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Diario Del Incierto

Libro de poemas, escrito en forma de diario pero que cabalga con relativa libertad desde el verso a la forma epistolar, de la breve reflexión a la exaltación y condena de un mundo en todo caso descuadernado.

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Gabriel
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Libro de poemas, escrito en forma de diario pero que cabalga con relativa libertad desde el verso a la forma epistolar, de la breve reflexión a la exaltación y condena de un mundo en todo caso descuadernado.

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Diario del Incierto

Por

Gabriel Jaime Franco

1
“Se ve la jaula,
se escucha el aleteo,
se percibe el ruido
indiscutible del pico
que se aguza contra los barrotes.

Pero nada de pájaro”

Henry Michaux

2
Para Olga

3
Estoy efectivamente malogrando mi vida.

Con todo, soy optimista: no he dicho, todavía, que ya está malograda.

Mi miedo, ese sitio al que me he pasado a vivir acompañado de un alambique, un


inmenso haz de hojas venenosas, dos mudas y dos libros, mi miedo, digo, mi miedo
ha malogrado mi vida.

Dios es su padre, y padres también mi padre, mi madre,

y los muertos,

aquellos muertos que, ya joven y apenas recién abiertos los ojos, viera bajando como
pequeños islotes móviles sobre la superficie de los ríos que fueron parte viva de los
mitos de mi infancia,

mi infancia, mi infancia,

ya muerta también pero que me habla aún desde el laberinto enfermo de mi sangre.

Yo no soy, madre, el padre de mi miedo: soy su hijo.

Con todo, algo me sustenta:

pues páginas no mías me mantienen en pie,

y tus manos, amor, pues en ellas descubro que estoy vivo porque me tocan.

Sobre tus manos y páginas no mías me yergo todavía.

Lo que fui, y lo que aun soy, está fuera de mí.

4
No obstante, sé en alguna parte de mí que soy también un hombre,

que no soy el protagonista de una excepción:

ni más allá ni más acá de nada ni de nadie:

un hombre: algo también vivo entre lo vivo.

No excepción ni hacia arriba ni hacia abajo ni hacia lado alguno de la


Rosa:

un hombre.

Y sin embargo, me obsede nombrar, como si fuera la palabra la que me


diera existencia, algo así como… "existo porque hablo, porque
nombro".

Sin las palabras, es como si no fuera sino una hermosa besti a.

Con ellas, una doble bestia: ojo y mirada.

5
Un diario, sí.

Ya veo.

Pero espero que estará desprovisto


del 6 de junio y de las tres y media,
de nubes de lluvia provenientes del oriente,
de una fría mañana de marzo o septiembre,
de encuentros con L o P,
de esos

“hoy, en la tarde, antes de la cena, me he encontrado con Félice.


Estaba un poco triste, Félice, ella, que siempre…”: ritmitos así.

¡Dios!, debo estar en guardia frente a esas imposturas.

Debo tratar de convertir estas notas atadas a mi ingenuidad y a mi


ignorancia, en un líquido puro que pueda ser ingerido por cualquiera
sin que ese cualquiera quede con la sensación de que ha sido estafado.

Quede entonces por lo menos claro que pongo aquí con toda franqueza

mi elefantico de loza gris, mi obeso Buda sonriente,

mi mochila por cuya boca sobresale una flauta de bambú,

mi insultante y obscena grifería de oro,

mi gobelino donde reposa,


tranquilo y casi sonriente, un tigre preadamita.

Etc. Etc.

6
¿Qué hace uno con las preguntas sino preguntarse?

Pues he aquí que nos hemos levantado una mañana,


un poco como siempre,
puesto que se hace algo como acostarse y levantarse,

uno no se pregunta,

uno acata sus invisibles dictaduras,


uno se acuesta,
y hasta se reconcilia con su tránsito al hacerlo:

puesto que se estuvo por un instante desnudo,


puesto que el cansancio, sí,

y nos hemos llevado una mano al cabello mientras con dos dedos de la otra
arrancábamos una pelusita de algún lado,

sí,

he ahí que nos hemos despertado una mañana


y algo que siempre hemos sido se sobresalta de súbito,

y eso que hemos sido aun es,

puesto que la pelusita,

pero es ya de otro modo,


y no sabemos,

de súbito,

si hemos hecho lo que amábamos

7
o si sólo hemos intentado amar lo que hemos hecho
sólo para no morir de desconsuelo de no ser.

De repente, de repente
no sabemos si no hemos hecho otra cosa
que aquello que merecía nuestro odio más puro.

Aquello que amábamos,


si hubo un aquello y si algo amábamos,
¿dónde está?

¿Dónde lo que soñamos un día,


lo que en éste aun soñamos?

De súbito, de súbito
no se ve más que aplazamiento,
tiempo muerto,

pura,

inconfesable defección.

8
A María Victoria Grillo

Hoy le escribí a M. o T. (T realmente, pero es la misma cosa), una


carta que no enviaré:

Querida, hermosa T:

Tengo la extraña y casi dulce sensación de no haber madurado nunca,


de ser un niño, un adolescente, un lobato entre tigres.

Te hablo vencido por la belleza, por la confusión, por el amor y por el


miedo: los cuatro te saludan.

A veces quiero hablar, pero me sale arena.

Si me encuentro no regreso, y nadie me escuchará más: y ya no


necesitaré palabras.

Hay cosas que aparecen. Otras que estallan.

Yo estoy en la hora del estallido. Y tiene tu rostro.

Antes de ti ya estaba quien yo era y quien sería, y eso sólo en el caso


de que alguien sea alguien, de que uno sea uno y no lo que uno ha ido
recogiendo o le han prestado.

El estallido no es en sí más que un accidente con un rostro.


Pero ese rostro pone en estado de ebullición y vivo aún un tiempo que
en mí reposaba como muerto.

Pudo ser otro, el rostro. Pero fue el tuyo. Es igual.

Todo esto puede ser esencial para un hombre como yo, pero en ningún
caso importante para nadie.

9
Ahí viene la barca, mi Niña.
Y yo la espero, y espero que al llegar
yo tenga el valor de levantar

mi pantorrilla primera,
mi pantorrilla segunda,

y detrás de ellas

el delgado cuerpo que sostuvo por muchos años un corazón que amó
sabiendo muy bien qué pero no el por qué,

la cabeza que en muchas ocasiones quiso ignorar a los cuatro que hoy
te saludan.

1
0
Hay a veces en mí estados como de anun ciación, como de advenimiento
¿de qué?

Una especie como de dolor,


de dulce presión dramática,
de placentera y dolorosa tensión quemante,

Algo así como


"¡Dios mío, sólo yo lo sé, sólo yo lo sé,
y nadie más sabe ni sabrá esto que no sé aún qué es,
qué hago, qué debo hacer,
cómo digo esto que aun no sé".

Y como nada adviene,


siento entonces ser pura falta de ojos,
un pobre tartamudo en un mundo de especialistas ¿en qué?

1
1
En cierto sentido, la poesía que no nace del silencio, o aspira a él, es
ruido.

La aspiración al silencio puede surgir de la ilusoria certeza o de la


honrada sospecha de que la infinidad de discursos que nos acechan con
su zarpa de parloteo no son más que bullicio.

La paradoja y el drama: también la aspiración al silencio quiere ser


nombrada.

Y para acabar de ajustar, pensamos con palabras; o mejor, con


fulguraciones que se interconectan entre sí a tal velocidad que la
palabra ya no podrá nombrarlas, ni dirigirse al sitio en el que ellas, las
fulguraciones, hallaban una especie de conclusión.

Es sorprendente que un párrafo cualquiera pueda finalizarse.

Incluso, que comience.

1
2
Una vez perdido lo esencial, sobre el vacío dejado toda suma no hará
más que restar y alejarnos cada vez más de lo esencial.

Y pensar que lo esencial puede perderse por perspectivas ilusorias, y


hasta por la fuerza de una cultura pueril.

Sucede con muchos poetas: de su desesperación vital derivan a


literatos y escritores, malogrados por el ensanchamiento progresivo de
su ego,

esa pobre cosa enferma que nos enferma.

1
3
No recuerdo quién escribió que "poeta es aquel que ve".

Sí, claro.

Pero no sabemos cuántos ni quiénes realmente ven, o han visto:


cientos, miles de seres anónimos (como esos hombres de los que nos
habló Fernando Pessoa cuando era un ingeniero llamado Álvaro de
Campos y que dio en escribir un poema que se llama Estanco), pero
que ni nos dijeron ni nos dejaron palabra alguna.

Pero tal vez lo importante no es que el poeta vea, pues ya vio, sino que
nos muestre aquello que vio, y que tenga la intuición, la inteligencia,
el conocimiento, la generosidad y la disciplina necesarias para que el
medio que utilice para mostrar, realme nte nos muestre.

Como Álvaro de Campos. Como Alberto Caeiro.

Quizás entonces poeta no sea aquel que ve o vio, sino aquel que nos
dona, en un instante fulgurante, único y pleno de desconocida
generosidad, nuestros propios ojos.

1
4
¿Cuánto he hablado sobre la imposibilidad de nombrar?

¡Nombrar! ¡Cómo se nombra alguna cosa, tan cercada toda cosa de sí


misma, y sin embargo como si ella, la cosa, contuviera u ocultara el
grito de su nombre verdadero!

¡Quién hallará ese nombre, Dios, quién!

Es como si las cosas no hablaran sino que estuvieran siempre,


zarpa viva,
a punto de hacerlo.

Y el pobre poeta se la pasa todo el tiempo con el oído puesto sobre esa
cosa muda y como tranquila e indolente.

1
5
Ayer, en un furioso ataque de literato, escribí un par de textos (iba a escribir “poemas”)
bastante artificiosos, casi truculentos. Debo estar en guardia frente a la posibilidad de
que tales ataques se repitan, para no hundirme hasta el cuello en la mierda que tanto he
criticado. Mi vergüenza me impide la sola trascripción del segundo de ellos.

Todo se repite, Luis o Alberto.

Todo se repite, Pedro,


todo se repite,

todo se repite, Pedro,


todo se repite,

y es por eso que ahora soy una niña enferma del siglo XIV
o la que ya, ahora,
en esta esquina o en la otra hace esto
o hace aquello,
soy un niño que tose por última vez en un desierto de Sudán,

soy quien se acuesta, quien hace esto o lo otro,


es raro, es muy raro pero es así,

cómo decirlo,

era el XIV o el XVI,

había siempre un algo adentro, siempre, en el XIV o en el XX

y era en el alma que todo sucedía,


era en el alma que todo sucedía,

una sed de yo no sé, una sed

siempre hay niños y siempre el XVII o XIX,

1
6
una sed, por Dios, una sed,

siempre, en el VIII o el Cualquiera,

y Eso ahí, Eso ahí, por dios, Eso ahí,

en el este o el cualquiera.

Todo se repite.

1
7
¡Lo nuevo! ¿Qué es lo nuevo?

Lo menos original y lo menos novedoso del mundo es la obsesi ón por


lo original y por lo novedoso.

Lo "novedoso" es con demasiada frecuencia hijo de una equivocada


autoestima 1 y de una soledad mal asumida y hasta despreciada.

Y lo original es inencontrable para quien ha hecho de ello una


obsesión: no hallará otr a cosa que sus urticarias, un recuerdo
insustancial de su infancia, la preocupación por la posible pérdida de
las llaves de su casa.

Lo original no será sino el fruto de una paciente búsqueda de algo más


alto que nuestras propias cabeza y corazón.

La necesidad de trascendencia anda por ahí, la muy maldita.

1
U n p o e ta no d eb e r ía te ner a ver sió n p o r p a lab r a al g u na, si no la ca p ac id ad y
la vo l u n tad d e r e s ti t uir l e a e sa p al ab ra s u co s a p rís ti n a.
P er o " yo " exp er i me nto u n o d io p o r la p a lab r a a u t o es ti ma .
No , p o r ej e mp lo , p o r la s p alab r as te mp e st ad , fur ia,
2 2 , ho j a, r e ga to , n i ño o riac h u elo .
No me g u s ta ta mp o co la p alab ra a u to , e n la q ue al go no s tr ata d e i nd uc ir a
la id ea d e q ue al g u ie n n o só lo e s a l g uie n , si no a lgo má s q ue al go o q ue al g ui e n.
U no e s r e al me n te al go p o r a hí, co mo u na ho j a q ue cae ve nc id a,
aq u el la n ub e , u n vi e nto fre s co , s úb i to y b re v e a la s tr es d e la tard e.

1
8
Hay dos clases de alcohólicos, y ambos son maravillosos: los que
beben y los que no.

Y en ambos es dramático. Unos huyen hacia un lado y otros hacia otro,


pero huyen básicamente de lo mismo: del miedo, del amor a no saben
muy bien qué, de la duda, de la dolorosa dulzura de vivir, de no tener
un consuelo ante la incapacidad de expresar tanto milagro, tanta
conciencia de la hermosa fatalidad de estar vivos pero amarrados a la
circunstancia y el tránsito.

Tanto el alcohólico que bebe como el que no mantienen y tratan de


preservar la esperanza de que tranquilo, justo y condescendiente, Dios
los juzga y juzgará por aquello que hace de ellos seres tan frágiles y
atormentados: el amor, el miedo, la duda, cierta fragilidad parecida a
un niño que padece una enfermedad terminal, sus ojitos como los de un
ángel vencido.

El alcoholismo es quizás la única de las enfermedades incurables que


puede detener una droga contaminada en los términos: uno.

Pero ha y muchos hombres que no la pueden encontrar nunca.

La necesidad de trascendencia, otra vez, anda detrás de todo esto,


la muy maldita.

1
9
Persiste en mí la impresión de que soy un hombre,
la extraña sensación de ser una persona, pues hago cosas que se hacen:
dormir, leer unas noticias que ya sé, apurar un café en la mañana,
girar la cabeza a la mención de un nombre que creo o que quizás sea el
mío:

pues podría llamarme, en lugar de G o B, R.

¡R! ¡L, también, en Gales o en Burkina Faso!

Cosas así.

Pues si todos hacemos más o menos lo mismo, ¿por qué yo sería?

¿Por qué razón misteriosa podría decir alguien G o H, y algo que sólo
por falta de palabras llamaría yo giraría su maldita cabeza?

Lo que me extraña es que pueda participar de esa cond ición si voy sin
raíces por el mundo.

¿Pues, sobre qué mito hundido en el corazón


como la doble punta de un arpón pude decir que era un hombre,
que "la tarde caía sobre...", que "llovía tristemente sobre el mundo",
etcétera?
Mejor dicho:
sin dioses, y sobre todo sin nosotros,
¿cómo usar un pronombre, un adjetivo?

2
0
Uno sabe que hasta las personas que uno ama y pondera bien están
intentando sobrevivir, durar, estar un tiempo más, disfrutar o padecer
este tránsito.

Haber tenido uno un día ojos, de dos, palabras,


piel sobre la que un insecto se asentaba,

pero sobre todo haber tenido uno un día conciencia de haber tenido
ojos, dedos, palabras, la visión de esa cosa diminuta sobre seis patas y
que vuela, siente y ve,

¿no es uno de los más altos pri vilegios?

Esto no sucede en la cabeza, sino en un sitio en el que, por una razón


misteriosa, se siente, se sabe que no haber sabido un día que se
tuvieron dedos, ojos, palabras, piel para un pequeño y repulsivo
milagro, es no haber tenido ni sabido nada,

nada,

nada.

2
1
Estoy cada vez más cerca de la confusión absoluta:
no ser nada, no saber nada.

No saber incluso si algún día supe cosa alguna: sombra de sombra.

¿Qué sé yo de qué?
¿Por qué hablaría de algo, con qué autoridad, y a quién?

¿Por qué tendría la certeza de que si digo alguna cosa, esa cosa le es
necesaria a alguien?

Imagino ahora un cuerpo que se deshace, que pierde sustancia, que


asiste a su declinación definitiva, pero al que le sobrevive el deseo de
hablar; imagino sus labi os que intentan el balbuceo de una frase para
Dios en sus últimos instantes:

¿qué lenguaje le asistirá,


qué palabras podrán otorgar sentido a su pérdida y a su deseo de
permanencia,
qué palabra podrá mostrar ese sitio vacío y desesperado en el que sin
embargo parece sobrevivir la nostalgia de un saber?

Cosas así me conducen hacia el silencio.

2
2
Tengo a veces la impresión de que muchos poetas que creen haber
hallado su tono, se duermen, pues sienten que lo hallado es ya su voz.

Quizás sea cierto, pero sólo en el sentido de que ya no hallarán una.

Yo, que he implorado por hallar mi voz, que he escrito un libro entero
implorándolo, espero ya no hallarla más que como peldaño.

Espero también no ser nunca un poeta tal como tal cosa suele
entenderse entre nosotros: "escribe bien", "su escritura no se parece a
ninguna otra", es "original", "creativo", "audaz", etcétera,

todo ese mundillo de repetidas imposturas.

Ya no quiero hallar mi voz,


ese sitio en el que me dormiré
y en el que las preguntas sobre forma y sustancia es como si se
hubieran agotado.

Lo que me hacía y hace hablar, mi súplica, creo que obedecía y


obedece a una necesidad de exhibir una verdad entre los hombres,

a sentir que existía y existo por diferencia,


al tonto orgullo de cr eer que la diferencia con el otro y lo otro da un
sentido al bello y doloroso milagro de vivir.

¡Qué pobreza!

2
3
Ayer escuché, muy tarde, muy tarde en la noche, los tapletazos de
alguien que corría.

Me asomé a la ventana, y en efecto, un joven (¿17, 18 años?), corría


como desesperado en medio de la calle completamente solitaria y
silenciosa.

Árboles había, en la calle, puertas de casas, casas,


una hoja que temblaba, sola y extraña entre las ramas quietas,
un pájaro también y su sombra que nadie, n i yo mismo, viera.

Cosas así, cosas así había.

¡Taple, taple, taple, taple!, se oía el golpe de sus zapatos sobre el


empedrado.

Durísimo, durísimo, ¡taple, taple!, se oía. Durísimo, durísimo se oía:

Era evidente que huía.

Lo vi unos segundos más h asta que desapareció al voltear la esquina.

Entonces esperé a que apareciera el perseguidor:

No apareció nunca. Nunca, nunca apareció.

¿De qué huía, entonces?


Fue muy triste, fue muy triste porque pensé o sentí que huía de sí
mismo, y alcancé a pensar también en mí huyendo por otra vía: la de
decir, hablar, la de resolver mi miedo por caminos provisionales e
ilusorios.

Y me pareció de pronto que el muchacho, mientras más intentaba huir,


más se alcanzaba.

2
4
Era como el envés del suplicio de Tántalo: hal laba a cada paso sólo
aquello que no deseaba hallar: él.

Era en realidad muy triste:

¡Taple, taple, taple, se escuchaban mis palabras en mi noche,


taple, taple, taple, esas eran todas mis palabras en mi noche.

2
5
No todo es, ha sido o será dolor, creo. Pues hoy he tenido “un buen
día”.

Sí: hoy vi la misma luz por cuya dolorosa hermosura ayer casi he
llorado, por cuya hermosura lloraría mañana de desolada alegría. Y
tuve la extraña sensación de de ser o de haber sido algui en en el
mundo. Recordé entonces que tenía dedos, ojos, palabras, piel sobre la
que un insecto se asentaba.

“He pasado por aquí”, me dije, me dije mientras la luz, esta


condenante y hermosa luz, no era ya lo importante;

“he pasado por aquí”, me dije, me dije muy claramente, y “aquí” era
como una especie de, otra vez,

soy otro,

súbitamente supe que yo era ya no yo, sino cualquiera, pero en ese


preciso instante fui, cómo decirlo, en ese preciso instante fui algo
bastante parecido a mí,

pero fui, lo juro, un muchacho de uniforme gris y botas negras, y yo


tenía, mientras mis cincuenta años realmente existían y eran, fui ese
muchacho que compraba, en una esquina de congestión, una fruta, y
supe por una razón extraña que tenía una madre enferma, un p adre
muerto, un sobrino con síndrome de Dawn, y tuve diecisiete años,

y de repente un jugo de fruta bajaba por una garganta que supuse mía,
y era mía, pero era mía sólo por el hecho de que el jugo, mientras
bajaba por esa mi garganta, hacía que yo olvida ra que tenía puesto un
uniforme gris, una madre enferma, un padre muerto.
Y de súbito tuve otra vez mis cincuenta años, y yo pude por fin, en
unos minutos inolvidables, saber que yo era yo, que tenía cincuenta
años, un mal empleo, etc.

2
6
Entonces es como si hubiera sabido que podía irme por el mundo sin
mí, pues ya no era cualquiera, sino un muchacho con un uniforme gris
y con su padre muerto.

Un buen día, después de todo.

2
7
¿Quién, si no mi propio embrutecimiento, podrá juzg ar mi ineptitud?

Pero no será tan bruto mi embrutecimiento si, realmente, puede


reconocerse.
Lo será, sí, si se permite el lujo de juzgar mi ineptitud.

Una verdad me habría sido útil:


yo habría podido ser oficinista,
vendedor de enciclopedias,
profesor de alguna cosa.

Y habría también podido anclar mi limitada inteligencia sobre un Dios


que me eximiera de juzgarme y que me otorgara, al mismo tiempo, la
comodidad de irme por los muelles y cómodos rieles de una verdad.

Pero todo dogma me es ajeno ya, su comodidad me es esquiva.

Sin embargo, bruto y bruto,

voy con mi cabeza hueca hacia el mismo polvo de los reyes.

2
8
A veces me parece que la literatura es una excrescencia social, el
efecto de un sano riñón desconocido.

Y la poesía me parece como si el hombre y el lenguaje caminaran,


juntos y de manera muy natural, por entre el bosque del misterio.

Como si el poema fuera realmente mito encarnado en lenguaje.

Es como si la literatura fuera un juego, un oficio,

Y la poesía el juego, el oficio.

2
9
Ya no escribo, pero pienso continuamente que lo hago.

Pero lo hago sobre la página de mi mala memoria.

Escritura perdida que debería haberme nutrido, no por su calidad,


siempre dudosa e incierta y en todo caso relativ a,

sino por su virtud de azogue, no en el sentido de Narciso, sino en el de


quien puede mirarse en la herida y pensarse en ella:

Alimentarse uno de su propio escombro.

Pero tinta sobre agua.

3
0
Un hombre hace panes.

Otro, versos.

Ninguno puede prescindir del otro.

Ambos morirán, un día.

3
1
Lego, y hablaré sin embargo de la música.

Parto de esta fracasada ambición: hallar par a la poesía escrita la virtud de la


música.

La música transmite, t iene, contie ne, lleva arquetípicamente la esencia de lo


que somos. Es perfectamente concebible y r eal la existencia de una cultura
sin tradición escrita, pero ninguna sin la música.

En la música es como si reposara, a punto de despertar, un dios necesitado


de nosotros, y como si ahí se expresara, por no sé que extraña razón, la
esencia de lo que somos.

¿Quién descubrirá esa razón últi ma?

No será el verbo quien lo di ga.

Es como si Dios fuera esquivo y astutamente nos hablara allí donde sabe que
podemos intuir per o no apresar una razón úl tima.

La música, sin embar go, es como si nos estuviera diciendo esa razón.

Ella canta mientras lo demás balbucea.


No hay oración más al ta que la música.

Ella es más li gera que un páj aro de Perse, pero cuánto, cuánto pesa y cu ánto
da sentido de vi vir en nuestro corazón tan huérfano.

Las preguntas en el Juicio Final son violines.

Y yo, ¿qué les diré?

Al go haré, claro,

pero no serán sino pal abras.

Es horrible.

3
2
Toda preceptiva es mala por el solo hecho de ser preceptiv a:

antepone un dogma al dolor de estómago


o al éxtasis inefable de descubrir nuestra

infinita, incurable y hermosa

soledad.

3
3
En Caeiro ("el único poeta de la naturaleza" según sus propias
palabras), Pessoa dice que "Sólo por oír pasar el viento/ Vale la pena
haber nacido".

Sí. Pero no parece satisfacernos siquiera una exacerbada conciencia del


temporal y maravilloso milagro de vivir, ni una honrada y profunda
gratitud por tal privilegio.

Otra sed nos extraña y acosa, y hasta el mundo y la vida parecen


insuficientes sin que por lo menos erremos (en las dos acepciones del
verbo) en la búsqueda para saciarla.

Ser el único poeta de la naturaleza (y Caeiro nos convence


efectivamente de serlo) puede muy bien ser motivo de u n alto orgullo,
pero se va demasiado lejos al aceptar la manifestación de la naturaleza
como el único contenido de la realidad. Tan real como el viento, y
como las leves y efímeras burbujas que desde el diminuto fondo de
cualquier regato ascienden, es mi s ed.

¿Pero cómo atender de manera simultánea y sensata la sed de Dios, la


sed de una vida "mejor" para todos, para mí mismo, la sed por la
poesía y el dilema, ya parcialmente inclinado hacia el lado de mi
cotidianidad, entre ella - la cotidianidad - y la física falta de tiempo
para entregarme a pasiones más "puras" o a la torpe ofuscación de
buscar para "mí" un pensamiento coherente?

3
4
Siento que vamos de verdad a la deriva.

Sin fin ni principio, hemos puesto dioses en los dos extremos del
misterio. ¡Tanto necesitamos de un puerto!

Y es el misterio el que nos alimenta y el que aún hace soportable vivir


en esta sentina.

Y vaya uno a saber si la ambición de "recomponer" la historia no sea


sino, finalmente, la obsesión de quien huye del dulce y acuciante acoso
del misterio.

Y cada cual va profundamente solo hacia la muerte.

3
5
Pensar, si se pensara, ¿es un acto volitivo?
Peor: ¿es realmente volitivo un acto que creemos volitivo?

Tengo la sospecha de que siempre algo nos actúa, de que aquello que
creemos que pensamos no es sino consecuencia de, nunca voluntad de.

Vaya uno a saber cuánto es uno hijo o consecuencia de un niño muerto


en el siglo XIV,

de un agua derramada en el sudeste de algún sitio,


y hasta del miedo y el grito de alguien a quien apuñalarán mañana.

Quizás mi verdadera madre nació y murió en el siglo XI o en el XIV,


no puedo saberlo.

O en ambos.

Sin embargo, ella me dice todas las mañanas: "hijo, por lo menos,
tómate el café".

Y eso es muy dulce, sí, e so es muy dulce. ¡Oh, cuánto de dulce y como
triste!

Pero es como si ahora supiera que soy o puedo ser el húmero o la tibia
rota de una niña del siglo XXIII.
No hablo de artificios, puesto que me tomaré el café. Puesto que me lo
estoy tomando.

3
6
Para regresar de mis devaneos estéticos leo buenos poetas.

Una vez asimilado el golpe, bueno es también pensar qué hacían


cuando no leían o escribían, cómo olía su sudor, cual era la condición
de su flatos o la intensidad de sus cefaleas, y esta breve esc atología es
suficiente como para no presumir de absolutamente nada, pero también
para sentirme con el derecho de buscar y poseer una voz.

Aun sabiendo que no añadiré nada nuevo al mundo.

3
7
M. refiere esta historia de uno de nuestro s barrios populares: por una
de sus lomas suben, encapuchados, ocho hombres armados. Van con
paso firme y decidido, como quienes saben muy bien adónde se
dirigen. Y a qué.

La víctima: un niño de trece años de quien el barrio ya conoce un


prontuario: trece años y ya tres o cuatro asesinatos. Lo sacan de su
casa. Seguido por tan decidida escolta, lo conducen a los baldíos.

Más tarde el niño baja, tambaleante y herido, por entre los caminos de
polvo y los recodos de maleza. A pesar de ello, del miedo, del d olor,
del aturdimiento y las heridas, sabe también adónde se dirige. Y a qué.

Entra en su casa, y pasado un rato, sale de nuevo con una pequeña


maleta entre sus manos, esta vez seguido por una escolta de lágrimas:
su madre y su hermana. Es llevado por eso s dolorosos amores hasta las
puertas del barrio. Ninguno sabe cuándo volverán a verse.

Uno se pregunta en qué sitio - no de qué lado - en qué sitio de la


realidad se halla uno inserto, y decir inserto es decir cuánto no se está
en un lugar elegido. Desplaz ados del espíritu, hemos ido de pérdida en
pérdida, de desgarramiento en desgarramiento.

Hasta se comprenden ciertas elecciones personales, los movimientos


hacia una comodidad que quiere dar la espalda a una realidad anónima,
la construcción de una vida e n la que reina la ceguera.

Entre las justificaciones posibles de esa comodidad en la que están


negados el otro y lo otro, y la culposa confesión de impotencia para
alterar la realidad, yo prefiero el tormento de lo segundo.

En efecto, el mundo, los acon tecimientos me rebasan, pero mi alma no


me autoriza a adoptar una teoría cualquiera que pueda dar una
justificación a la falta de generosidad.

3
8
Una confesión de impotencia no me alivia a mí ni a nadie, pero tiene
sobre la primera actitud la ventaja evident e de dejar nuestra conciencia
en un claro, oscura pero evidente.

3
9
Cada vez más sé menos.

Mejor: des-sé.

Y no como quien elige y emprende el camino de una metódica


deconstrucción,

sino como quien se deslíe.

De nuevo, tinta sobre agua.

4
0
Mi madre me ama sin condiciones, con un amor puro,
como una bestia pura.

Pero eso ya lo sé, madre.


Pero es que otra sed en mí corroe y avanza,

toma sitio,

y esa sed no tiene un nombre,


a no ser la ausencia de una presencia más fuerte que tu amor.

Yo ya sé tu amor, madre, y cuánto yo te amo,


y sin embargo ya no puedo llevarme a mí mismo tranquilo por el
mundo.

Y yo ya no soy yo:
otro hombre, antes y después de mí,
eleva y repite una súplica a no sabe muy bien quién.

Hay algo no resuelto desde hace cientos de años.

Cuánto te amo, madre, y sin embargo ya no soy tu hijo.

Creo que soy el hijo de una sed antigua,

y ya no soy de mí.

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Y sin embargo, ¡Dios!, ¡este cielo!,
este hermoso cielo
y esta hermosa luz inolvidable,

tu boca,
las seis de la tarde,
aquellos trigales bajo un cielo interminable y opaco,

y este viento,
este viento y otro viento en Costa de Marfil o en una callecita de
Lisboa.

Cosas así, cosas así,

como esta bella y do lorosa necesidad de libertad.

Oh Dios, cosas así.

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M. o R. asegura que el texto es legítimo. Se trata de un amigo que se
suicidó hace poco más de veinte años. De mi parte, no le creo.
Además, como texto, es bastante malo, pero la muerte, que es la cosa
más natural del mundo, tiene la extraña capacidad de extrañarnos y
conmovernos.

¿Es de quién que te despides?

Si es de Dios, no pudiste:
vas para allá.
País no tuviste:
otro tendrás.

Tampoco a ti te tuviste.

Tú fuiste por ti y no est abas.


Ahora irás por ti sin verte.

Hasta mañana, hasta mañana todos.


Hijo: hasta siempre.
Papá y Mamá: este cachorro se les fue,
pero ahí queda la camada.

Hasta mañana, hasta mañana.

Qué duro es despedirse,


qué duro decir: Juan, hasta nunca;
madre, después nos vemos.
Hasta mañana, hasta mañana todos.

Omitiré su nombre, pues, ¿quién es "él" ahora?

¿Y quién era,
hombre sin más centro que una grávida,

pesada ambición de luz?

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Es claro que estamos solos.

¿Cuál es el sentido de este cielo,


de esta hermosa luz inolvidable,
de este aire que visito con dolorosa alegría?

¿Quién nos hablará y nos dará ojos para esta bella y única luz
que se derrama sobre un país miserable?

En efecto, agosto ha llegado con una luz nueva,


desconocida,
con un sol más alt o y de apariencia soberbia.

Recuerdo ahora a Mersault, ese ser maravilloso asesinado por nuestra


incurable estupidez.

Antes de que se ejecutara su condena le visita el sacerdote:

- ¿Crees en Dios, hijo?


- No, Padre.
- Si hubiera otra vida después de ésta, ¿cómo te gustaría que
fuera?
- Una en la que pueda recordar ésta, padre.

Es difícil imaginar un amor más grande, o tan grande y triste apego,


pues él sabía que iba hacia la muerte, y que después de ese suceso (que
tampoco podría recordar), ya no habr ía

nada,
nada,
nada.

Quizás por ahí esté el sentido


de esta hermosa luz inolvidable,

de este aire que toco y que me toca,

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4
de estos árboles,

de tu boca
y las seis de la tarde,

de esta misteriosa ambición de libertad.

¡Oh, Dios!: es como si hubi era un alma.

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También es posible y susceptible de defender, una idea contraria a la
que nos hemos hecho del amor.

V. gr.:

El amor de pareja como una enfermedad, una perversión del deseo, un


descentramiento. (Si es que, por otr a parte, había algún centro posible
en medio de nuestra indeclinable propensión a la decadencia);

el amor a una cultura, o a un país, como consecuencia de la


incomprensión de nuestra naturaleza. Hemos orinado como felinos para
delimitar nuestro coto de ca za, y le hemos dado un nombre a ese
territorio, ignorando que en realidad hemos nacido en cualquier parte.
Y en cualquier tiempo: este. U otro

¡Pues es ciertamente lo mismo! Alguna vez, sin duda, dormí en las


lindes de un trigal de Gales, en el siglo XIII . En el XVII también, pero
ya no en Gales, sino a la sombra de un arbolito en Costa de marfil.
Etc.;

el amor a una idea como una respuesta ofuscada de nuestra impotencia,


y como la cómoda elección de esos rieles por los que nos iremos sin
esfuerzo alguno sin que nos importe nuestra ceguera:

¡Pues yo no soy más o menos tonto ahora que en mi arbolito de Costa


de Marfil o en el hermoso trigal de Gales!;

el amor a Dios como la más tranquilizadora forma de elusión.

El amor, en fin, como una forma disfrazad a de nuestra incomparable


hipocresía, pobre máscara recubierta de una moral que esconde nuestra
total ausencia de ética.

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Quizás, después de todo, yo sepa alguna cosa.

“Cada vez más sé menos”, dije alguna vez.

“Des- sé”, dije en otra.

Pero es que voy guiado no como por certezas,


sino como por sensaciones, por impresiones y preguntas,

y deshallándome,

deshallándome en un espejo que juzgo en todo caso más claro y con


más luz que aquel que ha tenido (si alguno ha tenido), que aquel ha
tenido lo que, a falta de luz y exceso de inferioridad, hemos dado en
llamar “nuestra raza”.

Pues yo provengo de una raza repugnante y abyecta,


aturdida pero pagada de sí misma,

pobre corcho varado en un abundante, lodoso y olvidado meandro

lleno de muertos que se pudren.

Yo quiero tener una sangre anónima.

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7
Voy a admitir, y por lo pronto sólo en gracia de mi búsqueda de
claridad y de alguna certeza, y un poco quizás como consecuencia de
mi candor,

que estoy enfermo;

que, de cierto modo, estoy situado en una especie de margen,

que participo de cierta excepción,


de alguna anomalía,
que no marcho al ritmo debido,
que no encajo:

que, en definitiva, estoy enfermo.

(Pero, bien o mal mirado, ¿si admito que estoy enfermo no es porque
en alguna parte de mí admito también que el mundo marcha bien, que
soy, no la mancha, claro, no el cáncer de ese mundo, y que quizás sea
mi propia enfermedad la que me impide admitir que ese mundo marcha
bien?);

admitiré entonces, y sólo por lo pronto y por mi condición de incierto,


que mi deseo de yo ser un día yo y de vivir en otra clase de mundo es
una anomalía;

que, en fin, tropiezo con un muro insalvable compuesto por la realidad


y mi anomalía;

que, ya admitidas esa realidad y mi anomalía, puedo irme tranquilo,


seguro, sanado.

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Y sin embargo, de nuevo este cielo,
¡Dios!, este cielo y esta hermosa luz que no envejece,

y bajo esa luz los crímenes,


y los injustamente muertos,
y otra vez los ríos enlodados de muertos y de crímenes,
y una señora que l lora, sola entre niños dormidos, solos y hambrientos,
etc., etc.,

y tus caderas, Amor,

y aquello que no sé y me llama, esa cosa que aletea a lo lejos sobre un


campo abierto,

y un poco tu mano, y otra vez tu otra mano, amor,


sobre mi espalda, viva prec isamente por tus manos,

y tus tobillos sobre los que mis pies intentan una caricia,

y tu voz, y tu respiración cansada sobre mi cuello,

y otra vez esa cosa tan difusa


aleteando sobre un territorio que no sé y me llama:

cierta indeclinable, rara y anónima necesidad de libertad.

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En efecto, estoy enfermo, estoy dulce y dolorosamente enfermo.

De dolorosa alegría me enferman la luz y el viento,

O. y sus muslos, O. y su risa,


mis manos que son tales porque pasan y repasan su espalda,

su espalda,

una ventana abierta,

los amigos, los amigos,

y las manos de mi padre y las rodillas de mi madre cuando, niño aún,


Dios era una constante amenaza,

la vez que fui una col y un riachuelo y una piedrita en una calle de
Lisboa,

o un árbol en un d esierto de Sudán bajo el que mi dolor reposaba,

una niña vestida con un pequeño vestido azul saltando un regato en


Escocia en el siglo XVI.

Pero voy a admitir, y por lo pronto sólo en gracia de mi búsqueda de


claridad y de alguna certeza, y un poco quiz ás como consecuencia de
mi candor, que:

1. No estoy enfermo.
2. No por ello represento la salud.
3. Que, en todo caso, es mejor estar enfermo que ser la enfermedad,
y finalmente,
4. Que estar enfermo es probablemente un síntoma de buena salud.

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“Podría pasar toda una vida así, si es que no la he pasado ya: entre una vieja puerta de
madera despintada por el sol y una temblorosa ramita de jazmín, que si algún día
llegaran a faltarme la humanidad entera me parecerá inútil. Casi hablo en serio. (….)
Se trata de esa profundísima fuerza de las analogías que vincula lo más pequeño con
lo importante, o lo esencial con lo insignificante, y que bajo la despedazada superficie
de los fenómenos conforma un suelo más sólido para que pise mi pie –por poco digo
mi alma.”

Odisseas Elytis

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Quizás, después de todo, yo sepa alguna cosa:
puesto que tengo odios.

¿Contra qué los tendría si no fuera por algún saber?

No sé, se ve, dónde ni de dónde lo sé, pero se ve que algo sé: mis
odios.

Y mis amores, claro:

esta luz, esta luz,


otra vez la luz de este cielo inolvidable y único,

y el viento, el viento, tan bello, tan bello,


a todo sitio entrando y saliendo,
tan tranquilo, tan agitador y generoso, el viento,
tan ácrata y sin patria,
tan con el mundo por único espacio de su voz,

y aquel niño, mira, mira, mira a aquel niño,

y tu boca y tus senos,


las cinco y cuarto, etc., etc.

Y odio y amor también a la vez viviendo en “mí”:


una madre que llora, sola,

tan desolada y sola,


frente a una lacrimosa v irgen de escayola
mientras recuerda al hijo ido,

no vivo pero insepulto,


no muerto pero ausente

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tanto dolor, tanto dolor, tanto dolor.

Y entre mis am ores otra vez tu voz,


y las tres de la tarde en un día de junio de un día y un año que ya no
sé,
y una niña que salta un regato en un campo de Escocia en el Siglo VI,
etc.,
cientos de cosas así, cientos,
miles de niños que hacían una cosa u otra en sig los que ya no sé,

y mis odios, mis odios amo,


y los muslos de mi madre sobre los que ella,
paciente y amorosa, asentaba los míos,
y las manos inmensas de mi padre,
tan inmensas sobre mi mejilla izquierda y mi mejilla derecha cuando
yo era un niño y me d ecía amorosas cosas al oído,

etc.,

y los amigos, los amigos, los amigos amo

y a pesar de todo un terrible país que tengo también amo, y más aun al
que tendría amo,

y cosas así,
cosas así,

al padre, a la madre, a los amigos, a ti y a tu voz , amor mío al que


amo y amo, y un país,

un país, un país, y otra vez tu voz, O.,

todo, todo,

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todo mi maldito amor agolpándose de golpe y con dolor en un sitio de
mí que yo no sé.

Ah!, mis odios: cuánto me hacen menos incierto y más vivo,


más grávido pero t ambién más libre,
más cargado de pesadas alas vivas!

Y a mi inepcia, odio,
y a un miedo que no comprendo y al que me he pasado a vivir,

Y cuánto más la nuestra, si es que algo así como un “nuestro” existe o


existió vez alguna.

Un Nuestro, amaría, un Nuestro,

y claro, otra vez tus tobillos, y tu boca,


y mis manos que en tu espalda me hacen ingrávido y feliz en un sitio
de mí que yo no sé.

Ser, amaría.
Y tu boca.
Y la mano como muerta de alguien que duerme mientras su boca
tristemente babea,

Odiar, amo.

Después de todo, vivo.

Y algo sé.

A pesar de incierto, y quizás sólo por ello,

vivo.

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Incierto y todo, odio y amo,

Vivo.

Sí: quizás algo sepa, después de todo.

Pero, saber algo.., ¿importa?

Incierto, incierto siempre.

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Hay sitios en mí en los que la vida ya no es más que interior:

tanta luz, tanta dulce y dolorosa pregunta, tanta cosa viva realmente
viviendo en mí, dentro de mí:

una pequeña lagartija albina huyendo de mí

la voz como asordinada de u na mujer en el piso superior,

y el viento, el viento generoso invadiendo mis estancias, el viento,

tanta cosa generosa mostrando su rostro, y es tan bello, tan bello, un


TV encendido frente a nadie que lo ve, una mujer que espera la llegada
de quien ya no llegará y habla a solas, etc., etc: tanta fatal y a veces
dramática belleza.

Y sitios dentro de mí en los que la vida no es más que exterior: las 3


de la tarde, la gastritis, la pereza, un molesto sudor entre los dedos de
mis pies, el ruido de una cosa u otra cosa, el dinero del almuerzo, el
almuerzo: esta breve escatología en la que se demuestra que no hay
mas que una vida: la interior y la exterior.

Tanta luz y tanto viento, tanto mis uñas y mis húmeros bien puestos ,
alguien que me dice, casi gr itándome: “señor, señor, nadie sabe ni
escucha que mi niña ha muerto”, u otra cosa, tanta vida exterior como
eso, tanta vida interior como eso: mis húmeros bien puestos.

Mira, mira G. o R. la hermosa y diminuta lagartija albina huyendo de


la luz y de mí, mira el singular cortejo fúnebre en el que una niña ya
no llora sino que desciende, desciende sorda, y muda, muda y ciega y
llevada por ajenas manos hacia el hangar desolado de los muertos,

mira el hangar florido de los muertos florido de flores muertas , mira a


quien tras el cortejo llora, sola y sin eco, muda también pues quién
escucha su voz, mira a la niña que ya no llora pues está muerta, ni

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llorará un día quien hoy llora pues será también ella quien un día esté
al frente frente al hangar desolado d e los muertos.

Mira la luz, tan bella, tan bella y única, mira la luz única de este cielo
que un día ya no verás,

siente al aire, al viento,

siente estar vivo ahora que ves el singular cortejo fúnebre de la niña
muerta,

siente y sabe que un día ya no estarás cuando seas tú quien vaya al


frente, ciego y mudo y sordo, de quienes sienten la luz, el viento, la
bella y dura belleza de vivir.

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