que se guarden entera y perpetuamente las leyes de estos reinos... que no
sean oprimidos ni agraviados por persona alguna, y sean conservados en sus libertades y les sean
guardados sus buenos usos, costumbres y privilegios), se comprometieron a ayudarse, siempre que
una de las ciudades hermanadas requiriese socorro de las otras, y a levantarse en armas en el caso
de que alguien «con favores de sus altezas y de cualquier rey que en adelante fuese o de cualquier
señor... quisiere quebrantar de hecho... las leyes de estos reinos y lo que se asentare y concertare en
estas Cortes y Junta». El parecido de este compromiso con el del privilegio aragonés de la Unión
(§403) es grande.
Juana, de cuya enfermedad hacen mención, como hemos visto, algunas de las peticiones de
ciudades. Desde Medina, a donde llegaron Padilla y los demás capitanes después del incendio, se
dirigieron a Tordesillas, residencia de Doña Juana, con la cual conferenciaron en 29 de Agosto. Es
de notar que, antes de esto, el cardenal había estado en Tordesillas con intento de lograr que la reina
firmase las provisiones en que se condenaba el movimiento de las Comunidades, y la reina se negó
a ello. La conferencia con Padilla y demás capitanes fue, de parte de éstos, sumamente respetuosa, y
de parte de Doña Juana, afectuosa y de buena acogida. Habiéndole preguntado Padilla si era su
voluntad que quedasen allí para su servicio, contestó que sí, y que le avisasen en todo para castigar
a los malos. Conseguido esto, las tropas salieron de Tordesillas y marcharon a Velilla; con lo cual
se probó que no fue el propósito de los comuneros secuestrar a la reina.
Conocedor el rey de la situación de España, tomó algunas medidas de gobierno, que fueron:
que se uniese al Cardenal el condestable de Castilla y el almirante, para juntos regir el reino; que se
suspendiese el cobro del servicio votado en las Cortes de Coruña; que las rentas reales se diesen por
encabezamiento y en la forma usada en tiempo de los Reyes Católicos; que ningún oficio se
proveyese en extranjeros, sino en españoles, aunque reservándose, para ser proveídas desde su
Corte de Flandes, todas las concesiones de gracia y aun las de justicia; que se procurase dar efectivo
cumplimiento a la prohibición de saca de la moneda; que se regularizase la administración de
justicia y se castigase rigurosamente toda intrusión de la jurisdicción eclesiástica en la real, y
prometió, en fin, volver a España más pronto de lo que se creía. Como se ve, el rey venía a
satisfacer buena parte de las peticiones de las ciudades (§ 611). El cardenal le había recomendado
(en Agosto de 1520) que hiciera algunas concesiones que contentasen a los nobles, con el fin de
dividir a los descontentos y quitar un apoyo a la sublevación. Respecto de los comuneros, dispuso
Carlos que se siguiesen en lo posible temperamentos prudentes y de templanza, enviando poder
bastante para perdonar todo lo conveniente; mas procurando, a la vez, que ni Padilla ni otro alguno
tuviese gente armada, so pena de, declararlos desleales, rebeldes y traidores; que se reuniesen tropas
reales para restablecer el orden; que se disolviese la Junta de Ávila, y, caso de ir los procuradores a
Tordesillas, que se viese si convenía reunir allí Cortes (las cuales, en todo caso, deberían ser
convocadas), y que se atajase a los predicadores que con sus sermones habían excitado al pueblo.
Tarde venían estos remedios para producir todo el efecto que en un principio seguramente
hubiesen producido respecto de las comunidades. Los comuneros iban cada vez ampliando más su
acción política y afianzando su poderío. Volvieron a Tordesillas en 10 de Septiembre, trasladaron
allí la Junta de Ávila, con el beneplácito de la reina, y arrojaron de palacio a los marqueses de
Denia, que tenían la guarda de Doña Juana. La Junta era realmente quien mandaba en Castilla y
tenía acorralado y sin ánimos al cardenal. Las cartas de éste y del condestable al emperador, revelan
bien, desde los primeros días de Septiembre, lo apurado de la situación. El condestable decía:
«Desde el día que se quemó Medina del Campo, han tomado a la Reina Nuestra Señora, vuestra
madre, y os han tomado la justicia y las fortalezas, y la hacienda y todo cuanto hay; de aquí
(Briviesca) a la Sierra Morena, todo está levantado». El cardenal escribía el día 12: Y «hasta ahora
no vimos alguno que por su servicio tome una lanza». Después de suplicarle al rey que tomase
mejor consejo para poner remedio, del que tomó para excusar el daño, añadía: «Porque si las cosas
se gobernaran conforme a la condición del reino, no estaría, como hoy está, en tanto peligro». Y en
carta del 14, acentuaba la gravedad, diciendo: «Es cosa de maravilla que en toda Castilla la Vieja
apenas hay lugar en donde pudiésemos estar seguros, y que no se adheresca y junte con los otros
rebeldes».
La Junta, desde Tordesillas, mandaba que no se obedeciese al cardenal ni al consejo, y aun
que se les prendiese; discutía si las órdenes debían expedirse a nombre del rey, de la reina o de las
Comunidades, y requería a todos los altos empleados públicos para que se le uniesen, arrogándose
facultades de gobierno. Doña Juana, a quien se presentaron todos los procuradores (que lo eran de
doce ciudades y villas de voto en Cortes), aprobó la conducta de ellos y les ofreció su apoyo (24 de
Septiembre). Parecía con esto que el triunfo se inclinaba decididamente del lado de las
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Comunidades.
procuraban hacer propaganda: la cual, naturalmente, habría de distraer la atención y las fuerzas de
los gobernadores, de igual modo que los movimientos de Valencia y Mallorca (§ 616).
Sin embargo, uno de esos hechos favorables, la incorporación de Don Pedro Girón, causó más
daños que ventajas; pues, por lo pronto, su nombramiento disgustó a muchos comuneros entre ellos
a Padilla, y, al fin, Girón había de ser traidor, según veremos más adelante.
Pero si la causa del rey parecía ir equilibrándose en fuerzas con la de las Comunidades, los
gobernadores no emprendían ninguna acción decisiva, en parte por falta de recursos y en parte
porque aun se pensaba en avenencias, no obstante que uno de ellos (el condestable) trataba a
comienzos de Octubre de reunir tropas para libertar a la reina Doña Juana y defender al Consejo. El
almirante, por el contrario, empezó a tratar con la Junta, procurando disuadirla del empeño que ésta
tenía de que el condestable dejase la gobernación, y llamándola a paz y concordia, con amenaza de
guerra en caso contrario. Pero la Junta no acogió bien esta iniciativa. En vez de tomar por este
camino, acordó enviar dos embajadores al rey Carlos (20 de Octubre de 1520) portadores de una
carta en que se relataba y justificaba todo lo hecho por las Comunidades y unos capítulos en que,
una vez más, se repetía el programa de aquéllas, sin diferencias sensibles con los anteriores (§611).
Los embajadores marcharon efectivamente a Alemania; pero uno de ellos fue preso inmediatamente
de orden de Carlos y el otro no se atrevió a pasar de Bruselas. También escribió la Junta al rey de
Portugal rogándole su apoyo y, al mismo tiempo, trató de sacar de Tordesillas a la reina. La noticia
de esto alarmó e indignó mucho a los Gobernadores, quienes apresuraron, ya de común acuerdo, la
reunión de tropas; y como a las solicitaciones de paz del cardenal se contestase amenazando asaltar
a Medina (donde se reunían los realistas), ahorcar a los servidores del rey y a varios del Consejo,
una Real Provisión de 31 de Octubre declaró ya formalmente la guerra a las Comunidades. Las
componendas que Valladolid proponía (formación de una Junta mixta de seis letrados, para
conferenciar con el cardenal y tratar de obtener del rey lo que se conviniese) no dieron resultado.
retirada continuó, al principio, con orden. Al fin, el encuentro se verificó en el puente del Fierro,
próximo a Villalar; pero ya, entonces, el ejército comunero iba desmoralizada y más decidido a huir
que a hacer frente. Aunque Padilla intentó detenerlo, no pudo. El grueso de la tropa corrió a
refugiarse en el pueblo de Villalar, donde Bravo y Maldonado quisieron también, inútilmente,
rehacerla; y Padilla, viéndose abandonado, se lanzó temerariamente, contra la caballería enemiga,
deseoso de buscar la muerte. Herido, fue cogido prisionero, así como Bravo y Maldonado. Los
demás fueron acuchillados a mansalva por los realistas, quienes, según algunas relaciones, no
tuvieron un solo muerto, y según la que dejó escrita un criado que fue de la reina Católica «quince o
veinte escuderos». De los comuneros hubo cien muertos, más de cuatrocientos heridos y más de mil
prisioneros. El principal instigador de la matanza fue el dominico Fray Juan Hurtado, que exhortó
para ello a la infantería realista.
Entre las relaciones antiguas de la derrota de Villalar, algunas indican que hubo traición de
parte de las tropas y en particular de los artilleros de Padilla; pero esto no es cosa bien averiguada.
El que la artillería comunera no jugase y los arcabuceros tampoco, se suele atribuir a una recia
lluvia que sobrevino, y daba de cara a los comuneros, dificultando sus movimientos. Pudo este
último hecho influir en precipitar el desenlace; pero lo principal fue que las tropas de Padilla no
hicieron frente al enemigo, poco ni mucho.
A Padilla, Bravo y Maldonado, se les encerró en el vecino castillo de Villalba, desde donde al
día siguiente se les trasladó a Villalar. Discutido si debía castigárseles inmediatamente o dejarles en
prisión hasta que regresase el rey Carlos, la mayoría de los jueces opinó que lo primero. Los
alcaldes del rey condenaron, en consecuencia, a muerte y confiscación de bienes, a los tres citados
caudillos, y la sentencia se ejecutó al punto en el mismo Villalar, siendo decapitados los reos.
Cuentan los cronistas que, al llevarlos al patíbulo, el pregonero iba gritando: «Esta es la justicia que
mandan hacer S. M. y su Condestable y los Gobernadores en su nombre a estos caballeros.
Mándanlos degollar por traidores y alborotadores de pueblos y usurpadores de pueblos», etc. Bravo
replicó, indignadísimo: «Mientes tú y aun quien te manda decir: traidores no, mas celosos del bien
público sí, y defensores de la libertad del reino». Y como le reprendiese el alcalde, pegándole con la
vara, Padilla dijo a su compañero lo siguiente: «Señor Juan Bravo; ayer era día de pelear como
caballeros, y hoy de morir como cristianos». Los cadáveres de los tres jefes comuneros fueron
enterrados en la iglesia de Villalar; el de Bravo se trasladó, meses después, a la Iglesia de Santa
Cruz de Segovia, y, al parecer, también los otros a diferentes puntos (Salamanca y el convento de la
Mejorada, cerca de Olmedo). Otro jefe comunero, Maldonado Pimentel, sobrino del conde de
Benavente, fue decapitado en Simancas el 2 de Mayo del año siguiente.
Llegada a Toledo la noticia de la derrota de Villalar, la viuda de Padilla, Doña María Pacheco,
excitó a los comuneros de la ciudad para que se mantuviesen firmes, como así lo hicieron hasta 25
de Octubre, en que capitularon; obteniendo Doña María que a su hijo se le diesen los oficios y
hacienda del padre, levantando el embargo en que ésta se hallaba, y que se le diesen términos
hábiles para reivindicar la honra de su marido. Así lo aprobó una Real cédula del día 28, firmada
por los gobernadores, y meses después el mismo monarca. Pero los vestigios de la rebelión no se
extinguieron con esto, y hubo en Febrero de 1522 nuevos chispazos en Toledo, promovidos por los
partidarios de Doña María, la cual tuvo por fin que huir a tierra portuguesa. Fue por esto condenada
a muerte y arrasada su casa hasta los cimientos. A otros comprometidos se les castigó duramente.
La fácil victoria de Villalar parece que debió haber inclinado al rey hacia la clemencia, que,
además, había hecho concebir en diferentes instrucciones y órdenes. Mas no fue así. El 16 de Julio
de 1522, Carlos regresó a España, y aunque otorgó poco después un perdón general (28 de
Octubre), fue exceptuando a 293 personas, comprometidas en el levantamiento del que, en aquellas
fechas, no quedaban apenas rastros. En efecto; Valladolid se entregó a los pocos días de Villalar,
con perdón general que exceptuaba sólo a 12 vecinos, desterrados en su mayor parte. Siguieron el
ejemplo de Valladolid, Medina, León, Zamora, Segovia, Salamanca, Palencia y Ávila.
Sostuviéronse tan sólo por algún tiempo Toledo (de cuya sumisión ya hemos hablado), Madrid y
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parte de la región murciana. El obispo Acuña, que se hallaba en Toledo, huyó y fue preso a poco en
Navarrete, pueblo de Logroño. Las mismas ciudades castellanas antes sublevadas, enviaron tropas a
los gobernadores para rechazar a los franceses que se habían apoderado de casi toda Navarra (§
617), mostrando con esto su lealtad; y Madrid y Murcia no tardaron en deponer su actitud. Esta
situación recomendaba, como hemos dicho, toda clemencia. A ella eran favorables los
gobernadores, que no cesaban de instar a ello al rey; por desgracia, trabajaban en contra los del
Consejo Real y los cortesanos flamencos, y bien se vio hacia cuál de estas tendencias se inclinaba
Carlos, con notar que desembarcó con un ejército de 4.000 alemanes y una cohorte de favoritos y
servidores flamencos. Las consecuencias no se hicieron esperar. El Consejo empezó a instruir
causas, y a poco fueron degollados 24 comuneros significados, la mayoría procuradores de las
ciudades. Esta dura represión, pasado ya el peligro, fue mal recibida en España, y el propio
almirante se quejó de ella al rey en cartas repetidas en que, además de otras razones, alegaba las
promesas de perdón hechas en nombre del rey, y, a la vez, le daba sanos consejos políticos para
evitar la repetición de los males que habían producido el levantamiento de 1520. Pero Carlos
contestó desabridamente al almirante, repitiendo la conducta seguida en 1517 con Cisneros (§ 566).
Continuaron los procesos, los secuestros de bienes y todo género de vejaciones, hasta el perdón de
28 de Octubre, cuya limitación principal ya hemos indicado, y que exceptuaba también de él a
muchos militares que habían servido a los comuneros, y a otras gentes. Sobre la mayoría de estos
exceptuados recayó bien pronto sentencia, ya de muerte, ya de otros géneros. Algunos fueron
perdonados, por súplica de los procuradores del reino y de otras personas. El rey gestionó que le
fuesen entregados los refugiados en Portugal, pero no lo consiguió. El conde de Salvatierra, preso,
fue, según se cree, muerto en su prisión de Burgos en 1524. El obispo de Zamora fue ejecutado en
1526, no como comunero, sino como autor del asesinato de Mendo Noguerol. En este año se ve ya
al rey inclinado a templar sus rigores, de lo que dio algunas muestras, entonces y en años sucesivos.
colonos y siervos de los nobles en aquella región (§ 672); la cual política, exasperando a los
mudéjares vino al fin a producir un levantamiento de éstos, que costó mucho tiempo y mucha
sangre reducir a las tropas reales enviadas al efecto.
Milán y poniendo, a su vez, sitio a Pavía donde se refugió el general de Carlos, Antonio de Leyva.
La situación era grave para el emperador, pues, al propio tiempo, Venecia y el Papa (por muerte de
Adriano en 14 de Septiembre de 1523, lo era Clemente VII) le abandonaron; en Alemania era
inminente una sublevación, y Carlos no podía fiar mucho de Inglaterra, ni aun de su propio hermano
Fernando, que ambicionaba el ducado de Milán.
Las cosas cambiaron pronto y rápidamente, convirtiendo en favorabilísima la tercera fase de
la campaña. El duque de Borbón, unidamente con el marqués de Pescara, se presentó delante de
Pavía con un ejército de más de 20.000 hombres, cuyas fuerzas principales estaban constituidas por
mercenarios alemanes y arcabuceros españoles. El 24 de Febrero de 1525, se libró una gran batalla
entre estas tropas y las del rey de Francia, quien fue derrotado completamente, quedando él mismo
prisionero. Conducido a España y encerrado, con todas las consideraciones naturales, en la torre de
los Lujanes de Madrid, donde estuvo gravemente enfermo, firmó una paz (13 de Enero de 1526), en
virtud de la que cedía a Carlos la Borgoña con sus antiguos límites, y se obligaba a renunciar todos
sus derechos sobre Italia y Países Bajos, a restituir al duque de Borbón sus tierras y honores, y a
poner a disposición del rey de España la armada francesa. Pero este tratado fue ilusorio. Francisco
estaba dispuesto a no cumplirlo, y no lo cumplió una vez recobrada su libertad. La situación volvía
a presentarse comprometida para Carlos, pues poco antes, en 30 de Agosto de 1525, Inglaterra se
había separado de su alianza y concertado la paz, con el monarca francés, y en Italia el Papa y otros
elementos conspiraban contra la dominación imperial. Dramático episodio del rompimiento de
Inglaterra fue el martirio de la reina Catalina, hija de los Reyes Católicos y mujer de Enrique VIII, a
quien éste trató de una manera inhumana, quizá, entre otras cosas, para romper con Carlos.
enormes e imposibles de satisfacer. Entonces declaró Clemente la guerra santa contra los invasores
y se aprestó a la defensa con los escasos elementos con que contaba. El asalto de Roma se verificó
el día 6 de Mayo (1527). En él fue muerto el duque de Borbón, cuya falta todavía aumentó más la
indisciplina de los soldados (alemanes y españoles), quienes, tras apoderarse de la ciudad, la
saquearon horriblemente y cometieron todo género de excesos y atropellos en personas y cosas,
empezando por las sagradas. El Papa, refugiado en el castillo de Sant-Angelo, se resistió todavía un
mes, pero al fin capituló. Los soldados penetraron en el castillo y despojaron de todas sus joyas a
los cardenales y al Papa, saqueando las habitaciones.
La noticia de estos hechos llegó a España (aunque de manera muy imperfecta), a mediados de
Junio, y causó terrible efecto. Aunque algunos españoles residentes en Italia consideraron el asalto
de Roma como castigo providencial de culpas pasadas y presentes, y como aviso para que se
acometiese resueltamente una reforma de la Iglesia, la opinión general española, profundamente
católica, quedó aterrada al saber lo ocurrido. El rey, que quizá tuvo parte de culpa, pues aprobó el
avance de Borbón hacia Roma, aunque nunca pudo figurarse qué consecuencias iba a traer, se dolió
de éstas, y, como muestra de duelo, mandó suspender las fiestas preparadas para celebrar el
nacimiento de su hijo Felipe (21 de Marzo de 1527). No se apresuró, sin embargo, a sacar al Papa
de la situación apuradísima en que se veía, prisionero de la soldadesca, que continuaba sus
desmanes. Como otras veces, perdió tiempo en vacilaciones y ambigüedades, y hasta 31 de Octubre
no se llegó a un convenio, mediante el que Clemente VII recobraba la libertad y el poder temporal a
cambio de la más estricta neutralidad y de pagar a las tropas imperiales. Pero el Papa, antes de su
liberación, se fugó, y esto hizo esperar a todo el mundo que se colocaría de nuevo, resueltamente,
contra Carlos. Meses antes, el 31 de Julio, había éste dirigido a los príncipes cristianos un
manifiesto deplorando lo ocurrido en Roma y declinando toda responsabilidad.
La desorganización del ejército imperial, que siguió a la toma de Roma, y el abandono en que
Carlos tenía a su fiel Leyva (a quien llegó hasta acusar de defraudador) dieron ventajas a los
franceses, quienes, a fines de 1527, eran otra vez dueños de casi todo el N. de Italia y se dirigieron
contra Nápoles, ayudados por varios príncipes italianos. Por fortuna, Inglaterra (donde la opinión
general era contraria a la política de Wolsey) no pudo ayudar a su aliada; y la peste que se declaró
en el ejército francés sitiador de Nápoles, más el abandono que de la causa francesa hizo el
almirante genovés Andrés Doria, por disgustos con el rey Francisco, impidieron el triunfo de éste.
El Papa se resignó por de pronto, y volvió a Roma bajo la protección del Emperador.
Los ánimos deseaban la paz. Intervinieron en las negociaciones las principales damas de
ambas casas reales, y, sobre todo, la tía de Carlos, Margarita, gobernadora de Flandes (por lo cual la
paz concertada se llamó «de las damas»), y se llegó también a un tratado entre los monarcas español
y francés (29 de Junio de 1529). Todavía se resistieron algo Venecia, Milán, Ferrara y Florencia;
pero, al fin, la mediación del Papa y la intervención personal de Carlos, que se trasladó a Italia en
Agosto, lograron la paz y el establecimiento de una alianza defensiva (25 de Diciembre) entre el
Emperador, Clemente VII, el rey de Hungría, Venecia, Milán, Saboya y otras repúblicas italianas.
Dos meses después, se colmó el triunfo de Carlos con su coronación como emperador, que el
mismo Papa hizo en Bolonia.
como sucede a menudo en casos tales, el auxiliador se convirtió pronto en dominador. Asesinado el
rey de Argel, Barbarroja colocó en el trono a su hermano Horuc, quien extendió su dominación por
otros territorios contiguos. Esto trajo un primer choque con los españoles, quienes dieron muerte a
Horuc (1518). Acudió entonces Barbarroja al emperador turco, poniendo bajo su protección el reino
de Argel, y obtuvo, al propio tiempo, el nombramiento de almirante de la escuadra turca. Poco
después conquistó el reino de Túnez, y desde allí amenazó las costas italianas.
Por muchas razones, implícitas en lo dicho anteriormente, importaba a España acabar con
aquel poder. Carlos quiso dirigir en persona la expedición, y con una flota respetable, que conducía
30.000 hombres, se presentó en las aguas de Túnez y se apoderó del fuerte de la Goleta y de la
capital (1535), arrojando del trono a Barbarroja y restituyendo al rey que éste destronó. El efecto de
esta campaña fue, más que todo, moral, quebrantando el poder de Barbarroja. Esto aparte, se
consiguió la libertad de un número considerable de cautivos (20.000, según algunos autores), que
los musulmanes habían traído de sus frecuentes expediciones a tierras cristianas.
El nuevo período de luchas con Francia, que comienza en 1556 (§ 620), puso un largo
intervalo en las campañas africanas. Reanudólas Carlos en 1541, dirigiéndose a conquistar el reino
de Argel; pero escogió, contra la opinión autorizada del almirante Doria, una estación del año poco
propicia. La expedición fue desastrosa y el ejército se tuvo que reembarcar sin haber conseguido
nada y con grandes pérdidas. Años después, tropas españolas (enviadas por Carlos a Hungría en
socorro del rey Fernando, contra quien se habían sublevado algunos vasallos) guerrearon en
Transilvania contra los turcos, contribuyendo en gran medida a contener el avance de éstos por
tierras europeas.
el 8 de Noviembre. Recibidos al principio con gran agasajo, pronto supo Cortés que la escasa
guarnición dejada en Veracruz había sido atacada a traición por orden de Moctezuma. Decidió
entonces apoderarse de la persona de éste, como medida de seguridad, tanto más necesaria cuanto
que la desproporción entre las fuerzas españolas y las aztecas era enorme. Lo hizo así
violentamente, y Moctezuma, dominado por Cortés, después de castigar un intento de sublevación
de algunos de sus nobles, terminó por someterse plenamente al rey de España, a quien ordenó se
pagasen de allí en adelante los impuestos. Cortés se instaló en la capital como gobernador; y para
explorar el país, envió diferentes expediciones, con el auxilio de funcionarios aztecas y sobre la
base de mapas que éstos tenían.
Pocos meses después, un suceso imprevisto obligó a Cortés a salir de la ciudad de Méjico. El
gobernador de Cuba, Velázquez, había tratado de detener la expedición de Cortés antes de partir de
la isla; pero Cortés, haciéndose el desentendido, la realizó conforme el propio Velázquez le había
ordenado anteriormente. Quedó el gobernador muy resentido por esta desobediencia; y su enemiga
contra Cortés subió de punto al saber el grandioso éxito de éste. Para destituirlo y prenderlo, envió
(contra las órdenes del virrey) una fuerte columna de 800 hombres, al mando de Pánfilo de Narváez.
Sabedor de esto Cortés, marchó en busca de su adversario, y, atacándolo por sorpresa cerca de
Cempoala, lo venció totalmente. Los soldados de Narváez se agregaron al ejército del conquistador,
e inmediatamente Cortés regresó a Méjico, donde era necesaria su presencia por haberse sublevado
el pueblo, justamente irritado por una cruel e inútil matanza de nobles, realizada, sin provocación
previa, por Alvarado, teniente de Cortés, en ocasión de estar aquéllos celebrando una fiesta en el
templo mayor (20 de Mayo de 1520). La situación llegó a hacerse tan apurada, que Cortés tuvo que
obligar a Moctezuma a que arengase a sus antiguos súbditos, prometiéndoles que los españoles
saldrían de la capital si cesaban de molestarlos; pero los amotinados, enfurecidos por lo que
consideraron acto de cobardía y dirigidos por un noble llamado Cuitlahuac, dispararon contra el
emperador flechas y piedras, hiriéndole. Moctezuma rechazó toda asistencia facultativa, y según
dicen unos historiadores, murió a consecuencia de esto tres días después (30 de Junio); aunque otros
historiadores, al parecer más aproximados a la verdad, aseguran que fue asesinado por los
españoles, juntamente con varios nobles prisioneros.
Cortés y sus tropas tuvieron que evacuar la ciudad perseguidos por los aztecas, que habían
elegido un nuevo emperador llamado Cuitlahuactzín, el cual, con su acertado ataque, causó a los
españoles mucha pérdida de hombres. Tuvieron éstos que huir, rodeando el lago en que se asienta
Méjico, hacia la llanura de Otumba, donde les aguardaba un ejército de 200.000 indígenas. El
choque fue rudo, y se batalló más por la vida que por la victoria. Obtuviéronla no obstante los
españoles, y en los meses siguientes, con nuevos refuerzos de compatriotas y auxiliados por los
tlascaltecas, sujetaron todo el país situado entre el Popocatepelt y Citlaltepelt. En Diciembre se
dirigió de nuevo Cortés a la capital, donde un tercer emperador, Cuauhtemoctzín (Guatimozín),
organizaba la resistencia. Hasta el 13 de Agosto de 1521, y después de innumerables combates a
que obligaba la defensa heroica de los aztecas, no logró Cortés apoderarse de Méjico; pero una vez
dueño de él, todo el país vecino se sometió. Cortés completó este triunfo con varias expediciones,
resultado de las cuales fueron subyugadas las regiones de Michoacán, Oaxaca, Colima, Tabasco y
Panuco. En 15 de Octubre de 1522, Cortés era formalmente nombrado lugarteniente del Rey en
Nueva España.
Salvador), en 1523; otra, de Cristóbal de Olid (1524), a Honduras, donde quiso hacerse
independiente, obligando a Cortés al envío de una columna para vencerlo: el jefe de ésta, Las Casas,
fundó la ciudad de Trujillo (1525); una tercera, dirigida por el mismo Cortés (1524), la cual, tras
grandes penalidades, y pasando por Tabasco, Tepetitán, Iztapa, Acalán, el lago de Peten y el río
Pellochic (donde halló una colonia de las fundadas por Gil González) hasta su desembocadura,
fundó allí la ciudad llamada Natividad; y una cuarta, de Hurtado de Mendoza, que por la costa que
sigue al golfo de Darién, buscó inútilmente el ansiado estrecho.
En 1527, Cortés marchó a España, disgustado por el envío que el rey hizo a Méjico de un
gobernador, encargado también de inspeccionar la gestión de Cortés, y por las acusaciones que
contra él se hacían en la corte. Recibido con gran solemnidad por Carlos I, éste le nombró marqués
del Valle de Oaxaca, con donación de extensos terrenos, y le confirmó en la jefatura militar de
Nueva España, pero no en la civil. De regreso en Méjico, en 1530, reanudó sus expediciones
(1532), dirigiéndolas hacia el N., por mar. En ellas, llegó Hurtado de Mendoza hasta California;
Grijalva y Acosta descubrieron las islas de Revillagigedo (1533); el mismo Cortés subió 50 leguas
más arriba de la bahía de la Paz (1535-37), y Ulloa alcanzó la altura del Cabo Bajo. Pero ninguno
de estos viajes, aunque fructíferos para la geografía, lo fue para la colonización. Quiso Cortés
repetirlos y se opuso a ello el virrey de Nueva España, por lo que Cortés decidió ir en queja a la
metrópoli, donde desembarcó en 1540. Recibiólo el rey con gran frialdad y dilató la resolución de la
queja en tal forma, que antes de que diese una solución, murió Cortés, a los 65 años de edad (2 de
Diciembre de 1547). Cuéntase que, en cierta ocasión. Cortés trató de hablar al Monarca acercándose
al estribo del coche de éste. Carlos le preguntó, como si le desconociera: «¿Quién sois?», y Cortés
contestó con gran dignidad: «Soy un hombre que os ha ganado, Señor, más provincias que ciudades
os legaron vuestros padres y abuelos». La anécdota, si no es cierta, es verosímil, dado el carácter del
rey.
Mientras tanto, continuaban los esfuerzos de los exploradores para descubrir las costas del N.
del golfo, penetrar en la Florida y hallar por este lado la comunicación marítima entre ambos
Océanos. En 1520 y 1526 realizaron viajes a la Florida, sin resultado, Ponce de León y Vázquez
Ayllón. Poco después, el capitán Pineda, enviado por el gobernador de Jamaica, Caray, exploró toda
la costa desde aquella península hasta Méjico, descubriendo el Mississipí. La extensión de tierra
comprendida entre Florida y el río Panuco, límite con Méjico, fue llamada Tierra de Caray, y el rey
la concedió más tarde a Pánfilo de Narváez, quien en 1528 realizó una expedición de conquista al
interior, expedición desastrosa, de la que sólo se salvaron cuatro individuos, los cuales hicieron a
pie, y en medio de los mayores sufrimientos, el recorrido que media entre la desembocadura del
Mississipí y California, pasando por el Arkansas, el Canadián y los actuales territorios de Nuevo
Méjico y Arizona. Otra tentativa, hecha por Hernando de Soto, en 1538, penetró en la Georgia
actual, según parece, y, dirigiéndose luego al O., tras muchas penalidades y desastres, llegó con
número escaso de soldados a Penuco.
En 1530, Nuño de Guzmán avanzó desde Méjico hacia el N. y fundó la colonia de Culiacán.
Animado por fabulosas noticias que esparcieron los sobrevivientes de la tropa de Narváez, el virrey
Mendoza ordenó que se hicieran expediciones hacia el N. con ánimo de descubrir los países
riquísimos de que se hablaba. Fueron varias estas expediciones: una de Marcos de Nija (1539), y
otras de Coronado y sus tenientes Melchor Díaz y Alarcón. Merced a ellas, se exploró la región al
E. de California, llegando, por un extremo, hasta el río Colorado, que se navegó en parte (85
leguas), y hasta cuyo Gran Cañón arribó un destacamento, y por otro, atravesando el Arkansas hasta
el Misurí (país de Quivira). Otras expediciones posteriores llegaron hasta el paralelo 43º (1542-43),
reconociendo las costas de la Baja y Alta California y determinando la naturaleza peninsular de esta
comarca, opinión que no llegó a arraigar, porque la mayoría seguía creyendo que la California era
una isla. Toda esa parte septentrional de Nueva España se llamó Nueva Galicia.
26
y se apoderó de ella, prendiendo a dos hermanos de Francisco Pizarro. Siguióse una guerra civil
entre los Pizarros y Almagro, en que éste, vencido en una batalla y hecho prisionero, fue
agarrotado; pero un hijo suyo continuó la lucha y asesinó al adelantado del Perú (Julio de 1541).
Fue preciso que el rey enviase como alcalde real a Vaca de Castro, para que se restableciese la paz,
no sin castigo de unos y otros contendientes.
Años después (1544) estalló otra sublevación capitaneada por Gonzalo Pizarro, por motivos
que se relacionaban con el trato de los indígenas (§ 675). Vencido y muerto el virrey Blasco de
Núñez Vela (1546), fue preciso el envío de tropas y de nuevo virrey. La Gasca (1547), para reducir
a Pizarro y los suyos. Gonzalo fue condenado a muerte.
Mientras en el Perú se destrozaban mutuamente los dos partidos citados, otro español, Pedro
de Valdivia, reanudó la conquista de Chile comenzada por Almagro. Salido del Perú en 1540, fue
avanzando, no sin librar combates con los indios, hasta el río Mapocho, en cuyo margen, y al O. del
cerro Huelen, fundó la ciudad de Santiago (12 de Febrero de 1541), estableciendo para su gobierno
un cabildo. A poco se sublevaron varias tribus, y habiendo marchado Valdivia, a someterlas, otras
atacaron la nueva ciudad donde sólo quedaban 50 soldados. Aunque éstos lograron al fin derrotar a
los indios, Santiago quedó enteramente destruida y, Valdivia, que regresó pronto, la hizo reedificar
con mayor solidez que antes. Llegados algunos recursos del Perú, se verificaron dos expediciones,
una al Biobio (1544-45) y otra al N., donde se fundó la ciudad de la Serena. Tras una ausencia de
dos años, durante los cuales Valdivia estuvo en el Perú, a las órdenes de La Gasca, volvió a Chile, y
organizada otra expedición hacia el S., durante la cual tuvo que sostener muchos combates con los
indígenas, llegó al punto que hoy ocupa la ciudad de Penco, fundando en él la de Concepción
(Marzo de 1550). Poco tardaron en atacarla los indios araucanos, a quienes venció Valdivia. Éste,
con el fin de atemorizar a las tribus, tuvo la crueldad de cortar las narices y la mano derecha a 400
prisioneros. Tomando como punto de partida Concepción, se siguió explorando el territorio y
fundando varias ciudades y fuertes: Imperial, Valdivia, Villarrica, Arauco, Tucapel, Puren y otros.
En 1553 nueva sublevación de los indios, dirigidos por el indígena Lautaro, que conocía la táctica
de los españoles por haber estado con ellos algún tiempo. Merced a sus indicaciones, los araucanos
vencieron a Valdivia, quien cayó prisionero y fue martirizado. El sucesor de Valdivia, Francisco de
Villagrán, continuó la campaña en 1554 y años siguientes con mal éxito, hasta que en 1557 pudo
sorprender en su campamento a Lautaro y lo venció, con muerte del caudillo araucano.
Por el lado del Perú avanzó también la conquista bastante en los últimos años del reinado de
Carlos I. Ya en 1535 un español llamado Pedro de Anzures había conquistado el territorio de
Charcas, en el cual fundó en 1538 la ciudad de La Plata (Chuquisaca). Gonzalo Pizarro, hermano de
Francisco, intentó una expedición al E., más allá de Quito, y parece que llegó hasta la catarata del
Caudo, en el río Napo. De allí tuvo que retroceder; pero un subordinado suyo, Orellana, que iba
embarcado, siguió adelante y descubrió el río Marañón, navegando por él hasta su desembocadura,
desde donde se dirigió, costeando, a la isla Margarita. La circunstancia de haber encontrado
Orellana varias aldeas habitadas exclusivamente por mujeres, que pelearon como guerreros, hizo
dar al Marañón el nombre del río de las Amazonas, que hoy lleva. Por el lado de Tierra Firme,
Fernández de Lugo, primero, y después, Ximénez de Quesada (1536), había extendido la
colonización hacia el interior. Huesada fundó a Santa Fe de Bogotá, Tuaja y Vélez, y exploró el río
Grande o Magdalena. En la costa de Venezuela, Juan de Ampués estableció en 1527 el principio de
una colonización sólida, fundando el pueblo de Santa Ana de Coro (Golfo de Maracaibo). Poco
después, otros gobernadores y expedicionarios se extendieron por el interior, dando origen a los
pueblos de Barquisimeto, Valencia, Trujillo, y algunos más. Afianzaron estas conquistas otras
expediciones hechas posteriormente, de modo que casi todo el N. de América meridional quedó
recorrido.
vagas, de la existencia de un paso a las Indias por el Sur de América. Algunos mapas de 1515
indican ya ese paso, aunque con error. Españoles y portugueses intentaron hallarlo, y la expedición
de Solís (§ 560) fue ya con ese propósito, según consta por sus capitulaciones. A los primeros
importaba sobremanera encontrar ese paso, para llegar a las regiones de Asia, donde los portugueses
hacían el comercio de las especias. Un marino portugués, Fernando de Magallanes, fue quién
concibió el plan de una expedición decisiva. Magallanes había estado en las colonias portuguesas de
la India y de las islas del Sur, y conocía, por un piloto amigo suyo, el descubrimiento de las islas
Molucas que, por su situación, creyó debían pertenecer de derecho a España. Naturalizado aquí,
presentó el plan de su viaje al Rey y éste lo aceptó, firmándose el consiguiente convenio entre el
Monarca, de una parte, y Magallanes y su amigo Faleiro, de otra. A éstos se les concedió por diez
años el privilegio exclusivo de recorrer el paso que encontraran, hasta las islas Molucas; de cobrar
un veinteavo de las rentas de las islas que descubriesen, si no pasaban de seis, y, en caso de ser más,
la quinceava parte de dos de ellas y un quinto del beneficio total del primer viaje, con más el título,
para Magallanes y sus hijos, de adelantado y gobernador. El 20 de Septiembre de 1519, salió la
expedición compuesta de cinco buques, dirigiéndose a la costa del Brasil, que recorrió en parte, y
luego a la desembocadura del Plata, donde Magallanes dio a una colina, cuya forma hubo de
chocarle, el nombre de Monte Vidia o Video (hoy Montevideo). Sublevadas parte de las
tripulaciones, las redujo Magallanes a la obediencia en Puerto San Julián, y después de muchas
vicisitudes, descubierta la tierra que llamó Patagonia por haber juzgado que los habitantes de ella
tenían los pies muy grandes, atravesó con sólo tres buques el canal o paso que lleva desde entonces
su nombre (28 Noviembre de 1520), desembocando en el mar Pacífico. Una vez en él, se dirigió
hacia el N. y luego hacia el NO., descubriendo varias islas de los grupos Marianas, Ladrones y
Filipinas. En Cebú entraron en relaciones con el jefe de la isla, que ya tenía noticias de los
portugueses, dueños de tierras próximas. Magallanes se comprometió con aquel jefe, a cambio de
reconocer éste la soberanía del rey de España, a conquistarle las islas vecinas. En una de éstas, la de
Matan o Mactan, acometido por gran número de indígenas, fue muerto Magallanes con varios de
sus compañeros. Tomó el mando de la expedición López de Carvalho, quien siguió adelante
tocando en otras islas de las Filipinas, en Borneo y en las Molucas, donde hicieron cargamento de
especias. De los tres buques que pasaron el canal o estrecho de Magallanes sólo quedaba uno útil, el
Victoria, que en fin de Diciembre de 1521 continuó su viaje, mandado por el piloto vascongado
Sebastián de Elcano. El Victoria, después de tocar en Buru y Timor, bajó por el mar de la India y
dobló el cabo de Buena Esperanza, dirigiéndose luego hacia el N. y llegando el 6 de Septiembre de
1522 a Sanlúcar (Sevilla), después de haber dado la vuelta al mundo en tres años. Por esta
circunstancia, el rey —que recibió muy bien a los sobrevivientes de la expedición Magallanes—
concedió a Elcano un escudo de armas en el que figuraba un globo terrestre con la siguiente
leyenda: Primus circumdedisti me.
En 1525, el mismo Elcano, con Loaysa, hizo una nueva expedición, que fue muy desgraciada.
Sólo un buque llegó a Timor, donde se fortificaron los españoles sobrevivientes, con ánimo de
hacer de aquel punto el centro comercial con la tierra de las especias, en competencia con los
portugueses. Un año después, intentó otra expedición análoga Sebastián Cabot o Cabotto, piloto al
servicio del rey Carlos; pero fracasó, no llegando más allá del río de la Plata.
Los portugueses habían visto con desagrado la expedición de Magallanes y, aunque no se
opusieron a ella en forma, dilataron todo lo posible el regreso a España de varios tripulantes que se
habían quedado en Timor al marchar Elcano en 1521. Pretendían los portugueses ser los únicos
explotadores de aquella región, creyendo, contra lo que Magallanes sostenía, que las islas Molucas
correspondían al hemisferio portugués. Para resolver esta cuestión amistosamente, nombraron
ambos monarcas una comisión mixta que, tras varias sesiones, se disolvió sin llegar a un acuerdo,
realmente imposible por la inseguridad en la medida de los grados y meridianos y por la vaguedad
que desde un principio reinaba acerca del punto de partida o línea divisoria de una y otra nación (§
560). Por fin, se resolvió la cuestión mediante un tratado (22 de Abril de 1529) por el cual Carlos
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cedió todos sus derechos en las Molucas a Portugal a cambio de una fuerte indemnización
pecuniaria, y se fijó el límite occidental de las posesiones españolas en los 17 grados al E. de
aquellas islas. Los portugueses quedaron así dueños del comercio de Asia; pero los españoles
siguieron haciendo expediciones (desde Méjico) a las islas oceánicas, algunas de las cuales,
propiamente, caían dentro de los dominios portugueses. En virtud de estas expediciones, se
descubrieron muchas tierras, particularmente en la parte N., entre ellas la Nueva Guinea.
Pretendieron los españoles establecerse en Filipinas; pero a ello se opusieron los portugueses, sin
que, por de pronto, se decidiera nada definitivo.
Consecuencias también del viaje de Magallanes fueron las expediciones marítimas que se
hicieron por la región Sur del Pacífico, descubriendo y estudiando las costas de Chile y otras. Ruy
Díaz, Juan Fernández, Alonso Quintero y, sobre todo, Alonso Camarco (1559), fueron los héroes de
estos descubrimientos geográficos.
Alemania, y en diferentes ocasiones de su lucha con el monarca francés y con el Papa, hemos hecho
constar cómo tuvo Carlos, no obstante su propósito de oponerse a la herejía luterana, que
contemporizar con los príncipes que la profesaban y protegían y que apoyarse en ellos militarmente.
Después de su coronación, que siguió al triunfo de 1529 y a la paz de las Damas (§ 619),
Carlos pensó en volver a Alemania para dar solución definitiva a la cuestión religiosa. Pero desde
1522, las cosas habían cambiado bastante en los países del imperio. La propaganda reformista, cada
vez mayor y más radical, ganaba rápidamente terreno y se iba complicando con los intereses
políticos de los príncipes frente al emperador, y de unos contra otros. Ya en 1525 se veía con toda
claridad que se aprestaban a la lucha, concentrándose en grupos, los príncipes católicos, por un
lado, y los protestantes por otro. El duque de Brunswick, Enrique, hizo un viaje ex profeso a España
para pedir a Carlos una decisión enérgica, y lo mismo hicieron los obispos sufragáneos de
Maguncia. En el ánimo de los príncipes protestantes influía, tanto como la cuestión de la libertad
religiosa, la creencia de que los Habsburgos trataban de hacer hereditaria en su familia la corona
imperial. Un parlamento reunido en Spira (1526) por el archiduque Fernando, decidió no obstante
órdenes del Emperador, que cada príncipe «procediera en materia de religión como pudiese
responder ante Dios, ante el Emperador y ante el imperio». En aquella ocasión, el arzobispo de
Tréveris sostuvo la tesis de que cada cual era perfectamente libre de obedecer o no al emperador.
Este convocó, también en Spira y en 1529, un nuevo parlamento, en el que revocó el acuerdo
anteriormente citado y quiso imponer su voluntad a los príncipes. La mayoría se mostró favorable a
esta política; pero los príncipes reformistas y muchas ciudades imperiales protestaron de este
cambio.
Aunque el emperador venía resuelto a romper con los reformistas si era preciso, y los
consejos del legado papal Campeggi y del confesor de Carlos, García de Loaysa, eran favorables a
temperamentos de fuerza, intentó otra vez una conciliación; pero como, a la vez, quiso imponer a
los príncipes reformistas la asistencia a ceremonias católicas, la conciliación se hacía cada vez
menos posible. Convocado en Augsburgo un nuevo parlamento (1530), en el que los reformistas
leyeron y presentaron al emperador su confesión de fe, llamada desde entonces «Confesión de
Augsburgo», sobre la base de ella se intentaron sin éxito diversos caminos de concordia. Los
teólogos católicos redactaron una refutación de aquel documento, y el emperador la aceptó,
ordenando a los reformistas que se sometiesen, so pena de acudir a la fuerza; pero no acudió a ella,
por lo pronto, porque el peligro turco le hacía necesario el apoyo de todas las fuerzas del imperio, y
porque no podía contar seguramente, en caso de guerra civil, con todos los príncipes católicos. No
obstante, cerró el parlamento con un acta en que concedía a los reformistas un plazo de siete meses
para someterse a la Iglesia romana. Protestaron de esto los reformistas, y poco después concertaban
en Smalcalda una liga contra el emperador. Las cosas continuaron con alternativas de conciliaciones
y rupturas, reunión de nuevos parlamentos y órdenes imperiales, hasta 1545, en que el emperador se
decidió a declarar la guerra, aunque pretextando un motivo puramente político (desobediencia del
landgrave de Hesse a una orden imperial). Parece que lo que principalmente le movió a esto fue el
temor de que la reforma se extendiese a los Países Bajos.
Para hacer la guerra, introdujo el Emperador en Alemania tropas italianas y españolas: lo cual
causó tan mal efecto allí como en España, tiempo antes, la entrada de extranjeros. La guerra duró
poco y terminó con la victoria de Carlos (favorecida por la indecisión y los errores militares de los
de la Liga) en la batalla de Mülberg, en que las tropas reformistas apenas pelearon (1547). Como
general del emperador, iba en aquella ocasión el duque de Alba, que pronto había de significarse
como gobernador de los Países Bajos (§ 636).
Sometidos los príncipes alemanes, Carlos realizó algunas reformas políticas en la
organización del imperio (de las cuales no tenemos por qué ocuparnos aquí), y para el arreglo de la
cuestión religiosa presentó (1548) un documento llamado Interim, en que se hacían algunas
concesiones a los reformistas, pero sujetándolos en lo principal a la Iglesia romana. Protestaron
ellos, resistiéndose a admitir este arreglo; y la cuestión religiosa, tras nuevas vicisitudes y nueva
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guerra (en que el Emperador, atacado por el príncipe Mauricio de Sajonia, antes fiel aliado suyo y
ahora protector de los reformistas en unión del rey de Francia, estuvo a pique de caer prisionero en
Innsbruck), terminó con una paz (de Passau), ratificada en el parlamento o Dieta de Augsburgo (25
de Septiembre de 1555) y por la que los protestantes obtuvieron la igualdad de derechos en punto a
libertad religiosa, con los católicos.
de ceder a Felipe el resto de los Estados de Borgoña; pero hasta 24 de Febrero de 1558 retuvo la
dignidad imperial; la abdicó entonces en su hermano Fernando, que fue elegido el 12 de Marzo. Así
se realizó la concentración de los Estados españoles y borgoñones en Felipe II, y a la vez que quedó
rota la solidaridad del reino de España con los asuntos de Alemania, que tantos trastornos había
producido; pero aunque las dos ramas de la familia heredera de los Habsburgos y de los Reyes
Católicos no volvieron a unir los destinos de sus monarquías en la forma en que lo estuvieron bajo
el Rey y Emperador Carlos, el casamiento de Doña Juana la Loca con Felipe el Hermoso siguió
produciendo consecuencias trascendentales para España durante siglo y medio.
de los generales franceses Montmorency y Coligny. El primero fue derrotado completamente junto
a los muros de la ciudad el 10 de Agosto y cayó prisionero, y Coligny, tras una resistencia heroica,
perdió la plaza (27 de Agosto), que fue horriblemente saqueada, en especial por los soldados
mercenarios alemanes. Con esta victoria quedaba abierto el camino de París. El viejo emperador, al
saber en Yuste la noticia, creyó que no tardaría en recibir la de haber sido tomada la capital
francesa. El duque de Saboya era partidario de hacerlo así y le instó en este sentido a Felipe, quien
desde Cambrai, donde se hallaba el día 10, se trasladó a San Quintín. Pero Felipe vaciló. Tenía
conciencia de la cohesión del pueblo francés, que tan duramente había probado Carlos I (§ 618);
recelaba de la continuidad del auxilio inglés, y temía, por fin, no contar con recursos pecuniarios
bastantes para seguir la campaña. Los ingleses, en efecto, se retiraron, y Felipe no sacó de su
victoria todo el provecho que se creyó seguro en los primeros momentos.
Enrique II llamó entonces al duque de Guisa, quien vino al punto con su ejército y atacó las
ciudades que los ingleses poseían en el N. de Francia: Calais y Guisnes. Previendo este ataque,
Felipe había pedido nuevos refuerzos a Inglaterra; pero no le fueron enviados, y Calais y Guisnes
cayeron en poder de Guisa. Penetrando luego en Flandes, amenazó a Bruselas y hubiera sin duda
puesto en grave aprieto al ejército español, a no ser derrotado su general Termes en Gravelinas (13
de Julio de 1558), por el duque de Saboya, auxiliado por una flota inglesa de 11 buques. A pesar de
esta victoria y de que Guisa tuvo que mantenerse a la defensiva, Felipe se inclinó a terminar la
guerra por un tratado. La falta de dinero que constantemente puso dificultades a las empresas
militares españolas, y los ataques que los turcos realizaban a la sazón contra las Baleares, le movían
fuertemente en este sentido. Las primeras conferencias entre los comisionados españoles y
franceses, se celebraron en Octubre. Un mes más tarde, la muerte de la reina de Inglaterra (17 de
Noviembre), a quien sucedió su hermana Isabel, protestante, decidió por completo a Felipe.
También deseaba la paz Enrique II, aunque Guisa se oponía a ello; y por fin se firmó en Cateau
Cambresis, el 2 de Abril de 1559, en condiciones desastrosas y humillantes para Francia.
Consecuencias de esta paz fueron el matrimonio del rey Felipe con la hija de Enrique II,
Isabel de Valois, y la de la tía de ésta, Margarita, con el duque de Saboya, quien recobró sus
Estados, en poder de Francia desde Francisco I. Esta paz había de traer como consecuencia,
también, según al plan de ambos monarcas, una acción combinada contra los protestantes de
Francia y de los Países Bajos.
unos meses, no obstante hallarse faltos de todo género de recursos, incluso comida y agua, hasta
que todos ellos quedaron fuera de combate. Al año siguiente (1561), una segunda escuadra española
fue deshecha por los temporales. En 1564, el Rey de Argel puso sitio a Mazalquivir, y para defender
esta plaza se organizó una nueva expedición, mandada por Don Álvaro de Bazán, quien, no sólo
hizo levantar el sitio, sino que reconquistó el Peñón de la Gomera, y, para imposibilitar la piratería
marroquí, inutilizó la entrada del río Martín (Tetuán), sumergiendo en ella dos bergantines cargados
de piedra. En 1565, los caballeros de Malta, cuya isla tenían cercada los turcos, pidieron auxilio a
los reyes cristianos. Felipe deseaba dárselo, pero chocaba con la falta de dinero y de hombres,
comprometidos en otras empresas. Por fortuna el virrey de Nápoles, García de Toledo, era hombre
de grandes energías y de ánimo decidido. Ya en 1564 se había apoderado de Vélez de la Gomera; y
aunque luchaba ahora con grandes dificultades, logró organizar y enviar a Malta dos expediciones,
y obligó a los turcos a levantar el sitio.
Esta victoria libró, indudablemente, al Mediterráneo occidental, de convertirse en un mar
turco; pero no quebrantaba por completo el poderío del imperio de Constantinopla, el cual siguió
extendiendo sus conquistas y desembarcos por el archipiélago griego y el Adriático, atacando
principalmente las posesiones venecianas. Al amenazar seriamente la isla de Chipre (1569), que
pertenecía a Venecia, esta república pidió auxilio al Papa (Pío V), quien a su vez excitó el celo del
rey español para que apoyara una acción decisiva contra los turcos. Felipe contestó
afirmativamente, viendo en esto una ocasión de aniquilar el poder turco. Se concertó una liga entre
el Papa, España y Venecia, y, predicada la cruzada contra los turcos, formóse una escuadra
poderosa, de 264 naves mayores y menores con 79.000 marineros y combatientes, cuyo mando
tomó un hijo bastardo de Carlos I, Don Juan de Austria, de quien volveremos a hablar más adelante.
La escuadra zarpó de Mesina y se dirigió hacia Grecia, encontrando a la turca en el golfo de
Lepanto, donde se dio una terrible batalla (7 de Octubre de 1571) completamente favorable a los
cristianos, merced al ardimiento que a sus tropas comunicó Don Juan, y a la serenidad y táctica de
Don Álvaro de Bazán. En esta batalla luchó y quedó manco a consecuencia de una herida, Miguel
de Cervantes (§ 762).
Por segunda vez, España libraba del peligro turco a Europa: pero, como a menudo ocurre en
casos semejantes, de la victoria de Lepanto no se sacaron todas las consecuencias políticas que
naturalmente pudo producir. En vez de proseguir la campaña, el Rey dio orden a Don Juan para que
se retirase hacia Túnez. Contribuyeron a esta decisión varias causas: la muerte de Pío V, que
quebrantó la liga; el acomodamiento buscado por Venecia con el Sultán turco; los graves sucesos de
Holanda, que preocupaban mucho a Felipe y distraían las fuerzas, y el recelo que el monarca tenía
por los planes ambiciosos de su hermano. Don Juan, en efecto, soñaba con reconquistar a
Constantinopla, restaurando el antiguo imperio bizantino, y para esto hallaba apoyo entre los
personajes de la curia romana, y el clero en general. Pero Felipe no envió los socorros pedidos, y
Don Juan tuvo que desistir, dirigiéndose a Túnez (Octubre de 1575), cuya capital tomó, trocando su
primer sueño por el de un imperio en el N. de África. Tampoco le alentó en esto su hermano. Le
ordenó que arrasase las fortificaciones de Túnez, y Don Juan desobedeció la orden, dejando en la
plaza una guarnición de 8.000 españoles. El monarca suprimió de raíz todo auxilio, y Don Juan tuvo
que renunciar al desarrollo de sus planes. Un año después, Túnez y la Goleta caían nuevamente en
poder de los turcos.
los Reyes Católicos (§ 558), siguió acentuándose merced a varias órdenes nuevas de los reyes y el
acrecentamiento del rigor inquisitorial, que estudiaremos en lugar oportuno (§ 673). Los moriscos
del reino de Granada eran gente trabajadora, honrada y leal. En el conflicto de las Comunidades
estuvieron al lado del monarca, con grandes pruebas de lealtad, y un canónigo granadino, Pedraza,
escribía por aquel tiempo acerca de ellos lo siguiente: «Tenían buenas obras morales, mucha verdad
en tratos y contratos, gran caridad con sus pobres; pocos ociosos, todos trabajadores». Esto no
obstante, eran mal mirados por el vulgo; se recelaba de la pureza de su fe, con motivo, pues el
mismo Pedraza añade que «eran cristianos aparentes y moros verdaderos»; tenían «poca devoción
con los domingos y fiestas de la Iglesia, y menos con los sacramentos de ella». Por esta razón,
existía en el clero una fuerte corriente favorable a una política de rigor contra ellos. En 7 de
Diciembre de 1526 se publicó un edicto, en virtud del cual se prohibía a los moriscos el uso del
árabe, de sus especiales vestimentas, los baños, el llevar armas, el empleo de nombres que no fueran
cristianos y el cobijar en su casa musulmanes no convertidos, fuesen esclavos o libres. Se les
sujetaba, además, a una inspección severa para que no celebrasen ceremonias religiosas
mahometanas, se establecieron escuelas cristianas para los niños en varias poblaciones, y se trasladó
a Granada el tribunal de la Inquisición que existía en Jaén, con propósito de que, pasado cierto
plazo, se aplicasen con todo rigor los procedimientos contra la apostasía.
Los moriscos lograron suspender la ejecución de este edicto mediante un donativo en dinero
al rey; pero no impidieron que la Inquisición se dirigiese contra ellos, aumentando de día en día sus
procesos y confiscaciones. Contra esto reclamaron varias veces durante el reinado de Carlos I, y
repitieron la reclamación al subir al trono Felipe II, ofreciendo un subsidio de 100.000 ducados, y
un tributo anual, para el sostenimiento de la Inquisición, de 5.000. Nada debieron lograr de lo
pedido, pues las reclamaciones se reprodujeron varias veces en años sucesivos (§ 675). Al mismo
tiempo, los abusos cometidos en las confiscaciones, aumentaban el natural descontento de los
moriscos.
En 1565 se renovó una orden de 1526, relativa al derecho de asilo en territorios señoriales,
que iba derechamente contra los muchos moriscos en ellos refugiados. Las persecuciones que de
aquí se siguieron, unidas a las arbitrariedades de la curia, obligaron a muchos a huir al África o
refugiarse en la parte montuosa de la región. Años después se renovó también, pero acentuando su
dureza, el edicto de 7 de Diciembre de 1526, ampliando las prohibiciones. Nombrado presidente de
la chancillería de Granada Pedro de Deza, miembro del Consejo supremo de la Inquisición, los
moriscos supieron a qué atenerse en punto al rigor con que serían tratados. El capitán general,
Marqués de Mondéjar, hombre prudente y conocedor de los moriscos, reprobó la adopción de estas
medidas, pero no fue escuchado. En 1 de Enero de 1567, y después de haber intentado lograr el
apoyo de los principales personajes moriscos para que recomendasen la obediencia al pueblo, se
publicó el edicto. La agitación que esto produjo fue tal, que el propio Deza recomendó que se
tomaran precauciones, y dulcificó los términos de aplicación de la nueva ley. Varios señores:
cristianos, entre ellos el duque de Alba y el comendador de Alcántara, Don Luis de Ávila, se
mostraron favorables a suspender la aplicación del edicto; pero pudo más la influencia contraria del
secretario del rey, Diego de Espinosa, de Deza y del arzobispo Guerrero. Se reprodujo el
apoderamiento de los niños moriscos (que en tiempo de Cisneros había ya promovido graves
disturbios: § 558) para llevarlos por fuerza a las escuelas; y aunque Deza aseguró a los padres que
no se trataba de arrebatar a los hijos sino de salvar sus almas solamente, esta medida llevó la
agitación a su grado álgido, y la sublevación no se hizo esperar. Tal hecho tenía por entonces una
gravedad suma; de un lado, por la falta de armamentos y de tropas en que se hallaba la región, y, en
general, toda la Península; de otro, por el seguro apoyo que a los moriscos prestarían los berberiscos
y argelinos y aun los turcos. Así lo esperaban los moriscos, y fiando en ello se decidieron a que
estallase la sublevación, aunque, al parecer, sin otro ánimo, por de pronto, que lograr por el temor
que se derogase el edicto. En Abril de 1568 se produjeron los primeros chispazos, y los moriscos
escribieron al Rey de Fez, pidiéndole auxilio. Mondéjar insistió en su opinión de suspender el
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edicto para prevenir mayores males; pero tampoco fue atendido. En Diciembre del citado año
estalló formalmente la sublevación, que nombró rey de los moriscos a un descendiente de los
Omeyas, Don Hernando de Córdoba y de Valor, el cual tomó el nombre árabe de Aben Humeya. La
oposición que éste hizo a que sus parciales extremaran sus venganzas contra los cristianos, le trajo
la muerte, siendo sustituido por un nuevo rey, Adalá Abenabó. Los sublevados, fuertes en la
serranía de Granada, eran muchos en número y contaban ya en sus filas con auxiliares turcos y
argelinos.
El capitán general Mondéjar reunió con gran trabajo algunas tropas, y en una brevísima
campaña, en que se combinaron varios éxitos militares con una política de atracción y de promesas
de templanza, logró someter casi por completo a los sublevados. Pudo haber terminado con esto la
sublevación. Pero, de una parte, Deza (que había reclamado el auxilio del adelantado de Murcia,
Marqués de los Vélez, el cual, sin derecho para ello, entró con fuerza armada en el territorio de la
capitanía general de Granada) se opuso a la política de Mondéjar y logró que en la corte
prevaleciese su parecer; y de otra, los soldados cometieron muchos atropellos y abusos, aun contra
los grupos de moriscos a quienes el capitán general había dado salvoconductos. La indignación y el
deseo de venganza renacieron. Mondéjar fue relevado de su cargo, y se dio la jefatura de las tropas
que habían de operar contra los moriscos a Don Juan de Austria (Marzo de 1569), quien reunió
grandes elementos, haciendo venir tropas de Nápoles y buques con que bloquear la costa e impedir
la entrada de auxilios africanos.
Recrudecióse la rebelión (Abril del citado año), extendiéndose desde la Alpujarra hasta las
montañas de Almería por un lado, y las de Málaga por otro. Mondéjar se sometió a las órdenes del
rey y formó parte del consejo de Don Juan, lo cual quitó toda esperanza a los moriscos. Los
habitantes del Albaicín (3.500 hombres y muchas más mujeres) fueron deportados. La campaña
contra los sublevados tardó, no obstante, en formalizarse, a pesar de la orden del rey de hacer la
guerra «a fuego y a sangre», por causas iguales a las que habían paralizado la acción de los
gobernadores en la época de las Comunidades. Diferentes cartas de Don Juan a su hermano y a
varios personajes de la corte, fechadas en 1569 y 1570, repiten la eterna petición de dinero para las
tropas. A mediados de Enero de 1570, Don Juan activó las operaciones, y, a pesar de los errores
militares frecuentes de sus generales, obtuvo una serie de victorias que le aseguraron el triunfo
final, no sin mucho derramamiento de sangre, que los excesos de la soldadesca hicieron mayor.
Hasta Marzo de 1571, Abenabó se sostuvo en la serranía; pero, asesinado por un famoso bandido
que se ofreció a ello, y que pactó con Deza la muerte del rey morisco a cambio de su indulto, esta
muerte dio fin a la guerra.
Los moriscos sobrevivientes, y aun los que se habían mostrado pacíficos, fueron deportados
en masa y distribuidos por diferentes regiones de Extremadura, León, Galicia, Castilla y la
provincia de Sevilla.
Asamblea de Nobles, y que descontentó juntamente a éstos y al clero; la noticia del propósito
pactado entre Felipe y Enrique II de Francia en la paz de Cateau Cambresis; el temor de que se
implantase la Inquisición a la manera española, para lo cual se creyó servía de preparación la
reforma de los obispados, y, aun sin esto, las persecuciones religiosas a que el rey instaba
continuamente, pidiendo que se cumplieran los decretos de su padre, contra el parecer de la regente;
y en fin, los intentos de centralización, de que ya había dado muestras el monarca durante su
permanencia en Flandes y que, después de su partida, se tradujeron en el prescindimiento de las
asambleas nacionales (Estados generales: § 689) y del consejo de Estado, que él mismo había
instituido para asesorar a su hermana.
Agravaba todas estas causas, ya de suyo importantes, la antipatía personal, recíproca, que
desde el primer instante separó a Felipe y a los flamencos, a diferencia de lo que ya sabemos de su
padre Carlos. Ideas, gustos, manera de concebir la vida, todo era opuesto entre Felipe y sus
súbditos. La actitud independiente de algunos nobles (análoga a la del almirante de Castilla y otros
con Carlos I) había herido vivamente al rey, que empezó a recelar de ellos y especialmente del
príncipe de Orange, Guillermo de Nassau, gobernador de los condados de Holanda, Zelanda y sus
próximos, y del conde de Egmont, gobernador de Flandes y el Artois. La irritación de Felipe
respecto del primero, llegó a traducirse en enérgico reproche que le dirigió al marchar a España,
haciéndole único responsable de las dificultades que había hallado en los Estados generales. No le
faltaron al rey consejeros, en Flandes y en España, Granvela y el duque de Alba, que le incitaron a
tomar medidas enérgicas, sobre todo con los protestantes (calvinistas) que, envalentonados (sobre
todo a partir de la retirada de las tropas españolas, a que tuvo que acceder Felipe), celebraban
reuniones públicas entonando cánticos religiosos y escuchaban los sermones de sus pastores; pero
aunque Felipe dio a su hermano orden de reprimir estos alardes, las autoridades flamencas se
negaron a cumplirlas, y la misma regente creyó peligroso insistir.
Los nobles descontentos del gobierno de Granvela (contra quien aumentó el recelo al saber
que había sido nombrado arzobispo de Malinas con el título de primado, es decir, jefe de la iglesia
en aquellas regiones), enviaron a España un delegado, el barón de Montigny, para que expusiese sus
quejas al rey; pero éste no le hizo caso. En señal de protesta, Orange y Egmont hicieron renuncia de
sus cargos de consejeros (1563) y la alta nobleza volvió a quejarse en varias cartas dirigidas al rey,
con la petición principal de que separase a Granvela. Resistióse Felipe durante algún tiempo, pero al
fin separó al primer ministro (1564). Esta medida pareció traer un acomodamiento; mas como los
abusos y extralimitaciones de los personajes que formaban la antigua corte de Granvela
continuaban, no obstante la oposición de la regente, pues el rey les apoyaba en secreto, y el
inquisidor Titelmans hacía tales extremos de rigor que hasta llegaba a condenar sin información de
proceso a gentes de reconocida fe católica, el descontento de todas las clases sociales fue
aumentando, y el aspecto religioso de la lucha llegó a tomar caracteres agudos.
Los nobles, viendo que la destitución de Granvela no remediaba nada, volvieron a enviar un
delegado, que fue, esta vez, el conde de Egmont (Enero de 1565). Prometió el rey corregir los
defectos del gobierno y templar el rigor de sus órdenes; pero, en vez de hacerlo así, mandó a la
regente que velase estrictamente por el cumplimiento de las leyes dadas y, en especial, de las
referentes a los protestantes (Octubre de 1565), contra las cuales y en lo que tocaba a su excesivo
rigor, había hecho manifestaciones al rey una comisión de obispos y teólogos flamencos. Pero la
opinión del rey era en este punto decidida. Según el tenor de una carta suya, dirigida a su hermana,
estaba dispuesto a quemar 60 o 70.000 hombres, si fuese necesario, para extirpar de Flandes la
herejía.
Comenzaron a emigrar a Inglaterra muchos de los perseguidos, mientras otros protestaron, ya
en reuniones públicas, ya por medio de folletos, siendo una de las más serias protestas la de las
cuatro grandes ciudades de la región brabantina que, en unión del Tribunal Supremo de la misma,
denunciaron como atentatorio a las libertades públicas el establecimiento de la Inquisición. La
nobleza de segundo orden, en cuyas filas abundaban los calvinistas, se unió formando en Breda una
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liga o compromiso (Noviembre de 1565) para oponerse a la acción inquisitorial, y lo mismo pedían
muchos altos funcionarios públicos y aconsejaban al rey, la regente y Granvela, en carta desde
Roma (Enero de 1566). Los coaligados presentaron a la princesa Margarita un memorial en que se
pedía la dulcificación del edicto contra los herejes. La regente accedió, mandando suspender los
procesos, y los coaligados, después de celebrar su triunfo con banquetes (en uno de los cuales
tomaron el nombre de mendigos, con que se conoció de allí en adelante a todos los sublevados),
extremaron, a la sombra de aquella tolerancia, [as predicaciones y los alardes calvinistas, no
obstante figurar en la liga muchos católicos.
La regente envió a España dos comisionados, el marqués de Bergen y el Barón de Montigny,
para pedir al Rey, pintándole el estado de las cosas, que aprobase las medidas tomadas; pero como
no diera respuesta categórica, los mendigos (con beneplácito de Orange, que los alentaba
secretamente) amenazaron con una sublevación (Julio de 1566). En esto llegó la contestación del
rey, que accedía a suprimir la Inquisición, fiando la persecución de herejes a los obispos; concedía
una amnistía, excepto para los sentenciados por los tribunales y con la condición de que la nobleza
se sometiese por completo, y dejaba sin decidir la modificación del edicto contra los protestantes.
La insuficiencia de estas concesiones en relación con el estado del espíritu público, hizo que los
mendigos se aprestasen a la lucha y que el populacho de Amberes, St. Omer, Malinas, Valenciennes
y otras ciudades, se amotinase, entrando a saco en las iglesias católicas y cometiendo toda clase de
excesos, no obstante la oposición a estas venganzas de los luteranos y de muchos jefes de los
mendigos.
Estos hechos causaron una profunda división entre los coaligados y los nobles católicos que,
como Egmont, Montigny, Horn, Arschot y otros muchos, no sólo se sintieron heridos en sus
creencias religiosas, sino que temieron la preponderancia de los protestantes. De conformidad con
esto, ayudaron a la regente con sus tropas para dominar los tumultos, cosa que consiguieron por la
fuerza (1567).
Enterado el rey de todos estos hechos, demostró el propósito de personarse en Flandes con un
fuerte ejército para restablecer la tranquilidad, pero sobre la base de exigir responsabilidad estrecha
a los nobles de la corte, a quienes juzgaba responsables de todo. Opinaban también por el viaje, el
Papa, Granvela y el príncipe de Éboli, Rui Gómez, consejero del rey, aunque inclinándose los tres a
que se usasen temperamentos de concordia. Pero Felipe se decidió por la política de represión dura,
y después de preparar una gran flota y un numeroso contingente de soldados, declaró que le era
imposible ir en persona y que en vez suya iría el duque de Alba. Esto quería decir que iba a
implantarse decididamente el sistema de la represión militar. Orange, conocedor, antes de esta
declaración, de los planes del rey, trató de organizar la resistencia; pero a esto se opuso
enérgicamente Egmont. Viéndose solo, Orange se refugió en sus Estados de Alemania, y muchos
protestantes huyeron.
país, con lo que se renovaba el motivo de disgusto que en principio tuvieron los flamencos. Pocos
días después, prendió a traición, en un banquete al que habían sido invitados por él, al conde de
Egmont, al de Horn y a otros nobles importantes (9 de Septiembre). Para conocer de los procesos
políticos, creó un tribunal o consejo llamado «de los desórdenes» y que el pueblo bautizó en
seguida con el nombre de «Tribunal de la sangre», por el terrible rigor que usaba. En un solo día
sentenció a muerte el Consejo a 500 personas, y los espías y agentes desparramados por todo el país
acumulaban denuncia tras denuncia. Distinguíase por su dureza el consejero Juan de Vargas,
español, protegido de Alba, y al cual acabaron por dejar solo los demás miembros del tribunal, que
retrocedieron ante el número aterrador de sentencias de muerte.
En vano protestaron de este procedimiento y pidieron que se abandonase, muchos católicos y
fieles súbditos del rey y el propio emperador de Alemania. Felipe mantuvo en su puesto al duque y
éste siguió con su política terrorista, firmemente convencido de que era el único medio de someter
el país. Los hechos le dieron, por de pronto, la razón.
Orange, ayudado por algunos príncipes alemanes y varias ciudades de Holanda, intentó
sublevar las provincias, excitándolas mediante una invasión armada que, al mando de su hermano,
Luis de Nassau, consiguió una victoria sobre las tropas españolas (Mayo de 1568). Alba respondió a
esto con nuevas medidas de represión, cuyo más saliente episodio fue la muerte de los condes de
Egmont y de Horn (5 de Junio), realizada a pesar de las peticiones de los príncipes y cardenales y la
indignación del pueblo. El rey, no sólo aprobó la sentencia (fundada en motivos políticos), sino que
confiscó todos los bienes de Egmont, costando mucho trabajo a Alba salvar una pensión
insignificante para la viuda y los hijos del conde. Bergen y Montigny (que se hallaban en España
desde 1526) fueron también condenados a muerte. En este mismo año, varios amigos de Egmont,
dirigidos por Hinckaert, trataron de secuestrar al duque de Alba; pero la traición de uno de los
comprometidos hizo fracasar la conjura y redoblar las medidas represivas.
El terror paralizó los ánimos. La expedición de Luis de Nassau no tuvo eco, y una victoria de
los españoles la arrojó del territorio holandés. Una segunda tentativa de Orange, fracasó también, y
el duque de Alba pudo celebrar con fiestas en Bruselas el éxito de su política y recibir, con las
felicitaciones del Papa (Pío V), una espada bendita y un birrete de gran valor.
Aun después de conseguido así el triunfo político, Alba no abandonó su sistema, continuando
las persecuciones políticas y religiosas hasta tal punto, que el episcopado flamenco suplicó que
cesasen y se diera paso a la clemencia. Como tantas otras súplicas, ésta no fue escuchada. Pensó
entonces el duque en implantar un sistema de contribuciones inusitadas en los Países Bajos.
Consistían éstas en el pago de un tanto por ciento en la venta de los bienes muebles e inmuebles: el
5 (veintena) de los primeros y la decena de los segundos. Entonces estalló la oposición del país.
Resistiéronse las provincias a aprobar estas novedades; que representaban la muerte del comercio, y
el duque transigió, cambiando durante dos años su proyecto por el pago de 4 millones de florines de
oro. Al mismo tiempo, dictó una amnistía (Julio de 1570), pero tan llena de excepciones, que, en
rigor, a casi nadie alcanzaba.
Cuando, pasados los dos años, quiso volver el duque a su plan de nuevas contribuciones,
tropezó con la oposición enérgica, no sólo de los pueblos, sino también de su Consejo privado, en
que figuraban los más leales realistas, y de todo el clero, dirigido por los obispos; pero no se dejó
intimidar, y publicó el decreto en que imponía aquellos tributos. La tirantez llegó a ser grandísima,
y ya era de presumir que Alba acudiese a su sistema favorito, cuando se recibió la noticia de que los
corsarios (gueux de mer) que pululaban en las costas holandesas, continuadores de la liga de los
mendigos y alentados por Orange (cuya marina formaban), se habían apoderado del puerto de
Brielle (1 de Abril de 1572). Este golpe fue la señal de un levantamiento de todas las provincias del
NO. (Holanda, Zelanda, Gúeldres, Overisel, Utrecht). Los sublevados, que contaban con el apoyo
de Francia e Inglaterra, juraron fidelidad al rey y nombraron gobernador a Orange, frente a Alba
(Unión de Dordrecht). Poco antes, Luis de Nassau se apoderaba de Mons, en el S. (Mayo de 1572).
El duque, atemorizado, revocó el edicto de tributos, pero era ya tarde. Orange había penetrado en
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efecto que en el país causó este hecho, fue deplorable; pues los habitantes que quedaban fieles al
rey, comprendieron que éste carecía de fuerza incluso para garantizarles la seguridad. También se
reflejó el motín en el fracaso de las medidas conciliadoras de Requeséns respecto de los rebeldes;
pues al perdón general que publicó (6 de Junio de 1574) no se acogió nadie, y la supresión
definitiva del décimo y vigésimo impuestos por Alba y del Tribunal de los Tumultos no causó efecto
y se vio contrarrestada por otras peticiones de los Estados generales.
Requeséns tuvo que decidirse a entablar negociaciones con el príncipe de Orange, quien se
prestó a ellas con el propósito de ganar tiempo. Las instrucciones del rey a este propósito contenían
siempre la reserva de no ceder en nada «que toque en menoscabo de alguna (cosa) de las de nuestra
santa fe católica, porque jamás verné en que en éstas haya un punto de quiebra, aunque se pierdan
los Estados»; y en esto Felipe era más rígido que el clero flamenco, dispuesto a contemporizar. Las
negociaciones fracasaron ante la condición esencial de que los españoles evacuasen el país, pedida
por Orange.
Las operaciones militares continuaron con malísima fortuna para Requeséns, cuyo ejército
sufrió una gran derrota junto a los muros de Leyden, por impericia del maestro de campo Valdés y
por haber recurrido los holandeses a la ruptura de los diques. Esta derrota apuró de tal manera a
Requeséns, que llegó a proponer al rey que concediera a los rebeldes todo lo que éstos pedían,
dejando a salvo la religión, aunque así y todo, comprendía lo improbable del éxito; pues «jamás se
conservaron ningunos reinos ni Estados faltando enteramente la voluntad de todos los súbditos, y ya
he escrito muchas veces por cuan imposible tengo ganar la de éstos». Reanudó, no obstante, las
negociaciones (Noviembre de 1574), dispuesto a ceder hasta lo último; y, en rigor, las
proposiciones hechas en nombre del rey eran muy amplias, aunque no consentían que siguiesen
viviendo en territorio de los Estados quienes no profesasen la religión católica. Las proposiciones
fueron rechazadas, por sugestión de Orange, y una Junta consultiva reunida por Requeséns en
Amberes, opinó que debían salir los españoles del país inmediatamente, que debía convocarse en
seguida los Estados generales y que se acordase una suspensión de armas. Pero el caballo de batalla
era la cuestión religiosa. Ni el rey ni los holandeses querían transigir en este punto, aparte de que en
las miras políticas de Orange no estaba someterse en forma alguna. Las negociaciones se rompieron
(12 de Julio), y tres meses después (Octubre), las dos provincias de Holanda y Zelanda declararon
solemnemente su separación de la soberanía de Felipe II.
Requeséns prosiguió las operaciones, único camino que le restaba, invadiendo las tierras
holandesas; y, gracias a sus acertadas medidas, consiguió varias importantes victorias, hasta tal
punto, que, al comenzar el año 1576, la situación general de la guerra era favorable a los españoles.
Mas reaparecieron los apuros de dinero para las pagas y, con ello, los motines de los soldados.
Requeséns se disponía a tomar medidas enérgicas, cuando cayó gravemente enfermo. Pocos días
después, murió en Bruselas (5 de Marzo de 1576).
que habían de regular las relaciones entre católicos y protestantes y entre los Estados flamencos y
holandeses.
Con la esperanza de lograr todavía un arreglo, Felipe nombró sucesor de Requeséns a Don
Juan de Austria, no sin haber vacilado mucho antes de acordar el nombramiento. A principios de
Noviembre llegó Don Juan al Luxemburgo, y su primer acto político fue aprobar la Pacificación de
Gante y firmar con los Estados generales el tratado que se llamó primero Unión de Bruselas, y más
tarde, Edicto perpetuo, conforme al cual se estipulaba la salida de las tropas españolas, el
restablecimiento de todas las libertades, el mantenimiento de la religión católica, la confirmación de
Orange como gobernador de Holanda y Zelanda y la suspensión de las persecuciones religiosas.
Pero Don Juan no había aceptado el cargo tan sólo para salvar la situación comprometida del
monarca español en los Países Bajos, sino como medio para realizar una empresa con la cual
soñaba: la invasión de Inglaterra. Llevábanle a esta empresa, de una parte, propósitos de ambición y
gloria militar; de otra, el convencimiento en que estaba (y era muy exacto) de que en Inglaterra
hallaban los sublevados su principal apoyo. Advertido el rey de este proyecto y de que, a sus
espaldas, Don Juan entraba en negociaciones con el Papa, se negó rotundamente a dar su
consentimiento y ordenó que al punto evacuasen el país las tropas. Don Juan, molestado por esta
actitud del rey, concibió diversos proyectos a cual más desatinado: entre ellos, el de casarse con la
reina de Inglaterra, a quien solicitó al efecto; pero viose impotente para todos por la oposición de
Felipe y porque el Edicto perpetuo no dio los resultados que de él se esperaban. Holanda y Zelanda
se negaron a aceptarlo, y Orange fomentaba y protegía la resistencia. El interés del príncipe estaba
en que la avenencia no se produjese, y así lo demostró con su política solapada e intransigente en
las negociaciones directas que con él entabló Don Juan (Mayo de 1577).
Los hechos parecían dar la razón a éste, partidario decidido de la guerra y de la intransigencia
respecto de los protestantes, en la cual llegó a extremos de mayor celo que el propio Felipe II. Para
romper de nuevo las hostilidades, necesitaba Don Juan tropas y recursos que no tenía, contando con
que las provincias leales se negaban a hacer armas contra los rebeldes. Don Juan, no sólo se veía
cada vez más aislado, sino que, a creer su propio testimonio, temía por su seguridad y su vida.
Buscó, pues, un pretexto para salir de Bruselas y refugiarse en el castillo de Namur, donde se
encerró, no sin declarar antes a los señores que le rodeaban, que era preciso elegir entre el Rey y los
rebeldes, entre la guerra y la paz. Unido este hecho al de la victoria que los soldados amotinados en
Amberes obtuvieron sobre las tropas reales, produjo en los Estados una fuerte oposición contra Don
Juan, cuya destitución llegaron a pedir; a la vez que negociaban el auxilio de Inglaterra y que
llamaban a Orange, quien hizo su entrada triunfal en Bruselas (23 de Septiembre de 1577), y pronto
fue el dueño de la situación.
Felipe II tenía muchas razones, no obstante todo lo ocurrido, para continuar buscando un
arreglo con los Estados: la experiencia de la guerra pasada, la falta de recursos y otras; así es que
instó a Don Juan para que continuase tratando con aquéllos, como lo hizo, llegando a una avenencia
que firmó el gobernador español el mismo 25 de Septiembre. Mientras tanto, el rey, por intermedio
de Granvela, buscaba sustituto a Don Juan en la persona de Margarita de Parma, cuya popularidad
en Flandes podía ser de gran provecho. La archiduquesa aceptó; pero una enfermedad que le
sobrevino, detuvo su viaje y, mientras tanto, los acontecimientos tomaban otro rumbo en Flandes y
se precipitaba .un desenlace violento. Por influencia de Orange, los Estados se volvieron atrás en
punto a la avenencia, exigiendo nuevas condiciones. El rey debió comprender que se le cerraba el
camino pacífico y, variando de conducta, ordenó que regresasen a Flandes las tropas que habían
salido en virtud del Edicto perpetuo. La noticia de esta orden la recibió Don Juan casi al mismo
tiempo que el ultimátum de los Estados generales; por lo cual, con gran contentamiento suyo, dio
por rotas las negociaciones y se retiró a Luxemburgo (2 de Octubre). Este cambio sobrecogió a todo
el mundo. Isabel de Inglaterra trató de evitar la guerra ofreciendo dinero a Don Juan, aunque se cree
que sólo le guiaba el propósito de ganar tiempo. El mismo Felipe, no obstante la orden dada a las
tropas, intentó, por medio de un enviado especial, nuevo arreglo con los Estados (Enero de 1578);
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pero todo fue inútil. Desde los primeros días de Diciembre, Don Juan tenía ya a su lado parte del
ejército; los flamencos pactaron con Inglaterra un socorro de hombres y dinero, y la guerra estalló,
obteniendo Don Juan varias victorias de importancia. Le detuvo la eterna carencia de dinero, que el
rey no enviaba, al mismo tiempo que las tropas de Orange iban aumentando considerablemente.
Abatido Don Juan por todo esto, y por el asesinato de su secretario íntimo Escobedo (§ 646),
contrajo una fiebre perniciosa de la cual murió a poco (1 de Octubre de 1578). La dominación
española quedaba reducida, en este tiempo, a la parte SO. de las provincias, flamencas, Namur y
Luxemburgo.
tropas faltas de pago (sublevaciones más formidables aún que las de tiempo de Requeséns y que
llegaron a poner en peligro la vida de los gobernadores) y a la falta constante de medios para
proseguir convenientemente la campaña. En 1596, Inglaterra y Francia, que habían reconocido la
independencia de las Provincias del N., formaron con ellas una triple alianza. En 1597, Nassau
acabó de arrojar las tropas españolas del territorio holandés.
Felipe II, próximo ya a morir, desalentado y temeroso de dejar a su hijo aquella terrible
herencia de los Países Bajos, se decidió a cederlos (10 de Agosto de 1597), bajo el protectorado de
España, al archiduque Alberto de Austria, con quien casó a su hija, la infanta Isabel Clara Eugenia.
En el caso de que muriese uno de los cónyuges sin dejar hijos, los Estados reverterían a la corona,
quedando de gobernador el archiduque, si éste era el sobreviviente. Respecto del caso en que lo
fuese la infanta, nada se previno por entonces; pero un decreto de 1 de Febrero de 1601, dado por el
sucesor de Felipe II, le reconoció aquel derecho. Así creyó el rey desprenderse de unos dominios
que, durante 50 años, habían consumido las mejores fuerzas de España; pero, en rigor, ni lo
consiguió ni puso todos los medios necesarios para que así ocurriese. Aparentemente, Felipe rompía
toda unión personal entre los Países Bajos y la corona española, creando un Estado nuevo,
independiente, con soberanos nuevos, aunque no llevasen el título de reyes.
Para realizar ese acto, consultó con los Estados fieles que, tras algunas vacilaciones motivadas
por el recelo que les producían los términos de la cesión, y, sobre todo, la intención con que pudo
hacerse, convinieron en ella, aceptándola y aprobándola por completo. Pero, de hecho, el nuevo
principado quedaba en una sujeción muy estrecha respecto de España, no sólo por la inteligencia
completa de Felipe II y los príncipes en punto a la política que éstos debían seguir y por la
necesidad que tenían de contar con las tropas y el dinero de España para hacer efectivo su dominio
sobre los Estados rebeldes, sino también porque el acto de la cesión llevó anejas algunas cláusulas
secretas que limitaban la libertad del archiduque Alberto y su mujer. Una de esas cláusulas era la
reserva para los españoles de Amberes, Gante, Cambray, Maestricht y otras plazas fuertes. Y en
efecto; tropas españolas siguen guarneciendo esas ciudades, y el archiduque y sus embajadores o
comisionados procuran estar de acuerda siempre con el rey de España y sus representantes. Aunque,
como veremos, hubo, después de morir Felipe II, tentativas para romper en parte esa dependencia,
el efecto político no varió y los Países Bajos siguieron siendo, aun con príncipes propios, una carga
para la nación y el gobierno de España.
extranjeros estaban excluidos de la corona, Felipe respondía a este argumento que el rey de España
no podía ser considerado en Portugal como extranjero. En rigor, la única dificultad seria que a
Felipe II se le presentaba, era la popularidad de Don Antonio, a quien apoyaban resueltamente el
clero, las clases populares, algunos nobles y el Papa. Por su parte, Don Enrique se inclinaba a la
duquesa de Braganza, quien tenía también a su favor (según atestigua la correspondencia de Moura)
a los jesuitas; pero al cabo, los diplomáticos de Felipe II lograron inclinarlo al partido de éste. No se
descuidaba Felipe en hacer público su programa de gobierno lleno de promesas, y respetuoso para
con la autonomía de Portugal; y con esto y los manejos de sus representantes, logró atraerse a la
mayoría de los nobles, quienes, en Cortes reunidas en Almeirin, en 1580, votaron por la sucesión de
Felipe, juntamente con el brazo eclesiástico. Sólo se opuso el brazo popular. Pocos días después (31
de Enero) sobrevino la muerte de Don Enrique según se esperaba, y aunque murió sin designar
resueltamente sucesor, el terreno se hallaba bien preparado para Felipe II, quien contó en adelante
hasta con el apoyo del general de los jesuitas, Mercurino, y los subordinados de éste.
La anexión no se hizo, sin embargo, pacíficamente. Los partidarios del prior proclamaron rey
a éste, en Lisboa; pero el de España, que ya venía preparando tropas desde 1579, envió contra él un
ejército de más de 30.000 hombres al mando del duque de Alba, quien rápidamente fue
apoderándose de las plazas principales y entró en la capital. El prior, cuyas condiciones militares
eran escasas, se refugió primero en Oporto, y luego, perseguido por el general Sancho Dávila, huyó
a Vianna de Castello, en cuyas cercanías estuvo a punto de caer en manos de los soldados
españoles. Perseguido, vagó fugitivo algún tiempo por tierra portuguesa en compañía de un núcleo
de partidarios leales. Mediaron entonces negociaciones para su sumisión; pero al cabo, huyó a
Francia y, con el apoyo de ésta, se defendieron todavía hasta Julio de 1582 sus amigos en las islas
Azores. Una brillante victoria naval obtenida por el marqués de Santa Cruz en la isla de San
Miguel, sobre la flota enviada por los franceses, dio fin a la resistencia. Un año antes, en Abril de
1581, las Cortes portuguesas reunidas en Thomar reconocieron solemnemente como rey a Felipe II.
La importancia de esta nueva adquisición era grande. Realizaba, de un lado, la idea de unión
peninsular que desde los tiempos de los Reyes Católicos (§ 393) se agitaba; y por otro, engrandecía
los dominios de la corona española, más que con el territorio portugués, con las extensas colonias
asiáticas y americanas (el Brasil), que ya habían producido dificultades y ambiciones en la época de
Carlos I. Felipe II se esforzó en cimentar sólidamente la anexión. Cuando el duque de Alba penetró
en Portugal con su ejército, llevaba severísimas órdenes para castigar la más pequeña falta de
disciplina y el menor atropello que los soldados causasen a los paisanos portugueses, y las aplicó
más de una vez con motivo de algunos desmanes cometidos por soldados y oficiales en Montemor y
de actos de saqueo en Setúbal, Cascaes y el arrabal de Lisboa, donde fueron asaltados los conventos
de frailes adictos al prior y muchas casas particulares, no obstante las medidas tomadas por Alba
para impedirlo.
El rey juró en las Cortes de Thomar que no nombraría un solo empleado español, y cumplió
rigurosamente su juramento, portándose realmente con sus nuevos súbditos de una manera
totalmente contraria a lo que era de esperar por la experiencia de los Países Bajos.
Pero esta conducta resultaba ineficaz ante la enemiga del pueblo, opuesto a la dominación
española, secularmente educado en el odio a España y profundamente herido en su amor al prior de
Crato. El clero regular también combatió duramente a Felipe, excitando desde el púlpito a la
rebelión; por lo que el rey tuvo que desterrar a muchos frailes y castigar duramente a otros, después
de obtener del Papa que condenase la conducta de aquellos eclesiásticos. Esto mismo le obligó a
colocar fuertes guarniciones en las ciudades portuguesas y a fortificar los puntos estratégicos del
territorio. La nobleza, aunque halagada en parte por las concesiones del rey, mostró pronto su
descontento por no cumplírsele algunas de las promesas que hicieron los agentes de Felipe en la
época anterior al reconocimiento.
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acuerdo con los católicos escoceses y con los jesuitas, que consistía en ejercer una activa
propaganda religiosa en Escocia, restaurar a María en el trono de este país, capturar al hijo de ella
(Jacobo), que se hacía sospechoso por su protestantismo, y enviarlo a España, desembarcar tropas
españolas y promover una sublevación en el N. de Inglaterra, donde el partido católico era
poderoso. Por indiscreciones de los jesuitas y del jefe de los católicos escoceses, volvieron a
intervenir los Guisas en este plan, y Felipe se retrajo otra vez. Dos nuevas tentativas de María, de
acuerdo con los franceses (1583), fueron igualmente desaprobadas por el monarca español, que, en
esto, veíase apoyado por los católicos ingleses, partidarios de una acción puramente española. Esta
actitud, y la opinión del marqués de Santa Cruz (quien en 1583 escribió a Felipe rogándole le
permitiese conquistar a Inglaterra para España), fueron probablemente los gérmenes de la idea de
una invasión directa y de una reclamación sucesoria que más tarde planteó Felipe, y que ya se
revelan en instrucciones dadas aquel mismo año al embajador español en París. La idea de la
invasión no era, sin embargo, completamente nueva, pues ya en 1569 la propuso el duque de Alba,
más tarde la acarició (como sabemos) Don Juan de Austria, y en 1579 se volvió a pensar en ella;
pero hasta 1583 no parece que el rey la acogió favorablemente.
Poco después, Mendoza, complicado en una conspiración (urdida por los Guisas) para
asesinar a la reina Isabel, fue expulsado de Inglaterra (Enero de 1584). Las relaciones diplomáticas
sufrieron nueva interrupción, y aunque la guerra tardó aún en declararse, de hecho podía darse
como existente.
eran sólo de vigilar la escuadra española, sin comprometerse en ataques serios, no obstante la
opinión contraria de los marinos ingleses. El acto de Drake afectó al rey, no tanto por el daño
recibido, como por el atrevimiento e insolencia demostrados, y contribuyó, junto con el agravio de
las expediciones hechas por el mismo Drake a las colonias de América (§ 644), a decidir a Felipe II.
Respecto de la invasión de Inglaterra, el plan del marqués de Santa Cruz, que había de ser el
jefe de la escuadra, consistía en reunir 556 buques con 30.000 marinos, 63.890 soldados y 1.600
caballos, para que el golpe fuera fructuoso. El rey, acometido de gran impaciencia, rechazó este
proyecto, cuya preparación exigía muchos meses, y cometió el primer error dividiendo la
expedición en dos partes: una puramente marítima, que saldría de España, y otra referente al
ejército de desembarco, que sería el de Flandes, al mando de Farnesio. Éste esperaría, para pasar el
canal, a la llegada de los buques. Santa Cruz opinó en contra de semejante plan, insistiendo en que,
ante todo, lo que importaba era asegurarse puertos de refugio en el mar del Norte; pero el rey se
mantuvo firme y dictó, en Septiembre de 1587, sus instrucciones. Para mayor desgracia, el marqués
murió pocos meses después (Febrero de 1588), y Felipe lo hizo sustituir por el duque de Medina
Sidonia, cuya inexperiencia en cosas de mar era absoluta. Así lo hizo presente al monarca; pero éste
insistió ante el temor de que otro jefe no fuese bien recibido por los demás capitanes, y así se
cometió el segundo error. A mayor abundamiento, Felipe se empeñaba en dirigir desde el Escorial
todos los particulares de la expedición y en que le fueran consultadas todas las cosas: con lo cual
perdíase mucho tiempo y las órdenes quedaban incumplidas las más de las veces. Al amparo del
desarreglo en la organización, los proveedores de la escuadra abusaron de manera gravísima,
suministrando víveres en mal estado, que pronto quedaban inútiles. El personal se escogió con
prisas y de mal modo, abundando los oficiales ineptos y los pilotos inexperimentados, a la vez que
los buques carecían de material suficiente para las maniobras que habían de sobrevenir. Todo esto
lo advirtió bien pronto el duque; pero ya no tenía remedio.
El 30 de Mayo de 1588, salió de Lisboa la escuadra, que, por el gran número de sus buques,
fue llamada la «Armada Invencible». El mal tiempo entretuvo la marcha muchos días, a tal punto,
que el 19 de Junio todavía estaban en Coruña, donde se refugiaron parte de los buques, mientras
otros eran arrastrados a puntos distantes. Cuando se hicieron nuevamente a la mar (el 22),
componían la escuadra 131 buques con 7.050 marineros, 17.000 soldados y 1.300 oficiales. Dada
cuenta a éstos de las instrucciones del rey, los verdaderamente marinos opinaron porque, en vez de
seguir por el canal adelante hasta unirse con Farnesio, que esperaba en la costa, se atacase el puerto
de Plymouth, para tener un punto de apoyo y no dejar a retaguardia la escuadra inglesa; pero el
duque no se atrevió a desobedecer al rey.
Aunque, en el primer momento, hubo gran alarma en Inglaterra, la opinión pública reaccionó
pronto. El parecer de los marinos experimentados era que el ataque por mar no suponía un grave
peligro. Consideraban bastante fuerte su escuadra para oponerse a la española, y en esto acertaban,
pues, cuando menos, en artillería le era superior. Lo que principalmente temían era el desembarco
de las tropas de Farnesio; pero éste carecía de barcos a propósito para hacer la travesía sin la
protección de la Armada Invencible. Cerca de Plymouth fue ésta atacada por los ingleses quienes,
aprovechando sus buenos cañones y la ligereza y condiciones marineras de sus buques, que eran
unos 50, hostilizaron la retaguardia y los flancos de la escuadra española a distancia, sin
comprometerse en un abordaje y causando daños de consideración. Sin presentar batalla, la Armada
continuó su camino por el canal, siempre seguida por los ingleses, hasta refugiarse en Calais. El
duque envió diferentes cartas a Farnesio, pidiéndole que viniese a ayudarle, cosa que, como ya
sabemos, no podía éste hacer. A la salida de Calais se renovó el combate, con mal resultado para los
españoles, aunque se batieron con gran valor, dando ejemplo de heroicidad Oquendo, Recalde,
Bertondona y otros marinos ilustres. Cuando, por haber variado el viento, hubiera sido oportuno
renovar el ataque, con probabilidades de éxito, el duque, contra el parecer de aquellos oficiales, dio
orden de retirarse. La retirada fue fatal; nuevas tormentas dispersaron la Armada e hicieron que
naufragasen muchos buques. Sólo 65 pudieron regresar a España, con unos 10.000 hombres.
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bajaban del Perú por la región de Chuquisaca, y de los que, desde Chile, atravesaban por
Aconcagua los Andes, avanzando hacia el E. Esta triple corriente produce, de 1542 a 1556, la
fundación de Santiago del Estero y otras poblaciones y la exploración de los territorios N. y O. de la
actual República Argentina. El movimiento continuó en los años sucesivos, dando nacimiento a las
ciudades siguientes: Mendoza (1559), San Juan (1561), San Miguel de Tucumán (1565), Santa Fe
(1575), Córdoba (1573), Salta (1582), Corrientes (1588) y San Luis (1597), que aun subsisten. El
impulso principal de la colonización procedía de los establecimientos del Plata, el Paraná, el
Paraguay y el Uruguay (§ 627). Felipe II nombró adelantado del Plata a Ortiz de Zárate (1573-
1575), quien avanzó poco la colonización. Su sucesor. Caray, estableció definitivamente la ciudad
de Buenos Aires (1580) y dio gran impulso a la agricultura y la ganadería. Fue sorprendido y
asesinado por los indios minuanes en 1584. El nuevo adelantado, Don Juan de Torres (1587 a 1
591), procuró organizar el país y reducir a unidad el gobierno, no siempre obedecido por todas las
ciudades. Le sustituyó en el cargo Hernando Arias (Hernandarias), quien en dos expediciones
sucesivas sometió toda la región del Chaco (al N.) y llegó por el S. hasta el río Colorado.
En Chile, sucedió a Villagrán, Hurtado de Mendoza (1557 a 1561), quien continuó la guerra
con los araucanos, mandados ahora por el cacique Caupolicán. Mendoza triunfó de ellos en varias
batallas y, apoderándose de Caupolicán, lo hizo morir en atroz suplicio, que el indio sufrió sin
exhalar una queja (1558). El mismo gobernador realizó una expedición al territorio de Chiloé, fundó
las ciudades de Cañete y Osorna, y envió expediciones a Tucumán, a Magallanes y a Cuyo, donde
Pedro del Castillo echó los cimientos de la ciudad de Mendoza (1561) y Jofré los de San Juan. Los
sucesores de Mendoza (Villagrán, Quiroga, Saravia, Sotomayor y Oñez) siguieron la guerra con los
araucanos, generalmente con ventaja de éstos, que sorprendieron y asesinaron a Oñez (1598). En el
entretanto, hiciéronse nuevas expediciones a Chiloé, y se fundaron algunos fuertes en el S. Un
intento de colonizar y fortificar el estrecho de Magallanes, dirigido por uno de los viajeros más
notables de la época. Sarmiento, fracasó en absoluto, con grandes pérdidas (1579-1587). Tampoco
fueron afortunadas, salvo para el conocimiento geográfico del país, algunas exploraciones por el río
Marañón (1569-1574).
En la América del Norte, Tristán de Luna reconoció el Mississipí y su costa (1559), y Pedro
Menéndez de Aviles se estableció como adelantado en parte de la Florida, conquistándola para
España. Acontecimiento militar de importancia fue, en Méjico, la terminación de la guerra con los
indios chichimecas que, comenzada en 1549, duró hasta 1591. En el Perú se produjo en 1580 la
primera de las sublevaciones puramente políticas (véase en el § 677 otra de origen esclavista)
llamada de los siete jefes, porque fueron siete los que la dirigieron. Formaron los sublevados un
gobierno propio, declarando que no quería prestar obediencia al rey de España ni a sus
representantes y ordenando que saliesen desterrados de Santa Fe (punto en que estalló el
movimiento) todos los nacidos en España, con sus mujeres y muebles, porque sólo tenían derecho a
poseer la tierra los que en ella hubiesen nacido y los que la habían conquistado con su esfuerzo.
Poco tiempo duró el Gobierno revolucionario, que fue combatido por la mayoría de los colonos y
por algunos criollos y que interiormente se vio minado por los celos y envidias recíprocos de sus
directores.
En esta época comenzaron las piraterías de los ingleses, holandeses y franceses en América,
Oceanía y Asia, reflejo, unas veces, de las guerras que en Europa sostenía Felipe II, y producto,
otras, de los intereses encontrados de España y Holanda e Inglaterra en punto a la colonización y al
comercio.
Los ataques más audaces procedieron, por entonces, de los ingleses, y comenzaron mucho
antes de estallar la guerra entre ambos países. El objetivo de estas expediciones, como de las de
todos los corsarios, era, más que conquistar territorios, apoderarse de los buques españoles que
regresaban de América con metales preciosos y mercaderías, asaltar las ciudades de la costa que
ofreciesen buen botín y ejercer el contrabando. Las inició John Hawkins, en 1564, 1566 y 1568, con
tres correrías por las Antillas y golfo de Méjico. En las dos primeras obtuvo presas y realizó
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negocios importantes; en la tercera salió derrotado, y a duras penas pudo huir con dos buques
menores. Siguiéronle otros muchos corsarios, de menos importancia por su nombradía, aunque de
mucha por su número. En 1572 aparecieron los primeros holandeses en Nombre de Dios y también
por entonces empezó sus correrías uno de los marinos más osados y de más fortuna que Inglaterra
tuvo en aquel siglo, Francisco Drake. Hizo Drake muchas expediciones, unas por el golfo de Méjico
y las costas de la Florida (1572 y 1585), atacando las ciudades de Nombre de Dios y Cartagena, y
retrocediendo en Habana y Matanzas; otras, en la parte oriental de la América del Sur (el Brasil,
1577), y otras, en el Pacífico, atravesando el estrecho de Magallanes y logrando victorias y botín en
Chile, Perú y otros puntos, aunque fue rechazado en el ataque al puerto de la Serena (1578).
Siguieron su ejemplo Raleigh, que atacó a los pescadores de Terranova y tomó tierra en el litoral del
N., llamándole Virginia (Estados Unidos), por adulación a Isabel I (1584-85), y volviendo en 1595
a la América del Sur, donde, tras de desembarcar en la isla de Trinidad, incendió a Santiago de
Caracas; Thomas Cavendish, quien intentó varios golpes de mano en la costa de Chile (1586-87),
sin gran éxito; y Ricardo Hawkins, el cual, después de apoderarse de algunos buques en Valparaíso,
fue hecho prisionero por los españoles del Perú (1594). En una última expedición de Drake y
Hawkins contra Nombre de Dios y otras ciudades del golfo de Méjico, fueron derrotados (1596).
Ambos jefes murieron: Drake de enfermedad, Hawkins, al parecer, de una bala, en el ataque a
Puerto Rico.
Los franceses dieron particularmente que hacer en la Florida, donde establecieron una
colonia, centro de piraterías, que destrozó Menéndez de Avilés, aunque después de esto renovaron
sus ataques en nuevas expediciones; y en Parayva (Brasil), donde les batieron fuerzas españolas y
portuguesas unidas (1583).
En Filipinas, el peligro tenía otra procedencia. Aparte las luchas con los naturales del
archipiélago y de las islas cercanas, hubo que sufrir los de piratas chinos y japoneses. En 1574, uno
de los primeros, llamado Li-Ma-Hou, atacó e incendió a Manila. Posesionado de Pangasinán, donde
se fortificó, proclamóse rey; pero bien pronto fue vencido y desalojado por los españoles. Años
después intentó lo propio un japonés, que también fue vencido. De este tiempo datan las primeras
relaciones comerciales con China y las primeras misiones cristianas en este país, en las islas del
Japón, en la India y en otros lugares de Asia. Gran número de chinos y algunos japoneses se
establecieron en Manila. Con aquéllos fue bien; pero los segundos gestionaron de su emperador una
embajada, que, en efecto, se presentó en Manila, solicitando que se reconociese su autoridad y se le
pagasen tributos (1593). Rechazada la petición como era consiguiente, se le enviaron misioneros,
que vivieron en paz allí hasta 1597, en que, por haber intervenido para evitar el despojo de una nave
española, fueron crucificados. Aunque el emperador dio en seguida satisfacciones a las autoridades
de Filipinas, no lo hizo de buena fe, iniciándose entonces las amenazas de un ataque a Luzón con
propósito de conquista.
Con la anexión de Portugal, las colonias españolas se aumentaron con las de aquel país, que
comprendían: en África las islas de Madera, Azores y Cabo Verde, partes considerables de la
Guinea, Congo, Angola y el Cabo de Buena Esperanza; y en Asia, todo el litoral S. y O., en especial
el golfo de Omán, parte del mar Rojo, el Indostán, Ceilán, la península de Malaca, las islas de
Ceilán, Borneo, Sumatra, Célebes, Molucas y numerosas factorías en China y Japón. Las posesiones
del Asia estaban divididas en tres virreinatos.
preocupaba ya, en 1550, la cuestión de si su hijo sería un heredero conveniente del trono. Sin
embargo, en 1560 le juraron como tal las Cortes castellanas. Entretanto, intrigábase en Europa
acerca del matrimonio de Carlos. Francia pretendió unirlo, primero, con la infanta Isabel, que luego
se casó con el propio Felipe II; más tarde, con la infanta Margarita y con María Estuardo. El
emperador de Alemania, Maximiliano II, lo solicitaba para su hija Ana. Por varias razones, el rey no
se mostró propicio a otras combinaciones que la referente a María Estuardo y a la archiduquesa
Ana; pero también concluyó por renunciar a la primera y dio largas a la segunda, fundándose en el
estado del príncipe: su «falta de salud» y su «indisposición», o, como más explícitamente dijo el
duque de Alba, «la falta de salud del príncipe, junta con las que en la persona de Su Alteza hay, así
en juicio y ser como en entendimiento, que queda muy atrás de lo que en su edad se requiere»
(1562). En este mismo año, el rey trató de que dos de sus sobrinos, archiduques de Austria, viniesen
a Madrid para educarse en la corte, en previsión de que heredasen la corona de España.
Así las cosas, un suceso desgraciado agravó el estado del príncipe. Hallábase éste en Alcalá,
cuyo clima parecía probarle y donde llevaba una vida poco edificante, cuando, al bajar
precipitadamente una escalera del palacio, cayó, fracturándose gravemente el cráneo. Durante unos
meses se temió por su vida, y aunque mejoró algo en el verano, volvió la fiebre en el otoño. No
puede determinarse si la caída produjo alguna lesión en el cerebro; pero lo cierto es que de allí en
adelante fueron manifestándose en el príncipe, cada día más, síntomas de locura o, por lo menos, de
un acentuado desequilibrio mental. Todos los testimonios de la época están en ello conformes; no
obstante lo cual —y quizá por el propósito constante en Felipe de no confesar públicamente la
desgracia—, el príncipe fue jurado heredero por Aragón en las Cortes de 1563, y en 1567 le nombró
su padre presidente del Consejo Real.
Pero las muestras de su locura eran cada vez mayores. Enfurecíase por el más leve motivo;
maltrataba de palabra y obra a sus criados; trató de herir al cardenal Espinosa y al duque de Alba;
burlábase de su propio padre, y cometió otros actos de no menor significación y gravedad.
Últimamente había concebido el deseo de acompañar a su padre a Flandes, cuando Felipe pensó en
esto (§ 635); pero cambiado el plan y enviado Alba en vez del rey, el príncipe se enojó tanto de
esto, que acabó por pensar en la fuga, y así se lo comunicó a Don Juan de Austria, en quien creía
hallar un cómplice. Don Juan dio inmediatamente noticia al rey de lo que el príncipe tramaba; y el
rey, no sin gran violencia, de que dan testimonio sus confidentes, a quienes consultó al efecto,
prendió por sí mismo a Carlos (noche del 18 al 19 de Enero de 1568), dándole por cárcel
habitaciones de palacio rigurosamente guardadas. Desde entonces, nadie volvió a ver al príncipe.
Circularon, en España y fuera de ella, los más extraños rumores acerca de aquel acto del rey.
Atribuyéronlo unos a que el príncipe había concertado un complot para asesinar a su padre; otros, a
sus connivencias con los rebeldes de Flandes; quiénes, a un delito de herejía. Nada de esto se ha
comprobado documentalmente. Cierto es que, como hemos dicho ya, el príncipe había
desobedecido y se había burlado de su padre, en más de una ocasión; cierto que tuvo en su vida
intervalos de gran frialdad y aun menosprecio de las prácticas religiosas; pero todo ello pudo ser
muy bien efecto de su locura, y lo segundo quedó contradicho en otras ocasiones con un excesivo
fervor: aunque algunas manifestaciones hechas por Felipe II en distintas épocas, llevan a pensar que
recelaba de la ortodoxia de su hijo. No tiene valor ninguno el motivo alegado por algunos, tiempo
después, de haber mantenido Carlos relaciones ilícitas con su madrastra Isabel de Valois. La pasión
política de los enemigos de Felipe II dio aire a estas y otras fantasías que se esparcieron por Europa,
gracias, principalmente, al libro novelesco de un escritor francés, St. Real (1675), traducido pronto
a otros idiomas, y al drama de Schiller, Don Carlos. La verdad del caso parece hallarse en lo que el
propio Felipe confesó a su suegra: «No fue un castigo, porque, de serlo, hubiera tenido fin; pero he
perdido la esperanza de ver a mi hijo con la inteligencia sana. He decidido, en este asunto, sacrificar
a Dios mi propia carne y sangre, prefiriendo su servicio y el bien universal a todas las
consideraciones humanas.» Pocos meses después de su prisión, murió el príncipe, sin que se sepa a
ciencia cierta por qué causa. La acusación lanzada contra el rey, de haber ordenado la muerte de su
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primogénito, no descansa en ninguna base sólida. Por la muerte de Carlos (25 de Julio) quedaba
heredera del trono la infanta Isabel. Hasta 1571 no le nació a Felipe otro varón.
apoderarse de él, y otra vez se amotinó el pueblo. Puesto en libertad el ex-secretario, salió de
Zaragoza, no considerándose seguro allí, porque el rey había enviado tropas para dominar la
sublevación; y tras muchas vicisitudes para eludir a sus perseguidores, consiguió salvar los Pirineos
(Noviembre de 1591). Alentados por él los franceses, entraron en España algunos aventureros y
desterrados con el fin de promover un levantamiento general de Aragón (Febrero de 1592). Pero la
mayoría de los aragoneses no respondió a estas excitaciones, y las tropas de Felipe II dispersaron
sin gran esfuerzo a los expedicionarios.
Meses antes, se había realizado en Zaragoza el castigo de los rebeldes. Al aproximarse, a
mediados de 1 591, las tropas del rey, las opiniones de los aragoneses se dividieron. Unos opinaron
por no entablar una lucha en cuyo resultado no confiaban. Otros, viendo en el mismo hecho de
haber entrado en Aragón tropas castellanas, un nuevo desafuero, se decidieron a la resistencia. Entre
ellos había algunos nobles, frailes y gentes del campo. La burguesía de la capital se inclinó a la
obediencia, arrepentida de haber protegido a Pérez. El general de las tropas reales entró fácilmente
en Zaragoza, y en poco tiempo destruyó las bandas de sublevados que recorrían el país y las de
aventureros y bandidos que, aprovechándose del desorden, pusieron en grave riesgo la tranquilidad
pública durante unos meses. Con promesas de clemencia, obtuvo el rey que regresasen los nobles y
el Justicia Mayor, huidos ante el fracaso de la sublevación. Mas así que los tuvo a mano, dio orden
de que se les procesara. Lanuza fue decapitado en Zaragoza, muchos nobles murieron
misteriosamente en las prisiones y 69 ciudadanos fueron condenados por la Inquisición a la pena de
hoguera, que, al cabo, sólo se ejecutó en 6 de ellos, quedando los otros sujetos a otras penas severas.
Tales fueron las consecuencias políticas que tuvo la rebeldía de Pérez. De otras, relativas a la
constitución aragonesa y al cargo de Justicia Mayor, hablaremos más adelante (§ 682).
Pero ¿qué hubo de cierto en punto a la participación del rey en el asesinato de Escobedo? La
acusación de Pérez es exacta. La orden de muerte emanó de Felipe, en 1577, por motivos políticos
relacionados con los proyectos de Don Juan de Austria. Siendo esto así, ¿cómo se atrevió a
perseguir a Pérez por un hecho en que el secretario no hizo más que cumplir una orden del
monarca? Pérez dijo, en uno de sus escritos, que su persecución obedecía a los celos del rey por las
relaciones del secretario con la de Éboli. Aunque no pueda considerarse puramente como una fábula
el amor del rey por la princesa, y, por tanto, sea posible que entrara por algo en el odio que (a partir
de 1582, por lo menos) demostró Felipe contra Pérez, no parece que basta ese motivo para explicar
la persecución. Quizá el examen de los papeles del secretario reveló al monarca que aquél había
exagerado, en provecho propio, el alcance de las intrigas de Don Juan y su secretario, causa inicial
de la muerte de Escobedo y origen de los graves recelos que Felipe sintió con respecto a su
hermano; quizá le hicieron ver que la orden dada en 1577, justificable entonces por la razón de
Estado tal como se entendía en aquella época, dejó de estar motivada más tarde, y Pérez la
aprovechó para satisfacer en Marzo de 1578 una venganza privada, o para quitarse de en medio un
enemigo político, pues ya no se podía confiar en Escobedo ni en Don Juan para apoyar el partido de
la paz a que pertenecía Pérez, por ser aquéllos partidarios decididos de la guerra. El enigma sigue en
pie y no es fácil descifrarlo a través de la balumba de falsedades esparcidas por Pérez, y dada la
carencia de otros documentos decisivos.
Errante por las cortes de Europa enemigas de Felipe II, Pérez intentó varias veces
reconciliarse con el rey, sin lograrlo, aunque, por otra parte, no perdonaba ocasión de levantar
contra él calumnias. Después de la muerte de Pérez, sus hijos obtuvieron de la Inquisición de
Zaragoza una absolución completa de la supuesta herejía del padre (18 de Junio de 1615).
mismas advertencias tocante a los Países Bajos, cuyo gobierno le había cedido. Por desgracia, ni el
heredero del trono español (cuya edad no pasaba de los 20 años) reunía las condiciones necesarias
para afrontar los graves problemas políticos que dejaba planteados Felipe II, ni (como ya vimos: §
639) la cesión de la soberanía a la Infanta tuvo por resultado aliviar a España de la pesadumbre
militar de aquella cuestión, a la vez religiosa y patriótica.
De Felipe III había dicho su propio padre: «Dios que me ha dado tantos reinos, me ha negado
un hijo capaz de regirlos... ¡Temo que me lo gobiernen!» Y así fue. El nuevo monarca, cambiando
por completo el sistema personal de sus dos inmediatos antecesores, entregó de hecho y por entero
los cuidados de la gobernación a un secretario favorito, el marqués de Denia, duque de Lerma,
quien, convertido en una especie de Ministro general, dirigió a su antojo, casi siempre, los asuntos
públicos, no obstante la intervención del Consejo y el dictamen o decreto real, conservado por pura
fórmula (§ 685). Próximamente al año de morir Felipe II, en Junio de 1599, marcharon a Flandes
los nuevos soberanos, la infanta Isabel y el archiduque Alberto. Aunque, como ya vimos (§ 639),
los Estados flamencos que habían permanecido fieles a España, aprobaron la cesión, ésta fue muy
discutida desde el punto de vista del Derecho internacional, y, desde luego, los holandeses se
negaron en absoluto a reconocerla. El cambio de soberanos no acabó con la guerra, ni aun
disminuyó lo más mínimo la acometividad de los sublevados. Crecidos éstos en osadía desde la
muerte de Requeséns, no sólo apretaban en su país, sino que venían a las propias costas de España
con sus navíos, realizando, ora desembarcos afortunados —como los hechos en las Canarias en
1599—, ora presas de buques españoles, ya aquí, ya en las Antillas (§ 644). A contenerlos se prestó
voluntariamente un noble genovés, Federico Spínola, quien, ya en los últimos años de Felipe II,
había dirigido en las costas de los Países Bajos una escuadrilla con la que causó no pocos daños a
los partidarios de Mauricio de Nassau. Puesto al frente de más fuerzas, por convenio con el nuevo
rey, comenzó a operar con ellas a me, diados de 1599, con igual éxito que antes en punto a dificultar
el comercio y aprisionar o destruir barcos mercantes o de guerra de los holandeses y de los ingleses,
sus auxiliares.
Estos éxitos no se correspondían con el estado de la lucha por tierra, donde las tropas se
amotinaban a cada paso por el motivo de siempre, o sea, la falta de pagas, y Mauricio de Nassau
conseguía frecuentes victorias sobre el archiduque, hombre cuyas condiciones militares y de
gobierno, eran muy escasas. Las cosas cambiaron al encargarse, en 1603, de la dirección de la
guerra y de la administración de los fondos que venían de España, un hermano de Federico Spínola,
Ambrosio, llegado poco antes a Flandes por el motivo que luego se dirá, con tropas reclutadas por
él mismo (§ 648). Ambrosio Spínola gozaba ya de merecida reputación guerrera, que consolidó de
modo brillante en su nuevo cargo. Consiguió dominar los motines, pagando con dinero propio a los
soldados, y a poco rindió la ciudad de Ostende (22 de Septiembre de 1604), que desde 1601 tenía
sitiada el archiduque. En campañas sucesivas (1605 a 1609) y con nuevos sacrificios de dinero que
comprometieron seriamente su fortuna —pues de España no se enviaban socorros, aunque se
prometían, para sostener al archiduque, y los de Flandes eran cortísimos—, pasó la línea del Rhin,
burló repetidas veces al de Nassau, ocupó la Frisa, se apoderó de plazas importantes como Oldensel,
Linghen, Vachtendoch, Cracove, Crol, Remperg, etc., quebrantó el comercio holandés con la
vigilancia y persecución de sus barcos (compensación necesaria a los daños que las naves
holandesas causaban en las costas españolas), y afirmó de nuevo la prepotencia militar de España.
Estas victorias predispusieron a Nassau para la paz, o, cuando menos, para una tregua larga, deseo
compartido por Spínola, quien, a pesar de sus éxitos, comprendía que era imposible continuar la
guerra, porque él había agotado su crédito y la Corte de España no podía hacer nuevos sacrificios
pecuniarios.
Felipe III también patrocinaba la idea de la tregua, muy discutida en la Península y en
Flandes, y de la que se había hecho un ensayo, por ocho meses, en 1607. Prevalecieron los
temperamentos de prudencia, y al fin la tregua se firmó, por doce años (9 de Abril de 1609), contra
el parecer del Papa y de muchos españoles, alguno de los cuales la calificó de gran indignidad. En
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este documento, como en su precedente de 1607, se pactó con las Provincias unidas de Holanda
como si fueran Estados libres e independientes, con la diferencia de que al de 1609 precedió el
reconocimiento expreso de esta soberanía, exigido por los holandeses y hecho, primero, por el
archiduque (16 de Octubre de 1608) y luego por el gobierno de Madrid (28 de Enero de 1609). Así
vino a reconocerse un hecho que en la práctica era innegable.
Cinco años después, en 1614, Spínola tuvo que intervenir, por orden del rey, en la contienda
sobre la sucesión de los ducados de Cleves y Juliers, favoreciendo al católico duque de Neoburgo,
al paso que los holandeses patrocinaban al marqués de Brandeburgo. La lucha entre estos dos
pretendientes, más que personal, era política y religiosa (sobre todo religiosa, entre católicos y
protestantes), con lo que la actitud del monarca español y del archiduque Alberto tenía que ser
forzosamente la de apoyar al candidato que representaba la causa de los. Habsburgos y del
catolicismo. La campaña fue breve y feliz para éste, venciendo Spínola a los protestantes y
firmándose la paz.
Por este mismo tiempo (18 de Julio 1616) verificóse en Bruselas un acto político de
importancia para España y que acabó de invalidar el propósito perseguido por Felipe II en la cesión
de 1598. Este acto fue el juramento de fidelidad a Felipe III, prestado por los representantes de
todos los Estados fieles, los cuales, anticipándose al cumplimiento de la condición impuesta por
Felipe II, reconocieron desde luego como heredero de los archiduques al rey de España. La
reversión de los Países Bajos a la corona española se anticipaba y aseguraba así firmemente. Cierto
es que los príncipes de Flandes no habían tenido sucesión, y que razonablemente no se podía
esperar que la tuvieran más adelante, dado el estado de salud del archiduque; mas, para que se
precipitase la consecuencia prevista, hubo otras razones.
En términos generales, Felipe III y sus ministros veían con malos ojos la independencia de
Flandes (muy relativa, sin embargo, como ya hemos visto) y consideraban como un desacierto la
cesión, puesto que, al fin, no descargaba a España de la pesadumbre de la guerra. Por su parte,
Alberto trató, al principio, de mantener y asegurar su posición y, por lo menos, la personalidad
internacional de sus Estados. Con este fin solicitó, ya en 1599, que se le concediera el título de rey,
y renovó esta solicitud en 1609, sin resultado las dos veces. En 1607 esbozó, de acuerdo con
Enrique IV y, al parecer, con el Papa, un proyecto para evitar la reversión a España, haciéndola
recaer en una princesa francesa. Estas tentativas enfriaron sus relaciones con Felipe III, quien, no
sólo las miraba con recelo, sino que procuró varias veces deshacer los efectos de la cesión. Así, en
1600 y en 1608, propuso al archiduque que renunciase la soberanía, cosa a que Alberto se negó, no
sin que coincidiese en esta actitud el consejo de algunos españoles, como el almirante de Aragón
(jefe que fue, durante algún tiempo, de las tropas españolas), contra el cual se elevó proceso (en
1609) por este motivo. En 16 de Abril de 1608, el rey da a Spínola instrucciones para el caso de que
muera la Infanta antes que el archiduque y éste rehuya prestar juramento al monarca español;
ordenando que, si es preciso, lo reduzca a prisión con todos los miramientos que procedan. En la
solución de estos conflictos y rozamientos, influyó notablemente la cuestión de eleves y Juliers,
dado que el archiduque estaba seriamente interesado en la victoria del partido católico y para
lograrla necesitaba de la ayuda de los españoles. No es dudoso que también influyó el repetido
fracaso de los referidos proyectos del archiduque, y, en general, la seguridad de que, al fin y al
cabo, la cláusula de reversión de 1598 tendría que cumplirse. En 1614 se cruzaron ya cartas y
comunicaciones, que mostraban la buena disposición de Alberto para llegar al acto de 1616. Desde
entonces, el archiduque pasa a ser, de hecho (aunque conserve su consideración de príncipe), un
gobernador representante del rey de España.
En 1620 se suscitó nueva guerra, motivada por el auxilio que Felipe III y el archiduque se
creyeron obligados a prestar al emperador de Alemania, Fernando, en lucha con el candidato de los
protestantes, el conde Palatino (Guerra de los treinta años). Fernando pertenecía a la familia de los
Austrias, y de aquí la solidaridad que con su suerte establecían los hijos de Felipe II. Dirigió la
campaña Spínola, con notable fortuna, pues se apoderó de todo el Palatinado inferior y parte del
59
superior, donde dejó al frente de las tropas a su lugarteniente Gonzalo de Córdoba, trasladándose él
a Flandes en Enero de 1621, por hallarse ya próximo el momento de terminar la tregua con los
holandeses y ser muy diversas las opiniones que corrían en punto a su renovación o a la
continuación de la guerra. La muerte del rey (31 de Marzo de 1621) dejó este asunto a la resolución
de su sucesor (§ 652).
en seguida la alianza con Inglaterra y con el príncipe de Piamonte, cuyos intereses en Italia eran
encontrados con los del rey español; y éste, por su parte, se condujo en aquella península de manera
que no podía menos de desagradar a Francia, aunque, por el pronto, no trajo malas consecuencias (§
650).
corsarios temibles para las costas españolas. La política represiva de Carlos I y de Don Juan de
Austria continuaba siendo, pues, de suma necesidad, tanto mayor cuanto que, con el aperitivo de las
conducciones de mercaderías y metales preciosos que de América venían a España, juntábanse a los
piratas turcos, argelinos y marroquíes, otros, holandeses, ingleses y de todas procedencias, ya bajo
el pabellón de los primeros, ya obrando por cuenta propia.
El estado de nuestra marina en los primeros años del reinado de Felipe III, no era lo más
apropósito para contrarrestar estos males. Conociéndolo así, pidieron facultad de armar barcos
Cataluña y Valencia, al paso que se procuraban reorganizar las escuadras de la Península y de Italia.
Coincidieron estos propósitos con una embajada del Shah de Persia, que solicitó la alianza de
España para un ataque combinado contra los turcos; aceptada, se hicieron los preparativos para
atacar algunas plazas de Argelia (Argel, Bugía, etc.), de acuerdo también con el reyezuelo de Cuco
en Berbería. Pero nada se hizo por entonces. En 1604 realizáronse expediciones felices al
archipiélago griego y a las costas de Albania, y más tarde (con particular iniciativa de Osuna) a
Marruecos (donde se tomaron los puertos de Larache y Mámora, nido de piratas: (1610-1614), a
Túnez, Bizerta, Chicheri, Navarino, Alejandría, con frecuentes victorias sobre los turcos y
marroquíes, a la vez que se rechazaban ataques de aquéllos a Mesina (1612) y a Malta.
Pero no se consiguió con esto desarraigar la piratería del Mediterráneo. Los turcos y argelinos
atacaban con frecuencia nuestras costas, con desembarcos y daños, como en Almería (1618),
Galicia, Asturias, Canarias y otros puntos. La seriedad del peligro obligó a defensas y prevenciones
especiales, de que se hablará en otro sitio (§ 693), e hizo pensar a los gobiernos de Inglaterra y
Francia en una acción común con España, que se acordó en 1619, aunque sin grandes efectos,
porque no parece que se tomara aquí con entusiasmo.
Con la guerra contra turcos y berberiscos están relacionadas en parte las medidas que se
tomaron contra los moriscos, de las cuales se tratará en otro párrafo.
Joló y otras islas. Advertido el peligro por los españoles, salió expedición de Manila (1604), con tan
buena fortuna, que arrojó a los holandeses de Molucas y señoreó estas islas. Como era natural, los
vencidos trataron de desquitarse, y en 1609 enviaron una escuadra, que si bien hizo daño, no logró
recuperar lo perdido. Dirigida sobre Manila (1610), fue destrozada por los españoles. La guerra
siguió, proveyendo a ella los holandeses con incesantes refuerzos, mientras los españoles luchaban
con la falta de recursos y con la resistencia pasiva a todo auxilio de parte de los portugueses.
Reanudando sus expediciones por el lado de América, en 1615, los enemigos se presentaron
en las costas de Chile, donde, tras una victoria naval por imprudencia del jefe de la escuadra
española, siguieron hasta F'ilipinas, visitando varios puntos, sin lograr éxito, hasta que, en 1617,
fueron derrotados en Playa Honda. Un nuevo ataque realizado poco después, fue infructuoso, y ya
desde entonces se dedicaron los holandeses a interceptar las comunicaciones con México,
apoderándose de los buques que de allí venían; cosa que no lograron, por lo común. También
trataron de indisponer con los españoles al emperador del Japón, con quien años hacía manteníanse
relaciones (§ 644).
Una circunstancia nueva vino a favorecer la causa española, aunque en la intención iba
dirigida a perjudicarla. Los comerciantes holandeses habían formado una Compañía, llamada de
Indias, para explotar el comercio asiático. Los ingleses formaron otra análoga, que en 1613
comenzó a ejercer la acción en aquellos países. En 1619, ambas Compañías se aliaron, y esta
alianza claro es que debería traducirse en hostilidad a portugueses y españoles. Pero la rivalidad de
holandeses e ingleses tornó, por el contrario, en beneficiosa esta Competencia, y, por lo pronto,
favoreció la continuación de España en las Molucas.
En las Antillas y, en general, en América, después de la expedición de 1615 no hubo otra
importante de carácter oficial. En cambio, abundaron los ataques de los piratas de distintas
nacionalidades, que, ora esperaban el regreso de las flotas, ora procuraban sorprender los puertos
cercanos, yendo en expedición hasta de Argel. Parte de estos piratas se fijaron pocos años después
en una de las pequeñas Antillas (San Cristóbal), dando origen a las famosas compañías de
flibusteros o bucaniers (§ 658).
Carácter pirático tuvo también la expedición a tierras de Guayana, hecha por el marino inglés
W. Raleigh, no obstante la prohibición de su gobierno y las reclamaciones del embajador español.
Raleigh, después de un desembarco en Canarias, atacó la ciudad de Santo Tomé (sobre el Oricono),
que desalojó poco después, con pérdidas de hombres. Vuelto a Inglaterra, fue condenado a muerte.
Todos estos azares no eran obstáculo para que los españoles siguiesen haciendo exploraciones
por tierra y por mar con objeto de descubrir nuevas tierras, y ensanchando por conquista los
territorios ya dominados en América. De la frecuencia de las exploraciones en el continente,
atestiguan los muchos asientos o contratos que se hicieron y las relaciones que de ellas, han
quedado, especialmente desde 1605 a 1618. Las más importantes fueron: la de Sánchez Vizcaíno
(1602-03), por la costa O. de California, con ánimo de encontrar un punto de escala favorable para
los buques que iban a Filipinas y volvían de allí: de esta expedición resultó la fundación de la
ciudad de Monterrey, y fue seguida por otras de igual propósito; la de Pedro Fernández de Quirós,
por la Oceanía, que produjo el conocimiento de las Nuevas Hébridas, de parte de la costa de Nueva
Guinea y Australia, y el descubrimiento del estrecho de Torres (llamado así por su descubridor,
Váez de Torres); las verificadas al N. de la Florida en 1605-1609; las del S. de Río de la Plata;
varias hechas en Centro América con el antiguo empeño de hallar el estrecho que comunicase
ambos mares; la exploración del Cabo de Hornos (1617-18), sospechado desde 1549 por los
marinos españoles y descubierto en 1615 por los holandeses; y varios viajes al Japón (desde 1608),
donde se establecieron, como ya dijimos, buenas relaciones con el emperador de aquel país. Uno de
estos viajes, dirigido por Sánchez Vizcaíno, tuvo importancia científica para la hidrografía.
En Chile continuó la guerra con los araucanos, casi permanente, a excepción de un brevísimo
período de política pacífica planteado, con permiso del rey, por el P. Luis Valdivia, jesuita. En la
guerra, las ventajas fueron, unas veces para los auracanos y otras para los españoles.
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En el Plata, la gran novedad fue la división del territorio dominado en dos provincias (1617),
una llamada del Paraguay y otra del Río de la Plata. Por este tiempo comenzaron también las luchas
con los portugueses establecidos en el Brasil, y particularmente con los aventureros y deportados
que fundaron la ciudad de San Pablo, próxima a la frontera. Estas luchas habían de traer
consecuencias graves más adelante.
gobierno francés.
descrédito para la causa española, por falta de recursos. Los holandeses, aumentado su ejército,
recuperaron algunas de las plazas que Spínola les había tomado, y amenazaron gravemente otros
puntos de Flandes. En 1635, el gobierno español trató de terminar la lucha, por un tratado en que
Holanda se convertiría en aliada para contrarrestar el poder de Francia; pero Richelieu desbarató las
negociaciones, y bien pronto, sustituido él en la proyectada alianza, vendría a precipitarse el
desenlace.
Ya hemos visto que España había intervenido en la guerra, llamada de los Treinta Años, parte
por intereses dinásticos (para ayudar a los Habsburgos de Austria), parte por motivos, religiosos (§
647). Francia tenía gran interés en esta guerra;, pero antes de decidirse a tomar parte en ella, se
quiso asegurar la cooperación de Suecia y la alianza con este reino, que definitivamente obtuvo en
1631; no intervino, sin embargo, directamente hasta 1635, al ver que, por las victorias de los
imperiales y españoles, y particularmente por la importante batalla de Nordlingen (1634), que
deshizo al ejército sueco (merced, sobre todo, a las condiciones militares de la infantería española,
mandada por el infante Don Fernando, hermano de Felipe IV), peligraba el éxito de la guerra.
Entonces, fortalecida por alianzas ofensivas y defensivas con los holandeses, los suizos, los duques
de Saboya, Parma y Mantua y los protestantes alemanes, entró en acción resueltamente (1635).
España se vio atacada en Flandes, en Italia y en sus mismas fronteras. En Flandes, después de
victorias que hicieron penetrar al ejército español hasta Corbia, a 20 leguas de París (1636),
vinieron las derrotas que pusieron en manos de Francia el Artois. En Italia, donde se combatió por
mar y por tierra, la ventaja final estuvo también por las tropas francesas. En la frontera pirenaica, un
reducido ejército español invadió por el O. el territorio enemigo (1636), apoderándose, por breve
tiempo, de San Juan de Luz y otros puntos, al paso que nuestra escuadra bloqueaba a Bayona y
obtenía numerosas presas (1637-38). Por su parte, los franceses entraron en la Cerdaña y el
Rosellón, dominándolos; pero dos intentos de fijarse más acá de los Pirineos, uno por la parte de
Irún (1638), otro por la de Cataluña (1639), se vieron rechazados, aunque con pérdidas sensibles por
nuestra parte en el heroico sitio de Fuenterrabía y en la destrucción de una escuadrilla en Guetaria
(1638). Por mar, los franceses atacaron a la Coruña, sin resultado, y causaron daños en la costa
cantábrica. En 1639, también, una flota española fue derrotada por los holandeses frente al puerto
inglés de Downs (las Dunas), mientras, por otra parte, nuestros buques hacían a los enemigos
frecuentes presas. En 1641, volvieron tropas francesas a Cataluña, como auxiliares de los
sublevados (§ 654), obteniendo ventajas contenidas por la tenaz defensa de Lérida (1641) y el
descontento que, al cabo, produjo en los catalanes la conducta de los franceses.
La muerte de Richelieu (1642) y del Rey Luis XIII (1643) hizo posible, por un momento, la
paz; pero aunque Olivares la deseaba, no se llegó a ella. El ejército español de Flandes, mandado
por el portugués Don Francisco de Mello (el infante Don Fernando había muerto en 1641), atacó la
plaza francesa de Rocroy; pero las tropas enviadas en socorro, bajo la dirección del príncipe de
Condé y el mariscal L'Hopital, derrotaron en una sangrienta batalla (19 de Mayo de 1643) a los
soldados de Mello. El efecto moral de esta derrota fue enorme. Significó el golpe de gracia al
prestigio militar de nuestra infantería, que durante cerca de dos siglos había sido el elemento
guerrero más considerado y temido en Europa. Resultado de la victoria de Condé fue la toma de
Thionville y otras poblaciones, la del puerto de Dunkerke (con auxilio de la marina de Holanda), la
ocupación de la Flandes occidental y la nueva victoria de Lenz (1648). En Italia perdieron los
españoles, en este segundo período de la guerra, el territorio mantuano, los fuertes de Toscana y las
islas de Porto-Lonzone y Piombino. Las derrotas sufridas por las tropas imperiales en Alemania
trajeron al cabo la terminación de la guerra de los Treinta años, que desde 1641 se estaba
negociando en el Congreso diplomático de Westfalia.
De los tres tratados que constituyeron la llamada paz de Westfalia, sólo uno interesó
directamente a España: el firmado en Münster (30 de Enero de 1648) con Holanda, y en virtud del
cual se reconocía la independencia de las Provincias Unidas, agregando a ellas parte de Flandes,
Brabante, Limburgo y las colonias que en Asia habían ido conquistando los holandeses. La
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comisión que se constituyó, a raíz del tratado, para fijar los límites entre los Estados independientes
y los que quedaban bajo el dominio español, tardó trece años en llegar a un acuerdo, que se firmó en
La Haya el 26 de Diciembre de 1661. Así termina la secular lucha empezada en tiempo de Felipe II.
Olivares hacía tiempo que deseaba y había intentado esta solución, que, de haberse realizado
más pronto, hubiese cambiado el aspecto de la lucha con Francia. A España le quedaron los
territorios flamencos y el Franco Condado; pues el Artois estaba, de hecho, en poder de Francia.
de Andalucía, capturando en 1656 una flota, destrozando varios navíos españoles en Tenerife
(1657), Y apoderándose de Jamaica; pero la guerra de corsario que España hizo a la marina inglesa,
produjo mayores males en el comercio de la nación británica. Al fin, como hemos visto, firmó
Cromwell un tratado ofensivo-defensivo con Francia.
Juntas las dos naciones, emprendieron la que había de ser última campaña de la guerra (1657-
1659). Resultado de ella fue perder España nuevamente las plazas de Mardick, Dunkerke y
Gravelinas (1657-58); ser derrotado nuestro ejército de Flan-des, mandado por Conde, en la batalla
de las Dunas (1658) y otras, y el de Italia por las fuerzas reunidas de Francia, Saboya y Módena.
La paz se imponía, y tanto como España, parece haberla deseado la regente francesa. Doña
Ana, hermana de Felipe IV. Ya fuese cediendo a la presión de ésta, ya a un plan que buscaba en lo
futuro la incorporación de España a la corona de Francia, Mazarino entró nuevamente en
negociaciones, sobre la base del casamiento de la infanta María Teresa con el rey francés Luis XIV.
Después de una discusión de tres meses sostenida por Mazarino y Don Luis de Haro, en la isla
llamada de los Faisanes (en el Bidasoa), se firmó el tratado que lleva el nombre de los Pirineos
(1659). Se estipuló en él la cesión a Francia de la Cerdeña y el Rosellón, o sea el reconocimiento
del Pirineo por frontera Sur; la de Artois (menos dos poblaciones de este territorio), el Luxemburgo
y varias plazas importantes de Flandes (Gravelinas, Esclusa, Bourboug, etc.); el matrimonio real ya
citado, con dote de 500.000 escudos de oro, a cambio de renunciar la infanta a sus derechos al trono
español y el perdón del príncipe de Condé. Los enlaces matrimoniales que en 1615 pusieron fin a la
anterior guerra con Francia (§ 648), no habían producido resultado político alguno favorable a
España. El que en 1659 se ajustó había de traer consecuencias transcendentales para nuestra patria.
ultrapirenaicas, hizo que el gobierno central llevase allá tropas de las que servían en Castilla e Italia,
y barcos de la marina real. La presencia de toda esta gente —que allí se tenía por extraña— y los
abusos que, conforme a la usanza militar de aquellos tiempos, cometía (cosa, no por deplorable,
menos corriente en todo el mundo), excitaron desde luego el descontento popular. En 1629 hubo ya
en Barcelona choques sangrientos entre soldados y paisanos. Aun donde las cosas no llegaban a
tanto, el simple arreglo de los alojamientos promovía disgustos, pues los catalanes tenían por fuero
suyo no conceder en casos tales más que habitación, cama, mesa, fuego, sal, vinagre y servicio,
correspondiendo pagar todo lo, demás al alojado, y los apuros de la aglomeración de tropas y de la
falta de dinero llevaban a excederse de tales reglas. Contra todo esto, las autoridades catalanas
dirigieron en 1630 reclamaciones, que en 1632 reprodujeron ante el rey.
Al ausentarse éste nuevamente de Barcelona en 1632, quedó de virrey el Cardenal-Infante,
cuya gestión en asuntos militares produjo nuevos rozamientos. Así las cosas, vino de Madrid orden
para que se aplicase en la ciudad el tributo llamado del quinto (un quinto de las rentas del
Municipio) y contra ella alzaron su reclamación los concelleres y la Generalidad, a la vez que
menudeaban las quejas de los aldeanos por el modo de conducirse con ellos la tropa desparramada
por toda la región. El gobierno procuraba, sin embargo, evitar o reprimir estos desmanes, como en
la guerra con Portugal se había hecho (§ 640). El propio Conde-Duque no vacilaba en reprender a
los mismos jetes, como así lo hizo en 1639 con el marqués de Torrecusa, quien había tratado mal a
un paisano por haber pronunciado palabras ofensivas contra los napolitanos.
Complicábase la situación con las intrigas de Francia, que procuraba atraerse a la población
catalana de la frontera, y especialmente a los nobles, aprovechándose de las sangrientas luchas entre
las clases populares y los restos de señorío feudal, tanto civil como eclesiástico, que desde
comienzos del siglo tenían en verdadera guerra civil gran parte del territorio catalán y fomentaban
el bandidaje y la afición a la vida de aventuras (§ 669). El sentimiento de propia conservación pudo
más, por de pronto; y así, al invadir los franceses en 1639 el Rosellón y apoderarse de la villa de
Salces o Salses, Cataluña levantó sus somatenes, que, en unión de las tropas castellanas, acudieron
en socorro de los roselloneses, logrando recobrar aquella plaza en 6 de Enero de 1640.
La cuestión de los alojamientos continuaba produciendo desavenencias. Los apremios de la
guerra hicieron menudear las órdenes terminantes para que se aposentase a los soldados, aunque
fuera echando de sus camas a los vecinos, «supuesto que con el enemigo a la frente no es tiempo de
admitir réplicas» (Marzo de 1639), y que proveyesen los pueblos al mantenimiento de las tropas
(Marzo de 1640). La falta de dinero trajo otras medidas, como la de intentar apoderarse de la
administración de las rentas de la Generalidad. En pleno Consejo real, Olivares dijo (1640) que era
necesario saltar por todo y obligar a los catalanes a que contribuyesen a las cargas públicas en
relación con su riqueza. Por último ordenóse una leva forzosa de catalanes, con ánimo de
incorporarla al ejército de Italia, y en esto decía la orden que había de procederse sin atender «a
menudencias provinciales».
Pero si todo ello fue materia a encender la indignación pública —y, muy especialmente, la de
las autoridades barcelonesas y de los hombres de posición y cultura, más apegados a la letra de sus
privilegios que otros algunos, preparando así elementos para una sublevación—, el impulso vino de
los aldeanos, y su motivo fue, principalmente, el recelo que las tropas extranjeras causaban y los
desmanes que a su paso iban produciendo las que, en 1640, se retiraban del Rosellón hacia el
interior de Cataluña. Es curioso advertir que el recelo de los aldeanos no procedía sólo del
contrafuero representado por la presencia de fuerzas armadas no catalanas, sino también, y muy
principalmente, de motivos religiosos. La variedad de gentes (napolitanas, modenesas, irlandesas)
que formaban el ejército, y la libertad de maneras, común en los asalariados de entonces,
autorizaban el supuesto de que eran «herejes y contrarios a la Iglesia»: supuesto que explotaron
admirablemente los que, interesados en producir un levantamiento, sembraban el país de folletos
excitadores. Los primeros en levantarse fueron los montañeses del Ampurdán y del O. de la
provincia de Gerona, descendientes de los payeses del siglo XV (§ 508), los cuales atacaron a las
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tropas del rey que, «combatidas y hambrientas», se acercaron a Gerona. Presúmese que en el ataque
a los tercios acampados cerca de esta capital, hubo premeditación de parte del cabildo gerundense y
de vecinos de Gerona, así como es seguro que hubo falsedad en la voz de alarma dada a los
centinelas de las murallas, haciéndoles creer que los tercios incendiaban las puertas de la ciudad (18
de Mayo). En la parte O. de la provincia (Amer) y en el S. (Santa Coloma de Parnés, Riu d'Arenas,
Palau Tordesa) menudearon los choques entre aldeanos y soldados, con represalias terribles de una
parte y otra, durante aquel mes de Mayo, hasta que el día 22 llegó a las puertas de Barcelona una
masa de más de 3.000 payeses bien armados, cuyo estandarte era un gran crucifijo, y cuyos gritos
de combate decían: ¡Vía fora! ¡Vía fora! ¡Visca la Iglesia! ¡Visca'l rey y muyra lo mal govern!
Después de libertar a varios presos, las turbas volvieron a marchar hacia el Ampurdán, atizando
cada vez más la rebelión, asesinando a los oficiales refugiados en los conventos y hostigando a las
tropas, que en su marcha hacia el Rosellón cometieron actos terribles de venganza en Calonge,
Palafrugell, Rosas y otros pueblos. Parte de ellas bombardeó y saqueó, el 11 de Junio, la villa de
Perpiñán.
Cinco días antes, un formidable motín ocurrido en Barcelona (día del Corpus), sostenido
principalmente por los aldeanos segadores al grito de ¡Visca la terra y muyran los traidors!
reprodujo las escenas sangrientas de otras localidades, con saqueo de muchas casas y asesinato de
no pocas personas, entre ellas el virrey conde de Santa Coloma, que se había hecho odioso por su
extremado rigor. Aquel acto señaló el triunfo de la revolución y el comienzo de la guerra civil entre
el Poder central y los catalanes que simpatizaban con el espíritu del levantamiento.
Septiembre el ejército real, mientras que un embajador de Francia trataba en Barcelona (Octubre)
con la Diputación y particularmente con el presidente de ésta, Claris (representante característico
del espíritu separatista dominante entonces en Cataluña), de convertir en definitivo el convenio de
Agosto. Resultado de estas negociaciones fue, primero, el acuerdo de proclamarse Cataluña en
república bajo la protección de Francia, y más tarde, visto que le sería imposible a aquélla soportar
los gastos de la guerra con Felipe IV, el reconocimiento de la soberanía del monarca francés, Luis
XIII, proclamado Conde de Barcelona. El tratado de 16 de Diciembre de 1640 y la proclamación de
23 de Enero de 1641, fueron las expresiones exteriores de estos acuerdos.
Mientras tanto, el ejército real avanzaba por el S. de Cataluña, desde Tortosa (7 de Diciembre
de 1640), apoderándose de muchos pueblos y entrando en Tarragona el 23. Claris convocó el
somatén general el 25, y el 26 las tropas de Felipe IV se presentaban a la vista de Barcelona,
comenzando el período ardoroso de la guerra.
Tropas y barcos franceses acudieron a la defensa de los barceloneses y al bloqueo de
Tarragona. Un primer ataque a la capital y su castillo (batalla de Montjuich: 26 de Enero) fue
desastroso para los realistas, que hubieron de retirarse nuevamente hacia Tarragona. Coincidió este
hecho casi con la muerte de Claris, caudillo de la causa catalana. Le sustituyó en esta representación
Don José Margarit, quien, en Octubre de 1641, estuvo en París como embajador para pedir al
monarca francés más eficaz ayuda de la que hasta entonces había dado. En 1642 sitiaron los
franceses a Perpiñán y Rosas, capitulando en 8 de Septiembre la primera población; un cuerpo de
ejército castellano se rindió a los enemigos en Villafranca y otro era derrotado frente a Lérida,
mientras que por mar dábanse frecuentes batallas y escaramuzas, principalmente frente a Badalona.
La muerte de Richelieu y de Luis XIII (§ 652) y el haber despedido Felipe IV del gobierno a
Olivares (17 de Enero de 1645), fueron acontecimientos que prepararon un cambio en la marcha de
la guerra. A ellos se unió bien pronto una consecuencia, fácil de prever, de la sumisión a Francia
por parte de los catalanes y de la entrada de las tropas de aquel país en Cataluña; y fue que de éstas
y de las autoridades del rey francés empezaron a recibir los naturales del país iguales vejaciones y
agravios que los recibidos de parte de los virreyes y tercios de Felipe.
La campaña de 1644 fue muy favorable a los realistas. Derrotado el mariscal francés
Lamothe, fue tomada Lérida, para no volver a caer en poder del enemigo; y Palau, cerca de Rosas,
cayó rendida por la guarnición de esta última plaza. En 1645, la acción militar del Conde de
Harcourt, nombrado por Luis XIV virrey de Cataluña, inclinó de nuevo la victoria del lado de
Francia, con la rendición de Rosas, Urgel, Balaguer y otros puntos, aunque fracasó en Lérida. Con
varias alternativas (entre ellas nueva derrota del príncipe de Conde frente a Lérida) se pasaron los
años 1646 y 1647. En 1648, los franceses se apoderaron de Tortosa; pero en el siguiente año, las
armas castellanas recobraron la supremacía, avanzando por el S. hasta cerca de Barcelona, al mismo
tiempo que el descontento producido por las demasías de las tropas francesas, el cansancio de la
guerra y otras causas, producían una reacción del espíritu felipista en Cataluña, expresada en
frecuentes conspiraciones al frente de las cuales figuraban personas de gran significación. Una de
esas conjuras, fue la tramada por Doña Hipólita de Aragón, baronesa de Albi, quien se proponía dar
muerte a los afrancesados de Barcelona, entre los cuales figuraba su marido. Descubierta la conjura,
la baronesa fue desterrada.
En 1651, el ejército real, mandado por Don Juan de Austria, hijo natural de Felipe IV, puso
sitio a Barcelona, sin que, a pesar de nuevos refuerzos enviados por Francia en 1652, consiguiesen
los sublevados hacer retroceder a las tropas castellanas. Los motivos de disgusto respecto de los
franceses (que cometieron crueldades terribles, v. gr. en Vich), el deseo íntimo en éstos de llegar a
una paz honrosa —deseo que, sin ser explícito, se transparentaba en muchas cosas, creando gran
desconfianza por parte de los catalanes— y el espíritu contemporizador del gobierno castellano, que
anunciaba no pretender la supresión de los fueros de Cataluña, fueron causas que precipitaron el
término de la guerra. El incendio de los almacenes que en San Feliú de Guíxols tenían los
barceloneses, realizado por las tropas de Don Juan de Austria, constituyó nuevo quebranto para los
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sitiados. Al mismo tiempo, los franceses, ya por el intento arriba mencionado, ya por las
dificultades que la Fronda creaba a su gobierno, flaqueaban en el socorro a la rebelión.
Sucesivamente, los realistas se apoderaron de Mataró, Canet, Calella y Blanes (Septiembre de
1652). San Feliú de Guíxols y Palamós se rindieron en seguida, y la Diputación general, que se
encontraba en Manresa, reconoció a Felipe IV. En Barcelona venció el partido favorable a la paz.
Los recalcitrantes, con Margarit a su frente, huyeron a Francia, y Barcelona se rindió en 11 de
Octubre de 1652. En 3 de Enero de 1653, Felipe IV confirmó los fueros catalanes, con algunas
reservas (§ 681), y en 8 de Febrero mandó recoger todos «los escritos, actos y papeles que se
hubieran hecho en tiempo de las alteraciones de ese Principado en la forma que el Señor Rey Don
Juan el segundo lo mandó ejecutar el año de 1472», así como todos los documentos expresivos de
beneficios, o gracias o privilegios obtenidos del rey francés por «cualquier persona o Universidad».
Esta orden se publicó por bando, en Barcelona, el 29 de Marzo.
La sumisión de la capital y de todo el territorio catalán de aquende los Pirineos, no terminó la
guerra, sin embargo. La sostuvieron: de una parte, Francia, y de otra, los refugiados catalanes,
quienes, con tropas de Luis XIV y guerrilleros separatistas, acometieron diferentes veces a Gerona y
aun llegaron a las puertas de Barcelona en dos de las expediciones; sin que ni esto, ni la toma da
Castelló de Ampurias (1655), Puigcerdá, Seo de Urgell, Berga (1654), Hostalrich (1655) y otros
pueblos, trajeran efecto definitivo. Al lado de las tropas reales batallaron otras catalanas, contra
francesas y separatistas. La paz de los Pirineos (§ 653) puso fin a la lucha.
puntos, ya para conseguir que se fundiesen la nación portuguesa y la castellana, no sólo los que
naturalmente habían de ocurrirse de la exposición de los mismos males (que el rey visitase a
Portugal con frecuencia, que se arreglasen las rentas públicas, etc.), sino, también, que se diese a los
portugueses empleos en Castilla, «particularmente en embajadas y virreinatos, presidencias de la
Corte y alguna parte de los oficios de la Real Casa», llevando en cambio castellanos a Portugal,
para que se mezclasen los vasallos del Rey, «que se reputan por extranjeros».
Este consejo, interpretado como una muestra de querer reducir la autonomía de Portugal, o
sea, de estrechar la unión con Castilla, fue, apenas conocido, uno de los principales agravios que
empezaron a propalarse contra Olivares y que aprovecharon los que pensaban en una sublevación.
También fue motivo de descontento la renovación de la benevolencia de Lerma respecto de los
judíos, es decir, el levantamiento de la prohibición que sobre éstos pesaba, de poder vender sus
bienes al emigrar (1629); y aunque tampoco consiguieron entonces la igualdad civil que pretendían,
fue aquella concesión bastante para que el clero y el pueblo produjesen algunos tumultos.
Juntóse bien pronto a este motivo, otro de los que más efecto suelen hacer en las masas, y fue
el relativo al aumento de los tributos. Las guerras terribles en que España se veía metida o en que la
complicaban sus gobernantes, exigían cada vez nuevos sacrificios, tanto más graves cuanto que, en
general, los españoles no se daban cuenta de los motivos de política internacional que los
producían, ni, por tanto, sentíanse arrebatados por ellos: cosas ambas que con mayor fuerza habían
de producirse en los portugueses. Con la entrada en el virreinato de la duquesa de Mantua, en 1635,
comenzaron a imponerse los nuevos tributos, contra los cuales protestó el país. Por todo remedio, se
le ocurrió a Olivares sustituirlos por uno solo, cuya cuantía era superior a todos los anteriores
reunidos: singular remedio que mucha gente interpretó, más que como torpe disimulo de una
agravación real, como deliberada exageración para promover un levantamiento y realizar los planes
unitarios del Conde-duque.
Fomentada la efervescencia pública por el clero —que, a más de los motivos ya dichos,
contaba como otro más las concesiones, aunque leves, de subsidios que sobre rentas eclesiásticas
había concedido el Papa a la corona—, estalló el primer motín en Evora (1637), corriéndose bien
pronto a todo Portugal, aunque ni la nobleza, ni la burguesía, ni el duque de Braganza lo alentaron.
A ninguno de ellos parecía convenirles una sublevación, no obstante que los nobles estaban
quejosos de que se diesen señoríos en Portugal a gente española; pero tanto ellos como la clase
media esperaba más de sus peticiones a la corte de Madrid que del empleo de la fuerza. Quedó con
esto sofocado bien pronto aquel primer chispazo; pero los motivos que lo habían producido seguían
y se agravaron con otros. Cargáronse más los impuestos; se sacaron tropas de Portugal para las
guerras de Flandes, y Olivares, receloso del duque de Braganza, no obstante la pasividad de éste,
trató de alejarlo del país nombrándolo virrey de Milán. Pero el duque rehusó, y entonces,
cambiando de sistema, se le confió el gobierno militar de Portugal, autorizándole para que reparase
las fortalezas del reino, a cuyo propósito se le envió dinero desde España. Seguramente, el duque se
hubiera contentado con esto; pero su mujer (española de origen, hermana del duque de
Medinasidonia) era ambiciosa; conocía el fermento que trabajaba al pueblo portugués y alentaba la
conspiración. Los sucesos de Cataluña dieron la causa ocasional que se buscaba.
Una orden de 24 de Agosto de 1640 intimó al duque y a la nobleza toda que marchasen a
unirse al ejército real. La nobleza se rebeló y la conjura vino a estallar el 1 de Diciembre. La regente
fue presa; su ministro Vasconcellos muerto, y rápidamente, la sublevación se hizo general y se
apoderó de las fortalezas y de los buques anclados en Lisboa. El duque fue proclamado rey con el
título de Juan IV. Un manifiesto, publicado poco después (1641), trató de justificar la sublevación,
alegando algunos de los motivos que antes hemos expuesto, más otros relacionados con las
complicaciones internacionales que por la unión de Castilla sobrevinieron a Portugal, y con las
pérdidas sufridas en las colonias: cosa esta última en que no era justa la alegación (§ 650).
Las circunstancias no se ofrecían como las más a propósito para que pudiese el rey reprimir la
sublevación portuguesa. La guerra de Cataluña y la de Francia distraían los mejores elementos
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disponibles, y el agotamiento general del país y de la Hacienda no daban lugar a mayores esfuerzos.
Aun así, algo más de lo que se hizo pudo hacerse en los primeros momentos3, si el Capitán general
de Andalucía, duque de Medinasidonia, hubiese cumplido inmediatamente las órdenes que recibió
para acudir a Portugal con los buques y soldados que estaban reunidos en Cádiz para una
expedición al Brasil en defensa de las colonias. Pero el duque, bien por su parentesco con la nueva
reina portuguesa, bien porque alimentase ya los propósitos de que poco después dio muestra (§
657), eludió maliciosamente el cumplimiento de lo ordenado y dio pie a que la sublevación ganase
terreno.
El nuevo monarca portugués se apresuró a fortalecerse mediante alianzas con Francia (1 de
Junio de 1641), con Holanda (12 de Junio) y con Inglaterra más tarde (Enero de 1642). Las dos
primeras naciones enviaron desde luego escuadras; y unida la holandesa con algunas naves de
Portugal3, comenzó desde luego las hostilidades por mar, en dos batallas, la primera sin resultado
mayor, la segunda victoriosa para los españoles que deshicieron la flota combinada de los
enemigos. Generalizada la guerra, aunque sostenida débilmente por Felipe IV —por los motivos ya
expuestos—, fue poco activa de una parte y de otra en los primeros años, si bien los portugueses
ganaron (1644) la batalla de Montijo. En 1648, la paz de Westfalia redujo los aliados de Portugal, y,
no obstante los reclutamientos hechos en Irlanda, Alemania e Italia, los partidarios de Juan IV
sufrieron gran quebranto, logrando ventajas las armas de Felipe, que se apoderaron de Olivenza, no
consiguiendo más por apatía de los jefes. La paz de los Pirineos quitó también, aparentemente, a
Portugal el auxilio de Francia; pero Mazarino siguió ayudando a la sublevación ocultamente, y Juan
IV, que ya en 1654 había celebrado un tratado con Cromwell, lo ratificó en 1661, con Carlos II,
obteniendo, a cambio de una sumisión grande a Inglaterra, el decisivo apoyo de ésta contra España.
Ya en el mismo año de la paz de los Pirineos, los portugueses derrotaron en Elvas al general
español Don Luis de Haro. En 1661, Don Juan de Austria, poniéndose al frente del ejército, tomó la
ofensiva de una manera enérgica, invadiendo el Alemtejo y apoderándose (1663) de Evora y
Alcacer-do-Sal. Pero en este mismo año, siéndole imposible, por la eterna falta de recursos,
desarrollar todo su plan, fue vencido en Amegial por el mariscal francés Schomcerg, y los
portugueses, rehechos merced al impulso del conde de Castelmelhor, hombre organizador, no sólo
ganaron otras batallas, sino que libertaron el Alemtejo y penetraron en Extremadura. La victoria de
Villaviciosa (1665), obtenida sobre el ejército del sucesor de Don Juan de Austria, conde de
Caracena, fue decisiva para afirmar la independencia de Portugal, y virtualmente puso fin a la
guerra. En este mismo año murió Felipe IV, y su sucesor, aunque al principio obtuvo algunas
ventajas en la guerra, no obstante el auxilio que a los portugueses prestaba Francia, acabó por
acceder a la mediación de Inglaterra, y en 15 de Febrero de 1668 reconoció la fuerza de los hechos
por un tratado de paz en que admitía la existencia del nuevo reino, con todas sus antiguas colonias
(las que no habían sido arrebatadas por los holandeses, que aunque aliados de Portugal, se
aprovecharon de la guerra para seguir en mayor escala sus antiguos despojos). La plaza de Ceuta
fue la única que quedó en España.
reforzado por gentes del campo, y se adueñó de la ciudad, cometiendo todo género de excesos.
Como jefe de los amotinados figuraba un pescador llamado Masaniello (Tomás Aniello). Francia,
advertida prontamente de lo ocurrido, envió buques con intento de fomentar la sublevación y de
destruir lo que pudiese en los barcos de guerra anclados en Nápoles; pero este último propósito no
lo consiguió. Durante tres meses, los amotinados camparon por sus respetos en las calles, hasta que
llegó Don Juan de Austria con una fuerte escuadra, con la cual cañoneó la ciudad, a tiempo que los
soldados atacaban las barricadas. No se consiguió con esto sino aumentar la sublevación y que los
napolitanos se proclamasen en república independiente, buscando la protección de Francia, que,
como hemos visto, no deseaba otra cosa. De conformidad con ello, el 14 de Noviembre llegó a
tierras de Nápoles el duque de Guisa para ponerse al frente de los sublevados, y en Diciembre arribó
una escuadra francesa, pero ni una cosa ni otra dieron el resultado apetecido, por desavenencias
entre los jefes de la sublevación. Guisa y el almirante de la escuadra. Ésta, batida por la española,
regresó a sus costas sin causar gran daño.
No mejoraba, sin embargo, la situación de la ciudad, por lo que Don Juan de Austria decidió
tomar el gobierno, haciendo que el duque de Arcos embarcase para España. Consiguió así atraerse
varios elementos de la clase media napolitana. En Marzo de 1648 llegó con refuerzos el nuevo
virrey, conde de Oñate, y se realizó un ataque enérgico a las trincheras de la ciudad, logrando
apoderarse de ellas y rechazar a los sublevados. Como el movimiento se había extendido a los
demás pueblos del virreinato, aun reconquistada la capital, duró algún tiempo la guerra. Mas
aflojando el auxilio de Francia, y prisionero el duque de Guisa de los españoles, fueron rindiéndose
los puntos en que se mantenía la sublevación, sin que nuevos intentos de reanimarla, hechos por
escuadras francesas en Junio y Agosto de 1648, dieran resultados de importancia.
Dentro de la península agitábanse fermentos de separatismo y de irreverencia al poder,
alentados en parte por el ejemplo de Portugal y Cataluña, en parte por las ambiciones que el sistema
de privanzas despertaba, y aguijoneados por el desconcierto gubernativo y los abusos en materia de
impuestos, que daban pie a los pasquines y sátiras que muy a menudo aparecían e, la misma capital.
En Aragón, donde el descontento agitaba los ánimos, no llegó a producirse ningún
movimiento, aunque pudo temerse en la misma época en que el rey se trasladó a Zaragoza con
motivo de la guerra de Cataluña (§ 655). Hubo sí una conspiración, urdida principalmente por Don
Carlos de Padilla, oficial superior del ejército, y cuyos propósitos eran de sublevar Aragón, hacer
rey de él, al duque de Híjar, casar por fuerza a la infanta María Teresa con un hijo del duque de
Braganza y matar a Felipe IV; pero el programa era más aparatoso que temible, por la falta de
medios de los conjurados, su escaso número y la adhesión más platónica que efectiva, al parecer, de
alguno de ellos tan importante como el duque de Híjar. Descubierta la trama, se hizo escarmiento
duro en Padilla y un portugués, confidente suyo, y el duque fue reducido a prisión hasta su muerte.
En Andalucía y en Vizcaya, las cosas llegaron a mayores. De la sublevación de Andalucía
fueron promotores el propia Capitán general de mar y tierra, duque de Medinasidonia (magnate que,
además de la fuerza e importancia representadas por su jurisdicción en aquel territorio, poseía en él
extensas propiedades) y el marqués de Ayamonte. Tuvo el duque propósito de declararse
independiente, con título de rey, y al efecto tramó una conspiración, o, por mejor decir, aceptó la
trama que le propuso el citado marqués, cuyas intenciones últimas parece que fueron las de
prescindir del duque y erigir la región de Andalucía en república. Los conspiradores contaban con el
auxilio de Portugal, Francia y Holanda; pero descubierta la trama (1641), fueron castigados
severamente los principales comprometidos (el marqués de Ayamonte fue degollado públicamente,
tras un laborioso proceso, en 1648), y el duque debió la vida tan sólo a la intercesión de Olivares, de
quien era sobrino.
Anterior, y de un carácter muy distinto, fue la rebelión de Vizcaya. Tuvo origen en el disgusto
causado por el propósito que el Gobierno central mostró, de establecer en aquella provincia el
estanco de la sal, contradiciendo, no sólo la exención de que por fuero gozaban los vizcaínos, más
también la promesa que sus diputados generales habían hecho al pueblo cuando, poco antes, éste
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prestara no sin repugnancia, por no creerse obligado a ello) el servicio militar al rey con subsidios y
soldados. Manifestáronse los primeros chispazos de la rebelión en la Junta celebrada en Guernica en
Septiembre de 1631. Un grupo de exaltados, recelando que los diputados no habían de mantenerse
con tanta energía como se deseaba en la defensa de los fueros, vertió amenazas graves y declaró que
era preferible sustituirlos por los «caseros» de la montaña, es decir, los labradores. Sin embargo, no
hubo mayor alteración del orden hasta un año después, con motivo de la baja decretada en el precio
de la sal. Protestó de esto el Regimiento general, y mandó que todos los municipios publicasen la
protesta; mas como se resistiese a esta publicación el Ayuntamiento de Bilbao, por miedo de
incurrir en desobediencia al rey, amotinóse el pueblo, que invadió la Casa comunal y amenazó de
muerte al Alcalde y Regidores. Siguiéronse muchos días de disturbios, en que los exaltados
persiguieron a personas importantes de la ciudad, no obstante el patriotismo probado de algunas de
ellas, por ejemplo, el regidor Echavarri, autor de un Memorial dirigido al rey en defensa de los
fueros vizcaínos. Ya por entonces apuntaban en muchos de los amotinados ideas de carácter social,
de un odio a los ricos y de un sentido igualitario muy acentuados. Las violencias fueron subiendo de
punto, convirtiéndose en verdaderos crímenes, tan numerosos, que las autoridades tuvieron que
pensar en ponerles pronto remedio. Sin extremar las cosas, envióse a Vizcaya a un Fiscal del rey,
Don Lope de Morales (Corregidor perpetuo que era, también, de aquella provincia) y al duque de
Ciudad Real, para que viesen de apaciguar los ánimos. El duque era hombre a propósito para esto,
por su discreción suma, unida a toda la energía necesaria. Se le recibió bien, pero no así a Morales,
contra cuya venida se levantaron en armas muchas gentes de Bilbao y de los pueblos vecinos; mas
el duque se impuso y Morales entró en la capital, sin más protesta que la de un clérigo, el Dr.
Armona, cabeza de motín.
El anuncio de que venía nuevo corregidor, excitó otra vez a los exaltados, quienes, al propio
tiempo, pedían franquicias y fueros desusados y nunca oídos, intentando obtenerlos por la fuerza. A
las amenazas del duque, contestaron «que el Monarca no tenía poder ni fuerzas para conquistar a
Vizcaya, respecto de que, aunque fueran gruesos ejércitos de mar y tierra, la naturaleza de ella era
tal, que todos habían de perecer, como les había sucedido a todos los reyes que habían enviado
armas contra ella»; e hicieron entrever que, si fuera preciso, recibirían ayuda de Francia, de
Inglaterra y de Flandes. Convocó el duque Junta general, que se celebró tumultuariamente, haciendo
en ella los amotinados, a quien muchos clérigos excitaban en sus sermones, exigencias de nuevas
libertades para Vizcaya. Las cosas hubieran continuado así por mucho tiempo, a no haberse
anunciado desde Madrid medidas de rigor, que asustaron a los vizcaínos pacíficos. El Ayuntamiento
de Bilbao y el Señorío acudieron al rey protestando de su lealtad y pidiendo que se castigase a los
alborotadores; visto lo cual, el rey mandó nombrar una Junta especial que estudiase la situación.
Según el parecer de ella, se llegó al acuerdo de conceder por merced la exención del estanco de la
sal, restableciendo en todo la normalidad del gobierno y castigando tan sólo a los principales
causantes del alboroto. En virtud de esto último —y no obstante haber tratado los rebeldes de matar
al duque y de haber cometido nuevos desmanes— se concedió perdón a todos menos a diez
vizcaínos (entre ellos el clérigo Armona, el sastre Chartra y otros) y a los extranjeros que habían
intervenido en los tumultos. Preparada cautelosamente la prisión de los exceptuados, se realizó en la
mañana del día 24, y aquella misma noche fueron ajusticiados los seis cabezas de motín que
pudieron ser aprehendidos, y el orden se restableció inmediatamente.
Para que hubiera de todo en punto a manifestaciones de indisciplina social y política, hubo
también un atentado contra la vida del monarca. Fue autor de él —a lo que parece por despecho de
no haber recibido distinciones y mercedes a que se creía llamado— el marqués de Heliche, hijo del
privado Don Luis de Haro. El atentado se frustró, y el rey fue misericordioso con el marqués,
echando tierra al asunto.
territorios americanos, si bien lograron mejor éxito en Asia y Oceanía. No cejaron, sin embargo, en
los primeros; siendo episodios de importancia, en los primeros años de reinar Felipe IV, las
tentativas para adueñarse de las salinas de Araya, de donde fueron rechazados (1622-25), y el
ataque infructuoso del almirante L'Hermite al Callao (1624). Repitiendo lo hecho para el Asia,
fundaron los holandeses en este mismo año la Compañía de las Indias occidentales, cuyo plan
consistía en fijarse principalmente en el Brasil y arruinar el comercio de España en beneficio de los
Países Bajos. Enviada escuadra de importancia, se apoderaron, en efecto, del puerto-de San
Salvador, donde se establecieron y fortificaron. Expediciones sucesivas sirvieron para aumentar los
recursos de los. colonos y atacar otros puntos del Brasil y de las posesiones, portuguesas de África.
Pero la posesión de San Salvador dura poco. En 1625 fueron desalojados de ella por una escuadra
española enviada exprofeso, y la derrota sufrida hizo desistir a los portugueses de la colonización
brasileña. Diversas intentonas sobre Puerto Rico y otros puntos (1625-26), fueron infructuosas; pero
en Matanzas lograron apoderarse de una de las flotas conductoras de plata.
Los descalabros sufridos no hicieron, sin embargo, más que derivar la corriente holandesa,
apartándola de los grandes propósitos, pero llevándola hacia el comercio de contrabando, el
entorpecimiento de la navegación y la ocupación de las islas antillanas pequeñas o mal defendidas.
Los ingleses y franceses hacían lo mismo, y en pocos años se vio a unos y a otros dueños de muchas
de aquellas islas, como las de Fonseca, Tabago, Curasao, Barbada, San Andrés, San Cristóbal,
Antigua, San Bartolomé, San Martín, Santa Cruz y otras, desde donde hacían gran daño. En vano
fue que se les desalojase de algunas de ellas y se hicieran escarmientos duros en los que pirateaban,
pues no contando España con fuerzas bastantes para ocupar y defender bien todos los puntos
susceptibles de ocupación, los desalojados volvían al poco tiempo y restablecían su dominio. En
16;o, los holandeses se apoderaron de Pernambuco y otros puertos brasileños, haciendo de aquél,
centro de operaciones contra las Antillas y las flotas españolas. En 1645 se establecieron también en
Valdivia (Chile), pero abandonaron pronto esta colonia (1644).
Creada por entonces una escuadra especial para la defensa de aquellas regiones, llamada
Escuadra de Barlovento, tuvo por algunos años a raya a los invasores; pero distraída luego en otros
servicios, holandeses, ingleses y franceses siguieron extendiéndose por todas las Antillas Menores
desde las bocas del Orinoco hasta Puerto Rico. También ocuparon terrenos del continente en la
desembocadura de aquel río (que remontaron) y en el N. de Méjico. La mayor parte de estos
establecimientos no eran regulares, teniendo más visos de centros piráticos que de colonias
oficiales, o degenerando en lo primero, aun habiendo empezado a ser lo segundo. Los aventureros
que las formaban en su mayoría, constituyeron aquella formidable masa de bucaneros (boucaniers,
de boucan, la cecina o tasajo que preparaban) y flibusteros (flibustiers, de fliboat o vieblot,
embarcación ligera, o de freebooter, merodeador), «hermanos de la costa» o pechilingues, que ya
habían comenzado a mostrarse en tiempos de Felipe III (§ 650), y crecieron grandemente en número
y osadía por los años a que ahora nos referimos. Las varias expediciones verificadas contra ellos,
aunque afortunadas en su mayoría, no consiguieron desarraigarlos, ni poner las colonias españolas a
cubierto de sus ataques. En 1655 se complicó aquel estado de cosas con la expedición enviada por
Cromwell (§ 655), cuyo resultado principal fue la toma de la isla de Jamaica, que los ingleses
constituyeron en centro de sus operaciones contra los puertos y las flotas de España.
En Asia y Oceanía la situación era análoga. Los holandeses dominaban en las costas de China
y Japón y en las de Formosa, y atacaron varias veces, sin éxito, a Manila. De un puerto en Formosa
se apoderaron los españoles en 1626; pero lo hubieron de evacuar en 1641. Años después (en 1662)
hubo también que abandonar las Molucas. Contra los moros de Joló y Mindanao se hicieron varias
campañas, estableciendo fuertes en Zamboaga y otros puntos de la segunda isla citada; pero en 1662
fue preciso igualmente evacuarlos.
Todas estas dificultades de orden exterior se veían complicadas, en algunos de los territorios
coloniales, por graves sucesos militares y políticos. En Méjico, donde tiempo antes se habían
producido algunas sublevaciones de negros esclavos, hubo en 1624 un formidable levantamiento de
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los habitantes de la capital, contra el virrey, por consecuencia de choques que éste tuvo con el
arzobispo. En 1659 se descubrió el intento de una revolución, que tenía por fin hacer independiente
el virreinato. Se le ahogó con la muerte del iniciador, Don Guillermo Lombardo de Guzmán. En
1660, los indios de Tehuantepec se alzaron contra los españoles, y al principio causó gran temor
este movimiento; pero bien pronto hubo de apaciguarse por mediación del obispo de Oaxaca. En
Chile continuó la guerra contra los araucanos hasta 1641, en que se celebró con ellos un tratado,
reconociéndolos por libres y aliados de España. Este tratado se renovó varias veces; pero en más de
una ocasión hubo sublevaciones que costaron grandes pérdidas a los colonizadores y obligaron a
frecuentes campañas.
En la costa atlántica, la colonización se prosiguió sin más contratiempos que los ataques de
ingleses ya citados, las traiciones y sorpresas de las tribus indias, que continuamente causaban
grandes daños, y la amenaza constante de los portugueses a los territorios del N. del Plata (§ 650).
En el interior del continente y por mar, continuaban las exploraciones para mejor
conocimiento de las tierras y pasos y para el avance de la colonización. Dos legos franciscanos y
seis soldados recorrieron en canoa casi todo el Marañón, desde la provincia de Quito al fuerte de
Gurupa (1556), trayendo curiosísimas noticias de los países recorridos y de las tribus visitadas. Otra
expedición, consecuencia de aquélla, remontó el mismo río hasta Ávila, en los Quijos (1637-58).
Las llanuras de Casanare y el río Apure, hasta la desembocadura en el Orinoco, fueron explorados
por el capitán Ochagavia (1647 y siguientes). En América Central hicieron expediciones
geográficas Fr. Martín Lobo y Diego Ruiz de Campos, aquél para ver si era posible salvar con
navíos el istmo de Panamá. Por el Sur del Pacífico hiciéronse varios viajes de descubierta hasta las
islas de Juan Fernández y por la costa de Chile; y por el N. se prosiguieron los de California (§
650), si bien con escaso provecho. Parece probable que también se intentó descubrir el paso
marítimo por el N. de América con que ya habían soñado algunos. En el Paraguay y hacia el O., por
el Chaco, establecieron los jesuitas colonias, que tiempos después habían de ser teatro de ruidosos
sucesos (§ 795).
aragonés Don José Mallada, muy querido de Don Juan, fue preso y agarrotado en la cárcel, sin
formalidades de proceso y sin acusación conocida de delito: acto que hizo rebosar la indignación
del bastardo. Las manifestaciones que en este sentido hizo, produjeron una orden mandándole
retirarse a Consuegra, lugar de que era señor; pero no pararon aquí las cosas. Pretextando la idea de
un complot, fueron presos otros amigos de Don Juan, y contra éste mismo se dictó orden de arresto,
que Don Juan eludió escapándose a Cataluña, no sin dejar una carta llena de acusaciones contra
Nithard. En Barcelona podía el infante considerarse en seguro, porque la opinión pública, casi
unánime, era contraria a Nithard y a la regente. Bien pronto se le unieron todos los elementos que
en Cataluña, en Castilla y en toda la Península, participaban de su misma indignación, y un soplo de
rebeldía corrió de nuevo por toda España. Aprovechándolo, Don Juan amenazó, y cuando la
Regente, temerosa de un alzamiento, hizo gestiones para llegar a una avenencia, aquél exigió la
separación de Nithard. Para dar mayor fuerza a su demanda, Don Juan se dirigió a Madrid,
atravesando en triunfo Cataluña y Aragón y presentándose a las puertas de la capital con un
pequeño ejército, que contaba con el auxilio de la mayoría de los habitantes de aquélla. La reina
tuvo que ceder, viendo en contra suya hasta al Consejo de Castilla, que recomendó la separación del
jesuita. Así se hizo, terminando el primer período de luchas. Don Juan se reconcilió con la regente,
obteniendo la promesa de algunas reformas en el gobierno y administración; pero no entró a formar
parte del Consejo, contentándose con el cargo de virrey de Aragón (1666).
La regente no era mujer que se considerase por eso como vencida. Rehizo el grupo de sus
partidarios, desconcertados en un principio por la energía de Don Juan, y para prevenir cualquier
alzamiento de los madrileños, creó una especie de guardia real, que el vulgo apellidó de los
chambergos, porque vestía de un modo análogo a las tropas francesas del mariscal Schomberg (§
655), Sobre esta base, y contando con el alejamiento de Don Juan, bien pronto la reina halló
sustituto al P. Nithard en su valimiento. Esta vez fue un hidalgo andaluz, Don Fernando de
Valenzuela, quien, rápidamente, se fue encumbrando en la corte, hasta convertirse en ministro
universal. La opinión pública hubo de escandalizarse de este inusitado encumbramiento, cuya causa
se sospechaba ser vergonzosa para la honestidad de la reina viuda. Combinado este escándalo con el
desconcierto de la administración y el despilfarro de las rentas públicas, produjo un nuevo
renacimiento del partido de Don Juan, quien, desde Zaragoza, intrigaba contra la regente y
Valenzuela. Aprovechando la terminación de la minoría del rey (en 6 de Noviembre de 1675), Don
Juan preparó un golpe de Estado, que había de poner en manos suyas el gobierno; pero desbaratado
por Mariana, Don Juan tuvo que regresar a su virreinato, y momentáneamente, se produjo un
crecimiento de poder en Valenzuela, nombrado, un año después, Primer ministro por el nuevo rey.
Las intrigas continuaron, favorecidas cada vez más por la conducta del favorito, que engrosaba el
número de los descontentos y robustecía más y más el partido del de Austria. La fuerza de éste se
hizo tan evidente, que el propio Valenzuela la temió y huyó de la corte. Sustraído el rey a la
influencia de su madre por los nobles, Don Juan volvió de nuevo a Madrid y se le encargó del
gobierno. La regente salió desterrada a Toledo. A Valenzuela, preso y exonerado, se le deportó a
Filipinas, y la guardia chamberga, fue disuelta (1677). Un período de regeneración gubernativa
parecía abrirse para España. Todo el mundo confiaba en Don Juan, considerado también, por
algunos, como el natural sucesor del rey, en el caso de que éste muriese antes de contraer
matrimonio o sin dejar hijos.
660. Los planes políticos de Luis XIV y las dos primeras guerras con Francia.
La paz de los Pirineos (§ 653) no terminó la rivalidad de la monarquía francesa y la Casa de
Austria en sus dos ramas, alemana y española. Por lo que toca a España, ya hemos visto (§ 655) que
el monarca francés siguió ayudando a Portugal como si la paz referida no le obligase a la
neutralidad más rigurosa. Y es que la causa esencial de aquella rivalidad subsistía. Toda
disminución en el poder de los Austrias representaba un crecimiento en la fuerza política europea de
los Borbones; y como la rama principal de aquella Casa era entonces la española, por la extensión
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de sus dominios y la conexión de algunos de éstos con los territorios franceses, contra ella dirigía
Luis XIV sus principales ataques, seguro, además, de que habían de ser más certeros por la
decadencia política de España. Desde la muerte de Felipe IV, el problema había variado algo. Las
escasas condiciones de vida de Carlos II hicieron nacer, tanto en Luis XIV como en la rama
alemana de los Austrias, la idea de una probable sucesión o de una división de los dominios
españoles. Esta idea, afianzada por sucesos posteriores de que hablaremos (§ 665), habría de traer
más adelante consecuencias de suma gravedad. Por de pronto, Luis XIV no pareció fijarse mucho
en ella, atraído más bien por la de la desmembración de aquellos dominios en favor de Francia. Así
se ve en una instrucción a su embajador en Madrid (Diciembre de 1669), en la cual alude al
fallecimiento previsto de Carlos II y a la posibilidad de entenderse amigablemente, en este caso, con
el emperador, «porque encontrándose (éste) muy lejos, poco potente de por sí y con la nación
Alemana muy aborrecida en España, tendría más necesidad del apoyo de Francia». La instrucción
aludía a la inconveniencia de apoyar al partido de Don Juan de Austria, a quien por entonces ya se
señalaba como probable sucesor de Carlos II, y Luis XIV temía que, de ocurrir esto («si el dicho
Don Juan, por impetuoso torrente de opinión de los pueblos que juntase en uno a los españoles,
fuese proclamado Rey»), el nuevo Monarca, «como hombre belicoso y osado, podría pretender la
conservación de la Monarquía toda entera, sin consentir en la menor desmembración».
Pero antes de esto ya había Luis XIV dado pruebas de no querer esperar a que muriese Carlos
II para conseguir sus propósitos. Su interés político relativamente a la lucha secular con los
Habsburgos y al fortalecimiento de la potencia militar francesa, le llevaba a considerar los Países
Bajos españoles, o sea, el territorio de Flandes, como especialmente apetecible; pues,
adquiriéndolos, suprimía el punto ordinario de unión de las tropas imperiales y españolas para
cualquier ataque a Francia, y alejaba la frontera poniendo a cubierto de un golpe de mano a París,
tan en peligro durante las guerras anteriores. Sus primeras tentativas las hizo en el terreno
diplomático, invocando el derecho de su mujer la infanta María Teresa (§ 653), a los territorios
citados. Al casarse con Luis XIV, la infanta había renunciado a todos los derechos sobre España y
sus territorios, pero subordinando la renuncia al pago de su dote. Como este pago no se había hecho,
quedaba nula la renuncia en opinión de los representantes de Francia. Por otro lado, alegaban éstos,
en punto al caso concreto de la exigencia del país de Flandes, una costumbre de Brabante en virtud
de la cual el derecho a este territorio correspondía a María Teresa, hija del primer matrimonio de
Felipe IV, y no a Carlos, hijo del segundo. España rechazó la petición, oponiendo, en cuanto a la
razón segunda, que la costumbre brabantina (llamada «derecho de devolución») era de carácter civil
y no podía aplicarse a transmisiones políticas. Diez y ocho meses de negociaciones, durante los
cuales insistió Luis XIV para que se le diesen los Países Bajos, no hicieron cambiar la actitud de la
diplomacia española, y el monarca francés se decidió por la guerra, para la cual se había preparado
restando auxiliares posibles a España, mediante tratados, casamientos y otros medios, con Holanda,
Inglaterra, varios cantones suizos y Portugal. En Mayo de 1667, las tropas francesas invadieron el
territorio de Flandes y se apoderaron de todo él con gran facilidad, gracias al exiguo contingente del
ejército español que allí había entonces. Pero esta fácil y rápida victoria suscitó los recelos de
Holanda e Inglaterra, que convinieron al punto en atajar el desmesurado crecimiento del poderío
francés, y, unidas a Suecia, pactaron en Enero de 1668 una triple alianza cuyo objeto último era
obligar por las armas a Luis XIV a que firmase la paz con España. Aunque el monarca francés
contestó, por de pronto, a esto, invadiendo el Franco Condado, de que se apoderó también muy
fácilmente (1668), bien pronto se avino a negociar una avenencia. España, aunque muy abatida y
falta de recursos, había hecho un esfuerzo. Se armó escuadra en el Mediterráneo y otra llevó a
Flandes algunas tropas, aunque no fue con ellas Don Juan de Austria, a quien se nombró jefe, más
bien por alejarlo de la Península que en interés de la guerra (1667). Los Estados de la triple alianza
mediaron con los representantes de Luis XIV y Carlos II y se llegó a una paz, firmada en
Aquisgram (Aix-la-Chapelle) en 2 de Mayo de 1668. Conforme a ella, el Franco Condado —
territorio de escasa utilidad y de muy difícil defensa para España— era devuelto, y Francia retenía
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varias plazas fuertes de Flandes, que le daban puntos de apoyo militar en los mismos dominios
españoles. Meses antes, Luis XIV había firmado con el emperador de Alemania un tratado eventual
(primero de una serie) de reparto de la monarquía española a la muerte de Carlos II. Ya hemos visto
que en 1669 continuaba intrigando acerca de esto mismo.
La paz de Aquisgram fue más bien una tregua. Luis XIV continuó preparándose para obtener
su objeto respecto de los Países Bajos españoles, combinado con el propósito de apoderarse de
Holanda, con quien tenía muchos motivos de resentimiento político y personal. Sus gestiones se
encaminaron a deshacer la triple alianza, y lo consiguió; pero no fue igualmente afortunado en
punto a separar a España de su amistad con Holanda. Sin embargo, España no intervino en la
primera parte de la guerra, que produjo la rápida invasión de Holanda (1672) por los franceses y
estuvo a punto de lograr para Luis XIV la posesión de una faja de terreno que ceñía por el N. los
Países Bajos españoles. Pero Holanda, ante las exigencias desmesuradas del rey francés, reaccionó,
oponiendo una furiosa resistencia y procurándose alianzas. Con España y el Imperio la obtuvo
mediante un tratado (30 de Agosto de 1674). Meses antes había logrado que Inglaterra abandonase a
Luis XIV. Tropas españolas y austríacas, en unión con las holandesas, hicieron retroceder a los
franceses en su marcha triunfal; pero éstos invadieron entonces el Franco Condado y atacaron la
frontera catalana. Nuevamente se vio España envuelta en una guerra que dividía sus fuerzas y
amenazaba, no sólo sus dominios europeos (y los americanos: § 664), sino su propio territorio
nacional. El Franco Condado fue invadido otra vez por las tropas francesas; y mientras el duque de
Villahermosa combatía en Flandes con los generales Conde y Créquy, el mariscal Schomberg
atacaba la frontera de Cataluña, entraba en esta región, se apoderaba de Figueras y ponía sitio, sin
éxito, a Gerona (1675). Los catalanes hicieron una resistencia desesperada, que no obtuvo todos sus
frutos naturales, porque fue preciso retirar de allí tropas para sofocar una sublevación de los
sicilianos, naturalmente, alentada por Francia. La sublevación se inició en Messina, en Junio de
1674, contra el gobernador, y los escasos soldados españoles que allí había fueron pronto
arrollados, sin que se les pudiera auxiliar con tropas que no existían en la isla, desamparada, como
tantas otras de nuestras posesiones. Cuando se pudieron reunir fuerzas, se bloqueó el puerto de
Messina, y probablemente se hubiera reconquistado, a no sobrevenir, en fin de Septiembre, una
escuadra francesa de socorro que hizo levantar el sitio. Reanudóse éste poco después, con nuevas
fuerzas, al regresar a Francia los buques de Luis XIV; pero no se logró el éxito deseado antes de que
volviesen aquéllos a Messina (Enero de 1675). Varios combates por mar, en distintos puntos de
Sicilia, fueron desfavorables o sin provecho, por causas diversas, a las escuadras españolas, no
obstante el apoyo de otra holandesa, que llegó a fines de 1676 y se volvió a su país en el mismo
año. Reducidos por, mar a la defensiva los españoles, lograron por tierra algunas ventajas, como
desbaratar el ataque a Siracusa y otros intentos de los franceses. La situación mejoró notablemente
al retirarse éstos en Marzo de 1678 (para evitar el ataque conjunto de escuadras españolas,
holandesas e inglesas) y quedar abandonados a sus propias fuerzas los mesineses. La capital se
recobró al poco tiempo y desvanecióse la sublevación tras de castigar a los más comprometidos en
ella que no huyeron con los franceses. El efecto mayor de esta campaña fue de distraer fuerzas
españolas que eran indispensables en Flandes y Cataluña.
En 1675, por intervención de Inglaterra, se habían iniciado negociaciones de paz, reuniéndose
en Nimega los diplomáticos de las naciones combatientes; pero como las deliberaciones se
prolongaron mucho, la guerra se reanudó en 1676, con varia fortuna. Un tratado entre Inglaterra y
Holanda (16 de Enero de 1678), que se obligaban a una nueva y formidable acción conjunta si Luis
XIV no se avenía a pactar la paz, obligó al rey francés a procurarla seriamente. Las negociaciones
de Nimega llegaron a un término, dando por resultado tres tratados. Por el que establecía la paz
entre España y Francia (17 de Septiembre de 1678), ésta adquirió el Franco Condado, el Artois y
varias localidades flamencas que ampliaron sus conquistas de 1668. En la frontera catalana no se
hizo variación, y lo único ganado por Carlos II fue el peñón de Alhucemas, conquistado en 1673.
Cuando la guerra estaba en todo su apogeo (1674), se verificó una intervención diplomática de
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España en Polonia para influir en la elección del rey a favor del duque Carlos de Lorena, enemigo
de Luis XIV.
también ocupar el condado de Alost en Flandes, amenazó el Luxemburgo y entró en Casal, plaza
fuerte fronteriza de Italia, que constituía un puesto avanzado ventajoso para un ataque futuro. La
indignación de España y los demás Estados no pudo ya contenerse, y por un tratado (La Haya,
1681) se aliaron Holanda y Suecia, a las que se unieron pronto el emperador, varios príncipes
alemanes y España. La guerra estalló pronto, apoderándose Luis XIV de las ciudades flamencas
Courtrai y Dixmunde (Noviembre de 1683), tras de lo cual exigió que se le reconociese la posesión
de ellas, o del Luxemburgo o de una zona en Cataluña o Navarra, con las mejores fortalezas. España
no aceptó estas pretensiones, y habiendo la diplomacia francesa logrado inutilizar de hecho la
alianza de La Haya, los españoles se encontraron de nuevo solos contra Luis XIV. La lucha se trabó
a la vez en Navarra, en Cataluña, en Luxemburgo y en Italia, donde una escuadra francesa
bombardeó por sorpresa a Génova, amiga de España, hecho que causó general indignación en
Europa. No consiguieron, sin embargo, los franceses su intento de tomar la ciudad, pues fueron
rechazados con grandes pérdidas en el ataque por tierra, merced al esfuerzo de los genoveses, y el
auxilio de tropas españolas. En Cataluña, los franceses, contra quienes combatieron furiosamente
los paisanos, tuvieron que desistir del sitio que pusieron a Gerona (Mayo de 1684), aunque antes
habían sido vencedores en una batalla dada para forzar el paso del río Ter. En Luxemburgo también
vencieron, no obstante la desesperada resistencia de los españoles y walones. La paz se impuso y se
firmó en Ratisbona (Junio de 1684), abandonando España a Francia el Luxemburgo y otras
conquistas fuera de la Península, por un plazo de veinte años. Más bien que una paz, se pactó, pues,
una tregua.
No la rompió España por su gusto. Una vez más la arrastraron las ofensas que en plena paz le
infirió Luis XIV, y los intereses políticos generales de Europa. En efecto, y por lo que se refiere a la
primera causa, es de advertir que las hostilidades, contra nosotros no cesaron, a pesar de lo
convenido en Ratisbona. Tanto en los territorios europeos como en los americanos, el monarca
francés siguió poniendo dificultades a los intereses españoles y procurando humillar a nuestro
ejército y a nuestra diplomacia. Como ejemplos de esta conducta, citaremos: la demostración naval
y bloqueo de puerto de Cádiz, hechos en 1686 por la escuadra de M. de Tourville para apoyar la
exigencia de 500.000 pesos por indemnización de cargamentos apresados en América a naves
francesas notoriamente contrabandistas; la agresión injustificada a dos galeones españoles, realizada
en el mismo año (Junio) por buques de guerra franceses; y otra igual, en aguas de Alicante, contra la
escuadra del almirante Papachino, por negarse éste a saludar el pabellón francés antes de ser
saludado por los extranjeros.
En cuanto a la segunda causa, se produjo por la persecución de Luis XIV a los hugonotes
franceses (revocación del edicto de Nantes), por sus aspiraciones de dominio e influencia en
Alemania y por sus arrogancias con el Papa (1685-1688), que le suscitaron la enemistad de todos
los países protestantes y de la corte romana y acrecentaron el odio del Emperador. Para castigar
aquellos hechos y contener la inacabable ambición del rey francés, pactóse en Ausburgo una liga
(1686) entre Suecia, Austria, los príncipes del Imperio y España, liga a la que se adhirió en 1688 el
Papa Inocencio XI. En este mismo año, Guillermo de Orange fue proclamado rey de Inglaterra, cosa
que Luis XIV trató de evitar, pero no pudo. Aumentada así la fuerza política de aquel príncipe,
profundamente quejoso del monarca francés por la guerra de 1672, Holanda e Inglaterra entraron en
la liga, que se ratificó y amplió en Viena en 1689 y 1690. La guerra comenzó en 1689, y por lo que
se refiere a España, tuvo por teatro las posesiones de Flandes, Cataluña, el mar Mediterráneo,
África y América (§ 664). En Flandes, fueron derrotadas en Fleurus (Junio de 1690) las tropas
aliadas, con gloriosa resistencia por parte de los españoles, que se equiparó a la de Rocroy, la plaza
de Charleroy se rindió después de 27 días de asedio, y en 1696-97 nuevas ciudades cayeron en
poder de los franceses. En Cataluña, invadida nuevamente, el duque de Noailles fue derrotado por
los somatenes y las tropas regulares, en 1689; pero sobreviniendo las tradicionales disidencias y
cuestiones entre el ejército real y los naturales del país, aflojó la resistencia a los franceses, que se
apoderaron en 1691 de Ripoll y otras villas y en 1692 de Urgell, bombardeando una escuadra a
83
Barcelona (en 1691), a tiempo de que se iniciaba una sublevación de los catalanes en protesta de la
guerra que tantos perjuicios les traía. En 1693, nuevas victorias de los franceses sobre los
guerrilleros y las tropas alemanas que operaban en Cataluña, con apoderamiento de las villas de
Rosas y Palamós, comprometieron mucho la causa española. En 1697 se renovó el ataque a
Barcelona, que sucumbió después de una valiente resistencia de 52 días, deshecho el ejército que en
su socorro se envió desde Madrid. En el Mediterráneo (donde se juntaron a las escuadras españolas
otras de ingleses y holandeses), las operaciones no fueron siempre favorables a los buques de Luis
XIV, derrotados en varios combates de poca importancia por los nuestros o los aliados, que en 1694
hicieron retirar de las costas de Cataluña a la armada francesa, la cual, en 1691 había bombardeado
el puerto de Alicante, sin éxito, y en 1693 el de Málaga, amenazando a toda hora el litoral de
Levante y las Baleares. En 1695, las escuadras inglesa y holandesa intentaron recuperar Rosas y
Palamós; pero no se logró nada, por desistir pronto los ingleses de su auxilio, al parecer disgustados
del desarreglo administrativo de nuestro ejército, más nominal que real, sin pagas, sin raciones y sin
materiales de campamento. Algunas presas y pequeñas victorias conseguidas por buques españoles
en 1695, 96 y 97, influyeron grandemente en mejorar la situación, y así la toma de Barcelona se
hizo inevitable.
En África, los franceses atacaron las posesiones españolas, sin resultado, causando mayores
males con el ánimo que dieron a marroquíes y argelinos para combatirlas (§ 663).
La guerra, larga y llena de vicisitudes, había agotado las fuerzas de todas las naciones
beligerantes. El mismo Luis XIV, no obstante sus victorias, se hallaba casi sin recursos para
continuar la lucha. Todos pensaron en la paz, y la paz se hizo (1697), mediante cuatro tratados que
se firmaron en Ryswick (cerca de La Haya). El relativo a España estableció la devolución de las
plazas tomadas en Cataluña por los franceses, del Luxemburgo y de las ciudades de Mons, Ath y
Courtrai, en Flandes. La razón de esta liberalidad de Luis XIV, no obstante la derrota de España y
su extrema debilidad militar y política, hay que buscarla en los nuevos planes que respecto de la
monarquía española alimentaba entonces. Después de haber pensado en desmembrarla —de
acuerdo, a veces, con el emperador—, pretendía ahora heredarla; y para esto necesitaba
congraciarse con los españoles y con sus aliados, a quienes hizo también concesiones inesperadas.
pero no pudo evitar que fuese tomada Larache (1689) por los marroquíes. Otros intentos de
conquistar a Orán (1695) y a Ceuta (1664) fracasaron, por fortuna, aunque el apuro en ambas fue
grande. La amenaza subsistió para lo futuro y había de dar nuevas inquietudes.
Al Pacífico también envió Luis XIV varias escuadras en 1695 y en 1698, esta vez por
iniciativa de la Compañía real del mar Pacífico, análoga a la de las Antillas. Pero ninguna de las dos
tuvieron éxito en sus propósitos. En el mismo año lograron los franceses fijar sus primeros
establecimientos en la costa del Mississipí, en la región que se llamó Luisana.
Otra Compañía, formada en Escocia, envió colonos al golfo de Darién, los cuales se
establecieron en él bajo pretexto de que, no estando los indios de aquel punto sometidos a España,
quedaba el sitio para el primer ocupante europeo. El gobierno inglés entendía no comprometerse en
el asunto, dejando que se las arreglasen los expedicionarios con los españoles. Sabida la novedad, se
envió contra ellos expedición, y los escoceses abandonaron el territorio. Al fin, aunados los
esfuerzos de todas las naciones de Europa, convencidas de lo dañoso que era sostener a los
flibusteros, o creyéndolos ya (las enemigas de España) inútiles para el logro de nuestro
quebrantamiento en las colonias, se procedió a una activa persecución, que acabó con ellos al finar
el siglo XVII.
En Oceanía hubo, por caso raro, paz durante todo este período. Ningún ataque sufrieron las
Filipinas; y en varias expediciones de descubierta, se ocuparon los grupos de las islas Marianas,
Carolinas y Palaos, y se proyectaron nuevas extensiones de dominio en las de Salomón.
En América, aparte reconocimientos hechos con fin militar, que sirvieron para depurar
noticias respecto de tierras e islas del Pacífico al S. de Chile y en el N. de Méjico, se verificaron
varias expediciones geográficas con resultados beneficiosos para la ampliación de colonias y
posesiones. De ellas citaremos: la del almirante Atondo en California (1683-1685), de escaso
resultado, y la de los jesuitas PP. Salvatierra y Kunt o Kino (1697 y siguientes), que logró fundar
varios establecimientos en aquella tierra, tomando por capital a Loreto, en la bahía de Santo
Domingo.
En las regiones del Plata se inició, en este tiempo, una cuestión de límites entre Portugal y
España, que había de ser grave algunos años después (§ 795). El gobernador de Río Janeiro
estab