Transculturación y heterogeneidad en Los indígenas arhuacos y “la vida de la
civilización”
Lina Alejandra Uribe Henao
Estudiante de Maestría en literaturas colombiana y latinoamericana
Universidad del Valle, Cali, Colombia.
2019.
Hablar de literatura colombiana es referirse a un vasto conjunto de obras con
marcadas diferencias. Sucede lo mismo con la literatura indígena –cuyo término
totalizante se combate con ‘literaturas indígenas’, al igual que ‘literaturas colombianas’–,
que en el país también es diversa y guarda una estrecha relación con el contexto
histórico-social en el que fue producida, las luchas que representa, su proceso de
construcción, la voz de la comunidad que habla y la educación de quien la escribió o
dictó, entre otros factores.
El presente texto propone un análisis de Los indígenas arhuacos y “la vida de la
civilización”, compilado de algunos escritos de Vicencio Torres Márquez cuyo tema
central es la imposición religiosa y la explotación económica que recibieron los
indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta durante 67 años por parte de la Orden
de los Hermanos Menores Capuchinos. El abordaje se hará desde dos conceptos:
transculturación, que el ensayista Ángel Rama adoptó del cubano Fernando Ortiz y
desarrolló en su libro Transculturación narrativa en América Latina, y heterogeneidad
socio-cultural, que el crítico Antonio Cornejo Polar analizó en su libro Escribir en el aire.
Con el fin de brindar una base para dicho análisis, primero se expondrán los hitos
mencionados en el libro de Torres Márquez que permiten comprender el contenido de la
obra a grandes rasgos; acto seguido, se retomarán algunos momentos de esa línea de
tiempo para analizar lo narrado por el autor con base en el concepto de
transculturación; en tercer lugar, se mencionarán algunos aspectos formales y de
contenido que hacen posible hablar de heterogeneidad socio-cultural, y por último se
presentarán las conclusiones.
Se estima que Vicencio Torres Márquez nació entre 1913 y 1914. En 1915, las
autoridades indígenas enviaron una comisión para solicitarle al presidente de Colombia
un maestro particular que les enseñara a los niños de la comunidad durante seis años.
En 1916, después de que la solicitud recorriera varias instancias, el obispo de la Guajira
decidió enviar a dos misioneros capuchinos como profesores. Vicencio, huérfano desde
sus primeros años, fue enviado a la misión capuchina de San Sebastián de Rábago. En
1928, los capuchinos ordenaron el asesinato de un cacique como castigo por no adherir
a la misión. En 1933, tras varios intentos, Vicencio logró abandonar “la vida civilizada” y
se dio cuenta de toda la barbarie de la que su pueblo era víctima. Entre 1934 y 1935
realizó viajes para encontrarse con los mamos koguis de Cherúa y pedirles consejos
que permitieran recuperar la sabiduría indígena, lo que derivó en la creación de la Liga
Indígena de la Sierra Nevada. En 1978 se publicó el libro Los indígenas arhuacos y “la
vida de la civilización”, y en 1983 los arhuacos lograron expulsar a la misión capuchina
luego de 67 años de yugo religioso.
La historia narrada en este libro da muestras de la agresiva transculturación que
experimentaron las comunidades indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta. Cabe
recordar que no se trata solamente de adquirir una nueva cultura –aculturación– sino de
un proceso que incluye el desarraigo de la precedente –desculturación– y la creación
de nuevos fenómenos culturales –neoculturación–. Al respecto, Rama asegura que el
concepto transculturación
Revela resistencia a considerar la cultura propia, tradicional, que recibe el impacto externo
que habrá de modificarla, como una entidad meramente pasiva o incluso inferior, destinada a
las mayores pérdidas, sin ninguna clase de respuesta creadora. Al contrario, el concepto se
elabora bajo una doble comprobación: por una parte registra que la cultura presente de la
comunidad latinoamericana (que es un producto largamente transculturado y en permanente
evolución) está compuesta de valores idiosincráticos, los que pueden reconocerse actuando
desde fechas remotas; por otra parte corrobora la energía creadora que la mueve,
haciéndola muy distinta de un simple agregado de normas, comportamientos, creencias y
objetos culturales pues se trata de una fuerza que actúa con desenvoltura tanto sobre su
herencia particular, según las situaciones propias de su desarrollo, como sobre las
aportaciones provenientes de fuera. (1984, pp. 40-41)
Así las cosas, si bien estas comunidades ya habían iniciado procesos de
transculturación desde su encuentro con los colonizadores y otros posibles cruces
previos con sociedades diferentes, la llegada de la misión capuchina a San Sebastián
de Rábago fue el comienzo de una serie de agresiones transculturadoras entre las que
se pueden destacar dos ejemplos, impulsados por el objetivo de insertar a los indígenas
en ‘la vida de la civilización’ y quitarles su condición de ‘salvajes’: primero, los cambios
físicos que los monjes exigieron en los niños arhuacos, y segundo, las traiciones a la
creencias indígenas al propiciar y obligar la mezcla de razas. Estos ejemplos se
ampliarán a continuación.
En varios fragmentos de Los indígenas arhuacos y “la vida de la civilización”, los
documentos escritos por Vicencio Torres Márquez ilustran la violencia que caracterizó
el proceso de transculturación. Se citan algunos apartados: “Nos cambiaron el modo de
vestir en contra del deseo de los jefes indígenas que era que nos dejaran con nuestro
cabello largo y el mismo vestido propio (1978, p. 9)”, “Cada palabra que hablábamos en
nuestra lengua era multada con 10 centavos” (p. 8) y “Pero yo creía esto: que con solo
ponerme vestido de civil yo no me convierto a la civilización, si no me ilustran y me dan
la enseñanza de lo que contiene la ley española. Es lo mismo que hacerme
comparación con un mono vestido de civil, con pantalón y camisa” (p. 10).
El segundo ejemplo de las agresiones durante la transculturación se evidencia con
otra norma que los capuchinos pisotearon para desprender a los indígenas de su
cultura. Se trata del casamiento o procreación entre distintas razas. Vicencio Torres
Márquez lo cuenta así: “En la ley nuestra está medido y escrito que no tengamos
ninguna mezcla de razas entre los hermanitos menores con los hermanitos mayores”
(p. 23) y añade más adelante que oyó decir que las intenciones de los curas con los
niños arhuacos era “llevarlos a otro lugar, a otro pueblo que sea de civilizados hasta
que se hagan mayores y puedan casarse con muchachas civiles y así no vuelvan a
coger otra vez sus costumbres y leyes” (p. 102).
Ahora bien, los ejemplos citados para hacer referencia a al concepto de
transculturación con la llegada de la misión religiosa a la Sierra Nevada de Santa Marta
suscitan algunas preguntas: ¿Qué tan transculturados estaban los indígenas arhuacos
en ese momento y qué tanto se habían alejado de sus raíces 400 años después de la
llegada de los colonizadores?, ¿qué transformaciones había tenido un líder como
Vicencio, que ya podía comunicarse de manera oral y escrita en castellano y que pasó
más de una década en el orfelinato de la misión capuchina?, ¿qué tan impregnada y
vigente estaba la cosmovisión indígena más allá de los mitos que permanecían en la
cultura oral?, ¿cómo hubiera sido el tránsito entre culturas si el presidente hubiera
enviado un maestro laico?
Por otra parte, es preciso hacer cuestionamientos relacionados con la comprensión
de esta obra: ¿Cómo se leen esas historias hoy, por parte de sociedades no
indígenas?, ¿Qué tan transculturados estamos para considerar, por ejemplo, que la
mezcla de razas no representa ninguna irregularidad?, ¿Cómo se comprende la
cosmovisión indígena –ya sometida a una contundente transculturación en ese
momento– desde una visión occidentalizada? ¿Las arbitrariedades que Vicencio narra
en su libro logran, desde la comprensión actual, la trascendencia que tuvieron para las
comunidades de la Sierra Nevada de Santa Marta al aniquilar sus creencias y
costumbres?
En cuanto a la heterogeneidad socio-cultural en las literaturas andinas que Antonio
Cornejo polar aborda en su ensayo Escribir en el aire, el libro de Torres Márquez del
que se ha hablado hasta aquí tiene características que permiten comprenderlo y
analizarlo como una obra heterogénea en tanto involucra el cruce de dos universos
socio-culturales, nació como símbolo de lucha y resistencia, se puede comprender
como un grito o una catarsis, y permite entrever –sobre todo en el primer capítulo- los
efectos de la oralidad en la escritura. Cornejo Polar, acudiendo al concepto de
literaturas alternativas del que habla Lienhard, dice que en dichas literaturas “por debajo
de su textura “occidental” subyacen formas de conciencia y voces nativas” (p. 7).
El sujeto que surge de una situación colonial está instalado en una red de encrucijadas
múltiple y acumulativamente divergentes: el presente rompe su anclaje con la memoria,
haciéndose más nostálgicamente incurable o de rabia mal contenida que aposento de
experiencias formadoras; el otro se inmiscuye en la intimidad, hasta en los deseos y los
sueños, y la convierte en espacio oscilante, a veces ferozmente contradictorio; y el mundo
cambia y cambian las relaciones con él, superponiéndose varias que con frecuencia son
incompatibles. (p. 13).
Así pues, Los indígenas arhuacos y “la vida de la civilización” es una obra que debe
ser comprendida desde la heterogeneidad y no desde una mirada occidental que
persigue el valor estético sin importarle, en ocasiones, el contexto de producción o, en
otros términos de Cornejo Polar que no se desarrollarán en este texto, el discurso, el
sujeto y la representación. Los ejemplos que consolidan el libro de Torres Márquez
como una pieza heterogénea pueden provenir tanto de su estructura como de su
contenido. En primer lugar, no se evidencia una narración lineal con un desarrollo lógico
bajo una visión occidental. Por el contrario, el libro aparece como una compilación de
documentos que abarcan temas desde la creación del mundo según el mito de los
arhuacos hasta la violencia ejercida por los monjes capuchinos.
Otra muestra de esa pluralidad son los discursos que sobreviven en la misma obra.
Vicencio incluye relatos biográficos, autoetnografías, mitos, denuncias, reflexiones
éticas, apuntes filosóficos y dibujos que intentan explicar la cosmovisión de su
comunidad, como cuando aborda –en el capítulo primero- la creación del mundo bajo
un título que promete un informe sobre los arhuacos. Por las razones mencionadas,
este libro perteneciente a las literaturas indígenas de Colombia se aleja de los límites
de la belleza estética como criterio de valoración y exige un análisis directamente
vinculado con el momento en el que fue escrito.
Se trata de una obra tan heterogénea que, incluso, adapta elementos católicos
occidentales para explicar el atropello a las comunidades indígenas con el despojo de
sus tierras: “Ahora sí que vamos a descubrir toda la verdad diciendo por quién es que
estamos sufriendo y padeciendo como clavados en la cruz. Así es como nos
comparamos con el Señor Dios Jesucristo Nuestro” (p. 57). Sin embargo, antes de esta
afirmación aparece otra descripción más bien mitológica sobre los capuchinos: “(…) nos
habíamos quedado algunos soportando el látigo o fuete que nos caía encima de
nosotros, pareciéndose (los monjes) a unas fieras furiosas, una pantera con sus pieles
negras, con ansias de devorarnos con sangre viva, con la boca grande y con sus
colmillos salientes” (p. 57).
Después de este análisis resulta posible llegar a tres conclusiones: la primera es que
la transculturación es inevitable en cualquier sociedad en tanto se trata de un proceso
inherente al encuentro de seres humanos. Sin embargo, en el caso de los indígenas, y
en especial de la comunidad arhuaca de la Sierra Nevada de Santa Marta debido a que
es el tema del libro que se abordó, este proceso se dio de manera violenta y
apresurada con la llegada de dos misioneros capuchinos, quienes con escasa
presencia pero mucho poder iniciaron una serie de cambios para despojar a los
indígenas de sus creencias. Los efectos de esta misión transculturadora y aniquiladora
siguen vigentes, no solo en la comunidad arhuaca sino en los indígenas de todo el país.
Quizá sea historia repetida en América.
La segunda conclusión es que Los indígenas arhuacos y “la vida de la civilización” es
una obra heterogénea cuya riqueza va más allá del valor estético literario acostumbrado
desde la visión occidental. Puede ser considerado un documento histórico que da
muestras de otra organización social, política y cultural de Colombia construida desde la
cosmovisión indígena. También, gracias a la mezcla de discursos, de relatos y de
documentos, permite entrever los efectos que hasta ese momento seguía teniendo el
choque de la oralidad y las diversas formas de escrituras amerindias con la palabra
escrita que llegó con las misiones conquistadoras y evangelizadoras, cuya riqueza no
estaba en el valor comunicativo sino en el poder que permitía ejercer.
La última conclusión nace de la mezcla de los dos conceptos empleados en este
texto. Puede decirse que en el libro de Vicencio Torres Márquez se aprecian los efectos
de la transculturación en esa heterogeneidad socio-cultural expresada en la literatura
indígena y que, en este caso, permitió que el autor plasmara las desgracias de su
comunidad a través de crónicas, autobiografías y autoetnografías, algunas con
alusiones religiosas católicas, sin dejar de lado los mitos que soportan su visión del
mundo y las bases éticas y filosóficas de su actuar.
Referencias bibliográficas
Cornejo Polar, A. (2003). Escribir en el aire. Ensayo sobre la heterogeneidad socio-
cultural en las literaturas andinas. Lima: Latinoamericana editores.
Rama, A. (2008). Transculturación narrativa en América Latina. Buenos Aires:
Ediciones El Andariego.
Torres Márquez, V. (1978). Los indígenas arhuacos y “la vida de la civilización”. Bogotá:
Librería y editorial América Latina.