Monologo Comico
Monologo Comico
Zona de Turbulencias
La directora de una revista sensacionalista se cruza por casualidad,
en un avión, con un tanatopráctico que dice conocer una noticia bomba,
lo que le hace soñar con una tirada record. Las cosas se complican
porque este encuentro tiene lugar en un vuelo Paris-Tokio:
12 horas a puerta cerrada, sin forma de comunicarse con el exterior.
Tener en las manos una noticia bomba y no poder publicarla...
¡Un verdadero martirio japonés! Una comedia que concluye
en fabula sobre la hipócrita sociedad que nos rodea.
PERSONAJES
Claudio (o Claudia)
Victoria (o Víctor)
© La Comédi@thèque
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Prólogo (optativo)
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Claudio - Se llama ¿Algún viajero sabe pilotar?
Intercambian una mirada dubitativa.
Victoria - ¡Vaya título! Seguro que es una tontería ¿No le parece?
Claudio - No olvide conectar su portátil…
Victoria - Anda, pues había olvidado desconectarlo.
Se marchan. Claudio coloca su mano sobre el hombro de Victoria, que parece
intentar rechazarla, pero sin hacerlo realmente.
Oscuro en la sala.
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Acto 1
Victoria y Claudio están sentados, uno junto a otro, en un avión. Se supone que en
primera clase. Ningún decorado especial. El telón entre el escenario y la sala hará
de separación entre la primera clase y la turística. Victoria, una mujer de negocios,
parece somnolienta. Lleva puestos los cascos. Claudio, con aire más popular, esta
despierto y degusta una copa de champagne.
Claudio – ¿Sabe usted a qué altura volamos?
Victoria, sorprendida, se quita los auriculares.
Victoria – Pues… no. Y tampoco me importa.
Claudio – ¡Acaba de decirlo el piloto!
Victoria – Lo siento, no le he escuchado… Intentaba dormir un poco…
Claudio – ¿Según usted…?
Victoria – ¿Ocho mil…?
Claudio – ¡Diez mil metros! ¿Se da cuenta? ¡Diez kilómetros!
Victoria – Si, lo había entendido perfectamente… Diez mil metros…
Claudio – La misma distancia que entre Madrid y Alcorcón, pero en vertical.
Victoria – Usted vive en Alcorcón ¿verdad?
Claudio – ¿Cómo lo ha adivinado?
Victoria – Pura intuición…
Claudio – Se va a reír, pero es la primera vez que subo a un avión.
Victoria – ¡No me diga!
Claudio – Gané un concurso… Un viaje para dos personas a Tokio.
Victoria – Pues, para un bautismo del aire, le ha tocado el lote más gordo. Está
justamente en las antípodas. Espero que no le tenga pavor a los aviones, como me
ocurre a mí…
Claudio – No tuve que hacer nada extraordinario. Se trataba de un sorteo…
Victoria – Ya veo…
Claudio – Y, en primera clase. ¿Se da usted cuenta de lo que esto significa? Para
serle sincero le diré que no tengo ni idea de cómo es la clase turística…
Victoria – Uhmmm.
Claudio hace un gesto como señalando a la zona turística.
Claudio – ¿Ha estado usted allí alguna vez?
Victoria – ¿En Japón?
Claudio – No. En la clase turística.
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Victoria – Pues….
Claudio – Supongo que a ellos no les darán champagne.
Victoria – Seguramente no… Quizá ni siquiera les den agua…
Claudio – ¡Joder! Y, como antes de embarcar te quitan todos los líquidos por miedo
a los explosivos… ¿Se da cuanta? Doce horas sentados y sin beber.
Victoria – ¿Sentados? No me haga reír! No tienen bastantes sitios para que todos se
sienten al mismo tiempo… La mayor parte viajan de pie, igual que en el metro… Se
van sentando por turno…
Claudio – No es posible!
Victoria – Por eso las azafatas les esconden detrás de la cortina… Es para evitarnos
un espectáculo tan triste… Sin embargo se sabe que están ahí… Hace un momento
me ha parecido oír llorar a un bebé… De sed, sin duda…
Claudio – ¡Pero eso es terrible!
Victoria – Vamos… No se preocupe… Estaba bromeando.
Claudio – ¡Menos mal…!
Victoria – La clase turística no es muy distinta de ésta. Los asientos quizá son menos
anchos, pero aun así… El champagne lo pueden tomar pagándolo. Eso es todo.
Claudio – Entonces ¿por qué viaja usted en primera clase?
Victoria – Pues… Porque…
Claudio – Ni siquiera ha bebido champagne!
Victoria – Tiene razón… Digamos que se trata de una costumbre porque,
normalmente, en primera clase se viaja más tranquilo...
Claudio – Es decir que, por lo general, no se coincide usted con gente como yo.
Victoria – Lo siento. No quería decir eso… Yo ni siquiera me ocupo de sacar los
billetes. Lo hace mi secretaria. Imagino que nunca se le ha pasado por la imaginación
el sacarme un billete de clase turística.
Claudio – No, la culpa es mía… No sé por qué… Imaginaba que ocurría igual que en
el Titanic…
Victoria – ¿El Titanic?
Claudio – ¿Ha visto la película?
Victoria – Claro, como todo el mundo… La verdad es que prefiero no pensar
demasiado en esas cosas, sobre todo cuando viajo a Tokio…
Claudio – ¿Entonces también usted va a Tokio?
Victoria – Este es un vuelo sin escalas por lo tanto, todo el mundo va a Tokio… A
menos que una parte del avión, por ejemplo la clase turística, baje en Bangkok o en
Singapur.
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Claudio – Tiene razón. Soy un estúpido… No estamos en el Ave… Y lo digo sin
conocimiento de causa. Tampoco he viajado nunca en el tren de alta velocidad.
Victoria – Evidentemente no es usted un hombre muy viajado… Sáqueme de
dudas… ¿Se ha subido alguna vez a un tren, aunque sea normal?
Claudio – Pues sí… Cojo el metro todas las mañanas, desde Alcorcón a hasta Sol…
Para ir a trabajar…
Victoria – Pero a qué venía lo del Titanic al margen de para ponerme nerviosa?
Claudio – Se acordará que en el Titanic el protagonista viajaba en tercera clase y ella
en primera. Por lo que se ve, en aquella época, existía una enorme diferencia social…
Victoria – A lo mejor por eso han suprimido la tercera clase en los aviones y sólo
hay una clase en el metro…
Claudio – La democratización de los transportes….
Victoria – Podríamos decir que se trata del final de la lucha de clases.
Claudio – Tiene gracia, ahora que lo pienso él también había ganado el pasaje en un
juego.
Victoria – ¿A quién se refiere?
Claudio – ¡Di Caprio! Ganó el pasaje para América jugando a las cartas! Por eso
pudo evitar que Kate Winslet se suicidara.
Victoria – El proletario arribista y la millonaria depresiva. Otra forma de poner fin a
la lucha de clases…
Claudio – Al menos fue el comienzo de una gran historia de amor…
Victoria – Una gran historia que acabó fatal…
Claudio – ¿Que es lo que acabó fatal?
Victoria – Parece que no recuerda ciertos detalles de la película… Una historia de
amor que comienza en el Titanic difícilmente puede terminar bien….
Claudio – Llevamos dos horas de viaje… Pronto sobrevolaremos Siberia.
Victoria – Mmm….
Claudio – Diez kilómetros en vertical… Ha escuchado las recomendaciones de
seguridad? Yo no me he enterado de casi nada…
Victoria – De cualquier forma, en caso de caída en picado sobre Siberia… No creo
que nos salváramos con un simple flotador en la cintura…
Claudio – ¿Está usted segura de que no quiere una copita de champagne? Quizá sea
la última copa de su vida….
Victoria – No, gracias.
Claudio – Creo que estamos todavía a tiempo… Bastará pulsar este botoncito para
que acuda la azafata…
Victoria – Tomé un relajante antes de embarcar. Prefiero no mezclar.
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Claudio – Es la primera vez en mi vida en que, tan sólo con pulsar un botón, podría
hacer aparecer a un joven apuesto dispuesto a cumplir todos mis deseos. Le confieso
que estoy tentado de hacerlo. Quizá esté ya en el paraíso…
Victoria – Los tiempos cambian, es verdad… Pero, a pesar de la paridad, todavía
quedan algunas azafatas en los aviones. No todas han sacado el título de piloto.
Claudio – Mientras nos traigan champagne…
Victoria – Lo siento de verdad, pero no puedo acompañarle. He de tener las ideas
claras al llegar a Tokio. Y, con la diferencia horaria no lo tengo tan claro…
Claudio – Es verdad… La diferencia horaria... Eso también es nuevo para mi… Lo
más lejos que he viajado ha sido a Cuenca, en viaje de novios y, de eso ya ni me
acuerdo… ¿En Tokio hay doce horas más?
Victoria – Diez horas…
Claudio – Entonces es como si perdiéramos diez horas de nuestra vida... La verdad
es que si se piensa bien…
Victoria – Pues, si…
Claudio – ¿Pero, dónde van a parar esas diez horas? ¿A una Cuarta Dimensión?
Victoria – ¿Una Cuarta Dimensión?
Claudio – Sí, esa serie antigua americana en blanco y negro.
Claudio canturrea la música de la Cuarta Dimensión.
Claudio – Tin lin lin lin, tin lin lin lin, tin lin lin lin…
Victoria empieza a impacientarse.
Victoria – Ya… ya me acuerdo…
Claudio – Pues bien, uno de los episodios está rodado dentro de un avión…
Victoria – Primero el Titanic, ahora la Cuarta Dimensión… Ya veo que está
dispuesto a hacerme flipar…
Claudio – Perdone… No le contaré lo que ocurría en ese episodio, se lo prometo…
Pero, desde luego puedo asegurarte que sí, que era flipante…
Victoria – Oiga, usted me dijo que había ganado un viaje a Tokio para dos personas,
¿no es así?
Claudio – Sí
Victoria – ¿Entonces, qué ha hecho con su mujer? ¿Acaso viaja de pie en clase
turista? ¿O ha desaparecido en la Cuarta Dimensión?
Claudio – Mi esposa murió…
Victoria – ¡Cuánto lo siento…!
Claudio – La verdad es que fue mi mujer la que se apuntó al concurso… Murió poco
tiempo después de haber ganado.
Victoria – ¿Por la emoción, quizá?
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Claudio – Realmente no lo sé.
Victoria – No está obligado a contarme lo ocurrido…
Claudio – Trabajaba con un mayorista de congelados… El “Buey feliz”… ¿Lo
conoce?
Victoria – Soy vegetariana.
Claudio – Cuando supo por una llamada al móvil que había sido premiada estaba
colocando los chuletones congelados en la cámara. Fue un viernes por la tarde. Sus
colegas no se dieron cuenta de nada. Seguramente se marearía…
Victoria – ¡Es horrible!
Claudio – Yo había ido a visitar a mi madre a Albacete. Normalmente la visito dos
veces al mes. Por lo tanto no pude echarla de menos. Cuando la encontraron el lunes
por la mañana estaba dura como una piedra.
Victoria – ¡Dios mío!
Claudio – Tenía el móvil en la mano… Pensé, incluso, en conservarla así por si un
día se la pudiera reanimar.
Victoria – Cuando la medicina haya progresado lo suficiente…
Claudio – Pero como mi mujer era bastante corpulenta hubiera sido imposible
meterla en nuestro congelador. Además, seguro que habría tenido que hacer un
montón de gestiones administrativas. Y, de eso entiendo bastante. Trabajo en el ramo
y, no soy de los que les gusta llevarse la tarea a casa.
Victoria – ¿Trabaja usted con electrodomésticos?
Claudio – Me dije, además, que tampoco le iba a hacer ningún bien a mi esposa. Ha
visto usted la película ”Hibernatus”
Victoria – ¿Con Luis de Funes?
Claudio – Imagine que nuestro avión se estrella en el norte de Siberia, que nos
quedemos atrapados en el hielo y que nos descongelan dentro de dos o trescientos
años?
Victoria – Me parece que voy a tomar otro lexatín.
Ya bastante ida, vuelve a tomar otra pastilla.
Claudio – Y, así fue como llegué a esta primera clase.
Victoria – Solo.
Claudio – Pues claro. No tuve más remedio que venir solo. ¿Acaso piensa que, en tan
poco tiempo, podría haber sustituido a mi difunta? Por eso es por lo que, en lugar de
dos billetes me ofrecieron este en primera.
Victoria – ¿No me estará tomando el pelo, verdad, como yo hice hace un rato con lo
de la clase turista?
Claudio – Nunca bromearía con algo así… Al fin y al cabo se trata de mi mujer…
Victoria – Usted perdone, pero como no he visto que estuviera usted…
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Claudio – ¿Muy afectado…? Mire, voy a confiarle algo: mi mujer y yo estábamos
muy distanciados, después de tantos años… No puede decirse que ella fuera muy…
fogosa. Tiene gracia que yo diga una cosa así cuando finalmente la pobre murió
aplastada por dos pilas de chuletones congelados…. ¿Cree usted que la forma de
morir tiene un sentido? Quiero decir… en relación con la forma en que se ha vivido?
Victoria – Ni idea…
Claudio – En resumen, evidentemente estoy afectado por el hecho de que mi mujer
haya muerto, pero… entre nosotros, esa relación ya no tenía sentido.
Victoria – ¿De verdad…?
Claudio – Qué quiere que le diga… Cuando no se tienen los mismos gustos…
Victoria – Pues si…
Claudio – Descubrí un poco tarde que me gustaban los hombres.
Victoria (chocada) – ¿No me diga?
Claudio – Quiero decir que me gustan los hombres no sólo como amigos… si no
también para … ¿Comprende lo que le digo?
Victoria – Claro que le he entendido. No hace falta que se rompa el cerebro para
explicármelo.
Claudio – ¿Sabe cómo me di cuenta?
Victoria – A lo mejor le sorprende, pero… la verdad es que no se si quiero que me lo
cuente…
Claudio – Fue viendo la película “Titanic”.
Victoria – Porque la vio con un amigo…
Claudio – No, pero cuando Leonado di Caprio abraza a Kate Winslet, me di cuenta
que me identificaba mucho más con Kate Winslet.
Victoria – ¡Vaya..! Por supuesto no por una semejanza física, imagino. Quiero decir
que no se le podría confundir fácilmente con Kate Winslet….
Claudio – ¡Ahora ya lo sabe todo! Para mí esa película fue como una revelación.
Después de haberla visto nunca más volví a mirar a mi mujer de la misma forma. Mi
cuñado, al contrario…
Victoria – Al final, para usted ha sido una suerte que su mujer haya muerto… Quiero
decir que ese hecho simplifica las cosas…
Claudio – Pues sí… Es cierto que, en principio, tenía que haber viajado con ella a
Tokio….
Victoria – Sobre todo porque fue ella la que ganó el premio…
Claudio – Claro
Victoria – ¿Y de qué iba el concurso?
Claudio – Algo muy simple. Se cortaba el cupón de una revista, se enviaba a la
dirección dada y luego el azar decidía. Casualmente fue ella la afortunada…
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Victoria – ¿Una revista?
Claudio – Sí, una de esas sensacionalistas…
Victoria – ¿Cuál?
Claudio le muestra la portada de la revista que está a los pies de Victoria.
Claudio – Justamente la que estaba usted leyendo hace un momento.
Victoria – Ya…
Claudio – No me diga que usted también ha sido la ganadora de otro viaje a Tokio y
que su marido tuvo una crisis cardiaca al enterarse...
Victoria – No… Ni mucho menos…
Claudio – De haber ocurrido así podríamos estar hablando de una señal del destino.
La prueba de que estaba previsto que nos encontráramos…
Victoria – La verdad es que… Soy yo la que organizó ese concurso. Vamos, mi
revista…
Claudio – ¿Su revista?
Victoria – Si, la revista “Sensacional”… Soy la redactora jefe..
Claudio – ¡Increíble! ¡Es usted…! ¡Eso sí que es sensacional!
Victoria – Lamento mucho lo de su mujer… En cierto modo me siento
responsable…
Claudio – Es verdad que sin el concurso mi mujer estaría sentada en el asiento que
usted ocupa…
Victoria (a la defensiva) – Pues si… Pero, por otro lado, sin ese concurso, jamás
hubiera viajado usted a Tokio….
Claudio – Tiene usted razón... Incluso si mi mujer no se hubiera quedado petrificada
al saber que había ganado, ella y yo estaríamos sentados detrás de esa cortina. En
clase turista! En lugar de eso estoy sentado a su lado, en primera!
Victoria – Así es…
Claudio – Lo que, bien mirado, tiene también su lado de azar, ¿no le parece?
Victoria – No sé si puede considerarse que así sea…
Claudio – ¿Qué es lo que va a hacer en Japón, porque usted no está de vacaciones.
Victoria – Mi revista va a sacar una edición japonesa. Voy a Tokio para el
lanzamiento del primer número. Es algo muy importante para nosotros. Hemos
invertido mucho en este proyecto. También por eso estoy tan nerviosa.
Claudio (cogiendo la revista) – “Sensacional”… O sea que usted se ocupa de los
chismes y de la belleza de las mujeres.
Victoria – En efecto, esa es, más o menos, la línea editorial de nuestra revista.
Claudio – Pues, aunque no lo crea, usted y yo hacemos un trabajo parecido.
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Victoria – ¿Usted cree? Usted también se ocupa de los chismes y de la belleza de las
mujeres del mundo? ¿A qué se dedica, si puede saberse? ¿Acaso es usted peluquero?
Claudio – Entre otras cosas… A las mujeres las maquillo, les hago la manicura, las
peino… Pero tan sólo cuando están muertas…
Victoria – ¿Perdón?
Claudio – Soy tanatopráctico.
Victoria – ¿No me diga?
Claudio – Por lo tanto trabajo para que las mujeres estén bellas. Bueno, más bien de
darles un aspecto humano… Y por lo que se refiere a los chismes del mundo, le
aseguro que me entero antes que la prensa de la muerte de una celebridad.
Victoria – Parece interesante.
Claudio – Lógicamente cuando alguien muere, sea célebre o no, primero se entera la
policía y luego, nosotros… Sabemos cuando, cómo y con quien…
Victoria – Ya veo… Nunca se me hubiera podido ocurrir ponerme en contacto con
las pompas fúnebres para que me informaran, pero le aseguro que resulta tentador…
¿Me da una tarjeta?
Claudio – ¡Nosotros nos debemos al secreto profesional! Como los médicos, los
jueces y las prostitutas…
Victoria – Por supuesto… Pero usted sabe que, como periodistas, tenemos el deber
de mantener oculta la fuente informativa.
Claudio – Parece increíble que estemos sentados uno al lado del otro en este avión.
¿Usted cree que tiene algo que ver el destino?
Victoria – Así es como llaman los supersticiosos a la casualidad.
Claudio – Es muy bonito eso que acaba de decir… Parece un proverbio japonés…
Victoria – Invento muchos al cabo del día…
Claudio – Me gustaría llamar a mi madre y contarle al lado de quién estoy sentado.
Es una lectora muy fiel de “Sensacional”… ¿Le importaría hablar un momento con
ella? Si no nunca va a creerme.
Claudio saca el móvil.
Victoria – Estaré encantada… Pero creo que deberá esperar a que lleguemos a Tokio
para llamar a su madre.
Claudio – ¿Y eso?
Victoria – Porque el móvil no puede utilizarse durante el vuelo.
Claudio – Bien… Entonces… Realmente se trata de una cuarta dimensión… No lo
sabía…
Claudio guarda el móvil.
Victoria – Doce horas sin llamar y sin enviar un WhatsApp… Puede creerme que,
para muchos, es peor que doce horas sin comer y sin beber…
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Claudio – Pues sí… Sobre todo, imagino que para el redactor jefe de una revista
sensacionalista… O sea que si se enterara de una noticia sensacionalista durante el
viaje, no podría contárselo a nadie…
Victoria – ¿Una noticia sensacionalista?
Claudio – Sí, un chisme como se dice en su oficio.
Victoria – Pero no veo de qué tipo de chisme podría tratarse. Estamos en un avión
completamente apartado del mundo.
Claudio – Nunca se sabe…
Victoria – Imagine que el piloto anuncia que acabamos de perder uno de los
reactores y que estamos a punto de estrellarnos en lo más profundo de Siberia…
Claudio (misterioso) – Hun, hun…
Victoria – Claro que eso no sería noticia a no ser que hubieran una o dos
celebridades a bordo.
Claudio – ¿Y quién le dice que no las haya?
Victoria – ¿No irá usted a decirme que es Leonardo Di Caprio?
Claudio – Por supuesto, pero imagine que le cuente algo que no sabe nadie todavía…
Victoria – ¿Usted?
Claudio – Ya le he dicho que hay ciertas cosas que un director de funeraria es el
primero en saberlas.
Victoria – Pues… Adelante…
Claudio – Siempre que me prometa que no tiene forma de publicarlo antes de
aterrizar en Tokio.
Victoria – Imposible. Ni aunque se tratara de la noticia del siglo.
Claudio – Créame si le digo que es algo acojonante… Algo que no llegará a los
medios antes de doce horas.
Victoria – Le aseguro que está poniendo a prueba mi curiosidad… Soy toda oídos…
Claudio – Agárrese bien: Massiel ya no está en este mundo…
Victoria – ¿Massiel?
Claudio – Massiel.
Victoria – ¿Y esa es la noticia tan importante?
Claudio – Sí, Massiel.
Victoria – ¡Pero si hace más de treinta años que no canta!
Claudio – En Ávila, sí ha cantado.
Victoria – Sí, en Ávila… ¿Y qué?
Claudio – Ganó un Festival de Eurovisión.
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Victoria – Massiel… Si la colocáramos en portada en nuestra revista, los más
jóvenes se preguntarían quién es, y los mayores se preguntarían ¿pero ésta no se
había muerto?
Claudio – Quizá aquí en España.
Victoria – Pues sí, la revista es española.
Claudio – ¿Pero, se ha preguntado alguna vez si se la conoce en Japón?
Victoria – ¿En Japón?
Claudio – ¿Tiene usted idea de lo que Massiel representa para los japoneses?
Victoria – ¿Pero qué está diciendo?
Claudio – Simplemente que se trata de la cantante española más famosa en Japón.
Un verdadero culto a su personalidad. Para los japoneses Massiel es… como Kim
Jong-il para los habitantes de Corea del Norte.
Victoria – Cambiándole el pelo y poniéndole unas gafas de sol, podrían parecerse un
poco…
Claudio – ¿Usted no se da cuenta de que si diera la noticia de que Massiel ha muerto,
los japoneses decretarían tres días de duelo nacional?
Victoria reflexiona.
Victoria – Sí, es verdad que allí es muy conocida… En cualquier caso, mucho más
que en España.
Claudio – Massiel es lo único que España ha conseguido exportar a Japón. ¡Imagine
el impacto que puede ser esta noticia en la portada de la versión japonesa de
“Sensacional”!
Victoria – Tiene usted razón... Sí, puede ser una bomba, un verdadero chisme a la
japonesa.
Claudio – Una bomba planetaria, le aseguro. Massiel es también muy conocida en
Rusia, incluso en Siberia.
Victoria – ¿Y está usted seguro de que Massiel ha fallecido?
Claudio – Si le digo que fui yo quien la maquilló antes de que la incineraran? Nadie
mejor que yo puede saber lo ocurrido.
Victoria – Y, si es así, por qué ocultar su muerte?
Claudio – Siempre se hace de esa forma durante unas horas para que la familia pueda
hacer su duelo tranquilamente y organizar las exequias evitando a la masa. Y, todavía
hay más. Ni se imaginan dónde la van a enterrar.
Victoria – ¿Se sabe ya?
Claudio – Se sabe…. Y, esa puede ser la segunda noticia bomba.
Victoria – ¿No irán a echar sus cenizas en el Valle de los Caídos junto a la tumba de
Franco?
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Claudio – Más bien no. Con el fin de agradecer al público japonés su fidelidad
durante tantos años en que los españoles no la han hecho ni puñetero caso, vamos,
que ya la habían enterrado, dejó escrito en su testamento que su cenizas fueran
lanzadas sobre el monte Fukushima.
Victoria – Imagino que ha querido decir monte Fuji-Yama… ¿O sea que van a
mandar sus cenizas a Japón?
Claudio – Y es aquí donde surge la tercera y última noticia bomba…
Victoria – ¿O sea que hay algo más?
Claudio – Le aconsejo que se ponga el cinturón de seguridad no vaya a ser que lo
que le diga la haga saltar hasta el techo, porque es fuerte… Super fuerte…
Victoria – Vamos, desembuche…
Claudio – Ella está en este avión!
Victoria – ¿A quién se refiere cuando dice “ella”?
Claudio – A Massiel.
Victoria – ¿Pero no había muerto?
Claudio – Lo que están aquí son sus cenizas.
Victoria – ¿Sus cenizas?
Claudio – Lo decidió así su empresario para evitar que sus fans españoles se
opusieran al traslado. Se guardará el secreto hasta que la urna haya llegado al Japón.
Victoria – ¿Qué urna?
Claudio – No sé si eres tonta o se lo haces… ¡Pues la urna con sus cenizas! ¿No te
das cuenta de que, si se enteraran en España podría ser un escándalo? ¡Massiel es un
monumento histórico! En ruinas, pero un monumento.
Victoria – Por supuesto…
Claudio – ¿Puedes imaginar las escenas de histeria colectiva si los japoneses
supieran que sus cenizas viajan a bordo de este avión?
Victoria (dudosa) – No me estarás tomando el pelo ¿verdad?
Claudio – Sus cenizas están en la bodega de este avión, justo a nuestros pies.
Victoria – ¿A nuestros pies?
Claudio – Sobre la cabeza de mi mujer.
Victoria – ¿El cuerpo de su mujer está también en la bodega?
Claudio – No… Lo que quiero decir que se lo juro por la cabeza de mi mujer...
Victoria – ¿Y cómo sabes que está a bordo de este avión?
Claudio – Por pura casualidad. No tenía la menor idea de que fuera a tomar el mismo
avión que yo, pero cuando registré mis maletas reconocí a su empresario que estaba
en la fila, justo delante de mí. Y, sobre todo, reconocí el paquete que llevaba en la
mano.
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Victoria – ¿El paquete?
Claudio – ¡La urna! Yo mismo la embalé. Es muy frágil. ¡Además no es cuestión de
llevarla como equipaje de mano!
Victoria – Podría quedarse dando vueltas en la recogida de equipajes como una
vulgar maleta.
Claudio – Es lo que tiene viajar de incognito. Supongo que lo tendrán todo
organizado.
Victoria – Ya veo… Como cuando se transporta un órgano en frigorífico para un
trasplante de urgencia. Por ejemplo un corazón o un riñón…
Claudio – Bueno... Sí… Pero esto son cenizas… No se trata de filetes de hígado ni
de chuletones congelados…
Victoria parece digerir poco a poco tanta información.
Victoria – Pues sí, eso puede ser una noticia bomba, en efecto.
Claudio – Un éxito rotundo para el primer número de tu revista en Japón… 130
millones de habitantes… ¿Te das cuenta de lo que eso supone? ¡Tres veces los
habitantes de toda España!
Victoria – Será un número fantástico, estoy segura. Algo que no ocurre más que una
vez en la vida de una revista. ¡Sacar una bomba semejante en el primer número de
Sensacional en Japón!
Claudio – Por desgracia, al no haber teléfono, tampoco habrá noticia bomba…
¿Conoces algún sistema para hacer llegar la noticia a su redacción…? No podrás
hacer nada hasta que lleguemos a Tokio dentro de diez horas…
Victoria – Entonces la revista estará ya en la calle. Ahora deben estar a punto de
meterla en máquinas y…!
Claudio – Y, posiblemente dentro de diez horas ya no será una noticia bomba…
Victoria – ¿Tu crees?
Claudio – ¿No pensarás que un secreto así puede guardarse durante mucho tiempo?
Victoria parece totalmente deprimida.
Victoria – Tiene que haber una forma de avisarles
Claudio – Si te lo he contado es porque sabía que la noticia no podía salir de aquí…
Ya te he dicho que me debo al secreto profesional. Además, me juego el puesto de
trabajo…
Victoria – Mmmm..
Claudio (levantándose) – Perdona. Tengo que ir al baño.
Victoria (ajena) – Hun, hum…
Claudio (señalando el fondo del patio de butacas) – Iré a ese que está por allí, al
fondo, así podré ver cómo es la clase turista…
Claudio se levanta.
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Victoria – ¿Quién será el cretino que ha decidido que no se puede hablar por
teléfono, sobre todo en los viajes internacionales?
Claudio – Tampoco se puede hablar en el teatro…Y, a veces la función dura más de
dos horas…
Claudio atraviesa el patio de butacas observando la filas de espectadores con gesto
de curiosidad y un tanto burlón. Se dirige al público con el texto que sigue o
improvisando, según la inspiración del actor y las reacciones del primero.
Claudio – Bueno… Parece que todos los pasajeros han podido sentarse finalmente.
(Dirigiéndose a un espectador) ¿Son un poco pequeños los asientos, verdad?
(Dirigiéndose a otro) No se moleste, por favor, sólo quiero pasar… Voy al baño…
(A un tercero) No sé si los viajeros de la clase turista tienen derecho a utilizar los
baños… (A un cuarto) Espero que hayan hecho sus necesidades antes de subir al
avión… (A un quinto) Por favor, abróchese el cinturón. No me refiero al de seguridad
sino al suyo… (A un sexto) Tiene usted abierta la bragueta…
Claudio sale.
Victoria (enloquecida) – Massiel… Massiel… Pero esto es demencial... (Toma otra
pastilla) Me parece que no es el momento para dejar de tomar antidepresivos…
Oscuro
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Acto 2
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Victoria – ¡Pero no es con su madre con quien vas a hablar, sino con la redactora en
jefe de la versión japonesa de “Sensacional”!
Claudio – Sí… Tienes razón….
Victoria – ¿Estás seguro de poder hacerlo?
Claudio – ¿Cuánto?
Victoria – ¿Perdón?
Claudio – Me dijiste que cualquier revista estaría dispuesta a pagar una fortuna por
publicar esta información antes que las demás.
Victoria – Eso te lo dije cuando pensé que no había forma alguna de hacer llegar la
noticia a mi revista…
Claudio – ¿Entonces?
Victoria – ¿Mil? (Claudio no parece estar de acuerdo) ¿Diez mil?
Claudio – Se trata de triunfar o hundirse en el lanzamiento de tu revista en Japón.
Victoria – Está bien… Llegaré hasta los cincuenta mil. Ni un céntimo más.
Claudio – Por una cantidad así soy capaz de hacer que el avión aterrice en el techo de
una cabina telefónica.
Victoria prepara el cheque, pero de repente duda.
Victoria – ¿Y cómo voy a saber que realmente has dado la noticia si no puedo
acompañarte a la cabina de pilotaje?
Claudio – Puedo ser muy persuasivo cuando quiero, te lo aseguro. Lo tomas o lo
dejas.
Victoria le entrega el cheque. Luego escribe algo en una tarjeta de visita y se la
entrega a Claudio.
Victoria – Llamas a este número de mi parte y le dices a quien coja el teléfono que
prepare la necrológica de Massiel. Ella comprenderá.
Claudio (filosófico) – Es triste, pero al fin y al cabo todos moriremos un día ¿no es
así? (Victoria le lanza una mirada impaciente) Ya voy…
Claudio sale, esta vez entre bambalinas. Victoria le para antes de salir.
Victoria (en voz baja) – Y, no digas nada de esto a los pasajeros de clase turista…
Victoria saca otra pastilla y se la traga vaciando la copa de champagne.
Victoria (al público) – Supongo que habrán apagado sus móviles… Es por seguridad.
Podrían bloquearse los mandos… O fallar el sistema eléctrico… No quiero contarles
las consecuencias de un corto-circuito a la altura que vamos. ¡Porque volamos alto,
muy alto! Si esto se va caer, nos haremos picadillo.
Oscuro
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Acto 3
Victoria duerme. Tiene la revista sobre las rodillas. Despierta bruscamente con el
altavoz. Se escuchan ruidos como de lucha, golpes, gritos, acoplamientos en el
micrófono. Luego, silencio absoluto. Claudio vuelve. Tiene la ropa en desorden y
parece sofocado.
Victoria – No me diga que te has tirado al azafato sin su consentimiento…
Claudio – No, ni mucho menos… ¡Ojala fuera eso!
Victoria – Entonces es que el piloto no te ha dejado telefonear.
Claudio – Tampoco… Pude llamar a mi madre a Albacete, como habíamos
convenido…
Victoria – ¿A Albacete?
Claudio – Y le dije que Massiel había muerto. Quédate tranquila. Estaba viendo las
noticias en la uno y no han dicho nada…
Victoria – ¡Dígame que no es cierto lo que estoy oyendo! ¡Dígame que estoy
soñando, que se trata de una pesadilla!
Claudio – Al poco me di cuenta que no había marcado el número apropiado…
Victoria – ¿Y entonces?
Claudio – Pregunté al piloto si podía hacer otra llamada, y me contestó que
estábamos en una cabina de pilotaje y no una cabina telefónica. A partir de ahí es
cuando las cosas degeneraron.
Victoria – ¿Que has querido decir con “degeneraron”?
Claudio – Insultó a mi madre…
Victoria – ¿De verdad?
Claudia – Te dije que podría llegar a ser violento cuando se tocan ciertos temas… Y
para mí, mi madre es un tema sensible…
Se escucha la voz de una de las azafatas por el altavoz.
Azafata – Señoras, señores… presten atención, por favor. Tanto el piloto como el
copiloto han sufrido… Vamos que no se encuentran bien. No deben inquietarse
porque seguramente conseguiremos reanimarlos antes de haber perdido demasiada
altitud. Si hay algún médico a bordo que haga el favor de dirigirse a una de nuestras
azafatas… (Silencio) Si hay un piloto a bordo, por favor que también se manifieste.
Es urgente…
Victoria – ¡Dios mío!
Claudio – Creo que me pasé… Pero tu también tienes la culpa. Cincuenta mil euros
es una suma considerable... Una cantidad que se sube a la cabeza… ¡Cincuenta mil
euros! Con eso podría comprar un congelador enorme.
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Victoria – ¿Un congelador?
Claudio – Es para mi madre… En caso de que, realmente, tenga un cáncer incurable,
como tu dijiste antes…
Victoria – Ya…
Claudio – La descongelaría cuando descubrieran un remedio definitivo contra esa
enfermedad. Parece ser que se están investigando con una nueva encima… En las
ratas, claro. ¿Sabes que algunas medusas son inmortales?
Victoria le mira incrédula, cuando suena de nuevo el altavoz.
Azafata – Señoras y señores, en ausencia de un piloto experto, intentaré yo misma un
aterrizaje de emergencia en Novosibirsk. Les pido se aprieten bien los cinturones
porque ni siquiera soy capaz de aparcar mi coche marcha atrás. Me cuesta distinguir
el freno del embrague… Siempre los confundo… Ahora, al menos, puedo decir que
tengo bien agarrado el mando del piloto… Glup… No, esto no es el mando…
Victoria (histérica) – ¿Un aterrizaje de emergencia? ¡Fantástico! Al fin podré llamar
a mi redacción en Tokio!
Claudio – Creo que ha llegado el momento de que nos pongamos los chalecos
salvavidas.
Sacan flotadores con forma de patito y se los colocan en la cintura. Ruido de un
avión que cae en picado.
Oscuro
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Acto 4
26
Claudio – Sobre todo nada de brusquedades… Nos quedaremos tranquilos y nos
dirigiremos, despacio, a la salida…
Victoria – ¿Qué salida?
Claudio – ¡La salida de socorro!
Victoria (muy perturbada) – Creo que necesito otro relajante… (Busca en su bolso)
¡Dios mío! ¡Me han robado mis pastillas!
Claudio (enfático) – Cuando se está en el teatro y se tiene la suerte de tener pastillas,
es importante no dejarlas por ahí...
Victoria – El productor es un hijo de puta. Seguramente nos encasquetó un
somnífero en el champagne antes de largarse con la recaudación…
Claudio – ¡Menuda historia! ¿Tu crees que la prensa hablará de nosotros?
Victoria – Para eso tendría que haber un periodista en la sala.
Victoria – Espero que, al menos, quede alguna azafata viva.
Claudio – ¿Para qué la quieres?
Victoria – Para que eche la cortina entre la primera y segunda clase.
Salen.
Azafata – Es de esperar que el avión aguante y no se parta por la mitad.
Oscuro
Azafata – ¡Coño! ¡Acaba de partirse!
De ser posible, alguna canción de Massiel, preferentemente en japonés.
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Acto 5
Se ilumina la escena o bien el telón se abre de nuevo, como para que saluden los
actores. El decorado es el mismo que para el primer acto: dos asientos contiguos,
que bien podrían ser los de un teatro. Claudio está sentado junto a Victoria que ha
cambiado su ropa de ejecutiva por otra más informal. Se deja a la decisión al
director, dependiendo de la envergadura del escenario y las posibilidades de la sala.
Victoria y Claudio podrían también estar sentados entre el público, como al
principio del espectáculo. Victoria empuja levemente a Claudio para despertarle.
Victoria – ¡Claudio…! ¡Claudio!!! (Claudio no reacciona y Victoria le sacude con
mayor fuerza) ¡Claudio!!!
Claudio se despierta sobresaltado, como si saliera de una pesadilla.
Claudio (aterrorizado) – ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Ocurre algo?
Victoria – ¡Que se ha acabado!
Claudio – Entonces… ¿estamos muertos?
Victoria – No creo… (Más bajo) Aunque también se puede morir de aburrimiento…
Claudio – Pero… ¿Dónde estamos?
Victoria – ¿Que dónde estamos…? ¿Pues dónde íbamos a estar…? ¡En el teatro,
claro! La obra se ha acabado y tenemos que marcharnos… No voy a preguntarte si te
ha gustado…
Claudio mira a Victoria.
Claudio – ¡Tiene gracia!
Victoria – ¿A que te refieres?
Claudio – Soñé que había ganado un viaje a Tokio para dos en un concurso. Como
mi mujer había muerto, me colocaron en primera y viajaba junto a la redactora jefe de
una revista.
Victoria – ¿Tu mujer?
Claudio – Incluso podía beber champagne, sin pagar suplemento alguno.
Victoria – Pues, que bien…
Claudio – Y, en lugar de eso me despierto y estoy a tu lado, en el teatro….
Victoria – Pues… Ya ves… El sueño ha terminado… ¿Bueno, nos vamos o qué?
Victoria se levanta.
Claudio – Espera… Me acuerdo de algo más… En mi sueño también Massiel había
muerto…
Victoria – ¿Massiel?
Claudio – Dime que no es verdad, que Massiel no ha muerto…
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Victoria – No tengo ni idea… Hace mucho tiempo que no se habla de ella… ¿Vienes
o qué?
Claudio se levanta, todavía un poco chocado.
Claudio – ¿De verdad estamos en un teatro? Eso es algo que nunca hacemos…
Victoria – Empiezas a inquietarme… Al menos recordarás que trabajamos juntos en
congelados “El buey feliz”.
Claudio – Sí… Claro... ¡Ya recuerdo! ¡La mujer del director es la protagonista de la
obra! Él nos regaló las entradas.
Victoria – Una invitación que no podíamos rechazar… La verdad es que si no
hubiera invitado a todos sus empleados, seguramente no habría un alma en la sala.
Claudio – ¿Tan mala es la obra?
Victoria – Seguramente nos esperan a la salida para conocer nuestra opinión…
Claudio – ¡Menuda papeleta! ¡Podrías haberme despertado!
Victoria – No me di cuenta de que dormías…
Claudio – Entonces, cuéntame de qué va.
Victoria – ¿Así, por encima?
Claudio – Me haces un resumen y luego… improvisaré…
Victoria – No va a resultar tan fácil...
Claudio – ¿Y eso?
Victoria – La trama es bastante complicada, más bien diría yo que confusa…
Claudio – Pues, cuéntame lo que hayas entendido…
Victoria – La verdad es que no sé si también di alguna cabezadita entre el final del
primer acto y el comienzo del quinto…
Claudio – ¿No me digas?
Victoria – A lo mejor es que la obra duraba poco….
Claudio – ¡Coño! ¿Y ahora qué les decimos?
Victoria – Pues, improvisaremos, como has dicho antes… Bueno… Vámonos…
Encima no les vamos a hacer esperar…
Claudio – Estoy seguro de que seguimos soñando, de que esto es una pesadilla y que
pronto vamos a despertar…
Se dirigen a la salida.
Oscuro
Fin
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El autor
13 y Martes
Bar Manolo
Breves del Tiempo Perdido
Crisis y Castigo
El Joker
Ella y El, Monólogo Interactivo
EuroStar
Foto de Familia
Muertos de la Risa
Por Debajo de la Mesa
Pronóstico Reservado
Strip Poker
Un Ataúd para Dos
Zona de Turbulencias
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relativas al derecho de propiedad intelectual.
Toda copia es susceptible de una condena,
hasta de 300 000 euros y 3 años de prisión.
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