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Misha Sho

El documento narra una conversación entre dos hombres en el baño sobre la realización de un control de orina para detectar drogas. Uno de ellos está realizando el control mientras bromean sobre el resultado y comparten conocimientos sobre cómo burlar las pruebas.

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El documento narra una conversación entre dos hombres en el baño sobre la realización de un control de orina para detectar drogas. Uno de ellos está realizando el control mientras bromean sobre el resultado y comparten conocimientos sobre cómo burlar las pruebas.

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Mishasho

Rafa Poverello
Mishasho
Rafa Poverello

Edición digital: 1.0. Mayo 2017


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Commons y sin restricciones tecnológicas (DRM).
índice
Prólogo
Primera parte
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
Segunda parte
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
Sobre el autor
Prólogo

Desde el punto de vista exclusivo (como cantaban Radio Futura) de los


derroteros y las derrotas de un chico de extrarradio —cuyas vivencias
personales sobre ese periodo histórico de nuestro país denominado La
Transición y que indudablemente estuvo marcado, a mi juicio, por el
impacto de la entrada en los barrios populares de la heroína y las demás
drogas hasta entonces desconocidas por la inmensa mayoría de sus más
que posibles destinatarios—, no puedo sino identificarme con absoluta y
clara predisposición casi fraterna con los personajes descritos con la
minuciosidad de un cirujano por Rafa Poverello en su novela “Mishasho”.
De aquellos lodazales, cálidos y somnolientos placebos que permitían
erradicar la conflictividad social, que en la anterior década echaba a las
calles a jóvenes estudiantes codo a codo con lo mejor del sindicalismo de
clase, vinieron luego estos barros y barrios politoxicómanos. Palabreja
que no aprendimos hasta bien entrados los ochenta, y que,
desgraciadamente, aprendimos cuando ya era tarde, siempre era tarde.
Entonces vinieron las bajas… amigos que entraban en prisión, familias
destrozadas, muertes por sobredosis, los primeros infectados de sida,
ingresos psiquiátricos intermitentes, etc.
En “Mishasho” uno va de la mano de esa otra cara de la “inmaculada”
Transición y sus efectos colaterales no siempre visibles ni debidamente
visibilizados. Con un relato verosímil y personajes que, en mi caso, casi
puedo decir que he conocido por los garitos de Parla, Fuenlabrada o
Getafe, con el suelo alfombrado de sueños imposibles, algo de vómito y
mala leche mezclados con serrín, y miles, millones de cáscaras de pipas
que crujían bajo el paso de la noche hasta alcanzar amaneceres de
domingo insoportablemente iguales y ojerosos. O tal vez, fuera
trabajando de “roadie” en las giras de artistas como Jarabe de Palo,
Rosario o Los Ronaldos, por decir algunos.
Quizá la ubicación de los personajes no sea exacta, pero, sin duda, son
tan reales en mi retina como la vida perra que arrastran/arrastrábamos tras
las marcas indelebles que el alquiler del infierno (Rosendo dixit) deja en
sus inquilinos.
Creo que “Mishasho” no es una novela agradable para paladares
acostumbrados al encanto pueril de la gente bien. Ni un producto de fácil
digestión, bien envasadito para el gusto de los devoradores de
entretenimiento. Sin embargo, a veces —como Lorca— aunque sabemos
que existen las montañas y los anteojos para la sabiduría, no hemos venido
para ver el cielo, sino la sangre turbia. Esa sangre turbia que emana de la
calle con un pálpito infinito del que nos es imposible sustraernos. También
porque de ella vinimos y es, sencillamente, lo que al fin y al cabo somos.
Espero que el lector tenga esto presente, y aún así, disfrute del mundo
(no tan bonito ni tal vez turgente) de sensaciones y emociones que te
ofrece Rafa Poverello con “Mishasho”.

Emiliano Malagón Mayoral “Zapa”


A todos los mishashos del mundo.
Y a quienes los aman.
Primera parte
1

El retrete no es, desde luego, el lugar más idóneo donde dar inicio a
una tragedia a fin de otorgarle la debida magnitud, pero, en ocasiones,
allí, dentro de su insólita vulgaridad, suceden hechos extraordinarios que
pueden conducir a destinos inextricables. Y, quizá, ni lo que sigue sea una
tragedia ni esto corresponda a su inicio.
«¿Me vas a tener aquí en el baño todo el día con el cacharrito? Toma,
anda, a ver si ahora puedes».
«Hostia puta, pues no te haces una idea de lo que estoy bebiendo».
«Esa boooca, que te doy un capón».
«Joder, que se me escapa».
«Ya veo, ya. Otra vez».
«Es que si me miras me cortas el rollo. Abre el grifo, ¿vale? Por si así
oyendo el chorro... Y dame el botecito».
«Preferirías que fuera una moza, claro. ¿Tienes en mente a alguien?
Vamos, que te puedes imaginar la ilusión que me hace a mí estar aquí
mirándote el pito, no te jo... no te digo».
Las carcajadas se entremezclan en un torrente espasmódico que
silencia el cansino discurrir del agua hasta la boca del desagüe.
«En mente en mente... no te lo voy a decir, que luego seguro que se lo
largas. Ya va, ya va... Ahhhh».
Mientras los músculos de la vejiga se contraen con el fin de realizar su
función fisiológica, limitada ahora ocasionalmente por culpa del estrés,
una sentencia sardónica resuena como un eco contra las paredes del
minúsculo váter.
«Te libraste de un positivo, ja. Bueno, por el momento. ¡Ey, ¿dónde
vas?!, lávate las manos que al final te llevas el capón».
Tras agarrar entre el índice y el pulgar el envase traslúcido de análisis
lo observa compungido y con actitud acostumbrada, esboza una sonrisa
torcida y con el dedo extendido señala una marca oscura un poco por
debajo de la mitad del bote.
«Siento darte un disgusto, pero tienes que llenarlo por lo menos hasta
esta raya de aquí».
«Cago en... Con el trabajito que me ha costao. Anda trae, que creo que
ya va de bólido». Y se pone por segunda vez a la acción.
«¡Ya vale, que me lo rebosas, so cafre!».
Atruena de nuevo un intercambio gutural de risotadas y el agua vuelve
a correr metódica y ajena, esta vez sobre las manos rugosas y cobrizas.
Tatuados en el músculo interóseo dorsal de la mano izquierda se aprecian
tres toscos puntos formando un triángulo. Cuando tira de las toallitas de
papel del dispensador gira la cabeza mirando con recelo el envase del
control de orina.
«Y eso... ¿cómo funciona?».
Con curiosa sutileza el interrogado coloca el bote casi repleto de orina
en el extremo del lavabo y tira hacia afuera mecánicamente de sus guantes
de látex que tras chasquear como en un quejido y convertidos en una bola
informe son abandonados en la papelera de plástico que guarda una de las
esquinas del aseo.
«No, no te libras. ¿Ves estas iniciales tan raritas encima de las cuatro
bandas? Cada una es de una sustancia distinta: cannabis, cocaína, opiáceos
y benzos. Si el resultado da negativo se marcan dos líneas paralelas en
cada una de las bandas y si has consumido en tu salida... pues sólo se verá
una».
La conciliadora respuesta hace que la conversación tome un cariz de
espontaneidad imprevisible y arriesgada complicidad.
«Puff... Pues menuda memez, tú». El recelo cambia de bando con
inusitada rapidez aun a pesar del esfuerzo ímprobo por mantener la
compostura. «En los Growshop, por ejemplo, venden un litro de no sé qué
leches de líquido que si te lo tomas el mismo día en el que te van a hacer
un control de orina se anulan los efectos si has fumao porros. Como si te
pones hasta el culo, vamos».
Ignorar es una fórmula eficaz para quitar hierro a cualquier
comentario por muy abrasivo que haya resultado ser.
«Al final verás como me vas a tener que dar un cigarro por cada
palabra soez que sueltes».
«¿Soez? ¿Qué dices? Háblame en cristiano. ¡Y un huev...!». Se muerde
la lengua hasta casi atravesarla con ambas filas de dientes. «Anda, si a ti
casi se te escapa antes. ¿Me das tú uno a mí?».
Ambos contienen la risa en el filo de la garganta y tan sólo dejan
entrever un ahogo sostenido.
«Venga, so listo, si además sabes que no fumo. Sal que tengo que
hacérselo también a Diego que está ahí en el patio encogido de piernas que
le va a dar algo».
«Bueno, un caramelo de menta entonces».
«Adiós, agoníiiiiia. Lárgate ya». A través del marco de la puerta del
servicio muestra entonces medio cuerpo y una exagerada mueca de mimo
que remarca aún más sus pronunciados rasgos. Echa mano al bolsillo
derecho del pantalón y extrae un nuevo par de guantes que se ajusta a las
muñecas. «Y tú, Diego, ¿tienes mucha prisa después de llevar haciéndote el
remolón desde que has llegado?».
Una moderada ofensa, digna de otro rapapolvo, se deja oír entre
dientes más allá de la fuente octogonal que con un cadente surtidor
ameniza involuntaria los gestos crispados de Diego, quien se acerca casi
de puntillas, uniendo hacia arriba las palmas de las manos y volviendo al
cielo las pupilas extáticas semejante a un niño en el retrato de su primera
comunión.
2

Son las últimas horas de la tarde y hace un frío reumático. Un año más
el calendario ha cercenado como un cruel segador el clima suave del
otoño y a la agónica silueta que permanece apoltronada en el asiento del
conductor del viejo Talbot Horizon del ochenta y seis, embutida en una
pelliza gris moteada de mugre, con las manos aprisionadas bajo las axilas
y exhalando desenvueltas bocanadas de un aliento gélido que empaña los
cristales, las hojas de los plátanos de sombra que caducas y ocres cubren
la acera húmeda le aseveran que apenas restan varias jornadas para el
solsticio de invierno.
«Puta mierda. Debería haber arreglao el puto ventilador de la
calefacción». Maldice antes de asestarle un golpe firme con la palma de la
mano a las rendijas del respiradero del aire.
Tiene los ojos estragados; redondos y fermentados como dos pelotas
de ping-pong incrustadas a la fuerza en las cuencas. En tanto contempla
monótono la navaja automática apoyada en el salpicadero y cerrada hace
apenas un cuarto de hora, el ocupante del vehículo, con un movimiento de
enfermiza estereotipia y cumplida resignación, balancea la cabeza,
poblada de una espesa pelambrera color canela que pareciera tener
prohibido por ley desde hace días usar el peine. De pronto da un respingo,
rebusca azarosamente en los bolsillos del pantalón sacando de uno de
ellos un billete arrugado de veinte euros más algunas monedas sueltas que
se desparraman por la alfombrilla del auto, y tras agacharse a recogerlas
entre resuellos agarra con indescriptible tensión la manija de la puerta y
absorbe esa impotencia injustificada, tantas veces aprendida, que le anima
a considerarse ausente de culpa. «A tomar mucho por culo».
Cuando sale del coche, cargado de penumbra, un viento recio e
incómodo escarcha la saliva que ha tomado forma densa y reseca en la
comisura de sus labios. Intenta extirparla restregándose la boca con el
dorso de la mano, sin exceso de voluntad, pues su mente caótica anda
centrada en los tres chavales que se hallan apostados cerca del quiosco de
la esquina. Una lóbrega oscuridad ha domesticado las calles y edificios en
escasos minutos y enjaulado el respeto que arrastra junto con su ánimo
hueco en lo más recóndito de aquella pelliza gris moteada de mugre. Mira
sucintamente, mas con ansiedad creciente, los inmuebles de ladrillo visto
cincelados de por vida en su memoria así como las ineficaces farolas sin
bombillas y con los cristales hechos añicos probablemente a base de
pedradas. En medio del patio varios vecinos acaban de prender una
hoguera; casi todos están sentados alrededor en lo que parecen sillas de
anea y el titileo anaranjado que esparce el fuego transfigura sus rostros en
apariencias vanguardistas. Crepita la candela al compás de un toque de
guitarra, un cajón flamenco y los incombustibles tragos obsequiados por
varias litronas. «Una soleá», escupe de forma mecánica. De algunos
balcones surgen, estentóreas, repetidas voces que sofocan los primeros
versos del Palo y muestran con aburrida crispación su desagrado ante lo
que se niegan a asumir como normalidad dentro de una comunidad. En
realidad, la propia construcción de la barriada a finales de la década de los
ochenta en la periferia de la ciudad, donde sólo habitaban por entonces
escorpiones y cucarachas, con una estructura magistralmente diseñada
para facilitar hasta límites denigrantes las posibles redadas policiales
(manzanas de bloques de viviendas en forma cuadrangular con portales
hacia el interior y tan sólo un pasillo de tránsito por cada uno de los
laterales) no auguraba un buen pronóstico desde el comienzo. Cuando la
administración decidió en oportuna coincidencia reventar y demoler el
Barrio Chino, ubicado inapropiadamente en el centro de la urbe, no
podían ser otros los pisos ofrecidos a las familias, en su mayoría de
minorías étnicas poco saludables, que habían sido expropiadas ausentes de
réplica: tan nuevos, tan pulcros, tan... al margen. Agregando a estos
grupúsculos indeseados aquellos otros que, hacinados en casas portátiles
de cartón, malvivían en el páramo insalubre de futura edificación la
limpieza sistemática —o minúscula solución final— apenas se alargó un
par de años. Nadie escribió al Defensor del Pueblo, figura que en tiempos
no tan remotos era de desconocida existencia y de similar e inútil eficacia
que en el momento presente; ni se alzaron voces de denuncia a excepción
de los cuatro paletos miembros de la afanosa asociación de turno en
defensa de los derechos. Se estableció pues el gueto, con la connivencia o
al menos el abandono y la desidia de todo el entramado social, y la
ciudadanía se sintió tan tranquilizada y agradecida por la purga que el
alcalde sería reelegido por aclamación popular en un par de comicios
consecutivos más, gracias entre otras cosas a los votos de los venerables
ciudadanos que obtuvieron sin préstamos una llave de alguno de los
apartamentos de lujo en la conspicua urbanización que fue emplazada
sobre las ruinas invertebradas del antiguo Barrio Chino.
En medio de esta engendrada caja de Pandora, el ser de dignidad
desposeída recorre fatigoso los soportales de los edificios sin reparar en
otra cosa más allá de un deseo único al que dará consumación en un
espacio de tiempo tan breve que se le antoja eterno. Apenas le restan un
par de metros cuando el tipo más espigado del grupo, de larga cabellera
morena estilo Camarón y tan escuálido que podía apreciarse sin apenas
esfuerzo el costillar del esternón marcado bajo la chupa de cuero abierta y
la camisa desabotonada, le dirige una mirada sorpresiva y una sonrisa
enmarcada por unos labios gruesos y agrietados. Tiene la dentadura
cariada y le cuelga del cuello una grosera cadena de oro con una
descomunal Cruz de Caravaca aun más grosera.
«¡Pumuki, tronco! ¡Cuánto tiempo!». Le tiende la mano huesuda y al
rodearle los hombros con el brazo izquierdo un tatuaje hosco y mal
encarado con la imagen de una serpiente engarzada en una filacteria se
deja entrever en su antebrazo. «¿Pero no estabas en una Comunidad o algo
así?».
Los dos chicos, notoriamente más jóvenes, que se hallan a izquierda y
derecha igual que improvisados escoltas de tres al cuarto se han girado
huraños, con gesto displicente y las manos ensartadas en los bolsillos de
sus cazadoras de pana. Pumuki, con la indiscernible inseguridad de un
primerizo, pasea su mirada cabizbaja por el quiosco de prensa, cerrado a
cal y canto y cubierto de polvo acumulado.
«Ehhh, verás, Pelao, n... no exactamente, esas cosas van lentas y...».
«Bueno, bueno», interrumpe la calcomanía inusitada de Camarón, «si
estás aquí delante no será pa' contarme tus penas, ¿no?». Una estruendosa
carcajada que se contagia con falsía a los vasallos exhibe un empaste de
oro de una indiscreción espantosa.
«Sí, estoy pasando una mala racha...». Se retrotrae absurdamente
aferrando el billete de veinte entre sus dedos agarrotados. «Ne... necesito
algo de caballo pa' hacerme un chino».
«¿Y esa mierda traes? ¿Veinte euros?».
El desagrado que muestra el camello en su disertación es una
insondable mezcla de fingido decoro y abuso aprovechado ante el
desarme absoluto de su interlocutor. Lo observa, encogido de hombros y
lanzando una ojeada cómplice a los dos compinches que lo acompañan y
que observan la escena con desdén.
«Espera, espera. Te... tengo algunas monedas y...». Pumuki retoma el
acto compulsivo de explorar dentro de los bolsillos de sus tejanos, en esta
ocasión los de detrás como recordando algo. Le tiemblan las manos y
suda copiosamente. «Mira, pastillas de metadona, de cuarenta miligramos.
No sé, son cinco o seis...». Se le escurren entre las falanges hasta que van a
descansar plácidas en el suelo de barro salpicado de pequeños charcos.
Envuelto en desesperación se arrodilla, escuchando las risas ahogadas de
las tres personas que continúan de pie frente a él, y suplica. Está llorando.
«Por favor, Pelao».
«Anda, levántate que me das grima». Y con un ademán vil y cargado de
desprecio le lanza a la cara una papelina con una dosis que Pumuki acierta
a controlar antes de que siguiera el camino recorrido por los
comprimidos de metadona. «Toma, medio gramo, y me debes una. Ya está
mezclao. Lárgate».
El hombre del pelo canela y apodo de personaje de dibujos animados,
ajeno a las voces insistentes que continúan creando un caos
indiscriminado entre la hoguera y los balcones del patio, no lograría
describir ni en cien años cómo ha regresado al coche. Sólo sabe que, una
vez dentro y reclinado en el asiento del conductor del Talbot Horizon, aún
aterido de frío y tembloroso pero con unas ansias distintas a las de hace
escasos diez minutos, ha abierto la guantera del vehículo y ha sacado de su
interior un pedazo de papel de aluminio y un encendedor. Sin darle
demasiadas vueltas y abstraído por una celeridad robótica, ha enrollado el
recibo del seguro caducado formando un rulo que coloca encima del
asiento del copiloto y seguidamente, ahogado por una respiración casi
enfermiza, ha abierto la papelina para esparcir el polvo marrón que
contiene sobre la fina lámina plateada que aguanta con tres de los dedos de
su mano izquierda. Coge entonces la cánula recién fabricada, la coloca
entre sus labios resecos y prende el mechero, cuya débil llama bajo el
papel de aluminio empieza a licuar la heroína. Pumuki, con un leve
movimiento, inclina la plata y comienza a inhalar a través del canuto los
vapores que van desprendiéndose de la disolución. A los pocos minutos,
con las pupilas contraídas y la respiración pausada, recuesta su cuerpo
plomizo sobre el asiento y deja reposar las manos lánguidas en lo alto de
las piernas. Traspuesto, entorna los ojos vítreos. Escucha una estridente
sirena de un coche patrulla, no muy lejos. Después, la nada.
3

El chico de perilla, vientre prominente y brazos cortos tiene la mirada


fija en el paisaje montés de vistas áridas y roñosa vegetación que marcha
paralelo al margen derecho de la furgoneta blanca en la que, nervioso e
intransigente, está acomodado al lado del conductor.
«¿Queda mucho todavía?». Se gira con levedad hacia su acompañante
mientras tuerce la boca y aburrido deja caer el rostro demasiado infantil
sobre el puño del brazo derecho, que mantiene acodado en la base de la
ventana cerrada del vehículo. Está puesto el aire acondicionado y en la
emisora de radio suena una música ñoña y antediluviana que le está
revolviendo las tripas.
El conductor de la Mercedes Vito también es grueso, aunque de
complexión más atlética. Una incipiente papada asoma bajo su barbilla
pulcramente rasurada y sus ojos diminutos parecen dos toscos botones de
un chaleco cosidos a cada lado de la nariz. Un inesperado contraluz le
obliga a amusgarlos cuando mira al muchacho para atender su demanda.
«Oye, al salir te dije que te pusieras el cinturón».
«Es que no estoy acostumbrado; me resulta incómodo».
El hombre lo chequea, con una quietud imperturbable, como
perdonándole la vida y sin atisbo de agresividad lo impulsa a sujetar el
cinto con la mano derecha, tirar de él hacia abajo en diagonal para
colocárselo sobre el pecho descolgado y fijarlo finalmente en el
enganche.
«Ya. ¿Entonces?...».
«¿Eh?... Ah, no, no, no queda mucho. Unos diez minutos».
El chófer en funciones juguetea frotándose el dedo índice por encima
de los labios y durante unos instantes continúa su indiscreta exploración;
luego dirige de nuevo la vista a la sinuosa carretera que asciende entre los
montes romos y una sonrisa socarrona nace espontánea en su boca.
«Incómodo. Por el cinturón. Ya». Suelta tipo insulto de inviable
comprensión.

Tras dos canciones y media más, cuando presa de la desesperación el


joven iba a rogar modoso si podía meterle mano al sintonizador de radio,
la furgoneta alcanza un promontorio y se desvía de la calzada principal
adentrándose hacia la izquierda en un adusto camino de terrizo flanqueado
por dos hileras de álamos blancos de hojas estáticas que hacen presagiar
un calor desasosegante en el exterior del automóvil. El paraje que bordea
el sendero y que se aprecia a través de los cristales es diáfano más allá de
las austeras filas de árboles y el terreno está plagado hasta donde se pierde
la vista de briznas amarillas de hierba. El firme parece un campo de minas.
«Cuando ha sido un año de lluvias el camino es un desastre en estas
fechas. Socavones cada pocos metros y terrizo más duro que el mármol».
Comenta el conductor aferrando el volante entre las manos y brincando en
el asiento como si montara a un mustang incapaz de domar. «Pero ya
hemos llegado. ¿Ves?, es la hacienda de ahí delante».
«Son bonitos los chopos». Contesta ausente y fuera de contexto con un
nudo en la garganta y la mente fija en la escena de media mañana que se ha
visto obligado a representar en el puerta del Centro de Acogida poco antes
de montarse en la Mercedes Vito. «Hijo, aunque te cueste verlo es lo mejor
para ti, para todos...». Joder, cómo me pueden hacer esto y aquí
aguantando la cara para no liarla. Los detesto. Los odio. ¡Os odio! Sí,
seguro que es lo mejor para vosotros, libraros de mí, así estarán... estaréis
tranquilos. «Tu madre tiene razón, hijo». Y tú, papá, claro, siempre has
sido un vaina dándole la razón en todo. Llora, sí, ahí está, lo que nunca ha
sido capaz de hacer ella con su dignidad de mierda. No os entiendo, pero
si no os doy ningún problema, mamá. ¿Papá?... ¡Que os jodan, a todos!.
Haré paripé, lo juro por lo más sagrado, paripé del bueno y cuando estéis
contentos os la meto floja. «Adiós, adiós, hablamos en dos semanas». Eso,
a estirar la cara delante de ellos que una sonrisa hipócrita nunca viene mal.
«¡Adiós!, os quiero, papás». Que os den por culo.
«No te preocupes, en serio». La voz templada del conductor lo
devuelve a su indeseada realidad. «Si pones voluntad verás como todo va a
ir bien».
La voluntad no resulta dúctil bajo la tutela de un hombre encadenado.
Así es la adicción, semejante a la joven amante habitual de un hombre
casado al que embriaga de felicidad en su presencia mas siente como el
más insoportable de los destierros su estar ausente. De este modo, la
pregunta honesta al joven de perilla y mirada huidiza que reposa sus
huesos en el asiento delantero del coche no sería entonces si se siente
capaz de adquirir voluntad, sino si en verdad desea ser libre.
El chico en cuestión, ajeno a proposiciones filosóficas, se atusa el
cabello, engominado en exceso, hincha los mofletes y falto de fe se niega
a sí mismo la improbable gesta a la misma vez que suelta un rezongo casi
privado.
«¿Voluntad?... Seguro».

La pragmática casa de campo cuya imponente verja de acceso,


formada por dos puertas de hierro, simétricas y expeditas, acaban de
atravesar se asemeja a una venta extraída de alguno de los capítulos de
Don Quijote de la Mancha. Rodeada por un muro encalado y refulgente
que ronda los tres metros de altura, dos edificios de doble planta y
amplios ventanales enrejados con negros barrotes de forja se muestran
imponentes dentro del recinto asemejándolo en apariencia más a un
antiguo cortijo reformado en sucesivas fases que a una hacienda de
construcción reciente. Entre las dos viviendas, también enlucidas con yeso
blanco y separadas por un reducido patio exterior con una pequeña fuente
en el centro, pueden apreciarse al fondo, sendas canastas de baloncesto, de
estructura móvil, colocadas en paralelo en un costado de lo que parece ser
una pista de fútbol sala, pues las zonas laterales donde debieran verse las
porterías se hallan ocultas tras los bloques. Con las raíces sumergidas en
enormes arriates, acacias y pinos piñoneros se alternan para adornar la
amplia solería de cantos estilo andaluz que sirve de paso entre ambos
edificios y sobre el que se asienta el patio central. Una vasta superficie
cubierta de albero, que se extiende desde la verja principal hasta el borde
de la acera de piedra y que sirve de aparcamiento da la bienvenida a la
furgoneta y a sus dos ocupantes. Excepto una confusa señal que se hallaba
dispuesta en la primera desviación de la calzada principal indicando el
camino de terrizo, ningún cartel a la entrada de la finca informa al
visitante de dónde se encuentra. El conductor detiene el vehículo delante de
una puerta de madera pintada de añil, igual que el resto de los accesos y
ventanas del cortijo. Por fin un rótulo, aunque de escasa visibilidad y con
letras de imprenta minúsculas, aparece como fuente de información:
Recepción.
Cuando salen de la furgoneta convenientemente refrigerada con aire
acondicionado un bofetón de calor les golpea en el rostro de manera
similar a un puñetazo dado por la mano callosa de Goliat. El bochorno es
anormal en la sierra para la época del año y observando los cerros
mochos parecieran derretirse a lo lejos.
«Uff, esto está en el quinto infierno». Bufa el chico mientras abre las
puertas traseras y saca del maletero una Samsonite rígida tamaño familiar
en tono naranja. La coloca con descuido en el suelo logrando su desplome
fortuito y un polvo ocre tinta sus zapatos Barracuda y los bajos de su
pantalón chino de Armani. De una riñonera de cuero negro extrae con
amanerada delicadeza un paquetito de pañuelos de papel y mostrando un
repelús desmesurado se agacha acompasadamente, a pesar de la tripa
desgajada y oronda, y se limpia el calzado con uno de ellos. Vuelve a
estirarse, tira el pañuelo sobre el terrizo amarillento y resopla con gesto
atribulado. «Es el infierno».
«Dicen que uno acaba encontrando en un lugar lo que espera de él
cuando llega. ¿Por qué no el quinto cielo?».
«¿Qué?».
«Pues eso». Contesta con sorna e indisimulada intención el conductor.
«Esa teoría que los que saben de esto llaman la profecía autocumplida.
Para resumirlo sin milongas un tío pazguato como yo: que aquello que
piensas que va a pasar, pues pasa, porque ya actúas condicionado por la
idea preconcebida de que va a pasar. Punto pelota».
La expresión del joven denota un estupor miedoso. Más aún cuando, de
los labios de su acompañante, escucha una orden inusitada para sus oídos
obtusos.
«Y recoge del suelo el pañuelo que has tirado, anda».
Mientras se inclina de nuevo, esta vez más falto de ganas, pasea su
mirada como si estuviera dotada de periscopio por los edificios desiertos,
que parecieran haber sido atacados con una bomba de neutrones.
«¡Qué ambientazo! Parece una discoteca».
Poco receptivo al sarcasmo exento de utilidad y presumiblemente
cansado por una mañana larga y excesiva, el hombre de ojos abotonados
se revela lacónico en su respuesta.
«Se nos ha hecho un poco tarde, es la hora del almuerzo. Ya deben de
estar todos metidos en el comedor. Ven conmigo y ahora nos
incorporamos a la comida».
Dirige la llave de contacto con mando a distancia hacia el coche
confirmando varios clics simultáneos que se han asegurado las puertas y
con paso voluntarioso camina hacia la recepción seguido a un par de
metros por el chico, que muestra escaso convencimiento sobre su futura
estancia en lugar tan insólito. Cuando flanquean el marco de la entrada una
mujer de mediana edad, gafas de miope y pelo teñido de un desmedido
color bermejo que reposa su cuerpo ni gordo ni flaco tras una mesa con
un ordenador eleva la cabeza y les ofrece una amplia sonrisa de dentífrico.
«Dientes blanqueados», piensa el joven.
«Hola, Paco, ¿ya estáis aquí?».
«Buenas tardes, Vicki, ¿qué tal la mañana? Que deje aquí la maleta
hasta que la revisemos y voy a pasar con él un momento a la habitación
para el registro, ¿vale?».
«Chico, entra y pon la maleta donde veas. ¿Cómo te llamas?». Absorto
por una inquieta incertidumbre por segunda vez en apenas unos minutos,
ni siquiera ha escuchado la pregunta inocua de la secretaria que se encoge
de hombros con una mueca habituada. Coloca la maleta al lado de la mesa
arrastrándola por el mango retráctil y por un pasillo estrecho y contiguo a
la oficina persigue literalmente al conductor, a quien casi pierde de vista
cuando gira como un androide y entra en lo que debe de ser el cuarto de
registro.
«¿Otra vez?» Lanza en defensiva réplica una vez dentro de la
habitación carente de ventanas. «Si ya me han cacheado antes en la
Acogida?».
Paco se sonríe y gira la cabeza mientras se rasca el cogote.
«Esto no es un cuartelillo ni yo soy un funcionario, así que deja de
emplear ese vocabulario de calle, anda. Y por otro lado, dudo que en la
sede te hayan cacheado a ti». Y acompaña la palabra vedada levantando los
brazos a media altura y encogiendo dos veces las falanges de los dedos
índice y anular de ambas manos simulando unas comillas.
Mientras se desnuda con la misma parsimonia de la que hizo gala al
restregarse los zapatos con el pañuelo de papel el joven intenta capear la
incómoda situación a fuerza de conversaciones intrascendentes.
«¿Y a qué se dedica usted aquí? ¿Chófer de Miss Daisy?». Pregunta
desternillado de la risa.
Paco, que parece acostumbrado a armarse de paciencia en estos
primeros compases, no quiere desaprovechar la nueva oportunidad
gratuita que le otorgan para ordenar la relación.
«Por supuesto, ya lo has visto... Miss Daisy». Para inmediatamente
continuar el discurso con un flujo menos irónico. «En realidad soy
multiusos: conductor, monitor y hago un turno de educador a la semana. Y
no me llames de usted que envejezco».
Lejos de despistarse, observa concienzudo la desnudez del chaval de la
perilla, igual que en una exploración médica, sin más subterfugios ni
secretos que la obligación profesional. Le pide que se gire, que se dé la
vuelta, que se agache mientras es receptor de una mirada más adusta que
indignada y, cuando está a punto de indicarle que puede volver a vestirse,
la minúscula porción beis y estratégicamente emplazada que asoma bajo
los pliegues de la barriga como la punta de un esparadrapo acaba por
llamarle la atención.
«¿Puedes levantarte la tripa?».
«¿La tripa? ¿Para qué?». Un color granate cubre sus mejillas en
cuestión de segundos.
«Tonterías mías».
El chico resuella con los mismos fuelles tan raídos a lo largo del día y
vencido atrapa con ambas manos la panza desprendida y la alza tirando de
ella hacia arriba. Una fina lámina de cinta adhesiva aparece bien adherida
al abdomen en paralelo a la cintura.
«¿Y esto? Para la discoteca, supongo».
Paco, con evidente preocupación, le ruega que se despegue con
cuidado la banda que tiene fijada bajo el vientre y se la entregue. A base de
tirones secos y algún que otro quejido va dando cumplimiento a la orden y
tras un último esfuerzo que le arranca varios vellos de la parte alta del
pubis retira el esparadrapo y se lo cede al conductor multiusos. Pastillas
de diferente forma y color y enfundadas en sus respectivos envoltorios
aparecen pegadas a lo largo de la cinta. Comprimidos de trankimazin,
tranxilium y algunas dosis de metadona. El sorprendido en flagrante
enredo agacha la cabeza. «Leches».
Cuando se cubre de nuevo con la ropa salen de la habitación uno al
lado del otro, rozando las paredes del pasillo, y al pasar junto a Vicki,
Paco, con desgana, suelta sobre la mesa el inesperado hallazgo ante el que
la recepcionista se diría imbuida por una cercana comprensión.
«Déjalo por ahí encima y luego ya vemos qué y cómo lo hacemos».
«Me van a echar, pufff... Menuda mierda, esto no hay quien se lo
trague. En casa me matan, ni a papá lo voy a tener de apoyo esta vez...
¿Qué coño hago ahora? A ver, lo mismo... Me largáis, ¿no?». La pregunta,
única parte de la frase que no masculla en voz baja, se le antoja tan
absurda y estéril que casi se le escapa una risa agónica.
«¿Echarte? ¿Por lo de las pastillas? ¡Pues no habrá motivos más
gordos!». El conductor le regala un cogotazo débil y consolador en la
nuca. «Vamos a almorzar y luego hablará contigo alguien del equipo». Y
recorriendo acelerados el suelo de terrazo llegan con prontitud a la
entrada del comedor. A instancias de Paco pasan a uno de los aseos que se
encuentran añejos a la puerta y se lavan y secan las manos con fruición.
Cuando invaden el comedor derrotados por el hambre algunas
miradas distraídas los observan de soslayo sin dejar de engullir la carne
en salsa que se distingue en los platos ni parar de charlar de forma
distendida. El chico aprecia que la sala está refrigerada, como el resto de
espacios comunes por los que ha pasado. A la izquierda, nada más cruzar
la puerta, le llama la atención una mesa de servicio de generosas
dimensiones repleta de bandejas, ya semivacías, donde se muestra
apetitosa la comida del menú del día: ensalada fría de pasta con verduras y
la consabida carne en salsa. Una ensaladera que semeja un presente del
país de Brobdingnag contiene de manera insólita todas las naranjas que
habrán de servir de postre. Dos mesas de madera alargadas y
rectangulares forman una especie de ele, cortada en el extremo por el que
debieran unirse, en los laterales del salón por donde una luz trasversal lo
invade a través de hermosos ventanales de lustrosos cristales. Las cortinas,
descorridas y que lamen el suelo de gres, son de tela arpillera. Paco se
acerca a una de las personas sentadas a la mesa y que, con probable
causalidad, dispone de un asiento vacío a su derecha. Tiene el pelo recién
cortado, castaño claro pero perlado de embrionarias canas, y el rostro
surcado de unas tempranas arrugas que distraen sobre su posible edad.
Deja el tenedor apoyado en el borde del plato y alterna una espontánea
sonrisa entre Paco y el chico que acaba de aterrizar, al que extiende la
mano con esmerada amabilidad. Mientras contempla al conductor alejarse
saludando al resto de comensales y gesticulando de manera grotesca,
estrecha con gesto apocado la mano que le ofrece.
«Siéntate, aquí al lao. Me llamo Pepe y voy a ser tu acompañante
durante estas primeras semanas. Hasta que te vayas adaptando. ¿Y tú
eres?».
«Diego, mi nombre es Diego».
4

Capítulo primero

«Érase una vez un hombre que se llamaba Albinus y vivía en Berlín,


Alemania. Era rico, respetable, feliz. Pero un día abandonó a su esposa por
causa de una amante joven; amó, no fue amado, y su vida acabó en el
desastre».

Luisa ha perdido la cuenta de las veces que ha releído el párrafo sin


poder avanzar una sola línea más en la lectura. Diez minutos al menos
habían transcurrido ya desde que, repantigada en el sofá de tres plazas del
salón y con el cabello negro recién lavado, húmedo y crespo lagrimeando
sobre sus hombros recios, había intentado distraer el sentido con la novela
de Nabokov que esa misma tarde había sacado de la biblioteca. La
ocurrente elección no podía parecerle ahora, desde la reflexión y la
cordura acerca de su actual estado anímico, más desacertada e inoportuna.
No sabría definir con claridad que le impulsó a teclear [Vladimir
Nabokov] en uno de los ordenadores de la sala de lectura, buscar en el
fondo de catálogo las obras disponibles del escritor de origen ruso y
sacar definitivamente de préstamo Risa en la oscuridad. Tal vez su
tendencia ineludible al caos, o su habitual aprecio a un sucio nihilismo
existencial acogido sin reservas mientras devoraba a Sartre, Céline,
Bukowski. Imposible le resultaba absolverse de su audaz resolución con
excusas externas; de sobra conocía el visceral pragmatismo en el estilo de
Nabokov y su pasmosa directividad que colaboraban en revertir sus ya
turbias historias en paradigmas de una crueldad precisa y viscosa. Lo
asume, con apabullante simplicidad: ha sido su delictiva elección, personal
e intransferible, y todo delito bien sabe que debe ser purgado por medio
del castigo.
Iluminadas parcialmente sus musculadas formas por una lámpara de
pie que parece castigada en un rincón, Luisa tiene estiradas las torneadas
piernas, cruzadas una sobre la otra y apoyadas en un escabel colocado
debajo de la mesa. Sus pies descalzos están envueltos en unas oscuros
calcetines de punto y viste por todo atuendo una holgada camisola raída de
color ceniza con un dibujo de Hello Kitty en el centro que, en su posición
estirada, le cubre hasta unos centímetros por encima de las rodillas. Sobre
el tablero de la mesa, en aburrida espera, dos servicios completos y una
cazuela con sopa castellana todavía humeante. Un bol relleno de aceitunas
y otro con patatas chips amenizan a la desganada figura que va picoteando
de ellos alternativamente, con la mirada inservible y el libro sujeto entre
los dedos abierto en el regazo. Gira un poco la cabeza, alza la vista y fija
los ojos, demasiado grandes para el resto de facciones que enmarcan su
rostro redondo, en las finas agujas del reloj estirado de péndulo que
cuelga de la pared un metro por arriba de la pantalla de quince pulgadas
del ordenador que ronronea en el escritorio. «Las once menos
veinticinco». E inclinando la cerviz intenta centrarse de nuevo en el poco
halagüeño Nabokov. Siente introducirse una llave en la cerradura y una
sonrisa natural y mustia aparece bajo la nariz chata cuando escucha la voz
templada que fluctúa desde el zaguán.
«Buenas noches, cariño. Siento llegar tarde». El hombre desgarbado
que acaba de asomarse por la puerta sin jambas ni dintel del salón se
muerde con los dientes el labio inferior y se frota el cogote con la mano
izquierda en un mohín de cumplida resignación. «Se alargó la reunión
otra vez».
Se acerca a Luisa, a la que ha contagiado un abisal bostezo que casi le
cruje la mandíbula, deja el bolso en el sofá e inclinándose hacia ella posa
un beso ligero sobre sus labios delgados. Se frota con desesperación las
manos enrojecidas.
«Has puesto el calefactor. Afuera hace un frío de la leche».
«Estoy algo destemplada. No sé... ¿Te cambias mientras caliento la
cena?».
Observa con ojos tristes la cazuela de la sopa, los boles medio
asaltados y la mira henchido de un amor doloroso que empaña su visión.
«Lo siento. Yo... No, no... Sólo voy a... a lavarme las manos».
Luisa oye el agua correr despiadada como el tiempo; perderse inane
en el desagüe camino de una futilidad residual que a nadie incumbe. Los
platos ya están servidos cuando regresa del baño; se sienta al lado, no del
todo calmo y aún dominado por la emoción, y acaricia uno de sus muslos
antes de darle un par de golpecitos secos con la palma de la mano.
«Gracias. Ummm... has ido a la biblioteca». Y tomando el libro que
acaba de descubrir en un vértice de la mesa lo ojea con interés. «Risa en la
oscuridad. Nabokov». Examina la contraportada y comparte una mueca de
censura. «Pues en la sinopsis te destripan casi toda la trama. Si serán
cafres».
«Non me fodas?». Replica contrariada raptándole el libro de las manos.
«Pues es lo primero que he leído».
«A estos editores habría que deportarlos». Exagera negando con la
cabeza en un ambiente notablemente más distendido. «Cuando llevaba
leídas casi tres cuartas partes de la novela y aún no había sucedido casi
nada de lo que ponía en el resumen lo flipé; y eso que la importancia que
le concedo a los spoilers es bastante relativa».
«Menuda mierda. Menos mal que tengo memoria de pez y lo mismo de
aquí a mañana se me ha olvidado la sinopsis». Su comensal asiente con un
leve balanceo de cabeza y contempla el rostro ceñudo y divertido de Luisa.
Se miran, apenas durante un segundo, y rompen a reír en desatinadas
carcajadas.
Mientras toma la cuchara entre sus laboriosas manos femeninas no
consigue evitar que la frase metódicamente releída durante diez minutos
incómodos le fatigue el seso. Amó, no fue amado, y su vida acabó en el
desastre.
«¿Me quieres?».
«¿Eh? La propia pregunta en sí habría de preocuparme». Dejando
entrever evidentes signos de desconcierto apoya el codo sobre la mesa y
el puño semicerrado entre la boca y el mentón.
«¿No puedes contestar por una vez sí o no en lugar de buscarle
explicaciones metafísicas a todo?».
«Claro que te quiero, ¿por qué me lo preguntas?».
A Luisa le tiemblan los labios; oculta el inferior con el de arriba y sus
párpados parecen desprendidos y sumergidos en un abismo insondable.
«No sé. A veces me siento sola».

Esa noche, hundida en sábanas de franela y plegada sobre sí misma


mientras siente desde atrás un cálido abrazo, le cuesta dormir. Un sollozo
seco de lágrimas rotas y escurridizas le matan el alma. Y no logra
adivinar si se le presenta más insoportable aún que esa lluvia salada
contenida no provenga de sus propios ojos.
5

La anacrónica imagen de las espigadas palmeras datileras que en


tríadas flanquean semejantes a perros Cerbero el alargado edificio estilo
colonial del centro de salud de zona otorgan al visitante la sensación de
haber viajado de improviso a la América poscolombina del siglo XVI.
Excepto por la moderna puerta corredera de sensor láser con doble hoja
de cristal, tras contemplar el pórtico burdamente adornado en su interior
con una cenefa de azulejos en tonos añiles y blancos emulando flores de
lis, las ventanas añejas de madera o la techumbre de enmohecidas tejas
árabes —algunas de ellas fragmentadas en demasía— habría de suponerse
sin demora que se ha detenido el tiempo.
Apenas restan unos minutos para alcanzar el mediodía de una habitual
jornada cálida de principios de otoño y el individuo alto ataviado con
ropas difusas típicas de un clima desordenado sostiene bajo el brazo una
zamarra mientras viste una camiseta de mangas a la sisa que parece
asperjada con lejía. Trepa de dos en dos por los escalones que sirven de
entrada al ambulatorio, sudando con ansia y sorteando como en un eslalon
el gentío que abandona el lugar, y echa una ojeada inquieta a su reloj
Casio de bazar chino, atraviesa a zancadas el vestíbulo abarrotado de
personas deseosas de escuchar su nombre por megafonía, y en apenas
unos segundos se encuentra frente a la puerta entreabierta del dispensario.
Inclinando con rigidez la cabeza y asomando los ojillos traviesos por la
ligera abertura llama dos veces con los nudillos.
«¿Se puede?».
Con obligada compostura una voz tísica de mujer lo invita a pasar.
«De milagro. Cerramos a las doce».
No es la auxiliar de siempre, aunque su tosquedad y su desazón les
hacen parecer hermanas gemelas univitelinas. A su banda izquierda, de pie
y marcando territorio como un perro en celo, el segurata de uniforme
marrón y porra disuasoria en el cinto sí es el mismo. El guardia lo
observa con una fijeza que asusta y los recios brazos cruzados sobre el
pecho marcados bajo la camisa. Sin mostrar la más leve mueca en su cara
de cera extiende hacia él uno de ellos igual que si representara una
secuencia infame de Terminator.
«El DNI».
Por un momento, al interpelado le invade un bloqueo febril ante el
pensamiento de sus sobrados despistes. «¿Lo he olvidao?» Y se registra
los bolsillos de manera compulsiva sintiendo sobre sí una mirada espesa y
rigurosa.
«Aquí, aquí está».
El suficiente centinela del orden recoge el documento de identificación
sin apartar siquiera la vista un nanosegundo y se lo entrega a la auxiliar, a
quien a punto está de incrustárselo en un ojo. La mujer se coloca las gafas
que colgaban de un cordón de su cuello rojizo y tras leer el nombre que
figura en el carné se lo devuelve mientras concentra toda su atención en un
listado que aprieta excesivamente entre unos dedos crispados y sobre el
que se guía con un bolígrafo azul.
«A veeer. Rodríguez Lama José María, Rodríguez Lama José María,
Rodríguez Lam... Ajá, aquí está». Hace una tosca señal que no se acierta a
descubrir si es una equis o un pez enano a continuación de la fila donde
figuran los datos y saca varios envoltorios con comprimidos de uno de
los cajones del mueble. «Rodríguez Lama. Siete comprimidos de
metadona de sesenta miligramos. Ten».
El tipo agarra de inmediato las pastillas y se las mete en el bolsillo,
regala a sus interlocutores un levísimo movimiento de mollera en gesto
nada generoso de despedida y en tanto da las gracias se gira y abandona la
habitación a la que habrá de regresar con metódica costumbre el lunes de
la próxima semana.
Así de conciso y exento de temple. Una mañana más, como en cada una
de las últimas semanas desde que modificaron el protocolo de actuación a
la hora de recoger el tratamiento —que antes debía tomar en el mismo
momento de la entrega en presencia de la auxiliar—, José María es
incapaz de encontrarle el más mínimo sentido a lo que considera una parte
grotesca dentro del programa ambulatorio. Razonando largamente se
atrevería a decir que, en su conjunto, todo el procedimiento haría
palidecer al más crédulo en las bondades de las administraciones públicas.
Ateniéndose a la obviedad sabe por propia experiencia contrastada
empíricamente que, a partir de este instante perentorio, puede adoptar la
decisión que considere más oportuna a sus intereses acerca del destino de
aquellas grageas narcóticas, de composición similar a la heroína e igual
dependencia en su organismo, y que acaban de suministrarle en mano con
generosa displicencia de parte de la Delegación de Salud como
inofensivos caramelos mentolados: automedicarse según el mayor o
menor síndrome de abstinencia que se sienta capaz o no de soportar a lo
largo del día, engullirlas del tirón provocándose una sobredosis, como en
alguna ocasión ha estado tentado de hacer en jornadas aciagas a imagen de
la de hoy, o, lo que ha venido a ser la más común entre sus opciones
menos dignas, traficar con ellas para sacarse unos cuartos y seguir
consumiendo caballo cual si no pasara nada. Al fin y al cabo su insensatez
no le lleva al extremo obtuso de presuponer que el análisis toxicológico
vaya a ser tan astuto como para discernir entre unos opiáceos y otros; e
incluso en el caso cierto de aquellos de sus colegas que no están siguiendo
un tratamiento con metadona, gracias a la prevalencia de este tóxico en la
orina que oscila entre las veinticuatro y las setenta y dos horas y a la
deferencia de los Centros de Prevención que informan al interesado
(nunca mejor empleada ha sido esta palabra y con mayor acierto) del
siguiente control hasta con semanas de antelación, es obvio que no existen
multitud de motivos para preocuparse o entrar en bucle.
Cuando, inconsciente y disperso, abandona el centro de salud y pasea
monótonamente por las calles de camino a casa manosea las pastillas del
bolsillo y la más atroz de las posibilidades, jamás por él contemplada, se
asoma a su mente con precisión quirúrgica: más allá de la propia
conciencia ¿qué le impediría repartirlas a la salida de un colegio de
infantes? A nadie en su sano juicio se le antojaría entregarle un niño
durante una semana a un pedófilo en supuesta rehabilitación para ver
cómo le está yendo el tratamiento. José María sabe de sus limitaciones,
atávicas podría decirse desde el origen primigenio de la dependencia, y el
esfuerzo personal y la toma de decisiones no son desde luego los puntos
fuertes en la vida de un toxicómano. Entregarle narcóticos con temible
periodicidad a una persona de sus características, tan carente de voluntad,
es igual que regalarle un cincho de explosivos a un terrorista suicida. Pero
nadie alza la voz, ni gime la sociedad rasgándose las vestiduras o
cubriéndose de sayal y ceniza. Total, a quién le importa su patética
existencia de mierda si cuando está puesto apenas acierta a recordar dónde
vive. Es un yonqui, pobre y marginal, y dicho apelativo proviene del
término anglosajón junk, basura. Qué más se puede pedir.
El claxon estreñido de un coche y un frenazo de órdago revientallantas
lo sacan de su abstracción. Mira hacia la calzada y una cabeza inmensa de
tez morena y pelo a lo afro que bien podría pertenecer a un hermano
díscolo de los Jackson Five se asoma por la ventana recién abierta de un
Mercedes C Coupé gris metalizado.
«¿Qué pasa, colega? ¿Sigue en pie lo del fin de semana por la noche?».
José María apenas puede oírle debido a la canción trance que a todo
volumen va obsequiando su macarrónica presencia a todos los vecinos del
barrio. Amusga los ojos hasta que su rostro reproduce una calculada
expresión de asco e intenta leer los labios del conductor como un
intérprete hasta que se señala el oído con el índice para darle a conocer
que no se está enterando ni de media.
«Hostias, perdona». Juraría sobre la tumba de su abuelo que el
volumen de la música ha bajado a lo sumo cinco decibelios. «Que si sigue
en pie lo del sábado por la noche. ¿Contamos contigo?».
«¿Lo del sábado?». Se frota la frente mientras sus pupilas rotan hacia
la derecha del globo ocular. «Joder, sí, sí, que no sé en qué día vivo».
«Te pasamos a buscar a las diez. Abajo en tu portal». Sugiere sin soltar
la mano del volante y meneando el cuerpo descompasado como poseído
por un alma atormentada al ritmo de una melodía que no podía ser en
absoluto la que ambos estaban escuchando.
«Okey». Pleno de asombro y con los ojos como platos, Jose María
mira el salpicadero del vehículo, que dispone de más mandos y aparatos
electrónicos que una nave espacial. «Cabrón, peazo de pepino que te has
comprao al final».
Los ecos tardíos de su voz se disipan con el confuso chirriar de
aceleración del Mercedes que entre polvo y humo de Diesel se pierde tras
un giro en la primera intersección a la derecha.
Con la razón perdida en una sinfonía de ideas dispersas a imagen de un
genio caótico y esquizoide encamina sus huesos hacia el piso que
abandonara adusto a primera hora de la mañana tras una discusión estéril
e irreflexiva de la que no podía desprenderse nada más que dolor.
Marcadas a fuego con la causticidad de un ferrete candente aprisionan sus
neuronas las últimas palabras escupidas en un hálito de desesperación
antes de dar el portazo que parecía alejarlos aún más. «Lo intento, Rosi, lo
intento». A pesar de no servirle de excesivo consuelo le resulta útil al
ánimo disipar sus faltas amparándose en el desastre económico que
desmorona su hogar con cada vez mayor profusión y cuya ingrata
presencia suele convertir con demasiada frecuencia la irracionalidad en
costumbre. Sin hacer referencia, por muy obligada que pudiera parecer, a
condicionamientos forzosos tales como el perfil socio-cultural o el
nacimiento en un ambiente poco alentador, los cuales han supuesto un
lastre heredado, varios fueron los imponderables que han ido
conduciendo de manera reciente al caos familiar y a hacer aún más
patentes aquellas objetivas limitaciones imposibles de elegir. De forma
más alejada en el tiempo habría que remontarse a apenas tres o cuatro
meses atrás, cuando Rosi trabajaba por horas, seis días a la semana, en el
domicilio de un matrimonio afable y de buenas costumbres; abogado él,
maestra ella, con un precioso hijo de tres años, de aspecto ario y
sonrosado rostro al que aprendió a amar con tierna desesperación desde el
mismo día que vio la luz. Porque fue despedida —aunque no estaría esta
expresión ajustada del todo a la verdad, pues no existía un contrato que
respetar— en una mezcla oportuna de crisis y nueva legislación de
empleadas de hogar que exigía darles de alta en la seguridad social. El
marido, más templado y dado a fingir en virtud de la deformación
profesional, sería el encargado de dar firme cumplimiento a la decisión
mientras la esposa y madre, sentada en una de las sillas de diseño del salón
y con un rítmico temblor en las piernas, ni osaba alzar la cabeza. Parece
ser que a los dos días, una ecuatoriana de metro y medio, rostro de torta y
nariz aplastada ocupó una de las habitaciones de la vivienda de lunes a
lunes por una módica remuneración con seguridad social incluida y se
hizo cargo de Julián, el niño rubio de ojos azules quien con descarnada
impotencia estuvo una semana quedándose sin lágrimas preguntando por
su tati. Para atesorar tantos disgustos que podrían venderse en el rastro,
hacía cosa de un mes que agotaron el salario social, su único ingreso
económico, justo dos días después de que naciera, con la dicha que otorga
la inconsciencia, su tercer hijo. Como demencial era pensar en el ahorro
con poco más de cuatrocientos euros de ayuda y cinco miembros de
unidad familiar, abocados se vieron a la resignación y al rezo, que en
casos extremos suelen interpretarse como palabras sinónimas,
malviviendo de la olla común de sus suegros —ambos sostenidos gracias
a una irrisoria pensión no contributiva—, o limosneando en los chalés de
la cercana urbanización de lujo o en los pequeños comercios un quilo de
arroz o de legumbres. El fondo lo percibió con desoladora nitidez ese
mismo fin de semana cuando, apostado a la puerta de un supermercado
justo a la hora de cerrar y en enconado desespero, se puso a rebuscar en
sus inmundos contenedores de basura igual que un espigador tras la siega.
Cuatro o cinco lechugas renegridas y algo de fruta parcialmente pútrida
logró rescatar para devolverles una utilidad fútil.
José María se palpa como un zombi el bolsillo de atrás de los
vaqueros, saca un paquete de tabaco arrugado del que extrae un pitillo
igualmente marchito y pide fuego a un vecino que, apoyado en uno de los
muros exteriores de ladrillo de entrada al patio, está fumando con cortas y
nerviosas caladas. Al tiempo que sube a trompicones por los peldaños
desmembrados y sucios del bloque recuerda con ansia la escena de esta
mañana. Con el pelo alborotado y harto de respirar se desayunaba un café
aguado cuando la escuchó remugar intransigente y vaciada de tacto,
mientras amamantaba al bebé sin levantar siquiera hacia él la vista al
menos en comprensiva actitud, para espetarle con desazonada inmediatez
una exigencia de improbable cumplimiento.
«¿Un trabajo, Rosi? Pa' un yonqui que ha estao entrando y saliendo
varias veces del trullo». En ese momento ingrato fue cuando perdió el
control. No sucedió de una forma inminente, semejante a un impulso
desbocado que pudiera exonerarle o servirle de atenuante; aún dispuso del
tiempo suficiente para observar el rostro contrito de ella, afligido y
cargado de disculpas, que en nada le coaccionó para agarrar con ambas
manos el mantel floreado de hule que estaba dispuesto sobre la mesa, dar
un brusco tirón fomentado por la ira tantas veces contenida y lanzar por el
aire la vajilla y el resto de enseres los cuales, con un ruido sordo y de
cristales y sueños quebrados, se desparramaron por el suelo del comedor.
Entonces los gritos, las amenazas veladas y ese portazo liberador de
ahogos tras soltar quedo: «lo intento, Rosi, lo intento».
Al llegar al descansillo se detiene apenas un momento ante la puerta
mal pintada del piso. Bajo la primera capa de un nefando tono parduzco
resisten las letras informes en negro y rojo con las que algún gracioso
había decorado la entrada a base de generosos trazos. Al entrar en la casa
observa que el salón está recogido y ordenado con meticulosidad; no hay
restos de cristales esparcidos por el suelo y sobre la mesa, encima del
pañito de ganchillo, se ve el patético jarrón de porcelana, de tamaño
ingente y forma de cisne deforme, que les regaló su tía, carente del más
elemental sentido del gusto, en el último aniversario de boda. Un ramillete
de flores en perfecta lozanía e idénticas en color y tamaño a las que
pueden disfrutarse en los jardines del paseo cubre incidentalmente el
horrendo adorno en su parte superior. Siente correr el grifo en la cocina y
el cadente crepitar del aceite en el fuego. Se deja caer sobre el marco de la
puerta cerrada, ojeando la austeridad forzosa de la habitación. El sofá de
tres plazas clama por un tapizado desde cada uno de sus cantos al igual
que las cuatro sillas secuestradas de un punto verde —que cuando fueron
acopladas en la salita ya disfrutaban de una salud francamente relativa— y
el mueble de aglomerado del frontal muestra la apariencia de un monstruo
desdentado desde que se le volvieran a descolgar un par de batientes a los
que parece imposible asegurar con bisagras de manera permanente. El
televisor es de pantalla de plasma, cuarenta y dos pulgadas, sacado del
hipermercado de turno con una comodidad apabullante y sin mayores
incidencias hace cerca de tres años, cuando no se exigía al cliente nómina
que pudiera al menos prever el pago efectivo de los plazos, de los que
sólo abonaron el primero y nada tuvieron los jefecillos posibilidades de
embargar a pesar de sus denodados esfuerzos. El cochecito de segunda
mano con capazo reposa su azul desteñido al lado del mueble, junto a la
entrada de la cocina, y de su interior brota la respiración pausada y exenta
de conflictos de su hijo. Al contemplarlo y percibir el humo gris y
desagradable que se eleva en volutas desde sus labios se aproxima al
mueble y con varios golpes secos apaga el pitillo en el minúsculo
cenicero de cristal grabado que se encuentra en la esquina más próxima.
Tras un forzado carraspeo deja escapar la voz sin alardes.
«Buenas, Rosi, ya estoy de vuelta».
Una especie de gruñido confuso, de perfecta asimilación al de un
macho alfa fracturando a su presa entre los dientes, surge de la cocina.
José María se acerca inseguro mientras de lo profundo le nace, en un
temblor, un resoplido débil y escueto. Su mujer se halla de espaldas a la
puerta; el mismo vestido rancio de la mañana cubre sus famélicas formas
y tiene el pelo negro recogido con demasiada urgencia en un moño
alborotado. Inclinada ligeramente sobre el vasar sujeta en la mano derecha
con pulso trémulo un cuchillo de preocupantes dimensiones con el que
disecciona una oportuna cebolla, tras cuyos enzimáticos efluvios trata de
ocultar una reestrenada fragilidad. Lágrimas gruesas descargan a lo largo
de sus mejillas y se descuelgan furiosas por los carrillos. Una ingrata
cortina de humo, que se eleva entre ellos desde la sartén hasta el techo
grasiento de la cocina, parece interesada en hacer visible la distancia que
en este momento desgarra sus entrañas.
«Buenas, ya estoy de vuelta». Repite como enganchado en un eco con
un tono tan neutro que ostenta el derecho a ser odiado sin ambages; mas
un silencio pertinaz, violado en exclusiva por el sonido estrangulado de
las aspas del extractor, parece enquistarse en la garganta de la mujer. Con
una perseverancia proporcional, aunque menos ingrata, a la de un
comercial de ofertas telefónicas, José María insiste con timbre melifluo en
doblegar la resistencia que se le impone. «¿Qué tal la mañana? ¿Saliste al
final?» Y termina su exhorto con la falsa seguridad de un abogado que
sabe culpable a su cliente.
La coraza ha mostrado debilidades por uno de los flancos y arrostra
en parte la propia responsabilidad en el inicio de la lucha.
«Sí, fui a las asistentas para pedir lo de la ayuda de emergencia». Deja
fluir de los labios mal venciendo los hipidos y frotándose los ojos con el
antebrazo.
«Umm... ¿y te han dicho si hay que llevar muchos papeles?».
«¿Papeles? ¿Te acuerdas lo que nos dijo Amada después de ir ella?».
La pregunta es casi retórica y ha sido expelida con un deje de agobiada
resignación. Dirige por vez primera su mirada a José María que la
observa inaudito, como agredido por un ictus que le haya afectado todos
los nervios faciales. «Sí, correcto, ni me han atendido. Tengo la cita para
dentro de dos meses y medio».
«¿Pero qué mierda es esta? Y hasta navidad ¿qué coño hacemos?
¿Robar?» Fija la vista cansada en el abismo infinito que lo rodea, más allá
de los sólidos azulejos de la cocina, mientras se pellizca con el índice y el
pulgar el labio inferior y piensa en el negocio complejo del fin de semana
que en realidad no desea hacer. «¿Qué me queda, joder?».
Si existe una particularidad incisiva en el ser humano es aquella por la
cual se arroga la libertad ladina de juzgar al resto de congéneres en virtud
de sus decisiones y condena sin el más mínimo rubor aquellas que
considera inaceptables desde el punto de vista de la moralidad, como si
ésta estuviera contenida de facto y en su completa integridad dentro del
mamotreto normativo de determinado grupo humano en particular o, lo
que es aún más despreciable, en el propio interior. La pretensión de José
María nunca ha sido elaborar concienzudas estrategias de
autoconvencimiento, pero sus decisiones rutinarias no le resultan a efectos
menos existenciales. ¿Qué delgada línea roja no debe traspasar desde el
momento en el que considera finiquitados todos los recursos que podrían
servirle de argumentos válidos contra la anarquía? ¿Hasta dónde se le
permitirá llegar con el único objetivo de sostener a su familia?
«¿Qué relatas?». Coliga Rosi invitando al expurgo.
«Tonterías mías. ¿Qué comemos hoy?» Responde falsario y
desentendido a la vez que se frota el lóbulo de la oreja derecha con la
palma de la mano. La mujer hace ver su desencanto volviendo la mirada a
la sartén, salpicada de diminutos trozos de cebolla que saltea falta de ganas
con una pala de madera. Gesticula, girando la cabeza de forma azarosa sin
decidirse a afirmar o a negar con ella.
«Tortilla de patatas. Antonio, el de la tienda, me ha fiado unos huevos».
José María entra en la cocina, apoya la mano izquierda en el omóplato
derecho de Rosi en un signo de empática resolución y acumulando
mortificaciones se encamina al frigorífico. Cuando lo abre lo único que
ve con claridad es el fondo oxidado y recurrente y de una forma absurda
recrea su mirada en cada hueco vacío como esperando maná en el
desierto. Un brik de leche abierto abraza su soledad en el soporte inferior
de la puerta.
«Ni una cervecita». Acierta a pronunciar cargado de cinismo. En un
impulso, rota entonces sobre sus pies, cierra la nevera y dirige una mueca
compungida a la mujer que lo observa con los ojos resignados y que
apalea la cebolla como en busca de algún culpable. «Rosi... siento lo de
esta mañana». Y le entrega un beso tierno en la mejilla que ella no rechaza.
«Yo también». Confirma mientras tuerce la boca y se le desploman los
párpados. Y señalando con el dedo pulgar hacia atrás por encima del
hombro avanza la penúltima desdicha.
«En la mesa del comedor está el aviso de corte de la luz».
José María sale de la cocina con un hartazgo carente de límites. Ve el
recibo pillado en la base del florero informe y tira de él tan furioso que
debe sujetar las flores para que no se vuelquen sobre el tapete de croché.
Cierra los ojos y se los refriega a la vez con el índice y el pulgar
partiendo del exterior hasta dar con el tabique de la nariz.
«Buff... Pues habrá que engancharla de la calle». Sentencia con
contundente honestidad.
6

«Tío, esto es la leche de grande. Gracias por acompañarme que si me


dejas suelto por aquí soy capaz de perderme». Pues parece legal el chaval,
vaya. ¿Cómo se llamaba? ¿Pepe? Sí, sí, Pepe era. Una pena que haya
terminado aquí, pero la verdad es que se le ve bastante tiradete. Debe de
llevar la pila de años dándole a la vena porque tiene una pinta de colgado
que lo flipas. Yonqui yonqui, y parece que ha estado en la cárcel, porque
esos tatoos... «Es mi función, compañero, lo hago encantado y en lo que te
pueda ayudar no tienes más que decírmelo». Ayudarme, je, ¡qué huevos! ¿y
en qué me vas a poder ayudar? Tiene la voz aguardentosa y más gastada
que un zapato. Y vaya pantalones viejos que se le ven. Y arrugados como
una pasa. Joder, no quiero salirme de madre desde el primer día, pero este
sitio casi me da grima. «No creo que me cueste mucho adaptarme. Vamos,
que mi vida fuera es como la de cualquiera y bastante común. Trabajo, me
gano la vida, con novia... ya ves». Bueno, la verdad es que lo de las malas
pintas entra dentro de lo normal; la mayoría de la peña seguro que tendrá
plaza concertada, no serán de pago como es mi caso. Lo mismo hasta los
han sacado de la calle, puff. «Y si tenías una vida tan sana y sin ningún
problema ¿por qué estás aquí, socio?», bohh, ya estamos con las
preguntitas, ¿os pagan o algo por hacer este tipo de terapia con los recién
llegados? Y encima con la cara esa de no haber roto un plato. Como si no
se te notara que has tenido que ser un figura. Menudos disgustos has
debido de darles a tus padres. ¿Por qué coño me habrán puesto a este
alelado de acompañante? No nos vamos a entender ni a la de tres, menos
mal que voy a quedarme lo justo. «No, mis padres que dicen que me ven
mal y tal, pero yo en realidad...», ¿y esa cara? Se sonríe el colega como si
fuera el más listo de la clase «...en realidad estoy bien y controlo. En dos
semanas voy fuera, en serio». Ahora se ríe, coño, sin vergüenza ninguna,
y hasta se encoge de hombros. «Si supieras la de compañeros que han
dicho lo mismo y llevan en Comunidad cinco o seis meses», no te jode,
normal, no hay más que verlos. Este Pepe está pirado, será lo mismo
meterte coca de vez en cuando que pincharte. Me está mirando los zapatos,
y el reloj... Envidia. Seguro, como que hay Dios. «De verdad que muchas
gracias por todo, pero tengo las cosas claras y no te voy dar mucho curro,
ya verás». No se cree ni una letra de lo que le digo; su cara es una oda al
escepticismo, como la mía con tanta norma y tanta pollada en el comedor.
Pero no parece mala gente dentro de lo que cabría esperar. Lo mismo es el
tuerto en el país de los ciegos, jajaja. Tranqui, Diego, autocontrol, que
como sueltes una risotada la lías de gordo. Y ahora qué; está mirando
como por encima mía, para atrás. Alguien viene. Joder, vaya tetas. ¡Qué
buena está la colega! «Te dejo, Diego, que por ahí vienen Cristina y Javi.
Ahora nos vemos». A Javi ni lo había visto, tú, lo que es la selección
natural... ¿y esta es la coordinadora? Más de una vez sacaré los pies del
tiesto para que me llame al despacho. «Hola, Diego, ¿qué tal? Abro y
pasamos, ¿vale?» Un beso me da; mejor en los morros, digo. ¡Qué bien
huele! Ángel. Parece. Y tiene la voz bonita, quizá un poco aguda, pero no
le hago ascos, no. Este creo que era el educador de turno, me dijo Pepe.
«Muy buenas, Diego, espero que te vayas encontrando a gusto. Soy Javi,
estoy de turno», pues sí, el de turno de oficio. Qué mano más fláccida,
joder, si parece de trapo. «Ahí vamos, acabamos de llegar, a ver», desde
luego fofo se le ve un rato largo por mucha sonrisa y esfuerzo que le
ponga. «Pasa y siéntate, por favor. Ahí, en esa silla». Así que esta es la
oficina. Sencillita. Coño, pues sí que está buena la coordinadora... No es
nada del otro mundo. Si vieran mi despacho en la empresa. Eso es nivel.
Eternity, Eternity, ahora caigo. Ummm, bastante más barato. Los
ventanales sí que son un pasote. ¡Qué grandes que son! Dejan pasar
cantidad de luz. Y ahora a ver por dónde me salen estos. Leches con los
ordenadores. Son de antes del diluvio, deben de bloquearse cada vez que le
dan al Intro. La verdad es que la he cagado bien con lo de las pastillas. Los
dos enfrente mía, con mesa de por medio. No sé ni dónde mirar. «¿Hace
calor aquí, no?», no, si por mucho que me eche aire con las manos, nada.
«Será el bochorno que tienes, porque el aire está puesto». Joder, pues es
verdad. Se me debe de haber quedado una cara de gilipollas... «¿Nos
cuentas algo de esto, Diego?». No, sí no hace falta que me enseñes la faja
que traje puesta, si ya sé por dónde vas. La voz será dulce, pero el tono
transmite una acidez que corroe el aire. «No sé qué decir, la verdad». ¡Qué
sudores! Si es que hasta se me está empapando la camisa. «¿Tenéis un
pañuelo o algo? Como estoy gordito», eso, como la cosa está suave
encima hazte el gracioso. «Lo siento. Ah, gracias por el pañuelo. Es que
estoy algo nervioso», joder, hay que ser necio, ¿para qué digo eso?
Bueno, hacerme el mártir lo mismo no me viene mal. Y pensando en papá
y mamá. La que se puede liar. Papá, mierda, ¿por qué me habéis hecho
venir aquí? «¿Le vais a decir algo a...?» «¿Tus padres?» la cara es de que
sí, como que hay Dios, «lo mismo no es necesario, creo. Se van a
preocupar y» estos están de vueltas de todo. No cuela «esto sólo ha sido un
lapsus». «Es todo un detalle por tu parte que pienses en tus padres». No, si
al final voy a salir a hombros por la puerta grande. Hasta noto menos
ahogo y todo. Guapa, pero tonta. Y él enclenque y tonto también.
«Supongo... suponemos que también los tendrías muy presentes cuando
decidiste forrarte la barriga de droga antes de venir a Comunidad». Joder,
si es que es mejor callarse que hablar sin pensar. «Y comprimidos de
metadona, que según hemos visto en tu informe médico no consumes».
Muy bien, Javier, únete a mi debacle personal con tus intervenciones. «¿En
qué pensabas al traerlas, Diego?» Estoy en blanco, leches. Ni una salida
lógica. «No... no sabía cómo funcionaba esto, si iba a aguantar...» vaya,
menuda cagada de explicación que acabo de soltar. «Mira», sigue Javi...
Quiero largarme de aquí. Me siento fatal, «entendemos que puedes estar
mal, inseguro y con miedo a estar en un sitio que ni conoces y al que es
posible que hayas venido porque no te ha quedado otra», lo has clavado,
colega, «pero estamos aquí para ayud» me quiero ir, ¡me quiero ir! ¡Qué
ansiedad! «stra única intención es que seas capaz de adapt» la cabeza,
joder. Me estoy mareando. «Diego, ¿te encuentras bien? Tranquil» me
quiero ir, por favor. Dios, sólo tengo ganas de llorar. «Me quiero ir,
llamad a mis padres. ¡Llamad a mis padres!». No, no me miréis así,
dejadme en paz, nunca he tenido algo más claro en la vida ¿Es que no veis
cómo me estoy poniendo? «Diego, Diego, mírame. Diego». Me agarra, es
casi un abrazo. «¿Has consumido esta mañana? ¿Ayer?» sí, sí... no me
salen ni las palabras... «¿Un homenaje antes de ent» Joder, qué cansancio...
me duermo. Asiente, leches, aunque sea. «Bien, intenta estar relajado,
Diego. Entre el estrés, el viaje, el sitio nuevo y aguantar la brasa que te
estamos dando lo más probable es que te hayan entrado ganas de
consumir». Estoy sudando, no puedo ni mantener los ojos abiertos. Los
siento. A los dos. Cerca de mí. «Diego, no pasa nada, en serio. Confía en el
equipo». Eso es fácil decirlo, Cristina. «Entendemos cómo te sientes. Ya
hablaremos de tus padres y cómo les decimos lo que ha pasado, ¿de
acuerdo?» Silencio... Creo que Javi se ha marchado. Oigo la puerta. Ha
salido, creo, sí, puedo entreabrir un poco los ojos. Me viene bien el
silencio. Este. Largo, o eso me lo parece. «¿Te sientes mejor?» «Sí. Me
quiero ir, Cristina, no estoy bien». No, insistirá, y no tengo fuerzas ni de
responder. «Luego lo hablamos, cuando descanses y estés más centrado»,
se pensará que cambiaré de opinión. «Vale, pero voy a seguir con la
misma idea». Muy convencida no está en lo que digo. Yo sí. «Pues te
preparamos el alta voluntaria y punto». Entra Javi, con Pepe. Qué marrón.
«Acompáñalo a vuestra habitación, por favor, y cuando pase la siesta
bajáis y ya vamos viendo». Vamos viendo, yo lo veo clarísimo, aunque
con sueño. «Ven conmigo, Diego». «¿Y la maleta?». «Tenemos que
revisarla y después te la damos». ¿Revisarla?, trabajo inútil, «No hace
falta, si me voy a ir esta tarde». A Pepe le ha cambiado la cara, pero qué le
importa si me voy. Mejor. Menos curro para él. «¿Te vas? Anda, vamos
arriba y después lo hablamos». Joder, con la mierda del después. ¿qué
piensan hacerme una lobotomía mientras duermo? «No, me voy seg...»
«Ya. Eso dije yo hace dos meses. El día del ingreso, pero esperé un poco
más. Tres o cuatro horas. A lo mejor porque tenía más ganas de cambiar.
Pero eso, eso mismo, que me iba seguro». ¿Por qué se miran todos?
¿Hablan otro idioma? No tienen ni puta idea. Esta noche estoy planchando
oreja en mi cama. Ya lo digo. Como que hay Dios.
7

Le va a estallar la cabeza. Siente bombear la sangre alborotada desde


el pecho y palpitarle dolorosamente en la sien como sobre un muro de
contención que se niega a transformarla en géiser por debajo de su
cabello revuelto. El iris azul transparente de sus pupilas, casi de ceguera
pretérita, amarra su mirada en el vacío más absoluto cuando fija la vista
en la puerta sin goznes de un infame color marrón que descansa sus
bordes reventados sobre el marco de idéntica tonalidad que no hace
demasiado tiempo le hubo servido de anclaje. Un olor rancio, de
asquerosa mezcolanza de alcohol, orín y cannabis, atraviesa invisible la
ínfima barrera que lo separa de la habitación a la que decidirá entrar y
parece condensar la atmósfera. Se tapona la nariz con el índice y el pulgar
mientras extiende la palma de la mano izquierda y el resto de
articulaciones por encima de los labios. Golpea la puerta con el puño un
par de veces, de forma seca, sin reparos, y está a un tris de lanzarla de
bruces. Un gruñido grave acompañado de una tos tuberculosa se deja oír a
través de la madera podrida.
«¿Ramona?». Jadea el visitante con incontrolables deseos de arrojar el
almuerzo por el suelo pegajoso del descansillo. Empuja la puerta
estirando ambos brazos hasta la máxima expresión que se lo permiten las
articulaciones sin descoyuntarlas, dejando el hueco justo entre el marco y
la puerta para poder sortearlos con su cuerpo escuálido. La habitación a la
que accede está en penumbras, tan sólo iluminada débilmente por el haz de
luz que asoma a través de los vidrios rotos de la ventana y rasga oblicuo
la desierta estancia, sesgando un rostro de mujer de ojos menudos y labios
finos con un pañuelo de dibujos indefinibles anudado en la cabeza, hasta
reposar su término contra el muro opuesto. Conforme avanzan sus pasos
siente fijarse la suela de sus zapatos sobre las losetas mugrosas. Entorna
los ojos y cuando logran adaptarse sus pupilas a la nula claridad que lo
rodea aparecen esparcidos por el suelo, como en un truco de
prestidigitación, decenas de litronas y latas de cerveza, algunos briks que
pudieran ser de vino tinto y varios periódicos arrugados, con las hojas
abiertas y desechas, y cubiertos por manchas de mugre de diversas
generaciones. En el centro de la sala, detrás de una mesa de patas cortas y
descansando su descomunal trasero sobre una supuesta silla que es incapaz
de contemplar, una figura oronda, achatada y de contornos poco
femeninos que sujeta un Montecristo medio consumido entre los dedos
índice y corazón de su mano izquierda lo observa con fijeza inocua. Un
chal de ganchillo que parece pertenecer a una minúscula muñeca de trapo
cubre sus espaldas inabarcables.
«Joder, Ramona, no sé cómo coño puedes estar aquí».
Una nueva tos tipo estertor seguida de una carcajada maliciosa se
dejan oír tras una densa cortina de humo gris. La mujer se encoge de
hombros, apoya el cigarro en el vértice de la mesa y se frota las manos
una contra otra tras exhalar sobre ellas el aliento. En esa especie de
estercolero consentido hace un frío de mil demonios.
«Bah, es el mejor remedio. Por aquí no asoma la nariz ni la pasma».
Ramona vuelve a tomar el puro y una desorbitante calada lo trasforma
casi de inmediato en ceniza, coge de la mesa un pequeño fajo de billetes y
tras un somero recuento los dobla con descuido, introduce la mano
derecha por el cuello alto del grueso jersey de punto que otorga a su
anatomía unos pliegues de exacta apariencia a los de varios flotadores de
piscina, y los prende bajo el sostén. En un gesto soez se lleva entonces a la
nariz las yemas de los dedos que acaba de sacar y los olfatea con
repugnante deleite.
«¡Jonathan! Asómate y ven p'acá». Ordena cargada de flemas,
volviendo la cabeza y fijando la mirada en una de las habitaciones. Con el
rostro iracundo y una apariencia cadavérica aparece por la puerta del
fondo la figura apocada del hijo de Ramona. El pelo castaño y grasiento
recogido en una coleta hace resaltar aún más sus afilados rasgos de
difunto y su desafortunada elección de enfundarse dentro de un impoluto
traje oscuro, con corbata y zapatos a juego, le confieren un aspecto de una
disonancia categórica respecto a toda la inmundicia que lo cerca. Un
timbre de voz gutural silba entre sus labios carnosos de los que cuelga un
canuto mal liado que aún está por encender.
«¿Qué te cuentas, Pumuki? ¿Vas bien?».
«Bueno, he tenío días mejores, Johnny». La espontaneidad de la
respuesta es semejante a un desarme inoportuno en mitad de la Guerra
Fría. «¿Y tú?».
«Pssss... Los he tenío peores». Contesta en un atisbo de generosa
complicidad.
«Joé, ¿ahora os vais a poner firosóficos?».
No podía decirse de Ramona que hubiera sido a lo largo de su vida un
intachable dechado de virtudes, pero emitir un juicio sumario acerca de
ella o de sus decisiones sin haber caminado al menos dos lunas en sus
mocasines sería caer en la precipitación. Pumuki ha escuchado su historia
de diferentes frentes y con diversos puntos de vista desde que tiene uso de
razón, aunque la relación mercantil entre ambos surgiera con relativa
indiferencia a partir de sus trece años recién estrenados, cuando en un
alarde de indolencia decidieron algunos amigos celebrar el aniversario
echándose al cuerpo unos porros intercalados con buches de birra.
Recurrieron a Ramona, la más ilustre del lugar, y desde entonces, con más
contrapuntos altos que bajos, intercambiaron intereses al menos una vez
por semana, con mayor dependencia en cada ocasión como en la
impecable simbiosis entre un sádico y un masoquista, y traspasando la
frontera entre drogas blandas y drogas duras a una velocidad letal.
Pumuki sabe a ciencia cierta que la mujer de edad difusa que se
encuentra apoltronada en la silla frente a él estuvo casada, no sabría
concretar de manera veraz por qué rito ni a qué temprana edad, pero que
este hecho es sin ambigüedad el único del que no ha dudado en
arrepentirse con recurrente frecuencia. Todas las versiones cuentan de
manera unívoca y dejando escaso margen para el error que Ramona
dejaba pasar su vida con hastío cuando el barrio aún se encontraba
salpicado de casitas portátiles, rodeada de chiquillos desde que tuvo a
Johnny a los catorce inviernos y subordinada a un marido alcohólico,
adicto y violento que le impidió en más de una ocasión arrastrar sus
huesos hasta el hospital tras fracturarle varias costillas y quien, con
asumible evidencia para los vecinos, le alegró el día y el resto de la
existencia cuando no se sabe bien si una cirrosis o el bicho lo condujo al
infierno sin billete de vuelta antes de cumplir los cuarenta. Dicen los que
discurren acerca de las desgracias ajenas que, aparte de la dudosa
afirmación acerca de los abortos que le fueron provocados a fuerza de
patadas, varios de los partos llegaron a efecto en virtud del mismo
método. Más creíble tal vez resulte aceptar que ni ella ni sus hijos
asistieran al funeral y que, en lugar de ensartarse en luto riguroso, el
mismo día del sepelio la viuda comenzara a pintarse, acicalarse y a
ponerse hermosa dentro de sus remotas posibilidades sin importarle un
bledo los comentarios de los que pudiera ser objeto en boca de quienes
estando tan aburridos con su propia vida han de dedicarse a divertirse
destripando la de los otros. Ramona lloraba, de vez en cuando, con ansias
renovadas y sin ánimo de afortunadas malas interpretaciones que bien
podían convenirle, pues si alguna de sus amigas ciertas, y no aquellas
disfrazadas de arpías, se hacía eco de sus lágrimas impetuosas no se veía
forzada a razonar sobre el por qué de aquella explosión o a interpretar un
papel digno de Óscar que no era el suyo: «son de alegría, nena. De libertad
y de alegría», decía envuelta en una sinceridad ineludible.
La dicha le duró exactamente cuatro mañanas y cinco noches; el
tiempo exacto que tardó en acudir al banco en esa quinta jornada y
recordar, cuando le mostraron con inconveniente amabilidad el extracto
de cuenta a la que jamás se le concedió el acceso, una verdad que era
diáfana para todos: el despreciable ser con el que nada compartió más allá
de la aflicción y de cuyo nombre no quiere acordarse, no había ahorrado
un miserable céntimo mientras trabajaba de extranjis en la construcción,
sin cotizar ni un día aislado o por despiste a la seguridad social,
condenándola por defecto a no ser acreedora de una pensión de viudedad.
Conociendo los hábitos y los vicios del difunto —«que encuentre tanta
gloria como paz deja», se la escuchaba remugar a conciencia— no le fue
necesario a Ramona contratar un detective privado para consensuar en qué
y cómo consumió, inexorable y exento de escrúpulos, el dinero que le
negaba a su familia. Así, lo único que acertó a dejarle de herencia tras su
definitiva despedida fueron algunos moretones recientes, las fracturas y
las facturas. Malos tiempos eran para verse corrompida por un repentino
ataque de sensatez. Lo intentó repetidas veces, con sus mejores galas e
incluso robando unos zapatos de tacón que resultaron ser demasiado
pequeños para sus robustos pies a los que surcaron de enconadas vejigas
en la parte externa y en la punta del dedo corazón, ligeramente más
alargada que el resto de falanges. Mas todas aquellas prendas elegidas con
esmero, todos aquellos animosos esfuerzos cargados de vago optimismo
se transformaron con una inmediatez ofensiva en harapos y futilidad a los
ojos de las personas decentes que ostentaban el privilegio —la mayor
parte de las ocasiones cruel e inmerecido— de ofrecerle un empleo por
horas y desterrarla para siempre del fango movedizo en el que se hundía.
Ella y sus seis hijos. Sin derecho a rescate. Lo único que halló entonces,
como vacilante tabla de flotación y con un tentador exceso de viabilidad,
fue el tráfico de estupefacientes, tan productivo y de riesgos asumibles por
aquellos años en los que los maderos ejercitaban su oficio de una forma
meramente testimonial, y en el instante improrrogable que puede salvar de
un ahogamiento la ponderación no suele ser la opción más factible.
Sobre estas cuitas que desarbolaban el sentido común de Ramona poco
conocían o reflexionaban sus vecinos, tan ocupados en escupir en contra
del viento. Eligieron pues la voluntad que requiere siempre menos brío y a
la que se acogió, crédulo y falto de introspección siendo entonces tan
púber, igualmente Pumuki: atenerse a la verdad parcial e imprecisa que se
percibe a través de lo tangible, aunque esta decisión no vaya a resultar del
todo ecuánime. Ramona, en definitiva, era un camello, cuestión fácil de
determinar dentro de aquel cuchitril inhabitable e infecto, que en un
primer momento comenzó a traficar en su propio domicilio y decidió con
posterioridad, gracias a un ataque de esos de sensatez que no quiso
controlar, mudarse con sensitiva afectación al piso inmundo en el que
ahora se encuentran frente con frente.
Johnny se ha situado al lado de la madre, a base de pasitos cortos y
atolondrados que lo conducen a estrellar la entrepierna contra uno de los
ángulos de la mesa. Sus párpados parecen derruidos y el impacto no logra
que se altere un solo músculo del rostro, quizá ya habituado a sus
desatinos o debido, puede que en mayor medida, al cuelgue que con
visible vehemencia delega su cara risueña y congelada. Con inusitada
pereza, introduce ambas manos dentro de los bolsillos, los rastrea como
quien descubre que dispone de todo el tiempo del mundo y no tuviera nada
mejor que hacer, y saca de uno de ellos una caja de fósforos que al abrir
esparce por el suelo dibujando una especie de Mikado de tonalidad
homogénea. Deja caer la cabeza, ofuscado y severo, y durante unos
segundos los observa empaparse del líquido pastoso sobre el que han ido
a aterrizar. Ramona, que contempla la secuencia con indulgente
fascinación, sujeta por la articulación del codo a su hijo cuando se
muestra decidido a agacharse, enderezar el desaguisado y prender el
porro, que aún continúa impertérrito pendido de sus labios, con alguna de
las cerillas desparramadas por la solería.
«Jonathan, ¿se pue saber qué haces? Pareces abilortao». Y tras sacar
del refajo un Zippo plateado alarga el brazo izquierdo con hastío y en dos
movimientos consecutivos e imperceptibles de dedo pulgar abre la tapa
del chisquero y prende la mecha. Johnny estira el cuello hasta parecer que
vaya a desprendérsele de los hombros y la llama azulona dibuja formas
grotescas en su rostro enjuto al tiempo que, a un ritmo vertiginoso, le
consume más de la mitad del canuto, que ha colocado sobre el encendedor
de la peor manera posible impregnándolo de ceniza.
Pumuki, que durante la pantomímica escena comparte la mirada atónita
de Ramona, no reacciona y su cara de pasmo, ausente de parpadeo
voluntario, le otorga el aspecto bobalicón y romo de una persona afectada
de encefalitis. Una nueva tos profusa y convulsiva lo rescata del sopor
haciéndole consciente del motivo tácito que lo ha conducido ante las
puertas abatidas de aquel lugar de porvenir indeseable.
«¿Cuánto quieres?». Da por supuesto Ramona mientras coloca sobre la
mesa de madera carcomida varios paquetitos repletos de olvido.
«Eh... No, no... No esta vez». Contesta transmitiendo ínfima seguridad
detrás de unas palabras que se dirían aprendidas dos minutos antes de
haberlas soltado como en un esputo. Firmemente convencido de que la
consecución del objetivo pasa irreductible por soltar con aburrida
naturalidad aquello que en su actual estado se convierte en dogma de fe, su
habitual recelo a propuestas de rango similar a la que va a acometer le
concede el nihil obstat. De corrido lo suelta, con la aceleración de un
galgo que huye despavorido de la cuerda con la que quieren colgarlo de
un árbol. «Busco algo de pelas extra libres de impuestos. Ya sabes... No
quiero líos ni historias contigo ni con nadie ni ponerme por mi cuenta.
Tan sólo quiero trabajar pa' ti... Si tienes hueco. Durante un tiempo».
Ramona tuerce la cabeza hasta casi apoyarla sobre su hombro derecho
y con desenfadada fruición refriega el extremo del habano contra la mesa
apretando hacia abajo con las yemas de los dedos hasta que lo deshace por
completo. Se sonríe mostrando unos dientes cariados sobre las encías
inflamadas.
«A veces los tiempos se vuelven eternos». Con el dorso de la mano y
las falanges del dedo meñique estiradas arrastra la ceniza y los restos
desmaterializados del puro hasta el borde lateral de la mesa por donde los
despeña sin remordimientos. Piensa levemente, mientras observa planear y
extinguirse las pavesas encarnadas, y tras un bostezo que le desfigura las
facciones, estira los brazos sebosos como prestos para ser clavados sobre
una letárgica cruz inexistente y en su papel mesiánico de aspecto búdico
entrega, exenta de caridad, su particular y única bienaventuranza de
forzoso cumplimiento so pena de no merecer ni el purgatorio. «Y si me la
intentas colar te rajo el gaznate. ¿Entendío?».
«Te lo juro por mis muertos, Ramona». Asegura Pumuki cual dogma
de fe después de posar los labios sobre el pulgar y el índice de la mano
derecha, extendidos y cruzados en forma de aspa, y besarlos con
sonoridad.
La mujer responde al credo con un aspaviento y mira de soslayo a
Johnny quien, enlatado dentro de su traje incongruente e inmaculado y con
el porro consumido apretado entre los dientes lo que le confiere una
repugnante apariencia, se encoge de hombros reconociendo de antemano
que su opinión dispone de idéntica consideración a la del balbuceo
ininteligible de un bebé de orangután. Cargada de desgana y rascándose el
cogote sudoroso hace resonar de nuevo su voz áspera contra las paredes
vacías de la sala.
«Caballo, farlopa, grifa...».
«Chocolate, sólo chocolate... Bellotas y punto. Na más. Ya te digo que
es temporal». Se reafirma Pumuki con infinita menos fe en sus propias
palabras que en la bienaventuranza expuesta con anterioridad y de manera
expedita por su interlocutora.
«Uno con conciencia». Apunta Ramona sin intención de domeñar el
sarcasmo. «El talego está empetao de pringaos como tú con buena
conciencia. Más que en el cielo hay».
De habérsele dispensado a Milton el privilegio de meter baza ante
tamaña declaración de nulo valor científico y una vez contemplada la
rotunda autoridad con la que se imponía Ramona por encima de las
circunstancias abyectas que la cercaban de azufre, hubiera el poeta inglés
expelido con complacencia su máxima, de oportuna concurrencia en
aquella ocasión propicia: más vale reinar en el infierno que servir en el
cielo. Eso razonó Luzbel para sus adentros, corroído por la soberbia o
quizá añorante de libertad, y obteniendo como reconocimiento definitivo
su inmediata expulsión del Paraíso. Ramona fue también proscrita hace
demasiado tiempo, sin necesidad de espadas de fuego, tras la primera
paliza aleatoria propinada por el arcángel Jofiel que optó por encarnarse
en la sangre y los huesos de un esposo innombrable y renuente al perdón.
Adaptarse o morir, tipo partenogénesis ambiental que impone la
supervivencia a cualquier precio por excesivo que pudiera éste resultarle a
un iniciado en la disciplina del rencor, y aunque no lograra sobreponerse
a la larga temporada en el infierno y se le deshilvanaron las costuras del
alma, se habituó al calor y al desagrado, a su alambicado proceder y casi a
su pesar se adueñó de él ante el temor de que el acto sucediera a la inversa.
Al fin y al cabo ¿quién en determinados momentos de execrable existencia
no le ha conferido un poder extraordinario a algún infierno particular?
«¿A que ya te has adaptao al olor?». Pregunta Ramona con una
retórica de manual girando hacia ambos costados su invisible cintura y
señalando con los brazos en alto la inmundicia pestilente que hace escasos
minutos le resultaba insoportable a Pumuki. «Pues eso nos pasa con toó,
compadre, hasta con la mala conciencia. Te lo digo yo que no soy buena
gente, es verdad, pero te doy un consejo, y gratis: cuidate del Pelao, que
ese entreverao es un hijoputa y como te vea por las esquinas trapicheando
ponte a explicarle que la mercancía es mía después de que te parta los
piños». Y con un leve chasquido de dedos emite una orden consensuada a
Jonathan, que se dirige a la habitación del fondo, con la misma parsimonia
y pasmo de los que hizo ostentación al mostrarse hacía pocos minutos, y
aparece apenas transcurridos unos instantes, sosteniendo entre sus manos
finas y abiertas un puñado de diminutas bolas de color marrón envueltas
individualmente con papel film.
8

Suda. Copiosamente. Su camisa blanca de lino se diría sumergida en


una cisterna de agua y los mechones de pelo negro, engominado con
esmero ridículo delante del espejo escasas horas atrás, se aferran a su
cuero cabelludo y a su frente como húmedos tentáculos aplastados. Salta
con espasmódicos botes repetitivos y agita sus miembros al ritmo
frenético que marca el sintetizador del tema de Underworld que le está
reventando los tímpanos gracias a los altavoces que cuelgan estratégicos
de cada una de las esquinas del disco-pub. Una bola de espejos, de mole
excesiva en espontánea comparación con el tamaño del local, rota a
trompicones alrededor de su eje vertical diseminando reflejos y haces de
luz sobre las cabezas de los bailarines hasta eclosionar, en filtros de
colores psicodélicos, contra las paredes hoscas del recinto. Abre los ojos,
los pasea por encima de la multitud ingrávida que lo engulle y posa su
mirada en la pareja de chicas de largo cabello encrespado que en short y
sostén lucen sus formas esbeltas contoneándose impúdicas sobre una
plataforma con sendas barras que se pierden verticales en el techo. Todo le
resulta extrañamente vago y confuso, igual que si acabara de aterrizar de
un viaje del otro lado del mundo y el jet lag lo mantuviese enclaustrado en
el interior de una caja de cartón sellada a cal y canto y taponase sus
sentidos. Inclina el torso grueso y estrambótico hasta casi rozar con sus
labios la oreja del tipo con cara y cuerpo de mandril que pega brincos a su
izquierda y al que plantea una sugerencia a voz en grito.
«¡¿Una raya?!».
El compañero entorna la vista, con la obvia intención de centrar la
frase corta, apenas audible, dentro de un contexto. Eleva las cejas
formando dos arcos de descompensada composición y asiente con
redundantes movimientos de cabeza. Les supone un esfuerzo ínclito
atravesar la muralla humana, conglomerada y firme, que participa de una
lucha enconada por mantener su espacio dentro de aquel sólido
maremágnum.
«¡Son buenos estos tíos, ¿eh?!». Consigue compartir poco antes de
alcanzar los aseos con el chico de aspecto simiesco que lo acompaña tras
salir de la masa informe semejante a un embudo atascado.
«¡Vaya que sí!». Responde violentando sus cuerdas vocales hasta
límites insalubres y apoyando al antebrazo sobre la amplia puerta de
cristal rectangular que da paso al baño. «¡La canción Born Slippy se hizo
famosa con Trainspotting! ¡Vendieron no sé cuántos cientos de miles de
copias! ¡Una pasada!».
Abre la entrada de un empellón y mientras mantiene franco el paso en
deferencia a su amigo, lo cruzan por medio tres chicas con el cutis recién
maquillado y la actitud displicente de quien está acostumbrado a una
sobrada altivez. Los dos jóvenes se miran irónicos y sonríen, con un
mohín de desprecio, no sin antes centrar sus retinas en las nalgas rotundas
y en pompa que marcan un tanga minúsculo por debajo de los leguis
blanco armiño de la de figura más voluptuosa. El espacio común de
lavabos en hilera a la que acceden y en la que no supone una entelequia
escucharse sin necesidad de alzar la voz hasta desgañitarse es un trasiego
de personas de ambos sexos que en desasosegada confusión parecen
hormigas fumigadas con DDT. A la luz mortecina de una fila de
halógenos engastados en el techo, una pareja de lesbianas, apoyadas de
perfil contra el muro de azulejos del fondo donde permanecen fundidas en
un sensual abrazo, se besuquea al lado de un secamanos eléctrico bajo
cuyo sensor un hombre de mediana edad e insidiosa alopecia acaba de
colocar las palmas hacia arriba observando con desmesura y falta de tacto
las caricias a las que se entregan ambas féminas. Hombres y mujeres se
atusan el cabello haciendo muecas inverosímiles delante del espejo
enterizo situado en el frontal de los lavabos y se retiran hacia atrás sin más
orden que el propio impulso, a base de pasitos cortos y de tal guisa que
los dos chicos que acaban de entrar para compartir con ellos el mismo
espacio han de esquivarlos como recortadores al tiempo que se conducen
con creciente ansiedad a la zona masculina. Ya en el interior un joven de
tez blanquecina, con la cabeza apoyada en la pared lateral y el cuerpo
volcado sobre uno de los urinarios con forma de peras roídas que se
hallan empotrados en el alicatado, expulsa a chorro los cubatas que su
rostro confiesa haber consumido a través de todos su puntos cardinales.
Entre risas lacónicas se introducen en uno de los reservados de la
izquierda mientras el de cabello prensado encima de la sien saca de uno de
los bolsillos de su ancho pantalón de pinzas una tarjeta de crédito gastada
y tras limpiar con la mano extendida el reducido alféizar bajo la ventana
alinea sobre él con pulcra perfección el polvo blanco que acaba de extraer
de una bolsita de plástico. Empuja hacia afuera la puerta para que la sujete
firme su compañero y con un guiño jocoso recuerda.
«Como en Trainspotting. A punto de ponernos dentro del servicio». Y
lanza una estúpida risotada justo antes de oír los golpes que mutilan la
catarsis.
«¡Las cincooooo! Arriba, dormilones». Diego abre los ojos e
impulsado por un resorte invisible se sienta en la cama, apoyando los
brazos estirados sobre las sábanas estrictamente planchadas que cubren el
colchón de muelles, sin acertar a descubrir cómo se ha volatilizado en una
inaprehensible milésima de segundo la discoteca, su amigo con cara de
simio y de manera particular y más abominable la raya de coca que estaba
a punto de esnifar con placer exquisito. En su frustrada obnubilación no
logra recordar dónde se encuentra ni con qué oscuros designios esa voz
estentórea y chillona del otro lado de la puerta del dormitorio le ha
impelido a desistir en la deseada consumación de su delirio.
«¿Cómo te encuentras, Diego? ¿Estás ya más tranqui?».
Gira la cabeza, aún colmado de una conciencia difusa, y el rostro
cortado donde residen los labios de sonrisa generosa que le han dirigido
la palabra le devuelve de pleno al momento vital.
«Uf, Pepe...» Atina a balbucear sintiéndose expulsado de un agujero
negro. «¿Sabes inducir el sueño?».
El gesto ceñudo de su compañero de habitación, que lo observa
sentado en el borde de la cama con la boca corvada hacia el mentón, le
hace replantear de forma más eficaz y comprensible su duda cartesiana.
«Que si serías capaz de hacerme dormir otra vez. Y a ser posible para
seguir soñando por donde iba».
«No, si entendí la frase». Asevera Pepe negando el presupuesto de
imbecilidad que le intentan imponer. «Sólo me falla el contexto. ¿Sexo?».
«Bueno, eh... no exactamente; más bien la segunda parte de esa frase
típica que empieza tal como dijiste y acaba con Rock'n'Roll». Infla los
mofletes, igual que un hámster cargado de provisiones, mientras vencido
por la molestia arruga el entrecejo. «Estaba soñando con un amigo. Y una
de nuestras últimas... movidas».
«¿Un amigo o un colega?».
Diego no se deja incomodar por lo que presupone una subrepticia
intención detrás del franco interrogante planteado por Pepe, quien
acompaña sus palabras con un rascado intensivo sobre el hueso parietal
izquierdo que le hace desprender caspa, y otorga a su respuesta una
destemplada analogía.
«Lo mismo da».
«Un colega te apoya cuando interesa, aunque no deba, y un amigo... no
sé, no lo hace nunca cuando no debe. Por lo que cuentas, ese con el que te
divertías parece ser más de los primeros».
El chico de panza descolgada ejecuta una mueca de desprecio dejando
traslucir con manifiesta notoriedad el burdo valor que le otorga a las
opiniones seudo filosóficas de la persona que acaba de levantarse
refregándose azarosamente los ojos y surca la estancia arrastrando sobre
el suelo caldeado sus pies descalzos en dirección al armario con puertas
de metal lacado empotrado en la pared ocre.
«Hoy toca deporte a primera hora. Antes de la merienda». Mientras
abre el ropero y saca de su interior una camiseta y un pantalón corto
comparte la frase con pasmosa naturalidad, dando por asumido que Diego
ha renunciado de manera implícita a su decisión firme de marcharse tras
la siesta.
«¡¿Deporte?! Pero ¿qué dices?». Su respuesta dialéctica, fundamentada
en dos preguntas pavorosas, inspira una escueta sonrisa en Pepe, quien
parece estar dibujando un croquis de su cuerpo fofo y desproporcionado
al tiempo que lo examina con nula convicción. «Si estoy sudando y a
punto de que me dé un infarto nada más que de pensarlo».
La risa ahogada del compañero que se está vistiendo frente a él con
una acelerada delectación lo impulsa a percutir en su negativa a tan
odisíaca empresa.
«Tío, en serio, creo que la última vez que hice deporte aún no se me
había formado el cerebro». De repente una afortunada evocación en
formato de afección respiratoria, común por el consumo habitual de
cocaína, y reflejada dentro de un informe sanitario que siempre le había
repelido se acerca en su auxilio al galope. «¡Tengo disnea!».
El rostro de Pepe, vacilante y confuso, se ha transformado en un
inefable titubeo que no duda en hacer oficioso al marcar la atención en
otros datos accesorios y de mayor eficiencia.
«No sé qué es la disnea, pero no te preocupes, hasta que te vea mañana
el médico no puedes hacer ejercicio». Con mesura se reclina de nuevo
sobre la cama y tras calzarse las zapatillas de deporte gastadas por el
empeine elabora minucioso unas concisas lazadas en ambos cordones que
ajustan prietos los pies. «Supongo que cuando bajemos ya habrán revisado
tu mochila y nos dejarán subir a colocar las cosas en el armario».
«¿Mochila?». El disgusto que arrecia sobre el rostro mofletudo de
Diego no sería menos desapacible de haber alguien ofendido a su
hermana. «Maleta, rígida, una Samsonite de pura raza para ser exactos».
Categoriza sin derecho a réplica para suavizar a continuación su
exabrupto cambiando de tercio con descaro. «Es una enfermedad. La
disnea. Tengo el tabique hecho polvo y ante el menor esfuerzo me cuesta
la misma vida respirar».
«Vístete... normal, si es que puede llamarse así a esas pijás que llevas».
Diego se hincha como un pez globo satisfecho por la frase lanzada por
Pepe sin querer apreciar entrelíneas el más leve atisbo de asqueo u
obviedad. Cuando alza, no sin sudor, su figura oronda de encima del
colchón con un afán que nadie dudaría sería capaz de provocarle una
disnea de inmediato, distrae la mirada por la habitación que habrá de
servirle de deprimente hogar durante el tiempo que decidan sus huesos y
su mente aletargar su superfluo existir. La estancia es de una sencillez que
lo avoca a la depresión. Aparte del pantagruélico armario empotrado, de
cuatro puertas simétricas, que invade de cabo a rabo la pared de enfrente
una vez obviado el espacio que pueden ocupar dos dedos menudos a cada
uno de sus márgenes, tan sólo un alargado perchero de madera con tres
colgadores, anclado en un pequeño entrante de muro junto a la puerta, y
un par de mesitas de noche estilo colonial, con dos orificios vacuos en el
primer y tercer cajón respectivamente justo donde debieran encontrarse
los pomos, sobre las que se apoyan sendos cristales de filos redondeados,
y que descansan apretujadas y distraídas al lado derecho de las camas sin
cabecero componen la minimalista decoración que confiere a la
habitación un cariz de elocuente impersonalidad. Bajo el grueso vidrio
rectangular de la mesilla de Pepe acierta a ver de lejos, difusas, algunas
fotografías como el único bien que logra hacer distinguir, al observador
incipiente, aquel dormitorio de cualquier pieza de exposición en una
tienda de muebles. Se acerca ocioso a la ventana de hojas metálicas y
acristaladas con cuadrados medianos de tal nitidez que podría perjurarse
su ausencia, también descalzo y por único atavío unos anchos y floridos
calzoncillos bóxer; sobre el omóplato izquierdo y recorriendo en
horizontal toda la espalda la legendaria figura en tonos grises de un
dragón alado expulsa llamaradas de fuego por sus fauces oscuras. Dirige
su vista de nuevo hacia las paredes desnudas y al desperezarse sin
meticulosidad la panza desprendida se distiende en pliegues amorfos de
inimaginable diseño.
«¿Y no tienes ni un miserable póster colgado? Qué cutre está esto,
¿no?».
Pepe estira su camiseta raída, agarrándola por el borde inferior con
los puños y tirando de ella hacia abajo, con similar inutilidad a la del
anciano que tensa su rostro surcado de arrugas frente al espejo ingrato
que le devolverá su antigua compostura en un segundo. Agacha la cabeza
y escudriña la prenda como sorprendido de que haya podido soportar la
tensión sin deshilvanarse por el cuello.
«A esto le quedan dos telediarios». Sin mover ni una vértebra del
cuello, aún con el mentón hundido sobre la laringe, eleva los globos
oculares en dirección a su compañero de cuarto, en un giro que debe de
resultarle hasta dañino y aparece en su rostro la expresión plañidera de un
toro antes del descabello. «Es un poco raro de explicar así, a bote pronto,
sin que esto parezca una secta y no te entren ganas de coger otra vez la
mochi... la maleta —Diego en un esbozo de sonrisa capciosa agradece la
corrección— y tirar caminito abajo. No podemos tener na en la
habitación, ni ropa, ni música, ni libros que puedan traernos recuerdos de
nuestra vida anterior, y no estoy hablando de reencarnación, precisamente.
Y los tatoos porque no nos los pueden quitar». Finaliza apuntando con un
movimiento compulsivo del dedo índice al dragón que lo mira en un
sesgo casual.
Diego se siente por un instante al borde del vahído, mueve las cejas a
tempo prestissimo de tal forma y rigor que parecieran dispuestas a
enredársele sobre las pestañas y se encoge de hombros agitando las manos
con mayor entusiasmo que si fueran fruto de una convulsión de origen
enfermizo.
«¿Qué me estás contando? Pero si para acordarme del consumo no me
hacen falta memeces externas. Ya me tengo a mí todo el día».
«Pues eso, que ya tenemos bastante con nosotros mismos como pa' que
encima lo de fuera nos lo recuerde una y otra vez».
«No me convences». Continúa con los hombros encogidos a la altura
de las orejas, similar a una estatua cérea inamovible, para de inmediato,
con un mohín casi obsceno, introducir hasta los nudillos sus dedos
aporretados por dentro de la goma de los bóxer que se pierden de vista
bajo la panza lasa. Apenas escucha las palabras que le dirigen, temeroso
tal vez de que Pepe vaya a tener razón y acabe convirtiéndolo en el más
fiel prosélito del clan.
«No es mi intención convencerte de na. Sé que es jorobao verlo y que
no es un método perfecto, pero con toa la patochá que parece es una
forma de ayudarnos pa' que no abandonemos a las primeras de cambio, te
lo aseguro. No lo sé explicar mejor, pero lo siento así, mucho más ahora,
después de llevar cerca de dos meses aquí».
«¿Dos meses? ¿Pero ese tiempo existe?». Razona hacia las entrañas su
alucinado intelecto, demasiado indolente en los menesteres referidos a la
paciencia, categóricamente incapaz de imaginar siquiera un período
similar de tiempo amarrado a aquel lugar intratable sin que le acucien
unos deseos terribles de inducirse al suicidio. Mas no parte esta
indefensión que domina sus ansias de una actitud voluntaria, podría
decirse, sino que representa con una simplicidad escandalosa el paradigma
del universal anhelo acerca de la evitación del sufrimiento, como si el
dolor, la angustia o la más insignificante de las desgracias fueran una
realidad impostada y aun incompatible con el común devenir de la vida
humana. Semanas extremas de ayuno y meditación en la postura del loto
hubo de sostener Gautama bajo el árbol Bodhi a fin de obtener la benéfica
magnificencia de la liberación nirvánica y transformarse en el Buda. Cada
cual se impone un pasaporte con el que sobrevolar la historia exento de
incidencias, amarrado el cincho y el chaleco salvavidas bajo el asiento, sin
asimilar la Primera Noble Verdad acerca de la existencia irrevocable del
sufrimiento y obviando que tal vez el fin erróneo a esquivar no haya de
justificar per se los medios para lograrlo. Diego gozaba de un método
inhibidor posiblemente igual de equivocado que el propio fin, pero
infalible en inmediatez: meterse por la nariz una raya de coca, y no le era
necesario en tal caso esperar sentado bajo ningún ficus religiosa, con un
sonajero por tripas y el trasero aplanchado tras extensos días de
elucubración, para alcanzar la paz interior. Otros prefieren cortarse las
venas. «¿Y entonces las fotos?».
«¿Cómo?». Pregunta su compañero visiblemente nervioso echando
una leve ojeada a su reloj de pulsera. «Vamos algo tarde. No nos va a dar
tiempo de fumar».
«Esas fotos de ahí». Versiona su duda de manera cabal, señalando
impertinente la mesilla de Pepe con la mano extendida hacia arriba. «Son
recuerdos, ¿no?».
«Bueno, es que no se pueden tener fotos hasta que no pasan dos o tres
semanas. Supongo que lo leíste en el papel que firmamos al ingreso, junto
con otras normas de llamadas, cartas y demás». Pepe, impelido por la
urgencia del primer cigarro vespertino al que no parece dispuesto a ceder,
se muestra parco en explicaciones y Diego, a pesar de no recordar ni en lo
más recóndito de su cerebro a qué mierda de contrato se refiere, asume
que en medio de la negatividad autoindulgente de la que hizo soberana
ostentación en la Sede pudiera haber agarrado un bolígrafo y estampar su
rúbrica al final de un documento con el único objetivo de que sus padres
se abstuvieran de seguir comiéndole la olla. Calla, otorga y generoso,
mientras comienza a vestirse con relativo apresuramiento, contiene las
preguntas que se le apelmazan en la punta de la lengua como un bolo
alimenticio hasta una ocasión más propicia, cuando un paquete de tabaco
no se interponga en su recién estrenada relación.
«Bonito peluco». Apunta Pepe con su voz rota, frotándose la nariz con
las falanges de los dedos de la mano izquierda y girando los ojos, en una
mueca incierta, hacia el Rolex Explorer que circunda la amorcillada
muñeca de su acompañante.
«Es un pasote, ¿eh?» La sonrisa excedida de Diego, que alza el brazo
rotándolo desde el codo, aparece exenta de la más apremiante sagacidad.
«Sí, un auténtico pasote. Yo que tú se lo entregaba al equipo».
Si alguien hubiera tenido la osadía de sugerirle que debía amputarse
una pierna desde la ingle la disfunción afectiva ocasionada por la
propuesta no le hubiera resultado menos intensa.
«¿Quitarme el reloj?».
«Quitártelo o pegártelo con Superglue a la muñeca. Tú mismo. Yo ya
te he avisao». Y con desafecto entrega un gesto de cómica caballerosidad
cuando abre la puerta del dormitorio y cede el paso al chico de perilla,
que ha olvidado repeinarse el cabello y se lo atusa de manera melindrosa,
extendiendo desde la sien hasta la coronilla las palmas de sus manos
regordetas, al tiempo que piensa en la plausible sustracción de su
inseparable Rolex Explorer y decide que, al menos por esta vez y sin que
haya de servir de precedente en un juicio de faltas, la prudencia deberá
someter a su habitual orgullo.
Cuando desde su dormitorio acceden al amplio pasillo central, varios
compañeros se encaminan hacia las escaleras, alguno de ellos tan
inflamado por el deseo primario de nicotina que, dejándose vencer por la
fingida llamada del inerte paquete de tabaco que se puede ver exiliado de
nuevo en uno de los bolsillos, aparece con un cigarrillo rubio amarrado a
los labios. Diego fija la vista selectivamente en uno de los rostros
conocidos que hicieron gala de una fugaz presentación en el comedor
mientras disfrutaba de la carne en salsa y que pasa frente a él, dirigiéndole
con desgana un superficial movimiento de cabeza que retorna a su
posición primigenia de manera obligada, como impelida por un
contrapeso al igual que un tentetieso. Responde al saludo arqueando las
cejas apenas unos centímetros, ni disgustado ni amable, rivalizando con
trivialidad en aquella especie insulsa de duelo sobre el mínimo esfuerzo.
Juanma era su nombre, de una delgadez casi famélica, tez morisca y
carbonada a imagen de los mercheros y un bigotito ligero, recortado de
tal manera sobre sus labios asimétricos que pareciera silueteado a
escuadra y cartabón con un rotulador de punta fina. En su breve
intercambio de pareceres poco acertó a descubrir de él más allá de los
detalles físicos y de que, a pesar de la repugnancia que le provocaban las
naranjas habida cuenta de sus despectivos comentarios al respecto desde
que le dio por mirar la desmesurada ensaladera con el postre, hubo de
engullir una conteniendo con idéntico afán la respiración y las ansias de
vomitar cada vez que se introducía un gajo en la boca de dientes
exquisitamente blancos, tal vez realzados por el tono cobrizo de la
epidermis. Mientras intenta buscarle fundamento a esa norma repelente
que impone por decreto deglutir —supone que hasta el paroxismo si es
preciso— todo alimento que haya sido preparado en el menú, han salido al
patio y la luz espontánea del sol que agrede sus rostros minimiza hasta el
extremo sus pupilas. Pepe coloca extendida la mano izquierda sobre los
ojos, a modo de visera, y con la derecha prende el pitillo con una
celeridad que envidiaría un guepardo.
«¿Me pasas uno?».
Su compañero piensa, en un inciso infinito repleto de dudas
replanteadas.
«No podemos intercambiar tabaco». Suelta decidido y aguardando el
consiguiente bufido. «Por no volver a caer en el trapicheo. Pero si no
tienes, como acabas de llegar podemos pedir uno; yo es que me he dejao
arriba el paquete pa' que no se me caiga haciendo deporte».
La reacción esperada se despeña por los labios de Diego como un alud
de inmediatas consecuencias.
«Joder con las normas. Esto es igual que la cárcel». Rumia entre
dientes con las manos clavadas en los bolsillos de su pantalón de Armani.
«No sabes lo que dices, chaval». La voz gutural que traspasa sus oídos
deslizándose por encima de su hombro izquierdo a punto está de dejarlo
con una sordera perpetua. Podría jurar que incluso ha sentido descender
sobre su anatomía una viscosa saliva a raíz del exabrupto. Cuando dirige
su mirada arisca hacia el punto de ebullición sus pupilas grises se topan
con un bíceps de rebosante musculación cercado por una corona de
espinas mal sombreada desde la que se precipitan varias gotas de sangre.
Cohibido, eleva los ojuelos con escasa afirmación y un rostro trapezoidal
con el pelo rubio cortado a cuchilla y las mandíbulas apretadas y
dispuestas igual que las de un perro de presa, parece invitarle a que una
respuesta taimada se atreva a alegrarle el día.
«Ivan Drago», es la única intervención pensada y muda que Diego,
conocedor de que su complexión antiatlética y su ánimo decaído no le
acompañan en su deseo absoluto de recibir el envite a porta gayola, osa
exhalar, con los labios cosidos, sin el más nimio suspiro de
desaprobación.
Mientras el gigante se aleja haciendo tambalear el pavimento, con la
columna vertebral arqueada hacia atrás, los brazos excesivos combados a
ambos lados del tronco como ramas sólidas y unas piernas tan finas como
musculadas, Pepe contesta mecánicamente a la pregunta no formulada.
«Carlos. Trece años en prisión. A pulso. Está aquí por el artículo 182».
Diego razona, sesgado el pensamiento por una odiosa celeridad, si en
ocasiones importunas similares a la presente resultaría más idóneo
hacerse el listo, fingir que se es tonto o actuar con la ecuanimidad que
otorga la ignorancia asumida. Recuerda entonces de manera propicia al
viejo borracho, de nariz prominente y sonrosada y cejas hirsutas, con el
que en más de una oportunidad se había topado en la barra de la cafetería
cuando tomaba el desayuno —y alguna que otra cosa de menor salubridad
dentro de los lavabos en virtud de su falta o no de tempranera voluntad—,
a mitad de la jornada, abandonando sin remilgos la empresa propiedad de
su familia en la que simulaba trabajar. Ni atención había puesto jamás para
retener su nombre, vulgar a tal extremo que se hacía fácil de olvidar, mas
sintió una punzada de inquebrantable evocación la mañana aquella en la
que optó por ejercer de cultureta en una de esas materias que se le hacían
netamente resbaladizas, la poesía, con la camarera de mirada meliflua,
nariz griega y sonrisa de perfección perversa a la que intentó convenir a
sus fines desde el día arbitrario en el que atravesó la puerta acristalada del
bar por vez primera. Le recitaba un poema del rentable Benedetti, en falso
éxtasis y con la impostora memoria de aquello convenientemente
aprendido y que será olvidado al instante mismo de ser usado

«...no hasta dos


o hasta diez
sino contar
conmigo...»

Con una medida cadencia de métrica inapelable y al marcado compás,


nada halagüeño, con el que extendía un diente de ajo sobre las rebanadas
de pan tostado que acababa de servirle sobre un plato algo mellado.
«Benedetti... ¿Este tío que cantaba?» Se dejó sentir la espesa voz y el fétido
aliento del anciano. «¿Cantar? No flipes, abuelo, es un poeta argentino»,
erró de manera definitiva como tendría ocasión de comprobar apenas una
semana después tras lanzarle el mismo envido a otra joven quien no
guardara para sí ningún reparo a la hora de sacarlo del patético embuste,
«¿argentino? uruguayo, hombre», con una risotada lacerante que le
atravesó el ánimo con mayor desgarro que el costado de Cristo. El viejo,
ebrio y tal vez dando ya por perdidos la imagen y el autoconcepto, decidió
ignorar cualquier realidad ajena a una sincera explosión —tanto el rostro
incrédulo de Diego como la compasiva mirada que le regaló la chica de
detrás del mostrador— y se entregó gratuitamente, sin alardes: «si
preguntas serás tonto una vez, si no lo haces lo serás toda la vida». Poco
importó que, apostado torpemente a la barra, a punto estuviera de
desplomarse de la banqueta giratoria sobre la que tuvo la mala
determinación de sentarse en tan lastimeras condiciones de equilibrio; en
el instante presente, igual que en recurrentes ocasiones de similar tesitura,
Diego decide de idéntica manera confesar su necedad una sola vez, y tras
enfoscar con una frase de grava parte de su estulticia: «pues debe de
haberse pasado los trece años metidito en el gimnasio», comparte su duda
guardando algún recurso.
«¿El artículo 182? No recuerdo...».
La mueca aburrida de Pepe, con bostezo y rascazón de partes pudendas
incluidos, denota su falta de interés ante las inquietudes que invaden la
mente de su compañero de habitación.
«Sí, por el que puedes pedir salir de la cárcel pa' empezar tratamiento
en una comunidad terapéutica». Y apurando el cigarro hasta el filtro
termina su disquisición con la misma ausencia absoluta de embeleso.
«Tienes que estar en Tercer Grado. Ehhh... Tú al final no fumaste».
Diego afirma con un desencajado balanceo de cabeza al mismo tiempo
que desde la recepción les arrasa una voz estridente que acierta a
reconocer vagamente.
«¡Pepe! ¡Diego! ¡Ya he revisado el equipaje!». La grandiosa testa de
Paco acompañada por su torso aguerrido asoman tras el marco añil de la
oficina. «Venid a recogerlo y podéis subir a ordenarlo».
El chico de la perilla extiende sus brazos cortos en dirección al sol,
como pretendiendo abrasar a su contacto la yema de sus dedos y mitigar el
calor inabordable que colma de desasosegante confirmación la tarde de
gimnasia a la que sólo la irrupción de una guerra apocalíptica podría
otorgar clemencia. Encamina los pasos anodinos en busca de su idolatrada
maleta rígida Samsonite, con Pepe flanqueando su derecha, y resopla a
imagen de un bisonte derribado al que apuntan en la frente con un
Winchester del 76.
«¿Y con este bochorno tenéis que hacer deporte?».
Paco no propala la más burda imposición sobre lo que debiera
corresponder al orden natural de las cosas cuando toma la palabra, aun si
considera del todo absurdo el atenerse en sus respuestas a razonamientos
por otro lado de tan obvia constitución, pero ha escuchado la frase
aparentemente inocua que el recién llegado ha compartido falto de maldad
en medio de un colectivo poco versado en el desempeño de los deberes y
las obligaciones.
«Si cada vez que llueva, nieve o haga un calor insoportable dejases de
hacer lo que tienes previsto seguro que cada día habría un motivo idóneo
para no salir de casa».
Diego se tira del lóbulo de la oreja presionando con el índice y el
pulgar. «Pero que listos que sois todos, no sé por qué coño no abrís una
consulta». Y sin compartir en abierto su desagrado y fastidio ante tantas y
variadas formas de extorsión mental desabrocha su reloj de pulsera y se lo
entrega al monitor con una sonrisa hipócrita colgada de los labios. Un
cerco redondo y blanquecino en ligero contraste con su piel también
pálida aparece marcado en el contorno de la muñeca. Paco acoge el
preceptivo obsequio mostrando un franco agradecimiento.
«Si va a resultar que no está todo perdido». Sonríe mientras deja
balancear el Rolex, bajo la intranquila y atónita mirada de Diego, sobre el
abismo que existe entre los dedos con los que sostiene la correa argentada
y el suelo empedrado y con sendos movimientos acompasados de dedo
índice y brazo rota el reloj sobre sí mismo hasta enfundarlo en el holgado
bolsillo del pantalón como un colt 45. «Supongo que Pepe ha sido más
práctico de lo que seré yo en la explicación —que hay varias, como en
todo—, pero lo que quizá no te haya dicho es la importancia de renunciar
a la imagen que damos o queremos dar. El cambio empieza aquí». Y con el
dedo índice se da tres golpecitos raudos y concisos en el centro del pecho.
Diego tuerce el gesto, asqueado y obtuso, titilan chispeantes sus
pupilas forzadas a contener sus internos jugos. «Esto es una mierda». Paco
se acerca, antes de ceder el paso para que cargue con la maleta, y
transfiriéndole una cálida afectación coloca la mano zurda sobre su
hombro diestro.
«Sé que no es fácil, chico, pero invéntate una buena excusa para
quedarte, por mala que sea: tus padres, que no te echen a la calle,
recuperarte un poco físicamente... El caso es que la inventes, y en unos
días ya descubrirás varios motivos para no irte».
El conductor multiusos parece predecible, no más de lo que cualquier
otro ser humano suele serlo en su generosidad o en su egotismo, y
mientras los dos compañeros se trasladan al dormitorio con la riñonera
vacía en ristre y arrastrando el equipaje sobre la acera de cantos Pepe se lo
confirma, henchido de una inmarcesible fascinación, arguyendo que
palabras simétricas empleó Paco hace dos meses con el fin de que no
abandonara con exceso de premura y exiguo arrepentimiento aquella
opción presente y hecha carne que habría de servirle de asidero en
tropiezos futuros.
Diego ha perdido la fe, tanto tiempo atrás que no acierta a vislumbrar
en ningún lugar remoto de su córtex cerebral si alguna vez la tuvo en Dios
o en sí mismo. Por el momento se siente precariamente elato tras ciertas
victorias pírricas: no va a hacer deporte y no van a expulsarle, y estas
memeces le bastan, como un náufrago consciente de que ha de administrar
con prudencia las exangües gotas contenidas en el transparente interior de
una clepsidra en tanto el tiempo de espera repose ignoto.
9

Guardar cola ante la carnicería del supermercado pugnaría con


desafuero con la lista de espera de cualquier especialista de la Seguridad
Social y Luisa no era especialmente proclive a malgastar en oropeles
parte de su tiempo si podía contemplar otras opciones. Mira reflexiva el
número que acaba de rasgar del dispensador: «57», luego el marcador
luminoso de dígitos encarnados sobre la cabeza de la chica que, tocada de
gorro blanco con visera carmín y un delantal de idéntico color
rebordeado a juego, lamina sin prestar demasiada atención una cinta de
lomo en lonchas de perfecta y casi imposible equidad: «34», para a
continuación, habiendo tomado ya una tranquilizadora resolución, dirigir
su voz ronroneante y sus ojos grandes y ocurrentes al chico de gesto
distraído y laxos ropajes que apoya los antebrazos delgados sobre la barra
horizontal del carro de la compra.
«¿Tocamos a retreta?».
«Por mí encantado, ya ves, je». Se rasca la mejilla tintada por una
molesta barba de dos días arrastrando las uñas mordidas a contrapelo y
sonríe con opulenta esplendidez. «Entonces, ¿unas verduritas?».
«Por supuesto, para acompañar a unos filetitos de ternera
cómodamente envasados y recubiertos de film en esas bandejas de
poliestireno que tanto te gustan y que puedo ver muriéndose de asco en ese
refrigerador de la esquina». Señala estirando el dedo índice de la mano
izquierda, con el brazo encogido y la mano a la altura justa de los ojos, y
gira la cabeza, hasta que su cabello ondulado y siseante se deja caer en
cascada sobre sus hombros fornidos, mientras representa un ademán de
farándula en una elástica sonrisa de Joker que pugna por sobresalir de los
mofletes. «Lo he intentado, pero la gente es tan consecuente como tú en el
respeto al medio ambiente y están todos en la cola».
Luisa pasea con pasitos cortos hacia la nevera y regala un mohín
ceñudo a su compañero en un indulgente apremio de necesitar un empujón
callado a la hora de acometer su reticente daño ecológico. Lo observa
perseguirla amarrado al carro, que oscila a izquierda y derecha como
pergeñado de propia voluntad, y, al tiempo que fija la vista en los envases
repletos con productos cárnicos de diversa hechura y consistencia
sintiéndose en cierta medida responsable de la baja concentración de
ozono en la atmósfera, lo escucha repeler su autoinculpada reflexión
conocedor tal vez de su necesidad inmediata de conmiseración.
«Tampoco vamos a llamar a la Línea Verde para que te pongan las
esposas. Los volcanes expulsan más CO2 al ambiente que una puñetera
bandejita de resina, y el gas metano de los pedos de las terneras —de las
que sacan esos filetes tan hermosos que te vas a zampar— pueden
provocar hasta un incendio. De hecho, dicen los expertos que los de las
vacas ecológicas incluso sueltan más». Y con un abrupto viraje de cabeza
señala hacia atrás, chasqueando la lengua, en dirección a la sección de
carnicería que acaban de abandonar. «Y a ver si te vas pensar que por
esperar cola al final no te van a endosar los filetes en las mismas
bandejas».
Luisa deja descansar las manos desplegadas a ambos lados de la
cintura, sobre cada una de sus caderas, formando un rombo hendido en su
mitad. Viste de sport, aspecto habitual en ella según el anterior criterio
sostenido y pragmático de no derruir su tiempo permaneciendo inalterada
media hora delante del ropero o del espejo como si ambos tuvieran, de
manera secuencial, algo hermoso que contarle. Finalmente asiente, en
respuesta a un deseo ajeno jamás formulado ni trafulcado en reproche y
que forma también parte de la mínima coherencia que para sí ambiciona.
«¿Vamos a la tienda de abajo de casa?».
Una expresión luminosa titila en las pupilas rutilantes de su
compañero.
«¿A la de Tomás? ¿Que siempre envuelve las compras en ese papel
satinado medio grisáceo de toda la vida? Bueno, ya que no dependen de
nosotros los volcanes...»
«Me tienes frita». Resopla con un rebufo de indignidad antes de que el
chico se encoja de hombros con los brazos pegados al tronco y con una
previsora presteza intente optimizar su ceremoniosa compostura.
«¡Si no he dicho nada! Puedes comprar lo que quieras, lo sabes».
«Ya, pero pones una cara de gato de Shrek que da pena». Y reniega
girando la cabeza a izquierda y derecha como quien desea desatornillarla
del pescuezo. Evita una sonrisa cómplice, mas no puede protegerse de la
claridad íntima que transmite a aquél que cada día extrae con más firmeza
tanta verdad de aquello que pretenden esconder sus entrañas, y ocultando
sus ojos enormes y negros detrás del antebrazo se prohíbe contemplar la
escena de irreflexiva emoción que sabe está a punto de representarse en
mitad de uno de los pasillos del supermercado cuando lo observa alzar el
puño, algo por encima del cráneo mondo, y colocarse el otro sobre el
pecho.
«Me mantengo en la senda trazada por grandes pensadores de la
historia defensores a ultranza del vegetarianismo: Tolstoi, Gandhi, Da
Vinci...».
«... ¡Hitler!». Categoriza Luisa alzando la vista y golpeando los talones
uno contra otro mientras estira la mano derecha emulando el saludo nazi.
«Ummm, bueno... la excepción que confirma la regla». Ladra entre
labios temblones fingiendo pucheros.
«Te faltó la silueta del árbol y una transparencia al fondo con un
atardecer para redondear tu exceso melodramático, señorita Escarlata».
Rota sobre sí misma con el escaso equilibrio de una bailarina
medianamente ebria, y se dirigen a las cajas diluyéndose entre los hartos
pasillos de estanterías y de turba, meditabundos y transigentes, como
amantes silenciosos de lenguas trabadas. «Anda, vámonos».
Juntan sus manos con esmerado cuidado sobre la barra del carro de la
compra, repleto de una vacuidad abisal que parece advertirles acerca de lo
visceral de las heridas impuestas por la soledad adherida a las paredes del
alma. Esta vez no es ella quien necesita compartirse, y lo escucha tenue y
casi conservador en sus palabras, quizá reconciliado con aquella obviedad
vital que nunca se atrevió a ocultar y pugna por resurgir innata y perversa
allí donde el amor humano muestra su más frágil pulsión.
«¿Te cansa más esto o mis reuniones?».
«¿Es que tengo que elegir? ¿Por qué no ambas?».
Luisa le profesa una devoción tan insondable que un desgarro
invertebrado desbroza su ser al oír retemblar dentro de sí, igual que un
eco devorador de espurias certezas, su propio discurso. Tal vez por eso,
espontánea y aun con huidiza determinación, abre la puerta de inmediato a
un momentáneo compás de sincero arrepentimiento.
«No es cansancio, sino tristeza. No sé, sentirme desguarnecida».
Él le manda una expresión imprecisa, pusilánime medianía de esa
derrota predecible por ambas partes, pero tercamente inteligible a sus
ojos, y antes de permitirle ahogarse en la falta de oxígeno de un
argumento insensato lo exonera de todo dolo y mala fe.
«Lo sé, y que me lo advertiste tantas veces antes de mudarme que
olvidé que pudiera ser cierto tu temor más allá de una frase recurrente.
Tomé una decisión, y no me arrepiento». Expresa desprovista de una
relativa sinceridad. «Te quiero tanto que a veces prescindo de mí, eso es
todo».
«Pero... eso es terrible». Volcado todo su adentro con absoluta
testarudez sobre la intestina confesión que acaba de aturdirle coloca el
carro de manera instintiva en la hilera situada justo a la salida de la zona
de aparcamientos y tras enlazarlo con el enganche al que lo precede extrae
la moneda de cincuenta céntimos de la ranura. «No deseo una rémora».
«Lo terrible no es el hecho en sí, sino seguir siéndolo y que no me
importe lo suficiente como para mandarlo todo al garete. Digamos que la
primera parte de mi proposición aún supera a la segunda, aunque ya sólo
sea por menudencias». Y colocando los puños frente a la cara, con los
codos incrustados en el estómago bajo las costillas, en posición de
defensa, lanza dos acompasados jabs de derecha de estrafalaria ejecución,
«KO técnico lo llaman, ¿no? A los puntos», para estirar con locuacidad el
dedo índice, retadora y pertinaz, al tiempo que arquea las cejas y una
sonrisa lacónica desentona con su mirada marchita. «Pero no te
descuides».
«No sabía de tu interés por el boxeo».
La joven ataviada con ropa tan informal como la aseveración nada
asertiva que acaban de endilgarle, lo lapida y entierra, menos
conciliadora, fijando sobre él sus pupilas plomizas.
«Tampoco arriesgues con exceso de sarcasmo, listillo, sabes de sobra
que mi paciencia no es ilimitada».
«Al contrario que mi estupidez, que diría Einstein». Corrobora sin el
más mínimo anclaje de duda razonable.
Cuando se encaminan al coche envueltos en un amor comprensivo y
confuso Luisa rastrea a su compañero, con un hocico que se diría enfermo
de anosmia en virtud de los resultados pasados, e invoca a las Moiras en
lugar de a Judas Tadeo —pues causas más infranqueables que las perdidas
suele tejer el destino— justo un segundo antes de hacerle objeto de
interpelaciones de pesada digestión.
«¿Y lo de la cena de restaurante de esta noche?».
Existen silencios hermosos, anhelantes, tiernos, líricos e incluso
enamorados; los hay vengativos, obscenos, cargados de cinismo,
indeseados e inauditos. A todos y cada uno de ellos se le podría otorgar
con desahogo el beneplácito de la utilidad, ya que presuponen un beneficio
—se considere éste o no colmado de rencor o de un coste excesivo— para
una o ambas de las partes que han de vivenciarlo. El mutismo que sucede a
la pregunta formulada por Luisa es el de los cadáveres, pues en su
descomposición trueca lo ya de por sí pútrido en un comedero de gusanos
que a nadie aprovecha excepto a aquellos seres capaces de crear un hábitat
a partir de la mierda. Lo observa frotarse la nuca, visiblemente derrotado
y con el abrazado escepticismo de un hereje al borde de la excomunión o
del destierro.
«Sí, sí, claro». Barrunta, y avanza con pasos cansinos hacia el coche,
gacha la frente y perdida la vista bajo el gris profundo del asfalto.
En aquel instante Luisa, como quien aspira a resucitar sin dejarse
morir del todo, desea con desespero patógeno no prestar oído a la
abrumadora verdad que siente bombear, desde las tripas, en el corazón de
la persona que ama hasta romperse. Posa entonces sus ojos ansiosos sobre
el perfil rabínico que, disperso y marchito, rebusca las llaves del Citroën
AX dentro del bolso, y razona, asintiendo desde su interior sin
brusquedad. Es una falacia. Lo de la mirada pura, pues puro sólo goza la
autenticidad de serlo aquello ausente de inevitable subjetivismo. No
importa cuán inverosímilmente límpida pretenda erigirse una mirada, lo
cierto es que habría de atenerse el individuo con austera sinceridad, desde
la conciencia más íntima, al filtro a través del cual observa, percibe, altera
la realidad. Un filtro que existe de forma irremediable y taumatúrgica y
que en virtud de tales adjetivos transforma en evidencia lo inextricable y
hasta la falsía. De tal modo resulta esto irrefutable que ciegos llaman, en
idéntica manera y equiparable concepción, a sentimientos tan diversos,
extremos y mediatizados por el humano padecer como son el amor y los
celos. Luisa agradece, perseguida por un dolor amable, que sea el amor su
filtro, aunque el tamizado que dicho sentir vaya a ofrecerle adolezca de
análoga falta de equidad que el rencor o que el orgullo. Se reconoce
imposibilitada para mal pensar, para extraer malévolas e interpretables
conclusiones de lo que pudiera extraerse entrelíneas. Es recia su
certidumbre en él y se eleva, igual que una caudalosa cortina de humo,
muy por encima de sus ocasionales premisas lapidarias y sus rigurosas
prioridades.
«La semana pasada fue a la oficina de Cáritas una mujer, viuda, sin
pensión, y con dos hijos menores, uno de ellos un bebé de meses... No
tenían dinero ni para ir a comprar leche a la tienda de la esquina».
Tras el comentario pretendidamente tangencial, Luisa sabe que esta vez
es ella quien ha vencido, de la manera más absurda y vacua posible, con
una pretensión que le es ajena; y que a las diez de la noche irán a cenar con
Laura y Vicente, a ese restaurante recién abierto y menú de cincuenta
euros a escote; y que, en definitiva, aún compartiendo en lo más profundo
—o quizá desde una inane entelequia— esa opción vital que para él es
intrínseca lo único que consigue es alejarlos un poco más. No obstante,
apenas acierta a transmitir una necesidad más física.
«Javi, ¿me das un beso?».
«¿Ecológico?».
«Babaca».
«¿El beso?».
«No, tú».
«Ya».
10

C.T., jueves 11 de junio

Hola Rosi, que tal, yo aquí de nuevo


escribiendote unas letrillas ¿Como andais tu y los
nenes? ¿Se le curó ya el resfriao al enano?
Este tiempo tan raro con tanto cambio de
temperatura nos va a matar a todos. En
Comunidad por la noche refresca de mas comparado
con la calor que hace durante el dia y no sabe uno
si ponerse el hendredón o dormir solo con la sabana.
Hagas lo que hagas estás perdido y como no somos
quejicas tenemos al equipo frito con los termometros
parriba y pabajo.
Ayer me dijo Cristina que todavia no sabes
nada nuevo de las pruebas desde que hablamos el
otro dia por telefono ¡Que cortos se me hacen los diez
minutos que nos dejan hablar a la semana!
Almenos nos queda el metodo este de toda la vida.
No digo yo que estas normas no nos ayuden a
centrarnos mas en el tratamiento pero también es
una mierda no saber nada de fuera y tener que
suponer como van las cosas. ¿Al final fuiste a la
parroquia por si podian echarnos una mano con lo
del recibo del piso? Lo de los resultados me tiene
preocupao la verdad, ¿no están tardando mucho?
Han pasado ya casi tres semanas. Pa mi que
están dando largas o a salido algo raro y prefieren
no decir nada. Como en principio ya salgo la
semana que viene cuando vengais pa lo de la
terapia ya me paso por el anbulatorio y haber que
cuentan.

Sabes, ayer hize dos meses desde que entré. Dos


meses Rosi, me lo juran al principio y me fuera
apostado algo a que no, que mal lo pasé pasamos.
Creo que te conté que la semana pasada llegó un
compañero nuevo, pues me recuerda a mi una
jartá. No nos parecemos en na de forma de ser ni
de caracter, es bastante pijo y me han dicho que
sea yo quien le acompañe estos primeros dias hasta
que se valla adaptando a esto, pero el caso es que
nada mas llegar tenia la idea fija de pirarse y de
que estaba aquí de paripé, pa callar bocas, como
yo, pero más a lo bruto todavia. Le han puesto de
educador al Victor, no es que sea mala gente,
pero yo fuera visto mejor Javi, no porque me
halla ayudado tanto desde que llegé, que si no
fuera sido por el ya estaría tirao en la calle de
seguro, sino porque nos entiende mejor, como que se
pone en nuestro lugar y hasta nos da abrazos
cuando lo pasamos regular, fijate tú. Algunos lo
tachan de marica, pero los muy espabilaos no le
dicen que no cuando tienen ganas de mandarlo todo
a la mierda y lo ven aparecer con los brazos
abiertos. Te pareserá una tonta pero con esas
chorradas que hace y otras tal que así aprende
uno que el respeto nada tiene que ver con el miedo
y el acojonar a los demás para que ni te se
acerquen. Me acuerdo que el otro dia al salir del
comedor al Juli, el compañero ese que te dije que
comia que parece que iba a rebentar, le dió por
esconderse una naranja en un bolsillo, y lo pilló
Javi. Ni le hechó la bronca ni nada, sólo le
explicó que podemos pedir las cosas en vez de hacer
lo mismo que hemos hecho siempre; y aunque le calló
la medida de tener que comer naranjas de postre
toda la semana, hasta él lo acabó viendo bién y ni
se enfadó ni nada. Quien sí se cabreó lo suyo fue
Juanma, que casi delante del educador no tubo
otra ocurrencia que soltarle con bastante cachondeo
al Juli que le envidiaba. El colega cogio un rebote
de tres pares de narices, claro, y Javi que habia
oido la gracia le dió al Juanma el mismo regalito,
con lo que le gustan las naranjas. Lo que nos
pudimos reir con la cara de circustancia que puso.
Al final les dijo a los dos que en lugar de hacerlo
por separao se pusieran toda la semana juntos en
el comedor y compartieran las naranjas mientras
arreglaban sus diferencias. Mas contentos por lo
menos se quedaron, aunque bien que se merecieron
el castigo la medida.
Ahi que ponerse las pilas Rosi para cambiar
las costumbres y manias que nos han hecho entrar
en un sitio como este. Ya te digo, una vez nos lo
dijo Victor mu clarito en una de las pelis de los
domingos. Quien quiera dejar la droga sin pasarlo
mal apañao va. Creo que dijo sacrifricio, más que
pasarlo mal, que la verdad parece mucho más
acertado.

Bueno que me enrrollo y ya mismo están


llamando para la cena. Si sabes algo de las
pruebas del sida diceselo a la Cristina, vale. Un
beso gordo a los nenes, uno pa cada uno, y otro
en los morros a ti.

Se que no te lo he dicho nunca y que te lo he


hecho pasar fatal con mis movidas, pero te quiero
mucho, Rosi, de todo corazón, hasta la muerte.
Gracias por estar siempre a mi lado a pesar de las
burradas que me has tenio que aguantar. Aora me
doy cuenta gracias a los meses que llevo aquí con
las terapias y los grupos de ayuda del daño que te
hecho sin querer cuando estaba puesto. Lo siento
mucho, Rosi.

Pepe
11

«La culpa es tuya. Bien lo sabe Dios».


La mujer, de cabello tintado a mechas en tono rubio oxigenado y
trinchado con un palo de madera sobre la coronilla formando un moño
despeluznado del tamaño de una pelota de tenis, rastrea la parte diáfana del
salón en raudas idas y venidas al igual que un recluso que acaba de salir al
patio de la cárcel. Mientras se atusa la falda plisada que revolotea sobre
sus remilgadas pantorrillas canaliza el malestar tal y como suele hacerlo
el común de los mortales: señalando a otro con un dedo cargado de
licenciosa oportunidad a fin de hacerle único responsable de actos que se
remontan a lo más atávico de la existencia y que han llegado al actual
estado debido a la inherente complicidad y a la connivencia de varios
agentes.
«Lo has mimado toda la vida y mira ahora...».
El tono desmedido y acre, que enrojece su semblante liftado y lo
colma de un sostenido histerismo, contrasta con la templanza, tal vez
rayana en la indolencia, que muestran como un exvoto el rostro y la
ausencia de gestos del esposo quien, manteniendo erguido el periódico un
poco por debajo de la vista mientras acaricia entre sus dedos las hojas
enormes y abiertas, parece hundido aun más allá del inescrutable fondo de
la Fosa de las Marianas en el sillón estilo Luis XVI, con la cabeza perdida
en medio de los hombros exangües, el cuello reposando secamente en el
respaldo y la espalda combada en una especie de arco artrítico. Viste un
horrendo batín enguatado en color beis —uno de esos impertinentes
obsequios de suegra regalados con sincero repelús para el Día de la
Epifanía y que han de ser por tanto en subsidiariedad de obligado uso— a
juego con una minúscula bufanda con flecos que se diría capaz de
provocarle el estrangulamiento en virtud del agarrotado nudo que le rodea
la glotis. Continúa mudo, con la lengua pegada al paladar y la etérea
certeza de que en ocasiones el único recurso es no recurrir ni a la
negación ni a la afirmación y ceder el testigo de la interpretación al deseo
del interlocutor.
«Menuda pachorra que tienes... ¡Y a ver si llamas para que nos arreglen
la calefacción que en vez de en una zona residencial parece que vivimos
debajo del puente!».
El hombre pliega el diario por la mitad, dejando caer la parte superior
hacia adelante, y se lo coloca sobre las piernas cruzadas tras frustarse su
dudosa convicción de gozar al menos de media hora de remanso de paz en
el que leer las noticias.
«La calefacción se ha roto hace veinte minutos y no creo que hoy en
todo el día hayamos bajado de los veinte grados». Para añadir con
premura irreflexiva, renunciando a su habitual estilo flemático y
rompiendo el vínculo con lo preceptivo de aquella conclusión anterior
sobre lo propicio del silencio ante determinadas contingencias. «Tu
capacidad para hacer de todo un drama supera cualquier expectativa». Y
con un ademán prolijo estira el brazo izquierdo, hasta que logra hacer
menguar el extremo del batín de fieltro bajo el que aparece un antiguo
reloj de manecillas con maquinaria vista, lo dobla con un movimiento
autómata para conformar una perfecta escuadra, colocando la muñeca
justo a la altura de la nariz tocada con unas gafas bifocales, y dirige a
quien desee escuchar unas palabras pragmáticas y ortodoxas. «Faltan tres
minutos para las tres y media».
La mujer, como poseída por el propio Príncipe de las Tinieblas,
detiene su nervioso trasiego y, con una espasmódica y milimetrada
cadencia y los dedos de las manos agarrotados por una especie de artritis
coyuntural, se gira a fin de anclar sus ojos aviesos en las arenas
movedizas sobre las que ha ido a establecer su barca el hombre de
alborotado cabello gris ceniciento que ha osado replicar sin el más
mínimo asomo de turbación.
«No puede ser que seas tú el que hablas, Alberto. Pero ¿qué te has
creído?».
«Elisa, querida, te contesto tres veces al año y hoy casualmente ha sido
una de ellas». Eleva entonces la mirada hacia la izquierda, sin mover un
músculo de su rostro colorado y salpicado de pecas salmón, a la vez que
apoya los dedos índice y corazón sobre el labio inferior. «Teniendo en
cuenta que estamos a mediados de abril y que ya lo hice por estas fechas la
semana de Pascua del año pasado, por el tema ese de la magnífica estampa
que —según tú— ofrecía nuestra hija vestida de plañidera tras el Ecce
Homo, y —si no me falla la memoria con las cosas de la edad— en el mes
de agosto cuando se te ocurrió plantear la estrambótica idea de irnos todos
juntos de peregrinación a no sé qué santuario mariano para pedir salud y
concordia dentro de la familia, como si ello dependiera de la Virgen y de
todos los santos, quédate tranquila, que hasta el verano es más que
probable que no vaya a repetirse esta ocasión».
La mujer se atusa el moño excesivo con indignación, aprieta los puños
hasta clavar sus uñas de manicura en la palma de sus manos huesudas y
rompe en un llanto histérico, desalmado e impotente mientras observa la
recargada decoración del salón. Fija la mirada acuosa en el librero de
madera estilo adamesco situado en el muro lateral de la estancia anexo al
pasillo y que deja ver, a través de sendas cristaleras impolutas, a la
izquierda una colección ingente de miniaturas cristalinas Swarovski
colocadas con pulcritud sobre los anaqueles y a la derecha un completo
juego de vajilla de loza inglesa tipo Brístol.
«Con lo que nos ha costado llegar hasta aquí; a tener todo esto y a
vivir con tranquilidad ¡y parece que todo te importa un comino!».
El marido resopla, más que Moby-Dick perseguida con agónico
desgarro por Ahab, y si dispusiera en su frente de dos diminutos
espiráculos le hubiera lanzado con gusto insensato un surtidor de agua y
mucosidad hasta hacerla despertar de la abstrusa comprensión que
gobierna la isla en la que decidió habitar desde el día aquel en que dejó de
fingir modestia. Pero acaba de agotar sus tres réplicas anuales y decide
pues retomar su inicial recelo a mostrarse contestatario, encauzando el
centro de atención a menesteres menos capciosos y que colmarán a su
odiamada esposa de similar desasosiego.
«Por cierto, acabo de leer en el periódico justo antes de la...
interrupción que el índice de delincuencia ha subido en más de un catorce
por ciento en este barrio tan chic al que haces constante mención. Robos y
pequeños hurtos sobre todo».
De nuevo esparce la mujer de forma tan desmesurada los ojos
minúsculos que su rostro de nariz afilada y tensado en extremo toma la
apariencia de un búho real que acaba de divisar en medio de la penumbra
un lirón careto. Se aferra al pecho con la mano izquierda, aún meticulosa
y teatralmente agarrotada, y con la otra se rasca el pendiente de perlas de
Majorica que oscila ingrávido de la oreja, cuyo lóbulo descolgado y
prominente propicia con liviana languidez una relativa aproximación a la
edad que desea ser disfrazada con ahínco.
«Y tu hijo se retrasa y te da igual... La de gentuza que tenemos que
aguantar, ¿para qué pagamos impuestos? ¡Brigadas callejeras deberíamos
montar!».
«Lo mismo nuestro hijo no es tan inocente y casto como imaginas. Y
hablando de gentuza e... inocentes», deja rodar ambos vocablos con un
sonsonete que horada de parte a parte el concepto vital de quien decidió
emplear con celo el primero de ellos y que lo observa esperando una puya
de cincuenta centímetros en el cerebelo, «también leí en la sección
provincial que El Cristo de la Misericordia acaba de indultar a un ex-
director de banco que robó treinta mil eurillos de nada de las cuentas de
sus clientes. Dos años y medio le habían echado».
Pasando por alto la cara adusta y desabrida que acaban de regalarle,
Alberto, quien ha abandonado el diario sobre la mesa baja de cristal
rectangular y patas de forja adornada con un centro inefable de flores de
decoración que deja ver bien a las claras que la fortuna no otorga
necesariamente buen gusto, se despereza hasta hacer crujir los huesos de
la espalda, se retira los anteojos, los coloca con medida desaceleración
encima del periódico y bosteza sin rubor, más harto que aburrido, antes de
revisar su reloj y retomar el hecho obviado por su esposa hace escasos
minutos.
«Y media. Bueno, y treinta y uno para no levantar polémica,
¿almorzamos o qué?».
Ahora es Elisa quien resuella, extrayendo un pañuelo de lino recién
usado de la faltriquera y sonándose la nariz con una firmeza perniciosa.
Durante unos segundos extáticos observa con desconsuelo la mesa
alargada que aguarda prudente en uno de los extremos del salón comedor,
preparada con tres servicios completos y bien dispuesta con un mantel
incólume de contorno bordado y sobre él una botella de vino de Oporto
abierta por desconocida anticipación. Un hilo de voz se ahoga a través de
la tela desprendida sobre los tenues labios pintados.
«Evelyn».
Rotunda ante la falta de respuesta retira el pañuelo, en un gesto
iracundo e injusto, y un vehemente exabrupto sesga el ambiente mientras
dirige su mirada turbia más allá de los muros que limitan la sala.
«¡¡EVELYN!!».
Una joven de nariz achatada, generosos orificios nasales y rasgos
mestizos e incaicos sobre una tez extendida y aplanada como una torta
aparece temblorosa e inquieta, mostrando un cuarto de cuerpo apenas por
debajo de sus pechos orondos, detrás de la encimera de mármol gris de la
cocina americana. Ataviada en aparatosa estética e indeseada ostentación
con uniforme y cofia azul celeste cuyo único fin no ha de responder a más
verdad que la de hacer fehaciente su servidumbre, parece limpiarse las
manos en la parte delantera del mandil que se descuelga desde un fino
cordel atado alrededor del cuello grueso antes de responder con plebeya
precipitación y voz meliflua a las exigencias del amo.
«Sí, señora».
Alberto contempla la escena eviscerado por una tristeza innata, incapaz
de sostener que el más inmisericorde de los demiurgos osara amparar
bajo ningún mandamiento el diezmo de la menta, del eneldo y del comino
al que con extremada laxitud se entrega su esposa sin hacerlo objeto de
confesión cada domingo. El dogma de un Dios Trino se le antoja
advenedizo y pueril ante el misterio insoslayable que le hace mantenerse
fiel al compromiso asumido hace más de veinticinco años cuando el amor
era aún un esqueje de esperanzas incumplidas. Tal vez la excusa infame de
los hijos. O la desidia, más que la costumbre, de aceptar una infelicidad al
menos vertebrada. El caso es que su matrimonio resultó ser como un dalit
en la India: intocable, y se le hace un mundo decidir si es más culpable el
verdugo que ejecuta o el soldado que sujeta la cabeza del condenado con
pasiva tibieza otorgando de esa forma justificación al acto atroz que va a
acontecer. Con el objetivo en mente de aferrarse al menos a una excusa
imperfecta alza la mano izquierda, leve y grácilmente arqueada, a imagen
de un Cristo Pantocrátor, en un guiño evidente que desea invitar al
silencio y a la reflexión, y al tiempo que se pone en pie exhausto de
sortear tanta acometida burguesa opta por el camino directo que suele ser
el más propicio.
«Evelyn, por favor, cuando puedas ve sirviendo el consomé. Parece
ser que, una vez más, sólo almorzaremos la señora y yo». Y arrastrando
las zapatillas sobre el piso de tarima flotante se acerca a una de las sillas
que permanecen inalterables arrimadas a la mesa y en un gesto tan amable
como involuntario la separa con tibieza para que tome asiento su esposa.
Se deja caer, aún lacrimosa y huraña, refregándose el fino pañuelo bajo la
nariz, y anclando la otra mano sobre el borde de la tabla y sumergiendo la
vista en el fondo del plato suplica, en un mohín de inhabituada
inseguridad, pero mediante un tono aleccionador que en absoluto renuncia
a la exigencia.
«¿Qué has insinuado con eso de que nuestro hijo no será tan inocente
ni tan casto?».
El marido eleva las cejas y deja vencer la comisura de los labios. Por
ventura para su sosiego no se le concede tiempo suficiente con el que
objetar una respuesta impostada aunque acorde al deseo improbable de
una madre absorta, pues poco antes de que Evelyn consagre la soledad
compartida sirviendo el caldo, un sonido metálico forcejea en la
cerradura de la puerta maciza de la entrada y un joven de rostro
blanquecino y ojeroso, embutido en una cazadora de cremallera azul
marino demasiado estrecha, irrumpe con urgencia en la estancia sin soltar
una sílaba.
«Buenas tardes». Alberto, que prefiere mantener su imagen de darle
igual ocho que ochenta, responde al vacío con una voz inocua y ecuánime
que suele ulcerar la voluntad de la mujer que está repantigada a su lado.
El chico parece hacer lo imposible para no darse por aludido y aun sin
mediar palabra se libera de la prenda de abrigo, la arroja casi con
desprecio sobre el sillón que recientemente ocupaba su padre, suelta
descuidado las llaves encima de la mesa de cristal, se acomoda en la silla
libre y se sirve una colmada copa de vino sin ofrecer idéntica oportunidad
a sus comensales.
«Está caliente». Espeta con el tacto de una piedra pómez rascándose la
nariz enrojecida nada más mojarse de Oporto la punta de la lengua.
Alberto, impasible y estoico, detiene su mirada en Evelyn, tan
habituada a aquellos desaires filiales, y que continúa sirviendo el consomé
como afectada del mismo mal que Beethoven, por la derecha según
ordena el protocolo, vertiendo la sopa en forma de un medido hilo fino
desde el cazo hasta la superficie del plato con un delicado giro de muñeca
e ignorando con similar pasión a la suya el gesto imperativo que su
esposa acaba de enviarle con el objetivo específico de comenzar una
indagatoria investigación acerca de las motivaciones ocultas que han
ocasionado el retraso de su hijo. Por toda contestación y sin esforzarse lo
más mínimo en fingir que no ha sido consciente del gesto del que su
mujer le ha hecho objeto agarra la cuchara investido de una pose regia, la
dirige hacia la boca con decoro exquisito y tras deglutir un ligero sorbo
obvia la más sutil referencia sobre algún aspecto ajeno a la comida.
«Ummm... Riquísimo, Evelyn». Para rogarle a continuación con un
inapreciable movimiento de dedo índice que, antes de retirarse, sirva un
poco de vino en su copa y en la de la señora, cuyas fosas nasales están a
punto de estallar igual que la chimenea atorada de una locomotora de
vapor. La contempla amarrar con abrasión la servilleta entre sus dedos
hasta que deja de fluir por ellos la sangre, y abrir y cerrar los labios como
un pez sacado del agua y a punto de expirar.
«¿Qué tal la mañana? Me comentó tu padre que saliste un poco antes
del trabajo».
Suele ser virtud común en los cobardes desviar el foco de atención
hacia aquellos de entre sus semejantes a quienes consideran aún más
débiles de espíritu y que por tanto no gozarán de la sobrada voluntad o el
obligado tesón para oponer resistencia ni a este ataque previo a traición ni
a las subsiguientes invectivas. Las palabras trastabilladas que siente
hacerse hueco y tomar oxígeno de manera incontrolable a través de su
laringe confirman a Alberto que la astucia guarda más parentesco con un
temperado silencio que con cualquier discurso, por parco e intrascendente
que sea, en particular cuando el diálogo ha sido sostenido con un ser de
manipuladoras intenciones, a imagen y semejanza de su mujer.
«Bu... bueno; así... sacado de contexto...».
«¿Sacado de contexto?». Porfía con una lengua abrasiva y apelando a
una mueca de disgusto de nula credibilidad más allá de la consecución de
una respuesta que le satisfaga. «Y encima acaba de decirme que ha leído en
el periódico que cada vez hay más gentuza robando por la zona». Remata
la faena a estoque, emulando frialdad con la risa taimada de un asesino a
sueldo. «¡Estaba preocupada!».
Alberto, moderadamente indignado ante la ausencia de plural
mayestático en la aseveración que le han invitado a escuchar, pospone su
defensa al constatar que su hijo, igual que un avezado jugador de mus,
evita la respuesta enlazando una pregunta.
«Mamá, ¿podrías definir gentuza con más detalle? ¿La hay de chaqué y
pajarita aparte de a la que sueles hacer refer...». Una melodía estruendosa
surge como por ensalmo de la cazadora recientemente abandonada sobre
la mesa de cristal cortando con aplomo la futurible discusión. El chico
dirige una mirada entregada a la prenda, parece reflexionar acerca de si
resultará o no oportuno contestar, y tras unos segundos se rasca la
mollera, se acerca a la cazadora y saca el móvil de última generación de
uno de los bolsillos. Comprueba el número reflejado en pantalla y tras
echar una ojeada prejuiciosa a sus padres se acopla el aparato al oído.
«Hola, ¿qué hay?».

«Acabo de llegar a casa».

«Por supuesto».

«Claro».

«No, no te preocupes, nos vemos entonces mañana por la noche».
...
«Ciaaaaaao».
Cuando inmersos en un exceso de inquietud se hace preciso completar
los espacios vacíos contenidos en medio de una conversación suele ser el
pesimismo quien conduce la mente hacia rutas de indigesto retorno, aun
estando ya revestido de bastante complejidad el comprender en sí mismo
aquello que en verdad se ha podido escuchar con todas sus letras. En
tortuoso camino directo al sufrimiento se hallaba Alberto cuando de
nuevo una voz distinta a la suya y mucho más audaz logra mantenerlo al
margen.
«¿Quién era? ¿Paqui?».
Su hijo es la tercera persona dentro de la sala que en menos de veinte
minutos espira como una parturienta. Se diría que se ha detenido a mirar
la hora en el móvil, lo guarda con aspereza en el bolsillo derecho del
pantalón granate, se acerca a la mesa a pasos rítmicos, toma la copa de
Oporto con el ademán de un prestidigitador que extrae un pañuelo de seda
de su chistera y acercándosela a los labios con parecido amaneramiento
apura el líquido de un sorbo.
«Me retiro a mis aposentos. Poca hambre tenía y menos me quedaron».
Y como instigado por la perentoria respiración de la mujer que le ha dado
a luz y por el ruego mudo del padre, quien lo observa solicitando el
indulto, deja escapar la última frase, con una complacencia que les invita a
la redención, antes de huir por el pasillo y perderse en su ominosa
oscuridad. «Era Paqui».
Mientras Alberto, repleto de difusos pesares que se niega a compartir
con su esposa a fin de evitarle una nueva tragedia, sigue sorbiendo el
consomé un presupuesto repetido hasta el hartazgo, mas no por ello
concebido desde la realidad, se estrella contra sus tímpanos como las olas
que pacientes consumen las rocas.
«La culpa es tuya». Hasta que de forma definitiva y visceral, en un
ataque de inconsciencia que supera incluso su habitual victimismo ve
sumergirse a su esposa en un abismo de impotencia. «Y te da igual que
nuestro hijo salga con una muchacha que se llama Paqui. Paqui. Con los
pelos de colores, unas pintas horrendas y encima... cajera».
El pensamiento de Alberto recaba momentáneamente en la impensable
opción de fabricar un azote de cuerdas con el que purificar de inmundicia
todo el adentro de la mujer dolorida a la que acepta, aun a su pesar, quizá
porque conoce de donde proceden sus manías, pero se reconoce impedido
para ejercer una violencia domada y opta por la avenencia liberando en su
fuero interno tan sólo una tardía y sardónica apetencia.
«Dios clemente, lo que hubiera dado por llamarme Paco».
12

Cuando las horas cercadas de oscuridad son percibidas como


demasiado largas y gélidas entre aquellos mortales de quehaceres
excesivos —aun si la mayor parte de ellos resultaron ser autoimpuestos—
suele ser la ocasión oportuna para quienes amparados por la costumbre o
la necesidad recurren a gestionar con más o menos prudencia delitos
contra la salud pública. Pumuki, uno de esos menesterosos de alma espesa
en cualquiera de las acepciones del término que se le desee otorgar,
retozando a su estilo desaseado sobre esta cuestión y dejándose atrapar
por un alarde cínico de reparación personal, abre la mano izquierda con la
palma hacia arriba y fija sus ojos azul transparente en el talego de hachís
que sostiene para guiarlos con escogida inmediatez hasta los contenedores
de bocas desmesuradas y dadas de sí que semejan vomitar bolsas de
basura y desperdicios agolpados como una repulsiva pirámide sobre la
acera pegajosa.
«Y será peor pa' la salud trapichear con esto a que los camiones del
ayuntamiento lleven casi una semana sin pasar por aquí a llevarse tanta
mierda».
Un par de ratas enormes que trastocan el silencio a base de chillidos
agudos y estridentes y hurgan con sus hocicos y dientes puntiagudos el
plástico de las bolsas desparramadas por el suelo parecen darle la razón
con afanosa determinación. Alzan el cuello y giran la cabeza
descompasadamente, olfateando la atmósfera nauseabunda y, como
conducidas al galope por sus patas menudas, se pierden de vista cuando
dos golpes secos y continuos, de las puertas de un coche que se cierran,
difuminan la chirriante voz de los roedores. El chaval de la pelambrera
alazán eleva la mirada, aterido por una destemplanza superior a la que
habría de sospecharse estando embuchado hasta las orejas dentro de su
zamarra gris, y contempla a un chico y a una chica de aspecto corriente y
aleatorio, muy dispersa y con los rostros extraviados, acercarse igual que
dos suricatos en estado de alerta a la esquina en la que está haciendo
guardia. Pumuki se reconoce poco avispado para advertir de improviso las
apetencias humanas, pero sin haber llegado siquiera a terminar secundaria
sabe con la claridad que otorga la urgencia la palabra mágica que abrirá la
gruta al dúo de alibabás.
«¿Costo?».
La pareja, que mantiene un compás errático, se mira cariacontecida,
rasgadas en sombra sus siluetas por la anodina luz de una farola que
pugna por mostrarse entre las hojas dentadas de un plátano de sombra. El
chico, fingiendo una seguridad cercana a lo irracional y a todas luces
incierta, regala un gesto cargado de boato cuando alza la barbilla y las
cejas hirsutas y se dirige a Pumuki como imbuido de una dignidad más
elata al tiempo que aprieta su mano derecha sobre la de su acompañante.
«¿Pelao?».
Pumuki no acierta a convenir si lo más idóneo para un futuro
halagüeño sería usurpar temporal y subrepticiamente una personalidad
ajena a la suya y que le repele hasta la náusea o confiar en el deseo
primario que ha impulsado a aquel curioso maridaje a atravesar la
invisible línea roja que separa la degradación del acomodamiento y
lanzarse a una insensata fusión que sus padres no aprobarían bajo ningún
telúrico concepto.
«Por pe empieza también». Decide con nulo convencimiento torciendo
la boca en una sonrisa mustia y cariada que invita más a la huida que a la
confianza. «Pero supongo que os importará más encontrar lo que buscáis
que a quien buscáis». Una risa espesa y gorgoteante como un eructo
desproporcionado se escapa de sus labios ante su filosófica disertación
otorgando aun mayor incertidumbre al semblante inexperto del chico
burgués que inspecciona con desatado agnosticismo las lívidas facciones
de la mujer que se aferra a él y que parece dispuesta a renunciar a lo que
debiera de ser su primer canuto.
Pumuki, gran estratega en las cuestiones referidas al arte del colegueo
y necesitado en extremo de guita fácil, toma derroteros más
condescendientes ante la previsible desbandada. Acoge el camino recto,
como un testigo de cargo dispuesto a abjurar de cualquier declaración
antes de ser ejecutado por la Mafia, y rebulléndose dentro de la pelliza
gris suelta el segundo órdago.
«Joder. Cinco euros, tío, de sobra pa' un par de porros».
Una sonrisa cómplice y de prometedora secuencia crece franca y
veloz, similar a una reproducción por esporas, en los labios otrora
indecisos de la joven, cuyo alivio invita a su pareja a acometer con inusual
vigor una inoportuna y descontextualizada intrusión sobre la calidad de la
labor que va a concederles unos minutos de entusiasmo pasajero.
«¿Pero es buena?».
Pumuki conoce de sobra aquel precepto legal del que ha sido víctima
en incontables ocasiones acerca de que la ignorancia de una norma no
exime de su cumplimiento, mas decide no objetivar a partes iguales toda
estulticia a fin de amarrarse al objetivo, aun cuando ello suponga
prescindir de la soberana honra personal, y deja pasar de oreja a oreja a
través de sus tímpanos circunstancialmente sellados la desacertada
aportación al diálogo encarcelando un exabrupto en el recinto oval donde
reside su sesera. «Ni que fuera caviar, cago en la puta».
«Oye, ¿que si es buena?». Itera con angustia irreflexiva.
«Lo normal, ¿qué quieres que te diga, tío? No es gena y no te va a dar
un pasmo si es lo que preguntas». La pareja intenta evitar el ridículo
omitiendo referencias a términos de incognoscible significado para sus
oídos vírgenes y Pumuki tan sólo ha de potenciar con escaso esfuerzo la
manifiesta ansiedad de la que hacen gala para desarmar la débil defensa
apostada en sus inclementes muros. «No tengo toa la noche, que por aquí
pasa la pasma cuando menos te lo hueles y con las pintas que lleváis
parecéis un traje fosforito pa' atraer a los maderos».
La tercera palabra lanzada con visos de ejercer un embrujo insalvable
es, tal vez, la que más efecto dominó produce en las ya de por sí endebles
almas de piernas temblonas que parecen desmoronarse ante la indecorosa
posibilidad de verse arrastradas a un calabozo inmundo del que sólo
podrían ser rescatadas como del infierno más infecto por una progenitora
providencia tan asombrada como punitiva.
«Vale, vale». Y mientras continúa enmascarado tras una mirada huidiza
el chico ensarta nervioso sus dedos estilizados dentro de uno de los
bolsillos delanteros de los tejanos, extrae un billete azulado plegado en
cuatro partes de perfecto equilibrio y se lo entrega a Pumuki con la avidez
de un vampiro apostado a la puerta de un centro de transfusión sanguínea.
«Toma, tus cinco euros».
El camello de poca monta tirita y siente que el escalofrío atraviesa
cada poro de su cuerpo desde la punta del pelo hasta el dedo gordo del pie
igual que un buen conductor de corriente eléctrica sacudido por un rayo.
Su rostro se ha tornado enfermizo, marcado de un color lechoso y
ribeteado por gruesas gotas de sudor que empastan su cabello canela
contra la sien y se aferran a la barbilla, resolutas, resistiendo al inevitable
despeño hacia unos confines repugnantes. Con la yema de los dedos índice
y pulgar de la mano derecha sujeta la bolsita con el talego de chocolate, lo
acerca a la palma extendida del chico fuera de onda y lo deja caer falto de
maldad, con la execrable convicción de que su conciencia está venciendo
el pulso sostenido contra la justificable necesidad más allá de la opción
tomada.
«Piraos antes de que me arrepienta, pringaos».
Y tras un mohín infantil de desquite, insidioso mas nada aguerrido que
se estrella en la frente perlada de Pumuki con absurda insolencia, el chico
aprieta contra sí a la joven de marchitos párpados y apagados gestos,
cierra el puño aferrado a una estéril felicidad color estiércol, y le da la
espalda, sin dedicarle una sola sílaba, como el secundario mudo y
desapacible de una cinta de Keaton e idéntica cara de palo, y ambos,
henchidos y burgueses, se pierden entre sombras negando la luz,
colmados y ausentes de todo y de nada, de igual modo que el vacío tan
sólo puede estar repleto de sí mismo.

Estirando la pelliza hacia el centro y alzando el desgastado cuello de


piel con unos dedos inflados por enrojecidos sabañones intenta cubrirse el
pecho y la garganta. Encoge los hombros hasta que su boca se oculta con
gravedad dentro del pañuelo palestino que le rodea la glotis y que, como
un filtro de inútil eficacia, deja pasar la grisácea cortina de vaho que
exhala con cada aliento entrecortado. Se siente desfallecer, pero con sus
renuentes fuerzas, aterido y casi incapaz de prender la mecha del
encendedor decide darle cabida a un pitillo. Tras la primera calada una tos
estentórea y tuberculosa surge desde las tripas, desde esas mismas
entrañas que se revuelven como un crótalo al contemplar la figura opaca
de reconocible contorno y que, flanqueada por otras dos de procedencia
desconocida, camina con paso presuroso a la esquina donde ha erigido su
minúsculo monumento al contrabando. Refulge con brillo destemplado, a
través de la densa penumbra e iluminado por la aburrida luz de las farolas,
un aparatoso colgante sobre su pecho imprudentemente descubierto,
bromea con sus nuevos secuaces, abriendo la boca en una caricatura
desmedida y haciendo resplandecer con idéntico brío al del collar un
premolar empastado de oro que ocupa el mismo espacio donde debiera
estar el diente que le arrancaron con una faca en una reyerta callejera por
ajuste de cuentas hace menos de dos años y que le hizo sangrar igual que a
un cochino en día de matanza. Pumuki estuvo allí, como inveterado testigo
de desgracias afines, viéndole retorcerse de dolor sobre la acera y
presionarse la mandíbula con un pañuelo de un inicial color pajizo
anudado alrededor de la mano y que se tornó escarlata a marchas forzadas
mientras increpaba a Johnny con irreconocibles maldiciones. De
inmediato, sin reparar en excelsas pretensiones de conspicua amistad,
también se convirtió en uno de los dos colegas que, obviando tanto
posibles represalias del auditorio como el recién estrenado tapizado de los
asientos de su Talbot Horizon, lo cargó en hombros a fuerza de trompadas
y lo obligó a alojarse en la parte trasera del coche haciendo oídos sordos
a sus gritos desordenados y ladinas amenazas. Tras pasar de urgencia por
quirófano obtuvo sin el más mínimo mérito personal de su parte una
reconstrucción parcial de las encías, varios puntos de sutura y un grotesco
siseo de por vida cada vez que sus labios se negaban a permanecer
lacrados. Pero el pasado suele travestirse en ramera sin rubor y Pumuki
conoce, con la tendenciosa precisión de un agorero, la marcada diferencia
entre el amigo y el colega y que supone un abismo imposible de franquear
ni con la ayuda gratuita de Caronte —aunque en realidad fuera la imagen
hormonada de Rambo más que la del barquero del Hades la que acudiera
ligera y espontánea a su mente de triviales recursos—: ante determinadas
circunstancias que requieren una compostura encomiable el amigo olvida
lo malo, el colega lo bueno. La que se presenta es una de esas
circunstancias y El Pelao no es su amigo; lo confirman de inmediato su
mirada recia y escéptica, despojada de cualquier atisbo de
comprometedora debilidad, y su tono árido, como un mediodía plomizo
de agosto.
«¿Qué pasa, colgao?».
«Tú dirás, colega». La verdad endémica y odiosa que le advierte de
estar pisando terreno fangoso surge diáfana de sus labios resecos
eternamente contenida en las tres sílabas de la última palabra. Pumuki, que
aferra con ambas manos las piedras de costo dentro de sus bolsillos,
escupe el cigarrillo y en un conato de violencia lo despanchurra contra el
pavimento con la puntera de una de las botas militares que calza.
El Pelao se rasca el ojo izquierdo, con la primera articulación de la
falange media del dedo y con tal fruición que pareciera su deseo
incrustárselo dentro del habitáculo donde debiera existir el cerebro.
Dirige una mirada tópica de gánster, como necesario preámbulo a una
enseñanza rabínica, a los dos novatos barbilampiños y con greñas en
gozosa libertad de expresión que lo secundan a izquierda y derecha, les
obsequia con una mueca extravagante de boca torcida cargada de sorna y,
exento de circunloquios, vuelca sobre el ser enfermizo instalado en la
esquina toda su hostilidad.
«Las malas lenguas, que dicen que andabas pasando otra vez por el
barrio».
«Si son tan malas ¿pa' qué les haces caso?». Pumuki intenta sostener
una lucha descompensada con el destino que, a pesar de su lengua ávida,
jamás le ha lamido las heridas a imagen de un perrito faldero de fácil
dominio.
«A veces las malas lenguas son las mejores». La risotada excesiva del
Pelao le retumba en la cabeza de manera insoportable y estúpida, por
encima del interesado apoyo logístico que le otorgan las carcajadas
indisimuladamente forzadas de quienes lo acompañan, voraces de un
poder despótico al que se consideran tan merecedores como la mosca lo
es del excremento. «Estaba dando un bicheo con estos dos subnormales»,
la risa se ha quedado congelada en el rostro mustio de sus incondicionales
adeptos que no muestran el más leve signo de desaprobación, «y te hemos
visto ejerciendo de díler como de estrangis».
«¿Qué mierda dices? Sabes que lo he dejao; paso de volver al trullo,
sobre toó ahora». Su cuerpo insano no ceja de producir agarrotados
tiritones y de sudar copiosamente. Incluso siente cómo se reblandece
alguna de las chinas bajo la palma húmeda de su mano izquierda.
«Me han dicho que la puta gorda de la Ramona es con la que te
entiendes».
Escaso ya de fuerzas y con inenarrables dosis de desasosiego, Pumuki
bordea el filo del abismo en una medida presuposición de que, a fin de
mantener intachable su posición de privilegio frente a sus compinches,
más le iba a convenir al Pelao hacerse el longuis ante su presencia que
levantar la perdiz.
«¿Quién te lo ha largao, tu amigo el Johnny?».
Una especie de surtidor, como un relincho de ácido sulfúrico, hace su
aparición bajo los orificios nasales del interpelado. Parece reflexionar
desde lo profundo, mientras observa la expresión tarda y despistada de los
dos acólitos que parecen caídos a plomo del espacio exterior; duda y
finalmente introduce la mano en su pantalón grasiento y extrae una navaja
cerrada del bolsillo ante la estupefacta visión de Pumuki que empieza a
temerse un final tortuoso.
«¿Te gusta mi chori? Automática, con un sólo clic asoma una hoja de
diez centímetros pa' destripar al más plantao». Pero el Pelao no la abre. Ni
intento hace, y al tiempo que le endilga su voz gutural y siseante, vuelve a
hacer desaparecer el arma en el interior de sus mugrientas calzas de pana.
Estira los labios gruesos simulando de manera inconsciente la cara de un
orangután y acercando el rostro a Pumuki hasta que puede hacerle tragar
su aliento fétido le golpea chulesco con los dedos índice y anular en la
solapa de la pelliza. «Tienes suerte, tronco, de ser un matao, y con tan
malas pintas que pareces hasta enmonao, pero mi chori y yo no olvidamos
y como me estés changando no te salva de ésta ni Dios que baje del cielo».
Y tras un vistazo soslayado y saciado de suficiencia a los Zipi y Zape
abyectos que le sirven como perritos falderos, flexiona en forma de ele su
reseco brazo izquierdo, eleva el dedo índice y haciéndolo rotar sobre sí
mismo indica con un gesto displicente, extraído sin duda del último
bodrio de película de estupas, que es la hora oportuna de largarse.
«Agua».
El chico de la zamarra gris no contesta. Con los ojos vítreos y el iris
casi perdido detrás de la córnea bastante tiene con lograr mantenerse
erguido y no desplomarse como un fusilado sobre la acera fría, húmeda y
salpicada por la exánime luz de las farolas. Herido por un tic mórbido
Pumuki persigue con un parco movimiento de cabeza a la sórdida tríada
de figuras desgarbadas que le acaban de dar la espalda y, henchidas y
vulgares, se pierden entre las sombras; saca la mano derecha del bolsillo,
los dedos escarchados y trémulos, la abre envestido de una delicadeza
impropia y dirige la vista cérea hacia las cuatro pastillas de metadona que
lo invitan al desahogo desde la palma expedita.
«Joder, cago en la puta».
13

Pero ¿qué leches dice esta tipa ahora? No sé quién está más soplado, si
la panda de yonquis o la Cristi, jeje. Que por qué motivo estamos aquí
suelta la colega, pues por obligación, no te jode, como para venir aquí por
gusto, habría que ser gilipollas por partida doble. Empezamos bien el puto
taller de adaptación, con estas preguntitas de mierda no se adapta ni un
camaleón. ¿Eh? El Ivan Drago levanta la mano; como si no supiéramos de
sobra que está aquí para no tirarse más tiempo en la cárcel. «Bueno, como
todos sabéis yo llegué a comunidad para salir de prisión», Carlos, te has
lucido, colega, buena aportación, «pero en poco más de un mes que llevo
voy viendo poco a poco con la ayuda del equipo que muchos de los
problemas que he tenido, especialmente en el taleg..., perdón, en la cárcel,
han pasado por no saber controlarme». Blablablabla. «La semana pasada,
cuando hablabas del cambio de conducta y a la hora de afrontar los
conflictos me sentí identificado», la leche, si el colega parece que ha
estudiado en Oxford con tanta palabreja y tanta parafernalia, cualquiera
diría que ayer mismo estaba en el patio soltando burradas del equipo por
esa boca recién lavadita con jabón. Aquí no se puede fiar uno ni del más
tonto. Bueno, ya puestos voy a seguir yo con esta subespecie de falsedad
instrumental; espero que mire y así con cara de perro apaleado levanto la
mano como si me fuera la vida en ello... «A ver... ¿Alguno más quiere
compartir», eheh, yuhuuuu, Cristina, que tengo la mano levantada «lo que
siente con el resto de compañeros?», joder, que pasa de largo. «Creo que
has levantado la mano, ¿no, Raú». Hostias, pero esta tía es tonta, «í, sí...
Crist» y se cuela el colega; luego mucho dar la brasa con que hay que
guardar el turno de palabra. «Bueno, la verdad es que estoy aquí por mi
novia y por mis padres; están hartos y me han dicho que no me dan más
oportunidades», yo tampoco te la daría, no te jode, por lerdo... es que me
enciendo. «Bien, Raúl, muchas gracias por tu aportación», sí, ha sido la
caña, sólo falta el listo de turno lanzando el lema ese de la paciencia, el
valor y la sabiduría ante los defectos de uno que está colgado en todos
estos sitios como alma máter. Y la mano se me cansa. Claro que aquí
tienen ese otro cartel: Algo no empieza a ser posible porq «Pepe». Joder,
pero si está a mi lado, me ha visto, fijo. «Sé que parece que lo digo por
quedar bie», coño, Pepe, que pareces Judas, cállate que yo estaba antes,
intentaré ser lo más aséptico posible «Cristina, ¿no ves que tengo la mano
levantada hace un rato?», ummm, pues creo que lo de lo aséptico me ha
debido de salir regular, no hay más que mirar la cara de póquer del
rebaño y de Cristina y Víctor; ella con los brazos en jarra como mi madre
cuando me esperaba de madrugada hasta las tantas, y Víctor que parece no
saber dónde meter la cabeza, casi envidiando a un avestruz. Y el codazo
que me acaba de endosar Pepe ha sido estratosférico, para tumbarme de la
silla. Sí, colega, ¿qué quieres que te diga? no me mires así que había
levantado la mano antes que tú y que Raúl. La dire pone buena cara, pero
parece que se está pensando qué frase lapidaria soltarme; vaya silencio,
leche, qué mal rollo, se me está haciendo eterno y no habrá pasado ni
medio minuto. Se calla, ¿le pasa el marrón a Víctor? Parece ser que sí, al
fin y al cabo él es el educad... «Perdona, Cristina, un momento por favor»,
joder, ya te digo. «Diego, ¿te sientes mal por algo?». Esta sutileza me toca
los huevos. No me jodas, Víctor, ¿tú que crees? «Sólo decía que había
levantado la mano antes», lo que no aprecio del todo es el cómo lo decía,
claro. «Puede ser», ¿cómo que puede ser, tío? ¿Tampoco lo has visto?
Vamos a tener que llamar a un oculista, como que hay Dios «pero ¿tanta
importancia tiene? ¿No puedes esperar?», hombre, así visto, puedo
esperar «lo mismo que él, ¿no?». ¿Se me ha escapado? Sí, y de malas
formas, por mucho que resople y me meta ahora la lengua en el culo tarde
voy. Rapapalvo y medida en la Asamblea, mierda puta, y que ahora todo se
quede aq... «¿Así lo ves, Diego? ¿No hay más alternativas?». Ehh...
Momento álgido. Putas alternativas, ¡pues claro que siempre puede haber
alternativas, no te jode!, «¿Puedes compartir con nosotros alguna de esas
alternativas?». ¿Que me lees la mente, Víctor? Y toda la peña mirándome
como si fuera gilipollas... Algo no empieza a ser posible porque se
consigue muchas veces, ya es posible la primera vez, joder, con la de veces
que lo he leído. Algo no empieza a ser posible porque se consigue muchas
veces, ya es posible la primera vez. «Dieg» Algo no empieza a ser posible
porque se consig «¿estás bi» ue muchas veces, ya es posible la primera vez.
«¿Quieres compartir algo?». Algo no empieza a ser posible ¿será posible?
Joder, lo siento, coño, «lo siento». «¿Puedes hablar un poco más fuerte?
No se te ha oído», vaya, Cristina, a parte de un oculista necesitas un
otorrino. «Que se me ha ido la olla porque me habéis saltado». Ea, ahora
sí que me siento como un gilipollas. No, Víctor, ni me sonrías ni afirmes
con la cabeza que me cabreas más. ¿Y ahora qué pasa? Leches, han
empezado a aplaudir. Pepe el primero, y Cristina, y Víctor, y hasta Carlos,
aunque éste, por la cara de circunstancias que está poniendo, juraría que
más bien para no desentonar con el resto. Me estoy acalorando, uf; ya
vale, y ahora todos como una orquesta sinfónica... Por fin, silencio. Este
me gusta más que el sepulcral de antes. Cristina, joder, deja de mirarme
fijamente que así no hay quien se centre. «Perdona, Pepe, ahora terminas
tú de hablar si no te importa». ¿Y eso? Deja al chaval que se exprese. «¿Y
tú por qué viniste, Diego?». Ahí la llevas, con esa sonrisita y esos dientes
blancos, como quien no ha roto un plato en la vida. Que por qué vine, dice.
¿Y por qué no te cabreas, Pepe, al haberte quitado la palabra y me echas un
cable? Eso, mírame, como si no fuera contigo. ¿Y también te sonríes,
cabrón? «Han pasado poco más de dos semanas, seguro que te lo sabes de
memoria», tú sigue hurgando en la herida, jefa. «Me largaba al día
siguiente», joder con los ataques de sinceridad, si parece que me han
pinchado un suero de la verdad. «Parecido a lo que contaba el compañero
Raúl; para que mis padres me dejaran en paz». «Bueno, y supongo que no
te marchas para que te sigan dejando en paz, ¿no?». Ni puta idea, no tengo
ni puta idea de por qué no me piro, pero claro, eso seguro que ya lo sabes,
y con mi cara de no saber qué decir más cristalino que te queda. Al menos
parece que abandona por el momento el ring para ceder el testigo a mi
colega de habitación. «Pepe, ¿quieres continuar, por favor?». Que no, con
la cabeza. Y la Cristi insiste, joder, si es que es un plomo. «Vine a
Comunidad por voluntad propia; las cosas se me habían ido hace tiempo
de las manos y necesitaba ayuda». No jodas, si va a ser uno de esos
gilipollas que decía antes, «venga ya, Pepe», joder, volví a soltar una de
las mías; lo que hace la confianza. ¿Pero de qué va el colega? Si me dijiste
nada más llegar que el primer día también estuviste a punto de pirarte,
leche. Y otra vez las miraditas de la panda de tirados, como si fuera yo el
único que lo he pensado. Claro... que soy el único que aparte de pensarlo
lo ha largado. Hasta taquicardias me están entrando, y esos sudores de
mierda cuando no hace ni pizca de calor. «Pepe, ¿puedes comentar al
grupo cuánto tiempo has tenido que esperar para conseguir plaza en una
comunidad terapéutica?». ¿Tiempo? ¿Para una plaza? ¿Pero tanta peña está
deseando encadenarse a un sitio como este? «Creo que más de cuatro
meses si no recuerdo mal». Cuatro meses... Hostias, pero eso es una
burrada. ¿Y todo ese tiempo esperando? ¿Y sin ponerte? No puede ser. Yo
estoy hasta los huevos y casi me han tirado aquí dentro, si tuviera que
esperar cuatro meses iba a venir a comunidad su puta mad «¿Y no te
hartaste de esperar, Pepe?». No te jode, Cristina, pues claro que se hartaría,
y se seguiría metiendo en vena hasta cemento. «Sí, lo pasé mal, fatal... y mi
familia, mi mujer, el nene». Tío, que me vas a hacer llorar, joder. Mierda
puta... Cuatro meses. «Y después de tanto tiempo, ¿por qué no decidiste
abandonar cuando te dijeron que había plaza?». Eso digo yo, tu familia
siempre va a estar, colega, por muchas historias que te cuenten... Vamos,
que nunca han reculado si le pides ayu «porque quiero cambiar. Necesito
cambiar. No sé... ser mejor persona. Por primera vez». Algo no empieza a
ser posible porque se consigue muchas veces, ya es posible la primera vez.
La primera vez... Y el lemita colgado en la pared de enfrente dando por
culo. Como si fuera fácil tener fuerza de voluntad para esa primera vez,
no te jode. Vaya huevos, Pepe. «Que no me odien mis hijos cuando sean
mayores». Algo no empieza a ser posible porque se consigue muchas veces,
«y que se sientan orgullosos de su padre en lugar de renegar de él» ya es
posible la primera vez «como he hecho yo». Papá. Calzonazos. Vaina.
Debería odiarte y guardarte eterno rencor por dejarme aquí, y no oponerte
a mamá... ¿Me odias, papá? «Gracias por compartir algo tan personal,
Pepe». ¿Y de ahí dentro sacas la voluntad? Joder... ¿te sentirás orgulloso de
mí? ¿Cuando salga de aquí? Víctor sí que parece satisfecho de lo que le ha
salido por la boca a Pepe. ¡Y este cabrón lleva aquí menos de tres meses! Y
con ganas de pirarse a la primera de cambio. «Mirad», aguanto, por mi
padre, por ti papá, por primera vez, aunque me queme la sangre y mamá
me importe una cagada con su remilgada vida de mierda «hay dos tipos de
motivaciones fundamentales a la hora de actuar y tomar decisiones. Las
motivaciones endógenas y las exógenas»; lo voy a hacer posible «las
endógenas son fruto del propio deseo personal, las exógenas dependen de
factores externos a la propia persona y no tienen por que llevar al cambio
real», leche, ¿no? «Lo normal es entrar en una comunidad por este tipo de
factores: por los padres, para no darle un disgusto a su novia, para
recuperarse durante un tiempo...», evidente, no te jode, menos Pepe que es
un yonqui raro «y lo que tenéis que buscar a raíz de esta obligación
impuesta, de estas causas externas, son vuestras propias motivaciones
personales», ¿qué motivaciones personales ni que hostias? Me gusta la
coca y tampoco me ha ido demasiado mal, joder, «tan sencillo como lo
que ha dicho Pepe: quiero cambiar. Necesito ser mejor persona». No
necesito una mierda, y ni sé qué coño hago escuchando memeces
psicológicas. «Sin convencimiento personal la voluntad no sirve». Por
huevos. Y punto.
14

Las brillantes lámparas fluorescentes irradian sus haces de pálida luz


tornasolada desde la parte inferior del techo hasta el asfalto plomizo y,
acompañados por los focos de neón que conforman símbolos blancos y
ambarinos sobre los laterales azabaches de la cubierta, extraen
lúgubremente la estación de servicio de la oscuridad y del vacío desértico
que la embarga otorgándole el aspecto luminoso de una nave espacial que
acabara de posarse en mitad de la nada. Apostados entre las sólidas vigas
verticales los surtidores desafían al tiempo ofreciendo dóciles sus pistolas
dispensadoras de combustible que reposan estáticas como a la espera
furtiva de un duelo a punto de producirse. Un Mazda color gris marengo
le ha servido de oportuno antagonista hace escasos minutos. En la zona
posterior de la gasolinera y tras un frontal de amplias cristaleras
fabricadas con vidrios blindados pueden observarse sin excesiva dificultad
numerosas estanterías repletas de productos de diversa tonalidad y
engorrosa apreciación que transforman el establecimiento en un
minúsculo arco iris de colores difusos. En el mismo ángulo de la puerta
acristalada de entrada, al fondo y colocadas con arbitrariedad sobre un
revistero de tres hileras, varias publicaciones y diarios de prensa ocultan
involuntariamente sus portadas —algunas del todo procaces— detrás de
un señor de mediana edad, generosa calvicie y vientre turgente que acaba
de entregar su carné y su tarjeta de crédito al empleado de uniforme
mortecino responsable de atender los cobros en el mostrador. El
compañero de faena, un varón más entrado en años y con cara de sentirse
atado a una tarde espantosa, está sentado delante de los escaparates, encima
de un arcón rojo de baja altura cuyo anagrama impreso en el panel frontal
predice que en su interior contiene bolsas de hielo. Masca chicle con asco,
mientras su boca seca y entreabierta suspira de manera intermitente como
la de un asmático, y marcado por la desgana que se desprende de su rostro
y con ambas manos embutidas en un mono de idéntica textura a la del
joven del mostrador, aunque bastante más ajado y relleno de ropa, se
encoge de hombros con un mohín temblón y se acerca al utilitario que
acaba de presentarse como una fantasmagórica aparición salida de
ultratumba y que estaciona ronco y asfixiado delante de un depósito de
diesel.
El chico acomodado en el asiento del conductor del Audi A3 que se
halla estacionado sobre un terrizo, con los faros apagados y placas de
metal lacado cubriendo las matrículas, a unos veinte metros de distancia
del área de repostaje de la autovía mira las banderas que cuelgan sin vida
de los mástiles en el lateral más cercano a la pista de entrada a la
gasolinera. Con el antebrazo diestro se limpia la frente perlada de un
sudor acuoso y tras verter entre sus labios un suspiro herrumbroso
observa por el retrovisor, sin realizar el más nimio movimiento de
cabeza, al par de socios que, inquietos y mal arrellanados en la parte
trasera del vehículo como dos administrativos aquejados de hemorroides,
toman aire con tan ausente moderación que podrían reventársele las
entrañas tras recibir de improviso tal cantidad de oxígeno. El que se
encuentra a la izquierda, de espigada complexión, más delgado que un
insecto palo y que, delatado por el estrés, se muestra aún más descentrado
que el resto de la plantilla, amartilla con dedos inexpertos una Browning
GP-35 de desoladora factura que parece dispuesta a encasquillarse a la
primera oportunidad que se le presente. El cuerpo del tipo situado en la
parte opuesta del asiento de atrás es, podría decirse que por
compensación, notoriamente más atlético y macizo que el que juguetea
con la pistola y no le cabría otra opción a cualquier espectador avezado
que acogerse a la evidente duda respecto a lo propicio de que sea el
enclenque, y no el chico con pinta de culturista, quien porte el arma. Los
dos ocupantes a los que ojea de manera consecutiva a través del espejo
frontal cubren sus facciones bajo gruesos pasamontañas de lana que dejan
entrever apenas unas pupilas nerviosas y dilatadas.
«Capullo, y tú ¿pa' cuándo piensas ponerte la capucha?». Espeta con
saña el dueño de la Browning como habría de corresponder a quien ejerce
las funciones ínclitas de jefe de grupo; y echando un vistazo compulsivo a
la gasolinera improvisa la táctica inmediata con nulo sentido y rigor
estratégico. «Cuando el abuelo se monte en el C5 y se largue, vamos al
lío».
El conductor del Audi vuelve a resoplar, a cada segundo menos
convencido de la empresa bellaca que están a punto de acometer y
sintiendo su deseo de huida una iniciativa tan estéril como los mástiles que
acaba de contemplar. Se atusa el pelo con fruición, rascándose el cuero
cabelludo con las uñas de los dedos, gira entonces el rostro hacia el
asiento de su derecha y recogiendo gélidamente el pasamontañas a
inaugurar y que parece esperar su momento de gloria se lo introduce
ansioso por la cabeza y tira de él, raspando a su paso las orejas de
soplillo, hasta que logra ajustárselo a la parte inferior del cuello. «Me
asfixio, joder». Razona negando la posibilidad de compartir su angustiada
percepción.
«Y pásame la talega».
El chico se inclina hacia la parte baja de las alfombrillas del copiloto,
aún con la mano izquierda aferrada al volante y la mirada perdida en la
cúpula celeste abarrotada de estrellas, y palpa a ciegas, con esa peculiar
desidia que dispensa la inseguridad, y cuando siente bajo sus dedos el
rugoso material, agarra la bolsa con fiereza impostada y, tirando de ella
hacia arriba, la lanza detrás, sin tacto ni mimo, entre medio de los dos
asientos delanteros, para estamparla sobre el rostro impertérrito del
individuo inflado de testosterona reconvertido en atracador de mala
muerte. Antes de gozar del tiempo suficiente para deletrear siquiera un
punto de la i, un puño del tamaño de un Panther y la fuerza de un martillo
pilón se apoya en su hombro derecho y, apretando el músculo trapecio
con similar esfuerzo de quien rompe una patata frita, le entumece el brazo
desde el punto de presión hasta la punta del dedo corazón.
«Gracioso el chaval». Y levanta con pavorosa inmediatez el bate de
béisbol de aluminio que sujeta con la mano derecha para dejarlo caer en
repetidas y cadentes ocasiones sobre la palma abierta de la izquierda, la
cual reposa quedamente sobre su muslo de avestruz. «A la próxima te
endiño con esto».
El interlocutor, que quisiera no haber llevado vela en este entierro,
opina no obstante en un nuevo juicio de inviable compartición que si se
viera en la irrenunciable obligación de recibir una tunda de palos lo más
probable es que eligiera para ser beneficiario de tan encomiable labor el
bate hueco y metálico en lugar de uno de los brazos con potencia de
cincuenta megatones que salen del tronco de roble del aprendiz de Tartalo.
En el preciso momento en que se hallaba ya bien dispuesto para emitir una
disculpa nada sentida con el único fin de evitar mayores perjuicios el
ruido de un motor lo saca de la abstracción a velocidad de crucero. El
Mazda acaba de prender los faros y como un coche fúnebre abandona la
estación de servicio, a un ritmo flemático, ajeno y marcado por el
desconocimiento absoluto ante el futuro inminente. Enfoca el conductor de
manera mecánica sus ojos rendidos hacia el retrovisor, como un recluta a
la espera de una orden insensata que de no ser cumplida lo conducirá de
cabeza y con los ojos tapados frente a un pelotón de fusilamiento y de
llevarse a efecto no hará del destino un asunto más prometedor, y el chico
de delgadez sifilítica que hace apenas dos minutos ha logrado con sufrido
entusiasmo montar la automática le evita el dilema moral con un agudo
silbido y una abrupta señal al tiempo que dirige una mirada lacónica a la
gasolinera.
«Enciende las luces y en marcha, colega. Y ni se te ocurra asomar la
cabeza».
El chico, que siente empapársele la frente y el alma por debajo del
pasamontañas hasta helarle la sangre y las tripas, obedece, con la pulcritud
exquisita y terrible del robot de cocina programado para guisar unas
lentejas, rígido como una estaca gira el volante y, tras comprobar que no
se acerca ningún vehículo, se incorpora con el coche a la calzada. Una voz
gruesa, que no parece formar parte del ser humano consumido que la
emite, lo conmina a proceder de una manera más ágil con una expresión
nada dúctil: «¡Acelera, gilipollas!», y en apenas diez segundos comienza el
espectáculo.
Desde su guarnecida posición de chófer de atraco, menos
comprometida con el peligro, y en encarnizada lucha por vencer su
resuelta tentación de expeler sobre el suelo enmoquetado todo lo
encerrado en el estómago, observa a la joven de gafas y aspecto
desenfadado, acoplada en el asiento del conductor del Fiat Punto que
acababa de aterrizar, quien aún hurgaba dentro de su bolso de piel cuando
el chirriante ruido de frenazos le hace levantar la cabeza ribeteada con
unos adorables tirabuzones dorados y volcar al unísono de un espasmo la
totalidad de su contenido tras lanzar hasta alturas inverosímiles lo que
parecían ser por orden de tamaño un sombreador, un lápiz de labios, unos
pañuelos de papel y unas llaves hermanadas por un arete. Percibe fijos y
espantados sus ojos, nada más ver aparecer por las puertas traseras del
coche, a ritmo de un vals de angustiosos compases, al compañero de la
triste figura empuñando la pistola de considerables dimensiones donde se
refractan insensibles los blancos focos fluorescentes y apuntar sin
miramientos al mozo que tenía la decidida intención de servirle
combustible, y por el otro extremo, a un armario ropero, encopetado con
un pasamontañas a todas luces mezquino para el tamaño de la testa, que
agarra entre sus manos recias un artilugio metálico y que, al tratar de
abandonar el automóvil, en un primer impulso ha incrustado los bordes
inabarcables de su cuerpo robusto al marco, como un caracol necio que
intenta salir de la concha, y se diría capaz de desprender el chasis de las
cuatro ruedas de aleación aferradas al pavimento de la gasolinera. Lo que
resulta evidente es que la chica arranca, en un gesto locuaz de solidaridad
habitual ante situaciones de riesgo, obviando el desaliño en el que acaba
de convertir de improviso el suelo de su automóvil y con una premura tal
que se escucha gemir el bombín con la estridencia de una manada de gatos
a los que se les ha pisado la cola.
Entre empujones mal avenidos, convulsos giros en la muñeca armada
y miradas nebulosas en derredor, el cabecilla insta al empleado de rictus
derruido a introducirse en la tienda mientras el que lo sigue con pasos de
hormigón abraza el palo de béisbol como un bateador dispuesto por
necesidad a conseguir un home run y golpea con saña descontrolada una
de las cristaleras de entrada que se niega a hacer visible el más mero daño
tras aquel poderoso impacto. «Tú, tío mierda, quédate quietecito ahí que
como te muevas te reviento los sesos», es lo primero que, desde su puesto
de guardia instalado frente al volante, escucha el conductor brotar de los
labios ocultos del pistolero antes de perderse en el interior.
Descontrolados el sístole y la diástole, renuentes a una obligada mesura y
bombeando sangre sobrada para reventar una docena de corazones
púberes. «Y tú, capullo, saca la mano de debajo del mostrador y ve
metiendo aquí el dinero». Sus oídos reconocen el sonido mecánico de una
caja registradora al abrirse, luego el manido crepitar en la manipulación
de billetes, «¡date prisa o mi colega te endiña en los dientes hasta que los
eches por el culo!», la cremallera de una bolsa imposible de determinar si
en el instante de apertura o de cierre, el motor de un coche no demasiado
lejos o quizá próximo en exceso, dos luces deslumbrantes que a través del
espejo retrovisor atoran la visión de sus ojos entornados y desertizan el
quebradizo tono crepuscular de sus pupilas, «¡¿qué coño haces, joder?!».
Los faros delanteros que pasan de largo como el parpadeo moribundo de
un búho en mitad de las tinieblas y dejan un rastro de rectangulares brillos
encarnados, una inmediata voz desconocida que parece cuadrar con la
actitud vehemente del tipo de cara compungida y harta. «Oye, tranquilo,
estamos currando, no nos busques...». «¡No te acerques, joder...!». El ruido
sordo de un forcejeo. «¡Tío, no me jodas!». Propio sudor insalvable, el
percutor de un arma, un segundo silencioso avocado a una eternidad
espantosa, y una detonación, perseguida veloz por dos alaridos nada
desdeñables, que rasgan su soledad infinita hasta convertirla en un
irrecuperable arrepentimiento cuando dirige su mirada acuosa hacia los
vidrios blindados y los encuentra tintados, de manera veraz e imprevista,
por una sustancia viscosa de espeso color granate y apariencia de un
grafiti de amapolas generado con un radiador géiser.
«¡Joder, joder!». El tipo de hechura estirada que abandona el
establecimiento soltando improperios ha perdido la Browning, y su
descoyuntada forma de caminar, a imagen de un pájaro bobo ebrio, no
parece concederle la necesaria disposición como para intentar remediar el
ceñudo problema ni mediante armisticio. Se sujeta con la muñeca
izquierda el otro brazo, de cuyo extremo cuelga fláccida la mano, y sólo
cuando el ogro de impasible musculatura que le sirve de protección lo
agarra como a un pelele para lanzarlo con igual remisión que dificultad al
interior del vehículo junto con el bate de aluminio se siente capaz de
emitir una voz cargada de esa autoridad impostora que otorga una
momentánea seguridad y de un determinado egotismo experto en sortear
el hecho fehaciente de que a su porteador aun le restan algunos segundos
para hacerle compañía dentro del automóvil. «¡Písale a fondo, tío,
písale!». Y tras envolver con una traslúcida cortina de humo de tubo de
escape al joven que sale apresuradamente de la tienda a voz en grito y con
las venas del cuello marcadas y vivas similares a gusanos verdes, se
marchan del lugar a un ritmo frenético, desbrozando de esperanza el
destino y auspiciando un presagio tan nítido y presuroso como el de
Ulises en las cuencas vacuas e inútiles de los ojos de Tiresias. «¡Mierda,
creo que se me ha roto la muñeca!».
Mientras toman la autovía y un silencio rácano se hace dueño del ansia
que parece anidar en sus mentes disolutas, casi al unísono e imbuidos por
una inaudible orden de irrevocable cumplimiento, los tres ocupantes del
Audi prescinden de los pasamontañas, se atusan con indescriptible tensión
el cabello prensado y el chico en indeseada condición de piloto, urgido
por la desazón común al ignorante, afronta la siguiente prueba con la
delicada precisión de una bomba de racimo.
«Pero, ¿qué... qué habéis hecho? ¿Qué coño ha pas...?».
«Y encima este imbécil. ¿Que qué hemos hecho, gilipollas?». Ofende
en la medida de sus disminuidas posibilidades el del brazo en cabestrillo.
«El puto retroceso, joder, se me ha echao encima el capullo ese de mierda.
¿Qué iba a hacer?». Deja caer el rostro, reposando el mentón por encima
del diafragma, y gira la cabeza a izquierda y derecha con las
descompasadas estereotipias de un autista. «¡Se me ha disparao!... Joder... Y
el puto retroceso». La mirada detenida sobre la mano desnuda y inerte, el
gesto contrito del acusado segundos antes de recibir cumplida sentencia, y
los ojos hinchados y enrojecidos como ensartados por un enjambre de
avispas. «Y el puto Harry el sucio disparando con una sola mano su jodío
pistolón de mierda».
Puede que la conciencia no exista, que sea mero análisis casuístico,
negación del paradigma, debilidad cultural o una conveniente herramienta
de control social cincelada por un pérfido usurpador de mentes; y que, de
modo similar, resultara del todo imposible contrariar a Dostoievski
cuando afirma la permisividad absoluta preeminente en un mundo sin
Dios. Sería probable mas, sea como fuere, lo cierto es que el conductor,
negado en virtud de su estado físico a cualquier elucubración ética
consciente, se siente de nuevo descomponer las tripas desde lo más íntimo
y un sudor frío le reseca los labios, las fosas nasales y cada mucosa de su
organismo. Le importa un pito si el inspector Callahan contaba con brazos
de aleación de titanio para amarrar su Magnum o si era hermano de leche
de Superman; su único afán, que le hace obviar como un sordo recién
estrenado los ecos coercitivos que lo increpan desde los asientos traseros,
es detener el vehículo en el arcén, conectar de manera instintiva las luces
de emergencia y, alumbrado subrepticiamente por sus intermitentes
ráfagas anaranjadas, doblar el espinazo igual que un herido de guerra al
que acaban de atravesarle de un balazo la columna vertebral y, tras apoyar
el antebrazo derecho sobre el capó, decorar la rueda delantera y aledaños
con un caldo grumoso, de amorfa consistencia y penetrante aroma
reventador de glándulas pituitarias. Un vómito excelso, portentoso que
envidiaría la niña de El exorcista.
De lo poco digno que acierta a escuchar entre los variopintos insultos
y amenazas que le endosan como a un Cireneo cuya cruz debieran cargar
otros es una conversación breve la cual, lejos de transformar lo
acontecido en vana futilidad, le dibuja una clarificadora sonrisa en mitad
del caos que, en cierta medida, le ayuda a mitigar su sentimiento de culpa.
«¿Y la bolsa?».
«¿La bolsa? ¿Qué bolsa?».
«¡Cago en la puta!».
15

Deducir que los menesterosos son, por alguna bienaventurada


providencia, personas excelentes, solidarias hasta extremos insensatos o
que incluso mean colonia sería igual de absurdo que definir a todos los
ricos como seres míseros y detestables aptos tan sólo para orinar veneno.
Los pobres, tocados a imagen del resto de mortales por esa humana
condición compuesta sin mérito ni propósito de infinitas flaquezas,
comparten ambos extremos: colonia y veneno, más un amplio espectro de
posibles cualidades intermedias. Lo justo, aquello que disculpar no son los
pobres sino su causa, porque a ellos, como personas de inherente
individualidad, en variadas ocasiones no hay por dónde salvarlos.

Hora y media pasada desde el supuesto y casi siempre incumplido


horario de cierre. Un bostezo continuo, los ojos enrojecidos, medio
cerrados por la fatiga y la cabeza pelona cargada de lacerantes pálpitos
que reflejan un dolor agudo desde la sien y los párpados hasta la zona alta
de las cervicales. Huele a rancio y el sonido ronco, roto y discontinuo del
calefactor acoplado bajo la mesa y cuyo minúsculo ventilador de aire se
muestra incapaz de caldear la estancia más allá de cinco centímetros en
línea recta colabora a que esa presión craneal con la fuerza motriz de una
locomotora no ceje de hacer estragos en su cerebelo ni con la ayuda de
una cabina de despresurización. Cuelga en mitad del techo, como una
araña muerta, un improductivo ventilador de seis aspas lacado en blanco,
y en una de las esquinas de la oficina, a la izquierda del bufete de madera
tras el que se halla demolido el chico de cansancio intestino, una estantería
metálica sirve de reposo a polvorientos archivadores colocados según el
orden de fecha manuscrita en sus ajados perfiles. Acaba de marcharse la
familia número veintisiete según revela la última anotación escrita hace
unos segundos en la agenda manoseada que acompaña sus cuitas desde el
primer miércoles de enero. Repiquetean acompasados los dedos de su
mano derecha sobre el tablero de la mesa justo al lado del ratón y su
mente divaga hasta pozos de profundidades insondables cuando posa la
mirada triste en la desgarradora base de datos que aparece a través de la
pantalla del ordenador y que continúa abierta por la ficha recién
actualizada. Pasea inicialmente la vista, sin detenerse en exceso previendo
la necesidad de ahuyentar a un lobo dispuesto a devorarle las tripas, por la
información general de sobras conocida: (Maya Moreno, Francisca)
(Conviven: suegra, matrimonio y tres hijos) (Edades: 13, 10, 6) (Ingresos:
RAI) (Fecha finalización prestación: 31/01), «dentro de un mes y medio.
De puta madre», para pasar a continuación con el alma ya repleta de
compulsiva angustia a los apuntes de hoy: (Necesita una semana dada de
alta para poder cobrar seis meses de ayuda), «con esos apellidos, la cara
renegrida y de esta zona te va a contratar el hombre del saco». Piensa,
entorna los ojos, se frota el mentón con los nudillos de la mano izquierda
y teclea con agilidad: (Hablar con Cáritas Diocesana por bolsa de empleo)
e insiste en sostener la impotencia releyendo las notas escritas apenas unos
minutos antes: (Las trabajadoras sociales no la ayudan por falta de fondos
municipales y estar cobrando una prestación), «claro, con cuatrocientos y
pico de euros van espléndidos. Hay que joderse». (La suegra y ella llevan
dos meses con tratamiento para la depresión. Piden ayuda para
medicamentos). Se está refregando la cara y el cuero cabelludo con las
manos extendidas cuando un rostro calé, afable y arado de arrugas
aparece tras la puerta de la oficina. Se reconocen casi con frívola
cotidianidad, pero la sonrisa exagerada de la señora, entre espontánea y
engañosa, le sigue resultando difícilmente interpretable.
«¿Qué tal, Manuela? Siéntate un momento, anda, que termino en un
segundo de ver esto e imprimir la ficha y te atiendo».
La mujer, de vetusta apariencia a pesar de sus exiguos cincuenta años,
es una abuela todoterreno, agraciada de igual modo que Francisca con una
paga ínfima a pesar de sus desgastadas manos, signo irrefutable de que
nunca ha sorteado el esfuerzo, y con hijos, nietos y nueras a cargo sin
pretenderlo ni planteamiento interno de que le fuera necesario buscar otra
opción más idónea cuando, tras una obligada rendición familiar al paro
sin derecho a desempleo, llamaron a la puerta de timbre mudo de su
vivienda social.
Manuela se vuelve hacia la entrada de la oficina con paso presto,
cruzando sobre su pecho un pastoso chal de punto negro a juego con el
resto de su enlutada indumentaria, echa el cerrojo con un impulso
descarado y se acomoda en la silla mientras él le devuelve una sonrisa
robótica, como la de cruzarse por un pasillo estrecho con alguien que se
cree conocer, y con ojos derrotados retoma la lectura de la información
que acaba de volcar en la ficha.
(Debe un año de piso y la subcontrata de la Junta le ha mandado carta
informándole de que si no cumple su compromiso de pago tramitarán
orden de desahucio), «con menores. Ni vosotros os lo creéis. No sabéis
hacer otra cosa que presionar aunque sepáis que no van a poder pagar».
(Se le entrega carta sellada para recoger los medicamentos en la Farmacia.
Visitar por las tardes). Abre la pestaña de imprimir y tras pinchar en el
icono que aparece sobre pantalla dos toques cortos y ahogados seguidos
por un zumbido mecánico confirman que la orden está pronta a cumplirse.
Agarra el folio con la punta de los dedos índice y pulgar, lo extrae del
tambor de la impresora y tras plegarlo metódicamente en dos partes
simétricas lo apoya sobre el tablero y con el bolígrafo azul que acaba de
sacar del portalápices escribe en la cara de arriba con trazos firmes los
nombres de los miembros del equipo que se pasarán por el domicilio:
Toñi y Marina. «Ellas tardarán poco, por muchas familias que
tengan para visitar», y recuerda las palabras mágicas, como polvo de
estrellas, a las que con escasa argumentación mas completa eficacia hacía
referencia Moisés, el antiguo párroco, y que tanto tenían que ver con la
actitud vital ante las necesidades ajenas: «si tienes que pedirle un favor a
alguien hazlo a aquellas personas que están metidas en infinidad de
historias, porque seguro que sacarán tiempo para ayudarte; si se lo pides a
quien no hace nada seguro que te encuentra una excusa para seguir
sentado». Coloca el papel doblado en la parte superior del montoncito de
fichas impresas a lo largo de la tarde y sujetas con un clip rojo de tamaño
familiar y se dirige, casi temeroso ante sus habituales demandas de
compleja resolución, a la persona que permanece apoltronada en la silla y
que observa con cara de pasmo el nefando calendario de publicidad de una
empresa de plaguicidas que está colgado frente a ella inclinado y
descolorido.
«Es feo, ¿eh?».
Manuela se troncha de la risa, volcando la cabeza hacia atrás y
rompiendo el aire con unas carcajadas secas y de un agudo chirriante.
Cuando retoma de nuevo la compostura se atusa el moño de cabello
blanquecino y entona una voz que conjuga a la perfección con lo
estentóreo de su anterior hilaridad.
«Los he visto peores en algún tallé mecánico». Y vuelve a reírse, esta
vez de forma más moderada.
El chico tampoco puede evitar una sonrisa socarrona. Apoya el codo
izquierdo sobre la mesa y se rasca la parte de detrás de la oreja.
«Muy amable. Dime, anda».
La mujer abre la boca con desmesura, toma oxígeno como un rapsoda
que fuera a recitar de corrido la Ilíada e introduciendo la mano aporretada
en uno de los bolsillos de su falda bruna saca un sobre apaisado y lo lanza
entre gimoteos sobre el teclado del ordenador.
«¡Ay, padre mío, que me cortan la lu! Aquí traigo la carta; pa' la
semana que viene... ¡y en Navidá que estamos! Sabéis que cuando vengo es
porque ya no pueo ma».
Esta última frase, entrañable y amasadora de conciencias donde las
haya, es la concluyente en el ochenta por ciento de la dialéctica perpetrada
por cada una de las familias, de rostros más o menos calés, más o menos
afables, más o menos arados de arrugas que lo interpelan cada semana.
Manuela, mujer más de discursos que de diatribas, observa de hito, espera
un algo, con esa sonrisa no se sabe si cínica o natural.
«Seguís igual, ¿no? ¿Cómo os apañáis? ¿Hace mucho que no vais a las
asistentas?». Javier, trabajador social de carrera, desistió años atrás en su
empeño de explicar y llamar a las cosas por su nombre ante determinados
imponderables. A cada oportunidad que se le presenta realiza varios
intentos: «Asistentas no, trabajadoras, trabajadoras sociales». Fallidos casi
siempre: «¿Mande?». Total, que, alzando un poco la voz, reitera el
concepto a partir del mismo término erróneo cuando la mujer, amusgando
sus ojos diminutos y con un movimiento de cuello poco natural, acerca la
oreja por encima del tablero de la mesa.
«Que si hace mucho que no vais a las asistentas».
«Tengo cita, pero es que me la han dao pa' mitá de febrero, ¡como hay
tanta gente! Y aluego dicen que no t'ayudan porque no tien dinero. Ties que
ir sucia y desarrapá».
Sea por cinismo o por naturalidad, Manuela se muestra triste de
verdad, sin comprender lo de la suciedad, dando por hecho con una falta
de criterio categórico que ella va impoluta.
Tampoco Javier entiende mucho, aunque su pensamiento se detenga en
otras cuestiones más sencillas de objetivar. Debe de estar espeso, como se
le hace la conciencia. Sin dejar de contemplar el rostro contrito de la
mujer encogida enfrente suya recapitula. Un par de semanas antes,
trasteando con un propósito concreto por la web, encontró que el
ayuntamiento había destinado en estas fechas de entrañable generosidad
cuarenta mil euros más de presupuesto para la instalación del alumbrado
navideño contando tal evento con una cantidad nimia de bombillas que
superaban el millón de unidades. Ya entonces, la noticia le supo a mierda,
fiel conocedor de que, como desequilibrada contraparte, cada semana se
agolpan delante de la oficina de Cáritas, como cadáveres esperando
tardíamente su cartilla de racionamiento, decenas de familias a las que se
les agota el plazo para pagar el recibo de la luz o a las que ya decidieron
cortarle el suministro. Sabe también sin asomo de duda que buena parte de
estas gentes, de marginalidad no elegida y habitantes forzosos de
barriadas periféricas, vienen derivadas de los servicios sociales
municipales, los cuales pregonan a toque de trompeta que no tienen
presupuesto —el para esto, lo olvidan con una desmemoria selectiva que
insulta—. En un atisbo de sarcástica deducción razona que, en lugar de a
Cáritas Parroquial, cuyos ingresos provenientes de donaciones
particulares son infinitamente menores que los del consistorio, las
asistentas deberían derivar a dichas familias al Bulevar; debajo de la
ingente proporción de bombillas aglomeradas por metro cuadrado se ve
de puta madre.
Javier mira a Manuela, con ternura, y cuando ya se le está cayendo a
trocitos el alma a los pies surge de la boca femenina que le está regalando
a espuertas un mohín desangelado la frase lapidaria de esos pobres de
indignidad espontánea que nada oculta aunque debiera, de esos pobres de
causas justas y lógicas, por encima de sus actitudes y decisiones
indescifrables.
«Y es que el poco dinero que tengo lo estoy ahorrando pa' la
nochegüena».
El chico no puede contener un gesto risueño, y un movimiento
involuntario de muñecas deja las palmas de sus manos mirando al techo de
la sala e invitando a la mujer a hacerse consciente de la confusión racional
que atraviesa sus sentidos. Sonríe con sorna. Manuela también, en un
inoportuno acto reflejo de indeseada complicidad.
«¿Y eso? ¿Prefieres que te corten la luz ahora y cenar bien dentro de
dos semanas?».
La abuela precoz se encoge de hombros, sin lograr hallar la relación
causa-efecto entre ambas preguntas, y aunque Javier, dotado de una
paciencia que haría pasar desapercibido a Job, trata de explicárselo desde
inusitadas perspectivas su interlocutora parece un ciego al que intenta
ponerle gafas. Lo único que consigue es alterarla en crecimiento
exponencial, y así, sin auspiciar una salida razonable, recurre ausente de
resentimiento al laconismo.
«Pues comer vas a comer de lujo», dice meneando la cabeza, «pero
creo que deberías ir preparando velas».
Manuela arremolina los bordes de la falda sobre el regazo y con un
gesto indolente se levanta como impelida por un alfiler remugando
expresiones de profundo calado filosófico que harían las delicias del más
deslenguado aficionado al fútbol a cuyo equipo acabaran de señalarle un
penalti en contra. Tan en tensión figuran sus modales que se atasca el
pestillo al intentar abandonar la sala pandórica causante, a su probable
parecer, de todos sus males.
«Empuja un poco la puerta hacia adent...». Intenta mediar Javier en el
ridículo conflicto surgido de improviso entre un ser inerte y otro inerme.
Mas el exabrupto que expelen los labios grietados de la mujer y que le
sesga la palabra coarta de manera definitiva su reacción instintiva de
rescatarla del encierro.
«¡Aluego sois toós mu' cristianos! ¡Ayudáis a quién queréis!». Para
concluir la inmoderada exposición con idéntico proceder al esgrimido en
su síntesis anterior. «Igualitos. ¡Hay que vení sucia y desarrapá!». Y un
portazo de sequedad ofensiva transporta a Javier a la desapacible soledad
de su tristeza. Rendido en una nueva ocasión a la inefable laxitud de la
duda, vuelve a rascarse el cuero cabelludo, con una fruición desesperada,
recoge las fichas impresas y manteniendo la vista extraviada dentro de la
pantalla atestada de inconmovibles guarismos cierra todas las ventanas —
excepto la imposible de su angustia personal—, apaga el ordenador y
agarra el manojo de llaves tras posar livianas las manos sobre él, lisiado e
impotente como una estatua de esponja incapaz de evitar su propia
desintegración bajo una tormenta atroz.

Engullida la testa hasta el lóbulo de las orejas por un gorro negro de


lana y sometida su delicada garganta a la bendición protectora de una
gruesa bufanda multicolor, son sus ojos la única parte perceptible en su
rostro delgado. Mientras se ajusta los guantes deshilvanados bajo el
abrigo de lana de alpaca, apoya el manillar de su bicicleta de montaña en
la pared exterior de la oficina y tras exhalar un demoledor lamento eleva
la vista hacia la terca oscuridad que lo embarga. La enfermiza luz del farol
de hierro galvanizado que reposa sobre el muro encalado a tres metros
del suelo pugna sin suerte por mostrarse útil en mitad de las tinieblas, mas
su enconado esfuerzo, a través de unos cristales repletos de un polvo
pegajoso que los opaca, siquiera se digna a alumbrar la figura espectral
del chico hasta la altura de los hombros. Se detienen sus pupilas en la
acera de enfrente y contemplan la escueta hilera de fresnos de copas
desnudas que surgen silueteadas a contraluz, semejantes a sombras
chinescas, por la iluminación tangencial de dos farolas que, estiradas y
cabezudas, montan guardia en la plazoleta posterior. Tras colocarse la
cinta reflectante en los bajos de la pernera derecha del pantalón de pana
retira la bicicleta violeta de la pared agarrándola por el eje del manillar y
después de girar el cuello levemente hacia atrás levanta su mirada en
dirección a la espadaña hasta encontrar la luminosa figura que cuelga algo
por debajo del vano donde reside la campana del templo: obviando la
alargada estrella de Belén de exiguas bombillas nada indica en torno que
en escasas jornadas vaya a pasar también por esas calles la contingente
salvación del mundo. Será que las cosas suceden de facto sólo si se crean
condiciones de previo. Suspira profundo, escarchando de fría nulidad sus
entrañas, y con una sutil presión del dedo pulgar prende las luces delantera
y trasera de la bicicleta, se ajusta a la anchura de los hombros las correas
gastadas de su mochila tejida de punto negro y aferrado con ambas manos
al manillar se lanza a pedalear sobre el asfalto bacheado con la falta de
cuidado de quien se hallara al volante de un carro de combate.
Tras el breve recorrido, plagado de socavones de inviable
identificación ni contando con la ayuda de un sismógrafo gracias al
esperpéntico alumbrado urbano que desgobierna la zona, Javier cruza las
vías por el inaudito paso a nivel sin barreras que, como una invisible línea
roja de cáusticas consecuencias, sirve de cisura entre los próceres
urbanitas y la chusma impenitente del gueto. En apenas cien metros podría
jurarse que, a través de un túnel del tiempo, se ha transportado con
pasmosa aceleración a otra parte del globo. Desde su aventajada posición
en el centro de la explanada situada frente a la estación de tren, un abeto
sintético de hiperbóreas dimensiones, cuyos filos de luz resplandeciente
desprenden más claridad en derredor que todas las farolas existentes a lo
largo y ancho del barrio que acaba de abandonar, parece rasgar el
firmamento y ocultar en su fulgor las diseminadas estrellas. En la parte
derecha del árbol varios transeúntes de heterogénea composición han
detenido su marcha, curiosos y expectantes, para observar una pista
artificial de hielo en ciernes y al fondo, con su esfera parcialmente
camuflada tras las ramas, un reloj luminoso de manecillas, que por
tamaño se diría sustraído de la muñeca colosal de uno de los Titanes,
cuelga del muro exterior de la terminal marcándole con desaire que es
demasiado tarde como para pretender recurrir a una sempiterna disculpa
que le haga acreedor de indulgencia. Aligera el ritmo de pedaleo y,
sorteando viandantes que alternan equipajes de mano y bolsas de compra,
salva sobre la bocina los segundos a los que se acoge el peatón verde
intermitente del semáforo del paso de cebra, cambia de piñón al tomar el
rosado cemento del carril bici y se adentra en el sensible desnivel que lo
conduce, tras diez minutos de creciente irradiación ambiental, al pródigo
espectáculo de luces presente en el zona comercial de la ciudad. Una
muchedumbre abrumadora y compulsiva se entorpece en su robótico
trajín de contradictoria direccionalidad a la puerta de unos grandes
almacenes que entregan su aportación a la festiva contaminación lumínica
gracias a los incandescentes destellos rojos y amarillos de una
descomunal campana, tocada por un aún más descomunal lazo y
descolgada sobre la fachada del edificio frente al bulevar entre
interminables guirnaldas de luz que simulan lágrimas desprendidas.
«Clase media», razona sin nervio mientras contempla el ajetreo al que
avocan parte de sus vidas hasta convertirse en mundanales criaturas de
exangüe existencia. Gentes revestidas del lujo insólito para dos tercios de
la humanidad de invertir el lucro en gastos superfluos o dilapidar la paga
extraordinaria en dos tardes de compras espasmódicas sin que el tejido
social juzgue con capciosa tendencia dicha actitud, aunque una parte de tal
superávit de ingresos provenga, probablemente, de préstamos
hipotecarios concedidos por entidades de usura que, a imagen y semejanza
del diablo, sólo osan pactar con el deseo y eluden la necesidad. Teoría
económica y fundamentos ideológicos sobre los que se asienta una
sociedad de epicureísmo irracional que, como un gestor maniqueo,
únicamente a los pobres conculca el derecho alienable de querer vivir por
encima de sus posibilidades. Cainismo.
Cuando llega al portal varios adornos navideños de figuras paganas
suspendidos de uno al otro extremo de la calle le recuerdan con sus
bombillas de irisados colores que vive en un barrio que se las merece. Por
undécima vez a lo largo del recorrido expulsa un hálito que parece
advertir una tragedia, se libera de los guantes para hurgar con premura
dentro del bolsillo izquierdo de su pantalón y, después de extraer un
llavero de metal con forma de menorá y elegir la llave propicia, traspasa
la puerta de madera de la entrada y canda la bicicleta a la barandilla de
hierro desconchado justo al pie de la escalera. No prende la luz del
vestíbulo por una de sus metódicas manías puede que absurdas, ni espera
el ascensor; cercado por una peligrosa penumbra sube de dos en dos los
incómodos peldaños como si por darse prisa ya no fuera a llegar tarde y
en medio minuto se encuentra en el descansillo del segundo piso. Resuella,
en esta ocasión por sofoco, y tras superar el zaguán encuentra a Luisa
sentada en el sofá con la pasión sumergida dentro de las páginas del
mordaz libro de Nabokov que sostiene entre sus manos finas. Lleva leído
más de la mitad.
«Buenas tardes... noches, ¿qué tal el día? ¿Te has tenido que pelear
mucho hoy con los clientes de la librería?».
La lectora emerge de su literario letargo, vuelve hacia él su rostro
vigoroso y la sonrisa abierta y franca que le comparte no deja entrever el
más nimio reproche ante su demora. Admira el recién llegado su
templanza, de favores inclusiva igual que un exvoto. Cuando todo indicaba
un inmediato saludo Luisa dirige de nuevo la vista hacia la novela y un
cambio ácido surge en sus gestos.
«¡Este tío, Axel, es un cabrón!».
La sonora carcajada de Javier recorre cada rincón del salón como un
bumerán. El mohín adusto de la chica lo invita a la prudencia.
«Esa boca, que te voy a tener que reñir como a los chavales del curro».
Ella se ríe al fin, comedida, sin decidirse a dar del todo su brazo a torcer.
«Parece ser que ya llegaste a la parte de la casita de campo... Pues verás,
Margot tampoco es que sea una santa».
Luisa consiente mordiendo su labio inferior y Javier determina,
centrada su mente en aspectos adyacentes que acaba de vivenciar.
«Todos somos un desastre. Mierdecilla. En parte y por momentos.
Hasta se podría considerar que Albinus ha hecho méritos de sobra para ser
objeto de todo lo que se le acaba viniendo encima».
Extrañada lo observa y en lo que dura un suspiro coloca el separador
en el libro para cerrarlo sobre la mesa, le ofrece sus brazos confortantes y
con un peculiar ademán lo exhorta a acomodarse a su lado.
«Andas pesimista. Mal la tarde, ¿no?».
Tocado en buena medida por el desánimo se desabrocha el abrigo, se
abre la bufanda sobre el cuello y abandonando la mochila en el suelo se
hunde con desgana en el sofá como un despojo desgajado de sí mismo.
Inclina entonces la cabeza pesadamente hacia atrás sin quitarse siquiera el
gorro de lana, e imbuye de un inusual sarcasmo sus palabras.
«Bah, tampoco. Lo normal: una orden de desahucio, dos o tres recibos
con corte de luz para la semana que viene, una familia sin agua desde el
lunes, alguna enfermedad crónica, una chavala que vive en un local con
dos niños pequeños...». Aprieta los párpados repetidas veces y tirando de
la prenda que le cubre el cuero cabelludo deja al descubierto su incipiente
calvicie y el cabello corto y sudoroso aplastado alrededor de las orejas.
Vuelve la cabeza ligeramente, aún apoyada sobre el respaldo del asiento, y
desahoga su adentro con mirada tibia.
«Cada semana me siento como el comandante Göth decidiendo la
suerte de las personas a tiro de fusil desde una situación de privilegio. Si
Salomón tuviera que estar un día en la oficina de Cáritas no iba a tener ni
puta idea de cómo apañarse». Se incorpora con gravedad, lúcido ante el
taco que acaba de soltar y del que nadie pide explicaciones, y atrae a Luisa
hacia sí, echando el brazo izquierdo por encima de sus hombros; la joven
apoya la mejilla sobre su pecho y le envuelve la cintura con un abrazo
capaz de reparar la más inmisericorde de las torturas. «Y lo peor ha sido
el camino de vuelta». Relincha igual que un percherón al que acaban de
picar con una espuela para argumentar ipso facto su supuesto delirio tras
la mirada atónita de su compañera. «¿Recuerdas el fake ese de Internet del
archidesconocido Cézare y atribuido a Benedetti?».
«Clase media
medio rica
medio culta...», recita Luisa con un desparpajo que lo deja perplejo.
«Lo volví a leer al acordarme de él con la cacerolada que montaron ayer
frente a la Delegación del Gobierno por el tema de los recortes de las
pensiones». Y se encoge de hombros con reconocida limitación. «No
tengo tanta retentiva ni a corto plazo».
Javier vuelve a sonreír y comienza a recrearse con una disertación
acerca de aquello que a su percepción más íntima se le hace harto difícil
de justificar.
«Me acordé también del poema cuando venía para acá. Puff. Las...».
Pero Luisa lo conoce y ama demasiado e interrumpe la perorata
intestina a fin de impedir que le parta por dentro una innecesaria reflexión
de la que ya es colaboradora desde hace más de tres años. Continúa ella
pues, como un apuntador que echa una capa en perfecta sincronía.
«Las compras, las fiestas, las luces... la mediocridad».
«Me repito, ¿no?». Pregunta cargado de retórica.
«Bueno, no más que el resto». Se rebulle sobre su pecho y lo mira
desde abajo levantando un poco la vista hasta parecer estrábica. «Es lo que
tiene la coherencia de pensamiento».
Resopla socarrón al escuchar la última frase, como derribado por la
más salvaje de las acometidas y debiera rendir pleitesía, escudo y
armadura a otros que no son él mismo. Se levanta con afectación, se
despereza tenazmente y recoge la mochila que dejara sobre el suelo
cerámico del salón.
«Las dos palabras mágicas: mediocridad y coherencia. Sin ninguna
duda me acerco bastante más a lo primero que a lo segundo». Comienza a
morderse la uña del dedo pulgar en tanto Luisa lo observa balanceando la
cabeza a izquierda y derecha con pausa, en un gesto meridiano de absoluta
desaprobación. «Así es. La persona más coherente del mundo es aquella
que jamás hace uso de su conciencia; o en su defecto la tiene depravada
hasta el éxtasis. Cuanto más sensato desee ser un ser humano más lo
perseguirá la mediocridad».
«Javi, carallo, eres el indicado para darle esperanza a un suicida».
«¿Me ves amargado, cariño?» La mueca jocosa e infantiloide que le
ofrece provoca en Luisa una reacción de brusca espontaneidad.
«¡Porque eres un inconsciente!».
Javier explota en un batir de mandíbulas que le desencaja el rostro.
Dirige sus pasos cansados hacia la puerta sin jambas que da salida al
pasillo y se gira ocultando la sonriente boca entreabierta bajo la palma de
la mano. La deja caer y se rasca la barbilla.
«Decía Gandhi algo así como que era imposible ser del todo no-
violento mientras habitáramos dentro de un cuerpo físico, pues por el
mero hecho de respirar estábamos matando microbios. Asumo las
limitaciones de la condición humana y no disculpo mis incoherencias».
Señala con descaro algunas de las banalidades que cercan su vida y
continúa desbrozándose con insensata sinceridad. «El ordenador
construido con coltán, los libros, los CD's, las pelis... ummm, la guitarra
que me regalaron de más de cien mil pelas de entonces. A los pobres, a los
desheredados los justifica su historia personal, pero a los mediocres no
existe nada que nos justifique más allá de la propia voluntad. Tal vez por
eso, además de por la inconsciencia me siento en paz: mi mayor
coherencia es reconocer sin reparo que no soy coherente, e intentar
mejorar». Da media vuelta, se encamina de nuevo hacia el dormitorio al
tiempo que coloca el brazo izquierdo simulando una escuadra y volviendo
la mano hacia atrás se despide con cuatro rápidos movimientos de dedos
pegados. «Me voy a cambiar».
«Eres imposible». Concluye Luisa expedita, como un antidisturbios
disolviendo a mamporros una protesta, y cambia de tercio. «¿Cenamos
tofu?».
Javier asoma la cabezota rala por la puerta sin dintel en un última
apostilla realizada sin esfuerzo.
«A mediodía me he enterado de que la soja biológica es un fraude más
allá de sus meros ingredientes. Siguen destripando los pulmones verdes
para su cultivo».
Su emocional álter ego aprieta los dedos pulgar y corazón de su mano
izquierda contra sus párpados cerrados en claro signo de indefensión.
Retoma la risa salvadora que se ha convertido en el habitual contrapunto
en mitad de sus combates retóricos.
«¿Y qué hacemos? ¿Nos cortamos las venas?».
Por su parte, retirándose del vano de entrada, con un tono de voz
medio ahogado medio risueño, comparte una funcional disposición
transitoria, si bien no de obligado cumplimiento en cada uno de sus dos
supuestos.
«No no. Lo cenamos y ya después preparamos las cuchillas».
Enciende la luz cuando llega al dormitorio y de forma irremediable
piensa en Manuela, en el impago del recibo eléctrico y, en obligada
subsidiariedad, en aquellos pobres de causas justas. Hacer lo que se
considera correcto no implica necesariamente que el individuo vaya a
sentirse bien. Le queda un nada fútil consuelo: tanto Manuela como él
saben que, de las dos opciones a elegir, la comida para la cena de
nochebuena es la única que no se puede enganchar de la calle.
16

Hay una lámina astillada. Justo la que parece estar situada en la zona de
la espalda. Boca arriba sobre la colcha de la litera inferior fija su mirada
ociosa e inquieta en la placa de madera del somier, tan inapetente como
cualquier currante en el centro neurálgico de una metrópolis bajo la
marquesina de una línea de autobús que espera su intempestiva llegada en
un día de multitudinaria manifestación. Se frota los ojos con las falanges
de los dedos y estira el cuerpo fofo sobre el colchón de espuma hasta que
un crujido seco le empieza a descoyuntar los huesos de la columna
vertebral. Libera su brazo derecho de detrás del cuello, lo estira y con la
palma de la mano empuja repetidas veces la lámina hacia arriba al tiempo
que una especie de gruñido de jabalí retrotrae sus movimientos con
agilidad felina a la posición anterior. Tantea al lado izquierdo del
cubrecama con la mano extendida, sortea el libro de derecho procesal —
que ha tenido a bien consultar hasta aburrirse— en busca de un objeto
menudo que atrapa y, acercándoselo a la altura de los ojos, aprieta un
minúsculo botón y una rácana luz ilumina el display digital del reloj sin
pulsera que sostiene entre los dedos índice y pulgar. Las once y veintiocho
minutos. Se incorpora en el lecho, gira la cintura gruesa y apoya en las
losetas los pies cubiertos con calcetines tipo franela. Viste ropa informal,
arrugada como una uva pasa tras pasar más de una hora sobre la cama,
anchos pantalones elásticos de algodón de un color en extremo útil para
disimular las heterogéneas manchas de grasa y un suéter liso de cuello
alto de fibra sintética. Cuando asoma la cabeza despeinada por encima de
la litera de arriba los rayos verticales del sol de media mañana, cuyo haz
proyecta sobre la pared posterior la silueta de unos barrotes que simulan
un oportuno código de barras, le ciegan la visión y la convierten en un
cúmulo de chiribitas de estrellas. Coloca el antebrazo sobre la nariz
aguileña para calmar el fogonazo imprevisto y aún con los ojos
entornados guía sus pasos hacia el lavabo de aluminio tras colgarse por
encima del hombro una toalla de color y consistencia indeterminados. Se
enjuaga la cara a indómitos golpes de mano, salpicando el suelo y el muro
de gotas airadas que violentan con un ruido inarmónico su clausurada
soledad. Mientras se limpia las legañas con desgana ante un espejo
protegido tras una especie de cámara de aire, una voz desabrida y
portentosamente acartonada se deja oír a su espalda como a media
distancia.
«¡Lama, de la 207! Te están esperando abajo para el vis a vis».
Ante la esperada confirmación una sonrisa nerviosa aparece en sus
labios desiguales plegando la comisura casi con brusquedad, como
forzada por dos hilos invisibles que intentaran alcanzarle la base de las
orejas. Se inclina colocando la espalda en diagonal, en dirección al
espacio franco e iluminado de la galería del que procede la voz hasta que
su vista tropieza con una chaqueta azul marino sobre la que luce en la
parte izquierda, a la altura del pecho, un emblema ovalado compuesto por
una espada en vertical con la punta hacia abajo, rematada por la corona
real y orlada por dos ramas entrelazadas en su base.
«¿Quiénes han venío?».
«Tres». La tosquedad oclusiva que circunda la milimétrica respuesta se
ajusta igual que un guante de látex al rostro tétrico, ojeroso y mal
encarado que ha exhalado el monosílabo como quien traslada una ofensa.
Le ha favorecido la mala suerte con quien asignaron para hacerle
compañía hasta la sala de vis a vis, pero la costumbre provoca milagros
más excelsos que aquellos que consisten en andar sobre el mar y
conteniendo en las tripas una réplica toma la toalla de un tirón y se seca
con aspereza la cara y las manos.
«Un momento, que me pongo los tenis y ya bajamos».
Sale de la zona del lavabo y poco antes de sentarse sobre el colchón y
meter los dedos bajo la cama para alcanzar los zapatos detiene de nuevo la
vista en la parte izquierda de la americana añil. La foto de quemados
colores que exhibe en el distintivo de PVC por encima del número de
carné profesional parece elegida a conciencia por su más acérrimo
enemigo. Ha visto personas apaleadas por los maderos con mucho mejor
aspecto. Agacha la cerviz, anulando cualquier comentario díscolo, e
introduciendo los dedos índice y corazón de ambas manos por el interior
del talón de las zapatillas de deporte, presiona hacia arriba y se las coloca
sin desatar las correas. Se levanta al tiempo que tensa sus miembros
agarrotados y desde la litera superior un ronquido seco continúa
golpeando sinuosamente sus oídos. Ronronea entre escalofríos y atraviesa
con celeridad la puerta diáfana del chabolo que conduce al pasillo derecho
del corredor. Las numerosas y traslúcidas claraboyas que, ancladas sobre
soberbios bastidores de hierro, cubren el techo cementado de la elevada
galería otorgan al entorno una claridad superflua como si en mitad de un
velatorio alguno de los presentes tuviera la ocurrencia perversa e inútil de
alumbrar con una linterna el semblante del cadáver. El hastío y un
denodado aburrimiento parecen presidir la mañana dominical de quienes
dormitan en ambas plantas a la entrada de sus respectivas celdas,
disfrutando del oportuno sol del mediodía con las posaderas apoltronadas
sobre unas banquetas menudas y de tan escasa altura que sus ocupantes
bien podrían clavarse las rótulas en la laringe. Una mano se alza, lejana y
difusa, desde el lado opuesto del módulo, y devuelve el saludo con precisa
cordialidad y compostura aún sin distinguir en la remota figura del
tamaño de un gnomo el más mínimo rasgo facial.
«Tira, Lama, que no tengo todo el día para ti». Ha sido casi un
escupitajo en la oreja y con actitud decadente ante el adagio del que acaban
de hacerle partícipe se deja subyugar por la renuncia a la personalización
y avanza sin más arrobo hacia la escalera metálica, como cualquier
miembro numerario de una sociedad distópica: la cifra 207 escoltada por
la 06.215.
La nulidad del yo dentro de las fronteras de un estado que anclado
provectamente en la penitencia más que en la redención revela sin rubor
su tendencia patológica a fabricar súbditos en lugar de ciudadanos. Así, el
pilar sobre el que cimentar la estabilidad ha de pasar de manera
ineluctable por mantener a la población de riesgo en el primer estadio,
infantil y rudimentario, de la teoría del desarrollo moral establecida por
Kohlberg: heteronomía del castigo y la obediencia, renunciando
alevosamente en dicho proceso a la creencia en la capacidad de raciocinio
y de voluntad del individuo, cuyas respuestas en ambientes controlados no
corresponden en modo alguno a las ejecutadas por instinto por las ratas de
la caja de Skinner. Resulta pues sobremanera más efectivo y dúctil
manejar delincuentes a los que encerrar, con el beneplácito de la
entelequia del bien común, que gobernar seres libres dispuestos a no
transigir. No hay que lanzarles perlas a los cerdos y supone una rancia
necedad confiar en que aquella nación que ha decidido estancarse a nivel
global en ese primer estadio moral vaya a cambiar de política respecto a
los miembros que la componen y resuelva considerar, aun dentro de los
límites a los que nos somete la imperfección, que el ser precede siempre
indefectiblemente a la norma y a la ley.
Lama, de la 207, en la vida ha oído nombrar a Kohlberg, y si algún
fatuo iluminado lo hubiera hecho en su presencia el recuerdo se ha
perdido en el sumidero de su memoria con tanta fluidez como la que
alcanzan sus pasos ágiles camino de la sala de encuentro de la planta baja.
Abandonó los estudios en secundaria, cuando ya no pudieron pasarle más
cursos de gorra, pero cuelga en su vitrina personal un doctorado honoris
causa en la escuela de la experiencia y del castigo que sin ponerle a cada
suceso nombre científico regala más conocimiento que toda una
convención de sociólogos. A los trece, a la vera de sus padres y hermanos
y quemando kilómetros en la furgona abollada y con el seguro pasado
desde que el mundo es mundo, inició su andadura por los mercadillos de
la provincia portando en sus carnes escuálidas la arraigada sabiduría de
que más aprecio supone ante el futuro incierto conocer de memoria el
sofisticado arte del regateo que el sufrido método para resolver raíces
cuadradas o el valor infinitesimal del número Pi. El nebuloso día aquel en
el que la administración y los ayuntamientos cogieron la petera de subir
hasta cotas de nieves perpetuas los impuestos que daban acceso a colocar
un puesto en el rastro así como las condiciones para montar el chiringuito
en todas las localidades de la zona llegó el turno de la venta ambulante, de
la manta, del ojo avizor y del agua; multas, incautación de género y
alguna que otra jornada casi completa en el calabozo que, transcurridas
con constancia bajo custodia en casa de sus abuelos maternos por orden
del juez de guardia de turno, no tuviera ocasión de compartir con sus
progenitores en tanto no hubo cumplido la mayoría de edad. Poco da tras
estos locuaces inicios que su pareja muriera de leucemia de forma tan
esperada como prematura y que dos criaturas de edad aún indefensa se
quedaran a su cargo imaginando que pudiera ser este el motivo crucial de
sus incesantes invectivas contra el buen juicio. En la última década, de
tanto entrar y salir del talego, sus pies habían hecho un surco. Al final diez
años del ala por delitos acumulados relacionados con la chatarra:
desguace de vehículos, asalto a la propiedad privada, robo con
intimidación. Población de riesgo. Un peligro social que ha de ser atado
en corto.
Cuando alcanza el último peldaño de la escalera percibe a un palmo
por detrás de la nuca el aliento mentolado de su guardaespaldas particular.
«Con esa cara de pitbull ni con Licor del polo te va a morrear tu chorbi».
Desde lo profundo del olor a clorofila unas palabras espesas y oportunas
parecen conceder poderes mentales a quien las lanza como una granada de
mano de daños imprevisibles.
«Tienes la pinta justa para que no te haga volver a tu celda a
cambiarte». Se siente objeto de una mirada turbia y obtusa, mas
continuando de espaldas y sin detener la marcha ni mover un solo
músculo muestra el mismo aprecio a la aportación que el que le haría al
aullido de un perro. «No se puede ir en chándal y lo que llevas puesto
encima se le parece mucho».
«Si en lavandería no me engancharan y agujerearan la ropa otro gallo
cantaría, so mierda».
Pasan junto a la biblioteca y mientras su cerebro intenta contabilizar
inútilmente la inverosímil cantidad de libros de diversos géneros que ha
leído en los últimos dos años y medio gracias a la indescriptible pesadez
de Francis, el monitor del taller de prensa, salen del módulo franqueando
sucesivamente dos grupos de cancelas herméticas cuya apertura mecánica
nunca se produce de manera simultánea, y en apenas cinco minutos
acceden a un generoso pasillo con amplias cristaleras a la izquierda y, en
mitad de la parte opuesta, una puerta de metal pintada de rojo óxido. Justo
antes de que su acompañante con cara de nutria le ceda el paso a la
habitación y chape la entrada sale de sus labios ladinos una última
observación más próxima en su lacónica inoportunidad a un recordatorio
innecesario y dañino.
«Hora y media, Lama. Ya sabes».
La estancia, de unos veinte metros cuadrados, carece de ventanas,
dispone en el extremo izquierdo de un funcional aseo y por todo
mobiliario puede verse en su centro una mesa alargada de madera exenta
de decoración con cuatro sillas tapizadas en caucho cárdeno apalancadas a
cada uno de sus lados como estoicas esfinges. Reposa en el respaldo de la
situada frente a la puerta de entrada una prenda de abrigo de piel vuelta y
encima del tablero rectangular algunas obesas bolsas de plástico con el
anagrama verde de un supermercado justo al lado de un neceser azul
celeste salteado de corazones blancos y con la cremallera abierta dejando
entrever un paquete de toallitas húmedas y la tetilla amarillenta de un
biberón. Dos plafones circulares de metal oxidado y cristales renegridos
parecen enquistados en el techo semejantes a sucias bubas de luz de sesenta
vatios que alumbran torpes el cochecito azul desteñido y al chico de pelo
estropajoso, con el brazo diestro en cabestrillo y vendado alrededor de la
zona de la articulación del codo, que sostiene en la mano izquierda a la
altura de los ojos un peluche tipo osezno con el que hace carantoñas al
bebé de escasos meses que la mujer de aspecto famélico y sonrisa eficaz
acoge en su regazo como el espectro de un filme neorrealista. La criatura
alarga sus bracitos, cortos y regordetes, en dirección al muñeco que huye
cada vez que apenas un palmo lo separa de rozarlo con la yema de los
dedos, empujado hacia atrás por la sana intención del hombre que lo agita
y que logra despertar en su garganta balbuciente una risa cortada y aguda.
Un radiador de aluminio blanco instalado en la pared caldea la sala.
Al percibir el sonido leve de pasos y poco antes de que el giro brusco
de llaves selle la entrada, la pareja encauza distraídamente los rostros
afables hacia la zona de acceso desde donde surge la voz de Lama con una
solicitud imperiosa.
«¡Buenos días, familia!».
Contempla al chico rodear la mesa de manera enérgica tras dejar al
oso huérfano sobre ella y, de medio lado a fin de evitar el roce con el
brazo inmovilizado, se funden en un confortable abrazo. Lo aparta Lama,
sujetándolo con ambas manos por debajo de los hombros y ofreciéndole
un rictus de congelada abnegación.
«¿Qué te ha pasado en el brazo? Buf, ¡tienes una pinta horrible!».
El receptor del mensaje, puro nervio y con los ojos demasiado
abiertos, saca el capote y baldea el temporal con una sonrisa impostada y
la fiabilidad del más curtido almirante de la armada ante una ciclogénesis.
«¡Oye, que acabamos de llegar y ya me estás sacando faltas! Una tontá,
mañana me quito el armatoste».
Dando pábulo a una insobornable preocupación y sin apartar su vista
radiográfica de la desgarbada figura de ojeras pellejudas que sigue
apalancada delante suyo a imagen de un esqueleto puesto en pie en una
exposición de anatomía, Lama circunda la mesa y sorteando también el
desánimo besa en la mejilla a la mujer, quien le entrega una sonrisa nada
artificial. Como en un ensayado fin de acto dirige sus facciones templadas
al bebé que la madre acoge en su seno y le sujeta la frágil manita con la
punta de los dedos índice y pulgar al tiempo que decide no renunciar a lo
que le conduce su instinto.
«Tu marido se cree que me he caío de un guindo o algo». Y
extendiendo los brazos formula una humilde petición. «¿Me dejas que lo
coja?».
«¿A mi marido?» Dos rítmicas risotadas adultas y un gruñido se
estiran a lo largo y ancho del vis a vis contrarrestadas por el llanto
desaforado que emite la glotis del infante abducida por un momentáneo
estupor. «Y te lo llevas por ahí». Agarra al bebé para sacarlo del costado
hábilmente y tras un suave pero generoso balanceo que lo traslada de
nuevo al limbo, le coloca el chupete entre los labios rosados y se lo
entrega dando medido cumplimiento a la súplica. «El prenda dice que se
hizo daño jugando al fútbol hace un par de días por la noche».
Asienten los tres, con una entereza casi rastrera y en virtud de un
convencimiento consuetudinario que adopta la mentira como el más eficaz
método de supervivencia. Después de un silencio elocuente en el que
permanecen de pie, Lama le devuelve el niño a la madre, no sin antes
brindarle varios gestos incomprensibles y excesivos hasta para un bebé de
meses, y se acomoda en la silla colocada al extremo y de espaldas a la
puerta. La mujer lo hace en el asiento de enfrente, mucho más próximo
para tener a mano el neceser, y el chico, elevando por el respaldo el que se
halla situado a la derecha de su esposa, lo pasa al vuelo por encima del
tablero, falto de cuidado, y lo coloca en el ángulo corto de la mesa.
Mientras se sienta inicia una nueva conversación que soslaya cualquier
atisbo de dar luz a la historia del cabestrillo.
«¿Qué tal andas? Te hemos traío algo de ropa, que dijiste que te hacía
falta». Señala con dejadez las bolsas de plástico esturreadas por medio. «Y
cosas pa' pizcar y que puedas tener en el chabolo».
Lama niega con la cabeza, mientras bosteza ampliamente y se rasca el
tronco con ambas manos por debajo de las costillas.
«Va a ser que no. Lo que es una buena noticia en realidad. Ya estoy en
el Módulo de Respeto». Levanta los dedos índice y corazón de la mano
izquierda en forma de uve. «Prueba superá, pero como sabes, entre otras
cosas, no podemos esconder comida en la celda».
«¿Celda? ¡Qué finura estás cogiendo! Chabolo, joder».
La esposa lo mira y resopla contenida, meneando el pescuezo e izando
progresivamente los ojos en dirección al techo como quien espera una
aparición improbable.
«¿Qué más te da? Y no digas tacos delante del nene».
Como urgido por un incontenible disgusto el joven se frota la sien con
la palma y los dedos extendidos sobre la frente. Lanza perdigones de
saliva en su exhortación.
«¡Otra dando por culo!».
Tal vez harta tal vez aprensiva lo cierto es que la filípica no recibe
respuesta de su parte. Acuna al niño, con la mirada enfrascada en un punto
impreciso del muro frontal y el semblante céreo derretido por la luz
indirecta de los plafones.
«Lleva unos días que no hay quien lo aguante». Y se retira de la mesa,
con el niño abrazado sobre el busto, agarrando su silla del respaldo con la
mano libre y arrastrándola por el pavimento tras inclinar hacia atrás las
patas traseras. La coloca en el rincón más alejado, casi de espaldas y de
cara a la pared de la izquierda justo al lado del pequeño cuarto de baño.
«Voy a darle la teta».
«¿Que no hay quién me aguante?». Los hombros encogidos, enarcadas
las cejas y un bufido de uro en celo extraído de su adentro más irritable.
Modula la voz, para que a lo sumo alcance a oírla la madera aglomerada
que conforma el tablero de la mesa, y presta un conveniente porte de
inocencia. «No sé qué coño dice».
Lama estira la columna vertebral sobre el espaldar de su asiento hasta
hacerlo crujir y se cruza de brazos. También baja el tono cuando le invita
a acercarse haciendo lo mismo por su parte. Sus frentes apenas a un
palmo, igual que dos ciervos dispuestos a la gresca en época de berrea.
«¿Te piensas que soy gilipollas? Mírame». Sabe que la fijeza taxativa
de sus pupilas horada y desarma la resistencia casi pueril de quien tiene
delante con idéntico aplomo al de un cincel que esculpe medio a ciegas
una verdad del mármol. «¿Desde cuándo no te estás tomando la
metadona?».
El interpelado parece no poder sostenerle la mirada, agacha la cabeza,
y lo mismo haría con las orejas como un cachorro sorprendido en una
trastada de poder gozar de esa posibilidad. Gira las cuencas de los ojos en
dirección a su esposa quien, mediante prolongados siseos, lucha
encarecidamente por aplacar los berridos constantes del retoño. Vuelve de
nuevo la vista y empuja el vacío ante su pecho, moviendo en rítmicos
compases la palma de la mano del brazo útil hacia abajo. Su cara enjuta de
labios arqueados y dientes constreñidos es paradigma de un apuñalado a
destiempo.
«Habla bajo». Tercer silencio endémico en los escasos minutos que
llevan compartiendo estancia. «No sé, cuatro, cinco días...».
Tras comprobar en una milésima de segundo que la muchacha no les
observa, extiende el antebrazo izquierdo y atrae al chico hacia sí,
agarrándolo con el puño tensionado por la pechera del jersey de lana que
lo cubre sobradamente en mucho más espacio del que se haría necesario, y
nariz contra nariz le habla sin bravuconadas, audaz tan sólo por la firme
convicción que otorga la experiencia.
«¿Sabes lo que estás haciendo?» Afloja la tensión de los dedos que
atenazan la prenda y empuja a su compañero de mesa hacia atrás, con
cierto mimo para no dañarle aún más el brazo vendado, al tiempo que se
frota la frente destemplada, por un momento ausente. «¿Te estás
poniendo? Dime la verdad».
El desconsuelo, hinchado de indecisión, globaliza su respuesta
catódica.
«No, te lo juro. Estoy limpio». Y una mueca de párpados descolgados,
lágrimas contenidas y que asemeja martirio dentro de la desesperanza se
abre paso a machetazos, desgajando futuro y dejando bajo sus pasos
inocuos, pisoteada e inerte, la dignidad por tanto tiempo laborada. «Está
chungo. No tenemos un puto duro».
«¿Y la tía? ¿No os ayuda?». Ante la nueva negación que obtiene en
premio a su dilatada confianza en la familia se altera su discurso. «¡No me
vengas con jodiendas, nene!».
«Que bajes la voz. ¿Cómo le voy a pedir si están más tiraos que
nosotros?». Vuelve a soltar un mugido que parece provenir del averno y
desde el fondo de la sala les taladra una interrogación que en realidad no
espera ser resuelta y en su íntima alegación sólo persigue avalar el
quorum acerca de la bondad implícita de la ignorancia. «¿Qué os traéis?»,
les dice.
«La estás vendiendo». Tras esta primera tentativa que bien sabe supone
un certero cargo, Lama no acaba por decidirse si seguir indagando o
resolver a favor del pecado de omisión a golpe de mazo. La omisión no es
lo suyo. «¿Y el brazo? Al fútbol, ¿no? Ya. Se te ve mu' deportista».
Tras un carraspeo, un ronroneo gutural y dos toses ásperas parece
derrumbarse un nuevo muro de contención, impotente ante el rasposo
vaivén de dudas. Se rasca la nuca y toma aire como un astronauta enviado
sin casco a la estratosfera.
«La otra noche fui con unos colegas a un solar pa' ver si pillábamos
algo de cobre y se apareció un guarda en medio la faena. Salimos
venteando por patas, pero cuando saltaba la verja al salir me caí de costao
y...».
«¿Y no estás trapicheando?». Lo interrumpe, tajante y visceral, sin
creerse una mierda. «¿Ni metiéndote en embolaos de los que no sepas salir
por chambón?».
«Joder, ni que tú estuvieras en la trena por buena conducta». Explota
como un condensador de moléculas que rocía de realidad la improcedente
condescendencia.
«Bien no me he portao, no vamos ahora a descubrir América, pero lo
mío es pasao y lo tuyo presente continuo».
El chico se sonríe con bastante prudencia y sobrada inopia.
«No te entiendo la mitad de lo que hablas, ¿qué vas a clase de lengua?».
«Tú cachondéate». También le supone un sobresfuerzo no romper la
seriedad que requiere el instante. La gracieta no resulta menos simpática
por el hecho de que esté fuera de contexto. «Antes me costaba hasta hacer
la o con un canuto, pero ya he leío lo bastante de leyes como pa' saber que
hay quienes nacen hijos de papá y quienes nacen hijos de puta. Tú no eres
de los primeros y los sitios como éste están reservaos pa' los segundos».
Apoya ambos codos sobre la mesa y entrelaza los dedos de las manos
frente a la boca. Mordisquea la uña del dedo pulgar, igual que un perrito
que necesita fortalecer sus incisivos, en una postura que pretende conducir
a un punto de inflexión. «Como no andes listo vas a joderla otra vez y
volverás al trullo de cabeza. Y de aquí dentro no se sale mejor persona.
Nadie aprende a base de hostias».
«¿Entonces tú?».
«¿Yo?». Se señala el pecho con el dedo, y tras un momento de leve
reflexión tuerce el pescuezo hacia un lado, mostrando un perfil de
pingüino, se muerde el labio inferior y su mirada obnubilada y persistente
simula examinar el mundo a través de una ventana inexistente. «La
excepción que confirma la regla». La inmediata concatenación de datos,
que suelta con la inercia verbal de un charlatán, denota la alquimia a la que
ha sido sometido el metal pesado de su alma y una sólida erudición,
acerca del ínclito valor disuasorio del castigo. «Mires donde mires y
escuches lo que escuches en este sitio de mala muerte se les seca la boca al
hablar de las bondades del sistema penitenciario. Y su necesidad, claro, en
beneficio de la sociedad, dicen. ¿Pero sabes una cosa?».
El chico del pelo enmarañado tiene la cara de un bulldog en hora de
siesta. Le falta babear. Niega con la cabeza, en un vaivén soporífero a
imagen de aquellos perros de patas estiradas anclados a la bandeja
superior del maletero del coche.
«Ilústrame».
La muchacha se incorpora al dúo, pero sin incluir una tercera voz
polifónica. Se mantiene muda, de pie al lado de su marido, balanceándose
alternativamente sobre ambas piernas, mientras le da varios golpecitos
ligeros en la espalda al bebé, que tiene colocado casi en trasversal sobre
su pecho, con la cara sonrosada y los ojos dispersos echados por encima
del hombro derecho.
Lama continúa su argumentación con un método que no sería capaz de
rebatir ni el propio Descartes.
«Supongo que, a pesar de esa ignorancia tuya de la que te pavoneas,
sabrás cuál es la única democracia occidental que sigue manteniendo la
pena de muerte y que ejecuta hasta a retrasaos». Su interlocutor afirma,
asumiendo tal vez la evidencia de ambas proposiciones, más si cabe la que
hace referencia nada velada a su estulticia. «Pues ese mismito es el octavo
país con mayor tasa de delincuencia por habitante, a pesar de que lo del
castigo lo tienen más que contemplao los mu' memos: en sus cárceles vive
una cuarta parte de toós los presos del mundo».
«A veces parece que te ha poseío el espíritu de un leguleyo». Mira a su
mujer circunspecto, con la jeta estirada y la comisura de los labios
desprendida alrededor del mentón como fiel testimonio de que no se aleja
un ápice de la verdad la supuesta ofensa que le colgaron hace unos
segundos. «¿Y esas vainas qué te las enseña el colega ese del taller?».
«Sí, Francis. De las pocas personas de ley que te puedes encontrar en el
talego».
«Joder con el Francis, si parece que te has enamorao de él». Una
sonora bofetada, más dolorosa en esencia que en presencia, le corta en
seco la carcajada que comenzaba a escabullirse entre sus dientes podridos.
Ha empezado a sudar y su frente semeja el lago Titicaca. Se refriega la
mejilla, estudiando de reojo a la mujer que se troncha de la risa, y enfoca
el tema de conversación de forma más comedida. «¿Y el baranda
consiente sin que le dé por pensar que vais a montar un motín con tanta
cultura y tanta leche?».
«Usas ya más jerga que yo. Al director no le hace demasiá gracia, pero
Francis tiene sacá la plaza y no es fácil fregarlo a otro lao». De pronto, un
punto muerto detiene su mente y aterciopela el instante dándole la
consistencia que le resulta precisa para focalizar nuevamente su
preocupación. «No me marees, bocas, y céntrate en lo que te digo aunque
pienses que no entiendes un carajo. Escúchame. Los desgraciaos somos tú
y yo y hay que contar con ello; a ver si tienes huevos de encontrar un
periódico o un telediario en el que llamen delincuente a un mandamás que
haya mangao dinero público. A esos en lugar de llamarlos con el mismo
nombre que a nosotros los indultan».
Lama expurga sin mirar en el bolsillo de su pantalón mugroso, extrae
un pañuelo a juego con la mugre y al tiempo que trata de terminar su
advocación a la Virgen de la Trena se lo acerca al chaval, que ya se está
limpiando las gotas de sudor con la parte externa del antebrazo sano,
quien lo recoge con dos dedos y bastante más asco que ganas.
«¿Nunca se te ha cruzao nadie a la otra acera al verte venir? Y conque
algún listo hable mal de ti no hace falta ni juicio ni pollas. Cambia,
modélate antes de cagarla otra vez... aquí es tarde. Siempre, por mu'
estudiao que se crea uno».
«Al menos no te han enseñao todavía a terminar las palabras en -ado.
No está toó perdío». Expele provocando una nueva crispación mientras se
enjuga la frente acuosa. «Es choteo, tranqui. Tendré cuidao, te lo juro». Y
posa los labios sobre los dedos índice y pulgar de la mano izquierda,
extendidos y trabados formando una cruz y besándolos en su mitad con un
reconocido sonsonete.
En realidad, tras continuados esfuerzos, el chico acaba de arrancarle
una sonrisa que no encierra dentro, consciente de que ya es tiempo de
destensar la soga.
«Mi pasao quinqui está arraigao en lo más hondo. Lo del -ado para los
finolis. ¿Y del ingreso en comunidad sabes algo?».
Abre la boca un par de veces a espasmos, estilo pez sacado del agua y
condenado a una muerte indigna, sin saber muy bien qué decir, como si le
hubiera inducido a calcular un logaritmo. La mujer interviene salvando
los muebles, átona la voz, inservible la queja.
«Fuimos el lunes al Centro de Drogodependencias a preguntar. Sigue
en lista de espera y no saben lo rápido que avanzará el tema, pero por lo
menos tres meses no hay quién se los quite». Eructa el bebé y un líquido
viscoso comienza a gotearle por la barbilla hasta aterrizar pausadamente
sobre el hombro de la madre, quien se aproxima a la mesa, introduce
varios dedos en el neceser y abriendo el cierre del paquete de toallitas
húmedas extrae al menos dos de ellas hechas una bola amorfa con las que
le limpia, cuidadosa y henchida de ternura, la leche recién regurgitada.
Mira a su esposo, no con menos mimo, y en un impulso tal vez insensato,
expele su adentro. «Estoy preocupada con el prenda, la verdad. No hay
más que ver cómo está».
Se le ha cristalizado el iris de las pupilas a Lama. Alza la mirada con
una conciencia tan límpida en ideas como espesa en recuerdos. Antes de
que una lágrima despistada busque la luz y fabrique un surco húmedo a lo
largo de su mejilla, se sujeta el párpado con el dedo índice y finge, en una
actuación que merecería una tonelada de tomates, que una mota inusitada
de cualquier sustancia se ha depositado dentro del ojo. Alarga el brazo
derecho y lo apoya potente en el hombro contrario del tipo que tiene
delante antes de emitir el último comunicado sin derecho a réplica.
«No te esfuerces mucho en hacerte el fuerte; pero sé firme. Dos meses,
tres, lo que haga falta, porque de lo primerito que te vas a encontrar será a
los gilipollas de turno a los que les conviene soltar por su bocaza que no
tienes suficiente fuerza de voluntad. Pa' seguir untándote con papelinas y
que les sigas haciendo su vida de mierda más fácil». Se sonríe
lacónicamente, detenida la mirada aún vítrea en las bolsas de plástico
amontonadas sobre la mesa, y repiquetea con los dedos encima del
tablero. «Te pondrán a caldo los colegas y los que sólo saben de ti de
oídas, porque si hay algo que se nos da de puta madre a todo Cristo es
colgar el sambenito. Dar por sentao por lo que me han dicho, por las
cuatro mamonás que he visto... Uno lee cualquier página de sucesos y ya se
cree con derecho a hacerle un traje al más pintao. La mente nos juega
malas pasás y por muy convencíos que estemos de algo, al final...
espuma». E insiste en un final casi agónico, intentando rehuir la desazón.
«Sé firme».
El chico parece consumido por una duda introspectiva cuando lo
observa. Su tono de piel ha tomado un color lechoso y el pañuelo con el
que se seca la frente de manera infructuosa presenta el aspecto de haber
sido inmerso en un barreño de agua tibia. Le cuesta articular palabra, con
la boca pegajosa en la comisura de los labios como si hubiera sido untada
de almizcle.
«A veces me cuesta ser firme hasta pa' respirar».
Se apoya una mano femenina en su hombro, imbuida de esa firmeza
infame que a tanto le conlleva. Berrea el bebé en brazos de la madre y su
llanto nada melifluo revierte de nuevo a neorrealismo la pose extática, de
Madonna esquelética que se diría extraída de un lienzo de la etapa oscura
de Goya. Lama no tiene nada más que decir, o decide enquistarlo dentro
como un tumor inoperable que le roba la vida a paso marcial.
«Normal que llore. No oye más que penurias». El nene debe de haber
entendido algo, pues se calla y clava sobre él los ojos espabilados
mientras su cuello inestable le bambolea la cabeza. «Pizcamos algo y a
hablar de temas insustanciales, que en na están aquí otra vez llamando a la
puerta».
17

¡Randy!, hola...
Hola, ¿qué estás haciendo aquí?
¿Qué coño estás haciendo?
Hago lo mío... Voy a trabajar.
Sí, pero... tu corazón...
¿Mi corazón? Ja... Mi corazón sigue palpitando.
¡Sí, pero el médico te dijo...!
Oye, sé lo que hago. Además el único sitio donde me hacen daño
es... ahí fuera. Al mundo le importo una mierda.
Yo estoy aquí... Estoy aquí de verdad... ¿Cómo le llamas tú a eso?
«¡Y su contrincante. Desde Elizabeth, Nueva Jersey».
¿Ves? ¿Les oyes?
«con un peso de 101 kilos».
Este es mi sitio. Tengo que salir.
«un luchador inmortal! ¡Randy The Ram Robinson!».
No, no, no... Randy, ¡Randy!

Sentada a su lado en el sofá burdeos de tres plazas lo mira de reojo sin


mover apenas la cabeza de pelo tintado color violáceo y espera impávida
una reacción que no llega. Cierto que parece rebullirse sobre el cojín
como un niño de mal dormir en la cuna, pero imposible le resulta acertar
si ello se debe a que haya surtido efecto su vertebrada pretensión de
hacerle sentir incómodo o a que apenas restan diez minutos de película y
se encuentra íntimamente seducido por el destino poco prometedor de
Randy The Ram Robinson. El chico descruza las piernas obesas que
apoyadas en cruz descansan sobre la mesa baja de comedor y deja caer sus
pies desnudos dentro de los zapatos Barracuda. Los contornos del rostro,
orlados en claroscuro por la luz pálida que irradia hacia el techo la tulipa
de la lámpara de pie en negro cromado de la sala, le confieren el aspecto
inquietante de un redivivo Orson Welles en un film noir.
«¡Este tío es memo!». Le escucha soltar a expensas de un cataclismo
tras resoplar con tan inmensa ansia que casi empaña de vaho la pantalla
del televisor LED de 50''. «Joder, la va a palmar. Y se la pela al coleg».
«Chisst». Acota enarbolando las cejas y frunciendo el ceño. «Atiende,
que ya no queda nada». De música de fondo el griterío ensordecedor de un
público enfervorizado a quien poco importa las batallas personales más
allá del ring de su ídolo venido a menos. Randy sonríe, pagado de sí
mismo, chocando las palmas vendadas de sus manos con aquellas que le
presentan como ofrenda postrera quienes lo adoran por lo que representa
en lugar de por lo que es; ni una sola vez vuelve el rostro hinchado y
deforme hacia Pam, la prostituta de club que anegada por el asqueo y
henchida de una dignidad redescubierta logró apropiarse de la suficiente
voluntad para dejarlo todo por él, por ese ser autodestructivo que le da la
espalda a ella y a toda vida viable.
Idéntica debacle existencial siente la chica del cabello tintado cuando
toma el mando a distancia del televisor y en dos pulsaciones rápidas baja
un par de rayas el volumen. Su compañero no pierde comba de la cinta, se
incorpora algo nervioso en el asiento, parpadea intermitentemente con un
tic estereotipado y se rasca la parte externa de la aleta de la nariz como
asaltado por un insoportable prurito antes de levantarse de improviso
dando un respingo. Se inclina, toma de la mesa una de las dos latas de
cerveza y, después de echarse un largo trago al gaznate, reemprende su
afanosa tarea de raspado nasal y al igual que un maniático compulsivo
sitúa el culo de la bebida justo encima del círculo de humedad que se había
quedado marcado sobre el tablero al levantarla. Randy acaba de subir al
ring pasando su cuerpo machacado entre las cuerdas del cuadrilátero.
Ágil, mudo, casi con perversión.
«Voy al baño. Dale al pause, anda».
Ella no obedece, pero le hace caso, pues aunque ambas cosas simulan
lo mismo no lo son en absoluto. La primera casi nunca implica respeto,
sino sumisión, mientras que la segunda oscila en una amplia gama que
puede ir desde la asunción de la verdad del otro hasta el mero análisis de
ceder aguardando un deseo más propicio. Suelta el mando sobre la mesa,
haciendo notar ostentosamente su enojo, y sumerge varios de sus dedos —
terminados en luengas uñas pintadas de negro y decoradas a base de
puntos de colores— hasta el fondo del bol transparente donde reposan
algunos restos de palomitas dulces de maíz como diminutas ovejas
encogidas.
«Al baño. No puedes esperar diez minutos».
Recibe por toda respuesta una encogida de hombros y una mueca
imbécil y prepúber que parece rivalizar en su interior con un impulso
catártico a fin de evitar pronunciar alguna frase notoriamente más
execrable. El chaval abre los labios, pero deben de ser impostergables sus
ansias de orinar, pues obviando toda posible valoración sobre lo que ha
dejado traslucir sin ambages en el trasfondo de las palabras que acaba de
espetarle, gira sobre sus talones como una peonza lenta y perezosa que va
perdiendo estabilidad y, encendiendo la fila de halógenos que asperjan su
luz uniforme a lo largo del estrecho pasillo que conduce a las dos
habitaciones y al aseo, abandona el salón con relativa urgencia.
El amor no atiende a lógicas. Basta con echar en torno una ojeada, por
muy espléndida que ésta sea y por más estudios de campo que se decidan
realizar aun tomando como exclusiva y parcial cobaya de
experimentación a Spinoza. Paqui goza, entre otros defectos según ella o
entre otras virtudes si opinara algún prójimo, de un racionalismo que ante
situaciones de extrema necesidad puede rayar en lo grotesco. Sería capaz
sin el menor esfuerzo de aburrir e irritar a un niño de cuatro años
preguntándole de manera reiterada «y por qué», pero todo se va al garete
convirtiéndose en ceniza ante Diego a pesar de su quemante ineptitud. La
cota de malla bajo la que reviste sus temibles certezas las transforma en
celofán su corazón con tan sólo un inapreciable bombeo. Percibe sutil el
pestillo de la puerta del baño. «Lo ha cerrado...». Se humedece los labios
frotándolos uno sobre otro. Siente una presión insostenible en el pecho. Se
acelera su ritmo cardíaco como el de un ciclista amateur ascendiendo por
las inclinadas rampas del Tourmalet. «Hasta que no se ven tirados y sin
apoyo no suelen reaccionar». Era de una austeridad simbólica el despacho
de la psicóloga del Centro de Acogida. Una chica sonriente y bien
dispuesta, de cabello largo y marcado de ondas y que les soltó la frase
desde el otro lado de la mesa con una directa personalización a pesar de
haberla empleado con toda probabilidad en indecibles ocasiones. Ella en
su lugar seguramente se hubiese parecido más a una niña de San Ildefonso
cantando la pedrea del Sorteo de Navidad. «Sabemos que no es fácil
pero», recuerda un archivador gris no demasiado alto al fondo de la sala y
un dibujo infantil a lápiz y con colores estridentes, del que sólo su autor
sería capaz de determinar la imagen representada, pinchado en el extremo
del tablón de corcho más próximo al escritorio, «si no tenéis un
comportamiento común e idéntico con él siempre va a poder recurrir al
miembro de la familia que considere más débil». Su futurible suegra se
hallaba sentada a su derecha, inclinada la cerviz, los ojos pequeños gachos
e instalada su mirada en las carnosas rodillas sobre las que reposaba el
bolso salmón de Kling que aferraba entre sus manos como si le hubieran
sido apuntaladas con tornillos. «Estamos para ayudaros en lo que
necesitéis, pero el primer paso es conseguir que ingrese y, por lo que
estáis contando, por propia voluntad no parece que lo vaya a hacer».
Corazón desbocado. Se rasca la mollera y pasea la visa por el salón, igual
de austero, en virtud de la necesidad más que de la opción personal, que el
despacho de Virginia, la psicóloga. Varios pósteres originales de cine
decoran las paredes color albero: a la derecha del sofá y por orden de
aparición un lechoso Johnny Depp con los pelos electrocutados en
Eduardo Manostijeras; de nuevo Tim Burton y su Sleepy Hollow
mostrando la silueta de un jinete sin cabeza, espada en mano, a lomos de
un caballo con la crin revuelta; y enfrente, al lado del aparador que ocupa
casi todo el muro lateral, el desafortunado Brandon Lee, de cuerpo entero
a contraluz, con similar apariencia a la de Depp y un título, El cuervo, en
letras rojas abajo a la izquierda. Una bruja de imitación a bronce antiguo,
con generosas dimensiones, gorro puntiagudo de ala ancha y montada a
horcajadas sobre una escoba adorna una de las esquinas del mueble de la
televisión, tan próxima al borde que no resulta descabellado pensar que un
mínimo despiste la haga realizar un aterrizaje forzoso sobre la alfombra
de tonos marrones que protege vagamente el pavimento. «Ya está
tardando... Mear se hace en dos minutos». Se pone de pie de forma
espontánea y mientras golpeos secos continúan llamando a las puertas
quebradizas de su alma, se acerca a la figura de la bruja, la agarra por el
tronco y la coloca hacia adentro. Le cuelgan los brazos inertes a lo largo
del cuerpo delgado como a una muñeca de trapo clavada a un palmo del
suelo sobre un paredón de ejecución. «¿Con quién se va a poner menos a
la defensiva?». La miró Alberto, por encima de sus gafas bifocales,
invitándola a tomar la palabra antes de que su esposa, que ya había abierto
los morros con un punto de vista divergente, se otorgara un derecho que
no le correspondía. «Supongo que conmigo». «Pues lo siento, pero te ha
tocado la pajita más corta». Se zambulle en el sofá, fláccida y aterida ante
el invierno que se apropiará en breve de su ser interno y de cuanto la
rodea. «Busca un momento en el que estéis tranquilos». Los tres la
observaron, con una quietud palpable cargada de absurdo optimismo. El
sonido de la cisterna evacua al retrete sus vívidos recuerdos, junto a la
confianza firme y nítida de entonces, pues obturadas se quedan en el
intestino sus excrementosas ansias y aquello que se manifiesta menos
oportuno y aun más sintomático: el amor. Se descorre el pestillo, una
aspiración nasal, pasos en exceso cadenciosos y unas zarpas velludas se
apoderan desde atrás de sus pechos menudos y turgentes.
«Anda, que estás más maciza que la Tomei».
«Y tú más ido que Randy». Le golpea las manos, varoniles y de dedos
cortos, con las palmas de las suyas abiertas con simetría y tosquedad
pasmosas, recurriendo a la acritud y a la intemperancia como único valor
seguro para salvaguardar esa distancia precisa que separa la voluntad de la
rendición. Se gira sin levantarse y escruta la cara bobalicona e
impertinente que la mira desde detrás del sofá y de cuyos labios se escapa
una queja.
«Tía, ¿qué pasa?».
Paqui no logra descubrir a ciencia cierta si la brusquedad en la
embestida procede de un enfado momentáneo o de una frustrada libido,
pero conociendo largamente los impulsos primarios de Diego, que
superan en intensidad su capacidad de reflexión, intuye que la única
síntesis que extrae del suceso es que apenas quedan diez minutos de
película y ella desea terminar de verla antes de gozar de los placeres de la
carne. Se reafirma en la idea cuando el chico fija sus pupilas dilatadas a la
pantalla del televisor y de manera inconsciente se echa mano a la
entrepierna. La primera ocurrencia que se le antoja colocar, como un
bizarro estrambote, tras el delirante gesto de semental tiene relación con
las cada vez mayores dificultades que suele mostrar su partenaire a la
hora de mantener una erección, aunque su determinación acerca de la
necesidad de amarrar un objetivo más elato le conduce a caminos
similares a los que emprendiera Orfeo con tal de rescatar a Eurídice del
inframundo. Tentando al Dios del infierno, mantiene aún su rostro vuelto
al amado aun con idéntico temor a que se convierta en sombra.
«¿Por qué crees que he dicho de ver esta peli?».
«¡Yo que sé! Porque me encanta el Wrestling».
Un silencio poderoso invade la estancia con mayor intensidad y
virtuosismo de los que emplearía una tropa de asalto para liberar a un
grupo de rehenes. ¿Se puede dialogar con un monologuista nato? Niega
con la cabeza y una visión lastimera y rebelde le ofrece una posible
recapitulación sin tener que hacer uso impenitente de la lengua de signos.
«... O porque te ha empezado a salir sangre de la nariz».
Contempla a Diego, falto de voluntariedad, dirigir como un autómata
sus dedos a la zona de las fosas nasales, frotarla débilmente con las yemas
y examinarlas con huidizos ojos grises. Un líquido pegajoso y escarlata se
descorre hasta la palma de la mano con insalvable definición.
«Tengo las venas de las napias muy delgad».
Paqui acaba de perder la paciencia y tras un arranque dubitativo la
razón se adueña del sentir de manera fulminante, con la certeza de que los
rehenes ya están muertos o han perdido la esperanza. También decide
tajante que le importa bien poco si la conversación se torna en dos
monólogos superpuestos; aprovechará el factor sorpresa y la negligente
decrepitud a la que se ha abandonado Diego.
«Hablé con tus padres el otro día. Me dijeron que habías quedado
conmigo por la noche. Fue un detalle por tu parte no decírmelo, porque
parece ser que falté a la cita. No sé tú».
«¿Que... que había quedado contigo? ¿Qué día? No se enteran de nada.
Están ya senile».
«¿Y con las pelas que haces? Llevamos programando unas vacaciones
desde hace seis meses y lo poco que sé es que tu padre estuvo revisando
las cuentas con el contable la semana pasada y nadie sabe que han sido de
unos doce mil euros que tendrías que haber ingresado hace un mes en la
cuenta de un proveedor».
«Pero, ¿qué coño estás dic».
«¡Yo no soy tu madre, Diego, que prefiere no enterarse de tus movidas
para no tener que meterle mano a nada!».
Sus diligentes contraataques, lanzados con una precisión cabalmente
concebida, suponen una barrera infranqueable para su interlocutor quien,
con las venas del cuello exaltadas, enrojece en progresión aritmética
como un ascua de carbón recién lanzada a la lumbre y es derrotado por las
formas más allá de que nunca estuviera la verdad de su lado.
«¡Hostias! ¡No te metas con mi madre!». Y rodeando el sillón le lanza
un puntapié descomunal a la mesa sin atender en exceso lo poco
apropiados que pueden resultar para tal menester sus zapatos Barracuda y
sus pies sin calcetines. La pata que recibe el golpe se agita epiléptica y
tarda unos segundos en desprenderse, volcando el tablero y
desparramando por la alfombra el mando a distancia, el bol de palomitas
y la poca y templada cerveza que aún contenían las latas.
«Vaya, a ver si va a ser ahora la primera vez en tu vida que la
defiendes». Paqui mantiene la compostura a pesar de que siente que el
corazón se le marcha del pecho igual que a un personaje de dibujos
animados. Frente a ella, Diego aprieta los puños y eleva hacia atrás
amenazante uno de sus brazos, mas la única opción de vencer este combate
pasa de manera ineludible por desarmar al oponente y no confiarse hasta
dejarlo atado de pies y manos y lastrado por otra verídica impotencia. Lo
que no se atreve a mantener Randy The Ram, teñido de un rubio
escandaloso y que permanece dentro de la pantalla como una escultura de
mármol con el rictus y las entrañas congelados. «La cosa es simple: en una
semana estás en una Comunidad Terapéutica o tus padres te ponen de
patitas en la calle y te vas buscando otra novia a la que dar cera».
«No tengo ningún problema de drogas, so mierda. Además mi padre
no lo va a consentir». Culmina la frase con una sonrisa torcida y diabólica
que no obtiene el más mínimo efecto disuasorio sobre el discurso
aprehendido de su compañera.
«Tu padre habla tan poco que es el más listo de tanto escuchar. Será
quien peor lo pase probablemente, pero es el que más claro lo tiene». En
ese instante preciso le da la espalda, henchida de dolor y de náusea, para
perderse en las sombras del pasillo tras dedicarle apenas unas últimas
palabras revestidas de pragmatismo que puedan acabar de una maldita vez
con la abstrusa resistencia de Diego y con el cansino malestar que la
invade. «Tengo que recoger a Tommy de casa de mis padres. Cierra al
salir».
Se detiene el tiempo y transforma lo infinito en la alegoría de un
momento imperceptible. Ha pasado un mundo y cientos de galaxias en los
segundos que transcurren estáticos hasta que escucha el tormentoso
portazo. Apoya entonces la frente y los antebrazos en la pared que sostiene
su pena y le viene a la mente saturada una frase de no recuerda qué genio
español, quien debería estar muy al tanto de la vida: «el amor es como
Don Quijote, cuando recupera la cordura es que está a punto de morir».
Sigue loca, para que la encierren, mas no se enfrenta su lanza a molinos
de viento sino a sirenas y gigantes ebrios, y dejando escapar como a un
conveniente ladrón la ansiedad contenida, aun con el rostro castigado
contra el muro y destrozada en astillas su arma, llora amargamente.
18

«¿Y cuando te duela el alma, también vas a tomar ibuprofeno?».


Juan Manuel tuerce la cabeza y le regala una cara de circunstancia que
en otro ambiente menos regulado tal vez devendría con inmediatez en una
intimidación categórica. El pelo engominado y el recortado y fino bigote
le otorgan una imagen pastosa de Errol Flynn tostado por el sol y en horas
bajas. Al final le ofrece una mueca divertida que deja ver sus paletas
resplandecientes de dentadura postiza y regruñe apretando los dientes.
«Javi, no me seas chorra, que me duele mucho la perola».
El susodicho echa un mano a mano a la suerte, conocedor de que en
Comunidad los dados están sobriamente amañados en virtud de la
necesidad de autocontrol.
«Define mucho».
La pregunta es un dardo envenenado de vergonzante respuesta. Los
heroinómanos no soportan el dolor físico. Basta la picadura de un
mosquito, la rotura superficial de una uña, la más leve contusión para que
se presenten en tropel todos los demonios y haya que recurrir, como en un
necesario ejercicio de exorcismo, al amoníaco, al yodo, al ácido
acetilsalicílico. Mas no debiera achacarse tal hecho a la flojera, a la
cobardía, a una cuestión de actitud o de fuerza de voluntad so pena de
incurrir en una suprema injusticia; la nula tolerancia al dolor, y por ende
al malestar más nimio, depende de un mero componente fisiológico.
«¿Mucho? Pues una barbaridad, ¿qué quieres que te diga? ¡Insufrible!».
Stanislavski no hubiera sabido instruirle para una actuación más gloriosa.
Diego, que contempla la escena ensimismado mientras espera la dosis
nocturna de lorazepam y trazodona con el hombro derecho apoyado en el
quicio de la puerta y los brazos cruzados sobre su soberana panza no
puede reprimir una risa sardónica.
«¿Y tú de qué te ríes, colega? ¿A que le digo que no te dé lo tuyo?».
Javier entrega una mirada adusta a ambos litigantes, de manera
particular y más excesiva a Diego, absuelto para su fortuna y como falta
de atenuantes de patología dual, al contrario que Juan Manuel quien,
víctima de la ausencia de fondos reservados, decidió sin demasiada
consciencia recurrir a la pasta base, paco para los amigos, y destrozarse la
sesera en menos tiempo de lo que tarda Usain Bolt en correr los cien
metros lisos.
Mientras piensa en ello, el educador toma un blíster y apretando con
los pulgares una de las cavidades con forma de ampolla deja caer un
comprimido sobre la palma desnuda que se desplaza bajo la reja de la
ventanilla desde la que dispensa la medicación.
«El sufrimiento forma parte de la vida, Juanma, y si no puedes dejar de
tomar un ibuprofeno porque te duele la perola terriblemente»,
entrecomilla el término a partir de un tono de voz nada neutro y mucho
más marcado, «ya me dirás si no vas a ir a la esquina más próxima a pillar
cuando se te tuerza algo».
«¿No estás siendo un tanto puntilloso, Javi?». Diego interviene,
dándose por aludido e ignorante de que no existe mayor obviedad
respecto a las propias limitaciones que el hecho de defender a capa y
espada las mismas reflejadas en los otros.
Javier, con el convencimiento de haber experimentado la misma
secuencia en recurrentes déjà vu, se dirige al chico de mostacho como fila
de hormigas que en la posición de un sacerdote durante la plegaria
eucarística permanece de pie, frente a él, con la pastilla en una mano y un
vasito de plástico relleno de agua en la otra.
«Juanma, ¿necesitas de verdad el ibuprofeno o puedes pasar de
tomarlo?».
Al interpelado parecen sobrarle decenas de sus tocadas neuronas para
definir una respuesta. Confirma la segunda parte del enunciado mirando
de reojo a Diego con cara de asesino múltiple.
«Bufff... Creo que en realidad puedo pasar».
Se dejan sentir dos golpes agudos de campana y los tres protagonistas
del cuadro tragicómico vuelven sus miradas graves hacia el patio como si
a punto estuviera de caer el telón.
«Pues devuélvemelo, anda, y corre a la sala que ya tocan para la
reunión y aún tengo que darle a éste las pastillas».
Juan Manuel, perdedor y desganado, coloca el comprimido sobre el
vasar de mármol gris bajo los barrotes y hace amago de retirarse hasta
otra ocasión más adecuada. Diego, bastante más irreflexivo de lo que
requeriría el momento, no aparta su cuerpo fofo y orondo del marco de la
puerta cuando su compañero se dispone a salir y lo observa con idénticas
consideración y empatía que las mostradas por un león antes de zamparse
una cebra. El tipo delgado y con pinta de quincallero chasquea los dedos
delante del rostro seboso de su potencial adversario, quien sonríe jocoso
como un niño juguetón a punto de introducir los dedos dentro de un
enchufe.
«¡Diego! ¿Qué haces?». Intenta que su voz renuncie a la comprensión y
no le resulte fácil al súbito portero de discoteca saltar el obstáculo de la
autoridad sin ceder en los cuartos delanteros. «Déjale salir». Sostiene la
mirada al chico de la perilla metódicamente recortada, iracundo y rabioso
pero embargado de una monacal mesura, necesaria para lograr instalar en
mitad del recorrido un último seto que calibrar conforme a las fuerzas
propias. Diego no se muestra del todo convencido de la calidad de su
brinco, tal vez más prudente por su aspecto Bibendum —en extremo fácil
de despanzurrar por el suelo— que lúcido ante su habitual imprudencia, y
se retira, aunque tan ligeramente que la delgadez raquítica de Juan Manuel
tiene que pugnar por abrirse hueco. El etéreo roce que se produce entre
ambos transforma el instante en un duelo criminal con el mimo de un
operario que levanta la calle usando un taladro percutor. Javier conoce a
la perfección que va a suponer una enorme dificultad descubrir la hora y
el lugar en el que se batan para tratar de impedirlo. Tiene que buscar
subterfugios.
«¿Sabes la diferencia entre un yonqui y un cocainómano?».
Diego, inclinado sobre la pileta de obra, abre el grifo de llave que luce
una espantosa oxidación a tres palmos del sumidero, y llena de agua el
vaso menudo de plástico que acaba de raptar del envase. Se alza, bosteza
con suficiencia y libera una media sonrisa en un signo petulante que
parece hacer honor a la respuesta que van a escuchar sus obstinados oídos.
«Ninguna, solo que el segundo no se da cuenta».
«Pues yo diría que hay muchas más». Se coloca frente al vano
enrejado, visiblemente febril y con aire nervioso, insistiendo en lo fútil de
dejarse domeñar por una idea preconcebida. Pasa la mano izquierda bajo
la verja, con la palma hacia arriba, a la espera de recibir la medicación
que le ayude a conciliar el sueño.
Javier, con los ojos entornados y somnolientos, rastrea el nombre en
el pastillero semanal y mientras abre el compartimento y extrae la
medicación decide revelar un recuerdo oportuno que intenta cargar de
solemnidad.
«Tú que te consideras un tío culto lo mismo conoces el proceso de
elaboración del café más caro del mundo. Es originario de Perú y los
productores le dan de comer los granos a un pequeño mamífero de la
zona, el coatí, que los nativos llaman mishasho. Pero resulta que el bicho
no los puede digerir y los defeca enteros después de haber pasado por las
enzimas del estómago lo que les confiere unas propiedades únicas». Suelta
los comprimidos sobre la palma extendida del chico, que lo examina con
un mohín de asco imprevisto, y contextualiza la metáfora. «Haber tenido
que tragar mucha mierda en la vida no hace a las personas necesariamente
peores».
Diego no dice esta boca es mía, si bien aparenta una pulcra disensión
desmentida por su mirada acre, tan sólo se echa las pastillas a la boca y
tras vaciar de un buche el vasito blanco de plástico lo arruga con el puño y
lo encesta con sorpresiva habilidad en la papelera situada a la esquina de
la entrada. Javier lo despide desde el otro lado de la ventanilla que está a
punto de clausurar por dentro con un ultimátum que aboga a la renovación
espiritual.
«Ahora, mientras vas de camino al salón piensa en las victorias que te
ha dado el orgullo». Y escucha al joven obeso de ojos grises alejarse con
pasos exhaustos.
Cuando se dispone a cerrar la puerta después de recoger la carpeta de
avisos y apagar el ordenador apenas han transcurrido dos minutos; tiempo
más que sobrado para que cualquier contendiente insidioso le lance a su
oponente el guante, éste lo recoja despabiladamente y comiencen a batirse
en duelo sin opción de recurrir a testigos. El caso es que tras ese lapso de
ridículas dimensiones ya siente las voces.

Como a sabiendas de que debe de existir una compleja disección del


alma humana en las palabras que acaban de endilgarle, Diego, al tiempo
que observa a Javier con gesto curvo, trata de interiorizar lo que para él
no es más que una incuestionable estupidez. El orgullo invita a resistir, y
evita caer en la pusilánime tentación de compartir la sentencia aquella, que
hacen suya determinados mojigatos de espíritu temblón, acerca de que una
retirada a tiempo es una victoria. La introspección de Diego sobre el tema
en cuestión no acierta a ir más allá de que los espectadores presentes en un
combate sólo alcanzarían a contemplar la huida del derrotado, que será de
lo que parlotearán en corrillo con puntillosa fruición y todo lujo de
detalles. «Paparruchadas». Entonces, imbuido por un espíritu deportivo del
que nunca ha hecho gala, se coloca en posición de tiro libre y lanza el
vaso aplastado dentro de la papelera de la banda izquierda justo antes de
tomar la salida y dar cumplido descanso a su ya adormecido intelecto.
Todo lo que se niega a intuir detrás de la exposición expelida por
Javier lo ve con claridad inobjetable nada más traspasar con su cuerpo de
luchador de sumo la puerta de la sala de medicamentos que conduce al
patio. Como era de suponer, Juanma lo espera al lado de la fuente,
reposando su genio en uno de los dos bancos con brazos de forja, asiento
de varas imitación a ratán y patas también de fundición fijadas en el suelo
de terrazo que circunda el edificio. Estirado cuan largo es, los codos
echados hacia atrás apoyados en el respaldo y las piernas cruzadas y
extendidas cortando el paso a todo ser viviente que ose transitar por la
solería de cantos estilo andaluz. Aquél por el que circula Diego con nulas
apetencias de bajar el bordillo que conduce al terrizo de albero para
sortear las espigadas extremidades de su antagonista o pasar sobre ellas
como si fueran un campo de minas. Pepe se encuentra justo enfrente, de
cara a Juanma y a apenas cinco metros de distancia mal contados, vestido
con un jersey de punto demasiado ancho y las mangas remangadas; con el
pitillo escaso entre los labios y la espalda pegada a la zona del muro más
próxima a la puerta de entrada se diría que arbitrariamente ajeno a la
trama. De dos rápidas caladas apura el cigarrillo y apaga la colilla
retorciéndola a base de rutinarios movimientos encima de la bandeja
superior del cenicero mural, en acero galvanizado y pintado de negro, que
resiste anclado a la pared. Se mira los dedos, se los lleva de improviso a la
nariz y su expresión ceñuda da a entender que el ímpetu empleado contra
el filtro ha conseguido embadurnárselos de ceniza. Cuando Diego detiene
su diligente marcha delante de las luengas piernas y sus labios deciden,
con el asumido merecimiento de un faraón frente al esclavo, volcar una
orden del peso de un quintal de arena sobre los hombros escuálidos del
tipo que hace oídos sordos, Pepe toma la palabra, de manera aun más
extraña que propicia de ser eso posible.
«¿Ya te tomaste tus caramelos, Diego? ¿Entramos?». Vuelve a echar
una ojeada indiferente a sus manos y desinfla su adentro con un suspiro
que trasluce una honestidad poco común en quien está habituado a
sobrevivir a fuerza de engaños impíos. «Espera un momento que me lave
las manos que me las he puesto perdías de ceniza».
Pero existe la renuncia expresa a cualquier resquicio para una tregua
redentora, a pesar de que el instigador de la contienda observa con
agorera clarividencia los globos oculares desencajados de Juanma, que no
denotan comprensión ni amabilidad, sino un fondo remoto de negritud
cuyo único halo de luz enfoca a su desequilibrio encefálico ciclotímico
como a un mal actor incapaz de contener su histrionismo.
«¡Vas a darle una orden a tu puta madre!».
Tan poco ducho anda Diego en lo relativo a los pleitos no dialécticos
que en lo que tarda en reaccionar, llamarle gilipollas y agitar el puño a la
altura de la cabeza con el poco honorable fin de emplastarlo en la cara
huesuda y enfermiza del tipo del bigote anacrónico, Pepe ha gozado hasta
de tiempo muerto para placarle por la cintura de inabarcables contornos
como si evitara un definitivo touchdown en el Super Bowl, de manera
inusitada y con los brazos descoyuntados a imagen de Atlas sosteniendo el
firmamento. «¡¡Para quieeeto!!». Lo escucha vociferar hasta casi reventar
ese mismo cosmos, pero el delgaducho exhibe una mayor propensión a
manejar situaciones a partir del puro músculo y, bastante más efectivo en
la discordia de lo que habría de suponerse por lo anodino de su figura
huesuda, termina por estrellar el puño cinegético, teledirigido y ya de
inviable detención por más deseos retroactivos que parecieran instalarse
en lo profundo de sus pupilas contra la espalda protectora, mas
tediosamente vulnerable, de su compañero. Diego aún se revuelve,
derramando densas gotas de un sudor ansioso sobre el dorso recién
castigado y alargando sus brazos cortos y rollizos en dirección a la
persona ante la que, quizá, debería haber optado por mantener una actitud
menos licenciosa.
Si existe una teoría psicológica versátil y de patente utilidad tras
cometer la más bellaca de las tropelías esa es, sin recurso para la duda, la
acuñada por William Ryan en su ensayo crítico Blaming the victim, según
la cual las víctimas de un delito o de cualquier tipo de maltrato abusivo
son consideradas, al menos en parte, responsables del desafortunado
suceso de las que han sido objeto. Tal vez por esa fuerza de la costumbre
que absuelve de la pena buscando un chivo expiatorio que justifique la
conducta, Juanma no se conforma con el puñetazo visceral y ladino que
acaba de crujir la espalda a Pepe y concluye la tarea con un insulto a voz
en cuello que Diego no acierta a comprender en su plenitud, «¡¡y tú,
chapero, ¿pa' qué te tienes que meter?!!», pero que debe de resultar del
todo indigno si hace caso a la expresión airada del sujeto receptor de la
invectiva, a su resuello catatónico y a los brazos tensos que se aferran con
rigidez cadavérica alrededor de su cintura de cachalote. Cuando todo
parece indicar que su compañero de pelo recortado y canas incipientes va
a girarse para propinar un directo tipo Mohamed Ali a la frágil mandíbula
de Juanma e intentar incrustarle los dientes en el pulmón surge desde su
espalda una voz poderosa y firme seguida de unos pasos resueltos pero
que, faltos de ansiedad, logran transmitir con método la tranquilidad de un
osezno que abraza perezosamente un árbol.
«Chavales, ¿se puede saber qué hacéis?».
En el mismo instante escucha frente a él los herrumbrosos goznes de
la puerta de madera barnizada de añil que da paso al hall de la entrada y,
atravesando de manera abrupta sus dos hojas, ve aparecer una mole rubia
de varias leguas de recorrido desde la punta del pie hasta el flequillo
recortado a cepillo, de mirada torva capaz de intimidar al más distinguido
de los cimmerios, y ataviado con una camiseta blanca de mangas concisas
y menguada hechura que daría media vida por descubrir cómo había
logrado embutírsela en ese cuerpo de Hulk cabreado. Algo ha debido de
oír desde el interior, pues apenas pisan sus nervudos pies el terrazo,
aprisiona con brazos marmóreos a Juanma, que se convierte en un pelele
exánime atenazado por una prensa, y lo alza a medio metro del suelo con
la dificultad de quien pasa la página de un libro impreso en papel de biblia.
El tono del educador, ejemplar medianía entre lo melifluo y lo recio,
no da lugar a discusiones ni a desacuerdos que puedan dilatar el entreacto
a pesar de los notorios aspavientos que expresan la furia incontenible de
ambos contendientes.
«Carlos, llévate dentro a Juanma, por favor. A cualquiera de las salas».
Pepe, que no se muestra partidario de cejar en su empeño de reventarle los
intestinos a fuerza de apretarle los costados con sus brazos fibrosos, gira
el rostro con una mueca entre el disgusto y la distensión y mientras
desaparecen en el interior el gigante hercúleo de bíceps tatuado y su
muñeco de goma, al que agarra de la camisola por el centro de la espalda
como lo hiciera un titiritero, Javier se dirige a ellos, únicos intérpretes
que aún interactúan sobre el escenario y les invita a retirarse a camerinos.
«Y tú, Pepe, súbete al cuarto con este insensato. Ya hablaremos más
despacio». Suspira, con largueza y sin disimular el desánimo. «Aunque
resulta bastante desalentador tratar de susurrarle a un sordo».

Pepe tiene la misma idea de álgebra y de trigonometría que una


lombriz de tierra y si hubiera de analizar la sintaxis de una oración
intransitiva es probable que le costara distinguir el sujeto del predicado;
ahora sí, de peligro latente y de mal rollo sabe más que todo un colegio de
abogados. Ha sobrevivido en ambientes abrasivos donde dos ojos
frontales de depredador suponen una birria de recurso ante enemigos de
inesperada aparición y parecen sus sentidos disponer de visión lateral,
igual que un ñu, a fin de mantener un eslabón preeminente dentro de la
cadena trófica. Cuando ve aparecer a Juanma, como siempre demasiado
elegante para lo que se precisa, esa usual pinta de gánster con camisa
negra de cuello inglés y pantalones grises de pinzas y reflejos irisados, y
portando cara de tigre constreñido de quijada prieta, decide instalar las
antenas, sobre todo habida cuenta del carácter hosco y meridianamente
destructivo de Diego al que ha presenciado entrar a matar sin estoque y a
pecho descubierto con su risa sarcástica y prepotente. Al tiempo que, con
la espalda apoyada en el muro de la puerta de entrada y los ojos alertas,
apura sin dilación el último cigarrillo del día observa al flacucho sentarse
en el banco en una postura ni natural ni ortodoxa, estirar el cuerpo con
forzada rigidez y cruzar las piernas enjutas cortando el paso usual hacia el
salón de usos múltiples que cada noche es testigo presencial del protocolo
anterior al toque de queda. Acaso transcurren un par de minutos hasta que
Diego presenta su firme candidatura a tocapelotas comunitario
apareciendo en el patio con pasos marcados por un belicismo grotesco y
una meticulosa mueca de despecho tan desatinada en elección como llevar
a un tuerto a ver cine en 3D. Algo se cuece y parece que el guiso no va a
saciar el apetito de nadie. Retarda en el límite de sus opciones el
abandonar el fuerte, fumándose casi el filtro del tabaco e incluso los dedos
índice y corazón con los que sujeta el pitillo. Decide apagarlo en el
cenicero justo antes de que un exabrupto en forma de orden y sin derecho
a exoneración parta de los labios de Diego en forma de misil dron de
largo alcance. Sólo le deja la alternativa poco fiable, y menos común en
tales embates, de la palabra.
«¿Ya te tomaste tus caramelos, Diego? ¿Entramos?».
No sabe con exactitud qué vana excusa inventa de inmediato su mente
acostumbrada para evitar la purga, lo que le resulta evidente es que su
eficacia dista mucho de las pretensiones y expectativas, pues el jaleo da
comienzo con una intensidad no menos farragosa por el hecho de ser tan
predecible. Toda la farsa que se desarrolla a continuación y que responde
con generosidad ilimitada a los más primarios instintos no sabría definirla
más allá de sus propios actos, basculantes entre la decisión más prosaica y
las concesiones inverosímiles de tratar de encajar todas las piezas en un
estresante tetris psíquico. Funcional se le hace rodear la cintura de Diego
y nada se le presentaba más vulgar y adocenado como recibir un
traicionero puñetazo en el centro de la espalda, pero una afrenta
innecesaria y obtusa le recuerda que no existe lo incomprensible para los
labios de quien necesita una justificación: «...chapero», oye decir en medio
de una frase de banal trascendencia, y cuando su fuero interno se revuelve
como un jabalí herido ante recuerdos lejanos que lo conminan
despabiladamente a una acción más tosca y sincera ve a Javier acercarse,
con su caminar renqueante y pausado, y solicitar con delicada prontitud y
velada exigencia que alguno de los púgiles arroje la toalla en medio del
ring. Lo ha salvado la campana, a él más que a Juanma, pues aunque siente
abrirse a sus espaldas la chirriante puerta de madera no sabe que un
gigante de cabello dorado acaba de aparecer a imagen de un celoso ángel
custodio para colaborar en la evitación de males mayores y de un
presumible exilio del paraíso terrenal. Descubre la identidad del nuevo
actor de reparto al escuchar su nombre de pila en labios del educador
seguido de la subsidiaria directriz, encauzada de forma correlativa a
sendas parejas, de abandonar las candilejas, y en el momento en que se
gira para arrastrar a su sudoroso e infartado compañero hacia la
habitación que ambos comparten, Carlos ya sostiene bajo el brazo al chico
de bigotito mafioso, quien patalea sin compás ni renuencia como una
mosca recién sacudida por un atizador, y lo conduce al interior del
edificio con idéntica delicadeza a la que emplearía un Cro-Magnon
descuartizando un mamut. Al entrar en el recibidor, un ser menudo con la
cara parduzca picada de viruela, ralo pelo rizado y que, como suele ser
común en su idiosincrásico actuar se resiste a formar parte de la función,
observa por dónde deriva la trama apostado entre bambalinas. Pasando
por alto y en igual medida tanto la indiferencia falsamente protectora de
Mohamed como los enronquecedores alaridos y oblicuos intentos de finta
de Diego, Pepe lo conduce casi en volandas escalones arriba mientras se
van difuminando en la planta baja los gritos extravagantes de Juanma,
semejantes al hilo de voz decadente de un locutor de radio asmático que
trata de poner fin a una noticia de extensión nada liviana.
«¿Te puedo soltar ya?» La pregunta, formulada con poco entusiasmo y
menos fe en cuanto rozan sus pies el descansillo del primer piso, es
retórica en buena medida. El cuerpo tensionado de Diego y sus facciones
demudadas le otorgan a su gesto afirmativo similar credibilidad a la que
pudiera advertirse en un martirizado que asume su culpa tras ser recorrido
su pecho de manera infalible por un reguero de aceite hirviendo. «Oye...
¡Piensa, tío!».
Respira forzadamente el gordo, aleteando las fosas nasales e inflando
los carrillos como un trompetista, y poco a poco trueca el color de sus
mejillas y de su frente al tono blanquecino y enfermizo del que sólo ha
tomado el sol tumbado sobre un banco del parque en una mañana de
resaca. Pepe afloja la tensión de los brazos con ninguna seguridad, sin
decidirse a retirarlos por completo del contorno rebosante de su
compañero de cuarto quien, una vez liberado de su momentánea prisión,
agarra con manos prietas ambos lados de la camisa turquesa de niño bien,
sudorosa y arrugada, y la estira hacia abajo con el desdén de una
comadreja.
«Ese quinqui de mierda es gilipollas».
Lo contempla estoico, extraer el pañuelo de seda del bolsillo y enjugar
el abundante sudor de las sienes y del cuello blando y laxo, y se despereza
estirando los codos hacia atrás, bosteza tras colocarse el puño delante de
la boca y, definitivamente hastiado frente a la sólida estulticia de Diego, le
regala una colleja de medidas proporciones.
«Ya, tú sin embargo has mostrao una capacidad de autocontrol
pasmosa».
El chico de perilla y labios escasos aparenta algo más de
circunspección si bien su razonamiento primigenio, que comunica con
necia espontaneidad mientras se encoge de hombros, parece haber salido
de una clase de párvulos.
«¡Ha empezado él!».
Pepe delibera, a pesar de que el único antojo que se le pasa por la
mente con mayor estímulo que el de una embarazada es atar a su
compañero de pies y manos y lanzarlo de cabeza a un pozo. Rememora
entonces otra de las perlas comunes en los iniciados dentro del difícil arte
del cambio de conducta y que elaborara, como un soufflé que se desinfla,
el pensamiento inane de Diego en el taller de adaptación de varias semanas
atrás. Se lo suelta cuando están a punto de pasar a la habitación.
«Tolerancia a la frustración se llama, chaval».
En clara sintonía con aquello de la nula resistencia al dolor de las
personas adictas debido a cuestiones meramente fisiológicas, lo que suele
ser común al resto de mortales, se multiplica de manera exponencial en
aquellos colectivos con especiales dificultades a la hora del control de
impulsos, por mucho que tales desmanes acaben conduciendo a la
autodestrucción. Si Pepe no entiende nada de álgebra o trigonometría es
de rigor suponer que toda la sabiduría asociada a la tolerancia a la
frustración debe de provenir del taller de prevención de recaídas, pues el
argumento que aflora visceral de lo hondo de sus tripas es más
clarificador que la más precisa de las teorías científicas.
«Sí, como lo de cabrearte aquel día porque llevabas un rato pidiendo
la palabra». Diego, aún con la mano derecha apoyada en el pomo de la
puerta, tuerce el gesto en manifiesta disposición a la réplica, al menos
antes de que un nuevo puñetazo anímico al estómago le corte la
respiración y le mantenga la mandíbula caída. «Comportarnos como lo
hemos hecho siempre. Y así nos luce el pelo».
Atraviesan la entrada del cuarto y Diego enciende la luz
descuidadamente de un codazo. En el interior se siente un bochorno
desapacible a pesar de estar abiertas las dos ventanas y ambos, como
manejados a la vez por un dueño invisible, se tumban boca arriba en sus
respectivas camas.
«¿Y la dignidad, Pepe? Uno tiene que saber ponerse en su sitio».
Pepe deja escapar una débil e irónica risita, eleva hacia arriba el dedo
índice de la mano izquierda y lo rota sobre sí mismo señalando alrededor.
«Mira el sitio al que nos ha traío tanta dignidad y tanta vaina».
Sobre el colchón de al lado ve incorporarse con arrojo el cuerpo
rechoncho y de formas dispersas y cómo se limpia de nuevo el cargante
sudor de la frente, esta vez con el dorso de la mano, mientras él, tumbado
aún de espaldas y las manos cruzadas por detrás de la nuca, detiene su
mirada en la bombilla de bajo consumo que pende como un badajo de la
lámpara de techo. «Así queremos ser», detalla para sí mismo en plena
consciencia de la genérica percepción humana acerca del sacrificio,
«mucha energía con el mínimo esfuerzo». Sonríe de nuevo, ante lo
fraudulento de tal querencia, y con las pupilas fijas en la luz incandescente
dirige un determinante epílogo a su camarada de fatigas.
«Es cuestión de perspectiva. Tú chuleas a Juanma y le llamas gilipollas
porque te crees mejor que él; Juanma me llama chapero porque ha pasao
en la cárcel más tiempo que yo y piensa que eso también le da un plus... y
al final toós acabamos insultando a otro por nuestras propias miserias.
Eso sí que es una dignidad del carajo». Se levanta decidido y al tiempo que
abre el cajón de arriba de la mesilla y saca un cepillo de dientes y pasta
dentífrica da por finalizado el acto lanzando parte de escoria sobre sí
mismo, como un buen combatiente que sabe que la victoria final sólo pasa
por reconocer las causas de las derrotas. «A ver si te piensas que yo no
tenía ganas de partirle la cara a Juanma, y vete tú a saber qué fuera hecho
si no llega a aparecer el Javi. A mí me jode igual que a ti pasarlo mal.
Igual que a él, pero sé lo que hay y de dónde vengo. He sío un bicho, pero
voy cambiando, y si yo lo he lograo cualquiera puede hacerlo».
Diego, con la cara compungida de la inocencia, parece poco
autocrítico tras la sentida arenga que acaba de compartirle. Con similar
torpeza y pesadez a la de un hipopótamo que camina sobre arenas
movedizas encamina sus piernas cortas hacia el armario lacado a fin de
retomar el clásico ritual nocturno de colocarse el pijama antes de ir al
baño a cepillarse los dientes. Su particular desidia a la hora de recordar la
norma respecto al hecho de salir al pasillo en ropa de cama denota una vez
más que sus preocupaciones tienden a la mera especulación en lugar de a
las declaraciones de principios, y así lo demuestra también con ahínco la
única duda que acierta a plantear como una curiosidad malsana que no
conlleva la más parca utilidad.
«¿Qué significa chapero?».
Pepe lo observa impertérrito, incapaz de admitir tan repetida necedad,
y ante los nulos resultados obtenidos por medio del diálogo en ocasiones
pasadas opta simplemente por responder a la pregunta con una explícita
evasiva ya que, en lo preceptivo, deberá recurrir sin remedio a estamentos
superiores.
«Mejor que no lo descubras y sigas teniendo el culo cerrao».
19

Existe un aspecto terrible e insalvable en las decisiones y es que la


única persona a la que se hará reo de ellas en última instancia —de manera
paradigmática si el asunto se tuerce— es a quien las tomó en su momento.
Tal vez debido a ello y no a una impostora casualidad los grupos que
medran en todos los ámbitos sociales son aquellos cuyos decretos
aparecen dictados por una eminencia suma, poco importa si de mente
preclara o delirante, y que omite cualquier posible deferencia a la libertad
individual. Si el que se confunde es un colectivo la carga de
responsabilidad se diluye igual que un azucarillo en mitad del océano y
además, para una más elevada tranquilidad de conciencias, de manera
directamente proporcional al grado de compromiso, de tal modo que
cuanto más obediente pueda comportarse el servidor menor porcentaje de
error cree asumir, como si el inherente acto de obedecer no fuera en sí
una opción. El ser humano está condenado a elegir, a ser libre, y lo poco
que queda es acogerlo como una sentencia o como una bendición.
La chica reflexiona sobre ello apoltronada en el lado derecho del
asiento trasero del taxi. Con sus inmensos ojos marrones perdidos en una
distancia imprecisa se muerde el labio inferior y, abstraída, contempla la
calle a través de los cristales de la ventanilla, asaltados de improviso por
gruesas gotas de lluvia semejantes en pesadez a las de sabor salado que
empiezan a correr descompasadas a lo largo de sus mejillas. Sujeta el
móvil sobre el regazo con ambas manos y sólo el eco insensible de una
voz carrasposa la saca de su voluntario ostracismo.
«...ñorita, ¿señorita? Ya hemos llegado». Un tipo de pelo rizado, piel
cobriza como un jefe chiricahua y gafas oscuras que, con toda
probabilidad, le impiden una correcta visión a tan altas horas de la noche,
ha girado hacia ella su cabeza rechoncha desde la plaza del conductor.
Masca chicle haciendo visible hasta la laringe, con un mal gusto que
envidiaría un chulo de suburbio y que le llevarían irreductiblemente a ser
coronado Rey de los tontos en la Corte de los Milagros. Señala con los
dedos índice y corazón el taxímetro. «Doce con cincuenta».
«¿Doce con cincuenta?». La cara de desafío que le regala competiría
en malhumor con la de un niño goloso al que su madre acaba de ponerle
por delante para merendar el puré de verduras que repudió en el almuerzo.
«Pero si han sido diez minutos».
El glorioso gañán se encoge de hombros.
«Tarifa de festivo, señorita».
«Y dale con señorita». Regruñe mientras sujeta el móvil con una mano
e introduce la otra en la mochila buscando el monedero. Lanza una rápida
ojeada al salpicadero sin hallar resquicio del botoncito con una luz roja
parpadeante encendida. «Oiga, estamos cortando el tráfico, ¿no debería
poner las luces de emergencia?». Cuenta destemplada unas pocas monedas
y se las entrega al taxista, que permanece impermeable a la inquisitoria,
junto con un billete que se diría planchado al vapor. «Justo, doce con
cincuenta». Agarra con nervio la trenca que dejó al lado del asiento,
cuando la calefacción estilo sauna del interior del coche comenzó a
quemarle el rostro y hasta las entrañas, y se dispone a salir estirando las
piernas estilizadas y fornidas. Asoman nuevamente pucheros a sus labios y
a sus pupilas titilantes.
«Un momento, señorita, está empezando a llover. Espere que le saque
el equipaje y ya sale usted, no se vaya a mojar». Frunce el ceño y se rasca
con el dorso de la mano la barba de varios días antes de retirarse las gafas
y dejarlas dentro de la guantera. No cuadran los ojos con el resto de
facciones, amplias y severas; parecen dos puñaladas dadas en un tomate.
No le extrañaría que llevara las gafas prendidas de la nariz incluso dentro
de una cueva. Abre la puerta delantera casi de un empellón, cuando más
arrecia la lluvia, y colocándose la mano encima de las cejas en forma de
visera se dirige con pasos firmes a la parte de atrás del vehículo. Curiosea
al chófer por el espejo retrovisor y ve ocultarse su figura por unos
segundos detrás de la capa blanca del maletero, mira de una pasada el
mensaje de móvil que acaba de leer por duodécima vez, con redundancias
y sin hipérboles, y que puede recitar de memoria como la tabla de
multiplicar del uno: No sé si alguna vez te he admirado, pero mereces un
monumento por haberme aguantado todos estos años. Sé feliz. Y con una
agónica mezcolanza entre solaz y abatimiento sonríe, vertiendo
incontables lágrimas que empapan de congoja el pulóver granate regalo
de su último cumpleaños, antes de pulsar la tecla eliminar y comenzar a
renunciar a sus recuerdos tangibles de por vida. Eleva la vista acuosa y
vuelve los ojos al espejo cuando un golpe seco y desabrido le informa de
que el tipo de la ostensible goma de mascar ha sacado el equipaje e
incrustado factiblemente la cubierta chapada del maletero dentro del
asfalto. Debido a la perseverante predisposición del conductor a calarse
hasta los gayumbos decide guardarse para otra ocasión más infame su
pragmática conclusión de indicarle que la bolsa de viaje no es
impermeable y la lleva colgada igual que a un conejo encima del hombro
izquierdo. Le abre la puerta, con una gentileza que parece hurtada en una
tienda de bajo coste, y apenas sale del taxi abriendo hacia fuera el
paraguas plegable que acaba de extraer de la mochila y levantándolo sobre
su rizada cabellera oscura cesa la lluvia, como un instructivo
prolegómeno acerca de la no siempre útil habilidad de ser previsor ante la
vida y sus imponderables.
«Buen viaje, señorita». El saludo militar le hace suponer que va a
embarcarse en un portaaviones rumbo a la guerra del Pacífico. Pide con
toda el alma que le queda que vuelva a llover a cántaros y el flujo del
diluvio acierte a disimular sus lágrimas, mas la plegaria muda se pierde
en la noche, al ritmo desbocado de los faros traseros del coche que la ha
abandonado a su propia ventura bajo el polifémico reloj que cuelga de la
pared frontal exterior de la estación y cuya luz enfermiza se diluye como
en mitad de un hilo de sombras fúnebres frente a la vertiginosa claridad
del gigantesco abeto que ocupa el centro de la plaza rectangular como un
fantasma de edades pretéritas. Se gira a cámara lenta, con la varilla
metálica del paraguas disfuncionalmente abierto apoyada en el hombro, la
mochila colgada hacia adelante sobre el pecho como el morral donde
portar a un bebé apache y el abrigo colocado en el antebrazo mientras la
bolsa de viaje, olvidada en el suelo, absorbe desde el fondo la humedad
absoluta que en minutos ha encharcado las baldosas blanquinegras de la
acera. Nostálgica y vagabunda alza el semblante hacia la esfera luminosa,
«vinte minutos», y en un magistral juego de malabares logra situar cada
trasto en el lugar idóneo para sacar de nuevo el móvil y hacer una llamada
después de tragarse las ansias a través de sus cuerdas vocales resecas.
"Boas, amoriño. Xa saio, si, supoño que para o almorzo xa estarei aí.
Bo, ben de todo non, deixote, ata mañá".
Corta y una vez pasados el mal trago y el momento de necesaria
contención su angustia decide explotar ausente de reservas dando salida a
un llanto espasmódico que transforma sus bellas facciones en un
desfigurado esperpento y gotea por sus mejillas hasta fundirse con el
húmedo embaldosado de la acera. «Fodidas decisons de merda». Cierra el
paraguas, se ensarta la trenca y tras aferrar el equipaje junto a su
inseguridad camina con la firmeza de un pato que se desplaza sobre aceite
hacia las puertas automáticas de cristal que conducen al vestíbulo y a las
taquillas. Entonces escucha la voz ahogada y acomplejada que se siente
como el postrero estertor de un comatoso.
«Oye... colega, ¿tienes algo pa' darme? Lo que sea».
La figura dañada, andrajosa y embutida dentro de una mugrosa pelliza
gris se asemeja a un inmigrante venido del infierno dispuesto a saldar
todas las cuentas que Satán le cobrara en injusta exclusiva. Suda como si
se hallara dentro de una sauna en lugar de en medio de la calle en una
noche más gélida que la planta de los pies de un pingüino y en la mano
derecha, nerviosa y medio escondida, tangencialmente iluminada por los
filos blancos de luz del árbol navideño, refulge la hoja de una navaja.
«Non me fodas». Sigue llorando, con las pupilas temblonas fijas en el
rostro huraño e insociable del chico de cabellera canela y respiración
entrecortada que, tal vez sometido al propio escarnio, inclina la cerviz
ante ella igual que se deseara recibir el tiro de gracia. A Luisa no se le
ocurre nada, su mente se niega a salir de sus atolladeros personales y
encerrada en un círculo vicioso de voluntades, deseos, errores y toma de
decisiones sólo acierta a pronunciar lo que se le antoja una estupidez, pero
una estupidez tan suya que no hay lugar para ponerla en entredicho.
«No sé si lo sabes... Pero eres libre».
El navajero tiembla, pasmado y algo derrengado, se limpia con el
dorso de la mano la saliva pegada como una lapa en la comisura de los
labios. Modula el tono, de manera hermética e incognoscible, y parecen
poco esclarecedoras las palabras profanas que emite a modo de ensayo.
«¿Qué coño dices, niña?».
Segunda parte
1

Diego tarda un segundo. Nada más ponerse por delante de las partes
nobles el bote de control de orina se dedica a completar aforo como quien
abre y cierra la manecilla de un barril de cerveza. Lo alza igual que si
hubiese ganado la Champions y se lo entrega soltándoselo entre los dedos
con remilgo. Luego, continúa orinando. Su ligereza ante la que será su
primera prueba de análisis llena de asombro al educador, en puro
contraste con la cortedad mostrada de manera habitual por Pepe, más que
harto de verse sometido a tal expurgo desde su estancia en prisión hasta
las dos salidas programadas que ha disfrutado en Comunidad. La
incertidumbre que resbala por la boca del chico de cabello repeinado,
mientras deja entrever una mueca de disgusto, y que es alma gemela de la
formulada hace escasos momentos por su compañero en el mismo cuarto
de baño le supone al menos un cierto alivio sintomático.
«¿Y esto es fiable?».
«Pues por ahora pensamos que nunca ha fallado». Medita un segundo
estirando los pellejudos mofletes en dirección a la boca con la yema de
los dedos. «Aunque hace un par de meses —poco antes de que tú llegaras
— un chaval con bastantes... dificultades y que no quería el alta ni a tiros
no te haces una idea de lo pesado que llegó a ponerse insistiendo en que
había consumido a pesar de dar negativo en el control dos veces. Todo
para quedarse más tiempo aquí». Sonríe socarrón y con un punto
ingrávido de tristeza. «Eso sí, se da mucho más el caso de quienes dan
positivo e insisten en que no han consumido».
Diego se encoge de hombros y abre los ojos desmesuradamente
otorgándoles el tamaño de dos huevos de avestruz con una pinta gris en el
centro. Javier vuelve a sacarse los nuevos guantes de látex con un
restallido, a transformarlos en una bola informe y a lanzarlos a la
papelera de la esquina.
«A esos también se les repite el control. Para nada, pero se les repite».
Su interlocutor corva el borde de los labios en un gesto de somera
aceptación, aprieta el dispensador de jabón con el dedo pulgar y se lava
las manos sin demasiado afán antes de pasar delante de él y atravesar la
puerta de madera que da acceso al patio farfullando entre dientes. Recoge
entonces con cuidado el tarrito de análisis que había dejado en el canto del
lavabo, se lo coloca en la palma de la mano derecha junto al de Diego y, al
tiempo que sigue los pasos del chico de perilla minuciosamente recortada,
se enjuga el sudor con el dorso de la izquierda, asfixiado y meditabundo,
como un plusmarquista que espera que el marcador anuncie un nuevo
récord del mundo tras cruzar la meta, e ignorante ante la suerte que les
deparará a ambos el futuro inminente, escrito con definición por la pluma
imborrable de las decisiones que hayan optado por abrazar durante su
ausencia del centro: un día Diego por una semana de Pepe.
Cruza el patio aun reflexivo, mas haciendo guiños a diestra y siniestra
cualesquiera que sean de amables o antipáticos los internos que se
encuentra camino de la oficina. Pepe le saca la lengua, tan ancha y gruesa
que se hace difícil suponer cómo le cabe dentro del paladar, mientras
Abdel, taimado y retraído, se rasca el negro y rácano pelo ondulado y le
dirige su mirada arisca de sospecha. La puerta del despacho está entornada
y apenas tiene que empujarla sutilmente para entrar y sorprender a Paco en
mitad de un estiramiento masivo de extremidades superiores e inferiores,
con la retaguardia milimétricamente apoyada en la silla metálica, igual
que sobre un eje, y gravitando en insólito equilibrio. El aire
acondicionado está encendido y por los amplios ventanales se cuelan los
aletargantes rayos del sol de media tarde que parecen lacerar como una
espada láser cada rincón de la sala. El bostezo descomunal del monitor se
traga de un plumazo la mitad de los hilos de luz.
«¿Y qué? ¿Cómo han llegado estos?». En mitad de la profusa
espiración apenas se puede intuir ni siquiera el tono interrogativo.
Javier coloca sobre la alargada mesa los botes de test de droga,
alcanza el portalápices cerámico y agarra un rotulador indeleble de punta
fina con el que escribe en sendas tapas cuatro letras mayúsculas para
recordar a quién corresponde el resultado final de cada uno de los
análisis: ROLA y OBMU. Luego introduce un pequeño cono cilíndrico en
una abertura lateral que permitirá el descenso de la orina a la zona
inferior de detección de tóxicos y mientras espera que hagan su aparición
las objetivas rayas, se acerca a Paco y metiendo los dedos extendidos en
los bolsillos del pantalón de tela contesta a su pregunta cargado de
preocupación.
«No sé. ¿Qué quieres que te diga? Los dos han tenido un panorama
poco halagüeño en la salida y vienen raros, pero es normal». Alza las
cejas y se rasca el lóbulo de la oreja izquierda con dos dedos al recordar
el comentario que le han endilgado en el váter. «Por cierto, me ha dicho
Pepe que en los Growshop venden una bebida al alcance de cualquiera que
elimina los restos de cannabis en el pipí».
Su compañero se incorpora en un respingo, como si le hubieran
electrizado el trasero con un grupo de electrodos, y lo mira anonadado
dando muestras de un claro estupor. Javier asiente repetidas veces con una
aburrida cadencia, igualmente incrédulo.
«Yo tampoco daba crédito, pero l».
Paco comienza a desternillarse de la risa, a base de amarradas
carcajadas que a pesar de la inconveniencia se le empiezan a escapar a
resoplidos desde lo más hondo de la garganta.
«Vaya, yo tampoco doy crédito. ¿Has dicho pipí?».
Intenta por todos los medios y con escasa fortuna contener la risa floja
y señala directivo al tipo aguerrido de la silla, moviendo el dedo índice
cual si se tratara de un dardo infectado de curare.
«Cada vez se te pegan más las tonterías de la peña con la que curramos
a diario».
«Tienes que salir más, tío». El monitor-chófer-educador de papada
prominente y ojos tamaño botón de chaleco tamborea con las manos
aplanadas sobre su pecho, las deja descorrerse hasta que caen encima de
su panza oronda y tras un breve lapso se toca la sien de manera
intermitente con la yema de los dedos índice y corazón. «Ir de reunión en
reunión te tiene comida la chola». Se pone de pie de manera
rocambolesca, con un paso absurdo de baile, indescifrable aleación entre
samba y sardana, y los párpados vencidos por una arrebatadora
somnolencia. «Me piro, chaval, que fíjate hoy las horas que me han dado.
Pasa buena noche y no te preocupes tanto, que cuando quieren nos las dan
con queso sin tener que recurrir a beberse nada de una tienda de esas».
Javier se pierde absorto y agostado dentro de las incongruencias
básicas de la vida, como en mitad de un desierto carente de oasis donde
sosegar su apasionada sed de justicia.
«Les pedimos confianza y somos nosotros quienes primero se la
negamos cada vez que les hacemos un control. Los tratamos como
culpables».
«Será que en cierta medida han demostrado que lo son».
Tan demoledora resolución, expedita y algo cínica más allá de su
viable parte de autenticidad, es un nuevo desierto detrás del espejismo. No
obstante se niega a ceder en su anhelo rousseauniano a pesar de que todo
el cosmos parezca aliar cada elemento en su contra.
«Homo homini lupus».
«Eso lo serás tú. Por si acaso».
La ocurrencia estrambótica le coacciona a marcarse una sonrisa
simiesca y a negar con la cabeza, dubitativo ante una contingente
traducción. Tarda un cuarto de segundo en decidirse.
«El hombre es lobo para el hombre; es una cita de Plauto. Así nos va».
«Ya estás con tu vena filosófica. Ni lobo ni hombres ni porras, Javi,
somos simples mortales que en una Comunidad Terapéutica hacen lo que
pueden». Exento de clemencia examina a Paco quien de soslayo y casi
desentendido, antes de desampararlo a su suerte nocturna, echa un vistazo
a los test de orina, colocados en perfecta simetría encima de la mesa, y una
consistente certeza de mal presagio embiste contra su débil burladero por
tierra, agua, fuego y aire a partir de la inclemencia dogmática que habita
dentro de la última frase que pronuncia su agnóstico prójimo. «Y
hablando de fe y de culpa; mira tú quien ha dado positivo».
Aprieta los ojos y tuerce el gesto dotando a su rostro de un matiz
desolador. Se agacha frente a la mesa, con el culo chato hacia fuera y las
palmas de las manos apoyadas sobre las rodillas. Al menos por hoy se
acabó el misticismo.
«Cago en...».
2

La chica de cabello bermejo y cuerpo de grosor intermedio se inclina


sobre la mesa y con la yema del dedo índice de la mano izquierda se sitúa
el puente de las gafas demasiado grandes en mitad de la nariz; aplicada y
casi devota, mira por encima de ellas hasta revisar la más nimia coma de
las hojas de registro que acaba de colocar al lado del ordenador y
girándolas con precisión frente a él le entrega un bolígrafo azul y le da las
directrices con el aburrimiento que otorga la rutina.
«Son cosas que trajiste el día de tu ingreso y que quieres llevarte ahora
en la primera salida». Señala varios recuadros, uno con algunas
pertenencias escritas a mano —discman, siete cigarrillos, cartera, medalla
de oro— y otros dos con la documentación civil y sanitaria que se le
retiró a la entrada y que necesita para simular ser un ciudadano
normalizado con menor hipótesis de riesgo —DNI, carné de conducir,
tarjeta de la Seguridad Social... cartón del paro—. «Pon la fecha y firmas
aquí abajo».
Nunca se ha visto tan elegante, marcando estilo con una camisa azul
oscuro de algodón y las mangas alzadas hasta la altura del codo y unos
pantalones tipo tejano en tono más claro y estrenados para la ocasión. No
alcanzaron los fondos reservados para cambiar de calzado y sus
habituales zapatos raídos de piel vuelta y cordones deshilachados rompen
meridianamente la armonía del conjunto. Nota cómo le tiembla el pulso y
por un momento cree haber olvidado su nombre y apellidos. Durante unos
segundos sostiene el bolígrafo entre los dedos con su punta redonda a un
milímetro del folio incapaz de trazar un solo garabato. Se posa una mano
pecosa y ligera en su antebrazo y la voz cordial de Vicki, acompañada por
su habitual gesto sonriente de dientes blanqueados, lo convida a
confortarse.
«Comparado con las tres horas de terapia que acabas de tener
contándole todas las penas y barbaridades posibles a tu mujer, salir de
nuevo a la calle es una simple formalidad». Y levanta los dos pulgares
hacia arriba en una mueca cómplice. «Estás muy guapo».
Al tiempo que estampa la rúbrica enfundado en una especie de
cumplido determinismo su inconsciente escupe una proclama
escatológica.
«Pues más cagao estoy».
«Lo malo sería que no lo estuvieras. Entonces sí que deberías tener
miedo». El argumento lo ha esgrimido el monitor desde atrás, como quien
tiene concedida una licencia perenne para convertir en sentencia cada
palabra que resuelve compartir con el resto de vulgares seres humanos,
mientras descuelga la llave de la Mercedes Vito del cáncamo anclado en la
madera de la pared. Si el polo amarillo desplegado sobre su henchida
complexión tuviera media talla menos le habría reventado por las costuras
de las axilas. «La seguridad es la base de la imprudencia. Coge el macuto,
anda, que nos vamos. Llevan un rato esperándote fuera».
Abandona el bolígrafo sobre las hojas de papel, toma de encima de la
mesa la bolsa de plástico que contiene su escasa hacienda y tras colgarse
sobre uno de los hombros la mochila que acaba de entregarle Vicki cruza
la puerta de recepción como el condenado a punto de recitar el morituri te
salutant poco antes de perecer en la naumaquia. Paco lo agarra por el
cuello flexionando la articulación del brazo y le regala acompasados
capones con los nudillos de la otra mano.
«Cuestión de voluntad. Si confías en ti ya pueden los demás cantar
misa». Le suelta la cerviz de un envite a imagen de un esquilador que
liberara a un borrego. «Al final descubriste varias excusas para quedarte,
¿no vas a ver motivos para regresar de aquí a unos días?».
Hace como que piensa, pellizcándose el labio inferior con el índice y
el pulgar, y entornando sus ojuelos transparentes le envía una perdigonada
de sal que puede que le vuelva multiplicada por diez.
«Alguno habrá, aunque librarse de ti es el mejor motivo pa' no volver
en la vida». Aprovecha que Paco semeja aturdimiento de manera ocasional
para cambiar de frecuencia a ritmo de charlestón. «¿Y qué diferencia hay
entre seguridad y confianza?».
Tampoco le contesta de inmediato centrado como está en otear
alrededor buscando concienzudamente a las dos mujeres y al crío que ha
perdido de vista en apenas unos minutos. Detiene la mirada escudriñadora
y señala con el dedo tieso en dirección a la fuente octogonal del patio.
«Allí andan. Hablando con Diego». Meticuloso, extrae del bolsillo del
vaquero un pañuelo de papel, cuyos pliegues y arrugas denotan con celo
que no va a ser usado por vez primera, y se enjuga un poco la frente justo
cuando se decide a expulsar una metódica convicción. «No es lo mismo
confiar que confiarse; sólo lo segundo te impide estar alerta haciéndote
creer que ya controlas por haber estado cuatro días sin meterte nada.
¡Como si aquí dentro eso dependiera de uno!». Sube el brazo hasta
mantener la mano abierta por encima de la cabeza con el objetivo
cristalino de llamar la atención sobre el improvisado grupo que charla de
forma distendida cual si se conocieran desde el principio de los tiempos.
«Chisst... Nos vamos». Una vez convencido de que su aviso ha pasado tan
desapercibido como un inútil en un Consejo de Ministros se acerca al
corrillo, con tal vigor que parecen desarmarse las losetas del suelo, en
tanto él, haciendo caso omiso a su exhortación a seguirlo, permanece de
pie, parado, e introduce la bolsa de plástico dentro de la mochila tras sacar
la billetera y guardarla en el parte trasera del pantalón. A la distancia a la
que se halla únicamente podría escuchar la conversación si fuese
Daredevil y ha de conformarse con la intuición cuando Diego le dirige sus
ojos grisáceos y esboza una sonrisa melancólica tras la impetuosa
intervención de Paco tocando a retirada. Rosi rebosa de una gravedad
preocupante, con un rictus helado en la faz, como la efigie inanimada en el
anverso de una moneda, y el nene bien criado y medio dormido volcado
en lo alto del seno; han pasado ya más de dos meses desde que Pepe lo
viera, bastante más menudo, tumbado boca arriba en la cuna y lo acogiera
con levedad entre sus brazos para mecerlo cargado de desasosiego y
dolorosamente indocumentado ante los acontecimientos que debían de
trascurrir inexorables aun faltos de aleatoriedad. Sin duda el rostro
amable y sereno de su compañero, quien arrastra hacia él la colosal mole
de su envergadura con la agilidad de una boa constrictor que acaba de
zamparse un elefante, le transmite una cuota de calma mayor aunque más
infausta.
«¡Disfruta la salida, tío!». La bienaventurada intención del chico de
brazos cortos, invocada al tiempo que entrelazan las palmas de sus manos
igual que si se batieran a pulso hasta que se estrechan en un abrazo a modo
de intemporal despedida, le viene de regreso encarnada en una de las
frases lapidarias de Paco y acaba por atizarle en la cara como una pelota
maciza de cuero disparada contra un frontón por un pelotari.
«¿Disfruta? La salida es una salida te-ra-péu-ti-ca». Se aproxima a
ellos seguido de cerca por la mujer y demás familia y a modo de
despedida le endosa una colleja nada superflua a Diego quien,
notoriamente más compungido por el alevoso manotazo que en virtud de
aquel deseo visceral castrado nada más hacer aparición, se frota la zona
posterior del cuello con tan crispado regodeo que se diría haber sido
objeto de una flagelación. «Aunque no se trata de vivirla como un
amargado, la idea desde luego no es la de relajarse en la salida y
descansar de comunidad, sino trabajar objetivos y dificultades
personales».
Se le dibuja bajo la aseada perilla un mohín lacio gracias al arqueo
inusitado de cejas y al giro impracticable en la comisura de los labios y
promulga la proposición con la contundencia de quien intenta venderle un
frigorífico a un esquimal.
«Disfruta con tus objetivos personales».
Pepe no deja escapar una risotada de estruendosos decibelios porque
sigue mirando de reojo a Rosi y su semblante desafiante aún le informa de
que no está el asunto como para hacer piruetas ni con red. Mientras la
ansiedad le devora las tripas por diversos frentes trata de ser lo más
mesurado y desapasionado posible cuando la necesidad le impele a
trasgredir un silencio que le resulta reconfortante. Recurre a una sola
palabra de discreta neutralidad.
«Gracias». Y enlazándose cariñosamente del brazo delgado de su
esposa como un signo inequívoco de solicitud de perdón se encaminan a
la furgoneta que lo conducirá al camino inexperto de una exigente
libertad.

La libertad absoluta ha de ser considerada pura entelequia. Más allá de


su mera definición conceptual no existe ser humano ajeno en su devenir y
en la toma de decisiones a los condicionamientos, de los que se pueden
encontrar tantos tipos y variantes como justificaciones ponderadas o
radicales a las que aferrarse a la hora de afrontar cualquier resolución,
desde el hecho tedioso de elegir entre un helado de naranja y uno de limón
hasta aquél que lleva a cometer el más vil de los asesinatos. La costumbre
es uno de esos condicionantes malavenidos y engorrosos, pues goza de la
exquisita y aun execrable capacidad de transformar lo habitual en lógico y
en norma de conducta por muy irracional que pudiera parecer dicha
equivalencia a ojos de un neófito.
Pepe, debido en parte a tamaños condicionamientos, hábitos y
preceptos preestablecidos, se ajusta el cinturón en forma de triángulo a lo
largo y ancho del pecho y de la tripa como si a sujeciones físicas externas
subordinara el mantenerse seguro mientras se le fuerza a vadear un
océano a pie enjuto. Asirse a la voluntad y a la fe, que no alcanza ni a la de
un grano de mostaza, frente a un inabarcable campo de moreras de
asentadas y ancestrales raíces. Si un pichón fuera confinado dentro de una
jaula de halcones las opciones de sobrevivir a la ofensiva serían con toda
probabilidad mucho más elevadas. «Si te sientes mal por el motivo que sea
nos llamas y ya sabes que puedes regresar en cualquier momento sin tener
que esperar al viernes». Cuando a media mañana del día anterior se lo
expuso Javier con una pretendida sonrisa tranquilizadora estuvo a un tris
de devolverle taxativo que en aquel preciso instante ya se sentía fatal y por
tanto no hallaba ni un argumento suficientemente favorable como para
dejar de lado la parca seguridad que le ofrecía a manos llenas la
comunidad y recalar con sus huesos en la tumba abisal que supone una
barriada marcada a fuego por el respeto escrupuloso, firme y destructivo
hacia la costumbre de malgastar el ocio en variopintas actividades ilícitas
de tradicional faena y nobilísimas justificaciones. «Son cuatro días, Pepe;
no te agobies, e intenta no quedarte nunca solo». «Cuatro días son una
eternidad», razona para sí envuelto en cuantiosas dosis de angustia, «y
cuando uno se cree atao como con esposas de acero ni en un millón de
años siente que se vaya a poder liberar, porque en un solo segundo de
despiste te puedes ver condenao a galeras de por vida».
«¿Estás enfadá por...?». Observa por el rabillo del ojo a Rosi, que
respira profundo y con visos de frialdad, apalancada a su lado en el
asiento trasero de la furgoneta junto a la silla de seguridad del niño que no
ha perdido el sueño ni con el ajetreo desesperante del vehículo sobre los
baches endurecidos del sendero de tierra que enlaza con la carretera
principal. Posa su mano escuálida en el dorso de la de ella, invitando de
nuevo a la ansiada reconciliación, y suspira a su vez, desde las entrañas,
embargado por una injusta indignidad. La cálida mirada de la mujer lo
rescata de la fosa haciéndole digno de habitar el Elíseo.
«No te esfuerces, Pepe, no hace falta. No estoy enfadada ni dolida, sólo
un poco triste». Tuerce la boca con disgusto, mas su acento continúa
exento de la menor acritud. «Pasado, todo pasado, y no te pienses que soy
idiota, que algunas cosas me las olía, aun sin tenerlo del todo claro, pero
lo único que quiero es que no lo hagas más».
Las palabras sinceras que le concede Rosi parecen estrujar de la forma
más eficiente posible algún dispositivo inserto en su organismo como tras
una abducción y logra insuflar hacia el exterior un desarmante líquido
salobre a través del lacrimal.
«Te he mentío, he robao, entrao en trapicheos...» Es todo lo que acierta
a compartir saturado de tristeza y sin atreverse siquiera a levantar la vista
del suelo del coche.
Ahora es ella quien coloca la mano sosegada sobre la suya al tiempo
que escucha a Paco charlar jovialmente con Juani, que ejerce de copiloto y
ríe a mandíbula batiente con los chascarrillos agudos que suelen
despeñarse como un alud de los labios jocosos del conductor. Hacía
demasiado tiempo que no la notaba tan dichosa y también su interior se
regocija con la felicidad de la persona que más años ha tenido que bregar
con sus fobias y sus neuras. Satisfecho a pesar de las innumerables dudas
que colapsan su encéfalo como una meningitis, vuelve el gesto hacia su
compañera, quien le obsequia con una mueca de comprensión inaccesible
al desaliento y menesterosa de lealtad, y aunque el último ruego que
retoma Rosi es de difícil consumación hasta para un dios, el tono
empleado en su formulación sigue siendo de un laconismo confortador.
«No me lo hagas más».
Pepe, dominado por la extenuante fragilidad de la confianza tantas
veces convertida en añicos, decide no hacer pública su conciso pero
poderoso axioma.
«Seguro».
3

El servicio parece desasistido sobre el tablero de la mesa. Han pasado


casi seis meses y su monotonía aun permanece anclada a los casi cuatro
años de grata compañía negándole el derecho a disfrutar de la poco
onerosa tarea de comer en soledad. Sus ojos marrones de párpados caídos
examinan el cuenco relleno de vichyssoise y el plato de ensalada de tomate
y escarola como si se trataran de sus más acérrimos enemigos y fueran a
morderle la yugular en un descuido momentáneo. La temperatura
ambiente, idónea para freír un huevo en lo alto del capó de un coche,
tampoco colabora de manera activa en ayudarle a vencer la astenia, y el
silencio, apenas despejado por el hastiado ronroneo de las aspas del
ventilador de pie y el marcado tic-tac del reloj de péndulo, se le hace una
losa de implacable tozudez que lo trueca con exceso de docilidad en un
cadáver. Marlowe, desertando del sarcasmo y de su simulada estela de
hombre duro, reposa al lado de los cubiertos esa pena contagiada que
esporádicamente envidia el sueño eterno, con un ajado separador
atravesado en una de sus primeras páginas y con la pretensión ineficaz en
base al ritmo de lectura de que se le dé cuartelillo para proseguir con las
pesquisas sobre chantaje antes de olvidar de un plumazo toda la
información cosechada. Javier desearía con todas sus fuerzas ser el
investigador privado para poder hacer frente al desencanto desde el
nihilismo más lacerante, con un paquete inacabable de Camels en la
pitillera y una tonelada de botellas de Four Roses dentro del aparador,
pero el único vicio común con la criatura de Chandler es ser un mal
jugador de ajedrez, lo que no representa desde luego un plus de
generosidad que le permita enfrentarse el caos con las debidas garantías.
Más consciente de lo que es capaz de reconocer deja de lado la necesidad
básica de alimentación, cuya solución expedita se mantiene estática en la
mesa, y opta por aquella que en la actualidad ostenta un mayor poder de
subsistencia. Agarra mecánicamente el móvil que dejó sobre el sofá y
busca, como deseoso de seguir atrofiado en la aflicción, el último mensaje
de texto que recibió estilo dardo emponzoñado de certeza y que
reproducía un paradigmático poema salido de la pluma del hasta entonces
absoluto desconocido Joxean Artze.
"Si le cortara las alas, sería mío, no se iría. Pero así nunca más sería
un pájaro, y yo al que amaba era al pájaro".
Es abrasivo hasta el éxtasis a la hora de ceñirse el alma con cilicios y
no ceja en su regular observancia a la hora de fijar en su memoria
evocaciones que lo estancan en el proceso de duelo con la inflexibilidad
del rigor mortis. La parte ineludible de verdad contenida en el SMS, y que
suele ser de ordinario su intransferible caballo de batalla, incide en la
herida impidiendo su progresiva cauterización.
«Una persona debería ser capaz de abandonarlo todo, excepto su
opción vital». Cuando soltó el misticismo, imbuido de una inenarrable
pesadumbre, Luisa ya estaba llorando a mares, con churretes marcados a
lo largo de las mejillas igual que caudalosos afluentes originados en sus
expresivos ojos marrones. Al asunto de las decisiones personales a punto
estuvo de sumar de manera intempestiva la máxima pueril
autoexculpatoria de «te dije que te lo pensaras antes de venirte», mas no
fue esa frase insolente la que aflorara a sus labios temblorosos y culpables
en el cénit de aquella tardía catarsis sino la fehaciente de un sentir que
desgarra su fuero interno en tiras de carne desgajada. «Lo siento». El resto
de sílabas, letras y sonidos no podrían en ningún caso haber sido ni breve
reverberación del compendio de dolor emitido con cada sístole y diástole.
Resopla mientras examina ensimismado la ensalada fría, que aguarda
el asalto con sus enormes hojas rizadas asomándose por el borde del bol
cerámico pegado torpemente en su mitad, y deja caer el brazo sobre el
sofá, con la palma de la mano abierta sin echar cuentas del móvil que
sostenía, y en apenas unos segundos se extingue como por un soplo
beatífico la luz de la pantalla del teléfono y con ella se evaporan los
versos de Artze, de inviable amnesia para su cerebro contrito al igual que
la escena que se desarrollara a continuación con igual desenlace al que
habría de esperarse en una tragedia griega.
«Tendría que ser yo la que te pidiese perdón». Se refriega los párpados
húmedos con el dorso de las manos y sorbe por la nariz antes de que se
precipite la mucosidad que surge a borbotones. «Al fin y al cabo soy yo
quien lo deja».
Recuerda haberle ofrecido un pañuelo de papel del paquete de encima
de la mesa al tiempo que él tomaba otro y tardaba un soplo en
transformarlo en un trozo de celulosa mojado y deshecho.
«No siempre la persona que toma la solución final es la responsable
del entuerto. No eres Göring». Compartió en un dechado de honorabilidad
que sería la envidia de alguien inoculado con pentotal sódico.
«Pero... te quiero tanto, Javi».
Tardó un rato infinito en responder para evitar ser marioneta de la
negatividad y del subjetivismo provenientes de una psique en quebranto.
«Y el masoquista al sádico». Como era de suponer la chica lo miró
con ojos desolados, como enquistada en la herida, y sin dejar de
derramarse en llanto. «El amor no es un salvoconducto para la felicidad,
Luisa. O al menos no de manera aislada y sin tener en cuenta otras
variables; que se lo cuenten a Cyrano o a Isolda, por poner dos extremos».
Requirió su congoja una pausa a fin de no asfixiarse por la respiración
entrecortada, para luego continuar su disertación entre áridos sollozos.
«Diría más, amarse en la distancia requiere paciencia y voluntad, pero no
tanta como el esfuerzo diario que supone la convivencia. Echarme de
menos en tu pueblo, a ochocientos kilómetros de aquí, es muy romántico,
hacerlo aquí es una putada. Lo siento yo. Y te pido perdón, como si
sirviera de algo».
Coge el tenedor y comienza a darle vueltas a la ensalada habiendo ya
perdido la cuenta de las veces y tiempo que ha invertido en dicha empresa.
Se mordisquea la falange intermedia del dedo índice de la mano izquierda
apoyando el codo sobre la mesa y una lágrima pertinaz y subsistente le
moja la palma de la mano. En su pecho descubierto se clavan de nuevo
como puñales de filos oxidados las palabras tersas que se le dirigen.
«Admiro desde lo más hondo cada cosa que haces, cada acción que
emprendes... Tus renuncias».
«Tú eres una de ellas».
Se abrazaron, náufragos en una isla a la que los condujo un
sobrevalorado sentimiento, y empaparon sus mejillas con el llanto del
otro, que era en el fondo el de uno mismo. Hubiera permanecido en
aquella posición protectora hasta que los edificios eternos de Petra se
convirtiesen en polvo o hallaran fundidos sus esqueletos en idéntica guisa
a los de Esmeralda y Quasimodo.
«Hay una diferencia insoslayable entre el amor y la admiración». Lo
reflexionó en alta voz entonces y se mantiene tal percepción impresa en su
mente hasta el día de hoy como una marca de hierro de ganado. «La
segunda no suele estar en plano de igualdad y no es fácil amar aquello que
parece inaccesible. El Dios de Israel, Yahvé el innombrable, no puede ser
amado, sólo temido o respetado».
Gira el rostro hacia el asiento hundido del sofá donde parece
vanagloriarse de su descanso el móvil de segunda mano y lo toma entre
sus dedos agotados. Desbloquea la pantalla presionando un botón concreto
del lateral y vuelve a aparecer el mensaje de texto como si el mundo y sus
circunstancias se hubieran crionizado la pasada navidad. Pulsa en
opciones. «Sé que me quieres, Luisa, y yo a ti, pero en eso no hay ningún
acierto». Se eliminará un mensaje. «Lo que decidimos y lo que deseamos
no siempre van por el mismo sendero». Marlowe, más que resignado a
tener que asumir desde un cínico idealismo las consecuencias de sus actos,
aguarda desde lo alto de la mesa a que su contrincante mueva ficha. Jaque.
Aceptar.
4

Se dice con ostensible cuota de optimismo que las mejores noticias


son las que no llegan. Podría ser cierta tal aseveración ante situaciones
extremas en las cuales no cabe más alternativa que una respuesta a corto
plazo que revele el desastre, pues en caso de dilatarse ésta en el tiempo
resultaría obvio que la falta de nuevas supone que nada fuera de lo común
ha tenido lugar. Ningún medio de comunicación va a cometer el atropello
de despertar a la población de buena mañana con el avance de que los
ocupantes de un Renault Clio color bermellón que circulaba a ciento
veinte kilómetros por hora por una carretera comarcal han llegado a
destino sanos y salvos. Lo laborioso respecto a la postura más oportuna a
tomar se produce cuando la noticia puede diferirse sin levantar exceso de
sospechas en el interesado y hasta resultaría sensato asociar el trance con
la clarificadora doctrina de evitar un mal mayor sin sentir por ello el más
insignificante sentimiento de culpa. Tal vez sea este el motivo en virtud del
cual José María acaba de conocer la noticia hace apenas unas horas a
pesar de que el informe médico con los dictámenes se hallara en poder de
Rosi desde mediados de mes. A favor de su esposa juega la proeza
inverosímil de haber guardado el sobrecito de marras en el primer cajón
de la cómoda del dormitorio, nada más recogerlo del centro de salud, sin
desprender la tira autoadhesiva de la solapa con vaho caliente ni nada de
similares características. Así, la mentira compasiva ante la pregunta
recurrente del marido resignado acerca de la tardanza imprevista de las
pruebas no se multiplicaría de manera exponencial de haber conocido el
resultado del test. Desde su asumida posición de renuencia a ejercitar la
fuerza de la voluntad en tan variadas facetas de su existencia se siente
incapaz de comprender por qué —a fin de evitar una tentación en la que
hubiese tropezado incluso el mismo Jesucristo— decidió la mujer recoger
los resultados en lugar de esperar, cobarde y prudente como el
superviviente de una guerra atómica, al día de la cita con el médico de
cabecera. Quizá respondiera esa osadía a la peculiar pasión del ser
humano por tomar en consideración propiedades que otorguen seguridad
aunque jamás se vaya a hacer uso de ellas, pero habida cuenta de la nula
capacidad de ambos para comprobar con exactitud ni el resultado de una
raíz cuadrada, la opción más sólida y menos alarmante hubiera consistido
sin duda en entregarle los análisis al galeno y subyugar así cualquier
ataque repentino de ansiedad compulsiva.
«Como suponíamos, la prueba ha dado positivo». El doctor informa
del asunto igual que un profesor de universidad leería a los alumnos el
programa a impartir durante el curso académico, con una objetividad que
en este contexto se convierte en capciosa. «Echando un vistazo a tu
historial clínico y teniendo en cuenta tu patrón de años de consumo lo
normal es que no sea un falso positivo provocado por una estimulación
del sistema inmunológico, una infección viral por otra patología... ya que
la prueba ELISA tiene una alta sensibilidad. Siendo sincero lo más
probable es que tengas los anticuerpos».
José María se está desesperando a un ritmo frenético y no hace
ninguna intentona para que tal evento pase inadvertido a los ojos cansados
del tipo de la bata blanca. Se pasa la lengua por los labios resecos y se
rebulle sobre la silla con respaldo y asiento de madera azul como un niño
hiperactivo y afectado con déficit de la atención. Rosi, como suele ser
común a su ánimo juicioso e introspectivo, se muestra bastante más
sosegada que él, apenas da señales de inquietud y posa la mano femenina
sobre su antebrazo al que se aferra con dedos ligeramente tensionados.
Tras endilgarle aquellos gestos atribulados, el experto discurso facultativo
y su consiguiente diagnosis parecen haberse conciliado de inmediato con
lo que exige el protocolo de la sensibilidad y del sentido común. Lo
observa atusarse el pelo cano despeinado y quitarse las anchas gafas de
pasta dejándolas con odiosa calma encima del escritorio antes de dirigirse
a ellos con acento oclusivo.
«No sé, siento todo esto, aunque aún hemos de confirmar los
resultados positivos de la ELISA con la prueba de Western Blot. Lo
hacemos automáticamente, no tienes que volver a dar sangre, y en un par
de semanas más o menos...». Huelga decir que relanzar la esperanza en el
interior de un ser humano que acaba de perderla debido a razones muy
confiables ralla lo grotesco, por muy mínima y ridícula que sea la forma
en la que se pueda presentar. Tan cristalino debe haberse materializado el
error tras el espontáneo abrazo surgido entre los cónyuges que el doctor,
meditabundo y abstraído, empieza a manosear un calendario situado al
lado de la pantalla del ordenador fijando sobre él su mirada vacía, como
buscando un recurso factible que logre enmendarle la plana. «No quiero
daros falsas expectativas, ya os digo que excepto por causas poco
comunes en tu caso lo más probable es que estés infectado por el VIH».
El intento de retomar la senda tortuosa de la cruel sinceridad estaba
haciendo acto de presencia de la forma más efectiva hasta que, con aquel
despiste gutural y que casi atenta contra el código deontológico, al médico
le da por emplear la palabreja maldita, como quien menta al diablo en casa
de un arzobispo, pues de sobras es conocido que en escabrosos asuntos
relacionados con la salud y con las convenciones sociales no es lo mismo
tener una enfermedad que una infección. La visible mueca de desagrado
que José María ha vuelto a sacar a relucir sin ambages ante la cara
colorada y ceñuda del otro lado de la mesa, junto con la apertura
indescriptible de globos oculares de Rosi que se diría van a
desprendérsele de las cuencas, botan una nueva balsa de aceite en labios
del portador de malas noticias.
«De todas formas, que la prueba haya dado positivo no significa que la
enfermedad esté activa en tu organismo, con unos hábitos sanos, haciendo
caso a las recomendaciones y tomándote los fármacos antirretrovirales
puedes tener una vida normal».
Puede ser que hacia donde derivan sus pensamientos menos
misericordiosos responda a que el doctor de apellido impronunciable —
por más que intente hacerlo de manera robótica cada vez que se deja ver
igual que un espectro de piel pajiza por la consulta— y escrito en letras
blancas sobre el gafete negro insertado en el bolsillo izquierdo le está
resultando soberanamente cargante con sus disquisiciones de idas y
venidas, y se le antoja discurrir acerca de que el término normalidad es
uno de los conceptos más sobrestimados que existen: Pepi, su vecina
desquiciada y asustadiza del tercero derecha, cree vivir con cordial
naturalidad las palizas que le propina su marido cada semana de siete días;
Felipe, el dueño de la tasca de mala muerte de la esquina, considera de lo
más lógico vender cajetillas de tabaco a niños púberes o invitar al esposo
de Pepi a varias copitas de anís al menos martes y jueves —fomentando
activamente con ello su frágil catadura moral en lo que a violencia
doméstica se refiere— con tal de no renunciar al pragmatismo económico
que conlleva disponer en nómina de un cliente alcohólico; su propia
madre lleva entrando y saliendo de chirona desde que el mundo es mundo
gracias a su manía aprehendida de no respetar a rajatabla los bienes del
prójimo cuando más falta le hacen a ella y a su familia. Y del mismo
modo, este matasanos del carajo estima conveniente opinar que una
persona con el bicho puede tener una vida normal, como un diabético
goloso obligado a deambular ocioso y hambriento en medio de una
bombonería. El simple hecho de tener que usar condones de por vida le
supone un trauma existencial más grave que el de que su alma atolondrada
pudiera extraviarse de camino al otro barrio.
«Doctor Etxenikea», la portentosa facilidad de su esposa para
pronunciar, aunque sea mal, cualquiera de los nombres de las pirámides
de México, queda de nuevo patente ante la empresa que a él se le figuraba
de tan imposible cumplimiento como el noveno mandamiento, «¿y en caso
de que mi marido tenga...?». Podría jurar por su amabilidad manifiesta que
a Rosi, el tipo con apellido de tienda de muebles, no le parece un
redomado imbécil.
Se toquetea la placa con el nombre y se rasca el cogote sarnosamente,
agarra las gafas recién despreciadas sobre el tablero de la mesa y se las
planta encima de la nariz aguileña magnitud familiar, cual si hubiera
pedido el deseo de que se le multiplicaran las napias por diez; entonces
escribe algo en el teclado del ordenador y detiene su mirada en la pantalla
mientras sus pupilas vivaces comienzan a recorrer líneas de texto con
pasmosa rapidez.
«Uuuuuum. A veeeer. Aaaaajá».
Esperar como protagonista principal una ejecución por inyección letal
le ocasionaría en este momento menos estrés postraumático que
sobrellevar las vocales prolongadas del hombre de mármol que se
empecina en retardar la información. El médico retira la vista de la
pantalla y colocándose la palma de la mano izquierda sobre la boca al
tiempo que se frota los mofletes señala con el dedo índice al bebé que
descansa en el cochecito, ajeno a toda preocupación, al lado de la madre.
«He mirado la fecha de los resultados de la última prueba de PCR que
le hicimos a tu hijo —la definitiva fue hace cosa de un mes— y las cargas
virales no eran detectables, lo que siendo optimista puede ser un
argumento a favor de que la cantidad de virus en la sangre de tu esposo
sea muy baja, pero eso no se podrá saber hasta extraerle las muestras para
el análisis PCR en caso de confirmarse el resultado positivo de VIH con la
Western Blot».
Para el cerebro tardo de José María es como si le estuvieran
transmitiendo el mensaje en turco. Iba a soltar la primera frase compuesta
después del constreñido buenos días desde que se halla apoltronado en la
silla de la consulta cuando su mujer le roba la escena con una diplomacia
y una compostura de la que él no podría hacer gala ni después de cien
sesiones de yoga.
«¿Resumiendo?».
El tal lecheikea apoya los codos en el borde del escritorio y descuelga
otra vez las gafas de sus orejas carnosas, sujetándolas por la patilla con
los dedos índice y corazón de la mano izquierda y dejándola suspendida
por debajo de su rostro rubicundo. Suspira desde lo profundo antes de
lanzarse al tercio de muerte.
«Pues resumiendo, Rosi», «¿la ha llamado Rosi?», es la síntesis que
capta José María, «ni que se fueran juntos a tomar copas y a echar unas
risas», y retoma su apertura descomunal de maxilar, mostrando los
incisivos como un lobo a punto de rebanarle el cuello a su presa, poco
antes de que el sensato discurso del doctor lo petrifique, mudo y
sumamente avergonzado, contra el respaldo. «que no estaríamos hablando
de nada de esto si el cabezota que tienes al lado hubiera venido en su
momento sin darte largas ni preocuparse de lo que pudieran decir los
vecinos y te hubiera dejado hacerte las pruebas a ti sin tener que esperar al
nacimiento del bebé».
Templa los brazos como las cuerdas de un arco a cada uno de los
lados de la silla y aprieta las manos en el asiento hasta que las falanges de
sus dedos esmirriados se tornan blanquecinas por la tensión. Las encías
podrían hasta sangrarle y desunírsele los dientes de prensar las
mandíbulas una contra otra con similar potencia a la generada por los
pistones de un motor de combustión, mas se apacigua su humor, acuciado
por la transparente verdad encerrada en las palabras del galeno, y no le
resta otra opción que transformar su orgullo en docta humildad. «Si Javi
me viera». Agacha la frente y deja caer un poco la cabeza a la izquierda
mirando de reojo a Rosi, que infla cómicamente los carrillos y deja
escapar el aire contenido haciendo vibrar sus labios delgados.
Sin soltar las gafas apoya el doctor los antebrazos encima de la mesa,
cruzando una mano sobre la otra, e inclinando su proporcionado torso
hacia adelante da las únicas indicaciones que no depende de ellos ni de su
interés personal el lograr cumplirlas.
«Mirad, no os preocupéis antes de tiempo. El nene sabemos que está
bien, lo que es muy positivo, y hasta dentro de tres semanas no va a haber
novedades». Se encoge insustancialmente de hombros y con gesto sobrio
vuelve a dirigirse a su esposa. «No es nada fácil dar una noticia de estas
sin meter la pata y todo lo que uno diga en estas circunstancias puede ser
inapropiado, pero sabes que para lo que necesitéis podéis contar
conmigo».
José María, derrengado en la silla, se siente medio consumido; ha
dejado caer los brazos muertos sobre los muslos y se refriega las palmas
de las manos sobre sus rugosos pantalones vaqueros mientras pasea
distraído la vista por el consultorio. En la pared derecha, a apenas un
metro del escritorio y a la altura de los hombros del médico dos
fotografías apaisadas tamaño A4 sin marco y clavadas con pulcra
minuciosidad con dos chinchetas de colores sirven de todo adorno a la
sala blanca y marcada de creciente humedad en varios de sus rincones. En
la primera imagen puede verse un llamativo paisaje de una de esas playas
vírgenes que suelen salir en las revistas de las agencias de viajes, con
aguas límpidas y transparentes cuyos colores parecen estar retocados por
lo intenso del azul del océano o del verde inaudito de las palmeras
salvajes. La fotografía que luce al lado, prendida del muro como una
ventana a otros mundos más distendidos es una instantánea casera, tomada
en plano americano no hace demasiado tiempo ante un fondo paradisíaco
de similares características a la anterior, en la que el doctor abraza a una
mujer sobradamente atractiva y algunos años más joven que él posando su
brazo extendido por encima de los hombros; ambos sonríen, tostados por
el sol y despreocupados, al igual que el niño de corta edad que, con una
gorra roja embutida sobre su cabello rubio y una camiseta amarilla con un
dibujo de un loro multicolor impreso en el centro, aparece entre los dos
casi colgado de sus respectivas cinturas.
«Son de hace dos veranos. En Punta Cana». El comentario del
facultativo, impregnado de una curiosa y perceptible nostalgia, hace
evidente la total falta de sutileza de José María en tanto observaba la pared,
contrito y medio frustrado, igual que un judío que pena sus pecados frente
al Muro de las Lamentaciones. Piensa varias cosas, casi ninguna apropiada
para compartirla, y como nunca se ha considerado un experto en
distinguir lo adecuado de lo ocurrente la única táctica que se le viene al
seso a fin de romper el silencio incómodo y evitar males de irremediable
envergadura es estirar la mano en dirección al doctor leches
acompañando dicho movimiento de un par de frases asépticas.
«Muchas gracias, señor. Entonces a esperar la confirmación y poco
más por el momento, ¿no?». Examina al tipo de gafas de pasta y pelo
nevado, que continúa contemplando absorto las fotografías.
«Oh, sí, disculpad». Se levanta del asiento, se coloca los lentes y ofrece
también la mano abierta a su esposa y a él con una deferencia
consustancial. Su apretón es fofo y escurridizo como un pez. «Pedid cita
en recepción para dentro de tres semanas más o menos».
La mujer lo mira con cara de no entender su arrebato de huida ni
aunque le hagan un croquis. Eleva los hombros y arruga el entrecejo al
tiempo que coge el carro de bebé y lo separa de la silla de la que acaba de
levantarse para despedirse.
«Sí, gracias, doctor, y perdone las molestias».
José María se guarda para sí el convencimiento categórico de que, de
haber sido ello viable, Rosi le hubiera cortado en pedazos no mayores que
un guisante con idéntica naturalidad y entusiasmo a los que ha empleado
cuando le estrechaba la mano al médico antes de salir de la consulta. Uno
junto al otro caminan taciturnos por el pasillo del Centro de Salud, ella
empujando a trompicones el cochecito de segunda mano y él cargando
con su —una vez más tardíamente descubierta— ineptitud. Se rasca el
cuello con las uñas de los dedos índice y corazón mientras algunas gotas
desperdigadas de un sudor irreprimible se dejan caer desde la frente.
«No os preocupéis antes de tiempo... Puedes tener una vida normal».
Remeda lo sucedido hace pocos minutos con ansia sofocada, dejándose
vencer por el desagrado y un sentido agravio que reconoce que tal vez no
exista. «Es mu' fácil soltar bondades cuando uno tiene una vida feliz».
Rosi sigue tiesa y seca como un estaca; no le entrega ni el más leve
indicio de sentirse atraída por los derroteros a los que está derivando el
monólogo y percibe sus ojos achinados, lasos y abúlicos, mantenerse
firmes en dirección al mostrador del fondo del vestíbulo donde, bajo un
rótulo alargado con las palabras Cita previa, una señora de edad
indefinida con uniforme verde y aspecto saludable parece estar anotando
datos en el ordenador. Cuando llegan a la altura de la recepción su esposa,
envuelta en una sonrisa más forzada que calzarle el zapato de cristal a una
de las hermanastras de Cenicienta, sólo hace uso de la palabra para
solicitar nueva consulta en tres semanas tras presentarle a la auxiliar la
tarjeta sanitaria. José María introduce las manos en los bolsillos, hastiado
y disperso, y curiosea alrededor. Tuerce cuidadosamente el cuello y
regalando a la concurrencia un dadivoso bostezo que no hace el más
mínimo esfuerzo por esconder detiene primero su escrutinio en el
cuerpecito débil de su hijo, quien duerme con tan exquisita placidez que
aparenta haber sido narcotizado, y pocos segundos después, de manera
nada carnal, sobre uno de los abultados pechos de la celadora vestida de
color monte y que acaba de entregarle a Rosi el cartón con la fecha de la
próxima cita. González, puede leerse en la insignia. Se sonríe sin excesos,
ladino, a fin de evitar la hipotética reprimenda. «Ese sí es un apellido
normal». Su mujer da las gracias, de nuevo con ese gesto risueño que a él
le resulta antinatural y postizo, guarda el papel y la tarjeta en el bolso
menudo que cuelga de la barra trasversal del cochecito y cuando
atraviesan la puerta corredera de cristal con sensor de la entrada del
ambulatorio el mutismo continúa haciendo serios estragos en medio de un
campo de batalla remiso a la tregua. Las pisadas del caballo de Atila
aplastaban menos la hierba que los delicados pasos de Rosi su conciencia.
Su frase exclusiva, capital y plausible, no pudo ser más horadadora y lo
catapultó de improviso contra las quebradizas torres de su iniquidad.
«No, lo fácil es decir burradas porque uno crea tener una vida de
mierda». Se le queda mirando con relativo desprecio y superior
complacencia y desvía sin rencor la vista ácida hacia la cenefa de azulejos
que adorna el pórtico. Su lenguaje recto le agujerea el cerebro con la
imprecisión y eficacia de una ráfaga de ametralladora. «Etxenikea perdió
a su hijo en un accidente de coche hace unos cuantos meses». Nuevo
silencio infinito antes de dar la puntilla. «No vas a ser tú el más
desgraciado de todos, Pepe, por mucho que te empeñes».
A José María lo primero que se le pasa por la cabeza, en un instintivo
impulso de aquella curiosidad que surge insana y desapacible en toda
humana naturaleza, es preguntar cómo fue lo del accidente de tráfico, y si
pudiera ser con pelos y señales lo mismo hasta algún productor de
conciencia pútrida podría comprar los derechos de emisión para una
especie de Snuff movie, pero su vehemencia no alcanza cotas de nihilismo
tan exacerbado y, mientras aprecia a lo lejos una cabeza con pelo a lo afro
moviéndose como poseída por un demonio en el interior de un Mercedes
C Coupé y razona diversos métodos para sortearla sin tener que dirigirle a
su dueño ni una hache muda, ante la estupidez cerril de su desconsiderada
premisa sólo retoma con aridez y desconsuelo la misma idea, mas con
opuesto significado, de la que se sintiera medianamente satisfecho dentro
de la consulta del médico.
«Si Javi me viera».
5

«Abrid el círculo, anda, que os veáis bien todos». Total, para lo que
hay que ver. A ver que recule un poco. «Antes de empezar, ¿alguno le
puede explicar a Dani en qué consiste la Asamblea?». Joder, y esto es
como la peli del día de la Marmota. Cada semana lo mismo con tanto
ingreso nuevo, hasta sueño me entra, leches. Y el Mohamed que lo llama
Pepe que levanta la mano; y ni él mismo sabe de qué va la reunión. Lo que
se es capaz de hacer por quedar bien, aunque luego quedes como el culo
por lerdo. «Vamos, Abdel». No hay más que echarle un ojo a la cara de
circunstancias de la Cristi para ver que está hasta temblando de las
chorradas que pueda decir el colega. «Nos reunimoss aquí todos los
vierness bara intentar arheglar los bobl... broblemas que hemoss tenido
entre nusotross durante la última ssemana». Joder con el acento, es que me
duelen hasta las orejas. «¿Y recuerdas los motivos para que hayamos
decidido hacerlo de este modo?». Parece una pregunta tendenciosa,
Cristina; si Abdel parece que se dio un golpe en la cabeza de chico.
«Yáani... no me sé egplicar der todo bien, bero es como bara evitar que
nos beleemoss en el momento y abrendamos a ha...blar los cosas en lugar
de... no sé», te estás explicando como un libro cerrado, colega, «de
belearnos, como siembre hemos hecho». Hasta colorado se ha puesto, jeje,
normal, con lo cutre que ha sido. «Bien, Abdel», ¿bien, Abdel?, si es que
así nos luce el pelo, «¿alguien quiere aportar alguna idea más?» Ahí voy
yo a ver si nos aclaramos. Manita arriba. «¿Diego?». «Bueno, la idea de
este espacio es también ir disponiendo a nivel personal de otros recursos
para afrontar las situaciones de conflicto que se nos van a ir presentando
en nuestra vida cotidiana sin recurrir a la violencia verbal o física», si es
que soy un máquina... aunque alguno hay por ahí que me mira raro, «así
como aprender a asumir las consecuencias de nuestros actos mediante el
uso de correcciones o determinadas sanciones o medidas que son
impuestas entre todos». Coño, ¿Dani está poniendo cara de estreñido o son
neuras mías? «Ehhh...», leches, Cristina, ¿qué vas a soltar ahora?, más
claro agua, «no te preocupes Dani, ya irás viendo poco a poco el
funcionamiento y las dudas nos las puedes preguntar al equipo o al
compañero que está contigo de acompañante». Y Mohamed que levanta la
mano otra vez, me cago en la leche, ¿y ahora?, «Abdel, intenta ser breve,
por favor, para que nos dé tiempo de ver todas las dificultades que os
hayan surgido durante la semana». Imposible, si hasta que le salen las
palabras ya ha pasado un mundo. «Combañero, creo que lo que Diego
quiere desir con sus balabras finass», pero ¿qué leches dice éste? Sabrás
tú, «es simblemente que no nos debemoss belear... como desía yo antes,
buscar artel...alter...nativas y que en caso de que hagamoss algo mal bues
entre los otros combañeross y el equibo nos bonen como una esbesie de
castigo bara que cambiemoss de actitud y bodamos combortarnos de
mehor manera». ¿Y yo qué hablo en ruso? Y ahora todos asintiendo con la
cabeza. Los más palurdos, claro, porque el resto seguro que se ha
enterado mejor antes. «No es bueno que los llaméis castigos, porque os
crea mala sensación», menos mal que la dire tiene algo de criterio, joder,
aunque por mucho que no le quieras dar el nombrecito «en realidad son
como un recordatorio de las actitudes y comportamientos que debéis
cambiar para no tropezar una y otra vez en la misma piedra» a tirón de
orejas sí que suena. «De cada uno de vosotros depende vivirlo como una
ayuda que se os da dentro de vuestro proceso o como represión, igual que
si estuvierais en prisión». «No es ni parecido, Cristina. Te lo digo yo». El
sabio de Carlos, mira tú, que parece el único que ha estado en el talego,
pero que luego se salta las normas a la torera cuando más le conviene. ¿El
sábado fue cuando le di el cigarro que me pidió? Creo que sí... el colega, y
ahora quiere ir de legal, no te jod... «Pues empezamos, chavales», ¡qué
alegrón! «¿Quién quiere comentar algo y ponerlo en común?». Juanma.
«Ajá, Juanma ¿Te ha pasado algo con algún compañero de comuni». El
petardo, que ganas tengo de que le den el alta de una puta vez. «¿Quieres
indicar al grupo con quién fue y qué pas», pero vamos, que va a aguantar
lo justo sin cagarla, «ego, es D», en cuanto salga de cabeza al río otra vez
con tanta paranoias y tanta gaita «iego?», a mí todavía me queda un huevo
para salir... A ver si en estos meses se le olvidan ya a Paqui los malos
rollos y volvem... «¡DIEGO!»... Cooooño, Cristina, ¿qué pasa? «¿Dónde
andas, Diego? Te está llamando Juanma», ¿Juanma? ¿No jodas? «¿Sí?
Dime, dime» a ver qué leches le pasa ahora a este capul... ¡Hostias!... Lo del
otro día en el patio. Me cago en su put... «Pues que estábamos el lunes por
la noche esperando para tomar la medicac», ¿el lunes? Fue el martes y la
culpa toda tuya «alir Diego se puso en medio de la puerta cortando el
pas», se te olvidan algunas cosas, memoria selectiva se llama «Cristina, la
cosa no fue exact». «Diego, deja a tu compañero y», ¿qué lo deje? Pero si
está diciendo sandeces «ahora luego en tu turno le respondes tú»,
«perdona, pero es qu», es que me enciendo, «Diego, por favor, deja a
Juanma y ahora hablas tú». Me cago en mi nación, se me queda chico el
asiento. «Sigue, Juanma, anda», diciendo sandeces, que siga sí. «Y ya en el
patio estaba sentado tranquilam» ¿tranquilamente? ¡Serás cabrón! A ver si
levantando la mano se me respeta un poco, «Cristina, perdona de nuev»,
«Diego, como vuelvas a interrumpir a Juanma te voy a tener que pedir que
abandones la sala» esto es una puta mierda «hasta que seas capaz de
escuchar o al menos estar callado», qué quemado que estoy, uff... Con los
nervios siento punzadas en el pecho y todo. «Baja la mano y escucha, que
son dos minutos» de mentiras e interpretaciones, no te jode. «Pues que se
me puso a gritarme y a darme órdenes y a mirarme con mala cara» ¿a
gritarte? Coño, si ahora vas a ser más sensible que un buñuelo, «y, bueno,
nos empezamos a pelear hasta que nos separ», ¡nos empezamos a pelear!
qué eufemismo, colega; ¿y no te da vergüenza ni nada contar trola tras
trola? Es que voy a sufrir un infarto de aguantarme; ni respirar puedo. Es
que me piro para casa hoy mismo. «Diego, ¿si te quieres levantar un
momento por si el moverte te ayuda a relajarte?», mira tú, si Leo hasta
tiene lengua y todo, que parece que entra en los espacios porque es
obligatorio si está de turno, «gracias, sí, me pongo de pie un rato». ¡Qué
sudores!, esto es peor que cuando me pillaron nada más llegar con la
barriga hasta las trancas. «¿Quieres aportar algo más, Juanma, o dej» y
Pepe que parece fuera de onda; coño, que diga algo que él estaba presente,
vaya amigo de pacotill «amos que Diego exponga su opinión antes de que
le dé un soplo en el corazón?». «¡La cosa no fue así, Cristina!» como que
hay Dios que esto no se queda así «¡fue él quien se levantó para pegarme
porque se le cruzaron los cabl...». «Diego, habla con respeto y sin voces,
que tu compañ» ¿respeto? Pero si es que está contando la feria como le da
la gana «ero no ha perdido las formas en ningún mom...». «¡Es que esto no
es justo!» esta tarde cojo las maletas y me piro a casa, «Diego, ¿no ves que
hasta algunos de tus compañeros te están pidiendo calma?», «¡Claro, como
a ellos no les afecta!», «mira alrededor un poco, por favor» joder con la
pinta de alelados, ni que lo estuviera matando... «Vale, vale» y el falso de
Juanma tendrá mucho trastorno y mucha leche, pero callado como si no
hubiese roto un plato en la vida... Hombre, Pepe, menos mal que me vas a
echar un cable, jeje. Levanta más la mano, venga... «Pepe, a ver, que tú
estabas presente». Vaya cara de mal rato que tienes, colega. Pero tú eras el
que me decías que había que afrontar las cosas aunque luego tuvieras que
aguantar marrones. ¿Qué coño piensas, joder? Si es que mucho hablar
pero a la hora de la verd... «Pues lo siento mucho, Diego», ¿cómo que lo
sientes, tío? ¿Qué dices? «pero creo que Juanma, sin haber actuado del
todo bien tiene razón y», hostias, no me lo puedo creer... ten amigos para
esto, ¿y ahora me dejas colgado, tío? «sabiendo de sobra su situación
personal tendrías que haberte comportado de otra manera nada más
bajar», y Juanma tan feliz, el tío mierda. Buen favor que le has hecho, «no
actuaste bien, Diego, y eso es lo que hay», y claro, lo dices por mi bien,
como un hermano mayor, «aunque no te guste, tienes que aprender a
controlarte». Joder, no me comporté como un niñato, Pepe, bueno, no sé,
patología dual, no iba a dejar que «lo siento, compañero, pero sabes que
siempre estoy para ayudarte» se quedara, patología dual, encima mía.
«Diego, ¿quieres compartir algo con el grupo, con Juanma?». Juanma el
pobre es que está medio gilipollas con lo que tiene, «no, por ahora no, ya
al final de la asamblea si eso...». Soy un lerdo. Bufff, Juanma, disculp
«Pepe, ¿y piensas algo que pudiera ayudar a tu compañero a cambiar de
actitud?», eso, Cristina, tú sigue dando ideas y patadas en las espinillas.
Joder, tío, ahora no me vengas con el brazo en el hombro y esa sonrisita
de mierda, que sólo faltaba que se me saltara el moco. Ya te digo, un
lerdo, integral. «He estado pensando estos días en que lo suyo es que
estuviera varios días sin hablar con el grupo, sólo diciendo perdón y
gracias», ¿perdón y gracias?, pero si ni las sé pronunciar de seguido, «eso
le ayudaría a escuchar, a controlarse y aprender a decir las cosas de
buenos modos», ¡y una mierda, joder! «No sé, me parece bien», claro,
Cristina, como tú no lo vas a tener que hacer, «a ver, que levanten la mano
quienes estén a favor». Cago en la leche, quorum. Esto es un complot,
como que hay Dios. «Pues en cuanto salgamos de la asamblea empiezas,
Diego», ¿y por qué no desde ya?, no te jode, «no pongas esa car», no, si te
parece me parto «ue si todos están de acuerdo algo de verdad habrá, ¿no?
Pues tres días», sí, la verdad resplandece en medio de las tinieblas, como
Jesucristo, «reflexiona, Diego, y cada vez que en estos tres días tengas que
dar las gracias o pedir perdón» me cago en todos vosotros «a algún
compañero» y en vuestra familia de primer grado «que lo vivas como un
paso para el camb», joder... ¿Cuánto tiempo hace que no le pido perdón ni
le doy las gracias a Paqui? Vamos a decir que me falla la memoria, «pues
seguimos adelante», pero veo que lo que me falta es conocimiento no
memoria, leches, «¿quién quiere exponer alguna otra cuestión?», joder,
Paqui, lo siento. «A ver, Carlos», vaya puta mierda, «nada, que el domingo
por la tarde antes de cenar me había quedado sin tabaco, no supe manejar
la situación y le pedí uno a Diego», hostia, ¿hoy qué es un monográfico
mío? «No tendría que haberlo hecho y encima poner en un compromiso al
compañ». Sí, eso te honra, pero a mí me van a cruj... patología dual, joder,
Juanma, lo siento. Lo siento. Si al final va a ser verdad que me habéis
hecho una lobotomía.
6

Resiste al paso del tiempo la repetida hipótesis —harto difícil de


demostrar— de que en caso de producirse un holocausto nuclear las
cucarachas serían de los pocos seres vivos que sobrevivirían a la
subsiguiente lluvia radiactiva. Tal afirmación se sustenta sobre la base
científica de que dichos insectos soportan un nivel de radiación ionizante
entre seis y quince veces mayor al de la raza humana, si bien es cierto que
algunos invertebrados de tamaño microscópico, como los tardígrados,
pueden resistir incluso trescientas veces más y pasar meses y años sin
beber ni una sola gota de agua. Todo ello no ha de significar, obviamente,
que las cucarachas no se encuentren más pletóricas campando a sus anchas
en una pastelería o los tardígrados reposando su milimétrica composición
en mitad del océano, pues no es abstruso suponer que cualquier ser vivo se
adapta con sumo placer y mejor gusto antes a lo bueno que a lo malo.
Hasta las flores de más llamativos colores crecen en salud a partir del
estiércol.
Pumuki recuerda en estas lides aquello a lo que hacía mención Ramona
acerca de que no hay olor lo suficientemente nauseabundo como para
impedir que las pituitarias terminen por habituarse a él, pues en
comparación con el local pestilente donde la encontrara por última vez, el
piso desatendido, paupérrimo y cochambroso al que acaba de cederle el
paso la mujer, bamboleando su cuerpo graso a diestra y siniestra y con un
Montecristo recién encendido entre sus labios gruesos y deformes, parece
la suite presidencial del Hotel Palace. Sin embargo, un aderezo de la
estancia adolece de provechosa mejoría como si fuera el único incapaz de
agradecer un ambiente más lustroso: la anfitriona, quien con la esclerótica
de los ojos enrojecida, bolsas hinchadas y colgantes bajo los párpados y la
tez de un tono pajizo propio de un chino con hepatitis, se arrastra hacia el
desvencijado sillón de orejas del centro del comedor con la voluntad de
un escarabajo pelotero sacudido por un huracán. La iluminación del salón,
expelida igual que un último estertor desde una barroca y destartalada
lámpara de techo de cinco brazos con una solitaria bombilla halógena
prendida en uno de ellos, es de un insípido abrumador y su luz
blanquecina apenas acierta a otorgar claridad a los escasos muebles
aparcados en las esquinas. Un niño de ocho o nueve años, sentado frente a
un televisor de interminables pulgadas con las piernas cruzadas encima de
un taburete y la lengua semejante a una loncha de beicon pegada a la
comisura de los labios, sujeta entre sus manos menudas un mando de
videoconsola y se enfrenta a golpe de pulgar contra un ingente número de
combatientes de turbante y piel aceitunada de algún perverso país del
Medio Oriente que caen bajo ráfagas de fuego enemigo con los cuerpos
desmembrados y las cabezas reventadas. El ruido de estallidos, disparos y
gritos enfurecidos que se desprenden de la pantalla lo deja en un cuarto de
minuto casi sordo y medio emplazado en primera línea de fuego en Irak.
«Pasa, anda», Ramona se desploma sobre el asiento y la nube de polvo
que la envuelve densa e inesperada convierte su oronda figura de peonza
en un objeto casi traslúcido, «y siéntate... donde veas». Desde la mullida
endeblez del cojín raído bajo el que se pierde buena parte de sus posaderas
inclina hacia adelante el torso, con presteza inútil y oprimiéndose el
diafragma de tal guisa que llega a quedarse un rato sin respiración, para
recoger algunos trastos de difuminada apariencia de encima de la
banqueta situada junto al sillón y soltarlos en lo alto de la mesa, repleta de
bolsas abiertas de golosinas y una botella de dos litros de refresco de cola
medio llena pegada a la escuadra más próxima al asesino masivo de
fuerzas hostiles. Pumuki contempla el alzapié que acaban de ofrecerle
como un obsequio putrefacto e infectado de pelos pardos, manchas de
diversa consistencia y consideración y tan plagado de sietes como el tapete
de un mal jugador de billar. Echa un vistazo no del todo discreto alrededor
y el resto de opciones que se le presentan no le resultan mucho más
apetecibles: otro sillón de orejas que da la sensación preclara de haber
sido retirado no hace tanto de un contenedor de basura y de ser alérgico al
detergente, y una silla con la tela del respaldo descolgada y un gato
romano, gordo y despeluznado, ocupando todo el asiento con vagancia
intrínseca y lamiéndose la pata izquierda como un mafioso a punto de
ordenar un encargo.
«¡Mejor me quedo de pie», y lo expone cautamente, por si Ramona
está hoy sensible, «total, va a ser un momento!». Se tapa el oído izquierdo
con la yema del dedo índice mientras guiña el ojo con celo y tuerce la
boca de manera desmesurada en omnímoda advertencia de que van a
reventársele los tímpanos con la estentórea batalla campal prefabricada
por ordenador. La mujer sonríe fétidamente dejando ver sus dientes
cariados y lanza un torbellino de voz que, a pesar del tono de discordante
amabilidad, soporta más decibelios que el sonido que pretende erradicar.
«¡Josele! ¡Quita eso, que este señor y yo tenemos que hablar!».
«¡Pero güela, que no me falta naá pa' pasar de nivel!». El infante ha
soltado el alegato sin mover ni un solo músculo del rostro, mostrando
repetidos mohínes de indignación y abducidas sus facciones por las
imágenes digitales que aparecen como mesnaderos dentro de la pantalla
plana de la televisión.
«Como no lo apagues te voy a dar una guantá que tú sí que vas a subir
a otro nivel». La abuela no parece tener demasiado tiempo para andarse
con explicaciones razonadas ni razonables. «Y sin tener que apretar
ningún botoncito».
Josele se hace el sordo con tan elevada excelencia que cualquier
figurante recién aterrizado en escena no vacilaría al afirmar con
apabullante rotundidad que le acaban de extirpar sendos tímpanos y hasta
las trompas de Eustaquio. Pumuki se atrevería a jurar sobre la tumba de
Paco de Lucía que el nene incluso se ha atrevido a subir el volumen del
receptor y, aunque su pretensión inicial era abrir la boca e intentar
suavizar el ambiente, una zapatilla de guata con rimbombantes cuadros de
alérgicos colores que ha partido veloz desde el sillón orejero donde se
encuentra Ramona para estrellarse sin miramientos en la testa alborotada
del nieto lo mantiene a la expectativa.
«¡Jooo, güela!». Alarga la vocal el niño de tal forma que semeja el
cacareo inicial de una gallina clueca, airado pulsa el controlador del
videojuego con ambas manos como si hubiera decidido destriparlo por el
centro y, tras lo que parece ser una duda no sometida a ningún escrutinio,
termina por estamparlo contra el suelo con altiva virulencia. Entonces se
levanta, dejando ver una alargada camiseta que lo cubre hasta las rodillas
delgaduchas, y luego de endosarle una soberana coz al taburete y
desparramar por el suelo con un certero mandoble de antebrazo alguna de
las bolsas de chucherías que permanecían inmutables sobre la mesa,
desaparece a golpe de hipidos y berridos por el pasillo oscuro. No
importan los golpes desorbitados, el gato tipo pez globo debe de ser
también sordo. La mujer se estira desde la sien sus cabellos grasos y
echándose hacia atrás hace reposar su espalda sobre el respaldo
desgastado del sillón, henchida de satisfacción como aseveran su mueca
condescendiente y su locución zalamera.
«Gracias a Dios en el genio ha salío más a mí que al abilortao de su
padre». En ese instante demudan sus facciones hacia un tono menos
benigno y con la mirada gélida empotrada contra el muro desconchado
escupe la siguiente frase sin dar pábulo a una posible subsidiariedad, en
una especie de necesario continuum que asegure la supervivencia. «No
como otros, que han sacao lo peor de la familia».
No hace falta ser una lumbrera para apreciar que si en una habitación
ocupada por dos personas una de ellas lanza al aire una daga cargada de
condena su pretensión pasa de manera irreductible porque le atraviese el
costado a la otra. Pumuki suspira tan hondo que cree quedarse sin oxígeno,
se pierden sus manos huesudas en los bolsillos del pantalón de tela y
curvando la columna vertebral en semicírculo hasta que simula quebrarse
deja caer a plomo los hombros como si deseara enterrarse bajo la
asquerosa solería del piso.
«Lo siento, Ramona». Sabe que su manifiesto arrepentimiento tendrá el
mismo efecto disuasorio sobre la mujer volcada en el asiento igual que un
residuo que los lamentos de un sentenciado ante un capellán poco antes de
su último paseo en el corredor de la muerte. «Se han complicao un poco
las c...».
«¿Sabes lo que es el perdón?». Lo interrumpe con la energía de una
yegua desbocada y, mientras apoya el codo derecho encima del brazo del
sillón y con un imperceptible toque de pulgar en la base del puro hace
desprenderse la ceniza hasta que se funde con el pavimento de baldosas,
responde torvamente a la silenciosa confusión que deja traslucir sin
remilgos su rostro descarnado. «Aquello que si me diera por usarlo me
haría la vida bastante más jodía de lo que ya es».
Aunque el cerebro ahora metódico de Pumuki se pregunta qué coño
pinta sobre la mesa un cenicero impoluto y de diez centímetros de
diámetro opta por seguir manteniendo las orejas más abiertas que los
flaps de un Jumbo a punto de tomar tierra y la boca tan hermética como si
estuviera envasada al vacío. Ramona parece decidida a evitar cualquier
atisbo egoísta y no retiene ningún recurso dentro de la faltriquera a la
hora de explayarse en argumentos que corroboren sus escrúpulos. Eructa
generosamente condimentando de ajo la habitación.
«¿Eres capaz de hacerte una idea de lo que me ha costao llegar hasta
aquí?». La calada que acaba de endosarle al habano dejaría sin aliento a
una docena de dragones y exhala el humo de inmediato con tal
contundencia que podrían asfixiarse de un plumazo los millones de ácaros
que deben de campar a sus anchas en cada uno de los muebles esparcidos
por el comedor. Inclina su cuerpo flácido hacia adelante y golpea
repetidamente el tablero de la camilla con el dedo corazón. «Y
mantenerme, de tranqui, sin tener un puto problema serio con la pasma.
Con toó lo que he tardao en ganarme el respeto de toa esta gente ¿sabes lo
que puedo tardar en perderlo si me da por ponerme tierna?». Ahora se
pone a toser y la profundidad de sus ansias da la impresión de que va a
conseguir vomitar hasta el esternón. Vuelve en sí y chasquea en el aire los
dedos. «Esto. Y más ahora, con toa la mierda que le han echao encima al
Johnny».
Si no considerara la escena en sí misma como una patente contradictio
in terminis Pumuki se atrevería a testificar bajo juramento que Ramona
acaba de ser afectada por un momentáneo, pero intenso, virus de la
emotividad.
«Ya; me he enterao». A la afirmación le sigue una frecuente
curiosidad, en demasiadas ocasiones poco benévola con el sentir del
interrogado, y que suele accionarse por defecto incluso en la mente del
más práctico de los mortales cual si de un modelo estímulo-respuesta se
tratase. «¿Y cómo ha sío?».
«Un sapo hijoputa que de siempre se ha creío que se pue salir con la
suya». Se introduce el dedo índice en la nariz hasta la segunda falange y
rebusca dentro de las fosas nasales como si el tipejo responsable de sus
cuitas se hallara adherido al tabique. Cuando saca el dedo seboso se estira
la yema hacia abajo con el pulgar para dejar al descubierto la parte interna
de la uña y decide lanzar algo al hueco con el movimiento común de quien
juega a las canicas. «Como un moco en mi deo es ese chivato cabrón. Lo
voy a aplastar como que me llamo Ramona».
Aunque a la vista de un simple novato pudiera parecer que la abuela
oronda y rojiza igual que un queso de bola se ha enrocado en la esquina
del tablero con su hirsuto odio incrustado en las costillas y pasado por
alto los motivos que lo han conducido irrevocables ante ella, Pumuki,
secundario habitual de lujo en el género de catástrofes, prefiere conservar
alguna ligera opción de despegue a pesar de asumir que de un tiempo a
esta parte su reserva aparece de pleno en plaza de overbooking. Recurre a
lo jocoso para intentar revertir el ánimo visceral de su interlocutora.
«Y me han dicho que por ahora tienes aquí el negocio, ¿no? Pues al
menos has ganao algo con el cambio, que esto parece el palacio de la
Zarzuela».
Ramona se despereza cuan larga es, extendiendo los brazos en forma
de cruz de manera tan soez que la bata estridente que viste a juego con los
alérgicos tonos de las zapatillas y con la que debe de estar sufriendo un
calor de mil demonios se abre trivialmente por el centro incapaz de
contener en su inusual globalidad los senos dispersos. Parte de la copa de
un vetusto sujetador beis de encaje se ofrece desalmado a la vista y una
pequeña cadena con una medalla de oro se debate por no desaparecer en
mitad del canalillo. Suspira, como urgida por la necesidad de asueto, y le
vuelve a dar al puro una calada estratosférica antes de señalarle al pecho
con una uña larga y renegrida.
«El perdón no entra en mis planes, ya te lo he explicao, por mucho que
te hagas el gracioso». Se rasca la mollera y se refriega ambos lados de la
cara con la palma de la mano extendida y coloca el cigarro en el borde la
mesa empleando el cuidado y la destreza de un paquidermo ebrio.
«Siempre me has sío de fiar, Pumuki, pero te advertí de ese cabrón que
bien que nos ha dao por culo a ti y a mí como si toós los puntos del barrio
fueran de su propiedad». El chico mantiene fija la mirada en el habano que
desasistido en su parco reposo inclina la cabeza cenicienta y anticipa el
vertiginoso precipicio al que ambos parecen sentirse avocados de manera
imperdonable.
«¿Y seguro que ha sío él el que se ha ido de la mui?». La pregunta no
es chanza y la tozudez con que lo radiografían las pupilas caninas de
Ramona, a quien percibe dispuesta a vaciarle las tripas de una sola
tarascada, así lo atestigua.
«Te han lavao el cerebro o te has vuelto blando. O las dos cosas, que
puen ser lo mismo». Se agacha exenta de gracilidad, como un globo
aerostático neumónico que pierde altura, y alargando su amorcillado
brazo derecho hasta límites inconcebibles alcanza el puro del suelo con la
punta de los dedos. Cuando repone fuerzas su voz silba asmática tras abrir
los labios gruesos para morder el cigarro con consciente mala uva. «Aquí
lo único que no sabemos a ciencia cierta es la de veces que la peña ha
entrao y salío del trullo». Rechina los dientes y tuerce el gesto fingiendo
sin convicción que no ha de guardar ni un incómodo lugar para la
melancolía. «Pa'l Jonathan es la primera vez, y va pa' largo».
A pesar de su juicio cada vez más disperso a Pumuki le sobreviene a la
cabeza la idea aquella del holocausto nuclear, sin alusiones a documentos
bibliográficos ni análisis científicos que puedan servirle de apoyo
logístico, sino en base a esos nutridos relatos acerca de la supervivencia
de las cucarachas en medio de la radiación, y observando el pasillo oscuro
piensa en el nene que abandonara el salón hace escasos minutos presa de
la rabia y del desconsuelo y si, en algún momento imprevisible de su vida,
se sentirá cualificado para adaptarse y sobrevivir a la particular
hecatombe familiar de un padre preso y de una madre hastiada y ausente,
por mucho que procure imitar meticulosamente a una cucaracha o a un
diminuto oso de agua. Vuelve sus ojos azules en dirección a la abuela
Ramona, de opciones deflagrantes y protocolaria viscosidad, y reconoce
igual que lo hiciera en carne propia la verdad ineluctable de que en el país
de los ciegos el tuerto es el rey. Amor, al menos de algún tipo por muy
inconveniente que pudiera mostrarse, no le va a faltar a Josele. La mujer,
ajena a cualquier superchería barata y trasluciendo una estacionaria
preocupación, se rasca la ceja y a los pocos segundos alza la vista con
incrédula fascinación y le comparte una idea a ratos rastrera a ratos
brillante como si fuera un muerto que acaba de ver la luz al final del túnel.
«Un trato». Pumuki estira por los costados su más digna camiseta en
tono salmón hasta casi darla de sí, empieza a sudar de manera
incontrolable incluso por las pestañas y se plantea con tardío énfasis que
quizá tenían más razón que un genio de las ciencias quienes le indicaron
que a lo mejor no era un buen apaño su digna aspiración de ajustar todas
las cuentas pendientes. «Tú y tu familia me debéis tanta guita que ni
vendiendo vuestra carne a precio de oro me va a ser rentable». Se sonríe
la gorda con malicia y una enconada tos carrasposa retorna a una posición
de privilegio en medio de su último discurso. «Al Pelao no lo va a echar
en falta ni la puta madre que lo parió. En un estercolero o en una mansión,
me sua el coño. Hecho y estamos en paz».
El averno es un hábitat cruel para quienes se acercaron a sus vertientes
colmados de remilgos y no ha de existir nada prohibido para su
gobernante o para aquellos que optaron imprudentes por ser sus súbditos
aun de manera ocasional. Siente derrumbarse sobre él un muro de
colosales proporciones al comprobar que olvidó impunemente meterse
dentro de la ecuación: adaptarse o morir, aunque para ello su depauperada
escala de valores haya de hibernar como una marmota.
«Imagino que sea lo que sea te vas enterar». Decide conservar intactas
sus intestinas ansias de romper en lágrimas y las reserva para dentro de
unos minutos cuando no resulte del todo insensato exhibir debilidad. «Me
esperan fuera, Ramona».
Se gira a imagen de un guiñapo pulverizado por la duda, sin decir
adiós muy buenas, y rastreando la decencia en su fuero interno apenas
escucha la broma importuna que le clavan por la espalda a doble o nada.
«Te diría que te queda bien el pelo, pero pareces una maricona».
Al cerrar la puerta tras de sí aún puede percibir las desquiciadoras
carcajadas de Ramona que le desgajan la dignidad igual que si se tratara
de una mandarina. «Todos somos colegas, hasta que dejamos de serlo».
Lo piensa sin filtro, solloza áridamente y se enjuga la parte baja de la
nariz con el dorso de la mano antes de obligarse a bajar las deslucidas
escaleras, algunos de cuyos tramos, con varios peldaños destrozados o
imaginarios, manifiestan la indolencia supina de los vecinos. Descubre
que ha recalado en el portal al escuchar a su lado una voz surcada por una
confortante y calmada inquietud.
«¿Qué tal ha ido?». Se vuelve y observa la figura delgada que lo
aguarda, apoyada de medio lado sobre uno de sus hombros sarmentosos
en el muro exterior de ladrillo visto pintarrajeado con espantosos grafitis
de letras deformes y dibujos insolentes.
Pumuki esconde el rostro encáustico tras las palmas extendidas de sus
manos.
«Fatal».
Sólo entonces, cual si hubiera tenido que esperar ese instante por años
sin término, comienza a diluviar tormentosamente en sus pupilas, hasta
que una cascada salobre se precipita entre sus dedos desvalidos para
fundirse, lastimera e inocua, con una suciedad de hormigón, tan pesada
como la que siente expandirse sin doblez en su interior.
7

Es sencillo impartir justicia, si a punición y tribunales se hace


referencia con el término. Cualquier gaznápiro de ojos vendados suele
arrogarse con ordinaria presteza la potestad de hacer uso de la espada y
sajar un bebé en dos sin lograr por ello entregar a madre alguna ninguna
de sus mitades. No obstante, en el supuesto de estar empachándose el gusto
con la virtud cardinal, dicha simplicidad se trueca en un asunto de recodos
laberínticos y subjetivas suposiciones donde, huérfana de equidad y de
prudencia, la justicia deviene en un mero fundamento al que no le está
vetado manifestarse de forma tan depravada como lícita, a ejemplo del
juez que dispensa idéntico castigo al muerto de hambre y al opulento que
han defraudado al fisco la misma suma de dinero. Si terrible se presenta
pues el actuar almidonado por la norma y amparado por el derecho, no es
menos sibilino invocar a la equidad a fin de soslayar una diferencia de
trato maniquea en momentos en los cuales supondría un insulto a la
verdad pretender aludir incluso a la justicia.
«Su plaza es conveniada, así que si la estancia en Comunidad se
prolonga más de seis meses ya sabéis que nos sancionan económicamente,
y estamos todavía a mitad del año como quien dice».
Javier escucha la llana exposición de Rodrigo con los brazos cruzados
sobre el pecho, puede que en un gesto inconsciente que le haya de servir
de obstáculo frente a la lacónica consideración de la que le han hecho
objeto como quien aplasta un mosquito. Le está subiendo el sonrojo en tal
grado hasta el cerebelo y siente tanta rigidez en la espina dorsal que
juraría que se le ha inflamado todo el tronco desde los testículos. Con
Luther King en mente y sin convenir acerca de si lo más oportuno sería en
ese punto de inflexión romper su mutismo y respetar a pie juntillas la
sentencia del ilustre pastor baptista acerca de que lo preocupante no es la
perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos, decide in
situ ceder el púlpito al declamador y mimetizarse con la injusticia aun
sintiéndose en parte fugaz culpable. El médico se sube las gafas de lentes
progresivas empujando el lateral de la montura con un dedo despellejado
y, dispuesto a componer un alegato definitivo, se alisa el modesto bigote
salpicado de canas grises. Piensa que le luce mejor sobre sus labios
minúsculos a Juanma, el paciente improductivo al que está haciendo
ingrata mención.
«Recuperarse no se va a recuperar, al menos se ha estabilizado y su
interés por dejar de consumir es inexistente. Está ocupando una plaza a la
que otra persona en lista de espera podría darle una mayor utilidad».
No se hace mucho de rogar la tercera variable en discordia: la teoría
del utilitarismo, según la cual ha de tasarse al ser humano y a los actos que
lleva a efecto en base a puros criterios de beneficio y de eficacia, como si
de una cadena de montaje de un juguete electrónico se tratase, en lugar de
atender al valor intrínseco que toda persona ostenta por el mero hecho de
serlo. Considerables barbaries y atropellos ha cometido la sociedad
acogiéndose al concepto básico de utilidad social, desde la trata de
esclavos para abaratar costes de producción hasta el despido improcedente
de una mujer embarazada por ser menos rentable. Dejando desbarrar a su
agotado intelecto por alguna idea extrema y buenamente demagógica
Javier plantea para sí análogas conclusiones a las que ningún seguidor de
la doctrina encauzada por Jeremy Bentham osaría poner impedimentos.
«¿Por qué no gasear a todos los pensionistas? Los presupuestos generales
de cualquier nación civilizada lo iban a agradecer sobremanera».
Taciturno, pasea la mirada mustia por encima de las evaluaciones
individuales periódicas, mecanografiadas a ordenador y rellenas de
concienzudos datos de progreso personal en diferentes áreas
socioeducativas y que no podrían presentársele ahora más ineficaces,
apoya los dedos índice y corazón de ambas manos en el borde de la mesa
rectangular de madera oscura, como si enmarcara con ellos los límites de
las hojas de valoración, y a perceptible compás tamborilea sobre el
tablero mientras Rodrigo prolonga su porfiada defensa a favor del bien
común y un sector del auditorio asiente tácita y formalmente apresado por
una especie de consensuada complacencia. «Si el chaval fuera de los que
paga una pasta al mes seguro que daban un poco más igual sus ganas de
dejarlo. O al menos merecería la pena intentarlo». Lo piensa, mas titubea
con recelo acerca de si se juzgará impelido a moderar tan terminante
afirmación antes de escupirla entre los dientes por temor a ser objeto de
aducidas represalias. Sagaz, se frota entonces la frente con la palma
abierta de la mano izquierda hasta que la deja descansar plácida en su
monda coronilla, y arrobado su propósito por un guiño irónico de la
Fortuna —tan invidente otras veces como la Justicia— levanta con
discreción los tres primeros folios grapados correspondientes al informe
de Juanma y busca en el margen superior derecho del próximo pliego el
nombre y apellidos del paciente: Diego Obispo Muñoz. Sonríe sardónico
y una disquisición se le descuelga de los labios, insólita, olvidando la
prudencia como si fuera un inminente suicida con nada que perder.
«¿Qué dices, Javier?».
Se aprecia sin complejos que Rodrigo es médico, porque ha expedido
el interrogante estilo receta, con prontitud y falto de elegancia. Más de
quince años ejerciendo de Director de Programas, ambas con mayúsculas
a fin de remarcar puerilmente la magna componenda del titulito, no es
materia baladí a la vista del valor supremo regente en las altas esferas si se
trata de sofocar nihil obstat cualquier conato de insurrección que amenace
con revertir, a partir de una solitaria y amenazante idea, el más
insignificante precepto político, social o económico del statu quo. Lo que
se le hace penoso al paladar en medio de la nada almibarada situación de
la que se siente inductor es que la espontaneidad de la frase que ha debido
de dejar caer sin previo aviso de entre sus dientes le impide retener su
contenido y trascendencia.
«¿Cómo?». Lo pregunta descentrado y renuente, igual que un
extraterrestre que acabara de descender de una nave sideral en mitad de la
reunión, encorvada la cerviz sobre los odiosos papeles, oblicuos los ojos
marrones de pupilas extraviadas y mostrando aun la calva gacha a los
presentes como único modelo de comunicación. Imbuido por un ramplón
grado de urbanidad opta por elevar la cabeza, aunque el David marmóreo
de Miguel Ángel se le hace menos fatigoso de izar aun con la uña del dedo
meñique, y se rasca la barbilla rasurada en un gesto banal de
incertidumbre. Observa entorno y rastrea alguna complicidad en ambas
psicólogas, Pilar y Virginia, más avezadas por deformación profesional
en el laborioso arte de la indulgencia, mientras procura evitar con la
fiabilidad de un saltamontes ausente de patas traseras el mohín de Rodrigo.
A su izquierda, ocupando uno de los frontales de la mesa de despacho,
Cristina yergue los hombros a la altura de sus estilizadas patillas y una
arrugada uve toma forma en el entrecejo; se tapa la boca con el pulpejo de
la mano y contiene la risa, que parece habérsele atorado dentro de la
garganta. Existen pocas situaciones tan escandalosamente bochornosas
como el ser consciente de ese indiscreto rubor que sube al rostro y se
empasta semejante a alquitrán hasta en los lóbulos de las orejas. Hoy toca
una de ellas.
«Injusticia sin... sine... sin no sé qué». Para ser Director de Programas
de una comunidad con personas inmersas en la exclusión no anda
demasiado ducho en injusticias. Al menos ese tartamudeo casi disléxico le
otorga al educador la dicha atemporal del equilibrio: ya sabe qué palabro
le ha dado por emplear en su estrambótico razonar, aunque es Virginia
quien lo suelta enmarcados su rostro redondo y sus ojos titilantes en un
aire de impertinente jovialidad.
«Sinérgica, injusticia sinérgica». Se muerde el labio inferior en una
media sonrisa y con el dorso de la mano extendida se coloca unos agrestes
mechones de pelo blondo ondulado por detrás del hombro derecho.
«Supongo que lo que querrá decir es que a la injusticia a veces es más
difícil ponerle freno porque el conjunto de todas las injusticias posibles:
económica, legal, social, cultural... a las que tiene que hacer frente un
individuo es un plus mayor a la simple suma de todas ellas». Que la
psicóloga es más atractiva que muchas de las modelos de pasarela
frankensteinizadas a fuerza de Botox y anoréxicas en virtud o no del
Photoshop puede comprobarlo hasta un topo con gafas de uralita, respecto
a lo de su erudición superlativa tan sólo le bastaría al tálpido retirarse los
lentes y abrirse de orejas un par de minutos. Su sobria aclaración es de
manual y Javier agradece el apoyo logístico dirigiéndole un leve enarcado
de cejas y asintiendo con un imperceptible movimiento de cabeza. En el
apartado menos sesudo y más apasionado de la cuestión, baste decir que a
pesar de las holgadas prendas que se obliga a llevar en un ambiente poco
propicio para dar rienda suelta a la sensualidad —las cuales pugnan
infructuosas como un mosquito frente a una manada de elefantes contra su
inocultable voluptuosidad—, Virginia desordenaría los sentidos de una
docena de eunucos. En tal tesitura se halla su anodina masculinidad cuando
el corazón decide ganarle por la mano a la libido y por un instante sin
término su conciencia perversa lo conduce al matadero de las pupilas
tercas de Luisa, por quien sigue desperdiciando lágrimas irrecuperables
todas las noches y el cincuenta por ciento de los días, y en cuyo interior
incluso la procaz desnudez de la Venus Victrix es puro lodo. «Lo que ya no
llego a comprender es por qué lo ha dicho».
La chica de epicúrea figura y amable carácter lo ha sumergido,
incivilmente y sin un guiño cariñoso que suavice el amerizaje, en el
mismo fango inmundo bajo el que Javier ensuciara el cuerpo despojado
de la afrodita Borghese. Mientras se frota la nuca de arriba a abajo caras
expectantes parecen analizar la controversia desde una posición de
privilegio, como un mal tahúr que sólo dispone del valor suficiente para
subir la apuesta cuando el contrario lanza sus cartas boca arriba. En una
noche de discoteca se le haría más viable hallar entre tanto crápula una
mayor afinidad ética mientras bailan a ritmo de ácido, polvo y pasta. El
arranque tormentoso de voz por parte de Rodrigo le deja escasa
escapatoria para las cábalas.
«¿Y bien? Estamos de reunión, ¿todo esto tiene que ver con la
valoración quincenal de Juanma?».
Acostumbrado a bandearse en ambientes dados a alertar de un incendio
cuando aún no se ha prendido ni la cerilla no le supone un sobresfuerzo
encontrar una expresión aséptica de heterogénea interpretación.
«Bueno, todo tiene que ver con todo si se mueven los hilos exactos».
Lo malo es que se enfrenta a florete con esgrimidores que manejan con
similar acierto el ancestral arte del requiebro y cuando el médico se retira
cuidadoso las gafas, sostenidas del cuello por un fino cordel, las deja
reposar sobre su pecho descolgado justo encima de la corbata burdeos,
desacorde con el licuante estío, y tras refregarse las cuencas de los ojos
con los dedos pulgares como si acabara de enfermar de conjuntivitis
comienza a desplegar desde la glotis una amplia gama de graznidos con la
aspereza de un estornino Javier sabe que es estrecha la puerta que conduce
a la salvación y que toca picar mucha piedra. Cuenta con el apoyo, más
silente que aguerrido, de Cristina y de Virginia y tal vez a Paco le dé por
soltar algún gracejo de esos suyos que esconden verdades universales
dichas medio en broma así que, al tiempo que vuelve a rascarse el cogote,
se arma de un valor casi insensato antes de dar comienzo a la batalla
dialéctica. «Decía Séneca que al comienzo fueron vicios, hoy son
costumbres. Sólo opino que a lo mejor estamos tan acostumbrados a
tomar determinadas decisiones respecto a los chavales que algunas de
ellas nos llegan a parecer normales cuando quizá no lo sean tanto, o al
menos podrían buscarse otras opciones».
«Siempre intentamos hacer lo que consideramos mejor para un buen
proceso terapéutico». Responde Rodrigo con el tono meloso típico de una
telenovela venezolana y aparentando una usual indiferencia. En realidad
acaba de sacar del morral una miríada de escudos cual si el derrotero por
el que comienza a transitar el debate fuera casus belli para obligarlo a
guarnecer Troya del ataque de los pérfidos aqueos.
A Javier le chirrían en los oídos de manera ultrasónica y como
gigantescas aldabas oxidadas dos adverbios de tiempo: el siempre y el
nunca, porque ni nunca es siempre ni siempre es nunca y la generalización
a veces se comporta igual que un embudo, dando prioridad a la parte
ancha o a la estrecha según convenga a quien le da uso. La impostura de la
exageración que exime. Donde menos se lo espera el interesado pende
sobre su nuca una espada de Damocles y al director le echa un cable de
acero la trabajadora social, pragmática y ocasional eminencia gris que
logra adaptarse con la ductilidad de un liquen a las condiciones adversas
cuando se aviene necesario, rescatándolo de la testaruda soledad en la que
suele instalarse sin que una sola alma lo acompañe en medio de ella o lo
invite a buscar una salida más digna que aquella que se enraíza en el
inmovilismo.
«Ninguna decisión es perfecta al cien por cien, Javi». Bandea a
izquierda y derecha la cabeza de estropajoso cabello castaño, con
significativa lentitud, e infla los orondos mofletes rojizos que aparentan
haber sido contagiados por la misma fiebre repentina que enturbiara sus
propias mejillas hace escasos minutos.
«No es sólo cuestión de decisiones, Mónica, si no de actitud». Deja
caer la ficha encima del resto y en un acto reflejo agarra todo el conjunto
entre sus manos y golpea suave y repetitivamente la base de las hojas
contra el tablero de la mesa hasta cuadrar sus bordes. «¿Qué le estamos
transmitiendo a la gente con la que trabajamos si cuando entran les
decimos que encuentren una sola excusa para quedarse y durante nuestra
reunión semanal buscamos varias para que se vayan? ¿Qué confianza les
vamos a dar si somos los primeros que no tenemos fe en que cambien o
les damos puerta porque si no nos sancionan una vez que han cumplido
los seis meses de rigor?».
El encarnado empalago parece remitir de los carrillos de su
compañera en magnitud inversamente proporcional al interés que sigue
mostrando por mantenerse firme al lado de su mentor.
«No les damos puerta porque nos sancionan sino...».
«... porque no cambian». Finaliza Javier la plática dentro de contexto,
al tiempo que su mente trata de racionalizar lo que no sabe si considerar
falta de sensatez o de compasión, y recuerda a Abraham, y la inminente
aniquilación de Sodoma: «¿y si hubiera tan sólo diez justos?». Lo que
comparte es otra idea menos inaprehensible. «No sé, Mónica, yo tardo
meses y meses en modificar cualquier pequeño defecto de carácter,
incluso morderme las uñas que todavía ando en la faena, y supuestamente
no tengo ninguna dependencia, ¿de verdad crees que en seis meses
podemos valorar si alguien está modificando o no su forma de enfocar la
vida cuando se ha pasado la tira de años sometido a la droga? Son
toxicómanos, por el amor de Dios, uno de los colectivos que ofrece
mayor resistencia al cambio».
Paco lo corrobora con un sucinto y camuflado asentimiento que, para
cualquiera de los presentes, bien podría ser debido a un circunstancial
ataque de narcolepsia más que a un apoyo virtual. Rodrigo enrojece y una
solitaria gota de sudor empieza a deslizarse contumaz por la sien;
introduce el dedo índice por delante del cuello de la camisa hasta aflojar el
lazo de su corbata y entona una petición que ni Dios encarnado se
atrevería a rechazar.
«¿Alguien puede poner el aire acondicionado, por favor?».
El momento de recreo dura lo que tarda la trabajadora social en dar un
brinco, buscar el mando a distancia del climatizador en la cajonera de
madera junto a la mesa, hallarlo entre el embrollo de material de oficina
y, tras dirigirlo distraídamente hacia la esquina de la sala donde se
encuentra el aparato, apretar el botón rojo de encendido con la celeridad
de un gamo que huye de una jauría de sabuesos.
La opinión del director acerca de las bondades del sistema dista tanto
de la emitida por Javier como las ideas de gobierno de un monárquico y
de un anarquista y lo hace notar sin renunciar ni un ápice al tono arisco y
adusto al que se ha aferrado igual que una sanguijuela a su presa desde que
se pusiera en cuestión su discurso, después de colocarse otra vez las gafas
sobre su inapreciable tabique nasal con la desafección de un asesino que
elimina las huellas de la escena del crimen, y como temeroso ante la
inverosímil contingencia de que alguno de sus devotos acumule la
suficiente credulidad en que, a consecuencia de un milagro que merecería
pronta canonización, ha aprendido al menos a escuchar pareceres
adversos.
«Tenemos que ser responsables. No hay más, las plazas son las que
son». Y busca acólitos, casi a punta de navaja, entre la rácana cifra de
oyentes que lo observan con expresión tarda y despistada como caídos a
plomo en mitad del despacho.
«Responsables». El educador sonríe mitad sardónico mitad
desesperado, vuelve a ojear las evaluaciones pendientes de valorar y sin
desviar la mirada de los folios colocados sobre la mesa entrega la de
Juanma a Cristina para que la archive; luego, con los dedos índice y
pulgar de la mano izquierda sujeta por el extremo la próxima ficha y la
levanta dejando ondear ambas hojas grapadas delante de los asistentes
como si acabara de apresar la joya chintámani. «Pues a ver, la siguiente es
la de Diego, que tenemos que valorar su salida de un día la semana que
viene para asistir a la vista por conducir, supuestamente, el coche
implicado en aquel atraco a la gasolinera. Lo más probable es que no
ponga demasiado interés en hacer caso a nuestras indicaciones de que no
se quede solo ni un segundo». Extrae la última hoja del montón y la repasa
con descuido. «Ummm... Y en el punto de varios tenemos también a Pepe,
que sale este viernes una semana y tiene que recoger entre medias los
resultados del VIH. Los dos tenían unas ganas inmensas de largarse de
Comunidad nada más bajar del coche el día del ingreso. Tú lo sabes bien,
Paco». El susodicho pega un brinco y trastabilla sobre la silla; apenas
acierta a asentir compulsivamente mientras continúa escuchando la
disertación. «Si, visto el tremendo panorama que se les puede presentar,
consumen ambos o uno de los dos durante la salida, ¿vamos a ser
ecuánimes a la hora de tomar la decisión... mejor, sin pensar que uno es
privado y el otro no? ¿O que a Pepe le queda cosa de mes y medio para
cumplir los seis y consuma o no consuma le damos el alta terapéutica y
aquí no pasa nada?».
A Cristina, tan menuda y mullida sobre su asiento al inicio de la
reunión hasta que dio el respingo, hace ya algunos minutos que la ha visto
comenzar a rebullirse en la butaca como si tuviese urticaria y a mover los
globos oculares sin orden ni concierto, tipo camaleón con un par de tintos
de sobra en vena, a un lado y otro de la mesa rehusando detener la mirada
en un sujeto distinto a cualquier material inerte imposibilitado para el más
fútil análisis de lenguaje no verbal. Desde la frente se atusa el cabello liso
hacia atrás con la palma de la mano derecha, sin excesiva prolijidad,
reflexiva, e interviene en el minucioso intercambio de pareceres con esa
voz suya nada timbrada y sustancialmente disonante en relación al resto de
atributos.
«Bueno, el alta el alta...».
«Sí, el alta». Javier, rompiendo por segunda vez el más elemental
protocolo de cortesía y al que brinda de manera habitual más respeto que a
las bienaventuranzas, vuelve a cortar, destemplado y espeso en el dominio
de sí, la intervención de una de sus compañeras. Lo lamenta incluso antes
de haber lanzado el primer monosílabo afirmativo y reniega de esta
desacostumbrada baja tolerancia a la frustración que rivaliza en el día de
hoy con la que suele corregir en los labios de otros, pero las palabras
subsiguientes le da la impresión de que son vomitadas de una arcada
repentina por un ser ajeno a su consentimiento, como los alimentos de una
mala digestión. «Que si tenemos más expulsiones de la cuenta o
demasiadas altas voluntarias también la fastidiamos».
«Podríamos darle un alta por cumplimiento parcial de objetivos».
Rodrigo muestra una programada laxitud a la hora de lanzar sus
propuestas. No debe de resultar nada fácil para una persona acostumbrada
a razonar desde una relativa prospección prescindir de lo esencial de un
coloquio para centrar la atención en dar respuesta a aquello que es
meramente anecdótico. Colar el mosquito y tragarse el camello. «Siempre
hay soluciones». Y se encoge de hombros con tal disposición de ánimo
que pareciera que acaba de desvelar el inextricable significado del
cosmos.
Con la fe extraviada e incapaz de emitir un veredicto que le pueda
servir de solaz a su interlocutor, el interpelado a otorgar una condicional
absolución se siente llamado de manera singular a plagiar el gesto, de
manera diáfana a pesar de distinguirse como un náufrago arrostrado a un
diplomático destierro, con la flemática intención de que cada contendiente
decida al menos motu proprio cuán pírricas pueden aparecer ciertas
victorias aun contempladas desde el bando que cree haber surgido
indemne una vez enquistado el conflicto. Apoya la espalda en el respaldo
de la silla, perdida la vista en el fondo transparente de los cristales que
adornan los amplios ventanales del despacho contra los cuáles una mosca,
tozuda y indócil y con un zumbido eléctrico de alas, golpea estérilmente
su abdomen negruzco en busca de una libertad que se le ha coartado; y
repiquetea de nuevo con sus dedos nerviosos sobre el tablero de la mesa,
antes de optar por dar término a su subsidiaria elocución.
«Decía un cura amigo mío que ya que son pobres no vamos a pedirles
encima que sean buenos». Guarda silencio, sin ninguna pretensión más
allá de la que le marca una desaforada tristeza. Virginia inspira el aire y
resopla con la cadencia de una preñada en clases de parto. Finalmente
comparte velada una pose inequívoca de que se refugia en retaguardia.
Desde atrás le llega afónico el runrún del ordenador de sobremesa,
demasiado añejo para aceptar condiciones, como arquetipo señero del
carente temor de los seres inanimados a abrir la boca. Javier tarda escasos
segundos en recomponer su adentro y retomar el concepto que provocara
el fortuito inicio de la polémica. «Eso es la injusticia sinérgica, exigir
improbables mientras las soluciones que buscamos desde fuera dan
prioridad a las necesidades de la administración en lugar de a las de los
pacientes».
Percibe un leve crujido proveniente de su derecha y, con el mohín
lastimero de un perro abandonado que olfatea en la basura y la frente
saturada de incómodas palpitaciones, gira el rostro en dirección a
Rodrigo, a quien ve sostener entre los dedos índice y pulgar de la mano
diestra la mitad de un lapicero recién tronchado y cuya otra sección
descansa indolente encima de la mesa. Con precisión exhaustiva el médico
se cala de nuevo las gafas sobre su exigua nariz, que parece un préstamo a
destiempo, y sujeta la montura varios segundos manteniendo el dedo
estirado en posición vertical como si le hubiera aplicado pegamento y
temiera su inmediato desprendimiento. Revisa discretamente el folio con
el orden del día y cuando eleva distante la cerviz y posa su enardecido iris
verdoso en la redonda mollera de Javier su voz casi exhala vaho.
Comparar su semblante gélido con la vasta extensión terrestre cubierta
por glaciares sería un poderoso eufemismo.
«Próxima evaluación. Diego Obispo Muñoz».
Misión inasequible la de tratar de simular una voluntad extraña a los
propios patrones de conducta. Excusas. Fin de trayecto.
Javier se pone en pie, con intencionalidad elegida, y dirigiendo sus
pasos pasmosos hacia el ventanal de vidrios límpidos sobre los que la
dichosa mosca continúa ofuscada a fin de dar cumplimiento a su
machacona misión, se detiene y alarga en suave flexión el brazo derecho
hasta girar la manecilla sin brusquedad, parcialmente sometido por la
habitualidad, para permitir al insecto de ojos poliédricos huir de la
impuesta constricción.
8

«No hace falta ser tan radical».


El Camino Medio del no extremismo, base de una correcta sabiduría, es
la fuente para alcanzar la propia felicidad y para brindarla al resto de
criaturas. Y más allá de que dicha idea haga alusión concreta a un punto
equidistante entre ambos extremos, para las enseñanzas budistas, no
implica una práctica religiosa pasiva ni mediocre, sino un empeño
comprometido y constante. Existen expresiones de uso corriente las cuales,
tal vez debido a esa excesiva rutina dentro del lenguaje de la sociedad, han
sido explicadas desde una interpretación negativa que ha desviado a
aspectos cuanto menos discutibles su sencillo origen etimológico. Radical
significa que pertenece a la raíz, que surge y parte de lo fundamental sin
olvidarlo ni restar su genuina trascendencia. No deja de ser cierto, si se
presta atención a la acepción semántica en la que suelen ampararse de
manera exclusiva como a una enmienda los gobiernos, los conservadores,
los apáticos, que un integrista musulmán que decapita sin remilgos a un
rehén delante de las cámaras puede ser llamado radical con toda llaneza,
mas de igual modo lo serían —siendo fieles a toda acepción— Gandhi, el
Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra de Brasil o la vecina
del tercero derecha quien se niega a colaborar cada año con los gastos
militares en su declaración de la renta y participa en la campaña de
objeción fiscal. No se consigue necesariamente el equilibrio
permaneciendo inmutable en el término medio de dos opuestos, sino
cuando se mantiene la paz interior a pesar de tener que situarse en uno de
esos opuestos. Mas, no es extravagancia conjeturar que el ser humano, por
temor a la incongruencia, prefiere la mediocridad. La mediocridad,
concebida como normalidad por el ciudadano corriente, es un invento
pérfido de los radicales. La normalidad es la cándida virtud de los
pusilánimes, tan desprovistos de excusas ante el conocimiento que deciden
refugiarse en una ignorancia servil.
«No es posible vivir una coherencia sin glosas».
La simple condición del ser humano, inconclusa, en constante proceso
de asentamiento del yo y sometida causalmente a los límites inherentes
marcados por una existencia corporal y finita impone numerus clausus a la
perseverancia y concretas dosis de realismo a la utopía. Mera cuestión de
supervivencia, que es al fin y al cabo a lo que todo viviente aspira aun
desde su más remota involuntariedad. Adaptarse implica flexibilidad no
renunciar de forma implícita a un ideario; incluso el más severo de los
anacoretas se ve compelido por los particulares caprichos del desierto que
habita, aunque hayan transcurrido más de cuarenta años desde su éxodo.
Ni siquiera sería lícito colocar en compartimentos estancos de similar
valor todas y cada una de las decisiones éticas que acaban por conformar
el destino: renunciar de igual modo a la droga o a una familia cual si
ambas cuestiones ejercieran en la voluntad personal idéntico daño y falta
de dominio. Ceder a la tentación de sortear el esfuerzo por temor a
estancarse en lo que el mercantilismo social ha dado en referirse a través
de una concepción capciosa del fracaso, o minimizar la importancia
profusa de cada impulso hacia la búsqueda proustiana del propio
horizonte al considerar su alcance de una relevancia inferior a aquella que
debiera de albergarse en los corazones aplastados por grilletes nunca
servirá de óbice a quien acata, como una orden de imposible
cuestionamiento, que en el fondo de su ser y a imagen de un Fausto
redimido sigue siendo libre. Demagogia y casuística, dos caras
enfrentadas de una única moneda que obstruyen con la misma pestilencia y
tesón los ya de por sí enrevesados conductos del sentido común, como si a
golpe de maza se hiciera necesario incrustar en cualquier alma corriente
aquella actitud que no le es precisa ni a ella ni al resto del mundo. Si hasta
los dioses se muestran débiles alejados de su zona de confort no ha de
hallarse en la criatura una soberbia mayor que la que aspira a la
perfección partiendo de la miseria desmembradora de la arcilla. Inviable
labor la de fructificar al ciento por ciento a menos que se someta a
pogromo a todo el género homo sapiens. Inverso Pigmalion, o quizá
invitación perpetua a vencer las limitaciones marcadas por los dioses.
Busca un solo motivo para haber caído en la comodidad y encontrarás mil
excusas para no salir jamás de ella.
«Ninguna opción es inocua».
Acaso no pueda advertirse un juicio menos condescendiente con la
conciencia del otro que aquel que parte, aun sin pretenderlo, del acto
coherente frente al verbo hipócrita. Cada acción conlleva
irremediablemente en sí misma una reacción efectiva de todas las partes
implicadas en el hecho, sin ser de ningún modo vinculante que dichas
partes hayan contado o no con el poder de decisión. Asumir una opción
personal así como las consecuencias a las que ella remite suele ser ardua
tarea incluso para la persona que toma la determinación última; rogar que
el resto de congéneres las acepten es de un optimismo más obtuso que
intentar reparar los devastadores destrozos de un Tsunami desaguando con
una cucharilla de café. Aun reconociendo la fortaleza que es capaz de
conducir a un hombre a abrazar ese valor, derrumbar en cadena con un
reflexivo toque de uña las fichas del dominó que uno mismo ha colocado
concienzudamente en un determinado orden no debe ser análogo a los
daños colaterales que un movimiento impreciso dictamina sobre las fichas
de otros. Una vez conscientes de que, ante la instintiva terquedad que
supone existir, sacrificios gemelos comporta ser libre o esclavo el único
dilema moral a sostener desde la razón íntima es a cual de ambas
condiciones se desea arriesgar toda suerte. No es difícil descubrir muy
variadas causas que inviten a seguir sometido a esclavitud, las más
benévolas con la exigible responsabilidad personal aquellas que
fundamentan sus argumentos en la evitación del mal a otros seres más allá
de la posible decencia de éstos. Tan absurdo en su efecto como un
toxicómano en proceso de rehabilitación que, tras abandonar el consumo,
comienza a elucubrar acerca del perjuicio económico que va a acarrearle
al camello. No es digno hacer padecer a un solo inocente so pretexto de un
deseo inviolable; la contención puede convertirse en virtud cuando
proviene de la mano generosa del sabio. El sufrimiento del culpable no
precisa, sin embargo, idear impertinentes justificaciones por más que éstas
se aferren a cuestionables fundamentos ideológicos. Aun sin estar
subyugado cualquier espíritu por la coacción de una dictadura, por la
atenuante moralidad de una situación extrema o por la degradación de la
exclusión social es de cínicos conceder igual grado de deuda a inocentes y
a culpables. En la toma de decisiones todos los actores acogen en un
preciso momento de la función su memorable cuota de responsabilidad,
sea antes, durante o una vez finalizada la tragedia, pues sólo a uno mismo
compete en última instancia y por encima de coacciones, estímulos o
condicionantes externos, gritar basta.
«Hay que tender a opciones globales».
Dentro de los cánones marcados por una sociedad utilitarista, el mero
hecho de tratar de hacer lo correcto en cada acto, sin pretender obtener
con ello más provecho que el de ser fiel a la conciencia individual, jamás
podrá ser entendido como una virtud. Toda elección contiene un drama;
hacer lo correcto sin sentirse prisionero de los resultados obtenidos
constituye un bien en sí mismo, aún más cuando tamaña intrepidez, sea de
hondo o superficial calado, incluye de manera tácita ese insondable dolor
sufriente. La libertad y la tranquilidad son un puro oxímoron. Buenismo:
sentimentalismo ramplón que tranquiliza conciencias y perpetúa la
desigualdad. Lo cómodo y confortante es apoyar la opción de un grupo en
beneficio del bien común deduciendo que, en consecuencia, ya se está a
salvo de tomar una opción personal, la cual suele conllevar de manera
implícita antipáticas renuncias en un estilo de vida acomodaticio. Ambas
posiciones no son incompatibles.
«Una opción personal no tiene repercusión».
Maximiliano Kolbe. Es muy presumible que, durante aquel verano de
1941 en el campo de exterminio de Auschwitz, el sargento Gajowniczek
no compartiera dicha opinión cuando el sacerdote polaco decidiera
intercambiarse con él, salvándole la vida, para ser forzado al ayuno hasta
la muerte en una celda donde llegara a beberse su propio orín. La energía
empleada en un esfuerzo individual es anodina y transitoria, hurta el
sosiego y se hunde en el pozo del desánimo como una frágil esperanza
fabricada en plomo; preservar el vigor a fin de destinarlo a empresas más
sublimes y fructíferas es un deber para todo sujeto. Pudiera resultar
incluso que el tal Gajowniczek fuera en realidad y con todas sus letras un
irrefrenable hijo de perra que perpetrara repulsivas maldades tras serle
concedida tan graciosa reformulación del karma. La arbitrariedad de las
hipótesis goza de límites tan etéreos e inabarcables como el universo.
«¿Eres feliz?».
Por toda respuesta se limpia la comisura de los labios con el dedo
pulgar. Tiene una sed nada mística y frente por frente observa a su
contrincante de ojos ladinos, cuyo iris embaucador emerge por encima de
la pieza de fruta acuosa que sostiene con la mano izquierda delante de la
boca, igual que la Sibila de Cumas profetizaría aferrando entre sus dedos
un puñado de arena. Es un erotema lo que decide lanzarle tras el
vehemente interrogatorio que ha tenido a bien soportar en aras de la
consonancia interior.
«Es la única duda que se te ha escapado entre tanta afirmación rotunda.
¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos?».
«Pufff... Toda la vida». La contestación es reactiva, igual que la
explosión irreparable una vez incendiada una mecha que no debiera haber
prendido.
«¿Y todavía insistes en plantear discursos programáticos sobre mi
estilo de vida? Esa felicidad que ofreces es un bulo, un trámite burocrático
que nos estanca en la vulgaridad de una Pax romana que satisface
únicamente a quien la aplica. La paz es otra cosa, siempre más hermana de
la templada satisfacción y del deber cumplido que de la ausencia de
conflictos ¿Tú estás en paz?». Parece soportar el interrogante
estoicamente y con la mirada detenida sobre las retinas titilantes pero
firmes que sostienen la suya, como si se tratase de una satírica blasfemia
vertida sobre el ente menos indicado para aceptarla. «Mírame. Yo sí, y esa
es la felicidad máxima a la que aspiro».
Se encoge de hombros su oponente, sin renunciar ni a las
desmenuzadas migajas de una victoria remota y rebosante de la pulcra
amabilidad de un enemigo taimado, como si la tarea que realiza fuera un
deber sagrado iluminado en su frente con dos potencias, da un mordisco
apasionado al fruto y extendiendo el brazo infinito le brinda un bocado,
portador de toda ciencia, al tiempo que muestra una sonrisa maliciosa de
dientes perfectos. Leve y convincente rechaza la oferta, y ante tan
inesperada negativa se retira su acompañante, de manera disoluta, hasta
otra ocasión más propicia.
9

Lunes, 27 de julio

Hola, Pepe, ¿que tal va la cosa por la


comunidad? ¿Como anda el chico nuevo del que
me hablaste y que conoci cuando estuve por alli?
No recuerdo bien el nombre, pero me he acordado
de el esta mañana viendo un programa en la tele
sobre el consumo de drogas en fin de semana.
¿Santiago era? Se le veia algo despistado, pero como
con ganas.

Por aqui los nenes bien , al final en caritas nos


pagaron una parte de los recibos del agua, pero
como las asistentas no nos pudieron adelantar lo
del salario social, que esta tardando por lo menos
seis meses en venir, ayer nos la cortaron . Me dio
cosa volver a pedirle dinero a mi madre, que ya
ves como están de mal, y tambien tienen que
ayudar a Luis, que todavia esta esperando que
resuelvan lo del despido inprocedente.
La cosa esta tan mal por aquí que ya estan
apareciendo hasta los prestamistas, pero por cada
dia de retraso en el pago te piden 20 euros mas asi
que mejor pasar hambre que meterse en un follon .
Manoli les pidio un prestamo no hace ni una
semana, pero como tiene el marido en la carcel y
no la ayuda nadie no lo puede devolver y le
dieron una paliza que anda medio coja, y
cualquiera denuncia, porque como encima te dan
en todos lados menos en la cara... En lo que te voy
a decir tu eres mas pasota que yo, que lo paso mal
con estas cosas porque me da verguenza, pero he
hablado con el Chapas y me va a averiguar un
contador usado para engancharla. Me pongo roja
solo de pensarlo, y ademas seguro que se lo ha
quitado a alguien porque lo hace todo por cuatro
perras, pero es que con la calor que hace no puedo
ver a los nenes sin poder ni ducharse; y ya lo
pasamos bastante mal el año pasado yendo y
viniendo a diario a casa de mis padres y cojiendo
agua de la calle, para que nos pillen y encima nos
multen . Y con lo del contador me aseguran que en
las aguas potables no se dan ni cuenta, no es
como cuando la enganchas con el tubito ese de la
llave de paso. Y encima hasta la semana que viene
no me podia pagar Pepi las dos horas de limpiar
la escalera del bloque.
Cambiando de tema, esta mañana me llamo
Cristina para decirme que la semana que viene
sales el martes en vez de el viernes, para que asi
podamos ir a lo de los resultados del vih .
Estoy asustada, bastante, por mucho que el
medico nos dijera que hay tratamientos y que con
una vida sana no hay de que preocuparse. Hace
apenas tres dias que regresaste al centro tras tu
ultima salida y sabes de sobra la de follones que
esta habiendo ahora mismito por aqui gracias a la
gentuza esa con la que te juntabas hasta que
entraste por fin en comunidad. Alguno que otro ha
acabado de cabeza en la carcel y me importa bien
poco si a sido por un chivatazo o porque lo han
pillado vendiendo, porque sea una cosa o la otra se
lo tendria igual de merecido por la mierda que le
siguen metiendo a los chavales del barrio. La fama
que le estan dando que ya no entran ni los
repartidores de pizza. Y para remate me acabo de
enterar de que el hijo de la Enriqueta lleva
desaparecido desde la semana pasada. No saben si
escondido por los lios que se ha traido con unos y
con otros o porque se lo han cargado por algun
ajuste de cuentas de esos de los que tu mismo eras
asiduo hasta hace dos dias.

Pues eso es lo que me mata de miedo, por


mucho que ya las cosas las viva de otra manera
desde que veo que en tus salidas intentas evitar a la
mayoria de tus colegas y incluso ni los saludas,
pero lo del bicho es algo muy fuerte y tampoco se
como vas a reaccionar si al final resulta que la
noticia no es buena. ¡Y vida sana! Muy facil de
decir, pero el barrio es chungo chungo y no se si te
van a dejar en paz con la de historias en las que te
has visto metido. Y sin miras de curro y esperando
el salario, la lista de espera para pedir un cambio
de vivienda social mas larga que un dia sin pan ...
Asi no veo yo posibilidades de irnos a otra zona
mas tranquila y que Jose y Lucia y sobre todo el
pequeñin , se crien sin que tengan que ver un punto
de droga cada vez que bajen a la calle. Tu tutor
me ha dicho mas de una vez que lo importante es
querer, tener algo por lo que luchar y por lo que
tirar para adelante, que lo demas se puede arreglar,
hasta lo de tener que seguir viviendo en el mismo
sitio, pero que la fuerza de voluntad y las ganas de
salir de verdad o se tienen o no se tienen : lo que
me decias tu no hace tanto acerca de asumir que
si quiere uno salir de la droga hay que pasarlo
mal si o si, aunque claro, no sera lo mismo tener
que luchar contra una hormiga que contra una
manada de elefantes, y elefantes hay aqui mas que
en toda Africa. Es majo Javier, y tiene mas
confianza en ti que tu mismo (y mas que yo, esa
es la verdad despues de la cantidad de desengaños
que me he llevado). Cuando estuve alli para lo de
tu revision de vida decia que eso de tener claro que
se puede contar con alguien que te quiere y a quien
quieres en cualquier situacion aunque a veces sea
para pelearse y tirarse los trastos a la cabeza hay
que saber valorarlo, porque es como un milagro y es
casi un pecado mortal que se nos pase la vida
esperando cosas que a lo mejor ya tenemos. Bueno,
asi exactamente no se si lo dijo, pero fue como lo
entendi yo. Y que hay que quererse, que nunca es
demasiado pronto y si puede ser demasiado tarde.
Por eso te dije de corazon que lo pasado pasado
queda, y que empezamos de cero, como si nos
acabaramos de conocer, aunque haya cosas que no
pueda olvidar, que eso de perdono pero no olvido es
lo normal, a ver, si no olvido lo bueno ¿como voy
a olvidar lo malo? No me puedo borrar los
recuerdos. Otro tema es que siga contigo porque
piense que hay cosas mas importantes que el odio y
la mala uva y no pienso estar todo el dia
amargada por cosas que ya no se pueden cambiar.
Pero a partir de ahora es otra historia.

Perdona que hoy este tan negativa, sabes que no


suelo ponerse asi, pero entre la tension de lo de los
resultados de las pruebas del sida y el ambiente tan
malo que se esta formando en el barrio no me
sale otra cosa mas que penas. Sabes que siempre he
estado a tu lado por muy mal que lo haya pasado,
y ya te digo que quiero seguir intentandolo a pesar
de los pesares y de lo que de siempre han pensado
mis padres que ya me tienen frita, pero esta es la
ultima, Pepe, no puedo más y no quiero volver a lo
de antes, ni de coña. Me muero antes de verte echo
polvo tirado por ahi y sin echarme cuentas ni a
mi ni a los nenes. Aunque me costara la vida me
cojo a los niños y me voy, y te dejo de una vez por
todas. Si tengo que pasarlo mal que sea porque no
estas no porque estas.
Anda que, vaya despedida mas mala que me
ha salido otra vez, con lo arregladita que parecia
que habia quedado al principio con lo de perdona,
jajaja.
No me hagas mucho caso (excepto en lo que
sabes de sobra que si que me tienes que hacer caso).
Un beso, y otro de Jose que anda por aquí
trasteando. Ya nos vemos la semana que viene,
¿vale?. Ah , bueno, y hablamos este sabado que viene
por teléfono.
Tu mujer, que te quiere
10

Mientras, con los dedos nerviosos de un ministro incauto entregado


como cabeza de turco ante el Tribunal de Cuentas, intenta colgarse los
pendientes riviere de piedras talla esmeralda frente al espejo rectangular
con marco de wengué suspendido medio metro por encima del coqueto
mueble vintage del recibidor, piensa que un crótalo armaría menos
escándalo agitando los anillos óseos de la punta de su cola. Histéricamente
se carda el cabello, alisado y teñido de rubio ceniza en la peluquería la
tarde anterior, cóncavas las palmas de sus manos a ambos lados de la
cabeza, y observa de reojo y casi con pudor su rechoncho perfil, exento de
formas a imagen de una Matrioska, arrepintiéndose, por quinta o sexta
instancia en las cinco horas que lleva despierta, de aquellos bombones de
praliné acoplados con exquisito lustre en dos pisos de una caja azul y un
nombre impreso con demasiadas consonantes y que engullera a
escondidas igual que una enajenada abandonando luego sus envoltorios
subrepticiamente en los lugares más recónditos del domicilio. Saltarse la
dieta es para el interesado tan de obligado cumplimiento como negar el
hecho en redondo o tratar de ocultarlo contra toda evidencia a fin de
sortear con éxito efímero la consiguiente reprimenda. Decide que se la
merece, con toda la enojosa dignidad que le otorga su irritante figura que
transforma el alambicado y amplio vestido aloque de Valentino de hace
apenas quince días en lo más parecido a un insultante traje de neopreno.
Llora, aislado su llanto de toda preocupación fisonómica y la mente
inclinada a cuestiones que no dependen en absoluto de la propia voluntad,
abre el cierre del bolso color crema con charms en plata que acababa de
colocar sobre la encimera de mármol del mueble del vestíbulo y extrae de
su interior un pequeño pañuelo de seda, con uno de cuyos extremos se
enjuga delicadamente los lagrimales para soslayar el más nimio riesgo de
que se le embadurnen las mejillas con máscara de pestañas. «Entrar en
suposiciones y ponernos a hacer cálculos por adelantado es absurdo.
Fácil, desde luego, no va a ser en caso de llegar a juicio». Máximo, el
prestigioso abogado criminalista amigo de Alberto, siempre se había
comportado con sus clientes como un cirujano precavido quien al entrar a
quirófano se pone en lo peor delante de la familia del enfermo aun si la
intervención consiste en la simple extirpación de una verruga. Tratándose
de amigos no iba a ser menos cuando, de por sí, la confianza acostumbra a
conceder generosos privilegios a la hora de hallar culpables sin
retraimiento ni dilación. Recuerda que el letrado de frente despejada y
ojos psicóticos se colocó las gafas sobre su achatada nariz porcina y
sorbió por las fosas nasales con desagrado igual que si esnifara rapé antes
de amargarle la tarde con la erudita perorata acerca de las variadas
posibilidades —todas cortadas por el patrón del pesimismo— a las que
habría de enfrentarse su inconsciente vástago y que la invistieron como
decana en Derecho Penal. «En nuestro sistema judicial contamos con la
presunción de inocencia, lo que no es un mal inicio, pues lo que tendrá
que probarse es la participación de tu hijo en el atraco». Ni ella, madre y
mártir, se atrevería a sostener delante de un juez y jurando sobre la biblia
que tiene dudas razonables; es probable que no fuera capaz de encontrar
una sola que la librara parcialmente de una angustia idéntica a la que la
asedia tipo invasión alienígena en la media hora larga que lleva esperando
a que su hijo salga del dormitorio. Consideró entonces, de forma bastante
ajustada a la realidad y basándose en la expresión dubitativa que le
mostrara Máximo tras acariciarse la mollera con condescendencia así
como en la subsiguiente aclaración magistral, que alguna de sus
desmesuradas muecas de sufrimiento había tocado fibra y el abogado
pretendió rebajar la tensión a partir de dos conceptos cual si fueran parte
de una sesión de electrolisis sobre el sistema nervioso parasimpático. «Y
en el caso de probarse la colaboración habría que ver el grado de
responsabilidad en el crimen que tuvo lugar a continuación: o cooperador
necesario, sin cuya actuación el delito no podría haberse efectuado, o
cómplice, que es quien coopera en la ejecución del delito, pero éste podría
haberse llevado a cabo de todas formas». Mira el pañuelo diminuto,
ennegrecido por la sombra de ojos y el rímel, que aferra entre sus dedos
regordetes con el agarrotamiento incomparable del portador del anillo
único, y conteniendo las lágrimas recuerda el apartado más biliar de la
exposición, pero igualmente preciso. «La causa por asesinato podemos
descartarla pues, en principio, no concurre ninguna de las circunstancias
de alevosía, recompensa o ensañamiento con la víctima. La petición más
probable por parte del fiscal y de la acusación particular será la de
homicidio: ya sea con la voluntad deliberada de cometerlo, lo que se llama
por dolo, o por imprudencia grave. De ser doloso la pena supone al
acusado una condena de entre diez y quince años; por imprudencia grave
entre uno y cuatro». De encima de la mesa desordenada del despacho
rastreó Máximo algunos papeluchos con manos torpes, como quien
intenta banalizar la invención de la imprenta, y dio por concluido el curso
intensivo sin conferirle excesivo ritmo a la esperanza a pesar de las cuatro
últimas palabras que suelta, semejantes a una estúpida sinopsis, pero que
son a las que la mujer dispensa una mayor credibilidad amparándose en el
instinto de supervivencia. «Al cooperador necesario casi siempre se le
asimila con el autor, sin embargo el cómplice suele tener una pena
atenuada. No hay que preocuparse». Afligida, eleva la mirada hacia el
espejo sin mácula que le devuelve, huraño y desconsiderado, el rostro
esquivo de un hurón, y seccionado su ego —ya de por sí carente de
autoestima— por el desaliento de un corredor de fondo que olvidó
avituallarse se le ocurre dedicarse una nueva desaprobación: se ha puesto
un cúmulo de colorete.
«Mucho está tardando». Es la idea que le ronda en la cabeza mientras
la ansiedad le brota a raudales del pecho igual que de un surtidor y, como
suele suceder en los momentos más inapropiados y repletos de debilidad,
aparece tipo holograma la imagen que menos espacio al desahogo puede
regalar. «De ser posible, mejor que esta vez no esté demasiado tiempo
solo». Aquel individuo de pelo mocho, con aspecto de no haber sido padre
en la vida, pretendía tener un máster en educación por haber leído durante
la carrera cuatro ensayos mal contados sobre drogodependencias y
adolescentes violentos. ¿Con qué autoridad se acababa de revestir para
atreverse a opinar acerca de cómo debería educar a su hijo? Encogió las
cejas recelosa, dando por supuesto con un gesto elocuente de pasmo que
no había ninguna necesidad de aclarar tamaña obviedad como si anduviera
su intelecto limitado de neuronas. «¿Conoce Siddhartha? De Hermann
Hesse». Ante la cuestión volvió a asentir con vehemencia aunque, en
realidad, ignorara gravosamente si dicho sujeto dedicaba su inexplorada
existencia a escribir, dirigir películas o, de manera harto improbable, a
presentar realities. «Ni la comprensión ni la testarudez con la que nos
comportemos con ellos hacen a nuestros hijos mejores o peores personas.
No son vencejos que cuando caen al suelo ya no pueden volar por sí
mismos. Acompañar, sólo acompañar, suele ser la mayor parte de las
veces la mejor solución; y creer que siempre van a poder levantarse a
pesar de las decisiones erróneas que hayan podido tener». Era,
indudablemente, una insensatez elucubrada por el pensamiento abstruso de
un soltero empedernido y digna, por tanto, del más elevado de los
desprecios; mas ella, progenitora ejemplar dispuesta a cualquier
heroicidad en favor de su primogénito —y para eludir, en honor a la
verdad, los comentarios viperinos de sus rubias y magníficas amigas del
club—, tras llegar a casa no dudó en realizar una tarea insólita dentro de
sus parcas aficiones: teclear en el buscador de su smartphone, con la
negada agilidad de un mastodonte, el nombre del tal German Ges y, una
vez asumido con objetividad el hecho de que quizás quiso decir, pinchar
en el primer enlace y descubrir para su ignominia que el tipo, muerto
hacía una eternidad a su entender, era escritor, poeta y hasta pintor, que le
concedieron el Nobel —por lo que mal del todo no se le debió de dar— y
que la novela de nombre impronunciable a la que hiciera mención el
calvorota tenía una extensión de más de doscientas páginas, cifra nada
desdeñable en manos de una dama para la cual leer suponía una pérdida
inusitada de tiempo a menos que consistiera la actividad en hojear una
revista de prensa rosa o de decoración en la sala de espera del dentista. El
caso es que si Naamán el sirio accedió finalmente a la insignificante
empresa de sumergirse siete veces en el Jordán para curarse de la lepra,
no iba a disponer una madre de menos arrojo aun cuando la
recomendación viniera de un chaval descuidado con más pinta de
ermitaño que de profeta Eliseo. Por tanto, algo remilgada, pero con el
convencimiento impoluto e inflexible de quien va a satisfacer un sagrado
mandamiento, se acercó el día siguiente a la librería de los grandes
almacenes —a los que solía recurrir con despabilada frecuencia para
asuntos menos metafísicos, como comprar un eximio perfume en frasco
de cincuenta mililitros o las viandas de prohibitivo coste necesarias para
mantener, con la impecable determinación de la que ha hecho gala esta
misma semana, su estricto régimen alimenticio— y adquirió la obra a
precio de saldo en una edición de tapa blanda con una portada que se diría
ilustrada por un patán.
«¿Diego? ¿Te falta mucho? Tu padre seguro que lleva esperándonos
en el juzgado un lustro».
El tono de voz ha surgido melifluo, castrado y meridianamente
medroso, por lo que la única réplica que obtiene, con forma de consulta
vocinglera en la inoportuna intervención de Evelyn, procede de la cocina
americana, a escasos metros del vestíbulo, y en nada se ajusta a la
intranquila pregunta que acababa de formular.
«Señora, ¿para cuándo desea que tenga preparado el almuerzo?».
Resopla Elisa, hinchada la papada igual que un palomo en celo, se
muerde con indecisión la falange media del índice y, al tiempo que su
corazón desbocado parece luchar por su independencia desde lo hondo del
tórax y salir expelido por la boca hasta campar a sus anchas sobre el suelo
esmerilado de la entrada, responde lacónica y eficaz, como si le fuera
perentorio reservar fuerzas para la ardua mañana de disgustos a la que
posiblemente se habrá de enfrentar.
«No sé, supongo que alrededor de las tres de la tarde».
Cree escuchar al fondo una exigua afirmación a la que no presta ni
abundante ni moderada atención, tan lacrado se halla su espíritu por la
intemperada demora de su hijo que le está empastando las alas con
cemento. Lo más silenciosa que le consienten sus desgarbadas formas y a
fuerza de trémulos equilibrios sobre sus afilados tacones de cinco
centímetros se asoma al pasillo, con el firme propósito de aumentar sus
alternativas y su erudición en relación a los sucesos que están llevándose a
buen o mal término dentro de los amplios doce metros cuadrados de
habitación cuya entrada, durante aquellos dos meses perpetuos de
ausencia, aún no le ha permitido su desconsuelo siquiera atravesarla para
poner algo de orden. Apenas ha avanzado unos pasos del tamaño de un
piojo cuando se descorre el pestillo del cuarto y aparece Diego en el vano
de la puerta, con cara de perro de presa a punto de destripar a un
Yorkshire terrier, las manos presurosas en el cierre de su adorada
riñonera de cuero negro y el pelo tan amalgamado con fijador que ni
Sansón en toda su furia lograría despeinarle un solo cabello. Su tono
árido arrasaría la selva amazónica con la contundencia de doscientas
toneladas de Napalm.
«No te fías mucho de mí, ¿verdad? Hay cosas que son como las
montañas de Da Nang. Por mucho que pase el tiempo, apenas cambian».
Se mantiene tensa y estupefacta la madre, sin saber qué decir, habida
cuenta de que no conseguiría captar ni con la ayuda de un radar de onda
larga el florido símil que acaban de componerle y que aparenta chino
mandarín a sus oídos negados para el estudio de cualquier lenguaje
distinto al castizo. La frase que decide usar de nexo está libre de carga
neta, igual que un neutrón, y podría también servirle en caso de que alguna
mañana no pudiera pegarse una uña postiza antes de asistir a una boda.
Autodefensa lo llaman, o minimizar riesgos, pues no aciertan sus ojos
pequeños a apartarse de la riñonera que pende de la gruesa cintura de su
hijo por menos conciliadora que tan recelosa mirada pudiera resultar.
«Estaba preocupada, nada más».
«Sí, como Caín de Abel». Y gira hacia atrás el bolsito, de manera
díscola, y se lo ciñe al cinto como si lo inquietara un inconveniente
desprendimiento.
La mujer sabe que la crueldad no es uno de los defectos de Diego, aun
cuando la situación lo desafíe con el empeño enérgico e infranqueable de
un asno, y que la loriga con la que suele cubrirse para contener cualquier
envite está imbricada en realidad con láminas de papel tisú. Encomendada
a la causa en una peculiar combinación de prudencia y brío, como quien
camina sobre brasas encendidas en la víspera de San Juan, opta por
envidar a la fatalidad y tratar de aliviar la comezón que le hurga el vientre
desde lo que le parecen décadas, pasando por alto la visible certeza de que
su íntimo antagonista tiene apretadas las mandíbulas y el rictus contraído
igual que si estuviera afectado de apoplejía.
«¿Por qué no nos pediste el dinero?». Tiende ingenua a abrazarlo, sus
desmoralizados brazos cortos estirados hacia Diego, y siente entonces que
se le aparta, con más descaro que desgana, nada más sentir el roce de sus
dedos. Torna a suspirar de nuevo, quedamente, cansada incluso de su
propia falta de honra sólo al alcance de algunas madres y no pocos jefes
de estado. «Murió un chico. Tenía mujer y un niño, más o menos de la
edad de Tommy».
El amargo mohín que le devuelve en primera convocatoria, al tiempo
que se le descuelga con tibieza el maxilar inferior y sus pupilas toman un
acuoso brillo palpitante, precede a otra mordaz invectiva que da por
concluida la junta antes de empezarla.
«Eso es lo único que te preocupa: el pecado mortal. Seguro que hasta
ese abogado inútil que contratasteis para que me defendiera cree que soy
inocente más que tú; aunque sólo sea por ética profesional». Y, mientras
menea la cabeza a izquierda y derecha como epopeya de la
incomprensión, recita un último salmo con la pericia sombría que
demostrara David para librarse de Urías. «Pero no te preocupes, no voy a
ir al infierno».
No sería precipitado deducir que Diego, a partir de una inexistente
candidez, acaba de confederarse indisolublemente y sin ambicionarlo con
el desolador dictamen de su madre respecto al predecible emplazamiento
donde recalará su osamenta. «En ese momento dejó Siddhartha de luchar
contra el destino, en ese momento dejó de sufrir». Recuerda aquel
fragmento del libro sin concebir el curioso vínculo cerebral, desprovisto
de meditada connivencia, que a la mente le ha dado por admitir como una
conexión imantada e inevitable. Lo escrito, escrito está, más allá de
ficticias vacilaciones; su hijo ha probado ya fruta del Tártaro y no precisa
morir para consumirse en el fuego por dentro y por fuera. Quizá raptado
por un insoportable sentimiento de culpa, el único perdón que puede
absolverlo no provenga de los labios de Perséfone sino de la dolorosa
honestidad de los suyos propios.
«Lo siento». Son las dos palabras una especie de epítome acerca de las
limitaciones personales y de la indulgencia hacia las ajenas, y lo declara
Elisa imbuida de tanto apremio y credibilidad que pareciera jugarse en tal
aseveración su supervivencia.
«Da igual». Displicente, circunspecto, con el discernimiento de una
ameba.
Ciertamente, Diego habita en el infierno.
11

Dicen, con buena dosis de tino, que la muerte coloca a todo ser
humano al mismo nivel; da igual si la existencia ha transcurrido plácida en
medio de las marmóreas columnas de un palacio, mísera entre las
cuarteadas paredes de una pensión inmunda o soportando un frío
reumático bajo los arcos metafóricamente protectores de un puente de
piedra. Por encima de consideraciones subjetivas referidas a la aliviadora
creencia en una justicia supraterrenal de gloria y castigos eternos o al
dogma feuerbachiano de acabar siendo simple pasto de los gusanos, en el
momento postrero, todos polvo y cenizas. No obstante, esta sacra
imparcialidad que testimonia la dama de la guadaña llegada la hora de
segar cada hálito sin separar el trigo de la paja ni a quien eligió el sendero
de la opulencia frente a aquel otro lázaro que no tiene ni donde reclinar su
cabeza, es hecha trizas con la anuencia de una cultura plutocrática que
suele otorgar una trascendencia mediática inverosímil al óbito del ilustre
presidente de determinada entidad financiera —aunque su política de
empresa fuera colaboradora imprescindible en el desahucio de cientos de
hogares con sus respectivos cabezas de familia, algunos de los cuales
acabara recurriendo al preceptivo suicidio— mientras, al otro lado del
espectro, relega con hábito insolente a la segunda plana a un individuo
cualquiera, santo varón de austeridad autoelegida e inconmensurable
altruismo, quien entregara su vida infectado de malaria, en favor de un
bien colectivo, en un caserío perdido del Alto Amazonas. La sociedad
esclavizada a Mammon que levanta suntuosos mausoleos al rico miserable
y excava fosas comunes al indigente compasivo.
Y si además de pobre eres hijo de puta...

Eleva su cabeza peluda hacia el cielo canicular, de un azul osado


ausente del coyuntural alivio ofrecido en aval por al menos algún solitario
cúmulo, y en cuyo cénit un intratable sol idóneo para derretirse a sí
mismo incendia el mundo regalándole, como quien entrega una dádiva
molesta, sofocantes radiaciones de un calor esquivo. Mueve la nariz
puntiaguda y los afilados bigotes de manera compulsiva en tanto sus ojos
daltónicos y casi ciegos tratan de observar con un interés estéril a sus
competidores volátiles que pulverizan el sopor con sus intempestivos
graznidos y, genéticamente más avezados en el arte del rastreo necrófago
desde distancias largas, planean en círculo, semejantes a satélites
amarrados por un compás invisible, en busca de manjares nauseabundos
de purgativos efluvios que convertirían el hedor intolerable de las
curtidurías Chouwara de Fez en los aromas florales de un jardín botánico.
Fragosa y tenaz, como aquejada de tiña, se restriega la parte interior de la
oreja derecha con las uñas de su luenga pata posterior, se posa sobre los
corvejones traseros con medida compostura y estira el cuello,
pretendiendo de este modo más especulativo que realista aumentar sus
posibilidades de éxito y escudriñar olfativamente desde tan ínfima
elevación aquella putrefacta despensa colmada, según sus singulares
papilas gustativas, de incontables alimentos sabor umami. Tras tercos
titubeos arquea el lomo pardo, sucio y desaliñado igual que una pringosa
pelambrera sumergida en cieno, y a base de fabulosos brincos que serían
la envidia de un traceur recorre el lugar sitiada de dispares enseres y
desechos cuya revuelta heterogeneidad erige un tótem en contra del
reciclaje: cebadas bolsas de basura que parecen regurgitar al exterior
inclasificables desperdicios, nítida constatación del tercio de comida
desperdiciada en el festín del acaudalado que serían de incalculable valor
en la mesa del menesteroso; latas de acero y aluminio de colores
imperceptibles abolladas con denuedo en clara sintonía con la teoría del
darwinismo social sobre la aniquilación selectiva del más débil;
electrodomésticos oxidados, anticuados o víctimas crueles de la
obsolescencia programada; ingentes macizos de calzados, prendas de
vestir, complementos de innumerables categorías, tan prominentes como
el monte Rushmore desde su intrascendente estatura de múrido. Entonces,
de improviso, cual si estuviera amarrada de repente por inalterables
cinchas de cuero, su refinado hocico la hace detenerse ante la penetrante
fragancia que a escasos metros comienza a hacer que levite todo su
organismo hacia dimensiones celestes con la plasticidad de un cosmonauta
en una atmósfera de gravedad cero. Alienada y abstraída de cualquier
desasosiego, a pesar de las notorias pisadas que aprecia redundantemente
cerca, se aproxima como un maníaco al área inmediata de donde dimana
el absorbente olor y, ataviada con la exuberante petulancia propia de un
remilgado marqués, recorre desde el vértice de unos dedos lívidos la
macilenta superficie alargada de piel ajada y tatuada burdamente en gris
hasta que, una vez sorteadas las apelmazadas arrugas de la camisa
entreabierta, hedionda y de enmascarada tonalidad, se alza sin retraimiento
encima del esternón pestilente desde el que se expanden a ambos costados,
semejantes a las sarmentosas patas de una araña doméstica, unas costillas
huesudas sobre las que refulge, en el extremo de una grosera cadena áurea
que nace alrededor del cuello consumido del cadáver, una deslumbrante
joya en forma de cruz de doble brazo horizontal. Una esencia aún más
vívida capta su atención y la arrastra con apresurados pasos a la zona del
bajo vientre en la que puede verse, sobrevolada por el zumbido aleatorio e
intransigente de decenas de moscas, una descomunal hendidura de bordes
cáusticos mezclados con sangre reseca que, sesgando el abdomen de parte
a parte como un melón maduro, deja a la vista una buena ración de
intestinos apergaminados e idéntico aspecto al de una ristra pútrida de
chorizos. Abre las fauces sometida por tal ímpetu que la quijada parece
descoyuntársele del paladar y, cuando se halla dispuesta a asestarle al
conjunto apestoso de vísceras un mordisco de egregia profundidad
gracias a la colosal envergadura de sus incisivos inferiores, un alarido
hace que vuelva pronta la cerviz, al tiempo que responde al grito
quejumbroso de manera instintiva con un chillido en registro de silbido
apto para romper una docena de copas de cristal de Bohemia, logrando
evitar por una relatividad íntegramente verificable en el continuo espacio-
tiempo que la bota con punta de acero y suela antiperforación, apéndice
lacerante de una pierna granítica tipo columna del templo de Artemisa, le
reviente el cráneo igual que una nuez hueca y esparza por el suelo sus
sesos. El invitado a destiempo, embutido en una suerte de uniforme con
bandas fluorescentes en el torso, prosigue ardorosamente sus efusivas
concesiones al drama y, agitando los brazos como un molinillo
esquizofrénico, regala al aire ardorosos espavientos de fecundos
beneficios en caso de atenerse al tropel de gritos y zancadas que hacen
retemblar a ritmo de bachata aquella repugnante miscelánea. Por un
instante poco lúcido y glotonamente famélico piensa el roedor hacer
frente al membrudo agresor pertrechada únicamente tras el parapeto vil de
una panza de vellos ralos y rosados, mas examina antes del combate sus
doscientos cincuenta gramos de peso mal repartidos en apenas veintitrés
centímetros y huye, henchida y vulgar, dándole la espalda al difunto y
perdiéndose entre las fúnebres y desalentadoras sombras de un imposible
retorno, con toda la tristeza factible de encontrar en el corazón indolente
de una rata de alcantarilla.

Apoltronado sobre una de las cómodas butacas sintéticas de escay rojo


que aparecen dispersas como escarabajos invertidos en la sala de lectura
de la Biblioteca Pública y embebido por una maniática costumbre, hojea el
periódico regional de atrás hacia adelante sin método ni fundamento, sólo
motivado en ese día prematuramente gris por el pacto hecho consigo
mismo, con una enjundia mayor que si hubiera sido sellado a sangre y
fuego con Mefistófeles, consistente en repasar la prensa durante sus
jornadas de descanso aun si sostuviera su voluntad unas apetencias
similares a las mostradas por un niño endeble justo antes de afrontar un
Ironman. Bosteza no sabe si exhausto o abúlico, se rasca la barba rasposa
de tres días con el dorso de la mano izquierda y cruza las piernas magras,
enfundadas hasta debajo de las rodillas en unos deshilvanados pantalones
andinos en tono azul con rayas blancas.
Resulta cristalino que no ha merecido la pena reservar un espacio, ni
dentro de la sección local en el menos atractivo margen superior derecho
de la parte interna del diario a un cuarto de columna, para informar acerca
del don nadie de nosécuántos abriles mal llevados aparecido, medio
descompuesto y con las órbitas de los ojos más huecas que la
conversación de un tertuliano de un programa de telebasura, a cuatro
kilómetros de la localidad en el núcleo del estercolero; pero, acogiendo
sin rubor como patente e irrefutable la máxima esgrimida por el reportero
achaparrado A. J. Liebling al afirmar que «la gente generalmente
confunde lo que leen en los periódicos con las noticias» habría de
inferirse en virtud de los titulares que es vox populi y res publica que
fulano de tal se quebrara una uña mientras esquiaba en los Alpes suizos,
que menganita haya ingresado en una afamada clínica de celebrities para
su proceso de desintoxicación tras la quejicosa relación de dos meses y
medio con el impresentable de zutano, o que perengana, compungida al
ser ninguneada por los editores, haya decidido de repente contraer bendito
matrimonio en su casa de campo y montar, en lugar de una boda de alto
standing, un zafio vodevil el cual haría las delicias del público tacaño en
exigencias de un burdel. De tales crónicas, execrables en provecho y
enigmáticas en interés, obtuvo sobrado conocimiento, a pesar del nulo
afecto que les dispensa, el tipo con trazas de hippie excepto por ese cuero
cabelludo pelón que empieza a frotarse de atrás adelante con ensimismada
fruición; en cambio, anclado aquel horrendo crimen en las simas lúgubres
de la indiferencia, ignoró in saecula saeculorum que no hubo madre
pesarosa ni pariente clandestino que, a imagen de un mistagógico José de
Arimatea, reclamaran el cuerpo en su sazón y solicitaran al juez de
guardia la reglamentaria autopsia —ahorro de dinero para el
contribuyente y de tiempo para el médico forense— que dictaminara la
causa del fallecimiento, o incluso, en un ataque intemporal de idealismo,
reclamaran a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado así como a un
avispado e hipotético comisario la investigación que probara el móvil y
hasta los supuestos autores; y no supo que el sacerdote aburrido y
octogenario que ofició el funeral prescindió sobre la marcha de la
conveniente misa, inadmisible a todas luces para los cuatro desgraciados
analfabetos que asistieron a la ceremonia, en su mayoría, seguramente,
para certificar con la solemnidad negada al entierro que los rumores
extendidos por el barrio, diligentes como un WhatsApp y haciendo
referencia a la perenne desaparición del vecino más abyecto, eran ciertos;
ni tampoco que esa misma tarde, deudores insolventes y fiadores
estafados, ebrios de gozo e inmersos hasta la coronilla en una paz
tenebrosa menos humana que un genocidio, se congratularon ante lo que
ya no tendrían jamás que perder, mientras descorchaban en la tasca cutre
de Felipe botellas de cava barato, saciados de placer, como si temieran ser
sorprendidos irreversiblemente por el fin de los tiempos; y en definitiva,
ni él, volcada la vista en el periódico, ni una fracción universalizada de la
humanidad fueron conscientes de que el ser más atormentado por el
desarrollo de los viscosos acontecimientos fue la rata que, interrumpida
con descortesía, no pudo consumar su emético banquete.
12

Menos de media hora. Pasote de reloj que han puesto los tipos estos
del bar, con esas agujas tamaño familiar ahí como clavadas en la pared. Y
sin esfera ni nada. Andéeen... No veo bien desde aquí el puñetero panel de
las próximas salidas. «Al final no ha ido tan mal, ¿no?». De puta madre,
mamá, ya ves, qué complaciente, podían haberme metido de cabeza en
chirona sin poner otra vez siquiera las patitas en la calle; eso hubiera sido
bastante más jodido. Cinco, creo, andén cinco. ¿Con retraso pone? No me
jodas, y este rato que llevamos se me está haciendo más largo que un día
sin pan. «Algo de esperanzas nos ha dado Máximo». Es que es lo último
que se pierde; ehhh... Cinco, vaya, estoy hecho un lince, igual que mi
madre, como si no hubiera roto un plato en su vida, más feliz que una
perdiz, o queriendo darme palmaditas en la espalda como si no pasara
nada. «Sí, mamá, de lujo. Máximo es un máquina en lo suyo. Una pena que
no salga gratis», de esta salimos, con los pies por delante. «Las pruebas no
son concluyentes y solicito el sobreseimiento del caso», y la pasta que os
estáis gastando en un abogado privado, «pero, hijo, nos cobra las costas
imprescindibles, aparte de lo que tiene que pagarle al procurador... y sus
honorarios son mínimos», ya, si fuera Pepe el que estuviera metido en este
embrollo ya le habría recomendado aceptar la pena antes de ir a juicio
para evitar más follones; y comiendo trullo del tirón, «una minucia,
seguro», «Señoría, en la rueda delantera del vehículo implicado en el
atraco se encontraron restos de vómito con rastros de ADN del señor
Obispo». «¿Tú qué te vas a pedir, Diego, que se nos echa el tiempo
encima?», «mi cliente pudo haber sentido las náuseas y vomitar otro día;
el coche permaneció aparcado en la vía pública casi una semana después
de cometerse el delito», «una birra fresquita sin alcohol, que hace más
calor que en el desierto del Gobi», ya está con las miraditas de mustia, me
cago en «¿una sin alcohol? Ya sabes lo que dice tu educador una y otra
vez», no es mi educador; y siempre sale a relucir, joder, como el fútbol,
«que nada de sin alcohol, que el efecto al final puede ser el mismo». «Es
cuestión de craving», como si lo estuviera oyendo ahora mismo, «cuando
vas a tomarte algo de beber deberías plantearte por qué, entre todas las
opciones que hay, eliges una sin alcohol», «por una que me tome no va a
pasar nada», y el camarero que viene como si le hubieran metido un
cohete por el culo, «si es que estoy hipernervioso con toda la vaina del
juzgado», «reflexionad, que para eso tenéis las cabeza y no para daros
trompazos una y otra vez con la misma piedra, ¿de verdad que no buscáis
en realidad la misma sensación que si os bebierais una normal?», «mamá,
no me van a salir espumarajos por la boca», buffff, qué castigo, «pero si
es que además te han dado el Colme esta mañana temprano antes de salir
de Comunidad», coño, con la memoria de la abuela, que decía que no se
acordaba ni de lo que cenó anoche, «¡es una sin alcohol! me va a afectar
tanto como si me bebiera un chupito de agua del grifo», contención, como
en las barricadas, que ya llega el tipejo con su uniforme de gala, «y si te
dicen que no tienen sin alcohol y le estás restando importancia ¿vas a
tener la voluntad de pedirte un refresco en vez de una normal? Total, ya
puestos». Voluntad no sobra, pero darle vueltas a esto es una gilipollez del
tamaño del océano Pacífico, «reitero que mi cliente es inocente de la causa
que se instruye». Inocente; no lo he sido en la vida, y mira tú ahora, «en la
zona donde se dejó estacionado el vehículo había varias cámaras de
seguridad, Señoría, esto es absurdo. Hay pruebas de sobra para encausar
al señor Obispo». Vaya pinta que tiene el prenda, leches, «¿va a tomar algo
la señora?», con ese bigote tipo marmota parece más El Tempranillo que
un camarero, «sólo circunstanciales», ni una sentencia absolutoria puede
declarar inocente a una conciencia que se juzga culpable, «un café con
leche, gracias. En vaso largo si puede ser», «sobreseimiento». Culpable,
como que hay Dios. ¿Quién coño me mandaría a mí esa puta noche de los
coj «¿y el caballero?», bufff, «una sin alcohol», y no me mires así, mamá,
que un café tampoco es lo suyo a las dos menos cuarto de la tarde y yo no
te digo que te vaya a subir la tensión. Además, al camarero ni le van ni le
vienen nuestras movidas. Ea, tirando y a traer las bebidas de un salto,
garçon. «Diego, ¿por qué me haces esto?», otra vez personalizando todo,
para limar asperezas, «no te hago nada, mamá, ¿y tú a mí, desconfiando
como siempre de todo?», joder, lo siento, no tengo ya bastante con
joderme a mí la vida para amargársela encima a mi madre, «no desconfío
de todo», de casi todo, con razón, que puta mierda, y la jodida secuencia
que no se me va de la chola ni un segundo, ¡puuuum! como si detonaran
cada noche en mis oídos trescientos quilos de amonal. Veinte minutos, y
treinta segundos, para que salga el bus. «Hay pruebas incriminatorias para
una acusación formal, Señoría», sí, culpable, sin indulto, excusas ni
motivos, «murió un chico», machacando el cerebelo con saña, como con
el martillo de Thor, «tenía mujer y un niño, más o menos de la ed», ¿era
obligatorio recordármelo, coño? «Tienes mala cara, ¿te encuentras bien,
hijo?», sudores de parto. «Sí, no pasa nada, hace calor». El camarero con
la band «el café para la señora» ejita, y una mierda para el señor; la hostia.
«No nos quedan cervezas sin alcohol, lo siento. Si desea otra cosa el
caballero». Un vargas. «Un var... nada, déjalo, gracias, me apaño con el
aire», y sin aire también, culpable a espuertas, «¿tan malos somos, Pepe?»,
tan poco como demonios que van al cielo, «se acepta la petición de la
fiscalía», nunca es tarde para reconocerse un mierda, lo jodido es echarlo
fuera, «se remitirá fecha para la apertura de juicio oral», joder, un parto,
vaya, cuesta más soltar una verdad que parir a un nene, «mamá... tengo que
contarte una cosa», coño, ¡qué susto! y ahora el puto móvil, el don de la
oportunidad, bufff, hasta ansias me están entrando «y mientras tanto, el
acusado continuará su tratamiento terapéutico sin necesidad de depositar
una fianza», ni fianza ni polladas: culpable, ¡culpable!, ¡CULPABLE!, ¡qué
ganas de llorar! «Debe de ser Paqui, para ver cómo a ido todo», vale,
mamá, Paqui, de puta madre, a ver qué leches le voy a contar... Jodeeeeer y
que no encuentro el puto móvil en la riñonera de los huevos, coño, ni que
fuera una plaza de toros... Ya, ¿qué es esto que toco aquí? Hostias, si se va
a juntar todo, una puta feria. «Te quiere mucho. Paqui», cago en... lo que
faltaba; en un par de minutos todas las frases con premio gordo, «¿no lo
vas a coger? Pues se va a preocupar» Cuelgo, que le den, joder «¿qué te
pasa, hijo? Estás sudando, y tienes la cara como la cera», déjalas, coño,
Diego, si queda un cuarto de hora «me estoy mareando un poco, mamá»,
luego la llamo si eso, «se ha cortado, se va a preocupar», y otra vez la
ansiedad de los huevos, me oprime el pecho... culpable, total, ¿más
culpable se puede ser? «Nada hay tan grave». A lo mejor más inocente sí
«prejuicios». Una mierda. Veinte minutos casi, no puede pasar el tiempo
más lento, «voluntad», «mamá, voy un momento al baño», «¿no ibas a
decirme algo?» «Oportunidad», oportunidad de liberarse «sí... bueno...» ya
sé lo que soy, no hace falta que nadie me lo diga «ahora cuando salga del
baño». Algo no empieza a ser posible porque se consigue muchas veces no
tengo enmienda «me estás asustando» pues dentro de cinco minutos lo vas
a flipar, ya ves, como que hay Dios ya es posible la primera vez ni hay
salvación. «Cualquier cosa que sea lo que me tengas q» tener, querer,
poder. Sí, mamá, fui yo, ¡FUI YO, JODER! «ue decir lo entenderé» sí, con
el amor cargante de siempre; joder, papá, fui yo, aquella noche de mierda
el gilipollas de Diego estaba en mal sitio «¿qué te pasa, Diego?», no puedo
más «ahora, mamá, cuando vuelva del baño», no me mires así, joder,
ahora mismo «¡cuando vuelva del baño!» No es nada, sólo esta puta
tensión acumulada en mi fracasada vida de mierda «uy, mi móvil, Diego»
ufff, no, no puedo más; será Paqui, seguro, como yo no le he hecho ni
puto caso «es Paqui», «sin convencimiento personal la voluntad no sirve»
y lo va a coger, leche «¡¡voy al baño!!» ¿por huevos? «Hola, Paqui, ¿qué
tal?». A tomar mucho por culo. Y punto.
13

«¿Sabes cuánto puede durar el orgasmo de un cerdo?».


Debe de ser una verdad rutinaria y aprehendida esa que le adjudica a la
confianza una jerarquía, pues de no ser por ese criterio —excluyente de
violencia y extraño a la autoprotección— y porque tan extravagante
pregunta no le fue formulada con idéntica jocosidad hace cuatro meses y
medio, al tipo de párpados caídos y cara de Supercoco que, sentado
cansinamente a su lado en uno de los bancos de imitación a ratán con la
espalda arqueada sobre el torso, los antebrazos reposados encima de
ambas rodillas y las pupilas extáticas más allá del horizonte invisible,
tendrían que ingresarlo en urgencias por fracturas múltiples y el hueso
más largo del cuerpo disminuido al tamaño de un ala de pollo. Antes de
tratar de contestar con una evasiva sibilina alza la vista azul triste hacia la
bóveda celeste de luna nueva y, como un astrólogo que pretendiera
someter su aborrecido porvenir a través de la conjunción de determinadas
constelaciones, escruta la noche salpicada de rutilantes estrellas cuyo
fulgor no se deja invadir por la luz mortecina del farol que, sujeto al
vértice de la pared enlucida de yeso blanco, gravita a dos metros de sus
cabezas igual que una gigantesca gota de petroleo a punto de
desprenderse. Apenas se reconoce a sí mismo de esta guisa, bien resuelto a
la hora de admirar sin prudencia una belleza incólume, inmarcesible, tan
espontánea, ordinaria y alejada de todo valor económico tangible que, en
una sociedad del descarte mancillada por el lucro, habría de resultar una
pamplina su mera contemplación. No obstante, en tanto su espíritu
continúe naufragando de manera asidua en las caudalosas aguas de una
vergüenza sumisa y a fin de no arrostrar debilidades eludibles evitará
hacer alarde de tal descubrimiento ni siquiera delante de su sacrosanta
esposa.
«¿Me estás llamando cerdo?». Lo observa de soslayo y se remanga la
añeja sudadera azul marino al tiempo que le ofrece una sonrisa
constreñida de dientes empastados. «Tienes unos métodos la mar de
originales».
«¿Originales?». Admite divertido su acompañante, mordiéndose con
sutileza el surco del labio inferior y extraviada la mirada en un punto
impreciso a lo lejos donde el muro níveamente encalado que rodea los
edificios rasga en dos la tiniebla como un casto milagro. Se reclina y, tras
aspirar una espléndida bocanada de aire que aparenta refrescar su fuero
interno, encoge los brazos hacia atrás y apoya los codos en el respaldo del
asiento. «Pues tendrías que haberme visto hace un par de años».
«Cuando eras un pipiolo». Remuga entre dientes bogando a dos manos
sobre aquella apodíctica timidez que en medio minuto se le presenta
arcana y caduca como la hoja flabelada de un Gingko.
«Y tú un anciano venerable». Entorna los ojos cansados, se aseria y,
una vez entrecruzadas las piernas a la altura de los tobillos, posa
cómicamente el dorso de las manos encima de los muslos, con los dedos
pulgar y corazón formando un diminuto círculo en cada una de ellas, cual
si fuera un santón zen a un palmo de hallar el nirvana. Se arrellana y
retoma la disertación. «El chaval era de padre marroquí; no recuerdo
ahora su nombre, pero sí que era demasiado joven para entrar de lleno en
una comunidad, sobre todo antes, que las normas eran... menos flexibles,
digamos».
«¿Y ahora son flexibles?». Lo desdice neurótico, igual que si oyera al
beato del barrio incurrir en una pertinaz herejía que habría de conducirlo
a arder en la hoguera con mayor mérito que Juana de Arco.
«No seas plasta. Escucha y luego me cuentas». Con el semblante
demorado en el opaco fondo imperceptible parece dispuesto a no cejar en
su empeño de otear lo imposible detrás de ese muro espectador que sirve
de límite voluntario entre dos conceptos de libertad contrapuestos. «Adam
se llamaba», rememora, «lo dejó su madre porque ya no sabía qué hacer
con él. Un día, a la hora del almuerzo —seguramente sólo para llamar la
atención— mangó un coco de la bandeja de la fruta, se lo escondió
debaj...».
«¿Mangó?». Interrumpe con una pícara inocencia dibujada en el rostro
a trazo grueso. «¿Y eso no es jerga taleguera? Hay que predicar con el
ejemplo».
Juraría que le supone un coraje coercitivo a su interlocutor no
compartir una risotada, mas su contestación maquinal vuelve a ser un
viraje que intenta prevenir cambios indeseados de rumbo.
«No me estás escuchando. Si te fijas en menudenc». Ahora es el propio
capitán de fragata quien decide abortar la maniobra cuando se hace cargo
del mohín adusto que acaba de obsequiarle, torciendo contrariado el
gesto, semejante a un cowboy que fuera a escupir tabaco por la comisura
de los labios. «Vale. No son menudencias». Otorga con beneplácito
mientras levanta las palmas de las manos al nivel de los hombros como si
un atracador del tres al cuarto lo apuntara al pecho con un arma, y repite
el discurso con ligeras modificaciones. «Robó el coco, lo escondió debajo
de la camiseta y lo sacó del comedor. Me di cuenta en ese momento,
cuando salía a repartir la medicación. Le dije que lo devolviera y tras
debatir por qué lo había hecho reconoció que fue una chiquillada sin
sentido que repetía algunos de los patrones de conducta negativos que
debería modificar. Como no nos poníamos muy de acuerdo a la hora de
resolver qué medida podía ayudarle a recordar durante la semana lo que
había hecho mal...». Parece recapacitar antes de dar por finalizado el
memorándum, hasta que sonríe burlón, quizá persuadido por esa soberana
audacia que confiere la convicción. «Al final decidimos que pasara una
semana entera —mañana, tarde y noche— con el coco en la mano. Sólo lo
dejaba en las sesiones de terapia, porque le garabateó dos ojos y una boca
con un rotulador de punta gorda y rompía la seriedad en los grupos».
Pintorescos guiños muestran su actitud moderadamente incrédula ante
el sainete, con el cuello y la frente arrugados como un Shar Pei y la uña
del dedo meñique hurgando en el interior de la oreja izquierda. Su
pregunta nada prefabricada trata de despejar la más mínima duda que
pudiera surgir al respecto.
«¿Y se tiró siete días con sus siete noches con el coco a cuestas sin
protestar ni na? No me jod...».
«Seis noches, no exageres. Soy consciente de que estos métodos
pueden parecer una exageración, como lo de lo de las naranjas de Juli y
Juanma, pero la flexibilidad es prima hermana de la dejadez. En la vida,
Pepe, todo es cuestión de voluntad y de prioridades». Se gira de medio
lado, aún con uno de los codos apoyados en el extremo superior del
banco, y le dirige una mirada compasiva, inquieta, la cual, aliada con el
dedo índice en posición vertical, pretende servir de canon a la persuasión.
«Si estás seguro de algo no te apartarán del camino ni un millar de
energúmenos lanzándote piedras. Adam, que era un mico, incluso dormía
abrazado al coco; hasta los compañeros comenzaron a llamarle Señor
Wilson, igual que la pelota de voley en la peli de Tom Hanks».
«Náufrago». Pensativo y abrumado ante el barullo de comparaciones
con rango didáctico a las que su entendimiento iletrado en alegorías anda
poco baqueteado, responde casi sin articular palabra, dejando despeñarse
de una en una cada letra desde las cuerdas vocales, y allí, en aquella
concisa cotidianidad, cercado por un universo de sombras infinitas capaz
de transformar con opresiva inmediatez el espacio que ocupan bajo un
farol dos seres evolutivamente superiores en un microscópico e
insignificante átomo luminoso, percibe sin dolor ni angustia que en su
ambigua soledad estriba su supervivencia. «No me ralles con tanta
simbología que me quedo sin neuronas».
«Vaya, que ya se me olvidaba a cuento de qué venía todo esto». Y
reitera la primera metáfora, más similar en forma y contenido a una
ofensa ostensible, que diera inicio al diálogo. «Que si sabes cuánto puede
durar el orgasmo de un cerdo».
«Ni idea. Ilústrame».
«Hasta media hora».
La respuesta peliaguda a punto está de condenarlo a estado vegetativo
del que no lo rescataría ni un beso de Blancanieves, los globos oculares
proyectados por un resorte hacia el exterior como si fuera un monigote de
feria y un tibio escalofrío enraizado en la parte más delicada y noble de su
anatomía. Ni acierta a descifrar si el sentimiento que predomina en su
elemental cerebro androgénico es la envidia o el rencor.
«Pero no te pongas celoso». La inaudita cualidad para leer la mente
humana puede interpretarse con espuria simplicidad desde la perspectiva
de un don o de una tragedia, mas frente a su hierática creencia en la
bondad connatural del ser que de ella parece estar haciendo ahora uso, se
aferra Pepe al hecho, censurable sin remedio por mucha admisión que
desee prestarle, de preferir que le fuera manipulada la conciencia por
aquella especie de remedo del Profesor X antes de verse compelido a
emprender un sacrificio apocalíptico del que ignora si saldrá vencedor o
derruido. «Sigue siendo un cerdo».
Sentencia indefectible, aunque le resulte ampulosa en relación a los
asquerosos remordimientos que la hicieran propicia. Entonces lo
contempla con plausible fascinación resurgir de sus cenizas, despojado su
ego de cualquier búsqueda de estimación, a imagen del educador sensato e
infatigable al desaliento que logra aparentar regularmente tras cada
jornada, sea ociosa o nutrida en faena, y aprestarse a aclarar su noción del
asunto, lozano y persistente, como si acabaran de dar las nueve de la
mañana.
«Del mismo modo que un orgasmo de media hora no convierte a un
cerdo en Nacho Vidal, no hay ningún acto tan grave que nos arrebate de
por vida nuestra condición de ser humano».
«Eso es fácil de decirlo, sobre toó pa' alguien que ni siquiera puede
matar una mosca». Resopla largamente cuando decide expresarlo,
amarrado desde una impostora plenitud, como a una tabla de rescate
después del hundimiento definitivo de todo optimismo en medio de las
olas encrespadas, al anhelo insostenible de deshacer el pasado. «Y lo digo
textualmente, que te he visto cogerlas con la mano y sacarlas del
comedor». Parodia el gesto de apresar el insecto, moviendo veloz el
antebrazo en horizontal con la palma extendida y cerrando a continuación
el puño sobre el vacío con la misma rapidez.
El protector de la fauna se frota la punta de la nariz con los nudillos,
estira el cuello de su ancho jersey de nailon gris, haciendo uso de las
falanges de sus dedos índice y corazón, y lo sitúa con singular mimo entre
los incisivos para mordisquearlo sin resquemor.
«Las coherencias tontas son la obsesión de las mentes ruines».
«¿Qué dices?». Frunce el ceño hasta que su frente semeja la de un indio
anciano, curtida por el sol de las Rocosas.
«La frase de alguien». Define impávido. «Que hay cosas bastante
peores que matar una mosca».
«A mí me lo vas a contar». Es probable que ambos compartan el
axioma de secretos inconfesables, pero sólo algunos de ellos se le revelan
inaccesibles al perdón; son los suyos, quizá porque desconoce aquellos
que el resto de mortales ocultan, como una indecente perversión, en la
zona más áspera del alma, la menos abordable, y exclusivamente esos
secretos íntimos que nadie osaría desvelar no son dignos de clemencia.
«No merezco ni que se me perdone».
Aliar el perdón con el merecimiento es un dislate que sólo puede ser
argüido sin bochorno por caudillos autócratas incapaces de aspirar a un
destino más sublime que aquel que se parapeta, igual que un jactancioso
cobarde, detrás del cumplimiento de una ley abominable. El perdón
disfruta del privilegio de serlo precisamente porque la acción que lo
invoca no puede manifestarse, a percepciones mundanas, menos acreedora
de piedad; lo contrario es simple justicia retributiva, tipo necesidad ética e
imperativo categórico. Respecto a la teoría de la retribución, Pepe atesora
más erudición que una enciclopedia con diez o doce suplementos, del
perdón va aprendiendo a paso de tortuga raquítica, como si leyera en un
silabario de párvulos. La noche en vigor está siendo de lo más proclive en
este sentido.
«Quien la hace, la paga, ¿no?». El punzante aforismo que le endilga
simula desbaratar con cinco palabras tajantes cualquier tratado filosófico
acerca de la remisión y del delito, mas se haría un flaco favor a la
congruencia que en este adagio terriblemente derrotista hubiera de
hallarse la síntesis del metódico análisis por el que ha discurrido la
conversación. Retorna el río a su cauce con la eficiencia del mar Rojo al
sepultar a Ramsés II y a todos sus ejércitos en sus profundidades. «Decía
un escritor que todo ser humano, por el mero hecho de serlo, merece un
homenaje. No somos cerdos, faltos de raciocinio con el que sobrevolar
más allá de las propias miserias y poder tender a la excelencia. El perdón
es una actitud, Pepe, no una fianza».
Con tan enfática resolución parece querer dar por finiquitada la terapia
de andar por casa, contiene a medias en el paladar un incipiente bostezo y
se despereza con mesura, los hombros encogidos y la columna vertebral
cimbreada y temblona igual que el espinazo de un gato que acaba de
disfrutar de una siesta.
«Ya no te doy más la brasa, anda, que alguien quiere hablar contigo
desde hace un buen rato». Y, al tiempo que vuelve el rostro, levanta la
mano derecha cerrada a la altura del pecho, estira el dedo pulgar hacia
atrás por encima de la clavícula y señala a la zona de la fuente del patio
donde un joven de clásica obesidad rubensiana y perfil parcamente
iluminado por la claridad holgazana que emite el foco de cristal traslúcido
situado sobre el marco de la puerta de entrada al comedor aguarda
nervioso, dando escuetos paseos a izquierda y derecha como una fiera
recluida a la fuerza en la jaula de un circo ambulante, un cigarrillo
apretado entre los dientes y las manos zambullidas dentro de los bolsillos
de su refinado pantalón de pinzas. Finalmente, el educador se pone en pie,
con la achacosa rigidez de un afectado por anquilosis, y tras avisar con un
ademán al chico del fondo le dirige una penúltima advertencia amistosa
antes de dejarlo repantigado en el banco de forja, bastante más reflexivo y
sagaz que hace apenas un cuarto de hora. «Y ten cuidado en la salida; no
vayas a hacerte ahora el listo».
Mientras lo escucha alejarse con pasos calmos eleva de nuevo los ojos
al infinito de manera anodina y ausente de previa deliberación, pero no
quiere desaprovechar su materia gris en prolija actividad el breve asueto y
opta por seguir con elucubraciones acerca de lo humano y lo divino
deteniendo sus ojos de párpados dormitantes en la ralea de mosquitos que,
inquebrantables al desánimo e ignorantes del aprendizaje vicario,
perseveran en su descerebrada misión de asaltar la bombilla LED del farol
de fundición prendido de la pared sin importarles lo más mínimo que
decenas de compatriotas suyos hayan perecido en el fatal intento y exhiban
ahora sus frágiles exoesqueletos, carbonizados y desintegrados como
fósforos sensibles a la autoignición, en cada uno de los cristales que
coartan la luz blanquecina. «Torpes que son».
«Hola». Ha apoyado su compañero las manos en posición invertida
sobre el respaldo del banco, los brazos rectos tensionados en una posición
que su cuerpo, poco dado a engreimientos posturales, acaso podría
soportar durante un par de segundos cortos. Teme que el radio y el cúbito
se le partan por la epífisis y hagan franca aparición envueltos en tendones
y sangre. Rumiadas para sí semejantes ocurrencias se le antoja compartir a
boca llena, sin una elemental cautela, la sabiduría popular descubierta ante
la magnánima observación de una centuria de dípteros.
«¿Has visto los mosquitos?». Indica la zona luminosa con un leve
movimiento de cejas, en un uso exhaustivo de la ley del mínimo esfuerzo,
como si el resto de sus miembros se hallaran aquejados de una parálisis
permanente. «No aprenden por más que se den de tortas contra los
cristales una y otra vez. ¿No te recuerdan a nadie?».
«No te viene nada bien hablar con Javi, se te va la pinza». Chasquea la
lengua y cuando deja caer a su lado a plomo el cuerpo fofo se bambolean
los tablones del asiento con tal violencia que Pepe presiente que van a
desasirse de los anclajes y lanzarlo a él y demás aparejos personales a las
antípodas. Una vez acomodado en el banco, agarra el pitillo entre los
dedos índice y corazón de la mano izquierda, aspira una profunda
bocanada y exhala una cortina infernal de humo tras retirarlo
placenteramente de sus labios carnosos.
«Por eso tú nunca hablas con él o con Víctor, claro». Intenta un touché
nada más iniciarse el duelo, sin sable, espada ni florete, a cuerpo
descubierto igual que si contara con el factor curativo de Lobezno.
«Eso es distinto. Aprendo más de ti». Replica apuntando a su tez,
repleta de arrugas, con la daga grisácea del iris.
«Pues toas las cosas que te digo me las han dicho ellos antes a mí,
aunque no te lo creas». Acepta la tregua al tiempo que encoge los
omóplatos con acomodo.
«No seas tan humilde, que por reconocer tus virtudes no te vas a
convertir en un ególatra».
«Si supiera lo que es eso me cabrearía, o te llevaría la contraria». Lo
agasaja con un pescozón minúsculo detrás de las orejas y ambos se ríen
como si sólo les restara de vida en común aquel instante perecedero. «Eso
sí, no voy a echarle el muerto a nadie con la ida de olla de los mosquitos,
que esa es mía».
Un silencio de una tranquilidad mística se adueña de la escena y deja
entreoírse la brisa fresca que estremece hermosamente las hojas
estipuladas de las acacias. Pepe extiende sus alargadas piernas, hace
descansar los talones sobre la solería de cantos y curiosea sus humildes
zapatillas deportivas; lo imita el recién llegado, y menea arriba y abajo los
pies después de apoyarlos en el pavimento.
«Te cambio mis Barracuda. ¿Hace?».
«Sí, pa' que me metan en la cárcel si me ve la pasma con ellos por el
barrio». Ojea sendos calzados sin detenerse mucho en ninguno. «Y además
quedarían de pena colgaos de unos cables de la luz por esos cordones tan
finos».
«¿Puede ser ese un comentario negativo?». Se rasca desde abajo la
perilla con las uñas y compone una voz aguardentosa en una meritoria
parodia de Brando en el papel de Vito Corleone. «Vienes a mí, sin ningún
respeto, ni siquiera me llamas Padrino... Voy a tener que ponerte una
sanción».
Pepe se desternilla de la risa, se sujeta la tripa con ambas manos y le
cuesta Dios y ayuda articular la frase.
«Ja... ja... esa... ja... esa la he visto, tío, jajaja».
El silencio balsámico da paso de manera progresiva a un mutismo
igualmente grato, pero expectante, como el de un pasajero impaciente que
aún no sabe con cuánta demora llegará su tren. Un precepto básico en
comunidad es la renuncia a denominar amigo a aquellas personas con
quienes se está llevando a cabo el programa; el vocablo compañero es el
método aséptico que contribuye a asumir que una vez finalizado el
proceso debe finalizar también la relación a fin de evitar hechos que
suelen acaecer con recurrencia patética: darse un homenaje fuera para
celebrar sin restricciones lo bien que les ha ido dentro. «Total, por un día».
Pepe acepta la norma de boquilla, eppur si muove, pues no existe remedio
a la ternura del alma, por mucho que se niegue su razón instrumental a
asignarle tal calificativo a lo que siente, de igual modo que no admitiría ni
en presencia de su abogado aquella turbada emoción mientras
contemplaba las estrellas, y Diego, ese tipo rechoncho de brazos cortos y
cabeza del tamaño de un alfiler, sedente junto a él apurando un cigarrillo y
con quien comparte en gustos, cultura y estudios lo mismo que una patata
con un catedrático es lo más parecido a un amigo de lo que ha tenido en
toda su vida. Seguramente por eso la pregunta que se le impone se le hace
tan alejada de su apreciación como Neptuno del Sol.
«¿Tan malos somos, Pepe?».
Tal vez, si dicha duda antropológica hubiera sido volcada, cual el
resultado de un estudio acerca de las virtudes cardinales, frente a otros
oídos instruidos hace escasos minutos, le habrían expuesto una elaborada
explicación científica, mucho más acorde con la inteligencia académica de
Diego, y a la que se acogería dúctil como a sagrado, pero son otros, puede
que menos admirables, los recursos plásticos de Pepe, y a ellos aduce
cuando intenta buscar una respuesta que no raye en la estulticia en lo
referente a esa maldad intelectualizada y relativa.
«Depende de pa' quien. Si le preguntas a mi madre seguro que diría
que soy más dulce que un bollito de leche».
«Buf, pues si le preguntas a la mía no sé que decirte...». Trata de
hacerse el gracioso, mas la comparación que se le escapa sin defensa entre
los inservibles escudos dentales, incurable y terca al estilo de una
halitosis, lo derrota de manera intrínseca, dejando su cuerpo despedazado
y deshecho a expensas de los buitres. «Pensaría que soy un chile picante
que sólo le produce ardores de estómago».
«No sé, toó el mundo tiene sus formas de entender las cosas, y eso no
significa que estén en lo cierto, ¿no?». El diálogo, igual que una sonada
borrachera, ha pasado de la fase de la exaltación de la amistad a la de la
tribulación en lo que dura un hipo. Pepe finge sin motivo aparente quitarse
una inexistente legaña del lacrimal con la yema del dedo corazón y
observarla estrábico; por su parte, Diego, que acaba de darle la última
calada al pitillo, vaga alrededor desatendidamente con intrépidas pupilas,
como tratando de descubrir algún lugar ignoto donde esconder la colilla
sin riesgo de que lo sancionen. Se cruzan las miradas, sonríen presos de
una nerviosa impotencia, a Pepe le surge una idea, a Diego por el
momento ninguna que le sirva para ocultar el filtro. «De cada cien
personas que se enteran de lo de mis vis a vis en prisión, ¿cuántas te crees
que piensan que a quien visito es a mi madre? Toós se creen que es mi
padre».
«Ah, ¿pero no era a tu padre?».
«¿Ves? El tal Lama del que toós le dan al buche sin saber se llama Filo,
y es mi madre. ¿Acaso no es eso un perjuicio?». Resuelve despabilado y
satisfecho con la fortaleza rediviva de un Giganotosaurus emergido del
deshielo.
Diego ha decidido levantarse, acercarse remolón al cenicero
galvanizado y depositar la colilla higienizando posteriormente sus dedos
rollizos de cualquier residuo. La cara de asco que habitúa a transmitir ante
el olor rancio a tabaco entra en disonancia con la elección voluntaria de
negarse a abandonar tan oneroso vicio. Estira su labio inferior,
someramente belfo, con las yemas de los dedos índice y pulgar y asiente,
aún más someramente si fuera ello viable.
«La verdad no es un prejuicio, Pepe». Gime, con la lastimera
necesidad que imprime a sus ladridos el cachorro abandonado en mitad de
una carretera comarcal.
«Lo es la manera en que la peña entiende esa verdad». Sacude la cabeza
y rinde su ser íntegro a un ataque regio de empatía, conducido en volandas
por una virtud prístina la cual le lleva a categorizar, sin el menor
resquicio de duda, que él mismo la ha cagado tantas veces y de formas tan
inconcebibles que le supone una repelente ofensa a la honradez ponerse
quisquilloso con las deficiencias del prójimo. «Fíjate en Abdel, él si que lo
tiene chungo: drogata y además moro, que se dejó dos dedos y parte de la
panza en una concertina pa' acabar en este sitio. ¿Y piensas que alguien se
va a preocupar mucho de cómo las ha tenío que pasar pa' llegar hasta
aquí? Tres nenes chicos ha dejao al otro lao del charco».
«Jodidas decisiones de mierda».
Dos tacos en cuatro palabras. Cincuenta por ciento, una nimiedad
dentro de la expresión libertaria de un alma torturada. Hace oídos sordos,
con la verosimilitud de un buzo sumergido en el fondo insondable del
lago Tanganica, y después de una confusa y sucinta indeterminación
procede.
«Oye, ¿sabes cuánto puede durar el orgasmo de un cerdo?».
14

Según los parámetros isobáricos preestablecidos por algún hermano


canalla de Vulcano dentro de los márgenes de una ciudad cuya
incandescencia en época estival compite con las sabanas del Sahel podría
decirse, sin hacerle un roto irreparable a la exactitud, que se había
levantado un día respirable, al menos de los que no queman el esófago a
cada inhalación de aire como quien se acaba de echar al coleto un trago de
lejía nada tacaño. Con una ardua oscilación de hombros se amolda a la
espalda la mochila de punto negro de pesadez abusiva, pues contiene tan
sólo dos novelas, y maldice en silencio su maniática costumbre de
aprovechar las dilatadas tardes de verano en celebérrimos tochos de
literatura, rayanos en las mil páginas y veinticuatro centímetros de eslora
e inviables de acometer con el necesario deleite a lo largo del curso: La
broma infinita y Los miserables —una impecable sincronía entre
contemporánea y clásica— son los que ha decidido raptar durante un mes
de la biblioteca. Si hubiera de arrostrar tamañas empresas lectoras de
septiembre a junio tiene el absoluto convencimiento de que tardaría en
leer ambas novelas más tiempo del que empleara el inmortal Hugo en dar
por concluida su obra magna, alrededor de quince años en caso de
respetarse puntillosamente la tradición que lo afirma. Saca del bolsillo
zurcido de su ancho pantalón negro el llavero de metal con el símbolo de
la menorá y abre, con una llave diminuta y una paciencia efectiva, el
bombín del candado que, circundando el cuadro malva y las ruedas de su
bicicleta de montaña, la encadenaba al poste roñoso de la señal de tráfico
que prohíbe el acceso al casco histórico a todo vehículo no autorizado.
Minucioso vuelve a situarse la mochila, cual si hubieran transcurrido dos
décadas desde la última vez, y subido al velocípedo con la urgencia de un
John Wayne burlesco que persigue a una cuadrilla de apaches mescaleros,
recorre la calle empedrada que baja a la zona del antiguo alcázar, echando
en falta una amortiguación menos abrasiva para sus posaderas y obviando
con total laxitud la señal, sabedor de la benignidad ejercida por la policía
local hacia los medios de transporte sin motor y peso liviano. Quizá si
manejara un tranvía o un troncomóvil hubieran sido palabras mayores.
Mientras, tras aquel exiguo esfuerzo sostenido de apenas tres cuartos
de minuto en aquella mañana medianamente agradable, exuda hasta la
última gota de líquido de reserva por cada uno de sus poros igual que un
botijo de agua gélida, gira a la izquierda y deja atrás la aparatosa
construcción estilo renacentista, antiguo hospital reconvertido hace nueve
años en el Museo de Bellas Artes y cuyos artífices pretendieron incautos y
temerarios hacer luz de gas a los visitantes respecto a las múltiples
maravillas arquitectónicas que lo cercan como un insulto descarado hacia
tal academicismo de pórticos romos. Circula en paralelo a la hilera de
naranjos, engastados igual que gigantescos chupachús dentro del acerado
en arriates cuadrados, que reparten azarosamente sus frutos amargos sin
mayor afecto ni causalidad entre las copas redondeadas y el suelo cálido,
y, como en una yincana deportiva, ha de sortear varios grupos de turistas,
de porte heterogéneo e incomprensible dicción, que le obligan desde una
perdonable inconsciencia a disminuir con aflicción la rítmica velocidad y
a erguirse encima del sillín en el instante cumbre de encarar la segunda
vía con pendiente del día de hoy. Ante la absorta actitud de los
embriagados viajeros que, presos del síndrome de Stendhal y la vista
enclaustrada en las fachadas de los edificios, deambulan en zigzag por la
calzada de preferencia peatonal, opta por bajarse disgustado de la bicicleta
y cambiar de medio de transporte aunque caminar con sus sandalias de
suela desgastada pueda suponer una contingencia superior para su
integridad física que ser arrollado sin cuartel por una troupe de cincuenta
turistas despistados. Escucha repiquetear como a ritmo de claqué los
cascos de un caballo hispano-árabe sobre los adoquines del suelo aledaño
al muro exterior de la quibla de la mezquita y chirriar con levedad las
ruedas anchas del carruaje bajo el peso de una pareja de extranjeros de
rostro rubicundo, formas orondas e inadecuadas prendas de vestir que,
cámara en mano, se halla apoltronada en los asientos del sentido de la
marcha y sonríe contemplando el alminar y los arcos exteriores de
herradura. El cochero, tocado con sombrero cordobés y destartalado
dentro de un chaleco escaso, hace restallar el látigo sobre el lomo negro
de la montura mientras con la mano libre y un pañuelo perlado de sudor
se seca la frente acuosa. Un niño de unos cinco años, aferrado a la mano
segura de su madre, los observa pasar delante suyo, los ojos abiertos, el
gesto reflexivo, y con un movimiento apenas perceptible hace girar el
globo ocular hacia ella sin apenas mudar un solo músculo.
«Mamá, ¿por qué le está dando con el látigo?».
La chica, ni demasiado joven para desconocerlas ni demasiado madura
para ignorarlas, mira a su hijo con cara de respuestas imposibles y nada
satisfactorias y el ciclista trocado en viandante ocasional agradece con
copiosa generosidad su biografía infecunda carente de descendencia. No
obstante, como a quien Dios no le da hijos el diablo le da sobrinos, trata
de poner en escena la agudeza auditiva ultrasónica de una ballena, mas no
consigue captar una sola de las difusas palabras que acierta la madre a
balbucear con el sano propósito —prefiere creer en base a sus mansos
procesos mentales— de que el chiquillo no odiara de por vida el agresivo
actuar del cochero. Incluso se aventura a jurar sin ningún fundamento que
únicamente le faltó a la pequeña criatura desprenderse de las ataduras
cariñosas de la mujer que le dio la vida, llorar enternecido de manera
ahogada y correr hacia la cabalgadura para abrazarla como hiciera
Nietzsche en el frío acerado de las calles de Turín.
Tras rebasar aquel agobiante maremágnum se aúpa de nuevo encima
de la bicicleta y al tiempo que retoma la conculcada cadencia de su
pedaleo le sobrevienen a su introspectiva racionalidad sobrias certezas
acerca de que, a la temprana edad del infante, ni un superdotado con el
coeficiente intelectual de William James Sidis dispone siquiera de
elementales conocimientos sobre la bondad o maldad innatas al ser
humano, e intuye que el chico, llanamente, se ha sentido incapaz de
entender el castigo al que fue sometida la bestia de carga, por la que sintió
una compasión espontánea que no le produjo ni por asomo el dueño que
empleó con ella la fusta. Así, siendo poco dado a polaridades extremas
que traten de explicar con una injusticia dicotómica el estado de la
naturaleza conviene pues que si el crío no ha entendido tal
condicionamiento operante debe de ser porque su enseñanza camina por
derroteros bastante menos virulentos a nivel instrumental que los del
conductismo y ni se le ocurrió pensar por un segundo en el castigo como
una solución válida para corregir aquellos comportamientos
supuestamente disruptivos. Entonces, a raíz de tan improvisada
especulación relativa al castigo, la cual le lleva a elaborar un cierto
discurso menos brusco en formas, mas no en fondo, que aquél resumido
por un ser asqueado con el contundente vulgarismo de que «nadie aprende
a base de hostias», recuerda a José María, con un cariño entrañable que tal
vez contravenga la conveniencia de mantener la distancia ética
profesional-paciente, y a la sustancial cifra de personas que ha tenido el
gusto de conocer en los últimos años las cuales, a cuenta de muy diversos
y hasta inmerecidos motivos, terminaron recalando con sus huesos en
prisión; y después de haber pateado él mismo durante diez didácticos
meses sus pasillos de tristeza intransferible y sus salas de distante
frivolidad no le resta otra opción que considerar la cárcel simple reflejo y
extensión de una sociedad enferma, de prioridades objetables y moralidad
descuidada que decide con premeditación y alevosía invertir cada año más
presupuesto en armamento para defenderse de enemigos imaginarios que
en programas educativos para atender los derechos fundamentales de la
población. En un sistema de semejantes características, que vela por la
seguridad levantando muros donde resguardarse de la fastidiosa libertad,
asimilar el presidio con un lugar de reinserción es igual que ver en
Herodes el Grande y su ahistórica matanza de inocentes un precursor de
las prácticas para el control de la natalidad.
Con la mente embrollada en ideas tan dispersas como una diáspora y
un persistente parpadeo impelido por las gotas salitres que fluyen desde su
cuero cabelludo sin pelo que les estorbe, bordea las paredes amuralladas
de la mezquita donde el tipo entrado en años que lleva toda la vida
conocida apostado detrás de su tenderete de ocarinas árabes ameniza la
mañana, sin cambiar jamás de repertorio, a base de soplidos que se
deslizan armónicos a través del instrumento arcilloso, y detiene el ciclista
su mirada en otra cuadrilla palpablemente más homogénea que aquella
que le conminara a apearse de la bicicleta. Varias mujeres de semblante
tostado, cabello teñido de cobre, ropa de luto parcial o riguroso y mano
arisca sobre la faltriquera intentan, sonrisa en ristre, romero en mano y
gesto en desesperanza, hacer el agosto en el mes idóneo a costa de
aquellos guiris poco recelosos que no tuvieron a bien llevar de compañera
de viaje la Guía del Trotamundos. Algunos de los rostros que andan al
acecho de víctimas apropiadas, con la imperiosa necesidad de un chimú
que ofrece sacrificios a la luna, no le son extraños; invadidos por
dolencias crónicas suelen presentarse una semana sí y otra también a la
puerta de la oficina de Cáritas mendigando el pago redentor de algún
recibo, pues es indiscutible que de leer la buena ventura —por muy
provechosa que se pinte so pena de ser la pitonisa castigada sin óbolo—
no podría vivir ni Merlín el Mago. Un tonillo calé de vocales chillonas y
alargadas frena en seco su ruta al aproximarse al muro posterior.
«¡Aaaay! ¿qué hases por aquíiii? ¿Cuándo vais a abrir la ofisiiina que
debo la luuuuuz?».
La mueca risueña pertenece a Ángeles, una abuela inmensamente
envejecida, viuda desde tiempos sin memoria y una vasta patulea de
descendientes de variada consanguinidad a cargo, quien le sonríe
desenfadada mostrando una dentadura postiza que juraría le queda grande
con abuso y cuya estampa asocia de manera infalible a aquella tarde
plomiza de oficina cuando, tras interesarse candorosamente por cómo le
iba en la mezquita con el trajín del romero y los augurios, lo honrara con
un comentario ingenuo de sinceridad excesiva que bien podría figurar en
cualquier filme de Berlanga. «Estamos muuuchas, ya no nos da ni pa'l taxi
de gueeerta».
La mujer se halla acompañada en la dramatización de la farsa por
otras compañeras de oficio, todas con sus herbarios señuelos enarbolados
en la mano a imagen de romos tumis sacrificiales; unas de pie a su lado,
como estoicas sibilas en estado de trance, y otras sentadas sobre la base de
piedras que rodea el monumento, en actitud ausente.
«Hola, Ángeles, ¿qué tal? ¿Por aquí seguimos, no?». Interviene afable
antes de dar cumplimiento a la petición. «Hasta la próxima semana nada; el
miércoles por la tarde ya puedes ir, que estaré atendiendo».
Mientras da comienzo la charla, el resto del grupo que forma parte de
la inofensiva camarilla se bate en retirada al acoso y derribo de una presa
fácil, excepto dos de ellas, neta encarnación de figuras antitéticas. La
primera, de delgadez famélica y faz suplicante, es sin duda la más joven y
al rato determina también marcharse cuando parece convencida de que no
hay monedero ni cartera que rascar en el interior de los bolsillos del
recién llegado; la segunda, de mediana edad y pinta de no pasar hambre,
permanece arrellanada apenas a metro y medio en los escalones de piedra,
su cotidiana ramita sostenida con tres dedos de la mano izquierda y un
bolso de cremallera colgado perezosamente en el hombro derecho. Él,
que con involuntario descaro mantiene la mirada en aquellas manos de
piel morena, percibe que el tallo de romero no es tal, sino que pertenece a
una planta de pequeñas hojas lanceoladas color verde oscuro salvo los
bordes, e interroga a Ángeles, más objeto de confianza que la comadre.
«¿Ya no cogéis romero?».
Confirma la abuela su sospecha respecto a la cuestión botánica,
farfullando un nombre ininteligible, puede que mal pronunciado, y que lo
mantiene en la inopia, pero el hecho de no utilizar romero es
sencillamente circunstancial y responde a criterios de lo más pragmáticos:
el actual arbusto donante de limbos y peciolos se encuentra a dos minutos
de aquél puesto de guardia y tanto a turistas como a munipas les resulta del
todo indiferente a la hora de soltar una limosna o una sanción de hasta
doscientos euros cuál es el nombre científico del vegetal que se lleva en la
mano. Abiertamente, en un acopio de extraversión del que culpa a lo
distendido del tema, se dirige a ambas entre risas excéntricas.
«Pues hoy hay por aquí más de vosotras que de turistas. No vais a
sacar ni para el taxi».
Ángeles coge la broma y empieza a reírse, negando taxativamente con
la cabeza y con tal ahogo que la desproporcionada dentadura aparenta
tener vida propia dentro del paladar.
«¡Qué malo que eeeres!».
La compañera lo está radiografiando, aún sentada y medio atónita, con
cara de dogo argentino y sin hacer un guiño ni verle al asunto ni pizca de
gracia. Entonces, como un gancho directo a la mandíbula que lo deja
tendido encima de la lona, salen las palabras cáusticas de su boca:
«No, si yo no soy...». Y señala de manera poco dada al equívoco a
Ángeles, incluso sin renunciar a una rebosante dosis de indignación.
No realiza en aquel momento ningún estudio de campo, mas su rubor
seguro que supera con creces al de la fémina de pelo recogido en un
moño, tez parda renegrida, vestido veraniego de una pieza y ramita en la
mano —la cual, evidentemente, acabarían de venderle a buen precio aneja
a la buena ventura— y cuyo aspecto étnico aglutina más pedigrí que el de
veinticinco genuinas generaciones. Sonríe forzado, en notoria
contraposición con el desenfado tipo arma arrojadiza lucido hace unos
minutos por los labios joviales de Ángeles, se escuda en la prisa inmensa
e inventada que insiste en tener y en los crecidos retoños de David Foster
Wallace y de Víctor Hugo, cada vez más cargantes y molestos dentro de la
mochila, y parte como ánima liberada del purgatorio, sin volver la vista
atrás, al tiempo que escucha las carcajadas inmoderadas de Ángeles, parva
de fraternidad con sendos perdedores, quien huye y quien resiste, ambos
vencidos por la vergüenza.
Javier entra al portal con la camiseta naranja empapada en sudor, tal si
hubiera pasado toda la mañana aun a riesgo de insolación leyendo la
buena ventura en el muro posterior de la mezquita, y las dos novelas
tamaño familiar formándole una úlcera cuadriforme en la columna
vertebral. Suspira profundo, intenta destensar la espalda con un ligero
movimiento de cuello y una vez candada la bicicleta a la barandilla de
hierro flamantemente pintada del vestíbulo —la única zona del bloque que
disfruta de refrigeración autóctona—, emprende el ascenso a la vivienda,
los pulgares acomodados bajo las correas de la mochila como si ese gesto
ayudara a su levitación, las piernas desmayadas por una flojera hipotensa
y la falsa entereza de un bebé sin flotador que aguarda a la orilla su gran
miércoles. Y no son ni las doce del mediodía.
Cuando alcanza el descansillo de la planta segunda y abre la puerta del
piso todavía no ha cejado su bulliciosa sesera, en un imponente ejercicio
de deformación profesional, de cortocircuitarse extrayendo esmeradas
conclusiones pedagógicas de dificultad crisopéyica al evocar el drama y
el sketch de los que ha sido testigo mudo y abochornado protagonista,
respectivamente, hace apenas media hora. Un maullido ronco y
adormilado lo extrae fugazmente de divagaciones mentales febriles; en el
recibidor, un gato menudo con pinta de siamés, los párpados aletargados y
morro de haberse fumado un canuto de marihuana, bosteza sin reparos
desvelando sus incipientes incisivos.
«Hola, Igor, dormir y comer, ¿eh?».
Opinaba Schopenhauer que la soledad era la suerte de todos los
espíritus excelentes, si bien, proviniendo dicha aseveración de un
misógino incorregible, no puede servirle de especial alivio a Javier, con
una concepción antagónica que erige a cada paso estatuas laudatorias a la
costilla de Adán, y por el momento sólo le ayuda a comprender esta
reciente tendencia suya a entrar en comunicación con seres sensibles pero
irracionales, como Igor, e incluso con objetos inanimados y sin el menor
atisbo de susceptibilidad, tipo pantalla de ordenador si se niega a encender
o cuerda de guitarra si le da por reventarse en plena composición de una
balada más triste que el Still Loving You. Se agacha sorpresivamente
optimista, le frota con brío detrás de la oreja derecha y el felino tarda lo
justo en inaugurar un deleitoso ronroneo, rozar el lomo entre sus piernas
canijas y enderezar la cola.
Rescatado por algún alma caritativa del fondo de un contenedor de
basura donde lo sentenciaron al nacer, Igor —quien lo escolta silente y
curioso hasta el salón sobre sus mullidas almohadillas para introducirse
en el interior de la mochila en cuanto tenga oportunidad— se adueñó del
domicilio, supuestamente compartido, la misma tarde que puso por
primera vez sus uñitas retráctiles en el preciso lugar que ahora ocupan,
hace cerca de cuatro meses, después de haber posado con decaídas
vibrisas y apesadumbrados ojos heterocromos para la sección de
adopciones en la página web de la consabida asociación protectora de
animales viéndose distinguido con tal prerrogativa. De los pírricos
triunfos que ha logrado obtener el segundo de a bordo tras afanosas
disputas, engorrosas como los doce trabajos de Hércules, el más
sobrecogedor ha consistido en impedir que arañe el sofá. Comparado con
el adiestramiento de un minino, la reinserción de un preso
exdrogodependiente es de un trivial que asusta. No obstante, en otros
aspectos de justificación menos maleable quizá discurran sus vidas por
senderos llamativamente equivalentes, pues al igual que determinados
sujetos se arrogan la pretenciosa autoridad moral de defenestrar a un
animal indefenso bajo la disculpa de la inconveniencia o la falta de
utilidad, el conjunto medroso de una nación fracasada estigmatiza a sus
ciudadanos de libertad confiscada, de sangre emponzoñada por sustancias
tóxicas, y los aleja como apestados de los centros neurálgicos de la urbe,
recluyéndolos en engañosos bastiones tan guarecidos que casi resulta un
mayor escollo para el vulgo internarse en sus muros que salir de ellos, del
mismo modo que la impúdica sociedad medieval obligaba a los leprosos a
ocultarse en cuevas ácidas similares a mazmorras, portar una campanilla y
hacerla sonar al paso de personas de nobleza virginal, de ínclita imagen
pública. Y piensa de nuevo en José María, su ojito derecho a pesar de —o
acaso debido a— su aspecto ni virginal ni ínclito, ligado a la buena
señora, turista de rama en mano, la cual habría superado con matrícula el
casting de rigor para protagonizar un remake de Esmeralda la zíngara, y
en que si él, vil acreedor de treinta y nueve latigazos como responsable de
la afrenta, hubiera cometido el error insubsanable de confundirla con una
catedrática a punto de iniciar una conferencia, con una mexicana Premio
Nobel de la Paz o con Rosalía de Castro, tal vez, en lugar de haberle
regalado aquella mirada criminal de dogo argentino, se habría hecho
digno de gratitud por semejante cumplido.
«Somos las decisiones que tomamos, no la condición en que
nacimos». Reafirma sin rehuir por ello el postulado ecuánime de que, si
ante determinado dilema ético nadie desearía encontrarse en el pellejo del
otro, ¿quién, y con qué criterios decentes, osaría atribuirse el derecho a
juzgarlo?
Suelta la mochila en medio del sofá; Igor se encaja dentro como la
pieza final de un puzle; coloca con mimo los libros en el anaquel central
de la estantería; un hocico marrón aparece entre los cierres abiertos de la
cremallera; Javier se ríe en tranquila soledad, los brazos en jarra y unas
marcas húmedas —obsequio de las cintas de la mochila— estampadas en
los hombros; la mascota lo observa disimuladamente con sus iris dispares;
siente que, en parte, le devuelve la sonrisa.
15

Una mala noticia siempre lo es, por mucho que la disposición de


ánimo haya decidido recorrer por anticipado, sobre los sólidos cimientos
de la probabilísima consumación de un mal pronóstico, las turbias
cañerías que desembocan en el mar de la resignación. Sin embargo, hasta
un tierno infante de siete años sabe, tras sufrir su primer disgusto, que no
es lo mismo resignarse que asumir.
«Como nos temíamos, el resultado del Western Blot ha sido positivo».
El plural que empleó el doctor de apellido impronunciable la mañana
radiante y funesta del día anterior le pareció una inobjetable grosería, aun
sin alcanzar, obviamente, la decadencia pueril a la que se acogieron sus
revoltosas neuronas, cuya única preocupación en aquel instante prolijo
consistió en volver a recordarle que, a partir de ahora, Rosi y el menda
sólo iban a poder echar un polvo con condón. «Lo siento». Aquí no
hubiera estado mal lo del plural pues quienes más lo lamentaban, desde
luego, se hallaban sentados a este lado de la mesa, o al menos haber hecho
alarde de una insuperable franqueza no ahorrándose tacañamente al final
de la frase las dos palabras que debieron servirle de verdadero colofón:
por vosotros.
Después le llegó el turno a la retahíla de recomendaciones médicas y
profesionales de las que ya les hiciera un esbozo en su día, precedidas por
el manido intento de restarle importancia a la primicia que acababa de
endosarle como una desagradable revelación: «estás embarazada del
Espíritu Santo». «Tu puta madre». Que si el VIH es una infección crónica
controlable, pero no mortal; que si se puede llevar una vida normal
tomando medicamentos y las debidas precauciones; que si una dieta
equilibrada y una alimentación saludable; que si pruebas pautadas; que si
blablabla. Se le olvidó mencionar al galeno, eso sí, lo de la lacra social y
los terrores infundados —pero terrores, al fin y al cabo—, aunque es
presumible que lo hiciera a propósito por considerar el asunto tan sólo
una tara más a añadir a la suma de las que ya acarreaba, desde tiempos
inmemoriales, como un lastre dentro de la talega.
Rosi, apalancada en la silla de madera azul con los brazos cruzados
sobre el pecho y la vista fija en el suelo alabastrino de baldosas, demostró
la visión financiera y positivista de la realidad que le ha permitido
subsistir con la fiabilidad de una hormiga de fábula incluso a los excesos
chicharreros del cónyuge, quien la contemplaba en el culmen de la
admiración.
«¿Y esas medicinas son muy caras?». Su rictus demoledor de fatiga,
mientras se amarraba el cabello lacio en una coleta por encima de la nuca,
no manifestó menor dolor que si le acabaran de apuñalar en el hígado un
par de veces con un cuchillo Bowie.
«Son gratuitas, las pasa la seguridad social; de ese tema no tenéis que
preocuparos».
El doctor Etxeleches se comportó de manera ciertamente brillante
durante toda la consulta tanto en el uso de los plurales como en la técnica
del consuelo. El hecho de saber que estaba enfermo hasta que se
corrompieran sus huesos, pero que iba a salirle de balde le reconfortó
más que una meada a tiempo. Aunque menos ducho que su esposa en el
arte de la economía doméstica sí que acertó a reflexionar, sin hacer sujeto
de ello a la pobre concurrencia no fuera a ser que lo tomaran por un
intelectual de pro, que se chuparía dos o tres bichos a pulso si pudiera
canjearlo por la luz y el agua gratis de por vida.
«¿Y aún tienen que hacerle los análisis de sangre que nos comentó
hace tres semanas?».
Rosi continuó el interrogatorio con tal vehemencia que José María —a
quien, ayer igual que hoy, le traían al pairo las preguntas y las respuestas
obnubilado como se hallaba su hipotálamo tratando de defenderse de las
múltiples agresiones ficticias— creyó por un segundo que su mujer iba a
agarrar el flexo colocado sobre la mesa del despacho y enfocar
directamente a las pupilas del facultativo con la bombilla de sesenta vatios
a fin de extraerle una sabrosa confesión. Desconocedor de aquellas
supuestas inclinaciones contra su libertad de expresión, el médico se
ajustó a su diminuta nariz las gafas de pasta y entornó los ojos algo
confuso.
«¿Los análisis? Ah, el PCR». Tras escuchar las tres siglas que a él le
sugerían las iniciales de un reputado partido de izquierdas, contempló a
Rosi asentir con un leve movimiento de cabeza, como poseída por la
clarividencia de un ser superior omnisciente, y mecer el carrito de bebé
con una sana naturalidad, cual si ella y el facultativo hubieran asistido
juntos a varios cursos académicos en la universidad de medicina. «Sí,
claro, pero no por ahora; los empleamos durante el seguimiento de los
pacientes seropositivos».
Terminó ahí su monserga el matasanos, tras un apretón de manos
escurridizo como un pez untado en aceite y previa indicación de que
volvieran a solicitar cita en el mostrador para dentro de un par de
semanas; y desde entonces, en estas escasas veinticuatro horas
interminables y críticas le han asaltado más veces las ganas de fumarse un
chino que en los últimos seis meses al completo.
Al regresar a casa, cariacontecidos sin atreverse a decir esta boca es
mía, cuando nada más bajarse del coche recorría de manera perentoria el
sucio acerado del barrio todas y cada una de las esquinas de los decrépitos
bloques de ladrillo le parecieron propicias para estrechar lazos con
Lucifer e instalarse de nuevo en el infierno, pese a que dicha camaradería
no le saliera de gorra, con tal de que el acuerdo tácito calmara, aunque
fuera con una mínima dosis, su total reticencia a superar, por mérito
propio y a pelo, aquella nula tolerancia a la frustración. Incluso llegó a
olvidar con la veleidad de un amnésico que a su derecha, pegada a él
como la ventosa de un calamar gigante, se encontraba Rosi, empujando el
cochecito y observándole renuente, queda, imbuida por esa sabiduría
peculiar que le hace intuir con un acierto impertinente todo cuanto sucede
a su alrededor, especialmente si algún incauto pretende enmascararlo.
Pervive, de momento, con craving y aun fuerzas entecas, y ahora, de
vuelta al presente en su discreto dormitorio de matrimonio, de pie junto a
la cama demasiado estrecha y demasiado blanda sobre cuya floreada
colcha de verano cubre de ropa limpia, calzado, tabaco y otros bártulos la
bolsa de deporte que ejerce de maleta, prueba a pactar con ese mismo
demonio, del que deseaba ahíto de fervor ser socio con responsabilidad
ilimitada el día anterior, apenas una hora más de voluntad, el tiempo
imprescindible que le posibilite montarse en el autobús y guarecerse entre
los tabiques bienhechores de la comunidad en tanto pasa el chaparrón.
Quien osó equiparar lo inefable de la cárcel con ese recinto de innegables
aptitudes no ha acudido al talego ni de visita. Resuella, echa un vistazo
desencantado al armario de batiente desprendido en perfecta simetría con
la puerta del mueble del comedor, a las dos sillas enclenques
imploradoras de un tapizado del que por un período loable no serán
beneficiarias directas, al plafón desfasado que expía su resquebrajada
translucidez colgando del techo semejante a un enojoso forúnculo, y
mientras piensa martirológicamente como fruto de una absurdidad
patética que más ganancias y menos padecimientos hubiera cosechado
Rosi de haberse casado con el tonto del pueblo, cierra la cremallera del
petate y, tras una elegante rotación de muñeca sólo al alcance de algunos
privilegiados jugadores de básquet, se lo cuelga en el hombro izquierdo
para escapar de la habitación. Su esposa lo espera en el salón, hundida en
el sofá de tres plazas y abstraída dentro de los anuncios vacuos que le
brinda el folleto de publicidad de una tienda de ultramarinos; encima de la
mesa, el jarrón-cisne de formidables dimensiones, hastiado delante de la
pantalla encendida del televisor, trunca cualquier tentativa de ver el banal
coloquio de chismes de farándula impregnado de gas mostaza y cuya
corriente necedad intercede en lo tenso de la tragedia familiar con el
servicial objetivo de conciliar el caos a través del relajo. Rosi abandona
gustosamente sobre el paño de ganchillo de la mesa el catálogo con
productos de alimentación que no podrá degustar ni en varias
reencarnaciones, se gira hacia él de medio lado y efectúa un vivaracho
mohín de perrito faldero.
«¿Seguro que no quieres que te acompañe?». Vestida de calle, por si
cae la breva, con una amplia blusa color cereza y unos desgastados
pantalones vaqueros, ha lanzado la fingida vacilación con una convicción
que ya desearan para sí muchos falsos profetas.
«No, no te preocupes, quédate con el nene». Contesta reluctante,
remiso, al tiempo que se rasca la mollera con la convicción contraria y
efímera de los profetas falsarios y señala con desaprovechable apatía al
bebé que reposa plácido en la cuna, haciendo un uso práctico y haragán
del dedo índice de la mano que agarra la bolsa.
«Pero si está aquí mismo, podemos ir los tres dando un paseo».
No ceja en su anhelo de sofocar las brasas de lo evitable antes de que
prendan airadas hasta transformar el conato en una hoguera
indiscriminada de consecuencias imprevisibles. José María corrobora con
una inapropiada idiotez que en situaciones de ansiedad lo suyo no es
dominar la compleja habilidad de la diplomacia.
«Rosi, que en dos horas estoy ya en Comunidad. ¿No te fías de mí?».
Advierte que la risita casi capciosa con la que ha envuelto la última
interrogación tipo dádiva envenenada le ha resultado a su esposa tan
graciosa como un yunque candente recién asentado en la espina dorsal,
mas, no anda mermada la fémina de recursos ni ha entendido nunca de
innecesaria prudencia, por lo que no tarda en descubrir que va a salir a
hombros del brete.
«Hombre, de buenas intenciones está el infierno lleno».
José María estira los labios poniendo todo el empeño inimaginable
para conseguir irradiar una sonrisa creíble que no chirríe a impostada.
Logra la meta a medias, lo que supone en realidad un conceptuoso
eufemismo de descalabro, y parco en palabras en un reconocimiento
implícito de no saber qué decir, besa con desenvoltura la frente afligida
para a continuación replegarse ensangrentado, seccionados el rabo y las
orejas, e incapaz de sostenerle la mirada lánguida, tan porfiadamente
negada a juzgarlo.
«Me figuro que te avisarán en cuanto llegue».
Entonces calla, la mente criogenizada en standby respetando sin
ninguna apetencia el silencio incómodo que rasga el comedor de parte a
parte como un trapo viejo, introduce cansado las falanges de los dedos de
su mano derecha dentro de los estrechos bolsillos de los tejanos y,
mientras vuelve su abatida esencia hacia la salida a fin de dar término a su
apaciguadora estancia en aquel misérrimo edén, expulsa el aire con la
codicia que nunca tuvo, hasta hacer vibrar sus pulmones desde lo íntimo, y
con la desabrida desazón de marcharse a lomos de su destino igual que el
último forajido acribillado a balazos e izado exangüe sobre la grupa del
caballo por un cazarrecompensas.
Si asegurara sentirse satisfecho una vez ha cerrado la puerta y
abandonado la vivienda aplicaría al guión una resolución Deus ex machina
a la que sólo le faltaría un ángel colgado de un cordel materializándose en
la escena desde bambalinas y limpiando todos los pecados, mortales y
veniales, a golpe de hisopo. Pero no se le muestra su dolor como un
adecuado facsímil diegético, sino puro realismo, avocado por virtud o por
defecto a un final infeliz. Quizá este chute de materialidad, bastante más
insidioso de lo que pudiera ser un gramo de jaco, sea la causa exógena
por la cual enfrenta las antihigiénicas escaleras del bloque abarrotado de
cinismo y volubilidad distribuidos deficientemente al treinta y al setenta
por ciento.
Puro realismo, materialidad insidiosa. José María, más allá de su
pésima u óptima actitud de pobre decente, en el colmo de la avaricia es
toxicómano, ex-presidiario y vive en un gueto: un auténtico obelisco
erigido a la exclusión social. Ni ese querubín suspendido de una cuerda se
creería con la potestad de absolverlo aun si dispusiera en su aspersorio de
tanta agua bendita como para batir en retirada a un millar de vampiros, y
cuando asoma su rostro marchito a través de la puerta de la verja
desconchada del portal para intentar, con resabiado pundonor, recorrer la
acera del barrio camino de la estación, arrecia sobre su inútil compunción
un ciclón tropical de debilidad que convierte los cien metros lisos que lo
separan de la hipotética liberación en una carrera de obstáculos: el
primero, aunque quizá el más anecdótico, la esquina próxima, a cuatro
metros escasos, donde tres pavos de juventud insensata se hacen un chino;
luego el cochambroso quiosco de prensa, abierto por última vez en la
época de La Codorniz, y fructíferamente transmutado hace un par de
décadas en punto de venta con la aquiescencia de los maderos,
consagrados de costumbre a operaciones de mayor relevancia política que
la de enchironar a cuatro camellos de poca monta; y en la recta final como
cima de la resistencia, justo al otro extremo de los soportales de la
manzana y a la altura del paso de peatones sin semáforo ni señal de
advertencia que se precie, pasar de largo frente a la taberna, en la que
varios de sus conspicuos colegas, anclados a la barra con la obstinación
de un barco encallado para no verse arramblados por la marea de la
abstinencia, competirían al menos hasta la primera sangre con tal de ser el
encargado de reconducirlo a la senda manida del descarrío.
«...Eres libre». Barrunta desde la inaprensible fe hecha credo por otra
conciencia. Empieza a sentir entonces, igual que un vértigo caliginoso,
subirle de pies a cabeza los sudores fríos que preceden a una lipotimia y,
bien dispuesto a salvaguardar su propio desplome, deja caer la bolsa de
deporte en el escalón impasible del portal antes de limpiarse con el dorso
de la mano diestra la saliva peguntosa de la comisura de los labios y
ponerse a escoger, como quien recopila poemas para una antología a la
que nadie otorgará el plácet, entre retomar los escalones en dirección
ascendente para, en una cesión unilateral y perpetua a la debilidad sin
posibilidad de arrepentimiento, pedir apoyo moral y físico a la persona
que, con toda probabilidad, aún estará esperándolo vestida de calle, de pie
en el salón por si cae otra vez la breva; o tirar de orgullo fallido, de
masculinidad histriónica, de seguridad artificial, caiga quien caiga, y
vender su alma al diablo de manera concluyente en lugar de entrar en
regateos de una hora que sólo alcancen a retardar lo irremediable.
«Joder, ni un puto gorrión posao en la rama de un árbol es libre».
No acierta a descubrir verazmente si en su planteamiento interno
subyace una justificación o si responde a una avezada fundamentación
existencialista, pero el caso es que se frota el cogote con destemplanza,
vuelve a colgarse la bolsa encima del hombro izquierdo y, en tanto se
despereza cual si acabara de despertarse y tuviera toda la vida por delante,
decide.
16

«Me piro».
Las ocho horas de una noche casi de vigilia, proscrito como un
infectado de Ébola en una microhabitación aislada del resto de
dormitorios de la comunidad y mezquinamente aderezada con una cama
de uno ochenta, una silla medio bailarina y una mesa circular de poco más
de un metro de diámetro, dan para mucho. Incluso habría de añadirse a
dicho lapso de tiempo las cinco horas transcurridas dentro del cuarto
desde que diera positivo en el control de orina hasta que sonara el toque
de queda; aunque es de rigor reconocer que ese primer tercio de su
involuntaria y pagana inclaustración, mediatizado sucesivamente por el
desamparo, la irritación y la impotencia, ha constituido un desperdicio de
la magnitud de un caramelo a repartir entre doscientos cincuenta y tres mil
niños.
La fase de desamparo dio inicio a las seis menos cuarto de la tarde del
día anterior; lo sabe con tamaña precisión porque el momento en el que
Javier, embargado por una embarazosa seriedad desagradablemente
sospechosa, lo llamara al despacho y a él comenzaran de súbito a
temblarle las piernas coincidió con la hora exacta de entrada al comedor
para tomar la merienda. Paco acababa de bajar la bandera y largarse a su
casa, por lo que resultaba paladino que el espeso marrón iba a tener que
comérselo su compañero de turno como único comensal.
«Siéntate, anda», le dijo en un suspiro lánguido y pesaroso; y le hizo
caso, vaya que sí, agarró la silla por el respaldo, la giró nervioso y tomó
asiento sin dejar de mirar, con una más que apreciable indiscreción, el
bote con la prueba que se hallaba impertérrito sobre la mesa, extraño al
infortunio, y en una de cuyas bandas frontales podía distinguirse con
increíble transparencia una sola línea, ingrata, desaprensiva, donde
debieran contemplarse dos. Su reacción inmediata, como fiel principio de
la desprotección y primera etapa de un duelo a estrenar, fue negarlo todo y
perjurar, invocando para ello a una letanía de santos que ni siquiera sabía
si estaban acreditados.
Ahí tuvo su germen la segunda fase, la de la irritación, al menos en
parte, pues hubo de convivir durante varias horas con la del desamparo sin
que lograra definir el portador de ambas cual de ellas ejerció su
predominio. Le hizo repetir el control una vez venidas abajo sus
rebuscadas evasivas iniciales y, gracias a que las situaciones de estrés
poseen la encomiable cualidad de rellenar la vejiga con prodigiosa
rapidez, tardó un suspiro en llevar a cabo la faena que, en primera
instancia, había pospuesto diligentemente buena parte del día. Pero suele
ser contraproducente que los milagros existan, por lo que se encontró de
repente, como si aquella nueva y solitaria raya azulona fuera en verdad
una abofeteadora sorpresa, con el deber de asumir la responsabilidad de
sus actos.
«Anda, por ahora pasa a tiempo fuera y mañana ya valoramos con más
calma cómo enfocamos esto», le sintetizó lacónico e incluso le dio la
impresión de que la propuesta había sido consensuada entre los dos. No es
que pensara que entró en la habitación feliz y hasta cordialmente
agradecido, pero más allá de que, en aquel instante, erupcionara de su
adentro de idéntica manera a la lava una incordiante irascibilidad y entrara
de lleno en la fase dos, supo de su derrota, o quizá más bien de su pastosa
percepción de fracaso, y toda aquella inabordable fusión abandono-ira que
se apropiara de su ser igual que un enérgico usurpador se vio obligada a
congeniar con la impotencia a lo largo de toda la noche, ya que, tal y
como acostumbra a suceder en casos similares, fue quien domeñó a las
demás en la ocasión oportuna, en un magistral ejercicio de supervivencia.
Lo cierto, en definitiva, es que, con la compañía exclusiva en el
interior de aquel cuartucho de apenas cinco metros cuadrados de una
perseverante avispa —la cual, dando trompazos contra la tela mosquitera
que cubre el vano abierto de la ventana, pugna aún por abandonarlo a su
suerte y dejarlo en plena soledad—, más el soporte logístico de un
bolígrafo a estrenar y varios folios de papel sobre los que ha ido
plasmando de manera asistemática y aun menos tendente a la lógica su
devanado de sesos tras la flamante recaída, aquellas dos palabras que le
han venido a la mente, igual que si fuera a marcharse abúlico de una
discoteca, cuando Paco asoma la espléndida cabeza de papada prominente
para preocuparse de su estado anímico le resultan inviables de superar en
su estolidez. El monitor pone cara de haber sido pillado en un renuncio,
regruñe tipo cánido que defiende un botín y tira de oficio con absorbente
serenidad.
«Lo que ha pasado entraba dentro de las posibilidades». Se encoge de
hombros, tuerce la boca en un gesto displicente y para rematar su sensual
aparición se refriega la tripa como un orangután por encima de su polo
azul celeste. «Es normal».
Efectivamente, la noción de normalidad es de lo más relativa, pues la
distancia que separa tal apreciación de su autoconcepción, la cual podría
asemejarse con soberana rotundidad a una boñiga de vaca, se le hace más
corta que una línea geodésica. Apoltronado en la silla rústica de madera
junto a la pequeña mesa camilla donde reposa la bandeja con las sobras
del desayuno, hunde el rostro entre las manos extendidas y confiesa su
fétida atrición, áridamente, sin derramamiento de sangre ni de llanto.
«Soy un mierda».
«Dime algo que no sepa». Se troncha Paco, dando pábulo a la idea
suscrita de que el desastre interestelar que, a ojos de su autor material, ha
tenido lugar como un choque de nebulosas al conductor multiusos le
parece una fruslería. No le viene mal la distensión, aunque sea a consta de
su vilipendiada dignidad, y tal vez pueda serle eficaz para afrontar, con
algo más de compostura, la siguiente pregunta del test de inteligencia
ejecutiva. «¿Estás seguro? No de que seas un mierda, que eso está claro, si
no de que te quieres marchar».
Se levanta del asiento, la mirada húmeda, el semblante agitado, y se le
ocurre, no se explica a cuento de qué, si bien podría hacer referencia a una
confianza poco explorada, dirimir la controversia con uno de sus
inenarrables cambios de tercio.
«¿Ya se ha ido Javi?».
Paco mueve la cerviz pesadamente de arriba a abajo provocando con
su afirmación un nuevo Big Bang cósmico.
«¿Y se va sin decir nada?».
Su angustiado clamor estimula el ácido sentido del humor del tipo
plantado delante de la puerta.
«Sí, hombre, ¿cómo no? En el cambio de turno ha propuesto sacarte a
hombros para la hora de la comida». Tantea con manos fuertes el exterior
de los bolsillos de su pantalón vaquero, milimétricamente ajustado por
debajo de la panza turgente, y saca a continuación del izquierdo un sobre
apaisado que le acerca alargando el brazo. «Me ha dado esto para ti».
«¿Y qué dice?».
No es la pretensión del chico evitar una alharaca de entero gozo
cuando trata de alcanzar la misiva, pero lo impide Paco, con su habitual
aire divertido y retórico, mientras examina con teatral detenimiento la
carta por ambos lados antes de ponérsela delante de la cara.
«¿Tú ves que ponga mi nombre por algún sitio? Es para ti, anda,
aunque tampoco es que me haya enterado mucho de la palabreja que te ha
puesto fuera, la verdad».
Entorna los ojos, desvanecidos y negados a la visión tras una noche
aciaga, y se frota los párpados con la primera falange del dedo índice
derecho al tiempo que agarra el sobre con la mano libre y lo sostiene a
una distancia prudencial. Se le abren entonces los globos oculares de
forma desorbitada y asiente risueño.
«Gracias por todo, Paco». Suena a despedida, especialmente el abrazo
subsiguiente que le planta y que el conductor multiusos no rechaza en
ninguno de sus términos. «Bueno, por todo menos por este castigo».
«No es un castigo, lo sabes de sobra, ahora mismo eres un amasijo de
negatividad y no puedes estar con el resto del grupo. Es protección, como
cuando te dije el primer día que te pusieras el cinturón de seguridad».
Desalentado, suelta el sobre en la mesa, encima de las desordenadas
notas similares a garabatos que ha estado escribiendo sin orden ni
concierto a lo largo de las últimas horas. Ilegibles algunas en virtud de un
pulso trémulo, incomprensibles otras a causa de una mente embotada y
dispersa; sólo un par de dibujos en los márgenes de la hoja que muestran
con holgura su tosquedad en el arte de la pluma y que le sirvieron de
distracción en mitad del tormento otorgan un poco de identidad a aquel
conjunto incognoscible.
«Y me largaste también lo de la voluntad...».
Siempre es horrible la tristeza, mas cuando brota de las entrañas
embadurnada de merecimiento su aceptación se torna tan irrespirable
como la superficie de Júpiter. A la adversidad que le surge al afectado sin
colaborar con ella, ora como una nefasta e insólita alianza en su contra
orquestada por todos los astros y divinidades ora como consecuencia del
restringido libre albedrío practicado con general descuido por parte de
los individuos que le rodean y que ejerce sobre él determinada influencia,
no es disparate llamarla fatalidad; sin embargo, la calamidad fruto de
elecciones personales desafortunadas es una cruz opresora que no redime
ni entregando su espíritu en el Gólgota cada hora nona.
Opta por pedir consejo al Maneki-neko, pues su imagen zoomórfica si
acaso habría de integrarse en esa perversa alianza deífica tan inexistente
en el contexto actual, y discurre que incluso la usual aleatoriedad que
envuelve al gato japonés se le hace menos indigesta y le concede
expectativas mayores que el propio dictamen. Permanece estático el felino,
con un recelo que no le caracteriza y que proviniendo de unas patas
móviles generalmente cargadas de desinteresada generosidad huele a
ofensa y a fracaso.
«Voluntad me falta, Paco». Apostilla en un susurro mientras curiosea a
través de la ventana. «Si tengo que sufrir mejor mañana que hoy, porque
no encuentro ni una puñetera excusa para quedarme».
«Piénsatelo bien, en serio. Protégete». Y lo observa, quizá arrobado
por una irreductible compasión, antes de cerrar la puerta tras de sí, con
tanta vacilación que parece haber admitido la pérdida.

Cuando se queda solo se sienta con tiento en la silla inestable, toma de


nuevo el sobre y, marcadamente hundido en el océano de una fangosa
desidia de la que no podrá salvarlo ni el velo mágico de Leucótea, vuelve
a leer la palabra escrita en el anverso. Una lágrima correosa aflora
haciéndose eco de su dolor intestino, mas no valora la circunstancia como
propicia para ceder a la debilidad y, una vez desbaratado su cauce salado
con el dorso de la mano, abre la solapa y extrae un folio impoluto,
plegado en tres partes y en cuyo extremo superior izquierdo pueden leerse
dos frases manuscritas que intentan, igual que antaño la nereida,
transgredir los deseos y la ira del dios de los océanos.

Acabas de cagar el grano de café.


Ahora decides tú.
17

De manera análoga a los malos augurios, una buena noticia siempre lo


seguirá siendo por más que el factor sorpresa haya desaparecido de la
ecuación como un algoritmo invisible y resulte del todo imposible
mantener en ascuas al interesado hasta el segundo previo de consumarse la
bienaventurada revelación. Aquello que reporta felicidad atesora el don de
regalarla antes, durante y después.
A dos porciones se encuentra de liquidar, haciendo un uso
medianamente perfectible de los preceptivos cuchillo y tenedor, la tajada
de sandía dimensión descoyuntamandíbulas que, apenas un minuto antes,
sobresalía a ambos lados del plato, semejante a una góndola con
capacidad de acoger en su seno a Gargantúa y demás familia, cuando los
aplausos anárquicos desbaratan la distendida charla que estaba teniendo
lugar dentro del comedor en una escala más elevada de lo supuestamente
admisible según las normas de Comunidad. Con la vista adherida al postre
y la garganta añusgada por un trozo de fruta en exceso filantrópico para
su úvula, no repara en que los pinches, uniformados con gorra y delantal a
cuadros blanquiazules, han asomado su imagen alegre por la entrada de la
cocina, como si del anuncio del nacimiento de un bebé se tratase,
sosteniendo entre los brazos la también preceptiva tarta rectangular sabor
crema catalana o nata y chocolate. Un alta terapéutica con todas las de la
ley, sin jerigonzas ni mano izquierda y que dispensa incluso al desalmado
el privilegio de hacer tabula rasa, obtiene de facto la aclamación popular
a partir de las palmas más venerables y resueltamente renuentes a
préstamos inicuos: aquellos que conocen con ilustrada praxis —inclusive
quienes mantuvieron con él enconadas discordias y acres enfrentamientos
no necesariamente zanjados de forma conveniente para ambas partes—
que sólo se muestra asequible para unos pocos visionarios llegar a
comerse el pastel. A lo largo de los seis meses, dos días, tres horas y...
cuarenta y siete segundos —según marca su reloj Casio de serie— que ha
logrado persistir en el programa terapéutico, más allá de unos hilarantes
cambios de humor tan contumaces que se dirían asociados a un trastorno
bipolar, se ha visto constreñido a vivir siete u ocho abandonos de diferente
hechura, algunos de ellos a semanas si no a días de concluir el proceso, y
de entre todos el más lacerante, ocurrido hace dos meses escasos, y que, a
día de hoy, todavía consigue hacerle subir la bilis desde el hígado hasta la
laringe. «Joder, qué habrá sío de ti». Mas, de improviso, como temeroso
de arruinarse a sí mismo la venturosa jornada raptado por aquella
apasionada saudade, inspecciona la enorme tarta que le han colocado
delante a menos de tres dedos de gnomo del plato recién apurado y
comprueba para su completa satisfacción que le ha tocado el turno a la de
nata y chocolate, su predilecta; retira el servicio con una gran dosis de
jugos gástricos removiéndole el estómago y, después de obsequiar a su
familia con una embrionaria sonrisa de especial significación que le es
devuelta robustecida por una fe casi olvidada, hace circular una mirada
conmovida, en una especie de rápida ronda, alrededor de la luenga mesa
pletórica de compañeros los cuales, al tiempo que prosiguen
voluntariosos con sus memorables y descompasados vítores, posan sus
rostros en él. Le veta la perspectiva un sol celoso de mayor protagonismo
que, como un suplicio a deshora tras haber rebasado ya el equinoccio de
otoño, arroja su deslumbrante poder a través de las amplias ventanas de
cortinas descorridas e ilumina cada ángulo de la estancia, imperturbable
aunque contingentemente asediado, en un día donde el brillo corresponde
a otro, por el inmenso temor de una luciérnaga que se avergüenza, al alba,
de ser un simple escarabajo.
Amusga los ojos, extiende el canto de la mano izquierda sobre las
cejas y en un hilo de voz tan recatado que no acertarían a escuchar sus
propios dientes, expone a la persona que se halla a su derecha una
intuición nada metafórica que sea capaz de empapar toda su cutícula de
comedimiento y cordura a la hora inminente del discurso de despedida.
«No estoy preparao, Javi».
«Es bueno que lo pienses, así no te despistas; lo de menos es que sea o
no verdad». La contestación surge de similar forma, como la de un
ventrílocuo, insuflando aire por la comisura de los labios, forzando un
rictus de analgesia y sin modificar un ápice la tarea que las palmas de las
manos ejecutan la una contra la otra con un vigor tan espeluznante que
podría hacerlas arder. «Que no lo es».
Remiten poco a poco los aplausos, como si fueran fruto de un
ensayado compás, le hace entrega uno de los pinches del lustroso cuchillo
chef con mango de madera para hacer los honores y, sin dar ocasión a que
lo apremien, se yergue de la silla, arrastrándola hacia atrás sobre el suelo
de gres con las fosas poplíteas y recibiendo por ello la reprimenda del
educador. Habida cuenta de que la geometría tampoco es su fuerte, ha de
sufrir desde un silencio anuente las despabiladas burlas acerca del tamaño
dispar de los cortes, raciones y figuras con los que ha adornado
contundentemente la tarta como quien busca un tesoro en medio de las
capas de bizcocho hasta transformarla en un antiestético sembrado de
triángulos, cubos, trapecios y pentágonos. En ese instante insalvable le
colocan al lado de la bandeja donde ha perpetrado la matanza una torre de
relucientes platos de postre a la espera del dulce manjar y no tarda en
apreciar que lo arduo consistirá en repartir tal desaguisado sin levantar
protestas ni ampollas. Se amputaría fervorosamente el dedo gordo con el
cuchillo que ahora mismo empuña a cambio de que alguien, henchido de
inconsciente prodigalidad, lo sustituyera en el honroso —y oneroso—
puesto que ocupa.
Conducido por el portentoso arte de la necesidad, de la cual ha
logrado hacer esta vez salubre virtud, en minuto y medio da cumplida
sentencia a la distribución fingiendo con un talento idénticamente
portentoso ante los silbidos animosos del resto de comensales la
penetrante sordera de un camaleón. Mientras inflan mofletes y tragan
voraces haciendo ostentación de la estimable tendencia por el azúcar de
los adictos a los opiáceos, toma la palabra Javier tras efectuar una triada
de repetidos y cortos carraspeos similares al motor gripado de un Vespino
que se niega a arrancar, sea para aclarar la voz o para rogar silencio
llevado por su común sutileza, le rodea los hombros enjutos con el brazo
izquierdo y, con la evidente voluntad de no robarle al héroe del día ni una
milésima, se dirige escueto al grupo.
«Bueno, pues para no romper la norma, si os parece podemos ir dando
paso a Pepe que estará deseando compartir algo con el grupo antes de
largarse y dejarnos con un palmo de narices».
Con la boca acorchada y el paladar sin un milímetro cúbico de saliva,
Pepe cree haber engullido de un tirón un bollo de pan que no sería
apropiado ni para hacer gazpacho y sus ojos azul claro se convierten en
dos rayas horizontales de imperceptible grosor trazadas a ambos lados de
su achatada nariz de boxeador. Mas, aunque siente menguada su audacia
gracias a los semblantes expectantes que cercan la mesa igual que un
jurado antes de emitir el veredicto y que colapsan su encéfalo con torpes
titubeos, en un segundo de perdurable grandeza se introduce en la piel de
Astérix el galo, pantagruélicamente atiborrado de poción mágica, y decide
comenzar su inexcusable alegato final a ultranza, como guiado por la
legendaria misión de mantener a su aldea a salvo de las legiones romanas.
No obstante, la alocución es sumamente somera.
«Algunos me conocéis ya de sobra, y toós sabéis la vida que he llevao
por las cosas que hemos compartío en las terapias de grupo. Muchas
burradas hasta me da vergüenza de decirlas». Articula esta última frase sin
atreverse a izar ni un tanto la cabeza, rendido de un profundo encanto
hacia su esposa quien, sentada a su vera con el bebé dormido en el regazo,
asiente. «Si yo he podío, lo puede hacer cualquiera. La cuestión es querer,
saber que hay más motivos pa' dejar la mala vida que pa' seguir haciendo
el burro». Y en una secuenciación de montaje típica de un videoclip toma y
expulsa aire, agarra la cuchara que hacía girar encima de los dedos índice
y pulgar de su mano diestra igual que lo haría una majorette con su bastón
de Twirling, se introduce porfiadamente en el buche un trozo indiscreto de
tarta, lo deglute como un pavo que va a ser sacrificado la próxima
nochebuena, eructa una vez colocado con esmero el puño sobre sus labios
resecos y, enfocando la vista al tipo donante de pelo que aún lo abraza sin
el menor rubor, salda la deuda repleto de justa generosidad. «Y gracias a
toós, de verdad, sobre toó a ti, Javi, ni de coña podría haberlo hecho solo».
Surge un amago de aplauso de parte de algunos, los de más amplio
recorrido en Comunidad y que se encuentran por tanto aptos para hacer
suyas las causas que, en un tiempo remoto, llevaran de manera elocuente a
los ancianos a ser los primeros en renunciar a lapidar a una mujer
sorprendida en flagrante adulterio. Finalmente, sin verse obligados
ninguno de los veteranos a solicitar la venia, rugen en salva tipo
indeliberado panegírico y, así como sucediera en la perícopa, incluso el
chico de ojos timoratos y cara de embobado que pasara antes de ayer a
formar parte del grupo —y al que aún le temblequea de cuando en cuando
el cuerpo y tiene que permanecer varias horas en la cama tapado hasta la
testa debido al síndrome de abstinencia— acaba por participar del elogio
colectivo, previsiblemente más cohibido que fascinado. Pero, como suele
resultar cierta aquella máxima según la cual el temor provoca en el
individuo una mejor actitud que el convencimiento, la fogosidad in
crescendo que alcanza el novato es tan apoteósica que Pepe duda por un
momento quien de los dos se marcha en breve con el alta terapéutica bajo
el brazo, y antes de que al estafermo le dé por empezar a hacer la ola, el
educador, a imagen de un hipnotizador capaz de evitar con un gesto
estudiado o una palabra clave males irreversibles o ridículos espantosos,
da un par de palmadas secas y firmes cuyo sonido se alza compacto sobre
el tono monocorde de los aplausos y despierta al auditorio del éxtasis con
tal consistencia que hubiera transfigurado en vulgar mundanidad el
misticismo de San Juan de la Cruz.
«Marchando, gente, cada uno a su faena, y ya os vais despidiendo de
Pepe luego, antes de que entréis en las actividades».
Y de inmediato, el conjunto parcialmente ordenado se somete a la
turba cuyos componentes, mal dispuestos en una fila anárquica que
aparenta la gráfica de un electrocardiograma, aguardan para colocar
metódicamente sobre la consola su servicio de mesa: los cubiertos boca
abajo y según categoría (cuchara, cuchillo y tenedor) en cada uno de los
recipientes cuadrados de acero inoxidable habilitados a tal efecto, los
vasos y los platos tipo atalaya en la bandeja descascarillada de madera
situada a la izquierda y las servilletas junto con los desperdicios del
almuerzo en el barreño de plástico azul verdoso y horrendos motivos
florales estampados en blanco que se halla en el extremo opuesto de la
mesita auxiliar; y a continuación, en tanto la mayoría abandona el
comedor enfrascada en charloteos entremezclados, los responsables y
ayudantes se aplican en cumplir de manera escrupulosa con las respectivas
encomiendas: recoger y adecentar la sala como si esa misma tarde fuera a
merendar un inspector de sanidad, o fregar la vajilla y demás aperos y
dejar la cocina más inmaculada que la errátil concepción de la madre de
Dios.
Pepe, exento de faena, se levanta abrumado por una pesadumbre
ausente de grandilocuencia, besa a su mujer en los labios con profusa
espontaneidad mientras, agitando los dedos delante de la carita sonrosada
de su hijo lo deleita con una tierna carantoña y, después de acomodarse en
una pose sosegada al lado de Javier igual que una sombra imprudente, se
cruza de brazos sin negarse el derecho a mostrar una medida impaciencia.
«¿Y tú no me vas a decir na?».
Por toda respuesta y sin parar de reír con la socarronería de Lindo
Pulgoso, el tutor se introduce la mano en el bolsillo trasero del pantalón
de tela descolorida, extrae un sobre apaisado y se lo ofrece morosamente.
«Por esta vez, y sin que sirva de precedente, será mejor que sea otro el
que te diga algunas cosas».
Pepe, arrugando el entrecejo y frotándose con la yema de los dedos
índice y pulgar el hélix de la oreja izquierda, toma la carta intrigado, más
aún cuando detiene una mirada confusa en la corta grafía del anverso.
«Pero... si esta es tu letra, ¿no?».
«Vaya, el tipo ese que te decía; era tan vago que decidió ponerte unas
letrillas dentro del mismo envoltorio en el que yo le puse a él otras
cuantas para ver si podía convencerlo de que se quedara». Se entristece de
pronto y parecen aplomarse sus párpados como bolsas laxas encima de
los marcados pómulos. «No fui lo bastante testarudo».
«Seguro que eso no fue, porque pesao eres a reventar». Habla sin dejar
de examinar como un sabueso el sobre abierto, revisa por tercera o cuarta
vez la palabra escrita donde debería poner el nombre del destinatario y
musita a media voz. «Mis... mus... mushasho. ¿Muchacho?».
Javier lo observa con un conmovedor centelleo en las pupilas, mitad
cómico mitad emotivo, y con un ademán inquieto lo impulsa a no
demorarse más y librarse de sus cuitas. El bebé, potencialmente más
hambriento que eufórico, da cobertura a un llanto enérgico y Rosi se
retira unos pasos de la escena al tiempo que lo acuna entre los brazos.
«Si no lo vas a abrir me lo quedo».
Con dedos nerviosos da la vuelta a la misiva, despliega la solapa e
inicia la lectura del folio escrito por ambas caras con una letra puntillosa,
mecánica, casi de imprenta y que no le cuesta reconocer desde la primera
mayúscula.

Bueno, chico, si estás leyendo esto es porque se han


dado dos circunstancias la mar de complicadas, sobre
todo la primera:
1. Porque te han entregado la carta saltándose las
normas (¡aaahhhhhhhhhhh!).

Desconcertado como si hubiera sido cazado en una falta de


comprometida transigencia, sobresale dentro de su espíritu una especie de
ingrávida gratitud que no se halla en disposición de comprender si lo que
tiene entre manos es producto de su imaginación o de una enajenación
mental transitoria del equipo técnico en su conjunto. Enseña el contenido a
Javier y pregunta con la perplejidad de un pobre que acaba de encontrar
tirado en el suelo un cheque regalo de cinco cifras.
«¿La habéis leío?».
«Me cago en... Si al final vas a conseguir que diga una burrada y todo».
Se contiene dificultosamente ante su risita irónica. «Pues claro que la he
leído, y tu compañero sabía que iba a hacerlo, se la dejó a Paco a mi
nombre antes de irse». Enfatiza el singular de la primera frase previo a
compartirle una explicación razonada. «Sabes que no os conviene a
ninguno poneros en contacto cuando salís del programa, pero la carta no
tiene nada de negativo, sino todo lo contrario».
«¿Pu... puedo leerla aquí?».
El educador se aviene complacido y Pepe tan sólo aguarda el visto
bueno de su mujer, quien sigue meciendo con minuciosa cadencia al
lactante, todavía reacio al descanso y que busca teta como un obseso. Rosi
saca de debajo del cochecito el neceser azul con corazones, chista al
retoño diestramente con la lengua y solicita asilo temporal en alguna de
las habitaciones.
«Ve, anda; yo necesitaría también algún sitio para darle los potitos a
Cristian y cambiarle el pañal».
Javier les invita a acompañarlo y, tras salir del comedor a un ritmo
pausado —de manera particular Pepe absolutamente consciente de que, a
menos que vuelva a acaecer la tragedia y su vida se precipite de nuevo en
picado hacia el abismo, es la última vez que las marcas de sus zapatos
hollarán el suelo de gres—, cierra el puño a la altura de los hombros y
extiende en horizontal las falanges de los dedos índice y pulgar dando a
entender a varios chicos que permanecen instalados junto al botiquín para
la dispensa de la medicación bajo la grata sombra de uno de los pinos
piñoneros que han de trabajarse la paciencia acaso un par de minutos más.
Supeditado al luctuoso mutismo de las despedidas impuestas atraviesa el
trío la puerta añil de madera que conduce al hall de entrada en donde se
separan sus caminos y, mientras el educador de pelo ralo se encamina con
la mujer y el crío al amplio aseo de la derecha preparado de manera
meticulosa para las visitas, él gira hacia la izquierda, entra en la pequeña
biblioteca alhajada con vitrinas y muebles rústicos y, una vez encajada en
el marco la puerta oblonga, toma asiento en una de las sillas estilo
colonial tapizadas en rojo para dar curso a la lectura del impensado
mensaje con la apacibilidad que requiere tan beatífica comunicación.

Bueno, chico, si estás leyendo


Repasa la escritura de corrido y en diagonal, deteniéndose en un par de
vocablos de cada siete u ocho circunstancias la mar de complicadas hasta
que llega, impulsivo y excitado, a la última frase reconocida
1. Porque te han entregado la carta saltándose las
normas (¡aaahhhhhhhhhhh!).
Para seguir con la carta sin tregua, con la atragantante voracidad de un
tiburón tigre.

2. Porque todo ha salido de puta madre (sí, ya sé que


no es lo más apropiado y puede que hasta tachen estas
dos palabrejas, pero la ocasión bien que lo merece) y ha
llegado por fin el día en el que te piras de Comunidad
con la cabeza bien alta. Yo, por desgracia, no puedo decir
lo mismo.
Tengo claro que de siempre he sido de los del
ibuprofeno para todo, en cuanto me dolía una uña. Ya
sabes a lo que me refiero, como muchos de los
compañeros que han ido pasando por aquí aunque me haya
hasta aburrido de meterme con ellos, seguramente porque
reflejaban mis propias miserias. Así nos va, claro, pero tú
eres de otra estofa, llevas el ibuprofeno de serie,
inyectado en vena y por eso no se te va por más mierda
que te hayas metido.
Siento tu posible decepción con el que suscribe (es
decir yo, para que no quepan dudas), aunque
conociéndote será más tristeza que otra cosa y espero
que se te haya pasado ya en este mesecito y algo, pero
no le des demasiadas vueltas, fuiste un excelente guía,
el problema es que mi materia prima es regular. Así a
bote pronto fíjate las cosas que he ido pensando en
estos dos meses y algo y de las que he sido más
consciente después de las horas que me acabo de tirar
en T.F. escribiendo y dándole vueltas al tarro, por más
veces que me hayas estado tirando tú antes de las
orejas:
- Falta de voluntad, cuyo máximo exponente, desde
luego, es pirarme para no pasarlo mal, aunque con esto de
la comodidad ya hiciera mis pinitos desde el primer día
poniendo pegas a lo de hacer deporte. Es verdad que en
este último mes hasta le he dado vueltas al campo y todo,
pero a mi ritmo, eso sí, que cuando termináis todos
todavía estoy yo arrancando.
- Nula tolerancia a la frustración. También el ejemplo
viviente es largarme, claro, sin pensar mucho ni en mis
padres, ni en Paqui... Como supongo que me van a
perdonar... Lo peor va a ser lo de perdonarse uno, pero
con echarle la culpa a otro creo que me va a valer.
- Mala actitud con los compañeros y con el equipo. Lo
de Juanma no tiene nombre, pero la chulería, a veces más
por dentro que por fuera, que he tenido muchas veces
en los grupos como si la cosa no fuera conmigo... Criticaba
yo a mi madre por su clasismo y ahora resulta que soy
igual. Patético.
O ver esto como una cárcel, si es que hay que ser
memo.

Sé que estarás pensando que estos 'defectillos' tan


majos los tenemos todos los que nos dedicamos a la
cagada sin par del consumo, y tendrías más razón que un
santo, pero hay categorías y categorías. Lo del
ibuprofeno, ya te digo, y no saber valorar las
oportunidades que te ha ido dando la vida, sin haber
tenido que pasarlo tan mal como otros, tú mismamente, y
llegando a la ridícula conclusión de que uno se merece
hasta la luna por su cara bonita. No haber tenido la
categoría de un mishasho, vamos.
Sí, sí, ya sé que estarás pensando que qué leches es
eso del mishasho, porque lo mismo ni has sido capaz de
leerlo bien en el sobre; mejor que te lo explique Javi, que
se le dan mejor esas vainas que a un pringadete listillo
como yo. Pero el resumen es que has tenido que tragar
mucha mierda, Pepe, no aquí (¡si hubiera sido sólo eso!)
sino antes de entrar, y resulta que eso no te ha hecho
peor persona. Por eso ha llegado el día de hoy.

Esto es todo, amigo (espero que tampoco tachen


esto), deseo de todo corazón que no nos volvamos a ver
en la puta vida (ni esto), sería la mejor señal, sobre todo
para ti. Y gracias, inmensas e incalculables, especialmente
por la cantidad de cosas que ni sabes que has hecho.

Diego

Tanta aplicación ha mostrado Pepe de cabo a rabo en la lectura de la


carta que tras concluir las dos últimas clausulas, como quien apura con
canónica voluntad un dulce veneno de utópico desistimiento aunque
desgarre por dentro cada órgano vital, y comprobar la ansiada rúbrica
apenas acierta a descifrar de qué caprichoso bolígrafo provienen las
acuosas manchas de tinta que emborronan sin orden, semejantes a malos
escribientes de instrucción forzosa, los párrafos finales del texto. Sorbe
entonces por las fosas nasales, maquinalmente, ayudándose de los nudillos
de la mano izquierda, y cuando los siente inundarse de lágrimas que se
desparraman inconsolables hasta su muñeca huesuda descubre que
aquellas gotas crasas, aún húmedas, no se hallaban hace dos minutos sobre
el papel, y que las acaba de colocar él sin darse cuenta, ausente de valía,
mas con un agrado íntimo, igual que todo lo que en la existencia cobra
auténtico sentido.
18

«¡Ajos, señora! ¡Ajos de la comarca a un euro la bolsita! ¿No quiere


una?».
La señora bien vestida y repintada tipo Pepona ha pasado de largo,
quisquillosa y con una mirada esquiva de autosuficiencia. Pumuki sonríe
mientras escucha difuminarse por la acera, como en el tic-tac de un reloj
de manecilla, el trajín marchito de los tacones. El fondo de su sonrisa es
limpio y feo y allá donde varios empastes no camuflan huecos oscuros
exhiben aún sus encías un par de dientes picados y destruidos después de
tantos años de consumo de heroína. Delgado a colmo, cara de hastío, el
pelo canela alborotado en bucles y en la mano varias bolsitas de plástico
transparente con seis o siete cabezas rojas de ajos cada una más un saco
lleno hasta el borde oculto en el maletero del Talbot Horizon, trata de
amarrar su sustento de forma tan ilegal como honesta confiado a los
estériles bulbos haciendo guardia a las puertas automáticas del
supermercado desde las nueve de la mañana. Sus pupilas, francas y
vivaces, miran sin rencor desde lo subterráneo del mundo.
Ronda la zona un coche patrulla de la policía local, probablemente
advertida por los empleados del establecimiento de la presencia del
vendedor intruso, con sendos agentes luciendo sus torsos uniformados a
través de las ventanillas bajadas del vehículo, obcecados en la pulcra
restauración del orden lícito más allá de subjetivas valoraciones acerca de
la justicia o de la necesidad, y cargando de hostilidad y encubrimiento su
irrenunciable negocio clandestino. Llaman al ángelus desde los altavoces
estridentes del campanario de la parroquia del barrio. Parece una
grabación cutre en la voz de un cura, de un sacristán o de un feligrés
gangoso o estreñido. Pumuki saca del bolsillo de sus pantalones gastados
un móvil que se diría restaurado del pleistoceno y, tras pulsar una tecla
aleatoria que ilumine la pantalla, confirma la hora. «Las doce y dos. Pues
no queda ná». Se dispone a guardar el teléfono cuando la folclórica
melodía de Rumba-pop que decidió seleccionar como tono de llamada
entrante a pesar de la oposición de propios y extraños irrumpe entre sus
dedos esmirriados y casi propicia una nueva reconstrucción del aparato
que está a un tris de estamparse contra el suelo. Desbloquea accionando
instintivamente dos botones de manera sucesiva y aprieta dos o tres veces
el pulsador verde medio hundido hasta que consigue descolgar.
«¿Diga?». Pregunta falto de interés.
«Muy buenas, chaval, ¿cómo va la vida?».
El acento y la inflexión de la persona que responde sin dar demasiados
datos le resultan tan netamente familiares que se le hace imposible
contestar como si no los reconociera. Renuncia pues al operativo «¿quién
eres?» en beneficio del manido e imprevisible «tirando, ¿qué hay?», a fin
de ganar unos segundos impagables que le permita ajustar con precisión
suiza antecedentes, referencias y filiaciones a fin de situar, sin dejar
margen para el sonrojo, al individuo del otro lado de la línea. No obstante,
como suele suceder, lo único que logra con el subterfugio es retrasar un
par de frases el ridículo.
«Que no tienes ni idea de quien soy, ¿no? ¡Pues sí que te olvidas tú
rápido de la peña!». Suena jocoso, directo y atrevido, aspecto que unido a
tan dilatada proposición no tarda en remediar el entuerto y metamorfosear
la etérea y vaporosa noción que se negaba a tomar forma en el interior de
su sesera en una nítida imagen hartamente conocida.
«Me cago en... ¿qué pasa, tío? ¡Me has dejao pasmao!».
No percibe ganas de diálogo, sino callada introspección, y su intuición
se hace presencia en el giro copernicano dentro del, a priori, afortunado
reencuentro.
«No sabía si llamarte, la verdad, pero tras consultarlo con la
almohada...».
Pumuki queda preso de la incertidumbre frente a aquella ráfaga
repentina de mal agüero, y sólo una especie de ahogado ronquido
apostillado entre marcados signos de interrogación hace aparición desde
su garganta reseca, igual que un rebuzno, antes de que le endilguen la
primera parte de la noticia, la única fracción digerible en virtud de la
ignorancia con la que es enfrentada, aunque vislumbra en ella la
precedencia al cataclismo.
«Tengo una mala noticia».
Quizá debido a la indisciplinada amalgama de despropósitos que es
capaz de elucubrar y admitir el intelecto humano en un ligero barrido,
incluso a sí mismo le resulta eterna y falsamente tardía su diligente
demanda.
«Dispara».
Lo hace a mansalva su interlocutor, con la pericia de un curtido
mercenario, aunque con un talante menos flemático, y perece en desangre
su otrora insensible corazón de licántropo, entre agónicos aullidos,
agujereado por la munición argenta e inesperada procedente de un óbito
que jamás podría serle ajeno.
Aún en estado de shock y paralizados los músculos respiratorios como
si hubiera sido mordido por una mamba negra, Pumuki cuelga el teléfono
—no sabe siquiera si llega a despedirse— después de solicitar
indispensables informaciones prácticas de las que tampoco certificaría
vaya a acordarse al cabo de dos minutos cuando le sean tan precisas como
el bombeo de oxígeno que sus pulmones le niegan. Tras un fugaz instante
de vacilación se acerca otra vez el móvil al oído esperando una señal de
llamada saliente que se hace la remolona; aleja el teléfono unos veinte
centímetros, lo coloca frente a su nublada visión y mira extrañado la
pantalla oscura. Pulsa una tecla al azar y sobre un fondo de gamas azules e
imágenes informes seleccionado por defecto destaca la hora en el centro
expuesta en grandes dígitos. 12:08. Es obvio que, con la mente vagando
por parajes inextricables, ha olvidado marcar el número. Selecciona un
nombre de la lista de contactos y presiona nuevamente el botón verde que
suele negarse a obedecer al primer envite. Una voz femenina robótica,
pero más sensual que la de la mayoría de las mujeres que conoce le
amarga un poco más la mañana: le informamos de que su saldo está a
punto de agotarse. Tan agradable se manifiesta en cada una de las
susurrantes sílabas que por un momento casi le apetece darle las gracias.
Se lo imposibilita un acento animoso.
«Hola».
Pausa.
«¿Vas a necesitar el coche esta tarde?».
Silencio.
«¿Pasa algo?».
Un ángel.
«Sí, pero ahora no me apetece mucho hablar. Cuando termine con los
ajos tengo que salir de la ciudad. No creo que tarde más de tres o cuatro
horas, ya me compro por ahí un bocata y listo. Luego te llamo, no te
preocupes».
Toda una legión.
«¿Que no me preocupe?».
Miserere.
«Luego te llamo, de verdad. Ha muert... ha muer... Luego te llamo».
Corte de comunicación. Nudo en la garganta.
19

«Normal que no te dé miedo morirte; eres joven. Cuando llegues a mi


edad ya me cuentas». La sentencia se la regaló envuelta en papel de
colores el abuelo de un amigo, octogenario y aquejado de una afección
respiratoria, cuando fue a visitarlo al hospital poco antes de que dejara de
sentir temor por siempre jamás. Lo recuerda en analogía a un estigma
grabado de por vida mientras sube por las inclinadas escaleras que lo
llevan a la comedida fachada románica de la parroquia y trata de analizar
su estilo como un turista nipón aburrido. Como si tuviera la más mínima
noción de arquitectura y no anduviera su mente enquistada y dispersa en
un pensamiento único e indeclinable, igual que aquella última cita en
Samarra.
Son las primeras horas de la tarde y la calinosa atmósfera se hace
irrespirable, si bien al entrar en el templo agradece la zamarra gris que
resolvió rescatar del armario sin dejarse convencer por el impertinente
clima estival que a pesar de llevar recorrido cerca de un mes y medio de
otoño se niega a abandonar la ciudad a semejanza de un falso culpable.
Los bancos con reclinatorios están ocupados, obviando severas lagunas,
hasta la mitad de las filas alineadas a lo largo del pasillo central y la
silente penumbra apenas se desmiembra gracias a la tenaz claridad que
pugna a través de las incoloras vidrieras y a las luces indirectas de las tres
desacertadas lámparas de araña de infinitos brazos férreos que penden del
techo y parecen elegidas por un párroco necesitado con urgencia del
milagro de Bartimeo. Se sienta en tierra de nadie y se echa hacia delante
apoyando los codos en las rodillas, entrelazando los dedos de las manos y
descansando la prieta barbilla sobre las falanges. En la parte derecha del
altar, detrás de un ambón de madera gastada con forma de atril y en medio
de una airada homilía, se deja ver la figura menuda y obesa de un
presbítero revestido con tan canónica parafernalia que por un instante cree
haber sido teletransportado a la Edad Media.
«¡En la Primera Carta del apóstol Juan nos enseña Dios a distinguir
entre los hijos de Dios y los hijos del diablo! ¡Y cito textualmente:», el
cura, colorado como un salmón ahumado, amenaza con el índice
extendido a toda la concurrencia mientras enfoca su semblante iracundo al
leccionario, «ninguno que haya nacido de Dios practica el pecado, porque
la semilla de Dios permanece en él; no puede practicar el pecado, porque
ha nacido de Dios! El mal ejemplo del chico que enterr», al escuchar la
plática se frota la frente con la palma de la mano, visceralmente ofendido,
y la blasfemia que se desparrama de sus labios igual que una bendición
encarnada en palabrota se le hace menos abyecta que la frasecita expelida
por la mente castigadora del ministro, «lor y deshonra a los que ha
sometido a su familia durante su corta vida tiene que servirn», desconecta
y se coloca el piloto automático después de percibir unos ahogados
hipidos que provienen de las primeras bancas y de sentir una creciente
presión en el estómago.
Fija la vista pétrea en el sombrío ataúd que, aposentado sobre dos
soportes al borde del presbiterio, confirma la tragedia. «¿Qué alivio puede
existir ante lo anormal?». Huérfano es aquél de quien fallece uno o los dos
progenitores, viuda la mujer que sufre la definitiva pérdida del esposo,
mas la madre o el padre que han de llorar de manera inconsolable la
muerte de un hijo no cuenta con un nombre que los defina ni con una
pensión para mitigar torpe e inútilmente la travesía más dolorosa que
imaginarse pueda.
Tan obnubilado se encuentra su cerebro replanteando matemática y
semánticamente todas las inválidas opciones verbales que se le antojan y
con las que podría dirigirse a la familia del indeseado difunto al terminar
la ceremonia, igual que un sentenciado emprendería la subida al cadalso,
que cuando se reintegra a la sepulcral realidad del templo hay una hilera
de feligreses camino de la comunión mientras de fondo un coro de voces
temblonas y vetustas entona el Resucitó. Llevado por la emoción del
trance, tan desagradable al gusto como el fardo de ajos que ocupa el
maletero de su cascado automóvil, y por la juiciosa coincidencia de
considerarse provisionalmente igual de dichoso con su existencia que el
más casto de los fieles devotos quienes, desperdigados por los bancos
simulan no haber probado jamás bocado del árbol de la ciencia, a poco
está de colocarse en la fila que conduce a la admisión del divino
sacramento, pero la hostia bien distinta que le acabara de regalar el cura
de rostro iracundo durante el sermón y a la que suele estar, por norma y
desgracia, mejor acostumbrado le ha revuelto el estómago y teme
regurgitar la presunta transustanciación encima del enlosado y que sea
declarada su alma toda aún más impura. Un susurro que casi le escupe en
la oreja derecha lo extrae del ensimismamiento.
«¿No tienes frío con esas pintas?».
«¡Leches, qué susto!». Da un respingo de tal proporción que varios de
aquellos seres piadosos sin pecado original vuelven sus rostros hacia atrás
revelando gestos elocuentes con los que les inducen a guardar el debido
decoro dentro de la casa de Dios. «Tengo aquí al lao la chupa».
«Al final has venido. No sabía si lo de llamarte iba a ser peor».
«¿Peor?». Baja el tono a fin de evitar el apedreamiento y lo mira con
similar indulgencia a la expresada por los feligreses hace unos segundos.
«Estás gracioso tú».
Un mutismo ingrávido y colmado de simultaneada aprehensión planea
bajo el techo abovedado con una presencia bastante más palpable que la
del espíritu santo. Lo desbroza Pumuki, partiendo de una duda en cuya
confiada respuesta negativa pretende aliviar su propia desgana de tener
que activarse.
«¿Le vas a decir algo a la familia?».
«Ni idea. Llevo media hora dándole vueltas. ¿Y tú?». Le devuelve la
pelota con una natural locuacidad que le impide prever una respuesta
ponderada. Para ganar algo de tiempo sólo se le ocurre chasquear la
lengua al tiempo que bambolea los pies sobre los reclinatorios. Lo mismo
la desarbolada tristeza que desprenden sus labios junto con las palabras
imprecisas logren servirle de fútil asidero.
«Lo mismo no saben ni quién soy». Sella los ojos, suspira quedo y se
frota los párpados clausurados con las falanges de ambos dedos índice.
«Que lo quería, tío».
Según la Bhagavad-gita, del apego y, por ende, del deseo no satisfecho
surge la ira, a partir de la ira nace el error, del error el fallo de la
memoria y de ahí la pérdida de la capacidad de compresión. Pumuki lo
único que suele leer con utilitario intelectualismo es la prensa local, el
Muy Interesante y algún que otro crucigrama nivel fácil, por lo que le
importan bien poco la versada opinión y las curtidas batallas dialécticas de
dioses védicos. No tiene remota idea de si el proceso mental que le impide
aceptar la realidad de hallarse moralmente derruido encima del puñetero
banco de la parroquia de un pueblo que no es el suyo por primera vez en
siete años proviene de manera consecutiva del apego, del deseo, de la ira
y, en última instancia, del error y del fallo de la memoria, sólo acierta a
asimilar grosso modo que se siente cabreado e impotente y que, como algo
sí que controla en virtud de una sagrada exigencia de la tolerancia a la
frustración y de la teoría de la retribución —aunque a ambas les endose
nombres distintos—, tales sentimientos son producto de aquel otro más
hermoso, pero igualmente caduco, al que se acogieran sus entrañas
mientras recordaba al difunto quien, sin margen al cuestionamiento, no ha
ostentado a lo largo de su vida mayor crédito que él para habitar una
cáustica caja de pino.
En un intento de consuelo de probada inutilidad, el tipo de al lado le
palmea el hombro y le echa el brazo izquierdo encima de la espalda
escuálida.
«No se lo vas a decir. Ni en broma, pero no estaría mal, chaval. Nada
mal».
Al fondo, asignado a un puesto de privilegio bajo el ábside, el
rechoncho sacerdote limpia, con atildada compostura, el cáliz y la patena
sobre el altar, en tanto cerca de la puerta de entrada, como deportado a una
de las últimas filas del templo, el hombre del pelo canela se recuesta de
mala gana en el asiento, deja reposar sus manos lánguidas en lo alto de las
piernas y, rendido a la evidencia, entorna sus ojos vítreos que derraman
una lágrima huidiza, diáfano preámbulo de un torrente. Entonces, antes de
ensuciar con sus húmedas bagatelas tan prístino lugar reservado al culto
inveterado de los hijos de Dios y no los de las tinieblas, aprovecha el
«oremos» para agarrar la zamarra gris, levantarse erguido cual si hubiera
escuchado la orden de un sargento chusquero y decidir esfumarse de la
iglesia.
«Te espero afuera, necesito echar un pitillo».
Asiente parco el compañero, sin permitir entrever demasiada emoción
en su semblante, tal vez queriendo concederle una última chance para que
elija seguirlo y echarle un cable en el asunto nada dúctil de las
condolencias. No accede y, tras refregarse la nariz con el dorso de la
mano derecha, se despide con una leve izada de cejas para dar a
continuación media vuelta y dirigir sus pasos notoriamente inseguros
hacia la salida.
Cuando se marcha del recinto a través de uno de los anchos batientes
que dan al exterior el aire pegajoso de la calle parece azotarle en la cara
hasta marcarle con un sello de arañazos en las mejillas. De pie, absorto,
con las pupilas pródigas al llanto, la chupa bajo el brazo y dando la
espalda a la portada románica que acaba de traspasar extrae del bolsillo
trasero de los tejanos un paquete de tabaco negro recién abierto, lo coloca
en posición horizontal y golpea minuciosamente la base con la yema del
dedo corazón hasta que asoman, a desigual altura, los extremos de dos
cigarrillos; toma con cuidado el más asequible, lo aprisionan sus dientes
y, una vez guarda la cajetilla empujándola hacia dentro con el pulgar, saca
el encendedor de la pelliza y una llama azul verdosa prende la boca
negruzca que empieza a consumirse con amarga rapidez entre sus labios
resecos. Las volutas de humo que se elevan frente a él como un
oportunista gas lacrimógeno al que culpar de sus lloros convierten la
plaza, los objetos, edificios y viandantes en una difusa nebulosa de
cualesquiera elementos químicos a excepción de una mínima
micropartícula de luz a la que aferrar su añorante libertad antes de que,
desvaneciéndose delante de sus ojos de manera inapelable igual que una
mancha de agua límpida en la solapa de la camisa, se sienta nuevamente
expulsado del Paraíso y condenado a vagar por la tierra sin un signo
protector en la frente que le preserve, al menos una vez de cada siete, de
una muerte segura. Ni un fundido en negro dentro de su memoria reciente
lograría desterrar el dolor y el desánimo que se han infiltrado en su
cerebro con la adiestrada y fatídica habilidad que acostumbra a mostrar un
topo en una película de espías.
Su deshidratado paladar, craquelado igual que una pintura antigua,
unido a la espesa aridez provocada por el sabor a tabaco, le impide tragar
saliva aun si lo intentara con doce gargantas distintas y, aplastado por el
ostensible peso de la incapacidad, se sienta en el peldaño más próximo de
las empinadas escaleras de piedra mientras se dedica a contemplar con
fastidio cómo algunas personas abandonan el templo dejándose llevar por
una prisa escasamente apropiada. Con las yemas de los dedos índice y
anular de la misma mano con la que sostiene el cigarrillo trata de atrapar
en un par de intentos fallidos algún pelo de la punta de la lengua, se atusa
el cabello rebelde y, al tiempo que suspira por incalculable ocasión en lo
que lleva de tarde y los minutos de dilación se le hacen tan plúmbeos y
monótonos como el zumbido de un televisor sin sintonizar, el tono
melifluo del tipo que desamparara a su suerte en el momento dramático
del pésame lo rescata de la fosa con la exquisita munificencia de un César
que alza el pulgar.
«He sobrevivido».
«Ya». Gira el cuello y lo observa a contraluz amusgando los ojos.
«¿Qué tal?».
«Penoso, qué quieres que te diga». Baja el escalón y se acomoda a su
lado con el gesto torcido, cruza los brazos encima del pecho y encorva la
espalda hacia adelante como si un balazo extraviado le hubiera atravesado
las costillas despojándole de vida. «Están rotos».
Pumuki, a falta de otro recurso más digno y eficiente, se gratifica con
una soberbia calada que consume el pitillo hasta el filtro y tizna de
numerosa ceniza sus rancios pantalones vaqueros. Y en ese instante
protático, abundante en nostalgia y, por tanto, de descastada inspiración,
emerge con procaz irracionalidad la atávica curiosidad que en poco
pervierte el solemne quebranto que le raja por dentro como si sus
intestinos fueran de papel pinocho.
«¿Cómo ha sío?».
Pero la respuesta es mucho menos pragmática de lo que quizá hubiera
querido en caso de haber reflexionado siquiera unas décimas antes de
lanzar la indagatoria cuestión.
«Ya sabes cómo era. A la puerta de una discoteca no se le ocurrió otra
cosa que chulearle a uno de los porteros porque no le dejaban entrar.
¡Porque iba en bambas! ¿Te lo puedes creer? Un tío de nosécuántos metros
de alto, dicen que con unas copas de más. Le pegó una paliza y lo tiró al
río el muy cabrón». Se aviene a un paréntesis al que obliga el abatimiento.
«Cuando llegó la ambulancia y lo sacaron del río ya no había nada que
hacer».
Dominaron las sirenas y los gigantes ebrios el esfuerzo contenido de
Ulises, y la bella Penélope, una chica demacrada vestida de negro,
redundantemente flaca, con la melena tintada de un color impreciso que
empuja un cochecito de bebé, se aproxima a la escalera de piedra con la
firme intención de bajarla sin despeñarse junto al espurio Telémaco que su
pareja no tuviera tiempo de adoptar. Pumuki se levanta, con similar
naturalidad a la que le condujo a soltar la pregunta de marras, y, tras
aferrar con el puño una de las barras trasversales inferiores del carro, lo
alza en posición horizontal con experta ciencia, aún con la chupa colgada
del otro antebrazo, y la ayuda a bajar como si todo formara parte de una
trascendental escena familiar. Gime la muchacha y el rímel desagua
negros surtidores por sus mejillas, lo mira y parece él vislumbrar una veta
de compasión en el fondo de las titilantes pupilas.
«Lo siento». Dice Pumuki sin osar afirmar que ambas palabras hayan
germinado en su córtex cerebral con la espontaneidad de los estolones de
una pita.
«Lo sé». Contestan con deferencia los labios góticamente atezados, y
observa a la dama retirarse, sencilla y honesta, y apostarse igual que una
lóbrega aparición maternal al lado del coche fúnebre, inconsciente del
valor supremo que puede otorgar una llana afirmación, como aquella que
le propusiera el pasado invierno una desconocida, también profusamente
llorosa, delante de la estación de tren, poco antes de fumarse el postrero
gramo de locura y optar de inmediato por la libertad elegida.
«Has dicho cabrón, Javi».
Esboza una abierta sonrisa el educador, agitando la cabeza a ambos
lados y mordiéndose el labio inferior.
«Las cosas ya no son lo que eran, Pepe». Comenta sardónico al tiempo
que se pone de pie y se despereza. «Y al fin y al cabo ya no curro allí».
«¿No jodas?». A pesar de la sorpresa, en buena medida no era
arriesgado suponer tal desenlace en virtud de sus irreconciliables
desavenencias con algunos aspectos del programa y su carácter
irremediablemente manumiso tan de exiguo agrado para quienes prefieren
rodearse de siervos.
«Eso es más largo de explicar».
Seis individuos jóvenes, varios con televisivas gafas de sol que no se
atrevería a usar ni una comparsa de guardaespaldas a saldo, sacan a
hombros el féretro y, tras descender las escaleras imbuidos por el don
milagroso de un basilisco que camina sobre las aguas, lo colocan con
inútil delicadeza en la parte trasera del vehículo funerario donde depositan
dos coronas de crisantemos con sendas bandas de indescifrables
memorandos. Un matrimonio de mediana edad, luto riguroso y estampa
de unos Oliver y Hardy taciturnos son los últimos en salir de la parroquia,
asidos de la mano, y dejar al cura a solas con su estulticia candando la
descomunal aldaba medio oxidada y que chirría al cerrarse como una
panda de grillos dementes.
Se arremolinan entonces las templadas despedidas, los abrazos
indolentes más fugaces que una cachipolla, las cumplidas muecas que
prometen una pronta llamada telefónica que a veces nunca llega. Arranca
el coche fúnebre a su ritmo marcialmente desquiciador y, con
ceremoniosa brevedad, van desapareciendo como las siniestras pruebas de
un crimen los automóviles aparcados al borde de la acera. Sólo quedan un
Citroën AX, cuyo capó implora una capa de pintura, y cinco o seis metros
detrás, justo delante del cartel de prohibido estacionar con el anagrama
Cultos religiosos, el Talbot Horizon del ochenta y seis de tercera mano
con la mitad del seguro pagado después de décadas de omisión. Javier y
José María bajan los escalones de piedra a idéntico compás, las manos
embutidas en los bolsillos y con sus respectivas prendas de abrigo
amaestradas bajo la axila a lados opuestos.
«Gracias por too, tío». Comparte Pumuki abasteciendo el enunciado de
toda la enjundia que debiera disponerse dentro de la olla antes de la
elaboración de un suculento guiso. «Has estao conmigo en los peores
sitios y saltándote toas las normas posibles. Si no fuera sío por ti...».
«No te pases. La voluntad fue cosa tuya».
El achuchón que les sirve de despedida casi los transforma, por
temporalidad y consustancialidad, en una única esencia de letal escisión y
frente a frente, como conminados por una potencia magnética que se niega
a darse la espalda, recorren marcha atrás el compendioso trayecto que
separa los coches. El chico del pelo canela rematadamente mal peinado
abre la puerta del conductor, la mirada grisácea perdida dentro del
mamotrético reloj de aguja del edificio neoclásico del consistorio y
asentada en lo ancho de un mundo que se le muestra confiable y cierto más
allá de cualquier horizonte visible, apoya austeramente el codo izquierdo
en el canto superior y agachando la cabeza persigue un deseo que, en
realidad, ya no le es necesario.
«Oye... ¿Diego estaba... había vuelto...?».
Javier se encoge de hombros.
«¿Acaso importa?».
Córdoba, 29 de noviembre de 2015
Modificación definitiva el 12 de marzo de 2017
Sobre el autor

Rafa Poverello (8 de mayo, 1969). Lo dejaron caer en Don Benito,


Badajoz, pero si uno es de donde pace más que de donde nace, la mitad de
su vida la ha pasado en Córdoba, de la que se siente algo más que hijo
adoptivo.
Trabajador social de carrera, y de oficio demasiadas cosas en los
últimos veintitantos años: educador en una comunidad de personas
drogodependientes, monitor, director de un centro de personas con
discapacidad, trabajador social en una residencia de mayores y en el
equipo de atención y promoción de Cáritas Parroquial en un barrio en
exclusión...
Pero sobre todas las cosas un par de pasiones: cantautor y apasionado
de la escritura cuando el tiempo se lo permite. En ambas facetas vuelca su
forma de entender la realidad, desde el activismo y el compromiso social
teniendo siempre como referentes los colectivos con los que ha
compartido y aún comparte buena parte de su vida.
Sus experiencias y demás pasiones tiene el valor de publicarlas en dos
blogs: Zaguer@s y Batibur-rello. Por el momento nadie le ha interpuesto
una denuncia.

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