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Cuentos con Moraleja para Niños

Este cuento presenta la historia de un ratón de campo que vive felizmente en el bosque y un ratón de ciudad que visita. Aunque el ratón de ciudad se burla de la simple vida del ratón de campo, éste lo invita amablemente. Más tarde, el ratón de ciudad invita al ratón de campo a la ciudad, pero allí el ratón de campo se siente abrumado por el ruido y la suciedad. Al final, el ratón de campo decide que prefiere su tranquila vida en el bosque.

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Cuentos con Moraleja para Niños

Este cuento presenta la historia de un ratón de campo que vive felizmente en el bosque y un ratón de ciudad que visita. Aunque el ratón de ciudad se burla de la simple vida del ratón de campo, éste lo invita amablemente. Más tarde, el ratón de ciudad invita al ratón de campo a la ciudad, pero allí el ratón de campo se siente abrumado por el ruido y la suciedad. Al final, el ratón de campo decide que prefiere su tranquila vida en el bosque.

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Cuentos

Cuento de moraleja: Como se hizo la lluvia

Cuentan que hace mucho, muchísimo tiempo, una gota de agua se cansó de estar en el mismo lugar, y
quiso navegar por los aires como los pájaros, para conocer el mundo y visitar otras tierras.

Tanto fue el deseo de la gotica de agua, que un día le pidió al Sol que le ayudara: “Astro rey, ayúdame a
elevarme hasta el cielo para conocer mejor el mundo”. Y así lo hizo el Sol. Calentó la gotica con sus
rayos, hasta que poco a poco, se fue convirtiendo en un vapor de agua. Cuando se quedó como un gas,
la gotica de agua se elevó al cielo lentamente.

Desde arriba, pudo ver el lugar donde vivía, incluso más allá, puedo ver otros rincones del mundo, otros
mares y otras montañas. Anduvo un tiempo la gotica de agua allá en lo alto. Visitó lugares desconocidos,
hizo amistades con los pájaros y de vez en cuando algún viento la ponía a danzar por todo el cielo azul.

Sin embargo, a los pocos días, la gotica comenzó a sentirse sola. A pesar de contar con la compañía de
los pájaros, y la belleza de la tierra vista desde lo alto, nuestra amiga quiso que otras goticas de agua le
acompañaran en su aventura, así que decidió bajar a buscarlas y compartir con ellas todo lo que había
vivido.

“Viento, ayúdame a bajar del cielo para ir a buscar a mis amigas” Y el viento así lo hizo. Sopló y sopló un
aire frío que congeló la gotica hasta volverse más pesada que el aire, tan pesada, que pronto comenzó a
descender desde las alturas.

Al aterrizar en la tierra, lo hizo sobre un campo de trigo, donde había muchas goticas que recién
despertaban hechas rocío mañanero. “Queridas amigas, acompáñenme hasta el cielo” gritó la gotica y
todas estuvieron de acuerdo. Entonces, el Sol las elevó hasta lo alto donde se convirtieron en una
hermosa nube, pero al pasar el tiempo, las goticas quisieron bajar nuevamente a contarles a otras
goticas sobre lo que habían visto.

Y desde entonces, siempre que llueve, significa que cada gota de agua ha venido a buscar a su amiga
para jugar y bailar en el cielo.

Cuento con moraleja: El leñador honrado


Érase una vez, un leñador humilde y bueno, que después de trabajar todo el día en el campo, regresaba
a casa a reunirse con los suyos. Por el camino, se dispuso a cruzar un puente pequeño, cuando de
repente, se cayó su hacha en el río.

“¿Cómo haré ahora para trabajar y poder dar de comer a mis hijos?” exclamaba angustiado y
preocupado el leñador. Entonces, ante los ojos del pobre hambre apareció desde el fondo del río una
ninfa hermosa y centelleante. “No te lamentes buen hombre. Traeré devuelta tu hacha en este instante”
le dijo la criatura mágica al leñador, y se sumergió rápidamente en las aguas del río.

Poco después, la ninfa reapareció con un hacha de oro para mostrarle al leñador, pero este contestó
que esa no era su hacha. Nuevamente, la ninfa se sumergió en el río y trajo un hacha de plata entre sus
manos. “No. Esa tampoco es mi hacha” dijo el leñador con voz penosa.

Al tercer intento de la ninfa, apareció con un hacha de hierro. “¡Esa sí es mi hacha! Muchas gracias” gritó
el leñador con profunda alegría. Pero la ninfa quiso premiarlo por no haber dicho mentiras, y le dijo “Te
regalaré además las dos hachas de oro y de plata por haber sido tan honrado”.

Ya ven amiguitos, siempre es bueno decir la verdad, pues en este mundo solo ganan los honestos y
humildes de corazón.
Cuento con moraleja: El cerdro vanidoso

Esta es la historia de un cedro presumido y tonto, que se jactaba a diario de su hermosura. El cedro
vivía en el medio de un jardín, rodeado de otros árboles más pequeños, y para nada tan bellos como
él. ¡Soy en verdad, algo digno de contemplar, y no hay nadie en este jardín que supere mi encanto! –
repetía el cedro en las mañanas, en las tardes y en las noches.

Al llegar la primavera, los árboles comenzaron a dar hermosas frutas. Deliciosas manzanas tuvo el
manzano, relucientes cerezas aportó el cerezo, y el peral brindó gordas y jugosas peras.

Mientras tanto, el cedro, que no podía dar frutos, se lamentaba angustiado: “Mi belleza no estará
completa hasta que mis ramas no tengan frutos hermosos como yo”. Entonces, se dedicó a observar a
los demás árboles y a imitarlos en todo lo que hicieran para tener frutos. Finalmente, el cedro tuvo lo
que pidió, y en lo alto de sus ramas, asomó un precioso fruto.

“Le daré de comer día y noche para que sea el más grande y hermoso de todos los frutos” exclamaba
el cerro orgulloso de su creación. Sin embargo, de tanto que llegó a crecer aquel fruto, no hizo más
que torcer poco a poco la copa de aquel cedro. Con el paso de los días, el fruto maduró y se hizo más
pesado cada vez, hasta que el cedro no pudo sostenerlo y su copa terminó completamente quebrada y
arruinada.

Algunas personas son como los cedros, que su ambición es tan grande que les lleva a perder todo
cuanto tuvieron, pues no hay nada tan fatal como la vanidad, y debemos evitar ser engreídos con las
personas que nos rodean.
Cuento con moraleja: La nuez de Oro

Había una vez una niña de nombre María, que tenía los cabellos negros
como la noche. La hermosa María gustaba de pasear por el bosque y conversar con los animales.
Cierto día, encontró en el suelo una nuez de oro.

“Un momento, niñata. Devuélveme esa nuez, pues me pertenece a mí y nadie más”. Al buscar el lugar
de dónde provenía la voz, la niña descubrió un pequeño duende que agitaba sus brazos desde las
ramas de un árbol.

El duendecillo vestía de gorro verde y zapatillas carmelitas y puntiagudas. Sus ojos verdes y grandes
miraban a la niña fijamente mientras repetía una y otra vez: “Venga, te he dicho que me regreses esa
nuez de oro que es mía, niña”.

“Te la daré si me contestas cuántos pliegues tiene esta nuez en su piel. Si fallas, la venderé y ayudaré
a los niños pobres que no tienen nada que comer”, contestó la valiente niña enfrentando la mirada
del duende. “Mil y un pliegues” contestó la criatura mágica frotándose las manos.

La pequeña María, no tuvo entonces más remedio que contar los pliegues en la nuez, y efectivamente,
el duende no se había equivocado. Mil y una arrugas exactas, tenía aquella nuez de oro. Con lágrimas
en los ojos, María la entregó al duendecillo, quien al verla tan afligida, ablandó su corazón y le dijo:
“Quédatela, noble muchacha, porque no hay nada tan hermoso como ayudar a los demás”.

Y así fue como María pudo regresar a casa con la nuez de oro, alimentar a los pobres de la ciudad y
proveerles de abrigos para protegerse del crudo invierno. Desde entonces, todos comenzaron a
llamarle tiernamente “Nuez de Oro”, pues los niños bondadosos siempre ganan el favor y el cariño de
las personas.
Cuento con moraleja: Ratón de campo y ratón de ciudad

Había una vez un humilde ratoncito que vivía muy feliz a en el hueco de un árbol seco. Su casita era
muy cómoda y espaciosa, tenía sillones hechos con cáscaras de nuez, una cama con pétalos de flor y
cortinas en las ventanas tejidas con hilos de araña.

Cada vez que llegaba la hora de comida para el ratoncito, salía al campo, buscaba jugosas frutas y
agua fresca del río. Después, se dedicaba a corretear por la llanura verde o a descansar bajo la luz de
las estrellas. Todo era muy feliz para el pequeño ratón.

Una tarde, apareció su primo, el ratón de ciudad. El ratoncito le invitó a almorzar, y preparó una
deliciosa sopa de coles. Pero su primo, acostumbrado a los manjares de la ciudad, escupió la sopa tan
pronto la probó. “Qué sopa tan desagradable” exclamó.

Con el paso de los días, el ratoncito de la ciudad se cansó de estar en la casa de su primo, y decidió
invitarlo a la suya para mostrarle que él vivía en mejores condiciones. El ratoncito del campo aceptó a
regañadientes, y partieron rápidamente los dos animalitos.

Al llegar a la ciudad, el ratoncito de campo se sintió muy perturbado, pues allí no reinaba la paz que
tanto había gozado en el campo. Los tumultos de las personas, el ruido de los carros y la suciedad de
las calles, terminó por alterar a nuestro amiguito, que sólo pudo respirar tranquilo cuando estuvo
dentro de la casita de su primo.

La casita era grande, llena de lujos y comodidades. Su primo de la ciudad poseía largas colecciones de
queso, y una cama hecha con medias de seda. En la noche, el ratoncito de la ciudad preparó un
banquete muy sabroso con jamones y dulces exquisitos, pero cuando se disponían a comer,
aparecieron los bigotes de un enorme gato en las puertas de la casita.

Los ratones echaron a correr asustados por la puerta del fondo, pero su suerte fue peor, pues cayeron
a los pies de una mujer que les propinó un fuerte golpe con la punta de su escoba. Tan dura fue la
sacudida, que quedaron atontados en el medio de la calle.

El ratoncito del campo decidió entonces, que ya era hora de marcharse a su tranquila casita, pues
había comprendido que no vale cambiar las cosas lujosas y las comodidades por la paz y la armonía de
un hogar.

Versión 2: Cuento del ratón de campo y ratón de ciudad


Entre los árboles de un enorme bosque, vivió una vez un humilde ratoncito, que cada mañana se
levantaba feliz a comer, saltar, jugar y hacer todo lo que quisiera. Aquel ratoncito era muy feliz
porque tenía todo cuanto pudiese desear. Su casita estaba hecha de hojas secas y su cama era una
cáscara de nuez. En las noches, el ratoncito conversaba con su amiga la lechuza y con los primeros
rayos del Sol partía todos los días hacia el río para bañarse con sus amigos los peces.

Una tarde, arribó a la casa de nuestro amigo un ratoncito de la ciudad, engalanado con ropas de seda,
sombreros de terciopelo y joyas de la más alta calidad. Al ver las condiciones en que vivía el ratoncito
de campo, enseguida comenzó a burlarse de él, pero nuestro amigo no hizo caso de aquello, y
gustosamente le preparó una merienda, mientras le invitaba a descansar dentro de la casita.

“Eres muy amable, amigo mío. Pero he sentido vergüenza al ver que nada de esto se compara con
todas las comodidades que podrías tener en la ciudad. ¿Por qué no vienes conmigo y lo compruebas
con tus propios ojos?”, preguntó el ratoncito de ciudad mientras devoraba la merienda de frutos secos
y hojas verdes que le había preparado el ratoncito de campo.

Después de una larga charla, el ratoncito de campo accedió a visitar la ciudad de su nuevo amigo, y
temprano en la mañana emprendieron el viaje. Luego de recorrer varias horas de camino, los
viajantes arribaron por fin a la entrada de la ciudad, y tras avanzar unos kilómetros más terminaron
sentados por fin en la casita del ratoncito de ciudad.

“¿Has visto cuánto lujo?”, preguntó el ratoncito de ciudad mientras su amigo observaba con
detenimiento todas las joyas de aquella casita. Al cabo de un tiempo, y habiendo descansado un poco,
los animalitos sintieron entonces que el hambre los atormentaba, por lo que decidieron salir en busca
de comida.

Al llegar a una casa, los ratoncitos treparon por la ventana, y para su sorpresa, encontraron la mesa de
la cocina repleta de manjares deliciosos. Carnes, dulces, vegetales, todo cuanto pudieran desear se
encontraba en aquel lugar, pero la dicha duró poco para nuestros amigos, pues tan pronto como se
disponían a dar el primer bocado, apareció de la nada un gato feroz.

Muertos de miedo, los ratoncitos echaron a correr con todas las fuerzas de sus patas, y cuando
estuvieron a salvo, decidieron salir nuevamente en buscar de comida. Varias horas después, el
ratoncito de ciudad dio con otra casa, e invitó al ratoncito de campo a colarse por la rendija de la
puerta, para luego saltar hasta la mesa donde le esperaba un delicioso banquete.

Embelesados de tanta comida, los ratoncitos no se dieron cuenta que una señora los vigilaba
sigilosamente detrás de las cortinas, y tan grande fue el susto que se llevaron, que de un golpe
terminaron en la calle, hambrientos, asustados y tristes. “No te preocupes, amigo. Ya encontraremos
un lugar donde podamos comer algo”, insistía el ratoncito de ciudad tratando de consolar a su
compañero.

Nuevamente, anduvieron por un rato los ratoncitos hasta que por fin, encontraron un lugar repleto de
comida. Se trataba de un restaurante de lujo, y con mucho cuidado, los dos animalitos se escurrieron
entre las mesas hasta llegar a una que estaba repleta de manjares suculentos. Sin tiempo que perder,
los ratoncitos se dispusieron a devorar todos los platos de la mesa, aunque desafortunadamente, el
cocinero ya los había visto desde el momento en que entraron por la puerta.
Acercándose con cuidado, el cocinero estrelló contra la mesa su cuchillo, pero afortunadamente, el
ratón de ciudad logró esquivar el golpe a tiempo. Alertados del peligro, los dos ratoncitos no tuvieron
otro remedio que huir de aquel lugar a toda velocidad, y cuando se encontraron a salvo en la calle, el
ratoncito de campo le dijo a su amigo: No lo tomes a mal, querido compañero. Cierto es que vives
rodeado de lujos y cosas muy buenas, pero la ciudad no es para mí. Yo no podría vivir jamás en un
lugar tan agitado y peligroso, y la verdad, prefiero mil veces mi humilde y pequeña casita en el campo
antes que vivir nervioso todo el tiempo y temeroso por mi vida. A veces, es mejor disfrutar de la vida
feliz y con poco, que contar con grandes comodidades y vivir asustado todo el tiempo.

Y así fue cómo el ratoncito de campo jamás volvió a saber de su amigo en la ciudad, y cada día de su
vida lo pasó entonces en su humilde pero tranquila casita, feliz de la vida que había escogido para él.
Cuento con moraleja: El leñador y sus tres hijos

Érase una vez, un leñador generoso y bueno, que


tenía tres hijos varones. Todos los días del mundo los muchachos ayudaban a su padre con las labores
de la granja: pastoreaban las ovejas, recogían el trigo listo y plantaban nuevas semillas. Eran en
verdad, mozos muy obedientes y limpios, pero el anciano se lamentaba de su poca fortuna, y echaba a
que su destino sería el de vivir eternamente pobre.

En las mañanas, mientras los muchachos reían y cantaban camino a la siembra, su padre los
observaba sin embargo con mirada angustiosa, miraba sus ropas descosidas y el sudor corriendo por
sus espaldas, y suspiraba el triste viejo por no poder liberar a sus hijos de aquella carga y brindarles
todo cuanto quisieran.

Así continuó la vida de aquel pobre hombre hasta que un buen día, mientras observaba las estrellas,
apareció de la nada y se posó en sus hombros un pequeño duendecillo. “Te daré la felicidad que tanto
buscas, buen hombre. Desde ahora serás muy rico, vivirás a plenitud y nada más”.

Y así lo hizo la criatura mágica. Agitó su sombrero tres veces en el aire y apareció ante los ojos del
leñador un cofre repleto de monedas de oro. “Soy rico, soy rico” exclamaba con risas el pobre
anciano. “Ah, pero escucha atento mis palabras: dentro de un año, vendré a buscar exactamente la
mitad de todo cuanto tengas. Y nada más” susurró el duendecillo en los oídos del anciano y se esfumó
en el aire.

Cierto es, que el leñador hizo poco caso a las palabras del duendecillo, y a partir de ese momento, se
dedicó a llenar de placer y alegría a sus hijos. ¡Todo cuanto desearan los muchachos les era concedido!
Carruajes forrados de piedras preciosas, ropas hermosas de la más fina seda, banquetes llenos de
manjares suculentos. Así vivieron por un tiempo, llenos de lujos y comodidades. Sin embargo, la vida
para la familia del leñador era tan ostentosa, que pronto comenzó a escasear el dinero.

En pocos meses, habían gastado todas las monedas de oro. Sucedió entonces que los banquetes
dejaron de ser tan enormes, los carruajes se vendieron para pagar las deudas, y los trajes de seda solo
sirvieron para protegerse del crudo invierno. Con el paso del tiempo, la situación continuó
empeorando, el padre lo había perdido todo, incluso la granja, y su única preocupación se convirtió en
dar de comer a sus muchachos.

Una noche oscura, en que el viento frío arreciaba feroz, el leñador había logrado hacerse con un trozo
de pan viejo para dar de comer a sus tres hijos pues no habían probado bocado alguno desde hacía
casi una semana. Bajo la débil luz de la hoguera, se dispusieron a repartir el trozo de pan, cuando el
padre recordó que se había cumplido un año exactamente de la visita del duendecillo.

“El duende vendrá a recoger la mitad de


todo cuanto poseo, pero yo solo tengo este trozo de pan viejo. Si mis hijos no lo comen morirán de
hambre” pensaba angustiado el leñador y corrió a esconderse con los muchachos entre la maleza.
Minutos más tarde, apareció una silueta borrosa y pequeña, dibujada por la luz blanca de la Luna.

“Querido amigo mío ¿Dónde estás? He venido a concluir nuestro trato. ¿Por dónde andas?” susurraba
el duendecillo entre carcajadas malditas. Cuando descubrió que el leñador se había escondido,
vociferó enfurecido: “Que así sea pues. Has roto nuestro acuerdo y debes pagar. Tus hijos sufrirán por
lo que has hecho, vivirán condenados por maldiciones indeseables y tú sufrirás por tu traición. ¡Y nada
más!”, y dicho aquello agitó tres veces su sombrero y se esfumó en el aire.

Al ver que el duendecillo había desaparecido, el leñador salió de la maleza y suspiró aliviado, pero
cuando miró a sus hijos lanzó un grito de dolor desesperado. El más pequeño de ellos, se había
transformado completamente, sus piernas se habían intercambiado con sus brazos, y andaba de
cabeza caminando en todas las direcciones. El segundo de los muchachos saltaba desenfrenado y huía
de una manada de moscas gigantes que le perseguían a donde quiera que iba. Para el tercero y más
grande de los hijos del leñador, el duendecillo le había maldecido con pies y manos de vidrio que le
pesaban enormemente y apenas podía moverse del lugar.

“¿Qué he hecho?” sollozaba el pobre padre contemplando el horror en que se habían convertido sus
hijos, “Mi avaricia y mi egoísmo me han traído la desgracia ¡Ay de mis pequeños! ¡Ay de mis
pequeños!”. El leñador daba golpes en la tierra y halaba sus pelos con un profundo dolor. Entonces,
decidió partir en busca del duende para pedirle clemencia por aquel terrible castigo.

Así anduvo viajando por largo tiempo el angustiado anciano. Cruzó montañas y lagos, bosques y
desiertos. Cuando sus piernas se agotaban de tanto caminar, llegó hasta la última piedra del mundo,
donde había una casita pequeña. ¡Era la casita del duendecillo! La criatura se encontraba dentro
preparando una suculenta sopa. En un descuido de la criatura, el leñador echó en la sopa unas yerbas
soñolientas, y esperó a que el duendecillo terminara de comer.

Al cabo de un tiempo, el pequeño duende quedó profundamente dormido, y el leñador aprovechó


para quitarle su sombrero. Luego salió corriendo a toda velocidad de aquel lugar y regresó de vuelta
con sus tres hijos desgraciados. Sin perder un segundo, el anciano agitó tres veces el sombrero del
duende sobre cada uno de los muchachos y estos volvieron a la normalidad. ¡Eran los mismos mozos
de antes! El leñador inundó su corazón de alegría, y apretó a sus muchachos en un cálido abrazo.
Desde entonces, jamás deseó riqueza alguna, pues cada vez que contemplaba a sus hijos sabía que ya
tenía todo lo necesario para ser feliz en este mundo.
Cuento de amor: El rescate en la nieve

Érase una vez un campesino que habitaba con sus dos hijos en un lugar muy distante, cercano al paso
de una montaña. El campesino siempre había tenido mal carácter, pero con los años este había
empeorado e incluso se había vuelto cruel con sus animales, a los que maltrataba sin razón, en
especial a los perros a los cuales golpeaba y apedreaba.

Un día de invierno, sorprendió a uno de los hijos que regresaba del pueblo, una gran tormenta de
nieve. El clima era terrible y el joven perdió el camino de regreso a su cabaña en medio de las
montañas nevadas, por lo que vagó sin rumbo hasta caer inconsciente en la nieve.

Estaba a punto de morir congelado, cuando sintió en su rostro un aliento cálido y húmedo que lo hizo
despertar. Frente a él se encontraba un vigoroso perro de robusta constitución, que llevaba una
manta en el lomo. De inmediato el joven se apresuró a envolverse en la manta y con un poco de
esfuerzo se tumbó sobre la espalda del animal, que con mucho trabajo logró trasladarlo el resto del
camino.

La tempestad no mostraba clemencia y el campesino temía por la vida de su hijo sin poder hacer nada
más que esperar. Ya se encontraba desesperado cuando sintió frente a la puerta lo que parecía ser un
ladrido. Con sorpresa descubrió que uno de los perros a los que tanto maltrataba le había salvado la
vida a su hijo, no sabía qué pensar.
De inmediato tomó a su hijo en brazos y lo cubrió de mantas frente al fuego. Luego regresó por el
perro, que se encontraba tendido en la entrada desfallecido sin fuerzas y lo atendió con igual
devoción. En lo adelante el campesino nunca más dañó a un animal, de hecho creó un refugio para
perros como aquel al que tanto le debía. Le puso como nombre San Bernardo y muchas historias se
han contado de aquellos perros que asistieron y refugiaron a cientos de caminantes que transitaban
por el paso.

Cuento de amor: El bizcocho de la abuela

Esther era la abuela que todo niño desearía tener. Tenía el pelo blanco recogido en un gran moño y
una cara de ángel que reflejaba su carácter bondadoso. Sus nietos pequeños disfrutaban de cada
visita que ella hacía en las fiestas navideñas, cuando la casa se llenaba de aromas y platos deliciosos.

Y es que Esther era muy buena cocinera, ¡la mejor! Había aprendido de su abuela y no había platillo
que se le resistiera. Disfrutaba sobre todo haciendo pasteles y tortas para sus nietecitos, que la
miraban con fascinación mientras ella cocinaba y les explicaba sus recetas.

Un año la abuela llegó emocionada pensando hacer un bizcocho de chocolate para sus nietos, pero
pronto se dio cuenta de que estos mostraban poco interés en ayudarla.

– “Abuela preferimos salir a jugar”,- dijo el nieto. “Sí, mis amigas me están esperando para que les
enseñe mi muñeca nueva”, – replicó la pequeña.

La abuela se sintió triste de que sus nietos no quisieran ayudarla, pero se propuso hacer el mejor
bizcocho que podía para sorprenderlos. Así fue como ideó una receta especial y se puso manos a la
obra. Comenzó a mezclar todos los ingredientes: azúcar, huevos, harina, aceite, yogur, levadura,
ralladura de limón, trocitos de nueces, chocolate y el ingrediente secreto, una dosis de mucho amor.

Luego de un par de horas el bizcocho comenzó a oler y los nietos que se encontraban en el salón, se
acercaron expectantes ante aquel dulce que olía tan bien. Estaban inquietos frente a la puerta cuando
vieron salir un impresionante bizcocho navideño.

Era un bizcocho inmenso, revestido de una capa verde de azúcar con la forma de un árbol de navidad.
Encima habían colocados todo tipo dulces que decoraban el árbol como si fuesen adornos navideños.
En el centro había un letrero de chocolate negro que decía: – “Para mis amados nietos por Navidad”.
Los nietos se sintieron muy apenados de no haber ayudado a su abuela y corrieron a darle un fuerte
abrazo. En lo adelante cada año la ayudarían a realizar un bizcocho como este, que fue declarado ese
año como el postre de la Navidad.

Cuento de amor: Como Silvia aprendió a leer

Silvia era una niña dulce, atenta y cariñosa. Sus padres no tenían ninguna queja de ella, excepto que era
demasiado perezosa. Le gustaba perder el tiempo cazando mariposas o simplemente haciendo nada.

Esto se convirtió en un problema cuando Silvia empezó en el colegio. No se es esforzaba en aprender a


leer, ni tan siquiera mostraba un poco de interés. Su mamá incluso contrató a una profesora que se
pasaba largas horas intentando que al menos se concentrara.

– “No sirve de nada”, – le decía la señora a la madre de Silvia, – “no le interesa aprender”. – Ya casi
estaba a punto de darse por vencida la profesora, cuando ocurrió lo inesperado.

Resulta que un día asistió al encuentro con Silvia, llevando a su hijo que era un poco mayor. El corazón
de Silvia latió fuerte al verlo y no supo nunca por qué, sus ojos brillaron de una manera que solo su
madre supo descifrar. Aquel día la niña prestó toda la atención que pudo, hasta que terminó el
encuentro y se dirigió al patio donde se encontraba el niño esperando.

– “Hola Silvia”– dijo el niño, –“¿cómo te fue hoy? Sé que mi mamá ha estado enseñándote a leer pero
dice que no quieres aprender”.

Silvia apenada lo miró y consintió. Nunca había sentido vergüenza en su vida.

Pasaron los días y los niños se hicieron buenos amigos, montaban patines en el parque y disfrutaban de
lo lindo. Llegaron las vacaciones estivales y el niño tuvo que irse a casa de su papá, donde iba a pasar el
verano. Antes de irse prometió enviarle una postal y un regalo a Silvia.

Pasaron las semanas y Silvia cada vez se esforzaba más, para sorpresa de su madre. Un día llegó el
cartero con una caja en la que Silvia anhelaba que estuviese la postal prometida. Sobre ella se
encontraba rotulado “Para Silvia Mathew. Si puedes leer lo que dice en el exterior de esta caja, entonces
te puedes quedar con lo que contiene”. Y como Silvia pudo leer cada palabra con total claridad y fluidez,
pudo disfrutar de la postal que le enviaba su amigo, junto a la que se encontraban unos hermosos
patines.

Cuento de amor: La sirena que se convirtió en sal

Había una vez una sirena que vivía en el fondo del mar. A pesar de que su vida se encontraba en las
profundidades, ella anhelaba salir a la superficie y vivir una vida humana.

Cuando cumplió dieciocho años hizo un trato con una hechicera que le dio el poder de convertirse en
humana durante las noches. Pero la magia de este hechizo solo surtía efecto hasta el amanecer, debía
ser muy cuidadosa de regresar antes al agua.

Esa misma noche decidió visitar el pueblo cercano, donde celebraban unas fiestas. Salió de la orilla
convertida en una hermosa doncella, de cabellera rubia y espesa. Tomó prestado un vestido que
encontró cerca y caminó hacia el lugar del que provenía la música.

Entre la multitud distinguió un joven alto y apuesto, que la miraba con el mismo interés que ella lo
hacía. Para su sorpresa el joven la tomó de la mano y la invitó a bailar. Bailaron toda la noche sin parar, a
pesar de que la sirena nunca antes lo había hecho.

No se dijeron nombres, solo se despidieron prometiéndose que la noche siguiente se volverían a


encontrar en el muelle. Así ocurrió, al igual que la siguiente y la siguiente. Tomó solo tres noches para
que floreciera el amor entre el desconocido y la sirena, que era feliz como nunca antes.

La cuarta noche la sirena acudió a la cita acordada, pero para su sorpresa el joven no apareció en el
muelle. La sirena preguntó desconsolada a todos los que encontraba a su paso, hasta que un anciano
pescador que había sido testigo de las citas de los enamorados le dijo: – “Ese joven era un príncipe de
una tierra lejana, su padre se lo llevó esta tarde con muchas prisas y no se sabe si regresará. Te buscó
durante horas”.
La sirena rompió a llorar, su corazón no podía aguantar la tristeza de no volverlo a ver. Sin darse cuenta
la luna comenzó a languidecer y el sol comenzó a anunciar el amanecer, hasta que fue demasiado tarde.
No le importó, se entregó a la calidez del astro rey que rompió el hechizo y la convirtió en una preciosa
estatua de sal, situada frente al mar. Ahí permanece todavía, esperando el regreso de su amor algún día.

Cuento de amor: Las hormigas laboriosas

Eran los últimos días de verano y David había sido invitado a la celebración del cumpleaños de uno de
sus primos mayores. El festejo fue enorme, había una gran tarta, una búsqueda del tesoro y muchísimas
diversiones más. Después de corretear por toda la casa y participar en sus juegos favoritos, David y los
otros niños fueron hacia el jardín, a donde se había trasladado la fiesta.

Mientras los adultos conversaban, los niños seguían corriendo y haciendo travesuras. De repente llamó
la atención de David una enorme fila de diminutas hormigas, que iban muy atareadas transportando
pequeñas cantidades de comida.

Se quedó mirando fijamente a las hormigas durante algunos segundos, hasta que agarró una para verla
más cerca y casi de inmediato intentó aplastarla entre sus dedos. Afortunadamente para la hormiga, la
madre lo llevaba observando un buen tiempo y en cuanto se dio cuenta de sus intenciones, lo detuvo.

David miró a su madre con cara de desconcierto, al igual que los demás niños que habían presenciado la
escena y se agrupaban alrededor. La madre con tono dulce le dijo al niño:

– ¿Por qué las lastimas, acaso te han hecho daño? ¿No ves lo duro que están trabajando para recolectar
comida para el invierno? – La madre se volvió y dijo al resto de los niños que la miraban con atención.
– Nunca debemos intentar dañar a un animal solo porque podemos. En cambio debemos cuidarlos e
intentar aprender de ellos. Las hormigas por ejemplo, a pesar de ser tan pequeñas, son de los insectos
más laboriosos y fuertes que existen en la naturaleza. ¿No ven cómo colaboran todas juntas para
transportar cargas mucho más grandes que su tamaño?

David de inmediato se sintió arrepentido por la mala acción que casi había cometido y prometió a su
mamá que nunca más intentaría dañar a un animal, por pequeño que este fuese. Sus amigos, al igual
que David, aprendieron aquel día una valiosa lección que recordarían toda la vida.

Cuento de animales: El pastor que hablaba con los animales


La leyenda cuenta la historia de un noble pastor que tenía el don de hablar con los animales. El
pastorcillo tenía una novia a la que quería mucho, pero como no tenía dinero para casarse con ella, un
buen día decidió salir por el mundo en busca de fortuna.

Tras varias semanas de duro andar, el noble pastor llegó a una granja apartada en el bosque con la
intención de pedir trabajo. “Pastorea mis ovejas y te daré cuatro monedas al día”, le dijo el dueño de la
granja sin más dilación, y enseguida se puso el joven a cuidar a sus ovejas por el prado.

A las pocas horas de encontrarse en aquel lugar, el pastor tuvo una rara sensación, y al volver la vista
hacia atrás, descubrió que un inmenso fuego se había apoderado de la pradera. Con gran voluntad, el
joven pastor trató de apagar las brasas ardiendo, y justo en ese momento descubrió que en lo alto de un
bosque, atrapada por las llamas y casi moribunda por el humo, reposaba una víbora enroscada en las
ramas.

Pese a que las víboras son animales muy peligrosos, el pastor tenía un corazón bondadoso, y con mil y
un trabajos logró poner a salvo al animal. Para sorpresa del pastor, la víbora podía hablar, y tan pronto
se recuperó, le dijo:

“Gracias, noble muchacho. No sólo has salvado mi vida sino la de muchos animales que habitan en este
lugar. Por ser tan noble y bueno te concederé el deseo que me pidas”. Por supuesto, el pastorcillo
deseaba tener dinero para casarse con su novia, pero en cambio, le pidió a la víbora el don de hablar con
los animales.

“Es algo peligroso lo que me pides, joven, pero haré tu sueño realidad. No obstante, debes saber que si
algún día revelas este secreto, caerás muerto al instante”, y dicho aquello la víbora dio dos vueltas en el
suelo y desapareció al instante del lugar. El pastor, sin creer aun lo que había pasado, decidió acercarse
a las ovejas que estaba pastoreando para comprobar si podía entenderlas.

Para su sorpresa, las cabras conversaban animadamente y refunfuñaban porque el joven las había
abandonado a su merced. “Este muchacho es un atolondrado. Si nos sigue abandonando así
terminaremos devoradas por el lobo”, pero el pastorcillo no demoró un instante en contestarles: “No se
preocupen queridas cabras. A partir de ahora no las dejaré solas nunca más”.

Las cabras se miraron unas a otras confundidas al ver que el pastor les había hablado, pero tan pronto
las devolvió a la granja, el joven decidió entonces tomar una merecida siesta. Cuando por fin se
encontraba descansando a la sombra de un frondoso árbol, dos gorriones se posaron en las ramas y
comenzaron a conversar.
“¿Quién pudiera decirle a este chico que bajo la tierra donde descansa se encuentra escondido un gran
tesoro?”, y no más escuchó las palabras de los gorriones, el pastor se puso a cavar de inmediato. Como
en efecto, al poco tiempo, el joven encontró un cofrecillo dorado repleto de joyas y monedas de oro.

“¡Soy rico!” gritaba campante el pastor mientras se marchaba camino a casa para darle la buena noticia
a su amada. En poco tiempo, la pareja se casó por todo lo alto y pudieron comprarse una granja
hermosa donde vivieron muy felices por largo tiempo.

Sin embargo, un buen día, mientras el pastor se disponía a arar la tierra, pudo escuchar cómo el burro le
decía al buey: “Si no quieres trabajar tanto, pégale un cabezazo al amo y te dejará tranquilo”. Pero el
pastorcillo decidió entonces arar la tierra con el burro, y tanta gracia le dio aquello que no pudo resistir
la risa y sus carcajadas se hicieron oír en toda la granja.

La mujer del pastor, tan pronto oyó las risas de su marido salió en busca de este para reclamarle. “Y tú,
¿Por qué te ríes tanto? Cuéntamelo ahora mismo”, pero el pastor no podía revelarle su secreto, pues de
ese modo moriría para siempre como le había advertido la víbora.

“Está bien, mujer. Te lo contaré cuando llegue la noche”, le dijo el pastorcillo con tal de ganar tiempo
para pensar en una respuesta. Sin embargo, a la caída del Sol, el joven se sentó a la mesa para disfrutar
de la rica y olorosa sopa que su mujer le había preparado, y fue entonces cuando tuvo una brillante idea.

“Y bien, ¿Me contarás por qué te reías solo en el medio de la pradera?”, le dijo su esposa en tono
desafiante, mientras el pastorcillo se llevaba a la boca una cucharada de sopa hirviendo. Tan caliente
estaba aquella sopa que el pastorcillo se quemó la lengua y no pudo decir palabra alguna, y cuando se
vino a recuperar, ya su mujer se había olvidado por completo del asunto.
Cuento de animales: La ratita blanca

Cuentan que la Reina de todas las Hadas mágicas del bosque, convocó un buen día a sus hermanas a un
banquete en su palacio. Sin perder un segundo, las hadas partieron con sus mejores atuendos y
atravesaron el bosque a toda velocidad, montadas a bordo de veloces libélulas.

La menor de todas las hadas tenía por nombre Alba, y mientras se encontraba camino al palacio,
escuchó unos sollozos agitados desde una casita en lo profundo del bosque. Al acercarse al lugar,
descubrió dos pequeñines que lloraban desprotegidos y muertos de frío.

Entonces, Alba chasqueó sus dedos y la magia prendió fuego a la estufa para calentar a los niños, cuyos
padres habían ido a la ciudad para trabajar y poder comprar alimentos. “Pues hasta que no aparezcan
vuestros padres, no los dejaré solos” exclamó el hada bondadosa arropando a los pequeñines.

Tiempo después, cuando le tocó marcharse, el hada iba por el camino pensando en el terrible castigo
que le esperaba por llegar tarde al banquete de la gran Reina. Y tanto fue su nerviosismo, que olvidó la
varita mágica en la casa de los niños. Al llegar al palacio, la Reina le regañó fuertemente: “Además de
llegar tarde a la ceremonia, también eres capaz de olvidar tu varita mágica. Te castigaré por tu mal
actuar”.

El resto de las hermanas, compasivas, pidieron a la Reina que el castigo no fuera eterno. “Sé que todo ha
sido por una buena causa, así que tu corazón bondadoso sólo será castigado por cien años, y durante
ese tiempo, andarás por el mundo en forma de ratita blanca”.

De esa manera, queridos amiguitos, cada vez que vemos una ratita blanca, significa que Alba aún no ha
cumplido su castigo, y que anda por mundo cuidando a los niños que se quedan solos sin sus padres.
Cuento para dormir: La princesa y el frijol

Había una vez un príncipe de un reino muy próspero, que estaba en edad de casarse pero aún no
encontraba a la princesa de sus sueños. De todo el mundo venían princesas a conocerlo, pero el príncipe
que era muy exigente a todas les encontraba algún defecto. Siempre había algún detalle que no
terminaba de convencerlo y en ocasiones ni siquiera estaba seguro de que fueran princesas reales. Ya la
tristeza se había empezado a apoderar del corazón del príncipe, que pensaba que nunca encontraría la
princesa que tanto anhelaba.

Una noche tempestuosa, en que no cesaba de llover y relampaguear, tocaron a la puerta del castillo. El
viejo rey en persona fue a abrir y para su sorpresa encontró en el umbral a una doncella en un estado
terrible.

El agua le corría por el pelo y las ropas, que además se habían ensuciado con el barro del camino. A
pesar de esto ella insistía en que era una princesa real y verdadera, por lo que debía dormir aquella
noche en el castillo.

La reina que pensó que esta era otra de las doncellas que pretendía ser princesa para conquistar a su
hijo, le dijo al rey. – “Mañana en la mañana sabremos si es quien dice ser”. Y sin darle más explicaciones
fue a preparar la habitación donde la joven pasaría la noche.

Sin que nadie la viera quitó toda la ropa de cama y puso un pequeño frijol sobre el bastidor de madera.
Luego colocó encima del frijol veinte colchones y veinte almohadones hechos de las plumas más suaves
del reino. Allí dormiría esa noche la princesa, que era digna de las más exquisitas comodidades.

A la mañana siguiente cuando la princesa despertó, la reina le preguntó cómo había dormido. A lo que
ella para su sorpresa contestó:

-“No he podido dormir en toda la noche. Estoy muy agradecida de su hospitalidad, pero era insoportable
aquella cama. Me acosté sobre algo tan duro que incluso amanecí con moretones por todo el cuerpo”.

La reina que era la única que entendía de lo que hablaba la joven, declaró ante todos que se trataba de
una princesa verdadera. -“Solo una princesa puede tener una piel tan delicada como para sentir un frijol
debajo de veinte colchones y veinte almohadones de plumas”, – dijo.
El príncipe quedó encantado después de oír aquella historia, así que decidió comenzar a cortejar a
aquella princesa. Luego de conocerse un poco más y ver que compartían las mismas aficiones y gustos,
decidieron casarse en una gran boda real ante todo el reino.

Versión 2: Cuento de La princesa y el guisante

Había una vez un apuesto príncipe que vivía junto a sus padres en un bello castillo, en una tierra muy
lejana.

El príncipe de nuestra historia no era totalmente feliz, pues aún no encontraba a su media naranja, esa
princesa con la que habría de casarse y gobernar con sabiduría cuando sus padres ya no estuviesen.

Los reyes le habían presentado a su hijo muchas princesas, unas bellas, otras muy inteligentes, pero al
príncipe parecía que ninguna le convenía. Siempre alegaba alguna inconformidad con las pretendientes
y ninguna, lo sabía bien desde lo más profundo de su corazón, estaba destinada a ser su adorada esposa.

Esto sacaba un poco de quicio a sus majestades, que estaban preocupadas de que el príncipe no se
casase nunca por su tozudez y el trono fuese a parar a un monarca soltero.

Sin embargo, el joven los calmaba diciéndoles que no se preocupases, que él tarde o temprano hallaría a
la princesa perfecta. Para ese fin contrajo entonces un largo viaje, que lo llevó a los más recónditos
lugares.

Visitó castillos y palacios de tierras cercanas y lejanas a la suya, mas doquiera que llegaba, nunca
encontraba la chica que esperaba.

Así, tras muchos meses de infructuosa búsqueda regresó a su castillo y, bajo la decepción de sus padres,
subió a sus aposentos a descansar, pues realmente estaba muy extenuado.

En esa ocasión la molestia de los reyes no se calmó tan rápido. Creían que su hijo regresaría con una
bella e inteligente princesa y el hecho de que esto no hubiese sucedido les tenía muy decepcionados.
Por ello prefirieron quedarse en el salón del palacio leyendo, para pasar su ira, antes que retirarse a
descansar temprano como su hijo.

Mientras esto sucedía, afuera del palacio había empezado a caer un verdadero chaparrón, acompañado
por vientos fuertes y muy frío.

El rey, que era un monarca muy solidario, pensó en la desgracia que estarían pasando los súbditos que
se hubiesen visto obligados a vagar por las calles con ese temporal.

La reina, que era más templada pero igual de buena, calmó sus preocupaciones alegando que
difícilmente alguien se atrevería a andar por las calles con tamaña lluvia y vientos.

En eso, alguien llamó con desesperada fuerza a la puerta principal de palacio. Enseguida el rey acudió al
llamado y abrió la puerta, para descubrir que quien llamaba era una bella muchacha, toda mojada y
desarreglada por el evento climatológico.

Al verla le preguntó que quién era y qué hacía sola en medio de tales condiciones del tiempo.
La muchacha le respondió que era una princesa venida de muy lejos, que había acudido a la comarca
sólo para conocer la majestuosidad del palacio y sus reyes, famosos por sus buenos hábitos y formas
para gobernar.

El rey sonrió y al igual que la reina no estaba muy seguro de que ciertamente la muchacha fuese una
princesa. ¿Qué princesa andaba por ahí sin carruaje y escolta?

Aun así decidieron acogerla y acondicionaron una de las mejores habitaciones para la muchacha. A la
mañana siguiente aclararían todo, por lo que no había razón para impedir que la víctima del clima
descansase adecuadamente.

Pero la reina, muy suspicaz, ordenó preparar un lecho con veinte colchones para la muchacha. Debajo
del primero de ellos colocó un guisante, que entre tanto bulto no se percibía y dejó todo listo para el
sueño de la supuesta princesa.

A la mañana siguiente todos desayunaban, incluido el príncipe, cuando la muchacha bajó.

Al príncipe le pareció muy bella, pero antes de que pudiese presentarse o decir algo la reina interpeló a
la muchacha y le preguntó cómo había dormido.

Esta respondió que no muy bien, pues a pesar de que se habían dispuesto muchos colchones para su
descanso, había algo debajo de alguno de ellos que molestaba su piel.

Esta era la respuesta que la reina buscaba para su prueba del guisante. Sólo una verdadera princesa o
persona de piel real podía tener la delicadeza suficiente como para percibir un guisante bajo tantos
colchones.

Con ello la identidad de la muchacha no generó más duda y la felicidad se apoderaría del castillo, pues al
príncipe le pareció la princesa perfecta para desposar.

Era bonita, inteligente y con unos sentimientos y valores que difícilmente no enamorasen a cualquier
hombre.

Afortunadamente el amor inmediato del príncipe fue correspondido por la joven princesa del guisante,
con lo que se casaron a los pocos días y fueron felices para siempre, dando igual felicidad a toda una
comarca que los adoraba y compartía su dicha.

Versión 3: Relato infantil de La princesa y el guisante

En un lejano reino, vivió una vez un príncipe joven y apuesto en edad de casarse, pero que no había
podido encontrar una princesa noble y hermosa para que ocupara su lugar junto al trono. Cierto es que,
en el reino, vivían muchachas muy hermosas, pero el príncipe quería que su esposa fuese una princesa
verdadera, hija legítima de reyes y que tuviese su propio castillo.

Con el paso del tiempo, llegaron a la corte del reino numerosas princesas de todas las partes del mundo,
pero el joven heredero no se contentaba con ninguna de ellas. Una noche muy fría y lluviosa, mientras el
príncipe se encontraba disfrutando junto a sus padres del calor de la chimenea, llamaron a las puertas
del palacio con tres toques muy suaves.
Sorprendidos de que alguien anduviese afuera tan tarde, el rey se acercó a la puerta junto a sus
guardias. “¿Quién anda a la intemperie con esta frío y a estas horas?” – preguntó el monarca con voz
fuerte. “¿Será acaso una bestia maldita?” – preguntó la madre con cierto temor.

Al abrir las enormes puertas del castillo, el rey y los guardias quedaron sorprendidos de ver que, tras la
cortina de agua, se descubría una joven desaliñada y mal vestida. Empapada de pies a cabeza y
temblando de frío, la pobre muchacha apenas podía hablar.

– Buenas noches, su Majestad – murmuró la muchacha con voz temblorosa – Me he perdido en el


bosque con esta tormenta y necesito refugiarme en su castillo.

– ¿Quién eres? – preguntó el rey aún asombrado

– Soy una princesa de un reino lejano

– En ese caso, no se diga más. Pase cuanto antes para que pueda secarse la ropa y cenar como se
merece.

Con un corto ademán, el rey indicó a sus sirvientes que prepararan una comida deliciosa y trajeran ropas
nuevas y secas para la pobre muchacha. Al acercarse a la chimenea, el príncipe la observó
detenidamente. Cierto es que era muy hermosa, pero al encontrarse tan desarreglada, el joven dudó
seriamente de aquella chica por lo que decidió pedirle ayuda a su madre, la reina.

– Madre, esta muchacha es muy bella y me ha impresionado, pero no sé si tratará de una princesa
verdadera.

– Yo te ayudaré a comprobarlo, hijo mío – dijo la reina sonriendo.

Entonces, mientras la princesa terminaba de cenar y secarse al calor de la chimenea, la reina se dispuso
a preparar personalmente el cuarto de huéspedes. El joven príncipe acompañaba a su madre, y pudo ver
como la reina colocaba cien almohadas de plumas en la cama de la alcoba.

Pero eso no fue todo. Debajo de las cien almohadas, la reina colocó un diminuto guisante, con lo que el
príncipe, confundido, le preguntó a su madre de qué se trataba todo aquello.

– Si en verdad esta muchacha es quien dice ser, no podrá dormir en toda la noche por culpa del
guisante, pues aunque lo he cubierto con cien almohadas, las verdaderas princesas notan siempre la
más mínima incomodidad.

De esta manera, el príncipe comprendió a su madre la reina, y se fueron a dormir a sus alcobas. A la
mañana siguiente, y cuando todos los miembros de la familia real se encontraban desayunando,
apareció de repente la muchacha, cansada y despeinada.

– Buenos días, princesa – dijo la reina con amabilidad -¿Cómo has dormido ayer?

– Me apena decirlo, pero no he podido pegar un ojo en toda la noche. Sentí una incomodidad muy
grande en la cama que no me dejaba conciliar el sueño, y hoy para colmo he amanecido con dolores de
cabeza.

En ese preciso momento, la reina y el príncipe se miraron satisfechos, pues habían comprobado que
aquella muchacha era una princesa auténtica, digna de casarse con el heredero del reino. Por supuesto,
el príncipe no dudó un segundo en casarse con ella, y según cuenta la historia, vivieron muy felices por
el resto de sus vidas.

Cuento para dormir: Los 7 conejos blancos

Érase una vez una bella princesa que había sido educada por su madre, la reina, en las bellas artes de la
costura, el tejido y el bordado, labores que disfrutaba mucho.

Cada día la princesa salía al balcón de su habitación, desde donde se podían tener magníficas vistas del
campo, y allí se sentaba a pasar dos o tres horas lo mismo cosiendo, que tejiendo o bordando.

Un día como otro cualquiera, mientras cosía una bonita prenda, vio como siete relucientes conejos
blancos correteaban por el campo y fueron a hacer una rueda, justo debajo de su balcón.

Sorprendida y contenta por la agradable visita, la princesa se inclinó en el balcón y en el descuido se le


cayó el dedal, el cual recogieron los conejos para inmediatamente salir corriendo.

Un día después la escena se repitió y en otro descuido la linda princesa dejó caer su cinta. Otra vez uno
de los conejos tomó el accesorio en su boca y todos salieron corriendo hasta que la muchacha ya no
pudo verlos.

Pasó otra jornada y nuevamente, mientras el ser más querido por el rey y la reina bordaba, aparecieron
bajo el balcón los siete conejos, que inmediatamente atraparon la atención de la princesa.

Esta, entretenida y deleitada por la belleza de los animales, no se percató cómo se le escurría hacia
donde estaban los animales sus tijeras, las cuales fueron tomadas por una de las criaturas para acto
seguido salir todas hacia un sitio que la princesa no podía discernir.

Tras la pérdida de las tijeras la escena ya habitual se repitió, de forma que la princesa perdió también,
aunque no le importaba, un ovillo, un cordón de fina seda, un alfiletero y su peineta.


Misteriosamente, el día después de que la princesa perdiera su peineta los conejos no aparecieron más
al pie de su balcón.

Esto sumió en una profunda tristeza a la princesa, que había quedado prendada desde el primer día de
la belleza de las criaturas, que animaban sus días como pocas cosas, incluso más que la costura, el tejido
y el bordado, actividades que disfrutaba mucho y hacía tan bien.

La tristeza se acrecentaba por día y la bella princesa, orgullo de toda la comarca, cayó profundamente
enferma de pena.

Sus padres, los reyes, acudieron de inmediato a los mejores médicos del reino y otros dominios
aledaños. Mas ningún especialista podía dar con un diagnóstico certero, que definiera el motivo de la
pena y la enfermedad de la heredera del trono.

Casi vencido por el temor de perder a su niña el rey se dirigió a toda la comarca y anunció que quien
fuese capaz de salvar a su pequeña, sería recompensado con muchísimas riquezas.

En caso de ser un hombre el salvador, al dinero se unía la mano de la princesa, cuya belleza tenía
enamorado a todos los hombres del reino.

A partir del anuncio aparecieron más y más médicos, curanderos y espiritistas, pero ninguno daba con la
cura para el mal de la princesita.

De pronto un día, una madre y su hija, que vivían de la herboristería, acudieron confiadas de que tal vez
ellas podrían salvar a la princesa.

El rey lo dudaba, pues no confiaba más en los remedios alternativos que en la medicina. No obstante,
sin nada que perder, permitió que la señora y su hija se acercaran a la enferma, pero sólo al día
siguiente, ya que en esa jornada había sido examinada infructuosamente por dos curanderos.

Al día siguiente, de camino al palacio, las duchas manipuladoras de hierbas decidieron tomar un atajo
que aparentemente les acortaría el camino.

Quiso el destino que al pie de la loma final del atajo ambas mujeres vieran un raro agujero, a través del
cual se vislumbraba una rústica pero a la vez bella y ordenada cueva, en la que había una mesa y siete
sillas.

Tanto llamó esto la atención de las damas que permanecieron allí unos minutos, los suficientes para ver
cómo siete conejos muy blancos se movían en el interior de la caverna e inexplicablemente todos al
unísono, se convertían en bellos príncipes para almorzar.

Mientras degustaban los alimentos, los príncipes se pasaban objetos de costura y celebraban la belleza
de la princesa a la cual pertenecían. Por lo que pudieron escuchar la señora y su hija, que
comprendieron enseguida de quién se hablaba, los siete deseaban tener a la chica con ellos.

Así, decidieron reemprender su camino al castillo para salvar a la codiciada princesa, no sin antes ver
que al otro lado de la cueva había una puerta camuflada entre florecientes arbustos.


Una vez con la princesa, que estaba harta de recibir a todos los que supuestamente la curarían, las
mujeres contaron lo que habían acabado de experimentar.

En fracciones de segundo los ojos de la muchacha se abrieron y pidió más detalles al respecto, con lo
cual las sospechas de la señora y su hija, expertas en herboristería, se concretaron.

La princesa estaba enferma de pena por no haber podido ver más a los conejos, los cuales al parecer la
habían magnetizado con su belleza escondida de príncipes, al igual que ellos estaban encantados por
ella.

Para confirmar aún más su hipótesis la señora y su hija hablaron de todo esto con la princesa, la cual se
sentía ya tan bien que pidió de comer a su padre.

Este, gustoso por la pronta recuperación de su hija, le permitió ir al día siguiente a la dichosa cueva junto
a las expertas en hierbas.

De esta manera, la princesa presenció la misma escena que le habían comentado la señora y su hija,
pero antes de interrumpir la rutina de los conejos-príncipes prefirió ir a la puerta escondida y aguardar
el momento exacto en que empezasen a hablar de ella.

Cuando este llegó, abrió con fuerza la puerta e irrumpió en el interior de la cueva, diciendo que allí la
tenían y que por tanto no había necesidad de añorarla, así como tampoco ella esperaba tener que sufrir
más por ellos.

Los siete príncipes se pusieron radiantes de alegría y todos bailaron junto a la princesa, mas solo uno
podría desposarla y tenía que ser ella quien eligiese.

La bella hija del rey accedió gustosa y escogió del que rápidamente se sentía enamorada, el cual
casualmente había sido el primer conejo en llevarse algo suyo, su dedal.

Con la aprobación de sus padres la princesa se casó con el príncipe y vivieron felices para siempre. Los
otros conejos desposaron bellas mujeres del reino y todos, los siete conejos blancos, que como sabemos
eran príncipes, vivieron en el palacio real hasta el fin de sus días.
Cuento para dormir: La palomita y su patita

Había una vez una palomita muy bonita y tierna que debido a su inexperiencia provocó la fractura de
una de sus paticas.

Tanto dolió esto a la palomita, que irrumpió en un llanto continuo que logró la compasión de todos los
seres que habitaban las áreas cercanas. Así, un ángel que había escuchado el llanto se solidarizó y
descendió para socorrer a la palomita, a la cual le repuso su patita, pero por una de cera.

Agradecida y muy contenta, la palomita revoloteó y recorrió nuevamente todos los terrenos que
frecuentaba. Tan alegre estaba, que al posarse sobre una roca no se percató de cuán caliente estaba
esta. Así, tas sólo unos segundos de estar posada, su patita de cera se derritió completamente.

Triste y molesta, la palomita increpó entonces a la roca y le dijo que si realmente era tan valiente como
para derretir su patita a propósito.

Solidarizada con la palomita, la roca le dijo que más valiente que ella era el sol, que en definitiva era el
que la calentaba a ella.

Con la voluntad suficiente como para hallar al culpable de su patita repuesta, la palomita voló alto hasta
dar con el sol.

Cuando llegó lo suficientemente cerca de este como para no hacerse daño, le increpó y le preguntó que
por qué era tan valiente como para calentar la roca que derritió su patita.

El sol le contestó que el valiente no era él, sino la nube que lo tapaba, haciendo sus rayos más dañinos
en ocasiones.

Con esta respuesta, la palomita fue entonces a ver a la nube, quien dijo que el valiente era el viento que
la aventaba y movía.

Este último dijo que la culpa era de la pared que resistía su continuo embate, mientras que esta dijo que
los valientes eran los ratones que la perforaban para hacer hoyos a través de los cuales pasar.

A su vez, los ratones le dijeron a la palomita que más valientes que ellos eran los gatos que los
perseguían para devorarlos. Los mininos también se solidarizaron y le dijeron que los valientes eran los
perros, que siempre se esforzaban por hacerlos huir.
Por su parte, los canes dijeron que los más valientes eran los hombres, los cuales ponían bajo su
dominio a todos los animales del planeta, pero los hombres dijeron a la palomita que el único ser
realmente valiente era Dios todopoderoso, creador y mandante de todas las criaturas y objetos.

Sin perder su perseverancia, y resuelta a hallar la respuesta al por qué de su infortunio, la palomita voló
más lejos que nunca hasta llegar adonde estaba Dios. Al verlo, la palomita lo reverenció, lo alabó y lo
bendijo, pues estar ante el Señor le inspiró más respeto y admiración que cualquier preocupación que
pudiese tener por su patita.

Dios, que ama y entiende toda obra de su creación, incluso las que puedan parecer pequeñas e
insignificantes, se solidarizó con la palomita, a la cual acarició y bendijo.

Acto seguido, la tierna criatura, pero ya con mucha más experiencia y conocimiento del mundo,
descubrió cómo tenía una nueva patita, no de cera, sino una idéntica a la otra, con hueso, uñas,
capacidad de flexión y todo lo demás necesario para andar y volar tal cual Dios la concibió.

Así la tierna palomita volvió a tener dos patitas y ya más nunca se las dañaría. Había acumulado la
experiencia suficiente como para saber qué podía dañarlas y qué no.

Desde ese día además fue una criatura muy buena, que ayudaba al resto de los animales a garantizar su
bienestar y conseguir sus objetivos.

Por ello, las palomas son hoy seres queridos por todos los animales, salvo para alguno que otro que
quiera devorarlas por maligno instinto. Son además símbolo de la paz y el empeño y aún, con todo el
desarrollo existente, son empleadas como mensajeros para las comunicaciones, de los mejores que se
puedan tener.
Cuento para pensar: El agua mágica para el rey

Érase una vez en un antiguo reino, existió un rey que tenía tres hijos. Un buen día, el rey cayó bajo una
terrible enfermedad, y con el paso del tiempo, perdió las ganas de comer, de reír y hasta de conversar.
Preocupados por la salud de su padre, los tres príncipes buscaban cualquier remedio que ayudara a
curarlo, pero todos sus intentos eran en vano.

Cuando ya no sabían qué hacer, se les acercó entonces un extraño anciano y les dijo lo siguiente:
“Vuestro padre sufre una grave enfermedad, una enfermedad que sólo se cura con un agua mágica”. Y
tan pronto como terminó de hablar, el anciano desapareció ante los ojos de los príncipes.

Sin dudarlo ni un segundo, el mayor de los hermanos ensilló su caballo y marchó a toda velocidad hacia
el bosque. A mitad de camino, se tropezó con un duendecillo azul que cruzaba el camino justo en ese
momento.

– ¿A dónde vas, jovenzuelo? – preguntó el duende.

– ¿A ti qué diablos te importa, enano? Quítate de mi camino – gritó el príncipe sin contemplación.

Pero aquel duende era una criatura mágica, y tanto se enfureció por aquella respuesta que maldijo al
chico desviando su camino hacia un bosque encantado.

Al ver que su hermano no regresaba, el mediano de los príncipes decidió ensillar también su caballo y
salir a buscar el agua de la vida para su padre. Cuando cruzaba el bosque a toda velocidad, volvió a
aparecer de repente el duendecillo mágico.

– ¿A dónde vas, jovenzuelo?

– Aparta imbécil, no tengo tiempo para preguntas estúpidas.

El duende no pudo contener su enfado, y nuevamente lanzó una maldición para el príncipe enviándolo
hacia el bosque encantado.

Finalmente, el más pequeño de los hermanos también decidió probar su suerte, y tras ensillar su caballo
partió por el mismo camino hacia el bosque. Al verlo acercarse, el duende azul salió a su encuentro.

– ¿A dónde vas, jovenzuelo?


– He de buscar el agua mágica para curar a mi padre que está gravemente enfermo, pero no tengo la
menor idea de dónde pueda encontrarla.

“Yo te lo diré”, exclamó el duende con alegría, pues finalmente alguien le había tratado con respeto y
consideración. Tras una breve explicación, el príncipe entendió todo lo que tenía que hacer y se puso en
marcha nuevamente. Así anduvo dos o tres horas caminando hasta llegar a un castillo embrujado en lo
más profundo del bosque.

A la entrada de aquel castillo, existían dos leones enormes y feroces, pero el príncipe no tuvo miedo,
pues el duende le había dado una varita mágica y dos panes. Con la varita mágica, el chico pudo abrir la
puerta principal del palacio, mientras que los panes sirvieron para entretener a los leones.

Antes de entrar al lugar, el príncipe recordó entonces las palabras del duende: “A las doce de la noche,
las puertas del castillo se cerrarán y quedarás atrapado para siempre. Date prisa y no demores en salir”.
Y así lo hizo el valiente joven.

Tras atravesar un largo pasillo, el príncipe pudo encontrar finalmente la fuente del agua mágica, y sin
tiempo que perder, recogió un poco de aquella agua en un frasco de cristal y se dispuso a salir del lugar
a toda velocidad. Sin embargo, en ese momento, se apareció ante los ojos del chico una hermosa
muchacha de cabellos rubios como el oro.

“Gracias por venir a rescatarme. Llevo mucho tiempo en este lugar hechizado y pensé que jamás podría
salir. Sé que no tienes tiempo, pero si vienes antes de un año, me convertiré en tu esposa”, y dicho
aquello, el príncipe no tuvo más remedio que apurarse para salir del castillo, no sin antes prometerle a
aquella muchacha que regresaría a buscarla lo más pronto posible.

Camino de regreso, el príncipe se topó nuevamente con el duende, a quien agradeció por su gran ayuda
y le pidió de favor que trajera de vuelta a sus hermanos. Como el duende no era un duende malo, liberó
a los dos príncipes mayores, y regresaron los tres hijos para encontrarse con su padre.

En poco tiempo, el rey se recuperó completamente, y para celebrar su sanación, convocó a un gran
banquete. Sin embargo, el más pequeño de los príncipes se mostraba triste y pensativo. No había
podido olvidar a aquella hermosa muchacha del castillo encantado.

Cuando su padre le preguntó, el más pequeño de los príncipes les contó toda la historia, pero como sus
hermanos eran muy envidiosos, se adelantaron para rescatar a la princesa. De esta manera, los
jovenzuelos llegaron al castillo embrujado, donde la hermosa muchacha había colocado una larga
alfombra de oro a la entrada, advirtiéndole además a los guardias que no dejaran pasar a nadie que no
caminara por el centro de dicha alfombra.

El más grande de los hermanos, cuando se dispuso a entrar al castillo, no quiso estropear la alfombra de
oro y decidió caminar por el borde del pasillo, pero los guardias le negaron la entrada al momento. El
príncipe mediano también quiso probar suerte, pero al ver la alfombra de oro pensó que sería mejor
entrar al castillo por otra puerta, y también le negaron la entrada.

Finalmente, llegó el más pequeño de los hijos del rey, y al ver la princesa a lo lejos, no pudo contener su
alegría y atravesó todo el castillo sin darse cuenta de la alfombra de oro que descansaba sobre el piso.
Así, quedó demostrado una vez más que el amor triunfa por encima de todo lo demás, y por supuesto,
los dos jóvenes se casaron tan pronto llegaron al reino, y fueron muy felices para toda la vida.
Cuento para pensar: El cerdito de color verde

Había una vez una bonita granja en la que convivía una gran familia de cerdos muy feliz.

La causa de tal felicidad radicaba en que en la granja tenían todo cuanto necesitaban para vivir
plenamente como cerdos. No les faltaba el pienso ni ningún otro alimento, así como tampoco el agua y
el barro que necesitaban para revolcarse y divertirse de lo lindo.

Sin embargo, esa armonía se rompió un día por un suceso que nunca nadie pudo explicar. De una de las
cerdas más bellas salió una camada de cerditos, todos muy bonitos pero uno misteriosamente verde,
igual de lindo pero con ese color nada habitual para un ejemplar de la especie.

Todos reaccionaron de inmediato de la misma manera. Rechazaban al cerdito por su color verde, que lo
hacía diferente a todos, y en tal sentido lo marginaban de todas las rutinas que normalmente
desarrollaban.

Al principio esto no preocupó al cerdito verde. Consideraba que era normal que lo dejasen de lado por
ser el más chiquito y aunque no participaba en las actividades del resto de la familia, se las arreglaba
para hacer sus días divertidos en la granja.

Para ello se encaramaba en árboles y en el tejado de la casa, se dejaba caer sobre pilas de paja, entraba
al granero a jugar con las gallinas y hacía un sinfín de actividades más, nada comunes para un cerdo.

No es que no le gustara revolcarse en el barro, es que no podían porque la familia no lo dejaba.

Así pasaron unos meses y el cerdito se volvió uno de los pequeños más grandes y fuertes de la familia.

A pesar de esto siguió siendo marginado, con lo que comprendió que el rechazo hacia él se debía a su
diferencia, que para él era leve y nada extravagante, y no al hecho de que hubiese sido el menor de sus
hermanos.
Caer en el entendimiento de esto le provocó una gran tristeza durante muchos días. No obstante,
repuso su ánimo y retomó con más intensidad que antes las actividades que le hacían tener días felices.

Los cerdos mayores, al ver esto, no soportaron más la felicidad de un cerdito que para ellos había roto la
armonía familiar y ahora los abochornaba con sus extravagancias y conducta impropias de un cerdito,
como si no fuera suficiente el hecho de que era verde y eso para ellos mancillaba el prestigio y la
armónica belleza rosadita de la familia.

Cansados de él, los cerdos mayores decidieron expulsarlo de la granja. Le dijeron que se marchara, que
era un engendro de la naturaleza que solo deshonraba a la familia, y que si se atrevía a volver por allí la
pasaría realmente mal.

Tras esto el cerdito de color verde si no pudo reponerse de la tristeza. Había sido obligado a abandonar
el lugar que lo vio nacer y, en consecuencia, a vagar por el mundo sin rumbo fijo ni destino al que ir.

Tras andar y desandar por un denso bosque durante unos días, el cerdito vio una bella pareja de ciervos
ya mayores. Quedó encantado con la belleza y cornamenta de tan majestuosos animales, mas no se
atrevió a interrumpir lo que hacían y se quedó en una esquina de un descampado.

Sin embargo, los viejos ciervos se percataron de su presencia y lo observaron detenidamente con una
mezcla de asombro, gracia y admiración. Nunca habían visto algo tan curioso, pero a la vez tierno, como
un cerdito de color verde.

De pronto se percataron que el animalito estaba sollozando y sin dudarlo se acercaron a él y le


preguntaron que lo acongojaba.

El cerdito con el tono de la esperanza les hizo su historia y ganó la solidaridad en sentimiento de los
ciervos, que casualmente nunca habían podido tener descendencia y vieron como esa extraña pero
agradable criatura despertaba sus instintos maternal y paternal.

Por ello propusieron al cerdito que viviese con ellos en el bosque, donde los tres podrían ser muy felices
y vivir en familia, esa de la que por distintas causas los tres habían sido privados.

Por supuesto, el cerdito aceptó gustoso y desde entonces habita en el bosque junto a los viejos y muy
bellos ciervos.
Cuentan los que han pasado por allí que aún puede verse a esa insólita familia, lo mismo tirados
descansando en cualquier descampado, que disfrutando de un baño en una laguna o correteando de un
lugar a otro, radiando libertad y felicidad.

Ello demuestra que no importa cuán diferente seamos ni las cosas de las que hayamos sido privados. La
felicidad y la realización de nuestras vidas radican en nosotros mismos y en las acciones que hagamos
para potenciarlas y hacerlas extensivas a los demás.

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