COMPRENSIÓN DE TEXTOS Y LECTURA CRÍTICA NIVEL I
DOCENTE: Andrea Ruíz Benavides
Conducta en los velorios
No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las
formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole
del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas
mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo
sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra
vida ajena a ese diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de
que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus
mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.
En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones
los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes,
alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se
reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto,
escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la casa mortuoria,
pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y
apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con
quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se
sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y
deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los
vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de medianoche
estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos.
Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del
ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a
un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga
a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla,
mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis.
Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en
voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido
emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas
segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos
sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra
cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en
las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados.
Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto
al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas
sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de
Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así,
siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos
obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras
los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben
demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa.
Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano
acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y
sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi
tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han
venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos
más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a
comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen
estertorosamente.
Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la
mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas,
los parientes yacen en diferentes posturas y grados de abotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora
mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al
cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas
al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes
a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis
hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el último adiós y quedarse solos junto al muerto.
Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y
traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a
las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de
parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la
funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi
tío el mayor.
Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los
vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En
el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas
condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes
pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un
taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis,
amargo es su desengaño.
Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del
difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco.
Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de
tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una
oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al
difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está
profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar.
Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del
vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que
lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la
funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna,
mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en
acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos,
comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para
agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de
los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.
FIN
Julio Cortázar.
Tomado de Casa tomada y otros cuentos,
Editorial Alfaguara, Bogotá, 2006, pp. 97-101.
TALLER INTERPRETATIVO
1. Responde
¿A qué clase de velorios prefieren asistir el narrador y su familia?
De acuerdo con el narrador, ¿cómo es posible reconocer a los deudos en un funeral?
¿Qué estrategias emplean el narrador y su familia para indagar sobre los verdaderos sentimientos de los deudos?
2. Explica el significado de las palabras subrayadas en la expresión:
Entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto y se va presentando de a poco pero
implacablemente.
3. Completa el cuadro con las acciones de cada personaje que contribuyen a que la familia cumpla con su objetivo.
Madre del narrador
Hermanas
Primas segundas
Tías
Padre
Tío
4. Lee el siguiente fragmento.
Antes de la urbanización, en las ciudades se velaba los muertos en sus viviendas, donde parientes, amigos, vecinos
y conocidos iban a saludar a los deudos, a “despedirse” del difunto y a acompañar un rato a la familia. Se pasaba
la noche en vela y el velorio podía durar dos o tres días. En zonas campesinas de tierras altas se extienden hasta
por cinco días, se despide al muerto con abundante comida y bebidas alcohólicas (…)
Eugenia Villa Posse.
Tomado de Revista Credencial Historia, noviembre de 2002, p. 12.
Escribe un texto argumentativo (una página) en el que puedas contrastar la práctica de la velación en el contexto de la vida
urbana, con los ritos fúnebres antes de la urbanización. Es importante evidenciar la posición a favor o en contra, con
argumentos válidos y justificados. (Texto de carácter individual)
TEXTO ARGUMENTATIVO.
La muerte de los seres queridos dentro de las comunidades son un momento difícil para las
personas cercanas, pero cabe resaltar que como en muchos campos o situaciones cada actividad en
las comunidades son diferentes según su clase social, en el campo especifico de los velorios
cambian con el tiempo y la clase social de la cual es perteneciente el difunto.
En las áreas rurales se realizan los velorios dentro de las casas en el centro de las salas o garajes
que son los espacios grandes de la mayoría de las casas rurales, ya que en muchas de estas partes
no existen salas velatorios especiales, por ello los implementos como lo son el cuadro religioso de
tamaño grande y los arreglos para ambientar el lugar son de personas del lugar que prestan estos
implementos para cada velorio, estos actos duran entre dos y tres días donde familiares, vecino y
allegados acompañan al difunto por medio de rezos del rosario en la comunidad católica. En los
velorios es común que las personas saquen a relucir sus emociones donde algunos llegan a sufrir
desmayos a causa de las impresiones que genera el dolor aunque es habitual que las actuaciones
fingidas se presenten en los velorios porque se tienen el concepto de que el llanto es la
representación del dolor, por ello a veces se forma una neblina de llanto que se convierte en casos
en competencia de quien sufre más.
La despedida del difunto se extiende con un velorio posterior al entierro, que se hacía antes con el
difunto después se realizan nueve días de rezos del santo rosario y al noveno día se llama acabo
donde la durante todo el transcurso del día se realizan oraciones, y por ello a los asistentes se les
brinda comida, muchas personas toman una actitud de acompañar este día solamente por la comida
y no por acompañar en el dolor de los deudos.
Es muy importante resaltar que son tradiciones que aún no se han perdido por ello se debe de seguir
realizando pero con unas modificaciones como lo es el hecho de brindar comida en estas ocasiones,
por que generan un gasto y un responsabilidad a los deudos que en un momento como el de un
velorio solo quieren que se respete su dolor y no la imprudencia de personas tanto cercanas como
no, donde sientan apoyo de ellas no una carga.