Elfos
Elfos
caravana. Los niños más pequeños jugaban entre las piernas de los animales y jugaban entre los
árboles del bosque, mientras la niñera real, Eruanna, los trataba de mantener donde ella los pudiera
ver. Los mayores montaban, o caminaban.
Eglerion montaba su caballo, sonriendo, al lado de su esposa, Geliriel. Eran Elfos, reyes de
Lithaldoren, un bosque, con altos arboles cuyas raíces eran fuertes y grandes. Escaleras blancas
subían en caracol alrededor de los arboles hasta llegar a pabellones redondos con ventanas de estilo
gótico que llegaban desde el suelo hasta el techo. Dentro de aquellos pabellones había una luz azul.
Abajo, en la tierra habían escaleras grandes en los montes y pequeñas cumbres. El pasto era suave y
durante las noches la luna brillaba fuerte, iluminando todo de un color azul plateado.
Elfos, criaturas de orejas puntiagudas y largos cabellos, habitaban en aquel lugar. La
juventud irradiaba siempre en su rostro, aun que sean muy ancianos. Esto era porque estas místicas
y hermosas criaturas eran inmortales. Tenían muchas leyes.
Pero Lithaldoren no era el único lugar. Cruzando un río de apacibles aguas, estaba Varendel,
otra ciudad élfica y otras muchas, muchas ciudades y aldeas de enanos, gnomos y toda criatura
mágica.
Pero en Lithaldoren el rey era Eglerion. Su cabello marrón le caía por encima de los
hombros. Siempre se tomaba la parte de arriba bien apretada y dejaba el resto caer. Adelante se
hacia pequeñas trenzas y siempre tenía un cintillo de plata en su frente. Eran cintillos en los cuales
el metal se partía en dos y se entrelazaba y diseñaba. Era bastante avanzado en edad, pero la
juventud irradiaba en su rostro. El era bondadoso y difícil de enojar, pero una vez provocado,
peleaba por la justicia.
Tenía tres hijas, todas ellas hermosas. La mayor se llamaba Arawen y tenia catorce años,
luego Eingel, que tenía diez y Alya, que tenía tan solo tres años.
Viajaban rumbo a Varendel, a visitar a los reyes de ese país. Tenían dos hijos y tres hijas, que
tenían todas alrededor de la edad de Arawen. Los muchachos eran mayores que ella, aun que no
mucho.
Eingel corrió entre los pasillos del castillo. Su hermana, Arawen, estaba con las tres
princesas de Varendel, bordando y tomando té.
La pequeña elfa bajó rápidamente las escaleras y salió al jardín, donde los príncipes
peleaban con sus espadas, con algunos de sus amigos. El mayor, Athradien, se dio vuelta hacia ella.
-Pensé que te había empezado a interesar más bordar y tomar té- rió, mientras Eingel sacaba
una espada que estaba sobre una mesa. La muchacha bloqueó la espada del príncipe, que venía
rápidamente sobre ella.
-Yo pensé que dirías eso cuando ya empiece a tener la edad de Arawen. Aún soy una niña,
¿sabes?
Athradien rió. El había empuñado la espada desde la cuna prácticamente. Era un guerrero
bravo, sin miedo y valiente, aun que tuviera tan solo dieciséis años. Le enseñaba a Eingel todo lo
que aprendía, y entendía e aprendía todo muy rápido.
La pelea duró varios minutos, entre los cinco que se hallaban presentes. Nadie era mejor que
nadie, así que tomaron un descanso para tomar agua y recuperar el aliento.
Rilien, el hermano de Athradien, guardó su espada.
-Nos vemos luego.- Dijo. Athradien lo miró extrañado. Lo vieron irse y luego de un rato,
estaba con Arawen, yendo hacia el bosque. Eingel y Athradion se miraron.
-El la ama.- Dijo el príncipe.
-Creo que ella lo ama también.- Rió la niña.
Las espadas chocaron en el aire. Eingel, ahora ya de catorce años, peleaba con Athradien en
el jardín de Varendel.
-Hace cuatro años,- dijo el- en este mismo lugar,- asestó un golpe- me dijiste que cuando
tuvieras la edad de Arawen te preguntara qué cosa te interesaba más.- Giró sobre sus talones y pegó
un golpe certero que Eingel bloqueó, manteniendo las espadas juntas.- ¿Aún no te interesa bordar y
tomar té, Eingel?
-Sólo cuando debo hacerlo.- Contestó ella, aún blandiendo espadas.- Por ahora me quiero
concentrar en derrotarte.
-¡Já! Como si me pudieras derrotar a mi. ¿Y porque lograrías eso?
-I hain ú-'rogon (Porque no te temo)
Un paso aquí, un golpe allá y la espada de Athradien voló por los aires. El príncipe calló al
suelo.
-Esta bien. Ganaste. ¡Pero será la última vez!
-¡Já! ¿Y porque lograrías eso?- Respondió la elfa.
Athradien rió. Se levantó y tomó una botella de agua, la abrió y bebió. Una doncella salió del
castillo y se dirigió a otra parte del jardín. Athradien la siguió con la mirada. Eingel lo notó.
-¿La amas?- preguntó. Athradien asintió.
-Su nombre es Maerwen.
Eingel ya la había conocido. Era una muchacha dulce, siempre con buenas intenciones, muy
bella y con un corazón muy grande. Era hija de un gran soldado, el capitán del ejército de Varendel.
-Es afortunada.- Sonrió Eingel.
-No es una princesa. Y yo, siendo heredero debo casarme con una.- Dijo tratando de ocultar
su tristeza.
-Algo bueno sucederá, ya verás.
El sol se escondió detrás de los árboles, tirando sus rayos a través de las hojas de los árboles,
que se mecían suavemente con la brisa.
Nelethiel corría hacia su hermana. Eingel venía de un paseo, algo que le encantaba hacer. De
vez en cuando, en sus paseos, cruzaba por debajo de una catarata, que llegaba a un tupido bosque
humano. ¡Oh si! Y el mundo moderno de los humanos. Aquel bosque estaba al lado del mar, en la
ciudad humana de Miami. Eingel no sabía como era una ciudad humana pues no se alejaba de la
entrada a su mundo.
Ese bosque tenia nada de encantador en comparación con Lithaldoren, el musgo más suave
era áspero. El pasto más blando le aguijoneaba los pies. Sin embargo, había algo mágico para ella
que la atraía cada vez que pasaba al lado de la catarata. Simplemente tenía que cruzar y de repente
sus tobillos estaban en el agua. Cruzaba el río y pisaba aquel extraño pasto humano. A veces se
alejaba de la catarata y más allá se tiraba al suelo a mirar las copas de los arboles sobre ella.
Eingel se pasaba el tiempo tocando piano, guitarra, arpa o flauta, y paseando o hablando con
Arawen, a la cual quería mucho. Su cara irradiaba siempre alegría y sabiduría, su ondulada cabellera
negra le caía hasta mas abajo que las caderas y a veces usaba aquellos cintillos que su padre usaba.
Ya había cumplido veintiún años y tenía dos hermanas más. Aladren de diez años y Nelethiel
de tres. Su madre había muerto poco después del nacimiento de Nelethiel. Tenían una niñera
llamada Eruanna, que cuidaba a las hijas desde el nacimiento de Arawen. Las niñas la llamaban
cariñosamente An.
Su hermanita la alcanzó.
-Eruanna te ha estado esperando. Debemos apurarnos.-dijo rápidamente. Eingel sonrió y
corrió tras su hermana. Subieron a un pabellón en donde la anciana niñera y sus hermanas estaban
reunidas. Detrás había una puerta que llevaba a la habitación de sus hermanas y de ella. Arawen
estaba sentada en una silla delante de un espejo y An le peinaba sus tupidos cabellos.
-Le ab-dollen, Eingel (Llegas tarde.)-La anciana la reprendió, mientras cepillaba el cabello
de Arawen. Ella era la más hermosa de la familia y se parecía mucho a su madre.- Eingel, puedes ir
a bañarte y luego ven a vestirte.
-Si, An- respondió Eingel. Entró al cuarto contingente que era redondo, donde cuatro camas
estaban dispuestas en distintas posiciones. La muchacha se encaminó a una puerta que había a un
costado y entro al baño. Una tina blanca estaba llena de agua tibia que echaba vapor. Eingel se sacó
el vestido azul que tenia puesto y se metió a la tina. Tomó aceite de lilas y se lavó el cabello. Luego
salió y se envolvió en una bata y su cabello se secó casi instantáneamente.
Se miró al espejo. No quería salir. Aquella noche venia el rey de Valadrel para unir ambos
reinos. Aquel rey era perverso y codicioso. Había sido el el que había propuesto la unión solo por
beneficio propio.
Cuando dos reinos élficos se unían, el hijo mayor de un reino venía y tenía que elegir entre
las dos hijas mayores del otro reino, pero dos reinos no podían ser unidos dos veces.
Finalmente salió y se sentó en una banca larga acolchada. Arawen ya estaba vestida. La
parte superior de su cabello estaba trenzado con diminutas trenzas recogidas hacia atrás y el resto
del cabello caía sobre sus hombros. Tenía puesto un vestido blanco, muy ligero, sin cinturón. Las
mangas eran largas, cerradas hasta su muñeca y luego abiertas hasta sus rodillas. Arawen se paro de
la silla y dejo que Eingel se sentara en ella.
Eruanna cepillo su cabello, que la parte de arriba era corta hasta la mitad del cuello, y el
resto era largo hasta su cintura. Luego lo ungió con perfume. Se lo dejo suelto y le puso un cintillo
de oro en su frente. Eingel se levanto de su silla y criadas llegaron para vestirle. Le pusieron un
vestido blanco con escote redondo, de hombro a hombro. Las mangas eran muy parecidas a las del
vestido de Arawen solo que eran mas anchas y estaban pegadas al vestido. Todo el vestido estaba
recubierto con una gaza bordada con flores.
-Las estaremos esperando-dijo An- Alya, Aladren, Nelethiel, dejen a sus hermanas y vengan
conmigo.
Salieron las cuatro del pabellón, dejando a Arawen y a Eingel solas. Arawen suspiró
mientras se sentaba en la banca y Eingel se sentó a su lado.
-Supongo que esto es.- dijo Eingel. Arawen no respondió. El rey de Valadrel tenía cinco
hijos y tres hijas, muy distintos a el. Eran justos y tenían un buen corazón. Cuando eran pequeñas
jugaban con las hijas del rey de Valadrel, aunque Eingel prefería jugar que era un caballero con los
otros chicos.
Arawen amaba a Rilien y sabía que el respondía su amor. Lo cual era exactamente el
problema. Arawen no soportaría casarse con Athradien y tener a Rilien por cuñado. Sin embargo, si
Athradien elegía a Eingel, Arawen y Rilien jamás podían estar juntos. Era una situación imposible.
-No puedes casarte con Athradien- dijo simplemente Eingel.
-¿Tu te casarías con el?- pregunto Arawen. Eingel suspiro.
-Quiero mucho a Athradien, es como mi hermano. Sin embargo, no puedo dejar que seas
cuñada de la persona que amas... Tal vez nos deberíamos quedar solteras.- dijo, haciendo reír a
Arawen.
-Desearía que Athradien ya estuviera casado, así le tocaría a Rilien elegir.-Dijo Arawen.
-Athradien me elegirá a mi, ya sabes que somos muy unidos.- Miró a su hermana y ambas
rieron.
Entonces entró Eglerion, su padre, vestido con una túnica azul plateada. Entró a la
habitación, sonriendo a sus hijas, que se pararon de la banca. Tomó la cabeza de Arawen y besó su
frente e hizo lo mismo con Eingel. Esta dobló sus rodillas y bajó su cabeza en reverencia para
recibir la bendición de su padre. Arawen se puso a la derecha de su padre y Eingel a la izquierda.
Juntos bajaron por la escalera y a la mitad de la escalera pasaron por un puente que entraba a un
edificio dentro del cual había una sala de banquetes, una sala de bailes y un jardín. Al final del
puente había una puerta de madera blanca las cuales dos pajes abrieron. Entraron a un balcón sin
barandas que tenia una gran escalera al lado. Las jóvenes hicieron una reverencia delante de su
padre y graciosamente bajaron al patio en donde las visitas conversaban.
-¡Mira ahí esta Rilien!- exclamo Arawen apuntando a un joven con cabello bastante corto
para ser un elfo.
-¡Ve!- le dijo Eingel. Arawen camino hacia Rilien y lo saludó con una reverencia. Eingel los
miró mientras sonreía. Había visto la misma escena once años atrás cuando habían sido niños. Se
iba a encaminar a una fuente de agua en donde lirios flotaban en la superficie. Sin embargo antes de
dar un paso alguien le susurró al oído:
-Vayámonos de acá.
Sin darse vuelta, Eingel dijo:
-Athradien, no vamos a tirar piedras a la visita por encima de la sala de bailes como cuando
eramos niños.
-¿Segura?
Eingel se dio vuelta. Athradien tenía el cabello hasta los hombros, cabello oscuro como el de
ella. Estaba mucho mas alto desde la última vez que se habían visto. Sin embargo, no había
cambiado ni siquiera desde la primera vez que se habían visto. Seguía siendo un niño que le
encantaba jugar y odiaba los bailes. Pero sí se había transformado en hombre bondadoso y guerrero.
Era muy fácil que se enoje contra personas que hacían cosas indebidas y las hacia pagar por lo que
habían hecho.
-Tal vez no totalmente segura- Respondió ella. Caminaron juntos a la sala de bailes y ahí
subieron por una escalera a un segundo piso que tenia un hoyo redondo al medio. En una esquina
había una pequeña caja. Eingel la abrió y sacó un puñado de pequeñas piedras ligeras. Se acostaron
sobre su estomago al borde del hoyo. Mientras esperaban que llegara la hora del baile, hablaron.
-¿Como esta Maerwen?- pregunto Eingel.
-Ella está bien.-Respondió el.
-Sería bueno si simplemente fuéramos libres de casarnos con quienes quisiéramos.
-No me gusta la tradición. Veo a mi hermano que ama a Arawen y no puedo siquiera pensar
en casarme con ella.- Miro a Eingel.- Tu sabes que te voy a elegir a ti y sera una vida nueva y
entretenida, pero...-cerró la boca pensando.
-Pero amas a Maerwen.
-Exacto.
-Estúpida tradición.
Athradien soñaba con ser un caballero honrado y valiente, soñaba con proteger Varendel de
gente perversa. Sin embargo, siendo el hijo primogénito, estaba obligado a ser rey. Lo más probable
era que Rilien haga la mayoría ya que le encantaba organizar, ordenar, etc. Athradien no se atrevía a
decírselo a su padre y Rilien siempre que trataba, su padre estaba ocupado y lo echaba de la
habitación diciéndole que estaba loco. Rilien soñaba con reponer Varendel de todos los errores
perversos de su padre, pero nunca sería rey, así de simple.
-Si yo pudiera ser caballero, y mi padre dejara a Rilien ser rey, el podría elegir entre tu y
Arawen. Y yo podría casarme con una doncella en vez de una princesa.
La gente llego y empezó a bailar. Athradien y Arawen miraban cada pareja e inventaban
cortas rimas chistosas. Finalmente llegó la hora de la cena, por lo tanto bajaron.
Después de la cena todos se reunieron en la sala de bailes para ver quien elegía Athradien.
Eglerion, Arawen, Eingel y los reyes de Varendel se reunieron en un pequeño escenario delante de
todos. Los padres de los tres jóvenes se colocaron en un lado. Athradien se puso al medio y las
jóvenes al otro lado. Eingel tenía su cabeza gacha y su espalda derecha. Sintió cuando Athradien se
encaminó hacia ella y le ofreció una mano. Ahí estaba su futuro, en esa mano que se extendía hacia
ella. Sintió ganas de gritar y correr, de obligar a todos a revocar la ley, aquella tradición. Pero su
Ada (padre) quedaría entonces perjudicado por culpa de ella. Pensó en como se sentiría Arawen y
que pasaría con ella. Podría huir con Rilien a otro lugar, libres de hacer lo que ellos quisieran. Pero
Arawen era demasiado buena para hacer eso. Por lo tanto Eingel pensó que seria mas fácil unir un
reino dos veces a que Rilien se convierta en rey y asi poder casarse con Arawen. Eingel con su cara
inclinada, tomó su mano y juntos se encaminaron hacia los padres. Temblorosa, Eingel hizo una
reverencia delante de los reyes de Varendel y luego delante de sus propio padre que la besó en su
frente. Su cariñoso beso la alegró un poco. El sabía exactamente como ella se sentía e igualmente
deseaba que la ley no existiera. Athradien hizo una reverencia delante del padre de Eingel, que
levanto sus manos en bendición para ambos. Luego el padre de Eingel hizo una reverencia delante
de los reyes de Varendel.
Athradien tomó la mano de Eingel y la llevó al centro de la sala. Bailaron un baile élfico,
tradicional para aquella ocasión. Lentamente las parejas se fueron uniendo y todos bailaron por la
sala.
Finalmente el baile llego a su conclusión y todos los visitantes se fueron. A medida que iban
saliendo, felicitaban a Eingel y luego se iban.
Eingel corrió al río, lejos de cualquier persona mas que le pudiera dar sus felicitaciones. Una
vez lejos se tiro al pasto y lloró.
-Es para Arawen,- pensó- para Arawen y mi familia.
Seth Blackite limpiaba el acuario de los peces payaso. Trabajaba en una empresa gigante que
tenía zoológicos y acuarios alrededor de todo el mundo. De vez en cuando, Seth tenía que nadar con
manta-rayas o tiburones y si no, tenía que alimentar a las jirafas o darle leche a pequeños cachorros
de león. También trabajaba en un teatro como cantante y coreó-grafo, y era piloto. En el teatro, no le
pagaban mucho, pero le encantaba, al igual como volar su avioneta. No era un avión muy grande,
solo para unas seis personas.
Seth era rubio, alto y sus ojos eran color marrón oscuro. Tenía veinticinco años. Era de muy
buen parecer... se podría decir que ya había dejado muchos corazones rotos. No buscaba amor ni le
importaba. Trabajaba y cantaba, hacía lo que quería hacer. El era el jefe de su vida y no le importaba
lo que decían de el. Era justo, tranquilo y se reprimía cuando se desesperaba en alguna conversación
costosa con alguien. Nunca se le podía encontrar vagabundeando, siempre hacía algo productivo en
su tiempo libre.
Puso agua nueva en el acuario y fue a buscar los peces payaso que estaban en un acuario
pequeño al lado de el. Con una red los sacó y los puso inmediatamente en el agua limpia. Se apoyó
en el vidrio y miró las rayas blancas, naranjas y negras que se movían con el nadar de los peces.
-Tan originales- pensó. Cerró el acuario y se fue. Tomó su bolso, apagó las luces y cerró el
edificio. Al aire libre todo estaba iluminado por la luna y las luces de la calle. Las palmeras se
mecían lentamente con la brisa tibia.
Caminó por las calles hasta llegar al teatro. Entró por la puerta disfrutando y saludando a
todos. Esta era la mejor parte de su día.
Entró al escenario donde ya todos estaban sentados en el suelo estirándose. Seth se fue a
sentar al lado de un amigo de su infancia: Chad. Era de tez oscura como el azabache, sus ojos café
oscuro, su nariz ancha y un afro sobre la cabeza. Tenía la misma edad que Seth y en ese momento
su cabello estaba tomado en una pequeña cola de caballo a la altura de la nuca. Al lado de Chad
estaba sentada Taylor. Ella también era de tez oscura, nariz ancha y ojos cafés. Su cabello era liso y
corto, hasta la nuca. Su sonrisa mostraba blancos dientes y era muy amiga con Chad. También
trabajaba en el acuario, pero por ahora se estaba preocupando de dos pumas pequeños en el
zoológico. Tenía vintidos años. Chad trabajaba de mesero en un restaurante.
Cuando terminó todo el ensayo, Seth, Chad y Taylor fueron a buscar comida juntos y luego
se sentaron en la playa, conversaban y reían mientras las palmeras se mecían, como si estuvieran
cabeceando. La luna reflejaba sus rayos plateados sobre las calmadas y turquesas aguas del mar
caribeño.
Había pasado un mes desde que Athradien eligió a Eingel y ya estaban preparando otro baile
de compromiso.
Un día, estaban todos en el bosque humano jugando al lado del río. Estaba Athradien,
Eingel, Arawen, Rilien, los hermanos y hermanas de Athradien, guardias y muchos niños pequeños
que jugaban con una pelota de cuero. No había peligro, pues desde donde estaban hasta el final del
bosque humano habían muchos kilómetros. Habían humanos que se aventuraban al corazón del
bosque y de hecho, a veces, veían a elfos y los seguían. Muchos de ellos entraban a Lithaldoren. Sin
embargo, los elfos se veían obligados a echarlos, pero no sin antes haberlos persuadido de que lo
que veían no era real. Por aquel motivo los humanos llegaban locos de vuelta a sus casas, después
de muchos días. Por eso creían que aquel bosque estaba embrujado, pero a veces seguían tratando
de agarrar a algún elfo. Así y todo, habían dos guardias a dos kilómetros de distancia cuidando que
no se acerque ningún humano.
Athradien y Eingel caminaban juntos mientras conversaban. Arawen y Rilien estaban
jugando con los otros a la pelota, mientras la pareja los miraba sonriendo y tres pequeños elfos
fueron hacia Athradien, que jugaba muy bien a la pelota.
-¡Athradien, juega con nosotros!- exclamaron los niños expectantes, con sus mejillas
acaloradas. Athradien sonrió de oreja a oreja. Besó la mano de Eingel.
-Milady.- dijo haciendo una reverencia y se alejó de ella para jugar con el grupo. Eingel rió.
Athradien era demasiado gracioso. Pensó que a pesar de que no se quería casar, jamas iba a estar
aburrida.
Eingel se encaminó hacia el bosque y se alejó como un kilómetro. Tenía puesto un vestido
muy parecido al del baile, pero era azul oscuro. La parte de arriba de su cabello estaba tomado en
dos trenzas y lucía un cintillo de plata en su frente.
Estaba recogiendo flores, cuando los dos guardias llegaron corriendo.
-¿Qué sucede?- Preguntó Eingel. Uno de los guardias paró brevemente y dijo:
-Los humanos se están acercando. Tres. Mucho más cerca que nunca antes. Están encima de
nosotros, ¡drego! (corra!)
Eingel miró hacia atrás y a seiscientos metros pudo ver tres siluetas. El ramo de flores cayó
de sus manos y echó a correr. Corrió lo más rápido que pudo. Estaba a quinientos metros de la
catarata; los otros ya habían entrado. Sintió que el cintillo se resbalaba de su frente y paró para
recogerlo. Mientras se agachaba miro hacia atrás. Estaban cerca. Los humanos corrían
frenéticamente gritando:
-¡Cójanla!
Eingel aferró el cintillo y echo a correr una vez más. Quedaban tan solo trescientos metros.
Su corazón latía con fuerza y sentía que ya no podía más. Doscientos metros. Los humanos estaban
pisando sus talones y trataban de agarrar partes de su vestido que volaban tras ella. Tan solo cien
metros. Eingel corría como nunca antes. Podía sentir el aliento de los humanos sobre ella. Cincuenta
metros. La victoria estaba cerca, sin embargo, apenas puso un pie en el río, uno de los humanos
saltó sobre ella. Eingel miro hacia arriba y luego sintió al hombre caer sobre su espalda. Eingel
calló en el río y sintió el golpe de una roca en el lado derecho de su frente. El cintillo voló por el
aire y se perdió en las aguas que siguieron su curso hacia el mar.
Athradien, Rilien, Arawen y los guardias usaban la catarata como ventana. Esperaban
expectantes a Eingel que cruzara la catarata cuanto antes. Cuando vieron que se caía en el río
apenas articularon palabra. Arawen se tapó la boca con una mano para sofocar un grito mientras sus
ojos se empañaban de lágrimas. Rilien la abrazó para consolarla y la besó en su frente. A Athradien
le tiritaba el mentón. Puso su mano en su espada y se disponía a cruzar la catarata para traer a
Eingel. No la amaba, pero la quería y se preocupaba de ella. El capitán de la guardia, al ver lo que
Athradien estaba por hacer, gritó y le bloqueó el camino. Dos guardias lo agarraron desde atrás.
-¡Suéltenme!- Gritó Athradien.
-Su Majestad, usted no puede ir allá. ¡Lo matarán!
-Prefiero la muerte a la deshonra. ¡Suélteme, es una orden!
-¡Mis órdenes son de protegerlo y no puedo dejar que vaya allá!
-¡Hain ú-'rogon! (No les temo).
-¡La princesa está perdida! No podemos hacer nada al respecto.
Athradien miró por la catarata. Le estaban inyectando algo en el brazo, que hizo que la elfa
se quedara dormida. Eingel quedó inconsciente y ya se la llevaban. Dos lágrimas empezaron a
correr por sus mejillas. Se soltó de los guardias y se paró delante de la catarata.
-Athradien.-El príncipe se dio vuelta hacia su hermano. Rilien lo miraba mientras negaba
con la cabeza. Todo estaba perdido. Athradien se acercó al capitán y dijo:
-Mis manos están limpias.
Se fue hacia el bosque mientras los otros lo miraban. Los sollozos de Arawen y el ruido de la
catarata eran lo único que se escuchaba.
Eingel se levantó del río. Estaba empapada de pies a cabeza. Tocó su frente y la sintió
pegajosa. Miró su mano y estaba llena de sangre. Se miraba la mano, sentada en el río sin
comprender; si le hubieran dado dos segundos más, estaría sana y salva en Lithaldoren. Uno de los
humanos la tomó por los dos brazos y se los puso en la espalda. Eingel gritó.
-¡Suéltame!
El humano rió. Mientras la tiraba fuera del río.
-Tenemos un lugar especial preparado para ti- dijo riendo.- ¿No es cierto Austin?
Austin era alto y de cabello marrón. Estaba sacando una jeringa de un maletín mientras
decía:
-Si, cierto: un lugar muy especial. Pero me temo que no te podemos llevar despierta allá.
-¿Qué quieren de mi?-exclamó Eingel, mientras le ataban sus manos con una tira de cuero.
-Te queremos a ti precisamente-, dijo Austin mientras llenaba la jeringa con un líquido
amarillo- hemos tratado por mucho tiempo de atrapar a algún elfo y de hecho es difícil creer que
finalmente lo hicimos.
Se acercó a Eingel y le inyectó el líquido en el brazo. Le costó un poco ya que Eingel se
zafaba fácilmente. Finalmente lo logró.
-Dulces sueños- dijo riendo. Todo se tornó oscuro y Eingel calló en un profundo sueño.
“Estimados empleados,
Nos vemos en necesidad de personal especializados en un proyecto nuevo de la empresa. Se
le pide a: Seth Blackite, Austin Aimsell, Taylor Lawey, Raimund Mckoon e Ian Rosband a
presentarse en el edificio Elf's White 954 en la calle Walthimore, donde serán informados
por su trabajo.”
Atentamente,
La gerencia
Eingel se despertó en un sofá largo sin respaldo que estaba entre dos árboles grandes. Miró
hacia arriba tratando de ver la copa del árbol pero a dos metros se tapaba con una hiedra tupida.
Miró en derredor. Habían plantas y arbustos, flores pequeñas en el suelo y mucha hiedra en todas
partes. Se levantó a mirar. Caminó casi doscientos metros. Todo ese bosque era tupido y no se veía
nada a dos metros. Paró y miró a su izquierda. Entre la hierba vio algo verde sin fondo.
Acercándose, comprendió que era una pared pintada del mismo color de la hiedra.
Siguió caminando hasta llegar al final. A su derecha vio una fuente bastante grande, con
peces adentro. Barrotes dorados se extendían delante de ella y muchas personas se apretaban contra
ellos. Detrás había una habitación gris, bastante grande. A la izquierda había una puerta entre abierta
por la cual se podía ver una cocina y a la derecha había una plataforma redonda llena de botones y
ordenadores. En la plataforma había un muchacho de cabello oscuro.
Eingel sintió una luz blanca golpearle la cara. Luego otra y otra y otra más. El pánico pronto
se apoderó de ella y empezó a retroceder. Un joven de cabello marrón, estaba parado al lado de la
jaula, hablaba casi gritando para que todos pudieran escuchar:
-Delante de ustedes pueden ver al primer elfo encontrado en la historia. - Eingel lo
reconoció. Era el humano que la había capturado frente la catarata. Sintió un nudo en el estómago y
echó a correr hacia atrás. Se tiró al suelo al lado del sofá respirando fuertemente. No volvería allá,
eso estaba claro. Luego un agudo pito le retumbó en los oídos. Sintió como si fuera una aguja en sus
orejas. Se tapó inmediatamente los oídos caminando de vuelta hacia la muchedumbre. No quería
volver allá, pero sus pies no le obedecían. Cuando llegó de vuelta a los barrotes el sonido paró
instantáneamente. Trató de volver atrás y el sonido volvió a retumbar en sus oídos. Volvió adelante
y más barrotes cayeron tras ella desde el techo. Empezó a llorar de desesperación.
-Los doctores han determinado que sus oídos son más sensibles que el oído humano. Por lo
tanto si queremos que venga, lo único que debemos hacer es activar un ultrasonido para que se
acerque.
-¿Cómo sabemos que es una verdadera elfa?- preguntó un hombre. Austin entró a la jaula
con una tijera en sus manos. Se acercó hacia Eingel que se alejaba gritando.
-¡Aléjate de mi!
-No te voy a hacer daño- dijo, cogiéndola por un brazo y atraiéndola hacia el. Cuando la
tubo cerca habló en voz alta de nuevo.- Sus vestimentas son de una sola pieza y además...-tomó
todo el cabello de Eingel en su puño y con la tijera se lo cortó. Luego le pasó los dedos de arriba a
abajo y a medida que bajaba su mano, el pelo de Eingel crecía, hasta que quedó igual de largo que
antes. El asombro se apoderó de todos los humanos que se apegaron más a los barrotes, los de
adelante sin poder respirar.
-Damas y caballeros- exclamó Austin,-¡les presento la elfa!
Todos aplaudieron y los rayos blancos incrementaron. Austin soltó a Eingel que trató de
escaparse a un lugar seguro. Se fue a la esquina de los barrotes detrás de ella y se arrodilló en el
suelo llorando. Cubrió su cara mientras escuchaba a Austin reírse y esperó a que los rayos cesaran.
Eingel levantó su cabeza lentamente. Los humanos se habían ido y los barrotes tras ella
estaban levantados. Escuchó el chirrido de la puerta que se abría. Un muchacho alto, rubio y de ojos
color marrón oscuro entró. Traía un plato con una hamburguesa en el, y una botella con un líquido
negro en la otra mano. Eingel lo miró seriamente mientras se acercaba.
-Te traje cena- dijo el muchacho extendiéndole el plato.
-¡Gwanno ereb nin! (¡Déjame sola!)- gritó Eingel, mientras se levantaba y corría dentro de la
jaula. Se tiró en el sofá y se quedó dormida.
Cuando despertó de nuevo vio al joven sentado contra el otro árbol leyendo un libro. Tenía
una botella de vidrio a medio tomar, con el líquido negro que echaba diminutas burbujas hacia la
superficie. Al lado de el, había un rumo de libros que en la cubierta tenían caricaturas para niños y
leía un libro en el cual parecía estar muy ensimismado.
Eingel se sentó. El humano levantó su vista hacia ella y sacó el plato con la hamburguesa.
-Aún está tibia- dijo.
-No tengo hambre.
-Sin embargo debes tener sed- dijo, estrechándole otra botella llena con aquel líquido negro.
Eingel lo tomó sin decir palabra. Se llevó el vaso a los labios y saboreó la bebida gaseosa. Tenía
sabor a jengibre con caramelo. Estaba fría y la refrescó de pies a cabeza.
-Se llama Coca-Cola- dijo el humano. Eingel asintió y sorbió de nuevo la botella. Hubo unos
segundos de silencio y el joven volvió a clavar los ojos en su libro.
-¿Qué lees?- le preguntó Eingel.
-Un libro de filosofía.
-¿Qué estabas leyendo antes?
-Libros para niños
-¿Para niños?
-Bueno, supongo que si los elfos existen entonces debería aprender más de ellos.
-¿Man eneth lín?
-Me temo que no se hablar élfico.- Contestó con una risa nerviosa.
-¿Cual es tu nombre?- tradujo la elfa.
-Seth, ¿cuál es el tuyo?
-Eingel.
-Bueno Eingel- el humano se levantó sonriendo y tomó el plato-,voy a guardar tu
hamburguesa.
-Jamás voy a volver a mi hogar ¿no es así?- el humano se paró sin darse vuelta.-No te
preocupes, guarda tu hamborguisa y no te molestes en venir de vuelta.
-Okay.
Eingel lo vio perderse en el “bosque”. Tiró la botella contra la pared, llena de rabia. El vidrio
voló por todas partes perdiéndose entre la hiedra y el pasto. Eingel se agachó para recoger una flor
violeta, entre muchas. Era la misma que había recogido antes de ser raptada. La rompió y la tiró.
Sacó todas y las rompió en mil pedazos. Luego se echó a llorar sobre el sofá.
Eingel durmió el resto de la noche. Se despertó cuando Seth levantaba el rumo de libros para
niños.
-Solo vine para sacar esto. Pensé que te iba a molestar- dijo. Eingel lo miró y se dio vuelta
en el sofá para el otro lado.- Muy bien, si lo prefieres así.
Salió de la jaula y cerró la puerta. Puso los libros sobre una mesa y suspiró. Miró por la
ventana, estaba amaneciendo. Taylor entró por la puerta con su uniforme.
-Buenos días- saludó.
-Buenos días. ¿Cómo está Chad?
-Está bien. ¿Y? ¿Qué tal con la elfa?
-Es realmente una elfa. Se llama Eingel. Pero es imposible entablar una conversación. Y me
odia por sobre todo sin que yo haya echo nada.
-Seth, la acaban de raptar de su país. Por supuesto que va a estar enojada con nosotros- hizo
una pausa y miró los libros en la mesa.- ¿Son estos libros para niños?
-Quería aprender más sobre los elfos. No hay libros sobre elfos aparte de los que son para
niños. ¿Tiene algo de malo?
Taylor rió:
-No, no tiene nada de malo.
-Bueno, me voy. Iré a tomar una siesta en mi hogar. Trata de que coma algo, anoche no
comió su hamburguesa.
-¿Le diste una hamburguesa?
-Me dieron ganas de cocinar. Se tomó una Coca-Cola, pero escuché un estallido de vidrio así
que cuidado con tus pies.
-¿Coca-Cola? Rayos estás loco, no creo que un elfo coma hamburguesas y Coca-Cola.
-Tal vez. Bueno, adiós.
-Adiós.
Taylor fue a la cocina y cortó fruta. La puso en un cuenco con una cuchara y un vaso de jugo
de naranja. Los puso en una bandeja y entró a la jaula. Eingel dormía de espaldas al “bosque”.
Taylor le puso una mano en el hombro, despertándola. Eingel, al ver que era otro humano, le dijo
que se fuera y se dispuso a dormir de nuevo.
-Tienes que comer algo. Al menos dos pedazos.
-No tengo hambre.
-Estás mintiendo.
Eingel se dio vuelta lentamente, se sentó y tomó el plato de fruta y el vaso. Sorbió un poco
de jugo y comió algunos pedazos de fruta.
-Eso es- susurró Taylor.
Así pasaban los días, Eingel dormía o se paseaba por la jaula. A veces alimentaba a los peces
en la laguna. No le dirigía palabra a nadie, sobre todo a Austin, Raimond y Ian, que normalmente
solo invitaban a amigos y hacían fiesta en la cámara fuera de la jaula.
Todos los días venían personas a verla. Todos los días, Austin cortaba su cabello que luego
crecía, volviendo locos a todos los espectadores. Luego vendían su cabello, cosa que todos
compraban, locos por el descubrimiento de un elfo.
Un día, Seth trajo a sus pequeños sobrinos; dos pequeños mellizos de cinco años. Ambos
eran rubios y muy intranquilos. Eingel se encontraba sentada al lado de la fuente, que estaba muy
cerca de la puerta. Los miraba jugar y una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Seth la vio, con su
rostro acalorado. Eingel volvió la vista a la laguna. Seth se acercó a los barrotes y preguntó:
-¿Te molesta si jugamos en el bosque?
Eingel negó con la cabeza. Seth y sus sobrinos entraron a la jaula.
-Digan gracias- dijo Seth
-¡Muchas gracias!- dijeron los niños al unísono.
-De nada- dijo Eingel con una semi sonrisa. Seth la miró sonriendo. Eingel apartó su mirada.
El turno de Seth terminó y nuevamente llegó Taylor para pasar la noche. Trató de conversar
con Eingel, pero no tubo éxito. La elfa respondía negando o asintiendo con la cabeza.
-Definitivamente me doy por vencida- le confesó a Seth mientras cambiaban turnos.-Es terca
y no está dispuesta ni siquiera a escucharme.
-Es una buena persona. Esta resentida con los humanos, eso es todo.
-Claro, ahora eres tu el que me lo dices.
Seth hizo una sonrisa pícara.
-Okay, adiós. Nos vemos en el teatro.
-Adiós- dijo Seth.
Esta vez en ves de cortar fruta, cocinó panqueques. Entró a la jaula llevando el plato y un
vaso con jugo de naranja.
-Te traje algo diferente- trató de tentarla. Eingel se sentó y lo miró. Vio sus ojos marrones
que la miraban con compasión. Tomó el plato y lo puso a un lado. Se paró y dando la vuelta al sofá,
le dio la espalda.
-Escucha, ya se que me odias, pero no tienes razón a hacerlo.
-¿Así que quieres que te trate amablemente cuando por culpa de tu gente mi familia me cree
muerta?- respondió Eingel dándose vuelta y ubicándose delante de el.
-Sin embargo...
-Si yo no estoy con mi gente en un par de días, entonces mi hermana estará obligada a
casarse con alguien que no ama para que no estalle la guerra.
-No sabía.
-No. Tu no sabes nada, así que simplemente para de tratar ser amable conmigo.
-Mira, no he sido yo el que ha cortado tus cabello y tampoco fui yo el que te capturó.
Simplemente estoy aquí para que te sientas bien y para cuidar el edificio. Si hay algo que hice mal,
perdóname, y si hay algo que puedo hacer mejor entonces dímelo. Pero no me odies.
Pasaron algunos segundos en silencio. Eingel miraba pasado el hombro de Seth. Bajó la
vista y luego lo miró a los ojos.
-¿Sabías que me encanta la Coqui-Cala?
Seth rió:
-Se llama Coca-Cola- la miró a los ojos y le extendió la mano.-¿Amigos?
-Amigos- dijo Eingel poniendo su mano frente a la de él.
-Se hace así- tomó su muñeca con delicadeza y la puso en la mano de el. Eingel sintió la
calidez de su piel mientras el sacudía la mano suavemente, balanceando la de ella hacia arriba y
hacia abajo.
Eingel escuchaba desde detrás de un árbol. Imposible. Eso había supuesto. Jamás volvería a
ver Lithaldoren, o Arawen y su familia.
Escuchó los goznes de la puerta chirriar. Taylor entró con una bandeja con la cena. Se asustó
cuando vio a Eingel detrás del árbol, mirándola sin expresión en su cara.
-Lo siento, no sabía que estabas aquí- se disculpó. Eingel sonrió tristemente para decirle que
no guardaba rencor. Pasaron unos minutos en silencio.-Escucha, Seth me contó todo. Ojalá hubiera
algo que pudiéramos hacer al respecto..
-Por favor. He sido ciega, no sabía que ustedes eran tan buenos.
-Solo estabas pensando en el bien de tu pueblo, nosotros fuimos los ciegos. Trataremos de
pensar en algo para sacarte de aquí.
Eingel asintió con la cabeza. Taylor dejó la bandeja en el suelo y la abrazó con cariño.
-¿Arawen?- Eglerion se acercó a su hija que estaba sentada al lado del río. Se sentó a su
lado. Ni uno de los dos articuló palabra alguna hasta que Eglerion espetó:
-¡No tienes que casarte con Athradien! Preferiría declararle la guerra a ese rey estúpido antes
de ver a mi hija en miseria.
-¡Padre, no! No puedo dejar que el hombre que amo sea mi enemigo y que Lithaldoren se
vea envuelta en vergüenza por mi cobardía. No declares la guerra, padre, no lo hagas.
-Arawen, Arawen. Eres demasiado buena.
El congreso se reunió una vez más, esta vez con ambas familias. Todos estaban sentados en
sus sillas mientras el anciano anunciaba todo. De la nada, Athradien se levantó de su silla y
exclamó:
-Ada, no hagas esto. No es mi voluntad casarme con Arawen.
La sala quedó en silencio. Rilien miró a su hermano sin comprender. Athradien continuó:
-Si tan solo, padre, pudieras decir no a la ley por una vez, deja que Rilien despose a Arawen.
La sala quedó en silencio. El anciano de Lithaldoren miraba a Athradien como perturbador
de la paz.
-Lo haría hijo, pero es necesario que te cases con una princesa para poder ser rey de
Varendel- respondió el rey a su hijo.
-Tampoco es mi voluntad ser rey. Yo quiero proteger a Varendel y lo haré con mi vida. Ada,
sabes que no seré un buen rey. Rilien siempre ha querido dedicarse a gobernar Varendel con
sabiduría, yo no.
-¿Es esto cierto, Rilien?
Rilien se armó de valor y, levantándose de su silla, dijo:
-Si, ada, lo que Athradien dice es cierto. He tratado de decírtelo, pero has cerrado tus oídos.
El bien de Varendel está en tus manos. Sería un país bien protegido por un noble guerrero, que
arriesgará hasta la vida por su patria.
El rey se quedó callado. Luego de unos instantes, se acercó a Rilien y poniendo sus manos
sobre los hombros de su bien amado hijo, dijo:
-Creo que serás un gran rey, Rilien- poniendo un brazo en el hombro de Athradien
prosiguió,- Varendel estará en buenas manos.
Rilien se zafó y se dirigió hacia Arawen, que tímidamente bajó su mirada. Rilien le extendió
la mano amorosamente. Arawen levantó su mirada y lo abrazó.
El anciano, acercándose a Eglerion, dijo:
-Señor, ¿qué ha pasado?
-Bueno, me temo que hemos roto la tradición
El anciano rió:
-¡Por fin! Ya me estaba aburriendo de anunciar lo mismo tantas veces, ¿Sabe?
Los días se empezaron a hacer más cortos para Eingel. Seth traía naipes y Taylor siempre
tenía algún tema para hablar. En cuanto los otros tres, Austin, Ian y Raimond, Eingel sí que si los
ignoraba por completo. Sin embargo, con Seth y Taylor nunca se aburría y los empezó a querer
mucho. Con Seth compartía todo y con Taylor hablaba muchas cosas. Les enseñaba el lenguaje
élfico y ambos aprendían rápido y a veces compartían pequeños diálogos. A Seth también le
enseñaba a blandir espadas. Seth era un verdadero soldado, pensaba Eingel. A pesar de que en el
mundo moderno de los humanos no se cruzaban espadas y Seth aprendió rápido, aun que
practicaban con palos largos de madera, nada más.
Un día peleaban, durante la noche. Eingel estaba escondida detrás de un árbol, esperando
que Seth se acercara lo suficiente. Cuando llegó el momento salió, sorprendiéndolo. El humano
alcanzó a levantar su “espada” y bloqueó la de la elfa. Giró sobre sus talones y pegó un golpe
certero. Eingel lo esquivó. Subió a una roca para luego saltar sobre el. Chocaron las espadas, corrían
y saltaban.
-El alumno nunca sobrepasa al maestro- dijo Eingel mientras bloqueaba la espada de Seth.
-Hain ú-'le (No te tengo miedo)- Repuso él con una sonrisa pícara. Luego hizo un
movimiento inesperado que sacó la espada de Eingel volando por los aires. Eingel lo miró
sorprendida, sin aliento.
-Aprendes mejor de lo que te enseñan.- Resolló. Seth la miraba sonriendo.- Deberías
practicar con Athradien. No veo por que no podrías ganarle.
Seth tiró su palo al bosque y juntos se dirigieron a la laguna. Ahí hablaron, arrodillados al
lado de la laguna de peces. Se contaban chistes y reían. Eingel rió después de que Seth le había
contado un chiste. Miró a Seth sonriendo mientras mostraba sus blancos dientes. Seth la miró de
vuelta con cariño. Vio los ojos cristalinos color turquesa de la hermosa elfa. Puso su mano en el
cuello de ella. Eingel sintió la calidez de su piel. Seth había pensado si tal vez, Eingel se quedaría
con el en Miami.
-Eingel, ¿Te has preguntado alguna vez...?- hizo una pausa. No, ella jamás se quedaría en
Miami con el. Tan solo se le presentase la oportunidad, ella volvería a Lithaldoren para tratar de
salvar a su país. Además ella era una elfa, el era un humano. ¿Que había estado pensando?
-¿Preguntarme que?- dijo Eingel
Seth la miró a los ojos. Sacó su mano del cuello de ella y, mirando la laguna dijo:
-¿Te has preguntado alguna vez porqué los peces son de colores?
-No, no realmente.
Hubo silencio. Escucharon la puerta del edificio abriéndose.
-Eso es extraño- dijo Seth levantándose.- Es tarde. Tal vez es Taylor que viene a dejar los
horarios para la próxima semana.
Salió de la jaula y Eingel se apoyó en sus codos, mirando a los peces nadar.
-¿Porqué son de colores los peces?- se preguntó.
Escuchó un grito y luego un golpe. Se incorporó lentamente y vio a Austin acercándose.
Detrás iban Ian y Raimund, arrastrando a Seth, que se retorcía para zafarse. Austin entró a la jaula,
levantando la mano para que los otros se quedaran afuera. Eingel corrió hacia el “bosque”, pero
cuando llevaba la mitad del camino escuchó aquel horrendo pito, que llenó sus oídos. Se abrazó a
un árbol que estaba delante suyo y golpeó su frente contra el, desesperada. Tapó sus oídos con sus
manos y, involuntariamente, sus pies la llevaron de vuelta hacia la fuente. Caminaba de espalda,
tratando de ver alguna máquina a la cual tirar algo para parar el pito. Justo cuando salió de la zona
del pito, chocó con Austin, que la tomó de la cintura y la dio vuelta hacia él. Besó los pálidos labios
de la elfa que trataba de zafarse, mientras Seth gritaba para que la dejara ir. Austin la empujó dentro
del punzante y agudo ruido. Eingel trataba desesperadamente zafarse y al mismo tiempo de taparse
los oídos. Austin la tomaba del cuello y de la cintura. Apartó su cara de la de Eingel e hizo un gesto
a sus dos amigos para que callaran a Seth, que no se daba por vencido. Seth sintió un golpe en el
estómago y luego una bofetada en su cara. Eingel gritaba.
-¡Déjenlo, por favor, déjenlo!
Austin hizo una seña para que pararan. Esta vez besó a Eingel con más fuerza y la arrastró,
sin querer, hacia la laguna. Cada vez que Seth gritaba para que Austin la soltara, recibía otra
bofetada.
-¡Déjala ir, desgraciado!
Eingel se tropezó con el borde de la laguna, y calló en el agua con Austin encima, mientras
el agua la rodeaba de pies a cabeza. Trató de actuar rápidamente, pero no hubo caso. Austin la
agarró de la cintura y acarició sus cabellos. Seth sintió otra bofetada en su labio. Eingel palpó detrás
suyo y sus dedos tocaron la áspera superficie de una concha grande, justo cuando Austin la besaba
de nuevo. La elfa aferró la gran concha fuertemente y golpeó a Austin con ella. El humano chilló de
dolor y sintió la sangre correr por su frente. Eingel salió de la laguna, chorreando agua. Paró un
instante y se sacó un pequeño pez que se había enredado en su pelo. Lo tiró de vuelta al agua,
cayendo sobre los labios de Austin, que aulló para sacárselo de encima.
-¡No dejen que se vaya, estúpidos!- chillaba.
Raimund e Ian le dieron una última bofetada a Seth en el estómago y lo tiraron al suelo.
Trataron de interceptar Eingel, que les golpeó con la concha, que seguía en sus manos. Cayeron al
suelo gimiendo y tapándose la cara con las manos. Eingel paró en la puerta del edificio y se volteó
hacia atrás. Seth levantó la cabeza con gran esfuerzo. Su cara estaba roja y su labio inferior
sangraba.
-¡Vete!- murmuró con las pocas fuerzas que le quedaban. Eingel salió corriendo del edificio
y corrió dentro del bosque. Corrió todos los kilómetros que habían hasta llegar a la catarata, con sus
tres rivales detrás. Sus costados ardían, pero siguió corriendo. La concha resbaló de sus manos y
entró a Lithaldoren. Siguió corriendo mientras lágrimas corrían por sus mejillas. Subió las escaleras
del roble más viejo, al pabellón del rey. Entró a la habitación y vio a su padre sentado en un sofá.
Eingel se tiró al suelo y abrazó la cintura del ser que amaba.
-¿Eingel? Mi hija, estás de vuelta.- Eglerion lloró mientras acariciaba los cabellos de su hija
y la besaba. Eingel se desmayó, luego de la excitación, en brazos de su querido ada.
An estaba reunida con las muchachas, preparándolas para el baile de compromiso para
Arawen y Rilien.
-¡Oh, que felicidad, Eruanna! Jamás pensé que esto llegaría a suceder.- Exclamó Arawen,
llena de emoción.
-Es un milagro, realmente lo es.- Contestó la anciana.
-Lo único que falta es que Eingel esté aquí para compartir la felicidad. Ella debería estar
aquí, An. ¿Porqué fuimos tan tontos para salir de Lithaldoren ese día?- Las lágrimas empezaban a
asomar en sus ojos. Eruanna suspiró.
-Arawen...- La puerta del pabellón se abrió. Eglerion entró empujando la puerta con la
espalda. La anciana lo miró y sonrió. -Todavía no... oh- dejó el cabello de Arawen y caminó hacia
su rey con los ojos fijos Eingel. Arawen se dio vuelta para ver que sucedía. Nelethiel, Aladren y
Alya se acercaron también. A Eruanna le temblaba el mentón, mientras acariciaba a la muchacha y
besaba su frente, llorando.
Eingel despertó en su cama con un camisón de color amarillo pálido. Su cabello estaba
suelto y desparramado por toda la almohada. Arawen estaba parada al lado con criadas vistiéndola...
para un baile. ¿Para un baile? Arawen se volteó hacia su hermana y sonrió. Hizo una seña para que
se fueran y se sentó en la cama de su hermana. Eingel acarició la mejilla de su hermana y suspiró.
-Arawen, ¿por qué estas arreglada? ¿Hay un baile?
-Esta noche es mi baile de compromiso- contestó Arawen. Eingel se incorporó alarmada.
-No, no te casarás con Athradien. Estoy de vuelta Arawen, no puedes hacerlo.
Arawen rió:
-No con Athradien, con Rilien- Arawen sonrió, riéndose de su hermana que todavía no
entendía nada.-Han revocado la ley. Esa por lo menos. Rilien y yo nos casaremos en unos meses y
luego seré la reina de Varendel, con la persona que amo a mi lado.
-¿Sen tîr? (¿Es esto cierto?)- Preguntó confundida.
-¡Tancave! (¡Si!)
-Arawen, ¡eso es grandioso! Im gelir an le (Estoy muy contenta por ti)
-¿Vendrás con nosotros al baile?
-Por supuesto que si.
Arawen contempló a su hermana complacida.
-Es bueno tenerte de vuelta Eingel.
-Es bueno estar de vuelta.
Eingel se levantó y su hermana la ayudó a vestirse. Le puso un vestido de color turquesa
pálido. Tenía un cuello redondo con una tela bordada en todo el derredor y las mangas eran
apretadas con un elástico hasta el codo. Luego caían las mangas mezclándose con el vestido. Se
tomó el cabello en una trenza larga que caía sobre su hombro, con el cabello suelto arriba y trenzado
abajo, y un cintillo en la frente.
En la sala de bailes, anunciaron el retorno de Eingel. La gente vituperó y sus pequeños
primitos corrieron para saludarla. Eingel se arrodilló y los abrazó, contenta de sentir la calidez
infantil de su familia. Eglerion fue hacia ella para abrazarla también y luego la dejó ir.
Eingel se dirigió hacia la sala principal y subió por la escalera que llevaba al segundo piso,
sin saber que Athradien la seguía. Se sobresaltó cuando vio al robusto elfo.
-Athradien- se paró del suelo y fue a abrazarlo.-Gracias por todo lo que has hecho. Por
Arawen, Rilien y todos.
Athradien la abrazó de nuevo con alegría infantil, que aún conservaba... que siempre
conservaría.
Pasaron los días y Eingel ya había saludado a todos sus amigos y familiares. Los niños
corrían hacia ella para que juegue con ellos y sus amigos la invitaban a dar una vuelta por el río.
Eingel le había contado a su familia todo lo que había sucedido; desde que la habían
capturado hasta la noche cuando escapó.
-Eingel, si quieres puedes seguir saliendo al bosque humano, pero no te alejes de la catarata-
dijo Eglerion.-Nadie ha salido de Lithaldoren desde que te perdimos.
Eingel asintió. Salió de la habitación y se reunió con Arawen. Caminaron bordeando el río,
saludando a los pescadores con alegría, como solían hacer. Eingel le contó a Arawen sobre Seth y
Taylor, sobre como habían sido tan amables con ella. Le contó sobre las hamborguisas y la Coca-
Cola. Arawen le contó a su hermana que había sucedido en Lithaldoren desde que ella había
desaparecido y como revocaron la ley.
-Además tienes un admirador secreto- rió Arawen.
-¿Quién?
-El soldado jefe. Ithron.
-¿Ithron?- Eingel frunció levemente el ceño.-Ese elfo es más que malo. Es amante de la ley
y si tan solo se le diere la leve oportunidad de gobernar Lithaldoren lo haría y llevaría a nuestro país
a la perdición.
-Es un buen guerrero.
-Supongo.
Eingel calló, pues Rilien venía hacia ellas.
-La modista quiere probarte el vestido de bodas que ha cosido para ti inmediatamente,
Arawen.
-Es cierto. ¿Eingel vienes conmigo?
-No gracias, prefiero que sea una sorpresa, en el día de la boda.
Arawen se despidió de ella y siguió caminando, tomada del codo de Rilien. El la miraba con
cariño y la besó en la mejilla. Eingel los miraba contenta. Era un sueño hecho realidad. Se desvió
del camino que bordeaba el río y cruzó el bosque, encaminándose a la catarata. En el camino se
encontró con Ithron, que la saludó con una reverencia. Eingel se la devolvió y siguió caminando.
Cuando llegó a la catarata, hizo un gesto con la mano y el agua se hizo transparente. No había nadie
afuera. Cruzó y volvió a sentir el agua que cubría sus tobillos. Siguió el curso del río hacia abajo,
hasta llegar a una banca de piedra. Se sentó en ella y miró las aguas en movimiento.
-Veo que no le has perdido el miedo a salir de Lithaldoren- dijo una voz detrás suyo. Eingel
se dio vuelta y vio a Seth apoyado en el tronco de un árbol. Su cara ya estaba recuperada, excepto
por una pequeña herida en su sien izquierda. Su cabello estaba algo desordenado y sus ojos
irradiaban alegría. Llevaba puesto un pantalón oscuro con una camisa negra, arremangada hasta el
codo.
-Seth- murmuró Eingel sorprendida, mientras se levantaba de la banca.-Jamás le pierdo
miedo a nada.
Seth sonrió.
-Me dijiste eso cuando todavía me odiabas. Pensé que habrías cambiado de opinión.
Hubo unos minutos de silencio. Seth rompió el sonido de las aguas corriendo y de los
árboles meciéndose con el viento, diciendo:
-Así que ahora que estás de vuelta supongo que tendrás que casarte con Athradien.
-Para nada. Gracias a el y su hermano revocaron la ley. Mi hermana se casará con Rilien, en
unos meses.
Seth asintió.
-Mis más sinceras felicitaciones.
-Gracias.
Más silencio. Eingel suspiró y corrió para abrazarlo. Seth puso sus brazos alrededor de ella.
-Es bueno verte de nuevo, Seth.
-Es bueno verte a ti donde perteneces.
Eingel entró a Lithaldoren sonriendo. Se había quedado un buen rato conversando con Seth
y volvía para cenar con su familia. Iba caminando distraídamente, cuando chocó con Ithron.
-¡Ithron! Que... que gusto verte.
Ithron la miraba seriamente. Era alto y robusto, su boca marcaba una linea seria y fruncía el
ceño. Su cabello era rubio y lo tenía tomado bien apretado, toda la parte de arriba. El resto caía
sobre sus hombros.
-No deberías salir sola fuera de Lithaldoren- dijo serio.
-Ahem... bueno, no, no debería. Pero estoy bien sola, Ithron.
Hizo una reverencia y se largó lo más rápido posible. Nunca disfrutaba estar con aquel elfo.
Ni si quiera era un verdadero soldado. Un verdadero soldado era humilde, pero fuerte. Ithron era
orgulloso y perverso. Un verdadero guerrero era... era... era como Seth. O Athradien. O también
alguien como Rilien, alguien como su padre. Gente humilde, justa, fuerte, gente que se preocupaba
de su pueblo. A Ithron ni le importaba la vida de su madre. Un soldado no se formaba por tener una
espada en la mano, si no por la preocupación por su pueblo. La preocupación por la gente que ama.
Eso era un verdadero soldado.
Eingel entró al comedor real, donde ya todos estaban reunidos. Se sentó a la mesa y
empezaron a comer. La elfa les dijo que se había encontrado con Seth.
-¿El que te defendió la noche que escapaste?-preguntó Eglerion.
-El mismo.
-Me gustaría conocer a ese muchacho,- dijo su ada,-y darle las gracias por devolverme mi
hija.
Todas las noches, después de la cena, Eingel salía de Lithaldoren y se sentaba en la banca al
lado del río y esperaba a que Seth llegara. De vez en cuando Seth llevaba Coca-Colas o panqueques.
-Despidieron a Austin, Ian y Raimund luego de que te fuiste. Se enteraron de todo lo que
trataban de hacerte y todo lo que pasó esa noche. Los periodistas quedaron desconcertados.
Ambos rieron. Seth no le dijo que el mismo extrañaba verla.
-Eingel, te prometo que estaré aquí, cada noche... y en cualquier momento que me necesites-
los ojos de Seth estaban fijos en los de Eingel que le sonrió.
-Prometo hacer lo posible para llegar a ti, cada noche del resto de mi vida.
La promesa se cumplió por muchas lunas. Más de un año pasó, y todas las noches estaban
presentes al lado del río.
La siguiente noche, cuando Eingel llegó a la banca al lado del río, Seth ya estaba ahí. La elfa
llevaba puesto un vestido sin mangas, de color morado pálido. Era una tela arrugada, llena de
pliegues, y caía graciosamente.
Escucharon un trueno y sintieron las gotas de lluvia golpear sus caras. La lluvia empezó a
ser más fuerte hasta que ya no se podía ver nada a tres metros. Seth la tomó de la mano y corrieron
de vuelta a la catarata. La llevó bajo un gran árbol que los protegió de la lluvia aun que ya estaban
empapados de pies a cabeza. Seth la miró a los ojos. Puso sus manos alrededor del cuello de la elfa
y la besó con ternura. Eingel puso sus manos en los hombros de Seth y acarició sus cabellos
mojados. Las manos mojadas del humano la tomaban con delicadeza y la besaba como si sus labios
fueran de porcelana.
Ithron miraba la escena con furia. Estaba escondido entre los arbustos al lado de la catarata y
sacó un pequeño puñal. Saltó con un grito de furia, sorprendiéndolos. Seth empujó a Eingel a un
lado justo a tiempo cuando Ithron apuñaló a Seth en el brazo derecho. Le hizo un tajo desde el codo
hasta la muñeca y luego lo golpeó en la cara dejándolo inconsciente.
-¡Ithron!- gritaba Eingel. Se interpuso entre Seth y el elfo que se disponía a matar al
humano. De la nada salieron hombres del bosque con pistolas en sus manos. Ithron echó a correr y
se metió en la catarata cuanto antes. Humanos tomaron a Eingel desde la retaguardia y la obligaron
a arrodillarse en el suelo mojado.
-Te tenemos de nuevo, desgraciada- esta vez no era Austin. Eingel forcejeaba para soltarse.-
Lleven a Seth.
-No despertará- musitó Eingel.
-¿A qué te refieres?
Eingel no respondió.
-¡Habla!
-Es un ataque elfo. No despertará.
-Bueno, pues... ¡tu lo hiciste, así que soluciona tu!
Eingel se soltó y gateo hacia el cuerpo inerte de Seth. Rasgó la parte de abajo de su vestido y
con eso vendó el brazo. Los humanos no se atrevieron a interrumpirla o apresurarla, respetaban la
sabiduría de aquella mística criatura. Eingel situó sus manos al rededor de la cara de Seth. Puso su
frente sobre la frente de el y nariz sobre nariz. Cerró los ojos y musitó:
-Telin le thaed. Lasto beth nîn, tolo dan na ngalad. Tolo dan na ngalad. (He venido a
ayudarte. Escucha mi voz, vuelve a la luz)
Sus labios pronunciaban las palabras delicadamente. Eingel besó la frente del humano y
Seth lentamente abrió sus ojos. La elfa acarició el mojado cabello de el y se levantó. Los humanos
trataron de sujetarla cuando Eingel echó a correr hacia la catarata.
La criatura siguió el curso del río, corriendo. Se tiró al lado del piano y lloró. Había sido una
tonta. Por culpa suya, Ithron había herido a Seth y casi la raptaban de nuevo.
Abrió los ojos y vio a Eruanna, la niñera, encaminándose hacia ella.
-Tu padre te llama, Eingel. Te quiere ver en la sala de reuniones.- dijo la anciana.
-¿Sala de reuniones?- musitó Eingel, extrañada.
Eingel entró a la sala. Los ancianos estaban ahí. Al igual que Eglerion, Ithron y su padre.
Eglerion tenía semblante serio, agobiado. Eingel frunció el ceño. El anciano del bosque le indicó
que se siente. Ithron se levantó y tomo la palabra.
-Ancianos, me encuentro aquí para hacerles una petición, que mi alma ha estado esperando
con éxtasis e impaciencia. Deseo pedirles la mano de la princesa, y su bendición.
El corazón de Eingel dejó de latir. Mantuvo la respiración. Su padre no estaría de acuerdo,
no le gustaba Ithron y odiaba a su padre.
-¿Eglerion?- dijo el Anciano. Eglerion se levantó de su silla y se encaminó hacia su hija. El
corazón de Eingel empezó a latir con fuerza. Su padre le extendió la mano. Eingel miró a todos en
la sala. Ithron tenía una sonrisa cínica en su cara. Todos los ojos estaban puestos en ella. ¿Que
estaba pensando su padre? ¿La entregaría a alguien que se apoderaría del trono? La princesa podía
sentir el mal que venía. Cerró los ojos y vio las hojas de los árboles secos y la noche sin luz de luna.
Ella estaría en el medio, haciendo lo que Ithron le ordenaba, como una buena esposa... solo tendría
un mínimo de poder sobre Lithaldoren y luego todo se desvanecería.
Se levantó de la silla y se volvió hacia la puerta.
-Vuelve, Eingel.- Eingel se paró. Era Eglerion quien hablaba. Eingel se dio vuelta y a causa
de la amargura y odio apenas puedo reconocer a su padre. Se vio obligada a tomar la mano de
Eglerion, que la encaminó hacia el centro de la sala, donde Ithron estaba parado. El Anciano
también se paró junto a ellos y empezó a hablar. Eingel conocía la ley. De ahora en adelante,
estando comprometidos, ella tendría que obedecerle en todo, con el riesgo de que la destierren.
Después de la boda, en unos cuantos meses más, tomarían parte del consejo, hasta que Eglerion se
retire y ellos tomen el trono.
-¿Eingel?- la elfa estaba sumergida en sus pensamientos y no escuchó al Anciano hablarle.
El hombre suspiró y repitió todo:
-¿Tomas a Ithron como novio...
Le preguntaban por algo en lo que no tenía opción.
-...Y obedecerlo en todo lo que diga?
La sala quedó en silencio. ¿De que servía pensarlo? La respuesta seguiría siendo la misma.
-Si...- musitó ella. El Anciano les puso los anillos de compromiso.
Hecho está.
Eingel bajaba las escaleras del árbol. Se dirigió al río, serena. Tomó asiento delante del
piano y acarició las teclas, antes de empezar a tocar una melodía, una melodía que calmó las aguas
del río, calló los pájaros que cantaban, invitándolos a escuchar. Una melodía que estremecía el pasto
bajo sus pies y mecía los árboles cernidos sobre ella. Lo que tocaba era una historia. Una historia
sobre un elfo desesperado que encontraba felicidad. El principio era melancólico y apagado, pero,
de a poco, se tornaba melódica y feliz. Eingel paró al medio. No recordaba como era la parte feliz.
Ya nada le parecía feliz.
La amargura contra su padre creció en su pecho. La rabia era tan grande que no le quedaban
lágrimas que llorar. Miró el anillo en su mano. Lo único que la consoló fue que las cosas jamás iban
a ser peores que esto.
Eingel se encaminaba al pabellón de ella y sus hermanas. An estaba arropando a Nelethiel y
se dio vuelta para saludarla con una sonrisa. Eingel sonrió de vuelta y se dirigió al baño. La tina
todavía estaba humeando. Eingel se sacó su vestido, aún húmedo y rasgado. Se metió al agua tibia,
que la refrescó entera. Apoyó su cabeza en el borde de la tina, y cerró los ojos. Eruanna entró,
trayéndole una bata, ya que Eingel siempre se ponía su camisón más tarde, sola.
Eingel abrió los ojos y vio a la anciana sonriente, que ya sabía todo. La joven volvió a cerrar
los ojos y se acomodó. Escucho a An suspirar.
-Eingel...
-Ya se.- se apresuró la elfa.
-Si quieres consolación, entonces escucha.
-No necesito consolación, An. Mi vida es miserable y lo se.- espetó Eingel. Suspiró volvió a
cerrar los ojos.- Pensé que papá siempre tomaba las decisiones correctas. Hoy me demostró lo
contrario.
-¡Eingel, no hables así de tu padre!
Eingel ignoró lo que la anciana dijo y salió de la tina. Se puso la bata y amarró el cinturón.
Alguien golpeó en la puerta y Eruanna abrió. Entró Eglerion, para decirle buenas noches a su hija.
Eingel le daba la espalda y lo miraba por el espejo. Su padre se acercó a ella y la abrazó por detrás.
Eingel bajó la mirada y su padre besó su cabeza.
-Buenas noches, Eingel.
Su hija no contestó. Eglerion besó su cabeza una vez más y salió.
-Tu padre solo esta haciendo lo mejor, Eingel.- dijo Eruanna.
-¿Lo mejor?- Exclamó la muchacha dándose vuelta.- Si crees que lo mejor es que Ithron
gobierne Lithaldoren, entonces has perdido la cabeza al igual mi padre.
La anciana bajó la mirada, lágrimas empezando a caer por sus mejillas. Eingel se fue a
sentar sobre la banca y tomó su cabeza con las manos, suspirando.
-Lasto, Eingel. (Escucha). Estaba por entrar al pabellón para recoger las tazas de Eglerion y
el padre de Ithron. No me atreví a entrar, ya que escuche un grito. El padre de Ithron estaba
amenazando a Eglerion de matar a todas sus hijas y quemar Lithaldoren si no le daba tu mano a su
hijo en matrimonio.
Eingel se quedó en silencio. La anciana se encaminó para salir y paró en la puerta.
-Piensa bien antes de juzgar a alguien, Eingel.
Cerró la puerta y se fue. Eingel permaneció quieta, en silencio. Se levantó y salió del baño.
Sus hermanas dormían profundamente, y la luz de su propia cama estaba encendida. Salió de la
habitación, entrando al pabellón. El fuego crepitaba en una esquina, iluminando levemente la sala.
Eingel se sentó en la banca larga.
Los goznes de la puerta chirrearon. La elfa levantó la mirada y vio a Ithron entrar. Se levantó
sobresaltada. Ithron cerró la puerta detrás suyo y se encaminó hacia su novia.
-Buenas noches, Eingel.- dijo, dándole un beso en la mejilla. Eingel no respondió, mirando
pasado el hombro del elfo, hacia el fuego crepitante.- Eingel, no podrás ir más lejos que la
catarata... jamás volverás a ver a ese humano, ¿entendido?
Eingel miró a Ithron, sin poder creerlo. Ithron se dirigió a la puerta.
-¡Lau! (¡No!) ¡Ithron, espera!- Eingel corrió tras de el y cogió su brazo para pararlo.
-¡Atrévete a desobedecerme y lo lamentarás! ¡Serás vendida como esclava, o algo peor! Y tu
lo sabes bien, Eingel
-Entonces tú perderás tu oportunidad para ser rey.- Espetó ella. Ithron rió.
-Esa es la mejor parte, si tu te vas, desposo a Alya. Deberías estudiar más políticas.
Ithron tenía razón. Si Eingel era desterrada, Eglerion tenía que entregarle la mano de Alya en
matrimonio a Ithron.
-No es Alya quien quieres. Me quieres a mi. Siempre has estado esperando el momento para
casarte conmigo.
-¡Buenas noches, Eingel!
El elfo se zafó de la princesa que sujetaba fuere su brazo.
-¡Ithron!-gritó Eigel desesperada. El soldado cerró la puerta de un golpe. Eingel tomó una
vasija de porcelana, sobre la mesa, y la tiró al suelo, llena de rabia. La vasija se quebró en mil
pedazos, que volaron por el aire. Eingel se tiró al suelo, al lado del desorden. Los hombros de la
princesa se sacudían bajo sus sollozos, mientras el fuego en la chimenea se iba apagando poco a
poco.
El sol se estaba poniendo, pintando los árboles. Eingel salió al balcón y vio frente a ella la
catarata. Seth ya estaría esperándola en la banca, al lado del río. Debajo suyo había un grupo de
soldados. Entre ellos estaba Ithron. El elfo miró hacia arriba y Eingel se retiró, sin querer mirarlo.
Entró a la habitación que compartía con sus hermanas, que estaban cenando con su padre. Eingel no
tenía apetito. Abrió su armario, sacó una bata y se encaminó al baño. Dejó la bata en una silla y fue
a buscar cubos de agua caliente para llenarla. Se sacó el vestido y entró. El agua tibia la relajó de
pies a cabeza, y se quedó dormida.
Seth se encaminó por el bosque hacia la banca al lado del río. Esperó y Eingel no apareció.
El sol ya se había puesto hace horas, y la luna brillaba, coloreando el pasto, como si fueran gotas de
plata desparramadas por la hierba.
La elfa se retorcía incómoda en su cama, intranquila.
-Lo siento Seth- musitó hacia la oscuridad. El humano se quedó hasta el amanecer y la elfa
jamás se presentó. Volvió a la noche siguiente, y la siguiente, y otra noche más. Eingel no volvería
después de lo que había sucedido esa noche. Su padre no la dejaría. Sin embargo, sabía que Eingel
no era de las personas que rompían sus promesas. Se recostó sobre un árbol. Su brazo estaba
vendado y había una línea de sangre por dentro del brazo. Se quedó dormido y soñó con una elfa
que corría por un bosque, sus pies descalzos abollando la tierra.
Pasaron los meses y Eingel se aburría. Arawen se había ido a Varendel y pronto la
coronarían reina. Eingel caminaba bordeando el río, pensando en todo lo que pasaba últimamente.
Alya cosía vestimentas para los guerreros. Nelethiel jugaba y Aladren normalmente estaba
navegando por el calmo río. Ni siquiera estaba Ithron para darle tensión al día, ya que se había ido
de caza por cuatro meses, hace dos semanas.
Eingel llegó al piano que siempre estaba parado al lado del río. Recordó cuando era pequeña
y tocaba mientras acompañaba al instrumento con su voz. Se sentó el la banca y acarició las suaves
teclas. Empezó a tocar una melodía. Las fuertes, pero dulces notas llenaron el bosque. Las aguas se
estremecieron bajo la melodía que dulcemente acariciaba la superficie.
Taylor estaba sentada en el teatro, calentando. Entró Seth y se sentó a su lado. Se había
puesto una venda negra para tapar la cicatriz que ya había sanado.
-¿Que tal? ¿Viste a Eingel anoche?
-No.
-Dale mis saludos esta noche.
-Lo haré.
Entró el profesor mientras anunciaba:
-Buenos días chicos, tengo malas noticias. La pareja de Seth para la obra, se nos ha ido, así
que todos trabajen para buscar una nueva co-protagonista. Las audiciones empiezan el próximo
lunes, inviten a todo el mundo.
El ensayo terminó y Taylor invitó a todos a su casa al lado del mar, a una fiesta, en dos días
más. Además iban otros amigos de ella.
-Lo siento, Taylor, no puedo ir- dijo Seth.-Mañana voy a Nueva York para ayudar en el
acuario por una semana. Tienen una morsa enferma.
-Muy bien, ¿vas solo?- respondió la morena.
-No, voy en mi avioneta con otras personas de la empresa.
Seth se sentó en la silla para el piloto y encendió el motor. La puerta de la avioneta amarilla
estaba cerrada y los pasajeros tomaban sus lugares.
-¡Muy bien chicos, hagámoslo!- gritó sobre el ruido del motor. Se dirigió hacia la pista y le
dio velocidad. La avioneta se levantó del suelo y sobrevoló el aeropuerto, camino a Nueva York.
Estaban a las afueras de la ciudad, cuando algo raro empezó a suceder.
-Eso es extraño- murmuró Seth. La aguja de combustible bajaba rápidamente. Algo estaba
mal- Oh, no. ¡Chicos sujétense, tenemos una avería en la caja de combustible! Trataré de aterrizar
este pájaro- tomó la radio. Quería avisar a la policía. El cable se le enredó. El suelo subía hacia ellos
rápidamente. No valía la pena, no llegarían. Tiró la radio y trató de desviar la avioneta hacia un
campo, pero el aeroplano siguió su camino hacia la carretera. Los pasajeros rezaban y el sudor
bañaba sus frentes. Los autos en la carretera pararon al ver el artefacto caer. Seth tiraba del volante.
- Mantén su nariz arriba, nariz arriba.
La avioneta calló sobre su costado, salían chispas por todas partes y el metal volaba por los
aires.
Eingel se incorporó, gritando. Su frente estaba perlada por el sudor y sus cabellos
empapados. Todo estaba oscuro, iluminado solo por la luna. Sus hermanas dormían profundamente
al lado de ella. La imagen seguía estampada en su mente. Se levantó y se dirigió al balcón para
tomar aire. Las imágenes del sueño seguían pasando por su mente. Se veía tan real... sabía que era
real.
Se dio vuelta y fue al pabellón, arrodillándose al lado de la banca. Su bolso estaba
empaquetado, para el siguiente día. Iría sola a las montañas, como lo hacía todos los años. Se
levantó y fue hacia su armario. Revolvió entre la ropa y encontró una caja de madera pequeña. La
abrió y encontró lo que quería. Un collar de oro. Era una cadena, un poco más larga que lo
suficiente para darle la vuelta al cuello, de la cual colgaba un pedazo de oro que representaba una
hiedra que formaba un óvalo. Al centro había un pedazo de mármol con la insignia de los elfos; una
elfa con sus largos cabellos al viento. Solía ser de su madre, y le acortaba las orejas cuando se lo
ponía...
Las bocinas sonaban por todas partes. La avioneta estaba volcada, a los pies de una colina,
una gran roca encima lo abollaba casi hasta el suelo. El avión estaba con los pasajeros aún adentro.
Sobre la colina estaba la carretera, llena de automóviles y gente tratando de ver que había sucedido.
Había bomberos y policías alrededor de la avioneta, gritando órdenes. Una ambulancia estaba
parada, preocupándose de los que ya habían salido.
-Tenemos a todos afuera, capitán- dijo un bombero a su jefe.
-Muy bien, llevaremos a los heridos al hospital. ¿Seguro que no queda nadie?
-Seguro, señor.
Seth agonizaba bajo el metal que no estaba a mas de unas pocas pulgadas de su cara. El peso
de la roca lo aplastaba. No podía salir, no sin ayuda. Trató de gritar pero no le quedaban fuerzas.
Escuchó el motor de los automóviles y ambulancias desaparecer, al igual que los gritos y las
murmuraciones que se escuchaban por todas partes. Su camisa estaba llena de tierra y sangre, que
corría por su frente. Trató de sacar el peso sobre el con sus manos, pero no pudo. Solo podía
esperar. Solo esperar.
-Adiós, Nelethiel- Eingel se despedía de su familia. Llevaba puesta una capa de color azul
plateada, que caía ligeramente, con muchos pliegues. Su caballo la esperaba detrás suyo, con los
bolsos a los lados. Tenía un arco a flecha y una espada colgando de la montura. El animal era fino.
Su pelaje blanco y sus ojos grandes, llenos de energía.
-Adiós, Eingel.- dijo su padre.- Cuídate mucho.
-Lo haré. Nos vemos en dos meses.
-Está bien.- Sonrió Eglerion. Eingel se subió a su caballo y emprendió su camino, mientras
saludaba con la mano a su padre y a sus dos hermanas.
Camino lentamente. Pasó por al lado de un acantilado tan profundo que no se podía ver el
fondo. Había una roca que sobresalía como una plataforma. Era donde mataban a los condenados.
Donde la lanzarían a ella si la descubrían.
-¡Noro lim, Authion, noro lim! (¡Cabalga rápido, Authion, cabalga rápido!)- Murmuró la elfa
al oído del corcel. Las piernas del animal empezaron a correr rápidamente, sus cascos apenas
tocando la tierra. Eingel iba casi acostada sobre el cuello del animal, esquivando árboles y ramas,
sus cabellos flotando al viento.
-¡Daro! (¡Detente!)- gritó cuando llegaron a la orilla de un río no muy profundo. El caballo
frenó bruscamente. Eingel dirigió al corcel hacia el agua y, metiéndose al arrollo, siguieron su
curso, que iba en otra dirección. Eingel se dio vuelta, sonriendo. La huellas paraban al lado del río y
ella seguía su curso, sin dejar rastro.
Al medio día, Eingel paró delante de la choza de un herrero. Se bajó del caballo y tocó la
puerta. Un elfo adulto le abrió. Se sorprendió al ver a la princesa y se arrodilló a sus pies.
-Por favor, levántese.- le pidió Eingel. El elfo la obedeció y detrás suyo apareció su esposa
con una pequeña niña en sus manos y un niño un poco más grande, escondido tras su falda. Eingel
los saludo alegremente, tomando al niño luego en sus brazos.
-¿Me haría el honor de cuidar a mi caballo por un par de meses?
-El honor es mio, su majestad.- respondió el elfo, tomando las riendas del animal. Eingel
sonrió y dejó al niño en el suelo. Sacó su arco a flecha y metió su mano en el bolso. Le dio al
herrero una bolsa de piezas de plata y al niño le dio un puñado de cerezas. Se alegró tanto que
abrazó el cuello de Eingel. La princesa le besó la cabeza y se levantó.
-Muchas gracias, y hasta luego- se dirigió a la pareja. Se puso el arco a la espalda y se
adentró al bosque. El herrero, al sospechar, la siguió de lejos.
La elfa caminó hasta que llegó a una cueva. Entró y siguió hasta el final. Ahí vio la cortina
de agua de otra catarata, de otro portal. Se sacó rápidamente el arco y la capa. Debajo llevaba un
vestido que parecía más humano que elfo. Era un vestido largo, que le llegaba hasta los tobillos. Era
de color crema y con pequeños ramos de rosas bordadas por toda la tela. Tenía cuello en “V”, tiritas
en vez de mangas, acentuaba su cintura y sus caderas, pero no era apretado, si no que caía
graciosamente. Se trenzó el pelo como lo había echo para el baile de compromiso de Arawen, la
parte corta de arriba suelta y el resto trenzado. Buscó en el bolsillo interno de su capa y sacó el
collar de oro. Se lo puso alrededor del cuello, sintiendo el frío metal. Se sacó el anillo de su dedo y
lo puso en el bolsillo. El herrero observaba desde detrás de una roca.
Eingel se paró frente al portal, sabiendo lo que estaba por hacer. Si Ithron descubría lo que
estaba por hacer, su castigo seria letal y nadie, ni si quiera su padre podría pararlo. Sabía que el no
se casaría con Alya. Ella era muy pequeña e ingenua como para que Ithron la quiera. Tocó sus
orejas y las sintió más pequeñas y redondas. Respiró profundo y cruzó la cascada.
El herrero vio la figura de la princesa desaparecer. No sabía nada sobre la orden de Ithron.
Tan solo sabía que la princesa estaba comprometida a un soldado. Salió de la cueva, sin darle
importancia al asunto y volvió a martillar sus metales.
Eingel, en vez de seguir derecho hacia adelante, se dirigió a su derecha, hacia una colina.
Escaló hasta llegar a la cumbre. Había un camino vacío. Eingel caminó presurosamente por el. Su
corazón palpitaba rápidamente, mientras caminaba, luego de haber roto su promesa con Seth...,
luego de haber desobedecido a Ithron
El paisaje fue cambiando lentamente. Ya no había árboles o palmeras alrededor del camino y
ya no era una colina si no que un barranco que caía a su izquierda. Abajo se podía ver el mar. A su
derecha había otro barranco, pero sobre ella.
Dobló por un recodo del camino. Al otro lado, Eingel pudo ver que el camino se hacía más y
más angosto. Respiró profundo y empezó a caminar lentamente, poniendo un pie delante del otro.
Empezó a caminar de lado, para tener más espacio. Pisó una piedra que se desprendió. La elfa
perdió el pie y calló rodando por el acantilado. Sintió cada roca y piedra golpeándola mientras caía.
La música se escuchaba por todas partes en la playa, donde se celebraba la fiesta. Todos
tomaban refrescos y caminaban en traje de baño mientras hablaban. En el mar, andaban en ski o en
motos de agua, en el caso de Taylor, que saltaba por las olas.
Eingel abrió los ojos. Estaba en una playa, rodeada por barrancos en todas partes. No había
manera de salir, excepto por un pequeño y angosto camino que subía de vuelta a donde había caído.
Su frente sangraba un poco. Se levantó, pero cayó enseguida, gracias a un punzante dolor en el
tobillo. No estaba quebrado, pero no podía caminar, por el momento. El sol tiró sus rayos y Eingel
se desmayó.
La playa estaba revestida con los rayos de luna. Taylor seguía en la moto de agua. A su
derecha había una gran pared de roca, jamás había ido al otro lado. Decidió explorar, sus huéspedes
podían esperar. Se alejó de la playa y dio la vuelta. Había un punto negro en la otra playa... no,
blanco. Era...era...era una mujer. ¿Una mujer? ¿Durmiendo en una playa desierta? Taylor se acercó.
Se bajó de la moto de agua y se arrodilló al lado de la joven.
-Eingel- musitó.-¡Eingel!
La elfa no despertó. La luna seguía brillando como si nada pasara.
Eingel se despertó sobre una cama ricamente acolchada. Su vestido estaba en una silla y
llevaba puesto un traje de baño rojo. La parte de abajo era como un pantalón muy corto. Encima
llevaba una camisa sin mangas, negra.
Se paró y no sintió más dolor en su tobillo. Taylor entró en la habitación. No articularon
palabra. Taylor estaba con sus brazos cruzados, su cara seria. Sonrió y rompió el silencio:
-¿Que estas haciendo acá?
Eingel rió.
-Seth está en peligro.
-Seth está en Nueva York.
-No. ¿Sabes donde fue el lugar del accidente?
-¿El accidente aéreo que sucedió ayer?
-Si.
-¿Crees que Seth está ahí?
-Sé que está ahí.
-Eingel, eso es imposible. Ya sacaron a todos y Seth no estaba entre ellos.
-Si no me ayudas, lo haré sola.
-Muy bien, iré contigo. Partiremos mañana en la mañana.
-Taylor. Mañana ya podría estar muerto.
Taylor suspiró.
-Okay, sígueme.
Se dirigieron hacia el garaje, donde Taylor sacó una motoneta roja y dos cascos. Le pasó
zapatillas blancas a Eingel y partieron. Fueron por la carretera y llegaron a un lugar donde la
baranda estaba rota. Taylor se detuvo. Eingel se sacó el casco y bajó corriendo por la colina. El
vidrio de la avioneta estaba roto. La elfa entró y se puso en cuclillas. Tanteó el suelo. Todo estaba
lleno de papeles y metal roto. Luego tanteó algo suave. Era género, luego piel.
-Seth- susurró.-¡Taylor, está aquí!
Eingel tomó las manos de Seth y lo tiró hacia afuera. Luego de haberlo arrastrado un poco,
lo tomó por debajo de los brazos y nuevamente tiró. Taylor llamaba una ambulancia.
-Llegaran en cinco minutos- explicó.
-Muy bien- dijo Eingel. Tomó la cabeza de Seth y la puso en sus rodillas. Su cara estaba
llena de mugre y sangre. Tomó su pulso, aún estaba vivo. Bajó la mano por su brazo y sintió la
gruesa cicatriz de la última noche que lo vio. Una lágrima corrió por su mejilla.
-Estará bien- la consoló Taylor.
-Si, si lo estará.
Seth despertó. Estaba en un hospital, acostado en una cama. Tenía una aguja de suero en el
brazo. Había una enfermera al lado de su catre, tomando notas en una tablilla. Seth trató de
levantarse, pero la mujer lo paró.
-Ya, ya. Quédese tranquilo. Lo encontramos y ahora esta salvo en el hospital. Recuéstese y
descanse.
Seth no necesitaba su consejo para hacerlo. Descansó su cabeza sobre la almohada y cerró
los ojos. Se quedó dormido al instante en un profundo sueño.
Taylor despertó. Se dio vuelta en su cama y vio la cama de Eingel vacía. Se levantó
sobresaltada. Se envolvió en una bata y buscó por la casa. Llegó al garaje. La motoneta no estaba.
Eingel caminó por los pasillos del hospital hasta llegar a un mesón donde una enfermera
revisaba papeles.
-La habitación de Seth Blackite, por favor.- pidió a la mujer.
-Número 235, en esa dirección.- Apuntó con la mano.
Eingel caminó en la dirección indicada. Se disponía a abrir la puerta de la habitación,
cuando otra enfermera salió con una tablilla.
-Buenos días- saludó.
-Buenos días.- contestó la elfa.- ¿Está Seth bien?
-Se despertó por unos segundos hace un par de minutos. Se recuperará lento, pero bien. Al
aparentar por su cicatriz en su brazo es un hombre duro.- dijo con una risita. Eingel sonrió.
-Gracias.
Eingel entró a la habitación. Seth estaba durmiendo. La elfa se acercó al lecho y se sentó al
borde. La cara del humano estaba llena de rasguños y heridas. Acarició su pelo.
-Te he extrañado, Seth.
Acarició con la yema de sus dedos le cara del humano. Las lágrimas empezaron a correr.
-¿Que estoy haciendo?
-¡Eins, despierta!
-¿Que sucede?- preguntó Eingel somnolienta. Había pasado una semana y Seth aún estaba
en el hospital.
-Encontré un trabajo para ti, mientras estés acá. Ayer te vi cantando y bailando en la playa.
Resulta que hay audiencias para un personaje principal en nuestro acto. Serías la pareja de Seth,
cuando vuelva, que debería ser pronto.
Eingel tomó el papel que la negra le extendía. Lo miró y luego se refregó los ojos por el
cansancio y miró el mar. Cuando se fue de Lithaldoren, había venido con la intención de salvar a
Seth, no hablarle. Y mucho menos actuar con el. El día que Ithron la amarró al bosque elfo, se dio
por vencida estar con Seth.
Suspiró y miró a Taylor.
-¿Es seguro que me van a aceptar?- preguntó.
-La verdad no, pero es lo más probable. Pensé que te gustaría hacer algo con Seth. Y porque
siempre te han gustado los desafíos.
-Taylor, me voy en dos meses. No voy a alcanzar.
-Esa es la mejor parte, la función es en un mes y medio.
Podía ser la última oportunidad de ver a Seth en toda su vida. Cuando volviera a Lithaldoren
no tendría la mas mínima posibilidad de venir.
-Bueno entonces...¿qué más da?
La audiencia fue todo un éxito. Le dieron las canciones que se tenía que aprender y
esperaron expectantes que venga al primer ensayo.
Al día siguiente, Eingel fue. Cuando llegaron, Taylor fue corriendo hacia Chad y le dio un
abrazo. Al lado, en el suelo, estaba Seth. Su corazón empezó a palpitar. Antes de que Seth supiera
que ella estaba ahí, empezó el ensayo.
Bailaron y cantaron, Eingel evitaba la mirada de Seth, que no le quitaba los ojos de encima.
Cuando terminó el ensayo, los amigos de Seth se lo llevaron fuera, a cenar. El profesor fue directo
hacia Eingel y dijo:
-Espero que hayas disfrutado tu primera clase, Eingel. Me gustaría que hagas la clase a los
niños, mañana una hora antes de nuestra clase. Se supone que la hace Seth, pero me gustaría que la
hagas tu por este mes. Yo le mandaré un correo electrónico a Seth, avisándole que no venga. Aquí
están las canciones, tu puedes inventar la coreografía, que Seth ya hizo la mitad.
Le pasó una carpeta llena de partituras, y las llaves del edificio.
-Gracias.- dijo Eingel.
-A proposito, necesito que mires a Seth a los ojos cuando bailes con el, no seas tímida.
Eingel le dio las gracias y se fue. Salió del edificio y se quedó un momento parada frente al
mar. En la playa Seth reía con sus amigos mientras las palmeras decían buenas noches.
La luz llenó el escenario. Eingel entró y dejó su bolso en el suelo. Sacó la carpeta y se sentó
delante del piano. Tocó la canción que le tocaba ensayar ese día. Escuchó un portazo, en la entrada
para público del teatro. Seth apareció con su bolso en la entrada para los espectadores. Eingel lo
miró y luego siguió tocando. Seth bajó por el pasillo y dejó su bolso en uno de los asientos de
primera fila. Caminó hacia el escenario y se apoyó en el, mirándola tocar. El sabía que era ella. Se
veía tan bella, sus ojos leyendo las notas y sus dedos tocando la suave melodía. Eingel se
desconcentraba con su presencia. Tocó una nota fuera de lugar. Empezó de nuevo. Tocó otra nota
mal. Suspiró y se apoyó con sus codos al borde del piano, tomándose la cabeza con las manos. Sus
ojos se empezaron a empañar con lagrimas.
-¿Porqué no volviste?- rompió el silencio.
-No puedo salir de Lithaldoren, Seth- contestó, levantándose del piano mientras iba a una
mesita en la esquina donde estaba su bolso, dándole al espalda a Seth, mientras el se subía al
escenario de un salto.
-¡Hicimos una promesa, Eins! Olvida lo que te dice siempre tu padre y toma tus propias
decisiones. Te esperé, toda la velada. Fui cada noche a esperarte. ¿Por que no apareciste?- dijo
mientras se paraba del suelo.
-Ya no puedo ir al bosque humano.
-¿Quieres decir que ya no me quieres ver?- preguntó, en tono desafiante.
-¡Quiero verte, Seth!- gritó desesperada.-No tienes idea lo que es tener que hacer lo que
todos esperan que hagas. Lo que tu pueblo quiere que hagas, lo que ley espera que hagas. Incluso lo
que tu esposo te ordena que hagas.- Las palabras salieron sin pensar de su boca.
-¿Esposo?- Seth murmuró. Sus ojos se llenaron de lágrimas que contuvo. - ¿Te casaste con
Athradien?
-No estoy casada.
-Bien- dijo aliviado, con una risa nerviosa.
-Estoy comprometida.
Se quedaron en silencio. Seth secó una lágrima que corría por su propia mejilla. Eingel
caminó hacia el y lo besó llorando.
-Lo siento, Seth. Dile al profesor que haré la clase mañana.
Tomó su bolso y se fue. Una vez que dio la vuelta por la puerta, Seth escuchó los pasos de la
elfa corriendo. Se sentó lentamente. Tomó su cabeza con sus manos y lloró.
Eingle corría frenéticamente dejando su bolso caer al lado de la puerta del camarín. Siguió
corriendo. Salió del teatro, cruzo la calle esquivando los autos que pasaban. Siguió corriendo hasta
llegar a la playa. Se tiró a la arena y ahí lloró.
En el ensayo Eingel trataba de no mirar a Seth. Cuando sus miradas se encontraban, ambos
trataban de tragar las lágrimas. Al terminar el ensayo, el profesor llamó a ambos.
-Seth, me gustaría que se quedaran ambos a ensayar. Eingel debe aprender mucho y debe
aprender rápido. No tenemos mucho tiempo. Aquí están las llaves, recuerden apagar las luces.
Eingel suspiró. Una vez que estaban solos, Seth caminó hacia su bolso y sacó unas
partiruras. Eingel estaba sentada en el suelo, mirando nada. Seth la miró. Suspiró mientras dejaba
las partituras en el piano y caminaba hacia ella. Se sentó al lado de la elfa. Seth rompió el silencio
con dos palabras:
-Cuéntame todo.
Pasó un momento en silencio. Luego le dijo. Le dijo todo lo que había sucedido aquella
ultima noche.
-Cuando Ithron se declaró, no pude evitar reírme a mis adentros. Sabía que papá no lo
pensaría dos veces para decirle que no. Pero cuando se levantó, y extendió su mano hacia mi... me
levanté y me dirigí hacia la puerta. Alguien me llamó. Si hubiera sido el anciano, o Ithron, habría
seguido caminando. Sin embargo, era mi padre quien llamaba. No podía concebir lo que sucedía.
Le dijo lo que Eruanna le había explicado, y entre lágrimas le contó el momento cuando
Ithron le ordenó no salir de Lithaldoren. Seth escuchaba atentamente.
-Entonces, ¿porqué estás aquí?
Eingel no quería decirle que había venido a rescatarlo. Se limitó a decir:
-Era mi última oportunidad para estar contigo y con Taylor.
Seth sonrió. Puso una mano en el esbelto cuello de la elfa.
-No te lastimes, Eingel.- musitó el humano. Eingel asintió, y bajó la mirada. Seth la tomó
por la barbilla, obligándola a mirarlo.- Por favor.
Eingel se perdió en los ojos del humano. Aquellos ojos la miraban suplicante y con cariño.
Seth acercó su frente a la de ella y rozó sus labios con los de la elfa. Una melodía empezó a tocar.
Seth abrió los ojos y miró al rededor. Tomó su teléfono celular y contestó la llamada.
-¿Hola?... Hola, Chad... ¿Después del ensayo?... Ah, mañana... Si... ¿Mañana en la noche?...
Después del ensayo... Muy bien... Si... Okay, ahí estaré... Muy bien... Adiós.
Colgó el teléfono y suspiró.
-Creo que deberíamos ensayar- dijo con una sonrisa fingida. Eingel asintió. Se levantó del
suelo, mientras Seth buscaba las partituras. Al menos el ya sabía lo que había pasado. Pero esto no
hacía las cosas más fácil.
Los ensayos seguían. Ya había pasado más de un mes, y la presentación era la próxima
semana. Eingel se había olvidado de todos los problemas que le presentaba Lithaldoren. Se obligó a
disfrutar cada ensayo y, sobre todo, cada segundo que se encontraba con Seth. A veces, luego de los
ensayos, iban a la playa.
Una noche, fue todo el elenco del teatro a la playa a celebrar, un poco antes de la
presentación.
-Ahora Seth, ¿como fue que saliste de debajo del avión?-preguntó un amigo.
-Si, debe de haber sido un gran esfuerzo salir de ahí. Yo fui al lugar luego del accidente.-
comentó una joven rubia.
-No salí solo. Alguien fue a sacarme, justo a tiempo antes que muriera. Aún no se quien fue.
Eingel estaba al lado de Seth escuchándolo decir estas palabras. Chad la miró.
-¿No tienes algo que decir Eingel?- preguntó.
-¿Porque debería?- contestó Eingel. Llegó Taylor.
-Eingel, me ayudas con las bebidas?
La elfa asintió y acompañó a la morena.
Seth miró a Chad confundido.
-¿Me estoy perdiendo de algo?
Chad lo llevó a otro lugar donde podían hablar a solas.
-Seth, fue Eingel quien te sacó del avión. ¿No lo sabías?
Seth lo miró confundido. Luego miró hacia el pequeño kiosko en la mitad de la playa, donde
Eingel sacaba unas bebidas de la heladera.
-¿Porque no me lo dijo?
-Tal vez no quería que todos le dieran eterno agradecimiento por salvarte. O tal vez sabía
que tu no querrías que ella ponga en riesgo su vida por la tuya.
-¿A que te refieres?
-Seth, Ithron probablemente la matará si se entera de que ella estuvo aquí contigo. Sobre
todo si estuvo aquí para salvarte. Aprovecha el tiempo que tienes antes de que acabe.
La risa de la elfa resonó en los oídos del humano, mientras las olas del mar chocaban contra
la arena.
Llegó el día de la presentación. Todos corrían de aquí para allá. Seth habló con Chad, que
iba a estar encargado de las luces y el cierre de cortinas al final del acto.
-Chad, ¿las luces se apagarán inmediatamente después del abrazo?
-Si, después del abrazo.
- ¿Me darías un tiempo más?
-Si. ¿Que vas a hacer?
-Seguiré tu consejo. Espera mi señal para el apagón.
Finalmente empezó la función. Era una obra del tiempo de la segunda guerra mundial.
Trataba de una joven pareja británica, recién casada, que luego de unos meses ya esperaba un bebé.
Sin embargo, el joven era capitán de un ejército, y lo llamaron a la guerra, antes de que se enterara
que tendría un hijo. Poco después de irse a la guerra, su esposa le mandó una carta, diciéndole la
noticia. Se mandaban cartas todas las semanas y la joven trabajaba en el hospital como enfermera.
Pero un día, los alemanes atacaron la ciudad y la llevaron como rehén al capitán. El la mantuvo
cautiva y trataba hacerla enamorarse de el, al tratar de aprovecharse de ella. Sin embargo, la mujer
se mantenía fiel a su esposo, odiando cada vez más al capitán alemán. El día de la última batalla, la
joven se escapa de la casa del alemán, y sin querer, entra en la batalla. A su derecha e izquierda
caían soldados, algunos amigos suyos. Alcanzó a ver a su esposo, sin embargo, la visión no duró
mucho. Tuvo que volver su mirada a alguien que la tomaba por el codo. Era el alemán. La joven
trataba de zafarse, pero el capitán sacó un puñal y se lo enterró en su costado. La mujer cayó
inconsciente al suelo, mientras su esposo miraba la escena. La batalla duró un poco más, hasta que
uno de los soldados ingleses mató al capitán alemán. Habían ganado la batalla. Habían ganado la
guerra. El joven buscó inmediatamente a su esposa. Al verla inconsciente, la pensó muerta y la
lloró. Sin embargo, la mujer no estaba muerta, si no que muy mal herida, y despertó, terminando la
obra en un fuerte abrazo.
Eingel abrió los ojos, la multitud de espectadores la miraban con sus caras acongojadas. La
elfa se dio vuelta hacia Seth, que lloraba. Eingel le puso una mano en la mejilla y lo miró con
ternura, mientras se apoyaba con el otro codo. Seth la miró sorprendido, la tomó en sus brazos y la
abrazó.
Seth apartó su cara y la miró a los ojos. Se veía tan bella, tan hermosa. La besó con ternura.
Ahí delante de toda aquella multitud. La besó, aunque nunca lo habían ensayado, nunca salió en el
guión. Aún así, lo hizo. El público irrumpió en aplausos y gritos. Chad y Taylor se miraron detrás
de las cortinas.
-Supongo que esa es su señal- dijo Chad riendo. Se apagaron las luces y se cerraron las
cortinas. La multitud siguió silbando, gritando y aplaudiendo. Después de los saludos, fueron todos
a los camarines y celebraron abriendo una botella de champaña. El profesor tomó la palabra.
-Fue una gran presentación, chicos. Especialmente el final- dijo mirando a Seth y a Eingel.
La elfa se ruborizó y Seth sonrió un poco tímido. El resto de los artistas rió y, aplaudiendo, le dieron
fin a aquel día.
Eingel estaba acostada en la cama, leyendo. El sol ya se había puesto hace unas horas.
Taylor había ido a una cita con Chad. No pasó mucho rato, cuando Eingel escuchó pasos en la
escalera, y vio a Taylor entrar con la sonrisa más grande.
-¡No vas a creer lo que te voy a decir!- dijo emocionada.
-Entonces dime rápido.- contesto Eingel sentándose en la cama sonriendo.
-¡Chad me propuso matrimonio! ¡Oh, Eingel, soy tan feliz!
Las noticias hicieron a Eingel rebosar de júbilo. Sin embargo, la boda se celebraba en 6
meses más. Eingel se iba la semana entrante.
-Eingel, me gustaría tanto que pudieras venir. ¿No crees que podrías salir de Lithaldoren tan
solo una vez más?
Eingel suspiró.
-Si pudiera lo haría. Ithron se convertirá en mi esposo un mes luego de que vuelva a
Lithaldoren. Mis meses de cacería ya no serán solitarios, Ithron me acompañará siempre, no me
sacará ni un ojo de encima ni por un segundo. Incluso si se debe ir mantendrá a cientos de espías,
cuidando cada movimiento que hago.
-No quiero que te suceda algo malo, Eingel- contestó Taylor poniendo una mano en el
hombro de la elfa.- Sé que sería una catástrofe para ti y para tu familia que salgas de Lithaldoren.
Tan solo estaba pensando en voz alta.
Eingel sonrió, mientras tomaba las manos de la morena.
-Serás muy feliz con Chad, yo lo sé. Tan solo trata de no ponerte demasiado nerviosa el día
de la boda, como lo hiciste el día de la presentación.
Taylor rió.
-Creo que me voy a desmayar mientras vaya caminando hacia el altar- dijo entre risas.
Eingel rió. A ella le gustaría morir mientras camine hacia Ithron el día de la boda. Jamás volvería a
ver aquella risueña, morena y feliz cara de Taylor. Ni a Chad. Ni a Seth. Tan solo le quedaría la
memoria, que lentamente se iría opacando, hasta que se pregunte si realmente aquellas hermosas
memorias realmente habían sucedido. Aquella memoria pronto desvanecería a polvo, y Eingel
estaría atrapada entre las garras de Ithron, para siempre.
Llegó el día en que Eingel debía volver a Lithaldoren. Se despidió de toda la gente que había
conocido en el teatro, diciendo que tenía que volver a su país, ya que ellos no sabían de donde
venía.
Chad y Taylor la acompañaron a ella y a Seth a la entrada del bosque. Eingel abrazó a Chad
y luego a Taylor. Mantuvo a la morena por un largo tiempo en sus brazos, tratando de mantener
igualmente la memoria.
-Jamás te olvidaré, Eingel.- dijo Taylor conteniendo las lágrimas.
-Y yo jamás te olvidaré a ti, mi querida Taylor.
Besó a la morena en la frente. Los miró una vez más y luego se adentró al bosque con Seth.
Una vez más adentro, Seth rodeó a Eingel con su brazo al rededor de sus hombros. La elfa pasó su
brazo al rededor de la cintura de Seth y recostó su cabeza en su robusto hombro. Caminaron en
silencio, hasta llegar a la catarata. No la catarata que entraba a Lithaldoren, si no la que llevaba a la
cueva por donde Eingel se había escapado.
Era el momento de decir adiós. El adiós más difícil que jamás tubo que decir. Ni si quiera
haber dicho adiós a Taylor le había dolido tanto como esto. Tan solo pudo abrazarlo.
Seth la miró sin decir palabra. Cuando ella lo abrazó, el la rodeó en sus brazos y no la dejó
salir de ahí, como si mientras más tiempo estuviera ella con el la impediría de volver. Las lágrimas
que había tratado de reprimir durante el camino, salieron ahora. Corrieron por sus mejillas
libremente, sin sollozos, sin gemidos ni exclamaciones. Lloró en silencio con la elfa entre sus
brazos. Apoyó su frente contra el cuello de ella, tratando de encarcelar en su memoria aquel
momento. Trató de encerrar en su memoria el sentimiento de su cuerpo contra el de el, el
sentimiento de sus brazos rodeándolo. El sentimiento de su cabello entre sus dedos y el de su
fragancia élfica.
Eingel se libró de sus brazos y lo miró. Seth trató de sonreír, pero era una sonrisa llena de
tristeza. La elfa le secó sus lágrimas con la yema de sus dedos. Seth puso su mano sobre la de ella y
la presionó contra su mejilla.
-Nahmariay, Seth (Adios, Seth)-. Las palabras salieron débilmente de sus labios. Retiró su
mano y se dio vuelta para cruzar la catarata. Seth la tomó por el brazo, la tiró hacia el y la besó.
Eingel sintió una oleada de felicidad y tristeza al mismo tiempo. Seth la apartó y se perdió en
aquellos azules ojos que lo miraban, cristalizados con las lágrimas. La besó en la frente y reunió las
fuerzas para decir:
-Bado amar, Eingel. (Vete a casa, Eingel)
Eingel lo besó en la mejilla y se fue. Aquella corta visión, de la elfa adentrándose en la
catarata, fue la visión más terrible que jamás presenció. Más que la avioneta cayendo hacia la
carretera, más que viendo a Austin besando a Eingel.
La esbelta figura de la elfa se perdió entre las brumosas aguas de la catarata, perdiéndose
para siempre.
Eingel entró a la caverna. No se dio ni tiempo para llorar ni para compadecerse. Se sacó el
collar y lo puso inmediatamente en la pequeña caja de madera. Se puso la capa, tomó su arco y
flecha y luego... luego puso el anillo de vuelta en su dedo. Miró su mano, conteniendo las lágrimas.
Y antes de que cualquiera de esas lágrimas pueda salir, caminó presurosamente hacia la salida de la
cueva. Se encaminó a buscar su caballo. El herrero se lo devolvió alegremente, y Eingel lo
recompensó con otra bolsa de piezas de plata. Luego se encaminó a Lithaldoren, lenta y
pesadamente.
Los meses pasaban. Eingel se había casado con Ithron. Trataba de evitarlo lo más posible. Se
quedaba en el pabellón tejiendo, o tocaba piano y veces navegaba por las calmas aguas del río.
Ithron, al contrario, la buscaba cada vez más. Mientras Eingel más se alejaba, Ithron más se
acercaba. Dos años habían pasado desde que Eingel había salvado a Seth. Chad y Taylor ya estarían
casados, viviendo felices. Eingel la extrañaba. Extrañaba esa sonrisa, llena de una dentadura blanca
perfecta, que contrastaba con su piel oscura. Chad y Taylor eran perfectos juntos, y vivirían felices
por el resto de sus días.
Eingel trató de imaginarse que estarían haciendo en esos instantes. Nada malo podría haber
sucedido, o Eingel lo sabría. Tal vez tenían un hijo. O dos. O tal vez Taylor llevaba una pequeña
criatura en su vientre.
Se acordó de Seth. El recuerdo se iba lentamente, como cuando era pequeña y trataba de
escribir en la arena, y el agua borraba cualquier cosa que tratara de decir. Eingel olvidaba como era
el sentimiento cuando Seth la besaba. Un revoltijo en su vientre que la inundaba de felicidad. El
sentimiento cuando el la rodeaba con sus brazos, o cuando acariciaba su mejilla. Nada era nítido.
Eingel soñaba con volver a sentir la mano de el contra su mejilla. O sus brazos rodeándola,
protegiéndola de cualquier peligro que Ithron le causara. Entonces, volvería a Lithaldoren envuelta
en tristeza, hasta otros dos años más. No, tenía que olvidar. Tenía que olvidar el recuerdo de los
labios del humano contra los de ella. Tenía que olvidar la imagen del humano, con sus cabellos
desordenados, sus labios sonrientes y sus ojos alegres, llenos de cariño. Tenía que olvidar para
siempre.
Ithron se iba de caza. Antes de irse, se aseguró de que Eingel este bien cuidada. El decía que
era para su bien, sin embargo, Eingel sabía que sería para que ella no se escape.
-Adiós, Eingel. Te extrañaré.- Dijo, después de besarla.
“Si, seguro que me extrañarás”, pensó Eingel. Odiaba que Ithron la besara y siempre trataba
de evitarlo. Su esposo la besó en la frente, para luego subir a su caballo y partir con sus soldados.
-Al fin paz.- Murmuró Eingel. Paz, eso creía ella.
Ithron y sus soldados pararon en la casa de un herrero. El mismo herrero que había atendido
a Eingel dos años atrás, salió de su casa para servir al nuevo príncipe.
-Mis más sinceras felicitaciones- dijo mientras le daba de beber al caballo de Ithron.
-¿Porque, anciano?- respondió el elfo, sorprendido.
-Por su unión con la princesa. Sé que ya se casaron hace dos años, pero un viejo apartado de
Lithaldoren como yo, recibe las noticias un poco tarde.
-Gracias- contestó Ithron, indiferente.
-La princesa es una dama muy buena. Estoy seguro de que usted esta orgulloso. Yo mismo
tuve el placer de servirla.
Ithron lo miró, extrañado.
-¿Cuando?- preguntó.
-Oh, hace más de dos años. Como tres o cuatro meses antes de su boda. Me pidió que yo
cuide su caballo. ¡Ah! Por supuesto que acepte. Fue un gran honor. Luego se adentró al bosque. Aun
que me pareció un tanto extraña la situación, por lo tanto la seguí.
-¿Hacia donde fue?-preguntó Ithron en un tono bajo y amenazante. El herrero lo miró
extrañado y más bien asustado por la mirada del príncipe.
-¡Hacia donde!- gritó Ithron, levantando al anciano del suelo.
-P...Pues a una cueva, más adentro en el bosque. C...Cruzó una ca...catarata.- contestó el
anciano, asustado. Ithron tenía la mandíbula apretada. Soltó al anciano y montó su caballo.
Emprendió el galope, rumbo a Lithaldoren.
Eingel se encontraba en el pabellón de sus hermanas, bordando. Prefería estar allí en vez de
su pabellón matrimonial que le recordaba a Ithron. Escuchó pasos fuertes y rápidos subiendo por la
escalera. Dejó su trabajo para escuchar mejor. La puerta calló de sus goznes gracias a un fuerte
golpe desde el otro lado. Eingel vio a Ithron parado en el umbral de la puerta, su mirada fija en ella.
Eingel se levantó de su silla, dejando su trabajo en ella.
-Ithron... no te esperaba tan pronto.- dijo la elfa.
-No, supongo que no me esperabas para nada.- contestó el, sus palabras llenas de odio. La
tomó por el codo, y la arrastró hasta el pabellón que compartían. Los Lithaldorinos los miraban
sorprendidos, Alya entre ellos. Eglerion miraba desde un balcón. Ambos familiares sabían lo que
había sucedido. Eingel miró a su hermana, quien la miró de vuelta, suplicante.
Al llegar al pabellón que compartían, Ithron la tiró dentro y cerró la puerta de un golpe
detrás de él. El corazón de la princesa latía rápidamente, conteniendo la respiración.
-Dime, Eingel. ¿No te dije yo explícitamente de que no volvieras al mundo de los humanos?
-Si- contestó Eingel. Sabía lo que venía.
-Y dime, Eingel. ¿Es cierto que fuiste, tres meses antes de nuestra boda, al mundo de los
humanos, como me dijo ese anciano herrero?
-Si- murmuró ella.
-¡Dilo!
-¡Si lo hice!- gritó. Ithron la miró con una sonrisa cínica, llena de crueldad.
-¡Ah! El amor.- Empezó a decir, mientras caminaba al rededor de ella.- Pensabas que si yo
me encontraba fuera, tu podrías ir libremente a despedirte de tu amigo humano. ¡Ja! ¡Amigo!- está
ultima palabra casi la escupió sobre Eingel.- Lo amabas.
-Sabes que Seth y yo estamos separados por mi inmortalidad. Solo fui para que no muriera
aplastado por una roca.
-¡Que muera entonces!- gritó su esposo, con la cara roja.-¿Acaso no era eso lo que yo trate
de hacer el día que nos comprometimos? También ahí tu lo impediste.
-Mátame entonces, Ithron. Véndeme como esclava. ¡Así yo estaría libre de tu presencia!
Ithron la miró, mientras su mentón tiritaba. La golpeó en la cara. Eingel sintió un hilillo de
sangre corriendo por su sien izquierda. Nada pararía la furia de su esposo ahora. Ithron la golpeó
hasta que Eingel se escondió en una esquina, cubriéndose con sus brazos para protegerse.
-Yo no haré este trabajo- dijo Ithron. La tomó y la arrastró hasta los calabozos. La tiró hacia
el carcelero.
-Azótenla.- dijo el príncipe. Se dio vuelta para irse, pero paró.- Creo que tengo un castigo
especial para ti, Eingel.- La princesa lo miró, su boca sangraba, al igual que un tajo en su nariz y en
su mejilla.- Cuando te ordené que no salieras de Lithaldoren, te dije que serías vendida como
esclava o algo peor. Ya veo que venderte como esclava no sería lo peor para ti.-Se dirigió al
carcelero.-Cuidado de no estropearle la piel.
An cuidaba a Eingel, que yacía en su lecho matrimonial, con todo su cuerpo magullado. La
anciana nodriza limpiaba sus heridas, cuidadosamente. La cara de la princesa se encontraba pálida y
llena de rastros de sangre.
-Tratabas de hacer lo mejor, Eingel.- dijo la vieja criada.
-Sin embargo, fallé.- murmuró Eingel.- ¿Me matará Ithron? ¿Me venderá como esclava? Me
ambiciona demasiado como para dejarme ir. Aun que eso no hace que su castigo sea menos
doloroso.
An suspiró.
-Mandó a sus soldados al mundo de los humanos...
Eingel la miró alarmada.
-Va a buscar a Seth. Pretende matarlo delante de tus ojos.
Eglerion entró al pabellón, antes de que Eingel pueda reaccionar con la noticia. Eruanna se
hizo a un lado, y el rey se sentó en el lecho, al lado de su hija. Eingel trató de sonreír, sin embargo,
su sonrisa duró poco, convirtiéndose en llanto. Su padre la miraba con tristeza.
-Solo quería ayudarlo, papá. Solo quería ayudarlo.- sollozó Eingel, tapándose la cara con las
manos. Eglerion se las tomó y las mantuvo entre las suyas.
-Eres buena, Eingel. Sé que solo tratabas de hacer lo mejor. Estoy orgulloso que te hayas
levantado en contra de Ithron para hacer lo correcto. Sin embargo, recuerda las consecuencias antes
de actuar. No seas tan testaruda.
Eingel rió, junto con su padre. An solo sonrió. Entonces entró Alya, cerrando la puerta
delicadamente, detrás ella. Eingel la miró. Se había convertido en toda una mujer los últimos dos
años. Igual de codiciable por hombres ambiciosos. Aún así Ithron quería a Eingel más que a
cualquier elfa en todo el mundo.
Alya se acercó a la cama, y se arrodilló al lado de ella. Tomó las manos de su hermana y la
miró a los ojos con tristeza.
-Te prometí que Ithron no se casaría contigo. No te preocupes, Alya, no me exiliará.- dijo
Eingel, para reconfortar a su hermana.
-No, tan solo matará a Seth delante de tus ojos y te hará igual de miserable para el resto de
tus días.
-Ya me las arreglaré. Tú serás feliz, Alya.- dijo, acariciando las manos de su hermana. Alya
le sonrió.
-Vamos, Alya. Dejemos a tu hermana descansar.- dijo Eglerion, tomando a Alya por los
hombros. An volvió a su puesto y siguió curando a Eingel.
Al poco rato llegó Ithron.
-Dejanos solos, An. Deja el agua aquí.- Ordenó. La anciana salió y cerró delicadamente la
puerta. Ithron se sentó en el lecho, al lado de Eingel. Tomó el paño, lo humedeció con agua, y
empezó a limpiar la cara de su esposa.
-¿Harás lo mismo con el?- preguntó Eingel.- ¿Buscarás su cuerpo y lo curarás? ¿Tratarás de
volver atrás, Ithron?
-El es humano. Tu eres mi esposa- respondió el. Dejó el paño a un lado y la miró por un
momento. Sacó un mechón de pelo de su cara y la contempló, manteniendo su mano en su mejilla.
Se agachó y la besó. Puso sus manos en su cintura, y la levantó de manera que quedara sentada.
Separó sus labios y la miró a los ojos.
-Eres mi esposa- susurró.- Y te amo.
-Tevenyel. (Te odio)- murmuró ella.
-Tu también aprenderás a amarme, Eingel. Ya verás.
Había pasado una semana. Ithron disfrutaba de Eingel siendo indefensa. Sabía que duraría
tan solo hasta que recuperara todas sus fuerzas. Ahora no se atrevía a enfrentarlo, estando a la mitad
de su castigo. Ella sabía que provocarlo podría hacer las cosas peor, y hacía cualquier cosa que el le
ordenara, sin si quiera un comentario sarcástico o irónico.
Un día, Eingel se encontraba con An en el pabellón que compartía con Ithron. Ya se había
levantado, algunos rasguños aún marcaban su cara, pero sentía suficiente fuerza como para pararse.
Eingel tenía una copa con agua en sus manos. El agua de Lithaldoren era más limpia que
cualquier otra. Más refrescante y más transparente.
Luego, unos gritos se escucharon. Eingel salió al balcón con An, lo que vio la petrificó. Los
soldados de Ithron llevaban a Seth a rastras. La copa cayó de las manos de la princesa. El agua mojó
todo el suelo y el cristal voló en mil pedazos. Eingel se apresuró a bajar por las escaleras. Eruanna
se cubrió la cara con las manos y sollozó.
Eingel corrió hacia Ithron, que se encaminaba hacia sus soldados y Seth. Poco antes de
llegar a ellos, Eingel lo alcanzó.
-¡Ithron! ¡Por favor!- gritaba mientras lo agarraba del brazo. Los soldados trajeron a Seth
delante del príncipe. Lo tiraron al suelo de rodillas y lo agarraron del pelo para tirar su cabeza hacia
arriba, de manera que mirara a Ithron a los ojos. El elfo tiró a Eingel a un lado. Otros dos soldados
vinieron y la tomaron.
-¡Ithron! ¡Por favor, no! ¡Seth!- El humano la miró tristemente. La elfa pataleaba para
soltarse, hasta que los soldados, agarrándola del cabello, brazos y cintura, pudieron mantenerla
quieta.
-¿Sabes porque estás aquí, Humano?- dijo Ithron, calmado.
-Porque la idea de que tu esposa salve la vida de un humano no te gusta- respondió Seth,
igualmente calmado.
-Estas aquí, para demostrarle a las Lithaldorinas que no se debe desobedecer a sus esposos, y
que se deben mantener alejadas de cualquier perro humano.- Las últimas palabras las escupió.
Eingel se soltó y se arrodilló al lado de Ithron.
-Ithron, ¡te lo ruego!
-¡Sedho! (¡Silencio!)- gritó Ithron. Le pegó una bofetada a su esposa. Seth se retorció por
soltarse por primera vez. Ithron lo notó.
-¡Ah! Vienes calmo a enfrentar la muerte. Pero si le hago daño a Eingel. ¡Ah! Pierdes el
control y haces lo posible por salvarla. ¡Ja ja ja! No la salvarás de nada, jamás. Y esta vez, ella
tampoco te salvará de lo que te espera.
La mandíbula de Seth tiritaba. Ithron lo miraba a los ojos.
-Llévenselo.- Ordenó.
-¡Seth! ¡Ithron, te lo suplico! ¡Daro i! (¡Para esto!) ¡Seth!
El humano pasó al lado de ella y alcanzó a susurrar dos palabras:
-Hebo estel. (Ten esperanza)
An se encontraba a un par de metros, mirando la escena. Ithron tomó a Eingel para que se
levantara del suelo y la llevó hacia la anciana, mientras la elfa gritaba y peleaba por soltarse. An
puso sus brazos al rededor de ella y la llevó de vuelta al pabellón, donde se prepararía para lo que
venía.
La media noche estaba iluminada por la luna. Una luna mucho más grande que la del mundo
humano, mucho más brillante y mucho más blanca. Eingel se encontraba sentada en una banca,
mientras An le preparaba un zumo de frutas. Ithron aún no llegaba. Eingel escuchaba de vez en
cuando los gritos de Seth, que la penetraban a lo más profundo. Se paró de su asiento y caminó
hacia la ventana. Corrió las cortinas y miró. La luz del calabozo estaba encendida. Otro grito se
escuchó. Eingel cerró los ojos. Caminó de vuelta a la banca y ahí se desplomó.
-Me dijo que tuviera fe.- Dijo en un susurro con los ojos cerrados.- Úchebin Estel anim. (No
he guardado esperanza para mi)
An le extendió una copa con líquido rosado. Eingel la tomó, pero apoyó la copa en su
regazo, sin probar la bebida.
-Bebe, Eingel. Sostener la copa entre tus manos no te ayudará. Bebe.- dijo la anciana. Eingel
miró la copa y luego se tomó todo el líquido de una sola vez. Le extendió la copa a la anciana para
que se la llevara, pero Eruanna tomó la jarra y le sirvió más. Eingel miró la copa.
-No quería más- dijo.
-Pero necesitas más- respondió la anciana. Eingel se la tomó, como An le dijo. La nodriza
tomó la copa y la puso con la jarra en una bandeja.
-Ahora Eingel, quiero que duermas- dijo mientras la llevaba a su cama. Primero le quitó el
vestido que llevaba puesto, y le puso su camisón de noche, que consistía en un vestido, escotado en
V, sin mangas, le llegaba a los tobillos, y era color amarillo pálido.
Eingel entró a la cama y An la arropó con las sábanas.
-No puedo dormir, An. No con los gritos dolorosos de Seth flotando en el aire, y luego en
mis oídos cuando acabe. No con todo lo que sucede. ¿Como puedo yo dormir mientras el es
torturado? ¿Como puedo dormir, sabiendo que mañana lo veré morir?
-¿No te dije que necesitabas tomar ese zumo? Lo preparé con un ingrediente especial para
que duermas. Solo cierra tus ojos y huye de todo esto por un momento.
Eingel comprendió en seguida, ya que pronto cerró sus ojos y se quedó dormida, mientras
los gritos desgarradores del humano aún se escuchaban fuera.
Eingel despertó cuando Ithron entró en la habitación. Habían pasado aproximadamente tres
horas desde que la elfa se había quedado dormida. El príncipe se sacó sus botas, su túnica y entró a
la cama. Tiró a Eingel cerca y la abrazó. Empezó a acariciar su cuello.
-Veo que no tuviste problema en dormir a pesar del ruido- dijo Ithron.
-An me engañó para tomar una medicina.
La doble dosis de la anciana no tardó en hacer su efecto, y Eingel cayó de nuevo
profundamente dormida, en los brazos del elfo.
La multitud caminaba hacia el barranco. Eingel caminaba junto a An, su espalda derecha y
su cabeza levantada. Alya corrió hacia ella.
-¡Eingel! Ithron ordenó a todo Lithaldoren ver la matanza. ¿Que rayos hago con Nelethiel?
¡Tiene tan solo siete años!- dijo resollando.
-Llévala, pero no dejes que mire. Tú, Aladren y Nelethiel quédense atrás. Cuando llegue la
hora, no dejes que Nelethiel mire. Aladren tampoco.- Respondió Eingel.
Alya asintió.
-Eingel... estoy asustada.
-Todo estará bien, Alya. Todo estará bien.- Dijo mientras la abrazaba.- Ahora ve a buscar a
tus hermanas.
Siguieron caminando hasta llegar al acantilado. Eingel estaba adelante, junto a An, con todo
Lithaldoren detrás de ella. Diez metros delante de ella estaba la roca plana, que sobresalía del
acantilado. La elfa llevaba un velo púrpura claro sobre su cabeza. Llevaba un vestido puesto
parecido al que llevaba el día que Ithron la encontró a ella y a Seth debajo de la lluvia torrencial, en
el bosque humano.
Ithron no se hizo esperar mucho. Llegó con sus soldados a su espalda, trayendo a Seth. Sus
pies iban descalzos y llevaba solo sus pantalones oscuros, su camisa la habían rasgado y su espalda
estaba llena de tajos.
“Látigos” pensó Eingel, con sus ojos llenos de lágrimas. La cara del humano estaba llena de
manchas de sangre y tenía rasguños y heridas por todas partes de su cuerpo. No llevaba ni una
atadura.
Ithron lo empujó al borde de la roca. Se dirigió al pueblo.
-¡Lithaldoren! Han venido aquí hoy para ver el castigo del perturbador de nuestra paz. ¡Este
humano ha desordenado las mentes de nuestra gente, ha alborotado nuestro dulce y calmo
ambiente! ¡Que les sirva de lección, que ni un traidor de este tipo será aceptado en mi reino!
El silencio reinó.
-¿Eres acaso tan cobarde como para decir la verdad?- dijo Seth en alta voz. Ithron se
sorprendió que hablara. El humano se dio vuelta. Todo Lithaldoren lo podía escuchar- ¿O tu orgullo
es demasiado grande como para decir que tu esposa salvó mi vida, incluso si tenía que desobedecer
tus órdenes? Ni si quiera pudiste abstenerte a la ley y castigarle a ella. No, tu la quieres para ti solo.
-¿Quieres que la mate a ella acaso?- dijo Ithron burlándose.
-No la dañes. Mátame a mi. Y vive en la vergüenza de que el valor de tu esposa es más
grande que el tuyo. Dime, ¿la amas?
-¡Calla, perro!- Ithron se abalanzó sobre él, con la intención de empujarlo al vacío. Seth lo
esquivó y Ithron casi calló. Se dio vuelta, aliviado. Se tiró contra Seth una vez más. Ambos pelearon
a muerte por unos momentos. Lithaldoren miraba expectante, Eingel contenía la respiración.
Ithron lo agarró por el pelo, de manera de que no se pudiera mover. Sacó un puñal y lo
levantó al aire. La tierra empezó a temblar y pequeños granos de tierra se empezaron a desprender.
Ambos miraron el suelo, confundidos. Antes de poder reaccionar, la roca se desprendió. Seth actuó
rápidamente y se colgó del borde, mientras trataba de extender una mano para sujetar a Ithron. Se
halló sujetando simplemente el aire. Ithron caía por los aires bajo él, gritando y blandiendo su
puñal. Seth respiró profundo mientras la silueta de Ithron se perdía rápidamente en el vacío.
Eingel miraba fijamente el borde de la roca mientras contenía la respiración. Los elfos
vieron al humano aparecer entre el polvo. Seth se paró. Hubo unos minutos de silencio. Un elfo se
paró sobre una roca y gritó:
-¡Ithron ha muerto merecidamente! ¡Viva el humano!
Los vítores se escucharon por todas partes. Eingel dejó las lágrimas correr por sus mejillas.
Caminó hacia él, el velo de su cabeza calló. Su corazón latía rápidamente. Llegó donde él y acarició
delicadamente su ensangrentada mejilla. Una sonrisa apareció en el rostro de ambos.
Seth la miró como si estuviera en un sueño. El lugar empezó a dar vueltas y todo se tornó
oscuro.
Seth despertó en una cama, boca abajo. Eingel se encontraba al otro lado de la habitación,
mirando por la ventana. Vestía negro, guardando luto por Ithron, como una buena esposa. Volteó su
cabeza hacia Seth y sonrió. Caminó hacia su lecho y se sentó al lado. Seth se dio vuelta lentamente
mientras Eingel arreglaba unas almohadas para que se encontrara cómodo.
-No pensé que nos veríamos en estas circunstancias- dijo Seth, sonriendo. Eingel rió.
-No pensé que nos veríamos en cualquiera de las circunstancias.
Seth ya se había recuperado y caminaba por Lithaldoren. Los elfos lo habían recibido muy
bien y le tenían mucho cariño. El tiempo de luto ya había pasado y la familia de Ithron se había ido
del país, hacia las montañas.
El humanos se encontraba en el pabellón del rey, quien lo había citado.
-Puedes quedarte cuánto tiempo quieras, Seth. Y volver cuando quieras, también. Creo que
has demostrado de que nuestro secreto está a salvo contigo.
Seth asintió mientras decía:
-Hannon le (Gracias).
Eglerion lo observó y notó en seguida qué era lo que le perturbaba.
-Amas a mi hija. Y veo que te tormenta que tu seas mortal y ella no.-Suspiró.- Gobernarías
bien este país. Tendrías mi permiso para desposarla, Seth. Pero ¿qué sucederá cuando tu mueras?
Arawen había venido de Varendel con Rilien y Athradien, quienes en sus tiempos libres
estaban con Seth y cruzaban espadas. Al principio le fue difícil acostumbrarse a la pesada espada,
comparada con las largas ramas que usaba con Eingel. Pero pronto sus movimientos y golpes fueron
mucho más certeros y mejores de lo que habían sido en la jaula del edificio. Las pelas podrían haber
durado horas, ya que ni uno de los dos era mejor que el otro.
Una noche, Eingel y Seth estaban parados bajo una pérgola, hablando alegremente. Seth
estaba vestido con vestiduras élficas, ya que su ropa estaba echa jirones gracias a Ithron. Llevaba
unos pantalones, botas de cuero café, una camisa color azul pálido, y un cinturón, del cual colgaba
una espada. Eingel llevaba puesto un vestido color azul plateado, con cuello redondo de hombro a
hombro. Tenía mangas plateadas, cerradas hasta el codo y abiertas hasta el suelo.
Seth sostenía las manos de la elfa entre las suyas.
-¿Renich i lú i erui govannem? (¿Recuerdas cuando nos conocimos?)- susurró la elfa. El
humano sonrió.
-Me odiabas tanto que apenas me dirigías la mirada.
-Supongo que eso a cambiado mucho.- Dijo Eingel, riéndose. Seth sonrió y bajó la mirada
mientras acariciaba las manos de la elfa.
-Eres una elfa, Eingel.- Dijo levantando la mirada.- Yo soy mortal. Ithron está muerto, pero
aún así nuestros destinos están separados.
-Preferiría una vida mortal contigo que una eternidad sola, Seth.
-Fue un lindo sueño, Eingel, ¿okay?- Soltó sus manos y se dirigió a la baranda de la pérgola
apoyándose en ella con sus brazos, dándole la espalda a Eingel.
-No te creo.- Protestó Eingel. Ambos tenían los ojos cristalizados por las lágrimas, las cuales
ya corrían por las mejillas de Seth. Eingel caminó hacia él y puso una mano en su mejilla,
haciéndolo mirarla a los ojos.- Le melon, Seth. (Te amo, Seth). Podríamos viajar a través de los
mundos, seguiríamos viendo a Chad, Taylor. Luego podemos estar aquí y gobernar Lithaldoren
juntos.
-¡Yo también lo anhelo, Eingel! ¿Pero que sucede cuando yo muera? Tendrás más de cien
vidas por delante, Eingel. ¿Cargarás la pena y el dolor por todos esos años?
-¡No lo se!- gritó desesperada. Cerró los ojos.- No lo se.
-Eingel...
-No digas más.- Dijo, tratando de sonreír. Seth la abrazó y besó sus temblorosos labios.- Tú
me enseñaste a siempre tener esperanzas, Seth.
-Siempre hay esperanza.- Murmuró él, no dirigiéndose a ella, si no más bien recordándoselo
a si mismo. La miró a los ojos.- No será fácil.
Eingel negó con la cabeza.
-Sin embargo, tengo fe de que algo bueno saldrá de todo esto.- Susurró.- Nada malo puede
pasar si estamos juntos.
-Entonces, ¿Le no an-uir nîn? (¿Serás mía para siempre?)
Eingel rió asintiendo.
-Melin ceni hin lîn síla i 'eladhach (Amo ver tus ojos brillar cuando te ríes).- Sonrió a la elfa
para luego besarla. Eingel puso sus brazos al rededor del cuello de Seth y recibió el beso con la
alegría más grande que jamás había sentido.
La boda tomó lugar en Lithaldoren, con todo el pueblo presente. Luego fueron a Miami, y
ahí tuvieron otra ceremonia, al estilo humano, y con los amigos de Seth presentes.
Vivieron una vida larga juntos, gobernando Lithaldoren y actuando en Miami. Tuvieron
cuatro hijos. Dos valientes muchachos y dos hermosas niñas.
Seth murió anciano, y Eingel, a pesar de su inmortalidad, murió de pena y dolor al lado de
su esposo.
Sus imágenes fueron esculpidas en Lithaldoren, para recordar a unos los mejores reyes del
pueblo. Habían sido los años de oro de Lithaldoren, y el hijo mayor de ambos decidió permanecer
ahí y seguir reinando con la sabiduría y bondad de sus padres.
Nunca ha habido un amor tan grande o tan intrépido como este. Dos como ellos no pueden
ser separados ni arrastrados el uno del otro una vez que están de acuerdo de que la vida es solo vida,
para siempre, cuando están juntos.
Felicidad es una manera de viajar, no un destino.
Fin