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C16-1 Carlos Estepa

Este documento describe la vida del monje medieval Raúl Glaber. Nació alrededor del 985 en Borgoña y fue forzado a unirse a un monasterio siendo adolescente a pesar de no tener vocación monástica. Esto lo llevó a vagar entre varios monasterios debido a su carácter rebelde. A pesar de sus problemas, Raúl se convirtió en un monje culto e historiador que dejó importantes escritos sobre la época.
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C16-1 Carlos Estepa

Este documento describe la vida del monje medieval Raúl Glaber. Nació alrededor del 985 en Borgoña y fue forzado a unirse a un monasterio siendo adolescente a pesar de no tener vocación monástica. Esto lo llevó a vagar entre varios monasterios debido a su carácter rebelde. A pesar de sus problemas, Raúl se convirtió en un monje culto e historiador que dejó importantes escritos sobre la época.
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EL CRONISTA DEL AÑO MIL: RAÚL GLABER

Juana Torres
Universidad de Cantabria
1. El cronista.
Un monje anciano, sentado en el scriptorium y con su espalda curvada por el
peso de los años escribía con mano temblorosa: “No me avergüenzo de confesar que
fui concebido por mis padres en el pecado; además era de temperamento molesto y
mi conducta del todo intolerable. En torno a los doce años un tío materno, que era
monje, me arrancó por la fuerza de la vida inútil y descarriada que yo llevaba en el
mundo, y fui revestido con el hábito monástico, pero, por desgracia, sólo con el
hábito, pues no cambié de carácter. Cada vez que los padres y los hermanos espiri-
tuales me daban, por mi bien, preceptos de moderación y de santidad, les oponía
como un escudo mi corazón inflado de un orgullo salvaje y desmesurado, y rechaza-
ba por soberbia los consejos útiles para mi salvación. Desobedecía a los monjes más
ancianos, incordiaba a mis coetáneos, atormentaba a los más jóvenes; para ser since-
ro, mi presencia era una carga para todos, mi ausencia un alivio. Al final, impulsados
por estos y otros motivos similares, los monjes de aquel lugar me expulsaron del
monasterio y de su comunidad, sabiendo, sin embargo, que no me faltaría un lugar
donde vivir, gracias únicamente a mis conocimientos literarios. Pues esto se había
verificado ya muy a menudo.(1)”
El personaje que así se confesaba era Raúl, llamado “el Glabro” debido a una
particularidad física - la ausencia total de pelo en todo el cuerpo-, cuyo nacimiento
se produjo en los últimos años del milenio, en torno al 985, probablemente en Bor-
goña. Este monje inconformista y giróvago se expresaba en estos términos desde la
perspectiva que proporciona la vejez, con el distanciamiento necesario para entender
las cosas con objetividad y sin apasionamiento, y libre ya de sus perturbaciones
mundanas, tras haber recorrido gran número de monasterios en busca del lugar idó-
neo donde quedarse. El párrafo pertenece al libro V de las Historiae, redactado al
final de sus días. Nos ha parecido interesante tomarlo como punto de partida porque
resume en pocas líneas las peculiaridades vitales más significativas de nuestro prota-
gonista, como veremos a continuación.

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1 RaúlGlaber, Historiae, V, 3. Para todas las citas hemos seguido la edición de G. Cavallo y G. Orlandi, Rodolfo il
Glabro. Cronache dell’Anno Mille. Storie, con tr. it., (Milán 1989).
136 Juana Torres

1. Presumiblemente debió condicionar su existencia en gran medida la circuns-


tancia de haber nacido fuera del matrimonio, como él señalaba: “Fui concebido por
mis padres en el pecado”, o, tal vez, incluso el ser hijo de un eclesiástico, según han
querido intuir algunos. Desde luego, el mero hecho de mencionarlo ya indica que
para él fue trascendente, probablemente a causa del desarraigo y la falta de referen-
tes afectivos que sufrió. En este sentido resulta bastante esclarecedora la relación
paterno-filial que unió a Raúl con Guillermo de Volpiano, abad de S. Benigne de
Digione, durante un largo periodo de tiempo.
2. Pero mucho más decisiva fue su consagración involuntaria al monacato en
plena adolescencia, siendo arrancado de “las perversas vanidades mundanas”. La
trascendencia de esta imposición se vio acrecentada debido a la confluencia de dos
aspectos fundamentales:
– Por una parte, Raúl se enfrentaba a una institución y a una sociedad completa-
mente distinta de la mundana; carecía de vocación monástica y por ello se rebelaba
a acatar las normas y se sentía inducido constantemente a romper el propositum
monástico, pues éste consistía en un proyecto que afectaba a la totalidad de las par-
celas vitales: reclusión en el monasterio, un lugar diferente del espacio exterior;
acondicionamiento del tiempo a las fases litúrgicas e incluso de las distintas horas
del día en función del Oficio Divino; relaciones de igualdad y fraternidad en la
sociedad monástica, frente al autoritarismo reinante en el mundo laico; cambios
físicos del monje, en cuanto al hábito, el corte de pelo y las mortificaciones; someti-
miento a las reglas de obediencia, silencio, frugalidad, etc. Una vida que él no había
elegido, pero a la que no podía escapar. A consecuencia de esa insatisfacción exis-
tencial, y con una actitud desafiante, Raúl “desobedecía a sus superiores, molestaba
a sus compañeros y rechazaba cualquier sugerencia encaminada a su salvación espi-
ritual”. Y como resultado de su rebeldía, se vio obligado a vagar de monasterio en
monasterio por la Borgoña del Año Mil.
– El otro factor importante reside en la propia consecuencia de esa imposición:
Raúl se convirtió en un monje, y así llegó a ser un “protagonista” del Año Mil, por-
que éste fue, sin duda, el tiempo de los monjes. Como ocurriera antes, en la época
de Carlo Magno, los monasterios fueron nuevamente los principales focos cultura-
les. Todos los historiadores se formaban intelectualmente en los monasterios, de los
cuales pocos salieron después. En ellos se impartía el modelo de formación comple-
ta: religiosa, espiritual e intelectual, con todos los instrumentos de la cultura escrita,
desde los más elementales a los más perfeccionados. La palabra era el elemento
estructural fundamental de la sociedad monástica. Pedro el Venerable, abad de
Cluny, resumía con estas palabras las tareas de un monje del s.XI y XII: rezar, leer,
escribir y dictar. O bien, como señala D’Haenens, autor de un interesante trabajo
sobre la cotidianidad monástica medieval: “Es un proceso conjunto de reproducción
El Cronista del año mil: Raúl Glaber 137

oral -declamación coral y lectura en voz alta-, escritura -escribir y transcribir- y de


consumo -escuchar y leer- de un material verbal esencialmente sagrado... En la rea-
lidad monástica la producción y el consumo de la palabra y del texto son fundamen-
tales y vitales... El monje practica esencialmente la cultura del verbo: se nutre de
palabras y de escrituras, que produce y reproduce; la lectura, el canto en coro, la
redacción, la transcripción y la conservación de los textos constituyen su actividad
principal(2)”. La formación intelectual de Raúl no se sustrajo a ese esquema de edu-
cación monástica; era la de un monje culto de la época, al que se le confiaba la “cul-
tura escrita” del monasterio. Se da la circunstancia, en absoluto casual, de que gran
parte de los historiadores de procedencia monástica eran expertos escribas, archivis-
tas y bibliotecarios. Por otra parte, los conocimientos de Raúl se verían probable-
mente incrementados a causa de su carácter inquieto y de su actitud nómada, que le
llevarían a conocer y asimilar saberes de los distintos lugares por donde pasó. Y así
nos lo hacía saber en esa especie de confesión de la que hemos partido: ...”sabiendo
que no me faltaría un techo donde cobijarme, gracias a mis conocimientos literarios,
pues ese vagar ya se había producido en varias ocasiones”.
Siguiendo esa ruta monástica trazada por nuestro autor, el primer monasterio que
conoció fue, con toda probabilidad, Saint Germain d’Auxerre, donde ingresó en su
primera adolescencia, y el mismo en el que transcurrieron los últimos años de su
vida. Con posterioridad al 1010, posiblemente a causa del carácter rebelde del
joven, fue internado en S. Léger de Champeaux, y por esas mismas fechas estuvo
también en Moutiers Saint Jean, ambos dependientes de S. Germain d’Auxerre.
Subyugado por la fuerte personalidad de Guillermo de Volpiano, abad de S. Benig-
ne de Digione, después del 1015 Raúl ingresó en ese monasterio y permaneció allí
hasta el 1030. Según se desprende de la Vita que compuso en su honor, el abad
representó para él una figura paterna enormemente positiva, que, por otra parte, res-
pondía plenamente a su comportamiento para con todos los monjes, con una actitud
de disponibilidad, comprensión y afecto. Resultan muy significativos al respecto los
capítulos XII y XIII de esa biografía, a pesar de las normas retóricas y hagiográficas
que la impregnan. Posteriormente, a causa del disgusto de Guillermo por las “culpa-
bles infamias” del joven, éste se marchó a otro cenobio, tal vez Moutiers Sainte
Marie, y, según sus palabras: “Mientras vivía allí, una noche, en sueños, lo vi junto a
mí, con su rostro afable; y acariciándome la cabeza con la mano decía: “Te ruego
que no me olvides, si no fingías amarme; deseo más que nada que pongas fin a la
obra que me habías prometido”. En efecto, por invitación suya ya había compuesto

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2 Para
comprender el mundo monástico de los SS. XI y XII, resulta muy interesante el trabajo de A. D’Haenens,
“Quotidienneté et contexte: Pour un modèle d’interprétation de la réalité monastique médiévale (XI-XII siècle),
en AA. VV., Istituzioni monastiche ed istituzioni canonicali in Occidente (1123-1215),( Milán 1980), 567-600.
138 Juana Torres

yo la mayor parte del relato de los acontecimientos y prodigios que tuvieron lugar
en torno y sucesivamente al Año Mil de la encarnación del Salvador. Ese fue tam-
bién el motivo que me impulsó a iniciar la presente obra(3)”.
Conviene tener presente que los esquemas mentales del monje medieval diver-
gen profundamente de nuestra forma habitual de pensar, y debemos intentar aproxi-
marnos a ellos, en la medida de lo posible, para poder comprender muchas de sus
inquietudes y, consecuentemente, de sus actitudes. Cuando Raúl se refiere a “graves
pecados o infamias”, no cuestiona en absoluto la verdadera fe, que acepta íntegra-
mente. Sus inquietudes no afectan tanto al plano doctrinal como al puramente mate-
rial. El compromiso con la vida monástica entrañaba, como señalábamos previa-
mente, una serie de obligaciones, reglas, silencios, mortificaciones y penitencias
que suponían un auténtico sacrificio para el monje; pues bien, en el interior de Raúl
tenía lugar una pugna constante entre el propositum y un oscuro rechazo al cumpli-
miento de esas normas. A través de sueños y visiones narrados en sus Historiae nos
es posible intuir la neurosis de un individuo cuya trayectoria vital fue consecuencia
de las circunstancias y de los tiempos, no de una auténtica vocación. Así, en una
ocasión, “un monje creyó ver a un individuo de aspecto “tenebroso” que le decía:
“¿Por qué motivo vosotros los monjes, a diferencia de lo que hacen los otros hom-
bres, os sometéis a tantos sacrificios, vigilias, ayunos, penitencias, cantos de salmos
y otras innumerables mortificaciones?, ¿Acaso no es cierto que muchísimas perso-
nas, incluso viviendo en el mundo y persistiendo en el pecado hasta el final de su
vida están destinadas a gozar de la misma paz a la que vosotros aspiráis?. Para ganar
el premio de la felicidad eterna, que a vosotros os espera en cuanto justos, sería sufi-
ciente un día o una sola hora. Así, me pregunto por qué tú mismo, apenas oyes la
campana, inmediatamente te levantas de la cama interrumpiendo la dulzura del
sueño, cuando podrías quedarte durmiendo hasta el tercer toque... Vosotros no
tenéis nada que temer: sois libres de seguir vuestros impulsos y podéis satisfacer
cualquier deseo carnal con toda tranquilidad(4)”. Evidentemente este relato es una
proyección del estado de ánimo predominante en Raúl “Glaber”, que vería perturba-
da su conciencia de forma insistente a lo largo de su vida. De ahí su rebeldía y su
arrogancia que él considera “graves faltas” y por las que sufre.
A finales del 1031 el monje giróvago fue admitido en el monasterio de Cluny,
centro neurálgico de la cultura europea de la época, por su abad Odilón, a quien
dedicó sus Historiae. De esta forma Raúl entraba a formar parte de la congregación
monástica más poderosa en aquel momento, por constituir un centro económico,

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3 Vida del abad Guillermo XIII, Cf. G.Andenna y D. Tuniz, Rodolfo il Glabro. Storie dell’Anno Mille. I cinque
libri delle Storie. Vita dell’abate Guglielmo, tr. it., (Milán 1981), p.192.
4 Raúl Glaber, Historiae V,1.
El Cronista del año mil: Raúl Glaber 139

político y cultural de gran actividad y potencia. Ser un monje cluniacense era moti-
vo de prestigio, como lo recuerda el “Glaber” con orgullo, a propósito del anacoreta
africano que preguntaba a su visitante, procedente de la Galia: “Te lo ruego, dime si
has visto alguna vez el monasterio de Cluny, que se encuentra en aquel país”. “Lo he
visto y lo conozco bien”, respondió el otro. Entonces el eremita le dijo: “Sábete que
en todo el mundo occidental no hay cenobio que pueda estar a la par de aquél, sobre
todo por la liberación de las almas del poder del demonio”. Y Raúl añadió: “Como
nosotros mismos habíamos visto en aquel monasterio, a causa del gran número de
monjes, se acostumbraba a celebrar la misa ininterrumpidamente, desde el alba
hasta la hora de comer...(5)”. Allí redactó la mayor parte de las Historias así como su
otra obra, La Vida del abad Guillermo. Finalmente, tras una breve estancia en S.
Pedro de Béze, los últimos años del monje -desde el 1036 hasta el 1047 aproximada-
mente - transcurrieron en el cenobio de Saint Germain d’Auxerre, primera escuela
monástica del joven oblato. Ya en este lugar concluyó las Historias, que finalizan
con la descripción de un acontecimiento del año 1046. La fecha de su muerte, que
no conocemos con precisión, habría que situarla entre el 1046 y el 1049.
2. La “crónica”.
“¿Por qué, en los días de nuestro tiempo, no ha habido ninguno que, para las
generaciones futuras, pusiera por escrito, sin ocultar nada, los múltiples aconteci-
mientos que se producen bajo nuestros ojos, tanto en las Iglesias de Dios, como en
los pueblos?; sobre todo porque, según el testimonio del Salvador, hasta la última
hora del último día, con la cooperación del Espíritu Santo, Él mismo debe hacer en
el mundo cosas nuevas con el Padre(6)”. Así se lamentaban algunos hermanos -espi-
rituales- de Raúl e incluso el propio Odilón de Cluny, a quien va dirigida la obra(7).
Y éste será el impulso motor de la empresa, o al menos es la explicación que su pro-
pio autor aporta. El párrafo corresponde al inicio del libro I, que se abre con la dedi-
catoria “Al más ilustre de los hombres, a Odilón, abad del cenobio de Cluny”. Por
tanto, a pesar de haber sido Guillermo de Volpiano el inductor, el “alma mater” de la
obra, como señalábamos más arriba, ésta ha llegado hasta nosotros encabezada por
el nombre de Odilón. Posiblemente en un principio partiría de una dedicatoria a
Guillermo, pero en la reelaboración del libro I, cuando incluyó una introducción
sobre la divina cuaternidad, sería sustituido por Odilón. Lo que no consta en ningún

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5 Ibidem, V,13.
6 Ibidem I, 1.
7 El texto latino dice: ...studiosorum fratrum querimonia interdumque propria. El término propria debe referirse al
personaje de la dedicatoria (Odilón), y no al propio autor como interpretan G. Andenna y D. Tuniz, Rodolfo il
Glabro. Storie … op. cit., ya que al final de esta larga explicación manifiesta de forma inequívoca: vestrae pre-
ceptioni ac fraternae voluntati oboedio.
140 Juana Torres

manuscrito es el título, ya que el de “Historiarum libri” procede del primer editor,


Pierre Pithou, en el 1596.
La intención de Raúl parece clara: unir pasado y presente para rastrear las huellas
de Dios en la historia, de manera que puedan resultar útiles a sus contemporáneos y
a sus sucesores; una especie de historia universal. Pero a Raúl, al igual que a todos
los historiadores medievales, no le interesan los hechos cotidianos, sino los memo-
rables y, por ello, dignos de ser contados como los prodigios, milagros, visiones, etc.
Se trata de buscar una eficacia edificante, a modo de exempla, y no la verdad. En
palabras suyas, se dispone a recoger “los hechos que, según dicen, se multiplicaron
en torno al milésimo año de la Encarnación de Cristo Salvador”.
En cuanto a las “fuentes” utilizadas para redactar su obra, podemos diferenciar
tres tipos:- por una parte se sitúan sus raíces ideológicas, que arrancan de la tradi-
ción escrituraria, patrística y hagiográfica o en autores como Máximo el Confesor y
Juan Scot; -además se basa en los acontecimientos que, o bien él mismo ha visto con
sus propios ojos, o se los han referido otros. Como lo que él ha podido ver se limita
a sucesos contemporáneos y de su tierra, la mayoría de las veces se funda en tradi-
ciones orales e informaciones de terceros que los vieron o a los que a su vez también
se los contaron; -y por último recurre a los historiadores del pasado, explícitamente
recordados: Beda el Venerable y Paolo Diácono. Los anales, crónicas e historias de
su tiempo no le llegan, encerrado tras los muros del claustro, y con la dificultad aña-
dida de la lenta y escasa circulación de las obras.
Con respecto a la cronología de las Historias, el inicio de su composición debe-
mos situarlo en torno al 1020, cuando Raúl emprendió su tarea en S. Benigne de
Digione, a instancias de su abad Guillermo de Volpiano; el libro I comenzaría en el
parágrafo 4 de la versión definitiva: “Hablaremos sobre los hombres ilustres del
mundo latino, en calidad de sostenedores de la fe católica y de la justicia, y sobre los
diversos acontecimientos memorables tanto para las santas iglesias como para cada
uno de los pueblos, en el periodo que va desde el año 900 de la Encarnación del
Verbo que creó y dio vida a todas las cosas hasta nuestros días, tal como lo hemos
sabido a partir de relatos creíbles, o como los hemos visto nosotros mismos(8)”. A
raíz de su estancia en el monasterio de Cluny, inmerso en aquel efervescente
ambiente intelectual, le surgió la idea de introducir el libro I con una reflexión sobre
la divina cuaternidad, fiel reflejo de la concepción del mundo y de la historia propia
de los cluniacenses. Se trata de un texto complejo por su composición, muy acorde
con la línea de pensamiento imperante en Cluny en el año Mil, por sus abundantes
referencias históricas, meditaciones teológicas, enseñanzas de la Sagrada Escritura
y sugerencias neoplatónicas. El libro requería, pues, una reelaboración; ahora bien,

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8 Historiae I,4.
El Cronista del año mil: Raúl Glaber 141

si la idea parece haberse gestado durante la permanencia de Raúl en Cluny -entre el


1031 y el 1035-, la puesta en práctica de dicha reforma se realizó con posterioridad
en S. Germain d’Auxerre, su primer y último espacio monástico. La redacción defi-
nitiva incluiría, pues, la dedicatoria, sustituyendo el nombre de Guillermo de Vol-
piano por Odilón de Cluny; la reflexión sobre la divina cuaternidad y también una
adecuación de la parte final del libro I, puesto que el ceremonial de la coronación de
Enrique II aparece interpretado de acuerdo con el esquema teológico inicial.
El libro II y una parte del III fueron redactados en Cluny, pero este último lo con-
cluyó en otro monasterio, a tenor de las referencias contenidas en él respecto al
periodo cluniacense como ya concluido(9). Posiblemente el lugar sería S. Germain
d’Auxerre, a donde se retiró en el año 1036 y permaneció hasta el final de su vida.
Allí escribió también el libro IV y, una vez finalizado, en el 1041, ya que los últimos
acontecimientos contenidos en él datan del 1040, encargó su copia así como la
nueva versión del libro I.
En contra de la aparente primera intención del autor respecto a dar por concluida
la obra con el libro IV, llegado el momento, no envió el manuscrito a su destinatario,
Odilón, sino que dio comienzo al libro V. A esa tarea dedicó los últimos años de su
vida, desde el 1041 hasta el 1047 aproximadamente. Si el esmero formal, puesto de
manifiesto en libro IV, induce a pensar en la idea de redacción definitiva y de final
de las Historias, la gran pregunta que todos los estudiosos se plantean es ¿qué indu-
jo a Raúl a continuar su redacción, y además con el libro de significativo número 5?;
¿por qué cambió de idea?. Las posibles explicaciones resultan en su mayoría coinci-
dentes en los distintos autores. Sin descartar sugerencias tan simplistas como un
cambio de humor o la solicitud por parte de sus hermanos de continuar la obra, se
apuntan:
– El impulso de un hombre anciano a realizar confidencias, a hacer balance de su
vida, a causa de la recurrente aparición de recuerdos que acentuaban sus eternas
inquietudes, miedos y sentimientos de culpa. De hecho, el libro V se compone de
esa mezcla de meditaciones y reflexiones personales, de una historia interior, con
una historia evenemencial, descriptiva de los acontecimientos(10).
– También se señalan explicaciones de carácter bíblico que le habrían inducido a
escribir los cinco libros de “las Historias” a imagen del Pentateuco, de los cinco
libros de Moisés. Puesto que el deseo de Raúl era escribir la historia según el mode-
lo de la Santa Escritura, juzgar la historia a la luz de ésta, pues la función de los

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9 Ibidem III, 3: cum ego ... in monasterio Cluniacense cum ceteris fratribus degerem ...( ... cuando me encontraba
en el monasterio de Cluny con los otros hermanos...).
10 Esta argumentación la defienden: M.-C. Garand, “Un manuscrit d’auteur de Raoul Glaber?”, en Scriptorium
XXXVIII (1983), 5-28; y G. Cavallo, G.Orlandi, Cronache dell’Anno Mille... op.cit., p.27 de la Introducción.
142 Juana Torres

espirituales en la Iglesia consistía en “atestiguar la acción providencial de Dios en


los acontecimientos y difundir fuera de los claustros la lectio divina(11)”, por tanto,
esta conjetura podría estar perfectamente justificada(12).
– La concepción historiográfica medieval es otra de las causas aducidas. Para el
historiador de esa época, el final de la narración lo establecía la muerte; mientras
vivía, su deber era proseguir el relato(13). Al concluir Raúl el libro IV, en torno al 1041,
pretendía dar por acabadas las Historias porque, posiblemente, creía cercano el fin de
sus días; pero, a medida que su vida se prolongaba, la sucesión de acontecimientos le
impulsaban a retomar la pluma, debido a su conciencia de historiador medieval, y por
ello continuó la narración(14).Cualquiera de estas sugerencias puede resultar plausible
y, por qué no, una combinación de varias, ya que no son excluyentes.
Continuando con el último libro, gracias a la conservación del manuscrito más
antiguo, contemporáneo de Raúl, que se encuentra en la Biblioteca Nacional de
París, los paleógrafos han descubierto que se trata del “idiographo” de autor; idió-
grapho, no autógrafo, pues diversas razones técnico-librarias, gráficas y de conteni-
do hacen creer que sólo el libro V ha sido escrito por el propio Raúl, mientras que
los otros restantes, del I al IV, se deben a la labor de monjes amanuenses bajo su
estrecha vigilancia. En efecto, existen una serie de correcciones al margen que pro-
cederían de su mano, ya que poseen las mismas características gráficas que la escri-
tura del libro V(15).
3. El significado de la “crónica”.
“A pesar de los límites de su extracción monástica, culturalmente restringida, la
obra de Raúl restituye de forma vívida, envolvente, cuáles fueron los malestares,
temores, esperanzas, impulsos, modos de comportamiento, referentes éticos, mode-
los de vida civil y religiosa en torno al Año Mil; y son éstos los documentos de his-
toria de las mentalidades y de psicología colectiva los que se deben buscar en las
Historias, no la precisión de los hechos, que se muestran mezclados y confusos”.
Con estas palabras refleja Guglielmo Cavallo su valoración de la obra y su contribu-
ción al conocimiento histórico(16). Iremos analizando con cierto detenimiento esos
valores para comprender la significación de la “crónica”.

—————————————————————————
11 Sobre esas consideraciones vid. Historiae, I, 24-25.
12 Tal es la explicación aducida por E. Ortigues, D. Iona-Prat, “Raoul Glaber et l’historiographie clunisienne”, Studi
Medievali, 3ª ser., XXVI, (1985), 537-572, especialmente p. 567.
13 Sobre estas cuestiones vid. B. Guenée, Histoire et culture historique dans l’Occident médiéval, (París 1980), pp.
20-22.
14 Esta es la respuesta que sugieren G.Cavallo y G. Orlandi, Cronache dell’Anno Mille…, op. cit., p. 27 de la Intro-
ducción.
15 Vid. M.-C. Garand, “Un manuscrit d’auteur..., op. cit.; y G. Cavallo, G. Orlandi, Cronache... op.cit.
16 Ibidem, p.34 de la Introducción.
El Cronista del año mil: Raúl Glaber 143

Prestemos atención, en primer lugar, a la introducción del libro I, que se titula De


divina quaternitate. Es un texto breve pero que ha suscitado controversias entre los
distintos estudiosos. A mediados de siglo Pognon afirmó que carecía de sentido
lógico y de relación con el resto de la obra(17); Posteriormente Giet y Rousset han
procurado hallar el verdadero valor de esa introducción(18); y en fechas más recien-
tes France ha logrado demostrar, por medio de un agudo e interesante trabajo, que el
tratado sobre la cuaternidad es fundamental para entender el conjunto de la obra, ya
que proporciona las bases teológicas, filosóficas e historiográficas necesarias para
la comprensión de las Historias(19). El título, cuaternidad, tiene su explicación en
quater, término latino que significa “cuatro veces”. Los números en la tradición
patrística y en la cultura del platonismo y neoplatonismo, no expresaban cantidad o
grandeza como actualmente, sino que tenían un valor místico y, en calidad de sím-
bolos religiosos, señalaban relaciones de perfección, de valor, de armonía. A propó-
sito del significado espiritual del número cuatro, Raúl se basó en los comentarios a
la Biblia de Ambrosio, Isidoro, Agustín y Gregorio Magno, y éstos le sirvieron de
guía. Pretendía afirmar que entre la materia, el hombre, y la realidad sobrenatural
existía una unidad, y ésta se revela en las siguientes series de cuaternidad:
• El mundo material, inferior, está formado por los 4 elementos naturales: el éter
o elemento ígneo, el aire, el agua y la tierra.
• El mundo sobrenatural se rige por 4 virtudes: la prudencia, la fortaleza, la tem-
planza y la justicia.
• Los cuatro Evangelios representan el mundo superior de la vida del espíritu y
conectan entre sí cada uno de los elementos de las dos cuaternidades anteriores de
tal forma que se realiza una perfecta coincidencia entre las páginas de Mateo, la tie-
rra y la justicia; entre las de Marco, el agua y la templanza; entre el Evangelio de
Lucas, el aire y la fortaleza; y finalmente, entre el escrito de Juan, el eter y la pru-
dencia.
• Y a estas conexiones especulativas está asociado también el hombre, microcos-
mos, como duplicado del macrocosmos, ambos en armonía. Ese cosmos en escala
reducida es representado por los cuatro sentidos del hombre: vista, oído, olor y
gusto; el tacto aparece unas veces al servicio de los otros sentidos, otras, contradic-
toriamente, en el mismo plano de los demás.
Tras esta reflexión “cosmológica” Raúl pasa a una segunda parte “histórica”,
también articulada en series cuaternarias:

—————————————————————————
17 Vid. E. Pognon, L’an mille, (París 1947).
18 Vid. S. Giet, “La divine quaternité de Raoul Glaber”, Revue du Moyen Age Latin 5, (1949), 238-241; y P. Rous-
set, “Raoul Glaber interprète de la pensée commune au XI siècle”, Revue d’Histoire de l’Eglise de France 36,
(1950), 5-24.
19 Vid. J. France, “The Divine Quaternity of Rodulfus Glaber”, Studia Monastica 18, (1975), 283-294.
144 Juana Torres

• Los cuatro ríos del Paraiso: el Fisón , que significa “apertura de la boca”, repre-
senta la sabiduría; el Geón, o “hendidura de la tierra”, simboliza la templanza; el
Tigris, junto al que habitan los Asirios, cuyo nombre quiere decir “ los que guian”,
es el emblema de la fortaleza; el Éufrates, es decir, “la abundancia”, indica la justi-
cia.
• Las épocas de la historia: la primera va desde la creación al diluvio universal y
ha sido dominada por la prudencia, cualidades representativas de Abel y de Noé; la
segunda es la edad de los patriarcas, con personajes paradigmáticos como Abraham,
Isaac y Jacob, caracterizados por su templanza; el tiempo de los profetas le sigue
con la fortaleza como virtud característica, cuyos ejemplos van desde Moisés hasta
Cristo; y la cuarta etapa es la posterior a la Encarnación, gobernada por la justicia,
lo cual explica los numerosos ejemplos de justicia aportados por Raúl a lo largo de
la obra.
Se trataba, en definitiva, de armonizar la historia, entendida como una historia de
la salvación, con el orden del cosmos. Así pues, para el cristiano la Historia está
orientada y guiada por Dios, creador del mundo, y basándose en los textos sagrados,
-Evangelios y Apocalipsis- sabe que un día este mundo acabará. Concretamente, el
capítulo XX del Apocalipsis afirma lo siguiente: “Vi un ángel que descendía del
cielo, trayendo la llave del abismo y una gran cadena en su mano. Tomó al dragón,
la serpiente antigua, que es el diablo, Satanás, y le encadenó por mil años. Le arrojó
al abismo y cerró, y encima de él puso un sello para que no extraviase más a las
naciones hasta terminados los mil años, después de los cuales será soltado por poco
tiempo”. Es decir, cuando se hubieran acabado los mil años, el mal invadiría el
mundo y comenzaría el tiempo de las tribulaciones durante un breve período, tras el
cual se instauraría un reino terrenal perfecto, imagen del paraiso, que precedería el
fin del Mundo . Este es el fundamento del pensamiento milenarista que Raúl Glaber
parece compartir en su obra histórica. Al inicio de ésta expone su intención de des-
cribir los acontecimientos insólitos que tuvieron lugar en torno al milésimo año de
Cristo. ¿Pero de qué Milenio se trata, del del nacimiento o del de la muerte de
Jesús? Ante la duda, Raúl organiza su historia en función de la doble fecha: Parte
del año 900, avanza y va descubriendo algunos fenómenos extraños, prodigiosos,
ciertos signos de corrupción como la simonía y las herejías, datables hasta finales
del año mil; con la descripción de este periodo llega al libro III en el que se dispone
a “narrar los acontecimientos sucesivos desde el año mil del nacimiento del
Verbo(20)”. A partir del libro IV toma como punto de partida la otra fecha, es decir, la
muerte de Jesús, como lo pone de manifiesto en el primer capítulo: “Tras los múlti-
ples prodigios que tuvieron lugar en todo el mundo en torno al milésimo año de

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20 Historiae III, 1.
El Cronista del año mil: Raúl Glaber 145

Cristo Señor, -en parte antes y en parte después-, hubo, como es sabido, diversos
hombres de sagaz ingenio que predijeron hechos no menos importantes al aproxi-
marse el milenio de la pasión del mismo Señor(21)”. Se dispone, pues, a narrar los
sucesos, milagros y demás signos extraños datables a partir del 1033. Esta duplici-
dad explica la atmósfera de espera que impregna la obra; pero de espera, no de
temor. Con excepción, probablemente, de los altos niveles sociales en los que sería
comprendido el valor de la doble fecha entre el año 1000 y el 1033, para la inmensa
mayoría de la gente el Año Mil sería más bien una cifra, una etapa de límites muy
imprecisos, vivida en medio de temores y esperanzas, que recordaría el milenario de
las vicisitudes terrenas de Cristo. Por tanto, el Año Mil no era un conjunto de mie-
dos y estremecimientos, tal como la historiografía romántica nos ha transmitido. A
penas se habla en los documentos y en las crónicas de la época sobre los terrores
que anunciaban la muerte de los tiempos. La idea del fin del mundo tras mil años de
vida ha invadido la mayoría de las religiones antiguas y fue heredada por el cristia-
nismo a través del Apocalipsis de Juan. Pero la fecha es imprecisa, por ello, en espe-
ra de la Parousía, y ante la acumulación de prodigios, los actos purificadores se mul-
tiplicaron después del Año Mil.
En la concepción escatológica de la historia, implícita en la obra de Raúl, se
entrevé el designio de la Providencia de conducir a la humanidad hacia la salvación.
Dentro de esos mismos esquemas se incluyen, además de los acontecimientos, los
signos y los símbolos, pues de acuerdo con los esquemas mentales del medievo,
Raúl interpreta el mundo a través de la simbología(22). De ahí que conceda tanto
espacio a los prodigios, sueños y visiones, en cuanto gesta Dei, incluidos los que se
deben a las fuerzas del mal, que son permitidos por Dios para probar a los hombres ;
si se interpretan adecuadamente esos signos, permiten comprender los designios de
la Providencia.
Entonces ¿cuáles son los acontecimientos que, según Raúl, se intensifican en el
ambiguo milenio de la encarnación y/o pasión de Jesús?. Al igual que entre los his-
toriadores antiguos era natural describir la muerte de sus héroes: el emperador, los
reyes y los santos, acompañada de multitud de fenómenos insólitos, parecía bastan-
te lógico que, en memoria de Cristo, el tiempo del milenio fuera pródigo en los más
extraños prodigios.
– Se produjeron alteraciones cósmicas tales como la aparición de cometas (III,
4); lluvia de meteoros (V, 1,18); varios eclipses de sol (IV, 9,24 y 26; V, 3), el más
funesto de todos el del 1033, año del milenario de la Pasión: “El sol tomó un color

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21 Ibidem IV, 1.
22 A propósito de los símbolos y su significado en la Edad Media, vid. J. Le Goff, “Les gestes symboliques dans la
vie sociale. Les gestes de la vassalité”, Simboli e simbologia nell’alto medioevo, “Settimane di studio del Centro
italiano di studi sull’alto medioevo” XXIII, (Spoleto 1976), 679-84.
146 Juana Torres

de zafiro, y en la zona superior tenía el aspecto de la luna en cuarto creciente. Los


hombres, mirándose unos a otros, se descubrían con una palidez mortal; todas las
cosas parecían envueltas en una nube de color amarillento”; y también tuvo lugar un
eclipse de luna: ...”El 8 de Noviembre del 1046 ... hubo un eclipse de luna que ate-
rrorizó a los hombres. Efectivamente, a la hora octava de la noche, es decir, a las
dos, el sol y la luna entraron en conjunción. No sabemos si esto sucedió por un
designio de Dios, o por la intervención de un tercer astro _ En cualquier caso, la
luna se tiñó primeramente de un siniestro color sanguinolento; después fue desapa-
reciendo gradualmente hasta la aurora del día siguiente” (V, 1,18).
– Aparecieron monstruos que presagiaban discordias, como el crucifijo que
echaba lágrimas en el monasterio femenino de Saint Pierre le Puillier, en Orleans; el
lobo, símbolo del mal, que en la catedral de la misma Orleans, cogió la cuerda de la
campana con los dientes y comenzó a tocar; el inmenso dragón que surcó el cielo en
medio de resplandores de fuego; la lluvia de piedras ininterrumpida día y noche
sobre la casa de un noble, en una aldea fortificada de la Borgoña; y entre ellos, el
más llamativo fue el de la ballena: “El año cuarto antes del mil, en un lugar llamado
Berneval(23) se vio una ballena de extraordinario tamaño atravesar el mar: desde el
Norte se dirigía hacia Occidente. Fue avistada una mañana de Noviembre, al ama-
necer, semejante a una isla. Su travesía se prolongó hasta la tercera hora del día,
causando un enorme desconcierto y maravilla en los que la veían” (II, 2).
– Tuvieron lugar apariciones de espíritus malignos, de figuras tenebrosas de Etí-
opes (IV, 3,8). Este término ya en la antigüedad se utilizaba para designar a indivi-
duos de piel oscura, y en los textos medievales se generalizó su uso en el sentido de
“figuras diabólicas”. Estos asaltos contenían a veces útiles advertencias para algu-
nos, y eran consentidos por Dios para castigar las culpas de la humanidad; pero en
otras ocasiones pretendían simplemente tentar a los cristianos para inducirles a
cometer faltas. Tal era la finalidad que guiaba al ser tenebroso incitando a un monje
a revelarse contra las reglas monásticas y a entregarse a los placeres de la carne,
como señalábamos antes (V, 1). Al propio Raúl le asaltó una aparición de ese tipo,
produciéndole gran espanto: “Cuando habitaba en el monasterio del Beato mártir
Leodegario, en Champeaux, una noche, antes del amanecer, se me apareció a los
pies de la cama una figura de hombrecillo, de aspecto tenebroso. Por lo que pude
distinguir, era de estatura media, cuello delgado, rostro demacrado, ojos muy
negros, frente encrespada de arrugas, nariz aplastada, boca saliente, labios abulta-
dos, barbilla estrecha y afilada, barba caprina, orejas hirsutas y puntiagudas, cabe-
llos de punta y desgreñados, dentadura canina, cráneo alargado, pecho saliente,

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23 Berneval-le-Grand, localidad cercana a Dieppe. Sobre este tema vid. L. Musset, “Raoul Glaber et la baleine: les
sources d’un racontar du XI siècle”, Revue du moyen âge latine IV, (1948), p.168.
El Cronista del año mil: Raúl Glaber 147

espalda con joroba, las nalgas que se agitaban, con ropas sucias; estaba jadeando y
con todo el cuerpo agitado”(V, 2)(24). La proliferación de imágenes de seres mons-
truosos y terroríficos era una constante en el medievo, según lo pone de manifiesto
el paradigmático ejemplo del comentario de Beato de Liébana al Apocalipsis, en el
S. VIII.
– Abundaron las calamidades, sobre todo epidemias, hambre y carestías que pos-
traban al género humano (II, 9,17): aparte del gran número de personas que murie-
ron, los supervivientes se alimentaban de carroña, de reptiles, de hombres, mujeres
y niños, sin consideración alguna ni siquiera hacia los lazos de sangre. Especial-
mente dramática nos presenta Raúl la carestía del 1033, con una descripción tan
pormenorizada que produce escalofríos (IV, 4,10-13).
– Los males no eran sólo cósmicos, morales o físicos; eran también espirituales
en un doble aspecto: por una parte la corrupción de la Iglesia, manifestada con la
simonía, y por otra la perversión de la verdadera fe, la herejía. Una avidez ciega y
desmesurada se había apoderado de los prelados de las iglesias; los cargos eclesiás-
ticos se habían convertido casi en mercancías a la venta, puesto que dependía del
dinero que se poseyera para adquirirlos, y no de los méritos. Esta corrupción afecta-
ba incluso a los obispos, que arrastraban con ellos al pueblo entero hacia las calami-
dades exigidas por Dios como medio para expiar las faltas (II, 6). Este capítulo
constituye una auténtica denuncia contra las prácticas simoniacas de las altas jerar-
quías eclesiásticas, y es un documento raro, como tal, para esa época. Gracias a un
Concilio convocado por el emperador Enrique III, -tal vez el de Pavía del 1046-, se
extirparía esa enfermedad, con la publicación de un edicto válido para todo el Impe-
rio, que prohibía comprar con dinero cualquier cargo u oficio eclesiástico, so pena
de ser despojado del cargo y excomulgado (V, 25). Pero faltaba aún el desorden de
las herejías, generalmente de carácter doctrinal e intelectual, pero que se difundían a
gran velocidad entre las clases sociales más bajas. Raúl describe varias: 1.- En
Rávena, el gramático Vilgardo proclamaba teorías contrarias a la verdadera fe, a
causa de su apasionamiento por los autores clásicos. Engañado por los diablos, afir-
maba que era necesario creer absolutamente las palabras de poetas como Juvenal,
Virgilio y Horacio (II, 12). Esta anécdota enlaza con la concepción medieval sobre
los autores antiguos paganos. Para su mentalidad, el estudio de éstos constituía úni-
camente un medio para entender las Escrituras, para descubrir a través de ellas los
signos que conducen a Dios. Como ha manifestado el gran medievalista G. Duby:
“Puesto que el saber se inscribe en las vías de la ética y no tiene sentido más que si

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24 Para
una interpretación psicológica de los pasajes en que Raúl narra sus encuentros con el diablo, vid. R. Colliot,
“Rencontres du moine Raoul Glaber avec le diable d’aprés ses Histoires”, Le diable au Moyen Age, (Aix-en-Pro-
vence 1979), 119-132.
148 Juana Torres

es instrumento de salvación, el estudio no puede ser otra cosa que un ejercicio espi-
ritual... para penetrar en el Reino(25)”. Raúl manifiesta su adecuación a los esquemas
mentales monásticos de la época, en el sentido de que cada vez que las lecturas clá-
sicas asumieran valores alternativos, se convertían en seducción diabólica o en
herejía. Su pensamiento lo había manifestado claramente en las Historias: “De los
estudios liberales se sale más inflado de orgullo que obediente a los mandatos de
Dios”. Por otra parte, en el Año Mil las bibliotecas monásticas estaban muy bien
dotadas de libros clásicos, pero eso no implicaba un amplio uso de ellos. Se escribí-
an o se hacían escribir por su valor patrimonial, por penitencia o simplemente para
legar algo personal a los sucesores. Lo que se escribía y lo que se leía eran dos cues-
tiones marcadamente diferentes(26).
2. Entre el 1020 y el 1025, una mujer llegada de Italia y poseída por el maligno
introdujo en Orleans una herejía muy grave, que cuestionaba la autoridad de las Escri-
turas. Además fue difundida por dos clérigos corruptos: Eriberto y Lisoio (III, 8).
3. En torno a la misma época, se descubrió en Monforte otra herejía similar a la
de Orleans. “Adoraban a los ídolos como los paganos y celebraban sus absurdos
sacrificios a la manera de los Judios... Una de las mujeres más nobles de los herejes
fue, según la costumbre, a visitar a un enfermo, postrado en el lecho de muerte...
Mientras la mujer entraba en la casa, el moribundo al alzar la mirada advirtió inme-
diatamente que con ella habían entrado un gran número de personas todas vestidas
de negro y con aspecto terrorífico” (IV, 2). Tras infructuosos intentos por parte de
los demonios, el enfermo se ratificó en sus creencias y expiró.
4. A finales del Año Mil, en el condado de Châlons, Leutardo había arrastrado al
engaño de la herejía al pueblo de Virtus. Se oponía a la riqueza de la Iglesia al afir-
mar que era absurdo pagar el diezmo, rompía los crucifijos porque le parecía un
atentado contra la trascendencia de Jesús el mostrar su cuerpo muerto en la cruz,
abandonó a su mujer para vivir en la castidad(27); y además se refugiaba en la autori-
dad de las Escrituras, trastocando su sentido, para engañar más sutilmente (II, 11).
5. El insulto más grave contra todos los cristianos se produjo en el 1009, con la
destrucción del Santo Sepulcro a manos de los infieles, junto con la iglesia de Jeru-

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25 El Año Mil. Una nueva y diferente visión de un momento crucial de la historia, tr. esp. I. Agoff, (Barcelona
1988), p. 44.
26 Vid. G. Cavallo, G. Orlandi, Cronache … op. cit., p.16-18 de la Introducción; P. Lamma, Momenti di storiogra-
fia cluniacense, (Roma 1961), p.44 ss.; P. Riché, Les écoles et l’enseignement dans l’Occident chrétienne de la
fin du V siècle au milieu du XI siècle, (París 1979); A. Wilmart, “Le couvent et la bibliotheque de Cluny au milieu
du XI siècle”, Revue Mabillon 11, (1929), 89-124.
27 La mayoría de las herejías del S. XI rechazaban el matrimonio, basándose en una interpretación rigorista del
Evangelio de Mateo, 19, 29 y Ev. de Lucas 14, 26. Un hereje de Monforte respondió al inquisidor que le pregun-
taba cómo podría entonces reproducirse el género humano: Sicut aves, sine coitu: Vid. Landolfo Seniore, Histo-
ria Mediolanensis II, 27, M.G.H. SS. VIII, pp. 65-66; H. Taviani, “Le mariage dans l’hérésie de l’an mil”, Anna-
les XXXII, (1977), 1074-89.
El Cronista del año mil: Raúl Glaber 149

salén que lo contenía. “Puesto que aquella insigne obra en memoria del Señor atraía
a visitarla a una infinita masa de fieles de todo el mundo, el demonio, lleno de envi-
dia, volvió a esparcir el veneno de su odio contra los cultivadores de la verdadera fe
a través de sus acólitos, los Judíos. En la Galia, en la ciudad de Orleans había nume-
rosos representantes de esta gente, más arrogantes, envidiosos e impúdicos aún que
los demás de su misma raza. Siguiendo un plan malvado, corrompieron a un tal
Roberto, esclavo... giróvago disfrazado de peregrino... y lo enviaron al príncipe de
Babilonia con un mensaje... en el cual se le hacía saber que si no se apresuraba a
destruir el templo de los Cristianos, éstos pronto habrían invadido su reino y se
habría encontrado privado de su autoridad. Ante esto, el príncipe, con un acceso de
cólera, envió a sus hombres a Jerusalén para destruir el templo” (III, 7). Aparte de
otras consideraciones obvias, por medio de este texto Raúl se manifiesta ya como
un antisemita, anticipándose a otros personajes europeos posteriores a él. Además,
resulta enormemente significativa la justificación que él aduce a propósito de que
hayan quedado judíos en las ciudades occidentales: “Es oportuno que existan siem-
pre algunos judíos como testimonio de sus propios crímenes y del esparcimiento de
sangre de Cristo” (III, 7).
Ante semejante acumulación de prodigios, y en espera de la Parusía, los actos
purificadores proliferaron después del Año Mil. Los hombres se sometían a peniten-
cias individuales, mortificaciones, renunciaban a los placeres de comer carne, prac-
ticar el sexo, manejar oro, etc.; Y también se producían sacrificios colectivos como
la excomunión, la muerte en la hoguera o la purga de elementos funestos e infeccio-
sos para los fieles como eran los judíos. Pero el rito penitencial más paradigmático
lo constituían, sin duda, las peregrinaciones, a través de las cuales los cristianos se
lanzaban a los peligros de la aventura, en búsqueda de la Tierra Prometida. “ En
aquel tiempo, procedente de todas las partes del mundo, una gran multitud de fieles
comenzó a confluir hacia Jerusalén, al Sepulcro del Salvador; era tan gran cantidad
que nadie habría podido preverlo. Inicialmente emprendieron la peregrinación los
hombres de nivel más humilde de la sociedad, o plebeyos, después se movieron las
clases medias, seguidas de los que pertenecían a los estratos más elevados, y a con-
tinuación los reyes, condes y obispos. Finalmente, como no había sucedido nunca,
emprendieron el viaje también muchas mujeres nobles, acompañadas de otras más
pobres. La mayoría deseaban morir allí, antes de volver a su patria” (IV, 6,18). A
pesar de la presentación de Raúl como un hecho insólito, las peregrinaciones de los
fieles a Tierra Santa se venían produciendo desde los primeros siglos del cristianis-
mo de manera ininterrumpida. Por otra parte, no es cierto que nunca antes las muje-
res hubieran realizado viajes a los Santos Lugares; piénsese en las dos Melanias,
abuela y nieta, en Paula y Eustochio, compañeras inseparables de Jerónimo, en Sil-
via de Aquitania, en Poemenia y en la hispana Egeria, por citar simplemente los
150 Juana Torres

casos más conocidos entre las aristócratas del S. IV. Además, la multitud de peregri-
nos se dirigía también hacia Occidente, Roma y Santiago de Compostela, poniendo
de moda un fenómeno que sería el inmediato precedente de las Cruzadas(28).
Era tiempo de penitencia, pero también de esperanza. Tras el milenario de la
Pasión de Jesús, las medidas de purificación tocaban a su fin; se veía retroceder a las
fuerzas del mal, puesto que la ira Dei se había aplacado. Se aproximaba una nueva
primavera de los tiempos. Raúl nos describe el aspecto de las ciudades, llenas de
nuevas construcciones, con la siguiente metáfora: “era como si la propia tierra sacu-
diéndose y liberándose de la vejez, se revistiera toda entera de un manto blanco de
iglesias” (III, 4,13). Posiblemente, con una perspectiva menos espiritual, lo que
sucedía era que, ante la situación de crecimiento económico, la Iglesia habría puesto
en circulación las riquezas hasta entonces acumuladas. Se celebraron asambleas de
paz con el compromiso de abstenerse de cualquier hostilidad durante ciertos perio-
dos del calendario litúrgico, las denominadas “treguas de Dios(29)” (V, 15). Así
mismo, se redactó una lista, dividida en capítulos, con las prohibiciones y las pro-
mesas a las que debían comprometerse todos los cristianos. La principal, y que resu-
mía todas las demás, era el mantenimiento de una paz inviolable; también se esta-
bleció la obligación de abstenerse de beber vino el sexto día de cada semana y de
comer carne el séptimo, excepto por enfermedad o por una festividad muy impor-
tante (IV, 5,15-16). Aquí encontramos ya los precedentes del ayuno y la abstinencia
en Cuaresma. En definitiva, tras el terrible hambre que asoló al mundo en el 1033 y
según va creciendo el movimiento por la paz, Raúl nos describe en una hermosa
página de sus Historias la alegría del universo: ”Al año siguiente de aquella ruinosa
carestía,... cesadas las lluvias y tempestades en homenaje a la bondad y la misericor-
dia de Dios, el rostro del cielo comenzó alegremente a aclararse, a hacer respirar
vientos favorables, a mostrar, sereno y aplacado, la magnanimidad del Creador.
Cubriéndose generosamente de vegetación, la superficie terrestre entera comenzó a
producir frutos en abundancia y alejó del todo la carestía. Entonces, por primera
vez, a instancia de los obispos, abades y otros religiosos... empezaron a celebrarse
concilios a los que eran transportados los cuerpos de muchos santos e innumerables
urnas con reliquias sagradas... Dada la concentración de tantas reliquias de santos,

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28 Sobre esta tema vid. P. Alphandéry, “La chrétienté et l’idée de croisade” I, Les prèmieres croisades, ed. A.
Dupront, (París 1954), 43-56; A. Dupront, “La spiritualité des croisés et des pelerins d’aprés les sources de la
première croisade”, Pellegrinaggi e culto dei santi in Europa fino alla prima crociata. Atti del IV Convegno di
Studi del Centro italiano di studi sulla spiritualità medievale, (Todi 1963) 451-83; A. Vauchez, La spiritualité du
moyen âge occidental. VIII -XII siècles, (París 1975) 65-74; E. Delaruelle, “L’idée de croisade dans la littérature
clunisienne du XI siècle et l’abbaye de Moissac”, Annales du Midi LXXV, (1963), 430 ss.
29 Sobre estos concilios vid. H.E.J., Cowdrey, “The Peace and the Truce of God in the Eleventh Century”, Past and
Present XLVI, 1970, 42-67; F. Cardini, Le crociate tra il mito e la storia, (Roma 1971), 21-24; Idem, Alle origini
della cavalleria medievale, (Florencia 1981).
El Cronista del año mil: Raúl Glaber 151

se produjeron entonces numerosísimas curaciones de enfermos.... Todos se sentían


arrebatados por un entusiasmo tan intenso que indujo a los obispos a levantar hacia
el cielo el báculo, y los fieles, tendiendo las manos a Dios, invocaron a coro: ¡Paz,
paz, paz!” (IV, 5,14 y 16).
En este final de milenio, abundan las calamidades de toda índole: catástrofes
naturales en forma de terremotos, inundaciones, ciclones, etc., guerras civiles inin-
terrumpidas - diariamente aparecen ante nuestros ojos las consecuencias de la últi-
ma -, hambre y sequía en extensos países subdesarrollados, eclipses de sol como el
que se espera el próximo día 11 de Agosto... Ante este cúmulo de desórdenes que
afecta al mundo, cabe preguntarse si nos encontramos ante el final de los tiempos,
según presagian algunos movimientos apocalípticos, o si, nuevamente, al igual que
ocurrió en torno al primer milenio, la ira de Dios dará paso a una época de esplen-
dor, de esperanza y, sobre todo, de Paz.

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