Vargas, 2018
Vargas, 2018
Resumen
El propósito de este artículo consiste en presentar el tema El tercer espacio: propiedades de despla-
zamiento de la experiencia psicocultural. Se refiere al espacio potencial del desarrollo temprano hu-
mano, que hace contrapunto en su devenir histórico con el mundo sociocultural. Surge mayormente
de la reflexión concienzuda obtenida de la clínica psicoanalítica con consultantes niños y adultos, así
como de la investigación sobre la relación entre psicoanálisis y literatura. La psicoterapia con niños
sucede en un espacio de juego, en un taller de trabajo psicológico donde se explicitan los síntomas
perturbadores y se vehiculiza el conflicto, en una zona intermedia, así llamada por D.W. Winnicott,
no tan lejana del tratamiento con consultantes adultos donde al transcurrir el proceso de análisis del
inconsciente se produce un tiempo-espacio de ambigüedad y extrañamiento.Tales procesos de natu-
raleza clínica permiten observar que en el devenir y la producción cultural humana se hace notar un
espacio que se abre hasta que se define el traslado experiencial. Ese es el tercer espacio. Otro modo de
observar ese tercer espacio se encuentra en el lenguaje; ese componente ambiguo, incierto, se efectúa
mediante el desplazamiento semántico en el texto literario. Así, ese tiempo-espacio de ambigüedad,
propicio para el desplazamiento de procesos de lenguaje, convertido en hechos culturales como obra
artística o fenómeno psicosocial, tiene como basamento procesos transicionales intrapsíquicos adver-
tidos desde el desarrollo precoz. De manera amplia, el tercer espacio se propone como ámbito teórico
e investigativo dado que constituye un aporte a la lectura y a la investigación textual psicoanalítica.
Palabras clave: clínica psicoanalítica, juego, desplazamiento, intrapsíquico, ambigüedad, tercer es-
pacio, texto literario, psicocultural.
Lorena Vargas Mora, San José, Costa Rica, Especialista en Psicología Clínica, Magister en Literatura
Latinoamericana, Egresada de la Maestría en Teoría psicoanalítica, por la Universidad de Costa Rica.
La correspondencia en relación con este artículo se dirige a Lorena Vargas. Dirección electrónica:
[email protected]
L. Vargas
Abstract:
The purpose of this article is to present the topic: The Third Space: Displacement Properties of the Psycho–Cultural
Experience, referring to the potential space in early human development, which interacts with its historic occurren-
ce in the socio-cultural world. It arises mostly from thoughtful consideration obtained from psychoanalytic consul-
tation with children and adults, as well as investigation of the relationship between psychoanalysis and literature.
Psychotherapy with children takes place in a play space, in a psychological workshop where the symptoms causing
a disturbance are identified and the conflict is focused in an intermediate zone, thus named by D.W. Winnicott; it is
not that far from the treatment of adult patients, wherein the analysis process of the subconscious takes place and
creates a time and space of ambiguity and estrangement. Such processes of a clinical nature allow observing that
throughout these and human cultural production there is a space which is opened until the transfer of the experience
takes place, that is the: third space. Another way to observe this third space is through language; the ambiguous and
uncertain component, which takes place in semantic displacement in the literary text. Therefore that temporal and
spatial ambiguity, which encourages the displacement of language processes, into cultural expression and artistic
productions or psychosocial phenomena, has as its foundation those intra-psychic transitional processes, noticed
since early development. Taken amply, the third space is proposed as a theoretical and investigative field because
it contributes to the reading and investigation of psychoanalytic texts.
Keywords: Clinical Psychoanalysis, Play, Displacement, Intra-Psychic, Ambiguity, Third Space, Literary Text,
Psycho-Cultural.
La presentación de este artículo responde al interés de dar a conocer un conjunto de ideas resultan-
tes de observaciones teórico-prácticas, que se han ido convirtiendo en certezas, surgidas del psicoanálisis
clínico, y de vislumbres de investigación obtenidos de la escritura poética y del estudio académico de la
literatura. La relación de trabajo en la clínica, concordando con Winnicott, se basa en y más que la rela-
ción terapéutica porque de ella surge un mundo propio, una cierta propiedad de traslado compuesta por
las tareas de separación e interrelación de la realidad interna y externa (2008), que recrea transferencias y
produce obras novedosas, efímeras para el alivio de las aflicciones, creativas para determinar vocaciones
o definitivas para tomar decisiones.
La psicoterapia, con niños y niñas, al ser un tipo de tratamiento que sucede en un espacio de juego,
en una zona intermedia (Vargas, 2013), no tan lejana del tratamiento con consultantes adultos, donde
transcurre el proceso de análisis del inconsciente, caracteriza un ámbito que, más allá de lo clínico, sitúa
al sujeto en edades tempranas del desarrollo humano, en edades de adquisición de lenguajes y herramien-
tas de socialización1. Freud, sobradamente, lo advirtió en este comentario: “Hace tiempo que se ha vuelto
patrimonio común saber que las vivencias de los primeros cinco años cobran un influjo de comando
sobre la vida, al que nada posterior contrariará” (1937-1939/2004, p.121) y el lenguaje, que concierne
también a la escritura, asienta el discurso, la puesta en práctica de la cultura.
1
En: Vargas, Lorena (2013), Diálogos psicoterapéuticos con niños. San José, Costa Rica: Ediciones El Atabal. Página 22, se
describe con detalle el acontecer del espacio de juego como zona intermedia de la experiencia, según la conceptualización de
D.W.Winnicott.
Así, el infante humano se potencializa y transpone culturalmente desde sus bases psíquicas me-
diante desplazamientos de experiencia, de manera que un basamento lúdico podría convertirse en una
escultura; o bien, las primeras letras en un texto literario. Ese movimiento sucesorio de tiempo y lugar es
psicocultural. Existe en tanto sucede, mantiene la permanencia necesaria y remite a una esfera de la ex-
periencia y el trato social potencial del desarrollo temprano humano, que hace contrapunto en su devenir
histórico con el mundo sociocultural.
Tal propiedad del tercer espacio, que ahora resulta ser más comprensible, puede haberse sobren-
tendido, no por desconocimiento de su transicionalidad, sino por haberse dejado de observar en otros
ámbitos. Sin embargo, la literatura, no solo como narración sino también como teoría literaria, se mani-
fiesta como un medio de encuentro con el tercer espacio.
La autora de este escrito ha vivenciado el tercer espacio a lo largo de la vida profesional debido a
que el ejercicio de la Psicología clínica trae consigo la ocupación transitoria de un tiempo-lugar de in-
tercambio con consultantes, quienes acuden a procesos psicoterapéuticos de variada duración extensivos
a momentos irrepetibles de comunicación. Tal circunstancia se convierte en una propiedad del ejercicio
profesional debido a que en la práctica clínica el suceso humano alcanza un carácter tan particular debido
a su intensidad afectiva, al hallazgo histórico y al encuentro transferencial y a que el acontecimiento irre-
petible, porque cada vez es único, moviliza, arrastra, desplaza saberes de lenguaje que varían el estado
de la conciencia propia y del mundo.
La observación del tercer espacio ha sido llevada a cabo por varios autores, cuyos puntos de vista
se expondrán seguidamente. Se toma en cuenta que algunos de ellos, aun cuando no se lo habían plan-
teado directamente ni lo habían nombrado así, se han topado con el tercer espacio, otros, por el contrario
lo han buscado, lo identifican y lo emplean en su oficio, o lo caracterizan obteniendo provecho de su
hallazgo al adquirir relevancia para sus hipótesis.
Este trabajo procurará una aproximación al reconocimiento de las propiedades de ese tercer es-
pacio por medio de algunos de esos autores. Será presentado y comentado a efecto de reunir un cono-
cimiento que anime el interés, la reflexión e investigación respecto a un campo que promete responder
aquella no tan joven pregunta: cómo se hilvana la psique con la cultura.
I. El tercer espacio
El tercer espacio ha estado ahí, como zona de trasiego de la experiencia desde siempre para lo hu-
mano; sin embargo, como concepto, se ha puesto en boga desde los años setenta del siglo XX en que se
han venido manifestando con mayor fuerza nuevas visiones paradigmáticas y que lleva necesariamente
a formular un replanteamiento intelectual.
La escolástica clásica ciñó el conocimiento a dos grandes enfoques sometidos a formulaciones
binarias y oposicionistas, de manera que cuerpo y espíritu, cultura y naturaleza han estado separados a
la hora de ser explicado el mundo y de generarse conocimiento, pero aun cuando este basamento lógico
formal ha sido el instrumento del poder formal occidental colonizador y expansionista del mundo cono-
cido, es a partir de finales del siglo diecinueve que ese cielo ideológico ha empezado a experimentar la
decadencia de un discurso único, de su contenido rector, resultado del debilitamiento eurocéntrico y del
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desarrollo por su parte de los estudios culturales y de la poscolonialidad que, al dar cabida a la periferia
del mundo y a sus voces avasalladas, silenciadas por el colonialismo de varios siglos, rompen, abren y
movilizan discursos mezclados que se instalan en ese tercer espacio en la búsqueda pronta de un suelo
cultural común que aporte semejanzas y otros medios comunicacionales.
El entendimiento de este espacio de saber podría resultar abstracto. Sin embargo, es posible ima-
ginarlo, solo que debido a esas características tan particulares, tan situacionales, que posee, requiere el
uso de medios conceptuales precisos a través de los cuales desplazarse por su formalidad interior para
investigarlo, también es necesario practicar una forma de investigación interdisciplinaria que entregue
perspectivas diversas que sea posible reunir en pos esa de indagación, en cuenta la literatura, el psicoa-
nálisis, la filología, la psicología y la historia social.
Ilustrativo de ello resulta Mijaíl Bajtín2, gran autor de la filosofía del lenguaje, que llegó a reco-
nocer ese conocimiento conjunto como “una nueva disciplina dentro de las ciencias humanas, que se
formaría en las “zonas limítrofes” entre la lingüística, la antropología filosófica y los estudios literarios”
(pp. 320-323,1985).
Desde una antropología de la modernidad, Marc Augé (1992) plantea que la noción de espacio
es abstracta por la variedad de sentidos que se les suele dar y por eso “parece poder aplicarse útilmente,
por el hecho mismo de su falta de caracterización, a las superficies no simbolizadas del planeta…aplica
indiferentemente a una extensión, a una distancia... o a una dimensión temporal” (1992, pp. 87-88).
Además, el espacio puede ser tan concreto como la ocupación física y psicológica dada a un terri-
torio, sitio o lugar. El requerimiento de lugar para las relaciones resulta tan sencillo y tan complejo como
nacer y morir. Constituye el lugar común como pertenencia cultural de quienes viven ahí y es también la
asignación imaginaria que el conjunto social ha dado a sus miembros para poder pertenecer.
La geografía al determinar tierras y mares provee territorios donde se organizan los espacios y se
constituyen los lugares, asientos sociales de lo humano; ambos, espacio y lugar los combina el tiempo.
Siguiendo a Augé, se encuentran espacios convencionales, fijos, establecidos por razones físicas
y antropológicas donde el hombre se inserta y produce su sobrevivencia. Pero, hay espacios relaciona-
les, donde el hombre vive imaginariamente su existencia y crea condiciones sociohistóricas para sus
narrativas, esos son los espacios que mayormente conciernen a este trabajo, por su propiedad de cambio,
movimiento y traslado.
2
En notas aclaratorias, páginas 320-323, del artículo: Bajtín, Mijaíl, El problema del texto en la lingüística, la filosofía, y otras
ciencias humanas, de unos apuntes finales (¿del editor?) en 1959-61 se escribió: “El problema del texto representa los avances
característicos de la época tardía de Bajtín para las grandes investigaciones planeadas que no fueron realizadas. En este y otros
materiales semejantes se pone sobre todo al descubierto la relación orgánica interna de los temas principales que interesaron
al autor durante decenios y que tendían a una síntesis filosófica y filológica”. El artículo se encuentra en: Bajtín, M. (1985),
Estética de la creación verbal.
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transculturales al identificar “la experiencia de la angustia” (p.259), un elemento psíquico, en los proce-
sos culturales, por ejemplo, las de migraciones y diásporas humanas.
IV. El espacio psíquico
El tercer espacio alude a un aspecto de origen, a la conformación psíquica, cuyo desarrollo, en
aras de la satisfacción de necesidades urgentes de crecimiento, demanda de un otro social indispensable,
de un agente que se llama madre, padre, familia, las condiciones para desarrollar una experiencia que, al
comunicarse con esos otros, permita, según cierto orden, conformarse internamente, salirse de sí mismo,
relacionarse con otros y obtener un lugar en el mundo y crear un espacio indispensable para vivir.
D. W. Winnicott10 11, de la escuela inglesa de psicoanálisis ha identificado, en su texto: Realidad y
juego (1972/2008), desde un punto de vista clínico y teórico, un espacio fundamental, al cual nombró
de acuerdo con tres elementos clave de su teoría: la suficiencia en la relación de la madre y el bebé, la
experiencia como posesión y el juego creador, elementos conformadores del uso de un espacio vital que
cubre varios lugares:
Un espacio potencial: se trata del campo existente entre el individuo y el ambiente; incluye la
puesta de la relación que existe entre el bebé y la madre una vez llevada a cabo la fusión y dado el paso a
la separación entre ellos. Es una zona hipotética que enmarca un suceso de separación que debe suceder
como peligro, pero no como hecho por sus consecuencias traumáticas12, y que obedece al repudio que,
por afán de autonomía, el bebé hace del objeto, por causa de su afán de autonomía, el cual debe reducir su
acción pero desde ningún punto de vista someterlo al abandono, porque ello redundaría en una enferme-
dad mental. Al contrario, “la separación se evita al llenar el espacio potencial con juegos creadores, con
el empleo de símbolos y con todo lo que a la larga equivale a una vida cultural” (Winnicott, 1972/2008,
p.143).
La zona intermedia: es un lugar de paso, de solución, de creación, a la cual se asiste desde la in-
fancia más precoz: “La zona intermedia a la que me estoy refiriendo es la zona que le es permitida al pe-
queño entre la creatividad primaria y la percepción objetiva basada en la puesta a prueba de la realidad”
(Winnicott, 1979/1999, p.320).
10
El concepto de zona intermedia es fundamental en el trabajo clínico con niños y niñas, también el concepto de espacio po-
tencial. Según el punto de vista de D. W. Winnicott, es zona de experiencia cultural y de espacio cultural, véase: El jugar y la
cultura en D.W. Winnicott (1991), también, Exploraciones Psicoanalíticas I, página 247.
11
Mediante seguimiento a la conceptualización de Winnicott, Silvio Zirlinger estudió el tema de la transicionalidad en psicoa-
nálisis y refiere la importancia que se le ha dado al concepto por parte de muchos autores: “Aunque el término “transicional”
aparece en escritos de Fairbairn en 1952 –en el marco de sus propios estudios–, Winnicott le da su sello propio y original… El
concepto de transicionalidad tuvo una amplia difusión en los escritos psicoanalíticos, algunos autores han continuado teorizando
sobre la línea que abrió Winnicott y otros lo han utilizado de variadas formas. Entre los muchos autores nombraré solo algunos:
R. Gaddini, M. Milner, M. Khan, J. Pontalis, P. Greenacre, A. Green, D. Anzieu, H. Kohut, H. Searles, F. Tustin, P. Aulagnier,
J. McDougall, R. Kaës, R. Roussillon, Ch. Bollas, T. Ogden, D. Stern, M. Pelento, A. Painceira , R. Zak de Goldstein, M. Casas
de Pereda, E. Romano, A. Levin de Said.” (2005, párr. 6, párr. 52).
12
Winnicott, D.W. (2008), Realidad y juego: “El trauma implica que ha experimentado una ruptura en la continuidad de la vida,
de modo que las defensas primitivas se organizan para defenderlo contra la repetición de “una ansiedad impensable” o contra el
retorno de un estado de confusión aguda que pertenece a la desintegración de la naciente estructura del yo.” Página 131.
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Un espacio intermedio, como un lugar de práctica pulsional imbatible del ser humano, es donde
se construye la participación social y se halla inmersa una cultura llena de objetos y representaciones.
Para este autor, dicho concepto resulta fundamental como sustrato del desarrollo temprano huma-
no. Consiste en la búsqueda de una solución ante la problemática del espacio potencial, porque, de ese
modo, plantea el espacio intermedio, el hueco, el vacío, la grieta que deja la ausencia. Debe ser subsa-
nado desde el desarrollo temprano mismo, que no es lo mismo que rellenado. Para ello, está la capacidad
de la cultura: “Por la necesidad de subsistir frente a la separación, se genera el pensamiento y la palabra
como soportes del juego y de la simbolización” (Zak de Goldstein, 1999, pp. 190-191).
Es concretamente un tercer espacio, similar a como lo plantea la antropología, al ser la tercera par-
te de la vida humana, un más cercano encargo de la experimentación, del reconocimiento de la realidad,
proclive a la ilusión y respondería a dos diferenciaciones previas del desarrollo temprano: lo subjetivo
y lo percibido objetivamente. Es en esta zona donde se constituirá el juego como actividad humana pre-
cursora del arte y la cultura.
Los fenómenos transicionales: tienden a iniciarse a partir del cuarto mes de vida. Son las activi-
dades en la zona intermedia y se expresan en el uso indefinido de objetos “que no son parte del cuerpo
pero que aún no son reconocidos pertenecientes a la realidad externa” (Winnicott, 1979/1999, p. 308).
Incluyen el juego y el jugar, son “la base de la experiencia cultural en general” (Winnicott, 1991, p. 249).
Según este planteamiento teórico, de sobra compartido en este trabajo, la obra humana se inicia con la
experiencia del niño pequeño. El objeto transicional: Winnicott, tomando algunos conceptos de la teoría de
Melanie Klein, distingue el concepto para definirlo: “el objeto transicional no es un objeto interior (lo cual
es un concepto mental) sino que es una posesión…no es tampoco un objeto exterior” (1979/1999, p.317),
aunque se requiere la representatividad de todos ellos, porque “psicológicamente, el pequeño se alimenta
de un pecho que forma parte de sí mismo, [para ser] mientras que la madre da leche a un pequeño que forma
parte de ella misma [porque es].” (1979/1999, p. 320), soporte de una ilusión que permitirá al bebé colocar
en un objeto mediador el tránsito de la experimentación (Texto dentro de paréntesis cuadrado acotado).
El objeto transicional es una posesión, porque se trata de una experiencia donde se retiene un pro-
ceso relacional, mientras tanto el desarrollo psíquico continúa su curso; su vigencia se mantendrá hasta
que pierda su significado. Específicamente, consiste en un objeto que el niño encuentra a su alrededor
para ser manipulado, “aunque el objeto estaba allí para que el niño lo encontrase, fue creado por el niño”
(Winnicott, 1979/1999, p.248), debe ser blando, debe tener textura y conservar el olor de las personas.
El objeto transicional corresponde al antecesor del objeto cultural; se abona con el uso del objeto
al ámbito de experiencia básica, extensivo a lo largo del crecimiento humano será conservado “dentro
de las intensas experiencias propias del arte, la religión, y el vivir imaginativo, así como de la labor
científica creadora” (Winnicott, 1979/1999, p.324). De esta manera, Winnicott, con su teoría, asegura
la vinculación psicocultural de lo humano. La base de los procesos de la transicionalidad, que así se
inicia, con ese trozo de objeto útil hallado por un bebé, dejan al niño unido para mantenerse a flote sobre
la grieta y se evita13 experimentar el peligroso hundimiento excesivo, que, como se señaló antes, pende
como peligro de la existencia con solo la inminencia de la separación.
Cabe distinguir que el espacio entendido por Winnicott es mayormente vital. Difiere del espacio
siniestro de Freud, aunque ambos participan del tercer espacio, según lo aprecia Zak de Goldstein (1999):
No podemos dejar de conectar el conjunto de objetos a los que estamos haciendo referencia y su capacidad
de evocar un sentimiento de “lo familiar” tranquilizador, lo reconocido, lo que sustenta una serena dispo-
sición a la regresión para el descanso. En la vereda opuesta tenemos el tema de “lo siniestro”… alude muy
precisamente a un sentimiento de ausencia de clima familiar, de desaparición de lo hogareño, presidiendo un
estado de intranquilidad que, según creemos, se puede vincular a las vivencias tempranas de desunión con
la madre y exposición a los peligros tanáticos de ello (p. 222).
Antes de Klein y Winnicott, Freud había advertido la resonancia de lo profundo del psiquismo en
la cultura humana desde el desarrollo temprano por medio de la conformación del ideal del yo:
tiene, a consecuencia de su historia de formación {de cultura}, el más vasto enlace con la adquisición filoge-
nética, esa herencia arcaica del individuo. Lo que en la vida anímica individual ha pertenecido a lo más pro-
fundo, deviene, por la formación de ideal, lo más elevado del alma humana en el sentido de nuestra escala
de valoración… [Aunado a la vida en sociedad]… Los sentimientos sociales descansan en identificaciones
con otros sobre el fundamento de un idéntico ideal del yo (1923/2006, p. 38).
Freud también observa dos mundos separados en la organización psíquica: el yo, representante del
mundo exterior y el superyó vocero del ello, propietario, del mundo interior, oposición que redundará
en conflicto, y entre los dos, - la angustia -14 incluso considerando la precariedad señalada por Winnicott
(1991)15, también en la solución del bebé, jugar, en el acto de la zona intermedia, el juego, también refe-
rido por Freud en una de sus observaciones más famosas: el juego del carretel.
En el estudio de la compulsión a la repetición por medio del juego infantil, Freud (1920/2006)16
realizó una extraordinaria observación cultural mediante el juego del carretel de un niño de año y me-
dio de edad, “la interpretación del juego…se entramaba con el gran logro cultural del niño: su renuncia
13
Llama mucho la atención una especie de espacio vacío (merecedor de un estudio) entre la grieta a la que alude Winnicott y
la desgarradura que nombra Freud en el artículo: Freud, S. (1940[1938]/2004) La escisión del yo en el proceso defensivo, al
señalar que dos reacciones contrapuestas frente al conflicto subsistirán como núcleo de una escisión del yo. “a expensas de una
desgarradura en el yo que nunca se reparará, sino que se hará más grande con el tiempo.” (p. 275-276). Y en el artículo: Freud,
S. (1924/2006) La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis: “algunos análisis nos han enseñado que el delirio se presenta
como un parche colocado en el lugar donde originariamente se produjo una desgarradura en el vínculo del yo con el mundo
exterior.” (p.157) Aunque aclara una diferencia en la zona de localización de la desgarradura: en la escisión del yo sucede en el
yo mismo, en el delirio ocurre en la relación del yo con el mundo.
14
Ver: Valcarce, Mercedes (2008), Separarse del otro, la angustia más primitiva. Revista Electrónica de Psicoterapia, en https://
www.psicoterapiarelacional.es/Portals/0/eJournalCeIR/V2N2_2008/11M_Valcarce_Separarse-del-otro-la-angustia-mas-primi-
tiva_CeIR_V2N2.pdf
15
Winnicott, D.W. (1991), Exploraciones psicoanalíticas I. Artículo 31. El jugar y la cultura. Página 249.
16
La descripción del juego del carretel se encuentra en: Freud, S. (1920/2006), Más allá del principio de placer. Volumen XVIII.
Páginas 15-16. También, se encuentra acompañado de un valioso análisis en: Gutton, P. (1976), El juego de los niños. Páginas:
9-13.
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pulsional (renuncia a la satisfacción pulsional) de admitir sin protesta la partida de la madre. Se resar-
cía, digamos, escenificando por sí mismo, con los objetos a su alcance, ese desaparecer y regresar”
(1920/2006, p. 15). Convirtió la representación en un acto al servicio del principio de realidad.
En un primer momento, el juego consistía en que el niño17 arrojaba objetos pequeños lejos de sí,
debajo de la cama o a un rincón, y al hacerlo articulaba “un fuerte y prolongado o-o-o-o” que significaba:
fort (se fue) (Freud, 1920/2006, pp. 14-15). Para el autor, el niño jugaba a que sus juguetes se iban.
En un segundo momento de la observación, el niño arrojaba el carretel sostenido por un piolín18,
tras la baranda de la cuna que tenía mosquitero (toldo). El carretel desaparecía dentro. Entonces, el niño
pronunciaba o-o-o-o, jalaba el cordel, sacaba el carretel de la cuna saludando su aparición con el sonido:
da (acá está). Era, pues, un juego de desaparecer y volver.
Retomando el tema del principio de placer, Freud extendió sus observaciones respecto al juego
del carretel para desarrollar una idea sumamente importante: “los niños repiten en el juego todo cuanto
les ha hecho gran impresión en la vida, de ese modo abreaccionan la intensidad de la impresión y se
adueñan, por así decir, de la situación” (Freud, 1920/2006, pp.14-15), hacerlo y darle movimiento a la
vivencia desahoga lo desagradable y aporta al principio de placer. Otto Berdiel, (2011) en el artículo: El
carrete y el hilo: un trocito de sujeto, señala que el juego del carretel rompe con el dualismo madre/niño,
que el juego del carretel está en un espacio transicional porque presenta varias características propias: se
desprende del sujeto que lo arroja, pero tiene un hilo, y el niño tira el carrete que todavía es de él porque
lo retiene; el carrete es la respuesta al vacío que deja la madre, es la cuerda floja que habrá que cruzar,
arrojar, tirar y recoger, es una respuesta a dicha abertura que bordea lo dominable de lo no dominable
(Berdiel, 2011).
Concordando con Berdiel y correspondiendo con el interés de este trabajo, el juego del carretel esce-
nifica el traslado, el paso por el puente del crecimiento humano, un tercer espacio necesario para separarse.
Interesantemente, un grupo de investigadoras en torno a la obra de Winnicott (Chavero et al.,
2001)19 encontraron que el psicoanalista, Octave Mannoni20, comparaba el objeto transicional de
17
Prengler, A. (2001) relata en el artículo: El niño del carretel: una visita a W. Ernest Freud, la reunión que sostuvo en 1999,
en Heidelberg, Alemania, con el anciano de 83 años. Se puede consultar en: Prengler, A. (2001), El niño del carretel: una visita
a W. Ernest Freud, FORT-DA Revista de Psicoanálisis con Niños. Número 3, abril 2001. Recuperado de: http://www.fort-da.
org/fort-da3/ernest.htm
18
Cilindro de madera, metal, plástico, etc., generalmente taladrado por el eje, con rebordes en sus bases, que sirve para devanar
y mantener arrollados en él hilos, alambres, cordeles, cables, cintas, etc. El piolín es la cuerda delgada o cordel. El Carretel.
(2003). Biblioteca de Consulta Microsoft® Encarta®
19
Patricia Chavero, Viviana Kalmanowiecki, Marta Mosner, Graciela Zlicovich, son un grupo de investigación llamado APICE,
de la Escuela de Psicología del Borda, Hospital Psiquiátrico, de Buenos Aires, Argentina. El artículo se llama El complejo pa-
terno de D.W. Winnicott, (2001), y fue publicado en la página web Letra viva El Sigma http://www.elsigma.com/historia-viva/
el-complejo-paterno-de-d-w-winnicott/833
20
Aunque no fue posible obtener la cita original, se encuentra en un artículo de Octave Mannoni: La parte del juego, publicado
por Winnicott en 1978. También algunas otras ideas de Octave Mannoni (1975). Al respecto, se encuentran en: Freud. El descu-
brimiento del inconsciente. Buenos Aires: Nueva Visión, aunque el texto tampoco se logró localizar. Es importante anotar que
Maud Mannoni, la esposa de Octave Mannoni trabajo cercanamente con Winnicott.
Winnicott con el carretel del Fort-Da de Freud. Observó una semejanza fundamental en el impacto que
la ausencia de la madre busca resolver el niño por medio de la repetición. También, en cambio, vio una
importante diferencia en el objeto mismo. El juguete de Winnicott es único, duradero y silencioso; sin
embargo, el carretel puede ser indistinto, pero debe ser acompañado necesariamente por el lenguaje.
Raquel Zak de Goldstein (1999) emite una atinada observación del fenómeno transicional en el
juego del carretel al identificar el valor del acto de juego, allí el niño logra “domar la angustia… [mien-
tras] se entre-tiene, se tiene entre” (1999, “Nuestra metapsicología, ...hoy”, párr. 10).
V. Moradores del tercer espacio
Gustavo Leyva, (s.f.), en su obra Identidad como poética de la existencia en América Latina. Los
estudios culturales en América Latina, enlaza el psicoanálisis y la literatura al vislumbrar a partir de la
modernidad pos ilustrada un sujeto continuado en todos los tiempos por medio de una narrativa cada vez
más poética, incentivada por el psicoanálisis freudiano: “Ya el psicoanálisis freudiano había subrayado
la necesidad de construir narrativas del proceso de auto creación de cada individuo, en donde éste pueda
reescribir su pasado y, de esa manera, reescribirse y rehacerse continuamente a sí mismo” (p.5.), de un
sujeto en movimiento respecto a sí mismo y a su historia social, dispuesto a desplazarse, no solo en sus
percepciones, sino también en sus acciones.
Algunos poetas han incursionado con plena conciencia y nombrado ese tercer espacio como lugar
de su creación. Por ejemplo, Octavio Paz refiere los vasos comunicantes como pasajes imaginarios por
donde transita el poeta para recuperado el instante apropiarse de la imagen poética (Vargas, 2012)21.
Por su parte, Julio Cortázar parece haber vivido en un tercer espacio coincidente con el descrito
por Paz y considerado por Freud:
“Dudo que exista un solo gran poema que no haya nacido de esa extrañeza o que no la traduzca, más aún,
que no la active y la potencie al sospechar que es precisamente la zona intersticial y donde cabe acceder”
(Cortázar, 1968, p. 24).
El escritor francés Patrick Modiano encuentra el tercer espacio en el mundo cotidiano de su nove-
la: En el café de la juventud perdida (2008) y lo narra así:
“Había en París zonas intermedias, tierras de nadie en donde estaba uno en las lindes de todo, en tránsito, o
incluso en suspenso. Podía disfrutarse allí de cierta inmunidad. Habría podido llamarlas zonas francas, pero
zonas neutras era más exacto” (p.97).
De algún modo, el famoso escritor Kazuo Ishiguro, Premio Nobel de Literatura 2017, aporta a la
transicionalidad con su propia vida y obra. Un niño, quien nació en 1954, en Nagasaki, Japón, fue trasla-
dado a Inglaterra a los seis años y se convirtió en un constructor del tercer espacio. Un pasaje de su no-
vela Cuando fuimos huérfanos (2001/2017) delata el objeto transicional: “Esta bolsa es la de Ethelbert,
mi osito de peluche. Lleva conmigo desde…, bueno, toda la vida” (p.287).
Es posible imaginar en ello un homenaje a Winnicott.
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Este desplazamiento del poeta se describe con detalle en: Vargas, Lorena (2012). Noche en claro de Octavio Paz y su amistad
con los surrealistas. Revista Otra Escena. Volumen I, Número 9, Año 2012, página 13.
L. Vargas
Discusión
En el corpus de este trabajo se ha presentado un conjunto de autores que comparten aproximacio-
nes conceptuales al tercer espacio y unos pocos, pero fundamentales criterios, respecto a las propiedades
de desplazamiento de la experiencia y movimiento del lenguaje, la apreciación de intermediación de
fenómenos relacionales de cambio humano, tanto por desarrollo vital como circunstancial. La cualidad
de traslado es básica para entender esta noción y en ello se ha insistido.
Es necesario distinguirlo de otras nociones como la apreciación estética momentánea, que por
cierto Freud la describe muy bien en su artículo: La transitoriedad (1916[1915]/2006). Se trata de un
estado de contemplación de la belleza a pesar de su caducidad, pero que en realidad se trata de situacio-
nes que suelen tener una vida muy corta a pesar del deseo contrario. También, hay que distinguirlo del
instante poético que gozando de brevedad no produce ninguna obra. En el tercer espacio suceden hechos
relevantes de cambio humano y se crean obras. Por eso, es un lugar psicocultural, diferente de las estruc-
turas fijas de mantenimiento de las sociedades.
La literatura es muy importante para observar el tercer espacio. No tanto por la ficción, como
por la narratividad que guarda las historias de vida que cuentan los sucesos de desplazamiento y por el
carácter enunciativo del lenguaje que traslada significados al brindar una gran fuente de conocimiento a
las ciencias sociales.
La suscrita asistió a un evento académico en el año 2014, las XI Jornadas Andinas de Literatura
Latinoamericana, organizadas por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, donde
la escritora y profesora Diana Araujo, presentó una ponencia proveniente de Brasil, titulada La estética
del contrabando: geopolítica y geopoética en la Triple Frontera (Brasil, Argentina y Paraguay) (2014).
Desde el título mismo, retrataba perfectamente el tercer espacio al describir la producción de obras de
frontera, tipo instalación (similar a la propuesta del performance) alusiva a la característica práctica del
contrabando en una zona de gran convergencia y alta peligrosidad. Es una zona oculta que vive abierta.
El tercer espacio es creativo, convulso, mortífero y vital, dispuesto al saber de todas las ciencias.
Conclusiones
El tercer espacio remite a un origen, la conformación psíquica que demanda un otro social, un
agente que provea las condiciones para desarrollar una experiencia que, al ser comunicada, intercambia-
da, permita conformarse internamente, salirse de sí mismo, relacionarse con otros, obtener un lugar en el
mundo y crear un espacio indispensable para vivir.
El continuo vital del primer juego hasta la producción cultural se ha jugado en una zona intermedia
de la experiencia; un objeto en uso indicará el camino para encontrar lugares donde jugar y lugares don-
de crear. El espacio transicional se constituye en una historia de saber con significado, que despliega el
tercer espacio del hombre cultural, así el espacio semántico, el espacio vital, el espacio híbrido y mestizo
del lenguaje, el tiempo del rito y sus protagonistas liminales, la zona sociocultural y la localización de
ella como espacio de trabajo del poeta, describen el tercer espacio como un lugar psicocultural.
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Recibido: 4 de octubre de 2017
Revisión recibida: 17 de mayo de 2017
Aceptado: 5 de setiembre de 2018
Sobre la autora:
Lorena Vargas Mora es Especialista en Psicología Clínica, Magíster en Literatura Latinoamericana, Egresada de la
Maestría en Teoría psicoanalítica, por la Universidad de Costa Rica. Profesional independiente en clínica psicoanalítica
con consultantes niños, adolescentes y adultos. Poeta y escritora de ensayos, poemarios y artículos científicos y literarios.