Diario Del Incierto
Diario Del Incierto
Por
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“Se ve la jaula,
se escucha el aleteo,
se percibe el ruido
indiscutible del pico
que se aguza contra los barrotes.
Henry Michaux
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Para Olga
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Estoy efectivamente malogrando mi vida.
y los muertos,
aquellos muertos que, ya joven y apenas recién abiertos los ojos, viera bajando como
pequeños islotes móviles sobre la superficie de los ríos que fueron parte viva de los
mitos de mi infancia,
mi infancia, mi infancia,
ya muerta también pero que me habla aún desde el laberinto enfermo de mi sangre.
y tus manos, amor, pues en ellas descubro que estoy vivo porque me tocan.
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No obstante, sé en alguna parte de mí que soy también un hombre,
un hombre.
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Un diario, sí.
Ya veo.
Quede entonces por lo menos claro que pongo aquí con toda franqueza
Etc. Etc.
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¿Qué hace uno con las preguntas sino preguntarse?
uno no se pregunta,
y nos hemos llevado una mano al cabello mientras con dos dedos de la otra
arrancábamos una pelusita de algún lado,
sí,
de súbito,
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o si sólo hemos intentado amar lo que hemos hecho
sólo para no morir de desconsuelo de no ser.
De repente, de repente
no sabemos si no hemos hecho otra cosa
que aquello que merecía nuestro odio más puro.
De súbito, de súbito
no se ve más que aplazamiento,
tiempo muerto,
pura,
inconfesable defección.
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A María Victoria Grillo
Querida, hermosa T:
Todo esto puede ser esencial para un hombre como yo, pero en ningún
caso importante para nadie.
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Ahí viene la barca, mi Niña.
Y yo la espero, y espero que al llegar
yo tenga el valor de levantar
mi pantorrilla primera,
mi pantorrilla segunda,
y detrás de ellas
el delgado cuerpo que sostuvo por muchos años un corazón que amó
sabiendo muy bien qué pero no el por qué,
la cabeza que en muchas ocasiones quiso ignorar a los cuatro que hoy
te saludan.
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Hay a veces en mí estados como de anun ciación, como de advenimiento
¿de qué?
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En cierto sentido, la poesía que no nace del silencio, o aspira a él, es
ruido.
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Una vez perdido lo esencial, sobre el vacío dejado toda suma no hará
más que restar y alejarnos cada vez más de lo esencial.
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No recuerdo quién escribió que "poeta es aquel que ve".
Sí, claro.
Pero tal vez lo importante no es que el poeta vea, pues ya vio, sino que
nos muestre aquello que vio, y que tenga la intuición, la inteligencia,
el conocimiento, la generosidad y la disciplina necesarias para que el
medio que utilice para mostrar, realme nte nos muestre.
Quizás entonces poeta no sea aquel que ve o vio, sino aquel que nos
dona, en un instante fulgurante, único y pleno de desconocida
generosidad, nuestros propios ojos.
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¿Cuánto he hablado sobre la imposibilidad de nombrar?
Y el pobre poeta se la pasa todo el tiempo con el oído puesto sobre esa
cosa muda y como tranquila e indolente.
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Ayer, en un furioso ataque de literato, escribí un par de textos (iba a escribir “poemas”)
bastante artificiosos, casi truculentos. Debo estar en guardia frente a la posibilidad de
que tales ataques se repitan, para no hundirme hasta el cuello en la mierda que tanto he
criticado. Mi vergüenza me impide la sola trascripción del segundo de ellos.
y es por eso que ahora soy una niña enferma del siglo XIV
o la que ya, ahora,
en esta esquina o en la otra hace esto
o hace aquello,
soy un niño que tose por última vez en un desierto de Sudán,
cómo decirlo,
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una sed, por Dios, una sed,
en el este o el cualquiera.
Todo se repite.
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¡Lo nuevo! ¿Qué es lo nuevo?
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U n p o e ta no d eb e r ía te ner a ver sió n p o r p a lab r a al g u na, si no la ca p ac id ad y
la vo l u n tad d e r e s ti t uir l e a e sa p al ab ra s u co s a p rís ti n a.
P er o " yo " exp er i me nto u n o d io p o r la p a lab r a a u t o es ti ma .
No , p o r ej e mp lo , p o r la s p alab r as te mp e st ad , fur ia,
2 2 , ho j a, r e ga to , n i ño o riac h u elo .
No me g u s ta ta mp o co la p alab ra a u to , e n la q ue al go no s tr ata d e i nd uc ir a
la id ea d e q ue al g u ie n n o só lo e s a l g uie n , si no a lgo má s q ue al go o q ue al g ui e n.
U no e s r e al me n te al go p o r a hí, co mo u na ho j a q ue cae ve nc id a,
aq u el la n ub e , u n vi e nto fre s co , s úb i to y b re v e a la s tr es d e la tard e.
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Hay dos clases de alcohólicos, y ambos son maravillosos: los que
beben y los que no.
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Persiste en mí la impresión de que soy un hombre,
la extraña sensación de ser una persona, pues hago cosas que se hacen:
dormir, leer unas noticias que ya sé, apurar un café en la mañana,
girar la cabeza a la mención de un nombre que creo o que quizás sea el
mío:
Cosas así.
¿Por qué razón misteriosa podría decir alguien G o H, y algo que sólo
por falta de palabras llamaría yo giraría su maldita cabeza?
Lo que me extraña es que pueda participar de esa cond ición si voy sin
raíces por el mundo.
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Uno sabe que hasta las personas que uno ama y pondera bien están
intentando sobrevivir, durar, estar un tiempo más, disfrutar o padecer
este tránsito.
pero sobre todo haber tenido uno un día conciencia de haber tenido
ojos, dedos, palabras, la visión de esa cosa diminuta sobre seis patas y
que vuela, siente y ve,
nada,
nada.
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Estoy cada vez más cerca de la confusión absoluta:
no ser nada, no saber nada.
¿Qué sé yo de qué?
¿Por qué hablaría de algo, con qué autoridad, y a quién?
¿Por qué tendría la certeza de que si digo alguna cosa, esa cosa le es
necesaria a alguien?
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Tengo a veces la impresión de que muchos poetas que creen haber
hallado su tono, se duermen, pues sienten que lo hallado es ya su voz.
Yo, que he implorado por hallar mi voz, que he escrito un libro entero
implorándolo, espero ya no hallarla más que como peldaño.
Espero también no ser nunca un poeta tal como tal cosa suele
entenderse entre nosotros: "escribe bien", "su escritura no se parece a
ninguna otra", es "original", "creativo", "audaz", etcétera,
¡Qué pobreza!
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Ayer escuché, muy tarde, muy tarde en la noche, los tapletazos de
alguien que corría.
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Era como el envés del suplicio de Tántalo: hal laba a cada paso sólo
aquello que no deseaba hallar: él.
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No todo es, ha sido o será dolor, creo. Pues hoy he tenido “un buen
día”.
Sí: hoy vi la misma luz por cuya dolorosa hermosura ayer casi he
llorado, por cuya hermosura lloraría mañana de desolada alegría. Y
tuve la extraña sensación de de ser o de haber sido algui en en el
mundo. Recordé entonces que tenía dedos, ojos, palabras, piel sobre la
que un insecto se asentaba.
“he pasado por aquí”, me dije, me dije muy claramente, y “aquí” era
como una especie de, otra vez,
soy otro,
y de repente un jugo de fruta bajaba por una garganta que supuse mía,
y era mía, pero era mía sólo por el hecho de que el jugo, mientras
bajaba por esa mi garganta, hacía que yo olvida ra que tenía puesto un
uniforme gris, una madre enferma, un padre muerto.
Y de súbito tuve otra vez mis cincuenta años, y yo pude por fin, en
unos minutos inolvidables, saber que yo era yo, que tenía cincuenta
años, un mal empleo, etc.
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Entonces es como si hubiera sabido que podía irme por el mundo sin
mí, pues ya no era cualquiera, sino un muchacho con un uniforme gris
y con su padre muerto.
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¿Quién, si no mi propio embrutecimiento, podrá juzg ar mi ineptitud?
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A veces me parece que la literatura es una excrescencia social, el
efecto de un sano riñón desconocido.
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Ya no escribo, pero pienso continuamente que lo hago.
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Un hombre hace panes.
Otro, versos.
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Lego, y hablaré sin embargo de la música.
Es como si Dios fuera esquivo y astutamente nos hablara allí donde sabe que
podemos intuir per o no apresar una razón úl tima.
La música, sin embar go, es como si nos estuviera diciendo esa razón.
Ella es más li gera que un páj aro de Perse, pero cuánto, cuánto pesa y cu ánto
da sentido de vi vir en nuestro corazón tan huérfano.
Al go haré, claro,
Es horrible.
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Toda preceptiva es mala por el solo hecho de ser preceptiv a:
soledad.
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En Caeiro ("el único poeta de la naturaleza" según sus propias
palabras), Pessoa dice que "Sólo por oír pasar el viento/ Vale la pena
haber nacido".
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Siento que vamos de verdad a la deriva.
Sin fin ni principio, hemos puesto dioses en los dos extremos del
misterio. ¡Tanto necesitamos de un puerto!
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Pensar, si se pensara, ¿es un acto volitivo?
Peor: ¿es realmente volitivo un acto que creemos volitivo?
Tengo la sospecha de que siempre algo nos actúa, de que aquello que
creemos que pensamos no es sino consecuencia de, nunca voluntad de.
O en ambos.
Sin embargo, ella me dice todas las mañanas: "hijo, por lo menos,
tómate el café".
Y eso es muy dulce, sí, e so es muy dulce. ¡Oh, cuánto de dulce y como
triste!
Pero es como si ahora supiera que soy o puedo ser el húmero o la tibia
rota de una niña del siglo XXIII.
No hablo de artificios, puesto que me tomaré el café. Puesto que me lo
estoy tomando.
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Para regresar de mis devaneos estéticos leo buenos poetas.
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M. refiere esta historia de uno de nuestro s barrios populares: por una
de sus lomas suben, encapuchados, ocho hombres armados. Van con
paso firme y decidido, como quienes saben muy bien adónde se
dirigen. Y a qué.
Más tarde el niño baja, tambaleante y herido, por entre los caminos de
polvo y los recodos de maleza. A pesar de ello, del miedo, del d olor,
del aturdimiento y las heridas, sabe también adónde se dirige. Y a qué.
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Una confesión de impotencia no me alivia a mí ni a nadie, pero tiene
sobre la primera actitud la ventaja evident e de dejar nuestra conciencia
en un claro, oscura pero evidente.
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Cada vez más sé menos.
Mejor: des-sé.
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Mi madre me ama sin condiciones, con un amor puro,
como una bestia pura.
toma sitio,
Y yo ya no soy yo:
otro hombre, antes y después de mí,
eleva y repite una súplica a no sabe muy bien quién.
y ya no soy de mí.
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Y sin embargo, ¡Dios!, ¡este cielo!,
este hermoso cielo
y esta hermosa luz inolvidable,
tu boca,
las seis de la tarde,
aquellos trigales bajo un cielo interminable y opaco,
y este viento,
este viento y otro viento en Costa de Marfil o en una callecita de
Lisboa.
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M. o R. asegura que el texto es legítimo. Se trata de un amigo que se
suicidó hace poco más de veinte años. De mi parte, no le creo.
Además, como texto, es bastante malo, pero la muerte, que es la cosa
más natural del mundo, tiene la extraña capacidad de extrañarnos y
conmovernos.
Si es de Dios, no pudiste:
vas para allá.
País no tuviste:
otro tendrás.
Tampoco a ti te tuviste.
¿Y quién era,
hombre sin más centro que una grávida,
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Es claro que estamos solos.
¿Quién nos hablará y nos dará ojos para esta bella y única luz
que se derrama sobre un país miserable?
nada,
nada,
nada.
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de estos árboles,
de tu boca
y las seis de la tarde,
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También es posible y susceptible de defender, una idea contraria a la
que nos hemos hecho del amor.
V. gr.:
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Quizás, después de todo, yo sepa alguna cosa.
y deshallándome,
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Voy a admitir, y por lo pronto sólo en gracia de mi búsqueda de
claridad y de alguna certeza, y un poco quizás como consecuencia de
mi candor,
(Pero, bien o mal mirado, ¿si admito que estoy enfermo no es porque
en alguna parte de mí admito también que el mundo marcha bien, que
soy, no la mancha, claro, no el cáncer de ese mundo, y que quizás sea
mi propia enfermedad la que me impide admitir que ese mundo marcha
bien?);
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Y sin embargo, de nuevo este cielo,
¡Dios!, este cielo y esta hermosa luz que no envejece,
y tus tobillos sobre los que mis pies intentan una caricia,
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En efecto, estoy enfermo, estoy dulce y dolorosamente enfermo.
su espalda,
la vez que fui una col y un riachuelo y una piedrita en una calle de
Lisboa,
1. No estoy enfermo.
2. No por ello represento la salud.
3. Que, en todo caso, es mejor estar enfermo que ser la enfermedad,
y finalmente,
4. Que estar enfermo es probablemente un síntoma de buena salud.
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“Podría pasar toda una vida así, si es que no la he pasado ya: entre una vieja puerta de
madera despintada por el sol y una temblorosa ramita de jazmín, que si algún día
llegaran a faltarme la humanidad entera me parecerá inútil. Casi hablo en serio. (….)
Se trata de esa profundísima fuerza de las analogías que vincula lo más pequeño con
lo importante, o lo esencial con lo insignificante, y que bajo la despedazada superficie
de los fenómenos conforma un suelo más sólido para que pise mi pie –por poco digo
mi alma.”
Odisseas Elytis
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Quizás, después de todo, yo sepa alguna cosa:
puesto que tengo odios.
No sé, se ve, dónde ni de dónde lo sé, pero se ve que algo sé: mis
odios.
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tanto dolor, tanto dolor, tanto dolor.
etc.,
y a pesar de todo un terrible país que tengo también amo, y más aun al
que tendría amo,
y cosas así,
cosas así,
todo, todo,
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todo mi maldito amor agolpándose de golpe y con dolor en un sitio de
mí que yo no sé.
Y a mi inepcia, odio,
y a un miedo que no comprendo y al que me he pasado a vivir,
Ser, amaría.
Y tu boca.
Y la mano como muerta de alguien que duerme mientras su boca
tristemente babea,
Odiar, amo.
Y algo sé.
vivo.
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Incierto y todo, odio y amo,
Vivo.
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Hay sitios en mí en los que la vida ya no es más que interior:
tanta luz, tanta dulce y dolorosa pregunta, tanta cosa viva realmente
viviendo en mí, dentro de mí:
Tanta luz y tanto viento, tanto mis uñas y mis húmeros bien puestos ,
alguien que me dice, casi gr itándome: “señor, señor, nadie sabe ni
escucha que mi niña ha muerto”, u otra cosa, tanta vida exterior como
eso, tanta vida interior como eso: mis húmeros bien puestos.
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llorará un día quien hoy llora pues será también ella quien un día esté
al frente frente al hangar desolado d e los muertos.
Mira la luz, tan bella, tan bella y única, mira la luz única de este cielo
que un día ya no verás,
siente estar vivo ahora que ves el singular cortejo fúnebre de la niña
muerta,
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