Tema 35 El Pensamiento Político Moderno: Del Humanismo A La Ilustración
Tema 35 El Pensamiento Político Moderno: Del Humanismo A La Ilustración
Versión b
0.- Introducción
1.- El pensamiento humanista-renacentista
2.2.1.- Hobbes
2.3.- El absolutismo francés
2.4.- La crítica del absolutismo y su deslegitimación política
1 Apuntes elaborados por el profesor Alberto Alonso de la Universidad de Castilla-La Mancha, a partir de J. Touchard,
Reale-Antiseri, J. L. Abellán y algunos otros referentes que se van citando. Revisado por Germán Ramírez © 2007.
1
3.1.- El liberalismo aristocrático. Montesquieu (1689-1755)
3.2.- El utilitarismo político
-Voltaire
-Diderot y la Enciclopedia
-Quesnay y los fisiócratas
- Bentham y el utilitarismo inglés
3.3.- Rebeldías. Rousseau, utopistas, pacifistas y nacionalistas
INTRODUCCIÓN
Se nos pide una explicación histórica temática que se centre en el decurso del pensamiento
político moderno (una concepción historiográficamente válida, aunque en el más amplio
terreno de las ciencias sociales se presta a controversia: desde criterios sociológicos y sobre
todo politológicos hoy mayoritarios buena parte de lo que en este tema vamos a definir
como pensamiento político moderno es considerado pensamiento político pre-moderno, en
correspodencia con una supuesta fase histórica pre-política).
Primeramente hay que decir que no podríamos entender las muchas y muy importantes
manifestaciones del pensamiento político de la Edad Moderna si nos centráramos en una
visión reduccionista de dos fenómenos por lo demás trascendentes: el Humanismo del siglo
XVI y la Ilustración del XVIII. Obviamente, sería un error imperdonable eludir,
temporalmente hablando, el siglo XVII. Porque en los contornos difusos de la historia de
las ideas encontraremos doctrinas políticas propiamente dichas, pero sobre todo la
verificación práctica de un fenómeno político claramente circunscrito a la esfera del Poder
real que, avanzando a lo largo del siglo XVI triunfó, precisamente, durante el siglo XVII:
nos estamos refiriendo al absolutismo monárquico (o si se prefiere, al Estado absolutista -la
propia terminología evoca un debate historiográfico en el que destacaríamos la corriente
estructuralista marxista, sobre todo las aportaciones de P. Anderson, y otras visiones más
centradas en la acción política de las monarquías absolutas, como la de Ch. Tilly).
En cualquier caso, esta variada y sin embargo paradigmática forma de Poder -el absolu-
tismo- encontró a lo largo de su constitución histórica críticas (a veces evasivas y en
ocasiones abiertamente contrarias) y sobre todo muchas justificaciones (las que aparecieron
con fuerza tanto en las «doctrinas jurídicas» como en el pensamiento filosófico y, por
supuesto, en el día a día de la difusión de discursos ideológicos que habría que entresacar
de entre las normativas institucionales, las decisiones políticas y hasta las respuestas
sociales provocadas por determinadas prácticas políticas, aunque algunas surgieran en una
estructura de oportunidades motivada principalmente por conflictos religiosos).
Es en torno a la existencia del absolutismo, a través de una lectura de su dinámica for-
2
mación histórica, donde encontramos el terreno central sobre el que realizar una expli-
cación de la evolución de las ideas políticas modernas. Es nuestro eje explicativo (consi-
derando que sobre todo a lo largo del XVIII comienza a conformarse lo que unos deno-
minan pensamiento clásico ilustrado y otro pre-liberalismo o liberalismo clásico). De esa
forma, además, podremos ver la trascendencia de lo que vulgarmente se cree remoto y
sepultado.
1.- EL PENSAMIENTO HUMANISTA-RENACENTISTA
Nos centraremos en el siglo XVI porque es la centuria renacentista que más cantidad y
variedad de pensamiento político ofrece, ya con elementos de juicio que podríamos llamar
«modernos» (recordemos algunas corrientes sociologistas prefieren hablar de pensamiento
pre-político). Advertimos, por lo que más nos interesa, que en el terreno de las ideas
políticas, aunque el humanismo brilla por su carácter de movimiento renovador respecto del
medievo, otras líneas de pensamiento, incluso algunas tildadas claramente de anti-
humanistas, tuvieron gran importancia e incluso hasta mayor trascendencia (es el caso de
Maquiavelo, no sólo por su palmaria influencia en las ideas políticas que empezaban a
reflexionar sobre el absolutismo sino porque para muchos autores es el que colocó las
primeras bases de lo que acabaría siendo el campo específico de la «teoría política»).
3
es el Hombre y su dignidad específica con respecto a todo el resto del cosmos.
De otra parte, «Renacimiento», como categoría historiográfica se consolidó a lo largo del
siglo XIX, sobre todo para circunscribirlo a la Italia de los siglos XV y XVI (con
precedentes en el XIV). No pocos autores han negado la pertinencia de su uso para analizar
una época histórica con unas características concretas. En cualquier caso, se ha podido
constatar que no es una mera invención de historiadores decimonónicos, que su valor es
ciertamente empírico-histórico, y ahí es donde surge la relación de los dos términos que
estamos comentando: precisamente, los humanistas utilizaron expresamente palabras como
«hacer revivir», «devolver al primitivo esplendor», «renovar», «hacer renacer el mundo
antiguo», etcétera. Se retornaba a los antiguos no para recrearse (que también) sino para
renovarse como hombres modernos. Por eso creemos que lo más auténtico e históricamente
decisivo de todo ese discurso es que se realiza para hablar de una «nueva época»
contrapuesta a la Edad Media: posiblemente, una de las más radicales muestras de aquel
optimismo histórico humanista, moderno y renacentista fue la del historiador Giorgio
Vasari, a quien debemos la división convencional de las edades históricas (Edad Antigua,
Edad Media y Edad Moderna). Esa clasificación surge porque Vasari -hoy sabemos que
injustamente- expresaba lo que muchos otros sentían y decían al contraponer el
«renacimiento» de la Edad Moderna, de su propia contemporaneidad, a la oscuridad
enmohecida de la «bárbara» Edad Media. Hablamos de palabras que eran ideas, que
definieron actitudes sociales y que trascendieron a lo largo de la Modernidad hasta nuestro
Tiempo Presente, retroalimentándose y creciendo, por ejemplo, junto a otras como
«progreso», «razón» y «ciencia». Igualmente no olvidemos que aunque no vamos a analizar
los progresos en el campo científico, durante los siglos XV, XVI y XVII y hasta la obra de
Newton (a finales del XVII) hablar de Copérnico, Galileo, Kepler e incluso del propio
Leonardo da Vinci o de Miguel Servet nos sumerge en una época considerada como de
auténtica revolución científica.
Es decir, que no puede hablarse del humanismo como un fenómeno literario y filológico (o
retórico) sino como una tendencia general de toma de conciencia sobre la misión del
Hombre en la tierra que estaba en consonancia con el ideal de renovación y reforma
espiritual. “Por lo tanto, humanismo y renacimiento son dos caras de un idéntico fenó-
meno” (Reale y Antiseri). Debemos hablar de un pensamiento humanístico-renacentista si
pretendemos definir el mundo de las ideas de toda esa etapa que algunos llaman Alta Edad
Moderna. ¿Cuál fue su cronología? Dos siglos completos, el XV y el XVI, con precedentes
en el XIV (Petrarca) y epígonos en el XVII (Campanella es la última gran figura del
humanismo renacentista).
En los siglos XIV y XV, cuando aparecen nuevos textos (sobre todo en griego), se recu-
peran los antiquísimos mensajes esotéricos de quienes son considerados profetas y magos:
Orfeo (poeta tracio que da nombre a lo que fue todo un movimiento religioso y mistérico, el
«órfico»), Hermes Trimegistos (en realidad, una figura mitológica que se sitúa en el antiguo
Egipto aunque con equivalentes en el Hermes griego y el Mercurio romano) y Zoroastro (o
Zaratustra, en realidad un reformador persa de los siglos VII-VI a. C.). No puede
entenderse el Renacimiento sin considerar el peso de esa «mentalidad mágica», un acicate
que inspira y marca la ruptura con la Edad Media. Igualmente, como hemos dicho, aquellos
autores leen e interpretan el pensamiento clásico grecolatino, también el más reciente de
Averroes (de quien se recoge su naturalismo).
Surgen las primeras reflexiones sobre los problemas morales y las cuestiones ético-
políticas: dentro de esas coordenadas se considera que Petrarca, en el siglo XIV, fue el
4
primero de los humanistas, para quien la verdadera filosofía era -en consonancia con la
doctrina hermética- la que nos ayuda a conocernos a nosotros mismos. Ya en el siglo XV
florecerán, tamizados por el ideal humanista, una serie de tendencias filosóficas: el
aristotelismo de muchos autores italianos (polémico entre los humanistas), el neoepicu-
reismo de Lorenzo Valla, el neoplatonismo de Nicolás de Cusa (filósofo que todavía navega
entre el escolasticismo medieval y el incipiente humanismo), y el pensamiento peculiar
humanista y a la vez mágico-hermético de Pico de la Mirándola (con su novedoso
tratamiento del platonismo, el aristotelismo, la cábala y la religión). Ya en el XVI, el
Renacimiento es también un renacer del escepticismo, destacando Michel de Montaigne (su
obra Ensayos se sigue leyendo en la actualidad porque es muy atractiva como reflexión
escéptica y vitalista sobre el hombre).
5
(en Francia, desde Luis XI; en Inglaterra, a partir de los Tudor; y en la monarquía hispánica
de los Reyes Católicos): el Estado es cada vez más central y controla el territorio y sus
autoridades locales, se fijan los impuestos, se multiplican los funcionarios reales, la justicia
del rey es la máxima instancia, y las políticas militares se elaboran a través de ejércitos
permanentes.
Son los más importantes rasgos del Estado moderno, con una progresiva tendencia a la
centralización, a la militarización y al autoritarismo no exenta de conflictividad (Comu-
neros en Castilla, defensa de los fueros en Navarra y Aragón, autonomías locales en los
Países Bajos, rechazo del centralismo francés en Bretaña, etcétera). La forma de resolver
esos conflictos, generalmente, indica que el poder monárquico sale reforzado. No obstante,
este proceso provocará movimientos en el terreno de las ideas (para condenar las rebeliones
contra el poder del rey, sobre todo en Francia, los tratadistas del derecho se convertirán en
adalides de la legitimidad del poder absoluto en manos del monarca). En efecto, serán los
juristas los que impulsen el pensamiento favorable al absolutismo. Pero no debemos reducir
la importancia de sus apoyos porque indudablemente existe también un «monarquismo
popular»: Francia es un caso paradigmático gracias a la existencia de una antigua y bien
asentada mentalidad popular que cree en el prestigio casi místico y en el poder divino del
«rey taumaturgo», el que cura las escrófulas (la simbología de ese poder incide en el
imaginario popular).
El pensamiento favorable hacia el poder monárquico tiene vertientes tímidamente con-
trarias a su absolutización (a principios del siglo XVI, el diplomático Claude de Seyssel
escribe para mostrarse teóricamente partidario de una monarquía moderada cuyo poder
pueda ser refrenado por las costumbres, las leyes y la propia conciencia cristiana del rey;
además, a mediados de esa centuria, el presidente del parlamento de París pedía al rey que,
aunque su poder fuera incontestable y estuviera por encima de la propia ley, “no debéis, o
no podéis, querer todo lo que podéis”); sin embargo, la crítica cortés y sobre todo la
práctica del elogio crítico a la monarquía ayudaban a la progresión de su realidad histórica,
a su constitución como poder absoluto. A falta de un auténtico pensamiento político, la
legitimidad teórica también se inclina a favor del absolutismo.
6
sólo observa la acción de las grandes voluntades individuales, abomina del feudalismo y
exalta históricamente a la República romana; sin embargo, lo que le preocupa es la «técnica
política», la racionalidad del Gobierno entendido como “el medio de contener a los
súbditos”.
Se ha dicho por doquier que es el inventor de la noción «razón de Estado». Pero dice
Touchard que no hace una teoría del Estado porque no le preocupa ni sus valores ni sus
fines. Con Maquiavelo el pensamiento político se seculariza, no sólo porque detesta el
gobierno de los sacerdotes y quiere un Estado laico sino porque cree que la religión debe
ser un instrumento en manos del propio Estado para el ejercicio del poder y como elemento
de cohesión social: para él, Dios y la religión “tienen demasiada fuerza sobre el espíritu de
los necios”. Todo eso ha de ser aprovechado por el soberano. Al igual que, en política
exterior, el Estado ha de tender a extenderse y para eso ha de ser astuto y fuerte, a través de
la creación de ejércitos permanentes.
Mucho tiempo después, cuando se puso de moda atacar a Maquiavelo para acusarlo de
peligroso cinismo, Francis Bacon (finales del XVI y principios del XVII) hará el juicio más
acertado diciendo que debemos agradecerle haber escrito sin disimulo “lo que los hombres
acostumbran a hacer, no lo que deben hacer”. El valor intelectual de su obra, considerando
la época en que la escribe (comienzos del siglo XVI), es expulsar de la política toda
metafísica y cortar de una manera radical el vínculo entre la Ciudad de Dios y la Ciudad de
los Hombres. Como veremos, estos planteamientos no cuadran con el universalismo
cristiano del humanista Erasmo, pero Maquiavelo fue, ha venido siendo y probablemente
será en todo tiempo referente para gobernantes, estadistas, amantes del poder y poderosos.
7
algunas de sus obras) por algunas de sus afirmaciones doctrinales y porque criticó a papas,
prelados, eclesiásticos y monjes de su época el ejercicio de ciertas costumbres impropias de
la Iglesia. Ferozmente fue rechazado por Lutero -llamándole necio, sacrílego, sofista,
etcétera- con motivo de la polémica sobre el libre albedrío.
Las exposiciones más sistemáticas de sus concepciones políticas se hallan en la Institutio
principis christiani (escrita en 1516 para el joven Carlos I), pero los principios doctrinales
fundamentales se encuentran planteados en muchas de sus obras, incluso anteriores (como
en el Elogio de la locura), en los Coloquios o en el Enchiridion. En esta última obra citada
aparece un Erasmo contrario a los ricos y a su injusta impiedad mientras la mayoría es
pobre. N. Elias utiliza la obra de Erasmo para explicar los cambios civilizatorios en las
formas de vestir, comer y relacionarse en los entornos de las clases altas (los cortesanos
herederos de la tradición guerrera y caballeresca).
Teóricamente, al igual que tantos otros, es partidario de un tipo mixto que combine los tres
regímenes políticos clásicos (monarquía, aristocracia y democracia), pero personalmente el
gobierno de los Países Bajos, al cual llama «democrático» porque la forma tradicional de
las asambleas de Estados supone una cierta forma de representación de los súbditos. Se
aprecian pronto sus contradicciones cuando en los Coloquios prefiere la tiranía a la
anarquía y, sin embargo, en 1530 se muestra partidario incluso de la conspiración contra los
príncipes pese a haber alabado siempre la sumisión a la autoridad como verdadero espíritu
cristiano.
La suya es una crítica moral de las crueldades y de las locuras cometidas con excesiva
frecuencia por los gobernantes. Erasmo reprueba la guerra, la brutalidad y la mentira en
nombre de la caridad cristiana iluminada por la sabiduría. Cuenta con la virtud cristiana del
príncipe para proponer la imposición de los preceptos evangélicos como pautas en la vida
pública y en la privada, como condiciones para asegurar el orden y la prosperidad social:
por eso, la Institutio es una pedagogía erasmista, pero lo más importante de todo es su
consejo extremo: abandonar el cetro (el poder) antes que cometer una injusticia (es decir,
que Erasmo se opone con fuerza a la idea de una soberanía sin límites).
Por todo esto se habla del «pacifismo» de Erasmo: sobre esa materia sigue el pensamiento
de los Padres de la Iglesia. Siente aversión por el Islam pero no acepta la cruzada. El
pacifismo es un criterio de buen gobierno aunque a veces más parece un neutralismo (él lo
llevó a cabo personalmente al no movilizarse y negarse a tomar partido entre Francisco I y
Carlos V). Habla de la locura y las pasiones de los reyes para, en el fondo, describir
fenómenos políticos como el expansionismo de los Estados. Dice que no hay paz, por
injusta que sea, que no resulte preferible a la más justa de las guerras, pero no consigue
evitar entrar en la cuestión espinosa del problema de la guerra justa admitiendo la defensa
contra la agresión (en la línea de Francisco de Vitoria).
8
Maquiavelo van gestándose puede decirse que Moro fue víctima de la razón de Estado.
Escribió mucho pero alcanzó celebridad y ha pasado a la historia gracias a su obra Utopía
(1516). Esa forma de relato nos permite ver a un hombre coherente: tanto el hombre de
Estado como el pensador «utópico» luchan contra la tiranía. Moro, más acá de su isla ideal,
tiene un análisis profundamente social y ve al Estado como expresión de los intereses de la
clase dominante: sólo así puede entenderse su utopismo. Describe un régimen ideal que
conlleva una buena carga crítica contra lo existente. Queda claro en el coloquio precedente
(formalmente sigue el estilo de Erasmo) y la obra: critica a los príncipes que sólo piensan
en la guerra, a los nobles (a los que llama “zánganos”), a los monjes mendicantes (otros
parásitos), rechaza las enclosures porque privan de trabajo “a esa masa de hombres a quie-
nes la miseria ha hecho ladrones, vagabundos o criados”.
La obra está claramente inspirada en La República y en Las Leyes de Platón así como en el
antiguo mito de la Edad de Oro, pero también en los relatos que llegan sobre el Nuevo
Mundo. Pero es muy original y nos indica con fuerza que la noción de generosidad moral
del humanismo erasmista ha dado paso en Moro a un humanismo político y social. En la
isla de Utopía todos los utopistas trabajan para todos, nadie posee nada en propiedad, la
comunidad asegura a cada cual la abundancia y el ocio. La disciplina es muy llevadera pero
imprescindible para esa sociedad igualitaria: horario laboral, comida en común... No hay
conflictos que deriven de la propiedad privada y por eso las leyes son simples. El Estado es
sólo una mínima administración de las cosas. El régimen de Utopía se considera «superior»
a todos los demás, tiene la verdad en su mano y por eso mismo legitimidad para defenderse
de la influencia extranjera y para ampliar su campo de irradiación (expansionismo
ideológico): ahora bien, los utopistas no vacilarán en hacer la guerra para librar a los demás
pueblos oprimidos por la tiranía.
Hay más utopías renacentistas. Américo Vespucio da a conocer en su Mundus Novus una
tierra en la que pueblos enteros viven en comunidad y despreciando el oro, lo cual, a la
mente de un humanista cristiano se le antoja próximo al ideal de comunidad apostólica. Por
eso se dice que, en líneas generales, el humanismo cristiano es utopista (de hecho,
encontramos utopías religiosas en Erasmo, Alfonso de Valdés e incluso en Vives). Pero
utopías estrictamente políticas podemos considerar La Ciudad del Sol de uno de los últimos
grandes renacentistas, Tomaso Campanella, un hombre muy influido por la revolución
copernicana y muy crítico con un concepto que estaba ya muy en boga durante su tiempo,
el de la razón de Estado. Además, suele añadirse como auténtica utopía política (también
renacentista) la Nueva Atlántida de un filósofo puro, F. Bacon. No obstante, fue la de Moro
la más famosa quizás porque en realidad era la menos utópica, en el sentido de que es una
utopía muy institucionalista que parece dar pautas para su verificación práctica (de hecho,
inspiró experiencias reales en Nueva España).
9
cristianos viejos. La tesis más en alza es la que destaca las diferencias de los alumbrados
con el erasmismo.
Además, a la difusión del erasmismo contribuye el proyecto de monarquía universal del
Emperador (un ideal solo en parte erasmista que de hecho recibió el rechazo del pensador)
y sobre todo la polémica suscitada en torno a la colonización de las Indias: el problema de
la naturaleza de los indios, de su libertad o esclavitud, etc. A pesar de la acción de defensa y
denuncia del dominico Bartolomé de las Casas (para quien la guerra contra ellos es injusta),
lo cierto es que el humanismo cristiano (con su mensaje evangelizador y contrario a la
crueldad) apenas consiguió nada pues la realidad caminó del lado de la explotación y el
genocidio. Pero el debate fue intenso en la vida intelectual de Europa en torno a cuestiones
que más que nunca ligaban en la práctica a lo político y a lo religioso. Todos partían, eso sí,
de la legitimidad de la evangelización; pero sólo unos pocos quisieron llevarla a cabo sin
violencia. Fracasaron. De todas formas, además de la denuncia y de sus efectos en la
llamada Leyenda Negra española, no olvidemos la práctica de algunos hombres, incluidos
los jesuitas que participaron en las célebres «misiones» guaraníes: los «hospitales-pueblos»
de Nueva España fundados por el erasmista y lector de Moro Vasco de Quiroga, y la
experiencia inspirada en los criterios humanistas y utopistas que impulsó por el padre Las
Casas en Vera Paz (Guatemala) entre 1537 y 1550: quería demostrar en la práctica que los
indios podían aceptar la evangelización sin recurrir a la violencia, pero la presión y la
cizaña creada por los colonizadores enemigos de la idea hizo que fracasara. En el
pensamiento quedará también la contribución de Bartolomé de las Casas a un Renacimiento
que descubre la Naturaleza, ayudando a construir el mito del «buen salvaje», tan importante
en esa época y posteriormente. En 1963, Menéndez Pidal tiene 94 años y escribe un libro en
el que afirma que Las Casas tenía una personalidad patológica. Después de muchos años de
tratamiento puntual del tema, de abordarlo al socaire de los fines propagandistas y
justificadores perseguidos por la historiografía franquista en su intento de crear una
«leyenda blanca», no escatima insultos e injurias contra el llamado «Apóstol de los Indios»,
y escribe El padre Las Casas. Su doble personalidad, para intentar demostrar que Las
Casas era un sujeto anormal y paranoico, por culpa de cuyas mentiras España estaría siendo
víctima de una injusta Leyenda Negra. La obra del famoso historiador ha sido enjuiciada
por muchos como una especulación y casi un desvarío (su forma de escoger y analizar las
fuentes más parece oficio de abogado que intenta ganar un pleito). Sin embargo, y como
patente en torno a la celebración y contra-celebración del Quinto Centenario del
Descubrimiento, Las Casas ha sido y es hoy un referente válido para la causa de los
derechos humanos de los pueblos indígenas.
Apoyándose en la idea de Príncipe Cristiano difundida por Erasmo, muy pronto se produjo
una reacción contraria y hostil al modelo de príncipe elaborado por Maquiavelo. En ese
contexto intelectual, a favor de la ideal imperial de Carlos V escribieron humanistas como
Juan de Valdés y Luis Vives. Vives, amigo de Erasmo, afincado en Brujas, desarrolla su
ideal pacifista en varios escritos, pero sobresale como tratadista de la paz ciudadana, de la
preocupación por los nuevos desequilibrios sociales, por la higiene social, concretamente
por la pobreza y por el control institucional de la misma (su obra emblemática, escrita en
1526, es De subventione pauperum o Del socorro de los pobres): Maza Zorrilla ya expuso
que esas preocupaciones serán seguidas en España, a veces para criticar sus métodos, por
Domingo de Soto y Cristóbal Pérez de Herrera.
10
En el campo «anti-imperialista» encontramos la obra de Francisco de Vitoria (escrita en la
primera mitad del XVI): este dominico y catedrático de Salamanca era mitad escolástico
mitad erasmista. No obstante, repudia la rebelión y, al igual que Erasmo, piensa que el
freno contra la autoridad del rey radica fundamentalmente en la conciencia del propio rey.
Parte de principios de derecho natural aplicados al Estado y a la sociedad para decir que la
ley humana ha de estar subordinada a la divina. Fue el teórico de un mundo de Estados
divididos y en hostil competencia por la expansión. Se le considera, junto a Hugo Grocio, el
padre del Derecho de gentes o lo que hoy conocemos como Derecho internacional público.
Teorizó sobre las normas de esa competencia. Desde su humanismo cristiano entendía que
colonizar a los indios es legítimo si no es en provecho de los colonizadores: los Estados son
autónomos y «perfectos», nadie está por encima de ellos (ése es el sentido de su anti-
imperialismo). Ha pasado a la historia por su original teoría del derecho internacional y sus
postulados sobre la legitimación de la guerra justa, superando las premisas de Santo Tomás.
Para J. L. Abellán y otros tratadistas, Vitoria es el auténtico creador de la moderna «teoría
de la guerra justa», en la que señala las tres causas que no deben llevar a una guerra -la
diversidad religiosa, el derecho de expansión de los Estados y la gloria particular del prínci-
pe-, y establece la diferencia entre guerras defensivas y guerras ofensivas.
11
en alemán quería decir «vocación» en el sentido de «profesión» (limitado a actividades
artesanales o agrícolas, algo que los calvinistas extendieron a todas las actividades
productoras de riqueza, además de ver en el éxito productivo un signo de la predestinación,
o sea, un incentivo religioso para comprometerse con el trabajo material). Con todo, en
cuanto a la influencia en el movimiento de las ideas políticas del siglo XVI, lo más
importante de la Reforma fue la conmoción general que generó aquella disidencia religiosa.
Aunque fue algo después de su formulación, una de las consecuencias de la Reforma es la
Contrarreforma y el mensaje del Concilio de Trento (celebrado entre 1545 y 1563), tan
decisivo para la catolización de la acción política de Felipe II, para su idea de Monarquía
Católica. Ciertamente y desde el principio ninguna doctrina política del siglo XVI provocó
tanta convulsión política como la Reforma: recordemos, por ejemplo, que aunque Lutero
condena la rebelión, los soberanos luteranos de Alemania se confabularon en la Liga de
Smalkalda (1530) para combatir al Emperador con las armas, lo cual abre la primera fase de
las guerras de religión europeas. Todo eso (contradictorio con su propia fuente religiosa)
necesitaba un ejercicio de legitimación política: ahí está la influencia real de la Reforma, en
su efecto indirecto sobre los debates, las ideas y las doctrinas políticas. En tal sentido se
observa un auténtico caos en la producción de discursos políticos tanto en Alemania como
en Inglaterra y Francia.
12
con la tiranía para ayudar a derribarla: ese libro, cargado de referencias históricas, fue desde
un principio utilizado por movimientos heréticos que acabarían represaliados por el
absolutismo y, andando los siglos, por movimientos revolucionarios como los hebertistas de
la Revolución Francesa o los anarquistas decimonónicos.
En conclusión, el siglo XVI acaba ofreciendo un balance en la historia de las ideas políticas
claramente nuevo con relación a la Edad Media:
-Se asienta el modelo de Estado moderno, retroceden los particularismos feudales y
se vive una creciente adhesión a la monarquía nacional y absoluta.
-Se formula una primera racionalización y secularización del pensamiento político
(un proceso acelerado por la Reforma).
-También se observa un primer desbordamiento histórico de la legitimidad monárquica
merced al patriotismo republicano en el que se basa la independencia de las Provincias
Unidas. Aunque parezca aislado este fenómeno será trascendente porque, por primera vez,
se produce un cambio que será decisivo en siglos posteriores, conforme el absolutismo
uniformice más y según vaya surgiendo una conciencia burguesa y avanzando la ciencia
política: con la idea medieval de libertades se va construyendo una ideología de libertad.
13
-El progreso de las ciencias y el descubrimiento y explotación de nuevas tierras
genera una nueva concepción de la naturaleza, esencialmente laica, lo que lleva
a separar el derecho y la política de la teología.
-El desarrollo económico hace ver que el derecho feudal es un obstáculo: la escuela
del derecho natural justifica doctrinalmente el capitalismo porque las leyes del
comercio serán consideradas leyes naturales.
-El derecho natural defiende los derechos de los individuos e invoca la utilidad general, lo
cual justifica los intereses nacionales dirigidos por el soberano a través de sus políticas de
centralización (frente a la nobleza, que sólo defiende sus privilegios y no el interés general
del Estado).
14
Así, el Estado aparece como persona, es una multitud representada por una sola persona. El
Leviathan tiene forma de gigante (metáfora de la suma gigantesca de todos los intereses
particulares): debe defender al ciudadano porque para eso el ciudadano renuncia a sus
derechos, para ser protegido. El Estado, a cambio de la obediencia, fundamenta el derecho a
la vida y a la propiedad.
Hobbes sostiene la tesis de la soberanía absoluta y rechaza la división de poderes. El único
límite de ese poder absoluto lo impone la necesidad de que el soberano defienda realmente
a su pueblo: esa idea, pese al absolutismo manifiesto de Hobbes, dará también alimento a
quienes andando el tiempo se opongan al poder absoluto, de tal forma que, como recogen
muchos autores (incluso Ferrajoli, el teórico del garantismo penal), objetivamente, Hobbes,
en parte por su acendrado individualismo (tan del gusto de la burguesía), camina en el
sentido del liberalismo histórico.
15
2.4.- La crítica del absolutismo y su deslegitimación política
No hay que olvidar que hablamos de historia del pensamiento de grandes autores y también
de ideas políticas en general. De esa forma es más fácil ver cómo van surgiendo los puntos
de ruptura con la doctrina absolutista. Verbigracia, fue muy importante la crítica protestante
en Francia porque explica el surgimiento de auténticos FOCOS ANTIABSOLUTISTAS EN
LOS PAÍSES BAJOS, ALEMANIA E INGLATERRA, al refugiarse allí los protestantes
franceses perseguidos tras la revocación del Edicto de Nantes (1685). Anteriormente,
también en Francia surge un movimiento religioso cuyas doctrinas se basan en el obispo
Cornelius Janse.
El JANSENISMO (entre cuyos miembros estaban Pascal y Racine) rápidamente entra en el
escenario de las luchas políticas. Conectó con una aristocracia media y en los medios
parlamentarios contrarios a la creciente concentración del poder (pero eso no quiere decir
que fuera un movimiento burgués, como afirman ciertas corrientes vulgomarxitas). Lo
cierto es que además de su conexión con las actitudes críticas hacia el absolutismo, el papa
consideró herética la concepción de los janseistas sobre el libre albedrío, con lo cual quedó
fundamenta la atroz represión religiosa y social que sufrieron. Sin embargo, como
referencia perduró hasta la segunda mitad el siglo XVIII (derrotado en Francia, irradió a
Holanda e Italia). Pascal rechaza el poder absoluto de origen divino y se burla del pueblo
que cree en la grandeza de la nobleza.
Encontramos interesantes refutaciones del absolutismo en muchos autores, algunos de los
cuales ya nos sitúan entre finales del siglo XVII y comienzos del XVIII:
-En nuevos pensadores «LIBERTINOS» franceses (como el historiador Bayle,
protestante huido a Holanda, muy admirado por Voltaire).
-En el científico y pensador alemán LEIBNIZ, políticamente nacionalista (pero
interculturalista) y partidario de un despotismo ilustrado. Teoriza acerca de una
autoridad europea.
-En el filósofo SPINOZA, quien, durante la segunda mitad del siglo XVII, elabora
un pensamiento que políticamente está vinculado al ideal de progreso de la
burguesía neerlandesa. Respeta a la autoridad pero prefiere un régimen liberal.
Es el teórico de la libertad política. Piensa en un Estado en el que prime el
mutuo acuerdo para garantizar la paz y la libertad. Sueña con comunidades
armoniosas, donde la fuerza sólo sea una manifestación del derecho.
-En la Inglaterra de la revolución de 1688: ha calado la idea hobbesina del poder
que ha de proteger a los ciudadanos. Aparece el radicalismo de los
«NIVELADORES», un partido propagado en los ejércitos de Cromwell, par-
tidarios de una igualdad política (no social). Igualmente aparecen autores
UTOPISTAS (como Winstanley y Harrington). Pero sin duda alguna será la obra
del filósofo empirista J. LOCKE (1632-1704) la que más influencia tendría en el
campo de las doctrinas políticas posteriores.
2.4.1.- Locke
Es el teórico de la revolución inglesa y el mentor de la nueva clase burguesa en ascenso.
Pero, en cuanto a su trascendencia más remota, sobre todo se le considera el padre del
individualismo liberal-burgués. En su Tratado sobre el gobierno civil defiende un Poder que
garantice la libertad y la felicidad; y, concretamente, la propiedad da felicidad (por eso se
ha dicho que Locke preconiza un novedoso hedonismo capitalista). En contra de Hobbes
16
estima que la propiedad si existe en la naturaleza, que es anterior a la sociedad civil. Es
para garantizar la propiedad para lo que se constituye la sociedad civil, y el gobierno sólo
debe asegurar los medios para la prosperidad y el bienestar. Además, cree en el derecho a la
resistencia y a la rebelión de los gobernados cuando el Poder perjudica a los derechos
naturales, especialmente a la libertad y a la propiedad.
No mucho tiempo después, cuando los ilustrados hablen de su confianza en la razón,
apelarán a filósofos racionalistas como Descartes, Spinoza o Leibniz; pero, por encima de
todo, la razón de los ilustrados es la del empirista Locke.
17
proliferan los foros de encuentro y los medios de propaganda (desde las gacetas a los
salones, los cafés, las sociedades y la masonería surgida en Inglaterra y después muy bien
asentada en Francia -la masonería, por cierto, en buena medida nos conecta con el
liberalismo en ciernes y también con aquellas primeras ideas que citamos sobre el primer
humanismo).
Además, se va gestando un nuevo vocabulario político finalmente muy difundido: la
palabra «social» toma su sentido moderno del Contrato Social de Rousseau y se difunde a
través de la Enciclopedia (no tiene todavía su sentido contemporáneo); también se usa con
frecuencia «clase media», «capitalista», «pueblo» (en el sentido de la mayoría) y «nación»
(junto a «soberanía»). No obstante, hay palabras que dominan el siglo, cuya orientación no
es tan nueva pero simbolizan eso que se dio en llamar «el espíritu del siglo»: «naturaleza,
felicidad, virtud, razón y progreso».
Los dos últimos conceptos, gestados a lo largo de los siglos anteriores, signos de una
actitud que ya descubríamos en renacentistas como Vasari, cobrarán ahora un sentido
político concreto: las leyes de cada nación han de estar iluminadas por las Luces de la
«razón» universal y la idea de un «progreso» ineluctable (ese optimismo racionalista del
revolucionario Condorcet, el cual, haciendo una lectura lineal y progresiva de la historia
universal, expresa su filosofía del progreso más bien como una nueva fe en la infinita
perfectibilidad del género humano). Además (y no sólo en Inglaterra), el «optimismo»
también ilumina la teoría y la acción política, un optimismo liberal-burgués que carga las
tintas en la «utilidad» (otra de las más destacadas palabras-clave del siglo).
Algunas de esas concepciones son comunes a casi todos los pensadores europeos, pero
evidentemente hay que establecer las diferencias. Touchard divide la producción de
doctrinas políticas en tres grandes apartados:
-El liberalismo aristocrático: Montesquieu (y en parte G. B. Vico).
-El mucho más amplio y triunfante liberalismo utilitarista: desde Voltaire, Diderot y
los enciclopedistas hasta el utilitarismo inglés (más explícito) de Bentham y, por
supuesto, Adam Smith. Con muchos más matices, no pocos autores incluyen en
este grupo a los pragmáticos del Despotismo Ilustrado (sobre todo algunos
monarcas y muchos tratadistas volcados hacia la gestión de lo social, hacia la
preocupación por la nueva concepción de higiene social, «policía» urbana y
gubernamentalidad de la población -que diría Foucault- (no olvidemos citar el
ensayismo de políticos e intelectuales ilustrados como Floridablanca,
Campomanes, Gregorio Mayans, el padre Feijoo y Jovellanos en la España del
siglo XVIII y sobre todo de Carlos III). Se ha dicho de ellos que forman parte de
un “cristianismo ilustrado” (se les acusó de jansenismo para desprestigiarles).
También puede incluirse a Valentín de Foronda y a Jerónimo de Ustáriz (o
Geronimo de Uztariz, dícese también). El padre Feijoo es el más intelectual: en
su Teatro Crítico Universal intenta denunciar los errores, las supersticiones y los
engaños en que vivía sumergido parte del pueblo (José Luis Abellán se niega a
considerarlo ilustrado puro, prefiere el término pre-ilustrado).
-Las rebeldías, las utopías, los pacifismos y los nacionalismos: desde Rousseau a las
construcciones socialistas, pasando por los ensueños de paz perpetua (Kant) y el
prerromanticismo nacionalista.
18
Constitución inglesa. Montesquieu la elogia y la vulgariza. Sin embargo, muestra poco
apego por la revolución industrial que ya está en marcha. El autor de las Letras Persas, es
un aristócrata que defiende el papel de la nobleza y acaba presidiendo el parlamento de
Burdeos. Filosóficamente, no es empirista. Por eso propone modelos y construye doctrinas.
Sin embargo, es partidario de un liberalismo político muy próximo al de Locke. Su gran
influencia se explica sobre todo porque se convirtió (sobre todo lo convirtieron) en el
teórico de la separación de poderes. Lo explica en su obra El espíritu de la leyes (también
ahí desarrolla su conocida teoría del gobierno).
Como teoría política tiene una evidente proyección hasta nuestra actualidad. Es la teoría de
los contrapesos (“Es preciso que el poder detenga al poder”). Contrapesos son:
-la propia separación de poderes: es el aspecto más famoso de Montesquieu y se ha
convertido en un dogma de las constituciones democráticas, aunque
verdaderamente Montesquieu habla más bien de buscar la armonía entre tres
poderes que ostenten una auténtica co-soberanía de las tres fuerzas políticas y
sociales que él consideraba legítimas (el rey, el pueblo y la aristocracia).
-la potenciación de los cuerpos intermedios, especialmente los parlamentos y la
nobleza.
-la descentralización del Poder (una idea que después influirá en Tocqueville).
-las costumbres y la moral (otra de las fuerzas que impiden que el poder se haga
déspota): Montesquieu es aristócrata liberal en lo político pero con una moral
burguesa, un conservador ilustrado que, aunque anticlerical, cree en el papel de
la religión como freno social (lo que recuerda a Maquiavelo).
VOLTAIRE (1694-1778), cuya gloria en vida fue inmensa, es más conocido por su obra
literaria y por sus temas religiosos (aunque no cree en los sacerdotes), e incluso por su
incursión en el utopismo con Cándido. Pero nos interesa destacar que en las Cartas filo-
sóficas y en las Cartas inglesas desarrolló su «política de sentido común». También di-
fundió su propia lectura de la Constitución inglesa. Le preocupa la garantía de la libertad y
la propiedad, pero cree más en la libertad civil que en la libertad política y por eso demanda
autoridad. Tiene una visión censitaria de la sociedad. No cree en la igualdad. Cree
beneficiosa la división en clases sociales. Su política es cotidiana: elaboró todo un catálogo
de reformas sociales y batalló personalmente por ellas, por lo que será reconocido y
aclamado por el pueblo. Con él nace la figura del «filósofo comprometido».
19
liberal y también los límites que se autoimpone y no va a traspasar.
20
de igualdad de derechos y de libertad porque la libertad (indisolublemente unida a la
igualdad), lejos de estar amenazada por el soberano sólo puede ser realizada por el sobe-
rano. El hombre realiza su libertad obedeciendo a las leyes pactadas que la garantizan (de
ahí la famosa «paradoja» de Rousseau: hay que obligar a cada individuo a ser libre, el
individuo se condena a ser libre). Es la libertad propia del igualitarismo político (re-
cordemos que Locke asociaba libertad a propiedad). En cambio, Rousseau no defiende un
igualitarismo social. En ese plano es un reformador que se preocupa por corregir injusticias
y reducir la distancia entre las clases sociales. Defiende la «movilidad social» y por eso
refuta el viejo modelo de sociedad estamental, pero igualmente combatirá el injusto orden
social que mantiene a unos en la opulencia y a otros en la miseria (detesta ambas
situaciones extremas).
UTOPISTAS
Aparte de la figura de Rousseau, en la Francia pre-revolucioanria hay muestras de fuertes
críticas sociales contra los causantes de la pobreza de la mayoría y hasta utópicas
propuestas socialistas que influirían inmediatamente en un Babeuf (recordemos la utopía
comunista de Morelly, un comunismo más bien literario; y el socialismo populista del cura
Meslier y sobre todo de Linguet, el principal adversario de los fisiócratas).
PRERROMANTICISMO NACIONALISTA
Ya hemos dicho que con la revolución en Francia se desarrolla el concepto de «nación» en
el sentido contemporáneo que hoy conocemos. Antes de eso, durante el siglo XVIII la
palabra nación significa otra cosa (por ejemplo, se habla más de nación bretona que de
francesa). Aunque parezca contradictorio, algunos ilustrados como Voltaire tratan el asunto
de la patria como una mezcla de particularismo y cosmopolitismo. Asimismo, el
21
despotismo ilustrado, teóricamente muy cosmopolita, contribuyó a poner en marcha una
cierta noción de nacionalismo sentimental (Federico II habla de un sentimiento patriota).
En Alemania, el Sturm und Drang es una revolución literaria de inspiración nacionalista: el
denominado prerromanticismo nacionalista de Herder (e incluso Gohete) anteceden a Hegel
en su intento de conciliar un idea nacionalista a veces xenofóbica con aspiraciones
humanistas y místicas.
LA REVOLUCIÓN AMERICANA
La trascendencia histórica de aquella Declaración de Independencia del 4 de julio de 1776
no guarda relación con la población de [Link]. a finales del siglo XVIII (tres millones de
habitantes, aproximadamente). Los orígenes de aquella revolución son económicos,
políticos, religiosos e intelectuales. Hay un violento conflicto de intereses entre negociantes
y armadores de Nueva Inglaterra con los de la metrópoli. Surgen oportunidades para la
protesta de los colonos contra los gobernadores. Los colonos siguen el espíritu puritano de
los primeros inmigrantes, etcétera.
Las ideas políticas basadas en los derechos naturales, el liberalismo de Locke, de los
ilustrados o de la Enciclopedia se han difundido y están presentes en los discursos insu-
rreccionales. La revolución triunfa y su valor histórico además de los contenidos del
mensaje político reflejado en la Declaración de Independencia crean un modelo que
irradiará, a corto plazo hacia Francia, y después hacia América Latina.
Dentro de la producción de pensamiento político destacamos la formulación de principios
revolucionarios en el republicano ilustrado Thomas Paine y el valor del utilitarismo liberal-
burgués como expresión de un «nacionalismo pacífico» en B. Franklin. Pero hay discursos
más decisivos, como la Declaración de Derechos de Virginia (junio de 1776) y sobre todo
la Declaración de Independencia de julio de ese mismo año (redactada por Jefferson): en
ella vamos a ver reseñadas muchas de las ideas que se fueron gestando durante la Edad
Moderna y sobre todo a Locke: todos los hombres (valor universalista) poseen derechos
inalienables (la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad). La función del gobierno es la
de preservar esos derechos, y si la incumple, los ciudadanos tendrán derecho a sublevarse.
Después llegaría la Constitución (1787), resultado de tendencias diversas (las diez primeras
enmiendas a la Constitución de los [Link]. son una verdadera declaración de los derechos
del hombre, y difieren de las europeas en que sus prescripciones son aplicables por los
22
tribunales, o sea, son garantistas y no meras declaraciones de principios).
23