CONTEXTO HISTÓRICO
La Constitución Nacional fue creada en 1853, y ella, en su faz ideológica, tuvo la
impronta de la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica (1776) y de la
Revolución Francesa (1789).
La libertad, la igualdad, la dignidad humana, eran reconocidos como los valores
supremos, siempre, claro está, bajo el formato de una constitución, la cual regia y
desde donde se construían todos los Estados.
Este proceso se conoció con el nombre de constitucionalismo y tuvo dos etapas, la
primera fue clásica o liberal y en ella se buscaba primordialmente respetar las
libertades individuales en todas sus expresiones al tiempo de reducir el accionar de los
Estados.
La segunda etapa, conocida como social, se desarrollo en las primeras décadas del
siglo pasado. Estas constituciones dejaron de considerar al hombre como un ser tan
individual, sino como integrante de una sociedad.
La Constitución Argentina fue, desde su génesis, de espíritu liberal. El Estado solo
debía intervenir en la salud, la educación, la justicia y la seguridad en tanto que, entre
otras, la actividad comercial, era tema de la voluntad libre de los hombres.
En 1945, llega al poder el General Perón, hombre que sin dudas cambio a la Argentina.
El acceso al poder de las clases postergadas fue una marca distintiva de este proceso,
que tuvo como hito fundamental, la reforma de la Constitución, que tuvo lugar en 1949
y donde, entre otras cosas, se instituía la reelección presidencial indefinida. En lo
social, la carta magna consagraba, en un articulado especial, el derecho a trabajar, del
siguiente modo:
Capítulo III
Derechos del trabajador, de la familia, de la ancianidad y de la educación y la cultura
Art. 37 – Declárense los siguientes derechos especiales:
I. Del trabajador
1. Derecho de trabajar - El trabajo es el medio indispensable para satisfacer las necesidades
espirituales y materiales del individuo y de la comunidad, la causa de todas las conquistas de la
civilización y el fundamento de la prosperidad general; de ahí que el derecho de trabajar debe
ser protegido por la sociedad, considerándolo con la dignidad que merece y proveyendo
ocupación a quien lo necesite.
En este marco, en 1953, se sanciono la Ley 14.226, denominada Ley del "Número
Vivo", que establecía la obligatoriedad para las salas cinematográficas, de presentar
números artísticos dentro de los programas de las salas, con la consiguiente obligación
de los empresarios del sector a contratar a los artistas y a adecuar las instalaciones. El
agravante de la cuestión se generaba al momento de prohibir el traslado del costo, al
precio de las localidades.
En 1955, el General Perón es derrocado por un golpe militar que se dio en llamar la
Revolución Libertadora, que tras los cambios de rigor, en 1957 se dejo sin efecto la
reforma constitucional de 1949, volviendo a la Constitución original. El artículo que se
agrego es el 14 bis, que agrego los derechos del trabajo, de la agrupación gremial y de
la seguridad social.
HECHOS
Debido a la falta de suficientes salas de teatro, los artistas del espectáculo sufrieron
una grave crisis ocupacional. Circunstancia por la cual, el Poder Legislativo dictó la Ley
Nº 14.226 de 1953, la cual declara obligatoria la inclusión de espectáculo de
variedades en los programas de las salas cinematográficas de todo el territorio de la
Nación. La norma anteriormente mencionada prohibió cobrar al público una suma extra
por los números ofrecidos, por lo que las empresas cinematográficas debían soportar
los gastos adicionales. Esto último fue posteriormente modificado por la Resolución Nº
1.446/57 que autorizó a cobrar por separado los ‘actos en vivo’.
La S.A. propietaria del Cine Callao se rehusó a cumplir la norma citada, por lo cual, la
Dirección Nacional de Servicio de Empleo invocando el decreto 13349/56 la intimó para
que iniciase la presentación de los ‘números en vivo’.
A pesar de la intimación, la S.A. continuó incumpliendo la norma, motivo por el cual la
Dirección Nacional de Servicio de Empleo inició un sumario administrativo. En dicho
acto administrativo se le impuso a la sociedad una multa y se la obligó a cumplir con la
Ley 14.226 bajo apercibimiento de clausura, para que realizará las obras pertinentes
que pusiera la sala en condicones de presentar "números vivos" y registrara los
contratos con los respectivos artistas que fueran contratados.
Sastifecha la multa, el Cine Callao interpuso contra la resolucón administravia recurso
de apelación para ante el juez Correccional y habiéndose declarado éste incompetente,
las acutaciones fueron pasadas, a al Cámara Nacional del Trabajo, que dictó sentencia
confirmando la resolución recurrida en cuanto "a estar comprendida la sala del Cine
Callao en la ley 14.226"
Contra esta sentencia, la interesada interpuso recurso extraordinario impugnando la
constitucionalidad de la Ley 14.226 por contrariar la garantía de propiedad y el derecho
de ejercer libremente el comercio e industria, ambos consagrados en los artículos 14 y
17 de la Constitución Nacional.
CUESTIONES DE DERECHO
La Sociedad Anónima Cinematográfica, presento un recurso de apelación contra la
resolución administrativa, ante el juez Correccional y éste habiéndose declarado
incompetente, las actuaciones pasaron a la Cámara Nacional del Trabajo, en donde se
resolvió que el Cine Callao se encontraba dentro de las instituciones reglamentadas por
la Ley 14.226; y a su vez, se revoco la multa impuesta, que dejó sin efectoy el plazo
para la realización de las respectivas obras de refacción para adecuar la sala a los
"números vivos".
Contra dicha sentencia, la Sociedad Anónima Cine Callo, interpuso un recurso
extraordinario ante la Corte Suprema, el cual, estaba fundado en la impugnación de la
Ley 14.226, basándose en que la misma, era contraria al derecho de propiedad
establecido en el artículo 17 de la Constitución Nacional y el derecho de ejercer
libremente el comercio y la industria, establecido en el artículo 14, también señalado en
la Carta Magna. Asímismo, argumenta en sus fundamentos, que se le impone a los
empresarios cinematgráficos una activdad extraña a la que éstos desarrollan,
obligandolos con la contratación de los artistas, y a realizar gastos en enversiones no
susceptibles de amortización ni rédito, por de la imposibilidad del aumento de tarifas
en las entradas de las funciones cinematográficas.
Al haberse revocado la multa aplicada y el plazo para la realización de las respectivas
obras de refacción en la sala, por el Tribunal, la Corte Suprema, solo debía resolver la
cuestión principal, que era si el Cine Callao se encuadraba dentro de la reglamentación
impuesta en la ley en cuestión.
La Corte, en uno de sus fundamentos, se basa en el poder de policía, relacionándolo
con la jurisprudencia de la Suprema corte de los Estados Unidos, la cual abala que
dicho poder debe garantizar junto con la seguridad, la moralidad y la salubridad pública,
la defensa y la promoción de los intereses económicos de la colectividad. Dentro de
esa especie del poder de policía ha de considerarse legítimamente incluida la facultad
de sancionar disposiciones legales encaminadas a prevenir, impedir, morigerar o
contrarrestar, en forma permanente o transitoria, los graves daños económicos y
sociales susceptibles de ser originados por la desocupación en mediana o gran escala
A su vez, se hace mención, al artículo 67, inc.16 de la Constitución Nacional,
(actualmente 75, inc.18), el cual establece que una de las atribuciones del Congreso es
proveer lo conducente a la prosperidad del país, es por esto que garantiza la legalidad
de los medios utilizados para el cumplimiento de dicho fin.
También se analiza la contraposición que se efectúa con los artículos 28 y 31 de la
Constitución Nacional, en donde se establece el principio de razonabilidad que deben
tener las leyes emanadas del Congreso y las normas constitucionales y la
obligatoriedad de cumplimiento que dichas leyes dispongan, manifestando que la Corte
solo le incumbe pronunciarse acerca de la razonabilidad de los medios elegidos por el
Congreso y que solo debe examinar sin son o no proprocionados a los fines que el
legislador se propuso conseguir y en consecuenia decidir si es o admisible la restricción
de los derechos individuales afectados, siendo que el tribunal nunca sustituyo el criterio
de convenicna o eficacia económica o social a la del Congreso Nacional, para
pronunciaerse sobre la validez constitucional de las leyes según que regulen trabajos,
comercios o industrias con fines de policía.
Por lo expueto la Corte expresa que las obligaciones de la naturaleza de las señaladas
en la norma en cuestión reprochada no contraría ninguna garantia o derecho
constitucional, en tanto representan medios válidos de actuación del poder de policía.
Concluyendo la Corte que las obligaciones que la ley 14.226 impone al recurrente son
válidas por no lesionar las garantías constitucionales invocadas, de propiedad y de
comerciar y ejercer una industria lícita. Declarando en consecuencia, que la Ley
14.226, no es violatoria de los arts. 14, 17 y 28 de la Constitución Nacional.
DISIDENCIA
Del doctor Boffi Boggero
Como se expuso en párrafos anteriores, la Corte en el caso del Cine Callao consideró
válida la ley 14.226. Sin embargo Luis María Boffi Boggero. Sentó su disidencia con
respecto a tal decisión, así expresó que: "la ley cuestionada aparece como la solución
de un grave problema traído por la desocupación de los artistas en virtud de la escasez
de salas teatrales y como la salvaguarda del patrimonio artístico nacional. Pero es de
toda evidencia que tan altas y plausibles finalidades no pueden cristalizar por medio de
normas incompatibles con la vigencia que es más elevada de la Constitución Nacional"
(consid. 7º).
El referido magistrado expresó de manera señera, que: "esta causa revela en esencia
una fuerte y sustancial restricción de la libertad de comercio y de la propiedad de los
empresarios cinematográficos por parte del Estado. Organizados para determinados
fines, se ven compelidos a realizar actividades que, aunque reconozcan alguna
semejanza con aquéllos, son evidentemente distintas a las libremente elegidas por
esas empresas. Y esa restricción no guarda suficiente armonía con los propósitos que
se persiguen ya que, por una desocupación con la que no tienen vínculo alguno, se
restringe la libertad de aquellas empresas. El Estado, efectivamente, en vez de resolver
el problema con recursos propios, hace recaer la solución en una categoría de
particulares, afectando esencialmente los derechos con que la Constitución los protege.
A este respecto, es interesante destacar, como lo hizo en su oportunidad el justice
Joseph P. Bradley, que "las prácticas...in-constitucionales consiguen su primer
apoyo...mediante ataques silenciosos y ligeras desviaciones de los modos legales de
preceder" (116 US 616), siendo fácil deducir el proceso ulterior de apartamiento cada
vez más extenso de las normas constitucionales. Y ello puede decirse del art. 1º de la
ley 14.226 que, bajo títulos --como se dijo-- tan plausibles de protección social, no ha
elegido uno de los numerosos medios razonables con que la Constitución facilita las
soluciones sociales" (consid. 14).
Finalmente, manifiesta como argumento de su disidencia, que la autoridad tenía
atribuciones indiscutibles para solucionar el problema, sea creando fuentes de trabajo
con sus propios fondos o bien empleando el procedimiento del subsidio. En lugar de
ello, so color de adaptar los derechos constitucionales a las cambiantes realidades de
la sociedad, ha sancionado una ley que desnaturaliza las libertades cuya vigencia se
reclama en esta causa. Las críticas de la "recurrida", de ese modo, han de dirigirse
contra la manera inconstitucional con que se intentó protegerla cuando pudo hacérselo
de acuerdo a los dictados de la Constitución. Llegando a la conclusión de conformidad
con el dictamen del procurador general, a revocar la sentencia apelada en cuanto ha
sido materia del recurso extraordinario.
El Procurador de la Nación, Sebastián Soler, analiza el caso, desde una postura
particular, en donde afirma que el beneficio colectivo que persigue el poder de policía,
no es el beneficio “sectorizado” que se realiza al amparar los derechos de una parte de
la población, en este caso, los actores.
Se hace referencia a las palabras de Alberdi, al decir “que la libertad de unos pocos no
perjudique la libertad de los otros; salir de ahí, no es reglamentar la libertad de trabajo,
es oprimirla”.
Al exigirle a un grupo determinado, que realice el propósito que constitucionalmente
persigue el Estado, se estaría creando una solución ficticia al problema de fondo, ya
que lo que se lograría es un mal mayor, como lo es la identificación de atribuciones
legitimas y los excesos de poder.
Por estos motivos el Procurador, estima que se debe declarar la inconstitucionalidad de
la Ley en cuestión.
TEMAS RELACIONADOS A LA MATERIA
• Recurso Extraordinario;
• Procuración Del Tesoro Nacional;
• Policía Y Poder De Policía;
En cuanto a los dos primeros puntos mencionados haremos un breve comentario, ya
que son temas ya estudiados.
RECURSO EXTRAORDINARIO: Es una acción/medida que se toma cuando la
inteligencia de alguna cláusula de la Constitución, o de un tratado o ley del Congreso, o
una comisión ejercida en nombre de la autoridad nacional haya sido cuestionada y la
decisión sea contra la validez del título, derecho, privilegio o exención que se funda en
dicha cláusula y sea materia de litigio.
PROCURACION DEL TERSORO NACIONAL: Como ya hemos visto en clase, es un
organismos desconcentrado. Conformado por el Procurador del tesoro nacional y por el
cuerpo de abogados del estado. La función de dicho organismo es la de asesorar,
representar y defender en al Estado en juicio. Sabemos ya que el procurador de la
Nación no emite dictámenes de carácter obligatorios, sino una mera opinión.
POLICÍA Y PODER DE POLICÍA: las limitaciones a los derechos individuales, en razón
del interés público, se denominan policía y poder de policía.
• Dentro de la función administrativa, se inserta una modalidad de obrar, de
contenido “prohibitivo” y “limitativo” denominado “POLICIA”
• Dentro de la función legislativa se incorpora una modalidad reglamentaria de
derechos denominada “PODER DE POLICIA”.
Tanto la policía como el poder de policía se reducen en su régimen jurídico al previsto
por el derecho público, para el actuar administrativo y legislativo del estado.
• La policía es parte de la función administrativa, que tiene por objeto la ejecución de
las leyes de policía. La policía se manifiesta a través de normas particulares (actos
administrativos) que constituyen la individualización o concreción de la norma
jurídica general o abstracta.
• El poder de policía es parte de la función legislativa que tiene por objeto la
promoción del bienestar general, regulando a ese fin los derechos individuales,
reconocidos expresa o implícitamente por la Constitución, extendiéndose hasta
donde la promoción del bienestar general lo haga conveniente o necesario dentro de
los límites constitucionales (arts. 19 y 28, CN). El poder de policía se manifiesta a
través de normas generales, abstractas, impersonales, objetivas, siendo su objeto
más amplio que la policía, pues versa sobre la limitación de los derechos
reconocidos a fin de promover el bienestar general.
• Toda policía es Administración. Sólo un trozo de la Administración es policía.
• Las características que se quieren atribuir como propias a la policía respecto de
otras manifestaciones administrativas del Estado no tienen entidad jurídica
suficiente para que se pueda hablar de un régimen jurídico propio de la policía.
Decir que la policía se diferencia del resto de las actividades administrativas por el
carácter social, no es exacto, pues casi todas las manifestaciones administrativas,
están dotadas de esa característica.
• La coacción, sea inmediata o potencial, tampoco vale como signo específico de la
policía, pues la coacción estatal tiene otras exteriorizaciones que no son policía;
por ejemplo, la administración de la justicia penal y la ejecución administrativa.
• Competencia: Desde el punto de vista constitucional, Nación y provincias cuentan
con competencias para reglamentar y limitar, legislativa y/o administrativamente, el
ejercicio de los derechos. En ese sentido, se habla de poderes concurrentes entre
el Estado soberano y los Estados miembros autónomos (arts. 1º, 5º, 75, 121, 122,
125, 126, CN) (PTN, Dictámenes, 116:446). La Constitución preserva
expresamente para las autoridades provinciales y municipales el poder de policía
sobre los establecimientos de utilidad nacional y jurisdicciones federalizadas (art.
75, inc. 30).
POLICIA Y DERECHOS
• Los derechos de los administrados son reconocidos por el ordenamiento jurídico,
pues muchos de ellos les vienen dados por su naturaleza, por su condición de
hombres, de seres en libertad.
• Es justamente el reconocimiento y la protección otorgada por el Estado a tal
actividad "en libertad", lo que transforma esa facultad natural del individuo de
actuar en derecho subjetivo. Es facultad excluyente de uno reflejada en el deber de
otro, por imposición del ordenamiento jurídico, que asegura el cumplimiento de la
prestación debida. La seguridad de la exigibilidad la establece el derecho objetivo.
Por tales razones, los derechos individuales preexisten a las leyes y a los actos
administrativos. El art. 14 de la Constitución expresa que los habitantes gozan de los
derechos que enumera de conformidad con las leyes que reglamentan su ejercicio. Los
derechos ya existen y las leyes sólo podrán regularlos, fijando sus alcances y límites,
pero aunque la ley no sea promulgada, ya están reconocidos por imperativo
constitucional.
CONCLUSION
La Corte Suprema toma postura hacia la tesis amplia respecto del poder de policía. Los
derechos individuales (en este caso libertad de comercio y derecho de propiedad)
podrán ser restringidos no sólo por motivos de seguridad, salubridad y moralidad sino
también para salvaguardar los intereses económicos de toda la comunidad.
De lo expuesto podemos concluir lo siguiente:
El derecho de la emergencia debe encuadrarse dentro del más amplio derecho de
necesidad.
El Estado debe tener como objetivo principal preservar el bienestar de los habitantes y
su supervivencia es esencial para tal fin.
Los derechos constitucionales no son absolutos, están sujetos a reglamentación, y
frente a situaciones extraordinarias es posible limitarlos, más no destruirlos.
En caso de conflicto entre derechos individuales vs. El interés general, este último
prevalece, sin que ello suponga negar los primeros.
El argumento principal del fallo es el poder de policía del estado en un sentido amplio,
en virtud del cual dentro del objeto propio de ese poder se entienden comprendidos,
junto a la seguridad, la moralidad y la salubridad públicas, otros valores tales como los
intereses económicos de la colectividad.
Pensamos que este argumento no justifica en absoluto la decisión adoptada por la
Corte, puesto que la desocupación que se pretendía paliar no era “de la colectividad
“sino de los artistas de variedades.
Se contraponen, en el caso, los intereses de un grupo (los actores) con los de otro (los
propietarios de cines). Y ninguna norma de la constitución justifica porqué privilegiar a
unos de un detrimento de los otros, como hizo la Corte, al convalidar la ley que
obligaba a los segundos a darle trabajo a los primeros.
La diferencia del Dr. Boffi Boggero es categórica en cuanto a que no es posible invocar
semejante amplitud de interpretación del poder de policía en los términos del art. 75
inciso 18 ya que esa norma debe ser interpretada en consonancia y en armonía con los
derechos y garantías contemplados en la constitución: “Una cosa es… sancionar leyes
para cumplir elevados propósitos enunciados por el poder legislativo y otra es
hacerlo… transgrediendo derechos fundamentales como el de propiedad, ejercicio del
comercio, libertad de contratar”.
El concepto de estado de emergencia económica es muy similar al de estado de
necesidad.
El estado de necesidad, que deriva en la imposibilidad de cumplir, es justificativo del
incumplimiento y libera de responsabilidad a quien lo sufre y, por tanto, ha sido definido
como “una situación en que dos o más derechos o
Intereses legítimos colisionan y se resuelve por el sacrificio de uno de ellos en favor de
otro”.
En cuanto al derecho de emergencia económica, la doctrina argentina ha explicado que
éste debe ser encuadrado dentro del más amplio derecho de necesidad, y es allí donde
se da la coincidencia entre ambos conceptos.
El derecho de emergencia se basa en que, cuando ocurre la situación de emergencia,
se produce la subordinación de las reglas del derecho positivo -ordinarias y
extraordinarias- a la necesidad fundamental de garantizar la subsistencia del Estado.
Las facultades extraordinarias que los poderes políticos deben ejercer en situaciones
de emergencia se ajustan plenamente a la Constitución Nacional, siempre y cuando no
se alteren definitiva y persecutoriamente derechos constitucionales y dichas facultades
se adecuen a las circunstancias económicas del momento.
En síntesis, la emergencia económica es asimilable a un estado de necesidad. Esto es
así porque la emergencia económica puede ser vista como una grave situación que
amenaza bienes jurídicamente protegidos de manera actual o inminente, y no
meramente conjetural, remota o posible. Esta situación habilita, al solo efecto de
superarla, la limitación de los derechos siempre y cuando la misma se efectúe de
manera general, sin discriminación, transitoriamente y sin afectar la esencia del
derecho.
El Estado debe tener como objetivo principal preservar el bienestar de los habitantes a
quienes gobierna y, por tanto, su supervivencia es esencial para tal fin.
Así, frente a situaciones extraordinarias que puedan afectarlos, es posible limitar los
derechos constitucionales ya que por sobre éstos se encuentran aquellos principios
que fueron los que motivaron la sanción de la propia Constitución Nacional.
El criterio expuesto cobra mayor claridad cuando recordamos que los derechos no son
absolutos y están sujetos a su reglamentación (Artículo 28º de la Constitución Nacional)
y que tal reglamentación debe ser adecuada a las circunstancias y al momento
histórico, social y cultural, lo que permite la adaptación de las normas a la posible
emergencia que los afecta.
Deberán Incluirse Espectáculos Artísticos Vivos de Variedades
en los Programas de las Salas Cinematográficas de la
República Argentina.
LEY DEL NÚMERO VIVO
Ley 14.226
Septiembre 3 1953;
Promulgada en Septiembre 11.1953
“El Senado y Cámara de Diputados de la Nación Argentina reunidos en Congreso,
sancionan con fuerza de ley”
ARTICULO 1 – Declarase obligatoria del inclusión de espectáculos artísticos o de
variedades en los programas de las salas cinematográficas de todo el territorio de la
Nación.
ARTÍCULO 2 – En los espectáculos ofrecidos por las salas cinematográficas deberán
actuar artistas argentinos y/o extranjeros que tuvieran una residencia no menor de dos
años en el territorio de la república.
La autoridad de aplicación podrá autorizar la actuación de artistas extranjeros que no
tengan ese período mínimo de residencia cuando su jerarquía artística lo justifique.
ARTÍCULO 3 – El Poder Ejecutivo por intermedio de Ministerio de Trabajo y Previsión –
Dirección Nacional del Servicio de Empleo – y de conformidad con las atribuciones que
le confiere la ley 13.591 y con intervención de la asociación profesional obrera con
personería gremial, proyectará la aplicación progresiva y por zonas de lo dispuesto en el
artículo 1 a los efectos de asegurar adecuados niveles de ocupación a las personas
dedicadas a las mencionadas actividades.
ARTÍCULO 4 – La Dirección Nacional del Servicio de Empleo, aplicará, a los propietarios
o empresarios de salas cinematográficas que violaren las disposiciones de la presente
ley, las sanciones establecidas en el Decreto 21.877/44 (Ley 12.921), sin perjuicio de la
clausura del local autorizada por el artículo 18 de la Ley 13.591.
Dada en la Sala de Sesiones del Congreso Argentino, en Bs. As. El 3 de septiembre de
1953.
Promulgada por el Decreto 16.732
Publicada en el Boletín Oficial el 16 / 9 / 1953
Opinión del Procurador General de la Nación
El recurrente impugna la constitucionalidad de la ley, sosteniendo que la misma vulnera
las garantías que la Carta Fundamental acuerda a la libertad de comercio y al derecho
de propiedad. El sistema estatuido le ocasiona agravios considerables en cuanto le
impone una especialidad comercial a la que no está dedicado y le exige cuantiosas
inversiones destinadas a adecuar la sala a espectáculos cuyo ofrecimiento no es propio
de su actividad empresaria. Se ve obligado además a realizar los gastos que supone la
contratación de artistas, y todo ello se ve agravado por la circunstancia de que no le es
dable recuperar tales inversiones por la prohibición, emergente de una resolución
ministerial, de trasladar el costo del número vivo al precio de las entradas.
La sola enunciación del problema contiene en sí la respuesta. La ley 14.226 es
inconstitucional, y el sostenimiento de esta tesis no puede tropezar con otra dificultad
que la que resulta de demostrar la evidencia.
El derecho de trabajar, de ejercer libremente el comercio o toda industria lícita, no está
subordinado a otro requisito que al de la licitud. En Fallos, t. 98, p. 52, V. E. decía
(consid. 3°) que el criterio constitucional para resolver si una industria es lícita no puede
ser sino el de que ella no sea contraria al orden y a la moral pública o perjudique a un
tercero, y que de este principio fundamental es corolario lógico (consid. 4°) el de que la
autoridad no puede imponer determinados negocios por reputarlos de conveniencia
pública, pues la reglamentación a que se refiere el art. 14 no puede tener otro objeto
que facilitar el ejercicio de los derechos y coordinarlos con otros.
La razón de ser de la ley 14.226 se refleja patente en su art. 3°: asegurar adecuados
niveles de ocupación a las personas dedicadas a cierto tipo de actividades artísticas.
Si de acuerdo con la recordada doctrina de V. E. la conveniencia pública no es causa
suficiente para facultar a la autoridad a imponer determinados negocios, mal se aviene
con este principio el de que tales negocios puedan, sí, imponerse en función de la
conveniencia de sectores limitados. Y este contraste es aún más manifiesto si se
advierte que el negocio se traduce en realidad en la obligación de prestar un beneficio
cuya erogación se pone solamente a cargo de otro sector de la colectividad,
determinado y reducido, en vez de ser extensiva, equitativa y proporcionalmente, a
todos los miembros de la comunidad.
A través de la ley referida se han reglamentado derechos reconocidos en el art. 14 de
la Constitución Nacional, y lo que V. E. debe resolver es si las atribuciones del poder
reglamentario han sido ejercidas dentro del marco constitucional o si ha mediado
extralimitación que comporta desnaturalizar aquellos derechos.
La ley regula una actividad empresaria y se refleja por tanto sobre la libertad de trabajo.
Bueno es aquí recordar palabras de Alberdi: "No hay más que un sistema de
reglamentar la libertad; y es el de que la libertad de unos no perjudique la libertad de
los otros; salir de ahí no es reglamentar la libertad de trabajo, es oprimirla".
Si la ley se hubiera circunscripto a establecer para una clase de trabajo las condiciones
en que el mismo debe contratarse o realizarse, se habría ajustado, en principio, a la
limitación constitucional. Pero ha ido más allá. Ha consagrado para una categoría de
personas un verdadero privilegio cuya repercusión económica incide perjudicialmente
sobre otra.
La Constitución asegura a todos el derecho de ofrecer sus servicios y contratar su
prestación. Materializarlo es una aspiración legítima. Pero a nadie asiste el derecho de
imponer a otro en carácter de obligación exigible, irrenunciable, la de que acepte sus
propios servicios sin que pueda eludir su contratación.
No se halla en tela de juicio la generosidad del propósito perseguido por la ley; lo que
se cuestiona es la constitucionalidad del medio empleado para lograrlo. Si la autoridad
estima que ese propósito debe cumplirse tiene a su alcance, para ello, atribuciones
indiscutibles. Puede crear fuentes para ese trabajo atendiendo su erogación con sus
propios fondos. Puede también simplemente subsidiar. Pero lo que no puede es
substituir esas atribuciones por otra de la que carece: la de exigir que aquel propósito lo
realice un grupo determinado imponiéndole al efecto las obligaciones del caso
mediante el ejercicio de un poder de policía que, así ejercido, recuerda conceptos de
Campbell Black y del Justicia Brewer: "ese poder de policía tan fácilmente pervertido
hasta el extremo de convertirlo en un peligro para los derechos y la libertad" que "ha
llegado a ser el refugio de todo atentado de la autoridad".
Cuando un determinado poder, con el pretexto de encontrar paliativos fáciles para un
mal ocasional, recurre a facultades de que no está investido, crea, aunque conjure
aquel mal, un peligro que entraña mayor gravedad y que una vez desatado se hace de
difícil contención: el de identificar atribuciones legítimas en orden a lo reglado, con
excesos de poder. Poco a poco la autoridad se acostumbra a incurrir en
extralimitaciones, y lo que en sus comienzos se trata de justificar con referencia a
situaciones excepcionales o con la invocación de necesidades generales de primera
magnitud, se transforma, en mayor o menor tiempo, en las condiciones normales del
ejercicio del poder. Ocurre después algo peor. Los mismos gobernados se familiarizan
con el ejercicio, por parte del gobierno, de atribuciones discrecionales para resolver
problemas. Y entonces, consciente o subconscientemente, pero siempre como si el
derecho escrito vigente hubiera sido substituido o derogado por un nuevo derecho
consuetudinario, cada sector de la comunidad exige, si está en juego su propio interés
y es preciso para contemplarlo, que la autoridad recurra a cualquier desvío o exceso de
poder. A cualquiera, no importa en qué medida, basta que sea idóneo para que la
pretensión reclamada sea inmediata y favorablemente acogida; y así su concesión no
comprometa el patrimonio estatal será más fácil y cómodo para el gobierno acordar lo
pedido que denegarlo.
De esto se hace después una práctica. Así se va formando lo que se da en llamar "una
nueva conciencia". Nada va quedando ya que sea pertinente por imperio de la ley o a
través de sus instituciones, y el derecho se adquiere, se conserva o se pierde sin más
causas que la propia voluntad del gobernante o la benevolencia sectaria con que hace
funcionar su discrecionalidad.
El logro de cualquier aspiración, aunque se funde en el más elemental de los derechos,
pasa entonces a depender de decisiones graciables. Incluso puede acontecer que el
gobernante, cuya máxima función es asegurar el imperio de la legalidad, busque
revestir sus actos de gobierno, aun los legítimos, de una generosa arbitrariedad,
llevando así al ánimo del pueblo la sensación de que un sistema de derecho estricto no
es compatible con el progreso.
El estado de derecho queda así suplantado por el caos de hecho. Desaparece la
estabilidad jurídica y el pueblo, única fuente de soberanía, advierte, cuando es tarde,
que la ha ido depositando paulatina y gradualmente, en manos de quien detenta el
poder.
Para evitar que se llegue a tan lamentables extremos nuestra Carta Fundamental
contiene diversas y acertadas previsiones, y la tarea de velar por su cumplimiento y
hacerlas efectivas está asignada en última instancia al Poder Judicial. A él confía esa
misión superior, y de su cabal cumplimiento depende, en definitiva, que las garantías
constitucionales llenen su única finalidad: la de actuar como barreras infranqueables
ante cualquier avance indebido de la autoridad. Ni a título de excepción, ni aun cuando
considerado aisladamente uno de tales excesos pudiera tenerse por eficaz para
atemperar un mal o para producir un beneficio, están los jueces habilitados para
cohonestar los excesos de poder "in legibus salus".
Inspirado en las consideraciones que dejo formuladas he analizado la ley en examen y
la obligación que ella impone. No creo que ésta esté condicionada a un criterio de
legitimidad constitucional ni de razonabilidad. La autoridad no se ha subordinado, en el
ejercicio del poder reglamentario, a las limitaciones de la Carta Fundamental, y la
consecuencia ha sido que en el uso de ese poder ha llegado a lesionar el goce de un
derecho en su normal plenitud. Y por ello estimo que V. E. debe declarar
inconstitucional dicha ley y revocar la sentencia apelada. - Abril 29 de 1958. -
Sebastián Soler.
Fallo de la Corte Suprema
Considerando:
1° – La Dirección Nac. del Servicio de Empleo, invocando las facultades que le confiere
el decreto 13.349/56 (ADLA, XVI-A, 769), dictó resolución intimando a la Soc. An.
Cinematográfica para que iniciase, dentro del plazo de 10 días, la presentación de
"números vivos" en la sala del Cine Callao de esta Capital, bajo apercibimiento de las
sanciones establecidas en el decreto 21.877/44 (ley 12.921), al que se remite el art. 4°
de la ley 14.226. La resolución fue reiterada a fs. 14 vta., no obstante los recursos de
revocatoria y jerárquico interpuestos por la firma interesada, en los que, cabe señalar,
dejó planteada la cuestión federal.
2° – No habiéndose cumplido el requerimiento aludido y previa substanciación del
pertinente sumario administrativo, se impuso a la sociedad intimada multa de $ 1.000,
bajo apercibimiento de clausura si no era obrada dentro del plazo de 48 horas, sin
perjuicio de fijar un nuevo plazo de 10 días hábiles para que realizara las obras que
pusiera la sala en condiciones de presentar "números vivos" y registrara los contratos
con los respectivos artistas.
3° – Satisfecha la multa, la interesada interpuso contra la resolución administrativa
recurso de apelación para ante el juez correccional y habiéndose declarado éste
incompetente en virtud de lo dispuesto en la ley 12.948, art. 19, inc. c), las actuaciones
fueron pasadas, en oportunidad, a la Cám. Nac. del Trabajo, que dictó sentencia, luego
de oír al recurrente y recibir - la prueba producida. La sentencia confirmó la resolución
recurrida en cuanto "a estar comprendida la sala del Cine Callao en la ley 14.226" y la
revocó respecto de la multa impuesta, que dejó sin efecto, y del plazo, cuya fijación
definitiva defirió a la autoridad administrativa, con indicación de ajustarse a las
particularidades del caso, aludiendo así a los datos recogidos en la pericia técnica.
4° – Que contra esta sentencia, la Soc. An. Cinematográfica interpuso recurso
extraordinario fundando la impugnación de la ley 14.226 por contraria a la garantía de
la propiedad y derecho de ejercer libremente el comercio e industria, en el argumento
que impone a los empresarios cinematográficos una actividad extraña a la que éstos
desarrollan, obligándolos a contratar artistas en condiciones violatorias de la libertad de
comerciar y a realizar gastos e inversiones no susceptibles de amortización ni rédito,
atento que según lo dispuesto en la resolución 81/54, que congeló los precios de las
entradas de cinematógrafos, quedó prohibido cobrar una suma adicional por los
espectáculos ofrecidos de naturaleza distinta a la exhibición cinematográfica; a lo que
debía agregarse que el poco favor del público para estos espectáculos, frustraba la
posibilidad de beneficio, propio de toda actividad comercial.
5° – El recurso extraordinario es procedente por haberse tachado la ley 14.226 por
contraria a los arts. 14 y 17 de la Constitución Nacional y haber sido la decisión
apelada favorable a aquélla (art. 14, inc. 2°, ley 48).
6° – Según surge de lo expuesto, no ha quedado planteada en autos cuestión alguna,
relacionada con la multa impuesta al recurrente, ni al plazo fijado, toda vez que ellos
han sido dejados sin efecto por el tribunal a quo. El único punto sometido actualmente
a juzgamiento, es el que concierne a la parte de la sentencia que declara que "la sala
del Cine Callao está encuadrada dentro de la ley 14.226". Trátase, en consecuencia, de
decidir si debe considerarse válida o inválida la obligación impuesta por la ley 14.226,
de incluir "espectáculos artísticos vivos" en los programas de la sala de cine
mencionada, obligación que su empresario deberá cumplir previa adecuación del local,
con la inversión que ello supone y dentro del plazo que se fije al efecto.
7° – Esta Corte, luego de haber abandonado la circunscripta concepción del poder de
policía expuesta en antiguos pronunciamientos (Fallos, t. 7, p. 150; t. 98, ps. 20 y 52; t.
101, p. 126) para acoger la tesis amplia y plena, aceptada desde el siglo pasado por la
jurisprudencia de la Suprema Corte de los Estados Unidos ("Barvier v. Connolly", 113
US 27), declaró que dentro de los objetos propios de aquel poder ha de estimarse
comprendida -junto a la seguridad, la moralidad y la salubridad pública- la defensa y
promoción de los intereses económicos de la colectividad (Fallos, t. 136, p. 161; t. 137,
p. 47; t. 142, p. 68; t. 171, ps. 348 y 366; t. 172, p. 21; t. 199; p. 483; t. 200, p. 450 y
otros).
8° – Que esta doctrina ha tenido siempre, en el derecho argentino, la firme base de
sustentación proveniente del art. 67, inc. 16 de la Constitución Nacional, que
representa una de las previsiones de mayor valía entre las diversas que atañen a la
organización económico-social de la Nación y de las provincias, toda vez que -claro
está que con sujeción a los límites fijados por la propia Constitución- supone la
anticipada habilitación de los recursos o técnicas que en cada uno de los estados por
que atraviese el desarrollo del país, resulten aptos para impulsarlo.
9° – Dentro de esa especie del poder de policía ha de considerarse legítimamente
incluida la facultad de sancionar disposiciones legales encaminadas a prevenir,
impedir, morigerar o contrarrestar, en forma permanente o transitoria, los graves daños
económicos y sociales susceptibles de ser originados por la desocupación en mediana
o gran escala.
10. – Son frecuentes las disposiciones sancionadas por el Congreso con tal designio
(véanse las leyes 9148, 11.590, 11.591, 11.600, 11.660, 11.868, 12.101, 12.102, etc.),
debiendo mencionarse, entre ellas, por su importancia y por la relación que guarda con
el sub lite, la ley 13.591 que creó la Dirección Nac. del Servicio de Empleo, y a la que
se le encomendó funciones tales como las de facilitar a los trabajadores posibilidades
de ocupación en todo el país, propender a la creación y "mantención" de fuentes de
trabajo y atender a las prestaciones de paro forzoso. A su turno, la ley 14.226, a la que
se refiere el presente recurso, no constituye sino una de las particulares
manifestaciones de la política prevista por la ley 13.591, como señalan, claramente, los
considerandos del decreto 13.349/56 –complementario del régimen "sub examine"–, en
los que puede leerse: "...la ley 14.226 crea un sistema especial destinado a promover la
ocupación en lo concerniente a los trabajadores del espectáculo público". Y tal aserción
no hace otra cosa que ratificar las expresiones vertidas en oportunidad del respectivo
debate parlamentario (Cámara de Diputados, 1953, t. II, ps. 1276 y sigts., Cámara de
Senadores, 1953, t. I, ps. 614 y sigts.), durante cuyo transcurso se estableció,
asimismo, que la ley tendía, simultáneamente, a asegurar la defensa del "patrimonio
artístico nacional", a la que también ha de considerarse comprendida dentro del ámbito
del art. 67, inc. 16.
11. – Por tanto, el objeto cardinal y específico de la ley cuestionada, en mérito a su
naturaleza y a los propósitos que le dan contenido, lejos de consistir en el provecho de
un grupo de personas obtenido merced al sacrificio patrimonial de otro grupo, reviste
carácter inequívocamente público o general. De modo que, acreditado que en este
aspecto básico, la ley 14.226 no transgrede los principios que rigen el legítimo ejercicio
del poder de policía, a esta Corte sólo le está permitido analizar la razonabilidad de los
medios previstos por el legislador, o sea el grado de adecuación existente entre las
obligaciones que la ley impone y los fines cuya realización procura (doctrina de Fallos,
t. 98, p. 20; t. 171, p. 348; t. 199, p. 483 y otros), y ello, cualquiera sea el juicio sobre el
mérito intrínseco o el valor artístico, permanente o actual de la actividad tutelada.
12. – Sentado lo expuesto, cabe señalar que el sistema de la ley 14.226 consiste en
establecer la obligación de incluir "espectáculos artísticos vivos de variedades" en los
programas de las salas cinematográficas de todo el territorio de la Nación (art. 1°),
obligación a cumplirse progresivamente y por zonas, con arreglo a lo que disponga la
autoridad administrativa de aplicación –la Dirección Nac. de Servicio de Empleo– "a los
efectos de asegurar adecuados niveles de ocupación a las personas dedicadas a las
mencionadas actividades" (art. 3°). No importó, por tanto, reglamentar ni encauzar la
industria o el comercio cinematográfico como tal, sino que se sirvió de las salas
destinadas a esta actividad, "debido a la carencia de suficientes salas de teatro", para
dar cabida a una especie de espectáculo público, distinto pero no incompatible con
aquél, mediante la imposición a los empresarios cinematográficos de la carga
consistente en incluir en sus programas, los llamados "números vivos" con este doble
género de obligaciones: 1°) el de proveer a las obras e instalaciones para que pudieran
aquéllos realizarse; 2°) el de contratar ejecutantes, respecto de quienes sólo aludió la
ley, de una manera expresa, a la condición atinente a nacionalidad –argentinos o
extranjeros con residencia no menor de dos años– salvo excepción justificada por la
jerarquía artística, e implícitamente, a su aptitud para desarrollar un espectáculo
artístico. El pronunciamiento a dictar, pues, ha de versar, exclusivamente, sobre la
validez constitucional de una y otra exigencia, en confrontación con los arts. 14, 17 y 28
de la Constitución Nacional vigente, puesto que ambas atraen la totalidad de los
agravios sometidos a la consideración del tribunal y constituyen, en suma, la materia
substancial del debate planteado en autos.
13. – Como quedó dicho, y por aplicación de la doctrina sentada en Fallos, t. 199, p.
483, el análisis del mérito o eficacia de los medios arbitrados para alcanzar los fines
propuestos, la cuestión de saber si debieron elegirse los de la ley 14.226 u otros
procedimientos, son ajenos a la competencia de esta Corte, a la que sólo incumbe
pronunciarse acerca de la razonabilidad de los medios elegidos por el Congreso, es
decir, que sólo debe examinar si son o no proporcionados a los fines que el legislador
se propuso conseguir y en consecuencia decidir si es o no admisible la consiguiente
restricción de los derechos individuales afectados. Pues, como se afirmó en Fallos, t.
171, p. 348 y se recordó en Fallos, t. 199, p. 483, el tribunal nunca ha entendido que
pueda sustituir su criterio de conveniencia o eficacia económica o social al del
Congreso de la Nación, para pronunciarse sobre la validez constitucional de las leyes,
sea de las que regulan trabajos, comercios o industrias con fines de policía, sea de las
que establecen impuestos o tasas (Fallos, t. 98, p. 20; t. 147, p. 402; t. 150, p. 89; t.
160, p. 247).
El examen y el pronunciamiento judicial, deben radicar sin duda en la conformidad que,
de acuerdo con los arts. 28 y 31 de la Constitución Nacional, deben guardar con ella las
leyes de la Nación, porque, como lo ha destacado la Suprema Corte de Estados Unidos
en 193 US 197, 350, refiriéndose a la distribución de poderes, establecidos en la
Constitución, "...esta Corte no tiene deber superior que el de dar vigencia, mediante sus
fallos, a la voluntad del Departamento Legislativo del Gobierno, tal como se expresa en
la ley, salvo en aquellos casos en que la ley sea evidente e indubitablemente violatoria
de la Constitución, pues si la ley excede los poderes constitucionales del Congreso, la
Corte dejaría de cumplir un deber solemne si así no lo declarase". Esta atribución, por
tanto, sólo debe ser ejercida cuando la repugnancia con la cláusula constitucional que
se invoca es manifiesta y la incompatibilidad inconciliable, debiendo resolverse
cualquier duda a favor de la constitucionalidad, máxime si ello es posible sin violencia
de los textos (doctrina de la Suprema Corte de los Estados Unidos en 106 US 629, 635
[1883]; 155 US 648, 657 [1895]; 123 US 142, 147 [1927] y otros. Igualmente doctrina
de esta Corte en Fallos, t. 14, p. 432; t. 112, p. 63; t. 200, p. 180; t. 209, p. 337; t. 234,
p. 229; t. 235, p. 548; t. 242, p. 73 y especialmente t. 244, p. 309).
14. – Que, como también se advirtió en Fallos, t. 199, p. 483 y t. 237, p. 397, no es una
novedad la imposición legal de cargas que no son impuestos ni tasas, de las que sería
un ejemplo la derivada por la ley 14.226 para los empresarios de salas de
cinematógrafos, cuya constitucionalidad estaría condicionada, por una parte, a la
circunstancia de que los derechos afectados fueran respetados en su substancia y, por
la otra, a la adecuación de las restricciones que se les impone, a las necesidades y
fines públicos que los justifican, de manera que no aparezcan infundadas o arbitrarias,
sino razonables, esto es, proporcionadas a las circunstancias que las originan y a los
fines que se procura alcanzar con ellas (Fallos, t. 200, p. 450), siendo a cargo de quien
invoca irrazonabilidad o confiscación, la alegación y prueba respectiva.
15. – Como explican los precedentes citados y la doctrina que los funda, es lícito
aseverar que, obligaciones de la naturaleza de las señaladas en el consid. 6°, no
contrarían, por vía de principio, ninguna garantía o derecho constitucional, en tanto
representan medios válidos de actuación del poder de policía.
16. – Ello aclarado, la solución del caso no parece dudosa, en presencia de las
siguientes circunstancias, vinculadas a la reglamentación de las normas legales en
litigio y a las modalidades particulares del caso:
1) El principal argumento del apelante, fundado en la resolución 81/54 del ex-Ministerio
de Industria y Comercio, se refiere a la imposibilidad de cobrar un sobreprecio por la
presentación del espectáculo vivo, cuyo costo –dice– "debe ser soportado íntegramente
por los empresarios sin que el público retribuya en ninguna medida el espectáculo
adicional". Y la verdad es que esta afirmación, que resume y da base a lo esencial de la
concreta tacha de inconstitucionalidad formulada, carece de actualidad desde que la
resolución 1446/57 del referido ex-ministerio (Bol. Oficial, octubre 2 de 1957), autorizó
"el cobro por separado del acto vivo" y dispuso, expresamente: "la venta de localidades
de tal manera que el público pueda concurrir a presenciar el programa completo que
corresponde a la sección o luego de la actuación del número vivo, en cuyo caso no
abonará el precio correspondiente a este último, que se percibirá con entrega de un
control de entrada separado" (art. 2°, inciso c]). En virtud de esta resolución, pues, y a
partir de ella, el gasto que ocasiona la retribución de los "números adicionales" se
traslada a los espectadores concurrentes, cuya asistencia es voluntaria (consids. 3°, 4°
y 5°), sin que de ningún modo se haya acreditado que la asistencia de público a la sala
sobre la que versan las actuaciones sea tan escasa como para hacer ilusoria esa
traslación del gasto.
2) En lo concerniente a los gastos indispensables para adecuar el local, a los que
también es aplicable la conclusión anterior, interesa señalar que el monto de ellos sería
mínimo, como surge del informe pericial de fs. 56/60. Por lo demás, las constancias
obrantes en el expediente administrativo núm. 53.902/54, tenido a la vista, que contiene
un minucioso informe técnico sobre los ingresos de las salas cinematográficas durante
el período comprendido entre el 1° de mayo y el 31 de diciembre de 1954 –período
durante el cual los empresarios percibieron sobreprecio por la actuación del "número
vivo"–, contradicen las aseveraciones del recurrente. De los datos allí reunidos, es
dado deducir que los ingresos que la empresa peticionante obtenga por la presentación
de los espectáculos a que se refiere la ley 14.226, le permitirán, por de pronto,
recuperar a corto plazo las inversiones que realice e, incluso, lograr algún beneficio
pecuniario.
3) Es preciso tener en cuenta, asimismo, que las obligaciones legales sujetas a
controversia se impusieron a los empresarios de salas cinematográficas debido a "la
carencia de suficientes salas de teatro", hecho que es público y notorio, que fue
expresamente aducido en el debate legislativo y que acredita la razonabilidad de la
restricción cuestionada, tanto más cuanto que es innegable la afinidad de las
actividades teatrales y cinematográficas.
4) Por su parte la prescripción del art. 3° de la ley 14.226 –"asegurar adecuados niveles
de ocupación a las personas dedicadas a las mencionadas actividades"– no ha
importado para el empresario cinematográfico sustituir el espectáculo propio de su
comercio por los llamados "números vivos", sea en cuanto a días completos de
exhibición, con exclusión de la diaria exhibición cinematográfica habitual, sea en cuanto
a las horas también habituales de estas exhibiciones, en todos y cada uno de los días
de la semana. Nada se ha alegado en contrario a este hecho, notorio en la Capital
Federal, sede del Cine Callao de la sociedad recurrente, y menos probado; y tampoco
que haya habido arbitrariedad, afán persecutorio o irrazonabilidad por parte de la
autoridad administrativa de ejecución, al encuadrar a dicho cine dentro del sistema de
la ley 14.226 (véase pericia de fs. 56/60), de modo que la decisión respectiva
apareciera como ejercicio abusivo de la facultad atribuida en el art. 3°.
17. – Correlativamente debe advertirse que las reglamentaciones dictadas en vista de
la aplicación de la ley 14.226 limitan el "número vivo" a una duración de 30 a 40
minutos, en el intervalo que precede a la exhibición de la película de base de las
últimas secciones de la tarde y de la noche, en salas de no menos de 800 localidades
(arts. 1°, 2° y 9°, resolución 4/54 del 5 de mayo de 1954 dictada por la Dirección Nac.
del Servicio de Empleo, expediente 290.953/57), sin que las partes "puedan requerir la
fijación de «listas», «turnos» o cualquier otro sistema que impida o dificulte la libre
elección del artista por parte del empresario" (art. 4°, ídem), cuya actuación se
desarrolla sobre la base de una locación de obra que no establece, por principio,
relación de dependencia entre aquél y éste (dictamen legal y resolución de fs. 3 y
sigts., expte. 48.095/57, expte. 268.608, agregados por cuerda). No se impone otra
obligación administrativa al respecto que la del registro del respectivo contrato en la
Dirección Nac. del Servicio de Empleo (resolución 21/57) y para los artistas
ejecutantes, la de cumplir con requisitos de inscripción que hacen a su aptitud y
condiciones legales para actuar, con arreglo a la resolución 167/59 que es de mera
policía del trabajo ("stricto sensu").
18. – Todo ello quiere decir, pues, que la ley 14.226 y sus reglamentos han impuesto
una carga a los empresarios cinematográficos que no suprime ni altera el derecho a
ejercer su comercio específico en la sala destinada a ese efecto, en la cual el negocio
de exhibición cinematográfica puede explotarse en las horas y condiciones habituales,
con posibilidad de recuperar las inversiones necesarias para la adecuación de la sala –
de escasa importancia en el caso– según el informe pericial, y los gastos que demande
la realización del "número vivo", para cuya contratación gozan de amplio margen, y sin
que se haya alegado y menos probado que esa posibilidad se encuentra frustrada en
los hechos por causas no imputables al empresario.
19. – Finalmente, esta Corte ha admitido reiteradamente el principio de la presunción
de la constitucionalidad de las leyes, lo que, naturalmente, supone la de su
razonabilidad, a lo menos cuando juegan elementos de hecho como los que aquí se
debaten (argumento de los arts. 1°, 28, 31 y 67, incs. 16 y 28; Fallos, t. 98, p. 20; t. 136,
p. 161; t. 144, p. 219; t. 172, p. 21; t. 173, p. 192; t. 179, p. 54; t. 182, p. 170 y otros).
Correspondía al impugnante, pues, evidenciar de modo concreto y categórico la
irrazonabilidad de la ley 14.226 en su relación con las modalidades del caso; y, de
conformidad con las consideraciones que anteceden, es obvio que no ha dado
cumplimiento a ese deber procesal.
20. – En mérito de todo lo expuesto, esta Corte estima que, en el caso "sub examine",
las obligaciones que la ley 14.226 impone al recurrente son válidas por no lesionar las
garantías constitucionales invocadas, de propiedad y de comerciar y ejercer una
industria lícita. En consecuencia, se declara que el art. 1° de la ley 14.226, de la
manera que ha sido aplicado en la resolución de fs. 27, confirmada por la sentencia de
fs. 72, con modificación que la hace más favorable al apelante, no es violatoria de los
arts. 14, 17 y 28 de la Constitución Nacional.
En su mérito, habiendo dictaminado el procurador general, se confirma la sentencia
apelada en cuanto pudo ser materia del recurso extraordinario interpuesto. –
BENJAMIN VILLEGAS BASAVILBASO. – ARISTÓBULO D. ARÁOZ DE LAMADRID. –
PEDRO ABERASTURY. – RICARDO COLOMBRES. – EN DISIDENCIA: LUIS M.
BOFFI BOGGERO.
Disidencia del Doctor Luis M. Boffi Boggero
Considerando:
1° – La parte recurrente alega la inconstitucionalidad de la ley 14.226 por cuanto, en su
sentir, ella afecta la libertad de comercio y el derecho de propiedad (arts. 14 y 17,
Constitución Nacional). Lo primero, porque impone una actividad comercial ajena a la
propia, que es cinematográfica y no teatral, exige la contratación de artistas y personal
auxiliar y obliga al ofrecimiento de un espectáculo en condiciones tales que afectan a la
jerarquía de la sala. Lo segundo, porque se impone la realización de inversiones ajenas
a la explotación cinematográfica, así como la reducción de capacidad de la sala
mediante la supresión de dos filas de plateas y el pago de artistas y personal auxiliar
sin posibilidad de que el público se haga cargo de las sumas correspondientes.
2° – Las alegaciones formuladas por las partes, muchas de ellas al margen del miraje
puramente jurídico, hacen conveniente la puntualización de algunos conceptos para
fundar este voto.
3° – El art. 1° de la ley 14.226 declara "obligatoria la inclusión de espectáculos
artísticos vivos de variedades en los programas de las salas cinematográficas de todo
el territorio de la Nación". Como el decreto 1446/57 –acercando la ley al cauce
constitucional– permite el aumento correspondiente del precio de las entradas, el
agravio que se fundaba en la imposibilidad de hacerlo y en los perjuicios económicos
que de ello derivaban, carece de asidero en la actualidad.
4° – Corresponde a esta Corte decidir, en su carácter de guardián constitucional, si el
artículo citado entraña o no agravio por transgredir la libertad de comercio y el derecho
de propiedad (arts. 14 y 17, citados).
5° – La libertad de comercio y el derecho de propiedad integran en nuestro
ordenamiento el complejo de la libertad como atributo inherente al concepto jurídico de
persona, y comportan la posibilidad de elegir la clase de comercio que más conviniese
a su titular y, naturalmente, la de ejecutar los actos jurídicos necesarios para el ejercicio
de ese comercio, manejando los bienes propios a voluntad, sin que por principio sea
posible la imposición de una actividad comercial determinada o la obligación de
contratar con persona alguna, transformando la libertad de celebrar contratos en el
deber de hacerlos.
6° – A ese respecto, el suscripto ha tenido oportunidad de expresar en Fallos, t. 244, p.
548: "Si bien es cierto que la Constitución es un instrumento de Gobierno que ha sido
instituido para perdurar –1, Wheaton, 304– y que es, según conocida sentencia
norteamericana, más un «camino» que una «puerta», no lo es menos la necesidad de
ajustarse a los principios fundamentales que están en la base de la organización
constitucional, de modo tal que todas las adaptaciones no lleguen más allá de los
límites constitucionales establecidos, aun cuando la jurisprudencia de otros países
hubiese seguido líneas distintas". Y ese pensamiento se vincula de manera directa con
la elevada misión de resguardo constitucional que corresponde se dijo, a esta Corte,
como uno de los Poderes que ejerce el Gobierno de la Nación.
7° – La ley cuestionada aparece como la solución de un grave problema traído por la
desocupación de artistas en virtud de la escasez de salas teatrales y como
salvaguardia del patrimonio artístico nacional. Pero es de toda evidencia que tan altas y
plausibles finalidades no pueden cristalizar por medio de normas incompatibles con la
vigencia que es más elevada de la Constitución Nacional.
8° – Es tan contraria a ese cuerpo normativo la concepción del ejercicio de un derecho
sin restricciones emanadas de leyes que la reglamenten (art. 14 de la citada
Constitución) para permitir la coexistencia de todos los derechos, como una que
describa ese ejercicio alterado por la ley so color de su reglamentación (art. 28 de
aquélla).
9° – En esta causa no se trata de penetrar los elementos de hecho que se debatieron a
lo extenso del proceso –vale decir, si la desocupación era de magnitud bastante, si los
artistas tenían o no la aptitud suficiente para justificar graves medidas de emergencia,
si había o no escasez de salas de teatro o si en éstas actúan complementariamente
dichos artistas, de modo que, agotadas aquéllas, se hubiera apelado a las de
cinematografía, si se carecía de otros medios más idóneos para obtener esos fines–,
sino de saber –cualquiera fuese la opinión personal de los magistrados "de lege
ferenda"– si el recurso elegido por el Poder Legislativo es o no adecuado a los fines
perseguidos, si es o no razonable, ya que, como el suscripto lo ha manifestado
reiteradas veces la facultad privativa no es ilimitada, cabiendo el control de
razonabilidad ejercido por el Poder Judicial (verbigracia en Fallos, t. 244, p. 548).
10. – Cabe destacar en primer término que la ley sub examen tuvo sanción al amparo
de la reforma de 1949. Cualquiera fuese el valor reconocible a las opiniones
parlamentarias en materia interpretativa, es cierto que influyeron en la sanción legal,
tanto el concepto de la propiedad afectando una "función social", atribuido a los arts.
38, 39 y 40 de esa reforma frente al concepto individualista que se adjudicaba a las ya
no vigentes normas de 1853 (D. de ses., Cámara de Diputados, año 1953, p. 1296,
donde se recoge esa afirmación de manera expresa y categórica), cuanto la tendencia
a conferir a las expresiones transcriptas una significación híbrida o constitucionalmente
excesiva.
11. – La nueva vigencia del texto constitucional de 1853 con sus otras reformas, ha de
influir naturalmente sobre la decisión en virtud de su –mejor o no– distinto concepto
sobre la propiedad –que, si es reglamentable, no es transgredible so color de
reglamentación–, desde que el art. 1° de la ley 14.226, como tantos otros que hallaron
cómoda cabida en aquellas épocas, no la tienen hoy al cobijo de los textos
constitucionales en vigencia por atentatorios de los derechos que éstos protegen. Esto
no significa que, dentro de la Constitución actual, no sea posible dictar una legislación
progresista y protectora de los sectores más afectados económicamente, porque la
evolución del país señala muchos decretos y leyes que demostrarían lo contrario y
porque numerosos fallos de esta Corte así lo acreditarían terminantemente. Sólo
significa que no se pueden sancionar leyes o dictar decretos que, progresistas o
regresivos, no se conforman a las normas constitucionales vigentes.
12. – No es posible fundar la constitucionalidad de la norma impugnada en el llamado
"poder de policía", cuya vigencia amplia estaría garantizada en la causa por el inc. 16
del art. 67 de la Constitución. Este inciso contiene una norma genérica donde no
siempre se observa la precisión del concepto. Tomado de las "Bases" de Alberdi,
publicista que se inspiró en la Constitución de Chile, pero también defendió con énfasis
el derecho de propiedad y el libre ejercicio del comercio y de la industria (verbigracia,
ps. 106 y sigts. de su obra citada), ese inciso no tiene similar en la Constitución de los
Estados Unidos. Su texto ha de analizarse en relación con las otras normas
constitucionales porque lo contrario le haría predominar de manera indebida sobre
otros derechos igualmente concedidos por la Constitución Nacional. Una cosa, por
tanto, es sancionar leyes para cumplir los elevados propósitos enunciados por el Poder
Legislativo y una muy otra es hacerlo, sea a título de "poder de policía", de criterio
evolucionado acerca de la libertad de comercio, de carga pública, o del "bienestar
general" señalado por el Preámbulo, transgrediendo derechos fundamentales como el
de propiedad, ejercicio del comercio, libertad de contratar.
13. – Aun cuando la materia es sumamente discutida, resulta posible apreciar con
claridad la diferencia entre una restricción razonable a la actividad lícita de una
empresa comercial o industrial y una que no lo sea. Así, en la causa registrada en
Fallos, t. 31, p. 274, esta Corte sostuvo la constitucionalidad de una ley provincial que
disponía la clausura de establecimientos situados sobre el Riachuelo porque afectaban
la salud del vecindario. Lo hizo expresando con claridad que los recurrentes no podían
alegar derecho adquirido al permiso porque éste se les había concedido "bajo la
condición implícita de no ser nocivos a los intereses generales de la comunidad" y
"porque ninguno puede tener un derecho adquirido de comprometer la salud pública y
esparcir en la vecindad la muerte y el duelo con el uso que haga de su propiedad, y
especialmente en el ejercicio de una profesión o de una industria". Esa actividad, podía
ejercerse en otra parte. Y, a la inversa, en Fallos, t. 118, p. 278, esta Corte declaró la
inconstitucionalidad de la ley orgánica municipal de Mendoza en cuanto ella disponía el
traslado, dentro de 30 días, de los sanatorios de la ciudad hacia fuera del radio urbano,
sin distinguir razonablemente entre establecimientos contagiosos y no contagiosos,
mas diferenciando, en cambio, de manera irrazonable, entre sanatorios oficiales y
particulares. Se fundó esencialmente esta Corte en que "es incuestionable que, de
acuerdo con los arts. 14, 17 19, 20 y 28 de la Constitución Nacional, la doctrina y la
jurisprudencia pueden resolver en circunstancias extraordinarias de manifiesto e
insalvable conflicto entre aquéllas y la Ley Fundamental, que las mismas no tienen
relación con sus fines aparentes y que se han desconocido con ellas, innecesaria e
injustificadamente, derechos primordiales que el Poder Judicial debe amparar como es
el goce normal y honesto de la propiedad, sin perjuicio de tercero, y el ejercicio de
profesiones e industria lícitas "porque de otra suerte la facultad de reglamentación de
las legislaturas y de las municipalidades sería ilimitada", y las leyes y ordenanzas
locales o nacionales sobre la materia podrían hacer ilusorias todas las garantías
acordadas al habitante del país (artículo 31 de la Constitución; Fallos, t. 98, p. 52; t.
116, p. 116; t. 117, p. 432; t. 123 US 661; 195 US 223; Cooley, p. 292).
14. – Esta causa revela en esencia una fuerte y substancial restricción de la libertad de
comercio y de la propiedad de los empresarios cinematográficos por parte del Estado.
Organizados para determinados fines, se ven compelidos a realizar actividades que,
aunque reconozcan alguna semejanza con aquéllos, son evidentemente distintas a las
libremente elegidas por esas empresas. Y esa restricción no guarda la suficiente
armonía con los propósitos que se persiguen, ya que, por una desocupación con la que
no tienen vínculo alguno, se restringe la libertad de aquellas empresas. El Estado,
efectivamente, en vez de resolver el problema con recursos propios, hace recaer la
solución en una categoría de particulares, afectando esencialmente los derechos con
que la Constitución los protege. A este respecto, es interesante destacar, como lo hizo
en su oportunidad el Justice Joseph P. Bradley, que "las prácticas... inconstitucionales
consiguen su primer apoyo... mediante ataques silenciosos y ligeras desviaciones de
los modos legales de proceder" (116 US 616), siendo fácil deducir el proceso ulterior de
apartamiento cada vez más extenso de las normas constitucionales. Y ello puede
decirse del art. 1° de la ley 14.226, que, bajo títulos –como se dijo– tan plausibles de
protección social, no ha elegido uno de los numerosos medios razonables con que la
Constitución facilita las soluciones sociales.
15. – Como bien lo señala el procurador general apoyándose en conceptos no arcaicos
sino permanentes, la autoridad tenía atribuciones indiscutibles para solucionar el
problema, sea creando fuentes de trabajo con sus propios fondos o bien empleando el
procedimiento del subsidio. En lugar de ello, so color de adaptar los derechos
constitucionales a las cambiantes realidades de la sociedad, ha sancionado una ley
que desnaturaliza las libertades cuya vigencia se reclama en esta causa. Las críticas
de la "recurrida", de ese modo, han de dirigirse contra la manera inconstitucional con
que se intentó protegerla cuando pudo hacérselo de acuerdo a los dictados de la
Constitución.
16. – Ante las conclusiones de que informan los párrafos anteriores, la consideración
de los demás fundamentos del recurso constituye cuestión abstracta.
Por tanto, de conformidad con el dictamen del procurador general, se revoca la
sentencia apelada en cuanto ha sido materia del recurso extraordinario. – Luis M. Boffi
Boggero.