C16-1 Carlos Estepa
C16-1 Carlos Estepa
Juana Torres
Universidad de Cantabria
1. El cronista.
Un monje anciano, sentado en el scriptorium y con su espalda curvada por el
peso de los años escribía con mano temblorosa: “No me avergüenzo de confesar que
fui concebido por mis padres en el pecado; además era de temperamento molesto y
mi conducta del todo intolerable. En torno a los doce años un tío materno, que era
monje, me arrancó por la fuerza de la vida inútil y descarriada que yo llevaba en el
mundo, y fui revestido con el hábito monástico, pero, por desgracia, sólo con el
hábito, pues no cambié de carácter. Cada vez que los padres y los hermanos espiri-
tuales me daban, por mi bien, preceptos de moderación y de santidad, les oponía
como un escudo mi corazón inflado de un orgullo salvaje y desmesurado, y rechaza-
ba por soberbia los consejos útiles para mi salvación. Desobedecía a los monjes más
ancianos, incordiaba a mis coetáneos, atormentaba a los más jóvenes; para ser since-
ro, mi presencia era una carga para todos, mi ausencia un alivio. Al final, impulsados
por estos y otros motivos similares, los monjes de aquel lugar me expulsaron del
monasterio y de su comunidad, sabiendo, sin embargo, que no me faltaría un lugar
donde vivir, gracias únicamente a mis conocimientos literarios. Pues esto se había
verificado ya muy a menudo.(1)”
El personaje que así se confesaba era Raúl, llamado “el Glabro” debido a una
particularidad física - la ausencia total de pelo en todo el cuerpo-, cuyo nacimiento
se produjo en los últimos años del milenio, en torno al 985, probablemente en Bor-
goña. Este monje inconformista y giróvago se expresaba en estos términos desde la
perspectiva que proporciona la vejez, con el distanciamiento necesario para entender
las cosas con objetividad y sin apasionamiento, y libre ya de sus perturbaciones
mundanas, tras haber recorrido gran número de monasterios en busca del lugar idó-
neo donde quedarse. El párrafo pertenece al libro V de las Historiae, redactado al
final de sus días. Nos ha parecido interesante tomarlo como punto de partida porque
resume en pocas líneas las peculiaridades vitales más significativas de nuestro prota-
gonista, como veremos a continuación.
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1 RaúlGlaber, Historiae, V, 3. Para todas las citas hemos seguido la edición de G. Cavallo y G. Orlandi, Rodolfo il
Glabro. Cronache dell’Anno Mille. Storie, con tr. it., (Milán 1989).
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2 Para
comprender el mundo monástico de los SS. XI y XII, resulta muy interesante el trabajo de A. D’Haenens,
“Quotidienneté et contexte: Pour un modèle d’interprétation de la réalité monastique médiévale (XI-XII siècle),
en AA. VV., Istituzioni monastiche ed istituzioni canonicali in Occidente (1123-1215),( Milán 1980), 567-600.
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yo la mayor parte del relato de los acontecimientos y prodigios que tuvieron lugar
en torno y sucesivamente al Año Mil de la encarnación del Salvador. Ese fue tam-
bién el motivo que me impulsó a iniciar la presente obra(3)”.
Conviene tener presente que los esquemas mentales del monje medieval diver-
gen profundamente de nuestra forma habitual de pensar, y debemos intentar aproxi-
marnos a ellos, en la medida de lo posible, para poder comprender muchas de sus
inquietudes y, consecuentemente, de sus actitudes. Cuando Raúl se refiere a “graves
pecados o infamias”, no cuestiona en absoluto la verdadera fe, que acepta íntegra-
mente. Sus inquietudes no afectan tanto al plano doctrinal como al puramente mate-
rial. El compromiso con la vida monástica entrañaba, como señalábamos previa-
mente, una serie de obligaciones, reglas, silencios, mortificaciones y penitencias
que suponían un auténtico sacrificio para el monje; pues bien, en el interior de Raúl
tenía lugar una pugna constante entre el propositum y un oscuro rechazo al cumpli-
miento de esas normas. A través de sueños y visiones narrados en sus Historiae nos
es posible intuir la neurosis de un individuo cuya trayectoria vital fue consecuencia
de las circunstancias y de los tiempos, no de una auténtica vocación. Así, en una
ocasión, “un monje creyó ver a un individuo de aspecto “tenebroso” que le decía:
“¿Por qué motivo vosotros los monjes, a diferencia de lo que hacen los otros hom-
bres, os sometéis a tantos sacrificios, vigilias, ayunos, penitencias, cantos de salmos
y otras innumerables mortificaciones?, ¿Acaso no es cierto que muchísimas perso-
nas, incluso viviendo en el mundo y persistiendo en el pecado hasta el final de su
vida están destinadas a gozar de la misma paz a la que vosotros aspiráis?. Para ganar
el premio de la felicidad eterna, que a vosotros os espera en cuanto justos, sería sufi-
ciente un día o una sola hora. Así, me pregunto por qué tú mismo, apenas oyes la
campana, inmediatamente te levantas de la cama interrumpiendo la dulzura del
sueño, cuando podrías quedarte durmiendo hasta el tercer toque... Vosotros no
tenéis nada que temer: sois libres de seguir vuestros impulsos y podéis satisfacer
cualquier deseo carnal con toda tranquilidad(4)”. Evidentemente este relato es una
proyección del estado de ánimo predominante en Raúl “Glaber”, que vería perturba-
da su conciencia de forma insistente a lo largo de su vida. De ahí su rebeldía y su
arrogancia que él considera “graves faltas” y por las que sufre.
A finales del 1031 el monje giróvago fue admitido en el monasterio de Cluny,
centro neurálgico de la cultura europea de la época, por su abad Odilón, a quien
dedicó sus Historiae. De esta forma Raúl entraba a formar parte de la congregación
monástica más poderosa en aquel momento, por constituir un centro económico,
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3 Vida del abad Guillermo XIII, Cf. G.Andenna y D. Tuniz, Rodolfo il Glabro. Storie dell’Anno Mille. I cinque
libri delle Storie. Vita dell’abate Guglielmo, tr. it., (Milán 1981), p.192.
4 Raúl Glaber, Historiae V,1.
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político y cultural de gran actividad y potencia. Ser un monje cluniacense era moti-
vo de prestigio, como lo recuerda el “Glaber” con orgullo, a propósito del anacoreta
africano que preguntaba a su visitante, procedente de la Galia: “Te lo ruego, dime si
has visto alguna vez el monasterio de Cluny, que se encuentra en aquel país”. “Lo he
visto y lo conozco bien”, respondió el otro. Entonces el eremita le dijo: “Sábete que
en todo el mundo occidental no hay cenobio que pueda estar a la par de aquél, sobre
todo por la liberación de las almas del poder del demonio”. Y Raúl añadió: “Como
nosotros mismos habíamos visto en aquel monasterio, a causa del gran número de
monjes, se acostumbraba a celebrar la misa ininterrumpidamente, desde el alba
hasta la hora de comer...(5)”. Allí redactó la mayor parte de las Historias así como su
otra obra, La Vida del abad Guillermo. Finalmente, tras una breve estancia en S.
Pedro de Béze, los últimos años del monje -desde el 1036 hasta el 1047 aproximada-
mente - transcurrieron en el cenobio de Saint Germain d’Auxerre, primera escuela
monástica del joven oblato. Ya en este lugar concluyó las Historias, que finalizan
con la descripción de un acontecimiento del año 1046. La fecha de su muerte, que
no conocemos con precisión, habría que situarla entre el 1046 y el 1049.
2. La “crónica”.
“¿Por qué, en los días de nuestro tiempo, no ha habido ninguno que, para las
generaciones futuras, pusiera por escrito, sin ocultar nada, los múltiples aconteci-
mientos que se producen bajo nuestros ojos, tanto en las Iglesias de Dios, como en
los pueblos?; sobre todo porque, según el testimonio del Salvador, hasta la última
hora del último día, con la cooperación del Espíritu Santo, Él mismo debe hacer en
el mundo cosas nuevas con el Padre(6)”. Así se lamentaban algunos hermanos -espi-
rituales- de Raúl e incluso el propio Odilón de Cluny, a quien va dirigida la obra(7).
Y éste será el impulso motor de la empresa, o al menos es la explicación que su pro-
pio autor aporta. El párrafo corresponde al inicio del libro I, que se abre con la dedi-
catoria “Al más ilustre de los hombres, a Odilón, abad del cenobio de Cluny”. Por
tanto, a pesar de haber sido Guillermo de Volpiano el inductor, el “alma mater” de la
obra, como señalábamos más arriba, ésta ha llegado hasta nosotros encabezada por
el nombre de Odilón. Posiblemente en un principio partiría de una dedicatoria a
Guillermo, pero en la reelaboración del libro I, cuando incluyó una introducción
sobre la divina cuaternidad, sería sustituido por Odilón. Lo que no consta en ningún
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5 Ibidem, V,13.
6 Ibidem I, 1.
7 El texto latino dice: ...studiosorum fratrum querimonia interdumque propria. El término propria debe referirse al
personaje de la dedicatoria (Odilón), y no al propio autor como interpretan G. Andenna y D. Tuniz, Rodolfo il
Glabro. Storie … op. cit., ya que al final de esta larga explicación manifiesta de forma inequívoca: vestrae pre-
ceptioni ac fraternae voluntati oboedio.
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8 Historiae I,4.
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9 Ibidem III, 3: cum ego ... in monasterio Cluniacense cum ceteris fratribus degerem ...( ... cuando me encontraba
en el monasterio de Cluny con los otros hermanos...).
10 Esta argumentación la defienden: M.-C. Garand, “Un manuscrit d’auteur de Raoul Glaber?”, en Scriptorium
XXXVIII (1983), 5-28; y G. Cavallo, G.Orlandi, Cronache dell’Anno Mille... op.cit., p.27 de la Introducción.
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11 Sobre esas consideraciones vid. Historiae, I, 24-25.
12 Tal es la explicación aducida por E. Ortigues, D. Iona-Prat, “Raoul Glaber et l’historiographie clunisienne”, Studi
Medievali, 3ª ser., XXVI, (1985), 537-572, especialmente p. 567.
13 Sobre estas cuestiones vid. B. Guenée, Histoire et culture historique dans l’Occident médiéval, (París 1980), pp.
20-22.
14 Esta es la respuesta que sugieren G.Cavallo y G. Orlandi, Cronache dell’Anno Mille…, op. cit., p. 27 de la Intro-
ducción.
15 Vid. M.-C. Garand, “Un manuscrit d’auteur..., op. cit.; y G. Cavallo, G. Orlandi, Cronache... op.cit.
16 Ibidem, p.34 de la Introducción.
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17 Vid. E. Pognon, L’an mille, (París 1947).
18 Vid. S. Giet, “La divine quaternité de Raoul Glaber”, Revue du Moyen Age Latin 5, (1949), 238-241; y P. Rous-
set, “Raoul Glaber interprète de la pensée commune au XI siècle”, Revue d’Histoire de l’Eglise de France 36,
(1950), 5-24.
19 Vid. J. France, “The Divine Quaternity of Rodulfus Glaber”, Studia Monastica 18, (1975), 283-294.
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• Los cuatro ríos del Paraiso: el Fisón , que significa “apertura de la boca”, repre-
senta la sabiduría; el Geón, o “hendidura de la tierra”, simboliza la templanza; el
Tigris, junto al que habitan los Asirios, cuyo nombre quiere decir “ los que guian”,
es el emblema de la fortaleza; el Éufrates, es decir, “la abundancia”, indica la justi-
cia.
• Las épocas de la historia: la primera va desde la creación al diluvio universal y
ha sido dominada por la prudencia, cualidades representativas de Abel y de Noé; la
segunda es la edad de los patriarcas, con personajes paradigmáticos como Abraham,
Isaac y Jacob, caracterizados por su templanza; el tiempo de los profetas le sigue
con la fortaleza como virtud característica, cuyos ejemplos van desde Moisés hasta
Cristo; y la cuarta etapa es la posterior a la Encarnación, gobernada por la justicia,
lo cual explica los numerosos ejemplos de justicia aportados por Raúl a lo largo de
la obra.
Se trataba, en definitiva, de armonizar la historia, entendida como una historia de
la salvación, con el orden del cosmos. Así pues, para el cristiano la Historia está
orientada y guiada por Dios, creador del mundo, y basándose en los textos sagrados,
-Evangelios y Apocalipsis- sabe que un día este mundo acabará. Concretamente, el
capítulo XX del Apocalipsis afirma lo siguiente: “Vi un ángel que descendía del
cielo, trayendo la llave del abismo y una gran cadena en su mano. Tomó al dragón,
la serpiente antigua, que es el diablo, Satanás, y le encadenó por mil años. Le arrojó
al abismo y cerró, y encima de él puso un sello para que no extraviase más a las
naciones hasta terminados los mil años, después de los cuales será soltado por poco
tiempo”. Es decir, cuando se hubieran acabado los mil años, el mal invadiría el
mundo y comenzaría el tiempo de las tribulaciones durante un breve período, tras el
cual se instauraría un reino terrenal perfecto, imagen del paraiso, que precedería el
fin del Mundo . Este es el fundamento del pensamiento milenarista que Raúl Glaber
parece compartir en su obra histórica. Al inicio de ésta expone su intención de des-
cribir los acontecimientos insólitos que tuvieron lugar en torno al milésimo año de
Cristo. ¿Pero de qué Milenio se trata, del del nacimiento o del de la muerte de
Jesús? Ante la duda, Raúl organiza su historia en función de la doble fecha: Parte
del año 900, avanza y va descubriendo algunos fenómenos extraños, prodigiosos,
ciertos signos de corrupción como la simonía y las herejías, datables hasta finales
del año mil; con la descripción de este periodo llega al libro III en el que se dispone
a “narrar los acontecimientos sucesivos desde el año mil del nacimiento del
Verbo(20)”. A partir del libro IV toma como punto de partida la otra fecha, es decir, la
muerte de Jesús, como lo pone de manifiesto en el primer capítulo: “Tras los múlti-
ples prodigios que tuvieron lugar en todo el mundo en torno al milésimo año de
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20 Historiae III, 1.
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Cristo Señor, -en parte antes y en parte después-, hubo, como es sabido, diversos
hombres de sagaz ingenio que predijeron hechos no menos importantes al aproxi-
marse el milenio de la pasión del mismo Señor(21)”. Se dispone, pues, a narrar los
sucesos, milagros y demás signos extraños datables a partir del 1033. Esta duplici-
dad explica la atmósfera de espera que impregna la obra; pero de espera, no de
temor. Con excepción, probablemente, de los altos niveles sociales en los que sería
comprendido el valor de la doble fecha entre el año 1000 y el 1033, para la inmensa
mayoría de la gente el Año Mil sería más bien una cifra, una etapa de límites muy
imprecisos, vivida en medio de temores y esperanzas, que recordaría el milenario de
las vicisitudes terrenas de Cristo. Por tanto, el Año Mil no era un conjunto de mie-
dos y estremecimientos, tal como la historiografía romántica nos ha transmitido. A
penas se habla en los documentos y en las crónicas de la época sobre los terrores
que anunciaban la muerte de los tiempos. La idea del fin del mundo tras mil años de
vida ha invadido la mayoría de las religiones antiguas y fue heredada por el cristia-
nismo a través del Apocalipsis de Juan. Pero la fecha es imprecisa, por ello, en espe-
ra de la Parousía, y ante la acumulación de prodigios, los actos purificadores se mul-
tiplicaron después del Año Mil.
En la concepción escatológica de la historia, implícita en la obra de Raúl, se
entrevé el designio de la Providencia de conducir a la humanidad hacia la salvación.
Dentro de esos mismos esquemas se incluyen, además de los acontecimientos, los
signos y los símbolos, pues de acuerdo con los esquemas mentales del medievo,
Raúl interpreta el mundo a través de la simbología(22). De ahí que conceda tanto
espacio a los prodigios, sueños y visiones, en cuanto gesta Dei, incluidos los que se
deben a las fuerzas del mal, que son permitidos por Dios para probar a los hombres ;
si se interpretan adecuadamente esos signos, permiten comprender los designios de
la Providencia.
Entonces ¿cuáles son los acontecimientos que, según Raúl, se intensifican en el
ambiguo milenio de la encarnación y/o pasión de Jesús?. Al igual que entre los his-
toriadores antiguos era natural describir la muerte de sus héroes: el emperador, los
reyes y los santos, acompañada de multitud de fenómenos insólitos, parecía bastan-
te lógico que, en memoria de Cristo, el tiempo del milenio fuera pródigo en los más
extraños prodigios.
– Se produjeron alteraciones cósmicas tales como la aparición de cometas (III,
4); lluvia de meteoros (V, 1,18); varios eclipses de sol (IV, 9,24 y 26; V, 3), el más
funesto de todos el del 1033, año del milenario de la Pasión: “El sol tomó un color
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21 Ibidem IV, 1.
22 A propósito de los símbolos y su significado en la Edad Media, vid. J. Le Goff, “Les gestes symboliques dans la
vie sociale. Les gestes de la vassalité”, Simboli e simbologia nell’alto medioevo, “Settimane di studio del Centro
italiano di studi sull’alto medioevo” XXIII, (Spoleto 1976), 679-84.
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23 Berneval-le-Grand, localidad cercana a Dieppe. Sobre este tema vid. L. Musset, “Raoul Glaber et la baleine: les
sources d’un racontar du XI siècle”, Revue du moyen âge latine IV, (1948), p.168.
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espalda con joroba, las nalgas que se agitaban, con ropas sucias; estaba jadeando y
con todo el cuerpo agitado”(V, 2)(24). La proliferación de imágenes de seres mons-
truosos y terroríficos era una constante en el medievo, según lo pone de manifiesto
el paradigmático ejemplo del comentario de Beato de Liébana al Apocalipsis, en el
S. VIII.
– Abundaron las calamidades, sobre todo epidemias, hambre y carestías que pos-
traban al género humano (II, 9,17): aparte del gran número de personas que murie-
ron, los supervivientes se alimentaban de carroña, de reptiles, de hombres, mujeres
y niños, sin consideración alguna ni siquiera hacia los lazos de sangre. Especial-
mente dramática nos presenta Raúl la carestía del 1033, con una descripción tan
pormenorizada que produce escalofríos (IV, 4,10-13).
– Los males no eran sólo cósmicos, morales o físicos; eran también espirituales
en un doble aspecto: por una parte la corrupción de la Iglesia, manifestada con la
simonía, y por otra la perversión de la verdadera fe, la herejía. Una avidez ciega y
desmesurada se había apoderado de los prelados de las iglesias; los cargos eclesiás-
ticos se habían convertido casi en mercancías a la venta, puesto que dependía del
dinero que se poseyera para adquirirlos, y no de los méritos. Esta corrupción afecta-
ba incluso a los obispos, que arrastraban con ellos al pueblo entero hacia las calami-
dades exigidas por Dios como medio para expiar las faltas (II, 6). Este capítulo
constituye una auténtica denuncia contra las prácticas simoniacas de las altas jerar-
quías eclesiásticas, y es un documento raro, como tal, para esa época. Gracias a un
Concilio convocado por el emperador Enrique III, -tal vez el de Pavía del 1046-, se
extirparía esa enfermedad, con la publicación de un edicto válido para todo el Impe-
rio, que prohibía comprar con dinero cualquier cargo u oficio eclesiástico, so pena
de ser despojado del cargo y excomulgado (V, 25). Pero faltaba aún el desorden de
las herejías, generalmente de carácter doctrinal e intelectual, pero que se difundían a
gran velocidad entre las clases sociales más bajas. Raúl describe varias: 1.- En
Rávena, el gramático Vilgardo proclamaba teorías contrarias a la verdadera fe, a
causa de su apasionamiento por los autores clásicos. Engañado por los diablos, afir-
maba que era necesario creer absolutamente las palabras de poetas como Juvenal,
Virgilio y Horacio (II, 12). Esta anécdota enlaza con la concepción medieval sobre
los autores antiguos paganos. Para su mentalidad, el estudio de éstos constituía úni-
camente un medio para entender las Escrituras, para descubrir a través de ellas los
signos que conducen a Dios. Como ha manifestado el gran medievalista G. Duby:
“Puesto que el saber se inscribe en las vías de la ética y no tiene sentido más que si
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24 Para
una interpretación psicológica de los pasajes en que Raúl narra sus encuentros con el diablo, vid. R. Colliot,
“Rencontres du moine Raoul Glaber avec le diable d’aprés ses Histoires”, Le diable au Moyen Age, (Aix-en-Pro-
vence 1979), 119-132.
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es instrumento de salvación, el estudio no puede ser otra cosa que un ejercicio espi-
ritual... para penetrar en el Reino(25)”. Raúl manifiesta su adecuación a los esquemas
mentales monásticos de la época, en el sentido de que cada vez que las lecturas clá-
sicas asumieran valores alternativos, se convertían en seducción diabólica o en
herejía. Su pensamiento lo había manifestado claramente en las Historias: “De los
estudios liberales se sale más inflado de orgullo que obediente a los mandatos de
Dios”. Por otra parte, en el Año Mil las bibliotecas monásticas estaban muy bien
dotadas de libros clásicos, pero eso no implicaba un amplio uso de ellos. Se escribí-
an o se hacían escribir por su valor patrimonial, por penitencia o simplemente para
legar algo personal a los sucesores. Lo que se escribía y lo que se leía eran dos cues-
tiones marcadamente diferentes(26).
2. Entre el 1020 y el 1025, una mujer llegada de Italia y poseída por el maligno
introdujo en Orleans una herejía muy grave, que cuestionaba la autoridad de las Escri-
turas. Además fue difundida por dos clérigos corruptos: Eriberto y Lisoio (III, 8).
3. En torno a la misma época, se descubrió en Monforte otra herejía similar a la
de Orleans. “Adoraban a los ídolos como los paganos y celebraban sus absurdos
sacrificios a la manera de los Judios... Una de las mujeres más nobles de los herejes
fue, según la costumbre, a visitar a un enfermo, postrado en el lecho de muerte...
Mientras la mujer entraba en la casa, el moribundo al alzar la mirada advirtió inme-
diatamente que con ella habían entrado un gran número de personas todas vestidas
de negro y con aspecto terrorífico” (IV, 2). Tras infructuosos intentos por parte de
los demonios, el enfermo se ratificó en sus creencias y expiró.
4. A finales del Año Mil, en el condado de Châlons, Leutardo había arrastrado al
engaño de la herejía al pueblo de Virtus. Se oponía a la riqueza de la Iglesia al afir-
mar que era absurdo pagar el diezmo, rompía los crucifijos porque le parecía un
atentado contra la trascendencia de Jesús el mostrar su cuerpo muerto en la cruz,
abandonó a su mujer para vivir en la castidad(27); y además se refugiaba en la autori-
dad de las Escrituras, trastocando su sentido, para engañar más sutilmente (II, 11).
5. El insulto más grave contra todos los cristianos se produjo en el 1009, con la
destrucción del Santo Sepulcro a manos de los infieles, junto con la iglesia de Jeru-
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25 El Año Mil. Una nueva y diferente visión de un momento crucial de la historia, tr. esp. I. Agoff, (Barcelona
1988), p. 44.
26 Vid. G. Cavallo, G. Orlandi, Cronache … op. cit., p.16-18 de la Introducción; P. Lamma, Momenti di storiogra-
fia cluniacense, (Roma 1961), p.44 ss.; P. Riché, Les écoles et l’enseignement dans l’Occident chrétienne de la
fin du V siècle au milieu du XI siècle, (París 1979); A. Wilmart, “Le couvent et la bibliotheque de Cluny au milieu
du XI siècle”, Revue Mabillon 11, (1929), 89-124.
27 La mayoría de las herejías del S. XI rechazaban el matrimonio, basándose en una interpretación rigorista del
Evangelio de Mateo, 19, 29 y Ev. de Lucas 14, 26. Un hereje de Monforte respondió al inquisidor que le pregun-
taba cómo podría entonces reproducirse el género humano: Sicut aves, sine coitu: Vid. Landolfo Seniore, Histo-
ria Mediolanensis II, 27, M.G.H. SS. VIII, pp. 65-66; H. Taviani, “Le mariage dans l’hérésie de l’an mil”, Anna-
les XXXII, (1977), 1074-89.
El Cronista del año mil: Raúl Glaber 149
salén que lo contenía. “Puesto que aquella insigne obra en memoria del Señor atraía
a visitarla a una infinita masa de fieles de todo el mundo, el demonio, lleno de envi-
dia, volvió a esparcir el veneno de su odio contra los cultivadores de la verdadera fe
a través de sus acólitos, los Judíos. En la Galia, en la ciudad de Orleans había nume-
rosos representantes de esta gente, más arrogantes, envidiosos e impúdicos aún que
los demás de su misma raza. Siguiendo un plan malvado, corrompieron a un tal
Roberto, esclavo... giróvago disfrazado de peregrino... y lo enviaron al príncipe de
Babilonia con un mensaje... en el cual se le hacía saber que si no se apresuraba a
destruir el templo de los Cristianos, éstos pronto habrían invadido su reino y se
habría encontrado privado de su autoridad. Ante esto, el príncipe, con un acceso de
cólera, envió a sus hombres a Jerusalén para destruir el templo” (III, 7). Aparte de
otras consideraciones obvias, por medio de este texto Raúl se manifiesta ya como
un antisemita, anticipándose a otros personajes europeos posteriores a él. Además,
resulta enormemente significativa la justificación que él aduce a propósito de que
hayan quedado judíos en las ciudades occidentales: “Es oportuno que existan siem-
pre algunos judíos como testimonio de sus propios crímenes y del esparcimiento de
sangre de Cristo” (III, 7).
Ante semejante acumulación de prodigios, y en espera de la Parusía, los actos
purificadores proliferaron después del Año Mil. Los hombres se sometían a peniten-
cias individuales, mortificaciones, renunciaban a los placeres de comer carne, prac-
ticar el sexo, manejar oro, etc.; Y también se producían sacrificios colectivos como
la excomunión, la muerte en la hoguera o la purga de elementos funestos e infeccio-
sos para los fieles como eran los judíos. Pero el rito penitencial más paradigmático
lo constituían, sin duda, las peregrinaciones, a través de las cuales los cristianos se
lanzaban a los peligros de la aventura, en búsqueda de la Tierra Prometida. “ En
aquel tiempo, procedente de todas las partes del mundo, una gran multitud de fieles
comenzó a confluir hacia Jerusalén, al Sepulcro del Salvador; era tan gran cantidad
que nadie habría podido preverlo. Inicialmente emprendieron la peregrinación los
hombres de nivel más humilde de la sociedad, o plebeyos, después se movieron las
clases medias, seguidas de los que pertenecían a los estratos más elevados, y a con-
tinuación los reyes, condes y obispos. Finalmente, como no había sucedido nunca,
emprendieron el viaje también muchas mujeres nobles, acompañadas de otras más
pobres. La mayoría deseaban morir allí, antes de volver a su patria” (IV, 6,18). A
pesar de la presentación de Raúl como un hecho insólito, las peregrinaciones de los
fieles a Tierra Santa se venían produciendo desde los primeros siglos del cristianis-
mo de manera ininterrumpida. Por otra parte, no es cierto que nunca antes las muje-
res hubieran realizado viajes a los Santos Lugares; piénsese en las dos Melanias,
abuela y nieta, en Paula y Eustochio, compañeras inseparables de Jerónimo, en Sil-
via de Aquitania, en Poemenia y en la hispana Egeria, por citar simplemente los
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casos más conocidos entre las aristócratas del S. IV. Además, la multitud de peregri-
nos se dirigía también hacia Occidente, Roma y Santiago de Compostela, poniendo
de moda un fenómeno que sería el inmediato precedente de las Cruzadas(28).
Era tiempo de penitencia, pero también de esperanza. Tras el milenario de la
Pasión de Jesús, las medidas de purificación tocaban a su fin; se veía retroceder a las
fuerzas del mal, puesto que la ira Dei se había aplacado. Se aproximaba una nueva
primavera de los tiempos. Raúl nos describe el aspecto de las ciudades, llenas de
nuevas construcciones, con la siguiente metáfora: “era como si la propia tierra sacu-
diéndose y liberándose de la vejez, se revistiera toda entera de un manto blanco de
iglesias” (III, 4,13). Posiblemente, con una perspectiva menos espiritual, lo que
sucedía era que, ante la situación de crecimiento económico, la Iglesia habría puesto
en circulación las riquezas hasta entonces acumuladas. Se celebraron asambleas de
paz con el compromiso de abstenerse de cualquier hostilidad durante ciertos perio-
dos del calendario litúrgico, las denominadas “treguas de Dios(29)” (V, 15). Así
mismo, se redactó una lista, dividida en capítulos, con las prohibiciones y las pro-
mesas a las que debían comprometerse todos los cristianos. La principal, y que resu-
mía todas las demás, era el mantenimiento de una paz inviolable; también se esta-
bleció la obligación de abstenerse de beber vino el sexto día de cada semana y de
comer carne el séptimo, excepto por enfermedad o por una festividad muy impor-
tante (IV, 5,15-16). Aquí encontramos ya los precedentes del ayuno y la abstinencia
en Cuaresma. En definitiva, tras el terrible hambre que asoló al mundo en el 1033 y
según va creciendo el movimiento por la paz, Raúl nos describe en una hermosa
página de sus Historias la alegría del universo: ”Al año siguiente de aquella ruinosa
carestía,... cesadas las lluvias y tempestades en homenaje a la bondad y la misericor-
dia de Dios, el rostro del cielo comenzó alegremente a aclararse, a hacer respirar
vientos favorables, a mostrar, sereno y aplacado, la magnanimidad del Creador.
Cubriéndose generosamente de vegetación, la superficie terrestre entera comenzó a
producir frutos en abundancia y alejó del todo la carestía. Entonces, por primera
vez, a instancia de los obispos, abades y otros religiosos... empezaron a celebrarse
concilios a los que eran transportados los cuerpos de muchos santos e innumerables
urnas con reliquias sagradas... Dada la concentración de tantas reliquias de santos,
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28 Sobre esta tema vid. P. Alphandéry, “La chrétienté et l’idée de croisade” I, Les prèmieres croisades, ed. A.
Dupront, (París 1954), 43-56; A. Dupront, “La spiritualité des croisés et des pelerins d’aprés les sources de la
première croisade”, Pellegrinaggi e culto dei santi in Europa fino alla prima crociata. Atti del IV Convegno di
Studi del Centro italiano di studi sulla spiritualità medievale, (Todi 1963) 451-83; A. Vauchez, La spiritualité du
moyen âge occidental. VIII -XII siècles, (París 1975) 65-74; E. Delaruelle, “L’idée de croisade dans la littérature
clunisienne du XI siècle et l’abbaye de Moissac”, Annales du Midi LXXV, (1963), 430 ss.
29 Sobre estos concilios vid. H.E.J., Cowdrey, “The Peace and the Truce of God in the Eleventh Century”, Past and
Present XLVI, 1970, 42-67; F. Cardini, Le crociate tra il mito e la storia, (Roma 1971), 21-24; Idem, Alle origini
della cavalleria medievale, (Florencia 1981).
El Cronista del año mil: Raúl Glaber 151