Las Filósofas
Las Filósofas
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Giulio de Martino y Marina Bruzzese
Las filósofas
Las mujeres protagonistas en la historia del pensamiento
ePub r1.0
Rob_Cole 24.04.18
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Título original: Le Filosofe. Le donne protagoniste nella storia del pensiero
Giulio de Martino y Marina Bruzzese, 1994
Traducción: Mónica Poole
Retoque de cubierta: Rob_Cole
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Prefacio
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Introducción
1. LOS ORÍGENES
Una red policroma de «dioses, demonios, héroes y habitantes del Hades» [Platón,
República, 392a], he aquí la mitología griega desde los mitos arcaicos y homéricos
hasta las tardías reelaboraciones alejandrinas. Una red que nos ofrece un vastísimo
cuadro simbólico sobre el significado de la feminidad en la civilización egea.
La presencia femenina en el mito es notable: diosas, heroínas, ninfas, etc.,
podríamos contar más de un millar en las distintas religiones. Si se examinan las
primeras estatuillas votivas descubiertas por los arqueólogos y que se remontan a un
intervalo de tiempo comprendido entre el Paleolítico Superior (25 000 a. C.) y la
llamada Edad del Rin (8000 a. C.), que constituyen los primeros vestigios de vida
religiosa, vemos que la mayoría son representaciones de figuras femeninas.
Esta amplia presencia mitológica y arqueológica de la figura de la mujer, que en
el pasado indujo a algunos estudiosos a ver en la misma la prueba de la existencia de
una sociedad primitiva de tipo matriarcal, no es entendida como la proyección directa
de una realidad social de «predominio femenino», sino más bien como la
representación ambigua y polisémica del tema de la relación entre los sexos para unos
fines y usos sociales diversos.
Al igual que no existe un nexo directo entre mitología e historia, tampoco lo hay
entre representación artística y estructura social. Puesto que el mito y el arte primitivo
son una fuente informativa ambigua, la arqueología y la antropología, junto a la
etnoarqueología (que analiza las huellas físicas de los comportamientos sociales de
los pueblos primitivos para construir modelos utilizables por la arqueología) han
tratado de dar respuestas más verosímiles a las cuestiones relativas al papel de las
mujeres en las sociedades prehistóricas.
Los resultados a los que se ha llegado son los siguientes: en una amplia edad
anterior a la escritura, que abarca desde el 25 000 a. C. (Paleolítico y Mesolítico)
hasta el VII milenio a. C. (Neolítico), las comunidades humanas se aseguraban la
supervivencia por medio de actividades como la caza, la pesca, la recolección de
frutos y bayas.
Los humanos practicaban el nomadismo, mantenían relaciones monógamas y no
se reproducían con particular frecuencia. En esta sociedad, las mujeres estaban
dedicadas a la reproducción de la especie, a la educación de los hijos y, también, a las
actividades de recolección. De ellas dependía la creación de los lazos maternales y
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familiares; la relación económica y social con los hombres era de paridad en el marco
de un notable intercambio de los roles y de una igualdad sustancial entre los sexos.
A partir del VII milenio a. C., con la introducción gradual del arado en la
agricultura y de la domesticación de los animales, las costumbres se transformaron de
un modo radical: las comunidades humanas se hicieron sedentarias, el número de
hijos aumentó, y la división entre los sexos dio un giro de 180 grados. Aunque, como
parece probable, la agricultura es ideada e introducida por las mujeres, que ya estaban
familiarizadas con el mundo vegetal, fueron los hombres quienes asumieron el
control sobre el cultivo, la cría de ganado y la propiedad de los terrenos y de los
animales. La observación del comportamiento de los animales en cautividad permitió
esclarecer el papel del macho en la reproducción y atribuir al macho humano un
papel primario en la procreación.
En la edad del bronce, durante casi tres mil años (4000 a. C.), la mujer se vio
gradualmente marginada de las actividades económicas principales para dedicarse
exclusivamente a la generación, que llegó a ser intensa, a la crianza de los hijos y al
tratamiento artesanal de los productos animales secundarios y vegetales (producción
de quesos, alimentos, hilados y tejidos, etc.). Los roles sociales se diferenciaron cada
vez más hasta que, en el siglo VII a. C. (Edad del hierro), el proceso de instauración
de una sociedad firmemente patriarcal puede considerarse no sólo concluido, sino
culturalmente arraigado.
1.2. Las mujeres en los mitos: procreadoras, magas, artesanas
Las prerrogativas de las diosas son muy diversas, pero pueden agruparse en dos
categorías, las sexuales y las técnico-mágicas.
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En los mitos relativos al origen del mundo, los cosmológicos, las mujeres-diosas,
las diosas-madres aparecen como generadoras, como aquellas que han dado origen
tanto a dioses como a hombres. Son elementos del cosmos y de la naturaleza que
poco a poco son divinizados en figuras femeninas. De esta manera, un cosmos
sexualizado es capaz de generarse a sí mismo y a los seres vivos.
En mitos posteriores, en los que la creación del mundo ya se ha producido, las
mujeres-diosas comparecen como portadoras de técnicas y como magas o curanderas.
Si la naturaleza en cuanto femenina era capaz de producir metamorfosis, ahora es la
mujer maga quien las crea: Isis, maga y sabia, depositaría de la ciencia alquímica.
En los mitos más recientes vemos a Deméter y a Ceres, que eran diosas de la
agricultura, Diana, de la caza, Atenea de distintas técnicas (arado, hilado, forja de
armas), Igía que tutelaba el arte de la medicina al igual que la asiria Ishtar; la egipcia
Seshat era la diosa de la escritura, las Musas representaban a las artes, etc. Las
sacerdotisas de estas diosas, además de desempeñar las funciones relativas al culto,
probablemente eran depositarías de conocimientos y técnicas útiles a toda la
colectividad.
Sobre la base de estas figuras mitológicas y de los hallazgos étnico-
arqueológicos, podemos plantear la hipótesis de que los mitos cosmogónicos se
refieren a la realidad femenina del Paleolítico y del Mesolítico.
En el Neolítico, las mujeres aún desempeñaban un complejo papel de
reproducción social. Las actividades de recolección, así como la fabricación de vasos
de uso sagrado, tenían su significado.
A través de los mitos agrícolas y de fertilidad sabemos que las mujeres
desempeñaron actividades agrícolas y educativas, artesanales (hilado, tejido,
cerámica), que fueron herboristas, criadoras y curanderas, que conocieron las técnicas
de obstetricia. En resumen, parece que existió una relación de equilibrio sustancial en
la división de los roles económicos y sociales entre hombres y mujeres.
A partir de la edad del bronce y de la instauración de una sociedad explícitamente
patriarcal, asistimos al declive gradual de la presencia femenina en las actividades
económicas y en el ejercicio de técnicas y de conocimientos socialmente relevantes,
incluso la magia parece escapar a su control. En los mitos, esta situación parece estar
reflejada en forma de lucha y conflicto entre dioses de distinto sexo. El mito exalta la
feminidad y, por tanto, la diferencia y el conflicto entre los sexos, pero se propone
dominar la diferencia convirtiéndola en una jerarquía.
Los hombres, pues, acaparan casi todos los aspectos de la vida comunitaria y las
mujeres se encaminan a una lenta marginación, tanto más grave cuanto que la
sociedad humana occidental, en Grecia, se aprestaba a dar un gran salto hacia delante
con el descubrimiento del poder del conocimiento.
Referencias bibliográficas
Margaret Ehrenberg, La donna nella Preistoria, Milán, Mondadori, 1992. Georges Devereux, Donna e mito,
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Milán, Feltrinelli, 1984. Patricia Monaghan, Le donne nei miti e nelle leggende. Dizionario delle Dee e delle
Eroine, Como, Red Edizioni, 1987.
2. LA MUJER Y LA AUTORIDAD
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y encontrar en ello una relación positiva con la autoridad que les había sido negada en
otros campos.
La historia de las mujeres puede interpretarse en Occidente —en otros lugares el
camino se ha interrumpido varias veces o ni siquiera ha comenzado— como la
historia de la desaparición gradual de las barreras interpuestas entre las mujeres y las
formas de la autoridad. Primero en el campo religioso, después en el pedagógico, en
el económico y artístico, y, finalmente, en el político y científico, las mujeres han
podido desempeñar papeles de mayor incidencia en la vida social. Pero a un proceso,
que puede definirse como «igualador», que ha llevado a las mujeres a interiorizar y a
imitar roles y competencias pensadas, en principio, para los hombres se ha asociado,
con una fuerza cada vez mayor, un proceso «diferencial» que ha conducido a las
mujeres a poner en juego concepciones de la autoridad distintas de las tradicionales.
La visión tradicional de la autoridad estaba basada en el modelo del padre: jefe de
la tribu, de la familia, de la milicia y del culto. Un padre cuestionado por sus
descendientes masculinos, a su vez en lucha por la sucesión. Esta configuración
primitiva de la autoridad, explicada por Freud y por el psicoanálisis, pero presente
tanto en la vida civil como en la cultural y religiosa, se ha transformado lentamente
en una configuración más abstracta y falsa. Tanto la sociedad cristiana (la única
autoridad verdadera es un dios trascendente e infinitamente bueno) como la laica e
ilustrada (igualdad, libertad, fraternidad) han establecido una concepción «formal» de
la autoridad, una concepción «impersonal» de la misma. Para los cristianos la
autoridad es divina y, por tanto, suprapersonal, para los laicos es fruto de la ciencia,
de la justicia, de las leyes y, como consecuencia, fruto de un procedimiento e
impersonal. Para ambas concepciones la autoridad se ha convertido en algo abstracto.
Observando y estudiando las contribuciones teóricas del pensamiento femenino
en su historia, parece posible individuar, en cambio, aunque sea de modo discontinuo
y latente, la aparición de otro concepto de autoridad, un concepto concreto y, por
consiguiente, terrenal, no un concepto neutral y formal y ni siquiera un concepto
primitivo e indiferenciado: la idea de una autoridad vinculada a valores, una
autoridad diferenciada.
La relación entre las mujeres y el saber filosófico, un saber en el que el
predominio masculino ha sido, en las distintas épocas históricas, casi total, puede ser
uno de los hilos a seguir para averiguar el recorrido de una larga y lenta revolución
antropológica aún hoy, a nivel mundial, en gran medida incompleta.
Referencias bibliográficas
Giuseppe Capograssi, Riflessioni sull’autorità e la sua crisi, Lanciano, 1921, ahora en Opere, vol. I, Milán,
Giuffré, 1959. Herbert Marcuse, L’autorità e la famiglia, Turín, Einaudi, 1970. Michel Foucault, El orden del
discurso, Barcelona, Tusquets, 1987. Juliet Mitchell, La condizione della donna, Turín, Einaudi, 1972. Richard
Sennett, La autoridad, Madrid, Alianza, 1982. Ipazia, Autorità scientifica Autorità femminile, Roma, Editori
Riuniti, 1992.
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Capítulo primero
El mundo egeo
1. EL MATRIARCADO
Ningún discurso sobre la filosofía griega puede prescindir de un análisis del mito.
En aquellos que nos han llegado a través de la mitología aparece la distinción entre
sujeto y objeto del relato: los personajes, aunque formen parte de las narraciones, no
parecen creaciones de un escritor, anónimo, sino narradores de sí mismos. Esto tiene
que ver con la función «teórica» del mito, con su carácter de explicación simbólica de
los fenómenos humanos y naturales. Los dioses y los héroes no están implicados en
sucesos que les son ajenos, son más bien centros de actividad de los que surgen estos
fenómenos con los que se identifican sin dejar rastro. Afrodita, por ejemplo, no es el
personaje de uno o más mitos, sino el nombre, el símbolo unificador de una cadena
de mitos (de imágenes, de transformaciones, de acontecimientos) que constituyen la
descripción de la propia diosa.
La lógica que actúa en el mito es la lógica de la metamorfosis, una lógica que
viola el principio de identidad (toda cosa es ella misma y no otra) sobre la base del
principio de identificación, que suma más sujetos en el mismo sujeto, más tiempos en
el mismo tiempo, más lugares en el mismo lugar: Afrodita toma forma y se
transforma a través de su mito.
Esto significa que el mito no nos permite salir del mismo. No puede ser traducido
o explicado en un lenguaje o en un discurso distinto del suyo propio. Pasando de
hombre en hombre, de generación en generación, ha dado lugar a la mitología (relato
de los mitos).
Sería importante llegar a comprender el papel desempeñado por las mujeres en la
elaboración de la mitología, en la griega en particular. Para ello es necesario
considerar las figuras femeninas del mito a través del filtro de la mitología, unas
veces masculina otras femenina, pero destinada, en cualquier caso, al mantenimiento
de un orden social que consideraba a las mujeres en una posición subalterna respecto
a los hombres.
En efecto, el valor cultural de la mitología es problemático, es decir, su función y
su relación con la realidad social de la Grecia primitiva, al igual que su relación con
otras formas del pensamiento griego como la religión, la magia, la epopeya y la
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filosofía.
El mito ha aportado a la religión contenido cognoscitivo e imaginativo,
interviniendo en los ritos, en los símbolos e influyendo en los personajes y en la
elección de los lugares sagrados. Ha provisto a la magia de un soporte de justificación
y un modelo para sus procedimientos y encantamientos.
Sin embargo, religión y magia, más allá de su base mitológica común, difieren
claramente entre sí en lo que respecta a fines y métodos. La magia va en busca de
técnicas y prácticas que, aunque de forma ilusoria, lleguen a situar a los hombres en
una posición dominante y omnipotente respecto a la naturaleza. La religión, por el
contrario, tiende a suscitar en el hombre un sentimiento de impotencia y de sumisión
a fuerzas y a entidades superiores. La creencia en los dioses ha inducido al hombre a
sentirse débil e indefenso, a buscar la protección de seres superiores a los cuales se
siente impulsado a amar y a venerar. La religión representa una fase de desarrollo
social superior a la magia en cuanto que obliga al hombre a distinguirse de la
naturaleza.
La epopeya fue la primera forma de sistematización literaria de las construcciones
mitológicas. En la Teogonia de Hesíodo (siglo VIII a. C.) se relatan mitos sobre el
conflicto entre divinidades femeninas y masculinas, Gea y Urano, Rea y Cronos,
hasta que llega Zeus, quien logra romper esa relación y situarse como patriarca
hegemónico del Olimpo. En torno a Zeus encontramos, en distintas posiciones
subalternas, a las principales divinidades femeninas de la religión griega: Atenea y
Artemisa, las diosas vírgenes, y Hera, Afrodita, Deméter y Hestia, las diosas madres.
En los poemas homéricos y en la tragedia griega más antigua, el mito se complica
por el cruce de los destinos de los humanos y de los dioses. Una atenta lectura puede
permitir la distinción en estos textos de los signos y las huellas de un dualismo
religioso que refleja las estructuras sociales y familiares de una civilización
caracterizada aún por diferentes identidades sexuales y por rituales y códigos morales
antagónicos. El mito volvió a aparecer también en la poesía lírica, pero únicamente
como elemento de adorno.
Por su parte, la filosofía griega ha permanecido durante largo tiempo en simbiosis
con la mitología y no ha cedido al sentimiento religioso. De este modo, ha propuesto
una reelaboración racional que ha determinado la salida gradual del logos del
pensamiento mítico y la transformación de la propia religión en metafísica y en ética.
La figura de Parménides es, en este aspecto, resolutiva.
Referencias bibliográficas
Francesco Albergamo, Mito e magia, Nápoles, Guida, 1970. Furio Jesi, Mito, Milán, Isedi, 1973. Rosanna
Bertini Conidi, Domenico A. Conci, Newton C. A. da Costa, Mostri divini. Fenomenologia e logica della
metamorfosi, en Da spazi e tempi lontani, Nápoles, Guida, 1991.
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En las formas esotéricas y ricas en imaginación del mito y de la mitología
encontramos custodiadas las huellas del papel y de la función cultural de las mujeres
en la civilización egea más antigua.
Los mitos teogónicos, los relativos al origen de los dioses, y que presumiblemente
se remontan al mundo egeo de la edad del bronce (después del 4000 a. C.), giran en
torno a la figura de la Madre de los dioses o Gran Madre. Seguimos sus pistas en las
civilizaciones de Creta y Micenas. Mitos teogónicos y mitos cosmológicos se
superponen: el mundo nace a la vez que sus dioses. Erich Neumann ha ordenado los
materiales simbólicos sobre la figura mítica de la Gran Madre.
La Gran Madre expresa la idea de la génesis del mundo sea en el plano
cosmológico y ontológico, sea como nacimiento del cosmos y como nacimiento del
individuo. La Gran Madre aparece como evolución de la representación original del
Ouroboros, la Serpiente primitiva que se devora a sí misma, o del Huevo cósmico del
que todo nace. Es a la Madre omnipotente a la que se somete la nueva criatura. Es
tanto femenina como masculina: de la división de la Unidad primitiva surgieron los
padres del mundo, representativos de los dos sexos contrapuestos, y en ellos se
originará la pluralidad de los dioses.
El historiador y antropólogo Johann Jakob Bachofen (1815-1887), al que
Neumann hace referencia constantemente, es quien descubre y resume en la fórmula
del matriarcado, controvertida pero afortunada, el significado del mito teogónico de
la Gran Madre. Recurriendo a la interpretación de textos y de imágenes pictóricas y
escultóricas, Bachofen, en su obra principal El Matriarcado (1861), delineó esa fase
evolutiva de la civilización humana en la que la descendencia estaba determinada
según la línea materna y las mujeres gozaban de una posición de prestigio peculiar en
el seno de la sociedad.
Las críticas más recientes a la teoría de Bachofen, más que sobre la plausibilidad
de la idea del matriarcado, se concentran sobre otro punto: la descendencia
matrilineal no implicaría, por sí misma, el matriarcado. Como ejemplo, se presenta el
caso, frecuente en los mitos, del regicidio, propuesto en la literatura desde Orestes a
Hamlet: el asesino del rey se casa con la viuda y hereda así la corona, por tanto, la
descendencia matrilineal de la realeza no conlleva el matriarcado.
En cualquier caso, según la teoría de Bachofen, al principio las relaciones entre
los dos sexos estaban reguladas por la mera fuerza física: es la fase del afroditismo,
en la que se daba la «confusión» sexual y en la que todavía se desconocía el papel
masculino en la procreación y la madre era el único progenitor identificable. A esta
fase siguieron, primero, la de las mujeres amazonas —mujeres guerreras y
misántropas que crearon el conflicto violento entre los sexos— y, posteriormente, la
del derecho materno en la que los dos sexos encontraron un punto de conciliación
que sancionaba la supremacía de las mujeres tanto en el plano dinástico como en el
religioso y político.
En esta última fase, la mujer, orientada por su naturaleza hacia lo sobrenatural,
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logró convertir al hombre a los valores religiosos y empujar a la humanidad de un
periodo de promiscuidad y predación más primitivo a otro en el que se instituyeron el
matrimonio y la agricultura: es la fase del matriarcado, simbolizada por el culto de la
diosa Deméter, hija de Rea y madre de Perséfone, una diosa de perfil bastante
complejo y ligada directamente al mito de la Gran Madre.
Texto 1
EL MATRIARCADO
Entre todos los testimonios que nos dan noticia de la existencia y de la forma del derecho materno,
los más claros y los más valiosos son los que se refieren al pueblo de Licia. Los licios, relata
Heródoto, daban a sus hijos no el nombre de los padres, sino exclusivamente el de las madres; en
todas las indicaciones genealógicas ponían de relieve el linaje materno solamente y juzgaban el estatus
social de los hijos únicamente por el de la madre. Nicolás Damasceno ratifica esta afirmación
haciendo hincapié en el derecho hereditario exclusivo de las hijas, que hace remontar al derecho
consuetudinario licio, a la ley no escrita, otorgada, según la definición de Sócrates, por la propia
divinidad. Todas estas costumbres son la manifestación de una misma concepción global del mundo.
Aunque Heródoto no capta en ello más que una simple desviación de las costumbres helénicas, es
necesario llevar el análisis de sus correlaciones a una interpretación más profunda. Entonces se nos
aparecerá no una falta de reglas, sino un sistema, no el arbitrio, sino la necesidad; y puesto que es
negada toda influencia de una legislación positiva, la hipótesis de una anomalía carente de significado
pierde la última apariencia de justificación. Junto al principio paterno grecorromano, encontramos un
derecho de familia totalmente opuesto tanto en sus fundamentos como en su formación, y a través de
la comparación de los dos, son ilustradas, de una manera aún más clara, las características específicas
de cada uno. Esta idea se confirma ante el descubrimiento de concepciones análogas en otros pueblos.
Al derecho de herencia exclusivo de las hijas según el derecho licio, corresponde el deber igualmente
exclusivo que las hijas tienen según las costumbres egipcias de alimentar a los padres ancianos, del
que nos da testimonio Diodoro. Si esta definición parece limitarse a la organización del sistema social
licio, una noticia conservada por Estrabón a propósito de los cántabros nos remite además a otra
consecuencia de la misma concepción de fondo: la elección del cónyuge y el pago de la dote de los
hermanos por parte de las hermanas. Si se unen todos estos elementos en un cuadro, nos dan una
información de significado general. A través de la misma se puede fundamentar la convicción de que
el derecho materno no pertenece a un determinado pueblo, sino que corresponde a una fase de la
civilización, que basándose en la homogeneidad y a la regularidad de la naturaleza humana no puede
ser determinada por alguna afinidad étnica; y, finalmente, que es más necesario tener presente las
correspondencias de la concepción de fondo que la identidad de las manifestaciones particulares. El
examen de las informaciones que Polibio proporciona sobre las cien estirpes nobiliarias de los locrios
epicefirios, caracterizadas por genealogías matrilineales, aporta otras dos consideraciones generales
íntimamente ligadas a esta serie, cuya exactitud e importancia será demostrada a lo largo de la
investigación: 1) el derecho materno pertenece a un periodo de la civilización que precede al sistema
patriarcal; 2) la fase de su máximo poder se aproxima a su declive con el desarrollo de este último. De
acuerdo con todo esto, las formas de existencia dominadas por el poder femenino aparecen
principalmente en los pueblos que se diferencian de los pueblos helénicos en cuanto estirpes más
antiguas; éstas son un elemento esencial de aquella cultura original, cuyo carácter específico está
estrechamente unido al predominio de la maternidad, del mismo modo que el helenismo lo está al
poder del padre.
Estos principios, deducidos de un número limitado de datos, reciben una confirmación irrefutable
en el curso de la investigación por una cantidad de hechos que, de un modo cada vez mayor, vienen a
sumarse a los mismos. Si los locrios nos llevan a los léleges, a éstos se suman rápidamente los carios,
los etolios, los pelasgos, los caucones, los arcadios, los epeos, los minios, los telebeos: y en todos ellos
se manifiesta con una gran multiplicidad de rasgos particulares el derecho materno y la civilización
que se basa en el mismo. El fenómeno del poder y del dominio femenino, cuya observación ya suscitó
estupor entre los antiguos, da a toda descripción de los pueblos, por muy específico que pueda ser por
otros aspectos el color de cada uno, un mismo carácter global de esplendor arcaico y de originalidad
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completamente distinta a la de la civilización helénica. Aquí reconocemos la idea fundamental,
extraída del sistema genealógico de los catálogos de los naupactas y eeos, de los que procede la unión
de las madres inmortales con los padres mortales, de la preeminencia de los bienes y del nombre
materno y la intimidad con los hermanos y las hermanas de la madre; idea en la que, finalmente, se
basa el término «tierra madre», la mayor sacralidad del sacrificio femenino, y el carácter no expiable
del matricidio.
Jakob Bachofen
(de El Matriarcado)
Referencias bibliográficas
Erich Neumann, Storia delle origini della coscienza, Roma, Astrolabio, 1978. Erich Neumann, La Grande
Madre, Turín, Boringhieri, 1986. Johann Jakob Bachofen, Le madri e la virilità olímpica, intr. de Julius Evola,
Roma, Edizioni Due C., s. d. Johann Jakob Bachofen, El Matriarcado, Madrid, Akal, 1987. Johann Jakob
Bachofen, Il simbolismo funerario degli antichi, Nápoles, Guida, 1989. AA. VV., Le grandi madri, ed. de Tilde
Giani Gallino, Milán, Feltrinelli, 1989. Uwe Wesel, Il mito del matriarcato, Milán, Il Saggiatore, 1985.
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Ariadna abandonada por Teseo y salvada y divinizada por Dioniso; la segunda, más
antigua y divulgada por Homero, narra cómo Ariadna abandona a Teseo y a causa de
ello es asesinada por Artemisa.
Otro punto clave del mito es el representado por el Laberinto, edificio simbólico
construido por el arquitecto Dédalo. El Laberinto es una intrincada creación de la
razón humana: estructurado según las reglas de la geometría se convierte de juego del
logos en trampa mortal. En el laberinto está atrapada una criatura bestial, el
Minotauro, hijo monstruoso de Pasífae y del Toro cretense, en el que puede verse
simbolizado al propio Dioniso. Teseo vence su batalla contra el Minotauro
recorriendo la creación de Dédalo y gracias a la ayuda decisiva de Ariadna. La
sabiduría de ésta es la que libra al héroe de la trampa del logos. A su vez, Teseo libera
a Ariadna de su oscura relación con los cultos taurinos minoicos. Pero ésta,
abandonada por el héroe en la isla de Naxos, asesinada y divinizada, volverá
definitivamente con Dioniso.
Así pues, la figura de Ariadna está suspendida (del ovillo de hilo) entre el
elemento mítico-religioso primitivo (el Toro, el Minotauro, Dioniso) y el elemento
racional (el Laberinto, Teseo), pero acabará siendo reabsorbida por el mundo
dionisíaco después de haber ayudado al héroe a desvelar el misterio del Laberinto, el
misterio de la razón en sus mil engaños.
Referencias bibliográficas
Károly Kerényi, Gli Dei e gli eroi della Grecia (1955), tr. it. Milán, Garzanti, 1976. Giorgio Colli, La nascita
della filosofia, Milán, Adelphi, 1975 (trad. esp.: El nacimiento de la filosofia, Barcelona, Tusquets, 1987). Giorgio
Colli, La sapienza greca, Milán, Adelphi, 1977 (trad. esp.: La sabiduría griega, Madrid, Trotta, 1995). Ludovico
Fulci, Dentro il Labirinto, Roma, Atanor, 1992.
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Metis (la prudencia). La lechuza simboliza la capacidad de ver en las tinieblas, las
armas indican su carácter rudo, presto al combate. Atenea es representada también
como una divinidad alada. En su honor se erigieron también el Erecteion y el
Partenón, y se celebraron las grandes fiestas religiosas y civiles llamadas Panateneas.
La tradición apunta a Atenea como la diosa de los filósofos: «Cuando la filosofía
pinta en claroscuro, entonces un aspecto de la vida es envejecido, y por el claroscuro
no se deja rejuvenecer, sino sólo reconocer: la lechuza de Minerva inicia su vuelo al
comienzo del crepúsculo» (G. W. E Hegel, Principios de filosofía del derecho, 1821).
Atenea era la diosa de los mil saberes.
Junto a las llamadas divinidades mayores existía una gran cantidad de divinidades
menores que tenían la función de completar las construcciones míticas afianzando e
integrando las figuras mayores, sin restarles protagonismo ni prestigio.
Las nueve Musas eran las mujeres del cortejo del dios Apolo, las Bacantes las del
cortejo del dios Dioniso. Apolo y Dioniso, como escribió Nietzsche en El nacimiento
de la tragedia (1872), eran los dos modelos contrapuestos entre los que se movía la
antigua sabiduría griega, a cuyo culto estaban dirigidas las dos corrientes principales
de la religiosidad: la religión olímpica y la religión mistérica.
Las Musas, sacerdotisas de Apolo, eran hijas de Zeus y Mnemósine, la divinidad
de la memoria: Clío, Euterpe, Talía, Melpómene, Terpsícore, Erato, Polimnia, Urania
y Calíope eran sus nombres. Encarnaban el canto poético y la capacidad del mismo
para recordar a los hombres su pasado. Pero no se trataba del pasado en sentido
temporal, sino del pasado mítico: el conjunto de sucesos que originaron el nacimiento
del mundo y el del hombre en el mismo.
La función religiosa y poética de las Musas parece confirmar así la «vocación
religiosa» de la mujer en la Antigüedad, sobre la que ha escrito Bachofen, así como la
relación entre las mujeres y el conocimiento artístico.
En contraposición a las Musas aparecen las Ménades o Bacantes, adoradoras del
dios Dioniso, el benjamín de Zeus. El mito de Dioniso está unido al de Deméter pues
fue engendrado por Zeus y Perséfone, hija de aquélla, con la anuencia de la diosa.
Esto indicaría la persistencia del culto matrilineal hasta en el culto de Dioniso. Las
Ménades, en oposición a las Musas, simbolizaban un culto sensual e irracional,
vivido en estado de ebriedad y bajo el efecto visionario de la drogas. Según
Bachofen, Dioniso y las Ménades constituyen un culto femenino y entran en la
sociedad del matriarcado. El culto masculino de Apolo y de las Musas alude, en
cambio, a una fase histórica más evolucionada dominada por los mitos solares y
masculinos, centrados sobre un dios único y eterno. Apolo, el dios de los oráculos,
representa también el paso gradual del fideísmo del conocimiento religioso al
conocimiento racional porque, junto a las Musas, realiza el esfuerzo de comprender el
pasado y de prever el futuro.
Numerosas figuras de mujeres estaban implicadas en el arte profético. Pensemos,
además de en la Pitia, oráculo «oficial» de Apolo en Delfos, en Casandra de la Ilíada,
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o en Sibila que, más que indicar un individuo específico era la representante de una
categoría social extendida en varios lugares del mundo antiguo.
Además de las Musas y de las Bacantes, la cultura mítica de los griegos y de los
romanos incluía otra categoría de divinidades femeninas menores, las Ninfas, que
expresaban el principio individual en el seno del mundo impersonal de la naturaleza.
Las Ninfas eran divinidades efímeras, su vida estaba ligada a las plantas, a los
arroyos, a las montañas en las que vivían. A menudo formaban parte del cortejo de
divinidades mayores como Artemisa, Afrodita o Dioniso. Entre las innumerables
ninfas que pueblan la mitología recordamos los nombres de dos de ellas que
aparecen, con frecuencia, en los textos y en los discursos sobre la relación entre
feminidad y conocimiento.
La ninfa Eco forma parte del mito de Narciso, el bellísimo joven prisionero del
amor hacia sí mismo, que se ahogó en un río contemplando su propia imagen
reflejada en el agua. Enamorada de Narciso, la ninfa fue condenada por los dioses a
una paradójica desaparición: invisible y muda, reducida a mera resonancia de las
voces de los demás.
En cambio, Egeria es la ninfa que conversaba con el mítico rey de Roma Numa
Pompilio (715-672 a. C.), en cuyas enseñanzas basó éste sus prácticas religiosas. En
efecto, Egeria inició a Numa en el culto a la Madre de los dioses, el culto a la patria y
a los antepasados. El rey hizo erigir un templo donde cuatro vírgenes, las Vestales,
velaban y alimentaban un fuego perenne como el sol y estableció el calendario
litúrgico de los romanos. A estos cultos, el de la Madre de los dioses y el de Helios, el
Sol, se remitiría en sus Himnos Juliano el Apóstata, el emperador que en el siglo IV
d. C. trató de restaurar los fundamentos del pensamiento pagano en un mundo ya
cristianizado.
La ninfa Eco es el símbolo de la afasia femenina y el mito, en su conjunto, es una
metáfora de la posible comunicación entre el universo lingüístico y psicológico
masculino y el femenino. La ninfa Egeria se ha convertido, en cambio, en el símbolo
de la función inspiradora de la mujer, del eterno femenino, que alimenta el genio
masculino. Los mitos que incluyen a estas dos ninfas son, pues, representaciones de
esa relación de heterogeneidad, de participación sólo indirecta y refleja, que fluye
entre la mujer y el campo del saber humano, en cuanto saber masculino.
4. LAS HEROÍNAS DE LA LITERATURA
La primera forma literaria que recogió los mitos fue la epopeya. Los poemas
homéricos son la grandiosa ordenación y selección de leyendas y genealogías
tomadas del laberíntico universo mitológico de los griegos.
Entre epopeya y tragedia tres figuras femeninas destacan con gran evidencia, tres
figuras que acabamos encontrando reunidas en su destino por ese mecanismo
combinatorio inagotable que es propio del mito: Circe, Medea y Penélope. Las
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leyendas de Jasón y de Ulises llegan a cruzarse a través de estas tres mujeres. Las dos
primeras son magas, símbolo de una sabiduría femenina y amenazadora; la tercera es
el símbolo de la fidelidad y de la devoción conyugal, al menos en La Odisea.
Circe es hija del dios Sol, que es el centro de gravedad de toda la constelación
mítica que vamos a ilustrar, y hermana de Eetes, rey de la Cólquide. Aparece en el
Canto X de La Odisea —vive en la isla encantada de Ea y convierte a los hombres en
bestias— y en el mito de los Argonautas, como maga benéfica unas veces y malvada
otras.
Medea también es maga y, al ser hija de Eetes, es sobrina de Circe. Es el
personaje central de las tragedias de Sófocles y de Séneca. Enamorada de Jasón, jefe
de los Argonautas, lo ayuda en la conquista del vellocino de oro. Éste la abandona
por Glauca después de haber engendrado dos hijos con ella, Mérmero y Feres. La
venganza de Medea es terrible: asesina a Glauca, a su padre y también a los hijos
habidos con Jasón. El rey Egeo y el héroe Aquiles también están relacionados con
Medea inmortal.
En cambio, la muerte de Ulises está ligada a Circe. Según la leyenda lo mataría
Telégono, el hijo que tuvo con Circe. Al desembarcar en Ítaca, Telégono mata a
Ulises que lo había asaltado confundiéndolo con un ladrón. Después, lleva a Penélope
y a Telémaco, hijo de ésta y Ulises, a la isla de Ea. Allí Telégono y Penélope,
eternamente joven, vivirán para siempre con Telémaco y Circe.
La tragedia griega, salvo raras excepciones, recoge los temas y los personajes de
la mitología. Los argumentos y las tramas de las tragedias llegan a los autores de
teatro a través de la reelaboración de los mitos que había sido realizada por los poetas
épicos y líricos. En las tragedias el mito se volvía a presentar bajo un aspecto directo
y dramático, en forma lírico-coral y dialogada, sin el filtro de una interpretación
conceptual. Se evoca así, con una ritualidad ya laicizada —estamos en el siglo V a. C.
—, el pasado religioso y cultural de la comunidad. La prueba de la laicización del
ritual mítico en el teatro griego nos la dan los dramas satíricos y, aún más, las
comedias que se representaban junto a las tragedias. En la comedia el mito era
evocado de forma paródica y cómica, con un lenguaje bastante poco solemne y, a
menudo, surcado de alusiones políticas y sociales.
Algunos personajes trágicos femeninos (personificados en la escena por actores
de sexo masculino, como era habitual) también revisten una importancia particular
para nuestro argumento. Pensemos, por ejemplo, en Clitemnestra o en Antígona, que
evocan figuras femeninas de gran dramatismo y que desempeñan papeles simbólicos
decisivos.
Clitemnestra, protagonista del ciclo de la Orestíada (485 a. C.) compuesta por
Esquilo, es culpable de haber matado, con la complicidad de su amante Egisto, a su
legítimo esposo Agamenón, que vuelve a Argos después de diez años de ausencia tras
haber tomado parte en la guerra de Troya. Clitemnestra será asesinada a su vez, en
venganza, por su hijo Orestes en el drama Las Coéforos. Es evidente que el caso
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evoca la lucha entre el principio matriarcal y el derecho paterno, con la victoria final
de este último.
Antígona (441 a. C.), en cambio, es el drama de Sófocles que relata la condena a
muerte de la joven del mismo nombre por parte de su tío Creonte, rey de Tebas.
Antígona había violado el decreto que prohibía la sepultura de su hermano Polinices,
ajusticiado por enemigo de la patria. Antígona representa la fidelidad a las leyes
maternas de la familia y del Hades en contra de las leyes paternas del Estado, en un
drama que representa el conflicto irresoluble de las idealidades contrapuestas.
Antígona se encuentra con su hermana Ismene, dispuesta a respetar el decreto del rey
Creonte:
Ismene: […] Pero es necesario reflexionar sobre esto, que hemos nacido mujeres y, por lo tanto, no
podemos luchar contra los hombres; y estando, pues, sometidas a quien es más fuerte, debemos
obedecer estas órdenes y otras aún más dolorosas. […]
Antígona: […] Si te parece, yo lo enterraré, y me gustará hacerlo y morir. Querida yaceré junto a él,
que me es querido, habiendo cometido un crimen piadoso. Pues a los que yacen bajo tierra debo
complacer por más tiempo que a los de aquí. […].
Lisístrata (lit. «aquel que deshace los ejércitos») fue un célebre personaje
femenino de la comedia griega, protagonista de la comedia homónima de Aristófanes,
representada por primera vez en el año 411 a. C.
Referencias bibliográficas
5. LAS POETISAS
«Safo la bella», así llama Platón (en Fedro, 235c) a Safo de Lesbos, poetisa y
literata, que vivió a caballo entre los siglos VII y VI a. C., Safo fue la encarnación real
del espíritu de las Musas. Dirigía un coro de jovencitas de Lesbos y, según una
costumbre pedagógica de su tiempo, las acompañaba hacia la madurez desde la
adolescencia.
A pesar de la escasez de fragmentos conservados, sus versos dirigidos a las
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jóvenes y dedicados a celebrar el amor como la expresión más intensa de la vida,
llegan a hacernos comprender plenamente su poética. Ésta evoca al Amor como
fuerza que casi trasciende a los humanos y que traspasa el confín material del
sentimiento para llegar a ser un impulso metafísico. Leamos su invocación a
Afrodita:
Texto 2
HIMNO A AFRODITA
Safo
La antología palatina nos ha legado también los versos de Erina de Telos (siglo VI
a. C.) que escribió un poema para recordar a su amiga Bauci, fallecida poco después
de su boda.
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Otra poetisa de la Grecia antigua fue Corina de Tanagra en Beocia, que vivió
hacia el final del siglo V a. C. y era conocida como «la tebana» debido a su larga
estancia en Tebas. Contemporánea de Píndaro, ganó, como él mismo nos ha contado,
cinco premios en concursos públicos de poesía, pero de sus versos sólo se han
conservado fragmentos mínimos.
En el 218 a. C., la poetisa Aristodama de Esmirna fue nombrada ciudadana
honoraria de Lamia en Tesalia, ciudad que alabó en sus versos.
Referencias bibliográficas
I Lirici greci, trad. de Salvatore Quasimodo, Milán, Mondadori, 1971. I lirici greci, trad. de Filippo Maria
Pontani, Turín, Einaudi, 1975. La letteratura greca, de la Cambrigde University (1985), tr. it., 2 vols., Milán,
Mondadori, 1989-1990.
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educación de los hijos determinaban su participación en la vida social. Entre el rol
masculino y el rol femenino subsistía así, tanto una relación de distinción, con un
relativo espacio de independencia de la mujer en el interior de su círculo vital, como
una relación de subordinación. La participación directa en los asuntos de gobierno, el
voto, los papeles y los cargos públicos, estaban reservados a los hombres. Las
jóvenes recibían sólo nociones de educación doméstica de las madres o de las
nodrizas y se casaban bastante pronto, mientras que los hombres proseguían su
itinerario formativo contrayendo matrimonio en la edad adulta. La disparidad de edad
en la familia creaba las premisas para una relación paternal entre marido y mujer.
La religión, pues, como forma importante de relación con el saber y con la
autoridad, era accesible a la mujer.
Se ha señalado que, en el politeísmo grecolatino, las divinidades femeninas
desempeñaban papeles que reflejaban la subordinación funcional a la primacía
masculina. Ya que el mito y la religión constituyen, dentro de ciertos límites, la
proyección simbólica de relaciones sociales y humanas reales, esto es verosímil. Sin
embargo, las mujeres, marginadas de los roles públicos de la ciudad, estaban
destinadas a funciones importantes como sacerdotisas o profetisas en el ámbito
religioso. Así pues, los hombres se reservaban la esfera del logos y delegaban en las
mujeres, en buena medida, la esfera de lo sagrado.
En el mundo religioso existían cultos en los que las mujeres tenían un papel
primario como el de Atenea, el culto mistérico de Deméter y de Coré y la celebración
de las fiestas Tesmoforias. Las mujeres que ejercían una función religiosa importante
eran, preferentemente, solteras como las Melisas que vivían separadas de los
hombres.
Los ritos mistéricos y las Tesmoforias estaban ligados a la evocación del mito de
Deméter y de Coré (su hija, que fue raptada por Ares), que requerían sacrificios de
animales, de ayuno, abstinencia sexual y culminaban en rituales de inseminación y de
fertilidad agrícola.
Referencias bibliográficas
Sarah B. Pomeroy, Donne in Atene e Roma, Turín, Einaudi, 1978. Georges Duby, Michelle Perrot, Historia
de las mujeres. La Antigüedad, Madrid, Taurus, 1995. Eva Cantarella, L’ambiguo malanno. Condizione e
immagine della donna nell’antichità greca e romana, Roma, Editori Riuniti, 1985 (trad. esp.: La calamidad
ambigua, Madrid, Ediciones clásicas, 1991).
7. DE LA SOFÍA A LA FILO-SOFÍA
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albores del mundo griego en los siglos VIII y VII a. C., como una forma de
conocimiento nuevo aunque ligado a la religión y al mito. Las formas de relación
entre religión y sabiduría, la primera eminentemente colectiva y la segunda ligada a
experiencias y exigencias individualistas, eran numerosas: la poesía era una de ellas,
Homero y Hesíodo, al igual que Parménides o Empédocles, fueron sabios y poetas.
La misma especulación filosófica, al menos hasta la edad de los sofistas o de
Sócrates, estaba sembrada de elementos mitológicos y poéticos. La separación del
pensamiento filosófico puro del abanico pluralista de la sabiduría fue, pues, lenta y
gradual.
En el siglo VI, lo que aún tenían en común sofía y filosofía, sabiduría y pasión por
la sabiduría, era el carácter práctico de ambas: el interés por la vida de los hombres,
por la disciplina de su comportamiento y de su conducta moral, la tendencia hacia
una forma de vida superior que uniese al hombre con las fuerzas agentes de la
naturaleza, en la Physis. Teoría y práctica estaban estrechamente ligadas en la
conducta del sabio.
El carácter oral, metafórico y ritual concedía un poder de salvación a los
conocimientos de la antigua Grecia y los situaba en una compleja relación de
continuidad y de ruptura con los lugares y los roles del mito y de la religión: la sofía
era, en el fondo, una religión conceptualizada, la aparición gradual del pensamiento
primitivo, del pensamiento de los oráculos y de los sabios, de la peculiar forma
racional del conocimiento humano.
La sofía antigua era, pues, un arte para sabios, para iluminados, para profetas y
sacerdotes. El acceso a la misma únicamente se permitía bajo ciertas condiciones
privilegiadas: ebriedad, locura, ascesis chamánica y videncia.
Durante milenios la filosofía ha conservado, en distintas formas, las prerrogativas
de un saber excepcional, reservado a personas que llevaban una conducta existencial
peculiar, que se situaban más allá de la normalidad. Esto era la religión antigua, y la
sofía, primero, y la filosofía, después, heredaron este legado transformándolo a lo
largo de la historia. Podemos pensar que, en la gestión de esta antigua sabiduría, las
mujeres desempeñaron un papel particular, un papel del que quedan vestigios en los
mitos.
Una vez separada de la sofía, la filosofía adquiere gradualmente las características
de un saber lógico y masculino y excluye a las mujeres del conocimiento
confinándolas en un rol exclusivamente religioso. La sofía, como legado de la cultura
materna, pierde su función.
La filosofía del siglo V en adelante, después de la decisiva transformación de
sofía en sofística, se convierte en ese conocimiento que recurre exclusivamente al
logos, al pensamiento y al lenguaje cognoscitivo, a palabras y a conceptos sólida y
coherentemente concatenados en el discurso, para conseguir sus propios fines. La
filosofía se asienta en la vida de la polis llegando a ser uno de sus elementos clave,
pero con la doble faz de un saber que, por un lado, critica el pasado y propone ideas
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nuevas y, por el otro, como un saber que continuamente se interroga sobre sus
propios orígenes y que trata, con ello, de permanecer anclado en los mismos.
Filósofos como Pitágoras o Platón encarnan la exigencia de continuidad entre mito y
filosofía, otros como Parménides o Aristóteles marcan, sobre todo, la instancia de
separación.
Los filósofos trataban, fundamentalmente, de dar a conocer, transfiriéndolos al
lenguaje escrito y a la límpida serie de palabras trazadas por el estilo, aquellos
razonamientos que la antigua sofía transmitía únicamente de forma oral y a un
restringido círculo de adeptos. Infringiendo la unidad religiosa de mito y rito, de
teoría y praxis, la investigación filosófica se convertía en una refinada forma de
contemplación intelectual, la metafísica, que es la forma más elevada del
conocimiento. Parménides de Elea fue quien contrapuso, en su poema, la lógica de la
identidad abstracta y del pensamiento lógico propio de una civilización
hegemonizada por el pensamiento masculino a la lógica de la metamorfosis propia de
las tradiciones religiosas y mitológicas femeninas ligadas a los cultos de la Gran
Madre.
Referencias bibliográficas
Jean-Pierre Vernant, Le origini del pensiero greco, tr. it. Roma, Editori Riuniti, 1976. Marcel Detienne, I
maestri di verità nella Grecia arcaica (1967), tr. it. Bari, Laterza, 1977. Angelo Brelich, I Greci e gli Dei,
Nápoles, Liguori, 1985. Marcel Detienne, La escritura de Orfeo, Barcelona, Ed. 62, 1990. Adriana Cavarero,
Nonostante Platone, Roma, Editori Riuniti, 1992.
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hacia la perfección divina. La regla pitagórica preveía normas y ritos específicos para
la alimentación, el cuidado del cuerpo, la educación de los hijos y las relaciones
interpersonales. Pitágoras fue venerado, después de muerto, como una divinidad con
el nombre de «Apolo Hiperbóreo».
En el siglo V vivió Aglaonice de Tesalia, que debió ser astrónoma además de
maga, pues era capaz de prever los eclipses.
En torno al 440 a. C. destaca la figura de Aspasia de Mileto, amante de Pericles,
de quien tuvo un hijo. Mujer de gran talento y belleza, su casa fue el centro de la vida
literaria y filosófica de la Atenas del siglo V. Se dice que ejerció una gran influencia
en las decisiones políticas de Pericles, por ejemplo, en el caso de la guerra contra
Samos en defensa de Mileto, y que escribió con él la célebre oración fúnebre por los
soldados caídos en las batallas del año 431 a. C. contra Esparta.
La tradición literaria nos ha dejado también noticias sobre un drama de Eurípides
(480-406 a. C.), cuyo texto se ha perdido, titulado Melanipa la filósofa, representado
al final del siglo V. Se ha discutido mucho sobre el contenido de este drama a partir
de los pocos fragmentos y citas que se han conservado; se ha cuestionado, por
ejemplo, la validez del título mismo pues, entonces, una sophé —una sabia— era una
especie de profeta ligada a la tradición religiosa y mistérica más que a la del saber
propiamente filosófico, un personaje mítico más que una figura histórica. Por otra
parte, la presunta trama del drama asigna a Melanipa la tarea de exponer y
argumentar una doctrina filosófica precisa: la cosmología de Anaxágoras de
Clazomene (496-428 a. C.). Ello significa que, en cualquier caso, es a una mujer a la
que se le atribuye el conocimiento y la profesión de una doctrina específicamente
filosófica y habitualmente reservada a los hombres.
9. DIOTIMA Y LAS FILÓSOFAS GRIEGAS
Entre las mujeres que hicieron de la filosofía su profesión en el mundo griego del
siglo IV a. C., encontramos a Diotima, sacerdotisa de Mantinea. Se trata, a decir de
muchos historiadores, de un personaje ficticio creado por Platón (427-347 a. C.).
Desempeñó un importante papel en el diálogo El Banquete, donde implica a Sócrates
en un largo discurso sobre el tema del amor (201d-212c). Como anteriormente
ocurriera con Safo, también Diotima aparece en la cultura griega como una pensadora
del amor.
Texto 3
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—Mas, ¿qué es, oh Diotima?
—Un gran genio, oh Sócrates, pues todo lo que es genio está entre lo divino y lo mortal.
—¿Y qué poder tiene?
—Tiene el poder de interpretar y de transmitir a los dioses las cosas de los hombres y a los
hombres las cosas de los dioses, las súplicas y los sacrificios de los unos y las órdenes y las
recompensas de los otros. Situado en medio de los unos y de los otros rellena el hueco, de modo que el
Todo esté bien ligado en sí mismo. Por obra suya tiene lugar toda el arte adivinatoria y el arte de los
sacerdotes relativa a los sacrificios y a las iniciaciones [203a] y a los encantamientos y a toda la
mántica y la magia. La divinidad no se trata con el hombre, mas por medio de este demonio los dioses
establecen cualquier relación y cualquier diálogo con los hombres, tanto durante la vigilia como
durante el sueño. Y quien sabe de estas cosas es un hombre «genial», en cambio, quien sabe de otras
cosas, artes u oficios es un hombre vulgar. Estos genios son muchos y de muy variadas clases, y uno
de ellos es Amor.
Eros es filosofo
—Además, se encuentra entre la sabiduría y la ignorancia [204a]. Y he aquí como sucede esto:
ninguno de los dioses filosofa ni desea llegar a ser sabio, pues ya lo es, y quien es sabio no filosofa.
Pero los ignorantes tampoco filosofan ni desean ser sabios, pues en esto estriba el mal de la
ignorancia: quien no es bello ni bueno ni sabio, cree serlo en modo conveniente. Así, quien afirma no
estar necesitado, no desea aquello de lo que dice no tener necesidad.
—Entonces, ¿quiénes son, oh Diotima, los que filosofan —dije—, si no son los sabios ni los
ignorantes?
—Es evidente ya —respondió—, incluso para un niño, que son aquellos que están entre los unos y
los otros, y uno de éstos es, precisamente, Amor. Pues la sabiduría es una de las cosas más bellas y
Amor es amor por lo bello. Por ello es necesario que Amor sea filósofo, y en cuanto tal, intermedio
entre el sabio y el ignorante. Y causa de ello es su nacimiento: su padre sabio lleno de recursos y su
madre no sabia y carente de los mismos. La naturaleza del genio, querido Sócrates, es ésta pues. Por
aquello que creías que era Amor no debes extrañarte. Pues imaginaste, según puedo colegir de tus
palabras, que Amor era el amado y no el amante. Por ello, creo, Amor te parecía todo belleza, pues
todo lo que es amado es aquello que en su ser es bello, delicado, perfecto y dichoso. En cambio, el
amante tiene una forma totalmente distinta, precisamente la que te he explicado.
Sócrates/Diotima
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(de Platón, Obras completas)
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También en Grecia, pero ya en época romana, tenemos noticia de Clea,
sacerdotisa de Delfos, a quien Plutarco (46-125 d. C.) dedicó De Iside y Mulierum
virtutes.
En torno a Plotino (205-270 d. C.), según nos transmite Porfirio (233-305 d. C.),
se reunieron varias mujeres atraídas por su filosofía, profesándole un profundo afecto
e incluso veneración. Entre ellas recordamos a Gémina, madre e hija con el mismo
nombre, anfitrionas del filósofo, y Anficlea, mujeres «enamoradas todas de la
filosofía» escribía Porfirio.
Así mismo, del ambiente neoplatónico tenemos noticia de Edesia, seguidora de
Proclo (410-458 d. C.) en Atenas, quien, con sus hijos Amonio y Heliodoro, impulsó
el estudio de Platón y Aristóteles en Alejandría.
Referencias bibliográficas
Francesco Adorno, La filosofia antica, Milán, Feltrinelli, 1976. Giovanni Reale, Storia della filosofia antica,
Milán, Vita e Pensiero 1980. Platón, Obras completas, Madrid, Aguilar, 1993. Giovanni Boccaccio, De mulieribus
claris (1361), en Opere complete, vol. X, Milán, Mondadori, 1967.
En el periodo helenístico que data, como se sabe, desde el 323 a. C., año de la
muerte de Alejandro Magno, al 30 a. C., año de la ocupación romana en Egipto, fue
una época de notable protagonismo de las mujeres, sobre todo en el campo político y
económico, gracias a una legislación más favorable que en los siglos precedentes.
En el campo político aparecen una serie de reinas poderosas y competentes como
las macedonias Olimpíada y Arsínoe II (m. 270 a. C.), que se casó con Ptolomeo II;
Berenice, su hija; Laodice, mujer de Antíoco II; la famosísima Cleopatra VII (69-30
a. C.), última reina de Egipto, que convivió primero con César y, después, con Marco
Antonio en Roma, hasta que fue combatida y vencida por Octaviano, quien mató a
Cesarión, el hijo que tuvo con César. La historia y la leyenda han hecho de ella un
personaje mítico, inmortalizado por Virgilio, en el personaje de Dido, y por
Shakespeare en el drama Antonio y Cleopatra. Dido encarna el papel de la mujer
astuta y racional además del de amante abandonada: véase la leyenda de la obtención
de la tierra con la estratagema de la piel de buey (Eneida, Libro I).
Más allá de personajes tan célebres, que inauguran una tradición de poder
femenino que continuará en la Roma imperial, en el periodo helenístico se formó una
burguesía femenina que ejercía un notable poder económico y que gozaba de no
despreciables privilegios.
Otro mérito de la sociedad de aquel tiempo fue la institución de una gran escuela
pública regular, elemental y media, que sirvió de modelo para la escuela romana.
La capital cultural de la época, al menos durante el reinado de los tres primeros
[Link] - Página 31
Ptolomeos (del 323 al 221 a. C.) fue Alejandría, donde surge el Museo, una
gigantesca ciudad de las ciencias y de las artes, dedicado a las Musas con la famosa
biblioteca, que incorporaba la de Aristóteles, con 500 000 rollos de papiro.
Numerosas mujeres, de las clases más acomodadas, tuvieron acceso a la instrucción.
La Escuela de Epicuro, por ejemplo, estaba abierta tanto a hombres como a mujeres.
En el siglo I d. C. vivió María la Judía en Alejandría, llamada Miriam, seguidora
del culto de Isis, considerada por todos los historiadores de la química como la
fundadora de la alquimia. Entre sus escritos figura Magia práctica; se le debe el
descubrimiento de los métodos alquímicos y la fabricación de los instrumentos de
laboratorio que serían empleados hasta el siglo XVII. También tenemos noticia de una
cierta Cleopatra alquimista, contemporánea de Miriam, de la que nos ha llegado el
papiro titulado Chrysopoeia, sobre la fabricación del oro.
Referencias bibliográficas
W. Walbank, El mundo helenístico, Madrid, Taurus, 1986. Antonio Santoni-Rugiu, Storia sociale
dell’educazione, Milán, Principato, 1987. Henry M. Leicester, Storia della chimica, Milán, Isedi, 1978.
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mundo romano entregado ya a la cultura y a la fe cristianas.
Aunque no nos haya llegado ninguno de sus escritos y, por tanto, la
reconstrucción de su doctrina deba hacerse de modo indirecto e hipotético, de
numerosas fuentes surge la excepcionalidad de su figura: filósofa, científica, maestra,
punto de referencia político de la comunidad griega de Alejandría, en resumen, una
gran autoridad. En una época en la que la Iglesia cristiana, con sus Padres, asumía
cada vez más el papel de institución y procedía a la marginación de las mujeres del
culto y de las funciones sociales de poder, una pagana surgía como símbolo de
sabiduría y competía con las autoridades religiosas de su ciudad. Un conflicto
religioso que ocultaba una disensión mucho más profunda: Hipacia representaba la
tradición de la sabiduría femenina, una antigua tradición egipcia y griega y, por
consiguiente, causaba mayor disgusto como docta que como pagana: las mujeres no
debían hablar ya en las asambleas o en los lugares de culto, y menos que nunca
debían enseñar en las escuelas.
Referencias bibliográficas
Il conflitto fra Paganesimo e Cristianesimo nel secolo IV, ed. de Arnaldo Momigliano, Turín, Einaudi, 1971.
Margaret Alic, L’eredità di Ipazia, Roma, Editori Riuniti, 1989. Gemina Beretta, Ipazia di Alessandria, Roma,
Editori Riuniti, 1993.
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Capítulo II
[Link] - Página 34
184 a. C. se remonta la célebre invectiva de Catón el Censor contra los cultos
asiáticos, muchos de origen matriarcal, que se estaban difundiendo en Roma, y contra
el lujo y las modas procedentes del mundo grecoalejandrino que amenazaban
quebrantar la pureza de la civilización latina. Roma asimiló nuevas creencias
religiosas, doctrinas filosóficas y la cultura literaria y artística del mundo helenístico.
En cambio, en el siglo II d. C. fue cuando empezó a cobrar importancia la
penetración de la religión cristiana entre los romanos y se abrió un periodo de
conflictos religiosos y políticos entre los paganos y los seguidores de la nueva fe. Con
el edicto de Constantino y Licinio, en el 313 d. C., llegó a ser posible la coexistencia
y la tolerancia entre universos religiosos tan distintos. Después del breve
renacimiento pagano ligado a la acción del emperador Juliano el Apóstata (331-363
d. C.), a la muerte de Teodosio, en el 395 d. C., se asistió a un verdadero y auténtico
cambio de la hegemonía a favor del cristianismo, que al convertirse en religión del
Estado desató la persecución de los paganos. En todas estas vicisitudes la civilización
romana mantiene con firmeza algunas características propias: el sólido centralismo
burocrático, la capacidad imparcial de integración y de sumisión de los extranjeros, la
síntesis entre una concepción abstracta y absoluta del poder político y su legitimación
religiosa. Constantino supo fundir monoteísmo y dictadura, las instituciones del Bajo
Imperio con la nueva religión: el Cristo de los pobres se convierte en el dios del
emperador. De los antiguos cultos itálicos al filohelenismo, de los cultos solares de
Heliogábalo al cristianismo de Estado de Constantino el Grande, Roma no perdió el
hilo de la identidad entre Estado y religión en la que, sin embargo, el Estado invadía
completamente el espacio del culto.
Referencias bibliográficas
Corrado Barbagallo, Storia universale, vol. I y II, Roma, Turín, UTET, 1944. Gaetano de Sanctis, Storia dei
romani, Florencia, La Nuova Italia, 1960. Chester Starr, Storia del mondo antico, Roma, Editori Riuniti, 1968.
Claudio Moreschini, Cristianesimo e Impero, Florencia, Sansoni, 1973. Flavio Claudio Juliano llamado El
Apóstata, Opere. La restaurazione del Paganesimo, ed. de A. Rostagni, Génova-Roma, Il Basilisco, 1988.
Los historiadores sostienen que la mujer romana, es decir, la mujer libre que vivía
según las costumbres latinas y, posteriormente, según el derecho romano,
desempeñaba una función sensiblemente más importante que el de la mujer griega en
la sociedad. En el seno de la familia desempeñaba un papel educativo y
administrativo que le concedía una autoridad que la mujer no había conocido. A
menudo, en lugar de los hombres que habían partido a la guerra o habían muerto o
estaban proscritos, las mujeres romanas de las clases más acomodadas asumían ente
jurídico y económico liberándose del estado de subordinación habitual.
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Estudiando la evolución del derecho matrimonial romano se puede observar un
gradual proceso emancipador de la mujer del Pater familias, ligado a la crisis de la
tradicional familia patriarcal romana que maduró en la edad imperial. El fin de la
libertad política y la sumisión de todos los estratos sociales al dominio de una única
familia llevó a las mujeres a representar papeles exclusivamente masculinos al
principio, sin, por otra parte, ponerlos en cuestión. Al deterioro de la autoridad
masculina y de la organización familiar, que había experimentado su máximo apogeo
en la época republicana, corresponde un tímido proceso de emancipación femenina.
En la época republicana, las niñas romanas, incluso las de las clases inferiores,
frecuentaban las escuelas elementales públicas antes de casarse, en cambio, si
pertenecían a familias acomodadas o aristocráticas tenían un preceptor particular. En
el acceso a la cultura el origen de la familia era determinante para la mujer romana:
todas las mujeres cultas de las que tenemos noticia eran hijas o mujeres de
intelectuales. Cornelia (siglo II a. C.), madre de los dos Gracos, conocida por su
cultura, era hija de Escipión el Africano, que era filoheleno. Otra Cornelia, mujer de
Gneo Pompeyo (106-48 a. C.), según cuanto escribe Plutarco en Vidas paralelas,
conocía la geometría y la filosofía. Lelia y Hortensia, hijas de célebres oradores,
fueron mujeres cultas y literatas en el siglo I a. C.
Sulpicia, hija de Servio Sulpicio Rufo, fue una importante poetisa que compuso
versos en torno al año 14 a. C. Su producción poética, de la que nos ha llegado una
cuarentena de versos, se puede situar en la corriente de la poesía elegiaca; todos sus
poemas estaban dedicados a un hombre llamado Cerinto. Sulpicia frecuentaba el
cenáculo literario de Mésala Corvino junto a Tibulo y a Ovidio. También de Lesbia
(Clodia), amante de Catulo, y de Corina, amante de Ovidio, sabemos que eran, más
allá del pseudónimo de origen griego detrás del cual se ocultaban, mujeres de gran
cultura, capaces de apreciar los versos que se les dedicaban y de participar en las
actividades culturales de los hombres.
En el siglo I d. C., en la época julio-claudia, las mujeres romanas conocieron un
periodo de notable auge económico y tuvieron acceso a numerosos oficios, algunos
de ellos de gran contenido cultural: fueron educadoras, secretarias, libreras, médicas,
artistas (además de comerciantes, artesanas, obstetras). Sin embargo, posiciones de
igualdad con el hombre, cuando no de verdadero y auténtico privilegio jurídico y
político, correspondían sólo a un restringido círculo de mujeres aristocráticas.
Referencias bibliográficas
Storia di Roma, 4 vols., ed. de Arnaldo Momigliano y de Aldo Schiavone, Turín, Einaudi, 1989. Cambridge
University, La letteratura latina, Milán, Mondadori, 1991. Vito Antonio Sirago, Femminismo a Roma nel primo
Impero, Catanzaro, Rubbettino, 1983.
[Link] - Página 36
También en el mundo romano la relación entre mujer y conocimiento, mujer y
autoridad estaba condicionada por la religión. Una religión, como es típico del
paganismo occidental, fundamentalmente pública y arraigada en los ciclos de la vida
social.
Profetisas, sacerdotisas, emperatrices-sacerdotisas eran los papeles que daban
carisma, sabiduría y autoridad a las mujeres romanas.
Éstas, para asumir un papel significativo en el campo cultural y en el campo
religioso, debían salir de la familia tradicional, del vínculo del matrimonio, de la casa.
Únicamente la mujer que se emancipaba de sus lazos tradicionales podía llegar a ser
sacerdotisa o profetisa. La mujer virgen, viuda, visionaria se convierte en
protagonista, pero casi siempre se trata de casos excepcionales.
Un grupo de sacerdotisas especialmente respetado era el de las Vestales, que
tenían acceso al fuego de Vesta (la griega Hestia). En un principio, en cada familia las
hijas vírgenes cumplían esta obligación, posteriormente fue transferida al templo y
confiada a las sacerdotisas quienes, a pesar de tratarse de un culto de fertilidad,
hacían voto de castidad durante los treinta años que duraba su compromiso.
Otro culto estatal confiado a las mujeres era el de Ceres (la griega Deméter).
Ceres y Tellus (la griega Gea) eran las diosas de la agricultura y del matrimonio; a
Ceres también estaba confiada la custodia de los difuntos y se practicaban cultos
mistéricos en su honor, como aquellos griegos, que evocaban el rapto y la liberación
de su hija Core (Perséfone). En cambio, la diosa Fortuna protegía a las mujeres a lo
largo de toda su vida, durante la infancia, la adolescencia, la maternidad; un culto
típicamente latino.
El culto de Isis, de origen oriental, venerada en Egipto desde el IIImilenio a. C.,
fue introducido en Roma a finales del siglo II a. C., y gozó de gran popularidad. Isis
era una diosa bastante compleja, una diosa unificadora de todos los aspectos de la
feminidad. Isis y su hijo Horas, al que los estudiosos asocian al culto cristiano de la
Virgen María y el Niño Jesús, eran adorados de forma individual y fuera de los
rituales del Estado, sobre todo en las ciudades griegas de la Italia meridional. Al
tratarse de un culto de trasfondo erótico, era practicado sobre todo por aquellos que
no tenían relaciones familiares y revestía un cierto papel transgresivo yantirromano
por lo que estaba mal visto por los tradicionalistas. Muchas mujeres se adherían al
mismo pues proponía una imagen igualitaria y liberadora de la feminidad, pero entre
los adeptos también se encontraban muchos hombres. El culto de Isis fue prohibido
durante la época de la guerra contra Egipto —Arsínoe II y Cleopatra VII se
consideraban encarnaciones de la diosa— por Octaviano Augusto y por Tiberio, pero
fue restaurado por Calígula (12-41 d. C.). En los cultos exóticos, como el de Isis o el
de Dioniso, las sacerdotisas eran preferentemente extranjeras.
El apogeo de la presencia femenina en la vida religiosa del Imperio romano se
alcanzó con la difusión de los cultos orientales promovida por los Severos en el
siglo III d. C.
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Referencias bibliográficas
John Ferguson, Le religioni nell’Impero romano (1970), tr. it. Bari, Laterza, 1974. Giulia Piccaluga, Aspetti e
problemi della religione romana, Florencia, Sansoni, 1984. Franz Altheim, Il Dio invitto. Cristianesimo e culti
solari, Milán, Feltrinelli, 1960.
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de Roma no asumieron, en general, el papel de autoras o de pensadoras de rango,
configuran un interesante mosaico. Tenemos noticia, por ejemplo, de Servilia, hija de
Servilio Bárea Sorano, cónsul en el 52 d. C., que fue acusada de prácticas mágicas y
condenada a muerte por Nerón. Se trata de un caso emblemático de relación entre
mujer y saber mágico, entre mujer y ámbito de conocimiento socialmente penalizado.
Sobre la relación entre las mujeres y la magia será necesario volver más adelante.
En el ambiente estoico romano, a la figura del filósofo Lucio Anneo Séneca (4 a.
C.-65 d. C.) aparecen ligadas varias mujeres estudiosas de filosofía: Elvia, su madre,
mujer de cultura y Pomponia Paulina, su segunda mujer, que quiso morir con él
cuando el filósofo recibió la orden de suicidarse, dando prueba de querer compartir
sus ideales éticos hasta sus últimas consecuencias. Y también Marcia, la hija del
estoico Cremucio Cordo, para la que Séneca compuso una Consolatio en el 37 d. C.
En Cesarea, en Palestina, a lo largo del siglo III se desarrolló una escuela
filosófica de orientación platónico-cristiana, surgida en el año 238 bajo la influencia
de Orígenes (184-254 d. C.). La escuela estaba dirigida por Gregorio Taumaturgo
(213-275 d. C.) que tuvo como discípula a Santa Macrina.
Cierta importancia cobraron también las mujeres romanas estudiosas de medicina.
Se trataba de una profesión tradicional que estaba ligada a los antiguos métodos de
las matronas o las herboristas campesinas, pero gracias a la escuela de Galeno (n. 130
d. C.), el médico griego trasladado a Roma, la medicina alcanzó un buen nivel
científico.
Tenemos noticias de Elefantide y Laide, mujeres médicas de las que nos escribe
Plinio el Viejo (23-79 d. C.), al igual que de Olimpia de Tebas, inventoras todas de
pintorescas terapias con cierta base científica. En un nivel más alto se encontraba
Sorano de Éfeso (98-138 d. C.) que escribió de obstetricia y ginecología (las mujeres
médicas curaban sobre todo a otras mujeres). Obras médicas bastante conocidas en la
Antigüedad fueron compuestas en el siglo II d. C. por Cleopatra y Aspasia, médicas y
cirujanas cuyos nombres, tan equívocamente famosos, han creado algún problema a
los historiadores, de Antioquía y de Metrodora.
Referencias bibliográficas
Francesco Adorno, La filosofia antica, vol. II, Milán, Feltrinelli, 1976. Giuseppe Faggin, Storia della
filosofia, vol. I, Milán, Principato, 1970. Elémire Zolla, Il sincretismo, Nápoles, Guida, 1986.
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la consorte. Las figuras femeninas de importancia que aparecen durante el siglo II
d. C. tienen la doble función de emperatrices y sacerdotisas y son divinizadas después
de la muerte.
Es el caso de Faustina la Mayor, mujer de Antonino Pío (86-161 a. C.) que es
retratada con su marido como Juno y Júpiter, con dos águilas a los lados. Lo mismo
sucede con Faustina la Menor, mujer de Marco Aurelio (121-180 d. C.) que aparece
representada en las monedas sentada en el pavo real de Juno que la lleva al cielo.
Con la subida al trono de la dinastía de los Severos, el culto al Sol, símbolo del
Imperio divino, llega a ser predominante en Roma. La difusión de los cultos de
origen oriental fue fomentada por Julia Domna, la mujer siria de Septimio Severo
(146-211 d. C.), hija del sacerdote del Sol de Emesa, mujer de gran atractivo y cultura
que conoció a Diógenes Laercio y al médico Galeno. Julia Domna, empeñada en la
batalla pagana contra el culto cristiano —batalla destinada a defender el Imperio y a
divinizar la figura del emperador— incitó a Filóstrato, un intelectual de la corte, a
escribir la biografía de Apolonio de Tiana, un mago del siglo I d. C., a fin de
contraponer su predicación y su doctrina a las de Jesús.
Julia Mesa, su hermana, también desempeñó un papel importante al mantener
estrechas relaciones con los cultos de su ciudad natal. Consiguió llevar al trono a
Heliogábalo (205-222 d. C.), hijo —decía— de su primogénita Soemias y de
Caracalla. Con Heliogábalo, Soemias y Julia Mesa se alcanza el apogeo del culto de
Helios y de la influencia siria sobre Roma. Caído en desgracia, Heliogábalo
asesinado con su madre, Julia Mesa favoreció la subida al trono del hijo de su
segunda hija Julia Mamea.
Disponemos de varias referencias sobre Julia Mamea, madre del emperador
Alejandro Severo (205-235 d. C.), que en el 222 d. C. invitó a Orígenes a Antioquía y
se hizo divinizar junto a su hijo. Mientras que Julia Domna se había hecho
representar junto a Juno, Julia Mamea y su hijo fueron identificados directamente con
Juno y Júpiter.
Existen incluso mujeres profetas, protagonistas de cultos heterodoxos y sectarios.
Julia Agripina, que predicaba en el Túsculo en el siglo II d. C., fue la protagonista del
renacimiento del culto de Dioniso, culto órfico practicado por una fraternidad
semiclandestina de 500 adeptos. Los ritos de esta secta se consideraban escandalosos
y fueron intensamente combatidos por el Senado.
En cambio, Salonina, la mujer del emperador Galieno (m. 268 d. C.) fue
admiradora de Plotino (205-270 d. C.) y proclive a unir paganismo y cristianismo.
Sobre su tumba figuraba el epitafio Augusta in Pace que identificaba, según la
costumbre del templo de personificar las virtudes, a la diosa Pax en la figura de la
emperatriz, mezclando así elementos del lenguaje pagano y del cristiano.
Finalmente, Lactancio (250- c. 423 d. C.) en su obra Sobre la muerte de los
perseguidores, —escrita alrededor del 316 d. C., en la que se narra el abominable
final de los jefes del ya corrupto régimen imperial, después de la caída del paganismo
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y de las nuevas leyes a favor de los cristianos— nos transmite la existencia de una
figura emblemática. Se trata de Valeria Augusta, hija de Diocleciano (243-313 d. C.)
y esposa de Galerio (m. 311 d. C.), que participó en las feroces persecuciones
anticristianas del periodo de Diocleciano. De ella y de su madre, Lactancio da a
conocer, sin embargo, que sentían simpatía por los cristianos, según una costumbre
que atribuía tales sentimientos a las mujeres de los perseguidores más despiadados.
Pero también ella fue víctima de aquel castigo mediante el cual, escribe Lactancio
«Dios triunfó sobre todos los perseguidores». Formando parte de las malas bestias
que habían destruido al rebaño divino, terminó trágicamente como todos los
protagonistas de la impiedad:
Después de haber errado durante quince meses por distintas provincias disfrazada de plebeya,
fue descubierta en Tesalónica y arrestada junto a su madre. Las dos mujeres fueron conducidas al
suplicio en medio de la masa que compadecía su desgracia; decapitadas, sus cuerpos fueron
arrojados al mar.
Referencias bibliográficas
Umberto Silvagni, L’Impero. Le donne dei Cesari, Milán, Bocea, 1927. Lactancio, Sobre la muerte de los
perseguidores, Sevilla, Editorial Apostolado, 1991.
El cristianismo se distingue por una doble actitud respecto a las mujeres. Por un
lado, las marcó con un fuerte sentimiento de culpa, haciéndolas conscientes de las
debilidades y de las impurezas propias de su condición, por el otro, a través de la
conciencia del pecado, les ofrecía una vía de redención y de sumisión a la autoridad.
Sin embargo, eran marginadas del culto, se limitaba su educación, se exigía
obediencia total y sumisión a la autoridad religiosa, la cual era, efectivamente,
masculina. «Mulieres in ecclesiis taceant», escribió San Pablo.
Esto era cierto, particularmente, para el judaísmo del Antiguo Testamento y
también, durante mucho tiempo, para el cristianismo medieval, pero lo fue un poco
menos para el cristianismo evangélico en el que la figura femenina era ennoblecida e
iluminada de una nueva manera. Pensemos además de en María, compleja figura
divina y humana a la vez, en otras mujeres del Nuevo Testamento como María
Magdalena, Marta, la Samaritana, Isabel o Ana.
El Evangelio da a la mujer una profunda misión moral, una gran dignidad social;
es invitada a espiritualizar al máximo su ser y a convertirse en una activa transmisora
del mensaje divino. Su acción está dirigida a crear la comunidad, a consolidar los
valores, a favorecer su crecimiento y la alegría. Muchas mujeres recibieron este
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mensaje ejerciendo un proselitismo activo de la nueva fe.
La mujer encuentra su verdadera relación con la sabiduría y con la autoridad
haciéndose santa y mártir según un modelo de religiosidad que oscila entre la ascesis
y el dar testimonio de la fe.
Pero el ideal de santidad femenino tiene su reverso: el rechazo de la diferencia
femenina, que a menudo es asociada a la herejía y a la magia, legado de las culturas
paganas. A ello hay que añadir, en el Medievo, la marcada misoginia de la casta
cultural de la época, formada por clérigos y monjes, que tuvo como consecuencia la
rastrera marginación de las mujeres que culminó con la persecución de las brujas
como embaucadoras al servicio de poderes malignos.
No fueron pocas las mujeres implicadas en las sectas y en los movimientos
heréticos que se formaron en el seno de la cristiandad a partir del siglo II d. C., como
nos refieren Justino, Jerónimo (m. 420 d. C.) o Tertuliano. Marcelina, seguidora de
Carpócrates, Filomena, seguidora de Apeles el Hereje que afirmaba no conocer al
dios que veneraba. Siguiendo al profeta frigio Montano, fundador del movimiento de
la «Nueva Profecía» y que se proponía como continuador de la obra y de la
revelación de Cristo, encontramos a tres mujeres: Priscila, Masimila y Quintina.
Según la tradición, en torno al 157 d. C., las dos primeras abandonaron a sus maridos
y ocuparon posiciones de primacía en el movimiento; Masimila afirmaba ser el
último profeta de la nueva religión.
Por el contrario, sabemos de mujeres implicadas en las disputas cristológicas.
Marcela se empeñó en la lucha contra los seguidores de Orígenes (185-254 d. C.),
mientras que Melania la Vieja, que apoyaba a Rufino (m. 410 d. C.), seguidor de
Orígenes, fundó con él un monasterio en Jerusalén en el 378 d. C.
En el mundo romano occidental se registró, en ambientes socialmente altos y
gracias a la acción de formidables predicadores, una notable adhesión femenina al
cristianismo.
Una célebre y representativa figura de la nueva religiosidad fue Mónica, la madre
de San Agustín (354-430 d. C.). Ella, que era cristiana, tuvo una gran influencia en la
conversión de su hijo. Agustín, en el libro IX de las Confesiones, nos dice así:
Texto 4
RECUERDO DE SU MADRE
Descanse eternamente en paz con su marido, que fue el único que tuvo, pues después de él no
conoció a otro, habiéndole servido de manera que al mismo tiempo que mereció mucho para con Vos
por su paciencia, logró también ganarle para Vos.
Inspirad Vos, Dios mío y Señor mío, inspirad a vuestros siervos que miro como a mis hermanos,
inspirad a vuestros hijos que venero como a señores míos, a quienes sirvo con mis palabras, con mi
corazón, con mis escritos, que todos los que leyeren estas mis Confesiones hagan en vuestros altares
conmemoración de Mónica vuestra sierva, y juntamente de Patricio su esposo, por medio de los cuales
me disteis el ser, y me introdujisteis en esta vida, sin saber yo cómo. A todos, pues, les ruego, que con
un afecto de piadosa caridad se acuerden de los que fueron mis padres en esta luz y vida transitoria, y
mis hermanos en el seno de la Iglesia católica, madre de todos los fieles, siendo Vos el Padre de todos,
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y que espero serán también mis conciudadanos en la Jerusalén eterna, por lo cual suspira
incesantemente vuestro pueblo, mientras dura su peregrinación en esta vida, hasta que vuelva a la
deseada patria. Así tendré yo el consuelo de haber procurado a mi madre las oraciones de muchos, y
de que por medio de mis Confesiones logre más abundantemente que por mis oraciones solas, la
última cosa que me pidió y encargó.
San Agustín
Referencias bibliográficas
[Link] - Página 43
I pagani di fronte al Cristianesimo. Sec. I e II, ed. de Paolo Carrara, Florencia, Nardini, 1990. San Agustín,
Confesiones, Madrid, Alianza, 1994. Jonathan Sumpton, Monaci, santuari, pellegrini, Roma, Editori Riuniti,
1981. San Jerónimo, Gli uomini illustri (393 d. C.), tr. it. Florencia, Nardini, 1988. Walter Berschin, Medioevo
greco-latino, tr. it. Nápoles, Liguori, 1989. Adriana Valerio, Cristianesimo al femminile, Nápoles, D’Auria, 1990.
Desde tiempos de Diocleciano (243-313 d. C.) las regiones orientales del Imperio
Romano comenzaron a vivir su propia vida. La separación no fue sólo, como ocurre
al principio, de carácter militar y político. El Imperio de Oriente se separó del tronco
romanolatino para asumir una identidad histórica y cultural propia y específica ya en
el siglo V d. C. Una historia milenaria que duró hasta la conquista de Bizancio por los
turcos en 1453.
En el cristianismo oriental las mujeres desempeñaron, a condición de ser viudas o
vírgenes, el papel de diaconisas, es decir, de asistentes al culto. Sabemos también que
la emperatriz bizantina Eudoxia (m. 404 d. C.), esposa de Arcadio (377-408 d. C.) y
madre de Teodosio II, se rodeó de consejeras viudas: Marsa, Castricia, Eugrafia y
entró en conflicto, en materia religiosa, con el patriarca de Constantinopla Juan
Crisóstomo (354-407 d. C.). Teodosio II se casó en el 421 d. C. con una mujer
ateniense de nombre Atenaide (que cambió por Eudoxia), hija del sofista ateniense
Leoncio. Eudoxia (393-460 d. C.), además de desempeñar un importante papel
político, fue una conocida escritora. Nos han llegado algunos fragmentos de un
poema sobre la guerra persa acometida por Teodosio II en el 423 d. C. Otro poema
novelesco de Eudoxia se titulaba Cipriano de Antioquía y narraba la historia de un
mago que se había convertido al cristianismo.
En todo el Imperio de Oriente la actitud hacia la instrucción femenina no fue muy
positiva y, al menos hasta el siglo XII, las mujeres cultas eran verdaderamente pocas,
la gran mayoría no iba ni siquiera al colegio.
La poetisa Casia (siglo IX d. C.) fue una excepción. Según la leyenda fue
rechazada por el emperador Teófilo (829-842) y se retiró a un monasterio donde se
dedicó a escribir versos y epigramas contra los hombres necios e ignorantes. Ana
Comneno (1083-1150), hija del emperador Alejo I (1048-1118) y, de Irene, estaba
dedicada a estudios eruditos y se casó con un hombre de cultura como Nicéforo
Brienio (1062-1137), alto dignatario e historiógrafo. Ana Comneno también fue
historiógrafa y con el título de Alexiada dio fin a la obra histórica emprendida por su
marido dedicada a la dinastía de los Comnenos, una vez que aquél hubo fallecido. En
quince libros Ana reconstruyó la vida y las obras de su padre, desde 1089 hasta 1118.
La Alaciada refleja la amplitud de la cultura filosófica y literaria de Ana Comneno
además de su perfecto dominio estilístico, a menudo unido a «un espíritu vivaz,
frecuentemente cáustico, a veces simpáticamente femenino» (A. Garzya). En el
aspecto historiográfico la obra, además de la riqueza y conocimiento de las fuentes
[Link] - Página 44
revela alguna parcialidad comprensible respecto a los aspectos menos nobles de la
actuación de Alejo I Comneno.
Referencias bibliográficas
Michael Angold, L’Impero bizantino, Nápoles, Liguori, 1992, Alexander P. Kazhdan, La produzione
intellettuale a Bisanzio, Nápoles, Liguori, 1983. Antonio Garzya, Introduzione alla storia letteraria di Bisanzio,
Nápoles, L. S. E., 1970.
[Link] - Página 45
Capítulo III
[Link] - Página 46
enseñantes. Algunas de ellas escribieron obras de carácter hagiográfico, crónicas y
biografías.
Había monjas amanuenses en el convento de Chelles, en la Isla de Francia, otras
en Arles donde San Cesáreo (471-572) había escrito la regla Sanctarum virginum,
que contemplaba lectura y escritura, para la hermana Cesaría de Arles; Eadburga de
Thanet transcribió la epístola de San Pedro. Aldegunda de Maubeuge dictaba, en
cambio, sus visiones. Radegunda (m. 587 d. C.), monja del monasterio de Sainte-
Croix en Poitiers, era elogiada, además de por su alto grado de humildad y caridad,
por su notable cultura que trataba de difundir entre las hermanas. La vida de
Radegunda nos ha sido transmitida a través de su biógrafa Baudovinia en torno al año
600.
En Chelles existía una importante biblioteca a la que se retiraron Gisela y
Rotrude, hermana e hija de Carlomagno, que mantuvieron una relación epistolar con
Alcuino (735-804 d. C.), erudito anglosajón, al que pidieron un comentario del
Evangelio según San Juan, y leyeron las obras de Beda el Venerable (673-735 d. C.),
célebre monje y escritor eclesiástico inglés. Gundrada, cuñada de Carlomagno, pidió,
en cambio, a Alcuino la redacción de un tratado «sobre la naturaleza del alma», única
obra filosófica del docto inglés, que volvía a examinar la doctrina de San Agustín
sobre el citado argumento, con referencias a Platón y a Plotino.
En el siglo IX, Gertrudis de Nivelles daba lecciones de interpretación alegórica de
la Biblia, y Lioba, seguidora de San Bonifacio, fue poetisa y copista en la abadía de
Winburn.
Algo más sabemos de Duoda, miembro de la aristocracia franca, que en el 824 se
casó con Bernardo de Septimania, emparentado también con Carlomagno. Duoda
escribió en latín el célebre Liber Manualis dedicado a su hijo Guillermo, en el que se
esboza el ideal pedagógico de la aristocracia de la época, fundado en el sentimiento
del honor y en el respeto riguroso por la jerarquía de las autoridades: Dios, el
emperador, el padre. La importancia de los sentimientos o del papel materno en la
educación del hijo es escasa, pues además vivía separado de la madre según las
costumbres de la época.
Texto 5
RESPETAR AL PADRE
Desde el punto de vista de la sociedad humana el símbolo y el poder real o imperial triunfan en
este mundo, así pues, se suele rendir homenaje ante todo a las acciones y a los nombres de estos
poderosos; éstos incitan a la obediencia y su poder es reforzado por un respeto supremo, como
testimonian las palabras de aquel que dice: «como al rey, que va delante de todos, así a los jefes, etc.»;
mi voluntad, hijo mío, es ésta pues: según el consejo de mi modesta inteligencia, según Dios, mientras
vivas, no descuides de ofrecer, ante todo a aquel que te engendró, tu dedicación amorosa, fiel y segura.
Permanece inmutable el orden por el que nadie, a menos de superar sobremanera a su propio
progenitor, puede llegar al grado más alto entre los feudatarios, al puesto de otra persona que ha
llegado a la cima del poder.
Te invito, pues, hijo mío, a quien tan ardientemente querría tener a mi lado, a amar a Dios ante
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todo, como ya has encontrado escrito; inmediatamente después, teme y honra a tu padre. Recuerda que
de él proviene tu condición en el mundo. Sabe, en efecto, que desde los tiempos antiguos, aquellos que
honraron a sus padres y les prestaron fiel obediencia, siempre merecieron recibir su bendición y la de
Dios.
Duoda
Referencias bibliográficas
Robert Fossier, La Edad Media, Barcelona, Crítica, 1995. Amato Masnovo, S. Agostino e S. Tommaso,
Milán, Vita e Pensiero, 1950. Georges Duby, Michelle Perrot, Historia de las mujeres, ed. de Christiane Clapisch-
Zuber, Madrid, Taurus, 1995. F. Bertini, F. Cardini y otros, Medioevo al femminile, Bari, Laterza, 1989. Philippe
Wolff, Storia e cultura del Medioevo dal secolo IX al XII, Bari, Laterza, 1987. Robert S. Hoyt, Vita e pensiero
nell’alto Medioevo, Nápoles, Liguori, 1977. A. Brancaforte y otros, Donne in filosofia, ed. de Giuseppe
Roggerone, Manduria, Lacaita, 1990.
[Link] - Página 48
comienza en el siglo XI y concluye en el XV, ha inducido a los historiadores a
cuestionar la tesis del salto y de la discontinuidad entre pensamiento medieval y
pensamiento moderno. Esto no significa únicamente que el periodo comprendido
entre estos dos siglos marcase una transición gradual y continua de la cultura y de la
sociedad medievales hacia la que sería la sociedad moderna. Significa, además, que
en los siglos de la llamada Baja Edad Media se asistió a un verdadero y auténtico
proceso de innovación cultural y social que sentó las bases de una sociedad y de una
cultura radicalmente nuevas, proceso del que la cultura tardomedieval ha sido el
elemento fundamental y positivo. Estudiando la teología del siglo XII, por ejemplo, el
padre Marie-Dominique Chenu individuó una reelaboración original de temas y
categorías del pensamiento cristiano y grecolatino que, sin necesidad de esperar al
retorno filosófico de Sócrates y Aristóteles del siglo siguiente, marcaron la
anticipación de temas y categorías de actualidad casi moderna. Pedro Abelardo
(1079-1142) con su doctrina moral decididamente no conformista, basada en la
diferenciación entre operado e intentio, y que fue denunciada como «herética» por
San Bernardo en el concilio de Sens (1140), puede ser definido como el «primer
hombre moderno» de la historia cultural del occidente cristiano.
Entre los años 1120 y 1160, a través de manuales como el Liber poenitentialis de
Alain de Lille (1125-1203), se inaugura un estilo de análisis de la conciencia humana,
de su psicología, de su sentido de intencionalidad y de responsabilidad naciendo lo
que nosotros hoy en día definimos como el sujeto, el individuo. Al mismo tiempo se
afirma una visión de la naturaleza como organismo unitario y totalizador del que el
hombre forma parte. Además, según el modelo de microcosmos y de macrocosmos
que volveremos a encontrar en la filosofía del siglo XV, nace el gusto alegórico y
simbólico por el descubrimiento de correspondencias entre los distintos órdenes de lo
creado; un gusto común a pintores, escultores, arquitectos, poetas y místicos
visionarios.
En el plano de los saberes y de las técnicas positivas tuvieron un papel importante
los estudios de fisiología y de medicina. A partir del siglo X, destacó la célebre
Escuela médica de Salerno que se distinguió inicialmente por su actividad de
recogida de métodos y recetas terapéuticas de la más variada procedencia para pasar
después, bajo la influencia de la Escolástica y por el interés tanto de Roger II de
Altavilla (1095-1154) como de Federico II de Suabia (1194-1250), a una actividad
didáctica y científica de mayor importancia. Los maestros médicos salernitanos
estaban habilitados para examinar a los candidatos al Diploma de medicina que era
expedido después por el soberano.
En el ámbito de la Escuela médica de Salerno se desarrolló la actividad de una
mujer médica apodada Trotula (siglo XI d. C.), a quien se atribuye un tratado de
medicina titulado Passionibus mulierum curandorum que abordaba, como reza el
título, gran parte de la materia médica concerniente a las mujeres, y no sólo las
clásicas cuestiones de obstetricia.
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La relación entre las mujeres y la ciencia médica en el medievo es compleja:
donde se desarrollaban universidades y escuelas médicas oficiales las mujeres eran
mantenidas en los niveles bajos de la jerarquía médica, pero donde las estructuras
eran más informales (en las abadías, en los hospitales que surgieron en los itinerarios
de las Cruzadas, etc.) el papel de las mujeres fue más relevante. Los estudios de
Trotula, como los de Hildegarda de Bingen son testimonio de ello.
En este escenario de despertar cultural y espiritual se presentan las dos figuras
más importantes del pensamiento filosófico femenino del medievo: Eloísa del
Paráclito e Hildegarda de Bingen.
Referencias bibliográficas
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cultura literaria»— era bastante apreciada en el ambiente del Claustro de Notre-
Dame. Las atenciones que le dispensó Abelardo, que estaba invitado en la casa de
Fulberto, fueron inmediatas y la joven, entonces dieciseisañera, las devolvió sin
dudarlo.
La lujuriosa relación entre Eloísa y Abelardo fue descubierta y éste, para aplacar
la ira de Fulberto, se ofreció a desposarla a condición de que fuese en secreto.
Entretanto, Eloísa había traído un hijo al mundo en casa de la hermana de Abelardo
en Bretaña, donde se había refugiado, al que dio el nombre de Astrolabio.
La proposición de Abelardo, rechazada por la propia Eloísa aunque al final se
sometiera a ella, fue aceptada por Fulberto y los dos se casaron en secreto en 1119,
cuando Abelardo tenía casi cuarenta años y Eloísa dieciocho. Para captar el verdadero
significado de esta experiencia es necesario comprender el motivo por el cual el
matrimonio fue mantenido secreto y negado ante cualquier evidencia por los dos
esposos.
Eloísa no quería casarse para permitir que Abelardo siguiera con su enseñanza en
París. Estaba más a favor de una separación total entre ellos en cuanto el estado
conyugal, al igual que el de amantes, era incompatible con la ética del docente de la
época, que prescribía dedicación absoluta al pensamiento y a la espiritualidad. Eloísa,
por amor y devoción hacia su maestro, estaba dispuesta a negarse a sí misma y a
desaparecer de la escena.
En realidad, Abelardo amaba verdadera y profundamente a Eloísa y deseaba
intensamente seguir frecuentándola, estaba dispuesto, así, a arriesgar su puesto de
profesor de teología.
La paradójica elección del matrimonio secreto, una solución de compromiso entre
el celibato y el verdadero estado conyugal, fue dictada por el propósito de tener en
cuenta razones teológicas profundas. De este modo, los dos decidieron dejar en
secreto el hecho de su matrimonio, aunque, a los ojos de todos, Eloísa fuera una
concubina.
Para Abelardo ésta era una solución aceptable. El matrimonio con Eloísa servía
para aplacar la ira de Fulberto, pero debía permanecer en secreto por respeto a la
doctrina de San Jerónimo, que veía en el matrimonio una forma de subordinación del
hombre y de la mujer a vínculos terrenos y por tanto no compatible con el estudio de
la filosofía y de la religión. Los dos amantes, aunque se casaron, se separaron
definitivamente por motivos éticos y doctrinales compartidos por ambos.
En este punto la historia asume cierto matiz trágico pues, en público, tanto
Abelardo como Eloísa negaban firmemente estar unidos en matrimonio. Así pues,
Eloísa se encerró en el convento de Argenteuil provocando la ira de Fulberto que no
se sentía compensado públicamente por la ofensa sufrida y estaba convencido de que
Abelardo había engañado a la joven. Fulberto armó unos hombres que se introdujeron
en la estancia de Abelardo y lo emascularon mientras dormía. Abelardo, ante el
escándalo general que se produjo, dejó París y terminó sus días vagando por Francia
[Link] - Página 51
rodeado de sospechas y hostilidades por parte de las jerarquías eclesiásticas.
Eloísa, que había llegado a ser priora de Argenteuil, abandonó el convento y se
trasladó con algunas seguidoras al Paráclito, que le fue confiado por Abelardo y se
convirtió en su abadesa.
Las relaciones entre Abelardo y el Paráclito fueron difíciles y eran vistas con
hostilidad por el clero; se decía que Abelardo trataba de restablecer las turbias
relaciones con su ex-concubina, y estas habladurías lo obligaron a frecuentar cada vez
menos aquel lugar. En este escenario amargo y desconsolador Pedro Abelardo
escribió Historia calamitatum y Eloísa le envió su primera carta.
3.3. El carteo
Nunca, Dios lo sabe, he buscado en ti sino a ti mismo; tú, no tu concupiscencia. No deseaba los
lazos del matrimonio ni esperaba beneficios; y he anhelado no la satisfacción de mis deseos y de
mis voluptuosidades, sino, y bien lo sabes, de los tuyos. Sin duda, el nombre de esposa parece más
sagrado y más fuerte, pero yo siempre he preferido el de amante y, perdóname si lo digo, el de
concubina y el de prostituta. Puesto que cuanto más me humillaba por ti, más esperaba encontrar la
gracia junto a ti.
(Epist. II)
[Link] - Página 52
Para comprender bien las ideas de Eloísa es necesario hacer referencia también al
ideal de la amistad, tal y como fue descrita por Cicerón en De Amicitia, que sugería a
Eloísa la idea de una pasión pura y absoluta, sagrada y sublimada. También es
evidente la influencia de la doctrina ética de Abelardo, según la cual lo que determina
el valor moral de un acto es su intención y no el acto mismo. La pasión de Eloísa (y
la de Abelardo) era, pues, a un tiempo, nocens e innocens: discutible en los hechos,
pero justificable por la pureza de su intención: non enim rei effectus, sed efficientis
affectus in crimine est; nec quae fiunt, sed quo animo fiunt, aequitas pensat.
El contenido de las cartas de Eloísa propone una gran cantidad de referencias
filosóficas y doctrinales, pero siempre rigurosamente basadas en la descripción y en
la comprensión de su vivencia personal, como la célebre formulación de la
Epístola VI en la que Eloísa describe su desdoblamiento entre amante y monja:
Domino specialiter, sua singulariter, como diciendo soy de Dios en cuanto «especie»,
monja, y de Abelardo en cuanto «individuo», mujer. A Eloísa le faltaba distinguir su
realidad como persona. De esta manera, se encontraba atrapada entre dos entregas.
Véase también, por su realismo psicológico, la referencia al Arte de amar de Ovidio,
en la misma epístola:
Cuando el vino ha empapado las alas alteradas de Cupido, éste permanece allí y se mantiene
pesadamente fijado al lugar que ha elegido; entonces nace la risa; entonces el pobre se ve junto a las
cornucopias; desaparece el dolor, así como nuestras preocupaciones y las arrugas de nuestra frente.
[…] Venus, después del vino, es fuego sobre el fuego.
Dice San Jerónimo que las virtudes, cuando exceden el fin y la medida, también deben ser
clasificadas entre los vicios. Entonces, ¿quién no ve que imponer cargas sin examinar primero las
fuerzas de aquéllos a los que se les impone, y conmensurar el celo en la propia constitución de la
naturaleza, significa abdicar de toda razón y de todo discernimiento?
Referencias bibliográficas
Pedro Abelardo, Storia delle mie disgrazie. Lettere d’amore di Abelardo ed Eloisa, ed. de F. Ronconi, Milán,
Garzanti, 1974. Pedro Abelardo, Conosci te stesso, ed. de Mario dal Pra, Verona, M. Lecce Editore, 1941. Etienne
Gilson, Eloisa e Abelardo (1937), tr. it. Turín, Einaudi, 1970. Mariateresa Fumagalli Beonio-Brocchieri, Eloisa e
Abelardo, Milán, Mondadori, 1984. Georges Duby, El caballero, la mujer y el cura, Madrid, Taurus, 1992.
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4. HILDEGARDA DE BINGEN
Por voluntad divina, mi espíritu, durante la visión, asciende hasta las estrellas en una atmósfera
diferente, se dilata y se extiende sobre la tierra, en lo alto, sobre diferentes regiones, en lugares
alejados de donde queda mi cuerpo.
[Link] - Página 54
monacal en contacto con muchos casos humanos. Entre estas obras figuran
Subtilitatis diversarum naturarum libri novem, un estudio sobre hierbas medicinales,
piedras preciosas, animales, planetas, enfermedades y curas; Simphonia armoniae
celestium revelationum que comprende un programa musical, himnos litúrgicos y
cantos (Hildegarda sabía componer música) y Lingua ignota, diccionario de
novecientos términos concernientes a hierbas y plantas.
Hildegarda falleció cumplidos los 80 años el 17 de septiembre de 1179.
4.2. Misticismo y filosofía
[Link] - Página 55
apoyado en la lectura platonizante de las Escrituras y en el interés por la cosmología,
las matemáticas y las ciencias naturales de clara ascendencia neoplatónica. Para los
maestros de la llamada Escuela de Chartres no podía existir diferencia entre la cultura
filosófica y la palabra divina: para ellos, Teodorico de Chartres (m. 1154) por
ejemplo, la teología era parte de la filosofía especulativa.
Así pues la idea de Hildegarda de la unidad entre filosofía y fe podía nutrirse de
un patrimonio filosófico consolidado y apoyarse «sobre las espaldas» de una larga
tradición: «enanos sobre espaldas de gigantes» decía Bernardo, maestro de Chartres
desde 1114 hasta 1124. Esta proximidad cultural y conceptual entre la abadesa y la
cultura propiamente filosófica surge muy claramente del análisis de sus visiones
cosmológicas.
Hildegarda ha visto lo que sabe con la mirada interior de su espíritu, es decir, ha
tomado todos sus conocimientos de la Luz Viviente. Es interesante señalar que, a
diferencia de otras místicas, Hildegarda mantiene siempre una distancia consciente
entre ella y la Luz, no se da esa fusión de tipo casi sexual que caracteriza, en general,
a todas las descripciones de experiencias místicas. Las visiones de Hildegarda
remiten, sin duda, a la teoría de la iluminación de San Agustín y a la metafísica de la
luz de Dionisio Areopagita (siglo V d. C.), así como a las reflexiones de su
contemporáneo Bernardo de Clairvaux (1091-1153) —el líder del antiintelectualismo
cristiano— pero no se oponen al pensamiento dialéctico, sino que más bien instituyen
un nuevo orden del lenguaje, distinto al de la lógica y basado en símbolos e
imágenes.
4.3. El pensamiento alegórico
De la vasta producción de Hildegarda nos interesa examinar sobre todo los textos
de mística y de argumento teológico-filosófico. La cultura del siglo XII estaba
gobernada, casi dominada por el poder lingüístico de la metáfora, por la alegoría. En
su base yacía la idea de un Dios inefable y trascendente y, por tanto, la necesidad de
hablar de lo divino de una manera figurada, alusiva. Decía Arnaldo de Bonneval
(siglo XII): «Es bello acercarse al misterio de la similitud para gozar del
descubrimiento del verdadero fundamentó del parangón», e Hildegarda: «A causa del
inmenso poder de la divinidad no es posible ver directamente el esplendor divino que
no puede ser contemplado por ningún hombre si no se oscurece…». En el siglo IX,
Juan Escoto Erígena había afirmado que de Dios se puede hablar eficazmente sólo de
modo negativo, aludiendo a lo divino por medio de imágenes desemejantes o
monstruosas. Es como si la condición inaprehensible de Dios hubiese abierto la
puerta a la fantasía humana y, al mismo tiempo, hubiese multiplicado al infinito las
manifestaciones simbólicas de lo divino en el mundo.
La peculiaridad del misticismo visionario y teológico de Hildegarda de Bingen
consiste en su excepcional aptitud para traducir al lenguaje simbólico de las imágenes
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los conceptos, a menudo arduos, de la filosofía de la época. Hildegarda dictaba a un
monje largos periodos en los que se plasmaban las imágenes que se le aparecían en el
transcurso de sus éxtasis. Estas visiones, al modo de las del Apocalipsis de San Juan,
dibujaban un cuadro poético grandioso de la idea del mundo que en aquel tiempo los
teólogos de la Escuela de Chartres estaban elaborando en términos puramente
conceptuales.
Hildegarda habla de Dios como de un «hombre alado» en el Liber vitae
meritorum y en el Liber divinorum operum. En el primero, el hombre alado, inmerso
en el éter, posee una enorme fuerza que emana de la médula de sus piernas y
mantiene vivo el mundo y lo sustenta infundiendo a las criaturas calor, humores y
vigor: la viriditas. Cuando esta fuerza vuelve a Dios, las criaturas pierden fuerza y se
repliegan sobre sí mismas. En el segundo, el hombre alado tiene alas dobles y su
rostro está ceñido por una tiara de la que sobresale el rostro de un hombre anciano. La
figura alada lleva un cordero en brazos. Esta figura se transforma después en una
figura femenina Amor, o Caritas, que dice ser, por un lado, la fuerza de fuego que
enciende todas las centellas vivientes; por el otro, la razón que resuena en el viento de
la palabra y que genera toda criatura pues la Razón, el Verbum, es la raíz de toda
cosa.
Es evidente aquí el retorno de la idea bíblica de la inmanencia de la fuerza divina
en el mundo: Espíritu de Dios / Anima Mundi / Viriditas (fuerza vital), pero
Hildegarda se adelanta aquí y pone de relieve el Amor: una figura femenina que es
Razón / Palabra /Anima Mundi. Guillermo de Conques (1080-1145), contemporáneo
de Hildegarda, en sus Glossae super Platonem, había escrito que el Anima Mundi es
un espíritu ínsito en las cosas, que les da vida y movimiento y que Dios extiende el
alma del mundo, es decir, su amor, a todas las cosas. Para Bernardo Silvestre
(m. 1150) el alma del mundo fluye de Dios junto a la vida. En las visiones de
Hildegarda el Amor, al igual que la Sabiduría divina, el Logos que todo lo abraza, son
representados por una figura femenina.
No está ausente de los escritos de Hildegarda el símbolo del fuego que se
identifica con Dios y con el acto de la creación y que es todo uno con la Trinidad:
Padre, Verbo y Espíritu Santo.
Como sucede en la tradición de los primeros cristianos (Orígenes), Hildegarda
exalta la figura de la Virgen, de la mujer virgen, la figura humana que está más
próxima a Dios. Dios es quien ha elegido el cuerpo santo de la Virgen María para
unirse a la Humanidad: la Virgen ha quedado, en efecto, en la simplicidad y en la
integridad de la vida en el Paraíso terrestre, por ello Dios la ha querido como símbolo
de la unión entre Cielo y tierra.
También en el texto científico-médico Causae et Curae Hildegarda había
identificado la obra creadora del Verbum con la Viriditas, alimentada por el calor
divino, y, por tanto, con la Virginitas. Hablaba de las vírgenes como siempre
reverdecientes y en pleno vigor, delineando así una idea de la mujer como ser fuerte,
[Link] - Página 57
íntegro y potente.
Particularmente eficaz e impresionante es la imagen del Cosmos descrita por
Hildegarda, en una visión de Scivias, como «un huevo con la punta hacia lo alto,
rodeado de fuego e iluminado por un globo de fuego más centelleante». Esta imagen
tiene sus analogías en la teoría del huevo que representa el cosmos formulada por
Abelardo y en la descripción del mundo como un huevo obra de Guillermo de
Conques.
La simbología del huevo es, por otra parte, antiquísima. El huevo ya estaba
presente en las cosmogonías nacidas bajo el signo de Orfeo, era el símbolo del ser
que genera y mantiene unido al universo. Estas cosmogonías habían llegado a
Hildegarda, como a otros filósofos que habían adoptado el símbolo del huevo, a
través de la obra de Marciano Capela, erudito cartaginés del siglo V d. C.: Satyra de
nuptiis Philologiae et Mercurii, la Boda de Mercurio y Filología. En esta obra, una
verdadera y auténtica enciclopedia del pensamiento alegórico antiguo, el autor
narraba como Filología, cansada y sedienta, se había tragado un huevo para
recobrarse y se había sentido, de repente, revigorizada y, por tanto, inmortal. El
huevo contenía, ordenados concéntricamente desde el exterior al centro, los cuatro
elementos del cosmos: fuego, aire, agua, tierra.
La narración que Hildegarda hace de la visión del huevo consta de tres
momentos: una imaginación instantánea, una descripción exacta que engloba también
elementos científicos y filosóficos de la cultura de su tiempo (en la imagen completa
del cosmos aparecen también los tres planetas mayores entonces conocidos, el sol, la
luna, los astros, etc.) y un comentario de la visión que ilustra la alegoría teológica de
la visión. El globo resplandeciente de fuego muestra que en Dios Padre está su único
Hijo. El huevo muestra al Omnipotente Dios ininteligible en su majestad e inagotable
en sus misterios, las tres llamas encima del globo indican la Trinidad, etc.
En el Liber divinorum operum, escrito treinta años después, la visión cósmica de
Hildegarda ha cambiado: la potencia divina es como la perfección redonda de la
medida, el símbolo natural del huevo es sustituido, pues, por la rota, antiguo símbolo
matemático. Este cambio marca un acercamiento aún mayor de Hildegarda a la
cultura docta de su tiempo y su interés por las dimensiones y las relaciones numéricas
que median entre los elementos y que determinan el equilibrio del universo.
Al igual que los arquitectos, los pintores y los poetas del siglo XII, también
Hildegarda es la expresión de una época de renacimiento de lo humano en el mundo.
Referencias bibliográficas
Cesare Vasoli, Storia della Filosofia II, La Filosofia medioevale, Milán, Feltrinelli, 1972. Mariateresa
Fumagalli Beonio-Brocchieri, In un’aria diversa. La sapienza di Ildegarda di Bingen, Milán, Mondadori, 1992.
Robert Fossier, El despertar de Europa (950-1250), Barcelona, Crítica, 1988.
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5. MUJERES Y RELIGIÓN EN EL TARDOMEDIEVO (SIGLOS XIII-XV)
En los tres últimos siglos del medievo las mujeres asumieron papeles de una
importancia sin precedentes en el campo religioso. Fueron los siglos de la expansión
de las ciudades, del renacimiento del comercio y del artesanado, pero también siglos
marcados por grandes inquietudes sociales y espirituales provocadas por carestías y
pestilencias, que se reflejaban en la búsqueda de nuevas formas de culto y de nuevas
instancias asociativas como congregaciones, órdenes monásticas y varios tipos de
comunidades religiosas.
Se asistió, pues, a la difusión de las órdenes mendicantes (franciscanos,
dominicos, agustinos, carmelitas) que ubicaron en las ciudades sus propias
instituciones: iglesias y conventos.
Eran los siglos de la construcción de las grandes catedrales, monumentos
supremos de una religiosidad camino de la secularización. Las formas del misticismo
y de la vida religiosa de base, en las ciudades al igual que en los pequeños pueblos y
en el campo, producían una especie de tendencia contraria respecto al papel
institucional, económico, político y cultural que la Iglesia había asumido en Europa
en aquellos siglos. Excluidas de las jerarquías eclesiásticas, de la instrucción superior,
consideradas intelectual, moral y físicamente inferiores al hombre, fueron,
principalmente, las mujeres quienes se mostraron a favor de un intenso misticismo,
caracterizado a menudo por manifestaciones extremas que volvían a proponer en
clave femenina el modelo de la imitatio Christi.
Tras la huella de Hildegarda de Bingen se sitúan así numerosas místicas y
escritoras religiosas del siglo XIII. La escritura religiosa era la modalidad expresiva
fundamental para las mujeres que habían tenido acceso a la lectura y a la escritura. Se
trataba, sobre todo, de obras que describían visiones y experiencias religiosas o de
obras históricas de carácter hagiográfico.
Beatriz de Nazaret o de Thenis (1200-1268), entró en el monasterio cisterciense
de Bloemendaal y después, con las hermanas Cristina y Sibila, en el monasterio de
Nuestra Señora de Nazaret. Escribió una Autobiografía y Sevem manierem van Minne
(Los siete grados del Amor, 1235), un tratado que describe, a través de siete grados,
su experiencia de la unión mística con Dios. Hadewijch de Nivelles, mística flamenca
(m. 1269), de la que nos han llegado sus vibrantes Visiones (1240) además de cartas y
poesías. En sus obras el amor caballeresco (Minne) es transportado al plano místico y
metafísico en cuanto esencia del hombre. Aquellos que han renegado de sí mismos
por amor a Cristo formarán «una armada espiritual»: cristocentrismo y ejemplarismo
son los caracteres dominantes de su misticismo. El alma humana es la imagen de la
Santísima Trinidad: unión circular de Dios, del Verbo y del Espíritu Santo.
Mechthild de Magdeburgo (1207- c. 1285) fue beguina bajo el gobierno espiritual
de los dominicos. Movida por el espíritu de caridad y de la imitación de Cristo, vivió
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en la pobreza y en severa ascesis. Escribió La luz difusa de la divinidad (1250) en la
que se describe el proceso de unión mística con Dios a través de la unión nupcial
perfecta con Cristo. «El ambiente en el que se movió fue el de una vidente, iluminada
por revelaciones celestes» (Juana de la Cruz).
Margery Kempe, mística laica, peregrina en Tierra Santa y visionaria, escritora de
renombre, era conocida por las expresiones físicas de su devoción y de sus estados
extáticos: gritos, convulsiones, como en el transcurso de su viaje a Jerusalén.
También, Margarita d’Oingt y Cristina Ebner, mística visionaria. En cambio, el
misticismo de Margarita Poret, hereje parisina, autora de Miroir des simples ames et
anéanties, chocó con los rigores de la Inquisición y fue condenada a la hoguera en
1315.
Entre las fuentes originadoras de este movimiento espiritual, en Italia, está el
pequeño grupo de devotas que, entre el final del siglo XII y el comienzo del XIII, se
había recogido en torno a Clara de Asís en San Damián y que seguía la rígida regla
definida por San Francisco y por la propia Clara en su Testamento, que estaba basada
en la pobreza absoluta, en la clausura y en la oración. Un movimiento espiritual
lacerado, en su ideal de santidad, entre las exigencias evangélicas y caritativas y las
instancias contemplativas: recuérdese que en 1298, Bonifacio VIII había impuesto la
obligación de la clausura estricta a todo el monacato femenino, a fin de reducir al
mínimo las relaciones entre las religiosas y el mundo externo.
Sobre esta raíz espiritual se formaron personalidades como la de Margarita de
Città di Castello, nacida ciega y deforme, pero dotada de un enorme carisma
personal; Clara de Montefalco (1268-1308), mística agustina del martirio y de la
sangre, y visionaria, canonizada después; de Ángela de Foligno (1248-1304) —que
sintió un «gran consuelo» por el fallecimiento de su madre, de su marido y de sus
hijos, que la liberaron de las servidumbres familiares, de las obligaciones de la
feminidad para entregarse al matrimonio místico con Dios—. Ángela ingresó en la
Orden Tercera de San Francisco después de haber donado todo a los pobres y
mantuvo su condición de laica. Son figuras ejemplares de una religiosidad espontánea
y casi salvaje cuya fuente había sido la experiencia de San Francisco y de Santa Clara
de Asís. En estas figuras está ausente la componente literaria del misticismo a favor
de la plenitud del ejemplo y de una santidad vivida.
La vida y las experiencias místicas de Ángela de Foligno nos han llegado a través
del Libro de la Beata Ángela de Foligno redactado en torno a 1300 por fray Arnaldo
y por otros seguidores suyos anónimos. De este texto tomamos las siguientes páginas:
Texto 6
UNA VISIÓN
El Sábado Santo siguiente a los acontecimientos narrados, aquel alma fiel de Cristo me confesó los
gozos que recibió de Dios. Entre otros me relató, hermano escribiente, que aquel día, raptada en
espíritu, estuvo en el sepulcro con Cristo. Primeramente besó el pecho de Cristo, y lo vio yacer con los
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ojos cerrados, como quedó después de muerto. Besó después su boca y sintió un maravilloso e
indescriptible aliento de dulzura que exhalaba de la misma.
Después de una breve pausa, puso su mejilla sobre la mejilla de Cristo, y Éste acercó su mano a la
otra mejilla y la estrechó hacia sí. Escuchó estas palabras: «Antes de yacer en el sepulcro, te tenía así
de cerca».
Ella oía las palabras de Cristo, aunque lo veía tendido, con los ojos cerrados y los labios mudos,
como yacía en la tumba. Y su regocijo era grandísimo, inenarrable.
Una vez, durante la Cuaresma, le pareció sentirse bastante incómoda. Y le pidió a Dios que le diera
algo Suyo, pues se sentía privada de todo bien. Entonces los ojos del alma se abrieron, y vio al Amor
que se dirigía plenamente hacia ella. Podía percibir el principio, no el final, como algo continuo,
tampoco podía definir el color. Cuando estuvo a su lado, los ojos del alma vieron, más claramente que
si mirara con los ojos del cuerpo, formarse una figura similar a una falce. No se trata de una semejanza
material, sino de la imagen del movimiento que realizó el amor: primero se retrajo, y no se comunicó
cuanto se le dio a entender ni cuanto ella entonces entendió; por ello la dejó aún más desconsolada. Y
aquí no se puede ofrecer comparación mensurable o sensible: es algo perceptible sólo al intelecto,
según la inefable operación de la gracia divina.
Inmediatamente después fue colmada de amor y saciada de un modo inestimable, de una saciedad
que satisface y, sin embargo, genera muchísima hambre: tan inapreciable que todos sus miembros en
aquel instante se separaron, y el alma languidecía y deseaba escaparse. No quería sentir ni ver criatura
alguna. Y no hablaba y no sabe si hubiera podido hablar al exterior. En su interior el alma suplicaba
que no la hiciese languidecer por esa muerte, que la vida era muerte. Invocaba la ayuda de la Virgen
santa, y rogaba a los Apóstoles que fueran con ella y se arrodillasen y suplicasen al Altísimo que no la
hiciese padecer esa muerte, que es la vida terrena, sino que le fuese concedido dirigirse a Aquel que
escuchaba. Rogaba igualmente al beato Francisco y a los Evangelistas y suplicaba y pedía estas y otras
cosas.
Y decía así: «Aquí llega una palabra divina y, mientras me mantenía toda amor por el amor que
sentía, Él dijo: “Muchos creen encontrarse en el amor, y están en el odio; muchos creen encontrarse en
el odio, y están en el amor”. El alma dijo: “Yo, que soy toda amor, ¿estoy, tal vez, en el odio?”. No me
respondió con palabras, pero me hizo ver claramente cuanto preguntaba y me hizo sentir con absoluta
certeza. Aquello me confortó, y no creo que pierda nunca este contento.
»No puedo creer otra cosa de ninguna criatura.
»Si un ángel me dijera lo contrario no lo creería, y replicaría: “¡Tú eres aquel que cae del cielo!”.
Veía en mí dos partes como separadas por un surco: por una parte era todo amor y todo bien, que
procedía de Dios, no de mí; por la otra, me veía a mí misma estéril e incapaz de ningún bien.
Reconocía por ello que no era yo quien amaba, aun estando toda en el amor, sino que ello provenía
sólo de Dios. Después de este pensamiento las dos partes se unieron y llegó un amor mayor y más
cálido, de mayor duración que el primero. Y deseaba ir al encuentro de este amor.
»Entre el primer amor, tan grande que no puedo llegar a comprender que pueda existir uno mayor,
salvo en el caso de que interviniese otro amor inmortal, pues entre este primer amor y el otro mortal,
de máximo ardor, hay uno, en medio que no puedo describir, porque es tan profundo, de tan gran
alegría y júbilo, que no puede expresarse en palabras. Así pues, no desearía escuchar ningún recuerdo
de la Pasión, ni querría que se me nombrase a Dios, que en aquel instante lo siento con tanto deleite,
que cualquier otra cosa me parecería un obstáculo, al ser inferior a él. Creo que no se ha dicho nada
del Evangelio, ni de otra palabra de Dios, desde que veo cosas aún más importantes.
»Arrebatada por aquel amor, permanezco feliz e inmersa en la bondad, tanto que siento amor
incluso por los reptiles, los sapos y hasta los demonios: y si viese cualquier cosa suceder, aunque se
tratase de un pecado mortal, no me ocasionaría ninguna pena, pensando que Dios lo permite. Si
entonces me devorase un perro, no me preocuparía y creo que tampoco me afligiría ni me causaría
dolor. Este grado es más alto que estar a los pies de la Cruz, donde estuvo el beato Francisco, aunque
el alma pasa fácilmente de un grado a otro. Y vi, deseaba ver esa carne muerta por nosotros, y quería
llegar a ella: sin embargo, ahora es con supremo regocijo y sin dolor de la Pasión,
Yo, hermano, pregunté si había lágrimas y me respondió que no. «Pero una vez que se unió a este
amor el recuerdo del objeto inestimable, esto es de la sangre preciosa, por la cual es cierto que nos fue
concedida indulgencia, me sorprendió cómo las dos cosas podían estar juntas». Dijo aquella fiel de
Cristo que ahora rara vez experimenta el dolor de la Pasión, pero le basta la meditación de la misma
para encontrar el camino a seguir.
«No estaba orando, sino que me disponía a reposar después de la comida, cuando mi alma fue
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súbitamente elevada, mientras no pensaba en estas cosas. Vi a la Virgen santa en la gloria. Y pensé
cómo una mujer era situada en tal nobleza, gloria y dignidad, como la de la Virgen, ocupada en rezar
por la humanidad, y sentí un gran placer. La veía con un aspecto tan humano, adornada de una virtud
inapreciable, que experimentaba un gozo indecible.
»Entonces apareció Cristo y se sentó junto a Ella en la gloriosa humanidad. Comprendí cómo
aquella carne fue crucificada, atormentada y cubierta de oprobio. Y comprendiendo todas las penas,
las injurias, las humillaciones, ¡cuán maravillosamente entendí entonces!, no sufría, antes bien me
producían placer. Perdí la palabra y creí morir.
»Me causaba una gran pena no morir, que no pudiera alcanzar inmediatamente aquel bien
inenarrable. Esta visión duró tres días, sin interrupción; no tenía problema para comer, ni para hacer
cualquier otra cosa, aunque me alimentase poco y permaneciese yacente, sin decir palabra. Y cuando
Dios me nombraba, no podía resistir el inmenso placer que me proporcionaba.
Ella dijo así: «Antes de recibir la comunión me fue dicho: “Amada, todo bien está en ti, y vas a
recibir todo Bien”. Y vi, como me parecía, a Dios omnipotente». Yo, hermano escribiente, le pregunté
si veía una imagen definida.
Respondió: «No veía una forma. Vislumbraba una plenitud, una belleza donde se veía todo bien.
Vino de repente, mientras no pensaba en esto, pero meditaba y rezaba y me acusaba de mis culpas a
Dios. E invocaba que aquella comunión no fuese de condena sino de misericordia. Al instante alcanzó
aquella palabra. Reflexioné: si todo Bien está en ti, ¿por qué vas a recibir todo Bien? Me fue
respondido: “Lo uno no excluye lo otro”.
»Antes de entrar en el coro para comunicarme, me fue dicho: “Ahora está en el altar el Hijo de
Dios, según la humanidad y la divinidad, escoltado por una gran multitud de ángeles”.
»Tenía verdadera ansia por verlo entre los ángeles: entonces me fue mostrada aquella belleza y
plenitud y, cuando llegué junto al altar, vi igualmente a Dios. Me fue dicho: “Así estarás ante Él en la
vida eterna”.
Añadió que la había llamado «Amada», como a menudo la llama.
Ángela de Foligno
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bajo la forma de paloma y la convirtió a los ojos de los guillerminos en una especie
de vicaria de la divina Guillermina. Fue condenada a la hoguera por hereje en 1301.
También en el siglo XIII, vivió la abadesa Petronila de Chemilé —un caso sui
generis— que dirigió el convento de Fontevrault, fundado por el predicador
heterodoxo Robert d’Arbrissel. La regla de Fontevrault teorizaba la igualdad
metafísica de hombres y mujeres y, en efecto, aunque en lugares distintos, monjas y
monjes vivían en la misma abadía y practicaban juntos el culto.
A una atmósfera espiritual tan compleja, oscilante entre radicalismo religioso y
herejía, pertenecen también las grandes figuras femeninas del siglo siguiente que
unen al magisterio religioso un gran dominio de la doctrina cristiana. Es el caso de
una predicadora como Brígida de Suecia (1303-1373), ligada a la dinastía real sueca,
que a la muerte de su marido decidió fundar una orden monástica cuya Regula Sancti
Salvatoris escribió; compuso también un texto de Rivelationes para el que afirmaba
haber sido inspirada por Dios mismo. Brígida pertenecía a un grupo de predicadoras
cristianas que por su alto nivel cultural ejercieron el magisterio de doctores de la
Iglesia, de destructoras de herejes.
Gran importancia tuvo la obra de Catalina de Siena (1347-1380). Nacida en una
familia de veinticinco hijos, Catalina empezó su experiencia ascética, al igual que
Ángela de Foligno, retirándose entre los muros domésticos. A los diez años ingresó
en la Orden Tercera de Santo Domingo, la de las mantellate, mujeres que,
permaneciendo en casa, seguían un régimen de vida rigurosamente religioso y
caritativo. En 1370, Catalina tuvo una experiencia visionaria decisiva; se le apareció
Jesús quien, después de haberla abierto el pecho, le extrajo el corazón y lo sustituyó
por el suyo. Desde aquel momento Catalina se identificó completamente con Cristo y
empezó su acción en el mundo abandonando cualquier búsqueda de tipo ascético o
eremita. Con carisma profético, Catalina dirigió su acción de estímulo y denuncia
contra el papa, los reyes y los cardenales. Se concentró, en particular, en el riesgo que
suponía para la Iglesia un excesivo compromiso con las «cosas temporales» y en la
exigencia de una valiente militancia de los cristianos a favor de la paz y del rechazo
de la guerra por amor a Cristo, como escribió en el Diálogo de la divina doctrina
(1378). Catalina se alejó, en su concepción del amor, de la tradición mística (de los
libros bíblicos a San Bernardo) que concebía la relación con la divinidad bajo el
símbolo de la relación nupcial. El amor a Dios es para Catalina un sentimiento alegre
y un gran estímulo para actuar: un «sentimiento materno-filial» (G. Getto). Su
espíritu reformador fue ajeno a cualquier impulso nostálgico y apocalíptico, luchó
contra los vicios de la Iglesia respetando su jerarquía y con un gran sentido histórico.
Siguió siendo laica y estuvo al frente de una comunidad heterodoxa de hombres y
mujeres. Fue la última reformadora religiosa del medievo, después de ella la Iglesia
occidental no será ya la Civitas Dei, aquella institución milenaria total que Europa
había conocido después de la caída del Imperio romano.
Si Catalina llevó adelante su misión partiendo de bases culturales más bien
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pobres, aunque enriquecidas con el tiempo, las de la beata Humildad (m. 1310), que
abandonó a su marido y a sus hijos para retirarse a un convento, fueron casi
inexistentes. Aparece siempre representada mientras lee o con un libro en la mano, en
tablas y pinturas de la época.
Otra altísima, aunque trágicamente controvertida, expresión del ideal de santidad
femenina fue la representada por Juana de Arco, nacida en Domrémy en 1412 y
quemada viva en mayo de 1431 en Ruán como hereje por los ingleses. Era hija de un
campesino, analfabeta, y se convirtió en la protagonista de la revancha francesa
contra los ingleses en la guerra de los Cien Años. También ella fue visionaria, se le
aparecieron el arcángel San Gabriel, Santa Catalina y Santa Margarita que la guiaban
en su misión política, militar y religiosa al mismo tiempo.
En su conjunto, las nuevas formas devocionales y el ideal de santidad elaborado
por las mujeres religiosas desde el siglo XII hasta el XV sintonizaban perfectamente
con los fermentos culturales y sociales de la época.
En 1300, alcanzó su apogeo la acción de los movimientos pauperistas, como el de
los apostólicos de Fray Dulcino, un novicio franciscano de Novara que creó una secta
bastante combativa, una especie de milicia. Al movimiento se sumó una monja, que
se convirtió en la compañera de Dulcino, Margarita de Trento, «malefica et heretica
consorte in scelere et errore», como escribió el inquisidor Bernardo Gui. Los
apostólicos, que fueron perseguidos como herejes, profesaban la pobreza absoluta y
consideraban a los franciscanos y a los dominicos como «siervos de Satanás».
Dulcino predicaba el advenimiento de un Cuarto Periodo de la historia del mundo en
el que la Iglesia sería destruida y la humanidad salvada. En 1307, los dulcinianos,
después de largas batallas entre Lombardía y Piamonte, fueron vencidos por los
cruzados de Clemente V y exterminados. Dulcino y Margarita, junto a los otros jefes
del movimiento, fueron procesados, torturados y condenados a la hoguera.
En el ámbito europeo asistimos, entre tanto, a los cismas propiciados por los
predicadores irregulares como John Wyclif (1324-1384) en Inglaterra y por Jan Hus
(1369-1415) en Bohemia, y a las instancias de la mística alemana preprotestante
representadas por el Maestro Eckhart (1260-1328), por Tauler (1300-1361) o por
Suso (1296-1366). Todos estos ideales confluyeron en el siglo XVI en el espíritu de la
Reforma luterana.
Referencias bibliográficas
Mistiche e devote nell’Italia tardo-medioevale, ed. de Daniel Bornstein y Roberto Rusconi, Nápoles, Liguori,
1992. F. Bertini y otros, Medioevo al femminile, Bari, Laterza, 1992. Luisa Muraro, Guglielma e Maifreda. Storia
di un’eresia femminista, Milán, La Tartaruga, 1985. Johan Huizinga, El otoño de la Edad Media, Madrid, Alianza,
1994. Ángela de Foligno, Il libro della Santa Angela da Foligno, trad. del lat. de A. Castiglione Mummi, Roma,
1950. Teresa Bertoncello, Angela da Foligno, Roma, Città Nuova, 1978. AA. VV., Dizionario enciclopédico di
spiritualità, dirigido por Ermanno Ancilli, Roma, Studium, 1975 (trad. esp.: Diccionario de espiritualidad,
Barcelona, Herder, 1987). Jules Michelet, Giovanna d’Arco, Milán, Ardea, 1935. Giuseppe Faggin, Meister
Eckhart e la mística tedesca preprotestante, Milán, Bocca, 1946. Gal vano della Volpe, La filosofía mística di
Meister Eckhart, en Opere, vol. I, Roma, Editori Riuniti, 1972. Tadeusz Manteuffel, Nascita dell’eresia,
[Link] - Página 64
Florencia, Sansoni, 1986. Giovanni Getto, La letteratura religiosa, Florencia, Sansoni, 1967. Mechthild von
Magdeburg, La luce fluente della Divinità, Florencia, Giunti, 1991. Peter Dronke, Las escritoras de la Edad
Media, Barcelona, Crítica, 1995. Georgette Epiney-Burgard, Emilie Zum Brunn, Le poetesse di Dio. L’esperienza
mistica femminile nel Medioevo, Milán, Mursia, 1994.
[Link] - Página 65
Capítulo IV
[Link] - Página 66
frugalidad. Por el contrario, la curiosidad, los paseos y la participación en eventos
colectivos (fiestas, espectáculos, prédicas en plazas) y los movimientos intelectuales,
en resumen, cualquier apertura al mundo exterior habían de evitarse. Únicamente en
el convento o entre los muros domésticos está protegida la mujer, sobre todo de sí
misma y de su propia inestabilidad estructural y volubilidad. Otro peligro señalado
por estos primeros «pedagogos» es el constituido por el ocio para el cual el único
remedio es el trabajo doméstico, el tejido, el bordado y la caridad (la limosna y la
asistencia a enfermos y necesitados). La sociedad masculina crea así el ideal
educativo de una mujer casta, modesta y misericordiosa que renuncia a niveles de
instrucción elevados y que responde perfectamente a las estrategias de custodia.
Por lo que respecta a las posibilidades concretas de instrucción para una joven
durante el medievo, éstas se reducían al ingreso en una orden religiosa donde podría
aprender a leer, estudiar textos sagrados y recibir una noción elemental de derecho
civil y canónico; algunas llegaban a ocupar cargos de bibliotecaria, escribiente o
maestra.
Hasta el Renacimiento la idea que imperaba era la de una profunda desigualdad
de las capacidades intelectivas y de la funcionalidad de los dos sexos respecto a los
roles sociales, y ello se reflejaba en las concepciones pedagógicas.
Entre los siglos XVI y XVII, las nuevas exigencias económicas y organizativas de
una sociedad transformada tendieron a estimular un interés más específico en el
campo educativo. A este periodo se remontan las primeras diferencias pedagógicas
entre los dos sexos: una educación proyectada hacia el exterior para los hijos varones
de las clases dirigentes y nobles, y un «saber hacer» limitado al ámbito doméstico
para las jóvenes de todas las clases sociales. Se delinea así aquel modelo pedagógico
diferencial que gobernará el universo escolástico europeo hasta el siglo XIX.
Por otra parte, precisamente a partir de los siglos XV y XVI, la nueva estructura
social de la familia sitúa a padres e hijos en posición de mantener un contacto más
estrecho y completo, sobre todo en las ciudades. En este cuadro las mujeres tienden a
asumir ese rol materno, típicamente burgués, que será el precursor de un nuevo
campo de protagonismo social y cultural para las mujeres en la edad moderna: el
campo pedagógico. A partir del planteamiento materno las mujeres enfocarán su
propio punto de vista sobre la educación separándolo del religioso para reelaborarlo
después, en los siglos XVIII y XIX, desde una perspectiva política y científica.
Desde este punto de vista resulta emblemática la figura de Alessandra Macinghi
Strozzi, noble florentina que desde 1447 hasta 1459 dirigió a su hijo Filippo,
desterrado en 1434 por Cosme de Médicis, una serie de cartas que reflejan claramente
la nueva mentalidad femenina con respecto a las relaciones con los hijos y a sus
exigencias educativas.
Si bien desde el punto de vista educativo se producen transformaciones en el
siglo XV, en el siglo XVI tan sólo las voces aisladas de Erasmo de Rotterdam y Martín
Lutero proporcionarán una instrucción más amplia incluso para las jóvenes: el
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primero, a fin de que se diese un buen entendimiento en la pareja y en la sociedad en
la que hombres y mujeres están destinados a vivir juntos, el segundo para que las
jóvenes fueran capaces de leer la Biblia por sí mismas.
En este último siglo, las escuelas instituidas con fines caritativos abrieron otra vía
a la educación, mas su objetivo se reducía a la formación de «buenas madres
cristianas». Los reformadores católicos, en competencia con los protestantes después
del Concilio de Trento, habían captado, efectivamente, toda la importancia del
posible papel de las jóvenes y de las mujeres en el proceso de reconquista moral y
religiosa de la sociedad en su conjunto. Las niñas, en cuanto futuras madres y
educadoras, debían, pues, estar en disposición, al menos, de leer y conocer el
catecismo.
En Italia podemos recordar a Santa Ángela de Mérici (1474-1540) que fundó en
Brescia, en 1535, la orden religiosa de las ursulinas, animadoras de colegios para
niñas. También fue importante el colegio de Guastalla, fundado en Milán en 1540 por
la condesa Ludovica Torelli y confiado a las hermanas angélicas, creado para las
niñas de familias nobles venidas a menos, pero que acogía también a las hijas de los
ricos burgueses milaneses. En el siglo XVII, varios monasterios femeninos añadieron a
los tradicionales votos religiosos la obligación de la enseñanza.
Hasta el siglo XVII el debate sobre la educación fue animado principalmente por
intelectuales, literatos, y pedagogos que volvían a proponer el modelo del doble
acercamiento a la educación según el sexo en cuestión; tan sólo posteriormente, se
registrarán algunas tomas de posición a menudo interesantes, aunque no siempre
polémicas con sus interlocutores masculinos. El pedagogo bohemio Amos Comenius
(1592-1670) representó una excepción al plantear la teoría de una instrucción
universal para todas las edades, todas las clases sociales y sin distinción de sexo, pues
también consideraba a la mujer como imagen de Dios.
Referencias bibliográficas
Carla Casagrande, «La donna custodita» y Martine Sonnet, «L’educazione di una giovane», en Storia delle
donne in Occidente, vols. II y III, Bari, Laterza, 1990. Antonio Santoni Rugiu, Storia sociale dell’Educazione,
Milán, Principato, 1988. Fiorella Cichi, Liliana De Venuto, La scoperta dell’infanzia, Milán, Principato, Amos
Comenius, Didactica Magna (1683, 1657), Roma, Ciranna, 1971. Alessandra Macinghi Strozzi, Lettere aifiglioli,
Lanciano, Carabba, 1914.
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Grecia clásica, el siglo I d. C. de la Roma de Cristo y de Augusto, el siglo IX, el siglo
carolingio, y, finalmente, el siglo XIII: el renacimiento tardomedieval.
La nueva idea del Hombre nace de un crisol de culturas, como una idea sincrética
del amalgamamiento de las culturas surgidas del medievo: la cristiana, la árabe y la
judía sobre todo. Además se sirve de las culturas alejadas de aquella época: la magia
egipcia o babilonia y, principalmente, la reencontrada integridad de las culturas
griega y helenística. La nueva idea del hombre se rige sobre una instancia
metodológica peculiar: el retorno a las fuentes de la cultura europea, la exigencia de
una experiencia inmediata, de los textos y de los problemas. Este espíritu viejo y
nuevo, este gusto primitivo y clasicista al mismo tiempo es la verdadera impronta de
los siglos XV y XVI en la cultura, en el arte y en la vida religiosa. La propia Reforma
protestante tiene una amplia deuda, en sus complejas raíces, tanto con la cultura
clasicotardía como con la humanista y renacentista.
Italia fue el campo de cultivo del Humanismo ya en el siglo XIV, con Francesco
Petrarca y Giovanni Boccaccio, quien en 1361 escribió De mulieribus claris, tratado
mitológico-literario sobre las más notables figuras femeninas del mundo antiguo:
signo, más allá de los propósitos moralistas de la obra, de una consideración distinta
del papel de la mujer en el campo cultural.
Texto 7
I. De Eva parente prima; II. De Semiramide regina Assyriorum; III. De Opi Saturni coniuge; IV.
De Iunone regnorum dea; V. De Cerere dea frugum et Syculorum regina; VI. De Minerva; VII.
De Venere Cypriorum regina; VIII. De Yside regina atque dea Egyptiorum; IX. De Europa Cretensium
regina; X. De Lybia regina Lybie.
XI-XII. De Marpesia et Lampedone reginis Amazonum; XIII. De Tisbe babilonia virgine; XIV.
De Ypermestra Argivorum regina et sacerdote Iunonis; XV. De Niobe regina Thebanorum; XVI.
De Ysiphile regina Lemni; XVII. De Medea regina Colcorum; XVIII. De Aragne colophonia muliere;
XIX. XX. De Orythia et Anthiope reginis Amazonum.
XXI. De Erytrea seu Eriphila sybilla; XXII. De Medusa filia Phorci; XXIII. De Yole Etholorum
regis filia; XXIV. De Deyanira Herculis coniuge; XXV. De Yocasta Thebarum regina; XXVI.
De Almathea seu Deyphebe sybilla; XXVII. De Nycostrata seu Carmenta Yonii regis filia; XXVIII.
De Pocri Cephali coniuge; XXIX. De Argia Polinicis coniuge et Adrasti regis filia; XXX.
De Manthone Thyresie filia.
XXXI. De coniugibus Meniarum; XXXII. De Penthessilea regina Amazonum; XXXIII.
De Polyseba Priami regis filia; XXXIV. De Hecuba regina Troianorum; XXXV. De Cassandra Priami
Troianorum regis filia; XXXVI. De Clitemnestra Micenarum regina; XXXVII. De Helena Menelai
regis coniuge; XXXVIII. De Circe Solis filia; XXXIX. De Camilla Volscorum regina; XL.
De Penelope Ulixis coniuge.
XLI. De Lavinia Laurentum regina; XLII. De Didone seu Elissa Cartaginensium regina; XLIII.
De Nicaula Ethyopum regina; XLIV. De Panphyle Platee filia; XLV. De Rhea Ylia vestali virgine;
XLVI. De Gaia Cirilla Tarquinii Prisci regis coniuge; XLVII. De Sapho puella lesbia et poeta; XLVIII.
De Lucretia Collatini coniuge; XLIX. De Thamiri Scitharum regina; L. De Leena meretrice.
LI. De Atalia regina Ierusalem; LII. De Cloelia romana virgine; LUI. De Hyppone greca muliere;
LIV. De Megulia Dotata; LV. De Veturia romana matrona; LVI. De Thamari Myconis filia; LVII.
De Arthemisia regina Carie; LVIII. De Virginea virgine Virginii filia; LIX. De Yrene Cratini filia; LX.
De Leuntio.
[Link] - Página 69
LXI. De Olympiade regina Macedonie; LXII. De Claudia vestali virgine; LXIII. De Virginea Lucii
Volupnii coniuge; LXIV. De Flora meretrice dea florum et Zephiri coniuge; LXV. De romana
iuvencula; LXVI. De Martia Varronis; LXVII. De Sulpitia Fulvii Flacci coniuge; LXVIII. De Armonia
Gelonis syculi filia; LXIX. De Busa canusina apula muliere; LXX. De Sophonisba regina Numidie.
LXXI. De Theosena Herodici principis filia; LXXII. De Beronice Capadocie regina; LXXIII. De
coniuge Orgiagontis gallogreci; LXXIV. De Tertia Emilia primi Africani coniuge; LXXV.
De Dripetrua Laodocie regina; LXXVI. De Sempronia Gracci; LXXVII. De Claudia Quinta muliere
romana; LXXVIII. De Hypsicratea regina Ponti; LXXIX. De Sempronia romana; LXXX. De
coniugibus Cymbrorum.
LXXXI. De Iulia Gaii Cesaris dictatoris filia; LXXXII. De Portia Catonis Uticensis filia;
LXXXIII. De Curia Quinti Lubretii coniuge; LXXXIV. De Hortensia Quinti Hortensii filia; LXXXV.
De Sulpitia Truscellionis coniuge; LXXXVI. De Cornificia poeta; LXXXVII. De Marianne Iudeorum
regina; LXXXVIII. De Cleopatra regina Egyptiorum; LXXXIX. De Antonia Antonii filia; XC.
De Agrippina Germanici coniuge.
XCI. De Paulina romana femina; XCII. De Agrippina Neronis Cesaris mater; XCIII. De Epycari
libertina; XCIV. De Pompeia Paulina Senece coniuge; XCV. De Sabina Poppea Neronis coniuge;
XCVI. De Triaria Lucii Vitellii coniuge; XCVII. De Proba Adelphi coniuge; XCVIII. De Faustina
Augusta; XCIX. De Semiamira muliere messana; C. De Zenobia Palmirenorum regina.
CI. De Iohanna anglica papa; CU. De Yrene costantinopolitana imperatrice; CIII. De Enguldrada
florentina virgine; CIV. De Constantia Romanorum imperatrice et regina Sycilie; CV. De Cammiola
senensi vidua; CVI. De Iohanna Ierusalem et Sycilie regina.
Giovanni Boccaccio
Referencias bibliográficas
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Eugenio Garin, La cultura del Rinascimento, Bari, Laterza, 1976. Eugenio Garin, Lo zodiaco della vita, Bari,
Laterza, 1976.
Texto 8
[Link] - Página 71
con esto podrá alejarse del mal y librarse de una gran desdicha.
Por este motivo me puse a considerar que podría tratar de alguna bella historia y traducirla del latín
al romance, pero no me hubiera valido gran renombre. ¡Son tantos los que se han ocupado de esto!
Entonces pensé en los lais que había oído, y no dudé, bien lo sabía, que los primeros que los
compusieron y difundieron los hicieron para recordar las aventuras que habían oído contar. Muchos
son los que conozco y no quiero dejarlos caer en olvido. Los he puesto en verso y los he escrito, y a
menudo he estado en vela por ellos.
María de Francia
(de Lais)
[Link] - Página 72
Santísima Virgen.
Dos figuras extraordinarias de mujer, una literata y humanista y una santa
aristócrata aparecen juntas en el siglo XV debido a la peste, el verdadero flagelo social
de aquellos siglos. Laura Cereta de Brescia, mujer culta y entregada a las letras,
quedó pronto viuda a causa de una epidemia de peste que se llevó a su marido. Sin
descorazonarse por nada, Laura Cereta siguió adelante con sus estudios y entre sus
obras nos ha dejado una oración, entre seria y humorística, sobre el tema de la
inmortalidad, titulada Oratio in asinarium Funus(Oración por el funeral de un asno),
en la que narra la historia cómica de la desesperación del anciano Soldo que llora por
la muerte de su asno. Junto a esta comedia, la autora se mide en doctas discusiones
sobre el tema de la inmortalidad del alma citando a los neoplatónicos y a Pitágoras.
Caterina Fieschi Adorno nació en 1447 en Génova en una de las familias más
ricas de la ciudad. Habiendo leído con pasión las Alabanzas de Jacopone da Todi, en
1473 tuvo una visión después de la cual se dedicó, con total abnegación, al cuidado
de los apestados en el Lazareto y en los hospitales de Génova hasta que murió
contagiada.
No pasa desapercibida, sin embargo, la presencia en Italia de una discreta
tradición de mujeres dedicadas a estudios de ciencias naturales y medicina. Se trataba
de estudios realizados en los monasterios femeninos, pero extendidos también entre
mujeres laicas en las ciudades sede de universidades como Nápoles, Salerno, Bolonia
y Padua. Tenemos noticia de Rebecca Guarna (siglos XIII-XIV) que escribió algunos
tratados médicos como De febris, De embryone. Abella (n. 1380) escribió De atrabile
y De natura seminis homani y otra bajo el pseudónimo de Mercuriade escribió De
curatione vulnerum, De febre pestilenciali, De unguentis. Costanza Calenda
(siglo XIV) enseñó medicina en la Universidad de Nápoles, y en la de Bolonia; en el
siglo XV, Dorotea Bocchi fue profesora de medicina y María de Novella de
matemáticas.
Referencias bibliográficas
María de Francia, Lais, Barcelona, Sirmio, 1993. Romeo de Maio, Donna e Rinascimento, Milán, Il
Saggiatore, 1990.
En Francia, Louise Labé (1524-1566) erudita, literata y música, fue discípula del
poeta neoplatónico Maurice Scéve, autor de Délie (1544), dedicado a la poetisa
lionesa Pernette de Guillet (1520-1545) y de Microcosmos. Labé escribió Sonetos
(1555) y el diálogo en prosa Debate entre locura y amor. Casada y sin hijos, se decía
que era de costumbres ligeras, cosa que, por otra parte, se decía de muchas de las
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mujeres literatas de la época; pensemos, por ejemplo, en Lucrecia Borgia
(1480-1519) que protegió a Ariosto y a Pietro Bembo.
En la obra en prosa de Louise Labé se relata la disputa entre Amor, que queda
ciego por Locura, defendido por Apolo, y Locura, defendida por Mercurio. Júpiter,
que interviene para solucionar la contienda, establece que la cuestión será resuelta
después de que «hayan transcurrido tres veces siete veces nueve siglos» y que,
entretanto, Amor será guiado por Locura adonde más le plazca. Es fácil establecer
una correspondencia entre esta temática y el tratamiento de la locura que hará Erasmo
de Rotterdam en su célebre obra Encomium Moriae (1509). En la dedicatoria al
debate, Louise Labé escribe una especie de manifiesto de las reivindicaciones
femeninas: derecho para las mujeres a la ciencia y a las otras disciplinas y posibilidad
de emplear su nueva libertad en el aprendizaje.
En Italia, una figura ejemplar fue la de Vittoria Colonna (1490-1547), poetisa y
literata que formaba parte de un grupo de religiosos, literatos y artistas cuyo máximo
protagonista era Miguel Ángel. Escribió numerosos sonetos que nos han llegado a
través de Miguel Ángel Buonarroti, quien a su vez compuso otros dedicándoselos a
ella. En estos sonetos se inspiró el pintor para tres de sus famosos dibujos. (Sobre las
obras de argumento religioso de Vittoria Colonna véase además el apartado 7.)
Texto 9
Vittoria Colonna
[Link] - Página 74
Collalto, señor de Treviso, que fueron publicadas por su hermana Cassandra en 1554
y dedicadas a Monseñor de la Casa. Gaspara Stampa aparecerá en la «Primera elegía
a Duino» del gran poeta alemán nacido en Praga Rainer Maria Rilke (1875-1926) y,
junto a Safo, a Louise Labé, a Eloísa y a Teresa de Jesús, en los Apuntes de Malte
Laurids Brigge (1910). Rilke reconstruía así una especie de genealogía de la mujer
amante, de la mujer que ha hecho del amor un impulso metafísico de su existencia
entera.
Texto 10
RIMAS
XC
CCCVIII
Gaspara Stampa
(de Rime)
Otras poetisas italianas de renombre nos ha legado el siglo XVI, como es el caso
[Link] - Página 75
de Veronica Gambara (1485-1550), cortesana autora de Rimas de argumento
platonizante en estilo petrarquiano; Isabella di Morra (1520-1548), asesinada por sus
hermanos al ser sorprendida con un amante secreto, el poeta español Diego Sandoval
de Castro, cuyas Rimas fueron publicadas póstumamente. Tullia de Aragón
(1510-1556) escribió Rimas (1547), Il Guerino (1560) y el Diálogo de la infinidad
del amor (1547); Laura Battiferri (1523-1589), Veronica Franco (1546-1591)
cortesana dedicada posteriormente a obras de caridad y poetisa, autora de Terze rime
(1575). También en Italia, recordamos a Isabella d’Este cuyo Epistolario es
fundamental para el conocimiento de la historia del teatro y de la producción libresca
de aquellos tiempos.
Una figura de gran relevancia es la de Margarita de Angulema (1492-1549), reina
de Navarra, hermana de Francisco I de Francia. Fue moralista, poetisa, mística y
humanista. Sus poesías fueron recogidas en 1547 bajo el título de Margaritas de la
Margarita de las princesas. Su obra más célebre es el Heptamerón, una recopilación
de historias narradas en el transcurso de siete días, siguiendo el modelo del
Decamerón de Boccaccio. Fue publicado póstumamente en 1558 y es considerado
por los historiadores como el fruto del trabajo conjunto de uno de los cenáculos
intelectuales más influyentes de la Europa del siglo XVI, en el que participaban
además de la reina Margarita y Bonaventura des Periers, numerosos literatos, tanto
hombres como mujeres. (Sobre el papel desarrollado por Margarita de Angulema en
el campo religioso véase el apartado 7.)
Marie le Jars de Gournay (1556-1645) se convirtió en la adorada y devota
discípula de Montaigne (1539-1592), a quien conoció en 1558, y para quien
supervisó la primera edición póstuma de sus Ensayos en 1595. Escribió también el
pequeño tratado Igualdad de hombres y mujeres (1622) en contra de los tradicionales
prejuicios sobre la inferioridad moral, jurídica y política de la mujer.
Referencias bibliográficas
The Century Dictionary and Cyclopedia, Nueva York, The Century Co., 1904. Georges Duby, Michelle
Perrot, Historia de las mujeres, ed. de Natalie Zemon y Arlette Farge, Madrid, Taurus, 1995. Paolo Aldo Rossi,
Ida Li Vigni, «La donna fra tardo Medioevo e Rinascimento», en Nuova Secondaria, núm. 5, Brescia, La Scuola,
1992. Georges Poulet, Le metamorfosi del cerchio (1961), tr. it. Milán, Rizzoli, 1976. Rainer Maria Rilke, Apuntes
de Malte Laurids Brigge, Madrid, Alianza, 1988. María Bellonci, Lucrezia Borgia, Milán, Mondadori, 1960.
Margaret L. King, Le donne nel Rinascimento, Bari, Laterza, 1991.
[Link] - Página 76
Con Martín Lutero (1489-1546) y Juan Calvino (1509-1564) se quiebra el
monolitismo de la cultura cristiano-latina y se prepara el proceso de formación de las
naciones modernas. Es el fin de aquella Civitas Dei que San Agustín había idealizado
y que la Iglesia medieval había encamado y realizado en Europa durante cerca de un
milenio. La restauración del ideal del Imperium, uno, cristiano y romano-germánico,
soñada por Carlos V, se estrellará tanto contra las 95 Tesis (1517) de Lutero como
contra las armadas de Francisco I. Lutero y Calvino, junto a Montaigne y Erasmo de
Rotterdam, a Maquiavelo y a Hugo Grocio, fueron hombres-pilares del Renacimiento
sobre los que se apoyaría la revolución política y cultural del siglo XVII.
La Reforma protestante es entendida como el punto culminante de una larga
experiencia religiosa al límite de la ortodoxia. En el pensamiento del monje agustino
Lutero yacía el influjo de la tradición del cristianismo de San Pablo y de San Agustín:
la primacía de la conciencia y de la introspección, la experiencia directa de la gracia y
del pecado, de la duda y de la palabra divina. Pero se daba también una novedad: la
relación entre experiencia religiosa y mundo social en una época histórica bastante
distinta de aquella tardoantigua o medieval.
Con anterioridad a Lutero había existido una tradición mística y activista que,
comenzando por la Patrística agustiniana, había atravesado todo el medievo y,
pasando por John Wyclif (1369-1415), había encontrado en el De Imitatione Christi
(1441) de Thomas Kempis (1380-1471), monje del convento agustiniano de
Agnetenberg en los Países Bajos, un punto de síntesis y en Girolamo Savonarola
(1452-1498) un mártir ejemplar.
Fe, Pecado y Gracia estaban indiscernible y circularmente ligados el uno a las
otras en un mismo Acto espiritual: éste es el punto esencial de la teología luterana,
punto al que Calvino añade el activismo y el optimismo que surgían de una esperanza
de salvación que se reforzaba poco a poco en la vocación y se consolidaba en la
relación constante con las Escrituras, Palabra divina que todo lo explica.
La crítica al poder, a la autoridad papal y a las formas devocionales y
organizativas del cristianismo medieval será el aspecto más subversivo y más
agitador de la Reforma. La destitución del clero y el cierre de los monasterios volcará
integralmente sobre el pueblo de los creyentes el peso ético y doctrinal de la práctica
y del testimonio religioso. Cada familia, cada clase social, tendrá su papel activo en la
profesión de la fe, en la lectura y en la interpretación: exégesis libre de las Sagradas
Escrituras.
Pero la semilla reformadora fructificó también en el mundo no reformado.
Después del concilio de Trento (1545-1563), tomaron fuerza aquellas tendencias de la
Reforma católica como el jesuitismo, el jansenismo y el quietismo, que, a pesar de
sus diferencias, estaban marcadas por el esfuerzo común de renovar la experiencia
religiosa, respetando la autoridad papal.
Los jesuitas, orden religiosa fundada por San Ignacio de Loyola (1491-1556) e
impulsada después por Luis de Molina (1545-1563), afrontaron el problema de la
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relación entre gracia divina y libre arbitrio con la teoría molinista de la «ciencia
media» basándose en la cual se admitía la presciencia divina de las condiciones de
posibilidad de las decisiones humanas libres y por tanto se acomodaban a la esfera de
la acción humana libre y a la de la Providencia divina.
Los más influidos por el agustinismo fueron los seguidores del jansenismo,
movimiento espiritual iniciado por Michel de Bay, llamado el Bayo (1513-1589) que
sostenía la doctrina de la «doble diletación», según la cual el hombre, después del
pecado original, estaba sometido a la tensión de la cupiditas y de la caritas, fruto esta
última de la gracia divina. A Bayo se unieron Cornelio Jansenio (1585-1638) y Jean
du Vergier de Hauranne, abad de Saint-Cyran (1581-1643), fundador de la célebre
abadía de Port-Royal, uno de los grandes centros culturales y espirituales del
siglo XVII. (Sobre Port-Royal, véase el capítulo V.).
El quietismo, en cambio, fue más propenso al misticismo, con su doctrina del
abandono místico en Dios «perinde ac cadaver», que tenía su origen en el
pensamiento del teólogo español Miguel de Molinos (1628-1696) y que se difundió
sobre todo en Italia y en Francia. Una obra de Molinos particularmente difundida fue
la Guía espiritual (1675). «El querer actuar activamente es una ofensa a Dios que
quiere solamente ser agente, pues hay que abandonarse en él y permanecer como un
cuerpo muerto». Tal estado de aniquilamiento de la voluntad hacía al hombre incapaz
de pecar independientemente de su comportamiento exterior. Combatido por los
jesuitas, Molinos fue declarado hereje por la Inquisición (1687) y condenado a
cadena perpetua. (Sobre el quietismo, véase el capítulo V.).
Referencias bibliográficas
Enrico de Negri, La teologia di Lutero, Florencia, La Nuova Italia, 1967. Erasmo de Rotterdam, Il libero
arbitrio. Martín Lutero, Il servo arbitrio, ed. de Roberto Jouvenal, Turín, Claudiana Editrice, 1984. Thomas
Kempis, Imitazione di Cristo, Nápoles, G. Cimmaruta, 1858.
6. TERESA DE JESÚS
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santas místicas más o menos ortodoxas, controladas esta vez por las jerarquías
eclesiásticas y discretamente dirigidas, serán la expresión más evidente de una
institución religiosa que trataba de contrastar, con cualquier medio, el camino de la
modernización en nombre de una espiritualidad renovada.
6.2. Vida y obras de Teresa de Jesús
Teresa de Ávila es una de las más importantes, cuando no la más, de las místicas
cristianas. Su meditación religiosa ha tenido una gran influencia en aquella parte de la
teología, precisamente la mística, en la que predomina el aspecto psicológico y
experimental de la experiencia religiosa respecto al doctrinal y metafísico. Teresa ha
sido la primera mujer honrada con el título de «Doctora de la Iglesia» (1970).
La lectura de las obras de San Agustín, San Gregorio Magno, el Tercer
abecedario del franciscano Francisco de Osuna, así como el encuentro que mantuvo
la santa con San Juan de la Cruz en 1567, ejercieron una gran influencia en la mística
teresiana.
Los textos de Santa Teresa, páginas caracterizadas a menudo por una gran
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dramaticidad poética, han sido recientemente estudiados, más allá del ámbito
propiamente cristiano, por psicólogos y psicoanalistas que han encontrado en las
admirables descripciones de la experiencia de éxtasis alcanzada por la santa, muchos
puntos en común con experiencias extremas de integración del dolor y del
sufrimiento psíquico. La experiencia de la fe y de la oración, el misticismo y el
«delirio erótico religioso» indican así una búsqueda peculiar de la salvación del
sufrimiento moral y psíquico y la aspiración a una profunda liberación del alma.
Si el punto de partida de la experiencia religiosa y mística de Santa Teresa fue una
percepción agudísima del sentimiento del dolor existencial humano sin más,
entendido en sus dimensiones más radicales y profundas, el paso hacia la redención y
la beatitud lo encontró en la oración.
A través del ejercicio metódico y consciente de la oración se consumaba la fusión
mística con Dios. El ascenso del ánima orante a Dios se efectuaba a través de grados
de experiencia interior cada vez más evolucionados, a través de una ascesis cada vez
más completa del cuerpo y del mundo, una ascesis que volvía a dar al alma el
equilibrio y la felicidad perdidas.
Oración, meditación y contemplación son las fases a través de las cuales el
lenguaje del orante se hace cada vez más intenso, llegando a alcanzar niveles de
fusión con Dios cada vez más completos y duraderos, hasta la experiencia misma del
misticismo: la superación del lenguaje mismo. La oración es para Santa Teresa la
puerta siempre abierta a lo absoluto, la vía de acceso directo a Dios.
En las siete moradas en las que está dividido el Castillo interior, Teresa describe
la progresiva purificación del alma, morada de Dios en nosotros, hasta la unión
mística con Él. Las tres primeras estancias, llamadas de la oración discursiva, nos
muestran al alma empeñada aún en la vana búsqueda de un lenguaje común con Dios.
Estas primeras etapas introducen al alma en la oración pasiva por medio de la cual se
despoja de cualquier residuo personal, llegando a ser capaz de experimentar un
sentimiento amoroso y silencioso, pronta a realizar la voluntad de Dios y el
«matrimonio espiritual» con Él.
Alma, Dios, oración son los vértices del triángulo místico. El alma es la parte del
hombre que puede moverse hacia lo absoluto y que se colorea de sentimientos más
intensos. Dios es la totalidad regeneradora en la que el alma encuentra su abandono.
La oración es el camino de la conciencia hasta su más completa perfección.
El texto que sigue, uno de los puntos culminantes de Castillo interior, es el de la
plenitud de gozo del alma, que finalmente se siente segura junto a Dios. Al principio
Teresa llama al alma «mariposilla», en otro lugar la llama «arroyuelo», imágenes que
describen de modo no intelectual tanto la dualidad entre hombre y Dios como su
anhelada unión.
Texto 11
PAZ Y SILENCIO
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Ahora, pues, decimos que esta mariposica murió, con grandísima alegría de haber hallado reposo,
y que vive en ella Cristo: veamos qué vida hace u qué diferencia hay de cuando ella vivía, porque en
los efetos veremos si es verdadero lo que queda dicho. A lo que puedo entender, son los que diré.
El primero, un olvido de sí, que, verdaderamente, parece ya no es, como queda dicho, porque toda
está de tal manera, que no se conoce ni se acuerda que para ella ha de haber Cielo ni vida ni honra,
porque toda está empleada en procurar a de Dios, que parece que las palabras que le dijo su Majestad
hicieron efeto de obra, que fue que mirase por sus cosas, que Él miraría por las suyas. Y ansí, de todo
lo que puede suceder no tiene cuidado, sino un extraño olvido que, como digo, parece ya no es, ni
querría ser en nada, nada, sino es para cuando entiende que puede haber por su parte algo en que
acreciente un punto la gloria y honra de Dios, que por esto pornía muy de buena gana su vida. No
entendáis por esto, hijas, que deja de tener cuenta con comer y dormir, que no le es poco tormento, y
hacer todo lo que está obligada conforme a su estado, que hablamos en cosas interiores, que de obras
esteriores poco hay que decir, que antes esa es su pena, ver que es nada lo que ya pueden sus fuerzas.
En todo lo que puede y entiende que es servicio de Nuestro Señor no lo dejaría hacer por cosa de la
tierra.
Lo segundo, un deseo de padecer grande, mas no de manera que le inquiete como solía; porque es
en tanto estremo el deseo que queda en estas almas de que se haga la voluntad de Dios en ellas, que
todo lo que su majestad hace tienen por bueno: si quisiere que padezca, en enhorabuena; si no, no se
mata como solía.
Tienen también estas almas un gran gozo interior cuando son perseguidas, con mucha más paz que
lo que queda dicho, y sin nenguna enemistad con los que las hacen mal u desean hacer, antes les
cobran amor particular, de manera que si los ven en algún trabajo, lo sienten tiernamente, y cualquiera
tomarían por librarlos de él, y encomiéndalos a Dios muy de gana, y de las mercedes que les hace su
Majestad holgarían perder porque se las hiciese a ellos, porque no ofendiesen a nuestro Señor.
Lo que más me espanta de todo es que ya habéis visto los trabajos y afliciones que han tenido por
morirse, por gozar de nuestro Señor: ahora es tan grande el deseo que tienen de servirle y que por ellas
sea alabado, y de aprovechar algún alma si pudiesen, que, no sólo no desean morirse, mas vivir muy
muchos años padeciendo grandísimos trabajos, por si pudiesen que fuese el Señor alabado por ellos,
anque fuese con cosa muy poca. Y si supiesen cierto que en saliendo el alma del cuerpo ha de gozar de
Dios, no les hace al caso, ni pensar en la gloria que tienen los santos: no desean por entonces verse en
ella. Su gloria tienen puesta en si pudiesen ayudar en algo al Crucificado, en especial cuando ven que
es tan ofendido, y los pocos que hay que de veras miren por su honra, desasidos de todo lo demás.
Verdad es que algunas veces que se olvida de esto, tornan con ternura los de gozar de Dios y desear
salir de este destierro, en especial viendo lo poco que le sirve; mas luego torna y mira en sí mesma con
la continuanza que le tiene consigo, y con aquello se contenta, y ofrece a su Majestad el querer vivir
como una ofrenda, la más costosa para ella que le puede dar. Temor ninguno tiene de la muerte más
que tenía de un suave arrobamiento. El caso es que el que daba aquellos deseos con tormento tan
ecesivo, da ahora estotros. Sea por siempre bendito y alabado. El fin es que los deseos de estas almas
no son ya de regalos ni de gustos, como tienen consigo al mesmo Señor, y su Majestad es el que ahora
vive.
Claro está que su vida no fue sino continuo tormento, y ansí hace que sea la nuestra, al menos con
los deseos, que nos lleva como a flacos en lo demás, anque bien les cabe de su fortaleza cuando ve que
la han menester.
Un desasimiento grande de todo y deseo de estar siempre u solas u ocupadas en cosa que sea
provecho de algún alma; no sequedades ni trabajos interiores, sino con una memoria y ternura con
nuestro Señor, que nunca querría estar sino dándole alabanzas, y cuando se descuida, el mesmo Señor
la despierta de la manera que queda dicho, que se ve clarísimamente que procede aquel impulso, u no
sí como le llame, de lo interior del alma, como se dijo de los ímpetus. Acá es con gran suavidad, mas
ni procede del pensamiento ni de la memoria, ni cosa que se pueda entender que el alma hizo nada de
su parte. Eso es tan ordinario y tantas veces, que se ha mirado bien con advertencia: que ansí como un
fuego no echa la llama haciabajo, sino haciarriba, por grande que quieran encender el fuego, ansí se
entiende acá que este movimiento interior procede del centro del alma y despierta las potencias…
Pasa con tanta quietud y tan sin ruido todo lo que el Señor aprovecha aquí a el alma y al enseña,
que me parece es como en la edificación del templo de Salomón, adonde no se había de oír ningún
ruido: ansí en este templo de Dios, en esta Morada suya, sólo Él y el alma se gozan con grandísimo
silencio. No hay para qué bullir ni buscar nada el entendimiento, que el Señor que le crió le quiere
sosegar aquí, y que por una resquicia pequeña mire lo que pasa, porque, anque a tiempos se pierde esta
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vista y no le dejan mirar, es poquísimo intervalo, por que, a mi parecer, aquí no se pierden las
potencias, mas no obran, sino están como espantadas…
Aquí se dan las aguas a esta cierva que va herida, en abundancia. Aquí se deleita el tabernáculo de
Dios. Aquí halla la paloma que envió Noé a ver si era acabada la tempestad, la oliva, por señal que ha
hallado tierra firme dentro en las aguas y tempestades de este mundo.
Santa Teresa ha recorrido varias veces las etapas del proceso místico, pero no ha
propuesto nunca un esquema codificado. Los puntos esenciales permanecen
constantes al delinear el pasaje de un «vago sentido pasivo de la presencia de Dios» a
un periodo de «adaptación a la nueva forma de vida y de experiencia», llamado
«noviazgo espiritual», caracterizado por la «imperturbable comunión espiritual entre
el hombre y Dios» que conlleva un «sentido de plenitud humana y una larga apertura
a la acción, en la comunicación con otros hombres y en el servicio a la Iglesia»
(Tomás Álvarez).
Referencias bibliográficas
Ermanno Ancilli, Estasi e passione di Dio, Escritos de Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz, Roma,
1981. Santa Teresa de Ávila, Obras completas, Madrid, Aguilar, 1990. AA. VV., Diccionario de espiritualidad,
Barcelona, Herder, 1987.
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Úrsula rechazó aquella concepción opresiva de la vida religiosa de las mujeres y se
justificó con las palabras del Evangelio: «Id por todo el mundo y proclamad el
evangelio» (Marcos 16, 15) y «Debemos partir para ir al encuentro de aquel que ha
sido crucificado fuera de las puertas y soportar su vergüenza» (Mateo 27, 31-32).
Los conflictos religiosos que estallaron en el seno de algunas familias
aristocráticas fueron dramáticos. En 1527, Isabel de Brandeburgo (1485-1545),
esposa de Joaquín I elector de Brandeburgo, se adhirió al luteranismo después de
veinticinco años de matrimonio católico.
Debido a la violenta oposición de su marido, que amenazaba con encarcelarla si
no volvía al catolicismo, se vio obligada a huir en 1582 con la ayuda de su hermano
Cristián II de Dinamarca que era protestante. De esta forma, vivió en el exilio hasta
su muerte, vagando por varias ciudades alemanas. En 1537 fue huésped de Lutero en
Wittenberg.
Particularmente influyente fue la acción de Isabel de Brunswick (1510-1558), hija
de Isabel de Brandeburgo. Se adhirió al protestantismo en 1538, después de, haber
escuchado predicar al pastor luterano Antonio Rabner, llamado Corvino. A partir de
aquel momento se dedicó a la misión de convertir a todo el ducado contando con la
aquiescencia de su marido Erik I. A su muerte asume la regencia, protegida por
Corvino que le había dedicado un escrito de argumento religioso. Cuando su hija
Amia María contrajo matrimonio con el príncipe luterano Alberto de Prusia, escribió
para ella un tratado sobre el matrimonio. A edad más avanzada escribió, en cambio,
un libro de pensamientos consoladores para las viudas.
La condición de las mujeres seguidoras de los anabaptistas fue bastante
dramática, ya que eran consideradas herejes tanto por los católicos como por los
protestantes y fueron procesadas y condenadas en gran número por su radicalismo
religioso y social. La holandesa Isabel Dirks, tomada por maestra de la herejía
anabaptista al hallarla en posesión de una copia de los Evangelios en latín, fue
interrogada y torturada por los inquisidores desde el 15 de enero hasta el 27 de marzo
de 1549. Después de no haber querido revelar los nombres de los otros adeptos, fue
metida en un saco y ahogada según el Derecho Romano del siglo VI, que prescribía la
pena de muerte para quien hubiese osado «repetir de nuevo el Bautismo».
En Italia las ideas de la Reforma protestante tuvieron una considerable difusión,
pero debido a la marcada presencia del papado y de la Inquisición, así como al
predominio de una corriente reformadora moderada, no se tradujeron en abierta
oposición a la Iglesia romana, salvo pocos casos. Los valdenses en Piamonte, los
católicos evangélicos de inspiración erasmiana, influencias neoplatónicas y
franciscanas, grupos de calvinistas en la Padania (éstos un poco más radicalizados),
predicadores como el reformador español Juan de Valdés (1490-1541) activo en
Nápoles y procedente del movimiento espiritual de los alumbrados, fueron los
promotores de la herejía reformadora en Italia. Surgieron nuevas órdenes religiosas
como los capuchinos, franciscanos intransigentes cuyo general era el sienés
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Bernardino Ochino (1487-1565), el «Savonarola del Cinquecento» como lo define
Roland Bainton, los teatinos, los jesuitas; movimientos que preparan, en efecto, el
terreno a la Reforma católica.
Una figura femenina de gran relieve en el movimiento reformador italiano fue la
de Giulia Gonzaga (1512-1566), noble literata de particular belleza, que vivió en
Nápoles y fue citada por Ludovico Ariosto en Orlando furioso [Canto XLVI, Str. 8]:
«A la incomparable Giulia Gonzaga, que cuando asienta la planta o fija los serenos
ojos, no sólo le cede la primacía toda belleza, sino que también la admira, cual si
fuese una diosa bajada del cielo». Estuvo en contacto permanente con el predicador
Juan de Valdés, quien en 1536 compuso para ella el Alfabeto cristiano: un diálogo
teológico entre Julia y el mismo Valdés en el que se esbozan concepciones de tipo
erasmiano y se huye de las contradicciones doctrinales en nombre de una
espiritualidad temperada por la razón.
Caterina Cibo, duquesa de Camerino (1501-1557) fue literata y teóloga,
particularmente próxima a Bernardino Ochino, autor de los Siete diálogos, cuatro de
los cuales tenían a Caterina como interlocutora y sustentadora de orientaciones de
cierto regusto luterano.
Vittoria Colonna (1490-1547), noble romana, contrajo matrimonio con el marqués
de Pescara Ferrante, Francisco I de Avalos, a los diecinueve años de edad. Autora de
Rimas espirituales, composiciones poéticas de argumento religioso con marcado
acento de carácter reformador, animaba y orientaba la Ecclesia Viterbiensis, un grupo
de «espirituales», entre los cuales se encontraban el cardenal Reginald Pole
(1500-1558) y el cardenal Giovanni Morone, quienes serían procesados por herejía.
La finalidad del grupo era la de orientar e influir en los trabajos del inminente
Concilio de Trento (1545-1563), discutiendo los textos de los reformadores
protestantes con el permiso del papa Pablo III. La orientación de Pole era de tipo
evangélico, es decir, era un reformador moderado que no deseaba discutir la
autoridad papal, sino sólo introducir elementos de reforma moral en la vida de la
Iglesia. Vittoria Colonna se libró de un proceso por herejía seguro gracias a su
temprana muerte.
Al grupo de los reformadores napolitanos pertenecía Isabella Bresegna
(1510-1567), española de nacimiento que vivió en Nápoles hasta 1557, cuando, para
evitar un previsible interrogatorio de la Inquisición y «para garantizar su libertad de
conciencia», abandonó a su familia y huyó a Suiza. También ella había sufrido la
sugestión de las ideas reformadoras de Ochino y de Valdés. La idea de la salvación
sola Fide, la crítica al poder papal, el rendir confesión únicamente a Dios, el no
practicar el culto a los santos y a la Virgen eran las ideas a las que Isabella estaba
predispuesta y que configuraban el ideal de una religiosidad desvinculada de la
doctrina oficial y de la ley papal. Se trasladó a Tubinga a casa de Pier Paolo Vergerio
—el legado del papa, que llegó a Alemania en 1533 para negociar con Lutero y en
1549 se pasó a las filas protestantes— y frecuentó el ambiente de los exiliados
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italianos por motivos de religión. Sabemos que probablemente simpatizó con los
anabaptistas y que Bernardino Ochino le dedicó en 1561 su Disputa en torno a la
presencia del cuerpo de Jesucristo en el Sacramento de la Cena, tema importante de
las contiendas doctrinales en el campo protestante.
Olimpia Morato (1526-1555), de Ferrara, ingenio bastante precoz, fue educada
por su padre en la cultura clásica y en el calvinismo. Cosas que para ella no estaban
en contradicción: a los trece años ya conocía el griego y el latín y declamaba a
Cicerón. En Vicenza frecuentó una comunidad de anabaptistas. Para evitar las
persecuciones se trasladó con su marido, de nacionalidad alemana, a Schweinfurt en
Suiza. En una carta a Celso Secondo Curione, humanista y reformador piamontés,
quien le había preguntado si tenía intención de volver a Italia, Olimpia escribía así:
Texto 12
No tengo ninguna intención de volver a Italia. Sabes, de verdad, qué difícil es ser cristiano allí, en
medio del Anticristo. Creo que has oído algo de Fanini, que permaneció firme en la fe resistiendo en
prisión durante casi dos años, jamás vencido por el miedo a la muerte ni por el amor de su mujer y de
sus hijos. Fue ahorcado, su cuerpo quemado y sus cenizas arrojadas al Po. ¡Preferiría ir hasta el fin del
mundo antes que vivir en un lugar así! Si tuviésemos que partir nada me haría más feliz que volver a
verte: sería maravilloso que mi marido pudiese encontrar un puesto en Basilea que le permitiese vivir
como médico y dando clases. Estaría más cerca de Italia, podría ponerme más a menudo en contacto
con mi madre y mis hermanas que cada día están en mi pensamiento. Una relación epistolar no es fácil
desde aquí.
Olimpia Morato
Como otras exiliadas italianas, Olimpia Morato dio importancia a las complejas
disputas doctrinales que dividían el movimiento protestante; para ella era prioritario
cuestionar la autoridad papal. Durante el asedio de Schweinfurt (1554), ocupada por
las tropas de Alberto de Brunwich y cercada por las de Mauricio de Sajonia, la casa y
la biblioteca de Olimpia fueron incendiadas y destruidas. En el incendio, además de
los libros se quemaron también muchos de sus escritos. La pérdida fue grave para
Olimpia quien, afectada por la penuria del largo asedio, murió poco después en
Heidelberg. Lo que queda de sus obras fue publicado en 1558 por Curione: discursos,
diálogos, poesías y cartas en latín y en griego.
En el siglo XVI, Francia fue sacudida por una violenta lucha religiosa, pero, al
menos mientras vivieron Francisco I y Margarita de Navarra, la política religiosa
estuvo marcada por principios de tolerancia. Por realismo político Francisco I
sostenía las fuerzas luteranas que hostigaban a Carlos V, pero mantenía una postura
respetuosa respecto al Papa. Margarita, en cambio, movida por intenciones religiosas
sinceras era portadora de un diseño reformador de carácter evangélico, pero
moderado por un profundo respeto hacia la política de su hermano. Era la
interlocutora directa de Calvino y una atenta lectora de las obras de Lutero, cuya
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Meditación sobre el Padre Nuestro tradujo al francés. La vertiente religiosa de la
producción literaria de Margarita de Navarra es tan importante como la vertiente
humanista: leía a Dante en italiano, a Platón en latín y griego, a Lutero en alemán y
componía poemas y rimas de argumento inspiradamente religioso en un lenguaje
poético inmejorable. El más importante es el titulado Prisiones y es una exposición
de la vanidad de todos los placeres terrenales, placeres que terminan siendo una
«prisión del alma». Tampoco la Iglesia es inmune a los límites propios a la realidad
terrenal: la codicia, el ansia de poder, la ambición. Solamente la unión extática que
nos espera, más allá de la última frontera de la vida, puede darnos la paz deseada. La
elevada enseñanza religiosa y cultural de Margarita de Navarra florecerá en la acción
de su hija Jeanne d’Albret (1528-1572) protectora de los hugonotes en Francia, la
minoría calvinista víctima durante dos siglos de una cruenta persecución por parte de
la Iglesia católica.
Referencias bibliográficas
Johan Huizinga, Erasmo (1924), tr. it. Turín, Einaudi, 1975. Roland H. Bainton, Donne della Riforma, Turín,
Claudiana, 1992. Delio Cantimori, Eretici italiani del Cinquecento, Florencia, Sansoni, 1977. Juan de Valdés,
Alfabeto cristiano. Dialogo con Giulia Gonzaga, ed. de Benedetto Croce, Bari, Laterza, 1938.
8. LA PERSECUCIÓN DE BRUJAS
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mitad del siglo XVI y la primera del XVII, fueron condenados a la hoguera por los
tribunales eclesiásticos y por los civiles cerca de sesenta mil personas, el 75 por
ciento de las cuales eran mujeres. Existen también estimaciones mayores del
fenómeno: algunos investigadores sostienen que entre los siglos XIV y XVII no se
condenó a la hoguera a menos de un millón de brujas.
Los procesos por crímenes de brujería ya habían comenzado en la época medieval
y se habían asimilado a los procesos habituales por herejía, como aquél contra los
cátaros y los valdenses en el siglo XIII, o contra los hugonotes en el XVI, pero el clima
de integrismo religioso y de guerra de religión se instauró en Europa con la Reforma
protestante, y la católica creó las condiciones para producir la alarma religiosa y para
agigantar y enfatizar el fenómeno de la brujería. Concluidas las guerras de religión se
buscó el fin del fenómeno de la caza de brujas.
El cristianismo reformado, y contrarreformado, pretende diferenciar radicalmente
magia y religión y cortar esa relación entre religión y superstición que se había
perpetuado en el medievo sobre todo entre los campesinos.
Las diferencias introducidas por los humanistas y por los magos renacentistas
entre Magia Superior (astrología, alquimia, cébala, etc.) y Magia Inferior (hechizos,
rituales propiciatorios, unciones, conjuros, etc.), así como entre Magia Blanca (o
magia natural y encaminada al Bien) y Magia Negra (dirigida al Mal) no fueron, de
hecho, una barrera válida para evitar la constitución de una doctrina demonológica,
sino que más bien acrecentaron la confusión intelectual en la materia.
Con la doctrina demonológica y con la reducción de la magia al satanismo (culto
al Diablo), el cristianismo definió la llamada brujería sobre la base de sus propias
supersticiones internas para combatirla luego despiadadamente.
El Malleus Maleficarum (1486) de los inquisidores dominicos Heinrich Kramer y
Jakob Sprenger, el Tractatus de hereticis et sortilegiis (1524) de Paulus Grillandus,
magistrado pontificio y el Disquisitionum magicarum libri sex (1600) del jesuita
belga Martín del Río fueron las obras maestras de la literatura demonológica
cristiana. Sobre la base de estos textos y de una transformación sustancial de los ritos
procesales, efectuada en Europa a partir del siglo XIV —que conllevaba el proceso
inquisitorio (el acusador obligaba al imputado a disculparse), el uso de la tortura en
los interrogatorios, la competencia de los tribunales civiles en materia de brujería—
las Instituciones estuvieron en disposición de realizar la mayor opresión contra los
presuntos brujos y brujas que la historia moderna recuerda, tanto en Europa como en
América.
En síntesis, la brujería se resumía en las siguientes prácticas: ejecución de
maleficios, actos mágicos destinados a dañar la salud y los bienes de alguna persona;
estipulación de pactos con el diablo, que implicaban la sumisión y la ejecución, a
cambio de compensaciones, de la voluntad del Demonio; la práctica del Sabbat
infernal (reunión de centenares de brujas y magos en la que, ante la presencia del
Maligno, se practicaban rituales sacrílegos), ejecución de actividades eróticas
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perversas y de prácticas caníbales; la capacidad de volar de noche, y la práctica de
robar, asesinar y devorar a los niños.
Este corpus doctrinal completo, expuesto en los manuales de los inquisidores,
daba forma orgánica a una teoría de la magia negra y del satanismo que tenía diversos
orígenes y fuentes: la imagen distorsionada que los romanos, en la época imperial,
habían captado del culto de los cristianos; la teoría de las herejías elaborada por los
Padres de la Iglesia; la imagen medieval del Mago y del Diablo: el proceso contra la
irlandesa Alice Kytler, desarrollado en 1324, basado en la acusación de maleficio,
herejía y satanismo, fue el primer gran caso emblemático de aplicación de la doctrina
persecutoria de la brujería.
El esfuerzo de definir científicamente las prácticas de maleficio no llegó a
delimitar del todo, en cualquier caso, el campo del fenómeno; fueron frecuentes, en
efecto, los casos en los que las formas devocionales femeninas más extremas (éxtasis,
convulsiones, visiones, etc.) fueron etiquetadas como manifestaciones de santidad o,
al contrario, de brujería según las conveniencias políticas. Valga por todos el caso de
Juana de Arco quien, condenada a la hoguera como bruja, fue posteriormente
beatificada por la Iglesia.
Lo que queda históricamente demostrado es que, sea en forma de santidad sea en
forma de brujería, fueron esencialmente las mujeres quienes se vieron sometidas a
examen por los tribunales y por los inquisidores.
El mecanismo doctrinal y jurídico que estaba en la base de todos los procesos de
brujería fue reforzado por dos elementos fundamentales: la idea, típicamente
misógina, de la propensión de las mujeres a la brujería y la posibilidad de hacer
recaer la acusación de herejía sobre todos aquellos que negaban la existencia de la
brujería. Esto conllevaba que, a condición de no invertir el proceso de brujería por el
de devoción extrema, la presunta bruja «según los indicios y la voz pública», era
automáticamente condenada.
Si se comparan las informaciones existentes sobre las víctimas de los procesos
por brujería se obtiene el siguiente estereotipo de la bruja: una mujer, en general de
más de cincuenta años, viuda o soltera, de condición económica baja, de
comportamiento excéntrico. Estas señas de identidad colocan en la mira de los
inquisidores a un conjunto de figuras femeninas (también masculinas) ajenas a los
vínculos familiares tradicionales, de cultura más bien escasa, a menudo víctimas de
enfermedades mentales y socialmente indeseables.
El escenario histórico de la «gran caza de brujas» de los siglos XV, XVI y XVII era,
sin duda, inquietante y amenazador y ello avalaba la condición apocalíptica de la
«presencia del Demonio» en la vida de las naciones europeas: las epidemias de peste,
los cismas religiosos y las guerras que les siguieron, las revueltas de campesinos,
todos factores de desequilibrio social que impulsaron a los poderes religiosos y
seculares a ver en la persecución de las llamadas brujas una válvula de escape
instrumental a los grandes miedos sociales. La cultura de la época, de hecho, no fue
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capaz de impedirlo, así nació la brujería como su propia sombra, su propia imagen
distorsionada y espantosa.
Referencias bibliográficas
Marc Augé, «Stregoneria», en Enciclopedia, Vol. 13, Turín, Einaudi, 1981. Eliphas Levi, Storia della magia
(1859), tr. it. Foggia, Orsa Maggiore, 1990. La Stregoneria, ed. de S. Abbiati, A. Agnoletto, M. R. Lazzati, Milán,
Mondadori, 1984. Marcello Craveri, Sante e streghe, Milán, Feltrinelli, 1990. Roberto Sicuteri, Lilith, la Luna
nera, Roma, Astrolabio, 1980. Victoria Hyatt, Joseph W. Charles, Il libro dei demoni, Nápoles, Liguori, 1986.
Brian P. Levack, La caccia alle streghe, Bari, Laterza, 1988. Leonardo Sciascia, Il Capitano e la strega, Milán,
Bompiani, 1990.
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La propagación del movimiento protestante en Inglaterra y en Escocia fue una
componente esencial de la cultura inglesa de este siglo: en Inglaterra, a través de la
difusión del cristianismo reformado, con el temperamento nacional y con las
costumbres seculares surge una nueva cultura religiosa que se difundió, por medio de
las colonizaciones, por todo el mundo. Aunque articulado en numerosas sectas, el
protestantismo inglés fue unificado por la lengua común, por la lectura de un Texto
común y por un estilo de vida caracterizado por el decoro y la responsabilidad
personal: un fundamento apreciable en todas las iglesias libres que lo difundieron en
los cinco continentes.
Entre los grandes reformadores ingleses hay que hacer mención de Thomas
Cranmer (1489-1556), arzobispo de Canterbury, quien en 1532 infringió los votos
casándose con la sobrina del teólogo protestante Andreas Oslander y en 1535 abjuró
de su fidelidad al papa. De 1547 a 1551, en oposición al Concilio de Trento, invitó a
Inglaterra a algunos reformadores exiliados de otros países como Pietro Martire
Vermigli, Alejandro de Arles, Emanuele Tremellio, Bernardino Ochino, Martin Bucer
y Jean Laski, asignándoles cátedras en las universidades inglesas. La presencia de
tantos intelectuales protestantes dio un impulso decisivo a la difusión del
protestantismo en Inglaterra. Muchos de ellos se refugiaron en Suiza durante el
reinado de María Tudor. Por indicación de Eduardo VI, que de este modo pretendía
salvar a los protestantes de la represión, Cranmer firmó en 1553 el auto que asignaba
la corona a Lady Jane Grey, mujer de Lord Guildford Dudley, excluyendo tanto a
María Tudor como a Isabel Tudor. Este gesto, una vez que María Tudor ascendió al
trono, le costó la cárcel por alta traición, un proceso por herejía y la condena a la
hoguera en 1556.
Lady Jane Grey (1537-1554) fue una joven de cultura prodigiosa: a los quince
años sabía leer y escribir en griego, latín, italiano, francés y alemán y estudiaba la
lengua hebrea. Se encontró en medio del complot que trataba de salvar la difusión del
protestantismo en Inglaterra a la muerte de Eduardo VI excluyendo a los Tudor del
trono. En julio de 1553 fue coronada. Pero el complot fracasó rápidamente y fue
decapitada junto a su marido en febrero de 1554. Su personaje ha inspirado a
numerosos autores de tragedias como, por ejemplo, Tennyson y Mme. de Staël.
Otras víctimas de la represión católica y reformadores del primer momento
fueron: Hugh Latimer (1485-1555), obispo de Worcester, Nicholas Ridley
(1500-1555) obispo de Londres, condenado a la hoguera en Oxford junto a Latimer, y
John Hooper (1495-1555), obispo de Gloucester, que María Tudor mandó ajusticiar
por herejía.
Gran protagonista de la Reforma inglesa fue el predicador calvinista John Foxe
(1516-1587) que se refugió en Fráncfort y en Basilea durante el reinado de María
Tudor, volviendo a Inglaterra en 1559. Su obra más conocida es el llamado Libro de
mártires, un texto apologético sobre las víctimas de las persecuciones católicas, que
recoge la tradición del martirologio de Lactancio y de Tertuliano, recordando a las
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víctimas de «Bloody Mary» y evocando las calamidades que sufrieron los
perseguidores. Fox dedica un amplio espacio a las mujeres inglesas quemadas por
herejes durante la represión del protestantismo: Anne Askew, Elizabeth Young, Joan
Waste, Agnes Bonger y muchas otras. Con frecuencia, se trata de extensos elencos de
nombres, otras veces Fox aporta testimonios y cartas.
John Knox (1505-1572) fue, en cambio, el formidable difusor del
presbiterianismo, el protestantismo en Escocia. Dedicó su vida a combatir las
monarquías católicas de media Europa. En 1558 publicó el célebre Blasts of Trumpet
against the monstrous Regiment of Women, dirigido contra María de Guisa, María
Tudor y Catalina de Médicis que, sin embargo, le creó dificultades con María
Estuardo e Isabel Tudor.
En torno a los grandes protagonistas de la Reforma inglesa se movieron
numerosas figuras femeninas, algunas de las cuales desempeñaron un papel de
notable relevancia en la transformación religiosa de Inglaterra. Entre ellas
recordemos a Anne Cooke, madre del filósofo Francis Bacon (1561-1626), que
tradujo al inglés las Catorce prédicas sobre la predestinación de Ochino.
Inspiradora del primer puritanismo, Catherine Willoughby, duquesa de Suffolk
(1519-1580), estuvo estrechamente ligada a los ambientes de la corte al ser hija de
María de Salinas, dama de compañía de Catalina de Aragón, primera mujer de
Enrique VIII. Catherine Willoughby era protestante y se vio obligada a huir a
Holanda durante el reinado de María Tudor.
Hugh Latimer, su padre espiritual, le había dedicado en 1548 sus sermones, al
igual que hicieron Cranmer y Tyndale. Su papel de protectora de los protestantes y de
anfitriona de los exiliados era conocido en toda Europa. En su casa se refugiaron
Pedro Mártir y Bernardino Ochino; mantuvo también una profunda relación con
Martin Bucer (1491-1551), que daba clases en Cambridge, a quien asistió en su
muerte.
En 1555, la joven Isabel Tudor (1533-1603), aún princesa, dedicó a su hermano
Eduardo VI su traducción al latín de una obra de Bernardino Ochino con las palabras:
«Augusto y Serenísimo Rey… este Tratado es tan pío y docto que su lectura no podrá
dejar de serte útil y fructuosa. Y si algún otro debiese dar valor a esta obra, baste para
adornarla el nombre del Autor que, a causa de su fe religiosa y de su fe en Cristo, fue
expulsado de su patria y obligado a peregrinar de un lugar a otro y a vivir entre
desconocidos». Isabel tradujo también al inglés The Mirror ofthe sinful Soul de
Margarita de Navarra y leyó las obras de Philipp Schwarzerd.
Cuando Isabel se convirtió en reina de Inglaterra, sus relaciones con Ochino
siguieron siendo estrechas aunque su política religiosa se hizo más prudente y atenta
a los equilibrios políticos ingleses, hasta el punto de que algunos historiadores la
definieron como una «católica anglicana». Incluso corrigió la edición de 1552 del
Prayer Book con el fin de atenuar las diferencias entre católicos y protestantes.
10. MARY ASTELL
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Figura de gran relieve en la cultura protestante inglesa del siglo XVII, Mary Astell
(1666-1731), ferviente anglicana, fue una pensadora que unificó sus convicciones
filosóficas y religiosas en una visión feminista. Fue conservadora en política, severa y
ortodoxa en religión, pero innovadora en el campo moral y pedagógico.
Pertenecía a una familia venida a menos de la burguesía de Newcastle y, en un
periodo histórico en el que el 80 por ciento de las mujeres era casi analfabeto, pudo
estudiar gracias a su tío, que fue su preceptor.
Estudió a los filósofos neoplatónicos renacentistas de la Universidad de
Cambridge (Ralph Cudworth, Henry More, John Norris) que hicieron de filtro entre
la cultura y la religión anglicanas y la filosofía racionalista. A través de éstos conoció
las obras de Descartes y de Hobbes. Los filósofos de Cambridge se oponían tanto al
naciente empirismo como a las controversias religiosas de la época y profesaban una
filosofía racionalista que culminaba en la metafísica y en el misterio de la fe. Las
ideas de Dios y del Bien estaban en la base de una metafísica accesible a la Razón de
cada hombre y de las cuales procedía, según ellos, la única religión verdadera. En
filosofía de la naturaleza revalorizaron los conceptos platónicos y neoplatónicos de
Espíritu Divino y Alma del Mundo.
De su formación, Mary Astell extrajo el profundo convencimiento de la
legitimidad y de la necesidad de una evolución espiritual y cultural de las mujeres, y
decidió afanarse en romper el círculo vicioso de ignorancia e inferioridad intelectual
que aprisionaba a gran parte de las mujeres de su tiempo. Sus ideas tenían un
fundamento tanto religioso como filosófico pues sostenía que el uso pleno de las
facultades intelectuales, tanto del hombre como de la mujer, era el mejor medio de
servir a Dios y que la función de la razón era precisamente la de guiar a los hombres
a la comprensión total de las verdades religiosas.
En 1684, Mary Astell se trasladó a Londres donde vivió con graves restricciones
económicas hasta 1688, cuando decidió pedir ayuda al arzobispo de Canterbury
William Sancroft. Las dificultades económicas de Mary Astell, soltera y firmemente
decidida a no casarse, la unieron a una extensa clase de mujeres de origen burgués,
pertenecientes a la llamada gentry, solteras o viudas que, en otros tiempos, habrían
acabado en monasterios y que en la Inglaterra reformada se encontraban en un serio
estado de indigencia. Instruida y comprometida religiosamente, fue bien acogida por
Sancroft, quien la introdujo en los ambientes cultos londinenses de corte
tradicionalista y la encaminó a la carrera intelectual.
En 1694, Mary Astell publicó la primera de sus obras de carácter feminista: A
Serious Proposal to the Ladies for the Advancement oftheir true and greater Interests.
By a lover ofher Sex.
En la decisión de publicar este libro influyó el estrecho intercambio epistolar
mantenido con John Norris (1657-1711), filósofo de carácter neoplatónico y
anticartesiano, que propuso una filosofía afín a la de Nicolás Malebranche: el
pensamiento como visión en Dios de ideas eternas. Norris sostenía una clara
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separación entre materia y espíritu y entre los conocimientos obtenibles a través de la
luz natural y los obtenibles por iluminación divina. En aquel tiempo la filosofía de
Norris fue asimilada a la de los cuáqueros.
El diálogo con Norris había reafirmado a Mary Astell sobre la validez de sus
propias tesis ético-religiosas. En 1695 Norris y Astell entregaron a la prensa su
propio epistolario con el título: Letters concerning the Love of God between the
Author of the Proposal to the Ladies and Mr. John Norris.
En torno a Astell, en Chelsea cerca de Londres, se había formado un pequeño
Club de mujeres, la mayoría solteras o viudas, animado por principios de devoción y
caridad además de por intereses de estudio y discusión. El club desarrollaba una
discreta y atenta actividad asistencial hacia las mujeres necesitadas.
En 1704, publicó sus ensayos de argumento histórico-político: A fair Way with the
Dissenters, Moderation truly stated y An imparcial Enquiry into the Causes of
Rebellion and civil War que reflejaban su fidelidad respecto a los Estuardo y a la
Iglesia Anglicana.
En The Christian Religion. As profess’d by a Daughter of the Church of England
(1705) encontramos este polémico e irónico juicio sobre la cultura masculina:
Dado que los historiadores pertenecen al sexo masculino, rara vez se dignan a registrar las
grandes y nobles acciones realizadas por las mujeres; y cuando de ellas dan noticia, lo hacen
añadiendo esta sabia observación: aquellas mujeres han actuado situándose por encima de su propio
sexo. Y con esto podemos intuir aquello que quieren hacer entender a sus lectores: ¡las grandes
acciones no fueron mujeres quienes las realizaron, sino hombres con falda!
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contradicciones de una realidad social en la que la esfera religiosa, aunque reformada
y laicizada, no podía presentarse ya como un mundo alternativo a las dinámicas del
desarrollo social capitalista. En efecto, éste es el límite histórico de la vigorosa y
anticipadora batalla feminista de Astell; su conservadurismo político y religioso la
llevó a teorizar un movimiento de separación ascética de las mujeres del sistema
social que había llegado a ser ya impracticable y, en el fondo, nostálgico.
Referencias bibliográficas
A. L. Morton, Storia del popolo inglese, Roma, Officina Edizioni, 1973. Histoire de l’Eglise, La crise
religieuse du XVIe siècle, vol. 16, Bloud & Gay, 1950. Philip Hughes, The Reformation in England, 2 vols.,
Hollis & Carter, 1953. Roland H. Bainton, Bernardo Ochino, Florencia, Sansoni, 1940. Roland H. Bainton,
Women in Reformation in France and England, Minneapolis, Augsburg P. H., 1973. Sara F. Matthews Grieco,
«Mary Astell, Peducatrice femminista», en Barocco al femminile, ed. de Giulia Calvi, Bari, Laterza, 1992 (trad.
esp.: La mujer barroca, Madrid, Alianza, 1995). Arrigo Pacchi, Cartesio in Inghilterra, Bari, Laterza, 1973.
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Capítulo V
El siglo barroco
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sumó posteriormente un tercer papa en 1410, Juan XXIII, que fue rápidamente
depuesto, llevando la desidia interna de la cristiandad a su punto culminante.
Durante el siglo XVI, recompuestas sus filas, la jerarquía eclesiástica pudo actuar
sobre el ya irreversible proceso de reforma y de reorganización. Desde este punto de
vista, la Reforma protestante no hizo sino acelerar y reforzar la necesidad de
restauración de la Iglesia Católica, existente ya desde el siglo XV. Por medio de la
Inquisición se combatió el profetismo, aquél, por ejemplo, de Savonarola, y con ello
las manifestaciones extremas de la religiosidad y la devoción. El humanismo
paganizante y el aristotelismo materialista de filósofos como Pietro Pomponazzi
(1462-1525) fueron criticados, al igual que se persiguieron las ideas sincretistas de
Giordano Bruno (1548-1600) y de Tommaso Campanella (1568-1639), ambos
dominicos heterodoxos. Se combatió la difusión de las ideas reformadoras de carácter
luterano y calvinista que en Italia se confundían con las corrientes historicistas de la
religiosidad cristiana como el franciscanismo o la mística, como prueba el hecho de
que en 1520 y en 1536 se volviera a publicar y a difundir, en vulgar, el libro de las
visiones de Ángela de Foligno, restableciendo una relación con la mística
tardomedieval y, finalmente, se recogió la magia junto a todas las supersticiones
diabólicas difundidas en el campo. En cambio, se promovió la ortodoxia teológica, el
culto de la Virgen y de los Santos y se impulsó la acción ejemplar de las órdenes
religiosas reformadas. La catequesis encontró un campo de acción inmenso: se
trataba de combatir la extensa incultura del clero, habituado ya a prácticas de poder al
mínimo nivel, y de intervenir en la ignorancia y la superstición de las plebes rurales.
Un programa ambicioso y complejo para la Iglesia, que en el siglo XVII es testigo,
a un tiempo, de su apogeo y del comienzo de su declive.
En la Europa reformada de los protestantes, la nueva dimensión de la Iglesia
como institución, la incautación de los bienes eclesiásticos y la disolución del clero
tuvieron como consecuencia la formación de las sectas religiosas. Ello influyó
profundamente en la vida de las mujeres pues ya no encontraron una ubicación
marginal, aunque protegida, en los conventos. La espiritualidad femenina que hasta
entonces se había expresado en la mística, en la dirección de monasterios femeninos,
etc., a partir del siglo XVII se transfirió a las nuevas formas de la sociedad civil,
llegando a ser cuestión femenina, cuestión política y económica y cuestión de
derecho.
En la Europa contrarreformada, el Sistema-Iglesia mantiene su función social y su
papel respecto a las mujeres solteras o marginadas, pero también aquí se registraron
tensiones, disensiones y heterodoxias aunque el cuadro de conjunto, sobre todo en
Italia y en España, permaneció sin ser alterado respecto a los siglos anteriores.
El papel cultural de las mujeres en el seno del catolicismo reformado fue
objetivamente modesto, y no podía ser de otro modo. En el siglo XVII, como
expresión típica de la cultura católica femenina tenemos las memorias, la hagiografía
y los anales que, a veces, llegan a dignidad si no de historiografía al menos sí a
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óptima gestión de las fuentes y de conservación de documentos.
Valga por todos el caso de la monja benedictina Giulia Baitelli (1588-1650) de
Brescia, que tomó el nombre de Madre Angélica cuando, en 1604, entró en el
convento de Santa Giulia y San Salvatore, el más rico e importante de su ciudad. El
convento había sido fundado en el año 759 d. C. por Desiderio, rey de los
longobardos, y su mujer Ansa para su hija Anselperga que fue la primera abadesa. En
el convento había un Scriptorium que había dado vida a una tradición analista y a un
pequeño archivo. Uniéndose a esta tradición y viviendo una especie de identificación
personal con la santa venerada en el convento, Giulia/Angelica Baitelli escribió una
biografía titulada Vida, martirio y muerte de Santa Julia Cartaginesa crucificada
(1644) y los Anales Históricos de la Edificación, Levantamiento y Dotación del
Serenísimo Monasterio de San Salvador y Santa Julia de Brescia. La obra histórica
de Baitelli destaca tanto por la plenitud de la documentación como por un cierto aire
historiográfico que lleva a la hermana a comparar críticamente su trabajo con el de
otros analistas. Esto revela un conocimiento tanto de la función como de los
instrumentos de la historia y la historiografía, aunque la adquisición de un papel
científico y cultural le llegó de modo místico a través de un proceso de identificación
con la santa que le hace sentirse legitimada en su obra y le proporciona el sentido de
la autoridad intelectual.
Referencias bibliográficas
La mujer barroca, ed. de Giulia Calvi, Madrid, Alianza, 1995. Mario Bendiscioli, La reforma cattolica,
Roma, Studium, 1973.
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Baptiste de La Salle (1651-1719), los Charity Schools ingleses promovidos por las
parroquias anglicanas. Los grandes pedagogos Amos Comenius, Wolfgang Ratke
(1571-1635) y Johann Heinrich Alsted (1588-1638) habían dado a la pedagogía una
fuerte impronta religiosa, pansofista y universal.
En Port-Royal se abrieron las Pequeñas Escuelas inspiradas en los principios del
jansenismo: una experiencia elitista guiada por el abad de Saint-Cyran y continuada
por Claude Lancelot que tan sólo duró de 1637 a 1655. También en Francia la
católica Mary Ward, con el apoyo de los jesuitas, animó un movimiento de mujeres
religiosas que salían de los conventos para enseñar a las niñas. Una sobrina de Jeanne
de Lastonnac fundó en Burdeos en 1607 la Compañía de Marie-Notre-Dame con
fines educativos dirigidos a las jóvenes.
En 1686, inspirándose en los principios pedagógicos de Fénelon, Mme. de
Maintenon, la mujer de Luis XIV, el Rey Sol, fundó la Casa Real de Saint-Cyr que
hospedaba a cerca de 250 jóvenes de edades comprendidas entre los siete y los
diecinueve años. Destinatarias de esta propuesta educativa fueron las niñas nobles o
procedentes de familias nobles venidas a menos a las que se pretendía convertir en
«jóvenes de buenos sentimientos cristianos», razonables, virtuosas y cultivadas.
Fénelon compuso un texto pedagógico célebre en su época titulado Tratado sobre la
educación de las jóvenes (1688), obra edificante que enseñaba a educar a las niñas
según principios sanos, con métodos graduales y divertidos, como fábulas, filaterías,
estímulos para la curiosidad y la fantasía infantiles, a fin de que llegaran a ser buenas
madres cristianas.
Las jóvenes aristocráticas, en cambio, tenían a su preceptor en casa. Una joven
noble debía saber hablar, vestirse, bailar, tocar un instrumento y tener alguna noción
de literatura: toda la instrucción y la educación estaban destinadas, sin embargo, a un
buen matrimonio. Las jóvenes burguesas aprendían además matemáticas elementales
y contabilidad. Fue un movimiento capital en el que se implicaron todos los estratos
sociales y que gradualmente modificaría la relación de las mujeres con la instrucción
y con la cultura.
La literatura feminista sobre el problema de la instrucción de las mujeres es
variada e interesante y se da a lo largo de todo el siglo XVII. Recordemos los
opúsculos de Mlle. de Gournay Igualdad de hombres y mujeres de 1622 y Queja de
las damas de 1626. También es importante el tratado de la estudiosa feminista
holandesa Anna Maria van Schurman (1607-1678), de Utrecht, que escribió en 1646
Cuestión digna de atención. Si es o no necesario que las jóvenes sean sabias en la
que se declaraba a favor de la instrucción científica de las mujeres. Schurman se
adhirió a la secta de los labadistas, movimiento de protestantes radicales con
tendencias místicas y comunistas fundado por el místico separatista francés Jean de
Labadie (1613-1674).
Muy discutido fue el polémico panfleto de la inglesa Mary Astell, escrito en
1694, Una proposición seria a las damas que formaba parte del proyecto de crear un
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retiro espiritual, sólo para mujeres, que desempeñase la función de colegio femenino,
en la discusión sobre la educación femenina y sobre la igualdad de los sexos. La
aparición de un discurso femenino sobre la educación de las mujeres abriría nuevos
espacios culturales a las mujeres de los siglos sucesivos no sólo en el campo
pedagógico, sino en el artístico, en el literario y en el científico.
El proyecto de Astell fue criticado por la Iglesia anglicana pues restablecía una
concepción monacal de la instrucción femenina que la Reforma había superado por
medio del cierre de los monasterios. De hecho la clausura de los conventos
femeninos, a falta de instituciones culturales y educativas alternativas, había
determinado, paradójicamente, el fin de una referencia cultural importante para las
mujeres y una reducción efectiva de su peso en la sociedad.
3. LAS MUJERES DE LA REFORMA CATÓLICA EN ITALIA Y EN FRANCIA
El final del siglo XVI y el siglo XVII proponen, junto a la grandiosa personalidad de
Santa Teresa de Jesús, otras figuras femeninas protagonistas del renacimiento
religioso católico. Es interesante el caso de la napolitana Úrsula Benincasa
(1547-1618), fundadora en 1582 del Retiro para mujeres nobles en las faldas de la
colina de San Martín en Nápoles y para el cual escribió una regla bastante severa que
disponía una estricta clausura y pruebas de mortificación física y moral. La idea de
Úrsula era la de crear una gran ciudadela monástica que acogiese a una comunidad
femenina laica con fines de purificación y de perfeccionamiento espiritual. En esta
obra, Úrsula fue ayudada por el cardenal Aníbal de Capua así como por el rico
prelado español Gregorio Navarro. El pensamiento de Úrsula Benincasa, cuya
formación cultural desconocemos —según unos apenas conocía el alfabeto, según
otros era una versátil conocedora del latín y de la música—, pero de gran tensión
religiosa, está reflejado en su Testamento espiritual, dictado poco antes de su muerte.
Úrsula Benincasa fue mística y visionaria, una «santa viva» como se decía, esto
es, una mujer que conversaba con Dios en sus éxtasis. Las actividades de Úrsula y de
su comunidad laica fueron examinadas en 1570 por el arzobispo de Nápoles Mario
Carafa, pero, en 1582, al aumentar sus partidarios, Úrsula fue interrogada por una
comisión de inquisidores.
A decir verdad, fue la misma Úrsula quien, en sus arrebatos místicos, pidió poder
hablar con el papa Gregorio XIII. El mensaje que le dirigió fue de una vehemencia
reformadora tal y tan lleno de amenazadoras alusiones al «castigo divino» que Úrsula
terminó ante una comisión inquisitorial dirigida por Felipe Neri y Roberto
Bellarmino. La comisión, después de haberla interrogado, examinado, y torturado
durante siete meses, mandó liberarla temiendo que muriese en prisión a causa del
daño sufrido sin haber sido demostrada su condición de hereje. Así pues, Úrsula fue
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confiada al «gobierno espiritual» de los oratorianos hasta 1588. Ella y sus seguidoras
fueron obligadas a modificar su proyecto. La congregación ursulina no pretendía ya
la «reforma del mundo», sino, más modestamente y como había sugerido Felipe Neri,
la educación de las niñas.
Posteriormente, Úrsula y sus seguidoras fueron confiadas a la orden reformada de
los teatinos, que había sido fundada por San Gaetano da Thiene (1387-1465) y que
intentaba que de ese retiro naciese la orden femenina teatina de clausura. El proyecto,
que no contaba con la plena aprobación de Úrsula, se llevó a cabo después de su
muerte en 1633, entre muchas dificultades, pero manteniendo el convento su carácter
laico de retiro espiritual para jóvenes de familia noble.
Durante todo el siglo XVII, la congregación ursulina fue una realidad poco
ortodoxa, guiada por la sobrina de la fundadora Caterina Palmieri, una especie de
profetisa que aprovechaba cualquier desgracia para pedir subsidios y ofertas para su
comunidad, como ocurrió en 1631, año de la erupción del Vesubio, detenida, como se
decía, por la intercesión de Úrsula, y en 1656, año de la peste. La construcción de la
ciudadela monástica fue ultimada en 1688 cuando las vírgenes ermitañas de sor
Úrsula eran gobernadas por Lucrezia Orsini.
Texto 13
TESTAMENTO ESPIRITUAL
Queridas hijas mías […] no sé ni hablar bien: yo, Úrsula, soy pequeñita y vosotras, por gracia del
Señor sois grandes; yo soy ignorante y vosotras sabias, soy tan poco que no merezco que la tierra me
sostenga y tampoco merezco el agua que bebo. A mí, que soy tan mala, ha querido el Señor elegir para
hacer ésta su Casa. […]
Quiere, el Señor, que estas sus siervas sean todas santas, quiere que estén en un retiro total, pues
quiere que no hablen jamás con otras personas. […]
Quiere que no coman carne, salvo cuando estén enfermas, quiere que vayan vestidas de azul y de
blanco y quiere que no sea de paño ni doble ni sutil. Deben estar el mayor tiempo posible retiradas en
la celda y esto será durante todo el tiempo que preceda a las actividades comunes. […]
No quiere, hijas mías, que poseáis cosas terrenas, ni dinero, ni ornamentos en la celda, sino que
vuestro desposeimiento sea tan grande que no haya nada que pueda impedir vuestra perfección. […]
Cuando una hermana quiera hacerse ermitaña quiero que venga aquí con la misma intención que si
fuera a hacerse enterrar, porque es necesario que este mundo no sea ya nada para ella.
[…] Quiero que aquella que venga a esta casa esté tan llena de fervor que diga: «Si fuera la mujer
más bella del mundo y un rey me deseara por esposa, lo dejaría todo por ser esclava de mi Señor».
[…] Quiero que no sea acogida ninguna que haya cumplido al menos veinte años. Quiero que la
dote sea al menos de dos mil ducados: quien tenga más o quiera aportar más, rendirá un mayor
servicio al Señor.
[…] Quiero que las celdas tengan una cama de tres tablas, un colchón de lana con sábanas, dos o
tres almohadas sin funda, un pequeño escabel para arrodillarse con un hueco para sostener las correas
de cuero y los cilicios y otros instrumentos de mortificación y estén sin llave.
[…] Ayunarán, además de todas las vigilias obligadas, todos los viernes y todas las vigilias de las
festividades de la Virgen y deseo que sean más rigurosas las vigilias de la Concepción y de la
Purificación […].
Úrsula Benincasa
Referencias bibliográficas
Vittoria Fiorelli, Orsola Benincasa e Videología della inferioritá femminile, inédito, Nápoles, 1986. Cario
Ginzburg, «Folklore, magia, religione», en Storia d'Italia, I caratteri originali, I, Turín, Einaudi, 1972. Gabriele
de Rosa, La vita religiosa nel Seicento nel Regno, Nápoles, ESI, 1989. Ermanno Ancilli, Santa Maria Maddalena
de Pazzi: estasi, dottrina, influsso, Roma, O. C. D., 1967. Gabriella Zarri, Le sante vive, Turín, Rosenberg e
Sellier, 1990.
Referencias bibliográficas
François de Salignac de la Mothe-Fénelon, Opere filosofiche, Nápoles, Tip. G. Palma, 1859. Jean-Pierre de
Caussade, L’abbandono alla Provvidenza divina, Roma, Astrolabio, 1977. Massimo Marcocchi, La spiritualitá tra
Giansenismo e Quietismo, Roma, Studium, 1983. Storia delle donne dal Rinascimento all'età moderna, ed. de
Natalie Zemon y Arlette Farge, Barí, Laterza, 1991.
Texto 14
Mme. Deshouliéres
Referencias bibliográficas
Ornella Pompeo Faracovi Il pensiero libertino, Turín, Loescher, 1977. Tullio Gregory, Etica e religione nella
critica libertina, Nápoles, Guida, 1986. Vittorio Dini, Giampiero Stabile, Saggezza e prudenza, Nápoles, Liguori,
1983. Antoine Adam, Les libertins au XVIIe siècle, París, Buchet-Chastel, 1964. Ninon de Léñelos, Lettres au
Marquis de Sévigné, Viena, Manz, 1923.
5. PORT-ROYAL
Charles Augustine Sainte-Beuve, Port-Royal (1842), 2 vols., tr. it. Florencia, Sansoni, 1964. Benvenuto
Matteucci, Il Giansenismo, Roma, Studium, 1954.
8.1. Su vida
Tanto Ciro como Clélie restituyen una imagen embellecida de las diferentes
sociedades preciosas y son auténticos manuales de urbanidad galante con la intención
de difundir las enseñanzas orales y prácticas de los salones preciosos.
El Gran Ciro, publicado entre 1649 y 1653, tuvo seis ediciones. En el Ciro
Madeleine ocultó bajo nombres persas y de la antigua Grecia a los asiduos visitantes
… Safo es la más amable pues el atractivo de su intelecto supera con mucho al de su belleza; en
efecto, su intelecto es tal que se puede afirmar que aquello que ella no comprenda no puede ser
comprendido por nadie, y posee tal disposición a aprender fácilmente todo lo que desea saber que,
sin que se haya sabido nunca que haya aprendido algo, sin embargo, lo sabe todo… En primer lugar
ha nacido con una disposición poética… Escribe muy bien también en prosa… También expresa los
sentimientos más difíciles de expresar de manera delicada y sabe hacer tan bien la anatomía de un
corazón enamorado… que sabe describir exactamente todos los celos, todas las inquietudes, todas
las impaciencias, todas las alegrías, todos los disgustos, todos los estremecimientos, toda la
desesperación, todas las esperanzas, todas las conmociones y todos esos sentimientos tumultuosos
que no son nunca bien conocidos salvo por los que los experimentan o los han experimentado…
En El Gran Ciro, Safo expone sus ideas sobre el amor: un sentimiento depositado
por los dioses en el corazón humano. Pero este afecto debe ser regulado, necesita
elegir bien la persona que lo alimente y conducirlo de modo que no haya ninguna
maledicencia que enturbie el amor. Con estas condiciones no hay nada más dulce que
ser amado. Safo condena, en cambio, todas las irregularidades amorosas pero no la
pasión que las causa. No es agradable amar sin ser amado, sin ninguna convulsión o
inquietud, pues ello se convierte en gratificación pura para la propia vanidad. En
cambio, en un afecto recíproco hay mil dulzuras todas puras e inocentes. La inocencia
del amor no se concreta en el matrimonio, así Safo confiesa que si experimentase el
deseo de casarse con alguien, se ruborizaría como por un crimen, se lo reprobaría
como cosa indigna de sí misma. Sobre el amor escribe:
Deseo que se me ame ardientemente, que se me ame sólo a mí y que se me ame con respeto.
Deseo que este amor sea tierno y delicado, que proporcione grandes placeres de cosas
pequeñísimas, que tenga la solidez de la amistad y q