CONOCER A JESÚS
Para un cristiano, Cristo es la verdad última de la vida, el criterio supremo de
actuación y la única esperanza de salvación y liberación definitiva.
1. Importancia de Jesucristo para el cristiano
La fe cristiana no consiste en aceptar un conjunto de verdades teóricas sino en
aceptarle a Cristo, creerle a Cristo y descubrir en él la última verdad desde la cual
podemos iluminar nuestra vida, interpretar la historia del hombre y dar sentido último
a esa búsqueda de liberación que mueve a toda la humanidad. El cristiano es, por
tanto, un hombre que en medio de las diferentes ideologías e interpretaciones de la
vida, busca en Jesucristo el sentido último de la existencia.
La fe cristiana no consiste tampoco en observar unas leyes y prescripciones morales
procedentes de la tradición judía (por ejemplo los diez mandamientos), sino aceptar
a Cristo como modelo de vida en el que podemos descubrir cuál es la tarea
verdadera que debe realizar el hombre. El cristiano es, por tanto, un hombre que
frente a diversas actitudes y estilos de vivir y comportarse, acude a Cristo como
criterio último de actuación ante el Padre y ante los hombres.
La fe cristiana no es tampoco poner nuestra esperanza en un conjunto de promesas
de Dios más o menos generales, sino apoyar todo nuestro futuro en Jesucristo
nuestro Salvador, muerto por los hombres pero resucitado por Dios, el único del que
podemos esperar una solución definitiva para el problema del hombre. El cristiano
es, por tanto, un hombre que en medio de los fracasos y dificultades de la vida y
frente a diferentes promesas de salvación, espera de Cristo resucitado la salvación
definitiva del hombre.
Por eso, en cualquier época, los creyentes que deseen vivir fielmente su fe cristiana,
tendrán que preguntarse una y otra vez: ¿Quién fue Jesús de Nazaret? ¿Quién es
hoy Cristo para nosotros? ¿Qué podemos esperar de Él?
2. El camino recorrido por los primeros creyentes
Jesús de Nazaret apareció en el pueblo judío como un personaje con rasgos propios
de profeta, que, después de la muerte de Juan el Bautista, causó un fuerte impacto
en la sociedad judía. La originalidad de su mensaje y de su actuación despertó la
expectación política y las esperanzas religiosas dentro de su pueblo. Sin embargo,
muy pronto se convirtió en motivo de discusiones apasionadas, fue rechazado por
los sectores más influyentes de la sociedad judía y terminó su vida muy joven,
ejecutado por las autoridades romanas que ocupaban el país.
Jesús de Nazaret, terminado en el fracaso total ante su pueblo, los dirigentes
religiosos e incluso, ante sus seguidores más cercanos, parecía estar destinado al
olvido inmediato. Sin embargo no fue así. A los pocos días de su muerte, el círculo
de sus desalentados seguidores vivió una experiencia única: aquel Jesús,
crucificado por los hombres, ha sido resucitado por ese Dios al que Jesús invocaba
con toda su confianza como Padre.
A la luz de la resurrección, estos hombres volvieron a recordar la actuación y el
mensaje de Jesús, reflexionaron sobre su vida y su muerte, y trataron de ahondar
cada vez más en la personalidad de este hombre sorprendentemente resucitado por
Dios. Recogieron su palabra no como el recuerdo de un difunto que ya pasó, sino
como un mensaje liberador confirmado por el mismo Dios y pronunciado ahora por
alguien que vive en medio de los suyos. Reflexionaron sobre su actuación, no para
escribir una biografía destinada a satisfacer la curiosidad de las gentes sobre un
gran personaje judío, sino para descubrir todo el misterio encerrado en este hombre
liberado de la muerte por Dios.
Empleando lenguajes diversos y conceptos procedentes de ambientes culturales
diferentes, fueron expresando toda su fe en Jesús de Nazaret. En las comunidades
de origen judío reconocieron en Jesús al Mesías (el Cristo), tan esperado por el
pueblo, pero en un sentido nuevo que rebasara todas las esperanzas de Israel.
Reinterpretaron su vida y su muerte desde las promesas mesiánicas que alentaban
la historia de Israel. Y fueron expresando su fe en Jesús como Cristo atribuyéndole
títulos de sabor judío (Hijo de David, Hijo de Dios, Siervo de Yahvé, Sumo
Sacerdote…) En las comunidades de cultura griega, naturalmente, se expresaron
de manera diferente. Vieron en Jesús al único Señor de la vida y de la muerte,
reconocieron en él al único Salvador posible para el hombre y le atribuyeron títulos
de sabor griego (Imagen del Dios invisible, Primogénito de toda la creación, Cabeza
de todo…)
De maneras diferentes, todos proclamaban una misma fe: en este hombre Dios nos
ha hablado. No se le puede considerar como a un profeta más, portavoz de algún
mensaje de Dios. Este es la misma Palabra de Dios hecha carne (Jn 1, 14). En
este hombre Dios ha querido compartir nuestra vida, vivir nuestros problemas,
experimentar nuestra muerte y abrir una salida a la humanidad. Este hombre no es
uno más. En Jesús, Dios se ha hecho hombre para nuestra salvación.
3. Jesús, un personaje que no se deja encerrar en un esquema
Todos los intentos de clasificar a Jesús dentro de los modelos de su tiempo resultan
vanos. No es posible encerrarlo en ningún grupo determinado dentro de la sociedad
judía.
Jesús no es un sacerdote judío. No pertenece a la alta clase sacerdotal de
Jerusalén ni a las modestas familias de la tribu de Leví que se ocupan del culto
judío. Jesús es un laico, un seglar dentro de la sociedad judía (Heb 7, 13-14). Sin
embargo, se atreve a criticar la actuación de los sacerdotes que han convertido la
liturgia del templo en un medio de explotación a los peregrinos (Mc 11, 15-19) y su
despreocupación a la hora de acercarse a los hombres verdaderamente
necesitados de ayuda (Lc 10, 30 - 37).
Jesús no es un saduceo. No pertenece a esos grupos representantes de la alta
aristocracia judía que adoptaban una postura conservadora tanto en el campo
político como religioso. Por una parte, colaboraban con las autoridades romanas
para mantener el orden establecido por Roma que, de alguna manera, favorecía sus
intereses. Por otra parte, rechazaban cualquier renovación en la tradición religiosa
y cultural del pueblo. Jesús es un hombre de origen modesto, que camina por
Palestina sin un denario en su bolsa, y que ha vivido muy alejado de los ambientes
saduceos. Su libertad frente a las autoridades romanas y su enfrentamiento cuando
se oponen a su misión (Lc 13, 31-33) no recuerda la diplomacia saducea. Por otra
parte, Jesús ha rechazado la teología tradicional saducea (Mt 22, 23-33).
Jesús no es un fariseo. Los fariseos constituían un grupo no muy numeroso (quizás
unos 6.000) pero muy influyente en el pueblo. Muchos de ellos pertenecían a la
clase media y vivían formando pequeñas comunidades, evitando el trato con gente
pecadora. Se caracterizaban por su dedicación al estudio de la Torá, su obediencia
rigurosa a la Ley (sobre todo el sábado), la observancia de prescripciones rituales,
ayunos, purificaciones, limosnas, oraciones, etc. Jesús ha vivido enfrentando a la
clase farisea adoptando un estilo claramente anti fariseo. Se mueve libremente en
ambientes de pecadores, dejándose rodear de publicanos, ladrones y gente de mala
fama. Condena con firmeza la teología farisea del mérito, de aquellos hombres que
se sienten seguros ante Dios y superiores a los demás (Lc 18, 9-14). Critica su
visión legalista de la vida y coloca al hombre no ante una Ley que hay que observar,
sino ante un Padre al que debemos obedecer de corazón (Mt 5, 20-48). Rechaza
violentamente la hipocresía de aquellos hombres que reducen la religión a un
conjunto de prácticas externas a las que no responde una vida de justicia y amor
(Mt 23).
Jesús no es un terrorista zelota ni ha tomado parte activa en el movimiento de
resistencia armada que ha ido cobrando fuerza en el pueblo judío en su intento de
expulsar del país a los romanos y establecer con la fuerza armada el reino
mesiánico. Jesús ha vivido en ambientes en donde se respiraba esta esperanza.
Además su libertad y su actitud crítica ante las autoridades (Lc 13, 32; 20,25; 22,
25-26), ante los ricos y poderosos (Lc 6, 24-25; 16, 19-31), y sobre todo, el anuncio
del Reinado de Dios hizo posible que fuera acusado de revolucionario. Pero, Jesús
no ha participado en la resistencia armada contra Roma. No ha pretendido nunca
un poder político-militar. Su objetivo no era la restauración de la monarquía davídica
y la constitución de una nación judía libre bajo el único imperio de la Ley de Moisés.
Su mensaje rebasa profundamente los ideales del zelotismo.
Jesús no es monje de Qumrán. No pertenece a esta comunidad religiosa que vive
en el desierto, a orillas del Mar Muerto, separada del resto del pueblo, esperando la
llegada del reino mesiánico con una vida de observancia rigurosa de la Ley, ayunos
y purificaciones rituales. Jesús no vive retirado en el desierto como Juan el Bautista.
Sus discípulos no ayunan (Mc 2,18). Jesús participa en banquetes con gente de
mala fama (Mt 9, 10-13). No ha querido organizar una comunidad de gente selecta,
separada de los demás. Su mensaje está dirigido a todo el pueblo, sin distinciones.
Incluso, se siente enviado a llamar especialmente a los pecadores (Lc 5, 32).
Jesús no es un rabino aunque algunos contemporáneos lo hayan llamado así.
Jesús, sin una sede doctrinal fija, rodeado de gente sencilla, pecadores, mujeres,
niños… no ofrece la imagen típica del rabino de aquella época. Ciertamente Jesús
no es un rabino dedicado a interpretar fielmente la Ley de Moisés para aplicarla a
las diversas circunstancias de la vida. Por otra parte, Jesús habla con una autoridad
desconocida, sin necesidad de citar a ningún maestro anterior a él, e, incluso, sin
apelar a la autoridad de Moisés. La gente era consciente de que enseñaba “como
quien tiene autoridad y no como los escribas” (Mc 1, 22).
Jesús no es un profeta más en la historia de Israel. Es cierto que fue considerado
por sus contemporáneos como un profeta de Dios (Mt 21, 11; 21, 46; Lc 7 16). Es
cierto que Jesús adoptó en su actuación un estilo profético como aquellos hombres
portadores del Espíritu de Yahvé y portavoces de la Palabra de Dios para el pueblo.
Pero Jesús no es un profeta más dentro del pueblo judío. Jesús no siente la
necesidad de legitimar su predicación aludiendo a una llamada recibida de Yahvé,
como hacen los profetas judíos (Am 7, 15; Is 6, 8-13; Jer 1, 4-10). Tampoco emplea
el lenguaje propio de los profetas que se sienten meros portavoces de la palabra de
Yahvé: (“Así habla Yahvé”, “Escuchad lo que dice Yahvé”, “Es oráculo de Yahvé”);
Jesús emplea una fórmula típica suya, totalmente desconocida en la literatura
profética y que manifiesta una autoridad plena y sorprendente: “En verdad, en
verdad yo os digo…” (“Amén, amén). Además, Jesús no se mueve, como los
profetas, en el marco de la alianza entre Yahvé e Israel para hablar al pueblo de
las exigencias de la Ley, de las promesas del Dios aliado con el pueblo o de los
castigos que les amenazan como consecuencia de la inobservancia de la alianza.
Jesús anuncia algo totalmente nuevo: el Reinado de Dios empieza ya a ser realidad.