¿Qué he hecho yo para merecer esto?
:
la mujer y el refranero
ISABEL CEBRIÁN SEVILLA
Universidad de Murcia
Durante siglos, la situación de la mujer en la sociedad ha dejado mucho que desear. Su
participación en la vida cotidiana, en ámbitos que no fueran el familiar, era escasa, cuando no nula.
Lo que se esperaba de ella era principalmente una dedicación total a los asuntos domésticos, con
pocas posibilidades de alcanzar otros campos de acción. Aunque desde hace algún tiempo, en
nuestra cultura, estas circunstancias se han ido modificando notablemente, muchos de estos usos y
costumbres que relegan a la mujer a un segundo plano están presentes en nuestra lengua. El
refranero no es una excepción. De su estudio podemos obtener un retrato completo del ideal
convencional de mujer, que abarca no sólo la descripción somera de sus "vicios y virtudes", sino
también la de sus funciones como miembro, fundamentalmente pasivo, de una comunidad.
¿Cuál es ese ideal femenino y cómo es el papel que debe desempeñar en la sociedad, según el
refranero?
Del corpus de refranes analizados -unos mil cuatrocientos-, noventa y cinco hacen referencia
a la mujer o la tienen como protagonista. Con los datos recogidos en todos ellos, exceptuando
solamente ocho -en los cuales la mujer no recibe un tratamiento discriminatorio- podemos
establecer, en principio, dos grandes grupos. El primero de ellos muestra a la mujer sumergida de
lleno en el núcleo familiar y da cuenta de sus relaciones con el resto de miembros de ese grupo. El
segundo constituye todo un tratado sobre la personalidad y el carácter femeninos. Sin embargo, un
análisis más detenido nos permitirá comprobar que en realidad el segundo grupo no es más que un
apéndice del primero, puesto que las cualidades que se le exigen a la mujer están siempre
relacionadas estrechamente con el orden familiar, aspecto que indica que la mujer no es
considerada de un modo independiente, sino siempre ligada al varón.
Un breve recorrido por el primer grupo deja establecidas las pautas de comportamiento de la
mujer con su marido, con otras mujeres de la familia y con la maternidad, entre otros aspectos.
En el terreno de las relaciones personales entre los dos sexos, el refranero conserva la
desigualdad tradicional propia de la sociedad en la que surge.
Un aspecto muy importante dentro de este tema es el relacionado con el matrimonio y la
actitud que dentro de él deben adoptar los esposos. Son numerosos los refranes que aluden a la
superioridad en cuestiones de mando que debe tener el hombre sobre su esposa: Mal anda la casa
donde, la rueca manda a la espada. Por esta razón, son muy duras las críticas contra la mujer que
altera el orden tradicional haciéndose con las riendas del hogar: En casa del ruin, la mujer es
alguacil. En casa del mezquino, más manda la mujer que el marido. En casa de Miguel, él es ella
y ella es él. En casa de mujer rica, ella manda y ella grita. En casa de mujer rica, ella manda y
él obedece...
Paremia, 5: 1996. Madrid.
204 . Isabel Cebrián Sevilla
Desigual es también la consideración social que merece el adulterio según sea cometido por el
hombre o la mujer. Por supuesto, está mucho peor visto en el segundo caso que en el primero:
Siete hijos de una madre, cada uno de su padre. El cornudo es el postrero que lo sabe, y la mujer
la primera que lo hace. Canas y cuernos vienen a mozos y viejos. Aquélla es honrada y fina, que
no es combatida; y si es honrada y sin combate, no se ensalce. Contigo duerme y contigo come
quien te los pone.
Consideración especial merecen los refranes que adoptan la forma de consejos al varón en su
trato con el sexo opuesto. Destacan por dos cosas, nada gratificantes para las mujeres: el uso de la
violencia física como medio para dominar a la mujer y una curiosa equiparación que muchos de
ellos establecen entre la mujer y un animal, precisamente por la calidad del trato recibido. La
mujer es un animal más, un animal tozudo que hay que meter en cintura, al menos eso es lo que
se desprende de refranes como estos: A la mujer y a la burra, cada día una zurra. La nuez y la
mujer, a golpes se han de vencer. A la mujer y a la carne, mientras chillen, darle. Dote, dote, con
un garrote. No hay mejor cuchillada que a la mujer y al fraile dada. Una olla y una vara, el
gobierno de la casa. A la mujer y a la cabra, soga larga. Aunque con tu mujer tengas barajas, no
metas en tu casa las pajas. Con la mala yanta y con la buena, ten baraja. También encontramos
refranes del mismo tipo dirigidos a la mujer; sin embargo, los consejos que se dan a ésta no son ni
del mismo carácter ni tan abundantes, más bien al contrario. A ia mujer se le suele recomendar
prudencia, docilidad y obediencia en su trato con el hombre: A tu marido muéstrale el culo, más
no del todo; En burlas ni en veras, niña, con el hombre no quieras riña; ni en burlas ni en veras,
no quieras con él bregas.
Otro aspecto de la vida familiar lo constituyen las relaciones que las mujeres mantienen con
las de su mismo sexo, relaciones que se caracterizan por ser especialmente tensas.
Madres, hijas, suegras, cuñadas y nueras no suelen hacer gala de afectividad mutua en los
refranes. Sirvan de muestra estos ejemplos: Cuñada y suegra, ni de barro buenas; nuera, ni de
barro ni de cera. Eso barre la nuera que no ve la suegra. En cuanto fui nuera, nunca tuve buena
suegra, y en cuanto fui suegra nunca tuve buena nuera. Aquélla es bien casada que no tiene
suegra ni cuñada. Aquélla es mi nuera, la de los pabilones en la rueca; y aquélla es mi hija, la
que bonito lo hila. Arremangóse mi nuera y volcó la caldera. A ti lo digo, hijuela; entiéndelo mi
nuera. Dos tocas a una mesa, a la una o a la otra pesa. Dos tocas en un hogar, mal se pueden
concertar.
Una de las cuestiones que tradición al mente ha ido unida a la idea de matrimonio, y que ha
constituido la principal función de la mujer en la sociedad, hasta el punto de anular otras
funciones, es la de la maternidad. A este respecto, la opinión que obtenemos del refranero es muy
clara y está expresada elocuentemente en este refrán: Perdido el ganado donde no hay perro que
ladre; y en balde casada la mujer que no pare.
No menos significativo es este otro refrán que conjuga dos aspectos, la maternidad y la
imagen de ia mujer como una carga familiar desde el momento mismo de su nacimiento: Parto
largo y parto malo, hija al cabo.
La mujer supone para la familia una fuente constante de preocupaciones: desde su educación
hasta su casamiento, todo debe ser vigilado celosamente por los padres. Además, se tiene la idea
de que la mujer no contribuye precisamente a hacer más fácil esta tarea; así lo demuestra el
siguiente refrán: Peor es la moza de casar que de criar.
Según esto, parece que los problemas que plantea eí tener una hija son fundamentalmente dos:
la guarda de su honestidad y conseguirle un casamiento provechoso; o simplemente un casamiento,
ya que, de lo contrario, se corre el riesgo de que permanezca soltera y el refranero es
especialmente hiriente a este respecto: Esperando marido caballero, lléganme las tetas al
braguero.
En cuanto al problema de la guarda de la honra, el refranero aporta numerosos ejemplos -de
lo que podemos deducir la importancia que la sociedad otorgaba a esta cuestión- en los que destaca
la figura de la madre como ejecutora real de esa vigilancia. Sobre ella recae la responsabilidad de
¿Qué he hecho yo para merecer esto?: la mujer y d refranero 205
la salvaguarda del honor de la hija. Así tenemos: Dadme madre recatada, daros he hija asegurada.
Olla cabe tizones ha menester cobertera, y la moza do hay garzones, la madre sobre ella. La
doncella honrada, la pierna quebrada y en casa. La doncella y el azor, las espaldas hacia el sol.
Sin embargo, no deja de advertir el refranero que para la moza rebelde de poco sirven tan
extremos cuidados: Para la que quiere ser mala, poco aprovecha la guarda; Piensa mi madre que
me tiene muy guardada, y otro dame cantonada.
La importancia que se le concede a este hecho es de tal calibre que incluso nos encontramos
con refranes tan duros como éste: Dichosa la casa por donde sale la hija muerta. Suponemos que
la razón de tal "dicha" es que se pone fin a las preocupaciones. Esta celosa vigilancia ha de
perseguir un objetivo y éste parece ser el preservar la virginidad de las jóvenes. Se hace de la
honestidad la cualidad fundamental en una mujer y se exige que se consagren a ella todos sus
cuidados.
De ahí que cuando se quiera atacar a la mujer se le recrimine precisamente la falta de dicha
honestidad, mientras que el arma esgrimida contra el varón sea la falta de inteligencia o de valor.
Como ejemplo de esto sirvan los siguientes refranes: Doncella y dígalo ella. ¿En priesa me ves y
doncellez me demandas? Cabellos y virgos, muchos hay postizos. Oído horadado, virgo quitado.
Dame pega sin mancha y te daré moza sin tacha. Dame trébol de cuatro hojas y te daré moza en
que escojas. Oro, tela, ni doncella, no lo tomes a la candela.
Esta preocupación por la honestidad es constante en el refranero y afecta no sólo a la doncella
o moza sino a la mujer en general, cualquiera que sea su edad y su condición social.
Así aparece en estos refranes en los que no se especifica: Dámela honesta, dártela he
compuesta; La mujer honesta el hacer algo es su fiesta.
Todas estas cuestiones tienen unas raíces indudablemente religiosas. En la Biblia, libro de
innegable peso en nuestra cultura, la visión que se nos ofrece de la mujer difiere muy poco o nada
de la que venimos presentando hasta aquí: la mujer debe someterse al varón y se resalta, sobre
todo, su maldad («Toda maldad es poca comparada con la de la mujer» leemos en Eclo. 25, 19)
así como ciertas características que debe tener, como el ser tranquila, reposada, callada, trabajadora
en cas a, etc.
Recogen esta línea, en la Edad Media y en los Siglos de Oro, las obras que se dedican a la
figura de la mujer.
Recordemos en este sentido obras tan significativas como la del Arcipreste de Talavera,
Corbacho, o la de Fray Luis de León, La Perfecta Casada, sin olvidar, por supuesto, los ácidos
sonetos que Francisco de Quevedo dedica a las féminas.
En todas estas obras hay una curiosa coincidencia al señalar los defectos de que gozan las
mujeres y las virtudes de que deberían hacer gala.
El refranero, que también se une a ellas, señala que la mujer1 es:
MENTIROSA: La mujer y el vino engañan al más fino.
El lloro de la mujer no es de creer.
HISTÉRICA: Más vale pelear con una fiera que sufrir mujer vocinglera.
Mujeres y guitarras, casi siempre destemplados.
HIPÓCRITA: Las tocas de beata y las unos de gata
La cruz en los pechos y el diablo en los hechos.
PARLANCHÍNA Y COTILLA: A oreja de amiga, ¡res largos de viga.
Ni al perro que mear ni a la mujer que hablar, nunca les ha de faltar.
La mujer muy casera nunca falta de parlera.
Las manos en la rueca y los ojos en la puerta.
La que a visitarte viene, hace inventario de lo que tienes.
SUCIA: Mujer sin pulgas sólo hubo una.
TRAIDORA: De la mujer y del mar no hay que fiar.
'Algunos de estos puntos han sido señalados por Alvaro García Meseguer (1994: 40-42).
206 Isabel Cebríán Sevilla
No te fíes de mujer ni de burra de alquiler.
MUDABLE: Cuatro caras tiene la luna y la mujer cuarenta y una.
Diez, mujeres, cíen pareceres.
DESDEÑOSA: Las damas al desdén parecen bien.
Las damas quieren se rogadas, no ensenadas ni enojadas.
EXTREMADA: En todas las cosas hay medio sino en la mujer, porque es extremada en querer y
aborrecer.
VANIDOSA: Dila que es hermosa y tornarse ha loca.
Pecosa, y no de viruelas, díselo burlando y tomarlo ha de veras.
CONTRADICTORIA: Condición es de mujeres despreciar lo que las dieres y morir por lo que las
niegues.
Como nota que puede resultar curiosa, señalamos que está especialmente mal considerado e!
que las mujeres abusen del alcohol: "Dámela beoda, dártela he puta y ladrona"2.
También parece haber una especie de consenso en lo que a virtudes se refiere. La mujer, la
buena mujer, debe ser:
CALLADA: Dónde perdió la niña su honor? Donde habló mal y oyó peor.
La pera y la doncella la que calla es buena.
Pan caliente y uvas, a las mozas ponen mudas y a las viejas quitan arrugas.
A tu hija muda, véasla viuda.
HACENDOSA EN LA CASA: Dicen en Roma que la dama hile y coma.
Por supuesto en ningún momento se hace referencia a la necesidad de estimular sus cualidades
intelectuales, ya que esto parece ser algo reservado a los hombres. Es más, incluso se toma la
presencia de estas cualidades como algo nocivo: Mujer que sabe latín, no [Link] tener buen fin"
En último término, el valor primordial de la mujer es servir de apoyo al hombre: A quien su
mujer le ayuda, camino va de fortuna; A quien buena mujer tiene, ningún mal le ha de venir que
no sea de sufrir.
Como resumen de las ideas expuestas hasta aquí recogemos el siguiente refrán que las
condensa brillantemente: La dama en la calle, grave y honesta; en la iglesia, devota y compuesta;
en casa, escoba, discreta y hacendosa; en el estrado, señora; en el campo, corza; en la cama,
graciosa y será en lodo hermosa. Es fácil observar que la imagen de la mujer no ha sufrido
grandes cambios a la largo de los siglos.
Como decíamos al comienzo, ésta se va superando con el tiempo. Presumiblemente, este tipo
de refranes que presentan una imagen de la mujer en sentido discriminatorio irá cayendo en desuso
conforme desaparezca la causa que los provocó: la discriminación social. Sin embargo, y como
muestra de que esto todavía no se ha conseguido, van surgiendo nuevas formas, nuevos refranes,
que responden a este tipo de discriminación porque suponen en la mujer incapacidad para
adaptarse a situaciones que hasta ahora eran propias del varón: Mujer al volante, peligro al
instante es un refrán, sin duda, reciente que deja claro cuál sigue siendo la situación de la mujer en
este sentido.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
BERGUA, J. (1992): Refranero Español. Madrid: Ediciones Ibéricas.
GARCÍA MESEGUER, A. (1994): ¿Es sexista la lengua española? Una investigación sobre el
género gramatical. Barcelona: Paidós.
2 Recogiendo el versículo bíblico que dice: «La mujer borracha es motivo de profunda irritación y no
podrá ocultar su vergüenza» (Eclo. 26,8).