De los pitagóricos a Damón de Oa
Reconstruir incluso solo un esbozo del pensamiento musical de la antigüedad griega presenta no
pocas dificultades, sobre todo si nos remontamos a los primeros siglos, pues los testimonios son
ciertamente numerosos, pero son por lo general indirectos y, sobre todo, fragmentarios. Tales
testimonios, aunque revelan una cultura musical bastante extendida y permiten intuir una sociedad
en la que la música ocupaba un puesto de importancia en absoluto secundario, no son suficientes de
cara a proporcionarnos una imagen fiel de la misma en aquella época, pues nos faltan casi por
completo las fuentes directas, esto es, la música propiamente dicha. Y esto vale no solo para el
período arcaico; de la producción musical del mundo griego no ha sobrevivido nada, con la
excepción de algunos fragmentos de muy incierta lectura. A partir de los tiempos de Damón de Oa y
de Platón, los testimonios teóricos y filosóficos dejan de ser fragmentarios y exhiben ya lo que
podría considerarse el desarrollo de un pensamiento organizado, insertado en un contexto filosófico
complejo; pero, a pesar de todo, intentar reconstruir una serie de reflexiones sobre la música sin
poder contar mínimamente con la producción musical concreta constituye siempre una tremenda
dificultad. No obstante, y al margen de esta grave e insatisfacible laguna, puede decirse que en el
pensamiento griego se encuentran las raíces de nuestra cultura musical. Las ideas sobre la música
elaboradas por el mundo antiguo han tenido una importancia histórica tal, que han dejado una
profunda huella incluso en las épocas más cercanas a la nuestra sin que fuéramos siquiera
conscientes de ello.
La ética musical y los pitagóricos
Bastante difícil y problemático resulta reconstruir el pensamiento de Pitágoras, que vivió
en el siglo VI a.C., porque no nos ha quedado ningún escrito suyo; por este motivo, más que de
Pitágoras, se puede hablar de escuela pitagórica, y más que de una doctrina de la escuela pitagórica,
se puede hablar de un conjunto de doctrinas, dado que los pitagóricos no constituyeron solamente
una escuela filosófica sino también una secta religiosa y política.
Las leyendas y los mitos de la Antigüedad abren una claraboya hacia un mundo musical
muy complejo y rico, lleno de agitadas y ardientes discusiones; no obstante, y a pesar de la variedad
de leyendas y de versiones que de las leyendas existan, todos los mitos musicales se mueven sobre
un trasfondo ideológico similar, que tiende a poner en íntima conexión la música con nuestro
mundo moral. La música tenía un gran valor éticopedagógico, que fue fortaleciéndose cada vez
más, y sobre todo decantándose, dentro de una casuística progresivamente más rigurosa: cada
modo, cada ritmo y cada instrumento contaban con mayores o menores aprobaciones con arreglo al
estado moral con el que se creía que se correspondían. Sin embargo, según los antiguos griegos, la
música no existía tan sólo para ponerla en relación con los vicios y las virtudes de los hombres;
tampoco se la proveía de poder para vincularla en exclusiva con nuestro mundo ético. Se creía que
la música entrañaba facultades y poderes aún más profundos; que hubo de ser por algo que todas las
leyendas la hicieran derivar de las divinidades olímpicas: al menos, para subrayar su peculiar
naturaleza, tan acorde con la magia y el encantamiento. En este sentido, Pseudo Plutarco
(denominación que se da al autor de varias obras literarias de la Antigua Grecia. Estas obras en
algún momento fueron atribuidas a Plutarco. Sin embargo, la mayoría de los investigadores han
rechazado, por razones de estilo, que estas obras puedan atribuirse a Plutarco y no se ha encontrado
a un autor de nombre conocido al que poder adsccribirlas) -por ejemplo-, precisamente para dar
mayor dignidad a la música, se ve empujado a refutar la consabida leyenda que atribuía a Marsias y
a Olimpo la invención de la flauta, así como a Apolo la invención de la lira: «A Apolo se debe, en
realidad, tanto la invención de la aulética como de la citarística ». Sin lugar a dudas, la idea que
Pseudo Plutarco tenía de Apolo era de una divinidad de prestigio mucho más sólido, de la que se
podía hacer derivar, por razones de conveniencia, todas las clases de música; de aquí que concluya
su discurso de la siguiente manera: «Invención divina, la música posee, pues, una dignidad perfecta
bajo cada proporción».
El hecho de definir la música como invención divina representa, a fin de cuentas, no sólo
un modo de ratificar su poder y su función dentro del mundo de los hombres, sino también un
medio para instituir, de forma estable y competente, sus leyes, justamente en la época en que éstas
se iban definiendo y fijando dentro de un conjunto de normas cada vez más robusto y exacto. Es,
efectivamente, entre el siglo VI y el V cuando adquieren verdadera entidad todas las innovaciones
acometidas tanto en el terreno de las técnicas instrumentales como en el de las técnicas
compositivas. El desarrollo técnico de la música durante estos siglos va acompañado no sólo de esa
teoría que podríamos llamar de la ética musical, sino incluso de la defensa y la afirmación, de modo
cada vez más incisivo, de un conjunto de doctrinas que se agrupa bajo el nombre de pitagorismo y
que constituirá la base de conocimientos musicales más importante de toda la civilización helénica
y del pensamiento occidental cristiano.
La armonía
Las teorías en torno a la música ocupan un puesto de especial importancia para la escuela
pitagórica; no se concebían exclusivamente como un sector más sobre el que se ejercitaba la
especulación filosófica, sino que la música mantenía una posición central dentro de la cosmogonía y
la metafísica pitagóricas. El concepto de armonía, que figura como punto capital alrededor del cual
gira la especulación, deviene concepto musical tan sólo por analogía o por extensión, puesto que su
primer significado es metafísico. La armonía se entendía entre los pitagóricos, en primer lugar,
como unificación de contrarios; de aquí, se puede extender el concepto de armonía al universo, que
se concibe como un todo. Asimismo, si el cosmos es armonía, también el alma es armonía para los
pitagóricos; Aristóteles, aludiendo de forma manifiesta a los pitagóricos, afirma que «Se ha
transmitido otra opinión sobre el alma [ ... ] . Dicen que ésta es armonía porque la armonía es
mescolanza y síntesis de contrarios, y de contrarios se compone el cuerpo». Esta doctrina -que
Aristóteles no comparte es citada unánimemente por todas las fuentes antiguas como propia de la
escuela pitagórica. A su vez, el concepto de armonía se completa con el de número, concepto
bastante discutido y, en muchos aspectos, oscuro.
El número sería la sustancia de todas las cosas; así lo afirma también Aristóteles cuando
habla de los pitagóricos.
A raíz de esta intuición básica, cargada de consecuencias para toda la historia del
pensamiento occidental, se han originado muchos problemas hermenéuticos (técnica o método de
interpretación de textos) que no encuentran solución exacta, y, además, la misma doctrina de la
armonía y de los números se halla interpretada de modo diverso hasta por los propios pitagóricos.
Son cosas bien diferentes afirmar que el universo está hecho de números o que los números
representen la ley, el orden, la armonía del mundo, o más aún que el número sea el modelo
primigenio de las cosas y que del número nazcan todas las que hay. Estas múltiples interpretaciones
concuerdan todas, no obstante, al concebir el número, y por tanto la armonía, como inmanente a las
cosas mismas: como fundamento de la inteligibilidad de éstas. Si la armonía es síntesis de
contrarios, igualmente el número, en tanto que fundamento de toda cosa, es síntesis de contrarios:
de pares e impares, de finitos e infinitos.
La naturaleza más profunda tanto de la armonía como del número se revela con precisión
-según los pitagóricos- a través de la música. Pero ¿qué entendían por música?; Para Filolao, las
relaciones musicales expresan, del modo más tangible y evidente, la naturaleza de la armonía
universal, y, por esto, las relaciones entre los sonidos, expresables en números, pueden ser asumidas
como si de un modelo se tratara de la misma armonía universal. Por el motivo expuesto, la música
es, en el fondo, un concepto abstracto, que no coincide necesariamente con el de música en el
sentido corriente del término. Música, o bien armonía, puede ser no sólo la producida por el
sonido procedente de los instrumentos, sino también, con mayor razón, el estudio teórico de
los intervalos musicales o la música producida por los astros que giran en el cosmos conforme
a leyes numéricas y a proporciones armónicas. Para defender esta teoría de la música mundana,
muchos pitagóricos utilizan a Pitágoras como argumento de autoridad: Porfirio afirmaba que
Pitágoras «oía incluso la armonía del todo: aquella que contenía, por supuesto, la armonía universal
de las esferas y de los astros que se mueven dentro de dichas esferas; armonía que las deficiencias
de nuestra naturaleza nos impiden percibir». Porfirio había atribuido la facultad de oír -o, en
cualquier caso, la de percibir la música de las esferas-, exclusivamente, a un individuo excepcional
como pudo ser el maestro Pitágoras. Por su parte, Aristóteles, al refutar (rechazar la validez de una
idea) el pitagorismo, opinaba: «Se infiere, pues de quien diga que la armonía se origina del
movimiento de los astros, por cuanto que el movimiento de éstos produce sonidos y tales sonidos
son consonantes, que habla sin duda con singular elegancia, aunque no diga verdad. Hay quien cree
que, al moverse cuerpos tan grandes como éstos, se genera sonido, dado que el sonido se produce
como consecuencia del movimiento de los cuerpos que están aquí abajo también, los cuales, sin
embargo, son menos grandes y veloces que los astros. Dicen que no puede dejar de gestarse un
sonido extraordinariamente intenso a partir del movimiento del sol, de la luna y de los demás astros,
que son tan numerosos y enormes y se mueven a tanta velocidad. De la manera descrita es como
piensan; asimismo, creen que las proporciones que se observan entre la velocidad con que se
mueven los astros y las distancias que hay entre éstos sean idénticas a las que presentan los acordes
musicales, motivo por el que dicen que es armónico el sonido emitido por cualquier astro en
rotación. Después de justificar el hecho de que tal clase de sonido nosotros no lo oigamos, arguyen
que la causa de ello se halla en algo que se da siempre, desde el instante mismo de nuestro
nacimiento: la carencia de todo contraste con el silencio, lo que nos impide distinguir éste, a pesar
de que sonido y silencio se puedan discernir el uno del otro, justamente por ser contrarios [ . . . ] ».
El testimonio de Aristóteles es fundamental, ya que expresa la analogía entre armonía del universo
y armonía musical: el fundamento común a ambas es, por lo exacto, el número, la ley matemática
que rige por igual las relaciones que se dan entre los astros y las que se dan entre los intervalos
musicales.
Como vemos, el método pitagórico es más inductivo que deductivo, y la relación que se
da entre la armonía astral y la musical dispone de un valor puramente ideológico para los
pitagóricos, puesto que no se basa en observaciones empíricas de ningún tipo. El número
privilegiado para definir el cosmos es el 10, y, sin embarg, este número no guarda relación alguna
con los intervalos de la escala. El universo puede definirse como armonía y número a la vez,
resultando armonizados tanto los números pares como los impares. Finalmente, en la música hay
armonía porque también ella «es armonía de contrarios, unificación de muchos y consonancia de
disonancias».
No revisten suficiente importancia, como para adentrarse ahora en ellos, los complejos
problemas acústicos tratados por los pitagóricos; lo que sí tiene importancia es observar cómo en
sus investigaciones se guiaron siempre por el principio de que la música debía ser reconducida hasta
las proporciones más simples, ya que ella debía reflejar en todo momento, debido a su naturaleza
numérica y matemática, la armonía universal.
Catarsis
Ya se ha dicho también que el alma es armonía, a lo que se debe que la música ejerza un
especial poderío sobre el espíritu, gracias a que ambos, ontológicamente (Ontología, parte de la
metafísica que estudia el ser en general y sus propiedades), son afines, y, además, que la música
pueda restablecer la armonía espiritual, incluso después de haber sido turbada. De tal idea se deriva
el concepto de catarsis. En los textos de los pitagóricos se recurre a menudo a este término, de
significado bastante complejo y, en muchas ocasiones, nada claro. El vínculo de la música con la
medicina es muy antiguo; de hecho, la creencia en el poder mágico-encantador y, con frecuencia,
curativo de la música se remonta a tiempos anteriores a Pitágoras. Esta concepción de la música se
volverá a encontrar, más de una vez, en otros ámbitos culturales, habiendo sobrevivido hasta
nuestro tiempo en numerosas comunidades; no obstante, los pitagóricos contaron con el mérito de
haber sabido construir unos cimientos coherentes y una plataforma metafísica para tan vaga, aunque
difundida, creencia.
La música, entendida así, como medicina para el alma, acaba adquiriendo una dimensión
ético-pedagógica alrededor de la cual no se había teorizado nunca con tanto rigor como lo hicieron
los pitagóricos. En cualquier caso, deberá tenerse en cuenta que la concepción catártica de la música
se halla en relación directa con la doctrina de la armonía en tanto que conciliación y equilibrio de
contrarios.