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Cómo Elaborar el Duelo Efectivamente

El documento describe cuatro opciones para lidiar con una experiencia de pérdida: 1) Ignorarla, 2) Admitirla racionalmente, 3) Hacer nido en el sufrimiento, 4) Aceptarla y decidir vivirla o elaborarla. La opción preferida es la cuarta, que implica un proceso de aceptación, asimilación y transformación personal.

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Cómo Elaborar el Duelo Efectivamente

El documento describe cuatro opciones para lidiar con una experiencia de pérdida: 1) Ignorarla, 2) Admitirla racionalmente, 3) Hacer nido en el sufrimiento, 4) Aceptarla y decidir vivirla o elaborarla. La opción preferida es la cuarta, que implica un proceso de aceptación, asimilación y transformación personal.

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FRENTE A UNA EXPERIENCIA DE PERDIDA: ELABORAR EL DUELO?

Isa Fonnegra de Jaramillo


Psicóloga Clínica
Invitta, Octubre 22 de 2009

Cuando se vive una experiencia de pérdida, sea ésta la muerte de alguien


amado, una ruptura amorosa, una enfermedad grave, la pérdida de la
libertad, del status socioeconómico, etc., tenemos varias opciones:

1. IGNORARLA. Hacer de cuenta que no ha ocurrido. “Al día siguiente


me reporté a trabajar como siempre y sencillamente no me detengo a
pensar en eso”.

2. ADMITIRLA RACIONALMENTE. “Yo sé que ella me dejó pero no es el


fin del mundo. Hay que seguir adelante y punto”.

3. HACER NIDO EN EL SUFRIMIENTO. No avanzar y cancelar la


posibilidad de seguir viviendo después de la pérdida. “Yo estoy muerta
en vida. No quiero vivir, no me provoca. Desde hace cuatro años mi
única tarea es llorarlo”.

4. ACEPTARLA Y DECIDIR VIVIRLA, o sea, elaborarla. “Al principio


quedé perplejo por varios días, no podía creerlo. Día tras día voy
despertando a una realidad dura y cruel: su muerte repentina y mi
soledad consiguiente. Son días largos en que el tiempo se arrastra con
tristeza”.
OPCIONES PRIMERA Y SEGUNDA
IGNORAR LA PÉRDIDA O INTELECTUALIZARLA

Aunque podríamos sustentarla en estudios científicos, para la siguiente


afirmación bástenos con la mera observación. Gran parte de la corriente
sociocultural contemporánea en los países occidentales nos invita a
acogernos a uno de estos dos caminos como el mejor. Somos
inmediatistas, deseamos hacer y no sentir, queremos resultados rápidos,
una fórmula mágica antidolor y no sufrir.

Un imperativo hoy parece ser el de “ser fuertes”, significando por eso el


ignorar o minimizar los malos momentos y sus consecuencias emocionales.
Si mostramos fortaleza, conseguimos aprobación familiar, admiración social
y “pronta recuperación”. Por lo tanto, la tristeza es vista como un peligroso
enemigo que, confundido con la depresión, nos debilita y lesiona nuestro
equilibrio interno. Contra ella empleamos cualquier arma: el ejercicio, la
actividad sin descanso, los antidepresivos, el alcohol, el trabajo compulsivo,
los viajes. Establecemos relaciones afectivas fugaces, sin compromiso, para
garantizar que si perdemos, no sufrimos. La lección oriental del “desapego”
se malentiende, identificándolo con un “no” a amar.
Todo ello va construyendo en nosotros y en nuestros niños una coraza que
nos “protege” y, defendidos tras esa armadura escondemos los
sentimientos, intentando seguir por la vida sin sufrir, sin sentir, ignorantes
del costo emocional que todo esto puede tener.

Vivir un duelo en tales condiciones ambientales no es nada fácil. Es mejor


negarlo. En nuestra sociedad tan competitiva y atareada no hay tiempo para
contemplar ni tolerar pérdidas ni para elaborar mediante procesos. “Esa es
tarea para desocupados, perdedores y depresivos” me decía un hombre
muy exitoso, de 50 años que perdió a su hijo de 23 en un accidente
automovilístico y que hoy, un año después es ejemplo de impaciencia,
irritabilidad e infelicidad.

OPCIÓN NÚMERO TRES


ETERNIZAR EL DUELO

En el otro extremo se ubican aquellas personas que cronifican su reacción,


que sucumben ante el dolor agobiante y deciden no dar la batalla. Para ellas
la pena es superior a sus fuerzas y como víctimas de un tsunami emocional,
permanecen devastadas sin tener interés en levantarse del suelo.

De fondo, puede haber muchas razones para ello. Una es la sensación de


culpa y deslealtad con el muerto por volver a sentirse bien y en muchos
casos, una ganancia: al convertirse en doliente sin esperanza garantizan la
atención, el cuidado y la preocupación de sus familiares que tampoco
pueden avanzar en el proceso del duelo so pena de recibir el castigo de la
censura de quien se declara “muerto en vida”.

Las tres hijas de Doña Rosalba de 78 años solicitan una cita


para su mamá quien reside en una ciudad de la costa
colombiana. Al ingreso Doña Rosalba me dice: “usted me
perdonará pero no sé para qué se empeñan mis hijas en traerme
acá. Yo se que usted es muy famosa pero nadie puede quitarme
la pena (comienza a sollozar) que llevo en mi alma desde hace
cinco años cuando un rayo me quitó a mi único hijo varón,
Gregorio. El era todo para mí y yo lo que quiero es morirme para
estar con él. No me interesa nada.
La semana que viene se casa una nieta y yo ya les advertí que
no voy ni a la iglesia ni a la fiesta. Que vayan ellos si les queda
ánimo de andar bailando y tomando por ahí” (llora desconsolada
por más de 15 minutos).

Como Doña Rosalba, hay personas que no se dan permiso de sobrevivir a


la pena. Su reacción de duelo es interminable y lentamente, sus familiares y
amigos aceptan con impotencia que nada pueden hacer para cambiar el
curso de esa vida de sufrimiento que su ser querido ha elegido.

Inciden en este tipo de reacción eterna e inmodificable la culpa por lo que


en vida ocurrió en la relación con quien muere, el apoyo irrestricto de un
entorno pasivo ante el poder de un familiar deprimido, la ignorancia de lo
que atañe al tema del duelo, la pobreza de recursos internos y la patología
de relaciones simbióticas en las cuales cada uno es la vida del otro, de
acuerdo a lo percibido clínicamente en las sesiones con Doña Rosalba.

OPCIÓN NÚMERO CUATRO


ACEPTARLA Y DECIDIR VIVIRLA

Nos referimos a lo conocido como “elaborar un duelo”. Comencemos por


comprender mejor qué es, qué incluye, y qué significa el verbo “elaborar”.

Elaborar es admitir, aceptar, reaccionar, asimilar, digerir, procesar, extrañar,


revisar la relación, re-plantearse la vida cambiada, re-construirse, re-
inventarse para un futuro sin él o ella. Son definitivamente muchas tareas
para llevar a cabo cuando se está extenuado por un dolor agobiante.
Elaborar toma tiempo y requiere de una decisión del doliente a favor de
luchar para salir adelante.

Y a qué se refiere entonces el término Duelo? A una respuesta personal


ante la pérdida, a un proceso humano natural, a un recorrido intenso en
emociones y en sentimientos, con un ritmo individual, único, que no es
lineal, a un proceso de transformación que nunca nos llevará a ser iguales a
como éramos, pero, quizás a ser mejores seres humanos, más conscientes
del sufrimiento en la vida y respetuosos del otro y sus necesidades, más
solidarios y con mayor empatía en el dolor. El duelo es un proceso de
transición, es egocéntrico porque nadie puede vivirlo por uno y es
centrípeto, es decir orientado hacia el interior y no a lo externo.

“Hacer” un buen duelo implica incorporar la pérdida a nuestra vida,


reconciliarse con ello y mantener la conexión afectiva con quien ya no está,
pero a un nivel diferente del que los unía en vida, conexión que debe pasar
de presencia externa a presencia interna.

Para muchos, al final del recorrido, hay una nostalgia apacible de lo vivido,
más sabiduría, más crecimiento y más paz.

El duelo, ese proceso de cambio, cuando es bien llevado, enseña un


camino que no vuelve a sernos desconocido. La primera vez que se vive un
duelo, experiencia emocionalmente rica y desgastante a la vez, uno no está
seguro de si podrá salir de ello o no y se cuestiona. Pero, en una siguiente
ocasión, ya hemos aprendido y sabemos que sí sobreviviremos. El proceso
no será más fácil, pero sí más predecible. Nos acompaña la esperanza que
ofrece la consciencia de la fuerza interna de nuestros recursos y del camino
por recorrer. Lo ya aprendido.

Elaborar un duelo, vivirlo, sufrirlo, asimilarlo es un reto de supervivencia,


una tarea dolorosa pero al final, amable y enriquecedora.

ENEMIGOS DEL DUELO

Además de lo dicho anteriormente, en mi práctica profesional diaria he


detectado cuatro nuevos enemigos del proceso de elaboración de un duelo.
Son ellos:

1. El perdón prematuro
Cuando yo inicio mi proceso perdonando, bloqueo y desvío su curso.
Ya no hay necesidad de revisar la relación, de descubrir tanto lo bueno
como lo malo de ella. El perdón debe ser un puerto de llegada y no un
puerto de partida.

2. La oración como anestésico


Ante el sentir sentimientos y sensaciones inquietantes, yo puedo orar o
rezar oraciones que al igual que un mantra repetitivo, no inducen a
pensar sino que anestesian la rabia y el dolor. Actúan como un freno.
Debe quedar muy claro que nada tengo en contra de la oración, ni de
la comunicación con un Ser Superior siempre y cuando no se trate de
repetir como loros frases que para el doliente no tienen sentido, pero
que mágicamente le disipan el sentir.

3. La religión mal entendida


Como muchos expertos en duelo, le atribuyo un profundo valor
terapéutico a la fe, a la conexión con Dios, a las creencias religiosas
que ofrecen una explicación para lo que para otros, es inexplicable.

Pero, la religión puede también emplearse mal entendiendo el


sufrimiento como una escalera que nos acerca a Dios, la pasividad
como una aceptación de Su voluntad inmodificable, y la resignación
como un camino que excluye la lucha. Ideas como que el llorar le resta
paz al muerto y su descanso en el más allá, son cada día más
recomendadas a los dolientes, siendo una fórmula más para reforzar la
“fortaleza” e inhibir el dolor.

4. La actividad
Entre más interactúo con dolientes más veo en muchos la necesidad
de hacer y no sentir. Hacer cosas es mantener a raya el dolor, la rabia,
las preguntas, la soledad, la realidad, es decir, el proceso del duelo. No
se trata de ir al extremo de declararse exentos de toda obligación
laboral o doméstica, pero sí de que al inicio, en el período agudo que
sigue a la pérdida, nos concedamos tiempo y silencio para poder
asimilar lo ocurrido y los cambios que ellos nos produce.
FINALMENTE, POR QUÉ ES CONVENIENTE ELABORAR UN DUELO?

Esta pregunta ya ha quedado respondida con lo dicho, pero podríamos


añadir que la muerte de un ser amado siempre es para el yo una situación
traumática que desequilibra el presente y la planeación del futuro del
doliente, que invade, asalta, sorprende al psiquismo. Procesar el duelo le
quita el carácter traumático. Al poder entender, revisar y asumir los cambios
que él implica y es posible incluir la experiencia en el relato coherente de la
vida, aceptándola y enfrentando el reto de seguir adelante reconstruyendo
armónica y creativamente las piezas de su vida.

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