Un Consumo Ético sería el que se ejerce cuando se valoran las opciones como más justas,
solidarias o ecológicas y se consume de acuerdo con esos valores y no solo en función del
beneficio personal. Desde el consumo ético hacemos especial énfasis en la austeridad como
valor, como una forma consciente de vivir, dándole más importancia a otras actividades que al
hecho de consumir y teniendo la capacidad de distinguir entre necesidades reales e impuestas;
organizándolas, además, a nivel colectivo, garantizando así a todas las personas la satisfacción
de sus necesidades fundamentales con el menor despilfarro.
La incorporación de estos valores en nuestro consumo no tiene que disminuir el bienestar y la
calidad de vida, más bien todo lo contrario. Es signo de bienestar comer carne, pero deja de
serlo cuando constatamos en muchos de nosotros nuestros niveles de colesterol, o comemos con
tanta abundancia que son frecuentes los problemas de obesidad. Parece "ventajoso" para
nosotros trasladar las industrias contaminantes al Sur ¿pero no estamos todos bajo la misma
capa de ozono?, ¿no sube por igual en todo el planeta el nivel de los mares?, ¿ acaso se puede
establecer una frontera a la onda expansiva de un accidente nuclear?
Todo esto implica a todas las esferas de nuestra vida, a nuestras opciones más personales y
supone, por tanto, un esfuerzo, pero no es algo imposible. Un primer paso sería esa toma de
conciencia en el ámbito personal, y un segundo, compartir nuestras reflexiones para construir
una conciencia colectiva
Este tipo de consumo implicaría dos aspectos fundamentales:
En primer lugar la búsqueda de información y la formación de un pensamiento crítico con la
realidad que nos rodea, con los medios de comunicación y la publicidad, cuestionándonos que
hay detrás de cada cosa que consumimos y cuáles son sus consecuencias.
En segundo lugar, la reducción de nuestros niveles de consumo como una opción ética. Si
nuestro modelo de desarrollo no es universalizable ni ecológicamente, ni por las estructuras
injustas que genera, no es posible que mantengamos esta situación. Se trata de cambiar nuestro
hábito de consumismo, optando por un modelo de bienestar y felicidad no basado en la posesión
de bienes materiales. "No es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita". Es, en
definitiva, un cambio en nuestra escala de valores y en nuestras prioridades. Esto nos permitiría,
por ejemplo, dedicar una mayor parte de nuestro presupuesto a comer de forma sana, disfrutar
nuestro ocio de una manera más constructiva, reducir nuestro tiempo de trabajo, invertir en
solidaridad, etc.
Esta propuesta de no-colaboración con un sistema económico que genera injusticia y destruye el
medio ambiente es un deber moral y político fundamental. El sistema nos necesita como
consumidores, somos el último eslabón de la cadena. El pequeño poder del consumidor puede
ser muy eficaz tanto para nosotros como para los países del Sur; sólo habría que comenzar a
reivindicar una mayor autodeterminación en apariencia poco política y heroica, de elección de
nuestros alimentos, de nuestras compras para la vivienda, de nuestros vestidos, del uso de
nuestro dinero, del tipo de embalaje que aceptamos o rechazamos. Lo que falta es desarrollar
una conciencia crítica y verdaderamente solidaria acompañada de comportamientos más
colectivos y políticos: cuando hacemos la compra no tenemos que dudar que somos poderosos y
que las empresas están en una situación de profunda dependencia de nuestros comportamientos
como consumidor
De nuestra responsabilidad y nuestro poder como consumidores se derivan unas
obligaciones que podrían resumirse en:
Ser críticos con nuestro consumo y nuestra forma de vida, aplicando valores éticos.
Exigir información e informarnos acerca de las condiciones sociales y medioambientales en las
que un producto o un servicio ha sido elaborado, como ha llegado hasta nosotros y cuales son
sus consecuencias.
Reducir nuestro consumo, como opción ética y ecológica, optando por un modelo de bienestar y
felicidad no basado en la posesión de bienes materiales, lo cual repercute tanto medioambiental
como socialmente.
Practicar un consumo respetuoso con la naturaleza, reduciendo, reutilizando y, por último,
reciclando y consumiendo productos ecológicos y artesanos.
Practicar un consumo solidario y socialmente justo, respetuoso también con las personas y las
culturas, en el que por supuesto no existan la discriminación ni la explotación.
En otras palabras el consumo es determinante para la economía y llega a influir en gran medida en la
conducta de las personas. Estos factores se ven relacionados y son dependientes entre sí; quien tiene la
capacidad económica para comprar ropa de marca o carros de gama alta será quienes tengan mayor
estatus social, de igual manera quienes carezcan de ella serán considerados de estratos bajos,
marcándose así una gran brecha entre ricos y pobres mediada por la posesión del objeto .
La ética llega a jugar un papel importante en el proceso cuando el consumidor comienza a consumir
más allá de su capacidad económica o por el contrario no consume en relación a su nivel económico. La
ética del consumidor se basa en el qué? y por qué? consumir, se puede relacionar con el consumo
responsable que corresponde al consumo planeado y pensado no sólo para beneficiarse
como consumidor directo sino también pensado en la sociedad y en medio ambiente.
Sin embargo la ética del consumidor va más allá. Pretende establecer criterios éticos y morales en la
manera en que se debería consumir, para qué se debería consumir? y quién debería elegir lo que se
consume?. No se limita a consumir conscientemente con hábitos y necesidades reales, el no compra por
comprar o desmedidamente haciendo daño al planeta, sino que busca un consumo de interés social y
personal que se fundamenta en moderar el consumo hasta lograr un equilibrio entre lo que consumen los
ricos y lo que consumen los pobres.
En este punto es importante destacar que para que el consumidor lleve una ética de consumo debe
identificar cuáles son sus verdaderas necesidades. Si bien actualmente tener un celular que maneje la
última tecnología representa una “ necesidad” , realmente no lo es, esta no es una necesidad fisiológica
por lo tanto no llega a ser de vital importancia como para ser una prioridad de consumo, sin embargo
para muchos si llega a serlo por la presión cultural y social que los rodea. Distinguir entre las
necesidades vitales biológicas y las necesidades vitales culturales ayuda al consumidor a desarrollar unos
valores frente al consumo y a las consecuencias del mismo.