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Capanna, Mentiras Convincentes

Este documento resume un artículo sobre las mentiras y engaños que circulan en internet, conocidos como "hoaxes". Explica que los rumores se vuelven más creíbles cuanto más importantes y ambiguos son, y analiza varios ejemplos de hoaxes que han circulado, como la supuesta falsificación de Stonehenge o las conspiraciones sobre el alunizaje. También menciona algunos fraudes científicos históricos y el caso del profesor Alan Sokal, quien publicó un artículo falso para exponer las deficiencias en
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Capanna, Mentiras Convincentes

Este documento resume un artículo sobre las mentiras y engaños que circulan en internet, conocidos como "hoaxes". Explica que los rumores se vuelven más creíbles cuanto más importantes y ambiguos son, y analiza varios ejemplos de hoaxes que han circulado, como la supuesta falsificación de Stonehenge o las conspiraciones sobre el alunizaje. También menciona algunos fraudes científicos históricos y el caso del profesor Alan Sokal, quien publicó un artículo falso para exponer las deficiencias en
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Universidad ESAN

Lenguaje y Literatura II
Comunicación y Literatura II

Pablo Capanna

Mentiras convincentes
Sin duda los más generosos, los que quieren hacernos reflexionar, alegrarnos
la vida o simplemente comerse nuestro tiempo, son los que mandan powerpoints.
Omitamos, por el momento, esas presentaciones que nos brindan enseñanzas de vida
gratuitas o nos sumergen en baños de dulzura fotográfica, sin contar los que se
proponen enriquecer nuestra cultura con vistas del Hermitage, el Louvre o el Gran
Cañón del Colorado. Puede que nos inviten a disfrutar de las maravillosas esculturas
que alguien hizo con viejos neumáticos de camión, o esas otras figuras tan realistas
que parecen de verdad, vea. Los más inocuos son los defensores de especies en vías
de extinción y los que compiten con el Discovery Channel.
Hace pocos días recibí un powerpoint de estos últimos. Como es común, no
tenía fecha, pero luego me enteré de que había estado boyando por el ciberespacio
durante seis meses, gracias a esos comedidos que cumplen con la orden de reenviarle
todo a todos, por miedo a quedar mal. Esta vez, la noticia me sorprendió. Se había
descubierto que Stonehenge (ver foto al final de la pagina), el monumento megalítico
de Gales, que es tan popular como el Coliseo y ha sido reconocido como patrimonio
de la humanidad, no era más que un fraude perpetrado hace un siglo apenas para
engañar a turistas e historiadores.
La persuasiva presentación decía estar basada en un artículo que había
aparecido en la edición online del National Geographic. Mostraba una serie de fotos
color sepia donde una cuadrilla de obreros bigotudos provistos de una grúa
acomodaba las piedras del santuario y observatorio astronómico más famoso de la
prehistoria. Mike Parker Pearson, un arqueólogo de la universidad de Sheffield muy
conocido por sus apariciones en televisión, explicaba que las piedras venían de otra
parte y los megalitos eran el mayor fraude científico de todos los tiempos. Si algún
escéptico pensaba chequear la fuente, se informaba que la página del National
Geographic había colapsado ante la avalancha de visitas. Había que esperar la
edición en papel, que aparecería recién en enero de 2010.
En realidad, todo era una patraña: un chiste del Día de Inocentes que habían
hecho en un blog español. Las fotos eran auténticas (habían sido tomadas en 1901,
durante una de las tantas restauraciones del monumento), pero tanto el logotipo del
instituto como el prestigio del arqueólogo eran usurpados. NatGeo tuvo que salir a
denunciar la versión como un hoax (‘fraude’), pero pasaron los meses y no dejan de
aparecer esos que se preguntan si todo eso no será una cortina de humo para tapar el
verdadero fraude, o especulan sobre los motivos que tendrán aquellos que nos ocultan
la cruda verdad. La mentira tiene patas más largas de lo que uno podría creer, por lo
menos desde que existen los medios.

¿Por qué caemos?


Por supuesto, quien firma esta nota cayó en la trampa como el más gil. Sacó
apresuradas conclusiones y se puso a esperar más detalles de la “denuncia”. Pero con
la poca actitud crítica que le quedaba trató de chequear esa “noticia” que venía de una
persona de confianza. Cuando todo lo que encontró en Google fueron desmentidas,
comenzó a preocuparse. ¿Cómo era posible que fuera tan fácil caer en un engaño
como ese?
Cuando se habla de rumores (tanto de aquellos que circulan de boca en boca,
como de esos que contaminan la Red), se suele recurrir a una fórmula propuesta por
el norteamericano Shibutani. El sociólogo definió los rumores de un modo un tanto
inquietante, como “noticias improvisadas”, con lo cual arrojó la sombra de la duda
sobre todas las noticias.
Shibutani fue quien propuso expresar la credibilidad del rumor como el
producto de dos valores difíciles de cuantificar: importancia x ambigüedad. Esto
significa que cuanto más imprecisa es la noticia y cuanto más afecta a lo que
consideramos importante, más creíble nos resultará.
En mi caso, lo que había ocurrido era que una noticia como esa parecía
desmitificar el aura ocultista que envolvía a Stonehenge desde los tiempos del
renacimiento celta y la restauración de los druidas. Si el monumento era falso, todo
eso se venía abajo; se trataba de algo que venía a corroborar mis propios prejuicios.
La ambigüedad quedaba disimulada porque se nos remitía a una fuente respetable,
desalentando de paso la verificación. Cuando la profecía halaga nuestros deseos, si el
pronóstico nos favorece, uno puede llegar a creer hasta en el Pulpo Paul, si encima lo
presentan como algo que viene avalado por algún intachable laboratorio.
Las mentiras (piadosas o perversas) que circulan por Internet se conocen como
hoaxes: un nombre que viene de hocus pocus, algo así como “abracadabra”. Son casi
tan abundantes como la publicidad-basura, que llamamos spam en homenaje a una
película de los Monty Python. El mundo virtual que se construyó en Internet resultó ser
el medio ideal para la circulación y expansión de aquellos rumores que antes
circulaban en forma oral, de mano en mano o por correo. La famosa “cadena del
dólar”, que prometía hacerse rico con sólo hacer diez copias y mandarlas a los
amigos, creció exponencialmente en la Red, que permite enviar centenares de copias
sin costo ni esfuerzo. En general, el truco del reenvío sirve para armar bases de datos
con las direcciones que luego se usarán para diseminar spam.
Las cadenas milagreras, que solían amenazar con terribles desgracias a quien
las cortara, han colonizado eficazmente la Red. Más originales parecen ser, en
cambio, las cadenas “solidarias” que apelan a nuestra compasión por un niño enfermo
que generalmente no existe. Obviamente, las amenazas de virus no existían antes de
que hubiera computadoras, pero recientemente han crecido hasta incluir supuestos
virus que atacarían a los celulares.
Algunas de estas propuestas no son más que estafas basadas en el famoso
esquema Ponzi, que se practica no sólo en el hampa sino hasta en las altas finanzas,
como demostró la reciente crisis mundial. Los primeros inversores obtienen fabulosas
ganancias con el aporte de los que entran después, la burbuja crece hasta el día que
resulta imposible pagar y el promotor se queda con todo. Entre los más conocidos está
el cuento de la herencia del dictador nigeriano, que es uno de los más duros de morir
en la Red.
A veces, apenas se trata de falsas noticias pensadas para halagar nuestros
deseos: Nokia regala celulares, Bill Gates quiere compartir su fortuna contigo... Otras
provienen de gente que goza sembrando el miedo o es propensa a asustarse: Hotmail
va a cerrar, los probióticos te dejan sin defensas, alguna conocida bebida contiene
drogas, el celular te come el cerebro, hay una banda que se dedica a robar riñones...
El más ridículo es el de los gatos bonsái, que habla de unos sádicos que crían gatos
encerrados en frascos.
Entre los más convincentes están esas listas de misteriosas coincidencias que
siempre sugieren alguna hipótesis conspirativa. Mucho antes de que naciera la Red ya
circulaban papelitos donde se señalaban las coincidencias entre el asesinato de
Kennedy y el de Lincoln. Después del 11S aparecieron las especulaciones
numerológicas que relacionaban la matrícula del avión con la edad de Bin Laden o las
conjeturas acerca de lo que se obtiene dividiendo el cuadrado de los pisos que tenían
las Torres por la raíz cúbica del teléfono de los bomberos.
Los hoaxes circulan durante meses, y pueden reaparecer años más tarde.
Algunos terminan por instalarse casi como certezas, o por lo menos como dudas
aceptables. “Lo que digo tres veces es verdad”, decía Lewis Carroll en “La caza del
Snack”. Es lo que ocurrió con la falsa autopsia de un extraterrestre, y más
recientemente con la denuncia de que la NASA nunca habría llegado a la Luna, que
tanto dio que hablar. El penúltimo parece ser ese misterioso astronauta con
escafandra y todo, esculpido en el friso de una catedral medieval, la de Salamanca.
Lamentablemente, se sabe que fue añadido por uno de los escultores durante la última
restauración, en 1992.
Es difícil evaluar la capacidad de circulación de un hoax, pero con el andar del
tiempo se tiende a desconfiar de ellos, y la propia naturaleza de la Red hace que
nunca falte quien se encargue de desenmascararlos. El sistema genera basura, pero
también se encarga de contenerla.
Muy distintas serían las cosas si se tratara de un sistema centralizado, donde la
información falsa puede instalarse y multiplicarse como un verdadero virus. La idea se
le había ocurrido a Poul Anderson, el físico y escritor de ciencia ficción, en plena
prehistoria de las computadoras. Entonces se concebían los sistemas con una lógica
diferente a la organización reticular que acabarían asumiendo. En 1953, Anderson
escribió el cuento “Sam Hall”, donde escenificaba un Estado policial controlado por
una enorme Máquina. Uno de los técnicos que la servían ponía en marcha una
rebelión tan sólo con introducir en la memoria del ordenador las hazañas del bandido
Sam Hall, un nombre tomado de una vieja canción de borrachos. Pacientemente iba
introduciendo falsas noticias sobre las increíbles hazañas del bandido, ahora
convertido en guerrillero, hasta crear un héroe mediático. Pronto la resistencia real lo
tomaba como emblema y una revuelta real terminaba por estallar.

Los fraudes “cientificos”


A lo largo de la historia hubo grandes fraudes en el campo científico, y se tardó
mucho en desenmascararlos. El caso del hombre de Piltdown es el más conocido, y
hasta la fecha no ha hecho más que acumular sospechosos, incluyendo gente como
Arthur Conan Doyle y Pierre Teilhard de Chardin.
Pero sin duda el mayor de los hoaxes “científicos” de los últimos tiempos fue el
de Alan Sokal. Pero este no fue fraguado para engañar sino, en todo caso, para
desenmascarar a los engañadores. Recordemos que en 1996 Sokal logró publicar en
la revista Social Text, sorteando todos los filtros de seguridad académica, una sarta de
disparates sobre “la hermenéutica trasgresora de la gravedad cuántica” que él mismo
salió a desmentir cuando todavía nadie se había dado cuenta. La tesis central del
artículo sostenía que la existencia del mundo físico era un dogma impuesto por los
poderes hegemónicos. Como el artículo había sido elogiado y profusamente citado, se
desató una interminable polémica en la cual todos salieron a cuestionar la ética de
Sokal.
El problema es que los encargados de juzgar la publicación habían caído en la
trampa porque estaban predispuestos a creer en el contenido del artículo. Pero había
otra cuestión, bastante más grave: Sokal juraba que no había inventado nada, porque
todas las tesis de su texto las había tomado de obras reconocidas y respetadas de la
muy celebrada “teoría francesa”.
Toda la historia recordaba muy de cerca el cuento “El traje nuevo del
emperador”, de Hans Christian Andersen. El monarca había encargado que le cosieran
nuevos y lujosos ropajes, pero algún funcionario corrupto se había quedado con los
fondos. Como no había traje alguno, por temor a caer en desgracia los cortesanos
fingían no darse cuenta y se deshacían en alabanzas al sastre y al augusto monarca.
El día que el rey salía a saludar desde el balcón del palacio, el pueblo quedaba
perplejo, pero por temor a ser reprimido por los esbirros nadie dejaba de aplaudir y
vivar. Hasta que aparecía ese chico, tan ingenuo como irreverente, que gritaba lo que
nadie se atrevía a decir: el rey estaba desnudo. Andersen no lo dice, pero lo más
probable es que le hayan aplicado alguna “ley mordaza” tipo Berlusconi o que lo hayan
metido preso. Con Sokal no se animaron, y gracias a él, engañar, se ha hecho un poco
más difícil.

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