Teorias sobre
la Etica
acargo de
PHILIPPA FOOT
Pas. 240 — 247.
FONDO DE CULTURA ECONOMICA
MEXICO - MADRID - BUENOS AIRESXI
DOS CONCEPTOS DE REGLAS!
John Rawls
De Philosophical Review, Vol. 64 (1985) impreto
lalvenia dl autor y de Philosophical Revieg, "> Relmpreso con
En este articulo quiero esclarecer Ia i i
de la distincién entre justificar una prictica? y jus
tificar una accién particular que cae dentro de ella,
y deseo explicar la base Iégica de esta distincién y
Por qué es posible preterir su trascendencia. Si bien
se ha efectuado frecuentemente tal distincién? y aho-
1 Es una versign revsada de In dlsertacién
fc la dlsertacién tenida en el Harvar
Philosophy phy Cub. 1 30 de abril de 1954. (Lo discute H. J. Mee )
ache Baminion of Rested Uilaran’ Philosophie Review
ret, Sura, TH, Elgon Rant eplica st positon on atce
"020 jew (58, nota's
2 Empleo’ ln palabra “price” on todo este arid eo) una
expel tecnica ue sian cualquier forma. de scividad
fspenficada por un sistema de reqlas que define ofleos, incr
‘epee fugly, caves aeenay tc y Ge aa coacu
us es Jucee Jor is Perma, Mt HeEOS ¥ em tos
ga eit atncon ot Radanenal en In acu que Hue nce
es In justila en A Treatise of Human Nature, ibe
pate “iy Capecinmente see, 24. Se" plant carnente on
fepundn conterenca'de John Austin de Lectures on Tursradenct
it ed., Londres, 1879, 1, 16-38. (Led, 189), Se puede a
fumbles que J--8, Mill la dio por sentada en Uiticrns a cite
aon, The interpretation of the Moral Pl
losophicel Quarterly, wel. (95D, Adernds
DOS CONCEPTOS DE RECLAS mt
Spa se estA convirtiendo en tépico, queda todavia la
tarea de explicar 1a tendencia, sea a soslayarla por
entero, sea a menospreciar su importancia.
Para poner de manifiesto la importancia de tal
distincién, defenderé el utilitarismo frente a aquellas
objeciones que tradicionalmente se han dirigido con-
tra él en conexién con el castigo y la obligacién de
cumplir las promesas. Espero demostrar que’ si al
guien hace uso de tal distincién, ser posible plantear
el utilitarismo de modo que se expliquen mejor los
juicios morales que consideremos, en comparacién
fa lo que parecerian admitir las objeciones tradicio-
nales‘, Asf, pues, mostraré.la importancia de la dis-
tincién por el flanco que refuerza el punto de vista
utilitarista, independientemente de si éste es del todo
defendible 0 no.
Para explicar cémo puede preterirse 1a trascenden-
cia de la distincién, discutiré dos conceptos de re-
glas. Uno de éstos entrafia la importancia de distin-
guir entre la justificacién de una regla o prdctica y la
justificacién de una accién particular que caiga bajo
ella, La tra concepeién deja claro por qué se ha de
hacer esa distincién y cual es su base légica.
do los argumentos dados allf por Urmton existen varios planteamien-
fos claron de la distincién en A System of Logic (8 ed.; Landres,
fitz). Libro VI, cap, il, pars. 2, 3, 7. Esta distincién eb impor
ante en el articulo da J.D. Mabbott, Mind,
ol, xiviil (abril, 1939). Més recientemente, i
Ueto particular realce a la distincion en The Place of Reason in
Eenies (cambridge, 1950), ver esp. cap. xi, donde representa papel
Cepecial en su explieaci6n del razonamiento moral. Toulmin 10
GiBiica Ia base dela distincion nl cémo se pasa por alto su im
Sortancla, lo que trato de hacer aqul, y en la recensién de su Nbro
Tphilosophical” Review, vol, Ix (octubre 1951)), como muestran
Aigunes de mis erfteas no logré entender su fuerza. Ver también
HE'D. Aiken, "The Levele of Mortal Discourse’, Ethics, vol, Ixil
(1382), AM. Quinton, "Punishment, Analysis, vol. xiv (Junlo, 1954),
Pe NewellSimth, Erhies (Londres, 1984), pp. 236239, 271-273,
4 sobre el concepto de explicacion, ver el articulo del autor
Philosophical Review, vol. Ix (abril 1951).XI
DOS CONCEPTOS DE REGLAS!
John Rawls
De Philosophical Review, Vol. 6 (1985
lalvenia dl autor y do Philosophical Reviews” "7" Relmpreto con
En este articulo quiero esclar i i
de Ia distincién entre justfiesr un price? shan
tificar una accién particular que cae dentro de ella
y deseo explicar la base légica de esta distincién y
Por qué es posible preterir su trascendencia. Si bien
se ha efectuado frecuentemente tal distincién? y aho-
1 Es una version revenda de In i
Priloophy Club, ef 0 de abril e951 [Lo dscute HT, Meciouke
i 3 de ab ito deste 3,
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W951) y_. Lyons, Forms and Limits of Uitarigm (Clarendon
Pree, Oxford, Tt}. EY pron Rawis expla su poiclon en Tunice
s Falmess’ Philosophical Renew (95), nola's inp 168 Eh)
ear, la Palabra ‘préctica’ en todo este articulo como
SPEC, Weenicismo que significa cualquier forma de ac dad
{Sted or act So seg se ei on eae
Beis ugaas, ‘casio, dfensay ety ae da au eustrs
3,8 asta Gamo hempls, pide tnlos ‘juegos 9 fot
3 Esta distincign es fundamental en In discusién
eto que ef In hui en A Tretis of Haman Nature, toi
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{eaunaa confrenci de John Austin de Lectures on Turspradece
Ged. Londres, T83), 1, 16 ss (Lr ed 188), Se pure alga
mbit que J 3. MU Io dior sentada en. Uliano, a ete
respecto, ef. J. 0. Urmson, “The Interpretation of the Moral Phil
Sophy of 3S. Mi, Pitsophia! Quarery, vol i (BS Adee
DOS CONCEPTOS DE REGLAS 21
‘ra se est convirtiendo en tépico, queda todavia la
tarea de explicar la tendencia, sea a soslayarla por
entero, sea a menospreciar su importancia.
Para poner de manifiesto la importancia de tal
distincién, defenderé el utilitarismo frente a aquellas
objeciones que tradicionalmente se han dirigido con-
tra él en conexién con el castigo y la obligacién de
cumplir las promesas. Espero demostrar que si al-
guien hace uso de tal distincién, sera posible plantear
el utilitarismo de modo que se expliquen mejor los
juicios morales que consideremos, en comparacién
‘a lo que parecerian admitir las objeciones tradicio-
nales‘, As{, pues, mostraré la importancia de la dis-
tincién por el flanco que refuerza el punto de vista
utilitarista, independientemente de si éste es del todo
defendible 0 no.
Para explicar cémo puede preterirse la trascenden-
cia de la distincién, discutiré dos conceptos de re-
glas. Uno de éstos entrafia 1a importancia de distin-
guir entre la justificacin de una regla o préctica y la
justificacién de una accién particular que caiga bajo
ella. La otra concepcién deja claro por qué se ha de
hacer esa distincin y cudl es su base légica.
de los argumentos dados allf por Urmson existen varios plenteamien
for claros de la distincién en A System of Logic (8 ed.: Londres,
1822). Libro Vi. cap. sil, pars. 2, 3, 7, Esta distincién es impor
fante en el articulo da'J. D. Mabbott, *Punishment’, Mind,
Yok, xivill (abril, 1999), Mis. recientemente, S._E. Toulimin, ‘ha
Unto particular realee a Ja distinclén en The Place of Reason in
Ethics (Cambridge, 1950), ver esp. cap. xi, donde representa papel
‘especial en. su explicacién del razonamicnto moral, Teulmin no
Srbliea la base de'la distinelon al eémo se pasa por alto su, im-
Sertancia, lo que trato de hacer aqui, y en la recensién de su libro
PPhilosophicel Review, vol, Ix octubre 1951), como muestran
Algunes de mis criticas no logré entender su fuerza. Ver también
HE'D aiken, "The Levela of Mortal Discourse’, Ethics, vol, Init
(1382), ALM. ‘Quinton, “Punishment’, Analysis, vol. xiv (Junto, 1954),
$F. He Nowell-Simth, Ethics (Londres, 1954), pp. 236239, 271-273.
4 Sobre el concepto de explicacién, ver el articulo del autor
Philosophical Review, vol. Ix (abril 1951).212 JOHN RAWLS
EI sujeto del castigo, en el sentido de adjudicar
penas legales a la violacién de las reglas legales, ha
constituido desde siempre cuestién moral batallona 5.
Ello no se debe a que la gente esté en desacuerdo
sobre si es justificable o no la punicién; la mayoria
concede que, libre de ciertos abusos, es’ una institu-
cién aceptable, Poco+han sido los que la han recha-
zado por entero; lo que més bien sorprende, dadas las
cosas que se pueden decir en su contra. La dificultad
esta en la justificacién del castigo; a este efecto,
los filésofos morales han esgrimido diversos argu:
mentos, aunque hasta ahora ninguno de ellos ha
ganado algin género de aceptacién general; no hay
Justificacién cabal para aquellos que detestan el cas-
tigo. Espero demostrar que el empleo de la distincién
antes citada nos permitiré plantear el punto de vista
utilitarista de modo que satisfaga los puntos vAlidos
de sus criticos.
_ Para nuestros propésitos cabe decir que hay dos
justificadores del castigo. Lo ‘que podriamos lamar
Punto de vista retributivo establece que el castigo
se justifica sobre la base de que las malas acciones
merecen castigo. Est de acuerdo con 1a moral que
alguien que hace el mal sufra en proporcién con la
maldad cometida, Que un criminal haya de ser casti-
gado se sigue de su culpabilidad, y la severidad del
castigo apropiado dependerd de la depravacién de su
acto. La situacién cuando el malhechor sufre castigo
€s mejor moralmente que cuando no lo recibe, y es
mejor independientemente de las consecuencias que
se puedan seguir de castigarlo.
5 Mientras se correpia este articulo, sparecié el de Cuinton:
nota 2 supra {nota 4, p. 265 de este vohumen. E.) Hay cistintos
fepetog ue ssemeja iu areal, Con ied como con
fidero algunas cucstionesulleriores ¥ me apoyo en argumentossigo
distints, he mantendo la eacusiow del cago ¥ de lt promesss
como dos easow-prucba del wtllitarism.
DOS CONCEPTOS DE REGLAS 213
Lo que podemos denominar punto de vista utili-
tarista, fundado sobre el principio de que lo pasado
es pasado y que las consecuencias futuras importan
para las decisiones que se hayan de tomar, sefiala que
el castigo se justifica sélo por referencia a las conse-
cuencias probables de mantenerlo como uno de los
instrumentos del orden social. Los errores cometidos
en el pasado, como tales, no son consideraciones per-
tinentes que nos permitan decidir qué se ha de hacer.
Si se puede demostrar que el castigo promueve efec-
tivamente el interés de la sociedad, es justificable;
de otra manera, no lo es.
He planteado de manera algo burda estos dos pun-
tos de vista contrapuestos, para que se vea mejor
la contencién que existe entre ellos. Uno palpa la
fuerza de ambas argumentaciones y se pregunta cémo
es posible reconciliarlas. De mis observaciones intro-
ductorias se deduce que la resolucién que voy a pro-
poner consiste en que, en este caso, se ha de distin.
guir entre justificar una prdctica como sistema de
reglas que se pueden aplicar imponer, y justificar
una accién particular que cae bajo esas reglas. Los
argumentos utilitaristas valen con cuestiones en torno
a las practicas, mientras que los argumentos retri
butivos se circunscriben a la aplicacién de reglas par-
ticulares a casos particulares.
Aclararemos mejor esta distincién imaginando
cémo un padre puede responder a su hijo. Suponga-
mos que éste le pregunta: ‘Por qué ayer metieron
en Ia cdrcel a J? El padre responde: ‘Porque asalté
el banco de B. Se le juzgé debidamente y se Je hallé
culpable; por eso lo pusieron ayer en la cércel.’ Pero
supongamos que el hijo ha preguntado algo dis-
tinto, a saber: ‘gPor qué unos ponen en la carcel a
otros?’ Entonces el padre puede responder: ‘Para pro-
teger a los buenos de los malos’ o ‘Para impedir que
haya gente que haga cosas que nos perjudicarfan a
todos, pues si no fuera asi no podriamos ir a dormir24 JOHN RAWLS,
por la noche ni dormir en paz’, Hay aqu{ dos pregun-
tas harto distintas. Una de ellas hace hincapié en el
nombre propio: pregunta por qué se castig6 a J
y no a otro, o por qué se le castigé. La otra pregunta
se refiere a por qué poseemos instituciones de cas-
tigo, por qué la gente castiga en vez, digamos, de
perdonarse mutuamente.
Asi, el padre dice que, en efecto, se castiga a un
hombre determinado, y no a otro, porque es culpa-
ble, y lo es porque quebranté la ley (tiempo pretéri-
to). A su manera de ver, la ley mira hacia atrds, el
juez mira hacia atrés y el jurado también mira
hacia atrés, y se le impone una sancién por algo
que cometié. Que se deba castigar a alguien y cual
es el castigo que se impondré se estipula tras de-
mostracién de que quebranté la ley y que ésta im-
pone tal sancién por haber sido violada.
Por otra parte, tenemos la institucién del castigo,
en si, y recomendamos y aceptamos los distintos
cambios que se le hagan porque el legislador (ideal)
y aquellos a quienes se aplica la ley, cual parte de
un sistema impuesto imparcialmente en cada caso
que le corresponda, piensan que, a la larga, tendrd la
consecuencia de fomentar los intereses de la sociedad.
Se puede decir, por tanto, que juez y legislador es
t4n en posiciones distintas y que miran en direccio-
nes diferentes: uno hacia el pasado, el otro hacia el
futuro, La justificacién de lo que hace el juez, en
cuanto juez, suena como punto de vista retributivo;
la justificacién de lo que el legislador (ideal) hace,
en cuanto legislador, suena a punto de vista utilita-
rista. Asi, las dos maneras tienen su raz6n (tal es
como debe de ser, puesto que en un lado y otro de
la argumentacién ‘ha habido personas inteligentes y
sensatas). La confusién que se tiene al principio des-
aparece una vez se ve que esta manera de considerar
las cosas se aplica a personas que efectian distintos
oficios con distintos deberes y estén situadas dife-
DOS CONCEPTOS DE REGLAS 215
rentemente con respecto al sistema de reglas que
constituye la ley criminal *,
‘Se podria decir, sin embargo, que la mira utilita-
rista es mas fundamental, puesto que se aplica a
oficio més fundamental, ya que el juez ejecuta la
voluntad del legislador hasta donde puede determi-
narla. Una vez que el legislador decide tener leyes y
aplicar sanciones por su violacién (segin sean las
cosas, tienen que existir tanto la ley como el castigo)
se erige una institucién que contiene una concepcién
retributiva de los casos particulares. Es parte del
concepto de ley criminal, como sistema de reglas,
que a aplicacién e imposicién de éstas en casos par-
ticulares se han de poder justificar por arguments
de cardcter retributivo, La decisién de emplear la ley
y no otro mecanismo de control social, y la resolu-
cién acerca de cudles han de ser esas leyes y qué
sanciones se han de asignar, puede establecerse en
argumentaciones utilitaristas, pero si se decide tener
leyes, entonces se ha resuelto sobre algo cuyo fun-
cionamiento en los casos particulares es retributivo
por su forma’.
La respuesta, pues, a la confusién engendrada por
los dos puntos de vista del castigo es muy simple: se
distinguen dos oficios, el del juez y el del legislador,
y se distinguen sus distintas situaciones con respecto
al sistema de reglas que constituyen la ley; entonces
se advierte que los diferentes tipos de consideracio-
nes, que de ordinario se presentarfan como razones
de lo que se leva a cabo bajo la cubierta de estas
funciones, se pueden emparejar con las justificacio-
nes conflictivas del castigo. Se reconcilian los dos
puntos de vista por el procedimiento de aplicarlos a
diferentes situaciones sancionado por el tiempo.
4 Advigriase el hecho de que para los distintos oficios cuadran
distintas clases de argumentaciones. Una mancra de sefialar las ci-
ferencias entre las teorias éticas es considerarlas como explicaciones
de Ine razones que fundan los diferentes oficios,
7A este respecto, ver Mabbott, op. cit, pp. 163-164.216 JOHN RAWLS
ePero es tan simple esto? Bien, en la respuesta se
ha de tener presente el propésito aparente de cada
lado. Quien defienda el punto de vista retributive
gha de abogar necesariamente por la maquinaria le-
gal, como institucién cuyo propésito esencial es ins-
taurar y preservar la correspondencia entre la tor
peza moral y el sufrimiento? No, sin duda’. En lo
que los retribucionistas han insistido con razén es
en que nadie puede ser castigado, a menos que sea
culpable, o sea, a menos que haya quebrantado la ley.
Su critica fundamental de la razén utilitarista es que,
segiin la interpretan, sanciona que se castigue a una
persona inocente (si se le puede lamar castigo) en
aras de la sociedad.
Por otra parte, aceptan los utilitaristas que el cas-
tigo se ha de imponer s6lo por la violacién de la ley;
consideran que esto se sobreentiende por el mismo
concepto de castigo. La tesis utilitarista se refiere a la
institucién como sistema de reglas; el utilitarismo
intenta limitar su empleo declardndola justificable
sélo si se puede demostrar que secunda de manera
efectiva el bien de la sociedad. Histéricamente, es una
protesta contra el uso indiscriminado e inefectivo de
Ia ley criminal ®, Trata de disuadirnos de asignar a las,
4 A este respecto ver Sir David Ross, The Right and the Good
(Oxford, 1930), ‘pp.
castigo que Hobbes trae en Leviathan,
ily y la definicién de Bentham en The Principle of Morals
fan, cap. il, par. 36, cap. xv, par. 28, y en The Ration
hale of Punishment (Londres, 1830), libro’, eap. i. Podrian concor-
Gar con Bradley en que: "El castigo es ‘castigo. s6lo cuando se
‘merece. Se paga la penalidad porque se debe y por ninguna otra
razén, y si se inflge castigo por alguna otra razon, sea cual sea,
y no porque esté merecido por haber hecho el mal, es una burda
inmoralidad, una injusticia clamante, un crimen abominable y no
lo. que pretende ser’. Ethical Studies (2 ed., Oxford, 1927), phe
ginas. 2627. Clertamente, por definieién no. es lo que pretende
er, El inocente sdlo puede ser castigado por error; el ‘castigo’
Aeliberado del inocente comporia fraude necesariamente.
10 Cf. Leon Radzinowicz, A History of English Criminal Law:
The Movement for Reform 17501833 (Londres, 1948, esp. cap. xi
sobre Bentham).
DOS CONCEPTOS DE REGLAS 217
instituciones penales la tarea impropia, si no sacrile-
ga, de equiparar el sufrimiento con la torpeza moral.
Al igual que otros, los utilitaristas quieren que las
instituciones penales estén de tal manera dispuestas
que, hasta donde sea humanamente posible, sdlo quie-
nes quebranten la ley tengan que habérselas con ella.
Defienden que ningtin oficial deberia tener poder a
discrecién para infligir castigos cuando lo considerara
beneficioso para la sociedad, pues, seguin los utilita-
ristas, una institucién que dé pie a tales cosas no
tiene justificacién '.
La manera aqui sugerida para reconciliar las justi-
ficaciones retributiva y utilitarista del castigo parece
dar razén de lo que ambos bandos han querido decir.
Hay, sin embargo, otras dos cuestiones, a las que de-
dicaré lo que resta de esta seccién.
Primero, ¢no serd inconveniente, para que los re
tribucionistas acepten la reconciliacién, la diferencia
de opinién respecto del criterio apropiado de lo que
es ley justa? gNo pondran en duda que si se aplica
como criterio el principio utilitarista, se siga que
quienes hayan quebrantado la ley sean culpables, de
modo que se satisfaga su alcgato de que quienes
se castiguen lo merezcan? Para responder a esta
dificultad, supongamos que las reglas de la ley cri-
minal se justifican segin las bases utilitaristas (sélo
se puede hacer responsable al utilitarista de leyes
11 Bentham trata de cémio, en correspondencia a la provision
punitiva de la ley criminal, hay otra provisién que esté en anta-
fonismo con ella y que merece nombre lo mismo que la punitiva
[2 denomina, como se podia esperar, anetiosdstica, y dlce de ella:
EL castigo de la culpa es el objeto de la primera; la preservacién
dde Ia inocencia, cl de la. segunda’. En la misma conexiéc afirma
‘que munea es conveniente dar al juez la opciéa de decidir si un
ftdrén (esto es, tina persona a la que cree ladrén, puesto. que la
creencia del jez es en torno a 10 que siempre ha de girar la
‘cuestidn) hha de ser ahoreado © no, por lo qué la ley prescribe la
provision: “El juez no hard que se ahorque a un ladrén « menos
fue sea debidamente convicto y sentenciado en el curso de Ia ley"
(rhe Limits of Jurisprudence Defined, ed. C, W. Everett (Nueva
York, 1945], pp. 238239).218 JOHN RAWLS
que se ajusten a su criterio). Se sigue entonces que
las acciones que la ley criminal especifica como ofen-
sas son de tal manera que, si se toleraran, esparcirian
terror y alarma por la sociedad. Consiguientemente,
los retribucionistas s6lo pueden denegar que quienes
son castigados merecen serlo, si niegan que tales
acciones son malas. Pero no lo negarén.
La segunda cuestién es sobre si el utilitarismo jus-
tifica demasiado. Se nos imagina como una méquina
de justificacién que, si se amafiara convenientemente,
podrfa emplearse para justificar instituciones crucles
y arbitrarias. Los retribucionistas conceden, por sen-
tado, que los utilitaristas pretenden reformar la ley
y hacerla mas humana; que no quieren justificar co-
sas como la sancién del inocente y que pueden apelar
al hecho de que el castigo presupone culpabilidad, si
se entiende por castigo una institucién que grava con
penalidades la infraccién de las reglas legales, y que;
por tanto, es légicamente absurdo suponer que Ics
utilitaristas, al justificar el castigo, justifiquen tam-
bign el castigo (si as{ lo podemos llamar) del inocente.
La verdadera cuestién, empero, es si el utilitarista,
al justificar el castigo, no ha empleado argumentos
que lo comprometen a aceptar la imposicién de su-
frimientos a personas inocentes, si es para el bien de
la sociedad (Ildmesele 0 no castigo). De una manera
més general, ¢no est obligado el utilitarista, en prin-
cipio, a aceptar muchas practicas que como persona
moralmente sensata no ha de querer aceptar? Los re-
tribucionistas se inclinan a sostener que no es posible
impedir que el principio utilitarista justifique dema-
siado, a menos que se le afiada un principio que dis-
tribuya ciertos derechos entre los individuos. Enton-
ces el criterio enmendado no es el mayor beneficio
de la sociedad simpliciter, sino el mayor beneficio de
la sociedad, con la reserva de que no se han de violar.
derechos de nadie. Ahora bien, si soy de la opinion ce
que los utilitaristas cldsicos propusieron un criterio
de este género mas complicado, no es mi intencién
DOS CONCEPTOS DE REGLAS 219
dilucidar aquf este asunto®. Lo que quiero mostrar
€s que existe otro medio para impedir que e! princi-
pio utilitarista justifique demasiadas cosas o, siquie-
Ya, para conseguir que sea menos probable que las.
justifique; a saber, planteando el utilitarismo de guisa
‘que comprenda la distincién entre la justificecién de
una institucién y la justificacién de una accién par-
ticular que caiga dentro de ella.
Empero definiendo asf la institucién del castigo: se
dice que una persona sufre castigo cuando legalmen-
te se le priva de algunos de los derechos normales
de todo ciudadano, sobre razén de que ha violado
alguna regla de la ley, tras haberse probado la vio-
lacién por juicio, a tenor del debido proceso legal, ha-
bida cuenta de que la privacién se efecttie por las au-
toridades legalmente reconocidas del estado, que la
regla de la ley especifique claramente tanto la ofensa
como la penalidad consiguiente, que los tribunales es-
tipulen estrictamente los estatutos y que el estatuto
esté registrado con anterioridad al tiempo de la ofen-
sa, Esta definicién especifica qué es lo que enten-
deré por punicién. La cuestién es si las argumenta-
ciones utilitaristas justifican instituciones que difie-
ren notablemente de ésta, y que pueden considerarse
crueles o arbitrarias.
Se respondera mejor a esta cuestin, segin creo,
considerando una acusacién particular. Veamos lo
siguiente de Carritt:
cl utilitarista debe sostener que serd justo que inflljamos dato
Siempre y s6lo para impedir dafo peor o atraer mayor felicidad.
Esto, pues, es todo lo que necesitamos considerar en el llamado
castigo, que ha de ser puramente preventivo, Pero si se generaliza
algin tipo de crimen cruel yes imposible aprehender 2 ninguno
{do lor facinerosos, puede ser altamente expeditive, por ejemplo,
ahorear aun inocente si se pudiera maquinar contra él algin
cargo, de modo que a la vista de todos pasara por culpable; en
12 Por utilitaristas clisicos entiendo a Hobbes, Hume, Bentham,
3.8, Mill y Sidgwick.
13" Hobbes menciona todas estas caractertsticas del castigo: cf.
Leviathan, cap. xzvill.20 JOHN RAWLS
realidad esto no seria dechado de ‘castigo’ utllitarista, exclusiva:
‘mente porque la vietima no habria sido fel6n que fuera a cometer
{al fechorla en el futuro; en los demds aspectos teria perfecta:
‘mente disuasor y, por tanto, para bien.
Carritt trata de demostrar que existen ocasiones en
que la argumentacién utilitarista justificaria empren-
der una accién que se condenaria en general y que,
por tanto, el utilitarismo se excede en justificar.
Pero la falla del argumento de Carritt yace en el
hecho de que no hace distincién entre la justificacién
del sistema general de reglas, que constituye las ins-
tituciones penales, y la justificacién de aplicaciones
particulares de esas reglas a casos particulares, por
parte de los distintos oficiales a quienes compete
administrarlas, Esto se hace del todo claro cuando
se pregunta quiénes son el ‘nosotros’ de que habla
Carritt. 2Quién es aquel que dispone de una clase de
autoridad “absoluta en ocasiones particulares para,
decidir que se ‘castigue’ a un inocente, si se puede
convencer a los demés de que es culpable? Dicha
persona ges el legislador, el juez 0 el cuerpo de los
ciudadanos privados, o quién? Es del todo impres-
cindible saber quién decide en tales cuestiones y
con qué autoridad, pues todo esto ha de constar en
las reglas de la institucién, Si no se saben estas
as, No se conocerd cuél es la institucién cuya jus-
tificacién se pone en duda, y como el principio utili-
tarista se refiere a la institucién, no se sabe tampoco
si esta justificada segin la mira utilitarista, 0 no
lo esta,
Una vez entendido esto, queda claro cual ha de ser
el despliegue frente al argumento de Carritt. Se ha
de describir més detalladamente cudl es la institue
cidn que sugiere su ejemplo, y entonces preguntarse
si es probable que poseer tal institucién sea provecho-
so, a la larga, para la sociedad o no. No se ha de con-
tentar uno con él pensamiento vago de que, cuando
se trata de este caso, serfa buena cosa si alguien
M Ethical and Politi
Thinking (Oxford, 1°47), p. 65.
DOS CONCEPTOS DE REGLAS m1
hiciera algo, aunque tuviera, que pagar algin ino-
cente.
Trétese de imaginar, pues, una institucién (que
podriamos denominar ‘telismo’*) que fuera tal que
los funcionarios nominados tuvieran autoridad de
disponer un juicio para la condenacién de un ino-
cente, siempre que lo consideraran oportuno porque
redundara en pro de los intereses de la sociedad. La
discrecién de tales funcionarios, sin embargo, estaria
limitada por una regla que estatuirfa que no podrian
condenar a un inocente a sufrir tal prueba a menos
que, a la saz6n, hubiera una ola de desmanes simila-
res a aquéllos de que le acusan y por, los que le
‘telizan’. Podemos imaginar que los funcionarios que
tienen la autoridad discrecional son los jueces de
los tribunales més altos, en consulta con el jefe de la
Policia, con el ministro de la justicia y con un comi-
té de la legislatura.
Cuando uno se percata de que ha de instaurar una
institucion, se ve que los riesgos son muy grandes.
Por ejemplo, gqué control tienen los funcionarios?
gCémo se determinaré si sus acciones estan autori-
zadas 0 no? ¢Cémo se han de limitar los riesgos
Provenientes de permitir tal impostura sistematica?
Cémo se ha de evitar él conceder a las autoridades
algo que carezca de discrecién, por lo que “tlicen’
a quien quieran? Ademds de estas consideraciones,
€s obvio que los ciudadanos tendran una actitud muy
diferente hacia su sistema penal cuando se le yuxta-
Ponga el ‘telismo’. No sabran a ciencia cierta si un
individuo convicto ha sido castigado o ‘telizado’. Se
preguntarén si lo han de sentir o no; se preguntaran
si alguna vez no les tocard el mismo sino, Si uno se
imagina cémo funcionaria en realidad tal institucién
y los enormes riesgos que comportaria, parece claro
que no seria de ningun provecho. No es posible que
* El autor ha inventado la palabra ‘telishment’ y el verbo ‘to
telish’ (T.)m2 JOHN RAWLS.
exista justificacién utilitarista respecto de esta insti
etctde en general que si se dejan de lado las ca
racteristicas definitorias del castigo, no queda més,
que una institucién cuya justificacién utilitarista es
altamente dudosa. Una de las razones est4 en que
el castigo funciona como una especie de sistema de
resis: af se alteran los precios que se tienen para
r la ejecucién de las :
Fiivo para evitar unas acciones y hacer otras. Las
caracteristicas definitorias son esenciales si ¢l castigo
ha de operar asi; por lo que una institucién que ca-
rezca de esas caracteristicas, v. g, una institucién que
esté dispuesta de manera que ‘castigue’ al inocente,
es como si tuviera un sistema de precios (si asi vale
amarlo) en que los precios variaran al azar dia a
dia y s6lo se supieran luego de haber aceptado com
fculo 5, :
PIT Ge ene cuidado de aplicar el principio utilita
rista que autoriza acciones particulares, entonces hay
1 analogia con el sistema de precios sugicre una respuesta
a Asin Sabre cbmo nu consdertlonestlliarstas garanizan
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ata ‘consideraciones utiitaristas, las penas seran proporcio-
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DOS CONCEPTOS DE REGLAS 2B
menos peligro de que se exceda justificando. El ejem-
plo de Carrit es admisible porque es indefinido y se
concentra en el caso particular. Su argumentacién se
sostendrd en pie sdlo si se puede demostrar que exis-
ten argumentos utilitaristas que justifican una insti-
tucion cuyos oficios y poderes puiblicamente discre-
cionales son de tal cariz que permiten a los funciona-
rios ejercitar ese tipo de discrecién en los casos par-
ticulares. Pero el requisito de tener que incorporar
caracteristicas arbitrarias en la practica institucional
desmejora mucho su justificacién.
n
Consideraré ahora la cuestién de las promesas. La
objecién que se hace al utilitarismo por lo referente
a las promesas parece ser ésta: se cree que, desde
el punto de vista utilitarista, cuando alguien hace
una promesa, el nico fundamento por el que ha de
cumplirla, si’ la ha de cumplir, es que ajusténdose
a ella cooperard al mejor bien de todos. Asi, cuando
alguien pregunta: ‘Por qué he de cumplir’ mi pro-
‘mesa?’, se entiende que la respuesta utilitarista serd
que, al actuar as{ en este caso, se obtendrén las mejo-
Tes consecuencias. Y se dice con razén que est
respuesta choca con la manera como se considera la
obligacién de cumplir las promes:
Es claro que a los criticos del utilitarismo no se les
escapa que una de las defensas que se atribuyen a
los utilitaristas se refiere a la practica del cumpli-
miento de lo prometido #. En este sentido, se supone
16 Ross, The Right and the Good, pp. 3739, y Foundations of
Ethics (Oxtord, 1939), pp. 9254. No cononco a’ ningin ‘uiltarista
‘que haya empleado esie argumento excepto W. A. Picka
en ‘Two Problems about Duty’, Mind, xii (abril 1932), 15-15), aun
ue el argumento va con la versién mooreana del utilitarismo en2 JOHN RAWLS
que argumentan asi: se ha de admitir que nuestro
pensar respecto de las promesas es estricto, mas
estricto que cuanto pudiera inferirse de nuestro modo
de ver. Pero cuando consideramos atentamente este
asunto, es preciso siempre tomar en cuenta el efecto
que nuestra accién tendra en la practica del cum-
plimiento de las promesas. Quien promete ha de sope-
sar no sélo los efectos de quebrantar su promesa, en
el caso particular, sino también el efecto que tendré
sobre la propia practica si se la quebranta. Puesto
que la practica es de gran valor utilitarista, y puesto
que romper las promesas siempre la dafia de manera
seria, raramente se justificaré que alguien quebrante
sus promesas. Si se consideran nuestras promesas
individuales en el contexto mas vasto de la préctica
de la promision en si, comprenderemos lo estricto de
a obligacién de cumplirlas. Existe siempre una consi-
deracién utilitarista muy fuerte en favor de cumplir-
las, y ésta teforzaré el consenso afirmativo cuando
se pregunte si se han de cumplir 0 no, incluso cuando
los hechos de un caso particular tomado en sf parez-
can justificar su quebrantamiento. De esta guisa,
damos razén del rigor con que vemos la obligacién
de cumplir las promesas.
Ross ha criticado esta defensa como sigue”: por
grande que sea el valor de la practica de la promision
segiin bases utilitaristas, tienc que haber algin valor
que sea mayor y pensarse que es posible obtenerlo
por violacién de las promesas. Por tanto, puede exis
tir un caso en el cual quien prometa alegue que rom
per 1a promesa hecha estaba justiticado, porque com
@ucia a una situacién mejor en su totalidad, argu-
yendo as{ aparte de cudn nimia fuera la ventaja que
Tecabara quebrantando la promesa. Si se quisiera
disceptar con el prometiente, se defenderfa diciendo
Principia Ethica (Cambridge, 1903). Por lo que sé, no aparece en
{oa tlitaristas cldsicos, ysl se interpreta correctamente su punto
de vista, ello no se debe a casualidad.
i Ross, The Right and the Good, pp. 38-9.
DOS CONCEPTOS DE REGLAS 2s
que su proceder fue mejor exf su totalidad, vistas to-
das las consideraciones utilitaristas, que en este caso
comprenden la importancia de la practica. Ross con-
sidera que tal defensa es inaceptable. Creo que tiene
raz6n, en cuanto que protesta contra la apelacién a
las consecuencias en general y sin mayor explicacién.
Con todo, es extremadamente diffcil sopesar la fuerza
del argumento de Ross. El caso descrito tiene cariz
irreal y parece pedir més descripcién. Uno se siente
inclinado a pensar, o que tal caso pertenecerfa a una
excepcién definida por la préctica misma, contin-
gencia en que no valdrfa apelar a las consecuencias
en general en ese caso particular, o que las circuns-
tancias eran tan peculiares que no tendrian lugar
las condiciones que presupone la practica. Pero Ross
tiene razén en pensar que nos sorprende como algo
errado que una persona defienda la ruptura de una
promesa apelando de manera general a las conse-
cuencias. El prometiente, desde luego, no tiene defen-
sa utilitarista general: no es una de las defensas per-
mitidas por la préctica de la promisién.
Ross trae dos argumentaciones més en contra":
en primer lugar, dice que se subreestima el perjuicio
que se causa a la practica del prometer por una falla
en cumplir una promesa. Quien no cumple una pro-
mesa mancilla su nombre, sin duda alguna; pero no
est del todo claro que una promesa rota dafie siem-
pre la practica misma como para que dé razén del ri
gor en la obligacién. En segundo lugar, y lo que creo
més importante, se pregunta qué se ha de decir de
una promesa que nadie sabe que ha sido prontnciada,
excepto quien promete y quien recepta, como en el
caso de la promesa que hace un hijo a su padre mo-
18 Ross, ibid., p. 38. El easo de Ia promesa no publica vuelve
tratarse en Foundations of Ethics, pp. 95-96, 19105. Ocurre tam
bien en Mabbott, “Punishment’, op. cit, pp. 155157, y en A. 1
Melden, “Two Comments on Utlitarism’, Philosophical Review, Ix
(octubre 1951), 319823, quien discute el ejemplo de Carritt’ en
Ethical and Political Thinking, p. 64.
1528 JOHN RAWLS
ribundo sobre el manejo de la hacienda
tipo de caso, la considetacién respecto de la préctica
no tiene peso absolutamente sobre el prometiente,
pero con todo se siente que esta forma de promesa
obliga tanto como las demds. La cuestién del efecto
que sobre la practica tiene la ruptura de las prome-
sas parece del todo irrelevante; la tinica consecuencia
parece ser que se puede quebrantar la promesa sin
Heago de ser censurado, pero la obligacién no parece
lisminuida en lo més minimo. Puesto que es dudoso
si el efecto sobre la practica pesa siempre en un
caso particular, no puede dar raz6n cierta sobre el
rigor de Ia obligacién cuando ese efecto. no tiene
lugar, Parece seguirse que la razén utiltarista de la
obligacién de cumplir las promesas no tiene prospec-
Por lo que he dicho en conexién con el casti
puede prever lo que voy a decir acerca de estan
gumentos y objeciones. No distinguen entre justifica-
cidn de una practica y justificacién de una accién par-
ticular que pertenece a aquélla, con lo que caen en el
error de suponer que el prometiente, al igual que el
oficial de Carritt, tiene licencia para llevar a la
practica, sin restriccidn, consideraciones de tipo uti
litarista’ para decidir sobre el cumplimiento de su
promesa. Pero si se atiende a lo que es la practica
de la promisién, se veré —creo— que es de tal suerte
que no permite al prometiente este tipo de discrecién
general. En efecto, el quid de la préctica es abdicar
el titulo propio para actuar de acuerdo con las consi-
deraciones utilitaristas y prudenciales, con el fin de
consolidar el futuro y predisponer planes con antela-
2B sm et tn
wae wean
of ets te gris serra og
Seiad Medaan are aioe
sr fo et ta
Stemelu al de Mabbet. Otro ejemplo et cuando alguien comsniea
TELS oe ee ce Be
Se Sees
DOS CONCEPTOS DE REGLAS m1
cidn, Existen ventajas utilitaristas obvias en disponer
de tna practica que deniegue al prometiente, como
defensa, cualquier ‘apelacin general al principio uti-
litarista de acuerdo con el cual se pueda justificar la
prdctica. Nada hay ni contradictorio ni sorprendente
en esto: se pueden dar razones validas utilitaristas
(0 estéticas) en favor de que el ajedrez o el baseball
estén bien como estdn, 0 en pro de que se deberian
cambiar en determinadas cosas, pero cl jugador no
puede apelar a tales consideraciones, en el juego,
como motives para proceder a su modo, Es error
pensar que si se justifica la préctica segin motivos
utilitaristas, cntonces quien promete ha de cisponer
de libertad total para emplear argumentos utilitaristas
en decidir si ha de cumplir o no una promesa. La
prdctica prohibe esta defensa general, y buen motivo
tiene para hacerlo. Por tanto, lo que presuponen los
anteriores argumentes —la idea de que en la mira
utilitarista el prometiente esta obligado si, y sélo si,
Ia aplicacién del principio utilitarista a su propio caso
muestra que cumplir la promesa es lo mejor en
conjunto— es falso. El prometiente esta obligado
porque prometié; no depende de él juzgar el caso se-
gun lo merezca®.
ZQuiere esto decir que en casos particulares no se
puede deliberar si se ha de cumplir una promesa 0
ho? Por suptesto que no. Pero proceder asi equivale a
Geliberar si las distintas excusas, excepciones y de-
fensas que sc entienden por la practica y constituyen
parte importante de ella se aplican al propio caso”.
Hay varias excusas para no cumplir las promesas,
pero no hay ninguna segin la cual, funddndose en
fnotives utilitaristas generales, el prometiente pueda
pensar (verdaderamente) que en su totalidad su
preceder es el mejor, aunque pueda tener Ia disculpa
a1 Para una discusién de esto, ver H. Sidgwick, The Metthods
la importante discusion de Hume en Treatise of Human Nature,
Horo TIL, parte Il, see. 5, y también sec. 6, par. 8
SI para ‘una discusion de esto, ver H. Sidgwick, The Metthods
of Eihies (6 ed,, Londres, 1901), libro IH, cap.28 JOHN RAWLS
de que las consecuencias de cumplir la promesa ha-
brian sido en extremo serias. Si bien hayaqui sobra-
das complejidades para poder considerar todos los
detalles necesarios, se puede ver que no cabe excusa
general si se pregunta lo siguiente: equé se dirfa de
alguien que, al preguntérsele por qué no se atuvo a
la promesa, replicara simplemente que lo mejor en
general fue quebrantarla? Suponiendo que su res-
puesta fuera sincera y que su creencia fuera razo-
nable (es decir, sin considerar que estuviera equivo-
cado), creo que uno se preguntarfa si sabe qué sig
fica ‘prometo’ (en las debidas circunstancias). Se di-
ria de alguien que empleara esta excusa sin mayor
cexplicacién que no entiende qué defensas Je permite
la prdctica que define lo que es una prontesa. Si un
nifio echara mano de esta excusa, se le corregiria,
pues es parte de cémo se nos inculca el concepto de
promesa el corregir el empleo de tal excusa. La pra
tica caerfa por el suelo si aquella excusa fuera per-
mitida,
No hay duda de que es parte del punto de vista
utilitarista que toda practica ha de admitir el des-
cargo de que las consecuencias de atenerse a esa
practica habrian sido en extremo serias. Ademds, los,
utilitaristas se inclinarian a conceder alguna confian-
za en el buen sentido de la gente y que es preciso
hacer concesiones cn casos dificiles. Mantendrian que
una practica se justifica si sirve a los intereses de
quienes la comparten, pues, como con cualquier con-
junto de reglas, se sobreentiende que existe un tras-
fondo de circunstancias bajo las cuales es natural
que ce aplique, circunstancias que no es preciso —1
es posible— detallar. Si estas circunstancias cambian,
entonces, aunque no haya regla alguna que dé razén
del caso, a lo mejor todavia esta de acuerdo con la
préctica que alguien quede libre de la obligacién.
Pero este tipo de excusa permitido por la practica
no se ha de confundir con la opcién general de sope-
sar cada caso particular sobre base utilitarista, que
DOS CONCEPTOS DE REGLAS 29
os erfticos del utilitarismo. han considerado indis-
pensable.
EI dbice que se pone a la justificacién que el utilit
rismo permite respecto del castigo es que puede
justificar demasiado. La cuestién referente a las pro-
mesas es diferente, pues se trata de cémo el utilita-
rismo justifica la obligacién de cumplir las prome-
sas. Uno siente que la obligacién reconocida de cum-
plir con las promesas y el utilitarismo son incompa-
tibles. Y sin duda lo son si se interpreta que el punto
de vista utilitarista sostiene que cada individuo es
completamente libre de medir cada accién particular
segin motivos utilitaristas generales. Pero ¢se ha de
interpretar asi el utilitarismo? Espero ‘mostrar que,
en los casos que he tratado, no se puede interpre-
tar asi.
1
Hasta aqui he tratado de mostrar la importancia
de la distincién entre la justificacién de una practica
y la justificacién de una accién particular que cae
bajo ella, indicando cémo se puede utilizar esta dis-
tincién para defender el utilitarismo contra dos ob-
jeciones tenaces. Puede sentirse la tentaciOn de cerrar
Ja discusién en este punto, diciendo que las conside-
raciones utilitaristas se han de entender como aplica-
bles a practicas del primer caso y no a las acciones
particulares que caen bajo ellas, excepto hasta donde
‘esas practicas lo permiten. Podria alguien decir que,
por csta forma modificada, se da mejor razén de las
opiniones morales que hemos considerado, y dejar asi
la cosa, Pero detenerse aqui serfa preterir Ia intere-
sante cuestién sobre cémo es posible que se deje de
apreciar la importancia de esta distincién, que mas
bien es obvia, y pueda darse por sentado que el util-230 JOHN RAWLS.
tarismo tiene la consecuencia de que los casos par-
ticulares pueden decidirse siempre segtin principios
utilitaristas generales”. Me parece que este error se
debe a una concepcién equivocada del status légico
de las reglas de las practicas. Para demostrar este
particular examinaré dos conceptos de reglas, dos mo-
dos de inserirlas dentro de la teorfa utilitarista.
La concepcién que entrafia la trascendencia de la
distincién recibiré aqui el nombre de mira sumaria.
Considera asf las reglas: se supone que cada persona
decide qué ha de hacer en los casos perticulares,
aplicando el principio utilitarista; se supone, ademés,
que las diferentes personas decidirén un mismo caso
particular de la misma manera y que habrd recu
rrencias de casos similares a los que se decidieror
previamente. Sucederé que, en casos de cierto tipo, se
tomard la misma decision, sea por la misma persona
cn diferentes ocasiones, 0 por distintas personas al
mismo tiempo. Si ocurre un caso con la suficiente
frecuencia, se supone que ce formularé una regla que
rija ese tipo de caso. He llamado a esta concepcién
mira sumaria porque las reglas se imaginan como
sumarios de las decisiones pasadas, a las que se legé
22 Hasta donde ms es dado conocer, no es sino con Moore
cuando esta doctrina se plantea expresamente de sta manera. Ver,
por ejemplo, Principia Ethica, p. 117, donde se dice que la propo.
Sicién “Estoy obligado moralmente a’ realizar esta accién’ es iden.
fica que la proposicién “Esta accién produciré la mayor cantidad
posibie do bien en el Universo’ (cursivas mias). Es. importante
Focordar que aquellos a quienss denomino utllitarisias cldsicos
estaban muy interesados por las instituciones sociales. Estaban n-
tre los economistas guias'y entre los tedricos politicos de sus dias
yo era raro que furran reformadores preocupados por los s8un-
fos prictizos. Histéricamente, cl ulilitarismo va de consuno con
luna Visidn eoherente de la socicdad y no cs simplemente una teorfa
éiisa_y, mucho menos, un conato de andlisis {eséfico en cl sen-
do moderno. El principlo utlitarista s2 consideré y utlizé como
Griteris para juzgar las’ Instituciones. sociales (précticas), y como
bass para urgir las reformas, No est4 claro, por tanto, hasta qué
grado. se ha de enmendar el utiitarismo de forma clisica. Para
Una ‘discustin tobre el witarismo como ‘parte integral de una
teorfa de la socledad, ver L. Robbins, ‘The Theory of Economic
Policy in English Classical Political Economy (Londtes, 1982)
DOS CONCEPTOS DE REGLAS za
por aplicacién directa del principio utilitarista a los
casos particulares. Las reglas se consideran como
informes de que cierto tipo de casos se han resuelto
apropiadamente de determinada manera, sobre otras
bases (aunque, es claro, no lo dicen).
Hay varias ‘cosas que advertir respecto ce esta
guisa de inserir reglas cn la teoria utilitarista®.
2 Esta nota s2 ha do leer después de In see. 3 y presupone
to que allt he dicho. Strata do uae cuantas referencias aseroe
4 Mttaristss importantes de la mira sumaria, En general, paces
se ottunado trataban Ins caractristicas Topeas dz las regla, foe is
Sifa‘sumaria Ta que prevatecia y cra lo tpico de cémo hablaban
Bebved do la reglas morales” CKO un conjunto algo largo de. pase
Jes de Austin, como iustracién cabal
ohn Austin en sus Lectures ov Jurisprudence contradise la ob-
jecion de que decidit de-acterdo con el principio utltarsta caso
Ser tacn sta imprictico, firmando que es una interpretacién oat
Por Ge del ultgrsmo, Sopun cl pono de vista ultra "nue
Wr condseta 42 ha de conformar’a Tas regas inferidas de las ten
Uensas de Tas actiones, pero no se ha d= determinar_scudiendo
‘tccumemt' a pinepi Ue fa ullad general, Ua uted a ge
cerieTpledra’ dé toque. €2nucstrae aeciones cn tima instania,
35 da Ranera inmediaia; ha ce ser ia piodra de toque inmediata
432 18s Regina las que s> ha de conformar nuestra conduct, pero
$e It pia de toque inimediaa de Tas accion espectfieas © Indi
MiausiZs"Nucstras‘aciones. s2"han de cortarsogon Ia. utlidad:
Wuaaes ductor sein nuestros reas’ (vol 1, pe 10). Respect
Bee tdmna‘s decide sobre a. tendeneia de una) accion, dice
Ghercmos prober cudl esa tendenca de un aeto indvicual oe
SeSfinn nb degemos conterplar el ato como si fuera soo o est
Pres tclandor sino que hemos do ver la late de actos a que per
Teneve. Debsinor poner" que fos actos de ean late son Rechoe 8
Ginlidor gencrsimente, y considerar su efecto probable sobre ta
dod Sion generator, Tenor que savior Jap conecuecit
Mees seguitan sl esa class de netos (uera general as! como Int
oe coucntlas que’ ss segulrlan si se omiloran de ordinaio. Enton-
CootGemos de Compara tales contecuncias en lo positho y Neg
Soy ponderar sobre, qué Indo, pesa el platillo de. In ventas,
ST chebamos verdadcramente a tendenea de un acto expeciic
3 SGnRualcomprobamon ia tendencla de la clase a. que pee.
2ocneet Seis Laveonclusion particular que extracmos, rerpecto 66
TSS Individual, implica ues conclusion general que abatca todos
13 25, Ginilares .'Nlas regis ast cologidas y almacenada a
Remora se ameldart ‘nmediatamente nuestra conduct, si clas
memtnan verdaderamentc 9 la uifldad” (iid. p, 17), Se puede
Dequnr tue husin contest I objcon sgl
Frdctica‘de is regis, ¥ quis) fe esto inten
PrmeiGue nal lo hays Hecho. La generalidad a que se refiere, 2232 JOHN RAWLS.
1, La raz6n de poseer reglas est4 én el hecho de
que hay ciertos casos que tienden-a recurrir y en
que se resuelven los casos con tanta mayor facilidad
si se dispone de resoluciones pasadas en forma de
reglas. Si tales casos similares no volvieran a recu-
de tipo estadistico? Tal se inflere por la nocién de tendencia; 20 se
refiere a la utilidad de establecer luna prictica? No lo sé, pero sus
observaciones subsiguientes parecen seguir la mira sumaria. Dice:
“Considerar las consecuencias especificas de los actos particulares
© Individuales, raramente (cursivas mias} seria consecuente con el
Principio time’ (ibid., p. 117). Pero se ha de proceder asi alguna
vez? Continda: *..admitido esto, Ia necesidad de detenerse a. cal-
‘cular, que supons Ia objeccidn de la cuestién, es imaginaria. Pro:
Tongat cada acto © demorario con una conjetura y comparacién de
Jas consecuencias seria claramente superfluo (cursivas mias] y mal-
intencionado. Seria claramente superiluo, por cuanto que el res
{ado de ese. proceso (eursivas mias) quedaria incorporado en una
regla ‘conocida, Seria claramente malintencionado, ‘por cuanto el
Serdadero resultado se expresaria por esa regla, mientras que l
process probablemente quedaria defectuoso sso efectuara’ sepin
1 acieate dela ocasion’” (ibid., pp. 17-118) Continda: “Si no se
{eneralizaran nuestra experiencia y observacién de los particulares,
fe poco aval nos serian nuestra experiencia y observacién de los
particulares en Ia prdctice.. Las inferencias que acuden a nuestras
Mentes, por la experiencia y observacion repetidas, se concluyen
fen. principios © se comprimen en mdximas, que levamos encima
Hira para uso Tos aplicamos prestamente a los casos indi
jusles. sin invertir of proceso mediante ‘el cual se consiguieron,
(© sin evocar © disponer ante uesiras mentes las nimerosas e in:
trincadas consideraciones de que son abreviaturas manuales (eure
svas. miss). La verdadora teoria ¢s un compendio de verdades
particulares.”” Hablando, pucs,..de manera general, la conducta
Rumana esti inevitablemente guiada (cursivas miss) por reglas
© por principios 0 mdsimas (Ibid., pp. IN7-118). No es preciso que
ime detenga a mostrar cémo estas observaciones sc inclinan ala
‘mira sumaria, Mas adelante, cuando Austin viene 9 tratar de casos
‘de. ‘ocurrencia comparativamente ara’, sostiene que las conside-
raciones especificas pueden sobreponerse a las generales. ‘Si obser.
vamos las Tazones de donde hemos Inferido la Tela, seria absurdo
ue las tuvigrames por inflexiones. Hemos de hacer a un lado la
Fegla, consiguientemente, acudir por lo directo al principio segin
cleual estdn cortadas nuestras.reglas y calcular las consecuencias
fespecifieas, cuanto nuestro conocimienio y capacidad lo permitan’
(iid., pp. 2012), El punto de vista de Austin cs. interesante
porque muestra eémo e puede uno acercar a la concepcién de la
rictica y Iuego apartarse. do. ella
En A System of Logic, libro VI, cap. xil, par. 2, Mill distingue
claramente entre la posieién del juéz y Ta del leglslador. y al proce-
er asi quiere dar a entender qué existe distincién entre los dos
DOS CONCEPTOS DE REGLAS 233
rrir, se deberia aplicar directamente el principio
utilitarista, caso por caso, y de nada se:virien les
reglas que hablaran de decisiones pasadas.
2. Las decisiones hechas sobre los casos particu
Jares, Iégicamente son anteriores a las reglas. Como
conceptos de reglas. Sin embargo, distingus las dos psicions,
fara lustrar ln diferenea exlstente entre tos casos em ue hay Us
Splisar una rog’a que gobleme Ia conducta subsiguicnte. Es cl Ul
‘imo caso el gus Ie interess y toma Ia ‘maxima del proscdimient
Gel Isgstador como tipiea de To que son regis. En el par 3,
‘Queda Bion clara Ta ita sumarla, Por ejemplo, dice de Iss reget
Ge*conducta que se han de tomar como provisionales, puesto cue
stan hschas para ios cases que mis abundan. Dice que “sefalan
In mansra como cs menos peligroso acluar; siiven como ‘edmoni
én" de que se ha choontrato un modo de Conducta que concusréa
fon los casce ms comunss. Cn. Uiilarism, cap. il, pat. 24, apa.
fece 11 concepelon ‘umaria en la respuesta de Mila ia misma
Sbjecida que trate Austin. Aguf habia’ ds las reglas come "coro:
favlos" del principio de Ta willdad, esas reglas ‘secundarlas” so
fomparan a'“hitos-y ‘mojones'. Se basan en larga experiecia, por
fo"que hacen fonscteara la-apliiclén del principio lla
{aa caso" Ea el pars 25, MU se rellre al come:ido del principio
slit Conitents nadir ete lee regan more ca
Deientes, Habla aqut com si sz apicara el princisio uilltarsta
Girctnpente al cavo particular, Em la mira €& la practic, se a
4 emglear el principio mis len en determinar eudl de as mane
fae cevenojor pars hacer gus ty praction ean consiaente, Se ha de
Eavertic que mientras en el pat."id In deinilon de’ Mill respecto
dal ul tarismo hace aplicacidn del principio de utldad a la mors
{idad, es dock, a las vegas y preeoptos ds la conduc‘a humana,
In dsfinicidn del pars 2 emplea fh fre "las acciones son corrctas
th la proporcion en que tenden 9 promover ta felicidad’ feurstas
mise), 'y cto inctina aca Ia Tn et limo pérrafo de
{Ensayo "On the Definition of Politcal Ceonomy", Westminster Revi
{Getubre. de 138), Mill dies qua sdlo ene are, en contraposicion
Si etansia, se pueds hablar proplamcnte de excepelones. En cuee
thanes'de précis, si algo er lo que a2 susie hacer "en fa mayoria
Ae" ‘canoes entonses > converts en regia. Al tratar de arte
podemos hablar, sin que auepa objetr, de regla y de ecepcin,
Bntendlende. por reels los casos en que exlo‘e una preyonderan-
hace indaclones part acior de uhn sane, artilt ¥ For
kespeisny ds tos catos en que lo preponderanela std en el caso
Ecnivary. Estas cbseraciones sugeren tambien la tira stmaria
i PriscipiaEthiee de Moor, esp. v, hay una. discusion com
pllcada yell de las Feias morales: No lavexaminaré seul, salvo
Fact exdresat Ta sospecha de que prevalece Ta concepeldn sumari,
Ro hay dua ds que Moore habia frcuentemente de la ui idad de
las regis cuando" s2 euclen seguir, y de las acclones exando se
‘iclen’practicas, pero es impouble que estos pasajes cundren h234 JOHN RAWLS
las reglas tienen su razén de ser en la necesidad
de aplicar el principio utilitarista a muchos casos
similares, se sigue que un caso particular (0 los dis-
tintos casos que se le asemejen) puede cxistir in-
dependientemente de que haya una regla para ese
aso. Hay, pues, casos particulares anteriores a la
existencia de una regla que los abarque, pues sdélo
si nos encontramos con un mimero de casos de
determinado tipo podremos formular una regla. Asi,
podemos describir un caso particular como uno del
género requerido, independientemente de si existe
una regia que atafia a ese género de caso. Dicho de
otra manera: aquello a lo que se refieren las Aes y
as Bes, en reglas de la forma ‘Siempre que A hace B’,
se puede describir como Aes y Bes, independiente-
mente de si existe una regla ‘Siempre que A hace B’,
© independientemente de que exista un cuerpo de
reglas que constituya una prdctica de la que esa
regla es una parte.
‘Como ilustracién de lo anterior, consideremos una
regla o maxima que pudiera surgir de esta maner:
supongamos que una persona trata de decidir si
debe revelar a alguicn, irremediablemente enfermo,
‘cual es la enfermedad’ que tiene, cuando se le ha
pedido que se lo diga. Supongamos que la persona,
Teflexionando, resuelva, por motivos utilitaristas, que
no le ha de revelar la verdad; y supongamos tam-
bién que, por esta y otras ccasiones, formula una
regla referente a no decir la verdad cuando alguien
deshauciado le pregunte qué tiene. Hay que advertir
1 nocién cstadistca de Ia generaidad que admite ta concepeién
Samaria, Esta concepeion viene sugerida por cl hecho de que Moore
fom a principio willtasta como st apicra drectamente 23s
fslonss particlares (pp. 117148) y-por ia nocioa que tiene de
vie'una Pople igo que indica cash, de unas cuanias opciones,
Bsa ans’ mas probablided €e-aportar el mayor bien total,
& cualguiers, en el futuro inmedinto (p. 13). Habla, dela “ey
Jue ome predicein, como gencraliacton (pp. 16 185). L2 com
fcpcidn sumaria ce la que 25 pergefa ea su discusién de las excep-
See (opr 116) y Ge la fuera de Tos ejemplos de infraciones
de reals (pp- 16160.
DOS CONCEPTOS DE REGLAS 235
que cosas como cuando alguien sin remedio pregunte
sobre su enfermedad y alguien se la revele, se pueden
describir como tales, exista o no esa regla. La ejecu-
cién de la accién a que se refiere 1a regla no re-
quiere el escenario de una practica de que sea parte
esa regla. Esto es lo que he querido decir al firmar
que, en la mira sumaria, los casos particulares son
anteriores légicamente a’ las reglas.
3. En principio, toda persona tiene derecho a re-
considerar la correccién de una regla y a preguntarse
si es conveniente 0 no seguirla en el caso particular.
Como las reglas son gufas y ayudas, cabe preguntarse
si en las decisiones pretéritas no se incurrié en algin
error en la aplicacién del principio utilitarista para
formar la regla en cuestién y si es 0 no es lo mejor
en tal caso, La razén de las reglas es que la gente
no es capaz de aplicar el principio utilitarista sin
mayor esfuerzo ¢ impecablemente; es preciso chorrar
tiempo y plantar un jalén. Segiin esto, una sociedad
de utilitaristas racionales careceria de reglas y cada
individuo aplicaria el principio utilitarista directa-
mente y sin roces, con acierto y caso por caso.
Por otra parte, nuestra sociedad formula reglas
como guias para alcanzar esas decisiones idealmente
racionales en casos particulares, gufas que se han for-
mado y probado al socaire de las experiencias de
generaciones. Si se aplica a las reglas esta manera
de ver, aparecen como médximas, como ‘reglas de
buen cubero’, y es de dudar si hay algo a lo que-se
aplique la concepcién sumaria y ésta pueda continuar
Maméndose regia. Discutir en filosoffa como si las
reglas fueran asf es incurrir en un error.
4. El concepto de regla general toma la siguiente
forma. Se supone que uno estima en qué porcentaje
de casos probables se puede confiar en una regla
porque exprese la resolucién correcta, esto es, la
decisién a que se legaria si se aplicara el principio
utilitarista correctamente y caso por caso. Si se ¢s-
tima que en la mayoria dé casos la regla dard la de-
cisién apropiada, o si se estima que la probabilidad236 JOHN RAWLS.
de cometer una equivocacién al aplicar_el_ principio
utilitarista directamente por si mismo es mayor que
la probabilidad de cometer un error por seguir la
regla —y si estas consideraciones son las que hace
en general la gento—, entonces se justificaria su adop-
cién como regla general. De esta manera se puede
@ar razén de las reglas gererales en la mira sumaria.
Sin cmbargo, también tendré sentido hablar de la
aplicacién caso por caso del principio utilitarista,
pues fue porque se traté de prever los resultados de
hacer tal cosa como se consiguieron las apreciaciones
iniciales sobre las que depende la aceptacién de la
regla. El que se est tomando una regla de acuerdo
con la mira cumaria se vera por la naturalidad con
que se hable de Ia regla, como guia o como maxima,
© como una generalizacién de la experiencia, 0 como
algo que se ha de dejar de lado en casos cxtraordi-
narios donde no hay seguridad de que la generali-
zacién cuadre, por lo que el caso se ha de tratar
segin sus méritos. As{, con este concepto va la no-
cidn de la excepcién particular que convierte a una
regla en sospechosa cn una contingencia especial.
La otra concepcién de las reglas la denominaré con-
cepcién de la prictica; segin esta mira, las reglas
vienen a definir una préctica. Las practicas se insti-
tuyen por distintas razones, pero una de cllas es
porque, en muchos sectores de la conducta, si cada
persona tuviera que decidir caso por caso qué hacer
segiin principios utilitaristas, se crearfa confusion, y
porque los conatos de coordina la conducta previer:
do cémo actuaran los demés parecen no resultar.
Como alternativa, uno se da cuenta de que lo reque-
rido es sentar una practica, especificar una nueva
forma de actividad, y de aqui se ve que la practica
supone necesariamente abdicar la libertad plena para
aciuar sobre bases utilitaristas y prudenciales. Es
marchamo de una practica que cl ser iniciado en
ja saber de las reglas que la definen y que
se recurra a dichas reglas para corregir cl compor-
tamiento de quienes se relacionan con clas. Quienes
DOS CONCEPTOS DE REGLAS 237
siguen una practica aceptan las reglas como defini-
torias de ella, Las reglas no se pueden tomar cual
si describieran simplemente cémo se comportan quie-
nes siguen la prdctica; no es que acttien sin mas como
si estuvieran obedeciendo las reglas. Asi, es csencial
en la nocién de practica que las reglas ‘se conozcan
puiblicamente y se conozcan como definitivas, y es
esencial también que las reglas de una prdctica se
puedan ensefiar ¢ imponer para que rindan una
Practica coherente. Segtin esta concepcién, pues, las
reglas no generalizan las decisiones de los individuos
que aplican el principio utilitarista directa ¢ inde-
pendientemente a los casos particulares que se van
presentando. Por el contrario, las reglas definen una
préctica y en si son sujeto del principio utilitarista.
Para mostrar las diferencias importantes entre esa
manera de encuadrar las reglas en la teoria utilita-
rista y la manera anterior, consideraré las diferencias
entre las dos concepciones segiin los puntos antes
tratados.
1. En contraposicién a la mira sumaria, las reglas
de las prdcticas son anteriores, Igicamente, a los
casos particulares. Esto es asi porque no puede darse
el caso particular de una accién que caiga bajo la
regla de una practica, a menos que exista la practica.
Esto se aclararé mejor como sigue: en una prdctica
hay reglas que instauran oficios, especifican ciertas
formas de accién apropiadas pata los distintos ofi-
cios y fijan penalidades por el quebranto de las re-
glas, etc. Podemos pensar que las reglas de una
practica definen los oficios, las jugadas y las ofen-
sas. Ahora, lo que se indica al decir que la practica
es anterior Iégicamente a los casos particulares es lo
siguiente: dada cualquier regla que especifique una
forma de accién (jugada), no se describird como tal
tipo de accién a aquel proceder que se supone cae
bajo esa regla, si concedemos que existe la practica,
a menos que cfectivamente exista tal practica. En el
caso de acciones especificadas por practicas ¢s légi-
camente imposible levarlas a cabo fuera del escena-238 JOHN RAWLS.
tio dispuesto por esas practicas, pues a menos que
exista la practica y a menos que se cumplan las
propiedades requeridas, lo que uno haga, lo que uno
juegue, no entrar como forma de accién que la prdc-
tica especifica. Lo que uno haga se describiré de
alguna ofra manera.
‘Se puede ilustrar este punto a partir del juego del
baseball. Muchas de las acciones que se realizan en
el juego del baseball se pueden efectuar por s{ propio
© por otros, haya 0 no juego de baseball. Por ejemplo,
se puede lanzar la pelota, correr o blandir un pe-
dazo de madera de cierta forma; pero no es posible
robarse una base, retirar al bateador, pasar a primera
base, cometer un error o impedir ganar una base,
aunque se pueden hacer ciertas cosas que parezcan
asemejarse a esas acciones, como robar tna base, per-
derla, etc, Retirar a un jugador, robar una base, im-
pedir la entrada cn ella, etc., son acciones que s6lo
pueden ocurrir en un juego. Independientemente de
Jo que haga una persona, sus actos no se pueden
describir diciendo que entra en base, falla o entra
cn primera, a menos que se les puedan describir
asi jugando ella al baseball, y para hacer csto se
exige la practica regulada, que es lo que constituye
el juego. La practica es anterior, légicamente, a los
casos particulares: a menos que exista la préctica, ca-
recen de sentido los términos que se refieren a accio-
nes especificadas por ella”.
2). Alguien creer que es un error decir que una préctica es ante-
riot logicamente a les formas de acelda que especifica, basindose
fen que si no hublera ejemplos de acciones que caen bajo una pric:
riamos fuertemente inclinados 9 decir que
tampoco habia préctica alguna. Les disefos de una préctiea ‘no
constituyen.prictica. El que haya una préctica supons que haya
ejemplos de gente que la ha practicado ¥ que la practiga (con los
Gsbidos matiees). Esto ce torrecto, pero no empece que cualquier
fjemplo partiewar de una forma ‘de accién especificada por una
prictica presuponga la préctiea. Esto no es asi segun la. mira
Samaria, puesto que cada ejemplo tiene que estar ‘alll’ antes que
fas reglas, por ssi decir, como algo de donde se extrae la regla apli
ccando’ directamente el principio utlitarista
DOS CONCEPTOS DE REGLAS 239
2, La mira de la préctica conduce a una concep-
cién por completo diferente de la autoridad que cada
persona tiene para decidir sobre la conveniencia de
seguir” una regla en casos particulares. Seguir la
Practica, ejecutar aquellas acciones especificadas por
ella, equivale a seguir las reglas convenientes. Si al-
guien quiere realizar una accién que especifica cierta
préctica, entonces no hay otro medio si no es sik
guiendo las reglas que la definen. Por tanto, no
tendrd sentido que alguien se pregunte si una regla
de una prdctica se aplica correctamente a su caso
cuando la accién que esté contemplando es de una
forma definida por una practica. Si alguien pregun-
tara tal cosa, demostrarfa simplemente que no en-
tendié la situacién en la que estaba actuando, Si
alguien desea efectuar una accién especificada por
una prdctica, la tinica pregunta legitima se refiere
a la naturaleza de la practica en si (‘gCémo he de
hacer el testamento?’
Este particular se ilustra con la conducta que se
puede esperar de un jugador en el juego. Si se desea
jugar un juego, no ‘se tratan las reglas del juego
como gufas sobre qué es lo mejor en casos palticu-
ares. En el baseball, si un bateador preguntara ‘Se
me concederan cuatro strikes?’, se supondria que
pregunta cudl es la regla y, una vez que se le hubiera
dicho cudl es ésta, si dijera que queria decir que en
esa ocasin piensa que lo mejor para él es tener
cuatro strikes en vez de tres, se tomaria como una
broma. Alguien puede aducir que el baseball seria
un juego mejor si se permitieran cuatro strikes en
vez de tres, pero no es posible imaginar que las re-
glas sean guias respecto de lo que es mejor en tutal
en los casos particulares, y cuestionar su aplicabilidad
a los casos particulares como casos particulares.
3.y 4. Completando los cuatro puntos de compara-
cién con la mira sumaria; es claro por lo que se ha
dicho que las reglas de las prdcticas no son gufas que
ayuden a decidir correctamente los casos particula-
res, cual juzgados por algin principio ético superior.240 JOHN RAWLS
¥ ni la nocién cuasiestadistica de generalidad ni la
nocién de excepcién particular pueden aplicarse a las
reglas de las practicas. Seré regla mas o menos
general de una prdctica aquella que, de acuerdo con
la estructura de la prdctica, se aplique a mas 0 menos
clases de casos que se desprendan de ella, o debers
ser una regla mas o menos basica para el entendi-
miento de la prictica. De nuevo, un caso particular
no puede ser excepcién a una regla de la practica.
La excepcién es mas bien una cualificacién o una es-
pecificacién ulterior de una regla.
‘Se sigue de lo que hemos dicho acerca de la con-
cepcién de la practica que si se pregunta a una perso-
na que ejercita una prdctica por qué hace ella lo que
hace, o si se le dice que defienda lo que hace, enton-
ces su explicacién o defensa estribara en remitir al
interrogante a la practica en cuestién. No puede decir
de su accién, si es una accién especificada por una
practica, que lleva a cabo esa accién y no otra porque
piensa que es lo mejor en total ®. Cuando se interroga
a un hombre que sigue una prictica por qué actiia
asi, éste ha de suponer que el preguntante o bien
no sabe de qué se trata (‘gPor qué tanta prisa en
pagarle?’ ‘Le prometi pagarle hoy’) o no sabe cual
es la prdctica, No se trata tanto de justificar la ac-
cién particular como de explicar 0 mostrar que esté
Ge acuerdo con la practica. La razén esté en que
contra la escenificacién de la practica que la accién
particular de uno se describa como es. Sdlo se puede
decir qué es lo que uno esta haciendo remitiéndose a
fa préctica, Para explicar o defender la accién propia,
como accién particular, se la hace encajar en la
prdctica que la define. Si no se acepta esto, es sefial
Ge que se esté preguntando algo distinto, referente
fa si alguien esta justificado en aceptar o tolerar la
practica. Cuando io que se cuestiona es la practica,
2 Una charada filoséfiea (en boca de Jeremy Bentham): ‘Cuando
corro al otto wicket, luego que mi compafiero ha dado un buen
fire, lo hago porque es lo mejor en total.” fi
DOS CONCEPTOS DE REGLAS mn
acudir a las reglas (decir cual es la préctica) de nada
sirve; pero cuando lo que se cuestiona es la accién
Particular definida por la préctica, no se puede hacer
nada mds que remitirse a las reglas. Respecto de las
acciones particulares, quien no sepa bien de qué préc-
tica se trata 0 si desconoce que hay que seguirla, s6lo
tiene una pregunta que hacer. Esto se ha de contra-
poner al caso de la maxima, que puede tomarse como
atinada en esta ocasién, cual si se decidiera por
‘otros motivos, lo que en cierto sentido es un reto
al caso, porque se cuestiona si estos otros motivos
apoyan en efecto la decisién al respecto.
Si se comparan las dos concepciones de reglas que
he tratado se puede ver que la concepcién sumaria
pasa por alto la importancia de la distincién entre
justificar una prdctica y justificar las acciones que
‘caen bajo clla. Segin este modo de ver, las zeglas
se consideran como gufas cuya fidelidad es indicar
Ia decisién idealmente racional sobre el caso parti-
cular dado, que rendirfa la aplicacién inmaculada del
principio utilitarista. En principio se tiene la plena
opcién de utilizar las guias o de descartarlas, como
Jo avale la situacién, sin que el oficio moral personal
se altere en modo alguno: se descarten las reglas
© no, la persona mantiene siempre el oficio de ind
viduo racional que busca, caso por caso, realizar lo
inejor en su totalidad. Pero en la concepcién prictica,
si alguien mantiene un oficio definido por una practi-
ca, entonces las cuestiones referentes a las acciones
propias en ese oficio se dirimen remitiéndose a las
Teglas que definen la prdctica. Si alguien busca poner
en duda esas reglas, el oficio particular sufre un
cambio fundamental: entonces se presume que el pro-
pio oficio tiene poder para cambiar y criticar las
reglas, o que se trata del oficio de un reformador, etc.
La concepcién sumaria se desentiende de la distincién
de oficios y de las distintas formas de argumentacion
que les son propias. Segin tal concepcién existe un
oficio y no varios oficios. Por tanto, obnubila el
hecho de que el principio utilitarista, en ¢l caso de
16242 JOHN RAWLS,
acciones y oficios definidos por alguna practica, debe
aplicarse a la préctica de modo que los argumentos
generales utilitaristas no estén al alcance de aquellos
que actian en los oficios asf definidos *.
En lo que he dicho se necesitan algunas califica-
ciones. En primer lugar, puede haber parecido que
he hablado de la concepcién sumaria y de la prdctica
de las reglas como si sélo una de ambas fuera verdade-
ra, y que si era verdadera para cualquier regla, enton-
ces tenia que ser verdadera para todas las reglas. Es
claro que no he querido decir tal cosa. (Son los
criticos del utilitarismo quienes cometen este error,
si sus argumentaciones contra el utilitarismo presu-
ponen una concepcién sumaria de las reglas de las
précticas.) Algunas reglas encajarén en una concep-
cién y otras en otra; y asi existen reglas de practicas
(reglas en sentido ‘estricto), maximas y ‘reglas de
buen cubero’,
En segundo lugar, existen ulteriores distinciones va-
lidas para clasificar las reglas, distinciones que debe-
rian Ievarse a cabo si se consideraran otras cuestio-
nes. Las distinciones que he deslindado son las més
pertinentes a asunto tan especial como el que he tra-
tado y no evan la intencién de ser exhaustivas.
Por fin, habré muchos casos limitrofes en los que
ser4 dificil, si no imposible, decidir cual es la concep-
% ¢Cémo se aplican estas observaciones al caso de Ia promesa
sélo conocida por el padre y el hijo? Bien, a primera vista el hijo
tlortamente hace las Yeces de prometiente, y —segin es. practice
hho. puede sopesar el caso segin bases. gencrales utilitarsias. Su-
ongamos, en cambio, que desse considerarse en cl papel de al-
gulen con titulo para’ criticar y cambiar la préctiea, dejando de
Tido la cuestién fespecto del derecho de pasar de su oticio pre-
viamente asumido, a otro, Entonces puede considerar los argumen-
tos ulllitaristas como aplicados a la prictica; pero en cuanto haga
‘sto, verd que existen argumentos que no le permitirén la defensa
fgeneral utiltarista en Ia practiea de esta clase de caso, pues pro-
feeder asi imposibiitaria pedir y conceder un tipo de promesa que
‘con frecuencia se desea estar en disposicién de pedir y de conce
‘der, Por tanto, no ha de desear cambiar la préctiea y, en conse
‘cuencia, como’ prometiente no tiene otra opeién sino cumplir la
promesa.
DOS CONCEPTOS DE REGLAS 243
cién de las reglas aplicables: En todo concepto exis-
ten tales casos limitrofes, pero han de abundar con
conceptos como los de practica, institucién, juego,
regla, etc. Wittgenstein ha mostrado cudn fluidas son
esas nociones?. Lo que he hecho es recalcar y des-
lindar dos nociones correspondientes al propésito
restringido de este escrito.
wv
Lo que he tratado de mostrar al distinguir entre
dos concepciones de reglas es que existe un modo
de considerar las reglas que permite la opcién de
estimar los casos particulares segin bases generales
utilitaristas, mientras que existe otra concepcién que
no admite tal posibilidad, excepto hasta el punto en
que las mismas reglas lo autoricen, Quiero sefialar
que la tendencia en filosofia a imaginar las reglas de
acuerdo con la concepcién sumaria puede haber ce-
gado a los fildsofos morales la opcién de ver la was-
cendencia de la distincién entre justificar una préc-
tica y justificar una accién particular que cae bajo
ella, y ello debido a que se trastoca la fuerza légica
de la referencia a las reglas, en el caso de que haya
ataque contra una accién particular que caiga bajo
una practic, y porque se oscurece el hecho de que
donde existe una practica, es la practica misma la
que ha de ser el sujeto del principio utilitarista.
No es casualidad, sin duda alguna, que dos de los
casos que son piedra de toque del utilitarismo, el cas-
tigo y las promesas, sean casos claros de priicticas.
Bajo la influencia de la concepcién sumaria es na-
tural suponer que los funcionarios de un sistema pe-
nal, y quien haya hecho una promesa, pueden decidir
21 Philosophical Investigations (Oxford, 1953), 1, pars. 57-71, por
ejemplo.244 JOHN RAWLS
qué hacer en casos particulares partiendo de bases
utilitaristas, No se logra ver que es incompatible con
el principio de practica el arbitrio general para deci-
dir sobre casos particulares segin directrices utilita-
ristas, y que la discrecién que uno pueda tener se
define, asimismo, por la prictica (v.g, un juez puede
tener arbitrio para determinar la pena, dentro de
ciertos limites). Las objeciones tradicionales contra
el utilitarismo que he discutido presuponen la atri-
bucién a los jueces, y a los que han prometido, de
plenitud de autoridad moral para decidir sobre bases
Utilitaristas respecto de los casos particulares. Pero
una vez que se ensamblan el utilitarismo y la nocién
de practica, y se para mientes en que el castigo y las
Promesas son practicas, se ve entonces que légica-
mente queda cancelada esa atribucién.
Que el castigo y la promisién son practicas est
fuera de toda duda. En el caso de la promisin se
muestra esto por el hecho de que la forma de las pa-
labras ‘yo prometo’ es una expresién ejecutoria que
presupone la escenificacién de la practica y las pro-
piedades definidas por clla. La expresién de las pa-
labras ‘Yo prometo’ constituir promesa sdlo si existe
la practica. Serfa absurdo interpretar las reglas sobre
la promisién de acuerdo con Ia concepcién. sumaria,
Es absurdo decir, por ejemplo, que la regla sobre que
se han de cumplir las promesas ha podido surgir
porque se ha visto por otros casos que es mejor cn
conjunto cumplir las promesas hechas; pues a me-
nos que exista de antemano el sobreentendido de que
se cumplen las promesas como parte de la practica
misma, no podrian existir casos de promesas en modo
alguno.
Se ha de conceder, es claro, que las reglas que de-
finen la promisién no estan codificadas y que el con-
cepto de lo que son depende necesariamente de la
educacién moral personal. Por ende, es obvio que
exista considerable variacién sobre cémo la gente
entiende la préctica, ademas de amplio campo para
disponer la argumentacién del mejor modo posible.
DOS CONCEPTOS DE REGLAS 245
Por ejemplo, segtin sea cl trasfondo de la gente ha-
bra diferencias sobre cudn estrictamente se hayan
de tomar las defensas o de cuales de entre ellas se
puede echar mano. Pero independientemente de estas
variaciones, pertenece al concepto de prictica del
prometer que la defensa utilitarista general no esté
al alcance del prometiente. El que esto sea asi da ra-
zén de la fuerza de la objecién tradicional que he
tratado. Y lo que quiero dejar en claro es que cuando
se yuxtaponen el punto de vista utilitarista y la con-
cepciéa de la practica de las reglas, como se debe
hacer en los casos apropiados, entonces no aparece
nada en tal manera de ver que implique que deba
cxistir tal defensa, sea en la practica del prometer 0
en cualquier otra ‘practica.
El castigo es también un caso claro. Existen muchas
acciones, en la secuencia de acontecimientos que cons-
tituye el que uno sea castigado, que presuponen una
practica. Se puede ver esto examinando la definicién
de castigo qué di al tratar de la critica que Carritt
hace sobre el utilitarismo, La definicién que alli
planteé se refiere a cosas como los derechos norma-
es del ciudadano, las reglas de la ley, el poceso a
seguir en la ley, en los juicios y tribunales, en los es-
tatutos, etc., ninguno de los cuales puede existir si
no esta estatuido el escenario bien elaborado del sis-
tema legal. Sucede también que muchas de las accio-
nes por las que se castiga a la gente presuponen
prdcticas. Por ejemplo, se castiga el robo, ‘a trans-
gresidn y cosas parecidas; lo que presupone 1g insti
tucién de la propiedad. Es imposible decir cué es el
castigo, o describir un ejemplo particular de
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